La Llamada del Amor

Arturo Robsy


Cuento


Después de perpetrar su segundo libro contra la humanidad, valiéndose de su condición de catedrático de filosofía, Eduardo Libre necesitó pasar quince días en lo que la cortesía ha bautizado como «Casa de Reposo».

En las Casas de Reposo la marea deja varados los objetos más heterogéneos: obesos acomplejados ansiosos de pasar hambre; borrachines que esconden la botella bajo la almohada; profesionales que abusan de las anfetaminas; mujeres abandonadas por el marido o por el amante; estudiantes con los fusibles quemados; políticos con un acceso de conciencia y, claro, escritores filósofos que descubren que la humanidad no vale un pepino.

Eduardo era de los últimos. Un año de lucubraciones para cometer su libro le había dejado en un estado confuso, incapaz de distinguir una categoría de un accidente ni a ambos de una señorita en bikini, y tentado, además, por adscribirse al hilemorfismo aristotélico.

En tan tristes circunstancias —o, quizá, predicamentos— fue expedido a la casa de reposo y confiado a los reconstituyentes y aun médico iraquí de barba roja que daba suelta a sus instintos de beduino al disciplinar a su rebaño de neuróticos.

A Eduardo, para doblegar su altivo espíritu, le recetó una tanda de dolorosas inyecciones de hígado y le puso a régimen de verduras. Nada como las verduras para distraer los pensamientos obsesivos. El paranoico, si tiene el estómago vacío, se atiene más a la estricta realidad y, en lugar de sumirse en el delirio, organiza planes para robar de la cocina un bocadillo de chorizo o para que el portero le contrabandee un pollo al ast.

Lo mismo puede decirse del neurótico que contempla una zanahoria o del drogadicto con los depósitos llenos de coliflor hervida. Esta era, al menos, la creencia del beduino. Y funcionaba.

Además, los sufrimientos compartidos creaban sólidos lazos de sangre entre las víctimas que, al segundo día, jugaban al dominó o a la brisca, distraídos por completo de sus obsesivas preocupaciones. Los obesos se derretían; los alcohólicos en dique seco desarrollaban cariñosos pensamientos sobre el agua; los anfetaminados se conformaban con simples aspirinas y los drogadictos le cogían el gusto a la inyección de hígado.

Como exigían el sino y la preparación científica de Eduardo Libre, dos horas después del ingreso y sólo tres minutos más tarde de la inyección, se encontró dando ánimos a una solitaria y bella mujer que temía la forma de pinchar del iraquí. Era opinión extendida que entraba a matar, no consiguiéndolo casi nunca por falta de puntería y no de ganas.

Eduardo palmeó la mano femenina para infundir ánimos a su dueña. Luego, como camaradas que eran, palmeó su hombro y a punto estuvo de hacer lo mismo con el glúteo para ir anestesiando la zona del impacto.

Pero eran meros reflejos condicionados. Su estado de confusión no le permitía ni soñar en una aventura. Lo que de veras necesitaba era un amigo o, en su defecto, una amiga a quien hacer confidencias para, entre los dos, juntar los elementos dispersos de su alma.

Así, considerando la Casa de Reposo como una tierra de nadie, Eduardo saboreó los placeres del compañerismo: paseó con la mujer por el jardín; robaron naranjas de un campo cercano y arrancaron salvia de un parterre municipal para, una vez hervida, hacérsela beber a toda la comunidad, so pretexto de tratarse de una hierba salutífera.

Juntos compraron una aspirina en la farmacia, un sello en el estanco y dos postales en la papelería. De repente la mujer, en un arranque de misticismo, le rogó que escogiera un libro.

Eduardo, pensando quizá que le pedía consejo para llevar a cabo una fructuosa lectura, escogió un polvoriento ejemplar de «Sobre la esencia», de X. Zubiri. Ella, melosa, lo pagó, lo hizo envolver y se lo regaló.

Una mujer que obsequia, según la filosofía de bolsillo de Eduardo, comete un circunloquio. Da un objeto, pero uno puede apostarse las botas a que piensa en darse a sí misma.

Eduardo, pese a la extrema debilidad de sus fuentes de razonamiento simbólico, lo comprendió así. Era una cuestión freudiana, reforzada por el hecho de haber bebido juntos la infusión de salvia municipal robada del parterre.

Aquella noche fueron al cine del pueblo. La mujer, en contra de los hábitos de su gremio, se avino a soportar una película del Oeste sin manifestar objeción ninguna.

Eduardo, que comprendía que el corazón femenino palpitaba en la oscuridad, en la butaca de al lado, pensó en meterle mano por pura cortesía. Pero, ¿y si estaba interpretando mal los síntomas? ¿Y si todo se debía a un sano y deportivo compañerismo? ¿Acaso ella no le había hablado de un hombre que la esperaba más allá del horizonte y que la llamaba todos los días a la hora del postre?

La mano que había alzado para atrapar la que la mujer tenía en su regazo, volvió ,a bajar. Al interrumpir el gesto oyó un suspiro: alivio, sin duda, por no haberla confundido con una cualquiera. Satisfacción porque, al no atacar Eduardo, se preservaba su limpia amistad.

Cuando abandonaban la sala, y debido a la oscuridad, la mujer se cogió de su brazo, manifestando así que confiaba en Eduardo. El había hecho bien en no estropear aquella confianza, demostrando, de paso, a los incrédulos que un hombre y una mujer pueden tratarse con libertad sin seducirse mutuamente.

No importa que la lectora comprenda a la perfección los motivos ocultos de aquella mujer que regalaba libros a Eduardo, accedía a ver películas del Oeste y, en la oscuridad, le tomaba del brazo so pretexto de temer tropezar a la salida. La lectora lee en ello como en un libro abierto, pero Eduardo, no.

Eduardo, simplemente, aprovechó el regreso a la clínica por las calles solitarias para hablar del clima en relación con el esplendor de la cultura mediterránea. No satisfecho con ello, expresó su arraigada convicción de que era nocivo todo lo que indujera al hombre mediterráneo a pasar más horas en casa y menos en la calle.

—Una cultura viva sólo se consigue zascandileando.

Los episodios se sucedieron. Eduardo, tras el postre, trató de explicar una aporía de Zenón a un consultor de empresas estresado y, del esfuerzo, sufrió una bajada de tensión. Confinado en su habitación, en su cama, y sometido a los cuidados del beduino, que recetaba más verdura todavía, la mujer acudió a verle:

Muy nerviosa por estar a solas en el mismo cuarto, y con una cama presente, le hizo unas horas de compañía . Pero Eduardo atribuyó aquella tensión interna al hecho de haberle contrabandeado un termo de café del bar de la esquina. Café que el beduino le había prohibido:

—Si no hubiera bebido tanto mientras escribía su libro, es posible que ahora no necesitara vitamina B para suavizarle las ideas.

Ya porque el médico oriundo del desierto comprendiera que las ideas de Eduardo no serían nunca normales, ya porque observara que intentaba organizar un curso sobre el significado del «To Apeiron» en Anaximandro y en la escuela Eleática, el filósofo fue dado de alta después de probar sus nervios dejándole contemplar la factura en toda su crudeza.

La noticia pronto se difundió por la clínica: «Eduardo nos deja ya. Otro fracaso de la medicina: no consiguieron extirparle ese maldito apeiron». La camarera de la cena, gentil, le dio ración doble de pan para que Libre se llevara bellos recuerdos: dos rebanadas. Pero la mujer a la que nos venimos refiriendo se pasó el refrigerio chapoteando con su cuchara en el puré de verduras.

Que alguien sometido a régimen chapotee con la cuchara, en vez de rebañar el plato, es síntoma de grandes emociones internas: un hecho insólito que no podía escapar a la observación de un filósofo como Eduardo y que, en circunstancias distintas, le hubiera obligado a sacar conclusiones marcadamente amorosas.

No fue así y atribuyó aquella inapetencia a las últimas dosis masivas de salvia municipal, de la que tanto habían abusado. Tampoco reaccionó cuando, a la puerta de la habitación, ella se despidió levantando mucho la cara hacia él, con los labios abiertos.

—¿respiras mal?

—No.

—Como te veo abrir la boca. —murmuró él, estrechando virilmente la mano de la muchacha.— Pensaré en ti cada vez que tome salvia o robe una naranja.

—Idiotas los dos. —dijo a la mujer su compañera de cuarto.— Toda la clínica sabe que os gustáis y, la última noche, le das la mano. Hasta los jugadores de fútbol se abrazan en estos tiempos, tonta.

—Es que él no se da cuenta de nada. No sé ya cómo darle a entender que... —suspiró, substituyendo la crónica de sus profundos sentimientos por un chorro de aire caliente.

—Ve a su habitación.

—¿Ahora? ¿Y qué le digo?

—¿Qué va a ser? Que le quieres.

Pero, tan pronto como entró en el cuarto de Eduardo, se limitó a enviarle esas silenciosas miradas femeninas que tanto explican a los que conocen el código. Eduardo no reparó en ellas porque, al ir la mujer en combinación, inspeccionaba el escote con ojo experto.

—¿Qué quieres? —dijo al fin, sin atreverse a pensar que la hembra deseaba un interludio sentimental, quizá con fines medicinales.

—Ayudarte a hacer las maletas. —respondió ella al buen tuntún.— Los hombres sois tan desordenados...

—Se llenan y, si sobra género, se aprieta con el pie. —informó Eduardo, confesando sus métodos.

La mujer se preguntaba qué más podía hacer para demostrar al desquiciado filósofo que le invitaba al ya mencionado interludio sentimental. Poco conocedora de los hombres, consideraba haber emitido los mensajes necesarios, incluida la combinación celeste que vestía en aquellos momentos. En suma: había hecho todo lo humanamente posible, menos hablar.

Llenaron las maletas y se despidieron con otro apretón de manos. A solas ya, Eduardo consideró la situación y decidió que si una mujer se presenta en combinación en la habitación de un hombre en la flor de la edad, algo significa.

Bajo esta sospecha, respiró hondo, recorrió el pasillo y llamó a su puerta.

—Tú. —dijo ella.

—Yo. —dijo él.

—¿Qué quieres?

Eduardo, una vez más, no miró los ojos invitadores y se fijó en la frase: «¿Qué quieres?» Algo frío y escueto, de modo que se disiparon sus fantasías y volvió a la realidad:

—Darte las gracias, que se me había olvidado.

—Idiota. —volvió a decir la compañera de habitación cuando Eduardo regresó a su cubil.— A ese hay que darle las cosas por escrito.

Y así hubiera quedado todo si, dos semanas después, la mujer no se hubiera tomado unas copitas. De vuelta a casa, se consumía pensando en Eduardo. Le imaginaba leyendo el Pseudo Moschos, o alguna otra porquería intelectual, y desfallecía. Para desfallecer un poco menos se sirvió un güisqui. Luego otro, pero con estrambote.

A las tres de la madrugada le llamó por teléfono:

—¿Eh? —dijo Eduardo, que no leía el Pseudo Moschos.

—Soy yo.

Hubo un silencio largo. Las brumas del sueño, muy espesas, salían de la cabeza de Eduardo por las orejas mientras él intentaba adivinar cual de sus víctimas tenía la humorada de privarle de unas horas de precioso descanso.

—Oh. —dijo, para ganar tiempo.

—No me has llamado desde que saliste de la clínica.

La luz, o un sucedáneo aceptable, se hizo en E. Libre, de modo que se volvió simpático:

—¿Y qué demonios haces a estas horas?

—Pensar en ti.

—¿Por qué? —preguntó él, siempre analítico.

—Porque te quiero. Y tú me quieres a mí.

—Ya estaba dicho, y de un modo comprensible para la mente abstracta de un filósofo.

—¿Me quieres? —preguntó, para cerciorarse de no estar en medio de un sueño.

—Sí.

—Voy para allá. —dijo, mientras se arrancaba el pijama y trataba de recordar donde había tirado los pantalones.

Una mujer, si se decide a hablar claro, puede causar alegrías a cualquier hora del día o de la noche y alcanzar, de paso, sus objetivos.


Publicado el 11 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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