Quieta la Cruz, Impasible el Guardia

Arturo Robsy


Cuento


Tony subió al cielo con la sensación de sólo haber encendido la luz larga y, todo lo más, apretado un poco el acelerador. Las almas, expulsadas violentamente de los cuerpos, sufren confusiones así al principio.

Luego miran hacia abajo y ven la moto por el suelo y, la materia que fueron, como un juguete abandonado. En el caso de Tony, el alma vio también como se alejaba el coche que le había sacado de la carretera de un golpe, llevándose su vida en una aleta.

Tuvo un primer pujo de ira al comprender que le acababan de asesinar. Sus nuevos sentidos, más penetrantes, le dijeron que el conductor llevaba un medio pedalete y mucho miedo por lo que acababa de suceder.

Pero la ira se desvaneció al descubrir Tony que no le importaba lo sucedido. Su parte astral flotaba en la brisa nocturna y se encontraba cómoda y relajada. Las volutas de humo, seguramente, se sienten bien y olvidan el fuego que les hizo arder. Las almas, lo mismo.

Además, la suya todavía conservaba una notable dosis de ron con cocacola que le ayudaba a contemplar la eternidad con una sonrisa. Incluso sospechaba que podía tratarse de un sueño.

Con curiosidad de fantasma, se quedó por allí contemplando el panorama. Lo que había sido un cuerpo aparentaba un lamentable estado. Pero su moto estaba peor: no sólo la llanta delantera se había plegado, sino que el depósito aparecía definitivamente roto. Calculando por lo bajo, la reparación pasaría de los doscientas mil pesetas, por no hablar de los gastos del entierro.

Estaba todavía entretenido con estos cálculos cuando el alba —de rosados dedos, notó el espíritu liberado— alargó la mano por occidente y empezó a distribuir los colores.

Tras el alba, muy de cerca, llegó una camioneta de albañiles. Se detuvieron e inspeccionaron el lugar de autos, como se bautizó después. No tocaron el cadáver: eran partidarios de otros métodos:

—Oiga. —decían a la envoltura de Tony, que ya no funcionaba.

—¿Está usted bien?

Luego se acercaron un poco más, con las manos lejos. Cuchicheaban, posiblemente por temor a ser oídos por el muerto.

—Yo creo —resumió uno— que ha cascado. Y hace horas.

—Pues te quedas aquí. Cuando lleguemos a un teléfono, llamamos a la guardia civil y ellos se harán cargo.

—¿Y a una ambulancia, no? A mí no me gustaría que me vieran así, tirado.

Llegó primero la ambulancia, pero los conductores, tras llamarle como los albañiles, se pusieron a aguardar mientras hablaban de sus cosas con el obrero de retén.

Poco después, la guardia civil, muy sobria: ellos veían el ojo de la muerte a diario y la respetaban. Se dedicaron a tomar medidas para el coche de atestados y, también, a registrar los bolsillos del cadáver.

«Habiendo recibido comunicación de D. Jacinto Alvarez Pueyo, de profesión contratista de obras —escribió el agente— se pudo comprobar que a la altura del Kilómetro 7,400 de la carretera regional 127, una moto marca Honda, matrícula M—4321—AU, estaba en la cuneta y su conductor, D. Antonio Figuerola Gómez, presuntamente cadáver».

Pero, muerto o no, hubo que esperar al juez. Algunas moscas, más madrugadoras que Su Señoría, se aproximaron a Tony. Investigaban por su cuenta.

Bastante más tarde se levantó el cadáver en presencia de los funcionarios del juzgado. El juez era hembra y, por hallarse en estado, a aquellas horas se entregaba a los vómitos matinales. Un muerto ensangrentado se los hubiera estimulado por encima del estricto cumplimiento del deber.

Con todo, seis horas después del óbito Tony adquirió, oficialmente, el empleo de difunto. Esto, al menos, le tranquilizó. Había pensado que, de producirse un error de apreciación, le desagradaría verse en un hospital, operado, intubado, cedida su desnudez al trajín de las enfermeras y sometido a régimen. Lo suyo había sido, por lo menos, rápido y cómodo.

Pero los que se quedan no siempre encajan con deportividad. Los padres llegaron entonces, descompuestos. Se acercaron a tocarle el frío rostro. Habían gastado las lágrimas durante el viaje y ahora sólo tenían ojos secos y rojos.

—Ay, Tony. —dijo la madre.— Ay, ay.

El padre la abrazó mientras el hermano, más lejos, quería saber si la guardia civil había dado ya con el asesino.

—La moto fue, presuntamente, alcanzada por detrás. —respondieron en lenguaje oficial.— Se observa un rasponazo en la parte izquierda del guardabarros, con rotura de luz piloto y catadióptrico.

«Y que lo digas —pensó el alma—. Vaya sorpresa que me llevé».

—Pero —siguió el guardia— el coche apenas resultaría averiado. La velocidad hizo el trabajo.

—Eso quiere decir que no encontrarán al culpable.

El guardia abandonó por un momento la compostura del cuerpo y palmeó el hombro del hermano:

—Nunca se sabe.

Por fin se fueron todos, menos el espíritu de Tony, algo desorientado. No sabía adonde dirigirse. Se supone que siempre hay un comité de recepción y una gran luz al fondo de un túnel, pero él seguía viendo el paisaje de siempre. Flotaba, sin duda, pero no se creía capaz de aletear hasta el lejano cielo.

Vagando por las cercanías, acabó por acordarse de Juana. Pobre chica: se querían y todo eso, pero él aquella noche había salido de picos pardos después de dejarla en casa. ¿Qué pensaría al enterarse?

El día fue pasando por encima de la interminable columna de coches que circulaban. Ignoraban todos que allí acababa de morir un hombre. Sólo otro vehículo de la policía se detuvo para cubrir los rastros de su sangre con arena ocre. A los vivos no les gusta ver cuajarones en las cunetas.

Atardecía cuando llegaron las motos y el coche de su hermano. Juana paseó por la cuneta buscando, sin duda, la huella que dejara su cuerpo. Al descubrir la arena se dio la vuelta y salió al arcén, llorando.

Los demás sacaron una cruz de cemento del portaequipajes. La habían hecho ellos y, antes de que fraguara, habían escrito con un punzón: «Tony. E.P.D.»

«E.P.D., E.P.D.», se dijo el alma, que todavía era partidaria de usar un lenguaje más vivo y descriptivo.

Con un azadón hicieron un agujero en el borde mismo del arcén, metieron la punta de la cruz y lo rellenaron con cemento fresco.

Juana volvió. Con un ramo de flores. Rosas. Menos mal: sólo faltaría que le pusieran crisantemos. Las ató a la cruz con un alambre y todos se santiguaron. El sol del crepúsculo les daba en la cara y hacía brillar sus ojos húmedos.

—Tony. —dijo Juana, llamándole inútilmente.

Juana, Juana, pensó el espíritu, un poco triste. No era cosa que debiera hacerse en su situación, pero Tony recordó el principio de la noche, acariciándola en la escalera oscura.

Una pareja de motoristas, ante el hecho anormal, se detuvo. Uno bajó de la moto mientras el otro, apartado, le cubría. Normas.

Saludó militarmente y, por un momento, guardó silencio. Sabía que allí, antes del alba, había muerto un chico. Quieta la cruz, impasible el guardia, parecían contemplarse ambos. Por fin habló:

—No puede ponerse eso ahí.

—Es una cruz.

Bien lo sabía él, pero no había otro remedio:

—Casi está sobre el arcén. Es un peligro.

—¿La cruz?

El hombre volvió a mirarla: una cruz de cemento; humilde, marcando una muerte. Si hubiera muchas, pensó, quizá los locos meditaran. Pero si pusieran una por cada víctima, las carreteras parecerían lo que eran de verdad: cementerios.

—¿Es peligrosa una cruz? —insistió el hermano con una creciente ira.

Quieta la cruz, impasible el guardia, se estuvieron contemplando. De un lado, un símbolo; del otro, la ley humana que meditaba si alcanzaba o no a la otra orilla de la vida. Caía el sol y la sombra de la cruz crecía y se alargaba como si fuera a llenar la tierra.

—¿Qué pasa? —gritó el otro motorista, cansado de vigilar a distancia.

El de a pié miró un momento a los chicos. Se cuadró y saludó con respeto: las flores, la arena, la cruz.

—No pasa nada. —contestó. Arrancó su moto y la pareja se perdió en la carretera.

Por la noche la mujer le notó algo. Comía con desgana.

—¿Qué te pasa?

—Hoy tuve que quitar una cruz de la carretera.

—¿Y?

—Que no me dio la gana.

Y allá sigue. Dos años después y tiene flores todavía. El alma de Tony, en cambio, está en otra parte. Encontró un camino.


Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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