Bajo la Mirada de Occidente

Joseph Conrad


Novela



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Índice

Bajo la Mirada de Occidente
Primera parte
Prólogo
I
II
III
Segunda parte
I
II
III
IV
V
Tercera parte
I
II
III
IV
Cuarta parte
I
II
III
IV
V
Nota del autor

A Agnes Tobin, que trajo a nuestra puerta su talento para la amistad desde la orilla.

Primera parte

Prólogo

He de empezar por decir que no alardeo de poseer esos altos dones de la imaginación y la expresión que habrían permitido a mi pluma crear para el lector la personalidad del hombre que se hacía llamar, según la costumbre rusa, Cyril, hijo de Isiodr — Kirylo Sidorovitch— Razumov.

De haber tenido yo alguna vez estos talentos en cualquier modalidad de forma viva, a buen seguro que se habrían extinguido hace ya mucho tiempo bajo una selva de palabras. Las palabras, como es bien sabido, son las grandes enemigas de la realidad. Soy desde hace muchos años profesor de idiomas. Es ésta una ocupación que a la larga resulta fatal para la cuota de imaginación, observación o perspicacia que puede heredar una persona corriente. Llega un momento para el profesor de idiomas en el que el mundo no es sino un lugar repleto de palabras y el hombre un simple animal parlante no mucho más extraordinario que un loro.

Siendo ésta mi condición, difícilmente hubiera yo podido observar al señor Razumov o adivinar su realidad por pura intuición, y mucho menos imaginarlo tal como era. Incluso el inventar los hechos más elementales de su vida habría excedido por completo mis posibilidades. Creo, sin embargo, que aun cuando no hiciera esta aclaración los lectores de estas páginas detectarían en el relato las señales de la prueba documental. Y su impresión sería correctísima, pues la presente narración está basada en un documento; todo cuanto yo he aportado es mi conocimiento de la lengua rusa, suficiente para lo que aquí se persigue. Dicho documento, claro está, es de índole similar a un diario, si bien su estructura no es exactamente la misma. No se atiene en lo esencial a una escritura cotidiana, aunque todas las entradas llevan su fecha correspondiente. En algunos casos, las anotaciones abarcan varios meses y ocupan docenas de páginas. La primera parte es un relato retrospectivo sobre un hecho acaecido aproximadamente un año antes.

Debo mencionar que he vivido mucho tiempo en Ginebra. Un barrio entero de esta ciudad se conoce como «La Petite Rusie» —La Pequeña Rusia—, por la cantidad de rusos que allí residen. Tenía yo por aquel entonces abundantes vínculos con esta comunidad, aunque confieso que en absoluto comprendo el carácter ruso. Su actitud ilógica, la arbitrariedad de sus conclusiones y la frecuencia de lo excepcional no debieran revestir dificultad alguna para un estudioso de tantas gramáticas; pero por fuerza debe haber algo más, cierto rasgo humano peculiar: una de esas diferencias sutiles que escapan a la capacidad de un modesto profesor. Lo que nunca deja de sorprender a un profesor de idiomas es el extraordinario amor a las palabras que profesan los rusos. Las atesoran, las aprecian, pero no las esconden en su corazón, antes bien se muestran dispuestos a derramarlas en cualquier momento, con un entusiasmo, con una abundancia tan arrolladora, con tanto tino y tanta precisión en ocasiones que, como sucede con los loros más listos, no puede uno desprenderse de la sospecha de que en verdad entienden lo que dicen. Hay en su ardor expresivo una generosidad que se aleja cuanto puede de la locuacidad común y que tampoco guarda relación con la elocuencia... Mas he de disculparme por esta digresión.

Sería ocioso inquirir por qué el señor Razumov dejó esta crónica. No parece concebible el deseo de que alguien la leyese. Entra aquí en juego un misterioso impulso de la naturaleza humana. Si exceptuamos a Samuel Pepys, que ha forzado de este modo la puerta de la inmortalidad, son innumerables las personas —criminales, santos, filósofos, muchachas, estadistas y simples idiotas— que han aireado su intimidad en sus diarios, sin duda por vanidad, aunque también por otros motivos más inescrutables. Debe de haber en las palabras por sí solas un fabuloso poder de alivio cuando tantos hombres las han empleado para entrar en comunión consigo mismos. Siendo como soy un individuo tranquilo, supongo que lo que todos los hombres buscan en realidad es una modalidad o acaso tan sólo una fórmula de paz.

Son muchos ciertamente los que hoy la piden a gritos. Qué clase de paz esperaba encontrar Kyrilo Sidorovitch Razumov con la escritura de su diario es un asunto que escapa a mi entendimiento.

El hecho es que lo escribió.

El señor Razumov era un joven alto y bien proporcionado, bastante moreno para ser un ruso de las provincias centrales del país. Su belleza habría sido incuestionable de no ser por una peculiar falta de elegancia en sus rasgos. Era como si un rostro enérgicamente modelado con cera (no sin cierto parecido con una perfección de tipo clásico) se hubiera dejado junto al fuego hasta quedar borrada toda la nitidez de sus líneas al reblandecerse su sustancia. Con todo y con eso, Razumov era suficientemente apuesto. También sus modales eran agradables. En las discusiones se dejaba influir fácilmente por los argumentos o por la autoridad. Adoptaba con sus jóvenes compatriotas la actitud de un oyente impenetrable, un oyente que escucha con inteligencia y acto seguido cambia de tema.

Esta clase de argucia, que puede tener su origen en una insuficiencia intelectual o en una incompleta confianza en las propias convicciones, le procuraba a Razumov fama de hombre profundo. Una personalidad relativamente taciturna pasa por poseer el poder de la reserva entre un montón de entusiastas habladores acostumbrados a agotarse a diario en acalorada conversación. Sus compañeros de la Universidad de San Petersburgo tenían a Kirylo Sidorovitch Razumov, estudiante de tercer curso de Filosofía, por un hombre de carácter, por un hombre plenamente de fiar. Esto, en un país donde una opinión puede ser un delito legalmente castigado con la muerte, y a veces con un destino peor que la muerte, significaba que Razumov era digno de que le fueran confiadas opiniones prohibidas. Se le apreciaba además por su amabilidad y por mostrarse siempre dispuesto a hacer un favor a sus compañeros, aun cuando ello le acarreara molestias personales.

Se creía que Razumov era hijo de un arzobispo y protegido de un distinguido aristócrata, probablemente originario de su misma provincia remota. Su aspecto físico no casaba bien con un origen tan humilde. Semejante ascendencia no resultaba creíble. De hecho, se insinuaba que Razumov había nacido de la hermosa hija de un arzobispo, lo que sin duda daba al asunto un cariz bien distinto. Esta última teoría, de paso hacía creíble la protección del distinguido aristócrata, si bien nada de todo esto llegó a investigarse nunca, ni por malicia ni por otras razones. Nadie sabía ni a nadie interesaba quién era el aristócrata en cuestión. Razumov recibía una modesta aunque suficiente asignación de manos de un oscuro abogado que en cierta medida parecía actuar como su protector y que de cuando en cuando participaba en la recepción informal de algún profesor universitario. Salvo esto, no se le conocían a Razumov otras relaciones sociales en la ciudad. Asistía con regularidad a las clases obligatorias y era considerado por las autoridades académicas un estudiante muy prometedor.

Trabajaba en su cuarto a la manera del hombre que se propone tener éxito, pero tampoco se sometía a un encierro severo con esta intención. Se mostraba siempre accesible y no había en su vida nada que fuera secreto o reservado.

I

El origen de la crónica de Razumov guarda relación con un hecho real característico de la Rusia moderna —el asesinato de un prominente estadista— y aún más característico de la corrupción moral de una sociedad oprimida, donde las más nobles aspiraciones humanas —el deseo de libertad, un ferviente patriotismo, el amor a la justicia, el sentido de la piedad y aun la fidelidad de las mentes sencillas— se ven prostituidas por las pasiones del odio y el miedo, compañeros inseparables de un despotismo precario.

El hecho real al que nos referimos es el atentado, culminado con éxito, contra la vida del señor de P..., presidente de la famosa Comisión Represiva de hace algunos años, ministro de la Gobernación investido con poderes extraordinarios. La prensa hizo bastante ruido al respecto de este personaje fanático, estrecho de tórax, con galones dorados en el uniforme, la piel como un pergamino arrugado, los ojos anodinos tras unos anteojos, y la cruz de la Orden de san Procopio colgada del cuello flaco. Tal vez se recuerde que, durante algún tiempo, no pasaba un mes sin que su retrato apareciera en alguna de las revistas ilustradas de Europa. Servía a la monarquía encarcelando, exiliando o enviando a galeras a hombres y mujeres, jóvenes y viejos, con infatigable e idéntica diligencia. En su mística asimilación del principio de la autocracia, se empeñaba en extirpar del país cualquier vestigio de algo que pudiera parecerse a la libertad en las instituciones públicas; y en su implacable persecución de las nuevas generaciones parecía dispuesto a destruir hasta la propia esperanza de libertad.

Se dice de este detestado personaje que no tenía imaginación suficiente para adivinar el odio que inspiraba. Esto es difícilmente creíble, pero lo cierto es que tomaba muy pocas precauciones para garantizar su propia seguridad. En el preámbulo de un famoso documento nacional había declarado en cierta oportunidad que «la idea de libertad nunca ha existido en la Obra del Creador. De la opinión de las masas no cabe esperar sino revolución y desorden; y la revolución y el desorden en un mundo creado para la obediencia y la estabilidad son pecado. No es Razón sino Autoridad lo que expresa la Intención Divina. Dios es el Autócrata del Universo...». Pudiera ser que el hombre que formuló esta declaración creyera que el propio cielo estaba obligado a protegerlo en su implacable defensa de la Autocracia en la Tierra.

La vigilancia policial lo salvó sin duda en más de una ocasión, pero lo cierto es que cuando le llegó la hora, las autoridades competentes nada pudieron hacer por advertirle. No tenían noticia de ninguna conspiración en contra de la vida del ministro, no hubo indicios de ningún complot a través de sus canales de información habituales, no se detectaron pistas, no había constancia de movimientos sospechosos o de individuos peligrosos.

El señor de P... se dirigía a la estación en un trineo descubierto tirado por dos caballos, con lacayo y cochero en el pescante. Había nevado sin parar toda la noche, de manera que la calzada estaba ya obstruida a esa hora tan temprana del día y el trineo avanzaba con dificultad. La nieve seguía cayendo copiosamente. Pero alguien debía de estar esperando la llegada del trineo para identificarlo. Al arrimarse a la izquierda antes de tomar una curva, el lacayo vio a un campesino que caminaba despacio bajo la nieve, muy cerca del bordillo de la acera, con las manos en los bolsillos de una pelliza de cordero y los hombros pegados a las orejas. Al ser adelantado por el vehículo, el campesino se volvió rápidamente y movió un brazo. Al instante se oyó una terrible sacudida, una detonación amortiguada por la multitud de los copos de nieve; los caballos se desplomaron, muertos y reventados, y el cochero lanzó un grito penetrante y cayó del asiento mortalmente herido. El lacayo (que sobrevivió) no tuvo tiempo de verle la cara al hombre de la pelliza. Éste huyó tras lanzar la bomba, pero se supone que al ver que un montón de gente empezaba a surgir de todas partes bajo la nieve, y que todo el mundo corría hacia la escena de la explosión, debió de parecerle más seguro mezclarse entre el gentío.

En poquísimo tiempo una excitada multitud se había congregado en torno al trineo. El ministro-presidente, que salió ileso del vehículo a la densa capa de nieve, se apostó junto al quejumbroso cochero y se dirigió insistentemente a la multitud con voz apagada y débil: «Les ruego que se aparten. Por el amor de Dios, les ruego buenas gentes que se aparten».

Fue entonces cuando un joven alto que había permanecido todo ese tiempo inmóvil tras la entrada de carruajes dos casas más abajo, salió a la calle y echó a andar rápidamente para lanzar otra bomba por encima de las cabezas de la multitud.

La bomba alcanzó al ministro-presidente en el hombro cuando se inclinaba sobre su agonizante criado, cayó entre los pies del mandatario y explotó con terrible violencia concentrada, fulminando en el sitio al señor de P..., rematando al criado herido y destruyendo prácticamente el trineo vacío en un abrir y cerrar de ojos. La multitud lanzó un grito de terror y corrió en todas direcciones, salvo los que habían muerto o resultaron heridos por encontrarse más cerca del ministro-presidente, y uno o dos que no cayeron hasta después de haber dado unos pasos.

Mientras que la primera explosión había reunido como por ensalmo a una muchedumbre, la segunda dejó la calle desierta en muchos cientos de metros en ambos sentidos. La gente miraba desde lejos, entre los copos de nieve, el pequeño montón de cadáveres junto a los cuerpos de los dos caballos. Nadie se atrevió a acercarse hasta que una patrulla de cosacos llegó al galope, descabalgó y se dispuso a dar la vuelta a los cuerpos sin vida. Entre las víctimas inocentes de la segunda explosión que yacían sobre los adoquines, había un hombre vestido con una pelliza de campesino; pero su rostro había quedado irreconocible y no llevaba nada en los bolsillos de su pobre indumentaria, de ahí que fuera el único cuya identidad nunca pudo establecerse.

Ese día Razumov se levantó a la hora de costumbre, pasó la mañana en la Universidad, asistió a sus clases y trabajó un rato en la biblioteca. El primer rumor sobre el lanzamiento de la bomba lo oyó en la mesa de la cantina de estudiantes, donde solía comer a las dos. Era un rumor tejido con simples habladurías, y aquello era Rusia, donde no siempre es prudente, sobre todo para un estudiante, mostrar demasiado interés por cierta clase de murmuraciones. Viviendo en una época de inquietud política y espiritual, Razumov se aferraba por instinto a la vida normal, práctica y cotidiana. Era un hombre consciente de las tensiones emocionales de su tiempo, incluso reaccionaba vagamente a ellas; pero su principal preocupación era su trabajo, sus estudios y su propio futuro.

Oficial y realmente sin familia (pues la hija del arzobispo había muerto hacía mucho tiempo), ninguna influencia pudo modelar sus opiniones o sus sentimientos.

Se encontraba tan solo en el mundo como un náufrago en el mar profundo. Su apellido era en sí mismo etiqueta de individualidad solitaria. No había en ninguna parte Razumovs a los que estuviera ligado. Su único parentesco era su condición de ruso. Cualquier fortuna que pudiese esperar de la vida le sería dada o le sería sustraída únicamente por este vínculo. Esta inmensa familia se veía inmersa en agónicas luchas internas, y Razumov procuraba mantenerse al margen de la crispación todo cuanto a un hombre de natural bondadoso le es dado apartarse de una violenta disputa familiar sin tomar partido definitivamente por nadie.

De vuelta a casa, pensaba Razumov que, habiendo preparado ya todas las asignaturas de los próximos exámenes, en lo sucesivo podría concentrarse en el concurso de redacción. Codiciaba la medalla de plata. Concedía este premio el Ministerio de Educación, y los nombres de los participantes eran sometidos a la aprobación del propio ministro. El mero hecho de intentarlo sería tenido por meritorio en las altas esferas, y el ganador del certamen podría optar a un buen puesto en la administración una vez terminados sus estudios. En un rapto de euforia, el estudiante Razumov olvidó los peligros que amenazaban la estabilidad de las instituciones que otorgaban premios y puestos en la administración. Mas al recordar al ganador del año anterior, Razumov, el joven sin origen, recuperó la sobriedad. Sucedió que estaba reunido con el afortunado y otros compañeros cuando éste recibió la noticia oficial de su éxito. Era un joven tranquilo y sencillo: «Perdonadme», dijo, con una sonrisa que denotaba una leve disculpa, «voy por un poco de vino. Aunque primero tendré que enviar un telegrama a casa. ¡Os aseguro que darán una fiesta para todos los vecinos a veinte kilómetros a la redonda!».

Razumov pensó entonces que él no contaba con nada semejante en el mundo. Su éxito a nadie le importaría; no albergaba sin embargo ningún resentimiento hacia su protector, el aristócrata, que no era un magnate provinciano como generalmente se suponía. Era en verdad ni más ni menos que el príncipe K..., antaño un personaje grande y espléndido, y hoy, pasados sus días de gloria, un Senador aquejado de gota que seguía llevando una vida magnífica aunque más familiar. Tenía varios hijos y una esposa tan aristocráticos y orgullosos como él.

Sólo una vez en la vida había tenido Razumov oportunidad de relacionarse personalmente con el Príncipe.

La ocasión tuvo el aire de un encuentro fortuito en el pequeño despacho del abogado. Cierto día que Razumov fue llamado a presentarse allí, se encontró con un desconocido, un personaje alto, de aspecto aristocrático, que lucía un opulento bigote sedoso y gris. El abogado, un hombre calvo, ladino y de corta estatura, le dijo:

—Pase... pase, señor Razumov —con una efusividad no exenta de ironía. A continuación, volviéndose con deferencia hacia el desconocido de magnífico aspecto, anunció—: Uno de mis pupilos, Excelencia. Uno de los estudiantes más prometedores de su facultad en la Universidad de San Petersburgo.

Con enorme sorpresa, Razumov vio que una mano blanca y bien modelada se tendía hacia él. La estrechó, presa de una gran confusión (era blanda y pasiva), al tiempo que oía un murmullo condescendiente del que sólo logró captar las palabras «satisfactorio» y «perseverar». Lo más asombroso fue no obstante la inconfundible presión de la mano blanca y bien modelada justo antes de retirar la suya, una presión muy ligera, como una señal secreta. Contenía una emoción terrible. Razumov sintió que el corazón le subía a la garganta. Cuando levantó la vista, el aristocrático personaje, apartando al abogado de corta estatura, ya había abierto la puerta y se disponía a salir.

El abogado estuvo un rato rebuscando entre los papeles de su escritorio.

—¿Sabes quién era? —le preguntó de repente.

Razumov, a quien aún le latía con fuerza el corazón, negó con la cabeza en silencio.

—Era el príncipe K... Te preguntarás qué podía estar haciendo en el cuchitril de un pobre picapleitos como yo, ¿verdad? Esta gente tan importante tiene sus curiosidades sentimentales, como cualquier pecador. Pero yo de ti, Kirylo Sidorovitch —continuó, esbozando una sonrisa lasciva y poniendo un énfasis peculiar en el patronímico—, no iría alardeando por ahí de esta presentación. No sería prudente, Kirylo Sidorovitch. ¡No lo sería! Lo cierto es que sería peligroso para tu futuro.

Las orejas de Razumov se encendieron como una llama; se le nubló la vista.

«¡Ése hombre!», se dijo para sus adentros. «¡Él!».

Fue con este monosílabo como en lo sucesivo se acostumbró a referirse mentalmente al desconocido del bigote sedoso y gris. Y también a partir de ese día, cuando paseaba por los barrios más elegantes, reparaba con interés en los magníficos caballos y en los carruajes conducidos por los cocheros de librea del príncipe K...

Una vez vio salir a la princesa —iba de compras— seguida de dos niñas, una de las cuales le sacaba una cabeza a la otra. El pelo rubio le caía suelto sobre los hombros, según el estilo inglés; tenían unos ojos muy vivarachos y llevaban abrigos, manguitos y gorritos de piel exactamente iguales; el frío les teñía las mejillas y la nariz de un rosa muy alegre. Cruzaron la calle por delante de él, y Razumov siguió su propio camino, sonriendo tímidamente para sí. «Sus» hijas. Se parecían a «Él». Sintió una cálida simpatía por aquellas niñas que jamás sabrían de su existencia. A su debido tiempo se casarían con generales o con kammerherrs y tendrían sus propios hijos e hijas, quienes tal vez llegaran a conocerlo como un viejo y celebrado profesor, condecorado, posiblemente consejero del Zar, una de las glorias de Rusia... ¡nada más!

Pero un celebrado profesor era alguien. Esta distinción transformaría la etiqueta Razumov en un apellido venerado. No había nada de extraño en el deseo de distinción del joven estudiante. La verdadera vida de un hombre es la que otros le asignan en sus pensamientos, por respeto o por amor. Mientras volvía a casa el día del asesinato del señor de P..., Razumov tomó la decisión de emplearse a fondo para obtener esa medalla de plata.

Cuando subía despacio los cuatro tramos de oscuridad por la sucia escalera del edificio donde se alojaba, se sintió confiado en su éxito. El nombre del ganador se publicaría en los periódicos el día de Año Nuevo, y la idea de que «Él» muy probablemente lo leería, hizo que Razumov se parase en seco un instante antes de continuar, sonriéndose ante su propia emoción. «No es más que una sombra», se dijo.

«Pero la medalla es un sólido comienzo».

Con estos diligentes propósitos en mente, la habitación templada le resultó alentadora y grata. «Echaré cuatro horas de buen trabajo», pensó. Pero apenas había cerrado la puerta cuando se llevó un susto de muerte. Contra los clásicos azulejos blancos de la estufa, que brillaban en la oscuridad, se perfilaba, muy negra, una silueta desconocida que llevaba un abrigo de paño marrón ceñido en la cintura, botas altas y un gorro de astracán. Se erguía imponente y marcial. Razumov estaba profundamente desconcertado. Sólo cuando la figura avanzó dos pasos y preguntó con voz serena y grave si la puerta exterior estaba cerrada recobró Razumov el habla.

—¡Haldin!... ¡Victor Victorovitch!... ¿Eres tú?... Sí. La puerta exterior está cerrada. Pero esto es completamente inesperado.

Victor Haldin, un estudiante de más edad que la mayoría de sus compañeros, no figuraba entre los aplicados. Apenas se le veía en clase, y los profesores lo habían tildado de «impaciente» e «insensato», calificaciones sin duda muy malas. Gozaba, sin embargo, de un gran prestigio entre sus compañeros, a quienes influía con sus ideas. Razumov nunca había tenido una relación estrecha con él. Habían coincidido a veces en reuniones en casa de otros estudiantes. Incluso habían tenido unas palabras, una de esas discusiones por principios fundamentales tan propias de la pasión juvenil.

Razumov lamentó que Haldin eligiera precisamente este momento para charlar.

Se sentía en buena forma para abordar su redacción, pero como no podía despachar groseramente al compañero, adoptó un tono hospitalario y lo invitó a sentarse y a fumar.

—Kirylo Sidorovitch —dijo el otro, descubriéndose la cabeza—, es posible que no estemos exactamente en el mismo bando. Tus ideas son más filosóficas. Eres hombre de pocas palabras, pero nunca he conocido a nadie que dude de la generosidad de tus sentimientos. Hay en tu carácter una integridad que no puede existir sin valentía.

Razumov se sintió halagado, y había empezado a formular tímidamente la satisfacción que esta buena opinión le causaba, cuando Haldin levantó una mano.

—Esto me decía —continuó— mientras estaba escondido en la leñera, junto al río. «Este muchacho es íntegro», me dije. «No arroja su alma a los vientos». Tu discreción siempre me ha fascinado, Kirylo Sidorovitch. De modo que intenté recordar dónde vivías. Y mira por dónde, tuve un golpe de suerte. Tu dvornik estaba a unos metros de la puerta, charlando con el conductor de un trineo al otro lado de la calle. En las escaleras no encontré ni un alma. Mientras subía vi salir del cuarto a tu patrona, pero ella no me vio. Cruzó el pasillo, se metió en su casa, y entonces me colé. Llevo dos horas esperándote.

Razumov lo escuchó con asombro pero, antes de que pudiese abrir la boca, Haldin añadió en tono resuelto:

—Fui yo quien eliminó a P... esta mañana.

Razumov contuvo un grito de horror. La sensación de que su vida se arruinaba por completo al verse relacionado con este crimen se expresó de una manera extraña, acompañada de una exclamación mental casi burlesca: «¡Ahí va mi medalla de plata!».

Haldin prosiguió transcurridos unos instantes:

—¡No dices nada, Kirylo Sidorovitch! Comprendo tu silencio. A decir verdad, no espero que me abraces con tus gélidos modales ingleses. Pero tus modales no importan. Tienes corazón suficiente para haber oído los llantos y el rechinar de dientes que este hombre provocaba en el país. Eso debiera estar por encima de cualquier esperanza filosófica. Ese hombre arrancaba los brotes más jóvenes. Había que detenerlo. Era un hombre peligroso... un hombre fanático. Tres años más y nos habría devuelto a la esclavitud de hace medio siglo... y recuerda cuántas vidas se destruyeron, cuántas almas se perdieron entonces.

La voz seca y segura de Haldin perdió de pronto fuerza y, en tono apagado, añadió:

—Sí, hermano. Lo he matado. Una tarea ingrata.

Razumov se había dejado caer en una silla. Esperaba la irrupción de la policía en cualquier momento. Debía de haber miles de agentes por ahí buscando a aquel hombre que daba vueltas por su habitación. Haldin continuaba hablando, con voz contenida y firme. De cuando en cuando gesticulaba con un brazo, despacio, sin excitación.

Le contó a Razumov cómo se había pasado un año cavilando; llevaba semanas sin dormir como es debido. La noche anterior Haldin y «Otro» recibieron de «cierta persona» información sobre los movimientos del ministro. Prepararon sus «artefactos» y resolvieron que no dormirían hasta haber realizado «la hazaña».

Recorrieron las calles bajo la nieve con los «artefactos» encima, sin cruzar una sola palabra en toda la noche. Cuando se topaban con una patrulla de la policía, se cogían del brazo y se hacían pasar por una pareja de campesinos que andaban de parranda.

Se tambaleaban y hablaban con voces ebrias y roncas. Salvo por estos momentos de extraño alboroto, guardaban silencio y recorrían sin tregua la ciudad. Lo tenían todo planeado. Al despuntar el día se encaminaron al lugar por el que debía pasar el trineo.

Tras verlo aparecer, se despidieron escuetamente y se separaron. El «Otro» se quedó en la esquina, mientras Haldin tomaba posiciones un poco más arriba...

Cuando hubo lanzado su «artefacto» echó a correr, y enseguida fue alcanzado por la gente que huía aterrada del lugar tras la segunda explosión. El terror los había vuelto locos. Lo empujaron en más de una ocasión. Aminoró el paso para dejar que la turba se alejara y torció a la izquierda en un callejón. Allí se encontró solo.

Le asombró su rápida fuga. Había cumplido su cometido. Apenas podía creerlo.

Tuvo que combatir una urgencia casi irresistible de echarse al suelo y dormir. Pero el desfallecimiento —el instante de somnolencia— pasó rápidamente. Apretó el paso en dirección a uno de los barrios más pobres de la ciudad para ver a Ziemianitch.

El tal Ziemianitch, según comprendió Razumov, era una especie de campesino urbano que había medrado; poseía un puñado de trineos y de caballos de tiro. Haldin hizo un alto en su relato para exclamar:

—¡Un alma luminosa! ¡Un alma recia! El mejor conductor de San Petersburgo.

Tiene una reata de tres caballos... ¡Ah! ¡Qué gran hombre!

El hombre en cuestión se había mostrado dispuesto a llevar en cualquier momento a una o dos personas hasta la segunda o la tercera estación de ferrocarril de alguna de las líneas del sur. Pero no habían tenido tiempo de avisarle la noche anterior. Paraba habitualmente, al parecer, en una modesta casa de comidas de la periferia. Cuando Haldin llegó, el cochero no estaba allí. No se le esperaba hasta esa noche. Haldin vagó por la ciudad sin saber qué hacer.

Vio la puerta abierta de una leñera y se cobijó en ella para guarecerse del viento que azotaba la avenida amplia y desierta. Los grandes montones de leña rectangulares parecían las chozas de una aldea. El vigilante que lo descubrió agazapado entre los troncos le habló en un primer momento cordialmente. Era un viejo reseco, que llevaba dos abrigos andrajosos, uno encima del otro; el rostro flaco y marchito, cubierto por un sucio pañuelo rojo por debajo de la mandíbula y por encima de las orejas, resultaba cómico. De buenas a primeras se volvió huraño y se puso a gritar violentamente sin ton ni son.

—¿Es que no piensas marcharte nunca de aquí, vagabundo? Todo el mundo conoce a los obreros de tu calaña. ¡Un hombre joven y fuerte! Y ni siquiera estás borracho. ¿Qué haces aquí? No nos das miedo. Sal de aquí y llévate esos ojos tan feos.

Haldin se detuvo frente a la silla de Razumov. Su esbelta figura, con la frente blanca y el pelo rubio peinado a cepillo, tenía un aspecto de osada altivez.

—No le gustaban mis ojos —dijo—. Por eso... estoy aquí.

Razumov se esforzó por hablar con serenidad.

—Perdóname, Victor Victorovitch, pero nos conocemos muy poco... No comprendo por qué...

—Confianza —dijo Haldin.

La palabra selló los labios de Razumov como si una mano le amordazase la boca.

Miles de pensamientos se agolpaban en su cerebro.

—Por eso... estás aquí —musitó entre dientes.

El otro no detectó el tono de rabia. No lo sospechó en ningún momento.

—Sí. Y nadie lo sabe. Tú eres el último de quien se sospecharía... en caso de que me descubrieran. Eso supone una ventaja. Además... ante una inteligencia superior como la tuya puedo decir toda la verdad. Se me ocurrió que tú... no tienes familia...

no tienes lazos, nadie a quien hacer sufrir si esto llegara a saberse. Ya se han destrozado demasiados hogares en Rusia. En todo caso, no creo que mi presencia en tu cuarto pueda detectarse jamás. Si llegaran a detenerme, sé guardar silencio... da igual lo que quieran hacerme —añadió en tono grave.

Volvió a dar vueltas, mientras Razumov seguía sentado, consternado.

—Creíste que... —balbució, casi asqueado de indignación.

—Sí, Razumov. Sí, hermano. Algún día tú ayudarás a construir. Imaginas que soy un terrorista, un... destructor de lo que existe. Pero piensa que los verdaderos destructores son quienes destruyen el espíritu del progreso y de la verdad, no los vengadores que se limitan a dar muerte a los cuerpos de los perseguidores de la dignidad humana. Los hombres como yo son necesarios para que puedan existir hombres prudentes y pensantes como tú. Además, esto es todavía peor para los opresores cuando el perpetrador se esfuma sin dejar rastro. Se sientan en sus despachos y en sus palacios y tiemblan. Sólo te pido que me ayudes a desaparecer.

Nada más. Sólo que vayas a ver a Ziemianitch en mi nombre al mismo lugar donde fui yo esta mañana. Sólo que le digas: «Quién tú sabes necesita un trineo bien equipado para que lo recoja media hora después de la medianoche en la séptima farola de la izquierda, contando desde la punta de arriba de Karabelnaya. Si nadie interfiere, el trineo debe dar un par de vueltas a la manzana y pasar de nuevo por el mismo lugar al cabo de diez minutos».

Razumov no entendía por qué no había cortado ya la conversación y le había pedido hacía un buen rato a aquel hombre que se largara. ¿Era por debilidad?

Concluyó que lo hacía por instinto de seguridad. Alguien tenía que haber visto a Haldin. Era imposible que nadie hubiese reparado en el rostro y en el aspecto del individuo que lanzó la segunda bomba. Haldin no era un hombre que pasara inadvertido. Miles de policías habrían conseguido su descripción en menos de una hora. El peligro crecía por momentos. Si lo echaba a la calle, no tardarían en encontrarlo.

La policía pronto lo sabría todo sobre Haldin. Se descubriría la conspiración.

Todo aquel que hubiera conocido a Haldin corría un grave peligro. Comentarios distraídos, pequeños detalles completamente inocentes pasarían a convertirse en delitos. Razumov recordó cosas que él mismo había dicho, discursos que había escuchado, las reuniones inofensivas a las que había asistido, pues era casi imposible para un estudiante mantenerse al margen de estas cosas sin despertar las sospechas de sus compañeros.

Razumov se imaginó encerrado en una fortaleza, apesadumbrado, acosado, incluso torturado. Se vio deportado por orden administrativa, su vida rota, arruinada y privada de toda esperanza. Se vio, en el mejor de los casos, llevando una existencia miserable y sometido a vigilancia policial, en alguna remota ciudad de provincias, sin amigos que lo ayudaran en la necesidad o pudiesen siquiera dar algunos pasos para aliviar su destino, a diferencia de otros. Otros tenían padres, madres, hermanos, parientes, relaciones, amigos que removían cielo y tierra para ayudarlos; él no tenía a nadie. Hasta los funcionarios que lo sentenciarían una mañana ya habrían olvidado su existencia antes de que cayera el sol.

Vio cómo su juventud se le escapaba en la miseria y el hambre, mientras su fuerza se consumía y su espíritu caía en la abyección. Se vio arrastrado, deshecho y harapiento, recorriendo las calles... Se vio muriendo solo, en un cuartucho infecto o en la sórdida cama de un hospital público.

Se estremeció. Sintió luego la paz de una serenidad fría. Era preferible mantener a aquel hombre alejado de las calles hasta que se presentara una oportunidad de huir.

Eso sería lo mejor. Sin embargo, sentía que la seguridad de su solitaria existencia estaba permanentemente amenazada. Lo que debía hacer esa noche podía volverse contra él en cualquier momento mientras aquel hombre siguiera con vida y mientras perduraran las mismas instituciones. En ese instante se le antojaron irracionales e indestructibles. Parecían investidas de una fuerza armónica, en terrible disonancia con la presencia de aquel individuo. Odiaba a aquel individuo. Tranquilamente, dijo:

—Sí, naturalmente. Iré. Debes darme instrucciones precisas; lo demás corre de mi cuenta.

—¡Ah! ¡Qué gran hombre eres! Sereno... inmutable. Un verdadero inglés. ¿De dónde te viene ese espíritu? No hay muchos como tú. ¡Oye esto, hermano! Los hombres como yo no pasan a la posteridad, pero sus almas no están perdidas. El alma de un hombre nunca está perdida. Actúa independientemente... de lo contrario ¿serían el sentido del sacrificio, del martirio, de la convicción, de la fe, tareas del alma? ¿Qué será de mi alma cuando muera como he de morir... pronto... acaso muy pronto? No perecerá. No te equivoques, Razumov. Esto no es un asesinato... es la guerra, la guerra. Mi espíritu seguirá combatiendo en algún cuerpo ruso hasta que todas las mentiras sean barridas del mundo. La civilización moderna es falsa, pero de Rusia surgirá una nueva revelación. ¡Ja! No dices nada. Eres un escéptico. Respeto tu escepticismo filosófico, Razumov, pero eso no llega al alma. Al alma rusa que vive en todos nosotros. Ella tiene un futuro. Tiene una misión, te lo aseguro, ¿por qué si no me habría yo decidido a cometer esta imprudente carnicería entre toda esa gente inocente, por qué habría propagado la muerte? ¡Yo! ¡Yo!... ¡Yo que no mataría ni a una mosca!

—Baja la voz —dijo Razumov con aspereza.

Haldin se sentó bruscamente y, apoyando la cabeza entre los brazos, estalló en llanto. Lloró mucho rato. El crepúsculo se había adentrado en el cuarto. Inmóvil y con sombría incomprensión, Razumov escuchaba los sollozos.

El otro levantó la cabeza, se puso en pie e hizo un esfuerzo por dominar su voz.

—Sí. Los hombres como yo no pasan a la posteridad —repitió en tono apagado —. Pero tengo una hermana. Está con mi madre... gracias a Dios las convencí de que se marcharan al extranjero este año. No es mala chica, mi hermana. Tiene los ojos más confiados que se hayan visto jamás en esta tierra. Espero que se case bien.

Tendrá hijos... varones, tal vez. Mírame. Mi padre era funcionario del Gobierno en provincias. Incluso poseía algunas tierras. Un simple siervo de Dios... un ruso auténtico, a su manera. Era el espíritu de la obediencia. Pero yo no soy como él.

Dicen que me parezco al hermano mayor de mi madre, un oficial. Lo mataron en 1828. Cuando reinaba Nicolás. Ya te he dicho que esto es la guerra, la guerra... Pero, ¡Dios de Justicia! Qué ingrata labor.

Razumov, en su silla, apoyó la cabeza en una mano y habló como desde el fondo de un abismo.

—¿Tú crees en Dios, Haldin?

—Ya estás tú aferrándote a las palabras que se le arrancan a uno. ¿Qué más da eso? ¿Qué fue lo que dijo aquel inglés?: «Hay un alma divina en todas las cosas». Al diablo con él... no lo recuerdo en este momento. Pero decía la verdad. Cuando llegue vuestro día, el día de los pensadores, no olvides lo que hay de divino en el alma rusa... y es la resignación. Respétalo entre tus inquietudes intelectuales y no permitas que tu arrogante sabiduría eche a perder ese mensaje para el mundo. Te hablo como un hombre que tiene la soga al cuello. ¿Qué imaginas que soy? ¿Un ser en rebelión?

No. Sois vosotros, los pensadores, quienes vivís en eterna rebelión. Yo pertenezco a los resignados. Cuando se me presentó la necesidad de esta dura misión y comprendí que no podía eludirla... ¿qué hice yo? ¿Me alegré? ¿Me enorgullecí de mis propósitos? ¿Intenté sopesar su valor y sus consecuencias? ¡No! Me resigné. Me dije:

«Se hará la voluntad de Dios».

Se tendió cuan largo era en la cama de Razumov y, cubriéndose los ojos con el dorso de las manos, se quedó completamente inmóvil y en silencio. Ni siquiera se oía el sonido de su respiración. La calma mortal que reinaba en el cuarto no se vio perturbada hasta que Razumov dijo lúgubremente en la oscuridad:

—Haldin.

—Sí —respondió el otro al punto, completamente invisible ahora que estaba tumbado en la cama y sin mover un sólo músculo.

—¿No es hora de que me ponga en camino?

—Sí, hermano —se oyó decir al otro, que yacía en la oscuridad como si hablara en sueños—. Ha llegado la hora de someter el destino a la prueba.

Guardó silencio y ofreció a continuación una serie de instrucciones lúcidas con la voz impersonal de un hombre en trance. Razumov se preparó sin una palabra de respuesta. Cuando salía de la habitación, la voz desde la cama dijo:

—Ve con Dios, alma silenciosa.

Una vez en el pasillo, con mucho sigilo, Razumov cerró la puerta con llave y se guardó ésta en el bolsillo.

II

Lo que esa noche ocurrió y se dijo debió de quedar grabado como con un cincel de acero en la memoria de Razumov, pues fue capaz de escribir su relato con asombrosa plenitud y precisión muchos meses más tarde.

La crónica de los pensamientos que lo asaltaron en la calle es todavía más minuciosa y rica. Debieron de desbordarse éstos con mayor libertad al verse liberado de la presencia de Haldin: de la demoledora presencia de un delito grave y de la fuerza sensacional de su fanatismo. Hojeando las páginas del diario de Razumov considero que «un torrente de pensamientos» no es una imagen adecuada.

Más exacto sería describirlo como un tumulto de pensamientos: un reflejo fiel de su situación anímica. Los pensamientos no eran muchos —eran, como en la mayoría de los seres humanos, pocos y simples—, si bien no pueden reproducirse aquí en sus múltiples y vehementes repeticiones, en su interminable y agotadora confusión, pues el paseo fue largo.

Si el lector occidental los encontrara chocantes, improcedentes, incluso indignos, debe recordarse que esto es ante todo consecuencia de mi burda exposición. Por lo demás, me limitaré a señalar que no es ésta una historia propia del Occidente europeo.

Puede que las naciones hayan creado a sus gobiernos, pero los gobiernos les han retribuido con la misma moneda. Es impensable que un joven inglés pudiera hallarse en la situación de Razumov. Y aun cuando así fuera, sería vano imaginar qué pensaría. Sólo cabe conjeturar que en ningún caso pensaría como lo hizo él en esta crisis de su destino. Carecería de un conocimiento heredado y personal de los medios que emplea una autocracia histórica para reprimir las ideas, preservar su poder y defender su existencia. Acaso un acto de extravagancia mental lo llevara a imaginarse arbitrariamente encerrado en prisión, pero jamás se le ocurriría, a menos que fuera presa de un delirio (y puede que ni siquiera en tal caso) que pudiera ser torturado como medida práctica de investigación o de castigo.

He aquí una muestra, cruda pero evidente, de las distintas condiciones del pensamiento occidental. Desconozco si Razumov llegó a pensar en este peligro. Sin duda existía de manera inconsciente en el temor general y en el horror general de esta crisis. Razumov, como ya se ha dicho, sabía que un gobierno despótico disponía de procedimientos más sutiles para destrozar a un individuo. Una simple expulsión de la Universidad (lo mínimo que a él podía sucederle), con la consiguiente imposibilidad de continuar sus estudios en ninguna parte, bastaba para aniquilar por completo a un joven que dependía enteramente de sus capacidades naturales para hacerse un lugar en el mundo. Razumov era ruso, y para él verse implicado significaba sencillamente hundirse en los abismos sociales, entre los destituidos y los desahuciados, entre los noctámbulos de la ciudad.

Las peculiares circunstancias de su origen, o mejor dicho, su falta de origen, han de tenerse en cuenta para comprender sus pensamientos. Y él así lo hacía. De un modo curiosamente atroz acababa de recordárselas este funesto Haldin. «¿Porque carezco de orígenes debo verme privado de todo lo demás?», se preguntó.

Se armó de valor para continuar. Los trineos se deslizaban por las calles como fantasmas, cascabeleando en una blancura temblorosa sobre el rostro negro de la noche. «Es un asesinato», se decía. «Un asesinato es un asesinato. Aunque ciertas instituciones liberales...».

Sintió unas terribles náuseas. «Debo tener valor», se exhortó mentalmente. Toda su fuerza se esfumó pronto, como si una mano se la arrebatara. La recobró poco después, merced a un poderoso esfuerzo de voluntad, pues temía desmayarse en plena calle y ser recogido por la policía con la llave de su cuarto en el bolsillo. Allí encontrarían a Haldin, y Razumov estaría entonces definitivamente acabado.

Fue curiosamente este temor lo que al parecer lo mantuvo firme hasta el final.

Apenas había transeúntes en las calles. Se topaba con ellos de improviso: surgían de pronto muy cerca de él, entre los copos de nieve, y con la misma rapidez desaparecían... sin dejar huellas sus pisadas.

Se encontraba en el barrio de los más pobres. Le llamó la atención una anciana envuelta en andrajos. A la luz de un farol, la mujer parecía una mendiga que terminaba su turno de trabajo. Caminaba sin premura bajo la ventisca, como si no tuviera un hogar al que regresar cuanto antes; protegía con un brazo una hogaza de pan negro, como si de un botín incalculable se tratara, y, apartando de ella su mirada, Razumov envidió su paz de espíritu y la serenidad de su destino.

Sorprende a quien lea el relato de Razumov cómo logró culminar su interminable recorrido por las calles progresivamente bloqueadas por la nieve. Era la imagen de Haldin encerrado en su cuarto y el deseo desesperado por librarse de su presencia lo que lo impulsaba a seguir adelante. Sus movimientos no respondían a ninguna decisión racional. Así, cuando al llegar a la ínfima casa de comidas supo que el cochero, Ziemianitch, no se encontraba allí, Razumov no pudo sino poner cara de idiota.

El camarero, un joven con el pelo alborotado, botas alquitranadas y una camisa rosa, exclamó, revelando unas encías pálidas al esbozar una mueca absurda, que Ziemianitch estaba como una cuba desde primera hora de la tarde y que se había marchado con una botella bajo el brazo para seguir su juerga entre los caballos... o eso se figuraba.

El propietario del tugurio, un hombre bajito y huesudo, con un sucio caftán que le llegaba hasta los pies, estaba apostado junto al camarero, las manos enganchadas en el cinto, y confirmó la información con un asentimiento.

El hedor a alcohol y a guiso grasiento y rancio hizo que a Razumov le dieran arcadas. Asestó un puñetazo en una mesa y gritó con violencia:

—Mentís.

Varios rostros adormilados y sucios se volvieron hacia él. Un vagabundo harapiento y de ojos afables que bebía té en la mesa contigua se alejó un poco. Se elevó un murmullo de asombro e inquietud. Se oyó también una risotada, seguida de una exclamación, «¡Vaya, vaya!», burlesca y tranquilizadora. El camarero miró en torno y anunció a la concurrencia:

—El caballero no se cree que Ziemianitch está borracho.

Desde un rincón llegó la voz ronca de un ser horrible, indescriptible, greñudo, con la cara negra como el hocico de un oso, que gruñó enfurecidamente:

—El maldito conductor de ladrones. ¿Qué queremos nosotros con este caballero?

Aquí somos todos gente honrada.

Mordiéndose el labio hasta que la sangre le impidió estallar en imprecaciones, Razumov siguió al propietario del tugurio, quien, susurrándole «Venga por aquí, padrecito», lo condujo a un minúsculo agujero tras la barra de madera, de donde llegaba ruido de salpicaduras. Un ser desgreñado y empapado, una especie de espantapájaros tembloroso y asexuado, lavaba allí los vasos, doblado sobre un pilón de madera a la luz de una vela de sebo.

—Sí, padrecito —decía el hombre del caftán en tono plañidero. Tenía la piel morena, el rostro pequeño y astuto, y una barba entrecana y fina. Intentaba encender un candil de hojalata, que abrazó contra su pecho mientras parloteaba sin cesar.

Le enseñaría al caballero dónde estaba Ziemianitch, para demostrar que allí no se decían mentiras. Y se lo mostraría borracho. Al parecer, su mujer lo había abandonado la noche anterior.

—Una arpía de cuidado. ¡Flaca! ¡Puaj! —espetó el propietario. Todas abandonaban a ese cochero del diablo... y eso que tenía sesenta años; pero no se acostumbraba. Claro que cada corazón vive su pena a su manera, y Ziemianitch era tonto desde el día de su nacimiento. Además se refugiaba en la botella—. ¿Quién puede soportar la vida en este país sin la botella? Un ruso auténtico, el pobre cochino... Tenga la bondad de seguirme.

Razumov cruzó un rectángulo de nieve profunda encerrado entre altos muros con innumerables ventanas. Aquí y allá una pálida luz amarilla colgaba de la masa de oscuridad rectangular. El edificio era una enorme pocilga, una colmena de insectos humanos, una monumental construcción de miseria alzada como una torre al borde del hambre y la desesperación.

El terreno descendía bruscamente en una esquina, y Razumov siguió la luz del candil a través de una puerta pequeña hasta adentrarse en un espacio cavernoso y largo, como un establo subterráneo y abandonado. Al fondo, tres caballos lanudos atados con cuerdas apiñaban las cabezas, inmóviles y sombríos, a la pálida luz del candil. Debía de ser la famosa reata para la fuga de Haldin. Razumov ojeó temerosamente en la penumbra. Su guía removió la paja con un pie.

—¡Aquí está! ¡Ay, el pobre pichón! Un ruso auténtico. ¡Y dice que a él no le pesa el corazón! «Saca la botella y aparta de mi vista esa taza sucia. ¡Ja, ja, ja!». Así es él.

Sostuvo el candil sobre un hombre tendido boca abajo y aparentemente vestido para salir a la calle. La cabeza se perdía en una picuda capucha de paño. Por el otro extremo del montón de paja asomaban unos pies calzados con unas botas monstruosamente gruesas.

—Siempre listo para conducir —señaló el propietario de la casa de comidas—.

Un auténtico cochero ruso. Santo o diablo, de noche o de día, todo le da lo mismo a Ziemianitch cuando está su corazón libre de penas. «Yo no pregunto quién eres sino a dónde quieres ir», dice siempre. Incluso al propio Satanás llevaría hasta su morada, y volvería luego azuzando a sus caballos. Ha llevado a más de uno que ahora está entrechocando sus cadenas en las minas de Nertchinsk.

Razumov se estremeció.

—Avíselo, despiértelo —dijo, con voz entrecortada.

El otro dejó el candil en el suelo, retrocedió un paso y lanzó un puntapié al hombre dormido. Éste tembló al recibir el golpe, pero no se movió. Al tercer puntapié profirió un gruñido, aunque seguía tan inerte como antes.

El propietario de la casa de comidas desistió y exhaló un hondo suspiro.

—Ya lo ha visto con sus propios ojos. Hemos hecho todo lo que podíamos hacer por usted.

Recogió el candil. Los haces de sombra, de un negro intenso, bailaban alrededor del círculo de luz. Una ira feroz —la rabia ciega de la supervivencia— se apoderó de Razumov.

—¡Ah! ¡Bestia inmunda! —aulló con una voz ultraterrena que hizo saltar y temblar el candil—. Yo te despertaré. Déme... Déme...

Miró desesperadamente en torno, echó mano de una horqueta rota y la emprendió con el cuerpo postrado, profiriendo gritos inarticulados. Los gritos cesaron al cabo de un rato, mientras una lluvia de golpes caía en la quietud y las sombras de aquel establo que era como un sótano. Con una furia insaciable fustigó Razumov a Ziemianitch, entre enormes descargas de sonoros porrazos. Nada se movía, aparte de las violentas embestidas del estudiante; ni el hombre apaleado ni los haces de sombras en las paredes. Sólo se oía el ruido de los golpes. Era una escena extraña.

Sonó de pronto un fuerte crujido. El palo de la horqueta se había partido, y una mitad salió volando para perderse en la penumbra. Ziemianitch se sentó al mismo tiempo, y Razumov quedó tan inmóvil como el hombre del candil; sólo su pecho buscaba temblorosamente el aire, como si estuviese a punto de estallar.

Una vaga sensación de dolor debió de penetrar al fin en la reconfortante noche de ebriedad que envolvía a la «luminosa alma rusa» alabada por Haldin con tanto entusiasmo. Mas era evidente que Ziemianitch no veía nada. Sus ojos, puestos en blanco, parpadearon un par de veces a la luz, antes de apagarse su brillo. Se quedó un rato sentado entre la paja con los ojos cerrados y un aire de meditación cansado y extraño; luego, se deslizó despacio sobre un costado sin hacer el menor ruido. Sólo la paja crepitó levemente. Razumov lo miraba con los ojos desorbitados, respirando con mucha dificultad. Pasados unos segundos, oyó un ronquido suave.

Soltó la mitad del palo que aún tenía en la mano y se marchó a grandes zancadas, sin mirar atrás una sola vez.

Recorrió inconscientemente unos cincuenta metros bajo la ventisca, y se detuvo al notar que la nieve le llegaba a las rodillas.

Esto le hizo volver en sí, y al mirar alrededor comprendió que estaba caminando en dirección contraria. Volvió sobre sus pasos, esta vez a un ritmo más sosegado. Al pasar por delante de la casa que acababa de abandonar, lanzó un puño al lóbrego refugio de miseria y crimen, que alzaba su siniestra masa sobre el suelo blanco. Su aspecto era perturbador. Dejó caer el brazo, desalentado.

La apasionada rendición de Ziemianitch a la pena y su manera de consolarla le habían dejado atónito. Así era la gente. ¡Un ruso auténtico! Razumov se alegraba de haber apaleado a esa bestia, al «alma luminosa» del otro. Ahí estaban: el pueblo y el entusiasta.

Entre los dos habían acabado con Razumov. Entre la embriaguez del campesino incapaz de actuar y la intoxicación del idealista incapaz de percibir la razón de las cosas y la verdadera naturaleza de los hombres. Era una especie de niñería atroz. Pero los niños tenían maestros. «¡Ah!, el palo, el palo y la mano dura», se dijo Razumov, anhelando poder para hacer daño y destruir.

Se alegraba de haber vapuleado a ese animal. El esfuerzo físico le había dejado una sensación placentera en el cuerpo. También su agitación mental se había apaciguado, su excitación febril se había esfumado con aquel arrebato violento. A la persistente sensación de terrible peligro se sumaba ahora un odio insaciable y sereno.

Andaba cada vez más despacio, y no era extraño ciertamente que se demorara en el camino, habida cuenta del invitado que lo esperaba en su cuarto. Sentía como si se estuviera gestando en su cuerpo una enfermedad pestilente que tal vez no terminaría con su vida, pero sin duda le privaría de todo aquello por lo que merece la pena vivir; una peste sutil que transformaría la tierra en un infierno.

¿Qué hacía el otro en ese momento? ¿Seguía tumbado en la cama, como un cadáver, cubriéndose los ojos con el dorso de las manos? Razumov tuvo una nítida y morbosa visión de Haldin en su cama, la almohada blanca hundida bajo la cabeza, las piernas enfundadas en las botas altas, los pies vueltos hacia arriba. Y presa de repugnancia se dijo: «Lo mataré cuando vuelva a casa». Pero sabía muy bien que esto de nada serviría. El cadáver colgado del cuello sería casi tan fatal como el hombre vivo. Sólo la aniquilación total serviría. Y eso era imposible. ¿Qué hacer entonces?

¿Acabar con su propia vida para librarse de aquella aparición?

Su desesperación estaba demasiado teñida de odio para aceptar esta salida.

Y era sin embargo desesperación, nada menos, lo que sentía ante la idea de tener que vivir con Haldin un número indefinido de días, presa de un miedo mortal al menor ruido. Aunque al saber que el «alma luminosa» de Ziemianitch sufría de un eclipse etílico total, el otro tal vez optara por llevarse su resignación infernal a otra parte. No parecía sin embargo probable, a la vista de la situación.

Razumov pensó: «Me están aplastando... y ni siquiera puedo huir». Otros hombres poseían un lugar en algún rincón del mundo, una casita en provincias donde asimilar sus dificultades. Un refugio material. Él no tenía nada. Ni siquiera un refugio moral: el refugio de la confianza. ¿A quién, en aquel gigantesco país, podía acudir con ese cuento?

Dio un fuerte pisotón, y bajo la blanda alfombra de nieve sintió la dureza del suelo ruso, inanimado, frío, inerte, como una madre resentida y trágica que ocultara su rostro bajo una mortaja; ¡su propia tierra natal, sin un hogar junto al que calentarse, sin un corazón!

Dirigió la mirada al cielo y se quedó pasmado. Había dejado de nevar y, de pronto, como un milagro, veía sobre su cabeza el cielo negro y claro del invierno nórdico, suntuosamente decorado por las hogueras de las estrellas. Era el dosel perfecto para la pureza resplandeciente de las nieves.

Experimentó una impresión casi física de espacio infinito y de magnitudes incontables.

Respondió a ella con la presteza de un ruso nacido en una herencia de espacio y de números. Bajo la opulenta inmensidad del cielo, la nieve cubría los bosques interminables, los ríos helados, las llanuras de un país inmenso, borrando todas las marcas del paisaje, los accidentes del terreno, nivelándolo todo en una blancura uniforme como una monstruosa página en blanco a la espera de la narración de una historia inconcebible. El manto blanco cubría la tierra pasiva con innumerables vidas similares a la de Ziemianitch y aquel puñado de agitadores como Haldin, que asesinaban sin ton ni son.

Era una especie de inercia sagrada, y Razumov sentía respeto por ella. Una voz parecía gritar en su interior: «No la toques». Era una garantía de duración, de seguridad en tanto prosiguiese la tarea de madurar el destino, una tarea no de las revoluciones, con su apasionada levedad de acción y sus impulsos cambiantes, sino de la paz. No eran las conflictivas aspiraciones de un pueblo lo que esta tarea requería, sino una voluntad firme y única; no precisaba del balbuceo de muchas voces, ¡sino de un único hombre fuerte!

Razumov se hallaba al borde de la conversión. Se sentía fascinado por su propia reflexión, por su lógica aplastante, porque el hilo del pensamiento nunca es falso. La falsedad yace en las necesidades profundas de la existencia, en los miedos secretos y en las ambiciones a medio formar, en la íntima confianza combinada con una íntima desconfianza en nosotros mismos, en el amor a la esperanza y en el temor de días inciertos.

En Rusia, la tierra de las ideas espectrales y de las aspiraciones incorpóreas, muchos espíritus valientes se han apartado al fin del vano e interminable conflicto para encarar la única gran verdad histórica de este país. Se han entregado a la autocracia a cambio de la paz de su conciencia patriótica, tal como un creyente cansado, tocado por la gracia, abraza la fe de sus padres a cambio de la bendición del descanso espiritual. Como otros rusos antes que él, Razumov, en conflicto consigo mismo, sintió en su frente el roce de la gracia.

«Haldin representa el desorden», reflexionó, reanudando su camino. «¿A qué viene tanta indignación, tanto hablar de los orígenes, tanto hablar de la justicia de Dios? Todo eso representa el desorden. Mejor que sufran miles a que un pueblo entero se convierta en una masa desintegrada e indefensa como polvo al viento.

Mejor el oscurantismo que la luz de las antorchas incendiarias. En la noche germina la semilla. De la tierra oscura nace la planta perfecta. Pero una erupción volcánica es estéril, es la ruina del suelo fértil. Y yo, que amo mi país, que no tengo nada más que amar ni en lo que depositar mi fe, ¿voy a permitir que mi futuro, acaso mi utilidad, se vean arruinados por este fanático sanguinario?» Entró la gracia en Razumov. Creyó entonces en el hombre que llegaría a la hora designada.

¿Qué es un trono? Un puñado de piezas de madera forradas de terciopelo. Pero un trono es también un asiento de poder. La forma de gobierno es una herramienta, un instrumento, mientras que veinte mil vejigas infladas por los más nobles sentimientos, que pelean en el aire las unas con las otras, son un miserable estorbo en el espacio que no ostenta ningún poder, que no posee ninguna voluntad, que no tiene nada que ofrecer.

Así continuó, ajeno al camino, elaborando un discurso mental con extraordinaria abundancia y facilidad. Por lo general, las frases acudían a él despacio, tras un cortejo arduo y doloroso. Alguna fuerza superior lo había inspirado con un flujo de argumentos magistrales, tal como ciertos pecadores arrepentidos adquieren una locuacidad abrumadora.

Experimentaba una austera exultación.

«¿En qué quedan las morbosas y oscuras lucubraciones de ese individuo ante la clara comprensión de mi intelecto? ¿No es éste mi país? ¿No tengo cuarenta millones de hermanos?», se interrogó, incontestablemente victorioso en el silencio de su pecho. Y la terrible paliza que le había propinado al desmayado Ziemianitch se le reveló como un signo de íntima unión, como una necesidad patéticamente severa de amor fraterno. «¡No! Si he de sufrir, que al menos se me permita sufrir por mis convicciones, no por un asesinato que mi razón... mi fría razón superior... rechaza».

Dejó de pensar por un momento. El silencio en su pecho era completo. Sin embargo, experimentaba una sospechosa inquietud, semejante a la que sentimos cuando entramos en un lugar desconocido y oscuro: la sensación irracional de que algo puede atacarnos en la oscuridad, el absurdo temor de lo invisible.

Razumov distaba mucho de ser un reaccionario trasnochado. No todo era para bien. Una burocracia despótica... abusos... corrupción... y tantas otras cosas. Hacían falta hombres capaces. Inteligencias ilustradas. Corazones devotos. Pero el poder absoluto debía ser preservado —la herramienta al servicio del hombre— para el gran autócrata del futuro. Razumov creía en él. La lógica de la historia lo hacía inevitable.

La situación del pueblo lo reclamaba. «¿Qué otra cosa podía mover a toda aquella masa en una misma dirección?», se preguntó con ardor. «Nada. Nada sino una voluntad única».

Se hallaba persuadido de estar sacrificando su personal anhelo de liberalismo, rechazando el atractivo error en favor de la severa verdad rusa. «Eso es patriotismo», observó mentalmente; y añadió: «No hay parada intermedia en ese camino». Y acto seguido se señaló: «Yo no soy un cobarde».

Y una vez más se hizo un silencio mortal en el pecho de Razumov. Caminaba con la cabeza gacha, sin sitio para nadie. Caminaba despacio, y sus pensamientos regresaron, hablando en su interior con solemne lentitud.

«¿Qué es Haldin? ¿Y qué soy yo? Tan sólo dos granos de arena. Pero una gran montaña se compone de granos así de insignificantes. Y la muerte de muchos hombres es un asunto insignificante. Nos enfrentamos, sin embargo, a una pestilencia contagiosa. ¿Deseo yo su muerte? ¡No! Lo salvaría si pudiera, pero nadie puede salvarlo: es el miembro gangrenado que es preciso amputar. Si he de perecer por su causa, que al menos me sea concedido no perecer con él y verme así asociado en contra de mi voluntad a su siniestra locura, que nada entiende de los hombres o de las cosas. ¿Por qué habría de dejar un falso recuerdo?».

Se le pasó por la cabeza que a nadie en el mundo le importaría qué recuerdo pudiese dejar. Y al instante exclamó mentalmente: «¡Perecer en vano por una falsedad! ¡Qué miserable destino!».

Había llegado a una parte más animada de la ciudad. No reparó en el choque de dos trineos cerca del bordillo. El conductor de uno de ellos le gritaba entre lágrimas a su compañero:

—¡Maldito infeliz!

La fuerza del grito, lanzado muy cerca de su oído, despertó a Razumov. Sacudió la cabeza con impaciencia y continuó con la vista al frente. De repente vio a Haldin en la nieve, tendido de espaldas, atravesado en el camino, sólido, inconfundible, real, con las manos invertidas sobre los ojos, enfundado en un ceñido abrigo marrón y con botas altas. Yacía ligeramente a un lado de la calle, como si hubiera seleccionado el lugar a propósito. No había pisadas en la nieve alrededor.

Tan convincente fue esta alucinación que el primer impulso de Razumov fue llevarse una mano al bolsillo para comprobar que la llave de su cuarto seguía allí, pero contuvo este arranque con un mohín de desdén. Comprendió. Sus pensamientos, plenamente concentrados en la figura que había dejado yaciendo en la cama, habían culminado en aquella extraordinaria ilusión óptica. Razumov abordó el fenómeno serenamente. Continuó andando con rostro grave, sin detenerse a verificar nada, con la mirada puesta más allá de la visión, sintiendo tan sólo una ligera tensión en el pecho. Una vez hubo pasado, volvió la cabeza para echar un vistazo y no vio más que la huella intacta de sus pisadas sobre el lugar donde yacía el fantasma.

Prosiguió su camino y al cabo de un rato musitó su asombro.

«¡Parecía completamente vivo! ¡Parecía respirar! ¡Y justo en mi camino! He tenido una experiencia extraordinaria».

Avanzó unos pasos y murmuró entre dientes:

—Acabaré con él.

Después, por espacio de unos veinte metros, todo quedó en blanco. Se arrebujó en su abrigo. Se caló el gorro sobre los ojos.

«Traición. ¡Qué gran palabra! ¿Qué es la traición? Hablan de un hombre que traiciona a su país, a sus amigos, a su amor. Para eso primero debe existir un vínculo moral. Lo único que un hombre puede traicionar es su conciencia. ¿Y qué clase de vínculo tiene mi conciencia en este caso, qué vínculo de fe o de convicción común me obliga a permitir que ese idiota fanático me arrastre consigo? Es todo lo contrario:

la obligación del valor verdadero es al revés».

Miró desde debajo de su gorro.

«¿Qué pueden reprocharme los prejuicios del mundo? ¿He provocado yo su confianza? ¡No! ¿Le ha dado motivo con una sola palabra, mirada o gesto para suponer que aceptaba su confianza en mí? ¡No! Aunque es verdad que consentí en ir en busca de ese Ziemianitch. Bueno, pues ya lo he hecho. Y le he roto un palo en la espalda a ese animal».

Algo pareció girar dentro de su cabeza para situar en primer plano una faceta de su cerebro singularmente dura y clara.

Con un acento mental muy distinto reflexionó: «En todo caso, lo mejor será que nadie se entere de esta circunstancia».

Había dejado atrás la calle que conducía a su casa, y se encontraba en una avenida elegante y amplia. Algunas tiendas aún estaban abiertas, y todos los restaurantes. Las luces caían sobre los adoquines, mientras hombres con caros abrigos de piel, y la figura ocasional de alguna mujer elegante, pasaban con aire ocioso. Razumov los miraba con el desprecio que siente por la frívola multitud el hombre que cree en la austeridad. Eso era el mundo: esos oficiales, dignatarios, hombres elegantes, funcionarios y miembros del Club de Vela. Los sucesos de aquella mañana los afectaban a todos. ¿Qué dirían si supieran lo que aquel estudiante estaba a punto de hacer?

«Ni uno solo de ellos es capaz de sentir y de pensar con tanta profundidad como yo. ¿Cuántos serían capaces de realizar un acto de conciencia?».

Se entretuvo en la calle bien iluminada. Había tomado una firme decisión. A decir verdad, difícilmente podía llamarlo decisión. Sencillamente acababa de descubrir lo que se proponía hacer desde el primer momento. Pese a todo, sentía la necesidad de que otra inteligencia acudiera a respaldarlo.

Con algo parecido a la angustia se dijo:

«Necesito que se me comprenda». Esta aspiración universal, con su profunda carga de melancolía, asaltó con fuerza a Razumov, quien, entre ochenta millones de semejantes, no contaba con un corazón al que abrirle el suyo.

En el abogado más valía ni pensar. Razumov sentía demasiado desprecio por aquel agente de la argucia. Uno no podía confiarle su conciencia al policía de la esquina, y tampoco tenía el estudiante ganas de acudir al jefe de policía del distrito, un hombre de aspecto corriente a quien a veces veía por la calle con un uniforme ajado y un cigarrillo adherido al labio inferior. «Lo más probable es que empezara por encerrarme. En todo caso, es seguro que se pondrá nervioso y creará una terrible conmoción», reflexionó en términos prácticos.

Un acto de conciencia debía realizarse con dignidad exterior.

Anhelaba desesperadamente una palabra de consejo, un poco de apoyo moral.

¿Sabe alguien lo que es la verdadera soledad? Nada tiene que ver con el sentido convencional de la palabra: es el terror desnudo. Incluso ante los solitarios se aparece con una máscara. Hasta el más miserable de los proscritos se abraza a algún recuerdo o a alguna ilusión. De cuando en cuando una fatal conjunción de acontecimientos puede levantar ese velo un instante. Siquiera un instante. Ni un solo ser humano puede resistir la visión continuada de la soledad moral sin enloquecer.

A esta conclusión había llegado Razumov. Con el fin de liberarse de ella se entregó por espacio de un minuto al delirante afán de regresar corriendo a su habitación e hincarse de rodillas junto a la cama donde yacía aquel cuerpo oscuro; una confesión completa y formulada con palabras apasionadas conmovería a ese hombre en lo más profundo de su ser, y todo se resolvería en abrazos y en lágrimas, en una extraordinaria camaradería del alma como el mundo no había visto jamás.

¡Era sublime!

Ya lloraba y temblaba interiormente. Sabía, sin embargo, que quien posara en él su mirada por azar no vería sino a un tranquilo estudiante que se disponía a dar un paseo envuelto en una capa. Incluso reparó en la brillante mirada de soslayo de una mujer hermosa —de cabeza delicada, enfundada hasta los pies en sedosas pieles de animales, como una criatura salvaje, frágil y bella—, que se detuvo un momento con una especie de irónica ternura en la profunda abstracción del apuesto muchacho.

Razumov se paró en seco. Un gran bigote gris fugazmente entrevisto y desaparecido en el mismo instante había evocado en él la imagen completa del príncipe K..., el hombre que en cierta ocasión le estrechara la mano como nadie lo había hecho antes, con una presión ligera aunque sostenida, como una señal secreta, como una caricia parcialmente involuntaria.

¡Le asombró no haberlo pensado antes!

«¡Un senador, un dignatario, un gran personaje, el hombre perfecto: Él!».

Le invadió una emoción extraña y reconfortante, y las rodillas le temblaron levemente. Contuvo el temblor con una sobriedad nueva para él. Ese sentimentalismo era pernicioso y ridículo. Debía apresurarse, y se subió a un trineo, gritándole al conductor:

—Al palacio K... Vamos. ¡Volando!

El sorprendido muyik, a quien la barba le cubría casi las córneas de los ojos, respondió obsequiosamente.

—Entendido, Alteza.

Fue una suerte para Razumov que el príncipe K... no fuera hombre de carácter pusilánime. El día del asesinato del señor de P... la alarma y el abatimiento dominaban en las altas esferas.

El príncipe K..., que se encontraba sentado en su estudio, entristecido y solo, fue avisado por sus alarmados sirvientes de que un misterioso joven había insistido en entrar, se había negado a decir su nombre y la naturaleza de su diligencia, y aseguraba que no se movería de allí hasta que hubiese visto en privado a Su Excelencia. En lugar de cerrar con llave y telefonear a la policía, como nueve de cada diez altos dignatarios hubieran hecho esa noche, el príncipe cedió a la curiosidad y se dirigió tranquilamente a la puerta de su estudio.

En el vestíbulo, donde la puerta principal seguía abierta de par en par, reconoció al instante a Razumov, pálido como un cadáver, con los ojos encendidos y rodeado de perplejos lacayos.

El príncipe se sintió profundamente confundido, incluso indignado, pero tanto su instinto humano como una sutil noción de la propia dignidad le impedían permitir que los más insignificantes de sus sirvientes arrojaran a la calle a ese muchacho. Regresó a su estudio sin dejarse ver y al cabo de un rato tocó la campanilla. Razumov oyó desde el vestíbulo una voz amenazadoramente alta y severa que decía desde algún lugar lejano:

—Hagan pasar al caballero.

Entró sin temblar. Se sentía invulnerable, elevado por encima del superficial juicio común. Y aunque vio que el príncipe lo miraba con intenso disgusto, su lucidez, de la que era muy consciente, le proporcionó una seguridad extraordinaria.

No fue invitado a sentarse.

Media hora más tarde los dos hombres aparecían juntos en el vestíbulo. Los lacayos se pusieron en pie, y el príncipe, que caminaba con dificultad a causa de la gota, fue ayudado a envolverse en sus pieles. Poco antes había indicado que se dispusiera el coche de caballos. Cuando la gran puerta de doble hoja se abrió con un crujido, Razumov, que hasta entonces había permanecido en silencio, con la mirada perdida pero con todas sus facultades intensamente alerta, oyó la voz del príncipe:

—Su brazo, joven.

La mentalidad flexible y superficial del antiguo oficial de la Guardia Real, un hombre de vistosas misiones, experimentado tan sólo en las artes de la intriga galante y del éxito mundano, quedó muy impresionada por las dificultades mucho más obvias de la situación y por la serena dignidad con que Razumov las exponía.

Y así lo había entendido el príncipe:

—No. En conjunto no puedo condenar el paso que se ha atrevido a dar viniendo a contarme su historia. No es un caso para policías subalternos. El asunto es de la mayor importancia... Tranquilícese. Cuenta usted con mi apoyo en esta asombrosa y difícil situación.

El príncipe se levantó luego para tocar la campana y Razumov, haciendo una breve reverencia, dijo con mucho respeto:

—He confiado en mi instinto. El de un joven que no tiene a quien recurrir en el mundo y, viendo puestas a prueba sus más profundas convicciones políticas, acude a un ruso ilustre... eso es todo.

A lo que el príncipe había exclamado precipitadamente:

—Ha hecho usted bien.

Una vez en el carruaje —una berlina montada sobre patines de trineo—, Razumov rompió el silencio con voz ligeramente trémula:

—Mi gratitud supera el tamaño de mi osadía.

Contuvo el aliento al notar inesperadamente en la oscuridad una presión pasajera en el brazo.

—Ha hecho usted bien —repitió el príncipe.

Cuando el coche se detuvo, el príncipe informó con un murmullo a Razumov, que no se había aventurado a formular una sola pregunta:

—La casa del general T...

En el centro de la avenida cubierta de nieve resplandecía una gran hoguera. Un grupo de cosacos, con las bridas de sus caballos colgadas del brazo, se calentaba alrededor del fuego. Dos centinelas custodiaban la puerta, varios gendarmes holgazaneaban bajo la entrada de carruajes, y en el rellano del primer piso dos ordenanzas se levantaron y se cuadraron. Razumov iba cogido del brazo del príncipe.

Una asombrosa cantidad de plantas de invernadero puestas en macetas ocupaba el suelo de la antecámara. Los criados se adelantaron. Llegó precipitadamente un joven con indumentaria civil y, al serle susurrado algo, se inclinó en reverencia y exclamó con hondo celo: «Desde luego... ahora mismo», y se marchó corriendo a alguna parte. El príncipe le hizo un gesto a Razumov.

Atravesaron varias salas de recepción, todas ellas tenuemente iluminadas, y un salón preparado para un baile. La esposa del general había cancelado su fiesta. Un ambiente de consternación presidía la casa. En la habitación del general, provista de gruesas cortinas opacas, dos escritorios de madera maciza y mullidos sillones, todas las luces estaban encendidas. El criado de librea cerró la puerta tras ellos, y allí esperaron.

Un fuego de carbón ardía en una chimenea inglesa. Razumov nunca había visto uno igual, y el silencio de la estancia era como el silencio de la tumba: perfecto, inconmensurable, pues incluso el reloj de la chimenea estaba mudo. Ocupando un rincón, sobre un pedestal negro, se erguía la escultura de bronce de un corredor adolescente de miembros ágiles, a un cuarto de su tamaño natural. El príncipe señaló en voz baja:

—De Spontini. El vuelo de la juventud. Exquisita.

—Admirable —asintió débilmente Razumov.

Después de esto no dijeron nada más: el príncipe guardó silencio con su aire espléndido, mientras Razumov contemplaba la escultura. Le acosaba una sensación parecida a la insistencia del hambre.

No se volvió al oír que una de las puertas interiores se abría y que la alfombra absorbía unas pisadas rápidas.

La voz del príncipe se elevó al punto, cargada de excitación:

—Lo tenemos... ce misérable . Un joven encomiable vino a advertirme. ¡No! Es increíble...

Razumov contuvo la respiración ante la estatua como si esperase que fuese a romperse. Una voz que no había oído con anterioridad dijo cortésmente a sus espaldas:

—Asseyez-vous donc. El príncipe casi gritó para decir:

—Mais comprenez-vous, mon cher! L’assasin!. . Al asesino... lo tenemos...

Razumov giró en redondo. Los tersos y abundantes carrillos del general reposaban sobre el cuello rígido de su uniforme. Debía de llevar unos momentos mirando a Razumov, pues éste vio que los ojos azules y claros se cerraban sobre él con frialdad.

Desde un sillón, el príncipe hizo un impresionante gesto con la mano.

—Este honorable muchacho, a quien la mismísima Providencia... el señor Razumov.

El general respondió a la presentación mirando con el ceño fruncido a Razumov, que no hizo el menor movimiento.

Sentado ante su escritorio, el general escuchaba con los labios apretados. Era imposible detectar ningún signo de emoción en su semblante.

Razumov observaba la inmovilidad del perfil carnoso. Sin embargo sólo duró un momento, hasta que el príncipe hubo concluido, y cuando el general se volvió al joven providencial, su piel florida, los incrédulos ojos azules y el destello blanco de una sonrisa automática mostraron una expresión de jovial y despreocupada crueldad.

No manifestó asombro alguno ante el fabuloso relato —ni placer ni agitación—, pero tampoco incredulidad. No delataba ningún sentimiento. Con una cortesía casi deferente señaló que «el pájaro podía haber volado mientras el señor... el señor Razumov corría por las calles».

Razumov dio un paso al frente de la sala y dijo:

—La puerta está cerrada y la llave en mi bolsillo.

Sentía un profundo desprecio por aquel hombre. Tan inesperadamente se había apoderado de él este sentimiento que temió que su voz lo dejara traslucir. El general lo miró con aire pensativo y Razumov se esforzó por sonreír.

Todo esto sucedía por encima de la cabeza del príncipe K..., sentado en un hondo sillón, muy cansado e impaciente.

—Un estudiante llamado Haldin —dijo el general en tono reflexivo.

Razumov dejó de sonreír.

—Ése es su nombre —afirmó con voz innecesariamente alta—. Victor Victorovitch Haldin... un estudiante.

El general cambió ligeramente de postura.

—¿Cómo va vestido? ¿Tendrá usted la bondad de decírmelo?

De mala gana describió Razumov la indumentaria de Haldin, con escasas y cortantes palabras. El general lo observaba en todo momento; luego, dirigiéndose al príncipe, dijo:

—No carecemos de ciertas pistas —informó en francés—. Una buena mujer que se encontraba en la calle nos describió a un hombre vestido de modo similar como el que lanzó la segunda bomba. La tenemos retenida en el Secretariado, y a todos los que hemos visto con un abrigo de cosaco los hemos llevado allí para que ella los identificara. En todos los casos se ha hecho de cruces y ha negado con la cabeza. Ha sido exasperante...

Se volvió a Razumov y, en ruso, con cordial reproche, dijo:

—Tome asiento, señor Razumov... por favor. ¿Por qué sigue de pie?

Razumov se sentó con descuido y fijó su mirada en el general.

«Este imbécil de ojos saltones no entiende nada», se dijo.

El príncipe comenzó a hablar con altivez.

—El señor Razumov es un joven de conspicuas capacidades. Es para mí de suma importancia que su futuro no se vea...

—Ciertamente —interrumpió el general, con un movimiento de la mano—. ¿Cree usted, señor Razumov, que ese hombre va armado?

El general empleó un tono melodioso. Con contenida irritación, Razumov respondió:

—No. Pero mis navajas de afeitar están por ahí... como es natural.

El general bajó la cabeza con gesto aprobatorio.

—Ciertamente.

Y, acto seguido, se dirigió al príncipe con cortesía:

—Queremos a ese pájaro con vida. Sería una maldición que no pudiéramos hacerle cantar un poco antes de haber acabado con él.

El silencio sepulcral de la estancia, con su reloj mudo, cayó sobre las educadas modulaciones de esta frase atroz. El príncipe, escondido en su sillón, no dijo nada.

El general desarrolló inesperadamente un pensamiento.

—La fidelidad a las instituciones amenazadas de las que depende la seguridad de un trono y de un pueblo no es un juego de niños. Eso lo sabemos bien, mon prince, y... tenez... —continuó, con una suerte de aspereza halagadora—: También el señor Razumov comienza a entenderlo.

Sus ojos, que volvió sobre Razumov, parecían a punto de salirse de las órbitas.

Pero a Razumov ya no le impresionaba aquel aspecto grotesco. Con siniestra convicción, dijo:

—Haldin jamás hablará.

—Eso está por ver —musitó el general.

—Estoy seguro —insistió Razumov—. Un hombre como él no habla... ¿Se figura usted que estoy aquí por miedo? —añadió, con violencia. Estaba decidido a sostener su opinión sobre Haldin hasta el último extremo.

—Desde luego que no —protestó el general en tono de gran sencillez—. Y no tengo ningún inconveniente en decirle, señor Razumov, que si ese hombre no hubiese acudido con el cuento a un ruso devoto y leal como usted, habría desaparecido como una piedra en el agua... y eso habría tenido consecuencias detestables —añadió, con una sonrisa resplandeciente y cruel bajo la mirada pétrea—. Como ve, no hay razones para la sospecha o el miedo.

Intervino el príncipe, mirando a Razumov por encima del respaldo del sillón:

—Nadie duda de la solidez moral de su acción. Le ruego que se tranquilice en ese sentido.

Y con un punto de incomodidad se dirigió al general.

—Por eso estoy aquí. Tal vez le sorprenda que yo...

El general se apresuró a interrumpirle:

—En absoluto. Es completamente natural. Vio usted la importancia...

—Sí —interrumpió esta vez el príncipe—. Y me atrevo a solicitar con insistencia que mi intervención y la del señor Razumov no se haga pública. Es un joven prometedor... de notables aptitudes.

—No me cabe la menor duda —murmuró el general—. Inspira confianza.

—Hoy en día circulan toda clase de ideas perniciosas... contaminan los lugares más inesperados... Y, por monstruoso que parezca, esto podría afectar... A sus estudios... A su...

Acodado en su escritorio, el general apoyó la cabeza entre las manos.

—Sí, sí. Lo tengo en cuenta... ¿Cuánto hace que lo dejó en su cuarto, señor Razumov?

Razumov mencionó la hora que coincidía aproximadamente con el momento en que emprendió su distraída carrera hacia el insalubre edificio de la barriada. Había tomado la decisión de dejar a Ziemianitch completamente fuera de aquel asunto. El mero hecho de mencionarlo implicaría el encarcelamiento del «alma luminosa», acaso una cruel flagelación, y finalmente un viaje a Siberia con los grilletes puestos.

Tras haber apaleado a Ziemianitch, Razumov sentía ahora por él una vaga y arrepentida ternura.

Cediendo por primera vez a sus íntimos sentimientos, el general exclamó con desdén:

—Y dice usted que acudió a hacerle esta confidencia así, sin más... à propos de bottes.

Razumov detectó el peligro. La despiadada sospecha del despotismo al fin se había formulado. Un súbito temor selló los labios del estudiante. El silencio de la sala parecía ahora el silencio de una mazmorra profunda, donde el tiempo no cuenta y donde se olvida a un sospechoso a veces para siempre. Pero el príncipe acudió en su rescate.

—Sin duda la Providencia empujó al desdichado a acudir al señor Razumov en un momento de enajenación mental, impulsado por algún viejo intercambio de opiniones profundamente mal interpretado, por alguna conversación meramente especulativa que tuvo lugar hace meses, según se me ha dicho, y que el señor Razumov hoy ha olvidado por completo.

—Señor Razumov —inquirió meditativamente el general, tras un breve silencio —: ¿Incurre usted con frecuencia en conversaciones especulativas?

—No, Excelencia —respondió Razumov fríamente, con un repentino rapto de confianza—. Soy un hombre de hondas convicciones. Hay en el ambiente opiniones muy burdas que no siempre vale la pena combatir. Pero incluso el desprecio silencioso de una inteligencia seria puede ser malinterpretado por utopistas irreflexivos.

El general lo miró por entre las manos. El príncipe K... murmuró:

—Un joven sensato. Un esprit supérieur. —Ya lo veo, mon cher prince —dijo el general—. El señor Razumov está completamente a salvo conmigo. Me intereso por él. Tiene, al parecer, la extraordinaria y útil cualidad de inspirar confianza. Lo que me pregunto es por qué razón querría el otro contarle algo, por qué habría de confesar cuando su objetivo no era sino encontrar un escondite provisional por unas horas. Porque, a decir verdad, nada era más fácil que guardar silencio, a menos que este hombre, movido por una desatinada interpretación de sus verdaderos sentimientos, señor Razumov, buscara conseguir su ayuda... ¿no le parece?

Le pareció a Razumov que el suelo se movía ligeramente. Aquel hombre grotesco, ceñido en su uniforme, era terrible. Y tenía razones para serlo.

—Comprendo lo que piensa Su Excelencia, pero sólo puedo decirle que no sé por qué lo hizo.

—No pienso nada —murmuró el general, con leve sorpresa.

«Soy su presa... su presa indefensa», reflexionó Razumov. Las fatigas y los sinsabores de la tarde, la necesidad de olvidar, el miedo que no lograba ahuyentar, reavivaron su odio por Haldin.

—En ese caso no puedo ayudarle, Excelencia. No sé lo que ese hombre se proponía. Sólo sé que hubo un momento en el que deseé matarlo. Y también hubo un momento en el que deseé estar muerto. No dije nada. Me sentía abrumado. No provoqué ninguna confidencia... no pedí ninguna explicación...

Razumov parecía encontrarse fuera de sí, aunque conservaba su lucidez. El estallido fue en realidad calculado.

—Es una lástima que no lo hiciera —respondió el general—. ¿No sabe entonces qué se propone hacer?

Razumov se tranquilizó, viendo una salida en esta pregunta.

—Me dijo que tenía la esperanza de que un trineo lo recogiera media hora después de la media noche en la séptima farola contando desde el extremo superior de Karabelnaya. En todo caso, quería estar allí a esa hora. Ni siquiera me pidió cambiarse de ropa.

—Ah voilà! —dijo el general, volviéndose hacia el príncipe K... con aire de satisfacción—. Hay un modo de que su protegido, el señor Razumov, quede completamente libre de cualquier relación con esta detención. Esperaremos a ese caballero en Karabelnaya.

El príncipe expresó su gratitud. Había en su voz una emoción auténtica.

Razumov, inmóvil, mudo, había fijado la vista en la alfombra. El general le dijo:

—Media hora después de la medianoche. Hasta entonces tendremos que depender de usted, señor Razumov. ¿Cree probable un cambio de planes?

—¿Cómo voy a saberlo? —respondió Razumov—. Esos hombres no son de los que cambian de planes fácilmente.

—¿A qué hombres se refiere?

—A los fanáticos amantes de la libertad en general. De la libertad con mayúsculas, Excelencia. De la libertad sin un significado concreto. De la libertad en cuyo nombre se cometen crímenes.

Murmuró el general:

—Detesto a los rebeldes de toda clase. No puedo evitarlo. ¡Es mi naturaleza!

Apretó un puño y lo blandió, echando el brazo hacia atrás.

—Serán destruidos.

—Ya han sacrificado sus vidas de antemano —observó Razumov con maligno placer y mirando directamente a la cara del general—. Si Haldin cambia de planes esta noche, tenga por seguro que no será para salvar su vida huyendo por otros medios. Tal vez haya pensado en alguna alternativa. Pero no me parece probable.

El general repitió, como para sí:

—Serán destruidos.

Razumov adoptó una expresión impenetrable.

El príncipe exclamó:

—¡Qué terrible necesidad!

El brazo del general descendió lentamente.

—Nos queda un consuelo. Los de su calaña no pasan a la posteridad. Yo siempre lo he dicho; un esfuerzo, implacable, persistente, firme... y habremos acabado con ellos para siempre.

Razumov se dijo que aquel hombre dotado de un poder tan arbitrario a buen seguro creía en lo que decía, de lo contrario no podría soportar su responsabilidad.

El general repitió, con extrema animosidad:

—Detesto a los rebeldes. ¡A esos espíritus subversivos! ¡A esos intelectuales debauchés! Mi existencia se sustenta en la fidelidad. Es un sentimiento. Para defenderlo estoy dispuesto a entregar mi propia vida, incluso mi honor si fuera necesario. Pero, díganme si existe mayor honor que luchar contra los rebeldes, contra esa gente que niega al mismísimo Dios, ¡completos ateos! Bestias. Es horrible pensarlo.

Mientras duró esta invectiva, Razumov, que se encontraba frente al general, había asentido levemente en dos ocasiones. El príncipe K..., que se había puesto en pie y se encontraba a un lado con su aire de gran señor, alzó los ojos y dijo:

—Hélas! Bajando de nuevo la mirada y con gran decisión, declaró:

—Este joven, general, es perfectamente capaz de asimilar las implicaciones de sus memorables palabras.

La expresión del general había abandonado el tosco resentimiento y recobrado una perfecta urbanidad.

—Voy a pedirle ahora al señor Razumov que vuelva a casa —dijo—. Téngase en cuenta que no le pregunto si ha justificado su ausencia ante el hombre que aguarda en su cuarto. Sin duda que lo ha hecho sobradamente. De igual modo, me abstengo de preguntarlo. El señor Razumov inspira confianza. Eso es un gran don. Sólo insinúo que una ausencia más prolongada podría despertar los recelos del asesino y acaso inducirlo a cambiar de planes.

Se levantó y, con escrupulosa cortesía, escoltó a sus visitantes hasta la antecámara repleta de plantas.

Razumov se separó del príncipe en una esquina. Durante el trayecto en la berlina escuchó discursos en los que los sentimientos naturales pugnaban con la cautela. Era evidente que el príncipe temía alentar esperanzas de futuros encuentros, pero había un tinte de ternura en la voz que pronunciaba comedidamente en la oscuridad las consabidas frases de buena voluntad. El príncipe dijo además:

—Tengo plena confianza en usted, señor Razumov.

«Al parecer todos confían en mí», caviló Razumov con abatimiento. Sintió un desprecio indulgente por el hombre sentado hombro con hombro en un espacio tan reducido. Probablemente temía tener una escena con su mujer, de quien se decía que era orgullosa y violenta.

Se le antojaba extraño que el secretismo desempeñara un papel tan importante en la seguridad y en la comodidad de las vidas humanas. Deseaba sin embargo tranquilizar al príncipe y, con la debida cantidad de énfasis, señaló que, consciente de poseer ciertas facultades y confiado en su capacidad de trabajo, fiaba su futuro a sus esfuerzos personales. Expresó su gratitud por la ayuda recibida, y añadió que situaciones así de peligrosas no se presentan dos veces en el curso de una vida.

—Y usted ha encarado ésta con una firmeza de conciencia y una corrección de sentimiento que me dan una alta idea de su valía —respondió el príncipe en tono solemne—. Ahora no tiene más que perseverar... perseverar.

Al pisar la calle Razumov vio una mano enguantada que se tendía a través de la ventanilla de la berlina. La mano sostuvo un momento la suya mientras la luz de un farol caía sobre el rostro ovalado del príncipe y su anticuado mostacho gris.

—Confío en que se sienta plenamente seguro en cuanto a las consecuencias.

—Después de lo que Su Excelencia ha tenido a bien hacer por mí, sólo me queda confiar en mi conciencia.

—Adieu —dijo con sentimiento el rostro bigotudo.

Razumov se inclinó. La berlina se alejó produciendo un ligero silbido en la nieve, y el estudiante quedó solo junto al borde de la acera.

Se dijo que no había nada que pensar, y echó a andar hacia su casa.

Caminaba despacio. Era habitual regresar de este modo para acostarse después de haber pasado una velada con sus compañeros o en las butacas más baratas de algún teatro. Tras haber recorrido un trecho se sintió ubicado en el entorno cotidiano. Nada había cambiado. Allí estaba la conocida esquina, y cuando la hubo doblado vio la pálida luz familiar de la tienda de comestibles que regentaba una mujer alemana.

Asomaban tras el pequeño escaparate hogazas de pan rancio, manojos de cebollas y sartas de salchichas. El establecimiento estaba ya cerrando sus puertas. El cojo enfermizo a quien conocía de vista salió a la nieve tambaleándose, con un postigo en los brazos.

Nada cambiaba. El portal familiar lanzaba un negro bostezo, salpicado de leves destellos que señalaban los arcos de las distintas escaleras.

La sensación de la continuidad de la vida dependía de nimias impresiones corporales. Las trivialidades de la existencia diaria eran una armadura para el alma, y este pensamiento fortaleció la paz interior de Razumov cuando empezó a subir las escaleras, bien conocidas de sus pies, en la oscuridad, con la mano en la barandilla pegajosa y familiar. Lo excepcional no prevalecía ante los contactos materiales que hacen un día semejante a otro. Mañana sería igual que ayer.

Sólo sobre la escena se reconocía exteriormente lo insólito.

«Supongo que si hubiera tomado la decisión de volarme la tapa de los sesos en el rellano, estaría subiendo estas escaleras con la misma tranquilidad. ¿Qué puede hacer un hombre? Lo que tiene que ser tiene que ser. Suceden cosas extraordinarias, pero una vez han ocurrido, se acabó. Lo mismo pasa cuando se ha tomado una decisión.

Asunto concluido. Y las preocupaciones cotidianas, los pensamientos familiares, lo devoran a uno, y la vida continúa igual que antes, con sus aspectos secretos y misteriosos completamente ocultos a la vista, tal como debe ser. La vida es una cosa pública».

Razumov abrió la puerta de su cuarto y sacó la llave de la cerradura; entró sin hacer ruido y cerró la puerta a sus espaldas con mucho cuidado.

Pensó: «Me oye»; y tras echar la llave se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. No se oía ningún ruido. Cruzó la primera habitación vacía, avanzando con deliberación en la oscuridad. Entró en la otra estancia y buscó a tientas las cerillas encima de la mesa. El silencio, salvo por el roce de su mano, era absoluto.

¿Podía dormir el otro tan profundamente?

Prendió una cerilla y miró a la cama. Haldin estaba tendido igual que lo había dejado, sólo que ahora tenía las manos debajo de la cabeza y los ojos abiertos. Miraba al techo.

Razumov levantó en alto la cerilla. Vio los rasgos bien definidos, la barbilla firme, la frente blanca y el pelo rubio de la coronilla sobre la almohada. Allí estaba, tumbado boca arriba. Y Razumov se dijo de pronto: «Lo he pisoteado».

Siguió observándolo hasta que el fósforo se consumió; prendió otro y encendió la lámpara en silencio, sin mirar más hacia la cama. Le había dado la espalda y estaba colgando su abrigo en un perchero cuando oyó que Haldin respiraba profundamente y preguntaba con voz cansada:

—¡Bien! ¿Qué has acordado?

Tan intensa era su emoción que Razumov se alegró de apoyar las manos en la pared. El diabólico impulso de decir: «Te he entregado a la policía» le aterraba sobremanera. No lo dijo. Sin volverse, con voz ahogada, anunció:

—Está hecho.

Oyó de nuevo el suspiro de Haldin. Se acercó a la mesa, se sentó delante de la lámpara, y sólo entonces dirigió una mirada a la cama.

En el rincón de la amplia habitación, lejos de la lámpara, que era pequeña y estaba provista de una gruesa pantalla de porcelana, Haldin aparecía como una silueta alargada y oscura, rígida, con la inmovilidad propia de la muerte. Parecía tener aquel cuerpo menos sustancia aún que su fantasma, al que Razumov había pisoteado en la calle blanca de nieve. La imagen resultaba más inquietante en su sombría y persistente realidad que la nítida aunque fugaz visión.

Volvió a oírse la voz de Haldin.

—Has debido de dar un buen paseo... una buena caminata —murmuró en tono reprobador—. Con este tiempo...

Razumov respondió enérgicamente:

—Un paseo horrible. Un paseo de pesadilla.

Se estremeció visiblemente. Haldin suspiró una vez más, y luego dijo:

—¿Has visto entonces a Ziemianitch, hermano?

—Lo he visto.

Recordando el tiempo que había pasado con el príncipe, juzgó prudente añadir:

—Tuve que esperarlo un buen rato.

—Un personaje, ¿verdad? Es asombroso el sentido que tiene ese hombre de la necesidad de libertad. Además dice unas cosas... directas al grano, de esas que sólo pueden inventar los que son sabios por naturaleza. Un personaje de cuidado...

—Comprenderás que no he tenido mucha oportunidad de... —musitó Razumov entre dientes.

Haldin seguía mirando al techo.

—Últimamente he pasado mucho tiempo en esa casa, hermano. Llevaba libros y panfletos. No son pocos los pobres que viven allí que saben leer. Además, a los invitados al festín de la libertad hay que buscarlos entre los matorrales y en los caminos apartados. Lo cierto es que en los últimos tiempos casi vivía en esa casa. A veces dormía en el establo. Hay un establo...

—Ahí es donde tuve mi entrevista con Ziemianitch —interrumpió suavemente Razumov. Animado por un espíritu burlón, añadió—: En cierto modo fue satisfactoria. Salí de allí muy aliviado.

—¡Ah! ¡Es un gran hombre! —continuó Haldin, hablando despacio al techo—.

Fue así como llegué a conocerlo. Desde hace algunas semanas, cuando me resigné a hacer lo que tenía que hacer, procuré aislarme. Dejé mi cuarto. ¿Cómo iba a exponer a una viuda decente a enloquecer de preocupación por la policía? Dejé de ver a algunos camaradas...

Razumov acercó una hoja de papel y empezó a trazar líneas con un lápiz.

«Caramba», se dijo muy molesto, «al parecer ha pensado en la seguridad de todo el mundo menos en la mía».

Haldin decía:

—¡Esta mañana...! ¡ah!... esta mañana todo era distinto. ¿Cómo explicártelo?

Antes de realizar esta hazaña, deambulaba de noche y pasaba el día escondido, pensando, y me sentía tranquilo. No dormía, pero estaba tranquilo. ¿Por qué razón habría de atormentarme? ¡Pero desde esta mañana...! Desde entonces estoy inquieto.

No podía pasar por esa casa enorme y repleta de miseria. Los miserables de este mundo no pueden proporcionar paz. Y después, cuando ese portero idiota se puso a gritar, me dije: «Hay en esta ciudad un joven que está por encima de los prejuicios comunes».

«¿Se está burlando de mí?», se preguntó Razumov, continuando con su inútil dibujo de cuadrados y triángulos. Y acto seguido pensó: «Mi comportamiento debe de parecerle extraño. Si llegara a asustarse y decidiera huir, estoy perdido. Ese general del infierno...».

Soltó el lápiz y se volvió bruscamente hacia la cama donde yacía la figura en las sombras, mucho menos nítida que aquella a la que había pisado en la calle sin vacilación. ¿También esto era un fantasma?

El silencio se había prolongado. «Ya no está aquí», fue el sentimiento contra el cual luchaba desesperadamente Razumov, aterrado por su absurdidad. «Se ha marchado y esto... no es sino...».

No podía resistir. Se puso en pie diciendo:

—Siento una angustia atroz. —Y se acercó a la cama con unos cuantos pasos precipitados. Posó levemente una mano en el hombro de Haldin, y no bien sintió que su presencia era real, se apoderó de él la descabellada tentación de estrangular esa garganta hasta sacar la última gota de aire de aquel cuerpo, no fuese a escapar a su custodia dejando un fantasma tras de sí.

Haldin no movía un solo músculo, pero sus ojos completamente oscurecidos se desplazaron un poco para mirar a Razumov con nostálgica gratitud por esta manifestación de afecto.

Razumov dio media vuelta y se puso a deambular por la habitación.

«Puede que incluso le hiciera un favor», se dijo; y le aterró disculparse de este modo por el instinto asesino que acechaba en algún rincón de su pensamiento. No podía desprenderse de él. Lo contemplaba con creciente lucidez. «¿Qué futuro le espera? Finalmente... la soga. Y yo...».

Interrumpió esta idea la voz de Haldin.

—¿A qué viene angustiarse por mí? Pueden matar mi cuerpo, pero no podrán exiliar mi alma de este mundo. ¿Sabes una cosa? Es tanta mi fe en este mundo que no puedo concebir la eternidad sino como una vida muy larga. Tal vez por eso estoy tan dispuesto a morir.

—Umm —musitó Razumov; y, mordiéndose el labio inferior, reanudó su ir y venir y siguió desarrollando su extraño argumento.

Sí, para un hombre en semejante situación, sin duda sería un acto de bondad. La cuestión no estribaba sin embargo en ser amable, sino en cómo ser firme. Haldin era un tipo escurridizo.

—También yo, Victor Victorovitch, creo en este mundo —dijo con energía—.

También yo, mientras viva... Pero tú pareces determinado a acecharlo. No puedes pretender en serio...

La voz del inmóvil Haldin empezó a decir:

—¡Acecharlo! Naturalmente que es preciso acechar a los opresores de las ideas que mueven el mundo, a los destructores de los espíritus que aspiran a perfeccionar la dignidad humana. Y a los que destruyan mi simple cuerpo, los perdono de antemano.

Se detuvo Razumov aparentemente para escuchar, aunque no dejaba de observar sus propias sensaciones. Le irritaba dar tanta importancia a lo que Haldin decía.

«Este tipo está loco», pensó con firmeza, pero esta opinión no aplacaba su rabia contra Haldin. Era la suya una forma de locura particularmente impúdica, y cuando se liberaba en el ambiente de la vida pública de un país, todo ciudadano de bien tenía obviamente el deber de...

Allí se interrumpieron sus pensamientos y fueron sucedidos por un paroxismo de odio silencioso hacia Haldin, tan intenso que Razumov se apresuró a decir cualquier cosa.

—Sí. La eternidad, desde luego. Yo también me la imagino perfectamente...

Aunque la concibo como algo apagado y quieto. No habría allí nada inesperado... ¿te das cuenta? El elemento temporal estaría ausente.

Sacó el reloj para ver la hora. Haldin se tumbó de lado y lo miró con mucha atención.

Asustó a Razumov este movimiento. Un tipo escurridizo aquel hombre con su fantasma. No era aún la medianoche. Continuó precipitadamente:

—¡E insondables misterios! ¿Puedes concebir que existan en la eternidad lugares secretos? Imposible. La vida, sin embargo, está llena de ellos. Hay secretos de nacimiento, por ejemplo. Uno se los lleva a la tumba. Resulta un poco cómico... pero no importa. Y hay motivos de conducta secretos. Hasta los actos más públicos de un hombre tienen un lado secreto. ¡Es muy interesante y muy misterioso! Por ejemplo, un hombre sale a dar un paseo. Nada más trivial en apariencia. Y, sin embargo, puede ser un momento trascendental. Regresa —habiendo visto acaso a un animal borracho y habiéndose fijado especialmente en la nieve del camino—, y hete aquí que ya no es el mismo hombre. Las cosas más improbables ejercen un poder secreto sobre los propios pensamientos: el bigote gris de un individuo en particular... los ojos saltones de otro.

Razumov tenía la frente sudorosa. Dio un par de vueltas por la habitación, la cabeza inclinada y sonriendo con aire victorioso.

—¿Has pensado alguna vez en la fuerza de unos ojos saltones y un bigote gris?

Discúlpame. Debes de pensar que estoy loco por hablar así en un momento como éste, pero no hablo por hablar. He visto ejemplos. Me ha sucedido en una ocasión que he estado hablando con un hombre cuyo destino estaba condicionado por esa clase de detalles físicos. Y el hombre no lo sabía. Claro está que era un caso de conciencia, pero fueron hechos materiales como éstos los que aportaron la solución... ¡Y tú me dices, Victor Victorovitch, que no me angustie! ¡Cómo! Soy responsable de ti — concluyó Razumov, casi gritando.

Le costó contener una carcajada mefistofélica. Haldin, muy pálido, se incorporó sobre un codo.

—Las sorpresas que da la vida —prosiguió Razumov, tras dirigir al otro una mirada de inquietud—. Piensa un poco en lo asombrosas que son. Un misterioso impulso te induce a venir aquí. No digo que hayas hecho mal. A decir verdad, en cierto sentido no podrías haber hecho nada mejor. Podrías haber acudido a un hombre con vínculos afectivos y familiares. Tú mismo los tienes. Yo, como bien sabes, crecí en una institución educativa donde no nos daban suficiente comida. Hablar de afectos en semejante situación... comprenderás que es... En cuanto a los vínculos, los únicos vínculos que tengo yo en el mundo son sociales. Necesito algún reconocimiento para conseguir cualquier cosa. Me siento aquí a trabajar... ¿Y no crees que también yo trabajo por el progreso? He tenido que encontrar mis propias ideas y mi propio camino... Tendrás que perdonarme —dijo Razumov después de tomar aliento y de soltar una breve risotada gutural—, pero es que yo no he heredado la inspiración revolucionaria y el parecido físico de un tío materno.

Miró de nuevo el reloj, comprobando con un escalofrío de disgusto que faltaban todavía muchos minutos para la medianoche. Se arrancó del chaleco reloj y cadena y los dejó encima de la mesa, bien dentro del círculo de luz brillante. Recostado sobre un codo, Haldin no se movía. Inquietaba a Razumov esta actitud. «¿Qué movimiento estará meditando con tanta serenidad? Debo impedirlo. Debo seguir hablando con él».

Levantó la voz.

—Tú eres hijo, hermano, sobrino, primo y no sé cuántas cosas más de un sinfín de personas. Yo soy tan sólo un hombre. Estoy aquí, delante de ti. Un hombre con conciencia. ¿Se te ocurrió pensar en algún momento qué opinión tendría un hombre que en su vida ha escuchado una palabra de cálido afecto o de alabanza acerca de esas cuestiones que tú consideras a priori como propias o contrarias a tu clase, a tu tradición familiar, a tus prejuicios caseros? ¿Tengo yo que permitir que mi inteligencia, que mis aspiraciones de un futuro mejor se vean despojadas de lo único con lo que cuentan por el capricho de un puñado de entusiastas violentos? Tú vienes de tu provincia, pero a mí me pertenece todo el país... de lo contrario no tengo nada.

Sin duda que algún día te convertirás en un mártir, en una especie de héroe, en un santo político. Yo ruego que se me excuse. Me contento con ser un trabajador. ¿Qué conseguís derramando unas gotas de sangre sobre la nieve? En esta inmensidad. ¡En esta desgraciada inmensidad! Te aseguro —gritó, con voz vibrante y ahogada, acercándose un paso a la cama— que no es un montón de fantasmas lo que eso requiere... ¡sino un hombre!

Haldin lanzó los brazos adelante, como si quisiera apartar de sí a Razumov, horrorizado.

—Ahora lo entiendo todo —exclamó, con temerosa consternación—. Al fin... lo entiendo.

Razumov retrocedió con paso vacilante y chocó contra la mesa. Su frente rompió a transpirar al tiempo que un escalofrío le recorría la espalda.

«¿Qué he dicho?», se preguntó. «¿Al fin he dejado que se me escape entre los dedos?».

Sintió que los labios se le volvían rígidos como el bucarán y, en lugar de una sonrisa tranquilizadora, no alcanzó a esbozar más que una mueca insegura.

—¿Qué va a ser de ti? —empezó a decir en tono conciliador, cobrando firmeza tras el temblor en las primeras palabras—. ¿Qué será de ti? Piénsalo: un hombre con estudios, de costumbres reservadas... y de pronto así... No tengo experiencia en hablar con delicadeza. Pero...

Sintió que la rabia, una rabia perversa, volvía a apoderarse de él.

—¿Qué podíamos hacer hasta la medianoche? ¿Sentarnos aquí, el uno frente al otro, y pensar en tus... en tus... desatinos?

Haldin se mostraba abatido, desconsolado. Bajó la cabeza; hundió las manos entre las rodillas. En voz baja, dolorosa pero serena, dijo:

—Ahora lo comprendo, Razumov... hermano. Eres un hombre magnánimo, pero mi acción te repugna... ¡ay!

Razumov lo miró fijamente. Tanto había apretado los dientes de miedo que le dolía todo el rostro. Le resultaba imposible articular sonido alguno.

—Y hasta mi persona te resulta acaso despreciable —añadió Haldin con voz lastimera tras una pausa breve, levantando la vista un momento y fijándola luego en el suelo—. Pues ciertamente a menos que uno...

Se interrumpió, esperando una palabra. Razumov guardó silencio. Haldin asintió dos veces con desánimo.

—Desde luego. Desde luego —murmuró—. ¡Ah, qué ingrata tarea!

Se quedó completamente inmóvil un momento, haciendo luego que el abrumado corazón de Razumov latiera pesadamente al ponerse Haldin en pie como movido por un resorte.

—¡Así sea! —exclamó con tristeza, en voz baja, pero con un tono inconfundible —. Adiós, entonces.

Razumov lo miró, pero la imagen de la mano levantada de Haldin le impidió alejarse de la mesa. Se apoyó pesadamente en ella, escuchando las débiles campanadas de algún reloj de la ciudad. Haldin, que ya estaba en la puerta, alto y firme como una flecha, pálido y con una mano alzada en gesto de atención, podría haber posado como modelo para la estatua de un joven valeroso que escucha una voz interior. Razumov miró mecánicamente el reloj sobre la mesa. Cuando volvió la vista a la puerta, el otro se había esfumado. Se oyeron ruidos sordos en la habitación contigua, el débil chasquido de un cerrojo retirado con cautela. Y Haldin se marchó, casi tan silencioso como una aparición.

Razumov se precipitó tras él con vacilación, los labios entreabiertos y mudos. La puerta del pasillo estaba abierta. Salió al rellano tambaleándose y se asomó por la barandilla. Mientras observaba el intenso haz negro con una llama diminuta y oscilante al fondo, rastreó con el oído el rápido descenso en espiral de alguien que bajaba las escaleras de puntillas. El sonido era liviano, veloz y rítmico, y se fue hundiendo en las profundidades: una sombra cruzó fugazmente el resplandor, y la llama diminuta parpadeó un instante. Después quietud.

Razumov seguía inclinado, aspirando el aire frío y cortante impregnado de los malos olores de la escalera sucia. Todo estaba en calma.

Volvió despacio a su cuarto y cerró la puerta. La luz tranquila y quieta de la lámpara de lectura hacía brillar el reloj. Se quedó mirando la pequeña esfera blanca.

Quedaban todavía tres minutos para la medianoche. Cogió el reloj con mano temblorosa.

«Despacio», se dijo. Una extraña oleada de laxitud recorrió su cuerpo. Le temblaron las rodillas, y el reloj con su cadena se deslizó entre sus dedos y cayó al suelo. Tan confundido estaba que casi se derrumba. En el último momento recuperó la confianza en sus piernas para agacharse a recogerlo, y se lo acercó al oído. Pasados unos segundos lanzó un gruñido.

«Se ha parado». Y se quedó largo tiempo inmóvil antes de musitar con amargura:

«Y ahora a trabajar».

Se sentó, tomó un libro al azar, lo abrió por cualquier parte y empezó a leer, pero tras haber recorrido aplicadamente un par de líneas, las letras se le borraron por completo y ni siquiera intentó evitarlo. Reflexionó:

«Es casi seguro que un agente de policía estaría vigilando la casa desde el otro lado de la calle».

Lo imaginó acechando bajo un portal oscuro, con los ojos saltones, embozado en un capote hasta la nariz y tocado con un gorro de general adornado con un penacho.

La absurda visión le hizo sobresaltarse ostensiblemente, y tuvo que sacudir la cabeza con fuerza para desprenderse de ella. El individuo iría disfrazado, probablemente de campesino... o de mendigo... Tal vez sólo fuera enfundado en un abrigo oscuro y llevase un bastón: un rufián de ojos inquietos que olía a alcohol y a cebollas crudas.

Esta imagen le produjo una náusea real. «¿Por qué me preocupo de esto?», se preguntó con disgusto. «Ni que fuera yo un gendarme. Además, esto ha terminado».

Se puso en pie presa de una gran agitación. No había terminado. Todavía no. No hasta pasadas las doce y media. Y el reloj se había parado. Cayó en la desesperación.

¡Era imposible saber la hora! La patrona y el resto de los vecinos dormían. ¿Cómo podía acudir a ellos para...? Sabe Dios lo que imaginarían o las cosas que podrían llegar a adivinar. No se atrevía a salir a la calle para averiguarlo. «Ahora soy sospechoso. De nada sirve eludirlo», pensó con amargura. Si Haldin, de un modo u otro, les daba esquinazo y no se presentaba en Karabelnaya, la policía irrumpiría en su cuarto. Y si no encontraban allí al fugitivo, Razumov jamás podría explicarse.

Jamás. Miró en torno, fuera de sí, como si buscara el modo de medir el tiempo, que parecía haber escapado por completo a su control. Nunca antes de esa noche, que recordara, había oído en su cuarto las campanas de ese reloj de la ciudad. Y ahora ni siquiera estaba seguro de haberlas oído en realidad.

Se acercó a la ventana y allí se quedó, la cabeza ligeramente inclinada hacia el reloj, con esperanza de escuchar su leve sonido. «Me quedaré aquí hasta que oiga algo». Permanecía inmóvil, con un oído vuelto hacia la ventana. Un atroz y doloroso entumecimiento que le producía calambres en la espalda y en las piernas lo estaba torturando. No se movió. Su conciencia rondaba las fronteras del delirio. De pronto se oyó decir: «Confieso», como si estuviera en el potro de tortura. «Estoy en el potro de tortura», pensó. Estaba a punto de desmayarse. El hondo y débil estallido del reloj del campanario explotó en su cabeza... lo oyó con absoluta claridad... ¡Una!

Si Haldin no hubiese aparecido por Karabelnaya, la policía ya estaría registrando su cuarto. No oía el menor ruido. Esta vez sí, todo había concluido.

Se arrastró dolorosamente hasta la mesa y se dejó caer en la silla. Apartó el libro de un manotazo y cogió una cuartilla en blanco. Era igual que el montón de hojas escritas con su letra pulcra y diminuta, sólo que estaba vacía. Agarró bruscamente una pluma y la hundió en el tintero, con el vago propósito de seguir escribiendo su redacción, pero la pluma quedó en suspenso sobre el papel. Allí siguió un rato antes de posarse y trazar algunas letras largas y floreadas.

Con el rostro inmóvil y los labios apretados con fuerza, Razumov empezó a escribir. Apenas había trazado unas palabras cuando su letra perdió por completo su personalidad habitual; se había vuelto vacilante, casi infantil. Redactó cinco líneas, una debajo de la otra.

Historia, no teoría.

Patriotismo, no internacionalismo.

Evolución, no revolución.

Dirección, no destrucción.

Unidad, no desorden.

Las miró con desánimo. Su mirada se deslizó después hacia la cama y allí quedó fijada varios minutos, mientras la mano derecha buscaba a tientas la navaja sobre la mesa.

Finalmente se levantó y, caminando con paso medido, clavó la cuartilla con la navaja en la pared de listones y yeso, sobre la cabecera de la cama. Hecho esto retrocedió un paso y recorrió la habitación con los ojos, al tiempo que la abarcaba con la mano.

A partir de ese momento no volvió a mirar hacia la cama. Descolgó la capa de su percha, se envolvió a conciencia y se tendió en el duro sofá de pelo de caballo, situado en el otro extremo del cuarto. El sueño cerró al punto sus párpados, como cargados de plomo. Varias veces se despertó esa noche entre temblores: soñaba que caminaba bajo una ventisca en una Rusia en la que se encontraba completamente solo, como un autócrata traicionado; una Rusia inmensa y ventosa que, por alguna razón, él lograba abarcar con la vista en toda su inmensidad, como si de un mapa se tratara. Pero los párpados pesados volvían a caer sobre los ojos vidriosos tras cada sobresalto, y Razumov regresaba al sueño.

III

Llegado este punto en la historia de Razumov, mi conciencia, la honrada conciencia de un profesor de idiomas entrado en años, encuentra la tarea progresivamente ardua.

Mi cometido no es en verdad el de narrar a la manera de un relato fidedigno tan extraña crónica humana, sino el de reflejar —ahora lo percibo con claridad— las condiciones morales que imperan en gran parte de este mundo; condiciones que no resulta fácil comprender y mucho menos descubrir en los límites de una narración, en tanto se desvele una clave, una palabra que permanezca en todo momento detrás de todas las palabras con que se teje la historia, una palabra que, si bien no sea la verdad en sí misma, acaso pueda contener un grado de verdad suficiente para desvelar el trasfondo moral que ha de ser el propósito de cualquier relato.

Por enésima vez hojeé las páginas de la crónica de Razumov, las aparté luego a un lado, tomé la pluma y, con ella dispuesta para poner los hechos negro sobre blanco, vacilé. Porque la palabra que sigilosamente subyace a todo este asunto no es otra que «cinismo».

Ésa y no otra es la marca de la autocracia rusa y de la revolución rusa. En su orgullo de grandes magnitudes, en su extraña pretensión de santidad y en su secreta disposición para humillarse en la aceptación del sufrimiento, el espíritu de Rusia es el espíritu del cinismo. Es el cinismo lo que informa las declaraciones de sus estadistas, las teorías de sus revolucionarios, los místicos vaticinios de sus profetas al punto de transformar la libertad en una especie de perversión y hacer que las propias virtudes cristianas resulten igualmente indecentes... Pero he de disculparme por esta digresión. Obedece al curso que tomó la historia de Razumov después de que sus convicciones conservadoras, diluidas en un vago liberalismo connatural a su ardor juvenil, cristalizaran como consecuencia del impacto que en él produjo este encuentro con Haldin.

Se despertó Razumov, probablemente por décima vez, con un profundo escalofrío. Al ver la luz del día en la ventana, se resistió al impulso de seguir acostado. No recordaba nada, pero tampoco le pareció extraño verse tumbado en el sofá, envuelto en la capa y calado de frío hasta los huesos. La luz que entraba por los cristales parecía extrañamente falta de alegría, no albergaba la promesa que la luz de cada nuevo amanecer encierra invariablemente para un hombre joven. Fue su despertar el de un hombre enfermo de muerte, o el de un anciano nonagenario. Miró la lámpara, que se había consumido. Se erguía sobre la mesa como el faro extinguido de sus esfuerzos, un frío objeto de latón y porcelana entre sus notas desperdigadas y las pequeñas pilas de libros, un simple lecho de papel ennegrecido, materia muerta sin sentido o interés alguno.

Se levantó, se despojó de la capa y la colgó en el perchero, realizando mecánicamente todos sus movimientos. Un insólito embotamiento, una sensación de agua estancada impregnaba su percepción, como si la vida se hubiera retirado de todas las cosas, y aun de sus propios pensamientos. No se oía el menor ruido en la casa.

Mientras daba la espalda al perchero se dijo, con la misma sensación de vida extinguida, que debía de ser aún muy temprano, pero al mirar el reloj sobre la mesa vio las dos manecillas paradas en las doce.

«¡Ah!, sí», musitó para sus adentros, y como si empezara a despertar un poco inspeccionó la habitación con la mirada. El papel atravesado por el cuchillo en la pared llamó su atención. Lo observó a distancia, sin aprobación ni desconcierto, pero al oír que la criada empezaba a trajinar en el cuarto contiguo con el samovar, para prepararle el té de la mañana, se acercó hasta el papel y lo desclavó con aire de profunda indiferencia.

Al hacerlo miró de soslayo hacia la cama en la que no había dormido esa noche.

El hueco que había dejado en la almohada el peso de la cabeza de Haldin era más que evidente.

Sin embargo, incluso la rabia que le produjo esta señal del paso de aquel hombre, fue una rabia apagada. Razumov no intentó alimentarla para darle vida. No hizo nada en todo ese día; ni siquiera se peinó. En ningún momento se le pasó por la cabeza la idea de salir a la calle, y si tampoco inició una reflexión coherente no fue porque estuviera incapacitado para pensar. Fue por falta de interés.

Bostezaba con frecuencia. Bebió grandes cantidades de té, dio vueltas sin ton ni son, y cuando se sentaba se quedaba un buen rato inmóvil. Pasó algún tiempo tamborileando suavemente con los dedos en el cristal de la ventana. En su apático deambular alrededor de la mesa, se vio reflejado en el espejo, y eso le hizo detenerse.

Los ojos que desde allí le devolvían la mirada eran los más tristes que había visto jamás; esto fue lo primero que alteró la parálisis mental de ese día.

Razumov no estaba personalmente afectado. Se limitaba a pensar que la vida sin felicidad es imposible. ¿Qué era la felicidad? Bostezó y siguió dando vueltas y más vueltas entre las cuatro paredes de su cuarto, arrastrando los pies. Mirar hacia delante era la felicidad —eso era—, nada más. Vislumbrar la gratificación de algún deseo, la gratificación de alguna pasión: del amor, de la ambición, del odio; también del odio, sin ningún género de duda. Amor y odio. Y verse libre de los peligros de la existencia, vivir sin miedo, también eso era la felicidad. No había nada más. Mirar hacia delante... en ausencia de temor. «¡Ah, miserable destino el de la humanidad!», exclamó mentalmente; y al punto añadió a este pensamiento: «Eso debiera bastar para contentarme». Pero esta convicción no le animó. Al contrario, volvió a bostezar, como llevaba haciendo todo el día. Le sorprendió ligeramente comprobar que había caído la noche. La habitación se oscureció muy deprisa, pese a que el tiempo parecía haberse detenido. ¿Cómo es que no había reparado en el paso del día? Sin duda era porque el reloj se había parado...

No encendió la lámpara, sino que se acercó a la cama y se tendió sin ninguna vacilación. Acostado boca arriba, enlazó las manos por detrás de la cabeza y fijó la vista en el techo. Al momento se dijo: «Estoy tumbado aquí igual que ese hombre.

¿Dormiría él mientras yo luchaba contra la ventisca en las calles? No, seguro que no durmió. Pero, ¿por qué no habría de hacerlo yo?». Y sintió que el silencio de la noche presionaba sus extremidades como un peso.

Fuera, en la quietud de la intensa helada, las campanadas nítidas del reloj que anunciaba la medianoche penetraron en la quietud de su animación suspendida.

Una vez más se puso a pensar. Habían transcurrido veinticuatro horas desde que aquel hombre salió de su cuarto. Razumov tuvo la clara sensación de que Haldin había dormido esa noche en la fortaleza. Era ésta una certeza muy molesta para él, pues no deseaba pensar en Haldin, pero se justificó aludiendo a razones tanto fisiológicas como psicológicas. Haldin apenas había dormido en varias semanas, según su propia confesión, pero toda incertidumbre había concluido ya para él. Sin duda que a esa hora ya imaginaba la consumación de su martirio. Un hombre que se resigna a matar seguramente no necesita mucho para resignarse a morir. Haldin tal vez durmiera más profundamente que el general T..., cuya misión, ingrata misión igualmente, aún estaba por cumplirse, y sobre cuya cabeza colgaba la espada de la venganza revolucionaria.

Evocó Razumov la imagen del hombre corpulento, con la recia mandíbula apoyada en el cuello del uniforme, el campeón de la autocracia, que no había dejado traslucir signo alguno de sorpresa, incredulidad o alegría, pero cuyos ojos saltones expresaban un odio mortal de cualquier rebelión. Se removió con inquietud en la cama.

«Sospechó de mí. Supongo que debe sospechar de todo el mundo. Sería capaz de sospechar hasta de su propia mujer si Haldin hubiese acudido a confesarse ante ella en su tocador».

Se incorporó, angustiado. ¿Se vería convertido en sospechoso político para el resto de sus días? ¿Habría de vivir como un hombre en el que no se puede confiar plenamente, con una ficha policial negativa y secreta? ¿Qué clase de tortura acaso le esperaba?

«Ahora soy sospechoso», se repitió; pero el hábito de reflexionar y el deseo de seguridad, de vida ordenada, que tan fuertes eran en él, acudieron en su ayuda a medida que pasaba la noche. Su existencia tranquila, regular y laboriosa terminaría dando fe de su lealtad. Eran muchas las maneras en las que a uno le estaba permitido servir a su país. Había una actividad que facilitaba el progreso sin ser revolucionaria.

El campo de influencia era amplio e infinitamente variado, una vez lograba uno forjarse un nombre.

Como un pájaro que volara en círculos, al cabo de veinticuatro horas volvieron sus pensamientos a la medalla de plata, y allí se posaron, por así decir.

El día despuntó sin que Razumov hubiese dormido siquiera un momento, pese a lo cual se levantó no demasiado cansado y casi suficientemente dueño de sí para emprender cualquier actividad práctica.

Salió y asistió a tres clases por la mañana, pero su trabajo en la biblioteca fue un mero alarde de investigación silenciosa. Se sentó rodeado de volúmenes abiertos e intentó tomar notas y resumir la información. Su nueva tranquilidad era como una prenda ligerísima que parecía flotar a merced de cada palabra al azar. ¡Traición!

¡Cómo! Ese individuo había hecho todo lo necesario para delatarse. No hizo falta nada para engañarlo.

«No le he dicho una sola palabra que no fuera estrictamente cierta. Ni una sola», argumentó consigo mismo.

Una vez se hubo enzarzado en estas disquisiciones mentales, le resultó imposible hacer ningún trabajo útil. Las mismas ideas le venían una y otra vez, y una y otra vez repetía mentalmente las mismas palabras. Cerró todos los libros y se metió todos los papeles en el bolsillo de cualquier manera, con movimientos convulsivos, hirviendo por dentro de rabia hacia Haldin.

Justo cuando salía de la biblioteca, un estudiante alto y flaco que llevaba un abrigo raído se le unió, caminando a su lado con aire taciturno. Razumov respondió entre dientes al saludo que el otro le dirigió, sin mirarlo siquiera.

«¿Qué quiere de mí?», se interrogó, con un repentino temor ante lo inesperado que intentó sacudirse antes de que se apoderase definitivamente de su vida. Y el otro, murmurando con cautela sin levantar la vista, le supuso al corriente de la noticia de que el hombre que había «ejecutado» a de P —ésa fue la expresión que empleó— había sido detenido la noche anterior antes de que...

—He estado enfermo y no he salido de mi cuarto —musitó Razumov sin apenas abrir los labios.

El estudiante alto se encogió de hombros y hundió las manos en los bolsillos.

Tenía una barbilla cuadrada y cetrina, sin asomo de vello, que le temblaba ligeramente cuando hablaba, y la punta de la nariz, enrojecida por el frío, parecía un postizo de cartón pintado entre las mejillas pálidas. Todo su aspecto llevaba el sello del hambre y del frío. Caminaba deliberadamente junto a Razumov, sin apartar la vista del suelo.

—La noticia es oficial —continuó en el mismo murmullo de cautela—. Puede ser mentira, pero al parecer detuvieron a alguien entre la medianoche y la una de la madrugada del martes. De eso no hay duda.

Y, protegido por su alicaída apariencia, le contó rápidamente a Razumov que la noticia se había sabido a través de un funcionario del gobierno de rango inferior que trabajaba en la Secretaría Central. El hombre en cuestión pertenecía a uno de los círculos revolucionarios.

—De hecho, al mismo al que estoy yo afiliado —señaló el estudiante.

Cruzaban en ese momento una amplia plaza cuadrada. Una infinita aflicción se apoderó de Razumov, destruyó su energía, haciendo que todo se apareciese ante sus ojos confuso y evanescente. No se atrevía a despedirse del compañero bruscamente.

«Podría estar afiliado a la policía», se le pasó por la cabeza. «¿Cómo saberlo?». Al ver la miserable nariz del muchacho y su figura golpeada por el hambre comprendió lo absurdo de su recelo.

—Pero yo, como sabes, no pertenezco a ningún círculo. Yo...

No osó decir más. Tampoco osó alterar el paso. El otro, que con exacta deliberación seguía pegando y despegando del suelo los pies pobremente calzados, protestó en voz baja que no todo el mundo tenía por qué pertenecer a alguna organización. Las personalidades más valiosas se mantenían al margen. Los mejores trabajos se realizaban a veces fuera de la organización. Y acto seguido, con labios susurrantes y febriles, dijo:

—El hombre al que arrestaron en la calle era Haldin.

Y, aceptando el consternado silencio de Razumov como respuesta natural, le aseguró que no había lugar a error. El funcionario estaba esa noche de guardia en la Secretaría. Al oír gran alboroto en el vestíbulo, y a sabiendas de que los prisioneros políticos a veces eran trasladados a media noche desde la fortaleza, abrió la puerta de la sala donde estaba trabajando. Antes de que el centinela de guardia lo empujara y le diese con la puerta en las narices pudo ver a un prisionero al que medio conducían, medio arrastraban por el pasillo entre un montón de policías. Lo trataban con brutalidad. Y el funcionario reconoció perfectamente a Haldin. Menos de media hora después el general T... llegó a la Secretaría para interrogar personalmente al prisionero.

—¿No te parece asombroso? —concluyó el demacrado estudiante.

—No —dijo Razumov con aspereza, y al instante lamentó su respuesta.

—Todo el mundo hacía a Haldin en provincias, con su familia. ¿Tú no?

El estudiante volvió sus ojos grandes y vacíos hacia Razumov, justo cuando éste decía sin darse cuenta:

—Su familia está en el extranjero.

Ganas le dieron de morderse la lengua de irritación. En un tono profundamente cargado de intención, el estudiante dijo:

—¡Vaya! Tú eras el único que lo sabía... —Y guardó silencio.

«Me han jurado la ruina», pensó Razumov. Y con amarga curiosidad preguntó:

—¿Has hablado de esto con alguien?

El otro negó con la cabeza.

—No, sólo contigo. En nuestro círculo se ha pensado que como Haldin en más de una ocasión ha manifestado el aprecio que te tenía...

Razumov no pudo evitar un gesto de rabiosa desesperación que el otro debió de malinterpretar, pues dejó de hablar y apartó de él sus ojos negros y carentes de brillo.

Siguieron andando en silencio hasta que el adusto estudiante volvió a hablar entre susurros, evitando la mirada de Razumov.

—Como en este momento no contamos con ningún afiliado en el interior de la fortaleza que pudiera proporcionarle un sobre de veneno, ya hemos considerado una acción de venganza que no tardará en...

Sin detenerse, Razumov lo interrumpió:

—¿Conocías a Haldin? ¿Sabía él donde vives?

—Tuve la suerte de escucharle en dos ocasiones —respondió el compañero con aquel susurro febril que contrastaba de un modo extraño con la lúgubre apatía de su rostro y su figura—. Él no sabía donde vivo... Me alojo con una humilde familia de artesanos; ocupo apenas un rincón de un cuarto. No es fácil visitarme, pero si en algún momento me necesitaras para algo estoy dispuesto a...

Razumov tembló de rabia y de temor. Estaba fuera de sí, pero no levantó la voz.

—No quiero que te acerques a mí. No quiero que me hables. No vuelvas a dirigirme una sola palabra. Te lo prohíbo.

—Muy bien —respondió el otro en tono sumiso, sin manifestar asombro alguno ante esta brusca prohibición—. Por razones personales no quieres que... lo comprendo perfectamente.

Se alejó de inmediato, sin levantar la vista siquiera, y Razumov lo vio cruzar la calle en diagonal, abatido, andrajoso y hambriento, con la cabeza gacha y ese exacto y peculiar movimiento de los pies.

Lo observó como se observaría a un espectro surgido de una pesadilla y siguió su camino, intentando no pensar en nada. La patrona parecía estar esperándolo en el rellano. Era una mujer bajita, gruesa, desfigurada, con el rostro amplio y macilento eternamente enmarcado por una toquilla de lana negra. Al verlo subir el último tramo de escaleras, abrió los brazos con gran agitación y juntó luego las manos por delante de la cara.

—Kirylo Sidorovitch, padrecito, ¿qué ha estado haciendo? ¡Con lo formal que es usted! La policía acaba de marcharse ahora mismo; han registrado su cuarto.

Razumov la miró en silencio, con escrutadora atención. La cara amarilla y carnosa de la mujer rebosaba emoción. Miraba al joven con suplicante fijeza.

—¡Un muchacho tan sensato! Cualquiera puede ver que es usted sensato. Y ahora, de pronto, esto... ¿De qué le sirve mezclarse con esos nihilistas? Aléjese de ellos, padrecito. Esa gente trae mala suerte.

El estudiante hizo un leve encogimiento de hombros.

—¿O es que un enemigo secreto lo ha calumniado, Kirylo Sidorovitch? El mundo está lleno de corazones negros y de falsas denuncias en estos tiempos que corren. Hay mucho miedo en todas partes.

—¿Ha oído usted decir que alguien me haya denunciado? —preguntó Razumov, sin apartar los ojos del rostro tembloroso de la mujer.

Ella no había oído nada. Intentó averiguarlo, preguntando al capitán de la policía mientras sus hombres lo ponían todo patas arriba. Conocía al capitán del distrito desde hacía once años y era un buen hombre. Pero con aspecto muy sombrío y molesto, le había dicho a la patrona en el rellano:

—No haga preguntas, buena mujer. Yo mismo no sé nada. La orden viene de las altas instancias.

Y de hecho había ocurrido que, poco después de la llegada de los policías, un caballero muy distinguido, con abrigo de piel y flamante sombrero, se había sentado en el cuarto y había estado hojeando todos los papeles. Llegó solo y solo se marchó, sin llevarse nada consigo. La mujer había intentado ordenar un poco después de que salieran.

Razumov le dio la espalda con brusquedad y entró en su cuarto.

Todos sus libros estaban esparcidos por el suelo. La patrona lo siguió y, doblando la espalda con mucho esfuerzo, empezó a recogerlos en su mandil. Sus papeles y sus notas (todos ellos relativos a sus estudios), siempre impecablemente ordenados, estaban revueltos y amontonados de cualquier manera en el centro de la mesa.

Este desorden lo afectó profundamente, de un modo irracional. Se sentó y se quedó mirándolo todo. Tuvo la clara sensación de que su propia existencia estaba siendo minada de un modo misterioso, de que sus puntales morales se desmoronaban uno tras otro. Incluso creyó que estaba a punto de marearse y realizó un movimiento como si buscara algo a lo que echar mano para no caer.

La mujer se levantó con un leve gruñido, soltó en el sofá todos los libros que había recogido en el mandil y salió entre murmullos y suspiros.

Sólo entonces reparó Razumov en que el papel que había pasado una noche clavado con un cuchillo en la pared sobre su cama vacía estaba sobre el montón.

El día anterior lo había doblado distraídamente antes de arrojarlo sobre la mesa. Y ahora lo veía desdoblado, incluso alisado, sobre la confusión de papeles que constituían la crónica de su vida intelectual correspondiente a los tres últimos años.

No estaba allí por casualidad. Lo habían colocado; ¡incluso lo habían alisado!

Adivinó en esto una intención cargada de sentido, o tal vez fuera una burla inexplicable.

Se sentó y se quedó mirando el papel hasta que le escocieron los ojos. No se molestó en ordenar sus papeles, ni esa tarde ni al día siguiente, que pasó sin salir del cuarto en un extraño estado de indecisión. Su indecisión giraba en torno a la pregunta de si debía seguir viviendo: ni más ni menos. Sin embargo, distaba mucho de la vacilación de un hombre que contempla el suicidio. No pensaba en ejercer ninguna violencia sobre su cuerpo; el organismo ajeno a él que llevaba este nombre, que caminaba, respiraba y vestía aquellas ropas, no tenía ninguna importancia para nadie, salvo quizá para su patrona. El verdadero Razumov tenía puesto todo su ser en el futuro decidido y deseado, en ese futuro amenazado por la anarquía de la autocracia —pues la autocracia no conoce ninguna ley— y la anarquía de la revolución. Tan intensa fue la sensación de que su vida y su moral se hallaban a merced de estas fuerzas sin control, que se preguntó seriamente si merecía la pena seguir realizando las funciones mentales de aquella existencia que parecía haber dejado de pertenecerle.

«¿Qué sentido tiene que ejercite mi inteligencia, que me proponga desarrollar mis facultades y todos mis planes de trabajo? Es mi deseo guiar mi conducta de acuerdo con convicciones razonables, pero ¿qué seguridad tengo de que algo —algún horror aniquilador— no me asalte mientras estoy aquí sentado...?».

Miró con recelo la puerta de la habitación contigua, como si esperase que alguna encarnación del mal estuviera a punto de girar el pomo para aparecérsele en silencio.

«Un vulgar ladrón encuentra mayores garantías que yo en la ley que infringe, y hasta un animal como Ziemianitch tiene su consuelo». Envidió el materialismo del ladrón y la pasión del amante incorregible. Las consecuencias de sus actos siempre estaban claras y sus vidas seguían perteneciéndoles.

Pese a todo, esa noche durmió tan profundamente como si se hubiera consolado a la manera de Ziemianitch. Se tiró en la cama y durmió a pierna suelta, sin recordar sueño alguno en el momento de despertar. Era como si su espíritu hubiera salido durante la noche a recoger las flores de la sabiduría iracunda. Se levantó con una sombría determinación, como si hubiese descubierto algo decisivo acerca de su propio carácter. Miró con sorna el montón de papeles que seguía sobre la mesa y salió para asistir a sus clases, diciéndose: «Ya veremos».

No estaba de humor para hablar con nadie, ni tampoco para responder preguntas sobre su ausencia el día anterior, pero no era fácil rechazar de malos modos a un excelente compañero de rostro sonrosado y pelo rubio a quien apodaban Kostia Cabeza Loca. Era el único e idolatrado hijo de un contratista iletrado y muy rico, y sólo asistía a las clases en sus raptos periódicos de contrición tras los reproches y las lágrimas paternas. Atolondrado y alborotador como un cachorrillo, su voz eufórica y sus gestos desmesurados llenaban los pasillos desnudos de la universidad con la alegría de la inconsciencia animal, suscitando indulgentes sonrisas a mucha distancia.

Su conversación versaba por lo común sobre caballos trotones, celebraciones con vino en restaurantes caros y los méritos de personas de virtud fácil, y sus opiniones eran de una ingenuidad que desarmaba. Abordó a Razumov a eso del mediodía, algo menos clamoroso de lo habitual en él, y lo llevó a un lado.

—Será sólo un momento, Kirylo Sidorovitch. Quiero tener unas palabras contigo en este rincón tranquilo.

Sintiendo la reticencia de Razumov, le pasó cariñosamente una mano por el brazo.

—Espera, te lo ruego. No pretendo hablarte de mis enredos. ¿Qué son mis enredos? Absolutamente nada. Puras niñerías. La otra noche lancé a la calle a un individuo desde cierto lugar donde estaba yo pasando un buen rato. Era un tirano, un burro, un chupatintas de algún departamento del Tesoro. Se estaba metiendo con todo el mundo. Le llamé la atención. «Se comporta usted de un modo inhumano con criaturas de Dios que valen mucho más que usted», le dije. No soporto ninguna clase de tiranía, Kirylo Sidorovitch. Te aseguro que no puedo soportarlo. No le hizo ni pizca de gracia. «¿Quién es este niñato insolente?», empezó a gritar. Resultó que yo me encontraba en excelente forma, y el tipo enseguida atravesó el cristal de la ventana. Cayó en mitad del patio. Me puse furioso como... como un minotauro.

Todas las mujeres se agarraron a mí y se pusieron a gritar; los músicos se metieron debajo de la mesa... ¡Qué divertido! Te aseguro que mi padre tuvo que vaciarse bien los bolsillos.

Soltó una risotada.

—Mi padre es un hombre muy útil, y eso es estupendo para mí. Ya sabes que me meto en unos líos de mil demonios.

Su euforia concluyó. Eso era todo. ¿Qué clase de vida era la suya? Insignificante; absurda; pura celebración. Cualquier día terminaría con el cráneo reventado por una botella de champán en una reyerta de borrachos. Incluso en tiempos como los que vivían, cuando los hombres se sacrificaban por sus ideas. Pero él era incapaz de albergar ninguna idea. Su cabeza no servía más que para romper en ella una botella de champán.

Razumov intentó zafarse de él, alegando falta de tiempo. El otro adoptó entonces un tono serio y confidencial.

—Por el amor de Dios, mi querido Kirylo, permíteme que haga una especie de sacrificio. Aunque no será un sacrificio auténtico. Ya sabes que detrás de mí está el dinero de mi padre. Es imposible acabar con su fortuna.

Y, rechazando indignado la insinuación de Razumov de que estaba borracho y divagaba, se ofreció a prestarle lo necesario para salir del país. Podía conseguir el dinero de su padre en cualquier momento. Bastaba con que le dijese que lo había perdido jugando a las cartas o algo por el estilo, y al mismo tiempo hiciera la solemne promesa de no faltar a una sola clase durante tres meses seguidos. Con eso se metía al padre en el bolsillo, y él, Kostia, era capaz de sacrificarse, aunque no veía de qué iba a servirle asistir a las clases. Le parecía completamente inútil.

—¿No vas a permitirme que te ayude? —le suplicó al silencioso Razumov, que había fijado la mirada en el suelo y se mostraba absolutamente incapaz de desentrañar las verdaderas intenciones del compañero, de ahí que sintiera una extraña renuencia a aclarar el asunto.

—¿Qué te hace pensar que deseo salir del país? —preguntó finalmente, en voz muy baja.

Kostia bajó el tono.

—La policía registró tu cuarto ayer. Unos cuantos nos hemos enterado. Da lo mismo cómo lo hayamos sabido. Lo que importa es que lo sabemos. Y hemos estado debatiendo.

—¡Ah! Y enseguida habéis llegado a una conclusión —murmuró Razumov con descuido.

—Así es. Y nos sorprende que un hombre como tú...

—¿Por qué clase de hombre me tomáis? —interrumpió Razumov.

—Por un hombre de ideas... y por un hombre de acción también. Pero eres muy profundo, Kirylo. No hay manera de llegar hasta el fondo de tus pensamientos. Desde luego no la hay para tipos como yo. El caso es que hemos decidido que debemos preservarte para el país. De eso no tenemos ninguna duda; me refiero a los que hemos oído cómo hablaba de ti Haldin en determinadas ocasiones. La policía no registra el cuarto de nadie que no haya cometido alguna diablura... Por eso, si consideras que lo mejor es desaparecer cuanto antes...

Razumov se apartó bruscamente y se alejó por el pasillo, dejando al otro pasmado y boquiabierto. Pero volvió casi al momento y se detuvo frente al asombrado Kostia, que cerró la boca despacio. Razumov lo miró a los ojos antes de decir con mucho énfasis, marcando todas las palabras:

—Te estoy muy agradecido.

Y se marchó rápidamente. Kostia, recuperado de la sorpresa, corrió tras él.

—¡No! ¡Espera! Escucha. Lo digo en serio. Sería como mostrarse compasivo con alguien que se está muriendo de hambre. ¿Me oyes, Kirylo? Y cualquier disfraz que se te ocurra, eso también puedo procurártelo de un sastre, un judío al que conozco.

Deja que un idiota te haga un favor que está al alcance de su idiotez. Puede que también necesites una barba postiza o algo semejante.

Razumov se volvió, haciendo un esfuerzo para no perder el control.

—Este asunto no requiere barbas postizas, Kostia. Estás chiflado, pero tienes buen corazón. ¿Qué sabes tú de mis ideas? Mis ideas podrían envenenarte.

El otro empezó a sacudir la cabeza, protestando enérgicamente.

—¿Qué tienes tú que ver con ninguna idea? Ciertas ideas podrían dejar vacías las arcas de tu padre. No te metas en asuntos que no entiendes. Vuelve a tus trotones y a tus chicas, y cuídate sólo de no hacer daño a nadie y de hacerte el menor daño posible a ti mismo.

El entusiasta compañero se mostró abatido ante el desdén de Razumov.

—Me estás enviando a mi pocilga, Kirylo. Y se acabó. Soy una pobre bestia y moriré como una bestia. Pero, oye una cosa, es tu desprecio lo que me ha herido.

Razumov se alejó a grandes zancadas. Que aquel espíritu simplón, grosero y juerguista hubiera sucumbido también a la maldición revolucionaria le afectaba como un síntoma siniestro de los tiempos. Se reprochó su preocupación. Debiera sentirse confiado. Había una ventaja evidente en esta errada conspiración que lo tomaba por lo que no era. Sin embargo, no dejaba de ser extraño.

Lo que más le indignaba era saber que los «pensadores» de la Universidad lo relacionaban sin ninguna duda con Haldin, como una especie de confidente en segundo plano. ¡Una conexión de lo más misteriosa! ¡Ja, ja! Se había convertido en un personaje sin siquiera darse cuenta. ¡A saber lo que ese maldito Haldin había dicho de él! Aunque era probable que apenas hubiese dicho nada. Cualquier comentario intrascendente que hubiera podido hacer habría sido atrapado, atesorado y diseccionado por aquellos imbéciles. ¿Y no eran la estupidez, el autoengaño y las mentiras la base de toda acción revolucionaria clandestina?

«No puedo pensar en otra cosa. Si sigo así me volveré loco. Entre los canallas y los idiotas están aniquilando mi inteligencia».

Perdió toda esperanza de salvar su futuro, que dependía del libre uso de su intelecto.

Llegó a la puerta de casa en un estado de desaliento que le permitió recibir con aparente indiferencia un sobre de aspecto oficial de las sucias manos del dvornik.

—Lo ha traído un gendarme —dijo el portero—. Preguntó si estaba usted en casa.

Le dije: «No, no está en casa». Y me lo dejó. «Entrégueselo en mano», me pidió. Y así lo hago.

El hombre siguió barriendo y Razumov subió las escaleras con el sobre en la mano. Una vez en su cuarto, no se apresuró a abrirlo. No cabía duda de que esta misiva oficial venía de la dirección superior de la policía. ¡Era sospechoso! ¡Era sospechoso!

Contempló con temerosa perplejidad lo absurdo de su situación. Y con una suerte de melancolía seca y desprovista de emoción, pensó: «Tres años de trabajo tirados por la borda, y acaso otros cuarenta en peligro, convertida la esperanza en terror, sólo porque una serie de sucesos iniciados por el desatino humano se han encadenado hasta formar una secuencia que ninguna sagacidad puede prever y ninguna valentía impedir. La fatalidad se cuela en casa sin que la patrona se dé cuenta, y cuando uno vuelve descubre que un hombre que tiene un apellido y se cubre con un abrigo de paño marrón y botas altas se ha adueñado de ella. Está apoyado en la estufa, y te pregunta: “¿Has cerrado la puerta del pasillo?”. Y a uno no se le ocurre agarrarlo del cuello y lanzarlo escaleras abajo. Uno no sabe nada. Acepta el disparatado destino.

“Siéntate”, le dices. Y ahí termina todo. Ya no puede uno quitárselo de encima. Se aferra a uno para siempre. Ni la soga ni la bala puede devolverle la libertad a la propia vida ni la cordura al pensamiento... Era para estrellar la cabeza contra la pared».

Miró despacio las paredes, como si buscara el punto en el que estrellar la cabeza.

Después abrió la carta. Iba dirigida al estudiante Kirylo Sidorovitch Razumov, quien debía presentarse sin demora en la Secretaría General.

Tuvo una visión de los ojos saltones del general T..., la personificación de la autocracia, grotesco y terrible. Representaba la autocracia en su totalidad, puesto que era su guardián. Era la encarnación de la sospecha, la encarnación de la ira, la encarnación de un régimen político y social implacable. Aborrecía de la rebelión por instinto. Y Razumov concluyó que aquel individuo era sencillamente incapaz de concebir una adhesión razonable a la doctrina del absolutismo.

«¿Qué querrá exactamente de mí?».

Como si esta pregunta evocase el fantasma familiar, Haldin se le apareció de pronto con extraordinaria profusión de detalles. Aunque el breve día invernal ya había dado paso al lúgubre crepúsculo de la tierra sepultada bajo la nieve, Razumov vio con toda claridad el estrecho cinturón de cuero del abrigo de cosaco. Ta n perfecta era la ilusión de aquella odiada presencia que casi esperaba oírle decir: «¿Está cerrada la puerta del pasillo?». La miró con odio y desprecio. Las ánimas no llevan ropa de ninguna clase. Además, Haldin no podía haber muerto aún. Razumov avanzó un paso con ademán amenazante; la visión se esfumó, y, girando sobre sus talones, el estudiante salió de su cuarto con infinito desdén.

Cuando había bajado el primer tramo de escaleras se le ocurrió que quizás las autoridades se proponían someterlo a un careo con Haldin. La idea le produjo el mismo impacto que una bala, y de no haberse sujetado con las dos manos a la barandilla lo más probable es que hubiera caído rodando hasta el siguiente rellano.

Las piernas no le respondieron en un buen rato... Pero ¿por qué? ¿Por qué razón concebible? ¿Con qué fin?

No había respuesta racional para estas preguntas, pero Razumov recordó la promesa que le hiciera el general al príncipe K... Su participación debía mantenerse en secreto.

Llegó al pie de la escalera, encogiéndose progresivamente a cada paso que daba, pegado a la barandilla. Una vez en el portal recobró buena parte de su firmeza física y mental. Salió a la calle sin tambalearse ostensiblemente. Se sentía por momentos más seguro, aunque al mismo tiempo pensaba que el general T... era perfectamente capaz de encerrarlo en la fortaleza por tiempo indefinido. Su temperamento se correspondía con su tarea despiadada, y su omnipotencia lo volvía inaccesible a cualquier argumento sensato.

Sin embargo, al llegar a la Secretaría, Razumov descubrió que no tendría que vérselas con el general T... Es evidente, según se desprende del diario de Razumov, que este temible personaje iba a permanecer en segundo plano. Un funcionario civil de alto rango lo recibió en una sala privada después de hacerle esperar un rato en las oficinas, donde un puñado de funcionarios se atareaban en numerosas mesas en un ambiente sofocante y enrarecido.

El conserje uniformado que lo condujo por el pasillo le dijo:

—Va a reunirse usted con Gregory Matvieitch Mikulin.

No había nada formidable en el hombre que llevaba este nombre. Su mirada afable y expectante ya estaba puesta en la puerta cuando entró Razumov. De inmediato señaló hacia un sofá entre dos ventanas con la pluma que sostenía en una mano. Siguió a Razumov con la vista mientras éste cruzaba la estancia y tomaba asiento. La mirada afable se posó sobre él, sin curiosidad, sin indagación, ciertamente sin ninguna sospecha, casi sin expresión. Había algo bastante parecido a la simpatía en esta persistente ausencia de pasión.

Razumov, que había preparado su voluntad y su inteligencia para encontrarse con el general T..., se sintió profundamente confundido. Todas las defensas morales ante los posibles excesos del poder y la pasión, de nada servían frente a aquel hombre cetrino, que lucía una barba muy descuidada. Era rubio, delgado y muy apuesto. La luz dibujaba destellos cobrizos en la frente alta y despejada, y era el aspecto de su fisonomía amplia y suave tan rústico y familiar, que la pulcra raya con que separaba el pelo parecía una afectación pretenciosa y fuera de lugar.

El diario de Razumov da cuenta de cierta irritación en este sentido. Es preciso señalar que dicho diario, constituido por anotaciones más o menos regulares, empezó a escribirse al parecer esa misma tarde, cuando Razumov volvió a casa.

Como decíamos, Razumov se sintió irritado. Su individualidad, que pendía de un hilo, se había hecho añicos súbitamente.

«Tengo que ser muy prudente con él», se previno en el silencio que se prolongó mientras se sentaban, observándose mutuamente. Duró éste algún tiempo y se caracterizó —pues los silencios poseen su propio carácter— por una suerte de tristeza acaso atribuible a los modales suaves y reflexivos del funcionario. Razumov supo más tarde que el hombre en cuestión era el jefe de un departamento de la Secretaría General, con un rango civil equivalente al de coronel en el Ejército.

Su recelo se intensificó. Lo principal era no verse arrastrado a hablar más de la cuenta. Se le había convocado por alguna razón. ¿Por qué razón? Para darle a entender que era sospechoso y sin duda para causarle inquietud. ¿Con respecto a qué exactamente? No había nada. O puede que Haldin hubiera mentido... Cualquier incertidumbre alarmaba y abrumaba a Razumov. No pudo soportar el silencio por más tiempo y maldijo su debilidad por ser el primero en hablar, pues se había prometido no hacerlo bajo ningún concepto.

—No he perdido ni un segundo —empezó a decir, en tono áspero y provocador; pero la facultad del habla pareció abandonarlo para adentrarse en el cuerpo del consejero Mikulin, que intervino con aprobación:

—Como debe ser. Como debe ser. Aunque a decir verdad...

El hechizo se había roto, y Razumov lo interrumpió con osadía, convencido de pronto de que aquella era la actitud más segura. Se lamentó, con gran profusión de palabras, de haber sido completamente malinterpretado. Incluso mientras hablaba, consciente de su audacia, pensó que era preferible decir «malinterpretado» que «no creído», de ahí que lo repitiera con insistencia. De repente guardó silencio, asustado por la inmovilidad y la atención del funcionario. «¿Qué estoy diciendo?», se preguntó, mirándolo con cierta fijeza. La desconfianza y no la mala interpretación era la clave para aquella gente. Los malos entendidos eran la otra modalidad de maldición. Ambas cosas le había metido en la cabeza ese dichoso Haldin. Y le dolía terriblemente la cabeza. Se pasó una mano por la frente, en un involuntario gesto de padecimiento que no tuvo la cautela de reprimir. Y entonces se vino abajo: veía una figura larga y pálida, partida por la mitad con una fuerza terrorífica en la oscuridad de una bóveda, pero no alcanzaba a ver el rostro. Fue como si por una fracción de segundo infinitesimal soñara con una lóbrega imagen de la Inquisición...

No es de rigor suponer que Razumov se quedara dormido y soñara con una vieja estampa de la Inquisición en presencia del consejero Mikulin. Lo cierto es que estaba extenuado, y describe en su diario una experiencia de angustia, asombrosamente parecida a un sueño por el hecho de que no hubiera absolutamente nadie junto al cuerpo tendido y pálido. La soledad de la víctima en el potro de tortura ofrecía una visión atroz, y la misteriosa imposibilidad de distinguir el rostro, señala Razumov, inspiraba auténtico terror. El fenómeno presentaba todas las características de una pesadilla, si bien Razumov tiene la certeza de que en ningún momento perdió la conciencia mientras se encontraba en el sofá, inclinado hacia delante, con las manos entre las rodillas y sin dejar de dar vueltas a su gorra. Todo se esfumó al oír la voz del consejero Mikulin. Razumov se sintió profundamente agradecido por la sencillez de su tono.

—Sí. Lo he escuchado con interés. Comprendo en cierto sentido su... Pero se equivoca usted ciertamente en... —el consejero pronunció una serie de frases inacabadas. Se miraba la barba, en lugar de completar sus oraciones. Esta forma deliberada de interrumpirlas confería mayor impacto a sus palabras, aunque se puso de manifiesto que el consejero también sabía hablar con fluidez, cuando, en tono persuasivo, siguió diciendo:

—Escuchándolo como acabo de hacerlo creo haber demostrado que no considero nuestra entrevista un asunto estrictamente oficial. De hecho, en modo alguno deseo que tenga ese carácter. ¡Sí! Concedo que la convocatoria se ha cursado oficialmente, pero tenga en cuenta que no habría sido ésta la fórmula empleada para garantizar la asistencia de...

—Un sospechoso —exclamó Razumov, mirando al funcionario directamente a los ojos, grandes y con los párpados pesados, que acogieron esta osadía con una mirada oscura y firme—. Un sospechoso. —La repetición deliberada de la palabra que acechaba todas sus horas de vigilia proporcionó a Razumov una extraña satisfacción.

El consejero Mikulin sacudió ligeramente la cabeza—. Seguramente sabe usted que la policía ha registrado mi cuarto.

—Lo que estaba a punto de decir cuando me interrumpió era «una persona que ha sido malinterpretada» —insinuó tranquilamente el consejero.

Razumov sonrió sin amargura. Su recobrada sensación de superioridad intelectual lo sostenía en esa hora de peligro. En tono levemente desdeñoso dijo:

—Sé que no soy más que un instrumento, pero le ruego que me conceda la superioridad del instrumento que piensa sobre las fuerzas irracionales que están a punto de aniquilar su existencia. En última instancia, el pensamiento práctico es tan sólo crítica. Tal vez se me permita manifestar mi sorpresa por el hecho de que esta acción policial se haya demorado dos días enteros, en el curso de los cuales yo naturalmente hubiera podido destruir cualquier objeto comprometedor, quemándolo todo, por ejemplo, y deshaciéndome además de las cenizas.

—Está enfadado —señaló el funcionario con indescriptible sencillez—. ¿Le parece razonable?

Este comentario molestó a Razumov, que sintió cómo se ruborizaba.

—Soy razonable. Incluso, si me lo permite, soy un pensador, aunque a decir verdad hoy en día esta condición parece ser monopolio de los vendedores de mercancías revolucionarias, de los esclavos de cierto pensamiento francés o alemán... el diablo sabrá de qué clase de ideas foráneas. Pero no soy un híbrido intelectual. Pienso como un ruso. Pienso con fidelidad, y me permito llamarme pensador. No es una palabra prohibida, que yo sepa.

—No. ¿Por qué habría de ser una palabra prohibida? —repitió el consejero—.

También yo me considero un hombre pensante, se lo aseguro. La principal premisa es pensar correctamente. Reconozco que a veces es difícil para un joven abandonado a su suerte y con sus impulsos de generosidad aún sin disciplinar, por así decir, expuesto a todos los vendavales. Las creencias religiosas son sin duda una gran...

El consejero Mikulin se miró la barba, y Razumov, que se había relajado con aquel inesperado giro discursivo, murmuró con sombrío descontento:

—Ése hombre, Haldin, cree en Dios.

—¡Ah! Está usted al corriente —dijo el consejero, señalando el detalle con delicadeza, con discreción, pero con la suficiente claridad, como si también a él le hubiera pillado por sorpresa el comentario de Razumov. El joven conservó el semblante impasible y taciturno, aunque se reprochó con dureza su estupidez, que podría haber dado una impresión de intimidad completamente falsa. No apartó la mirada del suelo. «No debo abrir la boca a menos que me vea obligado a hablar», se reprendió. Pero inmediatamente después, en contra de su voluntad, le asaltó la duda:

«¿No sería mejor que se lo contara todo?». Y la pregunta lo embistió con tal fuerza que tuvo que morderse el labio inferior. El consejero, sin embargo, no albergaba ninguna esperanza de confesión. Continuó diciendo:

—Me dice usted más de lo que sus jueces han logrado sonsacarle. Fue juzgado por una comisión de tres hombres. No les dijo absolutamente nada. Aquí tengo el informe de los interrogatorios. A cada pregunta se señala: «Se niega a responder... Se niega a responder». Así página tras página. Como ve se me ha confiado proseguir las investigaciones sobre este asunto. No dispongo de un solo dato para empezar mi tarea. Es un canalla duro de pelar. Y, decía usted, que ese hombre cree en...

El consejero Mikulin volvió a deslizar la mirada sobre su barba, esbozando una leve sonrisa, pero la pausa fue muy breve. Señalando con un velo de desprecio que también los blasfemos profesaban esa clase de creencias, concluyó con la suposición de que el señor Razumov había conversado a menudo con Haldin sobre el particular.

—No —dijo Razumov, levantando la voz, pero no la vista—. Él habló y yo escuché. Eso no es una conversación.

—Escuchar es un arte mayor —observó Mikulin, desviándose de su propósito.

—Y hacer hablar a la gente también lo es —musitó Razumov.

—Bueno, eso... no es tan difícil —respondió el consejero con tono inocente—, salvo en casos especiales, claro está. Como en el de Haldin. No hubo manera de sacarle nada. Cuatro veces fue llevado en presencia de los jueces delegados. Cuatro interrogatorios secretos... y ni siquiera en el último, cuando se reveló su identidad...

—¿Se reveló mi identidad? —repitió Razumov, alzando bruscamente la cabeza—.

No comprendo.

Mikulin se acercó directamente a la mesa, tomó varias cuartillas grises y las dejó caer una tras otra, conservando en la mano sólo la última. La sostuvo ante sus ojos mientras decía:

—Se ha juzgado necesario, como ve. En un caso de semejante gravedad no puede pasarse por alto ningún detalle sobre el culpable. Estoy seguro de que usted lo comprende.

Razumov observaba con ojos desorbitados la mirada de Mikulin, que en ese momento no lo estaba mirando.

—Por eso se tomó la decisión, a propuesta del general T..., de hacerle determinada pregunta al acusado. Por respeto a los fervientes deseos del príncipe K..., su nombre no figura en los documentos y ni siquiera ha llegado a oídos de los jueces. El príncipe ha reconocido la necesidad y la corrección de nuestra propuesta, pero se ha mostrado preocupado por su seguridad. Las cosas siempre acaban por saberse, eso es innegable. Uno no puede confiar siempre en la discreción de los funcionarios inferiores. Como es natural, estaban presentes en la sala el secretario del tribunal especial y un par de gendarmes. Además, como ya le he dicho, por deferencia al príncipe K... aun los propios jueces debían permanecer en la ignorancia. La pregunta, debidamente formulada, les fue presentada por el general T... (yo mismo lo escribí todo de mi puño y letra), con instrucciones de no hacerla hasta el último momento. Aquí está.

El consejero movió la cabeza para enfocar la vista y leyó con voz monótona:

«Pregunta. ¿Tenía el hombre a quien usted conocía bien y en cuyo cuarto pasó varias horas el lunes, y por cuya información ha sido usted detenido, algún conocimiento previo de su intención de cometer un asesinato político? El prisionero se niega a responder.

»Se repite la pregunta. El prisionero mantiene el mismo silencio obstinado.

»Se hace venir entonces al venerable capellán de la fortaleza, quien exhorta al prisionero a arrepentirse y lo invita igualmente a reparar su crimen ofreciendo una confesión completa y sin ninguna clase de reservas, con el fin de quedar libre del pecado de rebelión contra las leyes divinas y contra la sagrada Majestad del gobernante, así como contra nuestro país devoto de Cristo. El prisionero abre los labios por primera vez en toda la mañana y, con voz alta y clara, rechaza las atenciones del venerable capellán.

»A las once de la mañana, el tribunal pronuncia de forma sumaria su sentencia de muerte.

»La ejecución queda fijada para las cuatro de la tarde, sujeta a nuevas instrucciones de las autoridades superiores.

El consejero Mikulin soltó el papel, deslizó la mirada por su barba y, volviéndose a Razumov, añadió en tono natural y aclaratorio:

—No vimos ningún motivo para retrasar la ejecución. La orden de ejecutar la sentencia se envió por cable a mediodía. Yo mismo escribí el telegrama. Fue ahorcado a las cuatro de esta tarde.

La confirmación definitiva de la muerte de Haldin causó en Razumov esa sensación de lasitud generalizada que sucede a un gran esfuerzo o a una gran agitación. Se quedó en el sofá, muy quieto, pero se le escapó un murmullo:

—Él creía en la vida futura.

El consejero se encogió ligeramente de hombros, y Razumov se levantó con esfuerzo. Ya no había nada más que decir en aquel despacho. Haldin había sido ejecutado a las cuatro de la tarde. De eso no cabía la menor duda. Al parecer, había entrado en su existencia futura con sus botas, su gorro de piel de astracán y hasta su cinturón de cuero. Una suerte de existencia fugaz y evanescente. No era su alma, sino tan sólo su fantasma, lo que Haldin había dejado en esta tierra. Esto pensó Razumov, sonriendo cáusticamente para sí mientras cruzaba la habitación, completamente ajeno a dónde se encontraba y también a la presencia del consejero Mikulin. El alto funcionario podría haber tocado todos los timbres del edificio sin moverse de la silla, pero dejó que Razumov llegase casi hasta la puerta antes de decir:

—Vuelva, Kirylo Sidorovitch, ¿adónde va?

Razumov giró la cabeza y lo miró en silencio. No estaba desconcertado en lo más mínimo. Mikulin tenía los brazos extendidos sobre la mesa y el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, con cierto esfuerzo en su mirada oscura.

«¿De verdad iba a desaparecer así?», se preguntó Razumov con expresión impasible. Y fue consciente de que su impasibilidad ocultaba un lúcido asombro.

«Es evidente que si él no hubiera dicho nada me habría marchado. ¿Qué habría hecho él en tal caso? Debo acabar con este asunto de un modo u otro. Debo obligarle a mostrar sus cartas».

Reflexionó un momento bajo su máscara, por así decir, antes de apartar la mano de la manilla de la puerta y regresar al centro de la habitación.

—Le diré lo que está usted pensando —dijo, estallando de pronto, pero sin levantar la voz—. Piensa que está en presencia de un cómplice secreto de ese infeliz.

No; no tengo conocimiento de que fuera infeliz. Él no me lo dijo. En mi opinión ese hombre era un desgraciado, porque mantener viva una idea falsa es un crimen aún peor que matar a un hombre. Supongo que eso no me lo negará. ¡Yo lo odiaba! Los visionarios causan un mal permanente en este mundo. Sus utopías inspiran en la masa de inteligencias mediocres el disgusto por la realidad y el desprecio por la lógica secular del progreso humano.

Razumov se encogió de hombros y se quedó con la mirada fija. «¡Menuda invectiva!», se dijo. Le impresionaron el silencio y la inmovilidad del consejero Mikulin. El burócrata barbudo seguía en su asiento, misteriosamente dueño de sí, como un ídolo de ojos sombríos e impenetrables. Razumov cambió de tono sin querer.

—Si me preguntase usted qué necesidad tengo yo de odiar a los hombres como Haldin, le diría que no hay en ello ninguna emoción. No lo odiaba por haber cometido un asesinato. La repugnancia no es lo mismo que el odio. Lo odiaba simplemente porque estoy en mi sano juicio. En ese sentido me ultrajó. Su muerte...

Sintió que la voz se le atascaba en la garganta. Los ojos sombríos de Mikulin parecían abarcar todo su rostro, desdibujándolo para Razumov. Intentó pasar por alto este fenómeno.

—¿Qué es su muerte para mí en realidad? —continuó, pronunciando con cuidado cada una de las palabras—. Si estuviera aquí tirado en el suelo, le pasaría por encima... No es más que un fantasma...

La voz de Razumov se apagó, muy en contra de su voluntad. Mikulin, detrás de su escritorio, no se permitió el más leve movimiento. El silencio se prolongó unos momentos antes de que Razumov pudiera continuar.

—Iba por ahí hablando de mí... Esos supuestos intelectuales se reúnen en el cuarto de cualquier compañero y se emborrachan de ideas extranjeras, igual que los guardias jóvenes se divierten con vinos extranjeros. Puro libertinaje... Le aseguro — un recuerdo repentino de Ziemianitch había despertado la rabia de Razumov, que se vio obligado a bajar la voz—, le aseguro que los rusos somos un pueblo de borrachos.

Necesitamos intoxicarnos de alguna manera, hasta enloquecer de dolor o sollozar de resignación; hasta yacer inertes como un leño o hasta prender fuego a la casa. Me gustaría saber lo que debe hacer un hombre sobrio. Es imposible apartarse por completo de los demás. Para vivir en el desierto hay que ser un santo. Pero si un borracho sale corriendo de la taberna, se le tira a uno al cuello y le estampa dos besos porque algo en la apariencia de uno le ha agradado, ¿qué puede hacer uno? ¿Tendría la bondad de decírmelo? Tal vez pudiera romperle un garrote en la espalda, y ni por ésas conseguiría derribarlo...

El consejero Mikulin levantó una mano y se la pasó por la cara con deliberación.

—Así es... desde luego —dijo a media voz.

La serena gravedad de aquel gesto detuvo a Razumov. Fue del todo inesperado.

¿Qué podía significar? Fue un gesto de una distancia alarmante. Razumov recordó el propósito de obligarle a mostrar sus cartas.

—Todo esto ya se lo he dicho al príncipe —empezó a decir con fingida indiferencia, pero la perdió enseguida al ver el lento asentimiento que hizo Mikulin con la cabeza—. ¿Lo sabía usted? Se lo han contado... Entonces, ¿por qué me hace venir aquí para informarme de la ejecución de Haldin? ¿Quería usted confrontarme con su silencio ahora que el hombre está muerto? ¿Qué tiene que ver su silencio conmigo? Esto es incomprensible. Quieren ustedes minar mi equilibrio moral.

—No. No es eso —murmuró el consejero con voz apenas audible—. Apreciamos el servicio que usted ha prestado...

—¿De veras? —interrumpió Razumov con ironía.

—...Y somos conscientes de su situación. —Mikulin no elevó el tono de voz—.

Pero, ¡piénselo un momento! Se presenta usted en casa del príncipe K... como caído del cielo para exponerle una información sobrecogedora... Todavía es usted un estudiante, señor Razumov, pero todos debemos prestar servicio, no lo olvide. Y es natural que suscite cierta curiosidad...

El consejero deslizó la mirada por su barba. A Razumov le temblaron los labios.

—Un incidente de esa naturaleza apunta hacia un hombre —prosiguió el cálido murmullo—. Admito que sentía curiosidad por conocerlo. Al general T... también le pareció oportuno... No piense que no soy capaz de comprender sus sentimientos.

Cuando era un joven como usted yo estudiaba...

—Sí, deseaba verme —dijo Razumov en tono de profundo disgusto—.

Naturalmente tiene usted el derecho... quiero decir el poder. Todo se reduce a lo mismo. Pero aunque pasara usted un año entero viéndome y escuchándome, sería inútil. Empiezo a pensar que hay algo en mí que los demás no parecen capaces de entender. Es una lástima. Supongo, sin embargo, que el príncipe K... sí lo comprende. Parecía comprenderlo.

Mikulin se movió ligeramente y dijo:

—El príncipe K... está al corriente de todo lo que se hace, y no tengo reparos en informarle a usted de que aprobó mis deseos de tener esta entrevista.

Razumov ocultó una inmensa decepción bajo la máscara de una contrariada sorpresa.

—¡De manera que él también siente curiosidad! Bien, lo cierto es que el príncipe K... apenas me conoce. Sin duda es una desgracia para mí, pero no es exactamente culpa mía.

El consejero Mikulin levantó rápidamente una mano, con gesto reprobador, e inclinó un poco la cabeza sobre el hombro.

—Dígame, señor Razumov, ¿de verdad es necesario tomárselo de ese modo?

Estoy seguro de que todo el mundo puede...

Una vez más dirigió una mirada rápida a su barba y, cuando volvió a levantar la vista, hubo por un momento una expresión de interés en su rostro difuso. Razumov le puso freno con una sonrisa fría y displicente.

—No. Eso carece de importancia, a decir verdad... salvo en lo que atañe a tanta curiosidad suscitada por un asunto muy sencillo...

¿Qué se puede hacer? Es irremediable. Quiero decir que no se puede aplacar con nada. Resulta que yo soy un ruso con instintos patrióticos... aunque no estoy en posición de afirmar si son heredados o adquiridos.

Razumov hablaba con una firmeza consciente.

—Sí, con instintos patrióticos desarrollados por la facultad para el pensamiento independiente, para el pensamiento imparcial. En ese sentido soy mucho más libre de lo que pudiera hacerme cualquier revolución democrática. Es muy probable que yo no piense exactamente lo mismo que usted está pensando. ¿Cómo iba a hacerlo?

Probablemente ahora mismo está usted pensando que miento para ocultar el rastro de mi arrepentimiento.

Razumov guardó silencio. El corazón empezaba a crecerle demasiado para poder contenerlo en el pecho. Mikulin no se inmutó.

—¿Por qué iba a pensarlo? —se limitó a decir—. Supervisé personalmente el registro de su cuarto. Yo mismo inspeccioné todos los papeles. Me impresionó sobremanera una especie de confesión de fe política. Un documento extraordinario.

Pero, ¿puedo preguntarle por qué razón...?

—Para engañar a la policía, naturalmente —dijo Razumov con violencia—. ¿A qué viene toda esta farsa? Es evidente que puede usted mandarme directamente a Siberia desde esta habitación. Eso sería comprensible. Yo soy capaz de plegarme a lo que es comprensible. Pero protesto ante esta comedia de persecución. La situación empieza a resultarme demasiado cómica. Una comedia de errores, de fantasmas y de sospechas. Me parece una absoluta indecencia.

El consejero escuchó con atención.

—¿Ha dicho usted fantasmas? —murmuró.

—Los encuentro a docenas en mi camino —respondió Razumov, haciendo un gesto de impaciencia con la mano antes de continuar precipitadamente—. Pero debo exigir mi derecho a que se me desvincule de ese hombre de una vez por todas. Y para ello me tomaré la libertad de...

Desde el otro lado de la mesa, Razumov se inclinó ligeramente sobre el burócrata sentado.

—... de retirarme. Sencillamente de retirarme —concluyó, con profunda resolución.

Se dirigió a la puerta, pensando: «Ahora tendrá que mostrar sus cartas. Tendrá que llamar y hacer que me arresten antes de que salga del edificio, o tendrá que dejarme marchar. Y en cualquier caso...».

Una voz pausada dijo:

—Kirylo Sidorovitch.

Razumov, que ya había llegado a la puerta, volvió la cabeza.

—De retirarme —repitió.

—¿A dónde? —preguntó el consejero en voz baja.

Segunda parte

I

Hay sin duda en la manera de conducir una historia inventada ciertas normas que es preciso observar por mor de la claridad y del resultado. Un hombre dotado de imaginación, aunque sin experiencia en el arte narrativo, cuenta con la guía de su instinto en la elección de las palabras y en el desarrollo de la acción. Una pizca de talento es suficiente para disculpar muchos errores. Pero este relato no es fruto de la imaginación; y yo carezco de talento. Mi excusa para abordar esta empresa no reside en su arte, sino en su tosquedad. Consciente de mis limitaciones y firme en la sinceridad de mi propósito, jamás intentaría inventar nada, aun cuando fuese capaz.

Tan lejos llevo mis escrúpulos que ni siquiera inventaría una transición.

Dejando pues el relato de Razumov en el momento en que el consejero Mikulin formula su pregunta. —«¿A dónde?»— con la fuerza de un problema irresoluble, me limitaré a señalar que yo conocí a estas damas unos seis meses antes de que esta escena tuviera lugar. «Estas damas» son, naturalmente, la madre y la hermana del infausto Haldin.

Qué argumentos empleó Haldin para inducir a su madre a vender su pequeña propiedad y marcharse al extranjero por tiempo indefinido es un asunto que no puedo precisar. Tengo para mí que, a petición de su hijo, la señora Haldin hubiera sido capaz de prender fuego a su propia casa y de emigrar a la Luna sin la menor muestra de sorpresa o de aprensión, y de que la señorita Haldin, Nathalie —cariñosamente Natalka—, habría dado su consentimiento.

La orgullosa devoción que profesaba a su hermano me resultó evidente en muy poco tiempo. Siguiendo instrucciones de Haldin, madre e hija fueron directamente a Suiza —a Zurich—, y como no les agradó la ciudad se trasladaron a Ginebra. Un amigo que yo tenía en Lausana, profesor de Historia en la Universidad, casado con una dama rusa remotamente emparentada con la señora Haldin, me escribió para pedirme que visitara a las recién llegadas. Fue un amable ofrecimiento de naturaleza profesional. La señorita Haldin deseaba leer a los mejores autores de la literatura inglesa con un profesor competente.

La señora Haldin me recibió con gran hospitalidad. Su deficiente francés, que reconocía con una sonrisa, impidió que nuestro primer encuentro estuviese presidido por el formalismo. Era una mujer alta, ataviada con un vestido de seda negro. Una frente amplia y unos rasgos armoniosos, así como el delicado corte de los labios, daban testimonio de su belleza pretérita. Se sentó erguida en una butaca y, con voz amable, me explicó que su Natalka estaba sedienta de conocimientos. Mantenía las manos finas apoyadas en el regazo y había en su rostro inmóvil cierta expresión monacal.

—En Rusia —continuó diciendo—, todo el conocimiento está teñido de falsedad.

No me refiero a la química y ese tipo de cosas, sino a la educación en general. —El gobierno corrompía la enseñanza al servicio de sus propios fines. Eso opinaban sus dos hijos. Su Natalka había obtenido un diploma de una escuela superior femenina y su hijo estudiaba en la Universidad de San Petersburgo. Tenía una inteligencia deslumbrante, una naturaleza noble y desprendida y era como un oráculo para sus compañeros. A principios del año próximo, así lo esperaba, se reuniría con ellas para viajar juntos a Italia. En cualquier país que no fuera el suyo habría tenido la certeza de que a un hombre con las fantásticas capacidades y el carácter noble de su hijo le esperaría un gran futuro, pero en Rusia...

La joven, sentada junto a la ventana, volvió la cabeza y dijo:

—Vamos, madre. Hasta en nuestro país las cosas cambian con el paso del tiempo.

Su voz era grave, casi áspera, pero de una aspereza acariciante. La muchacha tenía la piel morena, los labios rojos y una figura contundente. Transmitía una impresión de intensa vitalidad. La madre suspiró.

—Los dos sois jóvenes. Para vosotros es fácil tener esperanzas. Pero tampoco yo carezco por completo de esperanzas. ¿Cómo podría hacerlo con un hijo así?

Me dirigí a la señorita Haldin, para interesarme por los autores a los que deseaba leer. Me miró con unos ojos grises velados por unas pestañas negras y, a pesar de mis muchos años, fui consciente de lo atractiva que podía resultar físicamente para un hombre capaz de apreciar en una mujer algo más que la mera gracia femenina. Su mirada era tan directa y confiada como la de una joven que aún no se ha visto expuesta a las lecciones de sabiduría del mundo. Y era además intrépida, sin que hubiera en esta intrepidez ninguna agresividad. Más exacto sería definirlo como seguridad ingenua, aunque reflexiva. Saltaba a la vista que había reflexionado (en Rusia los jóvenes comienzan pronto a pensar), mas por el momento no había conocido la decepción, pues resultaba obvio también que aún no había caído bajo el influjo de la pasión. Era —bastaba con verla para comprenderlo— muy capaz de entusiasmarse por una idea o por una persona. Al menos eso juzgué, creo que con imparcialidad, pues en modo alguno podía ser yo «esa» persona... ¡y en cuanto a mis ideas...!

Entablamos una excelente amistad en el curso de nuestras lecturas. Fue sumamente agradable. Sin miedo a suscitar una sonrisa, confesaré que le tomé mucho afecto a esta muchacha. Al cabo de cuatro meses le anuncié que estaba en condiciones de seguir leyendo por su cuenta. Era el momento de que el profesor se retirase. Mi discípula manifestó su sorpresa y su disgusto.

La señora Haldin, con su inmovilidad facial y su mirada bondadosa, dijo desde un sillón en su precario francés: «Mais l’ami reviendra». . Y así se convino. Regresé, no cuatro veces a la semana, como hacía anteriormente, pero sí con bastante asiduidad. Ese otoño realizamos juntos algunas excursiones, en compañía de otros rusos. Mi amistad con las dos damas me procuró una posición entre la colonia rusa de la que de otro modo nunca hubiera gozado.

El día que vi en los periódicos la noticia del asesinato del señor de P..., un domingo, coincidí con mis amigas en la calle y paseamos un rato juntos. Recuerdo que la señora Haldin llevaba una gruesa capa gris sobre el vestido de seda negro, y sus ojos hermosos me miraron con una expresión muy serena.

—Hemos ido a la última misa —dijo—. Natalka me ha acompañado. Sus amigas, las estudiantes de aquí, no participan en... La iglesia está en nosotros tan identificada con la opresión en Rusia que, para ser libre en este mundo, casi parece imprescindible renunciar a cualquier creencia de una vida futura. Pero yo no puedo dejar de rezar por mi hijo.

Con una especie de severidad sombría, y ruborizándose levemente, añadió:

—Ce nést peut être qu’une habitude. La señorita Haldin llevaba dos misales. No miró a su madre.

—Victor y tú sois profundamente creyentes —dijo.

Les comuniqué las noticias de su país que acababa de leer en un café, y seguimos paseando con energía y en silencio por espacio de un minuto. La señora Haldin murmuró entonces:

—Esto provocará más problemas y más persecuciones. Incluso podrían cerrar la Universidad. En Rusia no hay paz ni descanso para nadie salvo en la tumba.

—Sí. La situación es muy dura —añadió la hija, dirigiendo la mirada a las cumbres nevadas del Jura, que cerraban la calle como un muro blanco—. Pero la concordia no está tan lejos.

—Eso piensan mis hijos —me señaló la señora Haldin.

No oculté la sensación de que aquellos eran tiempos extraños para hablar de concordia. Nathalie Haldin me sorprendió al decir, como si hubiera reflexionado mucho sobre el particular, que los occidentales no comprenden la situación. Se mostró muy tranquila y llena de superioridad juvenil.

—Usted cree que se trata de un conflicto de clases, o de un conflicto de intereses, como las protestas sociales que hay en Europa. Pero no tiene nada que ver con eso.

Es algo muy distinto.

—Es muy posible que yo no lo comprenda —admití.

Esa propensión a elevar cualquier problema por encima del plano de lo comprensible, como dotándolo de una suerte de cualidad mística, es algo muy ruso.

Yo la conocía lo suficiente para haber descubierto ya su desprecio por todas las formas de libertad política conocidas en el mundo occidental. Supongo que hay que ser ruso para comprender la sencillez rusa, una sencillez terriblemente corrosiva y formulada con expresiones místicas que envuelven un cinismo tan ingenuo como incorregible. Pienso a veces que el secreto psicológico de la profunda diferencia del carácter ruso consiste en eso, en que ellos detestan la vida, la vida irremediable sobre esta tierra tal como es, mientras que los occidentales la apreciamos acaso con la misma exageración de su valor sentimental. Pero esta digresión no viene al caso.

Ayudé a mis amigas a subir al tranvía y me invitaron a visitarlas esa misma tarde.

Al menos lo hizo la señora Haldin, en el momento de subir al vehículo, y Natalka sonrió con indulgencia al recalcitrante occidental desde la plataforma trasera del tranvía ya en marcha. La luz de la mañana clara y ventosa se suavizaba en sus ojos grises.

El relato de Razumov, como el libro abierto del destino, me hace revivir el recuerdo de ese día con asombrosa piedad ante nuestra total ausencia de premoniciones. Victor Haldin seguía estando entre los vivos, pero entre los vivos cuyo único contacto con la vida es la expectativa de la muerte. Para entonces debía de estar ya pensando en sus afectos terrenales, durante esas horas de obstinado silencio que habrían de prolongarse para él hasta la eternidad. Esa tarde las damas habían invitado a un buen número de compatriotas, más de los que acostumbraban recibir de una vez, y el salón de la entreplanta de una casa amplia en el Boulevard des Philosophes se hallaba muy concurrido.

Me quedé hasta que los demás se hubieron marchado y, cuando me disponía a dejarlas, la señorita Haldin se levantó. Al tomarle la mano rememoré la conversación que esa mañana habíamos tenido en la calle.

—Aun admitiendo que los occidentales no comprendemos el carácter de su pueblo... —empecé a decir.

Fue como si un misterioso presentimiento hubiese preparado a la señorita Haldin.

Me interrumpió con dulzura.

—Sus impulsos... sus... —buscaba la expresión correcta y la encontró, aunque en francés—...mouvementes d’âme. Su voz era apenas un susurro.

—De acuerdo —dije—. Pero seguimos enfrentados a un conflicto. Usted afirma que no es un conflicto de clases, ni un conflicto de intereses. Supongamos que yo lo acepte. ¿Pueden en ese caso reconciliarse con mayor facilidad las ideas antagónicas?

¿Pueden cimentarse sobre la sangre y la violencia en esa concordia que usted proclama tan próxima?

Me miró inquisitivamente con sus ojos grises y claros, sin responder a mi razonable pregunta, a mi pregunta que obviamente no tenía respuesta.

—Es inconcebible —añadí, con un punto de fastidio.

—Todo es inconcebible —respondió—. El mundo entero es inconcebible según la estricta lógica de las ideas. Y sin embargo, el mundo existe para nuestros sentidos, y nosotros existimos en él. Tiene que haber una necesidad superior a nuestros conceptos. Pertenecer a la mayoría es muy miserable y muy falso. Nosotros, los rusos, debemos encontrar una forma de libertad nacional mejor que un conflicto artificial entre las partes, que es malo, por ser conflicto, y es despreciable, por ser artificial. Nos toca a los rusos descubrir una fórmula mejor.

La señora Haldin estaba mirando por la ventana. Volvió hacia mí la belleza casi extinguida de su rostro, y la benévola y viva mirada de sus grandes ojos oscuros.

—Eso piensan mis hijos —declaró.

—Supongo —le dije a la señorita Haldin— que le sorprendería si le dijera que no he entendido... no diría que una sola palabra; he comprendido todas las palabras.

Pero, ¿cuál puede ser esa época de intangible concordia que usted anhela? La vida es cuestión de forma. Posee su forma plástica y un aspecto intelectual definido. Los conceptos más idealistas de amor y tolerancia deben revestirse de carne, por así decir, para que puedan comprenderse.

Me despedí de la señora Haldin, cuyos hermosos labios jamás se movían. Sonreía sólo con los ojos. Nathalie me acompañó hasta la puerta, muy amigablemente.

—Mi madre se figura que soy el eco servil de mi hermano Victor. Pero no es así.

Él me comprende a mí mejor de lo que yo lo entiendo a él. Cuando venga y lo conozca usted verá qué espíritu excepcional es Victor. —Se detuvo un momento—.

No es un hombre fuerte en el sentido convencional, ¿sabe usted? Pero tiene un carácter intachable.

—Creo que no me resultará difícil trabar amistad con su hermano Victor.

—No aspire a comprenderlo del todo —dijo, con un punto de malicia—. No tiene nada, pero nada de occidental, ni siquiera en el fondo.

Y con esta advertencia innecesaria abandoné el salón, no sin antes inclinarme una vez más desde la puerta hacia la señora Haldin, que seguía en su sillón junto a la ventana. La sombra de la autocracia completamente ignorada por mí ya había caído sobre el Boulevard des Philosophes en la libre, independiente y democrática ciudad de Ginebra, que alberga un barrio conocido como «La Petite Rusie». Siempre que dos rusos se reúnen, la sombra de la autocracia está con ellos, tiñendo sus pensamientos, sus opiniones, sus sentimientos más íntimos, su vida privada y sus manifestaciones públicas; acechando el secreto de sus silencios.

Fue el silencio de estas damas a lo largo de la semana siguiente lo que llamó mi atención. Coincidíamos paseando por el parque que se encuentra cerca de la Universidad. Me saludaban con la cordialidad habitual, pero yo las notaba muy silenciosas. Ya se sabía para entonces que el asesino del señor de P... había sido capturado, juzgado y ejecutado. Ésa era la información oficialmente transmitida a las agencias de prensa, si bien la identidad del individuo seguía siendo desconocida para el mundo en general. El secretismo oficial ocultaba su nombre, sin que yo alcanzara a imaginar por qué razón.

Cierto día me encontré con la señorita Haldin paseando a solas por la avenida principal de los Bastiones, bajo los árboles desnudos.

—Mi madre no se encuentra bien —explicó.

Esta indisposición resultaba inquietante, puesto que la señora Haldin no había estado enferma, al parecer, ni un solo día de su vida. Además, no se trataba de nada definido.

—Creo que está preocupada porque llevamos mucho tiempo sin noticias de mi hermano.

—Las malas noticias no tardan en saberse —le dije alegremente, y echamos a andar despacio.

—En Rusia es distinto —respondió en un tono tan bajo que apenas pude captar las palabras. La miré con más atención.

—¿Usted también está preocupada?

Admitió que lo estaba, tras vacilar un momento.

—Lo cierto es que ha pasado mucho tiempo desde que...

Y antes de que pudiera yo tranquilizarla con las banalidades de rigor, Nathalie se franqueó conmigo.

—En realidad es mucho peor. Escribí a una familia de San Petersburgo a la que conocemos. Llevaban más de un mes sin verlo y creían que ya se había reunido con nosotras. Incluso se habían sentido un poco molestos al pensar que mi hermano se había marchado de la ciudad sin despedirse. El marido de esta dama acudió de inmediato a casa de Victor. Supo que se había mudado y que no dejó ninguna dirección.

Recuerdo que Nathalie contuvo entonces la respiración lastimosamente. Su hermano llevaba también mucho tiempo sin asistir a sus clases. Sólo aparecía de vez en cuando por la Universidad para pedirle al portero su correspondencia. Pero el caballero amigo de la familia se enteró entonces de que Haldin no había pasado a recoger las dos últimas cartas. La policía, sin embargo, estuvo allí para preguntar si el estudiante Haldin recibía su correspondencia en la Universidad, y se llevó las cartas.

—Mis dos últimas cartas —explicó la señorita Haldin.

Nos miramos. Algunos copos de nieve revoloteaban bajo las ramas desnudas. El cielo estaba oscuro.

—¿Qué cree que podría haber ocurrido? —le pregunté.

Se encogió ligeramente de hombros.

—En Rusia... nunca se sabe.

Vi descender entonces la sombra de la autocracia sobre las vidas de los rusos, en su sumisión o en su revuelta. Vi cómo rozaba el rostro franco de mi amiga, hundido en un cuello de piel, y cómo oscurecía sus ojos claros, que me miraban con un centelleo gris bajo la luz turbia de una tarde inclemente y nublada.

—Sigamos paseando —dijo—. Hace frío para detenerse.

Tiritó levemente y estampó los pies en el suelo. Caminamos a paso ligero hasta el final de la avenida y regresamos hasta las verjas del parque.

—¿Se lo ha contado a su madre? —me atreví a preguntar.

—No. Todavía no. He salido a dar un paseo para asimilar la impresión que me ha producido esta carta.

Oí el crujido del papel en alguna parte. Procedía de los manguitos de mi amiga.

Llevaba la carta consigo.

—¿Qué es lo que teme? —pregunté.

Para un europeo occidental, cualquier noción de intrigas y de conspiraciones políticas resulta infantil, una mera invención novelesca o teatral. No quise ser más concreto en mis preguntas.

—Lo que más temo, sobre todo para mi madre, es la incertidumbre. La gente desaparece. Sí, desaparece. ¡Imagínese lo crueles que resultan esas semanas, meses y años de silencio! Nuestro amigo abandonó sus pesquisas al enterarse de que la policía se había llevado las cartas. Supongo que temió verse comprometido. Tiene mujer e hijos... y, ¿por qué habría de...? Además, carece de relaciones influyentes, y no es rico. ¿Qué iba a hacer en esa situación? Sí. Temo al silencio, por mi pobre madre. No podrá soportarlo. En cuanto a mi hermano —adoptó una actitud muy vaga—... no temo nada.

Habíamos llegado a la verja, en frente del teatro. Nathalie levantó la voz.

—Pero incluso en Rusia aparecen las personas desaparecidas. ¿Sabe cuál es mi última esperanza? Que lo veamos entrar en casa, aquí, en cualquier momento.

Me quité el sombrero y ella salió del parque, llena de gracia y de fuerza, tras dirigirme un asentimiento de cabeza, las manos en los manguitos, estrujando la cruel misiva de San Petersburgo.

De vuelta en casa abrí el periódico que me enviaban de Londres, y nada más ojear las noticias de Rusia —no las notas de prensa, sino la información de corresponsalía —, el nombre de Haldin fue lo primero que llamó mi atención. El asesinato del señor de P... ya no era un asunto de actualidad, pero un corresponsal de empuje se enorgullecía de haber logrado desvelar cierta información oficiosa sobre este episodio de la historia moderna. Llegó a sus oídos el nombre de Haldin, y supo de la detención a medianoche en plena calle. Sus pesquisas, sin embargo, ya no causarían sensación desde el punto de vista periodístico. No les dedicaba más de veinte líneas de una columna, pero bastaron para que yo pasara esa noche en vela. Me parecía casi una traición permitir que la señorita Haldin tropezara sin previo aviso con este hallazgo informativo que a la mañana siguiente reproducirían los periódicos suizos y franceses de modo infalible. Pasé unas horas muy malas hasta que amaneció, desvelado por la preocupación y con una sensación de pesadilla, de verme envuelto en una morbosa ficción. La incongruencia de que mis amigas se vieran de pronto ante una complicación semejante se me reveló a lo largo de toda esa noche en forma de una angustia absoluta. Parecía corresponder a su refinada sencillez que la noticia jamás llegara a sus oídos. Cuando a una hora intempestiva de la mañana llamé a la puerta de su casa, me sentí como si estuviera cometiendo un acto de vandalismo.

La criada, de mediana edad, me condujo a la salita, donde había un plumero sobre un sillón y una escoba apoyada en la mesa de centro. Las motas de polvo bailaban a la luz del sol. Lamenté no haber escrito una carta en lugar de acudir personalmente y agradecí la luminosidad del día. La señorita Haldin salió sin hacer ruido de la habitación de su madre con un vestido completamente negro y una sonrisa de inquietud que no se borraba.

Me saqué el periódico del bolsillo sin imaginar que una edición del Standard pudiese tener el mismo efecto que la cabeza de Medusa. En un momento, Nathalie se había vuelto de piedra —los ojos, las extremidades—, pero lo más terrible fue que el ser de piedra seguía con vida. Era evidente que le latía el corazón. Confío en que ella perdonara el retraso de mi torpe circunlocución. No fue prolongado; ella no pudo permanecer petrificada de la cabeza a los pies más de unos segundos, y después la oí suspirar. Como si la impresión hubiera minado su resistencia moral y afectado a la firmeza de sus músculos, los contornos de su rostro se desdibujaron. Estaba terriblemente alterada; parecía vieja, destrozada. Pero esto sólo duró un momento, y Nathalie dijo con decisión:

—Voy a comunicárselo a mi madre inmediatamente.

—¿Le parece conveniente, en su estado? —objeté.

—¿Puede haber algo peor que el estado en que se encuentra desde hace un mes?

Nosotros vemos la situación de otra manera. Mi hermano no es responsable de este asesinato. No imagine que lo defiendo ante usted.

Se acercó al dormitorio, pero antes de entrar volvió para decirme en voz baja que no me marchara. Pasaron veinte minutos interminables sin que llegara hasta mí ruido alguno. Finalmente, la señorita Haldin salió y cruzó la habitación con su paso ligero y rápido. Llegó hasta el sillón y se desmoronó como si estuviera exhausta.

Me contó que su madre no había derramado una sola lágrima. Se sentó en la cama, y su inmovilidad, su silencio, le resultaron muy alarmantes. Al cabo de un rato volvió a tumbarse y le pidió a su hija que saliera.

—Me llamará en cualquier momento —añadió la señorita Haldin—. Le he dejado una campanilla al lado de la cama.

Confieso que mi sincera simpatía carecía de fundamento. El lector occidental, para quien se relata esta historia, comprenderá a qué me refiero. Fue, si puede decirse así, por falta de experiencia. La muerte es una implacable destructora. La angustia ante la pérdida irreparable es de todos conocida. Pero el dolor que yo había llevado a mis amigas tenía asociaciones truculentas. Guardaba relación con bombas y patíbulos, un lóbrego escenario ruso que le daba a mi simpatía un cariz incierto.

Le agradecí a la señorita Haldin que me ahorrase el apuro de presenciar una manifestación de sentimientos profundos. Admiré su extraordinaria compostura, pese a que me asustaba un poco. Era la calma de una gran tensión. ¿Y si se quebraba de repente? Hasta la puerta de la habitación donde la madre se encontraba a solas ofrecía un aspecto siniestro.

Nathalie Haldin murmuró con tristeza:

—Supongo que se preguntará cómo me siento.

Así era, en lo esencial. Y era precisamente esta pregunta la que perturbaba mi simpatía de occidental compacto. No encontré nada a lo que echar mano salvo a los tópicos de rigor, esas frases fútiles que dan la medida de nuestra impotencia ante los padecimientos ajenos. Murmuré que la vida siempre les reserva esperanzas y compensaciones a los jóvenes, o algo de este tenor. También les exige responsabilidades, pero estaba seguro de que eso no era necesario recordárselo a mi amiga.

Nathalie sostenía un pañuelo entre las manos, y lo retorcía con nerviosismo.

—No puedo olvidarme de mi madre —dijo—. Antes éramos tres. Ahora somos dos: dos mujeres. No es muy mayor. Todavía puede vivir muchos años. ¿Qué nos deparará el futuro? ¿Qué esperanza y qué consuelo?

—Debe adoptar usted una visión más amplia —dije con decisión, pensando que ésa era exactamente la fibra que debía pulsar en aquella muchacha excepcional. Me miró con fijeza un momento, y las lágrimas que había contenido hasta entonces se desbordaron al fin. De un salto se acercó a la ventana y me dio la espalda.

Me escabullí sin intentar siquiera acercarme a ella. Regresé al día siguiente, y en la puerta me comunicaron que la señora Haldin se encontraba mejor. La criada me contó que mucha gente —rusos— había pasado por allí, pero la señorita Haldin no había querido recibir a nadie. Quince días después, al hacer mi visita diaria, se me invitó a entrar y encontré a la señora Haldin sentada en su lugar de costumbre, al lado de la ventana.

A primera vista cabía pensar que nada había cambiado. Observé desde la puerta el perfil familiar, cuyos contornos se habían afilado y teñido con la palidez propia de una persona inválida. Pero ninguna enfermedad justificaba la transformación de los ojos negros, que ya no sonreían con esa dulce ironía. Los levantó al darme la mano.

Distinguí la edición del Standard de tres semanas antes abierto por el artículo en el que se hablaba de Rusia, en una mesita junto al sillón. Me sorprendió lo débil y apagado de su voz. Las primeras palabras que me dirigió fueron una pregunta.

—¿Han dicho algo más sus periódicos?

Solté su mano consumida, negué con la cabeza y me senté.

—La prensa inglesa es fantástica. No se le escapa ningún secreto y lo difunde al mundo entero. Las noticias rusas no siempre son fáciles de entender. No siempre son fáciles... Pero las madres inglesas no esperan recibir noticias así...

Posó una mano en el periódico y lo apartó un poco.

—Nosotros también hemos vivido momentos trágicos a lo largo de la historia — dije.

—De eso hace mucho tiempo. Hace muchísimo tiempo.

—Sí.

—Algunos países han hecho un pacto con el destino —dijo la señorita Haldin, uniéndose a nosotros—. No tenemos por qué envidiarlos.

—¿A qué viene ese desprecio? —le pregunté con amabilidad—. Puede que nuestro pacto no haya sido muy noble. Pero las condiciones que los hombres y los países logran obtener del destino se ven consagradas por el precio que han de pagar.

La señora Haldin volvió la cabeza y se quedó un rato mirando por la ventana, con esa nueva expresión sombría y apagada en los ojos hundidos que la transformaba en una mujer completamente distinta.

—Ese inglés, ese corresponsal —dijo, dirigiéndose a mí de pronto—, ¿cree que es posible que conociera a mi hijo?

A una pregunta tan extraña sólo pude responder diciendo que, desde luego, era posible. Ella percibió mi sorpresa.

—Si supiéramos qué clase de hombre es, tal vez pudiéramos escribirle — murmuró.

—Mi madre piensa —explicó la señorita Haldin, que estaba de pie entre nosotros, con una mano apoyada en el respaldo de mi sillón— que mi pobre hermano tal vez no intentara salvarse.

Miré a la joven con compasiva consternación, pero ella observaba tranquilamente a su madre. La madre dijo:

—No conocemos la dirección de ninguno de sus amigos. Lo cierto es que no sabemos nada de sus compañeros de San Petersburgo. Tenía muchos amigos, pero rara vez hablaba de ellos. Al parecer eran sus discípulos y lo idolatraban. Pero él era muy modesto. No sería errado suponer que con tantos devotos...

Volvió de nuevo la cabeza y contempló el Boulevard des Philosophes, una calle singularmente árida y polvorienta, donde en ese momento sólo se veían dos perros, una niña vestida con un pichi que saltaba a la pata coja y, a lo lejos, un obrero que pedaleaba en una bicicleta.

—Incluso entre los apóstoles de Cristo hubo un Judas —musitó como para sí, aunque con la evidente intención de que yo la oyese.

Los rusos, reunidos en pequeños grupos, conversaban en voz baja, mirando a veces un momento en nuestra dirección. El contraste con la locuacidad y el bullicio que estas reuniones tenían en el pasado resultaba muy llamativo. La señorita Haldin me siguió hasta la antesala.

—La gente vendrá. Y no podemos darle con la puerta en las narices.

Mientras me ponía el abrigo, empezó a hablarme de su madre. La pobre señora Haldin ansiaba más noticias, deseaba seguir recibiendo información de su infortunado hijo. No podía resignarse a abandonarlo entre lo mudo y lo desconocido. Se empeñaba en seguirlo hasta ese lugar en los largos días de inmóvil silencio, ante el vacío Boulevard des Philosophes. No entendía por qué no había escapado, como habían hechos tantos revolucionarios y conspiradores en parecidas circunstancias. Era del todo inconcebible que los procedimientos secretos de las organizaciones revolucionarias hubieran fallado de una manera tan inexcusable en la protección de su hijo. Pero lo más inconcebible para ella, lo que la dejaba estupefacta, era la cruel audacia con que la muerte pasaba sobre su cabeza para golpear ese joven y precioso corazón.

La señorita Haldin me tendió el sombrero mecánicamente, con mirada absorta.

Me confió que su pobre madre se hallaba poseída por la siniestra y sencilla idea de que su hijo había perecido porque no deseaba salvarse. No podía ser que hubiera perdido por completo toda esperanza en el futuro de su país. Eso estaba fuera de lugar. ¿Era posible que su madre y su hermana no hubieran sabido merecer su confianza, y que, tras haber hecho lo que se había visto obligado a hacer, una duda intolerable abatiera su espíritu y una desconfianza súbita distrajera su inteligencia?

Me impresionó esta muestra de ingenio.

—¡Así eran nuestras vidas! —exclamó la señorita Haldin, entrelazando los dedos de ambas manos para demostrarlo; después los separó, despacio, y, sin dejar de mirarme a la cara, esta muchacha excepcional dijo—: Mi pobre madre ha encontrado un motivo para atormentarse y atormentarme durante lo que nos resta de vida. —En ese momento el indefinible encanto de Nathalie se me reveló como una conjunción de pasión y de estoicismo. Imaginé cómo sería su vida en lo sucesivo, junto a una madre paralizada y poseída por esta idea fija, pero mi preocupación quedó reducida al silencio por mi ignorancia de su modo de sentir. La nacionalidad es una barrera terrible para nuestra compleja mentalidad occidental. En todo caso, es posible que la señorita Haldin fuese demasiado sencilla para sospechar mi turbación. No esperó una respuesta sino que, como si me leyera el pensamiento, continuó con valentía:

—Al principio, mi pobre madre se quedó atontada, como dicen los campesinos rusos; después empezó a pensar y seguirá pensando y pensando, atrapada en esa cadena de infortunio. Usted mismo ha podido ver lo cruel que resulta...

Nunca había hablado yo con mayor sinceridad que cuando convine en que eso sería sumamente deplorable. La señorita Haldin, angustiada, tomó aire.

—¿Qué significan esos detalles tan extraños que publica la prensa inglesa? — exclamó de pronto—. Supongo que son ciertos. Pero ¿no le parece terrible que mi pobre hermano fuera prendido cuando vagaba solo y desesperado por la calles, de noche...?

Estábamos tan cerca en la antecámara oscura que vi cómo se mordía el labio inferior para contener un sollozo seco. Tras una breve pausa, dijo:

—Le he dicho a mi madre que tal vez fuera traicionado por un falso amigo o simplemente por algún cobarde. Le será más fácil creer eso.

Comprendí entonces la susurrada alusión a Judas de la pobre mujer.

—Le será más fácil —asentí, admirando en mi fuero interno el aspecto franco y sutil de la muchacha. Se enfrentaba a la vida como si ésta dependiera de la situación política en su país. Arrostraba una realidad cruel, nada de imaginaciones patológicas de su propia invención. No pude evitar cierto sentimiento de respeto cuando añadió con sencillez:

—Dicen que el tiempo cura todas las penas. Lo que no creo es que tenga ningún poder sobre el remordimiento. Es preferible que mi madre crea que alguien es culpable de la muerte de Victor, y no que la relacione con una debilidad de su hijo o con un defecto propio.

—Pero usted no cree que... —empecé a decir.

Apretó los labios y negó con la cabeza. Dijo que no albergaba malos pensamientos hacia nadie y que tal vez todo lo ocurrido fuese necesario. Tras estas palabras, pronunciadas en voz baja y que sonaron misteriosas en la penumbra de la antecámara, nos despedimos con un expresivo y cálido apretón de manos. Había en la fuerza de su mano fuerte y bien proporcionada una franqueza seductora, una suerte de virilidad exquisita. No sé por qué se mostraba tan cordial conmigo. Tal vez pensara que yo la comprendía mejor de lo que en realidad era capaz. Sus comentarios más exactos parecían tener siempre para mí enigmáticas resonancias que se desvanecían en algún lugar situado fuera de mi alcance. Me veo reducido a suponer que apreciaba mi atención y mi silencio. Y puesto que mi atención era del todo sincera, no cabía la posibilidad de sospechar frialdad en el silencio. A ella parecía complacerla. Y es reseñable que, si confiaba en mí, no era con la esperanza de recibir consejo, pues, ciertamente, jamás lo pidió.

II

Nuestro trato diario se interrumpió en este período por espacio de dos semanas.

Tuve que ausentarme inesperadamente de Ginebra, pero a mi regreso no perdí un momento en dirigir mis pasos hacia el Boulevard des Philosophes.

Me molestó oír a través de la puerta abierta de la sala la voz grave, empalagosa y dogmática de una visita.

El sillón de la señora Haldin, junto a la ventana, estaba vacío. Nathalie Haldin, sentada en el sofá, levantó sus encantadores ojos grises para dirigirme una mirada de saludo, acompañada de una sonrisa de bienvenida apenas esbozada. Por lo demás, no se movió. Con las manos blancas y fuertes hundidas en el regazo de su vestido de luto, miraba a un hombre que, perorando con voz grave, me presentaba una espalda robusta, enfundada en un abrigo negro. Volvió bruscamente la cabeza por encima del hombro, aunque sólo un instante.

—¡Ah! Su amigo inglés. Lo sé. Lo sé. No pasa nada.

Llevaba lentes de cristales ahumados y una chistera de seda reposaba en el suelo al lado de su silla. Con una floritura de la mano grande y suave, prosiguió su discurso, precipitando un poco su expresión.

—Nunca renuncié a mi fe cuando vagaba por los bosques y los páramos de Siberia. Me sostuvo entonces, y me sostiene ahora. Las grandes potencias europeas están abocadas a desaparecer, y la causa de su hundimiento será muy simple. Se agotarán en su lucha contra el proletariado. En Rusia es diferente. En Rusia carecemos de clases que puedan combatir entre sí; de una que ostente la riqueza y de otra cuyo poder resida en su fuerza numérica. No tenemos más que una burocracia sucia enfrentada a un pueblo tan grande e incorruptible como el mar. No, nosotros carecemos de clases, pero contamos con la mujer rusa. ¡La admirable mujer rusa!

Recibo cartas extraordinarias firmadas por mujeres. ¡Cartas de tono elevado, valientes, que destilan un noble ardor de servicio! La mayor parte de nuestras esperanzas reside en las mujeres. Admiro su sed de conocimiento. Es digna de admiración. ¡Cómo asimilan las cosas, cómo las hacen propias! Es prodigioso. Pero ¿qué es el conocimiento? Tengo entendido que no ha estudiado usted ninguna materia específica, medicina por ejemplo. ¿Verdad? Así es. Si hubiese tenido yo el honor de aconsejarla sobre el uso de su tiempo cuando llegó usted aquí, me habría opuesto firmemente a este rumbo. El conocimiento por sí solo es pura escoria.

El hombre tenía uno de esos rostros rusos indefinidos y ocultos bajo una barba, una mera apariencia de carne y vello desprovista de un solo rasgo de personalidad. Su ausencia de expresión era absoluta, al ocultar los ojos tras las lentes oscuras. Yo lo conocía de vista. Era un refugiado ruso de cierto renombre. Toda Ginebra conocía su corpulenta figura enfundada en un abrigo negro. En cierto momento toda Europa conoció la historia de su vida, escrita por él mismo y traducida a más de siete idiomas. En su juventud había llevado una vida ociosa y disoluta. Después, una muchacha de buena sociedad con la que estaba a punto de casarse, murió de forma repentina, y él abandonó entonces el mundo elegante, empezó a conspirar animado por un espíritu de arrepentimiento y, más tarde, la autocracia de su país puso buen cuidado en que le ocurrieran las cosas de rigor. Estuvo prisionero en fortalezas, donde recibió palizas que casi le cuestan la vida, y fue condenado a trabajar en las minas con delincuentes comunes. Pero el gran éxito de su libro residía en las cadenas.

No recuerdo en este momento la longitud y el peso exactos de los grilletes que llevó en brazos y piernas por orden «administrativa», pero había en su cantidad de kilos y en el grosor de los eslabones una abrumadora afirmación del derecho divino de la autocracia. Abrumadora y fútil al mismo tiempo, pues este hombre corpulento consiguió huir por los bosques cargado con este sencillo mecanismo gubernamental.

El tintineo de los grilletes resuena en todos los capítulos en los que describe su fuga, que causó admiración en dos continentes. Empezó por ocultarse con éxito de su centinela en un agujero de una ribera. El día tocaba a su fin, y, con infinito esfuerzo, logró liberar una de sus piernas. Cayó la noche entretanto. Se disponía a hacer lo mismo con la otra pierna cuando le sucedió una terrible desgracia. Perdió su carpeta.

Todo esto es exacto, aunque simbólico; la carpeta tenía una historia patética. Una muchacha pálida y silenciosa le entregó este cartapacio una noche, de manera inesperada. La pobre llegó a las minas para estar cerca de uno de los convictos, un joven delicado, un mecánico de ideas socialdemócratas, de amplias mejillas y ojos grandes y escrutadores. Había recorrido la mitad de Rusia y casi la totalidad de Siberia para reunirse con él, al parecer con la esperanza de ayudarlo a escapar. Pero llegó demasiado tarde. Su amante había muerto tan sólo una semana antes.

El cartapacio llegó a sus manos durante este oscuro período en la historia de las ideas en Rusia, como él lo denomina, y le inspiró la ardiente resolución de recobrar su libertad. Pero ésta se le escapó entre los dedos, como si se filtrara en la tierra; en modo alguno podía recuperarla en la oscuridad. Anduvo a tientas con cautela, hundiéndose en el fango y el agua; entretanto transcurría la noche, la preciada noche en la que contaba con adentrarse en el bosque, su única posibilidad de huida. La desesperación casi lo incitó a abandonar en un determinado momento, pero al evocar el rostro sereno y triste de la heroica muchacha se avergonzó profundamente de su debilidad. Ella lo había elegido para entregarle el don de la libertad, y él debía mostrarse digno del favor que aquel indomable espíritu femenino le había concedido.

Lo consideraba una misión sagrada. Renunciar habría sido una traición al sacrificio sagrado y al amor de las mujeres.

Contiene su libro páginas enteras de análisis en las que, como un espectro blanco en medio de un mar agitado y oscuro, emerge la convicción de la superioridad espiritual de las mujeres, la nueva fe de este invidividuo, confesada en lo sucesivo en varios volúmenes. Su primer tributo a esta fe, su gran acto de conversión, fue la fantástica vida que llevó en los interminables bosques de la provincia de Ojostsk, con el extremo suelto de la cadena colgado de su cintura. Sujetaba firmemente el extremo con un jirón de su camisa de convicto, mientras que con otros anudados a intervalos regulares en la pierna izquierda silenciaba el chasquido de los grilletes y evitaba que los eslabones se enredaran en los matorrales. Se volvió fiero. Desarrolló un talento insospechado para las artes de una existencia salvaje y asediada. Aprendió a entrar en las aldeas sin delatar su presencia salvo por un leve tintineo ocasional. Irrumpía en los graneros con un hacha que había logrado sustraer en un campamento de leñadores. En las zonas deshabitadas se alimentaba de frutos silvestres y buscaba miel. Poco a poco se fue quedando sin ropa. Su figura desnuda y curtida, vagamente atisbada entre las matas con una nube de moscas y mosquitos revoloteando alrededor de la cabeza greñuda, difundía relatos de terror por distritos enteros. Su carácter se volvió gradualmente violento, y le agradó descubrir que había en él tanto de animal.

No podía depositar su confianza en nada más, pues era como si coexistiesen en aquella empresa dos seres humanos indisolublemente unidos. El hombre civilizado, el entusiasta de los ideales humanitarios y avanzados que anhelaba el triunfo del amor espiritual y de la libertad política, junto al salvaje primitivo y furtivo que con implacable astucia preservaba su libertad de día en día, como una bestia perseguida.

La bestia se abría camino instintivamente hacia el Este, en dirección a la costa del Pacífico, mientras el humanista civilizado observaba el avance con asombro y temerosa ansiedad, sin poder desprenderse del animal. No se decidió a confiar en la compasión humana en todas estas semanas. Este recelo podía ser natural en el salvaje primitivo y cauteloso, mas para el otro, para la criatura civilizada, para el pensador, la fuga «política» había generado una absurda modalidad de pesimismo morboso, una especie de locura transitoria acaso originada por la preocupación física y la incomodidad de las cadenas. Imaginaba que sus grilletes le volvían odioso para el resto de la humanidad. Constituían una carga repugnante que daba que pensar. Nadie podía sentir piedad alguna ante la desagradable visión de un fugitivo con una cadena rota. Su imaginación quedó afectada por los grilletes de una manera precisa y real. Se le antojaba imposible que la gente pudiera resistir la tentación de agarrar el extremo suelto de la cadena para dejarlo atado a un muro mientras iba en busca del oficial de policía más cercano. Agazapado en madrigueras o escondido entre los matorrales intentaba leer los rostros de los vecinos libres ajenos a su presencia, que trabajaban en los claros del bosque o pasaban por los senderos a menos de un metro de distancia.

Tenía la sensación de que ningún hombre sobre la tierra resistiría la tentación de la cadena.

Un día se topó con una mujer solitaria. Ocurrió en una ladera abierta y sembrada de matojos, fuera del bosque. Estaba sentada a la orilla de un arroyo, un pañuelo rojo en la cabeza y un pequeño cesto en el suelo, al alcance de la mano. A lo lejos se distinguían varias cabañas arracimadas y un molino de agua en una presa, a la sombra de los abedules, que refulgía como el vidrio en el crepúsculo. Se acercó a la mujer sigilosamente, con la hachuela sujeta bajo el cinturón de hierro y un garrote en la mano; llevaba la barba y el pelo enmarañados y salpicados de hojas y ramitas, y de la cintura le colgaban los jirones con que había cubierto la cadena. Un leve tintineo de los grilletes hizo que la mujer volviese la cabeza. La salvaje aparición la aterró, y estuvo a punto de saltar o de gritar, pero su tenacidad le impidió desmayarse...

Esperaba ni más ni menos que morir en ese mismo instante y se cubrió los ojos con las manos para no ver el descenso del hacha. Cuando halló valor para mirar de nuevo, vio al hombre greñudo y salvaje sentado en la orilla, a dos metros de ella. Los brazos, nervudos y flacos, abrazaban las piernas desnudas, y la larga barba le cubría las rodillas en donde reposaba su barbilla; las extremidades tensas y flexionadas, los hombros desnudos, el rostro temible y los ojos enrojecidos y fijos, temblaron con violencia cuando la criatura bestial se esforzó en articular unas palabras. Llevaba seis semanas sin oír el sonido de su propia voz, y era como si hubiese perdido la facultad del habla. Se había transformado en un animal mudo y desesperado, hasta que el inesperado grito de la mujer, cargado de una profunda piedad, la fuerza de su compasión femenina, descubrieron el complejo infortunio del hombre bajo la aterradora apariencia del monstruo y lo restituyeron a las filas de la humanidad. Esta escena se relata en su libro con solvente elocuencia. Cuenta el autor que la mujer terminó derramando sus lágrimas sobre él, lágrimas sagradas y redentoras, al tiempo que también él lloraba de alegría, como un pecador arrepentido. Ella le indicó que se ocultara entre las matas y que aguardara con paciencia (se esperaba la llegada de una patrulla policial al poblado), y se alejó hacia las casas, con la promesa de regresar esa misma noche.

Quiso la providencia que esta mujer fuera la esposa recién casada del herrero de la aldea, y convenció al marido para que la acompañase provisto de algunas herramientas: un martillo, un cincel y un pequeño yunque... «Mis grilletes —se relata en el libro— me fueron retirados en la orilla del arroyo, a la luz de las estrellas de una noche tranquila, por un joven del pueblo atlético y taciturno, que se arrodilló a mis pies mientras la mujer, como un genio liberador, permanecía de pie con las manos unidas». Sin duda una pareja simbólica. Le proporcionaron ropa decente y acorde con su recuperada humanidad, y lo animaron con la noticia de que la costa del Pacífico se encontraba a escasos kilómetros. De hecho, se veía desde la cima del siguiente risco...

El resto de su fuga no se presta a tratamiento místico o a interpretación simbólica.

Su aventura concluye camino de Occidente a través del Canal de Suez, a la manera habitual. Al alcanzar la costa sur de Europa, el hombre se sienta a escribir su autobiografía, que se convierte en el gran éxito literario del año. A este libro le sucedieron otros con la intención declarada de elevar a la humanidad. Todas sus obras predicaban en general el culto a la mujer. Él, por su parte, lo practicaba bajo el rito de una especial devoción a las virtudes trascendentales de cierta madame de S..., una dama de ideas avanzadas que ya no era demasiado joven y que en otro tiempo fuera la intrigante esposa de un diplomático hoy muerto y olvidado. En el territorio republicano de Ginebra, halló un refugio para sus llamativas pretensiones de figurar entre los líderes del pensamiento y el sentimiento modernos, como Voltaire y madame de Staël. Recorría las calles de la ciudad en su gran landó, exhibiendo ante la indiferencia de los ginebrinos y las miradas de los turistas una figura juvenil de largo talle y hierática rigidez, y unos ojos brillantes en continuo movimiento bajo un pequeño velo de encaje negro que no pasaba más allá de los labios intensamente rojos, como una máscara. La dama iba normalmente acompañada por el «heroico fugitivo», tal como fue bautizado en la reseña de la edición inglesa de su autobiografía, sentado, con una barba portentosa y unas lentes oscuras, no al lado de la mujer sino frente a ella, de espaldas a los caballos. Así, mirándose el uno al otro, sin nadie más en el espacioso vehículo, tenían sus apariciones en público un aire de exhibición consciente, aunque quizás fuera inconsciente. La sencillez rusa a menudo se acerca con inocencia hasta el borde del cinismo en persecución de un noble objetivo, si bien puede ser una empresa vana para la sofisticada Europa el intentar comprender este tipo de asuntos. A tenor de la circunspección que impregnaba incluso el rostro del cochero y el movimiento de los vistosos caballos, esta pintoresca exhibición acaso tuviera un significado místico que, para la corrompida frivolidad de una mentalidad occidental, como la mía, difícilmente podía parecer decente.

No corresponde sin embargo a un modesto profesor de idiomas el criticar a un «heroico fugitivo» de renombre mundial. Sabía yo de oídas que aquel hombre era un entrometido muy diligente, que asaltaba a sus compatriotas en hoteles y en residencias privadas y —según me habían contado— les otorgaba el honor de su reconocimiento en los jardines públicos cuando se presentaba la ocasión oportuna.

Tuve la impresión de que tras una o dos visitas, meses atrás, seguramente había renunciado de mala gana a granjearse la amistad de las Haldin, pues no cabía duda de que era hombre de gran determinación. Tal vez cupiera esperar que reapareciese en tan terrible ocasión, como ruso y como revolucionario, para decir lo correcto, para dar la nota justa y acaso reconfortante. No me agradó verlo allí sentado, aunque nada tenían que ver con ello unos celos impropios de mi privilegiada posición. Yo no reclamaba una categoría especial para mi amistad silenciosa. Relegado por la diferencia de edad y nacionalidad a otro plano de la existencia, me comporté, muy a mi pesar, como un fantasma inútil y mudo, como un ansioso objeto inmaterial que no podía sino merodear, incapaz de proteger o de guiar siquiera algo más que un suspiro.

Como la señorita Haldin, con su instinto infalible, se había abstenido de presentarme a la fornida celebridad, pude haberme retirado discretamente para regresar más tarde, de no ser porque advertí una expresión peculiar en los ojos de mi amiga, que interpreté como una petición de que me quedara, acaso con la intención de abreviar una visita poco grata.

El hombre cogió su sombrero, pero sólo para ponérselo sobre las rodillas.

—Volveremos a vernos, Natalia Victorovna. Hoy he venido sólo para manifestar estos sentimientos hacia su respetable madre y hacia usted, de cuya naturaleza no puede usted dudar. No necesitaba que nadie me urgiese, pero la propia Eleanor, madame de S..., me ha instado a venir en cierto sentido. Le tiende a usted la mano de la solidaridad femenina. No hay una sola alegría o una sola tristeza en toda la gama de sentimientos humanos que una mujer no sea capaz de comprender, elevar y espiritualizar con su personal interpretación. Ese joven recién llegado de San Petersburgo del que le he hablado ya ha caído bajo su hechizo.

Llegado este punto la señorita Haldin se levantó bruscamente. Yo se lo agradecí.

Era evidente que aquel hombre no esperaba un gesto tan inequívoco y, echando primero la cabeza hacia atrás, se colocó las lentes oscuras con desabrida curiosidad.

Acto seguido se recompuso, se levantó con precipitación, y sujetó el sombrero con mucha habilidad.

—¿Cómo es posible, Natalia Victorovna, que se haya mantenido usted tanto tiempo apartada de lo que a fin de cuentas es —por mucho que digan las malas lenguas— un centro intelectual único de libertad y de esfuerzo por modelar un elevado concepto de nuestro futuro? En el caso de su venerable madre puedo comprenderlo en cierta medida. A su edad las ideas nuevas o las caras nuevas tal vez no resultan... ¡Pero en su caso! ¿Era por recelo o por indiferencia? Debe usted salir de su reserva. Los rusos no tenemos derecho a mostrarnos reservados entre nosotros.

En nuestras circunstancias es casi un crimen contra la humanidad. El lujo de sufrir en privado no es para nosotros. Al diablo no se le combate hoy con rezos y ayunos. Y ¿para qué sirve el ayuno en definitiva, si no es para morir de hambre? No debe dejarse usted morir de hambre, Natalia Victorovna. Fuerza es lo que necesitamos.

Fuerza espiritual, quiero decir. En cuanto a la otra clase de fuerza, ¿qué puede detenernos a los rusos cuando nos decidimos a emplearla? El pecado es distinto en estos días, y también es distinto el camino de la salvación para las almas puras. Ya no se encuentra en los monasterios sino en el mundo, en el...

Su voz grave parecía surgir de debajo del suelo y encaramarse hasta los labios. La interrupción de la señorita Haldin se asemejó al esfuerzo de un náufrago por mantenerse a flote. En tono impaciente dijo:

—Pero, Peter Ivanovitch, yo no tengo intención de recluirme en un monasterio.

¿Quién buscaría la salvación allí?

—Hablaba en sentido figurado —respondió con voz de trueno.

—Bien, en ese caso, también yo hablo en sentido figurado. Pero la tristeza sigue siendo la tristeza y el dolor sigue siendo el dolor, como lo han sido siempre. Se muestran exigentes con las personas. Cada cual los afronta como buenamente puede.

Sé que este golpe tan inesperado para nosotras no es más que un episodio en el destino de un pueblo. Puede estar seguro de que no lo olvido. Pero en este momento debo pensar en mi madre. ¿Cómo espera que la deje sola...?

—Yo no lo diría de esa manera tan cruda —protestó el hombre, sin esfuerzo en la voz.

La señorita Haldin no esperó a que la vibración se hubiera extinguido.

—Y la idea de visitar a un montón de gente extraña me desagrada; no sé qué otra cosa esperaba usted.

El «heroico fugitivo» se alzaba ante ella como una torre, enorme, respetuoso, erguido como un convicto, y su interrogatorio comunistoide evocó en mí la visión de una cabeza greñuda que asomaba entre los matorrales, de unas piernas desnudas y curtidas que avanzaban con sigilo entre el barro y el follaje bajo una nube de moscas y mosquitos. Fue un tributo involuntario a su vigor descriptivo. Nadie podía dudar de que había vagado por los bosques siberianos desnudo y ceñido por una cadena. El abrigo negro investía a su persona de una dignidad austera que evocaba la imagen de un misionero.

—¿Sabe lo que quiero Natalia Victorovna? —preguntó con solemnidad—. Quiero que sea usted una fanática.

—¿Una fanática?

—Sí. La fe sola no bastará.

Su voz adoptó un tono todavía más grave. Levantó por un momento un brazo fuerte, mientras el otro seguía colgando a lo largo del costado, con la frágil chistera de seda en la mano.

—Voy a decirle algo que le ruego considere con atención. Necesitamos una fuerza capaz de mover cielo y tierra, nada menos.

La profundidad subterránea con que pronunció ese «nada menos» casi le hacía a uno estremecerse, como el sonido del viento en los tubos de un órgano.

—¿Y vamos a encontrar esa fuerza en el salón de madame de S...? Discúlpeme, Peter Ivanovitch, si me permito dudarlo. ¿No es esa dama una mujer de la alta sociedad, una aristócrata?

—¡Prejuicios! —exclamó él—. Me sorprende usted. ¡Y qué si lo fuera! También es una mujer de carne y hueso. Siempre hay algo en todos nosotros que ahoga el plano espiritual, pero ese reproche es algo que no esperaba de usted. ¡No! No lo esperaba. Podría parecer que ha llegado a sus oídos alguna maledicencia escandalosa.

—Le aseguro que yo no presto oídos a las habladurías. ¿Cómo iba a hacerlo en nuestra situación? Pero la gente habla de ella. ¿Qué podríamos tener en común una dama de su clase y una joven humilde como yo?

—Ella es la manifestación perpetua de un espíritu noble y sin igual —proclamó Peter Ivanovitch—. Su encanto... no, no hablaré de su encanto. Aunque todo el que se le acerca sucumbe a su fascinación. Las contradicciones se esfuman y las dudas se desmoronan. A menos que esté equivocado, y yo nunca me equivoco en cuestiones del espíritu, tiene usted un conflicto espiritual, Natalia Victorovna.

Los ojos claros de la señorita Haldin se fijaron en el rostro carnoso y grande de aquel hombre. Tuve la impresión de que, parapetado tras sus anteojos oscuros, podía ser tan insolente como se le antojara.

—La otra tarde, sin ir más lejos, cuando volvíamos paseando a la ciudad desde el Château Borel con nuestro interesante recién llegado de Petersburgo, pude comprobar la poderosa influencia tranquilizadora, casi diría reconciliadora que... El hombre recorrió todos esos kilómetros por la orilla del lago en silencio, como si hubiera descubierto el camino de la paz. Sentí el fermento que actuaba en su alma. Me escuchó pacientemente. Lo cierto es que yo también me sentía inspirado por el firme y exquisito genio de Eleanor, de madame de S... Había luna llena y podía ver el rostro de ese hombre. No puedo equivocarme...

La señorita Haldin bajó la vista y pareció vacilar.

—¡Muy bien! Pensaré en lo que me ha dicho, Peter Ivanovitch. Pasaré por allí en cuanto pueda dejar a mi madre un par de horas sin correr riesgos.

Me asombró su concesión, por más que formulara estas palabras con frialdad. Él le estrechó la mano con tanto fervor, que me pareció que iba a llevársela a los labios o a apretarla contra su pecho, pero se limitó a sostenerla de las puntas de los dedos y a sacudirla un poco mientras lanzaba su última descarga de palabras.

—Eso está muy bien. Eso está muy bien. Aún no gozo de su plena confianza, Natalia Victorovna, pero todo se andará. Todo a su debido tiempo. La hermana de Victor Haldin no puede carecer de importancia... Es sencillamente imposible. Y ninguna mujer puede quedarse sentada en las escaleras. Las flores, las lágrimas, el aplauso... eso es agua pasada; es un concepto medieval. ¡La arena, nada menos que la arena, es el lugar de las mujeres!

Soltó la mano de Nathalie con una floritura, como si fuese un regalo que él le ofrecía, y se quedó muy quieto, la cabeza inclinada en digna sumisión ante su femineidad.

—¡La arena! Debe usted bajar a la arena, Natalia.

Dio un paso atrás, inclinó el cuerpo enorme y salió presurosamente. La puerta se cerró a sus espaldas, pero al instante se oyó la fuerte resonancia de su voz en la antecámara, dirigida a la criada que lo despedía. No puedo decir si la exhortó también a ella a bajar a la arena. Sonó como un sermón, interrumpido de repente por un ligero chasquido de la puerta exterior.

III

Nos quedamos un rato mirándonos.

—¿Sabe usted quién es?

La señorita Haldin se adelantó y me hizo esta pregunta en inglés.

Tomé la mano que me tendía.

—Todo el mundo lo sabe. Es un revolucionario, defensor de las mujeres, un gran escritor y... ¿cómo decirlo...?, un invitado habitual en el salón revolucionario y místico de madame de S...

—Ha pasado más de una hora conmigo antes de que usted llegara. Me alegré mucho de que mi madre estuviera descansando. Lleva muchas noches sin dormir y a veces se acuesta unas horas durante el día. Está agotada, pero aún así yo doy las gracias. Si no fuera por esos intervalos...

Me miró, con esa formidable sagacidad que solía desconcertarme, y sacudió la cabeza.

—No. No perderá el juicio.

—Mi querida amiga —exclamé a modo de protesta, más impresionado si cabe, pues en mi fuero interno distaba mucho de considerar que la señora Haldin conservara la cordura.

—No sabe usted lo inteligente y lúcida que era mi madre —continuó Nathalie Haldin, con su tranquila sencillez de ojos claros, en la que yo veía siempre una nota de heroísmo.

—Estoy seguro —murmuré.

—He dejado su habitación en penumbra y me he venido aquí. Necesita pensar con tranquilidad.

Se detuvo un momento y, sin ningún indicio de aflicción, añadió:

—Es muy difícil. —Me miró con una fijeza extraña, como si aguardara una señal de desacuerdo o de sorpresa.

No la hice. Me sentí irresistiblemente impelido a decir:

—Me temo que la visita de ese caballero no lo haya hecho más fácil.

La señorita Haldin estaba delante de mí con una expresión peculiar en la mirada.

—No pretendo entender del todo a Peter Ivanovitch. Todo el mundo necesita una dirección, aun cuando no entregue por completo su conducta a un hombre como él.

Soy una chica sin experiencia, pero no soy servil. Ya ha habido demasiado servilismo en Rusia. ¿Por qué no habría de escucharlo? No hay nada de malo en contar con una guía para los propios pensamientos. En todo caso, no me importa confesarle que no he sido enteramente cándida con Peter Ivanovitch. No sé qué me impidió...

Se apartó de mí bruscamente, hasta un rincón de la estancia, pero sólo para abrir y cerrar un cajón de un escritorio. Volvió con un papel en la mano. Era fino y estaba ennegrecido por una letra muy apretada. Resultaba evidente que se trataba de una carta.

—Quería leerle las palabras exactas —dijo—. Es una de las cartas de mi pobre hermano. Jamás dudó. ¿Cómo podía dudar? Esos miserables opresores no son más que un puñado insignificante frente a la unánime voluntad de nuestro pueblo.

—¿Su hermano creía en el poder de la voluntad del pueblo para alcanzar un objetivo?

—Era su religión —declaró la señorita Haldin.

Observé su rostro sereno y sus ojos animados.

—Claro que esa voluntad debe ser despertada, inspirada, concentrada —siguió diciendo—. Ésa es la misión de los verdaderos agitadores. Y uno debe renunciar además a la propia vida. Hay que extirpar la degradación de la servidumbre y las mentiras absolutistas. La reforma es imposible. No hay nada que reformar. No hay legalidad, ni instituciones. Sólo hay decretos arbitrarios. No hay más que un puñado de funcionarios crueles y acaso ciegos, enfrentados a una nación.

La carta crujió ligeramente en su mano. Me fijé en las hojas finas, que por su caligrafía parecían cabalísticas, incomprensibles para la experiencia de Europa occidental.

—Así planteado —confesé—, el problema parece muy sencillo. Aunque me temo que no llegaré a verlo resuelto. Y si regresa usted a Rusia sé que no volveré a verla.

Sin embargo, le digo una vez más: «¡Vuelva!». No se imagine que estoy pensando en su salvación. ¡No! Sé que nunca recuperará la seguridad, pero prefiero verla en peligro allí que expuesta a lo que aquí esté por venir.

—Le diré una cosa —dijo la señorita Haldin tras reflexionar un momento—. Creo que usted detesta la revolución; no le parece honrada. Pertenece usted a un pueblo que ha firmado un pacto con el destino, y no desea mostrarse descortés. Pero yo no he firmado ningún pacto. A nosotros jamás se nos ofreció esa oportunidad: tanta libertad a cambio de tanto dinero contante y sonante. Le desagrada la idea de la acción revolucionaria en el caso de aquellos a los que usted aprecia, como si tratara de algo, ¿cómo decirlo?, no del todo decente.

Incliné la cabeza.

—Tiene usted mucha razón —dije—. La tengo en alta estima.

—No se imagine que no lo sé —empezó a decir precipitadamente—. Su amistad ha sido muy valiosa.

—No he hecho mucho más que observar.

Noté un ligero rubor en sus ojos.

—Hay una manera de observar que resulta muy valiosa. Gracias a eso me he sentido menos sola. Es difícil de explicar.

—¿De veras? Bueno, también yo me he sentido menos solo. Aunque eso sí es fácil de explicar. En todo caso, no durará mucho más tiempo. Sólo quiero decirle una última cosa: en una revolución auténtica, no hablo de un simple cambio dinástico o de una mera reforma de las instituciones, los mejores no están en primera línea de batalla. Una revolución violenta queda al principio en manos de fanáticos estrechos de miras o de hipócritas y tiranos. Después llega el turno de los intelectuales pretenciosos y fracasados de la época. Esos son los jefes y los líderes. No le pasará por alto que no menciono a los simples rufianes. Los escrupulosos y los justos, los nobles, humanos y entregados, los desprendidos y los inteligentes pueden iniciar un movimiento, pero no continuarlo. Ellos no son los líderes de una revolución. Son sus víctimas: víctimas del disgusto y del desencanto; a veces del rencor. Esperanzas traicionadas de un modo grotesco e ideales caricaturizados: ésa es la definición de un éxito revolucionario. En todas las revoluciones ese éxito ha destrozado muchos corazones. Pero ya basta. Lo que quiero decir es que no deseo que sea usted una víctima.

—Aun cuando pudiera creer en todo lo que acaba de decir, seguiría sin pensar en mí misma —protestó la señorita Haldin—. Tomaría la libertad de cualquier mano, igual que un hombre hambriento robaría un pedazo de pan. El verdadero progreso vendrá después, y para ello se encontrará a los hombres adecuados. Ya están entre nosotros. Una tropieza con ellos de repente, en su anonimato, desconocidos, mientras se preparan para...

Desdobló la carta que aún tenía en la mano, la miró y dijo:

—¡Sí! Una tropieza con hombres así —repitió, y acto seguido empezó a leer:

«Existencias sin mancha, nobles y solitarias». Dobló la carta, mientras yo la miraba inquisitivamente, y explicó:

—Así describe mi hermano a un joven al que conoció en San Petersburgo. Un amigo íntimo, supongo. Debía de serlo. Es el único nombre que mi hermano menciona en toda su correspondencia conmigo. Absolutamente el único, y... no se lo va a creer... ese hombre está aquí. Acaba de llegar a Ginebra.

—¿Lo ha visto? —pregunté—. Sin duda que lo ha visto.

—¡No! ¡No! ¡No lo he visto! No sabía que estaba aquí. Es Peter Ivanovitch quien acaba de decírmelo... Es el hombre que llevaba una existencia «sin mancha, noble y solitaria». ¡El amigo de mi hermano!

—Comprometido políticamente, supongo.

—No lo sé. Sí. Seguramente. ¡Quién sabe! Tal vez fuese la amistad con mi hermano lo que... ¡Pero no! Es muy poco probable. Lo cierto es que no sé nada más que lo que Peter Ivanovitch me ha contado de él. Viene con una carta de recomendación del padre Zosim, ¿sabe usted?, el sacerdote demócrata; ¿ha oído hablar del padre Zosim?

—Desde luego. El famoso padre Zosim pasó dos meses aquí en Ginebra, hará cosa de un año —dije—. Desde que se marchó fue como si desapareciera del mundo.

—Pues parece que ha vuelto a trabajar a Rusia. Está en algún lugar del centro del país —dijo la señorita Haldin, muy animada—. Pero, por favor no lo mencione con nadie, que no se le escape, porque sería peligroso para él si llegara a publicarse en los periódicos.

—Supongo que estará ansiosa por conocer a ese amigo de su hermano —dije.

La señorita Haldin se guardó la carta en el bolsillo. Miró por encima de mi hombro hacia la puerta de la habitación de su madre.

—Aquí no —murmuró—. Al menos la primera vez.

Me despedí, tras un momento de silencio, pero ella me siguió hasta la antecámara y cerró la puerta con cuidado cuando hubimos salido.

—¿Ha adivinado usted adónde iré mañana?

—Ha decidido visitar a madame de S...

—Sí. Iré al Château Borel. Es preciso.

—¿Qué espera encontrar allí? —le pregunté en voz baja.

Temía que se estuviera engañando con alguna esperanza imposible; pero no se trataba de eso.

—Suponga que... ese amigo, el único hombre al que mi hermano menciona en sus cartas, tuviera algo que decirme, aunque no fueran más que unas pobres palabras.

Podría tratarse de algo dicho y pensado en esos últimos días. ¿Quiere usted que dé la espalda a lo único que queda de mi pobre hermano... a un amigo?

—Ciertamente no —respondí—. Comprendo muy bien sus esperanzas infundadas.

—«Existencias sin mancha, nobles y solitarias» —murmuró para sí—. ¡Eso es!

¡Eso es! Tengo que preguntarle a alguna de ellas sobre mi querido hermano.

—¿Cómo sabe que lo encontrará allí? ¿Supone que se aloja en el Château, como invitado?

—No lo sé —confesó—. Trajo una carta de recomendación del padre Zosim, quien, al parecer, también es amigo de madame de S... En ese caso no puede ser una mujer tan despreciable.

—Sobre el propio padre Zosim circulaban todo tipo de rumores —señalé.

Nathalie se encogió de hombros.

—La calumnia también es un arma de nuestro gobierno. Eso es bien sabido. ¡Ah, sí! Es un hecho que el padre Zosim gozaba de la protección del gobernador general de cierta provincia. Recuerdo que hace un par de años hablé de este asunto con mi hermano. Pero hacía buenas obras, y ahora es un proscrito. ¿Qué mejor prueba se puede pedir? En todo caso, lo que fuera o lo que sea este sacerdote da lo mismo.

Nada de eso puede afectar al amigo de mi hermano. Si no lo encuentro allí, pediré su dirección. Naturalmente, quiero que mi madre también lo conozca después. No imagino qué podría tener que decirnos. Sería una bendición que mi madre se tranquilizara. Ya sabe usted qué cosas se le pasan por la cabeza. Cualquier explicación que pudiésemos encontrar o... o incluso inventar. Eso no sería un pecado.

—Desde luego que no —asentí—. No sería un pecado. Pero podría ser un error.

—Sólo quiero que mi madre recupere un poco el ánimo. Yo no puedo pensar en nada viéndola así.

—¿Se refiere a inventar una mentira piadosa por el bien de su madre?

—¿Por qué mentira? Seguro que ese amigo supo algo de mi hermano en los últimos días. Podría explicarnos... Hay algo en todo esto que no me deja descansar.

Estoy segura de que se proponía reunirse con nosotras fuera del país, de que tenía planes, alguna importante acción patriótica a la vista; no sólo para él, sino para nosotras. Yo confiaba en eso. ¡Aguardaba el momento con impaciencia! ¡Con cuánta esperanza y cuánta impaciencia...! Yo podría haber ayudado. Y de pronto, esta temeridad, como si no le importase que...

Se interrumpió un instante y concluyó con obstinación:

—Quiero saber...

Concluido este encuentro, cuando me alejaba despacio del Boulevard des Philosophes, me pregunté con desaprobación qué era exactamente lo que ella quería saber. Lo que sabía de mi amiga me proporcionaba alguna pista. En la institución educativa para señoritas donde Nathalie había terminado sus estudios no se la miraba con buenos ojos. Era sospechosa de sostener opiniones propias sobre cuestiones establecidas por la enseñanza oficial. Posteriormente, cuando las dos damas regresaron a su país, se granjearon fama de liberales, tanto la madre como la hija, por expresar abiertamente sus puntos de vista en actos públicos. El carruaje de tres caballos del capitán de la policía del distrito empezó a ser visto con frecuencia en su pueblo. El oficial explicaba sus visitas en la casa diciendo: «Debo vigilar a los campesinos. Hay que cuidar un poco de dos damas que viven solas». Inspeccionaba las paredes como si quisiera penetrarlas con la mirada, escudriñaba las fotografías, ponía boca abajo los libros de la sala de estar y se marchaba tras ser obsequiado con el habitual refrigerio. Pero el anciano sacerdote del pueblo se presentó una noche presa de la mayor angustia y agitación para contar que había recibido orden de vigilar y de establecer por otras vías (como el uso de su poder espiritual sobre los criados) todo cuanto ocurriera en la casa, especialmente las visitas que recibían estas damas:

quiénes eran, cuánto duraba su estancia, si eran personas de fuera de esa zona del país, y así sucesivamente. El pobre sacerdote, un hombre sencillo, vivió una auténtica agonía de humillación y terror. «He venido a prevenirlas. Condúzcanse con prudencia, por el amor de Dios. Estoy ardiendo de vergüenza, pero no hay manera de escapar de esta red. Tendré que decirles lo que vea, porque si no lo hiciera me las vería con mi diácono. Ese hombre sería capaz de las peores infamias para ganarse el favor de las autoridades. Y además está mi yerno, el marido de mi Parasha, que es redactor en la oficina del Gobierno Provincial. Lo despedirían enseguida, y lo mandarían a cualquier parte». El anciano se lamentó de las exigencias de los tiempos, «cuando las personas no están de acuerdo con algo», y se enjugó los ojos. No deseaba pasar sus últimos días con la cabeza afeitada en la celda de penitencia de algún monasterio «y sometido a todos los rigores de la disciplina eclesiástica, pues no se mostrarían clementes con un anciano», protestó. Se encontraba al borde de la histeria, y las dos damas, llenas de conmiseración, lo tranquilizaron como mejor pudieron antes de permitirle regresar a su casita. Lo cierto es que recibían muy pocas visitas.

Los vecinos —algunos de ellos viejos amigos— empezaron a distanciarse; unos por timidez, otros con evidente desdén, pues eran gente importante que sólo pasaba allí el verano, según me explicó la señorita Haldin, aristócratas reaccionarios. Era una vida muy solitaria para una muchacha. Tenía una relación muy afectuosa y franca con su madre, pero la señora Haldin había conocido los sinsabores de su propia generación:

sus sufrimientos, sus decepciones y también sus apostasías. Expresaba el cariño a sus hijos ocultando cualquier muestra de preocupación. Mantenía una discreción heroica.

Para Nathalie Haldin, la vida que su hermano llevaba en Petersburgo, en absoluto enigmática, pues no había la menor duda de lo que pensaba o sentía, pero sí conducida con cierto misterio, era el único signo visible de una libertad prohibida. En sus largas conversaciones, en las que los hermanos se confesaban las más elevadas esperanzas de acción y confianza en el éxito, residía todo el significado de la libertad, todas sus promesas inconcretas. Y un buen día, la acción y las esperanzas concluyeron con los detalles desvelados por un periodista inglés. Permanecía el hecho concreto, el hecho de la muerte, pero sus causas más profundas seguían siendo oscuras. Nathalie se sintió abandonada sin explicación, aunque no sospechaba de él.

Lo que deseaba aprender, casi a cualquier precio, era cómo seguir siendo fiel al espíritu del hermano ausente.

IV

Pasaron varios días hasta que volví a ver a Nathalie Haldin. Cruzaba yo la plaza del teatro cuando distinguí su hermosa figura pasando por la verja del insulso paseo de los Bastiones. Se alejó de mí, pero sabía que volveríamos a encontrarnos cuando regresara por la avenida principal, a menos que volviera a casa. De ser así, me pareció que no debía pasar a visitarla todavía. Las ganas de mantenerla alejada de aquella gente eran tan grandes como siempre, mas no albergaba ilusiones en cuanto a mi poder. Yo no era más que un occidental, y saltaba a la vista que la señorita Haldin no escucharía mis consejos, no podría; y en cuanto a mi deseo de escuchar su voz, era preferible, me dije, no abusar demasiado de ese placer. No, no iría al Boulevard des Philosophes, pero cuando vi venir de frente a Nathalie por la avenida principal, sentí demasiada curiosidad y tal vez fuera demasiado sincera para escabullirme.

Había en el ambiente cierta estridencia primaveral. El cielo era azul y duro, pero las hojas tiernas se aferraban como una suave neblina a la insignificante variedad de árboles, y el sol claro salpicaba de motas doradas los ojos grises y francos de la señorita Haldin, cordialmente vueltos hacia mí.

Me interesé por la salud de su madre.

Se encogió ligeramente de hombros y emitió un suspiro triste.

—Pero, como ve, he salido a pasear... para hacer un poco de ejercicio, como dicen ustedes, los ingleses.

Sonreí con aprobación, y ella añadió un comentario inesperado:

—Hace un día magnífico.

Su voz, un punto áspera, aunque fascinante con esa nota masculina y musical, tenía el acento de una convicción espontánea. Me alegró advertirlo. Era como si hubiera tomado conciencia de su juventud, pues había muy poco esplendor primaveral en aquel espacio de hierba y árboles enrejado y enmarcado por las ordenadas cubiertas de los tejados de una ciudad que sin tener gracia resultaba bonita y sin ser simpática era hospitalaria. Había muy poca tibieza en el aire que envolvía a mi amiga, y el cielo, el cielo de una tierra sin horizontes, barrida y lavada por las lluvias de abril, se extendía luciendo su azul frío y cruel, sin elevación, bloqueado de pronto por la fea y oscura pared del Jura, en donde aquí y allá aún se apreciaban algunos regueros y parches de nieve. Toda la gloria de la primavera debía de concentrarse en mi amiga y me agradó que esta estación hubiera entrado en su vida, siquiera por algún tiempo.

—Me alegra oírle decir eso.

Me dirigió una mirada rápida. Rápida, no furtiva. Si había algo que no tenía cabida en ella era la ocultación. Hasta su manera de andar expresaba sinceridad. Era yo quien la miraba encubiertamente, si se me permite decirlo así. Sabía de dónde venía ella, pero no lo que había visto y oído en aquel nido de aristócratas conspiradores. Empleo el término «aristócratas» a falta de uno mejor. El Château Borel, encerrado entre los árboles y los arbustos de sus terrenos abandonados, tenía su fama en nuestros días, como la tuvo la residencia de esa otra mujer peligrosa y exiliada en la época de Napoleón, madame de Stäel. Sólo que el despotismo napoleónico, denostado heredero de la Revolución, que consideraba a esta mujer de letras un enemigo digno de ser vigilado, era muy distinto de la autocracia con vestiduras místicas generada por la esclavitud de la conquista tártara. Y madame de S... distaba mucho de parecerse a la talentosa autora de Corinne. Pregonaba a los cuatro vientos que era víctima de una persecución. Desconozco si en determinados círculos se la tenía por peligrosa, y en cuanto al hecho de ser vigilada, supongo que el Château Borel sólo podía ser objeto de una observación a distancia. Por su aislamiento, era el lugar perfecto para urdir conspiraciones, tanto serias como fútiles.

Sin embargo, nada de esto me interesaba. Lo que deseaba saber era el efecto que sus extraordinarios moradores y su ambiente peculiar habían producido en una muchacha como la señorita Haldin, tan sincera, tan honrada, pero ¡tan peligrosa por su inexperiencia! Su noble e inconsciente ignorancia de los más bajos instintos de la especie humana la dejaban sin armas ante sus propios impulsos. Y estaba además ese amigo de su hermano, el importante recién llegado de Rusia... Me preguntaba si ya lo había conocido.

Caminamos un rato, despacio y en silencio.

—Verá —la abordé sin previo aviso—, si no desea contarme nada, puede decirlo abiertamente, y en ese caso será definitivo. No voy a andarme con sutilezas. Le pido a bocajarro que me dé todos los detalles.

Sonrió levemente ante mi desafío.

—Es usted curioso como un niño.

—No. Sólo soy un viejo preocupado —repliqué con gravedad.

Posó su mirada en mí como si quisiera determinar el alcance de mi preocupación o mi cantidad de años. Nunca he tenido una fisonomía expresiva, y en cuanto a mis años, no soy tan anciano para que se me pueda calificar de decrépito. No luzco una barba larga, como el buen ermitaño de una balada romántica; mi andar no es vacilante ni mi aspecto el de un sabio pausado y venerable. Ninguna de estas pintorescas ventajas me pertenecen. Soy mayor, por desgracia, de una manera enérgica y corriente. Y me pareció detectar cierta compasión en la prolongada mirada de la señorita Haldin. Aceleró un poco el paso.

—Quiere usted saber todos los detalles. Veamos. He de hacer memoria. Fue todo muy novedoso para... para una chica de provincias como yo.

Tras un momento de silencio me contó que el Château Borel estaba casi igual de descuidado por dentro que por fuera. No era ninguna maravilla. Tengo entendido que un banquero de Hamburgo retirado lo mandó construir para disfrutar en sus últimos años de vida con las vistas de ese lago cuya belleza precisa, disciplinada y elegante, a buen seguro resultaba atractiva para la imaginación de un hombre de negocios desprovisto de romanticismo. Pero el banquero murió poco después. Su mujer también se marchó (aunque sólo a Italia), y la lujosa residencia, probablemente invendible, pasó años desocupada. Se accedía a la casa por la avenida de gravilla que bordeaba una amplia extensión de césped ordinario, y uno disponía de tiempo en abundancia para observar la degradación de su fachada de estuco. La señorita Haldin señaló que la impresión era desagradable. El deprimente aspecto del edificio se agudizaba a medida que uno se acercaba.

Había manchas de moho en los peldaños de la terraza. La puerta principal estaba abierta de par en par. No se veía a nadie por allí. Se encontró en una sala amplia, de techos altos y completamente vacía, con muchas puertas. Todas ellas estaban cerradas. Frente a la sala arrancaba una ancha escalinata de piedra desnuda, y la sensación, en conjunto, era la de una casa deshabitada. Se detuvo, desconcertada por lo solitario del lugar, y al cabo de un rato oyó una voz que llegaba desde algún lugar de la casa.

—Es probable que estuvieran observándola en todo momento —sugerí—. Seguro que había ojos.

—No lo creo posible —replicó—. Ni siquiera vi un pájaro en el jardín. No recuerdo haber oído un solo trino en los árboles. El lugar parecía estar completamente desierto, salvo por aquella voz.

No distinguió en qué lengua hablaba: ruso, francés o alemán. Nadie respondía.

Era como si los inquilinos hubieran abandonado la casa y dejado la voz para conversar con las paredes desnudas. Se expresaba con locuacidad, haciendo una pausa de cuando en cuando. Era una voz triste y solitaria. Le pareció a la señorita Haldin que pasaba mucho tiempo. Una irresistible sensación de repugnancia le impedía abrir alguna de las puertas del vestíbulo. Tan desolador era aquel lugar. La voz no cesaba y nadie acudía. Me confesó que tuvo que resistir el impulso de dar media vuelta y marcharse sin ser vista, tal como había llegado.

—¿De veras? ¿Tuvo ese impulso? —exclamé, lleno de pesar—. Lástima que no lo obedeciera.

Ella negó con la cabeza.

—Habría sido un recuerdo muy extraño. Esos jardines desiertos, esa sala vacía, esa voz impersonal y voluble... y nadie, ni un alma.

El recuerdo habría sido excepcional e inofensivo. Pero ella no era de las que huían ante una sensación intimidante de soledad y misterio.

—No, no quise huir —dijo—. Me quedé donde estaba... y vi un alma. Un alma sumamente extraña.

Mientras observaba la escalera, tras concluir que la voz procedía de algún lugar en el piso de arriba, el frufrú de un vestido llamó su atención. Vio a una mujer que cruzaba la sala, al parecer recién salida de alguna de las numerosas puertas. Tenía un aspecto distraído y al principio no reparó en la señorita Haldin.

Pareció muy sorprendida al volver la cabeza y encontrarse allí con una desconocida. La señorita Haldin la tomó inicialmente por una muchacha, pues tenía una figura muy esbelta y el rostro redondo, casi infantil, aunque también estaba arrugado, cetrino, y mostraba unas ojeras profundas. Una abundante mata de pelo castaño y sin brillo, peinado a raya como un chico, formaba una onda lateral sobre la frente ajada y marchita. Tras parpadear un momento en silencio, de pronto se agachó.

—¿Cómo que se agachó? —le pregunté, muy sorprendido—. Es un detalle muy extraño.

La señorita Haldin explicó la razón. La mujer llevaba un cuenco en una mano. Se agachó para depositarlo en el suelo y ofrecérselo a un gato grande que salió en ese momento de detrás de sus faldas y metió con avidez la cabeza en el cuenco. Se incorporó y se acercó a la señorita Haldin con nerviosa brusquedad.

—¿Qué quiere? ¿Quién es usted?

Mi amiga dijo su nombre y mencionó también a Peter Ivanovitch. La mujer de aspecto aniñado asintió y frunció el rostro en una fugaz expresión de simpatía. Vestía una blusa de seda negra, vieja y arrugada en algunas zonas, y una falda de sarga del mismo color, corta y muy gastada. Seguía parpadeando y hasta sus cejas y sus pestañas parecían igual de gastadas. La señorita Haldin le habló con amabilidad, como se habla a una persona infeliz y sensible, y explicó que su visita no podía ser del todo inesperada para madame de S...

—¡Ah! Peter Ivanovitch la invitó. ¿Cómo iba yo a saberlo? A una dame de compagnie no se le consulta, como puede usted suponer.

La estropeada mujer se rió un poco. Los dientes, de un blanco espléndido y admirablemente uniformes, resultaban absurdos y fuera de lugar, como un collar de perlas en el cuello de un trampero harapiento.

—Peter Ivanovitch es probablemente el mayor genio del siglo, pero también es el hombre más desconsiderado de la tierra. Por eso, si tenía usted una cita con él, no debe sorprenderle saber que no está aquí.

La señorita Haldin explicó que no tenía ninguna cita con Peter Ivanovitch. Aquel extraño personaje había despertado su interés.

—¿Por qué iba él a molestarse por usted o por nadie? ¡Ay, estos genios! ¡Si usted supiera! ¡Sí! Y sus libros... me refiero a los libros que el mundo admira, a esos libros inspirados. Pero usted no ha estado nunca entre las bambalinas. Ya verá cuando tenga que pasar medio día sentada ante una mesa con una pluma en la mano. Ese hombre puede estar horas y horas dando vueltas por la habitación. Yo me ponía tan tensa, me entumecía tanto, que temía perder el equilibrio y caer de la silla en cualquier momento.

Tenía las manos unidas en el regazo, y los ojos, clavados en el rostro de la señorita Haldin, no delataban ni una pizca de animación. Deduciendo que la mujer que se llamaba a sí misma dame de compagnie se enorgullecía de haber actuado como secretaria de Peter Ivanovitch, Nathalie hizo un comentario amable.

—No podría usted imaginar una experiencia más exigente —declaró la dama—.

Ahora mismo hay un periodista angloamericano entrevistando a madame de S..., de lo contrario la haría subir —añadió, en un tono distinto y mirando hacia la escalera—.

Hago las veces de maestro de ceremonias.

Al parecer, madame de S... no soportaba tener criados suizos alrededor de su persona, y lo cierto es que el servicio duraba poco en el Château Borel. Siempre surgían problemas. La señorita Haldin ya se había fijado en que la sala era como un establo polvoriento de mármol y estuco, con telarañas en los rincones y hasta huellas de barro en el suelo ajedrezado.

—Me ocupo también de este animal —continuó la dame de compagnie, sin mover en ningún momento las manos y dirigiendo la mirada hacia el gato—. No me importa. Los animales tienen sus derechos, aunque estrictamente hablando no veo por qué razón no deben de sufrir igual que las personas. ¿No le parece? Pero normalmente no sufren mucho. Eso es imposible. Sólo que en su caso da mucha más lástima, porque ellos no pueden hacer la revolución. Yo era republicana. Supongo que usted también es republicana.

La señorita Haldin me confesó que no supo qué decir, aunque asintió ligeramente con la cabeza y preguntó a su vez:

—¿Y ya no es republicana?

—Después de dos años copiando al dictado las palabras de Peter Ivanovitch es difícil ser nada. Para empezar, tengo que sentarme y quedarme completamente inmóvil. El menor movimiento puede distraerlo. Casi no me atrevo a respirar. Y de toser ni hablemos, ¡Dios no lo quiera! Peter Ivanovitch decidió acercar la mesa a la pared, porque al principio yo no dejaba de mirar por la ventana mientras esperaba su dictado. Y eso no podía ser. Según él, miraba como una mema. Tampoco se me permitía observarlo por encima del hombro. Si lo hacía, Peter Ivanovith estampaba el pie en el suelo y rugía: «¡Mira al papel!». Parece que mi expresión, mi cara, lo sacan de quicio. Bueno, sé que no soy hermosa y que tampoco tengo una expresión alegre.

Decía que le irritaba mi aire de embobada expectación. Palabras textuales.

La señorita Haldin estaba horrorizada, aunque reconoció que en absoluto le sorprendía.

—¿Es posible que Peter Ivanovitch trate a una mujer de un modo tan brutal? — exclamó.

La dame de compagnie movió varias veces la cabeza, asintiendo con discreción, y acto seguido le aseguró a la señorita Haldin que no le importaba en lo más mínimo.

Lo más duro de todo era enfrentarse al secreto desnudo de la composición, observar al autor de los evangelios revolucionarios buscando a ciegas las palabras que quería decir.

—Yo de buen grado soy el instrumento invisible de metas más altas. Dar la propia vida por la causa no es nada, pero ver las propias ilusiones destrozadas es más de lo que una puede soportar. Le aseguro que no exagero —insistió—. Era como si mis ideales se congelaran, sobre todo cuando trabajábamos en invierno, y como Peter Ivanovitch no paraba de ir y venir no necesitaba calefacción artificial. Incluso cuando nos trasladamos al sur de Francia hubo días de un frío glacial, porque me pasaba seis horas seguidas sentada. Las paredes de esas villas de la Riviera son como de papel. Él no parecía darse cuenta de nada. Claro que yo, por miedo a distraerlo, contenía los escalofríos. Apretaba los dientes hasta que las mandíbulas se cerraban por completo.

En los momentos en que Peter Ivanovitch interrumpía su dictado —y a veces estos intervalos eran muy largos, casi nunca inferiores a veinte minutos, mientras iba y venía a mis espaldas musitando para sus adentros—, le aseguro que me sentía morir segundo a segundo. Puede que si hubiera castañeteado los dientes él hubiera advertido mi angustia, pero tampoco habría tenido ningún efecto práctico. «Ella» es muy austera en ese sentido.

La dame de compagnie miró escaleras arriba. El gato había terminado la leche y se frotaba sinuosamente los bigotes contra la falda de la mujer, que se agachó para recogerlo.

—La austeridad es una cualidad, no un defecto —prosiguió, con el gato en los brazos—. En nuestro caso son los tacaños quienes ahorran para poder adquirir objetos de valor, no los llamados espíritus generosos. Pero no vaya usted a pensar que soy una sibarita, por favor. Mi padre era un modesto empleado del Ministerio de Finanzas, un hombre sin posición. Con eso se imaginará que en nuestra casa no había lujos, aunque tampoco pasábamos frío. Yo me escapé de casa en cuanto empecé a pensar por mí misma. No fue fácil ese modo de pensar. Una tiene que afrontarlo, despertar a la verdad. Le debo mi salvación a una anciana que instalaba su puesto de manzanas en el portal de la casa donde vivíamos. Tenía un rostro muy bondadoso, lleno de arrugas, y la voz más dulce que pueda imaginar. Un día, por casualidad, empezamos a hablar de una niña, una niñita harapienta a la que habíamos visto mendigar a los hombres por las calles, al anochecer; de una cosa pasamos a otra, y mis ojos se abrieron poco a poco a los horrores que tanta gente inocente se ve obligada a sufrir en este mundo sólo para que los gobiernos puedan existir. Y tras haber comprendido el delito de las clases altas, no pude seguir viviendo con mis padres. En casa no se oyó una sola palabra caritativa en muchos años; sólo se hablaba de viles intrigas de oficina, de ascensos y de salarios, y de granjearse el favor de los jefes. La sola idea de acabar un día casada con un hombre como mi padre me producía escalofríos. Tampoco es que tuviera yo ningún pretendiente, pues no había en ese sentido la menor perspectiva. Pero ¿no era suficiente pecado vivir de un sueldo del Gobierno mientras la mitad de Rusia se moría de hambre? ¡El Ministerio de Finanzas! ¡Qué horror tan grotesco! ¿De qué les sirve a los muertos de hambre y a los ignorantes un Ministerio de Finanzas? Besé a mis padres y me marché a vivir en sótanos, con el proletariado. Intenté ser útil para esa gente profundamente desesperada. ¿Comprende a qué me refiero? Me refiero a la gente que no tiene adónde ir y nada que esperar en esta vida. ¿Se da cuenta de lo terrible que es eso... no tener nada que esperar? A veces pienso que esa gente y ese grado de miseria tan profunda sólo puede existir en Rusia. El caso es que me zambullí en la miseria y, ¿sabe usted?, no es gran cosa lo que una puede hacer en esta situación. Lo cierto es que no, mientras existan ministerios de Finanzas y horrores igual de grotescos que se interpongan en el camino. Creo que me hubiera vuelto loca, intentando combatir a los bichos, de no haber sido por un hombre. Era mi amigo y mi maestro; fue la santa vendedora de manzanas quien me lo descubrió por accidente. Una noche pasó a buscarme, silenciosa como siempre. La seguí a donde quisiera llevarme, pues mi vida estaba ya en sus manos y sin ella mi espíritu hubiera naufragado en la desesperación.

El hombre era un joven trabajador, hacía litografías, y se había metido en problemas por ese asunto de los folletos contra el alcoholismo, ¿lo recuerda usted? Encarcelaron a mucha gente por eso. ¡Otra vez el Ministerio de Finanzas! ¿Qué sería de esa institución si la gente dejaba de embrutecerse con la bebida? Le doy mi palabra de que creo que las finanzas y todo lo demás son un invento del diablo, y no hace falta creer en la existencia de una fuente maligna sobrenatural: los hombres por sí solos son capaces de cualquier maldad. ¡Las finanzas sin ir más lejos!

Pronunció la palabra «finanzas» con odio y desprecio, pero al instante acarició dulcemente al gato que reposaba en sus brazos. Incluso los levantó un poco e inclinó la cabeza para rozar con una mejilla la piel del animal, que recibió la caricia con la rotunda indiferencia característica de su raza. Después miró a la señorita Haldin y volvió a excusarse por no poder llevarla a presencia de madame de S... No podían interrumpir la entrevista. El periodista bajaría en cualquier momento. Lo mejor era quedarse en el vestíbulo; además, todas aquellas habitaciones —miró hacia las numerosas puertas— de la planta baja estaban desamuebladas.

—Le aseguro que no puedo ofrecerle ni una silla —continuó—. Pero si prefiere sus propios pensamientos a mi conversación, me sentaré en el último escalón y me quedaré callada.

La señorita Haldin se apresuró a asegurarle que era todo lo contrario; tenía mucho interés en conocer la historia del joven litógrafo. Se trataba de un revolucionario, por supuesto.

—Un mártir, un hombre sencillo —dijo la dame de compagnie, emitiendo un ligero suspiro y mirando con aire soñador a través de la puerta principal abierta.

Volvió los ojos llorosos a la señorita Haldin.

—Viví cuatro meses con él. Fue como una pesadilla.

Viendo que la señorita Haldin la miraba inquisitivamente, la mujer comenzó a describir el rostro escuálido del litógrafo, sus brazos y sus piernas sin carne, su indigencia. La vendedora de manzanas la llevó a una minúscula buhardilla, una covacha miserable en un edificio sórdido. El suelo estaba cubierto de yeso desprendido de las paredes y, al abrirse la puerta, un espantoso tapiz de telarañas negras tembló con la corriente de aire. El joven acababa de ser liberado pocos días antes, arrojado de la prisión a las calles. Y la señorita Haldin, al parecer, puso por primera vez nombre y rostro a esa gente que sufría, esa gente cuyo cruel destino había sido objeto de tantas conversaciones entre ella y su hermano en el jardín de su casa en el campo.

El litógrafo fue detenido junto a docenas de personas implicadas en el asunto de los folletos contra el alcoholismo. Por desgracia, como la policía ya había detenido a muchos sospechosos, se pensó que quizá pudieran sacarles información relacionada con la propaganda revolucionaria.

—Les dieron terribles palizas durante los interrogatorios —siguió diciendo la dame de compagnie—, y les causaron daños internos. Cuando al fin lo dejaron en paz ya estaba sentenciado. No podía valerse por sí mismo. Lo vi tendido en un catre de madera, sin sábanas ni mantas, con la cabeza apoyada en un hato de harapos sucios que por caridad le había prestado un trapero que vivía en el sótano del edificio. Allí estaba, desabrigado, ardiendo de fiebre, y no había en el cuarto siquiera una jarra de agua para aplacar su sed. Nada más que el catre en el suelo desnudo.

—¿No existía en toda la ciudad una sola persona entre los liberales y los revolucionarios que tendiese una mano para ayudar a un hermano? —preguntó la señorita Haldin con indignación.

—Sí. Pero todavía no sabe la parte más terrible de la desgracia de este hombre.

Escuche. Al parecer lo torturaron de un modo tan atroz, que terminó por derrumbarse y reveló cierta información. ¡Pobre hombre! Ya sabe lo débil que es la carne. No me contó lo que había confesado. Dentro de aquel cuerpo destrozado habitaba un espíritu arruinado. Nada que yo pudiera decir conseguía animarlo. Cuando lo soltaron, se arrastró hasta ese agujero y allí soportó su remordimiento estoicamente. No quiso acercarse a ningún conocido. Yo quería buscar ayuda, pero ¿a quién podía acudir?

¿Dónde iba a encontrar a alguien a quien le sobrase algo que ofrecer o a alguien con poder para ayudar? Todos los que vivían alrededor eran indigentes y borrachos. Se trataba de las víctimas del Ministerio de Finanzas. No me pregunte cómo vivíamos.

No podría contárselo. Era como un milagro de miseria. Yo no tenía nada que vender, y le aseguro que mi ropa se encontraba en tal estado que no podía salir a la luz del día. Era indecente. Esperaba hasta que caía la noche para aventurarme a mendigar por las calles un mendrugo de pan, cualquier cosa para mantenernos con vida a los dos. A veces volvía con las manos vacías y me acostaba en el suelo al lado de su catre. Sí, soy capaz de dormir profundamente en el suelo. Eso carece de importancia, sólo lo menciono para que no me tome usted por una sibarita. Era mucho menos terrible que pasar las horas sentada ante una mesa en un cuarto helado para copiar al dictado los libros de Peter Ivanovitch. Pero eso ya lo verá con sus propios ojos, de manera que no hace falta que le diga más.

—No es cierto que yo vaya a copiar al dictado lo que pueda decir Peter Ivanovitch —dijo la señorita Haldin.

—¿No? —respondió la mujer con incredulidad—. ¿No es cierto? ¿Quiere decir que no ha tomado una decisión?

Cuando la señorita Haldin le aseguró que en ningún momento había hablado de nada semejante con Peter Ivanovitch, por un momento la mujer que sostenía al gato apretó los labios con fuerza.

—Se verá sentada a la mesa antes de darse cuenta de haber tomado ninguna decisión. No se equivoque; transcribir las palabras de Peter Ivanovitch produce desencanto, pero también es fascinante. Es un hombre de genio. Seguro que su cara no le produce irritación, incluso puede que usted le inspire, que le facilite el modo de transmitir su mensaje. La miro y estoy segura de que no es usted una mujer que pueda interrumpir el flujo de la inspiración.

La señorita Haldin juzgó inútil protestar en contra de aquellas suposiciones.

—Pero, ese joven, ese trabajador, ¿murió mientras usted cuidaba de él? — preguntó, tras un breve silencio.

La mujer prestaba oídos al piso de arriba, donde en ese momento se alternaban dos voces con cierta animación, y tardó un rato en responder. Cuando las voces que discutían se transformaron en un murmullo casi inaudible, se volvió hacia la señorita Haldin.

—Sí, murió, aunque no en mis brazos literalmente hablando, como cabría suponer. A decir verdad, yo estaba dormida cuando exhaló su último suspiro, de manera que por el momento no puedo decir que haya visto morir a nadie. Pocos días antes del final unos jóvenes nos encontraron en nuestro agujero. Eran revolucionarios, como puede suponer. Él debería haber confiado en sus amigos cuando salió de prisión. Lo apreciaban y lo respetaban, y a nadie se le habría pasado por la cabeza reprocharle su indiscreción ante la policía. Todo el mundo sabe cómo se las gastan, y hasta el hombre más fuerte tiene sus momentos de flaqueza ante el dolor.

Incluso el hambre es suficiente para inducir en una persona ideas extrañas sobre lo que se debe hacer. Vino un médico, y nuestra situación se alivió un poco cuando nos proporcionaron algunas comodidades físicas, pero el pobre muchacho no hallaba consuelo. Le aseguro, señorita Haldin, que era un hombre adorable, y sin embargo yo no tenía fuerzas para llorar. También yo estaba medio muerta. Sin embargo, hubo buenas personas que se ocuparon de mí. Me llevaron un vestido para cubrir mi desnudez. Como le digo, mi aspecto era indecente y, pasado algún tiempo, los revolucionarios me buscaron un empleo como institutriz con una familia judía que se marchaba al extranjero. Podía enseñar a sus hijos, puesto que había terminado el bachillerato; aunque mi misión consistía en realidad en pasar ciertos documentos importantes al otro lado de la frontera. Se me confió un paquete que llevaba escondido en el pecho. Los gendarmes de la estación no sospecharon de una institutriz al cuidado de tres niños de una familia judía. No creo que los padres se imaginaran lo que yo llevaba encima, porque había llegado hasta ellos de manera muy indirecta, por mediación de personas que no pertenecían al movimiento revolucionario y, naturalmente, se me había ordenado que aceptara un salario muy exiguo. Cuando llegamos a Alemania, abandoné a la familia y entregué los documentos a un revolucionario en Stuttgart; después tuve varios empleos. Pero supongo que eso no le interesa. Nunca he experimentado la sensación de ser demasiado útil, aunque vivo con la esperanza de ver todos los ministerios destruidos, el de Finanzas y todos los demás. La mayor alegría de mi vida ha sido saber lo que ha hecho su hermano.

Dirigió una vez más la mirada hacia el exterior soleado, mientras el gato reposaba en sus brazos con beatitud señorial y el aspecto de una esfinge sumida en la meditación.

—¡Sí! Me alegré mucho —continuó—. El apellido Haldin guarda para mí un significado heroico. Seguro que todos esos hombres de corazón diabólico se han echado a temblar en sus ministerios. Mientras hablo con usted, cuando pienso en todas las crueldades, en la opresión y en las injusticias que se están cometiendo en este preciso instante, casi me da vueltas la cabeza. He visto de cerca cosas que a cualquiera se le antojarían inconcebibles si no las presenciara con sus propios ojos.

He visto cosas que me han llevado a odiarme por mi impotencia. He odiado mis manos sin fuerza, mi voz que no logra hacerse oír, hasta mi propio cerebro que no ha llegado a enloquecer. ¡Sí! He visto muchas cosas. ¿Y usted?

La señorita Haldin se sintió conmovida. Negó suavemente con la cabeza.

—No, yo por el momento no he visto nada de eso —murmuró—. Hemos vivido siempre en el campo, por deseo de mi hermano.

—Es un encuentro curioso éste, entre usted y yo —dijo la mujer—. ¿Se da cuenta de la ocasión, señorita Haldin? ¿Cómo iba yo a esperar que llegaría a conocerla, a su hermana, con mis propios ojos? ¿Sabe que cuando llegó aquí la noticia, los revolucionarios se mostraron tan sorprendidos como complacidos? Al parecer nadie sabía nada de su hermano. Ni siquiera Peter Ivanovitch había previsto que fuera a producirse un golpe semejante. Supongo que su hermano era un hombre inspirado.

Yo creo que ese tipo de hazañas son fruto de la inspiración. Es un gran privilegio gozar de la inspiración y la oportunidad. ¿Se parecía él a usted? ¿No se alegra, señorita Haldin?

—No debe esperar demasiado de mí —respondió la señorita Haldin, reprimiendo unas súbitas ganas de llorar. Cuando lo hubo logrado, añadió tranquilamente—: Yo no soy una persona heroica.

—¿Acaso piensa que no habría sido capaz de hacer algo así?

—No lo sé. Creo que ni siquiera debo preguntármelo hasta que haya vivido y visto un poco más...

La mujer mostró su aprobación con un movimiento de cabeza. El ronroneo del gato resultaba reconfortante en la sala vacía. No llegaban las voces desde el piso de arriba. La señorita Haldin rompió el silencio.

—¿Qué ha oído decir exactamente acerca de mi hermano? Dice usted que se mostraron sorprendidos. Supongo que es natural. ¿No les pareció extraño que mi hermano no lograra salvarse después de haber conseguido lo más difícil, quiero decir, después de haber huido de la escena? Supongo que los conspiradores saben de estas cosas. Hay razones por las que necesito saber por qué no pudo escapar.

La dame de compagnie se había acercado a la puerta principal. Miró de soslayo a la señorita Haldin, que seguía en el vestíbulo.

—¿Por qué no logró escapar? —repitió, con aire ausente—. ¿Acaso no había sacrificado su vida? ¿No actuó por pura inspiración? ¿No fue un acto de abnegación?

¿No está usted segura?

—De lo que estoy segura —dijo la señorita Haldin— es de que no se trató de un acto de desesperación. ¿Ha oído aquí alguna opinión sobre su miserable captura?

La dame de compagnie musitó un momento desde el umbral.

—¿Que si he oído? Naturalmente, aquí se discute todo. ¿Es que no ha hablado de su hermano el mundo entero? En lo que a mí respecta, la sola mención de su hazaña me sume en un éxtasis de envidia. ¿Por qué habría de pensar en su propia vida un hombre seguro de la inmortalidad?

Seguía dándole la espalda a la señorita Haldin. En el piso de arriba, tras una gran puerta dorada y blanca, muy deslucida, más allá de la balaustrada del rellano, una voz grave peroraba en tono formal, como si leyera unas notas en voz alta. Hacía frecuentes pausas, hasta que se extinguió por completo.

—No creo que pueda esperar más tiempo —dijo la señorita Haldin—. Tal vez vuelva otro día.

Aguardó a que la dame de compagnie se apartara de la puerta, pero la mujer parecía absorta en la contemplación de la luz del sol y de las sombras, que compartían la quietud de los jardines desiertos. Ocultaba la vista de la avenida a la señorita Haldin. De repente, dijo:

—No será necesario; aquí viene Peter Ivanovitch. Aunque no está solo.

Últimamente nunca está solo.

Al oír que Peter Ivanovitch se acercaba, la señorita Haldin no se alegró tanto como hubiera cabido esperar. Por alguna razón se le habían quitado las ganas de ver tanto al heroico fugitivo como a madame de S...,y la razón de que se echara atrás en el último momento se relacionaba con la sensación de que ninguno de los dos trataba bien a la mujer del gato.

—¿Tendría la bondad de dejarme pasar? —dijo finalmente la señorita Haldin, rozando levemente el hombro de la dame de compagnie.

Pero la otra, que sostenía al gato contra su pecho, no se movió.

—Sé quién viene con él —dijo, sin volver la cabeza.

El impulso de salir de aquella casa se intensificó en la señorita Haldin.

—Es posible que madame de S... siga ocupada un rato más y lo que he venido a decirle a Peter Ivanovitch es algo muy sencillo, que puedo preguntarle cuando nos crucemos en el jardín. De veras tengo que irme. Llevo demasiado tiempo aquí y debo regresar con mi madre. ¿Me permite pasar, por favor?

La mujer volvió por fin la cabeza.

—En ningún momento me pareció que deseara usted ver a madame de S... En ningún momento —dijo, con inesperada sagacidad. Había en su tono de voz algo misterioso y confidencial. Cruzó el umbral de la puerta seguida de la señorita Haldin, salió a la terraza y juntas bajaron los escalones cubiertos de moho. No había nadie en la zona de la avenida visible desde la entrada de la casa.

—Están detrás de esos árboles —explicó la mujer del gato—, pero enseguida los verá. No sé quién es ese joven a quien Peter Ivanovitch le ha tomado tanto aprecio.

Tiene que ser de los nuestros, pues de lo contrario no se le permitiría venir aquí cuando los demás están presentes. Ya sabe a quiénes me refiero con los demás.

Aunque debo decir que este muchacho no tiene ninguna inclinación mística. Creo que todavía no llego a entenderlo bien, claro que no he pasado mucho tiempo en el salón, como es natural. Siempre tengo algo que hacer, y eso que esta casa no es tan grande como la villa de la Riviera. De todos modos, no me falta ocasión de ser útil.

A la izquierda, junto a la fachada de los establos cubierta por la hiedra, aparecieron Peter Ivanovitch y su acompañante. Caminaban muy despacio y conversaban con cierta animación. Se detuvieron un momento, y se vio gesticular a Peter Ivanovitch mientras el joven lo escuchaba sin moverse, con los brazos colgando y ligeramente cabizbajo. Vestía un traje marrón y un sombrero negro. Los ojos redondos de la dame de compagnie seguían fijos en las dos figuras que habían reanudado su lenta aproximación.

—Un joven exquisitamente educado —dijo—. Ya verá qué reverencia le hace; y no será nada excepcional. A mí me saluda de igual modo cuando lo recibo en el vestíbulo.

Avanzó unos pasos, con la señorita Haldin a su lado, y todo sucedió tal como había predicho. El joven se quitó el sombrero, se inclinó y se quedó rezagado, mientras Peter Ivanovitch apretaba el paso, extendiendo calurosamente los brazos corpulentos y negros para tomar las dos manos de la señorita Haldin, estrecharlas con fuerza y mirarla desde detrás de sus lentes oscuras.

—¡Muy bien, muy bien! —exclamó dos veces, aprobatoriamente—. Y veo que la han atendido... —Torció un poco el gesto para mirar a la dame de compagnie, que seguía acariciando al gato—. Concluyo que Eleanor, madame de S..., está ocupada.

Sé que esperaba a alguien. Eso significa que el periodista ha venido, ¿verdad? ¿Está ocupada?

La mujer del gato apartó la cabeza por toda respuesta.

—Es muy lamentable, es ciertamente lamentable. Siento mucho que haya tenido usted que... —Bajó bruscamente el tono de voz—. Pero, ¿no irá a decirme que se marchaba ya, Natalia Victorovna? Se ha aburrido de esperar, ¿no es cierto?

—En absoluto —protestó la señorita Haldin—. Sólo que llevo ya un buen rato aquí y estoy preocupada por mi madre.

—La espera se le ha hecho larga, ¿verdad? Me temo que nuestra amiga —Peter Ivanovitch bajó de pronto la cabeza hacia el hombro derecho y volvió a levantarla—, nuestra valiosa amiga aquí presente no posee el don de abreviar los momentos de espera. Sin duda carece de ese arte, y en tales circunstancias las buenas intenciones no valen para nada.

La dame de compagnie dejó caer los brazos y el gato se vio de sopetón en el suelo. Se quedó muy quieto después de aterrizar, con una de las patas traseras estiradas. La señorita Haldin estaba muy indignada por el trato que recibía la mujer.

—Créame si le digo, Peter Ivanovitch, que los momentos que he pasado en el vestíbulo de esta casa no han carecido de interés y han sido sumamente instructivos.

Memorables. No lamento la espera, pero veo que puedo alcanzar el objetivo de mi visita sin quitarle su tiempo a madame de S...

Llegado este punto interrumpí a la señorita Haldin. Todo lo referido hasta aquí forma parte de su relato, que no he dramatizado tanto como podría suponerse. Me describió, con magnífico sentimiento y vivacidad, hasta el acento de la discípula de la anciana vendedora de manzanas, enemiga acérrima de los ministerios y sirviente voluntaria de los pobres. El sincero y delicado instinto humanitario de Nathalie Haldin quedó conmocionado por el triste destino de la dama de compañía, la secretaria, o lo que quiera que fuese. Yo, por mi parte, me alegré de ver en ello un obstáculo adicional para intimar con madame de S... Esa Egeria de Peter Ivanovitch, maquillada, emperifollada, de rostro muerto y ojos vidriosos, me producía auténtica repugnancia. Desconozco cuál era su actitud hacia los asuntos etéreos, pero sé que ante los mundanos era avara, codiciosa y carecía de escrúpulos. Tenía conocimiento de su derrota en una sórdida y desesperada disputa por cuestiones monetarias con la familia de su difunto marido, el diplomático. Ciertos personajes notabilísimos (a quienes en su furia había insistido en implicar de un modo escandaloso en sus asuntos) fueron víctimas de su animosidad. Me resulta perfectamente creíble que estuvo en un tris de desaparecer, por razones de Estado, en alguna discreta maison de santé, lo que comúnmente se conoce como un manicomio. Parece, sin embargo, que algunas personalidades muy destacadas se opusieron a ello por motivos que...

No viene al caso entrar en detalles.

Un hombre que se encuentra en la posición de un profesor de idiomas y llega a conocer este tipo de pormenores con tanta certeza tal vez despierte asombro. El novelista puede decir lo que se le antoje de sus personajes y, si sabe expresarlo con el debido rigor, nadie cuestionará esa inventiva merced a la cual puede exponer suficientemente sus propias opiniones con una frase elocuente, una imagen poética o un acento de emoción. ¡El arte es grande! Mas yo carezco de arte y, puesto que no he inventado a madame de S..., me siento en la obligación de explicar cómo llegué a saber tanto de ella.

Mi informadora era la mujer rusa de un amigo al que ya he mencionado, el profesor de la Universidad de Lausana. Fue ella quien me puso al corriente de este último detalle de la historia de madame de S... con el que me propongo importunar a mis lectores. De forma fidedigna, pues tenía plena confianza en sus fuentes, la mujer de mi amigo me contó la razón por la cual madame de S... había huido de Rusia años atrás. Era ni más ni menos que la siguiente: la policía sospechaba de su relación con el asesinato del emperador Alejandro. Se cimentaban estas sospechas en ciertos comentarios que se le habían escapado en público o en alguna conversación escuchada por azar en su salón. Escuchada por azar, hemos de creer, por algún invitado, o acaso un amigo, que, supongo, se apresuró a informar puntualmente.

Fuera como fuese, en el comentario iba implícito su conocimiento previo de este suceso, y tengo para mí que fue prudente al no esperar el resultado de la investigación sobre semejante cargo. Es posible que algunos de mis lectores recuerden un librito nacido de su pluma y publicado en París, un texto místico y desabrido, ampuloso y terriblemente inconexo, en el que casi llega a admitir este conocimiento previo, e insinúa abiertamente su origen sobrenatural y, de una manera emponzoñada, sugiere que el culpable no era un terrorista, sino un intrigante de palacio. Cuando le señalé a mi amiga, la mujer del profesor, que la vida de madame de S..., con su diplomacia oficiosa, sus intrigas, sus pleitos judiciales, sus favores, su desgracia, su expulsión, su atmósfera de escándalo, ocultismo y charlatanería era más propia del siglo XVIII que de las condiciones de nuestro tiempo, ella asintió con una sonrisa, pero al momento prosiguió en tono reflexivo:

—¿Charlatanería? Sí, en cierta medida. Sin embargo, los tiempos han cambiado.

Existen hoy fuerzas que no se conocían en el siglo XVIII. No me sorprendería que esa mujer sea más peligrosa de lo que un inglés desea creer. Lo cierto es que algunos, chez nous, la tienen por una persona en verdad peligrosa.

Chez nous, en este contexto, significa Rusia en general y la policía política rusa en particular. El objeto de esta digresión del relato de la señorita Haldin (contado con mis propias palabras) sobre su visita al Château Borel, ha sido reseñar esta declaración de mi amiga, la esposa del profesor. Si aquí lo señalo es para dar mayor credibilidad a lo que estoy a punto de revelar sobre la presencia de Razumov en Ginebra, pues ésta es una historia rusa narrada para los oídos occidentales, que, como ya he observado anteriormente, no sintonizan con ciertos acentos de cinismo y crueldad, de negación moral y aun de aflicción, ya silenciados en nuestra mitad de Europa. He aquí mi excusa por haber dejado a la señorita Haldin, junto a la dama de compañía y los dos hombres recién llegados, al pie de la terraza del Château Borel.

La información que acabo de desvelar me vino a la memoria cuando, como ya he referido, interrumpí a la señorita Haldin. La interrumpí con esta exclamación de satisfacción profunda:

—Entonces, ¿no llegó a ver a madame de S...?

Mi amiga negó con la cabeza, lo cual me agradó sobremanera. ¡No había visto a madame de S...! ¡Eso era excelente, excelente! Celebré la convicción de que no llegaría a conocerla. No podía explicar qué originaba esta impresión rotunda, salvo el hecho de que la señorita Haldin se encontrara frente a frente con el maravilloso amigo de su hermano. Yo lo prefería a madame de S... como guía y compañero de esta muchacha abandonada a su inexperiencia por el triste final del hermano. En todo caso, esa vida ya extinguida había sido sincera, y puede que sus pensamientos fueran elevados, su sufrimiento moral profundo y su último acto un sacrificio verdadero. No corresponde a nosotros, los sobrios amantes tranquilizados por la posesión de una libertad conquistada, condenar sin posibilidad de apelación la ferocidad del deseo frustrado.

No me avergüenza la cálida estima que sentía yo por la señorita Haldin. Era, debe saberse, un afecto desprendido cuya recompensa residía en el propio sentimiento. El difunto Victor Haldin se me aparecía, a la luz de esta emoción, no como un conspirador siniestro, sino como un entusiasta puro. En modo alguno deseaba yo juzgarlo, pero el hecho de que no hubiera escapado, ese detalle que tanto inquietaba a su madre y a su hermana, hablaba para mí en su favor. Entretanto, llevado por el temor de presenciar la rendición de la muchacha a la influencia del feminismo revolucionario del Château Borel, me hallaba más que dispuesto a depositar mi confianza en el amigo del difunto Victor Haldin. Podrá decirse que no era más que un nombre. ¡Exactamente! ¡Un nombre! Y lo que es más, el único nombre mencionado en la correspondencia entre los hermanos. El joven estaba allí, se encontraba cara a cara con Nathalie Haldin y, por fortuna, sin la interferencia directa de madame de S...

¿En qué iría a parar todo? ¿Qué estaría a punto de contarme mi amiga? Esto era lo que yo me preguntaba.

Es natural que centrara mi atención en el joven, en el portador del único nombre pronunciado al hablar del futuro soñado que la revolución traería consigo. Y despertó mi interés el detalle de que este joven no hubiera pasado a visitar a mis amigas.

Llevaba ya unos días en Ginebra cuando, en mi presencia, la señorita Haldin tuvo conocimiento de su llegada a través de Peter Ivanovitch. Lamentaba que este último estuviera allí en ese momento, pues hubiese preferido que el encuentro entre los jóvenes se produjera lejos de su mirada, aunque supongo que, dadas las circunstancias, tuvo que presentarlos.

Rompí el silencio para interesarme por este detalle.

—Supongo que Peter Ivanovitch...

La señorita Haldin dio rienda suelta a su indignación. Nada más recibir la respuesta de mi amiga, Peter Ivanovitch se volvió contra la dama de compañía de un modo vergonzoso.

—¿Que se volvió contra ella? —pregunté—. ¿Por qué? ¿Qué razón tenía?

—Fue inaudito, fue vergonzoso —repitió Nathalie Haldin, con ojos enfurecidos.

Il lui a fait un scène , así, en presencia de dos extraños. ¿Por qué? Nunca lo adivinaría usted. Por unos huevos... ¡Sí!

Me quedé pasmado.

—¿Por unos huevos, dice usted?

—Para madame de S... La dama sigue una dieta especial, o algo por el estilo. Al parecer el día anterior se había quejado a Peter Ivanovitch de que los huevos no estaban bien preparados. Peter Ivanovitch lo recordó de pronto y se lo recriminó a la mujer. Fue increíble. Yo me quedé de piedra.

—¿Quiere usted decir que el gran feminista se permitió ser grosero con una mujer? —pregunté.

—¡No, no es eso! Fue algo inconcebible. Fue una actuación odiosa. Imagínese que para empezar se quitó el sombrero. Puso una voz suave y despectiva y dijo: «Ah, eres una desagradecida... no serás digna de ser recordada...». Cosas así, en ese tono.

La pobre mujer parecía muy afectada. Se le llenaron los ojos de lágrimas. No sabía adónde mirar. No me extrañaría que hubiese preferido un trato grosero, incluso una bofetada.

Me abstuve de señalar que muy posiblemente estaría familiarizada con ambas cosas cuando no hubiera extraños delante. La señorita Haldin caminaba a mi lado con la cabeza alta, en un silencio cargado de desprecio y de rabia.

—Los grandes hombres tienen peculiaridades sorprendentes —observé, por decir algo—. Exactamente igual que los hombres corrientes. Pero ese tipo de situaciones no puede prolongarse eternamente. ¿Cómo remató el gran feminista este incidente tan característico?

Sin mirarme, la señorita Haldin me contó que la escena concluyó con la aparición del periodista que había estado encerrado con madame de S...

Salió deprisa, sin que los demás lo vieran, se levantó levemente el sombrero y se detuvo un momento para decir en francés:

—La baronesa me ha indicado que si veía a una dama al salir, le pidiese que entrara inmediatamente.

Una vez comunicado el mensaje se alejó precipitadamente por la avenida. La dame de compagnie corrió a la casa, y Peter Ivanovitch la siguió con premura y aspecto agitado. La señorita Haldin se vio de pronto a solas con el joven, que sin duda debía de ser el recién llegado de Rusia. Se preguntó si el amigo de su hermano no habría adivinado ya quién era ella.

Me encuentro en posición de afirmar que, ciertamente, él lo había adivinado.

Tengo la certeza, por distintas razones, de que Peter Ivanovitch se había abstenido de aludir a la presencia en Ginebra de estas damas. Pero Razumov lo había adivinado.

¡La muchacha confiada! Razumov recordaba cada una de las palabras pronunciadas por Haldin. Eran como fantasmas que lo acechaban, imposibles de exorcizar. Las más vívidas de todas eran las que se referían a la hermana. La joven existía para Razumov desde entonces, aunque no la reconoció a primera vista. La observó mientras se acercaba con Peter Ivanovitch, incluso cruzó una mirada con ella. Había respondido, como era inevitable para cualquiera, al armonioso encanto de su persona, a su fuerza, su gracia y su serena franqueza, y acto seguido había apartado la mirada. Se dijo que todo aquello no era para él; la belleza de las mujeres y la amistad de los hombres no eran para él. Aceptó esta sensación con resuelta severidad e intentó alejarla de sí. Fue la mano tendida de ella lo que le hizo reconocerla. Se refiere en las páginas de su confesión que esa mano casi le produjo una sensación de ahogo físico, acompañada de una reacción emocional de odio y de consternación, como si la aparición de la muchacha fuera el resultado de una hábil traición.

Miró alrededor. La considerable elevación de la terraza los ocultaba de cualquiera que pudiera encontrarse en la puerta de la casa, y tampoco desde las ventanas del piso de arriba los verían. Entre los arbustos asilvestrados y los árboles del jardín que descendía en suave pendiente, vislumbraba frías y plácidas imágenes del lago. La coyuntura les proporcionaba un momento de intimidad perfecta. Me pregunté qué uso hicieron de una circunstancia tan afortunada.

—¿Tuvo tiempo de intercambiar algo más que unas palabras? —la interrogué.

La animación con que me había relatado los incidentes de su visita al Château Borel la había abandonado por completo. Caminaba a mi lado, con la mirada al frente, pero noté cierto rubor en sus mejillas. No respondió.

Pasado un momento señalé que no habrían podido confiar en que se olvidaran de ellos por mucho tiempo, a menos que los otros dos se hubieran encontrado a madame de S... desfallecida por la fatiga, o en un estado de morbosa exaltación tras su larga entrevista. Cualquiera de las dos cosas requeriría sus leales cuidados. Me imaginé a Peter Ivanovitch saliendo apresuradamente de la casa, con la cabeza descubierta quizás, y cruzando la terraza con paso balanceante, la cola negra de su levita flotando, alejada de sus piernas robustas y enfundadas en unos pantalones de color gris claro.

Confieso haber considerado a la joven pareja como la cantera del «heroico fugitivo».

Tenía la sensación de que no se les permitiría escapar a su captura y, aunque nada de eso le dije a la señorita Haldin, al ver que se mostraba poco comunicativa la presioné un poco.

—Bueno... cuénteme al menos qué impresión le causó.

Volvió la cabeza para mirarme y la apartó al momento.

—¿Impresión? —repitió despacio, como en sueños; y en tono más rápido añadió —: Parece ser un hombre que ha sufrido más por sus ideas que por la mala suerte.

—¿Por sus ideas, dice?

—Eso es muy natural en un ruso —explicó—. En un joven ruso; muchos no son capaces de pasar a la acción, pero tampoco pueden estarse quietos.

—¿Y cree usted que es de esa clase de hombres?

—No, no lo juzgo. ¿Cómo iba a juzgarlo, tan pronto? Me ha preguntado por mi impresión, y se la explico. Yo... yo... no conozco el mundo, ni siquiera a la gente que lo habita. Mi vida ha sido muy solitaria... y soy demasiado joven para confiar en mis propias opiniones.

—Confíe en su instinto —le aconsejé—. La mayoría de las mujeres lo hacen y no cometen más errores que los hombres. En este caso cuenta con la ayuda de la carta de su hermano.

Soltó el aire como si suspirara.

—«Existencias sin mancha, nobles y solitarias» —citó como para sus adentros, aunque logré captar claramente el murmullo nostálgico.

—Un alto elogio —susurré.

—El más alto.

—Tanto que, como el don de la felicidad, es más proclive a presentarse hacia el final de la vida. En todo caso, ninguna personalidad corriente o indigna podría haber formulado con tanta fe una alabanza tan desproporcionada y...

—¡Ay! —me interrumpió con ardor—. ¡Si hubiera conocido usted el corazón del que salió ese juicio!

Concluyó con esta nota, y reflexioné yo por algún tiempo sobre la naturaleza de esas palabras en las que percibía a las claras la magnitud de los sentimientos de mi amiga en favor de aquel joven. No parecía un comentario fortuito. Resultaba vago para mi mentalidad y mis sentimientos occidentales, pero no podía olvidar que, cuando me encontraba junto a la señorita Haldin, yo era un viajero en un país extraño.

Con la misma claridad se me reveló que ella no deseaba entrar en detalles sobre el único aspecto sustancial de su visita al Château Borel, si bien no me sentí herido. Por alguna razón no lo viví como una muestra de desconfianza. Respondía a una dificultad distinta, una dificultad que no podía molestarme. Y, sin ningún género de resentimiento, dije:

—Muy bien. Pero en ese terreno tan elevado, que en modo alguno quiero discutir, supongo que usted, como cualquier persona en parecidas circunstancias, se habría formado una representación de ese amigo excepcional, una imagen mental de él, y...

dígame, por favor... ¿no se sintió decepcionada?

—¿A qué se refiere? ¿A su aspecto?

—No me refiero exactamente a que fuese bien parecido o a lo contrario.

Torcimos al final del paseo y avanzamos unos pasos sin mirarnos.

—Su aspecto no es ordinario —dijo al cabo de unos momentos.

—No, no debe de serlo... a tenor de lo poco que ha contado de su primera impresión. Al final la primera impresión es lo que importa. Me refiero a ese algo indescriptible que caracteriza a una persona «no ordinaria».

Noté que ella no me escuchaba. Su expresión no admitía duda, y una vez más tuve la sensación de quedar al margen —no por mi edad, que en cualquier caso me permitía sacar conclusiones—, completamente al margen, en un plano desde el que sólo podía observarla a cierta distancia. Guardé silencio y la miré mientras caminaba a mi lado.

—¡No! —exclamó de pronto—. Un hombre de sentimientos tan intensos no podría haberme decepcionado.

—¡Ajá! Sentimientos intensos —murmuré, al tiempo que lo censuraba mentalmente: ¡así, de repente, todo en un momento!

—¿Decía algo? —preguntó ella con aire inocente.

—No, nada. Le ruego que me disculpe. Sentimientos intensos. No me sorprende.

—¡Y no se imagina lo brusca que fui con él! —profirió con remordimiento.

Debí de mostrar mi asombro, porque me miró aún más ruborizada y dijo que le avergonzaba admitir que no se había comportado con la debida compostura, no había sabido contener sus palabras y sus actos, como requería la situación. No mostró la fortaleza digna de ambos hombres, del difunto y del vivo; la fortaleza que debiera haber presidido el encuentro de la hermana de Victor Haldin con el único amigo conocido de Victor Haldin. Él la miraba fijamente, pero no decía nada, y ella — confesó— se sintió muy afectada por esta falta de comprensión. Todo cuanto pudo decir fue: «Usted es el señor Razumov». El joven frunció ligeramente el ceño. Tras una pausa breve y vigilante, asintió con una pequeña reverencia y esperó.

Al saber que tenía delante al hombre tan apreciado por su hermano, al hombre que había conocido su valor, que le había hablado, comprendido, que había escuchado sus confidencias, que tal vez lo hubiera animado, los labios de la señorita Haldin temblaron y los ojos se le llenaron de lágrimas; le tendió la mano, avanzó un paso impulsivamente y, esforzándose por contener su emoción, dijo:

—¿No sabe quién soy?

Razumov no tomó la mano tendida. Incluso dio un paso atrás, lo que ella interpretó como una señal de disgusto. La señorita Haldin lo excusó y se culpó de este rechazo. Se había comportado de un modo indigno, se había mostrado tan emocional como una francesa. Semejante manifestación de sentimientos no podía ser bien acogida por un hombre de carácter contenido y severo.

Me dije que debía de ser realmente severo, o tal vez muy tímido con las mujeres, para no responder de un modo más humano a la proximidad de una muchacha como Nathalie Haldin. Este tipo de existencias elevadas y solitarias (las palabras acudieron de pronto a mi cabeza) con frecuencia vuelven a un joven tímido y a un viejo salvaje.

—¿Y? —animé a mi amiga para que prosiguiera.

Seguía muy disgustada consigo misma.

—Fui de mal en peor —comentó con un aire de desánimo muy impropio de ella —. Lo hice todo mal, menos romper a llorar. Por fortuna puedo decir que no llegué a ese extremo, pero no pude hablar durante un buen rato.

Se había quedado muda, conteniendo el llanto, y, cuando al fin logró decir algo, fue sólo el nombre de su hermano: «Victor... ¡Victor Haldin!», dijo con voz entrecortada, y de nuevo su voz la abandonó.

—Como es natural, esto lo entristeció. Estaba abrumado. Ya le he dicho que me parece un hombre de sentimientos profundos... de eso no hay duda. ¡Si hubiera visto qué cara puso! Le aseguro que se tambaleó. Se apoyó contra el muro de la terraza. Su amistad debió de ser una hermandad espiritual. Yo le agradecí esa emoción, porque me hizo sentir menos vergüenza de mi propia falta de control. Recobré el habla casi al instante. Todo esto no duró más de unos segundos. «Soy su hermana», le dije. «Tal vez haya oído hablar de mí».

—¿Y era así? —interrumpí yo.

—No lo sé. ¿Cómo podría ser de otra manera? Sin embargo... Pero, ¿eso qué más da? Me quedé quieta delante de él, tan cerca que casi podía tocarme, y seguramente no le parecía una impostora. Lo único que sé es que de pronto me tendió las manos, casi podría decirse que me las lanzó, con prontitud y afecto, y yo las tomé y las estreché, con la sensación de que recuperaba un poco de algo que creía haber perdido para siempre con la muerte de mi hermano... un poco de la esperanza, la inspiración y el apoyo que mi querido hermano me ofrecía...

Comprendí perfectamente lo que quería decir. Seguimos andando despacio. Yo me abstenía de mirarla y, como si respondiera a mis propios pensamientos, musité:

—Sin duda se trataba de una gran amistad, como dice. Y ese joven terminó por acoger su nombre entre sus manos, por decirlo de algún modo. Después de una cosa así, seguro que se entenderán muy bien. Sí, se entenderán rápidamente.

Transcurrió un momento hasta que oí su voz.

—El señor Razumov parece un hombre de pocas palabras. Un hombre reservado... incluso cuando se emociona profundamente.

Incapaz de olvidar, o acaso de perdonar, el tono grave y expansivo de Peter Ivanovitch, el archipatrón de los revolucionarios, dije que eso me parecía un rasgo de carácter admirable. Para mí iba asociado a la sinceridad.

—Además no disponíamos de mucho tiempo —añadió ella.

—No, desde luego. —Mi sospecha y aun mi temor hacia el feminista y su Egeria era tan imposible de erradicar que no puede evitar preguntarle con verdadera preocupación, disimulada con una sonrisa:

—Pero ¿escapó sin contratiempos?

—¡Sí! Escapé, si es así como quiere llamarlo. Me alejé rápidamente. No sentía necesidad de volver. No estoy ni asustada ni fascinada, como esa pobre mujer que me recibió de un modo tan extraño.

—Y... ¿el señor Razumov...?

—Se quedó allí, sí. Supongo que entró en la casa cuando yo me marché. Recuerde que llegó aquí muy recomendado a Peter Ivanovitch, quién sabe si con importantes mensajes para él.

—¡Ah, sí! De ese sacerdote que...

—El padre Zosim, sí. O puede que de otros.

—Y entonces usted se marchó. Pero, ¿puedo preguntarle si ha vuelto a verlo?

La señorita Haldin tardó un rato en responder a esta pregunta directa, y después, en voz baja, dijo:

—Esperaba verlo aquí hoy.

—¡Lo esperaba! ¿Se encuentran ustedes en este parque? En ese caso mejor la dejo enseguida.

—No, ¿por qué? Y no nos encontramos en este parque. No he vuelto a ver al señor Razumov desde ese día. Ni una sola vez. Pero lo he estado esperando...

Se detuvo. Me pregunté por qué el joven revolucionario se mostraba tan poco diligente.

—Antes de despedirnos le dije que paseaba por aquí todos los días a esta hora. En ese momento no pude explicarle por qué no lo invitaba a venir a casa. Mi madre no está preparada para esa visita. Además, no sé qué podría decirnos el señor Razumov, ¿sabe usted? Creo que él también debe estar prevenido sobre la situación de mi madre. Todos estos pensamientos me vinieron a la cabeza muy deprisa. Me limité a decirle que existía una razón por la que no podía invitarlo a venir a casa, y le indiqué que tenía la costumbre de pasear por aquí... Éste es un sitio público, pero nunca hay demasiada gente a esta hora. Me pareció que sería un buen lugar. Y está muy cerca de casa. No me gusta alejarme demasiado de mi madre. En caso de que me necesiten con urgencia, nuestra criada sabe dónde encontrarme.

—Sí, en ese sentido es muy adecuado —concedí.

Me pareció sinceramente que los Bastiones era un lugar muy adecuado, puesto que mi amiga, por el momento, no juzgaba prudente presentar a este joven a su madre. Sería allí, me dije, mirando aquel jardín de una banalidad deplorable, donde comenzaría su relación y se produciría el intercambio de indignaciones generosas y de sentimientos extremos, tal vez demasiado dolorosos para que una mentalidad que no fuera rusa pudiera concebirlos. Me imaginé a esta pareja, surgida de entre ochenta millones de seres humanos triturados entre las dos ruedas de un molino, paseando bajo aquellos árboles, con sus jóvenes cabezas juntas. Sí, era un sitio excelente para pasear y conversar. Llegó a ocurrírseme, cuando volvimos a alejarnos una vez más de la amplia verja de hierro, que dispondrían de abundantes espacios para reposar cuando se sintieran cansados. Mesas y asientos se desplegaban entre el chalet- restaurante y el quiosco de los músicos, bancos de madera pintada se extendían bajo los árboles. Justo en el centro vi a una solitaria pareja suiza, cuyo destino desde la cuna hasta la tumba estaba garantizado por el mecanismo perfecto de las instituciones democráticas en una república que casi cabía en la palma de una mano. El hombre, anodino y basto, bebía cerveza en un vaso centelleante, y la mujer, rústica y plácida, se recostaba en la tosca silla y miraba ociosamente alrededor.

No cabe esperar demasiada lógica en este mundo, tanto en el plano del pensamiento como en el del sentimiento. Me sorprendió descubrir el desagrado que me inspiraba aquel joven desconocido. Había pasado una semana desde que se conocieron. ¿Era insensible, era cruel o sencillamente estúpido? No alcanzaba a comprenderlo.

—¿Cree usted —le pregunté a la señorita Haldin cuando hubimos recorrido cierta distancia por la gran avenida— que el señor Razumov comprendió sus intenciones?

—¿Si comprendió mis intenciones? —se repitió—. Estaba muy emocionado. ¡Eso lo sé! Pude percibirlo a pesar de mi agitación. Pero hablé con claridad. Me escuchó, y hasta pareció que se aferraba a mis palabras...

Había acelerado el paso sin darse cuenta. También hablaba más deprisa.

Esperé un momento antes de observar reflexivamente:

—¿Y sin embargo ha dejado pasar todos estos días?

—No sabemos qué trabajo está haciendo aquí. No es un hombre ocioso en viaje de placer. Puede que no disponga de su tiempo... ni siquiera de sus propios pensamientos.

Aminoró el ritmo de improviso y añadió en voz baja:

—O incluso de su vida. —Se quedó callada y quieta—. Incluso podría haber tenido que marcharse de Ginebra el mismo día en que nos vimos.

—¡Sin decírselo! —exclamé con incredulidad.

—No le di tiempo. Lo dejé precipitadamente. Las emociones me dominaron hasta el último momento y siento que fuera así. Aun cuando yo le hubiese dado la oportunidad, estaría justificado que él me tomara por una persona que no era de fiar.

Una chica que llora y que se dejar llevar por sus emociones no es alguien en quien se pueda confiar. En todo caso, aunque se hubiera marchado temporalmente de Ginebra, tengo la seguridad de que volveremos a vernos.

—¡Ah! Tiene esa seguridad. ¿Y en qué se basa?

—En que le dije que estaba muy necesitada de alguien, de un compatriota, de alguien que compartiera mis convicciones, alguien en quien depositar mi confianza sobre cierta cuestión.

—Comprendo. No le preguntaré cuál fue su respuesta. Reconozco que es una buena razón para que usted crea que el señor Razumov no tardará en volver. Pero, ¿hasta hoy no ha dado señales de vida?

—No —dijo en voz baja—, hasta hoy no. —Nos quedamos un rato en silencio, como dos personas que no tienen más que decirse y dejan vagar libremente sus pensamientos antes de tomar distintas direcciones. Nathalie Haldin miró su reloj y efectuó un movimiento brusco. Al parecer había sobrepasado su tiempo de paseo.

—No me gusta alejarme de mi madre —murmuró, sacudiendo la cabeza—. No es que en este momento se encuentre demasiado mal, pero cuando no estoy con ella me siento más intranquila.

La señora Haldin llevaba más de una semana sin hacer la menor alusión a su hijo.

Se sentaba como siempre en el sillón, al lado de la ventana, y miraba en silencio ese tramo desesperado del Boulevard des Philosophes. Cuando hablaba, apenas unas palabras sin vida, era sólo para referirse a cosas indiferentes y triviales.

—Para quien sabe lo que está pensando esa pobre mujer, sus palabras resultan más dolorosas que su silencio. Pero el silencio tampoco es bueno; yo no puedo soportarlo, aunque tampoco me atrevo a interrumpirlo.

La señorita Haldin suspiró mientras se abrochaba un botón del guante, que se le había soltado. Me daba perfecta cuenta del mal momento que debía estar pasando. La tensión, sus causas y su naturaleza arruinarían la salud de una muchacha occidental, pero el carácter ruso afronta con singular resistencia las injusticias y las tensiones de la vida. Erguida y ágil, con una especie de chaqueta corta sobre el vestido negro, que confería mayor esbeltez a su figura y mayor palidez a su rostro fresco pero desprovisto de color, despertó mi asombro y mi admiración.

—No puedo quedarme ni un momento más. Venga pronto a ver a mi madre. Ya sabe que para ella es usted «L’ami». Es un nombre excelente, y lo dice de corazón. Y ahora, au revoir, tengo que irme corriendo.

Miró vagamente hacia el amplio paseo; la mano que me ofrecía escapó de mi alcance por un inesperado movimiento ascendente y se posó en mi hombro. Sus labios rojos, levemente entreabiertos, denotaban no una sonrisa sino una suerte de sorprendido placer. Dirigió la mirada hacia la verja y, deprisa, con voz entrecortada dijo:

—¡Ahí está! Lo sabía.

Comprendí que debía referirse al señor Razumov. Un joven se acercaba sin prisa por la avenida. Vestía de un color marrón apagado y llevaba un bastón. Cuando mis ojos se fijaron en él por vez primera, la cabeza le colgaba sobre el pecho, como si fuera profundamente absorto en sus pensamientos. La levantó con brusquedad mientras lo miraba, y se paró en seco. Estoy seguro de que fue así, aunque este gesto no pasó de ser un vacilante reajuste de su modo de andar, que superó al instante.

Continuó acercándose, mirándonos con fijeza. La señorita Haldin me indicó que no me marchara y avanzó uno o dos pasos.

Volví la cabeza para no presenciar aquel encuentro, y así seguí hasta que oí la voz de Nathalie Haldin, que pronunciaba el nombre del joven a modo de presentación. El señor Razumov fue informado, en tono cálido y suave, de que además de un magnífico profesor yo era un gran apoyo «en nuestra angustia y nuestro dolor».

Se me describió además como inglés, naturalmente. La señorita Haldin hablaba deprisa, mucho más deprisa de lo que nunca la había oído hablar, y el contraste volvía más expresiva la quietud de sus ojos.

—He depositado mi confianza en él —añadió, sin dejar de mirar en ningún momento a Razumov. La mirada del joven descansaba ciertamente en la señorita Haldin, pero no en sus ojos, tan predispuestos hacia él. Nos miró luego a los dos, mientras comenzaba a esbozar una sonrisa forzada, seguida de un gesto de recelo, que se desvanecieron alternativamente. Percibí ambas cosas, aunque para cualquier persona carente de mi acusada tendencia a la adivinación habrían pasado inadvertidas. Ignoraba lo que Nathalie Haldin había observado, pero mi atención captó hasta el último matiz de estos movimientos. El intento de sonrisa fue abandonado y el incipiente fruncimiento del ceño, controlado y suavizado para que no pudiera apreciarse; pero interiormente lo imaginé exclamando:

«¡Su confianza! ¡A este viejo... a este extranjero!».

Lo imaginé porque también él me parecía un extranjero. Mi impresión en conjunto era favorable. Tenía un aire de inteligencia y aun de distinción muy por encima de la media de los estudiantes y otros vecinos de la «Petite Rusie». Sus rasgos eran más decididos que los del común de los rostros rusos: la mandíbula bien delineada, el afeitado pulcro y las mejillas cetrinas; la nariz era una cresta, en lugar de una simple protuberancia. Llevaba el sombrero bien calado sobre los ojos, y el pelo rizado y oscuro le cubría la nuca; bajo la ropa marrón, poco acorde con su imagen, se adivinaban unas extremidades robustas y un ligero encorvamiento confería a sus hombros una amplitud satisfactoria. En términos generales no me sentí decepcionado.

Estudioso, fuerte, tímido...

Antes de que la señorita Haldin dejase de hablar, sentí el apretón de manos de Razumov, firme y musculoso, pero inesperadamente seco y caliente. Ni una palabra, ni siquiera un murmullo, acompañaron este saludo breve y árido.

Yo deseaba dejarlos a solas, pero Nathalie me apretó ligeramente el antebrazo con un gesto significativo, transmitiéndome el claro deseo de mi presencia. Que sonría quien lo desee, pero mi propensión a estar cerca de ella era demasiado intensa, y no me avergüenza decir que para mí no era éste un asunto del que sonreírse. Me quedé, no como lo habría hecho un joven, exaltado, como si levitara, si no con sobriedad, con los pies en la tierra y la cabeza en el intento de comprender las intenciones de mi amiga. Ella se había vuelto hacia Razumov.

—Bueno. Éste es el lugar. Era aquí donde le pedí que viniera. Yo no he faltado un solo día... No se disculpe, lo comprendo. Le agradezco que haya venido hoy, aunque lo cierto es que ahora no puedo quedarme. Me resulta imposible. Debo volver a casa enseguida. Sí, aunque lo tenga a usted delante de mí, debo salir corriendo. Llevo demasiado tiempo fuera... Usted sabe cómo son estas cosas, ¿verdad?

Las últimas palabras iban dirigidas a mí. Advertí que Razumov se pasaba la lengua por los labios, como un hombre sediento y febril. Tomó la mano de Nathalie, enfundada en un guante negro, que se cerró sobre la de él y la retuvo, impidiendo visiblemente un movimiento de retroceso por parte de Razumov.

—Gracias una vez más por... por comprenderme —siguió diciendo con calidez.

Él la interrumpió con cierta brusquedad. No me gustó ver cómo se dirigía a aquella muchacha franca, demasiado escondido bajo el ala de su sombrero, por así decir. Y salió de él una voz débil y áspera, como si tuviera la garganta completamente reseca.

—¿Qué tiene que agradecerme? ¿La comprendo yo...? ¿Cómo iba a comprenderla...? Haría usted mejor en saber que no comprendo nada. Sabía que usted quería verme en este parque. No he podido venir antes, me ha sido imposible. Y como ve, hoy llego tarde.

Ella seguía reteniendo su mano.

—En todo caso le agradezco que no me haya apartado de su pensamiento, por débil y emocional. Es verdad que necesito apoyo. Soy muy ignorante. Pero soy de fiar. ¡Se lo aseguro!

—Es usted ignorante —repitió Razumov con aire pensativo. Había levantado la cabeza y ahora la miraba directamente a la cara, mientras ella seguía sosteniendo su mano. Se quedaron así un largo momento, hasta que ella lo liberó al fin.

—Sí. Ha llegado tarde. Ha sido una suerte que yo me haya retrasado más de lo previsto conversando con este buen amigo. Hablábamos de usted. Sí, Kirylo Sidorovitch, de usted. Él estaba conmigo cuando supe que se encontraba usted aquí, en Ginebra. Él puede decirle cuánto reconfortó esa noticia mi espíritu desconcertado.

También sabía que yo deseaba encontrarlo. Ésa es la única razón por la que acepté la invitación de Peter Ivanovitch...

—¿Peter Ivanovitch le habló de mí? —interrumpió Razumov, con esa voz áspera y titubeante que a mí me sugería una terrible sequedad de garganta.

—Muy poco. Sólo me dijo su nombre y me anunció su llegada a la ciudad. ¿Qué necesidad tenía yo de hacerle más preguntas?

¿Qué podría haberme contado que yo no supiera ya por las cartas de mi hermano?

¡Tres líneas! ¡Y cuánto significaron para mí! Algún día se las mostraré, Kirylo Sidorovitch, pero ahora tengo que irme. La primera conversación entre nosotros no puede ser cuestión de cinco minutos, por eso es preferible no empezar...

Yo me mantenía algo apartado y los miraba de perfil. En ese momento tuve la sensación de que el rostro de Razumov era más viejo que él.

Nathalie se volvió de pronto hacia mí.

—Si mi madre se despertara durante mi ausencia, mucho más prolongada de lo habitual, seguramente me haría preguntas. Ya sabe que últimamente me necesita más de lo normal. Querría saber qué me ha retrasado... y sería muy doloroso para mí verme obligada a fingir ante ella.

Comprendí perfectamente su argumento. Por la misma razón evitó lo que pareció ser un ademán de Razumov para acompañarla.

—¡No! ¡No! Me voy sola, pero vuelva por aquí lo antes posible. —Y en un tono significativo, bajando la voz, me dijo:

—Es posible que mi madre esté ahora mismo sentada junto a la ventana, mirando la calle. No debe saber que el señor Razumov se encuentra aquí hasta... hasta que hayamos resuelto algo. —Se detuvo y, subiendo un poco la voz, aunque seguía dirigiéndose a mí, añadió—: El señor Razumov no llega a entender mi situación, pero usted la conoce bien.

V

Con una rápida inclinación de cabeza dirigida a los dos, y una mirada ferviente y cordial para Razumov, la señorita Haldin nos dejó cubriéndonos las cabezas y contemplando su figura erguida y ágil, que se alejaba presurosa. No era su andar ese deslizamiento híbrido e inseguro que adoptan algunas mujeres, sino un movimiento de avance franco, enérgico y saludable. No tardó en aumentar la distancia que nos separaba, hasta que desapareció con prontitud. Sólo entonces caí en la cuenta de que Razumov, que había vuelto a calarse el sombrero hasta las cejas, me miraba de hito en hito. Me figuro que era yo un tropiezo muy inesperado en el camino de aquel joven ruso. Capté en su semblante, en toda su actitud, una expresión que se componía de curiosidad y de desprecio, atemperados por la alarma, como si hubiera estado conteniendo la respiración mientras yo no lo miraba. Pero sus ojos se cruzaron con los míos en una mirada directa. Por primera vez vi que eran de color castaño claro, enmarcados por unas pestañas densas y negras. Éste era el rasgo más juvenil de su rostro. Unos ojos en absoluto desagradables. Se balanceó ligeramente, se apoyó en el bastón y en general se abandonó al viento. Se me ocurrió de pronto que había una intención expresa en el hecho de que Nathalie Haldin nos dejase solos, que me confiaba una misión, como por puro accidente. Mi presencia le vino muy a mano.

Con esta suposición adopté la actitud más amistosa que me fue posible. Pensé algo adecuado que decir dadas las circunstancias y hallé, en las últimas palabras de mi amiga, la clave para la naturaleza de mi misión.

—No —dije con gravedad, aunque con una sonrisa—, no puede esperarse de usted que lo comprenda.

Su labio pulcramente afeitado tembló levísimamente antes de decir, con cierta ironía siniestra:

—¿Es que no lo ha oído? Esta dama acaba de darme las gracias por comprenderla tan bien.

Lo miré con bastante dureza. ¿Había en su réplica un desprecio inexplicable y oculto? No. No era eso. Tal vez fuera resentimiento. Sí. Pero, ¿qué razón tenía para ello? Daba la impresión de que aquel joven no dormía demasiado bien últimamente.

Casi sentía sobre mí el peso de su mirada opaca e inmóvil, la mirada de un hombre que yace en la oscuridad sin pestañear, en una pasividad airada, atrapado por pensamientos catastróficos. Y sabiendo hoy cuan cierta era mi impresión, puedo afirmar honradamente que éste fue el efecto que me causó. Resultaba doloroso, de un modo curiosamente impreciso, pues, como es natural, la precisión sólo acude a mí ahora que estoy sentado escribiendo con pleno conocimiento de causa. Sin embargo, ése fue el efecto exacto en aquel momento de absoluta ignorancia. Procuré aplacar la inquietud que me producía adoptando una actitud coloquial y familiar.

—Esa joven tan encantadora y esencialmente admirable (como ve, tengo edad suficiente para expresarme con franqueza) se refería a sus propios sentimientos.

Supongo que eso lo ha comprendido usted.

Hizo un movimiento tan brusco que incluso brincó un poco.

—¡He comprendido eso! ¡No puede esperarse de mí que comprenda lo otro! Es posible que yo tenga otras cosas en qué pensar. Sí, la joven es encantadora y admirable. Y... si lo es, supongo que soy capaz de verlo con mis propios ojos.

Esta salida de tono habría resultado insultante de no ser porque su voz apenas se oía, se le secaba en la garganta, y el esforzado murmullo con que hablaba era demasiado doloroso para causar ninguna ofensa.

Guardé silencio, refrenado por el hecho evidente y la impresión sutil. Podía haberlo dejado en ese preciso instante, pero la sensación de que se me había confiado una misión, la sugerencia implícita en la última mirada de la señorita Haldin, me lo impedían. Tras reflexionar un momento, dije:

—¿Paseamos un rato?

Razumov se encogió de hombros con tanta violencia que volvió a brincar. Lo vi por el rabillo del ojo mientras iniciaba la marcha, con él a mi lado. Se había rezagado unos pasos y quedaba casi fuera de mi campo de visión si yo no volvía la cabeza. No deseaba indisponerlo aún más con mi exceso de curiosidad. Habría sido incómodo para un muchacho tan joven, para un refugiado que huía de la sombra pestilente que ocultaba el verdadero rostro amable de su país. Porque esa sombra, el séquito de sus compatriotas, se extendía sobre Europa central y se cernía también sobre él, oscureciendo su figura en mis pensamientos. «Sin duda», me dije, «parece un revolucionario sombrío, incluso desesperado; pero es joven, y tal vez sea generoso y humano, capaz de compadecerse de...».

Oí que aclaraba su garganta reseca y le presté toda mi atención.

—Esto es increíble —fueron sus primeras palabras—. ¡Es increíble! ¡Me encuentro aquí con usted, por ninguna razón que alcance a comprender, en posesión de algo que no se espera de mí que comprenda! ¡Un confidente! ¡Un extranjero!

Hablando de una muchacha rusa admirable. Empiezo a preguntarme si la admirable muchacha no será idiota. ¿Qué se propone usted? ¿Cuál es su objetivo?

La voz resultaba apenas audible, como si su garganta no tuviera más resonancia que un trapo o un ascua, y encerraba un sonido tan lastimero que me resultó muy fácil dominar mi indignación.

—Cuando haya vivido un poco más, señor Razumov, descubrirá que ninguna mujer es idiota en absoluto. No soy feminista, como ese ilustre autor, Peter Ivanovitch, quien, a decir verdad, me resulta no poco sospechoso...

Me interrumpió, en tono de sorpresa, susurrando su asombro.

—¡Sospechoso! ¡A usted! ¡Peter Ivanovitch sospechoso! ¡A usted!

—Sí, en cierto sentido lo es —dije, rebajando un poco la intensidad de mi comentario—. Como le iba diciendo, señor Razumov, cuando haya vivido lo suficiente aprenderá a discriminar entre la confianza sin doblez de un carácter ajeno a cualquier clase de maldad y la favorecedora credulidad de algunas mujeres; pero ni siquiera las crédulas, por más que sean un poco memas y sin duda infelices, son idiotas en absoluto. Soy de la opinión de que es imposible engañar por completo a ninguna mujer. Las que están perdidas se lanzan al abismo con los ojos abiertos cuando conocen toda la verdad.

—¡Caramba! —exclamó, a mi lado—. ¿Y qué me importa a mí si las mujeres son idiotas o lunáticas? No me interesa la opinión que pueda usted tener de ellas. A mí...

a mí no me interesan. Yo las dejo estar. No soy un personaje de novela. ¿Qué le hace pensar que me interesa aprender cómo son las mujeres...? ¿Qué sentido tiene todo esto?

—¿Se refiere al objeto de esta conversación que, en cierta medida, admito haberle forzado a dirigir?

—¡Forzado! ¡El objeto! —repitió, siempre un paso o dos por detrás de mí—. Al parecer quería usted hablar de las mujeres. Eso es un tema, no un objeto. Pero a mí no me interesa. Nunca me ha interesado... Lo cierto es que tenía otros asuntos en los que pensar.

—A mí en este caso sólo me interesa una mujer, una muchacha, la hermana de su difunto amigo: la señorita Haldin. Seguramente podrá pensar un poco en ella. Lo que quería decir, desde el principio, es que se encuentra en una situación que no puede esperarse que usted comprenda.

Escuché el sonido vacilante de sus pisadas a mi lado.

—Creo que si yo se lo explico puede preparar el terreno para su próxima entrevista con ella. Tengo la impresión de que se proponía algo así cuando se despidió de nosotros. Y me considero autorizado para hablar. La peculiar situación a la que he aludido es resultado del dolor y de la desesperación por la ejecución de Victor Haldin. Hubo algo peculiar en las circunstancias de su detención. Sin duda usted conoce toda la verdad...

Noté que me sujetaba el brazo a la altura del codo, y al segundo me vi forzado a mirarlo.

—Sale usted de la nada con esta conversación. ¿Quién diablos es usted? ¡Esto es intolerable! ¡Hay que ver! ¿Qué se propone? ¿Qué sabe usted de lo que es o no es peculiar? ¿Qué pueden importarle a usted las circunstancias confusas o cualquier cosa que pueda ocurrir en Rusia?

Se apoyó pesadamente en el bastón con la otra mano, y cuando me soltó el brazo, tuve la certeza de que apenas podía sostenerse en pie.

—Sentémonos a una de esas mesas vacías —propuse, pasando por alto esta inesperada exhibición de emociones profundas. Confieso que me había impresionado.

Sentí lástima de él.

—¿Qué mesas? ¿De qué me habla? Ah... ¿las mesas vacías? Ésas de ahí. Desde luego. Me sentaré a una de las mesas vacías.

Le conduje desde el camino hasta el centro de las mesas y asientos de madera situados delante del chalet. Para entonces, la pareja suiza se había marchado.

Estábamos solos, por así decir. Razumov se dejó caer en un asiento, soltó el bastón y se acodó sobre la mesa con la cabeza entre las manos, mirándome con insistencia, sin disimulo y de manera sostenida, mientras yo le hacía una seña al camarero y pedía dos cervezas. No podía protestar por este examen silencioso, pues, a decir verdad, me sentía algo culpable de haberlo abordado con cierta aspereza, de haber «salido de la nada», tal como él había dicho.

Mientras esperábamos a que nos atendieran, mencioné que cuando nací mis padres vivían en San Petersburgo, y aprendí el ruso de niño. La ciudad no la recordaba, pues me había marchado de allí a los nueve años, pero más adelante retomé mis conocimientos de la lengua. Razumov me escuchaba sin mover los ojos siquiera un milímetro. Tuvo que cambiar de posición cuando nos trajeron la cerveza, y pareció revivir al vaciar el vaso de un trago. Se recostó en el asiento y, cruzando los brazos a la altura del pecho, siguió mirándome fijamente. Se me ocurrió entonces que aquel rostro pulcramente afeitado, casi moreno, era ciertamente muy expresivo, y que su absoluta inmovilidad era el hábito adquirido por el revolucionario, por el conspirador eternamente en guardia ante la posibilidad de delatarse en un mundo lleno de espías secretos.

—Pero usted es inglés... un profesor de literatura inglesa —murmuró, con una voz que ya no surgía de una garganta reseca—. He oído hablar de usted. Me han dicho que vive aquí desde hace muchos años.

—Cierto. Más de veinte años. Y he ayudado a la señorita Haldin en sus estudios de inglés.

—Ha leído usted poesía inglesa con ella —dijo, inconmovible ahora, como un hombre enteramente distinto, completamente ajeno a ese otro que un momento antes caminaba a mi lado con paso esforzado y vacilante.

—Sí, poesía inglesa —respondí—. Pero el problema al que me he referido lo provocó un periódico inglés.

Seguía mirándome. Creo que no estaba al corriente de que la noticia de la detención de Haldin a media noche hubiese llegado a oídos de un periodista inglés y hubiera sido revelada al mundo. Cuando se lo expliqué musitó con desdén:

—Podría ser del todo falsa.

—Creo que es usted quien mejor puede juzgarlo —repuse, algo desconcertado—.

Confieso que a mí en lo esencial me parece cierta.

—¿Cómo distingue usted la verdad de las mentiras? —preguntó, con su nueva actitud inamovible.

—No sé cómo lo hacen ustedes en Rusia —empecé a decir, molesto por sus maneras. Pero me interrumpió.

—En Rusia, y en todas partes en general... el color de la tinta y las formas de las letras son las mismas, en el caso de un periódico.

—Bueno, uno puede basarse en otros detalles. El carácter de la publicación, la verosimilitud general de la noticia, la consideración del motivo y otras cosas parecidas. Yo no confío ciegamente en la veracidad de los corresponsales, pero ¿por qué iba a tomarse éste la molestia de inventar una falsedad circunstancial sobre un asunto que carece de importancia para el mundo?

—Eso es —gruñó Razumov—. Lo que nos pasa a nosotros carece de importancia, no es más que una historia sensacional para entretener a los lectores de periódicos, a la Europa superior y desdeñosa. Es repugnante. Pero, ¡que esperen un poco y verán!

Dirigió esta especie de amenaza al mundo occidental. Pasando por alto la rabia que detectaba en su mirada, le señalé que, al margen de la buena o de la mala información del periodista, la preocupación de los amigos de estas damas era fruto del efecto que estas pocas líneas impresas habían causado: sólo del efecto. Y a buen seguro que él figuraba entre esas amistades, aunque sólo fuera por la memoria de su difunto amigo y camarada revolucionario. Llegado este punto me pareció que iba a hablar con vehemencia, pero se limitó a sacudir el cuerpo entero con una convulsión que me dejó pasmado. Se recompuso, apretó con más fuerza los brazos cruzados sobre el pecho y se recostó con una sonrisa que denotaba desprecio y malicia.

—Sí, un amigo y camarada... Muy bien.

—Me aventuro a suponerlo. Y no es posible que me equivoque. Yo estaba presente cuando Peter Ivanovitch le anunció su llegada a la señorita Haldin y vi el alivio y el agradecimiento que ella sintió al oír su nombre. Después me mostró la carta de su hermano y leí las pocas palabras en las que alude a usted. ¿Qué otra cosa podía ser sino un amigo?

—Evidentemente. Es bien sabido. Un amigo. Muy cierto... Continúe. Hablaba usted de cierto efecto.

Pensé entonces: «Adopta la crueldad del revolucionario implacable, la insensibilidad a las emociones comunes propias de un hombre consagrado a unas ideas destructivas. Es joven, y su sinceridad se transforma en pose ante un extranjero, un desconocido, un hombre mayor. La juventud necesita afirmarse...». Con la mayor concisión que me fue posible, le expuse el estado anímico en el que se hallaba la señora Haldin desde que recibió la noticia de la prematura muerte de su hijo.

Advertí que me escuchaba con profunda atención. Su mirada fue desviándose progresivamente hacia abajo, abandonó mi rostro y terminó fijándose en el suelo, en sus pies.

—Usted puede acceder a los sentimientos de la hermana. Como bien dice, yo sólo he leído con ella un poco de poesía inglesa, y no pienso quedar en ridículo ante usted hablando de ella. Pero usted la ha visto. Es uno de esos raros seres humanos que no necesitan explicación. Al menos eso pienso yo. El único vínculo de estas damas con el mundo exterior, con el futuro, era ese hijo, ese hermano. Con él se ha marchado para Nathalie Haldin la propia base de la existencia. ¿De veras le asombra que ella busque con avidez al único hombre al que su hermano menciona en sus cartas? Su nombre es una suerte de legado.

—¿Qué puede haber escrito sobre mí? —exclamó, en tono exasperado y bajo.

—Apenas unas palabras. No me compete a mí repetirlas, señor Razumov, pero créame si le digo que poseen la fuerza suficiente para que esta madre y esta hermana crean implícitamente en el valor de su opinión y en la veracidad de cualquier cosa que usted pueda decirles. No puede pasar de largo como si fueran dos extrañas.

Guardé silencio y me quedé un rato escuchando el ruido de los pasos de las pocas personas que paseaban por la avenida principal. Mientras yo hablaba, Razumov había hundido la cabeza en el pecho, entre los brazos cruzados. La levantó de sopetón.

—¿He de ir entonces y mentirle a esa pobre mujer?

No era rabia, era otra cosa, algo más doloroso y en absoluto sencillo. Lo percibí con compasión, al tiempo que profundamente preocupado por la naturaleza de su pregunta.

—¡Vaya por Dios! ¿Es que no basta con la verdad? Yo esperaba que pudiera usted decirles algo consolador. En este caso pienso en la pobre madre. Su Rusia es un país ciertamente cruel.

Se removió un poco en el asiento.

—Sí —repetí—. Pensaba que podría decirles algo auténtico.

Torció los labios de un modo curioso antes de hablar.

—¿Y si no fuera conveniente decirlo?

—¿Si no fuera conveniente... en qué sentido? No lo entiendo.

—En todos los sentidos.

Hablé con cierta acritud.

—Creo que cualquier cosa explicaría las circunstancias de esa detención a media noche...

—Revelada por un periodista para disfrute de la Europa civilizada —interrumpió con desprecio.

—Sí, revelada... Pero, ¿acaso no es cierto? No comprendo su actitud. Una de dos, o ese hombre es un héroe para usted o...

Acercó su rostro al mío con las aletas de la nariz ferozmente dilatadas, con tanta agresividad que hube de hacer un gran esfuerzo para no dar un respingo.

—¡Usted me lo pregunta! Parece que todo este asunto le divierte. ¡Escúcheme!

Yo soy un trabajador. Estudiaba. Sí, estudiaba con ahínco. Hay inteligencia aquí dentro. (Se tocó la frente con la punta de los dedos). ¿Le resulta inconcebible que un ruso pueda tener sanas ambiciones? Sí... yo tenía incluso expectativas. ¡Le aseguro que las tenía! Y míreme ahora, fuera de mi país; todo perdido, sacrificado. ¡Me ve aquí... y me pregunta! ¿Me ve o no me ve? Estoy sentado delante de usted.

Se echó hacia atrás con violencia. Mantuve una apariencia de calma.

—Sí, lo veo. ¿Debo suponer que se encuentra aquí por el caso Haldin?

Razumov cambió de actitud.

—¿Así lo llama? ¿El caso Haldin? —observó con indiferencia.

—No tengo derecho a preguntarle nada —dije—. No quiero presuponer. Pero de ser así, la madre y la hermana de ese hombre que debe de ser un héroe para usted no pueden resultarle indiferentes. Nathalie Haldin es una muchacha generosa y franca, y tiene las más nobles... bueno... ilusiones. Ella no le dirá nada, o se lo contará todo.

Volvamos al propósito con el que me he acercado a usted: lo primero que debemos abordar es el estado patológico de la madre. Tal vez, con su autorización, pudiéramos inventar algo que aliviase a un espíritu trastornado por la aflicción maternal.

Razumov intensificó, me pareció que deliberadamente, su aire de hastiada indiferencia.

—Sí, algo se nos ocurriría —murmuró sin interés.

Se llevó una mano a la boca para ocultar un bostezo. Cuando se descubrió los labios, sonreían muy levemente.

—Discúlpeme. Esta conversación ha sido muy larga y no he dormido mucho las dos últimas noches.

Esta disculpa inesperada y un punto insolente tenía la virtud de ser absolutamente cierta. No hallaba el descanso nocturno desde el día en que la hermana de Victor Haldin apareció en los jardines del Château Borel. La perplejidad y los complejos terrores de esta falta de sueño se registran en el documento que yo vería más tarde, el documento que constituye la fuente principal de esta narración. En ese momento me pareció sinceramente cansado, muy debilitado, como un hombre que hubiera pasado una crisis profunda.

—Tenía muchos escritos urgentes —añadió.

Me levanté al instante, y él siguió mi ejemplo, sin premura, con cierta dificultad.

—Debo pedirle disculpas por haberle entretenido tanto —dije.

—¿Disculpas? Siempre puede uno acostarse antes de que caiga la noche. Además, no me ha entretenido. Podría haberme marchado en cualquier momento.

No había pasado ese rato con él para que me ofendiera.

—Me alegra haber despertado suficientemente su interés —respondí con tranquilidad—. Aunque el mérito no es mío; supongo que ha bastado con un mínimo respeto hacia la madre de su amigo... Y en cuanto a la señorita Haldin, en algún momento se ha sentido inclinada a pensar que su hermano, de un modo u otro, fue delatado a la policía.

Para mi sorpresa, Razumov volvió a sentarse de improviso. Lo miré, y he de decir que aguantó mi mirada sin pestañear un buen rato.

—De un modo u otro —murmuró, como si no lo hubiera entendido bien o no pudiese dar crédito a lo que oía.

—Un imprevisto o un simple accidente —añadí—. O, según me dijo ella exactamente, la insensatez o la debilidad de algún camarada infeliz.

—Insensatez o debilidad —repitió amargamente.

—Es una muchacha muy generosa —observé pasado un momento. El hombre a quien Victor Haldin admiraba fijó sus ojos en el suelo. Di media vuelta y eché a andar, al parecer sin que él lo advirtiese. No albergaba ningún resentimiento por la malhumorada hostilidad con que me había tratado. La sensación que me llevaba de esta conversación era de impotencia. Antes de que me hubiera alejado de las mesas y las sillas de la terraza, Razumov ya me había alcanzado.

—¡Humm, sí! —Le oí decir otra vez a mi lado—. Pero, ¿usted qué piensa?

Ni siquiera me volví a mirarlo.

—Pienso que la gente de su país vive bajo una maldición.

No dijo nada. No volvió a hablar hasta que hubimos cruzado la verja del parque y salido a la calle.

—Me gustaría pasear un rato con usted.

Pese a todo, yo prefería a este joven enigmático antes que a su celebrado compatriota, Peter Ivanovitch, pero tampoco vi ninguna razón para mostrarme especialmente cortés.

—Voy a la estación, por el camino más corto, para recibir a un amigo que viene de Inglaterra —dije por toda respuesta a su inesperada proposición. Confiaba en que mis palabras tuvieran un efecto revelador. Mientras esperábamos en el borde de la acera a que pasara un tranvía, Razumov señaló en tono lúgubre.

—Me agrada lo que ha dicho.

—¿De veras?

Cruzamos la calle juntos.

—El gran problema es comprender exactamente la naturaleza de esa maldición.

—A mí no me parece muy difícil.

—Yo opino lo mismo —concedió, pero esta extraña disposición no le restaba ni un ápice de misterio.

—Una maldición es un conjuro maligno —insistí, para ponerlo a prueba—. Y el verdadero problema, lo que importa, es hallar el modo de romperlo.

—Sí. Hallar el modo.

También en este caso asentía, aunque parecía pensar en otra cosa. Habíamos cruzado en diagonal la plaza del teatro y empezábamos a bajar por una calle amplia y poco frecuentada, en dirección a uno de los puentes más pequeños. Siguió a mi lado sin hablar por un buen rato.

—¿Piensa marcharse pronto de Ginebra? —le pregunté.

Tardó tanto en responder que empecé a pensar que había cometido una indiscreción y no recibiría ninguna respuesta. Sin embargo, al mirarlo, casi me convencí de que mi pregunta le había causado verdadera angustia. Lo percibía sobre todo en cómo crispó las manos, con asombrosa fuerza furtiva. Una vez hubo superado esta especie de agónica vacilación en grado suficiente para decirme que no tenía esa intención, se mostró bastante comunicativo, al menos en comparación con la anterior brusquedad de sus formulaciones. También el tono era más amistoso. Me informó de que se proponía estudiar y también escribir. Incluso llegó a contarme que había estado en Stuttgart. Stuttgart, según sabía yo, era uno de los centros revolucionarios.

El comité de dirección de un partido ruso (no recuerdo cuál en este momento) tenía su sede en esa ciudad. Fue allí donde Razumov entró en contacto con el círculo activo de los revolucionarios fuera de Rusia.

—Es la primera vez que salgo de mi país —me explicó, en un tono casi íntimo. Y tras un instante de vacilación, muy distinta de la agónica indecisión que había suscitado mi sencilla pregunta de si se proponía seguir en Ginebra, me hizo una confidencia inesperada.

—Lo cierto es que me han encomendado una especie de misión.

—¿Que lo retendrá en Ginebra?

—Sí. Aquí. En esta detestable...

Me agradó mi capacidad de sumar dos y dos al colegir que la misión estaba de algún modo relacionada con la persona del gran Peter Ivanovitch, mas me guardé esta conjetura para mí, y Razumov volvió a su silencio. Sólo cuando nos acercábamos al puente hacia el que nos dirigíamos abrió los labios de nuevo, repentinamente:

—¿Podría ver ese valioso artículo?

Necesité reflexionar un momento para comprender a qué se refería.

—Se ha reproducido en varios periódicos locales. Podrá encontrarlo en distintos lugares. Mi ejemplar del periódico inglés se lo di a la señorita Haldin al día siguiente de recibirlo. Me ha preocupado mucho verlo encima de una mesa al lado de la pobre madre durante varias semanas. Luego desapareció. Y le aseguro que fue un alivio.

Razumov se había parado en seco.

—Confío —continué— en que encuentre usted tiempo para visitar a estas damas con cierta frecuencia... en que busque usted el momento.

Me miró de una manera tan extraña que apenas pude definir su expresión. En modo alguno me parecía que viniera al caso. ¿Qué le afligía tanto? ¿Qué extraños pensamientos guardaba en la cabeza? ¿Qué visión de todos los horrores que pueden verse en su desesperado país lo obsesionaba de pronto? Esperé sinceramente que, si tenía alguna relación con el destino de Victor Haldin, se lo guardara para siempre. Lo cierto es que me impresionó tanto que intenté disimular mi sensación —Dios me perdone— con una sonrisa y una fingida ligereza al exclamar:

—¡Seguro que no le supondrá un gran esfuerzo!

Se apartó de mí para apoyarse en el pretil del puente. Aguardé un instante, mirándole la espalda. Sin embargo, les aseguro que en ese momento no deseaba volver a ver su rostro. Razumov no se movió. No tenía intención de moverse. Seguí despacio mi camino hacia la estación y, al final del puente, me volví para mirarlo por encima del hombro. No, no se había movido. Seguía bien inclinado sobre el parapeto, como cautivado por el suave rumor del agua azul que pasaba por debajo del arco. La corriente en ese punto es rápida, extremadamente rápida; a algunas personas les produce mareo. Yo mismo no puedo quedarme un rato mirándola sin experimentar el temor a ser arrastrado de pronto por su fuerza destructora. Algunos cerebros no resisten la insinuación de una fuerza irresistible y un movimiento precipitado.

Al parecer, para Razumov encerraba algún encanto. Lo dejé inclinado sobre el pretil. Su comportamiento conmigo de ninguna manera podía atribuirse a la simple zafiedad. Había algo más bajo su desdén y su impaciencia. Tal vez, me dije, aproximándome de pronto a la verdad oculta, ese algo era lo mismo que le había impedido acercarse a la señorita Haldin durante una semana, casi diez días en realidad. Pero no supe decir qué podría ser.

Tercera parte

I

El agua corría bajo el punte, violenta y profunda. Su movimiento ligeramente ondulante parecía capaz de tallar por sí solo un canal en el sólido granito mientras uno la observaba; y, sin embargo, aunque hubiera atravesado el pecho de Razumov, no habría podido llevarse la amargura allí concentrada por el naufragio de su vida.

«¿Qué significa todo esto?», se preguntó, contemplando el flujo precipitado, tan terso y limpio que sólo el paso de una frágil burbuja de aire o un hilo de espuma fino como un cabello blanco que no tardaba en desaparecer revelaban su vertiginosa carrera, su fuerza terrible. «¿Por qué ese inglés entrometido la ha tomado conmigo?

¿Y qué es esa ridícula historia de la madre trastornada?».

Intentaba pensar adrede con brutalidad, si bien evitaba cualquier referencia mental a la muchacha. «Una madre trastornada», se repitió. «¡Qué fatalidad! ¿O debería despreciarlo todo por absurdo? ¡No! ¡No me equivoco! No puedo permitirme el lujo de despreciar nada. Un hecho absurdo puede desencadenar las más peligrosas complicaciones. ¿Cómo se protege uno de eso? Es algo que desafía la inteligencia.

Cuanto más inteligente se es, menos se sospecha una absurdidad».

Una oleada de ira ahogó momentáneamente sus cavilaciones. Incluso hizo temblar su cuerpo inclinado sobre el puente; reanudó después su reflexión silenciosa, como un diálogo secreto consigo mismo. Pero, incluso en aquella intimidad, su pensamiento mostraba ciertas reservas de las que era vagamente consciente.

«A fin de cuentas, esto no es absurdo. Es insignificante. Es absolutamente insignificante... absolutamente. El trastorno de una mujer, el entrometimiento quisquilloso de un inglés idiota y viejo. ¿Qué diablo lo habrá puesto en mi camino?

¿No lo he tratado con suficiente caballerosidad? ¿No es así? Ésa es la manera de tratar a la gente entrometida. ¿Es posible que siga detrás de mí, esperando?».

Sintió que un escalofrío le recorría la espalda. No era miedo. Estaba seguro de que no era miedo —miedo por sí mismo—, pero era en todo caso una especie de aprensión por otro, por alguien a quien conocía sin ser capaz de ponerle nombre. Se tranquilizó un poco al recordar que el oficioso inglés debía encontrarse con alguien en la estación. Era ridículo suponer que perdería su tiempo esperando allí. Le pareció innecesario volverse a mirar para cerciorarse.

«¿Qué querría decir con esa extraordinaria historia del periódico y la mujer trastornada?», se preguntó de pronto. Era una osadía deplorable, algo que sólo un inglés podía permitirse. Todo aquel asunto era como un deporte para ese individuo — el deporte de la revolución—, un juego que observar desde las alturas de su superioridad. Y qué narices quería decir cuando exclamó: «¡¿Es que no basta con la verdad?!».

Apretó los brazos cruzados sobre el pretil de piedra en el que se apoyaba con fuerza. «¿Es que no basta con la verdad?». La verdad para la madre trastornada del...

Volvió a temblar. Sí. ¡La verdad bastaría! Aparentemente bastaría. Exacto. «Y aceptar su agradecimiento», se dijo, formulando con cinismo las palabras no pronunciadas. «Lanzarse a mi brazos llena de gratitud, sin duda», se burló mentalmente. Pero este estado de ánimo lo abandonó de inmediato. Se sentía triste, como si el corazón se le hubiera vaciado de repente. «Bueno, tengo que ser cauto», concluyó, volviendo en sí, como si su cerebro despertara de un trance. «No hay nada, ni nadie, tan insignificante o absurdo para ser despreciado», pensó con hastío. «Tengo que ser cauto».

Se apartó del parapeto, haciendo fuerza con las manos, y volvió directamente sobre sus pasos camino de su habitación, donde por espacio de varios días llevó una existencia recluida y solitaria. No cumplió con Peter Ivanovith, a quien había sido recomendado por el grupo de Stuttgart; ni se acercó a los círculos de los revolucionarios refugiados, en los que fue presentado a su llegada. Se mantuvo completamente alejado de ese mundo, y sintió que semejante conducta, que causaba sorpresa y suscitaba recelos, entrañaba un peligro para él.

No quiere esto decir que en el curso de esos días no saliera en ningún momento.

Me crucé varias veces con él por la calle, pero no dio muestras de reconocerme. En una ocasión, cuando volvía a casa después de visitar a mis amigas, lo vi cruzar la oscura calzada del Boulevard des Philosophes. Llevaba un sombrero de ala ancha y flexible, y el cuello del abrigo subido. Vi que se acercaba directamente a la casa pero, en lugar de entrar, se detuvo delante de las ventanas todavía iluminadas y, al cabo de un rato, se marchó por una calle lateral.

Sabía que aún no había ido a visitar a la señora Haldin. Nathalie me contó que se mostraba reacio; además, el estado anímico de su madre había cambiado. Al parecer, le había dado por pensar que su hijo seguía con vida, y acaso esperaba su llegada. Su inmovilidad en el sillón junto a la ventana encerraba un aire expectante, incluso cuando bajaban las persianas y encendían las luces.

Yo estaba convencido de que la madre había recibido su sentencia de muerte.

Nathalie, a quien naturalmente oculté mis premoniciones, pensaba que no le haría ningún bien presentarle a Razumov justo en ese momento, una opinión que yo compartía plenamente. Sabía que mi amiga se había encontrado con él en los Bastiones. En un par de ocasiones los vi pasear por la avenida principal. Se vieron allí a diario por espacio de varias semanas. Yo evitaba pasar por el parque a la hora en que la señorita Haldin salía a dar su paseo. Un día, por pura distracción, entré en los jardines y me la encontré sola. Me detuve para intercambiar unas palabras. Razumov no se había presentado y, lógicamente, empezamos a hablar de él.

—¿Le ha dicho algo concreto acerca de las actividades de su hermano... de su objetivo? —me atreví a preguntar.

—No —reconoció ella con cierta vacilación—. Nada concreto.

Comprendía muy bien que en todas sus conversaciones estaría mentalmente presente el hombre muerto que los había unido. Era inevitable. Pero a ella le interesaba el vivo. Supongo que eso también era inevitable. Y continuando con mis pesquisas descubrí que él se había revelado ante ella como un revolucionario en absoluto convencional, desdeñoso de los eslóganes, de las teorías, incluso de los hombres. Esto me agradó, aunque me desconcertaba un poco.

—Sus pensamientos van más allá de la lucha —me explicó Nathalie—. Además, es un hombre muy trabajador —añadió.

—¿Y usted lo comprende? —le pregunté a bocajarro.

Vaciló de nuevo antes de musitar:

—No del todo.

Percibí que Razumov la había fascinado adoptando un aire enigmático y reservado.

—¿Sabe lo que pienso? —dijo entonces, venciendo su actitud discreta, casi reacia —: Creo que me está observando, estudiando, para saber si soy digna de su confianza...

—¿Y eso le agrada?

Se mostró por un momento misteriosamente silenciosa. Después, con energía, pero en tono confidencial, declaró:

—Estoy convencida de que este hombre extraordinario está planeando algo grande, una empresa importante; y está poseído por ello, creo que sufre, por eso y por el hecho de estar solo en el mundo.

—¿Y cree que busca quien le ayude? —comenté, mirando hacia otro lado.

Otra vez un silencio.

—¿Por qué no? —dijo al fin.

El hermano muerto, la madre que se moría, el amigo extranjero, todo había pasado a un remoto segundo plano, aunque tampoco había ni rastro de Peter Ivanovitch. Esto me consoló. Sin embargo, vi cómo la sombra gigantesca de la vida rusa se concentraba en torno a la muchacha como avanza la oscuridad de la noche.

Terminaría por devorarla en cualquier momento. Pregunté por la señora Haldin, la otra víctima de aquella sombra mortal.

Un velo de remordimiento y de inquietud cubrió sus ojos francos. La madre no parecía encontrarse peor, pero ¡si yo supiera las ocurrencias tan raras que a veces tenía! Miró entonces el reloj, anunció que no podía quedarse ni un segundo más y salió corriendo tras un apresurado apretón de manos.

Decididamente Razumov no aparecería ese día. ¡Incomprensible juventud...!

No había pasado una hora cuando, cruzando la Place Mollard, lo vi a bordo de un tranvía en dirección a la orilla sur.

Supe que iba camino del Château Borel.

TRAS DEJAR A RAZUMOV en las puertas del Château Borel, a cosa de un kilómetro de la ciudad, el tranvía prosiguió su trayecto entre dos hileras de árboles frondosos. Al otro lado del camino, bajo la luz del sol, un pequeño embarcadero de madera se adentraba en las aguas pálidas, que más adelante cobraban un intenso tinte azul en desagradable contraste con las laderas verdes y metódicas de la orilla opuesta.

La vista en su conjunto, con los espigones de piedra blanca que señalaban vivamente la oscura fachada de la ciudad a la izquierda, y la extensión de las aguas a la derecha, con aquellos promontorios desprovistos de una personalidad particular, contenía la cualidad anodina y el brillo de un óleo recién pintado. Razumov le dio la espalda con desprecio. Le resultaba odiosa, opresivamente odiosa, con ese acabado tan insulso:

poseía la perfección de la mediocridad finalmente alcanzada tras siglos de esfuerzo y de cultura. Y dándole la espalda encaró la entrada de los jardines del Château Borel.

Los barrotes de la verja y los arcos de hierro forjado, tendidos entre las oscuras pilastras de piedra erosionadas por el tiempo, estaban muy herrumbrosos, y aunque en el suelo se observaban huellas de rodadas frescas, parecía como si la puerta no se hubiera abierto en mucho tiempo. Junto a la caseta del guarda, construida con la misma piedra gris de las pilastras, sus ventanas tapiadas con tablas de madera, había una pequeña entrada lateral. También sus barrotes estaban oxidados, y la cancela entornada, como si nunca se cerrara. De hecho, al intentar empujarla, Razumov comprobó que no se movía.

«Virtud democrática. Al parecer aquí no hay ladrones», murmuró para sí con desagrado. Antes de entrar en los jardines se volvió a mirar acremente a un trabajador ocioso, repantingado en un banco de la avenida amplia y despejada. El hombre se había tumbado y uno de sus brazos colgaba sobre el respaldo del asiento público; disfrutaba de un día libre en descanso señorial, como si todo cuanto había a su alrededor le perteneciese.

«¡Elector! ¡Elegible! ¡Ilustrado!», musitó Razumov para sus adentros. «Un bruto de todos modos».

Entró en la finca y subió deprisa la amplia extensión de la avenida, intentando no pensar en nada, dejando que su cabeza descansara y también sus emociones. Pero al llegar a los pies de la terraza vaciló, afectado físicamente por una interferencia invisible. Le sorprendió de un modo extraño cómo se le aceleró el pulso. Se paró en seco y se quedó mirando el muro de ladrillo de la terraza, su fachada de pequeños arcos precariamente cubiertos por algunas trepadoras poco vistosas, a cuyos pies discurría un arriate de flores descuidadas.

«¡Es aquí!», pensó, con una especie de temor. «Es aquí... en este lugar exacto...».

Tentado estuvo de huir al recordar su primer encuentro con Nathalie Haldin. Lo reconoció ante sí mismo, pero no se movió, y no porque deseara combatir una debilidad indigna, sino porque no tenía adónde huir. Además, no podía salir de Ginebra. Aun sin pensarlo, sabía que era imposible. Habría sido un reconocimiento fatal, un acto de suicidio moral. Y habría sido además físicamente peligroso. Subió despacio las escaleras de la terraza, flanqueadas por dos urnas de piedra verdusca y aspecto funerario.

Al otro lado de la amplia plataforma, donde algunas briznas de hierba asomaban entre la gravilla deslucida, la puerta de la casa, con sus ventanas de la primera planta cerradas, estaba abierta de par en par. Pensó que lo habían visto llegar, pues, enmarcado por el dintel de la puerta, Peter Ivanovitch parecía esperarlo sin su chistera puesta.

La ceremoniosa levita negra y la cabeza descubierta del mayor feminista de Europa acentuaban su dudosa posición en la residencia alquilada por madame de S..., su Egeria. Su aspecto combinaba la formalidad del visitante con la libertad del propietario. Florido, barbudo y enmascarado tras sus lentes azules y oscuras, recibió a Razumov y enseguida lo tomó del brazo con gesto familiar.

El recién llegado suprimió cualquier signo de repugnancia merced a un esfuerzo que su permanente necesidad de prudencia había vuelto casi mecánico. Y esta misma necesidad había terminado por modelar en sus facciones la expresión de una reserva austera, casi fanática. El «heroico fugitivo», una vez más impresionado por la severa prudencia del joven llegado de la Rusia revolucionaria, adoptó un tono conciliador, casi confidencial. Madame de S... estaba descansando, tras una mala noche. A menudo tenía malas noches. Dejó el sombrero en el rellano del piso de arriba y bajó para proponer a su joven amigo un paseo y una cálida conversación por alguna de las umbrías avenidas de detrás de la casa. Tras formular su propuesta, el gran hombre contempló el rostro impertérrito de su visitante, y no pudo evitar esta exclamación:

—¡Palabra que es usted un hombre extraordinario!

—Me temo que se equivoca, Peter Ivanovitch. Si de verdad fuese un hombre extraordinario no estaría aquí, paseando con usted por un jardín de Suiza, cantón de Ginebra, municipio de... ¿a qué municipio pertenece este lugar...? Da lo mismo, el corazón de la democracia en todo caso. Un corazón sin duda muy apropiado, no más grande que un guisante y más o menos del mismo valor. No soy más extraordinario que el resto de los rusos que vagan por el extranjero.

Pero Peter Ivanovitch disintió con énfasis:

—¡No! ¡No! Usted no es nada corriente. Tengo cierta experiencia con los rusos que... bueno... que viven en el extranjero. Usted me parece una personalidad notable, y no soy el único que lo piensa.

«¿Qué ha querido decir con eso?», se preguntó Razumov, volviendo plenamente los ojos hacia su acompañante. El rostro de Peter Ivanovitch denotaba una reflexiva seriedad.

—¿No pensará, Kirylo Sidorovitch, que no he oído hablar de usted desde diversos lugares en los que se ha dado a conocer antes de llegar aquí? He recibido cartas.

—Sí, a todos se nos da de maravilla hablar de los demás —respondió Razumov, que lo había escuchado con mucha atención—. Cotilleos, rumores, sospechas y todo lo demás; eso lo manejamos a la perfección. Incluso la calumnia.

Al permitirse esta andanada, Razumov logró ocultar muy bien la ansiedad que se había apoderado de él, al tiempo que se decía que no había ninguna razón fundada para esta ansiedad. Le alivió la evidente sinceridad con que protestó el otro.

—¡Cielos! —exclamó Peter Ivanovitch—. ¿Qué está diciendo? ¿Qué razón puede tener para...?

El gran exiliado alzó los brazos como si le faltaran las palabras para expresar una sobria verdad. Razumov se sintió satisfecho, si bien decidió continuar en la misma tesitura.

—Hablo de las plantas venenosas, que florecen en el mundo de los conspiradores como champiñones tóxicos en un sótano oscuro.

—Está poniendo algo en entredicho, y en lo que le concierne...

—¡No! —interrumpió Razumov sin vehemencia—. Le aseguro que no es mi intención poner nada en entredicho, pero tampoco lo es albergar falsas ilusiones.

Peter Ivanovitch le dirigió una mirada inescrutable a través de sus lentes oscuras, acompañada de una débil sonrisa.

—El hombre que asegura no tener ilusiones tiene al menos esa ilusión —dijo, en un tono muy cordial—. Pero lo comprendo, Kirylo Sidorovitch. Persigue usted el estoicismo.

—¡Estoicismo! Eso es una pose de los griegos y los romanos. No es para nosotros. Nosotros somos rusos, es decir... niños; es decir... sinceros; es decir...

cínicos, si usted quiere. Pero eso no es una pose.

Sucedió a sus palabras un largo silencio. Caminaban despacio bajo los tilos. Peter Ivanovitch había colocado las manos detrás de la espalda. Razumov sentía la tierra del paseo profundamente umbrío y desprovisto de gravilla húmeda bajo sus pies, casi resbaladiza. Se preguntó con inquietud si estaría diciendo lo correcto. Juzgó que debía controlar el rumbo de la conversación. El gran hombre también parecía reflexionar a su lado. Se aclaró la garganta, y Razumov sintió al punto una dolorosa punzada de desprecio y de temor.

—Estoy asombrado —empezó a decir amablemente Peter Ivanovitch—.

Suponiendo que esté usted en lo cierto con respecto a sus acusaciones, ¿cómo puede siquiera plantear en su caso la cuestión de la calumnia o las habladurías? No es lógico. Lo cierto es, Kirylo Sidorovitch, que no se le conoce a usted lo suficiente para dar pábulo a las habladurías o a la calumnia. En este momento se le asocia con una gran hazaña, una hazaña esperada y ensayada previamente sin éxito. Algunos han muerto en el intento de conseguir lo que usted y Haldin han logrado al fin. Llega hasta nosotros desde Rusia con ese prestigio, si bien no puede negar que es usted poco comunicativo, Kirylo Sidorovitch. Las personas que lo han conocido me han transmitido sus impresiones; uno escribió esto y el otro aquello, pero yo me formo mi propia opinión. Esperé a conocerlo. Es usted un hombre fuera de lo común. Y eso es muy positivo. Es usted reservado, muy reservado. Ese carácter taciturno, esa frente severa, ese algo inflexible y secreto que hay en usted inspira esperanzas y un poco de asombro en cuanto a sus propósitos. Hay algo de Bruto en...

—¡Ahórreme, por favor, esas alusiones clásicas! —le espetó Razumov, nervioso —. ¿Qué pinta en todo esto Junio Bruto? ¡Es ridículo! ¿Pretende decir —añadió con sarcasmo, aunque bajando la voz— que los revolucionarios rusos son todos patricios y que yo soy un aristócrata?

Peter Ivanovitch, que había acompañado su discurso de algunos gestos, entrelazó de nuevo las manos a la espalda y avanzó unos pasos con aire caviloso.

—No «todos» son patricios —murmuró al fin—. Pero en todo caso, usted es uno de los nuestros.

Razumov esbozó una sonrisa amarga.

—A decir verdad mi apellido no es Gugenheimer —dijo en tono despectivo—.

No soy un judío demócrata. ¿Acaso puedo evitarlo? No todo el mundo tiene la misma suerte. No tengo apellido, no tengo...

La celebridad europea se mostró visiblemente alarmado. Retrocedió un paso y lanzó los brazos al frente, extendidos, con ademán reprobador, casi suplicante. Su voz grave y profunda sonó cargada de dolor.

—¡Mi querido amigo! —exclamó—. Mi querido Kirylo Sidorovitch...

Razumov sacudió la cabeza.

—Ese patronímico que de un modo tan cortés emplea usted para dirigirse a mí no me corresponde legítimamente, pero ¿qué más da eso? No es mi intención reclamarlo. No tengo padre. Tanto mejor. Pero le diré una cosa: el abuelo de mi madre era un campesino, un siervo. Para que vea hasta qué punto soy uno de los suyos. No deseo que nadie me reconozca, pero Rusia «no puede» repudiarme. ¡No puede!

Se dio un puñetazo en el pecho.

—¡Soy ruso!

Peter Ivanovitch andaba despacio, con la cabeza baja. Razumov lo siguió, irritado consigo mismo. No debía haber dicho eso. La sinceridad era una imprudencia. Pero pensó con desesperación que uno no podía renunciar por completo a la verdad. Peter Ivanovitch, que meditaba tras sus lentes oscuras, le resultó de pronto tan odioso que si hubiera tenido un cuchillo se imaginó capaz de apuñalarlo, no sólo sin reparo, sino con una satisfacción horrible y triunfante. Su imaginación se deleitó a su pesar en esta atrocidad. Se sintió aturdido. «No es eso lo que se espera de mí», se repitió. «No es eso lo que... Podría largarme ahora mismo, rompiendo el cerrojo de esa pequeña cancela que veo desde aquí en el muro negro. Es un cerrojo muy endeble. Nadie en la casa parece saber que él está aquí conmigo. Ah, sí. ¡El sombrero! Las mujeres descubrirían enseguida el sombrero que ha dejado en el rellano. Lo encontrarían, muerto en esta lúgubre y húmeda sombra, mas para entonces yo ya me habría marchado, y nadie sabría jamás... ¡Señor! ¿Me estoy volviendo loco?», se preguntó aterrado.

Oyó decir al gran hombre en voz baja.

—Humm, sí. De eso no cabe duda... en cierto sentido... —Alzó la voz—. Es usted muy orgulloso...

La entonación de Peter Ivanovitch había cobrado un timbre acogedor, familiar, al reconocer de algún modo la reivindicación de sus orígenes campesinos.

—Muy orgulloso, hermano Kirylo. Y no digo que no tenga usted motivos para serlo. Ya he admitido que los tiene. Si me he aventurado a aludir a las circunstancias de su nacimiento ha sido sólo porque yo le atribuyo a eso no poca importancia. Usted es uno de los nuestros... un des nôtres. Pienso en ello con satisfacción.

—También yo le atribuyo cierta importancia —dijo Razumov tranquilamente—.

Y no niego que la tenga para usted —continuó, tras una breve pausa y en un tono funesto del que fue plenamente consciente, con algo de fastidio. Confiaba en que Peter Ivanovitch no lo hubiese detectado—. Pero, ¿qué tal si no volvemos a hablar de eso?

—De acuerdo, no volveremos a hablarlo... tras esta última vez, Kirylo Sidorovitch —insistió el noble arzobispo de la Revolución—. Esta será la última ocasión. Espero que no piense siquiera por un momento que tenía yo la más leve intención de herir sus sentimientos. Es usted sin duda una naturaleza superior, así es como yo lo veo. Muy por encima de las... humm... susceptibilidades comunes.

Aunque lo cierto es, Kirylo Sidorovitch, que desconozco sus susceptibilidades. Fuera de Rusia nadie sabe gran cosa de usted, ¡por el momento!

—¿Me han estado vigilando? —insinuó Razumov.

—Sí.

El gran hombre había respondido con absoluta franqueza, pero al mirarse el uno al otro Razumov se sintió confundido por las lentes oscuras. Tras ellas sugería Peter Ivanovitch que llevaba algún tiempo con la necesidad de encontrar un hombre de energía y de carácter, con las miras puestas en cierto proyecto. No dijo sin embargo nada más preciso, y tras exponer algunas críticas sobre las personalidades de varios miembros del comité de acción revolucionaria en Stuttgart, guardó silencio un buen rato. Recorrieron el paseo de punta a punta. Razumov, también callado, levantaba la vista de vez en cuando para mirar de reojo la fachada posterior de la casa. No ofrecía indicio alguno de estar habitada. Sus muros sucios y erosionados por el efecto de la intemperie, y las ventanas cerradas de arriba abajo, le conferían un aspecto lúgubre y abandonado. Bien podía estar encantada, según la tradición, por algún fantasma de clase media plañidero, gruñón y trivial. Los recuerdos que, a decir de los rumores mundanos, evocaba madame de S... de los encuentros que allí había tenido con estadistas, diplomáticos y parlamentarios de distintos países europeos, debían de haber sido de otra índole. Razumov nunca había visto a esta mujer más que en su carruaje.

Peter Ivanovitch salió de su abstracción.

—Se me ocurren dos cosas. En primer lugar, creo que ningún líder o ninguna acción decisiva puede surgir de la escoria de un pueblo... humm... sería demasiado largo de explicar. Le sorprendería conocer la variedad de los ingredientes que en mi opinión intervienen en la formación de esta escoria, que sin duda deben permanecer en el fondo. Por otro lado, una afirmación así podría suscitar discusiones. Lo que sí puedo decirle es lo que se distingue de la escoria. En eso no cabe ningún desacuerdo.

El campesinado de un pueblo no es la escoria; tampoco lo son las clases altas, la nobleza. ¡Reflexione sobre eso, Kirylo Sidorovitch! Creo que está usted bien dotado para la reflexión. Todo cuanto en un pueblo no es auténtico, todo aquello que no le pertenece por origen o por evolución es ¡sucio! Lo mismo ocurre con la inteligencia mal encauzada. Eso son las doctrinas engendradas en el extranjero. ¡Sucias! ¡Escoria!

La segunda idea que someto a su consideración es la siguiente: que en este momento se abre para nosotros un abismo entre el pasado y el futuro. El liberalismo extranjero jamás podrá tender un puente sobre él. Cualquier intento en ese sentido es una locura o un engaño. ¡Jamás podrá tenderse un puente sobre ese abismo! Es preciso rellenarlo.

Se apreciaba en el tono del fornido feminista una burla siniestra. Sujetó el brazo de Razumov por encima del codo y lo sacudió con suavidad.

—¿Lo comprende usted, enigmático muchacho? Es preciso rellenarlo, nada más.

La expresión de Razumov siguió inmutable.

—¿No le parece que ya he meditado suficientemente sobre esa cuestión? —dijo, liberando el brazo con un movimiento leve que aumentó un poco la distancia que lo separaba de Peter Ivanovitch mientras continuaban el paso. Y acto seguido añadió que ni un montón de carros cargados de palabras y de teorías bastarían para rellenar ese abismo. La reflexión estaba de sobra. Sólo un sacrificio de muchas vidas podría...

Guardó silencio sin completar la frase.

Peter Ivanovitch inclinó despacio la cabeza grande y greñuda. Pasado un momento propuso regresar y comprobar si madame de S... estaba ya visible.

—Tomaremos un poco de té —dijo, abandonando el lúgubre y umbrío paseo con zancada más enérgica.

La dama de compañía andaba ojo avizor. Su falda oscura se retiró ondeando hacia el vestíbulo cuando los dos hombres doblaron la esquina. Se escabulló rápidamente y cuando ellos entraron había desaparecido. Sus pasos resonaron débilmente bajo la intensa luz que entraba por el polvoriento tragaluz de cristal sobre el suelo ajedrezado, cubierto de huellas de barro. El gran feminista condujo a Razumov al piso de arriba. En la balaustrada del rellano descansaba una flamante chistera, con el ala levantada, frente a la doble puerta del salón, encantado, según se decía, por los fantasmas evocados, y frecuentado, cabía suponer, por revolucionarios fugitivos. La pintura blanca, agrietada en los paneles, y los deslustrados dorados de las molduras, no permitían imaginar sino polvo y vacío al otro lado. Antes de empujar el enorme tirador de bronce, Peter Ivanovitch dirigió a su joven compatriota una mirada seca, mitad crítica, mitad preparatoria.

—Nadie es perfecto —murmuró discretamente—. Así, el propietario de una rara joya tal vez pudiera advertir al profano, antes de abrir el joyero, de que acaso ninguna gema esté libre de imperfecciones.

Tanto tiempo estuvo con la mano en el tirador, que Razumov contestó con un sombrío: «No».

—Ni siquiera la perfección produciría ese efecto —continuó Peter Ivanovitch— en un mundo donde no tiene cabida. Pero descubrirá una inteligencia —¡que digo!—, la quintaesencia de la intuición femenina, capaz de comprender cualquier perplejidad que pueda producir en usted la fuerza iluminadora e irresistible de la compasión.

Nada puede permanecer oscuro ante esa... esa inspirada perspicacia, sí, esta verdadera luz de la femineidad.

La mirada de las lentes oscuras, con su vítrea tenacidad, daba a su rostro un aire de convicción absoluta. Razumov se sintió momentáneamente encogido ante la puerta cerrada.

—¿Perspicacia? Luz —balbució—. ¿Se refiere a que es capaz de leer el pensamiento?

Peter Ivanovitch pareció desconcertado.

—Me refiero a algo enteramente distinto —replicó, con una sonrisa leve y compasiva.

Razumov empezaba a enfadarse, muy en contra de su voluntad.

—Todo esto es muy misterioso —murmuró entre dientes.

—¿No le molestará ser comprendido, ser guiado? —inquirió el gran feminista.

Razumov explotó con un fuerte suspiro.

—¿En qué sentido? Haga el favor de comprender que soy una persona seria. ¿Por quién me toma?

Se miraron detenidamente. La impenetrable severidad de los cristales azules enfrió la rabia de Razumov. Peter Ivanovitch por fin empujó el tirador.

—Enseguida lo sabrá —dijo, abriendo la puerta.

Se oyó en la habitación una voz grave y estridente.

—Enfin. Vou voilà. Desde la puerta, ocultando la vista con su negra corpulencia, Peter Ivanovitch tronó en tono campechano y con algo de jactancia.

—Sí. ¡Aquí estoy!

Miró por encima del hombro a Razumov, que esperó a que el otro se moviera.

—Y te traigo a un conspirador reconocido... esta vez a uno de verdad. Un vrai celui là.

Esta pausa en la puerta dio tiempo al «conspirador reconocido» para cerciorarse de que su expresión no delataba ni su curiosidad airada ni su disgusto mental.

Estos sentimientos se confiesan en el informe de Razumov sobre su primera entrevista con madame de S... No puede dudarse por tanto de la veracidad de las palabras que empleo en mi relato. La descripción del joven, exclusivamente para sí, no fue, así lo creo, el resultado de ese extraño impulso de indiscreción propio de los hombres que llevan vidas secretas, como tampoco explica la invariable existencia de «documentos comprometedores» en todas las tramas y las conspiraciones de la historia. Creo que Razumov la abordó como un hombre se mira en un espejo: con asombro y acaso con angustia, rabia o desesperación. Sí, tal como un hombre amenazado contemplaría su propio rostro en el espejo, formulando pretextos tranquilizadores para su aspecto marcado por la mácula de alguna insidiosa enfermedad congénita.

II

La Egeria del «Mazzini Ruso» causó a primera vista una fuerte impresión por la cadavérica inmovilidad de su rostro exageradamente maquillado. Los ojos tenían un brillo fuera de lo común. La figura, enfundada en un vestido ceñido, era admirable pero en modo alguno natural, sino afectada por un elegante envaramiento. La voz estridente que lo invitó a sentarse, el talle muy erguido, con un brazo extendido sobre el respaldo del sofá, y el contraste de la córnea blanca y reluciente con la mirada negra y espectral de las pupilas dilatadas impresionaron a Razumov más que nada de cuanto había visto desde su apresurada y secreta partida de San Petersburgo. Le pareció una bruja vestida con ropa de París. ¡Un portento! Vacilaron sus pasos al acercarse, y al principio no alcanzó a comprender del todo lo que la voz estridente le decía.

—Siéntese. Acerque un poco su silla. Ahí...

Razumov tomó asiento. Le asombraron, vistos de cerca, los pómulos realzados con colorete, las arrugas y las finas líneas a ambos lados de los labios intensos, madame de S... lo recibía con gentileza, con una sonrisa que evocó en Razumov la imagen de una calavera con una mueca burlona.

—Hace tiempo que oímos hablar de usted.

Razumov no supo qué decir, y murmuró unas palabras inconexas. El efecto de la mueca en la calavera se esfumó.

—¿Y sabe usted que la queja general es lo reservado que se ha mostrado usted en todas partes?

El interpelado guardó silencio mientras pensaba una respuesta.

—Como ve, soy un hombre de acción —dijo con voz ronca, alzando la mirada.

Peter Ivanovitch se mantenía en un silencio expectante y magnífico, de pie junto a la silla del muchacho. Razumov sintió una ligera náusea. ¿Qué relación podían tener esos dos? Ella como un cadáver galvanizado, salido de algún cuento de Hoffmann; él, el predicador del evangelio feminista ante el mundo entero, y super-revolucionario por añadidura. La momia antigua y pintarrajeada, de ojos insondables, y el fornido, con cuello de toro, deferente... ¿qué nombre darle? Brujería, fascinación... «Es por su dinero», se dijo Razumov. «¡Tiene millones!».

Las paredes y el suelo de la habitación estaban desnudas como un granero. El escaso mobiliario fue rescatado de los desvanes y arrastrado sin siquiera limpiarlo debidamente. Eran los deshechos de la viuda del banquero. Las ventanas, sin cortinas, tenían un aspecto indigente e insomne. En dos de ellas los postigos blanco- amarillentos estaban cerrados. Todo ello hablaba no de pobreza, sino de penuria y sordidez.

La voz estridente sonó con enfado desde el sofá.

—Observa usted este espacio, Kirylo Sidorovitch. Me han robado de un modo vergonzoso, estoy arruinada.

Una sonora risotada, que al parecer no pudo controlar, interrumpió a la mujer por un momento.

—Un eslavo hallaría consuelo en el hecho de que el principal ladrón fuese un personaje exaltado y casi sacrosanto... un Gran Duque en efecto. ¿Lo comprende, señor Razumov? ¡Un Gran Duque! ¡No! ¡No se hace usted una idea de lo ladrones que son! ¡Ladrones redomados!

Le temblaba el pecho, pero el brazo izquierdo seguía rígidamente extendido sobre el respaldo del sofá.

—Así sólo consigues alterarte —dijo una voz profunda que, según percibió Razumov con sobresalto, parecía proceder de detrás de las sempiternas lentes de Peter Ivanovitch más que de sus labios, que apenas se movieron.

—¿Y qué? ¡Digo que son unos ladrones! Voleurs! Voleurs! Se hallaba Razumov muy confundido por este inesperado clamor que tenía algo de gemido y de graznido, y más de un indicio de histeria.

—Voleurs! Voleurs! Vol...

—Ningún poder de este mundo puede robarte tu genio —vociferó Peter Ivanovitch con la fuerza atronadora de un contrabajo, aunque sin moverse, sin un solo gesto. Sobrevino un silencio profundo.

Razumov se mantenía aparentemente impasible. «¿Qué significa esta interpretación?», se preguntaba. Pero, anunciando su llegada con un golpe en alguna puerta a espaldas de Razumov, la dama de compañía entró rápidamente con una raída falda negra y una blusa deshilachada, taconeando y llevando con las dos manos un gran samovar ruso, que a todas luces pesaba demasiado. Razumov realizó un movimiento instintivo para ayudarla, y tanto se sorprendió ella que a punto estuvo de tirar su sibilante carga. Logró sin embargo depositarla sobre la mesa, y parecía tan aterrada que Razumov se apresuró a sentarse. De una habitación contigua trajo después cuatro vasos de cristal, una tetera y un azucarero en una bandeja de hierro negra.

La voz estridente preguntó con aspereza desde el sofá:

—Les gateaux? ¿Te has acordado de traer los pasteles?

Sin decir palabra, Peter Ivanovitch salió al rellano y regresó al instante con un paquete envuelto en papel satinado y blanco, que seguramente sacó de su chistera.

Con imperturbable actitud desató el cordel y alisó el papel abierto sobre la mesa, al alcance de madame de S... La dama de compañía sirvió el té y se retiró después a un rincón de la sala, fuera de la vista de todos. De cuando en cuando, madame de S...

tendía hacia los pasteles una mano como una garra, en la que refulgían costosos anillos; cogía uno y lo devoraba, exhibiendo su macabra dentadura postiza.

Entretanto hablaba con voz ronca de la situación política en los Balcanes. Depositaba grandes esperanzas en cierta complicación en la península que había despertado en Rusia un gran movimiento de indignación nacional contra «esos ladrones, ladrones, ladrones».

—Así sólo conseguirás alterarte —terció Peter Ivanovitch, alzando su mirada vítrea. Fumaba y bebía el té en silencio, continuamente. Cuando terminaba un vaso, dibujaba una floritura con la mano por encima del hombro, y a esta señal la dama de compañía, arrellanada en su rincón con los ojos abiertos como un animal en guardia, se acercaba corriendo a la mesa para rellenárselo.

Razumov la miró un par de veces. Parecía nerviosa, trémula, pero ni madame de S... ni Peter Ivanovitch le prestaban la menor atención. «¿Qué han hecho entre los dos con esta pobre mujer? —se preguntó Razumov—. ¿La han aterrorizado con los fantasmas hasta hacerle perder el juicio o se han limitado a apalearla?». Cuando le ofreció su segundo vaso de té, Razumov notó que le temblaban los labios como a una persona asustada que está a punto de decir algo. Pero, claro está, la mujer no dijo nada, y se retiró a su rincón, como si acariciara mentalmente la sonrisa que él le dirigió en señal de agradecimiento.

«Tal vez sea útil cultivar su amistad», pensó de pronto Razumov.

Empezaba a tranquilizarse, a ubicarse en la actualidad a la que se había visto arrojado puede que por primera vez desde que Victor Haldin apareció en su cuarto...

y volvió a salir de allí. Era plenamente consciente de ser el objeto de las espectrales atenciones de la famosa —o notoria— madame de S...

A ella le agradó descubrir que el joven era distinto de los demás miembros de los comités revolucionarios, emisarios secretos, vulgares y zafios profesores fugitivos, estudiantes toscos, antiguos albañiles de rostros apostólicos, entusiastas harapientos y tísicos, muchachos hebreos, hombres corrientes de toda condición que solían ir y venir alrededor de Peter Ivanovitch: fanáticos, pedantes, todos proletarios. Le agradaba conversar con este joven notablemente bien parecido, porque madame de S... no siempre se encontraba en un trance místico. El carácter taciturno de Razumov tan sólo la animaba a hablar más deprisa y con mayor prolijidad. Seguía refiriéndose a los Balcanes. Conocía a todos los estadistas de la región: turcos, búlgaros, montenegrinos, rumanos, griegos, armenios y sin nacionalidad precisa, jóvenes y viejos, vivos y muertos. Con un poco de dinero podía ponerse en marcha una intriga que incendiaría la península y ultrajaría los sentimientos del pueblo ruso. Se alzaría el grito de los hermanos abandonados, y entonces, cuando el país entero hirviese de indignación, bastarían un par de regimientos para iniciar una revolución militar en San Petersburgo y acabar con esos ladrones...

«Aparentemente, yo sólo tengo que permanecer sentado y escuchar», pensó el silencioso Razumov. «En cuanto a ese bruto greñudo y obsceno» (en estos término se refería mentalmente al popular exponente de una concepción feminista del Estado social), «también él hablará algún día, por muy astuto que sea».

Razumov interrumpió un momento sus pensamientos. Una sombría reflexión se formuló luego en su mente, irónica y amarga. «Tengo el don de inspirar confianza».

Se oyó reír, y fue como si su risa aguijoneara a la bruja maquillada y de ojos brillantes instalada en el sofá.

—¡Ríase si quiere! —exclamó con acritud—. ¿Qué otra opción nos queda? Unos timadores de tomo y lomo, y de la peor ralea. ¡Alemanes rastreros: del linaje de los Holstein-Gottorp! Aunque lo cierto es que no es prudente decir quiénes y qué son.

Una familia que cuenta entre sus antepasados con una mujer como Catalina la Grande. ¡Se da usted cuenta!

—Te estás alterando —insistió Peter Ivanovitch, en tono paciente pero firme. Esta admonición causó en la Egeria el efecto habitual. Dejó caer los párpados densos y descoloridos y cambió de posición en el sofá. Todos sus movimientos, angulosos y carentes de vida, parecían completamente automáticos ahora que tenía los ojos cerrados. De buenas a primeras los abrió de un modo exagerado. Peter Ivanovitch seguía bebiendo té, sin prisa pero sin pausa.

—¡Caramba! —dijo, en clara alusión a Razumov—. La gente que se ha encontrado con usted en su camino hasta aquí está en lo cierto. Es muy reservado. No ha dicho ni veinte palabras en total desde que entró. Y tampoco deja traslucir sus pensamientos.

—La he estado escuchando, madame —dijo Razumov, empleando el francés por primera vez, algo vacilante, no del todo seguro de su acento. Pareció producir no obstante una excelente impresión. Madame de S... dirigió una mirada elocuente a las lentes de Peter Ivanovitch, como si quiera transmitirle su convicción acerca del mérito de aquel joven. Incluso inclinó levísimamente la cabeza, y Razumov la oyó murmurar en voz muy baja «terminará en el servicio diplomático», lo cual sólo podía aludir a la favorable impresión que había causado. Sublevó a Razumov lo absurdo y descabellado de este comentario, por parecerle un ultraje a sus esperanzas arruinadas, una parodia de su futura carrera. Peter Ivanovitch, impasible como si estuviera sordo, bebió un poco más de té. Razumov se sintió obligado a decir algo.

—Sí —empezó en tono deliberado, como si expresara una opinión meditada—.

Sin duda. Aun cuando se trate de planear una revolución puramente militar es preciso tener en consideración el temperamento del pueblo.

—Me ha comprendido perfectamente. Es necesario espiritualizar el descontento.

Eso es lo que los vulgares jefes de los comités revolucionarios no entenderán nunca.

Son incapaces de entenderlo. Mordatiev, por ejemplo, estuvo en Ginebra el mes pasado. Peter Ivanovitch lo trajo aquí. ¿Conoce a Mordatiev? Bueno, sí, seguro que ha oído hablar de él. Dicen que es un águila... ¡un héroe! No ha hecho en la vida ni la mitad de lo que ha hecho usted. Nunca ha intentado... ni la mitad... madame de S...

se agitó angulosamente en el sofá.

—Naturalmente, nosotros hablamos con él. ¿Y sabe qué me dijo? «¿Qué nos importan a nosotros las intrigas de los Balcanes? ¡Lo que tenemos que hacer es extirpar a los canallas!». Lo de extirpar está muy bien... pero, ¿luego qué? ¡El muy imbécil! Le dije a gritos: «Pero tienes que espiritualizar... ¿no lo entiendes?...

Espiritualizar a los descontentos...».

Buscó con nerviosismo un pañuelo en el bolsillo y lo apretó contra sus labios.

—¿Espiritualizar? —preguntó Razumov, observando cómo subía y bajaba el pecho de la Egeria. Los extremos de un viejo pañuelo de encaje negro que llevaba en la cabeza se deslizaron hacia los hombros y quedaron colgando a ambos lados sobre las mejillas cadavéricas y encarnadas.

—Un ser odioso —repitió—. Imagínese a un hombre que se pone cinco terrones de azúcar en el té... Sí, ¡espiritualizar he dicho!

¿Cómo si no puede transformarse el descontento en eficaz y universal?

—Preste atención, joven. —Se oyó decir solemnemente a Peter Ivanovitch—.

Eficaz y universal.

Razumov lo miró con recelo.

—Algunos dicen que para eso basta con el hambre —señaló.

—Sí. Lo sé. Nuestro pueblo se muere de hambre por millares. Pero el hambre no puede universalizarse. Y no es la desesperación lo que queremos crear. Ningún apoyo moral permite sobreponerse a eso. Es la indignación... madame de S... dejó caer el brazo delgado extendido sobre las rodillas.

—Yo no soy un Mordatiev —dijo Razumov.

—Bien sûr! —murmuró madame de S...

—Aunque estoy dispuesto a decir: ¡extirpar, extirpar! Pero, en mi ignorancia de la labor política, permítame preguntarle: Una intriga... bueno... balcánica, ¿no llevaría mucho tiempo?

Peter Ivanovitch se levantó y se alejó despacio, hasta quedar mirando a la ventana. Razumov oyó una puerta que se cerraba; volvió la cabeza y comprobó que la dama de compañía había salido a hurtadillas de la habitación.

—Yo en cuestiones políticas soy supernaturalista —dijo madame de S..., rompiendo bruscamente el silencio.

Peter Ivanovitch se apartó de la ventana y apretó con suavidad el hombro de Razumov. Era una señal para retirarse, pero al mismo tiempo se dirigió a madame de S... en un tono peculiarmente recordatorio.

—¡Eleanor!

Ella no pareció oírlo. Se apoyó en la esquina del sofá como una figura de madera.

La inamovible irritación del rostro, enmarcado en el encaje lacio y viejo, denotaba crueldad.

—En lo tocante a extirpar —graznó al atento Razumov—, sólo hay una clase en Rusia que debe ser extirpada. Sólo una. Y dicha clase consta de una sola familia. ¿Me comprende? Esa familia debe ser extirpada.

Su rigidez resultaba aterradora, como el rigor de un cadáver galvanizado que hablaba con dureza y mostraba unos ojos brillantes por la pura fuerza de un odio asesino. La visión fascinaba a Razumov, aunque se sentía más dueño de sí que en ningún momento desde que entrara en aquella habitación extrañamente vacía. Estaba interesado. Pero el gran feminista volvió a proferir su extraña advertencia.

—¡Eleanor!

Ella no le prestó atención. Sus labios de color carmín vaticinaban con una rapidez extraordinaria. El espíritu revelador emplearía unas armas ante las cuales las aguas de los ríos se separarían como el Jordán, y caerían los muros como las murallas de Jericó. La liberación del cautiverio se efectuaría mediante plagas y señales, mediante prodigios y guerra. Las mujeres...

—¡Eleanor!

Se quedó quieta; al fin lo había oído. Se apretó la frente con una mano.

—¿Qué pasa? ¡Ah, sí! Esa muchacha... la hermana de...

Se refería a la señorita Haldin. La joven y su madre llevaban una vida muy retirada. Eran damas de provincias, ¿no es así? La madre había sido muy hermosa, aún conservaba vestigios de su belleza. Peter Ivanovitch quedó muy impresionado cuando fue a visitarlas por primera vez... Pero lo recibieron con una frialdad ciertamente inaudita.

—¡Él es una de nuestras glorias nacionales! —exclamó madame de S... con repentina vehemencia—. El mundo entero lo escucha.

—No conozco a esas damas —dijo Razumov, elevando el tono y levantándose de la silla.

—¿Qué está diciendo, Kirylo Sidorovitch? Tengo entendido que el otro día habló con ella en el jardín.

—Sí, en el jardín —respondió Razumov en tono lúgubre. Y haciendo un esfuerzo añadió—: Ella se me presentó.

—Y luego se alejó de todos nosotros —continuó la anfitriona con vivacidad espectral—. ¡Después de llegar hasta la puerta! ¡Qué extraña manera de proceder!

Bueno, yo también fui en su día una muchacha provinciana y tímida. Sí, Razumov — se permitió esta familiaridad intencionadamente, con una aterradora mueca de gentileza.

El sobresalto de Razumov fue visible, —ése es mi origen. Una sencilla familia provinciana.

—Eres una maravilla —profirió Peter Ivanovicth con su voz más profunda.

Pero fue a Razumov a quien ella dirigió su sonrisa cadavérica. Habló en un tono bastante imperioso.

—Debe traer a esa jovencita sin cultivar. La necesitamos. Confío en su éxito...

¡no me decepcione!

—No es una jovencita sin cultivar —dijo Razumov con hosquedad.

—Bueno, pues... da lo mismo. Podría ser una de esas demócratas presuntuosas.

¿Sabe lo que creo? Creo que se parece mucho a usted. Arde en usted el fuego del desprecio. Tiene una autosuficiencia muy misteriosa, pero yo puedo ver su alma.

Había en sus ojos brillantes una mirada seca, penetrante, que, sin ver a Razumov, le hizo concebir a éste la absurda idea de que miraba a sus espaldas algo sólo visible para ella. Se reprochó por impresionable y por idiota, y con forzada serenidad preguntó:

—¿Qué es lo que ve? ¿Algo que se parece a mí?

Ella movió negativamente el rostro rígido a derecha e izquierda.

—¿Una especie de fantasma en mi imagen? —continuó Razumov despacio—.

Supongo que cuando se consigue ver un alma, será exactamente eso. Una forma vana.

Hay fantasmas de vivos y fantasmas de muertos.

La tensión en la mirada de madame de S... se había relajado, y ahora contemplaba a Razumov en un silencio que resultaba desconcertante.

—He tenido esa experiencia personalmente —balbució el joven, como si se viera obligado a confesarlo—. Una vez vi un fantasma.

Los labios de un rojo artificial se movieron para formular severamente una pregunta:

—¿De una persona muerta?

—No. Viva.

—¿De un amigo?

—No.

—¿De un enemigo?

—Lo odiaba.

—¡Ah! En ese caso no era una mujer.

—¡Una mujer! —repitió Razumov, mirando directamente a los ojos de ella—.

¿Por qué había de ser una mujer? ¿Por qué esta conclusión? ¿Por qué no podría odiar a una mujer?

A decir verdad, la idea de odiar a una mujer era nueva para él. En ese momento odiaba a madame de S..., aunque tampoco era exactamente odio. Se parecía más a la repugnancia que causaba una repulsiva figura de madera o de escayola. No se movía ella más que si fuera una estatua; hasta sus ojos, que miraban a Razumov sin parpadear y se hundían en los de él, carecían de vida a pesar de su brillo, como si fueran artificiales, lo mismo que sus dientes. Por primera vez Razumov percibió un tenue perfume que, pese a su levedad, le resultó nauseabundo. Peter Ivanovitch volvió a tocarle en el hombro, a lo que Razumov respondió con una reverencia, y estaba a punto de dar media vuelta cuando le fue otorgado el inesperado favor de una mano inanimada y huesuda, que se tendió hacia él acompañada de estas palabras en ronco francés:

—Au revoir!

Se inclinó sobre la mano esquelética y salió de la habitación escoltado por el gran hombre, que lo invitó a pasar en primer lugar. La voz llamó desde el sofá.

—Tú no te vayas, Pierre.

—Desde luego, ma chère amie.

Pero abandonó la habitación con Razumov y cerró la puerta a sus espaldas. El rellano se prolongaba a derecha e izquierda en dos pasillos vacíos, en desoladas perspectivas de blanco y dorado, sin una mísera alfombra. Hasta la luz, que entraba por un gran ventanal al fondo, parecía polvorienta, y la mancha solitaria que reposaba en la balaustrada de mármol blanco —la chistera de seda del gran feminista— afirmaba con rotundidad su presencia negra y brillante en medio de la cruda blancura.

Peter Ivanovitch acompañó a Razumov sin decir palabra. Ni siquiera cuando alcanzaron las escaleras rompió su silencio. El impulso de bajar rápidamente y salir por la puerta sin siquiera una inclinación de la cabeza abandonó de pronto a Razumov. Se detuvo en el primer escalón y apoyó la espalda en la pared. Abajo, el gran vestíbulo, con su suelo ajedrezado, parecía absurdamente grande, como un espacio público dotado de un gran poder de resonancia que aguarda la provocación de unas voces y unas pisadas. Como si temiera despertar los ecos de aquella casa vacía, Razumov habló en voz baja:

—No es mi intención convertirme en un espiritista diletante.

Peter Ivanovitch negó ligeramente con la cabeza, muy serio.

—Ni tampoco malgastar mi tiempo en éxtasis espirituales o en meditaciones sublimes sobre el evangelio feminista —continuó Razumov—. He venido hasta aquí en busca de mi cuota de acción... de una acción respetabilísima, Peter Ivanovitch. No fue el gran escritor europeo quien me atrajo a esta odiosa ciudad de libertad. Fue alguien mucho más grande. Fue la idea del líder lo que me atrajo. En Rusia hay jóvenes que se mueren de hambre y tienen tanta fe en usted que eso es lo único que los mantiene vivos en su indigencia. ¡Piénselo, Peter Ivanovitch! ¡No! ¡Sólo piénselo!

El gran hombre así tratado, completamente inmóvil y silencioso, era la viva imagen de la paciencia, de la plácida respetabilidad.

—Naturalmente no me refiero al pueblo. El pueblo es un hatajo de brutos — añadió Razumov, con la misma voz contenida, pero contundente. Un murmullo de protesta escapó de la barba del «heroico fugitivo». Un murmullo de autoridad.

—Digamos... niños.

—¡No! ¡Brutos! —insistió Razumov categóricamente.

—Pero son sólidos, son inocentes —alegó el gran hombre con un susurro.

—También lo es un animal —repuso el joven, levantando finalmente la voz—.

No puede negar la inocencia natural de un animal. Pero, ¿qué sentido tiene discutir por los nombres? Deles a esos niños el poder y la estatura de los hombres y verá cómo se comportan. Déselo y verá... Da lo mismo. Le aseguro, Peter Ivanovitch, que media docena de hombres jóvenes no se reúnen hoy en el cuartucho de un estudiante sin susurrar su nombre, no como un líder intelectual, sino como el centro de las fuerzas revolucionarias, como el centro de la acción. ¿Qué otra cosa cree que me ha traído hasta aquí? Desde luego no lo que todo el mundo sabe de usted. Es precisamente lo que el mundo desconoce. Ha sido una atracción irresistible...

digamos que me he visto impelido, sí, impelido; o mejor dicho, forzado, empujado...

empujado —repitió Razumov a voz en cuello, y guardó silencio, como sobresaltado por la hueca reverberación de la palabra «empujado» en los dos pasillos desnudos y en el gran vestíbulo vacío.

Peter Ivanovitch no parecía alterado en lo más mínimo. Razumov no pudo contener una risotada nerviosa y seca. El gran revolucionario permaneció inconmovible, con un aire de superioridad vulgar y de mal gusto.

«Maldito sea», se dijo Razumov. «Está esperando a que me rinda, parapetado detrás de sus lentes». Y en voz alta, con un disfrute satánico del desprecio que lo animaba a jugar con la grandeza del gran hombre, exclamó:

—¡Ah, Peter Ivanovitch, si supiera usted la fuerza que me empuja... no, que me empujó hasta usted! Una fuerza irresistible.

No sintió esta vez ningunas ganas de reír. Peter Ivanovitch ladeó la cabeza, con gesto cómplice, como si dijera: «¿Acaso no lo sé?». Su movimiento, cargado de expresión, fue casi imperceptible. Razumov volvió a escarnecerlo en secreto.

«Llevas muchos días intentando descifrarme, Peter Ivanovitch. Es natural. Me he percatado y he sido franco. Seguramente piensas que soy poco expansivo, pero con un hombre como tú no era necesario serlo; incluso habría podido pasar por una impertinencia. Además, en general los rusos somos dados a hablar más de la cuenta.

Siempre me lo ha parecido. Y, sin embargo, como nación estamos mudos. Te aseguro que no pienso volver a decirte nunca más tantas cosas... ¡ja, ja!».

Razumov, que seguía en el primer escalón, se acercó un poco al gran hombre.

—Ha sido usted muy condescendiente. Sé muy bien que lo ha hecho para engañarme. Debe hacerme la justicia que yo no he intentado favorecer. Me he visto impelido, forzado o, mejor dicho, enviado, digamos que enviado a usted para una tarea que sólo yo puedo realizar. Tal vez le parezca una ilusión o una ingenuidad, una ilusión ridícula que ni siquiera le merece una sonrisa. Es ridículo que le hable de este modo, pero confío en que algún día recordará estas palabras. Pero ya basta. ¡Estoy aquí, y me he confesado ante usted! Aunque debo añadir una cosa más: jamás consentiré en ser tan sólo un instrumento ciego.

Tal vez estuviera Razumov preparado para recibir alguna clase de reconocimiento, pero no lo estaba para que el gran hombre le estrechara las dos manos. Fue un movimiento tan rápido y agresivo que logró asustarlo. El fornido feminista no habría actuado con mayor celeridad de haber sido su propósito empujarlo a traición hasta el rellano y despacharlo por alguna de las numerosas puertas cerradas de los pasillos. Esta idea llegó a pasársele por la cabeza al joven, que al ver liberadas su manos tras un siniestro y elocuente apretón sonrió, con el corazón agitado, directamente a la barba y a las lentes que ocultaban a aquel hombre impenetrable.

Se dijo (así se confiesa en su crónica): «No me moveré de aquí hasta que hable o dé media vuelta. Esto es un duelo». Pasaron muchos segundos sin señal o sonido alguno.

—Sí, sí —dijo el gran hombre con precipitación, en tono apagado, como si todo hubiera sido un encuentro furtivo y presuroso—. Exactamente. Venga a vernos dentro de unos días. Debemos abordar este asunto en profundidad, en profundidad, los dos juntos. Hasta el fondo. Hasta... Y, por cierto, no deje de traer a Natalia Victorovna, ya sabe, a la señorita Haldin.

—¿Debo entender esto como su primera instrucción? —preguntó Razumov con envaramiento.

Peter Ivanovitch parecía perplejo ante esta nueva actitud.

—¡Ah! ¡Humm! Es usted la persona indicada por naturaleza... la personne indiquée. Pronto será necesaria la participación de todos. De todos.

Se inclinó desde el rellano hacia Razumov, que había bajado la vista.

—Se acerca el momento de la acción —murmuró.

Razumov no alzó la mirada. No se movió hasta que oyó cerrarse la puerta del salón, cuando el más grande de los feministas regresó junto a su pintarrajeada Egeria.

Entonces bajó despacio hasta el vestíbulo. La puerta permanecía abierta y la sombra de la casa se tendía oblicuamente sobre la mayor parte de la terraza. Mientras la cruzaba con paso lento, se quitó el sombrero y se secó la frente sudorosa, al tiempo que vaciaba enérgicamente los pulmones para desprenderse de los últimos vestigios del aire que había respirado en la casa. Se miró las palmas de las manos y las frotó un poco contra los muslos.

Sentía, por extraño que pueda parecer, como si un ser ajeno participara de sus pensamientos y hubiera visto su personalidad con absoluta nitidez. «Qué raro», pensó. Y al momento formuló mentalmente la opinión que esto le merecía, exclamando: «¡Asqueroso!». El disgusto se diluyó antes de que el desasosiego llegara a ser notorio. «Esto es un síntoma de agotamiento nervioso», reflexionó, con fatigada sagacidad. «¿Cómo voy a resistir día a día si no tengo más resistencia, más resistencia moral?».

Tomó el camino al pie de la terraza. «Resistencia moral, resistencia moral», repetía mentalmente. Entereza moral. Sí, eso era lo que la situación requería. Un intenso deseo de salir de aquel jardín y llegar hasta la otra punta de la ciudad borró por un momento todos sus pensamientos. «¿Es posible que a la postre sea tan débil?», se preguntó con repentina alarma. «¡Eh! ¿Qué pasa?».

Se sobresaltó, como si despertara de un sueño. Incluso se tambaleó un poco antes de recobrar el equilibrio.

—¡Ah! Se escabulló usted con mucho sigilo para dar un paseo —dijo.

Allí estaba la dama de compañía, pero Razumov no tenía la menor idea de cómo había aparecido. Acariciaba al gato en sus brazos.

«He debido de llegar hasta aquí inconscientemente, no cabe duda», reflexionó, muy asombrado. Se descubrió, con franca cortesía.

La mujer cetrina se sonrojó veladamente. Mostraba su acostumbrado temor, como si alguien acabara de comunicarle una noticia terrible, pero ocupaba su posición sin apocamiento. «¡Qué desaliñada!», pensó Razumov. El vestido negro cobraba un tinte verduzco a la luz del sol y, en algunas zonas, la tela estaba raída y degradada por el uso hasta cobrar la apariencia del terciopelo o de la felpa. Incluso el pelo y las cejas parecían castigados. Razumov se preguntó si tendría sesenta años. Su figura guardaba sin embargo un aspecto juvenil. Observó que no parecía famélica; más bien daba la impresión de que se alimentara con las sobras.

Le dirigió una sonrisa amable y se apartó de su camino. Ella volvió la cabeza y fijó sus ojos asustados en él.

—Sé lo que le han dicho ahí dentro —dijo, sin preliminares. Su tono, a diferencia de su aspecto, denotaba una seguridad que tranquilizó a Razumov.

—¿Lo sabe? Ha debido de oír conversaciones de todo tipo en muchas ocasiones.

La mujer transformó su frase, con la misma seguridad incongruente.

—Sé con certeza lo que le han pedido que haga.

—¿De veras? —Razumov se encogió de hombros. Estaba a punto de marcharse, con una reverencia, cuando le vino una idea repentina—. Sí. ¡Seguro! En su posición confidencial está usted al corriente de muchas cosas —murmuró, mirando al gato.

El animal recibió un fugaz y convulsivo abrazo de la dama de compañía.

—Hace mucho tiempo que lo sé todo —dijo.

—Todo —repitió Razumov con aire ausente.

—Peter Ivanovitch es un déspota atroz —soltó de pronto.

Razumov seguía observando las rayas grises del animal.

—Ese tipo de personalidad requiere una voluntad de hierro. ¿Cómo si no iba a ser un líder? Y creo que se equivoca usted en...

—¡Ya! —exclamó—. Dice que me equivoco. Pues yo le digo que a él no le importa nadie. —Levantó la cabeza con una sacudida—. No traiga aquí a esa muchacha. Eso es lo que le han pedido... que traiga a esa muchacha. Escúcheme; más vale que la tire al lago con una piedra atada al cuello antes de traerla aquí.

Razumov sintió un siniestro escalofrío, como si una nube muy densa hubiera ocultado el sol.

—¿La muchacha? —preguntó—. ¿Qué tengo yo que ver con ella?

—Le han dicho que traiga a Nathalie Haldin. ¿No es verdad? Claro que es verdad.

Yo no estaba en la habitación, pero lo sé. Conozco demasiado bien a Peter Ivanovitch. Es un gran hombre. Los grandes hombres son horribles. Así es. No se mezcle con ella. Es lo mejor que puede hacer si no desea verla acabar como yo...

¡desilusionada! ¡Desilusionada!

—Como usted —repitió Razumov, mirándola a la cara, tan desprovista de encanto en sus rasgos o en su tono como el más miserable de los mendigos lo está de dinero.

Le sonrió, sintiendo todavía el escalofrío, una sensación irritante y peculiar—.

¡Desilusionada con Peter Ivanovitch! ¿Es eso todo lo que ha perdido?

Con aire temeroso, pero con rotunda convicción, la mujer declaró.

—Peter Ivanovicth es capaz de todo. —Y en un tono distinto añadió—: Mantenga a la chica lejos de esta casa.

—¿Me incita usted a desobedecer a Peter Ivanovitch de un modo tan categórico sólo porque... porque está usted desilusionada?

Ella empezó a parpadear.

—Me agradó usted desde la primera vez que lo vi. Se quitó el sombrero para saludarme. Me pareció que se podía confiar en usted. ¡Ay!

Retrocedió al espetarle salvajemente Razumov:

—Eso ya me lo han dicho otras veces.

Parecía tan perpleja que por espacio de un buen rato no pudo más que pestañear.

—Su actitud es humana —explicó en tono lastimero—. No sé cuánto tiempo llevo muriendo por recibir, no diré amabilidad, sólo un poco de educación. Y ahora usted se enfada...

—No, al contrario —protestó Razumov—. Me alegra mucho que usted confíe en mí. Es posible que más adelante...

—Sí, si cayera usted enfermo —lo interrumpió con avidez— o si se viera usted en un aprieto, descubrirá que no soy una idiota inútil. Usted hágamelo saber. Yo lo cuidaré. Se lo aseguro. Y no le fallaré. La miseria y yo somos viejas amigas... pero la vida que llevo aquí es peor que morir de hambre.

Hizo una pausa nerviosa y luego, con una voz que por primera vez sonó realmente cohibida, añadió:

—O si se viera envuelto en alguna misión peligrosa. A veces un humilde compañero... pero no quiero saber nada. Simplemente lo seguiré con alegría.

Cumpliré las órdenes. Tengo coraje.

Razumov observaba con atención los ojos redondos y asustados, las mejillas cetrinas, ajadas y también redondeadas, que temblaban en torno a las comisuras de los labios.

«Quiere escapar de aquí», pensó.

—Supongamos que le digo que estoy envuelto en una misión peligrosa —dijo despacio.

La mujer apretó al gato contra el pecho raído y exclamó entrecortadamente:

—¡Ah! —Para añadir con no más que un susurro—: A las órdenes de Peter Ivanovitch.

—No, no a las órdenes de Peter Ivanovitch.

Razumov leyó la admiración en los ojos de ella e hizo un esfuerzo por sonreír.

—¿Solo... entonces?

Levantó la mano cerrada con el índice extendido.

—Solo como este dedo —dijo.

La dama de compañía tembló ligeramente. Se le ocurrió entonces a Razumov que tal vez los estuvieran observando desde la casa, y quiso marcharse enseguida. Ella parpadeó, levantó hacia él el rostro fruncido en un mohín y pareció suplicarle en silencio que se quedara un poco más, que le ofreciera una palabra de aliento para su famélica, grotesca y patética devoción.

—¿Pueden vernos desde la casa? —preguntó Razumov en tono confidencial.

Sin mostrarse en lo más mínimo sorprendida por la pregunta, ella respondió:

—No, por este extremo de los establos no pueden. —Y con una agudeza que logró impresionar a su interlocutor, dijo—: Pero desde cualquier ventana del piso de arriba se sabrá que todavía no ha cruzado usted las verjas.

—¿Quién podría estar espiando por una ventana? —inquirió Razumov—. ¿Peter Ivanovitch?

Ella asintió.

—¿Por qué se tomaría esa molestia?

—Espera a alguien esta tarde.

—¿Conoce usted a esa persona?

—Serán más de una.

Había entornado los ojos. Razumov la miró con curiosidad.

—Claro. Usted oye todo lo que dicen.

—Como las mesas y las sillas —dijo ella, sin ninguna animosidad.

Razumov comprendió que la amargura acumulada en el corazón de aquella pobre mujer indefensa se había extendido a sus venas y, como un veneno sutil, había aniquilado su fidelidad hacia la odiosa pareja. Le pareció que era un buen golpe de suerte para él, porque las mujeres rara vez son sobornables a la manera de los hombres, a quienes puede comprarse por ambiciones materiales. Podría ser una buena aliada, aunque no era probable que se le permitiera oír tanto como a las mesas y las sillas del Château Borel. Eso no cabía esperarlo. Aun así... podría hacerle hablar.

Cuando la mujer levantó los ojos se encontró con la mirada fija de Razumov, que al punto le dijo:

—Bien, bien, querida... pero todavía no tengo el placer de conocer su nombre.

¿No le parece extraño?

Por primera vez ella se encogió de hombros.

—¿Extraño? Nadie sabe cómo me llamo. A nadie le importa. Nadie me habla ni me escribe. Mis padres ni siquiera saben si estoy viva. No tengo necesidad de un nombre, y yo misma casi lo he olvidado.

—Ya, pero... —murmuró Razumov gravemente.

Ella continuó mucho más despacio, con indiferencia:

—Puede llamarme Tekla. Así me llamaba mi pobre Andréi. Yo estaba completamente entregada a él. Vivió en la miseria y el sufrimiento, y murió en la miseria. Ésa es la suerte de todos nosotros, de los rusos sin nombre. No hay nada más para nosotros, ni esperanza en ninguna parte, a menos que...

—¿A menos que?

—A menos que acabemos con todos los que sí tienen nombre —concluyó, parpadeando y apretando los labios.

—Será más fácil llamarla Tekla, tal como me indica, si accede usted a llamarme Kirylo cuando charlemos así, tranquilamente, cuando estemos a solas.

Y para sí pensó: «Esta mujer debe sentir un miedo cerval del mundo; de lo contrario ya habría huido de esta situación». Al momento comprendió que no podía dejar de buenas a primeras al gran hombre sin convertirse en sospechosa. No podía esperar la ayuda o la aprobación de nadie. Aquella revolucionaria no estaba preparada para llevar una vida independiente.

Avanzaron unos pasos juntos, mientras ella acunaba al gato con un leve balanceo de los brazos.

—Sí... cuando estemos a solas. Así estábamos mi pobre Andréi y yo, pero él se estaba muriendo, lo mató la policía, esas bestias, mientras que usted... ¡Usted es fuerte! Usted mata a los monstruos. Ha realizado una gran hazaña. Hasta Peter Ivanovitch tiene que respetarlo. Bueno, no se olvide de mí, sobre todo si vuelve a trabajar en Rusia. Podría acompañarlo, llevar lo que fuera necesario... seguirlo a cierta distancia. O podría esperar durante horas en la esquina de una calle si es preciso, aunque llueva o aunque nieve, sí, el día entero. O podría escribir documentos peligrosos, listas de nombres o instrucciones, para que la letra no le ponga en un compromiso si por casualidad cayeran en malas manos. Y no tendría usted que preocuparse de que me detuvieran. Yo no abriría la boca. Las mujeres no nos amilanamos fácilmente ante el dolor. Le he oído decir a Peter Ivanovitch que es porque tenemos los nervios fuertes, o algo por el estilo. Lo resistimos mejor. Y es verdad; yo sería capaz de morderme la lengua y escupírsela a ellos a la cara antes que decir nada. ¿De qué me sirve hablar a mí? ¿Quién se molestaría en escuchar lo que yo pudiera decir? Desde que le cerré los ojos a mi pobre Andréi no he conocido a un solo hombre a quien pareciera interesarle el sonido de mi voz. Jamás me habría dirigido a usted si no se hubiera mostrado tan amable la primera vez que vino aquí. Y tampoco pude resistirme a hablar con esa muchacha tan encantadora. ¡Qué ser tan dulce! ¡Y fuerte! Se nota a la primera. Si tiene usted corazón, no le permita poner un pie en esta casa. ¡Adiós!

Razumov la sujetó de un brazo. Su emoción al verse detenida se manifestó con un breve forcejeo, para enseguida quedarse muy quieta, sin mirarlo.

—Pero usted puede decirme —le dijo al oído—, ¿por qué ellos, los de la casa, tienen tanto interés en que ella venga?

La dama de compañía se liberó para volverse a Razumov, como molesta por la pregunta.

—¿Es que no comprende que Peter Ivanovitch debe dirigir, inspirar e influir? Eso es lo que le da la vida. Nunca tendrá suficientes discípulos. No soporta la idea de que alguien se le escape. ¡Y más si es una mujer! Dice que nada puede hacerse sin las mujeres. Lo ha escrito. Dice que...

Razumov observaba su enardecimiento cuando ella se interrumpió de pronto y desapareció corriendo por detrás del establo.

III

Al verse solo, Razumov se dirigió hacia la verja principal, pero ese día de tantas conversaciones pronto descubrió que muy probablemente no podría salir de allí antes de tener otro encuentro.

A cierta distancia de la caseta del guarda aparecieron las visitas que esperaba Peter Ivanovitch, un pequeño grupo compuesto por dos hombres y una mujer. Ellos también lo vieron enseguida, y se pararon en seco, como para deliberar. La mujer se hizo a un lado rápidamente y con un ademán del brazo despidió a los dos hombres, que se apartaron del camino para adentrarse en el césped descuidado o, más bien, en la zona de hierba, en dirección a la casa. Ella se quedó quieta, esperando a que Razumov se acercara. Lo había reconocido. También él la había reconocido a primera vista. La conoció en Zurich, donde hizo un alto en el camino procedente de Dresde.

Pasaron mucho tiempo juntos esos tres días.

Iba vestida igual que la primera vez, con una blusa de seda escarlata, muy llamativa, una falda corta, marrón, y un cinturón de cuero. Tenía la piel del color del café con leche, pero muy clara; los ojos negros y brillantes, y una figura esbelta. Una abundante mata de pelo, casi blanco, asomaba libremente bajo un polvoriento sombrero tirolés de tela oscura que parecía haber perdido algunos de sus adornos.

Su expresión era grave, concentrada, tanto que Razumov se sintió obligado a sonreír. Ella lo saludó con un masculino apretón de manos.

—¡Vaya! ¿Ya se marchaba? —exclamó—. ¿Cómo es eso, Razumov?

—Me marcho porque no se me ha invitado a quedarme —respondió él, devolviéndole el apretón con mucha menos fuerza de la que ella había puesto en el saludo.

Ella ladeó la cabeza con aire de entender, mientras Razumov seguía con la mirada a los dos hombres. Cruzaban la hierba en diagonal, sin prisa. El más bajo de los dos llevaba un abrigo abotonado y ceñido, de una tela fina y gris, que le llegaba hasta los pies. El compañero, mucho más alto y corpulento, vestía una cazadora entallada y pantalones estrechos, metidos por debajo de unas botas altas y viejas.

La mujer, que al parecer deseaba evitar el encuentro de los hombres con Razumov, le habló en tono formal.

—He tenido que venir a toda prisa desde Zurich para recibir a esos dos y traerlos en presencia de Peter Ivanovitch. Lo he logrado por los pelos.

—¡Ah! Ya veo —dijo Razumov mecánicamente, y muy molesto porque ella se hubiera detenido para hablar con él—. Desde Zurich... claro. Y ellos vienen de...

La mujer lo interrumpió sin énfasis.

—De otro lugar muy distinto. Y de bastante lejos. Una distancia considerable.

Razumov se encogió de hombros. Los dos hombres, que habían llegado al muro de la terraza, desaparecieron de repente a sus pies como si se los tragara la tierra.

—Bueno, acaban de llegar de América —dijo la mujer de la blusa escarlata, también con un leve encogimiento de hombros, antes de declarar—: Se acerca la hora —como si hablara consigo misma—. No les he dicho quién es usted. Yakovlitch hubiera querido darle un abrazo.

—¿Es el que lleva perilla, el del abrigo largo?

—Lo ha adivinado. Ése es Yakovlitch.

—¿Y no eran capaces de llegar desde la estación hasta aquí sin hacerla venir de Zurich para acompañarlos? Es muy cierto que no sabemos hacer nada sin las mujeres.

Así está escrito, y al parecer así es.

Razumov era consciente de una inmensa lasitud bajo este esfuerzo por ser sarcástico, y comprendió que ella lo había detectado con esos ojos negros y brillantes.

—¿Qué le sucede?

—No lo sé. Nada. He tenido un día espantoso.

Ella esperó, fijando en él sus ojos negros. Después dijo:

—¿Y eso? Ustedes, los hombres, son muy impresionables y tímidos. Todos los días son iguales, duros, duros, pero todo termina cuando llega el gran día. He venido por una razón importante. Ellos escribieron a Peter Ivanovitch para comunicarle su llegada, pero ¿desde dónde? Desde Cherburgo, en un pequeño papel de notas del barco. Esa nota podía ser de cualquiera. Yakovlitch lleva muchos años viviendo en América. Yo soy la única persona de por aquí que lo conoció bien en otro tiempo, de hecho llegué a conocerlo muy bien. Por eso Peter Ivanovitch me envió un telegrama y me pidió que viniera. Es natural, ¿no le parece?

—¿Quiere decir que viene para dar fe de su identidad? —inquirió Razumov.

—Sí. Algo así. Quince años de una vida como la suya producen cambios en un hombre. Solitario, como un cuervo en un país extraño. Cuando pienso en cómo era Yakovlitch antes de marcharse a América...

La dulzura de su tono hizo que Razumov la mirase de soslayo. Ella suspiró; sus ojos negros miraban a otro lado; había hundido los dedos de la mano derecha en la masa de pelo casi blanco y los movía allí dentro con aire ausente. Al retirar la mano, el sombrero encaramado en la cabeza se ladeó un poco, con un peculiar efecto inquisitivo que contrastaba vivamente con el murmullo de nostalgia que había dejado escapar.

—Ni siquiera entonces estábamos en la primera juventud. Pero un hombre siempre sigue siendo un niño.

Razumov pensó entonces: «Vivieron juntos». Y acto seguido:

—¿Por qué no se marchó a América con él? —le preguntó a bocajarro.

Ella lo miró con aire perturbado.

—¿Es que no recuerda lo que estaba pasando hace quince años? Eran momentos de gran actividad. La Revolución ya tiene su historia. Está usted metido en ella y sin embargo parece no saberlo. Yakovlitch fue a cumplir una misión, y yo volví a Rusia.

Así tenía que ser. Después de eso, no hubo nada que lo hiciera regresar.

—¡Ya! Comprendo —musitó Razumov con fingida sorpresa—. ¡Nada!

—¿Qué pretende insinuar? —exclamó ella precipitadamente—. Bueno, ¿y qué si se desanimó un poco...?

—Parece un yanqui con esa perilla de chivo. Un vulgar Tío Sam —gruñó Razumov—. Bueno, ¿y usted? ¿Regresó a Rusia? Y no se desanimó.

—Eso no importa. Yakovlitch es un hombre del que no puede desconfiarse. Al menos él es auténtico.

Su mirada negra y penetrante siguió fija en Razumov mientras le hablaba, y todavía un momento después.

—Discúlpeme —inquirió Razumov con frialdad—, pero ¿quiere eso decir que yo «no» soy auténtico?

Ella no protestó ni dio señal de haber oído la pregunta; siguió mirándolo de un modo que a Razumov no le pareció del todo huraño. Cuando pasó esos días en Zurich ella se hizo cargo de él en cierto modo, y lo acompañó desde la mañana hasta la noche. Lo llevó a conocer a varias personas. Al principio se mostró muy habladora y bastante abierta, pero siempre eludía cualquier referencia a sí misma; hacia la mitad del segundo día se volvió silenciosa, aunque siguió atendiéndolo con el mismo celo e incluso fue a despedirlo a la estación, donde le estrechó la mano con fuerza a través de la ventanilla del vagón y, retrocediendo sin decir palabra, se quedó allí hasta que el tren se puso en marcha. Razumov notó que los demás la trataban con callado respeto.

No sabía nada de su familia, nada de su vida privada ni de su historial político; la juzgó desde su particular punto de vista como un claro peligro en su camino.

«Juzgar» tal vez no sea la palabra exacta. Fue más una sensación, un cúmulo de pequeñas impresiones al que se sumó el descubrimiento de que no podía despreciarla igual que despreciaba a todos los demás. No esperaba volver a verla tan pronto.

No, decididamente; su expresión no era huraña. Sin embargo, Razumov notó que se le aceleraba el pulso. No podía abandonar la conversación en ese punto. Continuó en un tono escrupulosamente indagatorio:

—¿Es tal vez porque no acepto a ciegas todo lo que dice la doctrina general, como por ejemplo el feminismo de nuestro gran Peter Ivanovitch? Si eso es lo que me hace sospechoso, entonces sólo puedo manifestar que desprecio ser esclavo siquiera de una idea.

Ella lo miraba todo el tiempo no como quien escucha a otro, sino más bien como si las palabras de Razumov tuvieran un interés secundario. Cuando Razumov hubo concluido, le deslizó una mano por debajo del brazo con un movimiento rápido y decidido, empujándolo con suavidad hacia la verja de la finca. Él sintió la firmeza de aquel gesto y obedeció de inmediato a la expulsión, tal como momentos antes los otros dos hombres habían obedecido incuestionablemente a una señal de la mano de ella.

Caminaron unos pasos diciendo:

—No, Razumov, es probable que sus ideas sean muy acertadas. Tal vez sea usted valioso, muy valioso. Lo que sucede es que no le gustamos.

Soltó el brazo de Razumov, que la miró con una sonrisa glacial.

—¿Acaso se espera de mí que profese amor además de convicciones?

Ella se encogió de hombros.

—Sabe perfectamente lo que quiero decir. La gente piensa que no es usted del todo incondicional. He oído esa opinión en varios lugares. Sin embargo, yo lo comprendí al final del primer día...

Razumov la interrumpió para decir con firmeza:

—Le aseguro que su perspicacia se equivoca en este punto.

—¡Qué frases emplea! —exclamó ella enfáticamente—. ¡Ay, Kirylo Sidorovitch!

Usted, como el resto de los hombres, es quisquilloso, está lleno de amor propio y se arredra ante cualquier nimiedad. Además, carece de formación. Lo que necesita es que una mujer se ocupe de usted. Siento no poder quedarme unos días aquí. Regreso a Zurich mañana, y lo más probable es que me lleve conmigo a Yakovlitch.

Esta información alivió a Razumov.

—Yo también lo siento, aunque de todos modos no creo que usted me comprenda.

Respiró con mayor libertad; ella no protestó, pero quiso saber:

—¿Qué tal se lleva con Peter Ivanovitch? Se han visto mucho últimamente.

¿Cómo van las cosas entre ustedes?

Sin saber qué respuesta ofrecer, el joven inclinó la cabeza despacio.

Ella había entreabierto los labios con expectación. Los apretó como si reflexionara.

—Eso está muy bien.

Había en sus palabras un cariz definitivo, pero no se marchó. Era imposible adivinar lo que pensaba. Razumov murmuró:

—No es a mí a quien debería hacer esa pregunta. Enseguida verá a Peter Ivanovitch y el asunto saldrá a colación. Tendrá curiosidad por saber qué la ha entretenido tanto en el jardín.

—Sin duda que Peter Ivanovitch tendrá algo que decirme. Varias cosas. Incluso puede que hable de usted... que me interrogue. Peter Ivanovitch tiende a confiar en mí.

—¿Que la interrogue? Es bastante probable.

Ella sonrió, sin abandonar del todo su seriedad.

—Bueno, ¿y qué debo decirle?

—No lo sé. Puede hablarle de su descubrimiento.

—¿A qué se refiere?

—A mi falta de amor por...

—¡Ah! Eso queda entre nosotros —interrumpió ella; y no era fácil saber si hablaba en broma o en serio.

—Veo que quiere decir algo bueno de mí a Peter Ivanovitch —dijo Razumov, con siniestra malicia—. En ese caso, dígale que me tomo mi misión con mucho empeño.

Que me propongo realizarla con éxito.

—¡Le ha encomendado una misión! —exclamó ella.

—Más o menos. Se me ha pedido que provoque cierta situación.

La mujer lo miró inquisitivamente.

—Una misión —repitió, con mucha gravedad y súbito interés—. ¿Qué clase de misión?

—Algo relacionado con la propaganda.

—¡Ah! ¿Lejos de aquí?

—No. No muy lejos —respondió Razumov, conteniendo las ganas de reír, aunque no se sentía en absoluto contento.

—¡Muy bien! —dijo ella en tono pensativo—. No le haré más preguntas. Basta con que Peter Ivanovitch sepa lo que hacemos cada uno de nosotros. Al final todo saldrá bien.

—¿Eso le parece?

—No es que me lo parezca, joven. Estoy sencillamente convencida.

—¿Y es a Peter Ivanovitch a quien le debe esa fe?

Ella no contestó a esta pregunta, y se quedaron quietos, callados, como reacios a separarse.

—Eso es muy propio de un hombre —murmuró al fin—. ¡Como si fuera posible decir de dónde procede la fe! —Sus cejas finas y mefistofélicas se movieron levemente—. La verdad es que en Rusia hay millones de personas que envidiarían la vida de los perros de este país. Es un horror y una vergüenza hacer esta confesión siquiera entre nosotros. Hay que tener fe por pura piedad. Esto no puede seguir así.

¡No! No puede seguir así. Llevo veinte años yendo y viniendo, sin mirar a derecha ni a izquierda... ¿De qué se sonríe? Usted sólo acaba de empezar. Y ha empezado muy bien, pero espere a haber pisoteado hasta la última partícula de su ser en sus idas y venidas, porque eso es lo que ocurre. Uno tiene que pisotear hasta la última partícula de sus sentimientos, porque uno no puede detenerse, no debe. Yo también he sido joven... aunque, ¿piensa que me estoy lamentando?

—No pienso nada por el estilo —protestó Razumov con indiferencia.

—Tengo la impresión de que no, porque es usted un ser superior, querido amigo.

No le importa nada.

Hundió los dedos entre su pelo por el lado izquierdo de la cabeza, y la brusquedad del movimiento produjo el efecto de enderezar a la perfección el sombrero tirolés.

Frunció el ceño sin animosidad, como si fuera un investigador. Razumov miró a otro lado, despreocupadamente.

—Todos los hombres son iguales. Confunden la suerte con el mérito. ¡Y lo hacen de buena fe! No es mi intención ser demasiado dura con usted. La naturaleza masculina es así. Los hombres tienen una capacidad tan ridícula como patética para albergar ilusiones infantiles hasta la tumba. Muchos de nosotros llevamos quince años trabajando, quiero decir sin descanso, probando todas las vías, las subterráneas y las que discurren sobre la tierra, sin mirar a derecha ni a izquierda. Sé de lo que hablo. Soy de las que no descansan nunca... ¡Bueno! ¿De qué sirve tanto hablar...?

¡Mire mis canas! Y de pronto llegan dos niñatos, me refiero a usted y a Haldin, y consiguen dar en el blanco al primer intento.

Al oír el nombre de Haldin de los labios rápidos y enérgicos de la revolucionaria, Razumov sintió la repentina y habitual conciencia de lo irreversible; pero en los meses transcurridos desde entonces había logrado endurecerse frente a esta experiencia. Esta toma de conciencia ya no iba acompañada de una consternación absoluta y de una rabia ciega como en los primeros días. Había reflexionado hasta alcanzar nuevas creencias, y se había creado un ambiente mental de lúgubre y sardónica ensoñación, un medio opaco en el cual todo lo ocurrido se le aparecía como una sombra sin rasgos con vaga apariencia masculina; una sombra extremadamente familiar, aunque completamente inexpresiva, salvo por ese aire de sigiloso acecho en el atardecer. Pero no resultaba alarmante.

—¿Cómo era él? —preguntó de repente la revolucionaria.

—¿Cómo era él? —repitió Razumov, realizando un doloroso esfuerzo para no abalanzarse sobre ella con violencia. Se contuvo, riendo un poco, mientras la miraba por el rabillo del ojo. A ella pareció molestarle esta reacción a su pregunta.

—¡Qué pregunta tan femenina! —continuó Razumov—. ¿Qué importancia tiene saber qué aspecto tenía? En cualquier caso, ahora ya no está al alcance de ninguna mujer.

Ella frunció el ceño, y se dibujaron tres arrugas en la base de la nariz que acentuaron la inclinación mefistofélica de sus cejas.

—Sufre usted, Razumov —insinuó, en un tono suave y confidencial.

—¡Qué tontería! —Razumov la miró de frente—. Aunque ahora que lo pienso tal vez todavía esté al alcance de al menos una mujer; de esa de ahí, madame de S..., a quien usted conoce. Antes a los muertos se les dejaba descansar, pero ahora parece que están a la entera disposición de una bruja vieja y chiflada. Los revolucionarios descubrimos cosas asombrosas. Es verdad que no nos pertenecen exactamente. No tenemos nada propio. Pero, ¿no podría satisfacer su curiosidad femenina la amiga de Peter Ivanovitch? ¿No podría ella convocarlo para usted? —se burló Razumov, como un hombre acuciado de dolor.

Ella relajó el ceño fruncido y con voz algo fatigada dijo:

—Confiemos en que al menos haga el esfuerzo de convocar un té para nosotros.

Aunque tampoco estoy segura de eso. Me siento cansada, Razumov.

—¡Está cansada! ¡Qué confesión! Sepa que había té ahí arriba. Yo he tomado un poco. Si se apresura con Yakovlitch, en lugar de perder el tiempo con un individuo tan escéptico y poco satisfactorio como yo, tal vez todavía encuentre al fantasma del té, el fantasma frío, flotando en el templo. Y que esté cansada, me cuesta creerlo. Se supone que nosotros no nos cansamos. No debemos. No podemos. El otro día leí en un periódico un artículo muy alarmista sobre la infatigable actividad de los partidos revolucionarios. Al mundo le impresiona. En eso radica nuestro prestigio.

—No para de lanzar desacatos y burlas —dijo la mujer de la blusa escarlata como si se dirigiera tranquilamente a una tercera persona, aunque sus ojos negros en ningún momento se apartaban del rostro de Razumov—. ¿Y por qué razón, si se puede saber?

Simplemente porque algunas de sus ideas convencionales, algunos de sus mezquinos parámetros masculinos se han visto sacudidos. Tal vez piense que él era uno de esos hombres nerviosos y sensibles que terminó mal. Y sin embargo —siguió diciendo, tras una breve pausa para reflexionar, y cambiando de tono—, y sin embargo acabo de aprender algo que me hace pensar que es usted un hombre de carácter, Kirylo Sidorovitch. ¡Sí! No cabe duda de que lo es.

Sorprendió a Razumov la enigmática firmeza de esta afirmación. Sus miradas se cruzaron. Él miró a otra parte y, entre los herrumbrosos barrotes de la verja, contempló la carretera amplia y limpia, sombreada por los árboles frondosos. Un tranvía eléctrico, casi vacío, pasaba por la avenida con un traqueteo metálico. Pensó que hubiera dado cualquier cosa por ir allí sentado completamente a solas. Sentía un cansancio indescriptible, un cansancio que afectaba a todas las células de su cuerpo, pero tenía un motivo para no ser el primero en interrumpir la conversación. En cualquier momento, entre toda aquella jerga subversiva, visionaria y criminal, podían llegar a sus oídos palabras trascendentales; de los labios de aquella mujer o de los de cualquiera. En tanto fuera capaz de mantener su pensamiento lúcido y contener su irritabilidad no tendría nada que temer. Se recordó a sí mismo que la única condición para la seguridad y el éxito era una fuerza de voluntad inquebrantable.

Anhelaba encontrarse al otro lado de aquellas verjas, como si estuviera prisionero en los jardines de aquel centro de actividad revolucionaria, de aquella casa de locura, de ceguera, de vileza y delincuencia. En silencio permitió a su espíritu herido envolverse en un sentimiento de inmensa lejanía intelectual y moral. Ni siquiera sonrió cuando ella repitió sus últimas palabras:

—¡Sí! ¡Un carácter fuerte!

Razumov seguía mirando entre los barrotes con la nostalgia del prisionero, no pensando en la fuga, sino sumido en vagos recuerdos de libertad.

—Si no se apresura —murmuró, sin volverse a mirarla—, perderá incluso el mero fantasma del té.

Ella no era de las que se dejaban despachar fácilmente. De hecho, Razumov no confiaba en conseguirlo.

—No importa; no será una gran pérdida. Me refiero a perderme ese té o incluso su fantasma. En cuanto a esa dama, debe comprender que nos sirve para fines positivos. Téngalo en cuenta, Razumov.

Razumov giró la cabeza ante este llamamiento imperioso y vio que la revolucionaria hacía el gesto de contar dinero en la palma de la mano.

—De eso se trata. ¿Lo entiende?

Razumov musitó un lento «Lo entiendo» y volvió su mirada de reo hacia la carretera limpia y sombreada.

—De alguna parte tenemos que sacar los recursos materiales, y esto es más fácil que atracar bancos. Y más seguro también. ¡Bueno! Era una broma... ¿Qué está murmurando ahora? —exclamó entre dientes.

—Mi admiración por la entrega y la devoción de Peter Ivanovitch, nada más.

Resulta nauseabunda.

—¡Ah, qué remilgado hombrecito! ¡Nauseabunda! ¡Le resulta nauseabunda! ¿Y usted qué sabe de esa verdad? Nadie puede desvelar los secretos del corazón. Peter Ivanovitch la conoció hace muchos años, en sus tiempos mundanos, cuando era un joven oficial de la Guardia. No somos quiénes para juzgar a un hombre inspirado. En eso los hombres nos llevan ventaja. A veces se muestran inspirados, en su pensamiento y en su acción. Siempre he reconocido que cuando los hombres logran desprenderse de esa cobardía y esa mojigatería masculinas, las mujeres no podemos igualarnos a ellos. Lástima que sólo ocurra muy rara vez... Entretanto, hasta la mujer más boba puede resultar útil. ¿Y por qué? Porque nosotras tenemos pasión, una pasión inagotable... ¿Me gustaría saber de qué se sonríe?

—No me sonrío —protestó Razumov en tono lúgubre.

—¡Ya! ¿Cómo hay que llamarlo entonces? Ha puesto una cara rara. ¡Sí, ya lo sé!

Los hombres son capaces de amar esto y odiar lo otro y desear una cosa o la otra; alborotan mucho y a eso lo llaman pasión. ¡Sí! Mientras dura. Pero las mujeres estamos enamoradas del amor, y del odio, de estas dos cosas precisamente, y también del deseo. Por eso no nos dejamos sobornar con tanta facilidad como los hombres.

Como ve, en la vida no cabe demasiada elección. Uno opta entre pudrirse o arder. Y cualquiera de nosotras, maquillada o sin maquillar, prefiere arder antes que pudrirse.

Hablaba con energía, aunque sin alterarse. Razumov había centrado su atención en algo que se encontraba al otro lado de la verja, fuera del alcance del oído. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—¡Pudrirse o arder! Una expresión convincente. Maquillada o sin maquillar. Muy vigorosa. Maquillada o... Dígame una cosa, ¿verdad que ella podría volverse infernalmente celosa?

—¿Quién? ¿Qué? ¿La baronesa? ¿Eleanor Maximovna? ¿Celosa de Peter Ivanovitch? ¡Cielos! ¿Son ésas las preguntas que ocupan el pensamiento masculino?

Eso ni siquiera habría que pensarlo.

—¿Por qué? ¿Es que una vieja rica no puede ser celosa? ¿O son los dos espíritus puros?

—¿Por qué me hace esa pregunta? —insistió ella, sorprendida.

—Por nada. Sólo por preguntar. Por frivolidad masculina, si quiere.

—No me gusta —replicó al punto—. No es momento para frivolidades. ¿A qué viene tanta rabia? ¿O sólo está interpretando un papel?

Razumov sintió esta observación como un contacto físico, como si una mano se posara levemente en su hombro. En ese momento tuvo la extraña sensación de que ella se decidía a atacarlo con mayor virulencia. Se tensó interiormente, para resistir la embestida sin delatarse.

—Interpretando un papel —repitió, ofreciendo a su interlocutora un perfil imperturbado—. Debo de hacerlo muy mal si ha llegado usted a esa conclusión.

Ella lo miró, con la frente arrugada en pliegues perpendiculares, las cejas finas y negras arqueadas hacia arriba como las antenas de un insecto. Y él añadió con voz apenas audible:

—Se equivoca. No estoy interpretando más que el resto de nosotros.

—¿Quién interpreta? —le espetó ella.

—¿Quién? Todo el mundo —dijo Razumov con impaciencia—. ¿No es usted materialista?

—¡Eh! Mi querido amigo, estoy por encima de esas majaderías.

—Pero seguramente recordará la definición de Cabanis: «El hombre es un tubo digestivo». Me imagino que...

—A ése yo le escupo.

—¿A quién? ¿A Cabanis? Muy bien. Pero no puede pasar por alto la importancia de la buena digestión. La alegría de la vida... ¿conoce usted la alegría de la vida...?

Depende de un estómago sano, mientras que una mala digestión lo predispone a uno al escepticismo, alimenta negras fantasías y pensamientos de muerte. Los fisiólogos lo han constatado. Le aseguro que desde que salí de Rusia me han atiborrado de mejunjes extranjeros intragables, repugnantes... ¡puaj!

—Es una broma —murmuró ella con incredulidad. Él asintió con aire indiferente.

—Sí. Todo es una broma. No vale la pena hablar con un hombre como yo.

Aunque por esa misma razón algunos hombres se quitan la vida.

—Al contrario; a mí me parece que sí vale la pena hablar con usted.

Razumov no dejaba de mirarla de soslayo. Ella parecía buscar alguna réplica mordaz, pero terminó por encogerse ligeramente de hombros.

—¡Una conversación superficial! Supongo que es una debilidad que puede perdonársele —dijo, poniendo especial acento en la última palabra. Había en su indulgente conclusión algo de inquietud.

Razumov percibía los más leves matices de esta conversación que no esperaba, para la cual no estaba preparado. Así era. «No estaba preparado», pensó. «Me ha pillado desprevenido». Le pareció que si pudiera jadear como un perro, la opresión se esfumaría. «Nunca estaré preparado», concluyó con desesperación. Se rió un poco y, con la mayor ligereza de la que fue capaz, dijo:

—Gracias. No pido clemencia. —Fingió después una inquietud burlona—. Pero, ¿no teme que Peter Ivanovitch sospeche que tramamos algo no autorizado aquí junto a la verja?

—No, no lo temo. Mientras esté usted conmigo está libre de toda sospecha, mi querido amigo. —El brillo divertido que había en sus ojos se esfumó—. Peter Ivanovitch confía en mí —continuó en tono sobrio—. Sigue mis consejos. Soy su mano derecha, por así decir, en ciertos asuntos de la máxima importancia... ¿Eso le hace gracia? ¿Cree que estoy presumiendo?

—No, por Dios. Simplemente me decía que Peter Ivanovitch parece haber resuelto plenamente la cuestión femenina.

No había terminado de decirlo cuando se reprochó el tono de estas palabras.

Llevaba todo el día metiendo la pata. Era locura, peor que locura. Era debilidad; era aquella enfermedad perversa que anulaba su voluntad. ¿Era ésa la manera de manejar unas conversaciones que a buen seguro contenían la promesa de confidencias futuras por parte de una mujer que parecía disponer de abundantes reservas de información secreta y una influencia notable? ¿Por qué darle una impresión tan desconcertante?

Pese a todo, ella no parecía hostil. No había ira en su voz. Todo eran especulaciones extrañas.

—No sabe una qué pensar, Razumov. Debió usted de morder algo amargo en la cuna.

Razumov le dirigió una larga mirada de soslayo.

—Humm. ¿Algo amargo? Puede ser una explicación —murmuró—. Sólo que ocurrió mucho después. Pero, ¿no le parece, Sophia Antonovna, que usted y yo procedemos de la misma cuna?

La mujer, cuyo nombre al fin se había obligado a pronunciar (sintiendo una fuerte repugnancia al salir éste de sus labios), musitó tras una pausa:

—¿Se refiere a... Rusia?

Él no se molestó siquiera en asentir con la cabeza. Ella daba la impresión de haberse aplacado; sus ojos negros estaban muy quietos, como si persiguiera mentalmente el símil para todas sus tiernas asociaciones. Pero las cejas volvieron a dibujar de pronto ese gesto mefistofélico.

—Sí. Puede que eso lo explique todo. Sí. Allí uno se deleita en la maldad, vive vigilado por seres que son peores que ogros, demonios y vampiros. Hay que expulsarlos, destruirlos por completo. En lo que concierne a esta tarea, nada más importa si los hombres y las mujeres se muestran decididos y fieles. Así es como yo me siento por fin. Lo principal es no pelear entre nosotros por las nimiedades de siempre. Recuerde esto, Razumov.

Él no estaba escuchando. Incluso había perdido la sensación de que los vigilaban, invadido por una pesada tranquilidad. Su inquietud, su exasperación, su desprecio habían terminado por ceder después de tantas horas de prueba, y le pareció que hubieran desaparecido para siempre. «Soy como un fósforo para todos ellos», pensó, con una convicción demasiado firme para regocijarse. La revolucionaria había callado; Razumov no la miraba; nadie pasaba por la carretera. Casi se había olvidado de que no estaba solo. Oyó de nuevo la voz de la mujer, seca, formal, aunque delataba la vacilación que había suscitado su largo silencio.

—¡Oiga, Razumov!

Él, que seguía sin mirarla, hizo una mueca, como quien oye una nota desafinada.

—Dígame, ¿es cierto que la misma mañana de la hazaña asistió a sus clases en la Universidad?

Transcurrió una apreciable fracción de segundo antes de que Razumov captara la trascendencia de la pregunta, como una bala que impacta tiempo después de haberse visto el destello del disparo. Por fortuna, pudo asirse con una mano a uno de los barrotes de la verja. Por más que apretó con una fuerza terrible, su presencia de ánimo se vino abajo. No logró articular más que una especie de gorgoteo, de gruñido.

—¡Vamos, Kirylo Sidorovitch! —le urgió ella—. Ya sé que no es un hombre presumido. Eso hay que reconocerlo. Es un hombre callado. Demasiado callado, tal vez. Alimenta una íntima amargura. No es un entusiasta. Acaso es demasiado fuerte para eso. Pero a mí puede decírmelo. Me gustaría comprenderlo un poco mejor. Me impresionó profundamente... ¿De verdad lo hizo?

Razumov recuperó la voz. La bala no lo había alcanzado. Fue un disparo al aire, más bien como una señal para regresar al cuartel. Aquello iba a ser una auténtica batalla por la supervivencia. Y esta mujer era una adversaria peligrosa. Pero estaba preparado para el combate, tan preparado que cuando se volvió hacia ella no movió un sólo músculo de la cara.

—Así es —dijo, sin animación, íntimamente linchado, pero plenamente seguro de sí—. Asistí a mis clases. ¿Por qué lo pregunta?

Ella sí se mostró animada.

—Me lo contó en una carta un joven de San Petersburgo; uno de lo nuestros, naturalmente. Lo vieron... lo observaron con su cuaderno, impasible, tomando notas...

Razumov la envolvió con su mirada fija.

—¿Y qué?

—Que a mí esa frialdad me parece formidable... nada más. Es un prueba de insólita fortaleza de carácter. El joven en cuestión decía que nadie habría podido adivinar, por su actitud y sus maneras, lo que había hecho apenas dos horas antes... la gran, memorable y gloriosa hazaña.

—¡Ah no! Nadie lo habría adivinado —asintió Razumov con gravedad— porque en ese momento nadie...

—Sí, sí. Pero al parecer es usted igualmente un hombre de una fortaleza excepcional. Su actitud era la misma de siempre. Desde entonces se recuerda con asombro...

—No me costó ningún esfuerzo —declaró Razumov, con la misma gravedad en su mirada.

—¡En ese caso es todavía más extraordinario! —exclamó ella, y guardó silencio mientras Razumov se preguntaba si no habría dicho algo completamente innecesario... o todavía peor.

La mujer levantó la cabeza enérgicamente.

—¿Tenía intención de quedarse en Rusia? ¿Había planeado...?

—No —interrumpió Razumov sin premura—. No había planeado nada.

—¿Se marchó sin más? —insistió ella.

Razumov inclinó la cabeza para asentir despacio.

—Sin más... sí. —Había soltado poco a poco el barrote, como si llegara al convencimiento de que ningún disparo al azar podría derribarlo ya. Y de pronto tuvo la inspiración de añadir—: Nevaba mucho, como ya sabe.

Ella respondió con un apreciativo movimiento de cabeza, como una experta en esas lides, muy interesada y capaz de comprender cualquier detalle con profesionalidad. Razumov recordó algo que había oído.

—Me escabullí por un callejón —dijo con indiferencia, y se detuvo, como si no valiese la pena contarlo. Recordó entonces otro detalle y lo dejó caer, como una limosna desdeñosa, para satisfacer la curiosidad de la mujer.

—Me entraron ganas de acostarme y me quedé dormido.

Ella chasqueó la lengua, muy impresionada por lo que esto denotaba. Y luego...

—¡Pero el cuaderno! Lo del cuaderno es asombroso. ¡No irá a decirme que se lo había guardado previamente en el bolsillo! —exclamó.

Razumov se sobresaltó. Podría haber parecido una señal de impaciencia.

—Volví a casa. Directamente a mi cuarto —dijo con énfasis.

—¡Qué frialdad! ¿Cómo se atrevió?

—¿Por qué no? Le aseguro que estaba absolutamente tranquilo. ¡Ja! Puede que más tranquilo de lo que estoy ahora.

—Me gusta usted mucho más como está ahora que cuando se deja llevar por esa vena amarga, Razumov. ¿Y nadie en la casa lo vio regresar? Eso habría despertado sospechas.

—Nadie —dijo Razumov con firmeza—. El portero, la patrona, la chica, ninguno estaba allí. Subí como una sombra. Era un amanecer nublado. La escalera estaba a oscuras. Me deslicé como un fantasma. ¿Destino? ¿Fortuna? ¿Qué le parece?

—¡Es como si lo viera! —Los ojos de la revolucionaria se cerraron misteriosamente—. Bueno... y después consideró...

Razumov ya tenía preparada su respuesta.

—No. Miré el reloj, ya que desea conocer los detalles. Aún estaba a tiempo. Cogí el cuaderno y bajé las escaleras de puntillas. ¿Ha oído alguna vez el repiqueteo de los pasos de un hombre que corre por el hueco de una escalera profunda? Al pie de la escalera hay una luz de gas que está encendida día y noche. Supongo que ahora mismo sigue alumbrando... El sonido se apaga poco a poco... la llama parpadea...

Razumov advirtió la vacilación de la sorpresa, que cubrió como un velo la curiosidad de los ojos negros clavados en su rostro, como si la revolucionaria recibiese el sonido de su voz a través de las pupilas en lugar de los oídos. Se recompuso, se pasó una mano por la frente, confundido, como si hubiera estado hablando en sueños.

—¿Adónde podía salir corriendo por la mañana un estudiante si no es a sus clases? De noche es otro cantar. No me importaba que me vieran todos los vecinos, pero creo que no había nadie. Es mejor no ser visto ni oído. ¡Ajá! Los que tienen suerte son los que no son vistos ni oídos... en Rusia. ¿No le sorprende mi buena suerte?

—Es asombrosa —dijo ella—. Si tiene usted suerte además de determinación será una adquisición de incalculable valor para la tarea que tenemos entre manos.

Su tono era serio, y le pareció a Razumov también especulativo, como si mentalmente ya estuviera asignándole una parte de esa tarea. La mujer había bajado los ojos. Razumov esperaba, no demasiado alerta esta vez, pero sí atenazado por el peligro constante, que le otorgaba un aire de concentrada gravedad. ¿Quién podía haber hablado de él en esa carta desde Petersburgo? Un compañero de la Universidad, seguramente... algún imbécil víctima de la propaganda revolucionaria, algún insensato esclavo de ideales ajenos y subversivos. Su registro mental terminó por desvelar una figura alta, famélica y de nariz colorada. ¡Ése debía de ser!

Sonrió para sus adentros por el absoluto desatino de todo aquel asunto, por la ilusión de un idealista criminal que hacía estallar su vida por los aires como un trueno en un cielo despejado y encontraba su eco entre las ruinas, en las falsas creencias de otros idiotas. ¡Cómo se le ocurriría a ese imbécil hambriento y patético alimentar la curiosidad de los refugiados revolucionarios con un detalle tan fabuloso! Apreciaba sin embargo que no revestía ningún peligro. Al contrario. Tal como estaban las cosas, más bien representaba una ventaja, era un siniestro golpe de suerte que sólo debía aceptar con la debida precaución.

—Y sin embargo, Razumov —oyó musitar a la mujer—, no tiene usted cara de ser un hombre con suerte. —Levantó la mirada con renovado interés—. De manera que así fue. Después de hacer su trabajo, simplemente se marchó y regresó a su cuarto. A veces ocurren cosas así. Supongo que acordarían de antemano que una vez terminado el asunto cada cuál se iría por su lado, ¿verdad?

Razumov conservó la seriedad de su expresión y el tono deliberado, aunque cauto.

—¿No era lo mejor que podíamos hacer? —preguntó, sin apasionamiento—. En todo caso —añadió, tras un instante—, no pensamos demasiado en lo que ocurriría después. Nunca discutimos formalmente ninguna línea de actuación. Creo que se sobreentendía.

La revolucionaria aprobó esta afirmación con leves asentimientos de cabeza.

—¿Y usted, naturalmente, quería quedarse en Rusia?

—En el mismo San Petersburgo —enfatizó Razumov—. Era la única opción segura para mí. Además, no tenía adónde ir.

—¡Sí! ¡Sí! Lo sé. Claramente. Y el otro... ese maravilloso Haldin que apareció de pronto para dejar un gran vacío... ¿sabe qué planes tenía?

Razumov había previsto que esta pregunta llegaría tarde o temprano. Levantó un poco las manos y las dejó caer con gesto de impotencia... nada más.

Fue la conspiradora del pelo blanco la primera en romper el silencio.

—Es muy curioso —pronunció despacio—. ¿Y no se le ocurrió, Kirylo Sidorovitch, que tal vez quisiera volver a ponerse en contacto con usted?

Razumov cayó en la cuenta de que no lograba dominar el temblor de sus labios, pero se dijo que se debía a sí mismo una respuesta. No podía permitirse otro gesto negativo. Tenía que hablar, aunque sólo fuera para llegar hasta el fondo de lo que se contaba en esa carta de San Petersburgo.

—El día siguiente me quedé en casa —dijo, inclinándose ligeramente y clavando la mirada en los ojos negros de la mujer, para que ella no reparara en el temblor de sus labios—. Sí, me quedé en casa. Como parece ser que mis actos son recordados y escritos, es posible que esté usted al corriente de que al día siguiente no asistí a clase.

¿Verdad? ¿No lo sabía? Bueno, me quedé en casa... el día entero.

Como emocionada por la agitación de Razumov, la mujer murmuró con simpatía:

—¡Entiendo! Debió de ser muy duro.

—Parece comprender los sentimientos ajenos —dijo al punto Razumov—. Fue muy duro. Fue terrible; fue un día atroz. Y no fue el último.

—Sí, lo comprendo. Después se enteró de que habían detenido a Haldin. Sé muy bien lo que se siente tras perder a un camarada en la lucha. Uno siente vergüenza al verse libre. Y me acuerdo de muchos. Da lo mismo. No tardaremos en vengarlos a todos. ¿Qué es la muerte? En todo caso, no es tan vergonzoso como ciertas formas de vida.

Razumov sintió que algo se agitaba en su pecho, una suerte de temblor débil y desagradable.

—¿Ciertas formas de vida? —repitió, mirándola inquisitivamente.

—La servidumbre, la sumisión. ¿Es eso vida? ¡No! Es vegetar en el vertedero de la iniquidad que es este mundo. La vida, Razumov, para no ser vil, ha de ser una revolución... una protesta implacable... y permanente.

Se tranquilizó, y el calor de la pasión secó al instante el brillo de las lágrimas contenidas en sus ojos, para continuar en su tono eficiente y profesional:

—Usted me comprende, Razumov. No es un entusiasta, pero hay en usted una inmensa fuerza de rebeldía. Lo supe desde la primera vez que lo vi... ¿se acuerda?...

en Zurich. ¡Ah! Está lleno de pura rebeldía. Eso es bueno. La indignación a veces flaquea, y hasta la venganza puede resultar tediosa, pero esa inflexible sensación de necesidad y de justicia que armó sus manos y las de Haldin para abatir a esa bestia fanática... porque eso es lo que era, ¡nada más! Lo he estado pensando. No podía ser otra cosa.

Razumov hizo una leve reverencia, camuflando su ironía con una inmovilidad facial casi siniestra.

—No puedo hablar por los muertos. En lo que a mí respecta, le aseguro que mi conducta se vio dictada por la necesidad y por la sensación de... bueno... digamos justicia retributiva.

«Eso ha estado bien», se felicitó, mientras ella posaba sus ojos en él, negros e impenetrables como las cavernas mentales donde a buen seguro se instalaba el pensamiento revolucionario para tramar el violento rumbo de sus sueños de cambio.

¡Como si fuera posible cambiar algo! En este mundo humano nada puede cambiarse... ni la felicidad ni la desgracia. A lo sumo pueden desplazarse a costa de corromper conciencias y destruir vidas: una fútil diversión para filósofos arrogantes y alfeñiques sanguinarios. Estos pensamientos se le pasaron a Razumov por la cabeza mientras seguía frente a la veterana revolucionaria, la respetada, la confiable e influyente Sophia Antonovna, cuya palabra tanto pesaba en la sección «activa» de todos los partidos. Era mucho más representativa que Peter Ivanovitch. Desprovista de retórica, de misticismo y de teorías, encarnaba el verdadero espíritu de la revolución destructiva. Y era la adversaria personal a quien él debía conocer.

Experimentó Razumov un triunfante sentimiento de placer al engañarla con sus propias palabras. Le vino a la memoria ese aforismo según el cual la facultad del habla nos es dada para ocultar nuestros pensamientos. Lo que acababa de decir era una muestra sumamente desdeñosa y sutil de esta cínica teoría que por su misma formulación atentaba contra el propio espíritu de la revolución inexorable, representado por aquella mujer de pelo blanco y cejas negras como líneas de tinta china ligeramente sinuosas, unidas por las arrugas perpendiculares de una frente pensativa.

—Eso es. Retributiva. ¡Nada de compasión! —fue la conclusión del silencio de ella. Y, una vez roto, continuó impulsivamente, con frases breves y vibrantes:

—¡Escuche mi historia, Razumov!

Su padre era un artesano listo, aunque sin suerte. Ninguna alegría había iluminado sus días laboriosos. Murió a los cincuenta años; pasó toda su vida trabajando sin resuello, dominado por amos cuya rapacidad le exigía pagar por el agua, por la sal, hasta por el aire que respiraba; por amos que gravaban el sudor de su frente y reclamaban la sangre de sus hijos. ¡Sin protección, sin un guía! ¿Qué le decía la sociedad? Que fuera sumiso y honrado. Si te rebelas te mato. Si robas te encarcelo.

Pero si sufres no tengo nada para ti, nada salvo quizás un pedazo de pan mendigado, ningún consuelo para tus tribulaciones, ningún respeto para tu hombría, ninguna piedad para las penas de tu miserable vida.

Y así, el padre trabajó, sufrió y murió. Murió en un hospital. Cuando ella se encontraba junto a la fosa común en la que iban a enterrarlo, reflexionó sobre aquella existencia atormentada: lo vio todo. Repasó las sencillas alegrías de la vida, el derecho de nacimiento de los más humildes, del cual el bondadoso corazón del padre había sido privado por un delito social imperdonable.

—Sí, Razumov —continuó la mujer, con una voz impresionante, contenida—, fue como si me iluminara una intensa luz, siendo todavía casi una niña, y maldije no el esfuerzo, no la miseria que había sido su destino, sino la terrible iniquidad social del sistema que se sustenta en el esfuerzo no correspondido y en los sufrimientos no compadecidos. A partir de ese momento me convertí en revolucionaria.

Intentando sobreponerse a las peligrosas debilidades del desprecio o de la compasión, Razumov se había mostrado impertérrito.

Con una nota de amargura pura y sincera, la primera que él detectaba desde que conocía a esta mujer, ella siguió diciendo:

—Como no podía ir a la iglesia donde los sacerdotes del sistema exhortaban a resignarse a una indeseable y desconsiderada como yo, acudí a las sociedades secretas en cuanto supe cómo encontrarlas. Tenía dieciséis años, ¡ni uno más, Razumov! Y... mire mi pelo blanco.

No había en estas últimas palabras ni orgullo ni tristeza. También la amargura se había esfumado.

—Podría contarle muchas cosas. Siempre tuve un pelo magnífico, hasta cuando era una mocosa. Por aquel entonces lo llevábamos corto y pensábamos que ése era el primer paso para aplastar la infamia social. ¡Aplastar la infamia! ¡Un buen lema! Lo pintaría en los muros de prisiones y palacios, lo tallaría en duras rocas, lo escribiría con letras de fuego en ese cielo vacío, como señal de esperanza y de terror... como presagio del fin...

—Tiene usted elocuencia, Sophia Antonova —interrumpió Razumov—. Pero hasta el momento parece haberlo escrito tan sólo en el agua...

Sophia Antonovna se contuvo, si bien no se mostró ofendida.

—¿Quién sabe? Muy pronto podría ser un hecho escrito en todo nuestro gran país —insinuó significativamente—. Y entonces mi vida habría tenido sentido. No importaría mi pelo blanco.

Razumov miró su pelo blanco: aquella señal de tantos años de preocupaciones no parecía sino un testimonio del vigor invencible de la sublevación. Confería un asombroso relieve al rostro sin arrugas, a la mirada negra y brillante, a la figura erguida y compacta, a la sencilla y enérgica serenidad de la personalidad madura, como si en su peregrinaje revolucionario hubiese descubierto el secreto no de la eterna juventud sino de la eterna resistencia.

«¡Qué poco rusa parecía!», pensó Razumov. Su madre tal vez fuera judía o armenia o... a saber qué. Le pareció que rara vez un revolucionario correspondía al modelo establecido. Y esta idea cruzó vagamente su pensamiento: toda revolución es la expresión de un fuerte individualismo. A los revolucionarios se los veía venir a la legua en cualquier sociedad, en cualquier entorno. Era increíble que la policía...

—No creo que volvamos a vernos pronto —decía ella—. Me marcho mañana.

—¿A Zurich? —preguntó Razumov con indiferencia, aunque también con alivio, no porque sintiera una aprensión definida, sino por una sensación de agotamiento, como si acabase de librar una batalla.

—Sí, a Zurich, y puede que más lejos, mucho más lejos. Otro viaje. ¡Cuando pienso en todos mis viajes! Algún día llegará el último. Da lo mismo, Razumov.

Necesitábamos tener una buena conversación. De hecho, si no nos hubiéramos encontrado habría intentado buscarlo. ¿Peter Ivanovitch sabe dónde vive usted? Sí.

Tenía intención de preguntárselo, pero es mejor así. Esperamos a dos hombres más, y prefería quedarme aquí, charlando con usted, que ahí arriba con...

Dirigió la mirada hacia el exterior de la verja y se interrumpió.

—Ahí están —dijo rápidamente—. Bueno, Kirylo Sidorovitch, ahora debemos despedirnos.

IV

Razumov se sintió intranquilo, inseguro del terreno que pisaba. Volvió rápidamente la cabeza y vio a dos hombres al otro lado de la carretera. Sabiéndose advertidos por Sophia Antonovna, cruzaron de inmediato y atravesaron la cancela situada junto a la caseta vacía del guarda. Miraron al desconocido con dureza, pero sin desconfianza, pues la blusa escarlata era una señal de seguridad semejante a un relámpago. El primero, de rostro amplio, blanco y sin barba, con papada y una barriga prominente que parecía llevar muy a gala bajo un abrigo muy holgado, se limitó a saludar con la cabeza y a apartar la mirada con gesto malhumorado; su compañero, enjuto, de mejillas arreboladas, con un mostacho rojo de corte militar bajo la nariz afilada y grande, se acercó directamente a Sophia Antonovna para saludarla con calidez. Tenía la voz sonora, aunque desarticulada, como un zumbido profundo. Ella se mostró tranquila y cordial...

—Éste es Razumov —anunció con voz clara.

El hombre enjuto se volvió con avidez. «Ahora querrá darme un abrazo», pensó nuestro joven, sintiendo que todo su ser rehuía profundamente esta posibilidad, al tiempo que sus miembros parecían pesar demasiado para apartarse. Su alarma resultó infundada. Se las veía con una generación de conspiradores que no se saludaban con dos besos en las mejillas y, levantando un brazo que pesaba como el plomo, dejó caer la mano en una palma ampliamente extendida, descarnada, huesuda y tan caliente como si la fiebre la hubiera secado, que estrechó la suya de un modo expresivo, como si dijera: «Entre nosotros no hay necesidad de palabras».

El hombre tenía unos ojos grandes y muy abiertos. Razumov creyó detectar una sonrisa tras su velo de tristeza.

—Éste es Razumov —repitió Sophia Antonovna subiendo la voz para el hombre gordo que, un poco apartado, ofrecía su panza de perfil.

Nadie se movió. Todo —sonidos, actitudes, movimientos e inmovilidad— parecía formar parte de un experimento, cuyo resultado fue una voz fina que entonó con cómico fastidio:

—¡Ah, sí! Razumov. Hace meses que sólo oímos hablar del señor Razumov. Por mi parte, confieso que habría preferido encontrarme aquí con Haldin que con el señor Razumov.

El énfasis estridente que puso en su apellido «Razumov... el señor Razumov», perforaba el tímpano de un modo ridículo, como el falsete de un payaso cuando empieza a contar un chiste muy elaborado. La perplejidad fue la primera reacción de Razumov, seguida de una súbita indignación.

—¿A qué viene esto? —preguntó, con voz airada.

—¡Bah! Tonterías. Siempre es así. —Era evidente que Sophia Antonovna estaba molesta, pero dejó caer de sus labios la información de Necator en voz lo suficientemente alta para que Razumov pudiera escucharla. Los chillidos del hombre gordo parecían proceder de esa cosa parecida a un globo que llevaba por debajo del abrigo. La estolidez de su actitud, los pies grandes, las manos colgantes y sin vida, las mejillas enormes y blancas, los finos mechones de pelo que asomaban desordenadamente en la nuca gruesa, fascinaron a Razumov, llevándolo al borde del horror y de la carcajada.

Era Nikita, alias Necator, ¡con siniestra y oportuna aliteración! Razumov había oído hablar de él. Había oído muchas cosas de estas celebridades de la revolución militante desde que cruzó la frontera; leyendas, historias, la crónica verdadera que de cuando en cuando asoma ante un mundo parcialmente incrédulo. Había oído hablar de él. Al parecer había matado a más gendarmes y policías que ningún otro revolucionario vivo. Era el encargado de las ejecuciones.

Un papel con las iniciales N. N., el pseudónimo del asesino, hallado en el pecho apuñalado de un famoso espía (este pintoresco detalle de un asesinato sensacional había llegado a los periódicos), era la marca de su trabajo. «Por orden del Comité:

N. N.». Una cortina levantada por una esquina para estimular la imaginación del mundo boquiabierto. Se decía que entraba y salía continuamente de Rusia: el Necator de burócratas, de gobernadores provinciales, de oscuros informadores. Entre viaje y viaje vivía en las orillas del lago Como, según había llegado a oídos de Razumov, con una mujer encantadora, entregada a la causa, y dos niños de corta edad. ¿Cómo era posible que aquel hombre, tan grotesco que ante su sola visión haría ladrar a los perros, pudiera ejecutar sus asesinatos por encargo y escapar de las redes policiales?

—¿Y qué? ¿Y qué? —chilló la voz estridente—. Sólo soy sincero. Nadie ha negado que el espíritu conductor fuese Haldin. Habría sido mejor que él siguiera entre nosotros. Más útil. No soy un sentimental. Digo lo que pienso... nada más.

Chillaba, chillaba y chillaba, sin un gesto, sin un movimiento: tal era la espantosa y grotesca exhibición de celos profesionales de aquel hombre de siniestro apodo aliterado, del ejecutor de los veredictos revolucionarios, del aterrador N. N., exasperado como un tenor de éxito ante la atención suscitada por la interpretación de un amateur desconocido. Sophia Antonovna se encogió de hombros. El camarada del bigote pelirrojo y marcial se apresuró a dirigirse a Razumov lleno de intenciones conciliadoras con una voz semejante a un zumbido.

—¡El diablo se lo lleve! Aquí mismo, en plena vía pública. Ya lo ha visto con sus propios ojos. No es más que una de sus andanadas habituales. No tiene la menor importancia.

—No se preocupe, por favor —exclamó Razumov, soltando una prolongada carcajada—. No lo mencione siquiera.

El otro, con ese rubor febril en los pómulos, como un par de quemaduras, lo miró fijamente un momento y se echó a reír también. Razumov, que perdió de repente su hilaridad, avanzó un paso.

—Ya basta —dijo, con voz clara e incisiva, aunque apenas podía dominar el temblor de sus piernas—. No pienso escuchar una palabra más. No consentiré que nadie... Soy muy consciente de lo que insinúa con esas alusiones... ¡Indagar, investigar! Les reto a que lo hagan, pero no toleraré que se juegue conmigo.

No era la primera vez que pronunciaba estas palabras. Ya se había visto obligado a vocearlas ante parecidas sospechas. Se veía atrapado en un círculo infernal que provocaba esta protesta como una necesidad fatal para la supervivencia. Pero no servía de nada. Siempre seguirían jugando con él. Por fortuna la vida no duraba eternamente.

—¡No lo permitiré! —gritó, golpeándose con un puño en la palma de la otra mano.

—Kirylo Sidorovith... ¿qué le ha ocurrido? —terció la mujer en tono autoritario.

Todos miraban a Razumov en ese momento; el asesino de espías y gendarmes se había dado media vuelta y presentaba ahora su enorme barriga como un escudo.

—No grite. Hay gente pasando —dijo Sophia Antonovna, temerosa de otro estallido. Un barco de vapor procedente de Monrepos acababa de atracar en el embarcadero situado frente a la verja, y, sin que hubieran oído su ronca sirena ni el remolino del agua, un pequeño grupo de pasajeros había desembarcado y se dispersaba en distintas direcciones.

Sólo un espécimen de turista prematuro, con pantalones bombachos y una llamativa y flamante maleta de piel amarilla, se demoró un momento, barruntando algo extraño en las cuatro personas reunidas al otro lado de la herrumbrosa verja de hierro de lo que parecían los jardines olvidados de una residencia deshabitada. ¡Ah!

¡Si hubiera sabido la oportunidad que un vulgar viaje ponía de pronto en su camino!

Pero era una persona bien educada; apartó la mirada y se alejó con pasos cortos, a la espera de un tranvía.

Un gesto de Sophia Antonovna, «Dejádmelo a mí», había despachado a los dos revolucionarios; el zumbido de la voz desarticulada se debilitaba gradualmente, mientras que la flauta del «¿Y qué? ¿Qué pasa?», se redujo hasta cobrar las proporciones de un chillido de juguete. Dejaron a Razumov al cuidado de la mujer.

Eran muchas las cosas que podían ponerse con seguridad en manos de la experiencia de Sophia Antonovna. Y entonces, sus ojos negros se volvieron hacia Razumov, mientras intentaba desentrañar las razones de aquel estallido. Tenía algún significado.

Nadie nace siendo un revolucionario activo. El cambio se produce de un modo perturbador, con la fuerza de una vocación repentina, y acarrea dolorosas dudas, arrebatos violentos, una permanente inquietud espiritual, hasta que el converso al fin se apacigua cuando alcanza la ferocidad absoluta de la convicción. Había visto —a menudo sólo adivinado— a docenas de hombres y mujeres jóvenes que atravesaban una crisis emocional. Aquel muchacho parecía un ególatra temperamental. Además, era especial: un caso único. Jamás había conocido a un individuo que le interesara y desconcertase tanto.

—Tenga cuidado, Razumov, mi buen amigo. Si sigue así se volverá loco. Está enfadado con todo el mundo y resentido consigo mismo, en busca de algo con lo que atormentarse.

—¡Es intolerable! —dijo Razumov, con voz entrecortada—. Admitirá usted que no me llamo a engaños con respecto a esa actitud que... no está clara... o tal vez está demasiado clara.

Hizo un gesto de desesperación. No era el valor lo que le fallaba. Los gases asfixiantes de la falsedad se concentraban en su garganta, la idea de estar condenado a luchar sin tregua en aquel ambiente contaminado, sin la esperanza de renovar nunca sus fuerzas con una bocanada de aire fresco.

—Un vaso de agua fría es lo que necesita —dijo Sophia Antonovna, mirando hacia la casa a través del jardín y sacudiendo la cabeza, para volverse luego hacia la rebosante placidez del lago. Encogiéndose de hombros de una manera un tanto cómica, ofrecía el remedio a la vista de aquella abundancia.

—Es usted, querido amigo, quien arremete contra algo que no existe. ¿Qué es?

¿Qué se reprocha? Es ridículo. No podía entregarse porque hubieran detenido a su camarada.

Le reconvino en tono razonable y por extenso. No podía tener queja por la acogida que le habían dispensado. Cualquier recién llegado era más o menos sometido a crítica. Había que comprender perfectamente a todo el mundo antes de aceptarlo. No recordaba que nadie hubiera gozado de tanta confianza como él desde el primer momento. Pronto, muy pronto, acaso antes de lo que imaginaba, se le presentaría la oportunidad de demostrar su devoción a la sagrada tarea de aplastar la infamia.

Razumov, que escuchaba en silencio, pensó: «Puede que esté intentando que me confíe y abandone mis recelos. Por otro lado, es evidente que la mayoría de ellos son idiotas». Se hizo a un lado, dando un par de pasos, y cruzó los brazos sobre el pecho, apoyando la espalda en la pilastra de piedra de la verja.

—En cuanto a lo que no sabemos acerca del destino del pobre Haldin —dejó caer Sophia Antonovna muy despacio, de un modo que a Razumov se le antojó como un goteo de plomo fundido—, en cuanto a eso, aunque nadie ha insinuado en ningún momento que su conducta, Razumov, no fuera la adecuada, por miedo o por negligencia... bueno, yo dispongo de cierta información...

Razumov no pudo evitar mirarla, y Sophia Antonovna asintió levemente con la cabeza.

—La tengo. ¿Recuerda esa carta de San Petersburgo que le mencioné hace un rato?

—¿La carta? Perfectamente. Algún entrometido daba cuenta de mi conducta en determinado día. Es repugnante. Supongo que será muy gratificante para nuestra policía abrir esas interesantes y... y... superfluas cartas.

—¡No, por favor! La policía no intercepta nuestras cartas con tanta facilidad como imagina. La carta en cuestión no salió de San Petersburgo hasta que llegó el deshielo. Salió en el primer vapor inglés que surcó el Neva esta primavera. Uno de los fogoneros es de los nuestros. Me llegó desde Hull...

Guardó silencio, como sorprendida de la hosca fijeza con que Razumov la miraba, pero enseguida continuó, mucho más deprisa.

—Contamos allí con gente que... eso no importa. El remitente de la carta relata un incidente que a su juicio podría estar relacionado con la detención de Haldin. Iba a decírselo justo cuando llegaron esos dos hombres.

—Eso también ha sido un incidente —murmuró Razumov— sumamente grato...

para mí.

—¡Déjelo ya! —exclamó Sophia Antonovna—. Nadie presta atención a los ladridos de Nikita. Lo hace sin maldad. Escuche lo que tengo que decirle. Tal vez le aclare algunas cosas. Había en San Petersburgo una especie de campesino urbano, un hombre que tenía caballos. Llegó allí hace unos años para trabajar como conductor al servicio de algunos conocidos, y terminó haciéndose propietario de un par de coches de caballos.

Bien pudo haberse ahorrado el ligero esfuerzo que hizo para decir «¡Espere!», puesto que Razumov no tenía intención de abrir la boca; por nada del mundo habría interrumpido en ese momento, ni siquiera para salvar la vida. Contrajo involuntariamente los músculos faciales, no más allá de una leve tensión superficial, y de inmediato se mostró tan atento y taciturno como antes.

—Al parecer no era un hombre corriente —continuó ella—. La gente del edificio... mi confidente habló con muchos de ellos..., ya sabe, una de esas enormes casas de oprobio y de miseria...

Sophia Antonovna no necesitaba ampliar la descripción de la casa. Razumov la veía con absoluta claridad, alzada como una torre tras su interlocutora: una masa de ladrillo oscura, velada por los copos de nieve, con la larga hilera de ventanas grasientas de la sórdida casa de comidas casi a ras del suelo. El fantasma de aquella noche aún lo acechaba, y Razumov le hacía frente con rabia y cansancio.

—¿Por casualidad le habló de ese edificio el difunto Haldin? —preguntó con sumo interés Sophia Antonovna.

—Sí —respondió Razumov, preguntándose si al decirlo no estaría cayendo en una trampa. Le resultaba tan humillante mentir a aquella gente que casi no pudo hacer otra cosa—. En una ocasión —añadió, como si hiciera un esfuerzo por recordarlo— me habló de una casa como la que describe. Al parecer visitaba con frecuencia a algunos trabajadores que vivían allí.

—Exactamente.

Sophia Antonovna parecía exultante. Su confidente se enteró de este detalle por casualidad, hablando con la gente de la casa, al hacerse amigo de un trabajador que ocupaba una habitación allí. Le describieron perfectamente a Haldin. Él les proporcionaba palabras de esperanza en su sufrimiento. Iba por allí sin regularidad, pero muy a menudo, y, según se decía en la carta, a veces se quedaba a pasar la noche; creían que dormía en un establo que daba al patio interior.

—¡Fíjese, Razumov! En un establo.

Razumov escuchaba con un suerte de aquiescencia feroz, aunque divertida.

—Sí. En el heno. Probablemente era el lugar más limpio de todo el edificio.

—Sin duda —asintió la mujer con esa manera de fruncir el ceño que parecía acercar sus ojos negros de una forma siniestra. Ningún cuadrúpedo podría soportar la suciedad y la desgracia que tantos seres humanos estaban condenados a sufrir en Rusia. La importancia de este descubrimiento radicaba en la demostración de que Haldin tenía un trato familiar con el campesino y cochero, un hombre insensato, muy independiente, que vivía como se le antojaba y no era muy apreciado por los demás vecinos del edificio. Se creía que estaba asociado con una banda de ladrones.

Algunos habían sido capturados. No cuando él los llevaba en su coche, pese a lo cual, se sospechaba que el individuo en cuestión podía haberle ido con el cuento a la policía y...

La revolucionaria guardó silencio de pronto.

—¿Y usted? ¿Oyó hablar a su amigo en algún momento de un tal Ziemianitch?

Razumov estaba preparado para escuchar ese nombre. Llevaba tiempo esperando la pregunta. Y se había dicho: «Cuando llegue lo admitiré». Aun así, se tomó su tiempo.

—¡Por supuesto! —dijo despacio—. Ziemianitch, un campesino que tenía caballos... Sí. Una vez me habló de él. ¡Ziemianitch! ¡Sin duda! Ziemianitch el de los caballos. ¿Cómo he podido olvidarlo? En una de las últimas conversaciones que tuvimos.

—Eso significa —dijo Sophia Antonovna con mucha gravedad—, eso significa, Razumov, que fue muy poco antes, ¿verdad?

—¿Antes de qué? —vociferó Razumov, avanzando hacia ella, que lo miró con perplejidad, pero no se movió—. Antes... ¡Ah! ¡Claro, fue antes! ¿Cómo iba a ser después? Apenas unas horas antes.

—¿Y habló bien de él?

—¡Con entusiasmo! ¡Los caballos de Ziemianitch! ¡El espíritu libre de Ziemianitch!

Sintió un salvaje deleite al pronunciar en voz alta ese nombre que hasta entonces no había salido de sus labios. Fijó sus ojos encendidos en la mujer hasta que la expresión fascinada de ella le hizo volver en sí.

—El difunto Haldin —dijo, recomponiéndose y con la mirada baja—, tenía cierta tendencia a encapricharse de buenas a primeras con la gente sin... sin... cómo decirlo... sin suficiente fundamento.

—¡Eso es! —Sophia Antonovna dio una palmada—. Eso lo explica todo. El remitente de la carta albergaba la sospecha de...

—¡Ya! El remitente —dijo Razumov, casi sin poder ocultar el tono burlesco—.

¿Qué sospechas? ¿Qué las despertó? ¿Ese Ziemianitch? Probablemente un borracho, un charlatán, posiblemente...

—Habla como si lo hubiera conocido.

Razumov levantó la vista.

—No. Pero a Haldin si lo conocía.

Sophia Antonovna asintió con gesto grave.

—Cada una de sus palabras me confirma los recelos que se me comunicaban en esa interesante carta. Una mañana el tal Ziemianitch apareció colgado de un gancho en el establo... muerto.

Razumov experimentó una profunda inquietud. Debió de resultar visible, porque Sophia Antonovna se vio movida a observar vivazmente:

—¡Ah! Empieza a entenderlo.

Lo veía con absoluta claridad: a la luz de un farol que proyectaba haces de sombra en el establo parecido a un sótano, el cuerpo en una pelliza y las botas altas, colgando contra la pared. Una capucha puntiaguda, con los bordes calados hasta los ojos, ocultaba el rostro. «Pero eso a mí no me concierne», se dijo. «No afecta en absoluto a mi posición. Nunca llegó a ver quién le dio la paliza. No podía saberlo».

Razumov sintió lástima del difunto amante de la botella y de las mujeres.

—Sí, algunos terminan así —murmuró—. ¿Qué idea tiene usted, Sophia Antonovna?

En realidad la idea era del confidente, pero Sophia Antonovna la había hecho plenamente suya. Lo definió con una sola palabra:

—Remordimiento.

Razumov abrió unos ojos muy grandes al oírlo. Tras escuchar lo que se decía en el edificio y atar cabos, el informador de Sophia Antonovna se había acercado mucho a la verdadera relación que existió entre Haldin y Ziemianitch.

—Soy yo quien puede decir eso que usted no sabe con certeza, que su amigo tenía un plan para ponerse a salvo, para salir de San Petersburgo en todo caso. Puede que no pasara de ahí y el resto lo fiase a la suerte. Y el hombre de los caballos formaba parte del plan.

«Han descubierto realmente la verdad», se maravilló Razumov, al tiempo que asentía con aire juicioso:

—Sí, es posible, es muy posible. —Pero a la mujer le parecía definitivo. En primer lugar, alguien había oído de pasada una conversación sobre caballos entre Haldin y Ziemianitch. A eso le sucedieron las sospechas de los vecinos cuando el «joven caballero» (no conocían a Haldin por su nombre), dejó de ir por allí. Algunos acusaban a Ziemianitch de saber algo acerca de esta ausencia. Él lo negaba con vehemencia, pero lo cierto es que desde la desaparición de Haldin, Ziemianitch no era el mismo; se había vuelto huraño y había adelgazado. Un día, en el curso de una disputa por una mujer a la que intentaba conquistar, y en la que al parecer participó la mayoría de los vecinos, Ziemianitch fue insultado abiertamente por su principal enemigo— un mercachifle atlético —de delator y de haber llevado «a nuestro joven caballero a Siberia, como hiciste con esos jóvenes que robaban en las casas». Esto desencadenó una pelea y el vendedor ambulante tiró a Ziemianitch por las escaleras.

El borrachín se pasó una semana bebiendo, deprimido, y finalmente se ahorcó.

Sophia Antonovna había sacado sus propias conclusiones de este relato. Le atribuía a Ziemianitch bien la indiscreción propia de un borracho con respecto a cierto transporte en una fecha determinada, que llegó a oídos de algún espía en un tugurio de mala muerte —tal vez en la misma casa de comidas del bajo del edificio —, bien una denuncia directa, que luego suscitó sus remordimientos. Un hombre así era capaz de cualquier cosa. La gente decía que era un individuo veleidoso. Y si ya había tenido tratos previamente con la policía —lo que parecía cierto, pese a que él siempre lo negaba— en relación con los ladrones de casas, a buen seguro que conocía a algunos subalternos, siempre al acecho de cualquier información que notificar a sus superiores. Es muy posible que al principio no se diera crédito a su relato, hasta el día en que ese indeseable de P... recibió su merecido. ¡Ay! Pero a partir de entonces cualquier indicio o retazo de información, por pequeño que fuera, fue investigado, y concluyó fatalmente con la detención de Haldin.

Sophia Antonovna extendió las manos para decir: «Fatalmente».

¡Fatalidad... azar! Razumov meditó en silencioso asombro sobre la extraña verosimilitud de estas deducciones. Era evidente que le beneficiaban.

—Es el momento de dar a conocer esta prueba concluyente.

Sophia Antonova volvió a mostrarse muy tranquila y reflexiva. Hacía tres días que recibió esta carta, pero no quiso escribir inmediatamente a Peter Ivanovitch.

Sabía que pronto tendría la ocasión de reunirse con varios hombres de acción a los que se había convocado para un asunto importante.

—Me pareció más eficaz mostrar la propia carta. La llevo en el bolsillo. Ahora comprenderá por qué me he alegrado tanto de encontrarme con usted.

Razumov estaba pensando: «No me mostrará la carta. No es probable. ¿Me habrá contado todo lo que ese hombre ha descubierto?». Estaba deseando ver la misiva, pero no debía pedirlo.

—Dígame, por favor, ¿fue ésta una investigación rigurosa, por así decir?

—No, no —protestó ella—. Ya está otra vez con sus suspicacias. Eso le hace parecer estúpido. ¿No se da cuenta de que no había base para ninguna investigación, aun cuando alguien hubiese querido emprenderla? ¡Un vacío absoluto! Ésa precisamente es la razón por la que algunas personas señalaban que debíamos recibirle a usted con cautela. Todo fue completamente accidental; se supo cuando mi confidente se encontró con un conocido acompañado de un inteligente curtidor de pieles que vivía en aquel cuchitril. ¡Una coincidencia maravillosa!

—Una persona creyente —señaló Razumov con pálida sonrisa— diría que todo ha sido obra de Dios.

—Mi pobre padre habría dicho eso. —Sophia Antonovna no sonrió. Bajó los ojos —. Y eso que su Dios nunca se acordó de él. Hace mucho tiempo que Dios no hace nada por la gente. En todo caso, así fue.

—Todo esto sería definitivo —dijo Razumov, con aire de reflexión imparcial— si tuviéramos la certeza de que «nuestro caballero» era Victor Haldin. ¿Lo sabemos?

—Sí. No hay error. Mi confidente conocía a Haldin, igual que a usted —afirmó la mujer categóricamente.

«No hay duda de que es el de la nariz colorada», se dijo Razumov, sintiendo que su inquietud despertaba de nuevo. ¿Había pasado inadvertida su visita a aquella casa maldita? Era poco posible. Pero también difícilmente probable. Podía tratarse del detalle perfecto para alimentar las habladurías que aquel adusto entrometido había estado recogiendo. Sin embargo, la carta no parecía contener ninguna alusión en ese sentido. A menos que ella se lo callara. Y en ese caso, ¿por qué? Si de verdad el hecho había escapado al fisgoneo de aquel demócrata muerto de hambre con ese dichoso talento para reconocer a la gente a partir de una descripción, sólo sería temporalmente. No tardaría en descubrirlo y se apresuraría a escribir otra carta... ¡y entonces!

A pesar de la envenenada temeridad de su humor, alimentada con odio y con desdén, Razumov se encogió de hombros interiormente. Se protegía así del miedo común, aunque eso no le bastaba para defenderse del disgusto que le producía tener cualquier clase de trato con los revolucionarios. Era una especie de temor supersticioso. Ahora que se encontraba en una posición más segura por su propia insensatez, a costa de Ziemianitch, experimentó la necesidad de una seguridad total, de libertad para mentir abiertamente y de poder para moverse entre los subversivos en silencio, sin preguntas, limitándose a escuchar, impenetrable, como el propio destino de los crímenes y la locura de aquella gente. ¿Contaba ya con esta ventaja? ¿O todavía no? ¿O nunca contaría con ella?

—Bueno, Sophia Antonovna —su aire de renuente condescendencia era genuino en la medida en que Razumov se resistía a despedirse de la mujer sin verificar su sinceridad con una pregunta que de ningún modo podía formular—, bueno, Sophia Antonovna, si eso es así, entonces...

—¡El pobre diablo se ha ajusticiado! —observó ella, como si pensara en voz alta.

—¿Cómo? ¡Ah, sí! El remordimiento —murmuró Razumov, con equívoco desprecio.

—No sea tan severo, Kirylo Sidorovitch, por haber perdido a un amigo. —Lo dijo sin el menor indicio de ternura; sólo el brillo negro de sus ojos pareció alejarse por un instante de visiones vengativas—. Era un hombre del pueblo. Un alma rusa sencilla nunca es del todo impenitente. Eso es algo que debemos saber.

—¿Para consolarnos? —insinuó Razumov, en tono inquisitivo.

—Para acabar con las recriminaciones —le soltó explosivamente—. Recuerde, Razumov, que las mujeres, los niños y los revolucionarios detestan la ironía, que es la negación de todos los instintos de salvación, de toda fe, de toda devoción y de toda acción. ¡Acabar con las recriminaciones...! No se por qué, pero a veces me resulta usted aborrecible.

Apartó la cabeza. Un silencio lánguido, como si toda la electricidad de la situación se hubiera descargado con este arrebato pasional, se prolongó unos momentos. Razumov aguantó sin rechistar. De improviso, ella le rozó una manga con la punta de los dedos.

—No se disguste.

—No me disgusto —dijo Razumov, muy tranquilo.

Le enorgulleció descubrir que ella no podía leer nada en su rostro. Se sintió realmente aplacado, aliviado de una oscura opresión, siquiera por un momento. Y de pronto se preguntó: «¿Por qué diablos tuve que ir a aquella casa? Fue una estupidez».

Lo invadió un profundo malestar. Sophia Antonovna se resistía a marcharse y hablaba con cordialidad, con clara intención conciliadora. Seguía refiriéndose a la famosa carta, a algunos pequeños detalles que su confidente, que nunca había visto a Ziemianitch, le había proporcionado. La «víctima del remordimiento» fue enterrada semanas antes de que su confidente empezara a frecuentar la casa. Ésta —la casa— contenía un excelente material revolucionario. El espíritu del heroico Haldin había irrumpido en aquel antro de negra miseria con la promesa de redención universal para todos los sufrimientos que oprimen al género humano. Razumov escuchaba sin oír, acuciado por ese nuevo deseo de seguridad total, libre del degradante método de la mentira directa que en ocasiones le resultaba casi imposible practicar.

No. Lo que él deseaba oír jamás surgiría en aquella conversación. No había manera de plantearlo. Lamentó no haber urdido una historia perfecta para contar en el extranjero, una historia que incluyera también su relación fatal con aquella casa. Pero cuando salió de Rusia no sabía que Ziemianitch se hubiese ahorcado. Y, de todos modos, ¿cómo podía haber previsto que el «confidente» de esta mujer acabaría precisamente en aquella barriada, cuando eran tantas las que aguardaban la destrucción bajo las llamas purificadoras de la revolución social? ¿Quién podría haberlo imaginado? ¡Nadie! «¡Es una sorpresa perfecta, diabólica!», pensó, con rostro sereno, conservando su actitud de superioridad inescrutable, asintiendo con la cabeza a los comentarios de Sophia Antonovna acerca de la psicología «del pueblo».

—Sí... ciertamente —dijo con bastante frialdad, pero sintiendo en los dedos la urgencia de arrancar alguna confesión de la garganta de aquella mujer.

Después, en el último segundo, cuando estaban a punto de separarse, cuando ya había logrado rebajar la tensión, oyó que Sophia Antonovna aludía a la causa de su desasosiego. No supo cómo había surgido, pues en ese momento estaba distraído, pero dedujo que venía al hilo de las quejas de su interlocutora por la conducta ilógica y absurda del pueblo. Por ejemplo... era bien sabido que el tal Ziemianitch no era un hombre religioso y, sin embargo, las últimas semanas de su vida se obsesionó con la idea de que el diablo le había dado una paliza.

—El diablo —repitió Razumov, como si no hubiese entendido bien.

—El mismo diablo. El diablo en persona. Su perplejidad es comprensible, Kirylo Sidorovitch. La misma noche en que el pobre Haldin fue detenido, un desconocido apareció en la casa y propinó a Ziemianitch una terrible paliza mientras éste yacía completamente borracho en el establo. El pobre diablo tenía todo el cuerpo magullado. Mostró sus heridas a los vecinos.

—Pero, usted, Sophia Antonovna, ¿cree en el diablo?

—¿Y usted? —replicó ella con brusquedad—. No, pero hay montones de hombres peores que el diablo, que hacen de este mundo un infierno —musitó para sí.

Razumov la observaba enérgica y con el pelo blanco, con ese surco profundo entre las cejas finas, y la mirada negra ociosamente perdida. Era evidente que no daba mucho crédito a aquella historia... a menos, claro está, que fuera capaz de una duplicidad perfecta.

—Un joven moreno —explicó—. Al que nunca se había visto antes ni volvió a verse después. ¿De qué se sonríe, Razumov?

—De que el diablo siga siendo joven después de tantos siglos —respondió con serenidad—. Pero, ¿quién pudo describirlo, puesto que la víctima, según dice, estaba completamente borracha?

—¡Ah! El propietario de la casa de comidas. Un joven autoritario y moreno, con una capa de estudiante, llegó corriendo, preguntó por Ziemianitch, lo apaleó salvajemente y se marchó sin decir palabra, dejando al propietario paralizado del asombro.

—¿Y él también cree que fue el diablo?

—Eso no lo sé. Me han dicho que se muestra muy reservado sobre el incidente.

Esos vendedores de alcohol son por lo general unos granujas. Yo diría que sabe más que nadie.

—Y, usted, Sophia Antonovna, ¿cuál es su teoría? —preguntó Razumov, en tono de gran interés—. La suya y la de su confidente, que ha estado en el lugar de los hechos.

—Yo coincido con su opinión. Algún sabueso de la policía disfrazado. ¿Quién si no podía apalear a un hombre indefenso de un modo tan cruel? En cuanto a los demás, si ese día andaban siguiendo el rastro por ahí, es bastante probable que les pareciera oportuno tener a mano a Ziemianitch para obtener más información, o para identificar a alguien, o lo que fuera. Enviarían en su busca a un detective sin escrúpulos que, al encontrarlo tan borracho, se enfadó y le rompió una horca en las costillas. Luego, cuando lograron meter al pájaro en la jaula, no volvieron a acordarse del campesino.

Éstas fueron las últimas palabras de Sophia Antonovna en aquella conversación, tan próximas a la verdad, pero tan alejadas de ella en cuanto a la verosimilitud de las conjeturas y de las conclusiones, que daban una idea de la invencible naturaleza del error humano y dejaban traslucir las más hondas profundidades del autoengaño.

Tras estrecharle la mano a Sophia Antonovna, Razumov salió de los jardines, cruzó la carretera y se acercó hasta el embarcadero, donde se acodó en la barandilla.

Se sentía tranquilo, con una tranquilidad que no había conocido en muchos días, desde aquella noche... la noche. La conversación con la revolucionaria le había hecho cobrar conciencia del peligro, curiosamente justo cuando el peligro se esfumaba. «Debería haber previsto las dudas que surgirían para esta gente», pensó.

Llamó entonces su atención una piedra de una forma peculiar, que veía claramente tendida en el fondo del lago, y se entregó a especular sobre la profundidad del agua en aquel punto. Pero enseguida, maravillado por este extraordinario ejemplo de distracción inoportuna, retomó el hilo de sus pensamientos. «Tenía que haber contado todo tipo de mentiras circunstanciales desde el principio», pensó, sintiendo un disgusto mortal que silenció su discurso interior por espacio de un intervalo considerable. «Por fortuna, todo está resuelto», reflexionó, y pasados unos segundos se dijo, a media voz:

—Gracias al diablo —y se rió un poco.

El final de Ziemianitch detuvo sus divagaciones en ese punto. No le divertía especialmente esta interpretación, pero tampoco podía evitar que le hiciera gracia.

Reconoció que de haber sabido de aquel suicidio antes de salir de Rusia, tal vez hubiera sido incapaz de utilizarlo de un modo tan excelente para sus propios fines.

Debía estarle infinitamente agradecido al individuo de la nariz colorada por su paciencia y su ingenio. «Un psicólogo maravilloso, al parecer», observó con sarcasmo. ¡Remordimiento, sin duda! Era un ejemplo palmario de la ceguera del conspirador, de la estúpida sutileza de las personas que no tenían más que una idea en la cabeza. Había sido un drama amoroso, no un drama de la conciencia, continuó Razumov con un punto de burla. ¡Una mujer a la que el viejo intentaba conquistar!

¡Un corpulento vendedor ambulante, a todas luces un rival, lo había tirado por las escaleras...! Y eso, a los sesenta años, no era fácil de superar para un amante. Aquel feminista no estaba hecho de la misma pasta que Peter Ivanovitch. Puede que incluso el consuelo de la botella le fallara en esta crisis suprema. A su edad sólo una soga podía curar el dolor de una pasión insaciable. Estaba además la profunda exasperación que le causaban los recelos y las contumelias de los vecinos que, junto a la enloquecedora imposibilidad de explicar la misteriosa paliza, se sumaba a estas penas sencillas y amargas. «¿Con que el diablo?», exclamó Razumov con gran excitación mental, como si acabara de hacer un importante descubrimiento.

«Ziemianitch acabó cayendo en el misticismo. ¡Cuántas sinceras almas rusas terminan así! Es característico». Sintió lástima de Ziemianitch, una lástima abstracta, como la que puede sentirse por una multitud inconsciente, por un gran pueblo visto desde arriba como una comunidad de hormigas forjando su destino. Era como si Ziemianitch no hubiese tenido alternativa. Y también el petulante y despectivo «algún sabueso policial» de Sophia Antonovna era característicamente ruso en un sentido distinto. Pero no había en ello ninguna tragedia. Todo era una comedia de enredo.

Parecía como si el mismísimo diablo jugase por turnos con todos. Primero con él, después con Ziemianitch y luego con aquellos revolucionarios. Un juego del mismísimo diablo... Interrumpió su grave soliloquio con un pensamiento jocoso sobre sí mismo. «¡Vaya! ¡Yo también estoy cayendo en el misticismo!».

Se sentía más tranquilo que nunca. Dio media vuelta y apoyó la espalda cómodamente en la barandilla. «Esos arranques de ira han sido muy oportunos. El brillo de mi famosa hazaña ya no se ve oscurecido por el destino de mi supuesto amigo. Ziemianitch el místico se ha ocupado de eso. ¡Qué azar tan increíble me ha favorecido! No más necesidad de mentiras. De ahora en adelante me bastará con escuchar y evitar que mi desprecio le gane la partida a mi cautela».

Suspiró, cruzó los brazos, apoyó la barbilla en el pecho y permaneció un buen rato en esta postura antes de echar a andar con el recuerdo de que ese día había previsto hacer algo importante. No lograba acordarse de qué se trataba, pero no hizo ningún esfuerzo de memoria, pues tenía la inquietante certeza de que no tardaría en acudir a su pensamiento.

No había recorrido más de cien metros en dirección a la ciudad cuando aminoró el paso, casi titubeando, al ver una figura que se acercaba en sentido contrario, envuelta en una capa y tocada con un sombrero de ala ancha, pintoresca pero diminuta, como vista a través de unos gemelos. Era imposible evitar el encuentro con aquel hombre minúsculo, pues no había por dónde escabullirse.

«Otro que va a esa misteriosa reunión», pensó Razumov. Sus suposiciones eran ciertas, sólo que a éste, a diferencia de los demás venidos de lejos, lo conocía personalmente. Confiaba pese a todo en pasar a su lado con una simple inclinación de cabeza, pero no pudo ignorar la mano fina, con la muñeca y los nudillos velludos, que salió con amistosa floritura de entre los pliegues de la capa llevada a la española, haciendo caso omiso del día bastante templado, con una esquina colgada sobre el hombro.

—¿Y cómo está Herr Razumov? —sonó el saludo en alemán, que sólo por esta razón resultó más odioso para el objeto de tan amable reconocimiento. Visto de cerca, el diminuto personaje parecía un hombre en miniatura, con una frente alta que se descubrió por un momento al levantarse el sombrero, la barba frondosa y entrecana extendida sobre el pecho proporcionalmente amplio. Una nariz agradable y audaz asomaba por encima de la boca delgada, oculta por la masa de pelo fino. Todo ello (rasgos acentuados, extremidades fuertes para su relativa pequeñez) resultaba delicado sin dar al mismo tiempo indicio alguno de debilidad. Sólo los ojos, almendrados y castaños, eran demasiado grandes, con las córneas ligeramente inyectadas en sangre por las muchas horas de escritura a la luz de una lámpara. La oscura celebridad del hombre diminuto era bien conocida para Razumov. Políglota, de origen desconocido y nacionalidad imprecisa, anarquista, con un temperamento pedante y feroz, y una asombrosa e incendiaria capacidad para la invectiva, aquel Julius Laspara era un poder en la sombra, un panfletista violento que clamaba por la justicia revolucionaria, editor del Living World, confidente de conspiradores, redactor de amenazas y manifiestos sanguinarios, sospechoso de estar al corriente de todos los complots. Laspara vivía en la ciudad vieja, en una casa estrecha y poco iluminada que le había cedido un ingenuo admirador de clase media rendido ante su elocuencia humanitaria. Con él vivían sus dos hijas, que le sacaban más de una cabeza, y un niño enclenque y pálido de seis años que languidecía en las habitaciones oscuras, vestido con un mono de algodón azul y calzado con unas botas toscas, que podía ser hijo de cualquiera de las dos o de ninguna. Nadie podía decirlo. Julius Laspara sabía sin duda cuál de las dos hijas, tras desaparecer de buenas a primeras durante varios años, regresó con el niño, pero él, con admirable petulancia, se había abstenido de preguntarle nada... no, ni siquiera el nombre del padre, porque la maternidad debía ser una función anarquista. Razumov había sido recibido en dos ocasiones en aquella vivienda del ático que constaba de varias habitaciones pequeñas y sombrías— las ventanas sucias, restos de todo tipo por todas partes, vasos de té sin terminar olvidados en cada mesa —por donde las dos hijas de Laspara se paseaban en enigmático silencio, con ojos somnolientos, sin corsé y, en general, por la pobreza de sus formas y su atuendo desliñado, con aspecto de muñecas viejas; el grande aunque oscuro Julius, con los pies retorcidos en torno a las tres patas de su taburete, siempre dispuesto a recibir visitas, soltaba al instante la pluma y giraba el cuerpo para ofrecer una sorprendente exhibición de la frente alta y la sensacional barba austera. Cuando bajaba de su asiento era como si descendiera de las alturas del Olimpo. Quedaba empequeñecido por sus hijas, por los muebles y por cualquier visitante de estatura ordinaria. Pero rara vez abandonaba el taburete, y aún más rara vez salía a pasear a la luz del día.

Debía de ser un asunto importante el que lo llevaba esa tarde en aquella dirección.

Saltaba a la vista que deseaba ser amable con aquel joven cuya llegada había causado sensación en el entorno de los refugiados políticos. Esta vez en ruso, lengua que hablaba y escribía al igual que otros cuatro o cinco idiomas europeos sin distinción y sin esfuerzo —más allá del que requerían sus invectivas—, preguntó a Razumov si ya se había matriculado en la Universidad. El joven negó con la cabeza.

—Hay tiempo de sobra para eso. Pero, entretanto, ¿no piensa escribir algo para nosotros?

Laspara no entendía que alguien pudiera abstenerse de escribir sobre cualquier asunto: social, económico, histórico... cualquier cosa. Cualquier tema podía tratarse con el espíritu adecuado y al servicio de los fines de la revolución social. Se daba la circunstancia de que un amigo que tenía en Londres había establecido contacto con una revista de ideas avanzadas.

—Debemos educar, educar a todo el mundo... desarrollar el gran pensamiento de la libertad absoluta y la justicia revolucionaria.

Razumov murmuró con bastante hosquedad que ni siquiera sabía inglés.

—Escriba en ruso. Lo traduciremos. No será difícil. Ahí tiene a la señorita Haldin, sin ir más lejos. Mis hijas la visitan de vez en cuando. —Asintió con la cabeza de un modo elocuente—. No hace nada, no ha hecho nada en toda su vida.

Sería muy competente, con un poco de ayuda. Usted escriba. Sabe que debe hacerlo.

Y adiós por el momento.

Levantó un brazo y continuó su camino. Razumov se apoyó contra el muro bajo, lo siguió con la mirada, escupió con violencia, y reanudó la marcha musitando con rabia:

—¡Maldito judío!

No tenía la menor idea de que lo fuera. Julius Laspara bien podía ser transilvano, turco, andaluz o ciudadano de cualquiera de las ciudades de la liga hanseática. Pero ésta no es una historia de Occidente, y la exclamación de Razumov merece una reseña, por tratarse de una simple expresión de odio y de desprecio muy acorde con la naturaleza de los sentimientos que el joven experimentaba en esa época. Ardía de rabia, como si lo hubieran insultado de la manera más grosera. Caminó como si estuviera ciego, siguiendo instintivamente la orilla del diminuto puerto a lo largo del muelle, a través de un anodino y agradable jardín, donde gente anodina se sentaba en las sillas dispuestas bajo los árboles, hasta que, abandonándole la furia, se encontró en mitad de un puente largo y ancho. Aminoró el paso al momento. A la derecha, más allá de los embarcaderos que parecían de juguete, vio las laderas verdes que enmarcaban el Petit Lac con la maravillosa banalidad de lo pintoresco, como un decorado de cartón piedra, y la franja de agua, un poco más distante, inanimada y refulgente como una lámina de hojalata.

Apartó la cabeza de aquella imagen para los turistas y siguió andando despacio, con la mirada fija en el suelo. Una o dos personas tuvieron que apartarse de su camino y se volvieron a continuación asombradas por la profunda abstracción del joven. La insistencia del famoso periodista subversivo le hería de un modo extraño.

Escribir. ¡Debía escribir! ¡Él! ¡Escribir! Y de pronto tuvo un destello mental. Escribir era precisamente lo que se había propuesto hacer ese día. Había tomado la decisión irrevocable de dar ese paso, y después se había olvidado por completo. Esa tendencia incorregible de escapar de las garras de la situación entrañaba un grave peligro. Le daban ganas de despreciarse por ello. ¿Qué era? ¿Frivolidad o una debilidad profundamente arraigada? ¿O un temor inconsciente?

«¿Es eso lo que estoy evitando? ¡No puede ser! ¡Es imposible! Echarse atrás ahora sería peor que el suicidio moral; sería nada menos que la condenación moral.

¿Es posible que tenga yo una conciencia convencional?».

Rechazó esta hipótesis con desdén y, recomponiéndose al llegar a la acera, se dispuso a cruzar y enfiló por la calle amplia que subía justo en frente del puente, por la única razón de que la tenía delante. Pero enseguida se interpusieron un par de carruajes y un carro lento, y torció apresuradamente a la izquierda, siguiendo de nuevo la línea del muelle, aunque ahora lejos del lago.

«Puede que sea sólo mi salud», pensó, permitiéndose una insólita duda sobre su estado físico; con la excepción de un par de enfermedades infantiles, nunca había estado indispuesto. Era como si hubieran cuidado de él con notable y especial dedicación. «Si creyera en la Providencia activa», se dijo, con triste burla, «vería en esto la obra de una mano irónica. ¡Mira que haberse cruzado en mi camino un Julius Laspara para recordarme expresamente que mi propósito es... escribir!. Debo escribir... ¡naturalmente que debo! Escribiré... que pierda cuidado. Por supuesto.

Para eso estoy aquí. Y en el futuro tendré algo de lo que escribir».

Se estaba alterando con este soliloquio. Pero la idea de escribir evocaba la necesidad de un lugar donde hacerlo, de un refugio, de intimidad, y por ende de su habitación, y esto se mezclaba con el disgusto que le causaba el esfuerzo necesario para llegar hasta allí, junto con el recelo de que alguna influencia hostil estuviera esperándolo en aquellas odiosas cuatro paredes.

«¿Y si a alguno de esos revolucionarios le diera por pasar mientras estoy escribiendo?». La mera perspectiva de una interrupción así le hizo estremecerse.

Podía cerrar la puerta con llave, o pedirle al estanquero de la entrada (que también era una especie de refugiado) que si alguien preguntaba por él dijera que no estaba en casa. No eran suficientes estas precauciones. Comprendió que su estilo de vida debía estar libre de toda sospecha y aun de sorpresa ocasional, incluso en detalles tan nimios como tardar en abrir una puerta. «Ojalá estuviera en pleno campo, a muchos kilómetros de todas partes», pensó.

Había torcido de nuevo a la izquierda distraídamente, y cayó en la cuenta de que estaba otra vez en un puente. Éste era mucho más estrecho que el anterior y, en lugar de ser recto, hacía una especie de recodo o de ángulo. Del extremo de este ángulo salía un brazo que unía el puente con una isleta hexagonal, con el suelo de gravilla y las orillas revestidas de piedra ornamental, de una perfección y una pulcritud pueriles.

Un par de altos chopos y algunos otros árboles se agrupaban en la limpia gravilla oscura, y bajo sus frondas había algunos bancos de jardín y un busto de bronce de Jean Jacques Rousseau sobre un pedestal.

Nada más poner pie allí Razumov comprendió que, con la excepción de la mujer que atendía el quiosco de los refrescos, estaría solo en la isla. Había en aquel diminuto y solitario pedazo de tierra que llevaba el nombre de Jean Jacques Rousseau una simplicidad ingenua, odiosa e inane. Y algo pretencioso y trillado además. Pidió un vaso de leche y lo bebió de pie, de un trago —no había tomado nada más que té desde por la mañana—, y ya se alejaba con paso lento y cansado cuando una idea le hizo pararse en seco. Acababa de encontrar justo lo que necesitaba. Si era posible garantizar la soledad al aire libre y en pleno centro de una ciudad, la había encontrado en aquella isla absurda, que ofrecía además la ventaja de ver si alguien se acercaba.

Volvió pesadamente hasta uno de los bancos y se dejó caer en él. Era el lugar perfecto para empezar a escribir. Llevaba encima el material necesario. «Vendré siempre aquí», decidió, y se quedó un buen rato inmóvil, sin pensar, sin ver y sin oír, casi sin vida. Permaneció allí el tiempo suficiente para que el sol, que ya declinaba, se ocultara por detrás de los tejados de la ciudad a su espalda y proyectara sobre las aguas del lago que rodeaban la isla la sombra de las casas, antes de que él sacara del bolsillo una estilográfica, abriera un pequeño cuaderno sobre las rodillas y empezase a escribir rápidamente, levantando la vista de cuando en cuando hacia el brazo del puente. Estas miradas eran innecesarias; la gente que pasaba a lo lejos no parecía siquiera molestarse en mirar hacia la isleta donde la exiliada efigie del autor del Contrato Social, entronizada con la sombría inmovilidad del bronce, se alzaba sobre la cabeza inclinada de Razumov. Cuando hubo terminado de garabatear, guardó la pluma con una suerte de precipitación febril y se metió el cuaderno en el bolsillo, no sin antes arrancar las páginas escritas con una brusquedad casi convulsiva. Dobló sin embargo con mucho cuidado el fino montón de hojas sobre sus rodillas. Hecho esto, se recostó en el banco y se quedó inmóvil, sosteniendo los papeles en la mano izquierda. El crepúsculo se había extendido. Se levantó y empezó a pasear despacio bajo los árboles.

«No hay duda de que ahora estoy a salvo», pensó. Su fino oído detectaba el murmullo débilmente acentuado de la corriente que rompía contra la punta de la isla, y se abandonó a una escucha atenta. Pero el sonido era demasiado esquivo incluso para su agudo sentido del oído.

«Extraordinaria ocupación ésta a la que me entrego», murmuró. Y se le ocurrió entonces que aquel era casi el único sonido al que podía prestar atención con inocencia y con placer, por así decir. Sí, el sonido del agua, la voz del viento...

completamente ajenos a las pasiones humanas. Todos los demás sonidos del mundo contaminaban la soledad del alma.

Tales eran los sentimientos de Razumov, y del alma, naturalmente la suya, aunque no utilizaba esta palabra en el sentido teológico, sino como expresión, así lo entiendo, de esa parte de su persona que no era su cuerpo y que se hallaba especialmente expuesta al peligro de las llamas de esta tierra. Y debe reconocerse que, en el caso de Razumov, la amargura de la soledad que padecía no era un fenómeno del todo morboso.

Cuarta parte

I

Sí debo mencionar una vez más, para iniciar esta retrospectiva, la circunstancia de que el joven Razumov no tuviera a nadie en el mundo, de una manera tan literal como puede afirmarse con veracidad de un ser humano, es tan sólo como descripción de la realidad, lo cual es natural en un hombre convencido del valor psicológico de los hechos. Puede que haya también un prurito de justicia. Sin identificarme con nadie en esta narración en la que los aspectos del honor y la vergüenza son muy ajenos al pensamiento occidental, y situando mi posición en el terreno de la humanidad común, siento por eso mismo una extraña reticencia a constatar sin más lo que el lector muy probablemente ya haya descubierto. Dicha reticencia podría parecer absurda si no fuera por la idea de que, siendo el lenguaje imperfecto, hay siempre algo descortés (incluso vergonzoso) en la exhibición de la verdad desnuda. Pero ha llegado el momento en que no podemos seguir ignorando por más tiempo al consejero de Estado Mikulin. Su sencilla pregunta, «¿Adónde?», con la que dejamos a Razumov en San Petersburgo, arroja cierta luz sobre el significado general de este caso individual.

«¿Adónde?», fue la respuesta, en forma de amable pregunta, a lo que podríamos llamar la declaración de independencia de Razumov. No era en modo alguno una pregunta amenazadora, incluso había en ella una nota de inocencia. De haberse tomado en un sentido meramente topográfico, la única respuesta posible no habría podido sino dejar a Razumov consternado. ¿Adónde? A su cuarto, donde la Revolución había ido en su busca para poner repentinamente a prueba sus instintos aletargados, sus pensamientos sólo a medias conscientes y sus ambiciones casi del todo inconscientes, rozándolo con algo parecido a una religión dogmática y furiosa, con su llamamiento a sacrificios desesperados, su resignación bondadosa, sus sueños y sus esperanzas para elevar el espíritu ante la más negra desesperación del ánimo. Y Razumov había soltado la manilla de la puerta y había vuelto hasta el centro de la sala para preguntar con ira al consejero Mikulin:

—¿Qué quiere decir con eso?

Hasta donde sé, el consejero Mikulin no respondió a esta pregunta. Entabló con Razumov una conversación familiar. Es una peculiaridad del carácter ruso, por más que se encuentre inmerso en el dramatismo de la acción, prestar oído al murmullo de las ideas abstractas. Esta conversación (y otras posteriores) no es preciso reseñarlas.

Baste decir que puso al joven estudiante, tal como lo conocemos, en la tesitura de pasar otra prueba de fe. No hubo en ella nada oficial, y Razumov se vio impelido a defender su imparcialidad. El consejero Mikulin, sin embargo, no admitió ninguno de sus argumentos.

—Esa posición es imposible para un hombre como usted —fueron las últimas y graves palabras de esta discusión—. No olvide que he visto ese interesante papel.

Comprendo su liberalismo. Yo mismo tengo un talante parecido. La reforma es principalmente para mí cuestión de método. Pero el principio de la sublevación es una intoxicación física, una suerte de histeria que debe mantenerse alejada de las masas. Creo que usted coincide en esto sin reservas, ¿no es verdad? Porque sabe, Kirylo Sidorovitch, que la abstención, la reserva, en determinadas circunstancias se asemeja mucho al crimen político. Los griegos antiguos entendieron esto a la perfección.

Razumov, que escuchaba con leve sonrisa, preguntó a bocajarro a Mikulin si eso significaba que iban a vigilarlo.

El alto funcionario no se ofendió por el cinismo de la pregunta.

—No, Kirylo Sidorovitch —respondió con gravedad—. No tengo intención de vigilarlo.

Sospechando que era mentira, Razumov fingió no obstante la mayor libertad de espíritu durante el breve tiempo que aún duró la entrevista. El consejero se expresó en términos coloquiales y con algo parecido a una astuta sencillez. Razumov concluyó que llegar hasta el fondo de sus pensamientos era una empresa imposible. Un profundo desasosiego hizo que el corazón se le acelerara. El funcionario, saliendo de detrás de su escritorio, le ofreció la mano.

—Adiós, señor Razumov. La comprensión entre hombres inteligentes es siempre una incidencia satisfactoria. ¿No le parece? Y tenga por seguro que esos rebeldes no ostentan el monopolio de la inteligencia.

—¿Debo entender que no seré requerido para nada más? —preguntó Razumov, mientras Mikulin aún le estrechaba la mano. El consejero la soltó despacio.

—Eso, señor Razumov —dijo con la mayor seriedad—, será como haya de ser.

Sólo Dios conoce el futuro. Pero puede tener la certeza de que en ningún momento he pensado en vigilarlo. Es usted un joven de admirable independencia. Sí. Circula por ahí libre como el aire, pero terminará volviendo a nosotros.

—¡Yo! ¡Yo! —exclamó Razumov, con un consternado murmullo de protesta—.

¿Para qué? —añadió débilmente.

—¡Sí! ¡Por su propio pie!, Kirylo Sidorovitch —insistió el consejero en voz baja y con severa convicción—. Volverá a nosotros. Algunas de nuestras inteligencias más sobresalientes terminan así.

—Nuestras inteligencias más sobresalientes —repitió Razumov, aturdido.

—¡En efecto! Nuestras inteligencias más sobresalientes... Adiós.

Razumov, invitado a abandonar la sala, se alejó de la puerta, pero antes de que hubiera llegado al final del pasillo oyó un ruido de fuertes pisadas, y una voz que le conminaba a detenerse. Volvió la cabeza y se sorprendió de ver que el propio consejero lo perseguía en persona. El alto funcionario se acercó apresuradamente, con extremada naturalidad y la respiración algo agitada.

—Un minuto. Con respecto a lo que acabamos de decir, será lo que Dios quiera.

Pero es posible que tenga necesidad de requerir su presencia de nuevo. Parece sorprendido, Kirylo Sidorovitch. Sí... para aclarar algún detalle que pudiera surgir.

—Pero yo no sé nada —balbució Razumov—. No podré saber nada.

—¿Quién sabe? Las cosas se disponen a veces de maneras extraordinarias.

¿Quién puede imaginar lo que podría revelársele antes de que termine el día? La Providencia ya se ha servido de usted. Sonríe usted, Kirylo Sidorovitch; es usted un esprit fort. —Razumov no tenía conciencia de haber sonreído—. Pero yo creo firmemente en la Providencia. Esta confesión, de labios de un funcionario curtido y veterano como yo, puede sonarle curiosa. Sin embargo, algún día comprobará por sí mismo... De lo contrario todo lo que le ha ocurrido no tendría ninguna explicación.

Sí, decididamente tendré ocasión de volver a verlo, pero no será aquí. Eso no sería del todo... humm... Ya se le indicará el lugar pertinente. E incluso la comunicación escrita a ese respecto, o a cualquier otro, pasará necesariamente por nuestro... si se me permite decirlo así... común amigo el príncipe K... Y ahora, le ruego, Kirylo Sidorovitch... ¡no, por favor! Estoy seguro de que él no tendrá inconveniente.

Créame que sé lo que me digo. No tiene usted un amigo mejor que el príncipe K..., y en cuanto a mí, hace ya mucho tiempo que me honra con su...

Bajó la cabeza.

—No le retendré más tiempo. Vivimos momentos difíciles, de monstruosas Titivillus, de sueños maléficos y de locura criminal. Tenga por seguro que volveremos a encontrarnos, aunque puede que pase algún tiempo. ¡Hasta entonces, que el cielo le envíe reflexiones fructíferas!

Una vez en la calle, Razumov echó a andar a paso ligero, sin reparar en qué dirección tomaba. Al principio no pensaba en nada, pero al cabo de un rato, cuando la conciencia de su situación se le presentó como un asunto desagradable, feo, peligroso y absurdo, la dificultad de poder liberarse de las redes de una complicación tan insoluble hizo que se le pasara por la cabeza la idea de regresar y «confesar», así lo pensó, ante el consejero Mikulin.

¡Regresar! ¿Para qué? ¡Confesar! ¿Qué? «Le he hablado con la mayor franqueza», se dijo con absoluta veracidad. «¿Qué otra cosa podía decirle? ¿Que fui a llevarle un mensaje a ese bruto de Ziemianitch? ¿Establecer una falsa complicidad y desbaratar cualquier posibilidad de salvación? ¡Qué disparate!».

Mas por alguna razón se figuraba que el consejero Mikulin era tal vez el único hombre en el mundo capaz de entenderlo. Ser comprendido le resultaba sumamente fascinante.

De camino a casa tuvo que pararse varias veces; sentía como si toda la fuerza se le escapara por las piernas, y en el bullicio de la calle, aislada como en el centro de un desierto, se quedaba de pronto inmóvil por espacio de más de un minuto antes de reanudar la marcha. De este modo llegó finalmente a su habitación.

Una vez allí se sintió enfermo, como si tuviera algo parecido a un febrícula que lo llevó muy lejos de la perplejidad del momento, incluso de su cuarto. No llegó a perder la conciencia; tan sólo se sentía existir lánguidamente en algún lugar muy distante de todo lo que le había sucedido en la vida. Poco a poco fue saliendo de este estado, con extremada lentitud, aunque tampoco se prolongó demasiados días. Y cuando volvió a verse en el centro de las cosas, todo había cambiado de un modo sutil y provocador: los objetos inanimados, los rostros humanos, la patrona, la criada campesina, la escalera, las calles, hasta el mismo aire. Se enfrentó a las nuevas condiciones con espíritu severo. Iba y venía de la Universidad, subía escaleras, recorría pasillos, asistía a sus clases, tomaba apuntes y cruzaba patios con malhumorada altivez, apretando los dientes hasta que le dolían las mandíbulas.

Era plenamente consciente de que Kostia lo observaba como un cachorro cobrador, y también del famélico estudiante de la nariz colorada y caída que mantenía escrupulosamente la distancia, tal como le había pedido; de otros veinte, con quienes tenía alguna relación y charlaba de vez en cuando. Y todos se mostraban curiosos y preocupados, como si esperasen que algo sucediera. «Esto no puede seguir así», pensó Razumov en más de una ocasión. Algunos días temía que si alguien se dirigía a él de determinada manera se pondría a proferir toda clase de insultos y obscenidades como un demente. A menudo, cuando volvía a su cuarto, dejaba caer la gorra y la capa en una silla y se pasaba horas sentado con un libro que había sacado de la biblioteca en la mano; o cogía la navaja de bolsillo y se limpiaba las uñas eternamente, sintiéndose en todo momento furioso... simplemente furioso. «Esto es imposible», le murmuraba de pronto a la habitación vacía.

Un hecho a destacar: habría sido concebible que aquel cuarto llegara a resultarle físicamente repugnante, emocionalmente insoportable y moralmente inhabitable. Pero no fue así. No sucedió nada por el estilo (y eso que al principio Razumov lo temía).

Al contrario, su cuarto le gustaba más que ningún otro refugio, y eso que nunca había conocido un hogar y era la primera vez que vivía alquilado. Le gustaba tanto que, con frecuencia, le costaba tomar la decisión de salir. Ejercía sobre él una seducción física, parecida a la renuencia que siente un hombre a alejarse de una fogata un día frío.

Lo cierto es que si bien durante esas semanas apenas se movía, salvo para ir a la Universidad (¿qué otra cosa podía hacer?), cada vez que salía de casa se sentía de repente hondamente afectado por las consecuencias morales de su acción. Era allí donde el oscuro prestigio del misterio de Haldin se cernía sobre él, se le adhería como una túnica contaminada de la que le resultaba imposible desprenderse. Esto le causaba un sufrimiento atroz, tanto como el trato cordial, normal e inevitable con sus compañeros. «Seguro que les sorprende cómo he cambiado», se decía con ansiedad.

Recordaba con inquietud haber mandado al diablo a un par de muchachos inocentes y agradables. Un día en que un profesor casado al que antes visitaba de vez en cuando le preguntó de pasada: «¿Cómo es que ya no lo vemos nunca en las reuniones de los miércoles, Kirylo Sidorovitch?», Razumov fue consciente de responder a este acercamiento con una zafiedad odiosa, con un gruñido. El profesor se quedó tan perplejo que ni siquiera se ofendió. Todo eso estaba mal. Y todo era por Haldin, siempre Haldin, nada más que Haldin, en todas partes Haldin: un espectro moral infinitamente más aterrador que cualquier aparición visible del difunto. Y al parecer era el cuarto de Razumov, por donde aquel hombre había cometido el error de pasar en su camino del crimen a la muerte, el único lugar que su espectro no parecía capaz de invadir. Tampoco es que estuviera del todo ausente, para ser exactos, pero allí carecía de poder. No era más que un fantasma derrotado. A menudo, cuando caía la tarde, su reloj ya reparado repicaba débilmente sobre la mesa, junto a la lámpara encendida, y Razumov levantaba la vista de su escritura y miraba hacia la cama con una atención expectante y desapasionada. No había nada allí. Lo cierto es que nunca llegó a imaginar que pudiera ver algo. Al cabo de un rato se encogía de hombros y retomaba su trabajo, pues había reanudado sus esfuerzos, al principio con cierto éxito.

Tan fuerte llegó a ser su rechazo a abandonar aquel lugar donde se sentía a salvo de Haldin, que al final dejó de salir por completo. Escribía desde la mañana temprano hasta la noche; pasó casi una semana entera escribiendo, sin mirar nunca qué hora era, y dejándose caer en la cama cuando ya no podía mantener los ojos abiertos. Así, hasta que una tarde, por causalidad, miró el reloj. Y soltó la pluma despacio.

«Justo a esta misma hora», pensó, «el tipo se coló sin ser visto en este cuarto mientras yo estaba fuera. Y se quedó sentado, quieto como un ratón... puede que en esta misma silla».

Se levantó y se puso a dar vueltas por la habitación, echando de tanto en tanto un vistazo al reloj. «A esta hora volví y me lo encontré ahí de pie, junto a al estufa», observó para sus adentros. Cuando oscureció, Razumov encendió la lámpara. Pasado un rato interrumpió una vez más su ir y venir sólo para espantar airadamente con un gesto de la mano a la criada que intentaba entrar en el cuarto con un poco de té y algo de comer en una bandeja. Y al momento vio que el reloj indicaba la hora en que había salido bajo la nevada para cumplir su terrible misión.

—Complicidad —musitó débilmente, y reanudó el paseo sin apartar la vista de las manecillas, que se acercaban muy despacio a la hora de su regreso.

«Y a pesar de todo», se le ocurrió de pronto, «es posible que yo haya sido el instrumento escogido por la Providencia. Es una manera de hablar, pero toda manera de hablar contiene algo de verdad. ¿Y si esa absurda expresión fuera cierta en lo esencial?».

Meditó unos minutos, luego se sentó y estiró las piernas, con la mirada glacial y las manos colgando a ambos lados de la silla, como un hombre completamente abandonado por la Providencia, desolado.

Registró la hora de la partida de Haldin y siguió sentado, muy quieto, otros treinta minutos; y entonces murmuró: «Y ahora, a trabajar». Se acercó a la mesa, tomó la pluma y al instante la dejó caer bajo el influjo de una reflexión profundamente inquietante: «Han pasado tres semanas y ni una palabra de Mikulin».

¿Qué significaba? ¿Se habían olvidado de él? Posiblemente. En tal caso, ¿por qué no seguir olvidado, esconderse en alguna parte? Ocultarse. Pero ¿dónde? ¿Cómo?

¿Con quién? ¿En qué agujero? ¿Y sería para siempre?

La retirada entrañaba oscuros peligros. La revolución social no le quitaba el ojo de encima, y Razumov sintió por un momento un miedo impreciso y desesperante, mezclado con una odiosa sensación de humillación. ¿Era posible que ya no fuese dueño de sí mismo? Le pareció deplorable. Pero ¿por qué no se limitaba a seguir como siempre? Estudiar. Avanzar. Trabajar duro como si nada hubiera sucedido (y lo primero ganar la Medalla de Plata), adquirir distinción, convertirse en un gran reformador al servicio del mayor de los Estados. Al servicio, también, de la masa humana más poderosa y dotada de capacidad lógica para el progreso conducido en solidaridad fraterna con una fuerza y un objetivo como el mundo jamás había soñado, al servicio de... ¡la nación rusa!

Calmado, resuelto, firme en su gran propósito, alargaba una mano para tomar la pluma cuando se le ocurrió mirar hacia la cama. Corrió hasta ella, furioso, gritando mentalmente: «¡Eres tú, loco fanático, quien se interpone en mi camino!». Arrojó la almohada al suelo violentamente, arrancó las sábanas... Allí no había nada. Y, al volver la cabeza, distinguió en el aire por un instante, como un nítido detalle en la visión fusionada de dos cabezas, los ojos del general de T... y del consejero Mikulin, fijos en él, con un carácter muy distinto pero con la misma expresión inmutable y cansada, aunque a la vez resuelta... ¡servidores de la nación!

Corrió hasta el lavamanos, muy asustado de sí mismo, bebió un poco de agua y se refrescó la frente. «Esto pasará sin dejar rastro», se dijo con confianza. «Estoy perfectamente». Sin embargo, era del todo absurdo suponer que se habían olvidado de él. En este sentido era un hombre marcado. Y eso no era lo peor. Lo peor era lo que representaba aquel miserable fantasma por culpa del cual debía quitarse de en medio... «Si al menos pudiera escupírselo todo a la cara a algunos de ellos... y asumir las consecuencias».

Se imaginó que abordaba al estudiante de la nariz colorada y de buenas a primeras le estampaba un puñetazo en la cara. «Aunque de ése no sacaría nada, porque no tiene ideas propias. Vive en un trance democrático. ¡Ah! ¡Con que quieres abrirte camino hasta la felicidad universal, amigo mío! ¡Yo te daré felicidad universal, imbécil, demonio hipnotizado! ¿Y mi propia felicidad? ¿Acaso yo no tengo derecho, sólo porque pienso por mí mismo?».

Y una vez más, aunque con distinto acento mental, Razumov pensó: «Soy joven.

Todo se supera». En ese momento cruzaba la habitación despacio, con intención de sentarse en el sofá para poner en orden sus ideas. Pero antes de alcanzarlo, todo lo abandonó: la esperanza, el valor, la creencia en sí mismo y la confianza en las personas. Fue como si el corazón se le vaciara de pronto. De nada servía resistirse. El descanso, el trabajo, la soledad y el trato franco con sus iguales le estaban igualmente prohibidos. Todo se había esfumado. Su vida era un vacío enorme y frío, como la gigantesca llanura de Rusia cubierta de nieve que se perdía en todas las direcciones entre sombras y brumas.

Se sentó: la cabeza le daba vueltas; cerró los ojos y así se quedó, muy erguido en el sofá y despierto el resto de la noche, hasta que la chica irrumpió en la antesala con el samovar y llamó a la puerta diciendo: «¡Por favor, Kirylo Sidorovitch! ¡Tiene que levantarse!».

Entonces, pálido como un cadáver que obedece la temible citación judicial, Razumov abrió los ojos y se levantó.

A NADIE LE SORPRENDERÁ SABER, supongo, que cuando llegó la citación, Razumov acudió a ver al consejero Mikulin. La entregaron esa misma mañana, cuando blanquecino y tembloroso como un inválido que acaba de levantarse de la cama, intentaba afeitarse. Distinguió en el sobre la letra pequeña de su abogado.

Dentro de ese sobre iba otro, dirigido a Razumov, con la letra del príncipe K... y en una esquina la solicitud de «Por favor, entregar de inmediato en sobre sin membrete».

Contenía una nota de puño y letra del consejero Mikulin, en la que el remitente afirmaba con candidez que, si bien no había surgido nada que precisara aclaraciones, convocaba a Razumov a reunirse con él en una determinada dirección de la ciudad, que resultó ser la de un oculista.

Razumov leyó la nota, terminó de afeitarse, se vistió, volvió a leerla y murmuró lúgubremente: «Oculista». Reflexionó unos segundos, encendió una cerilla y quemó con cuidado los dos sobres y la nota. Después esperó, se sentó completamente ocioso, con la mirada perdida, hasta que se acercó la hora señalada... y salió de su cuarto.

Es difícil decir si, a la vista del carácter no oficial de la nota, Razumov podía haberse abstenido de acudir a esta cita. Probablemente no. El caso es que acudió, y lo que es más, acudió con cierto entusiasmo, lo cual puede resultar increíble hasta que se recuerda que el consejero Mikulin era la única persona del mundo con quien Razumov podía hablar sin necesidad de aludir a la aventura de Haldin. Y Haldin, una vez sobreentendido, dejaba de ser un espectro acechante y generador de falsedad. Al margen del poder perturbador que pudiera ejercer en otros lugares de la tierra, Razumov sabía perfectamente que, en la dirección del oculista, Haldin sería tan sólo el asesino ahorcado del señor de P..., y nada más. Porque los muertos sólo pueden vivir con la exacta intensidad y cualidad que los vivos les atribuyen. De ahí que el estudiante, seguro de encontrar alivio, saliera al encuentro del consejero Mikulin con el ansia del fugitivo que recibe con gratitud cualquier clase de cobijo.

Dicho esto, no es preciso abundar en esa primera entrevista ni en otras posteriores. Para la moral de un lector occidental estos encuentros acaso tuvieran el carácter siniestro de esas viejas leyendas en las que se representan los diálogos mendaces y sutiles que el Enemigo de la Humanidad mantiene con algún alma tentada. No soy quién para protestar. Permítaseme tan sólo señalar que el Maligno, sin otro afán que el de su única pasión de orgullo satánico, no es sin embargo, desde un punto de vista más amplio y moderno, tan negro como lo pintan. Con mayor flexibilidad debemos por tanto apreciar el matiz exacto del simple mortal, con sus múltiples pasiones y su patético ingenio para el error, siempre deslumbrado por el innoble resplandor de variopintas motivaciones y eternamente traicionado por una sabiduría de cortas miras.

El consejero Mikulin era uno de esos funcionarios poderosos que, no desde una posición algo oscura y oculta sino sencillamente poco visible, ejercía una gran influencia sobre los procedimientos, antes que sobre la dirección de los asuntos. La devoción a la Iglesia y al Trono no es en sí misma un sentimiento criminal; preferir la voluntad de uno a la voluntad de muchos no denota la posesión de un corazón negro ni demuestra una estupidez condescendiente. Mikulin no sólo era listo, sino que era leal. En su vida privada era un hombre soltero y amante del confort, que vivía solo en un apartamento de cinco habitaciones amueblado con lujo, y entre sus íntimos era tenido por un mecenas ilustrado del arte de la danza femenina. Más adelante, el mundo en general sabría por primera vez de su existencia en el momento preciso de su caída, con motivo de uno de esos juicios de Estado que causan perplejidad y desconcierto en el lector de periódicos común al vislumbrar insospechadas intrigas. Y en mitad de la conmoción causada por monstruosidades vagamente atisbadas, en la momentánea y misteriosa agitación de las aguas turbias, pasó el consejero Mikulin con dignidad, limitándose serena y enfáticacamente a proclamar su inocencia, nada más. Sin revelaciones perniciosas para una autocracia asediada, con plena fidelidad a los secretos de los miserables arcana imperii depositados en su pecho patriótico, haciendo gala del estoicismo burocrático del funcionario ruso con un desprecio de la verdad implacable y casi sublime; en un silencio estoico comprendido apenas por un puñado de iniciados, y no sin cierto cinismo en la grandeza del sacrificio aceptado por un sibarita, pues la terrible severidad de la sentencia transformó amablemente a Mikulin en un cadáver, y ciertamente en algo muy parecido a un vulgar convicto.

Todo parece indicar que ni la autocracia salvaje ni la democracia divina se alimentan exclusivamente de los cuerpos de sus enemigos. Devoran también a sus amigos y servidores. La caída de Su Excelencia Gregrory Gregorievitch Mikulin (que no se produjo hasta algunos años después) completa todo cuanto se sabe de este hombre, si bien en el momento del asesinato (o ejecución) del señor de P..., el consejero, en su modesta condición de Jefe del Departamento de la Secretaría General, ejercía una influencia notable como confidente y mano derecha de su antiguo compañero de clase y amigo de toda la vida, el general T... Es fácil imaginarlos discutiendo el caso de Razumov con plena sensación de poder ilimitado sobre las vidas en toda Rusia, con somero desdén, como dos dioses del Olimpo que contemplan un gusano. La relación con el príncipe K... logró salvar a Razumov de algún procedimiento negligente y arbitrario, y es también muy probable que tras su entrevista en la Secretaría bien pudiesen haberlo dejado en paz. El consejero Mikulin no se habría olvidado de él (no se olvidaba de nadie que cayera bajo su observación), pero se habría desentendido para siempre. Mikulin era un hombre de natural bondadoso y no le deseaba ningún mal a nadie. Además (puesto que tenía sus propias tendencias reformistas), le había impresionado muy favorablemente aquel joven, hijo del príncipe K..., que al parecer no tenía un pelo de tonto.

Pero dispuso el destino que mientras Razumov descubría que no había ningún estilo de vida posible para él, la habilidad y la discreción del consejero Mikulin se vieran recompensadas con un puesto de importante responsabilidad: nada menos que el de dirigir la supervisión de la actividad policial en toda Europa. Y fue entonces, y sólo entonces, al aceptar la misión de mejorar el servicio de vigilancia de los activistas revolucionarios en el extranjero, cuando volvió a pensar en Razumov. Veía grandes posibilidades de especial utilidad en aquel muchacho poco corriente sobre el que ya ejercía su control, por su carácter peculiar, su inquietud anímica y su conciencia sacudida, atrapado en las redes de una falsa posición... Era como si los propios revolucionarios hubieran puesto en sus manos este instrumento mucho más sutil que cualquiera de los ordinarios, perfectamente capaz de penetrar en lugares inaccesibles para los confidentes habituales con sólo dotarlo de la debida credibilidad. ¡Providencial! ¡Providencial! Y el príncipe K..., que par ticipaba del secreto, se mostró al punto dispuesto a adoptar la misma visión mística.

—En todo caso, habrá que garantizarle una carrera para el futuro —fue la ansiosa exigencia del príncipe.

—¡Sí, naturalmente! Nos ocuparemos de ello —aceptó Mikulin. El misticismo del Príncipe K... carecía por completo de malicia, pero la astucia del consejero Mikulin valía por dos.

Las cosas y los hombres muestran cierto aspecto, cierto extremo por el que es preciso amarrarlos si se propone uno ejercer un control riguroso y un dominio perfecto. El poder de Mikulin residía precisamente en la capacidad de percibir ese aspecto, ese extremo en los hombres a los que utilizaba. Le daba igual qué fuera — vanidad, desesperación, amor, odio, codicia, orgullo inteligente o huero engreimiento —, todo equivalía a lo mismo si el hombre resultaba útil. El desconocido estudiante Razumov, un joven sin vínculos familiares, que se hallaba en un momento de absoluta soledad moral, fue inducido a sentir que suscitaba el interés de un pequeño grupo de personas de elevada posición. Se convenció al príncipe K... para que interviniera personalmente y, en determinada ocasión, sucumbiese a una emoción masculina que, de todo punto inesperada, alteró profundamente a Razumov. El repentino abrazo de aquel hombre, agitado por su lealtad al trono y por un reprimido afecto paternal, fue para Razumov una revelación sentida en su propio pecho.

«¡Conque era eso!», exclamó para sí. Una suerte de ternura desdeñosa suavizó la sombría visión de Razumov acerca de su posición en el mundo al reflexionar sobre su emotivo encuentro con el príncipe K... Aquel hombre simple y mundano, miembro de la Guardia Real y senador, cuyo suave y funcionarial bigote gris había rozado la mejilla de Razumov, su aristocrático y convencido padre, ¿era siquiera una pizca menos estimable o más absurdo que el estudiante famélico, el revolucionario fanático de la nariz colorada?

Hubo además de persuasión ciertas presiones, para hacer sentir a Razumov que estaba aceptando un compromiso. No había manera de escapar de aquél sentido, de aquél suave e irrefutable «¿Adónde?», del consejero Mikulin. Pero en ningún momento se hirieron las susceptibilidades de nadie. Se trataba de una peligrosa misión en Ginebra, con el fin de obtener, en un momento crítico, información absolutamente fiable de un círculo de revolucionarios muy inaccesible. Había indicios de que se estaba tramando una acción muy grave... El indispensable descanso de un gran país estaba en juego... Un importante plan de reformas ordenadas se vería puesto en peligro... Las principales personalidades del país sentían una honda preocupación patriótica, y así sucesivamente. En suma, el consejero Mikulin sabía qué decir. Esta habilidad se deduce a las claras de la confesión psicológica, del análisis mental que ofrece el diario de Razumov: el triste recurso de un joven que carecía de lazos íntimos en los que confiar y de afectos naturales a los que recurrir.

No es preciso dar cuenta de cómo todo este trabajo preliminar se desarrolló en secreto. El recurso del oculista aporta un ejemplo suficiente. No le faltaban medios al consejero Mikulin, y la tarea no revestía excesiva dificultad. Cualquier compañero, incluso el de la nariz colorada, podía perfectamente ver a Razumov entrando en una residencia privada para consultar con un oculista. El éxito final dependía únicamente del delirio revolucionario, que atribuía al estudiante una enigmática complicidad en la acción de Haldin. El mero hecho de estar involucrado era mérito suficiente, y una hazaña exclusivamente propia. Esto era precisamente lo que marcaba a Razumov con el sello de hombre providencial y lo situaba en el polo opuesto del típico agente destinado a la «supervisión europea».

Y esto fue lo que la Secretaría General se dispuso a estimular mediante una secuencia de revelaciones tan calculada como falsa.

Sucedió al fin que, una tarde, Razumov fue inesperadamente convocado por uno de sus compañeros «pensantes», con el que antes del asunto de Haldin solía asistir a reuniones privadas; un joven grandote, de modales tranquilos y sencillos y de voz agradable.

Reconociendo en la puerta su voz que decía: «¿Se puede?», Razumov se levantó de un salto del sofá, donde se encontraba tumbado. «¿Y si viniera a apuñalarme?», se preguntó sardónicamente, y afectando una dolencia ocular, dijo en tono severo:

«Adelante».

El compañero parecía incómodo y confiaba en no molestar.

—Hace días que no apareces, y estaba preocupado. —Carraspeó ligeramente—.

¿Mejor el ojo?

—Ya está casi curado.

—Me alegro. Me marcho enseguida, pero, verás, yo, es decir, nosotros... da lo mismo, he asumido el deber de advertirte, Kirylo Sidorovitch, de que tal vez estés viviendo bajo una falsa seguridad.

Razumov estaba sentado, quieto, con la cabeza apoyada en la mano, casi ocultando el ojo supuestamente enfermo.

—También yo lo creo.

—Tanto mejor así. En este momento las cosas parecen tranquilas, pero esa gente está preparando un acto de represión generalizada. De eso no cabe duda. Aunque no es esto lo que he venido a decirte. —Acercó un poco la silla y bajó la voz—. Nos tememos que... van a detenerte pronto.

Algún pasante anónimo de la Secretaría General había escuchado de pasada ciertas palabras de una conversación y había ojeado cierto informe. La información no podía desdeñarse.

Razumov casi se echó a reír, y su compañero se puso muy nervioso.

—¡Ay, Kirylo Sidorovitch! Este asunto no es para reírse. Te han dejado en paz provisionalmente, pero... Deberías salir del país mientras dispongas de tiempo.

Razumov se puso en pie de un salto y procedió a agradecer el consejo con burlona efusividad, tan es así que el compañero se sonrojó y se marchó con la impresión de que el misterioso Razumov no era un hombre que se dejara prevenir o aconsejar por inferiores mortales.

Informado del incidente al día siguiente, el consejero Mikulin expresó su satisfacción.

—Humm. ¡Ja! Justo lo que queríamos... —y deslizó la mirada a lo largo de su barba.

—Deduzco —dijo Razumov— que ha llegado el momento de abordar mi misión.

—El momento psicológico —insistió el consejero Mikulin con suavidad, en un tono muy grave, como sobrecogido.

Se tomaron todas las disposiciones necesarias para dar a la partida de Razumov el aspecto verosímil de una fuga. Mikulin no esperaba volver a verlo antes de que se marchara. Sus encuentros eran peligrosos y no había nada más que acordar.

—Ya nos hemos dicho todo, Kirylo Sidorovitch —dijo el alto funcionario en tono emotivo, estrechando la mano de Razumov con esa cordialidad sin reservas que un ruso es capaz de expresar a su manera—. No hay nada oculto entre nosotros. Y le diré una cosa: me considero afortunado de contar con... humm... su...

Se miró la barba y, tras un momento de reflexivo silencio, le entregó a Razumov una nota, un resumen de las cuestiones previamente discutidas, determinados detalles de la investigación, la línea de conducta acordada, alguna información sobre distintos personajes y otros pormenores. Era el único documento comprometedor en todo aquel asunto, pero, tal como señaló Mikulin, podía ser fácilmente destruido. Lo mejor era que Razumov no se viese con nadie... hasta que hubiera cruzado la frontera, cuando naturalmente su misión consistiría en eso... En ver, oír y...

Se miró la barba, y cuando Razumov manifestó su intención de ver al menos a una persona antes de abandonar San Petersburgo, Mikulin no pudo ocultar una súbita inquietud. Estaba al corriente de la vida estudiosa, solitaria y austera del joven.

Aquella era la mejor garantía de su idoneidad. Mikulin expresó su desacuerdo.

¿Había considerado su querido Kirylo Sidorovitch si, a tenor de la trascendencia de su tarea, no sería aconsejable sacrificar cualquier clase de sentimiento...?

Razumov interrumpió con desdén la protesta del consejero. No se trataba de una mujer; era a un compañero, a un idiota a quien deseaba ver con cierta intención.

Mikulin se mostró aliviado, aunque sorprendido.

—¡Ah! ¿Y para qué... exactamente?

—Para mayor verosimilitud —replicó escuetamente, deseoso de afirmar su independencia—. Debe confiarse en mis actos.

El consejero murmuró, con mucho tacto:

—Naturalmente, naturalmente... Su criterio...

Y se despidieron tras estrecharse la mano una vez más.

El idiota a quien se refería Razumov era el estudiante rico y juerguista conocido como Kostia Cabeza Loca. Un joven de pensamiento hueco, locuaz, excitable, de cuya segura y absoluta indiscreción no podía dudarse. Pero al recordarle Razumov el ofrecimiento de ayuda que le hiciera tiempo atrás, el alocado muchacho pasó de la habitual euforia a una consternación sin límites.

—Ay, Kirylo Sidorovitch, mi queridísimo amigo, mi salvador, ¿qué puedo hacer?

Anoche fundí hasta el último rublo que me dio mi padre el otro día. ¿Podrías esperar hasta el jueves? Iré a ver a todos los usureros que conozco... ¡Desde luego, tú no puedes! No me mires así. ¿Qué puedo hacer? Al viejo no puedo pedírselo. Como te digo, hace sólo tres días que me dio un puñado de billetes de los grandes. Soy un miserable desgraciado.

Se retorcía las manos con desesperación. Era imposible confiar en su padre.

«Ellos» le habían regalado una cruz para el cuello tan sólo el año anterior, y desde entonces maldecía las tendencias modernas. Antes preferiría ver a todos los intelectuales de Rusia colgados en una hilera que soltar un solo rublo.

—Espera un momento, Kirylo Sidorovitch. No me desprecies. Ya sé lo que voy a hacer. Sí... lo haré... entraré en su despacho. No hay otra solución. Sé dónde guarda lo que roba, y puedo comprar un formón de camino a casa. Se pondrá furioso, pero, el pobre zoquete me quiere mucho. Tendrá que superarlo... igual que yo. Kirylo, amigo mío, ¡si pudieras esperar unas horas... hasta esta noche... robaré todo lo que encuentre! ¡Dudas de mí! ¿Por qué? Basta con que me lo pidas.

—Róbalo, como sea —dijo Razumov, mirándolo fríamente.

—¡Al diablo con los diez mandamientos! —exclamó el otro, con la mayor animación—. Lo que ahora cuenta es el nuevo futuro.

Pero cuando esa noche entró en el cuarto de Razumov, lo hizo con una sobriedad desacostumbrada, casi con solemnidad.

—Misión cumplida —anunció.

Razumov, que estaba sentado con la espalda encorvada y las manos apretadas colgando entre las rodillas, se estremeció al oír estas palabras familiares. Kostia dejó despacio en el círculo de la luz de la lámpara un pequeño paquete marrón atado con un cordel.

—Tal como te dije... todo lo que he encontrado. Mi pobre padre pensará que ha llegado el fin del mundo.

Razumov asintió con la cabeza desde el sofá y contempló con maligno placer la seriedad que mostraba aquel cabeza hueca.

—He hecho mi pequeño sacrificio —suspiró Kostia—. Y tengo que darte las gracias por esta oportunidad, Kirylo Sidorovitch.

—¿Te ha costado algo?

—Desde luego. Ya sabes que el pobre zoquete me quiere mucho. Se sentirá muy dolido.

—¿Y tú crees todo lo que te dicen sobre el nuevo futuro y la sagrada voluntad del pueblo?

—Implícitamente. Daría mi vida por ello... Sólo que, ya lo ves, soy como un cerdo en una pocilga. Un inútil. Así es mi naturaleza.

Sumido en sus propios pensamientos, Razumov se había olvidado de Kostia hasta que la voz del joven, animándolo a huir sin pérdida de tiempo, le hizo volver desagradablemente a la realidad.

—Muy bien. Bueno... adiós.

—No te dejaré hasta verte fuera de San Petersburgo —declaró inesperadamente Kostia, con serena determinación—. No puedes negarme eso ahora. Por el amor de Dios, Kirylo. ¡Dios Santo!, la policía puede presentarse en cualquier momento, y si te atrapan te encerrarán durante años, hasta que tu pelo se vuelva gris. Puedo disponer del mejor trotón de mi padre y de un trineo ligero. Podremos recorrer más de cuarenta kilómetros antes de que se haya puesto la luna, y encontraremos alguna estación de tren apartada...

Razumov lo miró, atónito. El viaje estaba decidido... era inevitable. Tenía previsto partir al día siguiente, y de pronto caía en la cuenta de que no llegaba a creerlo del todo. Se había dedicado a escuchar, discutir, pensar y planear su fuga simulada con la creciente convicción de que todo era absurdo. ¡Como si alguien hiciera alguna vez cosas así! Era una especie de juego imaginario. ¡Y de repente se sentía atónito! Tenía delante a un hombre que se lo creía todo con desesperada seriedad. «Si no me voy inmediatamente, no me iré nunca», pensó, con un escalofrío de temor. Se levantó sin decir palabra, y el preocupado Kostia le caló la gorra y le ayudó a ponerse la capa, de lo contrario habría salido de allí con la cabeza descubierta, tal como estaba. Razumov abandonaba su cuarto en silencio cuando un grito inesperado le obligó a detenerse.

—¡Kirylo!

—¿Qué? —Se volvió con recelo desde la puerta. Con un brazo rígido y extendido, el rostro blanco y circunspecto, Kostia señalaba con un dedo elocuente el paquete marrón olvidado bajo el círculo de luz sobre la mesa. Razumov vaciló, volvió para recogerlo bajo la severa mirada del compañero, e intentó responder con una sonrisa. Pero el infantil y frívolo Kostia tenía el ceño fruncido. «Esto es un sueño», pensó Razumov, guardándose el paquete en el bolsillo mientras bajaba por las escaleras; «nadie hace estas cosas». El otro lo tomó del brazo, susurrándole los peligros que se avecinaban, y aconsejándole lo que debía hacer ante determinadas contingencias. «¡Ridículo!», musitó Razumov, mientras se veía empujado al trineo.

Se abandonó a la observación del sueño con suma atención. Éste discurrió en lo sucesivo de acuerdo con las líneas previstas, con una lógica inexorable: el largo viaje y la espera en una pequeña estación, sentados junto a una estufa. No intercambiaron más de media docena de palabras. Kostia, que parecía muy abatido, no se molestó en romper el silencio. En el momento de la despedida se abrazaron dos veces; así tenía que ser. Y Kostia desapareció del sueño.

Al romper el alba, Razumov, que iba muy envarado en un vagón sofocante y de ambiente cargado, repleto de mantas y de gente que dormía en la penumbra tendida todo lo largo que era, se levantó sin hacer ruido, bajó la ventanilla unos centímetros y lanzó el paquete marrón a la gran llanura nevada. «Para el pueblo», pensó, mirando por la ventanilla. El colosal desierto blanco de tierra helada y dura se deslizaba ante sus ojos sin el menor indicio de ocupación humana.

Fue ésta una acción consciente, antes de que el sueño volviera a apoderarse de él:

Prusia, Sajonia, Würtemburg, rostros, imágenes, palabras: todo era un sueño, contemplado con furiosa y concentrada atención. Zurich, Ginebra, todavía un sueño seguido minuciosamente, que lo arrastraba a una áspera carcajada, a la furia, a la muerte... con el miedo a despertar finalmente...

II

«Puede que la vida tan sólo sea eso», reflexionó Razumov en su ir y venir bajo los árboles del islote, completamente a solas con el busto de bronce de Rousseau: «Sueño y miedo». El crepúsculo se había vuelto más profundo. Las páginas escritas y arrancadas del cuaderno eran el primer fruto de su «misión». Eso no era un sueño.

Contenían la garantía de que se hallaba a punto de realizar importantes revelaciones.

«Creo que ya no hay nada que me impida ser plenamente aceptado».

Había resumido sus impresiones en aquellas páginas, junto con algunas conversaciones. Incluso llegó a escribir: «Accidentalmente, he descubierto la personalidad de ese terrible N. N. Una bestia espantosa y barriguda. Si tengo noticia de sus movimientos en el futuro enviaré la oportuna advertencia».

La futilidad de toda aquella empresa le asaltó de pronto como una maldición. Ni siquiera en ese momento podía creer que su misión fuese real. Miró en torno con desesperación, como si buscara algo con lo que redimir su existencia de aquella sensación invencible. Estrujó con violencia las páginas que había arrancado del cuaderno. «Tengo que enviarlas por correo», pensó.

Alcanzó el puente y regresó a la orilla norte, donde recordaba haber visto en alguna de las calles estrechas una tienda oscura repleta de estatuillas de madera baratas, con las paredes forradas de volúmenes en rústica extremadamente sucios, desechados por alguna biblioteca ambulante. Vendían también artículos de papelería.

Un hombre entrado en años, taciturno y desaliñado, dormitaba tras el mostrador. Una mujer delgada y vestida de negro, de rostro enfermizo, le entregó el sobre que había pedido sin siquiera mirarle. Razumov pensó que aquéllas eran personas con las que podía relacionarse a salvo, pues ya no les importaba en absoluto lo que pudiera pasar en el mundo. Escribió la dirección del sobre en el mostrador, con el nombre alemán de cierta persona que vivía en Viena. Sabía que esta carta, su primera comunicación para el consejero Mikulin, se abriría camino hasta la Embajada rusa en esa ciudad, sería transcrita en código cifrado por alguien de confianza y enviada a su destino por valija diplomática con todas las garantías de seguridad. Tal era el plan ideado para ocultar el astro de la información de todas las miradas desleales, de toda indiscreción, de todo contratiempo o traición. Así se había dispuesto para garantizar absolutamente su seguridad.

Salió de la tienducha y enfiló hacia la oficina de correos. Fue entonces cuando lo vi por segunda vez ese día. Cruzaba la Rue Mont Blanc con todo el aspecto de caminar sin rumbo fijo. No me reconoció, aunque yo lo distinguí a cierta distancia.

Pensé que aquel notable amigo del hermano de la señorita Haldin era muy bien parecido. Lo vi llegar hasta la estafeta y volver luego sobre sus pasos. De nuevo pasó muy cerca de mí, aunque estoy seguro de que tampoco en esta ocasión me vio.

Llevaba la cabeza bien alta, pero su expresión era la de un sonámbulo en lucha con el mismo sueño que lo empujaba a vagar por lugares peligrosos. Mis pensamientos volvieron a Natalia Haldin y a su madre. Razumov era todo cuanto quedaba para ellas del hijo y del hermano.

El occidental que había en mí se sintió turbado. Percibía algo chocante en la expresión de aquel rostro. De haber sido yo un conspirador, un refugiado político ruso, tal vez hubiera podido sacar alguna conclusión práctica de este encuentro fortuito. Tal como se produjo no hizo sino causarme una honda inquietud, al extremo de despertar en mí una aprensión difusa hacia Natalia Haldin. Todo ello es bastante inexplicable, pero éste fue el origen de mi determinación, en ese preciso instante, de visitar a mis amigas esa misma noche, tras mi cena solitaria. Había estado con la señorita Haldin apenas horas antes, pero llevaba algún tiempo sin ver a su madre. Lo cierto es que últimamente eludía pasar por allí.

¡Pobre señora Haldin! Confieso que me asustó un poco. Era por fortuna una de esas personas poco comunes, por las que uno no puede dejar de interesarse, pues suscitan terror y compasión al tiempo. Uno teme el contacto con ellas por el propio bienestar, y aún más por el de las personas a las que quiere, tan evidente resulta que han nacido para sufrir y para hacer sufrir a los demás. Es extraño pensar cómo, no diré ya la libertad sino una simple actitud liberal, que para nosotros es cuestión de palabras, de ambiciones, de votos (y si hubiera en ella alguna clase de sentimientos sería de los que dejan nuestros más profundos afectos completamente intactos), pueda ser para otras personas muy parecidas a nosotros, que viven bajo el mismo cielo, una dura prueba de fortaleza, una cuestión de lágrimas, de angustia y de sangre. La señora Haldin había sufrido las penalidades de su propia generación. Tenía un hermano entusiasta, el oficial al que mataron durante el reinado de Nicolás. Una resignación levemente teñida de ironía no es armadura para un corazón vulnerable. La señora Haldin, golpeada a través de sus hijos, estaba condenada a sufrir de nuevo por el pasado y a experimentar la angustia del futuro. Era de esas personas que no saben cómo curarse, de esas personas demasiado conscientes de su corazón que, sin cobardía ni egoísmo, contemplan con pasión sus heridas y llevan minuciosamente la cuenta.

Pensamientos parecidos sazonaron mi modesta y solitaria cena de soltero. Si alguien se apresta a señalar que ésta era una manera indirecta de pensar en Natalia Haldin, sólo puedo replicar que mi amiga bien se merecía un poco de preocupación.

Tenía toda la vida por delante. Admitamos pues que pensaba yo en la vida de la señorita Haldin a través del carácter de su madre, lo cual es una manera permisible de pensar en una muchacha para un hombre algo mayor, aunque no lo demasiado todavía para mostrarse ajeno a la piedad. Tenía casi toda la juventud por delante, una juventud a la que le había sido robada arbitrariamente su ligereza y alegría natural, ensombrecida por un despotismo antieuropeo; una juventud terriblemente sombría y sometida a los peligros de una lucha feroz entre antagonismos igualmente feroces.

Me entretuve con mis pensamientos más de lo que debiera. Me sentía tan impotente, incluso algo peor... desvinculado en cierto sentido, que en el último momento dudé si realizar aquella visita. ¿De qué serviría?

Era tarde cuando, al girar en el Boulevard des Philosophes, vi luz en la ventana de la esquina. La persiana estaba echada, pero imaginé tras ella a la señora Haldin, sentada en su actitud habitual, a la espera de alguien, una espera que recientemente había adquirido la dolorosa cualidad de las esperanzas delirantes.

Pensé que la luz me autorizaba a llamar a la puerta. Las damas aún no se habían retirado. Sólo esperaba que no tuvieran visitas de su país. Un funcionario jubilado, ostensiblemente vencido, pasaba a veces por la noche. Su simple presencia taciturna destilaba una tristeza y un cansancio infinitos. Creo que mis amigas toleraban sus frecuentes visitas por la antigua amistad de este caballero con el señor Haldin, el padre, o algo por el estilo. Tomé la resolución de que si lo encontraba allí, perorando con esa voz apenas audible, no me quedaría más de unos minutos.

Me sorprendió ver que la puerta se abría antes de que pudiera llamar al timbre.

Me encontré ante la señorita Haldin, con sombrero y chaqueta, obviamente dispuesta para salir. ¡A esas horas! ¿En busca del doctor, tal vez?

Me tranquilizó su exclamación de bienvenida. Sonó como si fuera yo exactamente el hombre a quien deseaba ver. Esto despertó mi curiosidad. Me hizo pasar, y la fiel Anna, la criada alemana entrada en años, cerró la puerta, pero no se retiró. Se quedó cerca, como preparada para despedirme en cualquier momento.

Resultó que la señorita Haldin se disponía a salir en mi busca.

Hablaba con precipitación, de un modo muy impropio de ella. Pensaba llamar directamente a la puerta de la señora Ziegler, pese a lo tarde que era, pues las costumbres de mi casera...

La señora Ziegler, viuda de un distinguido profesor e íntimo amigo mío, me alquilaba tres habitaciones de su amplio y agradable apartamento, donde seguía viviendo tras la muerte de su esposo, si bien yo disponía de mi propia entrada desde el rellano. Era un arreglo que duraba ya diez años. Dije que me alegraba mucho de haber tenido la idea de...

La señorita Haldin no hizo amago de quitarse el sombrero y la chaqueta. Observé su color ligeramente subido y una marcada resolución en su tono. ¿Sabía yo dónde vivía el señor Razumov?

¿Dónde vivía el señor Razumov? ¿El señor Razumov? A esa hora... ¿con tanta urgencia? Levanté los brazos en señal de profundo desconocimiento. No tenía la menor idea de dónde se alojaba. De haberlo previsto tan sólo tres horas antes, me habría aventurado a preguntárselo cuando lo vi delante del nuevo edificio de correos, y tal vez me lo hubiera indicado, aunque también era muy probable que me hubiese despachado con cajas destempladas. Y, quizás, pensé, recordando esa formidable expresión alucinada, angustiada y ausente, del susto al verse abordado le hubiera dado un ataque. Nada de esto le dije a la señorita Haldin, ni siquiera le mencioné que había visto al joven horas antes. La impresión que me causó fue tan desagradable que yo mismo deseaba olvidarla.

—No se me ocurre dónde podría averiguarlo —murmuré con impotencia. Me hubiera gustado ayudar de alguna manera, y de buen grado habría salido en busca de cualquier hombre, joven o viejo, pues tenía plena confianza en el sentido común de mi amiga—. ¿Qué le hace acudir a mí en busca de esta información? —pregunté.

—No era exactamente para eso —dijo, en voz baja. Tenía el aire de quien desempeña una tarea poco grata.

—¿Debo entender que necesita comunicarse con el señor Razumov esta misma noche?

Natalia Haldin movió la cabeza afirmativamente; después, mirando de reojo a la puerta de la sala de estar, dijo en francés:

—C’est maman —y se quedó un momento desconcertada, muy seria, en absoluto como una muchacha que se dejara arredrar ante dificultades imaginarias. Mi curiosidad quedó suspendida en sus labios, que permanecieron cerrados unos instantes. ¿Qué relación tenía Razumov con esta alusión a su madre? La señora Haldin no había sido informada de la llegada a Ginebra del amigo de su hijo.

—¿Podré ver a su madre esta noche? —inquirí.

La señorita Haldin extendió una mano, como si quisiera cerrarme el paso.

—Se encuentra en un estado de terrible agitación. Ah, usted no lo advertiría... Es interior, pero yo conozco a mi madre y estoy consternada. Ya no tengo valor para seguir afrontándolo. Todo es culpa mía. Supongo que no sé fingir. Nunca le había ocultado nada a mi madre. Pero usted sabe por qué me abstuve de comunicarle la llegada del señor Razumov. Lo comprende, ¿verdad? Fue por su lamentable situación. Y... resulta que no soy buena actriz. Al estar mis propios sentimientos tan involucrados, supongo que... no lo sé. Ella ha notado algo. Se ha imaginado que le estaba ocultando algo. Ha reparado en mis largas ausencias; he estado viendo al señor Razumov a diario y tardaba en volver más de lo habitual. Dios sabe qué sospechas se han despertado en ella. Ya sabe usted que no ha vuelto a ser la misma desde que... Y esta noche, después de guardar un silencio terrible durante semanas, de repente le ha dado por hablar. Me ha dicho que no pretendía reprocharme nada, que yo tenía mi carácter y ella el suyo; que no deseaba inmiscuirse en mis asuntos o en mis ideas; que ella nunca les había ocultado nada a sus hijos... cosas muy crueles de escuchar. Y todo en voz muy baja, con esa expresión triste, agotada e inmutable como una piedra.

Ha sido terrible.

Hablaba a media voz y más deprisa de lo que nunca la había oído expresarse. Esto era inquietante de por sí. El vestíbulo estaba bien iluminado y distinguía bajo el velo el rubor de su rostro. Se mantenía erguida, con la mano izquierda apoyada ligeramente en una mesita. La otra colgaba de un costado sin moverse. De cuando en cuando contenía la respiración.

—Ha sido terrible. ¡Figúrese! Se ha imaginado que estaba haciendo preparativos para marcharme sin decir nada. Me arrodillé ante el sillón y le pedí que reflexionara sobre lo que estaba diciendo. Me acarició la cabeza, pero sigue empeñada en su error.

Dijo que siempre había creído ser digna de la confianza de sus hijos y, al parecer, no lo era. Su hijo no había podido confiar en su amor, ni siquiera en su comprensión... y ahora yo me proponía abandonarla del mismo modo injusto y cruel; y así sin parar.

Nada que yo dijera... Es una obsesión enfermiza... Dice que ha notado algo, un cambio en mí... Si mis convicciones me impulsaban a irme, ¿por qué tanto secreto, como si ella fuera una cobarde o un pelele en el que no se pudiera confiar? «Como si mi corazón pudiese traicionar a mis hijos». A duras penas pude soportarlo. Y no dejaba de acariciarme la cabeza... Era completamente inútil protestar. Está enferma.

Su alma está...

No me atreví a romper el silencio que se hizo entre nosotros. La miré a los ojos, que brillaban bajo el velo.

—¡Yo! ¡Cambiada! —exclamó en el mismo tono suave—. ¡Mis convicciones impulsándome a abandonarla! Me ha resultado muy cruel escuchar todo esto, porque mi problema es que soy débil y no sé cómo actuar. Usted lo sabe. Y para colmo hice algo muy egoísta. Para diluir sus sospechas sobre mí le hablé del señor Razumov. Ha sido egoísta de mi parte. Usted sabe que hacíamos bien en ocultárselo. Hacíamos perfectamente. Y nada más decirle que el amigo de nuestro pobre Victor estaba aquí comprendí que habíamos hecho lo más indicado. Primero era necesario prepararla, pero en mi angustia se me escapó sin querer. Se puso muy nerviosa. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? ¿Por qué este amigo de su Victor no había venido a vernos inmediatamente? ¿Qué significaba eso? ¿Es que ni siquiera se le podían confiar los recuerdos que pudieran quedar de su hijo? Imagine cómo me sentí al verla así, blanca como la cal, completamente inmóvil, apretando con fuerza los brazos del sillón. Le dije que todo era culpa mía.

No me costó imaginar la figura inmóvil y muda de la madre en su sillón, al otro lado de la puerta, cerca de donde su hija hablaba conmigo. El silencio de aquella habitación parecía clamar venganza contra un hecho histórico y contra los ejemplos modernos del funcionamiento de la Historia. Esta imagen se me pasó por la cabeza, mas no podía dudar de los espantosos momentos que había pasado mi amiga.

Comprendí perfectamente que se sintiera incapaz de afrontar la noche tras la impresión que esta escena le había causado. La señora Haldin se había entregado a las peores fantasías, a las más fabulosas y crueles sospechas. Era preciso tranquilizarla sin pérdida de tiempo. No me sorprendió saber que su hija le había dicho: «Iré a buscarlo ahora mismo». No había nada de absurdo en esta exclamación, ninguna exageración de los sentimientos. No tuve la menor duda al decir: «Muy bien, pero ¿cómo?».

Era comprensible que Natalia Haldin hubiera pensado en mí, pero ¿qué podía hacer yo, puesto que desconocía el domicilio de Razumov?

—¡Pensar que podría vivir muy cerca, a un tiro de piedra tal vez! —exclamó ella.

Yo lo dudaba, aunque de buena gana habría ido en su busca hasta la otra punta de Ginebra. Supongo que ella estaba segura de mi diligencia, puesto que su primera idea fue salir a por mí. El favor que quería pedirme en realidad era que la acompañase al Château Borel.

Tuve una desagradable imagen mental de la carretera oscura, de los jardines sombríos, del aspecto desolado e intrigante de aquella residencia de nigromancia, de maquinaciones y de adoración feminista. Objeté que muy probablemente madame de S... no supiera nada. Tampoco me parecía posible que el joven estuviera allí. Recordé la expresión de su rostro y algo me llevó al convencimiento de que un hombre que parecía aún peor que si hubiera visto un muerto, desearía encerrarse en algún lugar donde pudiese estar a solas. Tuve la extraña certeza de que Razumov volvía a casa cuando yo lo vi esa tarde.

—Es en Peter Ivanovitch en quien estoy pensando —dijo la señorita Haldin tranquilamente.

¡Ah! Claro, él lo sabría. Miré el reloj. Eran sólo las nueve y veinte... Todavía.

—En ese caso yo lo intentaría en su hotel —sugerí—. Tiene habitaciones en la planta superior del Cosmopolitan.

No me ofrecí a acudir personalmente, por puro recelo de la acogida que pudiera encontrar. Propuse enviar a la fiel Anna con una nota.

Anna seguía esperando junto a la puerta, al otro lado del vestíbulo, y discutimos el asunto entre susurros. La señorita Haldin pensaba que debía ir en persona. Anna era tímida y lenta. Tardaría en traer la respuesta y, en ese sentido, empezaba a ser tarde, pues en modo alguno teníamos la seguridad de que Razumov viviese cerca.

—Si voy yo —argumentó la señorita Haldin— podré seguir directamente desde el hotel hasta casa del señor Razumov. Tendría que salir de todos modos, para explicarle personalmente al señor Razumov... prepararlo de alguna manera. No se imagina en qué estado se encuentra mi madre.

Natalia Haldin mudaba alternativamente de color. Pensaba que tanto por el bien de su madre como por el suyo propio, era preferible que en ese momento no estuvieran juntas. Anna, a quien su madre apreciaba mucho, podía acompañarla.

—Puede llevarse su costura a la sala —siguió diciendo, mientras se disponía a salir. Le habló entonces en alemán a la criada, que nos había abierto la puerta—:

Dígale a mi madre que este caballero me acompañará a buscar al señor Razumov.

Que no se preocupe si tardo un poco en regresar.

Salimos rápidamente a la calle, y mi amiga aspiró con fuerza el aire fresco de la noche.

—Ni siquiera se lo he preguntado —murmuró.

—Me parece que no —respondí, riendo. Poco importaba ya la acogida que pudiera ofrecerme el gran feminista. Que le fastidiaría mi presencia, e incluso que me dirigiría alguna solemne insolencia, era algo de lo que yo no dudaba, pero tampoco imaginaba que se atreviera a echarme de allí. Y eso era lo único que me importaba—.

¿No quiere tomarme del brazo?

Me tomó del brazo en silencio, y ninguno de los dos dijo nada digno de ser reseñado hasta que le cedí el paso en el gran vestíbulo del hotel. Estaba intensamente iluminado y bastante concurrido.

—Si quiere puedo subir yo solo —propuse.

—No me apetece quedarme esperando aquí —dijo en voz baja—. Yo también voy.

La conduje entonces hasta el ascensor. Una vez en la planta superior, el botones nos dirigió a la derecha: «Al final del pasillo».

Las paredes eran blancas, la alfombra roja, resplandecían numerosas bombillas y el vacío, el silencio, las puertas todas cerradas, idénticas y numeradas, me hicieron pensar en el orden perfecto de un severo modelo penitenciario de lujo, basado en el solitario principio del confinamiento. Bajo la cubierta del enorme edificio para el alojamiento de viajeros, no nos llegaba ninguna clase de sonido; la gruesa alfombra escarlata ensordecía por completo nuestros pasos. Nos apresuramos, sin mirarnos, hasta alcanzar la última puerta del largo corredor. Nuestras miradas se cruzaron entonces, y así nos quedamos unos segundos, prestando oídos a un débil murmullo de voces en el interior.

—Supongo que es aquí —susurré, innecesariamente. Vi que los labios de Natalia Haldin se movían sin producir ningún sonido, y las voces cesaron tras mi fuerte llamada a la puerta. Una profunda quietud se prolongó por espacio de unos instantes, y la puerta se abrió bruscamente, revelando a una mujer de corta estatura y ojos negros que llevaba una blusa roja y tenía una abundante mata de pelo casi blanco, recogido con descuido y desaliño, de cualquier manera. Sus cejas, finas y negras como la tinta, se unieron en una línea continua. Supe más tarde que era la famosa (o notoria) Sophia Antonovna, pero en ese momento me impresionó la extraña expresión mefistofélica de su mirada inquisitiva, pues, curiosamente, su aspecto no tenía nada de maligno o de diabólico. Se suavizó todavía más al mirar a la señorita Haldin, que con su voz armoniosa y serena solicitó ver un momento a Peter Ivanovitch.

—Soy la señorita Haldin —añadió.

Y a estas palabras, deshaciendo por completo el frunce de la frente, pero sin una palabra de respuesta, la mujer de la blusa escarlata se alejó hasta un sofá y se sentó, dejando la puerta abierta de par en par.

Desde el sofá, con las manos en el regazo, observó nuestra entrada con sus ojos brillantes y negros.

La señorita Haldin avanzó hasta el centro de la habitación, mientras que yo, fiel a mi papel de simple acompañante, me quedé junto a la puerta después de cerrarla. La habitación, bastante amplia aunque de techo bajo, estaba parcamente amueblada, y una bombilla eléctrica con una pantalla de porcelana colgaba a corta distancia de una mesa grande (sobre la que había extendido un mapa de gran tamaño), dejando el resto del espacio en una tenue penumbra artificial. Peter Ivanovitch no estaba allí, como tampoco Razumov. Pero en el sofá, cerca de Sophia Antonovna, un hombre de rostro huesudo y barba de chivo, inclinado hacia delante con las manos en las rodillas, nos observaba con gesto amable. En un rincón se distinguía a un hombre de cara ancha y pálida y figura voluminosa, tosco y con aspecto de sentirse inseguro en el asiento donde estaba sentado. El único a quien yo conocía era al pequeño Julius Laspara, que parecía enfrascado en el mapa, con los pies firmemente enganchados a las patas de la silla. Se bajó de ella con energía y saludó a la señorita Haldin con una reverencia y un parecido ridículo con un niño de nariz aguileña y hermosa barba entrecana y postiza.

Avanzó, ofreciendo su asiento, que mi amiga declinó. Estaría allí sólo un momento, para intercambiar unas palabras con Peter Ivanovitch.

La voz aguda de Julius Laspara resonó con estridencia en la habitación.

—Qué curioso. Esta misma tarde he pensado en usted, Natalia Victorovna. Me encontré con el señor Razumov. Le pedí que escribiera un artículo sobre cualquier asunto de su agrado. Le dije que usted podría traducirlo al inglés, puesto que cuenta con este profesor.

Me dirigió una cumplida inclinación de cabeza. Al pronunciarse el nombre de Razumov, un sonido indescriptible, como el aullido débil de un animal furioso, llegó desde el rincón ocupado por el hombre que parecía demasiado grande para la silla en la que estaba sentado. No oí la respuesta de la señorita Haldin. Laspara hablaba de nuevo.

—Es hora de hacer algo, Natalia Victorovna. Aunque supongo que usted tiene sus propias ideas. ¿Por qué no escribe un artículo? ¿Qué tal si viene a vernos pronto?

Podríamos discutirlo. Cualquier consejo...

Tampoco esta vez capté las palabras de mi amiga. Lo que me llegó de nuevo fue la voz de Laspara.

—¿Peter Ivanovitch? Se ha retirado un momento a la habitación contigua. Lo estamos esperando.

El gran hombre, que entró en ese momento, parecía más grande, más alto, en verdad imponente, ataviado con una bata larga de algún tejido oscuro que caía en líneas rectas hasta sus pies. Parecía un monje o un profeta, la figura robusta de un habitante del desierto, con un aire asiático; las gafas oscuras, en combinación con aquella indumentaria, le daban en la penumbra un aspecto más misterioso que nunca.

El pequeño Laspara volvió a su silla para estudiar el mapa, que era el único objeto bien iluminado en la habitación. Aun desde mi alejada posición junto a la puerta, pude distinguir, por la forma de la mancha azul que representaba el agua, que se trataba de un mapa de las provincias bálticas. Peter Ivanovitch se acercó a la señorita Haldin con una ligera exclamación, se puso en guardia al verme, sin duda muy vagamente, y me escrutó con las lentes oscuras. Debió de reconocerme por el pelo gris, porque, con un marcado encogimiento de hombros, se volvió hacia la señorita Haldin con benévola indulgencia. Tomó la mano de ella con una palma carnosa y almohadillada, y la cubrió con la otra mano como una zarpa.

Mientras los dos, de pie en el centro de la habitación, intercambiaban unas frases inaudibles, nadie se movió en la habitación: Laspara, de espaldas a los demás, se había arrodillado en la silla, con los codos apoyados sobre el gran mapa; la sombría enormidad seguía en su rincón; el hombre de mirada franca y perilla, en el sofá; la mujer de la blusa roja, a su lado... todos completamente inmóviles. Me pareció que no disponían de tiempo, porque la señorita Haldin retiró inmediatamente la mano de Peter Ivanovith y antes de que pudiera darme cuenta ya volvía hacia la entrada. Yo, el ignorado occidental, abrí la puerta apresuradamente y seguí a mi amiga, dejándolos a todos inmóviles en sus respectivas posiciones cuando lancé una última mirada. Peter Ivanovitch continuaba de pie, con sus lentes oscuras, como un enorme profesor ciego, y tras él la viva mancha de luz sobre el mapa de colores, sobre el que se encorvaba el diminuto Laspara.

Después, mucho después, cuando los periódicos publicaron rumores (que eran vagos y no tardaron en disiparse) sobre una abortada conspiración militar en Rusia, recordé la imagen de aquel grupo inmóvil con su figura central. Nunca se conocieron los detalles, aunque sí se supo que los partidos revolucionarios en el extranjero habían dado su apoyo y enviado emisarios con antelación, que incluso llegó a despacharse un vapor con un cargamento de armas y de conspiradores para invadir las provincias bálticas. Y mientras echaba un vistazo a las imperfectas revelaciones (en las que el mundo no parecía tener demasiado interés), pensé que la vieja y asentada Europa me había ofrecido en el momento de ayudar a esa muchacha rusa, un atisbo de lo que se tramaba entre las bambalinas. Un breve y extraño atisbo en el ático de un gran hotel entre todos los lugares posibles del mundo: el gran hombre; la masa inmóvil del asesino de espías y gendarmes en un rincón; Yakovlith, el veterano de anteriores campañas terroristas; la mujer, con el pelo casi tan blanco como el mío y los vivos ojos negros; todo en una misteriosa media luz, con el mapa de Rusia intensamente iluminado sobre la mesa. A la mujer tuve ocasión de volver a verla.

Mientras esperábamos el ascensor, se acercó corriendo por el pasillo, con los ojos puestos en la señorita Haldin, a quien se llevó a un aparte para una comunicación confidencial. No duró mucho. Fueron tan sólo unas palabras.

Natalia Haldin no rompió el silencio mientras bajábamos en el ascensor. Sólo cuando ya habíamos salido del hotel y caminábamos por el muelle, en la fresca oscuridad salpicada por las luces del dique, reflejadas en las aguas negras del puerto a nuestra izquierda, con los altos hoteles a la derecha, mi amiga dijo:

—Era Sophia Antonovna... ¿la conoce?

—Sí, la conozco... la famosa...

—Da lo mismo. Parece ser que cuando nos marchamos, Peter Ivanovitch les contó el motivo de mi visita. Por eso salió corriendo detrás de nosotros. Se presentó y me dijo: «Es usted la hermana de un hombre valiente que será recordado siempre.

Vivirá tiempos mejores». Le respondí que esperaba ver el día en que todo esto se hubiera olvidado, aun cuando ello significara también el olvido de mi hermano. Algo me movió a decirlo, ¿lo comprende?

—Sí —dije—. Piensa usted en la era de la concordia y de la justicia.

—Sí. Hay demasiado odio y demasiada venganza en esta actividad. Hay que acabar con esto. Es un sacrificio... y en ese sentido habrá de ser mayor si cabe. La destrucción es fruto de la rabia. Que caigan en el olvido los tiranos y los asesinos y sólo sean recordados los reconstructores.

—¿Y se mostró de acuerdo Sophia Antonovna? —pregunté, escéptico.

—Sólo dijo: «Es bueno que crea usted en el amor». Supongo que me comprendió.

Después me preguntó si esperaba ver a Razumov en este momento. Le dije que confiaba en que accediera a visitar a mi madre esta misma noche, pues se había enterado de su presencia aquí y sentía una inquietud morbosa por saber si podía contarnos algo de Victor. Era el único amigo de mi hermano, que nosotras supiéramos, un amigo muy íntimo. Y ella dijo: «¡Ah! Su hermano... sí. Por favor, dígale al señor Razumov que he hecho pública la historia que me llegó desde San Petersburgo. Está relacionada con la detención de su hermano». Y añadió: «Fue traicionado por un hombre del pueblo que se ahorcó a continuación. Razumov se lo explicará todo. Le he proporcionado la información completa esta tarde. Y dígale también, por favor, que Sophia Antonovna le envía saludos. Me marcho mañana a primera hora... lejos».

Y tras un momento de silencio, la señorita Haldin añadió:

—Me he quedado tan impresionada al recibir esta noticia tan inesperada que no he sido capaz de contárselo antes... ¡Un hombre del pueblo! ¡Ay, nuestro pobre pueblo!

Andaba despacio, como afectada por un cansancio repentino. Agachó la cabeza; por las ventanas de un edificio con terrazas y balcones salía una banal música de hotel; dos carteles rojos resplandecían ante el encogido y modesto portal del Casino, con un ordinario efecto provinciano. Y los muelles vacíos, el aspecto desierto de las calles, tenían un aire de respetabilidad hipócrita, un aire inefablemente lóbrego.

Di por sentado que la señorita Haldin había conseguido la dirección, y me dejé guiar por ella. Cuando alcanzamos el puente Mont Blanc, donde algunas siluetas oscuras parecían perdidas en las largas y espaciosas perspectivas definidas por las luces, dijo:

—No está muy lejos de casa. No sé qué me hizo pensar que estaría cerca. Es en la Rue de Carouge. Debe de ser una de esas casas nuevas y grandes para los artesanos.

Me tomó del brazo con confianza y familiaridad, y apretó el paso. Había algo primitivo en nuestro proceder. No teníamos en cuenta los recursos de la civilización.

Nos adelantó un tranvía, y vimos una hilera de fiacres aparcados junto a la verja de los jardines, pero en ningún momento se nos ocurrió hacer uso de estos medios de transporte. Ella quizás estaba demasiado apurada, y en cuanto a mí... bueno, se había cogido de mi brazo con confianza. Cuando subíamos la suave pendiente de la Corraterie, con todos los comercios cerrados y sin ninguna luz en las ventanas (como si toda la población mercenaria hubiera huido al terminar el día), la señorita Haldin dijo con vacilación:

—Tal vez podría pasar un momento a ver a mi madre. No nos desviaría mucho del camino.

La disuadí de hacerlo. Si la señora Haldin de verdad esperaba ver a Razumov esa noche, no sería prudente presentarse sin él. Cuanto antes lográramos dar con el joven y llevarlo ante la madre para aplacar su agitación, tanto mejor. Aceptó mi razonamiento y cruzamos en diagonal la Place du Théâtre, gris azulada con sus adoquines de piedra bajo la luz eléctrica, y la solitaria estatua ecuestre en el centro, completamente negra. Al llegar a la Rue de Carouge nos encontramos en los barrios más pobres de la ciudad, cerca de la periferia. Parcelas vacías alternaban con edificios altos y de reciente construcción. En la esquina de una calle lateral, la intensa luz de una tienda encalada de blanco se hundía en la noche, como un abanico, a través de un amplio portal. A lo lejos se distinguía una de las paredes interiores, con sus anaqueles frugalmente abastecidos y el mostrador pintado de marrón. Era la casa que buscábamos. Cuando nos acercábamos, pasando junto a un tramo de valla oscura construida con tablones alquitranados, vimos la fachada estrecha y pálida de la esquina, con cinco ventanas altas, todas sin luz, rematada por la densa sombra de una de las aguas del tejado en saledizo.

—Tenemos que preguntar en la tienda —me indicó la señorita Haldin.

Un hombre pálido, de bigote fino, con un sobrecuello blanco deslucido y una corbata de lazo arrugada, dejó el periódico que estaba leyendo y, acodándose con familiaridad en el mostrador vacío, respondió que la persona por la que yo preguntaba era efectivamente su locataire del tercer piso, pero en este momento estaba fuera.

—En este momento —repetí, tras dirigirle una mirada a mi amiga—. ¿Significa eso que lo espera pronto?

Era un hombre muy amable, de ojos obsequiosos y labios suaves. Sonrió levemente, como si estuviera al corriente de todo. El señor Razumov, tras haber estado ausente todo el día, regresó a última hora de la tarde. Le sorprendió mucho verlo salir de nuevo al cabo de una media hora. Le había dejado su llave y, al intercambiar unas palabras con él, le explicó que salía porque necesitaba tomar el aire.

Seguía sonriéndonos desde detrás del mostrador vacío, con la cabeza sujeta entre las manos. Aire. Aire. No sabía si eso significaba que su ausencia sería larga o breve.

Lo cierto es que la noche estaba ya muy cerca.

Tras una pausa, sus ojos obsequiosos se volvieron hacia la puerta, y añadió:

—La tormenta lo traerá pronto.

—¿Va a haber tormenta? —pregunté.

—¡Claro que sí!

Y como confirmación de sus palabras oímos un ruido muy lejano, profundo y retumbante.

Consulté a la señorita Haldin con una mirada, y viéndola reacia a dejar su recado al tendero, le pedí a éste que en el caso de que el señor Razumov regresara en el plazo de media hora, le rogara que nos esperase en la tienda. Volveríamos enseguida.

El hombre por toda respuesta movió la cabeza imperceptiblemente. La señorita Haldin manifestó su aprobación con un silencio. Caminamos despacio calle abajo, alejándonos de la ciudad; sobre las tapias bajas de los jardines de las modestas viviendas, sentenciadas a ser demolidas, colgaban las ramas de los árboles y las masas del follaje, iluminadas desde abajo por las lámparas de gas. El ruido violento y monótono de las aguas gélidas del Arve en su caída sobre una presa nos llegó con una corriente de aire frío a través de un amplio espacio abierto, donde una doble hilera de farolas perfilaba una calle todavía sin casas. Pero en la orilla opuesta, una luz tenue y solitaria, coronada por la negrura atroz de una nube de tormenta, parecía vigilarnos con mirada cansada. Habíamos alcanzado el puente, y dije:

—Será mejor que regresemos...

El tendero de aspecto enfermizo estudiaba su periódico sucio, ahora ampliamente extendido sobre el mostrador. Nada más asomarme negó con la cabeza y apretó los labios. Volví junto a la señorita Haldin y nos alejamos a paso rápido. Ella dijo que enviaría a Anna con una nota a primera hora de la mañana. Respeté su silencio, pues callar era tal vez el mejor modo de mostrar mi preocupación.

La calle casi rural por la que regresábamos dio paso gradualmente a la habitual vía urbana, espaciosa y desierta. No nos cruzamos con más de cuatro personas en todo el recorrido, y el camino parecía interminable, pues la angustia natural de mi acompañante se me había contagiado por simpatía. Finalmente giramos en el Boulevard des Philosophes, más amplio, más vacío, más muerto: la viva imagen de la desolación, de la somnolienta respetabilidad. Al ver las dos ventanas iluminadas, bien llamativas en la distancia, imaginé a la señora Haldin en su sillón, soportando su espantosa y atormentada vigilia bajo el maleficio de un gobierno arbitrario: víctima de la tiranía y de la revolución, una visión que resultaba a un tiempo absurda y cruel.

III

—¿Le importaría pasar un momento? —me pidió Natalia Haldin.

Objeté, por lo avanzado de la hora.

—Ya sabe cuánto lo aprecia mi madre —insistió.

—Entraré sólo un segundo para ver cómo se encuentra.

—Ni siquiera sé si va a creer que no he podido encontrar al señor Razumov, ahora que se le ha metido en la cabeza que le oculto algo —dijo para sus adentros—: Usted podría convencerla de...

—Tal vez desconfíe también de mí —señalé.

—¿De usted? ¿Por qué? ¿Qué podría ocultarle usted? No es ruso, ni un conspirador.

Sentí hondamente mi distancia de europeo y no respondí, pero había decidido interpretar hasta el final mi papel de espectador impotente. El lejano redoble del trueno en el valle del Ródano se acercaba a la ciudad dormida de prosaicas virtudes y hospitalidad universal. Cruzamos la calle frente a la verja oscura y la señorita Haldin tocó el timbre de la casa. La puerta se abrió casi al instante, como si la anciana criada estuviera esperando nuestro regreso en el vestíbulo. Había en su fisonomía insulsa un aire de satisfacción. El caballero estaba allí, declaró mientras cerraba la puerta.

Ninguno de los dos la entendimos. La señorita Haldin se volvió bruscamente:

—¿Quién?

—Herr Razumov —explicó.

Había oído lo suficiente de nuestra conversación, antes de nuestra partida, para saber por qué salía la señorita. Por eso, cuando el caballero anunció su nombre en la puerta, le hizo pasar de inmediato.

—¡Quién iba a imaginarlo! —murmuró Natalia Haldin, fijando en mí sus graves ojos grises. Y, recordando la expresión que yo había visto en el rostro del joven apenas cuatro horas antes, en su aspecto de sonámbulo obsesionado, sentí una especie de sobrecogimiento.

—¿Le preguntó primero a mi madre? —interrogó la señorita Haldin a la criada.

—No. Anuncié directamente al caballero —respondió, sorprendida por nuestros rostros preocupados.

—Aun así —dije en voz baja—, su madre estaba preparada.

—Sí. Pero él no tiene la menor idea de...

Parecía dudar de la delicadeza de él. A la pregunta de cuánto tiempo llevaba el caballero con su madre, la criada nos informó de que el señor se encontraba en la sala de estar desde hacía menos de un cuarto de hora.

Esperó un momento y acto seguido se retiró, con aspecto asustado. La señorita Haldin me miró en silencio.

—Tal como han resultado las cosas —dije—, ya sabe usted con exactitud lo que el amigo de su hermano ha venido a decirle a su madre. Y seguramente después...

—Sí —dijo ella despacio—. Sólo pensaba que, puesto que yo no estaba aquí cuando llegó, tal vez sería mejor no interrumpirles ahora.

Guardamos silencio, y supongo que los dos aguzamos el oído, pero no nos llegaba ningún sonido a través de la puerta cerrada. El gesto de la señorita Haldin denotaba una dolorosa indecisión; hizo amago de entrar, pero se contuvo. Había oído pasos en la sala de estar. La puerta se abrió y Razumov salió al vestíbulo sin detenerse. La fatiga del día y la lucha consigo mismo le habían cambiado tanto que casi no reconocí el rostro que sólo unas horas antes, cuando se rozó conmigo en la puerta de la oficina de correos, ya me había impresionado, aunque de un modo muy distinto. No estaba entonces tan lívido, ni tenía los ojos tan apagados. Su expresión era de mayor cordura, pero los cubría un velo conscientemente maligno.

Digo esto porque, al principio, sus ojos se posaron en mí, aunque sin dar indicios de reconocer, ni siquiera de comprensión. Simplemente yo estaba en la línea de su visión. No sé si oyó el timbre o si esperaba encontrarse con alguien. Creo que se marchaba, y no me pareció que viera a la señorita Haldin hasta que ella avanzó uno o dos pasos en su dirección. Ignoró la mano que le tendía.

—Es usted, Natalia Victorovna... Tal vez le sorprenda... a estas horas. Como ve, me acordé de la conversación que tuvimos en el parque. Me pareció que deseaba de verdad que yo... viniera... sin pérdida de tiempo. Nada más. Sólo para contar...

Hablaba con dificultad. Recordé que le había dicho al tendero que salía porque «necesitaba aire». Si ése era su propósito, era evidente que había fracasado estrepitosamente. Con la mirada baja y la cabeza inclinada, hizo un esfuerzo por reanudar la frase interrumpida.

—Para contar lo que yo mismo no he sabido hasta hoy... hasta hoy...

A través de la puerta que no había cerrado, yo veía la sala de estar. Estaba iluminada sólo por una lámpara de mesa, porque los ojos de la señora Haldin no soportaban el gas ni la electricidad. La habitación era relativamente grande, y en contraste con el vestíbulo intensamente iluminado, buena parte del espacio se perdía en una penumbra traslúcida, apuntalada por densas sombras; fue en esa zona donde vi la silueta inmóvil de la señora Haldin, ligeramente inclinada hacia delante, con una mano pálida apoyada en el brazo del sillón.

No se movía. Aunque seguía junto a la ventana, ya no tenía esa actitud expectante. La persiana estaba cerrada y al otro lado no había nada más que cielo nocturno oculto por las nubes de tormenta, y la ciudad indiferente y hospitalaria en su tolerancia fría, casi despectiva, una respetable ciudad de refugio para la que todas estas tristezas y esperanzas nada significaban. Tenía agachada la cabeza blanca.

La idea de que el auténtico drama de la autocracia no se representa en el gran escenario de la política me vino a la cabeza cuando, condenado a ser un mero espectador, pude asomarme otra vez entre las bambalinas y vislumbrar algo más profundo que las palabras y los gestos de la representación pública. Tuve la certeza de que el corazón de aquella mujer se negaba a abandonar a su hijo. Era algo más que el duelo inconsolable de Raquel, algo más hondo, más inaccesible en su aterradora tranquilidad. Perdida en los difusos contornos del sillón de respaldo alto, su perfil inclinado y blanco sugería la contemplación de algún objeto en su regazo, como si allí reposara una cabeza amada.

Tuve esta visión hasta que la señorita Haldin, pasando por delante de Razumov, cerró la puerta. Lo hizo sin vacilación. Por un momento me pareció que iba a acercarse a su madre, pero se limitó a dirigirle una mirada ansiosa. Tal vez si la señora Haldin se hubiera movido... pero no. En la rigidez de su rostro sin vida se dibujaba la terrible lejanía del sufrimiento irremediable.

Entretanto, Razumov continuaba con la mirada fija en el suelo. La idea de repetir la historia que acababa de contar se le hacía insoportable. Llegó con la esperanza de encontrar a las dos mujeres juntas, y de que después todo habría terminado para siempre... para siempre. «Es una suerte que no crea en el otro mundo», había pensado cínicamente.

Solo en su habitación, tras echar al correo su carta secreta, recobró cierta compostura mientras escribía en su diario. Era consciente del peligro que entrañaba esta extraña autoindulgencia. Él mismo lo reseña, pero no podía evitarlo. Lo tranquilizaba... lo reconciliaba con su existencia. Se sentó a escribir a la luz de una vela solitaria, hasta que se le ocurrió que tras escuchar la explicación sobre la detención de Haldin, tal como se la había contado Sophia Antonovna, era su deber comunicársela personalmente a estas damas. No cabía duda de que la noticia les llegaría por otros canales, y su silencio extrañaría entonces no sólo a la madre y a la hermana de Haldin, sino también a otras personas. Una vez hubo llegado a esta conclusión, no sintió especial rechazo, y muy pronto la ansiedad por acabar con todo empezó a atormentarlo. Miró el reloj. No; no era demasiado tarde.

Los quince minutos que pasó con la señora Haldin fueron como la venganza de lo desconocido: la cara blanca, la voz débil y clara; la cabeza, al principio vuelta hacia él con avidez, luego, al cabo de un rato, otra vez inclinada y quieta... en la penumbra y la quietud de la sala donde sus palabras, que intentaba dominar, resonaban con fuerza, le habían alterado como un descubrimiento insólito. Le pareció detectar en el dolor de la madre una obstinación secreta, algo que Razumov no alcanzaba a comprender, algo que, en todo caso, no se esperaba. ¿Era hostilidad? Eso no importaba. Nada podía afectarle ya; a los ojos de los revolucionarios no había ninguna sombra en su pasado. Ciertamente había pisoteado el fantasma de Haldin, lo había dejado indefenso y pasivo sobre el pavimento cubierto de nieve. Y ahí estaba la madre consumida por la pena y blanca como un espectro. Le había inspirado una curiosa compasión, aunque eso, naturalmente, carecía de importancia. Las madres no importaban. No podía desprenderse de la dolorosa impresión que le había causado la mujer silenciosa y quieta, con sus cabellos blancos, pero algo parecido a la dureza se apoderaba sigilosamente de sus pensamientos. Ésas eran las consecuencias. Bueno, ¿y qué? «¿Me encuentro acaso yo en un lecho de rosas?», exclamó mentalmente, sentado a cierta distancia, con la mirada fija en aquella mujer que era la viva encarnación del dolor. Le había dicho todo cuanto tenía que decirle, y ella no había pronunciado una sola palabra. Mantuvo la cabeza apartada mientras él hablaba. El silencio que sucedió a las últimas palabras de Razumov se prolongó más de cinco minutos. ¿Qué significaba? Fue la naturaleza incomprensible de este silencio lo que le hizo tomar conciencia de la rabia transformada en dureza, la rabia contra Haldin despertada por la contemplación de la madre de Haldin. ¿Y no era algo semejante a la envidia lo que atenazaba su corazón, la constatación de un privilegio que sólo a él, de entre todos los hombres que alguna vez habían pasado por este mundo, se le había negado? Era el otro quien había alcanzado el descanso, y sin embargo seguía existiendo en el afecto y en el duelo de aquella mujer, en los pensamientos de toda esa gente que se hacía pasar por amantes de la humanidad. Era imposible librarse de Haldin. «Es a mí a quien he entregado a la destrucción», pensó Razumov. «Él me ha inducido a hacerlo. No puedo sacármelo de dentro».

Alarmado por esta constatación, se levantó y salió de la habitación silenciosa y oscura, con la mujer silenciosa en el sillón, ¡la madre! No quiso mirar atrás. Era una huida en toda regla. Pero al abrir la puerta vio cortada su retirada. Allí estaba la hermana. En ningún momento se había olvidado de ella, sólo que no esperaba verla en ese momento... acaso nunca más. Su presencia en el vestíbulo resultó tan imprevista como lo fue la aparición del hermano. Razumov se sobresaltó, como si hubiera caído en una inteligente trampa. Intentó sonreír, pero no pudo, y bajó la mirada. «¿Tendré que repetir otra vez esa ridícula historia?», se preguntó, y sintió que se desmoronaba. No había tomado nada sólido desde el día anterior, pero tampoco estaba en situación de analizar las causas de aquella debilidad. Se proponía coger su sombrero y salir con las menores palabras posibles, pero el rápido movimiento de la señorita Haldin para cerrar la puerta lo pilló desprevenido. Se volvió en la dirección en la que ella se había movido, aunque sin levantar la vista, pasivamente, como una pluma en el aire agitado. Al instante ella volvió a ocupar el mismo lugar que antes, y él acompañó su movimiento con otro giro.

—Sí, sí —se apresuró a decir la muchacha—. Le estoy muy agradecida, Kirylo Sidorovitch, por haber venido inmediatamente... Sólo me hubiera gustado... ¿Se lo ha contado mi madre?

—No sé que podría haberme contado ella que yo no supiera —dijo, obviamente para sí, aunque en un tono perfectamente audible—. Porque siempre lo supe —añadió en voz más alta, como desesperado.

Dejó caer la cabeza. Percibía con tanta fuerza la presencia de Natalia Haldin, que creyó que sería un alivio mirarla. Era ella quien ahora lo asediaba. Sentía esa persecución desde que la viera aparecer inesperadamente en el jardín del Château Borel, con una mano extendida y el nombre de su hermano en los labios... Había en el vestíbulo una hilera de colgadores en la pared más próxima a la puerta principal, y enfrente una mesita oscura y una silla. El papel pintado, con un dibujo muy tenue, era casi blanco. La luz de una bombilla eléctrica en el techo alto escrutaba con crudeza el espacio cuadrado en sus cuatro esquinas, sin sombras: un extraño escenario para un oscuro drama.

—¿A qué se refiere? —preguntó la señorita Haldin—. ¿Qué es lo que siempre ha sabido?

Razumov levantó la cabeza; estaba pálido e invadido por un sufrimiento silencioso. Sin embargo, aquella expresión en sus ojos, esa expresión apagada y de obstinación ausente que impresionaba y sorprendía a todo el que hablaba con él, empezó a diluirse. Pareció como si volviera en sí, como si su conciencia despertara al contemplar la maravillosa armonía de los rasgos, de las líneas, de las miradas, de la voz que hacían tan única a la muchacha que tenía delante, tan remota y tan por encima de la idea común de belleza. Se quedó mirándola tanto tiempo que se ruborizó ligeramente.

—¿Qué es lo que ya sabía? —repitió ella.

Esta vez Razumov logró sonreír.

—Lo cierto es que de no haber sido por un par de palabras de saludo, no sabría decir si su madre ha sido consciente de mi presencia. ¿Me comprende?

Natalia Haldin asintió; movió las manos muy levemente a un lado del cuerpo.

—Sí. ¿Verdad que es desgarrador? Y sin embargo aún no ha soltado una lágrima... ni una sola lágrima.

—¡Ni una lágrima! ¿Y usted, Natalia Victorovna? ¿Ha podido llorar?

—Sí. Además, soy lo suficientemente joven para creer en el futuro, Kirylo Sidorovitch. Pero cuando veo a mi madre tan ausente casi me olvido de todo. Me pregunto si debería sentirme orgullosa... o sólo resignada. Ha venido a vernos mucha gente. Todos eran completos desconocidos que escribían pidiendo permiso para pasar a presentarnos sus respetos. Era imposible cerrar la puerta para siempre. Ya sabe que incluso Peter Ivanovitch... Sí, hemos recibido muchas condolencias, pero algunas personas se regocijaban abiertamente por esta muerte. Después, cuando me quedaba sola con mi pobre madre, todo me parecía mal, como si no mereciera el precio que se ha pagado por ello. En cuanto supe que usted se encontraba aquí, en Ginebra, Kirylo Sidorovitch, sentí que era la única persona que podía ayudarme...

—¿Para reconfortar a una madre destrozada? ¡Sí! —exclamó de un modo que a ella le hizo agrandar sus ojos claros y confiados—. Pero es cuestión de idoneidad.

¿Se le ha ocurrido pensar en eso?

La voz entrecortada con que pronunció estas palabras contrastó con la monstruosa insinuación de burla de sus intenciones.

—¿Por qué? —susurró con sentimiento Natalia Haldin—. ¿Quién más indicado que usted?

Razumov sintió una sacudida de exasperación, aunque logró dominarse.

—¡Así, sin más! ¿Nada más saber que me encontraba en Ginebra, sin conocerme siquiera? Ésa es otra prueba de una confianza que...

Su tono cambió de improviso, volviéndose más incisivo y más frío.

—Los hombres son seres insignificantes, Natalia Victorovna. Carecen de intuición sobre el sentimiento. Para poder hablarle debidamente a una madre que ha perdido a su hijo es necesario tener alguna experiencia de la relación filial. Ése no es mi caso... si debe usted conocer toda la verdad. Sus esperanzas chocan aquí con «un corazón que no es templado por ningún afecto», como dice el poeta... Lo cual no significa que sea insensible —añadió, bajando el tono de voz.

—Yo estoy segura de que su corazón no es insensible —dijo con suavidad la señorita Haldin.

—No. No es duro como la piedra —continuó Razumov con voz introspectiva, como si su corazón descansara pesado como una roca en aquel pecho destemplado al que se había referido—. No, no es tan duro. Pero cómo demostrar que usted me concede el crédito de... ¡ay!, eso es otra cuestión. Nadie ha esperado nunca algo así de mí. Nadie ha necesitado jamás de mi ternura. Y ahora aparece usted. ¡Usted!

¡Ahora! No, Natalia Victorovna. Es demasiado tarde. Llega usted demasiado tarde.

No debe esperar nada de mí.

Razumov no se movió cuando ella se alejó un poco de él, como si hubiera detectado en su rostro algún cambio que cargaba sus palabras con la importancia de un sentimiento oculto y compartido por ambos. Para mí, el testigo mudo, eran dos personas que tomaban conciencia del hechizo que se había posado sobre ellos desde que se vieron por primera vez. Si alguno de los dos me hubiese mirado en ese momento, yo habría abierto la puerta tranquilamente y me habría marchado. Pero no me miraron, y me quedé allí, perdido por completo cualquier temor de indiscreción al percatarme de cuan lejos me hallaba de su cautiverio en el sombrío horizonte de los conflictos rusos, del alcance de su mirada, de sus sentimientos... de la prisión de sus almas.

Franca y valerosa, la señorita Haldin dominó su voz en mitad de sus tribulaciones.

—¿Qué puede significar eso? —preguntó, como si hablara para sí.

—Puede significar que usted se ha entregado a vanas fantasías mientras yo intentaba perder de vista la verdad de los hechos y las realidades de la vida... de nuestra vida rusa... tal como son.

—Son crueles —murmuró ella.

—Y feas. No lo olvide... y feas. Se mire a donde se mire. Cerca, aquí, fuera del país, o hacia casa, cuando regrese.

—Hay que mirar más allá del presente —replicó ella, con ardiente convicción.

—Los ciegos son quienes mejor pueden hacerlo. Han tenido la desgracia de nacer lúcidos. ¡Si supiera las cosas tan extrañas que he visto! ¡Las asombrosas e inesperadas apariciones...! Pero, ¿qué sentido tiene hablar de eso?

—Al contrario, yo quiero hablar de todo eso con usted —protestó, con sincera serenidad. El ánimo sombrío del amigo de su hermano no parecía afectarle, como si aquella amargura, aquella rabia contenida, fueran señal de una rectitud indignada.

Veía que Razumov no era un hombre corriente, y acaso tampoco deseaba ella que fuese distinto de como aparecía ante su ojos confiados—. Sí, con usted especialmente —insistió—. Con usted entre todos los rusos del mundo... —Una sonrisa débil se dibujó un momento en sus labios—. Soy como mi pobre madre en cierto sentido.

También yo parezco incapaz de dejar a nuestro querido difunto, que, no lo olvide, lo era todo para nosotras. No deseo abusar de su simpatía, pero debe comprender que es en usted donde puedo encontrar lo que queda de su alma generosa.

Yo observaba a Razumov; no movió un solo músculo facial. Pese a todo, por alguna razón, no me pareció que fuera insensible. Parecía sumido en absorta meditación. Un momento después hizo un leve movimiento.

—¿Se marcha, Kirylo Sidorovitch? —le preguntó ella.

—¡Yo! ¡Marcharme! ¿Adónde? Ah, sí, pero antes debo decirle... —Habló con voz amortiguada, obligándose a sacarla de dentro con visible repugnancia, como si hablar fuese algo desagradable o funesto—. Esa historia, sabe usted... la historia que oí esta tarde...

—Lo sé —dijo ella con tristeza.

—¡Lo sabe! ¿También le escriben a usted desde San Petersburgo?

—No. Me lo ha contado Sophia Antonovna. Acabo de verla. Le envía saludos. Se marcha mañana.

Razumov había bajado finalmente su mirada fascinada; también ella miraba al suelo, y de pie el uno frente al otro, en la brillante luz entre las cuatro paredes vacías, parecían arrastrados desde la confusa inmensidad de las fronteras orientales para ser cruelmente expuestos a la observación de mi mirada occidental. Y los observé. No podía hacer otra cosa. Los dos parecían haberse olvidado por completo de mi existencia, de manera que no me atrevía a moverme. Y me dije que sin duda debían encontrarse, la hermana y el amigo del hombre muerto. Las ideas, las esperanzas, las aspiraciones, la causa de la libertad se expresaban en su común afecto por Victor Haldin, víctima moral de la autocracia; todo ello debía atraerlos fatalmente al uno hacia el otro. La ignorancia de ella y la soledad de él, a la que había aludido de un modo tan extraño, necesariamente debían apuntar en esa dirección. Y lo cierto es que vi que esto ya había ocurrido. Sin duda. Era manifiesto que habían pensado el uno en el otro mucho antes de conocerse. Ella contaba con la carta del hermano querido para encender su imaginación con esa rigurosa alabanza ligada al nombre de él; y a él le bastaba con ver a aquella muchacha excepcional. El único motivo de sorpresa había sido la actitud negativa y distante de él ante la bienvenida cálida de ella. Pero él era joven y, aunque austero y entregado a sus ideales revolucionarios, no estaba ciego. El período de reserva había concluido; se estaba acercando, a su manera. No es posible que yo confundiera la trascendencia de esta última visita, pues no había ninguna urgencia en lo que tenía que decir. Comprendí cuál era su verdadera causa: él había descubierto que la necesitaba... y ella sentía lo mismo. Era la segunda vez que los veía juntos, y supe que la siguiente yo no estaría allí, ni recordado ni olvidado. Casi habría dejado de existir para aquellos dos jóvenes.

Me llevó apenas unos momentos este descubrimiento. Entretanto, Natalia Haldin le contaba brevemente a Razumov nuestra peregrinación de un extremo a otro de Ginebra. Levantó las manos por encima de la cabeza para desatarse el velo mientras hablaba, y este movimiento exhibió por un instante la gracia seductora de su figura juvenil, vestida con el más sencillo luto. Había un lustre muy atractivo en la sombra transparente que el ala del sombrero proyectaba sobre sus ojos grises. Su voz, con ese timbre exquisito aunque poco femenino, era firme, y hablaba deprisa, sincera, sin turbación. En el momento de justificar su acción por el estado anímico de su madre, un espasmo de dolor desbarató la generosa y confiada armonía de sus rasgos. Noté que él, con la mirada baja, tenía el aspecto de escuchar una melodía más que un discurso articulado. Y de la misma manera dio la impresión de seguir escuchando cuando ella hubo terminado, como hechizado por un sonido sugerente. Volvió en sí, murmurando:

—Sí, sí. No ha derramado una sola lágrima. Daba la impresión de que no oía lo que le estaba diciendo. Lo mismo podía haberle dicho cualquier otra cosa. Parecía como si ya no perteneciera a este mundo.

La señorita Haldin dio muestras de una honda aflicción. Se le quebró la voz.

—No se imagina lo terrible que ha llegado a ser. ¡Ahora espera «verlo»! —El velo cayó de sus dedos, y entrelazó las manos con angustia—. Verlo acabará con ella —exclamó.

Razumoz levantó la cabeza bruscamente para dirigirle una mirada larga y pensativa.

—Humm. Es muy posible —musitó, en un tono peculiar, como si manifestara su opinión sobre un hecho irrefutable—. Me pregunto si... —No quiso continuar.

—Eso será el final. Perderá primero la cabeza, y después el ánimo.

La señorita Haldin desanudó las manos y las dejó caer a ambos lados del cuerpo.

—¿Eso cree? —inquirió él, profundamente. Ella tenía los labios entreabiertos.

Había en la personalidad de aquel joven algo inesperado e insondable que la fascinó desde el primer momento—. ¡No! No hay ni verdad ni consuelo posible en los fantasmas de los muertos —añadió, tras una pesada pausa—. Yo podría haberle dicho algo veraz; por ejemplo, que su hermano tenía la intención de salvarse... de escapar.

De eso no cabe la menor duda. Pero no lo he hecho.

—¡No lo ha hecho! ¿Por qué?

—No lo sé. Me vinieron a la cabeza otros pensamientos —respondió. Tuve la impresión de que se observaba por dentro, como si intentara contar los latidos de su corazón, mientras sus ojos en ningún momento se apartaban de ella—. Usted no estaba —continuó—. Yo había tomado la decisión de no volver a verla nunca más.

Estas palabras parecieron dejarla sin aliento un instante.

—Usted... ¿Cómo es posible?

—Es natural que le sorprenda... Sin embargo, creo que si me he abstenido de decírselo a su madre ha sido por prudencia. Podría haberle asegurado que en su última conversación como hombre libre él las mencionó a las dos...

—La última conversación fue con usted —le interrumpió ella, con su voz profunda y conmovedora—. Algún día tiene usted que...

—Fue conmigo. De usted dijo que tenía una mirada confiada. Y no sé por qué no he sido capaz de olvidar esa frase. Quería decir que no había en usted malicia, ni engaño, ni falsedad, ni recelo, nada que pudiera hacerle concebir la existencia de una mentira viviente, hablante, en acción, si ésta llegara a cruzarse en su camino. Que está usted predestinada a ser una víctima... ¡Ja! ¡Qué sugerencia tan diabólica!

El tono convulso y descontrolado de estas últimas palabras reveló el precario dominio que tenía de sí mismo. Era como un hombre que desafía al vértigo subiendo a las alturas y tambaleándose al borde del precipicio. La señorita Haldin se llevó una mano al pecho y apretó con fuerza. El velo negro yacía en el suelo, entre los dos.

Aquel gesto de ella le hizo recomponerse. Miró intensamente la mano hasta que la vio descender despacio, y entonces volvió a mirarla a los ojos. Pero no le dio tiempo a que ella pudiera intervenir.

—¿No? ¿No lo comprende? Muy bien. —Había recuperado la calma merced a un milagro de la voluntad—. ¿Dice que ha hablado con Sophia Antonovna?

—Sí. Sophia Antonovna me dijo... —La señorita Haldin guardó silencio, y el asombro creció en sus ojos muy abiertos.

—Humm. Es una digna enemiga —murmuró él, como si estuviera a solas.

—Ella se refirió a usted en un tono extremadamente cordial —señaló Natalia Haldin, tras esperar unos segundos.

—¿Fue ésa su impresión? Es la más inteligente de todos... ¡Ah!, esos conspiradores —dijo despacio, con marcado desprecio—. ¡No tardarán en atraparla a usted! Sepa, Natalia Victorovna, que tropiezo con las mayores dificultades para liberarme de la superstición de una Providencia activa. Es irresistible... La alternativa, por supuesto, sería el diablo personal de nuestros ignorantes antepasados.

De ser cierto, se ha pasado completamente de la raya... el viejo Padre de las Mentiras... nuestro patrón nacional, nuestro dios doméstico, ése que nos acompaña cuando salimos al extranjero. Se ha pasado de la raya. Parece ser que no le basta conmigo... ¡Eso es! Debería haberme dado cuenta... Y lo cierto es que me di cuenta —añadió, en un tono de profunda desesperación que me dejó sencillamente atónito.

«Este hombre está trastornado», me dije muy asustado.

Al momento tuve una impresión muy especial que se sustraía al alcance de las definiciones comunes. Era como si se hubiera apuñalado a sí mismo y acudiera allí para mostrarlo; y más que eso... como si clavase el cuchillo en la herida para observar el efecto. Ésta fue mi impresión, expresada en términos físicos. Resultaba inevitable sentir cierta lástima de él. Pero quien de verdad me preocupaba era la señorita Haldin, cuyos afectos más profundos ya se habían visto tan duramente puestos a prueba. Su actitud, su rostro, expresaban una compasión que sin duda combatía contra el terror.

—¿Qué le ocurre, Kirylo Sidorovitch? —exclamó, con una nota de ternura. Él se limitó a mirarla con esa absoluta rendición de todas sus facultades que en un amante feliz se definiría como éxtasis.

—¿Por qué me mira de ese modo? He sido sincera con usted. Necesito ver con claridad en mi interior... —Se interrumpió un momento, como si le ofreciera la oportunidad de pronunciar al fin alguna palabra digna de la exaltada confianza que el amigo del hermano le inspiraba. El silencio de él fue impresionante, como la señal de una decisión trascendental.

Ella prosiguió, en tono suplicante:

—Lo he esperado con ansiedad. Y ahora que por fin ha tenido la bondad de venir, me alarma usted. Habla de una manera muy confusa. Es como si me ocultara algo.

—Dígame, Natalia Victorovna —se decidió a decir él con una voz extrañamente apagada—. ¿A quién vio en ese lugar?

Ella se mostró muy sorprendida, como defraudada en sus expectativas.

—¿Dónde? ¿En las habitaciones de Peter Ivanovitch? Estaba el señor Laspara, y otras tres personas.

—¡Ja! La vanguardia... La triste esperanza de la gran conspiración —dijo entre dientes—. Los portadores de la chispa que desencadenará una explosión concebida para transformar radicalmente las vidas de tantos millones de personas y convertir a Peter Ivanovitch en el jefe del Estado.

—Me está poniendo a prueba —dijo ella—. Nuestro querido difunto me dijo en cierta ocasión que recordara que los hombres siempre están al servicio de algo más grande que ellos mismos: de una idea.

—Nuestro querido difunto —repitió Razumov, despacio. El esfuerzo que tuvo que realizar para no parecer conmovido agotó por completo su espíritu. Se quedó frente a ella como si no le quedara apenas una gota de vida. Sus ojos, pese a que denotaban un gran sufrimiento físico, habían perdido todo su ardor—. ¡Ah!, su hermano... Aunque en sus labios, en su voz, suena... lo cierto es que todo en usted es divino... Ojalá tuviera yo la misma profundidad de pensamiento y de sentimiento.

—Pero ¿por qué, Kirylo Sidorovitch? —exclamó ella, alarmada por estas palabras procedentes de unos labios que parecían no tener vida.

—No tema. No pretendo traicionarla. El caso es que estuvo usted allí... Y ¿qué le dijo Sophia Antonovna?

—La verdad es que dijo muy poco. Sabía que usted me lo contaría todo. No tuvo tiempo más que para unas palabras. —Su voz cayó, y guardó silencio unos momentos —. Parece ser que ese hombre se quitó la vida —dijo con tristeza.

—Dígame, Natalia Victorovna —preguntó Razumov, tras una pausa—, ¿cree usted en el remordimiento?

—¡Qué pregunta!

—¿Qué puede usted saber de eso? —murmuró con aspereza—. Es impropio de personas como usted... Lo que intentaba preguntarle es si cree usted en la eficacia del remordimiento.

Ella vaciló, como si no hubiera comprendido, pero al momento se le iluminó la cara.

—Sí —dijo con firmeza.

—En ese caso está perdonado. Además, ese Ziemianitch era un bruto, un bruto y un borracho.

Natalia Haldin sintió un escalofrío.

—Pero un hombre del pueblo —continuó Razumov— a quien ellos, los revolucionarios, le contaron un cuento de esperanzas sublimes. Bueno, el pueblo merece ser perdonado... Y usted tampoco debe creer todo lo que proceda de esa fuente —añadió, con siniestra reticencia.

—Usted me oculta algo —exclamó ella.

—¿Cree usted, Natalia Victorovna, en el deber de la venganza?

—Escuche, Kirylo Sidorovitch. Creo que el futuro tendrá clemencia con todos nosotros. Revolucionarios y reaccionarios, víctimas y verdugos, traidores y traicionados, todos serán compadecidos por igual cuando la luz estalle al fin en las tinieblas de nuestro cielo. Compadecidos y olvidados, pues sin eso no puede haber ni unión ni amor.

—La escucho. Entonces, ¿no existe la venganza para usted? ¿Nunca? ¿Ni siquiera un poco? —sonrió amargamente con los labios sin color—. Usted misma es el espíritu de ese futuro clemente. Es curioso que eso no lo vuelva más fácil... ¡No!, pero supongamos que el verdadero delator de su hermano —Ziemianitch también tuvo su parte en ello, aunque una parte insignificante y completamente involuntaria —, supongamos que fuera un joven, educado, un trabajador intelectual, serio, un hombre en el que su hermano tal vez hubiera confiado a la ligera y...

supongámoslo... Hay una buena historia ahí.

—¡Y usted la conoce! Pero, entonces, ¿por qué...?

—La conozco. Habla de una escalera, incluso de fantasmas, pero eso no importa cuando un hombre sirve siempre a una causa mayor que él mismo: a una idea. ¿Quién es la víctima principal en esa historia?

—¡En esa historia! —repitió la señorita Haldin. Pareció transformarse en piedra.

—¿Sabe por qué he venido a usted? Sencillamente porque en todo el ancho mundo no podía acudir a nadie más. ¿Comprende lo que digo? No tenía a quién acudir. ¿Se imagina la desolación de saber... que no hay... nadie... a quien... acudir?

Profundamente engañada por una entusiasmada interpretación de dos líneas en la carta de un visionario, y bajo el maleficio de su propio temor a una vida de soledad en aquel mundo ensombrecido por una lucha feroz, Natalia Haldin fue incapaz de detectar la verdad que combatía en los labios de Razumov. Sí fue consciente de su hondo sufrimiento. Estaba a punto de tenderle una mano, impulsivamente, cuando él dijo:

—Sólo una hora después de conocerla, supe cómo sería todo. Los terrores del remordimiento, la venganza, la confesión, la rabia, el odio, el miedo, no son nada frente a la atroz tentación que puso usted en mi camino el día en que apareció delante de mí con su voz, con su rostro, en el jardín de esa villa maldita.

Ella lo miró profundamente desconcertada por un instante; luego, con una especie de desesperada lucidez, fue directa al grano.

—¡La historia, Kirylo Sidorovitch, la historia!

—¡No hay nada más que decir! —Razumov dio un paso al frente, y entonces ella le puso una mano en el hombro para hacerle retroceder, pero le fallaron las fuerzas y él no se movió del sitio, a pesar de que le temblaban las piernas—. Termina aquí...

exactamente aquí. —Se apretó el pecho con un dedo acusador y se quedó completamente inmóvil.

Corrí para alcanzar la silla, justo a tiempo de sostener a la señorita Haldin y ayudarla a sentarse. Se desplomó en el asiento, ladeó el cuerpo, apoyada en mi brazo, y nos dio la espalda a los dos, encorvada. Razumov la miraba con una tranquilidad pasmosa, sin ninguna expresión. La incredulidad, en pugna con el asombro, la ira y el asco, me privaron temporalmente de la facultad del habla. Después me volví hacia él, susurrando, de pura rabia:

—Esto es monstruoso. ¿A qué está esperando? No vuelva a ponerse nunca más delante de ella. ¡Fuera! —No se movió—. ¿Es que no entiende que su presencia es intolerable... incluso para mí? Si tiene usted un mínimo de decencia...

Sus ojos tristes se volvieron entonces hacia mí.

—¿Cómo ha llegado aquí este hombre? —murmuró, atónito.

La señorita Haldin saltó de pronto de la silla, dio unos pasos y se tambaleó.

Olvidando mi indignación, y hasta la presencia de Razumov, corrí en su ayuda. La tomé del brazo, y me dejó que la condujera a la sala de estar. Lejos de la lámpara, en la penumbra más oscura de su lejano rincón, el perfil de la señora Haldin, sus manos, todo su cuerpo, tenían la quietud de un cuadro oscuro. Natalia Haldin se detuvo y abrumada de dolor señaló a la trágica inmovilidad de su madre, que parecía contemplar una cabeza amada en su regazo.

Había en su actitud una inigualable fuerza expresiva; tan profundo era su dolor humano, que a uno se le hacía imposible creer que su causa fuera simplemente la obra despiadada de las instituciones políticas. Tras ayudar a la señorita Haldin a sentarse en el sofá, me volví con intención de cerrar la puerta. Enmarcado en el hueco, bajo la escrutadora claridad del vestíbulo, vi a Razumov, que seguía de pie delante de la silla vacía, como clavado para siempre al lugar de su atroz confesión.

Me asombró que la misteriosa fuerza que había arrancado de dentro no hubiese destruido su vida y hecho añicos su cuerpo. Había salido indemne. Observé la línea amplia de sus hombros, el pelo oscuro, la sorprendente inmovilidad de sus miembros.

A sus pies, el velo caído de la señorita Haldin cobraba una negrura intensa con la blanca crudeza de la luz. Razumov lo miraba como hechizado. De repente, agachándose con increíble y violenta rapidez, lo recogió y se lo apretó en la cara con ambas manos. Algo, puede que una perplejidad extrema, me nubló los ojos, como si su presencia se esfumara de mi vista antes de realizar ningún movimiento.

El portazo en la entrada me devolvió la visión, y seguí contemplando la silla vacía en el vestíbulo vacío. El significado de lo que acababa de presenciar alcanzó mi cerebro con una sacudida que me dejó atónito.

—¡Ese miserable se ha llevado su velo! —grité, con la voz asustada y reducida de quien descubre algo terrible—. Se...

No llegué a pronunciar el resto. Retrocedí y miré a mi amiga con mudo horror.

Sus manos yacían sin vida sobre el regazo, con las palmas vueltas hacia arriba.

Levantó la mirada despacio. Las sombras parecían ir y venir por sus ojos, como si la firme llama de su alma finalmente vacilara, empujada por las corrientes de aire envenenado que llegaban desde la inmensidad oscura y corrupta que la reclamaba, en donde incluso las virtudes degeneran en delitos a causa del cinismo que provocan la opresión y la revuelta.

—Es imposible sufrir más... —El lánguido suspiro de su voz me causó consternación—. Es imposible... Siento que se me hiela el corazón.

IV

Razumov volvió directamente a casa por la calle húmeda y resplandeciente. Le sorprendió un fuerte aguacero; los relámpagos lejanos jugaban débilmente con las fachadas de las casas mudas en la Rue de Carouge, donde todos los comercios permanecían cerrados; y de cuando en cuando, tras el tenue resplandor, se oía un estruendo somnoliento y apagado, aunque las principales fuerzas de la tormenta se concentraban en el valle del Ródano, como si despreciaran atacar la respetable y desapasionada morada de la libertad democrática, la seria ciudad de hoteles deprimentes que, con la misma indiferencia, ofrecía su hospitalidad a turistas de todos los países y a conspiradores internacionales de todos los colores.

El tendero se disponía a cerrar cuando Razumov entró y, sin decir palabra, alargó la mano, pidiendo la llave de su habitación. Mientras la alcanzaba de un estante, el hombre estuvo a punto de gastarle una broma por salir a tomar el aire bajo la tormenta, pero, viendo la expresión de su inquilino, se limitó a señalar, por decir algo:

—Se ha mojado mucho.

—Sí, me he lavado a conciencia —murmuró Razumov, que chorreaba de la cabeza a los pies, y pasó por la puerta interior hacia la escalera que subía hasta su cuarto.

No se cambió de ropa pero, tras encender la vela, se quitó el reloj y la cadena, los dejó sobre la mesa y se sentó a escribir. El cuaderno de su comprometedora crónica lo guardaba en un cajón que abrió con violencia, sin molestarse siquiera en volver a cerrarlo.

En la peculiar pedantería de un hombre que ha leído, pensado y vivido con una pluma en la mano, reside el intento sincero de lidiar por estos mismos medios con un conocimiento más profundo. Tras algunos pasajes que han servido para la construcción de este relato, o que nada nuevo añaden al aspecto psicológico de su desenlace (en esta última entrada vuelve a aludirse una vez más a la medalla de plata), sigue una página llena de incoherencias, donde la expresión se ve frustrada por la revelación y el misterio de ese plano de nuestra vida emocional que, en virtud de su existencia solitaria, había sido para Razumov completamente desconocido hasta ese momento. Sólo entonces comienza a dirigirse al lector que tiene en mente, en un intento de expresar, con frases entrecortadas, cargadas de asombro y de admiración, el poder soberano (en palabras textuales) que ella ejercía sobre su imaginación, donde yacía la semilla aletargada de las palabras de su hermano.

«... Los ojos más confiados del mundo... dijo de ti tu hermano cuando ya era un hombre muerto. Y cuando te tuve delante, con la mano tendida, recordé con nitidez el sonido de su voz, te miré a los ojos... y con eso bastó. Supe que algo había ocurrido, aunque entonces no entendí de qué se trataba... Pero no te engañes, Natalia Victorovna. Creo que en mi pecho no había hacia vosotros más que un pozo insaciable de ira y de odio. Recordé que él esperaba perpetuar en ti su alma visionaria. Él, ese hombre que me había robado mi existencia de esfuerzo y objetivos.

También a mí me guiaba una idea; y recuerda que, entre nosotros, es más difícil llevar una vida de esfuerzo y sacrificio que salir a la calle y matar por convicción. Basta de eso. Con odio o sin odio, supe desde el primer momento, por más que intentara eludirte, que jamás lograría apartar tu imagen de mí. Casi diría, dirigiéndome al hombre muerto: “¿Es así como piensas acecharme?”. No logré comprenderlo hasta más tarde... hasta hoy, hasta hace sólo unas horas. ¿Cómo iba a saber qué era lo que me estaba haciendo pedazos y arrancando para siempre el secreto de mis labios? Tú eras la elegida para enmendar el mal, obligándome a confesar, a regresar a la verdad y a la paz. ¡Tú! Y lo has hecho de la misma manera que él escogió para arruinarme:

imponiéndome tu confianza. La diferencia es que mientras que a él lo detesté por hacerlo, en ti terminó por parecerme noble y elevado. Pero repito, no te engañes. Yo cedí ante la maldad. Disfruté cuando induje a ese idiota inocente a robar el dinero de su padre. Era un memo, pero no un ladrón. Yo lo convertí en eso. Era necesario. Tenía que afirmarme en mi odio y en mi desprecio por lo que estaba traicionando. He sufrido por culpa de tantas víboras en mi corazón como cualquiera de esos socialdemócratas: vanidad, ambiciones, celos, deseos vergonzosos, las malsanas pasiones de la envidia y la venganza. Me vi privado de mi seguridad, de mis años de esfuerzo y de mis mejores esperanzas. Escucha... ahora llega la verdadera confesión.

Lo otro no era nada. Para salvarme, tus ojos confiados debían atraer mi pensamiento hasta el límite de la más negra traición. Los veía mirarme constantemente con la confianza de tu corazón puro, nunca rozado por la maldad. Victor Haldin me había robado la verdad de mi vida, a mí que no tenía nada más en el mundo, y se jactaba de seguir viviendo a través de ti en esta tierra donde yo carecía de un lugar donde reposar la cabeza. “Ella se casará algún día”, dijo. Y que tus ojos eran confiados. ¿Y sabes lo que pensé entonces? Le robaré el alma a su hermana. Cuando nos vimos por primera vez en el jardín y me hablaste con confianza, guiada por la generosidad de tu espíritu, yo pensaba: “¡Sí, él mismo me la ha entregado al hablarme de sus ojos confiados!”. Si hubieras podido ver dentro de mi corazón, habrías gritado de asco y de terror.

»Acaso nadie crea posible la vileza de mis intenciones. Lo cierto es que esa mañana, cuando nos despedimos, yo me regodeé. Cavilé cuál sería el mejor modo. El hombre a quien me presentaste insistió en pasear conmigo. No sé quién es. Me habló de ti, de tu soledad, de tu indefensión, y cada una de las palabras de tu amigo me incitaba al imperdonable pecado de robar un alma. ¿Sería acaso el diablo disfrazado de caballero inglés? ¡Yo estaba poseído, Natalia Victorovna! Volvía a mirarte día tras día, y bebía en tu presencia el veneno de mi infame propósito. Pero preví complicaciones. Hasta que Sophia Antonovna, en quien yo no pensaba —me había olvidado de su existencia— apareció de pronto con ese cuento que le había llegado desde San Petersburgo... Era justo lo que necesitaba para estar a salvo... para ser un revolucionario de confianza.

»Fue como si Ziemianitch se hubiese ahorcado para ayudarme a cometer más delitos. La fuerza de la falsedad se me antojó irresistible. Esa gente parecía condenada por su locura y por su ilusión... eran todos esclavos de las mentiras. Y abracé el poder de la falsedad, Natalia Victorovna; me deleité en él... me entregué a él por completo temporalmente. ¡Quién habría podido resistirse! Tú eras la recompensa. Me sentaba a solas en mi cuarto y planificaba una vida que ahora me hace estremecerme sólo de pensarlo, como un creyente que ha sido tentado por un sacrilegio atroz. Rumiaba sus imágenes con ardor. Pero esa vida parecía no contener ni una gota de aire. Además, tenía miedo de tu madre. A la mía no llegué a conocerla.

Jamás he conocido ninguna clase de amor. Hay en la propia palabra algo que... De ti no tuve miedo; perdóname por decirte esto. No, de ti no. Tú eras la verdad personificada. No podías sospechar de mí. Y en lo que respecta a tu madre, tú misma temías ya que el dolor la hubiera trastornado. ¿Quién podría creer nada en mi contra?

¿No se había ahorcado Ziemianitch, llevado por el remordimiento? Y me dije:

“Hagamos la prueba y acabemos con ello de una vez por todas”. Cuando entré en tu casa, estaba temblando; pero tu madre apenas prestaba atención a lo que le decía, y enseguida pareció olvidarse hasta de mi existencia. Me quedé sentado, observándola.

Ya no había nada entre tú y yo. Tú estabas indefensa... y pronto, muy pronto, estarías sola... Pensé en ti. Indefensa. Llevabas días hablando conmigo, abriéndome tu corazón. Recordé la sombra de tus pestañas sobre tus ojos grises y confiados. ¡Y tu frente pura! Ahora está baja, como la frente de las estatuas: serena y sin mancha. Era como si de tu frente pura emanase una luz que me iluminaba, que buscaba mi corazón y me salvaba de la ignominia, de la perdición definitiva. Y también te salvaba a ti.

Perdona mi presunción. Pero había algo en tus miradas que parecía decirme que tú...

¡Tu luz! ¡Tu verdad! Sentí que debía decirte que había terminado por amarte. Y para decirte eso, primero tenía que confesar. Confesar, salir... y perecer.

»¡De pronto, ahí estabas! Tú, ante quien yo debía confesarme, sola en el mundo.

Me fascinaste, me has liberado de la ceguera del odio y de la ira, y la verdad que brillaba en ti hizo aflorar la verdad en mí. Ahora ya está hecho y, mientras escribo, estoy sumido en una angustia profunda, pero al fin tengo aire para respirar... ¡aire!

En algún momento ese inglés salió de la nada mientras hablaba contigo y desató su furia sobre mí, como un diablo decepcionado. Estoy sufriendo terriblemente, pero no me siento desesperado. Ya sólo me queda una cosa por hacer. Después —si me lo permiten— me marcharé y me enterraré en mi sufrimiento en algún lugar recóndito.

Entregando a Victor Haldin, es a mí mismo a quien he traicionado de la manera más vil. Debes creer lo que te digo, no puedes negarte a reconocerlo. La más vil. Gracias a ti he llegado a sentirlo profundamente. A fin de cuentas, son ellos y no yo quienes tienen el derecho de su lado: suya es la fuerza de los poderes invisibles. Así es. Pero no te engañes, Natalia Victorovna, no me he convertido. ¿Será que tengo alma de esclavo? ¡No! Soy independiente, y por eso mi destino es la perdición».

Con estas palabras dejó de escribir, cerró el cuaderno, y lo envolvió con el velo negro que se había llevado. Revolvió después en los cajones en busca de papel y cuerda, hizo un paquete que dirigió a la señorita Haldin, Boulevard des Philosophes, y arrojó la pluma lejos de sí, a un rincón del cuarto.

Hecho esto, se sentó con el reloj delante. Podía haber salido en ese momento, pero aún no había llegado la hora. La hora sería la medianoche. No había razón para esa elección, salvo que su conducta presente se sincronizaba con los sucesos y las palabras de cierta noche de su pasado. A esta misma causa atribuía el repentino poder que Natalia Haldin había alcanzado sobre él. «Nadie pasa impunemente por encima del pecho de un fantasma», se oyó murmurar. «Es así como él me salva. Precisamente él, el hombre traicionado», pensó de pronto. La nítida imagen de la señorita Haldin parecía acompañarlo, lo observaba sin tregua. Su presencia no resultaba inquietante.

Razumov había terminado con la vida, y sus pensamientos, aun con ella delante, se esforzaban por hacer un análisis imparcial. Su desprecio se extendía ahora también a su propia persona. «No tuve ni la sencillez, ni el valor, ni la serenidad para ser un canalla ni un hombre excepcionalmente capaz. Porque en Rusia ¿quién puede distinguir a un canalla de un hombre excepcionalmente capaz...?».

Era una marioneta de su pasado, pues en el preciso instante en que daba la medianoche saltó de la silla y salió corriendo escaleras abajo, como seguro de que, merced a la fuerza del destino, la puerta se abriría a su paso ante la necesidad absoluta de su misión. Y lo cierto es que, justo cuando llegaba al pie de la escalera, dos hombres y una mujer que volvían tarde a casa, abrieron el portal para él. Se deslizó entre ellos y salió a la calle, barrida por fuertes rachas de viento. Los vecinos, como es natural, se mostraron muy sorprendidos. El destello de un relámpago les permitió ver al hombre que se alejaba apresuradamente. Uno de los hombres gritó e hizo amago de salir tras él, pero la mujer lo había reconocido. «No pasa nada. Es el joven ruso del tercero». La oscuridad regresó con el restallido de un trueno, como un arma disparada desde la prisión de las mentiras para dar la alarma de su fuga.

En algún momento debió de oír y entonces recordó inconscientemente que esa noche los revolucionarios se reunirían en casa de Julius Laspara. En todo caso, era allí adonde se dirigía, y sin sorprenderse se vio llamando al timbre en la calle, pues esta vez la puerta estaba cerrada. Para entonces la tormenta había arreciado. El agua corría en pendiente por la calle y un fuerte aguacero lo envolvía todo como un velo luminoso recorrido por el relámpago. Estaba muy tranquilo y, entre estrépito y estrépito, escuchó atentamente el delicado tintineo del timbre en algún lugar de la vivienda.

Tuvo problemas para ser admitido. El invitado que se había ofrecido a bajar para ver quién llamaba no lo conocía. Razumov discutió con él pacientemente. No había ningún mal en dejarle pasar. Tenía algo que comunicar a la reunión.

—¿Algo importante?

—Eso habrán de juzgarlo ellos.

—¿Urgente?

—Sin pérdida de tiempo.

Entretanto, una de las hijas de Laspara bajó las escaleras con una lámpara en la mano y un vestido sucio y arrugado que parecía colgar milagrosamente sobre su cuerpo, más semejante que nunca a una muñeca vieja con una peluca polvorienta y marrón sacada de debajo de un sofá. Reconoció al instante a Razumov.

—¿Cómo está? Por supuesto que puede pasar.

Siguiendo la luz de la lámpara, Razumov subió dos tramos de escaleras desde la oscuridad de la entrada. La joven dejó la lámpara en un colgador del rellano, abrió la puerta y entró en compañía del escéptico invitado. Razumov los siguió. Cerró la puerta a sus espaldas y, haciéndose a un lado, se apoyó en la pared.

Las tres pequeñas habitaciones comunicadas entre sí, de techos bajos y renegridos, iluminadas por lámparas de parafina, estaban abarrotadas. En todas ellas resonaban las voces y por todas partes, hasta en el suelo, había vasos de té, llenos, mediados y vacíos. La otra de las hijas de Laspara permanecía sentada, despeinada y lánguida, detrás de un enorme samovar. Razumov vislumbró en el pasillo la familiar protuberancia de una enorme barriga. A unos pasos de la panza, Julius Laspara se apresuraba a descender de su taburete alto.

La aparición a medianoche del visitante causó no poca sensación. Laspara se muestra muy conciso en su versión de los acontecimientos de esa noche. Tras unas palabras de bienvenida, de las que Razumov hizo caso omiso, Laspara (ignorando intencionadamente la empapada condición de su compañero y su inesperada manera de presentarse) mencionó algo sobre un artículo. Empezaba a mostrarse molesto y Razumov parecía distraído.

—Ya he escrito todo lo que escribiré en mi vida —dijo al fin, con una risotada.

Todos los presentes fijaron su atención en el recién llegado, que estaba chorreando, mortalmente pálido, y seguía apoyado en la pared. Razumov apartó suavemente a Laspara, como si quisiera ser visto por todos de la cabeza a los pies.

Para entonces, el murmullo de la conversación se había apagado por completo, incluso en la más alejada de las tres habitaciones. El pasillo que Razumov tenía delante lo bloqueaban hombres y mujeres que alargaban el cuello y parecían ciertamente seguros de que algo extraordinario estaba a punto de ocurrir.

Una voz insolente y chillona se elevó desde aquel grupo.

—Conozco a este individuo ridículo y engreído.

—¿Qué individuo? —inquirió Razumov, alzando la cabeza inclinada y recorriendo con la mirada todos los ojos clavados en él.

Un profundo silencio de asombro se prolongó por espacio de unos momentos.

—Si se refiere a mí...

Calló, pensando en la manera de formular su confesión, y al punto la había encontrado, inevitablemente sugerida por aquella aciaga noche de su vida.

—Estoy aquí —empezó a decir con voz clara— para hablar de un individuo llamado Ziemianitch. Sophia Antonovna me comunicó su intención de hacer pública cierta carta recibida desde San Petersburgo...

—Sophia Antonovna nos dejó a primera hora de la noche —dijo Laspara—. Lo que dice es cierto. Todos los que estamos aquí sabemos...

—Muy bien —interrumpió Razumov, con una nota de impaciencia, pues el corazón le latía con fuerza. Dominando después el tono de voz, hasta dotar incluso de un toque de ironía a su articulación convincente y clara, dijo:

—En justicia a ese individuo, a ese campesino maltratado, declaro solemnemente que en esa carta se calumnia a un hombre del pueblo, a una luminosa alma rusa.

Ziemianitch no tuvo nada que ver en la detención de Victor Haldin.

Razumov enfatizó marcadamente el nombre y esperó luego hasta que se hubo apagado el leve murmullo de consternación con que fue recibido.

—Victor Victorovitch Haldin —continuó—, sin duda animado por una noble imprudencia, se refugió en las habitaciones de cierto estudiante, de cuyas opiniones no sabía más de lo que sus propias ilusiones sugerían en su generoso corazón. Fue un imprudente alarde de confianza. Pero no estoy aquí para juzgar los actos de Victor Haldin. Estoy aquí para transmitirles los sentimientos de ese estudiante, sacado de su oscura soledad y amenazado por una complicidad impuesta. Estoy aquí para contarles lo que hizo. Es una historia bastante complicada. Finalmente, el estudiante acudió al general T... y dijo: «Tengo al hombre que asesinó a de P... encerrado en mi habitación. Se llama Victor Haldin y es un estudiante como yo».

Se alzó un fuerte murmullo, y Razumov levantó la voz.

—Es de destacar que el hombre en cuestión tiene las miras puestas en ciertos ideales honestos, pero no he venido aquí para justificarlo.

—No, pero tendrás que explicar cómo sabes todo eso —respondió alguien con gravedad.

—¡Un vil cobarde! —Se oyó gritar con indignación.

—¡Su nombre! —exigieron otras voces.

—¿A qué viene tanto clamor? —dijo Razumov con desdén en el profundo silencio que siguió a su gesto de levantar la mano—. ¿Es que no habéis comprendido que ese hombre soy yo?

Laspara se apartó bruscamente de su lado y se encaramó al taburete. Al ver la primera oleada que se le venía encima, Razumov creyó que iban a despedazarlo, pero la gente retrocedió sin tocarlo y todo quedó en un simple tumulto. Era increíble.

Sentía un terrible dolor de cabeza. En medio de la confusión de voces, se pronunció varias veces el nombre de Peter Ivanovitch, la palabra «juicio» y la frase «pero esto es una confesión», que alguien lanzó con un grito desesperado. Un muchacho, más joven que Razumov, se le acercó en mitad de la confusión.

—Debo rogarte —dijo con envenenada corrección— que tengas la bondad de no moverte de donde estás hasta que se te diga lo que debes hacer.

Razumov se encogió de hombros.

—He venido voluntariamente.

—Puede. Pero no te irás hasta que se te permita —replicó el otro.

Movió una mano al tiempo que gritaba:

—¡Louisa! ¡Louisa! Ven, por favor. —Y al momento, una de las hijas de Laspara (habían estado observando a Razumov desde detrás del samovar) se acercó arrastrando una andrajosa cola de sucios vuelos y una silla, que colocó delante de la puerta para sentarse con las piernas cruzadas. El joven le dio las gracias con efusividad y se acercó a un grupo que discutía acaloradamente en voz baja. Razumov se abstrajo por un momento.

Una voz estridente exclamó:

—¡Con confesión o sin ella, eres un espía de la policía!

El revolucionario Nikita se había plantado delante de Razumov y lo desafiaba con los pómulos grandes y lívidos, la panza descomunal, el cuello de toro y las manos enormes. Razumov miró al famoso asesino de gendarmes con silenciosa repugnancia.

—¿Y tú que eres? —le preguntó Razumov, en voz muy baja; después cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared.

—Será mejor que te vayas cuanto antes —oyó decir Razumov a una voz suave y triste; y abrió los ojos. Quien así le había hablado amablemente era un hombre mayor, con una abundante mata de pelo fino que dibujaba un halo plateado alrededor del rostro inteligente y afilado—. Peter Ivanovitch será informado de tu confesión... y te enviarán a...

Volviéndose entonces a Nikita, apodado Necator, que seguía en la misma posición, apeló con un murmullo:

—¿Qué otra cosa podemos hacer? Después de esta muestra de sinceridad no puede ser peligroso.

El otro musitó:

—Será mejor asegurarse de eso antes de dejarle marchar. Yo me encargo. Sé cómo tratar a estos caballeros.

Intercambió elocuentes miradas con otros dos o tres hombres, que asintieron con la cabeza, y volviéndose agresivamente a Razumov, le espetó:

—¿Has oído? No te queremos aquí. ¿Por qué no te largas?

La hija de Laspara, que montaba guardia delante de la puerta, se levantó y apartó la silla con frialdad. Dirigió una mirada somnolienta a Razumov, que se sorprendió, echó una última ojeada a la habitación y pasó despacio a su lado, como si una idea lo asaltara de pronto.

—Os ruego que tengáis en cuenta —dijo, ya en el rellano—, que me habría bastado con tener la boca cerrada. Hoy, por primera vez desde que me encuentro entre vosotros, me he sentido a salvo y hoy me he liberado de la mentira, del remordimiento, ajeno a cualquier ser humano de esta tierra.

Dio la espalda a la habitación y se dirigió a las escaleras, pero, al oír un violento portazo, se volvió a mirar por encima del hombro y vio que Nikita, junto a los otros tres, lo habían seguido. «Van a matarme, a pesar de todo», pensó.

Antes de que tuviera tiempo de volverse para hacerles frente como correspondía, se abalanzaron sobre él. Se vio lanzado de cabeza contra la pared y completó su pensamiento: «Aunque no sé cómo». Nikita soltó una carcajada estridente y gritó:

—Vamos a volverte inofensivo. Espera y verás.

Razumov no ofreció resistencia. Los tres hombres lo clavaron a la pared, mientras Nikita, en posición ligeramente lateral, movió con brío su enorme brazo. Razumov, que estaba desarmado, buscó una navaja en la mano del agresor, la vio acercarse y recibió una fuerte cuchillada en la cabeza, por encima de la oreja. Al mismo tiempo oyó un sonido débil y sordo, semejante a una detonación, como si alguien hubiera disparado una pistola desde el otro lado de la pared. Experimentó una violenta cólera ante este ultraje. Los que estaban en casa de Laspara, conteniendo la respiración, escuchaban la desesperada refriega de los cuatro hombres en el rellano: golpes sordos en las paredes, un terrible estrépito contra la puerta, y los cuatro cayeron al suelo con una violencia que pareció sacudir todo el edificio. Razumov, aturdido, sin aliento, aplastado bajo el peso de sus agresores, vio al monstruoso Nikita acuclillado cerca de su cabeza, mientras los otros tres lo sujetaban, arrodillados encima de su pecho, agarrándolo del cuello y tumbados sobre sus piernas.

—Volvedle la cara hacia el otro lado —ordenó el terrorista barrigudo, con un grito excitado y lleno de júbilo.

Razumov no podía seguir combatiendo. Estaba exhausto; tuvo que observar pasivamente la manaza abierta del animal, que descendía para asestarle otro golpe degradante sobre la oreja contraria. Fue como si la cabeza se le abriera en dos, y, al momento, los hombres que lo sujetaban se quedaron completamente inmóviles:

mudos como sombras. Lo levantaron brutalmente en silencio, lo bajaron con sigilo por las escaleras y, abriendo la puerta, lo arrojaron a la calle.

Dio de bruces contra el suelo y cayó rodando por la breve pendiente, indefenso, en medio del torrente de agua. Quedó tendido en la calzada al pie de la calle, de espaldas, mientras el fuerte fogonazo de un relámpago le estallaba en la cara: un fogonazo nítido y silencioso que lo cegó profundamente. Se incorporó y se cubrió los ojos con los brazos para recuperar la visión. No le llegaba ningún sonido desde ninguna parte y echó a andar, tambaleándose, por una calle larga y desierta. Los rayos disparaban a su alrededor sus llamas silenciosas como flechas y el diluvio caía, corría, saltaba, empujaba... callado como el avance de la niebla. En esta quietud sobrenatural, sus pisadas caían sin ruido sobre los adoquines, al tiempo que un viento mudo lo arrastraba de un lado a otro, como un mortal perdido en un mundo fantasma devastado por una tormenta sorda. Dios sabe adónde lo llevaron esa noche sus pasos inaudibles, de acá para allá, y otra vez de vuelta, sin pausa ni descanso. De al menos uno de los lugares a los que lo condujeron tuvimos noticia después y, al amanecer, el conductor del primer tranvía con destino a la orilla sur tocó desesperadamente la campana al ver a un hombre desaliñado y empapado, que caminaba sin sombrero, vacilante y con la cabeza baja, hasta ponerse justo delante del vehículo y dejar que lo pasara por encima.

Cuando lo recogieron, con dos piernas rotas y un costado aplastado, Razumov no había perdido el conocimiento. Se sentía como si hubiera caído, haciéndose añicos, en un mundo de mudos. Hombres silenciosos, que se movían sin hacer el menor ruido, lo levantaron, lo tumbaron en la acera, gesticulando y haciendo muecas a su alrededor, alarmados, horrorizados y compadecidos. Una cara colorada y con grandes bigotes se inclinó sobre él, despegó los labios y movió los ojos. Razumov se esforzó por comprender el significado de esta muda exhibición. Los rasgos del joven desconocido, gravemente herido, parecían serenos y reflexivos a quienes lo rodeaban.

Poco después sus ojos los miraron con miedo y se cerraron despacio. Todos lo contemplaban. Razumov hizo un esfuerzo para recordar unas palabras en francés.

—Je suis sourd —tuvo tiempo de decir débilmente, antes de desmayarse.

—Es sordo —exclamaron los viandantes—. Por eso no oyó el tranvía.

Lo trasladaron en el mismo vehículo. Antes de que arrancara, una mujer con un deslucido vestido negro, que había cruzado corriendo la verja de una finca privada, trepó a la plataforma trasera y no consintió en moverse de allí.

—Soy familiar —insistía en mal francés. Este joven es ruso y yo soy de su familia.

Con esta súplica le permitieron acompañarlo. Se sentó tranquilamente y reposó en su regazo la cabeza de Razumov; sus ojos, temerosos y apagados, evitaban mirar el rostro cadavérico. En la esquina de una calle, al otro extremo de la ciudad, una camilla salió al encuentro del tranvía. La mujer llegó hasta la puerta del hospital, donde le permitieron entrar y ver cómo lo acostaban en una cama. La inesperada pariente de Razumov en ningún momento derramó una lágrima, pero a la policía le costó convencerla para que se marchara. El portero la vio pasear un buen rato por la acera de enfrente. De pronto, como si recordara algo, se fue corriendo.

La mujer que odiaba con ardor a todos los ministros de finanzas, la esclava de madame de S..., había decidido presentar su dimisión como dama de compañía a la Egeria de Peter Ivanovitch. Había encontrado un trabajo con el que de verdad se identificaba.

Pero horas antes, cuando la tormenta aún arrasaba la ciudad, algo sensacional había ocurrido en casa de Julius Laspara. El terrible Nikita levantó su voz estridente para anunciar con júbilo a toda la concurrencia:

—¡Razumov! ¡El señor Razumov! ¡El maravilloso Razumov! Nunca volverá a hacer de espía para nadie. No hablará, porque jamás volverá a oír nada en su vida...

¡nada! Le he reventado los tímpanos. Sí, podéis creerme. Conozco el truco. ¡Ja! ¡Ja!

¡Ja! Conozco el truco.

V

Habían transcurrido casi dos semanas desde el funeral de su madre cuando vi por última vez a Natalia Haldin. En aquellos días tristes y silenciosos, las puertas del apartamento del Boulevard des Philosphes estuvieron cerradas para todos menos para mí. Creo que mi presencia resultaba de alguna utilidad, siquiera en esto, pues era el único que estaba al corriente de la parte más increíble de la situación. La señorita Haldin se ocupó enteramente de su madre hasta el último momento. Si la visita de Razumov había tenido alguna relación con el desenlace de la señora Haldin (no puedo dejar de pensar que lo precipitó considerablemente), fue porque el hombre en el que el malhadado Victor Haldin tuvo el impulso de confiar no logró ganarse la confianza de la madre. Qué le contó exactamente no podemos saberlo —en todo caso, yo no lo sé—, pero tengo para mí que ella murió como consecuencia de la impresión de un desengaño definitivo sufrido en silencio. La señora Haldin no creyó a Razumov. Sospecho que la hija vivió las horas más duras de su vida junto a aquel lecho de muerte silencioso, y confieso que me enfureció que la madre, deshecha, abandonara este mundo con una obstinada y muda desconfianza hacia su hija.

Me alejé cuando todo hubo terminado. La señorita Haldin contaba entonces con la compañía de sus compatriotas. Fueron muchos los que acudieron al entierro. Yo también asistí, pero después me las arreglé para distanciarme de Natalia Haldin, hasta que recibí una breve nota que recompensaba mi abnegación. «Será como usted imaginaba. Vuelvo a Rusia inmediatamente. Está decidido. Venga a verme».

Era en verdad una recompensa a mi discreción. Acudí sin tardanza. El apartamento del Boulevard des Philosophes presentaba los terribles síntomas del abandono. Resultaba desolador, como si ya estuviera vacío.

De pie, intercambiamos una palabras sobre su salud y la mía, algún comentario acerca de la colonia rusa y, a continuación, instalándome en el sofá, Natalia Haldin empezó a hablar abiertamente de su trabajo futuro, de sus planes. Todo sería tal como yo lo deseaba. Y sería para siempre. Nunca volveríamos a vernos. ¡Nunca!

Acogí en mi pecho este éxito. Ella parecía haber madurado por sus experiencias tanto públicas como secretas. Cruzada de brazos, recorría la habitación de punta a punta, hablando despacio, sin arrugar la frente, con resuelto perfil. Me ofrecía una nueva visión de su persona, y me maravilló percibir algo grave y mesurado en su voz, en sus movimientos, en su actitud. Era la imagen perfecta de la independencia serena.

La fuerza de su carácter había aflorado a la superficie al agitarse las oscuras profundidades.

—Ahora podemos hablarlo —dijo, tras un silencio, deteniéndose delante de mí—.

¿Ha preguntado recientemente en el hospital?

—Sí, lo he hecho. —Y mientras ella me miraba con fijeza, añadí—: Los médicos dicen que vivirá. Pero tengo la impresión de que Tekla...

—Hace días que no veo a Tekla —se apresuró a explicarme la señorita Haldin—.

Como nunca me he ofrecido a acompañarla al hospital, cree que no tengo corazón.

Está decepcionada conmigo.

Y esbozó una leve sonrisa.

—Sí. Pasa con él todo el tiempo que le permiten —respondí—. Dice que no debe abandonarlo nunca... nunca, mientras viva. Necesitará a alguien: está inválido, además de completamente sordo.

—¿Sordo? No lo sabía —murmuró.

—Así es. Parece extraño. Tengo entendido que no había sufrido daños cerebrales aparentes. También dicen que no es probable que viva demasiado tiempo para que Tekla pueda ocuparse de él.

La señorita Haldin negó con la cabeza.

—Mientras haya caminantes que caigan en el camino, nuestra Tekla nunca estará ociosa. Es una buena samaritana; tiene una vocación inquebrantable. Los revolucionarios no la comprendían. ¡A quién se le ocurre utilizar a una mujer tan entregada como ella para llevar documentos en los bajos del vestido o copiarlos al dictado!

—No hay mucha perspicacia en el mundo.

Lamenté esta observación nada más la hube formulado. Natalia Haldin me miró a los ojos y asintió levemente con la cabeza. No parecía ofendida, pero dio media vuelta y reanudó su ir y venir por la habitación. Se le antojaba a mi mirada occidental que se alejaba de mí por momentos, que ya no podía alcanzarla, aunque no la viera empequeñecerse en la distancia. Guardé silencio, como si fuera inútil levantar la voz.

El sonido de la suya, tan cerca de mí, me sobresaltó un poco.

—Tekla vio cómo lo recogían después del accidente. La pobre mujer nunca me ha contado cómo ocurrió en realidad. Asegura que habían llegado al acuerdo, a una especie de pacto, de que en caso de urgente necesidad, de desgracia, de complicaciones o de dolor, él acudiría a ella.

—¿Y estaba allí? —pregunté—. Es una suerte para él que así fuera. Necesitará toda la devoción de la buena samaritana.

Lo cierto era que Tekla, que por alguna razón a las cinco de la madrugada estaba mirando por la ventana, vio a Razumov en los jardines del Château Borel, inmóvil, con la cabeza descubierta bajo la lluvia, a los pies de la terraza. Lo llamó a gritos por su nombre, para saber qué ocurría. Pero él en ningún momento levantó la cabeza.

Cuando se hubo vestido lo suficiente para bajar, el joven se había marchado. Ella fue tras él, salió corriendo a la carretera y se encontró directamente con el tranvía detenido y el pequeño grupo de personas que auxiliaban a Razumov. Esto me lo contó una tarde, cuando nos encontramos por casualidad en la puerta del hospital, y sin hacer ningún otro comentario. Pero no deseo pensar demasiado en el trasfondo de este episodio tan singular.

—Sí, Natalia Victorovna, él necesitará a alguien cuando salga del hospital con muletas y sordo. Sin embargo, no creo que cuando llegó corriendo a los jardines del Château Borel lo hiciera buscando la ayuda de esa buena mujer.

—No —dijo, parándose en seco delante de mí—, puede que no. —Se sentó y apoyó la cabeza en una mano con aire pensativo.

El silencio se prolongó varios minutos. En ese lapso de tiempo recordé la noche de la atroz confesión y el lamento de Natalia Haldin, a quien no parecía quedarle vida suficiente para pronunciar: «Es imposible sufrir más...». Este recuerdo me habría estremecido de no estar fascinado en la contemplación de su fuerza y su serenidad.

Natalia Haldin ya no existía, porque había dejado de pensar en sí misma por completo. Era una victoria formidable, una hazaña característicamente rusa de negación del propio ser.

Me hizo volver en mí al levantarse de improviso, como quien ha tomado una determinación. Se acercó hasta el escritorio, desprovisto ya de todos los objetos personales y de uso diario, convertido en poco más que un mueble muerto; sin embargo, al parecer aún contenía algo vivo, pues de un casillero sacó un paquete de papel plano que se disponía a entregarme.

—Es un libro —dijo con cierta brusquedad—. Lo recibí envuelto en mi velo. No le dije nada entonces, pero ahora he decidido dejarlo en sus manos. Tengo derecho, puesto que iba dirigido a mí. Es mío. Puede conservarlo o destruirlo cuando lo haya leído. Y mientras lo lea, recuerde, por favor, que yo estaba indefensa. Y que él...

—¡Indefensa! —repetí, sorprendido, mirándola con dureza.

—Encontrará esa palabra escrita en él —susurró—. ¡Y es verdad! Estaba indefensa, aunque es posible que usted ya lo hubiera advertido. —Se sonrojó y acto seguido cobró una palidez sepulcral—. En justicia a ese hombre, deseo recordarle que lo estaba. ¡Ya lo creo que sí!

Me levanté, ligeramente tembloroso.

—No creo que pueda olvidar nunca ninguna de sus palabras en esta despedida.

Su mano cayó en la mía.

—Cuesta creer que debamos decirnos adiós.

Me devolvió el apretón y nuestras manos se separaron.

—Sí. Me marcho mañana. Al fin se me han abierto los ojos y mis manos están ahora libres. Por lo demás... ¿quién de nosotros puede negarse a escuchar el grito sofocado de nuestro sufrimiento? Es posible que para el mundo no signifique nada.

—El mundo es más consciente de las voces discordantes —dije—. Así funciona el mundo.

—Sí. —Inclinó la cabeza para asentir, y vaciló un momento—. Le confieso que nunca dejaré de esperar el día en que toda la discordia quede silenciada. ¡Intente imaginar su amanecer! La tormenta de golpes y de imprecaciones ha cesado; todo está en calma; el nuevo sol se alza y los hombres cansados, reunidos al fin, comprenden que la lucha ha concluido, están entristecidos por su victoria, pues son muchas las ideas que han perecido para que una sola pueda triunfar, muchas las creencias que les han abandonado y privado de sostén. Se sienten solos en la tierra y se reúnen. ¡Sí, habrá muchas horas amargas! Pero la angustia de todos los corazones quedará finalmente extinguida por el amor.

Y con esta última palabra de su sabiduría, una palabra tan dulce, tan amarga, tan cruel en ocasiones, le dije adiós a Natalia Haldin. Es duro imaginar que nunca volveré a mirar en los ojos confiados de aquella muchacha, empeñada en la creencia invencible de que el amor y la concordia brotarían como una flor celestial del suelo de la tierra de los hombres, empapado de sangre, desgarrado por las batallas y regado con lágrimas.

DEBE SEÑALARSE QUE EN ESE MOMENTO nada sabía yo de la confesión de Razumov ante la asamblea de los revolucionarios. Natalia Haldin tal vez adivinara cuál era «esa cosa» que le quedaba por hacer, pero mi mirada occidental no fue capaz de verla.

Tekla, la antigua dama de compañía de madame de S..., mantenía sitiada la cama de Razumov en el hospital. Coincidimos un par de veces en la puerta, pero no se mostró comunicativa. Me dio noticias de Razumov de la manera más concisa posible.

Se recuperaba despacio, aunque quedaría tullido e inválido de por vida. No me acerqué personalmente a él; no volví a verlo tras la noche atroz en que fui testigo vigilante aunque ignorado de su escena con la señorita Haldin. A su debido tiempo salió del hospital y su «pariente» —eso me dijeron— se lo llevó a alguna parte.

Mi información se vio completada dos años más tarde. Lo cierto es que no busqué la ocasión; fue por puro accidente como coincidí con una revolucionaria muy reconocida, en casa de un distinguido caballero ruso de convicciones liberales que se había instalado en Ginebra por algún tiempo.

Era una celebridad muy distinta de Peter Ivanovitch: un hombre de pelo oscuro y ojos amables, de hombros fuertes, cortés, y con cierto aire silencioso y circunspecto.

Se acercó a mí en un momento en que no había nadie cerca, seguido de una mujer de pelo gris y actitud despierta que llevaba una blusa escarlata.

—Nuestra Sophia Antonovna desea conocerlo —me dijo con su voz cautelosa—.

Les dejo para que puedan charlar.

—Jamás le habría abordado de este modo —dijo al punto la mujer— si no se me hubiera encomendado un mensaje para usted.

El mensaje consistía en unas cordiales palabras de Natalia Haldin. Sophia Antonovna acababa de regresar de un viaje secreto a Rusia y había visto a la señorita Haldin. Vivía en una ciudad «del centro», donde repartía su compasión entre las cárceles abarrotadas y la desgarradora miseria de los hogares pobres. Sophia Antonovna me aseguró que no escatimaba esfuerzos.

—Tiene un alma fiel, un espíritu inquebrantable y un cuerpo infatigable — resumió la revolucionaria, con una nota de entusiasmo.

Una conversación que así se iniciaba no podía dejar de suscitar mi interés.

Fuimos a sentarnos a un rincón donde nadie pudiera interrumpirnos. En el curso de nuestra conversación sobre la señorita Haldin, Sophia Antonovna señaló de pronto:

—Supongo que se acordará usted de mí. Nos vimos una noche, cuando Natalia vino en busca de Peter Ivanovitch para averiguar la dirección de un tal Razumov, ese joven que...

—Lo recuerdo perfectamente —dije. Al saber que obraba en mi poder el diario del joven, que me había sido confiado por la señorita Haldin, Sophia Antonovna se mostró muy interesada. No ocultó su curiosidad por ver el documento.

Me ofrecí a mostrárselo y, de inmediato, aceptó pasar por mi casa al día siguiente.

Estuvo hojeando el libro con avidez por espacio de más de una hora y me lo devolvió con un débil suspiro. Durante su viaje a Rusia también había visto a Razumov. Vivía no «en el centro» sino «en el sur». Me describió una casita de madera de dos habitaciones, en los suburbios de una ciudad muy pequeña, oculta tras la tapia de un patio asolado por las zarzas. Estaba inválido, enfermo, se debilitaba por momentos, y Tekla la samaritana lo cuidaba sin desmayo, por la pura dicha de la entrega desinteresada. No había posibilidad de decepción en semejante tarea.

No le oculté a Sophia Antonovna mi sorpresa por el hecho de que hubiera visitado a Razumov. Ni siquiera comprendía el motivo. Ella me informó, sin embargo, de que no era la única.

—Algunos de «nosotros» lo visitamos siempre que pasamos por allí. Es inteligente. Tiene ideas... Y además habla bien.

Fue entonces cuando supe por primera vez cómo había sido la confesión pública de Razumov en casa de Laspara. Sophia Antonovna me ofreció un relato detallado de lo que allí había ocurrido. El propio Razumov se lo había contado todo con pelos y señales.

Después, mirándome fijamente con sus ojos brillantes y negros, dijo:

—En toda vida hay malos momentos. Se apodera de uno una idea falsa y aparece el miedo... el miedo a uno mismo, el miedo por uno mismo. O acaso una falsa valentía, ¿quién sabe? Llámelo como usted prefiera; pero dígame, ¿cuántos de ellos se entregarían deliberadamente a la perdición (tal como él mismo afirma en este libro) antes que verse íntimamente degradados a sus propios ojos? ¿Cuántos? Y tenga en cuenta, por favor, que cuando lo hizo estaba a salvo. Fue precisamente cuando se supo a salvo, y algo más —infinitamente más—, cuando se le presentó la posibilidad de ser amado por esta admirable muchacha, cuando descubrió que sus más amargas recriminaciones, la peor de las maldades, la diabólica obra de su odio y de su orgullo jamás podrían ocultar la ignominia de su existencia. Hay mucha fortaleza en ese descubrimiento.

Acepté su conclusión en silencio. ¿Quién podía atreverse a cuestionar las razones del perdón o de la compasión? Más tarde resultó, sin embargo, que también había ciertos escrúpulos en la caridad que el mundo revolucionario le mostraba a Razumov, el traidor. Sophia Antonovna continuó con inquietud:

—Además, como usted sabe, fue víctima de una atrocidad. No fue una acción autorizada. No se había decidido qué hacer con él. Había confesado voluntariamente.

Y ese Nikita, que le reventó los tímpanos deliberadamente en el pasillo, como presa de la indignación... ha resultado ser un villano de la peor especie, un traidor, un delator, ¡un espía! Razumov me contó que él lo había acusado precisamente de eso, como si hubiera tenido una especie de inspiración...

—He tenido ocasión de ver a ese animal —dije—. ¡No alcanzo a entender cómo cualquiera de ustedes ha podido dejarse engañar por él siquiera medio día!

Me interrumpió:

—¡Bueno! ¡Bueno! No diga eso. La primera vez que lo vi también yo me quedé horrorizada, pero despreciaron mi opinión. Nos pasábamos el día diciéndonos los unos a los otros: «¡Ah!, no debes tener en cuenta su aspecto». Además, siempre estaba dispuesto a matar. De eso no había la menor duda. Mataba... ¡ya lo creo! En los dos bandos. El enemigo...

Tras dominar el furioso temblor de sus labios, Sophia Antonova me contó entonces una historia muy extraña. Sucedió que el consejero Mikulin, de viaje por Alemania (poco después de que Razumov abandonara Ginebra), se encontró por azar con Peter Ivanovitch en un vagón de tren. Iban solos en el compartimento y pasaron la mitad de la noche conversando; fue entonces cuando el jefe de Policía, Mikulin, le insinuó al archirrevolucionario cuál era la verdadera identidad del archiasesino de gendarmes. ¡Parecía como si Mikulin quisiera librarse de aquel agente! Tal vez se hubiera hartado de él o le tuviese miedo. Es preciso señalar que Mikulin había heredado al siniestro Nikita de su predecesor en el cargo.

También esta historia la recibí sin comentarios, en mi condición de testigo mudo de los avatares rusos, que desplegaban su lógica oriental bajo mi mirada occidental.

Me permití, no obstante, una pregunta:

—Dígame, por favor, Sophia Antonovna, ¿es cierto que madame de S... le dejó toda su fortuna a Peter Ivanovitch?

—En absoluto. —La revolucionaria se encogió de hombros con disgusto—.

Murió sin hacer testamento. Un montón de sobrinos llegaron de San Petersburgo como una caterva de buitres, peleándose por su dinero. Todos ellos Kammerherrs y damas de honor... abominables lacayos de la Corte. ¡Puaj!

—Hoy no se oye hablar mucho de Peter Ivanovitch —señalé, tras una pausa.

—Peter Ivanovitch se ha unido a una muchacha campesina —dijo con gravedad Sophia Antonovna.

—¿Cómo? ¿En la Riviera?

—¡Qué tontería! Por supuesto que no.

Había cierta aspereza en su tono.

—¿Vive entonces en Rusia? ¿No es un riesgo enorme? —exclamé—. Sobre todo para la campesina. ¿No le parece muy mal por parte de él?

Sophia Antonovna guardó un misterioso silencio y finalmente dijo:

—Él la adora, sencillamente.

—¿De veras? Bueno, en ese caso, confío en que ella no vacile en azotarlo.

Sophia Antonovna se levantó y se despidió de mí como si no hubiera oído una sola palabra de mi impío deseo pero, justo al llegar a la entrada, se volvió un instante y declaró con voz firme:

—Peter Ivanovitch es un hombre inspirado.

Nota del autor

Debe reconocerse que, en virtud de la fuerza de los acontecimientos, Bajo la mirada de Occidente se ha convertido ya en una suerte de novela histórica que se ocupa del pasado.

Esta reflexión atañe enteramente a los sucesos del relato, pero siendo en su conjunto un intento por reflejar no tanto la situación política de Rusia como su psicología, me aventuro a creer que no ha perdido del todo su interés. Me alienta en esta presuntuosa creencia la apreciación de que en muchos de los artículos que hoy se escriben sobre asuntos rusos se alude a algunos de los comentarios y las opiniones que en estas páginas se formulan, de una manera que respalda la claridad de mi visión y la exactitud de mi juicio. Huelga decir que, mientras escribía esta novela, no tenía otro propósito que el de expresar, sirviéndome de la imaginación, la verdad general que subyace a su trama, además de mi sincero convencimiento al respecto de las consecuencias morales de ciertos hechos más o menos conocidos por el mundo.

En el aspecto creativo, debo señalar que en el momento de empezar a escribir sólo tenía una idea clara de la primera parte, con los tres personajes de Haldin, Razumov y el consejero Mikulin perfectamente definidos. No fue hasta que hube terminado estas páginas cuando la totalidad del relato se me reveló como inevitable, tanto en su carácter trágico como en el curso de los acontecimientos, y con la suficiente amplitud en sus líneas maestras para dar rienda suelta a mi instinto creador y a las posibilidades dramáticas del tema.

El desarrollo de la acción no precisa aclaraciones. Fue insinuándose poco a poco, más empujado por el sentimiento que por el pensamiento. Es fruto no de una experiencia particular sino de un conocimiento general, fortalecido por una reflexión rigurosa. Mi mayor preocupación era si sería capaz de conseguir y de sostener esa nota de escrupulosa imparcialidad. La obligación de ser absolutamente ecuánime se me impuso por razones tanto históricas como hereditarias, a tenor de mi personal experiencia familiar, junto con la convicción en mí fundamental de que sólo la verdad justifica cualquier ficción que aspire mínimamente a alcanzar la categoría de arte o albergue la esperanza de ocupar un lugar en la cultura de los hombres y las mujeres de su tiempo. Nunca me había visto en la tesitura de realizar semejante esfuerzo de desapego: desapego a todas las pasiones, a todos los prejuicios, y aún más a los recuerdos personales. Bajo la mirada de Occidente fue un fracaso cuando se publicó en Inglaterra, acaso precisamente por este desapego. Obtuve mi recompensa unos seis años más tarde, cuando supe que el libro había merecido en Rusia un reconocimiento universal y había conocido varias reediciones.

Tampoco los distintos personajes que aparecen en la novela responden a una experiencia determinada, sino más bien a un conocimiento general de la situación en Rusia y de las reacciones morales y emocionales del carácter ruso a la presión de un desorden tiránico, lo cual, en términos humanos, podría reducirse a la fórmula de desesperación inconsciente provocada por una tiranía inconsciente. Me preocupaba sobre todo el aspecto, la personalidad y el destino de los individuos tal como aparecían ante la mirada occidental del profesor de idiomas. Este personaje ha sido muy criticado, pero a estas alturas no voy a molestarme en justificar su existencia. A mí me resultaba útil y pensé que también podría resultárselo al lector, tanto por sus comentarios como por el papel que desempeña en el desarrollo de la narración.

Animado por el deseo de producir un efecto real, me parecía indispensable contar con un testigo presencial de los acontecimientos en Ginebra. Necesitaba además un buen amigo para la señorita Haldin, que de lo contrario se habría encontrado demasiado sola y sin apoyo para resultar completamente creíble. No habría tenido a nadie a quien ofrecer un atisbo de su fe idealista, de su gran corazón y de sus emociones sencillas.

Razumov es tratado con simpatía. ¿Por qué no habría de serlo? Es un joven corriente, con una saludable capacidad de trabajo y sanas ambiciones. Su conciencia es normal. Sólo en la sensibilidad con respecto a su propia posición presenta una ligera anomalía. La circunstancia de ser un hijo ilegítimo le hace sentir su condición de ruso con mayor intensidad de lo que lo haría otro, pues de lo contrario no sería nada. Tiene pleno sentido que perciba a Rusia entera como su herencia. La sanguinaria futilidad de los crímenes y de los sacrificios que bullen en esa masa amorfa lo arrolla y lo despedaza. No creo sin embargo que, por su distracción, sea en modo alguno monstruoso. A nadie se presenta como un monstruo en esta novela, ni siquiera a una mujer de corto alcance como Tekla o a la obcecada Sophia Antonovna.

Peter Ivanovitch y madame de S... son blancos legítimos. Son los simios de una jungla siniestra, tratados como sus muecas merecen. En cuanto a Nikita —alias Necator—, es la flor perfecta de la barbarie terrorista. Lo que más me preocupaba de este personaje no era su monstruosidad sino su banalidad. Ha sido exhibido durante años ante la mirada pública en supuestas «revelaciones» de la prensa, en archivos secretos y en novelas sensacionales.

La reflexión aterradora (hablo ahora por mí mismo) es que todas estas personas no son resultado de lo excepcional sino de lo general: de la normalidad de su país, de su tiempo y de su origen. La ferocidad y la estulticia de un gobierno autocrático que rechaza toda legalidad y, de hecho, se sustenta sobre una absoluta anarquía moral, provoca la no menos estulta y atroz respuesta de una revolución puramente utópica que busca la destrucción por cualquier medio disponible, movida por el extraño convencimiento de que un profundo cambio se obrará en los corazones de los hombres tras la caída de las instituciones humanas. Estas personas son incapaces de ver que lo único que pueden producir es un simple cambio de nombres. Los opresores y los oprimidos son todos rusos; y el mundo vuelve a verse una vez más confrontado a la verdad de que ni el tigre puede cambiar sus rayas ni el leopardo sus manchas.


Publicado el 19 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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