Eduardo Libre No Irá al Paraíso

Arturo Robsy


Novela, Cuento


Índice

Eduardo Libre No Irá al Paraíso
PRIMERA PARTE
1. EL TELÓN DE SEDA
2. LA NOCHE ESTA ESTRELLADA.
3. ¿QUÉ ES EL HOMBRE?
4. EL CUERPO
5. LO MÁS ATRACTIVO
6. SI HAS DE SER DIRECTA, SÉ MODERADA
7. VIRGINIDADES
8. JÚBILOS MATINALES
9. RITOS ÍNTIMOS
10. LOS PIROPOS
11. LA LLAMADA DEL AMOR
12. EL ACOSO Y DERRIBO
13. DE COMO EL HOMBRE SE ENAMORA DE CUALQUIER COSA QUE LLEVE FALDAS
14. EL HOMBRE, ESE TIERNO SER
15. EL CARÁCTER MASCULINO
SEGUNDA PARTE
1. BAJO LA LUNA LLENA
EL PRÓLOGO PROMETIDO
2. EN LOS LAVABOS
3. EN EL ESCENARIO
4. EN LA SALA DE ESTAR DE UN AMIGO
5. EN EL AUTOBÚS
6. EN UN COLUMPIO
7. EN LAS VENTANAS
INTERMEDIO MUSICAL
8. EN LA CALLE
9. EN UN INCENDIO
10. EN PATÍN
11. EN UNA TIENDA
12. EN EL LECHO DEL DOLOR
13. EN UNA BODA
14. EN LA CAMA
CAPÍTULO ÚLTIMO

Aviso primordial— Se cuentan como langostas los lectores de «CÓMO SER UN SINVERGÜENZA CON LAS SEÑORAS», que se escribió como burla hacia los relatos de amor en general y hacia los de color subido en particular. Su extraordinaria difusión en la red me abrumó, sobre todo al ver que una página porno tenía la obra entre sus relatos preferidos.

Pero el público es el público y, puesto que mi humor sigue zumbón respecto de los amoríos, aquí está este libro que burla sobre los sentimientos, ya satisfechos, ya heridos. Puede distribuirse libremente por la red, entero o por capítulos, pero no debe cambiarse el texto ni hacer con este escrito ninguna actividad comercial.

PRIMERA PARTE

1. EL TELÓN DE SEDA

Inés y Eduardo llevaban unos meses saliendo juntos a plena satisfacción. Habían superado cuantas fases del galanteo se les presentaron y alcanzado ese punto de intimidad —irrepetible después— que permite al hombre soltar las manos en cualquier momento y hacer diabluras con ellas mientras la mujer, todo lo más, sonríe pacientemente.

Ambos eran adultos y habían disfrutado descubriendo sus muchas diferencias, si bien ni el uno ni la otra sospechaban que eran muchas más de las que se ven a simple vista. Desconocían lo que puede llamarse el telón de seda o el telón de espuma de afeitar.

Gracias a estar en ese momento de oro del galanteo, no siempre sabían qué mano era la suya ni exactamente dónde la metían. Tampoco era que se preocuparan mucho de averiguarlo cuando estaban en la intimidad.

El, más osado, a veces actuaba a la intemperie, en paseos públicos y en playas. Caricias furtivas, dirían algunos; besos apresurados, opinarían otros, pero Eduardo lo que hacía en realidad era meterle mano a Inés al primer descuido. Tanto como podía.

Aquel mediodía mismo, en la playa, cuando ella se inclinó para extender la toalla sobre la arena, recibió un azote cariñoso. Eduardo sabía que esta clase de azotes no eran excitantes para Inés, pero darlos le producía seguridad, la sensación del hombre dueño de un tesoro.

Consagrada por el uso, la misión de Inés era polivalente. En los lugares techados, se dejaba malmeter y, además, usaba sus propias manos casi con la misma rapidez y habilidad que Eduardo. Al aire libre, en cambio, se convertía en el elemento moderador: aceptaba caricias hasta un cierto punto o, mejor dicho, sólo hasta las proximidades de ese cierto punto.

Rebasada la zona de seguridad, esquivaba. Lo hacía con una sonrisa cómplice, pero esquivaba. Otras veces se volvía de espaldas o atrapaba con la suya la mano osada para rechazarla hasta la tierra de nadie.

Rara era la mano audaz que alcanzaba su objetivo, de modo que los ataques amorosos de Eduardo eran sobre todo rituales y hubiera sido él el primer escandalizado si Inés se hubiera dejado hacer a la luz del día lo que en privado. Es más: si alguna vez fallaba la defensa femenina, él era el primero en retirarse, algo confundido.

Estos complejos sentimientos amorosos no los acababa de conocer Inés. Sabía, difusamente, que debía aceptar o rechazar a Eduardo según su posición en el espacio y la cantidad de luz ambiente, pero no comprendía que el constante toqueteo público que él ensayaba no tenía nada que ver con el verdadero deseo, sino con una forma de mostrarse cariñoso.

El mediodía al que hacemos referencia, las cosas cambiaron. Ella se inclinó para extender la toalla y él, siempre al acecho, le propinó el azotito inocente. Inés, mal aconsejada por sus instintos, aguardó a estar ambos echados en la arena, cara al sol, y, muy simpática y amorosa, metió mano a su novio. Y cuando decimos que metió mano, pueden jurar que fue exactamente eso lo que hizo.

Eduardo se levantó cuatro o cinco palmos del suelo a causa de la sorpresa. Como un rayo. Pero, aún así, mientras brincaba tuvo tiempo para enrojecer violentamente, avergonzadísimo.

—¿Qué haces? —bramó, poniendo alerta a todos los bañistas próximos.

Inés, perpleja, bajó la cabeza. No entendía. No conseguía comprender por qué ella debía sonreír frente a un ataque de las mismas características, un golpe por debajo del cinturón, por así decir, mientras que su novio era incapaz de soportarlo.

—¿Estás loca? —siguió preguntando él, interesado por su salud mental.

Inés, de momento, no dijo nada, pero le dolía el agravio comparativo.

—¿Qué tienes en la cabeza además de aire? —insistió Eduardo, definitivamente convencido de que era allí donde se había producido la avería.

Inés volvió a callar, pero su silencio tuvo una intención diferente que se le escapó a su novio. "Esta me la pagas", decía el silencio aquel. Una declaración de intenciones muy seria.

El sol,que aquel día aplastaba, acabó relajando a Eduardo. Ya dócil, propuso ir a nadar, siendo secundado en la moción. Con el agua al cuello, como era su costumbre, volvió a sentirse amoroso. Cualquier pulpo de las profundidades hubiera tenido mucho que aprender de él.

—Déjame. —advirtió Inés, esquivando en contra de la costumbre.

—¿Eh? —preguntó Eduardo, haciendo un nuevo intento. No disculpaba que se rompieran las sanas tradiciones del pueblo.

—¡Que me dejes! —gritó ella.

Eduardo titubeó. ¿A qué venía aquello? Nadie podía verles las manos bajo el agua y, por lo tanto, ¿qué razón había para dejarlas quietas?

—¿Qué te pasa? —preguntó, muy sorprendido.

Ella pudo decirle "esto y esto". Aclarar, en dos palabras, que se tomaba la revancha por su extrañísima reacción de antes. Pero se calló, como suelen hacer las señoras para complicar lo que es demasiado sencillo.

—No te entiendo. —gruñó él entre dientes.

—Pues te aguantas. —respondió ella, saboreando su venganza.

Si aquello no terminó mal fue debido a que Eduardo, como casi todos los novios machos, no apuntaba los desaires para tomar tardías represalias. Cuando ella, horas después, dejó de rechazar sus envites, se hizo la paz. Pero ni Inés comprendió por qué su novio había reaccionado tan mal ante su caricia en la arena ni Eduardo supo jamás por qué su novia le rechazó en el mar tan desconsideradamente.

Había funcionado el «Telón de Seda» o, si se prefiere mirar desde el ángulo femenino, el «Telón de espuma de afeitar». Las mujeres no han sido nunca hombres y, por ello, ignoran buena parte de su psicología o, lo que es peor, se la imaginan. Los hombres, igual.

Y estos telones provocan mucha infelicidad al cabo del año. Son responsables de casi todas las rupturas y de una gran parte de los adulterios. ¡Ay, Señor! Los miembros de una misma especie inteligente no se comprenden a causa de la distinta disposición de sus órganos.

Por eso se escribe esta historia. La mujer, como ser mejor preparado para hacer frente a las duras realidades de la vida, necesitaba un pequeño manual que le explicara lo que piensa y siente el hombre en los momentos más trascendentales de la convivencia.

Hasta ahora la mujer se ha guiado por suposiciones y por una cierta sabiduría de transmisión oral. Comprende algunas de las actitudes del varón, pero pocas. No tiene acceso al mundo masculino. El hombre igual, pero a la inversa. Sólo que el universo femenino es aún más complejo y, por lo tanto, es más fácil que la mujer comprenda al varón y que le vea venir.

Cuando un hombre le dice a otro, que goza de su amistad, "vete a la mierda", prácticamente no sucede nada. ¿Por qué, entonces, cuando se lo dice a una hembra amiga, han de venir los morritos y las palabras ofensivas?

¿Por qué una mujer no puede hablar con un macho de la especie como lo hace con sus amigas, emitiendo información sin descanso, en vez de cederle, de tanto en tanto, la palabra? ¿Por qué no entienden los silencios ni las miradas? ¿Por qué lo tienen que recibir todo por los oídos?

2. LA NOCHE ESTA ESTRELLADA.

Mínimo homenaje de E. Libre a Wodehouse

No sé si han meditado sobre las estrellas. Hasta aquella noche siempre las consideré una parte del decorado general y, desde luego, sabía que, si se metiera el dedo en una de ellas, quedaría perfectamente carbonizado.

Pero la chica las miraba de otro modo. Era amiga de ellas. Ya sé, ya sé: ¿qué se puede esperar de alguien que es amigo de una estrella? Todo lo más, meterle mano en la oscuridad y mantener la mente tan lejos de las constelaciones como se pueda.

—Las estrellas —me confesó tras inhalar cuatro o cinco litros de aire nocturno— son los ojos del firmamento.

—¿Ah, sí? —dije sin dejarme engañar. El firmamento es, probablemente, ciego. Y, en cualquier caso, ¿qué puede ver desde tan lejos?

—Unos dicen que parpadean —siguió la chica, a la que nadie extirparía de su tema favorito—. Pero yo prefiero a Neruda: «Tiritan, azules, los astros a lo lejos».

—¿Tienen frío?

—Quiere decir que parpadean, pero usa una imagen poética.

—¿No sabía que son bolas de fuego? —mi opinión sobre Neruda, fuera quien fuera, descendió notablemente: hay cosas que deben saberse desde los seis años.

—Son —siguió ella— como un grupo de niños bien lavados en el patio del colegio. Yo creo que juegan y que nos contemplan con inocencia.

¿Chicos bien lavados en un patio? ¡Qué imaginación! Y, encima, contemplándonos con inocencia en lugar de darse patadas los unos a los otros, que es lo que acostumbran. Ay: cuando una mujer piensa cosas así sólo las almas fuertes le pueden seguir la corriente.

—Mira: aquélla corre. Se habrá asustado.

—Es un avión. ¿No ves como «tiritan» sus luces de situación?

—Los hombres fingís ser insensibles, pero estoy segura de que también os dicen algo las estrellas.

Escuché, por si acaso. Por eso estoy razonablemente seguro de que jamás me ha hablado ninguna. Ni imagino qué podría decirme, aparte de su temperatura en grados K.

La humead me alcanzaba ya la fibra más tierna de los huesos. Había que hacer algo. Apartar aquella alma tozuda de los aspectos estelares del momento.

—A mí —dije, después de comprobar que nadie salvo ella podía oírme, qué vergüenza— las estrellas sólo me dicen algo si las miro reflejadas en tus ojos.

También yo he leído versos. Todavía recuerdo aquello de «A un panal de rica miel cien mil moscas...» etcétera.

Hizo su efecto. La mujer era consciente de que alguna estrella podía habérsele metido en el ojo y estaba dispuesta a que se la inspeccionara. Le entré por la amura de babor, para mantener operativa mi mano derecha, y fingí mirarle la estrella. No estaba, pero guardé el secreto.

Tomé aire. Hay momentos en que se saltan los parapetos:

—A su pálida luz tus labios parecen de luna.

No significa nada, pero obra como un anestésico. Obliga a pensar en labios y no en estrellas.

—¿De veras?

Su boca era un promontorio oscuro en la noche, pero supongo que los astros, de vez en cuando, autorizan a faltar a la verdad.

—Y por aquí y por allá, piel de nácar. —seguí, implacable.

Volvió a consumir varios litros de aire fresco: sin duda el viejo radiador se le recalentaba. Además, suspiraba: otra cosa vedada a las estrellas, supongo.

Levanté su barbilla. Hubo que empujar un poco, pero se alzó. Los luceros, en honor al momento, tamizaron su luz.

—Entre un ojo y otro —añadí— se te ve toda la Osa Mayor.

Luego no hubo problema para besarla. Pero, cuando la llevé bajo techado, tuve cuidado de correr las cortinas. Estrellas en la cama, no. Pinchan.

3. ¿QUÉ ES EL HOMBRE?

Hay quien sostiene, bajo su exclusiva responsabilidad, que el hombre se compone de cuerpo y alma. Ya sabemos que algunas mujeres no lo creen así, pues para ellas es difícil de explicar cómo pueden existir seres tan poco sensibles y espirituales.

Se les echa una mirada que dice «lárgate» y ellos se aproximan. Se les llama la atención sobre una hermosa maceta y ellos preguntan que dónde van a caber los periódicos si la maceta se instala, como prevén, sobre la mesa de la entrada. Se estrena una laca de uñas nueva y sólo reparan en ella si se les intenta arañar en los ojos.

Pero de alguna forma hay que separar las funciones vegetativas de las intelectuales: por eso, generalmente, se acepta lo del cuerpo por un lado y lo del alma por el otro. Incluso los que se mueren de risa cuando oyen un verso de amor tienen alma.

A Eduardo Libre un día le recitaron una estrofa de Carolina Coronado:

El Poeta, suave rosa
llamola, muerto de amores...
¡El poeta es mariposa,
que adula a todas las flores!

—¿Qué dices que es el poeta ? —preguntó, incrédulo.

—Mariposa que adula a todas las flores.

—No se lo llames a ninguno si quieres conservar su amistad.

La recitadora le informó de que se trataba de una metáfora.

—Tampoco les llames metáfora. —aconsejó él, cargado de razón.

De nada sirvió explicarle que aquello significaba que el poeta iba de mujer en mujer, diciéndoles palabritas amables.

—¿Muerto de amores?. —inquirió él.

—Muerto de amores, sí. —respondió, amenazadora.

—¡Qué idiota ! Está muerto de amor y se pone a revolotear. Además, ¿cómo se adula a una flor?

Bueno: pues Eduardo Libre tiene alma. Pero la que tiene no acaba de interesarse por las suaves rosas ni por las mariposas: enrojecería. Con todo, al notar un cierto desdén en su amiga, se vio en la necesidad de demostrar su sensibilidad y su cultura:

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! —barritó.
A cada bote de la lanza ruda,
a cada escape en la abrasada lid,
la sangrienta ración de carne cruda
bajo la silla sentiréis hervir.

La amante de la poesía parpadeó, incrédula.

—¿Ves? Ni una maldita mariposa, y no me negarás que es poesía de la buena. —para afianzar esta opinión, empezó con otra estrofa:

Desgarraremos la vencida Europa,
cual tigres que devoran su ración;
en sangre empaparemos nuestra ropa...

De nuevo el telón de espuma de afeitar, haciendo imposible que se ajustaran dos vivas sensibilidades. Claro que, en esta ocasión, Eduardo Libre actuaba a propósito, pues siempre detestó las poesías a base de flores, de insectos y pajarillos revoloteando y de individuos muertos de amor, muy capaces de adular a una maceta.

La mujer, vea lo que vea y oiga lo que oiga, debe grabarse que el hombre es sensible. Tiene un cuerpo capaz de sufrir y un espíritu que, en ocasiones, también.

4. EL CUERPO

El cuerpo del hombre no es como el de la mujer. No nos referimos solamente a la corteza, a la parte donde van el pelo y otros órganos evidentes, sino a lo profundo. Si un científico dispone de una célula de piel masculina y de otra de piel femenina, tan pronto como les echa un vistazo con el microscopio sabe de quien es cada una, aunque la piel femenina no esté impregnada de perfume.

Los cromosomas hacen que hasta las células de uno y otra sean distintas y se comporten de forma distinta. Si hay tal diferencia en lo pequeño, ¿qué no habrá en lo grande?

¿Y qué decir de las glándulas? Las de los hombres se pasan el día segregando hormonas de nombres complicados, como la testosterona. Y esas hormonas no se están quietas: oscurecen la voz; distribuyen vello aquí y allá; Vuelven prominentes las nueces; permiten que los músculos resalten, si se tienen; y, cuando abundan demasiado, empujan al hombre a practicar unas veces la caza sangrienta, otras el fútbol y, otras más, la violación. Según la cultura.

Sutiles diferencias con el cuerpo de la mujer. El del hombre, por ejemplo, no sirve para amamantar. Tampoco sirve para las más elementales tareas del embarazo. Si los hombres tuvieran que parir —ha dicho un hombre— se acabaría la estirpe humana.

Pero se trata de un infundio, compensado por este otro profundo pensamiento: «Si las mujeres tuvieran la predisposicion del hombre, no cabríamos en el mundo desde hace milenios.»

Por todo ello, mientras el cuerpo femenino produce en el hombre una notable curiosidad, el masculino produce en la mujer un asombro que no siempre disminuye con el uso. En torno a ese asombro se construyen mitos y planean misterios.

¿Qué pensar del comportamiento de algunos órganos extraordinariamente externos del hombre? Por supuesto que los manuales de anatomía lo explican todo con mucha claridad y lo ilustran con dibujos poco atractivos del órgano seccionado. Pero no es el órgano lo que en realidad importa, sino el por qué.

¿Por qué sucede todo lo que sucede sobre la anatomía del hombre? ¿Qué siente el individuo entonces? Este era el problema de una chica recién llegada a la mayoría de edad. No sin rodeos, tuvo el valor de plantear la pregunta a Eduardo Libre.

—Hay cosas —dijo Libre, como un oráculo— que superan la capacidad de expresión del idioma.

El telón de espuma de afeitar funcionando de nuevo.

—¿Pero qué sucede cuando estáis excitados?

Eduardo consideraba que el gremio de los hombres debe conservar algunos secretos:

—¿Cómo me explicarías un dolor de matriz, si yo no tengo matriz? — preguntó.

—¿Es que duele cuando se pone así?

—Hum. —dijo Libre, buscando la palabra— Me desazona.

—¿No te da placer?

—¿Por las buenas? —se aseguró Eduardo, cauto— No.

La mujer, por formación, costumbre y tradición oral, no veía dificultad en entrar en ciertos detalles. La sabiduría no debe aceptar fronteras. El hombre que, con la boca cerrada, no conocía el significado de la palabra pudor, no sentía placer ninguno al verse forzado a describir sus procesos biológicos:

—Cada cosa sirve para lo que sirve. Está todo muy bien pensado, puedes creerme.

La chica, como no sorprenderá a ninguna lectora, era insistente:

—Pero, ¿qué sientes?

—Nada. —dijo Eduardo.

Pero mentía. Los hombres excitados sienten la intensa tentación de abalanzarse y, no pocas veces, de morder mientras se abalanzan. Son hechos probados. A menos que se tenga un buen gancho de derecha, que las lectoras se abstengan de excitar a un hombre con fines experimentales.

—¿Cómo un calor? —preguntó la muchacha, ateniéndose, en parte, a su experiencia.

—¿Un calor? —se extrañó Eduardo.

—¿Cómo un latido?

Calor, latido... ¿De qué estaban hablando?,se preguntó Eduardo Libre.

—Apreturas. —confesó al fin.

Extrañas sensaciones, pensó la chica, como confirmarán, sin duda, las lectoras. Experiencias imposibles que necesitaban una ampliación:

—¿Y cuándo te sucede eso? ¿Siempre que quieres? ¿Basta con pensarlo?

Eduardo parpadeó, perdido.

—¿Es voluntario? —insistió ella.

—Unas veces sí, y otras, no. —confirmó, de mala gana.

He aquí otro conocimiento fundamental: mientras todo funciona, el hombre no analiza excesivamente sus procesos corporales y, si le fuerzan a ello, tiene la sensación de estar pensando en tonterías.

Pero Eduardo había abierto la Caja de Pandora al permitir que la mujer se interesara tanto por sus sensaciones. Ya no podía impedir que la conversación se reprodujera, una y otra vez, en los momentos más inoportunos. O que sucedieran extrañas cosas, como cuando le empezó a pasar las manos por el pecho:

—¿Qué haces?

—¿No es excitante para ti?

—¿Ahí?

Otra cosa incomprensible: para la mayoría de los hombres el pecho es un músculo. Todo lo más, duele cuando se ha hecho remo en exceso. Las mujeres, a menudo, no se lo creen.

—¿Qué sientes? —insistió ella.

Preocupación, pero no lo iba a decir. Empezaba a verse como un conejillo de Indias sometido a fastidiosos experimentos. Apartó las manos de la chica con alguna brusquedad, decidido a decirle una dura verdad:

—No entiendes nada. Me haces cosquillas y no me gustan las cosquillas a todas horas ni que me beses las orejas o cosas así.

—¿No?

—Definitivamente, no.

—Era para...

—Ya sé para lo que era. —gruñó Eduardo, incómodo.

A los hombres no se les debe acariciar demasiado. Mejor es dejarles hacer a ellos, porque lo que de verdad les gusta es llevar el peso de las operaciones.

Sobre el cuerpo masculino hay mucho más que decir, pero bastará con unas nociones generales: las mujeres no saben qué hacer con él ni cómo hacerlo. Existen multitud de quejas y todas coinciden en señalar lo mismo: cuando una señora acaricia, lo hace demasiado suavemente, olvidando que la sensibilidad masculina es más dura de oído que la femenina. Al hombre hay que apretarle bien, sin miedo. De ser necesario, ya avisará él, por la cuenta que le trae.

¿Se han fijado en como acarician los jinetes a sus caballos? Con unas palmadas que retumban. Pues así mismo, pero teniendo el cuenta el menor tamaño del hombre. ¿Han visto como se acaricia al perro? Con fuerza. Pues así. Nunca, nunca como si fuera un gatito.

Pero, como norma general, no hay que acariciarle a menos que lo pida. Sabe pedirlo cuando le interesa. Más que los toqueteos, en él causa efecto la admiración: qué fuerte, qué grande, esas cosas. Y no olvidar que es falólatra.

5. LO MÁS ATRACTIVO

A lo largo de muchos años, los más potentes cerebros femeninos han elucubrado sobre un grave problema:¿Qué es lo que excita más a un hombre de una mujer? Tales cerebros elucubran apenas empieza la adolescencia, y no pocos se van de este mundo sin haber llegado a conclusiones notables.

¿La nariz? —se dicen los cerebros, perplejos.— ¿Los ojos? ¿Los labios? ¿Las protuberancias? Llamémoslas protuberancias para mantener un lenguaje elevado. ¿Las faldas? ¿Los pantalones? ¿La piel al natural?

Cuando un cerebro de tales características se rinde, acaba refugiándose en el tópico: los hombres —se confiesa— sólo piensan en eso. En eso y en el fútbol —añade, para dar visos de realidad al razonamiento. Porque lo cierto es que muy pocas llegan a descubrir lo que más excita al hombre y, lógicamente, no se lo confiesan a las demás para no darles demasiadas oportunidades.

Se imponía ya acallar este clamor femenino con la confesión de un hombre honesto que no temiera revelar los importantes secretos de su gremio.

En primer lugar, y en comparación con la de la mujer, la psicología del hombre es totalmente plana. Es transparente; tanto, que la mujer, hecha desde la infancia a calcular los motivos ocultos de los otros miembros de su sexo, no acierta a ver lo evidente. Lo que más excita al hombre es...

Pero permítame, lectora, que retrase la confesión. Nada como un ejemplo para irse metiendo en harina y nada como el extraño caso de Eduardo Libre y la Voz Mágica.

El disipado Eduardo, aunque a desgana, también está sometido al yugo del trabajo. Esto, además de a acudir a desayunos y a comidas de trabajo, le obliga en ocasiones a redactar memorándums y a poner conferencias.

Siempre que hablaba con uno de sus clientes era saludado —por cable— por la secretaria. Tenía ésta una voz maravillosa, alegre, un poco ronca en los registros bajos. Sugerente. Un timbre prometedor. Un tono inquietante.

Víctima de sus elevados sentimientos, siempre alerta, Eduardo no podía evitar imaginarse a la dueña de aquella voz acariciadora. Para aprovechar el tiempo, pensaba en ella al ir y venir en coche. Y lo hacía con tesón, suponiendo como sonaría un susurro emitido por aquella laringe o de qué modo pronunciaría su nombre en un arrebato de pasión.

Un día, sin motivo real alguno, fue en persona a visitar al cliente. La secretaria sólo era mona y, peor aún, apocada. Ni siquiera sonreía. En otras circunstancias, Eduardo no le hubiera dirigido una segunda inspección, pero, puesto que era la única hembra en aquella zona, E. Libre miró y remiró, buscando en aquel conjunto con faldas las trazas de la voz que le encantaba. ¿Quizá la verdadera secretaria estaba enferma y aquella era una substituta?

Pero, no. La muchacha le saludó y Eduardo se encontró frente a frente con el objeto de sus sueños: la maravillosa forma de hablar y entonar que tenía la mujer. Sin poderlo evitar, como en un trance, la invitó a comer.

Días después, cuando el maléfico influjo de E. Libre había obrado su efecto sobre la pobre secretaria, ésta le enseñó los senos, por así decir, a lo largo de un intenso episodio emocional.

Eduardo echó un somero vistazo al panorama, que no hubiera contando con la aprobación de Rubens, y pasó a lo que le interesaba:

—Di mi nombre.

Ella obedeció; algo sorprendida, porque esperaba otra clase de tributos. Había oído decir que, a los hombres, la visión de unos senos desnudos les hacía prorrumpir en cánticos.

Sucesivos manejos fueron sacando a la luz los muslos, la cintura, el vientre y hasta las nalgas de la diligente secretaria. Eduardo, sumamente cortés, dedicaba una sonrisa al género expuesto y volvía a trabar conversación:

—¿Sabes algún poema? —decía, tras pasar un dedo, por ejemplo, por la cara interna del muslo izquierdo.

—Oigo, Patria, tu aflicción
y escucho el triste concierto...

Respondía ella, dócil pero sorprendida. Toda la literatura leída a hurtadillas en el antedespacho se demostraba obsoleta. Sin ir más lejos, no era cierto que los hombres dispuestos a aparearse despreciaran la conversación y prefirieran un silencio sólo roto por los gemidos.

Sin embargo Eduardo avanzaba. De un modo raro y atípico, pero avanzaba, dispuesto a cumplir como los buenos.

—¿Sabes algo de Bécquer?

La pobre secretaria, desnuda y acalorada, atraía sobre ella al extraño varón mientras declamaba suavemente:

—Del salón en el ángulo oscuro,
de sus dueños quizás olvidada,
veíase el arpa.

Fue una velada extraordinariamente culta. Satisfactoria, pero muy metida en literatura. ¿Era Eduardo un enfermo, un desviado, un «oidor» en lugar de un mirón? ¿Valía la pena llevarle a un sexólogo para que reparara los circuitos dañados?

No. A Eduardo lo que le atraía de aquella mujer era la voz, y por eso la hizo hablar hasta en los momentos en que todos los manuales aconsejan cerrar el pico y esforzar el ánimo.

—¡Ah! —decía ella, desbordada por la pasión.

—¿Cómo dices?

—Digo que ¡ah!

—¡Ah! —respondía Eduardo, que extraía nuevos bríos de aquellas palabras.

—¡Mamá! —gemía la secretaria segundos después.

—¿Cómo se llama tu madre? —preguntaba Eduardo, sin dejar por ello sus otras actividades.

—Angela Gómez del Valle.

—¿Cómo?

—Angela Gómez del Valle.

—¡Ah! —hacía entonces Eduardo, encandilado.

Pueden creer que la chica acabó acostumbrándose a este método dialéctico y, al cabo de unas semanas, aprovechaba los encuentros para intercambiar información masiva:

—Esta tarde Dragados ha subido dos enteros.

Y Eduardo besaba con unción su cuello.

—Pero Petromed no parece estar muy firme.

Eduardo, satisfecho, deslizaba sus manos por el vientre de la chica.

—Creo —seguía ella— que Mariano Rubio haría mejor dejando todo ese monetarismo y volviendo a leer a Keynes. Freedman está bien, pero es un visionario.

Y Eduardo, enloquecido, se abalanzaba.

Ahora ya puedo hacer la confesión prometida al principio: Lo que más excita al hombre, querida lectora, es su propio pensamiento: se cuece en él como en su jugo. Eduardo, por ejemplo, había dado tantas vueltas en torno a lo que le sugería aquella voz, que la voz fue lo más importante de sus relaciones con la secretaria.

Si desea llevar al disparadero a un honesto varón, hágale pensar. Pero no en el fútbol: en usted. El pensamiento, como dijeron en la Universidad de Cervera durante el siglo pasado, es una funesta manía.

6. SI HAS DE SER DIRECTA, SÉ MODERADA

Por los colegios femeninos, las peluquerías y los gimnasios, corre la voz: «Los hombres siempre están a punto». Parece que las mujeres creen que el varón es automático: se aprieta un botón y funciona.

La culpa de este mito, claro, es del macho, que jamás acepta confesar de buen grado que hay momentos y «momentos». De hecho, el macho joven, casi cachorro, se imagina que sus delicados mecanismos nunca pueden fallar. La mujer joven, sin experiencia, también lo cree así.

En general, los circuitos amorosos del varón son sólidos y hay pocas cosas capaces de ponerlos fuera de servicio. Una es el alcohol — del que ya hablaremos—. La otra, el desconcierto. Desconcertad a un hombre, queridas lectoras, y os encontrareis con un ser inútil a la hora de revolver sábanas o de prestar atención al color de vuestras uñas.

Nuestro querido Eduardo Libre aprendió pronto esta lección. El, como todos los que pasan de los doce años, tenía un sueño secreto: que alguna mujer, cegada por la pasión, se le abalanzara y le suplicara una demostración completa de sus facultades. Se trata de una fantasía habitual en todos, y más en los que se aburren durante esa larga etapa de hacer manitas.

Cuando Eduardo contaba diecisiete años, veraneaba solo en el chalé de sus padres, pues ellos, atados por la sociedad de consumo, sólo disponían de agosto para entregarse a los mosquitos.

Había un catedrático francés, muy amigo de la familia, que, pese a conocer los hábitos de los albañiles nativos, les encargó obras en septiembre: deberían hacérselas durante el invierno para que la casa estuviera a punto en julio. Eso se creía el inocente.

Cuando llegó, ansioso por tostarse como una lagartija en su playa, descubrió que acababan de empezarle las reformas y, lo que era peor, que el chalé estaba impracticable: donde no había un montón de arena, había un peón silbando. Eduardo, muy cortés, le quitó la idea de ir a un hotel. Él les prestaba el chalé a los camaradas gabachos con una sola condición: que le aguantaran como a una pieza más del mobiliario.

La verdad era que el catedrático tenía, entre otras valiosas pertenencias, una hija en sazón, un capullito, una trigueña encantadora y melosa con la nariz algo levantada, los pechos algo levantados y, en ocasiones, las faldas algo levantadas.

Juntando sus conocimientos de psicología femenina, Eduardo Libre había llegado a suponer que el contacto permanente con la chica, Michelle, favorecería sus perversos proyectos. Porque, tras la amabilidad de Eduardo con el catedrático, se escondía la túrpida intención de seducir a la muchacha.

De hecho, el contacto permanente resultó ser un gran aliado. Los padres de la muchacha salían muy temprano, en su loco intento de apresurar a los albañiles que infestaban su casa. Creían, de buena fe, que el ojo del amo engorda al caballo, cuando lo que de verdad hace el ojo del amo es desesperarse. Además, y para facilitar los planes del malévolo Eduardo, se llevaban con ellos al hijo pequeño.

Michelle, en cambio, se quedaba en el chalé. Desayunaba con una batita casi transparente y con ella se paseaba hasta la hora de ir a nadar, sumiendo a Eduardo Libre en profundos pensamientos en torno al mundo, al demonio y a la carne. A veces, y por distracción, pensaba también en el pescado. Pero poco tiempo.

Ella parecía tratarle como a un hermano: con toda confianza. Se exhibía en bata y en pijama por la mañana y, tras el baño, rondaba por la casa sólo en bikini, lo que contribuía a elevar la temperatura ambiente varios palmos. Así vestida o desvestida, preparaba la comida y obligaba a Eduardo a poner y a quitar la mesa.

Él, educado en los privilegios de su sexo, se avenía de todo corazón a eso y a fregar los platos, porque sus manos se encontraban en el fregadero y porque el agua fría le refrigeraba ligeramente, haciendo sólo soportable la presión de sus calderas.

Un día tras otro, en tanto los albañiles, con arreglo a su convenio colectivo, fingían trabajar, Eduardo y Michelle convivían en los mejores términos de la mañana a la noche. A veces no les bastaba con este contacto y, tras cenar, iban a provocarse una indigestión consumiendo cocacolas en un bebedero cercano.

El docto catedrático, que no era tonto, cogió la costumbre de mirar a Eduardo con un ojo cerrado, como tomando puntería. Debía considerar que, contempladas con un solo ojo, vería más claras las intenciones del españolito. Hombre culto, pero cándido, no intentaba leer las de su hija, cometiendo así un notable error de bulto.

Tampoco las leía Eduardo Libre, que bastante trabajo tenía analizando sus sentimientos y, en los descansos analíticos, trazando planes para que Michelle cayera en sus brazos murmurando cálidas palabras de amor.

Las primeras señales de tormenta se presentaron una noche, cuando regresaron con los depósitos llenos de cocacola y el catedrático les recibió con un ceño parecido a una acumulación de curvas de nivel. Entre sus ojos y los de la pareja se estableció un arco voltaico que llenó el chalé del conocido olor a ozono, que entonces no escaseaba.

—¿De dónde vienes tan tarde? —preguntó a su hija, ignorando definitivamente a Eduardo.

Este, caballero en ciernes, decidió inmolarse:

—La culpa es mía. Hemos estado hablando y...

El catedrático le congeló con la más fría de las miradas, la que usaba para reducir a cenizas a los alumnos que fracasaban con las Variaciones y las Permutaciones.

—Permanece callado. —ordenó, olvidando, sin duda, que Eduardo,a todos los efectos, era su generoso anfitrión.

Luego intentó congelar a su hija con otra mirada de la misma composición. Pero Michelle tenía mucha práctica con estos elementos arrojadizos, de modo que hizo una finta y se salvó.

—¿De dónde vienes a esta hora? —insistió el padre, siempre en francés. Estaba claro que sentía amenazada la virginidad de su hija y deseaba investigar.

Ella captó la idea y tomó un atajo:

—¿Crees que soy una puta? —era la primera vez que el cándido Eduardo oía aquella palabra en francés, pero la interpretó bien desde el primer momento.

El resto de la conversación fue confuso: los truenos y los rayos que saltaban no permitían enterarse de su significado profundo, si es que lo había. Una trifulca entre padre e hija, en francés excitado, es un espectáculo de la naturaleza y no siempre da tiempo a consultar el diccionario para hacerse cargo de los términos en argot.

Tras meditar en esta dificultad lingüística, el joven Eduardo Libre optó por huir como un conejo y cerrar con pestillo la puerta de su habitación. Sólo salió de ella por la mañana, después de haber oído como la familia francesa salía a su lucha cotidiana con los albañiles.

Así y todo, asomó con cautela. Primero un pie, luego el otro. Apenas sacados del cubil el resto de sus elementos, una forma blanquecina y con puntillas se le abalanzó, apretándose fuertemente contra él. La humedad que empezó a caer sobre su hombro le indicó que Michelle lloraba.

—¿Oíste? —preguntó la hembra gabacha, como si no hubiesen pasado ocho restauradoras horas desde la discusión en que padre e hija se preguntaban sobre el significado de la palabra «puta».

Eduardo se mantuvo paralizado algún tiempo. Había soñado con los abrazos de Michelle, pero no en aquellas circunstancias. Estático y todo, notaba que Michelle estaba compuesta con materiales muy elásticos y agradables al tacto.

Luego, espoleado por las lágrimas que amenazaban con ahogarle, empezó a dar palmaditas suaves en su espalda, murmurando «ea,ea» o «no es nada». Buscaba efectos tranquilizadores y usaba lo que había visto funcionar entre perros y niños.

—¿Oíste? —insistía ella? —Mi padre. ¡Qué bruto!

Eduardo se mostró de acuerdo. Se habían confirmado sus sospechas sobre el espíritu perverso de los catedráticos.

Sólo media hora después empezó a sentirse incómodo: firmes, sin moverse y soportando parte del peso de Michelle, comenzaba a sufrir calambres y a dolerse en los pies. Componían una estampa muy romántica pero a costa de injustos sufrimientos.

—Ea, ea. —dijo por enésima vez, entre las palmaditas estimulantes. Acababa de recordar una parte menos romántica de su organismo:— ¿Y si desayunáramos?

No sabía que Michelle, también dolorida, llevaba la misma media hora ofreciéndole la oportunidad de ir más allá. La chica había creído tener una buena excusa para romper el hielo con un primer abrazo, pero no había contado con la caballerosidad de Eduardo: Si había lágrimas, cualquier ulterior manipulación de los encantos de Michelle hubiera sido aprovecharse de su debilidad. Ni se le ocurrió pensar que eso mismo era lo que pretendía la muchacha: que se aprovechara.

O, lo que es lo mismo, el telón de espuma de afeitar les separaba, como de costumbre. Y siguió haciéndolo durante todo el día. Eduardo pensaba en el prolongado abrazo, tan elástico y cálido y temblaba como un cachorro. Michelle hacía lo mismo y no acertaba a explicarse el casto comportamiento del hombre español, tan mal descrito en el Don Juan.

Sólo el retorno del resto de la familia, el catedrático con la mirada del águila que quiere localizar una buena presa, hizo que guardaran sus pensamientos para mejor ocasión. Cenaron en silencio y en silencio huyeron a sus habitaciones.

Por la mañana, cuidadoso de su salud, Eduardo aguardó en la cama hasta que oyó salir a la francesada. Estaba preguntándose si Michelle volvería a llorar sobre su hombro y, caso de no hacerlo de modo natural, si sería conveniente pillarle los dedos con la puerta de la nevera para estimularle las lágrimas. Se iba a decidir por este método maquiavélico cuando se abrió la puerta y la interesada se metió en su cama sin molestarse en dar ninguna explicación. Confiaba en que la naturaleza de Eduardo comprendiera y actuara.

¿Sabe la lectora lo que sucede cuando los sueños se hacen realidad? En el caso de Eduardo, cuando el corazón dejó de intentar salir al exterior por el agujero de ventilación, las manos le empezaron a temblar mientras una gran frialdad se apoderaba de sus miembros. Estaba muerto de miedo.

—Eduardo. —dijo ella con voz oscura, cuando pasaron los minutos y Eduardo permanecía tieso como un leño. Estaba convencida de entonar el canto nupcial más oportuno.

—¿Qué?

—Eduardo... —insistió Michelle, procurando susurrar.

El joven se convenció de que ella no deseaba transmitirle ningún pensamiento, sino estimularle para que cumpliera con su oficio de hombre. No pudo dudar porque, justo tras el tercer «Eduardo», le besó apasionadamente.

Pero ya era tarde. E. Libre estaba desconcertado y la virilidad, cuando se desconcierta, vaga como un alma en pena por los corredores de la mente. A veces intenta, en un último tropismo, ponerse a la altura de las circunstancias: besar, palpar y pellizcar, pero con demasiada sorpresa para extraer placer de ello.

Tras unas investigaciones de orden anatómico, Michelle constató que su proyecto erótico hacía agua.

—¿Qué te sucede?

Eduardo aún no había madurado lo bastante como para diagnosticar con claridad. No pudo responder «Es que has desconcertado mi virilidad» o «Es que has hecho realidad un sueño y eso agota lo suyo». Al no disponer de psicología suficiente, y vista la problemática, prefirió guardar un tupido silencio. Tan tupido como pudo.

El hombre joven, que ve como su miembro más querido desfallece, opta por cerrar el pico nueve de cada diez veces, confiando en que la cosa pase inadvertida, y se pone a reconcomerse el corazón, meditando en lo pasajera que es la sensación de fuerza.

Michelle, que tampoco sabía nada de la psicología masculina, practicó una somera inspección, por si las circunstancias habían cambiado, e insistió en su primitiva idea:

—¿Qué te sucede?

Eduardo no lo sabía, pero, por si no volvía a repetirse la ocasión, procuró aprovechar la ventaja y se puso a investigar lo que estaba a su alcance, usando para ello cuantos sentidos pudo. También nueve de cada diez hombres jóvenes en la misma situación, optan por una conducta semejante. Pero no disfrutan de ella, porque su mente inquieta se pregunta si serán normales, si no les gustarán las mujeres. A veces la razón es la contraria: les gustan demasiado y el pensamiento, enervado, bloquea las demás funciones.

El resto del día pareció satisfactorio. Ambos se sonreían, se besaban y se hacían caricias, inexpertas pero llenas de tesón. Aunque, en realidad, meditaban. Algo fallaba y eso les tenía obsesionados.

A la mañana siguiente Eduardo escuchó como de nuevo la francesada corría a enfrentarse con el bloque de albañiles unidos. Muy pronto se abrió la puerta de su habitación y él, con una sonrisa, se puso a contemplar un futuro esplendoroso. La pieza encasquillada se había soltado y, a la vista estaba, volvía a ser el de siempre. Tanto, que Michelle tuvo que recurrir al francés nativo.

—Oh, là, là. —dijo, muy animada.

—Oh, là, là. —corroboró Eduardo, zambulléndose bajo las sábanas como una foca. Tenía la intención de actuar de prisa, consciente de que la felicidad es efímera.

—Oh, là, là. —repitió ella, expresando algo muy profundo.

—Oh, là, là. —murmuró Eduardo, arrancando a la expresión registros poéticos. Habían dado con una palabra polivalente.

—Oh. —dijo Michelle, tensándose y haciendo que su cuerpo saltara veinte centímetros por encima del colchón.

—¡Oh! —gruñó Eduardo, brincando veinticinco.

La puerta de la casa se acababa de abrir y la voz del catedrático avanzaba por el pasillo.

—Michelle. —decía— ¿Dónde estás?

Michelle, en silencio, estaba ya bajo la cama, murmurando algo a cerca de los padres inoportunos obstinados en privar a sus hijas de sanas diversiones. Eduardo no se decidía a ponerse los pantalones y a afrontar su destino. Por otro lado, dudaba de que los tales pantalones le cupieran.

Pero el catedrático puso fin a estas dudas, abriendo la puerta y contemplándole con su ojo guiñado: volvía a tomar puntería.

—Eduardo. —dijo

El joven Libre, que fingía dormir, dio las primeras señales de vida inteligente rascándose la bóveda del cráneo.

—¿Eh, oh? ¿Se van ya?

—¿Dónde está Michelle?

—¿Eh? ¿Se va con ustedes?

—No sé donde está mi hija.

—Habrá salido a buscar el pan. —dijo Eduardo, abriendo una nueva línea de razonamiento.

La explicación pareció satisfacer al catedrático. Era lógica y los franceses son víctimas eternas del racionalismo. Los cultos, más. En vez de mirar bajo la cama, como cualquier padre excitado, se conformó:

—Dile que no se olvide de comprar detergente. No se lo hemos apuntado en la lista, pero hace falta.

—¿De qué marca?

—Buf. —hizo el francés, quizá compadeciéndose de los sesos de Eduardo.

Tan pronto como la puerta de la calle se cerró de nuevo, el joven Libre volvió a sentir los cálidos brazos de Michelle en torno suyo.

—Buf. —dijo también ella. Era una exclamación familiar.

Tras una ligera toma de contacto, se detuvo para mirar en profundidad los ojos del varón:

—¿Qué te sucede? —preguntó, como el día anterior.

—Cuando un hombre se retrae, se retrae. —murmuró él.

—Oh, bueno. —Era una chica que encajaba con filosofía.

La hora de la siesta, tan propicia a los españoles, remedió a gusto de todos estos graves problemas psicológicos. Y no volvieron a presentarse.

Pero las mujeres deben tener esto muy presente: «Si has de ser directa, no le sorprendas y, además, procura que tu padre no ronde por las cercanías». Los sentimientos del varón son más frágiles de lo que parece.

7. VIRGINIDADES

Una voz corre por colegios mayores e internados de señoritas. Tal voz se pregunta por la virginidad de los hombres. ¿Nacen vírgenes como la mujer? La voz, investigando el tema en los diccionarios, ha leído la existencia del frenillo y sabe —de leídas también— que a veces impide a los hombres hacer de las suyas hasta que interviene un médico con bisturí y libra al hombre de la molesta virginidad: maravillas de la ciencia que ya hasta peca por nosotros.

La operación, sangrienta pero no mortal, se llama fimosis.

La mujer debe saber que el número de varones que necesitan una manipulación directa sobre su estimable frenillo es mínimo. Sólo a los judíos y a los árabes, sin esperar a que se forjen una opinión directa, sus padres se lo cortan al poco de nacer. Quizá por eso son razas tradicionalmente desconfiadas.

Afortunadamente, sólo unos pocos españoles necesitan manejos semejantes. Se les distingue fácilmente por la necesidad temporal de andar con las piernas separadas y porque excitan las risas de sus compañeros, siempre crueles. Pesa sobre ellos una maldición: cuando deciden someterse a la cruenta operación se confían a un amigo, rogándole discreción, en busca de apoyo moral. Este se muestra comprensivo e, invariablemente, corre a comunicárselo a los demás.

Cuando todo ha sucedido, los malditos amigos insisten en enseñarle revistas con mujeres desnudas o directamente pornográficas. No es necesario entrar en detalles fisiológicos, pero la lectora tiene nuestra palabra de que tales revistas causan al operado vivos dolores. Físicos, no morales. Y, a veces, alguna hemorragia si la intervención es reciente.

Pero esto, con ser mucho, no es nada al lado de lo que ha tenido que pasar antes, desnudo, viendo como manos hábiles, pero crueles, aproximan la aguja con la anestesia a muy estimables y sensibles partes de su anatomía. El hombre normal admite manos allí, pero sin jeringuillas.

Está, además, el asunto de las enfermeras. Siempre que hay fimosis a la vista se las apañan para rondar por el quirófano lanzando miradas profesionales que, de todas formas, obligan al hombre a desempolvar su olvidado pudor.

—¿Por qué? —dirá la lectora, acostumbrada a pasar por su ginecólogo/a.

Pues porque el hombre no es igual por fuera. Todo está a la vista y, sabiendo que pronto va a derramarse su sangre, el miembro más orgulloso de su configuración tiende a retirarse, a esconderse. A escurrir el bulto, en una palabra.

Y cuando un varón ve que el bulto se escurre, procurando tomar la apariencia de una judía verde pequeña, sufre profundamente. La presencia de las enfermeras aumenta el sufrimiento, y más aún si es una de ellas la encargada de clavarle la aguja. Nunca creyó posible dejarse manipular por una mujer sin mostrar reacciones interesantes para la observadora, pero así es, y el recuerdo de la situación le acompaña hasta el fin de sus días, protagonizando más de una pesadilla.

Pero, ¿por qué el hombre se somete a semejante vejación? ¿Para poder pecar libremente? Más bien para estar en situación de llegar a pecar, cosa que a veces paga caro si cae en manos de un principiante. No es raro oír, en los ambientes masculinos, frases como estas:

—A fulano se la dejaron como un plátano cuando se empieza a pelar.

General regocijo.

—A mengano le quedó plana, como el pico de un pato.

Jolgorio extremo.

Pero, burla burlando, nos hemos adentrado en el resbaladizo asunto de la virginidad. Al hombre normal su virginidad le importa, pero de un modo distinto: le produce fastidio. Algo en su metabolismo le hace creer que es un obstáculo para la felicidad individual y, por ello, ansía librarse de ella cuanto antes. Hay veces que le gustaría perderla varias veces seguidas. Cuantas más, mejor.

Tiene mucha manga ancha consigo porque la única virginidad que reconoce, y que no le hace reír como un loco, es la de la mujer. Prefiere las mujeres vírgenes aunque haga, luego, todo lo posible para que dejen de serlo. Ve en la virginidad femenina un misterio profundo porque, como suele decir cualquier varón, si él tuviera la facilidad de las mujeres para conseguir pareja y aparearse, jamás consentiría en seguir voluntariamente virgen. Por eso le llenan de admiración las chicas que, pese a todo, se reservan, y les atribuye bondad, profundidad de sentimientos y ternura.

Además, sabe muy bien, por instinto, que la mujer no olvida jamás al primer hombre, y no está dispuesto a compartir con nadie los recuerdos de su amada, sobre todo porque le consta que su amada —humana al fin y al cabo— hará comparaciones. En silencio, si no es tonta, pero las hará.

¿Es que el hombre olvida a la primera mujer? No, pero se pone a pensar en la siguiente inmediatamente. Es su naturaleza. Pero no por ello renuncia a buscar vírgenes y a intentar que dejen de serlo. El ripio famoso de Zorrilla, frase dirigida a Don Juan, que ha deshonrado a una dama, va grabado al fuego en la psicología masculina:

«—Imposible la heis dejado

para vos y para mí.»

Y esto NO lo ha cambiado la traída y llevada Revolución Sexual, que debiera llamarse Revolución Sexual Femenina. El hombre sigue como siempre, de caza, pero dispuesto a no casarse con material usado, porque se le pone la mosca detrás de la oreja y sufre.

—¿Quién es ese que nos mira y sonríe? —preguntará a su compañera, y más si sabe que lo ha sido de otros.

Más le vale a la muchacha decir que no lo sabe. En cambio, si se da por aludida, ay de ella:

—Un amigo.

Si lo hace así, puede presenciar dos reacciones epidérmicas: o una palidez cerúlea o un enrojecimiento profundo. Ambas son malas y presagian una ruptura a corto o medio plazo. El, sin duda, se ha reído muchas veces de hombrecillos en su misma situación actual y, lectora, no olvides que la vanidad no conduce al hombre hacia los cosméticos sino a las vírgenes. Cosa del pudor.

Es posible que, llegados a este punto, la lectora considere que el hombre está deficientemente construido. También yo. Pero poco se puede hacer contra los cromosomas, salvo presentar una reclamación a Dios, o a Darwin, según las creencias de cada cual. La culpa, en todo caso, hay que echársela al pitecántropo.

El hombre, polígamo como un demonio, ha sido obligado durante milenios a la práctica de la monogamia y a la convivencia con la suegra, para asegurar protección y alimentos a la mujer y a los hijos. A cambio, y para equilibrar el debe con el haber, desea que la mujer no se la pegue ni antes ni durante ni después.

Si no me cree, búsquese a un moribundo, aproxímese al lecho del dolor y lleve la conversación a la vida de los que se quedan.

—Por cierto —dígale— ¿Le importaría que su mujer volviera a casarse?

Sólo si la mujer es anciana o muy fea obtendrá una carcajada burlona. En TODOS los demás casos el moribundo fruncirá el ceño, puesto que ya no necesita aparentar la liberalidad del hombre civilizado, y con él así penetrará en la gloria, jurándose que, si su mujer se casa de nuevo, la mata en cuanto ésta suba al paraíso.

Para terminar, una última cuestión: ¿Puede y debe la hembra de la especie exigir al varón que llegue virgen al matrimonio? Observo una sonrisa en la lectora que conoce bien su propia psicología. No obstante, para las que no se hayan dedicado a la introspección, les contaré como Eduardo Libre, con su tercera novia, se encontró directamente interrogado sobre su virginidad:

—¿Con cuántas? —decía la muchacha.

Eduardo, muy a su pesar, todavía no había tenido la suerte de pecar en profundidad, pero un sexto sentido le advirtió a tiempo:

—Con tres. —dijo manteniendo el rictus del jugador de siete y media.

La novia pareció complacida y, desde luego, sin trazas de celos. Las mujeres, benditas sean, son prácticas y saben que no se puede evitar lo que ha sucedido ya.

Meses después, cuando ambos pecaron a su entera satisfacción, Eduardo sintió lo que tantos tras el apareamiento: la insensata tentación de decir la verdad a una mujer.

—Por cierto —dejó caer—, ésta es la primera vez también para mí.

Lo bueno es que ella se hubiera puesto a hacer consideraciones sobre lo hermoso que era haber compartido ambos una experiencia tan... tan movida. Pero no fue así. Se le oscureció el semblante y en sus ojos brilló una chispa de desprecio. Estaba ofendida.

—¿Qué pasa? —preguntó Eduardo, percatándose de que algo marchaba mal.

Ella guardó silencio. No podía decirle que se sentía ofendida por haber caído con un hombre sin experiencia. No tenía modo de saber si era así como se hacía en realidad o si le habían dado un simple sucedáneo.

Hizo bien. De hablar, hubiera sido Eduardo el ofendido y el que, en adelante, hubiera sospechado siempre que ella, tarde o temprano, haría prácticas con otros para averiguar la verdad.

8. JÚBILOS MATINALES

Muchas mujeres no entienden el fenómeno que se da en los hombres por las mañanas. Una cosa anatómica. Pasada la natural sorpresa, muchas consideran que lo hacen para fastidiar.

Para volver aún más confusa la situación, doctores enemigos de la humanidad han emitido teorías: Se debe —dicen unos— a la pura presión de la vejiga. No —dicen otros— Es una fase del sueño que coincide con la agitación ocular. Si el varón se despierta entonces, se conoce que la agitación no tiene más remedio que bajar a otros lugares.

Ambas escuelas coinciden en algo: no hay que hacer caso del espectacular fenómeno, porque el hombre no está verdaderamente excitado.

—Pero ataca. —dicen las casadas o de similar status.

—Porque le enardece verse así. —comentan los médicos.— Cree que, ya que está, debe cumplir como los buenos y aprovechar la ocasión. Pero no lo desea de verdad. Es vanidad.

—¿Vanidad? —Y muchas hembras de la especie se lo creen. Como los varones, después del séptimo libro de sexología, acaban pensando que la sexualidad de la hembra es aún más complicada de lo que parece a simple vista. Pero, gracias a Dios, solamente es más interesante.

Lo que de verdad interesa a la lectora no son las opiniones de psicólogos y médicos sino lo que siente el hombre al despertar y constatar que se halla en buena forma. ¿Qué pasa por su cabeza? Depende.

Si está solo, su ágil pensamiento vuela hacia la mujer de sus sueños. Si no tiene «mujer de sus sueños», hacia la que recuerda primero. Y, cuando su pensamiento alado llega hasta ella, se sume en la contemplación de imágenes mentales, lo que refuerza su sensación de fortaleza física.

Si no está sólo, el hombre tiende a abalanzarse, como se ha explicado más arriba, y a cumplir cualquier trámite burocrático que se le exija. Pero aquí interviene la Naturaleza, que es sabia y permite que sean menos las mujeres que se despiertan con el mismo optimismo. Otras veces se encarga el despertador, avisando de que es la hora de afeitarse para salir a trabajar.

Esto, sin duda, frustra al hombre, pero no es malo. El hombre joven y sano está frustrado desde los doce años en lo que respecta a la satisfacción de sus instintos y esta circunstancia fortalece su tesón y su resistencia. Es formativa.

Algunas recién casadas ignoran todavía lo importante que es que el hombre esté frustrado, al menos por las mañanas. Por culpa de su inexperiencia, ceden con facilidad a los requerimientos del varón que, de amanecida, se siente poderoso. «Pobrecito», se dicen, y se atienen a lo que consideran norma de la especie.

Se equivocan, por supuesto. El hombre, pese a conocer estos mañaneros fenómenos anatómicos desde siempre, no suele darles libertad hasta que ha conseguido cierta independencia, o sea, hasta que se casa o se arrejunta, siempre a una edad más avanzada.

No quiere decir que no haya tenido sus aventuras, pero por la noche. Pocas veces ha despertado al lado de una mujer hasta que ha sido capaz de ponerle casa y vivir por su cuenta. Por eso el varón cae en la trampa anatómica con la misma inocencia que la hembra. ¿Y qué descubre?

Que la emoción es pasajera y que la sensación, esa capacidad de acalambrarse, es mucho menos intensa por la mañana. Aunque él esté despierto, su sensibilidad es como una marmota sobre el lecho.

Cuando todo termina, el hombre que cumple por las mañanas se pone a meditar disimuladamente sobre sí mismo y se pregunta si puede existir la frigidez masculina. Un tête à tête a primera hora se parece muy poco a un toma y daca a las doce de la noche. Los instintos responden de otro modo, si es que responden de alguno.

Pero ya se ha iniciado un peligroso hábito: la mujer que, por inexperiencia, no dice que no a tiempo, aunque quiera lavarse la cara y peinarse antes del asalto, y el hombre que, aunque no extrae del combate lo que espera, no desea pasar por un marido o amante desganado y empieza a pensar que algo le sucede. Se sacrifica y acomete, pero medita intensamente.

Eduardo Libre también vivió una experiencia relacionada con esto. Estuvo, durante algún tiempo, con una mujer que también se despertaba llena de optimismo y concupiscencia, aunque era de signo psicológico y no físico. Al tanto de la forma que tenían los varones de saludar al nuevo día, le era relativamente fácil emitir poderosas señales de atención que obligaban a Eduardo a actuar con arrojo.

Y Eduardo, por decirlo de algún modo, no extraía lo mejor de los encuentros. Participaba con mucho interés, tomando, además, notas psicológicas, pero al terminar sentía que, aunque el cuerpo había cumplido con todos los requisitos, el espíritu no había sido capaz de recibir satisfacción.

Mañana tras mañana, trabajaba como un castor, pero no obtenía más que rendimientos mecánicos. Aún así, no se conoce a ningún hombre menos de ochenta años que esté dispuesto a dejar pasar la ocasión de conocer a una mujer en el sentido bíblico, sea bajo las sábanas o bajo los matorrales.

Casi por sorpresa, Eduardo se encontró pensando en como lograr que pasara de él aquel cáliz. Había comprendido que le faltaba entusiasmo y que, cuanto más pretendía satisfacerle la mujer por las mañanas, más desagradable se le hacía a él. Los hombres, en cada asalto, esperan siempre un estallido de pasión y, cuando apenas si consiguen un breve traqueteo, sufren en silencio.

Aquí, naturalmente, se levantó el famoso Telón de Espuma de Afeitar. Si Eduardo se hubiera atrevido a confesar lo que sucedía, su compañera hubiera comprendido y, sin duda, aprovechado para dormir quince minutos más. Pero yerra quien crea que un hombre es capaz de decirle a una mujer que sus sensaciones no despiertan plenamente hasta el mediodía. El hombre, como la Infantería Española, no reconoce obstáculos.

De modo que Eduardo, tomada la decisión, se hizo el dormido en la siguiente ocasión.

—Eduardo. —dijo ella, muy melosa, a la hora de reglamento.

El, que había leído un manual sobre el sueño, se puso a agitar los ojos de derecha a izquierda, sin abrirlos. Señal inequívoca de estar pasando por una etapa de desconexión con la realidad.

Ella, sin embargo, no reparó en los síntomas. Le pasó una mano por el pecho y le volvió a llamar:

—Eduardo.

El hombre decidió dar pruebas más contundentes de estar lejos del mundo sensible: se sentó en la cama, con movimientos de robot, y dijo exactamente:

—La Revolución Francesa estalló en el 711, a las orillas del Guadalete.

Transmitido el mensaje, se desplomó y articuló unos cuantos ronquidos que reforzaran la magnífica actuación.

—Eduardo. —insistió ella, añadiendo esta vez un codazo en las costillas.

Consideró la situación: tras el golpe no podía seguir fingiéndose dormido. Algo le decía que no conseguiría ser creído y que con su actitud ofendería a la mujer.

—¿Eh? —dijo, brincando sobre la cama— ¡Ay, cómo me duele el hígado!

Ella suponía haber dado bastante más arriba, pero se preocupó:

—¿Te he hecho daño?

—¡Ay! —respondió él, retorciéndose brevemente.

—Lo siento mucho. —insistió la mujer, preocupada de veras.

—¡Ay, ay!

—¿Tanto te duele?

—¡Huy! —respondió Eduardo, variando la exclamación.

Tras esto la situación quedaba salvada, pero abría una dificultad para el día siguiente: ¿Cómo volver a esquivar el hado dos veces seguidas sin levantar sospechas?

Sencillo, se dijo Eduardo con excesivo optimismo. Y aquella noche se obstinó en consumir mayonesa.

—¿Mayonesa con los huevos fritos? —preguntó la mujer, que descubría una parte ignorada del paladar viril.

—¿Por qué no, eh? —respondió él, dando a entender que no permitiría críticas a su buen gusto en la mesa.

Por la mañana, a la hora en que solía empezar la función, saltó de la cama como un huracán, entonando interjecciones. Luego se pasó a las exclamaciones:

—¡Mi estómago!

—¿Qué le pasa?

—Hace glu, glu... —fingió meditar mientras daba falsos brincos de angustia.— ¡La mayonesa! ¡Ha sido la mayonesa!

Y, dejando que sus últimas palabras penetraran en el cerebro de la mujer, se encerró en el baño y abrió todos los grifos, provocando un gran estruendo. Sólo salió con el tiempo justo de echarse un café al abismo y correr hacia el trabajo.

Pero eso hacía aún más difícil salvar el tercer día. Al pobre Eduardo no se le ocurría más que volver «da capo» al principio y bisar su versión del sueño de un ángel, amenizándola con profundos ronquidos. También podía fingir haber sido picado por una mosca tse tse. A última hora de la noche creyó tener trazado un plan maquiavélico.

Terminadas las emisiones de televisión, montó su telescopio de aficionado en la terraza, lo dirigió hacia Rigel y ponderó la estrella con expresivas palabras:

—¿No piensas en la pequeñez del hombre —terminó— cuando te asomas a la bóveda celeste?

—No. —dijo la mujer. Disponía de otra cosmología. Más sólida y materialista.

—Rigel —siguió Eduardo— es el nombre de un diablo. ¿Quieres ver la cabellera de Berenice?

—No.

Libre cayó en un silencio analítico. No había pensado que aquella mujer fuera refractaria al encanto de las estrellas. Las anteriores, les gustara o no, siempre fingieron que el brillo de los astros les estimulaba el romanticismo.

—Mira allí. —insistió.— Es una galaxia en espiral. Se llama Andrómeda. ¿Conoces la historia mitológica de Andrómeda?

—Sí.

—¿No sería hermoso que veláramos el sueño del cosmos y estuviéramos aquí hasta el amanecer para ver como nos saluda la Aurora de rosados dedos?

—No. —respondió ella, bostezando.

Eduardo decidió cambiar el ángulo de ataque y, sin salir del firmamento, lo puso en verso:

—Puedo —dijo— escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos.

—¿Y vas a escribirlo? —preguntó ella, preocupada.

—Oh, no. Ya lo hizo Neruda.

—Pues si te has quedado libre, ¿nos vamos a la cama?

—Espera un poco. Respira la brisa nocturna— —bombeó varios litros de aire fresco, paladeándolos como si fueran vino de cosecha.

—¡Ah! —añadió, golpeándose el pecho como un gorila.— Esto es salud.

—Vas a coger un catarro, Eduardo.

Una luz se encendió en su oscura cabeza. ¿Un catarro? Había pensado en obligar a pasar la noche en vela a la mujer, pero esta última advertencia abría nuevas posibilidades. Lo primero que hizo por la mañana fue estornudar varias veces y, luego, pedir aspirinas por caridad. Para reforzar la argumentación psicológica, maldijo al relente de la noche.

—Muy traidor. —decidió.— Parecía bueno y... ¡Atchís!

La cuarta mañana amaneció bien, pero con problemas irresolubles. Algunos dicen «insolubles», como si se tuvieran que disolver en lugar de resolver. Los de Eduardo, al menos, eran irresolubles. La mujer, tras largo ayuno, atacaría de nuevo en cuestión de segundos.

Pero, no: le miraba fijamente a cosa de siete centímetros de su nariz. Una mirada helada y muy meditada, destinada a herir la virilidad de Eduardo.

—¿Ya no me quieres? —dijo al fin?

Libre cometió el error de pensarlo, dejando pasar unos segundos antes de mentir como requiere la cortesía:

—¡Claro que sí!

—Entonces, ¿por qué has dejado de...?

—Cualquiera tiene un desfallecimiento, pero...

Y cumplió como un hombre. Una y otra vez. Pero cuanto más lo hacía más se abría el abismo entre ellos. Hasta que, tras tomarse un tónico cardíaco, hizo un comentario ligero mientras se afeitaba:

—No estaría de más que te hicieran unos análisis.

—¿Por qué?

Eduardo cogió aire: para decir lo que tenía preparado siempre hace falta gran presencia de ánimo:

—Creo que tengo una infección y sentiría haberte contagiado.

Mientras ella corría hacia el analista más próximo, él aprovechó para cambiar la cerradura de su casa y salir de viaje de negocios. Todo porque la mujer no supo distinguir un mecánico fenómeno biológico de una intensa pasión.

9. RITOS ÍNTIMOS

Es sabido de antiguo que toda mujer, cuando pasa por ese estado larvario que es el noviazgo, decide regalarle algo al hombre. Si el regalo ha de ser una sorpresa, muchas veces la hembra de la especie, desconocedora de los ritos íntimos de la virilidad, compra una máquina de afeitar eléctrica.

Con toda la razón del mundo, calcula que esos artefactos son rápidos, limpios y, los de color negro, muy masculinos. Pero se equivoca. Aunque la mayor parte de las veces el novio agraciado acepte el regalo con grandes muestras de alegría, a solas ya lo meterá en un cajón. No hay hombre que no disponga de dos, tres y hasta cuatro afeitadoras eléctricas. Los tenorios, más.

¿Qué hace con ellas? Aprovecha las noches de insomnio para mirarlas con desprecio. Las usa sólo en casos de necesidad extrema. Esto es debido, más que a la lógica, a la extraña psicología masculina, que sólo se manifiesta en plenitud en los cuartos de baño. Los que guardan las maquinillas en un cajón suelen dar todos la misma excusa:

—Me irritan la piel.

Luego corren a rascársela con una o dos hojas de acero que, normalmente, les hacen más de una erosión por afeitado. Les gusta la efusión de sangre y, no contentos con ello, se frotan la cara maltratada con una solución de alcohol que les hace aullar como coyotes. Los fabricantes de tales soluciones aromáticas dicen que es la «sensación de frescor» y el varón, a veces, se lo cree. Pero es escozor.

Las mujeres casadas o las amantes de plantilla, en sus habituales rastreos, suelen encontrar el cajón de las afeitadoras eléctricas. Sorprendidas, piden una explicación razonable.

—Me irritan la piel.

«Bueno», dicen ellas y, para ahorrar, cogen la máquina un buen día y se afeitan las piernas: les gustan el cosquilleo y la vibración y, además, están convencidas de que el hombre tiene completamente olvidados esos artilugios. Se equivocan. No pasa mucho sin que el varón domado, marido o amante, empiece a hacer preguntas:

—¿Qué le pasa a mi maquinilla?

No la ha usado. Simplemente la ha visto más limpia y mejor plegada dentro de ese estuche y en el orden ha reconocido la benéfica influencia femenina. Al destapar el cabezal ha encontrado trazas de un pelo que no es de barba ni del color de su barba. Está, pues, al cabo de todo, pero su sangre le lleva a la batalla: nada como una buena enganchada en la reducidas dimensiones de un cuarto de baño medio.

—¿La has tocado?

—Me he afeitado las piernas. Para probar.

Nueve de cada diez varones expoliados encajan mal esta circunstancia natural. La afeitadora eléctrica sigue importándoles muy poco, pero sienten violada la constitucional intimidad de su cuarto de baño, el templo donde suelen entregarse a la contemplación y a la lectura de la prensa. En estos casos, atacan sin misericordia:

—Me la has estropeado. ¿No ves que este cacharro está hecho para la cara?

Es inútil —tomen nota las interesadas— hacerles ver que la piel de un muslo femenino es mucho más suave que la de una cara viril, o que su barba es más dura que el suave vello de una señora. Sostendrán hasta la muerte que las piernas estropean las maquinillas de afeitar. Sólo cabe desviar la conversación.

Cuando Eduardo Libre descubrió que su amiga llevaba dos semanas usando sus maquinillas eléctricas, dio los pasos necesarios para provocar una buena discusión. Pero la mujer, más inteligente que él, no trató de razonar en el vacío. Comprendía que nada sacaría a E. Libre del error de suponer que su barba era más beneficiosa para las cuchillas que el suave vello de unas piernas femeninas. Se limitó a abrir un segundo frente:

—¿Por qué no te afeitas?

—¿Eh? —dijo él, que se aprestaba a la batalla.

—Me gusta ver cómo te afeitas.

Eduardo titubeó mientras bajaba su temperatura de ebullición. Había oído que a muchas mujeres les excita contemplar los saludables hábitos viriles, aunque él, si había que compartir algo, se inclinaba hacia el baño caliente. No obstante, la vanidad hizo presa en él y procuró que le regalaran los oídos:

—¿Te gusta?

—Estás muy masculino con todo ese jabón en la cara. —respondió ella sin sarcasmos perceptibles.

El hombre tiró de brocha y distribuyó tanta espuma como cupo en su sólido rostro. Sólo respetó las cejas y parte de la frente.

—Y verte manejar esa cuchilla de acero... ¿No te da miedo?

Eduardo, heroico, hizo correr la hojilla de oreja a oreja de un solo trazo, demostrando su desprecio por la muerte.

—Oh. —exclamó ella.

El pobre creyó comprender que aquello era tan excitante para la mujer como para él ver como se ponía el sostén, y su furia se evaporó por completo: no es posible estar airado y ser, a la vez, un oscuro objeto de deseo. Fue incapaz de volver a pensar en las afeitadoras eléctricas y, además, se dio dos pasadas, pavoneándose cubierto de espuma ante la chica.

Pero no se engañe la joven inexperta: el hombre no suele permitir espectadores en sus momentos de libertad en el cuarto de baño. Son ritos sagrados que, a veces, incluyen sacarse un puente de la boca y cepillarlo, o hinchar el bíceps ante el espejo para comprobar su estado de conservación.

Tampoco caiga en el error de regalarle cosméticos. Masajes para después del afeitado, bueno, pero nada más. Ni lociones limpiadoras, ni cremas hidratantes. Es de maricas. Sólo en caso de necesidad aceptan nivea cuando la piel de la cara amenaza con saltar a tiras.

¿Es el horror al cosmético algo constitucional en el varón? No. Tienen su corazoncito y, aunque lo nieguen, también su cutis. Casi todos, a escondidas, se han puesto pomadas contra el acné y las espinillas, pero les parece una debilidad de la carne.

Si la mujer quiere divertirse en serio, aparézcase melosa y admirativa, háblele de su inteligencia y, tras algunas carantoñas, plantee el asunto con tacto:

—Si tuvieras la piel un poco más cuidada estarías guapísimo.

Todas las hembras saben que el hombre disfruta dejándose sacar espinillas por ellas. De novios, más. No es la espinilla en sí, sino el delicado contacto de sus dedos: se dejan hacer hasta que la cara se les queda como un pimiento.

Luego ya es fácil ponerles cualquier pasta suavizante.

—¿Qué es esto? —dirán.

—Para quitarte esas rojeces. Pobrecito: te he dejado la cara en carnes vivas. ¿Te duele mucho?

Todos, sin excepción, niegan el dolor, pero aceptan la crema.

—¿Y esto? —preguntan cuando notan el siguiente cambio.

—Una loción astringente. Hay que cerrarte los poros que te he abierto al sacarte las espinillas.

Y así, paso a paso, es fácil llegar a aplicarles una mascarilla de esas que se llevan veinte minutos. Encima, lo agradecen. Eduardo Libre, sin notables protestas, se dejó poner una película plástica, de color verde esperanza, que le daba todo el aspecto de un apio despeinado.

Incluso aguantó su contemplación en el espejo sin arrancársela con las uñas.

—No sonrías, que se te saltará.

—¿Puedo fumar?

—Si no abres la boca ni hablas...

Con la mascarilla puesta se quedó fumando y leyendo el periódico. La sección deportiva, para compensar con vigorizantes lecturas masculinas la femineidad del unte de belleza. También pensaba en las musarañas, entre reseña y reseña. Por eso, justo cuando consideraba el hecho maravilloso de que tal animal abulte menos que un escarabajo gordo y sea, a la vez, tan mamífero como cualquier concejal, se le pasó desapercibido el timbre de la puerta. A la mujer, no: era un amigo que venía a llevarse a Eduardo a jugar al mus.

El lector debe vivir el momento con la misma intensidad con que sucedió. Por un lado Eduardo, con la pasta verde adherida a la cara, tras el periódico. Por el otro, entrando en la habitación con paso firme, su sonriente compañero. En medio, la estúpida mujer diciendo «¿a que no sabes quién ha venido?»

E. Libre, famoso en muchas tascas por la rapidez de sus movimientos con el vaso y por la precisión de sus decisiones, saltó. Muchos tigres hubieran envidiado la exactitud de un movimiento ejecutado con un periódico delante del rostro. Voló unos metros y cayó, según lo previsto, bajo la mesa.

—Hola, Fulano. —dijo desde allí, mientras se arrancaba la mascarilla a ciegas. Luchaba por su buen nombre.

—¿Te pasa algo?

—Un pinchazo en la columna vertebral. —respondió Libre, enfrascado en la limpieza facial.

—¿Seguro que no se te ha saltado un muelle?

—Sólo un pinchazo. —insistió Eduardo— tendrías que ver cuando me da en la cama: me tienen que traer una escalera para bajar de la lámpara.

El amigo aguardó un par de minutos a que la salud volviera al cuerpo martirizado de Libre. Pero el tiempo se prolongó más todavía.

—¿Seguro que no te has roto nada al caer? —preguntó al fin, consultando su reloj.

—Es que aprovecho para estirar el espinazo. Sería malo que me repitiera cuando juguemos al mus.

Al tacto no se notaba más plástico adherido al rostro. Sólo entonces salió, como un caracol suspicaz: primero un ojo y luego el otro. De la oreja le colgaba una gelatinosa masa verde.

—¿Y eso?

—Ah, una telaraña. —gruñó él, arrancándola

—¿Verde?

—Nuestra araña come mucha lechuga.

No obstante la dura experiencia, Eduardo volvió a dejarse aplicar otra máscara de belleza días después. Sólo que fumó y leyó el periódico en el baño. Sentado en la taza del water. Consintió todo a aquella mujer encantadora hasta que descubrió que también se afeitaba con la hojilla. Su sangre, burbujeante, fue incapaz de perdonar. Incluso ya separados, le envió por correo una brocha con esta nota:

«No te olvides del bigote.»

Quizá vengativo por su parte, pero un hombre ha de tener algunas propiedades sagradas, a salvo de las acariciadoras manos femeninas.

10. LOS PIROPOS

Los sueños de nuestros abuelos —y permítanme que me remonte a la antigüedad preclásica—, ni siquiera cuando nuestros abuelos se empapaban de pernod, jamás llegaron a imaginar el día en que una mujer piropeara a un hombre en la calle. Todavía ahora sus fantasmas lo ven y, además de no creerlo, corren a pedir explicaciones a San Pedro:

—¿Por qué no había mujeres así en nuestro tiempo?

Pero nuestros antepasados se equivocan, víctimas de una subida de adrenalina. ¿Es una experiencia feliz para un hombre verse piropeado por una manada de mujeres? Definitivamente, no.

Eduardo Libre, al principio de esta moda, cuando era un mozo inocente pero de buen ver, no pudo evitar que tres muchachas con vaqueros se le pusieran a la cola, dominándole tácticamente. Después de varios silbidos que desestabilizaron el equilibrio de mi buen amigo, empezaron a cantar una canción que hacía referencia a alguien llamado La Loles.

—La Loles —le decían con una cadencia de ocho por cuatro— tenía un conejo chiquitito y juguetón y un novio hortelano.

Hasta aquí, bien. Todo apto para oídos inocentes. Por lo que se infería, el novio hortelano cultivaba coles y tenía la costumbres de guardar los tronchos más gordos para el conejo de La Loles.

—No eran las palabras, no. Me dijo Libre al relatarme la terrible experiencia.— Era el sentido oculto, ¿comprendes? Y también que una, en un momento de frenesí, trató de pellizcarme.

Y no es Eduardo Libre sólo. El hombre moderno es cada día víctima de estos acosos sexuales y ni tiene el recurso de llamar a un guardia ni el coraje de plantar cara y sacudir un tortazo a la acosadora: la sociedad no lo entendería. El varón, como aquel que dice, está maniatado.

No mucho después, dos chicas, sin haberse terminado la primera copa siquiera, le preguntaron:

—¿Qué es El Griego?

—¿Queréis decir el idioma griego? —preguntó Libre, que había traducido al endemoniado Homero bajo la tiranía de una profesora tuerta.

No. Por lo que Eduardo llegó a entender, El Griego era una peculiar forma de apareamiento, muy comentada en los anuncios de las casas de masajes. También estaba El Francés y las muchachas, sonriendo con sorna, exigían explicaciones naturalistas de aquellos manejos íntimos.

Las mismas, seguramente con malas intenciones, le enseñaron una revista porno y le indujeron a hojearla. De ser las cosas al revés, cualquier juez hubiera dictaminado acoso sexual en primer grado. Pero, ¿qué le pasaba a Eduardo?

La parálisis. Ciertos órganos parecían habérsele congelado y estar listos para un proceso de liofilización. Por su parte, los ganglios más importantes se le estremecían, causando gran confusión en el resto de su equipo.

El hombre está preparado para duras empresas, como jugar a los chinos sobre cáscaras de mejillones, insultar a los carteros y discutir con los guardias urbanos, pero flojea cuando el bello sexo extrema su interés y le trata como a un oscuro objeto de deseo.

Según Eduardo, aquellas chicas eran terribles. Quizá hubieran tomado una bebida afrodisiaca o, quizá, explotaban su superioridad numérica: de un modo u otro se lo hacían pasar mal.

Una cosa sí era cierta: si estaban intentando excitar los bajos instintos de E. Libre, fracasaban en toda la línea. Sus bajos instintos, ante la presión, se habían retirado a la profundidad y allí, en silencio, meditaban sobre la moral relajada del mujerío.

Pero ellas ya habían encontrado otro interesante asunto que someter a la sabiduría de Eduardo:

—¿Qué haces tú en el momento del éxtasis?

Esa es otra: no se conoce a hombre sano alguno que llame a nada «momento del éxtasis». Sabe, sin duda, a qué se refiere quien lo dice, pero se avergüenza de que esa expresión subsista entre personas civilizadas.

—¿Qué haces? —le apremiaron.

—Tiro del pelo a la chica. —dijo al fin, tratando de asustarlas.

—¿Y das gritos?

—De montería. —confirmó.

Las mujeres sin experiencia deben saber algo fundamental: no hay hombre que grite en el «momento del éxtasis», a no ser que quiera quedar muy bien. Prefieren enclavijar los dientes. Todo lo más, resoplan bombeando aire. Son seres fuertes y silenciosos que no necesitan expresar sus sentimientos.

—Ya sabes. —dijo la chica «A» a la chica «B»— Ya sabes lo que te espera.

Pero no le esperaba nada. El buen Eduardo no tenía más impulsos eróticos que un pingüino. Hielo por dentro y calor por fuera. Y he aquí otro pensamiento para la mujer que desee penetrar en la oscura psicología viril: nunca hay que atacar al hombre en bandadas. El macho acosado se repliega. Sospecha que se están burlando de él y su viejo radiador se congela inevitablemente.

¿Y a solas? A solas, sí, siempre que el piropo tenga algún sentido. A mí, por ejemplo, una novia se empeñaba en alabarme la piel:

—¡Qué piel más fina tienes! —decía.

Salvo cuando tuve un conato de acné a los catorce, jamás se me había ocurrido pensar en mi piel, que, para mí, era el tejido que evitaba que se me desparramara el relleno por los suelos.

En resumidas cuentas, queridas lectoras, el hombre no se muestra orgulloso de su piel. Ignoradla. Pero si el instinto os fuerza a mencionarla, recordad a los caballos y quejaos de que rasca o de que os pincháis con la barba. Eso, aunque no lo entendáis bien, estimula al varón, que guarda en el fondo de su alma un puñado de cromosomas del hombre de Neanderthal. Cromosomas de antes del descubrimiento de la hojilla de afeitar.

Al mismo Eduardo Libre de siempre, tan lagartón y avisado, sólo una vez consiguieron vencerle con un piropo. Lo hizo una mocita poca cosa, algo regordeta y con gafas, que sabía que sólo contaba con su inteligencia para vencer donde otras no tienen más que abrirse un poco el escote.

—Tienes —le dijo— mirada de sinvergüenza.

Eduardo, que lo era a carta cabal, se sintió halagado: por fin alguien reconocía sus virtudes. Procuró que su mirada fuera más desvergonzada aún, esfuerzo en el que por poco se le saltan los ojos.

—¡Cómo miras! —se admiró la chica.

El hizo aún más fuerza con los párpados y empezó a ver bolitas blancas bailando en el negro espacio. Pocos sinvergüenzas han intentado con más ahínco echar rayos láser por las pupilas. No obstante, la vanidad le exigía negarlo todo:

—Miro normalmente. —murmuró, evitando, una vez más, que se le saltaran las lágrimas. Algo le decía que su mirada prometía paraísos artificiales.

—Seguro que no se te resiste ninguna mujer.

Y él, que jamás hubiera reparado en aquella, hizo la pregunta necesaria:

—¿Tú te me resistirías?

No, claro. Pero, bien mirado, fue él quien no se resistió a aquella gordita con gafas.

Lo importante es que al hombre le gusta ser un oscuro objeto de deseo, pero en la intimidad, sin que trascienda. Le gusta que sueñen con él. Le hace ilusión que una desconocida, en el «momento del éxtasis», por así decir, piense su nombre mientras está en brazos de otro. Hasta le gustan los recaditos que le pase la amiga de una admiradora secreta.

11. LA LLAMADA DEL AMOR

Después de perpetrar su segundo libro contra la humanidad, valiéndose de su condición de catedrático de filosofía, Eduardo Libre necesitó pasar quince días en lo que la cortesía ha bautizado como «Casa de Reposo».

En las Casas de Reposo la marea deja varados los objetos más heterogéneos: obesos acomplejados ansiosos de pasar hambre; borrachos que esconden la botella bajo la almohada; profesionales que abusan de las anfetaminas; mujeres abandonadas por el marido o por el amante; estudiantes con los fusibles quemados; políticos con un acceso de conciencia y, claro, escritores filósofos que descubren que la humanidad no vale un pepino.

Eduardo era de los últimos. Un año de lucubraciones para cometer su libro le había dejado en un estado confuso, incapaz de distinguir una categoría de un accidente ni a ambos de una señorita en bikini, y tentado, además, por adscribirse al hilemorfismo aristotélico.

En tan tristes circunstancias —o, quizá, predicamentos— fue expedido a la casa de reposo y confiado a los reconstituyentes y a un médico iraquí de barba roja que daba suelta a sus instintos de beduino al disciplinar a su rebaño de neuróticos.

A Eduardo, para doblegar su altivo espíritu, le recetó una tanda de dolorosas inyecciones de hígado y le puso a régimen de verduras. Nada como las verduras para distraer los pensamientos obsesivos. El paranoico, si tiene el estómago vacío, se atiene más a la estricta realidad y, en lugar de sumirse en el delirio, organiza planes para robar de la cocina un bocadillo de chorizo o para que el portero le contrabandee un pollo al ast.

Lo mismo puede decirse del neurótico que contempla una zanahoria o del drogadicto con los depósitos llenos de coliflor hervida. Esta era, al menos, la creencia del beduino. Y funcionaba.

Además, los sufrimientos compartidos creaban sólidos lazos de sangre entre las víctimas que, al segundo día, jugaban al dominó o a la brisca, distraídos por completo de sus obsesivas preocupaciones. Los obesos se derretían; los alcohólicos en dique seco desarrollaban cariñosos pensamientos sobre el agua; los anfetaminados se conformaban con simples aspirinas y los drogadictos le cogían el gusto a la inyección de hígado.

Como exigían el sino y la preparación científica de Eduardo Libre, dos horas después del ingreso y sólo tres minutos más tarde de la inyección, se encontró dando ánimos a una solitaria y bella mujer que temía la forma de pinchar del iraquí. Era opinión extendida que entraba a matar, no consiguiéndolo casi nunca por falta de puntería y no de ganas.

Eduardo palmeó la mano femenina para infundir ánimos a su dueña. Luego, como camaradas que eran, palmeó su hombro y a punto estuvo de hacer lo mismo con el glúteo para ir anestesiando la zona del impacto.

Pero eran meros reflejos condicionados. Su estado de confusión no le permitía ni soñar en una aventura. Lo que de veras necesitaba era un amigo o, en su defecto, una amiga a quien hacer confidencias para, entre los dos, juntar los elementos dispersos de su alma.

Así, considerando la Casa de Reposo como una tierra de nadie, Eduardo saboreó los placeres del compañerismo: paseó con la mujer por el jardín; robaron naranjas de un campo cercano y arrancaron salvia de un parterre municipal para, una vez hervida, hacérsela beber a toda la comunidad, so pretexto de tratarse de una hierba salutífera.

Juntos compraron una aspirina en la farmacia, un sello en el estanco y dos postales en la papelería. De repente la mujer, en un arranque de misticismo, le rogó que escogiera un libro.

Eduardo, pensando quizá que le pedía consejo para llevar a cabo una fructuosa lectura, escogió un polvoriento ejemplar de «Sobre la esencia», de X. Zubiri. Ella, melosa, lo pagó, lo hizo envolver y se lo regaló.

Una mujer que obsequia, según la filosofía de bolsillo de Eduardo, comete un circunloquio. Da un objeto, pero uno puede apostarse las botas a que piensa en darse a sí misma.

Eduardo, pese a la extrema debilidad de sus fuentes de razonamiento simbólico, lo comprendió así. Era una cuestión freudiana, reforzada por el hecho de haber bebido juntos la infusión de salvia municipal robada del parterre.

Aquella noche fueron al cine del pueblo. La mujer, en contra de los hábitos de su gremio, se avino a soportar una película del Oeste sin manifestar objeción ninguna.

Eduardo, que comprendía que el corazón femenino palpitaba en la oscuridad, en la butaca de al lado, pensó en meterle mano por pura cortesía. Pero, ¿y si estaba interpretando mal los síntomas? ¿Y si todo se debía a un sano y deportivo compañerismo? ¿Acaso ella no le había hablado de un hombre que la esperaba más allá del horizonte y que la llamaba todos los días a la hora del postre?

La mano que había alzado para atrapar la que la mujer tenía en su regazo, volvió,a bajar. Al interrumpir el gesto oyó un suspiro: alivio, sin duda, por no haberla confundido con una cualquiera. Satisfacción porque, al no atacar Eduardo, se preservaba su limpia amistad.

Cuando abandonaban la sala, y debido a la oscuridad, la mujer se cogió de su brazo, manifestando así que confiaba en Eduardo. El había hecho bien en no estropear aquella confianza, demostrando, de paso, a los incrédulos que un hombre y una mujer pueden tratarse con libertad sin seducirse mutuamente.

No importa que la lectora comprenda a la perfección los motivos ocultos de aquella mujer que regalaba libros a Eduardo, accedía a ver películas del Oeste y, en la oscuridad, le tomaba del brazo so pretexto de temer tropezar a la salida. La lectora lee en ello como en un libro abierto, pero Eduardo, no.

Eduardo, simplemente, aprovechó el regreso a la clínica por las calles solitarias para hablar del clima en relación con el esplendor de la cultura mediterránea. No satisfecho con ello, expresó su arraigada convicción de que era nocivo todo lo que indujera al hombre mediterráneo a pasar más horas en casa y menos en la calle.

—Una cultura viva sólo se consigue zascandileando.

Los episodios se sucedieron. Eduardo, tras el postre, trató de explicar una aporía de Zenón a un consultor de empresas estresado y, del esfuerzo, sufrió una bajada de tensión. Confinado en su habitación, en su cama, y sometido a los cuidados del beduino, que recetaba más verdura todavía, la mujer acudió a verle:

Muy nerviosa por estar a solas en el mismo cuarto, y con una cama presente, le hizo unas horas de compañía. Pero Eduardo atribuyó aquella tensión interna al hecho de haberle contrabandeado un termo de café del bar de la esquina. Café que el beduino le había prohibido:

—Si no hubiera bebido tanto mientras escribía su libro, es posible que ahora no necesitara vitamina B para suavizarle las ideas.

Ya porque el médico oriundo del desierto comprendiera que las ideas de Eduardo no serían nunca normales, ya porque observara que intentaba organizar un curso sobre el significado del «To Apeiron» en Anaximandro y en la escuela Eleática, el filósofo fue dado de alta después de probar sus nervios dejándole contemplar la factura en toda su crudeza.

La noticia pronto se difundió por la clínica: «Eduardo nos deja ya. Otro fracaso de la medicina: no consiguieron extirparle ese maldito apeiron». La camarera de la cena, gentil, le dio ración doble de pan para que Libre se llevara bellos recuerdos: dos rebanadas. Pero la mujer a la que nos venimos refiriendo se pasó el refrigerio chapoteando con su cuchara en el puré de verduras.

Que alguien sometido a régimen chapotee con la cuchara, en vez de rebañar el plato, es síntoma de grandes emociones internas: un hecho insólito que no podía escapar a la observación de un filósofo como Eduardo y que, en circunstancias distintas, le hubiera obligado a sacar conclusiones marcadamente amorosas.

No fue así y atribuyó aquella inapetencia a las últimas dosis masivas de salvia municipal, de la que tanto habían abusado. Tampoco reaccionó cuando, a la puerta de la habitación, ella se despidió levantando mucho la cara hacia él, con los labios abiertos.

—¿Respiras mal?

—No.

—Como te veo abrir la boca. —murmuró él, estrechando virilmente la mano de la muchacha.— Pensaré en ti cada vez que tome salvia o robe una naranja.

—Idiotas los dos. —dijo a la mujer su compañera de cuarto.— Toda la clínica sabe que os gustáis y, la última noche, le das la mano. Hasta los jugadores de fútbol se abrazan en estos tiempos, tonta.

—Es que él no se da cuenta de nada. No sé ya cómo darle a entender que... —suspiró, substituyendo la crónica de sus profundos sentimientos por un chorro de aire caliente.

—Ve a su habitación.

—¿Ahora? ¿Y qué le digo?

—¿Qué va a ser? Que le quieres.

Pero, tan pronto como entró en el cuarto de Eduardo, se limitó a enviarle esas silenciosas miradas femeninas que tanto explican a los que conocen el código. Eduardo no reparó en ellas porque, al ir la mujer en combinación, inspeccionaba el escote con ojo experto.

—¿Qué quieres? —dijo al fin, sin atreverse a pensar que la hembra deseaba un interludio sentimental, quizá con fines medicinales.

—Ayudarte a hacer las maletas. —respondió ella al buen tuntún.— Los hombres sois tan desordenados...

—Se llenan y, si sobra género, se aprieta con el pie. —informó Eduardo, confesando sus métodos.

La mujer se preguntaba qué más podía hacer para demostrar al desquiciado filósofo que le invitaba al ya mencionado interludio sentimental. Poco conocedora de los hombres, consideraba haber emitido los mensajes necesarios, incluida la combinación celeste que vestía en aquellos momentos. En suma: había hecho todo lo humanamente posible, menos hablar.

Llenaron las maletas y se despidieron con otro apretón de manos. A solas ya, Eduardo consideró la situación y decidió que si una mujer se presenta en combinación en la habitación de un hombre en la flor de la edad, algo significa.

Bajo esta sospecha, respiró hondo, recorrió el pasillo y llamó a su puerta.

—Tú. —dijo ella.

—Yo. —dijo él.

—¿Qué quieres?

Eduardo, una vez más, no miró los ojos invitadores y se fijó en la frase: «¿Qué quieres?» Algo frío y escueto, de modo que se disiparon sus fantasías y volvió a la realidad:

—Darte las gracias, que se me había olvidado.

—Idiota. —volvió a decir la compañera de habitación cuando Eduardo regresó a su cubil.— A ese hay que darle las cosas por escrito.

Y así hubiera quedado todo si, dos semanas después, la mujer no se hubiera tomado unas copitas. De vuelta a casa, se consumía pensando en Eduardo. Le imaginaba leyendo el Pseudo Moschos, o alguna otra porquería intelectual, y desfallecía. Para desfallecer un poco menos se sirvió un güisqui. Luego otro, pero con estrambote.

A las tres de la madrugada le llamó por teléfono:

—¿Eh? —dijo Eduardo, que no leía el Pseudo Moschos.

—Soy yo.

Hubo un silencio largo. Las brumas del sueño, muy espesas, salían de la cabeza de Eduardo por las orejas mientras él intentaba adivinar cual de sus víctimas tenía la humorada de privarle de unas horas de precioso descanso.

—Oh. —dijo, para ganar tiempo.

—No me has llamado desde que saliste de la clínica.

La luz, o un sucedáneo aceptable, se hizo en E. Libre, de modo que se volvió simpático:

—¿Y qué demonios haces a estas horas?

—Pensar en ti.

—¿Por qué? —preguntó él, siempre analítico.

—Porque te quiero. Y tú me quieres a mí.

Ya estaba dicho, y de un modo comprensible para la mente abstracta de un filósofo.

—¿Me quieres? —preguntó, para cerciorarse de no estar en medio de un sueño.

—Sí.

—Voy para allá. —dijo, mientras se arrancaba el pijama y trataba de recordar donde había tirado los pantalones.

Una mujer, si se decide a hablar claro, puede causar alegrías a cualquier hora del día o de la noche y alcanzar, de paso, sus objetivos.

12. EL ACOSO Y DERRIBO

O «Como conservar el amor del novio o marido.»

A pesar de nuestras diferencias psicológicas, ninguna mujer debe extrañarse si le comunico que al hombre le gusta que lo acosen sexualmente. Cuanto más acosado, mejor, siempre que el acosador sea hembra. Lo otro le produce mal efecto, no por falta de espíritu democrático sino de ganas.

Vosotras, queridas lectoras, jamás habéis estado en el interior de la cabeza de un hombre, mientras que yo no hago otra cosa. A todas horas. No sabéis casi nada de sus sueños pero, sin entrar en detalles, os puedo asegurar que a cualquier varón se le ha ocurrido fantasear sobre el caso de que, en privado, una mujeres le hiciera proposiciones deshonestas.

Así, por las buenas. Llega la mujer y se le arrima. «Esto y esto», le dice, y él, pobre, consiente, porque lo acosan.

La vida del hombre, en esta cuestión, es absolutamente gris.. Ni siquiera las novias oficiales suelen molestarse en propinarle piropos. Hay tipos que jamás han oído como una dulce y clara voz habla del brillo de sus ojos, del contorno de sus piernas o de lo que siente —la voz— cuando le pasa una mano por el pecho.

Las mujeres, en opinión del hombre sufrido, son poco comunicativas y, en demasiadas ocasiones, no manifiestan el deseable entusiasmo. Aceptan las caricias del varón y, alguna vez, de tarde en tarde, le murmuran «más abajo» o «más arriba». Pero es más habitual el «hoy, no», el «me haces daño» o el «no piensas en otra cosa».

¿Y en qué va a pensar el sufrido hombre cuando la Fortuna coloca una mujer entre sus brazos? ¿En un poema de Alberti, en un cuadro de Picasso o en cómo se suelta el corchete trasero del sostén? Es cosa de su psicología.

Cuando la novia o esposa del hombre lo descuida de este modo, él primero se entrega a silenciosas fantasías y, tarde o temprano, escapa para intentar ponerlas en práctica. Los hay que, llegados al límite, pagan a profesionales para que les digan barbaridades. Sólo para eso.

—¡Qué pedazo de ***! —les murmuran.

Y ellos se sienten en la gloria.

—No me separaría de ti por todo el oro del mundo.

Y, gozosos, relumbran en la oscuridad, con todo el fósforo subido a la cabeza.

Así pues, la señora o señorita que quiera hacer mella en un varón, no tiene más que acosarlo de tanto en tanto. Puede empezar con piropos intelectuales, que predisponen el ambiente:

—Eres el hombre más inteligente que he conocido.

Una frase así les sacude hasta los cimientos. Si se observa un ligero temblor, es bueno dejar el alma para otra ocasión y reparar en el aspecto material del momento:

—Tienes una forma de mirarme que me enciende.

No importa si se lo dicen a alguien ciego como un topo. Todos quisiéramos mirar así. A partir de ahí, se puede elevar la temperatura ambiente con simples menudencias:

—¡Qué labios tan sensuales!

—¡Qué manos tan fuertes!

Y, ya que se habla de manos, aprovechar cualquier distracción para coger una de las suyas. Pero, mucho ojo: coger sólo la mano porque, aunque al hombre no le disgustaría ser atrapado por otros lugares, se escamaría. La falta de costumbre. Y un hombre, por descarado que parezca, es un ser presto a escandalizarse. Debido, sin duda, a la falta de costumbre de ser acosado.

Si la mujer prefiere verlo retorcerse, le puede contar películas porno, como dicen que hacen los jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos con sus secretarias negras.

Lo importante es no olvidar nunca este consejo que ofrezco gratuitamente: para ser amada hay que ser activa. Si la actividad se desarrolla a puerta cerrada, puede incrementarse a voluntad en la seguridad de que el varón, a los pocos minutos de tratamiento, será su esclavo, siempre y cuando no rebase los límites de la decencia.

Puede que la lectora se pregunte: ¿Qué es decente y qué indecente entre una pareja de la especie que, de común acuerdo, ha prescindido de sus ropas? Gritar un poco es decente; gritar mucho, no. Indecente es decir palabrotas o elegir términos vulgares para referirse a zonas que el varón aprecia. Despertarle cuando ha caído en el sueño, satisfecho de sus hazañas, también.

Y muchas otras cosas, como recordarle, en un momento particularmente intenso, que al día siguiente hay que comprar sardinas, o hablarle de enamorados anteriores y de lo que les gustaba hacer. Al hombre se le pueden abrir las puertas del placer pero nunca las del corazón. Si la mujer no conserva un poco de misterio, ya no es mujer a sus ojos, sino herramienta.

A Eduardo Libre lo estaban acosando con todos los pronunciamientos a favor. La chica le mentó, primero, la inteligencia; después, la forma de mirar, tan excitante, y los labios, tan sensuales. Debía ser una moza zumbona y con ganas de experimentar por su cuenta, porque manifestó cosas extrañas:

—Tus orejas me excitan.

—Oh. —dijo él, aceptando el cumplido de buena gana y prometiéndose mirarlas más a fondo, por si se le hubiera escapado algún detalle de aquellos apéndices.

—Y tienes napia de hedonista.

«Napia» le sonó algo mal a Eduardo; un requiebro extraño, pero lo atribuyó a las lecturas modernas que pudiera haber cometido la hembra. Ella, sin embargo, no cejaba:

—Las uñas torcidas te hacen tan viril... —siguió, en vez de cogerle la mano y mirarle atentamente a los ojos.

—Mis uñas —empezó Eduardo con intención de defenderse, pero la muchacha, quizá ciega de pasión pero quizá ejecutando algo que pudiera llamarse «choteo», le metió una mano en el bolsillo.

—¡Oh! —dijo él, pegando un auténtico brinco. Era un acoso muy poco ortodoxo.

La idea no le desagradaba, pero él daba también valor a las formas. Un bolsillo, se decía, no debe invadirse sin permiso expreso.

La chica —(luego se supo que operaba bajo los efectos del cubalibre)—, admirada por el brinco que se acaba de relatar, remató la faena echándose a reír. Pero Eduardo pensó que la risa era consecuencia de lo que hubiera o hubiese encontrado en el bolsillo y se sintió vejado.

—¿De qué te ríes ahora? —preguntó, poniendo en la voz tanto desdén como encontró en los recovecos de su gaznate.

Ella, sin reconocer los síntomas de la tormenta, tuvo, al menos, una iniciativa feliz y se echó en sus brazos, apretándose lo más posible. La sangre de Libre, que empezaba a helarse, se recalentó. La recibió contra él, cerró el abrazo y se dispuso a depositar ósculos aquí y allá, al buen tuntún, con su vanidad de nuevo a flote.

Un segundo salto, de mayores proporciones que el anterior, estropeó el efecto benéfico de la escena. Aquella locuela alcohólica le había hecho una maniobra que se conoce, en lenguaje vulgar, como meter mano. Y sin avisar. Si, al menos, hubiera musitado algo ardiente antes de emprender su osada expedición, Eduardo hubiera atribuido la cosa a la pasión, pero así, en frío, la sensación era desagradable, y más porque ella confundía «meter mano» con «estrujar».

—¡Niña...! —gruñó Libre, poniendo a resguardo las zonas amenazadas.

—¡Te amo! —dijo ella, ahogándose en su risa al ver la cara de circunstancias de Eduardo.

Pero el hombre es débil. Bastante más que la ya tradicional carne, porque bastó que aquella mujer y su media lagartijera murmuraran, ambas, algo relativo a la cama para que E. Libre, en vez de huir, se pusiera a trazar planes.

Una vez más, el hombre propuso y la mujer dispuso, imponiendo una higiénica condición antes de pasar al campo de operaciones propiamente dicho:

—Primero —ordenó—, un baño.

—¿Eh? —exclamó Eduardo, que se sabía en estado de revista, limpiado, fijado y esplendoroso.

—Al baño. —insistió ella, buscando nuevas dosis de cubalibre.

Estaba casi libre de ropa cuando la moza se coló en el Sancta Sanctorum, visiblemente tonificada por el néctar y la ambrosía.

—Adelante, oh, adelante. —animó al percibir la helada inmovilidad de Eduardo, cogido en el movimiento de ir a tirar de los calzoncillos.

—¡Qué excitante! —añadió ella que, definitivamente, burbujeaba.

Sólo una frase así podía devolver el movimiento a Libre. Le gustaba excitar como a otros les gustan las patatas fritas.

Despojado de todo oropel, ya levantaba una patita para introducirla en el agua, cuando notó una extraña sensación. Tenía poca práctica, pero que le colgaran si no acababa de sentir una especie de azote en una muy privada provincia del sur.

Pillado con un pie en alto, no pudo evitar que se le desplazara el centro de gravedad de un modo poco ortodoxo para la gravedad misma y, tras un corto aullido, cayó en la bañera, donde tuvo que chapotear como una foca antes de emitir cualquier evaluación de los hechos.

Con todo, la evaluación que pronunció fue notable, tanto por la descripción general como por la riqueza de vocabulario.

—Pobrecito. —dijo la mujer cuando consiguió dejar de reír como una hiena.— Quieto, que te enjabono.

Generosa por naturaleza, volcó sobre el sumido Eduardo una ración de gel destinada a ser, más o menos, del mismo cubicaje que las del ron que se servía. Pero, con la presión, se saltó el tapón agujereado de la botella y en Eduardo cayó medio litro de pasta de jabón.

Sólo dos restregones después, los necesarios para librar los ojos del unte pegajoso, la espuma rebasaba los bordes de la bañera y la chica, muy divertida, conectaba una de esas risas explosivas capaces de hacer temblar las cortinas de plástico.

Mientras lo hacía, intentaba pescar algo, con incierta mano, por debajo de la espuma, obligando a Eduardo a ejecutar peligrosas contorsiones.

—¿Ya estás limpito? —le preguntó al fin.

—Hum. —gruñó Libre, cuya mayor parte visible era el ojo izquierdo.

—¿Listo para ir a la camita?

Muy confuso, pero de nuevo estimulado por las perspectivas, Eduardo emergió de la espuma como Venus, pero a mayor velocidad. Empezaba a restregarse con la toalla, con vigor viril algo humeante, cuando volvió a sentir la ya conocida sensación en las provincias del sur, seguida de la risa tableada de la beoda.

—Culito rosado. —decía la risa, dispuesta a hacer descripciones coloristas.

Por fin, y tras otros sufrimientos de menor entidad, el hombre se halló en el puente de mando de su cama, dispuesto a hacer diabluras desde él.

Para demostrarlo, se abalanzó sobre la chica, estrujó un poco por todas partes y, súbitamente romántico, la besó suave pero largamente en los labios.

—Zzzz. —dijo ella.

—¿Cómo?

—Zzzz. —insistió ella, pero sin énfasis.

La maldita hembra, al alargarse, había mandado un oleaje de cubalibre sobrante a la cabeza y flotaba en el centro de un sólido sopor. Quizá su espíritu cabalgara sobre un elefante rosa, pero su cuerpo era una especie de marmota viendo llegar el invierno.

—Zzzz. —añadió, con simpatía hacia la situación de Eduardo que, por fin, sentía en el alma todos los ridículos vividos en las últimas horas.

—¡Ah! —dijo, cuando comprendió definitivamente que la naturaleza, aliada con el ron, le había vencido.

Luego, echando mano de toda su filosofía, aceptó la situación y, sin odio, volcó sobre la bella durmiente un cubo del agua espumosa del baño. Juan el Bautista debió sentirse como él en algún momento.

—Zzzz. —suspiró la muchacha, compartiendo, quizá, aquellos bellos sentimientos.

13. DE COMO EL HOMBRE SE ENAMORA DE CUALQUIER COSA QUE LLEVE FALDAS

El título de este capítulo es una verdad universal que la mujer debe grabarse en la mente o en cualquier otra cosa que use en su lugar. El hombre es un caudal de amor con patas que busca donde desaguar a pleno rendimiento.

Cuando el varón se dedica a amar, no hay defecto que lo desanime: sordas, ciegas, bizcas, cojas, idiotas, reciben por igual los embates de su corazón bien intencionado y, además, sin que ellas tengan que poner nada de su parte. Recuerden al gran mujeriego Lope de Vega, que llegó a dedicar poesías repletas de unción a una dama que bizqueaba. Bien veía él cómo se le cruzaban los ojos, pero la amaba.

¿Y qué es lo que lleva al hombre a amar de esta manera ciega y arrolladora? ¿La generosidad? ¿La sobreabundancia de recursos? ¿Su sangre rebosante de hormonas? Todo eso y, más aún, la falta de previsión, la inmediatez de las urgencias. El hombre, por decirlo así, sueña con la mano alargada, tratando de palpar, aunque sea en el aire vacío de sus fantasías.

Cualquier mujer que él, por sus motivos, considere que es capaz de satisfacer su necesidad del día, será amada hasta la extenuación, perseguida, recitada, divinizada y, si cabe dentro de lo posible, manumitida. El citado Lope de Vega escribió una comedia entera cuyo título resume lo que va dicho: «Amar sin saber a quién.»

La edad, con la decadencia que acarrea a glándulas fundamentales para la razón, modifica ligeramente esta verdad universal. El hombre, a los seis años, sólo ama a niñas de seis; nunca menores, por caballerosidad innata. A los doce, en cambio, ama cualquier cosa que tenga menos de cincuenta. Y a los ochenta encuentra apetecibles a las sesentonas, en las que descubre facetas que sus ojos de seis y de doce jamás sospecharon.

Pese a toda esta buena voluntad psicosomática, el hombre no es capaz de decir frases como «El amor es lo más importante de mi vida». ¿Por qué? Porque no es verdad. Si fueran «los amores», quizá hiciera un esfuerzo y pronunciara la citada sentencia. Porque para él, el amor, incluso el platónico, es un problema que requiere inmediata solución; un problema del sentimiento, de la razón y de los ganglios.

El tira y afloja amoroso, el cortejo que la mujer y la sociedad imponen, son una pérdida de tiempo en opinión del varón, cuyos sueños se pueblan de mujeres desnudas que, saliendo del armario, le piden que las haga suyas, aún tratándose de perfectas desconocidas. No le gustan las reglas del juego, eso de aproximarse, salir, convidar, bailar, hacer presa en una mano, suspirar, afirmar que las estrellas le estimulan o que ha leído a Kafka, aquel asno que amaba los escarabajos.

En la infancia es donde con más libertad el macho de la especie manifiesta el fastidio que le causan los prolegómenos y hasta el trabajo de elegir hembra: se atiene al material próximo y, en cuanto la muchacha tiene un descuido, mete una mano investigadora por debajo de la falda.

Eduardo Libre, amoroso de muchos kilates, sintió la llamada de la selva a los seis años, lo que no es una temprana edad si se mira con la óptica viril que corresponde. Uniendo la acción al pensamiento, levantó las primeras faldas que le salieron al paso y rió como una hiena.

La prenda levantada pertenecía a una niña que, meses antes, había caído de cabeza, quedándose idiota de por vida, aunque no incapacitada para sentir la comezón de un amor tan plano como su encefalograma. Se rió, pues, con la gracia de Eduardo y sólo hizo una observación de índole costumbrista:

—Ahora ya zomoz novioz.

El temprano E. Libre celebró el compromiso levantando de nuevo el telón, pero esta vez fijándose más en lo que veía, consciente de la obligación primera de todo noviazgo formal: vigilar los detalles.

Aquella segunda ojeada le confirmó que había mucho que investigar en la ceceante criatura y, de no ser todavía analfabeto, hubiera citado estos versos de Garcilaso:

«Nadi puede ser dichoso,
señora, ni desdichado,
sino que os haya mirado.»

Así de poéticos eran sus sentimientos entonces, aunque mantuviera pensamientos malevolentes hacia las bragas, adminículos sin duda inventados para entorpecer la visibilidad.

—¿Me quierez? —preguntó ella, percibiendo en el aire, sin duda, las potentes emociones del espíritu masculino.

—Zí. —dijo Eduardo, ajustándose a la fonética del amor.— Pero quítate laz bragaz.

Ella, tonta y todo, remoloneó. Quería piropos y, lo que es más, mandar en el grupo, tomar las decisiones importantes. Hubo, pues, varios «aquí, no», «aquí, zí, pero...», hasta que el lampiño Eduardo se encontró, al fin, con todo el género expuesto y al alcance de la mano.

Se trataba, dada su temprana edad, de un material didáctico enteramente nuevo y sorprendente, que exigía mucha investigación. Valiéndose de las manos y de varios sextos sentidos, se hizo con importantes conceptos que le ayudarían llegado a la edad adúltera. Fallaba, tan sólo, la cuestión de nomenclatura:

—¿Cómo se llama esto?

—No zé. —dijo la idiota de su partenaire, que se atrevía a ir por el mundo cargada de cosas importantísimas cuyo nombre ignoraba.

—¿Y para qué sirve?

—Tampoco lo zé.

Suplidas con celo y escrutinio las evidentes ignorancias, Eduardo Libre se hizo una idea aproximada del funcionamiento de aquellos dispositivos y también de los propios, que reaccionaban a su contemplación.

La chica, a pesar de ser tonta como un leño, tenía un concepto práctico del primer amor o, al menos, de los novios y pronto manifestó su intención de que aquellos momentos de intimidad se convirtieran en un toma y daca, así que ya podía el buen Eduardo ir mostrando por si disponía de alguna cosa interesante incluso para un cerebro hervido.

Resultó que sí y la primera sorpresa de la niña se tornó en júbilo al ver como reaccionaban parte de los enseres más discretos del varón, que lo ignoraba todo sobre el sexo pero que era manejado inteligentemente por sus tropismos. Nunca mejor dicho lo de «amor a primera vista», habida cuenta de lo mucho que trabajaban los ojos.

—¿Te duele? Nada máz tocarlo ze te ha hinchado

Como Dafnis y Cloe, en plena época helenística, ellos habían llegado a una situación estúpida: allí estaban, cargados de herramientas, y no sabían qué hacer con ellas. Consideraban haber hecho cuanto Natura permitía o exigía de ellos.

Así, cada día. Sin cansarse. Jugaban a los novios con la inocente idea de que en el mundo había aparecido algo más contundente que las muñecas y que las pistolas de pistones.

Dos semanas después Eduardo encontró a la niña con otro. La idiota le estaba informando, gratuitamente, de que tenía novio.

—«El novio y la novia —dijo el tercero, siguiendo una inspiración poética— se quieren casar. No tienen dinero para convidar.»

—Puede que no convidemoz, pero noz divertimoz máz...

Y Eduardo, ante la posibilidad de que las revelaciones se hiciesen más extensas, le dio un mamporro. Un amor intenso pero precavido: amar a una tonta obliga a tomar medidas de emergencia. Pero ella no se lo tuvo en cuenta: llegada la hora de jugar, se comportó como siempre, sin guardarle rencor. Sólo aportó una nueva visión del problema:

—Ziempre hacemoz lo mizmo. ¿Por qué no metez un dedo por aquí?

Era una idea.

Pero en el tierno espíritu de Eduardo quedaban rincones no ocupados por el amor y sus experimentos: una sensibilidad, reforzada por sus años de colegio religioso, le indicaba que en todos aquellos manejos había un no sé qué que, sin duda, no contaría con la aprobación sistemática del hermano director.

En una de las periódicas visitas a la capilla, aunque él ni siquiera hacía la catequesis para la primera comunión, se puso en la fila del confesonario.

—Ave María Purísima. —le dijo el aburrido sacerdote, cansado de los pecados infantiles, apenas salvas del mal.

—No me he confesado nunca. —advirtió Eduardo, noblemente. Que aquel cura no esperara encontrarse con pecados tipificados y en orden de revista.

—Dí «sin pecado concebida». —ordenó el confesor, súbitamente animado,— ¿Así que no te has confesado jamás?

—No, señor. ¿Qué hay que hacer?

—Prueba a soltar los pecados, a ver qué pasa. ¿Sabes lo que es el pecado?

—A veces. —resumió Eduardo, sin comprometerse demasiado.— Por ejemplo, ayer maté una lagartija. ¿Sirve?

No servía. El «No matarás» hacía referencia a sus semejantes. Lagartijas, mariposas y escarabajos, no contaban.

—Le he pegado una pedrada a un amigo. —siguió E. Libre, profundizando un poco más en el mal.— Le abrí la cabeza.

—Eso está mal. —decidió el cura.

—¿Y es pecado?

Lo era. Había que amar al prójimo como a uno mismo, o sea, no hacerle las jugarretas que no te gustaría que te hicieran a ti.

—Pues bien de pedradas que me han dado y me parece que no se habrán confesado. ¿Alguno le ha dicho que me acertó?

Aquel era un callejón teológico sin salida por el momento y el sacerdote ordenó al niño que cambiara de tema.

—¿Has mentido? ¿Has desobedecido? ¿Has cometido pecados feos?

—¿Qué son «pecados feos»? —preguntó Eduardo, interesado por el aspecto estético de lo pecaminoso.

—¿Te tocas? —investigó el confesor, muy discreto.

—Continuamente, menos la nariz, que ya sé que está mal. Las manos, las rodillas, las orejas...

El clérigo decidió que no había nada que hacer por aquel lado: se las veía con un espíritu puro y ligeramente desenfadado. Levantaba ya la mano para suministrarle una absolución cinco estrellas cuando Eduardo reunió todo su valor e hizo la única pregunta que le interesaba:

—¿Es pecado levantarles las faldas a las niñas?

—Sí; está mal.

—¿Y si son ellas las que se las levantan?

—También.

—¿Para ellas o para mí?

—Para los dos. ¿Cuántas veces lo has hecho?

—Todos los días. Por la tarde.

—¿Te pesa de todo corazón?

—Las faldas pesan poco.

—Ya lo sé. Lo que pregunto es si te arrepientes.

—¿Por qué? Es divertido.

—Ya me imagino que te parece divertido, pero está mal. A las chicas hay que dejarles las faldas quietas.

—¿Es un pecado feo? —preguntó Eduardo, decidido a clasificar científicamente sus faltas.

—Sí, lo es. Y lo puede ser más. Ellas, ¿qué hacen?

—Se ríen. Son un poco tontas.

El cura lo absolvió, no sin meterle tres padres nuestros, de rodillas ante el sagrario, y volverle a recomendar que dejara las faldas en manos de la ley de la gravedad. Eduardo, buen católico, después de cada encuentro con la tonta ceceante, rezó en lo sucesivo sus tres padres nuestros, dejándose el alma limpia como una patena. También se los hacía orar a ella que, con las bragas caídas, no acababa de entender el ramalazo místico.

—Loz Padrez Nueztroz ze rezan en la Iglezia. —decía de mala gana cada vez que se hincaba de hinojos. Pero aceptaba el trámite detergente y limpiaba su pecado apenas cometido. Así, si se moría por sorpresa como le había advertido E. Libre que solía suceder a los pecadores, iría al cielo sin perder el tiempo en engorrosos trámites.

Los días se encargaron de terminar con aquellos amores, tan pronto como Eduardo encontró otras niñas con ganas de cooperar e instruirse: una un poco bizca y con gafas gordas, lo que añadía misterio y sorpresa a su mirada, y a un niño le encanta ver sorpresa femenina cuando enseña sus cosas. Otra, muy delgada, con los huesos empujándole la piel, lo que prestaba a su pubis un nuevo encanto.

También el tiempo acabó enseñándole otras triquiñuelas y manejos que ejecutar con las chicas y Eduardo pudo, al fin, pecar a conciencia sacando de ello alguna satisfacción que no fuera estética.

Claro que, con la adolescencia, las cosas dejaron de ser tan fáciles y E. Libre tuvo que ingeniarse otras tácticas. Hasta entonces siempre había atacado de frente: «¿Quieres que te levante las faldas?» —preguntaba cuando se sentía enamorado, lo cual era siempre. Pocas decían que no a la primera. Pero, si era así, insistía una y otra vez, con un porcentaje de éxitos escalofriante para un adulto.

A las adolescentes, con todo el equipo recién transformado, no parecía aconsejable ofrecerles un levantamiento de faldas en frío. La aparición del vello público las llevaba a exigir de los hombres el paripé reglamentario, o sea, primero asiduidad, segundo, miradas de reojo, a ser posible lánguidas; tercero, hablar de los misterios del amor, decir simplezas sobre estrellas y flores y, en los casos de putrefacción avanzada, leer poemas con las cabezas muy juntas.

Pérdidas de tiempo que un hombre, en su sano juicio, rechazaría de inmediato, recurriendo a evoluciones más expeditivas. Y lo haría si la mujer, con mano firme, no marcara las reglas del juego.

Las marcaban incluso después de los primeros besos. Por ejemplo, las adolescentes de las que Eduardo se enamoraba, dejaban expedito el camino hacia sus pechos al aceptar el besuqueo, pero mantenían un telón de acero de la cintura hacia el sur. Romperlo era tarea de muchos susurros, de muchos juramentos, de conversaciones escabrosas sobre el placer en relación al tacto y en torno a las fisiologías distintas que Dios se había complacido en otorgarles.

Sólo entonces se descubría la maldición de los «pantys», esas medias cerradas hasta el ombligo que hacen imposible cualquier encuentro directo con la piel. Y mejor no hablar de los pantalones vaqueros, que acabrán despoblando el planeta.

Eduardo, bien dotado por la madre Natura para la supervivencia, superó como un caballo los diferentes obstáculos y bien pronto fue capaz de burlar al nylon y a las cremalleras, a las prendas interiores ceñidas y al pudor femenino en los casos en que éste se manifestaba.

Seguía enamoradizo y, basándose en que no hay dieciséis años feos, corría que se las pelaba de flor en flor, sufriendo lo imprescindible hasta que sus manos se posaban en lo que él consideraba el blanco de sus desvelos. Que ese lugar estuviera enclavado en una simpática o en una triste, en una fea o en una guapa, no le inquietaba. «El amor —se decía en los pocos momentos de reflexión— es universal. Expandámoslo.» Y lo expandía.

Estaba, en un antepasado de los modernos «pubs» —lugares que ahorran en bombillas—, besando a Margarita. Proeza acrobática porque la nariz femenina, grande, puntiaguda y humillada hacia abajo, impedía cualquier acercamiento frontal. Si Eduardo se descuidaba en sus evoluciones, se encontraba con aquella nariz entre los dientes. Margarita, que conocía su defecto, lo compensaba volviendo más accesibles algunas de sus zonas más características; lo que a E. Libre le parecía de perlas.

Salía apenas de una de sus zambullidas en las profundidades femeniles, por así decir, cuando una voz de ultratumba sonó en su oído:

—¡Zopla! —dijo la voz— Tú erez Eduardo.

En el asiento de atrás, acompañada por un tipo de mirada huidiza y de dientes largos, un desesperado sin duda, estaba la tonta primigenia, la que solía rezar en su compañía los tres padres nuestros con las bragas todavía caídas.

—¡Oh! —dijo E. Libre, levantándose sus buenos diecisiete centímetros de la butaca. En su opinión, las tontas excesivas debieran ser retiradas de la circulación por sus propios padres, para evitar catástrofes.

—¿Ez tu novia de ahora? —preguntó la idiota, que todavía conservaba una mano de su acompañante por debajo de la falda.

La nariz larga de Margarita, tantas veces besada por error, ahora olfateaba sin regatearse movimientos y temblores. Mientras, los grandes dientes del moscón de la imbécil chocaban como podrían hacerlo los de un cocodrilo sorprendido.

Las leyes del universo, después de permitir que la muchacha cayera de cabeza y quedara medio descerebrada, sintieron un momento de compasión y la habían convertido en una rubia impresionante. Hueca, pero fuera de serie, lo que hacía que la móvil nariz de Margarita se agitara como en alas de la brisa.

—Yo fui zu novia hace añoz. —informó, sin pelos en la lengua.— ¿Te acuerdaz de loz padrez nuestroz que rezábamoz?

Eduardo, que en un primer momento se había desconcertado, recordó aquellas oraciones infantiles y todo lo demás, y sintió que su pasión amorosa cambiaba de bando, pasando del apéndice nasal de Margarita a los muslos, ahora contundentes, de su vieja «partenaire».

—¿Por qué no os sentáis con nosotros? —dijo.

El resto fue fácil. El tipo de los dientes largos, despechado, se emborrachó en breves instantes. Margarita decidió irse cuando la antigua novia le preguntó, con absoluta seriedad, si no se le mojaba la nariz en la cuchara cuando tomaba la sopa.

Y Eduardo Libre, a solas ya y enamorado hasta la raíz del pelo, lanzó sus manos pecadoras a correr aventuras.

—¿Cómo siguen estas cositas? —preguntó, localizándolas.

—En zu zitio. Ya vez.

Y lo vieron.

De donde la lectora debe deducir dos conceptos contrapuestos, verdaderos ambos:

—Que el amor del hombre es ciego, pero le entra por los ojos. A cualquier edad.

14. EL HOMBRE, ESE TIERNO SER

El piso de Eduardo Libre era un lugar muy transitado por mujeres de toda condición, ligeras y pesadas en cualquiera de sus sentidos; altas y diminutas, que sólo compartían el mismo error de apreciación: que E. Libre era un tipo con el que podía compartirse la vida además de la cama.

Las mujeres conocen a los hombres tan poco como éstos a ellas. El telón de espuma de afeitar es impenetrable pero, con el tiempo, el varón amoroso descubre los métodos necesarios para hacer que se sientan en la cima del mundo: el falso interés por su psicología, el piropo exagerado, cuatro tonterías sobre si se conocieron en una época anterior (llevando túnicas) y delicadas manifestaciones de ternura, como escuchar los extensos relatos que toda hembra enamorada hace sobre su vida interior y sobre el mal gusto de sus amigas.

—¿Qué sientes? —les decía Eduardo, después de una maniobra compleja.

Ellas, avergonzadas en parte, expandían su alma pensando, falsamente, que el rudo varón sentía un legítimo interés humano. Vaya, que las trataba como las personas que eran. Pero para el hombre normal, una mujer —que no sea ni su hija ni su madre— no es una persona sino una adivinanza que hay que resolver por trámite de urgencia.

La escucha porque eso le gusta a ella, no a él; la mima por los mismos motivos y sólo suspende todas esas atenciones o porque ha alcanzado sus objetivos cinegéticos o porque la interesada ha abusado de sus privilegios temporales y ha creído, de verdad, que es una reina y que puede hacer lo que quiera del varón.

Pero, mientras dura, la situación es deliciosa para la mujer que se engaña sobre la verdadera naturaleza del hombre; una naturaleza práctica, directa y poco duradera.

Lali, por ejemplo, al tercer tratamiento se creyó sentada en la cumbre del mundo: del vahído de la altura tuvo que tumbarse, mira por dónde, en la cama que tenía Eduardo Libre para mareos y francachelas. Y quedó satisfecha, aun cuando las últimas prendas fueron más arrancadas que retiradas. Allí, con la piel al aire y todavía con el vahído, se sentía como una reina dando órdenes:

—Dime que me quieres.

—Te quiero. —decía el hombre, dispuesto a no malograr nada por unas pocas palabras.

—Bésame aquí. —pedía, y el beso caía en la zona de blanco con una desviación máxima de dos milímetros.

—Ahí, no. —y era que no, porque Eduardo no reparaba en sacrificios. Subido a la cama, se convertía en una especie de botones obsequioso. Alguna vez, ya cumplidos los rituales, hasta sacaba de debajo del lecho un ramo de flores con los atentos saludos de la dirección.

Lo peor para Eduardo eran las ensoñaciones. Lali era de las que, consumado lo consumable, no hacía mención de permitir que el hombre se distrajera: lo mantenía sobre ella, atrapado, y entablaba con él una amigable conversación.

—Es lástima —decía, por ejemplo— que no podamos ver correr las nubes por el cielo.

—Es de noche, estamos bajo techado y, además, me mantienes de espaldas al cielo. —resumía él, agotando los últimos litros de cortesía.

—Las nubes son como el placer. —seguía Lali.— Van y vienen no se sabe cómo.

—Sí, se sabe: el viento las empuja. —decía el espíritu cartesiano de Eduardo, dominándose a duras penas. Tal espíritu, en aquellos laxos momentos, se obstinaba en pensar en patatas fritas antes que en nubes.

Pero Lali, todavía en la cima del mundo, no se daba cuenta del sutil cambio que se establece entre un hombre que quiere y un hombre que ha obtenido. Son psicologías distintas y, abiertas en canal, muestran paciencias diferentes.

—¡Qué poco romántico! —se quejó.— Las nubes son el algodón del cielo.

—Como una compresa. —murmuró él, todavía de bruces sobre la mujer y con la mente decididamente sumida en la contemplación de la patata frita porque, con unas cosas y otras, no habían cenado.

—Como corderitos triscando en un prado azul. —insistió Lali, temeraria.

Eduardo esta vez se dejó de comentarios sarcásticos y, quebrándose su ternura por en medio, fastidiado, además, por la incómoda postura, la mordió. En el hombro.

—Señor E. Libre —dijo la pobre idiota.—: es usted insaciable.

—Patatas fritas. —gruñó él, víctima de un lapsus. Se corrigió enseguida:— Quiero decir que te comería como a una patata frita... Por cierto: ¿y si te pones cualquiera de esas cosas transparentes que te he quitado y me haces unas cuantas?

—¿Es que estás incómodo así, tan cerca, tan cerquita de mí?

—Ya que lo mencionas, parece que el lumbago me vaya a dar un latigazo. El amor y la quinta lumbar tienen algunas incompatibilidades, ¿sabes?

Así solían transcurrir los ensueños post coito, pero Eduardo, todo un caballero, volvía a ser el de siempre tan pronto como se comía las patatas fritas y estiraba el espinazo, contemplando con renovados ímpetus la soberbia pista de aterrizaje que era Lali.

El error se cometió cuando una noche, al echarla a la calle como de costumbre, ella propuso pasar en el piso las madrugadas, o sea, vivir juntos a ver qué tal. Como no era tonta, reforzó el argumento hablando de una receta de huevos al plato que se sabía.

Al día siguiente llegó con unas maletas y empezó a poner orden bajo la mirada temerosa de Libre.

—¿Cómo podías vivir con tantas bolas de pelusa? —preguntaba, al pasar el aspirador.

—Dándoles patadas. Ya sabes: el ejercicio.

Ella reía, inocente, ignorando que el caos es el orden natural de un piso de soltero. El caos y cierta costra en las baldosas.

—¿Dónde tienes las pinzas para la ropa?

—No hay.

Una mujer normal no concibe que se pueda sobrevivir sin penzas para tender. Es un misterio obsesionante.

—¿Y cómo sujetas las camisas al tendedero?

—Con una grapadora pequeña, de las que apenas dejan agujero. Y no hay viento que se las lleve.

En fin: los naturales problemas de adaptación de la pareja y el viejo asunto de reducir a una cuarta parte la ropa viril del armario, para que quepa la femenina.

A cambio, Eduardo tenía a la mujer hasta en la sopa, siempre a punto para recibir un cachete trasero o un mordisquito en el cuello. Las mujeres que llevan poco en la casa de un hombre, todavía inseguras, se suelen someter con una sonrisa a esta clase de manipulaciones y consideran parte de su obligación infligir a los somieres esfuerzos para los que no fueron concebidos.

Aquella primera noche entera, tras el ensueño de reglamento, Eduardo se puso a leer «El Bardo Todol», o sea, el libro tibetano de los muertos, por la parte que explica lo que hay que gritar en los oídos de un cadáver reciente.

—¿Por qué no duermes, cariño? —le dijo ella, al cabo de unos minutos.

—Porque leo y no sé hacer las dos cosas a la vez.

—¡Qué gracioso!

Pero Eduardo no había pretendido hacer un chiste sino un sarcasmo.

Había llegado a la parte en que, el buen tibetano, se dedicaba a soplar por un canuto en las narices del difunto, cuando notó una mano en su pierna; donde empezaba su pierna, para ser exactos.

—Si no puedes dormir —propuso la mano— yo lo puedo arreglar.

Eduardo, que había cumplido como los buenos quince minutos antes, gruñó masculinamente y apagó la luz sin llegarse a enterar de qué razón científica llevaba a los tibetanos a soplar en las narices de sus allegados cuando pasaban a mejor vida.

—¿Duermes? —preguntó ella unos instantes después, acurrucándose contra él.

—Zzz. —dijo él, pero meditaba en el hado. Siempre que se llevaba trabajo a casa las cosas terminaban mal.

A la tercera respuesta de esta índole, dejó de molestar, temporalmente al menos, porque Eduardo se despertó con sensación de frío y, tras poner los pies descalzos en la realidad, descubrió a Lali en pie, frente a la ventana abierta. Cualquier hindú comprendería, de una ojeada, que respiraba «prana» como una máquina de vapor.

—Loca de atar. —murmuró con ternura.— ¡Cierra eso, c***!

Pero Lali no demostró oír el sabio consejo: absorbía prana y contemplaba el firmamento, ajena a cualquier imprecación.

Eduardo, tras una inspección detallada, dio con la razón de la desconexión temporal de la mujer: era sonámbula. Sonámbula ecologista, probablemente.

Como no creía en toda la literatura vertida sobre el sonambulismo, que aconseja no despertar a la víctima por no causarle daños peores, E. Libre lo intentó: primero, un zarandeo; después, un pellizco en zona carnosa. Iba a aplicar un tratamiento de sopapos cuando se le ocurrió darle una orden directa al oído:

—Vuelve a la cama.

Lali lo hizo sin vacilaciones.

—Échate.

—Duerme.

Pero él ya no pudo conciliar el sueño, meditando en cuanto acababa de suceder. De hecho, se trazó un plan y aguardó hasta la noche siguiente. Poco después de empezar a roncar, la chica se puso en pie y fue a respirar su ración de prana junto a la ventana abierta.

Eduardo, con voz profunda, aprovechó la oportunidad:

—Vete al cajón de la ropa sucia, métela en la bañera y lávala con todo cuidado. Luego, la tiendes.

Un éxito. Además, trabajando sin distracciones, Lali alcanzaba productividades que hubieran soliviantado a un sindicalista de raza. Por eso, media hora después pudo encargarle que barriera y fregara toda la casa.

—Al terminar —añadió— te metes en la cama. Sin despertarme.

—No sé cómo te las apañas. —decía ella durante el día, cuando estaba en un estado que se aproximaba al consciente.— No te veo nunca trabajar, pero tienes la casa como los chorros del oro. Además, dejamos los platos sucios por la noche y por la mañana están limpios.

—Madrugo. —respondía él, cuidando de no dar pistas.

No se crea, sin embargo, que E. Libre fuera un vil explotador del trabajo femenino. De lunes a sábado Lali, en estado de trance, hacía todas las tareas caseras e incluso preparaba las comidas del día siguiente. Pero el domingo el hombre, tierno y compasivo, le daba libre. Y, para evitar que abriera las ventanas, le ataba los pies a las patas de la cama, procurándole así dulces sueños.

15. EL CARÁCTER MASCULINO

En los colegios, en los lavabos, en los hospitales y en las academias —incluidas las de corte y confección—, las mujeres se pasan unas a otras los frutos de su experiencia. «Todos los hombres —se comunican— son iguales.»

De nada sirve que hayan estudiado las tipologías de Kretschmer, de Freud o de Lesenne, donde parece demostrarse la existencia de hasta doce caracteres diferenciadísimos. La mujer, además de no creérselo, sigue pensando que todos son iguales y, encima, que «siempre piensan en lo mismo.»

Y es cierto que TODOS los hombres están construidos con los mismos patrones y que todos piensan en la mujer cuanto pueden. Por eso no hay que andarse con sutilezas psicológicas, aunque sean de Freud, y buscar alguna forma de clasificación que permita a la hembra distinguir a unos de otros y saber qué terreno pisa en cada momento.

PRIMERA NORMA

El hombre NUNCA se muestra ante la mujer tal como es, aunque lo despellejen. Espera a más tarde, cuando ya no hay remedio. Pero no como la mujer, o sea, por motivos distintos, ya que su afán de agradar no es tan absoluto como su intención de llevarse a la hembra al huerto.

SEGUNDA NORMA

No olvidar JAMÁS que el hombre es un animal territorial y que, guste o no, tiende a considerar «territorio» a la mujer. Quiere esto decir que está dispuesto a pelear por ella: con otros hombres, con padres, con hermanos, con el lucero del alba... El hombre ama con la garrota preparada.

TERCERA NORMA

Es un bicho mucho más fácil de excitar que la mujer y poco amigo de hacer remilgos a lo que se le pone por delante. «Una dejada es una perdida» es su lema.

CUARTA NORMA

El alcohol causa en él impotencia. Si le le quiere usar, ojo con lo que se le echa al gaznate.

QUINTA NORMA

En el amor, la mayor parte de los hombres calculan menos que la mayor parte de las mujeres. Esto quiere decir que sus proyectos —si los hay— no van más allá del apareamiento. Por eso acaban casándose.

SEXTA NORMA

El hombre puede enamorarse de cualquier mujer, incluso de las que hayan sufrido una horrible venganza de la naturaleza, sobre todo en el caso de los hombres débiles o tímidos. Que el amor sea más o menos duradero dependerá de la cantidad de esperanzas que ella le haga concebir.

SÉPTIMA NORMA

Si se quiere conservar su amor, al hombre inexperto hay que darle pronto casi todo y al experto casi nada. Así están las cosas.

OCTAVA NORMA

El hombre, al principio, NUNCA quiere a una mujer: se limita a desearla. Luego, con el tiempo, le va cogiendo cariño.

NOVENA NORMA

El hombre —en mayor o en menor medida— siempre está frustrado sexualmente. Y no es conveniente que deje de estarlo, porque cogería demasiada confianza en sí mismo.

DÉCIMA NORMA

Un hombre normal siempre teme a la mujer, hasta que se ha acostado con ella.

Y todo esto se resume en una

UNDÉCIMA NORMA

Si quieres perderlo, tómatelo a broma.

SEGUNDA PARTE

E. LIBRE HUNDIDO EN LA JUVENTUD.

(Contada por él mismo)

O «Dónde hacerlo (con grave riesgo)»

1. BAJO LA LUNA LLENA

Si Neruda —que todavía estaba vivo— hubiera echado un vistazo a la noche, se hubiera apresurado a declarar que «estaba estrellada y tiritaban, azules, los astros a lo lejos». Deformación profesional porque, al ser luna llena, el cielo estaba azul, sin astros frioleros, y porque era del todo impensable ponerse a tiritar en Agosto, a las orillas tibias del Mediterráneo.

Más en su papel, una grilla hacía sonar sus élitros convocando a los muchachos del contorno, mientras el dueño del chiringuito más próximo echaba las persianas cantando, con voz de tenorino, salutíferos consejos que la tele de entonces había puesto de moda:

«Vamos a la cama,

que hay que descansar,

para que mañana

podamos madrugar.»

Claros versos que se añadían a la poesía del ambiente: la luna en el mar rielaba; en la lona de una sombrilla abandonada gemía el viento y, entre las escasas sombras del plenilunio, se deslizaban dos figuras furtivas, en blando movimiento: una de ellas, la de la izquierda, era la mía.

Nena y yo, con permiso de las respectivas pandillas de padres, habíamos sucumbido a una vieja tradición mediterránea que consiste en bañarse bajo la luna llena. Un ejercicio interesante porque, a cada brazada, el mar se enciende en torno a uno. El agua que corre entre los dedos fosforece debido al plancton y, cuando uno hace «oh» para admirarse, traga abundantes porciones de océano.

Nena y yo habíamos terminado sexto de uno de aquellos planes de bachillerato que usaban reválida para que el desánimo cundiera entre las filas estudiantiles. Durante el invierno habíamos invertido las horas libres en exploraciones, documentándonos para la vida, y en Agosto compartíamos aquella playa en la que habíamos completado nuestros estudios extraoficiales a plena satisfacción. O casi.

Eran tiempos que, quince años después, resultaron de represión sexual debido a oscuras necesidades políticas y a que el gobierno no repartía condones. Pero ni Nena ni yo éramos todavía conscientes del fenómeno y disfrutábamos de una libertad sólo obstaculizada por el enorme número de parejas que se hacían con los lugares más propicios y, también, por los sistemas de cierre que se empeñaban en usar los fabricantes de ropa interior, gremio puritano.

El caso era que habíamos obtenido la bendición paterna para bañarnos en plenilunio, a las doce de la noche, y nos dirigíamos a cumplir con la vieja tradición, algo embarazados por caminar sobre la blanda arena y por los continuos besos con que nos dábamos ánimos.

Elegido el sitio, nos quitamos las ropas que cubrían mi bañador y su bikini. Ella las mías y yo las suyas, tal era nuestra devoción por los ritos.

—¿Has nadado desnudo alguna vez? —me preguntó Nena.

Quizá fuera por la represión de entonces, pero yo no me sentía nada tranquilo en el mar con todo suelto, a disposición de los dientes de algún salmonete, de los tentáculos de un pulpo o de la colisión con alguna medusa. No pocos hombres son tan conservadores como yo cuando se trata de preservar la integridad de órganos útiles.

—¿No me digas que tienes miedo? —insistió Nena, haciendo una rápida exploración de la zona por la que me preocupaba.

Fue, sin duda, una forma de infundirme coraje, porque permití que me dejara desnudo, como una lombriz sobre la arena. Ella se quedó del mismo modo pero, evidentemente, no parecía una lombriz, a pesar de la pálida luz de la luna.

—¡Cielos! —recuerdo que dije entonces, echando de menos una linterna.

—Si ya lo has visto todo. —trató de tranquilizarme.

—Sí, pero no a la vez. De golpe, créeme que hace más impacto.

Penetramos en el mar tibio que, a una señal, comenzó a fosforescer causándonos alguna inquietud porque, a fin de cuentas, el plancton son bichos y, si se miran al microscopio, no hay ninguno que carezca de un notable número de pinzas y de pinchos que siempre pueden ser usados contra zonas íntimas.

Pero ni estos miedos ni el frescor relativo del agua de Agosto sirvieron para apagar el puñado de instintos puntiagudos que se nos habían despertado y que, como todos los instintos, no hacían más que pinchar en la conciencia.

Tan pronto como estuvimos con el agua al cuello comenzamos a jugar. Con cierta inocencia al principio, empujándonos y trepando el uno por el otro. Pero la inocencia, superada por las circunstancias, bien pronto se vio obligada a batirse en retirada, dejando el campo libre a las malas intenciones, o sea, a las buenas.

—¿De quién es esta cosita tan suave? —decía yo, por ejemplo.

—Tuya. —respondía Nena, complaciente bajo la luna llena.— ¿Y de quién es este... hum?

—Tuyo. —ofrecía yo, lleno de desprendimiento.

Estábamos, sin duda, muy mezclados, y de ahí que fueran imprescindibles aquellos reconocimientos profesionales para averiguar qué partes eran de una o de otro. Quizá pueda parecer un trabajo fastidioso, pero no a la luz de la luna y remojándose en el Mediterráneo.

Se conoce que, en un momento dado, la confusión a la que me refiero debió aumentar, porque noté un breve estremecimiento en el cuerpo de Nena, seguido de una interjección. Algo como «Ay, mi madre».

—¿Te pasa algo? —pregunté, solícito.

—Ya. —respondió.

—Ya, ¿qué?

—Que ya «soy mujer». ¿Es que tú no notas nada?

Como un calor. Al principio lo había achacado a la presión propia de las circunstancias, pero si Nena insistía en que se debía a una maniobra anatómica más compleja, ni tenía por qué dudar de la chica ni por qué estarme quieto.

—La sangre —comenté mientras me ponía en marcha— atrae a los tiburones.

Éramos dos novatos, pero compensábamos las muchas ignorancias con una total entrega a los manejos propios del caso. Manejos agradables pero obstaculizados por la ausencia de gravedad y de equilibrio. Yo mantenía mis grandes pies clavados en la arena, pero ella, en busca de una posición más relajada, había levantado las piernas y las agitaba en torno a mí, haciendo comentarios como «cielito» o «mi vida», que no es lo que mejor se puede decir a un hombre que está perdiendo la vertical mientras nota como miles de metros cúbicos mediterráneos se acercan al sumidero de su boca.

En esas estábamos, silenciosos pero activos, cuando unas voces flotaron por encima de las aguas.:

—Chicos: ¿estáis ahí?

Nuestros padres, tras cenar juntos, se paseaban inocentemente por la playa y nos buscaban con una maldita linterna.

—Hola. —respondió Nena.

—Loca. —dije yo, tratando inútilmente de separarnos.

—¿Está caliente? —preguntó mi padre.

—Mucho. —suspiré, sometido a presiones de orden físico e intelectual.— Calentísima.

—Guarro. —musitó Nena a mi oído, sin abandonar por ello sus múltiples actividades.

Mientras yo sentía flaquear mi ánimo, al ser descubierto por la familia en pleno apareamiento, a ella la situación le excitaba, como me confesó después. De mi mente trastornada se elevaba una silenciosa acción de gracias por ser de noche: nadie, en su sano juicio, hubiera confundido, de día, nuestros alegres chapoteos con el vaivén propio de las olas.

—Ganas dan... —dijo una voz lejana, que pertenecía a la madre de mi activísima novia.

Mientras se me erizaba el poco vello que no estaba ya de punta, vi horrorizado como Nena hacía señales con un brazo mientras gritaba:

—¡Decidíos y meteos! ¡Nunca me he bañado más a gusto!

Lo que, probablemente, fuera verdad, además de una temeridad. Aquella mujer recién inaugurada invitaba a su parentela a la ceremonia de la desfloración, con una inconsciencia que, en combinación con la actividad reinante en mis aguas territoriales, me quitaba el aliento.

—No llevamos bañadores. —dijo, riendo, el padre de aquella criaturita que, mientras, se había lanzado a un decidido galope largo y metía la boca en el mar para ahogar sus profundas manifestaciones de júbilo.

—¡Es igual! —invitó la muchacha, para exclamar inmediatamente:— ¡Ahhh!

—¿Qué te pasa? —preguntó la madre.

—He pisado una piedra. —apretándose a mí más de lo que cualquier físico consideraría posible.

—¡Ah! —dije yo, en un tono más sordo y, como el evento sucedía entre alegres explicaciones, añadí:— Ahora la he pisado yo.

Las familias, después de aconsejarnos que nos corriéramos de sitio, largaron trapo y partieron con viento fresco, dejándonos en medio del mar desnudos como gusanos, pero definitivamente satisfechos.

Fue entonces cuando Nena me explicó lo excitante que había sido cometer todos aquellos versos malditos ante las narices de nuestros padres. Incluso deseaba que volvieran a pasar para repetir la experiencia, porque la sensación de peligro, al unirse con otras sensaciones más enervantes si cabe, la había llevado a un lugar que, a primera vista, podía tomarse por el séptimo cielo.

—¿Y si pusieras los pies en la arena? —dije, regresándola al mundo sensible.— Creo que me he dislocado una cadera.

—Pobrecito. —murmuró ella, separándose y buceando para estudiar los desperfectos. Salió con una sonrisa en los labios y unas palabras en la boca:— ¡En qué poca cosa te has quedado!

EL PRÓLOGO PROMETIDO

Con el ejemplo anterior se explica la filosofía básica y empírica de DONDE HACERLO. La literatura universal ha malgastado miles de toneladas de tinta explicando el CÓMO: técnicas de aproximación, arte del toqueteo, posiciones difíciles que no recomendaría un traumatólogo y hasta las palabras que se deben murmurar en el momento oportuno.

Pero, salvo excepciones, muy pocos se han molestado en estudiar el viejo problema del DÓNDE, lo que ha llevado a desfloraciones tristes en el automóvil, al rechinar del somier del cuarto de la chacha y, en casos poco refinados, a los sofás y a las alfombras.

De hecho, hay toda una corriente de opinión que equipara «ir a la cama» con mantener un alegre contacto íntimo. Acostarse con alguien, en estos tiempos poco imaginativos, es sinónimo de copular con ese mismo alguien.

Vive Dios que la cama puede ser un hermoso campo de batalla en ocasiones, pero también acaba siendo, siempre, la explanada del aburrimiento, el patio de la costumbre y la tumba de la ilusión, que perece a manos del hábito.

La mejor forma de mantener viva una pasión no es, como opinan los lectores de libros verdonchos, variar el modo sino el lugar, dando suelta a la imaginación y al afán de aventuras.

Aquellos que practican las alegrías a bordo de un coche, de una cama, de un sofá o de una alfombra, pierden el contacto con la naturaleza y hasta llegan a creer que es NORMAL este viejo asunto del apareamiento cuando, en realidad, es una especie de prodigio que hace que hombres y mujeres se soporten y hasta se necesiten, cosa nada fácil de conseguir entre seres humanos que practiquen actividades distintas a esta.

Y crea el lector que la humanidad, pródiga en posturas amatorias, lo ha sido más en la elección de los lugares. Casi no hay un palmo de planeta en el que un hombre y una mujer no se hayan refocilado, por así decir; casi no hay ninguna circunstancia en que no se las hayan ingeniado para insertar la pieza A en la B y experimentar.

Este libro es el resumen de algunos de mis más gratos hallazgos a lo largo de estas investigaciones y, a la vez, un ejemplo de que la circunstancias, como decía Ortega, pesan al menos tanto como la substancia del hecho.

2. EN LOS LAVABOS

Los lavabos, por la fuerza del hado, están destinados a ser un lugar donde la gente se despoja de alguna ropa y, a la vez, un ágora extraordinariamente concurrida en que se comenta, se discute y hasta se presume. Los femeninos, aunque esto sólo algunos hombres lo han visto, guardan, además, terribles secretos.

Nena y yo, tras un verano invertido en saludables profundizaciones, comenzamos el COU con muy malas costumbres. Las fuerzas combinadas de la edad y de la sangre achampañada habían hecho que nos prodigáramos efusiones, por así decir, por lo menos tres veces al día.

Los retornos a la ciudad y al rígido horario del estudiante nos habían creado un síndrome de abstinencia que no conseguíamos evitar con el uso masivo de las escaleras de la casa de Nena. Son sugerentes, sí, pero sólo son verdaderas escaleras eróticas por la noche, o sea, una vez al día.

En aquella época sólo tenía dos prevenciones contra los lavabos femeninos: su endémico olor a desinfectante y lo vergonzoso que me parecía escuchar las conversaciones que allí desarrollaban las hembras, sintiéndose amparadas por lo excusado del lugar. Que en mi imaginación se parecieran algo a Babilonia es asunto de segunda importancia.

Porque, como habrá imaginado el lector despierto, empecé a introducirme en ellos con el nuevo curso y, por supuesto, con Nena, a causa de ese detalle de que las escaleras sólo eran practicables una vez al día.

Para conseguir mis turbios objetivos tuve que valerme de una artimaña deshonesta que ejercía contra mi catedrático de literatura, hombre sordo pero sabio: provisto de un zumbador igual que el que señalaba el fin de la hora lectiva, lo hacía sonar seis o siete minutos antes, dando muestras de gran júbilo.

En el tumulto subsiguiente me escabullía por los pasillos como un conejo, tratando de apartar de mi mente los versos de Espronceda o, lo que es peor, de Bécquer y sus condenadas harpas, para llegar con la mente despejada a mi destino.

Como el resto del alumnado aún se mantenía enclaustrado en sus aulas, me era fácil eludir al bedel e introducirme en el lavabo de señoras o señoritas, encerrándome en el primer cubículo del fondo, con los pies sobre la taza para no ser detectado por las miradas a ras de suelo que, por lo visto, las mujeres lanzan periódicamente.

Dos o tres minutos después, dependiendo de su forma física, llegaba Nena. Tras aflojarnos algunas ataduras terrenales, no yacíamos juntos, pero nos sentábamos y procedíamos a una gimnástica actividad que, gracias a nuestra buena disposición, concluía apenas un minuto después de sonar el timbre que nos llamaba a clase.

Entonces nos besábamos, para dar tiempo a que las pandillas de rezagadas abandonaran los recoletos lugares, y huíamos de aquel lugar de pecado y chismorreo. Ella, más relajada y yo, deprimido, pues, aunque absorto en las actividades extraescolares, no lo estaba tanto que no oyera y comprendiera las escabrosas conversaciones a las que se entregaban, en los retretes, las castas muchachas.

Esto se llevaba a cabo tres veces por semana, con la misma regularidad con que caía sobre nosotros el buen profesor de literatura, un hombre a cuya contemplación me invadían los pensamientos más optimistas.

Todo fue bien hasta que una mañana, a las diez menos seis, me encerré en el cubículo amoroso que, por cierto, ya se tambaleaba a causa de soportar tanto peso en movimiento.

Desde mi apartado retiro oí como se abría la puerta y, mientras me disponía a reconocer los pasos ligeros de mi amada Nena, fui sorprendido por la voz madura de la profesora de historia:

—¿Tan difícil —decía— os resulta recordar las condiciones de los tratados de Utrech y de Rastatt?

—¡Es que no es fácil! ¡Tanta Inglaterra, tanta Inglaterra! —respondió Nena

Conociéndola, me eché a temblar aún antes de que entrara en nuestro reservado. Aquella loca y guapa mozuela se pirraba por mantener conversaciones en los momentos en que el sentido común aconseja silencio y atender a la faena.

No fue de otro modo. Apenas puestos en posición con absoluta eficiencia y discreción, a Nena se le ocurrió aprovechar el tiempo y culturizarse.

—Señorita... —dijo, agitándose con arreglo a las circunstancias— ¿qué guerra civil fue más importante, la de Mario y Sila, la de César y Pompeyo o la de Marco Antonio y Octavio?

La señorita, que estaba en el cubículo de al lado haciendo cosas de su exclusiva competencia, reflexionó sobre la pregunta y produjo una serie de sonidos líquidos. Probablemente no con la laringe.

—La más trascendental y amplia fue la de Marco Antonio y Octavio. Gracias a ella aparece el Imperio Romano.

Sometido a aquella tensión y obligado a respirar por lo bajo, maldito lo que me interesaban a mi Marco Antonio y Octavio. Nena, en cambio, disfrutaba ardorosamente de aquellos minutos de conversación.

—¿Cree —siguió, sin perder ni el hilo ni el ritmo— que Octavio hubiera perdonado a Cleopatra?

—No. Cleopatra era muy lista y, si hubiera existido la menor posibilidad, no se hubiera suicidado. Octavio pretendía llevarla a Roma, cubierta de cadenas, en el séquito de su triunfo. Luego, muy probablemente, la hubiera ejecutado.

—Ooooh. —hizo Nena, que había llegado a un punto muy especial de sus reflexiones.

—¿Cruel, no? —respondió la señorita, interpretando mal la exclamación que salía del alma de Nena.— Por eso Cleopatra prefirió la muerte al deshonor.

—Oooh. —volvió a decir mi compañera de fatigas, mientras yo mordía el cuello de su camisa para ahogar cualquier muestra de alegría post mortem.

—Una mujer valiente. —concluyó la profesora, abriendo la puerta de su guarida a la vez que sonaba el timbre que nos llamaba a todos a clase.— ¿Terminas ya?

—Siiií. —suspiró Nena, terminando, en efecto, después de haber disfrutado, por igual, de la conversación y de mis modestos esfuerzos. Me dio un beso rápido, mientras se ajustaba lo desajustado, tiró de la cadena y me dejó meditando, subido a la taza como un pavo en su percha.

Las oí alejarse charlando con amenidad de las condiciones de líder de Marco Antonio que, sin embargo, nunca rayó en estrategia a la altura de César, su maestro.

—Pero era mejor que Octavio.

—Oh, sí. —respondió la profesora— Y más guapo.

 

Las tazas de lavabo, cuando todo ha concluido, son un sitio tan bueno para pensar como otro cualquiera. Así lo hice yo mientras daba tiempo a que se desalojaran los pasillos. Sobre la osadía que manifestaba aquel primer amor mío y sobre el hecho de que, en todas nuestras intensas relaciones, jamás habíamos adoptado una posición presuntamente normal ni habíamos consumado nada en un lugar civilizado y cómodo.

Yo mismo apreciaba —a posteriori— la atracción del peligro, pero jamás hubiera intentado sostener una conversación con algún profesor, seguramente por miedo a dejarme llevar por mis poderosos impulsos intelectuales, descuidando lo que el buen Boccaccio llamó «arar y cultivar el jardín» de Nena que, todo hay que decirlo, se estaba convirtiendo en un esplendoroso vergel gracias a mis desvelos.

Prevengo, no obstante, contra la mucha meditación en los lavabos, pues en otra ocasión el ruido de mis pensamientos no permitió apercibirme a tiempo de que todavía quedaba una persona cuando me decidí a abrir la puerta.

Nena había estado conversando, pared por medio, con una amiga. Discutieron fríamente sobre mis virtudes, del todo ocultas para la contertulia, y sobre la forma de mis orejas, que tampoco contaban con su aprobación. Pero lo que de verdad molestaba a la muchacha era mi tendencia a saberme las lecciones de literatura, hecho que, en su modesta opinión, demostraba que tenía la cabeza a pájaros.

Pues esta especie de dragón fue lo que hallé al abrir la puerta del retrete. Muy calladita, se retocaba el rimmel ante el espejo mientras abría la boca para concentrarse. Tengo la satisfacción de poder afirmar que, víctima de la sorpresa, se hizo una raya negra del ojo al labio.

Yo también me sentí, por un momento, en el vacío, pero es allí donde mejor trabaja mi adaptable cabeza y, siguiendo a Alejandro Magno y a Aníbal, decidí que la mejor defensa era un ataque:

—No me lo podía creer. —dije— ¿No te da vergüenza perder el tiempo vigilándome las orejas?

Contuve la risa al contemplar la raya de rimmel en todo su esplendor, resaltando claramente contra su piel roja de rubor.

—Cuando Nena me dijo lo que pensabas de ellas, no quise ni escucharla, pero, por fin, me convenció para escondernos aquí y tirarte de la lengua.

Mientras salía de los lavabos, ofendido y altivo, me dije que había dado con la mejor de las excusas. Nena, claro está, perdió una amiga, y la amiga en cuestión adquirió el vicio de agacharse junto a las puertas reservadas y espiar el interior, lo que le valió una muy mala fama.

3. EN EL ESCENARIO

Hubo un tiempo en que Santo Tomás de Aquino, Alias el Buey Mudo, no caía en Febrero sino el siete de Marzo. Con envidiable anticipación, el claustro estudiaba el programa de actos a base de misa, exhibiciones deportivas, comilona y, como fin de fiesta, un espectáculo teatral en el que solían berrear los de primero, bailar los grupos de Sección Femenina y, en general, enfangarse cada cual en su arte, como el profesor de Filosofía, firmemente decidido a recitarnos la Marcha Triunfal, de Rubén Darío.

—¿No comprende que puede ser demasiado duro? —le pregunté yo en una de esas reuniones preparatorias.

—Eso. —añadió Nena, que ejercía de acólito.— No podemos garantizar que no entren tomates. Dicen que los de sexto están resentidos porque les metió en el examen el «epiquerema».

—¿Creéis? —preguntó el filósofo, súbitamente interesado por aquella nueva visión hortícola de las perspectivas.— La Marcha Triunfal es MUY bonita... «Ya suenan los claros clarines...» Un pie yámbico.

—Pero si le acertara un tomatazo me temo que sufriría la brillantez de la marcha, por no decir nada de su dignidad personal.

—Eso. —reforzó Nena.— No quiera ser más que Aristóteles que, cuando vio la que se preparaba, huyó de Atenas para que «no se pecara por segunda vez contra la Filosofía». Y Aristóteles era un tío vivo.

—Pero, entonces...¿qué puedo hacer para el festival de Santo Tomás?

Iba a proponerle que cantara, en un solo, el Gaudeamus, lo que aseguraría una lluvia e huevos sobre el profe, cuando Nena me tomó la delantera:

—Un bonito juego de manos. Le hacemos un turbante o un sombrero de copa de cartón, y se convierte usted en el amo de la fiesta con un truco de prestidigitación.

—¿Yo? —se extrañó aquel pozo de ciencia que ni siquiera solía acertar poniendo el capuchón al bolígrafo.

Hecho como estaba a leer la divertida mente de Nena, lancé sobre sus ojos —acero y bruma— una mirada intermitente y aquilatadora. La muchacha nunca proponía algo que no hubiera estudiado en sus detalles mínimos. Estaba engatusando al filósofo con su cara de niña buena y eso, sin duda, implicaba un peligro cierto para mí.

—¿Tú crees que un filósofo con turbante no será ofensivo para la dignidad de la Madre de las Ciencias? —dije, empezando una defensa siciliana.

—Pero no con un sombrero de copa de cartón. —respondió, dándome mate en una, porque yo no podía explicar las dificultades que aquella cabeza ofrecía para la construcción de un sombrero sin ofender gravemente al profesor y cavarme un hermoso suspenso donde reposar en verano.

—Puedo sacar un conejo de él. —propuso, ilusionado, el interesado.

—¿Y si le araña la calva? —preguntó Nena, cuyos proyectos iban en otra dirección.— Y, además, lo bonito sería que actuara usted con algunos alumnos. Daría sensación de equipo.

Se mostró de acuerdo: por aquella época el «equipo» empezaba a ser de buen tono entre la pandilla del claustro.

—Pedro y yo —siguió la muchacha— podemos hacer de ayudantes. Ya veo algo grande, algo que sorprenda al director y haga que al jefe de estudios se le caiga el bozal.

—¿Sí? —titubeó el filósofo, buscando algo que fuera grande y sorprendente pero no muy difícil y que, sobre todo, sumiera en la miseria al jefe de estudios, que iba a participar tocando, con su ocarina de barro, el «Ay, Felipe de mi alma».

—Lo más espectacular será, sin duda, una desaparición.

—¿Eh?

—Hacemos una caja, la abrimos para que todos vean que está vacía, metemos al director y lo volatilizamos.

Había un alto margen de probabilidades de que el director, hombre prevenido después de años de enseñar historia, no se dejara enviar a las brumas del limbo. Ya en otro Santo Tomás se había negado a ponerse un sombrerito de papel y a tocar la trompetilla para darnos su discurso sobre los manteles del banquete. Un burgués conservador.

—Entonces, —siguió Nena, fingiendo dar con la solución— algo más difícil: entro yo, con la falda bien corta para que se vea que soy una chica; usted cierra la caja, echa un par de pases mágicos y sale Eduardo

—¿Con faldas? —pregunté.

—¿Por qué no? Los escoceses las llevan.

Convinimos en dejar al margen a los escoceses, cuyos problemas sexuales podían ser distintos y distantes. Circunscribimos la situación a la caja, al filósofo, a Nena y a mí y, vista sin intromisiones célticas, concluimos que con un viejo cajón de embalar, un bote de pintura y sin faldas, podríamos hacer un buen escamoteo ante los ojos de nuestro público: entraría Nena, nos cambiaríamos de sitio y saldría yo, con pantalones largos, demostrando que las ciegas fuerzas de la Filosofía transmutaban la materia, la forma, los accidentes y los predicamentos.

El profesor estudiaba el complejo asunto del sombrero de copa de cartón y temía que los soliviantados alumnos de sexto se lo derribaran de un tomatazo. Desde su óptica, una boina le parecía menos provocativa.

—Créame —le aconsejó Nena, que conocía a nuestro público potencial.—: la boina sí se interpretaría como una provocación. Mejor el sombrero de copa, una bufanda blanca y una garrota con una estrellita de Navidad en la punta.

—La garrota mágica. —secundé yo.— Así todos sabrán a lo que se exponen si meten mano a los tomates.

Los débiles planes se fueron consolidando y el día del ensayo el filósofo rayó a gran altura: puesto junto a las candilejas arengaba al público inexistente haciéndole ver que, como en el Mito de la Caverna, de Platón, observábamos sombras de la realidad. Una de ellas podía ser, por ejemplo, aquella caja negra que entraban en el escenario los dos etíopes con turbante y la cara pintada con corcho quemado.

Tales elementos, llamados Fernando y Carlos, depositaban el gran cajón pintado y abrían su puerta para que se apreciara que estaba vacío. En el fondo, invisible, una cortina del mismo color dejaba un estrecho rincón donde yo aguardaba escondido.

Terminada la maniobra de transporte, el profesor se dirigía al público y pedía voluntarios. No garantizaba los resultados, pero, si había alguien entre el respetable interesado por echar una miradita al limbo, no tenía más que levantarse y trepar hasta él.

En aquel momento Nena se erguía y, entre sonrisas de incredulidad, permitía que la introdujeran en la caja. Al cerrarse la puerta, su cara asomaba por una ventanilla y permanecía visible durante la mayor parte de la operación.

Los etíopes, Fernando y Carlos, de mala gana, bailaban una especie de jota navarra en torno a la caja, mientras el profesor, quitando y poniéndose el sombrero de cartón, hablaba amenamente del «To Apeiron» en Anaximandro, manifestando que «lo indeterminado» regía el mundo, de modo que lo que ahora parecía Nena podía ser, en realidad, otra cosa menos agradable de ver.

Los etíopes bajaban entonces una cortinilla sobre la cara de Nena y, tras exclamar el profesor «¡Gnozi Seautón!» con voz de trueno, abrían la puerta por la que yo salía brincando disfrazado, contra mi voluntad, de diablo con cuernos luminosos. Nena, escondida tras la cortina, había desaparecido como los ahorros de los inversores de Sofico y, entre aplausos, todos saludábamos al público mientras caía el telón.

Tras estas prácticas singulares, nos relajamos y permitimos que amaneciera Santo Tomás en siete de Marzo. Acudimos a la misa, donde cantamos el Gaudeamus durante la consagración. Haraganeamos en torno al campo de deportes mientras algunos locos peligrosos competían por ganar una medalla de latón, poniendo en grave peligro su salud; por fin bajamos en tumulto hacia la llamada «Comida de Hermandad», donde nos bombardeamos con los panecillos hasta que sacaron los entremeses.

Entre platos, circularon cigarrillos con petardo, uno de los cuales reventó en los mismos labios de jefe de estudios, que se levantó varios palmos del suelo sin ayuda aparente de sus músculos.

Con el helado, el champán, el café y la copa, al director se le despertaron las ansias pedagógicas y, tras hacer una breve semblanza del Sabio de Aquino, potente creador del Aristotélico—Tomismo y Doctor Angélico por añadidura, nos comunicó que tenía algo importante que transmitirnos, una especie de secreto que nos confortaría a lo largo de toda la vida:

—Silencio, silencio. —gritó el jefe de estudios, siempre dispuesto a malmeter.

La alegre y algo mareada concurrencia estudiantil calló y, en medio de aquel silencio académico cargado de humo, el director en pleno, absolutamente serio, nos comunicó:

—«El vino que vende Asunción ni es blanco ni es tinto ni tiene color.»

Y, mientras todavía rumiábamos el contenido de aquel mensaje, no poco estupefactos, el sumo jerarca, que estaba achispado hasta las agallas, acertó con un trozo de tarta en la napia del delegado de sexto curso que, rápido, repelió el ataque con su propio postre.

Los ánimos, como se ve, estaban caldeados cuando toda la tropa que no había perecido con el coñac se dirigió al teatro que el Instituto había alquilado para la solemne ocasión. El que más y el que menos trató de entrar de matute algún objeto arrojadizo.

Actuó en primer lugar la estudiantina del centro que, pese a estar impedida por las cintas y el tío de la pandereta, ejecutó definitivamente una canción que hacía referencia a la Aurora, empeñada en tender su manto a altas horas de la madrugada.

Luego, los niños de primero, sin duda a causa de un fallo en la organización, volvieron a entonar la misma canción de la Aurora, del manto y del firmamento que se vestía de azul para demostrar que ningún lucero brillaba tanto como los ojos de alguien, posiblemente hembra, cuyo nombre no se mencionaba.

Aquello causó cierta sensación entre el público, que fue preparando sus objetos arrojadizos. La crisis estalló cuando alguien desenchufó el órgano eléctrico del profesor que acompañaba a los de primero que, sin música, se desafinaron, permitiendo que cada una de sus blancas voces corriera en una dirección distinta.

—¡Bien! —dijo el profesor de Filosofía a mi lado.— Cuantas más cosas tiren ahora, menos les quedarán para tratar de acertar a mi sombrero.

Luego fue el jefe de estudios con su ocarina. Demasiado tarde había descubierto que su instrumento no podía ejecutar los bemoles del «Ay, Felipe de mi Alma» y, temerario como era, empezó con la Bella Aurora, sirviéndonos la tercera ración de la misma pieza. De hecho, pasado el primer estupor, sólo se escuchó el pataleo, por más que veíamos claramente cómo el osado profesor seguía ejecutando la pieza y esquivando, con ágil cintura, las cosas más voluminosas que le dirigía la concurrencia, director incluido.

Cuando fue nuestro turno, arrostramos los riesgos con relativa tranquilidad, pues considerábamos que el personal debía hallarse casi totalmente desarmado, salvo que el director conservara algún pedazo de la tarta primigenia.

Nuestro filósofo, con su chistera de cartón, se enfrentó a la turba y, antes de que reaccionara, les colocó aquello del Mito de la Caverna platónica y el riesgo que corríamos todos de ser unas simples sombras, salvo, naturalmente, los miembros del claustro.

Los etíopes, preocupados pero disciplinados, sacaron con una carretilla la caja donde me escondía yo. Con el portón abierto y a una cierta distancia aquello parecía verdaderamente vacío.

Bien demostrado este detalle, el profesor pidió voluntarios y, aunque Nena se levantó como por un resorte, otra chica gorda y con gafas, llamada Isabel, le ganó el terreno galopando por el pasillo. Despreciando la escalera lateral del escenario, trepó a él aplastando sin reparo todas sus abundantes protuberancias y se introdujo en la caja. Los etíopes, distraídos, la cerraron y yo, que no veía pero que sentía una presencia perfumada al otro lado de la cortina, alargué las manos en la dirección que me pareció más oportuna.

—¿Eh? —dijo la gorda, sorprendida agradablemente pues no era chica muy concurrida por los compañeros de curso.

—¡Oh! —dije yo, descubriendo fácilmente las diferencias.— Perdona.

Para entonces los etíopes habían abierto la puerta de nuevo y trataban de extraer a la voluntaria falsa, que se resistía, pues había encontrado buenas razones para permanecer dentro. Presto a colaborar, planté uno de mis grandes pies en su popa y la mandé trastabillando hasta el centro del escenario.

—Parece —dijo el filósofo, improvisando— que el cajón rechaza a la primera voluntaria. Su fluido no debe ser compatible con el «To Apeiron» de Anaximandro. Veamos si la segunda tiene más suerte.

Desde el palco de honor el director hizo grandes gestos de conformidad. En su modesta opinión no había To Apeiron capaz de tragarse a la gorda y seguir en pie.

Entre el profesor y los etíopes me pusieron a Nena en el lugar previsto, cosa que comprendí con sólo alargar la mano y notar una interesante y conocida topografía. Con todo, y tras el follón de la voluntaria falsa, era previsible que el filósofo aligerara la exhibición, dejándonos sin tiempo para ejecutar nuestros peligrosos ejercicios.

Éramos, por el momento, dos cuerpos pero un solo pensamiento, y,más porque, en trances como aquel, Nena tendía a pensar por los dos. Con la cara asomada al ventanuco, dejó que el mago de la chistera de cartón avanzara por su parlamento como yo por su trastienda. Cuando el profe manifestó que confiaba en que el To Apeiron cambiara la engañosa apariencia de Nena, ésta, con un perfecto sentido de la oportunidad, elevó la voz:

—¿Me saldrá bigote?

Desconcertado, pues no figuraba en el guión ninguna conversación sobre mostachos, el mago anadeó sobre el escenario y, tras una mirada desesperada hacia el director, que aplaudía, se enfangó en una discusión con la muchacha:

—No te saldrá bigote. —gruñó.— To Apeiron no es ningún crecepelo: es el principio indeterminado de la materia.

—¿Cómo lo conoceré?

—¿Eh?

—¿Que cómo sabré si me coge el Apeiron ese o cualquier otra cosa distinta?

Yo, por supuesto, también ganaba tiempo, después de haber levantado sutilmente la trasera de la falda de Nena. La caja entera experimentaba algún tipo de vibración que, en los descuidos, la hacía rechinar.

—El Apeiron —decía el profe— no tiene ni forma ni color.

—¿Cambiará mis moléculas? —preguntó ella, en apariencia preocupada por su salud.

—Sí.

—¿Y mis átomos?

—Sí—

—¿ Y mis cromosomas?

—Sí. —insistió el profesor.

—Pues me da miedo.

El aprendiz de brujo pataleó, algo nervioso. Decidió cortar de raíz todas las especulaciones de Nena:

—Te convertirás en hombre.

—¿En hombre?

—Sí.

—¿Joven o viejo?

—De tu edad.

A un gesto, los etíopes se dispusieron a dejar caer la cortinilla, pero Nena, que necesitaba un extra de tiempo, no había terminado:

—¿Con la asignatura de Filosofía aprobada o suspendida?

—Aprobada.

—¿Y qué me dice de las matemáticas?

—Aprobadas también. —bramó el filósofo que calculaba, con error, que nos estábamos quedando con él cuando en realidad ejecutábamos un acto de plena entrega.

—Ah. —dijo Nena, mientras todo el cajón se estremecía, sin duda emocionado por las buenas noticias académicas.— ¿Y cómo se sienten los hombres, mejor o peor que las mujeres?

Una gravísima pregunta que nadie ha conseguido responder eficientemente desde que el mundo es mundo. Las mujeres, en este asunto, presentan como demostración los dolores del parto, y los varones oponen a ello los balonazos en la entrepierna mientras se practica el fútbol. El profesor, que sabía que aquel era un laberinto dialéctico, se sacó y se metió el sombrero de cartón varias veces y dio un veredicto salomónico:

—Se sienten igual.

—¿Incluso en «esos días»? —insistió Nena, que no se quedaba sin argumentos fácilmente, aunque sí sin aliento cuando le sucedían las cosas que yo, con acertado sigilo, estaba haciendo a sus espaldas.

—Incluso.

—¡Ah! —exclamó ella, y que cada cual interpretara aquello como mejor le plugiera. Remachó la expresión: —¡Aaah!

—¿Eh?

—Digo que ah

—Ah. —respondió el profesor, definitivamente perdido en aquel diálogo de monosílabos. —¿Podemos proceder?

—Sí. —concedió Nena, colorada y sonriente como siempre que sus instintos alcanzaban un determinado nivel de cauterización.

Los etíopes echaron la cortina conforme al plan, bailaron una versión abreviada de las Czardas de Monti mientras el filósofo, con su garrota mágica, ejecutaba unos pasos magnéticos destinados a convocar al «To Apeiron» en el escenario.

Se abrió la puerta del cajón por fin y por ella surgí yo a la luz exterior. También colorado, pues el dicho Apeiron no había conseguido cambiar el colorido.

El director aplaudió encantado y el resto del público, olvidado de los tomates, le siguió por solidaridad. El profesor mago, abrumado por el éxito, se descubrió y saludó con varias reverencias. Los etíopes, sujetos a su triste sino, comenzaron a sacar el cajón de escena y yo, por continuar con la conversación de Nena, grité bien fuerte:

—Después de dejarme con esta facha de demonio luminoso, ese aprobado de Filosofía tiene que ser, por lo menos, un sobresaliente.

Pero a punto estuvimos del suspenso, debido, sin duda, a una jugarreta del Apeiron ese, que no había dejado de rondar por allí.

4. EN LA SALA DE ESTAR DE UN AMIGO

Cuando uno tiene novia a los diecisiete años, hay momentos en que siente la vaga sensación de estar casado con ella. No sólo cuando ésta le grita sino cuando algún amigo se dirige a él en plural: «¿Adónde iréis por la tarde?», «¿Habéis visto tal película?» Se sabe entonces que hay un vínculo que los demás perciben con simpatía y se comprende que ya lo único que puede pasar es que se rompa.

Hay amigos que dan un paso más y os hablan como a adultos: «¿Cómo está la mujer?» —te preguntan— «¿Por qué no venís a casa esta tarde, a tomar café y a escuchar unos discos?»

Entonces «vais» a tomar café. «Os» recibe la madre y, tras avanzar por el pasillo «os» encontráis con el amigo y su chica y con alguna pareja más, siempre en muda adoración de un tocadiscos a todo volumen. Hoy CD.

No hay café, pero os ofrecen cubalibre y echar un vistazo a la discoteca para que escojáis vosotros mismos la herramienta oportuna con que sacudir un buen golpe a vuestras neuronas.

Si el amigo lo es del chico, la novia no suele encontrarse a gusto y cae en el vicio de analizar sus narices o sus muebles e ir comunicando, en un susurro, el resultado de sus descubrimientos intelectuales.

Si la muchacha es, además, fogosa y ha caído en la costumbre de leer al renacentista Boccaccio, es muy posible que, una vez revistadas las narices de la concurrencia, invierta su tiempo en maquinaciones. Y cuando Nena maquinaba yo estaba seguro de que daría con algún entretenimiento de los que culminan de cintura para abajo: era una especie de desafío para ella.

Sólo que aquella habitación no tenía escondrijos ni lugares por los que sólo enseñar la cabeza. No había cama bajo la que esconderse ni armario en que desaparecer, de modo que me mantenía en una relativa calma, sólo turbada por los bramidos de Mick Jaegger con su banda de cantos rodados.

Subestimaba, una vez más, los amplios poderes que derramó la pródiga naturaleza sobre la cabeza de Nena, mujercita alegre que, cuando amaba, no cesaba en su empeño por hacer difícil y arriesgada la vida de su amor.

Cuando íbamos a cambiar un disco por otro, cobró vida y, llena de entusiasmo, manifestó que aquella no era la forma oportuna de escuchar música de ninguna clase ni ningún otro ruido aproximado que saliera de la garganta de Jaegger.

—Los sentidos —dijo, como profundizando en un manual de psicología— se interfieren. Queremos usar el oído pero, además, estamos mirando cosas, nos tocamos la cara con las manos, nos ponemos de pie u olfateamos el tabaco.

—Muy cierto. —dijeron los otros dos, mientras yo temblaba, previendo una de nuestras arriesgadas actuaciones. Pero el poder de persuasión de Nena era alto, así como su capacidad para arrastrar a otros seres hacia el abismo.

—Recuerdo que mi mejor experiencia con la música, algo casi místico, la tuve con los ojos vendados y las manos atadas al cuerpo. Además, me puse bolas de algodón en la nariz. Me aislé tanto del mundo que sólo llegaba a él por el puente de la música.

Creo que aquella pareja de infelices no acabó de comprender jamás lo que pasó, porque, de pronto, se encontraron amarrados a sus sillas, con los ojos vendados, las narices obturadas y los conciertos de Brandeburgo en los oídos. Yo mismo, para demostrar a los demás que iba en serio, fui reducido a tal estado y colocado, para mayor escarnio, entre las otras dos víctimas.

Cuando una muchacha activa usa faldas, pero no pantys, los acontecimientos, además de ser más sencillos, se precipitan peligrosamente. Yo, ciego y atado, a pesar de saber lo que me aguardaba, encontré varias sorpresas. Una de las más notables fue que, privado de muchos sentidos, los que quedan se agudizan cuando una mano amiga se pone a hurgar en ellos.

—Atended a este movimiento. —avisó la cínica chica, entrando en posición.

Ciego, aunque sensible, percibía la cercanía de los dos pardillos, por no hablar de la de Nena, y calculaba las posibilidades —bien reales, conociendo los hábitos de su gremio— de que la madre de mi amigo irrumpiera con una cocacola fresca o con una bandeja de canapés.

—Fijaos ahora cómo se agita el aire en torno a las semicorcheas. —advertía Nena, agitando, en efecto, algo más que el aire, silla incluida.

—Hum. —añadía, sin privarse.— Es una sensación tan profunda...

Si dijera que mantenía mi mente ocupada con pensamientos sobre el arte de la música, mentiría; pero, aún así, me las apañaba para mecerme a su compás. Quien haya oído los rápidos conciertos de Brandeburgo, del Camarada Bach, sabrá que no es música para mecerse de un modo convencional sino, más bien, para agitarse con el corazón en un puño.

Un corazón, por cierto, que no hacía más que sospechar presencias maternas en cada mínimo compás de espera que la melodía dejaba pasar de largo. También se preguntaba si alguno de los amarrados era capaz de ver algo por una rendija, o de oir el débil traqueteo de mi silla, sometida a un terrible esfuerzo.

—¿Y ese otro ruido? —dijo, al fin, la novia de mi amigo.

—A veces una nota me sorprende y me muevo. —respondió Nena, repitiendo la suerte.— Es como, ¡oh!, como un calambre, como una descarga.

—Sé a lo que te refieres. —dijo él que, afortunadamente, no lo sabía.

La cosa estalló en un momento particularmente cargado de fusas muy sonoras, de modo que ciertos jadeos parecieron una especie de contracanto sinfónico tras el que, como un andante, sentí que Nena se retiraba hacia una posición más conservadora, no sin dejarme en estado de revista.

La madre entró poco después, encontrándonos a todos amarrados y a Nena buscando un disco.

—¡Oh! —dijo.

Temí, pero, atado como estaba, no podía más que aceptar mi destino.

—¿No ha oído usted música estando privada de otros sentidos que suelen distraernos? —preguntó mi novia, rápida y decidida.

—Es fantástico, mamá. —dijo el gilipollas de su hijo.

Aunque a ciegas, tuve mucho trabajo: primero, leyendo en la mente de Nena como en un libro; y, segundo, oyendo los ruidos que se producían al amarrar y cegar a la buena señora. Por último, noté como la chica exigía de mí un último esfuerzo, esta vez bajo el influjo de las polonesas interpretadas por dos pianos.

Durante la Gran Polonesa Nena no se contuvo, pero dio cierto aire de tarareo a sus emociones profundas:

—¡Tralalá! —dijo

—¡Chis! —hicieron todos, madre incluida que, por otro lado, estaba pensando que había una especie de carcoma muy activa abriéndose paso por el corazón de sus queridos muebles.

 

NOTA— Como lugar, no tengo nada que objetar a la sala de estar de un amigo, siempre se le haya extraído de ella, sin olvidar a su parentela. Se trata de una experiencia para corazones fuertes y, a la vez, para carnes débiles.

Al llegar aquí, ya habrá comprendido el lector que tuve, a un tiempo, suerte y desgracia al encontrar, a tan tierna edad, a una mujer ardiente, inteligente, osada, temeraria y algo loca. No era una exhibicionista sino una aventurera que luchaba por añadir imaginación a la pasión, fabricando unos combinados que, a la larga, me hicieron padecer del hígado.

Después he tenido mucho tiempo para meditar en este asunto del DÓNDE amoroso. Ni las contorsiones del Kamasutra, ni las clasificaciones del Ananga Ranga ni los ambientes de las Mil y Una Noches del Jardín Perfumado pueden provocar tal gavilla de sensaciones como la elección de un lugar de alto riesgo y el entregarse a los antiguos manejos rodeado, en todo o en parte, por un buen puñado de población contemporánea.

Hay en ello una emoción nueva, una tensión que conduce a explosiones atómicas, al sudor frío del que sabe que va a suspender el selectivo. Un miedo, al fin, del que sólo el amor, el verdadero, nos libera.

5. EN EL AUTOBÚS

Por alguna extraña razón, los profesores de todas las épocas han creído que sus alumnos necesitan comulgar con la naturaleza en lugar de una dosis suplementaria de garrotazos en las costillas. Supongo que imaginan que las excursiones, con sus brincos y sus canciones en el autobús, disipan el sobrante de la energía acumulada a base de frotar el trasero contra los asientos del aula, hora tras hora.

Lo cierto es que nadie ha conocido, jamás, un trimestre sin una o más excursiones. Según la localización geográfica, se va a la playa o a la montaña, cuidando siempre de pasar por algún pueblo o ciudad donde los chavales puedan alborotar un poco y cantar como energúmenos mientras recorren la calle mayor.

Nosotros fuimos a la playa. El alumnado corrió hasta disipar el vapor sobrante de la semana; se remojó los pies y, normalmente por parejas, se internó en el bosque cercano. Eran tiempos recatados y nada como los matorrales para obtener un aceptable recato.

Un bosque, pues, cubierto de suspiros y de rumor de sedas plastificadas, ora apartándose, ora volviendo a su lugar. Los desparejados de uno y otro sexo haraganeaban por la arena y, privados de otro medio de expresar sus sentimientos, hacían saltar piedras sobre el agua o improvisaban concursos de saltos de longitud.

Nena, que era muy peculiar, no quiso participar en la orgía de los matorrales. Tenía carácter aristocrático y no le agradaba hacer lo que todos hacen. Quiso salirse de la vulgaridad encontrando un lugar próximo adonde se sentaban los profesores, pero éstos estaban en descampado y era absolutamente imposible hacer nada allí sin ser expulsados para siempre del Instituto.

Este fracaso de sus admirables facultades la puso de mal humor. Había esperado mucho de la excursión: centenares de posibilidades para dar rienda suelta a su imaginación, pero las circunstancias resultaron abrumadoras: o un buen y recoleto matorral, a solas, o tomar el sol como lagartijas, con las manos quietas.

Poco a poco fueron regresando las parejas del bosque, algo sofocadas pero felices, y los desparejados se cansaron de brincar sobre la arena; ser un desparejado entonces era como ser un descamisado hoy, pero sin carné.

Los profes, al percibir que los ánimos se habían sosegado en parte, consideraron que ya se nos podía volcar sobre una inocente ciudad sin que provocáramos daños irreparables. Dieron, pues, la señal de marcha.

De nuevo en territorio urbano, Nena y yo paseamos de la mano, muy románticos, y entramos en los bares a tomar cocacola fría o cualquier otra porquería sintética y corrosiva.

Hablábamos de nuestras cosas. También de nuestros asuntos, ahora que recuerdo. Nena seguía disgustada porque, aunque nos quedaba el episodio de la escalera, recostados contra la propia puerta de su casa, sentía que sus dotes atravesaban por un bache y tendía a creer que jamás recuperaría su alegre osadía.

Se acercaba ya la hora de la marcha cuando pidió al camarero una copa de ginebra. Luego metió sus dedos en ella y, usándolos como hisopos, fue salpicándome hasta que tuvo la seguridad de que nadie, en diez metros, dejaría de dolerme y de censurarme.

Al terminar, sonreía, porque había hallado un plan:

—Cuando lleguemos al autobús, te haces el borracho.

—¿Por qué?

—Son cosas que os pasan a los chicos. Os hacéis los machos y cogéis unas curdelas de impresión. Cosa de los cromosomas Y, supongo.

Tuve en los labios un amargo comentario sobre los efectos devastadores del cromosoma X repetido, aunque callé al pensar en qué hermosas panorámicas fructificaba. Si una chica, con aquellas vistas, deseaba que me fingiera borracho, no me quedaba más remedio que dibujar eses por las calles y hacerle pedorretas a mi catedrática de griego, que bien merecidas se las tenía.

Sólo un momento antes de subir al autobús Nena me comunicó sus últimas instrucciones:

—Primero, arrímate a todos los profes: que te huelan bien. Y a los cinco minutos de estar en marcha, di que estás mareado y que te den una bolsa. Con ella en la cara, corres hasta la última fila de butacas.

—Oh. —dije, sin conseguir vislumbrar las líneas maestras del plan. No veía en qué podía ayudar a los proyectos eróticos de mi amada novia una bolsa de papel plastificado.

No obstante —y con la memoria puesta en las manifestaciones externas que yo conocía del doble cromosoma X— me acerqué a todos los profesores, permitiendo que me olfateasen a placer. A la Griega, para que no cupieran dudas, le hice la pedorreta, sintiendo un gran alivio intelectual.

No habíamos terminado de salir todavía de la ciudad cuando me levanté de mi asiento y comuniqué a la concurrencia mi intenso mareo y mi curiosidad por saber donde se guardaban las bolsas mágicas.

—¡No me lo hagas en la tapicería! —gritó el conductor, indiferente a mis sufrimientos.

Nena, amorosa y esforzada, me alargó el recipiente plegado y yo, con él junto a los labios, corrí a la última fila de butacas del autobús, causando una gran conmoción entre sus ocupantes.

Todos, sin excepción, huyeron de las cercanías, apelotonándose en los asientos delanteros, lo más lejos posible de mí y de mi mareo. Sólo Nena, decidida a practicar la misericordia cuidando a los enfermos, se quedó conmigo. Sin duda para aliviarme, me pidió que me echara:

—Con la cabeza hacia la ventanilla, no, porque allí se mueve más el coche al estar sobre la rueda. Ponla en el centro, donde puedas ver el pasillo.

—Pobre chica. —comentó, entonces, un profesor impresionado.

Aquel pozo de misericordia sí se sentó del lado de la ventanilla, cerca del borde de mis caderas. Los respaldos de los asientos de los asientos de delante sólo dejaban ver sus hombros y su cabeza a quienes tuvieran el gusto de mirar. Tampoco dejaban contemplar más que mi rostro doliente y mis manos plegadas, en oración, sobre el pecho.

Las de la muchacha, en cambio, pronto demostraron estar poseídas por una notable actividad y no carecían de entrenamiento para lo que llevaban a cabo.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó en voz alta.

—Mejor. —afirmé, con absoluta sinceridad, mientras sentía la mirada del profesor de Filosofía, que se había vuelto para comprobar si manchaba o no la tapicería.

Al sonido de mi voz, la chica que iba en el asiento de la fila siguiente se volvió para mirarme a los ojos. No digo que no hubiera querido ver alguna otra de mis secciones más sureñas, pero no podía.

—Burro borracho. —me dijo con una sinceridad muy de agradecer.— Si vomitas, hazlo en otra dirección.

—Se le pasará enseguida. —respondió Nena, que me prodigaba todos los cuidados necesarios y algunos más, suplementarios.

Allí estábamos, entre más de cuarenta humanoides, preparándonos para ejecutar paganos cultos a Afrodita o, quizá, a Dionisos. Mi novia, decidida partidaria de la posición sedente, hizo los ajustes necesarios con satisfactoria precisión y, poniendo los brazos sobre los respaldos que nos ocultaban parcialmente de la curiosidad, elevó la voz. Nunca dejaría de sorprenderme.

—Asturias, —gritó.— Patria queridaaaa...

La tripulación volvió la vista y pensó, seguramente, que quien canta su mal espanta.

—Asturias de mis amoreees. —respondieron todos, empeñándose, después, en asegurar que estaban prestos a pulular por aquellos nortes en todas las ocasiones que se les vinieran a las manos.

Yo, personalmente, estaba en Nena y no cambiaría aquella localización temporal por ningún principado, pero, por no desentonar con la reunión, también elevé la voz para afirmar que tenía que subirme a algún árbol desconocido para coger flores que dar a mi morena.

Mientras aquellos pobres idiotas cantaban como grillos y se mantenían alejados por miedo a una posible vomitona, la mi morena, que era castaña, se mecía al compás del chasis y agradecía cada bache con un gemido.

A medida que avanzaban las operaciones, la voz de Nena iba dominando a las demás, alcanzando registros sólo permitidos a las tiples de ópera. Cuando arranco con la proposición aquella de ir de Santurce a Bilbao con la pantorrilla al aire, los cristales del autobús vibraron y estuvieron a punto de ceder y estallar por los agudos sin freno que emitía mi querida y temeraria novia, cuya voz acabó quebrándose en un trémulo cuando afirmaba que la sardina era «frescu», al amparo de las extrañas concordancias vascuences.

Pero, con todo aquel virtuosismo canoro, habíamos perdido el mundo de vista y el mundo tomó contacto con nosotros en forma de profesor de Filosofía situado a dos pasos de mi cara. El ángulo de su visión todavía era malo y dudo que pudiera ver más abajo de las costillas flotantes de Nena, pero, si avanzaba más, aquella mente inquisitiva acabaría preguntando qué hacía una chica sentada en la tripa de un hombre joven muy mareado.

—Veo que cantas. ¿Vas mejor? —me dijo.

Rápido con el rayo, alcé la bolsa y cometí algunos ruidos guturales que ahuyentaron a aquel poderoso intelecto. No obstante, la situación de peligro real volvió a estimular a la muchacha, que arrancó, recordando una lejana escalada:

—He subido a Begoñaaaá...

Y se mecía como una niña en su cuna.

 

NOTA— Con honestidad no puedo recomendar el método a los amantes, ni siquiera en estos tiempos permisivos en que los ministerios regalan condones.

Pero, al recordar estos episodios, advierto que disfruté de una adolescencia feliz pero insensata. Analizando este hecho, según me enseñó aquel pobre profesor de filosofía, comprendo que esa felicidad no fue debida sólo al hecho de desahogar mis instintos más punzantes, en franca camaradería con una alegre mujer, sino, sobre todo, por los lugares que elegíamos y por los equilibrios a los que nos obligaron.

Si me permiten un tópico, en la variedad está el gusto. Y pueden escribir «gusto» con mayúsculas y un guiño.

6. EN UN COLUMPIO

Al padre de mi novia, pobre mortal sometido a la jornada de ocho horas, lo presionaban un poco todos a causa del chalé. A él, como a mí más tarde, no le gustaba el mundo en que vivía y, aunque rodeado por mujeres e hijos, a veces intentaba embellecerlo. Ora se presentaba en casa con una maceta, ora se compraba unos calzoncillos púrpura.

Pero lo que le pedían de verdad era uno de esos sofás balancines, con toldo o baldaquín, que se instalan en el jardín y sirven para dar la sensación de un alto nivel de vida invertido íntegramente en el «dolce far niente».

El artilugio, aunque caro, no estaba por encima de sus posibilidades, pero le fastidiaba imaginarse sudando en sus oficinas mientras la parentela se columpiaba agitando vasos de alto bordo donde tintinearía el hielo. Por eso se resistía. Quizá también porque me veía a mí tumbado en él, durmiendo la siesta, pues yo en verano entretenía mis ocios más en su casa que en la mía.

No obstante, las presiones aumentaron de ritmo y de tamaño y acabó aterrizando en el chalé con un columpio para los niños. Colgaba, mediante cadenas, de un pórtico formado por barras que se posaban en el césped.

Los niños brincaron, como era su obligación. La mujer, sin decir nada, frunció el ceño y, quizá, cualquier otro elemento anatómico oculto a la vista. Yo, sencillamente, me columpié con depurado arte y Nena entró en una peligrosa ensoñación.

Bien sabía yo que estaba calculando las posibilidades de dar al cacharro una utilidad práctica y placentera.

—¿Son fuertes las cadenas? —me preguntó.

—No las romperán tus hermanos.

—¿Y tú?

—La familia entera se podría columpiar a la vez si cupiera en el asiento.

—¿A ver? —murmuró, sentándose en mis rodillas y forzándome a arrastrarla en mi movimiento pendular

—Cuidado. —dijo la madre, que tenía reservas sobre la convivencia con hijos escayolados.

—¡Ca! —exclamó el padre orgulloso.— Es lo más resistente que hay.

Nos expulsó del asiento con una mirada y forzó a la buena mujer a sentarse en sus rodillas y dar unos vaivenes pierna al aire.

—¿Lo ves?

Lo veían los niños, lo veía Nena y, además, el resto de los vecinos cuyos jardines quedaban al alcance. Una familia infantil —pensaban— que se divierte con un columpio.

Las cosas hubieran seguido así si los perspicaces y diligentes ojos de Nena no hubieran captado la escena en toda su crudeza: los niños viendo como la madre, subida al padre, se columpiaba, o sea, una actividad completamente lícita: los vecinos contemplando la escena doméstica y aceptando aquella nueva tradición familiar. Incluso algunos, sentados en sus mesas con sombrillas, hacían gestos de ánimo y levantaban sus vasos deseando a los aventureros un feliz aterrizaje.

—No. —dije cuando ella me llevó a la cocina para darme cerveza, aceitunas y algunos besos veraniegos. Hacía muy poco de nuestra primera experiencia total bajo la luna llena, cuando mantuvimos una conversación con nuestros antepasados, que paseaban por tierra firme. Yo empezaba a comprender que Nena pedía a la vida sensaciones fuertes y, a la vez, profundas, si saben a qué clase de profundidades me refiero.

Por eso había dicho «no» sin ser provocado y tenía el propósito de aferrarme a él rodaran como rodaran las cosas. Por entonces, y a falta de mejores estímulos, yo era un tipo pudoroso y recatado que sólo enseñaba sus vergüenzas en momentos inevitables. Y nunca a más de a una sola persona: la que me daba aceitunas en la cocina y me miraba, aquilatando mis facultades.

—¿No me dirás que tienes miedo?

—Sí, te lo diré. No tienes más que preguntármelo.

—¿Me habla el escalador que ha hecho un rappel de cuarenta metros en menos de dos minutos?

—El mismo.

—¿Me habla el muchacho que me enamoró saltando de cabeza desde el acantilado?

—Puedes comprobarlo. Conservo la cicatriz.

—¿El que se aprovechó de mi inocencia para enseñarme muchas cosas desconocidas en la escalera de casa?

—¡Échame en cara, encima, mis desvelos por aumentar tu cultura!

No hace falta insistir para que el lector se haga cargo de la robustez de mi decisión. Ni bajo la amenaza de tener que leer toda la obra de Góngora hubiera yo flaqueado en ella. La misma muchacha pareció comprenderlo así y, tras meterme a la vez cinco aceitunas en la boca, salió al jardín a seguir contemplando como sus padres se divertían como chiquillos con el columpio.

El punto central de nuestra discusión pareció olvidarse mientras los días transcurrían perezosos y las gaviotas daban pasadas rasantes aterrorizando a los turistas que se tostaban en la arena.

Por eso no consideré nada peligroso el hecho de que los vecinos del chalé organizaran una especie de guateque en su jardín para celebrar su nosecuántos aniversario. Seto por medio, pirámides de canapés y ringleras de vasos con el borde glaseado aguardaban a las siete de la tarde, cuando el sol ya va de capa caída pero el día amenaza con prolongarse tres horas más mientras llama en su auxilio a la brisa marina.

Como los buenos, los padres de Nena estaban invitados. Pululaban, en compañía de otros cuarenta o cincuenta viejales, por entre medio de los canapés y las copas antes citadas. Toda aquella ancianidad se dedicaba a picotear como gallinas y a reírse de chistes verdes que se contaban en voz baja.

Los malditos hermanitos, del lado de acá, jugaban a encestar en un tablero de baloncesto clavado en la pared del garaje. Sabían que, al retirarse los mayores, nada sería tan fácil como atravesar el seto y rebañar en las fuentes de patatas fritas a la vez que libaban de los vasos de cocacola abandonados. No tenían prisa por poner en marcha su invasión.

Nena, con una falda blanca y amplia, leía el Decamerón, que yo le había regalado, en busca de alarmantes inspiraciones con las que helarme la sangre. Y yo, con una sonrisa beatífica, me atracaba con los bocadillos que los del aniversario nos habían pasado como prenda de buena voluntad.

Puesta en orden la república de las tripas, quizá con la cabeza funcionando a un mínimo de presión, me senté en el columpio y comencé a balancearme mientras contemplaba a los invitados próximos. Algunos locos se habían puesto chaquetas y sudaban como hipopótamos. Otros me saludaban con la mano, quizá agradecidos por removerles el aire con mis idas y venidas.

—El novio de tu hija es muy agradable. —llegó a decir, mientras me hacía un gesto amistoso, la que conmemoraba el esposamiento.— Parece tan serio.

Y, sí, con el estómago lleno sé que tiendo a aparentar seriedad, pero es un inicio de dispepsia que se refleja en mi franco rostro.

O sea, el mundo giraba con arreglo a su horario y todo parecía estar en orden. La brisa acariciaba mis cabellos y un cierto sopor, que irradiaba desde los pies, me iba adormeciendo. Por eso no pude hacer nada cuando Nena, al grito de «yo también quiero columpiarme», se subió a mis rodillas, o algo más arriba, haciendo pasar su amplia falda blanca por encima de los brazos del asiento.

No satisfecha con esos, dedicó a su madre una ancha sonrisa y un gesto de la mano a la homenajeada, mientras le explicaba su firme convicción de que todos los hombres, incluso los que acababan de aprobar la reválida de sexto, eran unos egoístas.

—No. —gemí yo, sintiendo como ella se agitaba sobre zonas de alta sensibilidad cuyo uso como asentadero debiera estar prohibido por ley.— Aquí, no.

Pero, allí, sí. Unos pocos movimientos, disimulados por el vaivén del artefacto, y la cosa no tuvo ya remedio. Y no es que me quejara entonces —como no lo hago ahora—, pero la temeridad manifiesta de mi novia me llenaba de desazón. Los niños, por ejemplo, iban y venían a nuestros pies. Incluso uno insistía en tirarme la pelota repetidamente para que se la devolviera.

Por otro lado, el vecindario, copa en mano, nos contemplaba y sonreía con indulgencia. Algunos incluso nos desafiaban a subir más alto mientras el padre de mi dulce tormento echaba leña al fuego, opinando que su columpio resistiría hasta a un elefante.

La homenajeada llegó a cruzar el seto y, puesta a nuestro lado, nos alcanzó dos bocadillos de foie—gras para que nos entretuviéramos. Poco sabía, la infeliz, que nosotros volábamos ya sin columpio y subíamos y bajábamos con absoluta independencia de la Ley de la Gravedad.

—Me gusta ver como los jóvenes se divierten. —añadió antes de retirarse. Y eso que no sabía hasta qué punto nos divertíamos ni los métodos que usábamos para ello: primitivos, quizá, pero eficaces.

No había terminado la representación, pues faltaba rebosar el cáliz de mi amargura. Se encargó de ello el más pequeño de los niños, saltando sobre el halda de su hermana en el momento de bajada del columpio.

Allí acomodado, no pudo menos que notar más movimiento del que había supuesto mientras estuvo pie a tierra.

—¿Por qué te mueves tanto, Nena?

—ParaA dar impulso. —gimió suavemente ella.— Si noO se pararíaA.

El trío, más unido de lo que podía observarse a simple vista, nos pusimos a estirar y a encoger las piernas hasta que, prácticamente, las de ella y las mías se quedaron rígidas: no estaban para bromas.

—¿Y ahora por qué no nos movemos?

—No sé tú, chaval, pero ya estoy cansado del columpio y quiero parar.

—¿Ya os bajáis? —preguntó la madre. —era imposible hacer algo privado en aquel santo lugar.

——Pues pasad aquí con nosotros. La tortilla me ha salido estupenda. —invitó la vecina.

Despedimos al crío todavía en vuelo y rodó feliz por el césped. Una revolera de la falda blanca me dio la oportunidad de cerrar secretamente las compuertas y, sonrientes y rosados, cruzamos el seto mientras yo prometía junto al oído femenino algo que me fue imposible cumplir:

—Nunca más.

—Ji. —dijo ella, apretándome dulcemente la mano.

7. EN LAS VENTANAS

Casi todos los seres —menos algunas catedráticas de griego— nacen con un natural impulso hacia el aprendizaje. Por eso nadie se sorprenderá cuando le comunique que Nena y yo cultivábamos la lectura escogida en busca de nuevas ideas que almacenar en nuestros agraciados melones.

Ya sé que, por oscuros motivos culturales, hoy se ha extendido la especie de que a principios de los setenta un español carecía de material didáctico si sus miras se dirigían de cintura para abajo. Pero algo falla en tales versiones de la realidad, pues Nena y yo nos hicimos con una buena colección de textos sólo acudiendo a las librerías—papelerías más cercanas: del Kamasutra al Ananga Ranga; del Jardín Perfumado al Decamerón, sin olvidar a Braulio de Sigüenza o al camarada Sade que, desde luego, no tenía ni idea de estos asuntos.

Amantes de la literatura bien escrita, acabamos prefiriendo el Decamerón, de Boccaccio, que leíamos en las cafeterías con las cabezas muy juntas y las manos lejos de las miradas indiscretas. A Nena, que era una inocente activísima, le gustaba sobre todas la historia del anacoreta que enseñó a meter y volver a meter su demonio particular en el infierno ardiente de la también inocente y activa Alibech.

El «Jumento Encantado», con la transformación de la mujer en mula, usando cierta vara mágica, nos emocionaba por la frescura del relato y del religioso protagonista, pero, por desgracia, Nena acabó leyendo «La venta del tonel», una historia complicada que se puede resumir así: el marido está limpiando un tonel desde dentro mientras la mujer, fuera, asoma la cabeza y le va diciendo donde tiene que rascar. La cosa estaría bien, muy higiénica, si, mientras, el malvado amante no estuviera realizando sus habilidades «a tergo», como dicen los manuales. A la manera de los caballos a las yeguas, comenta Boccaccio, con menos florituras.

Conociendo a mi queridísima compañera, enseguida percibí el ruido de sus engranajes cerebrales dando vueltas a la historia y tratando de urdir un plan para actualizarla. El hecho de ejecutar el volatín amoroso mientras otra persona le viera la cara contaba con todas las simpatías de aquella osada.

Pareció, sin embargo, haber olvidado sus designios, conformándose con las escaleras y el lavabo del Instituto como fuente de emociones fuertes y, así, nada sospeché cuando salimos de excursión sus padres, sus malditos hermanos y la pareja.

Llegamos a una torre medieval aceptablemente restaurada. Con la habilidad de las cabras, Nena trepó por la escalera de caracol, tirando de mí no sólo con la mano sino con la mirada más pícara que puede alguien recibir sin electrocutarse.

En el segundo piso había una ventana, algo más que una aspillera por la que apenas podía asomarse la cabeza y una mano, si es que el que se asomaba al vacío tenía la intención de tirar piedras a los incautos de abajo.

Nena, alegremente, bombardeó a sus hermanitos con esa mano externa, mientras que con la otra, silenciosamente, me hizo comprender lo que esperaba de mí en homenaje al genio de Boccaccio. Aunque el intelecto tiemble, la carne, a los dieciocho años, no sólo es débil sino que está presta a los esfuerzos desinteresados y más aún a los tributos merecidos por un genio literario.

Fiel a sus costumbres, ella empezó a decir cosas a su parentela, amenazando a los pequeños con descalabrarlos si se ponía a tiro. Ellos, en muda respuesta, trataban de alcanzar la cabeza de su hermana de una pedrada.

Los padres, más sensatos, intentaban poner orden, siempre desde una respetuosa distancia.

.¡Si vierais qué bien se está aquí arriba! —les azuzó la muy loca.

—¿Se ve el mar? —preguntó la madre.

—Una vista preciosa. —insistió Nena.— ¿Por qué no subís?

—¡Chis! —hice yo, pellizcándola en algún lugar remoto, pero se removió de tal modo que me redujo a un silencio próximo al éxtasis.

—¿Vale la pena? —seguían los padres, algo perezosos.

—Naturalmente. —invitó Nena. El cómo conseguía brincar de cintura para abajo y mantener inmóviles la cabeza y los brazos era un misterio tan grande como el lugar de donde se sacaba aquella voz tranquila, inocente y reposada, mientras estaba sometida a una tensión de muchos voltios.

—¿Están bien las escaleras?

—Perfectas. Una autopista.

—Loca. —dije yo, poniendo la directa.

Pero Nena, serena como la mar, miraba la cara de sus padres y de sus hermanos y disfrutaba pecando con parte de su cuerpo expuesto a la curiosidad del vulgo. Y pecaba muy bien, la condenada.

—No sé si... —comenzó el padre.

Pero los niños, con grande albórbola por así decir, se habían zambullido por la puerta y nos dejaban oír sus pisadas en las escaleras. Subían luchando contra moros y gigantes, a los que estoqueaban sin piedad, pero subían.

Nena, impasible, llamaba la atención:

—Papá, papá: ¿En qué siglo crees que se construyó esta torre? —quería que convergieran en ella todas las miradas ahora que sus sentidos convergían, por decirlo de un modo suave, en un mismo punto de su persona; en un punto algo bajo; en una especie de punto y aparte.

Los niños, tras matar a muchos engendros imaginarios, alborotaban ya en el primer piso, apenas a cinco metros de nosotros en línea recta.

—¿Están bien tus hermanos? —preguntó la madre.

—NiñooooOs. —gritó Nena, disimulando un trance muy querido.

—Te ha salido un gallo. —dijo el padre, inocente como una calabaza.

—EsS queE me haceEn gritaAr. —explicó la muchacha con una sonrisa radiante.— Y la gargantaA...

Los miserables hermanitos se hallaban ya próximos a hacer su entrada triunfal cuando conseguí apartarme de Nena y brincar al otro lado de la estancia, donde una segunda ventana permitía contemplar colinas secas por las que las palomas podían ir a ponerse en el pico cuantos ramitos de olivo quisieran.

Los pequeños lo primero que hicieron fue desalojar a su hermana de la ventana y aullar por ella tonterías hacia sus padres. Luego vinieron hacia mí, trepando por mi espalda para ver la cruz del paisaje anterior.

Mientras esto sucedía, noté una mano que buscaba una peculiaridad anatómica mía. Nada de importancia, por supuesto. Y, por entre el tumulto de piernas y de brazos infantiles, me llegó a la mejilla un labio que, tras besarme, murmuró:

—Gracias.

—Mamá: Nena ha dado un beso en la mejilla a Eduardo. —se chivó el más pequeño, un canalla donde los haya.

—¿Qué es un beso? —me preguntó entonces mi novia con más razón que una santa.— ¿Qué es un beso después de todo?

 

NOTA— Aquí tiene, lector, otro lugar desaprovechado por los amantes fogosos: las ventanas. Ejercen la atracción de los abismos y permiten al exhibicionista recrearse la vista o ser contemplado mientras sus bajas pasiones trabajan en secreto. Y, si se quiere conversación con la población de abajo, resulta muy fácil obtenerla.

Hay algo profundamente psicológico en todo ello. Horas después, y para perfeccionar mi conocimiento de la psique femenina, se lo pregunté a Nena:

—¿Qué pensabas, mirando a la cara de tus padres mientras?

—Que el mundo —me dijo, misteriosa y casi política— es una mentira desde arriba y una verdad desde abajo. Y, por si no los captas, la frase tiene, al menos, tres sentidos ocultos.

—Cuatro. —añado ahora, después de haber vivido lo del tren de alta velocidad.

INTERMEDIO MUSICAL

Con la llegada de la primavera, una fiebre dionisíaca sacudió los cimientos del claustro. Los profesores, todavía con la resaca de Santo Tomás, disputaban por el asunto de la Educación Sexual. Había quienes objetaban que nada se nos podía enseñar sin hacer el más profundo de los ridículos, y quienes, encabezados por la cátedra de griego, postulaban por un acercamiento a base de flores y de abejorros, en plan naturalista y decente.

El profesor de Filosofía, aquel amigo del To Apeiron y de Anaximandro, consultó conmigo el delicado asunto. Yo era el jefe de redacción de la revista del instituto y el único capaz de explicar el hilemorfismo aristotélico. Ambas circunstancias, y el sombrero de copa de cartón, habían creado un vínculo entre nosotros.

—Tú, ejem, ¿qué opinarías de un cursillo de educación sexual?

—¿Con fotos y con prácticas? —pregunté, no queriendo opinar a la ligera.

—Me temo que sólo con diagramas de cortes anatómicos.

—¿Y qué nos enseñarían? ¿Lo que cada uno sabe que tiene o lo que puede hacer con eso cuando lo emplea sobre los demás?

El filósofo pidió un coñac para darse ánimos y trató de profundizar en el asunto:

—¿Como cuánto sabéis?

—Descontando a Jenaro, porque Jenaro es idiota y sólo sabe matarse a pajas, creo que todos hemos llegado a eso de «introduzca la pieza A en el orificio B.»

Carraspeó, quizá por efecto del coñac del bar de estudiantes, y llenó sus facciones de tanta trascendencia como encontró por los alrededores:

—¿Tú has hecho ya el amor?

Formular aquella pregunta directa le había costado mucho y sólo se decidió cuando recordó al sacerdote, director espiritual del centro, oponiéndose a la educación sexual al grito de «¿Qué vamos a enseñar a los babilonios, eh?»

—Hoy todavía no he hecho el amor. —respondí, tratando de tranquilizarle. Fallé en el intento, porque el filósofo dio un brinco y, al remover el coñac en su depósito, se puso a hipar.— Por cierto que, entre nosotros, lo llamamos «joder». Jerga, ¿sabe?

—Entonces, si yo os explicara en clase la fisiología del... del acto, ¿crees que alguien se escandalizaría?

—Sólo los que lo hagan de otro modo. La posición del misionero, que debe ser la que usted se sabe, cada día despierta menos simpatías.

Cayó en un profundo silencio, quizá preguntándose qué respondería Aristóteles a un alumno de su Liceo que se tomara las cosas tan a la ligera como yo.

—No hace falta —dijo al cabo— preguntarte quién es tu pareja.

—O partenaire. ¿No me diga que le he escandalizado, profe? A fin de cuentas usted se pasa las horas hablando de todos aquellos griegos maricones que filosofaban mientras perseguían efebos o se iban a echar una cana al aire a casa de la hetaira más culta.

A duras penas recuperó su paz de espíritu y me dio su palabra de que no diría ni media de nuestra conversación, pues mi liviano comportamiento afectaba al buen nombre de Nena. Agradecido, decidí suministrarle una buena idea:

—¿Y si dieran un curso sobre técnicas anticonceptivas? Lo digo porque el «paso atrás» cuenta con pocas simpatías entre los dos bandos, y los farmacéuticos no siempre quieren vender preservativos a un jovencito concupiscente.

El filósofo, con el vello ligeramente erizado, abandonó mi grata compañía y corrió a informar al claustro. Respetó mi anonimato, pero se lanzó a una descripción tenebrosa que, de haber sido escuchada por Goya, hubiera dado lugar a un cuadro titulado «Jóvenes podridos cavando su tumba con los...»

—Usted exagera. —dijo la catedrática de griego, siempre ilusionada con llevar a cabo una tanda de similitudes entre las flores y el amor humano.

—Puede que, en efecto, no tengan ni idea de lo que son pistilos o gineceos ni para lo que sirve la polinización, pero del sexo aplicado al tiempo libre lo saben todo. Por cierto: me han pedido que no caigamos en la tontería de explicar la postura del misionero, porque está mal vista.

—¿En qué consiste eso del «misionero»? —preguntó el director, quitando el capuchón de su bolígrafo por si cabía tomar notas.

El sordo catedrático de literatura, que antaño había votado a Azaña y seguía con las mismas ganas de fastidiar, hizo una descripción circunspecta basándose en que el hombre, cuando actúa de frente sobre una mujer en una superficie plana, invariablemente apoya las rodillas y proyecta desde ellas todos sus pensamientos y acciones.

—De ahí lo del «misionero». —concluyó y, observando el sonrojo de la catedrática de griego, solterona en edad de ser abuela, añadió:— Peores son los abejorros, que actúan «a tergo», o sea, por la espalda.

El director espiritual, sacerdote extraordinariamente realista, propuso la mejor idea del mes, si bien con un dejo de sarcasmo:

—Podríamos llamar a los más inocentes de primero para que nos dieran un cursillo de educación sexual a nosotros.

—¿Los padres lo verían con buenos ojos? —preguntó el director, casi seducido por la eventualidad.

Aquellos profesores, mucho más prácticos que algunos de ahora, renunciaron a explicar a chicos y a chicas el uso que podían hacer de sus órganos. Querían evitar burlas. Sólo el insidioso catedrático de literatura nos hizo leer La Lozana Andaluza o La Celestina, a escoger, pidiendo un comentario sobre las técnicas empleadas.

Pero seguía siendo primavera y no sólo burbujeaba la sangre de los elementos del claustro. Nosotros, siguiendo los consejos del «Gaudeamus«, estábamos dispuestos a alegrarnos, pues éramos jóvenes, y la primavera, a fin de cuentas, en lugar de entrarnos por los ojos, atacaba unos palmos más hacia abajo.

En tal ambiente, me tocó plantear las necesidades del COU que, pasara lo que pasara en los exámenes, aunque todos fuésemos mordidos por el jefe de estudios, teníamos planeado el viaje de fin de curso. Lleno de motivaciones culturales, transitando por museos de toda índole y por catedrales góticas, pero viaje a fin de cuentas.

Ya habíamos extraído cuanto dinero nos fue posible a deudos y amigos. Hasta limpiamos diez mil pesetas de entonces al Gobernador Civil, un día que tuvo la ocurrencia de subir a darnos una charla sobre el hecho de que, en cuanto nos descuidáramos, seríamos los hombres del mañana.

Pero faltaban cuartos y el nuevo proyecto consistía en organizar un concurso de música electrónica que, como se verá luego, supliría al cursillo de educación sexual. Daríamos un diploma y 10.000 Ptas. al conjunto más aplaudido y el resto de la taquilla acabaría en nuestro bolsillo, de donde sería difícil volverlo a sacar.

Como no hay plan sin dificultades, la nuestra residía en que necesitábamos el Salón de Actos. La otra era disponer los ánimos del dire y del jefe de estudios para que pudieran soportar la previsible invasión de melenudos y de megawatios que el concurso de música electrónica provocaría.

—¡No! —dijo el jefe de estudios por un resquicio del bozal de seguridad.

El filósofo, desde nuestra conversación hombre a hombre, jugaba a favor por si aprendía algo nuevo. Consciente de su poder dialéctico, relató al jefe de estudios el triste asunto de que Sócrates, nada menos que él, había sido acusado de corromper a la juventud.

—¡Claro —replicó el jefe de estudios.— Como que les daba por el zaragüel en cuanto se descuidaban. Creo que el mismísimo Alcibíades...

—Dejemos a Alcibíades. —propuso el filósofo, convencido de pisar terreno resbaladizo.— Lo que importa es que los chicos quieren visitar el Museo del Prado, la Catedral de Burgos, la Sagrada Familia, el Escorial... Si meten un poco de ruido para conseguirlo, ¿qué puede importar?

—Además, —dije, mirando fijamente al director, del que conocía un par de proclividades— serviremos al claustro una copa de vino español a base de whisky.

—¿Dic? —preguntó el dire, siempre atento al devenir de los acontecimientos.

—Jota Be. Y una buena tarta para que pueda hacer prácticas de tiro sobre los que desafinen.

El director contempló con placer tanto el JB como la tarta. En ambas actividades se tenía por sobresaliente y hasta confiaba en que el jefe de estudios se le cruzara en la línea de tiro, caso que, entregado a sus instintos, persiguiera a algunos melenudos con las tijeras de podar del jardinero.

—¿Y será en día laborable? —dijo, con una remota esperanza alentándole en el pecho.

—No, señor. En sábado por la tarde, que es cuando todos los yeyés han cobrado su jornal. —porque entonces, lector, la plaga se llamaba «yeyé» e infestaba las ciudades desde dentro de unos pantalones acampanados mientras gritaba «Yeah, yeah!» en inglés de Liverpool.

El director, que era profesor de latín, se deprimió algo al no poder prescindir, por un día, de la Guerra de Yugurta, la herramienta que usaba para desbastar a sus alumnos. Yugurta, según él, había sido una especie de Hassán II a lo bestia.

Se rehizo, puso su pensamiento en el JB y en la posibilidad de que los grupos exhibieran gogós en minifalda, y dio su bendición apostólica tras imponer una sola condición: que nos atuviéramos a las buenas costumbres.

—¿Las nuestras o las suyas?

—Las que más corran. —replicó con una sonrisa pícara: no en vano los latinistas han estudiado a fondo como se manejaban los romanos en sus orgías. Petronio lo cuenta.

Polvo, sudor y hierro, el COU consiguió dejar irreconocible el salón de actos. Desde su escenario, cientos de ilustrados nos habían arrojado lecciones magistrales de psicología, de sociología y hasta de matemáticas, pues un loco de atar nos obsequió, a principio de curso, con algo llamado «La hipérbole en el espacio: ¿Es posible?» Lo fue y todavía se resentían algunas de nuestras mejores neuronas.

Tras el escenario habíamos puesto una gran pantalla donde, gracias a unos focos, se proyectarían las siluetas de las gogós bailando, ampliadas hasta parecer gigantas de tres metros. El centro del local lo habíamos dejado libre, para que el populacho pudiera agitarse y bailar siempre que su alma ardiera, prendida de un sostenido.

En un rincón, cerca de la puerta por si había que evacuarlos, levantamos el podio desde el que los profesores invitados contemplarían el acontecimiento, con una mano en el regulador de su marcapasos. Frente a sus sillas, unas mesas sostendrían los refuerzos de JB y las tartas con mucho merengue, porque nadie dudaba que el director, tan pronto como catara el whisky, nos obsequiaría con alguna demostración de su deporte favorito.

El profesor de Filosofía, que era quien nos acompañaría en el viaje, se vio obligado a presentar el evento. Entre todos le habíamos hecho creer que se trataba de un locutor desaprovechado y, aunque con dudas, emergió entre las baterías y amplificadores con el micro en la mano:

—Los orígenes de la danza se remontan —empezó— al momento en que un mono dio con un palo a un tronco hueco y otro dio un salto, sobresaltado por el ruido. Aún hoy, es fama que los chimpancés bailan en comunidad.

Los yeyés ajenos al centro se empezaron a petrificar de la sorpresa. Ellos estaban por los sótanos de Liverpool y no por los troncos huecos, aunque nada decían, porque sabían que se habían ido a meter en un templo de la ciencia y en tales sitios se puede oír lo inesperado.

—¿Quién sabe si la Venus de Willendorf, pese a sus carnes, no es una bailarina dispuesta a propiciar a las fuerzas de la Naturaleza? —siguió el filósofo, que no parecía compadecer a su auditorio.— Pero es en las tumbas egipcias donde encontramos, por primera vez, dibujos de músicos y de danzantes. Los ejércitos del Faraón iban a la guerra precedidos por una banda. Cuando aparecen escribas, podemos asegurar que ya existen músicos. De oído, claro. Los pastores y las ovejas, por ejemplo...

El estudiante destacado en el frente de los profesores, destapó el whisky y suministró a los cátedros la primera ronda para consolarlos durante aquella hora oscura. Los yeyés, sin licores espirituosos a mano, se removieron intranquilos, como presintiendo una tormenta.

—...pero, —dijo el filósofo al cabo de su primer cuarto de hora, después de haber deducido que el tetragrama tuvo que dejar paso al pentagrama para hacer sitio a dos semitonos utilísimos—, ya está bien de charla por ahora. Con vosotros, «Los Ciervos Volantes»

—¡Bien! —clamó el director, haciendo señal para que le renovaran la ración de whisky. Cualquier ciervo volante, en su opinión, sería preferible.

—¡Bien! —dijeron los yeyés, despabilándose.

Los Ciervos, que llevaban parte del repertorio de los Monkys, brincaron sobre el escenario para ejercitar sus músculos, hicieron que los altavoces entraran en resonancia para colapsar a la Griega y volcaron sobre el auditorio una buena ración de hirvientes kilovatios.

—Yeah, yeah. —dijo el director, mirando subrepticiamente hacia la tarta y preguntándose qué hacer con ella en aquellos momentos de prueba.

Las luces del salón languidecieron y los focos traseros proyectaron sobre la pantalla las figuras de tres minifalderas, probablemente recién atacadas por el baile de San Vito.

El cuerpo de gogós se había reclutado entre las compañeras de COU y, tras unos días de instrucción intensiva, se retorcían como profesionales mientras hacían volar las melenas al viento.

Los yeyés de cuerpo presente, en vez de sentarse y disfrutar del espectáculo, realizaron unos ejercicios entre curiosos e inútiles.

—¿Qué hacen? —preguntó la Griega, que era la de más enciclopédica ignorancia.

—Bailan. —dijo el de gimnasia, que estaba a punto de retirarse del salón pero siempre presto a admirar a cuantos sudaban por placer.

—Go—gós. —dijo el dire, calzándose otro lingotazo.— ¿O se dice «gogoes»?

—Gogoes. —respondió el de literatura, proyectando sus ojos, como los de un caracol no hermafrodita, hacia las sombras chinescas de la pantalla. Cualquier poeta que pretendiera describir unos muslos debería tener pantallas como aquella en todas las habitaciones.

Cuando los «Ciervos Volantes» quedaron extenuados, fueron reemplazados por los «Angeles Diabólicos», que llevaban repertorio y gritos de los Rolling, siempre bien vistos por los auditorios más exigentes. Nuevas gogós, con mallas de gimnasia, ocuparon su lugar tras los focos, alegrando las pajaritas a los presentes y predisponiéndoles para el cursillo de educación sexual que habíamos urdido para ellos.

La tribu yeyé saludó aquellos meneos con meneos de fabricación propia y se empezaron a oír los primeros aullidos de satisfacción musical, algo como la brama pero expresado, sin duda, mediante semicorcheas.

—¡Hay que parar esto! —exclamó la Griega, a la que sólo parecía moral suspender a los que traducían mal a Homero.— ¿Han visto qué contoneos?

—Zapatero, a tus zapatos. —advirtió el director.

—«Mataiotes mataioteton kay panta mataiotes» —retrucó la griega, en clásico.

—De ejemplo y no empiece con palabrotas. —respondió el dire que, como profesor de latín, hubiera preferido la traducción que empieza "Vanitas vanitatis...". De nuevo miró hacia la tarta, pero ya no subrepticiamente.

Los pocos yeyés que se habían sentado acabaron despertando al influjo de los watios electrizados, apartaron las pocas sillas y se añadieron al tumulto bailón, creando un sólido muro de humanidad peluda entre la puerta del salón y el escenario.

Cuando estuvo claro que los «Angeles Diabólicos», de seguir, escupirían las amígdalas enganchadas a algún «yeah», tomaron el relevo los «Noche Oscura» que, en homenaje, obtuvieron una bajada aún mayor de la luz ambiente.

Sólo entonces se puso en marcha el dispositivo cursillista de Nena. Había explicado a su milicia de gogós que no se podía desaprovechar aquella oportunidad para educar sexualmente al claustro y, de paso, hacer hervir sus cuerpos serranos. Ella, valiéndose de mi única ayuda, iba a propinarles un espolonazo que despertara su pudibundez, pero eran necesarias tres condiciones:

A) No decir jamás quienes serían los protagonistas de las próximas sombras chinescas.

B) No dejar que nadie pasara detrás del escenario, interrumpiendo lo que iba a ser una especie de ballet erótico. Y

C) Frenar de cualquier modo el avance, previsiblemente nutrido, del profesorado hacia el lugar de autos.

Ya se podían imaginar las milicias de gogós, y los demás colaboradores, que lo que iban a contemplar al trasluz sería una cosa fingida, pero con mucho realismo. Por eso la consigna quedaba definida así: «No creas lo que veas y que el jefe de estudios no llegue a tiempo.»

Cuando los Noche Oscura comenzaron a bramar, los espectadores contemplaron como dos figuras, de hembra y de macho, se aproximaban a pasos lentos, con los brazos abiertos. Cuando los cerraron, quedaron atrapados la una por el otro, removiéndose al ritmo, y sólo separándose para dejar ver como una auténtica mano viril atrapaba un no menos real pecho femenino.

—Moc, moc. —dijo el director, con voz de trueno.

La Griega dio un largo aullido y mordió con fuerza su ración de tarta. El jefe de estudios caracoleó como un caballo de batalla, expulsando abundantes columnas de humo por la nariz. El resto del auditorio, unos atónitos y otros encantados, guardaba un reverente silencio.

Nena y yo, rebeldes pero no maliciosos, acortamos lo que podría definirse como «morreo» y adoptamos posiciones de combate claramente reconocibles en las sombras que proyectábamos.

Cuando los espectadores comprendieron, gracias a su intuición, que iban a contemplar la fantasmagoría de un apareamiento en vivo, empezaron a emitir cuantos sonidos eran capaces de modular sus gargantas modernas y desinhibidas.

Con semejante claque, excuso decir que Nena se veía capaz de llevar al límite su arte, fingiendo que sólo era arte, aunque provocara tumultos. Los mismos Noche Oscura, vueltos de espaldas al público, no perdían detalle de lo que nuestras sombras desvergonzadas llevaban a cabo.

—¡Yepa, yepa! —añadían, de tanto en tanto, al margen de la música.

El jefe de estudios, expulsado el vapor de su justa ira, se lanzó contra la multitud que le separaba de la pantalla donde nuestras veras imágenes ejercían de ilustración del Kamasutra. Su intención era atrapar a los culpables y, si sobrevivían al choque, entregarlos al claustro para su cocción.

Pero la masa no es tonta: el que estaba en primera fila no pensaba dejar que nadie le quitara el puesto. El que ocupaba la segunda, lo mismo, Y, así, sucesivamente. El jefe de estudios, de perseverar en la idea del avance, no tenía más opción que trepar por aquella muralla de yeyés excitados, demostrando así su vocación de alpinista.

Inasequible al desaliento, comenzó la escalada. Coronaba ya la melena del último de la fila cuando algo pegajoso se estampó en su cogote: tarta.

Aun a costa de caer, se revolvió tan de prisa como pudo, pero el director ya se había sentado y sonreía plácidamente. Si había sido él, una vez más conseguía que la mano fuera más rápida que la vista.

Se limpió con el pañuelo y volvió a sus ejercicios de montañismo. De nuevo estaba coronando la cresta de un yeyé, que no parecía sentir ni siquiera su peso, cuando otro pedazo de tarta zumbó contra su oreja. La finta que hizo para esquivar le derribó otra vez de su campamento base.

Lanzando rayos gamma por los ojos, inspeccionó el podio de profesores, donde el director brindaba con whisky y no parecía perderse ni una sola de las soeces sombras chinescas. Impotente por falta de pruebas, el jefe humeó en silencio y, por tercera vez, comenzó a trepar por el yeyé más próximo.

Mientras tanto, Nena y yo llevábamos muy avanzada la impartición de nuestro cursillo de educación sexual para adultos. Podía decirse que hasta nuestras sombras sudaban por el esfuerzo.

Aquella pobre concurrencia de yeyés, alumnos y protos, suponía, con reacciones variadas, que presenciaba una emulación, o sea, un acto de rebeldía como el que años después cuajó en algo llamado streaking. Pero nosotros no actuábamos con hipocresía: poníamos el corazón y otras zonas erógenas en el empeño.

No pudimos ver como estalló la tormenta, pero oímos claramente cuando y cuanto. Las investigaciones posteriores demostraron que, cuando el jefe de estudios despuntaba, por tercera vez, por la cabeza de un sufrido yeyé, recibió el impacto de un considerable pedazo de tarta. En el pómulo.

Puesto de pie sobre las calabazas de la multitud, aulló como un coyote loco, se extrajo tomates, que había llevado con propósitos estrictamente defensivos, y bombardeó al director, que disimulaba, aunque no podía ocultar una mano pringada de merengue.

El dire, recordando sus años de guerra, hizo cuerpo a tierra, pero uno de los tomates impactó en la napia de la Griega, que parece que exclamó algo en lengua koiné. Algo gordo, tomado de Aristófanes.

El filósofo, herido también en un hombro, recogió los frutos de la huerta más próximos y los devolvió, mientras el director, bien parapetado, abría fuego graneado con las provisiones de tarta.

Los yeyés, aunque pacíficos, no aceptaron ser alcanzados de lleno sin tomar represalias y echaron mano de cuantos elementos arrojadizos habían entrado con la idea de acertar a los ganadores del concurso si no resultaban ser de los suyos.

Naturalmente, se desplegaron en orden de combate, con lo que el jefe de estudios que, hasta la fecha, correteaba pisando sus duras cabezas, cayó y toda una multitud pasó por encima de sus restos, laminándolos.

La misma Griega, que siempre tuvo un carácter agresivo, capaz de refocilarse con la lectura de la muerte de Héctor, blandió su silla y cargó contra los jóvenes, cantando el Peán como los de la Anábasis de Jenofonte. Cierto que, durante su avance, recibió berenjenas, pepinos y tomates, pero acabó forzando las primeras líneas enemigas y sembrando en ellas el pavor. Las catedráticas de griego cuando, para variar, suspenden sillas, son una fuerza de la naturaleza.

—¿Oyes? —dijo Nena, siempre dispuesta a hablar cuando menos falta hacía.

—Son —dije, haciendo una cita histórica— las luminarias de nuestra victoria.

Para entonces la griega dominaba el centro del terreno, hecha una Gorgona. Sólo la espuma de su boca bastaba para poner en fuga a los yeyés más encallecidos. El dire, también del gremio de los clásicos, había desorganizado el ala izquierda del enemigo mediante el empleo masivo de la tarta. Parapetado tras una mesa volcada, disparaba como una ametralladora y recitaba aquello de Horacio sobre lo delicioso que es morir por la Patria. Un grupo de yeyés, blancos de merengue, le devolvían inútilmente el fuego, pero se trataba de tropas muy mal entrenadas.

El filósofo, casi del mismo ramo que los anteriores, lanzaba cacahuetes fritos a puñados, como perdigones. Hubo quien le acusó de haber roto así las gafas a lo «Lenon» de un yeyé cegato, pero es difícil creer que un cacahuete, aunque lanzado por una mano ducha en hurgar en las mónadas, alcance tal poder de penetración. En cualquier caso, el filósofo se sostenía en la cota representada por el retrato al óleo del primer director del instituto, hombre patilludo y con quevedos.

Los yeyés, aunque más numerosos, no disponían de las mismas dosis de autodisciplina y cedían terreno, sobre todo ante la silla de la Griega. Los Noche Oscura, impresionados por el tumulto, habían dejado de tocar y, sentados sobre los amplificadores y altavoces, contemplaban la batalla, animando ora a unos, ora a otros. Eran tornadizos.

Nena y yo, sin contar ya con la expectación del público, terminamos nuestro número primaveral sin ponerle adornos y permitiéndonos, por una sola vez, aullar profundamente, seguros de no llamar la atención. Lejos de caer en la tristeza «post coitum», acudimos a nuestros puestos, decididos a quemar en ellos nuestras últimas energías.

Con gran presencia de ánimo, irrumpimos en el escenario. Nena arrebató el micro al silencioso cantante y, víctima de una súbita inspiración, gritó:

—¡La poli! ¡La poli!

Los yeyés, como lagartijas sorprendidas en la siesta, se desbandaron. Cierto que, bajo el terror, arroyaron a la Griega y volvieron a laminar al jefe de estudios caído, pero casi todos acertaron con la gran puerta de salida, menos una pequeña facción que se arrojó directamente por la ventana. Ninguno se entretuvo en reclamar la devolución de su dinero. Los músicos, tampoco: aunque huían cargados con toda su impedimenta, iban ganando cuerpos a los mejor colocados.

—¿Quiénes eran los provocadores de la sombras chinescas? —preguntó la Griega cuando conseguimos ponerla en pie y quitarle de los labios un trozo de tomate.

—Gente de esa. —mintió Nena.— Malditos yeyés. ¿Cómo se encuentra?

—Creo —dijo, soñadora, aquella harpía— que le he roto la nariz a uno.

Y a fin de curso, un poco antes de que nos suspendieran los profesores de universidad, tuvimos un bonito viaje.

8. EN LA CALLE

Las calles, salvo cuando las reclaman para sí las autoridades legítimas y los sindicatos, son de todos los contribuyentes, aunque una elemental ciudadanía les impide usarlas como si se tratara de su dormitorio. Ya sé que ha habido quien se ha dedicado a la fornicación pública como método de reivindicación política, y quien lo ha hecho sin método y sin molestarse en reivindicar, preso de una urgencia o cometiendo una deleznable violación.

Pero es forzoso retroceder a un tiempo en que las calles estaban limpias de fornicadores, de navajeros y hasta de policías, sometidas sólo a los imperios del automóvil y de las vendedoras de tabaco rubio por cigarrillos. Dentro de este plan de limpieza iba incluido el carnaval, prohibido desde los años veinte pero celebrado impunemente desde siempre.

Como pasa con las cosas prohibidas, la gente se disponía a vivirlo con cierta anticipación: trazaba planes, diseñaba vestidos u organizaba fiestas en su casino favorito. Los alumnos de COU, que no eran distintos del resto de los mortales, también se preparaban para la ocasión.

De hecho, Nena había desarrollado una febril actividad hasta encabezar a una pandilla de fanáticos del dragón. Estos elementos, en vez de conformarse con una sábana enrollada al cuerpo y una toalla en la cabeza, propugnaban, una y otra vez, que todos nos pusiéramos a trabajar horas extras y, pagando a escote, nos construyéramos un dragón chino, una especie de ciempiés multicolor bajo el que corretearía toda la clase, sembrando el pánico por las calles de la ciudad.

Decidido partidario de la sólida y tradicional sábana y del bigote pintado con corcho quemado, me opuse permanentemente a la banda de Nena que, entre otras cosas, deseaba convertirnos en un taller de costura. Pero las mujeres, y más las jóvenes, tienen una particular manera de hacer adeptos y, mal que bien, todos cedimos a los sucesivos chantajes. Incluso cedimos a la joroba.

—Los dragones —dije en una asamblea— tienen una cabeza grande y fea y una cola larga y escamosa. Pero NO una joroba. No entiendo por qué el nuestro ha de llevarla.

—En el centro. —puntualizó Nena.— Estamos haciendo una broma, ¿no? Pues imaginaos al dragón jorobado por la calle, con la chepa bailándole de un lado a otro.

Y quedó aprobada la moción en favor del dragón corcovado. Como buen demócrata, encajé mal la derrota y, en una de nuestras estrictas intimidades, reabrí el debate:

—Pase lo del dragón —dije—, pero, ¿me quieres explicar qué obsesión es esa por las jorobas?

—Para que tú y yo podamos llevarla.

Reconozcan conmigo que la respuesta era, por lo menos, críptica.

—Los hombres —siguió— no entendéis nada. He inventado todo el asunto del dragón precisamente para que nosotros dos carguemos con la joroba

Ella, debido al maléfico influjo de sus glándulas, encontraba todo aquello razonable. A mí, en cambio, ya me parecía bastante malo vestir de dragón en público como para tener que cargar, encima, con una chepa supletoria.

Pero no conseguí más explicaciones salvo una exhibición detallada de los planos del dragón. El que fuera en la cabeza llevaría sobre sus hombros una percha que sostuviera levantadas las orejas y la frente del monstruo. Los demás, cogidos a la cintura del de delante, avanzarían bajo las faldas, sumidos en la oscuridad. Y los dos del centro también llevarían sobre los hombros el esqueleto de la joroba.

—¡Ay, ay! —dije yo, después de contemplar el diseño.

—Sí. —especificó Nena, sonriendo como un diablillo. —Sí, sí.

Tras muchas fatigas, llegó el jueves lardero. La sección masculina del dragón, forzada a coser y a pincharse, respiró aliviada y más aún cuando vieron que yo era el destinado a soportar el peso de la joroba sobre mis robustos hombros. Estaban a favor del carnaval, pero completamente en contra de los esfuerzos innecesarios.

Nena, en cambio, provocaba al personal:

—Eduardo acepta llevar la joroba porque no se me puede escapar. Y, como veo que no hay más voluntarios, yo llevaré sobre mis hombros el otro soporte.

Un chaval, famoso por su idiotez congénita y por sus grandes dientes, se sintió avergonzado y propuso, muy viril, cargar con el trabajo.

—¿Para que luego te pases el curso presumiendo? —gruñó Nena— Ahora es tarde para arrepentirse. Ya habéis quedado mal. Lo haré yo y basta.

Así son los razonamientos femeninos cuando las féminas llevan en la cabeza algo más que la razón: proyectos.

En llegando a este punto, el lector que haya pasado por los capítulos anteriores se apostaría las botas a que conoce el final natural entre los dos portadores de la joroba del dragón. Pero el lector que así piense comete el mismo error de bulto que Nena en su momento. A saber: es imposible mantener una conexión directa o, si lo prefieren, un íntimo contacto, de pie y avanzando al ritmo serpenteante de los coletazos del dragón.

Lo impiden graves argumentos de la física y de la anatomía. La realidad, por supuesto, sólo sorprendió a Nena, porque yo había adquirido cierta experiencia en el análisis de la sintaxis sexual y abandoné toda ilusión nada más comprender la posición dinámica que esperaba alcanzar la muchacha.

Tras el fracaso inicial, me reí en su oreja de los sucesivos intentos. Allí, sumidos en la oscuridad de la tripa de un dragón de tela, una joven mujer hacía esfuerzos contra las disposiciones de la naturaleza, y un joven hombre, excitado pero humorista, se chanceaba a su oído. Como una hiena. A veces es muy satisfactorio ver como Natura defiende a sus criaturas.

Si nos agachábamos, para facilitar ciertos trámites obligatorios, no podíamos caminar. Si caminábamos, era casi imposible cumplir los citados trámites, y si, gracias a un potente esfuerzo, lo conseguíamos, era manifiestamente imposible mantener una aceptable velocidad de crucero. Lo digo sin jactancia, muy consciente de que el ser humano tiene sus limitaciones.

Pero mis risas, relinchos de dragón, obraban el efecto contrario: no sólo enfurecían a Nena sino que estimulaban su imaginación, que se crece en los momentos difíciles. Si había decidido algo, siempre se le hacía muy cuesta arriba abandonar el proyecto.

La mujer engañada por un hombre ya es capaz de hacer maravillas, pero no es nada al lado de la engañada por su propia mente y por las leyes físicas: nunca acepta un no y juega sucio con tal de inclinar la balanza a su favor.

Así pues, Nena aguardó a que se produjera una curva cerrada en el movimiento serpenteante del dragón y, en el momento de máxima fuerza centrífuga (pues todos íbamos bien cogidos al de delante) puso la zancadilla al compañero más cercano mientras rompía la cadena y se echaba con fuerza hacia atrás, contra mí.

Rodamos como bolos. No les digo más. Algunos fueron catapultados fuera de los faldones. Otros salieron arrastrándose, mientras preguntaban dónde había sido el terremoto. Un tal Martínez buscaba un trozo de diente, lamentándose de profundis.

Y Nena, cabalgando sobre mí bajo el tumulto en que se habían convertido los restos del dragón, me increpaba, acusándome de haberle hecho perder el equilibrio.

Sus palabras decían una cosa pero, como de costumbre. su cuerpo hacía otra muy distinta. No siempre una mujer que parece estar estrangulando a un hombre caído le estrangula en realidad, aunque le corte el aliento de todas formas.

El tumulto proseguía en torno a nosotros, dentro y fuera del aplastado monstruo. Recuerdo el rostro de otra chica, a centímetros del mío, suplicando a Nena por mi vida:

—No seas bestia. —le decía.— No es para tanto.

Pero Nena se removía sobre mí, con las manos en torno a mi cuello, y yo forcejeaba como si en realidad quisiera sacudírmela de encima. Ambos, sin rebozo alguno, proferíamos gritos que aliviaran nuestra tensión, satisfechos al comprobar como una buena pelea a brazo partido impedía a los demás percatarse de que presenciaban un acto secreto.

Los acontecimientos, sin embargo, iban todo lo rápidos que nos era posible, porque sabíamos que pronto los compañeros saldrían de la confusión de la caída colectiva y acudirían en mi auxilio.

Mientras unos muchachos levantaban la tela del difunto dragón, dos chicas cogieron a Nena por los sobacos y la desprendieron de mí. Yo, girando sobre mi eje, me retorcí boca abajo mientras cerraba todas las escotillas.

—¡No quiero que me vuelvas a hablar! —aún me gritó Nena, tirándose para abajo de la falda.

Pero, cuando volvimos a armar el dragón y reanudamos la loca carrera, noté como su cálida mano palmeaba mis resortes secretos, dándoles ánimos y una mención honorífica por su heroico comportamiento durante el combate.

 

NOTA— Cuando una mujer joven recurre al duro suelo de la calle para ejecutar actos íntimos, no siempre significa que algo funcione mal en ella. Si la juventud es osada, el sexo lo es más.

Esas pobres parejas que, llegado el momento de relajarse los sentidos, pierden minutos preciosos buscando una cama o un sofá, están condenadas al aburrimiento y, por lo tanto, a la separación en un plazo más o menos breve.

Como recomendaba Horacio, «carpe diem»: corta la flor del día, o sea, aprovecha el presente te alcance donde te alcance, ya en un columpio, ya en el lavabo de señoras o en el mar Mediterráneo.

9. EN UN INCENDIO

Aunque la Democracia todavía no había hecho eclosión en España, alguna vez se incendiaban los pinares pero, todo hay que decirlo, sin la magnificencia que hemos alcanzado después, cuando el pueblo ha sido libre.

Cerca de nuestra playa mediterránea bailaban unas colinas lentas, cubiertas de coníferas y encinas, donde solían acudir los camareros sin bungalow para satisfacer a las más exigentes de las turistas casadas, siempre deseosas de llevarse un «latin lover» como trofeo. Además de estos habitantes circunstanciales, abundaban por allí los boys scouts, los conejos y, en ocasiones, algunos cerdos abandonados a la dieta de bellota.

Salvo los conejos y los cerdos mencionados, los demás habitantes de las colinas boscosas acostumbraban a fumar y, no satisfechos con eso en el caso de los boys scouts, a prepararse paellas. Por eso no nos sorprendimos demasiado cuando una tarde vimos levantarse sobre ellas una negra y ondulante columna de humo.

Subí a Nena al sillín de mi cuarenta y nueve y, sin prestar atención a sus habituales jugueteos, conduje hasta encontrar a seis «girls scouts», o sea, boys scouts hembras, brincando en torno a una paella y propinando gorrazos a unos matorrales que se les habían prendido en un descuido. Aquellas maniobras, pese a la calma del aire, no hacían más que aventar el fuego.

Nena condujo de regreso para dar la alarma mientras yo me quedaba junto a la hoguera, organizando los primeros trabajos de extinción. Lo primero, cortar ramas para aplastar con ellas las llamas.

—En un bosque —me dijo la girl capitana, con una absoluta falta de adaptación al medio— no se pueden cortar ramas verdes. Los árboles sufren.

Tras un breve razonamiento, que incluyó la palabra «burra», tuvimos el equipo necesario y nos dedicamos a apalear el fuego. Éramos siete contra uno pero, aún así, se las arreglaba para ir ganando a los puntos.

Cuando prendió el décimo pino, escupiendo piñas incendiadas en todas direcciones, la chicas se echaron a llorar en torno a la paella, que era lo único de los contornos que seguía poco hecho. Muchos pavorosos incendios han sido posibles por esta clase de desánimos mientras se contempla una paellera culpable.

Para entonces Nena había seguido ya todos los trámites, habituales ayer y hoy, para dar parte de un incendio:

—No es aquí. —le dijeron en las oficinas del ayuntamiento— Marque el número de la policía municipal.

—Nosotros no llevamos estas cosas —manifestaron los guardias.— Llame a los bomberos municipales.

—Sí, somos los bomberos, pero no podemos actuar sin órdenes del alcalde.

Con una súbita inspiración, llamó a la guardia civil:

—¿En qué sitio dice que es?

Los vecinos de la playa tampoco se mostraban muy dispuestos a cooperar en la extinción. Si ya sudaban bajo la tórrida tarde de Agosto, algo les decía que junto al fuego encontrarían mucho más incómodas sus vacaciones.

Aún así, media hora después del primer telefonazo se presentó una pareja de la guardia civil en el lugar de autos, a comprobar si era cierta la alarma. Tras inspeccionar, mientras yo, en solitario, seguía tratando de ahogar las llamas, repararon en la paella responsable y mantuvieron una larga conversación con las girls scouts.

—¿No sabíais que está prohibido encender fuego?

—Lo rodeamos con piedras, ¿no lo ve?

Las dos partes, interesadas más en las causas que en los efectos, habían perdido la iniciativa y se enfangaban en discusiones bizantinas, dejándome las responsabilidad de apagar algo que ya tomaba proporciones épicas.

Otra media hora después llegaron seis guardias civiles más y, todos juntos, fuimos a tostarnos junto a las llamas, mientras las girls scouts, simulando hábilmente un ataque de histeria, se retiraban a la carretera más próxima.

Dos guardias se habían desplazado a la urbanización, con la pretensión de hacer una leva forzosa de vecinos. Atraparon a unos pocos en un bar y los fustigaron hacia el fuego donde, de mala gana, empezaron a manejar las palas cortafuegos y a pensar barbaridades de la benemérita.

Sin prisa, pero sin pausa, como se decía por entonces, fueron llegando algunos servicios municipales, la defensa civil y hasta el Delegado del Gobierno que, siguiendo los hábitos de su gremio, se retrató a una distancia prudencial y declaró que ya estaba todo bajo control.

Cuando cayó la noche, llegaron las primeras cubas con sus mangueras, permitiendo que los guardias civiles y los «voluntarios» se retiraran a un segundo plano. Nena había vuelto a subir a las colinas y, tras localizarme, hacía comentarios muy femeninos:

—Estás espantoso sin pestañas.

—Me ardieron cuando me pilló un rebufo. Material inflamable.

—Esas piernas coloradas no me gustan nada. —siguió.

En previsión de estos males, había subido un tubo de pomada para las quemaduras y procedió a extenderla por casi todos los miembros socarrados que, por cierto, también habían sufrido una considerable depilación.

Un bombero, con impermeable amarillo y casco, pasó por nuestro lado, arrastrando a duras penas una manguera. Nada como un buen bombero, con todo su equipo, para provocar sonrisas a la luz oscilante de un bosque ardiendo. El impermeable, sobre todo, era una pieza maestra de la inutilidad.

—¡Eh, chavales! —gritó, posiblemente en demanda de auxilio.

—¡Eh, bombero! —saludamos, sin dar muestras de captar la clave de sus pensamientos.

—Venid aquí a tirar, que no puedo.

Tirar es una palabra de muchos sentidos, algunos soeces, que pareció despertar en Nena una nueva visión de aquel mundo ardiente. Al curarme había comprobado, de forma maquinal pero efectiva, que los furiosos calores no habían afectado a ninguno de mis órganos vitales y calculaba que algunas ampollas, aquí y allá, no eran suficientes para embotar mi impulso genésico.

En pie, como si alguien le hubiera accionado algún resorte secreto, se puso tras el bombero y me invitó a hacer lo mismo. Combinando las fuerzas de los tres, fue fácil adentrarnos en el horno y alcanzar una posición privilegiada para remojar a todos aquellos pobres árboles.

—¡Voy a abrir el agua! —gritó el bombero, pues hay que saber que los incendios provocan un gran ruido de fondo, entre las llamas y los aullidos de los voluntarios.

Viéndonos bisoños, prodigó unas instrucciones que, luego, se revelaron polivalentes:

—¡Abrid las piernas, bien inclinados hacia adelante! ¡Y coged la manguera con mano firme!

Esto último, pero a su modo, lo ejecutó Nena en cuestión de segundos, impidiendo que yo conservara alguna duda inocente sobre sus intenciones, ocultas por el fuego. Inclinada hacia adelante, y con todo cogido, contempló el espectáculo, esperando de mí algo igual de fogoso, por lo menos.

No dice la historia si Nerón, observando el incendio de Roma, estuvo tentado de dar rienda suelta a alguno de sus complicados instintos. Nena, sí, y yo, también, por puro compañerismo. Se trata de una experiencia tórrida y nada fácil, pues la manguera culebrea, por así decir, y ejerce una gran fuerza sobre quienes la usan: de ahí que haya que inclinar, al menos, el cuerpo hacia adelante, con las piernas abiertas y, en ocasiones, apoyarse en el de delante.

—¿Va todo bien ahí atrás? —gritó el bombero.

—Sí. —replicó Nena, ateniéndose sólo a la verdad.

—Noto que esto se tambalea algo. —siguió el profesional.— Haced más fuerza.

La hicimos, cumpliendo a rajatabla las instrucciones, mientras el bombero, con pericia de hombre, dirigía el chorro hacia las zonas que más captaban su atención. Luego dio unos pasos al frente, provocando un gran desconcierto en nuestras filas.

—¡Vamos! —aulló— ¡Avanzad detrás de mí!

Hay momentos en que dar unos pasos es la cosa más sencilla del mundo y otros en que se convierte en una actividad dificultosa. Después de dos intentos infructuosos, además de incómodos, preferí levantar a Nena y llegar así hasta la nueva posición de combate.

—¡Piernas abiertas, piernas abiertas! —exigía el bombero.

—Sí, sí. ¿Qué se cree que hago? —gritaba Nena, apoyando la frente contra la espalda del matafuegos.

Durante unos escasos minutos la situación se mantuvo estable. Nosotros, no tanto, pues llevábamos a cabo un ejercicio extra sobre un suelo donde abundaban las brasas. Lejos todavía de donde queríamos llegar, el bombero volvió a sentir la necesidad de avanzar contra el enemigo y nosotros, suspendidas las operaciones, tuvimos que repetir la maniobra anterior.

Tres veces más sucedió esto mientras Nena y yo empezábamos a cansarnos de tales malabarismos circenses. Entonces una mano se apoyó en mi hombro: otro profesional acudía en nuestra ayuda, a pesar de que nadie le había dado manguera en aquel apagado.

—Te mueves demasiado. —me dijo, poco satisfecho con la observación de mi estilo.— Deja la cadera quieta y que la fuerza se haga sólo con las piernas separadas. Echa el cuerpo más hacia adelante.

—¡Me duele la espalda! —berreé.— No me puedo inclinar más.

Y era verdad: cualquier nueva inclinación por mi parte hubiera hecho imposibles mis actividades extraforestales.

—¡Aficionados! —siguió gritando el refuerzo, situándose detrás del primer bombero y obligando a Nena a apretarse algo más contra mí.

—¡Ahhh! —gritó ella.

—¿Te he hecho daño, chica?

—¡Es la emoción, bombero! Me dan ganas de gritar: ¡Ahhh!

—¡Ahhh! —grité yo, aprovechando que, por una vez, podía expresar mis sentimientos a pulmón libre.

—¡Ah! —repitió el bombero, contagiado.— ¿Sabéis que descansa gritar? Y da ánimos.

—¡Ay! —gritamos los cuatro a coro, cada uno por sus motivos.

Consideré si aullar «¡Mi vida!» sería mal interpretado por la bomberada, y me contuve.

Por fin mi novia manifestó estar exhausta y, compadecidos por nuestro lamentable aspecto, los profesionales nos licenciaron no sin hacerse lenguas de nuestra entrega al deber.

Algunos minutos después nos bañábamos en el mar. Columnas de vapor se desprendían de nuestros cuerpos, recalentados por tantos motivos. A lo lejos, el incendio seguía, aunque, en nuestro interior, se había apagado dando gritos de angustia.

10. EN PATÍN

Hubo un tiempo en que los padres estaban sometidos a muchas servidumbres. A llevar, por ejemplo, bañadores amplios y discretos, auténticos calzones a la moda Fraga, y, por supuesto, a no descansar en paz hasta que sus hijos entraban en edad militar.

No satisfecha con tales exigencias, la sociedad de la época les impedía enamorarse. Los ojos se les iban, protuberantes, tras las turistas, pero debían mantener el corazón puro, dedicados a remojar a sus vástagos menores del modo menos perjudicial para su digestión.

Así era, al menos, el padre de Nena, y no era raro verle alejarse de las tentaciones de la orilla valiéndose de un patín o «pedalo». Embarcaba a los dos pequeños y se hacía a la mar, rumbo al curvado horizonte, donde no era habitual ver excesivos cuerpos femeninos oreándose.

Nena y yo, siempre atentos a fingirnos mayores, habíamos adoptado un ritual playero consistente en aguardar a que el grueso de la familia abandonara el chalé, cargado con toallas, sombrillas y untes bronceadores. Entonces Nena se ponía el bañador en el discreto reducto de su dormitorio y, por motivos obvios, para llevar a cabo la maniobra antes debía despojarse de muchas otras prendas.

Era, sin duda, una forma de despabilar mis glándulas suprarrenales, que vertían en mi sangre auténticos caudales de adrenalina. Otras, menos internas, se encargaban de la testosterona. Hay algo en el cuerpo de la mujer, ustedes me entienden, que impide que resulte aburrido. Visto mil veces, uno anda pensando cómo verlo mil una mientras se admira a la imaginación todopoderosa que lo urdió y puso en él todas esas misteriosas panorámicas.

Una emoción estética, una vibración artística que zumbaba de los ojos hacia abajo y arrancaba reverberaciones en los lugares más apartados y protegidos del sol.

Aquella mañana, como otras, había admirado los pechos elásticos de la muchacha, terminados en esos brotes rosados, como yemas de árboles alcanzados por la primavera. Y las curvas limpias de la cintura vibrante, casi indistinguibles del toque de ánfora de las caderas o de la suave comba del vientre que se sumía, como por milagro, en el bosque sagrado de Venus, donde, si me dejaran unas herramientas, construiría un templo mucho más hermoso que el de Diana.

Emociones estéticas, digo, pero poderosas; gestos automáticos de la muchacha que provocaban burbujas en mi sangre y ciertos movimientos sísmicos allá, en la profundidad de mis pantalones de tergal.

Pero teníamos otro rito mucho más fastidioso: no aprovecharnos de estas libertades y no hacer nada reprobable —aunque placentero— mientras disfrutábamos de nuestras íntimas soledades. Ya he dicho demasiado que algo en la fabricación de Nena —posiblemente un tornillo— la empujaba a la actuación pública y temeraria. A solas, era una especie de walkiria con virginidad de hierro que, todo lo más, me permitía hervir lentamente mientras los ojos se me escapaban de las órbitas y caían, repetidamente, en éxtasis místicos.

Tras estas operaciones, y para ayudar a la refrigeración natural del organismo, aquella mañana nos habíamos adentrado en el mar y, a doscientos metros de la costa, chapoteábamos como cetáceos enamorados, restregando, por aquí y por allá, nuestras respectivas encarnaduras.

Así nos encontró el padre que, en cumplimiento de su oficio, paseaba en patín al menor de los hermanos, obligándole, de paso, a pedalear de firme: nunca se sabe si un renacuajo puede ser un buen futbolista y, por lo tanto, siempre es bueno que desarrolle las piernas.

Hechos los saludos de rigor a flor de agua, nos enteramos de que la navegación paterna se encaminaba hacia un islote alejado. Los ojos de Nena chispearon como los de una gaviota que divisa una sardina en lontananza.

Cuando se dispone, a la vez, de un padre esforzado y de un patín acuático alquilado por horas, nada más placentero que agarrarse a la popa de una de las barquillas y dejarse remolcar: el roce del agua es una delicada caricia que predispone el espíritu para mayores realizaciones.

Pero, si además de los anteriores elementos, ronda por las cercanías una novia con bikini en tonos azules, es probable que el padre, en lugar de remolcar a una pareja, arrastre un verdadero tumulto. Nena, cogida con las dos manos de la popa del patín de babor, me había indicado que me aferrara a sus hombros con cuantas fuerzas me infundiera Natura. La maniobra, además del lógico arrastre, permitía roces estimulantes contra el bikini.

Ya en aquellos lejanos tiempos la estructura de los bañadores había sido calculada por diseñadores que no perdían el mundo de vista. En el caso de una prenda femenina, el curioso lector debe saber que, gracias a la espuma de nylon y a la licra, para operar a fondo basta con apartar con un dedo el fondillo de la braga. En el caso del hombre se puede optar por la misma maniobra de descorrimiento del cortinaje o, si se prefiere una menor presión, arriar brevemente la vela mayor y dejar en absoluta libertad a los órganos interesados.

A simple vista quizá parezca que estos detalles resuelven la totalidad de los problemas mecánicos. Pero cuando uno se deja llevar por un patín, sumergido en agua hasta la nuez, debe poner la mente primero en Arquímedes y los empujes y, si consigue esto, en la acción/reacción que menciona la termodinámica.

En otras palabras: si uno empuja a una chica sumergida, que sólo se apoya en sus manos alzadas, su cuerpo se va para abajo mientras el propio empujador retrocede. Y, si las leyes de la naturaleza están contra uno, la libido puede intentar lo que quiera sin conseguir más que sufrir y fastidiarse.

—¿Qué haces? —murmuró Nena tras los primeros fracasos.

—No soy yo. Es Arquímedes.

—Pues dile —advirtió aquella inconsciente— que atienda mejor a lo que hace.

Pero, ¿y la flotabilidad? Algo digno de meditarse profundamente si no se quieren sufrir accidentes. Yo, urgido por la necesidad de cometer el pecado de la carne, rodeé la cadera de Nena y me dispuse a actuar según Natura enseña.

Sólo que, al tener el punto de apoyo tan bajo, el rozamiento del agua y la velocidad me hicieron girar sobre el eje que, en aquellos instantes, estaba a punto de emplearse a fondo, según sus conocidos hábitos. Para completar el panorama, mi cabeza quedó bajo la superficie y, tomada por sorpresa, absorbió una buena dosis de Mediterráneo.

Como no es posible actuar —ni para el hombre ni para su eje— en tan extremas circunstancias, de través y privado de oxígeno, solté mi presa, levanté el telón que había arriado para el trabajo y saqué la cabeza para respirar y para contemplar como el patín se alejaba.

—Cuando las cosas son imposibles —murmuré al volver a la nave y agarrarme a popa—, vale más no tentar a la suerte. Además, hay cosas que no deben salir del bañador, si es que uno recuerda lo que les gustan los gusanos a los peces.

—Nadie tomaría eso por un gusano...

—Un salmonete corto de vista. —puntualicé, sin pretender ofenderme a mí ni al salmonete.

Pero, a medida que navegábamos hacia el islote, impulsados por las nudosas patas del padre, más clara aparecía la premonición de ir a ser ésta la primera ocasión en que nuestros amores —por llamarlos en lenguaje poco realista— iban a ser vencidos por las fuerzas combinadas del señor Arquímedes y el hecho de ser tan poco consistente el agua. Para lograr nuestros objetivos no bastaba un punto de apoyo: eran necesarios dos; porque, como advirtió el clásico, un solo punto de apoyo sirve para mover el mundo más de la cuenta.

Mientras meditábamos en estas cosas de la física recreativa, llegamos al islote: contaba con un bajío arenoso que servía de entrada a una cueva que, en tiempos, fue la delicia del contrabandista, pues las barcas pequeñas podían penetrar por ella hasta embarrancar en una playita penumbrosa que se extendía en el interior.

Lo que un poeta llama penumbra, llevado por el entusiasmo lingüístico, puede ser oscuridad para un mortal que no esté tocado por el dedo de Apolo: tales eran los casos del padre y del hermanito mientras Nena y yo, con los pies en el suelo, sentíamos renacer la confianza en nosotros mismos.

—Aquí —dijo Nena— es mejor que no pedaleeis. Nosotros os iremos empujando por detrás.

Se trataba, ¿comprenden?, de empujar por detrás y se daba la circunstancia de que yo estaba a la popa de Nena y sumido en la oscuridad, lo que cualquiera hubiera interpretado adecuadamente, volviendo a descorrer las elásticas cortinillas de espuma de nylon que con tanto amor estudiaron sus fabricantes. Quedaba el asunto de los salmonetes miopes, pero no tendrían muchas oportunidades, caso de presentarse a inspeccionar.

—Vosotros —añadió Nena, cubriendo un riesgo— vigilad a proa para que no choquemos con nada.

Chocar, lo que se dice chocar, sólo lo hacíamos ella y yo, bien que imprimiendo al patín un movimiento de avance que pudiera llamarse aleatorio o errático.

—¿Qué pasa? —preguntó al fin el padre, sin dejar de vigilar delante de sus narices.

—Se hunde. —dije yo, dispuesto a no ocultar nada importante.

—La arena. —puntualizó Nena, haciendo tanta fuerza hacia atrás cuanta yo hacía hacia adelante.— Se hunde bajo los pies.

—¡Yo quiero salir! —gritó el hermano pequeño.— Esto me da miedo.

—Cagueta.— le espeté, tratando de herir su amor propio y que, por vergüenza, dejara de exigir luz y taquígrafos.

—Si cierras un poco los ojos, verás como brillan las algas. Es el fósforo. —le distrajo su hermana.

—¿De ahí es de donde se sacan las cerillas? —preguntó el niño, iniciando una de nuestras habituales conversaciones educativas.

—Sí. —asintió Nena.

—¿Cómo?

—Primero, se seca el fósforo. —intervine yo.

—¡A la izquierda! —gritó el padre, que había vislumbrado una roca en las proximidades.

El patín todavía cabeceó más, porque no es fácil girar para dos personas íntimamente unidas: la de atrás debe dar el doble de pasos que la de delante, y todo eso sin dejar de profundizar en la cuestión. Tras el viraje, el vehículo siguió con sus brincos.

—¿Qué hacéis? —preguntó el padre inocente.

—Lo que podemos. —afirmé.

—Si quieres bajar tú y empujar... —le desafió Nena, consciente de que el padre había embarcado con calcetines, mechero y tabaco.

—¿Y cuando se ha secado el fósforo? —reanudó sus pesquisas científicas el niño.

—Se pega a un palo.

—¿Con qué?

Pero el macaco debe aguardar todavía la respuesta porque, a una señal de Nena, enclavijé los dientes y empujé con todas mis fuerzas, dos, tres veces, cuatro, y el patín embarrancó profundamente en la arena de la playa subterránea, derribando al enano de su asiento.

—No seáis brutos. —pidió el padre, con suavidad.

Y no lo éramos. Ni brutos ni santos.

—¡Cuánto lo siento! —dijo entonces Nena que, en efecto, lo sentía en lo profundo.

—Tirad hacia atrás. —ordenó el pater familias.

Obedecí, dejando que la espuma de nylon cubriera cuanto quisiera, y el orden quedó restablecido.

11. EN UNA TIENDA

—Si no lo haces —me dijo Nena con el ceño fruncido—, hemos terminado para siempre.

Cobarde de mí, me despedí de los padres y salí del jardín a buen paso mientras Nena, enfurruñada, se metía en la tienda de campaña.

En la vida de todos los birrias de diez u once años hay un momento en que piden una tienda para su cumpleaños. El hermano mediano de mi novia no era una excepción y aquella mañana su padre le había dado el artefacto.

Cuando me dejé caer por la casa, a eso de las diez, el chico había extendido todas las piezas por el césped y berreaba, víctima de la impotencia. No conseguía ni montarla ni que el padre se pusiera a ello. Su progenitor, como todo el mundo, había sido de las Falanges Juveniles en los años cuarenta, pero se defendía obstinadamente arguyendo que ellos usaban material muy distinto.

—Tú, Eduardo —ordenó—, ya que siempre estás dispuesto a comerte mis pasteles, ¿por qué no le echas una mano al niño?

Y se la eché, aunque no precisamente donde hubiera deseado. Cuatro minutos después estaba todo montado. La puerta daba al centro del jardín y el ábside, para mi mal, rozaba el seto que nos separaba de la calle.

Unos rastros de piedad me llevaron a advertir a los renacuajos:

—En verano no hay nada peor que una tienda de campaña al sol. De ellas sacan los finlandeses sus planos para las saunas.

Los niños, claro, no escucharon la voz de la experiencia y, tras zambullirse en el habitáculo, cerraron las cremalleras y empezaron a alborotar. Seis minutos después hubo que extraerlos cocidos en su propio jugo, con las ropas empapadas y el rostro pálido y desencajado.

—No volváis a entrar mientras haya sol. —ordenó la madre, facilitándoles vestimenta limpia.

—Pero, ¿podremos dormir ahí esta noche?

—Sí. —dijo el padre, siempre dispuesto a ver con placer como a sus hijos les mordía un escarabajo y se iban curtiendo en la dureza de la vida.

Yo, a la sombra y junto a Nena, me refrescaba con cocacola y procuraba hacer comentarios chistosos sobre el modo en que se queda la espalda después de una noche abandonada en una tienda de campaña. Ignoraba, claro está, que mi novia aprovechaba para trazar uno de sus famosos planes.

Por la tarde, y bajo las sombrillas, se dispuso un convite para la chiquillería que acudiría a homenajear al hermano. El proyecto consistía en dejarles tragar chocolate hasta que empezaran a embadurnarse con él y, luego, rematarlos con una tarta cubierta de velas comestibles.

Ya saben como son estas cosas: las madres los traen limpios y peinados, con un regalito debajo del brazo, y ellos, tan pronto como catan la libertad, se ponen a caracolear y a revolcarse, hasta convertirse en verdaderos niños con la manos sucias, que es como mejor se come la tarta.

Y, en este caso, estaba la tienda además: entraban a bandadas en ella y salían sudados, de forma que la suciedad adquirida antes se tornaba churretes y surcos sobre su joven piel: parecía que ya se hubieran tomado el chocolate.

—Nena. —dijo la madre, cansada de tales expediciones— Ponte allí y no dejes entrar a nadie.

Fue entonces cuando Nena, que ya había hablado conmigo de ciertos aspectos del problema, pronunció las duras palabras que he citado al principio de la historia:

—Si no lo haces, hemos terminado para siempre.

Cobarde de mí, me despedí de los padres, alegando un secreto runrún en el hígado que me hacía huir del olor del chocolate, y salí del jardín. Rodeé la casa hasta el lugar del seto donde se apoyaba la trasera de la tienda, lo perforé, levanté los faldones y me hallé en el interior de aquel maldito horno.

Nena entró poco después, dejando cabeza y hombros fuera. Parecía tumbada pero, en realidad, su parte invisible se apoyaba sobre las rodillas, poniendo a mi alcance todos los elementos necesarios para cumplir según Natura exige.

Sólo que Natura, por una vez, había puesto en el cielo un sol de justicia que nos deshidrataba y que convertía nuestras pieles (XX y XY, por describirlas genéticamente) en una pista resbaladiza, sólo apta para el patinaje artístico.

Cometer el amor a unos cuarenta y cinco grados Celsius es empresa dura. La sangre se niega a fluir donde es necesaria, obstinada en refrigerar el radiador. «¿Más calenturas aún? —se pregunta la sangre en cuestión— No, gracias.»

Pero la voluntad todo lo puede y, tras levantar las faldas de Nena hasta la cintura e inspeccionar la zona de operaciones, la sangre se avino a colaborar y a superar todos los obstáculos y todos los sufrimientos del mes de agosto.

Desde fuera, un observador inocente sólo podía ver a una caterva de monstruos arrojándose chocolate a las camisas y corriendo por el césped, a una madre con jarra rellenando los vasos de plástico y la cabeza de Nena, apoyada en sus codos, dando consejos útiles a sus hermanos:

—Persigue a Cristóbal —decía— que todavía lleva la camisa limpia.

O bien:

—Largo de aquí, niño. Si entras, te arranco las orejas.

De hecho, alguien sí había entrado, y no sólo en la tienda. Aunque todo yo era una viscosa masa de sudor ardiente, trabajaba con la conformidad del fogonero que echa sin descanso leña al fuego. En ocasiones, me apoyaba sobre la húmeda cintura de Nena para aliviar las muchas tensiones de orden físico; en otras, me animaba pensando en el fuego del infierno, que debía ser considerablemente más fresco que el interior de aquella tienda.

—¿No tienes calor ahí dentro, hija? —preguntaba la madre, dando conversación.

—Como estoy asomada, no demasiado. Abajo —añadió con un desafío pícaro—, bastante más.

¿Más? Chorreábamos en el cumplimiento de nuestro deber, rodeados no sólo por el calor de agosto sino por quince o veinte niños aulladores que se arrojaban chocolate y, en sus carreras, trataban de colarse en el interior.

No sé si ustedes han probado a cometer el amor en tan adversas circunstancias. Las mujeres, de ordinario tan pulcras, se convierten en dudosos y húmedos puntos de apoyo y, además, los trebejos, por así llamarlos, se obstinan en deslizarse una y otra vez de sus receptáculos naturales, causando el consabido desasosiego.

Item más, la faena se alarga, tanto porque el deslizamiento es demasiado suave cuanto que las demás torturas físicas arrancan de la mente lo que debiera ser el objetivo principal, o sea, poner la estocada en todo lo alto y oír, por lo menos, un pasodoble esponjándose sangre arriba, sangre abajo.

Por seguir con el mismo lenguaje, terminada la faena de aliño, puse, aquí y allá, varas y banderillas y cogí el estoque. La fiera, a cuatro patas, estaba entregada, por así decir, y el momento de la verdad se aproximaba a velocidades de vértigo.

Mi empuje era tal que, en uno de los últimos empellones, mientras Nena comunicaba a su madre que no se estaba tan mal allí dentro, resbalé contra su cuerpo empapado y me precipité sobre el palo mayor de la tienda.

Nena, ya fuera por la costumbre, ya por la cuenta que le traía, resistía bien mis acometidas, pero el palo, no: se dobló por la mitad y cayó, mientras la lona de la tienda se desplomaba sobre nosotros, añadiéndose alegremente al tumulto.

—¡Ah! —gritó Nena, no sé si por una cosa, por la otra o por ambas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la madre, precipitándose hacia la zona de la catástrofe.

Y yo, recuperando los trastos, retrocedí, en silencio, hacia el fondo de la tienda y, tras alcanzar los faldones del ábside, traspasé el seto reptando como un gusano.

Cuando me vi, a cuatro patas, en la calle, di las gracias efusivas a mi buena estrella y, sin perder un momento, corrí hacia la playa, donde las gaviotas y los turistas de retén pudieron ver a un español extravagante bañándose vestido y emitiendo chorros de vapor. Si alguna vez hubo un español sofocado, ese era yo, obligado a trabajar por encima de los cuarenta y cinco grados y sintiendo, en el momento de la verdad, como el cielo se desplomaba sobre su cabeza.

¿Y qué conseguí cuando, vestido de nuevo, regresé a casa de Nena? Ella, seguida de cerca por sus dos miserables hermanos, se puso en jarras y me espetó:

—¿Y tú eras el que sabía montar tiendas? Mira lo que le ha pasado a la nuestra.

Pero, mientras la volvía a levantar y asegurar, contemplado por cientos de niños empapados en chocolate, noté un suave beso en el cogote... El amor, el prohibido y el autorizado, tiene mucho de teatro.

12. EN EL LECHO DEL DOLOR

Un día de sexto, mucho antes de cualquiera de las aventuras que van contadas, Nena no fue a clase. Al aterrizar en su casa por la tarde me la encontré postrada en el lecho del dolor y con una bufanda al cuello.

Según el médico, la madre y la enferma, tenía anginas de alta temperatura, o quizá algo más grave, según yo mismo, porque ni siquiera dio muestras de reconocerme. Sólo cuando, en un descuido, le pellizqué amorosamente un pecho, volvió a la vida y me dijo:

—¡Oh, déjame! ¡Maldito obseso!

Claro que ella, verdaderamente, no había despertado aún a la vida y, aunque nunca fue reacia a los pellizquitos en una glándula, el dolor de garganta la obnubilaba poderosamente.

Al día siguiente las cosas iban mejor: el lecho del dolor, la bufanda y ella misma seguían donde los dejé, pero una sonrisa amistosa flotaba, partiendo de su boca, hasta el armario ropero. El piramidón había reducido a cenizas la fiebre y una serie de enjuagues había despejado la garganta lo suficiente como para pronunciar «siéntate a mi lado, Eduardo Libre.»

Inseguro aún, hice la prueba del fuego y oprimí sus pechos haciendo ruido de bocina, algo como «moc—moc», que sólo provocó, pese a la grosería, una sonrisa complacida. Nunca he llegado a comprender lo que piensan las mujeres de sus pechos: no los ven como verdaderos atributos sexuales sino como adornos destinados a hacer bizquear a los varones y a provocar envidia en las hembras peor dotadas.

Por eso, una mujer que se los deja tocar no siempre está dispuesta a permitir las investigaciones descendentes que esta primera maniobra suele aconsejar al varón urgido. Azotitos en la nalga y apreturas pectorales no son, como algunos creen, un pasaporte a la intimidad, así que dejé correr las cosas y pasamos a una de esas conversaciones en voz baja, que suenan como zuritar de palomas.

Gracias a la asignatura de Filosofía, llevábamos algunas semanas discutiendo sobre la sensación. Rozaba las yemas de sus dedos, por ejemplo, y le hacía notar la calidad del efecto. Besaba suavemente sus labios y le exigía una descripción detallada de lo que pasaba por su cuerpo y por su mente.

—Un beso es más que un beso, lo mismo que un club es más que un club. —le decía para estimular sus confidencias.

No contento con ello, y dado que estábamos en una etapa de formación, frotaba sus pezones y me preguntaba en voz alta si eso producía más abajo algún reflejo placentero.

—¿Dónde? —decía aquella niña, dormida todavía en las plumas de la infancia.

—Aquí. —respondía, poniendo mi pecadora mano donde el lector puede imaginar sin esfuerzo: una zona dulcemente curvada y poblada de césped.

Nena se removía, un poco inquieta, y confesaba que algo notaba. ¿Cómo un calor? ¿Como una comezón? ¿Como un latido?

—Algo. —insistía, sin dar detalles específicos que enriquecieran mi conocimiento de la sensación que, como todo el mundo sabe, es el principio de toda sabiduría y condición «sine qua non» para formar juicios de mayor envergadura como, por ejemplo, «las aves tienen pico».

Así fue como, de juicio en juicio y aplicando algún silogismo que otro, llegué a la conclusión de que Nena, aunque conocía la palabra, no sabía lo que era un orgasmo, o sea, que no se había acalambrado con él ni una sola vez.

Una chica de casi diecisiete años, en tales condiciones, no podía menos que sentir una cierta curiosidad hacia el asunto. ¿Era algo tan intenso como se murmuraba en los lavabos? ¿Abría las carnes? ¿Añadía una nueva y más amplia dimensión a la personalidad?

Yo decía que sí, que todo eso, pero que, además, era divertido. Como cuando a uno le rascan donde pica, pero mucho más. Tales explicaciones, naturalmente, no servían para describir la verdadera esencia del orgasmo que, según algunos sesudos, consiste en la supresión total del dolor, aunque se trate de uno de muelas.

Así que, aprovechando el lecho del dolor, el camisón y la curiosidad de Nena, me las ingenié para alcanzar su fábrica de colapsos y explicarle, de palabra y de obra, las virtudes táctiles de aquella cosita que los médicos, siempre herméticos, llamaban clítoris en lugar de «la alegría de la huerta.»

Apenas habíamos empezado por los primeros puntos de la demostración cuando su hermano se dejó caer por allí, dispuesto a leerse los tebeos que yo había llevado en mi afán de consolar a los enfermos.

Nena se había colocado de tal modo que me bastaba introducir la mitad de mi mano bajo las mantas para alcanzar sus centros operativos, sobre los que había afluido una gran cantidad de sangre concupiscente.

Si se procuraba no agitar demasiado la zarpa, el experimento podía seguir sin excesivos riesgos, tanto porque Nena mantenía cara de póquer cuanto que yo me vencía sobre la mano pecadora, cubriéndola de miradas inquisitivas con la barriga. El único inconveniente estaba en las ganas de conversación del hermano.

—¿Por qué Supermán vuela? —preguntaba.

—No vuela: brinca muy fuerte. Como un saltamontes.

—¿Y por qué las balas no le entran?

—Porque es el hombre de acero.

—Nena: ¿por qué las niñas leen tonterías de princesas y de hadas, donde no hay un maldito gángster?

Y ella respondía con voz tranquila y reposada, como si no tuviera sus seis o siete sentidos concentrados en otra parte, bajo las sábanas.

—¿Cuándo estarás bien, Nena?

—La semana que viene. —contestaba ella, pacientemente. Sólo yo notaba una poderosa vibración ocupando sus muslos tersos.

Diez minutos después, mientras yo me preguntaba si Nena resultaría ser una de esas frígidas que acaban sus días haciendo fregar los platos a sus maridos, el muchachuelo decidió marcharse a dar la lata a su madre, de la que esperaba obtener un buen trozo de chocolate.

Se acercó a besar a la hermana y yo, poco temerario, retiré mi mano con la velocidad del prestidigitador que agarra por las orejas a un conejo. Nena, siempre hierática, devolvió el beso al niño y le recomendó vigilar sus tripas, porque los niños gordos siempre acaban recibiendo en los patios de los colegios.

Pero, tan pronto como aquel engendro desapareció por la puerta, Nena Jekyll, moderada y silenciosa, se transformó ante mis ojos en Nena Hyde: empezó a retorcerse y a jadear hasta el punto que me asusté, creyendo que las anginas se le habían desprendido y estaba al borde de morir de asfixia.

—Avisaré a tu madre. —dije, preocupado.

—No...ó. —acertó a gemir.

Era el orgasmo en pleno, presentando sus respetos a las carnes desprevenidas. Lágrimas salían de sus ojos y de sus labios una leve espuma que hacía pensar en la epilepsia.

Supe luego que no había sido «el» orgasmo, sino «los» orgasmos, uno tras otro, silenciados y dominados por su férrea voluntad mientras el hermano estuvo presente e interesado en la conversación sobre princesas y hadas.

.¡Qué tonta! —exclamó al final Nena— ¿Cómo no me enteré antes de esto?

—Porque las chicas, aunque saquéis matrículas en latín, a veces sois algo distraídas.

Baste decir que, tras repetir el tratamiento dos días más, las amígdalas de Nena quedaron listas para la vida moderna y para, cuando no había moros en la costa, hacer «ah» a pleno pulmón.

13. EN UNA BODA

Noté como una mano me cubría la boca y salí del sueño a la oscuridad con la sensación de estar ahogándome en un vaso de agua.

—Chis. —hizo una voz, situada algo detrás de la mano que me cerraba el pico. Pese a las circunstancias adversas, reconocí en el chistar la peculiar entonación de Nena y dejé de patalear.

Era Julio y yo, tras terminar el primer año de universidad, dormía en el chalé de mis padres, del que Nena tenía llave por si le era necesario aprovechar alguna circunstancia favorable. Pero aquella noche no parecía traer proyectos extraordinarios: se limitó a empujarme a un lado para hacerse sitio y, una vez tendida, a abrazarme con ternura.

—Tengo miedo. —me dijo al fin.

Todos, incluidos nuestros ancestros vivos, hubieran jurado que ella y yo acabaríamos casándonos. No sólo hacíamos una pareja formidable sino que nos llevábamos perfectamente, dándonos el uno al otro alegrías sin cuento. Incluso por encima de la cintura.

Pero éramos también demasiado amigos y de una edad semejante. Mientras ella, a los dieciocho, era casadera ya, yo tardaría de cinco a siete años en estar casable, de modo que, aprovechando que me hallaba absorbido por los estudios universitarios de primero y lejos del hogar, Nena se echó novio mayor y fijó la fecha de la boda para Julio, en pleno verano.

Cuando las circunstancias le desbordan a uno, lo mejor que puede hacer es encajarlas con una sonrisa y correr adonde esté la lista de bodas para subscribir un hermoso regalo. Puede, si gusta torturarse, meditar sobre el amor o sobre la transitoriedad de las cosas, pero es una pérdida de tiempo.

De algún modo Nena lo hizo, o sea, meditó sobre mis prendas naturales la noche antes de la boda y se presentó en mi casa a explicarme que tenía miedo. Pensaba que nadie la querría como yo y deseaba derramar unas cuantas lágrimas sobre mi pecho desnudo, lo que sin duda sirvió para paliar el calor del verano.

No me avergüenza señalar que sentí un agobio de ternura y la tentación de rebelarme contra el hado, afeando a Nena su conducta o dándole una zurra por haberme abandonado.

—Pero, ¿vendrás a la boda? —preguntó ella.

—Yo —dije— tengo un corazón y no veo la ventaja de dejármelo traspasar. Además, ¿sería ético?.— Cuando se estudia en la universidad se hacen preguntas así.

Nena tenía de la ética la misma visión que Felipe González y su pandilla años después:

—Será ético y etílico y lo que tú quieras. Tampoco es del todo ético que esté metida en tu cama la noche antes de mi matrimonio.

Aquello me recordó algo pendiente y pasé las manos por aquí y por allá, tratando de averiguar si la memoria me era fiel. Los pocos cambios apreciables eran positivos y no tuve nada que objetar al terminar el reconocimiento.

—Ah, no. —dijo ella, deduciendo, por mi cambio de postura, algunas de mis intenciones inmediatas.

—¿Quieres que llame a mis padres, para tener una bonita conversación mientras?

—¿Crees que, después de nuestra historia, nos podemos permitir esto, es decir, usar una cama como todo el mundo?

—Tratándose de una emergencia que, además, coincide con tu despedida de soltera...

Pero no. Ella había pensado en algo que se grabara profundamente en la memoria y que pudiera recordar incluso en las largas noches de invierno de su ancianidad. Una apoteosis general, un adiós a la vida disipada que, con sólo pensarse, la reconciliara con el pasado y hasta con el futuro.

—Mañana. —dijo.

Yo, a qué negarlo, me sentía enamorado, pero repasaba mis experiencias y no podía menos que aterrorizarme.

—¿Quieres decir que tienes la intención de hacerlo en tu boda?

Nena se acurrucó contra mí, tentándome:

—¿Por qué no? Supongo que ya se ha hecho alguna vez en la historia, pero no conozco a nadie. Además, ¿no deseas fabricarte tú también un hermoso recuerdo para contar a tus nietos?

Lo decía convencida de usar una lógica aplastante y debió ser cierto porque, a las diez de la mañana, me presenté en el chalé. Influida por las películas americanas, Nena había conseguido de un primo cura el privilegio de casarse en el jardín, bajo un toldo rojo, mientras los invitados se asaban al sol del mediodía. Algo muy propio de su idiosincrasia.

La madre me acogió con delicadeza, como si temiera que el corazón se me fuera a romper en mil pedazos con solo oír la palabra «boda». Mientras me expresaba toda su simpatía y atribuía una cabeza floja a su hija y una inútil a su futuro yerno, me hizo entrega de un vaso chimenea, repleto sólo hasta los bordes, en la confianza de que allí dentro yo dispondría de suficiente espacio para ahogar mis penas una a una.

Nena, envuelta casi toda ella en tul ilusión, dejó de dar instrucciones a unas amigas que pretendían organizar el buffet, o ambigú. Viró a sotavento y, con todo el trapo desplegado, se aproximó a mí, estrechándome vigorosamente la mano.

—Dentro de tres minutos —me ordenó por la comisura de sus frescos labios—, desaparece. Métete en el cuarto de la plancha. Verás una silla al lado de la ventana: te sientas y esperas.

Al cuarto de plancha se entraba por el garaje y su ventana, con sólido mosquitero verde, daba a las primeras estribaciones del césped. Cuando el sol, como era el caso, pegaba en la rejilla de plástico del mosquitero, era imposible ver el interior, circunstancia que ya una vez habíamos aprovechado para llevar a cabo muchas habilidades.

—¿Conoces a mi novio? —añadió con una sonrisa, señalándome con la barbilla a lo que, bajo el fuerte sol, tomé por una reencarnación de Rasputín.

Era un economista, barbudo como todos los de su especie entonces, convencido de que el marxismo era el mejor remedio hasta para el dolor de muelas. Un tipo atávico y peludo que, seguramente, había gustado a Nena por su parecido con un perro de lanas.

Tres minutos después, no sin jurar al novio que estudiaría profundamente el Evangelio desde el punto de vista de la dictadura del proletariado, me colé en el cuarto de plancha y tomé asiento en la silla que se me había indicado.

Apenas había dejado de sudar cuando una voz muy suave me dijo a través de la ventana:

—Ave, María Purísima.

Aunque de acuerdo con la proposición, quedé sorprendido y procuré guardar silencio. Sabía muy bien como responder a la invocación, pero no me pareció en absoluto oportuno.

—Ave, María Purísima. —insistió la voz, con cierta impaciencia en el tono.

De nuevo callé, asomando un ojo que me permitió comprobar lo que ya suponía: el primo cura se había estabilizado junto al mosquitero y parecía decidido a usarlo como rejilla de confesonario.

Nena entró, acalorada, me besó en los labios y rascó contra el plástico:

—Ave, María Purísima. —dijo.— Es que me he retrasado, Juan.

—Sin pecado concebida, Nena. Creí que me estabas gastando una de tus bromas, porque escuché claramente una respiración. Que quieras confesarte a través de una ventana no es del todo normal.

—Para que no me veas la cara, primo.

—Padre. Ahora soy padre. Un cura, y no te tiene que dar vergüenza.

Reí entre dientes. Poco le habían enseñado en el seminario al primo Juan si todavía creía que una mocita como Nena sabía lo que era la vergüenza.

Pero la risa se heló en mis labios, pese a estar en Julio, cuando me hice cargo de mi situación desesperada. Estaba claro que Nena, dentro de la más pura tradición del Decamerón, pretendía confesarse y pecar a la vez, haciendo del cura una especie de alcahuete.

—¿De qué te acusas? —preguntó el clérigo mientras sudaba al sol del mediodía, que se mostraba poco respetuoso con los ministros del Señor.

Ella ya me había besado e iniciado ciertas maniobras de exploración. Someras pero eficaces.

—Tengo pensamientos. Me imagino lo que puede pasar esta noche y, la verdad...

Mientras el cura meditaba sobre el consejo mejor, Nena llevaba a cabo una segunda ronda de exploraciones: lo que esperaba encontrar pujante, se retraía y buscaba los rincones.

—Es normal que una mujer en tu situación tenga en la cabeza su noche de bodas. En estas circunstancias los deseos no son pecado, pues se hallan dentro del gran proyecto de Dios.

—¿El proyecto para la conservación de la especie?

—Eso mismo. —suspiró el sacerdote, que había dado con la palabra justa.— La sexualidad, Nena, es una cosa natural cuando se practica dentro del matrimonio.

Ella me miraba, echando llamas por la nariz, y, mediante gestos, me urgía a que los órganos recuperaran la debida compostura. Por mi parte, y utilizando técnicas de yoga, pensaba en flores hermosas, en nubes de algodón que corrían por el cielo y en un mero que pensaba comerme para cenar. Distraía así mi imaginación porque, aunque creyente tibio, no estaba tan corrompido como para profanar el sacramento de la confesión, aunque quedara muy renacentista y rabelesiano.

Nena, todavía convencida de poder subyugar mis instintos, recurrió al arma psicológica y empezó a desembuchar pecados solitarios, probablemente inexistentes:

—Esta mañana, en el baño, sentía una gran tensión y he empezado a acariciarme yo sola.

—¿Por todo el cuerpo? —preguntó el primo, que imaginaba a Nena tan inocente como joven.

—Sólo en un sitio. —le desengañó ella.— Pensaba y pensaba y no hacía más que frotarme como una burra.

—¿Pensabas en tu marido?

—No.

No puedo escribir todos los subterfugios que utilizó para hacer de mí un colaboracionista. Baste decir que se conocía de memoria no sólo el Decamerón, el Heptamerón y los Cuentos de Canterbury, sino el Jardín Perfumado y el Kamasutra, y no escatimaba elementos descriptivos.

El pobre clérigo, entre el sol y las palabras, sentía que algo ardía en él. Quizá temía por su propia salvación, quizá por una inminente apoplejía, porque se había puesto escarlata y respiraba fatigosamente. Yo, con más fuerza de voluntad, estaba a punto de flaquear y una de mis manos, ajena a mi dominio, hurgaba ya bajo el tul ilusión de Nena. Sin embargo, mis órganos más característicos se mostraban todavía frescos y reposados.

—¿Y estás arrepentida?

—Sí. —dijo ella, mirándome acusatoriamente a los ojos.

—Bueno. Reza un padrenuestro y no pienses más. —ordenó el cura, huyendo de allí en busca de algún líquido refrigerante: sus santos radiadores pasaban por una dura prueba de presión.

Dictada la penitencia y con el clérigo alejándose envuelto en una nube de vapor, recuperé súbitamente el control de mi mano, bajo el tul ilusión. Y de todo lo demás. Me percaté de que estaba circulando por una tersa colina, descendiendo hacia un valle con vegetación y humedad: una imagen bucólica pero estimulante.

Nena, sensible también a lo pastoril, aceptaba con breves suspiros estas excursiones clásicas y, lejos de parecer enfadada, sonreía como el tahúr que sabe que, pase lo que pase, sacará siete y medio.

Extensas zonas sometidas a mi soberanía habían entrado en calor. Sin miedo ya a los sacrilegios, se percibía claramente un intento de levantamiento popular, artera pero magistralmente secundado por Nena.

Cuando fue evidente para ambos que yo me había contagiado del espíritu nupcial de la mañana y que mis glándulas bombeaban miles de litros de hormonas hacia la sangre, la muchacha se colocó sobre mí, de frente, y poco a poco fue dejando que la silla se hiciera cargo de su peso, cuidando, eso sí, de que nadie fallara la diana.

Aunque arrebatado por la vieja pasión, tuve tiempo para sorprenderme: ella debía haber cambiado durante los meses de separación cuando se entregaba a los alegres suspiros sin tener necesidad de testigos. Algo insólito, pero positivo.

Apenas había empezado a admirarme de ello cuando percibí claramente una mano apoyada en el mosquitero. Luego, tras la mano, probó a entrar una voz:

—¿Estás ahí, Nena? —era el novio barbudo, que acudía a disfrutar de unos minutos de charla íntima.

—Sí, estoy aquí, Chavi. —dijo mi tormentosa amante, dedicándome una sonrisa triunfal. Ya podía haber previsto yo que una mujer como ella siempre se reserva algún cartucho.

—Como dijiste, —siguió la voz— he esperado hasta que se fuera el cura y aquí estoy.

—Me he confesado. —explicó ella, alargando una mano hasta ponerla contra la que él apoyaba desde el otro lado.— Le he hablado del sábado pasado. —suspiró, enmascarando con un recuerdo un temblor de carnes absolutamente del presente.— Fue tan ex—ci—tan—te.

El novio barbudo respiró como lo hacen los elefantes que se disponen a abrevar.

—¿Sí? —susurró, algo incrédulo. Debía ignorar sus propias fuerzas porque, si no le fallaba la memoria, el sábado lo había consagrado a un toqueteo casi inocente.

—Sí. —dijo ella, con voz grave y pecaminosa.— Sí, sí, sí.

Las últimas tres afirmaciones, como habrá supuesto el lector, me las dirigía a mí, que estaba luciendo mi facultad de actuar en silencio profundo.

—Noto —murmuró el imbécil— que tiemblas.

—¿Sabes por qué? —preguntó aquella cínica mientras se empleaba más a fondo todavía.

—Sí. —confirmó él, ganándose el primer premio de maridos a la deriva.

—¡Ah! —suspiró ella.

—Esta noche... —suspiró él.

—Antes, mucho antes. —jadeó ella.

—Ay, Nena: no hables así, que me vuelves loco.

La mujer emitió entonces varios ruidos de satisfacción que enmascararon los míos.

—Yo también me vuelvo loca. —dijo, al fin, relajando su cuerpo envarado y cubierto de sudor.

Cubrió el siguiente minuto con ejercicios respiratorios muy ruidosos y, por fin, decidió despejar la ventana.

Y, ahora, vete. —ordenó.— Deja que me tranquilice.

Agotado y triste, miré su rostro radiante. Me conformaba pensando que, dada la moral de mi queridísima amiga, mejor estaba como amante despedido que como marido admitido. Le auguraba momentos muy duros en su vida, si es que llegaba a cometer un análisis marxista de la realidad y descubría algunas evidencias.

Ella, cariñosa, me pasó las manos por el rostro y me besó en la frente. Un adiós tranquilo del que ambos conservaríamos la suave memoria, para relatárselo a nuestros probables nietos cuando quisiéramos hacerles reír.

Una tierna y lenta separación física y, luego, el regreso a los ejercicios prácticos de la vida:

—Te quedas aquí. —me ordenó— Cuando veas que voy de la casa al altar y que todos me miran, sales y te tomas una buena copa.

Pero salí antes: la madre entró en busca de no sé qué cinta y me sorprendió en la penumbra, mirando por la ventana. Me apoyó una mano comprensiva en la espalda, golpeando por si algún trozo de corazón roto me rasgaba la chaqueta.

—No le des más vueltas. —me dijo.

Pero yo no daba vuelta alguna: sencillamente, intentaba subirme la cremallera con disimulo.

14. EN LA CAMA

Andando el tiempo, me casé con una aburrida pero guapa mujer que tenía sólidas ideas sobre los lugares donde se podía practicar el conocimiento carnal entre esposos. Como tantas, era partidaria del dormitorio y, además, sólo durante las horas de oscuridad. Allí, con los ojos cerrados, se removía un poco y suspiraba.

Sin duda era feliz a su modo, porque contaba con una imaginación diluida y de baja graduación. Pero yo, no. Entre las sábanas, no hacía más que recordar la única vez que Nena las compartió conmigo, sólo para llorar un poco y participarme que le daba miedo su próxima boda.

Desde entonces habían pasado diez años: seis malgastados en la facultad y cuatro entregados a la imposible hazaña de enseñar a los alumnos de un instituto los rudimentos del pensamiento racional, murmurándoles cosas acerca de Duns Scoto, de Descartes o de la Mónada.

No había vuelto a ver a Nena por voluntad expresa. Como si fuera un sentimental, me alimentaba de recuerdos pero no me sentía capaz de poner mis ojos en ella y afrontar el hecho de que nunca más había vuelto a ser feliz. Aunque lo digan todos los manuales de filosofía y la constitución americana, el hombre no busca la felicidad sino la comodidad y, sin duda, ejercitando el matrimonio sobre colchones, yo estaba más cómodo que, por ejemplo, debajo de un dragón. Pero soñaba.

Diez años después me sentí fuerte y pedí a mis padres el chalé durante un mes. Lo primero que vi sobre la playa, tostándose al sol como una lagartija dorada, fue el cuerpo de Nena al lado del de un señor peludo y algo calvo: el economista, una vez alcanzada la nómina perfecta, se había afeitado la barba revolucionaria y se había convertido en un yupi metido en carnes y admirador del monetarismo de Freedman.

Me hice el desentendido. Instalé a mi propia mujer en un lugar a propósito para dejar la piel a tiras a manos del sol y me zambullí en el viejo Mediterráneo, dispuesto a ahogar mis recuerdos con su colaboración.

Apenas había dado tres brazadas cuando sentí como una gran masa —quizá un tiburón— pasaba bajo mi cuerpo, rozándolo. Luego una cabeza emergió a tres palmos de mi nariz. Nena seguía siendo la sirena de los viejos tiempos.

—Hola, descastado. —me saludó, como si sólo hubieran transcurrido unos minutos desde nuestro último encuentro en su boda.

Miré hacia donde nuestros respectivos se achicharraban con los ojos cerrados. Era diez años más precavido y tenía una esposa con tendencia a la histeria. Aún así, comprendí que seguía considerando a Nena como a mi familiar más cercano.

—Hola. —murmuré.

Ella se sumergió y, en segundos, noté como tiraba con fuerza de mis pies. A una braza de profundidad, me besó. Luego, antes de que yo pudiera reaccionar, el empuje descubierto por Arquímedes nos devolvió a la superficie.

—Bien venido. —dijo, mirándome con aquellos ojos color acero y bruma.— Te he echado de menos tanto...

Preferí creerlo. Pese a su carácter alegre, no se me ocultaba que Nena contaba con algunos sentimientos. Yo, personalmente, era presa de la nostalgia de la adolescencia y del escote que vislumbraba a flor de agua, justo bajo mi nariz. Tanto apretaba la nostalgia mencionada que chapoteé como una foca y, con los pulmones rebosantes de oxígeno y de malas intenciones, buceé para tirar de los pies de la mujer.

Estacionados entre dos aguas, a resguardo de todo menos de los tiburones, la apreté contra mí y la besé hasta que recordamos ambos la necesidad de respirar con que nos amargó la Madre Naturaleza.

Ya en la superficie, me quedé anclado definitivamente en sus ojos color de acero. Aunque nunca antes me lo hubiera planteado, supe entonces que estaba irremediablemente enamorado de aquella extravagante que me devolvía a los gloriosos tiempos del COU.

—¿Y si asesináramos a tu economista? —propuse— Podríamos darle con un garrote y decir que le ha caído encima un fondo de inversión.

Luego, tal era mi estado hipnótico, me puse a pensar en versos de amor y a desear pasear con ella de la mano por un paisaje otoñal.

—¿Sabes que te he sido fiel? —me preguntó, sin hacer caso de mi plan para enviudarla.— Serte fiel con mi marido ha sido cosa fácil además.

Una vaharada de orgullo me recorrió de sur a norte y se asomó a mis ojos, lanzando destellos.

—Yo creí... —empecé, pues era hombre que conocía su carácter osado.

—Yo, también. —me interrumpió ella.— Pero, no.

Gastamos todavía muchos minutos, dándonos el parte de los últimos diez años, hasta que la piel, completamente arrugada, amenazó con desprendérsenos y desparramar por el océano nuestros órganos internos.

—Me voy. —dijo, comprobando que el economista, en pie, oteaba el mar tratando de localizarla.— Ese ya está pensando en que hoy le he hecho canelones.

—¿Y nosotros, Nena? —pregunté yo, anonadado.

—¡Ah! —murmuró, alejándose a sus buenos dos nudos.

Pasaron el mediodía y la media tarde. Llegaron la noche, con su sonrisa de luna, y la idea de mi mujer de iniciar nuestra vida social, o sea, de comer patatas fritas y beber cerveza en alguno de los bares del contorno, confundiéndonos entre los turistas achicharrados y los camareros que, a escondidas, metían los dedos en el plato.

Incluso vi a Nena en la distancia, remolcando a su economista, de cuya boca todavía sobresalía la cola de una gamba.. Era hombre aficionado a almacenar substancias nutritivas en su gran depósito. Si se ha visto La bella y la Bestia, es fácil hacerse cargo del efecto estético.

Mi mujer, porque de alguna forma hay que llamarla, también mostró propensión hacia las gambas, ora con cerveza, ora —horas después— empujándolas con gintonic. Consideraba que el gintonic era de buen tono en las playas turísticas y, sin duda, se entonaba.

Luego, sin previo aviso, tuvo una visión:

—Eduardo: me ha parecido ver removerse a una de las gambas.

—Era mi dedo: te estaba sacando del plato la colilla que has tirado en él.

—Gracias. —dijo, no muy convencida. A partir del cuarto gintonic era partidaria de los prodigios.— Y ya me podías haber advertido que me traías a cenar a un barco.

—Te juro que estamos en tierra firme.

Tampoco me creyó entonces: demasiado bien notaba el vaivén del oleaje y la vibración de la sala de máquinas.

Para evitar previsibles espectáculos, le metí, apresuradamente, las cuatro o cinco gambas que quedaban y me la llevé a casa. Allí, y valiéndose de arcos reflejos, ella se desnudó y, por puro tropismo ante la ausencia de luz, se metió en la cama.

—Zzz. —dijo, agradecida.

Triste y solo, como Fonseca se quedaba en ocasiones, me vi envuelto en una meditación: el hombre adulto, por despistado que sea, ha oído en muchas ocasiones que el marisco y el alcohol obran efectos considerables en las mujeres. De cintura para abajo, por lo menos.

Pero la mía, que no debía estar al tanto de estas tradiciones, se limitaba a dormir sacándome varios centímetros de lengua. Nada de improvisar la danza de los siete velos o de acosarme, obligándome a buscar refugio en el cuarto de baño. Era una mujer, sin duda, pero parecía un madero.

Salí de este rapto místico y me acosté sintiendo en la boca el mal sabor de la gamba a la plancha fría. « Oh, sueño, —me dije— ven a disolver esta incómoda consciencia de ser un gilipollas.» Y vino.

Como diez años antes, desperté con la sensación de ahogo de una mano que me cubría la boca. Iba ya a dar un cachete a mi mujer cuando sonaron en mi oído unas mágicas palabras:

—Soy yo. —dijeron.

Allí estaba Nena, de rodillas junto a mí, vestida con una camiseta y un pantaloncito. Había guardado junto a su corazón la llave de mi casa durante diez largos años y la usaba, por fin, después de dejar a su marido abandonado a la digestión de la gamba.

Por un misterioso arte, la mano que me amordazaba se convirtió en labios blandos y éstos, conscientes de su deber, se manifestaron en forma de beso. Sorprendido, pero no desprendido de la realidad, giré sobre mí mismo para comprobar el estado de hibernación de mi legítima: todavía mantenía su apariencia de madero.

—Hazme sitio. —me dijo la misma voz de antes, sólo que ahora se había desecho de la camiseta y de los pantaloncitos, del todo inútiles para los proyectos que trazaba.

—Chis. —susurré. Diez años sin entrenarme habían hecho de mí un ser timorato que titubeaba antes de meter en su cama a una mujer cuando el otro lado lo ocupaba la esposa. La edad nos reduce.

—¡Vamos! —insistió ella, empujando de firme.

—¡Oh! —dijo la otra, rodando levemente hacia el borde, pero inconsciente todavía.

Nena encontró entonces una rendija en mi resistencia y se coló debajo de mí, envolviéndome con su fragancia y con sus piernas: una y otras provocaban en mí corrientes de gran voltaje que me erizaban el vello.

—Ah. —dijo ella, buscando y encontrando un dato fundamental por debajo de las sábanas. Como se sabe, cualquier maniobra necesita un reconocimiento previo para ejecutarse con éxito.

—¿Te das cuenta —murmuré, tras un breve análisis de la situación— de que esto es una cama? ¿Qué se ha hecho de tus viejos tabues?

—La posmodernidad. —susurró, tirando de mí, o de parte de mí, hacia ella.

Permanecimos unos instantes silenciosos, pero no inactivos. Al ser la primera vez que nos enfrentábamos en una postura habitual, la desorientación nos obligaba a ciertas correcciones de las trayectorias.

—Oh, Eduardo. —dijo una voz a mi lado.— La cama se mueve.

—La próxima vez —aconsejé— no tomes tanto gintonic.

Quise detenerme y aguardar, pero aquel era uno de esos momentos que estimulaban la pasión de Nena, que siguió empujándome una y otra vez.

—Sí. —dijo mi mujer como entre sueños.— Te juro que me parece que la cama no deja de moverse. Hasta oigo los ruidos del somier.

Guardó silencio, seguramente escuchando con más atención. Nena y yo, sigilosos pero dinámicos, aprovechamos aquel descanso para profundizar un poco más en nuestras relaciones.

—¿Jadeas? —volvió a preguntar mi legítima, definitivamente molesta con aquella resaca poblada de alucinaciones auditivas.

—Por el calor. —gruñí, empleándome a fondo. Sabía que, tarde o temprano, aquella idiota querría dar la luz.

—No puede ser —siguió al poco— que este movimiento de la cama sólo esté en mi cabeza.

—Ahora me he movido yo —expliqué— para cambiar de posición y coger el sueño.

—Creo... —empezó ella justo cuando Nena y yo alcanzábamos a galopar por las verdes praderas— Creo que voy a dar la luz.

Sin pensarlo ni un instante, desplacé mi cadera lateralmente y la despeñé de la cama. Cayó con un golpe sordo, de nalgas sorprendidas.

Mientras meditaba en ello la infeliz, besé a Nena, la desprendí de mí, bien que con desgana, y, mientras se ocultaba debajo, encendí la luz de la mesilla y me asomé al borde por el que había caído mi esposa:

—¿Qué te ha pasado? —dije, sudoroso pero adoptando la expresión del hombre al que han despertado en mitad de un buen sueño.

—Hablábamos. —respondió, poniéndose en pie.— Y me has empujado.

Desorbité los ojos:

—¿Que hablábamos? ¿Tú y yo?

—¿No? —titubeaba, la borracha.— Te decía que la cama se movía y tú me respondías.

—¿Yo? Si me acaba de despertar un ruido como de calabaza. Por cierto, ¿has caído de cabeza?

—Qué sueño tan malo. —dijo, aceptando al fin mi versión de los hechos y volviendo a su lado del lecho conyugal.

No obstante, al levantar las sábanas no pudo menos que observar ciertas estructuras anatómicas que nunca le habían desagradado.

—¡Cómo estás! —exclamó.

—¿Es que no puedo tener sueños?

—Me gusta que tengas esos sueños. —murmuró, insinuante, mientras se aproximaba.— Yo te curaré.

—No hace falta, no hace falta. Sólo es un sueño, ¿no?

—Pobrecito. —insistía ella, hurgando aquí y allá: el alcohol, aunque con retraso, obraba en ella sus habituales efectos.

—Sé bueno y ayúdame a dormir. —pidió, ofertándose desde el centro del campo de actuaciones.

De modo que no tuve más remedio que ser bueno por segunda vez en el espacio de cinco minutos, mientras rogaba por que Nena encajara aquella nueva actuación con su reconocido sentido del humor.

—Ahora sí que se ha movido de verdad la cama. —jadeó la esposa.

—Uf. —hice yo, llevado a los límites de lo heroico y dejando colgar una de mis manos, que fue atrapada y retorcida por Nena desde la planta baja.— ¡Ay!

—¿Has gozado?

—¡Ay! —insistí, pues Nena mantenía su presa.— Creo que apagaré la luz para poder dormir.

Nada más sencillo que aquello para una mujer con los depósitos llenos de ginebra y los sentidos descargados tras un duro cuerpo a cuerpo. Así, cinco minutos después, Nena y yo pudimos deslizarnos del dormitorio y, someramente vestidos, acurrucarnos en el jardín el uno contra el otro.

—Aquella —murmuró a mi oído— es Venus.

—Venus, —dije, mirando sus ojos cuajados de estrellas— está a mi lado. Pero Venus, que ya tiene sus años, debiera empezar a hacerse a la idea de que tres son multitud.

No hizo ningún ruido, pero, a pesar de la oscuridad, supe que sonreía.

—¿Te das cuenta —propuso al cabo— que aún no hemos hecho nada ante las barbas de un gobernador civil?

Y yo temblé, bajo el relente de la noche.

CAPÍTULO ÚLTIMO

Lo peor viene después, cuando se descubre que todo esto no hace la vida más feliz sino más complicada, y uno ve, por el rabillo del ojo, un gran vacío en esa bomba aspirante/impelente que es el corazón.

 

FIN


Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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