Libertad

Arturo Robsy


Cuento


Generalito Romero era delgado y nervioso y recordaba vagamente al gallo de pelea. Tenía ojos fieros y tras ellos ardía el amor a la Patria. A veces, cuando tomaba de más, el amor se le escapaba por la boca y proclamaba sus deseos de hacer un mundo mejor siguiendo unos planos urdidos por él en noches de claro en claro.

La Sociologic Research, benéfica empresa gringa, oyó aquellos cánticos patrióticos y fue a ver a Generalito Romero en su cuartel. Si él quería una Patria mejor y más moderna, la Sociologic Research también, pero con condiciones: le permitirían hacer tantas encuestas como quisiera.

Generalito Romeo, hombre del pueblo pero no para el pueblo, disponía de la División de Carros. ¿Qué tenía la Sociologic? Dinero y la seguridad de que no habría un boicot internacional, porque algo debía ajustarse antes de seguir hablando: Romero y Sociologic iban a hacer una verdadera democracia. En aquella tierra de dos millones de almas todos serían ricos y felices.

—¿Ricos? —dijo Generalito, que consideraba que la riqueza corrompe las sanas costumbres del pueblo.

—Es un decir: con una mano se lo daremos y con la otra se lo tomaremos. Pagarán más impuestos y comprarán las cosas más caras, pero serán ricos.

El objetivo de la Sociologic Research era crear la réplica de un típico Estado de la Unión: el mismo nivel de vida, las mismas costumbres, idéntica comida, empaquetada en plástico, semejantes películas y canales de televisión. También habría que meter la famosa religión electrónica por TV.

Generalito Romero, como futuro benefactor de la humanidad, no aprobaba el cambio de credo. Los curas se le alborotarían.

—Bah, bah. —dijo la Sociologic con calma— Se les enseña a desear más dinero, a cantar en las iglesias y todo lo demás sirve. Ellos se seguirán llamando católicos, pero serán protestantes.

—Si es así...

Lo que no se le alcanzaba al Generalito era el objetivo de Sociologic Research: quizá la gorra de plato, al oprimirle el perímetro de la cabeza, le impedía una buena penetración mental.

—Cuando su Patria sea como un Estado de la Unión típico, no tendremos más que preguntar aquí, a menos gente, para saber quién va a ganar allí. Y sabiendo con el tiempo suficiente quién se lleva el gato al agua en Estados Unidos, se pueden hacer negocios formidables. Eso, sin contar toda la investigación de mercado para las empresas fabricantes.

—¿No nos explotarán las minas? —preguntó el patriota.

—¿Qué minas?

—¿Ni nos arrebatarán la independencia?

—Lo que el pueblo vote, que ya sabe usted que vota al poder.

Satisfecho con las garantías, Generalito Romero sacó su división acorazada a las calles, rodeó el Palacio Presidencial y, tras manifestar que le repugnaba la tiranía, proclamó la democracia universal. No sólo un hombre un voto, que es puro papel, sino un sueldo, una televisora, un carro, una casa con jardín, un burger a la esquina y pollo frito los domingos.

—¿Y nuestros buenos filetes?

—También. —dijo. Tiempo habría para introducir el pollo.

La Socilogic Research estaba muy bien organizada: mientras unos construían casas con jardín, otros vendían carros a plazos y otros transformaban los quinchos en burgers, se fundaron los partidos Demócrata y Republicano, se promulgaron constitución y leyes y se editaron libros de texto con la historia sola de los Estados Unidos, lo que ayudó mucho a comprender las películas del Oeste y las de Gángsteres.

Generalito Romero, presidente por el partido Republicano y por los tanques, asistía, admirado, a la transformación de su amado pueblo que, sin duda, era cada día más feliz al paso que firmaba más letras de cambio. La gente persistía aún en rezar a la virgen algún rosario, pero, en lo tocante a himnos a órgano y a amor al guaraní, era del todo protestante. También las hamburguesas parecían costarles un poco, pero las engullían por puro patriotismo.

La tele era otra incomprensible maravilla: aunque doblada al español, les hablaba del baseball, del catch y del football americano, no del suyo. Los iluminaba sobre lo que había dicho el gobernador de Tenesse sobre la fabricación ilegal de whisky o los aconsejaba sobre lo que había que hacer caso de tomar el underground de Nueva York después de las cinco de la tarde.

Habían entrado en el país de las hadas pero, para que las cosas fueran exactas, hubo que admitir la mafia guaraní, los contrabandistas de drogas y a una remesa de negrazos, comprados de saldo en el Brasil. Les pusieron otras iglesias donde, además de cantar, bailaban. Se obstinaban con la samba y tuvieron que venir profesores de Nueva Orleans a enseñarles el Godspell. Brujerías, en cambio, les servían las brasileñas.

Generalito sólo puso un inconveniente: cuando levantaron las estatuas de Washington y de Lincoln sin dedicarle una a él y empezaron a enseñar a los niños que sus antepasados habían llegado en una carabela llamada Mayflower.

—Eran tres: la Pinta, la Niña y la Santa María.

—Si se lo creen, ¿qué importa la verdad? tripa llena, bolsillos llenos, depósitos llenos y ganas de arramblar son el sistema.

También se pusieron a fabricar maniacos sexuales capacitados para actuar de tanto en tanto, y veteranos del Vietnam con la cabeza turbada por el ácido, o sea, el LSD. No era fácil lo de los maniacos, pero mucho menos lo de los excombatientes. Había que enseñarles con paciencia y explicarles que, cuando no pudieran más, tenían que subirse a un depósito de agua y emprenderla a tiros con los viandantes.

—Pero, si no me han hecho nada. —decían ellos.

—¿Cómo que no? La sociedad os tiene atrapados. Derramasteis su sangre por ella y os ha olvidado. Ni siquiera os hizo un desfile al repatriaros.

—Ajá. —decían los veteranos, y empezaban a localizar depósitos de agua para cuando los necesitaran.

Tres años después empezó la campaña electoral norteamericana: discursos televisados, mítines con trompetillas, globos y sombreros de paja. Bandas de música y de majoretes por las calles. Y los encuestadores tomando notas.

No sólo de la intención de voto sino de los productos más apreciados, de los actores más queridos y de los valores de bolsa que se consideraban más sólidos.

Sociologic Research hizo el negocio de su vida. Así se lo comunicó a Generalito Romero el mismo día que los ciudadanos acudieron a las urnas. Generalito estaba, sin embargo, excitado:

—Muy bien, muy bien su cochino dinero. Pero, ¿sabe a quién han votado esos idiotas de ahí abajo? ¡A Bush!

—Es natural.

—Mas natural será rescatar la tradición y sacar los carros de combate a la calle.

—No puede usted. —respondió Sociologic Research— La Constitución lo prohibe.

—No podré, ¿eh? —respondió, zumbón, Generalito Romero.

Y no pudo, porque llegó la 105 Aerotransportada y se lo llevaron a Miami para ser juzgado por contrabando de droga. Y esta es la historia del Estado Cincuenta y Dos de la Unión.


Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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