Blanco

Ryunosuke Akutagawa


Cuento



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Índice

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1

Una tarde de primavera. Un perro llamado Blanco transitaba en una calle solitaria, olfateando la tierra. A los lados de la calle se veían dos largas hileras de setos con retoños, que dejaban ver a trechos los cerezos florecientes. Después de seguir un tramo a lo largo de los setos, Blanco dobló de repente en una esquina y, apenas asomado al callejón, detuvo empavorecido sus pasos.

Fue con toda razón; a unos quince metros reconoció a un matador de perros, marcado por el logotipo del chaleco, que apuntaba a un perro negro con un lazo escondido a la espalda. Sin percatarse del peligro, el perro negro devoraba un pedazo de pan, que le había lanzado el matador de perros.

Y esto no fue todo; no se trataba de un perro cualquiera sino de uno de los conocidos, nada menos que Negro, el vecino que vivía al lado de su casa.

Blanco y él, tan amigos desde siempre, se saludaban todas las mañanas sin falta, olfateándose con las narices pegadas.

Blanco se disponía a gritarle: “¡Huye, Negro!”, cuando el matador le lanzó una mirada feroz, que parecía decir: “Cállate, o te atrapo primero a ti”. Intimidado ante la amenaza tan directa, Blanco se quedó mudo sin poder emitir un ladrido de alerta. Con un horror inaudito que le hizo temblar todo el cuerpo, retrocedió poco a poco, atento al menor movimiento del matador. Cuando ganó la esquina para esconderse detrás del seto, huyó a toda carrera, sin preocuparse más por el pobre Negro.

En seguida se escuchó una serie intermitente de alaridos espantosos de Negro, que de seguro fue capturado por el lazo. En vez de regresar al auxilio, Blanco siguió su escapatoria a toda velocidad sin volverse atrás siquiera, saltando charcos, pateando piedras, atravesando cuerdas de carrozas, volcando basureros hasta terminar de bajar una cuesta. ¡Habrase visto semejante carrera! Por poco lo atropellaron los automóviles. Quizá Blanco ya no pudiera pensar en otra cosa que salvarse, pero en el fondo de sus oídos seguían repercutiendo los últimos alaridos de Negro como zumbido de tábano: “Kyaan, kyaan, ¡auxilio! Kyaan, Kyaan, ¡auxilio!”

2

Blanco llegó jadeante a la casa de sus amos. Al pasar por debajo de la valla negra y rodear el galpón, alcanzaría su casita situada en la parte trasera. Irrumpió como vendaval en el jardín cubierto de césped y se sintió aliviado de haber escapado al peligro de la trampa. Sobre el césped fresco, la niña y el niño jugaban con una pelota. Emocionado ante la escena familiar, Blanco se les acercó con afán, moviendo la cola.

–¡Querida niña! ¡Querido niño! Me topé con un matador de perros – dijo Blanco de un soplo con la mirada alzada. (Desde luego, los niños, que no comprendían el idioma de los perros, sólo escucharon unos ladridos sin sentido.)

Sin embargo, tanto la niña como el niño, misteriosamente, permanecieron estupefactos ante el perro, sin acariciarle siquiera la cabeza. Extrañado, Blanco se empeñó:

–¡Querida niña! ¿No has visto un matador de perros? Es aterrador.

¡Querido niño! Por poco me salvé, pero atraparon a mi vecino Negro.

Aun así, los niños sólo se miraban perplejos. Después de un rato de silencio, empezaron a decir:

–¿Qué perro será, Haruo?

–¿De dónde vendrá, hermana?

Ahora fue Blanco quien quedó perplejo al escuchar “de dónde”. (Blanco entendía perfectamente lo que decían los niños. Nosotros suponemos que los perros no nos comprenden porque no los comprendemos, pero esto no es cierto. Los perros aprenden a obedecernos porque entienden nuestro idioma. Por otro lado, nosotros no aprendemos nada con los perros, ni a mirar en la oscuridad ni a distinguir olores sutiles, porque no entendemos su idioma.)

–¡Cómo que de dónde! ¡Soy yo, Blanco!

La niña lo siguió observando con desconfianza.

–¿Será hermano de Negro, el vecino?

–Puede ser –dijo pensativo el niño, jugueteando con el bate–. Porque éste también tiene un cuerpo muy negro.

Blanco sintió de repente que se le erizaban los pelos en el lomo. “Muy negro”: no podía ser, porque desde pequeño era tan blanco como la leche.

Sin embargo, se asustó al fijarse en sus patas delanteras; no, no sólo las patas, sino el pecho, el vientre, las patas traseras, la cola esbelta y galante, todo su cuerpo se había vuelto negro, tan negro como una olla quemada.

¡Negro, todo negro! Blanco ladró desesperado, corriendo y brincando a ciegas, como si se hubiera enloquecido.

–Ay, ¿qué hacemos, Haruo? Éste ha de ser un perro rabioso –la niña, petrificada, habló en voz sollozante.

Pero el niño, tan valiente siempre, le pegó a Blanco sin perder tiempo en el hombro izquierdo con el bate. En seguida iba a darle otro batazo, cuando Blanco se escamoteó por debajo del bate y huyó a toda prisa por el mismo camino. Antes de correr veinte metros —mucho menos de lo que había corrido cuando presenció la escena horripilante del matador de perros— ganó la casita, pintada color crema, a la sombra de la palma, y se volvió para observar a los niños.

–¡Querida niña! Querido niño! Soy yo, Blanco. Aunque esté de negro, soy Blanco, la mascota de ustedes.

La voz de Blanco temblaba de tristeza y cólera inexpresables, pero los niños no fueron capaces de percibir ningún matiz especial en los ladridos.

En cambio, la niña dio una patada de rabia, diciendo con odio: “Todavía sigue ahí. Qué perro tan descarado”. El niño cogió guijarros del caminito del jardín y los lanzó con toda su fuerza hacia donde estaba Blanco.

–¡Maldita bestia! ¿Qué andas haciendo ahí? Vete, vete, te estoy diciendo.

Los guijarros se le vinieron uno tras otro, dejando una herida sangrante en la raíz de sus orejas. Con la cola enrollada, Blanco se precipitó hacia la valla para salir a la calle, donde se encontró con una mariposa blanca que revoloteaba libre de escrúpulos, resplandeciendo bajo la luz plateada del sol primaveral.

–¿De hoy en adelante tendré que vivir como vagabundo?

Blanco permaneció distraído durante un buen rato al pie de un poste de electricidad sin dejar de lanzar suspiros.

3

Expulsado definitivamente por los niños, Blanco rondó todo Tokio sin rumbo fijo. Hiciera lo que hiciera, no logró disipar de la mente la imagen de su propia figura, vuelta negra por completo. Andaba con miedo al espejo de la peluquería que reflejaba las caras de los clientes, a los charcos que doblaban el cielo después de la lluvia y a los vidrios de las ventanas decorativas que proyectaban las hojas frescas de las hileras. Hasta se asustó una vez ante la jarra de cerveza negra, colocada sobre la mesa de una cafetería.

Pero ¿para qué sirve todo esto? En la ciudad abundan objetos reflectores que lo asustan con su proyección siniestra. Apareció, esta vez, un gran carro negro, estacionado fuera del parque, y la puerta barnizada reflejó, con tanta fidelidad como si fuera un espejo, la figura del perro, que se le había acercado sin percatarse. Blanco lanzó un gemido lastimero y se escondió sin pérdida de tiempo en el parque.

Adentro corría una brisa a través de las hojas frescas de los plátanos.

Con la cabeza inclinada, Blanco siguió su marcha entre los árboles. Por fortuna, no había nada, salvo el estanque, que reflejara su figura. En medio del silencio sólo se escuchaba el zumbido de abejas arremolinadas sobre una rosa blanca. Envuelto en el aire sereno del parque, Blanco se olvidó temporalmente de los días depresivos que soportaba después de haberse vuelto negro y feo.

Sin embargo, el momento de felicidad no duró ni cinco minutos. Cuando desembocó en estado de ensoñación frente una vereda equipada de bancos, le llegó un ladrido estrepitoso desde el otro lado de la esquina de frente.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

Blanco tembló sin querer ante la voz espantada que le recordó con nitidez la horrible escena de su amigo Negro, amenazado de muerte. Blanco se dispuso a dar marcha atrás con los ojos cerrados, pero la vacilación se esfumó al instante; lanzando un gemido furibundo, avanzó con pasos firmes.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

A los oídos de Blanco el ladrido sonaba como: “Kyan, kyan, ¡no seas cobarde! Kyan, kyan, ¡no seas cobarde!”

Apenas agachada la cabeza, Blanco se disparó hacia el sitio de la voz.

Ya en el escenario, lo que encontró no fue un matador de perros sino unos cuantos niños vestidos a la usanza occidental, camino de regreso de la escuela. Los niños alborotados arrastraban un cachorro de color marrón con una soga que le habían amarrado al cuello. Mientras el cachorro forcejeaba en una resistencia desesperada, pidiendo auxilio sin cesar, los niños se divertían entre risas y gritos sin hacerle caso, pateándole de vez en cuando la panza con los pies calzados.

Sin un asomo de titubeo, Blanco acometió con ladridos feroces a los niños, que, tomados por sorpresa, entraron en pánico. Empavorecidos ante el rostro sanguíneo del perro que les mostraba los ojos sonrojados y los colmillos filudos para amenazarlos con un inminente ataque, los niños se dispersaron por los cuatro costados. El más asustado cayó rodando en el sendero junto a la vereda. Después de perseguirlos unos veinte metros, Blanco se volvió hacia el cachorro y le habló en un tono de reproche:

–Ven, vamos juntos. Te acompaño hasta tu casa.

Blanco tomó apresurado el mismo camino entre los árboles, mientras el cachorro color marrón, feliz, pasó por debajo de un banco y, después de pisar unas rosas, comenzó a correr a toda marcha para no perderlo de vista, ya despreocupado de la soga que le arrastraba del cuello.

Un par de horas después, Blanco y el cachorro marrón se encontraban en frente de una cafetería miserable. En la semipenumbra del interior, que no alcanzaba a iluminar del todo una lámpara encendida desde el mediodía, el gramófono ronco emitía una melodía de canto regional de Osaka. Moviendo la cola en vaivenes alegres, el cachorro le dijo a Blanco:

–Yo vivo aquí en esta cafetería, que se llama Casa Taisho. ¿Dónde vive usted, señor?

–¿Yo? Yo vivo en un pueblo que queda muy lejos de aquí –Blanco suspiró con tristeza–. Bueno, me voy.

–Espere. ¿Es muy regañón su amo?

–¿Mi amo? ¿Por qué me preguntas eso?

–Si no tiene problema con su amo, quédese aquí para pasar la noche.

A mi mamá también le gustaría agradecerle por haberme salvado la vida.

En mi casa tenemos mucha comida de lujo, como leche, arroz con curry y bistec, para agasajarle.

–Muchas gracias, pero será la próxima ocasión, porque hoy tengo otros compromisos. Bueno, me saludas a tu mamá.

Después de alzar un segundo los ojos para mirar el cielo, Blanco se puso en marcha sobre la calle pavimentada. De un rincón del techo de la cafetería, ya se asomaba la luna creciente con un brillo tenue.

–Señor, señor, espere, por favor –el cachorro le dijo en un tono afligido–. Dígame siquiera cómo se llama usted. Soy Napoleón, y me llaman Napo o Napito. ¿Cómo se llama usted, señor?

–Me llamo Blanco, niño.

–¿Blanco? Qué extraño. Usted es negro.

Blanco se entristeció.

–Pero me llamo Blanco.

–Bueno, don Blanco, que venga a visitarnos pronto.

–Bueno, Napito, adiós.

–Suerte, don Blanco, adiós.

4

No habrá necesidad de contar en detalle lo que después le sucedió a Blanco, pues se ha publicado en periódicos. Me imagino que la mayoría de los lectores están al tanto de la noticia de un perro negro que ha salvado con valentía a varias personas. Recordarán también que hicieron una película con el título de “Perro fiel”, que tuvo mucho éxito hace algunos años. Ese perro negro no fue sino el mismo Blanco. Para los que aún no se han enterado por alguna circunstancia, aquí citaré algunos ejemplos:

El Diario de Tokio: Ayer el 18 (de mayo), a las 8: 40 de la mañana, el niño Sanehiko Shibayama (cuatro años de edad), el hijo mayor de Tetsutaro Shibayama, empleado de Tabata 1-2-3 S.A., se metió por un error del guardián en la barrera, ubicada cerca de la estación Tabata, justo cuando atravesaba el tren expreso de la línea Ou con rumbo a Ueno. El niño, que por poco fue atropellado por el tren, fue salvado por un robusto perro negro que se lanzó como un rayo a la barrera y lo sacó a tiempo. Como el valiente perro desapareció en medio del bullicio sin dejar rastro, la autoridad está desconcertada sin saber a quién darle la condecoración.

El Asahi de Tokio: La esposa del señor Edward Berkeley, quien se encuentra ahora de veraneo en Karuizawa, adora a su gato persa. Un día de estos apareció en su quinta una serpiente como de dos metros y sometió al gato para tragárselo. Ahí acudió al rescate un perro negro desconocido, que, después de veinte minutos de batalla feroz, mató la serpiente a mordidas.

Con el premio de cinco mil dólares para quien se lo ubique, la señora está en búsqueda del perro valiente, que misteriosamente desapareció enseguida.

El Nacional: Después de haberse desviado varios días de la ruta reglamentaria de la cordillera Alpes Japoneses, los tres estudiantes del Colegio Primero llegaron el día 7 (de agosto) sanos y salvos al balneario de Kamikochi. Los muchachos perdieron la ruta en un tramo entre el Monte Hodaka y el Pico Lanza, y estuvieron a punto de morir cuando la borrasca del día anterior les arrebató la carpa con sus alimentos. De repente apareció un perro negro, vaya a saber de dónde, en la quebrada en que vagaban sin rumbo, y les enseñó el camino a seguir como si fuera un guía experto. Después de un día entero de caminata tras el perro, los muchachos llegaron sin problema a Kamikochi. En cuanto divisó el balneario hacia abajo, el perro desapareció en un bosquecillo de bambú, dejando atrás tan sólo un ladrido de regocijo. Los muchachos están convencidos de que se lo mandó el dios regional para protegerlos.

El Actual: El día 13 (de septiembre) hubo en Nagoya un incendio de gran escala que originó más de diez muertos. El alcalde Yokozeki por poco pierde a su adorado hijo, Takenori (tres años de edad), quien se quedó abandonado debido a la falla de algún familiar en el segundo piso de la casa, ya arrasada casi por completo por el fuego. Quien lo salvó de la carbonización fue un perro negro que acudió ahí por un milagro. El alcalde decretó la ley de prohibir la matanza de perros callejeros, residentes en Nagoya.

El Yomiuri: El día 25 (de octubre), alrededor de las dos de la tarde, el lobo siberiano, que había sido un ídolo permanente del zoológico Miyagi, ubicado dentro del parque del Castillo Odawara, acometió de repente su jaula resistente hasta romperla y, después de herir a dos vigilantes, se fugó con rumbo a Hakone. La policía de Odawara organizó una movilización inmediata para formar un cerco en toda la ciudad. El lobo apareció alrededor de las cuatro y media en el barrio Juji, donde fue afrontado por un perro negro.

Después de un largo combate sanguinolento, el perro negro venció al lobo, que fue fusilado ahí mismo por la patrulla en ronda. Se trataba de una raza conocida como Lupus Ziganticus, que figura entre las más fieras. El dueño del zoológico Miyagi proclama que fue injusta la matanza del lobo, disponiéndose a acusar al comisario de Odawara ante el juez.

5

Un día de otoño, a medianoche, Blanco, exhausto física y mentalmente, regresó a la casa de sus amos. Desde luego, la niña y el niño ya se habían acostado y no había nadie despierto en casa. Desde el césped silencioso del jardín trasero sólo se veía la luna blanca encima de la copa de la palma.

Blanco reposó su cuerpo mojado de rocío frente a su casita de antaño y empezó a monologar ante la luna solitaria.

–¡Luna, luna! Yo abandoné a mi amigo Negro a su suerte. De seguro por eso me he vuelto negro. Pero he batallado contra todos los peligros desde que me despedí de mis adorados niños. Al principio fue porque me avergonzaba de mi cobardía al verme sin querer tan negro como hollín, pero al fin y al cabo todo ha sido por la repugnancia que siento por mi cuerpo negro; me metí en el fuego y peleé con el lobo sólo porque quise matarme.

Y me he salvado de todo por milagro, siempre repelado por la muerte que parece estarme huyendo. Incapaz de soportar más este estado angustioso, decidí matarme, pero antes me gustaría ver, siquiera un segundo, a mis queridos amos. Claro, los niños me tomarán por un perro callejero cuando me vean mañana, y puede que el niño me mate con su bate, lo cual no me afligiría de ninguna manera. ¡Luna, luna! Sólo deseo ver a mis amos y sólo por eso hice un largo viaje para estar aquí. Permíteme ver a los niños por lo que más quieras.

Blanco se quedó de bruces sobre el césped y se durmió en seguida cuando terminó de monologar.

–Qué sorpresa, Haruo.

–De veras, qué milagro, hermana.

Blanco abrió los ojos al percibir la voz de su pequeño amo; los dos niños se miraban estupefactos delante de la casita sin entender lo que había pasado. Blanco alzó la mirada un instante, pero la bajó de inmediato sobre el césped. Los niños le mostraban las mismas caras cuando Blanco se volvió negro. Recordando la triste sensación de esa ocasión, el perro casi se arrepintió de haber regresado. De repente, el niño brincó de alegría y lanzó un grito:

–¡Papá! ¡Mamá! ¡Volvió Blanco!

¡Blanco! Blanco se levantó de un salto. Temerosa quizá de que el perro intentara otra fuga, la niña extendió los brazos para sujetarle el cuello. Al mismo tiempo, Blanco desplazó la mirada hacia los ojos de la niña, que reflejaban con nitidez la fachada de la casita: esa casita color crema, colocada a la sombra de la palma. No sólo esto, sino que delante de la casita se veía un perro blanco, sentado, tan puro y esbelto como un grano de arroz.

Embelesado, Blanco se quedó contemplando esa imagen.

–Blanco está llorando.

Con Blanco en sus brazos, la niña alzó los ojos para buscar la cara de su hermano, que simulaba serenidad con altanería.

–Bah, ¡tú también estás llorando!


Publicado el 22 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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