Apuntes para el Cuadro "La Belleza del Verano"

Arturo Robsy


Cuento


El sol, desnudo como un niño, había tardado toda la mañana en subir a lo alto. Cansado y todo, irradiaba como era su obligación, instigado por el gremio de los hoteleros y por el de los alquiladores de sombrillas.

El buen astro, imbuido de la más pura ortodoxia democrática, irradiaba a todos por igual, sin pedirles copia de su declaración de la renta, sin preocuparse por cegar a un rico o por dar a un pobre el atezado de un capitán de yate.

Aunque Don José de Espronceda lo hubiera desaprobado, la luna no rielaba en el mar por hallarse fuera de turno. El sol, para cumplir con la imagen poética, sólo podría reverberar. El viento, ya dentro de su tradición, procuraba gemir en la lona de nylon de los "snipes" alquilados a tanto la hora. El tal viento, poco espabilado, no llevaba porcentaje a pesar de soplar a dos carrillos.

El mar, siempre al acecho, se colaba entre las piernas de las mujeres, arriesgándose a un juicio por violación. No obstante, si alguien preguntaba, daba a entender que él era La Mar.

Las avispas, en su eterna búsqueda de una gota de cocacola, aterrizaban en las brillantes tripitas de las jóvenes, emprendiendo exploraciones a las selvas del sur y a las montañas del norte. Al ser avispas, no sacaban excesivas ventajas de sus hallazgos, aunque solían comentar las vistas, con aire pícaro, de regreso al avispero.

Adelfas y arrayanes cercanos, conscientes de llevar un nombre unido a la tradición, insistían en perfumar el ambiente, gastando en ello casi todas las leyes de Mendel acumuladas durante el invierno.

Aerosoles y untes varios, sintiéndose agredidos, extendían su olor a aceite que, al caer sobre las carnes desnudas, daban al entorno un aroma de freiduría. La arena, siempre maliciosa, aprovechaba la extraordinaria ocasión para adherirse a la piel y, si la ocasión lo valía, hacer visitas de cortesía a los ojos.

En la zona nudista, bandas de fabricantes de bañadores meditaban en cuán poco dura el placer mientras esparcían puñados de hormigas rojas por los alrededores, convencidos de que Dios ayuda a los que se ayudan.

El horizonte, malhumorado, seguía sin conseguir permiso para acercarse un poco más y contemplar en detalle el líquido que hacían pasar por cerveza los nuevos Hermanos de la Costa. Afortunadamente casi todos los médicos ya sabían extraerlo con ayuda de unos tubos de plástico y una pera de goma.

Las olas, con viejo instinto, descubrían a la primera ojeada a los nadadores menos expertos, induciéndoles con malas artes a tomarse un inoportuno trago que purificara sus cañerías interiores.

En lo alto, entre el sol adormecido y el mar libidinoso, expandido y satisfecho, el espíritu de los fabricantes de acondicionadores de aire ocupaba todo el espacio que dejaban libre los chorros de sudor evaporado y el olor de culto al cuerpo.


Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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