Mi Quepis

Alphonse Daudet


Cuento


Lo he encontrado esta mañana, olvidado en el fondo de un armario, deteriorado por el polvo, desflecado en los bordes, oxidado en las cifras, descolorido y casi sin forma. Al verlo, no he podido reprimir una sonrisa:

—¡Hombre!, mi quepis.

E, inmediatamente, he recordado aquel día de finales de otoño, cálido de sol y de entusiasmo, en el que bajé a la calle orgulloso con mi nuevo tocado y golpeando los escaparates con mi fusil, para reunirme con los batallones del barrio y cumplir con mi deber de soldado—ciudadano. ¡Ah! el que me hubiera dicho que no iba a salvar París, a liberar Francia yo solo, se habría expuesto a recibir en el estómago toda la hoja de mi bayoneta…

¡Se tenía tanta fe tanto en aquella guardia nacional! En los jardines públicos, en las plazas, en las avenidas, en las encrucijadas, se formaban las compañías, se numeraban, alineando blusas entre uniformes y gorras entre quepis pues la premura era grande. Nosotros nos reuníamos cada mañana en una plaza de bajos soportales y anchas puertas, llena de niebla y de corrientes de aire. Después de pasar lista a centenares de nombres ensartados como un grotesco rosario, empezaban los ejercicios. Con los codos pegados al cuerpo, los dientes apretados, las secciones salían a paso ligero: ¡izquierda, derecha! ¡izquierda, derecha! Y todos, los altos, los bajos, los presumidos, los tullidos, los que llevaban el uniforme como si estuvieran en el Ambigú, los ingenuos ceñidos por anchos cinturones azules que les daban aspecto de monaguillos, todos marchábamos, girábamos alrededor de la placita, con tanto empuje y tanta convicción…

Todo aquello habría sido tremendamente ridículo de no ser por el sonido profundo del cañón, el acompañamiento continuo que daba desenvoltura y amplitud a nuestras maniobras, daba cuerpo a las órdenes demasiado tímidas, atenuaba las torpezas, las equivocaciones, y en aquel gran melodrama de París sitiado, hacía las veces de esas músicas de fondo que se utilizan en el teatro para proporcionar patetismo a las situaciones.

Lo más hermoso era cuando subíamos a la muralla… Aún me veo en aquellas mañanas brumosas pasando orgulloso por delante de la columna de Julio, rindiéndole honores militares: «¡Porten armas!». Y aquellas largas calles de Charonne llenas de gente, aquellos adoquines resbaladizos sobre los que tanto costaba marcar el paso; luego, al acercarnos a los bastiones, nuestros tambores que batían la carga… ¡Ran! ¡Ran!… Me parece estar allí… Aquella frontera de París era tan sobrecogedora, aquellos taludes verdes excavados para colocar los cañones, animados por las tiendas instaladas, el humo de los vivaques y aquellas siluetas disminuidas que pasaban por arriba mostrando por encima del montón de sacos un trozo de los quepis y la punta de las bayonetas…

¡Oh, mi primera guardia nocturna! Aquella marcha a tientas en la oscuridad, con la patrulla en movimiento, empujándose a lo largo de los taludes mojados, desgranándose por el camino y dejándome a mí el último, subido sobre la puerta de Montreuil a una altura formidable ¡Qué tiempo de perros el de aquella noche!

En el gran silencio esparcido sobre la ciudad y sobre el campo, no se oía sino el viento que corría alrededor de las murallas, inclinaba a los centinelas, se llevaba las órdenes y hacía sonar los cristales de una vieja farola, abajo, en el camino de ronda. ¡Demonios de farola! A cada golpe creía oír arrastrarse el sable de un ulano y me quedaba allí, con el arma en alto y el «¿Quién vive?» en los labios…

De repente, la lluvia se fue haciendo más fría. El cielo se iluminaba sobre París, se veía surgir una torre, una cúpula. Un simón rodaba a lo lejos, una campana tocaba. La ciudad gigante despertaba y en su primer estremecimiento matutino sacudía algo de vida a su alrededor. Un gallo cantaba al otro lado del talud… A mis pies, en el camino de ronda aún oscuro se oyó un ruido de pasos, un tintineo de metales; y a mi «¡Alto ahí! ¿Quién vive?» lanzado con voz terrible, una vocecita, tímida y aterida, subía hacia mí entre la niebla:

—¡Una vendedora de café!

¿Qué quieren ustedes? Estábamos en los primeros días del sitio y nosotros, pobres milicianos ingenuos, nos imaginábamos que los prusianos, pasando bajo el fuego de los fuertes, iban a llegar hasta el pie de la muralla, iban a colocar sus escalas y a trepar por ellas cualquier noche en medio de hurras, con sus teas encendidas agitadas en la oscuridad. Con esas fantasías imaginen si había alertas… Casi todas las noches había gritos de «¡A las armas! ¡A las armas!», despertares sobresaltados, empujones entre los haces de fusiles derribados, oficiales azorados que nos gritaban: «¡Tengan sangre fría! ¡Tengan sangre fría!» para intentar infundírsela a ellos mismos; y luego, cuando se hacía de día, se veía a un miserable caballo escapado, brincando junto a las fortificaciones y comiéndose la hierba del talud, sin imaginar que él solo había equivalido a un escuadrón de coraceros y servido de blanco a todo un bastión armado…

Todo eso es lo que me recuerda mi quepis; un tropel de emociones, de aventuras, de paisajes. Nanterre, La Courneuve, el Moulin—Saquet y el bonito rincón de la Marne donde el intrépido 96º vio el fuego por primera y última vez. Las baterías prusianas estaban frente a nosotros, instaladas al borde de una carretera detrás de un pequeño bosque, como uno de esos caseríos tranquilos cuya humareda se ve a través de las ramas; sobre la vía férrea, al descubierto, donde nuestros jefes nos habían olvidado, llovían los obuses con choques retumbantes y chispas siniestras… ¡Ah! mi pobre quepis, no fuiste demasiado valiente aquel día e hiciste muchas veces el saludo militar, más bajo incluso de lo que convenía. ¡No importa! Son recuerdos bonitos; algo grotescos, pero con un pequeño pompón de heroísmo; si no me recordaras otros…

Desgraciadamente, también están las noches de guardia en París, los puestos en las tiendas por alquilar, la estufa asfixiante, los bancos encerados, las guardias monótonas a las puertas de la alcaldía ante la plaza mojada con ese fango invernal que refleja la ciudad en sus arroyos, la policía en las calles, las patrullas por los charcos, los soldados recogiendo borrachos, vagabundos, prostitutas o ladrones, y esas mañanas pálidas en las que se regresaba con una máscara de polvo y de fatiga, con el olor a pipa, a petróleo, y a viejo fuco pegado a la ropa. Y las largas jornadas imbéciles, los ponches de despedida, las rondas de tragos, los planos de batalla explicados sobre las mesas de café con cerillas, los votos, la política y su hermana la santa inoperancia, aquella inacción que no se sabe cómo llenar, aquel tiempo perdido que te envolvía en una atmósfera vacía en la que se sentían ganas de agitarse, de gesticular. Y la búsqueda del espía, las desconfianzas absurdas, las confianzas exageradas, la salida en masa, el abrirse paso, todas las locuras, todos los delirios de un pueblo cercado.

Eso es lo que recuerdo, horrible quepis, al mirarte. Tú has vivido también esas locuras. Y si al día siguiente de Buzenval no te hubiera echado sobre el armario, si hubiera hecho como otros muchos que se obstinaron en conservarte, en adornarte con siemprevivas y galones de oro, en seguir siendo números desparejados de batallones dispersos, ¡quién sabe a qué barricada habrías terminado por arrastrarme!… ¡Ah!, decididamente, quepis de sublevación y de indisciplina, quepis de pereza, de embriaguez, de club, de chismes, quepis de la guerra civil, no te mereces ni el rincón que te había dejado en mi casa. ¡A la basura!…


Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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