Polinka

Antón Chéjov


Cuento


Las dos de la tarde. Por la gran mercería «Novedades de París», situada en una de las galerías, bulle una muchedumbre de compradores y se escucha el runruneo de las voces de los dependientes, semejante al que suele producirse en el colegio cuando el profesor obliga a todos los niños a estudiarse algo de memoria y en voz alta. Pero ese monótono rumor no interrumpía la risa de las señoras, ni el chirrido de la puerta cristalera de entrada, ni el correr de los chicos para los recados.

Acababa de llegar Polinka. Era una rubia menudilla y vivaz —hija de María Andreyevna, dueña de una casa de modas— y buscaba a alguien con los ojos. Un muchacho se le acercó de prisa y le preguntó, mirándola muy serio:

—¿Desea algo, señorita?

—Ver a Nicolás Timofeich, que es quien me despacha siempre —respondió Polinka.

El dependiente Timofeich, joven, moreno, cuidadosamente peinado, vestido a la última moda y luciendo un gran alfiler de corbata, se había abierto ya sitio en el mostrador y, alargando el cuello, miraba sonriente a Polinka.

—¡Hola, muy buenas! —la saludó con una fuerte y agradable voz de barítono—. Tenga la bondad.

—¡Ah, buenas tardes! —le contestó Polinka acercándosele—. Aquí estoy otra vez... A ver algún agremán...

—¿Para qué lo quería?

—Para un sujetador en la espalda, o sea, para adornar.

—Ahora mismo.

Nicolás Timofeich puso ante Polinka unas cuantas clases de agremán y la muchacha empezó a revolverlas despaciosamente, regateando en el precio.

—Por favor, a rublo no es nada caro —exclamó el dependiente, sonriendo para convencerla—. Es un agremán francés de ocho centímetros... Si quiere, puedo enseñarle otros más baratos: hay uno de a cuarenta y cinco kopecs pero, claro, es peor. Se lo voy a traer.

—Necesito también azabache con botones de agremán —dijo Polinka, inclinándose sobre los géneros y suspirando—. Y ¿no tendría borlas de azabache de este color?

—Sí que tenemos.

Polinka, entonces, se inclinó aún más sobre el mostrador.

—¿Por qué te fuiste el jueves tan temprano de casa, Nicolás? —preguntó en voz baja.

—Me extraña hasta que te dieras cuenta —dijo con sorna amarga el dependiente—. Estabas tan entusiasmada con ese estudiante, que... bueno, no sé cómo te fijaste.

Polinka se ruborizó y no contestó. Timofeich, a su vez, cerró las cajas con manos temblorosas y, sin necesidad de hacerlo, las apiló unas sobre otras. Hubo un instante de silencio.

—También quiero encajes de azabache —habló Polinka, levantando hacia el dependiente unos ojos culpables.

—¿De qué clase los quiere? Los encajes de azabache para el tul lucen muy bonitos. Se llevan mucho negros o de color.

—¿A cuánto están?

—Los hay negros desde ochenta kopecs, y los de color, a dos rublos cincuenta. No iré a tu casa nunca más —añadió Nicolás, bajando la voz.

—¿Por qué?

—¿Que por qué? Pues muy sencillo. Tienes que comprenderlo: ¿para qué me voy a atormentar? ¿Crees que puede gustarme ver cómo ese estudiante hace su teatro?... Entiendo muy bien todo lo que pasa. Desde el otoño anda detrás de ti, casi todos los días se pasea contigo, y, cuando está en tu casa, lo miras como si fuera un ángel. Claro: como estás enamorada de él, te crees que es único. ¡Pues muy bien! No hablemos más del asunto.

Silenciosa y como aturdida, Polinka trazaba invisibles dibujos con el dedo sobre las cajas.

—Lo veo todo perfectamente —insistió el dependiente—: ¿qué necesidad tengo de ir por tu casa? Uno tiene su amor propio; a nadie le gusta ser plato de segunda mesa. ¿Qué me decías antes?

—Mamá me ha encargado que compre varias cosas, pero se me están olvidando... ¡Ah!, me hacen falta plumas.

Alguien se acercaba demasiado y desapareció el tuteo.

—¿Cómo las quiere?

—De las mejores que tenga. Y que estén de moda.

—Las que más se llevan son las de pájaros, y en colores, el morado y el amarillo. Tenemos un gran surtido... No entiendo todo este lío, Polinka. Ahora estás enamorada de ese hombre, pero ¿cómo va a terminar la cosa?

A Nicolás Timofeich se le marcaron unas manchas rosadas junto a los ojos y, mientras seguía hablando, estrujaba con las manos una cinta sedosa.

—¿Te figuras que se va a casar contigo? ¡Qué equivocada estás! Los estudiantes no pueden casarse y, además, no creo que vaya por tu casa con buenas intenciones. Todos esos nos consideran a los del comercio como si no fuéramos personas... Visitan a los comerciantes y a las modistas para distraerse, para burlarse de nosotros, que no sabemos tanto como ellos, y para emborracharse. En sus casas y en las de la gente de categoría les da vergüenza, pero en las de la gente sencilla, en las de las personas que no son tan cultas, como nosotros, no tienen ningún reparo; entran hasta sin zapatos... Bueno, ¿qué plumas vas a llevarte por fin?... Y si ese anda rondándote, ya sabes las intenciones que lleva: cuando llegue a médico o abogado, dirá: «¿Qué habrá sido de aquella rubia que fue novia mía?». De ahí no va a pasar. Ten la seguridad de que también en este momento estará presumiendo entre sus compañeros de tener a su disposición una modistilla guapísima...

Polinka se sentó, mirando distraídamente el montón de cajas blancas.

—No, no me llevo las plumas —dijo con un suspiro—. Que venga mamá y compre las que quiera, porque yo puedo equivocarme. Dame seis varas de galón, del de cuarenta kopecs la vara, y botones blancos de los fuertes.

Nicolás le preparó un paquete con los géneros que ella había pedido y Polinka lo miraba, esperando oírle decir algo más. Pero el dependiente guardó silencio y, pensativamente, se dedicó a poner las plumas en orden.

—¡Ah, que no se me olviden los botones para la capa! —dijo Polinka al cabo de un momento, pasándose el pañuelo por los labios pálidos.

—¿Cómo los quieres?

—Estamos haciéndole una capa a la mujer de un nuevo rico. Dámelos llamativos.

—Sí: si son para la mujer de un nuevo rico, tienen que ser un poco chillones. Los hay de varios colores: azules, rojos, dorados... Los clientes de otros gustos nos los compran negro mate con un cerco brillante... Solo que no comprendo cómo no te das cuenta: ¿en qué van a acabar esos... paseos?

—Ni yo misma lo sé —murmuró Polinka, inclinándose sobre los botones—. Ni yo misma sé lo que me está pasando, Nicolás.

Por detrás de Timofeich, y obligándole a estrecharse contra el mostrador, se deslizó otro dependiente, robusto y con patillas, que estaba diciendo con gran cortesía:

—Señora, tenga usted la bondad de pasar a esta otra sección. Tenemos tres clases de jerséis: lisos, con dibujos y con adornos de azabache. ¿Cuál de ellos prefiere?

Al mismo tiempo cruzó junto a Polinka una señora gruesa, que hablaba con voz hombruna, casi de bajo.

—Pero haga el favor de darme uno que no tenga costuras, puro tejido —decía.

—Disimula como si estuvieras escogiendo algo —se inclinó Nicolás hacia Polinka, procurando reprimir la voz y con una sonrisa forzada—. Estás desencajada, pálida, ¡pareces una enferma! Ese va a dejarte. Y si llega a casarse contigo, no va a ser por amor, sino por hambre: atraído por tu dinero. Viviría estupendamente de tu dote y, además, se avergonzaría de ti. Nunca te llevaría con sus amigos, porque no eres culta, porque no puedes alternar con médicos y abogados. Para todos esos eres una modistilla, una ignorante...

—¡Nicolás! —gritó alguien desde más allá del mostrador—. Aquí una señorita quiere tres varas de nicó. ¿Tenemos?

Nicolás Timofeich se volvió sonriente y gritó:

—¡Sí! Hay cintas de nicó, de otomán con satén y de satén con moaré.

—¡Ay!, y me dijo Olia que no se me olvidara llevarle un corsé —habló Polinka.

—Tienes los ojos llenos de lágrimas —advirtió, asustado, Nicolás—. ¿Qué te pasa? Vamos a ver los corsés y así te esconderé de las miradas de la gente; no está bien que te vean en ese plan.

Sonriendo forzadamente y con exagerada soltura, el dependiente condujo a Polinka a la sección de corsés y la escondió del público tras una alta pirámide de cajas.

—¿Qué corsé prefiere? —preguntó subiendo el tono, y en seguida añadió en voz baja—: ¡Sécate esas lágrimas!

—Deme.. deme usted uno de cuarenta y ocho centímetros. Pero me lo pidió doble, con forro y con ballenas resistentes. Necesito hablar contigo, Nicolás. Vete luego por casa.

—¿Hablar de qué? No tenemos más que hablar.

—Eres el único... que me quiere y, aparte de ti, no tengo con quien hablar.

—Y esto no es caña ni hueso, sino ballena auténtica... ¿De qué, de qué vamos a hablar? No tenemos nada que decirnos. ¿No vas a salir de paseo hoy con él?

—S... sí.

—Bueno, y entonces ¿de qué quieres que hablemos? Las conversaciones no conducirían a nada. ¿Estás o no estás enamorada de él?

—Sí —susurró Polinka indecisa, mientras le caían lagrimones de los ojos.

—Entonces ¿de qué vamos a hablar? —repitió Timofeich, encogiendo los hombros nerviosamente—. No tenemos nada que decirnos. Sécate esas lágrimas, y se acabó Yo... yo no quiero nada.

En ese momento se acercó a la pirámide de cajas un dependiente flacucho, que le decía a su clienta:

—¿Y no le hace falta un buen elástico para ligas? Es una goma que deja circular la sangre bien. Los médicos la recomiendan mucho...

Nicolás Timofeich hacía todo lo posible por ocultar a Polinka y, procurando disimular sus aprietos, contrajo el rostro en otra penosa sonrisa y decía en voz alta:

—Hay dos clases de encaje, señorita. En algodón y en seda. Tenemos los orientales y también ingleses, de Valenciennes, crochet y torchon; de algodón todos estos. Pero los rococós, sutás y cambras son de seda, y de la buena... ¡por lo que más quieras, sécate esas lágrimas, que viene gente!

Y al ver que la muchacha seguía llorando, continuaba anunciando cada vez más fuerte:

—Españoles, rococós, sutás, cambrés... ¡Medias de hilo de Escocia, de algodón, de seda!...


Publicado el 7 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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