Nuevo Guiñol

Arturo Robsy


Cuento


Mi hijo, ocho años transfigurados en treinta y dos kilos de buena carne española, ha traído hoy un muñeco de guiñol hecho en el colegio: una pelota de papel con gafas y melenas de algodón en torno a un tubo de cartón por donde se mete el índice.

Los ojos no están muy bien —me explica— pero por el pelo se nota que es del tiempo de las pelucas blancas. ¿Qué son polvos de arroz?

Mi hijo no confía en la maestra, que le ha explicado que con el arroz se hacían polvos para blanquear las pelucas. Paella, sí, y arroz a la cubana y con leche: todo eso entra dentro de la lógica, pero si cree lo de los polvos, el espíritu se debilita.

De lo negro de la cartera ha salido después un cucurucho de papel arrugado: es el presunto vestido:

—Se sacan los dedos por estos agujeros, ¿ves, papá? Y se mete el cuello por el centro... ¡Tatatáaa!

—Tatatáaa... —trompeteo también yo, porque soy hombre melómano.

—Si me ayudas a hacer el teatro y diez muñecos más, te daré una función. Pero rápido.

Mi hijo lo es también del siglo y, por algún resquicio de su infancia, se le cuelan la velocidad y las prisas de los mayores, eso de que vivir es una carrera contra reloj y las demás ideas que tendrían que ser pecado. Cuando tenga bigote será un poco menos mi hijo, sin duda, y también habrá descubierto que yo no soy un dios, y a mi me gusta ser dios por las tardes, cuando él regresa a casa.

—Ya he escrito la función. me dice, registrándose los bolsillos. A su edad escribí una Pasión después de que mis padres me llevaran a uno de esos teatros portátiles, tablas y lona, hambre y vocación. En mi historia Jesucristo se defendía en el Huerto de Getsemaní y Anás, Caifás y toda su banda lo pasaban mal, sobre todo al encerrarlos en la misma celda de Barrabás, que tenía un día particularmente violento. Un niño pequeño no puede cambiar el mundo, pero tiene todo el derecho a imaginarlo mejor.

Un arrugado papel acaba por salir de las profundidades del bolsillo infantil. Se pone a alisarlo.

—¿No tendrás, por casualidad, alguna cola de lagartija?

—No. —responde, lacónico. Explorar bolsillos no permite diálogos floridos.

—¿Y huesos de albaricoque?

—Tampoco. —dice, suspirando para demostrar paciencia.— Los huesos de albaricoque son en verano.

—¿Cordel? ¿Clavos? ¿Alambre? Eres un chico bastante pobre.

La obra parece estar ya legible. Me digo que un aplauso a tiempo puede conducirle al premio Nobel mientras me enfango en la emoción de asistir al primer esfuerzo literario de mi hijo.

—Esto es el prólogo: " A mediados del Siglo XVIII el rey de España era Carlos III y había muchos ministros. Uno de ellos se llamaba Federico. Esta historia está basada en un hecho real."

—El famoso caso del Ministro Federico. —comento para darle ánimos.

—Sólo he escrito hasta aquí. —confiesa— No pretenderás que termine mi teatro en un solo día.

—La idea general me parece buena. Tiene intriga, ya sabes: a uno le dan ganas de saber qué va a suceder. ¿Se ponen a hablar el Rey y el Ministro Federico?

—Quizá sí. Creo que se pueden insultar un poco y darse con un garrote.

—Perfectamente democrático. —exclamo.— Conviene empezar con mucha acción. La gente quiere movimiento.

—Eso pienso yo. —dice reflexivamente.— Luego, no estoy muy seguro, pero tienen que salir unos cuantos barcos de vela. Tal vez el Rey se haga pirata.

—No a todos los reyes les gusta piratear.

—Puede ser el Rey de los Piratas. —redondea— Seguramente en la pelea con el Ministro Federico se le cayó la corona y se ha metido a pirata para enamorarse de La Guapa y, luego, hundir el barco del ministro y recuperar su corona.

—No está mal traído. ¿Le pondrás pata de palo?

—¿No ves que al muñeco no se le ven los pies? No puede ser. —añade no sin cierto desencanto: un rey patapalo no deja de ser un rey original y seguro que puede ponerle una contera afiladísima para apuñalar a los marineros que no se rindan.

—Lo importante es el diálogo. —le digo.— Un rey llama a todos Vos y Duque y Conde. Un rey de los de peluca blanca, se entiende.

—Pero, como es pirata, será mejor que diga alguna palabrota. Podemos poner ¡voto a vos! o ¡por mil marqueses tuertos! Así sabrán que es pirata, porque el barco no podrá salir: no sé hacerles el muñeco.

Decido echarle una mano, ser su tutor literario. Me pregunto: ¿Qué escribirías si estuvieras subvencionado?

—Podemos hacer que haya naufragado. Es cosa que constantemente les pasa a los piratas.

—O que bajó a una isla desierta a enterrar su tesoro y le robaron el barco en un descuido, porque no lo había cerrado con llave. Papá, ¿por qué enterraban tesoros los piratas?

—Para que lo fueran más? ¿Crees que el premio de La Primitiva es un tesoro?

—No, claro.

—¿Ves? Para que sea tesoro algo, hay que enterrarlo. Cuando lo sacas, ya está, porque huele a humedad y tiene verdín.

La cosa está clarísima y, abandonando por un momento la creación literaria, convenimos que enterraremos algunos cubiertos de plata, un par de servilleteros y hasta unos gemelos de oro que odio. Cualquier hombre prevenido, desde que Borrell infesta las aguas mansas, ha de tener su tesoro particular. Yo haré el mapa, pero la brújula la llevará el niño, más que nada para saber dónde cae babor y por dónde sotavento.

—El asunto —sigue él— es que no sé dónde poner los caballos. Son animales muy bonitos y gustan a todo el mundo.

—En la carroza del Rey, muchacho.

—Se la ha quitado el Ministro Federico, que es un usurpador. Le ha usurpado la carroza y el palacio y la corona. ¿Es que no te acuerdas que por eso el Rey se ha metido a pirata?

—Podemos decir que los caballos están sueltos por la isla desierta. Se escaparon de un barco que los llevaba de contrabando para los indios y llegaron nadando a la playa.

—Pero, eso, ¿quién lo va a explicar? En la isla no hay nadie que lo haya visto, porque es una Isla Desierta.

—Puede haber un caballo mágico que hable y que al final se hace muy amigo del Rey. Los caballos, en realidad, no hablan porque nadie pone interés en enseñarles.

—Así ese caballo le puede arrear una patada al Ministro Federico. —exclama mi hijo, súbitamente inspirado.— Es un caballo blanco y era del Ministro Federico, que le pegaba todos los días para enseñarle a hablar, pero él no hablaba para darle rabia, hasta que se escapó y se hizo caballo de abordaje. Además, ya conocía al Rey, que le había regalado unas herraduras de oro cuando ganó la Carrera Real.

Mi hijo es un creador concienzudo y esta tarde está dispuesto a hacer una verdadera superproducción:

—Ahora tenemos que meter a la novia. Puede estar cuidando de los caballos, o algo así.

—El "love interest". —comento.

—¿Qué es el lofínteres, santo padre.

—Cómo se conocen y cómo se enamoran. Si no sale una chica, a las mujeres les parece mala la función.

—Paquita es mi novia. —me informa entonces.— Es medio tonta, ¿sabes? Dice que las niñas son mejores, pero la banda de Paquita sólo sabe subirse a un montón de grava del patio y es un montón pequeñísimo.

—¿Tenéis montón vosotros?

—Nosotros vamos a la arena del callejón de saltos. Tiran piedras, las niñas, pero no alcanzan. Le he hecho una poesía a mi novia:

Oh, dulce Paquita:

Tu cutis es tan bello

como el morro de un camello.

—Moderna. Poesía moderna.—advierto ante la primicia. Personalmente, no manejé los versos con soltura hasta bien entrado en los diez años, casi anciano.— ¿Qué dice tu novia de eso?

—Se ríe. Ya te he dicho que es medio tonta. La novia del Rey —añade haciendo una concesión— se puede llamar Paquita, pero más mayor, de doce o trece años.

—Claro: ya algo vieja.

—Mira: ella era la novia del Ministro Federico, pero un día le pidió el caballo prestado y el ministro le dijo que no, que no se lo prestaba porque tenía el sarampión.

—Creo que los caballos no lo cogen.

—Por eso mismo. Así Paquita se dio cuenta de que la engañaba y se quitó de novia del ministro y él, enfadado, la quiso raptar. Entonces el Ángel de la Guarda avisó a Paquita.

—¿Hemos de poner ángeles?

—Con muchas plumas. —detalla.— Tengo guardadas unas de pavo. Con un hilo de pescar lo colgaré de arriba y no habrá más que soplarle para que se mueva.

—Adelante con los ángeles. —concedo.

—Pues el Ángel de la Guarda se lleva a Paquita volando para que no la coja el Ministro Federico, y se van a América, porque América era España entonces: Caballo Loco y ésos. Se van a las Cataratas del Angel, que vienen en mi enciclopedia. Diremos que allí es donde se juntan los domingos para nadar y tirarse de cabeza. A la chica la van a hacer ángel para que nunca la coja el ministro: es su destino.

—¿Es su qué...?

—Es su destino. Lo dicen en algunas películas y significa que pronto van a terminar.

—Claro.

—Pero no la hacen ángel. ¿Sabes por qué? Unos cazadores ven al verdadero volando y, como va muy alto, creen que es una gaviota y le pegan un tiro. Entonces se le cae la chica...

—Pero no se nos puede matar tan pronto...

—Cae en el mar, al lado de la playa donde está el rey, justo cuando se acaba de enterar de que le han robado el barco.

—Le llega que ni llovida del cielo.

—El piensa que se le echan para que se enamore, de manera que se enamora y la hace reina y se ponen a tener príncipes.

—¿Tan de prisa?

—Para no alargar la función, más que nada. Así, cuando llega el caballo blanco con los otros, los príncipes sirven para aprovechar todas las monturas, porque es bonito terminar con todos a caballo y dando gritos.

—¿Y qué hacemos con el Ministro Federico?

Mi hijo medita apenas tres segundos y da con la solución:

—Resulta que, para enamorar a la chica, le había dado la corona. Le dice: si te casas conmigo te la dejaré poner. Y ella, cuando se escapó, la llevaba guardada, de modo que el Rey tiene a la chica y a la corona de un golpe y queda más bonito que salga un ángel, porque hace que la justicia sea más justa.

—¿Y qué hacemos con los caballos y todo eso, hijo mío?

—Pues van todos al palacio y enseñan la corona a la gente. Cuando la ven dicen que el Rey es el rey y descubren que el Ministro Federico es un usurpador. Entonces cogen las espadas y empiezan, dale que dale, subiendo las escaleras hasta la terraza.

—Sí: puede ser una escena muy buena. Siempre la ponen en las películas de espadachines.

—Y el malo, que va perdiendo, salta encima de un caballo para escapar. Como es malo, se ríe, porque ellos se ríen cuando pierden, de tontos que son. Pero el caballo es el que sabe hablar y, como ha estudiado mucho y tiene buena memoria, le tira y le da una patada.

—Es un buen final: el malo pierde y el bueno gana.

—Entonces, de la patada, se le cae la peluca al Ministro Federico y la chica y el Rey descubren que es calvo, y todos se ponen a reír y el caballo a dar saltos muy bonitos. Y ya está.

Me siento muy bien pensando que, por muchas vueltas que dé el mundo, los niños están siempre en el centro de la realidad. Le tengo un poco de envidia a mi hijo que me está usurpando la infancia que aún me pertenece.

—¿Te ha gustado, papá?

—Mucho, vástago.

—Pues se me acaba de ocurrir casi todo ahora. Nos hemos dejado los perros, pero seguro que puede haber alguno en la puerta del palacio, ladrando a los negros. También se puede poner a una señora gorda, porque hay señoras gordas por todas partes. Y a unos niños jugando a las bolas y a un payaso que le tire agua al Ministro Federico cuando se le cae la peluca. Así es seguro que todos se reirán.

—¿Cuándo lo vas a escribir?

—Mientras tú me haces el teatro de guiñol. Así, si veo que te sale pequeño, podré escribir la función un poco más corta, para que te quepa bien.

—No se me había ocurrido.

—Claro: te pones a leer el periódico y no te enteras de nada.

Miro, sorprendido, el periódico plegado sobre mis rodillas y, en efecto, no cuenta lo que realmente sucede en la vida: apenas se pueden leer en ellos cosas de reyes y chicas de doce años. Desde luego, nunca hablan ni de perros ni de señoras gordas ni de piratas ni de islas desiertas ni de caballos blancos parlanchines que no estén muertos de fiebre.

Ni de ángeles. Y es lástima.


Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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