En la Rueda

Baldomero Lillo


Cuento


En el fondo del patio, en un espacio descubierto bajo un toldo de durazneros y perales en flor, estaba la rueda. Componíase de una valla circular de tres y medio metros de diámetro hecha con duelas de barriles viejos. En el suelo, cuidadosamente enarenado, había dos hermosos gallos sujetos por una de sus patas a una argolla incrustada en la barrera y, en derredor de ésta, sentados los de la primera fila y de pie los de la segunda, estrechábase un centenar de individuos. Muchachos de dieciséis años, mozos imberbes, hombres de edad madura y viejos encorvados y temblorosos, observaban con avidez los detalles preliminares de la riña. Cada una de las condiciones del desafío: el monto de la apuesta, el número de careos, la operación del peso, provocaba alegatos interminables que concluían a veces en vociferaciones y denuestos.

Por fin, las partes contrarias se pusieron de acuerdo, y mientras el juez ocupaba su sitio, los dos gallos contendores: el Cenizo y el Clavel, sostenidos en el aire por sus dueños, fueron objeto de un último y minucioso examen. Picos y alas, pies y plumas, todo fue cuidadosamente registrado y escudriñado. Los espolones requirieron una atención especial. Reforzados en su base con un anillo de cuero y raspados delicadamente con la hoja de un cortaplumas, quedaron convertidos en agujas sutilísimas.

Terminados los preparativos el juez de la cancha ocupó su asiento: un banco más elevado que los demás. Tenía delante un marco de madera con dos alambres horizontales que sostenían, atravesados por el centro, pequeños discos de corcho: eran los tantos para anotar las caídas y los careos.

Contados los discos, el juez golpeó encima de la barrera para llamar la atención, y luego, dirigiéndose a los galleros, hízoles un ademán con la diestra.

Soltados a un tiempo los dos campeones, una sacudida conmovió la rueda: las cabezas se abatieron con un movimiento rápido y todos los ojos claváronse en los emplumados paladines que, frente a frente, rectos sobre sus patas, con la cresta encendida, el plumaje erizado y la pupila llameante, avanzaron el uno sobre el otro, deteniéndose a cada paso para lanzar a voz en cuello una vibrante clarinada.

El furor bélico de que parecían poseídos entusiasmó a los concurrentes y las apuestas se cruzaron con viveza de un lado a otro de la cancha. Por algunos momentos sólo se oyó:

—¡Doy ocho a cuatro en el Clavel!

—¡Va!

—¡Doblo en el Cenizo!

—¡Va!

—¡Doy a veinte!

—¡Doy a cuarenta!

—¡Va!

Y estas voces incesantemente repetidas eran acompañadas por el tintineo sonoro de las monedas pasando de una mano a otra, entre frases y vocablos de un tecnicismo especial.

La voz estentórea del juez, imponiendo silencio, hizo cesar bruscamente el tumulto.

Entretanto, los campeones, después de observarse ora de frente, ora de flanco, se habían acercado lenta y cautelosamente. Doblados sobre los muslos, con las alas entreabiertas, el cuello extendido, rozando casi el suelo, permanecieron un instante en actitud de acecho. Las plumas del cuello, erizadas en forma de abanico, semejaban una rodela tras de la cual se escudaba el nervioso y palpitante cuerpo.

De súbito, como dos imanes que se aproximan demasiado, desapareció la distancia: se oyó un ruido breve y seco y algunas plumas remontando la valla hendieron el aire en distintas direcciones. La lucha a muerte estaba entablada. Durante este primer período de la riña, el espectáculo era verdaderamente hermoso y fascinador.

La luz del sol, filtrándose a través del florido ramaje que, como un dosel blanco y rosa, cubría la arena del combate, transformaba en destello de piedras preciosas el metálico reflejo de las plumas tornasoladas.

Ni la vista más penetrante podía percibir las estocadas, los quites y contragolpes de aquellos diestros esgrimidores.

De súbito un viejo gallero, interrumpiendo el profundo silencio, exclamó:

—¡Clavado el Clavel!

Empezaba otra faz de la pelea. El cansancio de los combatientes era ya visible. Jadeantes, las alas caídas, el pico entreabierto, atacábanse con extremada violencia. Todas las miradas iban de la mancha roja que en el albo plumaje del Clavel crecía y se ensanchaba por instantes, al espolón derecho de su enemigo, tinto en sangre en toda su longitud. Mientras los técnicos clasificaban el golpe y los partidarios del Cenizo daban muestras inequívocas de alegría, una voz jubilosa partió del bando contrario:

—¡Clavado el Cenizo!

El espolón había penetrado en la cabeza, encima del ojo, y el gallo, aturdido por la violencia del golpe y cegado por la sangre que borbotaba de la herida, se tambaleaba sobre sus patas, próximo a desplomarse a los pies de su victorioso rival.

El Clavel, ensoberbecido con la ventaja, procuraba a toda costa rematar el triunfo. Mientras el acerado pico desgarraba y arrancaba a pedazos la piel de la cabeza y cuello, sus patas armadas de los terribles espolones descargaban una granizada de golpes sobre el enemigo inerme.

Sus partidarios, locos de entusiasmo, lo animaban con la voz y con el gesto

—¡Acábalo, Clavelito!

—¡Apágale los faroles!

—¡Otro como ese!

Mas, el Cenizo, a pesar de aquel torbellino que caía sobre él, se recobraba rápidamente. Lleno de sangre, acribillado de heridas, hacía de nuevo frente a su fatigadísimo adversario, y muy pronto el brío y la pujanza con que reanudó la batalla parecieron inclinar decididamente la balanza en su favor.

Este cambio produjo otro entorno de la rueda. Mientras unos rostros se ensombrecían, los demás se iluminaban. El gallo que ya se consideraba vencido, volvía por su fama, haciendo renacer la esperanza en sus desalentados apostadores, quienes lanzaron un grito de victoria cuando alguien advirtió:

—¡Se le apagó una luz al Clavel!

La última etapa de la riña se aproximaba.

El blanco plumaje del Clavel había tomado un matiz indefinible, la cabeza estaba hinchada y negra y en el sitio del ojo izquierdo veíase un agujero sangriento. Ya la lucha no tenía ese aspecto atrayente y pintoresco de hace poco. Las brillantes armaduras de los paladines, tan lisas y bruñidas al empezar el torneo, estaban ahora rotas y desordenadas, cubiertas de una viscosa capa de lodo y sangre. Mas, el furibundo ardor de que estaban poseídos, no decrecía un instante.

Sosteniéndose a duras penas sobre sus patas y trazando con la extremidad de las alas surcos en la arena, asaltábanse con sin igual encarnizamiento. Estrellábanse contra la valla enrojeciéndola con su sangre y rodaban a cada choque en el polvo sin darse un segundo de tregua. Ciegos de coraje buscaban para herir los sitios vulnerables: el ojo y la nuca. Y despojada casi de la piel, la cabeza era una llaga viva, monstruosa, repugnante.

La pelea, indecisa, se eternizaba, cuando de súbito un grito ronco, extraño, brotó de la garganta del Clavel. Su contrario acababa de clavarle el espolón en el cerebro. Dio algunos pasos desatentado y cayó de bruces. Durante un minuto, presa de violentas convulsiones, azotó el aire con las alas, saltando y rebotando dentro de la rueda como una pelota. Poco a poco los movimientos fueron menos bruscos, y cuando todos esperaban que quedase inmóvil, como muerto en la arena, el caído se enderezó, mas sus patas se negaron a sostenerlo y cayó de nuevo para volver a levantarse un segundo después.

Aquella increíble vitalidad que iba a ser, tal vez causa de que se prolongase indefinidamente la pelea, produjo manifestaciones de desagrado entre los que aguardaban se desocupase la cancha para concertar nuevas riñas, y uno más impaciente que los demás, dijo en voz alta:

—¡Pobre Clavel, levántelo, ya ha hecho lo que ha podido!

El dueño del ave aludida saltó de su asiento como un resorte. Era un muchacho delgado y pálido. Con acento tembloroso por la cólera, mostrando los puños al autor de la indicación, dejó escapar un torrente de palabras.

¿Cómo, había allí alguien que lo creía capaz de levantar el gallo antes de finalizar la riña? ¡Seguro que no era del oficio! Porque si lo fuese, debía saber que un gallero que se estima sólo levanta sus gallos cuando están muertos. ¡Vaya con los gallinas que se asustan de una gota de sangre! Si no querían ver lástima, debían quedarse en sus casas y no venir a avergonzar con sus jeremiadas a los de la profesión.

Varios intervinieron amistosamente para cortar la disputa, la que cesó del todo cuando el juez, en uso de sus atribuciones, viendo que los gallos no se atacaban, pronunció con voz enérgica la palabra reglamentaria:

—¡Careo!

En el centro de la cancha, separados por cincuenta centímetros escasos, había dos trozos de madera colocados del modo que cada uno de ellos tuviese una de sus caras al nivel del suelo.

Según el reglamento, dada la señal por el juez, los gallos debían ser parados encima de estos maderos. Si ambos hacían allí ademán de acometerse, se anotaba un careo. Llegados a los veinticinco, la riña era declarada tabla. Mas, si alguno de los contendores no devolvía el ataque, se marcaba una caída, siendo necesarias cinco para que se le declarase vencido.

Colocados los gallos encima de las tablas, la pelea se reanudó muchas veces. El Cenizo, más descansado, llevaba sobre su contendor una manifiesta ventaja, y todos sus esfuerzos tendían a arrancarle el ojo único que le quedaba. El Clavel, incapaz de mantenerse en pie, sólo contestaba a la furiosa saña de su enemigo con débiles picotazos. Y cuando el vencedor se fatigaba cesando de hostigar a su contrario, se oía resonar acto continuo la voz breve e imperiosa del juez:

—¡Careo!

Y la escena de las tablas se repetía siempre la misma, con iguales detalles. De un lado el agotamiento absoluto, la pasividad, la inercia casi, y del otro la agresión encarnizada, sin tregua, ferocísima.

Los partidarios del Cenizo, gozosos, seguros ya del triunfo, no le escatimaban los aplausos, los consejos ni los vítores.

—¡Apúntale bien!

—¡Déjalo a oscuras!

—¡Ciérrale el tragaluz!

—¡Quiébrale la otra lámpara!

Mientras los victoriosos daban rienda suelta a su alegría, los derrotados guardaban un silencio sombrío. Lo que más les mortificaba, no era la pérdida de las apuestas, sino las fanfarronadas proferidas al concertarse la riña, fanfarronadas que los contrarios les recordaban comentándolas con dichos y punzantes burlas.

Y allá, en el fondo de sus almas, lastimadas en su orgullo de profesionales por aquel contraste, sentían un secreto goce, cuando el implacable Cenizo laceraba con una nueva herida el cuerpo exangüe del malhadado favorito. Si alguien en ese momento hubiese propuesto cesar su martirio, de seguro le habrían abofeteado.

Los careos se sucedían unos a otros, sin que aún se hubiera anotado una caída. El Clavel no dejaba una sola vez de contestar en las tablas con un picotazo el ataque de su enemigo; pero a esto se limitaba su acometividad, pues sus patas torpes y vacilantes no lo sostenían, y si lograba a veces enderezarse a medias, tumbábase, en seguida, sobre algunos de sus flancos. Y allí en el suelo, en la arena empapada de sangre, sin que pudiese devolverlos, su adversario lo acribillaba a picotazos y golpes hasta que, agotadas las fuerzas, quedábase, a su vez, inmóvil, jadeante, con el sangriento pico apoyado en el roto plumaje del moribundo.

La voz del juez resonaba, entonces, y los galleros cogiendo a los gladiadores, los ponían de nuevo frente a frente en medio de la cancha. Como si estrujasen una esponja, la sangre se escurría por entre sus dedos y teñía sus manos hasta las muñecas.

Aquella inaudita resistencia empezó a alarmar a los gananciosos. ¿Sería tabla la riña? Tres horas duraba ya el combate, la tarde caía visiblemente y sólo quince careos señalaba el marcador.

¡Maldito gallo, qué duro era de pelar!

Por fin dejó de responder en las tablas. Estaba ciego, casi sin plumas y no conservaba en las venas una gota de sangre. Llegó a los veinticuatro careos, uno más y anulaba el triunfo de su rival. Junto con marcar la quinta caída, el juez se puso de pie y proclamó con solemnidad su fallo:

—¡Perdió el Clavel!

Mientras los gananciosos rodeaban solícitos al vencedor, el dueño del gallo vencido lo cogió de las patas y, vivo aún, lo lanzó con fuerza lejos de la cancha. Cruzó como un proyectil por entre el florido ramaje y fue a estrellarse contra el tronco de un peral, cuyas ramas, sacudidas por el choque, dejaron caer sobre esa carne palpitante una lluvia de blancos y aterciopelados pétalos.

De la rueda partió un rumor sordo de aletazos seguido de un alegre vocerío… Empezaba una nueva riña.


Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
Leído 0 veces.