Cómo Ser un Sinvergüenza con las Señoras

Arturo Robsy


Novela, Cuento, Manual


Índice

PRINCIPIO Y JUSTIFICACIÓN
EL SINVERGÜENZA EN LA HISTORIA
LECCIÓN PRIMERA. ¿QUE ES LA MUJER?
PSICOLOGÍA Y OROGRAFÍA
LECCIÓN SEGUNDA: COMO ELEGIR PIEZA
LECCIÓN TERCERA: EL MÉTODO PERFECTO
LECCIÓN CUARTA: EL SEGUNDO MEJOR MÉTODO
LECCIÓN QUINTA: EL MÉTODO DIRECTO
LECCIÓN SEXTA. EL MÉTODO MAS ANTIGUO: EL PALEOLÍTICO
LECCIÓN SÉPTIMA. EL MÉTODO MAS SEGURO: "A LA GANDOLA"
LECCIÓN OCTAVA: MÉTODOS EXTRAÑOS
EL MÉTODO FELIPE
EL MÉTODO ONÍRICO
EL MÉTODO DE LAS ESQUELAS.
LECCIÓN NOVENA: UN POCO DE SERIEDAD
LECCIÓN DÉCIMA. HOLA Y ADIÓS
ANEXO I: EL DESNUDO Y EL SINVERGÜENZA
ANEXO II: FEMINISTAS Y POLITIZADAS
ANEXO III: PESE A TODO

PRINCIPIO Y JUSTIFICACIÓN

Eran las nueve y media de agosto o, para ser precisos, de una noche del mes de agosto. Felipe, Jorge y yo acabábamos de salir del gimnasio, de una sesión de karate en la que el profesor nos había demostrado, de palabra y de obra, cuánto nos faltaba para llegar a maestros.

Aceptablemente apaleados, decidimos llegar hasta una playa cercana a procurarnos cualquier anestésico en vaso para combatir los dolores físicos y morales y, de paso, disfrutar del clima, de la flora y de la fauna.

Yo era entonces —y aún se mantiene la circunstancia— el mayor de los tres y, por lo tanto, el experto. Además, después de hora y media de karate me sentía por encima de las pasiones humanas o, mejor dicho, por debajo de los mínimos exigibles para cualquier hazaña.

Nos estábamos en la barra, rodeados de cerveza casi por todas partes, cuando llegaron dos inglesitas, jovencísimas aunque perfectamente terminadas para la dura competencia de la especie. Felipe y Jorge sintieron pronto el magnetismo y, cuando vieron que ocupaban una mesa solas, saltaron hacia ellas entre cánticos de victoria y ruidos de la selva.

Las muchachas, que sin duda habían oído hablar de los latin lovers y otras especies en extinción, les acogieron, se dejaron invitar y mantuvieron una penosa conversación chapurreada.

A distancia, yo vigilaba la técnica de mis amigos. ¡Bah! Todo se reducía a ¿de dónde eres?, ¿cuándo has llegado?, ¿qué estudias? y ¿te gusta España? Se me escapaba cómo pensaban seducir a las chicas con semejante conversación.

Gracias a la distancia —y, quizá, a la cerveza que seguía rodeándome observé que las extranjeras estaban repletas hasta los bordes de los mismos pensamientos que mis amigos: cuatro personas, como aquel que dice, pero una sola idea: ¿Cómo hacer para tener una aventurita?

Como yo, gracias al karate, había dejado atrás toda humana ambición, concluí mis observaciones con una sonrisa de suficiencia y me puse a pensar en algunos graves misterios de la vida. ¿Por qué, por ejemplo, las personas que quieren lo mismo, y lo saben, en lugar de manifestarlo a las claras, se ponen a hablar del tiempo? ¿Un exceso de lecturas de Agatha Christie?

Quince minutos después se me acercó Felipe: había constatado —o lo que él hiciera creyendo que constataba— que las cosas no iban bien. Habían pegado la hebra, pero más allá no sabían ir. Felipe acudía por si yo, que era el mayor, tenía alguna sugerencia que mejorara la situación.

—Muérdele la oreja. —dije, cediendo a una inspiración transitoria.

—¿A cuál?

—A la morena que no lleva pendientes, no sea que te partas un diente. Arriba, no; en el lóbulo.

Sin embargo, mi ocasional alumno no estuvo a la altura. Avanzó varias veces hacia el objetivo. En una de ellas hasta abrió la boca, pero acababa siempre retirándose hasta sus posiciones anteriores. Estaba claro que le fallaba el valor.

Diez minutos más, durante los que Felipe sufrió bailando entre el sí y el no, y se me acercó:

—No me sale. —gimió.

—Es bien fácil: pones la boca a la distancia oportuna y muerdes. Si el pelo te estorba la maniobra, lo apartas delicadamente con una mano.

Felipe, a aquellas alturas, dudaba ya de mi capacidad como profesor. Dudaba mucho.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.

Aunque seguía por encima de las pasiones humanas, decidí actuar para demostrar la verdad de mis tesis y para preservar mi fama de cualquier mácula. Había que descubrir a la humanidad que el camino para llegar a aquella inglesita morena pasaba por el mordisco en la oreja.

—My friend Arthur. —dijo Felipe, mostrándome.

Sonreí a mi víctima, me senté a su lado y pregunté si alguien quería volver a beber: la cortesía me exigía no morder sin antes convidar. Después dirigí mis ojos a los de la chica y puse la mirada más ardiente que encontré en el almacén. Luego, ante la expectación de mis amigos, pronuncie unas sentidas palabras:

—Tienes el cuello muy bonito.

—Gracias.

Aparté el pelo que rodeaba su oreja derecha y, con una sonrisa de triunfo, se la mordí. La muchacha, sorprendida o no, se estuvo quieta, sin alborotar. Volví a morder, aprovechando las facilidades y, para demostrar mi éxito, repartí unos cuantos besos aquí y allá.

Mis amigos tomaron buena nota y, después de llevar a las chicas a sus casas y citarse con ellas, me expresaron su admiración:

—¡Qué tío! Lo que sabes.

¿Y si de verdad sé algo?, me dije. ¿No sería una lástima que estos conocimientos se perdieran para las generaciones futuras? Así es como nació el proyecto de este libro de enseñanza y, como hombre agradecido, guardo un recuerdo para la oreja de una desconocida que jamás volví a ver.

Cuando llegó la hora de la siguiente cita, mis amigos partieron como un viento del norte: silbando.

—¿No vienes?

—Tres entre dos. —advertí— Id vosotros.

Por la mañana supe que las cosas habían ido relativamente bien y que, más o menos, estaban emparejados para los próximos doce días.

—Fulanita —me dijo Felipe— no ha dejado de preguntar por ti. Fulanita es la de la oreja.

Y siguió preguntando por mí hasta que tomó el avión para su Patria. Seguramente fui el primer hombre que le mordió la oreja. Nunca se sabe qué puede hacer mella en el espíritu de una mujer pero, sin duda, los mordiscos en la oreja son una poderosa herramienta.

NOTA BENE

Cada maestrillo tiene su librillo y cada sinvergüenza su Enciclopedia Espasa. Aquí vamos a hablar de una clase de sinvergüenzas, los conquistadores con o sin éxito, incluidos en el viejo arquetipo español del Don Juan. No hablaremos de otros sinvergüenzas más peligrosos, del ladrón al falsario, ni de los canallas que pegan a las mujeres o las explotan, ni de los locos que se dejan pegar por ellas, ni de la enorme variedad de depravados en cuya fabricación parece estar especializándose nuestra codiciosa sociedad.

Los sinvergüenzas objeto de este estudio, al lado de tantos otros, son unas almas de la caridad y, salvo en algunos aspectos, unos caballeros, amantes admiradores de la belleza y algo obsesivos cazadores de la mujer. Claro que la caza de la mujer sólo es el paso obligado para cumplir con el mandato bíblico: creced y multiplicaos.

¡Ah, ¡la multiplicación! Una de las operaciones que más tinta ha hecho correr y que más ha entretenido al ser humano hasta el invento y difusión de la televisión. Millones de años después de descubrirse la multiplicación de la especie, sigue teniendo atractivo.

¿Quién no ha visto, en las proximidades de alguna playa mediterránea, a una rubita conduciendo una vespa rosa y ha pensado "Señor, señor"? Pues el sinvergüenza del que tratamos es el que no piensa "Señor, señor". El va y actúa.

EL SINVERGÜENZA EN LA HISTORIA

Para que nadie sienta complejos, dado lo arduo de la empresa de ser un buen sinvergüenza, conviene dar un repaso rápido a la historia: alivia a la moral que titubea.

Zeus era un sinvergüenza. No les digo más. Con aquellos fantásticos poderes y una imaginación desbordada, tan pronto se hacía pasar por cisne como por toro o por lluvia, y había pocas mortales seguras cuando l rondaba por las cercanías. Un maestro.

Con esto queda desmentido el viejo tópico sobre el oficio más viejo del mundo: primero, el sinvergüenza; después, lógicamente, la mujer engañada que, por solidaridad, va reuniéndose en casas a tal propósito.

Sin salir de la vieja Grecia, cuna de nuestra cultura occidental, práctica y discutidora, los sinvergüenzas se nos presentan a cientos. Divinos, como Marte, Apolo y Pan. Heroicos, como Teseo, que engañó miserablemente a Ariadna, o Jasón con su historia de Medea. El mismo Edipo nunca se quedó atrás. O sinvergüenzas simplemente humanos, como Alejandro, especialista en princesas.

Quizá el más famoso de estos últimos fue Paris que, al raptar a Helena, hizo posible uno de los más hermosos poemas épicos de la historia. Es probable que la gran abundancia de sinvergüenzas obligara a las mujeres a organizarse en corporaciones de amazonas que, de todos modos, no salvaron a Pentesilea de su cruel destino.

Ulises, el más sagaz de los griegos, tuvo sus aventurillas con Circe y con Nausikaa, y las hubiera tenido con las sirenas si su precavida tripulación no le hubiera atado convenientemente al mástil de su barco. Aquiles mismo, tan fuerte e invulnerable, tonteó con Briseida, aunque también con Patroclo.

El mundo antiguo parece haber sido un hervidero de sinvergüenzas, de Herodes a Ovidio, desterrado por golfo al Ponto; de César a Calígula o de Marco Antonio a Tiberio. Petronio, gran cronista y sinvergüenza él mismo, nos habla del banquete de Trimalción: pues Trimalción, que era muy parecido a un personaje de nuestra jet—set, comía aparte. Créanme: una fiera.

En la Edad Media el sinvergüenza se refugia en la nobleza y en los estudios, llegando incluso a la santidad, tal como le sucedió a San Francisco de Asís. Nos han quedado vestigios en verso de las hazañas de los goliardos, y no son de despreciar las barbaridades que cometió Villón, con envidiable despreocupación. También tenemos la constancia de cómo los nobles se las apañaron para hacerse con el derecho de pernada, aunque para ejercitarlo no hacía falta más talento que ser señor de un buen puñado de siervos y de siervas de la gleba.

Nuestro Arcipreste de Hita, Ruiz, hacía de las suyas y lo ponía en verso para mejor conservarlo en la memoria: don Carnal y doña Cuaresma le apretaban. El mismo López de Ayala parece que no paraba de perseguir serranas aquí y acullá, aunque no despreciaba a las pastoras, a las que deleitaba con cultísimos versos que debían provocar no poco desconcierto entre aquellas analfabetas.

El Renacimiento mismo alborea con obras como el Decamerón de Bocaccio y los Cuentos de Canterbury de Godofredo Chaucer, a través de los que se consigue una clarísima visión de cómo se las apañaban los sinvergüenzas de aquellas sociedades artísticas pero poco tecnológicas.

Para atenernos a España, ¿se puede o no llamar sinvergüenza a Don Rodrigo, Cava arriba, Cava abajo, hasta que provocó la invasión musulmana y se dio cuenta de que ya no poseía una villa que pudiera llamar suya? Cuentan que Felipe IV, para entretener la soledad del mando, abría butrones en los muros de los conventos para capturar monjas de buen ver. Carlos I tuvo tres esposas, pero no sólo a ellas: era un hombre a caballo entre la Edad Media y el Renacimiento. ¿Y Alfonso XII y sus salidas de tapadillo? ¿Y la desmedida pasión por las señoras que sentía el doctor Negrín?

La lista sería imposible: Hernán Cortés con La Malinche. Calixto con Melibea; los Amantes de Teruel, cada uno con el otro; Don Juan con Doña Inés y otras muchas; el poeta Espronceda, con su Teresa portuguesa, parece que fue un romántico con mucho éxito. ¿Y Godoy?

Nuestra misma actualidad parece estar llena de personajes importantes que sinvergonzonean con mayor o menor fortuna, desde la empresa pública o desde la privada; desde la poltrona o desde la Costa del Sol.

Por eso extraña, con tanto ejemplo real, que uno de los arquetipos españoles se haya fijado en un personaje de ficción: Don Juan Tenorio, también llamado, algo antes, el Burlador de Sevilla. Cierto que Tenorio parece haber existido, pero su fama es pura ficción.

¿No será que, más que a la imagen del conquistador, nuestro arquetipo responde a la figura del que se imagina serlo y cuelga carteles con sus hazañas? Y, por otro lado, en una tierra a la que tantos acusan de ser famosa por su implacable represión, ¿cómo es posible que uno de los héroes nacionales sea el don Juan, que poco reprimido ha estado en los últimos quinientos años?

¿Cómo es posible que una de nuestras obras cumbres del teatro renacentista y de toda nuestra literatura sea la vida y muerte de una alcahueta, la Celestina, y los desaforados amores de Calixto y Melibea, nada puros ni inhibidos, por cierto?

En España los sinvergüenzas con las señoras gozan de un extraordinario cartel, incluso entre ellas. Se les admira, y no en secreto sino a voces, desde los escenarios. Recuerden el prolongado éxito de la obra de Alfonso Paso Enseñar a un sinvergüenza. Algo hay.

Hasta los más despiadados enemigos de Don Alfonso Guerra, después de propinarle una crítica demoledora en su tertulia, vacilan un momento y le dan un punto positivo: Sí, pero hay que ver cómo se le dan las señoras. En cambio, en tierras tradicionalmente menos reprimidas, estas cosas pueden costar un ministerio o la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos o a la del Tribunal Supremo de la misma nación.

En otros lugares, más influidos por la moral calvinista que equipara la riqueza a la bendición de Dios y por ella mide el éxito humano del individuo, acumular dinero es garantía de una vida feliz y admirable. Aquí, con razón o sin ella, se admira más al Don Juan que al Don Juan March, y el triunfo es más hermoso y envidiable medido en señoras que en pesetas.

Aplíquese el lector porque ser un sinvergüenza ayuda a triunfar, siempre que uno no descienda a la categoría de canalla. Hay que tener estilo. Sobre todo, estilo. Un sinvergüenza que acepta de las señoras algo más que su cuerpo, acaba recibiendo feos sobrenombres.

Un amigo mío, un gran muchacho lleno de vida y de alegría, después de muchos problemas con las chuletas, consiguió ser médico ginecólogo. Salvo ocasionales correrías en los cotos de enfermeras, no se le podía acusar de nada al pobre hombre. Al contrario: era un tímido que sólo reaccionaba cuando la mujer se le había insinuado diez o doce veces o se lo pedía a las claras.

Medico a fin de cuentas, pronto descubrió que con su sueldo de la Seguridad Social nunca sería un ciudadano de importancia, y decidió abrir una consulta particular. Al cabo de dos meses tuvo que enfrentarse a la cruda realidad: las señoras no acudían a la consulta y, la que iba, no volvía jamás.

Parecían preferir a un médico próximo a la jubilación, desatento siempre, que las trataba a gritos en muchas ocasiones. Además, semejante ciudadano no se había puesto al día en su materia durante los últimos cuarenta años. Mi amigo, en cambio, estaba a la última, leía revistas y disponía, además, de una consulta con aire acondicionado.

—Quizá si me dejo la barba parezca más respetable.

Le mire, tratando de hacerme cargo de su problema. Tenía cara de buen chico, de esos que dan un rodeo para no pisar a una hormiga.

—A lo mejor se han enterado de lo que me pasó con aquella enfermera. —murmuró— Siendo ginecólogo, estas cosas son muy delicadas.

—No sé —confesó— Nunca me ha atendido un ginecólogo e ignoro lo que las pacientes esperan de él.

Acudí a una de mis más antiguas amigas, a la que había tenido el placer de engañar varias veces sin resabiarla, y le pedí que fuera a la consulta a que le hicieran un buen reconocimiento. Luego me informó:

—Parece muy meticuloso. Sólo te toca cuando es estrictamente necesario. Pero...

El pero era lo que me interesaba:

—No me gustan los médicos que se ponen nerviosos cuando me ven desnuda.

—¿Se pone nervioso?

—Y colorado. Tiembla. Le tiemblan las manos, los ojos y la voz. Parece un gusano con problemas: no se atreve a mirarte de frente cuando estás sin ropa.

—¿Y eso es malo?

—Malísimo.

No tenía más remedio que confiar en la palabra de mi amiga. Si las mujeres reaccionaban así ante la timidez de su médico, el mío estaba perdido. Necesitaba una intensa campaña de imagen..

—Mal te veo. —le dije.— Eres demasiado correcto y educado y no miras de frente a tus enfermas.

—Lo hago para no ponerlas nerviosas. Si tú estuvieras enfermo y desnudo en mitad de una habitación desconocida, ¿te gustaría que una mujer te echara miradas descaradas?

—Ni descaradas ni de las otras. Eso no me lo dejo hacer. Ni siquiera le enseño la dentadura a la enfermera de mi dentista.

Comprendía los reparos del médico y comprendía los reparos de mi amiga. Estábamos frente a un caso de incompatibilidad moral, de manera que dediqué al problema mis más potentes pensamientos:

—Vas a tener que dar un escandalazo. —dije al fin.

—¿Estás loco? ¿Crees que un ginecólogo puede hacer esas cosas sin caer en la miseria? ¿Qué mujer iría a mi consulta?

—¿Qué mujer va?

Era un pobre antiguo y había que tener paciencia con él, pero, por más que se lo explicaba, se negaba a entender que la sinvergonzonería produce beneficios en nuestra tierra. Buena imagen.

—Mañana, muy tranquilo, le metes mano a la primera enferma que te entre en la consulta.

—Ni hablar. Yo no puedo hacer eso.

—Con un poquito de coñac, sí. Te va en ello el futuro.

—Me dará una bofetada.

—A lo mejor.

—Y, si está casada —insistió él, muy optimista—, vendrá su marido con una pistola.

—Lo dudo mucho. Si tiene un marido capaz de agarrar una pistola, también debe de ser capaz de darle una paliza a ella y, en ese caso, no se lo dirá.

—Pero, el Colegio de Médicos...

—Oye: si no se lo dice al marido, menos al colegio de médicos. Lo que hará será contárselo a sus amigas; a lo mejor presumiendo. Y eso es lo que queremos.

—¿Lo queremos?

—Sí. Tú mañana le metes mano a una. Que note bien que te recreas en la suerte, aunque no digas una palabra. Que no se pueda confundir sobre tus intenciones. Nada de toquecitos profesionales: al bulto.

—Me moriré de vergüenza.

—Bueno, pero después.

Trabajaba por la mañana en la Seguridad Social y, por la tarde, abría la consulta. Cominos juntos o, mejor dicho, comí yo preocupándome de que él se anegara en vino. Luego, las copas del café.

—¿Cómo va ese espíritu?

—Por debajo de la superficie desde hace rato. Creo que se me ha ahogado.

Le ayudé a ponerse la bata y le empujé a su despacho. La primera enferma, ni guapa ni fea, salió media hora después, mostrando unos saludables colores. No pálida de ira.

—¿Qué? —le pregunté.

—¡Uf! Me miraba de un modo...

—¿Qué ha dicho?

—Nada. Como si no lo notara.

—Esto va bien. Mira: para asegurarnos, aplícale el mismo tratamiento a la segunda.

En realidad, aquella tarde había bastantes clientes y mi amigo ginecólogo no dejó escapar a una sola sin su ración. Iba cogiéndole gusto.

—No está tan mal. Si mañana no estoy detenido, quizá abra un poco antes y...

—Ni hablar: han sido ocho visitas. Tendrás que esperar al mes que viene.

La voz se corrió. Y la voz decía que mi amigo era un buen médico, pero algo aprovechado. Desde entonces, su consulta empezó a prosperar y las enfermas, cuando le veían enrojecer y temblar, lo achacaban a la dificultad para reprimir sus poderosos deseos.

Hoy es un médico de éxito gracias a su falsa fama de sinvergüenza.

Con este ejemplo se quiere indicar al aprendiz que los estudios que inicia en la página siguiente no son un lecho de rosas: es muy difícil entender a las mujeres y, más todavía, sacar partido de lo poco que los hombres hemos averiguado de ellas al cabo de diez mil años de observaciones entusiastas.

Las siguientes lecciones darán una orientación sobre los mejores métodos para sinvergonzonear, pero, como se insistirá a lo largo del libro, todo es relativo con ellas. Todo menos una cosa: para ser un buen sinvergüenza hay que esforzar mucho el corazón. Y no ser un don Juan. Nada de presumir. La clave está en que sean ellas las que hablen de ti. Entre ellas.

LECCIÓN PRIMERA. ¿QUE ES LA MUJER?

Un poeta tendría mucho qué decir si se le diera la oportunidad con esta pregunta. También un tocólogo y, sin duda, muchos recién casados se desatarían en cánticos, inspirados por la ceguera temporal de su situación.

Pero para llegar a ser un sinvergüenza aceptable hay que rechazar los cantos de sirena y, siempre que la configuración psicológica lo permita, atenerse a la más estricta realidad. Por ejemplo, a todos nos consta que las mujeres tienen alma, pero, ¿qué puede hacer un sinvergüenza con el alma de una mujer? ¿Ponerla en una repisa y contemplarla?

Tome nota el aprendiz: Eche un velo sobre el alma de la mujer.

Una poderosa corriente de opinión insiste en la inteligencia de la mujer. Es temible. Cuando come una manzana —señala la corriente— se las arregla para que alguien la coma con ella. Cuando decide que su marido se tire por la ventana, apunta el tópico, lo mejor es vivir en una planta baja.

Pero, ¿qué puede hacer un sinvergüenza, aun uno modesto, con la inteligencia de una mujer? ¿Pasarse la vida suministrándole libros que la alimenten? ¿Emplearla como contable? ¿Y eso no sería una condenada forma de desaprovechar a la mujer en cuestión?

En otras palabras: el sinvergüenza, si tal es su capricho, puede reconocer el alma y la inteligencia de la mujer, especialmente para descubrirlas a tiempo y resguardarse. Pero el sinvergüenza debe abstenerse de ver a la mujer bajo ese aspecto y, como ya se ha dicho, debe limitarse a lo más material de la persona: a cuanto se puede tocar o palpar.

Digan lo que digan algunas feministas embravecidas, una mujer es un ser maravilloso que puede distinguirse por su rostro lampiño y suave, por sus cabellos largos, en muchos casos teñidos, por su cuello delgado sin nuez y, navegando de norte a sur ojo avizor, por un sinfín de detalles que, tras una severa inspección, no dejarán lugar a dudas.

Para los más distraídos, he aquí una regla de oro: es el ser más parecido al hombre de los que se ven en la naturaleza. Anda erguido, aunque con una ondulación muy peculiar, y habla. Habla mucho y la opinión más extendida es que lo hace para expresar pensamientos.

Por lo demás, Dios ha puesto en ella el don más poderoso de la tierra: la belleza. Cierto que hay mujeres feas, pero nunca tanto como un hombre.

PSICOLOGÍA Y OROGRAFÍA

a) PSICOLOGÍA

Muchos varones darían un brazo por desentrañar la psicología de la mujer; unos con fines estrictamente científicos y otros, los más, con intenciones lúdicas. Ojo: lúdico y lúbrico se parecen, pero no son lo mismo.

Al aprendiz de sinvergüenza le conviene saber que cada mujer es distinta pero, en conjunto, son muy parecidas entre sí. Su anatomía les impone unas pautas de conducta, y sus glándulas, otras. Como todas tienen anatomía y glándulas, de ahí las semejanzas.

Si uno persiste en ver a una mujer como a un individuo aislado, alguien llamado María o Sandra, jamás entenderá su alma. El aprendiz de sinvergüenza debe sacar factor común y atender solamente a la psicología que todas comparten.

Por ejemplo: ¿Qué es lo que hace que las mujeres lleven faldas? El convencimiento de que sus piernas son atractivas.

Pero, entonces, ¿qué es lo que les induce a vestir pantalones? Lo mismo: el convencimiento de que sus muslos o sus caderas merecen especial atención.

Ya tenemos uno de los rasgos característicos de la psicología de la mujer: la intención, consciente o inconsciente, de captar la atención tanto de los hombres como de las otras mujeres. En otras palabras: la mujer lucha por diferenciarse como individuo, pero para diferenciarse, curiosamente, resalta lo común a todas las mujeres: su especial estructura mortal.

El futuro sinvergüenza no debe caer en esta trampa. Una mujer es siempre una mujer. No debe meterse en ningún otro vericueto psicoanalítico: a todos los efectos, sólo le interesa saber si sí o si no.

NOTA ERUDITA

Si el sinvergüenza en ciernes quiere, sin embargo, una visión más seria, le conviene saber que, según JUNG, muchas mujeres pertenecen al tipo INTROVERTIDO SENTIMENTAL

¿Qué es eso? Pues personas con los siguientes rasgos: es dificilísimo captar sus sentimientos, aunque los tienen. Una esfinge: cerrada, silenciosa e inaccesible. Todo en ella se desarrolla en lo profundo. Lleva una máscara de indiferencia y sus actos suelen obedecer a emociones cuidadosamente ocultas. Parece tranquila y poco desconfiada. Despierta simpatías, sobre todo cuando enseña los muslos. Ninguna emoción se manifiesta al exterior, pero su interior hierve en pasiones.

Pero, cuidado. Dos aclaraciones: no todas las mujeres son así y, por supuesto, las que lo son, lo son mientras no cogen confianza con el hombre. Luego sí se le manifiestan. Y con exigencias.

LO FUNDAMENTAL

Lo fundamental de habernos asomado al pensamiento de un tipo tan prestigioso como Jung estriba en tomar buena nota de algo muy común a todas las mujeres: Son sentimentales. Usan y abusan de la imaginación y, hagan lo que hagan, son muy capaces de tener media mente, o tres cuartos, absorta en sus fantasías. No exteriorizan sus verdaderos sentimientos ni sus deseos ocultos (sobre todo al hombre) y hierven en pasiones, pero en el interior.

El sinvergüenza debe apañárselas para sacar fuera esas pasiones y ver qué puede hacer con ellas.

MUCHOS MÉTODOS DE CLASIFICACIÓN

Al llegar aquí, el estudioso de sinvergüenza ya habrá descubierto, con horror, que la cosa es difícil y quizá esté pensando en cómo echar en un diván de psiquiatra a cada señora para, en tal posición, escarbar en su mente. Cuidado: si a una señora tumbada en un diván se le intenta escarbar la mente, suele ofenderse: ella muy probablemente haya consentido en tomar tal posición bajo otras expectativas.

A la mujer, como se ve, se la puede clasificar siguiendo multitud de criterios. Rubias, morenas y pelirrojas, por ejemplo. Los exigentes pueden añadir un cuarto grupo: el de las castañas. El hombre normal suele tener su tipo ideal y en él ocupa lugar preeminente el color del pelo, la capa. Pero el buen sinvergüenza, si quiere triunfar en su difícil empeño, debe olvidarse de ideales y arquetipos.

Rubias, morenas, castañas y pelirrojas, todas son mujeres y no es justo discriminar. Discriminar conduce al enamoramiento y un enamorado no puede ejercer de sinvergüenza hasta que se le pase.

Mejor es, pues, dividir a las mujeres en guapas y feas. Descartadas las feas, las guapas pueden ser delgadas o llenitas, altas o bajas, simpáticas o ariscas.

Todas las guapas saben que lo son, y muchas feas también: "Sí, sí, la nariz, pero, ¿qué me dices de estos ojazos?"

Pero, aunque sepan de sobra cuanto se pueda saber sobre su propia belleza, no tienen jamás reparos en que se lo comuniquen como descubrimiento reciente. La única objeción puede venir de cómo se les indique lo guapas que son, pues no es lo mismo exclamar con voz enronquecida y con los ojos fijos en sus pupilas:

—¡Cielos, qué hermosa eres!

que darle un azote y gritar:

—¡Qué buena estas, cordera! o cualquier otra muestra de populismo romántico.

EL MEJOR

Suponiendo que el aprendiz de sinvergüenza sepa distinguir entre guapas y feas por sus propios medios, de la psicología de las guapas sólo le interesa una cosa: Sí o No. Existen las mujeres que sí y existen las mujeres que no.

Es obvio dedicarse a las que sí y dejar en la reserva a las que no, hasta que se haya adquirido experiencia. A la larga, el sinvergüenza bien entrenado prefiere cometer sus sinvergonzonerías con las mujeres que no, ya para ir superando los retos de la naturaleza, ya para recrearse en lo difícil.

Porque todas las mujeres son que sí, salvo que exista un verdadero impedimento físico, como haber perdido la mitad del cuerpo o estar enfundada en una sólida escayola. Este hecho, conocido de antiguo por los expertos, se basa en que la mujer es también un ser humano, sexuado y sometido a las idas y venidas de la sangre, a la primavera y a la imaginación.

Por prudencia, y por un mínimo de moral que el buen sinvergüenza debe conservar para ser distinguible de los buitres, hay que descartar a las mujeres menores de 16 y mayores de 70 y, por supuesto, a las casadas.

Pero, ¿y si las casadas no le descartan a uno?, puede decir el aprendiz, impaciente.

Valor, mucho valor. Apretar los dientes y sufrir como un hombre. Últimamente parece haber descendido el número de crímenes pasionales cometidos por maridos con la mosca detrás de la oreja, pero siguen existiendo.

—¿Y si me arriesgo a todo? —puede insistir el novicio de sinvergüenza.

Mire: el marido tarda, pero siempre se acaba enterando. Y, si no, la mujer se encarga de advertírselo en muchos casos. Para fastidiarle a él y a usted. A las mujeres, en lo más hondo de su silenciosa imaginación, les encanta que los hombres luchen por ellas. Es la voz de la selva. Queda usted advertido.

NO TENGA REPAROS

Otro tipo de aprendices, con menos osadía, pueden sentir la sensación de asomarse a un abismo: son muchos años de respetar al ser humano y otros tantos de admirar la belleza femenina, tan rotunda y, a veces, tan sutil, casi espíritu.

¿Cómo puedo ser tan cínico? ¿Cómo puedo hacerme a la idea de que tanto da una como otra?

Llegado aquí, pregúntese si tiene vocación de hombre enamorado. Si, por el contrario, sólo es enamoradizo, olvide sus reparos. ¿No ha oído jamás a una mujer decir "todos los hombres son iguales"? No es cierto, pero casi todas lo creen. También les habrá oído eso de que "los hombres sólo pensáis en lo mismo". Ellas, más, pero a su estilo.

Así que métase esto en la cabeza: no hay mujer que pueda ser engañada en las artes amorosas en este Siglo XX— Cambalache. Consienten porque quieren. El buen sinvergüenza sólo hace una cosa: darles la oportunidad que ellas han imaginado mil veces.

b) OROGRAFÍA

Ya comprenderá que no se habla de verdadera orografía, pero la mujer es, además, un símbolo, la tierra nutricia, y, como tal, tiene accidentes naturales: colinas, valles, desfiladeros y hasta terremotos y volcanes. La forma en que tales accidentes están distribuidos es lo que anima la actividad.

Para despejar el terreno, hágase una pregunta íntima: ¿Qué parte de la mujer mira primero? ¿La cara? ¿El pecho? Si viste pantalones, ¿el pubis, por así decir? No venga ahora con melindres: usted lo sabe y tiene más de un noventa por ciento de probabilidades de mirar, precisamente, el dichoso pubis.

¿Por qué? Porque ahí reside una poderosa diferencia, ¿no? Una misteriosa diferencia, además.

Tranquilícese: la mujer mira también en la misma dirección, aunque usted no lo vea. Es muy difícil averiguar si una señora mira o no, salvo en el caso de que ella quiera que usted lo sepa.

Parece ser que la especie humana, frente a otras que prefieren el olfato a pesar de ser más engorrosa la maniobra, lanza periódica y automáticamente miradas de reconocimiento. Los individuos, involuntariamente, necesitan saber si lo que viene es macho o hembra para actuar de un modo u otro. Para tal descubrimiento, el punto clave es el pubis, como decíamos: una prueba irrefutable hasta hace pocos años. Si las dudas persisten, se explora el pecho. Vivimos en una permanente búsqueda de señales sexuales y ni los más avezados sinvergüenzas escapan por las buenas al método natural.

Pero deben hacerlo. A lo largo de los milenios no hay parte propia que la mujer no haya enseñado u ocultado celosamente, siempre con el proyecto de captar la atención del macho cazador.

En esta poca tan especial, la mujer tiende a enseñarlo todo para que cada cual saque sus conclusiones sobre la mercancía. Y, en el fondo, cuanto más se desnuda una mujer, más se oculta en el interior de su cuerpo, donde es fama que halla compañía en sus pasiones profundas y en su imaginación. La desnudez pública no deja de ser un vestido más (vaya al Anexo I), una forma de emitir perturbadoras señales sexuales que llamen la atención de los más receptivos. Luego, nada, claro: el desnudo es un vestido psicológico.

Dentro de pocos años, las mismas que ahora se pasean —en verano vestidas de brisa, pueden ir cubiertas del cuello a los tobillos y pasar el tiempo criticando la desvergüenza de las más jóvenes. Pero en ningún caso por motivos morales, como tampoco se exhiben hoy por pura inmoralidad. El sinvergüenza debe sacar de todo esto una simple observación: todo en la mujer es relativo, incluidos el amor y el desamor.

Sólo hay una parte que la mujer jamás ha cubierto: los ojos, las puertas del alma. Cierto que el alma femenina no le sirve para nada al sinvergüenza, pero los ojos, sí. Es muy probable —pero no seguro— que la mujer—tipo piense que los ojos son su parte más elevada y espiritual, donde residen y se exhiben su ingenio y sus sentimientos más hermosos.

De hecho, los enmarca, los colorea, los resalta para atraer sobre ellos las miradas. Pese a todo, sabe perfectamente dónde van los primeros golpes de vista varoniles: unos cuatro palmos más abajo.

Pues bien: el buen sinvergüenza, en contra de su arraigado instinto, no debe mirar donde todos y sí a los ojos de la mujer, a uno y a otro, haciéndolo, además, con intensidad no exenta de lujuria. Ha de usar una mirada que se parezca lo más posible a esta frase: "Te miro a los ojos con la misma intención que te miraría el pubis, por así decir, porque tus ojos son más reveladores aún y están más desnudos". Si esto sucede en una playa nudista, el efecto es aún más halagador para la señora o señorita.

De toda la extensa orografía a la que venimos haciendo referencia, la mirada al ojo produce excelentes dividendos porque dispara la imaginación latente de la hembra, capaz de haber construido una novela de amor, serie X, tres pasos después de haberse cruzado con el sinvergüenza experto en miradas que abrasan.

De todos modos, la mujer puede agradecer, con rubor o sin él, que se la mire en cualquier zona y más en aquellas de las que se siente orgullosa, que son, normalmente, las que más hace resaltar con su atuendo o su maquillaje. Si lleva el pelo largo y suelto, se trata del pelo; si luce grandes pendientes, las orejitas; si lleva escote, el cuello y el pecho; si enseña la barriga, la cintura o el ombligo. Ante la duda, mirar todo varias veces, dejando claro que se disfruta con intensidad en tanto queda uno sumido en la admiración.

ALGO MAS INTENSO AUN QUE LA MIRADA

La mirada puede transmitir una intensa radiación erótica y convertirse en una especie de semáforo que indique a la mujer que, de desearlo, puede satisfacer su imaginación oculta con el centro emisor, siempre que la mirada no sea sumisa ni de carácter estético, sino un catálogo de emociones fuertes, cuanto más primarias, mejor.

Pero hasta las miradas más ardientes palidecen ante los potentes efectos de la palabra, que es cosa mucho más íntima. Tras mirar los ojos femeninos, nada mejor que hablar de ellos a la propietaria, evitando, eso sí, las preguntas metafísicas tales como ¿de dónde te has sacado esos ojazos?

—¡Qué ojos tan maravillosos!

—¡Qué color tan increíble!

—¡Qué luz!

No tenga reparos. Una mujer normal es capaz de creer que tiene cualquier cosa en los ojos y, según sea la cosa esa, decidir que el hombre que se la ve está un par de palmos por encima de la inteligencia de un asesor de imagen o del mismo Herr Einstein.

No lo olvide el aprendiz: la palabra, usada para descubrir la orografía femenina, es mucho más íntima que la mirada, y profundamente excitante. No importa la exageración. Nunca se exagera lo bastante:

—Es como si tuvieras un sol en cada ojo.

Se lo creen sin dificultad o, al menos, piensan que nos han sacudido tan fuerte con los ojos en cuestión que desvariamos por su causa.

—Tus ojos son como una sala azul con cortinas blancas.

No tema: todo vale.

—Me asomo a tus ojos y veo un mundo nuevo y misterioso.

Y, si quiere probar que la exageración es lo indicado, añada:

—Con árboles y pájaros cantando.

No le llevarán la contraria.

Con la palabra aplicada a la orografía femenina se pueden hacer diabluras. Cualquier lugar, recóndito o insignificante, puede convertirse en un poema: un lunar, el lóbulo de la oreja, los dientes, las pestañas, la pelusilla blanquecina del cogote, la punta de la nariz, el arco de la ceja.

Para que la palabra ejerza su máximo influjo hay que suministrarla acompañada con el sentimiento que el accidente orográfico causa en el corazón del hablante:

—Me asomo a tus ojos y veo un mundo nuevo y misterioso, con árboles y pájaros cantando. —atiendan a la segunda parte— Y siento una sensación profunda.

Puede que el sinvergüenza no sepa lo que es una sensación profunda, pero la homenajeada, sí. Lo importante para ella es que hace sentir.

Si las palabras comunican secretos, mejor que mejor:

—No se lo he dicho a nadie, pero las orejas de una mujer son como rosas, como flores.

Diga cualquier cosa de la frente, del flequillo, del mentón, pero no en público: hay que evitar las carcajadas de los otros varones. Cuente que conoce a las personas por las manos y que ella las tiene sensibles, precisas, de artista, aunque sean bastas. Una confesión sobre las manos nunca deja de causar efectos sorprendentes e íntimos.

Si ella, humilde, le comunica un profundo defecto, como que las tiene frías o calientes, niéguelo a toda costa y afirme que así le gustan más.

—Frías como el alba.

—Tibias como el mediodía.

Un buen sinvergüenza no ha de tener complejos. Al contrario, cuando haga un tratamiento vocal, a base de palabras escogidas, recale en los lugares más débiles de la estructura femenina. Convierta un ojo lloroso en un ojo brillante y sensible a la luz; diga algo inspirado de las puntas de la nariz frías y enrojecidas, como que prestan a su propietaria un aire de niña inocente: cuela siempre. Llame esbeltas a las piernas delgadas. No ceje y llame turgentes a los muslos gordos. Del pecho pequeño, afirme que la medida homologada le exige caber en una mano; del generoso diga que, según Aristóteles, la esfera es la figura más perfecta.

EN RESUMIDAS CUENTAS:

La orografía femenina, aunque dispuesta según los mismos planos, puede tener apariencias muy diversas en tamaño, forma, tacto y proporción, pero un sinvergüenza avezado sabe decir exactamente lo mismo de los elementos y protuberancias más distintos: qué pelo tan luminoso, qué cuello tan misterioso, que pecho tan atractivo.

REGLA DE ORO

Hacer un croquis discreto, pero encomiástico, del territorio de una mujer cualquiera abre muchas puertas, si es que uno cuida de olvidar el realismo viril. Nada de palabras como culos, tetas, barriga: caderas, pechos o senos, vientre... Otras, aún más directas, no las use nunca, aunque tenga el objeto a la vista.

El buen sinvergüenza ha de ser capaz de acostarse con una mujer sin que en ningún momento este hecho se refleje en su conversación. Si se ve forzado a hacer mención de ciertas maniobras, insista en que está buscando su alma: salva las apariencias:

—Busco tu alma para poseerte entera.

Signifique lo que signifique, hace su efecto. Y no es que las mujeres se lo crean todo, no. Pruebe a decirles que esta o aquella son perfectas y verá. Lo que sucede es que se creen casi todo lo maravilloso que se dice de ellas. Por dos razones:

A) Ya lo han pensado antes.

B) Ante la duda, creen que le han sorbido el seso y que las palabras del varón son hijas de la pasión.

Ignoran, las pobres, que el varón, una vez apasionado, gruñe en lugar de perder el tiempo hablando.

LECCIÓN SEGUNDA: COMO ELEGIR PIEZA

Impuestos ya sobre lo que es la mujer y los tipos que resultan de su catalogación científica, el sinvergüenza aprendiz tiene que plantearse una pregunta clave: ¿Cómo elegir a la víctima?

Muchos hombres afortunados nacen con un instinto extraordinariamente preciso. Hay quien, sin estudios especializados, es capaz de entrar en un salón atestado de señoras y, tras una mirada panorámica, decir "aquella" con un margen de error del 0,1 por cien. Es un don.

O, mejor, un aspecto poco estudiado de la inteligencia práctica. Porque lo cierto es que la mujer, como los semáforos, se pasa el tiempo emitiendo una completa y complicada tanda de señales. Luz roja, ámbar y verde. Lo malo es que, a veces, emite rojo y verde a la vez, o ámbar y verde, y el éxito depende entonces del instinto.

En principio, la mujer aislada es más accesible que en grupo. Varias mujeres juntas descorazonan al hombre más curtido, pues le consta lo sarcásticas y escatológicas que pueden llegar a ser entre ellas. En pandilla, hasta las más tiernas se atreven a todo.

A todo. Recuerdo, como una amarga experiencia, la tarde en que pasé por delante de tres jóvenes estudiantes de COU. Silbaron a mi paso y una me dijo, con voz clara y precisa: ¡Vaya carroza interesante! ¡Así me gustan a mi!

Enrojecí en el acto mientras notaba la garganta seca y atenazada por una mano negra. Pero los hombres, lejos de buscar consuelo en las lágrimas, damos la cara al peligro y nos enfrentamos a lo difícil con una sonrisa.

Giré sobre mis talones, retrocedí hasta las chicas que me contemplaban zumbonas, y cogí el toro por los cuernos:

—¿Quién quiere tomarse una cocacola conmigo y hablar con un carroza?

Las tres, y muy contentas.

La mujer emite con los ojos, con la postura, con el movimiento y hasta con la evitación de mirar al que debe recibir el mensaje; pero nunca, nunca, con la palabra. Las palabras tiene que pronunciarlas el hombre para que ella se de el gustazo de fingir que decide cuando lo ha hecho ya. Antes de que el hombre tome alguna medida de aproximación, ella sabe si sí o si no.

Salvo en el caso de los muy expertos, el sinvergüenza normal debe evitar entrar en tratos con políticas o politizadas, con feministas (ir al anexo 2), con casadas y con devoradoras de hombres, por los riesgos que implican y por la pérdida de libertad que suponen.

En general, el hombre maduro, de 35 a 45 años, tendrá más éxito con las jóvenes, mientras que el hombre joven lo tendrá con mujeres mayores que l: por lo visto la naturaleza trata de compensar las diferencias. También es un hecho que, tanto al hombre como a la mujer, a medida que envejecen, les gustan los antagonistas más jóvenes.

Otra norma que debe tenerse presente a la hora de elegir es que la mujer nunca, nunca, es lo que parece. Y nunca se porta tan bien con el hombre como al principio, durante el galanteo. Por eso el buen sinvergüenza, empeñado en cortar la flor del día, debe hacer lo posible para mantenerse siempre en esa fase insegura y hermosa.

Y tener siempre bien presente que es en ella cuando mayor peligro de enamorarse de verdad se corre: nada despierta tanto el amor como tratar con una persona que nos ama o lo parece: es muy contagioso.

A pesar de saber que la mujer nunca es lo que parece, el hombre tiene que fiarse de sus observaciones, y aquí surge el gran drama masculino: cada hombre tiene una especie de hado que le lleva una y otra vez hacia mujeres del mismo tipo, con las que puede pasarse la vida repitiendo una historia semejante.

El record de estas coincidencias, en contra del azar y de la voluntad, lo tiene un conocido que sólo, sólo, ha tenido que ver con mujeres cuyo nombre empezaba por e. Naturalmente, antes de abordarlas l ignoraba esta circunstancia, pero por alguna extraña razón sólo se aproximaba a las es. De este modo, su vida ha sido un continuo ir y venir persiguiendo a Evas, Elviras, Esperanzas, Emmas, Elisas, Elenas... Es el hado que mencionábamos antes.

Hay quien sólo consigue morenas o sólo pelirrojas. Pero, en general, estos casos extremos, tan volcados en un sólo detalle, no suelen darse, y la maldición masculina consiste en el tipo psicológico de las mujeres a las que uno se hace adicto.

Es algo relacionado con las afinidades electivas. Sólo una clase de mujeres reacciona ante el particular encanto o método de cada hombre. Si sirve la experiencia propia, no tengo reparo alguno en confesar que yo soy víctima de las mujeres pensativas, bastante complicadas, algo intelectuales y cargadas de complejos. No necesito compasión, pero para mí los amoríos no han sido un lecho de rosas.

Tan pronto como hay por las cercanías una mujer con la costumbre de bajar los ojos con aire pudoroso, meditabunda, algo tímida o retraída, ahí estoy yo echándole los tejos: no puedo resistirme al hado. Y es que s cómo llegar a su fibra sensible: es como un instinto.

Sin embargo, las que me gustan de verdad son las alegres y dicharacheras; las que nunca han leído ni a Sartre ni a Camus ni murmuran versos de Miguel Hernández o de Lorca en cuanto te descuidas; las que prefieren las comedias a las tragedias y, en general, aparentan tener menos sesos que un chorlito. Me gustan las coquetas zalameras, vanidosas, que piensan mucho en cómo agradar; superficiales, ligeras y despreocupadas. Pero ese tipo de mujer no se me da.

Cualquier aprendiz de sinvergüenza que se haya colgado las primeras dos piezas sabrá muy bien la clase de hado que tiene que soportar para el resto de sus días. Como si fuera un personaje de Esquilo, más le vale no intentar oponerse al destino y hacer lo que los dioses del amor han decidido que haga, o retirarse de la circulación haciendo penitencia en el matrimonio.

Una vez que sepa qué tipo de mujer es el único sensible a sus peculiaridades, debe tener una clara visión de los grados de dificultad con que se va a encontrar.

Psicológicamente no puede hablarse con razón de señoras más fáciles o más difíciles, salvo en casos extremos de furor uterino. Quienes deciden el comportamiento suelen ser las circunstancias; y las más favorables para los fines del sinvergüenza coinciden en una verdad indiscutible: la mujer que vive sola, lejos de la familia, sin controles diarios.

En este apartado pueden incluirse las divorciadas. Estas, además de vivir solas, están hechas, mal o bien, a la vida en pareja y, aunque hayan tenido motivos muy respetables para separarse, su humana naturaleza les hace mirar la cama vacía con bastante frustración.

No se pretende decir que todas las divorciadas sean fáciles, sino que muchas divorciadas pueden ser trabajadas con un alto porcentaje de éxitos, si el sinvergüenza practicante sabe jugar sus cartas.

Otras mujeres que viven solas pueden ser estudiantes lejos del hogar, funcionarias jóvenes trasladadas de aquí para allá... Su observación ha proporcionado al gremio un dato que no es anecdótico: un nivel cultural más elevado, lejos de poner en guardia a la mujer solitaria, la hace más vulnerable a las artimañas del sinvergüenza experto. A la experiencia diaria me atengo y al hecho de que la formación superior, al insistir más claramente en la igualdad de los sexos, desarma a la mujer frente a los razonamientos insidiosos del especialista. La cultura, como aquel que dice, es enemiga de la intuición.

Un buen cazador de señoras debe, antes de seleccionar su presa, conocer su estado civil, su profesión, sus circunstancias personales: si vive sola, con amigas o con la familia, o si ha sido abandonada recientemente. Debe observar meticulosamente sus costumbres en bares y cafeterías: la mujer que bebe, por ejemplo, se desinhibe que da gloria verla y, a poco que se pase en la dosis, experimenta unos calorcillos lascivos de los que se puede sacar partido.

Normalmente, es más fácil ser un sinvergüenza con la mujer que trabaja que con la que está en su hogar, porque las posibilidades son directamente proporcionales al número de horas que pasa en la calle, sometida a la excitante vida moderna.

La mujer que lee, por ejemplo, es más manipulable que la que no lee, suponiendo que sus lecturas sean novelas y no ensayos económicos: tiene una imaginación mas receptiva. Lo mismo pasa con la mujer que trasnocha y, claro, con la mujer que ha tenido ya varias experiencias, por así decir.

Y la edad: cuanta más edad —dentro de unos límites— en las solteras, suele darse el caso de una mayor vocación hacia el acoso y derribo, antes de que se les vaya la juventud.

El que quiera la máxima dificultad para probar sus habilidades, que elija a una mujer joven, virgen, que viva en el domicilio paterno, que tenga que estar a las diez en casa, que posea elevados sentimientos religiosos y que sea conocida por su falta de imaginación.

Eduardo Libre, en su ya lejana juventud, pasó por una poca en que la vanidad se le subió a la cabeza. Presumía de que no se le escapaba una viva, tal era la maestría alcanzada en la ejecución de sus perversos designios.

—Cualquiera. —solía decir en cuanto se mojaba los labios en sangría.

—¿Apuestas? —le respondieron una vez los testigos. Y el muy asno fue y apostó a ciegas.

Había una chica monísima que todavía estaba en Preu, que era una especie de COU con más mala fe. Muy alegre, muy simpática y muy tierna, pero famosa por el modo que tenía de clavar los codos en quienes bailaban con ella y no pensaban en bailar. Todos, incluido Libre, habían intentado el asalto una y otra vez, siendo rechazados. Se despeñaban desde aquellas murallas.

Era virgen con toda seguridad. Muy joven, muy lista; buena matemática y, para colmo de desgracias, vivía con sus padres y no leía novelas de amor. Tampoco bebía ni fumaba. La novia perfecta, pero una verdadera desgracia para cualquier sinvergüenza.

—Esa. —le dijeron a Eduardo.

Hombre de temple, sonrió sin demostrar su profundo desánimo.

—Creí que me elegiríais a una fea, para fastidiarme. Pero me hacéis la cosa interesante con esta monada.

—Ya, ya.

Se pasó dos horas analizando la situación y proyectando arteros planes. Aún comprendiendo que estaba perdido no se rindió. Al contrario: fue en busca de la chica que, encima, se llamaba Inmaculada.

—Inma —le dijo—, me pasa esto y esto.

Le contó todo: su ligereza al pavonearse, su imprudencia al hablar después de beber sangría y cómo los amigos, convencidos de la dificultad absoluta, la habían elegido para la apuesta.

Ella se rió, porque era muy simpática y porque era halagador saber que tenía una fama tan limpia como el cristal.

—Todos te temen —siguió Eduardo, insidiosamente.— No ya los chicos del instituto y tus vecinos, sino los universitarios. Eres tan buena chica, tan imposible como plan, que procuran esquivarte.

—¿Sí? —dijo ella, no tan halagada.

—Claro. ¿Qué chico se va acercar a una muchacha como tú, sabiendo que no tiene ninguna esperanza?

—Tú lo has hecho. —respondió Inmaculada sin sonreír.

—Por una apuesta, pero me tocará pagarla como un caballero.

Ya hemos dicho que Inmaculada no era ninguna tonta y, como tenía talento para las matemáticas, razonaba con mucha lógica aunque sin comprender los abismos de la mente masculina:

—Entonces, ¿por qué has venido a contarme todo esto?

Eduardo se felicitó en silencio por haber dedicado dos largas horas a la meditación:

—Yo ya sé que no te dejas ni coger de la mano, pero, aún así, se me ocurrió que a lo mejor querías burlarte de todos esos y fingir que salías conmigo.

—Si salgo contigo es que salgo contigo. —razonó Inma, implacable.

—Oh, mira: yo no pretendo que te enamores de mí ni mucho menos enamorarme yo de ti. Pero podríamos darlo a entender, para burlarles.

—¿Cuánto te has apostado?

—Cinco mil pesetas.

—¡Jesús!

Hay que advertir que hablamos de un tiempo pasado, no sólo mejor sino mucho más económico. Al cambio, aquellas cinco mil podían ser unas sesenta y cinco mil pesetas de hoy, lo que sigue siendo mucho para un estudiante que pasa poco tiempo en clase.

Tanto que Inma se apiadó:

—¿Qué tendría que hacer yo?

Desde el día siguiente los apostadores empezaron a encontrarse a Inma y a Eduardo en sus bares habituales, en su discoteca, bailando, en las calles usadas como paseo. Eduardo la recogía a la puerta del instituto y la devolvía, a la hora en punto, en la puerta de su casa.

Por lo demás, era tan frío como un pez. Le hablaba de filosofía, o de deporte en ocasiones, pero, sobre todo, de otras chicas, tratando de demostrarle a Inma que ella era distinta y que él no sólo la respetaba sino que no estaba dispuesto a ponerle un dedo encima.

La muchacha agradecía la delicadeza pero, como se sabía guapa y simpática, empezaba a preocuparse. De seguir así, asustando a los chicos que ya no se atrevían ni a aproximarse, veía venir una larga vida de soledad y aburrimiento.

—Si hubiera sido otra, ¿me hubieras contado lo de la apuesta o hubieras intentado conquistarme?

—¡Qué preguntas! —exclamó Eduardo, relamiéndose en silencio— Pero a ti no se te puede conquistar.

Ella enrojeció y se mantuvo en silencio durante un rato, analizando la situación sin duda.

—¿Por qué?

—Oh, bueno: tú no te fías de ningún chico. Y haces bien. No dejarías que te llevaran a los bancos oscuros ni que te dijeran tonterías sobre tus ojos mientras intentaban meterte mano.

Inma volvió a sus análisis, de los que salió fortalecida:

—Si no me llevas a esos bancos, ¿tus amigos se darán cuenta del truco? Algunos van por allí con otras, ¿no?

Se estuvieron hora y media sentados en aquellos oscuros e inmorales asientos. Como Eduardo se mantenía quieto y silencioso, se aburrieron profundamente hasta que él señaló a una pareja que avanzaba:

—Es Ramón: un apostante.

Ella disimuladamente, bendijo a Ramón mientras Eduardo se aproximaba y pasaba un brazo por encima de sus hombros.

—Perdona. —se disculpó— Es lo habitual.

Puso la otra mano en la cintura femenina y aproximó su boca a la orejita:

—Así parecerá que te estoy besando.

Inma, herida, no se explicaba por qué aquel cretino desaprovechaba la ocasión de besarla de verdad. Eduardo, según decían las malas lenguas, no solía andarse con rodeos. ¿Carecía ella de sex—appeal? Quizá, porque tan pronto como Ramón y su pareja se perdieron en la noche, Eduardo soltó sus diferentes presas y se puso a mirar a las estrellas y a comentar los años luz que había entre la tierra y la estrella Alfa de Centauro.

—Vuelve Ramón. —advirtió Inma al cabo.

Eduardo, con toda delicadeza, adoptó su posición de combate y murmuró al oído de la chica:

—Qué fastidio, ¿no?

—Sí. —dijo Inma, pero por otras razones.

Al dejarla a la puerta de su casa, Eduardo tuvo la humorada de recordar los acontecimientos del banco:

—Mira que si me hubiera querido aprovechar y te hubiera besado...

—¿Qué?

—Pues que ahora no querrías saber nada más de mí y perdería la apuesta.

Los amigos, seriamente preocupados al comprobar los avances que iba consiguiendo Eduardo, decidieron hacer trampas y contaron la historia de la apuesta a las chicas con las que salían, exigiéndoles discreción.

—Eduardo te está engañando. —le dijeron a Inma sus buenas amigas una hora después.— Ha apostado a que te conquistaba.

—¿Por qué me ha elegido a mí?

La amiga no perdió la oportunidad de echar unas gotitas de acíbar:

—Porque tienes fama de imposible.

—Pues Eduardo está muy bien. —se defendió Inma.

Los apostadores escucharon las noticias horrorizados: ¡Eduardo estaba muy bien! Y lo decía aquella mujer fría después de saber que todo era un engaño. Miraron sus carteras con auténticos ojos de dolor.

—Ya están ahí. —dijo Inma aquella noche en el banco.— En cuanto les han dicho que no me ha afectado el chivatazo han venido a vigilar su inversión.

Eduardo adoptó su conocida posición de combate y notó que Inma se aproximaba más de lo estrictamente necesario.

—Se acercan mucho. —murmuró ella.

—Sí. —dijo él.

Inma, en busca sin duda de realismo, pasó su mano por la nuca de Eduardo y la acarició.

—Hola, chicos. —saludaron los apostantes, heridos profundamente.

Por la noche, Eduardo volvió a echar un vistazo a los últimos acontecimientos:

—Se lo han creído. Como si te hubiera besado, ¿verdad?

—Pero no lo has hecho.

—Estupendo, ¿no?

A la noche siguiente Eduardo conectó un magnetófono. Había grabado una conversación con sus amigos y quería que Inma la escuchara:

No he conseguido nada —decía su voz— He perdido la apuesta. Inmaculada está fuera de mi alcance.

—¡Venga ya! —dijeron otras voces.— Os hemos visto dándoos el lote en los bancos.

—No es verdad. He perdido.

Ella, entre la oscuridad, trató de mirarle a los ojos. Eduardo resultaba ser todo un caballero, preocupado por su fama. Demasiado caballero quizá.

—¿Por qué has hecho eso?

—Pse.

—Pero has perdido.

—Pse. —insistió.— No quiero seguir con esto. ¿Sabes lo que me cuesta abrazarte de mentira y besarte de mentira?

Ella agradeció la información en silencio.

—Por eso es mejor que lo dejemos ahora, como amigos. Si no, un día voy a besarte en serio, tú te enfadarás y... No quiero que te enfades conmigo.

Inma tampoco. Apoyó su linda cabecita en el hombro masculino y se dejó embargar por variadísimas emociones. De todas ellas destacaba la admiración por la honestidad de Eduardo que, sin duda, se había enamorado de ella.

—¿Tanto te hubiera gustado besarme de verdad?

—Besarte y más cosas. —respondió Eduardo rápidamente

—¿Sí?

—Apretarte. —detalló.

—¡Qué bruto!

—No lo sabes tú bien. —confirmó Eduardo, descubriendo los labios de Inma a muy corta distancia.

Y apretó y besó. Esta vez no pidió disculpas, sino que siguió apretando y besando. En unos momentos, alternativamente, y en otros, a la vez. Y a Inma le pareció algo completamente natural además de muy agradable.

Aquella noche llegó tarde a casa por primera vez, pero no por última. Eran otros tiempos y las chicas de diecisiete años tenían del sexo una visión más idílica que las de ahora: casi nunca se iban a la cama el mismo día que un hombre les daba el primer beso.

Tardaban más pero, llegado el momento, también ponían más corazón y sentimiento.

—Vengan las cinco mil cucas. —dijo Eduardo a su debido tiempo, muy ufano de ser un canalla y de haber falsificado la cinta magnetofónica.

Hubo algunas resistencias, alegando problemas de forma. Querían pruebas.

—Mi palabra.

La palabra de un sinvergüenza que no fuera cazador ni pescador era sagrada en aquellos días. No se dudaba.

—Pero cuéntanos cómo lo hiciste.

Eduardo estuvo a punto de hacerlo pero, de repente, pensó en los ojos de Inma, en los labios de Inma, en todo lo demás de Inma. Como estaba al principio de su carrera, no había tenido tiempo de encanallarse lo suficiente y sí, en cambio, estaba en un tris de enamorarse. No era el Eduardo Libre que todos conocemos hoy.

Miró tristemente las cinco mil palomas y sintió un lacerante dolor a la altura del bolsillo, pero su decisión estaba tomada:

—Quise veros las caras de susto. Es mentira. Nada de nada. —dijo, devolviendo el dinero.

—Nieves me ha dicho que es verdad, que Inma está tan alelada que sólo puede tratarse de eso.

—Es mentira. —insistió él.— Cuatro besos. Nada.

—Vengan tus cinco mil cucas. —le exigieron sin hacer más preguntas.

Y pagó. Claro que por primera y última vez en su vida. El amor le había ennoblecido durante unos instantes pero, afortunadamente, no cogió el hábito.

LECCIÓN TERCERA: EL MÉTODO PERFECTO

El auténtico seductor, nace. El sinvergüenza, en cambio, puede llegar a serlo con esfuerzo y aplicación, ya que su objetivo no es seducir a las mujeres sino aprovecharse de ellas, en cierta medida. Ellas, en muchos casos, también pretenden lo mismo. No todas, claro: algunas. Las suficientes.

Al margen de la estatura, la simpatía, el color de los ojos y el talento natural, existe un método perfecto para tener éxito con las mujeres en cualquier situación. Jorobados, parapléjicos, tuertos, ancianos, feos en general, enfermos, han conseguido, gracias a él, salirse con la suya.

¿Existe tal fórmula mágica? Sí, y desde la más remota antigüedad. Se llama éxito. Como el éxito, en nuestra carcomida sociedad, se mide con tres escalas distintas, el Método Perfecto consiste en

—TENER DINERO, o

—TENER PODER, o

—TENER FAMA.

Si necesitan ustedes una demostración directa, suelten a un famoso actor de Hollywood —cuidando de que no sea gay— en una reunión de mujeres. Las observaciones psicológicas que obtengan se podrán resumir en una sola frase: se lo rifan sin que él tenga que hacer el menor esfuerzo.

Lo mismo sucede con los cantantes muy conocidos, cuanto más de rock mejor. O con las estrellas del deporte, muy especialmente con tenistas y pilotos deportivos. ¿Y qué pensar de esas despampanantes señoras que se movieron por las proximidades de Picasso o de Dalí entre otros?

Del Poder también existen cientos de ejemplos, desde los recientes devaneos del griego Papandreu a las negaciones de Gary Hart, las concupiscencias de la familia Kennedy, los muchos ministros ingleses que acaban en la picota a causa de las señoras y, como es público y notorio, las aventuras de Boyer, de Carvajal, de Guerra y de tantísimos otros.

El perfume del poder atrae a las mujeres, y no podemos olvidar que los poderosos, además de poder, tienen fama: he ahí un doble atractivo que permite al favorecido por la fortuna ser un sinvergüenza de clase extra, si le apetece.

Por último, los Ricos. En torno a ellos van y vienen las mujeres más espectaculares del planeta. Se casan y se descasan con ellas; se amanceban y se separan. ¿Qué sucede? ¿Es que todas las señoras son así de materialistas? No todas: algunas. Las suficientes en todo caso. Y, además, la belleza es otra fortuna y ya se sabe que dinero llama a dinero.

Por otro lado, los ricos son siempre poderosos, aunque no tengan el poder oficial: se lo pueden comprar. Además, ricos y poderosos a la vez, no pueden menos que ser también famosos. Recuerden las andanzas de Onasis, las de Kashogui y las de tantos otros que llenan las revistas de bid.

No hay método tan perfecto como éste para tener el más increíble éxito con las señoras: nacer rico o, como el indiano de la zarzuela, volver rico y poderoso. Ser, al menos, un futbolista de éxito como Maradona, o un osado piloto de carreras o un valeroso torero.

No es tan fácil. No está al alcance de muchos esta forma cómoda y exitosa de pendonear, pero no falla nunca. Cómo será que, en menor escala de riqueza, sé de un anciano de casi noventa años que, tras casarse varias veces con señoras más jóvenes, en la actualidad tiene todavía una amante de veintitantos. Es de suponer que como puro placer estético o como símbolo de su status de rico. En cualquier caso, quien tuvo, retuvo.

Esta proclividad de las mujeres a hacinarse en torno al éxito, poder, fama o dinero, ¿quiere decir que son un bien de consumo en un mercado regido por la oferta y la demanda? ¿Conviene al aprendiz de sinvergüenza pensarlo así?

El aprendiz puede llevarse un chasco. Hay mujeres que se venden y que, por lo tanto, se compran; más o menos en idéntica proporción al número de hombres capaces de hacer lo mismo. El fenómeno de la mujer en torno a los ricos no tiene que ver, a menudo, con la codicia: a las señoras el éxito les resulta atractivo, porque es un atributo viril.

Es muy probable que las mujeres del neolítico se apiñaran alrededor del cazador más hábil o gustaran de hacer su vida próximas al que más cabezas de enemigos cortara. Aún ahora la voz de la selva palpita en sus cálidos corazones y, ¿qué culpa tienen ellas de que hoy el éxito, lejos de las cacerías con arco y flecha y de las batallas con hacha de piedra, se mida en dinero, en poder y en fama?

¿Acaso el hombre, muy consciente de estos elementales mecanismos, no sigue pavoneándose ante la hembra? ¿No corre más el atleta adolescente cuando le contempla la chica más guapa de la clase?

Un pobre amigo, pesado como él solo, se dedica a esa actividad misteriosa que los iniciados conocen bajo el nombre de consulting: asesor de empresas. Y, como es bueno, gana dinero, mucho dinero. Es calvo y aburrido. Habla muy de prisa y con tono monótono. ¿Qué es lo que hace cuando le presentan a una mujer?

Le dice, directamente, sus beneficios mensuales, lo que le ha costado el último apartamento y el considerable número de acciones que posee. Es como si dijera: soy calvo, sí, y un plomo, pero un triunfador en mi mundo.

Y no son pocas las que le resisten toda una noche a pesar de su evidente presunción.

Otro amigo, mucho más práctico pero menos rico todavía, ha alcanzado un superior nivel de conciencia que le impide pavonearse como un niño y hacer a las mujeres el recuento de sus éxitos.

Consciente, sin embargo, de la eficacia del método perfecto, mantiene lo que él llama el capital amoroso, trescientas y pico mil pesetas en billetes de diez mil, que se mete en la cartera las noches que sale a ejercer de sinvergüenza.

No dice nada de su triunfo, pero abre el billetero en cuanto tiene una oportunidad y paga con gesto indiferente. Si un camarero avispado, al tanto de sus hábitos, le pidiera veinte mil pesetas por dos cervezas, l las soltaría sin rechistar, agradecido encima por la oportunidad.

Otros, por las mismas razones, se hipotecan para conducir coches despampanantes, de status. A bordo de ellos cruzan la noche persiguiendo mujeres hermosas. No pocos se salen con la suya.

En las zonas costeras, nada como un yatecito, aunque uno lo haya tenido que pagar con sangre. Pude comprobar la extraordinaria eficacia de los yates cuando di, con un amigo, la vuelta a una isla del Mediterráneo. Navegábamos de una cala a otra. Anclábamos en el centro, en aguas todavía profundas, y aguardábamos como la araña en su red.

Las primeras en llegar solían ser las tripulantes de las tablas de wind—surfing, aunque no escaseaban las tripulantes de patines o "pedalos" y hasta las nadadoras solitarias.

Agitábamos ante ellas una botella cualquiera y hacíamos ruidos cristalinos con cubitos de hielo removidos en un vaso. Nos bastaba con hacer un simple gesto de brazo para que subieran abordo a darnos unos gratos momentos de conversación, mojadas y casi sin ropa.

De noche se aproximaban en botes de remo y, a la primera llamada, abarolaban y pasaban con nosotros unos instantes de esos que los anuncios de televisión han hecho sinónimo de felicidad: mar, barco, sonrisas y luces tenues con alcohol de noventa grados.

El yate era un simple velero de once metros, comprado de segunda mano. Es de suponer que con uno de veintidós los resultados se duplicarán, por lo menos, y sus propietarios no tendrán dificultad en llenar la cubierta con hermosos cuerpos tostados por el sol.

Así es como funciona la cosa.

SÍMBOLOS EXTERNOS

El sinvergüenza moderno está de suerte. Hace apenas cien años era imposible disfrazarse de rico. Tal cosa sólo la conseguían expertísimos pícaros. Hoy, en cambio, la publicidad ha establecido una serie de símbolos de riqueza que, ostentados, equivalen a la riqueza misma, lo que allana el camino del sinvergüenza que quiera emplear el Método Perfecto.

Hay símbolos externos materiales, que suelen ser caros, pues se trata de bienes de consumo. De todas formas, la banca moderna, con sus créditos de financiación, los pone al alcance de cualquiera que esté dispuesto a sacrificarse por la causa.

Un Rolls, por ejemplo, equivale a tener miles de millones a los ojos del público en general. El sinvergüenza que, con esfuerzos sin cuento, disponga de un Rolls, puede ir y venir por el mundo con la seguridad de ser tomado por un archimillonario. Si va con ropa vieja o rota, por tener que hacer frente a los plazos, no se preocupe: el tolerante mujerío le tomará por un rico excéntrico, lo mismo que si, a la hora de pagar la consumición, pide dinero a su acompañante hembra con la excusa de haber olvidado la cartera en el despacho.

Si uno, a pesar de apretarse el cinturón, no tiene forma de llegar al Rolls, puede intentarlo con los Ferrari. El Mercedes mismo tiene bastante buen cartel en España. Pero el Mercedes sólo no le bastará, y tendrá que cuidar más el vestuario, amén de usar reloj y mechero de oro. Pitillera, no. Hoy en día sólo la usan las señoras.

Como antes se ha mencionado, un barco es señal inequívoca de status, pero es difícil manejar el barco cuando uno vive en el interior y se haría muy complicado explicar al alcalde de Madrid las razones por las que el sinvergüenza aspira a tener un yate amarrado en el estanque del Retiro o en el lago de la Casa de Campo.

La exhibición de grandes sumas de dinero, si se hace con naturalidad, como por equivocación, suele ser una buena señal de riqueza. Pero desaconsejable, primero porque abulta demasiado y, segundo, porque la inseguridad ciudadana puede convertir una noche de proyectado desenfreno en una tragedia.

La tarjeta de crédito de oro también es un buen síntoma que la mujer reconoce con facilidad. Lo malo es que los bancos no las dan más que a los verdaderamente ricos. En todo caso, puede adquirirse una en el mercado negro y ponerla en un sitio visible del billetero, donde otros llevan la foto de los niños. Y no usarla, en prevención de complicaciones legales. Los bancos se muestran quisquillosos con los sinvergüenzas que van demasiado lejos, aunque sea por una causa justa.

Afortunadamente existen también símbolos externos intelectuales, para cuyo uso hace falta solamente mucho cinismo, que es barato, y una nula moralidad, cosas ambas que un buen sinvergüenza, practicando sin descanso, puede desarrollar en pocos meses.

Tales símbolos, por precaución, se han de usar en territorios vírgenes e inexplorados, donde sea imposible que haya llegado nuestra fama, pues se basan en la más descarada usurpación de personalidad. Cualquier error puede truncar la carrera del sinvergüenza, dejándole a disposición del juez. Yo mismo, con un familiar magistrado, rara vez he usado el sistema.

El truco, como puede suponerse, consiste en inventarse un cargo, una profesión o una parentela de muchísimo prestigio. La elección, dada la amplitud del campo, puede ser muy variada, desde hermano o hijo de un presidente de gobierno bananero a heredero de una corona ducal.

Los expertos, sin embargo, prefieren algo menos llamativo. Con las mujeres va muy bien fingirse médico endocrino, especialista en dietética para más detalles y, mientras las manos abarcan cuanto está a su alcance, dejar que la boca pronuncie máximas hipocráticas y saludables consejos para reducir el perímetro de las caderas.

Además, las señoras suelen permitir cosas especiales a los médicos más desconocidos, desde una simple palpación a una inspección ocular de la zona problemática y de sus alrededores. Que el consejo no caiga en saco roto, porque es de oro.

Como tantos españoles, tengo un aparato para tomar la tensión, con su correspondiente estetoscopio. Una vez por semana lo llevo a mi tertulia para vigilar la presión arterial de mis discutidores amigos.

Tan pronto como me pongo las olivitas en los oídos y adopto la expresión de pedir que se diga treinta y tres, caen sobre mí todas las miradas femeninas disponibles en la zona. Algunas miradas callan pero otras no pueden contenerse y ya estoy hecho a que docenas de señoras se acerquen a mi grupo, muy sonrientes, y me pidan una tomadita de tensión.

Algunas me llaman doctor y la experiencia me ha enseñado a desengañarlas cuanto antes: una vez no oí el título, a causa del estetoscopio, y fui informado de una larga serie de trastornos gástricos de origen desconocido.

Así pues, sin testigos que puedan desmentir al farsante sinvergüenza, los estetoscopios metidos al desgaire en los bolsillos de la chaqueta pueden ser un pasaporte al éxito y hasta una invitación a realizar un detallado reconocimiento.

En años más mozos que los actuales, hice varios campamentos juveniles. Tal práctica consiste en pasarse horas y más horas al sol, acumulando polvo y tratando de evitar que cientos de niños salvajes se lesionen entre ellos, hieran a los vecinos o causen estragos en el nicho ecológico más próximo.

En prevención de algún fallo en nuestra tupida red de vigilancia, solíamos llevar a un estudiante de cuarto o quinto de medicina, al que llamábamos médico a pesar de su reglamentario calzón corto.

Cerca de nuestro campamento de chicos se instaló uno de muchachas, girls—scouts más granaditas que nuestras fieras, todas ellas bien formadas, alegres, indisciplinadas y dispuestas a convertirse en un regalo para nuestra aburrida vista.

La inexperiencia les llevó a beber agua de una fuente poco recomendable y nos pidieron auxilio de madrugada, la primera vez. Nuestro médico, dándose a todos los diablos, acudió a contemplar los síntomas y a repartir negrísimas tabletas de carbón, que hacen milagros entre las víctimas de las fuentes.

La segunda vez fueron paperas. El cómo se las apañaron aquellas muchachas para coger paperas en descampado y a la orilla de un mar delicioso, es un misterio todavía no resuelto. Pero eran paperas.

Cuando el médico cogía su botiquín y sus otros trastos de matar, observé en su rostro una curiosa expresión, como la que pondría Mefistófeles un momento antes de hacerle una proposición a Fausto.

—¿Qué expresión? —preguntó el médico.

—Esta. —la imité lo mejor que pude.

—¡Ah! Recordaba unas sabias palabras de mi venerable cátedro: hay que reconocer completamente al enfermo para no hacer un diagnóstico equivocado.

—¿Completamente quiere decir completamente?

—Eso mismo.

—¿No crees que pesa mucho ese botiquín? Llegarás con las manos temblonas y eso no es bueno en tu profesión.

No opuso reparos, pues yo era su superior campamental, de manera que le acompañé en calidad de botiquinero, listo incluso para donar sangre si era estrictamente necesario.

El estudiante de medicina, que sólo atendía a la voz de doctor, reconoció tanto como estuvo en su mano, sin dejarse ni una porción, en previsión de que las paperas fueran sólo un síntoma de algo más grave. Es en el cuello, le decían las interesadas, pero él se sacrificaba. De todas formas, una de las monitoras estuvo presente durante todos nuestros manejos, pues eran otros tiempos.

Muy bien debió de hacerlo el doctorcete, porque se corrió la voz y, al día siguiente, dos de las monitoras, las de más categoría, se encontraban fatal y el médico y yo, dando gracias, volvimos a entrar en acción, soldados de la salud haciendo una descubierta.

Podría seguir con la explicación detallada, pero es mejor resumirla así: tres días después la segunda de abordo se empeñaba en llamarme angelote y no me permitía regresar al refugio de mi tienda hasta las cinco de la madrugada. En cuanto al médico, tan embebido estaba, que sólo fue capaz de recetar aspirinas hasta el final del turno.

Por eso repito que el consejo no ha de caer en saco roto, porque es de oro. Los verdaderos médicos no pueden permitirse jugar con la deontología. Los falsos, sí: por el bien de la causa.

Apropiarse de personalidades o de titulaciones de prestigio entre las señoras es siempre gratificante, mientras no se practique con mujeres policía. Los médicos, como hemos visto, tienen un fácil acceso a la intimidad. Pero, si uno no dispone del oportuno estetoscopio, tiene otras muchas posibilidades de acción.

Los falsos curas, por ejemplo, se cotizan bastante bien y más ahora que hacer de clérigo no exige enfundarse en la engorrosa sotana. Por lo visto, a los ojos de la mujer, el sacerdote está rodeado de la atractiva aura de lo prohibido, y eso siempre es una buena recomendación. No pocas se mueren de ganas de hacer pecar a un cura, por estropearle el asunto de la virginidad o el voto de castidad.

Cuando era joven y seguía estudios reglados en Madrid, los Beatles estaban iniciando su decadencia y, además, había comenzado ya el desconcierto en la moda masculina. Yo, ocasional lector de Sartre, a quien llamaba Jean Paul —eso les indicará mi vanidosa psicología adolescente—, vestía a menudo de negro. Traje negro, camisa blanca y, sobre ella, jersey negro que sólo dejaba ver una estrecha franja del cuello.

Era, más o menos, existencialista tardío en un Madrid que no había dejado atrás ciertas fijaciones en torno a la apariencia. Era, además, un estudiante, y el cargo me exigía tomar vino blanco con limón de doce a dos en las más acreditadas tascas, alternando el copeo con inteligentes partidas de chinos.

En un bar, El Laberinto del Tinto se llamaba, jugaba cinco chinadas todos los días a partir de la una y cuarto. Un espíritu joven dentro de un cuerpo joven, todo ello rociado con blanco con limón, da bastante de sí, y no siempre mantenía el lenguaje académico propio del hombre culto.

Meses después de que durasen estos ritos paganos, yo venía observando cómo una sobrina que despachaba tras la barra me hacía ojitos, me llenaba más de la cuenta los vasos y me rozaba una y otra vez la mano al devolverme los cambios. Canastos, solía decirme yo cuando disponía de tiempo para la reflexión.

Un día, después de haber pedido blancas siendo mano, jugándome el todo por el todo y perdiendo, dije algo más que canastos: palabras aprendidas en el Diccionario Secreto de Cela. La muchacha, hecha al lenguaje, se sonrió de todas formas:

—¡Hay que ver cómo son ustedes! —me dijo.

—¿Quiénes? —pregunté, inspeccionando los alrededores.

—Los curas modernos.

Quedé transido por la emoción: todos aquellos meses disfrazado de existencialista y pensando que el hombre era un ser—para—la—muerte, sólo habían servido para que me tomaran por clérigo contestatario, subespecie que estaba en auge por entonces. Y, para colmo, la tabernerita me echaba miradas sensuales.

Aprendiz de sinvergüenza y todo, siempre fui muy mirado con las cosas del culto. Sólo fui ateo de los 16 a los 17 por haber leído una pijadita del dr. Freud a destiempo, Tótem y Tabú si no recuerdo mal. Pero, en cuanto se me disiparon los efectos, volví al redil de la Madre Iglesia y en él sigo, a despecho de algunas escapaditas pecaminosas que en nada debilitan mi fe.

—¿Cómo, cómo, cómo? —pregunté, por si los oídos me habían gastado alguna jugarreta.— ¿Has dicho cura moderno?

Ella señaló mis ropas e hizo que sí con la cabeza. Si aquello que tenía delante no era un cura, ¿qué era?

—¿No me dirás —intervino uno de los contertulios, el que llevaba tres cuando pedí blancas de salida— que no eres cura?

—Claro que te lo diré: no lo soy.

—Y nosotros venga de hacernos lenguas de lo simpático y campechano que era nuestro cura. Estábamos seguros de que limpiabas las almas de un golpe.

Había desengaño en sus ojos. Y en los de la muchacha. Cuando me devolvió el cambio de la ronda perdida se abstuvo de rozarme la mano y de suspirar: ante sus ojos yo había perdido tres cuartas partes de mis encantos.

De todas formas, sospechando que podían estar haciéndome objeto de un bromazo tabernario, de regreso a casa en el metro me acerqué a dos mujeres jóvenes, justo debajo del cartel de se prohibe fumar.

—¿Me da fuego, hermana?

Me lo dieron. Luego, a distancia ya, les oí comentar entre ellas:

—¿Te has fijado qué cura tan joven?

Desde entonces, cada vez que uso trajes negros me pongo corbata: no hay cura moderno que se atreva a tanto.

Se han puesto dos ejemplos de usurpación de personalidad que demuestran las infinitas posibilidades del método perfecto si uno lo quiere usar sin ser de verdad rico, poderoso o famoso. Pero no hay que pasarse.

Una noche, al entrar en una discoteca, me fijé en un tipo, con medio pedalete, que obligaba a sus acompañantes a llamarle alteza. ¡Ay de quien le apeara el tratamiento! En la barra, la proximidad me obligó a enterarme de su personificación: afirmaba ser el hermano del rey.

Este se pasa —me dije— Duque ya es mucho, pero príncipe...

La prueba de que la exageración no había prendido en las mentes femeninas allí presentes, estaba a la vista: todos los seres con faldas, incluidos los travestís, esquivaban a su alteza que, por otro lado, usaba del mese y del tese con demasiada profusión, atípica en un miembro de la realeza.

—¿Y ese? —pregunté al barman en un descuido.

—Es el loco. Hoy es el hermano del rey, pero tenía que haberle visto ayer, que le tocaba ser el hijo de Marilyn Monroe.

LECCIÓN CUARTA: EL SEGUNDO MEJOR MÉTODO

O el cuarto, a continuación de ese trío de ases compuesto por el dinero, el poder y la fama. En realidad, se basa también en la fama, pero en la mala, no en la popularidad.

En otras palabras: el mejor modo de triunfar en este difícil arte de ser un sinvergüenza con las señoras, es tener fama de serlo. Los más sagaces científicos no se explican todavía el método del que se valen las señoras para hacerse con la información, pero el buen sinvergüenza acaba siendo conocido por todas las mujeres de su ambiente y por muchísimas de otros.

En esta situación, al sinvergüenza famoso casi nunca le faltan candidatas para la experimentación más avanzada. Candidatas, además, que no se hacen ilusiones sobre el futuro, aunque también pueden aproximársele las que tengan intención de redimirle de su sinvergonzonería impenitente.

Pero este método es un círculo vicioso, no a causa de la débil moral del sinvergüenza, sino porque hay que ser previamente un sinvergüenza para poder actuar como tal, de modo que el aprendiz nunca puede usar este sistema garantizado.

Las mujeres, gracias a sus agudos sentidos, descubren a un sinvergüenza antes que el hombre y rechazan cualquier falsificación. Ni siquiera se dejan convencer por la potencialidad de sinvergonzonería del individuo en cuestión: para ellas sólo valen los hechos cuantificables como número de señoras seducidas, número de hijos adulterinos y otras pruebas de menor orden.

¿Quiere esto decir que este maravillosos método, basado en el cría fama y échate a dormir, está vedado a quien se inicia en esta clase de fechorías? No, o por lo menos, no del todo, gracias a las modernas técnicas publicitarias.

Yo mismo, gracias a la gran documentación que se maneja en este libro y al hecho de que muchos datos están tomados directamente de la realidad, tengo la esperanza de hacerme con una buena mala fama en este sentido.

Es posible que en los próximos meses las señoras se den con el codo en los restaurantes y en los autobuses al verme entrar: Ese es.

Claro que también es posible que alguna feminista de abordaje desee politizar estas experiencias psicológicas e inocentes y me propine una paliza, ya física, ya moral. Pero esto no haría más que incrementar mi fama de sinvergüenza, de modo que muchas señoras pueden sentir hacia mí la atracción de los abismos y tirarse de cabeza hacia mi deleznable psicología.

UN TOQUE DE FILOSOFÍA ILUSTRATIVA

Don Juan llega a ser Don Juan porque, previamente, ha sido Don Juan.

Mientras usted trata de sacar el sentido de esta enjundiosa frase, ganaremos tiempo recordándole cómo el Tenorio se pavonea de sus éxitos frente a Don Luis: que si esta, que si la otra, que si el cartel en la puerta... Resultado: fascinación.

Algunos anuncios de detergentes daban una de las claves de este fenómeno: ¿A quién se lo dijo usted? A mi vecina. O sea, muchas mujeres actúan como algunos hombres miserables que se pavonean de sus triunfos, sólo que las mujeres se lo cuentan todo, o casi todo, con detalles que pondrían los pelos de punta a cualquier varón empedernido.

El hombre, en cambio, no puede hacer esto si aspira a aplicar correctamente el método. Ha de ser discreto, casi silencioso y conseguir que sean los demás, las demás a ser posible, las que hablen de él, corriendo con el peso de la acción.

EJEMPLOS

1.— Uno de estos hombres fuertes y silenciosos, interesado en una mujer muy especial, tomo la costumbre de contar a su marido todos sus éxitos con las señoras. Imaginarios, pues abusaba de la buena fe de su amigo.

Como sinvergüenza de casta, no tuvo reparo en mancillar el buen nombre y el honor de algunas mujeres, sólo con la precaución de que se tratara de señoras que no tuvieran ninguna intimidad con la esposa.

La mujer era detalladamente informada por su inocente marido:

—¿Sabes lo que ha hecho esta vez mi amigo?

Tenía que haber sospechado del desinterés que ella mostraba: sólo las mujeres que ocultan algo dejan de curiosear en la vida de los conocidos.

—¡Pues esto y esto con fulanita! Yo no sé qué les da.

Ella tampoco y, humana, sentía curiosidad por averiguarlo. Así, un buen día, el presunto sinvergüenza vio La Mirada, ese rayo inequívoco que es como la luz verde de los semáforos.

La buena o mala señora siguió exactamente sin saber lo que les daba el sinvergüenza a las mujeres, pero no dudó de que ellas se le entregaban a docenas. Algo defraudada, hizo comentarios con sus íntimas, reconociendo su fama de golfo indiscutible.

Y la bola de nieve echó a rodar, cosa que el hombre agradeció, particularmente durante las largas noches de invierno en provincias.

2.— Un hombre absolutamente normal, algo tímido, en su vida había dado muestras de propensión hacia la sinvergonzonería. Era tan educado y correcto que las mujeres, a su lado, se sentían a salvo, lo cual es muy bueno para la fama de un caballero pero pernicioso para encontrar temporales y agradables compañías.

Baste decir, para terminar el relato, que su confesor le felicitaba por su prudencia con el sexto. El, en cambio, no: no se abstenía de pecar por convicción sino por falta de oportunidad.

Un buen día una devoradora de hombres, de esas que no le hacen ascos a nada, se sintió atraída por él por uno de los métodos que ya se han explicado: era tan decente y correcto que hería su sensibilidad de mala mujer, así que le sedujo y él, sin tener conciencia clara de los acontecimientos, se vio lanzado a la vorágine de la carne.

La vorágine, como era de prever, le sentó bien durante unos días; los suficientes para que otra devoradora, que mantenía una feroz competencia con la primera, le sedujera en un descuido. El, todo hay que decirlo, estaba dispuesto a ser seducido tantas veces como fuera posible.

La primera seductora se enteró de la faena de la segunda y hubo una gran pelea. No por el hombre, que les importaba poco, sino por la vanidad herida. Pero la excusa era aquel hombre decente y educado que en su vida había sido capaz de enunciar un piropo.

Aquello hizo ruido. Además, ambas devoradoras aprovecharon para entrar en detalles sobre él. La una le infravaloraba, para disminuir la vergüenza de haber sido traicionada, y la otra ensalzaba cada uno de sus detalles físicos e intelectuales. El no lo sabía, pero había sido puesto en un escaparate bien iluminado y las mujeres le contemplaban a sus anchas.

Tres días después de estos acontecimientos, nuestro hombre recibió la visita de un amigo, algo avergonzado:

—Fulanita —dijo— me ha visto en la discoteca y me ha preguntado por ti.

—¿Por mí? —se asombró el interesado, incrédulo. Jamás las mujeres se habían dedicado a interrogar a sus amigos.

—Me ha subido al coche y está aquí abajo, esperando. —dijo el amigo. Enrojeció, porque percibía cierto papel de alcahuete en su incómoda misión.

—¿Abajo? —aquello superaba a un buen puñado de sus mejores sueños. ¿Y qué quiere?

—Llevarte a bailar. Que salgas. Ella conduce.

Bajaron ambos, aunque el amigo aprovechó un descuido para escabullirse como un conejo.

Tras una noche aburrida y algo silenciosa, ella aparcó el coche frente a la casa de él y suspiró. Un suspiro femenino en un coche pequeño no deja de enrarecer el ambiente y hasta hierven las ideas de los hombres más dóciles.

—¿Puedo darte un beso? —preguntó, presa de una de ellas.

La muchacha dijo algo como esas cosas no se preguntan y abrió ligeramente los labios. El que iba a ser un beso de despedida, se convirtió en un beso de bienvenida.

Aunque sólo se había hablado de besos, sin mencionar ninguna otra fórmula cariñosa, el héroe se encontró abrazado, envuelto casi, y aún hoy jura que mordido.

En la actualidad, y gracias a estas colaboraciones espontáneas, es un sinvergüenza con todas las de la ley. Las madres se abstienen de pronunciar su nombre ante las hijas y las hijas, con más motivo, de pronunciarlo ante las madres. Los maridos le echan miradas de través. Las esposas no le saludan por la calle, pero él oye, a distancia, el ruido de sus pensamientos.

En las noches de descanso, todavía sorprendido, se mira al espejo y se pregunta:

—¿Pero que les das, c...?

No lo sabe. Ellas, tampoco. Pero podría hacer muchísimas muescas en la pata de su cama.

3.—El Segundo Mejor Método llega a producir situaciones de pura saturación, como demuestra el caso de mi amigo Bill. Bill, para empezar, se llama Ramón, pero se es el nombre de guerra que usa.

Es propietario de un negocio turístico. Vive todo el año en una playa de arenas blancas sobre las que se mece un mar verde esmeralda, posiblemente pálido de envidia. Bill, por todo patrimonio, posee La Mirada, un ojo desvergonzado y sonriente que, por lo visto, promete paraísos artificiales cada vez que se posa sobre una cara bonita.

Bill, dadas las circunstancias turísticas, trasnochaba mucho y bebía aún más. A partir de las once de la noche era capaz de decir cualquier cosa, por sencilla que fuera, en la seguridad de no recordar palabra al día siguiente. Pero, en lo tocante a señoras, era del montón y, normalmente, ponía más interés en la cerveza que en perseguir a las mujeres.

Esto duró hasta una noche en que, llevado por una cierta emoción estética, varios gin tonics y su simpatía natural, consoló a una joven turista que tenía que partir al día siguiente hacia su brumoso norte.

—Si quieres, puedes quedarte quince días más, en mi casa. No te preocupes de nada. Alberto, otra de lo mismo.

Alberto obedeció, solícito, y también la extranjera. Bill le era más o menos indiferente, pero no la playa con su arena blanquísima y su mar transparente. Como era una buena luterana, incapaz de pensar que alguien le ofreciera algo a cambio de nada, besó a Bill aprovechando un momento en que la copa se despegó de sus labios.

Bill, o sea, Ramón, quince días después repitió la invitación a otra joven que iba a abandonar, desolada, la costa, el sol y las noches de bulla. Hubo suerte y también resultó luterana, perfectamente al tanto del toma y daca que es la vida.

Hoy Bill ha dejado de beber para poder cumplir con sus compromisos. De un modo u otro, las chicas del brumoso norte han conseguido enterarse de su existencia y no pocas son recomendadas por las anteriores.

Bill tiene lo que en televisión se llamaría una apretada agenda. De tal fecha a tal otra, Britt; de aquí a allá, Beryl; del uno al doce, Gill. Y, así, sucesivamente. No se da un minuto de descanso y, lo que es ideal para un sinvergüenza bien acabado: no tiene que hacer el menor esfuerzo para ejercer. Los mahometanos, para conseguir algo así, tienen que morir en una guerra santa.

LECCIÓN QUINTA: EL MÉTODO DIRECTO

La nobleza del toro se mide por la rectitud de su embestida, y no hay nada en un toro que no pueda aplicarse a un sinvergüenza, es decir que nada se opone a que los sinvergüenzas demuestren su entereza y honestidad actuando de frente, a pecho descubierto.

Este es el Método Directo que, por desgracia, no está disponible para todas las psicologías. Hay sinvergüenzas empedernidos que tiemblan sólo de pensar en el modo mejor de manifestar sus intenciones de sinvergonzonear, si puede expresarse así.

Los hay que necesitan dejar la iniciativa a la mujer y los hay que prefieren separar claramente las diferentes fases del galanteo. Pero el sinvergüenza sabe, en el fondo de su oscuro corazón, que todos los prolegómenos son una pérdida de tiempo. Ninguno ha dejado de soñar en el milagro de acercarse a una hermosa mujer y decirle sencillamente: Tú. Y que ya esté todo hecho.

Lo que sucede es que hay que ser muy especial, tener el corazón valiente y sólido, y un gran desprecio por la sensibilidad de la mujer, para usar cualquiera de las muchas variantes del Método Directo.

Hay, por ejemplo, quien toquetea desde el primer momento: pellizcos en el brazo desnudo, manos al hombro, a la cintura, a la cara, poniendo con los gestos las cartas boca arriba: esto es lo que hay. Todos sabemos que esto funciona a veces, aunque en ocasiones es preciso repetir el tratamiento durante dos o tres días.

Hay quien usa la palabra sin que se le quiebre la voz. Esto y esto, mujer. ¿Qué respondes? Y no cosechan tantos cachetes como dicen algunos chistes, porque casi todas las mujeres —si están a solas— se sienten halagadas por estas primitivas manifestaciones de interés personal.

Hay quien se arrima. Directamente: te presento a fulanita. Hola, y se arrima tanto como puede. Hay quien deja pasar un cierto tiempo, el de tomarse una tapa de algo, y mete mano sin pronunciar una palabra. El fracaso tampoco suele conllevar la anticuada bofetada: todo lo más la mujer separa la mano osada. El sinvergüenza, entonces, pide otra tapa y vuelve a meter mano. Es sorprendente el porcentaje de éxitos.

¿Por qué? ¿Les gusta la osadía a las mujeres? Parece que sí si no hay muchos testigos y si es una osadía exenta de grosería. Al emplear el Método Directo no conviene usar un lenguaje fuerte o tabernario.

Los he visto que meten mano hablando de literatura, de política y hasta en silencio, como quien no quiere la cosa, mirando al tendido. Supongo que las complacientes afectadas se imaginan que ellos no pueden resistirse a sus encantos.

La grandeza de método directo reside en el gran desparpajo que hay que tener. Quien consigue esforzar el corazón lo suficiente, llega a elevadas cimas y no conoce jamás la vergüenza.

EJEMPLOS

1.— Una vez más este ejemplo forma parte de mi experiencia. Ya supondrá el lector que sólo pongo los éxitos y que cubro los fracasos con un estúpido velo, hecho a la medida para tal efecto.

Por circunstancias laborales había abandonado mis habituales cazaderos y vivía, por cuenta del patrón, en un hotel. Allí estaba yo, lejos de mi hogar y solo, aburrido y sin raíces. A veces estos cambios desinhiben a las personas, permitiendo que sus instintos se sitúen más a flor de piel.

Al segundo día ya había catalogado a todas las mujeres libres disponibles y había elegido, in mente, a una joven menuda de ojos azules, que era una auténtica introvertida sentimental. Hablaba poco; se abstraía completamente al primer descuido; mantenía la vista baja y, en general, presentaba todos los síntomas de tener una activa imaginación y de ser muy capaz de decir el amor es lo más importante de mi vida o algo por el estilo.

Fue relativamente fácil maniobrar en el comedor hasta conseguir que un camarero bien amaestrado me acompañara a su mesa:

—¿Le importa que este señor se siente aquí, señorita? Todas las mesas están ocupadas'

El camarero y yo temíamos la misma cosa: que alzara los ojos y comprobara el número exacto de mesas vacías que se veían a nuestro alrededor. Ella, posiblemente interrumpida en una de sus fantasías, no opuso reparos, aunque bien pronto descubrí que hacía falta un sacacorchos para extraerle las palabras.

Conseguí, de todas formas, enterarme de su nombre, número y graduación y de su frustrada vocación de maestra. Ya he dicho que, desarraigado y frente a una desconocida, mis instintos funcionaban a las mil maravillas, de modo que no tuve dificultad para hablarle de sus ojos, que eran como lagos; de la serenidad de su rostro y de que había un no s qué artístico vibrando, alto y fuerte, en sus gestos.

En efecto: había hecho teatro universitario a pesar de su clarísima timidez y, además, escribía. No pregunté qué escribía: analizado su carácter, no podía tratarse más que de un diario que rebosaría de introspecciones bajo el lema nosce te ipsum. Si había estudiado griego, el lema quedaría así: gnozi seautón.

—Son cosas muy íntimas. —me confirmó cuando me interés por su particular arte.

París bien vale una misa, me dije, y me mostré interesadísimo. Como el lector habrá comprobado, yo estaba usando el método a la gandola, que es lento, pero seguro.

Para demostrarle que existía una posibilidad de que fuéramos almas gemelas, le dije que yo también escribía en cuanto tenía una oportunidad y un trozo de papel, si es que no me había dejado en casa el canuto para trazar las oes debidamente. Teníamos —insistí al comprobar que ella era refractaria a las gracias— un punto en común: nuestra afición a la pluma.

Ustedes pueden poner aquí esto y lo otro, esto y lo otro, etcétera, hasta que llegó la hora de cenar y volvimos a compartir la mesa, esta vez sin excusas. Ella llevaba un cuaderno: sus memorias o algo por el estilo.

Nos sentamos en el salón, juntitos, y empezó a leerme algunos párrafos escogidos. Al poco, me enteré de que no sabía de dónde venía ni adónde iba y que tenía dificultades para saber quién era ella. También se preguntaba por el sentido de la vida y por el objeto de la soledad. La soledad, siempre según ella, era una especie de prueba unas veces y, otras, un crisol donde se fundía la personalidad a fuego lento.

Una vez que me enteré del argumento general, desconecté los oídos y me puse a pensar en una buena crítica que le demostrara que ramos almas gemelas. Frases como extraordinaria perspicacia o sensibilidad exaltada cruzaron por mi imaginación como fantasmas.

De repente comprendí que estaba equivocando el método. Desde el momento en que aceptó mi compañía, era seguro que había imaginado cualquier cosa que yo me propusiera hacer con ella. Y, como seguía siendo una desconocida que no me infundía la menor inquietud, me decidí por el método directo y me la quedé mirando fijamente, al acecho del momento oportuno.

Ella se hizo cargo de mi mirada fija, la analizó y siguió leyendo, levantando de tanto en tanto los ojos hacia mí. Una vez calló durante más de dos segundos y, cansado de tanta verborrea, ya no tuve dudas: me incliné y la bes en los labios.

Era pasiva. Se dejó hacer sin demostrar casi nada y, al terminar, sonrió. No hizo preguntas. No habló de lo que acababa de suceder. Se quedó allí, callada, con la vista baja.

—¿Qué piensas? —pregunté, para matar el tiempo.

Ni una palabra. En una situación así, cualquiera puede desorientarse, pero no un sinvergüenza: cuando es que no la mujer lo dice en el acto. Cuando es que sí, a veces siente vergüenza. Así que le levanté la barbilla y volví a besarla: hacía sólo seis horas que la conocía.

Lo que ambos hiciéramos durante la séptima y la octava hora excede del propósito educativo de este manual. Investigaciones de orden psicológico, sin duda. Era una Introvertida Sentimental extraordinariamente bien formada.

Con todo, a estas alturas aún no sé si ella deseaba lo mismo que yo, víctima de la soledad, o si la timidez le impidió decirme que no. El Método Directo funciona exactamente igual con las sensuales que con las dubitativas. Para el hombre, en cambio, equivale a la sensación de lanzarse desde un trampolín sin saber si el agua estará muy fría o caliente: no hay seguridad mientras se cae.

2.— Un matrimonio amigo me había invitado a cenar. En verano, bajo un emparrado, comida inglesa, si es que a algo se le puede llamar comida inglesa salvo al fuego líquido que mi anfitriona suele llamar pollo al curry y que está hecho con mucho arroz.

Mi anfitriona, una rubia muy culta y humorista, atravesaba una temporada dedicada a las buenas obras y había decidido casarme o, al menos, emparejarme. Por eso no me sorprendió que, además del matrimonio y los niños, hubiera una persona de más en la mesa: una rubia platino de fríos ojos azules, de treinta y cinco años, recién importada de Inglaterra, donde acababa de divorciarse.

No hablaba ni una palabra de español y la conversación veraniega que mantuve con ella estuvo llena de malentendidos. Queriendo decirle que me gustaba nadar, to swim, le dije que me gustaba to sleep, dormir. Ella quizá lo tomó como una proposición deshonesta pero, sencillamente, me catalogó como un tipo original y se abstuvo de hacerme críticas fáciles.

Terminado el último café, mi anfitriona me preguntó si sería una molestia llevar a la mujer a su casa. Lo era, pues añadía veintitantos kilómetros a mi ronda nocturna y, a la una de la madrugada, más de cinco son una barbaridad.

Por otro lado, no me quedaba nada más que comunicarle a mi rubia y ella parecía hallarse en la misma situación: a los dos nos gustaba nadar; nos gustaba leer. Ella se había divorciado y, según creí entender, respiraba más a gusto. Le gustaban las playas, el bitter sin y la música de los Beatles. Como se comprenderá, apenas si podíamos memorizar más información del otro.

Hicimos el trayecto en silencio, oyendo sólo el viento en mi coche descapotado, y algunas palabras escogidas que yo dedicaba a otros automovilistas refractarios al cambio de luces.

Estación por fin delante de la casa indicada y descubrí que la buena mujer no hacía ademán de bajarse. Mis sentidos, siempre alerta, me advirtieron de la situación:

—Bien— dije, para romper la tensión— All right.

—¿What?

Me miraba con aquellos ojos fríos y ni mención hacía de dar por terminado el encuentro. Podía esperar a que yo diera la vuelta para abrirle la puerta o estar pensando en la forma más fácil de decirme que si quería pasar a tomar la última taza de café sintético.

Pero yo sabía que no. Me estaba dando una oportunidad para demostrar cuanto se ha venido escribiendo de los hombres españoles bajo la luna. Para no cohibirme, dejó de mirarme, pero siguió aferrada a su sillón. Calculé que deseaba un beso de despedida y tomé puntería:

—Good night. —dije, levantándole la cara y apoyándome en sus labios como un caballero.

¡Dios mío! Fui recibido con disparos de morteretes y castillos de fuegos artificiales. El método directo, por una vez, se había convertido en una espoleta, hasta el punto de que se me hacía difícil distinguir qué parte de aquel amasijo me pertenecía y qué parte era de la mujer. Cuando, diez minutos después, mis vértebras empezaron a crujir, no tuve más remedio que dejar escapar un sonido amoroso:

—¡Uf! —dije.

—¿Quieres pasar a casa? —me preguntó, preocupada por mi salud.

Y pasé a la casa y la noche, si puede expresarse así. No obstante, aquí el método directo fue forzado por la otra parte contratante, que se negó a abandonar el coche sin recibir manifestaciones de cariño. Había acudido a la cena con un proyecto muy elaborado para las horras de oscuridad y lo ejecutó sin importarle gran cosa quién era yo ni cómo era. Naturalmente, yo actué con el mismo desinterés, pero, a pesar de todo, no dejé de sentirme vejado.

3.—. Fulanito de Tal era de una buena familia, aunque hiciera lo posible por disimularlo, ya que estaba en su tercer año de prácticas de sinvergüenza. Como tantos, había descubierto las excelencias del Método Directo y el hecho de que la mujer, aun cuando dice que no, suele sentirse halagada si uno no es un grosero deslenguado.

El llamado acoso sexual es algo con que todas las mujeres cuentan una vez cumplidos los catorce, y es parte de su ser, hasta el punto que, si no se ven acosadas de tanto en tanto, pueden sufrir depresiones o complejos de inferioridad.

Fulanito no pertenecía a esa clase de hombres fuertes y silenciosos capaces de ensayar el método directo: le gustaban los proyectos más elaborados, en los que se van añadiendo poco a poco todas las piezas del rompecabezas de la sinvergonzonería.

Fulanito era propietario de un gimnasio y, en ocasiones muy especiales, aterrizaba por él y sustituía a la empleada que conectaba los electrodos de la gimnasia automática. Para quien no lo sepa, conviene explicar que existen unos modernos instrumentos de tortura, terminados en unos electrodos que se aplican sobre los músculos que necesitan ser activados. La paciente se tiende, se le colocan los discos eléctricos en las zonas que quiere afinar o fortalecer y, automáticamente, esos músculos se contraen y se relajan a efectos de las descargas. Muchas señoras prefieren esto, tan tecnológico, a una buena sesión de gimnasia sueca.

Una señorita se encargaba de tales menesteres pero aquel día la empleada estaba de baja. Ese fue el momento elegido por una joven de ojos verdes, escultural toda ella, capaz de levantar dolor de ojos a los dos minutos de contemplarla. Era una mujer moderna que acudía al gimnasio con la misma seguridad que al médico, completamente fiada en la ética de los profesionales.

A pesar de saber, por sus lecturas educativas, que la hermosura se marchita y que lo que cuenta es la belleza interior, la joven se había llevado un susto al probarse el bikini para el cercano verano y, en su opinión pero no en la de Fulanito, había mucho material sobrante que debía ser erradicado.

Alguien le dio la dirección del gimnasio y a él acudió sin ninguna prenda deportiva, con un vestido blanco y ligero y una sonrisa que hacía tambalearse a los aparatos de gimnasia que la recibían de lleno.

—Aquí y aquí. —dijo, mostrando las zonas que causaban su inquietud: las tersas proximidades del ombligo y el principio prieto de los muslos.

Fulanito, que siempre había sido ético, evitó que se le saltaran los ojos gracias a un profesional esfuerzo. Miró sin ver, dominando sus excitados sentidos, y le rogó que se echara en la mesa de masajes, maldiciendo la circunstancia de tener a su masajista fuera de combate: iba a ser una sesión de mucho sufrimiento moral.

La chica, moderna y confiada en apariencia, se echó en la mesa, levantándose el blanco vestido hasta el inicio de las costillas falsas.

—¿Me quito algo más? —preguntó.

—No, por Dios. Ya es suficiente.

Con mano delicada, sin apenas rozar la piel femenina, colocó ocho electrodos: dos a cada lado del precioso y vertical ombligo y dos en cada cadera. Cada vez que dejaba uno en su sitio murmuraba perdón. Así era de correcto Fulanito en aquella tarde de prueba.

Ella empezó a recibir las descargas y su cuerpo, al contraerse y relajarse, era un espectáculo capaz de poner los pelos de punta a cualquier varón normalmente constituido. Pero no toda la carne es débil: la de ella era elástica y resistente.

—Es que como mucho. —se disculpó la mujer.

El, cortésmente, y amparándose en lo que veían sus ojos, negó aquel infundio.

—Sí, sí. Estoy muy angustiada, y la angustia a mí me lleva a la nevera. No pararía de comer.

Fulanito, siempre deseoso de complacer, afirmó tener su método para la angustia. Los chinos, grandes observadores, habían dado con varios puntos que, bien masajeados, convertían la más negra angustia en el más luminoso optimismo. Y, aquí, cometió el más grave error: puso sus dedos sobre el espléndido material del que estaba hecha la muchacha.

Por supuesto que se limitó a lugares inocentes: un centímetro por encima del entrecejo, los rabillos de los ojos, las sienes, junto a la fontanela anterior, un dedo por encima de cada oreja... Sitios que no pueden disparar ninguna alarma roja.

—¡Ah! —dijo ella, y en su voz había una sensual pereza que no se le escapó al hombre.

—¿Va mejor?

—¡Ah! —volvió a decir ella, más sensual si cabe.

Un duende, o quizá el maligno en persona, aconsejó a Fulanito hallar por su cuenta nuevos puntos que potenciaran el optimismo y se dedicó a rozar suavemente los lóbulos de las orejas, obteniendo varios ¡ah! como respuesta.

Luego se acordó de su perro y empezó a pasar sus osadas manos por el pelo suavísimo de la mujer. Una y otra vez. Mientras, ella, con los ojos cerrados, se contorsionaba a efectos de las descargas eléctricas. Por último, empezó a rozarle los labios con un pulgar ligero y cargado de buenas intenciones.

Estaba concentrado en esta última acción cuando descubrió que los ojos femeninos, bien abiertos, le contemplaban en detalle. Algo había cambiado en los masajes tranquilizantes y la mujer daba claras señales de haberse percatado.

Fulanito comprendió que estaba en uno de esos momentos en que los biorritmos son de lo más propicio, y recordó sus tres años de aprendizaje del arte de la sinvergonzonería.

¡Diablos! , se dijo cuando comprendió que no podía dejar que la muchacha se le escapara y, encomendándose al ángel de la guarda, la besó a los veintisiete minutos de haberla conocido. Fue, eso sí, un beso casto, suave, sin apreturas. Un beso con mucho componente espiritual.

Ella cerró los ojos. Cualquier duda que albergara se había disipado y, por otro lado, debía opinar que los besos son también un buen antídoto contra la angustia. El, sin mencionar de palabra lo que acababa de suceder, siguió masajeando los puntos chinos y rozando suavemente los labios.

Luego, otro beso seguido del mismo silencio encubridor, como si nada sucediera, aparte de los torrentes de adrenalina que invadían hasta los más diminutos pensamientos.

La sesión de una hora se prolongó dos. Por fin, la muchacha manifestó estar dolorida, siempre sin mencionar los muchísimos besos que le habían ayudado a combatir la angustia y, por lo tanto, el hambre compulsiva.

—¿Te vas a ir? —dijo Fulanito después de desconectar los electrodos y bajarle el blanco vestido.

—Sí.

—¿No podrías esperar aquí un momento? Nos iríamos juntos. A tomar una cerveza.

Nunca se sabrá lo que pasó por la cabeza femenina, pero aguardó en silencio, con la cara impasible pero con el pulso acelerado.

Al día siguiente, y tras una noche de terapia intensiva, ambos se pusieron a compartir piso durante cuatro meses y unos días. Ella adelgazó de donde quería. El, al quinto mes, ya roto el embrujo, se encontró con otra alumna de su gimnasio que también necesitaba combatir la angustia: comía tanto como podía a causa de los nervios.

Le aplicó el mismo tratamiento, sin variar un solo detalle y, como sucede en las experiencias de laboratorio, obtuvo los mismos resultados sin decir en ningún momento nada que tuviera que ver con el amor ni con un sencillo piropo. Ni siquiera mencionó los besos que distribuía aquí y allá.

REGLA DE ORO:

Si no es usted osado o no se encuentra bajo una presión psicológica muy potente, no aplique el método directo. Además, es más eficaz con las desconocidas: las amigas de siempre pueden sentir la tentación de pararle los pies.

LECCIÓN SEXTA. EL MÉTODO MAS ANTIGUO: EL PALEOLÍTICO

No se alarme por lo cavernícola que pueda sonar este método: en modo alguno se trata de sacudir a la señora con una cachiporra y llevársela a rastras de los pelos. Esos tiempos, si existieron alguna vez, se han vuelto imposibles desde que la mujer usa el cabello corto.

Pero no es menos cierto que el Paleolítico existió y que aquellos hombres y mujeres, cansados de tallar el pedernal a golpes durante miles de años, tuvieron mucho tiempo para pensar y descubrir los riesgos de la consanguinidad. En principio, los conjuraron con la compra de mujeres en los mercados exteriores.

Según los antropólogos, parece bastante probable que muchos machos de cada tribu aportaran material genético nuevo comprando o trocando mujeres de tribus o aldeas vecinas, muy seguramente a cambio de gallinas, ovejas, cerdos o renos, según las latitudes.

Los pobres, o los simplemente rebeldes, las raptaban. La mujer, así tratada, se pasó larguísimos milenios curtiendo pieles y, como se ha indicado, tallando pedernal, aprovechando para pensar que su destino era madurar y casarse con un extranjero. Extranjero, en aquella poca dorada, era cualquiera que viviera unos kilómetros más allá, en otra comunidad.

Tan largo período de tiempo sometida a unos severos hábitos, ha dejado en la mujer actual ciertas reminiscencias. Una puede ser su amor a los abrigos y estolas de pieles o a las piedras talladas, montadas en collares y en anillos. Otra, su indudable interés hacia los forasteros y extranjeros.

Las señoras están mucho mejor preparadas que los hombres para las novedades, pese a ser el elemento estabilizador y conservador de la sociedad. La mujer, por ejemplo, es víctima de la moda; no sólo de la moda en el vestir y en el maquillaje o en la música, sino en el comportamiento, en el lenguaje y hasta en el amancebamiento.

Por la misma razón, por la novedad que supone, las señoras se interesan por los extranjeros a causa de la atracción por lo desconocido, mientras que los varones suelen mantener una peligrosa reserva: ellos, en el Paleolítico, no se casaban con los vecinos; se liaban a hachazos con ellos.

La actitud del hombre respecto a la mujer foránea es, sin embargo, la misma: atracción. Era el hombre, no lo olvidemos, el que iba a buscar hembras por las cercanías, para comprarlas o para robarlas, pero siempre con fines más o menos matrimoniales.

El famoso Rapto de las Sabinas ilustra muy bien este mecanismo: los romanos pobres invitaron a una fiesta a los sabinos ricos y, en el apogeo del jolgorio, les soplaron a las señoras: hermanas e hijas, pero también esposas.

Los sabinos corrieron a armarse de punta en blanco, aunque pasó bastante antes de que se presentaran ante la minúscula Roma, dispuestos a hacer una barbaridad. ¿Y qué pasó? Las sabinas salieron a interceder por la vida de sus raptores. Muchas esperaban hijos ya.

Lo cierto, lo seguro, es que aquellos manejos algo brutales les habían gustado. Una clarísima reminiscencia del Paleolítico. Aún ahora, muchos hombres eligen a una mujer que no es de su tierra y lo mismo hacen las señoras respecto de los varones. Quizá más. Parece ser que el misterio es fundamental en la atracción.

¿Hace falta explicar todavía el método más antiguo, el paleolítico? En dos palabras: hacerse pasar por extranjero. A veces basta con parecer del pueblo de al lado o de la capital de más allá, pero, puestos a fingir, mejor es venir de países exóticos que estimulen la imaginación de la futura víctima.

Conviene, eso sí, elegir una nacionalidad cuyo idioma sea desconocido por la presa y, si eso no es posible, insistir en que uno desea, sobre todo, hacer prácticas de español.

Por cierto: no se deje influir por la propaganda autonomista y ni se lo ocurra decir que es un extranjero de Cataluña, de Vascongadas o de Galicia: las mujeres, mucho más realistas que los políticos, no aceptan tales grados de extranjería. Se ríen.

Y use el truco con tiento. Ángel, un hombre que, por algún oscuro misterio, usaba barba de chivo y cuidaba de mantener bien picudas las cejas, solía caracterizarse de intelectual francés a punto de convertirse en hispanista y escribir un libro. Se valía de unas gafas redondas, sin montura, y de varios Oh, la, la!, que él pronunciaba ¡Ulalá!

Preguntaba a las mujeres sobre las costumbres españolas y se admiraba de todo. ¡Qué autobuses tan primitivos! —decía cuando tenía la ocasión. ¡Qué guardias tan pintorescos! Eso que llevan en la cabeza, ¿es un cajón para guardar el cuaderno de multas? ¡Ulalá! ¡Qué faldas tan anticuadas! En la Francia ya no se usan. En bragas directamente.

Créanlo o no, su constante menosprecio le daba buenos resultados. Además, entre las barbas de chivo, las gafitas y los ulalás, parecía un tipo extraordinariamente civilizado, de esos que hicieron a pedradas el famoso Mayo Francés.

Estaba deslumbrando a una buena chica cuando ésta se levantó de la mesa e hizo señas con la mano.

—¡Cuánto me alegro! Es mi amiga Brigitte: podréis hablar un poquito en vuestro idioma.

—Oh, no. No has faltá, mugeg. —respondió el sinvergüenza.

Se hicieron las presentaciones y la maldita Brigitte le soltó una rápida y larga parrafada. El la entendió, pero no podía responder en su francés sin demostrar su acento extranjero.

—¡Oh, Brigitte! —dijo— Yo también me alegró de haser tu conosimientó y de que seás de Clermond Ferrand, pero nuestrá amigá no nos entendegiá en hablando el fransés.

Brigitte, muy europea, se limitó a levantar una ceja y se concentró en la pintoresca barba del sinvergüenza.

—¿Qué tal el Masisó Sentral? —preguntó él, tratando de romper el hielo.

—Allí sigue. Con montañas.

Al sinvergüenza no le gustó nada aquella sarcástica respuesta.

—¿Tú amás haser del esquí? —insistió él.

—Mais, oui!

—Mais, oui! —repitió, convencido de que sólo dos sílabas no le delatarían excesivamente.

—Jacques —dijo la española— está escribiendo un libro sobre España. Sociología. Las costumbres amorosas españolas.

El sinvergüenza enrojeció hasta la punta de la nariz al recibir de lleno la mirada de Brigitte.

—Le ha sorprendido mucho saber que aquí la gente se besa sin meterse inmediatamente en un motel.

El pobre hombre pensó en escurrirse debajo de la mesa pero, por pura dignidad, aguantó a pie firme.

—En siertós ambientés, esó está chocant en la Fransiá. —dijo, tratando de esquivar al destino.

Brigitte debía de ser una verdadera europea, liberal además, porque no traicionó a nadie. Sólo se echó a reír impulsivamente.

¡Oh, Jacques! —dijo, tan pronto como pudo controlarse.— Es cierto que las costumbres españolas son desconcertantes. ¿Sabías que aquí los hombres a veces conquistan a las mujeres dándoles nombres falsos?

—Mais, no! —gritó él.

—Mais, oui! —insistió ella.— Y eso no es todo: a veces usan barbas postizas.

El sinvergüenza se dio varios formidables tirones de la suya , para demostrar que era auténtica.

—¿Y pog qué de las bagbás postisás?

—Misterios.

—También —continuó la española— le ha sorprendido que usemos ropa interior. Yo le he dicho que mucha es francesa, pero él opina que sólo la usáis para la exportación.

—Nada como el cuegpó libré de atadugás.

La española tenía que irse a unos recados, pero insistió en que Brigitte y el sinvergüenza se quedaran juntos, hablando de su Francia natal, tan lejana. Lo primero que hizo Brigitte al quedarse a solas fue reír a sus anchas mientras el pobre hombre se sentía a la misma altura que las lombrices.

—¡Qué pueblo, el español! —exclamó ella por fin.

—Grgan puebló. —asintió él.

—¿Tanta importancia tiene el sexo para vosotros que estáis dispuestos a hacer el ridículo? Creía que los españoles morís antes que poneros en evidencia.

—Sólo algunos. Sólo algunos.

—Puesto que conoces bien las costumbres amorosas de los españoles, ¿qué hacen en un caso así?

El sinvergüenza comprendió al fin: frente a una francesa él era un verdadero extranjero, con toda su carga de misterios y exotismos.

—Dar a las francesas las gracias por su extraordinaria comprensión. Y, si es posible, estrecharles la mano como señal de respeto.

Lo hizo así. Pidió más de beber y siguió como siempre:

—¿No estás, por casualidad, interesada en las costumbres amorosas de los españoles?

—¿Usas ropa interior?

—Claro que no. Siempre cabe la posibilidad de tener que demostrar que soy francés.

—Creo —suspiró Brigitte— que me vas a tener que enseñar muchas cosas de España.

—Todas las que tengo.

En realidad, el método de fingirse extranjero es prácticamente el mismo que el de mentir cueste lo que cueste. Hay sinvergüenzas que sólo dan lo mejor de sí mismos cuando representan ser otros y usan discrecionalmente de su imaginación calenturienta.

No es un método recomendable, porque siempre es cierto que se coge antes a un mentiroso que a un cojo, pero hay quien no es capaz de evitarlo. El pavo, por ejemplo, hace la rosca, enseñando sus más bonitas plumas, para llamar la atención de la hembra. El sinvergüenza, ya que la naturaleza no le ha dotado de hermoso plumaje, se adorna a golpe de palabras.

Una noche cometí la tontería de salir a tomar algo con un extranjero, dueño de un restaurante en España. Puede que el lector no conozca a ningún inglés cocinero, pero existen. Se les suele distinguir porque rara vez usan monóculo.

El mío tenía tendencia a quitarse años y a presentarse como concertista de piano de vacaciones aquí, entre concierto y recital. Otras veces, aunque seguía siendo concertista, adoptaba la nacionalidad italiana y cambiaba el piano por el arpa, instrumento prácticamente imposible de encontrar en ninguna parte donde le pudiera crear dificultades. Para colmo, no entendía absolutamente nada de música.

—Hello. —dijo a dos muchachas desconocidas que pasaban por nuestras aguas territoriales. Cuando era concertista nada podía frenarle.

—Hello. —respondieron las otras, preguntándose de qué le conocerían.

—¿Os tomáis algo? —les ofreció, en inglés.

—Bueno.

La suerte de los concertistas, sin duda.

Mientras el camarero iba y venía, él se presentó: acababa de llegar de Alemania, donde había deleitado a los nativos con una ensalada de Bach y un postre de Mozart. Pero gustar, gustar, le gustaban los Beatles y los Rolling. Tarareó una fuga de Bach con toda desvergüenza.

—El es extranjero. —dijo, para justificar mi presencia.— Español.

Las muchachas me miraron con atención. Salvo a los camareros, por aquellas latitudes era difícil contemplar a un español. Mi bigote pareció ejercer un cierto influjo magnético en sus espíritus turísticos.

—Encantado. —dije en mi idioma.

Pero el concertista, sin aguardar mi permiso, había dado suelta a su imaginación, después de percatarse de que mi bigote tenía notables posibilidades:

—Es un coronel de ejército español que acaba de llegar de África, donde lucha con los moros. Los suele matar con el machete.

—Oye, oye. —protesté.

—¿En qué parte de África? —me preguntaron directamente. Pero tampoco tuve tiempo de responder.

—En Angola. —respondió el concertista.

—¿Hay moros allí?

—A millares. Los envía El Gadaffi.

Un aura de bizarría me envolvía y las mujeres la percibían claramente. Yo era uno de los últimos vástagos de aquellos españoles que, después de hundirse con la Invencible, fueron a despoblar el Nuevo Mundo según las historias inglesas. Un tipo peligroso.

—No soy coronel. —insistí, avergonzado. Además, ¿puede haber algún coronel de treinta y tantos años?

—¿No me irás a dejar mal? —me preguntó el concertista, ofendido. ¿Qué te cuesta serlo durante un rato?

—Querrán que les enseñe la gorra, por lo menos.

—¿No es usted coronel? —preguntó una de las dos, la que había veraneado en Canarias varias veces, según supe después.

—Comandante. —dijo mi amigo, cediendo un poco.— No entiendo mucho de grados militares y a veces me confundo.

—¡Comandante! —exclamaron ambas.

—De la Legión Extranjera. —adornó mi amigo.

—¡Oh! —seguramente en la BBC habían repuesto Beau Geste y allí estaba yo haciendo el papel de Gary Coopper.

—¿Has matado a muchos moros? —me preguntaron.

—Eso nunca se sabe. —respondí honestamente.

Antes de que pudiera darme cuenta de algo, mi amigo, el concertista in pectore, me había concertado una cita para el día siguiente. A las nueve. Para todo el día.

—¿Con cuál de las dos? —dije cuando volvimos a estar a solas.

—No sé

Se presentaron las dos. Cuando llegué con mi coche descapotado, tipo mehari, las dos me aguardaban vestidas de playa y oliendo a crema bronceadora.

—¿Es un coche militar?

—No.

La milicia parecía ejercer sobre ellas un terrible influjo. No hacían más que preguntarme cuántos uniformes tenía, si usaba pistola o metralleta y si había carros de combate que hicieran los cien por hora. También les interesaba saber cuánta África era de España, además de las Canarias. Y, sobre todo, ¿qué hacía yo en Angola cuando no mataba moros? ¿Paseaba por la jungla? ¿Cazaba rinocerontes?

Además, eran dos. No había forma de ponerse tierno con una en presencia de la otra. Esa otra que, por cierto, me comunicó que, tan pronto como regresara a Inglaterra, cogería un avión para las Canarias, esta vez con su boy—friend. O Canarias o los plátanos le tenían sorbido el seso.

Pero yo les gustaba o, al menos, mi bigote de comandante de la Legión y la posibilidad de que tuviera las manos tintas en sangre mahometana.

También descubrí que aquellas dos no comían al mediodía. Cuando les propuse ir a restaurar el soporte biológico de nuestras atractivas personalidades, insistieron en seguir tomando el sol. Ellas desayunaban al alba y comían al crepúsculo. Entre medio, con el sol y el paisaje les bastaba.

Al dejarlas, el ocaso lo llenaba todo menos mi estómago.

—¿Te veremos esta noche? —me preguntó la que tenía boy—friend.

—Yo —dijo la segunda, cuidando de que no se me escapara el detalle no puedo salir. Id vosotros solos.

—De acuerdo. —afirmé en cuanto supe que seríamos uno contra una.— Te llevar a mi casa.

Y así fue. Después de huronear por todas partes en busca de mi uniforme, le enseñó un cuchillo de monte cualquiera.

—Con esto. —le dije.

Ella, horrorizada, lo desenvainó y se arregló el pelo contemplándose en su reflejo.

—¿Sabes jugar al monopoly?

No hay palabras para describir lo que pensé: un día de sol, moscas y hambre y, ahora, una noche de monopoly pagando con dinero falso y tirando los dados.

—Sin dinero. —dijo cuando empezaba a repartir los billetitos de juguete.— Podemos pagar con prendas de ropa.

Así que otra Regla de Oro: tengan siempre a mano un monopoly. No se dejen decepcionar por su aire inocente, porque es susceptible de usos alternativos, al menos mientras se lleva bigote.

Por otro lado, queda suficientemente demostrado lo importante que es ser extranjero en algún momento de la vida.

LECCIÓN SÉPTIMA. EL MÉTODO MAS SEGURO: "A LA GANDOLA"

Este método, a la Gandola, recibe su chocante nombre, entre culinario y cinegético, del paleto al que le preguntaron por su sistema para hacerse con la paleta de turno:

—A la Gandola. —respondió sin vacilar.

—¿Y cómo es eso?

—Hoy, un regalo; mañana, un requiebro; pasado, otro regalo.

—¡Eso es halagándola!

—Pues eso he dicho: a la Gandola.

Quien conozca los recovecos del espíritu humano, aunque sea del propio, sabrá que todos nos consideramos especiales. Tenemos cosas muy buenas que otros no ven. Algunas de ellas, ni nosotros; pero están ahí y no hay nada tan maravilloso como que alguien nos las descubra y nos las explique.

El hombre, hasta el hombre decente, ha usado este método con resultados notables desde que el mundo es mundo. Es lento; es pesado, porque a veces uno no encuentra el halago necesario después de haber inventado doscientos o trescientos en una semana. Pero es seguro. Es el más seguro.

Porque las mujeres, como los hombres, necesitan ser distintas por más que el mundo del consumo nos uniforme a todos. El halagador profesional restablece en ellas la confianza; las separa de la depresión, que es una dolencia muy femenina, y las obliga a vivir recordando a todas horas lo perfectas que son.

La que recibe el tratamiento, mientras dura, vive en el séptimo cielo. Algunas, anestesiadas por la palabrería, llegan a besar su imagen en el espejo. Otras se dedican poemas. Las más, aumentan sus gastos de cosmética.

Además, halagar está al alcance de todos. Basta con un mínimo de inteligencia para ponerse en marcha con un piropo. Los expertos son ya otra cosa, porque hace falta una férrea voluntad para empalmar halagos durante dos horas, haciendo la vista gorda con los defectos evidentes y, más aún, ocultando el desprecio que todo espíritu selecto siente por quien ama que le regalen los oídos.

Lógicamente, hay límites para el halago: no se puede hablar de cabellos de oro a una morena, aunque a lo mejor ella contesta que de niña sí era rubianca. No se puede ponderar un talle cuando no hay talle, sino barriga. Pero, en general, todo cuela, como se ha dicho en otra lección: ojos como lagos; manos como brisa; aliento como perfume; pechos como rosales; hombros como lunas.

Coja el aprendiz algunos libros de versos y exagere cuanto le venga en gana. Eso mismo de los hombros como lunas, ¿a ver qué diablos significa? Sin embargo, pruebe y ya verá como la interesada lo toma en consideración.

Sólo hay que tener en cuenta un detalle: la víctima agradece más el halago a su físico que a su espíritu, quizá porque el espíritu es invisible. Sólo de tanto en tanto, y para desconcertar, conviene admirarse de su agudísima inteligencia.

Pero a toda esta sencillez, algunos expertos sinvergüenzas oponen consideraciones de orden moral. ¿Dónde está el desafío? —dicen— ¿Qué mérito hay en cazar con red? ¿Dónde se nota el arte y el talento si hasta el más apocado, a base de insistencia, puede triunfar? Por otro lado, es un método que causa muchas víctimas entre sus usuarios si estos cometen el error de casarse: en una pareja, por obligación, una de las dos piezas es la que manda mientras que la otra es la que se aguanta. Si la mujer ha sido halagada en exceso y uno hace la tontería de casarse o arrejuntarse con ella, está claro quién detentará el poder.

Por eso los renovadores del arte tratan de encontrar nuevas formas de halago y hasta de halagar sin que se note. Hay quien lo hace en silencio, con los labios cerrados al tráfico de mentiras, sólo para demostrar que el halago puede elevarse a cimas insospechadas.

Jaime consiguió una verdadera proeza sin apenas abrir el pico, sin pronunciar siquiera la palabra guapa. Había una mujer en su trabajo: joven, guapa y sensata, además de religiosa, conservadora y apolítica.

Pero aquel prodigio de sensatez y conservadurismo estaba irremediablemente enamorada de un bohemio. El tipo aparecía y desaparecía; arrastraba a Pilar a algún antro extraño frecuentado por barbudos, pintores y guitarristas y le hacía beber tintorro en lugar de algo más selecto.

Luego le daba plantones. Otras veces la enviaba a la porra o le confesaba estar encaprichado con otra. Era un irresponsable y, como tantos de su especie, conseguía despertar los mejores y los peores instintos de las mujeres. Cuanto peor trataba a Pilar, más le quería ésta, y eso que sufría profundamente a causa de aquellas desafortunadas relaciones.

Jaime, a sabiendas del riesgo, se convirtió en mudo paño de lágrimas. Y decimos riesgo porque los hombres que se dedican a consolar a las novias de otros tienen un mal porvenir si de verdad son unas buenas personas. Si obran con doblez, como Jaime, la cosa cambia.

El sinvergüenza acompañaba a Pilar a la cafetería. En silencio, escuchaba todos los lamentos de ella y ponía la cara más paternal que estaba a su alcance, además de pagar religiosamente los cafés con leche.

Poco a poco su gesto de atención fue convirtiéndose en una calculada mirada de devoción personal. Cualquier chica mayor de catorce años podía escuchar su mirada y traducirla con los ojos cerrados: Qué maravillosa eres. —decía— Qué mujer única y entera. Besaría la tierra que pisas si fuera tierra en lugar de moqueta. Algunos perros, al mirar así a sus amos, se han ganado el título de mejor amigo del hombre.

Como todos los que cazan a la Gandola, Jaime no tenía prisa. Disfrutaba de cada momento con la delectación del vicioso del ajedrez que prepara una jugarreta al adversario. También disfrutaba fingiéndose un hombre estable, comprensivo y de confianza.

Un día, por las ojeras y los movimientos bruscos de Pilar, comprendió que había sucedido una de las habituales rupturas con el bohemio. Fueron juntos a la cafetería y allí ella destapó sus dolores y los puso, ordenadamente, sobre la mesa.

Jaime era un virtuoso. Otro cualquiera hubiera jugado a lo seguro y, con palabras claras, hubiera expresado sus tiernos sentimientos. El, no. El lanzó la mejor de sus miradas perrunas; se mordió la punta de la lengua hasta que se le humedecieron los ojos y, apasionadamente, alargó las manos hasta las de ella.

Pilar aceptó la muestra de comprensión. Pero no era sólo comprensión, se dijo. Estaba segura de que Jaime la adoraba y comprendió que su vida sin él, sin los desahogos con él, sería mucho más triste. Le gustaba darle pena, así que exageró su dolor a ver qué sucedía.

El, delicado, le pasó una mano por debajo de los ojos, como comprobando que no había lágrimas.

—Tú me entiendes, ¿verdad? —preguntó Pilar

Siempre en silencio, apretó sus manos con fuerza y ella le devolvió la presión. Así estuvieron varios minutos, hasta que se les quedaron los dedos amoratados.

Pilar creyó comprender que podía hacer con aquel hombre lo que le diera la gana y decidió que sería un buen cambio en su vida el dejarse adorar por él a sus anchas.

—Eres una buena persona.

Sí, sí, se dijo Jaime en silencio mientras fingía el aspecto de un hombre herido por una luz cegadora.: la emoción del fiel admirador que recibe de lleno una muestra de agradecimiento. Miró más fijamente aún a los ojos de la mujer y pronunció una sola palabra, completamente fuera de contexto:

—Yo...

Ella, agradecida por aquel yo que podía significar cualquier cosa, le besó la mejilla e insistió:

—La mejor persona.

Jaime enrojeció. Simplemente contuvo el aliento hasta casi ahogarse y no volvió a permitir ninguna corriente de aire hasta que estuvo púrpura y con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué te pasa, Jaime? —dijo Pilar, que sólo buscaba una confirmación.

—Yo... —repitió él, apretando fuertemente la mano femenina que tenía más cerca.

—¡Ay!

Jaime, ante el grito de dolor, parece ser que no pudo contenerse y la abrazó a la velocidad del rayo, inquieto por su salud.

—Pilar. —dijo, siempre parco.

Pilar ya tenía los ojos cerrados y adelantaba los labios en busca del beso. Lo obtuvo sin ninguna dificultad y, por el momento, quedó curada de sus males de amor.

Seducir a la Gandola admite miles de variantes, no en vano es el método más empleado tanto por los sinvergüenzas como por los decentes, e incluso por las señoras que, cuando quieren, saben decir una palabra amable de los músculos o de la inteligencia del hombre al que acechan.

Si se da esa circunstancia, si el hombre que halaga es halagado a su vez, se puede abandonar todo temor y usar los métodos directos explicados en otras lecciones.

Cuando Eduardo Libre pasó por su etapa literaria, se las ingenió para liar a un editor de periódicos y se estuvo medio año publicando un cuento semanal: no siempre era el mismo. Los cuentos hicieron que aumentara su colección de anónimos amenazadores, pero también le valieron momentos de alegría.

Cuando se retiraba del kiosco donde compraba la prensa, una muchacha jovencísima le tocó el brazo:

—¿Es usted Eduardo Libre?

Como la muchacha estaba sola y no parecía llevar objetos contundentes, Eduardo se dio a conocer sin ambages. Era él en persona.

—Perdone, pero quería decirle que escribe usted muy bien. Sus cuentos son geniales.

Sus cuentos no los leían ni sus amigos más íntimos ni sus familiares en primer grado, no en vano le conocían. Quizá por eso Eduardo no había sentido placer más intenso desde que quemó sus libros de griego y juró olvidarse de los verbos polirrizos.

No se le ocultaba que la muchacha, ni guapa ni fea, con aire intelectual a causa de las gafas, podía ser una cretina o estar estropeada por continuas lecturas de Corín Tellado. Pero enséñenme a un escritor amateur que no crea que su prosa es genial y yo les enseñar a un falsario.

—Los leo todos. —añadió la chica, que debía tener un aguante sobrehumano.— ¿Por qué siempre escribe hacera con hache?

—Para jorobar al corrector, que es tonto. —dijo él con toda sinceridad.— Pocos saben que las haceras pueden ponerse la hache cuando les da la gana. Lo dice el diccionario.

Eduardo Libre estaba encantado. Nadie, hasta la fecha, había notado aquello de las haceras ni su predilección por los predicados verbales.

—¿Quieres tomarte algo conmigo?

—No sé si...

Pero claro que lo sabía, y cinco minutos después estaban en un pub que ahorraba en puntos de luz. Un ambiente silencioso que invitaba a la reflexión y a la confidencia. La muchacha le miró las manos una y otra vez hasta que estuvo segura de que él lo había notado:

—Las manos son lo primero en que me fijo. —dijo entonces.— Por las manos se pueden saber muchas cosas.

Eduardo había dicho frases así a muchas lelas y, por un momento, sintió un vahído: le estaban cazando a la Gandola ante sus propias barbas. ¡Una mocosa de diecisiete o de dieciocho años! Pero, como nunca se lo habían hecho de un modo tan descarado, decidió seguir en espera de conseguir buenas observaciones literarias.

—Las ratas también tienen manos. —dijo, aportando un nuevo punto de vista.

Ella se rio, demostrando que entendía el humor sarcástico que estaba haciendo famoso a Eduardo entre los lectores de las páginas literarias de los periódicos.

—Los dedos largos suelen significar un espíritu sutil.

Eduardo, que no creía en los espíritus en plural, creía mucho menos en el espíritu en singular, si era el suyo. De todas formas, no opuso reparos: tenía los dedos largos y allá cada cual si había alguien capaz de creer que se los había estirado su elevado espíritu.

—Hay manos —añadió la chica— muy groseras. Tiemblo sólo de pensar que me pueden tocar con ellas.

—A ver las tuyas. —ordenó él, obligado a devolver algún cumplido.

Eran gordezuelas, con las uñas cortas y con algún enrojecimiento. No eran manos de fregona, pero tampoco de artista.

—Tú eres una mujer muy realista. —dijo al buen tuntún. Como buen sinvergüenza sabía que todo cuela y que hasta las más brumosas se tenían por agudas observadoras de la realidad.

Luego dejó de prestar atención a lo que decía la muchacha y se enfrascó en un despiadado análisis de la situación, que se reproduce para que el aprendiz tome notas:

A) Una chica desconocida le abordaba,

B) para halagarle descaradamente

C) y se dejaba llevar a un pub oscuro

D) donde emitía tonterías sobre sus manos.

Si esto, en lugar de sucederme a mí, viera que le estaba pasando a otro, ¿qué conclusión sacaría? Miró a la interesada, que murmuraba algo a cerca de la literatura francesa

No puede ser tan tonta como para que todo sea una casualidad. decidió.

—Bien. —dijo. La abrazó y la besó. Los dientes de ambos chocaron con fuerza, produciendo un ruido que hubiera desaprobado su dentista. Ella puso enseguida la lengua, quizá para amortiguar los topetazos y él, como el beso se prolongaba, se dedicó a hacer una serie de exploraciones manuales para estimar la calidad de la mercancía.

Una hora después Eduardo Libre recordó algo muy grave:

—Por cierto, —dijo, arrancando los labios de los dientes de ella. ¿Cómo te llamas?

El sinvergüenza, aun el aficionado, debe saber que no fallará nunca a la Gandola. Es el método ideal para las personas constantes y tenaces que no se dejan llevar por las prisas. Uno, con toda frialdad, puede escoger su pieza: ésa. Si persevera, se verá coronado por el éxito.

Lo malo es que se trata de un método algo aburrido, sin emoción, y sucede a veces que, cuando uno triunfa, está completamente cansado de la mujer en cuestión: nada revela tanto el carácter de alguien como pasarse un mes regalándole los oídos. Siempre se acaba diciendo lo contrario de lo que se piensa y esto provoca una auténtica saturación.

Es vergonzoso llamar artista a una pintamonas y, si hay oportunidad, comparar su pintura a la de cualquier escuela italiana del Renacimiento. Es angustioso jurar que se comparten los sentimientos de una sentimental y permitirle que nos diga frases como las estrellas nos vigilan sonrientes o quizá nos conocimos al principio del tiempo, en otra vida.

Provoca múltiples dolores morales llamar modesta a la vanidosa y espiritual a la materialista. Rompe el corazón jurar que a uno le gustan las mujeres liberadas o, si no hay testigos, dejarse contar una receta de cocina. Pero eso es lo exigido por el método y hay que pechar con ello.

La Regla de Oro es decir lo contrario de lo que se ve: no falla. A la joven, que parece mayor; a la granadita, que joven; a la nebulosa, que lista; a la torpe, que hábil; a la fea, que guapa; a la necia, que sensata.

La mejor innovación, completamente contraria a las normas, se la vi a Pablo, en el momento de cruzarnos con una chica monísima a la puerta de una discoteca:

—Fea.

—Marica.

Cualquiera, ante este principio, hubiera dejado correr las cosas, pero no Pablo. Dio vueltas hasta que nos volvimos a cruzar:

—Fea. —insistió.

—Marica.

Pablo sonreía muy tranquilo. Cuando la vio en la barra, se situó a su lado, a la izquierda.

—Fea. —saludó.

—Marica.

—He ganado. —dijo Pablo, muy contento.— Vengan las cinco mil.

Sus ojos no dejaban lugar a dudas: por tu padre, afloja esas cinco mil y calla. Pagué, pero dispuesto a no olvidar aquel hermoso billete.

La mujercita, aunque despechada, prestaba atención con el rabillo del ojo.

—Quedamos —le explicó Pablo— en ver si sería capaz de llamar fea a la chica más guapa que viéramos. El creía que tú, tan radiante, me partirías la cara.

—Sí. —dije para ayudar.

—Pero, no. —remató Pablo.— Por cierto: muy buena tu respuesta. ¡Marica!

Los dos se echaron a reír, muy divertidos.

—¿Qué tomas? —preguntó mi amigo, agitando el pobre billete.— Lo menos que podemos hacer es gastarnos su dinero. Que se jorobe.

Se lo empezaron a gastar ante mis heladas barbas. En cuanto se cambia un billete de cinco mil uno puede despedirse de él.

—¡Pero qué fea eres! —insistió Pablo ante el regocijo femenino.— ¿Te digo una cosa? Estaba seguro de que una chica tan guapa no se lo tomaría en serio. Porque además tienes cara de ser muy lista.

—¡Bah! —dijo ella, quitándose importancia.

—¿Por qué pensaste que te llamaba fea?

—Pensé que estabas borracho.

—Seguro que no pensaste eso.

—Bueno: que querías provocarme.

—Oyes: ¡Que la quería provocar!

—Sí, lo oigo. —suspiré, viendo como el camarero huía con el billete.

—¿Ves como eres lista? Te diste cuenta enseguida.

Y así siguieron, dale que te pego, riéndose las gracias. Cuando pusieron un descanso a música lenta, les vi salir a la pista y abrazarse como dos adolescentes. Un momento antes de irme oí como Pablo volvía a las andadas:

—Frígida.

—Impotente.

—¡Qué bien mentimos! —exclamó él, encantado. Y ella, la muy inocente, se moría de risa, incapaz de sospechar que le estaban dando un tratamiento a la Gandola.

LECCIÓN OCTAVA: MÉTODOS EXTRAÑOS

EL MÉTODO FELIPE

Mi amigo Felipe, a quien en tiempos mejores enseñé desinteresadamente a morder orejas, me dejó asombrado con su método de indiscutible éxito.

Estaba yo tomando un café, escondido tras una columna del bar mientras aprovechaba para pensar las cosas que los sinvergüenzas piensan cuando descansan. Vi como una sombra furtiva avanzaba hacia una muchacha solitaria y rubia que contemplaba con ojos hipnotizados los restos de su cocacola.

La sombra era Felipe, que había elegido víctima y se le aproximaba planeando como un buitre. Yo había dedicado un par de pensamientos a la chica, pero su aire aburrido me había llevado a la conclusión de que esperaba a alguien.

Aquella circunstancia no arredró a Felipe sin embargo: se sentó a su lado, pidió de beber y, sin previo aviso, comunicó a la moza:

—My name is Arthur Robsy

Me sorprendí. En tanto el Eterno Retorno de Nietzsche no se pusiera en funcionamiento, el único Arturo Robsy de aquella parte del planeta era yo y en modo alguno Felipe contaba con autorización para usurpar mi personalidad.

No obstante, no prorrumpí en rugidos ni llamé a un guardia. Preferí observar cómo Felipe maniobraba a su gusto. Y no lo hacía mal: mi nombre parecía haberle abierto todas las puertas, de manera que, cinco minutos después, la chica y él se levantaron dispuestos a salir a correr aventuras.

Me dejé ver, con una sarcástica sonrisa puesta al efecto. Felipe, impasible, me saludó:

—Hola, Felipe. —me dijo. Y partieron.

—Te habrá extrañado, ¿verdad? —me preguntó al día siguiente.

No era la primera ni la décima vez que usurpaba mi personalidad. Se debía a una cuestión de índole psicológica: él, sencillamente, no era capaz de ejercer de sinvergüenza llamándose Felipe.

—¿Has probado con Phillipe?

Era igual de malo. Lo importante estribaba en adoptar, íntegra, otra personalidad y representarla hasta el final. Así, si recibía un no o un cachete, no sufría su vanidad.

—Usando tu nombre me desinhibo.

Por algún misterio de su turbia naturaleza, se volvía simpático, osado e inasequible al desaliento, características imprescindibles del buen sinvergüenza. Las cosas eran como si le sucedieran a otro y Felipe, al actuar, adoptaba la actitud del espectador impasible.

Conclusión: éxito arrollador.

Pareció recordar algo relacionado con la moral o, quizá, con la ética:

—Oye: ¿no te molestará?

Dije que no, pero no era sincero: a mí jamás mi propio nombre me abrió tantas puertas femeninas. Es más: sigo sin explicarme cómo basta con pronunciarlo para que sobrevenga el éxito.

Son misterios de la Madre Naturaleza. Cuando Felipe se acerca a una extranjerita y le musita:

—My name is Felipe Gómez, no sucede nada. Todo lo más recibe un hello frío y distante. Exactamente igual que cuando yo digo mi verdadero nombre.

EL MÉTODO ONÍRICO

El Copyright de este sistema le pertenece a una mujer, pero todo indica que puede funcionar a la inversa con sólo darle la vuelta al flujo de electrones y tener alguna precaución suplementaria, porque el hombre es más sensible que la mujer a según qué perturbaciones del orden cósmico.

Carlos Pérez, licenciado en paro, daba clases de física en tanto le llegaba la vez de los dos mil puestos de trabajo diarios. Una alumna mayor, que hacía el bachillerato nocturno desde mucho tiempo atrás y que hasta entonces había tenido un comportamiento impecable, un día le comunicó que había soñado con él.

Sorprendido y preguntándose qué tendría que ver el sueño con la ley de Gay Lusac, siguió adelante con la lección sin temer lo peor. No obstante, la curiosidad le venció al concluir la clase, cuando la chica fue la última en disponerse a salir:

—¿Estaba favorecido en tu sueño?

—No lo sé Los sueños son muy raros.

Y se lo contó: ella andaba por un camino ancho y recto y veía una sombra que la asustaba. Al mirarle la cara, de repente, la sombra había sido su profesor.

—Por cierto: llevabas una espada en la mano y una serpiente asomaba de tu bolsillo.

Lo dijo así, con la mayor inocencia, y se fue.

Carlos había leído a Freud pero, aún así, cogió los tomos de la Interpretación de los sueños: la sombra bien podía ser el deseo: por eso le angustiaba. Con lo que no cabían dudas era con la espada y con la serpiente: símbolos fálicos universales.

—Esta pobre chica no sabe lo que me está contando. —se dijo Carlos. Prácticamente me ha explicado que se siente atraída por mí.

Dos días después la alumna había vuelto a soñar: estaba desnuda en una gran soledad y buscaba afanosamente algo que ponerse, aunque fuera un hoja de parra. Busca que te busca, pasaba por una especie de bosque de paraguas clavados en la tierra. La tierra, por cierto, olía a Varón Dandy. En el centro de aquel bosque estaba el profesor, vestido con una capa y un casco con pincho, como los que usaban el Kaiser y el rey Alfonso XIII.

El — en el sueño, claro— no parecía notar que ella —también en el sueño— estuviera desnuda. Al contrario: había aprovechado para decirle una frase críptica que, aun despierta, la desconcertaba: los neutrones son redondos, pero los electrones son puntiagudos.

Ella le había hecho notar su desnudez y él, siempre en el sueño, le había regalado un paraguas para que se cubriera.

—¿Qué significará?

Carlos juró que lo ignoraba, pero se quedó pensativo a solas. Cualquier estudioso de Freud leía en el sueño como en un libro abierto: la desnudez, los paraguas—falo, los electrones puntiagudos, no dejaban espacio para el error, lo mismo que la tierra perfumada, la mujer misma, en la que se clavaban todos esos cacharros.

La chica estaba loca por él y, aunque no lo confesara, tenía unos sueños la mar de excitantes que, además, obligaban a Carlos a moderar su vanidad y a mirar de otro modo a su alumna: con más simpatía y tolerancia.

Hubo muchos más, cada uno más claro que el anterior. El último, sin símbolos ya, pareció costarle un poco más a la muchacha: él la había cogido entre sus brazos y la había desflorado.

—¡Atiza! —dijo Carlos, sintiéndose culpable aunque no considerara posible que ella estuviera sin pasar por ese trámite.

No lo estaba, como explicó tranquilamente, pero los sueños siempre son raros. Mientras le daba los detalles, le miraba profundamente y, a veces, exhalaba suspiros capaces de pasar de un golpe tres o cuatro páginas de un libro.

Pero Carlos no se decidía. El infeliz seguía creyendo en la inocencia de la mujer, que le contaba aquellas cosas escabrosas sencillamente porque confiaba en él.

—¿Tú has leído a Freud?

—¿A quién?

Carlos creyó tener una idea: le prestaría la Interpretación de los sueños y, con que ella tuviera la inteligencia de un grillo, comprendería la razón de sus sueños. Como decía el maestro de Viena, una vez supiera por qué le pasaban, estaría a punto de curarse. A primera vista, era un plan sin fisuras, así que le entregó los dos volúmenes.

—No sé ni cómo mirarte. —dijo ella al final de la siguiente clase. He leído los libros y és, más o menos, lo que significa todo lo que te he estado contando.

—No tiene importancia. —murmuró Carlos, todo un caballero.

—Eran cochinadas.

—Tanto como cochinadas....

—¿Crees que no?

Carlos fingió pensarlo con todo su cerebro entrenado en las complicaciones de la física moderna:

—Definitivamente, no.

—Lo peor es que he vuelto a soñar. Pero no sé si...

—Adelante, adelante.

—Yo te devolvía los libros y, al cogerlos tú, se me caía toda la ropa.

—Está claro el significado, ¿verdad?

—Ya lo creo. No sé si seguir.

—¿Por qué no?

—Entonces tú me cogías en brazos.

Carlos midió sus fuerzas y estimó, a ojo, el peso aproximado de su alumna. Empezaba a sospechar que no había tanta inocencia en ella, pero, a causa del tratamiento, él también había tenido cuatro o cinco sueños.

La levantó sin excesiva dificultad:

—¿Así?

—Así.

—¿Y luego?

—Tú hacías lo que querías.

Bueno: en realidad Carlos sólo hizo lo que ella había dispuesto desde el principio. Hay que decir, en su disculpa, que Carlos Pérez no era un sinvergüenza sino un licenciado en paro. Un buen sinvergüenza hubiera sospechado en el acto de cualquier mujer que pretendiera contarle sueños llenos de espadas, serpientes y paraguas.

El Método Onírico, sin embargo, pueden usarlo perfectamente los varones, incluso poniendo serpientes. Por ejemplo:

—Y al verte, mi brazo se convertía en una serpiente

Lo que tiene que añadir es poca cosa: unos cuantos símbolos femeninos como la luna, el agua o, mejor, un lago. Los túneles y una cierta propensión a entrar en ellos con la espada en la mano.

Si la chica no es tonta, que casi ninguna lo es en este campo, entenderá. Luego, sin poderlo evitar, soñará a su vez, víctima de su imaginación y del halago que supone que un tipo se pase las noches pensando en ella. El sinvergüenza, después de diez sesiones, puede mirar de frente a su víctima:

—He leído a Freud y ya sé lo que significan todos esos sueños.

—¿Sí? —dirá ella, conociendo de sobra el desenlace.

Si el sí es lánguido o ronco, a la carga: obras son amores. Si el sí es frío, a calentarlo con dos o tres sesiones más. El método, muy sofisticado, no tiene por qué fallar.

EL MÉTODO DE LAS ESQUELAS.

Los años también pasan para el sinvergüenza y llega un momento en que, a su pesar, comprende que y no está para discotecas ni para bares de estudiantes. Es un momento crítico, semejante a la crisis de los cuarenta, pero mucho más intenso.

Una vida dedicada al arte —se dice el sinvergüenza en tales circunstancias— y ya no lo puedo practicar sin hacer el ridículo o desencadenar sonrisas de compasión. Normalmente, cuando un sinvergüenza reflexiona así, lleva varios años haciendo el ridículo y desencadenando sonrisas de compasión.

Pero este dolor de corazón tiene la virtud de despertar en muchos las dormidas facultades intelectuales, permitiendo así que la universal técnica del conquistador avance un poco más, rumbo al tercer milenio.

Esto le sucedió a Juan Pons que, a los cincuenta y ocho años, y tras descubrir que ya no tenía treinta, tuvo una dramática conversación con su espejo. El espejo sostenía que se le había quedado cara de señor venerable y que aquella su sonrisa golfa y provocadora había sido borrada por el vendaval del tiempo. Decía la verdad.

Acongojado y pensando en la muerte, se puso a leer las esquelas del ABC en busca de consuelo: él, al menos, seguía vivo. Su subconsciente, que era tenaz, no se había rendido, de modo que reparó en una minúscula información:

Rogad a Dios en caridad por el alma de don Fulano de Tal, ingeniero, que murió a los cuarenta y tres años, habiendo recibido los auxilios espirituales, víctima de una penosa enfermedad. Su viuda, Esperanza, y sus dos hijos...

—¡Ajá! —dijo el subconsciente, que era un villano, como todos los de su especie.— La viuda de un hombre de cuarenta y tres no puede tener más años. Quizá muchos menos. Además, si ha sido una penosa enfermedad, es decir larga, esa mujer está en ayunas desde hace tiempo.

Se vistió de oscuro y acudió al funeral, donde comprobó que la viuda era joven y estaba desorientada. Pronto, como todas las viudas, florecería y necesitaría algo más que las ropas negras.

—Pobre Fulano. —dijo, estrechándole la mano.— Con lo que le apreciaba.

Ella, agradecida, se lo creyó.

—¿No te habló de Juan nunca?

—Sí, creo que sí, pero ahora..

—Comprendo, comprendo. No te preocupes por nada.

Al día siguiente fue al piso de la viuda. Ayudó en esos mil problemas que causan los desconsiderados que se mueren. Fulano, el muy bruto, no había hecho testamento: tenía cuarenta y tres años y todo el mundo le decía que era un catarrito mal curado. Se fue de este mundo convencido de que no le pasaba nada.

Juan supo ser muy hábil, muy indispensable: un consuelo, un soporte, un alma buena con un rostro venerable y noble. Si la viuda, en algún momento, se preguntó por qué su marido jamás le había llevado a casa siendo tan amigos, dejó de preguntárselo al segundo día.

—Hay que vivir. —animaba él.— Eres muy joven y muy guapa. ¡Ay, este Fulanito! ¡Qué suerte tuvo!

—¿Por qué?

—Mírame: yo vivo, pero solo. Soltero, sin cariño. Si me muriera, ¿quién me lloraría? ¿Qué dejaría tras de mí?

Ella, en esos momentos de debilidad, le consolaba tiernamente. En ocasiones, le cogía la mano para infundirle valor.

Más adelante, Juan movió de nuevo las piezas y, triste, amenazó con no volver por aquella casa. La viuda, Esperanza, tenía que comprender que tanta asiduidad debía estar dando qué hablar entre el vecindario.

—¿Cómo? —Por primera vez miró a Juan y vio a un hombre. Un hombre mayor, seguro, comprensivo y elegante. Una especie de padre al que, de una forma difusa, quería.— ¡Qué tontería! ¿Quién va a pensar que tú, que nosotros...?

—Muchos. —dijo Juan, haciéndose propaganda.—Eres una viuda joven y hermosa, en la flor de la vida. Tierna, cariñosa, sola...

Los malos pensamientos, ausentes hasta entonces, se insertaron en la mente de la mujer. Imaginativa silenciosa, como tantas, permitió que aquella idea germinara y diera frutos. Germinaba más de noche, cuando se metía en aquella cama enorme y vacía, donde únicamente la soledad podía abrazarla.

Juan, con muchos años de profesión, leía cada una de estas cosas como si la viuda las llevara escritas en la cara con letras luminosas. De paso, sus inocentes quejas sobre la propia soledad, no hacían más que recordar la suya a la mujer.

Un día, siguiendo su afilado instinto, le cogió las manos y suspiró. Sólo eso. Cualquier palabra podía ser una barrera o sonar a sacrilegio tras la muerte del marido. Juan sólo apretó y soltó vapor por la boca, pero ella lo entendió mejor que si hubiera pronunciado un discurso de veinte folios.. Y pensó en ello, preguntándose si él, que la amaba, se atrevería a más. Para comprobarlo, hizo una sencilla comedia muy femenina: volvió a mostrarse apesadumbrada, vencida por la pena.

Juan, rápido y preciso, le cogió las manos como el día anterior.

—¿Qué te sucede? Ea, ea.

—No sé, no sé

La abrazó y le propinó golpecitos en la espalda, para consolarla. No parecieron surtir efecto: la viuda se acurrucó entre los brazos de Juan y siguió triste y silenciosa, para ver si el hombre tenía algún otro recurso. Lo tenía: un beso suave y largo, pero en modo alguno paternal.

Juan notó que la viuda estaba sorprendida de sí misma por haber llegado tan lejos, así que se anticipó:

—¡Dios mío! —dijo, pero sin separarse ni un milímetro.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella, que era la que había estado a punto de exclamar ese Dios mío.

—Perdona. —murmuró Juan, bien cogido a la mujer.— No sé qué me ha pasado.

—No hay nada que perdonar.

Con la conciencia tranquilizada, él siguió, manifestando, de tanto en tanto, la vergüenza que le producía controlar tan mal sus instintos.

Desde entonces Juan Pons es un fervoroso lector de esquelas, de las que saca grandes satisfacciones. Parece ser que sus éxitos están en un porcentaje de ocho a dos, lo cual es una verdadera proeza. Y, por otro lado, duerme con la satisfacción de prodigar consuelo y compañía a las más necesitadas.

LECCIÓN NOVENA: UN POCO DE SERIEDAD

Desde Freud, el mundo ha dado un vuelco: el hombre se pasó milenios pensando que el sexo estaba donde los ojos y los manuales de anatomía indicaban y, de repente, resultó que estaba en la cabeza. Como diría la ciencia hermética, lo de abajo estaba arriba y eso exigía, para ser verdad, que lo de arriba estuviera abajo y la buena gente se acostumbrara a pensar con el sexo.

Y se acostumbró.

Aun el más enemigo de los libros habrá leído cientos de ellos, desde 1930, todos dedicados a insistir en que el sexo es el motor de la vida, de la historia, del comportamiento. Eros y Thánatos, impulso genésico y thanático y un montón de cosas por el estilo. De manera que el sexo, despojado de misterio, se ve reducido al coito y, quien no coita tanto como quiere, acaba en manos de los psicoanalistas, convencido de ser un fracasado.

Hace apenas treinta años, el hombre que había tenido tres aventuras no de pago— se sentía excepcional: pensaba cosas grandes de sí mismo y afrontaba la vida con optimismo al grito de que me quiten lo bailado.

Hoy, en cambio, muchos con cincuenta o más muescas, se sienten frustrados, insatisfechos y poco atractivos. La culpa la tienen el señor Freud y sus secuaces, que intelectualizaron el sexo, subiéndolo a la cabeza desde su lugar de origen.

Los sinvergüenzas han sufrido mucho por esta causa. Hasta Don Juan, desde su Olimpo, se ha oído llamar afeminado. Pero eso no es nada: mucho peor ha sido la sexualización, por así decir, de lo cotidiano. Botellas con forma de mujer; tarros de champú o de gel de baño con apariencia fálica; pechos al aire en todos los anuncios; coitos a la brava en todas las películas...

¿Y quién se emociona con lo cotidiano? ¿Quién se deslumbra contemplando, por ejemplo, una nariz, que es cosa habitual? ¿Quién vibra y enrojece viendo un codo? Los hombres —salvo los muy fuertes— se están acostumbrando a la mujer en todo su esplendor. Resultado: la insatisfacción. No hay misterio.

Encima, el hombre que, inasequible al desaliento, sigue tratando de sinvergonzonear como en los viejos tiempos, es atacado por la sociedad. Cientos de sacerdotisas secas y avinagradas le llaman machista y le afean el hecho de tratar a las mujeres como a mujeres en lugar de como a compañeros. ¿Dónde vamos a ir a parar si el síndrome de Freud sigue avanzando y ocupando un lugar en la mente de los publicitarios?

Si se quita la palabrería psicológica a todo este asunto, hoy, como ayer, lo normal es que las señoras gusten a los hombres y viceversa. Bastante se complican la vida los unos a las otras durante el galanteo como para añadir a los problemas toda esa basura psicológica y pseudo médica que hace que todas las fuerzas se vayan por la boca.

He recibido muchas quejas de verdaderos y sanos sinvergüenzas que sufren a causa de la vulgaridad de algunas jovencitas:

—¿Crees que está bien esto? Le hablaba de sus ojos en relación con su previsible pasión, sólo una hora después de conocernos, y se puso a explicarme que la píldora la engordaba.

—En el coche, tan pronto como le pasé el brazo por los hombros, empezó a hablar de que tenía una vagina no sé cuántos: que se le acalambraba.

Los tiempos de la sana cacería parecen haberse quedado atrás. Freud, la represión antirrepresiva y el sexo en la cabeza son los enemigos naturales del sinvergüenza porque, por lo visto, hay que tener una buena razón freudiana para sinvergonzonear. En cuanto te descuidas, alguien te dice que te gustan las señoras porque tu madre no te quiso lo suficiente de niño o por todo lo contrario: porque te quería demasiado. O, lo que es peor, porque estás sublimando tendencias homosexuales que, por otro lado, están latentes en todos.

¡¡Habrase visto!

A propósito de esto, me encontré con mi amigo Eduardo Libre en un bar. Tenía la nariz profundamente encajada en un vaso y, aunque incómodo, parecía meditar con toda la fuerza de su consentida cabeza.

Había sometido a una mujer por el método de a la Gandola, ejecutando, uno tras otro, todos los pasos de una manera brillante y magistral. La había convencido de ser, por lo menos, una diosa, una criatura privilegiada y única sobre la tierra.

Según Eduardo, hubo un momento en que fue como cera entre sus dedos, a punto de llorar de felicidad al comprender que era una muchacha excepcional que cualquier día podía ser nombrada reina de unos juegos florales y académica de la lengua a la vez.

Agradecidísima por haberle ayudado a realizar tales descubrimientos, decidió hacer lo que todas en esas circunstancias y entregársele. Las cosas iban bien y las ropas, en orden, iban cayendo de sus lugares entre suspiros y arrullos gatunos. De repente, aquel espíritu cándido, antes de cualquier consumación, decidió sincerarse:

—Soy frígida. —dijo en un susurro.

—Bueno. —respondió Eduardo en otro, pues no estaba para reparar en minucias.

—Voy a un médico, a un sexólogo. —siguió ella, bloqueando un avance por el flanco.

—¡Ah! —suspiró Eduardo, alarmado ante la posibilidad de una tertulia, y atacó por el flanco contrario en silencio.

—Tengo una ficha de diez páginas.

—¡Cuántas! —exclamó él, atacando por el centro.

—El médico me dice que tengo que conocer mejor mi cuerpo y mi espíritu.

Según Eduardo, el espíritu de aquella tonta se abarcaba de un vistazo y, con sólo apelmazarlo un poco, cabría en una caja de cerillas.

—Debo de haber tenido, de pequeña, un trauma que no recuerdo.

En fin: según Eduardo, las explicaciones se alargaron lo suficiente como para que se disipara el instante mágico. El, de amante en ciernes, tuvo que pasar a asesor sexual, cuya misión en esta vida era despertar las debidas sensaciones, ora aquí, ora allá.

—¡Es una vergüenza! —clamaba Eduardo cada vez que sacaba la nariz de su vaso.— ¡No sé adónde vamos a llegar! ¿Sabes lo que extrajo de la mesilla? Un libro. ¡Un asqueroso libro que le había dado su médico! Nuevas Técnicas Sexuales. Y pretendía que lo leyéramos juntos, página a página, antes de seguir adelante.

Me contó más misterios femeninos:

—Por lo visto es muy bueno para las frígidas echarse boca arriba, con las piernas algo encogidas y separadas, y ponerse las manos un rato en la cara interna de los muslos y otro rato en el vientre, para ir sintiendo su cuerpo, por si le da la gana de despertar de una vez.

—Vergonzoso. —le confirmé.

—¡Ja! Lo vergonzoso es la descripción de todas las cabriolas que hay que hacer para que el cuerpo despierte debidamente. La pobre mujer da tanta importancia los sentidos que pierde el ídem.

Pidió algo de beber y lo echó al abismo, mascullando una oscura maldición dedicada al doctor Freud, que ya hemos citado varias veces.

—Y cuando, cansado, le propuse ¿y si probaras a dar grititos? A muchas les va divinamente, me miró como si se las viera con un pobre ignorante.

En efecto: la psicología barata, en libro o en médico sexólogo, en informe Kingsey o en consultorio de revista, ha hecho mucho daño al sinvergüenza, que es un hombre sano de cuerpo y de espíritu, libre de complejos, y sólo un poco pecador respecto al sexto mandamiento. Una joya en bruto, tal y como están las cosas hoy en día.

Hay un poco de todo en la viña del señor. Las que te dicen que ellas arriba, porque, si no, se sienten humilladas. Las que se obstinan en llevar a cabo todo el trajín sin despojarse de la ropa íntima. Las que llaman a gritos a su madre que, a veces, puede estar en la habitación de al lado. Las que se relajan tanto que se quedan inertes mientras el pobre y sufrido sinvergüenza se pregunta si las habrá matado de amor. Las que no fuman ni antes ni después, sino durante y, bien humoradas, te apoyan el cigarrillo en salva sea la parte, las muy sádicas.

Y todo porque el sexo está ahora en la cabeza, empapando las neuronas y, en esas condiciones, cualquier pensamiento normal es imposible. En muchas ocasiones, la traída y llevada revolución sexual sólo consiste en un montón de chicas atolondradas tratando de experimentar cosas leídas en los consultorios de las revistas e iniciando conversaciones escabrosas cuando más necesario es tener la boca cerrada.

Un amigo me contó un drama personal que puede ilustrar perfectamente los peligros que corre el buen sinvergüenza si se deja llevar por la pasión y no descubre a tiempo a las mujeres infectadas por la enfermedad de Freud.

Este amigo había operado con éxito sobre una muchacha monísima que estaba pasando las vacaciones de verano donde él. Un buen sinvergüenza apúntese esta nueva regla de oro— debe terminar sus funciones cuando despega el avión que se lleva a la mujer de turno. No debe ir más allá.

No obstante, la chica empezó a llamarle por teléfono. ¿Cómo estás? ¿Qué haces? ¿Sabes que pienso mucho en ti? ¿Por qué no vienes a verme a casa? ¡Lo bien que lo pasaríamos! Cada tres o cuatro días las llamadas se veían reforzadas por unas hermosas cartas que recordaban, poéticamente, los momentos estelares que habían pasado juntos. Eran una acabada muestra de sentimentalismo, pero tenían un cierto perverso encanto que inducía a mi amigo a sentirse especial, querido y añorado. Mal asunto.

Por fin, sus nervios de acero cedieron y, enterado de que la chica sólo compartía el piso con un hermano artista, famoso por su manga ancha y su adscripción liberal, emprendió el viaje. Fue recibido con alegría, paseado por los alrededores, obsequiado con una muy buena cena en compañía del hermano y, justo antes de que éste desapareciera discretamente, la muchacha empezó a hacer de las suyas:

—¿Nos vamos a la cama?

Mi amigo vigiló atentamente las reacciones del hermano que, a su vez, vigilaba las suyas. Era un chico silencioso que pintaba cuadros aceptables y que estaba en el mundo sólo de oyente. Si tenía alguna opinión propia, al margen de la calidad de los colores, se la guardaba para sí.

A los sinvergüenzas no siempre les gusta que sus circunstanciales cuñados sean testigos de cuando se llevan a la cama a sus disipadas hermanas.

—¿Me has oído? —insistió ella.

El hermano, dispuesto a colaborar, les acompañó pasillo abajo. Su cuarto estaba al lado del de su hermana y, con las dos puertas abiertas, se produjo una interesante conversación familiar sobre arte. El hermano les hizo entrar en su habitación para que el sinvergüenza admirara su última obra. Luego se sintió repleto de buenos deseos:

—Que paséis buena noche. —dijo, sin ningún retintín.

A mi amigo, hasta entonces, le constaba que la chica era bastante decente para los parámetros del final del milenio, pero, en el momento de cerrar la puerta del dormitorio, empezaba a sospechar del aire de normalidad que se desprendía de la actitud del hermano.

La noche, como era de esperar, fue buena. Hubo algunos estallidos, un conato de griterío y cierto crujir del mobiliario, pero nadie pareció molestarse con ello.

Bien temprano, mi amigo se levantó dispuesto a vivir en comunidad. Pensaba hacer café y servírselo en la cama a su amada antes de que ésta se pusiera en movimiento para acudir, a las nueve, a su trabajo.

Hizo el café, no sin tropezarse con el artístico hermano que vagaba por los pasillos con una sonrisa triste metida en la boca. Puso todos los adminículos necesarios en una bandeja y entró en el dormitorio. Eran las ocho.

Ella se despertó con dificultad, aceptó el café y se le quedó mirando con una concentración tan de agradecer que el masculino corazón latió a pleno rendimiento. Alargó una mano. Luego alargó la otra y, como aquel que dice, escribieron el epílogo de la noche.

A las nueve menos cuarto mi amigo salió del dormitorio para tropezarse con el hermano, que seguía vagando por los pasillos. La muchacha, una vez satisfechos sus instintos, se había vuelto a dormir y no era posible despertarla. Urgía el consejo de algún familiar directo.

—Seguramente no quiere ir a trabajar. —dijo el hermano, resignadamente.— Me tocará ir a hablar con su jefe y a decirle que tiene gripe.

—¿En septiembre? ¿No podrías intentar despertarla?

—Bueno. —suspiró él aceptando su sino.

—¡Lárgate, maldita sea! —oyó mi amigo a través de la puerta.

A las doce, cansado de aburrirse en la sala de estar, penetró de nuevo en el dormitorio. Si ella no iba a trabajar, bueno, pero nada se oponía a que aprovecharan el día y salieran de paseo. Cuando la despertó con varios movimientos y un beso, ella suspiró, más hermosa que nunca:

—Cariño.

Aún en extrañas circunstancias, la carne sigue siendo débil. Ya que la muchacha no parecía dispuesta a levantarse, él se acostó, por compañerismo más que por otra cosa. Al salir, sobre las dos, el hermano preparaba la comida en la cocina.

—¿Cómo va todo? —preguntó.

—Le he estado haciendo compañía. —respondió vagamente mi amigo.— Me parece que no quiere salir todavía.

—Ya. —dijo el hermano, sin dejar de batir los huevos para la tortilla.

Esta es una historia larga que conviene resumir: tres días después la muchacha seguía en la cama, sin que las apariencias permitieran calcular cuándo pensaba abandonarla. Cada vez que mi amigo lo intentaba, se veía abocado a otra agotadora sesión. El resto del día vegetaba por el piso, con la televisión, con los libros o con la conversación del hermano.

—Voy a tener que llamar a mi madre. —dijo el hombre a la cuarta noche.

—Yo me ir a un hotel. —ofreció mi amigo, dispuesto a no verse envuelto en un drama familiar y, por otro lado, ansioso de aire libre.

—No, qué va. Cuando llegue mi madre, ya veremos.

A la mañana siguiente, al salir del dormitorio, lo primero que vio fue una mujer cincuentona, antaño hermosa, que se dirigió hacia él con desenvoltura.

—¿Cómo está la niña?

La niña estaba satisfecha, pero del todo decidida a no abandonar el lecho. Mi amigo, sin embargo, dio una contestación confusa porque no estaba hecho a ciertas modernidades que parecían ser moneda corriente en aquella casa.

—¿Puedo entrar a verla? —preguntó la madre muy cortésmente.

—¡Oh! Adelante, adelante. —dijo mi amigo, con la razón algo alterada y la piel color guinda.

La madre salió unos minutos después y se puso a freír huevos para el desayuno.

—La niña —explicó— tiene complejo de culpabilidad. Por eso no quiere salir ni ir al trabajo. Dice que todo el mundo la mirará.

—¡Ah! —respondió mi amigo.— Me ir ahora mismo.

—No, no. Sería peor. Ya se le pasará. Después de desayunar ve a hacerle compañía.

—¿Usted cree?

—Sí: mejor que no se pase tanto tiempo pensando.

Cuando avanzaba por el pasillo, camino del dormitorio, contemplado por los modernos ojos de la madre y del hermano, tenía la sensación de caminar hacia el pelotón de fusilamiento y hacía planes para huir descolgándose por la ventana.

Salió para comer y volvió a salir para cenar. Como la noche ya había caído y no había más habitaciones, decidió portarse como un caballero y se ofreció a dormir en el sofá mientras la madre ocupaba su puesto en la cama de la niña.

—De ningún modo, de ningún modo. —exclamó la madre.— Yo me arreglar muy bien en el sofá. Ve a hacerle compañía, ve.

Para entonces mi amigo sólo pensaba en huir. La muchacha, en cambio, parecía hallarse en el mejor de los mundos posibles.

—Pero, ¿cuándo te vas a levantar?

—No lo sé —respondió, haciéndole cosquillas en una oreja.

—¿Te das cuenta de que todo esto es muy raro?

—Quizá. Pero, mira: esta cama es como estar en el claustro materno de nuevo. Me encuentro protegida y a salvo. En cambio, en la calle, todo el mundo me mira. Todos quieren acostarse conmigo y eso me da mucha vergüenza.

—Podrías ir, al menos, hasta el comedor. Tu madre está preocupada. Y tu hermano. Y yo, la verdad es que estoy en una posición muy violenta.

—Pobrecito. ¿Me estoy portando mal contigo?

—Sí. —dijo él con toda sinceridad.

—Ya sé lo que haremos: nos vamos a bañar juntos con agua tibia.

—¡De ningún modo!

A la sexta mañana mi amigo había tomado una heroica decisión. A las siete llenó un cubo con agua fría. A las siete y tres minutos, esforzando el corazón, se lo volcó encima a la muchacha.

—¡A trabajar! —ordenó.

—No puedo.

La llevó al baño. La duchó. La enjabonó, resistiendo bravamente las múltiples tentaciones que le producía semejante actividad. La vistió y la llevó en coche al trabajo.

Luego regresó con un ramo de flores para la madre, cogió la bolsa de viaje y huyó como un conejo, no sin pensar cosas muy graves sobre la maldita psicología que preside nuestra vida moderna.

LECCIÓN DÉCIMA. HOLA Y ADIÓS

Uno de los más graves problemas que plantea el ejercicio activo de la sinvergonzonería, tiene que ver con la forma de terminar la aventura. El sinvergüenza, aunque cínico, es un sentimental y suele tener reparos morales a la hora de enviar a la porra a su circunstancial pareja.

No pocos sinvergüenzas han caído víctimas del matrimonio a causa de estos reparos. Van dejando la ruptura para el día siguiente, una y otra vez, y, cuando quieren reaccionar, hay un cura adoctrinándoles sobre la ceremonia que se avecina.

Sólo es posible, para paliar estas trabas morales, llamar la atención de los sinvergüenzas sobre la forma de actuar de las mujeres ante circunstancias semejantes. Cuando una ha descubierto que ya no quiere al hombre de turno, sea marido, novio o arrejuntado, pocas veces vacila en darle la patada. En estas ocasiones, y sólo en éstas, la sinceridad lo es todo para ellas:

—Ya no te quiero. —dicen.

—No podemos seguir así. Hemos terminado.

Las más sensibles o educadas, añaden:

—Confío en no hacerte mucho daño. Me olvidarás.

Así funcionan en general, con un impecable realismo. Además, mucho más previsoras que el hombre, antes de forzar una ruptura suelen haberse asegurado una nueva y más excitante compañía. Si nos atenemos a las estadísticas, son legión las señoras que, antes de pedir el divorcio, han encontrado un amigo que las comprenda y les ayude a pasar los duros momentos de la separación. Muchas novias oficiales actúan igual, y no hablemos de las querindongas.

A los sinvergüenzas, pues, les cabe el alto honor de vengar a los sufridos corazones masculinos. Muchos son los que vigilan los primeros síntomas de que la mujer está buscando un nuevo acomodo y, antes de que tengan a alguien de reserva, las abandonan, sumiéndolas en la soledad que proyectaban para él.

Pero el auténtico sinvergüenza no debe moverse por odios; ni siquiera por el loable objetivo de vengar a su género, maltratado por las hembras desde hace milenios. El sinvergüenza, todo lo más, debe obrar en legítima defensa tan pronto como comprenda que, de continuar, será él el abandonado o será él el sometido al antiguo rito del matrimonio.

Un pobre sinvergüenza se dejó atrapar por la costumbre. Su última conquista, hermosa pero difícil, consiguió vivir con él e invirtió los primeros meses en revelarse como una soberbia cocinera y una meticulosa ama de casa.

Como había leído novelas del Siglo XIX, le recibía con las zapatillas y la bata en la mano; le conducía entre arrullos a un sillón con orejeras y hasta le enseñó a fumar en pipa. Luego le daba los periódicos o un libro y le contemplaba leer mientras hacía ganchillo, en un silencio que otro más experto hubiera comprendido que no tenía nada de femenino.

El, a los varios meses del tratamiento, acabó cogiéndole cariño y revisando todos sus realistas razonamientos sobre el matrimonio. Ella debió leérselo en la mirada, porque redobló sus esfuerzos: le hizo un jersey, le preparó callos a la madrileña y alabó inmoderadamente su inteligencia.

El pobre miserable vive ahora entre gatos, toma comida precocinada y no puede salir de casa sin hacer frente a los gravísimos ataques de celos de su costilla que, por cierto, cada vez se arregla menos, cada vez sonríe menos y cada vez habla más.

Este no es el destino que quiere para él un sinvergüenza decente, pero, dada su actividad, es el que le ronda más a menudo: una espada de Damocles siempre a punto de caer sobre el pescuezo del interesado. Y sólo hay una forma de esquivar el hado: acumular el coraje suficiente para cortar a tiempo.

Si hay llantos, pues nada, a mojarse en lágrimas con una sonrisa heroica. Si vuelan platos, a esquivar como un buen boxeador. Pero cortando.

El método más eficaz está patentado desde hace siglos, precisamente por ser el más eficaz:

El sinvergüenza, haciendo uso de sus conocimientos especializados, engaña a una nueva mujer y se la lleva a la casa que comparte con la otra. Una vez allí, con un preciso sentido del tiempo, deja que suceda lo que tiene que suceder justo a la hora en que la otra acostumbra a regresar.

Puede darse el caso de que el sinvergüenza y su víctima vivan en casas separadas. La solución es la misma: darle una cita amorosa y dejarse sorprender como se explicaba antes. O dejarse ver por las amigas de la víctima con otra compañía. La ofendida mujer puede conformarse y retirarse por el foro, pero, más habitualmente, pedirá explicaciones:

—Me han dicho que te vieron aquí y allí y en este otro sitio con una fulana.

Se coge aire y se responde:

—Es tu substituta.

Luego se pasan unos minutos difíciles o unas horas difíciles, según la vitalidad de la otra parte, y todo está consumado.

Hay muchas variantes. Si uno tiene una voz clara y algo aflautada, la afina un poco más cuando llama por teléfono la interesada:

—¿Fulanito? —dice— Sí, ahora se pone. ¡Amooor!

Y luego, cara a cara, negarlo todo con la verdad por delante: a esa hora yo estaba solo en casa.

Tampoco es desconocida la variante del anónimo. Es mejor hacerlo recortando y pegando letras multicolores de los anuncios de las revistas del corazón: afecta más a la sensibilidad femenina.

Su amigo se entiende con otra.

Treinta o cuarenta suelen dar buenos efectos.

Pero se ha de ser tajante. Nada de blandenguerías y de dejarse convencer. Como dice la Biblia y no los políticos, que tu no sea no. De lo contrario el sinvergüenza puede acabar como Bernardo:

Cansado ya de la aventura e instruido sobre la forma de ponerle fin, buscó a una sustituta, usando para ello sus métodos habituales. Algún tiempo después había completado la primera fase del desenganche.

La segunda, era ser sorprendido y afrontarlo todo con entereza. Sin descuidar detalle y sabiendo que la primera iba a estar merendando en una cafetería con unas compañeras de trabajo, pasó tres veces por delante de las cristaleras con la segunda debajo del brazo. Acaramelados, prácticamente soldados el uno al otro.

—Amor. —le dijo la primera cuando se volvieron a ver a solas.

—¿Eh? —se sorprendió Bernardo, que estaba preparado para el chaparrón pero no para el cariño.

—Hoy, cuando veía a mis amigas solas o con problemas con sus parejas, me he dado cuenta de que te quiero muchísimo.

—¿Eh? —volvió a decir Bernardo mientras la mujer se le echaba encima.

Ni una palabra de la otra. Un sinvergüenza más cándido hubiera pensado que sus paseos por delante de la cafetería no habían sido percibidos, pero bien claro estaba el cambio de actitud de la mujer: por una u otra razón (quizá una hormona que se hubiera metido por un conducto prohibido) a la primera le parecía excitante el hecho de compartir a Bernardo. Una especie de lucha de encantos con la otra.

Así era: disfrutaba pensando que el hombre las comparaba a ambas y, cuando estaba a solas, se imaginaba ser las dos. Una de esas complicaciones psicológicas que todo sinvergüenza acaba experimentando.

Bueno, pues Bernardo no supo ser tajante. Le hubiera bastando con decir ¿es que no me viste? Adiós. Pero también a él le resultó agradable ejercer de polígamo autorizado. Saber que ella sabía le producía una protectora sensación de impunidad.

Total: un día la primera encontró a un sustituto y, según costumbre femenina, le dio la patada sin ninguna contemplación. Y Bernardo que, atendiendo a dos señoras a la vez, había perdido reflejos, se volvió demasiado solícito con la segunda. Esta, a su vez, se cansó de un sinvergüenza que se portaba como un marido.

Cosas como esta pasan cuando el sinvergüenza vacila en cumplir con su deber. Los líos han de ser necesariamente cortos para que las despedidas sean cómodas y asépticas. Cuando se decide romper, hay que hacerlo en el acto.

E. Libre, por ejemplo, había caído en poder de una mística. Era moderna, pero muy buena chica. Como tantas desorientadas, creía que el sexo ya no tenía que ver con la decencia y Eduardo no tuvo interés en desengañarla. Salvo ser tolerante de la cintura para abajo, era moralista; una persona repleta de religión acomodaticia y de profundas meditaciones sobre la vida eterna.

No llegaba a preguntarle a Eduardo Libre ni adónde vamos ni de dónde venimos, pero se notaba que lo pensaba. Además, entre pensamiento elevado y elevado pensamiento, conseguía ser metódica y ordenada: cuadriculada. Cada cosa a su hora y en su sitio.

Eduardo se citó con ella a la puerta de su trabajo:

—Pasaré a recogerte —le dijo— cuando salgas.

Llegó media hora después y allí estaba ella, tiesa como un palo, lanzando al mundo una mirada que dejaba en ridículo a cualquier rayo láser. Libre, sin bajarse del coche, le silbó.

—¿Cómo te atreves a llegar tan tarde, como si no hubiese pasado nada?

—No es para tanto, mujer. Cinco minutos.

—¡Cinco minutos! —tronó ella.— ¡Cinco minutos!

—No te pongas así.

—Me pongo como quiero. Y, si no te gusta, ya sabes.

Seguramente habló sin pensar, porque no tenía sustituto, pero no soportaba la impuntualidad. Eduardo, que lo sabía, había provocado el incidente para ver si decía aquello mismo:

—Y, si no te gusta, ya sabes.

—Lo siento mucho. —respondió mi amigo con cara de haber recibido un golpe bajo en sus sentimientos. Y puso en marcha el coche para nunca más volver, sin olvidar el último detalle:— Nunca pensé que me echarías así.

¡Qué espíritu selecto! No le tembló el pulso. En cuanto a la conciencia, se la llevó de copas aquella misma noche y ambos, la conciencia y él, le declararon su amor a una camarera que les preguntó:

—¿No será mucho ya?

ANEXO I: EL DESNUDO Y EL SINVERGÜENZA

Hay que suponer que el sinvergüenza, por poco que haya practicado, está familiarizado con el desnudo. El desnudo vivo y al alcance de la mano. El estudioso del arte, por ejemplo, también conoce el desnudo, pero desde otro ángulo.

Lo importante es comprender al sinvergüenza ante el desnudo: un simple corte lateral en una falda tubo, bien ceñida, le alegra las pajaritas. Un escote que avanza hasta el fondo de un desfiladero, le pone soñador. A fin de cuentas, el desnudo es uno de los objetivos del sinvergüenza, sea aficionado o profesional.

Sabe de sobra que la carne al aire emite unas poderosas señales magnéticas, siempre que la composición de esa carne esté basada en cromosomas iguales; XX para ser exactos. Los cromosomas XY no disponen del mismo magnetismo a los ojos del sinvergüenza, pues se trata de cromosomas normalmente más peludos y correosos.

Una mujer vestida sirve, sobre todo, para desnudarla. Los trabajos que el sinvergüenza emprende desde que se tropieza con la hembra vestida hasta que se halla con la hembra desnuda a su alcance son la sal de su profesión y, con mucho, la parte más interesante y divertida de todo el proceso. Lo que sucede después, tiende a ser igual a sí mismo siempre, repetido.

Esto era así hasta hace muy poco. Los más expertos antropólogos y psicólogos sociales habían tenido el acierto de señalar que ciertas zonas físicas, una vez destapadas, eran capaces de producir profundas perturbaciones en el ánimo varonil. Podríamos señalar esas zonas pero, ¿para qué insistir en lo que todos saben? Son tres o cuatro.

Pero un ministro de Justicia, en su afán por quitar encanto a la vida privada de los ciudadanos sinvergüenzas, legalizó hace poco el desnudo integral, que suponemos que quiere decir el desnudo íntegro o completo. Cualquier ciudadano comunitario, y mejor si es ciudadano hembra, tiene derecho a exhibirse en toda su plenitud en los lugares públicos.

Bien es cierto que antes de esta reforma penal ya muchas playas eran un hervidero de cuerpos al natural, sin aditivos, todo lo más con un poco de aceite. Y, puesto que las señoras tienen más que enseñar, lógico es ver que son las señoras las que más enseñan, dada la especial construcción de su organismo y su psicología basada en la captación de la atención. La captan. ¡Vaya si la captan!

Pero, ¿qué hace un sinvergüenza cuando llega a una playa cubierta por millares de hermosos cuerpos al aire? Uno pensaría que todo su trabajo se concentra en evitar que los ojos se le salten de las órbitas, pero se equivocaría.

Tanto género al alcance de la vista, al principio puede causar un cierto mareo pero, tras las primeras experiencias, el sinvergüenza comprende tres cosas:

A) Que su humanitaria actividad no tiene objeto, pues no queda nada que quitar de los cuerpos femeninos.

B) Que está recibiendo la llamada de la selva sin poder intervenir puesto que él no ha provocado el desnudo que contempla y, por lo tanto, carece del derecho de alargar la mano.

C) Que no es lo mismo el desnudo en la intimidad, conseguido en noble lid, en un auténtico duelo de inteligencias y artimañas, que el desnudo en público: la mujer desnuda en masa va vestida de indiferencia y, en consecuencia, no pocas veces el sinvergüenza curtido se avergüenza de mirar lo que le ponen ante los ojos. La sensación se parece a la del cazador que dispara al perdigacho metido en una jaula: no es deportivo. No es deportivo mirar a la mujer que está desnuda sin fines vergonzosos. De eso se trata.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo superar semejante jarro de agua fría y volver a dar un contenido a la vida? Porque estos graves problemas se van a plantear cada vez más a menudo. Ha pasado el tiempo en que el español saltaba sobre la mujer que enseñaba los muslos, en un intento de mordérselos. El español es ahora europeo y, piense lo que piense, tiene que vivir entre muslos, reforzando para ello su autocontrol.

Pero esto, además de llenar las consultas de los psiquiatras con centenares de miles de reprimidos a la fuerza, puede poner en peligro la supervivencia misma de la profesión. ¿Para qué luchar, se dirán los sinvergüenzas del próximo futuro, si basta ir a tal o cual playa para tener a miles de mujeres desnudas?

En situaciones así el sinvergüenza debe de reconvertirse. Si la mujer vestida debe ser desnudada por un imperativo categórico, la mujer desnuda debe ser vestida para que la vida siga.

Un joven moderno, muy unido a una joven más moderna todavía, se quedó de piedra cuando, al llegar a la playa, ella se quitó la parte alta del bikini. Los vecinos de arena miraban hacia otro lado, porque también estaban dispuestos a ser modernos. El hombre, en cambio, miraba hacia adentro, cultivando la introspección. Definitivamente, la modernidad, fuera del dormitorio, le producía angustia.

—He leído —dijo al cabo de unos minutos— que el sol es responsable de la mayor parte de los cánceres de piel.

Ella, para que el cáncer tuviera dónde escoger, encendió un cigarrillo.

—El cáncer de mama —insistió él cinco minutos después— es más habitual en las mujeres que toman el sol sin protección ninguna.

Ella, agradecida por la sugerencia, se cubrió de crema bronceadora con filtro, después de quitarse la segunda pieza de su bañador.

El buen sinvergüenza siguió devanándose los sesos durante un rato más.

—También se dan muchos casos de infecciones vaginales. A causa de la arena: parece limpia pero no lo está.

Ella comprobó que la zona interesada reposaba sobre su impoluta toalla y siguió tostándose como un lagarto.

Estaba claro que la dialéctica no penetraba en línea recta en aquel espíritu femenino. El buen europeo que vivía en aquel sinvergüenza estaba a punto de disiparse, dejando paso al hombre de las cavernas y a sus gruñidos. Sólo un momento antes de gritar vámonos de aquí o te la ganas, recordó que la especie humana había exterminado a otras, como los mamuts, usando la sagacidad, o sea, las trampas.

Se levantó disimuladamente y acudió al más aproximó puesto de helados.

—El más gordo y el más dulce. —pidió.

Disimuladamente también, lo dejó caer a unos dos o tres palmos de la muchacha moderna; encendió un cigarrillo y esperó acontecimientos.

Las playas, como todo el mundo sabe, están en el campo, y el campo es el hábitat ideal para los insectos: sólo en el campo retozan a gusto. Las avispas, por ejemplo, siempre andan rondando el agua, no se sabe si muertas de sed o atraídas por los reflejos. Lo que sí es de dominio público es que las avispas van a la primera tajada de melón que olfatean, a los vasos de cocacola y, por supuesto, a los helados.

Las avispas, fieles a sus hábitos, acudieron. Llegó primero la más despierta y corrió a avisar a sus amigas íntimas. Pronto el avispero entero estuvo al tanto de la novedad: tenían helado de postre.

—Mira: —dijo el hombre europeo— una avispa. ¿Has traído el fenergán para las picaduras?

La mujer europea lanzó una aviesa mirada a la avispa, pero ésta no pareció afectarse demasiado.

—Otra. —dijo el sinvergüenza sin faltar a la verdad.

La muchacha lo constató, intranquila.

—Mira cuántas.

Ella, que ya se tapaba el pecho con las manos, se puso la parte alta del bikini mientras los himenópteros, en su gula, emprendían vuelos de reconocimiento por la zona y, ocasionalmente, tomaban tierra en la barriguita dorada de la mujer.

—Fuera. —decía ella. Un hombre la hubiera obedecido, pero no una avispa. Así que se puso la parte baja del dos piezas.

—Cuántas. —insistió su compañero, como si le molestara su presencia aliada.

—Vámonos. —ordenó por fin la mujer moderna.

Un nuevo triunfo del espíritu sobre la materia.

Pero no todo es tan fácil. ¿Y el sinvergüenza que acude sólo a la playa, dispuesto a practicar? Porque muchos sinvergüenzas, educados a la antigua, creen todavía que una playa que desborda de mujeres en cueros es un buen sitio para poner en marcha sus turbias maquinaciones, como si ya tuvieran hecho la mitad de su hermoso trabajo.

No nos referimos a los pobres infelices que se pasean por la orilla hinchando el pecho, ni a los descerebrados que se desnudan a su vez para impresionar a las multitudes con sus supuestos y discutibles encantos. Nos referimos a los sinvergüenzas decentes, con largos años de servicio.

Mal asunto: una mujer que se ha desnudado por cualquier otro motivo que no tenga que ver con el apareamiento, por así decir, es mucho menos accesible que una mujer vestida. Entre ella y la realidad construye un muro insalvable. Sólo con que el sinvergüenza tenga la inteligencia de un conejo, prescindirá de maniobras de aproximación tales como ofrecerse a untar de aceite a la víctima o pedirle fuego para su cigarrillo. Tampoco puede emplear la mirada ardiente, porque la mujer se desnuda para que la vean pero se molesta si la miran. El pudor la enfría.

Lo más inteligente es irse a buscar mujeres vestidas: alguna suele haber en los chiringuitos. Cuanto más vestidas, mejor: con camisa y falda o pantalones.

Con las desnudas solitarias no se puede hacer nada positivo que conduzca a buen fin, salvo ficharlas para abordarlas luego, una vez vestidas, en la discoteca o en el chiringuito. No obstante, Eduardo Libre, sinvergüenza imaginativo, fue a una de estas playas con su máquina fotográfica, eligió su pieza con toda frialdad y le sacó una foto.

—¿Qué hace usted? —preguntó la señora, afilando con esmero su aguijón.

—Estoy impresionado. —respondió Libre, que disponía de bidones de sangre fría.— Seguro que es usted modelo.

—Deme ese carrete.

Eduardo se aproximó un poco más y dio suelta a sus ojos para que corrieran por donde más se les antojara. Los ojos, obedientes, hicieron un buen trabajo.

—Dios mío. —dijo Libre, adoptando una expresión admirativa, aunque no se atrevió a relamerse: no era tan temerario.

La mujer se cubrió. Casi ninguna está preparada para mantener una conversación en cueros, pues pierden aplomo. De hecho esto hizo que Eduardo Libre fuera ganando a los puntos: sabía exactamente qué hacer con una mujer vestida.

—Deme el carrete, por favor.

—¿La he molestado? —preguntó Eduardo, lamentando haber herido sentimientos tan hermosos.— Le aseguro que no tenía esa intención. Soy muy aficionado a la fotografía y la he mirado como un pintor a su modelo. ¿De veras no es usted maniquí o algo por el estilo?

Ella no era tan tonta como para creerse una mentira así, pero ya estaba vestida y el muro con que se defendía se había disipado.

—Vamos a hacer una cosa.— propuso Eduardo— Yo le doy el carrete pero, a cambio, ¿me deja sacarle un primer plano de la cara? No sé si sabe cómo se le ponen los ojos a la luz del sol.

Ella accedió al trato. Ocho minutos después estaban comiendo patatas fritas mojadas con cerveza en el chiringuito más aproximó.

Pero no se deje impresionar por esta historia, porque casi nunca las cosas salen bien con mujeres que no ha desnudado uno mismo. Y no es fácil conseguir que se vistan, aun derrochando cara dura.

El sinvergüenza novato debe atenerse a la regla de oro: cazarlas vestidas. Además, y dada la ley del péndulo, cualquier otro ministro puede prohibir el desnudo el año próximo, en cuyo caso las prácticas que haga el aprendiz en este terreno se convertirán en tiempo perdido.

ANEXO II: FEMINISTAS Y POLITIZADAS

A pesar del consejo de ni tocar a feministas y políticas, no es menos cierto que un buen número de sinvergüenzas sienten atracción por las mujeres comprometidas: es como el que siente la peligrosa llamada de los abismos.

Nuestra sociedad, constituida en democracia folclórica, ha generado en los últimos años un número incontable de mujeres así y es justo que el aprendiz disponga, al menos, de una referencia. Con todo, no olvide jamás que hay que huir de ellas como del inspector de Hacienda y sólo usarlas en casos desesperados.

Los tiempos, malos siempre para el hombre, empiezan a serlo también para la mujer. Moisés, sobre cuya inteligencia no nos caben dudas, explicó a las claras cuál era el castigo por el pecado: el hombre tendría que ganarse el pan con el sudor de la frente, al menos hasta que se inventara la bolsa. La mujer, pariría con dolor hasta la llegada de la anestesia y de la píldora.

Pero es que ahora a la mujer, además de parir, también la hacen trabajar. La sindican en cuanto se descuida. La llevan a las manifestaciones a recibir palos de la policía y, en muchos lugares ya, la usan como soldado hasta que le pegan un tiro.

No extraña que los explotadores de profesión hayan decidido incluir en sus actividades a la media humanidad que les faltaba, pero sorprende que algunas mujeres consideren deseable esta situación: además del castigo bíblico propio, quieren pasar por el que les cayó a los hombres. Y, encima, en modo alguno comprenden que sea un castigo, una situación nada deseable. Como si fueran calvinistas se portan, convencidas de que el trabajo enriquece. Los hombres, más entrenados, sabemos de antiguo que sólo es posible enriquecerse haciendo trabajar a los demás.

En fin: ¿cómo aproximarse a una mujer así? ¿Y cómo aguantarse las ganas de revelarle la dura realidad de la vida? Dada la naturaleza de sus ideas, estas mujeres disponen de menos imaginación que las restantes. Su visión es en dos colores: blanco o negro; sí o no. Y sus costumbres, más parecidas a las del varón: les aburre el coqueteo y el juego del cortejo, o lo consideran humillante, que es peor.

La primera medida es decirles que sí. Sí al feminismo, por ejemplo. Sí a su idea política. Si es preciso, ser mucho más radical que ellas: que haya mujeres obispo y papisas, aunque no crean en Dios; que haya mujeres donantes de semen, aunque sea preciso embarcarlas en un complicado transplante; que los hombres paran también. Cosas así. No importa lo imposibles que parezcan: les gusta.

Con las politizadas hay que tener en cuenta un factor añadido: detrás de una mujer politizada siempre hay un hombre. Ellas, o toman su color y sus ideas por amor, o las contrarias, por despecho. Pero hay un hombre y hay que estar atento a su aparición, por si es de mayor tamaño que nosotros.

Una vez trabados los primeros contactos, se impone usar el método directo. Se puede, quizá, argumentar sobre lo que opinaba el viejo Marx sobre el amor libre. Se puede insistir en preguntarse por qué la caza del compañero sexual debe corresponder sólo al varón.

Pero, ojo: las mujeres normales, o casi, saben tanto como nosotros, los sinvergüenzas. Es decir, que son muy capaces de fingirse politizadas por mor de aproximarse al hombre.

Federico militaba. Era un fanático que creía que en la política, en la suya, estaba la solución de todas las lacras de la humanidad, incluido el aumento de precio de las patatas. Gracias a su manifiesta tozudez se había labrado una discreta fama local que hizo que el cartero le llevara una carta imposible: en el sobre sólo ponía Partido X y la ciudad.

Se lo dieron a Federico para ver qué podía hacer. Una chica, que daba sus datos personales, había regresado de la emigración. Nacida en Alemania y dedicada a los estudios desde la guardería hasta la fecha, se sentía rechazada porque no entendía de política. Había escuchado lo que cada partido decía y el de Federico le parecía el más político de todos.

Por otro lado, consideraba que militar le ayudaría a hacer amigos y a ocupar sanamente el tiempo libre. Federico, en un principio, sólo vio la parte ideológica: ganaba un alma para la causa y eso encendía su fervor.

Por usar el lenguaje del hombre público, Federico contactó. Llamó por teléfono, concertó una cita y se presentó a ella después de afeitarse y perfumarse. La mujer ni era fu ni era fa, pero era mujer, de bastante tamaño, huesos grandes y ojos un poco molestos: aunque miraban con la fijeza del búho él lo atribuyó al interés ideológico.

La segunda clase de política se desarrolló a bordo del coche. Apenas empezado a comentar el concepto del hombre como célula social o algo por el estilo, la mujer dijo que no tenía nada en contra del hombre, como ente, salvo que solía mostrarse algo brusco haciendo el amor. Demasiado precipitado. En su sincera opinión, no daba tiempo a que la mujer se preparara antes de la penetración.

Federico, que se tomaba las cosas al pie de la letra, creyó prudente observar que no todos los hombre eran iguales, salvo ante la ley. Unos daban tiempo y otros, no. Según. Sólo por modestia se cayó que él era de los primeros.

Ella pidió perdón, ya que la culpa también podía deberse a sus medidas. Por lo visto tenía algo que no era del todo normal y, bueno, sus dimensiones parecían ajustarse a las de un mechero que mostró antes de encender un cigarrillo.

Federico tomó buena nota y siguió su lección por la parte en que su ideología insistía en que las clases sociales eran sólo posibles por el dinero. Descalificó ardientemente la posibilidad de hacer partidos de calvos luchando contra partidos de peludos, de altos contra bajos y, por puro ejemplo, de hombres contra mujeres.

La tercera sesión tuvo lugar a petición de la novicia. Llamó pidiendo hora y se presentó en casa de Federico. El color de la piel y el aroma del jabón indicaban que acababa de tomar un baño caliente.

Hablaron del concepto de representación. Ambos pensaban que era una filfa porque la voluntad, al ser potencia del alma, era personal e intransferible. Las ideas, se representan; las voluntades, no, y menos las populares.

—¿Te acuestas con las mujeres de tu partido? —preguntó ella, a traición, en un momento en que Federico calló persiguiendo una palabra oportuna que se le iba.

—No sé —dijo él, pillado por sorpresa.

—¿Cómo que no sabes? ¿No te enteras de algo así?

—Unas veces me acuesto y otras, no.

—¿Se lo pides?

—Sólo cuando estoy seguro de que me van a responder que sí.

—¿Y eso cómo lo sabes? ¿Por la mirada? ¿Por la conversación?

Federico estaba seguro ya de la respuesta que obtendría si se decidía a hacer la pregunta en aquel momento, pero le producía cierto desasosiego ver cómo le iba acorralando la chica, que tenía todo el aspecto de un cazador de recompensas.

—A veces de un modo y a veces del otro.

—¿De qué hablan las mujeres que se quieren acostar contigo?

—Oh, de cualquier cosa. De las elecciones, por ejemplo.

La muchacha, educada a la europea, se sorprendió:

—¿No hablan de sexo?

—No, no. La mujer que quiere una aventura habla pocas veces de eso.

—No todas son iguales. —advirtió ella.

—Ahí está el dormitorio. —dijo Federico con un hilo de voz.

—Recuerda: —dijo ella, imperturbable— Tienes que darme tiempo.

Esto corrobora lo que decíamos al principio: se trata de mujeres muy directas, que saben lo que quieren —como las otras—, pero que van y lo dicen.

De esta historia sólo se han de sacar las experiencias positivas para poder comportarse como ellas lo hacen y ahorrar tiempo y disgustos. Una vez conocidas y estrechadas las manos, ir directamente al bulto:

—¿Qué piensas del sexo?

Si piensan algo, aunque sea raro, decir esta frase mágica:

—Las relaciones sexuales son una forma más de intercambiar información.

Suele hacer buen efecto. No me pregunten por qué, pero a las mujeres liberadas les gusta oír esto: deben creer que es lo que se dicen los hombres entre ellos cuando hablan del asunto.

Pero no olvidar nunca que no hay una norma fija con esta clase de chicas; ni siquiera el compañerismo masculino. Algunas intentan portarse como mujeres normales y entonces todo puede complicarse aún más.

Eduardo Libre, por ejemplo, contactó con una feminista que conservaba vestigios de imaginación, aunque los escondía. Ignorándolo él, le preguntó por sus opiniones sobre el sexo y le dijo la frase sobre la forma de intercambiar información.

—A veces —murmuró ella— es difícil llegar a la intimidad. Aquí, ya ves, todo es tan cotidiano: los sillones, el dormitorio detrás de esa puerta...

—Detrás de aquélla. Eso es el baño. —corrigió Eduardo, sin una concesión sentimental.— Se usa antes y después. Según.

Ella también consideraba fríamente la situación:

—Quiero decir que la intimidad no es solamente acostarse. Puedes tener dentro a una persona y sentirte sola, sin comunicación.

—Sí. —dijo Eduardo, porque sabía que a esas hay que decirles que sí.

—La intimidad viene cuando nada es una costumbre. Cuando se actúa de una forma nueva.

—¿Vamos al coche? —preguntó él, ofreciendo la alternativa.

Fueron al coche pero, antes, tuvo que buscar su tienda de campaña y un par de sacos de dormir. Viajaron varios kilómetros. Montaron la tienda casi a oscuras, dándose martillazos en los dedos él mientras ella le iluminaba con la linterna.

Una vez instalados, se pusieron a fumar a la intemperie y a hacer comentarios sobre lo bonito que era el humo cuando se soplaba a la luz de la luna. Luego tuvieron que echarse en el suelo, a mirar las estrellas. La mujer le puso la cabeza en el hombro y Eduardo jura aún que a los seis minutos creía que le habían arrancado el brazo: no lo sentía del entumecimiento.

—Si sigues la cola de la Osa Menor llegas a la Osa Mayor. —decía ella— ¿O no? ¿Es la cola de la Osa Mayor la que hay que seguir?

Eduardo no lo sabía. Marte —dijo, expulsando de una vez todos sus conocimientos celestes— es rojizo y Venus, azulado.

—¿Oyes a los grillos?

Escucharon a los grillos. A lo lejos sonó, también, el lamento de una vaca. Un instante después oyeron el canto de un chorlito.

—Parece que dice Pepe Ruiz. —comentó la feminista, que había alcanzado cierto grado de romanticismo.

Eduardo estornudó, víctima del relente, y aprovechó la convulsión para que la cabeza de la chica cayera de su hombro. Produjo un ruido sordo al dar contra el suelo, pero no la disuadió de seguir buscando la intimidad.

—La cara de la Luna es de hombre. —advirtió.

—De Luno. —murmuró Eduardo, que había alcanzado una especie de fría conformidad.

—¿No me acaricias?

El frotó aquí y allá, si bien su vieja sensibilidad se había disipado. Le daba igual frotar a su compañera que restregar las manos por un saco.

Por último, al cabo de las horas, pasaron a la tienda. Gatillazo.

—Eso es que todavía estás tenso. —le disculpó ella.

Eduardo, por pura cortesía, no dijo nada en el momento, pero a mí sí me confesó lo que pensaba:

—Tendrían que encerrar a todas las cursis que van por ahí de liberadas. Desacreditan a su sexo y, además, se creen que el hombre es como el lavavajillas: se aprieta un botón y funciona. ¿Sabes que te digo? ¡Nosotros también tenemos sentimientos!

Pensó en la dama en cuestión y añadió:

—¡Malos sentimientos!

ANEXO III: PESE A TODO

Pese a todo lo dicho en este manual, el aprendiz no debe olvidar que trata con mujeres y, por lo tanto, estar siempre a punto de enfrentarse con lo inesperado. Todos los métodos dichos aquí funcionan, pero es fácil fracasar tratando de aplicarle un a la Gandola a la que desea un Método Directo, o dando un tratamiento paleolítico a la que necesita el acicate de la mala fama del sinvergüenza.

Hace falta instinto sobre todo, y una buena disposición para trabajar horas y más horas en el asunto. El sinvergüenza ha de ser tenaz además de un buen psicólogo.

En contra de lo que algunos capítulos puedan hacer pensar, el hombre prudente busca a sus víctimas en su propio ambiente: mujeres de la misma clase social, del mismo nivel cultural y de una inteligencia aproximada.

Sólo los barones supervivientes se dedican a engañar a las muchachas humildes y sólo los gigolós atacan a las ricas. Se puede ser interclasista ocasionalmente, si se tiene conciencia de que esas cosas no salen bien.

Lo que no se puede, en modo alguno, es tratar de cazar a una mujer más lista que uno ni a una más tonta. Se sufre demasiado en ambos casos y, además, no es deportivo. A las más tontas se las tiene pena y muchos matrimonios se celebran por eso, por pena. La pobre chica —dice el atribulado marido— no se dio cuenta de que iba en broma. Con las listas es peor: saben cómo agradarte y el sinvergüenza puede caer víctima del amor verdadero, que existe.

Y, respecto a las ricas, no olviden esta última anécdota:

Tres días después de haber conocido a una rica heredera —hablamos de unos tres mil millones limpios— y pocas horas más tarde de haberla besado por primera vez, acudí a retirar unos cheques gasolina de mi banco.

—¿Vas a comprar algo en tal sitio? —me dijo el director que, aunque banquero, era mi amigo.

—¿Por qué?

—Me han pedido informes bancarios tuyos.

A ningún sinvergüenza le gusta que hurguen en su cuenta corriente. Aunque no sea Hacienda.

Y, con todo esto en la memoria, mire al frente, elija blanco, hinche el pecho y tenga presente que sólo cogen peces los que se mojan las bragas.


Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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