A Flor de Piel

Antonio de Hoyos y Vinent


Novela



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Índice

A Flor de Piel
Parte 1. Libro primero
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Parte 2. Libro segundo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Parte 3. Libro tercio
Capítulo 1

Épigraphe pour un lyre condamné

Lecteur paisible et bucolique,
sobre et naïf homme de bien,
jette ce livre saturnien,
orgiaque et mélancolique.

Si tu n'as fait ta rhétorique
chez Satan, le rusé doyen,
jette! tu n'y comprendrais rien
ou tu me croirais hystérique.

Mais si, sans se laisser charmer,
Ton æil sait, plonger dans les gouffres,
Lis-moi pour apprendre à m'aimer;

Ame curieuse qui gouffres
Et vas cherchant ton paradis,
Plains-moi!… Sinon, je te maudis!

CHARLES BAUDELAIRE

Parte 1. Libro primero

Capítulo 1

Hay un trágico cotidiano que es mucho más real, mucho más
profundo y mucho más conforme con nuestro ser verdadero
que el trágico de las grandes aventuras.

MAETERLINCK


Tus lunares van a ser causa
que me echen a mí de esta casa.
Que me echen a mí de esta casa.

… Y Lucerito Soler, grácil y vibradora, se marcó un tango con toda la sal de la tierra de María Santísima y toda la voluptuosa, languidez de las danzas moras, haciendo destacarse lujuriantes las divinas formas de su cuerpo bajo el vergel florido de un mantón de Manila de largos flecos. Un brazo en alto, sosteniendo sobre los bandós de pelo negro, brillante y azulado, que recortaban la pura frente de helénico entrecejo, el redondo sombrero de color tabaco, y el otro un poco echado hacia atrás, dibujando armoniosa curva que remataba castañeteante la fina mano de corte aristocrático, mareaba con los piececitos de niña los compases del baile, mientras sus ojos, inmensos, misteriosos, nostálgicos, indefinibles, languidecían henchidos de picardías y deseos, y sus dientes, blancos y menudos, mordían ansiosamente la fruta prohibida de sus labios rojos, en vago prometer de voluptuosidades.

Hallábase el teatrucho aquella noche casi vacío. En la pequeña sala, pintada de verde claro y alumbrada por algunos brazos de bronce dorado, con tulipas de luz eléctrica, el director de orquesta, un anciano de plateada trova, luenga barba nevada y enorme nariz roja de alcoholizado, que evocaba en su apostura los retratos de los grandes genios musicales fotografiados en las fototipias de las cajas de cerillas, llevaba con la venerable cabeza el compás de la canallesca musiquilla, mientras sus torpes dedos corrían el teclado del destemplado piano; de los violines, el uno, adolescente, pálido, de rostro alargado, raído traje, corbata a la diabla y largas guedejas rojizas —hacía pensar en esas figuras semidolorosas, semigrotescas, que entrevemos al recorrer las páginas de un álbum de Gavarny —tocaba con aire ora arrobado, ora ensoñador; y el otro, un vulgar padre de familia, exornada la cara de dorados lentes y espesa pelambrera peinada en cepillo, arrancaba de mala gana desgarradas notas a su violín, ansioso de que llegase la hora de marchar, y maldiciendo de aquel público que hacía repetir una y otra, vez los mismos aires. En las primeras filas de butacas, unos cuantos viejos verdes y algunos niños calaveras pateaban, coreaban, aplaudían y gritaban obscenidades; dos o tres paletos permanecían embobados ante las artistas.

—Maño, ¡qué pantorrillas! ¡Si lo supiese la parienta!

Y allá, al final del patio, enamorada pareja —barbudo el galán, frágil la niña— departían tiernamente. Arriba, en el gallinero, hacinábanse algunos chulos —pianistas, vividores, maletas y follones—, que recordaban extrañamente los príncipes velazqueños, con soldados y prostitutas.

En un proscenio, el excelentísimo señor don Pomponio Augusto Gómez; el «Héroe de la Pampa» se inclinaba sobre el barandal en contemplación de aquellas curvas, amenazando con estrellar la cabeza ilustre, nimbada por la gloria, respetada por las balas, donde tantos admirables planes guerreros se habían incubado, contra los vulgares tablones del salón—concert.

Tenía el general, con aquel rostro (tan moreno de color que le hacía parecer mulato) en que brillaban torvos los negros ojos, cobijados por enormes cejas, y en que la nariz de presa se inclinaba buscando por encima de los enhiestos mostachos los gruesos labios, y aquella estatura, que el ademán de noble fiereza agigantaba, el aspecto heroico de un bandolero italiano del siglo XVII, o de un guerrillero español de la epopeya de la Independencia. Su historia debió de ser aventurera y romancesca, y fue una de tantas borrosas historias como circulan por cuenta de los personajes sudamericanos. De origen desconocido, apareció, primero, como modesto industrial; después, acaparando todas las acciones (las malas, según María Montaraz) de varias Compañías de seguros sobre vidas y capitales, Compañías que dieron al traste con no pocas existencias y fortunas; prófugo después de declararse en quiebra, se alzó un buen día con la presidencia de la República después de la acción del fuerte de San José, en que, al frente de un pelotón de cincuenta jinetes, tomó el famoso reducto que se tenía por inexpugnable, y que defendían veinte cañones y dos mil quinientos hombres, según él, pues malas lenguas (Tinita Franqueza y la Pancorbo) afirmaban saber de buena tinta que los cañones no disparaban y que los hombres eran veinticinco, contando nueve, enfermos y once borrachos. Ahora viajaba por Europa en estudio de costumbres, que con trascendentales reformas deseaba implantar en su país, y el marqués de San Balandrán —embustero y lioso, que, cosa rara, sabía sacar partido de su vanidad en provecho propio—, siempre esclavo del protocolo, le servía de cicerone y sujetaba en aquel momento por los faldones del frac. El guerrero volviose, brillantes los ojos y congestionado el rostro:

—Es curioso… curioso… típico —y se frotó las manos satisfecho.

San Balandrán, gran amante, como buen español, de las tradiciones castizas —¡le importaban un bledo las tales tradiciones, pero posaba de serio y de castizo!—, habló de nuestros bailes.

—¡Oh el tango! ¡hermosa danza! ¡Lástima grande que lo hayan adulterado bailándolo mujerzuelas! ¡Y para qué público! ¡Había que ver qué publiquito!… Soez…

Bien lo sabía el general: era aquél achaque de los pueblos de raza latina.

—La sangre, querido marqués, la sangre.

Y satisfecho de su profundo sentenciar, hizo un gesto de suficiencia, y volviose para seguir contemplando a la bailaora.

Mientras una sonrisa concupiscente profanaba la noble majestad del rostro heroico, el marqués seguía lamentándose con homéricos acentos de la dolorosa decadencia habida en las danzas clásicas españolas. ¡Oh! los peregrinos bailes que tenían algo de las vetustas danzas sagradas, y algo de las lánguidas danzas moras. No conocía el general la de los Seises de la catedral de Sevilla. —La tradición… — Y el marqués seguía, seguía disertando latamente sobre el acabamiento de las verdaderas costumbres nacionales, sin que el héroe, a caza de algún encanto entrevisto en los rápidos movimientos del baile, prestase atención a sus palabras.

—Es doloroso —jeremiaba el marqués—, bailes tan artísticos caídos tan bajo.

—Un dolor, mi amigo —asintió el general—. Porque la tal Lucerito ¡será una pieza… !

¡Una bribona de la peor especie! Se contaban de ella verdaderos horrores: se decía que mató a otra mujer por celos. ¡Una hembra bravía! Y eso que apenas si cumplirá los veintiún años.

Los ojos del general brillaron, mientras sus manos hacían un gesto de trágico espanto y sus labios formulaban trémulos:

—¿Veintiún años? ¡Qué horror! —y luego, distraídamente, como quien no quiere la cosa—: ¿Y dónde vive esa desdichada?

¡Pch! San Balandrán no la trataba; pero, si el general tenía empeño en conocerla, Julito Calabrés podía presentarle.

¿Empeño? ¡Ninguno! Curiosidad, mera curiosidad… Como había venido a estudiar costumbres…

—Claro está. ¡Naturalísimo!

Frente por frente, en una platea, se desbordaba procaz la cocotesca elegancia de «aquellas locas». En primer término, María Montaraz, vistiendo roja falda, blusa blanca con almidonado cuello y sangriento corbatín torero, coronados los rizos, negros como el azabache, por ladeado sombrerillo del mismo color que la corbata, adornado con enorme pluma, se abanicaba escandalosamente con el «perico» de taurómaco país, y flechaba con sus ojos de sacerdotisa de Osiris al Niño de las Verónicas, que tres filas más atrás lucía su empaque torero. Junto a María, inquietante en aquella su belleza de ocaso, la princesa Wladimirosky, de paso en Madrid, lucía la artificiosa blancura de su escote ubérrimo entre los terciopelos de un traje verde obscuro, ostentaba sobre sus cabellos de color de lino pequeño birrete negro adornado con dos plumas esmeraldinas que le caían hasta media espalda, y entusiasmada aplaudía las españolas danzas. Detrás de la Montaraz, y un poco al abrigo de las miradas insolentes del público, Lina Monreal, envuelta en gasas de un tono bleu Sèvres, al pecho enorme ramo de rosas rojas de Bengala, entre los rubios cabellos rosas y plumas a modo de lambalesco tocado, miraba con frecuencia al fondo del palco, donde se adivinaba fina silueta donjuanesca.

Había envejecido mucho Lina Monreal desde aquel glorioso triunfo que le costara la vida a Adolfo Luna. Junto a la jocunda cara de la alocada morena, resaltaba más la tristeza do sus ojos verdes, donde el sufrimiento esparciera una sombra melancólica. En su frente, antes tersa como hojas de magnolia, el beso trágico del sufrimiento que floreciera en el declinar de su vida, había impreso un pliegue doliente. Su rostro se crispaba en gesto sobresaltado, casi ansioso, y sus movimientos, antaño gatunos, plenos de sutil gracia, eran ahora lentos, con un no sé qué de dejadez que impresionaba.

El telón acababa de alzarse nuevamente, y en el centro del reducido escenario, alumbrado por algunas luces rojas y verdes, reapareció Lucerito Soler. Falda sedeña de color musgo, mediana cola, y anchos volantes, descendía de su cintura grácil; un mantón verde también, donde florecían enormes rosas amarillas, de calentura, ceñía, el cuerpo andrógino, casi impúber, dibujando las suaves curvas de los senos y las más opulentas de las caderas. No podía decirse si era bella; era inquietante, perversa; turbadora en la alegría de su gracia gitana; reveladora en la divina languidez de su melancolía moruna. Tenía terso el pecho de niña o de adolescente, marcándose apenas el nevado montículo de las sagradas colinas; el cuello no muy largo, fino, lechoso, filigranado de venas azules, se erguía sosteniendo ladeada la bella cabeza. La frente clásica, tal ateniense estatua de Minerva; el pelo negro, de un negro azulado como las alas del cuervo, encrespado, formaba cortos rizos en torno a la cabeza. Sus ojos eran bellos y eran trágicos; ojos de misterio, ojos de lujuria, ojos de dolor. No eran negros como la noche, ni celestes como el ensueño; eran sombríos y brillantes. Guardados en el cofrecillo de alabastro de sus párpados que las pestañas de seda cerraban, cobijadas por el arco armonioso de la ceja, tenían fulgores de negra luz. Hacían pensar a veces en las carceleras, en las soleares, en los cantares serranos donde se llora a la madre muerta y al amor que pasa, donde se canta el azulado flamear de las navajas y las rejas carcelarias, a las calladas ternuras y a los amores trágicos en que la sangre corre mezclada con los vinos de oro, y otras evocaban los fieros ojos de las heroínas bíblicas, los fieros ojos de Judith, matadora. Y desgarrando la palidez marmórea del rostro, se abría, tal sangrienta herida, la boca, de finos labios bermejos.

La orquesta preludiaba las notas de la Farruca, y había en el aire como una evocación de guzlas morunas tañendo en Alhambras filigranadas como encajes, añorar de canciones entonadas por el agua al caer en los tazones de mármol del patio de los Leones, nostalgias del cielo de Damasco y de los cármenes de Granada. Tenía aquella música voluptuosidades y misterios: primero notas temblorosas, como despertar de sensualidades; después más intensas, sostenidas en trémolos interminables, como palpitaciones de contenida pasión; luego violentas, brutales, agudas, vibradoras, tempestades de lujuria demoníaca, para concluir en una nota temblorosa, interminable, cansada, gemidora.

Lucerito, de pie en el centro del escenario, ligeramente ondulado el cuerpo, un brazo en alto, a la par del pecho el otro, danzaba lentamente, moviendo el cuerpo con ritmo ofidiano, entornados los ojos y entreabiertos los labios por leve jadear. Danzaba despacio, con espasmos interminables de cansada lujuria; después más deprisa, sacudida por un vendaval de pasión, retorciéndose, descoyuntándose, flageladora la cabellera de enroscadas sierpes, en blanco los ojos y crispada la boca en un gesto casi doloroso; y de pronto, como poseída de un vértigo de locura, saltaba prodigiosamente, iba y venía en giros rapidísimos, caía y tornaba a levantarse, desbaratándose, en el claroscuro rembrantesco de la luz roja y verde, las líneas divinas de su cuerpo, para volver presto a unirse con apariencias monstruosas de goyesco capricho. Y al fin, en un desesperado chirriar de los violines, caía de rodillas para seguir retorciéndose, presa de diabólico maleficio, hasta quedar inerte en supremo desfallecer.

La silueta del que en el fondo del palco yacía aburrido, fumando cigarrillo sobre cigarrillo, se había ido incorporando. Ahora Willy Martínez miraba interesado, y en su enfermiza imaginación desnudaba a aquella mujer. El escultor dejaba paso al hombre, y éste se recreaba, en imaginar la leve gracia del cuerpo casi infantil. Sin querer había mirado dos o tres veces a Lina, y comparaba aquella pubertad semejante a espléndido amanecer de los trópicos con la cansada belleza de otoñal crepúsculo veneciano de la Monreal. E hizo un parangón entre los ojos que tenían el fulgor de los brillantes negros con las pálidas esmeraldas que tantas veces viera veladas de lágrimas, y la sangrienta herida de la boca con las pálidas rosas que florecían en los marchitos labios de su amiga. Y pensó en las pasiones fuertes que consumen con su llama todas las demás pasiones, como el incendio de un bosque anula fundiendo en sí pastoriles hogueras, y en aquellas otras pobres pasiones que tenían la vergonzosa tristeza de un Calvario. Y Willy, egoísta como todos los que se sienten muy amados, pensó en la molestia de ayudar a soportar la cruz a quien por él la llevaba, y ansió vivir y ser dichoso, pensando con brutal egoísmo: «Antes estoy yo que ella».

Los ojos tristes se posaban en él interrogantes con inquieta sorpresa. Al fin, Lina, no pudiendo contenerse más, fue hacia donde él estaba. Apoyó la rodilla en el diván y la mano en su hombro.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Te aburres?

—¡Pch!

Callaron. Ella cubría la vista del escenario y le miraba ansiosa. El se inclinó para seguir contemplando a la gitana que en el tablado ritmaba sensualidades.

—Willy…

—¿Qué quieres?

La voz del galán tenía dejos de impaciencia. La pobre mujer, con esa clarividencia de los que aman mucho, notolo, y sus ojos tornáronse más tristes.

—Siento que hayamos venido —dijo—. Si hubiese sabido que ibas a aburrirte… Pero, por obsequiar a Edda.

—Ahora no me aburro. Déjame ver.

Con la garganta seca preguntó la dama:

—¿Te gusta la Soler?

Y aunque quería aparentar alegre ironía, la voz sonaba, con extraño timbre metálico.

Hizo él un gesto de impaciencia.

—¡Qué me va a gustar!… Baila. bien… Déjame ver.

—¡Hijo, que aproveche! —la voz de la dama era desgarrada, llena de despecho; pero no se movió.

El calló, deseando acabar la cuestión, y siguió mirando.

Lina rompió el silencio:

—¿Ves? ¿Lo ves como no se puede ir contigo a ninguna parte?

Willy clamó, impaciente:

—Contigo es con quien no se puede ir ni a la esquina, ¿oyes?, ¡ni a la esquina! Lo único que nos faltaba, un escandalito delante de ese demonio de extranjera. ¡Si acabaremos por no poder estar con nadie! Tendremos que pasar todo el día solos, como los amantes de Teruel, tonta ella, y tonto él.

—¡Ojalá! —y aquella palabra, que apenas formularon sus labios, cobraba en los de aquella mujer no sé qué grandeza, como ráfaga de un gran misterio de dolor que rompía la corteza de su frívolo vivir.

Cada vez más irritado, prosiguió:

—Pues, ¿para qué me has traído aquí? Será para lucirme como a un faldero, o para estar mirándote toda la noche como a retablo gótico.

—¿Y por qué no?

Y había lágrimas en su voz y en sus ojos.

—Vamos, déjame en paz o me voy.

Un «canalla» desfloró apenas sus labios; luego murmuró, doliente:

—¡Qué felices son las mujeres honradas!

María Montaraz se daba a todos los demonios (ninguno la quería). ¡Aquella Lina estaba desatinada! Iba a llegar día en que no se podría ir en su compañía. Cuidado, que ella —María— no era estrecha, de manga (¡qué había de ser!); pero aquellas escenas eran tan desagradables, de un mal gusto… Y más, delante de gente extraña… ¿Qué pensaría la princesa? (que, dicho sea entre paréntesis, la tal princesa era una cualquier cosa). Y se volvió a ella para explicar la conducta un poco extraña de su amiga; pero, ¿cómo? Si la decía que Lina y Willy vivían englobaos, no la iba a entender. Buscó mentalmente en su diccionario… Si la decía que eran amoureux mentía a sabiendas… Un menage… ¡Justamente! ¡al pelo! un menage. Y comenzó a explicárselo con todos sus pelos y señales. Ya podía comprender, ponerse en su caso. (¡Se habría puesto tantas veces, que una más… !)

Sí, sí. La princesa lo comprendía todo (según la Pancorbo, a fuerza de estudiarlo). Ella no se asustaba (estaba curada de sustos). En aquellas cosas… María volvió por los fueros de aquellas cosas.

—No, si se suelen llevar muy bien; pero hoy…

Y, nerviosa, dejó escapar el abanico que aleteaba entre sus dedos, y que, chocando primero contra los forjados hierros del barandal, fue a estrellarse contra el entarimado del suelo, moviendo gran estrépito. Al verlo caer, lanzó débil grito acompañado de un gesto de cómica consternación.

Una voz allá, en el gallinero, repitió el grito, y luego otra y otra. Un «no te asustes, prenda» fue acompañado de algunos ¡olés! La morena, se volvió a Julito Calabrés, que de pie en el palco exhibía su empaque lorrainesco, satisfecho de verse objeto de la pública expectación.

—Se están pitorreando de nosotros —dijo.

—Si eres atroz… Estoy azorado.

Y se volvía a todas partes, sonriendo satisfecho, buscando alguien conocido que contase al día siguiente la aventura de «aquellas locas», incluyéndole a él como principal actor.

En butacas estaba Rosendo Calvet —chismoso como una portera— con aquella toilette de pretenciosa cursilería, que pregonaba a la legua el quiero y no puedo, y aquél sería su Homero…

Mientras, el escándalo iba en crescendo. Los gritos, las risas, los aplausos aumentaban por momentos. El general habíase salido del palco. Él, como guerrero invicto y caballero ilustre, no podía ver afrentar a damas en su presencia, y por eso… al comenzar un peligro, se ausentaba discretamente. María se puso en pie, aproximándose a Lina.

—Hija, ¿qué pasa? —preguntó ésta—. ¿La degollación de los Santos Inocentes?

—De los santos indecentes, querrás decir.

Y rió alocadamente.

La Wladimirosky estaba encantada. ¡Oh, qué cosa tan española! ¡Qué bello país galante! Porque aquella dama no comprendía más que una España de pandereta, la España de navaja y alamares que amaron Dumas y Gautier. Era una extravagante por carácter y por pose. Polaca, casada con un gran señor ruso, sintiose arrebatada por las evangélicas doctrinas de Tolstoi, y tan honda compasión sintió por los siervos, y tales fueron sus aproximaciones a ellos, que su marido, que aun conservaba algo de la brutalidad de sus antepasados, quiso que con sus esclavos compartiera, el knut, de que (y —habla la Pancorbo— no era cosa de dudarlo, cuando tantos amigos afirmaban haberlas visto) aun conservaba en su cuerpo las señales. Divorciada después de esta aventura, y errante por Europa, la vida fue para ella, perpetuo correr de sensacionales lances. Conspiradora en Polonia, apóstol del feminismo en Norte—América, sportwoman en Inglaterra, 'dilettanti en Italia, había viajado por Andalucía, acariciando la secreta esperanza de hacerse amar de un toreador y secuestrar por un facineroso con patillas de boca de hacha, calañés y polainas.

El vocerío amainaba; pero Lina, impaciente, más por los celos que por temor al escándalo, se quería ir.

—Esto se acabó. ¿Vamos?

Y se puso en pie.

María se acercó al barandal, y miró a su pobre abanico caído.

—Julito, mi vida, ¿sabes lo que debías de hacer? Bajar por mi abanico.

—Estás fresca. Jamais de la vie!

—¡Qué amable!

Y fijó sus ojos, llenos de pena, en el abanico, y luego en el Niño de las Verónicas. Este se alzó de su asiento, y lento, con andares toreros, se aproximó al palco, recogió del suelo el «perico» y se lo tendió a la dama, llevándose la mano al sombrero. Ella rió, flechando en él los ojos, que quiso hacer matadores (y no fueron más que banderilleros); después murmuró:

—¡Al pelo!… Gracias.

En el teatro resonó una salva de aplausos.

Bajo los focos de luz eléctrica, mezclados los negros gabanes de los caballeros con los llamativos abrigos de las damas, formaban grupo, bulliciosos y parleros, junto al Panhard de Lina, que trepidaba de impaciencia.

Algunos golfos comentadores les contemplaban con impertinente curiosidad; a unos cuantos pasos de ellos, el Niño de las Verónicas ponía varas a María Montaraz, que reía escandalosamente y se timaba con una desvergüenza admirable. Entre las risas en sordina, vibraban como notas agudas el hablar exótico de la Wladimirosky, que arrastraba las erres y se comía las jotas, y las notas agudas, ceceantes, de María. La morena les embromaba con sus proyectos para aquella noche, y las palabras, llenas de frívola banalidad, se clavaban en el corazón de Lina, que disimulaba, fingiendo regocijo.

¡Ay, general! —chillaba la Montaraz—. ¡Dios sabe dónde irán ustedes ahora!

—A la cama.

—Detalles no, ¡por Dios!

Y fingió pudoroso espanto. Luego, volviéndose a Julito:

—Hijo, no sé cómo os gusta iros con esas prójimas. ¡Tan brutas!

El caballero murmuró algo que sonó a la dama, como rivalidades del oficio o competencias.

—No, si es un pendón. No compares, haz el favor. A mí todavía no me han sacado en ninguna procesión.

—¡Qué injusticia! ¡Estás postergada!

—¡Guasón!

—¡No te apures, que ya te llegará el turno!

—¡Magras!

Mientras, Lina hablaba acaloradamente con Willy.

—¿Vienes en el auto?

—¿No ves que no cabemos?

—Como caber…

El hizo un gesto de impaciencia.

—Como no me siente encima de la Wladimirosky…

Ella preguntó con voz que, pese a sus esfuerzos por parecer natural, denunciaba su inquietud:

—¿Te vas a tu casa?

—Sí.

Fue un «sí» largo, nervioso, aburrido.

—¿Vendrás a almorzar mañana?

—Iré.

—No me des mico.

El galán se impacientaba.

—No, no. Iré, sin falta.

Subieron al automóvil. Sonaban las voces de los caballeros, protestando débilmente, y las risas locas de las damas, en banvillesca algarabía. De pronto, una nota más hueca, más sonora, rasgó el melódico concierto. ¡Bah!, nada. A Lina, que se le habría desgarrado la risa. María la miró. Las tristezas que vivían en el fondo de su corazón se asomaban a las ventanas de sus ojos, y perlaban una lágrima en el borde de las pestañas de oro.

Capítulo 2

Elle est la fleur superbe et froide des poisons,
et le péché mortel aux âcres floraisons
de sa chair vénéneuse en parfums noire transpire.

ALBERT SAMAIN

—¿Entramos, sí o no?

El automóvil había descendido rápido, y después de penetrar en la puerta del Sol, girado y desaparecido a su vista, cuando Julito formuló su pregunta encarándose con el general. Iba éste, propicio siempre a cuanto significaba estudio, a contestar afirmativamente, cuando el marqués intervino atajándole la palabra:

—Ustedes harán lo que quieran; en cuanto a mí, tengo que madrugar para asuntos del Ministerio, y no puedo acostarme a las mil.

—Yo también debía madrugar —afirmó Julito, por no parecer menos, llevado de aquel loco prurito que le hacía desear ser en los bautizos el recién nacido, en las bodas el novio y en los entierros el muerto—; pero no puedo, no tengo naturaleza para ello.

—A mí me espanta madrugar —y hablaba Willy con aquella su voz sonora, un poco hueca—. Ya ven ustedes si deseo adelgazar: pues, para, conseguirlo haría todo, todo menos gimnasia, madrugar o ser persona respetable.

Rieron Julito y el general la patochada, y el marqués se encogió de hombros con la misma sonrisa de benévolo desdén con que podría hacerlo ante la salida de tono de un niño precoz. Señor, ¡qué necesidad había de hacer gala de un cinismo en que él, el marqués de San Balandrán, no creía! Y recordó aquella máxima que estampara en un momento de espontaneidad en su libro de memorias: «los seres que dicen carecer de ese enojoso apéndice llamado honor, pueden dividirse en dos grupos: seres que dicen no tenerlo, pero que en realidad lo tienen, y seres que, careciendo de él, pretenden poseerlo: de los primeros son todos los inconvenientes sin ninguna de las ventajas; de los segundos, todas las ventajas sin ninguno de los inconvenientes»; máxima que tanto le ayudara a medrar en la vida, bajo aquella noble capa de religiosidad que no tenía, de moralidad a la que miraba con desdén, y de recta honradez que no sentía, capa en la que supo envolverse con la noble majestad de un calatravo y que siendo para todos, como era, transparente, todos en ella aparentaban creer, como los cortesanos de aquel cuento de Anderson, que aplaudían la magnificencia del regio traje cuando el rey iba desnudo.

Julito insistió:

—¿Vamos adentro?

Willy vacilaba; el deseo de conocer a aquella mujer que desde el tablado le impresionara luchaba en él con la perspectiva, de una cuestión con Lina, pues que ésta ignorase la aventura siendo Julito de la partida era punto menos que imposible, pues pedir secreto al chismoso era pedir peras al olmo; hizo al fin un gesto de desdén.

—Es una lata: yo no entro.

El elegante, seguro de pinchar en firme, murmuró:

—Si es por Lina…

—¿Por Lina?… Vamos allá.

E irritado, penetró en el portal.

¡Era mucho cuento! Se habían llegado a creer que él era un monote de aquella dichosa Lina. ¡Estaba divertida! Ya no podía más. Hasta la punta de los pelos. Llamó.

—¿Venís?

El héroe se despidió del marqués; él entraba. Curiosidad, mera curiosidad… y con Julito fueron a reunirse a Willy.

Un golfo empujó a otro con el codo:

—¡Ninchi, cómo la va a correr el abuelo!

Y una mujer no muy vieja, pero sí muy envejecida, que arrebujada en raidísimo mantón, tocada la cabeza de mugriento pañuelo de percal que dejaba escapar lacios mechones de su pelo rubio, cenizoso, y llevando de una mano mocoso rapaz, imploraba un bien de caridad, comenzó a plañir:

—¡Bribonas! ¡bribonazas! ¡Puás! Allá adentro dándole regalo al cuerpo, y ella, una madre de familia… ¡Lástima de jarabe de fresno donde yo me sé!…

Los golfos rieron burlones.

—Vamos, señá Nicasia, entre a ver si la convidan.

—¡Granujas, más que granujas! ¡hijos de mala madre! ¡golfos! ¡si os cojo!

Y amenazadora corrió tras ellos calle arriba, arrastrando en pos de sí al crío, que lloraba, apretándose rabiosamente los ojos con el puño libre.

Una vieja menudita, cubierta de pies a cabeza por un manto color ala de mosca, la detuvo.

—Déjeles, señora, déjeles, que no es a bien que una persona decente alterne. —¡Válame Dios, señora, válame Dios, que una se vea así!

Y volviéndose hacia el teatro fulminó con el brazo en alto, tremolando el cerrado puño con ademán apocalíptico, agoreras palabras preñadas de anatemas:

—¡Comidas de sarna sus veáis, grandísimas tales! y vosotros así lloréis más lagrimas que aguas tiene la mar.

Y lentas se alejaron, renqueando la vieja, maldiciendo la joven, seguidas del niño, que berreaba sin tregua.

Un can famélico les aulló al pasar.

—Esa mujer es un peligro para ti, créeme.

—Y Julito, apoyado en el brazo de su amigo, le hablaba casi al oído, mientras el general se atusaba los mostachos, soñando tal vez con guardar prisionera entre sus guías alguna prójima.

—No es capaz de querer —siguió el elegante—, y tiene algo en sí que atrae, que fascina. Creo que no ha querido nunca, y para una vez que dicen que quiso le costó la vida al interesado. Además, ha rodado mucho. Si fueses sólo un snob, pase; pero tú eres un detraqué, y es peligroso. Ten cuidado: es un instrumento de placer que puede matar: éter, atchis o morfina.

Willy sonrió entre serio y burlón.

—¿Lorrain?

—No te rías. A la española: luz en los ojos, miel en los labios, fuego en las venas; basta.

Habían llegado a la puerta del cafetín, bautizado con el pomposo nombre de foyer de artistas; Willy, por toda respuesta, empujó la vidriera. Densa humareda llenaba el local, ni amplio ni alto de techo. Emanaciones de tabaco, de bebidas, de perfumes baratos y de cuerpos sudorosos hacían la atmósfera irrespirable. Decoraban las paredes pésimas pinturas representando diversos pasos de bailes inverosímiles y algunos cuadros dorados conteniendo postales con el retrato de artistas célebres en los tablados de los cafés conciertos; divanes de terciopelo verde bastante sucios rodeaban el salón. En un ángulo, un caballero viejo, reclinada la cabeza en el respaldo del sofá, fumaba, entornados los ojos, sin prestar sino vaga atención a una mujer pequeñita y morena que, conservando aún el traje de escena, bajo el abrigo color de ratón, le hablaba, apoyados los codos en el mármol de la mesa y el rostro en las palmas de las manos, interrumpiéndose de vez en cuando para toser con tos seca y desgarrada. Más allá unos cuantos jóvenes de bohemio atavío discutían de pintura bebiendo cerveza. Bulliciosos, se agrupaban en torno a dos veladores cuatro o cinco cadetes y otros tantos mozos imberbes que reían y gritaban en compañía de algunas prójimas cosmopolitas —Margaritas de Tolón, Lucrecias napolitanas—, y por fin, casi junto a la puerta del escenario, Lucerito Soler, una dama de venerable aspecto que vestía negro traje y peinaba en cocas los argentados cabellos, la Gioconda y el Niño de las Verónicas departían amigablemente.

Cruzó Julito la sala con amanerados andares, sin hacer caso de algunas risas que el exagerado entallado de su gabán levantó en el grupo de los bullangueros, y seguido de sus amigos llegose a la peña, saludó con un «¡hola, barbianas!», y procedió a las presentaciones, pomposamente, con ademanes afectados de corrección exquisita.

—Lucerito Soler, reina sin trono; su imperio es uno de esos imperios del Sol, fabulosos y magníficos; un imperio de ensueño.

—Pero, ¡qué cosas tienes, guasón!

Y rieron locas. Julito prosiguió, señalando a la vieja:

—Doña Trotaconventos, noble dueña. Fue compañera del buscón Pablillos en sus andanzas cortesanas; fabricadora de untos para reedificar doncellas.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué cosas tiene este don Julio de mis pecados!

Y la interesada (¡y tan interesada!) mostró en sonrisa servil la dentadura, que negra mella mancillaba con algo de innoble, inspirador de aversión.

.Julito siguió, cogiendo por la barbilla a la otra pájara:

—Mi Gioconda. Fíjate en el enigma de esos ojos


Tout chargés de mystère.

El introductor gustaba de epatar con raros nombres, citas extrañas y peregrinas sentencias que fluían brillantes de sus labios como chispas de una rueda pirotécnica en un festival de fuegos de artificio. Sin embargo, en esta ocasión decía bien. La criatura que ofrecía a Willy bajo el peregrino nombre de la Gioconda era una mujer fina, con el pelo partido en crenchas iguales aureolando el rostro donde los finos labios de carmín, y los ojos grises punteados de verde, parecían callar un enigma.

—Pero —prosiguió Julito—, aquí donde la ves, el encanto exige que permanezca muda, inmóvil; porque si habla, si ríe, queda roto, y mi Gioconda se convierte en hermosa verdulera deliciosa de ordinariez —y acariciándole la barbilla amicalmente—: ¿Verdad que has nacido para pintura o estatua, mi chula?

—¡Pa poste!

—No; para estatua. Para dormir en las salas de un museo.

—¡Quita de ahí, esaborío!

Y, al reír, el enigma quedaba roto: los ojos brillaban alegres y los labios se abrían mostrando el triunfo de una dentadura plebeya.

Llegó su turno al torero, tipo aflamencado, de fino perfil, vivos ojos y chulesco atavío. El elegante, apoyando familiarmente la mano en su hombro, hizo las presentaciones:

—Mi amigo Esteban, el Niño de las Verónicas, émulo de Costillares; Willy Martínez, escultor —y con fina ironía—: los dos artistas.

Sintió nerviosa repugnancia de ofrecer su mano al torero; pero ante la que éste le ofrecía abierta, no quedole otro remedio que estrecharla fuertemente bajo la mirada burlona de su amigo.

—Tanto gusto.

—Servidor.

Se sentaron todos. Willy junto a la gitana, en sitio que amable le hiciera doña Trotaconventos, recogiendo los nobles pliegues de su falda brochada, los otros a la buena de Dios. Charlaron. El general se comía con los ojos a una jamona que, dejando admirar bajo el traje de mora que lucía morbideces apetitosas, acababa de entrar; la zurcidora de gustos asentía bondadosa a todo; el Niño de las Verónicas, con reserva espartana, contentábase con monosilabear de vez en cuando; Willy contemplaba codicioso el nevado cuello de la Soler, y la Gioconda hacía con Julito el gasto de la conversación. Habíase encarado Calabrés con el torero:

—¿Qué tal ese flirt con mi amiga?

Él se encogió de hombros, echándose con un golpecito del índice sobre el ala redonda de su sombrero éste hacia la nuca, mientras la colilla que conservaba en la comisura de los labios cambiaba de sitio; la rubia saltó agresiva:

—¿Sabes lo que te digo? ¡Que la tal amiga no tiene ni pizca de vergüenza!

—¡Noticia fresca!

—¡Ni pizca! ¡Ni tú tampoco!

—¿Y para qué quiero yo eso? Mira, ¿sabes lo que es la vergüenza? Una cosa que para nada sirve y para todo estorba.

—¡Desaprensivo! Tengo yo para daros lecciones con toda vuestra prosopopeya.

—¿Has puesto cátedra? El maestro Ciruela…

—¡Quita, de ahí! A que te señalo…

—¡Miau!

Reían todos. La rubia, escandalosamente, con desgaire; doña Trotaconventos, con reír discreto, como correspondía a tan alta señora; sólo en los ojos de Lucerito había vida; sólo en aquellos ojos de abismo había pasión, que dormía quieta, callada, impenetrable al mirar profano, como las aguas de un estanque antes que arrojemos la piedra en él, dispuestas a volver a cerrarse después de recibir el choque. Poco a poco Willy y la cantaora se habían ido alejando del conversar general y haciendo más íntimo su coloquio. Hablaban de amores, por ser éste terreno en que todos los humanos son viejos conocidos, y el escultor exponía su ideal de amor, aquella extraña teoría en que sus dejos de romántico se unían a las canallerías de vividor. Lucerito hablaba de su existencia azarosa, recordando hechos de ella. Había sido la suya, pese a su juventud, una vida de tristes abyecciones, aunque ennoblecida una vez por la pasión, alegrada muchas por aventuras llenas por la picaresca gracia que inspirara a la regocijada musa del buen Boccaccio. Penas y alegrías, miserias y goces habían pasado enlazados, sin darle tiempo a discernir dónde acababa el dolor y dónde empezaba el placer. Mientras hablaba, sus ojos brillaban vertiendo raudales de luz por el rostro, de movilidad extraordinaria, que reflejaba como admirable espejo las rápidas sensaciones que se sucedían en su alma inquieta. Y aquella boca de veintiún años que sabía del misterio de la vida fecundada por la pasión más que otras bocas caducas, tenía una crispación de sensualidad provocadora. Tales historias despertaban en el muchacho sensación de repugnancia que aumentaba su deseo, como si el pasado de aquella niña, que apenas entrada en la vida tenía ya pasado, le llevase a desear el gustar en sus labios de la bella fruta.

La voz gangosa, casi monjil, de la dueña, cortó su conversación.

—El señor nos va a acompañar, ¿verdad?

Todos se habían puesto de pie. El general discutía con la robusta odalisca algo indudablemente trascendental —¡cuestiones de estrategia!—, y la Gioconda pedía achares a su torero; los demás consumidores se habían ido ya, y los camareros comenzaban a amontonar las sillas sobre el mármol de los veladores; Lucerito se volvió a la vieja, y con naturalidad perfecta:

—Sí, viene con nosotros —dijo.

Sintió que se le chafaba, el ensueño en contacto con aquella realidad brutal; deseó ardientemente retardar la posesión, no ir aquella noche, y pretextó la hora. Con su amabilidad melosa, la vieja intervino conciliadora:

—Si no son más que las tres.

Aun insistió:

—El sereno… puede chocarle.

—¡Bah! ¡Ni que fuera la hermana tornera! ¡Ya está acostumbrado!

Sintió el brutal cinismo de la frase como bofetada recibida en pleno rostro; pero las miradas de todos estaban fijas en él, y se sintió ridículo.

—Vamos —dijo.

Y sus manos, en el bolsillo del gabán, se crisparon de rabia.

Salieron a la calle. La noche era hermosa, noche del mes de septiembre madrileño; el cielo azul, profundo, tachonado de luceros. En lo alto colgaba la lámpara argentada de la luna, dejando caer su luz blanca en la calle, que tortuosa, en cuesta, con sus casas de desigual nivel, tenía, bañada en la plateada claror del satélite, el prestigio de una evocación medioeval. Un jorobado bufonesco y cínico, que dormitaba en el quicio de la puerta, se puso en pie, y vino a ofrecerles un décimo.

—¡Llévenmelo, palomas, que es el de la suerte!

Se separaron. Julito, el general, la Gioconda y su amante, en dirección a la Puerta del Sol; ellos, internándose por el dédalo de callejones del viejo Madrid, cuyo silencio sólo alteraba a aquellas horas el lento pasear de alguna vendedora de amor o tal o cual pareja de chulos trashumantes. Lucerito y Willy marchaban silenciosos; la algebrista de voluntades hablaba sin cesar de su mucha honradez y señorío.

… Porque ellas eran muy señoras, pero muy señoras. Su marido (¡de Dios gozara!) un perfecto caballero, y su sobrina, una artista… ¡Pues poco que se había opuesto la familia a que abrazara la carrera del teatro!… pero nada, la vocación. ¡En eso había salido a su madre, que era más terca que una mula, aunque sea mala comparación!… Y a ella que no la dijesen… Nada de tonteos… algún señor serio… ¡Las cosas, como Dios manda!

Y la charla fluía de sus labios, lenta, monótona, inacabable, como el zumbar de un insecto de mal agüero. Ellos no le escuchaban. Lucerito, de vez en cuando, fijaba, en él sus ojos, y la divina luz que emanaba de sus pupilas iluminaba el rostro peregrino. ¡De veras que le gustaba el señorito aquel, con sus grandes ojos grises, misteriosos como remansos de río, y su boca torturada de pasión! Era el primero que le impresionaba desde aquel hecho cruel que tronchó sus ilusiones en flor, y con ellas su vida. Y recordó la noche trágica, cuando en la estancia, sumida en semiobscuridad cómplice, viose con el rostro senil del sátiro junto a su rostro de diez y ocho abriles, que sólo los apasionados besos de Manoliyo habían desflorado, y ceñido su cuerpo virgen por los brazos, temblorosos de lujuria, del fauno. Y recordó cómo sus gritos se perdieron en el nocturno silencio que pesaba sobre la casa como losa de plomo, y recordó algo más cruel aún: la frase de su tía cuando, al entrar en la estancia después de cometido el crimen, la halló sollozante, acurrucada en un rincón, como bestia herida: «¡Bah! No llores. Más vale así. Tarde o temprano, había de ser… » Y recordó aún más: recordó a su gitano, su Manoliyo, aquel chulo de corazón de león e ingenuo mirar de niño, blandiendo la navaja ensangrentada, y más tarde camino de la cárcel; y venían luego en el cinematógrafo de su rememorar las cartas escritas en el abandono de la celda carcelaria, llenas de pasión, y los cantares tristes como el recuerdo de dichas perdidas para siempre:

A las rejas de la cárcel
no me vengas a llorar;
ya que no me quites penas,
no me las vengas a dar.

Miró a Willy. La figura elegantísima de muchacho se erguía con delicada arrogancia a su lado. El sombrero bohemio, un poco caído hacia atrás, dejaba al descubierto lo noble de la frente, y la luna ponía su luz de plata en el fondo de los acerados ojos. La cantaora posó la rizada cabeza sobre su hombro; él bajó las pupilas, y sus miradas se encontraron, y tras sus miradas sus labios.

—¿Quién te va a querer a ti, chalao?

Doña Trotaconventos sonrió, benévola. ¡Cosas de chicos! Más valía así. El parecía muy decente.

Willy no pensaba, sentía, y las sensaciones herían sus nervios en tensión, arrancándoles bárbaras vibraciones, semejantes a las que produce la mano inexperta de un niño en la guitarra caída en su poder. Los mil detalles pedestres, hasta chabacanos, de aquella peregrinación al través del vetusto Madrid, irritaban su morbosidad de neurótico, haciéndole la caminata interminable. Al fin llegaron. En la calleja desierta, alumbrada, por algunos mecheros de gas, erguía su pesada mole el viejo palacio de los Ponferradas, con su soberbia portada plateresca y sus ventanas de forjado hierro. A su lado, mancillando la augusta nobleza de la señorial mansión con la innoble saña de una prostituta afrentando a una reina, se alzaba una casucha de dos pisos, con la fachada, de un gris triste, oprimente, manchada por grandes desconchaduras y hondos surcos marcados por el agua al resbalar. Ante ella se detuvieron. La dueña, con voz que, pese a su engolamiento, sonó cascada, aguardentosa, gritó:

—¡Pepeee… Pepeee… !

Se vio a lo lejos oscilar la luz de un farol de un vigilante nocturno, y luego caminar en dirección adonde ellos estaban. El sereno se acercaba, una sonrisa de camaradería en los labios:

—Empieza el fresco, ¿eh?…

Y luego con grosera malicia:

—Con qué gusto se toma la cama, ¿eh?

Willy se sintió humillado, y sorda irritación crispó sus nervios. La celestina, en su elemento, rió amable; Rosarito no hizo caso.

Ascendieron lentos por la escalera lóbrega, sucia, estrecha, que chirriaba bajo sus pies como si fuera a hundirse, alumbrados por la vieja, que sostenía en su mano una cerilla, a cuya luz tomaban las cosas aspecto siniestro. En el piso segundo se detuvieron, y doña Trotaconventos tiró del cordón de la campanilla, que repiqueteó procaz haciéndole estremecer. Tras breve espera, una fámula desgreñada, soñolienta, estremecida de frío, les abrió la puerta. En la antesala, pendientes de una soga, unas medias de color de carne se balanceaban insultantes, impúdicas, semejantes a dos piernas de prostituta tras un postrer espasmo. La zurcidora de voluntades se encaró con la criada:

—Acuéstese, Cirila; yo alumbraré al señor.

La bestia de carga se alejó sumisa, cubriéndose los pechos flácidos con la roja toquilla.

Penetraron en el santuario. Willy paseó por él los ojos. Papel gris florido de amarillo cubría las paredes, que decoraba un espejo con dorado marco; los muebles eran negros, tapizados de reps encarnado, y entre ellos se destacaba el tocador colgado de gasa roja, pieza de mancebía, que irritó su nerviosidad. La cama —único mueble decente— era de nogal, muy baja e inmensa, pero fría, sin atrayente coquetería ni voluptuoso secreto.

Estaban solos, frente a frente, y el gran misterio de amor, ese misterio de que depende a veces el porvenir, dicha o desdicha, de una vida entera, se aproximaba. Desposeído del gabán, habíase sentado el escultor en el sofá, y después de dejar vagar un rato su mirada por el cuarto habíala detenido en la sombra de la gitana, que oscilaba en la pared. Era una silueta elegantísima, sutil, llena de armoniosa gracia, que, al reflejarse en el muro, tenía un no sé qué de inmaterial, de aéreo, como sensual ensueño de un voluptuoso. Las vestiduras fueron cayendo una a una, lentamente, y cada uno de sus movimientos, el más insignificante de sus gestos, tenía una gracia definitiva. Pero al perder el ropaje la figura perdió su elegancia, aquella serenidad en el reposo y en la acción, que tenía algo de quimérico, y la silueta graciosamente desvergonzada de mujer, con pantalón y corsé, evocaba las ilustraciones de una novela de Paul de Kock para uso de estudiantes y viejos libidinosos. Willy cerró los ojos, temiendo que el ensueño que renacía volviese a morir en germen. Cuando los abrió nuevamente, la figura de pornografía estudiantil habíase evaporado, y vio erguirse en su lugar, espléndida y turbadora en su perversa belleza, retratada en el muro como en diabólica linterna mágica, la satánica arrogancia de Astarté, el demonio de la lujuria, la trágica hermosura de Medusa. Una silueta de mujer desnuda, de perversidad baudelairesca, se dibujaba sobre el sucio fondo. Rizos crespos como enroscadas sierpes nimbaban la cabeza, que se ladeaba sobre el airoso cuello. Las colinas suaves de sus pechos se erguían provocadoras; armoniosa, la suave curva del vientre impúber. Las piernas eran nerviosas, de rara elegancia. Y aquella figura se movía con algo de serpiente sabia, que inquietaba. Nuevamente cerró los ojos. Una fragancia intensa le envolvía, ahora: aroma de nardo indiano que mata, de ovonia que enloquece, olor de mujer joven y hermosa, olor de vida, mezcla crispadora de olores, fragancia de naturaleza y de perfumes. Y sintió una respiración jadeante que le quemaba la piel, y sus manos temblorosas corrieron las curvas llenas de armonía del desnudo cuerpo, que se le ofrecía, con sencillo impudor, seguro de su belleza victoriosa, y unos labios frescos como cerezas, ardientes como brasas, mordieron sus labios, y unos brazos le aprisionaron en un abrazo de infinita pasión…

Encendió un cigarro y se subió el cuello del gabán. Escuchose el ruido de la llave al rechinar en la cerradura; después el arrastrar de pies de la celestina, que se alejaba, y después nada; un silencio de muerte posesionose de la calle. Clareaba. En la luz verdosa del amanecer, esfumábanse las casas en una vaguedad de ensueño. La muerte, victoriosa, parecía haber cruzado la ciudad, sumiéndola en una inexistencia sideral. Arriba, en el cielo, de un verde acuoso, se apagaba el globo esmerilado de la luna; abajo, en la calle, ni una puerta abierta, ni alma humana que transitara. Willy, parado en el umbral, sentía la tristeza infinita de las cosas y el presagio de los grandes dolores. Algo fatal que dormía en el fondo de su alma, como duerme la planta venenosa en el fondo de un estanque, acababa de despertar.

Un carro pasó redoblante por el otro extremo de la calle, alegrándola con el tintineo de sus campanillas; un viejo somnolaba en lo alto, y un rapaz pelirrojo llevaba la mula de la brida, entonando una tonadilla:

Por la vida adelante
voy caminando;
penas y alegrías
me van llegando.


La tristeza sin límites de lo irremediable conturbó su espíritu.

Capítulo 3

PASTOR. —¿Pero qué es esto? ¿Qué significa esto?
MME. ALVING. —(Con voz ronca.) ¡Espectros!

IBSEN

«Esa mujer es un peligro para ti, créeme; no es capaz de querer, y tiene en sí algo que atrae, que fascina. No ha amado nunca, y para una vez que dicen quiso le costó la vida al interesado. Ha rodado mucho. Si no fueses más que un snob, pase; pero tú eres un detraqué, y es un peligro para ti». Las palabras de Julito repercutían en su memoria con esa claridad con que vibran en el oído las notas de una canción oída por la noche al despertar después de pesado sueño. Fue aquella la primera sensación de ser; la segunda un sabor acre, un poco acidulado, el gusto de aquellos labios maestros en un besar sabio que parecía sorber la vida.

Tenía pesada la cabeza, dolorido el cuerpo, con impresión tan grande de repugnancia moral que casi degeneraba en malestar físico. No sentía sueño, ni tampoco ganas de levantarse, y no queriendo encender luz por temor a que el conocimiento de la hora en que vivía despertase en él impaciencias e inquietudes, permaneció en la cama, sumido en las tinieblas. Aquel estado letárgico de estacionamiento, alejadas preocupaciones, le agradaba por su consonancia con el de su espíritu, víctima del desequilibrio constante entre su querer y su sentir. Para que la calma fuese completa deseó alejar el recuerdo de la aventura nocturno; pero ésta le obsesionaba con esa extraña, fascinación que mueve a contemplar por segunda vez el espectáculo que nos hizo retroceder la primera, asqueados. Y como los fantasmas alejan los fantasmas, trató de evocar los de su infancia, adolescencia, y juventud: hechos, ideas y sentimientos de aquel vivir fragmentario compuesto de sensaciones, vibraciones de sus nervios sin conexión ni enlace.

A aquel extraño estado espiritual en que vivía no le había llevado ni una gran catástrofe pasional ni un terrible dolor, sino una serie de pequeñas tragedias sentimentales. Ni férrea mano que le trazara un camino para marchar por la vida, ni excelso ideal que le sirviese de faro, ni un gran cariño que la llevase de la mano; por eso la suya, dejada al propio impulso como nave a merced de las olas, ya se había remontado a las cumbres del ensueño, ya se había arrastrado por todos los lodos de las pasiones. Ideales y deseos distintos se habían sucedido en su alma con rapidez cinematográfica, sin dejar otra huella que el amargor de la desilusión.

Compuesto de matices que se esterilizaban mutuamente, carecía su alma de matiz alguno, y sólo cobraban relieve en la policroma monotonía algunas ráfagas de sensualidad más imaginativa que real y tal cual cabriola de su desordenada imaginación; y pasando sobre él, anonadándole, impidiéndole todo esfuerzo, una abulia extraña, especie de impotencia creadora.

Verdad es que el ambiente de suave nebulosa en que se deslizaron los primeros años de su vida fue propicio al desenvolvimiento de aquel raro carácter de un decadentismo y una exquisitez de fin de raza.

Por qué raro capricho del azar, del matrimonio de don Casimiro y doña Purificación Martínez, honrados comerciantes de un prosaísmo abrumadoramente burgués, y sobre los restos de aquella casa de préstamos La Providencia, donde radicaba, el origen de su fortuna, nació su padre, alma digna de uno de esos príncipes del Renacimiento italiano, artistas y grandes señores a un tiempo mismo, un Médicis o un Borgia, y que, como uno de los más ilustres de éstos, se llamó Alejandro, es cosa que no podríamos explicar, pero que, sin embargo, como tantas otras cosas inexplicables, sucedió.

Ocho años llevaban de casados, y ocho de explotar aquel negocio de préstamos sobre ropas y alhajas, y ya pensaban en retirarse del comercio con un saneado capitalito hecho a fuerza de privaciones, tan sólo con la ayuda de su honrado trabajo —la honradez no se les caía de la boca, pues no hay que olvidar la cáustica ironía de nuestro amado señor don Francisco de Quevedo Villegas, que nos dice que «conciencia de mercader es como virgo de cotorra, que se vende sin haberse», cuando al primer anuncio de la tarda satisfacción del mayor y ya desesperado deseo de su miserable vida les hizo delirar: ¡un hijo! Porque seguramente sería hijo, y por añadidura listo, guapo, bueno. Aquello acabó de decidirles dejar el comercio. Traspasarían la tienda, para lo que se les ofrecía ocasión propicia en los deseos emprendedores de un dependiente, y quedaríanse con lo que a préstamos —con un diez por ciento mensual de interés y garantía de su sueldo— a empleados y militares se refería. Acordado ya tan interesante extremo, comenzaron a hacer castillos en el aire por cuenta de aquel vástago que el propicio destino les enviaba. Sería… ¡qué sé yo! Político, diputado, ministro; quizás, quizás, tirándole más la milicia, general, caudillo victorioso, árbitro de la nación; o tal vez, prefiriendo las glorias religiosas, obispo, cardenal, papa… Pero no, eso no: ellos querían que perpetuase la raza de los Martínez, que seguramente se ennoblecería con una de aquellas coletillas —de Fonseca, de Alfarache, de Malferir— que veían en los documentos hipotecarios de herederos de casa grande, documentos que en la ampliación de sus negocios comenzaban a guardar en los cajones de la cómoda, contrayendo andando el tiempo matrimonio con alguna de aquellas linajudas damiselas necesitadas de un revoque en sus desconchados blasones, y que fuese título. La idea de ser marqueses progenitores hacíales estremecerse de gozo. ¿Dinero?… ¡Bah! Eso no les importaba. Ya tendrían ellos buen cuidado de dejarle el riñón (léxico martinesco) bien cubierto.

La fecha del fausto suceso se avecindaba, y era preciso buscar nombre al nonnato infante. A los héroes, reyes y guerreros de la historia contemporánea, única que —es un decir— conocían, fue pasada revista, pero fueron todos rechazados: unos por feos, otros por haber servido a antipáticas personalidades, otros por el mal fin de sus primitivos portadores. Decidiéronse. Decoraban las paredes de la sala en su nueva casa una colección de litografías, resto del negocio, representando las victorias de Alejandro el Grande en la India —infames dibujos en que aparecía el guerrero con anacrónico atavío medioeval rodeado de negros salvajes empenachados de hórridas plumas—, y aquello fue un rayo de luz. El niño se llamaría Alejandro, y el nombre traería suerte.

Y acertaron. El Destino, que a veces tiene raros antojos, tuvo el de complacerles; y como en esos cuentos en que apenas formulado un deseo aparece un hada benéfica que se apresura a convertirlo en realidad, así el Deseado fue tal y como ellos le soñaron.

Ya en su infancia, una rara distinción en su figura le hacía destacarse del plebeyo marco; después, y según crecía, sus condiciones se afinaban más y más. Era un carácter de sensibilidad exquisita lleno de delicadeza, de gusto artístico, que rechazaba instintivamente cuanto trascendía, a vulgar; tenía apasionado amor por todo lo bello, por todo lo alto, por todo lo noble. Según crecía, el innato instinto estético que había en él acrecentábase. —Este niño será un gran artista, —decían cuantos le veían. ¿Un gran artista? ¡Bueno! No sería ministro, ni general, ni príncipe de la Iglesia, pero sería pintor insigne, genial escultor. De sus manos saldrían aquellas obras cuyo valor intrínseco no apreciaban, pero cuyo valor material no les era desconocido. Y humildes en su paternal orgullo, no cesaban de exclamar como plegaria de admiración un perpetuo «¡Pero a quién ha salido este chico! ¡No parece hijo nuestro!»

No escatimaron medios: maestros, colegios, viajes. Creció. Ansiosos esperaron la obra que le inmortalizara. Y esperaron inútilmente. Pasaron los días, los meses y los años, y la obra no llegaba. Y no llegaba porque faltábale la gran fuerza creadora: la voluntad. Su espíritu era como el mar: ondulaba perpetuamente, reflejando todas las imágenes, todos los matices, todos los cambiantes, desde las borrascas pasionales a las melancolías crepusculares y las glorias matutinas; pero al igual del mar, su hermano, carecía de facultad fijadora, y apenas reflejada la imagen se iba desdibujando lentamente hasta desvanecerse. Era un artista de la vida que cincelaba la existencia como antaño los sacros cálices el divino orfebre.

¡Qué bien recordaba Willy a aquel padre que en circunstancias azarosas fue su único amigo, maestro y compañero! ¡Qué bien evocaba su figura de elegancia, un poco bohemia, pero viril, noble, sin decadentismos! Parecíale ver asomar su rostro de presa, sus ojos audaces y aquel su aire un poco fanfarrón. Decían que se le parecía, y tal vez fuese cierto; pero, de ser así, la semejanza sería la que podía haber entre un aventurero florentino y un su descendiente poeta montemartesco. Creeríase que entre Alejandro y Willy habían vivido generaciones enteras apurando todos los goces y todos los dolores despilfarrando la vida, porque hay razas que desgastan en años lo que otras tardan siglos en desgastar.

Recordaba Willy aquel escepticismo que hacía temblar perpetuamente el labio paterno con gesto vagamente desdeñoso. Era entonces, aún, amable escepticismo de hombre corrido sin crueldades ni ensañamientos; su ironía mostraba, el lado grotesco de las cosas; sentimientos y pasiones dejaban caer ante su mirada perspicaz los oropeles en que desfilaban envueltos por el carnaval de la vida y le mostraban sus pobres personalidades un poco ridículas, y él se contentaba con sonreír y poner un epitafio irónico sobre la tumba de aquella nueva ilusión que moría. Para él no había sino una religión: el arte. Y un culto: la belleza. Honor, deber, creencias, no eran sino vanas palabras del formulismo social con que aquellos que no eran bastante grandes para vivir bajo las supremas leyes del arte trataban de encauzar sus existencias.

Su madre, tal y como ahora la veía, roto aquel velo que hacíala aparecer como melancólica sombra de belleza y de ternura, era mujer de una frivolidad abrumadora, que no vivía sino de su belleza y para su belleza, y por reflejo del lujo y la elegancia como medios de hacerla resaltar. Para ella el mundo era escenario donde se exhibía como una gran muñeca mecánica, sin sentimientos, sin cariños, casi sin pensamientos, y como una gran muñeca, a quien no se puede ni besar, por miedo a que se despinte, la recordaba ahora. Su matrimonio con Alejandro Martínez fue una de tantas románticas locuras como éste hizo. Se conocieron en Roma, en una galería del palacio Doria, ante un cuadro de Patinir. Era por aquel entonces Flavie Corsini, de la patricia familia de los príncipes Corsini Cavalcanti, una belleza pálida, de virgen cristiana. Su cabello, de un oro deslucido, sin rojas flamas a lo Ticiano, se partía en crenchas rígidas, que bajaban, acariciando sus sienes, a ocultar sus orejas. La frente era estrecha, de candor virginal y albura de azucena; los ojos azules, luminosos, ensoñadores, mirando ingenuos bajo el áureo trazo de la ceja, y los labios finos y descoloridos. Alta, delgada, de florentina elegancia de líneas, caminaba pausada, lenta, sin perder jamás su armonía estatuaria.

Alejandro amola, primero con locura, paseando su idilio por las viejas ciudades italianas, luego por los lagos suizos, después por los invernáculos de la costa Azul, por los cafés—concerts de París más tarde, y, por fin, muerta su ilusión ante aquella plástica hermosura que, sin tener alma, hablaba al alma, comenzó a mirarla, como a un objeto artístico más, mejor aún, como a su obra. Prodigiosos brocados, de superba magnificencia medioeval; joyeles de asiática suntuosidad, preseas y atavíos dignos de una Teodora de ensueño, trazaron el cuadro y moldearon la estatua. Y, cosa rara, aquella mujer que no supo representar una comedia de amor, encarnó a maravilla aquella farsa de arte.

En aquellos tiempos, su hogar, si hogar puede llamarse aquel campamento bohemio, sin raíces que lo ataran al pasado, ni anhelos que lo ligaran a lo porvenir, hallábase instalado en un risueño hotel, donde toda frivolidad tenía morada, y toda locura hacía su habitación. Por aquella casa desfilaban, en perpetua farándula, gentes de todos linajes y condiciones, que reían las patochadas de su padre y admiraban las elegancias de su madre. Allí se comía, se bailaba, se jugaba, y el desfile era interminable. Próceres, políticos, artistas, aventureros, histriones, se sucedían sin cesar; pero sobre todo brillaban en aquel cielo esas efímeras estrellas, personalidades de raro cosmopolitismo, que huían, dejando una estela de escándalo —duelos, quiebras, adulterios suicidios.

De aquel primer período de su vida no conservaba claro recuerdo más que de una escena, precisamente la que puso fin a él.

La mañana era brumosa, fría, gris. Al través de la tenue neblina se veían agitarse, sacudidas por intermitentes ráfagas de viento, las ramas esqueléticas de los árboles, semejantes a brazos de torturados que apostrofaran al firmamento en una súplica desesperada de piedad. Un movimiento insólito animaba el hotel, y Willy, olvidado en sus habitaciones del piso segundo, sin atreverse a salir ni a llamar, permanecía con la frente apoyada en los cristales, que empañaba su aliento, contemplando con ojos extáticos el largo paseo desierto, con sus dos hileras de bancos alineados a los lados, tal una doble fila de abandonados sepulcros.

Frontero el mediodía, Dolorosa, la vieja doncella, encanecida en el servicio de su casa, subió por él. Había en sus ojos, de humildad canina, tristeza tan lastimera, conmiseración tan profunda, sintió deseos de llorar. Sin decir nada, cogiole de la mano y bajó con él. Un viento helado de desolación parecía haber pasado por allí, barriendo la dicha para siempre. Las chimeneas apagadas, las macetas sin plantas y grandes manchas obscuras que se destacaban sobre la tenue coloración de las sedas que tapizaban las paredes, indicando el lugar que ocupaban los cuadros, daban una impresión de hundimiento, de catástrofe. En el gabinete de su madre —prodigioso camarín de bizantina fastuosidad— estaba ella, en pie, modestamente vestida de gris, tocada la cabeza de sencillo sombrero de fieltro, del que pendía un gran velo, alzado ahora para secar las lágrimas que se perlaban en sus pupilas de ensueño y resbalaban por su faz de virgen cristiana. Al verle, ni un gesto de dolor, ni un suspiro de consuelo; permaneció inmóvil, petrificada. Al poco rato entró su padre, hosco, taciturno. Cambiaron algunas palabras agrias, duras. Cuando Alejandro hubo partido, cogiole ella, y nerviosa, conteniendo los sollozos, le besó en la frente; luego murmuró egoísta:

—¡Pobre de mí!

Ahora el escenario había cambiado. Al risueño hotel sucediera la destartalada casona, de laberínticos pasillos y grandes salas entarimadas, residencia antaño de los Montalto, propiedad hoy día, merced a uno de aquellos préstamos hipotecarios origen de su riqueza, de su abuela.

El carácter de la vieja habíase amargado. Perdida la fe en su hijo, la tacaña sordidez de sus primeros años había retoñado en ella. Una ira sorda, rencorosa, había nacido en su alma contra aquellos seres que dilapidaban imbécilmente lo que a fuerza de privaciones había reunido en laborar de una vida entera, y día por día, hora por hora, expió, desde, su madriguera, aproximarse la catástrofe con tan violenta rabia, que deseara a veces su pronta llegada, que le volviese a aquellos seres, vencidos, indefensos.

La vida se deslizaba allí con una monotonía miserable, en absoluta soledad moral. Y recordó la insuperable tristeza de aquellos yantares, cuando, congregados ante los manteles de hostil blancura monástica, comían silenciosos, interrumpiendo tan sólo la calma, de muerte una lágrima que temblaba en las pestañas de su madre, una imprecación contenida, que era como trueno de la tempestad que bramaba en el alma de su padre, o una frase amarga, mojada en hiel, que dejaba caer la vieja.

Una noche… —¡con qué claridad se ofrecía a sus ojos la escena que aisló para siempre a aquellas almas! —una noche, pues, comían los cuatro bajo la triste luz de una lámpara de petróleo. De pronto una palabra más amarga, una protesta más violenta de Alejandro, provocó la tempestad. Habló la vieja, y habló cruel, implacable, como el destino, sin importarle que aquel a quien hería fuese su propio hijo. ¿Por qué se quejaba? ¿Quién sino él tenía la culpa? En la vida, tarde o temprano, se recogen siempre los frutos de nuestras obras. ¿No habían pasado su padre y ella la suya sacrificados, esclavos de él? ¿No habían vivido para verle rico, grande, feliz? Y él, loco, imbécil, lo había tirado todo a rodar. Siguió ahondando la herida, ensañándose sin piedad, sin compasión hacia aquel ser, alma de su alma, carne de su carne. ¿De qué había servido su sacrificio, su cariño? ¿de qué? ¡Todo tiene límites en el mundo!

Estalló. ¡Ah! ¿Creía ella, por azar, que aquello era cariño, aquello amor? ¡No, no! ¿Medir la ternura según el éxito de las empresas? ¿Pero no veía que era irrisorio sarcasmo? Amar es poner, no ya nuestra vida, nuestra alma, entera al servicio de nuestro amor, y no éste al de falsos convencionalismos sociales en que no creen ni aun aquellos que aparentan acatarlos. Amar es sacrificarse perpetuamente, tener piedad, perdonar siempre. Es callar y ocultarse en los momentos de dicha, acechar los de dolor para brindar refugio. No es cariño aquel que nos traza un camino, y, al verle desdeñado, espera casi satisfecho que nos estrellemos para decir: «¿Ves? ¿ves cómo tenía razón?»; querernos es tratar de conducirnos hacia la dicha; y si no nos dejamos guiar, si erramos, esperar pacientes, acumulando perdón y ternura para el momento en que, vencidos, vamos a caer, tender los brazos y murmurar una palabra de consuelo y de esperanza.

Exaltado, se había puesto en pie, y hablaba poniendo en cada palabra su pobre corazón, que sangraba dolores, desengaños y tristezas. Su madre le miraba silenciosa, casi enternecida; en los dulces ojos de Flavia, brillaban dos lágrimas, y por un instante pudo creerse que al empuje del sentimiento aquellos tres punzantes dolores se fundirían en un solo dolor, más dulce, más llevadero. Fue sólo un momento; las tres almas tornaron a alejarse, y ahora para siempre.

Desde entonces la vida corrió más triste aún, más monótona, más anonadadora. Los recuerdos se confundían luego en la bruma incolora de aquel vegetar, y sólo evocaba claramente la frívola tragedia de la muerte materna. Fue como había sido su vida entera. Aquella ave de peregrino plumaje, que pasara la vida gorjeando, tenía que morir al ponerse en contacto con el frío de la pobreza y el olvido. Y fue su muerte, dolorosa, una protesta contra la recidumbre de su destino que no la dejara gozar, una suprema rebelión contra la vejez y la fealdad. No pensó, al morir, en Dios, ni en su marido, ni en su hijo; pensó en que dejaría de ser bella, y dejaría de gozar.

Peregrinos Alejandro y Willy por el mundo, y perdida el primero toda ilusión para sí mismo, púsolas en su hijo, pues son de tan rara condición las humanas ilusiones, que aun aquellos mismos que dicen carecer de ellas, tan sólo de ellas viven. Quiso que aquel ensueño de arte y de gloria, imposible para él, fuera patrimonio del heredero; quiso hacerle fuerte, invulnerable a las humanas debilidades, emprendedor, osado.

Había cambiado mucho Alejandro Martínez a los crueles latigazos de la vida. Aquella suave ironía que apenas si era antes grato cosquilleo, habíase trocado en terrible bisturí que desgarraba creencias, ideas y sentimientos, mostrando sus deformidades y gangrenas. Rompía las envolturas gratas o tolerables, y tras de disecarlas para recreo de la vista, mostraba el contenido nauseabundo. Ante los ojos asombrados del adolescente, que, al ver, veía, aquella realidad, mostró tras de cada fe una superstición o una cobardía, tras de cada amor una lujuria, tras de cada cariño un egoísmo, de cada amistad un interés. E implacable, cruel, no se contentó con analizar los ajenos sentimientos, sino que desgarró sin compasión su propio corazón, y cuando le vio sangrar no se detuvo, sino que siguió estrujando hasta que ya no rezumaba ni una gota. Asistía Willy horrorizado a aquella impía anatomía moral, a aquella amputación ilusoria. Comenzaba a ser hombre, y, según es ley natural del vivir, a aclararse sus ideas y sentimientos.

Era en lo físico un muchacho de complexión delicada, enfermiza nerviosidad —tal vez heredada de su madre— e imaginación espléndida. Y en cuanto a su espíritu se refiere, como formado en la escuela del florentino, que vivía en su padre, informábale una carencia absoluta de sentido moral. Todas esas bellas utopías por que luchan los hombres eran para él monsergas. Deseó desde muy joven ser escultor. Los dioses y diosas que viera surgir ante sus ojos en los museos italianos, le fascinaban como fragmentos de una bella vida remota que imposible cataclismo hubiese petrificado. Amaba la escultura por cima de todo. Era su arte. Él no comprendía el alma que puede palpitar en el fondo de las cosas, y tenía, en cambio, prodigioso instinto de percepción para la forma. No comprendía que un matiz provocara un sentimiento, y percibía, en cambio, la belleza, de una mueca dolorosa o la magnificencia de un gesto trágico. Bajo sus dedos hábiles el barro se moldeaba en suaves líneas, y el mármol se caldeaba con un soplo de vida. Pero la abulia, aquella fatal herencia, pesaba, sobre él, esterilizando sus esfuerzos. Apenas en su imaginación, soberbia fragua forjadora de quimeras, concebía una obra, y antes que el cincel y el buril diesen remate a ella, un ensueño de gloria se cernía sobre la innata maravilla. Escapábase su pensar por campos de irrealizables esperanzas; sus manos quedaban inertes, y poco a poco la abulia descendía sobre él, le envolvía en su velo gris. La concepción se esfumaba hasta borrarse, y la obra quedaba inacabada. Así, en su estudio dormían el sueño piadoso del olvido en los grandes bloques de mármol la crispación lasciva de un torso femenil o el enigma de unos labios sádicos.

Dos desengaños crueles, dos catástrofes sentimentales acabaron de trazar aquel carácter. Fue la primera su iniciación de amor; la segunda, la muerte del postrer ídolo ante que se arrodillaba aún.

Refugiado en su estudio una tarde de verano, reposaba. Tropical calor caía a plomo, anonadándole. Willy leía. Las páginas dolorosas de Le Calvaire le ofuscaban con una sensación casi morbosa. De la azotea próxima venía un vaho de infierno. Voz de mujer cantaba a lo lejos, y las chocarreras notas de aquel cantar llegaban a él apagadas, fatigosas.

Cogiditos de la mano
¡Riquitrún!
Se marcharon de paseo
¡Riquitrún!
Mi primita Encarnación
Y su tío don Tadeo.
Riquitrún, riquitrún,
Riquitriquitriquitrún.


Willy, aburrido, salió al terrado. El sol caía de plano sobre los rojos ladrillos del empedrado, recociéndolos; algunos tiestos de albahacas morían en la asfixia de la tarde de fuego; en el cielo ni una nube; un azul intenso teñía el horizonte, que de vez en cuando estelaban de negro una bandada de errabundos pájaros. Atraído por la voz femenina, se aproximó a una ventana abierta.

El reflejo solar reverberaba en el blancor de las paredes enyesadas, dañando los ojos; en un hornillo caldeado al rojo se calentaban algunas planchas, y ante enorme mesa vestida de blanco lienzo, una mujer planchaba. Era hembra fuerte, alta, vigorosa, de animalidad potente; tenía el pelo rojo, los ojos grises, pequeños, pitañosos, de raras pestañas e hirsutas cejas; la boca grande, lujuriosa; en la albura de su piel la viruela había dejado sus huellas; goteándole el sudor de la frente, remangadas las mangas, dejando ver al desnudo los recios brazos y entreabierta la chambra, mostrando el prominente seno agitado por leve jadear, respiraba intenso olor de bestia en celo. Willy quedósele mirando curioso; ella, al sentirse contemplada, fijó en él los ojos un instante asombrada; luego rió neciamente. Entablaron palique. La mujer seguía su trabajo, deteniéndose de vez en cuando con la plancha en alto para mirarle y reír, mostrando los dientes grandes y amarillos. De pronto sintió el muchacho ansiedad extraña, ola de fuego que invadía su cuerpo todo, con un deseo indefinido, ansioso, violentísimo, que hacía arder su sangre en anhelos desconocidos. Seca la boca, palpitante la nariz, inyectados los ojos, se aproximó a ella, y sus manos, que temblaban, tentaron el cuerpo sudoroso. La prójima resistió primero débilmente, riéndole en los labios; después se entregó allí mismo, entre los montones de ropa húmeda, con sumisión de bestia familiar.

Rodaron…

Los años habían corrido y cumplido Willy los veinticinco, cuando murió su padre. Sintió el muchacho al verse solo impresión de abandono, de soledad moral inmensa. De la feroz demolición interior llevada a cabo en su alma por su maestro, sólo una ilusión quedaba en pie, su madre; y a ella se asió. Jamás las acres palabras del vencido, implacables con todos y con todo, habían manchado la dulce sombra de Flavia. Y según el tiempo corría, ejerciendo sus funciones de Jordán, borrando los pecados y dando mayor brillo a las virtudes, la figura de la italiana, limpia de frivolidades. y ligerezas, se agrandaba y embellecía envuelta en suave bruma de bondad y ternura, y en la aridez del alma de Willy era, aquel refugio a su pensamiento, fuente de paz.

Al morir su padre y verse solo en el mundo, aquel su enfermizo sentimentalismo heredado de su madre, sugiriole una idea romántica: anheló abandonar París, donde en medio del barullo y animación se hallaba más abandonado, más solo, y buscar refugio en el vetusto caserón madrileño en que corrieron tristes años de su vida, y allí vivir, hallando consuelo en la memoria, de aquella madre tan santa, tan dulce y tan desgraciada. Y pensado y hecho: púsose en camino.

Cuando aquella tarde un poco bochornosa de mediados de mayo pisó el umbral de la casa familiar, latíale con violencia el corazón. Sin detenerse, con la ansiedad de aquel que después del naufragio va a caer en los brazos de la persona amada, penetró en las habitaciones de su madre. Todo estaba como años atrás. Allí la inmensa cama de palo de rosa y bronces, donde agonizara; allí el largo diván guarnecido de encajes, en que tantas horas implacables le vieran languidecer de tedio, una novela entre las manos; allí aquel arpa raras veces tañida en crisis de romántica tristeza; allí el pupitre de peregrinas incrustaciones de maderas preciosas; y allí, en fin, el retrato de la amada muerta. ¡Qué bella estaba! El óvalo prodigioso de su rostro de madona angélica se dibujaba bajo el oro pálido de los bandós hieráticos. Los ojos de cielo brillaban serenos en la nacarada albura de la tez, cobijados bajo la línea irreprochable de la ceja, y en sus labios florecía aquella sonrisa, que era a la vez plegaria y beso. Hallábase sentada en un escabel; una vestidura de cándido blancor ceñía su cuerpo; blanca paloma yacía en su regazo, prisionera entre sus manos, no menos blancas que ella. A sus pies en búcaro de peregrina elegancia, florecían azucenas litúrgicas, cándidas como flores del huerto de Sión, y al través de unas arcadas que sostenidas por pétreos pilares cerraban el fondo del cuadro, divisábase un paisaje de bíblica ingenuidad pueril.

Willy sintió deseos de arrodillarse y rezarle como una santa; después otro no menos vehemente de abismarse en el pasado y de volver a vivir su vida. Con unción abrió el mueblecillo de las incrustaciones; un conjunto de marchitas fragancias —olor de antiguos encajes, de viejos abanicos, de olvidados papeles, de mustias flores— que daban una sola fragancia, la fragancia del pasado, le hirió haciendo llenarse sus ojos de lágrimas. Comenzó a revolver cosas, y con cada nueva surgía un recuerdo, y su alma, yerta como tierra quemada por un sol de verdad, se inundaba de bienhechora melancolía. Caía la tarde; Willy, abismado en las dulces memorias, no veía llegar la noche. En un cajoncito halló un paquete de cartas atadas por una cinta azul. Lleno de emoción, creyendo serían de su padre, se aproximó a la ventana para leerlas. Rompió la cinta y miró la letra. No era de Alejandro. Trató de leer, y no había luz; sólo algunas palabras —amor… cariño… te juro… — le quemaban los ojos. Ansioso, desasosegado, buscó cerillas, y no las halló; trató de encender la luz eléctrica, y no funcionaba… Impaciente, nervioso, decidió marcharse, irse a un café para leer allí.

Salió a la calle. Había caído un chaparrón, y las losas de la acera espejeaban; una emanación intensa de humedad subía de la tierra mojada. La multitud transitaba ruidosa por la amplia vía, y Willy, deseando huir, refugiose en el primer café que halló al paso. Era un café popular, de grandes dimensiones, decorado con infames pinturas y enormes espejos, que reflejaban la profusa iluminación de bombillas eléctricas y arcos voltaicos. El pianista acababa de tocar la Rapsodia húngara, y el numeroso público que llenaba el local aplaudía a rabiar. Willy sentose a una mesa y pidió coñac. En la de al lado a la suya, una señora gorda y frescota, tocada de clásica mantilla, con facha de tendera, endomingada, acompañaba a dos pollitas esmirriadas, luciendo presuntuosos sombreros, y las tres paladeaban sendos sorbetes de mantecado. En frente, dos obrerillos tomaban café. El muchacho sacó sus cartas, y comenzó a leer. ¡Eran cartas de amantes! De amantes, sí, en plural; de dos amantes. Y ni siquiera latía en el fondo de ellas el fuego de una pasión irresistible, sino la amable ligereza de unas relaciones mundanas. Citas, proyectos de diversiones, celos de vanidad, quejas de amor propio: ¡total nada! No podía leer. El pianista aporreaba el teclado, y parecía, descoyuntarse llevando con todo el cuerpo el compás del Vals de las olas. La señora gorda y sus niñas comentaban a gritos chismes de vecindad, y los obreros reían chabacanerías. Su dolor, la revelación de su deshonra, la desilusión sentimental, se borraban confundidos en el ensordecedor horrísono. Le parecía tener ante sí una novela, cuyo asunto fuera una de aquellas crueles disecciones de almas que su padre realizara tantas veces a su vista. Una pasión fuerte, invencible, que atropella por todo, que lo sacrifica todo, que lo barre todo, puede perdonarse; una pasión criminal, traidora solapada, llena de infamias y bajezas, puede hasta admirarse; ¡pero aquello! Al fin salió. No quería ni pensar en ello para poder conciliar el sueño, que bien lo había menester. A la siguiente mañana, analizaría, meditaría tras de leer las cartas reveladoras. Hondo horror sentía por la crisis moral que le esperaba: deseo de dormir, de no volver en sí jamás.

Y por la mañana, al despertar, se halló tranquilo, indiferente, sin inquietudes ni amarguras, casi contento de vivir, curado. Leyó las cartas, una a una, entre bostezos, como páginas de un viejo romance de amores sin frescura, lleno de artificio.

He aquí por qué extrañas derivaciones sentimentales llegó a ser un canalla teórico. Y digo teórico porque tenía —sin morder la sagrada manzana— la clave del bien y del mal. Sabía planear fría, hábilmente aquellas arriesgadas empresas, y luego, en el momento decisivo, una de aquellas dos fatales fuerzas que yacían en su alma, la sensualidad o el enfermizo sentimentalismo, surgían arrollándolo todo y destruyendo su obra.

Seguro de su talento, pero seguro también de su esterilidad al faltarle con la voluntad la gran fuerza motriz, comenzó a rodar por la bohemia parisiense. Según corría el tiempo, ansia insaciable de goces le invadía, sed de dinero le abrasaba. Deseaba llegar a la gloria, pero no por la gloria misma, sino como medio de gustar de los placeres. Fue un arrivista. No perdonó ocasión ni medio; escéptico, amoral, sin escrúpulos, emprendió varias veces la conquista de la vida, pero siempre lo flaco de su voluntad y lo descabellado de su imaginación dieron al traste con su empresa. Un descorazonamiento inmenso pesaba sobre él, y comenzaba a desesperar, cuando en uno de aquellos cenáculos de la bohemia elegante, en casa del pintor holandés Wander Helden, simbolista, morfomaníaco y diabolista, que ganó su fama con una tabla prerrafaélica, «Las nupcias de la Muerte y el Amor», y acabó recluido en una casa de salud, conoció a Lina.

Diose inmediatamente cuenta de la impresión causada sobre la española dama, y vio desde luego en ella el instrumento de su triunfo.

Aquella mujer, que después de cruzar la vida en absoluta aridez de corazón buscaba en las postrimerías de ella un amor, sería la escalera por donde Willy subiría a la gloria, a la posición y a la fortuna. Lina Monreal pondría a sus pies, para servirle de pedestal, toda aquella fuerza acumulada en una existencia de lucha.

Comenzó bien; pero pronto su naturaleza resurgió, y en vez de subir él, al amparo de aquella mujer, comenzó a arrastrarla hacia el abismo.

Hacía unos días que hiciera firme propósito de salvarla para salvarse él con ella; y no bien comenzó a poner en práctica tan loable proyecto, hete aquí que en el momento de prueba surgía ante él el enigma de los ojos gitanos y la atracción del cuerpo quimérico de la Soler. Pero ahora no. Estaba decidido. Ahora…

—¡Delicioso! Todos en conmoción por ti… Lina sumida en el dolor… María sin saber qué hacer para llevar consuelo al alma atribulada… Yo en tu persecución, ¡y tú durmiendo a pierna suelta! ¡épatant!

Era Julito Calabrés, que había penetrado en la alcoba, y abriendo la ventana para dar paso a la luz de un triste día otoñal, hablaba con afectada voz timbrada de prosopopeya y de ironía; rebuscando las palabras para dar sonoridad a las frases.

Willy se había sentado en la cama, y contemplaba al elegante, que iba y venía por el cuarto, jugando con liviano junquillo, tocándolo todo, destapando los tarros, probando los perfumes, hojeando los libros, impertinente, curioso, inquieto. Un traje de paño morado, de exageradísimo entallado, le ceñía el cuerpo; llevaba al cuello una chalina de crespón malva, sujeta por dos perlas monstruosas, repulsivas, como raros bichos, unidas por leve cadena de platino; una pulsera de crisopacios y brillantes azules ceñía su muñeca; peinaba sus cabellos a lo Alfredo de Musset, y brillaba en su diestra extraña gema de acuosa coloración, regalo, según él, del rey de las islas Dahomet, exótico monarca con quien trabó gran amistad en Baden—Baden durante su estancia allí —tres días inacabables de aburrimiento, el tiempo de enviar postales a todas sus amigas—, y ostentaba en la izquierda mano un férreo anillo con arábiga inscripción, que, si había de ser creído (no lo era), fue cogido del dedo de una favorita del rey de los creyentes, muerta de amor; tenía trágica leyenda, pues su poseedor no podía amar sin ser fatal a la persona amada.

Era Julito un poseur por gusto y por conveniencia. Habíase impuesto un papel en el teatro de la vida, y desempeñábalo a maravilla. Allá en el fondo de su ser era el primero en reírse «de sus cosas», pero quería a toda costa llamar la atención, chocar siempre, destacarse. Habíase propuesto hacer única y exclusivamente su santísima voluntad, sin imposiciones ni respetos, y escudado con aquella capa de extravagancia, salíase con la suya. Sostenía las más raras y descabelladas teorías, apoyado en extravagantes textos; vestíase con insólitos atavíos, y dueño de un aplomo a toda prueba, cruzaba el mundo sonriendo irónico, caminando a su fin sin importarle el clamoreo de la chusma, como esos actores que vemos hablar y sonreír ciegos y sordos ante las iras deshechas del público. Unos le despreciaban, otros le temían, algunos, los menos, pero los más videntes, le admiraban, y todos le agasajaban, reían sus chistes, comentaban sus rarezas y temblaban sus malevolencias.

Interrogó Willy:

—Bueno, ¿qué pasa?

—¿Que qué es lo que pasa? ¡Y me lo preguntas! ¡Y tienes valor! —clamó Julito con graves aspavientos—. ¡Qué va a pasar! Que Lina, tu dichosa Lina, está que se le puede ahogar con un cabello.

—¡Qué barbaridad!… Y, ¿por qué?

El farsante tuvo un gesto melodramático.

—Lo sabe todo.

—¿Para qué se lo has dicho? —respondió el bohemio.

—¿Yo? ¿Yo? ¡Jamás! —clamó el aludido, llevándose ambas manos al pecho con un ademán de sinceridad teatral.

—¿Quién iba a ser?…

—El general, el marqués… cualquiera menos yo.

Ya sabes mi lema: Sprechen ist Silbern Schewergen ist Golden.

Willy no hacía gran caso, y se vestía cuidadosamente, sin prestar sino muy mediana atención a las palabras del poeta. ¡Bien sabía él su valor! Julito adoraba cuanto trascendía a lío o trapisonda; gustaba de enzarzar a los demás, ejerciendo de mediador, y no había embrollo que no provocara él por el solo gusto de desenredarlo luego. Siguió:

—Y cuenta, cuenta tu aventura, tu viaje sentimental a Citherea, con mi bella gitana. ¿Verdad que tiene unos ojos trágicos, unos ojos de misterio y de muerte? Los versos del poeta parecen hechos para ella:

Los ojos de las reinas fabulosas,
de las reinas magníficas y fuertes,
tenían las pupilas tenebrosas
que daban los amores y las muertes.


Willy se dejó caer desdeñoso:

—Sí, vale bastante.

—¡Adiós, tú! Mira, guarda tu desdén para mejor ocasión. ¡Es admirable, portentosa, ideal! Es gitana, y Dios sabe de qué remoto monarca descenderá; tal vez es fruto de los amores de Salomón con la reina de Saba. ¡Parece que lleva la muerte en la boca y en los ojos!… Pues y el cuerpo… Cuando anda, ¡qué ritmo!… A mí me recuerda a Baudelaire:

A te voir marcher en cadence,
Belle d'abandon,
On dirait un serpent qui danse
Au bout d'un bâton.


El escultor tuvo un estremecimiento involuntario. La figura de la bailaora habíase esfumado un instante en la semipenumbra.

Calabrés seguía hablando, ligero, risueño, baladí; saltando, en su charlar sutilmente incongruente, de unos temas a otros, desflorándolos todos sin insistir en ninguno, con amable frivolidad de conversador mundano.

—Pues, ¿qué me dices de la sin par e inenarrable doña Trotaconventos? ¡Tan gran dama! ¡tan señora! Siempre con su traje de seda negra y sus pendientes de colgantes… Luego, de fijo te habrá hablado de su gran pundonor y mucha decencia. Antes de pedirte nada, te jura por sus entenados y difuntos que no es amiga de dineros. Yo, cuando hablo con ella, me parece hacerlo con la quevedesca doña Tal de la Guía, y te aseguro que si ésta, no sale por la puerta del humo es porque ahora hay chubesquis.

Willy, vestido ya, reía las ocurrencias de su amigo.

—Bueno, ¿dónde vamos?

—¡Dónde hemos de ir! A casa de María, donde está Lina.

El amante de la Monreal hizo un gesto de resignación.

—Vamos allá.

A la distraída miró la hora. Las cuatro. A las cuatro y media tenía cita con la Soler. Recordó sus planes, sus meditaciones, su resolución inquebrantable. No iría.

Salieron. Ya en la calle, y ante el eléctrico de Julito, sintió flaquear sus propósitos. La imagen de la bohemia hirió su imaginación con punzante recuerdo, y sin detenerse a analizar impresiones ni a musitar proyectos, decidiose de súbito a ir, aunque sólo fuese un momento, y volviéndose al componedor:

—Mira, vete tú delante; ahora iré yo —dijo.

—No te dejo: no irías.

—Sí, iré.

Y echó a andar.

El otro se encogió de hombros, y entrando en el automóvil, dió las señas de la marquesa de Montaraz. Después miró a Willy alejarse, y meditó. La vida es un conjunto de novelas. Allí había una. ¡Pobre Lina! Podría llamarse… ¡Qué trouvaille! Podría llamarse, y así en francés y todo, para mayor claridad… podría llamarse Oubliée.

Capítulo 4

J'allais, hautain et fort, drapé dans ma pensée,
posant mon pied vainqueur sur l'avenir vaincu;
Moi acul régnais sur moi; mais vous êtes passée
et je n'ai plus compris de quoi j'avais vécu.

EDMOND HARANCOURT.

—Ja! ¡Ja!… ¡Divino!

—…

—¿Y dices que el general con una ninfa contemporánea de Mari—Castaña y Willy con la Soler?

—…

—¡Qué atrocidad! ¡Ni que le hubiese dado flechazo!

—…

—¿Que sí? ¿Que le ha dado flechazo? ¡Hombre, no seas exagerado!… Cualquiera que te oyese creería que era la Venus del mirlo, como diría ella…

Y María Montaraz dejó el cigarrillo turco en el borde del teléfono para reír a sus anchas, a la vez que cogía el otro auricular, interesada, por la historia que de los acontecimientos de la pasada noche le hacía con todos sus detalles, más algo que ponía él de su cosecha, Julito Calabrés desde el club.

Hallábase la dama subida sobre un sitial; un kimono de seda verde florido de crisantemos de oro dibujaba la armoniosa línea de su torso de adolescente, y los negros rizos que ornaban su cabeza pequeña y redonda hacían más apetitoso el cuello de piel tenuemente bronceada.

—¡Pobre Lina! —clamó la loca con fingida conmiseración, bañándose en agua de rosas ante los disgustos de su carísima amiga—. ¡Y la prójima esa no vale nada! ¡Tan pintadita!

—…

—¿Que no está pintada? ¿Que es una maravilla? ¡Qué barbaridad!… ¡Estoy por creer que te ha chalao a ti también!

—…

—¿De veras?… Y ella será una tiorra, por supuesto.

—…

—¡Ah! Muchísimo. De la patria del Cid… Su padre…

—…

—¿Un sindicato? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! No seas majadero y cuéntame. ¿Lina no sabrá nada?

—…

—¿Que hay que contárselo? No seas mal intencionado.

—…

—Lo haré por complacerte. Unos cuantos capotazos y un descabello. ¡Al pelo!

Abriose la puerta y el lacayo anunció:

—La señora condesa de Monreal.

En el dintel se dibujó la figura elegantísima de Lina. Traje de paño de un azul prestigioso marcaba las formas llenas de armonía de su cuerpo; pequeño fieltro azul, adornado de un pichón gris que reposaba la cabecita en los rubios rizos, tocaba la ladeada testa, y toda su persona respiraba gracia y armonía, aunque así, en plena luz, notábanse mejor en ella los estragos del tiempo, pues si bien el conjunto conservaba su belleza, el rostro, a pesar del sabio retoque, habíase marchitado. Sus ojos, siempre bellos, verdes, expresivos, eran ahora tristes, cansados, y los rodeaban anchos círculos azulados; la boca, caía levemente en la comisura de los labios y algunas arrugas no trazadas, apenas delineadas, surcaban la frente.

María, salió a su encuentro, y besándola ruidosamente, comenzó a gritar:

—¡Mujer, qué gusto! Yo que me aburría como una ostra… Pues no te esperaba hasta las cinco.

—A esa hora había yo pedido el coche para venir; pero estaba tan triste, tan sola, tan desesperada…

—Pues, ¿qué te pasa?

¡Qué me ha de pasar! Willy, que ni ha ido a almorzar, ni ha avisado, ni ha parecido por casa… Si no hay paciencia. ¡Te digo que estoy harta!

—¡Qué atrocidad!

Y María, fingiendo asustarse, buscaba el modo de dar aquellos capotazos ofrecidos a Julito.

—Pero, mujer, siéntate y cuenta.

Y llevándola hasta el diván, la empujó suavemente, para que se acomodase, e hízolo ella acurrucándose como mona amaestrada sobre los cojines de un puf.

Más que camarín de bella era aquel saloncito despacho de muchacho aficionado a los deportes. Cierto que las paredes estaban pintadas de blanco, decoradas con molduras y grandes cuadros de damasco verde, sobre los que se destacaban algunos retratos del primer Imperio —Napoleón, Josefina, Madame de Recamier, L'Eglion—; pero en los muebles, cuya mayoría obedecían a las modas reinantes durante la epopeya napoleónica, había María, en aras de la comodidad y de su capricho, cometido verdaderas herejías decorativas y anacrónicas. Así, por ejemplo, había instalado aquel diván turco, cálido, nido de almohadones donde gustaba descansar al regreso de sus excursiones, diván que, según los maliciosos, podría contar, si fuérale concedido el don de la palabra, sabrosas historias. Tampoco hacían juego con los demás muebles las dos enormes butacas inglesas de piel —procedencia Mepple—, que ofrecían su muelle refugio a ambos lados de la chimenea, y menos aún la sillita de caballete de roble que también se veía allí. La mesa de escribir era demasiado grande para ser de mujer, y estaba llena de papeles, mezclados con ceniceros y cajas de pitillos. Emblemas o cuadros de caza ornaban todos los accesorios del escritorio, y presidiendo la mesa lucían en marco de roja piel —¡oh escándalo de las personas honradas!— un retrato de la Otero dedicado a la excelentísima señora marquesa de Montaraz. Junto a la mesa de escribir, y al alcance de la mano, una pequeña biblioteca giratoria contenía los libros favoritos de la dueña. A ella, que no la diesen Lorrains, Rachildes ni Essebacs; eso para el memo de Julito, que pasaba de perverso, o para la necia de Lina, que también se las daba de desequilibrada; a ella que le diesen libros jocosos, verdes y picantes, pero modernísimos, porque Boccaccio y Aretino le reventaban. Algunos de Paul de Kock, bien escogidos —La Casa Blanca, La dama de los tres corsés, Entre niñas y brigadieres—, todo Willy, su favorito, y algo de Zola para cuando no podía dormir. Pero lo que más llamaba la atención en la estancia, y pintaba a su dueña de cuerpo entero, era una estatua de la Venus de Médicis, terciado un capote de paseo y sombreada la frente por el cordobés.

Sentose, pues, María, y cogiendo mimosamente las manos de su amiga, dispúsose a cuadrarla para la famosa estocada:

—Conque cuenta, monísima, cuenta. Decías que Willy, anoche…

La otra alzó vivamente la cabeza, con un gesto de ansiedad:

—Yo no he dicho eso… pero tú sabes algo. ¡Dímelo, mujer, por Dios!

—Pero, criatura, ¿qué quieres que sepa yo? —protestó hipócrita la morena.

—Sí sabes, sí, María; ¿por qué negármelo? Tú has hablado con Julito, y Julito estuvo con él. ¿No ves que esta duda es atroz? ¿No ves que tengo que ponerme en lo peor? Anda, sé buena, salada.

Y había dolorosa humildad en su súplica.

La Montaraz se compadeció.

—Mira, no es nada extraordinario; pero como tú eres tan celosa y te impacientas…

—Tendré paciencia.

Y era sumisa.

—Pues verás —comenzó la chismosa, con las de Caín—, no tiene nada de particular, al fin y al cabo; anoche, después de irnos, se volvieron al foyer, y allí cenaron con la Soler.

Lina saltó exasperada:

—¡Y te parece poco! ¡Y dices que no tiene nada de particular! Pues, ¿sabes lo que te digo yo? ¡que es una infamia!

María trató de calmarla.

—¡No seas loca! Se puede querer a una persona…

La otra protestó airada:

—Si es que no me quiere.

—Pues si tan segura estás…

—Pero es que le quiero yo —afirmó rotunda; y con gesto rápido alzó el tul que velaba de azul el rostro peregrino, y nerviosa enjugó con el pañolito de encajes una lágrima más imaginaria que real.

—Pero aunque así sea, —predicó María—, si no te quiere, haces mal en seguir. ¿A qué comprometerte, desprestigiarte, luchar, si tan cierta estás? Aunque siempre sea peligroso, todavía cuando tiene una seguridad de encontrar la felicidad, aun se puede echar todo a rodar; pero así…

Lina tomó ese aire de misterio peculiar a quien va a hacer a un extraño la revelación que oculta tragedia interna o a iniciarle en raro fenómeno de psicología.

—Mira, María —comenzó—, te voy a hacer una confesión, a ser franca, franca como no lo he sido ni lo seré con nadie; no quiero tener en este momento ni amor propio de mujer guapa, ni siquiera de mujer. Pues óyeme: ahora, segura de que no me quiere, engañada por él, traicionada, humillada, ¡soy feliz queriéndole! Y hasta pienso a veces que somos más dichosas cuando queremos que cuando nos quieren a nosotras. De que nos quieran nos cansamos; de querer nonos cansamos nunca.

María la contempló asombrada. ¡Pero, aquélla no era su Lina! ¡Se la habían cambiado! ¡Y ella que llegó a admirarla en un tiempo! ¡Cómo se conocía que se iba haciendo vieja, y por eso, como toda mujer al sentirse declinar, se aferraba a su pasión con el cruel temor de que fuese la última!

Lina siguió:

—Y en el fondo tengo la esperanza. de que Willy llegue a quererme. Verá en mí tal cantidad de amor de cariño, de ternura, que a la fuerza acabará por convencerse de que jamás en nadie lo hallaría igual, y se dejará vencer.

María fue leal.

—¿Quieres que te sea franca? Pues yo, no. Aparte de que en el amor soy partidaria del flechazo, y creo que se quiere o no desde la primera mirada, no tengo fe nunca en que un inferior nos ame. Podrá querernos; amarnos, jamás. Tiene que ver en nosotros instrumento o dueño: al instrumento no se le ama; al dueño se le engaña. Para amarnos hemos de buscar un igual; mejor, un superior. Para un inferior somos lo necesario —nadie aprecia lo necesario más que cuando carece de ello—; para un igual, lo común —nos es indiferente, por regla general—; para un superior, la locura, y todos aman su locura.

Lina calló un instante; luego dijo:

—No sé, no sé; pero ya ves; además, estoy tan sola, no tengo a nadie en el mundo… (porque tener a Perico y a Baby no es tener a nadie) y necesito que me quieran o, al menos, que me lo digan.

María se encogió de hombros.

—¡Bah! Eso no te ha de faltar…

Lina alzó los ojos. Una mirada triste pasó por su rostro, como la sombra de una rosa por un espejo de plata.

—Sí, ya lo sé. Pero yo he perdido mi facultad de creer. Cualquiera que viniese después de Willy supondría que lo hacía por interés o por vanidad, no por amor. Willy ha matado en mí la fe, y, ya sabes, el amor es como un cristal de ilusión: si de pronto se rompe, volvemos a ver las cosas tal y como son.

María se hacía cruces. ¡Loca, Señor, loca, de remate!

La Monreal calló un instante; luego murmuró doliente:

—¡Qué felices son las mujeres honradas!

La cínica hizo una mueca despectiva:

—Hija, no puedo decirte. No soy voto en la materia.

La primera vez que la condesa Carolina de Monreal sintió aquella sensación de tedio, de tristeza, de abandono, fue en Monreal—Cottage.

Monreal—Cottage era su gloria y su elegancia. En sus tiempos felices de apoteosis había querido tener, a semejanza de los que las grandes damas inglesas poseen en Escocia, un coto de caza con campestre y señoril residencia, donde pasar la primera parte del otoño —paréntesis abierto en su vida mundana entre el agosto de Saint—Moritz, Ostende o Carlsbad, y el octubre parisién—. Y dada a buscar lugar propicio, recordó que entre los bienes heredados de tía Carmina había unas posesiones allá en la provincia de Ávila, donde, según es fama, tuvieron su casa solariega los Monreal, y, según María Montaraz, la cueva desde donde salían a robar a la carretera. Quiso que aquella residencia tuviera carácter, mucho carácter, y asesorada por Julito, persona de exquisito gusto y de un barniz estético a la violeta, comenzó las obras. Donde se asentaba el antiguo caserón hizo levantar uno nuevo, pero conservando todo el corte del primitivo. Enormes estrados de enyesadas paredes, que hacían destacarse más los retratos de familia (cada uno de la suya, según María) —viejos hidalgos, cenceños, avellanados, terrosos, melancólicas damas de palidez marfileña o rígidas abadesas— pintados por Carreño o Pantoja de la Cruz. Altos techos surcados de vigas; viejos reposteros blasonados, cerrando las puertas; enormes galerías, escaleras de piedra y vetusta capilla presidida por una efigie de la mística Doctora, la Beata Madre Teresa de Jesús. Separando el palacio de los campos de caza, un jardín, mitad galante, mitad monacal —monjil Versalles—, abría sus calles de bojes y arrayanes, guardadas por altos álamos o puntiagudos cipreses, sus arcos de follaje y sus plazoletas, donde en las quietas aguas, manchadas de líquenes, de las fuentes, se miraban airosos, como en aquellos otros que fueron gala y regalo de los provenzales jardines, testigos de las peregrinas Cortes de Amor, góticos pináculos.

Aquel año, tres después de la muerte de Adolfo Luna, y un año después de la caída del Ministerio de que formó parte Pedro de Monreal, fue cuando el tedio por vez primera hízola su fatal salutación.

Había muerto Fernando Santa Ana con cruel oportunidad, en el preciso momento en que iba a fracasar. Fue siempre el político español un espíritu de rara sutilidad y exquisitez. Era un artista y un sabio; admirable político teórico, había nacido para las grandes luchas, y las pequeñas intrigas le vencían, le fatigaban. Sin verdadera, voluntad, incapaz de imponerse, con mano de hierro, vacilaba tambaleándose a cada paso. Había llegado al poder con los honores del triunfo, sonando clarines y repicando tambores; a banderas desplegadas. A sus planes irrealizables nadie contestó con una negación que le enardeciera, ni una protesta que le hiciera luchar; parecieron todos conformarse conquistados, y luego, a sus generosos impulsos, opusieron la inercia, y a sus arranques una pasividad absoluta, contemplando curiosos cómo se debatía contra lo imposible, seguros de que saldría vencido; y cuando descorazonado, aniquilado en la lucha con aquellos invisibles enemigos, iba a caer, la muerte sintió compasión, y ciñó su frente con el frío laurel de lo que hubiera sido, arrebatando a Lina su apoyo.

Había, pues, muerto Fernando Santa Ana; Pedro Monreal, alejado de la política, vuelto a sus hábitos de juego y disipación; Manolo Catalañazor, casado con una americana millonaria, ambulaba por Europa; Adolfo Luna había pasado en su corazón al rincón de las cosas olvidadas con tía Carmina, con el errante soñador que cruzara antaño como un fantasma por su camino; y en aquella vacuidad sentimental vivía Lina tan sólo de satisfacer vanidosos goces cuando surgió la fatalidad.

Había sido aquel año la atracción, el clou, como decían ellos, de la otoñada en Monreal—Cottage, la estancia allí de la duquesa de Ponferrada, —que les había dado la lata a todos con su manía filarmónica, pues lo mismo era descuidarse que empezar ella a lanzar aullidos lastimeros, que pretendía hacer pasar por arias y romanzas, y que, mirando de quién venían, todos se veían obligados a aplaudir, sin perjuicio de que luego Calabrés afirmase, con general beneplácito, que la dama cantaba como un grillo con dolor de barriga —y de una ilustre dama francesa, la comtesse de la Tour—Maville, flor del faubourg. Completaban la colonia Pepita Pancorbo, la Franqueza, María Montaraz, el marqués de Zacinto, Julito Calabrés, Paco Estrada, el marqués de San Balandrán y el conde viudo de Casa Silvante, gran coleccionista de décimos vencidos de la lotería.

Tocaba el mes de septiembre a su fin; habían desfilado ya la Ponferrada y la francesa, y disponíanse todos a hacer otro tanto, cuando Lina comenzó a sentirse mal. Primero eran pequeños escalofríos que le acometían al caer de la tarde, después destemplanza, y por fin cayó postrada con calentura. La Pancorbo y Tinita, en cuanto se cercioraron de que no era cosa mayor, se largaron a Lourdes a hacer su anual visita a la Virgen, no sin ofrecerla rogar por su pronta mejoría; Julito, invitado en Bélgica al castillo de lady Rumbold —donde pensaba aburrirse con dignidad—, se largó también; los demás caballeros siguieron su ejemplo, y quedó sola María, que en los primeros días de octubre, y viendo convaleciente a su amiga, no pudo resistir sin el París de su alma, y se fue. Quedó, pues, abandonada Carolina en medio de la naturaleza, que moría con el otoño; sola, quizás por primera vez después de la triunfal venida a la corte; sola, enferma, aburrida.

Los primeros días pasolos tediosa, recluida en su cuarto —prodigio de cálida, elegancia, que contrastaba en la yerta tristeza del palacio como resaltaría, un rosal florecido en el yermo— leyendo novelas y viendo correr las horas insulsas. Pero, una tarde sintió la tristeza infinita de las cosas que se van para no volver, la melancolía de lo fatal e irremediable.

Yacía Lina tendida en un diván; sus ojos se habían alzado de las páginas del libro, y vagaban por el jardín en calma; descendió el crepúsculo; sobre el cielo albeante las copas de cipreses dibujaban sus siluetas negras semejantes a mortuorios obeliscos; en la amarillez de las calles enarenadas las hojas trazaban laberintos obscuros, y el pináculo de la fuente mirábase inmóvil en las aguas manchadas de liquen. Así visto el paisaje a través del cristal, inmóvil, petrificado, tenía apariencia quimérica de luctuoso panorama. Y Lina sintió la tristeza de las cosas pretéritas, la melancolía inmensa de su soledad.

Quiso vivir un recuerdo, y buscó anhelosa en el fondo de su alma algo que fuera antídoto de su amargura. No lo halló. Su marido, jugándose la fortuna en compañía de Lola; Baby, un muñeco de cera; Adolfo Luna, y el solitario que cruzara antaño su camino eran sombras, y como sombras se evaporaban. Sintió la quemante humedad de las lágrimas, y permaneció así hasta que los velos piadosos de la noche la envolvieron.

Desde entonces aquella sensación le hirió de vez en cuando.

Había transcurrido un año, y hallábase Lina en París, cuando conoció a Willy. El octubre había sido de los más divertidos. Lina, María y Julito, libres en la independencia propicia de París, desbarraban. Llevaban corridos cuantos bailes raros, cuantos cenáculos alborozados, cuantos cabarets de fama dudosa o francamente, mala conocían, cuando un día presentose Julito con un convite para una sesión de ocultismo en casa del célebre pintor holandés Wander—Helden. La Monreal había comenzado por negarse en redondo a ir; pero la insistencia de sus amigas, que decían tomar sobre su conciencia aquella locura, junto con su curiosidad y con la certeza de que de no ir ella irían las demás, la decidieron.

Dos criados exóticos, un rubio y un egipcio, vistiendo raros trajes de oriental magnificencia, abrieron la puerta del estudio, inclinándose a su paso, y halláronse los españoles en el más inquietante de los escenarios. Paños de terciopelo negro, bordados en raros emblemas de plata, pendían de las paredes como en una cámara mortuoria; flores monstruosas, de belleza inquietante, morían en ambiguos vasos etruscos; extrañas plantas surgían de grandes tibores chinos, que elefantes de pórfido sustentaban sobre sus grupas en los ángulos de la estancia. Una estatua de la diosa Kali surgía trágica en su horrible fealdad, asentada en un trono izado sobre cuatro esqueletos de caballo. El frente principal ocupábalo el cuadro que, inmortalizando a Wander—Helden, lo inutilizara para siempre: «Las nupcias del Amor y de la Muerte». Desde el primer instante aquella pintura producía una opresión extraña, una angustia indefinible.

Sobre un fondo de residencia feudal del siglo XIII, de una vaguedad de ensueño, avanzaba un cortejo nupcial. La figura del novio respiraba alegría confiada; sus cabellos de oro caían sobre la frente con una onda llena de gracia, y sus labios rojos, un poco carnosos, parecían sonreír a la vida. Pero contemplando bien aquella figura, observábase que sus ojos eran turbios, vidriosos, como si invisible venda impidiérale ver. En cambio, los de la pálida princesa que se apoyaba en su brazo brillaban como siniestros fuegos fatuos, tan hondos, tan profundos, que no aciertan a divisarse sus pupilas. Era criatura de belleza admirable; su rostro, demacrado, tenía la palidez del nardo; su cuerpo, esbeltísimo, parecía dotado de un no sé qué de inmaterial, de etéreo. Pero las albas rosas que coronaban su frente palidecían con ese amarillento colorido que toman las flores en contacto con un cuerpo muerto; los argentados bordados de su túnica fastuosa parecían parodiar las líneas del esqueleto humano, y toda su figura respiraba algo de irreal, de quimérico. Tras aquella pareja avanzaba otra y otra, y luego otra, hasta perderse en las lejanías del gótico claustro como una procesión de ultratumba.

El autor de la obra y dueño de la casa salió al encuentro de las españolas, encantado de recibir a tan principales damas. Su tez vagamente azulada, sus párpados hinchados, sus ademanes tardíos, cansados, y su persona toda que respiraba vencimiento, denunciaban en él al morfinómano. Elegancia afectada, exquisita, envolvía su persona. Amable, procedió a presentar a las recién venidas a la asamblea, congregada ya en torno al trono de la diosa.

La luz crepuscular, que al filtrarse al través de la vidriera historiada con el Santo Entierro tomaba tintes lívidos, envolvía en su claridad de cripta los extraños invitados.

Eran nueve o diez. Una condesa italiana, gorda, fofa, inmensa, que parecía atacada de elefantiasis, supersticiosa y sensual, que imploraba de la Madona la fidelidad de sus amantes; un príncipe alemán, de fieros ojos y enhiestos mostachos, que renunciara a las preeminencias de su estirpe para debutar como duetista excéntrico en compañía de una perdida; una lady inglesa, con el cabello cortado y viril empaque, excéntrica y eterómana, que había paseado Europa en masculino arreo; Willy Martínez, escultor español, y cuatro o cinco artistas bohemios. Wander—Helden procedió a las presentaciones: —La contessa Baldoni… el príncipe Rodolfo de Wertestein… Lady Floria, Willy Martínez…

Los ojos de Lina, verdes y acuáticos, reflejaron en los ojos acerados y misteriosos del español, y sintió una sensación extraña, como si algo la previniera que había hallado la fatalidad de su vida, esa fatalidad que tarde o temprano todos encontramos, y a la que no pocos sucumben. Desde aquel instante sus pupilas se clavaron en él insistentes, provocadoras.

La nigromántica —una mujer anciana, bajita, con el cabello blanco y modesto traje negro —había llegado, y leía en las manos de la contessa Baldoni su destino, todo un futuro de amor. Aprovechando un instante en que la atención de todos se hallaba fija en las palabras de la adivina, la Monreal se acercó a Willy.

—Vivimos María y yo en el hotel Ritz —dijo—. Tendremos mucho gusto en recibir su visita. Entre compatriotas…

La voz cansada de Wander—Helden cortó sus palabras. Le llegaba el turno de interrogar al destino. Cuando se halló frente a la maga, y los ojos de ésta, fríos, triangulares, se clavaron en ella fascinadores, sintió temor y se arrepintió de haber interrogado a los hados. La mano sarmentosa de la adivina corría por la suya con una tenuidad de extraña pesadilla, trazando raros dibujos, y de pronto la voz de la sibila, sonó agorera, profética, como eco de la fatalidad:

«Jugará usted su vida a un amor como fortuna a una carta… ¡y perderá!»

Sin vacilaciones, sin dudas, fatal e inconscientemente, se entregó a Willy a la primera palabra; no esperó a hacerse valer ni a hacerse desear; se entregó por una necesidad moral de abdicación y de renunciamiento. Ella que había dejado correr su vida sin amar jamás, sacrificándolo todo —sentimientos, ternuras y creencias— a su ambición, comenzó a desandar el camino, sintiendo en el declinar una extraña ansiedad de afecto. Ella que viera morir con un gesto de desdén a Adolfo Luna; ella que asistiera impávida al fracaso y agonía de Fernando Santa Ana, su instrumento y pedestal; que en su carrera triunfal por la vida pasó indiferente al acatamiento de todos, sintió vehemente pasión por aquel vividor canalla que hallara en su camino. Por lo mismo que él no puso nada de su parte, sintiose ella más ligada, prisionera de su indiferencia.

De vuelta en Madrid, comenzó una lucha extraña. El escultor no la amaba; veía en ella un instrumento, una escalera, algo necesario, preciso en su vida… y no la amaba. Y Lina, por el contrario, quería ser para él el amor. Al sentirse envejecer, al no respirar ya aquella atmósfera de deseo tan pesada que casi la palpaba flotando en torno suyo, quería hacerse desear y hacer ver a los demás que era deseada.

Segura de su decadencia, tal vez con el íntimo convencimiento de que aquel amor era el último, se aferraba a él queriendo que la amasen por sí y no por lo que representaba en la vida. Era lo imposible. Una rebeldía ingénita contra el dueño llevaba al escultor a amar a todas las mujeres, menos a ella. Entonces celos rabiosos agitaban con furores de vendaval el alma dominadora de la Monreal; celos irrazonados, violentos, invencibles. Una mirada, una palabra, un aparte, bastaban a desencadenar la tormenta.

—¿Ves? ¿ves como eres un canalla? ¿Cómo no me quieres? —clamaba desatentada, loca.

Él se sentía harto, cruel.

—Pues bueno, ¡no te quiero! ¡y se acabó!

Entonces la ira se deshacía en llanto. Imploraba triste, quejumbrosa, humilde. El veía lo que podía perder, sentía lástima de ella y le prodigaba una limosna de ternura, una migaja de pasión.

Consolada, feliz, quería exhibir su triunfo, y corría a María. Sonrisa irónica o mirada ambigua de ésta volvíanla a sus desconfianzas, y despechada, no vivía hasta hallar a Willy y recomenzar la escena.

La vida así era imposible. Todo se torcía, se derrumbaba, caía, en la existencia de la condesa de Monreal. Su marido, dejado a sí mismo, vagaba en compañía de perdidas por los grandes centros de juego de Europa, y no contento con ello, había comprometido su fortuna en dudoso negocio con una compañía navieras hispanoamericana. Las gentes de su mundo comenzaban a mirar aquello no como una aventura, sino como un escándalo. Y Lina, en lugar de retroceder, herida en su amor propio, avanzaba más. A los desdenes y murmuraciones contestaba con puñados de barro que les arrojaba al rostro. De un fracaso se reponía con un triunfo que le costaba una finca. Cada pasajera victoria eran algunos miles menos. Caminaba ciega a la ruina. Ella y María, decididas a ser libres, costara lo que costara, se aislaban para hacer su voluntad sin freno ni barrera. Una horda de parásitos que con tal de ir con ellas pasaban por todo, les rodeaban en la vida; y todo vacilaba, se desmoronaba, amenazando hundirla. Y por cima de todo, borrando lo demás como un leitmotiw funesto, lucía una idea: ser querida, deseada, eternamente amada, victoriosa, joven…

Capítulo 5

Momentos había en que parecían mirarnos
desde lo alto de una torre.

MAETERLINCK


—Rosas… Son las últimas…

Y con ademán pleno de gracia, Baby dejó caer dos pobres rosas de otoño, pálidas y fragantes, sobre la falda de su madre. Ella le atrajo hacia sí, y apartando los cabellos color de lino, que caían sobre la frente lívida, le besó con unción devota.

—No te canses, mi vida.

—No. Estoy mejor, mucho mejor.

Y sonrió con aquella su sonrisa de melancolía infinita. Después desasiose de las manos maternas, y avanzó por entre las calles de bojes.

A pesar de sus trece años, apenas había variado. Su cabeza enorme, de linosos cabellos, se bamboleaba, siempre sobre sus hombros estrechos. En su faz de cera, los ojos azules, muy claros, eran raramente bellos, con una tristeza resignada, llena de bondad, que parecía nacer de la certeza de algo que los otros ignoraban, y en sus labios pálidos flotaba una sonrisa de conformidad humilde. Así vestido de terciopelo negro, y seguido de Orión, su fiel terranova, tenía la noble apariencia de un príncipe vandikesco. Lina le siguió con los ojos, triste, vencida.

Caía la tarde. Por el cielo, muy claro, rodaba el sol, rojo, redondo, como gigantesco proyectil de una guerra de mundos. Leve brisa plateaba las copas de los cipreses, que cabeceaban lentos, graves. Hacía frío. Ni una mariposa, ni un pájaro alteraban la calma de la atmósfera; sólo de vez en cuando una racha más violenta de viento arrastraba las hojas secas con un crujido lúgubre. Entre los árboles divisábanse a lo lejos los blancos muros de Monreal—Cottage, surcados por grandes manchas de humedad. Baby se había alejado por las avenidas del jardín; miss Gold leía la historia de Oliwier Twist. Lina, sintiendo la necesidad de hablar, de dirigir la palabra a algún humano, se encaró con ella.

—¿Cómo encuentra usted hoy al niño?

La mercenaria hizo un gesto ambiguo.

—¿Cree que le hará daño el frío? Sería mejor entrar…

La voz un poco áspera de la inglesa asintió servil:

—Lo que la señora mande.

Lina calló. Sentíase anonadada, sola. Un mes llevaba recluida, en el señorial caserón, cultivando su dolor como a flor ponzoñosa. Había ido a refugiarse allí, víctima de su naufragio sentimental. Los acontecimientos habíanla vencido, precipitándose durante aquel mes de octubre del otoño madrileño. Willy, caído en manos de la Soler, sólo para ella existía. En pocos días aquella mujer extraña había tomado sobre él un ascendiente inmenso. Primero veladamente, después sin disimulos, se había dejado llevar de su pasión. Lina, desde el primer instante, presintió, con esa rara perspicacia de los que aman mucho, el peligro que la amenazaba; aquel amor no era uno de tantos caprichos que le hacían padecer unos días, para luego devolvérselo más afectuoso, mejor, arrepentido; aquello era algo más grave, más peligroso, que se enseñoreaba de él, que se filtraba en su sangre y conturbaba, su espíritu. Luchó: primero, súplicas desesperadas, ruegos humildes, lágrimas; después reproches violentos, quejas, amenazas; y por fin, en noble sublevación de su orgullo, el rompimiento. Retirose a su casa, ofendida, herida en su amor propio por la desdeñosa, indiferencia del muchacho. ¡Ah! No sabía él lo que había hecho. Cuando volviese a buscarla, y volvería —¡tenía la triste certeza de que la necesitaba!—, ya sabría ella vengarse, dejar caer sobre él el peso de su fuerza; le humillaría, le rechazaría, le haría rogar, arrastrarse cobarde, rastrero, y a sus palabras contestaría con un sarcasmo; a sus súplicas, con un desdén; a su amor, con despego altivo, injurioso. ¡Ah! ¡Cómo gozaría ella al verle bajo, ruin, y al podárselo escupir a la cara!

Pero esperó vanamente: Willy no volvió. Los días pasaron para ella en ansiosa incertidumbre; sus propósitos de rigor, limados por las horas, se fueron pulverizando; ya no le maltrataría, altiva; lo reprocharía, bondadosa, tierna, su conducta; le haría ver su injusticia. Y los días pasaron, y el bohemio no tornó al nido, y ya sólo deseó un pretexto que le permitiese conceder aquel perdón que nadie le pedía, y el pretexto no vino. Pensó atropellar por todo, buscarle, reconquistar lo suyo a cualquier precio; pero las miradas irónicas de María y Julito, sus confidentes, la detenían con un juicio burlón suspendido sobre su cabeza como nueva espada de Damocles. Experimentó la necesidad de vivir su dolor sin la máscara de frívola indiferencia que la presencia de los seres que rodeábanla en la vida le imponía; quiso hallar un refugio, paz, cariño —esas dos necesidades de cuantos se sienten envejecer y han perdido su fe en la alegría y el amor—, y pensó en Baby, olvidado en las frondas de Monreal—Cottage. Las noticias que de él recibía eran alarmantes. Lenta consunción parecía llevarle hacia la muerte; los mejores médicos se habían declarado impotentes, para luchar contra aquel mal extraño que le poseía. Al llegar Lina, una impresión penosísima le oprimió el corazón: con la clarividencia de los que sufren vio la mano de marfil de la Enemiga, posada en las crenchas rubias. El médico le habló sincero. El niño estaba irremisiblemente condenado a muerte. Lina escribió a su marido, que otoñaba en París; telegrafiole luego, apremiante; no vino. Y la mundana, presa de una hiperestesia de amor maternal, dedicose a su niño, poniendo en aquel cariño la esperanza de refugio para su alma dolorida. Era preciso salvarle, para que su vida tuviese un objeto. Inválida del amor, sería ángel de piedad; y si pecó mucho, porque mucho amó, sabría redimirse amando más, pero con otro amor. Hora tras hora, día tras día, comenzó su batalla con la muerte. Y fue trágica epopeya la de aquella mujer, que quiso hallar en la abnegación el olvido.

Caído el libro sobre las rodillas, reclinada la cabeza, que sencillo peinado avejentaba, en el respaldo del sillón, seguía con sus verdes ojos nostálgicos a Baby, que se aproximaba a las lindes del jardín. Al través de la verja se veía, tal en los paisajes ascéticos, la polvorienta carretera que serpenteaba por entre los campos yermos. Allá en la lejanía descendía por las lomas un rebaño de ovejas seguidas de viejo pastor que de vez en cuando se detenía apoyándose en su cayada para llamar al rezagado mastín. Y los nevados toisones albeaban sobre los terrones grisosos. Camino adelante venía un rapaz pelirrojo, delgadito y encogido, que como en las santas consejas que nos hablan de remotos tiempos, cuando, bajo el humilde sayal, recamado de conchas, de los peregrinos, erraba por las veredas nuestro Señor Jesucristo para saber de las buenas almas en que anida la compasión, se detuvo para implorar una limosna.

—¡Santas y buenas tardes! ¡Tengan mis señores compasión! —plañió el niño.

Al contrario de los golfos de las grandes ciudades, tienen estos pordioseritos ambulantes por los caminos una humildad resignada que vive en el fondo de sus pupilas y tiembla en el borde de sus labios. Aquéllos parecen tener seguridad de vivir, decisión de andar a bofetadas con el hambre; éstos son resignados, melancólicos, y saben de la tristeza y de la muerte.

Baby entabló conversación con él. Uno en el pináculo de la vida, el otro en el último escalón social, parecían hermanos. Miss Gold se sintió indignada.

—¡Baby, ven aquí! No se habla con esa gente imperó.

El paria alejose sendero adelante, humilde, sumiso, y el niño, brincando, acudió al llamamiento. A medio camino se detuvo; luego comenzó a avanzar lento, jadeando tenuemente, y al llegar al grupo de su madre y el aya se dejó caer en la butaca cerrando los ojos. Lina se alzó asustada.

—¡Baby! ¡Baby! ¡hijo mí! ¿ves cómo no puedes correr, cómo te cansas?… Vaya, no, te asustes; eso no es nada…

Y con el pañuelo enjugó la transpiración que humedecía su frente. Se había arrodillado ante él, y, asustada, le palpaba las manos; estaban frías, húmedas, viscosas. Aterrorizada interrogó:

—Jack, niño mío, mi vida, ¿estás mejor? ¡mira a tu madre!

El niño no contestó. Un hilito tenue de sangre corría por la comisura de los labios. La madre clamó horrorizada:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Se muere!… ¡Miss Gold, corra usted, que vayan a Ávila!… Un médico… Un telegrama al señor… deprisa, deprisa, en el coche; cualquiera… Usted misma,… ¡Dios mío!.¡Dios mío, mi hijo! ¡Lo único que me queda en el mundo!

Dolorosa, augusta en su tristeza, cubrió de besos el rostro de mortuoria palidez.

—¡Cielo mío! ¡mi niño! ¡háblame, mírame!

Baby abrió los ojos y los fijó en su madre con resignación tranquila, casi compasiva.

—No llores… Tienes bonitos los ojos… son verdes y te los vas a estropear.

La mundana sintió que se le desgarraba el corazón.

—¡Baby, vida mía, no hables así! Mis ojos son para verte, para mirarte siempre, ¿verdad? Por eso son bonitos.

Sonrió con una sonrisa de tristeza tan intensa, que parecía una mueca fantasmagórica.

—No me verán.

—¡Jack, hijo mío, no digas eso!… Mira, ahora te cuidas mucho, mucho; tu madre no se separa de ti, y cuando estés mejor, nos vamos los dos lejos, a países donde hay flores y pájaros… ¿Quieres, di, quieres?

Los ojos del niño parecían contemplarla desde la eternidad. Sus miradas eran luminosas, profundas, lejanas.

—Yo me voy solo, allí…

Y con las pupilas señaló al cielo, que palidecía en el crepúsculo.

—¡No digas eso, no digas eso, por Dios! —y se abrazó a él.

Había vuelto a cerrar los ojos, y la sangre corría nuevamente, lenta, constante. Sus manos se enfriaban, y el cuerpecillo enclenque, quedaba inerte. La sangre dejó de correr. Lina, espantada, loca, se puso en pie.

—¡Miss Gold! ¡Miss Gold! —llamó. Nadie vino—. ¡Manuel! ¡Mariana! ¡Que el niño se ha muerto! —tornó a clamar.

Nada. Su voz se perdió en la llanura inmensa.

El aire habla cesado, y ni una hoja se movía en la copa de los árboles, ni un ruido alteraba la tranquilidad. La naturaleza, indiferente a su dolor, envolvíale irónica en su augusta calma, tranquila ante aquella tragedia, que no alteraba en nada el magno equilibrio de sus leyes.

Con extraviadas pupilas la Monreal miró en derredor buscando unos ojos amigos, una palabra de consuelo. Estaba sola. Orión la miraba atónito, sin comprender. De la ciudad lejana, vibrando en la yerta calma, llegaron a ella las campanadas del Angelus.

Y Lina se dejó caer al suelo, sollozante.

El reloj dió las campanadas de la tercera hora. Alzó Lina la cabeza, y. con ojos atónitos, hinchados de llorar, miró en torno a sí. A la luz de la lámpara que ardía lejana al lecho, vio en éste el cadáver de su hijo. Sobre los encajes de la almohada, el rostro lívido del niño era como un gran iris de muerte; los labios pálidos estaban entreabiertos; el oro de las pestañas tendían su velo en las mejillas marchitas, y los cabellos albinos caían sobre la frente en lacios mechones. Entre sus manos cruzadas languidecían algunas flores que esparcían por la estancia el inquietante aroma que adquieren en contacto con la muerte. A los pies de la cama una religiosa, que arrodillada habíase dormido, una plegaria en los labios, fingía orante estatua sepulcral. Sobre los muros blancos, Jesús Niño tendía sus brazos en cruz. Las maderas del balcón abiertas dejaban ver los campos estériles, prolongándose en lontananza, semejante a un mar de arena; y allá a lo lejos, como en la Isla de los muertos de Boeklin, bañada en claridad lunar, la ciudad murada. El cielo litúrgico tenía como en las vitelas con que monjes artífices ilustraron los breviarios medioevales, un tinte azul cobalto en que bogaba el esquife de plata de la luna en medio de una lluvia de estrellas de oro. Venus, Sirio y Arturo temblaban su gloria en la bóveda celeste, y la Vía Láctea abría la albura de su senda por los campos de azur.

En la calma ultranatural de la noche diose Carolina cuenta mejor que nunca de su soledad. Melancolía anonadadora, oprimió su pobre alma, fatigada en la lucha. Ansia inmensa de ternura desbordose en su corazón.

Lenta, con pasos de somnámbula, se acercó al lecho, se inclinó sobre el cadáver, y sus labios se posaron en la frente del niño.

La sensación de viscosa glaciedad le hizo retroceder, sintiendo un escalofrío correrle por la nuca y erizársela la raíz de los cabellos; el horror a la soledad la arrancó un grito:

—¡Miss Gold! ¡Miss Gold!

La puerta se abrió, y alarmada, la inglesa, penetró rápida; la hermana se puso en pie.

—¿Está mala madame?

—¡Jesús! ¿Está indispuesta la señora condesa?

Lina, miroles alternativamente al rostro. El de la inglesa reflejaba servil precipitación. El de la monja, curiosidad sobresaltada. Ante el mercenario interés, Lina recobró su presencia de ánimo. ¿Para qué quejarse ni entregarse a su dolor, si no había de hallar ni compasión, ni amor, y sí sólo sumisión o respeto?

—No, nada. Es que me adormilé, y al despertar…

—¿Por qué no se acuesta, señora?

—Sí, madame; sería lo mejor.

—No, velaré.

Y sentose a la cabecera del lecho. La inglesa salió, la religiosa tornó a sus rezos, el silencio volvió a pesar sobre la estancia, y Lina meditó. ¡Qué sola estaba! ¡Qué triste, qué inmensa, qué abrumadoramente sola! ¿Sería aquel abandono consecuencia de su carácter o de los hechos que le habían llevado a vivir sin pasado? Allí estaba el mal. Había venido a desempeñar un papel en el teatro del mundo, y a aquel papel se había atenido sin tomarse el trabajo de crear fuera de los bastidores un rincón donde hallar descanso. Y hete aquí que un día no se había contentado con las fórmulas —fórmulas de amor, de cariño, de amistad, de compasión—, que cada cual tenía escritas en su papel; había hallado que eran demasiado necias, demasiado hueras, demasiado frívolas, que se oía con excesiva claridad la voz del apuntador, y había querido vivir su vida, y se encontraba con que, rota la ilusión y fuera del escenario, estaba sola. Fortuna, posición, vanidades, con el cortejo de parientes, de amigos, de devotos, aquello eran bambalinas que se desplomaban al primer soplo de la desgracia, vejez, enfermedad o ruina. Era preciso algo más verdadero, más grande: cariño o amor. Pensó en Willy. Volvería a él. ¿Qué le importaba su amor propio de mujer hermosa, su vanidad da mundana ante la dicha de su vida? Lo sacrificaría todo e iría a él. Reconquistaría lo suyo, lo que le pertenecía, costara lo que costara, arrojaría a la intrusa y reinaría sola en el corazón del bohemio.

Paz augusta descendía sobre su alma, y el sueño posó la mano en su frente.

Amanecía.

Capítulo 6

Honte à moi! Chaque jour, et chaque jour plus fort,
le dégoût vient gonfler mon cSur qui te renie;
Mais devant le splendeur de ta grâce impunie,
s'agenouille ma haine et couche mon remord.

EDMOND HARANCOURT.

En el impaciente pasear por la estancia con que entretenía su espera Willy, se detuvo ante la estatua de Astarté, su obra maestra inacabada. Por raro capricho imaginativo del artista, habíase encarnado la divina Dama del Sol en quimérica alimaña de trágico horror.

De viejo paño de terciopelo rojo rameado de oro de bizantina magnificencia, empalidecido por los años, surgía el bloque de nevada albura. Sobre inmenso peñasco un adolescente parecía agonizar, en espasmo, no sé si de dolor o de voluptuosidad. Su cabeza, de clásico perfil de Ganimedes, pendía inerme fuera del mármol, mostrando su belleza insuperable de semidiós heleno; su cabello recortaba la frente estrecha, y caía hacia atrás en pequeños bucles; sus labios se entreabrían en un gesto de doliente voluptuosidad, y en el fondo de sus ojos entornados titilaban sus reflejos acuosos dos zafiros pálidos. Su cuerpo, de viriles líneas llenas de gracia y de belleza, como de noble luchador griego, se retorcía en crispación espasmódica, bajo la caricia del monstruo que le estrechaba. Era éste un pulpo enorme, de largos tentáculos que se enlazaban a las piernas nerviosas de acerados músculos, apresaban los brazos finos y aprisionaban la fresca juventud del tronco con su inmundo abrazo. Y surgiendo del cuerpo repulsivo un rostro de mujer de belleza perversa, se inclinaba sobre el suyo. No tenía edad, como no la tiene lo eterno, lo inmutable —el amor, el dolor, la lujuria, la muerte— era sencillamente hermoso, dolorosamente hermoso, con la belleza de la fatalidad. Sus labios se tendían voraces hacia los del mancebo, como si fuesen a sorber su vida, y sus pupilas, incrustadas de glaucas esmeraldas, buscaban las miradas puras, azules.

Aquel grupo, que impresionara en cualquier lugar, tornábase inquietante en el extraño decorado del estudio. Cubrían los muros prodigiosos tapices de la fábrica de los Gobelinos, reproduciendo la fábula de Hermafrodita. En los boscajes de mirtos de Halicarnaso, la ninfa Salmacis estrechaba entro sus brazos al esquivo hijo de Venus y Mercurio, implorando de los dioses la uniesen a él; los centauros galopaban por entre frondas de laureles—rosas; las sirenas —Leucosie, Ligea y Parthénope—, meciéndose sobre las ondas azules del mar Tirreno, atraían los pasajeros con sus dulces cantos, a nada comparables, y las esfinges solitarias en los desiertos de arena guardaban su enigma.

En un rincón, y sobre un caballete revestido de un viejo brocado del siglo XV, un agua—fuerte de Goya lucía obsesionante. Por obscura callejuela madrileña marchaba con firme paso, rico en donaire, una maja; su cuerpo, de opulentas curvas, era sensual como el de su desnuda compañera; el seno erguido, amplia y redonda la cadera como jarra talavereña; firme la pierna, parecía que al andar, en torno a su falda ceñida de madroños, las castañuelas repicaban las alegres notas de un fandango, mientras sus pies, menudos, calzados de escarpines de alto tacón, hechos a pisar las capas de grana de los toreros, disponíanse a marcar los pasos de la danza; y de pronto, como en siniestra obsesión, entre las blondas de la mantilla que le caía con salero sobre los rizos, aparecía en todo su horror una calavera. Un viejo, caídos los embozos de la capa, le iba a los alcances, casi le tocaba. En el rostro senil, crispado en babosa sonrisa, lucía una claridad de lujuria casi demoníaca, mientras al quicio sombrío de miserable mancebía, la celestina, con toda la noble apariencia de una sierva de Satanás, reía procazmente mostrando el cuévano inmundo de su boca desdentada. Una leyenda rezaba al pie del cuadro: «¡Anda, que ya la alcanzas!»

Un antiguo paño litúrgico, bordado al estilo gótico con los misterios de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, cubría la cola del piano, a cuyo lado se erguía, sobre truncada columna de mármol, un busto de Medusa, lívida la faz, de transparente alabastro, flameante la cabellera, de broncíneas sierpes, fascinadores los ojos, empedrados de enigmáticas gemas.

Irguiéndose sobre pedestales de extrañas formas, estatuas fragmentarias —María de Magdala, Salomé, Judith, Parsifae, de Creta, Calimanthe— surgían de labradas estofas, historiadas de inverosímiles fieras y exóticos pájaros que evocaban al remoto Oriente, y por todas partes, en los búcaros de tornasolado vidrio veneciano, en las cinceladas copas de orfebrería italiana del siglo XVI, en los barros españoles y en los policromos tibores chinescos, flores, muchas flores en plétora de matices y fragancias. Flores, muchas flores: crisantemas trágicas como desmelenadas cabecitas de princesas del imperio del Sol naciente; rosas de enfermiza albura, que semejaban rostros de niñas a quienes la Amiga besó en la frente en la pasada Primavera; lirios cándidos, como aquel que el arcángel ofreciera a María con las palabras santas: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres!»; o morados, como las tristezas, como los crepúsculos, como las vestiduras de pasión; gardenias y nardos, las flores que envenenan, y violetas, las humildes florecillas de amable aroma. Crisantemas, rosas, lirios, gardenias, nardos y violetas, mezclando sus tintes y sus perfumes en peregrinos ramilletes.

Willy miró el reloj —el Tiempo jugando con la Vida— y tornó a pasear presa de impaciente ansiedad. Esperaba a Lucerito; la esperaba como siempre, porque aquella mujer tenía el don de hacerse esperar, tardando el suficiente tiempo para provocar ansioso temor, sin dar lugar a que su víctima se resignase ni estallara en violenta ira. La gitana tenía en sí, no por estudio, sino por merced de la naturaleza, todas las artes del poder femenino. Sabía ser altiva, y humilde, tierna o desdeñosa, con una rara intuición del ajeno estado de espíritu.

En un mes de relaciones, aquella mujer había tomado un dominio absoluto sobre el bohemio, se había infiltrado en su sangre como sutil veneno que matara deleitando, y llegó a ser para él imprescindible, como lo es su droga al morfomaníaco. Aquella fatal fuerza, aquel gran peligro, la sensualidad que dormía callada en él, habíase despertado en contacto con el cuerpo moreno.

En un principio mirola como modelo admirable, que era, además, una pose más que cultivar; extravagancia de artista, de cuyos detalles se cuidaba como de los de una escultura. La oposición de Lina, el ansia de afirmar su libertad, precipitole, y cuando se dió cuenta del peligro era tarde: la pertenecía. Y sentía hostilidad contra aquella mujer que poseía su cuerpo por completo sin poseer su alma. Cierto que a Lina tampoco le había amado; que había sentido por ella la sorda hostilidad del esclavo por su amo; pero Lina, a lo menos, era el instrumento necesario, y la Soler la sima sin fondo en que sus ilusiones iban a perderse. A Lucerito no la quería, puesto que querer no quería a nadie. Su alma, como soberbia águila, remontaba su vuelo por cima de las más altas cumbres. Aseguraba su vida; el anhelo de gloria había renacido, y como en el mundo es imposible vivir un ensueño y realizarlo en manos del arte a un tiempo mismo, no amaba a nadie. Pero la gitana le dominaba. Un deseo loco de ella ardía en Willy a todas horas, consumiéndole; era inútil que en ausencia suya forjara proyectos de rebelión; una mirada, un gesto, una caricia bastaba para vencerle. Y ella, tranquila, risueña, segura de sí, sabía negarse y entregarse en alternativas que aumentaban el amor del escultor por ella.

Él, que siempre contempló a los demás con altivo desdén, con reposada indiferencia, sentía ráfagas brutales de celos que agitaban furiosamente su espíritu, desencadenados con una mirada de los ojos sombríos, apaciguados con un beso de la roja boca. No trabajaba; la figura, obsesionante le poseía como diabólico maleficio; los ojos fabulosos de tenebroso brillo lucían perpetuamente ante él, y el cuerpo desnudo se le ofrecía por doquier como en baudelairesca pesadilla. Sentía el jadear de los labios sobre los suyos y el macizo temblar de los senos erectos entre sus brazos como una condenación. Comprendía que era suyo a muerte, y la palabra terrible parecía escrita, como en el festín de Baltasar, en caracteres ígneos ante él. El demonio de que hablan los místicos había hecho morada en su cuerpo, y no había humano exorcismo que le echara de allí. ¡Y, sin embargo, no la amaba! ¡Estaba seguro de no amarla! Por el contrario, la odiaba. Una ira inmensa se alzaba en el fondo de su alma egoísta contra aquella criatura que desbarataba su vida. A veces en las sombras fantasmagóricas del estudio, al morir del crepúsculo, una idea cruzaba su cerebro escalofriándole como el roce de las alas de un pájaro siniestro. ¡Matarla! Así se liberaría y sería fuerte, fuerte, para siempre. Su descabellada imaginación le presentaba, como en un álbum prodigioso de cobres, los sutiles crímenes de la Edad Media, los venenos que quitaban la vida en un festín, en una orgía, en una noche nupcial; los dramas de aquellas cortes políticas, artistas y crueles; los asesinatos de los Borgias, de los Médicis, de los Valois; aquellas alcobas sombrías tapizadas de viejos Flandes, donde en lechos erguidos sobre salomónicas columnas, como túmulos imperiales, agonizaban, entre damascos color de púrpura, y sangre, un decadente príncipe que estorbaba a la política del privado o una princesa pálida, como azucena, mística, que era obstáculo a las ambiciones de una favorita. Forjaba descabellados planes, y luego, cuando en casa de Lina hablaban de una reciente excursión en automóvil, o en el club una partida de «poker», se encontraba ridículo y se reía de sí mismo; pero allá en lo íntimo de su ser seguía deseando un cataclismo que matase a aquella criatura, que les separase para siempre… y al sonar la hora corría loco a sus brazos y lo olvidaba, todo para sólo pensar en ella.

La Vida hizo girar entre sus manos de bronce la esfera de cristal de roca, y el Tiempo, irónico, señaló la hora. Willy tornó a detenerse impaciente ante la estatua de Astarté, y sus dedos largos y finos, en que brillaba, como escarabajo de luz, un diamante negro, corrieron por el torso del monstruo en leve caricia. Así, sobre el superbo fondo del estudio, podía apreciarse mejor en toda su noble elegancia la persona del escultor. A pesar de su atavío montemartresco, evocaba vagamente su figura la de uno de aquellos sutiles príncipes florentinos, artistas y envenenadores. Las líneas de su cuerpo, armoniosas, llenas de viril y nerviosa elegancia, se dibujaban bajo el negro terciopelo —¡oh suntuosos terciopelos del Tintoreto!— del traje bohemio, y resaltando en el marfil del sedeño cuello de su camisa, que se abría sobre la chaqueta, el rostro muy pálido, de líneas finas, un poco crueles, ensangrentado por el leve trazo de los labios irónicamente perversos e iluminado por la fría luz de las pupilas, que en sombrías cejas altivas, brillaban grises, aceradas, perspicaces, mostrábase, como en un claroscuro. Una cabellera castaña con imprevistos reflejos de cobra completaba su figura. Laxitud enfermiza envolvíale traidora; languidez malsana, matizaba sus gestos, dándole cansado aspecto de vencido.

Un timbrazo largo, sostenido, impaciente, hizo latir su corazón, y antes de que hubiese tenido tiempo de reponerse entró en apoteosis de luz y de alegría Lucerito Soler. Quiso mostrarse serio, ofendido.

—Mira la hora…

Ella saltó a su cuello.

—¡Chaval!

Desarmado, rió. Después se besaron.

Doña Trotaconventos, discretamente rezagada como correspondía a su elevado ministerio, contemplaba, ensimismada en esa afición de las almas artistas por las cosas bellas, un soberbio candelabro de plata, calculando mentalmente su empeño; cuando creyó pasado el primer transporte volviose hacia ellos:

—Bueno, Lucero, aquí te quedas. ¡A ver si estáis como Dios manda! En usted fío. Formalidad —y tornándose festiva— ¡cuidadito con don Willy, que es un picarón! —y se digirió a la puerta.

Al llegar se detuvo con grandes muestras de consternación:

—¡Jesús Nazareno! ¡Qué cabeza la mía!… ¡Pues no me he dejado la bolsa en casa y he de ir a la droguería!… Y ahora tener que subir setenta escalones —siguió plañidera—. ¡Válgame la Virgen bendita de los Dolores! Que estoy yo para subir y bajar… ¡Ampáreme nuestro Señor! ¡Si donde no hay harina todo es mohína!… ¿Tú tienes ahí dinero? —preguntó encarándose con su sobrina.

Lucerito la tendió el portamonedas. Lanzole, la zurcidora de gustos una mirada asesina capaz de pulverizarle. ¡Pues no faltaba más! ¿Para qué están los hombres? ¡Que pagase aquel panoli!

—Mujer, no olvides que has de ajustar a la modista con eso hoy —y sonriendo con su boca mellada se volvió al escultor—: ¡Si tuviese usted ahí dos duros!…

Willy se llevó la mano al bolsillo. No tenía plata. Allí, muy dobladito, estaba el billete de cincuenta pesetas, resto del empeño de la sortija de brillantes. Lo sacó de mala gana, con la esperanza de que no lo aceptasen, y se lo ofreció a la vieja.

—No tengo suelto; si quiere…

—Bueno, ya se lo daré…

Y los dedos de rapiña trincaron rapaces el papelito verde.

La gitana protestó:

—Pero, tía…

—¡Bah! Al señor qué le importa si me conoce bien —¡y tan bien como la conocía!— y sabe que presto se lo he de devolver; entre amigos, ¡qué pinturerías ni qué… ! hoy por ti, mañana por mí.

Y amable, melosa, salió tras de mucho encargar a Willy cuidase su niña, su único tesoro, en lo que ciertamente no mentía.

Quedaron solos. Lucerito, plena de gracia, ambulaba por el estudio y contemplaba las estatuas como a grandes muñecos, inconsciente de las trágicas fuerzas que evocaban, como inconsciente era de su propia y fatal fuerza, como inconscientes son todos los grandes poderes de la naturaleza: el vendaval, el rayo, el mar. Ante la estatua de la diosa se detuvo fluctuante entre el horror y la risa. Se decidió por ésta, y rió; rió sin cansancio, y sus alegres carcajadas, frescas, cristalinas, sonoras, vibraron en el estudio, ensombreado por el anochecer. Su vida victoriosa parecía llenarlo todo; de su cuerpo emanaba una reverberación de júbilo imponderable: iba y venía, risueña y sonora, pueril, tarareando coplas en que mezclaba sentimentales lamentaciones con obscenidades, imprecaciones de fe y amor con callejeros donaires, modulando pases de danzas que dejaba inacabados. La falda de lana azul, sencillamente plegada, moldeaba los flancos, que se movían rítmicos, incitadores, y dejaba entrever, en sus rápidos giros, la torneada pantorrilla ceñida por calada media de seda negra, y el pie inverosímil de niña calzado de charol; una blusa de tafetán cereza ceñía el busto en suave curva, y el velo de Almagro echado por cima de su bella cabeza, sin sujeción de agujas ni horquillas, dejaba rizarse la corona de negros bucles que ornaban la testa, y tendiendo sobre la clásica frente su indiscreto velo aumentaba el brillo de las pupilas, que, sombrías, inmensas, vagaban acariciándolo todo con su caricia de fuego.

Cansada, fue a sentarse en un diván hecho con pieles de oso, y con su mano ensortijada, vestida de negros mitones, llamó a Willy.

Sentose él a su lado, muy cerca, y la miró intensamente, apasionado, loco. Ella le pasó los dedos por el pelo.

—¡Te quiero! —murmuró.

—¡Eres mala! —afirmó Willy.

Lucero abrió mucho los ojos, ingenua, asombrada.

—Contigo, no… Mira, gitano —y le hablaba con pueril seriedad, ladeando la cabeza—; he sido muy perra con muchos, unos por primos, otros por chulos; ¿pero, con mi niño?… —y le acariciaba tenuemente— hasta la última gotita de mi sangre daría por ti.

Y como prueba suprema:

—Ya ves, ni te pido nada ni quiero nada tuyo más que tu corazoncito; pero ha de ser para mí sola, ¿verdad, churumbeliyo de mi alma?… ¡Y —prosiguió— mira tú que estoy currelada y que he pasado! —e hizo un gesto como para apartar un recuerdo sombrío— pero yo soy así… cuando quiero.

Apasionado besó sus manos.

—¡Gitana!

Ella siguió:

—A veces pienso que soy como esas serpientes que son muy feroces, y el domador las pone en el pecho, y allí se están quietas, quietas…

Y toda encogida se refugió en sus brazos.

Un escalofrío le corrió al escultor por el espinazo, y pareciole que, efectivamente, tenía un reptil oculto en el pecho. Para romper el doloroso encanto la miró al rostro.

—Como guapa, no lo eres —dejó caer tras breve contemplación—, pero tienes luz en la cara.

Mirole primero seria; luego abrió los ojos, luminosos, espléndidos, inundando de claridad el rostro, en que brilló la blancura de los dientes; luego, poco a poco, con gesto de infinita voluptuosidad, entornó los párpados y le brindó los labios rojos, que se entreabrían, tal una flor al sol de la mañana. Él mordió su divino veneno en un beso largo, largo; después gimió quedamente:

—¡Mía, mía, nada, más que mía! Mira, nena, no quiero que te toque nadie, que te habla nadie, que te vea nadie…

Luego imploró:

—Si es verdad que me quieres, deja ese cochino teatro… ¡Tengo celos, y te mataré!

Ella rió.

—¿Y de qué voy a vivir?

Inconsciente en su pasión, afirmó:

—Yo te sostendré.

Ella denegó:

—No puede ser. Dejaría de quererte. Yo soy como los gorriones: necesito luz, alegría, libertad.

El timbre, que repicaba insolente, cortó su madrigalizar. Primero no hicieron caso, o intentaron seguir su charla; pero el timbre vibraba procaz, implacable, y al fin el escultor, aburrido, se levantó y salió a la antesala. Al abrir la puerta con ademán violento de impaciencia, lo único que distinguió en la penumbra crepuscular que invadía ya la escalera fue una sombra. Era una mujer enlutada, tocada, la cabeza de minúsculo sombrero y cubierto el rostro por espeso velo.

—¿Qué se le ofrece? —interrogó.

Con voz doliente, pero firme, respondió la figura sombría:

—Soy yo, Lina. Ha muerto Baby, y vengo a traerte perdón y amor.

—¿Ha muerto Baby?

Y la sorpresa le hizo retroceder un paso, que la sombra aprovechó para penetrar en el recibimiento y cerrar la puerta.

—Sí, ha muerto —afirmó Carolina—; estoy sola, sola, y he venido a ti. Ya ves, sacrifico vanidad, coquetería, hasta mi dignidad,… pero te quiero.

Sintió él inmensa lástima por aquella orgullosa criatura que se humillaba hasta implorarle. ¡Qué inmensa catástrofe sentimental había tenido que anonadar a aquella mujer fuerte para que mendigase una limosna de afecto! ¡Qué inenarrable metamorfosis había tenido lugar en aquel corazón de luchadora, para llevarla hasta el renunciamiento! Mirola, tratando de descifrar sus facciones en la semiobscuridad de la habitación. No pudo. Sólo acertó a ver un rostro que albeaba entre las negras vestiduras como azucena mortuoria. Misericordioso, iba a dejarse llevar de aquel primer impulso, cuando las notas de una melodía, apenas esfumadas en las teclas del piano, le recordó la existencia, pared por medio, de la gitana; y así como un chispazo produce una llamarada, así aquel recuerdo le hizo ver claros los peligros. Las dos mujeres, la amada y la imprescindible, frente a frente, querellando, y las dos perdidas para siempre, o peor aún; doña Trotaconventos volviendo inopinadamente, el escándalo, y luego, quién sabe, tal vez el divorcio de la Monreal, y luego para toda la vida, la carga de aquella mujer vieja, enamorada, celosa.

Ella también había oído, y una ira insensata agitó su alma. Olvidó sus planes de mesura, de habilidad, de política, aquel prudente obrar según las circunstancias, y con voz dura, metálica, muy distinta de la que usara anteriormente, preguntó severa, juzgadora:

—¿Quién está ahí?

Sorprendido, perplejo, murmuró:

—Nadie.

—Bueno, pues déjame entrar: estaremos mejor.

Cogido en mentira, azorado, sin saber qué partido tomar, fue a la ventura.

—Tengo ahí amigos…

—¿Quiénes?

Cada vez menos dueño de sí, juguete de aquella fatalidad, dió el primer nombre que le pasó por la imaginación.

—Julito…

—Si es Julito, no importa que me vea; entraré.

Y dió un paso, resuelta, desconfiando de la veracidad de sus palabras, decidida, en su excitación, a cerciorarse.

Willy le obstruyó el camino. ¿Qué hacer? Lucerito iba a impacientarse, y saldría, provocando la temida escena. La Monreal —la conocía bien— no cedería fácilmente, y, por otra parte, aquella imagen enlutada, arrebatada en un vendaval de pasión y tristeza, le infundía pavor y lástima y… un vago placer. Turbado, inquieto, no acertaba con una solución. Al fin, murmuró, a la buena de Dios:

—Hay otros amigos…

—¡Mientes!

Le escupió al rostro.

No quiso cuestionar. Conciliador se acercó a ella y le cogió la mano.

—Mira, vete ahora; los despido, y dentro de media hora estoy en tu casa.

Le rechazó airada y tornó a flagelarle.

—¡Mientes!

—Te aseguro…

—¡Cobarde! ¡No mientas! ¡Di quién está ahí! ¡Está esa mujer! ¡esa perdida! ¡esa… ! ¡Dilo, no seas miserable, dilo! ¡ten siquiera el valor de tu canallería! ¡ten siquiera la franqueza de decir que estás con ella porque es tu igual, tu igual —insistió insultante—, tan indecente tú como ella, tan bajo, tan despreciable!

Y crispados los puños, lágrimas de ira resbalando por el rostro lívido, escupía las injurias como venenosos salivazos.

Irritado, audaz, clavó su puñal.

—Sí, está. Bueno, ¿y qué? ¡Me gusta! ¿Lo quieres más claro? ¡Me gusta!

Se tambaleó; luego irguiose fiera, y con ironía venenosa que desgarraba como una navaja, habló lenta, en voz baja, concentrada.

—Déjame, déjame que pase… Yo la echaré. ¿No tienes por ahí una escoba para no mancharme? Porque tocarla yo, ¡qué asco!

E hizo ademán de dirigirse al estudio.

Él cortola, el paso, y sujetándola suavemente, habló replegado en sí, haciendo esfuerzos para no dejarse llevar de la ira que le estallaba dentro.

—Escándalos, no. Si quieres irte, te juro que voy detrás de ti; si no, nada.

Violenta, quiso pasar a la fuerza.

—Entraré.

La rechazó, y ceremonioso, con ira blanca, dijo:

—Le advierto a usted, señora, que, está en mi casa, y me veré obligado a echarla.

Mirole trágica, y luego, empequeñeciéndose, rió con risa cruel, insultante.

—¿Su casa?… ¡Ja! ¡ja! ¡ja!… ¿Y a quién le debe usted todo?… ¿Qué era usted cuando le encontró en París?… ¡Un pelagatos! ¡Un escultorcillo de bazar! ¡¡de bazar!! ¿Y yo he hecho de usted lo que es para, que en mi casa —y subrayó el mi— reciba, queridas? Diga usted.

Apretó él los puños de rabia.

—Porque es usted mujer, no quiero pegarla; porque es una perdida, no mato a su marido.

Ella siguió glacial, inalterable ahora.

—Talento no tiene usted ni pizca; nombre, tampoco; dinero, menos. ¿Qué iba a ser de usted sin mi protección, sin mi posición y mí fortuna?

Le humillaba. Estalló al fin. Grosero, rió también.

—¿Su posición y su fortuna? ¡Valiente posición y valiente fortuna! ¿Dónde estarán ya? Me río de ellas… ¿Sabe usted lo que es? ¿lo sabe usted?… ¡Pues una pobre vieja!

Alzó Carolina la mano para abofetearle. Esquivó el golpe y siguió implacable.

—¡Ahora sí que hemos concluido! Quiero ser libre y no tener que aguantar imposiciones ridículas de la vanidad de nadie, y menos que me echen en cara porquerías; quiero poder querer a quien me parezca…

Y, canalla, ultrajó:

—¡Yo no soy el chulo de ninguna vieja!

Gimió como si hubiese recibido un latigazo. El escultor continuó sin piedad:

—Mañana recibirá el señor conde de Monreal el dinero que le adeudo. Y ahora, salga usted de mi casa, señora.

Lina, altiva, le midió con una mirada desdeñosa.

—¡Miserable!

Y se dirigió a la puerta que Willy había abierto. Salió. Cerrose la puerta tras de ella, y comenzó a descender orgullosa, erguida. Al llegar a medio tramo, sintió que flaqueaba; hizo un esfuerzo, y siguió bajando entre las tinieblas nocherniegas.

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Parte 2. Libro segundo

Capítulo 1

En una sociedad de gentes bien educadas
no debe el amor borrar todas las
relaciones de la vida.


BARBEY D'AUREVILLY

De un tirso de rosas de Francia surgía el tablado flamenco. Mantones de Manila, sostenidos por estoques toreros y banderillas, a manera de alzapaños, cubrían la pared, haciendo las veces de telón de fondo, y los geranios rojos, las chinescas rosas de arrebol y los claveles de oro, resaltando sobre el vivo tinte de los crespones filipinos, escalaban la pared en orgía de matices, tendían su pintado dosel por cima del escenario, y colgaban en manojos de flecos policromos, semejantes a fantásticas estalactitas, poniendo una nota hórrida de color en la grave magnificencia del hall, decorado a la moda del Renacimiento. Por cima de las tapicerías de labrado damasco rojo, que hacían destacarse intensamente dos soberbios retratos de Van Dick y una «Gloria» del Tiziano, bordeando el zócalo de roble, enriquecido de admirables tallas; corriendo la línea del friso, y pendiendo en guirnaldas, purpúreas rosas, enlazadas con bombillas eléctricas, semiocultas en los sangrientos pétalos, alegraban la vista.

Apenas si, el soberbio horario de mármol y bronce, marcaba las diez y media, y sólo se agrupaban aún en la inmensidad del salón los comensales al finado banquete y cuatro o seis convidados madrugadores. M. Forel, el mayordomo, marchando de un lado para otro, seguido de dos gigantescos lacayos que conducían los licores en recipientes de viejo cristal de Bohemia, ofrecía sobre áurea bandeja las minúsculas tazas de Sajonia conteniendo el café a los invitados.

Agrupábanse éstos según sus simpatías o conveniencias. La Pancorbo, luciendo, con un mal gusto abrumador, traje de terciopelo verde mar con vivos de raso azul (—De cuando me casé; ¡aquellas eran telas, y no estas porquerías de ahora! —no hay que olvidar que pasaba de muy española, de muy castiza, muy «a la pata la llana»— de cuando me casé; ¿no lo creerán ustedes? —repetía incesantemente; y con sólo mirarla lo creía todo el mundo), habíase instalado a la entrada, en el mejor sitio, para darse cuenta y murmurar la primera, formando grupo con Tinita, trapajosa, como siempre, y la Wladimirosky, «el arte en el desnudo», que, mostrando entre los tornasolados de su traje rojo cuanto Dios la dió y ella se añadió, les contaba, llena de entusiasmo, la nueva excursión que acababa de realizar por Andalucía, antes de dejar España, cosa que tendría lugar en breve. Elisita, se indignaba con la incalificable conducta de su administrador de Córdoba, que no había permitido la entrada en la morada de los Pancorbo a la princesa (por orden expresa, de la dama, a quien, según frase gráfica, no le daba la gana de aguantar que aquel pendón de extranjera le revolviese su casa). E imaginariamente, en jarras, se decía, riéndose con aquel desgaire ordinario de madrileña neta: «¡Anda, y que se vaya a revolver la suya… si es que la tiene!» Mientras, plañía, con su vozarrón jeremiante la torpeza de los servidores viejos:

—Calle usted, señora, calle usted! ¡Si no hay paciencia!… Y lo siento. ¡Una casa tan curiosa! Toda llena de trofeos taurinos: capotes de paseo, espadas, cabezas de toros disecadas… ¡Recuerdos de mi marido, que no he querido tocar!… El pobre (que de gloria goce) era ciego por las cosas de toros.

La polaca, pese a las pequeñas contrariedades, volvía encantada de su excursión por la tierra de María Santísima.

—¡Oh, España! ¡Qué bello país galante! En Sevilla todos los cantaores haber hecho cosas sobre mí.

Y ante el gesto que hizo Elisita para contener el chorro de la risa que se le escapaba a borbotones, gesto que hizo estremecer la media luna de brillantes entre sus embadurnados rizos, y estuvo a punto de obligarle a tragarse, con el esfuerzo, la dentadura postiza, y ante el rápido persignarse de la Franqueza, creyó ver una sombra de duda, y ratificó veraz:

—Sí, sí, todos. ¡Y bellas cosas!

Un poco más allá, Lidia Alcocer, rodeada como siempre de medio Club, mostraba desafiadora, la maravillosa desnudez de su cuerpo, envuelto entre gasas rosas floridas de lirios negros, que hacían resaltar más sus cabellos de bruñido cobre, sus ojos garzos y sus labios rojos. Al verla entrar la Pancorbo, no había podido contener su severa crítica: «¡A la modista se le ha ido la mano en el escote!», murmuraba. Y María, que pescó la frase al vuelo, puso su comentario mordaz:

—¡Si no fuese más que a la modista, pase!

Era Lidia tipo exótico en la noble tierra del garbanzo, exótico aun entre las que posaban de elegante cosmopolitismo. Despreocupada, loca, segura del prestigio de su belleza incomparable, artista, —pintora, música, escritora—, romántica y sentimental, valiente y diplomática, había vivido vida de aventuras, contándose de ella que paseara antaño su idilio con un gran artista, atacado de mal de pecho, por los canales venecianos y los lagos helvéticos, y que al verle agonizar, en vez de lágrimas, vertió rosas sobre su lecho mortuorio. Ahora la vida habíale trabajado; el mundo en que vivía, pesando sobre ella, paralizaba sus alas de quimera, y engañaba su ansia de amor con aquellas vulgares aventuras, de las que no le quedaba después sino el amargor de la desilusión, mientras su alma inquieta soñaba tal vez aquella pasión soberbia que, acobardada, no se atrevería ya nunca a vivir.

Enriqueta Barbanzón, exagerado aún más que nunca su altivo empaque de reina de opereta, hablaba, erguida la cabeza coronada de brillantes, ceñido de perlas el cuello y moldeado el cuerpo de estatua por los pliegues de su vestidura de crespón bleu paon, bordado de colas de pavo real en sedas de colores, hablaba con Ito Samos de Roldán, son mari pour le moment.

—No lo niego —decía con su sonora voz—: Lina parece que levanta la cabeza. La fiesta de hoy…

Y añadió venenosa:

—¡Buena falta le hacia, porque si hubiese seguido así seis meses con ese rastacuer!…

Y dogmatizando:

—Una mujer que se precie tiene que saber escoger sus amantes… Dime con quién andas…

A Ito —su cuerpo enclenque, su cabeza enorme y su quijada prominente denunciaban su abolengo y mostraban el arte de elección de la peroradora— no se le ocurrían, como siempre, más que majaderías e iba seguramente a lanzar una de ellas, cuando el marqués de Zacinto, aproximándose al grupo, cortó el diálogo. Enriqueta le interrogó:

—Oiga, marqués: usted, que es amigo de la casa, ¿será verdad que Lina pone tierra por medio para hacerse olvidar y reponer el bolsillo, y que esta fiesta en honor de la gran duquesa y la presencia aquí de Peralta y de Álvarez no significan otra cosa que arreglos monetarios?

El marqués, siempre caballeresco y buen amigo, negó lo que de cierto sabía.

—Por Dios, marquesa, no creo…

—Pues eso dice todo el mundo.

—Pero nosotros no debemos creerlo.

La dama, pese a sus ínfulas de gran señora, sintió deseos de darle un abanicazo. ¡Habrase visto pelele! ¡Claro, el muy gorrón!…

Mientras, María Montaraz, de negro —llevaba alivio por un tío suyo, muy raro, que había tenido la oportunidad de morirse quince días antes en plena season. ¡Al demonio se le ocurre! Lo que es si se había creído que iba a llevarle luto ella, ¡estaba fresco!—, del brazo de Julito, ganaba un diván tapizado de pérsico paño, algo retirado, y se dejaba caer allí.

—¿Has visto? ¡Todos, todos han venido! ¡No ha faltado nadie!… ¡Si te digo que Lina sabe camelar a la gente!…

Y satisfecha del triunfo de su amiga, que era en parte su triunfo:

—¡Me alegro! ¡Para que se pongan moños!

—La verdad es que sí, que han venido todos.

—¡Todos, hijo, todos! Mira, ahí tienes a la Ponferrada, inaccesible, encastillada en su virtud, en su poder, en su posición, tan gran señora, tan independiente; ahí tienes a la Valsario, con sus cuarenta años de éxitos, como la Emulsión Scott, que para que en sus tertulias —virtud se exige— no hubiese más que mujeres honradas, no tenía sino irse ella, y ahí tienes a la San Apolinar y a Enriqueta, y ¡qué sé yo!…

Julito, con la mano ensortijada de raras gemas, acarició el rizado volante de su camisa.

—Y la comida preciosa.

—Todo al pelo.

—Me parece —afirmó el elegante— que Lina le ha echado el ojo al bueno del señor de Álvarez.

—¿Tú crees? —interrogó la morena—. Pues le compadezco.

Siguió dejándose llevar, a pesar de tratarse de su mejor amiga, de una ráfaga de maldad.

—Lina tiene jettatoria, y persona en quien pone la mano, muere.

—¡Mujer! ¡Tú exageras! ¡Parecería Madrid un campo de batalla!

La entrada de la Montalbán, otra de las excelsitudes, con su inseparable atavío imperio, les distrajo. María empujó a Julito, y murmuró:

—La perfecta casada.

—¿Sin ironía? —interrogó él.

—Sin ironía. Además de todo, no me choca.

¡Su marido es tan miope! ¡Engañar a un hombre que no puede verlo carece de encantos!

—Pues no lo entiendo.

—Es una romántica moral. Sus cuatro bodas…

—¿Cuatro?

—Cuatro, sí. Yo le pregunté una vez si llevaba los corazones de sus difuntos, como su tocaya Margarita de Navarra, pendientes de la cintura.

—¿Y qué te dijo?

—Que ninguno lo tenía.

—No está mal. Sí, tonta no es…

—Pues contenta está contigo. Dice que has dicho que va de pire en pire.

Julito afirmó gravemente.

—Se está poniendo Madrid imposible… ¡Ya no se puede ni hablar mal de la gente!

María, no menos grave, se adhirió.

—Es atroz. ¡Eso de que cuando no esté uno delante digan… la verdad!

Siguieron su observación.

En un sofá gótico de alto respaldo, labrado con las armas de los Monreal, la condesa de Fuensalvada daba conversación a doña Pacomia Álvarez, viendo en ella un anfitrión posible, y la buena señora, gorda, formidable, ahogándose en su traje de terciopelo gris bordado de oro, y agobiada por las joyas enormes, pregonadoras de los millones de su esposo, amasados en la honrada empresa de envenenar a sus semejantes, pavoneaba orgullosa de codearse, ella, hija de unos modestos industriales de la Habana, que había pasado su vida repasando ropa, primero en el hogar paterno y luego en el bohío de su marido, con aquellas señoronas, condesas, marquesas y duquesas, que descendían de reyes, príncipes y héroes, y que le contaban las unas de las otras porción de porquerías que no le importaban.

Junto al hogar de campaña donde dos inmensos troncos se consumían, trocados por las llamas en rubíes, como columnas del palacio de Aladino, Charito y Pepe Breñalva se reían bastante escandalosamente.

El ilustre general don Pomponio Augusto Gómez, sentado junto a Herminia Álvarez, que los cálculos de Lina, le destinaban, y que más que virgen recién presentada en el gran mundo semejaba un golfillo disfrazado de señorita, abandonábala, al frívolo palique de Luis Alfar—Náñez para escuchar extático, cautivado, las arrebatadas palabras de Magda Florián.

Sentada en alto sitial, y al pie de salomónica columna que sustentaba un jarrón de rosado alabastro en que tendía sus hojas una palmera colosal, destacábase la figura de una elegancia culebreante de Magda, moldeada más que vestida por los negros crespones del traje que arrastraba en largos pliegues. Sus brazos, de prodigioso moldeamiento, que poseían teatral belleza de ademán, su blancura de alabastro, sus ojos sombríos y fulgurantes y sus cabellos negros adornados de dos enormes plumas que caían sobre la albura de los hombros, hacían más bellos los arrebatados decires que florecían en sus labios finos y rojos.

Aquella mujer se había hecho una leyenda de pasión de que unos se reían, y a la que otros tomaban por una pose. Huérfana, rica, sola, había vivido en el mundo aislada de la frivolidad ambiente por noble altivez que defendía a las miradas profanadoras el secreto de su alma. Neurótica, arrebatada en un ensueño de amor imposible, vivía cultivando su ideal con malsanas lecturas y raros lances sentimentales y poniendo por cima de todo su lema,: Vivir del amor y para el amor.

Loco capricho se enseñoreaba del caudillo por aquella pasionaria hallada en el jardín del placer, y que parecía brindársele en sus arrebatadas razones. Claro que eso no significaba renunciar a su boda con la americanita, que su bondadosa amiga Lina Monreal le buscara; pero lo cortés no quita a lo valiente ni lo sensato a lo amador, y aquel proyecto matrimonial no sería obstáculo a correr una aventura con aquella desequilibrada que le andaba buscando tres pies al gato. ¡No iba por escrúpulos ridículos a tirar la fruta madura que le caía entre las manos sazonada y apetitosa!

No se engañaba. Una ráfaga de pasión había pasado por aquel corazón dolorido por los frívolos devaneos juveniles, fugaces como rosas de abril. El viejo tenorio, con su aspecto heroico, había conturbado a la apasionada. Aquella figura noble de viejo guerrillero había, por contraste con las insignificantes personalidades que le rodeaban, hecho nacer en su alma el amor. Además, era evocación de una tierra lejana donde aún vivían los sueños de gloria, donde los cañones no hacían de las guerras una lucha de máquinas destructoras arrasando las ciudades al primer grito de rebelión, y donde los gauchos galopaban sobre los potros bravos en pelo, flotantes los ponchos, como fantasmas de una victoria remota, y duermen al pie de los ombús mecidos por la voz del payador que canta a la majestad del Inca. Quería seguirle a aquella tierra de sol, de amor, de fuerza, y allí, ya que no es dado en este mundo el ser el primer y último amor, ser el postrero para él, recoger el último beso de sus labios en tórrida llanura, mientras la sangre generosa correría por la libertad, ese divino imposible.

¡Ah! ¡No quería que el que ella amase sobreviviera a ese amor para profanarlo luego! ¡Qué bien comprendía el gesto de las emperatrices antiguas cuando ponían la vida por precio de una noche de voluptuosidad! ¡Qué bien el gesto de esos amantes que absorben el veneno que delibra con el último beso de sus fiestas nupciales! Ya que el amor había de morir, era preciso matarlo cuando aun nos dejaba la melancolía de su muerte, sin esperar a que el hastío le despidiese como a un viejo bufón inútil. Y tornándose a su galán, habló así:

—A mí el mundo no me importa; no me ha importado nunca. Comprendo el dolor, el amor, la compasión, todo lo que llevamos en nuestras almas; pero las palabras deber, obligación, conveniencias, leyes sociales, me crispan, me irritan, me excitan a la rebeldía. Siento deseos de sublevarme, de gritarle al mundo cara a cara: «¡Tus leyes son cobardes, son inicuas, injustas! ¡Faltas a tus leyes a cada paso, a sabiendas, fingiendo acatarlas! ¡Eres hipócrita, falso, embustero! ¡Yo, yo, una mujer, una pobre mujer, te lo escupo a la cara sin miedo! ¡Tu fe es mentida, tu honor una sangrienta burla, tu amor una parodia miserable! ¡Te desprecio!»

Y bella sobre toda ponderación, miró a su cortejador. Hizo él un gesto de entusiasmo, mientras pensaba para sus adentros: «¡Qué tía!», sin el menor respeto. Ella siguió:

—Por eso amo su tierra y les estimo a ustedes. La vida allí es más sincera, más verdadera; los sentimientos y las pasiones no son una cosa convencional; son —y le flechó con sus ojos de fuego.

Él estrechola la mano con arrebato de pasión, mientras con la otra estrechaba la de Herminia Álvarez, su futura esposa.

Lina triunfaba. Estaba bella así, ceñido el cuerpo, pleno de gracia, por la túnica de muselina malva grecada de plata; por los hombros argentado brial; al cuello un hilo de enormes perlas; en los cabellos, de un rubio un poco ceniciento ahora, dos plateadas rosas; engarzadas las soberbias esmeraldas de sus ojos en el oro de las pestañas, y en los labios una sonrisa que mostraba la doble hilera de perlas de sus dientes, inclinada hacia el obeso banquero americano don Carlos Octavio Álvarez, a quien la satisfacción de verse agasajado por tan ilustre señora, hacía sudar orgullo por todos sus poros, sin contar lo mucho que le hacía sudar el calor.

Sentíase el ricacho inquieto, molesto en las apreturas del frac, deseando verse, en un espejo para cerciorarse de su corrección, y echando de vez en cuando miradas interrogantes a su consorte, no menos atontada que él. Pero era preciso casar a la niña, aquella Herminia, heredera única de sus millones y que a ellos semejaba modelo de distinción, tocando la guitarra y ¡hasta el piano, señor, hasta el piano!; y la condesa, tan amable tan buena amiga, que no pensaba más que en la conveniencia de los demás, se ocupaba en ello. Aquella noche precisamente habíale hablado de lo conveniente que sería una boda, con el heroico general don Pomponio Augusto Gómez, el héroe de la Pampa, y de la posibilidad de obtener, por mediación de ella, mujer de influencia política, un título nobiliario para los cónyuges; y había llegado hasta insinuarle que el don Carlos Octavio Álvarez, «el Boyero» allá en su tierra, tenía grandes condiciones políticas (¡lo que averiguan las señoras de Europa con poco que le traten a uno!) y podría desempeñar buen papel en el campo liberal, para lo cual no habría la Monreal de cejar hasta obtenerle una senaduría vitalicia. Con todo esto el americano reventaba de satisfacción y ansiaba hallarse a solas con su Pacomia para dar rienda suelta a su entusiasmo y quitarse aquellas malditas botas de charol que le apretaban. No pareciole, pues, cosa mayor aquel préstamo de un millón de pesetas que, so pretexto de un negocio de barcos, deseaba Lina, y a las primeras palabras explicativas atajole:

—¡Por Dios, señora condesa!

Arrepintiose ella de no haber pedido más, y prometiose a sí misma repetir el sablazo, mientras que, amable, le pasaba la mano (moralmente, se entiende) por su lomo de buey.

—¡Qué hermosa fortuna! ¡Da envidia!… ¡Y qué mérito, sólo con su trabajo!… Y ¿cómo la ha hecho usted?

Tomó resuello.

—Pues verá usted: primero arreando de firme, y luego fui tomando excremento, excremento…

Lina se mordió los labios para no reír. En aquel momento la baronesa del Solar de las Victorias, una de las reinas del «elenco», entraba, y se dirigía a ella.

Lina sonrió triunfal.

Decididamente ganaba la partida. Iban quince días desde aquel en que Willy, derrotado, enfermo, próximo a naufragar entre las manos de la Soler, había vuelto a ella. Siempre lo esperó, segura de serle imprescindible; pero no creyó verle llegar tan humilde, entregado a discreción, pidiendo piedad. Verdad que tornaba a ella enfermo, postrado, triste; pero, ¿qué importaba? volvía, era suyo, sólo suyo, otra, vez, y no sólo su amor por él, pero su vanidad, su orgullo, todo su ser, gozaba con aquella revancha. Y habíale enganchado ahora a su carro triunfal, exhibiéndole sin piedad a su cansancio, cruel hacia aquel mal adquirido en brazos de la rival odiada, pensando sólo en devolverla aquella mortal ofensa del estudio. Además, por capricho del destino, su marido también había retornado a ella, y puesto en sus manos era instrumento propicio; y para colmo, los asuntos no presentaban mal cariz. Y la suerte, que es mujer, y como mujer se inclina al lado del vencedor, habla traído a Madrid aquella su Alteza Imperial la gran duquesa, María Inmaculada Vasilski—Peterhoff, que ella conociera en Mónaco, y pensó que una fiesta a la presencia de S. A. diera brillo acabaría de levantarla, y organizó aquella típica zambra española.

Era Lina de esas criaturas nacidas para la lucha, a quienes el fragor de la batalla alegra y el pelear enardece, y que sólo piensan en la victoria momentánea, en triunfar a toda costa, cueste lo que cueste. Así no pensó en que Willy era un moribundo galvanizado, su marido jugador y perdido, hastiado momentáneamente por un desengaño, y la mejora en sus asuntos un alto en el camino de la ruina. Vio sólo en lo primero una victoria de su belleza sobre la fatal de la gitana, que sabía en tres meses, como vampiresa cruel, chupar una vida; en el retorno conyugal el triunfo de su habilidad, y en el mejoramiento de los negocios un paso hacia el arreglo de su fortuna. Además, no pensaba; luchaba, y excitada no veía nada más que la batalla a ganar, y puesta a trazar planes, quiso llevar la revancha de su amor propio muy allá, y llamó al empresario del teatrucho donde bailaba la Soler. Quería un cuadro de baile muy completo… muy típico… algo notable… Era para que una princesa extranjera juzgara… Ya podía lucirse. Era cuestión de patriotismo. A ver qué tenía… La Soler, por ejemplo…

La bailaora comprendió el reto, pero no vaciló. Iría. Además, experimentaba ansia loca de ver a Willy.

Tal vez por la antítesis misma, la bohemia, cuyo divino cuerpo parecía reverberar vida en torno a sí, deseaba con salvaje pasión a aquel pálido decadente que moría; ansiaba beber en un beso hasta el último aliento de su ser. Decididamente, era demasiado apasionada para cortesana.

En el umbral del hall, envuelta en aquel aura de elegancia, un poco cansada, saboreaba su triunfo, inclinándose amable, con una frase graciosa para cada recién llegado. ¡Su triunfo! S. A. I. que iba a llegar, la Montalbán, la Ponferrada, la Valsaris, la Barbanzón, que la saludaban fríamente y habían jurado no ir a su casa, circulando por los salones; don Carlos Octavio brindándole la bolsa abierta; su marido cubriéndola, con el manto de su respetuoso acatamiento; la Soler, la rival odiada, aguardando allá adentro con los criados, humillada con la cruel humillación del que tiene que depender de los demás, bajando de su papel de rival al de histrionisa; y Willy, un poco triste, un poco enfermo, sí, pero vencido, suyo.

Los ojos verdes buscaban inquietos al muchacho. Huyendo de la bulla, había ido a refugiarse a un rincón del salón, junto a soberbia armadura adamasquinada del decimotercer siglo. ¡Qué abatido, qué melancólico, qué enfermo se encontraba! ¡Lucerito le había matado! Aquel presentimiento de un gran dolor que le asaltara la madrugada en que por vez primera salió de casa de la bailaora, habíase realizado. Tres meses de una pasión brutal, sin tregua ni matices, en una calentura constante de sensualidad perversa, consumieron su vida, que se apagaba como una lámpara a la que se le acaba el aceite. ¡Qué misterioso encanto, qué fatal maleficio tenía que haber en aquella criatura para haberle arrastrado sin amarla a darle la vida! Porque no la amaba; de eso estaba seguro. No puede amarse a una persona a quien se deseaba todo mal, la muerte, la enfermedad, la desgracia, algo que la aleje de nosotros para siempre. Él la odiaba y, sin embargo, bastaba una mirada de sus ojos, una sonrisa —¡divinas sonrisas que inundaban de luz el rostro moreno!— para que cayese vencido a sus pies, indefenso, cobarde, mendigando lo que horas antes maldecía. Tenía el veneno de aquella mujer infiltrado en la sangre, y moría de él. Y cuando he aquí que en un supremo esfuerzo, y ante el terror de fenecer, rompía el sortilegio y corría a Lina, no hallaba en ella la piadosa bondad que es bálsamo a las heridas del alma, sino el orgullo de mundana ultrajada que, vencedora en una lucha con el mundo, quiere exhibir su presa sentimental —la que ha de darle patente de juventud—, como trofeo de gloria. Además, se hallaba más extraño que nunca en aquella sociedad. Antes de su aventura era mirado corno algo raro, curioso, que se contemplaba como una cosa extravagante, anómala; después de su aventura, sentía el ambiente francamente hostil a él. Su carácter, de una sensibilidad enfermiza, le hacía replegarse en sí, huir, y se convertía en espectador, que al no dejar ver su interior, era molesto testigo para los demás. Para las mujeres era el «querido de Lina»; para los hombres, un canalla que no era de su clase.

Aquella noche sentíase peor que nunca. La opresión del pecho apenas le dejaba respirar; un dolor agudo, molestísimo, le clavaba su aguijón en las espaldas; tenía la cabeza dolorida, y un cansancio inmenso le anonadaba. De pronto sintió algo tibio, glutinoso, que le subía por la garganta y le llenaba la boca, y algunos borbotones de sangre mancharon el pañuelo. Púsose en pie, y tambaleándose alcanzó la escalera de tallado roble, alfombrada de un tapiz de Smirna que daba la vuelta al hall y llevaba a las habitaciones de Lina.

Ésta, en una de sus ojeadas, percibió la dolorosa escena, y un frío de agonía corrió su cuerpo. ¡Todo estaba perdido! El azar irónico se burlaba de ella una vez más, y en el momento del triunfo echaba todo por tierra. El dolor de verlo morir no existía en ella; sólo ante su horror se abría el misterio de su destino roto. ¿Qué sería de ella perdiendo de un golpe amor y posición? Y su pensamiento era sólo una interrogación a la fatalidad formidable.

Dejó su puesto y avanzó hacia la escalera. Nadie, excepto María y Julito, se había apercibido de la catástrofe. La alcanzaron cuando ponía el pie en el primer escalón.

—¿Qué le ha pasado a Willy? —interrogaron a la vez.

Mintió sin haber trazado aún plan alguno, tratando de ganar tiempo.

—Nada. Le suelen dar ahora mareos… no lo contéis, para no asustar a la gente.

Y sin pararse a ver si le creían o no, subió recatándose. Al llegar arriba tomó por un pasillo, y, ya a salvo de las miradas indiscretas, dejó caer la máscara y diose a correr aterrorizada. Entró en la alcoba, donde, según el código de la elegancia, que manda que en el cuarto de dormir haya pocas luces, sólo las del tocador ardían, haciendo fulgurar los brillantes que trazaban los escudos de Monreal sobre el espejo. En la semiobscuridad las guirnaldas de plateadas flores rebrillaban sobre el fondo rosa descolorido de las paredes, y el psiquis reflejaba en su veneciana luna las imágenes. Sentado en una butaca, con un codo apoyado en la cama y la cabeza en la palma de la mano, el rostro lívido, los ojos cerrados, la frente bañada en sudor, el pelo lacio, pegado a las sienes, la pechera manchada de sangre y el cuello abierto, yacía Willy Martínez. A sus pies, Natalia, arrodillada, sostenía, muy pálida, una palangana con sangre. Y era siniestro aquel hombre que parecía iba a morir en el galante decorado de la alcoba, entre el bullir de una multitud alegre y las notas de la música cercana.

A dos pasos del moribundo se detuvo Lina, perpleja. Así, en la vaga claridad que dejaban filtrar las rosadas pantallas, envuelta en las gasas de suave coloración malva estriadas de plata, sombreado el rostro por la rubia cabellera, semejaba un pálido fantasma de horror.

—¡Willy! ¡Willy! ¿Qué es esto? —clamó trémula.

Él abrió lentamente, los ojos y fijó en ella su mirada mortecina; pero ni sonrió, ni le envió una palabra de afecto. Con desaliento amargo murmuró:

—Ya lo ves: que me muero.

El recuerdo de Baby agonizando en un hilo de sangre, ante la calma augusta de la tarde campesina, le hirió como una maldición, y tornó a verle tal un Jesús Niño muriendo por los pecados ajenos. Pasose la enguantada mano por la frente, como para arrancar de allí el cuadro siniestro, y su imaginación volvió a escribir ante ella la enorme interrogación: ¿Qué hacer?

Willy tornó a gemir cobarde:

—¡Me muero!

Un criado apareció en la puerta:

—Señora, señora, Su Alteza que llega.

Lina vacilaba. Resuelta al fin, echó una ojeada a su doncella, le indicó con un gesto al enfermo, y sin mirarle ya, sin hablar, sin volver la cabeza, salió.

En el pasillo, ante un espejo, arreglose el pelo y siguió su camino. Al llegar a la escalera se detuvo un instante para recobrar la calma, y de un golpe abrazó el escenario en que iba a representar aquel acto de la comedia de su vida.

En el majestuoso esplendor del hall se agrupaban sus invitados. Las colas de los vestidos femeninos, inmensas, fastuosas, serpenteaban mezclando sus colores como en colosal paleta; las espaldas desnudas albeaban bajo la luminosa cascada de piedras preciosas, y las patricias testas se inclinaban al peso de las coronas diamantinas. En el tablado, surgiendo de la gloria de rosas, bajo el vistoso entoldado de los pañolones chinos, se acomodaba el cuadro de baile. La figura innoble del cantaor bajito, rechoncho, de color malsano e hinchado cuello, contrastaba con la chulesca elegancia del bailaor, de quien el suntuoso Barbey hubiera dicho que, a no dudar, llevaba en las venas la sangre azul de una duquesa de Benavente, mezclada con la roja de un torero sevillano. A su lado, enigmática en su carnavalesco arreo de española «a lo Carolina Otero», la Gioconda dejaba dormir el misterio de sus pupilas verdes punteadas de oro; la Cotufera, con su bata azul de cielo, que arrastraba en pomposa cola, erguía el rostro enharinado de polvos baratos bajo los cabellos negros aceitosos, agobiados de claveles amarillos; y por fin, un poco separada, en el centro del escenario, Lucerito Soler.

Su cuerpo andrógino se erguía aprisionado en un mantón rojo bordado de flores blancas; sus cortos rizos, sin hojarascas ni adornos, eran cautivos de pequeñas peinetas de celuloide rosa, como las que usan las gitanas; sus ojos profundos, sombríos, ojos que habían mirado mucho al través de la noche, fulguraban siniestros, velados por las largas pestañas, y en la tostada lividez del rostro la boca era como sangrienta herida incurable.

Lina bajó rápida las escaleras, llegando a la sala en el instante en que las puertas que daban sobre el atrio se abrían para dejar paso a Su Alteza Imperial la gran duquesa María Inmaculada Vasilski—Peterhoff —alta, delgadísima, vestida de negro terciopelo, que arrastraba en larga cola inacabable, al pecho regio collar de esmeraldas, entre los nevados cabellos peinados con sencillez alta corona de perlas y brillantes—, honrando con su brazo a Pedro de Monreal y escoltada, por su grande maîtresse, obesa, insignificante, y su chambelán de marcial apostura militar.

La condesa trazó una reverencia versallesca y fue al encuentro de su augusta convidada, que, tras algunas frases amables para la dueña de la casa, cruzó en su compañía la estancia, inclinando la cabeza, en los labios esa sonrisa amablemente inexpresiva que no abandona nunca a las personas reales cuando se hallan en medio de una multitud desconocida, y que, sin significar nada, es susceptible de que cada cual tome de ella la parte que le plazca, y fue a sentarse ante el tablado.

María, semioculta, entre los macizos de plantas que bordeaban el escenario, llamó a Lina, y muy alto, para que la Soler, próxima a ellas, pudiese oírla, preguntó a su amiga:

—¿Y el pobre Willy?

La luchadora adivinó la intención, y olvidándose de la enamorada para dar paso a la mujer, contestó en el mismo tono:

—Muy malito el pobre…

Y tornándose a la bailaora, que había palidecido:

—¿Qué hacen ustedes? Ya está Su Alteza, y se puede empezar.

En los ojos trágicos de Lucerito brilló un relámpago de ira, y luego, al parecer sumisa, avanzó hacia el centro del tablado, mientras su rival, contenta de verla humillada, volvía junto a la gran duquesa.

La caja de la guitarra estalla en un raudal de notas; tremolantes sus cuerdas, como heridas por el filo de navaja albaceteña, preludiaron un cantar; las palmas repicaron jaleadoras, y el bastón del cantador redobló en las tablas; la gitana, envuelta en la llamarada de su traje, de pie en medio del escenario, clavó sus pupilas como puñales en el rostro pintado de su enemiga, y con voz no muy potente, cargada de efluvios de pasiones y pena, voz en que había odios y amores, achares y quereres, juramentos y lágrimas, cantó:

Qué me importa que a tu vera
mi pobre amor se me muera,
¡si sé que muere por mí!


Después, alzando los brazos lentamente, como víbora sabia que se irguiese, despacio, muy despacio, comenzó a danzar moviendo el cuerpo con un lento ritmo de amor, arrasados de lágrimas los ojos y entreabiertos los labios, entre el redoblar de las palmas y vibrar de las cuerdas que desgarraban penas.

María, tras de mirar a Lina, se volvió a Julito:

—¿Has visto? Fuera de programa. ¡Eso ya no es una saeta, es una puñalada!

—Trágico —asintió el poeta.

—¡De chipén! ¡Chúpate esa!

Mientras, la gran duquesa aplaudía entusiasmada.

—¡Oh, charmant!

Y Lina, muriendo mientras sonreía:

—¿No se lo dije a Su Alteza? No hay como la Soler. ¡Es admirable!

Capítulo 2

Oh! L'horreur du masque!

JEAN LORRAINE


La velada había transcurrido para Lina y María bajo el peso de un tedio abrumador. De los habituales comensales a la comida de los martes habían faltado aquél, que lo era de Carnaval, los que daban animación a la mesa con su charla. De ellos, el marqués de Zacinto habíase excusado con su jamás desmentida corrección, enviando amabilísima esquela en que participaba a la dama que un dolor reumático feroz le postraba, impidiéndole disfrutar el gusto de comer con ella; Paco Estrada había telefoneado directamente a casa de Monreal, y Julito, encargado de excusarle a la Montaraz en una conversación telefónica que con ella sostuviera, sin dar, por supuesto, directa explicación de sus ineludibles quehaceres, pero dejando adivinar en sus ambiguas palabras que se trataba de una aventura carnavalesca en compañía de un amigo. Aquel incógnito de su compañero de holgorio y la inexplicable ausencia de Willy, muy mejorado de sus males, que no habla ido a comer, poniendo a Lina de un humor de todos los demonios (¡ni uno menos!), dejaban adivinar tratábase de éste y de su Lucerito, y por ende de la trinca nada recomendable de la prójima, con lo cual era de suponer no sería cosa de rezar función de desagravios.

Habían, pues, comido solamente la imprescindible Elisita Pancorbo, Agustinita Franqueza, el noble marqués de San Balandrán, que parecía, cosa rara en él, tan correcto, tan mesurado, acometido de extraña inquietud aquella noche; el héroe de la Pampa y la grandísima loca de Magda Florián. Y como si fuese poco aún el aguantarles durante la comida, ocurriósele a la vizcondesa, bajo el pretexto de que, como Carnaval, no se podía ir a ningún teatro por ser patrimonio de la gentuza, la empecatada idea de jugar un tresillito. A ella que no le hablasen de «bridges» ni otros mamarrachos extranjeros; que la dejasen con sus codillos, sus bolas y sus puestas. Y dicho y hecho: formó su partidita con el marqués y el general, y engolfose con alma y cuerpo en sus entradas; Tinita, perpetua mirona, tras contemplar un instante el juego, quedose beatíficamente dormida en las luchas de la digestión, y las dos damas, frente a frente, hallábanse en la cruel alternativa de optar entre el inacabable chismorrear de la partida o un concierto entero de Chopín que en el salón contiguo arrancaba al piano la arrebatada mano de Magda Florián. Las notas apasionadas, raramente matizadas de las melodías, íbanse enlazando, a veces crispadoras, nerviosas, chasquidos de besos y ulular de lujuria que arrebataban las almas en los giros de un vals diabólico, otras lentas, mórbidas, cansadas, como crujir de arenas en las calles de un campo santo al paso de una procesión de fantasmas, y también a ratos lejanas, misteriosas como susurrar de amantes meciéndose en un lago al claro de la luna.

Dábale a la Florián ahora por echárselas de apasionada de Chopín, y, según ella, compartía su vida, libre, insolente, feliz y desafiadora ante el mundo entero, entre sus dos amores: la música y el héroe. Porque la aventura comenzada en aquella casa la noche de la fiesta en honor de la gran duquesa habíase convertido en un lío, motivo de alarma para la condesa, que temía ver comprometidos por alguna salida de aquella desequilibrada los proyectos matrimoniales entre el general y Herminia Álvarez, tan adelantados ya que en breve se formalizarían con la petición de mano, única cosa que esperaba ella para tirar un nuevo tajo al bolsillo del potentado, pues el millón de pesetas antes extraído, salvo pequeña cantidad empleada en algunos pagos urgentes, se lo había tragado aquel dichoso negocio de fletes en que comenzaban ella y Perico a no ver tan claro como en un principio.

Todos eran motivos de preocupación para la dama. Precisamente aquella mañana había firmado un préstamo hipotecario a tres meses sobre los muebles y obras de arte contenidos en su casa. Fue exigencia de su marido para hacer frente a algunas obligaciones inaplazables; así y todo, y pese a su seguridad de pagarlo antes de un mes con el dinero americano, hubiérase negado si no fuera porque Willy, a su vez, solicitaba un adelanto de ella. Por otra parte, sus amores, aquellos amores a que se aferraba con las ansias de sus cuarenta y tantos años, iban de mal en peor. Willy, mejorado, aunque no curado de su enfermedad, había vuelto a las andadas con la Soler, y ya ni consideración le tenía, como demostraba el no haberle enviado un mal recado aquella noche.

Era la una de la madrugada, y las del tresillo hablaban aún de no sé qué puestas. María leía La Época; la Florián, incansable, tocaba el piano sumida en el arrobo de aquel mar melódico, y Lina esperaba siempre. Cada vez que algún criado entraba con algún recado, alzaba vivamente la cabeza con una vaga ilusión que sería una carta de Willy.

Ahora sí que era una carta, pero no para ella, sino para el marqués, que tras de pedir permiso calose los lentes, leyó con visible satisfacción, y volviéndose a la Pancorbo, dijo:

—Aunque ya no es un secreto, van ustedes a ser los primeros en saberlo. Me escribe Peralta que Su Majestad me ha honrado confiriéndome su representación en Salmacia.

Todas le felicitaron calurosamente; la Pancorbo, en impulso de su entusiasmo, se borró, distraída, con el lápiz que tenía en la mano una puesta; Tinita vio en perspectiva un viaje de gorra por Europa. La Florián apareció en la puerta envuelta en los pliegues de su túnica negra, de una tela muy pesada y muy blanda, que la ceñía esculpiéndola, mostrando el rostro blanco, encuadrado en los cabellos de azabache, que anudaba en la nuca alabastrina, formando un gran moño atravesado de fino puñal con mango de esmeraldas, y apoyando un brazo en el marco de la puerta, saludó al agraciado:

—¡Cuánto me alegro! Iremos a verle, n'est—ce pas, mon cher? —interpeló encarándose con el general.

Y en cuanto a Lina, sintió una indefinible impresión de tristeza.

¡Qué tontería! ¿Acaso deseaba ella aquel puesto? ¡Pues bueno estaba Perico para irle con embajadas! No, no era eso. Era una vaga melancolía, la sensación de alejamiento en una caída en el vacío, mientras las compañeras de lucha se acercan a la cumbre donde por espejismo creemos quo está el reposo, impresión que se mezclaba a vaga inquietud encarnada en una pregunta que se formulaba desde hacía un instante: ¿Dónde estaré yo cuando este amigo vuelva? ¿Estaremos aún en el mismo plano social, o habremos ido a parar a distintos planos?

El marqués, satisfecho, infatuado, había tomado la palabra, y dejándose llevar de su amor al clasicismo, al españolismo, y a la tradición —en este mundo no hay como crearse un carácter para llegar—, les daba un curso de derecho político.

Creía él que en España lo que hacía falta era precisamente mucho españolismo. Nada de europeizarnos; aquello, sobre imposible utopía, era una abdicación, un renunciamiento. Aun en los tiempos de mayor gloria, en aquellos soberbios tiempos de los Felipes, jamás fuimos europeos, nunca europeizamos España; hicimos algo más bello, más grande: querer españolizar Europa. Eso y no otra cosa significaron las guerras de Italia y Flandes.

Imponer nuestra religión, nuestras costumbres, nuestras leyes, no transigir, no contemporizar. Éramos muy católicos, pero encarcelábamos al Papa si el Papa no pensaba como nosotros; muy humanitarios, pero abrasábamos a los flamencos si no abdicaban hasta de su libertad de pensar. Por eso éramos grandes, porque al través del mundo, lo mismo en Europa que en América, por cima, de razas, de religiones, de leyes y costumbres, conservábamos nuestro carácter de españoles, sin flaquear ni modificarnos nunca en contacto con el ambiente, sino haciendo que el ambiente se modificase en contacto nuestro. Teníamos industrias que vivían florecientes; nuestra literatura admirada, nuestra política respetada, nuestro ejército temido, y, sobra todo, nuestro pueblo, único en el mundo, bueno, noble, valeroso, sufrido, leal; nuestro pueblo, que al través de los siglos conservara el alma numantina para luchar contra los moros ocho siglos, y vencer cuatro más tarde al Ogro del Corso. Era preciso, si queríamos volver a ser lo que fuimos, afirmar nuestra personalidad, proteger nuestra industria, mejorar nuestras costumbres, sí, hacerlas modernizarse, aprovechar nuestras riquezas, pero rechazar sistemáticamente, sacando nuestras púas como erizo que ve cerca un peligro, todo extranjerizamiento. Los elementos de fuerza están en nosotros; aprovecharlos.

Y el marqués, que no tenía plan alguno, y que de tenerlo pensaría todo lo contrario, —aquí del cardenal Richelieu: «La palabra es el arte de ocultar el pensamiento»—, añadió, limpiándose el sudor que con la elocuencia le brotaba, con aquel pañuelo comprado en casa de Tremlet, en Londres:

—Aquí podríamos decir, parodiando al clásico:

España, ¿dó estás? Tu lozanía

postrada yace al golpe de los años.

María se inclinó al oído de Lina.

—Así me gusta. Que siente o que no siente, en el culo te pinto un loro.

Los tresillistas se habían puesto en pie, y Elisita Pancorbo, besando con gran cariño a la anfitriona, se despedía de ella. Se le estaba haciendo tarde, y tenía que tomar la ceniza a las ocho, en la misa del padre Godofredo. Aquellos demonios de santos la traían loca. ¡Jesús! ¡Jesús!

—Adiós, monina; y ya sabes, con confianza, ahora, durante la Cuaresma, me vengo a comer contigo los viernes… Yo no sé qué hace tu cocinero con las comidas de pescado, pero hay que confesar que tiene mano de santo.

¡Ya lo creo que lo sabía! ¡Echar substancia de carnes en el caldo, en las salsas, mezclar… qué sé yo, herejías! Pero en su egoísmo pensaba:

—¡Como no es en mi casa!… Sobre la conciencia de su ama va, y ¡ahí me las den todas!

Los demás siguieron el ejemplo de la vieja, y salieron todos, menos María, que se dejó caer en una gran butaca junto al fuego. Al fin volvió Lina.

—¿Se fueron?

—Sí.

—¡Uf! ¡al pelo! ¡Qué pesados!

—Yo estaba en ascuas… Luego, como Elisita no pierde ripio, tenía un miedo atroz que notara lo de Willy… Ya sabes la lengua que tiene. Prefiero la gente que hace las cosas, que los que se entretienen en criticar las que hacen los demás.

María afirmó muy seria:

—Hija, hay tiempo para todo.

Y después de una pausa, cambiando de conversación:

—¿Quieres que te diga dónde está tu tormento?

La Monreal interroga anhelosa:

—¿Dónde?

—En el baile del Gran Teatro.

—Es una canallada —afirmó exasperada la Monreal.

María no hizo caso de su ira; parecía madurar una idea; por fin habló, razonando:

—Mira, hay baile en el Real y en el Gran Teatro. Yo he visto los anuncios en El Imparcial. Como estará con tu rival aborrecida, —y era irónica—, acompañados de toda su distinguida trinca, en el Real no pueden haber dado con sus huesos; además, ya sabes lo que a Julito le divierten las cosas raras, y Julito está con ellos, de eso no me cabe duda: luego están allí.

Y de súbito:

—¡Si fuésemos!…

Lina empezó con una exclamación de horror, como todo el que desea mucho una cosa y ve adivinado su pensamiento antes de tiempo.

—¡Estás loca!

Y a un gesto indiferente de la otra, que pareció de súbito renunciar a la partida:

—Además, nos van a conocer hasta las piedras.

—¡Quia; de eso me encargo yo!

Y con un ademán de picaresca camaradería, tiró el pitillo, y apoyando sus manos en los hombros de su amiga, comenzó a explicarse:

—Mira, Linilla; nos vamos a mi casa…

—¿Y cómo salgo? —interrumpió su interlocutora, descorazonada.

—Por la puerta. ¡Pues valiente cosa te puede importar! ¿Se iría a asustar el portero?

Y como la otra callase, prosiguió su plan:

—Nos vamos a mi casa; desde allí mando a Gregoria, mi doncella, en un simón, a alquilar disfraces, y mientras va nos vestimos con ropa de ella, para no epatar con los bajos, y ¡al pelo!

En la elegancia severa que, conforme a la moda del reinado de Enrique IV, dominaba en el despacho (donde ahora se jugaba al tresillo para no estropear los blancos muebles del saloncito de Lina), sonaban extrañamente las palabras frívolas de la dama planeando aquella aventura picaresca y el primer conde de Monreal vistiendo adamasquinada cota y broncíneo casco de flameante airón, parecía, desde las tallas que la cercaban presidiendo la chimenea, reprobar aquella locura. Lina, nerviosa, con esa nerviosidad común a los niños y a las mujeres cuando desean mucho una cosa y a la vez la temen, objetó aún señalando el péndulo que marcaba las dos:

—¿No es tarde?

—No, mujer, no; si te das prisa, a las tres y cuarto estamos allí, y aun les alcanzaremos.

Y luego, para decidirla, le espoleó en su amor propio:

—Si es que no quieres ver a Willy con esa mujer…

Lina se irguió.

—¿Vamos?…

Envueltas en los pliegues de sus capuchones de raso negro, lacios y marchitos por el batallar de las noches de Carnestolendas, mostrando al andar sus bajos, ni muy limpios ni muy flamantes, cubiertos los rostros, por las caretas de terciopelo del mismo color que los disfraces, se detuvieron un instante sobrecogidas antes de lanzarse en el torbellino del amplio local, que ofrecía un cuadro evocador de los caprichos goyescos, sin su castiza, majeza, y de las aguafuertes de Durero, sin su trágico horror.

Eran más de las tres y media de la madrugada, y la desanimación y el aburrimiento caían a plomo sobre la fiesta. Una vaga neblina, producida por el polvo de la alfombra y el humo de los cigarros, espesaba la atmósfera, haciendo lucir las lámparas eléctricas, ya no muy brillantes de por sí, como al través de un velo; los palcos, desiertos en su mayoría, eran así sumidos en tenebrosa negrura, como grandes nichos vacíos de un cementerio abandonado; de los brazos eléctricos pendían manojos de serpentinas, rotas, manoseadas, sucias; los conffetis tapizaban el suelo con innoble iris, y sentados en torno al salón algunos dominós obscuros, semejantes a encapuchados penitentes, ocultando bajo aquel arreo, que quería ser arlequinesco y era lúgubre, las ansias de rapiña de las del oficio de zurcidora de gustos, que antaño se refugiaran, refugio por refugio, bajo el manto de la dueña, parecían esperar pacientemente, cambiando de vez en cuando algunas palabras con misteriosas mascaritas ataviadas de pescadoras napolitanas o de paludos bebés; alguna pareja, que más que de recién conquistados corazones parecían de mal avenidos esposos, departían por hacer algo, y algunos solitarios bostezaban largamente. En el centro del semicírculo, los celadores desenmascarados, con los balandranes abiertos, ponían orden, ayudados de sus largos bastones, en las parejas danzantes a los acordes de los canallescos valses que chillaba una orquesta oculta en las alturas.

Eran extrañas parejas que giraban en interminable procesión, dando la vuelta al recinto, estrujándose unas contra otras, moviéndose muy apretadas, embutidos los danzarines, los ojos en los ojos, las bocas muy cerca, incansables, lascivos, graves, como en raro rito de un culto fálico.

Una maga de larga túnica de percal negro, estrellada de papel dorado, y puntiagudo capirote, bailaba, ciñéndose a un chulo peinado con persianas; una mora de mancebía, dejábase languidecer en brazos de un innoble tipo de rubicundo rostro, cabellos teñidos, ladeado hongo, roja corbata y grueso diamante en el anular, hibridación de tahur y tratante en caballos; más allá, un viejo flaco, zancudo, calvo, de libidinoso mirar y babosa sonrisa, oprimía contra su pecho, como esos vampiros de los cuentos de Hoffman, enorme bebé de astroso atavío de alquiler; juvenil chicuelo, indudablemente escapado de su casa, adheríase a enorme mujerona que movía con lujurioso ritmo sus macizas ancas de vaca; Colombina prostituida mirábase en los ojos de un ordenanza de Ministerio, y un estudiante, abrazado a una prójima, pasaba lento, mordiendo sus cabellos pintados; viejos verdes, colegiales, toreros de invierno, obrerillos endomingados, horteras, vividores de profesión, matones, chulapones de mancebía, pasaban, llevando entre los brazos noches nevadas, floristas, chulas, couplelistas, reinas de zarzuela, sacerdotisas egipcias, arlequines y locuras, pasaban y repasaban en hórrida zarabanda, poseídos de la gravedad de sus actos, mientras una Doña Inés neurótica escapaba de los brazos de un chauffeur.

Más allá, unos pierrots de sucios trajes y rostros embadurnados de blanco, que les daba apariencia casi macabra, perseguían con sus groseras bromas, como payasos de ultratumba, a una de las floristas, fugitiva, y de vez en cuando surgía, como chispazo de una oculta hoguera de crimen, una bronca en que las lenguas, trabadas de vino, vomitaban injurias de burdel, y las manos, temblorosas de sensualidades, apretaban las navajas.

Casi todas las mujeres habíanse quitado las caretas, y el sudor que les escurría de la frente goteábales por las mejillas, trazando surcos en la pintura que les embadurnaba y ponía en sus rostros grotescas máscaras en que la boca trazaba su mueca crispada de lujuria mercenaria. Otras llevaban pequeños antifaces de terciopelo para hacer resaltar el fosforescente brillo de sus pupilas o la promesa de unos labios más incitantes bajo el negro tul.

Y una ola de lubricidad enorme les envolvía a todos, substituyendo a la alegría con una brutal torpeza física que emanaba de los menores movimientos de sus cuerpos sudorosos.

Si Lina se hubiese dado, como su amiga Lidia Alcocer, a la literatura decadente, al contemplar así, de súbito, sin la lenta preparación de una noche de juerga, en que la fiesta fuese lentamente degenerando, aquel cuadro sin majeza, sin colorido, sin gracia ni júbilo, hubiese podido creerse trasladada, en una pesadilla de éter o morfina, al palacio del Tedio en plena fiesta de lujurias. No era así, y sólo sintió una opresión de repugnancia y temor, y agarrándose al brazo de su compañera, que miraba curiosa, murmuró a su oído, casi suplicante:

—Hemos hecho mal en venir… Vámonos, mujer, ¡por Dios!

Sin contestar, María tiró de ella.

—Mira — dijo—, son los únicos que se divierten.

Miró, efectivamente, en la dirección que su amiga le indicaba, y el corazón le dió un vuelco en el pecho. En una platea, ruidosos, alegres, reverberando nervioso júbilo sobre la bruma tediosa del salón, estaban ellos. La Cotufera, toda de azul eléctrico, con un pañolón florido de claveles gualdos, enorme ramo de las mismas flores junto al moño, que le acariciaba la nuca; la mata enorme de pelo sombreando el rostro, más embadurnado de cold cream y polvos baratos que nunca, cimbreábase en el centro del palco, bebiendo sin tasa el champaña que el Niño de las Verónicas le escanciaba con un ademán lento, de reposada chulería. La Gioconda, medio borracha, caída sobre el barandal, profanando el traje de guardarropía, verde, acuchillado de plata, del siglo XV, que por consejo de Julito adoptara, reía con unas carcajadas muy ordinarias, muy ruidosas, tan lejos de aquella divina risa ambigua o inquietante —risa que tiene todas las melancolías y todas las perversidades, risa de enigma que turba y atrae como los trágicos misterios del amor y de la muerte, y que, como ellos, tiene el don fatal de robar la razón a quien osa interrogarla, ¡divina sonrisa de Monna Lisa!, risa de una boca sabia y silenciosa, cuyo enigma no se puede descifrar sino para morir después— reía, mostrando su dentadura, fuerte, sana, plebeya, de los disparates que el extravagante, en canallesco atavío de pierrot, le gritaba. Y en un rincón, Lucerito, toda de negro y rosa, madrigalizaba, la mirada de sus ojos perdida en los ojos de Willy.

—Mira, mira, tu galán, qué atortolado está. ¿Quieres que nos acerquemos a ver qué hacen?

Y como hubiese unos asientos desocupados debajo del palco, María, llevando en pos de sí a Lina, lanzose entre la multitud, camino de ellos.

Un viejo verde intentó pellizcarlas; un chulo les dijo una atrocidad que hizo reír a la loca, y dos mozalbetes les siguieron insistentes, groseros en sus chanzas, empeñados en sacarlas a bailar. Por fin, se hallaron sentadas debajo de la platea; pero allí les aguardaba una decepción: no se oía nada.

Había vuelto a comenzar la música, ritmando ahora las notas lánguidas de una mazurca chulesca; las parejas giraban, incansables, nuevamente, y Lina, sofocada, ahogándose bajo la careta, sentía una ansiedad loca de llorar, de huir lejos, donde pudiese sollozar a sus anchas y gritar muy alto su dolor. No pudiendo aguantar, se inclinó hacia su amiga.

—Vámonos ya… ¡Yo no puedo más!

—Se van ellos también. Vamos delante, y veremos qué hacen.

Y sin aguardar respuesta, guió a la Monreal hacia el vestíbulo, y allí, tirándole violentamente de la manga, obligola a ocultarse tras de unas columnas.

Salían ellos ya, retozando con las prójimas: delante, Willy y Lucerito, muy atortolados, y detrás, ruidosos, escandalizando como siempre, los demás. En la puerta se detuvieron con grandes señales de impaciencia, y parecieron celebrar conciliábulo. Una llovizna fría y menuda caía del cielo, haciendo rebrillar las aceras, heridas por la luz de los areos voltaicos, y no había ningún coche. Al fin, y tras breve vacilación, lanzáronse resueltos a la calle, y las dos tapadas siguiéronles de lejos.

Así, envueltos en la tenue cortina de agua que caía sin cesar del cielo hendiendo las tinieblas, apenas disipadas de trecho en trecho unos cuantos metros por la temblorosa luz ele los faroles de gas, corrieron algunas callejuelas que arpentaban lentas, indiferentes ante la lluvia, algunas reinas del placer, y llegaron a un pasadizo donde brillaban las vidrieras de un colmado con honores de restaurant. Metiéronse en él los juerguistas, y las damas vararon perplejas.

—¿Y ahora?

—Vamos adentro.

Y la Monreal, resuelta, tiraba de su amiga, que asustada por el cariz que tomaba la aventura, resistió.

—No, no, basta. Más sería una locura.

—¡Una más!…

—Quiero entrar. Si vienes, bueno; si no, voy sola.

—¡Pero, mujer!…

—Nada —y dió un paso—, ¿vienes?

La morena se encogió de hombros. Tenía Carolina razón. Una locura más…

—Bueno, vamos allá.

Franqueada la puerta, y ya en el pasillo, se detuvieron nuevamente perplejas, desorientadas.

Un olor violentísimo a guisotes y humo de tabaco barato enrarecía la atmósfera, haciéndola irrespirable; estrépito de vajilla, gritos, carcajadas, canciones, rasguear de guitarras, juramentos y blasfemias, ensordecían; el suelo negro, lleno de escupitajos y colillas, respiraba vaho de humedad; y a los dos lados del pasillo, puertas de cristales callaban su secreto.

—¿En cuál estarán? Nos convenía el cuarto de al lado para oír.

Una puerta se abrió escupiendo a dos borrachos en son de querellarse, y Lina y María, horrorizadas, acogiéronse al otro lado del pasillo, apretándose contra una puerta que cedió a su empuje; sintiéronse cogidas y arrastradas dentro, y oyeron la voz de Julito que decía:

—¡Hola, barbianas! ¡Os convidamos para que no digáis que no se gasta finura!

Julito inició una burlesca reverencia, y con voz engolada, llena de majestuosa prosopopeya, comenzó:

—Altas y muy poderosas señoras, seos servidas de desposeer vuestros peregrinos rostros, donde seguramente bajo la nieve se transparentan rosas, de esos negros antifaces con que alguna perversa maga les ha cubierto, envidiosa de tanta belleza.

Lina y María, sentadas junto a la puerta, denegaron silenciosas para que sus voces no las vendiesen. La Gioconda rió, mancillando la noble majestad del rostro con el plebeyo baldón de su sonrisa, y la Cotufera midió a las intrusas de arriba abajo con su mirada desafiadora.

Julito siguió:

—Fermosas damas: si por algún misterioso encantamiento os veis privadas de complacernos y habéis de ocultar vuestros semblantes, mostradnos a lo menos vuestras manos, besadas por reyes y emperadores.

Gesto negativo de las aludidas.

Willy y Lucerito habían dejado de prestar atención, y aislados charlaban. Julito prosiguió con cómica gravedad:

—¿Tampoco?… Está bien. Pues sabed que sólo las princesas y las fregonas en su nobleza temen ser conocidas por las manos. Luego o sois princesas o fregonas.

La Gioconda intervino.

—Déjalas; ¿no ves que son de la cofradía del silencio?

Y la Cotufera, hablando en aquel su andaluz madrileñizado, muy lánguido, muy ceceante, arrastrando las palabras:

—¡Mujé!… Déjala… ¡A la pobresita se le cayó la campanilla de tanto llamá a un gachó!…

Julito prosiguió aún:

—¿Quién sois, peregrinas criaturas, quién sois?

La Cotufera, con desgaire, dió la respuesta:

—¿No lo ve; hombre e Dio? ¡Una prójima… y si no, pues ella se lo pierde!

El cuarto era como todos los cuartos de colmado: sucio, hostil, limitado a modo de tabiques por tablones que dejaban pasar chasquidos de besos, gritos de mujeres, rodar de vasos y crujir de sillas, en la pared del fondo, empapelada de gris, una musa de burdel había dado brillante muestra de su ingenio en numerosas obscenidades y porquerías escritas en prosa y verso.

A la luz tristona de una bombilla eléctrica, Willy y la gitana se murmuraban endechas; la Gioconda bebía como un carretero; el Niño de las Verónicas fumaba incesantemente, y el Cantares había echado mano de la guitarra y templaba sus cuerdas, arrancándoles notas graves que iban a perderse en el general estruendo.

Julito (¡no podía estar tranquilo un minuto!) se encaró con el tocaor.

—Anda, Joselete, cántanos algo.

No se hizo de rogar. Echó el pecho hacia adelante, bajó la cabeza hinchando el cuello, y con clara voz timbrada de tristeza, empezó entre el lento palmotear de todos:

Un suspiro es una pena

Redoble de palmas.

—¡Olé! ¡Olé! ¡Venga de ahí, mi niño!

Un suspiro es una pena
que arranca del corazón.
Y en llegando hasta los ojos
¡los ojos la hacen traición!


Más palmas. Las pájaras, el cigarrillo en los labios pintados, jaleaban.

El Cantares carraspeó, escupió y tornó a empezar con un gemir de pena:

Déjame llorar
porque grandes fatigas tengo,
porque mi marecita del alma
de fatigas se está muriendo.


Las palmas repiquetearon cadenciosas. Julito se encaró con la Cotufera:

—¡Mercedillas, serrana mía, márcate un tango!

—No pue sé, hijito de mi corazón… No vaya a jacé er mengue que a la señora le de un sopiliponcio!

—Sé fina —insistió él inquieto— y complace.

La Gioconda intervino conciliadora:

—No seas esaboría, y anda con ello.

—¡Vamo allá!

Y apoyando el pie en la rodilla del Niño, saltó sobre la mesa.

Lina alzose vivamente, y fue a ocupar el sitio libre junto a Willy. Fue un movimiento inconsciente, del que se arrepintió enseguida, al sentir fijos en ella, los ojos de Julito, que reían triunfantes —¡desde que entraron lo había adivinado!—, los de Willy aburridos y los de Lucerito cargados de amenazadores efluvios de tormenta.

Mientras, la Cotufera erguíase sobre el sucio tablado. Así esculpida, en el zafiro del manileño vergel, emanaba un intenso encanto de lujuria. Los pechos, prominentes, duros, procazmente erguidos, eran deseables en su leve palpitar, que alzaba y descendía rítmicamente dos claveles amarillos y enormes; el vientre apenas señalaba su breve curva, y las caderas, dislocadas por lascivos ademanes, eran potentes, insolentemente femeninas. Y en la cara, muy blanca, ojerosa, manchada de vicio y de pintura, vagaba una sonrisa como mueca de placer comprado que oculta una pena.

Todos jaleaban ahora, haciendo chocar sus manos al ritmar de la guitarra. El cantaor comenzó:

¿Cuál de las do cogeré
de do vereda iguales?
¿Cuál de las do tomaré?


Las palmadas fueron en crescendo. La bailaora, casi arrodillada, hacía castañetear sus dedos lentamente, y movía el cuerpo con languidez de espasmo, haciendo serpentear su larga cola entre las cañas de manzanilla.

Yo me encuentro en un camino:
¿Cuál de la do cogeré?
Si cojo la de tu gusto
¡Mi perdición ha de ser!

Olés, aplausos; los bastones ayudaron a las manos, y la flamenca irguiose de un bote, y sosteniendo con una mano la falda y con la otra el cordobés, pateó, vibrando sobre la mesa, y luego giró rápida, barriendo con su cola, que se abría pomposa, las copas, que al rodar rotas vertieron los áureos chorros de vino generoso.

Lina se había ido aproximando a Willy; su rodilla tocaba la del muchacho, y sus manos, en su loco aletear, acariciaban de vez en cuando las de su amante. Adivinando él bronca en perspectiva, quiso partir, y se inclinó murmurando unas palabras al oído de Lucerito. Esta se puso en pie.

—Nosotros ahuecamos, ¿eh, tú?

—¡De perlas!

Y el escultor imitó el ejemplo, alzándose de su asiento.

—¿Os vais ya?

Y Julito les miraba extrañado.

—Sí; nos vamos, porque…

No pudo acabar. La máscara rompía su mutismo, y con voz muy mal fingida rogaba:

—Note vayas todavía.

Todos la miraban curiosamente. Willy, queriendo evitar a toda costa una cuestión, razonó amable:

—No puede ser, mascarita. Es tarde, y tengo que madrugar.

La tapada insistió, fingiendo cada vez peor la voz mojada en lágrimas.

—Sé bueno y no te vayas.

La Cotufera saltó agresiva:

—¡Amos con ésta! ¿Y a ti qué pitos te importa manque éstos tomen el piro?

Y encarándose con ellos:

—Anda, palomitas, largaros al pitañal.

Él quiso acabar:

—No puede ser, no puede ser —y dió un paso. Ella, perdidos los estribos, le cogió del brazo, y sin fingir ya la voz clamó:

—¡No te vas!

—¡Qué sí! —y dió un paso.

Ella obstruyó el camino:

—¡Que no, que no y que no!

Y loca de rabia le sujetaba por los brazos.

—Veremos…

Y rechazándola brutal contra el muro, salió.

Las mujeres rieron, poniendo su comentario cruel:

—¡Bravo por los gachós!

Lina, había caído sobre la silla. En la lucha la careta habíase desprendido, dejando el rostro al descubierto. Ahogándose de rabia, apretaba los puños y sollozaba escupiendo injurias:

—¡Canalla! ¡infame! ¡miserable!

Las prójimas se reían.

—¡Anda, mujer, que se te va el cachiruliyo!

En pie, iracunda, sintiendo hervir en sus venas la sangre, de los antepasados (que no había tenido), se encaró con ellas:

¡Mujerzuelas!

La Cotufera, en jarras, devolvió el insulto:

¡Ay Jesú! ¡válgame Dio! ¡Que se amosca la señora! ¡Miren la marquesa del pan pringao!

Lina flageló:

—¡Perdida!

La otra cogió un cuchillo y, limpiándolo calmosamente contra el mantel, amenazó:

—¡A que te hago un chirlo!

Y el Cantares, grosero:

—No llores, prenda, que si se te ja un hombre, aquí estoy yo que valgo por dos.

El torero tiró de la navaja.

—¡Al que falte a esta mujer le mato!

Y volviéndose hacia Lina:

—Si usted quiere, yo las acompañaré.

Así, saludada por las sordas imprecaciones, vencida, humillada, escoltada, por el Niño de las Verónicas, salió la condesa de Monreal.

Capítulo 3

C'est l'Espagne du temps passé…

THEOPHILE GAUTIER

—¿Llegaremos tarde?

—¡Como siempre!

Calle de Alcalá arriba, a setenta kilómetros por hora, entre ulular de despanzurrados canes, maldecir de cocheros y precipitado correr de niños y mujeres, volaba el automóvil camino de la Plaza.

En el pescante, Julito cerraba los ojos al vértigo de la velocidad, y sólo los abría para, instado por María, que ardía en impaciencia, meter prisa al chauffeur.

Dentro, la morena, toda de color canario, con mantilla negra y ramo verde y oro —los colores que luciría el matador—, consultaba a cada instante el menudo relojillo que una correa fijaba a su muñeca; la Wladimirosky, luciendo aquel raro atavío de maja Luis XVI, interpretada por Worth —traje perla, nevado de madroños celestes; rosas pálidas, escarchadas de rocío artificial, y lazadas de plata al pecho y bajo el leve encaje de su mantilla de Chantilly—, sonreía, satisfecha de sí misma. ¡Había que confesar que era muy cosmopolita! ¡Estaba que ni nacida en la calle de Lavapiés! —se lo habían dicho Julito y María—. ¡Cosa particular! En todas partes donde iba le pasaba lo mismo: se amoldaba. Y recordaba el efecto producido en las calles de Nápoles cuando se lanzaba con el típico atavío del país; y en una de sus visitas a la Ciudad Eterna, aquella modernización del traje romano en que hubo de intervenir la policía, temerosa de una alteración del orden público; y Lina, por fin, vestida de blanco, la pamela de encajes, agobiada de lirios, iba de mala gana, triste, preocupada—. ¡Señor, si lo que a ella le pasaba! Primero, la incalificable conducta de Enriqueta Barbanzón, que como, al negarse a la pretensión de Lina de que les acompañase a los toros, insistiese ésta en ello, acabé por decirle crudamente: «Mira, hija, yo no tengo posición para ciertas cosas». Y como la otra, amoscada, le recordase su camaradería en las primeras locuras, terciose y respondiole contundente: «Mira, sí, es verdad; pero es como si porque uno de entre varios amigos que han ido al borde de un precipicio se tirase, tuvieran que echarse de cabeza los demás». Ante aquella impertinencia perdió la Monreal la calma, y si no se pusieron como rabaneras, fue porque se pusieron peor. Contóselo a María, la cual, sintiendo arder su pecho en santa ira, puso a la Barbanzón como digan dueñas, y juró por la salud de su difunta madre que, como tenía vergüenza, en cuanto le echase el ojo encima se desvergonzaría y le diría cuatro verdades que, si no eran las del barquero, se le parecerían y que mientras llegaba la ocasión le enviaría unos cuantos anónimos que era cosa sana y confortable. Y, como si esto fuese poco, había recibido aquella mañana una visita de Perico. Estas visitas habíanse hecho, desgraciadamente (y digo desgraciadamente porque siempre anunciaban contratiempos monetarios), harto frecuentes. Había ido a decirle aquel día que todo estaba muy mal, que no se podía seguir así… pero lo fatal era la noticia de la pérdida del Esperanza, el mejor barco de la Compañía Naviera Hispanoamericana, pérdida que hacía sufrir a ésta y, con ella, a Perico, su mayor accionista, gravísimo quebranto.

Las cosas iban por caminos en ruina. Las crisis pecuniarias, cada vez más frecuentes y agudas, obligaban a Lina a buscar dinero a toda prisa. Entonces, energía febril se apoderaba de ella; discurría recursos, trazaba planes, pulsaba medios; pero, una vez vencedora en la batalla material, quería vencer también en la moral, y comenzaba a verter a manos llenas aquel dinero con tanto trabajo conseguido. Como todos los tramposos, creía en la diosa Casualidad, y soñaba con unos millones caídos del cielo, que le ponían a flote, de golpe, sin privaciones ni trabajos.

Porque, bien mirado, qué hacer, ¿economías? Ya había hecho todas las posibles, ¡bien pocas, ciertamente! Pero, ¿dónde estaban las posibles? Si en aquellas circunstancias suprimía el tren de casa —comidas, coches, palcos—, se quedaría sola, y la soledad ahora la espantaba. ¿Disminuir el gastar en su persona precisamente cuando era ya vieja? Imposible. Hacíase, por el contrario, preciso gastar para estar guapa, para que Willy le amase. Y si ella no economizaba, ¿cómo exigírselo a Perico? Hubiese sido preciso cambiarlo todo de arriba abajo, atacar el mal en sus raíces, y las fortunas en quiebra son como los edificios ruinosos: van sosteniéndose; pero si se tocan los cimientos, aun sea para mejorarlos, se desploma la casa entera.

Así vivía una vida azarosa, de perpetua calentura, en que si a veces sentía la nostalgia de aquellos lejanos tiempos que corrieron plácidos en el vetusto caserón de tía Carmina, pronto la lucha volvía a galvanizarla.

Menos mal que por lo que a la boda del general se refería estaba tranquila. Era ya cosa hecha; lo del título iba a pedir de boca, y ya le había prometido el presidente que en la primera hornada… cosa de días. Y entonces repetiría el sablazo contra las repletas talegas del señor de Álvarez. Porque, ¿cómo había de negarle éste nada a quien lo traía la anhelada corona y el nobiliario escudo, en que pondría… A ver qué pondría… ¡Ah, sí! Un león ambulante en un campo de baúles —león rampante en campo de gules.

Pero ni aun esa satisfacción gozaba tranquila, pues la grandísima sinvergüenza de Magda Florián se encargaba de agriársela con sus extemporáneos arrebatos hacia el viejo. —¡Miren el pelele!

Triste, aburrida, jamás hubiese ido aquella tarde a los toros si no fuese por María.

Tomaba, la alternativa el Niño de las Verónicas de manos del Jerezanito, y ante un acontecimiento de tal magnitud, María había suplicado, rogado, alegando el cariño, la amistad y hasta los favores hechos y los gorros aguantados; y por fin Lina había cedido, y de ahí el motivo por que entre flores y encajes arrastraba la Monreal sus tristezas camino de la Plaza.

—¡El programa de la corrida con el retrato del nuevo matador!…

Al final de la avenida flameaba, todo incendiado de sol, el amplio coliseo, rematado por la tremolante bandera roja y gualda. Los golfos pregonaban con destemplados gritos programas y cromos con la imagen de los diestros; a entrambos lados del camino, los mendicantes, tumbados al sol sobre el polvoriento suelo, las espaldas apoyadas en los troncos de los marchitos árboles, como en una feria de lacerias mostraban sus deformidades y sus llagas, implorando con interminable letanía de misericordias una caridad; un patriarca de plateada barba rascábase una llaga, donde la caricia del sol hacía florecer gusanos; una vieja de aquelarre tendía sus sarmentosas manos apostrofando a los pasantes, y un ciego, llevado de la mano por astroso lazarillo de picarescos ojos y boca de burla, corría junto al coche, mostrando las sanguinolentas cuencas de sus ojos vacíos. En los merenderos, en torno a las mugrientas mesas, los hombres en mangas de camisa, y las mujeres de pintados pañuelos de percal, bebían peleón, esperando ansiosos noticias de la fiesta, mientras en los corrales, y a los sones de los organillos que entonaban las cascabeleras notas de los schotis y las habaneras, bailaban muy apretaditos, con crujir de almidonadas enaguas y tintinear de espuelas y sables, soldados y chulos con las Menegildas, y de algunos coches rezagados saltaban, saludados por maldiciones de aurigas y obscenidades de hampones, algunos atrasados amadores de la fiesta. Y el sol brillaba en la límpida gloria del cielo madrileño, inundándolo todo de vida y alegría.

Muy deprisa subieron la escalera y llegaron al palco. Salvo los cuatro asientos de los recién llegados, todo lo demás estaba lleno de hombres —Paco Estrada, Willy Martínez, Juanito Salvatierra, Perico Miranda, Tomasito Roldán— antiguas pasiones o antiguos devaneos que había hecho exclamar a Elisita Pancorbo, instalada en el palco frontero, con su peineta de teja y su mantilla de ruedos, que le daba cierto parecido con las algebristas de gustos de nuestras novelas picarescas: «¡Pero eso no es un palco, es un saldo de amantes!» Y añadía, contestando a la malévola pregunta de Elisita: «¿Por cesación de comercio?» en una frase de las que levantan ronchas: ¡Por bancarrota!»

En la plaza, el espectáculo era más típico, más pintoresco. Los palcos llenos de mujeres bonitas, ataviadas de tonos claros y empenachadas de plumas, tendíanse en semicírculo como policromas manchas de una colosal paleta en que surgiera de vez en cuando, apenas esbozada, un alba mantilla sombreando trigueño rostro, o rojos claveles ensangrentando blonda cabellera. Abajo hacinábase el público, riendo, aplaudiendo, moviéndose colectivamente, en ondas, rodando sin saber por qué en bulliciosa, borrachera de vino y alegría. Aquí y allá, entre los blancos sombreros que cobijaban tostados rostros, el parterre de un mantón de Manila ponía su gaya nota, y substituyendo la regia púrpura blasonada de águilas, que cobijara antaño el cesáreo trono en los circos romanos, el cielo madrileño tendía su bello manto «azul rey», en que los pájaros errantes en círculos concéntricos eran las regias lises. Lucerito y la Gioconda, toda de rojo con mantilla blanca la primera, de blanco con mantilla negra la segunda, lucían el prodigioso contraste de su belleza. Y en el callejón de salida ondulaban como sedeño río irisado de color y estriado de oro las cuadrillas, que esperaban la señal.

El agudo alhalí del clarín vibró, y las compactas filas de hombres ataviados de oro y seda invadieron, a los alegres acordes de un pasodoble, el ruedo en fastuosa fanfarria de luz. Al frente los tres diestros; en el centro el neófito, de verde y oro; a su derecha el Jerezanito, y a su izquierda el Chico del Albaicín. Detrás las cuadrillas; los peones, marchando a paso rítmico; los famélicos pencos con los ojos vendados, y al final las mulillas de arrastre llevadas por los monos sabios, insolentes y burlones.

Las notas de la charanga reían alegrías cuando los héroes avanzaban hacia el palco presidencial. El Niño había entregado su capote a un hombre, que desapareció con él, y María, nerviosa, temiendo que se lo hubiese enviado a aquellas prójimas, cebábase en el brazo de Julito, que le hacía rabiar. Al fin se lo entregaron, y, satisfecha en su vanidad de mujer, tendiolo sobre el barandal, entre un saludito irónico de enhorabuena de la Pancorbo, una atrocidad de Julito y una débil protesta de Lina.

El presidente dió la señal, y, abierto el chiquero para franquear paso al toro, éste de un salto se plantó en la arena; iracundo hirió el suelo con la pezuña, haciendo saltar sus granos, que azotaron los flancos poderosos. Con el hocico humeante y los ojos inyectados miró a uno y otro lado, y arrancose por fin contra un caballo. El jinete, empuñando fuertemente la pica, aguantó breve tiempo, y luego cedió vencido; el cuerno clavose en el vientre de la pobre bestia, que se irguió rampante como corcel heroico para abatirse al instante entre el fluir de la sangre.

Los peones acudieron a resguardar al centauro, pero fue inútil, pues ya el toro se alejaba atraído por el rojo capote que le brindaba el Niño de las Verónicas.

En el centro del ruedo éste desafiaba a la fiera. Así, erguido, moldeándose bajo la malla de seda glauca florecida de oro la viril belleza de su cuerpo de semidiós adolescente, estaba magnífico de arrojo.

Arrancose el toro; hurtó el diestro el cuerpo con un gesto lleno de elegancia, y volvió a ofrecer el capote a la bestia, que, desconcertada, se había detenido. Tornó ella a embestir y el torero a hurtar el cuerpo, y así capoteó por breve espacio, hasta que al ver plantado al toro giró lentamente, y quitándose con majo ademán la montera, rozó con ella el testuz del bruto y se alejó, arrastrando la capa, sin volver cabeza atrás, magnífico en su serenidad. Una salva nutrida de aplausos celebró su valor; de pie en el palco, María palmoteaba a rabiar; la Wladimirosky, entusiasmada con el toreador valiente, soñaba con hacerse raptar por él —¡qué golpe cuando la viesen llegar a su país a la grupa de una jaca andaluza enjaezada de alamares y llevando delante al Niño vestido de verde y oro!—; y seducida por aquella aventura de opereta, gritaba como una loca, mientras la Pancorbo, inclinándose sobre el barandal, decía a María con peor intención, que la del cornúpeta —era de Miura:

—¡Hija, va pero que muy bien! ¡Juanito estará entusiasmado!

Y no dijo más, porque los cestos de la merienda fascináronla, haciéndola detenerse en la peligrosa pendiente de las indirectas. Tenían por costumbre en su palco alternar en la merienda; justamente le tocaba a ella aquel día, y ¡maldita casualidad! se le había olvidado. ¡Señor, era mucho cuento; que siempre le había de pasar lo mismo! ¡Maldita cabeza! Pero ellos, sus compañeros, ¡en qué pensaban que no se lo habían recordado! ¡Mala intención, ni más ni menos; sí, señor; mala intención, por dejarla en ridículo a ella! Y reíase por dentro pensando: «¡Como no merendéis más que lo que yo os traiga, aviados estáis! ¡Anda y que os mantenga el Nuncio!»

Según la lidia. Habían tocado a banderillas, y el Niño, empuñando los rizados palitroques, citaba al bicho pateando. Parado el toro arañaba, el suelo, y de tiempo en tiempo alzaba la cabeza a la proximidad del diestro, que andando lento, el cuerpo curvado hacia atrás y los brazos en alto, avanzaba y retrocedía sucesivamente. Por fin acometióle en rápida carrera, bajando la cabeza para herir. El Niño esperó sereno la acometida, y con guapeza tendió los brazos y escabulló el bulto, mientras que, cegada la fiera, siguió su camino brincando de dolor, con los pintados papeles en lo alto del morrillo.

Se acercaba el instante supremo. El neófito, con el capote al brazo y descubierta la cabeza, avanzó hacia el Jerezanito, que muleta en mano le esperaba bajo el palco de la presidencia. Allí el Niño pasó su capote al brazo del maestro, y tomó de su mano los trastos de matar, supremo espaldarazo en la andante torería. Ya armado caballero, y siempre montera en mano, parose el novel diestro bajo el balcón presidencial, y tras un brindis de cortesía, fue a detenerse ante el palco de la Montaraz y allí brindole el toro.

—Los buenos toreros brindan por la grandeza; yo brindo por la gracia y la hermosura, y por ver si puedo pisar la senda por donde fueron los grandes toreros.

La Gioconda, con voz de lágrimas, murmuró al oído de la Soler:

Ya ves, le brinda el toro a ella. ¡Yo que tantos años llevo deseando este día!

La otra le dió un codazo:

—Déjale, mujer, que ya volverá. El primer cariño es como el nido: ¡por lejos que se vuele, siempre se vuelve a él!

María, entusiasmada, entretanto le pedía a Julito, para tirárselo al diestro, clavado en su pañuelo de encajes, el alfiler de corbata: un crisopacio rodeado de brillantes, que según contaba le había regalado un Radjah indio, con quien cazara tigres desde una torre de marfil, a lomos de un elefante, en los bosques vírgenes, y rezado a Sivah en las pagodas de Calcuta.

El Niño pasaba al toro lentamente, muy sobreceñido, sin mover los pies de un sitio, y limitándose a alzar el brazo con un gesto soberbio de desdén. Un pase, dos pases… el público preludió un aplauso, que instantáneamente se transformó en un grito de horror. El toro había enganchado a su enemigo, y tras de zarandearlo lo arrojó por los aires.

El pueblo se había alzado en masa, impelido por un sólo impulso de terror, y al primer grito sucedió un silencio de muerte. María, muy pálida, clavaba las uñas en el antepecho; Elisita no la quitaba ojo; la Gioconda, blanca como el alabastro, reflejaba en los verdes ojos un horror de agonía, y todos, anhelantes, esperaban.

El Niño se había puesto en pie, y con andar vacilante dió algunos pasos; en su faz cadavérica, la boca, muy roja, parecía, pintada en cera, y los ojos, vidriosos, se cerraban. Llevose la mano al costado, de donde brotaba rojo chorro de sangre, y clavando una mirada en el palco se abatió por tierra. Un clamoreo de espanto se elevó de todos los ámbitos del circo, mientras sacaban el inanimado cuerpo del valiente. Después, y cuando el Jerezanito daba cuenta del asesino, las miradas se volvieron hacia el palco.

Porque aquel público, que tenía el alma en las manos y en los labios; aquel público, que vivía entonces vida de sentimientos y pasiones y no de conveniencias, esperaba algo anómalo, extraordinario, algo que atropellase todas las leyes y todos los convencionalismos, de parte de aquella mujer que pública maledicencia señalaba como la amante del diestro, y que poco antes recibía satisfecha su homenaje, sin acordarse de que hay en el mundo una máscara de frío acero que se llama conveniencias, que mientras dentro rugen las pasiones y torturan los dolores, al exterior siempre pinta la misma banal sonrisa. María también sentía intensamente, y también heríale la necesidad de algo, y… ¡No podía! ¡No podía! Maldecía de todos y de todo, de sí y de los demás, sentía rebeldías y sublevaciones, comprendía que se hallaba en el instante supremo de lo irremediable, en la hora trágico, en que todo se perdona, en que, amor o liviandad, aquello quedaría sellado para siempre. Pero algo indefinible, algo hecho de respetos, de costumbres, de temores; algo que era herencia y educación, le envolvía en los hilos de su sutil tela de araña, paralizándola.

Y como Julito propusiese:

—¿Quieres que vaya a ver cómo está? —pellizcole rápida.

—Calla, no alborotes, que bastante llamamos la atención sin eso.

La Gioconda se había sentido morir. Vio a su amado caer agonizante; la mirada suprema lanzada a la otra se le clavó en el alma como un dardo de fuego, y desfalleciente se apoyó en Lucerito.

—¡Lucero! ¡Lucero! ¡me lo han matado!

Fijos los ojos en el palco, ella también esperó, en agonía ansiosa, un gesto, una palabra que arrojaría para siempre al hombre amado en brazos de la rival. El impulso no brotó, y entonces comprendió a su modo que el instante supremo en que las almas estuvieron a punto de mostrarse había pasado y se alejaba, y comprendió que la rival en el instante álgido retrocedía acobardada. Entonces se puso en pie.

—Vamos allí, Lucerito; vamos allí, que está el pobre solito, y quiero cuidarlo.

Estaba muy bella así, alabastrina bajo el encaje de la mantilla, con los ojos verdes velados de lagrimas. A su paso un aura de simpatía se elevaba.

—¡Pobrecilla., es su novia!… ¡Es la querida! ¡Qué triste y qué guapa!… ¡Bendita sea tu mare! ¡Que la Virgen te lo salve, que lo mereces por bonita!

Los requiebros sembraban de rosas su calle de la Amargura, y todos, respetuosos a su dolor, le abrían paso.

Elisita se inclinó a María, que callaba, anonadada.

—¡Pobrecita! ¡Te juro que hasta simpática me es! ¡Mira que el rato que habrá pasado!… ¡Hija, no sé cómo hay mujeres que pueden querer a un torero!

María la miró casi serena.

—Ni yo tampoco.

Capítulo 4

L'espoir a fui, vaincu, vers le ciel noir.

PAUL VERLAINE

En la esquina de la calle de la Magdalena, se detuvieron, y Lina se encaró con Julito:

—Hombre, por Dios y por todos los santos del cielo, convence a María de que es una atrocidad.

El extravagante llevose las manos al corazón, y con afectada pateticidad protestó:

¡Yo! ¡yo! ¡Jamás!… ¡Cuando tal vez va en ello la vida de un hombre!…

Con las mantillas caídas sobre los rostros como discreto velo, y sus trajes obscuros, que ocultaban el íntimo lujo que les envolvía en su caricia, tenían el aspecto ambiguo de esas figuras que vemos a la caída de la tarde, protegidas por las propicias sombras del crepúsculo, marchar ligeras, con menudos pasos, cruzar rápidas el arroyo, y perderse en lóbregos callejones, tras de volver la cabeza recelosamente, dejándonos en la duda de si son damas que acuden a amorosa cita o perdidas que quieren aumentar sus encantos envolviéndolos en el supremo de lo desconocido.

Había cerrado ya la noche por completo; de trecho en trecho algún mechero de gas esparcía temblorosa claridad; de los escaparates de las misérrimas tiendas escapábanse chorros de luz que proyectaban grandes cuadros en las aceras. Multitud de gentes transitaban en todas direcciones, presurosas, y en la frontera plaza de Antón Martín repicaban los timbres de los tranvías y redoblaba la campana del Cristo, llamando al rosario.

Julito, temeroso de que el sentido común —¡no puede uno fiarse, hay cuartos de hora para todo!— se albergase, por casualidad, en el descascarillado caletre de sus amigas el suficiente tiempo para hacerles renunciar a sus descabellados proyectos, y dejárale sin chisme (potin, decía él) para aquella noche, comenzó a meter prisa.

—Si no vais pronto, os toparéis con alguien.

—Pero ahora, ¿estás seguro, seguro de que no hay nadie? —interrogó Lina.

—Nadie. ¿No ves que unos están en el ensayo, y los otros en el Matadero?

—Pues vamos allá.

Echaron a andar las dos amigas calle adelante, con garboso contoneo de hembras madrileñas, recogiendo con clásico donaire los pliegues de su falda, y dejando al descubierto el breve pie calzado de fino zapato de charol.

Mediada la calle, tornaron a pararse. Avanzaba al trote de dos soberbios alazanes un milord llantado de goma, que en el color marrón —color de la casa de Ponferrada— de las libreas del cochero y lacayo denunciaba la procedencia ducal. Y dentro venía su dueña, acompañada de Elisita, que no perdía ocasión de economizar su coche, que no estaba ya para grandes trotes, y que tenía el firme propósito de no substituir.

Lina y María apretáronse contra los muros y se taparon la cara para ver de pasar inadvertidas. Julito hizo doscientas majaderías para llamar la atención; la Ponferrada pareció no verles, y Elisita, echando el cuerpo fuera para que viesen que las había reparado (¡no fueran a creerse que ella se chupaba el dedo!), pasó sin saludar.

—¿Has visto qué indecente?

Y María, indignada, sacó la lengua al coche que se alejaba.

—No tiene vergüenza —asintió Lina sin gran calor, cansada del perpetuo luchar.

Julito se bañaba en agua de rosas. ¡Qué suerte! ¡Y él, que comía en casa de Ponferrada justamente con Elisita! ¡Ya tenía conversación! ¡La aventura, corregida y aumentada! Y todo sin hacer traición a sus amigas, pues como las habían visto no revelaba ningún secreto.

Iban a casa del Niño, que hallábase, si no convaleciente, muy mejorado, al menos, de la tremenda herida que sufriera. Aquella visita fue exigencia de María, que después del momento de lucidez —¡oh humana condición! ¡cuántas veces lucidez y crueldad son una cosa misma!— había vuelto a caer en sus desvaríos. No es que amase precisamente al torero; era que aquello, además de que tenía mucho cachet, llegó a ser una costumbre para sus desordenados nervios, y además, por un falso espejismo de amor propio, parecíale que renunciar era ceder a las imposiciones de la gente, y su orgullo de mundana frívola se irritaba. ¿Y por qué no decirlo? También un poco de debilidad, de lástima, de nostalgia, de ser buena y de querer a alguien.

María, como preocupada por lo pasado y deteniéndose para responder a una idea interior, habló:

—Al fin y al cabo, a mí no me importa una patata. Cuando sepáis una noticia…

Y tomó aire de misterio.

La Monreal, con ese nervioso sobresalto de los que, muy castigados por la vida, temen siempre una catástrofe, interrogó ansiosa:

—¿Cuál?

—Luego os la diré. Ahora no.

Y fingiose prudente.

—Aquí es.

Y Julito detúvose ante un portal de casa de vecindad, y no de las mejores. La madre del diestro, una vieja curtida, de cenceño rostro que surcaba laberíntica red de arrugas, ojos maliciosos, interrogantes, artesano atavío y pañuelo a la cabeza, empuñando la escoba, hacía las veces de cancerbero.

No vivía sino para aquel hijo que realizaba su ensueño de toda la vida; ¡pues digo, tener un hijo torero! Así como otras sueñan con dar un hijo a la patria, así ella soñó siempre con dar un hijo a los toros. Porque vamos a ver, ¿qué va a ser un hombre si no es torero? ¿Que era peligroso? ¡Bien lo sabía ella, que no perdió corrida desde que tenía seis años, y contaba sesenta y cuatro! Pero ahí se ve la guapeza y los hígados. Sus miedos pasaba; pero a eso estamos, y… además, ¿para cuándo se quedan los cirios a la Virgen del Carmen y las lamparillas a las ánimas benditas? Y soñaba con aquel hijo que sería un Guerra o un Frascuelo. A ella veníale de raza: de los cuernos vivió su padre, de los cuernos su marido; ¡anda y que de ellos viviese el hijo de sus entrañas! Dividía a las gentes en diestros y en aficionados, y todo el que no pertenecía a una de las dos clases le merecía un olímpico desdén. ¿Aquellos señoritingos pisaverdes y aquellas damiselas remilgadas? ¡Quite usted de ahí! Asco le daban. ¡Si cuando les veía pasar entrábanle ganas de empuñar la escoba y barrerlos! No le cabía en la cabeza que ante su torero hubiese hombre que no saludara su bravura ni mujer que no rindiese acatamiento a su guapeza.

El elegante se encaró con ella:

—¡Hola, señá Casimira! ¿Cómo va ese valiente?

La portera se apoyó triunfal en el mango de la escoba como en burlesco cetro.

—¿Cómo ha dir? Mejor.

Y luego midió a las intrusas de arriba abajo. ¡Dos tías! ¡Válgame Dios, y el mujerío a que su chaval tenía sorbido el seso! Y aquéllas eran unas pájaras… ¡Lo menos del Kursaal! Quiso mostrarse amable:

—Con tanta gachí bonita como tiene a su vera, fuerza es que mejore…

Y con su cordial costumbre de tuteo:

—¡Pero, pasad pa adentro, que está solito ahora.

Y para que no fueran aquellas prójimas a figurarse que era falta de visita, añadió:

—Indispués vendrán a espuertas.

Y tornó a empuñar la escoba para seguir en su elevada tarea de ensuciar lo que estaba limpio.

Descendieron lóbrega escalerilla, cruzaron un patizuelo y halláronse en la habitación del herido. Era grandona, baja de techo; sobre las paredes, enyesadas, fotografías de chulas —bailaoras y cantaoras— terciados los mantones y dislocado el cuerpo en violentas posturas, que denunciaban a las claras la impericia del fotógrafo perpetrador; cromos de asunto taurómaco, y entre una Virgen del Carmen y un Nazareno, taurino trofeo de estoques, banderillas y muletas. Los muebles eran pocos y viejos, pero buenos: una cómoda con un Jesús bajo fanal, un sofá de Vitoria, sillas, la camilla y el lecho.

En él reposaba el torero. Sobre el gitano tostado del rostro brillaban en sonrisa ufana los dientes, con la cegadora blancura de los de los salvajes; las pupilas, negras, chispeaban sobre la blancura de la órbita, y el pelo, endrino, áspero e indócil, se alzaba en caprichosos remolinos. Recibioles amable, locuaz, hablando de su cogida, del dolor de las curas de su mejoría y de la esperanza que alentaba de volver pronto, ahora para llegar. Mostrose agradecido al interés con que durante su enfermedad le honraron, y sobre todo a aquella visita; pero todo esto sin transportes, sin aquellas salidas teatrales de toreador dorevillesco de antes de su herida. Parecía como si la sangre perdida se hubiese llevado consigo todos los calenturientos delirios y le hubiese vuelto la noción exacta de la vida.

María sintiose defraudada. Ella esperaba más. ¿Qué sé yo?… Uno de aquellos golpes… Se veía entrando cautelosa en el cuarto del torero —un zaquizamí obscuro, con el suelo cubierto de puntas de cigarro y fragmentos de botellas—, alzando con una mano la cortina de percal escarlata, y con la otra los pliegues de su vestido de seda negra; veía al diestro lívido incorporarse tendiendo los brazos hacia ella, mientras en el esfuerzo realizado roja sangre teñía la albura de la camisa… Esperaba… ¡qué sé yo!… Una de aquellas cosas bonitas que cantan los barítonos en las operetas de sabor español. ¡Señor! ¿dónde había visto ella una escena análoga? No podía acordarse… ¡Ah, sí! Ya lo sabía. En un cromo puesto en venta a la puerta de un chamarilero en la cabecera del Rastro, una tarde que, tediosa, ambulaba en busca de aventuras.

Comprendió que aquello había acabado para siempre, y comprendió, en la sonrisa resignadamente escéptica del Niño, que había llevado a aquel alma infantil y heroica el primer desengaño, al mostrarle que el amor no era tan sólo el viril arranque del hombre a que responde la tierna abdicación de la mujer, que amor no era sólo belleza y fuerza, que no había en él tan sólo pasión, sino que conveniencias, leyes, consideraciones, clases, le ponían su brutal camisa de fuerza. Y su crimen era tanto mayor, cuanto que por si no lo hubiese sabido tal vez jamás, pues cuando hubiese llegado a la notoriedad, que es cuando el mundo se cree con derecho a intervenir en nuestros actos, ya sería viejo para desengaños sentimentales, y, además, estarían dispuestos a perdonarle todo.

Quiso sincerarse, endulzando con la miel de sus palabras el acíbar de la bancarrota ilusoria, y acercándose a él, pasole la mano por los alborotados rizos, y comenzó melosa:

—No vayas a creerte…

Crujir de enaguas y gorjear de risas en la escalera hízole callarse e ir a tomar asiento junto a Lina, al tiempo que en el umbral, dorada como pan de horno una, morena como pan de centeno la otra —Vinci y Goya—, la Gioconda y la Cotufera asomaban sus rostros.

Julito saludoles con un madrigal:

Eran dos pastoras
libres de afición,
una blanca y rubia
más bella que el sol.
La otra morena
de alegre color,
con dos ojos negros
que dos soles son.


Al ver la plaza ocupada, la Gioconda frunció el ceño y la otra saludó agresiva:

—¡Cuánto bueno por aquí!

La Monreal calló; María, más desenvuelta, respondió por ambas:

—Veníamos a ver cómo seguía…

—Pues ya lo ven; mejor.

Y sin ceremonia, se sentaron.

El diestro pidió un cigarro:

—A ver, tú, Mercedillas; un pitillo.

La Cotufera sacó uno, y poniéndolo en su pintada boca acercole un mixto, lo encendió con pequeñas chupaditas y se lo tendió al herido. Luego encendió otro:

—Ete pa mí.

Y encarándose con las damas, y hablando con su acento lánguido, arrastrando mucho las palabras como si fuesen filos de un instrumento cortante y arañase con él a sus adversarias:

—A uté no la ofrezco porque no fumará…

Lina hizo un gesto ambiguo. María, decidida a no dar su brazo a torcer, respondió:

—Sí, señora; fumo.

La otra no se dió por vencida:

—Pero serán de esos pitillos majos de emboquillao de oro…

—De todo. También de cuarenta y cinco.

La prójima ofreció un cigarro:

—Pue si uted guta…

—Tantas gracias.

Y mientras lo encendía, se volvió a su amiga:

—¿No quieres tú?

—Gracias.

La conversación se arrastraba lánguida, cruelmente irónica por parte de las pájaras, defensiva por parte de María. El torero callaba y sonreía. Notábase a las claras que no veía en ellas como antes sus amores, sino dos extravagantes que corrían aventuras.

Al fin Julito cortó la entrevista.

—¿Vamos?

Salieron. En el portal, la señora Casimira las apostrofó afectuosa.

—¿Sus vais ya, chiquillas?

Ya en la calle, caminaron silenciosas, callando su penosa impresión. El decadente respondió en alta voz a sus ocultos pensamientos:

—Si vosotras tenéis la culpa. Os empeñáis en tomar las cosas en serio…

La morena se paró en firme.

—Al fin y al cabo, no me importa un rábano… ¿Sabéis cuál era la noticia anunciada?

Y a la muda interrogación de ambos:

—Pues que Perico ha pedido que le nombren agregado militar, y nos vamos a Constantinopla.

Julito interrogó irónico:

—¿De caballería?

Y Lina, consternada, gimió:

—¡No, mujer, por Dios!

—Hija, no es para, tanto.

Sin hacer caso, la Monreal suplicó:

—¡Por Dios, dime que es una broma, y no me des ese disgusto!

—No es broma, no. Creo que llegó el momento de poner tierra por medio.

Y como viera a Lina próxima a llorar:

—¡No seas mema! ¡Ni que me fuera al fin del mundo!

Julito comenzó consolador:

—Si yo estuviese en tu pellejo…

Lina le atajó agresiva:

—Pues si yo estuviese en el tuyo, ¡me despellejaba!

Y él, cínico:

—No haría falta. ¡Ya se encargarían de hacerlo los demás!

La Monreal encarose con su amiga, y silabeó sincera:

—¡Qué pena, María, qué pena!

—Pero criatura, no te pongas así. En mi casa tendrás siempre un cuarto preparado; te vienes a pasar largas temporadas conmigo, y estaremos al pelo.

Julito, con burlón enternecimiento:

—Esto conforta. ¡Oh amistad, virtud que creíamos emigrada del mundo!… ¡No sigáis: acabaréis por enternecerme!

Rieron la loca y el elegante. Lina, no. Sentía una tristeza inmensa caer sobra su espíritu. ¿Qué sería de ella sin su postrer amiga? Los suyos, que le hacían el vacío en derredor; los otros, que la recibían con velada hostilidad; Willy, que moría de otra mujer. Sola en su naufragio sentimental, quiso reír también, y a su esfuerzo, una lágrima resbaló por la mejilla marchita.

Capítulo 5

Chercheuses d'infini, dévotes et satyres!

CHARLES BAUDELAIRE


De un cantar canalla
tengo el alma llena;
de un cantar canalla
que dice sangre y pena.

Entre el vibrar de las cuerdas de la guitarra al rasguear de los dedos femeninos, surgían las notas del cantar serrano, entonado por la voz, que quería ser trágica y era sólo desgarrada, de Herminia Álvarez.

Sentada en medio del cuarto sobre la tapa de un baúl, cruzada una pierna sobre otra, dejando ver el nacimiento de la fina y no mal torneada pantorrilla; echada hacia atrás la cabeza, a que la cabellera negra y rizada daba aspecto salvaje; descubierta la frente por el ala, violentamente remangada por una pluma de gallo, del borgoñón que tocaba, gorjeaba, frunciendo la cara en un esfuerzo gutural de cantaora, tratando de poner en sus ojos negros y grandes —ni tan negros ni tan grandes como ella creía— un reflejo nostálgico, mientras sus manos saltaban por las cuerdas de la guitarra como dos pájaros que picotearan en los alambres de la jaula.

Revuelta confusión de cosas llenaba el cuarto: ropas masculinas, calzado, sombreros, paquetes, libros con rimbombantes ofertorios, colecciones de postales, de vistas y fotograbados, chucherías recordatorias de cosmopolitismo ferial, fotografías de artistas de Music—halls en trajes casi primitivos y de eminencias de la política y de las artes embutidas en graves levitas o solemnes uniformes, tiernamente dedicadas unas —«A mi nene», «A mon bebe cheri», «A mi chaval». Pomposamente ofrecidas otras —«Al ilustre general americano», «Al héroe de la Pampa», «Homenaje de admiración»—, se desbordaban de los baúles, escalaban los muebles —imitación mala de ébano, tapizados de raso azul— en desorden, cubrían las mesas vestidas de tapetes, ni muy limpios ni muy elegantes, amontonábanse en confuso remolino sobre la cama, contribuyendo a aumentar lo poco hospitalario del aspecto de nido de paso de aquel hórrido cuarto de hotel madrileño. Por la ventana entreabierta penetraba el bochorno de la tarde primaveral, y con él, apagados por la distancia, subían el chapotear de las herraduras sobre el asfalto, los agudos de las bocinas automovilistas, los pregones de los vendedores, el rumor de conversaciones de la multitud que desfilaba del paseo por la concurrida calle, y sobre aquella horrísona algarabía alzábanse las notas, que querían ser trágicas y eran sólo desgarradas, del cantar:

De un cantar canalla
tengo el alma llena;
de un cantar canalla
que dice sangre y pena.

Aplaudieron todos. Doña Pacomia Álvarez, aquella buena señoras que, según Julito, habían cazado con lazo cuando se hallaba subida en un cocotero, surgió del fondo de la poltrona donde yacía anonadada, por imposible gordura, que su languidez americana acrecentaba, dificultando sus movimientos todos y dándole apariencias de colosal cetáceo, y volviendo hacia la condesa de Fuensalvada el rostro de luna llena, donde aun quedaban trazos de su belleza de criolla, en los ojos negros y hermosos, de bondadosa mirada, con viveza que hizo relampaguear los enormes solitarios fulgurantes en sus orejas y temblar sobre su cabeza el extravagante armatoste, cumplido muestrario de la fauna y flora del trópico, que lo servía de sombrero, dió suelta a su maternal entusiasmo en el fluir de su voz premiosa, lenta, ceceante, dulce como el agua del coco, languideciente en cada palabra.

—¡Josú! ¡Josú! ¡Bendita Virgen de Guadalupe, las cosas que aquella niña sabía! ¡Cantaba como un sinsonte, y más coplas que Santos Vega! ¡Y todito sacado de su cabeza.! ¡Era su orgullo, su bendición! ¡Cosa igual nunca se había visto! ¡Porque no sabía la condesa qué castigo son los hijos!

¿Que no? —Y la condesa, con la amabilidad que le prestaba la tercera taza de té, que precedida y seguida de no escaso cortejo de emparedados y pastelitos se engullía —protestó. ¡Ya lo creo que lo sabía! Verdad que, a Dios gracias, había gozado la suerte de que sus hijas sa muriesen antes de tener tiempo de ocasionar otras molestias que las naturales del parto, y aun esas disminuidas en todo lo posible, pues a la mayor la había dado a luz en el tren, en una excursión de placer entre Niza y Mónaco, y a la pequeña Chichita, la que murió del mal de San Vito, en el portal de casa de Ponferrada, la noche de un baile de trajes a que acudió la dama vestida de diosa de la fecundidad; pero ya sabía madame Álvarez el refrán —¿no lo sabía?— «Al que Dios no le da hijos… », y allí estaba Charito, su sobrina —llena a los veinticinco años de candores de colegiala—, asomada al balcón, riéndose con estrépito, mirando a los hombres y diciendo las mayores atrocidades al majadero de Rosendo Calvet, colado allí como en todas partes, que le daba cuerda con la santa intención de contar luego los desatinos de aquella grandísima loca como pruebas de la gran confianza en él depositada, que no la dejaría por embustera. Gracias que ella no se preocupaba. ¿Y para qué? ¡Al fin y al cabo, acabaría por hacer lo que lo diese la gana! Alguna atrocidad sería; pero tanto valía una como otra. ¡Si encontrase algún necio (como la condesa —buena cristiana— le pedía a Dios todos los días) que cargase con ella! Porque primos sí los encontraba; pero eran todos carnales.

Ellas, con las Álvarez y Masgda Florián, que apoyada en la chimenea, donde, por bajo un montón de calcetines escoceses y dos libros de pornografía boulevardesca, aparecía la egregia efigie del rey de Italia dedicada «Al héroe invicto del fuerte de San José», charlaba con Julito Calabrés —eran los únicos restantes allí de la numerosa concurrencia que acudiera a despedir al caudillo, al anuncio ingerto en los «Ecos de sociedad» de El Imparcial, de que partía para su país con objeto de poner en orden sus asuntos y contraer matrimonio con la bellísima señorita Herminia Álvarez, hija única del millonario mexicano del mismo apellido, para luego, en compañía de su gentil consorte, venir a instalarse entre nosotros, donde tantas simpatías cuentan ambos». Noticia que completaba otra, inserta tres líneas más abajo, dando cuenta de la adquisición de terrenos en la Castellana, y el encargo dado por los señores de Álvarez a reputado arquitecto de construir un hotel.

Al cebo de los millones mexicanos en manos del general, con el necesario y natural cortejo de palacio, bailes y comidas, había invadido la fonda medio Madrid. Lina y María fuéronse pronto; tenían abajo el club, pues con pretexto del automóvil había la Monreal quitado el coche, y el dichoso automóvil se pasaba la vida descompuesto, obligando a su dueña a hacer uso de un destartalado alquilón del Círculo, y no podían detenerse. La Wladimirosky, también de despedida, pues se largaba Dios sabe dónde no había hecho más que entrar y salir, cargada con sus retratos de toreadores (unos dedicados, otros no), y sus trofeos taurinos, marchándose en busca de un calañés que no podía encontrar, y que deseaba para dar golpe en París; la Pancorbo, con Elisita a remolque, se fue a las Flores de Mayo en San Pascual, y casi en cuadro, había la futura generala agarrado la guitarra, y dejándose llevar por su afición por lo flamenco, arrancado por soleares con su voz un poco bronca, pero no desagradable:

De un cantar canalla
tengo el alma llena;
de un cantar canalla
que dice sangre y pena.

El veterano miraba a su novia, y sonreía satisfecho. No estaba mal con aquel su airecito entre golfo y gaucho y aquel gracejo canalla, sobre todo para acompañada de cien mil pesos anuales. Verdad que era una loca, que estaba muy mal educada, y que casándose con ella corría el peligro que la Montaraz clasificara como «peligro de pasar a la mitología en vez de a la historia»; pero ¡bah!, el general tenía la amplia filosofía de los maridos shakespearianos, y si en alguno de los personajes del semidiós hubiese de hallar su igual, seguramente que no sería el Otelo, y sí tal vez en Falstaff.

Volvió a mirar a su novia, y tornó a sonreír; decididamente, no resultaba mal así, sentada con descoco en el baúl, la guitarra entre los brazos, echada hacia atrás la cabeza, mostrando la carita morena, a que la nariz chata y remangada, los ojos negros y pícaros y la boca grande, de labios gruesos y rojos y dientes un poco separados, daban desvergonzada gracia. Cierto que no podía compararse aquel truhanesco gracejo con la trágica belleza de Magda Florián, pero ésta no era más que la realización de un goce, el amor; un amor excelso, semidivino llevado a ultrahumana, exaltación, sí, pero al fin y al cabo sólo el amor, y Herminia era la vida, con sus goces todos que la fortuna le procuraría, era un ocaso espléndido que se le ofrecía después de un día —¿qué es lo vida sino un día?— de tormenta, una retirada cómoda, y triunfal después de la batalla; y él, que era lo que en lenguaje literario se llama un epicúreo, y en vulgar un vividor, pensaba en la suma de placeres que aquellos millones, que el destino ponía en su mano, podían proporcionarle, traídos a Europa a cubierto de los vientos que en aquellas lejanas tierras alzaban y demolían caprichosamente fortunas y poderes. Y entre todos aquellos goces, el supremo de en su vejez verse rodeado del respeto de las gentes, él que tan poco respetable se sentía. Además, ¿a qué hacerse ilusiones? Era ya viejo, y entregado a la exaltación de amor a que aquella insaciable de voluptuosidad física y moral le arrastraba, podría durar dos o tres años, para luego caer inútil ya, vencido, anonadado, piltrafa humana, mientras ella, victoriosa en su perpetua e inmutable belleza, seguiría su camino.

Allí, a dos pasos de él, la vampiresa exponía a Julito Calabrés su ideal de amor, aquella hiperestesia pasional que ardía en ella, consumiéndola y dándola nueva vida como a fénix de amor.

Era no muy alta, esbelta, aérea, sutil a pesar del moldeamiento maravilloso de su feminidad, que se dibujaba excitadora bajo el fino paño del traje negro, plegado, sencillo, que ceñía su cuerpo aristocratizado por la soberbia piel de marta echada por cima de sus hombros. Sus cabellos brillantes, ligeramente ondulados, negros hasta reflejar azul, nimbaban de sombra el rostro pálido, casi cadavérico, donde la boca, marcada con un rictus doloroso, era sólo fina pincelada de púrpura, y los ojos sombríos y brillantes abismos de pasión. Pequeño sombrero negro, con dos enormes plumas que le caían por la espalda, completaban su figura. Y sus manos de madona angélica, largas y blancas, pero no yertas y agarrotadas, sino nerviosas, en perpetua movilidad, revoloteaban semejantes a dos mariposas de nieve.

—Créeme —decía con su voz cálida, pastosa, húmeda de voluptuosidad—, el amor es lo único que vale la pena en la vida, lo único que puede llenar la existencia y romper la anonadante monotonía de nuestro vegetar cotidiano. Yo no comprendo existir más que del amor y para el amor, y te aseguro que cuando veo la imbecilidad del vivir de cuantos me rodean me siento orgullosa de ser como soy. Pasar por este mundo bastándole a uno para llenar días y días luchas de vanidades, emulaciones, chismes, envidias, no lo comprendo.

Y añadió melancólica:

—¡Y no me comprenden a mí tampoco!

—Ahí está el mal —asintió Julito—. No te comprenden.

—¿Y qué más da? Me comprendo yo, y basta. Te juro que cuando paso entre ellos, entregados a la lucha por mil miserias que constituyen la urdimbre de su vida, y siento en el ambiente flotar esa cobarde hostilidad hacia mí, que he sabido hacerme un yo y vivir mi vida, la mía, la que yo me he creado y no la que me dieron hecha con molde, me siento tan alto, tan por cima de ellos, que un orgullo satánico se apodera de mí y pienso que los dioses y los genios son únicos, y pienso que cuando un Dios sintió el capricho de bajar entre los hombres lo crucificaron. Yo —prosiguió exaltándose— respeto todo lo que es sincero, todo lo que nace de un sentimiento, una creencia, o una pasión, pero no lo que sacrifica la verdad de nuestro creer o de nuestro sentir a convencionalismo estúpido nacido en la hipocresía de los unos, alimentado en la cobardía de los otros.

Magnífica en su exaltación, sus gestos teatrales, abarcadores, su boca húmeda, jadeante, y sus ojos en que brillaba el genio o la locura —¿qué más da? ¿no es la locura prolongación del genio o el genio encauzamiento de la locura?— dábanle el aspecto de iluminada.

Y Julito, estudiándole atentamente y asintiendo a cuanto decía con aquel ademán suyo, muy chic, muy afectado, pensaba, para su capote: «¡Pero, qué loca estás, hija! ¡Por menos llevan otras camisa de fuerza!» Y convirtiéndolo todo en literatura, estudiaba el tipo, gran tipo para uno de aquellos cuentos imitación de Lorraine, que eran su especialidad.

El general también la contemplaba, pero inquieto, temeroso del giro que podía dar a las cosas aquella desequilibrada. ¡Si iría a meter la pata y a echarlo todo a perder con alguna de sus salidas de tono! ¡ Era triste cosa pasar la vida en acecho de una ocasión propicia para asir la fortuna, y cuando era llegada verse a merced de aquella cabeza donde cabía todo menos el sentido común! De ella se podía temer cualquier locura; decididamente, no estaría tranquilo hasta verse en alta mar.

Aquellos días los había pasado en hacer equilibrios para evitar la escena de rompimiento; pero habían sido de prueba para él. Más de una vez en su transcurso sintió loco prurito de huir y de ponerse a salvo; pero temió que su fuga, excitando a Magda, le hiciese atropellar por todo y provocase la catástrofe. Así, ni lo bastante noble para fiar en el sacrificio y el perdón si se ponía en sus manos, ni bastante osado para provocar la tragedia, ni lo suficientemente dueño de sí para vencer con maquiavélicas artes, sufría un suplicio de terror, llegando a desear a veces que el drama surgiera aun a riesgo de perderlo todo, con tal de descansar y vivir libre de aquel perpetuo sobresalto.

De un cantar canalla
tengo el alma llena;
de un cantar canalla
que dice sangre y pena.

La condesa se levantó… ¡Fastidio igual! Comía en casa de Marianita Pomarés, y tenía que irse… A ver dónde se había metido Charito… ¡Cabeza como aquélla! Nada, ¡barbarizando en el balcón!

Había entablado palique con un inglés que ocupaba el cuarto de al lado, y le estaba epatando… «¿No querías españolerías?… ¡Pues chúpate esa!»

Doña Pacomia también se iba. Con el viaje no estaba para nada… Luego, aquellos dichosos criados… Si no estaba ella… Y a ella le entraba una pereza… un cansancio… Con Herminia no había que contar. En cuanto entraba en casa, trincaba la guitarra, y ya que no la buscasen. ¡Cosa igual! Pero, eso sí, ¡tocaba como los propios ángeles!

Rosendo Calvet les acompañaba, llevado del prurito de exhibirse en compañía de tan excelsas damas, y Julito comía en casa del príncipe Cesaroff, un extravagante, taumaturgo y oculista, que conoció en París, en casa de Colette Willy, y también se largaba.

El general tembló. ¿Irían a dejarlo solo con Magda? Pero ésta avanzaba lentamente hacia él, tendidas las manos en ademán de amical despedida.

—General, ¡feliz viaje, y hasta la vuelta, que espero sea pronto!

Hablaba tranquila en apariencia, frívola, mundana, sin que ni un solo músculo de su cara traicionara la interna tempestad, muy caídos los párpados para ocultar la llama de pasión que brillaba en el fondo de sus ojos. Don Pomponio, casi tranquilo, estrechó las manos frías, viscosas, como las de un cadáver. Ella, con voz firme formuló:

—Adiós. ¡Que seas muy feliz!

Le tuteó por primera vez, cínica, brutal, alta la cabeza y abiertos los ojos.

Aquel tuteo hollador de las conveniencias pareció pasar inadvertido para la condesa y doña Pacomia; «ocasionó un codazo de Charito a Calvet, que tomó nota —¡un chisme más!—, y rebajó a los ojos de Julito a la Florián tres codos. ¡Valiente venganza! ¡Mucho le importaría al general! ¡Como si no estuviesen todos al cabo de la calle!… Aquello lo que hacía era darle cartel!

Salieron. El viajero les acompañó solícito. En la escalera aun se repitieron los saludos.

—Adiós, adiós… Buen viaje… Volver pronto.

Comenzaron el descenso; Magda se detuvo.

—Los guantes… Los dejé…

—Voy por ellos.

Y el guerrero, casi a la carrera, entró en el cuarto.

La Florián esperó un momento; luego miró hacia abajo. Nadie le aguardaba. Las Álvarez y Calvet se habían ido ya; Julito y las Fuensalvada bajaban lentos, cuchicheando y arrancándoles tiras de pellejo a las otras (por eso se quedaban siempre los últimos, para ser los postreros en hablar mal). Rápida subió los escalones ya descendidos, y avanzando por el pasillo se deslizó en el cuarto, cerró la puerta con doble vuelta de llave y se abrió de brazos con un bello gesto dramático de crucificada, mientras al ruido el caudillo alzaba la cabeza.

—Soy yo.

Quiso él aparentar tranquilidad, y, sonriendo forzadamente, murmuró con voz que trató de que fuese natural y que, pese a su esfuerzo, sonó temblorosa:

—¿Tú?… Pues no parecen los guantes.

Y aparentó buscarlos. Él, el caudillo invicto del fuerte de San José; él, que no temblara ni ante las hordas gauchas ni ante los acreedores de aquella famosa «Tranquilidad», Sociedad de seguros, tenía miedo, lo que se llama miedo, y ante aquella mujer, rosa cogida en el jardín del amor para aromar algunas de sus horas otoñales, sentía erizarse sus cabellos y un escalofrío correr por su espalda. Decididamente, la vida no tiene otro valor que el de aquello que podemos perder con ella. Con supremo esfuerzo se acercó a su amadora.

—Pues nada, no parecen —dijo, y añadió con jovial galantería—: ¿Sabes que estás muy guapa, pero muy guapa?

Le miró, ansiosa, interrogadora, al fondo de las pupilas, y con voz doliente, llena de anhelo, preguntó:

—¿De veras me encuentras guapa?

—¡Guapísima! —afirmó, mundano.

No tomaban mal giro las cosas. ¡Más valía así! Y, egoísta, pensó: «Me quiere aún, y cederá».

Tornó ella a interrogar:

—¿Muy guapa?… ¿No mientes?… Y ya, ¿para qué? —añadió melancólica.

—Guapísima —afirmó, rotundo.

Con voz temblorosa preguntó aún:

—¿Más que ella? ¿Más que Herminia?

—¡Mil veces más! —ratificó presuroso, sincero ahora.

Ella se miró en sus ojos para leer verdad o mentira. Leyó verdad.

—Entonces, ¿por qué me dejas? —formuló, trémula.

Él se acercó a ella y le cogió las manos; después, lentamente, le condujo al sofá y se sentó a su lado, como en la escena de amor de una comedia romántica.

—¿Que por qué te dejo? —formuló lentamente—. Yo no te dejo, porque nadie deja lo que constituye su dicha… Es la vida, la vida implacable que nos separa… ¡Si vieses qué triste estoy!

Y había en sus palabras sentimental resignación y verteriana melancolía.

—La vida —prosiguió— es muy cruel a veces, y lo es ahora con nosotros… ¿No ves que todo es imposible? Yo soy viejo, pobre, en una palabra, nada, y ¿quieres tú, joven y hermosa, atar tu suerte a la mía?… ¡Qué sería de nosotros juntos, ligados para siempre, aislados, pobres, olvidados!… Soy sincero —y sus palabras, vestidas de lealtad y nobleza, vibraban realmente sinceras—; debo serlo contigo, que me has dado los mejores días de mi vida; soy pobre y viejo, y cuando las cosas llegan al grado que entre nosotros han llegado, no hay sino romperlas o romper con el mundo, olvidar familia, nombre, posición, amigos… y no por mí, que eso no importa —mentía a sabiendas—, sino por ti. ¿Qué voy a darte en cambio de lo que te quito? Mi vejez y mi miseria. El amor en sí solo no basta, créeme. Hace falta, o juventud, que hace verlo todo bello, o dinero, que lo embellece todo.

Con voz desgarrada, húmeda de amargura, protestó:

—¡Si me quisieses… ! Pero razonas, y cuando se razona no se quiere.

—Eso es en un amor —rectificó— impulsivo, ciego.

—El amor es siempre ciego —afirmó contundente.

Se hizo más insinuante:

—¿Quieres que lo eche todo a rodar, que lo dejo todo?… Si tú lo quieres lo haré… ¿Sí? ¡Pues ya está! Me quedo. Pero oye, ¿no ves que vamos a ser muy desdichados? ¿no ves que soy viejo? ¡viejo! ¡Dios mío, cómo convencerte de que te quiero, pero de que todo es imposible! Mira, para ti es la vida; una mujer, hermosa, por añadidura, vence siempre, sobre todo si está sola… ¿Y vas a convertirte en hermana de la caridad de un viejo que tendrás que ver morir a tu lado?

Tuvo Magda una frase echegarayesca:

—¡Moriré contigo! —dijo magnífica en su gesto admirablemente teatral.

—¡Ah, no, no! —protestó él—. Tendrás dos, tres, cuatro años de pasión, y después nada. Comenzarás a comprender tu locura, te arrepentirás y me reprocharás el haberte empujado a ella. ¡Y qué días entonces solos, frente a frente con nuestro desengaño! ¡Entonces aprenderás que no hay nada más triste que la soledad de dos en compañía!

Hablaba insinuante, hábil, tratando de envolver a la pasional en la sutil red de su dialéctica, Ella parecía casi vencida, cuando su vehemencia pasional estalló arrollándolo todo:

—¡Mentira! ¡Mentira! ¡Todo pretextos para romper, para huir! ¡Todo una comedia! ¿Por qué has tomado mi alma entonces y no te has contentado con el don de mi cuerpo, que te hice pródiga? ¿Por qué me has querido tan tuya, para hablarme luego del frío de la vejez y del olvido? Me quisiste tuya, y tuya quiero ser siempre, ¿me oyes? ¡siempre!

Hablaba exaltada, loca. Siguió:

—En la vida no hay más que una cosa buena, el amor, y de él quiero vivir. ¡El amor, tu amor, el tuyo, tu vida!

Palpitante, estremecida de pasión, casi caída sobre él, se estrechaba temblorosa contra su pecho y buscaba ansiosa con su boca calenturienta, bajo la nieve de los mostachos, el fuego de los labios seniles.

—¡Bah! Era eso, una hora de amor, lo que quería, —pensó el galán, sin perder la noción de las cosas en aquel rápido sucederse de emociones—: menos mal.

Verdad que no estaba él ya para muchos despilfarros, pero, ¿qué hacerle? ¡a grandes males grandes remedios!

Se dejó llevar de aquel torbellino de pasión que le envolvía, y una vez más, entre los brazos sabios de Magda Florián, perdió la noción del tiempo y del espacio.

Sentada en el borde del revuelto lecho, lloraba sin consuelo. Por su rostro, de albura, mortuoria, resbalaban lágrimas cristalinas, redondas, perfectas, como perlas de vidrio por las mejillas de cera de una Dolorosa. Los encajes desgarrados de la camisa dejaban al descubierto los pechos, pequeños, erectos, núbiles, provocadores, punteados de rosa. Y la cabellera destrenzada, era como manto de sombra que casi la envolvía.

A corta distancia, el general, en mangas de camisa, enhiestos los mostachos y alborotado el pelo, respirando un no sé qué de grotescamente lúbrico, que evocaba los viejos verdes de las novelas de Paul de Kock, la mirada impaciente, cruzado de brazos, deseando acabar.

Atroz bochorno pesaba sobre el cuarto, anonadante. Un moscardón zumbaba en torno a la bombilla eléctrica; al través de la puerta cerrada, se oían confusos los mil rumores del hotel, y llegaban hasta ellos graves, sonoras, contundentes, diez campanadas que el reloj de la Puerta del Sol descargaba como mazazos sobre el yunque del nocturno silencio.

—¡No me dejes! ¡No me dejes! —imploraba doliente Magda—. ¡No me dejes! ¡No me dejes! —tornaba a jeremiar, apartando con un gesto desesperado el negro velo que la cabellera endrina tendía sobre el bello rostro bañado en llanto—. ¡No me dejes! ¡No me dejes! —gemía siempre en un rogar anhelante de piedad, vencida por aquella catástrofe de su dicha, que huía para siempre—. ¡No me dejes! ¡No me dejes! ¿No ves que sin ti no puedo vivir? ¡Ya que no por amor, por lástima! ¡Piensa qué será de mí sin tenerte a mi lado!

El general se impacientaba. Aquella escena no podía eternizarse; era preciso acabar, y acabar pronto. Además, aquellas horas de amor no buscadas y vividas contra su gusto, evaporando su diplomacia, le hacían más brutal, más cruel; desaparecía el hombre de mundo, el político, el prócer, y no quedaba más que el ser natural, impulsivo y egoísta.

—Ya te he dicho que no es posible, que la vida lo quiere y tiene que ser.

Y su voz era seca, contundente.

Ella suplicaba aún:

—¿Por qué?… Si tú quisieras —y era sumisa, humilde—. Mira, en la vida se hace lo que uno quiere. No hay más que tener voluntad, y los obstáculos caen solos. ¿Quieres?… Seremos felices… Ahora me quedo aquí contigo toda la noche, juntos, muy juntos, y mañana nos vamos lejos, donde nadie nos conozca, a vivir solos, olvidados… Di, ¿quieres?… ¿Sí?…

Y los ojos negros, inmensos, le interrogaban con infinita ansiedad, imploradora de perdón.

No fue ya dueño de sí. Irritado, exasperado por aquel tesón con que se defendía su víctima y, sobre todo, por aquel panorama de futura vida en la humildad y el olvido, él, que soñaba con la fortuna y la gloria, estalló.

—No, no quiero, ¿oyes? ¡No quiero! Si quieres tirarte al agua con una piedra atada a los pies, tírate sola; yo no quiero acompañarte. ¡Quiero ser libre! ¿me entiendes? libre y feliz…

Y ya caída la careta, prosiguió grosero:

—¡Pues lucidos estamos! ¡Porque la señora esté loca y se le ocurra barbarizar, los demás vamos a ir de cabeza al pozo!… ¡No faltaba más!

Le oyó primero anonadada, encogiéndose y ocultando la cara entre las manos, como ante un golpe muy fuerte; luego se puso en pie y caminó hacia él.

—Y yo, ¿no soy nada ni nadie, di, y yo?

Y alzó la cabeza. La cabellera negra, destrenzada, magdalénica, flotó sobra la espalda semidesnuda.

Valiente, temerario, con la temeridad que le daba el afán de salvar su felicidad, gritó:

—¡Nada! ¡Ea! ¿Estás ya contenta? ¡¡Nada!!

Ella dió un paso hacia él, y rió sarcástica, con una risa estridente, que se desgarraba siniestra en sus labios.

—Ah! ¿De veras, nada, nada?

—¡Nada!

Se encogió, felina, corno una pantera en acecho.

—¿Entonces no has hecho más que jugar conmigo? ¿Por qué me has mentido, di, por qué?

—Porque sí. ¡Déjame en paz!

De un salto cayó sobre él, y sus manos, como dos garras de hierro, se clavaron en el arrugado cuello. Él se tambaleó y trató de resistir pero ella se ceñía, le envolvía, cruel, implacable.

—¡Ah, sí! ¡Un juguete! ¡Ja, ja!

Y reía diabólica.

Forcejearon, él tratando de rechazarla ella, toda desnuda, jadeante, trágica, y bella como tebana esfinge —legendario monstruo de belleza y horror nacido en un mundo de quimera—, sujetándole cruel y vengadora. Rodaron por tierra; las manos de él se clavaron en las desnudas carnes, y pusieron manto de púrpura sobre la egregia nieve de las espaldas. Las uñas, rosadas como ágatas, de la vengadora, hundiéronse en el cuello del viejo, y sus dientes, blancos y fuertes, desgarraron las carnes flácidas, rugosas. Lucharon. Él aullaba de dolor, procurando desasirse; ella, implacable, mordía y desgarraba, y las carnes, palpitantes, ensangrentadas, chirriaban al romperse con un crujido de pergamino viejo. Y ella seguía, seguía sin compasión, en sádica voluptuosidad de dolor y sangre.

Por fin le vio inerte, los ojos muy abiertos, blanqueando sobre el rojo casi negro del rostro; vio sus manos rojas como las de Macbeth, sintió el sabor acre de la sangre en su boca, le creyó muerto, y, loca de horror y pena, se desplomó sobre el inerte cuerpo de su amante como un gran sudario de carne.

Capítulo 6

Hay en las acciones humanas un límite
de audacia que no se debe de franquear;
de lo contrario, se naufraga en el puerto.


SAR JOSEPHIN PALADAN


Preludió una reverencia profunda, grave, ceremoniosa, y después irguiose lentamente, contemplando en la gran luna veneciana, que coronaban dos palomas arrulladoras con el pico roto, uno a uno los encantos de su belleza armónica.

No era ésta la sutil gracia felina que hiciérale antaño prodigiosa realización de la rima verleniana: era arrogancia más maciza, más escultural, de mujer madura. Lo que perdiera en delicadeza al correr de los años habíalo ganado en teatral plasticidad; y si bien no hacía ya soñar en su ondulante mimo gatuno con unas horas de voluptuosas delicias, evocaba en cambio aquella noche con su plasticidad, que raro atavío exageraba, las heroínas wagnerianas.

Sobre el fondo rosa muerto, desteñido por los años, de la tela que tapizaba la pared, aureolada de plateadas flores ennegrecidas por las injurias del tiempo, contrastando con la casi incorpórea fragilidad de las aristocráticas figuras que se pavoneaban en los trianones de ensueño que, encerrados en desconchados marcos, decoraban los chaflanes fronteros a la chimenea, surgía reflejada en el espejo su figura, triunfadora como magnífica Brunhilda dormida por siglos entre llamas.

Una a modo de coraza de azabache moldeaba la divina escultura de su cuerpo; falda de negro tul caía desde ella arrastrando en estatuarios pliegues sobre la alfombra gris florida de lises; de los albos tules que orlaban el escote surgía el busto de nacarada albura, cruzado por los acuáticos fulgores de un hilo de enormes solitarios; sus cabellos, antaño peinados en pequeños bucles, se erguían ahora en áureo casco, rematados por el gran moño a la griega, y una media diadema de antiguos brillantes de roca prendía a su cabeza dos alas de pluma blanca que contribuían a su aspecto de heroína de leyenda germánica.

En su rostro, discretamente retocado, no se veía ahora aquella sombra de tristeza que por lo común vagaba por él, y hasta el hondo rictus de sus labios habíase esfumado en una sonrisa satisfecha.

Volviose hacia María Montaraz, que en atavío callejero fumaba un cigarrillo hundida en la bergère con una novela nueva, muy divertida y muy indecente, sobre las rodillas, e interrogó:

—¿Qué tal estoy? Mujer, la verdad.

María alzó los ojos del libro, contemplola un instante, dió dos o tres chupadas al cigarro, cruzó una pierna sobre otra, y envolviéndose en una nube de humo, sonrió irónica:

—¡Al pelo!… Una walkiria.

—No bromees, por Dios. La verdad.

—Sale desnuda de un pozo y no puedo establecer paridad…

Lina se ofendió.

—¡Mujer, no seas pesada! ¡No se puede hablar en serio contigo! Di la verdad: ¿cómo estoy?

—¡Muy bien!

—¿Chic?

—Chic. ¡Very, very smart! ¡De chipén!

—¿Demasiado llamativa?

—Todo lo más posible… ¿Y cómo no?

—¿Pero tú no te atreverías a ir así?

—Lo que no me atrevería es a ir.

—¡Bah! Tú que eras tan valiente, y ahora…

—Hay límites para el valor como para todo… Y momentos en que es preciso ser cobarde.

—La audacia salva —aseguró Lina.

—O pierde. Es como ciertos remedios a vida o muerte, —ratificó la morena sintiéndose dogmática—. No conviene abusar de ellos. Tú —añadió—, como te ha dado resultado una vez… Ya ves, yo no estoy en tu caso, ni por mi posición ni por mi fortuna, y no me atrevería.

Lina se detuvo un instante, acobardada., impresionada mal de su grado por las palabras, tan fuera de lugar en los labios de aquella loquinaria. Huyó la sonrisa de su boca, y dejó caer los brazos inertes en un gesto desalentado. ¡Era verdad! María no estaba en su caso; no tenía ni aquella posición, tanto más envidiada cuanto menos legítima, ni aquel fantasma de fortuna que se había evaporado entre sus manos, dejándola todos los inconvenientes y llevándose todas las ventajas; no podían, pues, alzarse contra ella el ejército de envidiosos de su poder; de despechados, al verla llegar a ella, a la plebeya, hasta el Olimpo, donde vivían envueltos entre las nubes creadas por su vanidad; de humillados, al rezagarse en la marcha al través de la vida; y de parásitos defraudados en su esperanza de perpetua gorronería, que le amenazaban; y en cambio tenía algo en aquellas circunstancias de valor inestimable, un algo hecho de desprestigio y de simpatías, de desprecios y de admiraciones, una personalidad que epataba a los buenos burgueses que fingían desdeñarla, y les hacía exclamar entre horrorizados y benévolos a cada nueva atrocidad:»¡Bah! ¡cosas de María! ¡cosas de esa loca!» Personalidad que como en nada perdible se basaba, era a manera de patente de corso para hacer su voluntad. A pesar de la certeza de que María tenía razón, protestó.

—La gente no es tan fiera. Fían más para vencer en nuestra cobardía que en su propio valor… Además de todo, ¿nosotros qué hemos hecho?… ¡Pues no parece sino que otras veces no han pasado cosas peores!

María se adhirió.

—Sí; tienes razón. No debía de ser así… pero para ello hay una razón que no tiene vuelta de hoja… y es qué es. Las cosas en sí no tienen más importancia que la que la gente quiere darle. ¿Chic? ¡Chic!… ¿Crimen? ¡Crimen! ¿Lo dijo la gente? ¡Pues boca abajo todo el mundo!

—¿Pero quién lo dijo? Si vas a preguntar…

—¡Música, hija, música! Cada uno en privado te dará la razón, ya lo sé; pero luego los juntas, y… ¡miau!

—¿Y crees que ahora… ?

—Lo han tomado mal, y no hay más que bajar la cabeza hasta que pase el nublado.

Y tranquilamente encendió el pitillo, que se le había apagado.

La cosa no era para menos. El escándalo había estallado con la violencia de las cosas largo tiempo contenidas. Además, la publicidad del lugar y lo ostentoso de los personajes hacía que la cosa tomase proporciones insólitas. Y como si esto aún fuese poco, el ridículo había tendido su manto policromo —rojo de vergüenza, verde de picardía, azul de malevolencia, amarillo de bilis— sobre el asunto, y lo que empezara en tragedia acabó en grotesca farsa.

Cuando al ruido de la lucha y a los gritos del héroe habían acudido, y hecho saltar la puerta, y hallado al general en tierra bajo el desnudo cuerpo de la Florián, que gemía quedamente, en crispación armoniosa, de todos sus músculos, semejante a estatuaria pantera de marfil, y creyéndole muerto, acudido, horrorizadas, a liberarle de las garras de la tigresa, halláronse con que sólo tenía algunas contusiones y heridillas sin gran importancia y, en cambio, una dosis colosal de miedo. Aquella cobardía del caudillo ante la faunesa, la pasión de ella por el vetusto Tenorio y la escenografía en que la comedia se representara, ridiculizado, corregido y agrandado, todo corría de boca en boca por Madrid, y desde el noble aquelarre reunido, como jueves, en el salón de tresillo de casa de Montalbán, hasta la lacayuna asamblea congregada en el portal, en espera a la salida de sus amos, tuvieron todos en tan extraordinarios acontecimientos comidilla, y a fe que no quedaron muy bien paradas que digamos las honras de las ilustres damas y de los no menos ilustres caballeros que desempeñaran papel en la tragicomedia. Un periódico, violando el silencio que la prensa se impusiera, narró en sus columnas un Cuento tártaro, donde, tras harto transparentes cendales, reconocíase a todos, y Julito, llevado de su prurito de llamar la atención, dejose intertiuvar, y narró pintoresca historia en que no faltaron ni las pasiones fuertes de la antigüedad, ni la pira de Dido, ni el veneno de los Borgias, ni aun, aun, penetrando en los dominios de la Mitología, las celosas iras de Juno, persiguiendo implacable a la hija de Inacus, la infortunada Yo; y ni aun aquí paró, pues, ansioso siempre de hacerse notar y de ser parte principal en todo acontecimiento notable, contó las apasionadas confidencias que allí, en el lugar del suceso, y horas antes de él, le hiciera la loca, y así las oraciones de aquel excelso rito de amor rodaron, profanadas, ridiculizadas, escarnecidas, por oficinas y periódicos.

Rota la boda del general; refugiado éste en Barcelona, ciudad que en su europeísmo tiene con París la semejanza de servir de puerto de refugio a los vencidos en las grandes batallas de la vida; camino los Álvarez de América, y Magda Florián de Italia; retraída su entrañable María Montaraz, resistía Lina, sola, tambaleándose, anonadada por la ruptura con los Álvarez, que destruía su equilibrio monetario, el empuje de la ola de escándalo que amenazaba hundirle, cuando en el instante supremo la Mayordomía Mayor de Palacio le enviaba, como a grande de España, aquel convite para el baile de corte que en honor del rey de Tracia iba a celebrarse.

Perpleja, vacilando entre el deseo de ir y triunfar y el temor al bochorno de ser vencida, en interna lucha, había primero decidido no asistir; luego, rememorando aquel antiguo triunfo en que su audacia le salvara la noche del famoso baile en casa de madame de Gutiérrez, resuéltose a ir. ¿Quién sabe? Verdad que ahora no había un Fernando Santa Ana que la amase y estuviese dispuesto a tenderle la mano; pero había, en cambio, aquella posición conquistada, que la hacía fuerte. Iría.

Y cosa rara: en aquellos días de zozobras y vacilaciones, la figura pálida que agonizaba ligada a ella, y cuya sombra proyectada sobre su vida fuerale fatal, parecía haberse alejado, borrado de su imaginación, y aquellos proyectos de paz geórgica, de olvido y de renunciamiento, evaporándose al renacer de su egoísmo ante aquel toque de ¡sálvese, el que pueda!, Willy ya no era el ser idolatrado, el consuelo, el eje sobre que giraba su vida: era un lazo que le ataba fatalmente, un lastre que le arrastraba al abismo y contra quien sentía sorda e inconfesa hostilidad. Su amor propio, puesto al servicio de otros ideales que aquél, rompía el espejismo de su pasión y le hacía ver las cosas en su verdadero valor, y al mismo tiempo, al faltarle el gran motor de las pasiones humanas, la suya languidecía, sin que ni aun los mismos celos, esos grandes espoleadores del amor, consiguiesen darle fuerzas. Siquiera en los momentos que a su lado estaba vivía para él; su pensamiento, cual ave viajera, volaba a otras tierras de quimera, porque habíase realizado un a modo de desdoblamiento de su personalidad ante el choque brutal con las realidades de la vida, y la ambiciosa que antaño viviera en ella renacido, y la luchadora que escalara las alturas, espoleada por el estrépito de la lucha, olvidado todo para sólo pensar en aquel triunfo imposible, porque había de ser la revancha, no de una gran catástrofe, sino de lento, monótono y cotidiano descenso.

Por uno de esos fenómenos comunes en la vida, según disminuía en ella la ternura aumentaba en el enfermo la necesidad de ella y nacía en él un a modo de infantilismo que le hacía buscar refugio en ella, la única persona que le quería en el mundo. Cobarde ante el temor de verse solo, aumentábase su mimosidad y se hacía más meloso, más acariciador, buscando cariño en ella, que, distraída por aquella intempestiva ternura de sus altos y trascendentales pensamientos, tornábase cruel con una callada ira.

Decidida a ir, pensó en los detalles; los detalles, que en la vida son el todo. ¡Cuántas veces una pequeñez que nos parece insignificante— un color, un gesto, una palabra— decide el giro que ha de tomar un acontecimiento, del que depende la dicha o desdicha de nuestra vida!

En las ruinas sostenidas en pie, gracias a innumerables puntales de su pasado esplendor, halló aún los elementos necesarios para la presentación teatral de aquel último intento. Iría en su automóvil, que, aunque estropeadillo, aun daba golpe demasiados, según María—; de alhajas, pocas —las que le quedaban libres—: aquella antigua diadema y el hilo de solitarios; y de traje… el traje era lo principal. Era preciso ir muy guapa, pero no con belleza íntima y acariciadora, sino muy al contrario, con belleza espléndida, imponente. El traje había de ser serio, sin ser ni severo ni humilde, para que, no pareciendo reto, semejara tampoco abdicación o intento de pasar desapercibida; rico, sin ser charro; artístico, original, suyo. Y de su enfermiza imaginación había hecho nacer aquel extravagante atavío de contralto de ópera alemana.

Decidido todo aquello, pasó los tres días que hasta el del baile faltaban hilvanando ideas, glosando palabras y planeando maniobras, devorada de impaciencia, anhelando y temiendo a un mismo tiempo que llegase el momento, en una fiebre de espera ansiosa. Y por fin, cuando era llegado, las palabras de su amiga, que semejaban eco de su pensamiento, volvían a despertar sus vacilaciones.

Natalie, discreta, untuosa, con su delantal de encajes lazado de azul, puso fin a ellas, brindándole el abrigo de negro tul soleado de extrass. Las gasas de suave coloración carnosa que lo forraban, semejantes a una gran rosa de magia, se abrían tentadoras.

—Voy —dijo Lina decidiéndose, y respondiendo en alta voz a sus secretos pensamientos.

Y volviéndose a María, desfloró con el abanico de nevadas plumas de cisne su carita morena.

—Adiós, monina… ¿Me esperas?

—Sí, sí —asintió la risueña, y tarareó con su voz un poco áspera, hombruna, la despedida de Aida:

Ritorna vincitor!

Luego, mientras su amiga partía, se cruzó de piernas y abrió el libro, murmurando:

—«Cuando las barbas de tu vecino… » ¡Al pelo!

El automóvil trazó una curva inverosímil, y dejando atrás la calle de Sevilla, desierta a aquellas horas bajo la fría luz de los arcos voltaicos, cruzó raudo la Carrera de San Jerónimo, transitada por algunas escasas parejas de viejos conversadores, que se detenían a cada tres pasos para discutir con pausados gestos, y penetró en la Puerta del Sol, perpetua feria de los hampones. En la visera —había aprendido aquella denominación de María Montaraz, que pretendí poseer los secretos del argot madrileño —formaban grupos algunos émulos de Costillares y de Pedro Romero, que se querellaban en trascendentales cuestiones de tauromaquia; esbirros y corchetes paseaban ante el Ministerio de la Gobernación; consecuentes republicanos planeaban a la puerta del Oriental una revolución de opereta; viejas y golfos pregonaban con cansada voz desacorde la prensa nocturna:

—¡¡La Correspondenciaaa!! ¡¡El Heraldooo!!

Y por doquiera, yendo y viniendo, formando grupos, obstruyendo las aceras, los perpetuos caballeros hebenes, los traspillados cesantes, los chirles y barateros, los aburridos chulos, en lúcida representación de la madrileñería andante.

Al paso del automóvil llegaron a ella algunas chulescas galanterías, que tenían el olor acre de las flores del arroyo, olor de clavo y de canela un poco grosero y un poco picante, aunque grato, con la grata frescura de la vida; pero Lina no prestó atención, ni aun diose exacta cuenta. Entregada a lo que vulgarmente se llama hacer castillos en el aire, ansiaba acelerar la marcha, llegar pronto, con una impaciencia casi infantil, mientras su imaginación hacía locas piruetas trazando risueños cuadros de triunfo.

Llegaría a palacio en plena fiesta, y su automóvil, tras de elegantísima vuelta, se detendría en la Plaza de Armas ante la puerta principal; allí descendería ella entre la admiración de aquellas pobres gentes, aglomeradas para ver la entrada de los felices mortales que disfrutaban de la zambra palatina, y que seguramente prorrumpirían en murmullos de asombro al verla tan bella; los lacayos se inclinarían serviles a su paso; el alabardero daría el golpe que anuncia la llegada de un grande de España, y al pie de la escalera hallaría algún elegante, tal vez Pepe Mérida, acabado de llegar en un coche del Club, que le brindaría el brazo para subir. Luego, una vez arriba, la corte, que, al desfilar, se detendría a hablar con ella, y luego las gentes, que, al verla nuevamente vencedora, la agasajarían, y más tarde aún —porque su imaginación, como la lechera de la fábula, veía muy lejos— aquel viaje para poner en orden sus harto desordenados asuntos, y, por fin, el regreso a Madrid, vencedora de una vez para siempre.

Un bote del automóvil, al que correspondió con otro de su corazón, la hizo despertar de sus dorados sueños.

Miró. ¡El primer desengaño! El automóvil se había detenido en la plaza de Oriente, y no ante la puerta de la de Armas, como ella soñara. Larga fila de carruajes serpenteaba ante el suyo, yendo a perderse en los arcos del Real Palacio. En la escalinata, al pie de las bárbaras estatuas de los reyes medioevales, albeantes sobre el fondo sombrío del jardín que preside la ecuestre figura de nuestro señor el rey Don Felipe IV, hacinábanse multitud de curiosos y desocupados que atisbaban, a caza de una joya, un vestido o un uniforme entrevisto en las profundidades de un coche.

¡Qué fastidio! Su entrada, manquée… Pero ¡bah! al fin y al cabo era una tontería, porque, ¿qué podía importarle epatar a los infelices admiradores callejeros? Y trató de entretener sus ocios pensando en fantásticas soluciones para el terrible conflicto pecuniario que se le avecindaba. Empeñada en luchas de amor o de vanidad, no había pensado hasta entonces en aquello, que era lo más grave, puesto que el cochino dinero era la base de su vida. ¡Debía un horror! Aparte del millón de pesetas adeudado a don Carlos Octavio Álvarez, millón que era más que probable, después del bochorno sufrido por causa de ella, intentase cobrar, y sin contar las terribles hipotecas que gravaban sus fincas —las que no habían sido aún vendidas—, quedaba lo peor: aquellos tres barcos de la Compañía Naviera Hispanoamericana de que dependía, según Perico, salvación o ruina, y de los que no se tenían noticias y sí vehementes temores de su pérdida.

Llegaba. Había penetrado el coche en la plaza de la Armería, y sólo dos o tres separábanle de la puerta. Al través de las arcadas se divisaban, con prestigio de evocación escenográfica, las frondas del Campo del Moro y las más lejanas de la Casa de Campo. La noche era bellísima, noche romántica de luna, y bajo la pálida claror del satélite los boscajes sombríos parecían animarse con estremecimientos de vida, que les poblaban de armonías. Lina sacó la cabeza por la ventanilla, y miró hacia atrás. Larga fila de carruajes —vulgares alquilones con pretensiones de quiero y no puedo—, ocupados por altos empleados o militares de graduación, se alineaban detrás del suyo, sin que ni uno solo denunciara en la magnificencia de sus caballos ni en la elegancia de su arreo procedencia aristocrática. Tampoco vio aquel soñado coche del Club que debía conducir a su caballero. ¡Segundo desengaño! Pareciole, sí, divisar al final de la cola el anticuado landó prelacial, arrastrado por dos famélicos pencos, de la Pancorbo, y dentro, desbordándose sobre las caídas capotas, a ésta y a Tinita, e inmediato a él el ligero milord cobalto, tirado por admirable jaca torda, de Julito, llevando a éste, deslumbrador en su caballeresco arreo, constelado el pecho por los diamantes de las cruces turcas y pérsicas que poseía.

El automóvil se detuvo, y el lacayo acudió a abrir la portezuela. Descendió Lina, ligera, plena de noble gracia, entre el torbellino de pomposos tules, y una vez dentro y al pie de la pétrea escalera que se abría majestuosa, ornada, por los macizos de verdura empenachados de palmeras, y guardada por la noble milicia alabardera, se detuvo, decidida a esperar la llegada de sus amigas y de su gran compañero de holgorios, el ínclito Calabrés.

Las miradas un poco insolentes de porteros y lacayos hallábanse fijas en ella; los que entraban —funcionarios del Estado, embutidos en arcaicos fracs y seguidos de sus inacabables familiones: ringleras de hijas esmirriadas, vestidas con pretenciosa cursería, llevando tras de ellas a la madre, una pobre burguesa gorda, torturada bajo el cortesano atavío, que se dejaba arrastrar a la fiesta como se dejaría arrastrar al martirio ante una remota esperanza, de colocar a las niñas; tal cual coronel de reemplazo, que daba orgulloso el brazo a su esposa, una jamona de buen ver, con la cara enharinada de polvos baratos, e infinidad de títulos obscuros, de los que para nada brillan en la vida mundana, y a los que de tarde en tarde se ve surgir con un vago asombro de que exista en la guía un marqués del Alhalí o una baronesa viuda de Casa—Temblante —contemplábanla con curiosidad impertinente—. Aparentó primero arreglarse la falda, después estirarse los guantes, luego ahuecarse el pelo; pero aquéllos no llegaban, y comenzaba a sentirse molesta, azorada. Entonces decidiose a subir sola, lentamente, para darles tiempo de alcanzarla. El golpe que dió el guardia con su alabarda devolviole su aplomo, y se detuvo en el segundo tramo, decidida a esperar. Los ascendentes, al ver la escalera obstruida por la enorme cola que resbalaba de escalón en escalón, como frufruante catarata, tiraban hacia el otro lado, y Lina comenzaba a impacientarse nuevamente. Allí estaban ésos, más Adelita Calatrava, que se les reuniera; pero se habían detenido y hablaban tranquilamente, sin mostrar intenciones de subir. Por un momento le pareció que Julito había alzado la cabeza y se apresuró a llamarle con la mano; pero no debió de verla, porque se volvió calmoso y tomó parte en la conversación. Subía, en cambio, el general Labrador, con su paso incierto, su argentada perilla y su aire de noble caballero antiguo, seguido de sus hijas, tres, como las de Elena, como las Euménides, como las Parcas, y al ver sola a la Monreal apresurose a acercarse, galante y rendido.

¡Condesa!… ¡Cuánto gusto! Usted me permitirá que la presente a mis hijas.

¡Por Dios!… ¡Encantada!

—Casta, Prudencia, Casimira, mis hijas, para servirle.

Y las tres, flaca, flaca, con tristes ojos resignados, Casta; de medianas carnes, rostro herpético y larga nariz, Prudencia; gorda, fofa y chata, Casimira; infamemente vestidas —rosa, azul y verde—, y todas tres raramente anticuadas, como si, dormidas en el rincón de un salón de baile veinte años atrás, acabasen de despertar, le agobiaron a amabilidades.

—¡Condesa!… Servidoras… Cuantísimo gusto… Ya la conocíamos de nombre. —¡Ya lo creo que me conocerán!— pensó ella—. ¡Qué elegante!

El veterano le ofreció el brazo, que no tuvo más recurso que aceptar, y comenzó el ascenso, escoltada por las voces de las tres vestales, que gangosas, redichas, afectadas, entonaban el coro de alabanzas. ¡Y los otros sin subir! ¡Imbéciles! ¡Valía la pena estar diez años llenándoles la tripa, para luego, cuando hacen falta, no encontrarlos!

Una vez arriba, dejó el apoyo y se detuvo, decidida a no entrar con aquella gente ridícula.

—Pero, señora, ¿va usted a entrar sola? insistió oficioso, el militar.

—Muchas gracias. Espero a la vizcondesa Pancorbo.

Se ofreció, servicial:

—Si usted quiere, condesa, que vaya a buscarla, mis hijas pueden quedarse aquí acompañándola.

Se horrorizó.

—No, no faltaba más.

Y sonreía amable, rabiosa interiormente.

Se alejaron, tras de muchas zalemas, y respiró. «Más vale sola… » En la sala de guardias, el zaguanete de alabarderos se hallaba formado a ambos lados, y la Monreal comenzó a avanzar penosamente, por el gentío que se aglomeraba ya. Divisó la alta tiara de brillantes de Enriqueta y su cola de moaré nacarado, bordado en perlas, que serpenteaba a su paso de reina, inmensa, procaz, insolente, sin consideración a los demás, que habían de hacer equilibrios imposibles para no pisarla. Apresuró el paso para alcanzar a su amiga, y cuando casi lo había conseguido la cola se replegó, y la Barbanzón, poseída de súbita prisa, perdiose rápida entre la multitud.

¡Pues, señor, bueno! ¡Suerte igual!

Al través de la gloria fastuosa de las estancias palatinas, avanzaba Lina Monreal sin encontrar a su alcance persona alguna amiga. De lejos sí les veía; pero ellos parecían atacados aquella noche de ceguera crónica. Sólo el entrometido de Rosendo Calvet salió a su encuentro, y afectando aquella amistosa intimidad que sacaba, de quicio a la agraciada con ella, comenzó a hablarla con grandes extremos.

—¡Lina! ¡Usted por aquí! Está usted ravisant. ¡Qué toilette! ¡Un cromo!

Y la ofreció su brazo.

La Monreal no lo aceptó, y cruzando con dificultad la cámara de Gasparini, penetró en la de Carlos III, donde sobre las celestes paredes emuladoras del firmamento, en su estelar tachonado de plata, se destacaba la nariguda efigie del monarca, tercero de los Borbones, ennoblecido por el augusto manto. Allí la concurrencia que esperaba la entrada de la corte era aún mayor, y Lina hallaba más dificultades para avanzar, cuando en uno de los vaivenes de la multitud divisó la corona de ensaladilla de la Pancorbo, colocada sobre una montaña de rizos postizos que coronaban el infame artificio de su cabeza, ferozmente teñida, y que junto con el traje de raso verde lagarto, dábanle aspecto de heroína cachupinesca; a su lado, el hábito (escotado para más propiedad) de Tinita, que antes se dejaba matar que perder una fiesta, con buffet, y la figura chic un poco varonil de Adelita Calatrava, con su traje azul heráldico bordado en brillantes y aquella enorme pluma velazqueña ornando el rostro entre la cascada de áureos rizos, y junto a ellas —¿y cómo no?— Julito, pavoneándose desafiador. Intentó Lina llegar hasta ellos hendiendo la multitud, y cuando casi lo había conseguido, abriose ésta súbitamente en dos olas, que se replegaron a los lados del salón; el Mayordomo mayor de palacio, seguido de los de semana, anunció la llegada del regio cortejo, y la dama, cogida prisionera en aquellas apreturas, viose separada del callejón trazado para el paso de los reyes por dos filas de gentes, y de sus amigas por otras dos. Con los ojos fijos en el camino por donde avanzaban los monarcas, anhelante, latiéndole violentamente el corazón, antojándosele siglos los instantes en que la procesión hacía un alto para saludar a algún privilegiado, esperaba la sentencia, cuando su nombre, pronunciado por el poeta, le hizo prestar vaga atención al conversar de sus amigas. Hablaban del escándalo, del general, de los Álvarez, de Magda, de ella; y era Julito ahora el que tenía la palabra.

—Yo —decía con su voz de afectada sonoridad— he hablado ayer con Juanito Montaraz, que se va destinado de agregado militar a Constantinopla, y se lleva a María. Pues veréis lo más gracioso… Me dice muy serio, hablándome de las cosas de estos días: «Pues yo te aseguro que si me engañase mi mujer, la pegaba un tiro».

Rieron todos. Adelita formuló un «¡Divino!, y luego una pregunta:

—¿Y tú qué lo dijiste?

—¿Yo?… ¡Fuego!

Tornaron a reír. Lina misma sintiose contagiada, y dejó vagar una sonrisa por sus labios teñidos de carmín; pero pronto volvió a su preocupación. Escuchó, y oyó por su mal.

La parásita, haciendo buena la máxima de que «del árbol caído todos hacen leña», empezó con su voz dulzarrona, hipócrita:

—Esa, todavía, al fin y al cabo se va; y «al enemigo que huye… »; pero Lina lanzarse a venir aquí…

La Pancorbo se sintió moral.

—Lo de Lina es insólito. ¡Atreverse hoy a venir a palacio! ¡Es lo único que me quedaba por ver! ¡ Qué desfachatez! Yo me he hecho la distraída para no saludarla. Ya ven ustedes si la quiero; pues me veré en el triste caso de cerrarle la puerta. Ya he dado la orden.

Era la sentencia.

—Pues yo, la verdad —intervino la Calatrava—, creí siempre que les calumniaban.

Elisita rió con su risa sonora, ordinaria, de madrileña vieja, y luego dejó caer una frase malévola.

—¿Calumniarlas?… Si son incalumniables. Todo lo malo que se dice de ellas resulta verdad!

—Además —y hablaba nuevamente la gorrona—, dicen que está arruinada, que no tiene qué comer.

Faltaba la opinión de Julito, de su gran amigo, su compañero, casi su cómplice, y éste seguramente la defendería. Prestó ansiosa atención.

—¡Bah! Eso no la preocupa, —afirmó el elegante, siempre deseoso de decir cosas raras, de pasar de cínico, capaz de crucificar padre y madre para hacer un chiste—. ¡Con que cada uno de los que han sido sus amantes le dé una peseta, tiene para arrastrar coche en lo que le quede de vida!

Era el ¡Inri! Sus piernas vacilaron, y antes de que hubiera tenido tiempo de reponerse, en un deslumbramiento de oro, sedas y pedrerías, vio pasar la corte, solemne, majestuosa, impenetrable, como procesión de un rito secular, sin detenerse ni saludarla, perdiéndose a lo lejos a los graves acordes de la marcha real.

Sintió que todo se desmoronaba en su vida; que estaba perdida para siempre; quiso huir, y comenzó su Calvario.

La avalancha de gentes que se precipitaba en seguimiento de la corte la cortaba el paso, prensándola, empujándola. Y Lina luchaba perdidamente por ganar la puerta, conservando primero fingido aplomo, perdido luego todo disimulo, con anhelo infinito de soledad y lágrimas.

Ahora veía claro; y roto el velo que le hacía contemplarlo, todo a medida de su deseo, sentíase lapidada por las miradas burlonas, insolentes o curiosas, por las frases fragmentarias que, despectivas, llegaban hasta ella, y por las risas en sordina que saludaban su paso con un himno de oprobio. Y vio cómo las gentes —sus amigas, sus admiradores, sus parásitos — le volvían la espalda o huían a su paso como ante un peligro, y experimentó toda la crueldad de las reivindicaciones sociales.

Avanzaba lenta. Una de las alas que coronaban el artificio de su cabellera tropezó en el pesado fleco de una cortina y quedó tronchada, acariciando levemente sus dorados rizos. Por fin ganó la escalera, y comenzó el descenso. Abajo no había en aquel momento sino los lacayos, que la miraron insolentes. El suyo avanzó sombrero en mano.

—A ver. El automóvil —empezó Lina.

—La señora condesa tendrá que esperar. Se ha roto un neumático.

La Monreal pateó impaciente.

—Vaya por un simón.

—No los dejan entrar… La señora dirá…

Y esperó órdenes.

Dudó ella un instante; al fin resolviose. Todo menos permanecer allí. Recogió su larga cola.

—Vaya delante —dijo, y echó a andar.

Algo de innoble, carcajadas brutales, frases chocarreras, palabras obscenas, puñados de barro que le arrojaba la canalla, llegaron hasta la vencida. ¡Miserables! ¡Ellos también! Y cruzando muy de prisa el patio, se arrojó en el coche, cuya portezuela abrió el criado, y allí, rabiosa, iracunda, impotente, desgarró los encajes del pañuelo con los dientes de nieve.

—¡Canallas! ¡Miserables! ¡Malvados!… ¿Pero has visto, María, nada igual?… ¡Y Julito el peor! Exasperada recorrió el cuarto como fiera prisionera. Con una mano sujetaba la falda para no pisarla, y con la otra accionaba heroica. El ala rota batía furiosamente los rizos de oro, y su compañera se erguía desafiadora. El abrigo había resbalado, y entre el brillar del cristalino rocío que fingía sobre el negro tul un estrellado de rara magnificencia zodiacal, aparecía el hombro, de lechosa albura, y el erguido cuello, donde como sobre el nacarado terciopelo de un estuche refulgían las luces rojas, verdes, amarillas, anaranjadas, del hilo de chatones.

—¡Lo que han hecho conmigo es inicuo! ¿Y quién ha venido a dar lecciones? ¡Ellos, señor, ellos! ¿Pero no te indignas?

María no se indignaba. Con una pachorra exasperante daba pequeños chupones al sempiterno cigarrillo, y pensaba para su capote:

—¡Que se desahogue y expulse la bilis! ¡Que ejerza el dulce derecho de pataleo! ¡Pobrecilla, eso es muy sano!

La Monreal se había dejado caer ahora en una butaca con supremo abatimiento, anonadada por la crisis de ira y la tristeza infinita del vencimiento que pesaba sobre ella. Por fin habló:

—Y ahora se acabó todo. Ya se han salido con la suya, y ya me han vencido.

—¿Vencido? —protestó María—. ¡Quiá! Ahora estás en mejores condiciones que antes para triunfar otra vez. Mira, te vas una buena temporada fuera, arreglas tus asuntos, les haces creer que te has resignado con su sentencia, y cuando están más tranquilos y han dejado de ver en ti rival temible, un buen día te dejas caer aquí y los derrotas. Nunca está uno en mejores condiciones para triunfar que cuando le creen vencido —y sintiéndose erudita—: Acuérdate del caballo que ante Troya dejaron los griegos cuando aparentáronse derrotados.

—No, María, no. Yo ya no triunfará nunca.

Y había fatalista resignación en sus palabras.

—¿Por qué no?… La gente olvida, y…

—¡Si sólo dependiera de la gente! Pero no. Victoria o derrota, la llevamos en nosotros mismos. Es una especie de seguridad de nuestras fuerzas, fortaleza, voluntad de vencer. ¡Y yo estoy tan triste, tan cansada!

Y sin dejar meter baza a su compañera, que iba a protestar:

—Además, para salir victorioso en una batalla de ambición en la vida es preciso sacrificarlo todo a eso, vivir sin cariños, sin ternuras, sin amores; que los seres que vamos encontrando no sean un corazón, un alma, sino una cifra; tantos grados de poder, tantos adarmes de posición, tantos miles de duros de renta. Ya ves, en estos días que me he dejado llevar de mi ambición, he sido cruel con Willy, el último cariño que me quedaba.

María rectificó:

—Exageras. El mundo admite…

—¿Qué, di, qué me hubiesen admitido? ¿Mi hijo, mi marido, un amante?… Mi hijo, que tal vez hubiese sido el refugio, murió. Además, ¿para qué mentirte? yo no he querido nunca a Baby. Era demasiado extraño. Yo no comprendía un niño sin mimo ni alegría. Unas veces le miré como un chic más, como a uno de esos principitos que hay en los grabados ingleses, con un danés gris enorme a los pies; otras me daba miedo con aquel su mirar fijo, enigmático, que parecía comprenderlo todo, juzgarlo todo. De mi marido no quiero hablarte; ni un socio he tenido en él. Ya ves las circunstancias; pues búscale. Jugándose los últimos pingajos de la fortuna o gastándoselos con perdidas a las que (ni aun esa disculpa tiene) no quiere, sino que convive con ellas por abyección, por cobardía moral. ¿Pues y un amante? Eso sí, pero un amante como es debido, como Fernando Santa Ana, como Manolo Calatañazor, un amante o por conveniencia o por vanidad. No, María, no. No quiero eso, no me basta, siento anhelo de algo más. Mi alma pide mucho, y tengo que darla algo. Es terrible llegar a viejo sin el recuerdo de una pasión verdad, rodeado de un respeto que sabemos no merecer y de un cariño en que no creemos. Prefiero vivir toda la vida, gozar de todo placer, sufrir todo dolor. Poder decir al sentirme envejecer: ¡He vivido!

—¿Envejecer?… Tontería. Si tú no quieres…

—Es que quiero. Ahora será vieja y pobre. No vivirá sino de él y para él. Su vida llenará la mía. Quiero ser vieja, humilde, pobre, pero suya.

La cínica la miraba asombrada. ¡Pero aquella Lina se había vuelto loca! Acabaría en un manicomio. Peor en un tonticomio… ¡En el nombre del Padre!… ¡Querer echarlo todo a perder aún más de lo que estaba por el sinvergüenza de Willy!… En fin, ahí me las den todas.

La caída siguió con una voz en que había como un desgarramiento que la avejentaba:

—Willy será mi vida, mi expiación sentimental; en él hallare paz y alegría, que buena falta me hacen.

Inerme, ensoñadora, caída en una postura de supremo aniquilamiento, parecía seguir con los verdes ojos plenos de lágrimas una visión que se desvaneciese.

Natalie, entró precipitadamente, y con espantado rostro y atropelladas palabras dejó caer la noticia:

—Señora, acaban de traer un recado de casa del señorito Willy. Ha tenido otro vómito de sangre, y está muy malo, muy malo. Espera Fabricio…

Lina, de un salto, se puso en pie más pálida, más demudada aún.

—Voy ahora mismo —dijo.

Natalie salió, y la Monreal, acercándose a su amiga, posó sus manos, que parecían de muerta, en sus hombros; fijó sus pupilas con mirar de infinita melancolía en los ojos audaces de la morena, y murmuró con una tristeza inmensa, que vibraba en sus palabras como eco del sufrimiento que torturaba su alma:

—¡Qué felices son las mujeres honradas!

La otra tuvo un gesto de pilluelo burlón y se encogió de espaldas:

—¡Con su pan se lo coman!

Capítulo 7

Et c'est la fin d'un rêve aussi vain que les nutres…
GEORGES RODENBACH


Jadeante, conservando aún el atavío de corte, la amplia capa de gasa ornada de brillantes sobre los hombros, el rostro muy pálido, los ojos azorados, el cabello en desorden, subía Lina la escalera del estudio, alumbrada por el cabo de vela que sostenía en la mano Fabricio, y así, sobre la triste decoración de aquella casa de vecindad, tenía su figura un no sé qué de deprimente.

El criado explicárale por el camino ligeramente lo sucedido. Willy, que llevaba días malo, sintiéndose peor, había enviado por su médico. Hallábase de caza, y había ido precipitadamente por el de la Casa de Socorro; y al llegar con él habíanse encontrado a su amo desvanecido, un poco de sangre entre los labios.

Abrió Fabricio la puerta con su llavín, y hallose Lina en la antesala. Un hombrecito bajo, rechoncho, de redondo vientre, cruzado por gruesa leontina de oro, reluciente calva y ojos grises, sagaces, que brillaban bajo las gafas, salió a su encuentro.

—¿El doctor?

—Sí, señora; Albertos, Julián Albertos. De la Casa de Socorro… Creo que el médico del señor de Martínez está fuera, y como el caso urgía…

Y explicado ya, interrogó a su vez cautelosamente:

—¿La señora… ?

Y se detuvo indeciso fijando sus pupilas escrutadoras en la mundana.

—… Condesa de Monreal —completó Lina.

—¿La señora condesa de Monreal es sin duda pariente del señor del Martínez?

—No.

Buscó una fórmula ambigua. El señor de Martínez… ¡Qué extrañamente le sonó aquel «señor de Martínez»! Fue como una vaga sensación de alejamiento; como si por primera vez diérase cuenta de la distancia inmensa que les separaba. En sus luchas de mujer oía hablar constantemente de «Willy». Las gentes reían o se horrorizaban, pera era siempre Willy. Willy y Lina… Pero ahora, el señor de Martínez, la condesa de Monreal… Sintiose cohibida.

—No —repitió—; pero puede usted hablar como si lo fuera: una inmensa amistad nos une.

Los ojillos sagaces escrutaron su rostro, vagamente irónicos. Luego, calmoso, formuló el galeno, mientras se pasaba el pañuelo por la calva, reluciente de sudor:

—Pues le diré a usted, señora, con franqueza lo que yo creo. El señor de Martínez está muy mal, no tanto por la enfermedad como por la excitación nerviosa que padece.

—Pero, ¿qué tiene? —interrogó ella ansiosa.

—Como tener, sólo un principio de tisis; pero…

—¿Peligro de muerte? —formuló anhelante.

—¡Pch!… todo depende —y hablaba muy lentamente—; si sigue esta vida, no dura ni dos meses…

—¿Y si cambia?

—Si cambia, vivirá.

—¿De modo que usted cree que con unos meses de campo, buen clima, tranquilidad… ?

La atajó brusco:

—Se morirá igual. Lo que precisa —y los ojos de acero trataron de leer en el fondo verde de las pupilas femeninas la impresión que sus palabras causaban—, lo que precisa es un cambio completo, absoluto, radical. Es preciso que el señor de Martínez, si quiere vivir, renuncie a sus costumbres, a sus gustos… en una palabra, a todo; ¡hasta a sentir, hasta a pensar!, y sólo viva para eso, para vivir.

La mujer fuerte se sintió espiada; tuvo la sensación de que aquel advenedizo quería poseer su secreto, y con naturalidad perfecta, en que había como una vaga extrañeza al insistir impertinente en cosa tan sencilla, dió la respuesta:

—¿Y por qué no ha de hacerlo, si le va en ello la vida?

La luz del gótico farol pendiente del techo, filtrandose al través de las policromas vidrieras, bañaba el estudio en su fragmentario iris, envolviendo en gloria de púrpura a Parsifae de Creta, mimando con su caricia de oro a Calimanthe, y tendiendo morado velo sobre el trágico dolor de María de Magdala. Preso en los tentáculos de Astarté, el dios adolescente agonizaba; y los monstruos de la fábula de Hermafrodita vivían su vida de quimera en las tapicerías murales. Sobre el diván, inanimado, yacía Willy. Una soberbia estofa florentina, roja, historiada de heráldicos blasones le envolvía, aumentando su palidez. Cerrados los ojos, las largas pestañas tendían su sombra azulada sobre las mejillas lívidas; una de sus manos se crispaba sobre el pecho, y la otra pendía inerte, muerta, manchada por la fatua fosforescencia del brillante negro.

Lina se había detenido en el umbral, un brazo en alto, apoyada la mano en el quicio de la puerta, cayendo los negros tules rociados de diamantes de su abrigo, a modo de clásico ropaje, en pliegues de elegancia suprema. Entre las gasas del corpiño surgía en relámpago de albura el escote irisado de brillantes, y la bella cabeza, rematada por el moño griego, se adelantaba anhelosa.

Willy, hipnotizado por aquel fijo mirar, abrió los ojos, y con gesto desgajado la llamó. Corrió a él, y arrodillose, por mejor decir, desplomose, junto al diván, y con sus manos temblorosas acarició las yertas manos de su amante, y luego apoyó en ellas los labios largamente.

Willy tornó a abrir los ojos, y fijándolos en ella musitó:

—Me muero.

En su mismo terror halló la Monreal fuerzas paral protestar.

—No, hombre. ¡Qué habías de morirte!… Un arrechucho, como siempre.

Fijó en ella los ojos reprochadores.

—No mientas. Lo sabes tan bien como yo…

Y con atroz desaliento:

—¡Ahora va de veras!

Lina, las pupilas extáticas, perdidas en el vacío, la cabeza tronchada en inaudito vencimiento, permanecía silente, incapaz para protestar. Estaba bella así, con una belleza de derrota, de aniquilamiento. Willy tornó a afirmar:

—Me muero.

Luego se inclinó con ese misterio que preludia una confidencia, y gimió quedamente, inconsciente en su egoísmo del estrago que sus palabras hacían en aquel alma torturada.

—¿Y sabes de qué?… De ella, de Lucerito. ¡Esa mujer me ha matado!

Y un estremecimiento vibró a lo largo de su piel, semejante al que produce el contacto de un reptil.

La enamorada calló hosca, impenetrable ahora.

Él hizo un supremo esfuerzo, e infantil, sin pensar en la crueldad de aquella súplica, imploró cobarde:

—Sálvame, Lina, sálvame.

Ella tuvo un vago gesto desalentado de interrogación. Interpretolo el amante.

—¿Qué cómo?… Como quieras.

Y luego:

—El médico dice que si me voy a un sanatorio, me salvo; si no, no.

Y magnífico de cínico egoísmo, imploró anhelante:

—Ven conmigo.

Quedósele mirando ansioso, pendiente de sus labios. La mundana había alzado la cabeza. Un galopar de desordenados pensamientos le vencían hasta el dolor. Sus humillaciones de la pasada noche, sus vergüenzas, sus tristezas, sus apuros pecuniarios las penosas escenas con el marido, la defección cobarde de todo sus amigos, ¡hasta María! Aquel vivir ficticio en una lucha desatada sin tregua ni cuartel, el panorama glacial de una vejez de olvido y abandono, todo, todo desfiló por su pensamiento. ¡Qué le importaba ceder, irse, renunciarlo todo, si en realidad nada tenía que renunciar? Una abnegación cobarde, una resignación impotente, fatalista, una inexplicable necesidad de paz y de descanso, aunque fuera en la abyección, la ganaba por instantes. Irse con Willy, cortar con todos y con todo, borrarse, desvanecer, caer en el olvido como en un lecho de paz. Y como los ojos anhelosos le interrogasen siempre, afirmó resuelta:

—Iré contigo.

Willy la contempló escéptico.

—¡No me engañes! ¡no me engañes!… Eso lo dices para consolarme… Tú tienes tu posición, tu fortuna, y no puedes renunciar…

Y amargo:

—¿Qué soy yo para ti?…

¡Tú! ¡tú! ¿Qué eres tú para mí? ¡Eres lo único, ¿lo oyes?, lo único que amo en el mundo!… Tú eres —prosiguió en fiebre creciente de pasión— mi dicha, mi vida. Me has hecho sufrir, es verdad; me has hecho sufrir mucho, como nunca soñé sufrir; pero también me hiciste vivir. ¡Qué importa padecer cuando se sabe amar!… Yo no sé si he sido muy desgraciada o muy feliz; se han confundido en mi alma la pena, y la alegría, el goce y el dolor. Si hubiera de volver a vivir, volvería hora por hora a vivir la misma vida… ¿Dejarte ahora, triste, enfermo?… ¡Jamás, jamás! ¡Tuya para siempre!

—El señor conde espera en el cuarto de la señora —habíale dicho el portero, sombrero en mano, al regresar a las siete de la tarde de casa de Willy, vestida con un traje de calle que le llevara Natalie. Y Lina, fuera de la calenturienta atmósfera del estudio, sentía una extraña impresión de acobardamiento, pese a la cual latían siempre en ella sus heroicas resoluciones. Hubiese, sin embargo, preferido tener tiempo de prepararse para aquella definitiva escena de su tragedia conyugal, algo que fuera como un fondo, una decoración que le orientase y permitiese lucir su juego escénico. Pero, en fin, ¡qué le vamos a hacer!… Y subió rápida. En la puerta de su boudoir tornó a detenerse, acobardada. ¿Qué querrá Perico? ¿Para qué aquella visita?… Decidiose y entró.

Sentado en una butaca, un periódico ilustrado de caricaturas caído sobre las rodillas, aguardaba el conde de Monreal la llegada de su mujer. El tiempo había dejado, al pasar, su huella sobre la recia naturaleza de aquel noble provinciano. Conservaba, sí, su hercúlea presencia, pero cubierta la antigua rudeza por un manto de aplomo más fingido que real; sus ojos montaraces azorábanse bajo la hirsuta ceja, esforzábanse en parecer serenos; su cabeza, de espeso y rebelde cabello, blanqueaba y erguíase procaz en un ademán que quería ser altivo, y aprisionaba su gesto violento en una flema británica.

Al ver a Carolina púsose en pie, y los dos, frente a frente, callaron, desconcertados, sin hallar palabras para expresar su pensamiento.

Ella, la diplomática, la mujer de mundo, tan hábil, tan suave, tan dúctil, tan untuosa; ella, que tenia astucias de gata y travesuras de coqueta, no hallaba ahora ante el marido la fórmula precisa. Buscaba, buscaba, ¡y nada! No se le ocurría cómo empezar. ¡Si él hablase! Pero no hablaba. Él, tan resuelto una hora antes, se sentía cohibido. Por fin, ella, en el ansia do liberarse de aquel peso que le oprimía, fue brutal.

—¡Quiero ser libre!

Calló Pedro, y, envalentonada ante aquel silencio, repitió ella:

—Quiero ser libre.

Luego, viendo su mutismo, se acercó a él.

—Escucha, Pedro: es preciso que hablemos con valor, haciéndonos superiores a nuestra vida, a nuestras gentes, a nuestras ideas. Nos va en ello la felicidad.

Y cada vez más dueña de sí siguió:

—¡Si alguien me oyese… ! Pero estamos en un momento en que la opinión de los demás no puede ser nada para nosotros; estamos en uno de esos instantes definitivos de la vida en que se juega la felicidad. Hay una cosa que está por cima de todas las leyes divinas y humanas, y es nuestro derecho a ser felices. Tenemos que tomar la dicha donde esté, donde la encontremos. Unos la hallan en las cumbres; otros, en los abismos. ¿Qué importa? Lo mismo da, con tal de ser felices. Y no me digas —no decía nada, oía, y callaba— que esa felicidad, que creemos eterna, pasa: todo pasa, ya lo sé; pero cuando pasa, se deja y se toma otra.

Y luego melancólica:

—Más fácil es ser feliz cuanto más bajo se está; cuando se sube muy arriba se corre el peligro de que el viento se lleve nuestra dicha.

Teatral siempre, histérica, escuchábase a sí misma, vagamente asombrada del silencio de su dueño y señor. Siguió:

—Yo quiero ser feliz; tengo derecho a ser feliz.

Hubo una pausa. Pedro oía silencioso; Lina, exaltada, peroraba, presa de melodramática fiebre, y sus gestos tenían esa estatuaria plasticidad que tienen los de los grandes trágicos.

—Quiero ser feliz — recargó—, pero, además, tengo derecho a ser feliz.

Se acercó a él.

—¿Qué eras tú cuando te conocí? Nada. Un señorito provinciano, un calavera de campanario, que no vivía sino para el juego y las mujeres. Verdad que ibas a ser grande y rico, pero… ¡Bah! Eso en aquellas condiciones no era nada. Hubieses sido uno de tantos hidalgüelos como vegetan en un rincón de provincia, aburrido, obscuro, nulo. Yo te creé —prosiguió, implacable—: yo te fingí un talento que no tenías, un aplomo de que carecías; encaucé tus pasiones, te empujé primero, te llevé de la mano después, cerré los ojos a tus porquerías, perdoné tus maldades, te hice casi un gran hombre. ¿Y qué me diste tú en cambio? Tu dinero. ¿Y dónde está ahora, di, dónde está ese dinero?

Perico afirmó sereno:

—Es verdad.

—Escucha —y se había detenido resuelta a jugarse el todo por el todo—: estamos arruinados, vencidos, desprestigiados… Baby, el único lazo que podía atarnos, ha muerto —y en suprema rebelión—: Quiero ser libre.

Esperó la explosión, pero no vino. El marido habló tranquilo, pausado:

—Me alegro que hayas hablado así. No tan bien (yo no hablo como tú), pero quería decirte algo análogo. Pasado mañana vence la hipoteca sobre todo lo que hay en esta casa, y no tengo un cuarto.

—Yo tampoco —interrumpió Lina.

—Ya lo sé. Nos embargarán, estallará el escándalo, los acreedores se echarán encima… Porque hay algo aún más grave, y es que los dos únicos barcos buenos que quedaban a nuestra Compañía, el Lepanto y el Trafalgar, se han perdido sin remedio. Hace más de un mes que nada se sabe de ellos, y aunque oculto la noticia, de un momento a otro será pública, y entonces sí que se acabó el crédito…

Y añadió ensoñador:

—¡Lástima que ni el tiempo de esperar la respuesta de la Compañía inglesa sobre nuestras minas… !

—¿Y qué hacer?…

—A eso voy. Yo para mí tenía mi plan trazado, y sólo la idea del qué sería de ti me ha detenido. Me voy a América. Aquí no podría luchar. Yo no he nacido para esta guerra de encrucijadas, yo necesito aire y luz… Además, ¿cómo luchar aquí? Por más que yo hiciese, sería siempre el conde de Monreal. Nadie me ayudaría, y todos se alzarían contra mí. Mientras que allí seré un desconocido, podrá luchar con todas las armas. Y si no venzo (¡puede que ni aún comience la lucha!), al menos vivirá a mi gusto, libertado de leves que, sin serlo, son más crueles que las verdaderas.

Lina le miró con asombro. Nunca le había oído hablar así, expresarse tan bien, tan enérgico. Y sin querer estableció el paralelo entre el débil bohemio que gemía ante la muerte y aquel hércules aventurero.

Él se acercó.

—Mira — dijo—, tengo cinco mil duros; partiremos.

—Sí, sí. No hay más que hablar.

¡También generoso! ¡Gran señor!… Y el paralelo subsistía siempre. Se formuló una pregunta a sí misma: ¿Habría vivido tantos años junto a él sin conocerle?

Se despedía:

—Y ahora, adiós…

Lina silabeó:

—¡Adiós!

Marchó lento hacia la puerta, y allí se detuvo vacilando un instante, como si esperase algo. Ella, las manos sobre el corazón, callaba, taciturna. Al fin partió. Oyéronse sus pasos en la sala contigua, y luego nada. El silencio de lo irremediable tendió su manto de tristeza sobre su alma.

Capítulo 8

Un juego de cartas es un libro deaventuras…

ANATOLE FRANCE


Cuando Pedro de Monreal se vio en la calle, después de aquella escena con su mujer, lo primero que sintió fue un desconcierto inmenso. Era el caso que, en el plan trazado en su calenturiento proyectar, todo, todo estaba, previsto: lo que haría en el viaje, en qué emplearía los largos días de travesía, cuáles serían sus primeros pasos al llegar… todo, menos cómo llenaría aquellas horas que desde la explicación con Lina al momento de partir le quedaban. Después sintió una indefinible melancolía al pensar lo que dejaba para siempre. Pero, ¿qué hacerle? Ya era tarde para retroceder. La primera locura somos dueños de cometerla o no; las que vienen después son inevitables, llegan por encadenamiento de los hechos, consecuencia las unas de las otras. La vida nos arrastra, y si tratamos de resistirle, nos quiebra, nos aniquila. Lo único posible es encauzarla. Las circunstancias son desbocados caballos; si con sangre fría sabemos conducirles, llega un momento en que, cansados, se detienen; pero si tiramos demasiado fuerte de la rienda, ésta, se romperá, y los corceles, sin freno, nos estrellarán irremediablemente.

En la plaza de Castelar se detuvo de nuevo, y meditó. ¿Qué hacer? A su casa no quería volver: la idea de una escena con Carolina le horrorizaba. Todo su valor, su energía, la firmeza de su decisión se le había caído a los pies y sido substituídos por una inmensa cobardía moral. Tener que razonar, que discutir, le crispaba los nervios. Si iba al Club jugaría, y no llevaba ni un solo ochavo encima, pues el temor de perderlo le había hecho dejar todo el dinero en su casa. Además, si iba al Club le atosigarían a preguntas sobre los rumores de bancarrota de la famosa Compañía, y no se encontraba con valor para disimular y mentir. Del último de estos dos inconvenientes adolecía el teatro también si era frecuentado. Y perplejo, aburrido, dado a todos los diablos, comenzó a subir la calle de Alcalá, en dirección a la de Sevilla. Abríase la amplia vía, casi desierta, en la blanca claridad de los globos eléctricos. Algún coche que otro se arrastraba cuesta arriba trabajosamente; tal cual automóvil pasaba como una exhalación, y los tranvías corrían todos iluminados, deteniéndose de vez en cuando. A la puerta de Apolo los espectadores de la segunda sección esperaban la salida de sus antecesores, formando grupos, por entre los que circulaban los golfos, pregonando los diarios, y algún viejo mendicante que plañía su hambre con lastimeros decires. Por la misma acera que subía Pedro, Lucía, la ciega, bajaba lenta, arrancando a la guitarra quejumbrosas notas, mientras con voz dulce, un poco tomada, entonaba:

Nací en un bosque de cocoteros
una mañana del mes de abril;
y me mecieron en una hamaca
hecha de pluma de colibrí.

¡Qué triste era la vida! Por vez primera dábase cuenta de ello. Hasta entonces había vivido en plena excitación de goces y emociones, sin tener tiempo de observarlo; pero ahora… Por todas partes miserias, tristezas, maldades. Quizás por vez primera en su existencia dábase cuenta de ello. Señorito provinciano primero, político de ocasión después, hasta entonces había sufrido pequeñas contrariedades, molestias, pero ningún dolor verdadero. Y ahora, en la vejez, era cuando iba por primera vez a verse frente a frente con el sufrimiento.

Una pregunta que la cobardía detuvo siempre en su pensamiento formulose ahora: ¿Para qué quería Lina aquella libertad? ¿Qué significaban en su vida aquellos seres que viera pasar por ella, aquel Adolfo Luna, tan cursi, tan iluso; aquel Fernando Santa Ana, dominador, prosopopéyico; aquel Willy Martínez, vividor y canalla? Cerró los ojos a la verdad, temeroso de provocar otro dolor en su corazón, harto dolorido ya.

Había llegado a la puerta del Casino. ¿Por qué no entrar? A tal hora no habría aún nadie, y podría entretenerse leyendo los periódicos hasta la hora de concluirse los teatros. Entró.

Con ira arrojó el Heraldo. ¡Ya estaba allí lo que temía tanto! Hablábase en el diario de la posible bancarrota de la Sociedad Naviera Hispanoamericana y del pánico horrible que se apoderara aquella tarde de la Bolsa, obligando a los tenedores de acciones a darlas casi de balde, y sobre todo de la conducta extraña de él, del conde de Monreal, que, empeñado en sostener el crédito de la empresa, adquiría cuantas acciones salían al mercado, habiendo hecho suyas aquella tarde la mayoría de las tenidas por hombres de negocios españoles, y esperaba el periódico, en expectativa, la llegada de la liquidación de fin de mes, para saber si el conde hacía frente a sus obligaciones, aunque dejando adivinar que temía todo lo contrario.

Pedro, maquinalmente, miró la fecha del periódico. Veintisiete. ¡Ya era hora! Tres días más, y la bancarrota se declaraba. ¡Bah! Para entonces estaría él entre mar y cielo, lejos de las venganzas sociales. Y allá en América sabría más tarde las consecuencias de aquella historia.

Púsose en pie y se dirigió a la puerta para partir antes que comenzaran a llegar los socios. Cruzó los salones, de un lujo amazacotado, antipático. Tapices pintados, falsos artesones en los techos, gruesas alfombras, enormes butacas de terciopelo que conservaban en sus respaldos la huella de las cabezas grasientas que reposaban en ellas; toda esa riqueza de los modernos círculos, que fingen un hogar al que carece de él saludaban a su paso al asiduo. Alcanzaba ya la antesala, cuando una voz amiga llamó:

—¡Perico, Periquillo!…

Volviose y vio a Ramón Fraterna que venía hacia él, los brazos abiertos. ¡Cosa más rara! ¡Debía dinero a medio mundo, y sólo en el mundo entero Ramón se lo debía a él, y con Ramón iba a toparse!

—¡Ramón!

—¿Te vas ya?

—Sí, un poco de jaqueca.

Y le tendía la mano en ademán de adiós.

—Espera, que te voy a pagar…

—Hombre, si no vale la pena…

No valía la pena. Una porquería. Quinientas pesetas.

—Las deudas de juego se pagan a las veinticuatro horas.

—¡Bueno!

Y Perico se resignó.

Fraterna sacó su cartera de jugador, repleta de billetes de Banco, y comenzó a contar. Diez, veinte, treinta, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco… No tenía bastantes billetes chicos… Miró en otro departamento, buscando uno de quinientas pesetas… Tampoco. No había más que de mil.

—¿Tienes cambio?

—No.

—Bueno, pues te juego las quinientas.

¡Qué más daba!

—Bueno, como quieras.

Se sentaron, y Pedro echó las cartas. Miró indiferente las suyas. ¡Estaba seguro de perder! Justo: dos figuras. Ramón pidió:

—Carta.

Cayó un as. Tiró las cartas.

—Dos.

Pedro, seguro de perder él, echose una carta.

—El cinco.

Ganaba.

—¿Te juegas las mil?

Ramón quería seguir.

—Vayan.

Tornó a servir, y tornó a ganar.

—¿Van las dos mil?

Era ahora él quién proponía.

—Van.

Ganó. Un grupo de amigos les cercaron.

—¿Una banca, Perico?… ¿Te animas?

Se dejó llevar de su vicio.

—Una banca de cuatro mil pesetas.

Comenzó el juego. Monreal ganaba siempre. Una suerte loca parecía ayudarle aquella noche; ante él se iban amontonando billetes y monedas con una persistencia que exasperaba a los demás jugadores, arrastrándoles a hacer locuras. La banca, que al principio contaba con cuatro mil pesetas, era ahora de cuatro mil duros. Y ganaba, ganaba siempre.

Entró don Servando Alcántara, aquel buen señor, jugador de oficio, taurómaco de afición, que sólo para el juego y los toros vivía.

—A ver qué banca se hace.

—Cinco mil duros.

—Tallo a la banca.

Y tranquilo sentose, sacando su cartera. Todos callaban, anhelantes. Pedro, desasosegado, nervioso, inyectados los ojos, despeinado el cabello y sudorosa, la frente, arrebatado en una ráfaga de codicia loca, maldecía, seguro de perder ahora todo lo ganado antes.

Sirvió cartas; don Servando mostró, triunfal:

¡Ocho!

Pedro, despacio, tembloroso, mostró sus cartas dos figuras. El jugador se frotó las manos; los demás puntos, anhelantes, miraron. El conde tiró una carta:

—¡El nueve!

¡Había ganado! Desde aquel momento el juego fue un vértigo. Monreal jugaba contra todos y ganaba siempre. Las caras pálidas de los jugadores se tendían, ansiosos los ojos y crispados los labios, con calenturienta ansiedad. Ya no eran sólo monedas y billetes lo que se amontonaba ante Perico; eran recibos, tarjetas con cantidades escritas, y él jugaba, jugaba, ciego y sordo para todo lo que no fuera aquel jugar obsesionante.

Al fin, don Servando se levantó.

—Señores, ¡las cinco!

Fue una desbandada general. Malhumorados, rabiosos, disimulando su ira bajo la capa de buena educación, que en algunos más vehementes se rompía, dejando aparecer debajo el verdadero sentir, fueron desfilando, y Pedro, solo al fin, contó sus ganancias. ¡Trescientas cuarenta mil pesetas! ¡sesenta y ocho mil duros! ¡una fortuna!

La primera idea fue que podía pagar las hipotecas, y tener un compás de espera. Luego se acordó de sus jugadas de Bolsa. ¿Y aquello? No había ni que pensar en arreglos. Partir, y partir pronto. Aquel dinero podía ser una gran ayuda para él en el mundo en que iba a luchar. Ahora, a su casa, pues un hombre con aquel capital no podía, andar vagando por las calles a tales horas, y luego, por la tarde, al tren.

Bajó las escaleras brincando con nervioso júbilo, y ya en el portal llamó a un coche.

Clareaba. Un grupo de hampones cercaban a un vendedor de café; dos mozas de partido conversaban con la pareja de guardias, y una vieja billetera, a caza de trasnochadores, pregonaba un décimo. Pedro, con compasión de jugador, le dió un duro, rechazando la mercancía.

—¡A casa!

El portero llegó jadeante.

—Señor conde, señor conde…

—¿Qué hay?

—Este telegrama.

Monreal rasgó, febril. Era un cablegrama de la Habana. Decía: «El Lepanto y el Trafalgar llegaron con grandes averías en la maquinaria, por haber sufrido terrible tempestad, salvada gracias a la bondad de los barcos. Mercancías en perfecto estado. Podrán ambos hacerse a la mar en un mes. Participo oficialmente la noticia».

Y Pedro, próximo a la locura, vio surgir nuevamente ante él la fortuna y la posición perdidas; vio convertirse en millones aquellas acciones que por la tarde eran papeles mojados; vio correr el río de oro por el valle de su vida; pensó en Lina, que caminaba tal vez hacia lo irremediable, y con voz de angustia gritó:

—¡A casa, a escape!

Capítulo 9

Où fuir dans la révolte inutile et perverse…
STEPHANE MALLARMÉ


¡Oh, nadie sabe lo que ata el pasado! Es tal vez la mayor fuerza que puede contenernos en lo porvenir. Ese fárrago de ascendientes, cada uno de los cuales escribió una página de la historia familiar, nos cohíbe, nos sujeta. ¡Cuántas veces cuando vamos a cometer una maldad, una ligereza o una ruindad, la idea del linaje —héroes, santos, sabios y hombres buenos— nos detiene! Un pasado de gloria y de nobleza o simplemente unos padres que pasaron la vida luchando por nosotros y se sacrificaron para legarnos una fortuna y un nombre; un nombre, que parece tan poco y, sin embargo, significa tanto —obligaciones y deberes contraídos, derechos y preeminencias adquiridas—; ¡cuán gran freno son en la vida! Pero todo eso, ¿qué podía importarle a ella, advenediza, plebeya que llegó por un capricho de la casualidad, de un salto, sin transición, después de la ruina, con su triste cortejo de cobardías, humillaciones y bajezas, y que ni aun siquiera identificose con el sentir, el pensar y el creer, sintiendo siempre germinar en su alma sorda hostilidad por aquellos que el destino hiciera suyos? ¿Su pasado? Tía Carmina, Adolfo, Fernando Santa Ana, ¡sombras que flotaban en una bruma de tedio! ¡Baby, el supremo lazo que la sujetaba y que se rompiera en una hora trágica entra luchas de pasiones y de vanidades, sombra de una sombra confundida en una procesión de sombras!

Ni gozar había. Tuvo, sí, todo goce, pero tan aprisa, tan a modo de episodio en aquella batalla que fue su vida, que no pudo saborear el bienestar material de su vivir.

Todo esto y algo más, pensábalo Lina, aquella madrugada en su boudoir. Sentada ante una mesa, vestida de viaje, el cabello peinado sencillamente, sin artificio ni coquetería, dejando brillar entre su oro la plata de las canas descubriendo, echado, hacia atrás, la frente surcada de arrugas, y las sienes, donde la «pata de gallo» se asentaba victoriosa, apoyada la cara en las manos, meditaba. En el rostro, muy pálido, y rodeados de grisosas ojeras, brillaban los ojos empañados por el vaho de las lágrimas, y un hondo rictus sellaba la boca, de marchitos labios.

En torno a ella agrupábanse los restos del naufragio: el saquito, con la huella de las cifras que le arrancara con las uñas, conteniendo toda su fortuna, algunas —decenas de miles de pesetas y sus alhajas; los estuches vacíos, cartas rotas, fotografías hechas menudos pedacitos.

Sobre el fondo rosa enguirnaldado de plata las marquesas versallescas lucían su sonrisa frívola, bajo las altas pelucas empolvadas, y las pastoras de Watteau se pavoneaban en prados floridos entre corderos lazados de azul y rosa, mecidas por los sones de flautas y sistros que tañían los pastores concertantes; los marfiles de Isabey, las vitelas del siglo galante y las miniaturas familiares mostraban el nimio preciosismo de su factura, y sobre el psiquis veneciano las palomas —¡pobres colombas envejecidas!— se arrullaban siempre.

Lina echó una mirada por el cuarto. ¡Pobres objetos tantas veces soñados en noches febriles de soltera, y luego, más tarde, en otras noches de insomnio, en los interminables inviernos pasados en la vieja ciudad, en la señorial morada de los Monreal! ¿Qué sería ahora de vosotros? Como trofeos de una derrota os expondrían a la vergüenza en alguna almoneda, para ser pasto de la malévola, curiosidad de las gentes, como lo serían también, como trofeos éstos de una gran caída moral, otras cosas —prestigios, glorias, leyendas, honores— creados en una vida de titánico esfuerzo. Y la vencida vio con clarividencia extraordinaria la escena cruel. Sus amigas revolviéndolo y curioseándolo todo, acompañando aquella violación espiritual de una fingida lástima mil veces más cruel que el peor escarnio. —¡La pobre Lina!… ¡Era tan loca!… Mal gusto no tenía, pero hay tanta pacotilla… La desgraciada, se comprende, en estos últimos tiempos, debe haber pasado ratos muy malos… —¡Infames! Una vaga tristeza la invadió, algo así como la melancolía de lo definitivo. Pero no, la magnitud misma del sacrificio la sostenía. Si la hubiesen dicho que renunciase a una brizna de posición o que redujese su tren un poco, se hubiera indignado protestando airada; pero renunciar a todo, sumirse en la nada, en el río del olvido, un a modo de Guadalete de la casa de Monreal en que ella se ahogase… Lo teatral del gesto la seducía.

Además, pensaba ir a vivir de verdad, amar, gozar, sufrir. Ya estaba harta de escuchar la voz del apuntador; quería vivir e iba a conseguirlo. Ya había comenzado. Y se engañaba a sí misma, porque seguía viviendo para la galería.

Iba a perderse en el remolino de la existencia, a dejar de ser una fuerza que podía alterar el equilibrio de la vida social, y a ser una mujer. Lo que se imponía era más que un sacrificio: un renunciamiento. Ya no sería la condesa de Monreal, sería Carolina, una pobre mujer vieja y envejecida— no quería, en su ansia de abdicación, luchar contra la vejez —que no vivía más que para un amor que, para colmo, tenía la terrible seguridad de que no sería compartido jamás. Ahora se iría con Willy allá a Suiza, a un sanatorio en medio de eternas nieves, olvidados del mundo, pues que ya no sería una potencia que interesa a la sociedad y cuyos pasos se siguen espiándose ansiosamente el instante de la caída para sacudir su yugo, y allí entre cielo y tierra, emprendería una lucha implacable con la muerte, una lucha titánica en que disputaría palmo a palmo a la Traidora, la amada presa. Y con su amor le infundiría la vida. Sería para él una madre y una hermana de la caridad, viviría pendiente de él, de sus gestos, de sus palabras, de sus movimientos. Luego, cuando estuviese convaleciente, se refugiarían en un villino italiano, y allí, bajo el cielo azul, en la paz geórgica, sería la hermana, la hermana mayor, muy buena, un poco triste porque sabe de la dolorosa ciencia del vivir, que guía y consuela. Sabría alejarse permaneciendo cerca para apartar los abrojos de su camino, pronta siempre a aplicar a la herida el bálsamo que sana. Sería toda dulzura y compasión. Y al fin, cuando sano de cuerpo volviesen a germinar en él los nobles sueños de ambición y quisiese remontar el sueño hacia la gloria, sería llegado el momento del supremo sacrificio: le casaría. Aquel golpe teatral «a lo heroína de Dumas» le seducía. Ella misma elegiría la mujer a quien entregaría su amado para hacerle dichoso; ella misma le llevaría de la mano hasta la puerta de la dicha para quedar allí mientras él entrara. ¿Quién sabe si algún día, muy vieja, arrugada, con el pelo blanco, mecería sobre sus rodillas un rubio nene fruto de aquel amor? Y luego, discreta, se esfumaría, y así cuando ella entregase su vida sería para él una amada sombra familiar evocada en las horas —¿quién no las tiene?— de dolor, de tristeza, y de descorazonamiento. «¡Si viviese Lina! ¡Si estuviese aquí!»; y el alma, que vagaría en torno del amado, gozaría del raro júbilo de sobrevivirse.

¿Qué le importaba que el mundo hubiese ultrajado y escarnecido su amor? ¿Qué podía darle los puñados de barro que le arrojaba la canalla? Aquel amor tan grande, tan bello y tan sincero; aquel amor, que tenía el ideal renunciamiento de los místicos arrobos y la brutal violencia de las pasiones malditas, purificaba como el carbón ardiente, y bastaba a ennoblecer, a santificar su vida.

Miró el reloj. Las cinco. Tan sólo faltaba media hora para la partida. Sus ojos fijábanse, en una larga mirada, sobre el cuarto, dando a todos aquellos objetos el supremo adiós, cuando sintió pasos en el salón contiguo, y el frío de lo imprevisto— esa trágica fuerza del vivir— heló su espalda.

¿Quién sería? Un criado que traía algún recado… El administrador, con alguna mala noticia… Era Pedro, que se detuvo en el umbral, con el cabello en desorden, el cuello arrugado, descompuesto el traje, mirándola, inmóvil, con los ojos muy brillantes.

Loco terror se apoderó de ella, e incapaz de hablar, permaneció contemplándole, interrogante, mientras que las más descabelladas hipótesis cruzaban su cerebro en un vendaval imaginativo. ¿Qué querría? ¿Por qué aquel retorno después del definitivo adiós? ¿Se habría vuelto atrás? Aquel ser, que obraba no por cínico cálculo, sino por incapacidad de medir el alcance de las cosas, ¿habría sentido palpitar en el fondo de su ser esa extraña cosa llamada honor? ¿Buscaría las reivindicaciones trágicas? ¿O tal vez una idea de muerte habría anidado en su cabeza ante la ruina, y vendría a que la compartiese? ¡Jamás, jamás! ¡Quería vivir, pues la muerte es lo único irremediable! Y pronta a la defensa, halló fuerza en su flaqueza para interrogar:

—¿Qué quieres?

No contestó. Como un somnámbulo avanzó hasta la mesa, y detúvose de nuevo. Lina, ansiosa, tornó a preguntar:

—¿Qué quieres?

Sin hablar, lento, sacó las manos de los bolsillos, y comenzó a dejar caer sobre la mesa. monedas y monedas. Las pesetas y los duros formaban montoncitos, rebotaban, caían, rodaban, trazando caprichosos dibujos sobre la alfombra gris, florida de lises. Y la Monreal, atónita, espantada, temiendo comprender, miraba ahora caer los papelitos verdes y rojos que significaban la fortuna. Y al fin, su marido, con una sonrisa, triunfal, le tendió un telegrama. Lina no pudo leer, adivinó, y muy pálida, con las manos crispadas sobre el montón de dinero, esperó la sentencia.

Pedro formuló, triunfal:

—Todo se arregla.

Y con pueril fanfarronería:

—Ahora, a luchar, soy yo el que te lo dice. ¡Hasta ahora no hemos hecho más que locuras y tonterías!

¡Gran Dios! ¡Aquel amor tan grande, tan bello y tan sincero; aquel amor que bastaba a ennoblecer, a santificar su vida, no era más que una locura!

Sintió que algo se rompía dentro de ella. El famoso espejo. Y hubo como un balance de valores en que cada cosa mostrose tal y como era: la vanidad, vanidad; el amor, amor; y la sensualidad, sensualidad, sin el grato artificio de sentimentales oropeles. Se dejó caer en la silla, anonadada, vencida por el irónico capricho de la suerte.

Capítulo 10

Jusqu'au fond de notre esprit
La succion est pratiquée;
La Mort, beaucoup moins compliquée,
Mange nos corps qu'elle pourrit;
Mais c'est tout l'homme qui nourrit
La Ventouse!
MAURICE ROLLINAT


Amanecía. Una luz yerta, opaca, alumbraba el cuadro de desolación. Fragmentos de estatuas yacían por tierra; marcos desconchados y vacíos se amontonaban en los rincones; prodigiosas estofas rotas y arrugadas, arrastraban como sucios guiñapos; Astarté, caída de su pedestal, parecía retorcerse en un espasmo supremo; los verdes ojos de Medusa brillaban fascinadores bajo el piano; el viejo terciopelo bordado con los misterios de la pasión de Nuestro Señor, tendido en el suelo, fingía mortuorio paño, y en un extremo del cuarto un baúl cerrado, sobre cuya tapa reposaba junto a pequeño saco un gabán y un sombrero flexible, decía de emigraciones.

Willy Martínez paseaba el cuarto nerviosamente, consultando a cada instante el reloj, apartando con el pie los rotos fragmentos de las estatuas, deteniéndose ante la vidriera, que azuleaba en el lento clarear, presa de calenturienta ansiedad.

Bajo el traje gris marcábase la osamenta de su cuerpo; sus manos alargadas, transparentes, albeaban cerúleas, dejando adivinar bajo la piel tenue la sangre empobrecida, y en su rostro de imposible demacración las pupilas grises reflejaban, como espejos de acero, las llamaradas de fiebre, hundidas en hondos círculos azules, mientras los labios finos se crispaban en súbitos gestos de dolor.

Una ansiedad loca de que volase el tiempo le torturaba; un deseo ciego, irrazonado, de huir, de poner tierra por medio y alejarse para siempre de la gitana, le exasperaba. Porque estaba seguro de que, si la veía, no tendría fuerza, para resistir el perverso encanto de los ojos negros y de los labios rojos, y aquel encanto era el fatal encanto de la muerte. ¡La muerte! Un estremecimiento de frío le corría por el cuerpo ante la idea de fenecer, y en su neurosis veía con plasticidad obsesionante el macabro espectáculo de su propia muerte. Sentía la angustiosa sensación de encierro entre los tablones del féretro, ansiedad física de aire y luz, la opresión sobre su pecho de la tierra sepulcral, y sobre todo, en hiperestesia de horror, la húmeda viscosidad de los gusanos destruyendo lentamente su cuerpo. Y los sentía con una impresión de asco insuperable, fríos, viscosos, irresistentes, resbalando en lento recoger y desenvolver de sus anillos por sus brazos rígidos, agarrotados, incapaces para desterrar los parásitos, por su pecho hundido, por sus piernas flácidas, y los cuerpos glutinosos le subían por la cara, besaban sus labios amoratados, y deslizábanse en su boca al olor del banquete de podredumbre, o en sus pupilas descubiertas, inmóviles, se detenían monstruosos, resbalando luego por la cristalina superficie del ojo, y comenzaban su obra de destrucción. ¡Morir! ¡Jamás, jamás! Lo prefería todo a morir. No amaba a Lina; pero la Monreal era ahora la vida para él, y quería vivir.

Arrebatado, en un vértigo de terror, sólo pensó en huir, en salvarse, sin detenerse a ver la magnitud del sacrificio que aceptaba de una mujer a quien no quería, deseando salvar su vida aun a costa de otras vidas, en un egoísmo casi animal.

¡Las cinco! Lina debía haber venido ya por él, pues que a las cinco y media partía el tren. ¿Qué le pasaría? Y ansioso contaba los minutos, corriendo el estudio en todas direcciones. ¡Las cinco y cuarto! Perderían el tren, no se irían, y Lucerito impediría su partida. ¿Qué hacer?… Sonó un timbrazo, y casi al instante se abrió la puerta; y Willy, que había iniciado un paso, sintiose envuelto en lluvia de besos y caricias.

—¡Willy! ¡Vida!… ¿Te vas, me dejas, di, Willy, amor, chaval?… ¿No me quieres a mí, a tu Lucero?… ¡Willy, Willy, gitano, dime que sí, que me quieres, que es todo mentira,… infamias!… ¡Dime que sí, que es mentira!… ¡Son tan envidiosos!… ¿Verdad que no te vas? ¿verdad que si te vas… ? ¡Mírame a los ojos!… ¡Te quiero!… Lo supe antes, en la cena… Julito… ¡Pero todo pasó! ¿Verdad que quieres a tu Lucerito, que no te vas, que no la dejas?… ¡¡Vidita, mi niño, tú eres mi alegría; sin ti me muero, me muero!!… Oye, como son tan malos, se reían, se reían, y yo me preguntaba: ¿Pero de qué se ríen? Hasta, que al fin, Julito, con chunga, me dice: «¡Te quedaste viuda! ¡Tu pájaro voló!… «No he escuchado más, y echó a correr como una loca, y corriendo, corriendo ha venido… ¿No te vas, mi negro, di, mi cielo, no te vas?…

Las palabras brotaban a intervalos atropelladas, balbucientes, inconexas, llenas de una incongruencia apasionada. Y Lucerito, palpitante, estremecida, vibrando entre sus brazos, lloraba y reía a un tiempo presa de un ataque de histerismo y de sensualidad morbosa exasperada. Sus ojos tenebrosos se hundían en el fondo de las grises aguas que fingían las pupilas del muchacho, queriendo penetrarle hasta el alma, y los labios rojos mordían a un tiempo mismo las palabras y la boca amada.

Conservaba aún la prójima su atavío de escena: una bata rosa adornada de puntilla; los cortos rizos, alborotados por sus desordenados movimientos.

Willy, consternado, imbécil por la sorpresa y el terror, mirábale con azorados ojos momentáneamente, incapaz de defenderse. Por fin en un esfuerzo supremo desasiose, y rechazó brutal a su querida, que, tras de tambalearse un instante, cayó por tierra, y jadeante se sentó en el diván, ocultando la cara entre los puños crispados.

Lucerito, caída, lloraba silenciosamente. El escultor sentía, mientras un dolor insufrible que le desgarraba el pecho; el acre sabor de la sangre amargaba su boca, y una rabia insensata contra aquella criatura agitaba su alma con furores de vendaval. Ella, por fin, alzose decidida, segura de su belleza victoriosa; con rapidez rasgó sus vestiduras, y en la verdosa luz de acuárium de la alborada, apareció toda desnuda, tal una Salomé de ensueño. Después avanzó hacia él, y sus brazos, divinamente torneados, se alargaron hacia su cuello.

Al sentir la tibia caricia de aquella carne púsose de pie, y tendió las manos para rechazarla. Luego, ronco, silabeó:

—¡Vete! ¡vete! ¿No ves que me muero?

Por toda respuesta dió un paso hacia él.

—¡Te quiero!

—¡Yo a ti no! ¡yo a ti no! —clamó Willy en crispación de horror—. ¡Yo a ti te odio, ¿me oyes?, te odio con toda mi alma!

Por toda respuesta murmuró:

—Te quiero.

El muchacho apostrofó iracundo:

—¡Te odio, te odio!… ¡Tú tienes la culpa de todo; tú eres la que me ha perdido, la que me mata!… ¡Vete, vete, que no te vea!

Y casi implorante:

—¡Déjame que viva!

Ella le enlazó con sus brazos.

—¡Gitano, mi cariño, mi Willy! ¿Por qué me dices eso si sabes que te quiero?.:. ¡Si tú me quieres también, si estoy segura, si no puedes vivir sin mí!

El divino cuerpo se ceñía a él, envolviéndole en la perversa llamarada de pasión; los ojos le acariciaban con su caricia de luz y sombra, y los labios de grana mordían sus labios. Willy sintió hervir su sangre, y comprendió que la Enemiga le poseía, que aquélla era la suprema lucha, y con inmenso esfuerzo quiso desasirse. Fue inútil; el cuerpo desnudo, electrizado de pasión, se prendía a él en imposible abrazo; y el escultor, en un querer intenso del instinto de conservación, llevó sus manos al cuello desnudo de la diabólica, y apretó, apretó… Los brazos se aflojaron, y el cuerpo inerte de la bailaora se desplomó por tierra.

Respiró. ¡Libre al fin, libre! Había cometido un crimen, y tal vez le aguardaba, la prisión o la muerte; pero, ¡qué importaba! Estaba liberado de aquella criatura, y los sueños de gloria y de fortuna podían revivir triunfantes en su alma. La obsesión sombría había acabado: allí a sus pies dormía el eterno sueño la Enemiga.

Abatió los ojos al inerme cuerpo de Lucerito. Sobre el negro paño de terciopelo se esculpía la marmórea albura de aquel prodigioso moldeado de mujer. Los senos se erguían duros, procaces, floreados de rosas enanas; las caderas dibujaban sus curvas lujuriantes, y los muslos mostraban su blancor de alabastro. La cabellera se tendía en nimbo de misterio en torno al rostro, vagamente azulado, en que los labios sangrientos ponían su dibujo, y los violáceos trazos de las pestañas tendían en las mejillas su silueta como sombra de las alas de un pájaro dormido.

Y al verla tan intensamente bella, un soplo de concupiscencia trágica erizó sus cabellos y escalofrió su espalda.

Intermezzo

"—Yo, que suelo complacer a algunos, y pongo a prueba a todos, siendo alegría, y terror para buenos y malos; yo, que engendro el horror y lo revelo, quiero ahora, en uso de mi prerrogativa, servirme de mis alas.No atribuyáis a delito que en mi veloz carrera salte años sin detenerme a exhibir lo que pasó en ellos, pues está en mi poder derribar leyes y en un instante abolir viejas costumbres y plantar otras nuevas. Dejadme ser, pues, lo que siempre fuí desde antes que se estableciera el orden más antiguo o se pensara en el que hoy existe. Y ahora, como entonces, fiel a mi leyenda, deslustraré lo que hoy brilla, y relegaré a lo pasado lo que predomina ahora. Contando con vuestra indulgencia, doy vuelta pues, a mi reloj y muestro mi panorama, como si hubieseis estado dormidos en todo el intervalo… "

SHAKESPEARE

Parte 3. Libro tercio

Capítulo 1

Hamlet. —… No ha sido sino la sombra
de un sueño.

SHAKESPEARE

En la gloria de la tarde angélica Astarté moría. Ocupando el centro de minúsculo parterre de lirios alzábase la peña. Sentado sobre ella, un anciano, el Tiempo, contemplaba indiferente su reloj de arena. A los pies del peñasco la diosa agonizaba. Sus ojos entreabiertos apenas si dejaban adivinar las turbias esmeraldas que en sus pupilas brillaban mortecinas; su boca, contraída en espasmo agónico, era dolorosa, y en sus facciones fieramente bellas había una expresión de vencimiento, de derrota, de impotencia, de aniquilamiento inmenso. Su cuerpo de alimaña fabulosa retorcíase en un desquiciamiento supremo, y de sus tentáculos unos yacían inertes, otros tremolaban al aire, como si en su fenecer quisieran hacer una postrera presa. Debajo del grupo, y escrito en letras de bronce, se leía: «La muerte de Astarté»; y más abajo un cartel rezaba: «Premio de honor». El autor premiado, Willy Martínez, escultor español, hallábase allí cerca, acompañado de una mujer serenamente hermosa y un niño blanco y rubio.

Pálido y delgado aún, pero sano y feliz, denunciando en el espiritualizamiento de su figura el padecer de los cuatro años transcurridos, evocaba el artista, en la fría magnificencia de la tarde invernal, aquel doloroso calvario. Los días terribles de Madrid, cuando, debatiéndose con la muerte, aterrorizado por las consecuencias de aquel asesinato frustrado en la persona de Lucerito Soler, creía a cada instante ver llegar la agonía o el cautiverio, esperando en vano una palabra de Lina, una visita, un renglón escrito, la llegada de un amigo. Después, aquel viaje al través de Europa, camino del sanatorio suizo, solo en el departamento del ferrocarril, sintiéndose morir a cada instante, abandonado como un perro, solo, no ya sin el cariño, sin la compasión de nadie, en medio del horror del olvido, y la llegada a la tumba de nieve y hielo donde había de hallar salud o muerte. Rememoraba luego el diagnóstico del médico, anunciándole que sólo tenía un pequeño comienzo de tisis, agravado por la excitación nerviosa; su estallido de alegría, y luego los seis primeros meses de una lucha cuerpo a cuerpo con la Pálida, entre alternativas de esperanza y de descorazonamiento, aguardando en vano noticias, algo que le trajese nuevas del mundo y de los seres que tan íntimamente ligados a él habían estado; solo, aislado, como si hubiese ido a caer a un planeta desconocido. Por fin, la carta de Julito, frívola, ligera, mundana, inconexa, contándole chismes que nada le importaban, y entre ellos las dos noticias que ansiaba: Lina, rehecha en gran parte de sus reveses de fortuna, viajaba, tratando de arreglar sus reveses sociales; la cantaora había debutado en París y hacía furor. Amargura inmensa, desbordose en su alma, y estuvo a punto de recaer; una melancolía negra, fatalista, se apoderó de él, y fueron aquéllos los días más amargos de su novela. Después venía la reacción favorable, el encuentro sobre la nieve con Lori, bella y dulce como virgen del cristiano paraíso; su amistad tranquila, igual, afectuosa, y llena de calladas ternuras; sus comunes esfuerzos para vivir; luego, el amor que nacía lentamente en sus almas, con la majestad de las cosas indestruibles, devolviendo la quietud a su espíritu turbado, como iris de paz, y la salida de la casa de salud, convalecientes; su boda, allá en una aldea suiza, con aquel humilde matrimonio de honrados caseros por testigos; su peregrinación al través de Italia, en busca de salud y reposo, sin visitar museos, ni ruinas, ni palacios; viviendo en pleno aire, en contacto con la naturaleza; el nacimiento de su hijo, y, por fin, su regreso a la lucha para reconquistar la vida para su niño, sus luchas, y por fin el triunfo en aquella exposición celebrada en la Riviera. Y se miraba interiormente, ¡tan cambiado, tan distinto de como fue! Quizás allá en el fondo, muy en el fondo, pensaba igual; tal vez llevaba en su alma la tristeza del renunciamiento.

Pero ya no tenía fuerzas; ya no se analizaba, no se estudiaba a sí mismo, no hacía aquellas dolorosas autopsias. ¿Para qué? Sabía que el hombre nunca es fuerte en sí y por sí; que para resistir en la vida, a falta de una pequeña verdad, es preciso apoyarse a veces en una gran mentira, y que la suprema sabiduría estriba en no detenerse a penetrar el oculto sentido de las cosas. Carecía de energía; egoísta, ansiaba paz, y bienestar. Tal vez la dicha no estuviese en aquel nirvanha: nuestras almas volaron siempre, unas veces a perderse en los abismos de sombra donde alienta el murciélago Satán; otras hacia el trono de Dios, cuya luz les cegara; pero allí, en aquel limbo moral, estaba la calma, el reposo. Las ideas seculares se alzaban ante él amenazadoras para quien tratase de violarlas; el engranaje de la vida tritura entre sus ruedas a aquel que intenta trastornar sus leyes, y el que se revela en el instante supremo de la derrota —y la derrota llega indefectiblemente— está solo. Hay una ley ineludible por cima de los humanos, hecha de costumbres, de morales, de creencias, a la que no puede faltar, so pena de caer bajo el castigo, ni aun el mismo genio, pues si osa sublevarse, sólo después de muerto, cuando se halla fuera de la lucha, tendrá su consagración.

Así pensaba Willy, mientras los violines húngaros, ocultos en la espesura, cantaban los valses vieneses, los boleros españoles, las tarantelas napolitanas.

Los padres ríos, de floridas barbas, volcaban sus ánforas en los cauces bordeados de rosales en flor de los riachuelos; los sátiros perseguían a las ninfas por los boscajes de palmeras; al pie de un naranjo, un silvano tañía su flauta; Eros, rey, reía su sonrisa de mármol en una glorieta de jazmines, y faunos y bacantes danzaban en torno al carro tirado por tigres del alegre Baco.

Al través de los inmensos ventanales de la estufa, convertida en recinto de la Exposición, divisábase por entre boscajes de mirtos, laureles y rosas, el zafiro azul del mar, donde recortándose sobre el fondo violeta del crepúsculo, incendiado por el sol poniente, en mágicas llamaradas de oro ondulaban, semejantes a rotas alas, las velas latinas. Por las avenidas, alfombradas como las de un salón, circulaba una multitud cosmopolita: reyes sin trono, príncipes, ladys inglesas, condesas italianas, millonarios americanos, artistas y cocotas, se mezclaban codeándose, salvados los abismos sociales; los unos paseaban la nostalgia del trono perdido en una hora de cobardía, o en el goce del momento olvidaban la corona que tediosos dejaban caer para siempre; otros buscaban en el encantado paraíso de la corniche refugio a sus pasiones o sus vicios, que les emigraran en interminable peregrinación por el mundo; querían éstos librarse del pesar de ver agostado el ensueño de gloria que vivió un instante en sus almas; algunos, triunfar aún unas horas, antes de sumirse en el abismo de la muerte a que les arrastraba su impotencia para rehacer los millones que la noche antes se tragó la sima sin fondo del tapete verde; gastar mucho, mucho y pronto algunos felices a quien la fortuna sonriera; vivir el último acto de su drama a lo Margarita Gautier otras, y todos paseaban, al parecer felices, llevando bajo el sudario de una sonrisa el cadáver de una ilusión. Habían dejado sus penas, sus enfermedades, sus miserias, y habíanse puesto la máscara de la felicidad para vivir desligados del pasado y de lo porvenir aquella vida ficticia que era una sonrisa, una frase, un suspiro, un aroma; todo vago, fútil, ligero, frívolo, como las notas de las melodías que los violines desleían en el aire.

Entro la muchedumbre un grupo de españoles se distinguía por su ruidoso júbilo, que, al avanzar ellos en dirección a la obra premiada, hacía volver la cabeza, un poco escandalizadas, a las severas damas inglesas, que paseaban con sus amantes. Eran Lina Monreal, María Montaraz, Julito Calabrés y los duques de Calatañazor. Lina, bella aún, ocultando bajo los afeites de su rostro y el áureo tinte de sus cabellos sus cincuenta y un años, toda envuelta en blondas y pieles de marta, al cuello fastuoso hilo de brillantes, coqueteaba con su antiguo flirt, que se dejaba camelar (frase de María), prefiriendo aquella madura (tal vez un poco pasada) fruta prohibida, a la juventud de su esposa, que, a su vez, no se ocupaba de él, entretenida en estudiar los atavíos, indumentaria y ademanes de las aventureras que pululaban allí. —¡Tienen un chic! ¡Se visten tan bien!— y María, siempre varonil, barbarizaba filosofando con Julito, a propósito del debut anunciado para aquella noche, en el teatro Folies—Campagnards, de una estrella del arte coreográfico español: la «Belle Lucerito».

Al llegar ante la estatua, la Monreal pareció reconocer a Willy. Ni un músculo de su cara se alteró, ni una nube veló su rostro, ni se apagó por un instante la sonrisa que brillaba en sus labios.

—¡Que sea enhorabuena! —dijo, tendiéndole la mano con amable indiferencia—. ¡Cuánto tiempo sin verle, y en qué gratas circunstancias vuelvo a encontrarle! ¡No es sólo un triunfo para usted, lo es también para España!

María y Julito, defraudados, se miraron; luego el último dijo:

¡Qué cobarde es el ser humano! Aun el más rebelde se asusta de vivir. Tienen la pretensión de sentir un amor fuerte, grande, invencible, como Lina; ya ves, quería sacrificarlo todo, abandonarlo todo, no vivir sino su amor, como Willy —¡hasta la muerte!—; pues basta un cintajo, una sombra de honor, una caricatura de gloria, para que retrocedan, encaucen la pasión, renuncien a ella. Y entonces lo arreglan todo con echar mano de las grandes palabras, e hinchan los carrillos para decir: honor, deber, familia, religión.

María interrogó con una sombra de melancolía:

—¿Y crees tú que son más felices por eso?

—Mira, no sé. Al menos viven tranquilos; y para las locuras, para las divinas locuras, hace falta una cosa: juventud.

Willy se inclinaba ante Lina:

—Si usted me permitiese, condesa, le presentaría a mi mujer.

Y a un gesto de asentimiento de la dama:

—Lori, la condesa de Monreal, gran protectora mía.

Lori, graciosa, ignorante de aquella tragicomedia, se inclinó modesta, y le mostró el rubio bebé, que la española besó en la frente. Julito se mordió los labios; María hizo una mueca, y luego, dogmatizando, dijo:

—La verdad es que este mundo es un teatro. Cada uno desempeña su papel peor o mejor, y el público calla o aplaude. Un buen día nos distraemos, y comenzamos a hablar por cuenta propia. El público nos silba, y entonces oímos la voz del apuntador, volvemos a nuestro papel y tornan a aplaudirnos.

Callaron; la música sonaba, ligera, alada, en frufruar de vestidos femeninos, abrir y cerrar de abanicos, murmurar de risas en sordina y chasquear de galantes besos, acariciadora, amable; la multitud iba y venía sin objeto, sin norma ni meta; fuera, el mar ritmaba ritornellos meciendo los frágiles barquichuelos, y Lina y Willy, frente a frente, hablaban con amical indiferencia, tal vez con vago asombro de que el amor, el dolor y la muerte hubiesen pasado por sus almas sin dejar huella.


Publicado el 17 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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