Para Volver a la Noche

Arturo Robsy


Cuento


Papá veía la televisión con un ojo en el periódico. Papá nunca se cansaba de enterarse de las mismas noticias repetidas. Mamá hacía las tortillas de la cena en la cocina. Juanito, menos atrapado por la vida, lanzaba desde la galería pompas de jabón a la calle.

Una, muy grande, se elevó algo más y, al seguirla, Juanito se quedó con la vista alta: la luna, aquella señora pálida y burlona, no estaba allí como los otros días.

—Juanito. —llamó la madre, poniendo en la mesa los cubiertos.

—Ven, mamá. No está la luna.

—Muy bien, hijo. Entra a cenar, que se enfría.

—Te digo que no hay luna. Ven a verlo.

—Sí, sí, te oigo. Luego miraré. Entra y come.

El niño, con el estómago lleno, se sumió en otros olvidos. deseaba dormir y también ver la película, pero le costaba decidirse. Por fin se quedó traspuesto en el sofá, ante el televisor y el padre, como de costumbre, se lo llevó en brazos a la cama.

Salvo un niño que hace pompas de jabón, ¿podía preocuparse alguien por una noche sin luna? En otro tiempo, enamorados y poetas se entregarían a emociones profundas. Alguien hubiera echado en falta su rielar sobre el mar en tanto en la lona gemía el viento. Hasta los dedicados a actividades más táctiles, entre beso y beso, se hubieran percatado de que la pálida luz en las pupilas de la amada se había desvanecido, pero estas cosas se hacían ya en los apartamentos de soltero.

Sólo un niño, siguiendo el vuelo errático y tornasolado de una pompa de jabón, comprendió que la luna no acudía a la milenaria cita con las estrellas.

Los mismos astrónomos, a la caza de planetas perdidos entre los sistemas solares o midiendo los velocidades de los Quasars, la vista telescópica perdida en la distancia, no repararon en lo próximo, en el rostro planetario y sonriente que había seguido las andanzas del hombre desde que anduvo.

Dos días después, un periodista de vacaciones en el campo oyó conversaciones en la taberna. Charlas al amor de la boina alimentadas con vino nuevo y reunidos de fichas de dominó sobre el mármol viejo de la mesa.

Labrantines modernos, de tractor y no de mula, hablaban de la luna precisamente porque eran los únicos en no estar en ella. El pálido satélite —decían— había desertado. Quizá lo pulverizaron con un cohete incontrolado o quizá se fue de grado, a cambiar de éter.

—Ya tengo —se dijo el periodista— la serpiente de verano.

Y tomó nota en una servilleta de papel: «Luna ausente y fugitiva».

La humanidad, atareada con el calor de Agosto, leyó la noticia con calma. ¿de qué servía la luna ahora que ya no se echaban carreras para alcanzarla? Ni siquiera la mencionaban los poetas modernos, cuyos versos preferían hurgar en el callejón. El cielo, en general, estaba demasiado lejos para tener importancia.

Hubo, sí, intentos de explotación del éxito. Una cadena de televisión importó a un loco de Estados Unidos que sostenía que la luna blanca, nuestra amiga, se había tropezado con la luna negra, llamada también Lilith y ambas se habían desintegrado, Preveía lluvias de aerolitos, bonitas estrellas fugaces para las noches de verano.

Otros locos locales, estimulados por las teorías anglosajonas, hablaron con extraterrestres y luego comunicaron a los incrédulos que los seres del espacio de la había llevado a remolque para ponerla en la órbita de Júpiter y hacerla habitable. Una cuestión demográfica.

—¿Es cierto, profesor Sanz, que la luna no está ya ahí arriba? — preguntó el locutor de televisión. La gente no la veía pero, para creer en sus ojos, se había acostumbrado a esperar el veredicto de la ciencia.

—Es cierto. —dijo la ciencia interrogada, aceptando aquella hipótesis de trabajo.

—¿Qué puede haber pasado, profesor?

.No se sabe.

—¿Hay alguna teoría que pueda explicarlo?

Sí, una: que es imposible. Y lo imposible, amigo mío, acaba sucediendo.

Tres días después, el terrorismo habitual, la guerra habitual, los accidentes habituales y las demás noticias tradicionales en los negocios de comunicación de masas, habían hecho olvidar el misterioso caso de la luna ausente.

Papá miraba la tele con un ojo y leía el periódico con el otro. Mamá preparaba la cena en la cocina y Juanito, por no disponer de pompas de jabón, lanzaba desde la galería aviones de papel con una estrella dibujada torpemente en cada ala.

A las siete de la mañana Juanito se despertó, angustiado por un dolor de tripa, y corrió a llorar al cuarto de sus padres.

—Además, —dijo, para reforzar su deseo de terminar de dormir en la cama grande— todavía es de noche.

Lo adultos miraron el reloj y, luego, la ventana. Como dijo el profesor Sanz, lo imposible no hacía más que suceder, provocando esta vez problemas económicos.

Los turistas, sin sol bronceador desde temprano, pidieron la devolución de su dinero. Los trabajadores se negaban a laborar en jornada nocturna si eso no figuraba en los contratos o si no se les abonaba un plus. Sólo las compañías eléctricas, tras conservar la calma, meditaban el modo de subir las tarifas.

Papá y Mamá encendieron la luz y se alegraron porque no hacía tanto calor como ayer. Mamá fue a la cocina y Papá al televisor. Juanito jugó con una linterna fabricada en Hong Kong. El profesor Sanz, llamado con urgencia a la cadena de televisión, emitió un cántico al progreso:

—Gracias a los adelantos actuales —dijo— podemos vivir a oscuras.

Era verdad. Una verdad absoluta.


Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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