Grandes Esperanzas

Charles Dickens


Novela



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Índice

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
CAPIVULO XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXVIII
Capítulo XXXIX
Capítulo XL
Capítulo XLI
Capítulo XLII
Capítulo XLIII
Capítulo XLIV
Capítulo XLV
Capítulo XLVI
Capítulo XLVII
Capítulo XLVIII
Capítulo XLIX
Capítulo L
Capítulo LI
Capítulo LII
Capítulo LIII
Capítulo LIV
Capítulo LV
Capítulo LVI
Capítulo LVII
Capítulo LVIII
Capítulo LIX

Capítulo I

Como mi apellido es Pirrip y mi nombre de pila Felipe, mi lengua infantil, al querer pronunciar ambos nombres, no fue capaz de decir nada más largo ni más explícito que Pip. Por consiguiente, yo mismo me llamaba Pip, y por Pip fui conocido en adelante.

Digo que Pirrip era el apellido de mi familia fundándome en la autoridad de la losa sepulcral de mi padre y de la de mi hermana, la señora Joe Gargery, que se casó con un herrero. Como yo nunca conocí a mi padre ni a mi madre, ni jamás vi un retrato de ninguno de los dos, porque aquellos tiempos eran muy anteriores a los de la fotografía, mis primeras suposiciones acerca de cómo serían mis padres se derivaban, de un modo muy poco razonable, del aspecto de su losa sepulcral. La forma de las letras esculpidas en la de mi padre me hacía imaginar que fue un hombre cuadrado, macizo, moreno y con el cabello negro y rizado. A juzgar por el carácter y el aspecto de la inscripción «También Georgiana, esposa del anterior» deduje la infantil conclusión de que mi madre fue pecosa y enfermiza. A cinco pequeñas piedras de forma romboidal, cada una de ellas de un pie y medio de largo, dispuestas en simétrica fila al lado de la tumba de mis padres y consagradas a la memoria de cinco hermanitos míos que abandonaron demasiado pronto el deseo de vivir en esta lucha universal, a estas piedras debo una creencia, que conservaba religiosamente, de que todos nacieron con las manos en los bolsillos de sus pantalones y que no las sacaron mientras existieron.

Éramos naturales de un país pantanoso, situado en la parte baja del río y comprendido en las revueltas de éste, a veinte millas del mar. Mi impresión primera y más vívida de la identidad de las cosas me parece haberla obtenido a una hora avanzada de una memorable tarde. En aquella ocasión di por seguro que aquel lugar desierto y lleno de ortigas era el cementerio; que Felipe Pirrip, último que llevó tal nombre en la parroquia, y también Georgiana, esposa del anterior, estaban muertos y enterrados; que Alejandro, Bartolomé, Abraham, Tobías y Roger, niños e hijos de los antes citados, estaban también muertos y enterrados; que la oscura y plana extensión de terreno que había más allá del cementerio, en la que abundaban las represas, los terraplenes y las puertas y en la cual se dispersaba el ganado para pacer, eran los marjales; que la línea de color plomizo que había mucho mas allá era el río; que el distante y salvaje cubil del que salía soplando el viento era el mar, y que el pequeño manojo de nervios que se asustaba de todo y que empezaba a llorar era Pip.

— ¡Estate quieto! — gritó una voz espantosa, en el momento en que un hombre salía de entre las tumbas por el lado del pórtico de la iglesia —. ¡Quieto, demonio, o te corto el cuello!

Era un hombre terrible, vestido de basta tela gris, que arrastraba un hierro en una pierna. Un hombre que no tenía sombrero, que calzaba unos zapatos rotos y que en torno a la cabeza llevaba un trapo viejo. Un hombre que estaba empapado de agua y cubierto de lodo, que cojeaba a causa de las piedras, que tenía los pies heridos por los cantos agudos de los pedernales; que había recibido numerosos pinchazos de las ortigas y muchos arañazos de los rosales silvestres; que temblaba, que miraba irritado, que gruñía, y cuyos dientes castañeteaban en su boca cuando me cogió por la barbilla.

— ¡Oh, no me corte el cuello, señor! — rogué, atemorizado —. ¡Por Dios, no me haga, señor!

— ¿Cómo te llamas? — exclamó el hombre —. ¡Aprisa!

— Pip, señor.

— Repítelo — dijo el hombre, mirándome —. Vuelve a decírmelo.

—Pip, Pip, señor.

— Ahora indícame dónde vives. Señálalo desde aquí.

Yo indiqué la dirección en que se hallaba nuestra aldea, en la llanura contigua a la orilla del río, entre los alisos y los árboles desmochados, a cosa de una milla o algo más desde la iglesia.

Aquel hombre, después de mirarme por un momento, me cogió y, poniéndome boca abajo, me vació los bolsillos. No había en ellos nada más que un pedazo de pan. Cuando la iglesia volvió a tener su forma — porque fue aquello tan repentino y fuerte, el ponerme cabeza abajo, que a mí me pareció ver el campanario a mis pies —, cuando la iglesia volvió a tener su forma, repito, me vi sentado sobre una alta losa sepulcral, temblando de pies a cabeza, en tanto que él se comía el pedazo de pan con hambre de lobo.

— ¡Sinvergüenza! — exclamó aquel hombre lamiéndose los labios —. ¡Vaya unas mejillas que has echado!

Creo que, en efecto, las tenía redondas, aunque en aquella época mi estatura era menor de la que correspondía a mis años y no se me podía calificar de niño robusto.

— ¡Así me muera, si no fuese capaz de comérmelas! — dijo el hombre, moviendo la cabeza de un modo amenazador —. Y hasta me siento tentado de hacerlo.

Yo, muy serio, le expresé mi esperanza de que no lo haría y me agarré con mayor fuerza a la losa en que me había dejado, en parte, para sostenerme y también para contener el deseo de llorar.

— Oye — me preguntó el hombre —. ¿Dónde está tu madre?

— Aquí, señor — contesté.

Él se sobresaltó, corrió dos pasos y por fin se detuvo para mirar a su espalda.

— Aquí, señor — expliqué tímidamente —. «También Georgiana.» Ésta es mi madre.

— ¡Oh! — dijo volviendo a mi lado —. ¿Y tu padre está con tu madre?

— Sí, señor — contesté —. Él también. Fue el último de su nombre en la parroquia.

— ¡Ya! — murmuró, reflexivo —. Ahora dime con quién vives, en el supuesto de que te dejen vivir con alguien, cosa que todavía no creo.

— Con mi hermana, señor... Con la señora Joe Gargery, esposa de Joe Gargery, el herrero.

— E1 herrero, ¿eh? — dijo mirándose la pierna.

Después de contemplarla un rato y de mirarme varias veces, se acercó a la losa en que yo estaba sentado, me cogió con ambos brazos y me echó hacia atrás tanto como pudo, sin soltarme: de manera que sus ojos miraban con la mayor tenacidad y energía en los míos, que a su vez le contemplaban con el mayor susto.

— Escúchame ahora — dijo —. Se trata de saber si se te permitiré seguir viviendo. ¿Sabes lo que es una lima?

— Sí, señor.

— ¿Y sabes lo que es comida?

— Sí, señor.

Al terminar cada pregunta me inclinaba un poco más hacia atrás, a fin de darme a entender mi estado de indefensión y el peligro que corría.

— Me traerás una lima — dijo echándome hacia atrás —Y también víveres.— Y volvió a inclinarme —. Me traerás las dos cosas — añadió repitiendo la operación —. Si no lo haces, te arrancaré el corazón y el hígado. — Y para terminar me dio una nueva sacudida.

Yo estaba mortalmente asustado y tan aturdido que me agarré a él con ambas manos y le dije:

— Si quiere usted hacerme el favor de permitir que me ponga en pie, señor, tal vez no me sentiría enfermo y podría prestarle mayor atención.

Me hizo dar una tremenda voltereta, de modo que otra vez la iglesia pareció saltar por encima de la veleta. Luego me sostuvo por los brazos en posición natural en lo alto de la piedra y continuó con las espantosas palabras siguientes:

— Mañana por la mañana, temprano, me traerás esa lima y víveres. Me lo entregarás todo a mí, junto a la vieja Batería que se ve allá. Harás eso y no te atreverás a decir una palabra ni a hacer la menor señal que dé a entender que has visto a una persona como yo o parecida a mí; si lo haces así, te permitiré seguir viviendo. Si no haces lo que te mando o hablas con alguien de lo que ha ocurrido aquí, por poco que sea, te aseguro que te arrancaré el corazón y el hígado, los asaré y me los comeré. He de advertirte que no estoy solo, como tal vez te has figurado. Hay un joven oculto conmigo, en comparación con el cual yo soy un ángel. Este joven está oyendo ahora lo que te digo, y tiene un modo secreto y peculiar de apoderarse de los muchachos y de arrancarles el corazón y el hígado. Es en vano que un muchacho trate de esconderse o de rehuir a ese joven. Por mucho que cierre su puerta y se meta en la cama o se tape la cabeza, creyéndose que está seguro y cómodo, el joven en cuestión se introduce suavemente en la casa, se acerca a él y lo destroza en un abrir y cerrar de ojos. En estos momentos, y con grandes dificultades, estoy conteniendo a ese joven para que no te haga daño. Créeme que me cuesta mucho evitar que te destroce. Y ahora, ¿qué dices?

Contesté que le proporcionaría la lima y los restos de comida que pudiera alcanzar y que todo se lo llevaría a la mañana siguiente, muy temprano, para entregárselo en la Batería.

— ¡Dios te mate si no lo haces! — exclamó el hombre.

Yo dije lo mismo y él me puso en el suelo.

—Ahora – prosiguió — recuerda lo que has prometido; recuerda también al joven del que te he hablado, y vete a casa.

— Bue... buenas noches, señor — tartamudeé.

— ¡Ojala las tenga buenas! — dijo mirando alrededor y hacia el marjal—. ¡Ojala fuese una rana o una anguila!

A1 mismo tiempo se abrazó a sí mismo con ambos brazos, como si quisiera impedir la dispersión de su propio cuerpo, y se dirigió cojeando hacia la cerca de poca elevación de la iglesia. Cuando se marchaba, pasando por entre las ortigas y por entre las zarzas que rodeaban los verdes montículos, iba mirando, según pareció a mis infantiles ojos, como si quisiera eludir las manos de los muertos que asomaran cautelosamente de las tumbas para agarrarlo por el tobillo y meterlo en las sepulturas.

Cuando llegó a la cerca de la iglesia, la saltó como hombre cuyas piernas están envaradas y adormecidas, y luego se volvió para observarme. A1 ver que me contemplaba, volví el rostro hacia mi casa a hice el mejor uso posible de mis piernas. Pero luego miré por encima de mi hombro, y le vi que se dirigía nuevamente hacia el río, abrazándose todavía con los dos brazos y eligiendo el camino con sus doloridos pies, entre las grandes piedras que fueron colocadas en el marjal a fin de poder pasar por allí en la época de las lluvias o en la pleamar.

Ahora los marjales parecían una larga y negra línea horizontal. En el cielo había fajas rojizas, separadas por otras muy negras. A orillas del río pude distinguir débilmente las dos únicas cosas oscuras que parecían estar erguidas; una de ellas era la baliza, gracias a la cual se orientaban los marinos, parecida a un barril sin tapa sobre una pértiga, cosa muy fea y desagradable cuando se estaba cerca: era una horca, de la que colgaban algunas cadenas que un día tuvieron suspendido el cuerpo de un pirata. Aquel hombre se acercaba cojeando a esta última, como si fuese el pirata resucitado y quisiera ahorcarse otra vez. Cuando pensé en eso, me asusté de un modo terrible y, al ver que las ovejas levantaban sus cabezas para mirar a aquel hombre, me pregunté si también creerían lo mismo que yo. Volví los ojos alrededor de mí en busca de aquel terrible joven, mas no pude descubrir la menor huella de él. Y como me había asustado otra vez, eché a correr hacia casa sin detenerme.

Capítulo II

Mi hermana, la señora Joe Gargery, tenía veinte años más que yo y había logrado gran reputación consigo misma y con los vecinos por haberme criado «a mano». Como en aquel tiempo tenía que averiguar yo solo el significado de esta expresión, y por otra parte me constaba que ella tenía una mano dura y pesada, así como la costumbre de dejarla caer sobre su marido y sobre mí, supuse que tanto Joe Gargery como yo habíamos sido criados «a mano».

Mi hermana no hubiera podido decirse hermosa, y yo tenía la vaga impresión de que, muy probablemente, debió de obligar a Joe Gargery a casarse con ella, también «a mano». Joe era guapo; a ambos lados de su suave rostro se veían algunos rizos de cabello dorado, y sus ojos tenían un tono azul tan indeciso, que parecían haberse mezclado, en parte, con el blanco de los mismos. Era hombre suave, bondadoso, de buen genio, simpático, atolondrado y muy buena persona; una especie de Hércules, tanto por lo que respecta a su fuerza como a su debilidad.

Mi hermana, la señora Joe, tenía el cabello y los ojos negros y el cutis tan rojizo, que muchas veces yo mismo me preguntaba si se lavaría con un rallador en vez de con jabón. Era alta y casi siempre llevaba un delantal basto, atado por detrás con dos cintas y provisto por delante de un peto inexpugnable, pues estaba lleno de alfileres y de agujas. Se envanecía mucho de llevar tal delantal, y ello constituía uno de los reproches que dirigía a Joe. A pesar de cuyo envanecimiento, yo no veía la razón de que lo llevara.

La forja de Joe estaba inmediata a nuestra casa, que era de madera, así como la mayoría de las viviendas de aquella región en aquel tiempo. Cuando iba a casa desde el cementerio, la forja estaba cerrada, y Joe, sentado y solo en la cocina. Como él y yo éramos compañeros de sufrimientos y nos hacíamos las confidencias propias de nuestro caso, Joe se dispuso a hacerme una en el momento en que levanté el picaporte de la puerta y me asomé, viéndole frente a ella y junto al rincón de la chimenea.

— Te advierto, Pip, que la señora Joe ha salido una docena de veces en tu busca. Y ahora acaba de salir otra vez para completar la docena de fraile.

— ¿Está fuera?

— Sí, Pip — replicó Joe —. Y lo peor es que ha salido llevándose a «Thickler».

A1 oír este detalle desagradabilísimo empecé a retorcer el único botón de mi chaleco y, muy deprimido, miré al fuego; « Thickler » era un bastón, ya pulimentado por los choques sufridos contra mi armazón.

— Se ha emborrachado — dijo Joe —. Y levantándose, agarró a « Thickler » y salió. Esto es lo que ha hecho — añadió removiendo con un hierro el fuego por entre la reja y mirando a las brasas —. Y así salió, Pip.

— ¿Hace mucho rato, Joe?

Yo le trataba siempre como si fuese un niño muy crecido; desde luego, no como a un igual.

— Pues mira — dijo Joe consultando el reloj holandés —. Hace cosa de veinte minutos, Pip. Pero ahora vuelve. Escóndete detrás de la puerta, muchacho, y cúbrete con la toalla.

Seguí el consejo. Mi hermana, la señora Joe, abriendo por completo la puerta de un empujón, encontró un obstáculo tras ella, lo cual le hizo adivinar en seguida la causa, y por eso se valió de «Thickler» para realizar una investigación. Terminó arrojándome a Joe — es de advertir que yo muchas veces servía de proyectil matrimonial —, y el herrero, satisfecho de apoderarse de mí, fuese como fuese, me escondió en la chimenea y me protegió con su enorme pierna.

— ¿Dónde has estado, mico asqueroso? — preguntó la señora Joe dando una patada —. Dime inmediatamente qué has estado haciendo. No sabes el susto y las molestias que me has ocasionado. Si no hablas en seguida, te voy a sacar de ese rincón y de nada te valdría que, en vez de uno, hubiese ahí cincuenta Pips y los protegieran quinientos Gargerys.

— He estado en el cementerio — dije, desde mi refugio, llorando y frotándome el cuerpo.

— ¿En el cementerio? — repitió mi hermana —. ¡Como si no te hubiera avisado, desde hace mucho tiempo, de que no vayas allí a pasar el rato! ¿Sabes quién te ha criado as mano»?

— Tú — dije.

— ¿Y por qué lo hice? Me gustaría saberlo — exclamó mi hermana.

— Lo ignoro — gemí.

— ¿Lo ignoras? Te aseguro que no volvería a hacerlo.

- Estoy persuadida de ello. Sin mentir, puedo decir que desde que naciste, nunca me he quitado este delantal. Ya es bastante desgracia la mía el ser mujer de un herrero, y de un herrero como Gargery, sin ser tampoco tu madre.

Mis pensamientos tomaron otra dirección mientras miraba desconsolado el fuego. En aquel momento me pareció ver ante los vengadores carbones que no tenía más remedio que cometer un robo en aquella casa para llevar al fugitivo de los marjales, al que tenía un hierro en la pierna, y por temor a aquel joven misterioso, una lima y algunos alimentos.

— ¡Ah! — exclamó la señora Joe dejando a «Thickler» en su rincón —. ¿De modo que en el cementerio? Podéis hablar de él, vosotros dos — uno de nosotros, por lo menos, no había pronunciado tal palabra —. Cualquier día me llevaréis al cementerio entre los dos, y, cuando esto ocurra, bonita pareja haréis.

Y se dedicó a preparar los cachivaches del té, en tanto que Joe me miraba por encima de su pierna, como si, mentalmente, se imaginara y calculara la pareja que haríamos los dos en las dolorosas circunstancias previstas por mi hermana. Después de eso se acarició la patilla y los rubios rizos del lado derecho de su cara, en tanto que observaba a la señora Joe con sus azules ojos, como solía hacer en los momentos tempestuosos.

Mi hermana tenía un modo agresivo e invariable de cortar nuestro pan con manteca. Primero, con su mano izquierda, agarraba con fuerza el pan y lo apoyaba en su peto, por lo que algunas veces se clavaba en aquél un alfiler o una aguja que más tarde iban a parar a nuestras bocas. Luego tomaba un poco de manteca, nunca mucha, por medio de un cuchillo, y la extendía en la rebanada de pan con movimientos propios de un farmacéutico, como si hiciera un emplasto, usando ambos lados del cuchillo con la mayor destreza y arreglando y moldeando la manteca junto a la corteza. Hecho esto, daba con el cuchillo un golpe final en el extremo del emplasto y cortaba la rebanada muy gruesa, pero antes de separarla por completo del pan la partía por la mitad, dando una parte a Joe y la otra a mí.

En aquella ocasión, a pesar de que yo tenía mucha hambre, no me atrevía a comer mi parte de pan con manteca. Comprendí que debía reservar algo para mi terrible desconocido y para su aliado, aquel joven aún más terrible que él. Me constaba la buena administración casera de la señora Joe y de antemano sabía que mis pesquisas rateriles no encontrarían en la despensa nada que valiera la pena. Por consiguiente, resolví guardarme aquel pedazo de pan con manteca en una de las perneras de mi pantalón.

Advertí que era horroroso el esfuerzo de resolución necesario para realizar mi cometido. Era como si me hubiese propuesto saltar desde lo alto de una casa elevada o hundirme en una gran masa de agua. Y Joe, que, naturalmente, no sabía una palabra de mis propósitos, contribuyó a dificultarlos más todavía. En nuestra franca masonería ya mencionada, de compañeros de penas y fatigas, y en su bondadosa amistad hacia mí, había la costumbre, seguida todas las noches, de comparar nuestro modo respectivo de comernos el pan con manteca, exhibiéndolos de vez en cuando y en silencio a la admiración mutua, lo cual nos estimulaba para realizar nuevos esfuerzos. Aquella noche, Joe me invitó varias veces, mostrándome repetidamente su pedazo de pan, que disminuía con la mayor rapidez, a que tomase parte en nuestra acostumbrada y amistosa competencia; pero cada vez me encontró con mi amarilla taza de té sobre la rodilla y el pan con manteca, entero, en la otra. Por fin, ya desesperado, comprendí que debía realizar lo que me proponía y que tenía que hacerlo del modo más difícil, atendidas las circunstancias. Me aproveché del momento en que Joe acababa de mirarme y deslicé el pedazo de pan con manteca por la pernera de mi pantalón.

Sin duda, Joe estaba intranquilo por lo que se figuró ser mi falta de apetito y mordió pensativo su pedazo de pan, que en apariencia no se comía a gusto. Lo revolvió en la boca mucho más de lo que tenía por costumbre, entreteniéndose largo rato, y por fin se lo tragó como si fuese una píldora. Se disponía a morder nuevamente el pan y acababa de ladear la cabeza para hacerlo, cuando me sorprendió su mirada y vio que había desaparecido mi pan con manteca.

La extrañeza y la consternación que obligaron a Joe a detenerse, y la mirada que me dirigió, eran demasiado extraordinarias para que escaparan a la observación de mi hermana.

— ¿Qué ocurre? —preguntó con cierta elegancia, mientras dejaba su taza.

— Oye — murmuró Joe mirándome y meneando la cabeza con aire de censura —. Oye, Pip. Te va a hacer daño. No es posible que hayas mascado el pan.

— ¿Qué ocurre ahora? — repitió mi hermana, con voz más seca que antes.

— Si puedes devolverlo, Pip, hazlo — dijo Joe, asustado —. La limpieza y la buena educación valen mucho, pero, en resumidas cuentas, vale más la salud.

Mientras tanto, mi hermana, que se había encolerizado ya, se dirigió a Joe y, agarrándole por las dos patillas, le golpeó la cabeza contra la pared varias veces, en tanto que yo, sentado en un rincón, miraba muy asustado.

— Tal vez ahora me harás el favor de decirme qué sucede — exclamó mi hermana, jadeante —. Con esos ojos pareces un cerdo asombrado.

Joe la miró atemorizado; luego dio un mordisco al pan y volvió a mirarla.

— Ya sabes, Pip — dijo Joe con solemnidad y con el bocado de pan en la mejilla, hablándome con voz confidencial, como si estuviéramos solos —, ya sabes que tú y yo somos amigos y que no me gusta reprenderte. Pero... — y movió su silla, miró el espacio que nos separaba y luego otra vez a mí —, pero este modo de tragar...

— ¿Se ha tragado el pan sin mascar? — exclamó mi hermana.

— Mira, Pip — dijo Joe con los ojos fijos en mí, sin hacer caso de la señora Joe y sin tragar el pan que tenía en la mejilla —. Cuando yo tenía tu edad, muchas veces tragaba sin mascar y he hecho como otros muchos niños suelen hacer; pero jamás vi tragar un bocado tan grande como tú, Pip, hasta el punto de que me asombra que no te hayas ahogado.

Mi hermana se arrojó hacia mí y me cogió por el cabello, limitándose a pronunciar estas espantosas palabras:

— Ven, que vas a tomar el medicamento.

En aquellos tiempos, algún asno médico había recetado el agua de alquitrán como excelente medicina, y la señora Joe tenía siempre una buena provisión en la alacena, pues creía que sus virtudes correspondían a su infame sabor. Muchas veces se me administraba una buena cantidad de este elixir como reconstituyente ideal, y, en tales casos, yo salía apestando como si fuese una valla de madera alquitranada. Aquella noche, la urgencia de mi caso me obligó a tragarme un litro de aquel brebaje, que me echaron al cuello para mayor comodidad, mientras la señora Joe me sostenía la cabeza bajo el brazo, del mismo modo como una bota queda sujeta en un sacabotas. Joe se tomó también medio litro, y tuvo que tragárselo muy a su pesar, por haberse quedado muy triste y meditabundo ante el fuego a causa de la impresión sufrida. Y, a juzgar por mí mismo, puedo asegurar que la impresión la tuvo luego aunque no la hubiese tenido antes.

La conciencia es una cosa espantosa cuando acusa a un hombre; pero cuando se trata de un muchacho y, además de la pesadumbre secreta de la culpa, hay otro peso secreto a lo largo de la pernera del pantalón, es, según puedo atestiguar, un gran castigo. El conocimiento pecaminoso de que iba a robar a la señora Joe — desde luego, jamás pensé en que iba a robar a Joe, porque nunca creía que le perteneciese nada de lo que había en la casa —, unido a la necesidad de sostener con una mano el pan con manteca mientras estaba sentado o cuando me mandaban que fuera a uno a otro lado de la cocina a ejecutar una pequeña orden, me quitaba la tranquilidad. Luego, cuando los vientos del marjal hicieron resplandecer el fuego, creí oír fuera de la casa la voz del hombre con el hierro en la pierna que me hiciera jurar el secreto, declarando que no podía ni quería morirse de hambre hasta la mañana, sino que deseaba comer en seguida. También pensaba, a veces, que aquel joven a quien con tanta dificultad contuvo su compañero para que no se arrojara contra mí, tal vez cedería a una impaciencia de su propia constitución o se equivocaría de hora, creyéndose ya con derecho a mi corazón y a mi hígado aquella misma noche, en vez de esperar a la mañana siguiente. Y si alguna vez el terror ha hecho erizar a alguien el cabello, esta persona debía de ser yo aquella noche. Pero tal vez nunca se erizó el cabello de nadie.

Era la vigilia de Navidad, y yo, con una varilla de cobre, tenía que menear el pudding para el día siguiente, desde las siete hasta las ocho, según las indicaciones del reloj holandés. Probé de hacerlo con el impedimento que llevaba en mi pierna, cosa que me hizo pensar otra vez en el hombre que llevaba aquel hierro en la suya, y observé que el ejercicio tenía tendencia a llevar el pan con manteca hacia el tobillo sin que yo pudiera evitarlo. Felizmente, logré salir de la cocina y deposité aquella parte de mi conciencia en el desván, en donde tenía el dormitorio.

— Escucha — dije en cuanto hube terminado de menear el pudding y mientras me calentaba un poco ante la chimenea antes de irme a la cama —. ¿No has oído cañonazos, Joe?

— ¡Ah! —exclamó él —. ¡Otro penado que se habrá escapado!

— ¿Qué quieres decir, Joe? — pregunté.

La señora Joe, que siempre se daba explicaciones a sí misma, murmuró con voz huraña:

— ¡Fugado! ¡Fugado!

Y administraba esta definición como si fuese agua de alquitrán.

Mientras la señora Joe estaba sentada y con la cabeza inclinada sobre su costura, yo moví los labios disponiéndome a preguntar a Joe: « ¿Qué es un penado?» Joe puso su boca en la forma apropiada para devolver su elaborada respuesta, pero yo no pude comprender de ella más que una sola palabra: «Pip».

— La noche pasada se escapó un penado — dijo Joe, en voz alta —, según se supo por los cañonazos que se oyeron a la puesta del sol. Dispararon para avisar su fuga. Y ahora parece que tiran para dar cuenta de que se ha fugado otro.

— Y ¿quién dispara? — pregunté.

— ¡Cállate! — exclamó mi hermana, mirándome con el ceño fruncido —. ¡Qué preguntón eres! No preguntes nada, y así no te dirán mentiras.

No se hacía mucho favor a sí misma, según me dije, al indicar que ella podría contestarme con alguna mentira en caso de que le hiciera una pregunta. Pero ella, a no ser que hubiese alguna visita, jamás se mostraba cortés.

En aquel momento, Joe aumentó en gran manera mi curiosidad, esforzándose en abrir mucho la boca para ponerla en la forma debida a fin de pronunciar una palabra que a mí me pareció que debía ser «malhumor». Por consiguiente, señalé a la señora Joe y dispuse los labios de manera como si quisiera preguntar: « ¿Ella?» Pero Joe no quiso oírlo, y de nuevo volvió a abrir mucho la boca para emitir silenciosamente una palabra que, pese a mis esfuerzos, no pude comprender.

— Señora Joe — dije yo, como último recurso —. Si no tienes inconveniente, me gustaría saber de dónde proceden esos disparos.

— ¡Dios te bendiga! — exclamó mi hermana como si no quisiera significar eso, sino, precisamente, todo lo contrario —. De los Pontones.

— ¡Oh! — exclamé mirando a Joe —. ¿De los Pontones?

Joe tosió en tono de reproche, como si quisiera decir: «Ya te lo había explicado.»

— ¿Y qué son los Pontones? — pregunté.

— Este muchacho es así — exclamó mi hermana, apuntándome con la aguja y el hilo y meneando la cabeza hacia mí —. Contéstale a una pregunta, y él te hará doce más.

Los Pontones son los barcos que sirven de prisión y que se hallan al otro lado de los marjales.

— ¿Y por qué encierran a la gente en esos barcos? — pregunté sin dar mayor importancia a mis palabras, aunque desesperado en el fondo.

Eso era ya demasiado para la señora Joe, que se levantó inmediatamente.

— Mira, muchacho — dijo —. No te he subido a mano para que molestes de esta manera a la gente. Si así fuese, merecería que me criticasen y no que me alabaran. Se encierra a la gente en los Pontones porque asesinan, porque roban, porque falsifican o porque cometen alguna mala acción. Y todos ellos empezaron haciendo preguntas. Ahora vete a la cama.

Nunca me dejaban llevar una vela para acostarme, y cuando subía las escaleras a oscuras, con la cabeza vacilante porque el dedal de la señora Joe repiqueteó en ella para acompañar sus últimas palabras, estaba convencido de que acabaría en los Pontones. Con seguridad seguía el camino apropiado para terminar en ellos. Empecé haciendo preguntas y ya me disponía a robar a la señora Joe.

Desde aquel tiempo, que ya ahora es muy lejano, he pensado muchas veces que pocas personas se han dado cuenta de la reserva de los muchachos que viven atemorizados. Poco importa que el terror no esté justificado, porque, a pesar de todo, es terror. Yo estaba lleno del miedo hacia aquel joven desconocido que deseaba devorar mi corazón y mi hígado. Tenía pánico mortal de mi interlocutor, el que llevaba un hierro en la pierna; lo tenía de mí mismo por verme obligado a cumplir una promesa que me arrancaron por temor; y no tenía esperanza de librarme de mi todopoderosa hermana, que me castigaba continuamente, aumentando mi miedo el pensamiento de lo que podría haber hecho en caso necesario y a impulsos de mi secreto terror.

Si aquella noche pude dormir, sólo fue para imaginarme a mí mismo flotando río abajo en una marea viva de primavera y en dirección a los Pontones. Un fantástico pirata me llamó, por medio de una bocina, cuando pasaba junto a la horca, diciéndome que mejor sería que tomase tierra para ser ahorcado en seguida, en vez de continuar mi camino. Temía dormir, aunque me sentía inclinado a ello por saber que en cuanto apuntase la aurora me vería obligado a saquear la despensa. No era posible hacerlo durante la noche, porque en aquellos tiempos no se encendía la luz como ahora gracias a la sencilla fricción de un fósforo. Para tener luz habría tenido que recurrir al pedernal y al acero, haciendo así un ruido semejante al del mismo pirata al agitar sus cadenas.

Tan pronto como el negro aterciopelado que se vela a través de mi ventanita se tiñó de gris, me apresuré a levantarme y a bajar la escalera; todos los tablones de madera y todas las resquebrajaduras de cada madero parecían gritarme: « ¡Detente, ladrón!» y « ¡Despiértese, señora Joe!» En la despensa, que estaba mucho mejor provista que de costumbre por ser la víspera de Navidad, me alarmé mucho al ver que había una liebre colgada de las patas posteriores y me pareció que guiñaba los ojos cuando estaba ligeramente vuelto de espaldas hacia ella. No tuve tiempo para ver lo que tomaba, ni de elegir, ni de nada, porque no podía entretenerme. Robé un poco de pan, algunas cortezas de queso, cierta cantidad de carne picada, que guardé en mi pañuelo junto con el pan y manteca de la noche anterior, y un poco de aguardiente de una botella de piedra, que eché en un frasco de vidrio (usado secretamente para hacer en mi cuarto agua de regaliz). Luego acabé de llenar de agua la botella de piedra. También tomé un hueso con un poco de carne y un hermoso pastel de cerdo. Me disponía a marcharme sin este último, pero sentí la tentación de encaramarme en un estante para ver qué cosa estaba guardada con tanto cuidado en un plato de barro que había en un rincón; observando que era el pastel, me lo llevé, persuadido de que no estaba dispuesto para el día siguiente y de que no lo echarían de menos en seguida.

En la cocina había una puerta que comunicaba con la fragua. Quité la tranca y abrí el cerrojo de ella, y así pude tomar una lima de entre las herramientas de Joe. Luego cerré otra vez la puerta como estaba, abrí la que me dio paso la noche anterior al llegar a casa y, después de cerrarla de nuevo, eché a correr hacia los marjales cubiertos de niebla.

Capítulo III

Había mucha escarcha y la humedad era grande. Antes de salir pude ver la humedad condensada en la parte exterior de mi ventanita, como si allí hubiese estado llorando un trasgo durante toda la noche usando la ventana a guisa de pañuelo. Ahora veía la niebla posada sobre los matorrales y sobre la hierba, como telarañas mucho más gruesas que las corrientes, colgando de una rama a otra o desde las matas hasta el suelo. La humedad se había posado sobre las puertas y sobre las cercas, y era tan espesa la niebla en los marjales, que el poste indicador de nuestra aldea, poste que no servía para nada porque nadie iba por allí, fue invisible para mí hasta que estuve casi debajo. Luego, mientras lo miré gotear, a mi conciencia oprimida le pareció un fantasma que me iba a entregar a los Pontones.

Más espesa fue la niebla todavía cuando salí de los marjales, hasta el punto de que, en vez de acercarme corriendo a alguna. cosa, parecía que ésta echara a correr hacia mí. Ello era muy desagradable para una mente pecadora. Las puertas, las represas y las orillas se arrojaban violentamente contra mí a través de la niebla, como si quisieran exclamar con la mayor claridad: « ¡Un muchacho que ha robado un pastel de cerdo! ¡Detenedle!» Las reses se me aparecían repentinamente, mirándome con asombrados ojos, y por el vapor que exhalaban sus narices parecían exclamar: « ¡Eh, ladronzuelo!» Un buey negro con una mancha blanca en el cuello, que a mi temerosa conciencia le pareció que tenía cierto aspecto clerical, me miró con tanta obstinación en sus ojos y movió su maciza cabeza de un modo tan acusador cuando yo lo rodeaba, que no pude menos que murmurar: «No he tenido más remedio, señor. No lo he robado para mí.» Entonces él dobló la cabeza, resopló despidiendo una columna de humo por la nariz y se desvaneció dando una coz con las patas traseras y agitando el rabo.

Ya estaba cerca del río, mas a pesar de que fui muy aprisa, no podía calentarme los pies. A ellos parecía haberse agarrado la humedad, como se había agarrado el hierro a la pierna del hombre a cuyo encuentro iba. Conocía perfectamente el camino que conducía a la Batería, porque estuve allí un domingo con Joe, y éste, sentado en un cañón antiguo, me dijo que cuando yo fuese su aprendiz y estuviera a sus órdenes, iríamos allí a cazar alondras. Sin embargo, y a causa de la confusión originada por la niebla, me hallé de pronto demasiado a la derecha y, por consiguiente, tuve que retroceder a lo largo de la orilla del río, pasando por encima de las piedras sueltas que había sobre el fango y por las estacas que contenían la marea. Avanzando por allí, tan de prisa como me fue posible, acababa de cruzar una zanja que, según sabía, estaba muy cerca de la Batería, y precisamente cuando subía por el montículo inmediato a la zanja vi a mi hombre sentado. Estaba vuelto de espaldas, con los brazos doblados, y cabeceaba a. causa del sueño.

Me figuré que se pondría contento si me aparecía ante él llevándole el desayuno de un modo inesperado, y así me acerqué sin hacer ruido y le toqué el hombro. Instantáneamente dio un salto, y entonces vi que no era aquel mismo hombre, sino otro.

Sin embargo, también iba vestido de gris y tenía un hierro en la pierna; cojeaba del mismo modo, tenía la voz ronca y estaba muerto de frío; en una palabra, se parecía mucho al otro, a excepción de que no tenía el mismo rostro y de que llevaba un sombrero de anchas alas, plano y muy metido en la cabeza. Observé en un momento todos estos detalles, porque no me dio tiempo para más. Profirió una blasfemia y me dio un golpe, pero estaba tan débil, que apenas me tocó y, en cambio, le hizo tambalear. Luego echó a correr por entre la niebla, tropezando dos veces, y por fin le perdí de vista.

«Éste será el joven», pensé, —mientras se detenía mi corazón al identificarlo. Y también habría sentido dolor en el hígado si hubiese sabido dónde lo tenía.

Poco después llegué a la Batería, y allí encontré a mi conocido, abrazándose a sí mismo y cojeando de un lado a otro, como si en toda la noche no hubiese dejado de hacer ambas cosas. Me esperaba. Indudablemente, tenía mucho frío. Yo casi temía que se cayera ante mí y se quedase helado. Sus ojos expresaban tal hambre, que, cuando le entregué la lima y él la dejó sobre la hierba, se me ocurrió que habría sido capaz de comérsela si no hubiese visto lo que le llevaba. Aquella vez no me hizo dar ninguna voltereta para apoderarse de lo que tenía, sino que me permitió continuar en pie mientras abría el fardo y vaciaba mis bolsillos.

— ¿Qué hay en esa botella, muchacho? — me preguntó.

— Aguardiente — contesté.

Él, mientras tanto, tragaba de un modo curioso la carne picada; más como quien quisiera guardar algo con mucha prisa y no como quien come, pero dejó la carne para tomar un trago de licor. Mientras tanto se estremecía con tal violencia que a duras penas podía conservar el cuello de la botella entre los dientes, de modo que se vio obligado a sujetarla con ellos.

— Me parece que ha cogido usted fiebre.

— Creo lo mismo, muchacho — contestó.

— Este sitio es muy malo — advertí —. Se habrá usted echado en el marjal, que es muy malsano. También da reuma.

— Pues antes de morirme — dijo —, me desayunaré. Y seguiría comiendo aunque luego tuviesen que ahorcarme en esta horca. No me importan los temblores que tengo, te lo aseguro.

Y, al mismo tiempo, se tragaba la carne picada, roía el hueso y se comía el pan, el queso y el pastel de cerdo, todo a la vez. No por eso dejaba de mirar con la mayor desconfianza alrededor de nosotros, y a veces se interrumpía, dejando también de mascar, a fin de escuchar. Cualquier sonido, verdadero o imaginado, cualquier ruido en el río, o la respiración de un animal sobre el marjal, le sobresaltaba, y entonces me decía:

— ¿No me engañas? ¿No has traído a nadie contigo?

— No, señor, no.

— ¿Ni has dicho a nadie que te siguiera?

— No.

— Está bien — dijo —. Te creo. Serías una verdadera fiera si, a tu edad, ayudases a cazar a un desgraciado como yo.

En su garganta sonó algo como si dentro tuviera una maquinaria que se dispusiera a dar la hora. Y con la destrozada manga de su traje se limpió los ojos.

Compadecido por su situación y observándole mientras, gradualmente, volvía a aplicarse al pastel de cerdo, me atreví a decirle:

— No sabe usted cuánto me contenta que le guste lo que le he traído.

— ¿Qué dices?

— Que estoy muy satisfecho de que le guste.

— Gracias, muchacho; me gusta.

Muchas veces había contemplado mientras comía a un gran perro que teníamos, y ahora observaba la mayor semejanza entre el modo de comer del animal y el de aquel hombre. Éste tomaba grandes y repentinos bocados, exactamente del mismo modo que el perro. Se tragaba cada bocado demasiado pronto y demasiado aprisa; y luego miraba de lado, como si temiese que de cualquier dirección pudiera llegar alguien para disputarle lo que estaba comiendo. Estaba demasiado asustado para saborear tranquilamente el pastel, y creí que si alguien se presentase a disputarle la comida, sería capaz de acometerlo a mordiscos. En todo eso se portaba igual que el perro.

— Me temo que no quedará nada para él — dije con timidez y después de un silencio durante el cual estuve indeciso acerca de la conveniencia de hacer aquella observación —. No me es posible sacar más del lugar de donde he tomado esto.

La certeza de este hecho fue la que me dio valor bastante para hacer la indicación.

— ¿Dejarle nada? Y ¿quién es él? — preguntó mi amigo, interrumpiéndose en la masticación del pastel.

— El joven. Ese de quien me habló usted. El que estaba escondido.

— ¡Ah, ya! — replicó con bronca risa —. ¿Él? Sí, sí. Él no necesita comida.

— Pues a mí me pareció que le habría gustado mucho comer — dije.

Mi compañero dejó de hacerlo y me miró con la mayor atención y sorpresa.

— ¿Que te pareció...? ¿Cuándo?

— Hace un momento.

— ¿Dónde?

—Ahí — dije señalando el lugar —. Precisamente ahí lo encontré medio dormido, y me figuré que era usted.

Me cogió por el cuello de la ropa y me miró de tal manera que llegué a temer que de nuevo se propusiera cortarme la cabeza.

— Iba vestido como usted, aunque llevaba sombrero — añadí, temblando —. Y... y... — temía no acertar a explicarlo con la suficiente delicadeza —. Y con... con la misma razón para necesitar una lima. ¿No oyó usted los cañonazos ayer noche?

— ¿Dispararon cañonazos? — me preguntó.

— Me figuraba que lo sabía usted — repliqué —, porque los oímos desde mi casa, que está bastante más lejos y además teníamos las ventanas cerradas.

— Ya comprendo — dijo —. Cuando un hombre está solo en estas llanuras, con la cabeza débil y el estómago desocupado, muriéndose de frío y de necesidad, no oye en toda la noche más que cañonazos y voces que le llaman. Y no solamente oye, sino que ve a los soldados, con sus chaquetas rojas, alumbradas por las antorchas y que le rodean a uno. Oye cómo gritan su número, oye cómo le intiman a que se rinda, oye el choque de las armas de fuego y también las órdenes de « ¡Preparen! ¡Apunten!

« ¡Rodeadle, muchacho!» Y siente cómo le ponen encima las manos, aunque todo eso no exista. Por eso anoche creí ver varios pelotones que me perseguían y oí el acompasado ruido de sus pasos. Pero no vi uno, sino un centenar. Y en cuanto a cañonazos... Vi estremecerse la niebla ante el cañón, hasta que fue de día claro. Pero ese hombre... — añadió después de las palabras que acababa de pronunciar en voz alta, olvidando mi presencia —. ¿Has notado algo en ese hombre?

— Tenía la cara llena de contusiones — dije, recordando que apenas estaba seguro de ello.

— ¿No aquí? — exclamó el hombre golpeándose la mejilla izquierda con la palma de la mano.

— Sí, aquí.

— ¿Dónde está? — preguntó guardándose en el pecho los restos de la comida —. Dime por dónde fue. Lo alcanzaré como si fuese un perro de caza. ¡Maldito sea este hierro que llevo en la pierna! Dame la lima, muchacho.

Indiqué la dirección por donde la niebla había envuelto al otro, y él miró hacia allí por un instante. Pero como un loco se inclinó sobre la hierba húmeda para limar su hierro y sin hacer caso de mí ni tampoco de su propia pierna, en la que había una antigua excoriación que en aquel momento sangraba; sin embargo, él trataba su pierna con tanta rudeza como si no tuviese más sensibilidad que la misma lima. De nuevo volví a sentir miedo de él al ver como trabajaba con aquella apresurada furia, y también temí estar fuera de mi casa por más tiempo. Le dije que tenía que marcharme, pero él pareció no oírme, de manera que creí preferible alejarme silenciosamente. La última vez que le vi tenía la cabeza inclinada sobre la rodilla y trabajaba con el mayor ahínco en romper su hierro, murmurando impacientes imprecaciones dirigidas a éste y a la pierna. Más adelante me detuve a escuchar entre la niebla, y todavía pude oír el roce de la lima que seguía trabajando.

Capítulo IV

Estaba plenamente convencido de que al llegar a mi casa encontraría en la cocina a un agente de policía esperándome para prenderme. Pero no solamente no había allí ningún agente, sino que tampoco se había descubierto mi robo, La señora Joe estaba muy ocupada en disponer la casa para la festividad del día, y Joe había sido puesto en el escalón de entrada de la cocina, lejos del recogedor del polvo, instrumento al cual le llevaba siempre su destino, más pronto o más tarde, cuando mi hermana limpiaba vigorosamente los suelos de la casa.

— ¿Y dónde demonios has estado? — exclamó la señora Joe al verme y a guisa de salutación de Navidad, cuando yo y mi conciencia aparecimos en la puerta.

Contesté que había ido a oír los cánticos de Navidad.

— Muy bien — observó la señora Joe —. Peor podrías haber hecho.

Yo pensé que no había duda alguna acerca de ello.

— Tal vez si no fuese esposa de un herrero y, lo que es la misma cosa, una esclava que nunca se puede quitar el delantal, habría ido también a oír los cánticos — dijo la señora Joe —. Me gustan mucho, pero ésta es, precisamente, la mejor razón para que nunca pueda ir a oírlos.

Joe, que se había aventurado a entrar en la cocina tras de mí, cuando el recogedor del polvo se retiró ante nosotros, se pasó el dorso de la mano por la nariz con aire de conciliación, en tanto que la señora Joe le miraba, y en cuanto los ojos de ésta se dirigieron a otro lado, él cruzó secretamente los dos índices y me los enseñó como indicación de que la señora Joe estaba de mal humor. Tal estado era tan normal en ella, que tanto Joe como yo nos pasábamos semanas enteras haciéndonos cruces, señal convenida para dicho objeto, como si fuésemos verdaderos cruzados.

Tuvimos una comida magnífica, consistente en una pierna de cerdo en adobo adornada con verdura, y un par de gallos asados y rellenos. El día anterior, por la mañana, mi hermana hizo un hermoso pastel de carne picada, razón por la cual no había echado de menos el resto que yo me llevé, y el pudding estaba ya dispuesto en el molde. Tales preparativos fueron la causa de que sin ceremonia alguna nos acortasen nuestra ración en el desayuno, porque mi hermana dijo que no estaba dispuesta a atiborrarnos ni a ensuciar platos, con el trabajo que tenía por delante.

Por eso nos sirvió nuestras rebanadas de pan como si fuésemos dos mil hombres de tropa en una marcha forzada, en vez de un hombre y un chiquillo en la casa; y tomamos algunos tragos de leche y de agua, aunque con muy mala cara, de un jarrito que había en el aparador. Mientras tanto, la señora Joe puso cortinas limpias y blancas, clavó un volante de flores en la chimenea para reemplazar el viejo y quitó las fundas de todos los objetos de la sala, que jamás estaban descubiertos a excepción de aquel día, pues se pasaban el año ocultos en sus forros, los cuales no se limitaban a las sillas, sino que se extendían a los demás objetos, que solían estar cubiertos de papel de plata, incluso los cuatro perritos de lanas blancos que había sobre la chimenea, todos con la nariz negra y una cesta de flores en la boca, formando parejas. La señora Joe era un ama de casa muy limpia, pero tenía el arte exquisito de hacer su limpieza más desagradable y más incómoda que la misma suciedad. La limpieza es lo que está más cerca de la divinidad, y mucha gente hace lo mismo con respecto a su religión.

Como mi hermana tenia mucho trabajo, se hacía representar para ir a la iglesia, es decir, que en su lugar íbamos Joe y yo. En su traje de trabajo, Joe tenía completo aspecto de herrero, pero en el traje del día de fiesta parecía más bien un espantajo en traje de ceremonias. Nada de lo que entonces llevaba le caía bien o parecía pertenecerle, y todo le rozaba y le molestaba en gran manera. En aquel día de fiesta salió de su habitación cuando ya repicaban alegremente las campanas, pero su aspecto era el de un desgraciado penitente en traje dominguero. En cuanto a mí, creo que mi hermana tenía la idea general de que yo era un joven criminal, a quien un policía comadrón cogió el día de mi nacimiento para entregarme a ella, a fin de que me castigasen de acuerdo con la ultrajada majestad de la ley. Siempre me trataron como si yo hubiese porfiado para nacer a pesar de los dictados de la razón, de la religión y de la moralidad y contra los argumentos que me hubieran presentado, para disuadirme, mis mejores amigos. E, incluso, cuando me llevaron al sastre para que me hiciese un traje nuevo, sin duda recibió orden de hacerlo de acuerdo con el modelo de algún reformatorio y, desde luego, de manera que no me permitiese el libre uso de mis miembros.

Así, pues, cuando Joe y yo íbamos a la iglesia, éramos un espectáculo conmovedor para las personas compasivas. Y, sin embargo, todos mis sufrimientos exteriores no eran nada para los que sentía en mi interior. Los terrores que me asaltaron cada vez que la señora Joe se acercaba a la despensa o salía de la estancia no podían compararse más que con los remordimientos que sentía mi conciencia por lo que habían hecho mis manos. Bajo el peso de mi pecaminoso secreto, me pregunté si la Iglesia sería lo bastante poderosa para protegerme de la venganza de aquel joven terrible si divulgase lo que sabía. Ya me imaginaba el momento en que se leyeran los edictos y el clérigo dijera: «Ahora te toca declarar a ti.» Entonces había llegado la ocasión de levantarme y solicitar una conferencia secreta en la sacristía. Estoy muy lejos de tener la seguridad de que nuestra pequeña congregación no hubiera sentido asombro al ver que apelaba a tan extrema medida, pero tal vez me valdría el hecho de ser el día de Navidad y no un domingo cualquiera.

El señor Wopsle, el sacristán de la iglesia, tenía que comer con nosotros, y el señor Hubble, el carretero, así como la señora Hubble y también el tío Pumblechook (que lo era de Joe, pero la señora Joe se lo apropiaba), que era un rico tratante en granos, de un pueblo cercano, y que guiaba su propio carruaje. Se había señalado la una y media de la tarde para la hora de la comida. Cuando Joe y yo llegamos a casa, encontramos la mesa puesta, a la señora Joe mudada y la comida preparada, así como la puerta principal abierta — cosa que no ocurría en ningún otro día — a fin de que entraran los invitados; todo ello estaba preparado con la mayor esplendidez. Por otra parte, ni una palabra acerca del robo.

Pasó el tiempo sin que trajera ningún consuelo para mis sentimientos, y llegaron los invitados. El señor Wopsle, unido a una nariz romana y a una frente grande y pulimentada, tenía una voz muy profunda, de la que estaba en extremo orgulloso; en realidad, era valor entendido entre sus conocidos que, si hubiese tenido una oportunidad favorable, habría sido capaz de poner al pastor en un brete. Él mismo confesaba que si la Iglesia estuviese «más abierta», refiriéndose a la competencia, no desesperaría de hacer carrera en ella. Pero como la Iglesia no estaba «abierta», era, según ya he dicho, nuestro sacristán. Castigaba de un modo tremendo los «amén», y cuando entonaba el Salmo, pronunciando el versículo entero, miraba primero alrededor de él y a toda la congregación como si quisiera decir: «Ya han oído ustedes a nuestro amigo que está más alto; háganme el favor de darme ahora su opinión acerca de su estilo.»

Abrí la puerta para que entraran los invitados — dándoles a entender que teníamos la costumbre de hacerlo; — la abrí primero para el señor Wopsle, luego para el señor y la señora Hubble y últimamente para el tío Pumblechook. (A mí no se me permitía llamarle tío, bajo amenaza de los más severos castigos.)

— Señora Joe — dijo el tío Pumblechook, hombretón lento, de mediana edad, que respiraba con dificultad y que tenía una boca semejante a la de un pez, ojos muy abiertos y poco expresivos y cabello de color de arena, muy erizado en la cabeza, de manera que parecía que lo hubiesen asfixiado a medias y que acabara de volver en sí —. Quiero felicitarte en este día... Te he traído una botella de jerez y otra de oporto.

En cada Navidad se presentaba, como si fuese una novedad extraordinaria, exactamente con aquellas mismas palabras. Y todos los días de Navidad la señora Joe contestaba como lo hacía entonces:

— ¡Oh tío... Pum... ble... chook! ¡Qué bueno es usted!

Y, todos los días de Navidad, él replicaba, como entonces:

— No es más de lo que mereces. Espero que estéis todos de excelente humor. Y ¿cómo está ese medio penique de chico?

En tales ocasiones comíamos en la cocina y tomábamos las nueces, las naranjas y las manzanas en la sala, lo cual era un cambio muy parecido al que Joe llevaba a cabo todos los domingos al ponerse el traje de las fiestas. Mi hermana estaba muy contenta aquel día y, en realidad, parecía más amable que nunca en compañía de la señora Hubble que en otra cualquiera. Recuerdo que ésta era una mujer angulosa, de cabello rizado, vestida de color azul celeste y que presumía de joven por haberse casado con el señor Hubble, aunque ignoro en qué remoto período, siendo mucho más joven que él. En cuanto a su marido, era un hombre de alguna edad, macizo, de hombros salientes y algo encorvado. Solía oler a aserrín y andaba con las piernas muy separadas, de modo que, en aquellos días de mi infancia, yo podía ver por entre ellas una extensión muy grande de terreno siempre que lo encontraba cuando subía por la vereda.

En aquella buena compañía, aunque yo no hubiese robado la despensa, me habría encontrado en una posición falsa, y no porque me viese oprimido por un ángulo agudo de la mesa, que se me clavaba en el pecho, y el codo del tío Pumblechook en mi ojo, ni porque se me prohibiera hablar, cosa que no deseaba, así como tampoco porque se me obsequiara con las patas llenas de durezas de los pollos o con las partes menos apetitosas del cerdo, aquellas de las que el animal, cuando estaba vivo, no tenía razón alguna para envanecerse. No, no habría puesto yo el menor inconveniente en que me hubiesen dejado a solas. Pero no querían. Parecía como si creyesen perder una ocasión agradable si dejaban de hablar de mí de vez en cuando, señalándome también algunas veces. Y era tanto lo que me conmovían aquellas alusiones, que me sentía tan desgraciado como un toro en la plaza.

Ello empezó en el momento que nos sentamos a comer. El señor Wopsle dio las gracias, declamando teatralmente, según me parece ahora, en un tono que tenía a la vez algo del espectro de Hamlet y de Ricardo III, y terminó expresando la seguridad de que debíamos sentirnos llenos de agradecimiento. Inmediatamente después, mi hermana me miró y en voz baja y acusadora me dijo:

— ¿No lo oyes? Debes estar agradecido.

— Especialmente — dijo el señor Pumblechook — debes sentir agradecimiento, muchacho, por las personas que te han criado a mano.

La señora Hubble meneó la cabeza y me contempló con expresión de triste presentimiento de que yo no llegaría a ser bueno, y preguntó:

— ¿Por qué los muchachos no serán nunca agradecidos?

Tal misterio moral pareció excesivo para los comensales, hasta que el señor Hubble lo solventó concisamente diciendo:

—Son naturalmente viciosos.

Entonces todos murmuraron:

— Es verdad.

Y me miraron de un modo muy desagradable.

La situación y la influencia de Joe eran más débiles todavía, si tal cosa era posible, cuando había invitados que cuando estábamos solos. Pero a su modo, y siempre que le era dable, me consolaba y me ayudaba, y así lo hizo a la hora de comer, dándome salsa cuando la había. Y como aquel día abundaba, Joe me echó en el plato casi medio litro.

Un poco después, y mientras comíamos aún, el señor Wopsle hizo una crítica bastante severa del sermón, e indicó, en el caso hipotético de que la Iglesia estuviese «abierta», el sermón que él habría pronunciado. Y después de favorecer a su auditorio con algunas frases de su discurso, observó que consideraba muy mal elegido el asunto de la homilía de aquel día; lo cual era menos excusable, según añadió, cuando había tantos asuntos excelentes y muy indicados para semejante fiesta.

— Es verdad — dijo el tío Pumblechook —. Ha dado usted en el clavo. Hay muchos asuntos excelentes para quien sabe emplearlos. Esto es lo que se necesita. Un hombre que tenga juicio no ha de pensar mucho para encontrar un asunto apropiado, si para ello tiene la sal necesaria. — Y después de un corto intervalo de reflexión añadió —. Fíjese usted en el cerdo. Ahí tiene usted un asunto. Si necesita usted un asunto, fíjese en el cerdo.

— Es verdad, caballero — replicó el señor Wopsle, cuando yo sospechaba que iba a servirse de la ocasión para aludirme—. Y para los jóvenes pueden deducirse muchas cosas morales de este texto.

— Presta atención — me dijo mi hermana, aprovechando aquel paréntesis.

Joe me dio un poco más de salsa.

—Los cerdos — prosiguió el señor Wopsle con su voz más profunda y señalando con su tenedor mi enrojecido rostro, como si pronunciase mi nombre de pila —. Los cerdos fueron los compañeros más pródigos. La glotonería de los cerdos resulta, al ser expuesta a nuestra consideración, un ejemplo para los jóvenes.—Yo opinaba lo mismo que él, pues hacía poco que había estado ensalzando el cerdo que le sirvieron, por lo gordo y sabroso que estaba —. Y lo que es detestable en el cerdo, lo es todavía más en un muchacho.

— O en una muchacha — sugirió el señor Hubble.

— Desde luego, también en una muchacha, señor Hubble — asintió el señor Wopsle con cierta irritación —. Pero aquí no hay ninguna.

— Además — dijo el señor Pumblechook, volviéndose de pronto hacia mí —, hay que pensar en lo que se ha recibido, para agradecerlo. Si hubieses nacido cerdo...

— Bastante lo era — exclamó mi hermana, con tono enfático.

Joe me dio un poco más de salsa.

— Bueno, quiero decir un cerdo de cuatro patas — añadió el señor Pumblechook —. Si hubieses nacido así, ¿dónde estarías ahora? No...

— Por lo menos, en esta forma — dijo el señor Wopsle señalando el plato.

— No quiero indicar en esta forma, caballero — replicó el señor Pumblechook, a quien le molestaba que le hubiesen interrumpido —. Quiero decir que no estaría gozando de la compañía de los que son mayores y mejores que él, y que no se aprovecharía de su conversación ni se hallaría en el regazo del lujo y de las comodidades. ¿Se hallaría en tal situación? De ninguna manera. Y ¿cuál habría sido su destino? — añadió volviéndose otra vez hacia mí —Te habrían vendido por una cantidad determinada de chelines, de acuerdo con el precio corriente en el mercado, y Dunstable, el carnicero, habría ido en tu busca cuando estuvieras echado en la paja, se lo habría llevado bajo el brazo izquierdo, en tanto que con la mano derecha se levantaría la bata a fin de coger un cortaplumas del bolsillo de su chaleco para derramar tu sangre y acabar tu vida. No te habrían criado a mano, entonces. De ninguna manera.

Joe me ofreció más salsa, pero yo temí aceptarla.

— Todo eso ha significado para usted muchas molestias, señora — dijo la señora Hubble, compadeciéndose de mi hermana.

— ¿Molestias? — repitió ésta —. ¿Molestias?

Y luego empezó a enunciar un tremendo catálogo de todas las enfermedades de que yo era culpable y de todos los insomnios que ella había sufrido por mi causa; enumeró todos los altos lugares de los que me caí, y las profundidades a que me despeñé, así como también todos los males que me causé a mí mismo y todas las veces que ella me deseó la tumba a donde yo, con la mayor contumacia, me negué a ir.

Creo que los romanos se debieron de exasperar unos a otros a causa de sus narices. Quizá por esto fueron el pueblo más intranquilo que se ha conocido. Pero sea lo que fuere, la nariz romana del señor Wopsle me irritó de tal manera durante el relato de mis fechorías, que sentí el deseo de tirarle de ella hasta hacerle aullar. Pero lo que había tenido que aguantar hasta entonces no fue nada en comparación con las espantosas sensaciones que se apoderaron de mí cuando se interrumpió la pausa que siguió al relato de mi hermana, y durante la cual todos me miraron, mientras yo me sentía dolorosamente culpable, con la mayor indignación y execración.

— Y, sin embargo — dijo el señor Pumblechook conduciendo suavemente a sus compañeros de mesa al tema del cual se habían desviado —, el cerdo, considerado como carne, es muy sabroso, ¿no es verdad?

— Tome usted un poco de aguardiente, tío — dijo mi hermana.

¡Dios mío! Por fin había llegado. Ahora observarían que el aguardiente estaba aguado, y en tal caso podía darme por perdido. Con ambas manos me agarré con fuerza a la pata de la mesa, por debajo del mantel, y esperé mi destino.

Mi hermana salió en busca de la botella de piedra, volvió con ella y sirvió una copa de aguardiente, pues nadie más quiso beber licor. El desgraciado, bromeando con la copita, la tomó, la miró al trasluz y la volvió a dejar sobre la mesa, prolongando mi ansiedad. Mientras tanto, la señora Joe y su marido desocupaban activamente la mesa para servir el pastel y el pudding.

Yo no podía apartar la mirada del tío Pumblechook. Siempre agarrado con las manos y los pies a la pata de la mesa, vi que el desgraciado tomaba, jugando, la copita, sonreía, echaba la cabeza hacia atrás y se bebía el aguardiente. En aquel momento, todos los invitados se quedaron consternados al observar que el tío Plumblechook se ponía en pie de un salto, daba varias vueltas tosiendo y bailando al mismo tiempo y echaba a correr hacia la puerta; entonces fue visible a través de la ventana, saltando violentamente, expectorando y haciendo horribles muecas, como si estuviera loco.

Continué agarrado, mientras la señora Joe y su marido acudían a él. Ignoraba cómo pude hacerlo, pero sin duda alguna le había asesinado. En mi espantosa situación me sirvió de alivio ver que lo traían otra vez a la cocina y que él, mirando a los demás como si le hubiesen contradecido, se dejaba caer en la silla exclamando:

— ¡Alquitrán!

Yo había acabado de llenar la botella con el jarro lleno de agua de alquitrán. Estaba persuadido de que a cada momento se encontraría peor, y, como un médium de los actuales tiempos, llegué a mover la mesa gracias al vigor con que estaba agarrado a ella.

— ¿Alquitrán? — exclamó mi hermana, en el colmo del asombro —. ¿Cómo puede haber ido a parar el alquitrán dentro de la botella?

Pero el tío Plumblechook, que en aquella cocina era omnipotente, no quiso oír tal palabra ni hablar más del asunto. Hizo un gesto imperioso con la mano para darlo por olvidado y pidió que le sirvieran agua caliente y ginebra. Mi hermana, que se había puesto meditabunda de un modo alarmante, tuvo que ir en busca de la ginebra, del agua caliente, del azúcar y de las pieles de limón, y en cuanto lo tuvo todo lo mezcló convenientemente. Por lo menos, de momento, yo estaba salvado; pero seguía agarrado a la pata de la mesa, aunque entonces movido por la gratitud.

Poco a poco me calmé lo bastante para soltar la mesa y comer el pudding que me sirvieron. El señor Plumblechook también comió de él, y lo mismo hicieron los demás. Terminado que fue, el señor Pumblechook empezó a mostrarse satisfecho bajo la influencia maravillosa de la ginebra y del agua. Yo empezaba a pensar que podría salvarme aquel día, cuando mi hermana ordenó a Joe:

— Trae platos limpios y fríos.

Nuevamente me agarré a la pata de la mesa y oprimí contra ella mi pecho, como si el mueble hubiese sido el compañero de mi juventud y mi amigo del alma. Preveía lo que iba a suceder y comprendí que ya no había remedio para mí.

— Quiero que prueben ustedes — dijo mi hermana, dirigiéndose amablemente a sus invitados —, quiero que prueben, para terminar, un regalo delicioso del tío Pumblechook.

¡Dios mío! Ya podían perder toda esperanza de probarlo.

— Tengan en cuenta — añadió mi hermana levantándose — que se trata de un pastel. Un sabroso pastel de cerdo.

Los comensales murmuraron algunas palabras de agradecimiento, y el tío Pumblechook, satisfecho por haber merecido bien del prójimo, dijo con demasiada vivacidad, habida cuenta del estado de las cosas:

— En fin, señora Joe, nos esforzaremos un poco. Regálanos con una raja de ese pastel.

Mi hermana salió a buscarlo, y oí sus pasos cuando se dirigía a la despensa. Vi como el señor Pumblechook tomaba el cuchillo, y observé en la romana nariz del señor Wopsle un movimiento indicador de que volvía a despertarse su apetito. Oí que el señor Hubble hacía notar que un poquito de sabroso pastel de cerdo les sentaría muy bien sobre todo lo demás y no haría daño alguno. También Joe me prometió que me darían un poco. No sé, con seguridad, si di un grito de terror mental o corporalmente, de modo que pudiesen oírlo mis compañeros de mesa, pero lo cierto es que no me sentí con fuerzas para soportar aquella situación y me dispuse a echar a correr. Por eso solté la pata de la mesa y emprendí la fuga.

Pero no llegué más allá de la puerta de la casa, porque fui a dar de cabeza con un grupo de soldados armados, uno de los cuales tendía hacia mí unas esposas diciendo:

-Ya que estás aquí, ven.

Capítulo V

La aparición de un grupo de soldados que golpeaban el umbral de la puerta de la casa con las culatas de sus armas de fuego fue bastante para que los invitados se levantaran de la mesa en la mayor confusión y para que la señora Joe, que regresaba a la cocina con las manos vacías, muy extrañada, se quedara con los ojos extraordinariamente abiertos al exclamar:

— ¡Dios mío! ¿Qué habrá pasado... con el... pastel?

El sargento y yo estábamos ya en la cocina cuando la señora Joe se dirigía esta pregunta, y en aquella crisis recobré en parte el uso de mis sentidos.

Fue el sargento quien me había hablado, pero ahora miraba a los comensales como si les ofreciera las esposas con la mano derecha, en tanto que apoyaba la izquierda en mi hombro.

— Les ruego que me perdonen, señoras y caballeros —dijo el sargento —; pero, como ya he dicho a este joven en la puerta — en lo cual mentía —, estoy realizando una investigación en nombre del rey y necesito al herrero.

— ¿Qué quiere usted de él? — preguntó mi hermana, resentida de que alguien necesitase a su marido.

— Señora — replicó el galante sargento —, si hablase por mi propia cuenta, contestaría que deseo el honor y el placer de conocer a su distinguida esposa; pero como hablo en nombre del rey, he de decir que le necesito para que haga un pequeño trabajo.

Tal explicación por parte del sargento fue recibida con el mayor agrado, y hasta el señor Pumblechook expresó su aprobación.

— Fíjese, herrero — dijo el sargento, que ya se había dado cuenta de que era Joe —. Estas esposas se han estropeado y una de ellas no cierra bien. Y como las necesito inmediatamente, le ruego que me haga el favor de examinarlas.

Joe lo hizo, y expresó su opinión de que para realizar aquel trabajo tendría que encender la forja y emplear más bien dos horas que una.

— ¿De veras? Pues, entonces, hágame el favor de empezar inmediatamente, herrero — dijo el sargento —, porque es en servicio de Su Majestad. Y si mis hombres pueden ayudarle, no tendrán el menor inconveniente en hacerse útiles.

Dicho esto llamó a los soldados, que penetraron en la cocina uno tras otro y dejaron las armas en un rincón. Luego se quedaron en pie como deben hacer los soldados, aunque tan pronto unían las manos o se apoyaban sobre una pierna, o se reclinaban sobre la pared con los hombros, o bien se aflojaban el cinturón, se metían la mano en el bolsillo o abrían la puerta para escupir fuera.

Vi todo eso sin darme cuenta de que lo veía, porque estaba muy atemorizado. Pero, empezando a comprender que las esposas no eran para mí y que, gracias a los soldados, el asunto del pastel había quedado relegado a segundo término, recobré un poco mi perdida serenidad.

— ¿Quiere usted hacerme el favor de decirme qué hora es? — preguntó el sargento dirigiéndose al señor Pumblechook, como si se hubiera dado cuenta de que era hombre tan exacto como el mismo reloj.

— Las dos y media, en punto.

— No está mal — dijo el sargento, reflexionando —. Aunque me vea obligado a pasar aquí dos horas, tendré tiempo. ¿A qué distancia estamos de los marjales? Creo que a cosa de poco más de una milla.

— Precisamente una milla — dijo la señora Joe.

— Está bien. Así podremos llegar a ellos al oscurecer. Mis órdenes son de ir allí un poco antes de que anochezca. Está bien.

— ¿Se trata de penados, sargento? — preguntó el señor Wopsle como si ello fuese la cosa más natural.

— En efecto. Son dos penados. Sabemos que están todavía en los marjales, y no saldrán de allí antes de que oscurezca. ¿Alguno de ustedes ha tenido ocasión de verlos?

Todos, exceptuando yo mismo, contestaron negativamente y de un modo categórico. Nadie pensó en mí.

— Bien — dijo el sargento —. Pronto se verán rodeados por todas partes. Espero que eso sea más pronto de lo que se figuran. Ahora, herrero, si está usted dispuesto, Su Majestad el rey lo está también.

Joe se había quitado la chaqueta, el chaleco y la corbata; se puso el delantal de cuero y pasó a la fragua. Uno de los soldados abrió los postigos de madera, otro encendió el fuego, otro accionó el fuelle y los demás se quedaron en torno del hogar, que rugió muy pronto. Entonces Joe empezó a trabajar, en tanto que los demás le observábamos.

El interés de la persecución encomendada a los soldados no solamente absorbía la atención general, sino que hizo que mi hermana se sintiera liberal. Sacó del barril un cántaro de cerveza para los soldados e invitó al sargento a tomar una copa de aguardiente. Pero el señor Pumblechook se apresuró a decir:

— Es mejor que le des vino. Por lo menos, tengo la seguridad de que no contiene alquitrán.

E1 sargento le dio las gracias y le dijo que prefería las bebidas sin alquitrán y que, por consiguiente, tomaría vino si en ello no había inconveniente. Cuando se lo dieron, bebió a la salud de Su Majestad y en honor de la festividad. Se lo tragó todo de una vez y se limpió los labios.

— Buen vino, ¿verdad, sargento? — preguntó el señor Pumblechook.

— Voy a decirle una cosa — replicó el sargento —, y es que estoy persuadido de que este vino es de usted.

El señor Pumblechook se echó a reír y preguntó:

— ¿Por qué dice usted eso?

— Pues — replicó el sargento, dándole una palmada en el hombro — porque es usted hombre que lo entiende.

— ¿De veras? — preguntó el señor Pumblechook riéndose otra vez —. Tome otro vasito.

— Si usted me acompaña. Mano a mano — contestó el sargento —. ¡A su salud! Viva usted mil años y que nunca sea peor juez en vinos que ahora.

El sargento se bebió el segundo vaso y pareció dispuesto a tomar otro. Yo observé que el señor Pumblechook, impulsado por sus sentimientos hospitalarios, parecía olvidar que ya había regalado el vino, pero tomó la botella de manos de la señora y con su generosidad se captó las simpatías de todos. Incluso a mí me lo dejaron probar. Y estaba tan contento con su vino, que pidió otra botella y la repartió con la misma largueza en cuanto se hubo terminado la primera.

Mientras yo los contemplaba reunidos en torno de la fragua y divirtiéndose, pensé en el terrible postre que para una comida resultaría la caza de mi amigo fugitivo. Apenas hacía un cuarto de hora que estábamos allí reunidos, cuando todos se alegraron con la esperanza de la captura. Ya se imaginaban que los dos bandidos serían presos, que las campanas repicarían para llamar a la gente contra ellos, que los cañones dispararían por su causa, y que hasta el humo les perseguiría. Joe trabajaba por ellos, y todas las sombras de la pared parecían amenazarlos cuando las llamas de la fragua disminuían o se reavivaban, así como las chispas que caían y morían, y yo tuve la impresión de que la pálida tarde se ensombrecía por lástima hacia aquellos pobres desgraciados.

Por fin Joe terminó su trabajo y acabó el ruido de sus martillazos. Y mientras se ponía la chaqueta, cobró bastante valor para proponer que acompañáramos a los soldados, a fin de ver cómo resultaba la caza. El señor Pumblechook y el señor Hubble declinaron la invitación con la excusa de querer fumar una pipa y gozar de la compañía de las damas, pero el señor Wopsle dijo que iría si Joe le acompañaba. Éste se manifestó dispuesto y deseoso de llevarme, si la señora Joe lo aprobaba. Pero no habríamos podido salir, estoy seguro de ello, a no ser por la curiosidad que la señora Joe sentía de enterarse de todos los detalles y de cómo terminaba la aventura. De todos modos dijo:

— Si traes al chico con la cabeza destrozada por un balazo, no te figures que yo voy a curársela.

E1 sargento se despidió cortésmente de las damas y se separó del señor Pumblechook como de un amigo muy querido, aunque sospecho que no habría apreciado en tan alto grado los méritos de aquel caballero en condiciones más áridas, en vez del régimen húmedo de que había gozado. Sus hombres volvieron a tomar las armas de fuego y salieron. El señor Wopsle, Joe y yo recibimos la orden de ir a retaguardia y de no pronunciar una sola palabra en cuanto llegásemos a los marjales. Cuando ya estuvimos en el frío aire de la tarde y nos dirigíamos rápidamente hacia el objeto de nuestra excursión, yo, traicioneramente, murmuré al oído de Joe:

— Espero, Joe, que no los encontrarán.

Y él me contestó:

— Daría con gusto un chelín porque se hubiesen escapado, Pip.

No se nos reunió nadie del pueblo, porque el tiempo era frío y amenazador, el camino desagradable y solitario, el terreno muy malo, la oscuridad inminente y todos estaban sentados junto al fuego dentro de las casas celebrando la festividad. Algunos rostros se asomaron a las iluminadas ventanas para mirarnos, pero nadie salió. Pasamos más allá del poste indicador y nos dirigimos hacia el cementerio, en donde nos detuvimos unos minutos, obedeciendo a la señal que con la mano nos hizo el sargento, en tanto que dos o tres de sus hombres se dispersaban entre las tumbas y examinaban el pórtico. Volvieron sin haber encontrado nada y entonces empezamos a andar por los marjales, atravesando la puerta lateral del cementerio. La cellisca, que parecía morder el rostro, se arrojó contra nosotros llevada por el viento del Este, y Joe me subió sobre sus hombros.

Nos hallábamos ya en la triste soledad, donde poco se figuraban todos que yo había estado ocho o nueve horas antes, viendo a los dos fugitivos. Pensé por primera vez en eso, lleno de temor, y también tuve en cuenta que, si los encontrábamos, tal vez mi amigo sospecharía que había llevado allí a los soldados. Recordaba que me preguntó si quería engañarle, añadiendo que yo sería una fiera si a mi edad ayudaba a cazar a un desgraciado como él. ¿Creería, acaso, que era una fiera y un traidor?

Era inútil dirigirme entonces aquella pregunta. Iba subido a los hombros de Joe, quien debajo de mí atravesaba los fosos como un cazador, avisando al señor Wopsle para que no se cayera sobre su romana nariz y para que no se quedase atrás. Nos precedían los soldados, bastante diseminados, con gran separación entre uno y otro. Seguíamos el mismo camino que tomé aquella mañana, y del cual salí para meterme en la niebla. Ésta no había aparecido aún o bien el viento la dispersó antes. Bajo los rojizos resplandores del sol poniente, la baliza y la horca, así como el montículo de la Batería y la orilla opuesta del río, eran perfectamente visibles, apareciendo de color plomizo.

Con el corazón palpitante, a pesar de ir montado en Joe, miré alrededor para observar si divisaba alguna señal de la presencia de los penados. Nada pude ver ni oír. El señor Wopsle me había alarmado varias veces con su respiración agitada, pero ahora ya sabía distinguir los sonidos y podía disociarlos del objeto de nuestra persecución. Me sobresalté mucho cuando tuve la ilusión de que seguía oyendo la lima, pero resultó no ser otra cosa que el cencerro de una oveja. Ésta cesó de pastar y nos miró con timidez. Y sus compañeras, volviendo a un lado la cabeza para evitar el viento y la cellisca, nos miraron irritadas, como si fuésemos responsables de esas molestias. Pero a excepción de esas cosas y de la incierta luz del crepúsculo en cada uno de los tallos de la hierba, nada interrumpía la inerte tranquilidad de los marjales.

Los soldados avanzaban hacia la vieja Batería, y nosotros íbamos un poco más atrás, cuando, de pronto, nos detuvimos todos. Llegó a nuestros oídos, en alas del viento y de la lluvia, un largo grito que se repitió. Resonaba prolongado y fuerte a distancia, hacia el Este, aunque, en realidad, parecían ser dos o más gritos a la vez, a juzgar por la confusión de aquel sonido.

El sargento y los hombres que estaban a su lado hablaban en voz baja cuando Joe y yo llegamos a ellos. Después de escuchar un momento, Joe, que era buen juez en la materia, y el señor Wopsle, que lo era malo, convinieron en lo mismo. El sargento, hombre resuelto, ordenó que nadie contestase a aquel grito, pero que, en cambio, se cambiase de dirección y que todos los soldados se dirigieran hacia allá, corriendo cuanto pudiesen. Por eso nos volvimos hacia la derecha, adonde quedaba el Este, y Joe echó a correr tan aprisa que tuve que agarrarme para no caer.

Corríamos de verdad, subiendo, bajando, atravesando las puertas, cayendo en las zanjas y tropezando con los juncos. Nadie se fijaba en el terreno que pisaba. Cuando nos acercamos a los gritos, se hizo evidente que eran proferidos por más de una voz. A veces parecían cesar por completo, y entonces los soldados interrumpían la marcha. Cuando se oían de nuevo, aquéllos echaban a correr con mayor prisa y nosotros los seguíamos. Poco después estábamos tan cerca que oímos como una voz gritaba: ¡Asesino!, y otra voz: ¡Penados! ¡Fugitivos! ¡Guardias! ¡Aquí están los fugitivos! Luego las dos voces parecían quedar ahogadas por una lucha, y al cabo de un momento volvían a oírse. Entonces los soldados corrían como gamos, y Joe los seguía.

El sargento iba delante, y cuando nosotros habíamos pasado ya del lugar en que se oyeron los gritos, vimos que aquél y dos de sus hombres corrían aún, apuntando con los fusiles.

— ¡Aquí están los dos! — exclamó el sargento luchando en el fondo de una zanja —. ¡Rendíos! ¡Salid uno a uno!

Chapoteaban en el agua y en el barro, se oían blasfemias y se daban golpes; entonces algunos hombres se echaron al fondo de la zanja para ayudar al sargento. Sacaron separadamente a mi penado y al otro. Ambos sangraban y estaban jadeantes, pero sin dejar de luchar. Yo los conocí en seguida.

— Oiga — dijo mi penado limpiándose con la destrozada manga la sangre que tenía en el rostro y sacudiéndose el cabello arrancado que tenía entre los dedos —. Yo lo he cogido. Se lo he entregado a usted. Téngalo en cuenta.

— Eso no vale gran cosa — replicó el sargento —. Y no te favorecerá en nada, porque te hallas en el mismo caso que él. Traed las esposas.

— No espero que eso me sea favorable. No quiero ya nada más que el gusto que acabo de tener — dijo mi penado profiriendo una codiciosa carcajada—. Yo lo he cogido y él lo sabe. Esto me basta.

El otro penado estaba lívido y, además de la herida que tenía en el lado izquierdo de su rostro, parecía haber recibido otras muchas lesiones en todo el cuerpo. Respiraba con tanta agitación que ni siquiera podía hablar, y cuando los hubieron esposado se apoyó en un soldado para no caerse.

— Sepan ustedes... que quiso asesinarme.

Éstas fueron sus primeras palabras.

— ¿Que quise asesinarlo? — exclamó con desdén mi penado —. ¿Quise asesinarlo y no lo maté? No he hecho más que cogerle y entregarle. Nada más. No solamente le impedí que huyera de los marjales, sino que lo traje aquí, a rastras. Este sinvergüenza se las da de caballero. Ahora los Pontones lo tendrán otra vez, gracias a mí. ¿Asesinarlo? No vale la pena, cuando me consta que le hago más daño obligándole a volver a los Pontones.

E1 otro seguía diciendo con voz entrecortada:

— Quiso... quiso... asesinarme. Sean... sean ustedes... testigos.

—Mire — dijo mi penado al sargento —. Yo solo, sin ayuda de nadie, me escapé del pontón. De igual modo podía haber huido por este marjal... Mire mi pierna. Ya no verá usted ninguna argolla de hierro. Y me habría marchado de no haber descubierto que también él estaba aquí. ¿Dejarlo libre? ¿Dejarle que se aprovechara de los medios que me permitieron huir? ¿Permitirle que otra vez me hiciera servir de instrumento? No; de ningún modo. Si me hubiese muerto en el fondo de esta zanja — añadió señalándola enfáticamente con sus esposadas manos —, si me hubiese muerto ahí, a pesar de todo le habría sujetado, para que ustedes lo encontrasen todavía agarrado por mis manos.

Evidentemente, el otro fugitivo sentía el mayor horror por su compañero, pero se limitó a repetir:

— Quiso... asesinarme. Y si no llegan ustedes en el momento crítico, a estas horas estaría muerto.

— ¡Mentira! — exclamó mi penado con feroz energía —Nació embustero y seguirá siéndolo hasta que muera. Mírenle la cara. ¿No ven pintada en ella su embuste? Que me mire cara a cara. ¡A que no es capaz de hacerlo!

El otro, haciendo un esfuerzo y sonriendo burlonamente, lo cual no fue bastante para contener la nerviosa agitación de su boca, miró a los soldados, luego a los marjales y al cielo, pero no dirigió los ojos a su compañero.

— ¿No lo ven ustedes? — añadió mi penado —. ¿No ven ustedes cuán villano es? ¿No se han fijado en su mirada rastrera y fungitiva? Así miraba también cuando nos juzgaron a los dos. Jamás tuvo valor para mirarme a la cara.

E1 otro, moviendo incesantemente sus secos labios y dirigiendo sus intranquilas miradas de un lado a otro, acabó por fijarlas un momento en su compañero, exclamando:

— No vales la pena de que nadie te mire.

Y al mismo tiempo se fijó en las sujetas manos. Entonces mi penado se exasperó tanto que, a no ser porque se interpusieron los soldados, se habría arrojado contra el otro.

— ¿No les dije — exclamó éste — que me habría asesinado si le hubiese sido posible?

Todos pudieron ver que se estremecía de miedo y que en sus labios aparecían unas curiosas manchas blancas, semejantes a pequeños copos de nieve.

— ¡Basta de charla! — ordenó el sargento —. Encended esas antorchas.

Cuando uno de los soldados, que llevaba un cesto en vez de un arma de fuego, se arrodilló para abrirlo, mi penado miró alrededor de él por primera vez y me vio. Yo había echado pie a tierra cuando llegamos junto a la zanja, y aún no me había movido de aquel lugar. Le miré atentamente, al observar que él volvía los ojos hacia mí, y moví un poco las manos, meneando, al mismo tiempo, la cabeza. Había estado esperando que me viese, pues deseaba darle a entender mi inocencia. No sé si comprendió mi intención, porque me dirigió una mirada que no entendí y, además, la escena fue muy rápida. Pero ya me hubiese mirado por espacio de una hora o de un día, en lo futuro no habría podido recordar una expresión más atenta en su rostro que la que entonces advertí en él.

El soldado que llevaba el cesto encendió la lumbre, la hizo prender en tres o cuatro antorchas y, tomando una a su cargo, distribuyó las demás. Poco antes había ya muy poca luz, pero en aquel momento había anochecido por completo y pronto la noche fue muy oscura. Antes de alejarnos de aquel lugar, cuatro soldados dispararon dos veces al aire. Entonces vimos que, a poca distancia detrás de nosotros, se encendían otras antorchas, y otras, también, en los marjales, en la orilla opuesta del río.

— Muy bien — dijo el sargento —. ¡Marchen!

No habíamos andado mucho cuando, ante nosotros, resonaron tres cañonazos con tanta violencia que me produjeron la impresión de que se rompía algo en el interior de mis oídos.

— Ya os esperan a bordo — dijo el sargento a mi penado —. Están enterados de vuestra llegada. No te resistas, amigo. ¡Acércate!

Los dos presos iban separados y cada uno de ellos rodeado por algunos hombres que los custodiaban. Yo, entonces, andaba agarrado a la mano de Joe, quien llevaba una de las antorchas. El señor Wopsle quiso emprender el regreso, pero Joe estaba resuelto a seguir hasta el final, de modo que todos continuamos acompañando a los soldados. El camino era ya bastante bueno, en su mayor parte, a lo largo de la orilla del río, del que se separaba a veces en cuanto había una represa con un molino en miniatura y una compuerta llena de barro. Al mirar alrededor podía ver otras luces que se aproximaban a nosotros. Las antorchas que llevábamos dejaban caer grandes goterones de fuego sobre el camino que seguíamos, y allí se quedaban llameando y humeantes. Aparte de eso, la oscuridad era completa. Nuestras luces, con sus llamas agrisadas, calentaban el aire alrededor de nosotros, y a los dos prisioneros parecía gustarles aquello mientras cojeaban rodeados por los soldados y por sus armas de fuego. No podíamos avanzar de prisa a causa de la cojera de los dos desgraciados, quienes estaban, por otra parte, tan fatigados, que por dos o tres veces tuvimos que detenernos todos para darles algún descanso.

Después de una hora de marchar así llegamos junto a una mala cabaña de madera y a un embarcadero. En la primera había un guardia que nos dió el « ¿Quién vive?», pero el sargento contestó con el santo y seña. Luego entramos en la cabaña, en donde se percibía pronunciado olor a tabaco y a cal apagada. Había un hermoso fuego y el lugar estaba alumbrado por una lámpara, a cuya luz se distinguía un armero lleno de fusiles, un tambor y una cama de madera, muy baja, como una calandria de gran magnitud sin la maquinaria, y capaz para doce soldados a la vez. Tres o cuatro de éstos que estaban echados y envueltos en sus chaquetones no parecieron interesarse por nuestra llegada, pues se limitaron a levantar un poco la cabeza, mirándonos soñolientos, y luego se tendieron de nuevo. El sargento dio el parte de lo ocurrido y anotó algo en el libro registro, y entonces el penado a quien yo llamo «el otro» salió acompañado por su guardia para ir a bordo antes que su compañero.

Mi penado no volvió a mirarme después de haberlo hecho en el marjal. Mientras permanecimos en la cabaña se quedó ante el fuego, sumido en sus reflexiones, levantando alternativamente los pies para calentárselos y mirándolos pensativo, como si se compadeciera de sus recientes aventuras. De pronto se volvió al sargento y observó:

— Quisiera decir algo acerca de esta fuga, pues ello servirá para justificar a algunas personas de las que tal vez se podría sospechar.

— Puedes decir lo que quieras — replicó el sargento, que estaba en pie y con los brazos cruzados, mientras le miraba fríamente —, pero no tienes derecho a hablar aquí. Ya te darán la oportunidad de hacerlo cuanto quieras antes de dar por terminado este asunto.

— Ya lo sé, pero ahora se trata de una cosa completamente distinta. Un hombre no puede permanecer sin comer; por lo menos, yo no puedo. Tomé algunos víveres en la aldea que hay por allí..., es decir, donde está la iglesia, casi junto a los marjales.

— Querrás decir que los robaste — observó el sargento.

— Ahora le diré de dónde eran. De casa del herrero.

— ¿Oye usted? — dijo el sargento mirando a Joe.

— ¿Qué te parece, Pip? — exclamó Joe volviéndose a mí.

— Fueron algunas cosas sueltas. Algo que pude coger. Nada más. También un trago de licor y un pastel.

— ¿Ha echado usted de menos un pastel, herrero? — preguntó el sargento en tono confidencial.

—Mi mujer observó que faltaba, en el preciso momento de entrar usted. ¿No los viste, Pip?

— De modo — dijo mi penado mirando a Joe con aire taciturno y sin advertir siquiera mi presencia —. ¿De modo que es usted el herrero? Crea que lo siento, pero la verdad es que me comí su pastel.

— Dios sabe que me alegraría mucho en caso de que fuera mío — contestó Joe, aludiendo así a su esposa —. No sabemos lo que usted ha hecho; pero aunque nos haya quitado algo, no por eso nos moriríamos de hambre, pobre hombre. ¿Verdad, Pip?

Entonces, algo que yo había observado ya antes resonó otra vez en la garganta de aquel hombre, que se volvió de espaldas. Había regresado el bote y la guardia estaba dispuesta, de modo que seguimos al preso hasta el embarcadero, hecho con pilotes y piedras, y lo vimos entrar en el bote impulsado a remo por una tripulación de penados como él mismo. Ninguno pareció sorprendido ni interesado al verlo, así como tampoco alegre o triste. Nadie habló una palabra, a excepción de alguien que en el bote gruñó, como si se dirigiera a perros: « ¡Avante!», lo cual era orden de que empezaran a mover los remos. A la luz de las antorchas vimos el negro pontón fondeado a poca distancia del lodo de la orilla, como si fuese un Arca de Noé maldita. El barco—prisión estaba anclado con cadenas macizas y oxidadas, fondeado y aislado por completo de todo lo demás, y a mis infantiles ojos me pareció que estaba rodeado de hierro como los mismos presos. El bote se acercó a un costado de la embarcación, y vimos que lo izaban y que desaparecía. Luego, los restos de las antorchas cayeron silbando al agua y se apagaron como si todo hubiese acabado ya.

Capítulo VI

El estado de mi mente con respecto a la ratería de que tan bien había salido gracias a un suceso inesperado no me impelió a confesarme con franqueza; mas espero que en el fondo había algunas huellas de un sentimiento noble.

No recuerdo haber sentido ninguna benevolencia hacia la señora Joe cuando desapareció mi temor de ser descubierto. Pero yo quería a Joe, tal vez por ninguna razón mejor, en aquellos días, que porque aquel pobre muchacho me permitía quererle, y con respecto a él no se consoló tan fácilmente mi conciencia. Comprendía muy bien, y en especial cuando vi que empezaba a buscar su lima, que había debido revelarle la verdad entera. Sin embargo, no lo hice, temeroso de que, si se lo explicaba todo, tal vez tendría de mí una opinión peor de la que merecía. Y el miedo de no gozar ya de la confianza de Joe, así como de la posibilidad de sentarme por la noche en el rincón de la chimenea mirando pesaroso a mi compañero y amigo, perdido ya para siempre, fue bastante para sujetarme la lengua. Erróneamente me dije que si Joe lo supiera, jamás podría verle junto al fuego acariciándose la patilla, sin figurarme que estaba meditando acerca de ello. También creí que, de saberlo, cuando Joe mirase por casualidad la carne del día anterior o el pudding que le habían servido, se acordaría de mi robo, preguntándose si yo había hecho ya alguna visita a la despensa. Díjeme también que, si se lo descubría, cuando en nuestra vida doméstica observase que la cerveza era floja o fuerte, sospecharía tal vez que se le hubiese mezclado alquitrán, y eso me haría ruborizar hasta la raíz de los cabellos. En una palabra, fui demasiado cobarde para hacer lo bueno, como también para llevar a cabo lo malo. En aquel tiempo, yo no había tratado a nadie todavía y no imitaba a ninguno de los habitantes del mundo que proceden de este modo. Y como si hubiese sido un genio en bruto, descubrí la conducta que me convenía seguir.

Como empezaba a sentir sueño antes de estar muy lejos del pontón, Joe me volvió a subir sobre sus hombros y me llevó a casa. Debió de ser un camino muy pesado para él, porque cuando llamó al señor Wopsle, éste se hallaba de tan mal humor que si la Iglesia hubiese estado «abierta», probablemente habría excomulgado a toda la expedición, empezando por Joe y por sí mismo. En su capacidad lega, insistió en sentarse al aire libre, sufriendo la malsana humedad, hasta el punto de que cuando se quitó el gabán para secarlo ante el fuego de la cocina, las manchas que se advertían en sus pantalones habrían bastado para ahorcarle si hubiese sido un crimen.

Mientras tanto, yo iba por la cocina tambaleándome como un pequeño borracho, a causa de haber sido puesto en el suelo pocos momentos antes y también porque me había dormido, despertándome junto al calor, a las luces y al ruido de muchas lenguas. Cuando me recobré, ayudado por un buen puñetazo entre los hombros y por la exclamación que profirió mi hermana: « ¿Han visto ustedes alguna vez a un muchacho como éste?», observé que Joe les refería la confesión del penado y todos los invitados expresaban su opinión acerca de cómo pudo llegar a entrar en la despensa. Después de examinar cuidadosamente las premisas, el señor Pumblechook explicó que primero se encaramó al tejado de la fragua y que luego pasó al de la casa, deslizándose por medio de una cuerda, hecha con las sábanas de su cama, cortada a tiras, por la chimenea de la cocina, y como el señor Pumblechook estaba muy seguro de eso y no admitía contradicción de nadie, todos convinieron en que el hecho debió de realizarse como él suponía. El señor Wopsle, sin embargo, dijo que no, con la débil malicia de un hombre fatigado; pero como no podía exponer ninguna teoría y, por otra parte, no llevaba abrigo, fue unánimemente condenado al silencio, ello sin tener en cuenta el humo que salía de sus pantalones, mientras estaba de espaldas al fuego de la cocina para secar la humedad, lo cual no podía, naturalmente, inspirar confianza alguna.

Esto fue cuanto oí aquella noche antes de que mi hermana me cogiese, cual si mi presencia fuera una ofensa para las miradas de los invitados, y me ayudase a subir la escalera con tal fuerza que parecía que yo llevara cincuenta botas y cada una de ellas corriese el peligro de tropezar contra los bordes de los escalones. Como ya he dicho, el estado especial de mi mente empezó a manifestarse antes de levantarme, al día siguiente, y duró hasta que se perdió el recuerdo del asunto y no se mencionó más que en ocasiones excepcionales.

Capítulo VII

En la época en que solía pasar algunos ratos en el cementerio leyendo las lápidas sepulcrales de la familia, apenas tenía la suficiente instrucción para poder deletrearlas. A pesar de su sencillo significado, no las entendía muy correctamente, porque leía «Esposa del de arriba» como una referencia complementaria con respecto a la exaltación de mi padre a un mundo mejor; y si alguno de mis difuntos parientes hubiese sido señalado con la indicación de que estaba «abajo», no tengo duda de que habría formado muy mala opinión de aquel miembro de la familia. Tampoco eran muy exactas mis nociones teológicas aprendidas en el catecismo, porque recuerdo perfectamente que el consejo de que debía «andar del mismo modo, durante todos los días de mi vida» me imponía la obligación de atravesar el pueblo, desde nuestra casa, en una dirección determinada, sin desviarme nunca para ir a casa del constructor de carros o hacia el molino.

Cuando fuese mayor me pondría de aprendiz con Joe, y hasta que pudiera asumir tal dignidad no debía gozar de ciertas ventajas. Por consiguiente, no solamente tenía que ayudar en la fragua, sino que también si algún vecino necesitaba un muchacho para asustar a los pájaros, para coger piedras o para un trabajo semejante, inmediatamente se me daba el empleo. Sin embargo, a fin de que no quedara comprometida por esas causas nuestra posición elevada, en el estante inmediato a la chimenea de la cocina había una hucha, en donde, según era público y notorio, se guardaban todas mis ganancias. Tengo la impresión de que tal vez servirían para ayudar a liquidar la Deuda Nacional, pero me constaba el que no debía abrigar ninguna esperanza de participar personalmente de aquel tesoro.

Una tía abuela del señor Wopsle daba clases nocturnas en el pueblo; es decir, que era una ridícula anciana, de medios de vida limitados y de mala salud ilimitada, que solía ir a dormir de seis a siete, todas las tardes, en compañía de algunos muchachos que le pagaban dos peniques por semana cada uno, a cambio de tener la agradable oportunidad de verla dormir. Tenía alquilada una casita, y el señor Wopsle disponía de las habitaciones del primer piso, en donde nosotros, los alumnos, le oíamos leer en voz alta con acento solemne y terrible, así como, de vez en cuando, percibíamos los golpes que daba en el techo. Existía la ficción de que el señor Wopsle «examinaba» a los alumnos una vez por trimestre. Lo que realmente hacía en tales ocasiones era arremangarse los puños, peinarse el cabello hacia atrás con los dedos y recitarnos el discurso de Marco Antonio ante el cadáver de César. Inevitablemente seguía la oda de Collins acerca de las pasiones, y, al oírla, yo veneraba especialmente al señor Wopsle en su personificación de la Venganza, cuando arrojaba al suelo con furia su espada llena de sangre y tomaba la trompeta con la que iba a declarar la guerra, mientras nos dirigía una mirada de desesperación. Pero no fue entonces, sino a lo largo de mi vida futura, cuando me puse en contacto con las pasiones y pude compararlas con Collins y Wopsle, con gran desventaja para ambos caballeros.

La tía abuela del señor Wopsle, además de dirigir su Instituto de Educación, regía, en la misma estancia, una tienda de abacería. No tenía la menor idea de los géneros que poseía, ni tampoco de los precios de cada uno de ellos; pero guardada en un cajón había una grasienta libreta que servía de catálogo de precios, de modo que, gracias a ese oráculo, Biddy realizaba todas las transacciones de la tienda. Biddy era la nieta de la tía abuela del señor Wopsle; y confieso mi incapacidad para solucionar el problema de cuál era el grado de parentesco que tenía con el señor Wopsle. Era huérfana como yo y también como yo fue criada «a mano». Sin embargo, era mucho más notable que yo por las extremidades de su persona, ya que su cabello jamás estaba peinado, ni sus manos nunca lavadas, y en cuanto a sus zapatos, carecían siempre de toda reparación y de tacones. Tal descripción debe aceptarse con la limitación de un día cada semana, porque el domingo asistía a la iglesia muy mejorada.

Mucho por mí mismo y más todavía gracias a Biddy y no a la tía abuela del señor Wopsle, luché considerablemente para abrirme paso a través del alfabeto, como si éste hubiese sido un zarzal; y cada una de las letras me daba grandes preocupaciones y numerosos arañazos. Por fin me encontré entre aquellos nueve ladrones, los nueve guarismos, que, según me parecía, todas las noches hacían cuanto les era posible para disfrazarse, a fin de que nadie los reconociera a la mañana siguiente. Mas por último empecé, aunque con muchas vacilaciones y tropiezos, a leer, escribir y contar, si bien en un grado mínimo.

Una noche estaba sentado en el rincón de la chimenea, con mi pizarra, haciendo extraordinarios esfuerzos para escribir una carta a Joe. Me parece que eso fue cosa de un año después de nuestra caza del hombre por los marjales, porque había pasado ya bastante tiempo y a la sazón corría el invierno y helaba. Con el alfabeto junto al hogar y a mis pies para poder consultar, logré, en una o dos horas, dibujar esta epístola:

«mIqe rIdOjO eSpE rOqes tArAsbi en Ies pErOqe pRoN topO dRea iuDar tEen tosEs SerE mOsfE lis es tUio pIp.»

No había ninguna necesidad de comunicar por carta con Joe, pues hay que tener en cuenta que estaba sentado a mi lado y que, además, nos hallábamos solos. Pero le entregué esta comunicación escrita, con pizarra y todo, por mi propia mano, y Joe la recibió con tanta solemnidad como si fuese un milagro de erudición.

— ¡Magnífico, Pip! — exclamó abriendo cuanto pudo sus azules ojos—. ¡Cuánto sabes! ¿Lo has hecho tú?

— Más me gustaría saber — repliqué yo, mirando a la pizarra con el temor de que la escritura no estaba muy bien alineada.

— Mira — dijo Joe —. Aquí hay una «J» y una «O» muy bien dibujadas. Esto sin duda dice «Joe».

Jamás oí a mi amigo leer otra palabra que la que acababa de pronunciar; en la iglesia, el domingo anterior, observé que sostenía el libro de rezos vuelto al revés, como si le prestase el mismo servicio que del derecho. Y deseando aprovechar la ocasión, a fin de averiguar si, para enseñar a Joe, tendría que empezar por el principio, le dije:

— Lee lo demás, Joe.

— ¿Lo demás, Pip? — exclamó Joe mirando a la pizarra con expresión de duda —. Una... una «J» y ocho «oes».

En vista de su incapacidad para descifrar la carta, yo me incliné hacia él y, con la ayuda de mi dedo índice, la leí toda.

— ¡Es asombroso! — dijo Joe en cuanto hube terminado —. Sabes mucho.

— ¿Y cómo lees «Gargery», Joe? — le pregunté, con modesta expresión de superioridad.

— De ninguna manera.

— Pero supongamos que lo leyeras.

— No puede suponerse — replicó Joe —. Sin embargo, me gusta mucho leer.

— ¿De veras?

—Mucho. Dame un buen libro o un buen periódico, déjame que me siente ante el fuego y soy hombre feliz. ¡Dios mío! — añadió después de frotarse las rodillas —. Cuando se encuentra una «J» y una «O» y comprende uno que aquello dice «Joe», se da cuenta de lo interesante que es la lectura.

Por estas palabras comprendí que la instrucción de Joe estaba aún en la infancia. Y, hablando del mismo asunto, le pregunté:

— Cuando eras pequeño como yo, Joe, ¿fuiste a la escuela?

— No, Pip.

— Y ¿por qué no fuiste a la escuela cuando tenías mi edad?

— Pues ya verás, Pip — contestó Joe empuñando el hierro con que solía atizar el fuego cuando estaba pensativo —Voy a decírtelo. Mi padre, Pip, se había dado a la bebida y cuando estaba borracho pegaba a mi madre con la mayor crueldad. Ésta era la única ocasión en que movía los brazos, pues no le gustaba trabajar. Debo añadir que también se ejercitaba en mí, pegándome con un vigor que habría estado mucho mejor aplicado para golpear el hierro con el martillo. ¿Me comprendes, Pip?

— Sí, Joe.

— A consecuencia de eso, mi madre y yo nos escapamos varias veces de la casa de mi padre. Luego mi madre fue a trabajar, y solía decirme: «Ahora, Joe, si Dios quiere, podrás ir a la escuela, hijo mío.» Y quería llevarme a la escuela. Pero mi padre, en el fondo, tenía muy buen corazón y no podía vivir sin nosotros. Por eso vino a la casa en que vivíamos y armó tal escándalo en la puerta, que no tuvimos más remedio que irnos a vivir con él. Pero luego, en cuanto nos tuvo otra vez en casa, volvió a pegarnos. Y ésta fue la causa, Pip —terminó Joe, dejando de remover las brasas y mirándome —, de que mi instrucción esté un poco atrasada.

No había duda alguna de ello, pobre Joe.

—Sin embargo, Pip — añadió Joe revolviendo las brasas—, si he de hacer justicia a mi padre, he de confesar que tenía muy buen corazón, ¿no te parece?

Yo no lo comprendía así, pero me guardé muy bien de decírselo.

— En fin — añadió Joe —. Alguien debe cuidar de que hierva la olla, porque sola no se pone por sí misma al fuego y llena de comida. ¿No te parece?

Yo estuve conforme con esta opinión.

— Por esta razón, mi padre no se opuso a que yo empezase a trabajar. Así, pues, tomé el oficio que ahora tengo, y que también era el suyo, aunque nunca lo hubiese practicado. Y trabajé bastante, Pip, te lo aseguro. A1 cabo de algún tiempo, ya estuve en situación de mantenerle, y continué manteniéndole hasta que se murió de un ataque de perlesía. Y tuve la intención de hacer grabar sobre su tumba: «Acuérdate, lector, de que tenía muy buen corazón.»

Joe recitó esta frase con tan manifiesto orgullo y satisfacción, que le pregunté si la había compuesto él.

— Sí — me contestó —. Yo mismo. La hice en un momento, y tan de prisa como cuando se quita de un golpe la herradura vieja de un caballo. Y he de confesarte que me sorprendió que se me hubiese ocurrido y apenas podía creer que fuese cosa mía. Según te decía, Pip, tenía la intención de hacer grabar estas palabras en su tumba, pero como eso cuesta mucho dinero, no pude realizar mi intento. Además, todo lo que hubiera podido ahorrar lo necesitaba mi madre. La pobre tenía muy mala salud y estaba muy quebrantada. No tardó mucho, la pobrecilla, en seguir a mi padre, y muy pronto pudo gozar del descanso.

Los ojos de Joe se habían humedecido, y se los frotó con el extremo redondeado del hierro con que atizaba el fuego.

— Entonces me quedé solo — añadió Joe —. Vivía aquí sin compañía de nadie, y en aquellos días conocí a tu hermana. Y puedo asegurarte, Pip — dijo mirándome con firmeza, como si de antemano estuviera convencido de que yo no sería de su opinión —, que tu hermana es una mujer ideal.

Yo no pude hacer otra cosa que mirar al fuego, pues sentía las mayores dudas acerca de la justicia de tal aserto.

— Cualesquiera que sean las opiniones de la familia o del mundo acerca de este asunto, vuelvo a asegurarte, Pip —dijo Joe golpeando con la mano la barra de hierro al pronunciar cada palabra —, que... tu... hermana... es... una... mujer... ideal.

Yo no pude decir más que:

— Me alegro mucho de que así lo creas, Joe.

— También me alegro yo — replicó —. Y estoy satisfecho de pensar así. ¿Qué me importa que tenga la cara roja o un hueso más o menos?

Yo observé sagazmente que si esto no significaba nada para él, ¿a quién podría importarle?

— No hay duda — asintió Joe —. Eso es. Tienes razón, muchacho. Cuando conocí a tu hermana se hablaba de que ésta te criaba « a mano». La gente le alababa mucho por esta causa, y yo con los demás. Y en cuanto a ti — añadió Joe como decidiéndose a decir algo muy desagradable —, si hubieras podido ver cuán pequeño, flaco y flojo eras, no habrías tenido muy buena opinión de ti mismo.

Como estas palabras no me gustaron, le dije:

— No hay por qué ocuparse de lo que yo era, Joe.

— Pero yo sí que me ocupaba, Pip — contestó con tierna sencillez —. Cuando ofrecí a tu hermana casarme con ella, y a su vez se manifestó dispuesta a casarse conmigo y a venir a vivir a la fragua, le dije: «Tráete también al pobrecito niño, Dios le bendiga.» Y añadí: «En la fragua habrá sitio para él.»

Yo me eché a llorar y empecé a pedirle perdón, arrojándome a su cuello. Joe me abrazó diciendo:

— Somos muy buenos amigos, ¿no es verdad, Pip? Pero no llores, muchacho.

Cuando hubo pasado esta escena emocionante, Joe continuó diciendo:

— En fin, Pip, que aquí estamos. Ahora, lo que conviene es que me enseñes algo, Pip, aunque debo advertirte de antemano que soy muy duro de mollera, mucho. Además, es preciso que la señora Joe no se entere de lo que hacemos. Tú me enseñarás sin que lo sepa nadie. Y ¿por qué este secreto? Voy a decírtelo, Pip.

Empuñaba otra vez el hierro de que se servía para atizar el fuego y sin el cual me figuro que no habría podido seguir adelante en su demostración.

— Tu hermana está entregada al gobierno.

— ¿Entregada al gobierno, Joe?

Me sobresalté por habérseme ocurrido una idea vaga, y debo confesar que también cierta esperanza de que Joe se había divorciado de mi hermana en favor de los Lores del Almirantazgo o del Tesoro.

— Sí, entregada al gobierno — replicó Joe —. Con lo cual quiero decir al gobierno de ti y de mí mismo.

— ¡Oh!

— Y como no es aficionada a tener alumnos en la casa — continuó Joe —, y en particular no le gustaría que yo me convirtiese en estudiante, por temor a que luego quisiera tener más autoridad que ella, conviene ocultárselo. En una palabra, temería que me convirtiese en una especie de rebelde. ¿Comprendes?

Yo iba a replicar con una pregunta, y ya había empezado a articular un ¿Por qué...?», cuando Joe me interrumpió:

— Espera un poco. Sé perfectamente lo que vas a decir, Pip. Espera un poco. No puedo negar que tu hermana se ha convertido en una especie de rey absoluto para ti y para mí. Y eso desde hace mucho tiempo. Tampoco puedo negar que nos maltrata bastante en los momentos en que se pone furiosa. — Joe pronunció estas palabras en voz baja y miró hacia la puerta, añadiendo —: Y no puedo menos de confesar que tiene la mano dura.

Joe pronunció esta última palabra como si empezase, por lo menos, con una docena de «d».

— ¿Que por qué no me rebelo? ¿Esto es lo que ibas a preguntarme cuando te interrumpí, Pip?

— Sí, Joe.

— Pues bien — dijo éste, tomando el hierro con la mano izquierda a fin de acariciarse la patilla, ademán que me hacía perder todas las esperanzas cuando lo advertía en él—, tu hermana es una mujer que tiene cabeza, una magnífica cabeza.

— Y ¿qué es eso? — pregunté, con la esperanza de ponerle en un apuro.

Pero Joe me dio su definición con mucha mayor rapidez de la que yo hubiera supuesto y me impidió seguir preguntando acerca del particular, contestando, muy resuelto:

— Ella.

Hizo una pausa y añadió:

— Yo, en cambio, no tengo buena cabeza. Por lo menos, Pip, y quiero hablarte con sinceridad, mi pobre madre era exactamente igual. Pasó toda su vida trabajando, hecha una esclava, matándose verdaderamente y sin lograr jamás la tranquilidad en su vida terrestre. Por eso yo temo mucho desencaminarme y no cumplir con mis deberes con respecto a una mujer, lo que tal vez ocurriría si tomara yo el mando de la casa, pues entonces, posiblemente, mi mujer y yo seguiríamos un camino equivocado, y eso no me proporcionaría ninguna ventaja. Créeme que con toda mi alma desearía mandar yo en esta casa, Pip; te aseguro que entonces no habrías de temer a «Thickler»; me gustaría mucho librarte de él, pero así es la vida, Pip, y espero que tú no harás mucho caso de esos pequeños percances.

A pesar de los pocos años que yo tenía, a partir de aquella noche sentí nuevos motivos de admiración con respecto a Joe. Desde entonces no sólo éramos iguales como antes, sino que, desde aquella noche, cuando estábamos los dos sentados tranquilamente y yo pensaba en él, experimentaba la sensación de que la imagen de mi amigo estaba ya albergada en mi corazón.

— Me extraña — dijo Joe levantándose para echar leña al fuego — que a pesar de que ese reloj holandés está a punto de dar las ocho, ella no haya vuelto todavía. Espero que la yegua del tío Pumblechook no haya resbalado sobre el hielo ni se habrá caído.

La señora Joe hacía, de vez en cuando, cortos viajes con el tío Pumblechook los días de mercado, a fin de ayudarle en la compra de los artículos de uso doméstico y en todos aquellos objetos caseros que requerían la opinión de una mujer. El tío Pumblechook era soltero y no tenía ninguna confianza en su criada. El día en que con Joe tuvimos la conversación reseñada, era de mercado y la señora Joe había salido en una de estas expediciones.

Joe reavivó el fuego, limpió el hogar y luego nos acercamos a la puerta, con la esperanza de oír la llegada del carruaje. La noche era seca y fría, el viento soplaba de un modo que parecía cortar el rostro y la escarcha era blanca y dura. Pensé que cualquier persona podría morirse aquella noche si permanecía en los marjales. Y cuando luego miré a las estrellas, consideré lo horroroso que sería para un hombre que se hallara en tal situación el volver la mirada a ellas cuando se sintiese morir helado y advirtiese que de aquella brillante multitud no recibía el más pequeño auxilio ni la menor compasión.

— Ahí viene la yegua — dijo Joe —, como si estuviera llena de campanillas.

En efecto, el choque de sus herraduras de hierro sobre el duro camino era casi musical mientras se aproximaba a la casa a un trote más vivo que de costumbre. Sacamos una silla para que la señora Joe se apease cómodamente, removimos el fuego a fin de que la ventana de nuestra casa se le apareciese con alegre aspecto y examinamos en un momento la cocina procurando que nada estuviese fuera de su sitio acostumbrado. En cuanto hubimos terminado estos preparativos, salimos al exterior abrigados y tapados hasta los. ojos. Pronto echó pie a tierra la señora Joe y también el tío Pumblechook, que se apresuró a cubrir a la yegua con una manta, de modo que pocos instantes después estuvimos todos en el interior de la cocina, llevando con nosotros tal cantidad de aire frío que parecía suficiente para contrarrestar todo el calor del fuego.

— Ahora — dijo la señora Joe desabrigándose apresurada y muy excitada y echando hacia la espalda su gorro, que pendía de los cordones —, si este muchacho no se siente esta noche lleno de gratitud, jamás en la vida podrá mostrarse agradecido.

Yo me esforcé en exteriorizar todos los sentimientos de gratitud de que era capaz un muchacho de mi edad, aunque carecía en absoluto de informes que me explicasen el porqué de todo aquello.

— Espero — dijo mi hermana — que no se descarriará. Aunque he de confesar que tengo algunos temores.

— Ella no es capaz de permitirlo, señora — dijo el señor Pumblechook —; es mujer que sabe lo que tiene entre manos.

¿«Ella»? Miré a Joe moviendo los labios y las cejas, repitiendo silenciosamente «Ella». Él me imitó en mi pantomima, y como mi hermana nos sorprendiera en nuestra mímica, Joe se pasó el dorso de la mano por la nariz, con aire conciliador propio de semejante caso, y la miró.

— ¿Por qué me miras así? — preguntó mi hermana en tono agresivo —. ¿Hay fuego en la casa?

— Como alguien mencionó a «ella»... — observó delicadamente Joe.

— Pues supongo que es «ella» y no «él» — replicó mi hermana —, a no ser que te figures que la señorita Havisham es un hombre. Capaz serías de suponerlo.

— ¿La señorita Havisham, de la ciudad? — preguntó Joe.

— ¿Hay alguna señorita Havisham en el pueblo? — replicó mi hermana —. Quiere que se le mande a ese muchacho para que vaya a jugar a su casa. Y, naturalmente, irá. Y lo mejor que podrá hacer es jugar allí — explicó mi hermana meneando la cabeza al mirarme, como si quisiera infundirme los ánimos necesarios para que me mostrase extremadamente alegre y juguetón —. Pero si no lo hace, se las verá conmigo.

Yo había oído mencionar a la señorita Havisham, de la ciudad, como mujer de carácter muy triste e inmensamente rica, que vivía en una casa enorme y tétrica, fortificada contra los ladrones, y que en aquel edificio llevaba una vida de encierro absoluto.

— ¡Caramba! — observó Joe, asombrado —. No puedo explicarme cómo es posible que conozca a Pip.

— ¡Tonto! — exclamó mi hermana —. ¿Quién te ha dicho que le conoce?

— Alguien — replicó suavemente Joe — mencionó el hecho de que ella quería que fuese el chico allí para jugar.

— ¿Y no es posible que haya preguntado al tío Pumblechook si conoce algún muchacho para que vaya a jugar a su casa? ¿No puede ser que el tío Pumblechook sea uno de sus arrendatarios y que algunas veces, no diré si cada trimestre o cada medio año, porque eso tal vez sería demasiado, pero sí algunas veces, va allí a pagar su arrendamiento? ¿Y no podría, entonces, preguntar ella al tío Pumblechook si conoce algún muchacho para que vaya a jugar a su casa? Y como el tío Pumblechook es hombre muy considerado y que siempre nos recuerda cuando puede hacernos algún favor, aunque tú no lo creas, Joe — añadió en tono de profundo reproche, como si mi amigo fuese el más desnaturalizado de los sobrinos —, nombró a este muchacho, que está dando saltos de alegría — cosa que, según declaro solemnemente, yo no hacía en manera alguna — y por el cual he sido siempre una esclava.

— ¡Bien dicho! — exclamó el tío Pumblechook —. Has hablado muy bien. Ahora, Joe, ya conoces el caso.

— No, Joe — añadió mi hermana, todavía en tono de reproche, mientras él se pasaba el dorso de la mano por la nariz, con aire de querer excusarse —, todavía, aunque creas lo contrario, no conoces el caso. Es posible que te lo figures, pero aún no sabes nada, Joe. Y digo que no lo sabes, porque ignoras que el tío Pumblechook, con mayor amabilidad y mayor bondad de la que puedo expresar, con objeto de que el muchacho haga su fortuna yendo a casa de la señorita Havisham, se ha prestado a llevárselo esta misma noche a la ciudad, en su propio carruaje, para que duerma en su casa y llevarlo mañana por la mañana a casa de la señorita Havisham, dejándolo en sus manos. Pero ¿qué hago? — exclamó mi hermana quitándose el gorro con repentina desesperación —. Aquí estoy hablando sin parar, mientras el tío Pumblechook se espera y la yegua se enfría en la puerta, sin pensar que ese muchacho está lleno de suciedad, de pies a cabeza.

Dichas estas palabras, se arrojó sobre mí como un águila sobre un cabrito, y a partir de aquel momento mi rostro fue sumergido varias veces en agua, enjabonado, sobado, secado con toallas, aporreado, atormentado y rascado hasta que casi perdí el sentido. Y aquí viene bien observar que tal vez soy la persona que conoce mejor, en el mundo entero, el efecto desagradable de una sortija de boda cuando roza brutalmente contra un cuerpo humano.

Cuando terminaron mis abluciones me vi obligado a ponerme ropa blanca, muy almidonada, dentro de la cual quedé como un penitente en un saco, y luego mi traje de ceremonia, tieso y horrible. Entonces fui entregado al señor Pumblechook, que me recibió formalmente, como si fuese un sheriff, y que se apresuró a colocarme el discurso que hacía rato deseaba pronunciar.

— Muchacho, has de sentir eterna gratitud hacia todos tus amigos, pero muy especialmente hacia los que te han criado «a mano».

— ¡Adiós, Joe!

— ¡Dios te bendiga, Pip!

Hasta entonces, nunca me había separado de él, y, a causa de mis sentimientos y también del jabón que todavía llenaba mis ojos, en los primeros momentos de estar en el coche no pude ver siquiera el resplandor de las estrellas. Éstas parpadeaban una a una, sin derramar ninguna luz sobre las preguntas que yo me dirigía tratando de averiguar por qué tendría que jugar en casa de la señorita Havisham y a qué juegos tendría que dedicarme en aquella casa.

Capítulo VIII

La vivienda del señor Pumblechook, en la calle Alta de la ciudad, tenía un carácter farináceo e impregnado de pimienta, según debían ser las habitaciones de un tratante en granos y especias. Me pareció que sería hombre muy feliz, puesto que en su tienda tenía numerosos cajoncitos, y me pregunté si cuando él contemplaba las filas de paquetes de papel moreno, donde se guardaban las semillas y los bulbos, éstos, aprovechando un buen día de sol, saldrían de sus cárceles y empezarían a florecer.

Eso pensé muy temprano a la mañana siguiente de mi llegada. En la noche anterior, en cuanto llegué, me mandó directamente a acostarme en una buhardilla bajo el tejado, que tenía tan poca altura en el lugar en que estaba situada la cama, que sin dificultad alguna pude contar las tejas, que se hallaban a un pie de distancia de mis ojos. Aquella misma mañana, muy temprano, descubrí una singular afinidad entre las semillas y los pantalones de pana. El señor Pumblechook los llevaba, y lo mismo le ocurría al empleado de la tienda; además, en aquel lugar se advertía cierto aroma y una atmósfera especial que concordaba perfectamente con la pana, así como en la naturaleza de las semillas se advertía cierta afinidad con aquel tejido, aunque yo no podía descubrir la razón de que se complementasen ambas cosas. La misma oportunidad me sirvió para observar qua el señor Pumblechook dirigía, en apariencia, su negocio mirando a través de la calle al guarnicionero, el cual realizaba sus operaciones comerciales con los ojos fijos en el taller de coches, cuyo dueño se ganaba la vida, al parecer, con las manos metidas en los bolsillos y contemplando al panadero, quien, a su vez, se cruzaba de brazos sin dejar de mirar al abacero, el cual permanecía en la puerta y bostezaba sin apartar la mirada del farmacéutico. El relojero estaba siempre inclinado sobre su mesa, con una lupa en el ojo y sin cesar vigilado por un grupo de gente de blusa que le miraba a través del cristal de la tienda. Éste parecía ser la única persona en la calle Alta cuyo trabajo absorbiese toda su atención.

El señor Pumblechook y yo nos desayunamos a las ocho de la mañana en la trastienda, en tanto que su empleado tomaba su taza de té y un poco de pan con manteca sentado, junto a la puerta de la calle, sobre un saco de guisantes. La compañía del señor Pumblechook me pareció muy desagradable. Además de estar penetrado de la convicción de mi hermana de que me convenía una dieta mortificante y penitente y de que me dio tanto pan como era posible dada la poca manteca qua extendió en él, y de que me echó tal cantidad de agua caliente en la leche que mejor habría sido prescindir por completo de ésta, además de todo eso, la conversación del viejo no se refería más que a la aritmética. Como respuesta a mi cortés salutación de la mañana, me dijo, dándose tono:

— ¿Siete por nueve, muchacho?

No comprendió la imposibilidad de que yo contestase, apurado como estaba, en un lugar desconocido y con el estómago vacío. Sentía mucha hambre, pero antes de que pudiera tragar mi primer bocado me sometió a una suma precipitada que duró tanto como el desayuno.

— ¿Siete y cuatro? ¿Y ocho? ¿Y seis? ¿Y dos? ¿Y diez?

Y así sucesivamente, y a cada una de mis respuestas, cuando me disponía a dar un mordisco o a beber un poco de té, llegaba la siguiente pregunta, en tanto que él estaba muy a sus anchas sin tener que contestar a ningún problema aritmético, comiendo tocino frito y panecillo caliente con la mayor glotonería.

Por tales razones sentí contento en cuanto dieron las diez y salimos en dirección a la casa de la señorita Havisham, aunque no estaba del todo tranquilo con respecto al cometido que me esperaba bajo el techo de aquella desconocida. Un cuarto de hora después llegamos a casa de la señorita Havisham, toda de ladrillos, muy vieja, de triste aspecto y provista de muchas barras de hierro. Varias ventanas habían sido tapiadas, y las que quedaban estaban cubiertas con rejas oxidadas. En la parte delantera había un patio, también defendido por una enorme puerta, de manera qua después de tirar de la cadena de la campana tuvimos que esperar un rato hasta que alguien llegase a abrir la puerta. Mientras aguardábamos ante ésta, yo traté de mirar por la cerradura, y aun entonces el señor Pumblechook me preguntó:

— ¿Y catorce?

Pero fingí no haberle oído. Vi que al lado de la casa había una gran fábrica de cerveza, completamente abandonada, al parecer, desde hacía mucho tiempo.

Se abrió una ventana y una voz clara preguntó:

— ¿Quién llama?

A lo cual mi guía contestó:

— Pumblechook.

— Muy bien — contestó la voz; y se cerró de nuevo la ventana.

Pocos momentos después, una señorita joven atravesó el patio empuñando una llave.

—Éste es Pip—dijo el señor Pumblechook.

— ¿Éste es Pip? — repitió la señorita, qua era muy linda y parecía muy orgullosa —. Entra, Pip.

El señor Pumblechook también se disponía a entrar, pero ella le detuvo en la puerta.

— ¡Oh! — dijo —. ¿Desea usted ver a— la señorita Havisham?

— Siempre que la señorita Havisham quiera verme — contestó el señor Pumblechook, perdiendo las esperanzas que hasta entonces tuviera.

— ¡Ah! —dijo la joven —. Pero el caso es que ella no lo desea.

Pronunció estas palabras con un tono tan decisivo, que el señor Pumblechook, aunque sentía su dignidad ofendida, no se atrevió a protestar. Pero me miró con la mayor severidad, como si yo le hubiese hecho algo. Y pocos momentos después se alejó, no sin haberme dicho, en tono de reproche:

—Muchacho, haz de manera que tu comportamiento aquí acredite a los que te han criado «a mano».

Yo no tenía la seguridad de que se marchase sin haberme preguntado: ¿Y dieciséis?» Pero no lo hizo.

Mi joven guía cerró la puerta y luego atravesamos el patio, limpio y cubierto de losas, por todas las uniones de las cuales crecía la hierba. E1 edificio de la fábrica de cerveza comunicaba con la casa contigua por medio de un pasadizo, y las puertas de madera de éste permanecían abiertas, así como también la fábrica, que estaba más allá y rodeada por una alta cerca; pero todo se veía desocupado y con el aspecto de no haber sido utilizado durante mucho tiempo. El viento parecía soplar con mayor frialdad allí que en la calle, y producía un sonido agudo al entrar y salir por la fábrica de cerveza, semejante al silbido que en alta mar se oye cuando el viento choca contra el cordaje de un buque.

La joven me vio mirándolo todo, y dijo:

—Sin inconveniente alguno podrías beberte ahora toda la cerveza que ahí se hace, muchacho. ¿No te parece?

— Creo que, en efecto, podría bebérmela, señorita — repliqué con timidez.

—Es mejor no intentar siquiera hacer cerveza ahí, porque se pondría en seguida agria, ¿no es cierto?

— Así lo creo, señorita.

—No te lo digo porque nadie lo haya intentado—añadió —, pues la fabricación ha terminado ya por completo y hasta que se caiga de vieja continuará como está. Sin embargo, en la bodega hay bastante cerveza fuerte para anegar esta casa solariega.

— ¿Así se llama la casa, señorita?

— Es uno de sus nombres.

— ¿De modo que tiene más de uno?

— Otro tan sólo. Su otro nombre fue «Satis», lo cual es griego, latín, hebreo, o los tres idiomas juntos, porque los tres son igual para mí, y significa «bastante».

— ¡«Bastante casa» casa! —exclamé yo—. Es un nombre curioso, señorita.

— Sí — replicó —, pero significa más de lo que dice. Cuando se lo dieron, querían dar a entender que quien poseyera esta casa no necesitaba ya nada más. Estoy persuadida de que en aquellos tiempos sus propietarios debían de contentarse fácilmente. Pero no te entretengas, muchacho.

Aunque me llamaba muchacho con tanta frecuencia y con tono que estaba muy lejos de resultar lisonjero, ella era casi de mi misma edad, si bien parecía tener más años a causa del sexo a que pertenecía, de que era hermosa y de que se movía y hablaba con mucho aplomo. Por eso me demostraba tanto desdén como si tuviese ya veintiún años y fuese una reina.

Entramos en la casa por una puerta lateral, porque la principal estaba defendida exteriormente por dos enormes cadenas, y la primera cosa que advertí fue que todos los corredores estaban a oscuras y que mi guía dejó allí una vela encendida. La tomó cuando pasamos junto a ella, nos internamos por otros corredores y subimos luego una escalera. Todo seguía siendo oscuro, de manera que tan sólo nos alumbraba la luz de la bujía.

Por fin llegamos ante la puerta de una estancia, y la joven me ordenó:

— Entra.

Yo, movido más bien por la timidez que por la cortesía, le contesté:

—Después de usted, señorita.

— No seas ridículo, muchacho — me replicó —. Yo no voy a entrar.

Y, desdeñosamente, se alejó y, lo que era peor, se llevó la vela consigo.

Eso era muy desagradable y yo estaba algo asustado. Pero como no tenía más recurso que llamar a la puerta, lo hice, y entonces oí una voz que me ordenaba entrar. Por consiguiente, obedecí, encontrándome en una habitación bastante grande y muy bien alumbrada con velas de cera. Allí no llegaba el menor rayo de luz diurna. A juzgar por el mobiliario, podía creerse que era un tocador, aunque había muebles y utensilios de formas y usos completamente desconocidos para mí. Pero lo más importante de todo era una mesa cubierta con un paño y coronada por un espejo de marco dorado, en lo cual reconocí que era una mesa propia de un tocador y de una dama refinada.

Ignoro si habría comprendido tan pronto el objeto de este mueble de no haber visto, al mismo tiempo, a una elegante dama sentada a poca distancia. En un sillón de brazos y con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano correspondiente vi a la dama más extraña que jamás he visto o veré.

Vestía un traje muy rico de satén, de encaje y de seda, todo blanco. Sus zapatos eran del mismo color. De su cabeza colgaba un largo velo, asimismo blanco, y su cabello estaba adornado por flores propias de desposada, aunque aquél ya era blanco. En su cuello y en sus manos brillaban algunas joyas, y en la mesa se veían otras que centelleaban. Por doquier, y medio doblados, había otros trajes, aunque menos espléndidos que el que llevaba aquella extraña mujer. En apariencia no había terminado de vestirse, porque tan sólo llevaba un zapato y el otro estaba sobre la mesa inmediata a ella. En cuanto al velo, estaba arreglado a medias, no se había puesto el reloj y la cadena, y sobre la mesa coronada por el espejo se veían algunos encajes, su pañuelo, sus guantes, algunas flores y un libro de oraciones, todo formando un montón.

Desde luego, no lo vi todo en los primeros momentos, aunque sí pude notar mucho más de lo que se creería, y advertí también que todo lo que tenía delante, y que debía de haber sido blanco, lo fue, tal vez, mucho tiempo atrás, porque había perdido su brillo, tomando tonos amarillentos. Además, noté que la novia, vestida con traje de desposada, había perdido el color, como el traje y las flores, y que en ella no brillaba nada más que sus hundidos ojos. A1 mismo tiempo, observé que aquel traje cubrió un día la redondeada figura de una mujer joven y que ahora se hallaba sobre un cuerpo reducido a la piel y a los huesos. Una vez me llevaron a ver unas horrorosas figuras de cera en la feria, que representaban no sé a quién, aunque, desde luego, a un personaje, que yacía muerto y vestido con traje de ceremonia. Otra vez, también visité una de las iglesias situadas en nuestros marjales, y allí vi a un esqueleto reducido a cenizas, cubierto por un rico traje y al que desenterraron de una bóveda que había en el pavimento de la iglesia. Pero en aquel momento la figura de cera y el esqueleto parecían haber adquirido unos ojos oscuros que se movían y que me miraban. Y tanto fue mi susto, que, de haber sido posible, me hubiese echado a llorar.

— ¿Quién es? — preguntó la dama que estaba junto a la mesa.

— Pip, señora.

— ¿Pip?

— Sí, señora. Un muchacho que ha traído el señor Pumblechook. He venido... a jugar.

—Acércate. Deja que te vea. Ven a mi lado.

Cuando estuve ante ella, evitando su mirada, pude tomar nota detallada de los objetos que la rodeaban. Entonces vi que su reloj estaba parado a las nueve menos veinte y que el que estaba colgado en la pared interrumpió también su movimiento a la misma hora.

— Mírame — dijo la señorita Havisham —. Supongo que no tendrás miedo de una mujer que no ha visto el sol desde que naciste.

Lamento consignar que no temí decir la enorme mentira comprendida en la respuesta:

— No.

— ¿Sabes lo que toco ahora? — dijo poniendo las dos manos, una sobre otra, encima del lado izquierdo de su pecho.

— Sí, señora — contesté recordando al joven que quería arrancarme el corazón y el hígado.

— ¿Qué toco?

— Su corazón.

— ¡Destrozado!

Me dirigió una ansiosa mirada al pronunciar tal palabra con el mayor énfasis y con extraña sonrisa, en la que advertía cierta vanidad. Conservó las manos sobre su pecho por espacio de unos instantes, y luego las separó lentamente, como si le pesaran demasiado.

— Estoy fatigada — dijo la señorita Havisham —. Deseo alguna distracción, y ya no puedo soportar a los hombres ni a las mujeres. ¡Juega!

Como comprenderá el lector más aficionado a la controversia, difícilmente podría haber ordenado a un muchacho cualquiera otra cosa más extraordinaria en aquellas circunstancias.

— A veces tengo caprichos de enferma — continuó —. Y ahora tengo el de desear que alguien juegue. ¡Vamos, muchacho! — dijo moviendo impaciente los dedos de su mano derecha —. ¡Juega, juega!

Por un momento, y sintiendo el temor de mi hermana, tuve la idea desesperada de empezar a correr alrededor de la estancia imitando lo mejor que pudiera el coche del señor Pumblechook, pero me sentí tan incapaz de hacerlo, que abandoné mi propósito y me quedé mirando a la señorita Havisham con expresión que ella debió de considerar de testarudez, pues en cuanto hubimos cambiado una mirada me preguntó:

— ¿Acaso eres tozudo y de carácter triste?

— No, señora. Lo siento mucho por usted, mucho. Pero en este momento no puedo jugar. Si da usted quejas de mí, tendré que sufrir el castigo de mi hermana, y sólo por esta causa lo haría si me fuese posible; pero este lugar es tan nuevo para mí, tan extraño, tan elegante y... ¡tan melancólico!

Y me interrumpí, temiendo decir o haber dicho demasiado, en tanto que cruzábamos nuestra mirada.

Antes de que volviese a hablar apartó de mí sus ojos y miró su traje, la mesa del tocador y, finalmente, a su imagen reflejada en el espejo.

— ¡Tan nuevo para él y tan viejo para mí!—murmuró —. ¡Tan extraño para él y tan familiar para mí, y tan melancólico para los dos! Llama a Estella.

Seguía mirando su imagen reflejada por el espejo, y como yo me figurase que hablaba consigo misma, me quedé quieto.

—Llama a Estella — repitió, dirigiéndome una mirada centelleante —. Eso bien puedes hacerlo. Llama a Estella. A la puerta.

Eso de asomarme a la oscuridad de un misterioso corredor de una casa desconocida, llamando a gritos a la burlona joven, a Estella, que tal vez no estaría visible ni me contestaría, me daba la impresión de que el gritar su nombre equivaldría a tomarme una libertad extraordinaria, y me resultaba casi tan violento como empezar a jugar en cuanto me lo mandasen. Pero la joven contestó por fin, y, semejante a una estrella efectiva, apareció su bujía, a lo lejos, en el corredor.

La señora Havisham le hizo seña de que se acercase, y, tomando una joya que había encima de la mesa, observó el efecto que hacía sobre el joven pecho de la muchacha, y también poniéndola sobre el cabello de ésta.

— Un día será tuya, querida mía — dijo —. Y la emplearás bien. Ahora hazme el favor de jugar a los naipes con este muchacho.

— ¿Con este muchacho? ¡Si es un labriego!

Me pareció oír la respuesta de la señorita Havisham, pero fue tan extraordinaria que apenas creí lo que oía.

— Pues bien — dijo —, diviértete en destrozarle el corazón.

— ¿A qué sabes jugar, muchacho? — me preguntó Estella con el mayor desdén.

Contesté indicando el único juego de naipes que conocía, y ella, conformándose, se sentó ante mí y empezamos a jugar.

Entonces fue cuando comprendí que todo lo que había en la estancia, a semejanza del reloj, se había parado e interrumpido hacía ya mucho tiempo. Noté que la señorita Havisham dejó la joya exactamente en el mismo lugar de donde la tomara. Y mientras Estella repartía los naipes, yo miré otra vez a la mesa del tocador, y allí vi el zapato que un día fue blanco y ahora estaba amarillento, pero sin la menor señal de haber sido usado. Miré al pie cuyo zapato faltaba y observé que la media de seda, que también fue blanca y que ahora era de color de hueso, quedó destrozada a fuerza de andar; y aun sin aquella interrupción de todo y sin la inmóvil presencia de los pálidos objetos ya marchitos, el traje nupcial sobre el cuerpo inmóvil no podría haberse parecido más a una vestidura propia de la tumba, ni el largo velo más semejante a un sudario.

Así estaba ella inmóvil como un cadáver, mientras la joven y yo jugábamos a los naipes. Todos los adornos de su traje nupcial parecían ser de papel de estraza. Nadie sabía entonces de los descubrimientos que, de vez en cuando, se hacen de cadáveres enterrados en antiguos tiempos y que se convierten en polvo en el momento de aparecerse a la vista de los mortales; pero desde entonces he pensado con frecuencia que tal vez la admisión en la estancia de la luz del día habría convertido en polvo a aquella mujer.

— Este muchacho llama mozos a las sotas — dijo Estella con desdén antes de terminar el primer juego —. Y ¡qué manos tan ordinarias tiene! ¡Qué botas!

Hasta aquel momento, jamás se me ocurrió avergonzarme de mis manos, pero entonces empecé a considerarlas de un modo muy desfavorable. El desprecio que ella me manifestaba era tan fuerte que no pude menos de notarlo. Ganó el primer juego y yo di. Naturalmente, lo hice mal, sabiendo, como sabía, que esperaba cualquier torpeza por mi parte. Y, en efecto, inmediatamente me calificó de estúpido, de torpe y de destripaterrones.

— Tú no dices nada de ella — observó dirigiéndose a mí la señorita Havisham mientras miraba nuestro juego —, Ella te ha dicho muchas cosas desagradables, y, sin embargo, no le contestas. ¿Qué piensas de ella?

—No quiero decirlo—tartamudeé.

— Pues ven a decírmelo al oído — ordenó la señorita Havisham inclinando la cabeza.

— Me parece que es muy orgullosa — dije en un murmullo.

— ¿Y nada más?

— También me parece muy bonita.

— ¿Nada más?

— La creo muy insultante — añadí mientras la joven me miraba con la mayor aversión.

— ¿Y nada más?

— Creo que debería irme a casa.

— ¿Y no verla más, aun siendo tan bonita?

— No estoy seguro de que no desee verla de nuevo, pero sí me gustaría irme a casa ahora.

—Pronto irás — dijo en voz alta la señorita Havisham—. Acaba este juego.

Si se exceptúa una leve sonrisa que observé en el rostro de la señorita Havisham, habría podido creer que no sabía sonreír. Asumió una expresión vigilante y pensativa, como si todas las cosas que la rodeaban se hubiesen quedado muertas y ya nada pudiese reanimarlas. Se hundió su pecho y se quedó encorvada; también su voz habíase debilitado, de manera que cuando hablaba, su tono parecía ser mortalmente apacible. Y en conjunto tenía el aspecto de haberse desplomado en cuerpo y alma después de recibir un tremendo golpe.

Terminé aquel juego con Estella, que también me lo ganó. Luego arrojó los naipes sobre la mesa, como si se despreciase a sí misma por haberme ganado.

— ¿Cuándo volverás?—preguntó la señorita Havisham—. Espera que lo piense.

Yo empecé a recordarle que estábamos en miércoles, pero me interrumpió con el mismo movimiento de impaciencia de los dedos de su mano derecha.

— ¡Calla, calla! Nada sé ni quiero saber de los días de la semana, ni de las semanas del año. Vuelve dentro de seis días. ¿Entiendes?

— Sí, señora.

—Estella, acompáñale abajo. Dale algo de comer y déjale que vaya de una parte a otra mientras come. Vete, Pip.

Seguí la luz al bajar la escalera, del mismo modo como la siguiera al subir, y ella fue a situarse en el mismo lugar en que encontramos la bujía. Hasta que abrió la entrada lateral, pude imaginarme, aunque sin pensar en ello, que necesariamente sería de noche, y así el torrente de luz diurna me dejó deslumbrado y me dio la impresión de haber permanecido muchas horas a la luz de la bujía.

— Espérate aquí, muchacho — dijo Estella, alejándose y cerrando la puerta.

Aproveché la oportunidad de estar solo en el patio para mirar mis bastas manos y mi grosero calzado. La opinión que me produjeron tales accesorios no fue nada favorable. Nunca me habían preocupado, pero ahora sí me molestaban como cosas ordinarias y vulgares. Decidí preguntar a Joe por qué me enseñó a llamar «mozos» a aquellos naipes cuyo verdadero nombre era el de «sotas». Y deseé que Joe hubiese recibido mejor educación, porque así habría podido transmitírmela.

Ella volvió trayendo cierta cantidad de pan y carne y un jarrito de cerveza. Dejó este último sobre las piedras del patio y me dio el pan y la carne sin mirarme y con la misma insolencia que si fuese un perro que ha perdido el favor de su amo. Estaba tan humillado, ofendido e irritado, y mi amor propio se sentía tan herido, que no puedo encontrar el nombre apropiado para mis sentimientos, que Dios sabe cuáles eran, pero las lágrimas empezaron a humedecer mis ojos. Y en el momento en que asomaron a ellos, la muchacha me miró muy satisfecha de haber sido la causa de mi dolor. Esto fue bastante para darme la fuerza de contenerlas y de mirarla. Ella movió la cabeza desdeñosamente, pero, según me pareció, convencida de haberme humillado, y me dejó solo.

Cuando se hubo marchado busqué un lugar en que poder esconder el rostro, y así llegué tras una de las puertas del patio de la fábrica de cerveza y, apoyando la manga en la pared, incliné la cabeza sobre el brazo y me eché a llorar. Y no solamente lloré, sino que empecé a dar patadas en la pared y me retorcí el cabello, tan amargos eran mis sentimientos y tan agudo el dolor sin nombre que me impulsaba a hacer aquello.

La educación que me dio mi hermana me había hecho muy sensible. En el pequeño mundo en que los niños tienen su vida, sea quien quiera la persona que los cría, no hay nada que se perciba con tanta delicadeza y que se sienta tanto como una injusticia. Tal vez ésta sea pequeña, pero también el niño lo es, así como su mundo, y el caballo de cartón que posee le parece tan alto como a un hombre un caballo de caza irlandés. En cuanto a mí, desde los primeros días de mi infancia, siempre tuve que luchar con la injusticia. Desde que fui capaz de hablar me di cuenta de que mi hermana, con su conducta caprichosa y violenta, era injusta conmigo. Estaba profundamente convencido de que el hecho de haberme criado «a mano» no le daba derecho a tratarme mal. Y a través de todos mis castigos, de mis vergüenzas, de mis ayunos y de mis vigilias, así como otros castigos, estuve persuadido de ello. Y por no haber tenido nadie con quien desahogar mis penas y por haberme visto obligado a vivir solo y sin protección de nadie, era moralmente tímido y muy sensible.

El lugar en que me hallaba era muy desierto, bajo el palomar que había en el patio de la fábrica de cerveza, y el cual debió de ser herido por algún fuerte viento que sin duda daría a las palomas la sensación de estar en el mar, en caso de que en aquel momento las hubiese habido. Pero allí no había palomas, ni caballos en la cuadra, ni cerdos en la pocilga, ni malta en el almacén, así como tampoco olor de granos, o de cerveza en la caldera o en los tanques. Todos los usos y olores de la fábrica de cerveza se habrían evaporado con su última voluta de humo. En un patio contiguo había numerosos barriles vacíos, que parecían tener el agrio recuerdo de mejores días pasados; pero era demasiado agrio para que se le pudiera aceptar como muestra de la cerveza que ya no existía.

Tras el extremo más lejano de la fábrica de cerveza había un lozano jardín con una cerca muy vieja, no tan alta que yo no pudiera asomarme a ella para mirar al otro lado. Me asomé y vi que el lozano jardín pertenecía a la casa y que en él abundaban los hierbajos, por entre los cuales aparecía un sendero, como si alguien tuviese costumbre de pasear por allí. También vi que Estella se alejaba de mí en aquel momento; pero la joven parecía estar en todas partes, porque cuando me dejé vencer por la tentación ofrecida por los barriles y empecé a andar por encima de ellos, también la vi haciendo lo mismo en el extremo opuesto del patio lleno de cascotes. En aquel momento me volvía la espalda y sostenía su bonito cabello castaño extendido, con las dos manos, sin mirar alrededor; de este modo desapareció de mi vista. Así, pues, en la misma fábrica de cerveza —con lo cual quiero indicar el edificio grande, alto y enlosado, en el que, en otro tiempo, hicieron la cerveza y donde había aún los utensilios apropiados para el caso —, cuando yo entré por vez primera, algo deprimido por su tétrico aspecto y me quedé cerca de la puerta, mirando alrededor de mí, la vi pasar por entre los hornos apagados, subir por una ligera escalera de hierro y salir a una alta galería exterior, cual si se dirigiera hacia el cielo.

En aquel lugar y en aquel momento fue cuando a mi fantasía le pareció que ocurría algo muy raro. Entonces me pareció muy extraño, y tiempo después me pareció aún más extraordinario. Volví mis ojos, algo empañados después de mirar a la helada luz del día, hacia una enorme viga de madera que había en un rincón del edificio inmediato a mi mano derecha, y allí vi a una figura colgada por el cuello. Estaba vestida de blanco amarillento y en sus pies sólo llevaba un zapato. Estaba así colgada de modo que yo podía ver que los marchitos adornos del traje parecían de papel de estraza, y pude contemplar el rostro de la señorita Havisham, que en aquel momento se movía como si tratara de llamarme. Aterrado al ver aquella figura y más todavía por el hecho de constarme que un momento antes no estaba allí, eché a correr alejándome de ella, aunque luego cambié de dirección y me dirigí hacia la aparecida, aumentando mi terror al observar que allí no había nada ni nadie.

Necesario fue, para reponerme, el contemplar la. brillante luz del alegre cielo, la gente que pasaba por detrás de la reja de la puerta del patio y la influencia vivificadora del pan, de la carne y de la cerveza. Pero ni aun con estos auxiliares habría podido recobrarme de mi susto tan pronto como lo hice si no hubiese visto que Estella se aproximaba a mí, con las llaves, para dejarme salir. Habría tenido muy buena razón, según me dije, para mirarme si me viese asustado, y, por consiguiente, no quise darle tal satisfacción.

A1 pasar por mi lado me dirigió una mirada triunfal, como si se alegrase de que mis manos fuesen tan bastas y mi calzado tan ordinario. Abrió la puerta y se quedó junto a ella para darme paso. Yo salí sin mirarla, pero ella me tocó bruscamente.

— ¿Por qué no lloras?

— Porque no tengo necesidad.

— Sí tienes — replicó —. Has llorado tanto que apenas ves claro, y ahora mismo estás a punto de llorar otra vez.

Se echó a reír con burla, me dio un empujón para hacerme salir y cerró la puerta a mi espalda. Yo me marché directamente a casa del señor Pumblechook, y me satisfizo mucho no encontrarle en casa. Por consiguiente, después de decirle al empleado el día en que tenía que volver a casa de la señorita Havisham, emprendí el camino para recorrer las cuatro millas que me separaban de nuestra fragua. Mientras andaba iba reflexionando en todo lo que había visto, rebelándome con toda mi alma por el hecho de ser un aldeano ordinariote, lamentando que mis manos fuesen tan bastas y mis zapatos tan groseros. También me censuraba por la vergonzosa costumbre de llamar «mozos» a las sotas y por ser mucho más ignorante de lo que me figuraba la noche anterior, así como porque mi vida era peor y más baja de lo que había supuesto.

Capítulo IX

Cuando llegué a mi casa encontré a mi hermana llena de curiosidad, deseando conocer detalles acerca de la casa de la señorita Havisham, y me dirigió numerosas preguntas. Pronto recibí fuertes golpes en la nuca y sobre los hombros, y mi rostro fue a chocar ignominiosamente contra la pared de la cocina, a causa de que mis respuestas no fueron suficientemente detalladas.

Si el miedo de no ser comprendido está oculto en el pecho de otros muchachos en el mismo grado que en mí — cosa probable, pues no tengo razón ninguna para considerarme un fenómeno —, eso explicaría muchas extrañas reservas. Yo estaba convencido de que si describía a la señorita Havisham según la habían visto mis ojos, no sería comprendido en manera alguna; y aunque ella era, para mí, completamente incomprensible, sentía la impresión de que cometería algo así como una traición si ante los ojos de la señora Joe ponía de manifiesto cómo era en realidad (y esto sin hablar para nada de la señorita Estella). Por consiguiente, dije tan poco como me fue posible, y eso me valió un nuevo empujón contra la pared de la cocina.

Lo peor de todo era que el bravucón del tío Pumblechook, presa de devoradora curiosidad, a fin de informarse de cuanto yo había visto y oído, llegó en su carruaje a la hora de tomar el té, para que le diese toda clase de detalles. Y tan sólo el temor del tormento que me auguraba aquel hombre con sus ojos de pescado, con su boca abierta, con su cabello de color de arena y su cerebro lleno de preguntas aritméticas me hizo decidir a mostrarme más reticente que nunca.

— Bien, muchacho — empezó diciendo el tío Pumblechook en cuanto se sentó junto al fuego y en el sillón de honor—. ¿Cómo te ha ido por la ciudad?

— Muy bien, señor — contesté, observando que mi hermana se apresuraba a mostrarme el puño cerrado.

— ¿Muy bien? — repitió el señor Pumblechook —. Muy bien no es respuesta alguna. Explícanos qué quieres decir con este «muy bien».

Cuando la frente está manchada de cal, tal vez conduce al cerebro a un estado de obstinación. Pero, sea lo que fuere, y con la frente manchada de cal a causa de los golpes sufridos contra la pared de la cocina, el hecho es que mi obstinación tenía la dureza del diamante. Reflexioné unos momentos y, como si hubiese encontrado una idea nueva, exclamé:

— Quiero decir que muy bien.

Mi hermana, profiriendo una exclamación de impaciencia, se disponía a arrojarse sobre mí, y yo no tenía ninguna defensa, porque Joe estaba ocupado en la fragua, cuando el señor Pumblechook se interpuso, diciendo:

—No, no te alteres. Deja a este muchacho a mi cuidado, déjamelo.

Entonces el señor Pumblechook me hizo dar media vuelta para situarme frente a frente, como si se dispusiera a cortarme el cabello, y dijo:

— Ante todo, y para poner en orden las ideas, dime cuántas libras, chelines y peniques son cuarenta y tres peniques.

Yo calculé las consecuencias de contestar «cuatrocientas libras», pero, comprendiendo que me serían desfavorables, repliqué lo mejor posible y con un error de unos ocho peniques. Entonces el señor Pumblechook me advirtió que doce peniques hacían un chelín y que cuarenta peniques eran tres chelines y cuatro peniques. Luego añadió:

—Ahora contéstame a cuánto equivalen cuarenta y tres peniques.

Después de un instante de reflexión, le dije:

—No lo sé.

Yo estaba tan irritado, que, en realidad, ignoro si lo sabía o no.

El señor Pumblechook movió la cabeza, muy enojado también, y luego me preguntó:

— ¿No te parece que cuarenta y tres peniques equivalen a siete chelines, seis peniques y tres cuartos de penique?

— Sí — le contesté.

Y a pesar de que mi hermana me dio instantáneamente un par de tirones en las orejas, me satisfizo mucho el observar que mi respuesta anuló la broma del señor Pumblechook y que le dejó desconcertado.

— Bueno, muchacho — dijo en cuanto se hubo repuesto —. Ahora dinos cómo es la señorita Havisham.

Y al mismo tiempo cruzó los brazos sobre el pecho.

— Muy alta y morena — contesté.

— ¿Es así, tío? — preguntó mi hermana.

El señor Pumblechook afirmó con un movimiento de cabeza, y de ello inferí que jamás había visto a la señorita Havisham, puesto que no se parecía en nada a mi descripción.

— Muy bien — dijo el señor Pumblechook, engreído —. Ahora va a decírnoslo todo. Ya es nuestro.

— Estoy segura, tío — replicó la señora Joe —, de que me gustaría que estuviese usted siempre aquí para dominarlo, porque conoce muy bien el modo de tratarle.

—Y dime, muchacho: ¿qué estaba haciendo cuando llegaste a su casa? — preguntó el señor Pumblechook.

— Estaba sentada — contesté — en un coche tapizado de terciopelo negro.

El señor Pumblechook y la señora Joe se miraron uno a otro, muy asombrados, y repitieron:

— ¿En un coche tapizado de terciopelo negro?

— Sí — dije —. Y la señorita Estella, es decir, su sobrina, según creo, le sirvió un pastel y una botella de vino en una bandeja de oro que hizo pasar por la ventanilla del coche. Yo me encaramé en la trasera para comer mi parte, porque me ordenaron que así lo hiciera.

— ¿Había alguien más allí? — preguntó el señor Pumblechook.

— Cuatro perros — contesté.

— ¿Pequeños o grandes?

— Inmensos — dije —. Y se peleaban uno con otro por unas costillas de ternera que les habían servido en una bandeja de plata.

El señor Pumblechook y la señora Joe se miraron otra vez, con el mayor asombro. Yo estaba verdaderamente furioso, como un testigo testarudo sometido a la tortura, y en aquellos momentos habría sido capaz de referirles cualquier cosa.

— ¿Y dónde estaba ese coche? — preguntó mi hermana. — En la habitación de la señorita Havisham.

Ellos se miraron otra vez.

— Pero ese coche carecía de caballos — añadí en el momento en que me disponía ya a hablar de cuatro corceles ricamente engualdrapados, pues me había parecido poco dotarlos de arneses.

— ¿Es posible eso, tío?—preguntó la señora Joe—. ¿Qué querrá decir este muchacho?

— Mi opinión — contestó el señor Pumblechook — es que se trata de un coche sedán. Ya sabe usted que ella es muy caprichosa, mucho..., lo bastante caprichosa para pasarse los días metida en el carruaje.

— ¿La ha visto usted alguna vez en él, tío? — preguntó la señora Joe.

— ¿Cómo quieres que la haya visto, si jamás he sido admitido a su presencia? Nunca he puesto los ojos en ella.

— ¡Dios mío, tío! Yo creía que usted había hablado muchas veces con ella.

— ¿No sabes — añadió el señor Pumblechook — que cuantas veces estuve allí, me llevaron a la parte exterior de la puerta de su habitación y así ella me hablaba a través de la hoja de madera? No me digas ahora que no conoces este detalle. Sin embargo, el muchacho ha entrado allí para jugar. ¿Y a qué jugaste, muchacho?

— Jugábamos con banderas — dije.

He de observar al lector que yo mismo me asombro al recordar las mentiras que dije aquel día.

— ¿Banderas? — repitió mi hermana.

— Sí — exclamé —. Estella agitaba una bandera azul, yo una roja y la señorita Havisham hacía ondear, sacándola por la ventanilla de su coche, otra tachonada de estrellas doradas. Además, todos blandíamos nuestras espadas y dábamos vivas.

— ¿Espadas? — exclamó mi hermana —. ¿De dónde las sacasteis?

— De un armario — dije —. Y allí vi también pistolas..., conservas y píldoras. Además, en la habitación no entraba la luz del día, sino que estaba alumbrada con bujías.

— Esto es verdad — dijo el señor Pumblechook moviendo la cabeza con gravedad —. Por lo que he podido ver yo mismo, esto es absolutamente cierto.

Los dos se quedaron mirándose, y yo les miré también, vigilando, al mismo tiempo que plegaba con la mano derecha la pernera del pantalón del mismo lado.

Si me hubiesen dirigido más preguntas, sin duda alguna me habría hecho traición yo mismo, porque ya estaba a punto de mencionar que en el patio había un globo, y tal vez habría vacilado al decirlo, porque mis cualidades inventivas estaban indecisas entre afirmar la existencia de aquel aparato extraño o de un oso en la fábrica de cerveza. Pero ellos estaban tan ocupados en discutir las maravillas que yo ofreciera a su consideración, que eludí el peligro de seguir hablando. La discusión estaba empeñada todavía cuando Joe volvió de su trabajo para tomar una taza de té. Y mi hermana, más para expansionarse que como atención hacia él, le refirió mis pretendidas aventuras.

Pero cuando vi que Joe abría sus azules ojos y miraba a todos lados con el mayor asombro, los remordimientos se apoderaron de mí; pero eso tan sólo ocurría mientras le miraba a él y no cuando fijaba mi vista en los demás. Con respecto a Joe, y tan sólo al pensar en él, me consideraba a mí mismo un monstruo en tanto que los tres discutían las ventajas que podría reportarme el favor y el conocimiento de la señorita Havisham. No tenían la menor duda de que ésta «haría algo» por mí; sus dudas se referían tan sólo a la manera de hacer este «algo». Mi hermana aseguraba que recibiría dinero. El señor Pumblechook creía, más bien, que como premio se me pondría de aprendiz en algún comercio agradable, por ejemplo en el de cereales y semillas. En cuanto a Joe, discrepó de los dos al sugerir que quizá me regalara uno de los perros que se pelearon por las costillas de ternera.

— Si eres tan tonto que no tienes otras ideas más aceptables — dijo mi hermana — vale más que te vayas a continuar el trabajo.

Joe se apresuró a obedecer.

Cuando el señor Pumblechook se hubo marchado y cuando mi hermana se entregaba a la limpieza de la casa, yo me dirigí a la fragua de Joe y me quedé con él hasta que terminó el trabajo del día. Entonces me decidí a decirle:

—Antes de que se apague el fuego, Joe, me gustaría decirte algo.

— ¿De veras, Pip? — preguntó Joe acercando a la fragua el banco de herrar —. Pues habla. ¿Qué es ello, Pip?

—Mira, Joe—dije agarrándome a una manga de la camisa que tenía arremangada y empezando a retorcerla entre mis dedos —. ¿Te acuerdas de lo que he dicho acerca de la señorita Havisham?

— ¿Que si me acuerdo? — exclamó Joe —. ¡Ya lo creo! ¡Es maravilloso!

—Pues mira, Joe. Nada de eso es verdad.

— ¿Qué me cuentas, Pip? — exclamó Joe con el mayor asombro —. ¿Acaso quieres decirme que...?

— Sí. No son más que mentiras, Joe.

—Pero supongo que no lo será todo lo que dijiste. Casi estoy seguro de que no vas a decirme que no existe el coche tapizado de terciopelo negro.

Y a la vez que yo movía negativamente la cabeza, añadió:

— Por lo menos estaban los perros, ¿verdad, Pip? Seguramente, si no les sirvieron costillas de ternera, perros sí habría.

— Tampoco, Joe.

— ¿Ni un perro? — preguntó él —. ¿Ni un cachorro?

—No, Joe. No había nada de eso.

Mientras miraba tristemente a Joe, éste me contemplaba con el mayor desencanto.

—Pero, Pip, no puedo creer eso. ¿Por qué lo has dicho?

— Lo peor, Joe, es que no lo sé.

—Es terrible—exclamó Joe—. ¡Espantoso! ¿Qué demonio te poseía?

— Lo ignoro, Joe — contesté soltando la manga de la camisa y sentándome en las cenizas, a sus pies y con la cabeza inclinada al suelo —. Pero me habría gustado mucho que no me hubieses enseñado a llamar «mozos» a las sotas y también que mis botas fuesen menos ordinarias y mis manos menos bastas.

Entonces conté a Joe que era muy desgraciado, y que no me sentí con fuerzas para explicarme con la señora Joe y con el señor Pumblechook, que tan mal me trataban, y que en casa de la señorita Havisham había una joven orgullosa a más no poder, quien dijo que yo era muy ordinario, y como comprendí que el calificativo era justo, me disgustaba sobremanera haberlo merecido. Y ése fue el origen de las mentiras que conté, aunque yo mismo no podía comprender por qué las había dicho.

Éste era un caso de metafísica tan difícil para Joe como para mí. Pero él se apresuró a extraerlo de la región metafísica y así pudo vencerlo.

— Puedes estar seguro de algo, Pip — dijo Joe después de reflexionar un rato —, y es que las mentiras no son más que mentiras. Siempre que se presentan no debieran hacerlo y proceden del padre de la mentira, portándose de la misma manera que él. No me hables más de esto, Pip. Éste no es el camino para dejar de ser ordinario, aunque comprendo bien por qué dijeron que eras ordinario. En algunas cosas eres extraordinario. Por ejemplo, eres extraordinariamente pequeño y un estudiante soberbio.

— De ninguna manera, Joe — contesté —. Soy ignorante y estoy muy atrasado.

— ¿Cómo quieres que crea eso, Pip? ¿Acaso no vi la carta que me escribiste anoche? Incluso estaba escrita en letras de imprenta. Bastante me fijé en eso. Y, sin embargo, puedo jurar que la gente instruida no es capaz de escribir en letras de imprenta.

—Ten en cuenta, Joe, que sé poco menos de nada. Tú te haces ilusiones con respecto a mí. No es más que eso.

— En fin, Pip — dijo Joe —. Tanto si es así como no, es preciso ser un escolar ordinario antes de llegar a ser extraordinario. El mismo rey, sentado en el trono y con la corona en la cabeza, sería incapaz de escribir sus actas del Parlamento en letras de imprenta si cuando no era más que príncipe no hubiese empezado a aprender el alfabeto. Esto es indudable — añadió moviendo significativamente la cabeza —. Y tuvo que empezar por la A hasta llegar a la Z, y estoy seguro de eso, aunque no lo sepa por experiencia propia.

Había cierta esperanza en aquellas sabias palabras, y eso me dio algún ánimo.

— Además, creo — prosiguió Joe — que sería mejor que las personas ordinarias siguiesen tratando a las que son como ellas, en vez de ir a jugar con personajes extraordinarios. Eso me hace pensar que, por lo menos, se podrá creer que en aquella casa haya siquiera una bandera.

— No, Joe.

— Pues créeme que lo siento mucho, Pip. Podemos hablarnos con franqueza, sin el temor de que tu hermana se irrite. Y lo mejor será que no nos acordemos de eso, como si no hubiese sido intencionado. Y ahora mira, Pip. Yo, que soy buen amigo tuyo, voy a decirte una cosa. Si por el camino recto no puedes llegar a ser una persona extraordinaria, jamás lo conseguirás yendo por los caminos torcidos. Ahora no les cuentes más mentiras y procura vivir y morir feliz.

— ¿No estás enojado conmigo, Joe?

— No, querido Pip. Pero, teniendo en cuenta que tus mentiras fueron extraordinarias y que hablaste de costillas de ternera y de perros que se peleaban, yo, que soy buen amigo tuyo, te aconsejaré que cuando te vayas a la cama no te acuerdes más de eso. Es cuanto tengo que decirte, y que no lo hagas nunca más.

Cuando me vi en mi cuartito y recé mis oraciones, no olvidé la recomendación de Joe, pero, sin embargo, mi mente infantil se hallaba en un estado tal de intranquilidad y de desagradecimiento, que aun después de mucho rato de estar echado pensé en cuán ordinario hallaría Estella a Joe, que no era más que un pobre herrero, y cuán gruesas y bastas le parecerían sus manos y las suelas de sus botas. Pensé, entonces, en que Joe y mi hermana estaban sentados en la cocina en aquel mismo momento, y también en que tanto la señorita Havisham como Estella no se habrían sentado nunca en la cocina, porque estaban muy por encima del nivel de estas vidas tan vulgares. Me quedé dormido recordando lo que yo solía hacer cuando estaba en casa de la señorita Havisham, como si hubiese permanecido allí durante semanas y meses, en vez de algunas horas, y cual si fuese asunto muy antiguo, en vez de haber ocurrido aquel mismo día.

El cual fue memorable para mí, porque me hizo cambiar en gran manera. Pero siempre ocurre así en cualquier vida. Imaginémonos que de ella se segrega cualquier día, y piénsese en lo diferente que habría sido el curso de aquella existencia. Es conveniente que el lector haga una pausa al leer esto, y piense por un momento en la larga cadena de hierro o de oro, de espinas o de flores, que jamás le hubiera rodeado a no ser por el primer eslabón que se formó en un día memorable.

Capítulo X

Una o dos mañanas más tarde se me ocurrió, al despertar, la feliz idea de que lo mejor para llegar a ser extraordinario era sonsacar a Biddy todo lo que ella supiera. Y a consecuencia de esta idea luminosa, cuando aquella tarde fui a casa de la tía abuela del señor Wopsle, dije a Biddy que tenía mis razones para emprender la vida por mi cuenta y que, por consiguiente, le agradecería mucho que me enseñase cuanto sabía. Biddy, que era una muchacha amabilísima, se manifestó dispuesta a complacerme, y a los cinco minutos empezó a cumplir su promesa.

El plan de estudios establecido por la tía abuela del señor Wopsle puede ser resumido en la siguiente sinopsis.

Los alumnos comíamos manzanas y nos metíamos pajas cada uno en la espalda del otro, hasta que la tía abuela del señor Wopsle reunía sus energías y, sin averiguación ninguna, nos daba una paliza con una vara de abedul. Después de recibir los golpes con todas las posibles muestras de burla, los alumnos se formaban en fila y, con el mayor ruido, se pasaban de mano en mano un libro casi destrozado. Este libro contenía el alfabeto, algunos guarismos y tablas aritméticas, así como algunas lecciones fáciles de lectura; mejor dicho, las tuvo en algún tiempo. En cuanto este volumen empezaba a circular, la tía abuela del señor Wopsle se desplomaba en estado comatoso, debido tal vez al sueño o a un ataque reumático. Entonces los alumnos se entregaban a un examen y a una competencia relacionada con el calzado y con el objeto de averiguar quién sería capaz de pisar al otro con mayor fuerza. Este ejercicio mental duraba hasta que Biddy se precipitaba contra todos y distribuía tres Biblias sin portada y de una forma tal que no parecía sino que alguien las hubiese cortado torpemente. La impresión era más ilegible que cualquiera de las curiosidades literarias que he visto en mi vida entera; aquellos libros estaban manchados de orín y entre sus hojas había aplastados numerosos ejemplares del mundo de los insectos. Esta parte de la enseñanza se hacía más agradable gracias a algunos combates mano a mano entre Biddy y los alumnos refractarios. Cuando se habían terminado las peleas, Biddy señalaba el número de una página, y entonces todos leíamos en voz alta lo que nos era posible y también lo que no podíamos leer, a coro y con espantosas voces; Biddy llevaba el compás con voz aguda, fuerte y monótona, y, por otra parte, ninguno de nosotros tenía la más pequeña noción ni tampoco reverencia alguna con respecto a lo que estábamos leyendo. Cuando aquel horrible ruido había durado algún tiempo, despertaba mecánicamente a la tía abuela del señor Wopsle, quien, dejándose llevar por la casualidad, cogía a un muchacho y le tiraba de las orejas. Ésta era la señal de que la clase había terminado aquella tarde, y nos apresurábamos a salir al aire libre con grandes gritos de victoria intelectual. Conviene hacer observar que en la escuela no había prohibición alguna acerca de que un alumno cualquiera se entretuviese con la pizarra o con la tinta, cuando la había. Pero no era fácil proseguir aquella rama de los estudios durante el invierno, a causa de que la abacería en que se daban las clases y que también era el salón y el dormitorio de la tía abuela del señor Wopsle, no estaba alumbrada más que muy débilmente por un candil y, además, no había espabladera.

Comprendí que para llegar a ser extraordinario en tales circunstancias tendría que emplear mucho tiempo. Sin embargo, resolví intentarlo, y, aquella misma tarde, Biddy empezó a cumplir nuestro convenio, comunicándome algunos conocimientos procedentes de su pequeño catálogo de precios, bajo el epígrafe de Azúcar y prestándome, para que la copiara en casa, una gran «D» de tipo inglés que había imitado de la cabecera de algún periódico y que yo tomé, hasta que ella me hubo dicho lo que era, por el dibujo de una hebilla.

Como era natural, en el pueblo había una taberna, y también se comprende que Joe gustara de ir allí de vez en cuando a fumar una pipa. Mi hermana me había mandado con la mayor severidad que aquella tarde, al salir de la escuela, fuese a buscar a mi amigo a Los Tres Alegres Barqueros para hacerle volver a casa, con amenaza de castigo en caso de no cumplir esta orden. Por consiguiente, dirigí mis pasos hacia Los Tres Alegres Barqueros.

Allí había un bar, y en la pared inmediata a la puerta se veía una lista alarmante de nombres escritos con tiza y con algunas cantidades al lado de cada una, acerca de cuyo pago yo sentía bastantes dudas. Aquella lista siempre estuvo allí, a juzgar por mis recuerdos más remotos, y había crecido bastante más que yo. Pero en la misma había tal cantidad de yeso, que sin duda la gente aprovechaba cuantas oportunidades podía para pagar con él y no con dinero.

Como era sábado por la tarde, encontré al dueño, que tristemente contemplaba aquellos apuntes, pero como me llevaba allí Joe y no el deseo de hablar con él, me limité a darle las buenas noches y pasé a la sala general, situada al extremo del corredor, en donde ardía un buen fuego en la cocina. Encontré a Joe fumando una pipa en compañía del señor Wopsle y de un desconocido. El primero me saludó alegremente, y en el momento en que lo hacía, pronunciando mi nombre, el desconocido volvió la cabeza y me miró.

Era un hombre de aspecto reservado, a quien no había visto nunca. Tenía la cabeza ladeada y uno de sus ojos estaba medio cerrado, como si siempre apuntara a algo con un fusil invisible. Tenía una pipa en la boca, y la separó de sus labios despidiendo al mismo tiempo el humo; luego me miró fijamente y volvió la cabeza como si quisiera saludarme. Yo le correspondí del mismo modo, y él repitió el movimiento, haciendo sitio a su lado para que pudiera sentarme. Pero como siempre que iba allí tenía la costumbre de sentarme al lado de Joe, le dije:

— No, señor; muchas gracias.

Y fui a colocarme en el lugar que me ofrecía Joe en el lado opuesto. El desconocido, después de mirar a Joe y viendo que no nos prestaba atención, volvió a mover la cabeza, mirándome al mismo tiempo, y luego se frotó la pierna de un modo muy raro, según a mí me pareció.

— Decía usted — observó el desconocido volviéndose a Joe — que se dedica a la profesión de herrero.

— Eso mismo dije — replicó Joe.

— ¿Qué quiere usted beber, señor...? Ignoro cómo se llama usted.

Joe le dijo su nombre, y el desconocido le llamó por él.

— ¿Qué quiere usted beber, señor Gargery? Yo pago. Así brindaremos.

— Pues mire usted — contestó Joe —. Si he de decirle la verdad, no tengo costumbre de beber a costa de nadie.

— Pase porque tenga usted esa costumbre — contestó el desconocido —, pero por una vez puede prescindir de ella. Dígame si quiere beber, señor Gargery.

— En fin, no quiero desairarle — dijo Joe —. Ron.

— Ron — repitió el extranjero —. ¿Y estos caballeros?

— Ron también — dijo el señor Wopsle.

— ¡Tres copas de ron! — gritó el desconocido llamando al tabernero —. ¡En seguida!

— Este caballero — observó Joe presentando al señor Wopsle —es hombre a quien le gustaría a usted oír. Es nuestro sacristán.

— ¡Ah! — dijo el desconocido rápidamente y mirándome al mismo tiempo —. De la iglesia solitaria situada en el marjal y rodeada de tumbas, ¿no es verdad?

— Así es — contestó Joe.

El desconocido dio un sordo gruñido, como si lo dirigiera a su pipa, y extendió las piernas en el banco que tenía para él solo. Llevaba un sombrero de anchas alas y debajo un pañuelo que le rodeaba la cabeza, de manera que no se le veía el cabello. Mientras miraba al fuego me pareció descubrir en él una expresión astuta y en su rostro se dibujó una sonrisa.

— No conozco esta región, caballeros, pero me parece que hacia el río debe de ser muy solitaria.

— Como suelen ser siempre los marjales — dijo Joe.

—Sin duda, sin duda. ¿Y ven ustedes por allí con frecuencia gitanos, vagabundos o mendigos?

— No — contestó Joe —. Tan sólo, de vez en cuando un penado fugitivo. Y no crea usted que se les coge con facilidad. ¿No es verdad, señor Wopsle?

Éste, con majestuoso recuerdo de antiguas incomodidades, dio su asentimiento, pero sin el menor entusiasmo.

— Parece como si los hubiesen ustedes perseguido alguna vez — preguntó el extranjero.

—Tan sólo en una ocasión — contestó Joe —. No porque a nosotros nos importase cogerlos. Fuimos como curiosos. Fui yo y me acompañaron el señor Wopsle y Pip. ¿No es verdad, Pip?

— Sí, Joe.

El desconocido volvió a mirarme, cerrando aún más su ojo, como si me apuntara con invisible fusil, y dijo:

— ¿Y cómo llama usted a este muchacho?

— Pip — contestó Joe.

— ¿Lo bautizaron con ese nombre?

— No, de ningún modo.

— ¿Es un apodo?

— No — dijo Joe —. Es un nombre familiar que se le dio cuando era muy niño, y seguimos llamándole de igual modo.

— ¿Es su hijo?

— Verá usted — dijo Joe meditabundo, no porque hubiese necesidad de meditar tal respuesta, sino porque era costumbre en la taberna que se fingiera reflexionar profundamente todo cuanto se discutía—. No, no es mi hijo. No lo es.

— ¿Sobrino? — preguntó el desconocido.

— Tampoco — dijo Joe reflexionando, en apariencia, con la misma intensidad—. Como no quiero engañarle, le diré que tampoco es mi sobrino.

— Entonces, ¿qué es? — preguntó el desconocido, con interés que a mí me pareció innecesario.

En aquel momento intervino el señor Wopsle como perito acerca de las relaciones familiares, ya que tenía motivos profesionales para saber exactamente qué grados de parentesco femenino impedían contraer matrimonio. Así, expuso el que había entre Joe y yo. Y como había tendido la mano para hablar, el señor Wopsle aprovechó la ocasión para recitar un pasaje terrible de Ricardo III y quedó satisfecho de sí mismo al añadir:

— Según dice el poeta.

Debo observar aquí que cuando el señor Wopsle se refería a mí, consideraba necesario mecerme el cabello y metérmelo en los ojos. No puedo comprender por qué las personas de su posición social que visitaban nuestra casa habían de someterme al mismo proceso irritante, en circunstancias semejantes a las que acabo de describir. Sin embargo, no quiero decir con eso que en mi primera juventud fuese siempre, en el círculo familiar y social de mi casa, objeto de tales observaciones, pero sí afirmo que toda persona de alguna respetabilidad que allí llegaba tomaba tal camino oftálmico con objeto de demostrarme su protección.

Mientras tanto, el desconocido no miraba a nadie más que a mí, y lo hacía como si estuviese resuelto a dispararme un tiro y derribarme. Pero después de preguntar por el parentesco que nos unía a mí y a Joe no dijo nada más hasta que trajeron las copas de ron y de agua. Entonces disparó, y su disparo fue, ciertamente, extraordinario.

No hizo ninguna observación verbal, sino que procedió en silencio, aunque dirigiéndose a mí tan sólo. Mezcló el ron y el agua sin dejar de mirarme, y lo probó sin quitarme los ojos de encima. Pero lo notable es que revolvió el agua y el licor y se llevó la mezcla a la boca no con la cucharilla que le ofrecieron, sino con una lima.

Lo hizo de tal modo que nadie más que yo vio la herramienta, y en cuanto hubo terminado la limpió y se la guardó en el bolsillo del chaleco. Reconocí inmediatamente la lima de Joe, y entonces reconocí también al penado. Me quedé mirándole, sin saber qué hacer, pero él, entonces, se reclinó en su banco y, sin fijarse en mí para nada, empezó a hablar principalmente de coles.

Se experimentaba una deliciosa sensación de limpieza y de tranquilidad antes de reanudar la vida corriente en nuestro pueblo y en las tardes del sábado. Esto estimulaba a Joe a permanecer fuera de casa los sábados hasta media hora más que de costumbre. Y pasados que fueron la media hora y el agua con ron, Joe se levantó para marcharse y me cogió la mano.

— Espere usted un momento, señor Gargery — dijo el desconocido —. Me parece tener en mi bolsillo un chelín nuevo y, si es así, se lo voy a regalar al muchacho.

Rebuscó en un puñado de monedas de poco valor, sacó el chelín, lo envolvió en un papel arrugado y me lo entregó, diciendo:

— Ya es tuyo. Acuérdate. Para ti solo.

Le di las gracias, mirándole con mayor intensidad de la que permitía la cortesía, y salí agarrado a la mano de Joe. Dio a éste las buenas noches, así como también al señor Wopsle, que salió con nosotros, y a mí no me dedicó más que una mirada con su ojo semicerrado; pero no, no fue una mirada, porque acabó de cerrarlo, y nadie puede imaginarse las maravillas de expresión que pueden darse a un ojo ocultándolo por completo.

Durante nuestro camino hacia casa, si yo hubiese tenido humor de hablar, la conversación se habría convertido en monólogo, porque el señor Wopsle se despidió de nosotros a la puerta de Los Tres Alegres Barqueros, y Joe, durante todo el camino, tuvo la boca abierta para que el aire hiciese desaparecer de ella el olor del ron. Pero yo estaba tan asombrado de haber encontrado a mi antiguo conocido, que no podía pensar en otra cosa.

Mi hermana no estaba de demasiado mal humor cuando nos presentamos en la cocina, y Joe se sintió reanimado por su deseo de referirle al regalo que me habían hecho de un chelín brillante y nuevo.

— Será falso — exclamó, resuelta, la señora Joe —. Si fuese bueno, no se lo habría dado al muchacho. Vamos a verlo.

Yo lo desenvolví del papel, y resultó ser legítimo.

— Pero ¿qué es esto? — exclamó la señora Joe dejando caer el chelín y tomando el papel que lo envolviera —. ¿Dos billetes de una libra esterlina?

En efecto, no menos de dos billetes de una libra esterlina, que parecían haber estado circulando por todos los mercados de ganado del condado. Joe se puso el sombrero otra vez y, llevando los billetes, se encaminó a Los Tres Alegres Barqueros para devolverlos a su propietario. Mientras estuvo fuera me senté en mi taburete acostumbrado, mirando con asombro a mi hermana y sintiendo la convicción de que aquel hombre ya no estaría allí.

Poco después volvió Joe diciendo que el desconocido se había marchado, pero que él, Joe, dejó recado en Los Tres Alegres Barqueros referente a los billetes. Entonces mi hermana los envolvió en un trozo de papel y los puso bajo unas hojas secas de rosa, en una tetera de adorno que había en lo alto de un armario y en la sala de la casa. Y allí permanecieron durante muchos días y muchas noches, constituyendo una pesadilla para mí.

Interrumpiendo mi sueño de sobremesa, me fui a la cama pensando en que aquel hombre extraño me apuntaba con su fusil invisible y también que no era nada agradable el estar secretamente relacionado o haber conspirado con penados, detalle de mis primeros tiempos que había olvidado ya. También me obsesionaba la lima, y temí que, cuando menos lo esperase, volvería a aparecérseme. Quise dormirme refugiándome en la idea de mi visita del miércoles próximo a casa de la señorita Havisham, y en mi sueño vi que la lima salía de una puerta y se acercaba a mí sin que la empuñase nadie, y, así, me desperté dando un grito de miedo.

Capítulo XI

El día fijado volví a casa de la señorita Havisham y con algún temor llamé a la puerta, por la que apareció Estella. Después de permitirme la entrada, cerró como el primer día y nuevamente me condujo al corredor oscuro en donde dejara la bujía. Pareció no fijarse en mí hasta que tuvo la vela en la mano, y entonces, mirando por encima de su hombro, me dijo:

—Hay que venir por aquí.

Y me llevó a otra parte desconocida de la casa.

El corredor era muy largo y parecía rodear los cuatro lados de la casa. Sólo atravesamos un lado de aquel cuadrado, y al final ella se detuvo, dejó la vela en el suelo y abrió la puerta. Allí podía ver la luz diurna, y me encontré en un platinillo enlosado, cuyo lado extremo lo formaba una pequeña vivienda que tal vez había pertenecido al gerente o al empleado principal de la abandonada fábrica de cerveza. En la pared exterior de aquella casa había un reloj, y, como el de la habitación de la señorita Havisham y también a semejanza del de ésta, se había parado a las nueve menos veinte.

Nos dirigimos a la puerta de la casita, que estaba abierta, y entramos en una tétrica habitación de techo muy bajo, situada en la planta baja y en la parte trasera. En la estancia había algunas personas, y cuando Estella llegó hasta ella me dijo:

— Quédate aquí hasta que te llamen.

Con estas palabras me indicó la ventana, y yo me dirigí a ella mirando a través de sus cristales y en una situación de ánimo muy desagradable.

La ventana daba a un rincón miserable del jardín abandonado, y se veían algunos tallos de coles casi podridos y un boj podado mucho tiempo antes, en forma semejante a un pudding y que había echado un renuevo de diferente color en la parte superior, alterando la forma general y como si aquella parte del pudding se hubiese caído de la cacerola, quemándose. Ésta fue mi impresión mientras miraba el boj. La noche anterior había nevado un poco, y la nieve desapareció casi por completo, pero no había acabado de derretirse en la parte sombreada de aquel trozo de jardín; el viento cogía los copos y los arrojaba a la ventana, como si me invitase a reunirme con ellos.

Comprendí que mi llegada había interrumpido la conversación en la estancia y que todos sus ocupantes me estaban mirando. De la habitación no podía ver más que el brillo del fuego que se reflejaba en un cristal de la ventana, pero me enderecé cuanto me fue posible, persuadido de que en aquellos momentos estaba sujeto a una inspección minuciosa.

En la estancia había tres señoras y un caballero. Antes de cinco minutos de estar junto a la ventana tuve la impresión de que todos ellos eran farsantes y aduladores, pero que cada uno de ellos fingía ignorar que sus compañeros merecían tales nombres, porque, de haberlo advertido, al mismo tiempo se habrían comprendido en los mismos calificativos.

Todos parecían esperar el buen placer de alguien, y la más locuaz de las señoras se esforzaba en hablar campanudamente con objeto de contener un bostezo. Aquella señora, llamada Camila, me recordaba mucho a mi hermana, con la diferencia de que tenía más años, y, cosa que observé al mirarla, unas facciones que denotaban una inteligencia mucho más obtusa. Y en realidad, cuando la conocí mejor, comprendí que solamente por favor divino tenía facciones; tan inexpresivo era su rostro.

— ¡Pobrecillo! — dijo aquella señora de un modo tan brusco como el de mi hermana —. No es enemigo de nadie más que de sí mismo.

— Mucho mejor sería ser enemigo de otro — observó el caballero —, y también más natural.

— Primo Raimundo — observó otra señora —, hemos de amar a nuestro prójimo.

— Sara Pocket — replicó el primo Raimundo —, si un hombre no es su propio prójimo, ¿quién lo será?

La señorita Pocket se echó a reír, y Camila la imitó, diciendo, mientras contenía un bostezo:

— ¡Vaya una idea!

Pero me produjo la impresión de que a todos les pareció una idea magnífica. La otra señora, que aún no había hablado, dijo, con gravedad y con el mayor énfasis:

— Es verdad.

— ¡Pobrecillo! — continuó diciendo Camila, mientras yo me daba cuenta de que no había cesado de observarme —. ¡Es tan extraño! ¿Puede creerse que cuando se murió la esposa de Tom, él no pudiera comprender la importancia de que sus hijos llevasen luto riguroso? ¡Dios mío!—me dijo—, ¿qué importa, Camila, que vistan o no de negro, los pobrecillos? Es igual que Mateo. ¡Vaya una idea!

— Es hombre inteligente — observó el primo Raimundo—. No quiera Dios que deje de reconocer su inteligencia, pero jamás tuvo ni tendrá ningún sentido de las conveniencias.

— Ya saben ustedes — dijo Camila — que me vi obligada a mostrarme firme. Dije que, si los niños no llevaban luto riguroso, la familia quedaría deshonrada. Se lo repetí desde la hora del almuerzo hasta la de la cena, y así me estropeé la digestión. Por fin él empezó a hablar con la violencia acostumbrada y, después de proferir algunas palabrotas, me dijo que hiciese lo que me pareciera. ¡Gracias a Dios, siempre será un consuelo para mí el pensar que salí inmediatamente, a pesar de que diluviaba, y compré todo lo necesario!

— Él lo pagó, ¿no es verdad? — preguntó Estella.

— Nada importa, mi querida niña, averiguar quién pagó — replicó Camila —. Yo lo compré todo. Y, muchas veces, cuando me despierto por las noches, me complace pensar en ello.

El sonido de una campana distante, combinado con el eco de una llamada o de un grito que resonó en el corredor por el cual yo había pasado, interrumpió y fue causa de que Estella me dijera:

—Ahora, muchacho.

A1 volverme, todos me miraron con el mayor desdén, y cuando salía oí que Sara Pocket decía:

— Ya me lo parecía. Veremos qué ocurre luego.

Y Camila, con acento indignado, exclamaba:

— ¿Se vio jamás un capricho semejante? ¡Vaya una idea!

Mientras, alumbrados por la bujía, avanzábamos por el corredor, Estella se detuvo de pronto y, mirando alrededor, dijo con tono insultante y con su rostro muy cerca del mío:

— ¿Qué hay?

— Señorita... — contesté yo, a punto de caerme sobre ella y conteniéndome.

Ella se quedó mirándome y, como es natural, yo la miré también.

— ¿Soy bonita?

— Sí, creo que es usted muy bonita.

— ¿Soy insultante?

— No tanto como la última vez — contesté.

— ¿No tanto?

— No.

A1 dirigirme la última pregunta pareció presa de la mayor cólera y me golpeó el rostro con tanta fuerza como le fue posible en el momento en que yo le contestaba.

— ¿Y ahora? — preguntó —. ¿Qué piensas de mí ahora, monstruo asqueroso?

— No quiero decírselo.

— Porque vas a ir arriba, ¿no es así?

— No. No es por eso.

— Y ¿por qué no lloras otra vez?

— Porque no volveré a llorar por usted — dije.

Lo cual, según creo, fue una declaración falsa, porque interiormente estaba llorando por ella y sé lo que sé acerca del dolor que luego me costó.

Subimos la escalera una vez hubo terminado este episodio, y mientras lo hacíamos encontramos a un caballero que bajaba.

— ¿A quién tenemos aquí? — preguntó el caballero, inclinándose para mirarme.

— A un muchacho — dijo Estella.

Era un hombre corpulento, muy moreno, dotado de una cabeza enorme y de una mano que correspondía al tamaño de aquélla. Me cogió la barbilla con su manaza y me hizo levantar la cabeza para mirarme a la luz de la bujía. Estaba prematuramente calvo en la parte superior de la cabeza y tenía las cejas negras, muy pobladas, cuyos pelos estaban erizados como los de un cepillo. Los ojos estaban muy hundidos en la cara y su expresión era aguda de un modo desagradable, y recelosa. Llevaba una enorme cadena de reloj, y se advertía que hubiese tenido una espesa barba, en el caso de que se la hubiese dejado crecer. Aquel hombre no representaba nada para mí, y no podía adivinar que jamás pudiera importarme, y, así, aproveché la oportunidad de examinarle a mis anchas.

— ¿Es un muchacho de la vecindad? — preguntó. — Sí, señor — contesté.

— ¿Cómo has venido aquí?

— La señorita Havisham me ha mandado venir — expliqué.

— Perfectamente. Ten cuidado con lo que haces. Tengo mucha experiencia con respecto a los muchachos, y me consta que todos sois una colección de tunos. Pero no importa — añadió mordiéndose un lado de su enorme dedo índice en tanto que fruncía el ceño al mirarme —, ten cuidado con lo que haces.

Diciendo estas palabras me soltó, cosa que me satisfizo, porque la mano le olía a jabón de tocador, y continuó su camino escaleras abajo. Me pregunté si sería médico, aunque en seguida me contesté que no, porque, de haberlo sido, tendría unos modales más apacibles y persuasivos. Pero no tuve mucho tiempo para reflexionar acerca de ello, porque pronto me encontré en la habitación de la señorita Havisham, en donde tanto ella misma como todo lo demás estaba igual que la vez pasada. Estella me dejó junto a la puerta, y allí permanecí hasta que la señorita Havisham me divisó desde la mesa tocador.

— ¿De manera que ya han pasado todos esos días? — dijo, sin mostrarse sorprendida ni asombrada.

— Sí, señora. Hoy es...

— ¡Cállate! — exclamó moviendo impaciente los dedos, según tenía por costumbre —. No quiero saberlo. ¿Estás dispuesto a jugar?

Yo, algo confuso, me vi obligado a contestar:

— Me parece que no, señora.

— ¿Ni siquiera otra vez a los naipes? — preguntó, con mirada interrogadora.

— Sí, señora. Puedo jugar a eso, en caso de que usted lo desee.

— Ya que esta casa te parece antigua y tétrica, muchacho — dijo la señorita Havisham, con acento de impaciencia—, y, por consiguiente, no tienes ganas de jugar, ¿quieres trabajar, en cambio?

Pude contestar a esta pregunta con mejor ánimo que a la anterior, y manifesté que estaba por completo dispuesto a ello.

— En tal caso, vete a esa habitación contigua — dijo señalando con su descolorida mano la puerta que estaba a mi espalda — y espera hasta que yo vaya.

Crucé el rellano de la escalera y entré en la habitación que me indicaba. También en aquella estancia había sido excluida por completo la luz del día, y se sentía un olor opresivo de atmósfera enrarecida. Pocos momentos antes se había encendido el fuego en la chimenea, húmeda y de moda antigua, y parecía más dispuesto a extinguirse que a arder alegremente; el humo pertinaz que flotaba en la estancia parecía más frío que el aire claro, a semejanza de la niebla de nuestros marjales. Algunos severos candelabros, situados sobre la alta chimenea, alumbraban débilmente la habitación, aunque habría sido más expresivo decir que alteraban ligeramente la oscuridad. La estancia era espaciosa, y me atrevo a afirmar que en un tiempo debió de ser hermosa, pero, a la sazón, todo cuanto se podía distinguir en ella estaba cubierto de polvo y moho o se caía a pedazos. Lo más notable en la habitación era una larga mesa cubierta con un mantel, como si se hubiese preparado un festín en el momento en que la casa entera y también los relojes se detuvieron a un tiempo. En medio del mantel se veía un centro de mesa tan abundantemente cubierto de telarañas que su forma quedaba oculta por completo; y mientras yo miraba la masa amarillenta que lo rodeaba y entre la que parecía haber nacido como un hongo enorme y negro, observé que varias arañas de cuerpo y patas moteados iban a refugiarse allí, como si fuera su casa, o bien salían como si alguna circunstancia de la mayor importancia pública hubiese circulado por entre la comunidad de las arañas.

También oí los ratones que hacían ruido por detrás de las planchas de madera de los arrimaderos, como si la misma noticia hubiese despertado su interés. Pero las cucarachas no se dieron cuenta de la agitación y se agrupaban en torno del hogar con movimientos pausados, como si fuesen cortas de vista y de oído débil y no se hallasen en buenas relaciones de amistad unas con otras.

Aquellos seres que se arrastraban solicitaron mi atención, y mientras los observaba a distancia, la señorita Havisham posó una mano sobre mi hombro. En la otra mano llevaba un bastón de puño semejante al de una muleta, en el que se apoyaba para andar, de manera que la buena señora parecía la bruja de aquel lugar.

—— Ahí — dijo señalando la larga mesa con el bastón —es donde me pondrán en cuanto haya muerto. Entonces vendrán todos a verme.

Con vaga aprensión de que fuese a tenderse sobre la mesa y se muriera en el acto, convirtiéndose así en la representación real de la figura de cera que vi en la feria, yo me encogí al sentir su contacto.

— ¿Qué crees que es eso — preguntó señalándolo con su bastón — que han cubierto las telarañas?

— No puedo adivinarlo, señora.

— Pues un pastel enorme. Un pastel de boda. ¡El mío!

Miró alrededor con ojos penetrantes, y luego, apoyándose en mí, mientras su mano me retorcía el hombro, añadió:

— ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Paséame, paséame!

Por estas palabras comprendí que mi trabajo consistiría en pasear a la señorita Havisham en torno de la estancia repetidas veces. De acuerdo con esta idea, eché a andar en el acto, y ella se apoyó en mi hombro, y andábamos a un paso que podría haber sido la imitación (fundada en el primer impulso que sentí en aquella casa) del carruaje del señor Pumblechook.

Ella no era físicamente fuerte, y después de unos momentos me dijo:

— ¡Más despacio!

Sin embargo, proseguimos a una velocidad bastante más que regular, y, llena de impaciencia y a medida que andaba, retorcía la mano sobre mi hombro y movía la boca, dándome a entender que íbamos aprisa porque sus pensamientos eran también apresurados. A los pocos momentos dijo:

— ¡Llama a Estella!

Para obedecer salí al rellano y pronuncié a gritos el nombre de la joven, como lo hiciera en otra ocasión. Cuando apareció su bujía me volví al lado de la señorita Havisham, y de nuevo echamos a andar en torno de la mesa.

Si solamente Estella hubiese sido la única testigo de nuestro entretenimiento, eso ya habría sido bastante desagradable para mí; pero como apareció en compañía de las tres señoras y del caballero a quienes viera abajo, me quedé sin saber qué hacer. Por cortesía habría querido pararme, pero la señorita Havisham me retorció el hombro y seguimos adelante, en tanto que yo, avergonzado, me figuraba que ellos creerían que el paseo era obra mía.

— ¡Querida señorita Havisham! — dijo la señora Sara Pocket—. ¡Qué buen aspecto tiene usted!

— No es verdad — replicó la señorita Havisham —. Estoy amarillenta y me quedo en la piel y en los huesos.

El rostro de Camila expresó la mayor satisfacción al advertir que la señorita Pocket era acogida con aquel desaire; y así, contemplando llena de compasión, a la señorita Havisham, murmuró:

— ¡Pobrecilla! ¡Qué ha de estar bien la infeliz! ¡Vaya una idea!

— ¿Y usted, cómo está? — preguntó la señorita Havisham a Camila.

Como estábamos entonces muy cerca de ella, yo habría querido detenerme, por ser cosa muy natural, pero la señorita Havisham no quiso en manera alguna. Seguimos, pues, adelante, lo cual, según advertí, fue muy desagradable para Camila.

— Muchas gracias, señorita Havisham — contestó —. Estoy tan bien como puede esperarse.

— ¿Y qué quiere usted? — preguntó la señorita Havisham, con extraordinaria sequedad.

— Nada digno de mencionarse siquiera — replicó Camila —. No quiero hacer ahora ostentación de mis sentimientos, pero por las noches he pensado en usted mucho más de lo que podría creerse.

— Pues entonces no piense en mí — replicó la señorita Havisham.

— Eso se dice con mucha facilidad — observó Camila cariñosamente, conteniendo un sollozo, mientras le temblaba el labio superior y sus ojos se llenaban de lágrimas—. Raimundo es testigo del jengibre y de las sales volátiles que me veo obligada a tomar por la noche. Raimundo conoce los temblores nerviosos que tengo en las piernas. Sin embargo, ni las sofocaciones ni los temblores nerviosos son cosa nueva para mí cuando pienso con ansiedad en las personas que amo. Si pudiera ser menos afectuosa y sensible, gozaría de mejores digestiones y mis nervios serían de acero. Y me gustaría mucho ser así. Pero no pensar en usted por las noches... ¡Vaya una idea!

Y dichas estas palabras, empezó a derramar lágrimas.

El Raimundo aludido resultó ser el caballero que estaba presente y, según me enteré, se llamaba señor Camila. En aquel momento acudió en auxilio de ella, diciendo:

— Camila, querida mía, es cosa conocida que tus sentimientos familiares te están quitando gradualmente la salud, hasta el extremo de que una de tus piernas es ya más corta que la otra.

— No sabía — observó la grave señora, cuya voz no había oído más que en una ocasión — que pensar en una persona sea motivo de agradecimiento para ella, querida mía.

La señorita Sara Pocket, quien, según vi entonces, era una mujer anciana, arrugada, morena y seca, con un rostro pequeño que podría haber estado formado por cáscaras de nuez y que tenía una boca muy grande, como la de un gato sin bigotes, apoyó la observación diciendo:

— En verdad que no, querida. ¡Hem!

— El pensar es cosa bastante fácil — dijo la grave dama.

— No hay cosa más fácil — corroboró la señorita Sara Pocket.

— ¡Sí, es verdad! — exclamó Camila, cuyos sentimientos en fermentación parecían subir desde sus piernas hasta su pecho —. Es verdad. Es una debilidad ser tan afectuosa, pero no puedo remediarlo. Si yo fuese de otra manera, no hay duda de que mi salud sería mucho mejor; pero, aunque me fuese posible, no me gusta cambiar mi disposición. Eso es motivo de muchos sufrimientos, pero cuando me despierto por las noches es un consuelo saber que soy así.

Y aquí hubo una nueva explosión de sus sentimientos.

Mientras tanto, la señorita Havisham y yo no nos habíamos detenido, sino que continuábamos dando vueltas y más vueltas por la estancia, a veces rozando las faldas de las visitas y otras separados de ellas cuanto nos permitía la triste habitación.

— Aquí está Mateo — dijo Camila —. Jamás ha intervenido en ningún lazo familiar natural y nunca viene a visitar a la señorita Havisham. Muchas veces me he tendido en el sofá después de cortar las cintas del corsé, y allí he permanecido horas enteras, insensible, con la cabeza ladeada, el peinado deshecho y los pies no sé dónde...

— Mucho más altos que tu cabeza, amor mío — dijo el señor Camila.

—Y en tal estado he pasado horas y horas, a causa de la conducta extraña e inexplicable de Mateo, y, sin embargo, nadie me ha dado las gracias.

— En verdad que no se me habría ocurrido nunca hacerlo — observó la grave dama.

— Ya ves, querida mía — añadió la señorita Sara Pocket, mujer suave y mal intencionada —; lo que debías preguntarte es quién iba a agradecértelo.

— Sin esperar el agradecimiento de nadie ni cosa parecida — continuó Camila —, he permanecido en tal estado horas y horas, y Raimundo es testigo de las sofocaciones que he sufrido, de la ineficacia del jengibre y también de que me han oído muchas veces desde la casa del afinador de pianos que hay al otro lado de la calle, y los pobres niños se figuraron, equivocadamente, que oían a cierta distancia unas palomas arrullándose. Y que ahora me digan...

Entonces Camila se llevó la mano a la garganta y empezó a formar nuevas combinaciones en ella.

Cuando se mencionó a aquel mismo Mateo, la señorita Havisham se detuvo, me obligó a hacer lo propio y se quedó mirando a la que hablaba. Tal cambio tuvo por efecto terminar instantáneamente las combinaciones de la señora Camila.

— Mateo vendrá y me verá por fin — dijo suavemente la señorita Havisham — cuando esté tendida en esta mesa. Ése será su sitio — añadió golpeando la mesa con su bastón —, junto a mi cabeza. El de usted será éste, y ése el de su esposo. Sara Pocket estará ahí. Ahora ya saben todos ustedes dónde han de colocarse cuando vengan a festejar mi muerte. Ya pueden marcharse.

A1 mencionar el nombre de cada uno golpeaba la mesa en distintos lugares. Luego se volvió hacia mí y me dijo:

— ¡Paséame, paséame!

Y reanudamos el paseo.

— Supongo que no se puede hacer otra cosa — observó Camila — más que obedecer y marcharnos. Ya es bastante haber podido contemplar, aunque por tan poco tiempo, a la persona que es objeto del amor y del deber de una. Cuando me despierte, por las noches, podré pensar con melancólica satisfacción en esta visita. Me gustaría que Mateo pudiese tener tal consuelo, pero se burla de eso. Estoy decidida a no hacer gala de mis sentimientos, pero es muy duro oírse decir que una desea festejar la muerte de un pariente..., como si una fuese un gigante..., y luego que le ordenen marcharse. ¡Vaya una idea!

El señor Camila se interpuso mientras la señora Camila se llevaba la mano al jadeante pecho, y la buena señora asumió una fortaleza tan poco natural que, según presumí, expresaba la intención de desplomarse sofocada en cuanto estuviese fuera de la estancia, y, después de besar la mano de la señorita Havisham, salió acompañada de su esposo. Sara Pocket y Georgiana contendieron para ver quién sería la última en quedarse, pero la primera tenía demasiada astucia para dejarse derrotar y empezó a dar vueltas, deslizándose en torno de Georgiana con tanta habilidad que ésta no tuvo más remedio que precederla. Entonces Sara Pocket aprovechó los instantes para dirigirse a la señorita Havisham y decirle:

— ¡Dios la bendiga, querida mía!

Y después de sonreír, como apiadándose de la debilidad de los demás, salió a su vez.

Mientras Estella estuvo ausente para alumbrar y acompañar a los que salían, la señorita Havisham siguió andando con la mano apoyada en mi hombro, pero cada vez lo hacía con mayor lentitud. Por fin se detuvo ante el fuego y, después de mirarlo por espacio de algunos segundos, dijo:

— Hoy es mi cumpleaños, Pip.

Me disponía a desearle muchas felicidades, cuando ella levantó su bastón.

— No quiero que se hable de eso. No quiero que ninguno de los que estaban aquí, ni otra persona cualquiera, me hable de ello. Todos vienen en este día, pero no se atreven a hacer ninguna alusión.

Como es consiguiente, no hice ya ningún otro esfuerzo para referirme a su cumpleaños.

— En este mismo día del año, mucho tiempo antes de que nacieras, este montón de cosas marchitas y destruidas — dijo señalando con su bastón el montón de telarañas de la mesa, pero sin tocarlas — fueron traídas aquí. Ellas y yo hemos envejecido juntas. Los ratones las han roído, y otros dientes más agudos que los de los ratones me han roído a mí.

Sostenía el puño de su bastón señalando a su corazón, mientras miraba la mesa. Y tanto ella como su traje, que fue blanco, pero que aparecía amarillento; el mantel, también de alba blancura en otro tiempo, pero que tenía ahora un tono ahuesado, y todas las demás cosas que había alrededor, parecía como si debieran desplomarse al sufrir el más pequeño contacto.

— Cuando la ruina sea completa — dijo con mirada agonizante —, me extenderán, ya muerta y vestida con mi traje nupcial, sobre la mesa de la boda; esto constituirá la maldición final contra él..., ¡y ojalá ocurriese en este mismo día!

Se quedó mirando la mesa, cual si contemplara, extendido en ella, su propio cuerpo. Yo permanecí inmóvil. Estella regresó y también se estuvo quieta. Me pareció que los tres continuamos así por mucho tiempo, y tuve el alarmante temor de que en la pesada atmósfera de la estancia y entre las tinieblas que reinaban en los más remotos rincones, Estella y yo empezásemos a marchitarnos.

Por fin, recobrándose de su ensimismamiento, no de un modo gradual, sino instantáneamente, la señorita Havisham dijo:

— Quiero ver cómo jugáis a los naipes. ¿Por qué no habéis empezado ya?

Volvimos a su habitación y yo me senté como la otra vez. Perdí de nuevo, y también, como en la pasada ocasión, la señorita Havisham no nos perdió de vista. Igualmente me llamó la atención acerca de la belleza de Estella y me obligó a fijarme más en ella, probando el efecto que hacían sus joyas sobre el pecho y sobre el cabello de la joven.

Ésta, por su parte, también me trató como la vez pasada; con la excepción de que no quiso condescender a hablar. Cuando hubimos jugado media docena de partidas se fijó el día de mi próxima visita, fui llevado al patio para darme de comer, como si fuese un perro, y también se me dejó que anduviese de un lado a otro, según me pareciese mejor.

Nada importa para mi objeto que una puerta que había en la pared del jardín y por la que me subí el primer día para mirar al otro lado estuviera aquel día abierta o cerrada. Basta decir que no la vi siquiera y que ahora la descubrí. Y como estaba abierta y yo sabía que Estella había acompañado a las visitas hasta la calle — porque volvió llevando las llaves en la mano —, me aventuré a entrar en el jardín y lo recorrí por entero. Era completamente silvestre y divisé algunas cáscaras de melón y de pepinos que parecían, en su estado de desecación, haber fructificado espontáneamente, aunque sin vigor, para producir débiles tentativas de viejos sombreros y de botas, con algunos renuevos, de vez en cuando, en forma de cacharros estropeados.

Cuando hube recorrido el jardín y el invernadero, en el que no había otra cosa que una parra podrida y caída al suelo y algunas botellas, me encontré en el mismo triste rincón que divisara a través de la ventana. Sin dudar por un momento de que la casa estaba desocupada, miré al interior, a través de otra ventana, y, con la mayor sorpresa, me vi cambiando una mirada de asombro con un joven caballero, muy pálido, con los párpados enrojecidos y los cabellos muy claros.

El joven caballero pálido desapareció muy pronto, para reaparecer a mi lado. Sin duda alguna, cuando lo vi por primera vez estaba ocupado en sus libros, porque en cuanto estuvo a mi lado pude observar que llevaba algunas manchas de tinta.

— ¡Hola, muchacho! — exclamó.

Como «hola» es una expresión general que, según pude advertir, se solía contestar con otra igual, exclamé, a mi vez:

— ¡Hola!

Aunque, cortésmente, suprimí la palabra «muchacho». — ¿Quién te ha dejado entrar? — preguntó.

— La señorita Estella.

— ¿Quién te ha dado permiso para rondar por aquí?

— La señorita Estella.

—Ven a luchar conmigo—dijo el joven y pálido caballero.

¿Qué podía hacer yo sino obedecer? Muchas veces me he formulado luego esta pregunta, pero ¿qué podía haber hecho? Su orden fue tan imperiosa y yo estaba tan extrañado, que le seguí a donde me llevó, como hechizado.

— Espera un poco — dijo volviéndose hacia mí, antes de alejarnos —; he de darte un motivo para pelear. ¡Aquí lo tienes!

De un modo irritante palmoteó, levantó una pierna hacia atrás, me tiró del cabello, palmoteó de nuevo, bajó la cabeza y me dio un cabezazo en el estómago.

Esta conducta, digna de un buey, además de ser una libertad que se tomaba conmigo, resultaba especialmente desagradable después de haber comido pan y carne. Por consiguiente, le di un golpe, y me disponía a repetirlo, cuando él dijo:

— ¡Caramba! ¿De manera que ya estás dispuesto?

Y empezó a danzar de atrás adelante de un modo que resultaba extraordinario para mi experiencia muy limitada.

— ¡Leyes de la lucha! — dijo mientras dejaba de apoyarse en su pierna izquierda para hacerlo sobre la derecha —. Ante todo, las reglas. — Y al decirlo cambió de postura —. Ven al terreno y observa los preliminares.

Entonces saltó hacia atrás y hacia delante e hizo toda suerte de cosas mientras yo le miraba aturdido.

En secreto, le tuve miedo cuando le vi tan diestro; pero estaba moral y físicamente convencido de que su cabeza, cubierta de cabello de color claro, no tenía nada que hacer junto a mi estómago y que me cabía el derecho de considerarlo impertinente por habérseme presentado de tal modo. Por consiguiente, le seguí, sin decir palabra, a un rincón lejano del jardín, formado por la unión de dos paredes y oculto por algunos escombros.

Me preguntó entonces si me gustaba el lugar, y como yo le contestase afirmativamente, me pidió permiso para ausentarse por espacio de unos instantes. Pronto volvió con una botella de agua y una esponja empapada en vinagre.

—Es útil para ambos—dijo, dejándolo todo junto a la pared.

Entonces empezó a quitarse ropa, no solamente la chaqueta y el chaleco, sino también la camisa, de un modo animoso, práctico y como si estuviese sediento de sangre.

Aunque no parecía muy vigoroso, pues tenía el rostro lleno de barros y un grano junto a la boca, he de confesar que me asustaron aquellos temibles preparativos. Me pareció que mi contendiente sería de mi propia edad, pero era mucho más alto y tenía un modo de moverse que le hacía parecer más temible. En cuanto a lo demás, era un joven caballero que vestía un traje gris (antes de quitárselo para la lucha) y cuyos codos, rodillas, puños y pies estaban mucho más desarrollados de lo que correspondía a su edad.

Me faltó el ánimo cuando le vi cuadrarse ante mí con todas las demostraciones de precisión mecánica y observando al mismo tiempo mi anatomía cual si eligiera ya el hueso más apropiado. Por eso no sentí nunca en mi vida una sorpresa tan grande como la que experimenté después de darle el primer golpe y verle tendido de espaldas, mirándome con la nariz ensangrentada y el rostro excesivamente escorzado.

Pero se puso en pie en el acto y, después de limpiarse con la esponja muy diestramente, se puso en guardia otra vez. Y la segunda sorpresa enorme que tuve en mi vida fue el verle otra vez tendido de espaldas y mirándome con un ojo amoratado.

Sentí el mayor respeto por su valor. Me pareció que no tenía fuerza, pues ni siquiera una vez me pegó con dureza, y él, en cambio, siempre caía derribado al suelo; pero se ponía en pie inmediatamente, limpiándose con la esponja o bebiendo agua de la botella y auxiliándose a sí mismo según las reglas del arte. Y luego venía contra mí con una expresión tal que habría podido hacerme creer que, finalmente, iba a acabar conmigo. Salió del lance bastante acardenalado, pues lamento recordar que cuanto más le pegaba, con más dureza lo hacía; pero se ponía en pie una y otra vez, hasta que por fin dio una mala caída, pues se golpeó contra la parte posterior de la cabeza. Pero, aun después de esta crisis en nuestro asunto, se levantó y confusamente dio algunas vueltas en torno de sí mismo, sin saber dónde estaba yo; finalmente se dirigió de rodillas hacia la esponja, al mismo tiempo que decía, jadeante:

— Eso significa que has ganado.

Parecía tan valiente e inocente, que aun cuando yo no propuse la lucha, no sentí una satisfacción muy grande por mi victoria. En realidad, llego a creer que mientras me vestía me consideré una especie de lobo u otra fiera salvaje. Me vestí, pues, y de vez en cuando limpiaba mi cruel rostro, y pregunté:

— ¿Puedo ayudarle?

— No, gracias — me contestó.

— Buenas tardes — dije entonces.

— Igualmente — replicó.

Cuando entré en el patio encontré a Estella que me esperaba con las llaves; pero no me preguntó dónde estuve ni por qué la había hecho esperar. Su rostro estaba arrebolado, como si hubiese ocurrido algo que le causara extraordinaria satisfacción. En vez de ir directamente hacia la puerta, volvió a meterse en el corredor y me hizo señas llamándome.

— ¡Ven! Puedes besarme si quieres.

Le besé la mejilla que me ofrecía. Creo que, en otra ocasión, habría sido capaz de cualquier cosa para poder besarle la mejilla; pero comprendí que aquel beso fue concedido a un muchacho ordinario, como pudiera haberme dado una moneda, y que, en realidad, no tenía ningún valor.

A causa de las visitas que recibió la señorita Havisham por ser su cumpleaños, tal vez también por haber jugado a los naipes más que otras veces o quizá debido a mi pelea, el caso es que mi visita fue mucho más larga, y cuando llegué a las cercanías de mi casa, la luz que indicaba la existencia del banco de arena, más allá de los marjales, brillaba sobre el fondo de negro cielo y la fragua de Joe dibujaba una franja de fuego a través del camino.

Capítulo XII

Me intranquilizó mucho el caso del joven caballero pálido. Cuanto más recordaba la pelea y mentalmente volvía a ver a mi antagonista en el suelo, en las varias fases de la lucha, mayor era la certidumbre que sentía de que me harían algo. Sentía que la sangre del joven y pálido caballero había caído sobre mi cabeza, y me decía que la ley tomaría venganza de mí. Sin tener idea clara de cuáles eran las penalidades en que había incurrido, para mí era evidente que los muchachos de la aldea no podrían recorrer la comarca para ir a saquear las casas de la gente y acometer a los jóvenes estudiosos de Inglaterra, sin quedar expuestos a severos castigos. Durante varios días procuré no alejarme mucho de mi casa, y antes de salir para cualquier mandado miraba a la puerta de la cocina con la mayor precaución y hasta con cierto temblor, temiendo que los oficiales de la cárcel del condado vinieran a caer sobre mí. La nariz del pálido y joven caballero me había manchado los pantalones, y en el misterio de la noche traté de borrar aquella prueba de mi crimen. A1 chocar contra los dientes de mi antagonista me herí los puños, y retorcí mi imaginación en un millar de callejones sin salida, mientras buscaba increíbles explicaciones para justificar aquella circunstancia condenatoria cuando me curasen ante los jueces.

Cuando llegó el día de mi visita a la escena de mi violencia, mis terrores llegaron a su colmo. ¿Y si algunos agentes, esbirros de la justicia, especialmente enviados desde Londres, estaban emboscados detrás de la puerta? ¿Y si la señorita Havisham, deseosa de tomar venganza personal de un ultraje cometido en su casa, se pusiera en pie, llevando aquel traje sepulcral, y, apuntándome con una pistola, me mataba de un tiro? ¿Quién sabe si cierto número de muchachos sobornados — una numerosa banda de mercenarios — se habrían comprometido a esperarme en la fábrica de cerveza para caer sobre mí y matarme a puñetazos? Pero tenía tanta confianza en la lealtad del joven y pálido caballero, que nunca le creí autor o inspirador de tales desquites, los cuales siempre se presentaban a mi imaginación como obra de sus parientes, incitados por el estado de su rostro y por la indignación que había de producirles ver tan malparados los rasgos familiares.

Sin embargo, no tenía más remedio que ir a casa de la señorita Havisham, y allá me fui. Pero, por maravilloso que parezca, nada oí acerca de la última lucha. No se hizo la más pequeña alusión a ella, ni tampoco pude descubrir en la casa al pálido y joven caballero. Encontré la misma puerta abierta, exploré el jardín y hasta miré a través de las ventanas de la casa, pero no pude ver nada porque los postigos estaban cerrados y por dentro parecía estar deshabitada. Tan sólo en el rincón en que tuvo lugar la pelea descubrí huellas del joven caballero. En el suelo había algunas manchas de su sangre, y las oculté con barro para que no pudiese verlas nadie.

En el rellano, muy grande, que había entre la estancia de la señorita Havisham y la otra en que estaba la gran mesa vi una silla de jardín, provista de ruedas, y que otra persona podía empujar por el respaldo. Había sido colocada allí a partir de mi última visita, y aquel mismo día uno de mis deberes fue el de pasear a la señorita Havisham en aquella silla de ruedas, eso en cuanto se hubo cansado de andar, apoyada en su bastón y en mi hombro, por su propia estancia y por la inmediata en que había la mesa. Hacíamos una y otra vez este recorrido, que a veces llegaba a durar hasta tres horas sin parar. Insensiblemente menciono ya esos paseos como muy numerosos, porque pronto se convino que yo iría a casa de la señorita Havisham todos los días alternados, al mediodía, para dedicarme a dicho menester, y ahora puedo calcular que así transcurrieron de ocho a diez meses.

Cuando empezamos a acostumbrarnos más uno a otro, la señorita Havisham hablaba más conmigo y me dirigía preguntas acerca de lo que había aprendido y lo que me proponía ser. Le dije que me figuraba sería puesto de aprendiz con Joe; además, insistí en que no sabía nada y que me gustaría saberlo todo, con la esperanza de que pudiera ofrecerme su ayuda para alcanzar tan deseado fin. Pero no hizo nada de eso, sino que, por el contrario, pareció que prefería fuese un ignorante. Ni siquiera me dio algún dinero u otra cosa más que mi comida diaria, y tampoco se estipuló que yo debiera ser pagado por mis servicios.

Estella andaba de un lado a otro y siempre me abría la puerta y me acompañaba para salir, pero nunca más me dijo que la besara. Algunas veces me toleraba muy fríamente; otras se mostraba condescendiente o familiar, y en algunas me decía con la mayor energía que me odiaba. La señorita Havisham me preguntaba en voz muy baja o cuando estábamos solos:

— ¿No te parece que cada día es más bonita, Pip?

Y cuando le contestaba que sí, porque, en realidad, así era, parecía gozar con mi respuesta.

También cuando jugábamos a los naipes, la señorita Havisham nos observaba, contemplando entusiasmada los actos de Estella, cualesquiera que fuesen. Y a veces, cuando su humor era tan vario y contradictorio que yo no sabía qué hacer ni qué decir, la señorita Havisham la abrazaba con el mayor cariño, murmurando algo a su oído que se parecía a: «¡Destroza sus corazones, orgullo y esperanza mía! ¡Destroza sus corazones y no tengas compasión!»

Joe solía cantar una canción en la fragua, cuyo estribillo era «Old Clem». No era, desde luego, un modo ceremonioso de prestar homenaje a un santo patrón; pero me figuro que Old Clem sostenía esta especie de relaciones con los herreros. Era una canción que daba el compás para golpear el hierro y una excusa lírica para la introducción del respetado nombre de Old Clem. Así, para indicar el tiempo a los herreros que rodeaban el yunque cantaba:

¡Old Clem!
Dale, dale, dale fuerte.
¡Old Clem!
El martillo que resuene.
¡Old Clem!
Dale al fuelle, dale al fuelle.
¡Old Clem!
Como un león ruja el fuego.
¡Old Clem!

Un día, pocos después de la aparición de la silla con ruedas, la señorita Havisham me dijo de pronto, moviendo impaciente los dedos:

— ¡Vamos, canta!

Yo me sorprendí al observar que entonaba esta canción mientras empujaba la silla con ruedas por la estancia. Y ocurrió que fue tan de su gusto, que empezó a cantarla a su vez y en voz tan baja como si la entonara en sueños. A partir de aquel momento fue ya costumbre nuestra el cantarla mientras íbamos de un lado a otro, y muchas veces Estella se unía a nosotros, mas nuestras voces eran tan quedas, aunque cantábamos los tres a coro, que en la vieja casa hacíamos mucho menos ruido que el producido por un pequeño soplo de aire.

¿Qué había de ser de mí con semejante ambiente? ¿Cómo podía mi carácter dejar de experimentar su influencia? ¿Es de extrañar que mis ideas estuviesen deslumbradas, como lo estaban mis ojos cuando salía a la luz natural desde la niebla amarillenta que reinaba en aquellas estancias?

Tal vez habría dado cuenta a Joe del joven y pálido caballero si no me hubiese visto obligado previamente a contar las mentiras que ya conoce el lector. En las circunstancias en que me hallaba, me dije que Joe no podría considerar al joven pálido como pasajero apropiado para meterlo en el coche tapizado de terciopelo negro; por consiguiente, no dije nada de él. Además era cada día mayor la repugnancia que me inspiraba la posibilidad de que se hablase de la señorita Havisham y de Estella, sensación que ya tuve el primer día. No tenía confianza completa en nadie más que en Biddy, y por eso a ella se lo referí todo. Por qué me pareció natural obrar así y por qué Biddy sentía el mayor interés en cuanto le refería con cosas que no comprendí entonces, aunque me parece comprenderlas ahora. Mientras tanto, en la cocina de mi casa se celebraban consejos que agravaban de un modo insoportable la exaltada situación de mi ánimo. El estúpido de Pumblechook solía ir por las noches con el único objeto de discutir con mi hermana acerca de mis esperanzas, y, realmente, creo, y en la hora presente con menos contrición de la que debería sentir, que si mis manos hubieran podido quitar un tornillo de la rueda de su carruaje, lo habrían hecho sin duda alguna. Aquel hombre miserable era tan estúpido que no podía discutir mis esperanzas sin tenerme delante de él, como si fuese para operar en mi cuerpo, y solía sacarme del taburete en que estaba sentado, agarrándome casi siempre por el cuello y poniéndome delante del fuego, como si tuviera que ser asado. Entonces empezaba diciendo:

— Ahora ya tenemos aquí al muchacho. Aquí está este muchacho que tú criaste «a mano». Levanta la cabeza, muchacho, y procura sentir siempre la mayor gratitud por los que tal hicieron contigo. Ahora hablemos de este muchacho.

Dicho esto, me mesaba el cabello a contrapelo, cosa que, según ya he dicho, consideré siempre que nadie tenía el derecho de hacer, y me situaba ante él agarrándole la manga. Aquél era un espectáculo tan imbécil que solamente podía igualar su propia imbecilidad.

Entonces, él y mi hermana empezaban a decir una sarta de tonterías con respecto a la señorita Havisham y acerca de lo que ella haría por mí. Al oírles sentía ganas de echarme a llorar y de arrojarme contra Pumblechook y aporrearle con toda mi alma. En tales diálogos, mi hermana me hablaba como si, moralmente, me arrancara un diente a cada referencia que hacía de mí; en tanto que Pumblechook, que se había constituido a sí mismo en mi protector, permanecía sentado y observándome con cierto desdén, cual arquitecto de mi fortuna que se viese comprometido a realizar un trabajo nada remunerador.

Joe no tomaba ninguna parte en tales discusiones, aunque muchas veces le hablaban mientras ocurrían aquellas escenas, solamente porque la señora Joe se daba cuenta de que no le gustaba que me alejaran de la fragua. Yo entonces ya tenía edad más que suficiente para entrar de aprendiz al lado de Joe; y cuando éste se había sentado junto al fuego, con el hierro de atizar las brasas sobre las rodillas, o bien se ocupaba en limpiar la reja de ceniza, mi hermana interpretaba tan inocente pasatiempo como una contradicción a sus ideas, y entonces se arrojaba sobre él, le quitaba el hierro de las manos y le daba un par de sacudidas. Pero había otro final irritante en todos aquellos debates. De pronto y sin que nada lo justificase, mi hermana interrumpía con un bostezo y, echándome la vista encima como si fuese por casualidad, se dirigía a mí furiosa exclamando:

—Anda, ya estamos cansados de verte. Vete a la cama en seguida. Ya has molestado bastante por esta noche.

Como si yo les pidiera por favor que se dedicaran a hacerme la vida imposible.

Así pasamos bastante tiempo, y parecía que continuaríamos de la misma manera por espacio de algunos años, cuando, un día, la señorita Havisham interrumpió nuestro paseo mientras se apoyaba en mi hombro. Entonces me dijo con acento de disgusto:

— Estás creciendo mucho, Pip.

Yo creí mejor observar, mirándola pensativo, que ello podía ser ocasionado por circunstancias en las cuales no tenía ningún dominio.

Ella no dijo nada más, pero luego se detuvo y me miró una y otra vez; y después parecía estar muy disgustada. En mi visita siguiente, en cuanto hubimos terminado nuestro ejercicio usual y yo la dejé junto a la mesa del tocador, me preguntó, moviendo al mismo tiempo sus impacientes dedos:

—Dime cómo se llama ese herrero con quien vives.

—Joe Gargery, señora.

— Quiero decir el herrero a cuyas órdenes debes entrar como aprendiz.

— Sí, señorita Havisham.

—Mejor es que empieces a trabajar con él inmediatamente. ¿Crees que ese Gargery tendrá inconveniente en venir contigo, trayendo tus documentos?

Yo repliqué que no tenía la menor duda de que lo consideraría un honor.

— Entonces, hazle venir.

— ¿En algún día determinado, señorita Havisham?

— ¡Calla! No quiero saber nada acerca de las fechas. Que venga pronto contigo.

En cuanto llegué aquella noche a mi casa y di cuenta de este mensaje para Joe, mi hermana se encolerizó en un grado alarmante, pues jamás habíamos visto cosa igual. Nos preguntó a Joe y a mí si nos figurábamos que era algún limpiabarros para nuestros pies y cómo nos atrevíamos a tratarla de aquel modo, así como también de quién nos figurábamos que podría ser digna compañera. Cuando hubo derramado un torrente de preguntas semejantes, tiró una palmatoria a la cabeza de Joe, se echó a llorar ruidosamente, sacó el recogedor del polvo (lo cual siempre era un indicio temible), se puso su delantal de faena y empezó a limpiar la casa con extraordinaria rabia. Y, no satisfecha con limitarse a sacudir el polvo, sacó un cubo de agua y un estropajo y nos echó de la casa, de modo que ambos tuvimos que quedarnos en el patio temblando de frío. Dieron las diez de la noche antes de que nos atreviésemos a entrar sin hacer ruido, y entonces ella preguntó a Joe por qué no se había casado, desde luego, con una negra esclava. El pobre Joe no le contestó, sino que se limitó a acariciarse las patillas y a mirarme tristemente, como si creyese que habría hecho mucho mejor siguiendo la indicación de su esposa.

Capítulo XIII

Fue una prueba para mis sentimientos cuando, al día subsiguiente, vi que Joe se ponía su traje dominguero para acompañarme a casa de la señorita Havisham. Aunque él creía necesario ponerse el traje de las fiestas, no me atreví a decirle que tenía mucho mejor aspecto con el de faena, y más todavía cerré los labios porque me di cuenta de que se resignaba a sufrir la incomodidad de su traje nuevo exclusivamente en mi beneficio y que también por mí se puso el cuello tan alto que el cabello de la coronilla le quedó erizado como si fuese un moño de plumas.

Nos encaminamos a la ciudad, precediéndonos mi hermana, que iba a la ciudad con nosotros y se quedaría en casa del tío Pumblechook, en donde podríamos recogerla ;en cuanto hubiésemos terminado con nuestras elegantes «señoritas», modo de mencionar nuestra ocupación, del que Joe no pudo augurar nada bueno. La fragua quedó cerrada por todo aquel día, y, sobre la puerta, Joe escribió en yeso, como solía hacer en las rarísimas ocasiones en que la abandonaba, la palabra «Hausente», acompañada por el dibujo imperfecto de una flecha que se suponía haber sido disparada en la dirección que él tomó.

Llegamos a casa del tío Pumblechook. Mi hermana llevaba un enorme gorro de castor y un cesto muy grande de paja trenzada, un par de zuecos, un chal de repuesto y un paraguas, aunque el día era muy hermoso. No sé, exactamente, si llevaba todo esto por penitencia o por ostentación; pero me inclino a creer que lo exhibía para dar a entender que poseía aquellos objetos del mismo modo como Cleopatra a otra célebre soberana pudiera exhibir su riqueza transportada por largo y brillante cortejo.

En casa del tío Pumblechook, mi hermana se separó de nosotros. Como entonces eran casi las doce de la mañana, Joe y yo nos encaminamos directamente a casa de la señorita Havisham. Estella abrió la puerta como de costumbre, y, en el momento en que la vio, Joe se quitó el sombrero y pareció sopesarlo con ambas manos, como si tuviese alguna razón urgente para apreciar con exactitud una diferencia de peso de un cuarto de onza.

Estella apenas se fijó en nosotros, pero nos guió por el camino que yo conocía tan bien; yo la seguía inmediatamente, y Joe cerraba la marcha. Cuando miré a éste mientras íbamos por el corredor, vi que todavía pesaba su sombrero con el mayor cuidado y nos seguía a largos pasos, aunque andando de puntillas.

Estella me dijo que debíamos entrar los dos, de modo que yo tomé a Joe por la manga de su chaqueta y lo llevé a presencia de la señorita Havisham. La dama estaba sentada a la mesa del tocador, e inmediatamente volvió los ojos hacia nosotros.

— i Oh! — dijo a Joe —. ¿Es usted el marido de la hermana de este muchacho?

Jamás me habría imaginado a mi querido Joe tan distinto de sí mismo o tan parecido a un ave extraordinaria, en pie como estaba, mudo, con su moño de plumas erizadas y la boca desmesuradamente abierta.

— ¿Es usted el marido — repitió la señorita Havisham —de la hermana de este muchacho?

La situación se agravaba, pero durante toda la entrevista, Joe persistió en dirigirse a mí, en vez de hacerlo a la señorita Havisham.

— Cuando me casé con tu hermana, Pip — observó Joe con tono expresivo, confidencial y a la vez muy cortés —fue con la idea de ser su marido; hasta entonces fui un hombre soltero.

— ¡Oiga! — dijo la señorita Havisham —. Creo que usted ha criado a este muchacho con intención de hacerlo su aprendiz. ¿Es así, señor Gargery?

— Ya sabes, Pip — replicó Joe — que siempre hemos sido buenos amigos y que ya hemos convenido que trabajaríamos juntos, y hasta que nos iríamos a cazar alondras. Tú no has puesto nunca inconvenientes a trabajar entre el humo y el fuego, aunque tal vez los demás no se hayan mostrado nunca conformes con eso.

— ¿Acaso el muchacho ha manifestado su desagrado? — preguntó la señorita Havisham —. ¿Le gusta el oficio?

— Ya te consta perfectamente, Pip — replicó Joe con el mismo tono confidencial y cortés —, que éste ha sido siempre tu deseo. Creo que nunca has tenido inconveniente en trabajar conmigo, Pip.

Fue completamente inútil que yo intentara darle a entender que debía contestar a la señorita Havisham. Cuantas más muecas y señas le hacía yo, más persistía en hablarme de un modo confidencial y cortés.

— ¿Ha traído usted su contrato de aprendizaje? — preguntó la señorita Havisham.

— Ya sabes, Pip — replicó Joe como si esta pregunta fuese poco razonable —, que tú mismo me has visto guardarme los papeles en el sombrero, y sabes muy bien que continúan en él.

Dicho esto, los sacó y los entregó, no a la señorita Havisham, sino a mí. Por mi parte, temo que entonces me avergoncé de mi buen amigo. Y, en efecto, me avergoncé de él al ver que Estella estaba junto al respaldo del sillón de la señorita Havisham y que miraba con ojos sonrientes y burlones. Tomé los papeles de manos de mi amigo y los entregué a la señorita Havisham.

— ¿Usted no esperaba que el muchacho recibiese ninguna recompensa? — preguntó la señorita Havisham mientras examinaba los papeles.

— Joe — exclamé, en vista de que él no daba ninguna respuesta —, ¿por qué no contestas?...

— Pip — replicó Joe, en apariencia disgustado —, creo que entre tú y yo no hay que hablar de eso, puesto que ya sabes que mi contestación ha de ser negativa. Y como ya lo sabes, Pip, ¿para qué he de repetírtelo?

La señorita Havisham le miró, dándose cuenta de quién era, realmente, Joe, mejor de lo que yo mismo habría imaginado, y tomó una bolsa de la mesa que estaba a su lado.

— Pip se ha ganado una recompensa aquí — dijo —. Es ésta. En esta bolsa hay veinticinco guineas. Dalas a tu maestro, Pip.

Como si la extraña habitación y la no menos extraña persona que la ocupaba lo hubiesen trastornado por completo, Joe persistió en dirigirse a mí.

— Eso es muy generoso por tu parte, Pip — dijo —Y aunque no hubiera esperado nada de eso, no dejo de agradecerlo como merece. Y ahora, muchacho — añadió, dándome la sensación de que esta expresión familiar era dirigida a la señorita Havisham—. Ahora, muchacho, podremos cumplir con nuestro deber. Tú y yo podremos cumplir nuestro deber uno con otro y también para con los demás, gracias a tu espléndido regalo.

— Adiós, Pip — dijo la señorita Havisham —. Acompáñalos, Estella.

— ¿He de volver otra vez, señorita Havisham?—pregunté.

— No. Gargery es ahora tu maestro. Haga el favor de acercarse, Gargery, que quiero decirle una cosa.

Mientras yo atravesaba la puerta, mi amigo se acercó a la señorita Havisham, quien dijo a Joe con voz clara:

— El muchacho se ha portado muy bien aquí, y ésta es su recompensa. Espero que usted, como hombre honrado, no esperará ninguna más ni nada más.

No sé cómo salió Joe de la estancia, pero lo que sí sé es que cuando lo hizo se dispuso a subir la escalera en vez de bajarla, sordo a todas las indicaciones, hasta que fui en su busca y le cogí. Un minuto después estábamos en la parte exterior de la puerta, que quedó cerrada, y Estella se marchó. Cuando de nuevo estuvimos a la luz del día, Joe se apoyó en la pared y exclamó:

— ¡Es asombroso!

Y allí repitió varias veces esta palabra con algunos intervalos, hasta el punto de que empecé a temer que no podía recobrar la claridad de sus ideas. Por fin prolongó su observación, diciendo:

— Te aseguro, Pip, que es asombroso.

Y así, gradualmente, volvimos a conversar de asuntos corrientes y emprendimos el camino de regreso.

Tengo razón para creer que el intelecto de Joe se aguzó gracias a la visita que acababa de hacer y que en nuestro camino hacia casa del tío Pumblechook inventó una sutil estratagema. De ello me convencí por lo que ocurrió en la sala del señor Pumblechook, en donde, al presentarnos, mi hermana estaba conferenciando con aquel detestado comerciante en granos y semillas.

— ¿Qué? — exclamó mi hermana dirigiéndose inmediatamente a los dos —. ¿Qué os ha sucedido? Me extraña mucho que os dignéis volver a nuestra pobre compañía.

— La señorita Havisham — contestó Joe mirándome con fijeza y como si hiciese un esfuerzo para recordar—insistió mucho en que presentásemos a ustedes... Oye, Pip: ¿dijo cumplimientos o respetos?

— Cumplimientos — contesté yo.

— Así me lo figuraba — dijo Joe —. Pues bien, que presentásemos sus cumplimientos a la señora Gargery.

— Poco me importa eso — observó mi hermana, aunque, sin embargo, complacida.

— Dijo también que habría deseado — añadió Joe mirándome de nuevo y en apariencia haciendo esfuerzos por recordar — que si el estado de su salud le hubiese permitido... ¿No es así, Pip?

— Sí. Deseaba haber tenido el placer... — añadí.

— ... de gozar de la compañía de las señoras — dijo Joe dando un largo suspiro.

— En tal caso — exclamó mi hermana dirigiendo una mirada ya más suave al señor Pumblechook —, podría haber tenido la cortesía de mandarnos primero este mensaje. Pero, en fin, vale más tarde que nunca. ¿Y qué le ha dado al muchacho?

La señora Joe se disponía a dar suelta a su mal genio, pero Joe continuó diciendo:

— Lo que ha dado, lo ha dado a sus amigos. Y por sus amigos, según nos explicó, quería indicar a su hermana, la señora J. Gargery. Éstas fueron sus palabras: «a la señora J. Gargery». Tal vez — añadió — ignoraba si mi nombre era Joe o Jorge.

Mi hermana miró al señor Pumblechook, quien pasó las manos con suavidad por los brazos de su sillón y movió afirmativamente la cabeza, devolviéndole la mirada y dirigiendo la vista al fuego, como si de antemano estuviese enterado de todo.

— ¿Y cuánto os ha dado? — preguntó mi hermana riéndose, sí, riéndose de veras.

— ¿Qué dirían ustedes — preguntó Joe — acerca de diez libras?

— Diríamos — contestó secamente mi hermana — que está bien. No es demasiado, pero está bien.

— Pues, en tal caso, puedo decir que es más que eso.

Aquel desvergonzado impostor de Pumblechook movió en seguida la cabeza de arriba abajo y, frotando suavemente los brazos del sillón, exclamó:

— Es más.

— Lo cual quiere decir... — articuló mi hermana.

— Sí, así es — replicó Pumblechook —, pero espera un poco. Adelante, Joe, adelante.

— ¿Qué dirían ustedes — continuó Joe — de veinte libras esterlinas?

— Diríamos — contestó mi hermana — que es una cifra muy bonita.

— Pues bien — añadió Joe —, es más de veinte libras.

Aquel abyecto hipócrita de Pumblechook afirmó de nuevo con la cabeza y se echó a reír, dándose importancia y diciendo:

— Es más, es más. Adelante, Joe.

— Pues, para terminar — dijo Joe, muy satisfecho y tendiendo la bolsa a mi hermana —, digo que aquí hay veinticinco libras.

— Son veinticinco libras — repitió aquel sinvergüenza de Pumblechook, levantándose para estrechar la mano de mi hermana —. Y no es más de lo que tú mereces, según yo mismo dije en cuanto se me preguntó mi opinión, y deseo que disfrutes de este dinero.

Si aquel villano se hubiese interrumpido entonces, su caso habría sido ya suficientemente desagradable; pero aumentó todavía su pecado apresurándose a tomarme bajo su custodia con tal expresión de superioridad que dejó muy atrás toda su criminal conducta.

— Ahora, Joe y señora — dijo el señor Pumblechook cogiéndome por el brazo y por encima del codo —, tengan en cuenta que yo soy una de esas personas que siempre acaban lo que han comenzado. Este muchacho ha de empezar a trabajar cuanto antes. Éste es mi sistema. Cuanto antes.

— Ya sabe, tío Pumblechook — dijo mi hermana mientras agarraba la bolsa del dinero — que le estamos profundamente agradecidos.

— No os ocupéis de mí para nada — replicó aquel diabólico tratante en granos —. Un placer es un placer, en cualquier parte del mundo. Pero en cuanto a este muchacho, no hay más remedio que hacerle trabajar. Ya lo dije que me ocuparía de eso.

Los jueces estaban sentados en la sala del tribunal, que se hallaba a poca distancia, y en el acto fuimos todos allí con objeto de formalizar mi contrato de aprendizaje a las órdenes de Joe. Digo que fuimos allí, pero, en realidad, fui empujado por Pumblechook del mismo modo como si acabase de robar una bolsa o incendiado algunas gavillas. La impresión general del tribunal fue la de que acababan de cogerme in fraganti, porque cuando el señor Pumblechook me dejó ante los jueces oí que alguien preguntaba: « ¿Qué ha hecho?, y otros replicaban: «Es un muchacho muy joven, pero tiene cara de malo, ¿no es verdad?» Una persona de aspecto suave y benévolo me dio, incluso, un folleto adornado con un grabado al boj que representaba a un joven de mala conducta, rodeado de grilletes, y cuyo título daba a entender que era «PARA LEER EN MI CALABOZO».

La sala era un lugar muy raro, según me pareció, con bancos bastante más altos que los de la iglesia. Estaba llena de gente que contemplaba el espectáculo con la mayor atención, y en cuanto a los poderosos jueces, uno de ellos con la cabeza empolvada, se reclinaban en sus asientos con los brazos cruzados, tomaban café, dormitaban y escribían o leían los periódicos. En las paredes había algunos retratos negros y brillantes que, con mi poco gusto artístico, me parecieron ser una composición de tortas de almendras y de tafetán. En un rincón firmaron y testimoniaron mis papeles, y así quedé hecho aprendiz. Mientras tanto, el señor Pumblechook me tuvo cogido como si ya estuviese en camino del cadalso y en aquel momento se hubiesen llenado todas las formalidades preliminares.

En cuanto salimos y me vi libre de los muchachos que se habían entusiasmado con la esperanza de verme torturado públicamente y que parecieron sufrir un gran desencanto al notar que mis amigos salían conmigo, volvimos a casa del señor Pumblechook. Allí, mi hermana se puso tan excitada a causa de las veinticinco guineas, que nada le pareció mejor que celebrar una comida en el Oso Azu1 con aquella ganga, y que el señor Pumblechook, en su carruaje, fuese a buscar a los Hubble y al señor Wopsle.

Así se convino, y yo pasé el día más desagradable y triste de mi vida. En efecto, a los ojos de todos, yo no era más que una persona que les amargaba la fiesta. Y, para empeorar las cosas, cada vez que no tenían que nacer nada mejor, me preguntaban por qué no me divertía. En tales casos, no tenía más remedio que asegurarles que me divertía mucho, aunque Dios sabe que no era cierto.

Sin embargo, ellos se esforzaron en pasar bien el día, y lo lograron bastante. El sinvergüenza de Pumblechook, exaltado al papel de autor de la fiesta, ocupó la cabecera de la mesa, y cuando se dirigía a los demás para hablarles de que yo había sido puesto a las órdenes de Joe y de que, según las reglas establecidas, sería condenado a prisión en caso de que jugase a los naipes, bebiese licores fuertes, me acostase a hora avanzada, fuese con malas compañías o bien me entregase a otros excesos que, a juzgar por las fórmulas estampadas en mis documentos, podían considerarse ya como inevitables, en tales casos me obligaba a sentarme en una silla a su lado, con objeto de ilustrar sus observaciones.

Los demás recuerdos de aquel gran festival son que no me quisieron dejar que me durmiera, sino que, en cuanto veían que inclinaba la cabeza, me despertaban ordenándome que me divirtiese. Además, a hora avanzada de la velada, el señor Wopsle nos recitó la oda de Collins y arrojó con tal fuerza al suelo la espada teñida en sangre, que acudió inmediatamente el camarero diciendo:

—Los huéspedes que hay en la habitación de abajo les envían sus saludos y les ruegan que no hagan tanto ruido.

Cuando hubimos tomado el camino de regreso estaban todos tan contentos que empezaron a cantar a coro. E1 señor Wopsle tomó a su cargo el acompañamiento, asegurando con voz tremenda y fuerte, en contestación a la pregunta que el tenor le hacía en la canción, que él era un hombre en cuya cabeza flotaban al viento los mechones blancos y que, entre todos los demás, él era el peregrino más débil y fatigado.

Finalmente, recuerdo que cuando me metí en mi cama me sentía muy desgraciado y convencido de que nunca me gustaría el oficio de Joe. Antes me habría gustado, pero ahora ya no.

Capítulo XIV

Es cosa muy desagradable el sentirse avergonzado del propio hogar. Quizás en esto haya una negra ingratitud y el castigo puede ser retributivo y muy merecido; pero estoy en situación de atestiguar que, como decía, este sentimiento es muy desagradable.

Jamás mi casa fue un lugar ameno para mí, a causa del carácter de mi hermana. Pero Joe santificaba el hogar, y yo creía en él. Llegué a tener la ilusión de que la mejor sala y la más elegante era la nuestra; que la puerta principal era como un portal misterioso del Templo del Estado, cuya solemne apertura se celebraba con un sacrificio de aves de corral asadas; que la cocina era una estancia amplia, aunque no magnífica; que la fragua era el camino resplandeciente que conducía a la virilidad y a la independencia. Pero en un solo año, todo esto cambió. Todo me parecía ordinario y basto, y no me habría gustado que la señorita Havisham o Estella hubiesen visto mi casa.

Poca importancia tiene para mí ni para nadie la parte de culpa que en mi desagradable estado de ánimo pudieran tener la señorita Havisham o mi hermana. El caso es que se operó ese cambio en mí y que era una cosa ya irremediable. Bueno o malo, excusable o no, el cambio se había realizado.

Una vez me pareció que, cuando, por fin, me arremangase la camisa y fuese a la fragua como aprendiz de Joe, podría sentirme distinguido y feliz, pero la realidad me demostró que tan sólo pude sentirme lleno de polvo de carbón y que me oprimía tan gran peso moral, que a su lado el mismo yunque parecía una pluma. En mi vida posterior, como seguramente habrá ocurrido en otras vidas, hubo ocasiones en que me pareció como si una espesa cortina hubiese caído para ocultarme todo el interés y todo el encanto de la vida, para dejarme tan sólo entregado al pesado trabajo y a las penas de toda clase. Y jamás sentí tan claramente la impresión de que había caído aquella pesada cortina ante mí como cuando empecé a ejercer de aprendiz al lado de Joe.

Recuerdo que en un período avanzado de mi aprendizaje solía permanecer cerca del cementerio en las tardes del domingo, al oscurecer, comparando mis propias esperanzas con el espectáculo de los marjales, por los que soplaban los vientos, y estableciendo cierto parecido con ellos al pensar en lo desprovistos de accidentes que estaban mi vida y aquellos terrenos, y de qué manera ambos se hallaban rodeados por la oscura niebla, y en que los dos iban a parar al mar. En mi primer día de aprendizaje me sentí tan desgraciado como más adelante; pero me satisface saber que, mientras duró aquél, nunca dirigí una queja a Joe. Ésta es la única cosa de que me siento halagado.

A pesar de que mi conducta comprende lo que voy a añadir, el mérito de lo que me ocurrió fue de Joe y no mío. No porque yo fuese fiel, sino porque lo fue Joe; por eso no huí y no acabé siendo soldado o marinero. No porque tuviese un vigoroso sentido de la virtud y del trabajo, sino porque lo tenía Joe; por eso trabajé con celo tolerable a pesar de mi repugnancia. Es imposible llegar a comprender cuánta es la influencia de un hombre estricto cumplidor de su deber y de honrado y afable corazón; pero es posible conocer la influencia que ejerce en una persona que está a su lado, y yo sé perfectamente que cualquier cosa buena que hubiera en mi aprendizaje procedía de Joe y no de mí.

¿Quién puede decir cuáles eran mis aspiraciones? ¿Cómo podía decirlas yo, si no las conocía siquiera? Lo que temía era que, en alguna hora desdichada, cuando yo estuviese más sucio y peor vestido, al levantar los ojos viese a Estella mirando a través de una de las ventanas de la fragua. Me atormentaba el miedo de que, más pronto o más tarde, ella me viese con el rostro y las manos ennegrecidos, realizando la parte más ingrata de mi trabajo, y que entonces se alegrara de verme de aquel modo y me manifestara su desprecio. Con frecuencia, al oscurecer, cuando tiraba de la cadena del fuelle y cantábamos a coro Old Clem, recordaba cómo solíamos cantarlo en casa de la señorita Havisham; entonces me parecía ver en el fuego el rostro de Estella con el cabello flotando al viento y los burlones ojos fijos en mí. En tales ocasiones miraba aquellos rectángulos a través de los cuales se veía la negra noche, es decir, las ventanas de la fragua, y me parecía que ella retiraba en aquel momento el rostro y me imaginaba que, por fin, me había descubierto.

Después de eso, cuando íbamos a cenar, y la casa y la comida debían haberme parecido más agradables que nunca, entonces era cuando me avergonzaba más de mi hogar en mi ánimo tan mal dispuesto.

Capítulo XV

Como era demasiado talludo para concurrir a la sala de la tía abuela del señor Wopsle, terminó mi educación a las órdenes de aquella absurda señora. Ello no ocurrió, sin embargo, hasta que Biddy no me hubo transmitido todos sus conocimientos, desde el catálogo de precios hasta una canción cómica que un día compró por medio penique. Apenas tenía significado para mí, pero, sin embargo, en mi deseo de adquirir conocimientos, me la aprendí de memoria con la mayor gravedad. La canción empezaba:

Cuando fui a Londres, señores,
tralará, tralará,
¿verdad que estaba muy moreno?
tralará, tralará.

Luego, a fin de aprender más, hice proposiciones al señor Wopsle para que me enseñase algo, cosa a la que él accedió bondadosamente. Sin embargo, resultó que sólo me aceptó a título de figura muda en sus recitaciones dramáticas, con objeto de contradecirme, de abrazarme, de llorar sobre mí, de agarrarme, de darme puñaladas y de golpearme de distintos modos. En vista de esto, desistí muy pronto de continuar el curso, aunque con bastante presteza para evitar que el señor Wopsle, en su furia poética, me hubiese dado una buena paliza.

Cuanta instrucción pude adquirir traté de comunicarla a Joe. Esto dice tanto en mi favor que, en conciencia, no puedo dejar de explicarlo. Yo deseaba que Joe fuese menos ignorante y menos ordinario, para que resultase más digno de mi compañía y menos merecedor de los reproches de Estella.

La vieja Batería de los marjales era nuestro lugar de estudio, y un trozo de pizarra rota y un pedacito de pizarrín eran el instrumental instructivo. Joe añadía a todo eso una pipa de tabaco. Observé muy pronto que Joe era incapaz de recordar nada de un domingo a otro, o de adquirir, gracias a mis lecciones, alguna instrucción. Sin embargo, él fumaba su pipa en la Batería con aire más inteligente que en otro lugar cualquiera, incluso con aspecto de hombre instruido, como si se considerase en camino de hacer grandes progresos. Y creo que, verdaderamente, los hacía el pobre y querido Joe.

Era agradable y apacible divisar las velas sobre el río, que pasaban más allá de las zanjas, y algunas veces, en la marea baja, parecían pertenecer a embarcaciones hundidas que todavía navegaban por el fondo del agua. Siempre que observaba las embarcaciones que había en el mar con las velas extendidas, recordaba a la señorita Havisham y a Estella; y cuando la luz daba de lado en una nube, en una vela, en la loma verde de una colina o en la línea de agua del horizonte, me ocurría lo mismo. La señorita Havisham, Estella, la casa extraña de la primera y la singular vida que ambas llevaban parecían tener que ver con todo lo que fuese pintoresco.

Un domingo, cuando Joe, disfrutando de su pipa, se hubo vanagloriado de tener la mollera muy dura y yo lo hube dejado tranquilo por aquel día, me quedé tendido en el suelo por algún tiempo y con la barbilla en la mano, y parecíame descubrir huellas de la señorita Havisham y de Estella por todos lados, en el cielo y en el agua, hasta que por fin resolví comunicar a Joe un pensamiento que hacía tiempo se albergaba en mi cabeza.

— Joe — dije —: ¿crees que debería hacer una visita a la señorita Havisham?

— ¿Para qué, Pip? — contestó Joe, reflexionando con lentitud.

— ¿Para qué, Joe? ¿Para qué se hacen las visitas?

— Algunas visitas tal vez sí — contestó Joe —, pero, sin embargo, no has contestado a mi pregunta, Pip. Con respecto a visitar a la señorita Havisham, creo que ella se figuraría que quieres algo o que esperas alguna cosa de ella.

— ¿No comprendes que ya se lo advertiría antes, Joe?

— Desde luego, puedes hacerlo — contestó mi amigo, — y tal vez ella lo crea, aunque también puede no creerlo.

Joe pensó haber dado en el clavo, y yo abundaba en su opinión. Dió dos o tres chupadas a la pipa y añadió:

— Ya ves, Pip. La señorita Havisham se ha portado muy bien contigo. Y cuando te hubo entregado el dinero, me llamó para decirme que ya no había que esperar nada más.

— Eso es, Joe. Yo lo oí también.

— Nada más — repitió Joe con cierto énfasis.

— Sí, Joe; te digo que lo oí.

— Lo cual significa, Pip, que para ella ha terminado todo y que, en adelante, tú has de seguir un camino completamente distinto.

Yo opinaba igual que él, y en nada me consolaba que Joe lo creyese así.

— Pero oye, Joe

— Te escucho.

— Estoy ya en el primer año de mi aprendizaje, y como desde el día en que empecé a trabajar no he ido a dar las gracias a la señorita Havisham ni le he demostrado que me acuerdo de ella.

— Esto es verdad, Pip. Y como no puedes presentarle como regalo una colección de herraduras, en vista de que ella no podría utilizarlas

— No me refiero a esta clase de recuerdos, Joe; ni hablo, tampoco, de ningún regalo.

Pero Joe pensaba entonces en la conveniencia de hacer un regalo, y añadió:

— Tal vez podrías regalarle una cadena nueva para la puerta principal o, quizás, una o dos gruesas de tornillos para utilizarlos donde mejor le conviniese. También algún objeto de fantasía, como un tenedor para hacer tostadas, o unas parrillas.

— Te he dicho que no quiero ningún regalo, Joe — interrumpí.

— Pues bien — dijo Joe —. Si yo estuviese en tu lugar, Pip, tampoco pensaría en regalarle nada. Desde luego, no lo haría. ¿De qué sirve una cadena para la puerta, si la pobre señora no se acuesta nunca? Tampoco me parecen convenientes los tornillos, ni el tenedor para las tostadas. Por otra parte...

— Mi querido Joe — exclamé desesperado y agarrándome a su chaqueta —. No sigas. Te repito que jamás tuve la intención de hacer un regalo a la señorita Havisham.

— No, Pip — contestó satisfecho, como si hubiese logrado convencerme —. Te digo que tienes razón.

—Así es, Joe. —Lo único que quería decirte es que, como ahora no tenemos mucho trabajo, podrías darme un permiso de medio día, mañana mismo, y así iría a la ciudad a visitar a la señorita Est... Havisham.

— Me parece — dijo Joe con gravedad — que el nombre de esta señorita no es Esthavisham, a no ser que se haya vuelto a bautizar.

— Ya lo sé, ya lo sé. Me he equivocado. Y ¿qué te parece, Joe?

Joe se manifestó conforme, pero tuvo el mayor empeño en dar a entender que si no me recibían cordialmente o no me invitaban a repetir mi visita, sino que se aceptaba tan sólo como expresión de gratitud por un favor recibido, aquel viaje no debería intentarse otra vez. Yo prometí conformarme con estas condiciones.

Joe tenía un obrero, al que pagaba semanalmente, llamado Orlick. Pretendía que su nombre de pila era Dolge, cosa imposible de toda imposibilidad, pero era tan testarudo que, según creo, no estaba engañado acerca del particular, sino que, deliberadamente, impuso este nombre a la gente del pueblo como afrenta hacia su comprensión. Era un hombre de anchos hombros, suelto de miembros, moreno, de gran fuerza, que jamás se daba prisa por nada y que siempre andaba inclinado. Parecía que nunca iba de buena gana a trabajar, sino que se inclinaba hacia el trabajo por casualidad; y cuando se dirigía a los Alegres Barqueros para cenar o se alejaba por la noche, salía inclinado como siempre, como Caín o el Judío Errante, cual si no tuviera idea del lugar a que se dirigía ni intención de regresar nunca más. Dormía en casa del guarda de las compuertas de los marjales, y en los días de trabajo salía de su ermitaje, siempre inclinado hacia el suelo, con las manos en los bolsillos y la comida metida en un pañuelo que se colgaba alrededor del cuello y que danzaba constantemente a su espalda. Durante el domingo permanecía casi siempre junto a las compuertas, entre las gavillas o junto a los graneros. Siempre andaba con los ojos fijos en el suelo, y cuando encontraba algo, o algo le obligaba a levantarlos, miraba resentido y extrañado, como si el único pensamiento que tuviera fuese el hecho extraño e injurioso de que jamás debiera pensar en nada.

Aquel triste viajero no sentía simpatía alguna por mí. Cuando yo era muy pequeño y tímido me daba a entender que el diablo vivía en un rincón oscuro de la fragua y que él conocía muy bien al mal espíritu. También me decía que era necesario, cada siete años, encender el fuego con un niño vivo y que, por lo tanto, ya podía considerarme como combustible. En cuanto fui el aprendiz de Joe, Orlick tuvo la sospecha de que algún día yo le quitaría el puesto, y, por consiguiente, aún me manifestó mayor antipatía. Desde luego, no dijo ni hizo nada, ni abiertamente dio a entender su hostilidad; sin embargo, observé que siempre procuraba despedir las chispas en mi dirección y que en cuando yo cantaba Old Clem, él trataba de equivocar el compás.

Dolge Orlick estaba trabajando al día siguiente, cuando yo recordé a Joe el permiso de medio día. Por el momento no dijo nada, porque él y Joe tenían entonces una pieza de hierro candente en el yunque y yo tiraba de la cadena del fuelle; pero luego, apoyándose en su martillo, dijo:

— Escuche usted, maestro. Seguramente no va a hacer un favor tan sólo a uno de nosotros. Si el joven Pip va a tener permiso de medio día, haga usted lo mismo por el viejo Orlick.

Supongo que tendría entonces veinticinco años, pero él siempre hablaba de sí mismo como si fuese un anciano.

— ¿Y qué harás del medio día de fiesta, si te lo doy? — preguntó Joe.

— ¿Que qué haré? ¿Qué hará él con su permiso? Haré lo mismo que él — dijo Orlick.

— Pip ha de ir a la ciudad — observó Joe.

— Pues, entonces, el viejo Orlick irá también a la ciudad — contestó él —. Dos personas pueden ir allá. No solamente puede ir él.

— No te enfades — dijo Joe.

—Me enfadaré si quiero—gruñó Orlick—. Si él va, yo también iré. Y ahora, maestro, exijo que no haya favoritismos en este taller. Sea usted hombre.

El maestro se negó a seguir tratando el asunto hasta que el obrero estuviese de mejor humor. Orlick se dirigió a la fragua, sacó una barra candente, me amenazó con ella como si quisiera atravesarme el cuerpo y hasta la paseó en torno de mi cabeza; luego la dejó sobre el yunque y empezó a martillearla con la misma saña que si me golpease a mí y las chispas fuesen gotas de mi sangre. Finalmente, cuando estuvo acalorado y el hierro frío, se apoyó nuevamente en su martillo y dijo:

— Ahora, maestro.

— ¿Ya estás de buen humor? — preguntó Joe.

— Estoy perfectamente — dijo el viejo Orlick con voz gruñona.

—Teniendo en cuenta que tu trabajo es bastante bueno — dijo Joe —, vamos a tener todos medio día de fiesta.

Mi hermana había estado oyendo en silencio, en el patio, pues era muy curiosa y una espía incorregible, e inmediatamente miró al interior de la fragua a través de una de las ventanas.

—Eres un estúpido—le dijo a Joe—dando permisos a los haraganes como ése. Debes de ser muy rico para desperdiciar de este modo el dinero que pagas por jornales. No sabes lo que me gustaría ser yo el amo de ese grandullón.

— Ya sabemos que es usted muy mandona — replicó Orlick, enfurecido.

— Déjala — ordenó Joe.

— Te aseguro que sentaría muy bien la mano a todos los tontos y a todos los bribones — replicó mi hermana, empezando a enfurecerse —. Y entre ellos comprendería a tu amo, que merecería ser el rey de los tontos. Y también te sentaría la mano a ti, que eres el gandul más puerco que hay entre este lugar y Francia. Ya lo sabes.

— Tiene usted una lengua muy larga, tía Gargery — gruñó el obrero—. Y si hemos de hablar de bribones, no podemos dejar de tenerla a usted en cuenta.

— ¿Quieres dejarla en paz? — dijo Joe.

— ¿Qué has dicho? — exclamó mi hermana empezando a gritar—. ¿Qué has dicho? ¿Qué acaba de decirme ese bandido de Orlick, Pip? ¿Qué se ha atrevido a decirme, cuando tengo a mi marido al lado? ¡Oh! ¡Oh! — Cada una de estas exclamaciones fue un grito, y he de observar que mi hermana, a pesar de ser la mujer más violenta que he conocido, no se dejaba arrastrar por el apasionamiento, porque deliberada y conscientemente se esforzaba en enfurecerse por grados —. ¿Qué nombre me ha dado ante el cobarde que juró defenderme? ¡Oh! ¡Contenedme! ¡Cogedme!

—Si fuese usted mi mujer—gruñó el obrero entre dientes—, ya vería lo que le hacía. Le pondría debajo de la bomba y le daría una buena ducha.

— ¡Te he dicho que la dejes en paz! — repitió Joe.

— ¡Dios mío! — exclamó mi hermana gritando —. ¡Y que tenga que oír estos insultos de ese Orlick! ¡En mi propia casa! ¡Yo, una mujer casada! ¡Y con mi marido al lado! ¡Oh! ¡Oh!

Aquí mi hermana, después de un ataque de gritos y de golpearse el pecho y las rodillas con las manos, se quitó el gorro y se despeinó, lo cual era indicio de que se disponía a dejarse dominar por la furia. Y como ya lo había logrado, se dirigió hacia la puerta, que yo, por fortuna, acababa de cerrar.

El pobre y desgraciado Joe, después de haber ordenado en vano al obrero que dejara en paz a su mujer, no tuvo más remedio que preguntarle por qué había insultado a su esposa y luego si era hombre para sostener sus palabras. El viejo Orlick comprendió que la situación le obligaba a arrostrar las consecuencias de sus palabras y, por consiguiente, se dispuso a defenderse; de modo que, sin tomarse siquiera el trabajo de quitarse los delantales, se lanzaron uno contra otro como dos gigantes. Pero si alguien de la vecindad era capaz de resistir largo rato a Joe, debo confesar que a ese alguien no lo conocía yo. Orlick, como si no hubiera sido más que el joven caballero pálido, se vio en seguida entre el polvo del carbón y sin mucha prisa por levantarse. Entonces Joe abrió la puerta, cogió a mi hermana, que se había desmayado al pie de la ventana (aunque, según imagino, no sin haber presenciado la pelea), la metió en la casa y la acostó, tratando de hacerle recobrar el conocimiento, pero ella no hizo más que luchar y resistirse y agarrar con fuerza el cabello de Joe. Reinaron una tranquilidad y un silencio singulares después de los alaridos; y más tarde, con la vaga sensación que siempre he relacionado con este silencio, es decir, como si fuese domingo y alguien hubiese muerto, subía la escalera para vestirme.

A1 bajar encontré a Joe y a Orlick barriendo y sin otras huellas de lo sucedido que un corte en una de las aletas de la nariz de Orlick, lo cual no le adornaba ni contribuía a acentuar la expresión de su rostro. Había llegado un jarro de cerveza de Los Tres Alegres Barqueros, y los dos se lo estaban bebiendo apaciblemente. El silencio tuvo una influencia sedante y filosófica sobre Joe, que me siguió el camino para decirme, como observación de despedida que pudiera serme útil:

— Ya lo ves, Pip. Después del escándalo, el silencio. Ésta es la vida.

Poco importa cuáles fueron las absurdas emociones (porque creo que los sentimientos que son muy serios en un hombre resultan cómicos en un niño) que sentí al ir otra vez a casa de la señorita Havisham. Ni tampoco importa el saber cuántas veces pasé por delante de la puerta antes de decidirme a llamar, o las que pensé en alejarme sin hacerlo, o si lo habría hecho, de haberme pertenecido mi tiempo, regresando a mi casa.

Me abrió la puerta la señorita Sara Pocket. No Estella.

— ¡Caramba! ¿Tú aquí otra vez? — exclamó la señorita Pocket —. ¿Qué quieres?

Cuando dije que solamente había ido a ver cómo estaba la señorita Havisham, fue evidente que Sara deliberó acerca de si me permitiría o no la entrada, pero, no atreviéndose a asumir la responsabilidad, me dejó entrar, y poco después me comunicó la seca orden de que subiera.

Nada había cambiado, y la señorita Havisham estaba sola.

—Muy bien—dijo fijando sus ojos en mí—. Espero que no desees cosa alguna. Te advierto que no obtendrás nada.

— No me trae nada de eso, señorita Havisham — contesté —. Únicamente deseaba comunicarle que estoy siguiendo mi aprendizaje y que siento el mayor agradecimiento hacia usted.

— Bueno, bueno — exclamó moviendo los dedos con impaciencia —. Ven de vez en cuando. Ven el día de tu cumpleaños. ¡Hola!—exclamó de pronto, volviéndose y volviendo también la silla hacia mí —. Seguramente buscas a Estella, ¿verdad?

En efecto, yo había mirado alrededor de mí buscando a la joven, y por eso tartamudeé diciendo que, según esperaba, estaría bien de salud.

— Está en el extranjero — contestó la señorita Havisham—, educándose como conviene a una señora. Está lejos de tu alcance, más bonita que nunca, y todos cuantos la ven la admiran. ¿Te parece que la has perdido?

En sus palabras había tan maligno gozo y se echó a reír de un modo tan molesto, que yo no supe qué decir, pero me evitó la turbación que sentía despidiéndome. Cuando tras de mí, Sara, la de la cara de color de nuez, cerró la puerta, me sentí menos satisfecho de mi hogar y de mi oficio que en otra ocasión cualquiera. Esto es lo que gané con aquella visita.

Mientras andaba distraídamente por la calle Alta, mirando desconsolado a los escaparates y pensando en lo que compraría si yo fuese un caballero, de pronto salió el señor Wopsle de una librería. Llevaba en la mano una triste tragedia de Jorge Barnwell, en la que acababa de emplear seis peniques con la idea de arrojar cada una de sus palabras a la cabeza de Pumblechook, con quien iba a tomar el té. Pero al verme creyó sin duda que la Providencia le había puesto en su camino a un aprendiz para que fuese la víctima de su lectura. Por eso se apoderó de mí e insistió en acompañarme hasta la sala de Pumblechook, y como yo sabía que me sentiría muy desgraciado en mi casa y, además, las noches eran oscuras y el camino solitario, pensé que mejor sería ir acompañado que solo, y por eso no opuse gran resistencia. Por consiguiente, nos dirigimos a casa de Pumblechook, precisamente cuando la calle y las tiendas encendían sus luces.

Como nunca asistía a ninguna otra representación de los dramas de Jorge Barnwell, no sé, en realidad, cuánto tiempo se invierte en cada una; pero sé perfectamente que la lectura de aquella obra duró hasta las nueve y media de la noche, y cuando el señor Wopsle entró en Newgate creí que no llegaría a ir al cadalso, pues empezó a recitar mucho más despacio que en otro período cualquiera de su deshonrosa vida. Me pareció que el héroe del drama debería de haberse quejado de que no se le permitiera recoger los frutos de lo que había sembrado desde que empezó su vida. Esto, sin embargo, era una simple cuestión de cansancio y de extensión. Lo que me impresionó fue la identificación del drama con mi inofensiva persona. Cuando Barnwell empezó a hacer granujadas, yo me sentí benévolo, pero la indignada mirada de Pumblechook me recriminó con dureza. También Wopsle se esforzó en presentarme en el aspecto más desagradable. A la vez feroz e hipócrita, me vi obligado a asesinar a mi tío sin circunstancias atenuantes. Milwood destruía a cada momento todos mis argumentos. La hija de mi amo me manifestaba el mayor desdén, y todo lo que puedo decir en defensa de mi conducta, en la mañana fatal, es que fue la consecuencia lógica de la debilidad de mi carácter. Y aun después de haber sido felizmente ahorcado, y en cuanto Wopsle hubo cerrado el libro, Pumblechook se quedó mirándome y meneó la cabeza diciendo al mismo tiempo:

— Espero que eso te servirá de lección, muchacho.

Lo dijo como si ya fuese un hecho conocido mi deseo de asesinar a un próximo pariente, con tal que pudiera inducir a uno de ellos a tener la debilidad de convertirse en mi bienhechor.

Era ya noche cerrada cuando todo hubo terminado y cuando, en compañía del señor Wopsle, emprendí el camino hacia mi casa. En cuanto salimos de la ciudad encontramos una espesa niebla que nos calaba hasta los huesos. El farol de la barrera se divisaba vagamente; en apariencia, no brillaba en el lugar en que solía estar y sus rayos parecían substancia sólida en la niebla. Observábamos estos detalles y hablábamos de que tal vez la niebla podría desaparecer si soplaba el viento desde un cuadrante determinado de nuestros marjales, cuando nos encontramos con un hombre que andaba encorvado a sotavento de la casa de la barrera.

— ¡Caramba!—exclamamos—. ¿Eres tú, Orlick?

— ¡Ah! — exclamó él irguiéndose —. He salido a dar una vuelta para ver si encontraba a alguien que me acompañase.

— Ya es muy tarde para ti — observé.

Orlick contestó, muy lógicamente:

— ¿Sí? Pues también están ustedes algo retrasados.

— Hemos pasado la velada — dijo el señor Wopsle, entusiasmado por la sesión —, hemos pasado la velada, señor Orlick, dedicados a los placeres intelectuales.

El viejo Orlick gruñó como si no tuviera nada que replicar, y los tres echamos a andar. Entonces le pregunté en qué había empleado su medio día de fiesta y si había ido a la ciudad.

— Sí — dijo —. He ido también. Fui detrás de ti. No te he visto, aunque te he seguido los pasos. Pero, mira, parece que resuenan los cañones.

— ¿En los Pontones? — pregunté.

—Sí. Algún pájaro se habrá escapado de la jaula. Desde que anocheció están disparando. Pronto oirás un cañonazo.

En efecto: no habíamos dado muchos pasos, cuando un estampido llegó hasta nuestros oídos, aunque algo apagado por la niebla, retumbando a lo largo de las tierras bajas inmediatas al río, como si persiguiera y amenazara a los fugitivos.

— Una buena noche para escaparse — dijo Orlick —. Lo que es hoy, me parecería algo difícil cazar a un fugitivo.

El asunto era bastante interesante para mí y reflexioné en silencio acerca de él. El señor Wopsle, como el tío que tan mala paga alcanzó por sus bondades en la tragedia, empezó a meditar en voz alta acerca de su jardín en Camberwell. Orlick, con las manos en los bolsillos, andaba encorvado a mi lado. La noche era oscura, húmeda y fangosa, de modo que a cada paso nos hundíamos en el barro. De vez en cuando llegaba hasta nosotros el estampido del cañón que daba la señal de la fuga, y nuevamente retumbaba a lo largo del lecho del río. Yo estaba entregado a mis propios pensamientos. El señor Wopsle murió amablemente en Camberwell, muy valiente en el campo Bosworth y en las mayores agonías en Glastonbury. Orlick, a veces, tarareaba la canción de Old C1em, y yo me figuré que había bebido, aunque no estaba borracho.

Así llegamos al pueblo. El camino que seguimos nos llevó más allá de Los Tres Alegres Barqueros y, con gran sorpresa nuestra, pues ya eran las once de la noche, encontramos el establecimiento en estado de gran agitación, con la puerta abierta de par en par y las luces encendidas en todos los departamentos del establecimiento, de un modo no acostumbrado. El señor Wopsle preguntó qué sucedía, aunque convencido de que habían aprehendido a un penado; un momento después salió corriendo con la mayor prisa.

Sin detenerse, exclamó al pasar por nuestro lado:

—Parece que ha ocurrido algo en tu casa, Pip. ¡Corramos todos!

— ¿Qué ha pasado? — pregunté corriendo a su lado, mientras Orlick hacía lo mismo.

— No lo sé muy bien. Parece que entraron violentamente en la casa en ausencia de Joe. Se cree que fueron los fugados. Y se dice que han herido a alguien.

Corríamos demasiado para continuar la conversación, y no nos detuvimos hasta llegar a nuestra cocina. Estaba llena de gente. Podría decir que se había reunido allí el pueblo entero, parte del cual ocupaba el patio. Había también un cirujano, Joe y un grupo de mujeres, todos inclinados hacia el suelo y en el centro de la cocina. Los curiosos retrocedieron en cuanto me presenté yo, y así pude ver a mi hermana tendida, sin sentido y sin movimiento, en el entarimado del suelo, donde fue derribada por un tremendo golpe en la parte posterior de la cabeza, asestado por una mano desconocida, mientras ella estaba vuelta hacia el fuego. Y así la pobre quedó condenada a no encolerizarse ya más mientras fuese esposa de Joe.

Capítulo XVI

Como mi mente estaba llena de la tragedia de Jorge Barnwell, de un modo inconsciente me sentí dispuesto a creer que yo había tenido alguna participación en la agresión contra mi hermana o, por lo menos, como yo era su más próximo pariente y todos sabían que le debía agradecimiento, era natural que se sospechara de mí más que de otra persona cualquiera. Pero cuando, a la clara luz de la siguiente mañana, empecé a reflexionar acerca del asunto y oí como hablaban de él comentándolo desde varios puntos de vista, consideré el suceso de otro modo distinto y mucho más razonable.

Joe había estado en Los Tres Alegres Barqueros fumando su pipa desde las ocho y cuarto hasta las diez menos cuarto de la noche. Mientras permaneció allí, alguien pudo ver a mi hermana en la puerta de la cocina, y además ella cambió un saludo con un labrador que se dirigía a su casa. Aquel hombre no podía precisar la hora en que la vio, pues cuando quiso recordar se sumió en un mar de confusiones, aunque, desde luego, aseguró que debió de ser antes de las nueve de la noche. Cuando Joe se fue a su casa, a las diez menos cinco, la encontró tendida en el suelo, e inmediatamente pidió auxilio. El fuego no estaba muy agotado ni tampoco era muy largo el pabilo de la bujía, pero ésta había sido apagada.

No faltaba nada en la casa, y a excepción de estar apagada la bujía, la cual se hallaba en una mesa entre la puerta y mi hermana y a espaldas de ésta cuando fue herida, no se notaba ningún desorden en la cocina más que el que ella misma originó al caer y al derramar sangre por la herida. Pero en aquel lugar había una pieza de convicción. La habían golpeado con algo muy pesado y de cantos redondeados en la cabeza y en la columna vertebral; después de haberla herido y mientras ella estaba tendida de cara al suelo, le arrojaron algo muy pesado con extraordinaria violencia. Y en el suelo, a su lado, cuando Joe levantó a su mujer, pudo ver un grillete de presidiario que había sido limado.

Joe, examinando aquel hierro con sus conocimientos de herrero, declaró que había sido limado hacía bastante tiempo. Los empleados de los pontones que, enterados del caso, vinieron a examinar el grillete corroboraron la opinión de Joe. No precisaron la fecha en que aquel grillete, que indudablemente perteneció a los Pontones, había podido salir de ellos, pero aseguraban que no pertenecía a ninguno de los dos penados que se escaparon en la noche anterior. Además, uno de los dos fugitivos fue apresado de nuevo, y observaron que todavía llevaba su propio grillete.

Como yo estaba enterado de algo más, supuse que pertenecería a mi penado, es decir, que era el mismo que vi limar en los marjales, mas a pesar de ello no le acusaba de haberlo empleado en herir a mi hermana. Y eso porque sospechaba que otras dos personas lo hubiesen encontrado, utilizándolo para cometer el crimen. Sin duda alguna, el asesino era Orlick o bien aquel hombre extraño que me enseñó la lima.

Con referencia al primero, se comprobó que había ido a la ciudad, exactamente como nos dijo cuando le encontramos en la barrera. Por la tarde lo vieron varias personas por las calles y estuvo en compañía de otras en algunas tabernas, hasta que regresó conmigo mismo y con el señor Wopsle. De modo que, a excepción de la pelea, no se le podía hacer ningún cargo. Por lo demás, mi hermana se había peleado con él y con todo el mundo más de diez mil veces. En cuanto a aquel hombre extraño, en caso de que hubiese regresado en busca de sus dos billetes de banco, nadie se los habría disputado, porque mi hermana estaba más que dispuesta a devolvérselos. Por otra parte, no hubo altercado, pues era evidente que el criminal llegó silenciosa y repentinamente y la víctima quedó tendida en el suelo antes de poder volver la cabeza.

Era horrible pensar que yo había facilitado el arma, aunque, naturalmente, sin imaginar lo que podía resultar; pero apenas podía apartar de mi cerebro aquel asunto. Sufrí angustias indecibles mientras pensaba en si, por fin, debería referir a Joe aquella historia de mi infancia. Todos los días, y durante varios meses siguientes, decidí no decir nada, pero a la mañana siguiente volvía a reflexionar y a contradecirme a mí mismo. Por último tomé una resolución decisiva en el sentido de guardar silencio, porque tuve en cuenta que el secreto ya era muy antiguo, y como me había acompañado durante tanto tiempo, convirtiéndose ya en una parte de mí mismo, no podía decidirme a separarme de él. Además, tenía el inconveniente de que, habiendo sido tan desagradables los resultados de mi conducta, ello me privaría del afecto de Joe, si creía en la verdad de mis palabras, y, en el caso de que no las creyese, irían a sumarse en la mente de mi amigo con mis invenciones de los perros fabulosos y de las costillas de ternera. Pero sea lo que fuere, contemporicé conmigo mismo y resolví revelar mi secreto en caso de que éste pudiera servir para ayudar al descubrimiento del asesino.

La policía mandada de Londres frecuentó los alrededores de la casa por espacio de una o dos semanas e hizo todo cuanto yo había oído y leído con referencia a casos semejantes. Prendieron a varios inocentes, siguieron pistas falsas y persistieron en hacer concordar las circunstancias con las ideas, en vez de tratar de deducir ideas de las circunstancias. También frecuentaron bastante Los Tres Alegres Barqueros, llenando de admiración a los parroquianos, que los miraban con cierta reserva; y tenían un modo misterioso de beber, que casi valía tanto como si hubiesen prendido al culpable. Pero ello no equivalió a tal éxito, porque no consiguieron descubrir al criminal.

Mucho después de la desaparición de los policías, mi hermana estaba muy enferma en la cama. Habíase perturbado enormemente su retina, de modo que veía los objetos multiplicados y a veces se empeñaba en coger imaginarias tazas de té y vasos de vino, tomándolos por realidades. El oído y la memoria los conservaba bastante buenos, pero sus palabras resultaban ininteligibles. Cuando, por fin, se recobró bastante para poder ser transportada a la planta baja, fue necesario ponerle al lado mi pizarra, con objeto de que pudiese indicar por escrito lo que no podía mencionar verbalmente. Y como escribía muy mal y pronunciaba peor, aun cuando estaba sana, y, por otra parte, Joe era un mal lector, se originaban tremendas complicaciones entre ellos, que yo era el llamado a resolver. El hecho de que le sirviera carnero en vez de medicina, la confusión entre el té y Joe, o entre el panadero y el tocino, eran los más fáciles de mis propios errores.

Sin embargo, se había mejorado mucho su genio, y a la sazón se mostraba paciente. Una trémula incertidumbre de acción en todos sus miembros fue pronto una parte de su estado regular, y luego, a intervalos de dos o tres meses, solía llevarse las manos a la cabeza y, a veces, permanecía por espacio de una semana sumida en alguna aberración mental. Estábamos muy preocupados por encontrar una enfermera conveniente destinada a ella, hasta que por una casualidad hallamos lo que buscábamos. La tía abuela del señor Wopsle quedó por fin sumida en el sueño eterno, y así Biddy vino a formar parte de nuestra familia.

Cosa de un mes después de la reaparición de mi hermana en la cocina, Biddy llegó a nuestra casa con una cajita moteada que contenía todos sus efectos y fue desde entonces una verdadera bendición para la casa y especialmente para Joe, pues el pobre muchacho estaba muy apenado por la constante contemplación de la ruina en que se había convertido su mujer y había tomado la costumbre, cuando la cuidaba, de volver a cada momento hacia mí para decirme con los azules ojos humedecidos por las lágrimas:

— ¡Tan hermosa como era, Pip!

Biddy se hizo cargo instantáneamente de la enferma, como si lo hubiera estudiado desde su infancia, y, así, Joe pudo gozar, en cierto modo, de la mayor tranquilidad que había entonces en su vida y hasta, de vez en cuando, concurrir a Los Tres Alegres Barqueros, lo cual era, ciertamente, beneficioso. Los policías habían sospechado bastante del pobre Joe, a pesar de que él nunca se enteró, y parece que llegaron a la conclusión de considerarle uno de los hombres más profundamente inteligentes que habían encontrado en su vida.

El primer triunfo de Biddy en su nuevo cargo fue el resolver una dificultad que a mí me había vencido por completo, a pesar de los esfuerzos que hice por evitarlo. Era lo siguiente:

Repetidas veces, mi hermana trazó en la pizarra una letra que parecía una «T» muy curiosa, y luego, con la mayor vehemencia, nos llamaba la atención como si, al dibujar aquella letra, deseara una cosa determinada. En vano traté de adivinar qué podría significar aquella letra, y mencioné los nombres de cuantas cosas empezaban por «T». Por fin imaginé que ello podía significar algo semejante a un martillo. Por consiguiente, pronuncié la palabra al oído de mi hermana, y ella empezó a golpear la mesa, como para expresar su asentimiento. En vista de eso, le presenté todos nuestros martillos, uno tras otro, pero sin éxito. Luego pensé en una muleta, puesto que su forma tenía cierta semejanza, y pedí prestada una en el pueblo para mostrársela a mí hermana, lleno de confianza. Pero al verla movió la cabeza negativamente y con tal energía que llegamos a temer, dado su precario estado, que llegase a dislocarse el cuello.

En cuanto mi hermana advirtió que Biddy la comprendía rápidamente, apareció otra vez aquel signo en la pizarra. Biddy miró muy pensativa, oyó mis explicaciones, miró a mi hermana y luego a Joe, quien siempre era representado en la pizarra por la inicial de su nombre, y corrió a la fragua seguida por Joe y por mí.

— ¡Naturalmente! — exclamó Biddy, triunfante —. ¿No lo han comprendido ustedes? ¡Es é1!

Orlick, sin duda alguna. Mi hermana había perdido su nombre y sólo podía representarlo por medio del martillo. Le explicamos nuestro deseo de que fuese a la cocina, y él, lentamente, dejó a un lado el martillo, se secó la frente con la manga, se la secó luego con el delantal y echó a andar encorvado y con las rodillas algo dobladas, cosa que le caracterizaba sobremanera.

Confieso que esperaba que mi hermana le acusara y que sentí el mayor desencanto al comprobar que no ocurría tal cosa. Ella manifestó el mayor deseo de reconciliarse con él y mostró la mayor satisfacción por tenerlo delante; además indicó que le diésemos algo que beber. Le observaba con la mayor atención, como deseosa de cerciorarse de que aceptaba de buena gana aquella acogida, y exteriorizó cuanto le fue posible el deseo de congraciarse con él, cual pudiera hacerlo un niño que quiere ponerse a bien con un maestro de mal carácter. A partir de entonces, raro era el día en que mi hermana dejaba de dibujar el martillo en la pizarra y que Orlick no apareciese andando encorvado, para permanecer un rato ante ella, como si no supiese más que yo mismo qué pensar de todo aquello.

Capítulo XVII

Rutinariamente seguí mi vida de aprendiz, que no tuvo otra variación, más allá de los límites del pueblo y de los marjales, que la llegada de mi cumpleaños y la visita que hice en tal día a la señorita Havisham. Encontré a la señorita Sara Pocket de guardia en la puerta y a la señorita Havisham tal como la había dejado. Me habló de Estella del mismo modo, si no con las mismas palabras. La entrevista duró algunos minutos, y cuando ya me marchaba me dio una guinea, recomendándome que fuese a visitarla en mi próximo cumpleaños. Puedo decir, desde luego, que esta visita se convirtió en una costumbre anual. En la primera ocasión traté de no tomar la guinea, pero ello no tuvo mejor efecto que el de hacerle preguntar si esperaba recibir algo más. Por consiguiente, tanto en aquella visita como en las sucesivas, tomé el regalo que me hacía.

Tan inmutable era la triste y vieja casa, y la amarillenta luz en las oscuras habitaciones, así como el aspecto marchito de la buena señora junto al tocador, que, muchas veces, me pregunté si al pararse los relojes se había parado también el tiempo en aquel lugar misterioso, y si mientras yo y todos los demás crecíamos y nos desarrollábamos, cuanto había en la casa permanecía siempre en el mismo estado. Jamás entraba allí la luz del día. Esto me maravillaba, y, bajo la influencia de aquella casa, continué odiando cordialmente mi oficio y también seguí avergonzado de mi propio hogar.

Sin embargo, aunque de un modo inconsciente, empecé a darme cuenta de un cambio que se realizaba en Biddy. Llevaba ya tacones en sus zapatos; su cabello crecía brillante y limpio, y sus manos jamás estaban sucias. No era hermosa; era más bien ordinaria y no se parecía en nada a Estella, pero era agradable y tenía un carácter muy dulce. Apenas hacía un año que estaba con nosotros, pues recuerdo que por entonces se había quitado el luto, cosa que me sorprendió, cuando observé, una noche, que tenía unos ojos muy reflexivos y atentos, ojos que eran lindos y de expresión bondadosa. Eso me ocurrió al levantar la cabeza de una tarea en que estaba absorto, pues me dedicaba a copiar algunos párrafos de un libro para mejorarme a mí mismo en dos aspectos a la vez, gracias a una estratagema, y entonces noté que Biddy estaba observando lo que yo hacía. Dejé a un lado la pluma, y Biddy interrumpió su labor de costura, aunque sin abandonarla.

— Oye, Biddy — le dije —. ¿Cómo te las arreglas? O yo soy muy tonto o tú muy lista.

— ¿Qué quieres decir? — contestó Biddy sonriendo.

Administraba perfectamente su vida doméstica, con la mayor habilidad; pero yo no me refería a eso, aunque ello hacía más sorprendente el hecho a que quería aludir.

— ¿Cómo te las arreglas, Biddy — repetí —, para aprender todo lo que yo aprendo y para estar siempre a la misma altura que yo?

Yo empezaba a envanecerme de mis conocimientos, porque en ellos me gastaba las guineas que recibía el día de mi cumpleaños, y al mismo objeto dedicaba también la mayor parte de mi dinero, aunque no tengo ahora ninguna duda de que lo poco que aprendía me costaba muy caro.

— También yo podría preguntarte — replicó Biddy —cómo te las arreglas tú.

— No. Porque cuando yo vuelvo de la fragua, por la noche, todos pueden verme dedicado a mis tareas y, en cambio, a ti no se te ve nunca entregada a estas ocupaciones.

— Tal vez te habré cogido como si fuese un resfriado — dijo Biddy tranquilamente y reanudando su costura.

Continuando en mi idea, mientras me reclinaba en el respaldo de mi silla de madera, miré a Biddy, que entonces cosía, con la cabeza ladeada, y empecé a considerarla una muchacha extraordinaria. En aquel momento recordé que ella conocía con igual perfección los términos de nuestro oficio, los nombres de los diferentes trabajos que realizábamos y también los de nuestras herramientas. En una palabra, todo cuanto yo sabía, Biddy lo conocía también. Y, en teoría, era tan buen herrero como yo o quizá mejor.

— Eres una de esas personas, Biddy — le dije —, que se aprovechan extraordinariamente de todas las oportunidades. Antes de venir aquí, jamás tuviste ninguna, y ahora, en cambio, mira cuánto has mejorado.

Biddy me miró un instante y continuó cosiendo.

— Yo fui tu primer maestro, ¿no es verdad? — preguntó mientras cosía.

— ¡Biddy! — exclamé asombrado —. ¿Por qué lloras?

— No lloro — contestó levantando los ojos y echándose a reír —. ¿Por qué te has figurado eso?

Si me lo figuré debióse a que sorprendí el brillo de una lágrima que caía sobre su labor. Permanecí silencioso, recordando la lamentable vida de aquella pobre muchacha hasta que la tía abuela del señor Wopsle venció con éxito la mala costumbre de vivir, de que tanto desean verse libres algunas personas. Recordé las circunstancias desagradabilísimas que habían rodeado a la pobre muchacha en la miserable tiendecilla y en la ruidosa y pobre escuela nocturna, sin contar con aquel montón de carne vieja y estúpida, a la que tenía que cuidar constantemente. Entonces reflexioné que, aun en aquellos tiempos desfavorables, debieron de existir latentes en Biddy todas las cualidades que ahora estaba desarrollando, porque en mis primeros apuros y en mi primer descontento me volví a ella en demanda de ayuda, como si fuese la cosa más natural. Biddy cosía tranquilamente y ya no derramaba lágrimas, y mientras yo la miraba y pensaba en ella y en sus cosas, se me ocurrió que tal vez no le habría demostrado bastante mi agradecimiento. Posiblemente fui demasiado reservado, y habría debido confiar más en ella, aunque, como es natural, en mis meditaciones no usé las palabras que quedan transcritas.

— Sí, Biddy — observé cuando hube terminado mi tarea —. Tú fuiste mi primer maestro, y eso en un tiempo en que ninguno de los dos podíamos soñar en estar juntos en esta cocina.

— ¡Ah, pobrecilla! — replicó Biddy —. Es una triste verdad.

Era muy propio de Biddy el mostrarse tan generosa como para transferir a mi hermana la observación que yo acababa de hacer. Inmediatamente se levantó y se ocupó en cuidarla para que estuviese más cómoda.

—Perfectamente — dije —; tendremos que hablar un poco más de eso, como solíamos hacer en otro tiempo. Y yo también te consultaré más a menudo, como hacía antes. El domingo próximo iremos a pasear por los marjales, Biddy, y así podremos tener una larga conversación.

A la sazón, mi hermana no se quedaba nunca sola; pero Joe se encargó, con mucho gusto, de cuidarla aquel domingo cuando Biddy y yo salimos juntos. Entonces corría el verano y el tiempo era espléndido. Cuando dejamos atrás el pueblo, la iglesia y el cementerio y nos encontramos en los marjales y vimos las velas de los barcos que navegaban, empecé a combinar en mis esperanzas a la señorita Havisham y a Estella, como solía. Así que llegamos a la orilla del río nos sentamos, mientras el agua se rizaba a nuestros pies, contribuyendo así a aumentar la paz y la tranquilidad del ambiente mucho más que si no hubiese habido el menor ruido. Entonces resolví que el lugar y la ocasión eran propicios para admitir a Biddy en mis confidencias más secretas.

— Biddy — le dije después de recomendarle el secreto —Deseo ser un caballero.

— No lo quisiera yo si estuviese en tu lugar — replicó —. No creo que te sea conveniente.

— Biddy — le dije con alguna severidad —, tengo razones especiales para querer ser un caballero.

—Tú sabes mejor lo que haces, Pip; pero no creo que puedas ser más feliz que ahora.

— Biddy — exclamé, impaciente —, ten en cuenta que ahora no soy feliz. Estoy disgustado con mi situación y con mi vida. Desde que me pusieron de aprendiz no me ha gustado ni la una ni la otra. No seas tonta.

— ¿Te parece que he dicho alguna tontería? — preguntó Biddy levantando las cejas —. Lo siento mucho, pues no quería decir ninguna. Tan sólo deseo que estés bien y vivas a gusto.

— Pues entonces ten en cuenta que, si sigo de esta manera, nunca estaré bien ni viviré a gusto, sino que, por el contrario, seré muy desgraciado. Eso es, Biddy, a no ser que pueda llevar una vida muy diferente a la de ahora.

— Es una lástima — dijo Biddy moviendo tristemente la cabeza.

Como yo, muchas veces, también lo había creído así en la lucha singular que siempre sostenía conmigo mismo, a punto estuve de derramar lágrimas de despecho y de dolor cuando Biddy expresó sus sentimientos y los míos propios. Le dije que tenía razón, comprendí que era lamentable, pero que no había más remedio.

— Si pudiese haberme resignado — dije a Biddy mientras arrancaba la corta hierba que estaba a mi alcance, de la misma manera como otras veces me tiraba de los cabellos, desesperado, y pateaba, irritado, contra la pared de la fábrica de cerveza —, si pudiera haberme resignado y me gustase la fragua solamente la mitad de lo que me gustaba cuando era pequeño, comprendo que eso habría sido mucho mejor para mí. Entonces ni tú, ni yo, ni Joe, habríamos necesitado nada más, y tal vez Joe y yo habríamos llegado a ser socios al terminar mi aprendizaje; yo habría continuado a tu lado y, al sentarnos un domingo en esta misma orilla, habríamos sido dos personas distintas. Entonces yo habría sido bastante bueno para ti. ¿No es verdad, Biddy?

Suspiró mientras contemplaba los barcos y me contestó:

— Sí. No soy demasiado exigente.

Eso no era muy halagüeño para mí, pero comprendí que no quería molestarme.

— En vez de eso — dije cogiendo otro puñado de hierba y masticando un tallo —, fíjate en lo que pasa. Estoy disgustado, vivo desgraciado y... Pero ¿qué importaría ser ordinario y rudo, si nadie me lo hubiese dicho?

Biddy volvió repentinamente su rostro para mirarme y me contempló con mayor atención que a los barcos que pasaban ante nosotros.

—Quien dijo eso no dijo la verdad ni dió muestras de ser muy cortés — observó fijando nuevamente la mirada en las embarcaciones—. ¿Quién te lo dijo?

Yo me quedé desconcertado al advertir que acababa de revelar mi secreto sin darme cuenta. Pero como no había manera de retroceder ya, contesté:

—Me lo dijo la linda señorita que había en casa de la señorita Havisham. Es más hermosa que nadie y la admiro extraordinariamente. Por su causa quiero llegar a ser un caballero.

Después de hacer esta confesión, propia de un lunático, empecé a arrojar al río la hierba que había arrancado, como si tuviese la idea de seguirla.

— ¿Y quieres ser un caballero para vengarte de sus insultos, o para conquistarla?—me preguntó Biddy tranquilamente después de una pausa.

— No lo sé — le contesté con tristeza.

— Porque si es para vengarte de ella — prosiguió Biddy—, creo, aunque tú sabrás mejor lo que te conviene, que lo lograrías mejor no haciendo caso de sus palabras. Pero si es para conquistarla, creo, aunque tú lo sabes mejor, que no lo merece.

Eso era exactamente lo que yo había pensado muchas veces y lo mismo que advertía muy bien en todos los momentos. Pero ¿cómo podía yo, pobre muchacho de pueblo y sin luces, evitar aquella maravillosa inconsistencia en que caen todos los días los hombres mejores y más sabios?

— Todo lo que me dices puede ser verdad — repliqué —, pero la admiro extraordinariamente.

Y al decir esto me eché al suelo de cara, mesándome el cabello por ambos lados de la cabeza, y me di tremendos tirones. Mientras tanto, conociendo el desvarío de mi loco corazón, que tan mal se había empleado, me dije que merecía golpearme la cabeza contra las piedras, por pertenecer a un idiota como yo.

Biddy era una muchacha muy juiciosa y no se esforzó en razonar más conmigo. Puso acariciadoramente su mano, suave a pesar de que el trabajo la había hecho basta, sobre las mías, una tras otra, y con dulzura las separó de mi cabello. Luego me dio algunas palmaditas en la espalda para calmarme, en tanto que yo, con la cabeza apoyada en la manga, lloraba un poco, exactamente igual como hiciera en el patio de la fábrica de cerveza, y sentí la vaga idea de que estaba muy maltratado por alguien, o por todo el mundo. No puedo precisarlo.

— Estoy contenta de una cosa — dijo Biddy —, y es de que hayas creído deber hacerme estas confidencias, Pip. Y también estoy contenta de otra cosa, y es de que puedes tener la seguridad de que guardaré este secreto y de que continuaré siendo digna de tus confidencias. Si tu primera maestra — ¡pobrecilla!, ¡tanto como necesitaba aprender ella misma! — lo fuese aún en la actualidad, cree saber cuál sería la lección que te haría estudiar. Pero sería difícil de aprender, y como ya has aventajado a tu profesora, resultaría ahora completamente inútil. — Y dando un leve suspiro por mí, Biddy se puso en pie y con voz que cambió de un modo agradable dijo —: ¿Vamos a pasear un poco más, o nos iremos a casa?

— ¡Biddy! — exclamé levantándome a mi vez, abrazando su cuello y dándole un beso —. Siempre te lo diré todo.

— Hasta que seas un caballero — replicó Biddy.

— Ya sabes que no lo seré nunca, y, por lo tanto, siempre tendrás mi confianza. No porque tenga ocasión de decirte algo, porque sabes lo mismo que yo, según te dije en casa la otra noche.

— ¡Ah! — murmuró Biddy mientras miraba las lejanas embarcaciones. Y luego volvió a cambiar el tono de su voz de un modo tan agradable como antes, repitiendo —: ¿Paseamos un poco más, o nos volvemos a casa?

Dije a Biddy que quería pasear un poco más, y así lo hicimos hasta que la tarde de verano desapareció ante el crepúsculo, que fue muy hermoso. Yo empecé a reflexionar si, en resumidas cuentas, estaba ahora situado de un modo más natural y agradable que jugando a los naipes a la luz de las bujías en la habitación de los relojes parados y siendo despreciado por Estella. Creí que lo mejor para mí sería olvidar a Estella por completo, así como los demás recuerdos y fantasías, y empezar a trabajar, decidido a que me gustara lo que tenía que hacer, aplicarme a ello y sacar el mejor partido posible. Dudé acerca de que si Estella estuviese a mi lado, en vez de Biddy, tal vez entonces me sentiría desdichado. Tuve que confesarme que estaba seguro de que sería así, y por eso no pude menos que decirme:

— ¡Qué tonto eres, Pip!

Mientras andábamos, Biddy y yo hablamos mucho, y me pareció muy razonable cuanto ella me dijo. Biddy no era nunca insolente ni caprichosa o variable; no habría sentido el más pequeño placer en darme un disgusto, y estoy seguro de que más bien se habría herido a sí misma que a mí. ¿Cómo se explicaba, pues, que yo no la prefiriese entre las dos?

—Biddy — dije cuando nos encaminábamos a casa —. Me gustaría mucho que pudieras convencerme.

— ¡Ojalá me fuese posible! — exclamó.

— Si pudiese lograr enamorarme de ti... ¿No te importa que lo hable con tanta franqueza, teniendo en cuenta que ya somos antiguos amigos?

— ¡Oh, no! — contestó Biddy —. No te preocupes por mí.

— Si pudiese lograr eso, creo que sería lo más conveniente para mí.

— Pero tú no te enamorarás nunca de mí — replicó Biddy.

Aquella tarde no me pareció eso tan imposible como si hubiésemos hablado de ello unas horas antes. Por consiguiente, observé que no estaba tan seguro de ello. Pero Biddy sí estaba segura, según dijo con acento de la mayor certidumbre. En mi corazón comprendía que tenía razón, y, sin embargo, me supo mal que estuviera tan persuadida de ello.

Cuando llegamos cerca del cementerio tuvimos que cruzar un terraplén y llegamos a un portillo cerca de una compuerta. En aquel momento surgió de la compuerta, de los juncos o del lodo (lo cual era muy propio de él) nada menos que el viejo Orlick.

— ¡Hola! — exclamó —. ¿Adónde vais?

— ¿Adónde hemos de ir, sino a casa?

— Que me maten si no os acompaño.

Tenía la costumbre de usar esta maldición contra sí mismo. Naturalmente, no le atribuía su verdadero significado, pero la usaba como su supuesto nombre de pila, sencillamente para molestar a la gente y producir una impresión de algo terrible. Cuando yo era pequeño estaba convencido de que si él me hubiese matado, lo habría hecho con la mayor crueldad.

A Biddy no le gustó que fuese con nosotros, y en voz muy baja me dijo:

—No le dejes venir. No me gusta.

Y como a mí tampoco me gustaba aquel hombre, me tomé la libertad de decirle que se lo agradecíamos, pero que no queríamos que nos acompañase. Él recibió mis palabras con una carcajada, se quedó atrás, pero echó a andar siguiéndonos, encorvado, a alguna distancia.

Sintiendo curiosidad de saber si Biddy sospechaba que él hubiese tenido participación en la agresión criminal de que mi hermana no pudo nunca darnos noticia, le pregunté por qué no le gustaba aquel hombre.

— ¡Oh! — contestó mirando hacia atrás mientras él nos seguía cabizbajo—. Porque... porque temo que yo le gusto.

— ¿Te lo ha dicho alguna vez? — pregunté, indignado.

— No — contestó Biddy mirando otra vez hacia atrás —, nunca me lo ha dicho; pero en cuanto me ve empieza a rondarme.

Aunque tal noticia era nueva para mí, no dudé de la exactitud de la interpretación de los actos y de las intenciones de Orlick. Yo estaba muy enojado porque se hubiese atrevido a admirarla, tanto como si fuese un ultraje hacia mí.

— Eso, sin embargo, no te interesa — dijo Biddy tranquilamente.

— No, Biddy, no me interesa, pero no me gusta ni lo apruebo.

— Ni a mí tampoco — dijo Biddy —, aunque a ti no te interese.

— Es verdad — repliqué —, pero debo decirte, Biddy, que tendría muy mala opinión de ti si te rondase con tu consentimiento.

A partir de aquella noche vigilé a Orlick, y en cuanto se presentaba alguna oportunidad para que pudiera rondar a Biddy, yo me apresuraba a presentarme para impedirlo. Había echado raíces en la fragua de Joe a causa del capricho que por él sentía mi hermana, pues, de lo contrario, yo habría intentado hacerle despedir. Él se daba cuenta de mis intenciones y correspondía a ellas, según tuve ocasión de saber más adelante.

Y como si mi mente no estuviera ya bastante confusa, tal confusión se complicó cincuenta mil veces más en cuanto pude advertir que Biddy era inconmensurablemente mucho mejor que Estella, y que la vida sencilla y honrada para la cual yo había nacido no debía avergonzar a nadie, sino que me ofrecía suficiente respeto por mí mismo y bastante felicidad. En aquellos tiempos estaba seguro de que mi desafecto hacia Joe y hacia la fragua había desaparecido ya y que me hallaba en muy buen camino de llegar a ser socio de Joe y de vivir en compañía de Biddy. Mas, de pronto, se aparecía en mi mente algún recuerdo maldito de los días de mis visitas a casa de la señorita Havisham y, como destructor proyectil, dispersaba a lo lejos mis sensatas ideas. Cuando éstas se diseminaban, me costaba mucho tiempo reunirlas de nuevo, y a veces, antes de lograrlo, volvían a dispersarse ante el pensamiento extraviado de que tal vez la señorita Havisham haría mi fortuna en cuanto hubiese terminado mi aprendizaje.

Si lo hubiese acabado ya, me habría quedado en lo más profundo de mis dudas, según creo. Pero no lo terminé, sin embargo, porque llegó a un fin prematuro, según se verá por lo que sigue.

Capítulo XVIII

Eso ocurrió en el cuarto año de mi aprendizaje y en la noche de un sábado. En torno del fuego de Los Tres Alegres Barqueros habíase congregado un grupo que escuchaba atento la lectura que, en voz alta, hacía el señor Wopsle del periódico. Yo formaba parte de aquel grupo.

Habíase cometido un crimen que se hizo célebre, y el señor Wopsle estaba enrojecido hasta las cejas. Se deleitaba ante cada uno de los violentos adjetivos de la descripción y se identificaba con cada uno de los testigos de la instrucción del proceso. Con voz débil y quejumbrosa decía « ¡Estoy perdido!», cuando se trataba de los últimos momentos de la víctima, y en voz salvaje gritaba: « ¡Voy a arreglarte las cuentas!», refiriéndose a las palabras pronunciadas por el asesino. Explicó el examen de los médicos forenses imitando el modo de hablar del practicante del pueblo, y habló con voz tan débil y temblorosa al repetir la declaración del guarda de la barrera que había oído golpes, de un modo tan propio de un paralítico, que llegó a inspirarnos serias dudas acerca de la cordura de aquel testigo. El coroner, en manos del señor Wopsle, se convirtió en Timón de Atenas; el alguacil, en Coriolano. Él disfrutaba lo indecible y nosotros también, aparte de que todos estábamos muy cómodos y a gusto. En aquel estado mental agradable llegamos al veredicto de «asesinato premeditado».

Entonces, y no antes, me di cuenta de que un desconocido caballero estaba apoyado en el respaldo del asiento situado frente a mí y que observaba la escena. En su rostro se advertía una expresión de desdén y se mordía el lado de su enorme dedo índice mientras observaba el grupo de rostros.

— Perfectamente — dijo el desconocido al señor Wopsle en cuanto hubo terminado la lectura —, me parece que lo ha arreglado usted todo a su gusto.

Todos se sobresaltaron y levantaron los ojos como si aquel nuevo personaje fuese el asesino. Él miró a todos fría y sarcásticamente.

— Desde luego es culpable, ¿verdad? — dijo —. ¡Vamos, dígalo!

— Caballero — replicó el señor Wopsle —, aunque no tenga el honor de conocerle a usted, puedo asegurar que ese hombre es culpable.

Al oír estas palabras, todos recobramos el valor suficiente para unirnos en un murmullo de aprobación.

—Ya sabía que opinaría usted así—dijo el desconocido—, y de ello estaba convencido de antemano. Pero ahora quiero hacerle una pregunta: ¿sabe usted o no que la ley de Inglaterra presupone que todo hombre es inocente, a no ser que se pruebe sin duda alguna que es culpable?

— Caballero — empezó a decir el señor Wopsle —, como inglés que soy, yo...

— ¡Alto! —replicó el desconocido mordiendo de nuevo su índice —. No se salga usted por la tangente. O está usted enterado de eso o lo desconoce. ¿Qué contesta?

Estaba con la cabeza inclinada a un lado, y pareció arrojar su dedo índice al señor Wopsle, como si quisiera señalarlo, antes de repetir la acción.

—Vamos, conteste—dijo—. ¿Está usted enterado de eso o no?

— Ciertamente estoy enterado — replicó el señor Wopsle.

—Lo sabe sin duda alguna. ¿Por qué no lo dijo de antemano? Ahora voy a hacerle otra pregunta — añadió tomando posesión del señor Wopsle como si tuviese algún derecho sobre él —. ¿Sabe usted ya que a ninguno de esos testigos se les ha interrogado de nuevo?

El señor Wopsle empezó a murmurar:

— Yo solamente puedo decir...

Pero el desconocido le interrumpió:

— ¿Cómo? ¿Quiere usted contestar a la pregunta o no? En fin, pruébelo otra vez — añadió señalándole de nuevo con el dedo—. Fíjese en lo que diga. ¿Está usted enterado o no de que no se han hecho repreguntas a los testigos? No quiero que me conteste más que sí o no.

El señor Wopsle vaciló, y nosotros empezamos a tener una pobre idea de él.

— Espere — añadió el desconocido —. Voy a ayudarle.

No lo merece usted, pero lo haré. Fíjese en el papel que tiene en las manos. ¿Qué es?

— ¿Qué es? — repitió el señor Wopsle mirándolo sin comprender.

— ¿Es — prosiguió el desconocido, con acento sarcástico y receloso — el periódico que acaba usted de leer?

— Lo ignoro.

—Sin duda alguna. Ahora fíjese en lo impreso y vea si expresa con claridad que el acusado dijo que sus consejeros legales le dieron instrucciones concretas para que se reservara su defensa.

— Acabo de leerlo.

— Nada importa lo que acaba usted de leer, caballero. No le pregunto qué acaba de leer. Si le da la gana, puede leer al revés el padrenuestro, y tal vez lo ha hecho usted antes de hoy. Fíjese en el periódico. No, no, amigo mío, no en lo alto de la columna. Es usted ladino. A1 final, al final. — Todos empezamos a creer que el señor Wopsle era hombre amigo de los subterfugios —. Bien. ¿Lo ha encontrado ya?

— Aquí está — dijo el señor Wopsle.

—Ahora lea usted y dígame si expresa con claridad o no que el preso dijo haber sido instruido por sus consejeros legales para que se reservara su defensa. ¿Lo ha encontrado? ¿Lo entiende claramente?

— No son éstas las palabras exactas — observó el señor Wopsle.

— ¿Que no son las palabras exactas? — repitió amargamente el caballero. —. Pero ¿es exacto el sentido?

— Sí — confesó el señor Wopsle.

— Sí — repitió el desconocido mirando alrededor de él a todos los reunidos y con la mano extendida hacia el testigo Wopsle —. Y ahora pregunto a ustedes qué me dicen de la conciencia de un hombre que, con este párrafo ante sus ojos, es capaz de dormir sobre su almohada después de haber llamado culpable a un hombre sin oírle.

Todos empezamos a sospechar que el señor Wopsle no era el hombre que habíamos creído y que ya íbamos dándonos cuenta de sus defectos.

— Y ese mismo hombre, recuérdenlo — prosiguió el caballero, señalando al señor Wopsle con su índice —, ese mismo hombre podría haber sido nombrado jurado en este juicio, y, después de pecar, volvería satisfecho al seno de su familia y apoyaría la cabeza en la almohada, eso después de jurar que examinaría lealmente el caso pendiente entre nuestro soberano, el rey, y el preso del banquillo, y que pronunciaría un veredicto justo, de acuerdo con las evidencias que se le ofrecieran, para que Dios le ayudase luego por su rectitud.

Todos estábamos profundamente persuadidos de que el desgraciado Wopsle había ido demasiado lejos, y que, siendo aún tiempo, haría mejor en detenerse en su atolondrada carrera.

El extraño caballero, con aire de autoridad indiscutible y en apariencia conocedor de algo secreto acerca de cada uno de nosotros, algo que aniquilaría a cada uno si se decidía a revelarlo, dejó el respaldo de su asiento y se situó entre los dos bancos, frente al fuego, en donde permaneció en pie. Se metió la mano izquierda en el bolsillo, en tanto que continuaba mordiendo el índice de la derecha.

—A juzgar por los informes recogidos—dijo mirando alrededor mientras lo contemplábamos acobardados —, tengo razones para creer que entre ustedes hay un herrero llamado José, o Joe, o Gargery. ¿Quién es?

—Soy yo — contestó Joe.

El extraño caballero le hizo seña de que se acercase, cosa que hizo Joe.

— ¿Tiene usted un aprendiz — prosiguió el desconocido — comúnmente llamado Pip?

— ¡Aquí estoy! — exclamé.

El caballero no me reconoció, pero yo sí recordé que era el mismo a quien encontrara en la escalera, en mi segunda visita a casa de la señorita Havisham. Le reconocí desde el primer momento en que le vi, y ahora que estaba ante él, mientras me apoyaba la mano en el hombro, volví a contemplar con detenimiento su gran cabeza, su cutis moreno, sus ojos hundidos, sus pobladas cejas, su enorme cadena de reloj, su barba y bigote espesos, aunque afeitados, y hasta el aroma de jabón perfumado en su enorme mano.

— He de tener una conversación particular con ustedes dos — dijo después de haberme examinado a su placer —. Emplearemos unos instantes tan sólo. Tal vez será mejor que nos vayamos a su casa. Prefiero no anticipar nada aquí; luego lo referirán todo o algo a sus amigos, según les parezca mejor; eso no me importa nada.

En absoluto silencio salimos de Los Tres Alegres Barqueros y, sin despegar los labios, nos dirigimos a casa. Mientras andábamos, el extraño desconocido me miraba con mucha atención y a veces se mordía el borde de su dedo índice. Cuando ya estábamos cerca de casa, Joe, creyendo que la ocasión era, en cierto modo, importante y ceremoniosa, se anticipó a nosotros para abrir la puerta. Nuestra conferencia tuvo lugar en el salón, que alumbraba débilmente una bujía.

Ello empezó sentándose el desconocido a la mesa; acercándose la bujía y consultando algunas notas en un libro de bolsillo. Luego dejó éste a un lado y miró en la penumbra a Joe y a mí, para saber dónde estábamos respectivamente.

— Mi nombre — empezó diciendo — es Jaggers, y soy abogado de Londres. Soy bastante conocido. Tengo que tratar con ustedes un asunto nada corriente, y empiezo por decir que en ello no he tornado ninguna iniciativa. Si se hubiese pedido mi consejo, es lo más probable que no estuviera aquí. No me preguntaron nada, y por eso me ven ante ustedes. Voy a limitarme a hacer lo que corresponde al que obra como agente de otro. Ni más ni menos.

Observando que no podía vernos muy bien desde donde estaba sentado, se levantó, pasó una pierna por encima del respaldo de la silla y se apoyó en ella, de manera que tenía un pie en el suelo y el otro sobre el asiento de la silla.

— Ahora, Joe Gargery — dijo —, soy portador de una oferta que le librará de ese muchacho, su aprendiz. Supongo que no tendrá usted inconveniente en anular su contrato de aprendizaje a petición suya y en su beneficio. ¿Desea usted alguna compensación por ello?

— ¡No quiera Dios que pida cosa alguna por ayudar a Pip! — exclamó Joe, muy asombrado.

— Esta exclamación es piadosa, pero de nada sirve en este caso — replicó el señor Jaggers —. La cuestión es: ¿quiere usted algo?, ¿necesita usted algo?

—A eso he de contestar — dijo Joe severamente —que no.

Me pareció que el señor Jaggers miraba a Joe como si fuera un tonto por su desinterés, pero yo estaba demasiado maravillado y curioso para que pueda tener la seguridad de ello.

— Muy bien — dijo el señor Jaggers —. Recuerde lo que acaba de prometer y no se vuelva atrás de ello.

— ¿Quién se vuelve atrás? — preguntó Joe.

— No he mencionado a nadie. No he dicho que nadie lo haga. ¿Tiene usted permiso?

— Sí, lo tengo.

— Pues recuerde usted que un perro ladrador es bueno, pero mejor aún es el que muerde y no ladra. ¿Lo recordará usted? — repitió el señor Jaggers cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia Joe, como si le excusara por algo —. Ahora, volviendo a este muchacho, he de comunicarles a ustedes que tiene un espléndido porvenir.

Joe se quedó asombrado, y él y yo nos miramos mutuamente.

— Tengo instrucciones de comunicarle — dijo el señor Jaggers señalándome con su dedo índice — que tendrá considerables bienes. Además, que el actual poseedor de esos bienes desea que abandone inmediatamente la esfera social y la casa que ocupa ahora y que se eduque como caballero. En una palabra, como persona de gran porvenir.

Habían desaparecido mis ensueños, y mi loca fantasía se había quedado rezagada ante la realidad pura; la señorita Havisham iba a hacer mi fortuna en gran escala.

— Ahora, señor Pip — prosiguió el abogado —, lo que me queda por decir va encaminado a usted por entero. Ante todo, debe usted tener en cuenta que la persona que me ha dado las instrucciones que estoy cumpliendo desea que siempre lleve usted el nombre de Pip. Me atrevo a esperar que no tendrá usted inconveniente alguno, pues su espléndido porvenir depende del cumplimiento de esta fácil condición. Pero si tiene usted algún inconveniente, ésta es la ocasión de manifestarlo.

Latía tan aprisa mi corazón y me silbaban de tal manera los oídos, que apenas pude tartamudear que no tenía ningún inconveniente.

— Ya me lo figuro — dijo el abogado —. Ahora, señor Pip, debe usted tener en cuenta que el nombre de la persona que se convierte en su bienhechor ha de quedar absolutamente secreto, hasta que esta persona crea que ha llegado la ocasión de revelarlo. Tengo autorización de esta persona para comunicarle que ella misma se lo revelará directamente, de palabra. Ignoro cuándo o dónde lo hará, pues nadie puede decirlo. Posiblemente pueden pasar varios años. Además, sepa que se le prohíbe hacer ninguna indagación ni alusión o referencia acerca de esa persona, por velada que sea la insinuación, con objeto de averiguar la personalidad de su bienhechor, en cualquiera de las comunicaciones que usted pueda dirigirme. Si en su pecho abriga usted alguna sospecha o suposición, guárdesela para sí mismo. Nada importa cuáles puedan ser las razones de semejante prohibición. Tal vez sean de extremada gravedad o consistan solamente en un capricho. Usted no ha de tratar de averiguarlo. La condición es rigurosa. Ya le he dado cuenta de esta condición. La aceptación de ella y su observancia y obediencia es lo último que me ha encargado la persona que me ha dado sus instrucciones y hacia la cual no tengo otra responsabilidad. Esta persona es la misma a quien deberá usted su espléndido porvenir, y el secreto está solamente en posesión de ella misma y de mí. Nuevamente repito que no es muy difícil de cumplir la condición que le imponen para alcanzar este mejoramiento de fortuna; pero si tiene algún inconveniente en aceptarla, no tiene más que decirlo. Hable.

Una vez más, tartamudeé con dificultad que no tenía nada que objetar.

— Me lo figuro. Ahora, señor Pip, he terminado ya la exposición de las estipulaciones.

Aunque me llamaba «señor Pip» y empezaba a demostrarme mayor consideración, aún no se había borrado de su rostro cierta expresión amenazadora; de vez en cuando cerraba los ojos y me señalaba con el dedo mientas hablaba, como si quisiera significarme que conocía muchas cosas en mi desprestigio y que, si quería, podía enumerarlas.

— Vamos ahora a tratar de los detalles de nuestro convenio. Debe usted saber que, aun cuando he usado la palabra «porvenir» más de una vez, no solamente tendrá usted porvenir. Obra ya en mis manos una cantidad de dinero más que suficiente para su educación y para su subsistencia. Me hará usted el favor de considerarme su tutor. ¡Oh! — añadió al observar que yo me disponía a darle las gracias —. De antemano le digo que me pagan por mis servicios, pues, de lo contrario, no los prestaría. Se ha decidido que será usted mejor educado, de acuerdo con su posición completamente distinta, y se cree que comprenderá usted la importancia y la necesidad de entrar inmediatamente a gozar de estas ventajas.

Dije que siempre lo había deseado.

— Nada importa lo que haya usted deseado, señor Pip — contestó —. Recuerde eso. Si lo desea ahora, ya basta. ¿Debo entender que está usted dispuesto a quedar inmediatamente al cuidado de un maestro apropiado? ¿Es así?

Yo tartamudeé que sí.

— Bien. Ahora hay que tener en cuenta sus inclinaciones. No porque lo crea necesario, fíjese, pero así me lo han ordenado. ¿Ha oído usted hablar de algún profesor a quien prefiera?

Yo no había oído hablar de otro profesor que Biddy y la tía abuela del señor Wopsle, de manera que contesté en sentido negativo.

—Hay un maestro de quien tengo algunas noticias que me parece indicado para el caso — dijo el señor Jaggers —Observe que no lo recomiendo, porque tengo la costumbre de no recomendar nunca a nadie. El caballero de quien hablo se llama señor Mateo Pocket.

¡Ah! Recordé inmediatamente aquel nombre. Era un pariente de la señorita Havisham: aquel Mateo de quien habían hablado el señor Camila y su esposa; el Mateo que debería ocupar su sitio en la cabecera mortuoria de la señorita Havisham cuando yaciera, en su traje de boda, sobre la mesa nupcial.

— ¿Conoce usted el nombre? — preguntó el señor Jaggers dirigiéndome una astuta mirada. Luego cerró los ojos, esperando mi respuesta.

Ésta fue que, efectivamente, había oído antes aquel nombre.

— ¡Oh! — exclamó —. ¿Ya ha oído usted este nombre? Pero lo que importa es qué me dice usted acerca de eso.

Dije, o traté de decir, que le estaba muy agradecido por aquella indicación...

— No, joven amigo — interrumpió, moviendo despacio la cabeza—. Fíjese bien.

Pero, sin fijarme, empecé a decir que le estaba muy agradecido por su recomendación...

— No, joven amigo — interrumpió de nuevo con el mismo ademán, frunciendo el ceño y sonriendo al mismo tiempo —, no, no, no; se explica usted bien, pero no es eso. Es usted demasiado joven para tratar de envolverme en sus palabras. Recomendación no es la palabra, señor Pip. Busque otra.

Corrigiéndome, dije que le estaba muy agradecido por haber mencionado al señor Mateo Pocket.

— Eso ya está mejor — exclamó el señor Jaggers.

— Y me pondré con gusto a las órdenes de ese caballero — añadí.

—Muy bien. Mejor será que lo haga en su propia casa. Se preparará el viaje para usted, y ante todo podrá usted ver al hijo del señor Pocket, que está en Londres. ¿Cuándo irá usted a Londres?

Yo contesté, mirando a Joe, que estaba a mi lado e inmóvil, que, según suponía, podría ir inmediatamente.

— Antes — observó el señor Jaggers — conviene que tenga usted un traje nuevo para el viaje. Este traje no ha de ser propio de trabajo. Digamos de hoy en ocho días. Necesitará usted algún dinero. ¿Le parece bien que le deje veinte guineas?

Sacó una larga bolsa, con la mayor indiferencia, contó las veinte guineas sobre la mesa y las empujó hacia mí. Entonces separó la pierna de la silla por vez primera. Se quedó sentado en ella a horcajadas en cuanto me hubo dado el dinero y empezó a balancear la bolsa mirando a Joe.

— ¡Qué, Joe Gargery! Parece que está usted aturdido.

— Sí, señor — contestó Joe con firmeza.

—Hemos convenido en que no quiere nada para sí mismo, ¿se acuerda?

— Ya estamos conformes — replicó Joe —. Y estamos y seguiremos estando conformes acerca de eso.

— ¿Y qué me diría usted — añadió el señor Jaggers —si mis instrucciones fuesen las de hacerle a usted un regalo por vía de compensación?

— ¿Compensación de qué? — preguntó Joe.

— Por la pérdida de los servicios de su aprendiz.

Joe echó la mano sobre mi hombro tan cariñosamente como hubiera hecho una madre. Muchas veces he pensado en él comparándolo a un martillo pilón que puede aplastar a un hombre o acariciar una cáscara de huevo con su combinación de fuerza y suavidad.

— De todo corazón — dijo Joe — libero a Pip de sus servicios, para que vaya a gozar del honor y de la fortuna. Pero si usted se figura que el dinero puede ser una compensación para mí por la pérdida de este niño, poco me importa la fragua, que es mi mejor amigo...

¡Mi querido y buen Joe, a quien estaba tan dispuesto a dejar y aun con tanta ingratitud, ahora te veo otra vez con tu negro y musculoso brazo ante los ojos y tu ancho pecho jadeante mientras tu voz se debilita! ¡Oh, mi querido, fiel y tierno Joe, me parece sentir aún el temblor de tu mano sobre el brazo, contacto tan solemne aquel día como si hubiera sido el roce del ala de un ángel!

Pero entonces reanimé a Joe. Yo estaba extraviado en el laberinto de mi futura fortuna y no podía volver a pasar por los senderos que ambos habíamos pisado. Rogué a Joe que se consolara, porque, según él dijo, siempre habíamos sido los mejores amigos, y añadí que seguiríamos siéndolo. Joe se frotó los ojos con el puño que tenía libre, como si quisiera arrancárselos, pero no dijo nada más.

El señor Jaggers había observado la escena como si considerase a Joe el idiota del pueblo y a mí su guardián. Cuando hubo terminado, sopesó en su mano la bolsa que ya no balanceaba y dijo:

— Ahora, Joe Gargery, le aviso a usted de que ésta es su última oportunidad. Conmigo no hay que hacer las cosas a medias. Si quiere usted aceptar el regalo que tengo el encargo de entregarle, dígalo claro y lo tendrá. Si, por el contrario, quiere decir...

Cuando pronunciaba estas palabras, con el mayor asombro por su parte, se vio detenido por la actitud de Joe, que empezó a dar vueltas alrededor de él con todas las demostraciones propias de sus intenciones pugilísticas.

— Lo que le digo — exclamó Joe — es que, si usted viene a mi casa a molestarme, puede salir inmediatamente. Y también le digo que, si es hombre, se acerque. Y lo que digo es que sostendré mis palabras mientras me sea posible.

Yo alejé a Joe, que inmediatamente se calmó, limitándose a decirme, con toda la cortesía de que era capaz y al mismo tiempo para que se enterase cualquiera a quien le interesara, que no deseaba que le molestasen en su propia casa. E1 señor Jaggers se había levantado al observar las demostraciones de Joe y fue a apoyarse en la pared, junto a la puerta. Y sin mostrar ninguna inclinación a dirigirse al centro de la estancia, expresó sus observaciones de despedida. Que fueron éstas:

— Pues bien, señor Pip, creo que cuanto antes salga usted de aquí, puesto que ha de ser un caballero, mejor será. Queda convenido en que lo hará usted de hoy en ocho días, y, mientras tanto, recibirá usted mis señas impresas. Una vez esté en Londres, podrá tomar un coche de alquiler en cualquier cochera y dirigirse a mi casa. Observe que no expreso opinión, ni en un sentido ni en otro, acerca de la misión que he aceptado. Me pagan por ello y por eso lo hago. Ahora fíjese usted en lo que acabo de decir. Fíjese mucho.

Dirigía su dedo índice a nosotros dos a la vez, y creo que habría continuado a no ser por los recelos que le inspiraba la actitud de Joe. Por eso se marchó.

Tuve una idea que me indujo a echar a correr tras él mientras se encaminaba a Los Tres Alegres Barqueros, en donde dejó un carruaje de alquiler.

— Dispénseme, señor Jaggers.

— ¡Hola! — exclamó volviéndose —. ¿Qué ocurre?

— Como deseo cumplir exactamente sus instrucciones, señor Jaggers, me parece mucho mejor preguntarle: ¿hay algún inconveniente en que me despida de una persona a quien conozco en las cercanías, antes de marcharme?

— No — dijo mirándome como si apenas me entendiese.

— No quiero decir en el pueblo solamente, sino también en la ciudad.

— No — replicó —. No hay inconveniente.

Le di las gracias y eché a correr hacia mi casa, en donde vi que Joe había cerrado ya la puerta principal, así como la del salón, y estaba sentado ante el fuego de la cocina, con una mano en cada rodilla y mirando pensativo a los ardientes carbones. Durante largo tiempo, ni él ni yo dijimos una palabra.

Mi hermana estaba en su sillón lleno de almohadones y en el rincón acostumbrado, y en cuanto a Biddy, estaba sentada, ocupada en su labor y ante el fuego. Joe se hallaba cerca de la joven, y yo junto a él, en el rincón opuesto al ocupado por mi hermana. Cuanto más miraba a los brillantes carbones, más incapaz me sentía de mirar a Joe; y cuanto más duraba el silencio, menos capaz me sentía de hablar.

Por fin exclamé:

— Joe, ¿se lo has dicho a Biddy?

— No, Pip — replicó Joe mirando aún el fuego y cogiéndose con fuerza las rodillas como si tuviese algún secreto que ellas estuviesen dispuestas a revelar—. He creído mejor que se lo dijeras tú, Pip.

— Prefiero que hables tú, Joe.

— Pues bien — dijo éste —. Pip es un caballero afortunado, y Dios le bendiga en su nuevo estado.

Biddy dejó caer su labor de costura y le miró. Joe seguía cogiéndose las rodillas y miró también. Yo devolví la mirada a ambos y, después de una pausa, los dos me felicitaron; pero en sus palabras había cierta tristeza que comprendí muy bien.

Tomé a mi cargo el indicar a Biddy, y por medio de ésta a Joe, la grave obligación que tenían mis amigos de no indagar ni decir nada acerca de la persona que acababa de hacer mi fortuna. Todo se sabría a su tiempo, observé, y, mientras tanto, no había de decirse nada, a excepción de que iba a tener un espléndido porvenir gracias a una persona misteriosa. Biddy afirmó con la cabeza, muy pensativa y mirando al fuego, mientras reanudaba el trabajo, y dijo que lo recordaría muy bien. Joe, por su parte, manteniendo aún cogidas sus rodillas, dijo:

— Yo también lo recordaré, Pip.

Luego me felicitaron otra vez, y continuaron expresando tal extrañeza de que yo me convirtiese en caballero, que eso no me gustó lo más mínimo.

Imposible decir el trabajo que le costó a Biddy tratar de dar a mi hermana alguna idea de lo sucedido. Según creo, tales esfuerzos fracasaron por completo. La enferma se echó a reír y meneó la cabeza muchas veces, y hasta, imitando a Biddy, repitió las palabras «Pip» y «riqueza». Pero dudo de que comprendiese siquiera lo que decía, lo cual da a entender que no tenía ninguna confianza en la claridad de su mente.

Nunca lo habría creído de no haberme ocurrido, pero el caso es que mientras Joe y Biddy recobraban su habitual alegría, yo me ponía cada vez más triste. Desde luego, no porque estuviera disgustado de mi fortuna; pero es posible que, aun sin saberlo, hubiese estado disgustado conmigo mismo.

Sea lo que fuere, estaba sentado con el codo apoyado en la rodilla y la cara sobre la mano, mirando al fuego mientras mis dos compañeros seguían hablando de mi marcha, de lo que harían sin mí y de todo lo referente al cambio. Y cada vez que sorprendía a uno de ellos mirándome, cosa que no hacían con tanto agrado (y me miraban con frecuencia, especialmente Biddy), me sentía ofendido igual que si expresasen alguna desconfianza en mí. Aunque bien sabe Dios que no lo dieron a entender con palabras ni con signos.

En tales ocasiones, yo me levantaba y me iba a mirar a la puerta, porque la de nuestra cocina daba al exterior de la casa y permanecía abierta durante las noches de verano para ventilar la habitación. Las estrellas hacia las cuales yo levantaba mis ojos me parecían pobres y humildes por el hecho de que brillasen sobre los rústicos objetos entre los cuales había pasado mi vida.

— E1 sábado por la noche — dije cuando nos sentamos a tomar la cena, que consistía en pan, queso y cerveza —Cinco días más y será ya el día anterior al de mi marcha. Pronto pasarán.

— Sí, Pip — observó Joe, cuya voz sonó más profunda al proyectarla dentro de su jarro de cerveza —, pronto pasarán.

— He estado pensando, Joe, que cuando el lunes vayamos a la ciudad para encargar mi nuevo traje, diré al sastre que iré a ponérmelo allí o que lo mande a casa del señor Pumblechook. Me sería muy desagradable que la gente de aquí empezase a contemplarme como un bicho raro.

—Los señores Hubble tendrían mucho gusto en verte con tu traje nuevo, Pip—dijo Joe tratando de cortar el pan y el queso sobre la palma de su mano izquierda y mirando a mi parte que yo no había tocado, como si recordase el tiempo en que teníamos costumbre de comparar nuestros respectivos bocados —. También le gustaría a Wopsle. Y en Los Tres Alegres Barqueros, todos lo considerarían una deferencia.

— Esto, precisamente, es lo que no quiero, Joe. Empezarían a charlar tanto de eso y de un modo tan ordinario, que yo mismo no podría soportarme.

— ¿De veras, Pip? — exclamó Joe —. Si no pudieras soportarte a ti mismo...

Entonces Biddy me preguntó, mientras sostenía el plato de mi hermana:

— ¿Has pensado en cuando te contemplaremos el señor Gargery, tu hermana y yo? Supongo que no tendrás inconveniente en que te veamos.

— Biddy — repliqué, algo resentido —. Eres tan vivaz, que apenas hay manera de seguirte.

— Siempre lo fue — observó Joe.

— Si hubieses esperado un instante, Biddy, me habrías oído decir que me propongo traer aquí mi traje, en un fardo, por la noche, es decir, la noche antes de mi marcha.

Biddy no dijo ya nada más. Yo la perdoné generosamente y pronto di con afecto las buenas noches a ella y a Joe y me marché a la cama. En cuanto me metí en mi cuartito, me quedé sentado y lo contemplé largo rato, considerándolo una habitacioncita muy pobre y de la que me separaría muy pronto para habitar siempre otras más elegantes. En aquella estancia estaban mis jóvenes recuerdos, y entonces también sentí la misma extraña confusión mental entre ella y las otras habitaciones mejores que iría a habitar, así como me había ocurrido muchas veces entre la forja y la casa de la señorita Havisham y entre Biddy y Estella.

Todo el día había brillado el sol sobre el tejado de mi sotabanco, y por eso estaba caluroso. Cuando abrí la ventana y me quedé mirando al exterior vi a Joe mientras, lentamente, salía a la oscuridad desde la puerta que había en la planta baja y daba algunas vueltas al aire libre; luego vi pasar a Biddy para entregarle la pipa y encendérsela. Él no solía fumar tan tarde, y esto me indicó que, por una u otra razón, necesitaba algún consuelo.

Entonces se quedó ante la puerta, inmediatamente debajo de mí, fumando la pipa, y estaba también Biddy hablando en voz baja con él. Comprendí que trataban de mí, porque pude oír varias veces que ambos pronunciaban mi nombre en tono cariñoso. Yo no habría escuchado más aunque me hubiese sido posible oír mejor, y por eso me retiré de la ventana y me senté en la silla que tenía junto a la cama, sintiéndome muy triste y raro en aquella primera noche de mi brillante fortuna, que, por extraño que parezca, era la más solitaria y desdichada que había pasado en mi vida.

Mirando hacia la abierta ventana descubrí flotando algunas ligeras columnas de humo procedentes de la pipa de Joe, cosa que me pareció una bendición por su parte, no ante mí, sino saturando el aire que ambos respirábamos. Apagué la luz y me metí en la cama, que entonces me pareció muy incómoda. Y no pude lograr en ella mi acostumbrado sueño profundo.

Capítulo XIX

La mañana trajo una diferencia considerable en mi esperanza general de la vida y la hizo tan brillante que apenas me parecía la misma. Lo que más me pesaba en mi mente era la consideración de que sólo faltaban seis días para el de mi marcha; porque no podía dejar de abrigar el recelo de que mientras tanto podía ocurrir algo en Londres y que cuando yo llegase allí el asunto estuviera estropeado o destruido por completo.

Joe y Biddy se mostraron amables y cariñosos cuando les hablé de nuestra próxima separación, pero tan sólo se refirieron a ella cuando yo lo hice. Después de desayunar, Joe sacó mi contrato de aprendizaje del armario del salón y ambos lo echamos al fuego, lo cual me dió la sensación de que ya estaba libre. Con esta novedad de mi emancipación fui a la iglesia con Joe, y pensé que si el sacerdote lo hubiese sabido todo, no habría leído el pasaje referente al hombre rico y al reino de los cielos.

Después de comer, temprano, salí solo a dar un paseo, proponiéndome despedirme cuanto antes de los marjales. Cuando pasaba junto a la iglesia, sentí (como me ocurrió durante el servicio religioso por la mañana) una compasión sublime hacia los pobres seres destinados a ir allí un domingo tras otro, durante toda su vida, para acabar por yacer oscuramente entre los verdes terraplenes. Me prometí hacer algo por ellos un día u otro, y formé el plan de ofrecerles una comida de carne asada, plum—pudding, un litro de cerveza y cuatro litros de condescendencia en beneficio de todos los habitantes del pueblo.

Antes había pensado muchas veces y con un sentimiento parecido a la vergüenza en las relaciones que sostuve con el fugitivo a quien vi cojear por aquellas tumbas. Éstas eran mis ideas en aquel domingo, pues el lugar me recordaba a aquel pobre desgraciado vestido de harapos y tembloroso, con su grillete de presidiario y su traje de tal. Mi único consuelo era decirme que aquello había ocurrido mucho tiempo atrás, que sin duda habría sido llevado a mucha distancia y que, además, estaba muerto para mí, sin contar con la posibilidad de que realmente hubiese fallecido.

Ya no más tierras bajas, no más diques y compuertas, no más ganado apacentando en la hierba. Todo eso, a pesar de su monotonía, me parecía tener ahora un aspecto mucho más respetable, y sentía la impresión de que se ofrecía a mi contemplación para que lo mirase tanto como quisiera, como posesor de tan gran porvenir. ¡Adiós, sencillas amistades de mi infancia! En adelante viviría en Londres y entre grandezas y no me dedicaría ya al oficio de herrero y en aquel sitio. Satisfecho y animoso me dirigí a la vieja Batería, y allí me tendí para pensar en si la señorita Havisham me destinaba a Estella. Así me quedé dormido.

A1 despertar me sorprendió mucho ver a Joe sentado a mi lado y fumando su pipa. Me saludó con alegre sonrisa en cuanto abrí los ojos y dijo:

— Como es por última vez, Pip, me ha parecido bien seguirte.

— Me alegro mucho de que lo hayas hecho, Joe.

— Gracias, Pip.

— Puedes estar seguro, querido Joe — añadí después de darnos la mano —, de que nunca te olvidaré.

— ¡Oh, no, Pip! —dijo Joe, persuadido—. Estoy seguro de eso. Somos viejos amigos. Lo que ocurre es que yo he necesitado algún tiempo para acostumbrarme a la idea de nuestra separación. Ha sido una cosa muy extraordinaria. ¿No es verdad?

En cierto modo, no me complacía el hecho de que Joe estuviese tan seguro de mí. Me habría gustado más advertir en él alguna emoción o que me hubiese contestado: «Eso te honra mucho, Pip», o algo por el estilo. Por consiguiente, no hice ninguna observación a la primera respuesta de Joe, y al referirme a la segunda, acerca de que la noticia llegó muy repentinamente, le dije que yo siempre deseé ser un caballero y que continuamente pensaba en lo que haría si lo fuese.

— ¿De veras? — exclamó Joe —. Es asombroso.

— Es una lástima, Joe — dije yo —, que no hayas adelantado un poco más en las lecciones que te daba. ¿No es verdad?

— No lo sé — contestó Joe —. ¡Tengo la cabeza tan dura! No soy maestro más que en mi oficio. Siempre fue una lástima mi dureza de mollera. Pero no es de sentir más ahora que el año anterior. ¿No te parece?

Lo que yo quería haber dicho era que cuando tomase posesión de mis propiedades y pudiese hacer algo en beneficio de Joe, habría sido mucho más agradable que él estuviese más instruido para mejorar de posición. Pero él ignoraba tan por completo esa intención mía, que me pareció mejor mencionarla con preferencia a Biddy.

Por eso, cuando regresamos a casa y tomamos el té, me llevé a Biddy a nuestro jardincito, situado a un lado de la calle, y después de decirle de un modo vago que no la olvidaría nunca, añadí que tenía que pedirle un favor.

— Y éste es, Biddy — continué —, que no dejarás de aprovechar ninguna oportunidad de ayudar un poco a Joe.

— ¿De qué manera? — preguntó Biddy mirándome con fijeza.

— Pues verás. Joe es un buen muchacho. En realidad, creo que es el mejor de cuantos hombres viven en la tierra, pero está muy atrasado en algunas cosas. Por ejemplo, Biddy, en su instrucción y en sus modales.

A pesar de que, mientras hablaba, yo miraba a Biddy y de que ella abrió mucho los ojos en cuanto terminé, no me miró.

— ¡Oh, sus modales! ¿Te parecen malos, entonces? — preguntó Biddy arrancando una hoja de grosella negra.

— Mi querida Biddy, sus modales están muy bien para el pueblo...

— Pues si están bien aquí... — interrumpió Biddy mirando con fijeza la hoja que tenía en la mano.

— Óyeme bien. Pero si yo pudiese poner a Joe en una esfera superior, como espero hacerlo en cuanto entre en posesión de mis propiedades, sus modales no parecerían entonces muy buenos.

— ¿Y tú crees que él sabe eso? — preguntó Biddy.

Ésta era una pregunta tan provocadora (porque jamás se me había ocurrido tal cosa), que me apresuré a replicar, con acento huraño:

— ¿Qué quieres decir, Biddy?

Ésta, después de estrujar la hoja entre las manos, y desde entonces el aroma del grosellero negro me ha recordado siempre aquella tarde en el jardín, situado al lado de la calle —, dijo:

— ¿Has tenido en cuenta que tal vez él sea orgulloso?

— ¿Orgulloso? — repetí con desdeñoso énfasis.

— ¡Oh, hay muchas clases de orgullo! — dijo Biddy mirándome con fijeza y meneando la cabeza —. No todo el orgullo es de la misma clase.

— Bien. ¿Y por qué no continúas? — pregunté.

— No es todo de la misma clase — prosiguió Biddy —. Tal vez sea demasiado orgulloso para permitir que alguien le saque del lugar que ocupa dignamente y en el cual merece el respeto general. Para decirte la verdad, creo que siente este orgullo, aunque parezca atrevimiento en mí decir tal cosa, porque sin duda tú le conoces mejor que yo.

— Te aseguro, Biddy — dije —, que me sabe muy mal que pienses así. No lo esperaba. Eres envidiosa, Biddy, y además, regañona. Lo que ocurre es que estás disgustada por el mejoramiento de mi fortuna y no puedes evitar el demostrarlo.

— Si piensas de este modo — replicó Biddy —, no tengo inconveniente en que lo digas. Repítelo si te parece bien.

— Pues si tú quieres ser así, Biddy — dije yo en tono virtuoso y superior —, no me eches a mí la culpa. Me sabe muy mal ver estas cosas, aunque comprendo que es un lado desagradable de la naturaleza humana. Lo que quería rogarte es que aprovecharas todas las pequeñas oportunidades que se presentarán después de mi marcha para mejorar a mi querido Joe. Pero después de oírte, ya no te pido nada. No sabes lo que siento haber descubierto en ti este sentimiento, Biddy — repetí — es un lado desagradable de la naturaleza humana.

— Tanto si me censuras como si me das tu aprobación — contestó la pobre Biddy —, puedes estar seguro de que siempre haré cuanto esté en mi mano. Y cualquiera que sea la opinión que te lleves de mí, eso no causará ninguna diferencia en mi recuerdo de ti. Sin embargo, un caballero no debe ser injusto — añadió Biddy volviendo la cabeza.

Yo volví a repetirle, con la mayor vehemencia, que eso era un lado malo de la naturaleza humana (cuyo sentimiento, aunque aplicándolo a distinta persona, era seguramente cierto), y me alejé de Biddy en tanto que ésta se dirigía a la casa. Me fui a la puerta del jardín y di un triste paseo hasta la hora de la cena, sintiendo nuevamente que era muy triste y raro que aquella noche, la segunda de mi brillante fortuna, me pareciese tan solitaria y desagradable como la primera.

Pero nuevamente la mañana hizo brillante mi esperanza, y extendí mi clemencia hacia Biddy, de modo que ambos abandonamos la discusión de aquel asunto. Habiéndome vestido con el mejor traje que tenía, me fui hacia la ciudad tan temprano como pude para encontrar las tiendas abiertas y me presenté al sastre señor Trabb, quien, en aquel momento, se desayunaba en la sala de la trastienda, y, no creyendo necesario salir a recibirme, me indicó que entrase.

— ¿Qué hay? — dijo el señor Trabb con tono de protección —. ¿Cómo está usted y qué desea?

E1 señor Trabb había cortado su bollo caliente en tres rebanadas y las untaba con manteca antes de ponerlas una encima de otra. Era un solterón que vivía muy bien; su abierta ventana daba a un jardincito y a un huerto muy bonitos, y en la pared, junto a la chimenea, había una magnífica caja de caudales, de hierro, y no dudé de que dentro estaba encerrada una gran cantidad de dinero en sacos.

— Señor Trabb — dije —. Me sabe muy mal hablar de eso, porque parece una fanfarronada, pero el caso es que he llegado a obtener buenas propiedades.

Se notó un cambio en el señor Trabb. Olvidó la manteca y las rebanadas del bollo, se levantó del asiento que ocupaba al lado de la cama y se limpió los dedos en el mantel, exclamando:

— ¡Dios me bendiga!

— Tengo que ir a Londres al encuentro de mi tutor — dije yo, sacando, al parecer distraídamente, algunas guineas de mi bolsillo y mirándolas luego —. Y necesito un traje elegante que ponerme. Desde luego pienso pagarlo en moneda contante y sonante — añadí pensando que, de lo contrario, no se fiaría.

— Mí querido señor — dijo el señor Trabb mientras se inclinaba respetuosamente y luego abría los brazos tomándose la libertad de tocarme ambos codos —. Haga el favor de no darme un disgusto hablando de eso. ¿Me será permitido felicitarle? ¿Quiere usted hacerme el favor de dirigirse a la tienda?

El aprendiz del señor Trabb era el más atrevido de toda la región. Cuando yo entré estaba barriendo la tienda, y endulzó esta tarea barriendo por encima de mí. Seguía entregado a la misma ocupación cuando salí a la tienda con el señor Trabb, y él entonces golpeó con la escoba todos los rincones y obstáculos posibles, con el fin de expresar, según pude comprender, su igualdad con cualquier herrero vivo o muerto.

— ¡No hagas ruido! — le gritó el señor Trabb con la mayor severidad, — o, de lo contrario, lo voy a quitar la cabeza de un manotazo. Hágame el favor de sentarse, caballero. Éste—dijo el señor Trabb bajando una pieza de tela y extendiéndola sobre el mostrador antes de meter la mano por debajo, para mostrar el brillo — es un artículo muy bueno. Puedo recomendarlo para su objeto, caballero, porque realmente es extra superior. Pero también verá otros. Dame el número cuatro, tú — añadió dirigiéndose al muchacho y mirándole de un modo amenazador, pues temía el peligro de que aquel desvergonzado me hiciera alguna trastada con la escoba a otra demostración cualquiera de familiaridad.

El señor Trabb no separó sus ojos del muchacho hasta que éste hubo dejado el género número cuatro sobre el mostrador y estuvo otra vez a una distancia prudencial. Entonces le ordenó que trajera el número cinco y el número ocho.

—Ten cuidado con hacer travesuras — añadió el señor Trabb —, porque te aseguro, sinvergüenza, que te acordarás durante toda tu vida.

El señor Trabb se inclinó entonces sobre el número cuatro y con deferente confianza me lo recomendó como artículo muy ligero para el verano, añadiendo que estaba de moda entre la nobleza y la gente de dinero. Era un artículo que él consideraría como un honor que vistiese a un distinguido ciudadano, en el supuesto de que pudiera llamarme tal.

— ¿No traes los números cinco y ocho, bandido? — dijo el señor Trabb al muchacho—. ¿O prefieres que te saque a puntapiés de la tienda y vaya a buscarlo yo mismo?

Ayudado por el buen juicio del señor Trabb, elegí la tela para un traje, y entonces volvimos al salón para tomar las medidas. Porque a pesar de que el señor Trabb ya las tenía y de que estuvo satisfecho de ellas, díjome entonces que, en las actuales circunstancias, no las consideraba convenientes. Por eso el señor Trabb me midió y me calculó en la sala como si yo fuese un terreno y él un agrimensor distinguido, y se dió a sí mismo tanto trabajo, que llegué a sentir la duda de que el precio del traje no llegaría a recompensarle sus molestias. Cuando por fin hubo terminado y convino en mandar el traje el jueves siguiente a casa del señor Pumblechook, dijo, mientras tenía la mano en el cierre de la puerta del salón:

— Comprendo, caballero, que las personas distinguidas de Londres no pueden ser parroquianos de un sastre rural, como regla general. Pero si, de vez en cuando, quisiera usted darse una vuelta por aquí en su calidad de habitante de Londres, yo quedaría profundamente agradecido. Buenos días, caballero. Estoy muy agradecido... ¡La puerta!

Estas últimas palabras fueron dirigidas al muchacho, quien no se dió cuenta de su significado. Pero le vi quedarse anonadado cuando su maestro me quitaba las pelusas de la ropa con sus propias manos, y mi primera experiencia decisiva del estupendo poder del dinero fue que, moralmente, había dominado al aprendiz de Trabb.

Después de tan memorable acontecimiento fui a casa del sombrerero, del zapatero y del vendedor de géneros de punto, extrañado de que mi equipo requiriese los servicios de tantas profesiones. También fui a la cochera y tome un asiento para las siete de la mañana del sábado. No era ya necesario explicar por doquier el cambio de mi situación; pero cuando hacía alguna alusión a ello, la consecuencia era que el menestral que estaba conmigo dejaba de fijar su atención a través de la ventana de la calle alta, para concentrar su mente en mí. Cuando hube pedido todo lo que necesitaba, dirigí mis pasos hacia la casa de Pumblechook, y cuando me acercaba al establecimiento de éste, le vi en pie ante la puerta.

Me esperaba con la mayor impaciencia. Muy temprano había salido en su carruaje, y como fue a la fragua se enteró de las noticias. Había preparado una colación para mí en el salón Barnwell, y también ordenó a su empleado salir a atenderme en cuanto pasó mi sagrada persona.

— ¡Mi querido amigo! — dijo el señor Pumblechook cogiéndome ambas manos cuando estuvimos solos y ante el refrigerio—. ¡No sabe usted cuánto me alegro de su buena fortuna! Por otra parte, es muy merecida, sí, muy merecida.

Con eso quería referirse al asunto, y yo formé muy buen concepto de su modo de expresarse.

— Y pensar... — añadió el señor Pumblechook después de dar un suspiro de admiración y de contemplarme por unos instantes —. El pensar que yo haya sido el humilde instrumento para que usted haya alcanzado eso es una recompensa que me enorgullece.

Rogué al señor Pumblechook que recordase que nada debía decirse ni insinuarse acerca de ello.

— Mi querido y joven amigo — dijo el señor Pumblechook —, supongo que me permitirá usted llamarle así...

— Ciertamente — contesté yo.

Entonces el señor Pumblechook volvió a cogerme con ambas manos y comunicó a su chaleco un movimiento en apariencia debido a la emoción, aunque aquella prenda estaba bastante caída.

—Mi querido y joven amigo, descanse usted en mí, seguro de que, en su ausencia, haré cuanto pueda para recordar este detalle a Joe. ¡Joe! — añadió el señor Pumblechook con tono de lástima.

Luego meneó la cabeza y se la golpeó significativamente, para dar a entender su opinión de que las cualidades intelectuales de mi amigo eran algo deficientes.

— Pero mi querido y joven amigo — añadió el señor Pumblechook —, debe usted de estar hambriento y cayéndose. Siéntese. Aquí hay un pollo, una lengua y otras cosillas que espero no desdeñará usted. Pero ¿es posible? — añadió el señor Pumblechook levantándose inmediatamente, después que se hubo sentado—que ante mí tenga al mismo joven a quien siempre apoyé en los tiempos de su feliz infancia. ¿Y será posible que yo pueda...?

Indudablemente se refería a su deseo de estrecharme la mano. Consentí, y él lo hizo con el mayor fervor. Luego se sentó otra vez.

— Aquí hay vino — dijo el señor Pumblechook —. Bebamos para dar gracias a la fortuna, y ojalá siempre otorgue sus favores con tanto acierto. Y, sin embargo, no puedo — dijo el señor Pumblechook levantándose otra vez — ver delante de mí a una persona y beber a su salud sin...

Le dije que hiciera lo que le pareciese mejor, y me estrechó nuevamente la mano. Luego vació su vaso y lo puso hacia abajo en cuanto estuvo vacío. Yo hice lo mismo, y si hubiese invertido la posición de mi propio cuerpo después de beber, el vino no podía haberse dirigido más directamente a mi cabeza.

El señor Pumblechook me sirvió un muslo de pollo y la mejor tajada de la lengua, y, por otra parte, pareció no cuidarse de sí mismo.

— ¡Ah, pollo, poco te figurabas — dijo el señor Pumblechook apostrofando al ave que estaba en el plato —, poco te figurabas, cuando ibas por el corral, lo que te esperaba! Poco pensaste que llegarías a servir de alimento, bajo este humilde techo, a una persona que..., tal vez sea una debilidad—añadió el señor Pumblechook poniéndose en pie otra vez —, pero ¿me permite...?

Empezaba ya a ser innecesaria mi respuesta de que podía estrecharme la mano, y por eso lo hizo en seguida, y no pude averiguar cómo logró hacerlo tantas veces sin herirse con mi cuchillo.

— Y en cuanto a su hermana—dijo después de comer por espacio de unos instantes —, la que tuvo el honor de criarle con biberón... La pobre es un espectáculo doloroso, y mucho más cuando se piensa que no está en situación de comprender este honor. ¿No le parece...?

Vi que se disponía a estrecharme la mano otra vez, y le detuve exclamando:

— Beberemos a su salud.

— ¡Ah! — exclamó el señor Pumblechook apoyándose en el respaldo de la silla y penetrado de admiración —. ¡Cuánta nobleza hay en usted, caballero!—No sé a qué caballero se refería, pero, ciertamente, no era yo, aunque no había allí otra tercera persona — ¡Cuánta nobleza hay en usted! ¡Siempre afable y siempre indulgente! Tal vez —dijo el servil Pumblechook dejando sobre la mesa su vaso lleno, en su apresuramiento para ponerse en pie —, tal vez ante una persona vulgar yo parecería pesado, pero...

En cuanto me hubo estrechado la mano, volvió a sentarse y bebió a la salud de mi hermana.

— Estaríamos ciegos — dijo entonces — si olvidásemos el mal carácter que tenía; pero hay que confesar también que sus intenciones siempre eran buenas.

Entonces empecé a observar que su rostro estaba muy encarnado, y, en cuanto a mí mismo, tenía el rostro enrojecido y me escocía.

Dije al señor Pumblechook que había dado orden de que mandasen mi traje a su casa, y él se quedó estático de admiración al ver que le distinguía de tal modo. Le expliqué mis deseos de evitar los chismes y la admiración de mi pueblo, y puso en las mismas nubes mi previsión. Expresó su convicción de que nadie más que él mismo era digno de mi confianza... y me dio la mano otra vez. Luego me preguntó tiernamente si me acordaba de nuestros juegos infantiles, cuando me proponía sumas y cómo los dos convinimos en que yo entrase de aprendiz con Joe; también hizo memoria de que él siempre fue mi preferido y mi amigo más querido. Pero, aunque yo hubiese bebido diez veces el vino que había ingerido, a pesar de eso nunca me habría convencido de que sus relaciones conmigo fueron las que aseguraba; en lo más profundo de mi corazón habría rechazado indignado aquella idea. Sin embargo, me acuerdo que llegué a convencerme de que había juzgado mal a aquel hombre, que resultaba ser práctico y bondadoso.

Por grados empezó a demostrarme tal confianza, que me pidió mi consejo con respecto a sus propios asuntos. Mencionó que nunca se había presentado una ocasión tan favorable como aquélla para acaparar el negocio de granos y semillas en su propio establecimiento, en caso de que se ampliase considerablemente. Lo único que necesitaba para alcanzar así una enorme fortuna era tener algo más de capital. Éstas fueron sus palabras: más capital. Y Pumblechook creía que este capital podría interesarlo en sus negocios un socio que no tendría nada que hacer más que pasear y examinar de vez en cuando los libros y visitarle dos veces al año para llevarse sus beneficios, a razón del cincuenta por ciento. Eso le parecía una excelente oportunidad para un joven animoso que tuviese bienes y que, por lo tanto, sería digna de fijar su atención. ¿Qué pensaba yo de eso? Él daba mucho valor a mis opiniones, y por eso me preguntaba acerca del particular. Yo le dije que esperase un poco. Esta respuesta le impresionó de tal manera que ya no me pidió permiso para estrecharme las manos, sino que dijo que tenía que hacerlo, y cumplió su deseo.

Nos bebimos todo el vino, y el señor Pumblechook me aseguró varias veces que haría cuanto estuviese en su mano para poner a Joe a la altura conveniente (aunque yo ignoraba cuál era ésta) y que me prestaría eficaces y constantes servicios (servicios cuya naturaleza yo ignoraba). También me dio a conocer, por vez primera en mi vida y ciertamente después de haber guardado su secreto de un modo maravilloso, que siempre dijo de mí: «Este muchacho se sale de lo corriente y fíjense en que su fortuna será extraordinaria.» Dijo con lacrimosa sonrisa que recordar eso era una cosa singular, y yo convine en ello. Finalmente salí al aire libre, dándome cuenta, aunque de un modo vago, de que en la conducta del sol había algo raro, y entonces me fijé en que, sin darme cuenta, había llegado a la barrera del portazgo, sin haber tenido en cuenta para nada el camino.

Me desperté al oír que me llamaba el señor Pumblechook. Estaba a alguna distancia más allá, en la calle llena de sol, y me hacía expresivos gestos para que me detuviese. Obedecí en tanto que él llegaba jadeante a mi lado.

— No, mi querido amigo — dijo en cuanto hubo recobrado bastante el aliento para poder hablar —. No será así, si puedo evitarlo. Esta ocasión no puede pasar sin esta muestra de afecto por su parte. ¿Me será permitido, como viejo amigo y como persona que le desea toda suerte de dichas...?

Nos estrechamos la mano por centésima vez por lo menos, y luego él ordenó, muy indignado, a un joven carretero que pasaba por mi lado que se apartase de mi camino. Me dio su bendición y se quedó agitando la mano hasta que yo hube pasado más allá de la revuelta del camino; entonces me dirigí a un campo, y antes de proseguir mi marcha hacia casa eché un sueñecito bajo unos matorrales.

Pocos efectos tenía que llevarme a Londres, pues la mayor parte de los que poseía no estaban de acuerdo con mi nueva posición. Pero aquella misma tarde empecé a arreglar mi equipaje y me llevé muchas cosas, aunque estaba persuadido de que no las necesitaría al día siguiente; sin embargo, todo lo hice para dar a entender que no había un momento que perder.

Así pasaron el martes, el miércoles y el jueves; el viernes por la mañana fui a casa del señor Pumblechook para ponerme el nuevo traje y hacer una visita a la señorita Havisham. El señor Pumblechook me cedió su propia habitación para que me vistiera, y entonces observé que estaba adornada con cortinas limpias y expresamente para aquel acontecimiento. El traje, como es natural, fue para mí casi un desencanto. Es probable que todo traje nuevo y muy esperado resulte, al llegar, muy por debajo de las esperanzas de quien ha de ponérselo. Pero después que me hube puesto mi traje nuevo y me estuve media hora haciendo gestos ante el pequeño espejo del señor Pumblechook, en mi inútil tentativa de verme las piernas, me pareció que me sentaba mejor. El señor Pumblechook no estaba en casa, porque se celebraba mercado en una ciudad vecina, situada a cosa de diez millas. Yo no le había dicho exactamente cuándo pensaba marcharme y no tenía ningún deseo de estrecharle otra vez la mano antes de partir. Todo marchaba como era debido, y así salí vistiendo mis nuevas galas, aunque muy avergonzado de tener que pasar por el lado del empleado de la tienda y receloso de que, en suma, mi tipo resultase algo raro, como el de Joe cuando llevaba el traje de los domingos.

Dando una gran vuelta por todas las callejuelas, me dirigí a casa de la señorita Havisham y, muy molesto por los guantes que llevaba, tiré del cordón de la campana. Acudió Sara Pocket a la puerta y retrocedió al verme tan cambiado; y hasta su rostro, de color de cáscara de nuez, dejó de ser moreno para ponerse verde y amarillo.

— ¿Tú? — exclamó —. ¿Tú? ¡Dios mío! ¿Qué quieres?

— Me voy a Londres, señorita Pocket, y quisiera despedirme de la señorita Havisham.

Como no me esperaban, me dejó encerrado en el patio mientras iba a preguntar si podía entrar. Después de pocos instantes volvió y me hizo subir, aunque sin quitarme los ojos de encima.

La señorita Havisham estaba haciendo ejercicio en la habitación que contenía la gran mesa, y se apoyaba en su muleta. La estancia estaba alumbrada como en otro tiempo. A1 oírnos entrar, la señorita Havisham se detuvo y se volvió. En aquel momento estaba frente al pastel de boda.

— No te vayas, Sara — dijo —. ¿Qué hay, Pip?

— Mañana me voy a Londres, señorita Havisham — dije poniendo el mayor cuidado en las palabras que pronunciaba —. He pensado que usted no tendría inconveniente en que viniera a despedirme.

— Tienes muy buen tipo, Pip — dijo agitando alrededor de mí su muleta, como si hubiese sido un hada madrina que, después de haberme transformado, se dispusiera a otorgarme el don final.

— Me ha sobrevenido una buena fortuna desde que la vi por última vez, señorita Havisham — murmuré —. ¡Y estoy tan agradecido por ello, señorita Havisham!

— Sí, sí — dijo mirando satisfecha a la desconcertada y envidiosa Sara —. Ya he visto al señor Jaggers. Me he enterado de eso, Pip. ¿De modo que te vas mañana?

— Sí, señorita Havisham.

— ¿Has sido adoptado por una persona rica?

— Sí, señorita Havisham.

— ¿No se ha dado a conocer?

— No, señorita Havisham.

— ¿Y el señor Jaggers es tu tutor?

— Sí, señorita Havisham.

Era evidente que se deleitaba con aquellas preguntas y respuestas y que se divertía con los celos de Sara Pocket. — Muy bien — continuó —. Se te ofrece una brillante carrera. Sé bueno, merécela y sujétate a las instrucciones del señor Jaggers —. Me miró y luego contempló a Sara, en cuyo rostro se dibujó una cruel sonrisa —. Adiós, Pip. Ya sabes que has de usar siempre tu nombre.

— Sí, señorita Havisham.

— Adiós, Pip.

Tendió la mano, y yo, arrodillándome, la llevé a mis labios. Nada había resuelto acerca del modo de despedirme de ella. Pero en aquel momento se me ocurrió tal conducta del modo más natural. Ella miro a Sara Pocket mientras sus extraños ojos expresaban el triunfo, y así me separé de mi hada madrina, quien se quedó con ambas manos apoyadas en su muleta, en el centro de la estancia, débilmente alumbrada y junto al mustio pastel de boda oculto por las telarañas.

Sara Pocket me acompañó hasta abajo, como si yo fuese un fantasma al que conviene alejar. Parecía no poder comprender mi nuevo aspecto y estaba muy confusa. Yo le dije: «Adiós, señorita Pocket», pero ella se limitó a quedarse con la mirada fija y tal vez no se dio cuenta de que le hablaba. Una vez fuera de la casa me encaminé a la de Pumblechook, me quité el traje nuevo, lo arrollé para envolverlo y regresé a mi casa con mi traje viejo, que, a decir verdad, llevaba mucho más a gusto, a pesar de ir cargado con el nuevo.

Aquellos seis días que tanto tardaron en pasar habían transcurrido por fin. Cuando las seis noches se convirtieron en cinco, en cuatro, en tres y en dos, yo me daba mejor cuenta de lo agradable que era para mí la compañía de Joe y de Biddy. La última noche me puse mi traje nuevo, para que ellos me contemplasen, y hasta la hora de acostarme estuve rodeado de su esplendor. En honor de la ocasión tuvimos cena caliente, adornada por el inevitable pollo asado, y para terminar bebimos vino con azúcar. Estábamos todos muy tristes, y ninguno siquiera fingía una alegría que no sentía.

Yo debía marcharme del pueblo a las cinco de la mañana, llevando mi maletín, y dije a Joe que quería marcharme solo. Temo y me apena mucho pensar ahora que ello se debió a mi deseo de evitar el contraste que ofreceríamos Joe y yo si íbamos los dos juntos hasta el coche. Me dije que no había nada de eso, pero cuando aquella noche me fui a mi cuartito, me vi obligado a confesarme la verdad y sentí el impulso de bajar otra vez y de rogar a Joe que me acompañase a la mañana siguiente. Pero no lo hice.

En mí agitado sueño de aquella noche no vi más que coches que se dirigían equivocadamente a otros lugares en vez de ir a Londres y entre cuyas varas había perros, gatos, cerdos y hasta hombres, pero nunca caballos. Hasta que apuntó la aurora y empezaron a cantar los pájaros no pude hacer otra cosa sino pensar en viajes fantásticamente interrumpidos. Luego me puse en pie, me vestí someramente y me senté junto a la ventana para mirar a través de ella por última vez; pero pronto me quedé dormido.

Biddy se había levantado tan temprano para prepararme el desayuno, que, a pesar de que dormí junto a la ventana por espacio de una hora, percibí el humo del fuego de la cocina y me puse en pie con la idea terrible de que había pasado ya la mañana y de que la tarde estaba avanzada. Pero mucho después de eso y de oír el ruido que abajo hacían las tazas del té, y aun después de estar vestido por completo, no me resolví a bajar, sino que me quedé en mi cuarto abriendo y cerrando mi maleta una y otra vez hasta que Biddy me gritó que ya era tarde.

Me desayuné con prisa y sin gusto alguno. Me puse en pie después de comer, y con cierta vivacidad, como si en aquel momento acabara de ocurrírseme, dije:

— Bueno, me parece que he de marcharme.

Luego besé a mi hermana, que se reía moviendo la cabeza de un lado a otro, sentada en su silla acostumbrada; besé a Biddy y rodeé con mis brazos el cuello de Joe. Hecho esto, tomé mi maletín y salí de la casa. Lo ultimo que vi de ellos fue cuando, al oír ruido a mi espalda, me volví y vi que Joe me tiraba un zapato viejo y Biddy me arrojaba otro. Entonces me detuve, agité mi sombrero y el pobre Joe movió la mano derecha por encima de su cabeza gritando con voz ronca:

— ¡Hurra!

En cuanto a Biddy, se cubrió el rostro con el delantal.

Me alejé a buen paso, observando que era más fácil marcharse de lo que había imaginado y reflexionando que no habría sido conveniente que me tiraran un zapato viejo cuando ya estuviera en el coche y a la vista de toda la calle Alta. Silbé, como dando poca importancia a mi marcha; pero el pueblo estaba muy tranquilo y apacible y la ligera niebla se levantaba solemnemente, como si quisiera mostrarme el mundo. Pensé en que allí había sido muy inocente y pequeño y que más allá todo era muy grande y desconocido; repentinamente sentí una nostalgia, y empecé a derramar lágrimas. Estaba entonces junto al poste indicador del extremo del pueblo, y puse mi mano en él diciendo:

— ¡Adiós, querido amigo mío!

Dios sabe que nunca hemos de avergonzarnos de nuestras lágrimas, porque son la lluvia que limpia el cegador polvo de la tierra que recubre nuestros corazones endurecidos. Me encontré mejor después de llorar que antes, y me sentí más triste y estuve más convencido de mi ingratitud, así como también fui desde entonces más cariñoso. Y si hubiese llorado antes, habría tenido a mi lado a mi querido Joe.

Tan amansado quedé por aquellas lágrimas y por su repetición durante el trayecto, que cuando estuve en el coche y desapareció a lo lejos la ciudad, pensé, con el corazón dolorido, en si haría bien bajando cuando cambiaran los caballos, a fin de retroceder al pueblo y pasar otra noche en casa, para poder despedirme mejor de los míos. Cuando vino el relevo aún no estaba decidido, pero me dije, para consolarme, que aún podría esperar al relevo siguiente para volver al pueblo. Y mientras estaba ocupado con estas dudas, podía imaginarme a Joe en cualquier hombre que cruzase por nuestro lado. Entonces mi corazón latía apresurado. ¡Ojalá hubiese sido él!

Cambiamos de caballos una y otra vez, y ya entonces fue demasiado tarde y lejos para retroceder, de modo que continué. La niebla se había levantado ya con solemnidad y el mundo quedaba extendido ante mis miradas.

Capítulo XX

El viaje desde nuestra ciudad a la metrópoli duró aproximadamente cinco horas. Era algo más de mediodía cuando la diligencia de cuatro caballos de la que yo era pasajero entró en la maraña de tráfico que había entre Cross Keys, Wood Street y Cheapside, en Londres.

Los britanos estábamos convencidos en aquel tiempo de que era casi una traición el dudar de que teníamos y éramos lo mejor del mundo. De otro modo, en el momento en que me dejó anonadado la inmensidad de Londres, me parece que habría tenido algunas ligeras dudas acerca de si era feo o no lo era, de calles retorcidas, estrechas y sucias.

El señor Jaggers me había mandado debidamente sus señas; vivía en Little Britain, y él había escrito luego a mano, en su tarjeta: Precisamente al salir de Smithfield y cerca de la oficina de la diligencia. Sin embargo, un cochero de alquiler, que parecía tener en su levitón tantas esclavinas como años, me metió en su coche haciendo luego tantos preparativos como si se tratase de hacer un viaje de cincuenta millas. Fue también obra de mucho tiempo su ascenso al pescante, cubierto de un paño verdoso y manchado por las inclemencias del tiempo y comido ya de polillas. Era un estupendo carruaje, adornado exteriormente por seis coronas, y detrás había numerosas agarraderas estropeadas para que se apoyasen no sé cuántos lacayos. Debajo habían puesto unas cuantas púas para contener a los lacayos por afición que se sintieran tentados de montar.

Apenas había tenido tiempo de disfrutar del coche y de decirme que se parecía mucho a un almacén de paja, aun siendo tan semejante a una trapería, o de preguntarme por qué los morrales de los caballos se guardaban dentro del coche, cuando observé que el cochero se disponía a bajar del pescante como si fuéramos a detenernos. Y, en efecto, nos paramos en una calle sombría, ante una oficina que tenía la puerta abierta y en la que estaba pintado el nombre del señor Jaggers.

— ¿Cuánto? — pregunté al cochero.

— Un chelín — contestó él —, a no ser que quiera usted dar más.

Naturalmente, le contesté que no deseaba hacer tal cosa.

— Pues entonces sea un chelín — observó el cochero —. No quiero meterme en disgustos, porque le conozco — añadió guiñando un ojo para señalar el nombre del señor Jaggers y meneando la cabeza.

Cuando hubo recibido su chelín y en el curso del tiempo alcanzó lo alto del pescante y se marchó, cosa que le pareció muy agradable, yo entré en la oficina llevando en la mano mi maletín y pregunté si estaba en casa el señor Jaggers.

— No está — contestó el empleado —. En este momento se encuentra en el Tribunal. ¿Hablo con el señor Pip?

Le signifiqué que, en efecto, hablaba con el señor Pip.

— E1 señor Jaggers dejó instrucciones de que le esperase usted en su despacho. No me aseguró cuánto tiempo estaría ausente, pues tiene un asunto en el Tribunal. Pero es razonable pensar que, como su tiempo es muy valioso, no estará fuera un momento más de lo necesario.

Dichas estas palabras, el empleado abrió una puerta y me hizo pasar a una habitación interior de la parte trasera. Allí encontramos a un caballero tuerto, que llevaba un traje de terciopelo y calzones hasta la rodilla y que se secó la nariz con la manga al verse interrumpido en la lectura de un periódico.

— Salga y espere fuera, Mike — dijo el empleado.

Yo empecé a decir que no quería interrumpir ni molestar a nadie, cuando el empleado dio un empujón a aquel caballero, con tan poca ceremonia como jamás vi usar, y, tirándole a la espalda el gorro de piel, me dejó solo.

El despacho del señor Jaggers estaba poco alumbrado por una claraboya que le daba luz cenital; era un lugar muy triste. Aquella claraboya tenía muchos parches, como si fuese una cabeza rota, y las casas contiguas parecían haberse retorcido, como si quisieran mirarme a través de ella. No había por allí tantos papeles como yo me habría imaginado; por otra parte, vi algunos objetos heterogéneos, tales como una vieja pistola muy oxidada, una espada con su vaina, varias cajas y paquetes de raro aspecto y dos espantosas mascarillas en un estante, de caras algo hinchadas y narices retorcidas. El sillón del señor Jaggers tenía un gran respaldo cubierto de piel de caballo, con clavos de adorno que le daban la apariencia de un ataúd, y tuve la ilusión de que lo veía recostarse allí mientras se mordía su dedo índice ante los clientes. La habitación era muy pequeña y, al parecer, los clientes habían contraído la costumbre de apoyarse en la pared, pues la parte opuesta al sillón del señor Jaggers estaba grasienta de tantos hombros como en ella se habían recostado. Entonces recordé que el caballero del único ojo se había apoyado también en la pared cuando fui la causa involuntaria de que lo sacaran de allí.

Me senté en la silla destinada a los clientes y situada enfrente del sillón del señor Jaggers, y me quedé fascinado por la triste atmósfera del lugar. Me pareció entonces que el pasante tenía, como el señor Jaggers, el aspecto de estar enterado de algo desagradable acerca de cuantas personas veía. Traté de adivinar cuántos empleados habría, además, en el piso superior, y si éstos pretenderían poseer el mismo don en perjuicio de sus semejantes. Habría sido muy curioso conocer la historia de todos los objetos en desorden que había en la estancia y cómo llegaron a ella; también me pregunté si los dos rostros hinchados serían de individuos de la familia del señor Jaggers y si era tan desgraciado como para tener a un par de parientes de tan mal aspecto; por qué los había colgado allí para morada de las moscas y de los escarabajos, en vez de llevárselos a su casa e instalarlos allí. Naturalmente, yo no tenía experiencia alguna acerca de un día de verano en Londres, y tal vez mi ánimo estaba deprimido por el aire cálido y enrarecido y por el polvo y la arena que lo cubrían todo. Pero permanecí pensativo y preguntándome muchas cosas en el despacho del señor Jaggers, hasta que ya me fue imposible soportar por más tiempo las dos mascarillas colgadas encima del sillón y, levantándome, salí.

Cuando dije al empleado que iba a salir a dar una vuelta al aire libre para esperar, me aconsejó que me dirigiese hacia la esquina, y así llegaría a Smithfield. Así, pues, fui a Smithfield, y aquel lugar, sucio, lleno de inmundicia, de grasa, de sangre y de espuma, me desagradó sobremanera. Por eso me alejé cuanto antes y me metí en una callejuela, desde la que vi la cúpula de San Pablo sobresaliendo de un edificio de piedra que alguien que estaba a mi lado dijo que era la cárcel de Newgate. Siguiendo el muro de la prisión observé que el arroyo estaba cubierto de paja, para apagar el ruido de los vehículos, y a juzgar por este detalle y por el gran número de gente que había por allí oliendo a licores y a cerveza deduje que se estaba celebrando un juicio.

Al mirar alrededor de mí, un ministro de la justicia, muy sucio y bastante bebido, me preguntó si me gustaría entrar y presenciar un juicio; me informó, al mismo tiempo, que podría darme un asiento en primera fila a cambio de media corona y que desde allí vería perfectamente al presidente del tribunal, con su peluca y su toga. Mencionó a tan temible personaje como si fuese una figura de cera curiosa y me ofreció luego el precio reducido de dieciocho peniques. Como yo rehusara la oferta, con la excusa de que tenía una cita, fue lo bastante amable para hacerme entrar en un patio a fin de que pudiera ver dónde se guardaba la horca y también el lugar en que se azotaba públicamente a los condenados. Luego me enseñó la puerta de los deudores, por la que salían los condenados para ser ahorcados, y realzó el interés que ofrecía tan temible puerta, dándome a entender que «cuatro de ellos saldrían por aquella puerta pasado mañana, para ser ajusticiados en fila». Eso era horrible y me dio muy mala idea de Londres: mucho más al observar que el propietario de aquella figura de cera que representaba al presidente del tribunal llevaba, desde su sombrero hasta sus botas, incluso su pañuelo, un traje roído de polillas, que no le había pertenecido siempre, sino que me figuré que lo habría comprado barato al ejecutor de la justicia. En tales circunstancias me pareció barato librarme de él gracias a un chelín que le di.

Volví al despacho para preguntar si había vuelto el señor Jaggers, y me dijeron que no, razón por la cual volví a salir. Aquella vez me fui a dar una vuelta por Little Britain, y me metí en Bartolomew Close; entonces observé que había otras personas esperando al señor Jaggers, como yo mismo. En Bartolomew Close había dos hombres de aspecto reservado y que, muy pensativos, metían los pies en los huecos del pavimento mientras hablaban. Uno de ellos dijo al otro, cuando yo pasaba por su lado, que «Jaggers lo haría si fuera preciso hacerlo». En un rincón había un grupo de tres hombres y dos mujeres, una de las cuales lloraba sobre su sucio chal y la otra la consolaba diciéndole, mientras le ponía su propio chal sobre los hombros: «Jaggers está a favor de él; le ayuda, Melia. ¿Qué más quieres?» Había un judío pequeñito, de ojos rojizos, que entró en Bartolomew Close mientras yo esperaba, en compañía de otro judío, también de corta estatura, a quien mandó a hacer un recado; cuando se marchó el mensajero, observé al judío, hombre de temperamento muy excitable, que casi bailaba de ansiedad bajo el poste de un farol y decía al mismo tiempo, como si estuviera loco: « ¡Oh Jaggers! ¡Solamente éste es el bueno! ¡Todos los demás no valen nada!» Estas pruebas de la popularidad de mi tutor me causaron enorme impresión y me quedé más admirado que nunca.

Por fin, mientras miraba a través de la verja de hierro, desde Bartolomew Close hacia Little Britain, vi que el señor Jaggers atravesaba la calle en dirección a mí. Todos los que esperaban le vieron al mismo tiempo y todos se precipitaron hacia él. El señor Jaggers, poniéndome una mano en el hombro y haciéndome marchar a su lado, sin decirme una palabra, se dirigió a los que le seguían. Primero habló a los dos hombres de aspecto reservado.

— Nada tengo que decirles — exclamó el señor Jaggers, señalándolos con su índice —. No tengo necesidad de saber más de lo que sé. En cuanto al resultado, es incierto. ¿Han pagado ustedes a Wemmick?

— Le mandamos el dinero esta misma mañana, señor —dijo humildemente uno de ellos, mientras el otro observaba con atención el rostro del señor Jaggers.

— No pregunto cuándo lo han mandado ustedes ni dónde, así como tampoco si lo han mandado. ¿Lo ha recibido Wemmick?

— Sí, señor — contestaron los dos a la vez.

— Perfectamente; pueden marcharse. No quiero saber nada más — añadió el señor Jaggers moviendo la mano para indicarles que se situaran tras él —. Si me dicen una sola palabra más, abandono el asunto.

— Pensábamos, señor Jaggers... — empezó a decir uno de ellos, descubriéndose.

— Esto es precisamente lo que les recomendé no hacer —dijo el señor Jaggers —. ¡Han pensado ustedes! Ya pienso yo por ustedes, y esto ha de bastarles. Si los necesito, ya sé dónde puedo hallarlos; no quiero que vengan a mi encuentro. No, no quiero escuchar una palabra más.

De pronto, deteniéndose ante las dos mujeres de los chales, de quienes se habían separado humildemente los tres hombres, preguntó el señor Jaggers:

— ¿Es usted Amelia?

— Sí, señor Jaggers.

— ¿Ya no se acuerda usted de que, a no ser por mí, no podría estar aquí?

— ¡Oh, sí, señor! — exclamaron ambas a la vez—. ¡Dios le bendiga! Lo sabemos muy bien.

— Entonces — preguntó el señor Jaggers —, ¿para qué han venido?

— ¡Mi Bill, señor! —dijo, suplicante, la mujer que había estado llorando.

— Sepan de una vez — exclamó el señor Jaggers — que su Bill está en buenas manos. Y si vienen a molestarme a causa de su Bill, voy a dar un escarmiento abandonándole. ¿Han pagado ustedes a Wemmick?

— ¡Oh, sí, señor! Hasta el último penique.

— Perfectamente. Entonces han hecho cuanto tenían que hacer. Digan nada más otra palabra, una sola, y Wemmick les devolverá el dinero.

Tan terrible amenaza dejó anonadadas a las dos mujeres. Ya no quedaba nadie más que el excitable judío, quien varias veces se llevó a los labios los faldones de la levita del señor Jaggers.

— No conozco a este hombre — dijo el señor Jaggers con el mayor desdén —. ¿Qué quiere este sujeto?

— ¡Mi querido señor Jaggers! Soy el hermano de Abraham Lázaro.

— ¿Quién es?— preguntó el señor Jaggers —. ¡Suélteme usted la levita!

El solicitante, besando el borde de la levita antes de dejarla, replicó:

—Abraham Lázaro, sospechoso en el asunto de la plata.

— Ha venido usted demasiado tarde — dijo el señor Jaggers —. He dejado ya este asunto.

— ¡Dios de Abraham! ¡Señor Jaggers! — exclamó el excitable hombrecillo, palideciendo de un modo extraordinario —. No me diga usted que va contra el pobre Abraham Lázaro.

— Sí — contestó el señor Jaggers —. Y ya no hay nada más que hablar. ¡Salga inmediatamente!

— ¡Señor Jaggers! ¡Medio momento! Mi propio primo ha ido a ver al señor Wemmick en este instante para ofrecerle lo que quiera. ¡Señor Jaggers! ¡Atiéndame la cuarta parte de la mitad de un momento! ¡Si ha tenido usted la condescendencia de dejarse comprar por la otra parte... a un precio superior..., el dinero no importa. ¡Señor Jaggers..., señor...!

Mi tutor echó a un lado al suplicante con la mayor indiferencia y le dejó bailando en el pavimento como si éste estuviera al rojo. Sin ser objeto de ninguna otra interrupción llegamos al despacho de la parte delantera, en donde hallamos al empleado y al hombre vestido de terciopelo y con el gorro de piel.

— Aquí está Mike — dijo el empleado abandonando su taburete y acercándose confidencialmente al señor Jaggers.

— ¡Oh! — dijo éste volviéndose al hombre, que se llevaba un mechón de cabello al centro de la cabeza —. Su hombre llegará esta tarde. ¿Qué más?

— Pues bien, señor Jaggers — replicó Mike con voz propia de un catarroso crónico —, después de mucho trabajo he encontrado a uno que me parece que servirá.

— ¿Qué está dispuesto a jurar?

— Pues bien, señor Jaggers — dijo Mike limpiándose la nariz con la gorra —, en general, cualquier cosa.

De pronto, el señor Jaggers se encolerizó.

— Ya le había avisado — dijo señalando con el índice a su aterrado cliente—que si se proponía hablar aquí de este modo, haría en usted un escarmiento ejemplar. ¡Maldito sinvergüenza! ¿Cómo se atreve a hablarme así?

El cliente pareció asustado, pero también extrañado, como si no comprendiese qué había hecho.

— ¡Animal! — dijo el dependiente en voz baja, dándole un codazo —. ¡Estúpido! ¿No te podías callar eso?

— Ahora le pregunto, estúpido — dijo severamente mi tutor —, y esto por última vez: ¿qué está dispuesto a jurar el hombre a quien ha traído aquí?

Mike miró a mi tutor como si por la contemplación de su rostro pudiese averiguar lo que había de contestar, y lentamente replicó:

— Lo que sea necesario o el haber estado en su compañía sin dejarle un instante la noche en cuestión.

— Ahora tenga cuidado. ¿Qué posición es la de este hombre?

Mike se miró el gorro; luego dirigió los ojos al suelo, al techo, al empleado y también a mí, antes de contestar nerviosamente:

— Pues le hemos vestido como...

Pero en aquel momento mi tutor estalló:

— ¡Cómo!

— ¡Animal! — repitió el empleado, dándole otro codazo.

Después de mirar unos instantes alrededor de él, en busca de inspiración, se animó el rostro de Mike, que empezó a decir:

— Está vestido como un respetable pastelero.

— ¿Está aquí? — preguntó mi tutor.

— Le dejé — contestó Mike — sentado en los escalones de una escalera al volver la esquina.

— Hágale pasar por delante de esta ventana para que yo le vea.

La ventana indicada era la de la oficina. Los tres nos acercamos a ella, mirando a través del enrejado de alambre, y pronto vimos al cliente paseando en compañía de un tipo alto, con cara de asesino, vestido de blanco y con un gorro de papel. El inocente confitero no estaba sereno, y uno de sus ojos, no ya amoratado, sino verdoso, en vías de curación, había sido pintado para disimular la contusión.

— Dígale que se lleve cuanto antes a ese testigo — dijo, muy disgustado, mi tutor al empleado que tenía a su lado—, y pregúntele por qué se ha atrevido a traer a semejante tipo.

Entonces mi tutor me llevó a su propio despacho, y mientras tomaba el lunch en pie, comiéndose unos sandwichs que había en una caja y bebiendo algunos tragos de jerez de un frasco de bolsillo (y parecía estar muy irritado con el sandwich mientras se lo comía), me informó de las disposiciones que había tomado con respecto a mí. Debía dirigirme a la Posada de Barnard, a las habitaciones del señor Pocket, hijo, en donde permanecería hasta el lunes; en dicho día tendría que ir con aquel joven a casa de su padre, a fin de hacer una visita y para ver si me gustaba. También me comunicó que mi pensión sería... — en realidad, era muy generosa —. Luego sacó de un cajón, para entregármelas, algunas tarjetas de ciertos industriales con quienes debería tratar lo referente a mis trajes y otras cosas que pudiera necesitar razonablemente.

— Observará usted que tiene crédito, señor Pip — dijo mi tutor, cuyo frasco de jerez olía como si fuese una pipa llena, cuando, con la mayor prisa, se bebió unos tragos —, pero de esta manera podré comprobar sus gastos y advertirle en caso de que se exceda. Desde luego, cometerá usted alguna falta, pero en eso no tengo culpa alguna.

Después que hube reflexionado unos instantes acerca de estas palabras poco alentadoras, pregunté al señor Jaggers si podría mandar en busca de un coche. Me contestó que no valía la pena, pues la posada estaba muy cerca, y que, si no tenía inconveniente, Wemmick me acompañaría.

Entonces averigüé que Wemmick era el empleado que estaba en la vecina habitación. Otro bajó desde el piso superior para ocupar su sitio mientras estuviese ausente, y yo salí con Wemmick a la calle después de estrechar la mano de mi tutor. Encontramos a muchas personas que aguardaban ante la casa, pero Wemmick se abrió paso entre ellas advirtiéndoles fría y resueltamente:

— Les digo que es inútil; no querrá hablar ni una sola palabra con ninguno de ustedes.

Así nos libramos de ellos y echamos a andar uno al lado de otro.

Capítulo XXI

Fijando los ojos en el señor Wemmick, mientras íbamos andando, para observar su apariencia a la luz del día, vi que era un hombre seco, de estatura algo baja, con cara cuadrada que parecía de madera y de expresión tal como si hubiese sido tallada con una gubia poco afilada. Había en aquel rostro algunas señales que podrían haber sido hoyuelos si el material hubiese sido más blando o la herramienta más cortante, pero tal como aparecían no eran más que mellas. El cincel hizo dos o tres tentativas para embellecer su nariz, pero la abandonó sin esforzarse en pulirla. Por el mal estado de su ropa blanca lo juzgué soltero, y parecía haber sufrido numerosas pérdidas familiares, porque llevaba varias sortijas negras, además de un broche que representaba a una señora junto a un sauce llorón y a una tumba en la que había una urna. También me fijé en las sortijas y en los sellos que colgaban de la cadena de su reloj, como si estuviese cargada de recuerdos de amigos desaparecidos. Tenía los ojos brillantes, pequeños, agudos y negros, y labios delgados y moteados. Contaría entonces, según me parece, de cuarenta a cincuenta años.

— ¿De manera que nunca había estado usted en Londres? — me preguntó el señor Wemmick.

— No — le contesté.

— En un tiempo, yo también fui nuevo aquí — dijo él —Me parece raro que fuese así.

— De manera que ahora lo conocerá usted perfectamente.

— Ya lo creo — contestó el señor Wemmick —. Conozco los sentimientos de la ciudad.

— ¿No es un lugar muy malo? — pregunté, más por decir algo que por el deseo de informarme.

— En Londres le pueden timar, robar y asesinar a uno. Pero hay en todas partes mucha gente dispuesta a ser víctimas de eso.

— Eso en caso de que exista alguna animosidad entre uno mismo y los malhechores — dije para suavizar algo el peligro.

— ¡Oh, no sé nada de animosidades! — replicó el señor Wemmick —. No hay necesidad de que exista tal cosa. Sencillamente, hacen esas fechorías si gracias a ellas pueden quedarse con algo de valor.

— Eso empeora el caso.

— ¿Lo cree usted? — preguntó el señor Wemmick —. Me parece que es casi lo mismo.

Llevaba el sombrero echado hacia atrás y miraba en línea recta ante él. Andaba como si nada en la calle fuese capaz de llamarle la atención. Su boca se parecía a un buzón de correos y tenía un aspecto maquinal de que sonreía, y llegamos a lo alto de la colina de Holborn antes de que yo me diese cuenta de este detalle y de que, realmente, no sonreía.

— ¿Sabe usted dónde vive el señor Pocket? — pregunté al señor Wemmick.

— Sí — contestó señalando con un movimiento de la cabeza la dirección en que se hallaba la casa —. En Hammersmith, al oeste de Londres.

— ¿Está lejos?

— Ya lo creo. A cosa de unas cinco millas.

— ¿Le conoce usted?

— ¡Caramba! ¡Es usted un maestro en hacer preguntas! — exclamó el señor Wemmick mirándome con aire de aprobación —. Sí, le conozco. Le conozco.

En el tono de sus palabras se adivinaba una tolerancia o desdén que me causó mal efecto; yo continuaba con la cabeza ladeada, mirando al bloque que constituía su rostro, en busca de alguna ilustración alentadora para el texto, cuando anunció que estábamos en la Posada de Barnard. Mi depresión no desapareció al oír estas palabras, porque me había imaginado que aquel establecimiento sería un hotel, propiedad de un señor Barnard, en comparación con el cual el Jabalí Azul de nuestro pueblo no sería más que una taberna. Pero, en cambio de eso, pude observar que Barnard era un espíritu sin cuerpo o una ficción, y su Posada, la colección más sucia de construcciones míseras que jamás se vieron apretadas una por otra en un fétido rincón, como si fuera un lugar de reunión para los gatos.

Entramos por un portillo en aquel asilo y fuimos a parar por un pasillo a un espacio cuadrado y muy triste que me pareció un cementerio. Observé que allí había los más tristes árboles, los gorriones más melancólicos, los más lúgubres gatos y las más afligidas casas (en número de media docena, más o menos) que jamás había visto en la vida. Me pareció que las series de ventanas de las habitaciones en que estaban divididas las casas se hallaban en todos los estados posibles de decadencia de persianas y cortinas, de inservibles macetas, de vidrios rotos, de marchites llena de polvo y de miserables recursos para tapar sus agujeros. En cada una de las habitaciones desalquiladas, que eran bastantes, se veían letreros que decían: «Por alquilar», y eso me daba casi la impresión de que allí ya no iban más que desgraciados y que la venganza del alma de Barnard se había aplacado lentamente con el suicidio gradual de los actuales huéspedes y su inhumación laica bajo la arena. Unos sucios velos de hollín y de humo adornaban aquella abandonada creación de Barnard, y habían esparcido abundante ceniza sobre su cabeza, que sufría castigo y humillación como si no fuese más que un depósito de polvo. Eso por lo que respecta a mi sentido de la vista, en tanto que la podredumbre húmeda y seca y cuanta se produce en los desvanes y en los sótanos abandonados—podredumbre de ratas y ratones, de chinches y de cuadras, que, por lo demás, estaban muy cerca —, todo eso molestaba grandemente mi olfato y parecía recomendarme con acento quejumbroso: «Pruebe la mixtura de Barnard.»

Tan deficiente era esta realización de la primera cosa que veía relacionada con mi gran porvenir, que miré con tristeza al señor Wemmick.

— ¡Ah!— dijo éste sin comprenderme—, este lugar le recuerda el campo. Lo mismo me pasa a mí.

Me llevó a un rincón y me hizo subir un tramo de escalera que, según me pareció, iba muriendo lentamente al convertirse en aserrín, de manera que, muy poco después, los huéspedes de los pisos altos saldrían a las puertas de sus habitaciones observando que ya no tenían medios de bajar a la calle, y así llegamos a una serie de habitaciones situadas en el último piso. En la puerta había un letrero pintado, que decía: «SEÑOR POCKET, HIJO», y en la ranura del buzón estaba colgada una etiqueta en la que se leía: «Volverá en breve».

— Seguramente no se figuraba que usted vendría tan pronto — explicó el señor Wemmick —. ¿Me necesita todavía?

— No; muchas gracias — le dije.

— Como soy encargado de la caja — observó el señor Wemmick —, tendremos frecuentes ocasiones de vernos. Buenos días.

—Buenos días.

Tendí la mano, y el señor Wemmick la miró, al principio, como figurándose que necesitaba algo. Luego me miró y, corrigiéndose, dijo:

— ¡Claro! Sí, señor. ¿Tiene usted la costumbre de dar la mano?

Yo me quedé algo confuso, creyendo que aquello ya no sería moda en Londres, y le contesté afirmativamente.

— Yo he perdido ya la costumbre de tal manera... — dijo el señor Wemmick —, exceptuando cuando me despido en definitiva de alguien. Celebro mucho haberle conocido. Buenos días.

Cuando nos hubimos dado la mano y él se marchó, abrí la ventana de la escalera y a punto estuve de quedar decapitado, porque, como no ajustaba bien, bajó la vidriera como la cuchilla de la guillotina. Felizmente, no acabé de sacar la cabeza. Después de esta salvación milagrosa, me contenté con gozar de una vista brumosa de la posada a través del polvo y la suciedad que cubrían el vidrio, y me quedé mirando tristemente al exterior, diciéndome a mí mismo que, sin duda alguna, Londres no estaba a la altura de su fama.

La idea que el señor Pocket, hijo, volvería «en breve» no era la mía sin duda alguna, porque había estado mirando hacia fuera por espacio de media hora y pude escribir varias veces mi nombre con el dedo en la suciedad de cada uno de los vidrios de la ventana antes de que oyese pasos en la escalera. Gradualmente se me aparecieron el sombrero, la cabeza, el cuello de la camisa, el chaleco, los pantalones y las botas de un miembro de la sociedad de poco más o menos mi edad. Llevaba una bolsa de papel debajo de cada brazo, en una mano un cesto con fresas, y estaba sin aliento.

— ¿El señor Pip? — preguntó.

— ¿El señor Pocket? — le contesté.

— ¡Dios mío! — exclamó —. Lo siento muchísimo, pero me dijeron que llegaba un coche desde su pueblo a cosa de mediodía, y me figuré que vendría usted en él. El hecho es que acabo de salir por su causa, no porque eso sea una excusa, sino porque me dije que a su llegada del campo le gustaría poder tomar un poco de fruta después de comer, y por eso fui al mercado de Covent Garden para comprarla buena.

Por una razón que yo me sabía, parecíame como si los ojos se me quisieran saltar de las órbitas. De un modo incoherente le di las gracias por su atención y empecé a figurarme que soñaba.

— ¡Caramba! — exclamó el señor Pocket, hijo —. Esta puerta se agarra de un modo extraordinario.

Mientras luchaba contra la puerta estaba convirtiendo la fruta en pasta, pues continuaban debajo de sus brazos las bolsas de papel. Por eso le rogué que me lo entregase todo. Lo hizo así con agradable sonrisa y empezó a luchar con la puerta como si ésta fuese una fiera. Por fin se rindió de un modo tan repentino que él vino a chocar contra mí, y yo, retrocediendo, fui a dar contra la puerta opuesta, y ambos nos echamos a reír. Pero aún me parecía que se me iban a saltar los ojos y como si estuviera soñando.

— Haga el favor de entrar—dijo el señor Pocket, hijo—. Permítame que le enseñe el camino. Dispongo aquí de pocas comodidades, mas espero que lo pasará usted de un modo tolerable hasta el lunes. Mi padre creyó que pasaría usted el día de mañana mejor conmigo que con él y que le gustar ir tal vez dar un paseo por Londres. Por mi parte, me será muy agradable mostrarle la capital. En cuanto a nuestra mesa, creo que no la encontrará mal provista, porque nos servirán desde el café inmediato, y he de añadir que ello será a las expensas de usted, porque tales son las instrucciones recibidas del señor Jaggers. En cuanto a nuestro alojamiento, no es espléndido en manera alguna, porque yo he de ganarme el pan y mi padre no tiene nada que darme, aunque yo no lo tomaría en el caso de que lo tuviese. Ésta es nuestra sala, que contiene las sillas, las mesas, la alfombra y lo demás que he podido traerme de mi casa. No debe usted figurarse que el mantel, las cucharas y las vinagreras son míos, porque los han mandado para usted desde el café. Éste es mi pequeño dormitorio; un poco mohoso, pero hay que tener en cuenta que Barnard también lo es. Éste es el dormitorio de usted. Se han alquilado los muebles para esta ocasión, más espero que le parezcan convenientes para el objeto; si necesita algo, iré a buscarlo. Estas habitaciones están algo retiradas y, por lo tanto, estaremos solos; pero me atrevo a esperar que no nos pelearemos. ¡Dios mío!, perdóneme. No me había dado cuenta de que sigue usted sosteniendo la fruta. Déjeme que le tome estas bolsas. Estoy casi avergonzado.

Mientras yo estaba frente al señor Pocket, hijo, entregándole las bolsas de papel, observé que en sus ojos aparecía la misma expresión de asombro que había en los míos y retrocedió exclamando:

— ¡Dios mío! ¡Es usted aquel muchacho!

- Y usted — dije yo — es el joven caballero pálido.

Capítulo XXII

El joven caballero pálido y yo nos quedamos contemplándonos mutuamente en la Posada de Barnard hasta que ambos nos echamos a reír a carcajadas.

— ¿Quién se iba a figurar que sería usted? — exclamó.

— ¿Y cómo podía imaginarme que fuese usted? — dije yo a mi vez.

Luego nos contemplamos otra vez y de nuevo nos echamos a reír.

— Perfectamente — dijo el joven caballero pálido, ofreciéndome afablemente la mano — Espero que considerará usted terminado el asunto y que me perdonará magnánimamente los golpes que le di aquel día.

Por estas palabras comprendí que el señor Herbert Pocket, porque así se llamaba el joven, seguía confundiendo su intención con la realidad. Pero yo contesté modestamente y nos estrechamos las manos con afecto.

— Supongo que entonces no había usted empezado a gozar de su buena fortuna — dijo Herbert Pocket.

— No — le contesté.

— Tiene usted razón — confirmó él —. Me he enterado de que eso ocurrió hace muy poco tiempo. Entonces yo estaba buscando mi fortuna.

— ¿De veras?

—Así es. La señorita Havisham me hizo llamar para ver si podía aficionarse a mí, mas parece que no pudo... En fin, que no lo hizo.

A mí me pareció cortés observar que ello me sorprendía mucho.

— Dio pruebas de mal gusto — exclamó Herbert riéndose, — pero así fue. Sí, me hizo llamar para que le hiciese una visita de prueba, y me parece que si el resultado hubiese sido satisfactorio, habría alcanzado algo; tal vez pudiera haber sido... — e hizo una pausa — eso... para Estella.

— ¿Qué es eso? — pregunté con repentina seriedad.

Él estaba poniendo la fruta en unos platos mientras hablábamos, y como su atención estaba dividida, ésta fue la causa de que no encontrase la palabra conveniente.

— Prometido — explicó ocupado aún con la fruta —. ¿No se llama así? ¿No es ésta la palabra?

— ¿Y cómo soportó usted su desencanto? — pregunté.

— ¡Bah! — me contestó —. No me importa mucho. Es una tártara.

— ¿La señorita Havisham?

— Tal vez ella también. Pero me refiero a Estella. Esta muchacha es dura, altanera y caprichosa en sumo grado, y la señorita Havisham la ha educado para que la vengue en los representantes del sexo masculino.

— ¿Qué parentesco tiene con la señorita Havisham?

— Ninguno — dijo —. Es solamente una muchacha adoptada.

— ¿Por qué debe vengarse del sexo masculino? ¿Qué venganza es ésta?'

— ¡Caramba, señor Pip!—exclamó—. ¿No lo sabe usted?

— No — contesté.

— ¡Dios mío! Es una historia que le referiré durante la comida. Ahora permítame que le dirija una pregunta: ¿cómo fue usted allí aquel día?

Se lo dije y me escuchó muy atento hasta que hube terminado. Luego se echó a reír otra vez y me preguntó si luego estuve dolorido. Yo no le pregunté a mi vez semejante cosa, porque mi convicción estaba ya perfectamente establecida acerca del particular.

— Según tengo entendido, el señor Jaggers es su tutor.

— Sí.

— ¿Ya sabe usted que es el abogado y el hombre de negocios de la señorita Havisham y que es el único que goza de su confianza?

Comprendí que esta observación me situaba en un terreno peligroso. Y con reserva, que no traté de disimular, contesté que había visto al señor Jaggers en casa de la señorita Havisham el mismo día de nuestra lucha, pero ya en ninguna otra ocasión, y que, según me figuraba, él no podía recordar haberme visto allí.

— Él fue tan amable como para proponer a mi padre ser profesor de usted y le visitó para hablarle de ello. Desde luego, él conocía a mi padre por sus relaciones con la señorita Havisham. Mi padre es primo de esta última; eso no indica que existan entre ellos relaciones continuadas, porque él es mal cortesano e incapaz de adularla.

Herbert Pocket tenía modales francos y naturales, verdaderamente muy atractivos. Jamás vi a nadie, antes ni después, que en cada una de sus miradas y en su tono me expresara mejor su natural incapacidad de hacer nada secreto o bajo. En su aspecto general había algo extraordinariamente esperanzado y también algo que me daba a entender que jamás sería rico o lograría el éxito. Ignoro cómo era eso. Tan sólo sé que quedé convencido de ello antes de sentarnos a comer, aunque no puedo comprender gracias a qué medios.

Él era todavía un joven caballero pálido y, a pesar de su alegría y entusiasmo, se advertía en su persona cierta languidez que no parecía indicar gran fortaleza. No era hermoso de rostro, pero tenía otra cualidad mejor, pues era alegre y simpático. Su figura era un poco desgarbada, como los días en que mis puños se tomaron tales libertades con ella, pero parecía como si hubiera de ser siempre ligero y joven. Habría sido dudoso saber si la obra del señor Trabb le habría sentado mejor a él que a mí, aunque estoy persuadido de que llevaba su traje viejo mucho mejor que yo el mío nuevo.

Como él se mostraba muy comunicativo, comprendí que la reserva por mi parte sería una mala correspondencia e inadecuada a nuestros años. Por consiguiente, le referí mi corta historia, haciendo hincapié en que se me había prohibido indagar quién era mi bienhechor. Añadí que, como me había educado en casa de un herrero del pueblo y conocía muy poco los modales cortesanos, consideraría muy bondadoso por su parte el que se molestase en hacerme alguna indicación en cuanto me viese apurado o cometiese alguna torpeza.

—Con mucho gusto – dijo — aunque me aventuro a profetizar que necesitará usted muy pocas indicaciones. Me atrevo a creer que estaremos juntos con frecuencia, y por esto deseo alejar todo motivo de reserva entre nosotros. ¿Quiere usted hacerme el favor de llamarme desde ahora por mi nombre de pila, Herbert?

Yo le di las gracias y le dije que lo haría, informándole, en cambio, de que mi nombre de pila era Felipe.

— No me gusta Felipe — dijo sonriendo, — porque me recuerda a uno de esos niños malos de los libros de lectura, que era tan perezoso que se cayó en un estanque, o tan gordo que no podía ver más allá de sus ojos, o tan avariento que se guardaba el pastel hasta que se lo comían los ratones, o tan aficionado a ir a coger nidos que, una vez, le devoraron los osos que le esperaban al acecho en las cercanías. Voy a decirle a usted lo que me gustaría. Reina entre nosotros tal armonía y usted ha sido herrero... ¿No tendrá inconveniente?

— Vamos a ver lo que propone usted — contesté —; pero hasta ahora no le entiendo.

— ¿No le gustaría que le llamase Haendel como nombre familiar? Hay una encantadora obra musical de Haendel, llamada El herrero armonioso.

— Me gustaría mucho.

— Pues entonces, mi querido Haendel — dijo volviéndose en el mismo momento en que se abría la puerta —, aquí está la comida, y debo rogarle que se siente a la cabecera de la mesa, porque paga usted.

Yo no quise oír hablar de ello, de modo que él se sentó a la cabecera y yo frente a él. Era una cena bastante apetitosa, que entonces me pareció un festín digno del lord mayor y que adquirió mayor encanto por estar completamente independientes, pues no había personas de edad con nosotros, y Londres nos rodeaba. Además, hubo en todo cierto carácter nómada o gitano, que acabó de dar encanto al banquete; porque mientras la mesa era, según podía haber dicho el señor Pumblechook, el regazo del lujo y de la esplendidez—pues fue servida desde el café más cercano —, la región circundante de la sala tenía un carácter de desolación que obligó al camarero a seguir la mala costumbre de poner las tapaderas en el suelo, que, por cierto, estuvieron a punto de hacerle caer; la mantequilla derretida, en un sillón de brazos; el pan, en los estantes de la librería; el queso, en el cubo del carbón, y el pollo guisado, sobre mi cama, que estaba en la habitación inmediata; de manera que cuando aquella noche me retiré a dormir encontré una parte de manteca y de perejil en estado de congelación. Pero todo eso hizo delicioso mi festín, y cuando el camarero no estuvo allí para observarme, mi contento no tuvo igual.

Habíamos empezado a comer, cuando recordé a Herbert su promesa de referirme la historia de la señorita Havisham.

— Es verdad – replicó, — y voy a hacerlo inmediatamente. Permítame que antes le dirija una observación, Haendel, haciéndole notar que en Londres no es costumbre llevarse el cuchillo a la boca, tal vez por miedo de accidentes, y, aunque se reserva el tenedor para eso, no se lleva a los labios más de lo necesario. Es cosa de poca importancia, pero vale la pena de hacer como los demás. También la cuchara se usa cogiéndola no con la mano encima de ella, sino debajo. Esto tiene dos ventajas. Así se llega mejor a la boca, objeto principal de este movimiento, y se evita la actitud desagradable del codo derecho, semejante a cuando se están abriendo ostras.

Me dio estos amistosos consejos de un modo tan amable y gracioso, que ambos nos echamos a reír, y yo me ruboricé un poco.

— Ahora — añadió —, vamos a hablar de la señorita Havisham. Ésta, como tal vez sepa usted, fue una niña mimada. Su madre murió cuando ella era aún muy jovencita, y su padre no le negó nunca nada. Éste era un caballero rural de la región de usted y fabricante de cerveza. No comprendo la importancia que tenga el ser fabricante de cerveza; pero es innegable que, así como no se puede ser distinguido y fabricar pan, un fabricante de cerveza puede ser tan hidalgo como el primero. Esto se ve todos los días.

— En cambio, un caballero no puede tener una taberna, ¿no es así? — pregunté.

— De ningún modo — replicó Herbert —, pero una taberna puede tener un caballero. En fin, el señor Havisham era muy rico y muy orgulloso, y lo mismo que él era su hija.

— ¿Era hija única la señorita Havisham? — pregunté.

— Espere un poco, que ya llego a eso. No era hija única, sino que tenía un hermano por parte de padre. Éste se casó otra vez en secreto y, según creo, con su cocinera.

— ¿No me dijo usted que era orgulloso? — observé.

— Sí lo era, amigo Haendel. Precisamente se casó en secreto con su segunda mujer porque era orgulloso, y al cabo de algún tiempo ella murió. Entonces fue cuando, según tengo entendido, dio cuenta a su hija de lo que había hecho, y entonces también el muchacho empezó a formar parte de la familia y residía en la casa que usted ya conoce. Cuando el niño llegó a ser un adolescente, se convirtió en un individuo vicioso, manirroto, rebelde..., en fin, en una mala persona. Por fin su padre le desheredó, pero en la hora de la muerte se arrepintió de ello y le dejó bien dotado, aunque no tanto como a la señorita Havisham. Tome otro vaso de vino y perdóneme si le indico que la sociedad, en conjunto, no espera que un comensal sea tan concienzudo al vaciar un vaso como para volcarlo completamente con el borde apoyado en la nariz.

Yo había hecho eso, atento como estaba a su relato. Le di las gracias y me excusé. Él me dijo que no había de qué y continuó:

— La señorita Havisham era, entonces, una rica heredera, y ya puede usted comprender que todos la consideraban un gran partido. Su hermano tenía otra vez bastante dinero, pero entre sus deudas y sus locuras lo derrochó vergonzosamente. Había grandes diferencias entre ambos hermanos, mucho mayores que entre el muchacho y su padre, y se sospecha que él tenía muy mala voluntad a su hermana, persuadido de que fue la causa de la cólera que el padre sintió contra el hijo. Y ahora llego a la parte más cruel de la historia, aunque debo interrumpirle, mi querido Haendel, para observarle que la servilleta no se mete en el vaso.

No puedo explicar por qué hacía yo aquello, pero sí he de confesar que de pronto vi que, con una perseverancia digna de mejor causa, hacía tremendos esfuerzos para comprimirla en aquellos estrechos límites. De nuevo le di las gracias y me excusé, y él, después de contestarme alegremente que no valía la pena, continuó:

— Entonces apareció en escena, ya fuese en las carreras, en algún baile o en el lugar que usted prefiera, cierto hombre que empezó a hacer el amor a la señorita Havisham. Yo no le conocí, porque eso ocurrió hace veinticinco años, es decir, antes de que naciésemos usted y yo, pero he oído decir a mi padre que era hombre muy ostentoso, guapo y de buen aspecto, y, en fin, el más indicado para su propósito. Pero ni por ignorancia ni por prejuicio era posible equivocarse ni tomarle por caballero, según asegura enérgicamente mi padre; porque tiene el principio de que quien no es caballero por su condición, tampoco lo es por sus maneras. Asegura que no hay barniz capaz de ocultar el grano de la madera, y que cuanto más barniz se pone, más sale y se destaca el grano. En fin, este hombre sitió a la señorita Havisham y la cortejó, dándole a entender que la adoraba. Creo que ella no había mostrado hasta entonces mucha susceptibilidad, pero toda la que poseía apareció de pronto y se enamoró perdidamente de aquel hombre. No hay duda de que le adoraba. Él se aprovechó de aquel afecto de un modo sistemático y obtuvo de ella grandes sumas, induciéndola a que comprase a su hermano su participación en la fábrica de cerveza, que el padre le legó en un momento de debilidad, y eso a un precio enorme, con la excusa de que cuando estuvieran casados, él llevaría el negocio y lo dirigiría todo. El tutor de usted no era, en aquel tiempo, el consejero de la señorita Havisham, sin contar con que ella era, por otra parte, sobrado altanera y estaba demasiado enamorada para permitir que nadie le aconsejase. Sus parientes eran pobres e intrigantes, a excepción de mi padre; él era, a su vez, bastante pobre, pero no celoso ni servil. Era el único independiente entre todos los parientes, y avisó a su prima de que hacía demasiado por aquel hombre y que se ponía sin reservas en su poder. Ella aprovechó la primera oportunidad para ordenar, muy encolerizada, a mi padre que saliera de la casa, ello en presencia del novio, y mi padre no ha vuelto a poner los pies allí.

Yo entonces recordé que la señorita Havisham había dicho: «Mateo vendrá y me verá, por fin, cuando esté tendida en esa mesa, y pregunté a Herbert si su padre estaba muy enojado contra ella.

— No es eso – dijo, — pero ella le acusó, en presencia de su prometido, de sentirse defraudado en sus esperanzas de obtener dinero en su propio beneficio. De modo que si él fuese ahora a visitarla, esta acusación parecería cierta, tanto a los ojos de ella como a los de él mismo. Pero, volviendo al hombre, para contar cómo acabó la cosa, le diré que se fijó el día de la boda, se preparó el equipo de la novia, se decidió el viaje para la luna de miel y se invitó a los amigos y a los parientes. Y llegó el día fijado, pero no el novio. Éste escribió una carta...

— Que ella recibió — interrumpí — cuando se vestía para ir a casarse. A las nueve menos veinte, ¿verdad?

— Exactamente — dijo Herbert moviendo la cabeza —. Por eso ella paró todos los relojes. No puedo decirle, porque lo ignoro, cuál fue la causa de que se interrumpiera la boda. Cuando la señorita Havisham se repuso de la grave enfermedad que contrajo, ordenó que no se tocase nada de tal como estaba, y desde entonces no ha vuelto a ver la luz del día.

— ¿Ésta es la historia completa? — pregunté después de reflexionar.

— Por lo menos, todo lo que sé. Y aun debo añadir que todo eso que conozco fue averiguado casi por mí mismo, porque mi padre evita hablar de ello, y hasta cuando la señorita Havisham me invitó a ir a su casa no me dijeron más que lo absolutamente necesario. Pero había olvidado un detalle. Se supone que aquel hombre, en quien ella depositó indebidamente su confianza, actuaba de completo acuerdo con el hermano; es decir, que era una conspiración entre ellos y que luego se repartieron los beneficios.

— Pues me extraña que no se casara con ella para hacerse dueño de todo — observé.

— Tal vez estaba casado ya, y ¿quién sabe si la carta que recibió la novia fue una parte del plan de su medio hermano? — contestó Herbert —. Ya le he dicho que no estoy enterado de esto.

— ¿Y qué fue de los dos hombres? — pregunté después de unos momentos de reflexión.

— Según tengo entendido, se hundieron en la mayor vergüenza y degradación y quedaron arruinados.

— ¿Viven todavía?

— Lo ignoro.

— Hace poco, me dijo usted que Estella no estaba emparentada con la señorita Havisham, sino que tan sólo había sido adoptada. ¿Cómo ocurrió eso?

Herbert se encogió de hombros y contestó:

— Tan sólo sé que cuando oí hablar por vez primera de la señorita Havisham, también me enteré de la existencia de Estella. Y ahora, Haendel — añadió, dejando la historia por terminada, — creo que ya existe entre nosotros una perfecta inteligencia. Todo lo que yo sé de la señorita Havisham, lo sabe usted también.

— Pues igualmente — repliqué — usted sabe todo lo que yo conozco.

— Lo creo. Por consiguiente, ya no puede haber dudas entre nosotros, ni competencias de ninguna clase. Y en cuanto a la condición que le impusieron para lograr este progreso en su vida, es decir, que usted no debe inquirir ni hablar de la persona a quien lo debe, puede usted estar seguro de que jamás yo, ni nadie que pertenezca a mi familia, le molestaremos acerca del particular ni haremos la más pequeña alusión.

Dijo esto con tanta delicadeza, que me sentí tranquilo, aunque durante algunos años venideros debía vivir bajo el techo de su padre. Y lo dijo también de un modo tan intencionado, que comprendí que, como yo, estaba persuadido de que mi bienhechora era la señorita Havisham.

No se me ocurrió antes que había aludido a aquel tema con objeto de alejarlo de nuestro camino; pero nos sentíamos los dos tan satisfechos de haber terminado con él, que entonces comprendí cuál había sido su intención. Ambos estábamos alegres y éramos sociables. Y en el curso de la conversación le pregunté qué era él. Me contestó inmediatamente:

— Soy un capitalista..., un asegurador de barcos.

Supongo que me vio mirar alrededor de mí en la estancia, en busca de algunos indicios porque se apresuró a decir:

— En la City.

Yo tenía grandes ideas acerca de la riqueza y de la importancia de los aseguradores de barcos de la City. Y empecé a pensar, lleno de pasmo, que yo me había atrevido a derribar de espaldas a un joven asegurador, amoratándole uno de sus emprendedores ojos y causándole un buen chirlo en la cabeza. Pero me tranquilizó otra vez la extraña impresión de que Herbert Pocket nunca alcanzaría el éxito ni la riqueza.

—He de añadir que no estaré satisfecho empleando mi capital tan sólo en el seguro de barcos. Compraré algunas acciones buenas de compañías de seguros sobre la vida y procuraré intervenir en la dirección de capital o de barcos. También me dedicaré un poco a las minas, y eso no me impedirá cargar algunos millares de toneladas por mi propia cuenta. Me propongo traficar — dijo, reclinándose en su silla —con las Indias Occidentales, y especialmente en sedas, chales, especias, tintes, drogas y maderas preciosas. Es un tráfico muy interesante.

— ¿Y se alcanzan buenos beneficios? — pregunté.

— ¡Tremendos! — me contestó.

Yo me tambaleé otra vez y empecé a pensar que él tenía un porvenir mucho más espléndido que el mío propio.

— Me parece — añadió metiendo los pulgares en los bolsillos de su chaleco, — me parece que también traficaré con las Indias Occidentales, para traer de allí azúcar, tabaco y ron. Asimismo, estaré en relaciones con Ceilán para importar colmillos de elefante.

— Para eso necesitará usted muchos barcos — dije.

— ¡Oh!, una flota completa.

En extremo anonadado por la magnificencia de aquellas transacciones, le pregunté a qué negocios se dedicaban preferentemente los barcos que aseguraba.

— En realidad no he empezado a asegurar todavía — contestó —. Por ahora estoy observando alrededor de mí.

Aquello me pareció estar ya de acuerdo con la Posada de Barnard, y por eso, con acento de convicción, exclamé:

— ¡Ah, ya!

— Sí. Estoy en una oficina, y por ahora observo lo que pasa alrededor.

— ¿Se gana dinero en una oficina? — pregunté.

—Para... ¿Quiere usted decir para los jóvenes que están allí empleados? — preguntó a guisa de respuesta.

— Sí. Por ejemplo, para usted.

— Pues... pues... para mí, no. — Dijo esto con el mismo cuidado de quien trata de equilibrar exactamente los platillos de una balanza —. No es directamente provechoso. Es decir, que no me pagan nada y yo he... y yo he de mantenerme.

Esto no ofrecía ningún aspecto provechoso, y meneé la cabeza como para significar la dificultad de lograr aquel enorme capital con semejante fuente de ingresos.

— Pero lo importante es — añadió Herbert Pocket — que uno puede observar alrededor de él. Eso es lo principal. Está usted empleado en una oficina, y entonces hay la posibilidad de observar alrededor.

Me llamó la atención la deducción singular que podía hacerse de que quien no estuviera en una oficina no podría observar alrededor de él, pero, silenciosamente, me remití a su experiencia.

— Luego llega una ocasión — dijo Herbert — en que usted observa una salida. Se aprovecha usted de ella, se hace un capital y entonces ya se está en situación. Y en cuanto se ha hecho un capital, solamente falta emplearlo.

Tal modo de hablar estaba de acuerdo con la conducta que siguió en el jardín. También el modo de soportar su pobreza correspondía al que mostró para aceptar aquella derrota. Me pareció que ahora recibía todos los golpes y todos los puñetazos con el mismo buen ánimo con que en otro tiempo recibió los míos. Era evidente que no tenía consigo más que lo absolutamente necesario, porque todo lo demás había sido mandado allí por mi causa, desde el café o desde otra parte cualquiera.

Sin embargo, como había ya hecho su fortuna, aunque tan sólo en su mente, mostraba tal modestia, que yo me sentí agradecido de que no se enorgulleciese de ella. Esto fue otra buena cualidad que añadir a su agradable carácter, y así continuamos haciéndonos muy amigos. Por la tarde fuimos a dar un paseo por las calles, y entramos en el teatro, a mitad de precio; al día siguiente visitamos la iglesia de la Abadía de Westminster y pasamos la tarde paseando por los parques. Allí me pregunté quién herraría todos los caballos que pasaron ante mí, y deseé que Joe se hubiese podido encargar de aquel trabajo.

Calculando moderadamente, aquel domingo hacía ya varios meses que dejé a Joe y a Biddy. El espacio interpuesto entre ellos y yo se aumentó igualmente en mi memoria, y nuestros marjales se me aparecían más distantes cada vez. El hecho de que yo hubiera podido estar en nuestra antigua iglesia llevando mi viejo traje de las fiestas tan sólo el domingo anterior, me parecía una combinación de imposibilidades tanto geográficas como sociales, o solares y lunares. Sin embargo, en las calles de Londres, tan llenas de gente y tan brillantemente iluminadas al atardecer, había deprimentes alusiones y reproches por el hecho de que yo hubiese situado a tanta distancia la pobre y vieja cocina de mi casa; y en plena noche, los pasos de algún impostor e incapaz portero que anduviera por las cercanías de la Posada de Barnard con la excusa de vigilarla penetraban profundamente en mi corazón.

El lunes por la mañana, a las nueve menos cuarto, Herbert se marchó a la oficina para trabajar, y supongo que también para observar alrededor de él, y yo le acompañé. Una o dos horas después tenía que salir para acompañarme a Hemmersmith, y yo tenía que esperarle. Me pareció que los huevos en que se incubaban los jóvenes aseguradores eran dejados en el polvo y al calor, como los de avestruz, a juzgar por los lugares en que aquellos gigantes incipientes se albergaban en las mañanas del lunes. La oficina a que asistió Herbert no me pareció un excelente observatorio, porque estaba situada en la parte trasera y en el segundo piso de una casa; tenía un aspecto muy triste, y las ventanas daban a un patio interior y no a ninguna atalaya.

Esperé hasta que fue mediodía y me fui a la Bolsa, en donde vi hombres vellosos sentados allí, en la sección de embarques y a quienes tomé por grandes comerciantes, aunque no pude comprender por qué parecían estar todos tan enojados. Cuando llegó Herbert salimos y tomamos el lunch en un establecimiento famoso, que yo entonces veneraba casi, pero del que ahora creo que fue la más abyecta superstición de Europa y en donde ni aun entonces pude dejar de notar que había mucha más salsa en los manteles, en los cuchillos y en los paños de los camareros que en los mismos platos que servían. Una vez terminada aquella colación de precio moderado, teniendo en cuenta la grasa que no se cargaba a los clientes, regresamos a la Posada de Barnard, cogí mi maletín y luego ambos tomamos un coche hacia Hammersmith. Llegamos allí a las dos o a las tres de la tarde y tuvimos que andar muy poco para llegar a la casa del señor Pocket. Levantando el picaporte de una puerta pasamos directamente a un jardincito que daba al río y en el cual jugaban los niños del señor Pocket. Y a menos que yo me engañe a mí mismo, en un punto en que mis intereses o mis simpatías no tienen nada que ver, observe que los hijos del señor y de la señora Pocket no crecían, sino que se levantaban.

La señora Pocket estaba sentada en una silla de jardín y debajo de un árbol, leyendo, con las piernas apoyadas sobre otra silla; las dos amas de la señora Pocket miraban alrededor mientras los niños jugaban.

— Mamá — dijo Herbert —. Éste es el joven señor Pip.

En vista de estas palabras, la señora Pocket me recibió con expresión de amable dignidad.

— ¡Master Aliok y señorita Juana! — gritó una de las amas a dos de los niños —. Si saltáis de esta manera, os caeréis al río. ¿Y qué dirá entonces vuestro papá?

Al mismo tiempo, el ama recogió el pañuelo de la señora Pocket y dijo:

— Ya se le ha caído a usted seis veces, señora.

En vista de ello, la señora Pocket se echó a reír, diciendo:

— Gracias, Flopson.

Y acomodándose tan sólo en una silla, continuó la lectura. Inmediatamente su rostro expresó el mayor interés, como si hubiese estado leyendo durante una semana entera, pero antes de haber recorrido media docena de líneas fijó los ojos en mí y dijo:

— Espero que su mamá estará buena.

Tan inesperadas palabras me pusieron en tal dificultad, que empecé a decir, del modo más absurdo posible, que, en el caso de haber existido tal persona, no tenía duda de que estaría perfectamente, de que se habría sentido muy agradecida y de que sin duda le habría mandado sus cumplimientos. Entonces el ama vino en mi auxilio.

— ¡Caramba! — exclamó recogiendo otra vez el pañuelo del suelo —. Con ésta ya van siete. ¿Qué hace usted esta tarde, señora?

La señora Pocket tomó el pañuelo, dando una mirada de extraordinaria sorpresa, como si no lo hubiese visto antes; luego se sonrió al reconocerlo y dijo:

— Muchas gracias, Flopson.

Y olvidándose de mí, continuó la lectura.

Entonces observé, pues tuve tiempo de contarlos, que allí había no menos de seis pequeños Pockets en varias fases de crecimiento. Apenas había acabado de contarlo, cuando se oyó el séptimo, chillando lastimeramente desde la casa.

— ¡Que llora el pequeño! — dijo Flopson como si esto la sorprendiese en alto grado—. ¡Corre, Millers!

Ésta era la otra ama, y se dirigió hacia la casa; luego, paulatinamente, el chillido del niño se acalló y cesó al fin, como si fuese un joven ventrílocuo que llevase algo en la boca. La señora Pocket seguía leyendo, y yo sentí la mayor curiosidad acerca de cuál sería aquel libro.

Según creo, esperábamos que apareciese el señor Pocket; así es que aguardamos allí, y tuve la oportunidad de observar el fenómeno familiar de que siempre que algún niño se acercaba a la señora Pocket mientras jugaba, se ponía en pie y tropezaba para caerse sobre ella, con el mayor asombro de la dama y grandes lamentos de los pequeños. Yo no lograba comprender tan extraña circunstancia y no pude impedir que mi cerebro empezase a formular teorías acerca del particular, cuando apareció Millers con el pequeño, el cual pasó a manos de Flopson y luego ésta se disponía a entregarlo a la señora Pocket, cuando, a su vez, se cayó de cabeza contra su ama, arrastrando al niño, y suerte que Herbert y yo la cogimos.

— Pero ¿qué ocurre, Flopson? — dijo la señora Pocket apartando por un momento la mirada de su libro —. ¡Todo el mundo tropieza!

— Naturalmente, señora — replicó Flopson con la cara encendida —. ¿Qué tiene usted ahí?

— ¿Que qué tengo, Flopson? — preguntó la señora Pocket.

— Sí, señora. Ahí tiene usted su taburete. Y como lo oculta su falda, nadie lo ve y tropieza. Eso es. Tome el niño, señora, y déme, en cambio, su libro.

La señora Pocket siguió el consejo y, con la mayor inexperiencia, meció al niño en su regazo, en tanto que los demás jugaban alrededor de ella. Hacía poco que duraba esto, cuando la señora Pocket dio órdenes terminantes de que llevasen a todos los niños al interior de la casa, para echar un sueño. Entonces hice el segundo descubrimiento del día, consistente en que la crianza de los pequeños Pocket consistía en levantarse alternadamente, con algunos cortos sueños.

En tales circunstancias, cuando Flopson y Millers hubieron reunido los niños en la casa, semejantes a un pequeño rebaño de ovejas, apareció el señor Pocket para conocerme. No me sorprendió mucho el observar que el señor Pocket era un caballero en cuyo rostro se reflejaba la perplejidad y que su cabello, ya gris, estaba muy desordenado, como si el pobre no encontrase la manera de poner orden en nada.

Capítulo XXIII

El señor Pocket se manifestó satisfecho de verme y expresó la esperanza de no haberme sido antipático.

— Porque en realidad — añadió mientras su hijo sonreía — no soy un personaje alarmante.

Era un hombre de juvenil aspecto, a pesar de sus perplejidades y de su cabello gris, y sus maneras parecían muy naturales. Uso la palabra «naturales» en el sentido de que carecían de afectación; había algo cómico en su aspecto de aturdimiento, y habría resultado evidentemente ridículo si él no se hubiese dado cuenta de tal cosa. Cuando hubo hablado conmigo un poco, dijo a su esposa, contrayendo con ansiedad las cejas, que eran negras y muy pobladas:

— Supongo, Belinda, que ya has saludado al señor Pip.

Ella levantó los ojos de su libro y contestó:

— Sí.

Luego me sonrió distraídamente y me preguntó si me gustaba el sabor del agua de azahar. Como aquella pregunta no tenía relación cercana o remota con nada de lo que se había dicho, creí que me la habría dirigido sin darse cuenta de lo que decía.

A las pocas horas observé, y lo mencionaré en seguida, que la señora Pocket era hija única de un hidalgo ya fallecido, que llegó a serlo de un modo accidental, del cual ella pensaba que habría sido nombrado baronet de no oponerse alguien tenazmente por motivos absolutamente personales, los cuales han desaparecido de mi memoria, si es que alguna vez estuvieron en ella — tal vez el soberano, el primer ministro, el lord canciller, el arzobispo de Canterbury o algún otro, — y, en virtud de esa supuesta oposición, se creyó igual a todos los nobles de la tierra. Creo que se armó caballero a sí mismo por haber maltratado la gramática inglesa con la punta de la pluma en una desesperada solicitud, caligrafiada en una hoja de pergamino, con ocasión de ponerse la primera piedra de algún monumento y por haber entregado a algún personaje real la paleta o el mortero. Pero, sea lo que fuere, había ordenado que la señora Pocket fuese criada desde la cuna como quien, de acuerdo con la naturaleza de las cosas, debía casarse con un título y a quien había que guardar de que adquiriese conocimientos plebeyos o domésticos.

Tan magnífica guardia se estableció en torno a la señorita, gracias a su juicioso padre, que creció adquiriendo cualidades altamente ornamentales pero, al mismo tiempo, por completo inútiles. Con un carácter tan felizmente formado, al florecer su primera juventud encontró al señor Pocket, el cual también estaba en la flor de la suya y en la indecisión entre alcanzar el puesto de lord canciller en la Cámara de los Lores, o tocarse con una mitra. Como el hacer una u otra cosa era sencillamente una cuestión de tiempo y tanto él como la señora Pocket habían agarrado al tiempo por los cabellos (cuando, a juzgar por su longitud, habría sido oportuno cortárselos), se casaron sin el consentimiento del juicioso padre de ella. Este buen señor, que no tenía nada más que retener o que otorgar que su propia bendición, les entregó cariñosamente esta dote después de corta lucha, e informó al señor Pocket de que su hija era «un tesoro para un príncipe». El señor Pocket empleó aquel tesoro del modo habitual desde que el mundo es mundo, y se supone que no le proporcionó intereses muy crecidos. A pesar de eso, la señora Pocket era, en general, objeto de respetuosa compasión por el hecho de que no se hubiese casado con un título, en tanto que a su marido se le dirigían indulgentes reproches por el hecho de no haber obtenido ninguno.

El señor Pocket me llevó al interior de la casa y me mostró la habitación que me estaba destinada, la cual era agradable y estaba amueblada de tal manera que podría usarla cómodamente como saloncito particular. Luego llamó a las puertas de dos habitaciones similares y me presentó a sus ocupantes, llamados Drummle y Startop. El primero, que era un joven de aspecto avejentado y perteneciente a un pesado estilo arquitectónico, estaba silbando. Startop, que en apariencia contaba menos años, estaba ocupado en leer y en sostenerse la cabeza, como si temiera hallarse en peligro de que le estallara por haber recibido excesiva carga de conocimientos.

Tanto el señor como la señora Pocket tenían tan evidente aspecto de hallarse en las manos de otra persona, que llegué a preguntarme quién estaría en posesión de la casa y les permitiría vivir en ella, hasta que pude descubrir que tal poder desconocido pertenecía a los criados. El sistema parecía bastante agradable, tal vez en vista de que evitaba preocupaciones; pero parecía deber ser caro, porque los criados consideraban como una obligación para consigo mismos comer y beber bien y recibir a sus amigos en la parte baja de la casa. Servían generosamente la mesa de los señores Pocket, pero, sin embargo, siempre me pareció que habría sido preferible alojarse en la cocina, en el supuesto de que el huésped que tal hiciera fuese capaz de defenderse a sí mismo, porque antes de que hubiese pasado allí una semana, una señora de la vecindad, con quien la familia sostenía relaciones de amistad, escribió que había visto a Millers abofeteando al pequeño. Eso dio un gran disgusto a la señora Pocket, quien, entre lágrimas, dijo que le parecía extraordinario que los vecinos no pudieran contentarse con cuidar de sus asuntos propios.

Gradualmente averigüé, y en gran parte por boca de Herbert, que el señor Pocket se había educado en Harrow y en Cambridge, en donde logró distinguirse; pero que cuando hubo logrado la felicidad de casarse con la señora Pocket, en edad muy temprana todavía, había abandonado sus esperanzas para emplearse como profesor particular.

Después de haber sacado punta a muchos cerebros obtusos—y es muy curioso observar la coincidencia de que cuando los padres de los alumnos tenían influencia, siempre prometían al profesor ayudarle a conquistar un alto puesto, pero en cuanto había terminado la enseñanza de sus hijos, con rara unanimidad se olvidaban de su promesa —, se cansó de trabajo tan mal pagado y se dirigió a Londres. Allí, después de tener que abandonar esperanzas más elevadas, dio cursos a varias personas a quienes faltó la oportunidad de instruirse antes o que no habían estudiado a su tiempo, y afiló de nuevo a otros muchos para ocasiones especiales, y luego dedicó su atención al trabajo de hacer recopilaciones y correcciones literarias, y gracias a lo que así obtenía, añadidos a algunos modestos recursos que poseía, continuaba manteniendo la casa que pude ver.

El señor y la señora Pocket tenía una vecina parecida a un sapo; una señora viuda, de un carácter tan altamente simpático que estaba de acuerdo con todo el mundo, bendecía a todo el mundo y dirigía sonrisas o derramaba lágrimas acerca de todo el mundo, según fueran las circunstancias. Se llamaba señora Coiler, y yo tuve el honor de llevarla del brazo hasta el comedor el día de mi instalación. En la escalera me dio a entender que para la señora Pocket había sido un rudo golpe el hecho de que el pobre señor Pocket se viera reducido a la necesidad de tomar alumnos en su casa. Eso, desde luego, no se refería a mí, según dijo con acento tierno y lleno de confianza (hacía menos de cinco minutos que me la habían presentado), pues si todos hubiesen sido como yo, la cosa habría cambiado por completo.

— Pero la querida señora Pocket — dijo la señora Coiler —, después de su primer desencanto (no porque ese simpático señor Pocket mereciera el menor reproche acerca del particular), necesita tanto lujo y tanta elegancia...

— Sí, señora — me apresuré a contestar, interrumpiéndola, pues temía que se echara a llorar.

— Y tiene unos sentimientos tan aristocráticos...

— Sí, señora — le dije de nuevo y con la misma intención.

— ...Y es muy duro — acabó de decir la señora Coiler — que el señor Pocket se vea obligado a ocupar su tiempo y su atención en otros menesteres, en vez de dedicarlos a su esposa.

No pude dejar de pensar que habría sido mucho más duro que el tiempo y la atención del carnicero no se hubieran podido dedicar a la señora Pocket; pero no dije nada, pues, en realidad, tenía bastante que hacer observando disimuladamente las maneras de mis compañeros de mesa.

Llegó a mi conocimiento, por las palabras que se cruzaron entre la señora Pocket y Drummle, en tanto que prestaba la mayor atención a mi cuchillo y tenedor, a la cuchara, a los vasos y a otros instrumentos suicidas, que Drummle, cuyo nombre de pila era Bentley, era entonces el heredero segundo de un título de baronet. Además, resultó que el libro que viera en mano de la señora Pocket, en el jardín, trataba de títulos de nobleza, y que ella conocía la fecha exacta en que su abuelito habría llegado a ser citado en tal libro, en el caso de haber estado en situación de merecerlo. Drummle hablaba muy poco, pero, en sus taciturnas costumbres (pues me pareció ser un individuo malhumorado), parecía hacerlo como si fuese uno de los elegidos, y reconocía en la señora Pocket su carácter de mujer y de hermana. Nadie, a excepción de ellos mismos y de la señora Coiler, parecida a un sapo, mostraba el menor interés en aquella conversación, y hasta me pareció que era molesta para Herbert; pero prometía durar mucho cuando llegó el criado, para dar cuenta de una desgracia doméstica.

En efecto, parecía que la cocinera había perdido la carne de buey. Con el mayor asombro por mi parte, vi entonces que el señor Pocket, sin duda con objeto de desahogarse, hacía una cosa que me pareció extraordinaria, pero que no causó impresión alguna en nadie más y a la que me acostumbré rápidamente, como todos. Dejó a un lado el tenedor y el cuchillo de trinchar, pues estaba ocupado en ello en aquel momento; se llevó las manos al desordenado cabello, y pareció hacer extraordinarios esfuerzos para levantarse a sí mismo de aquella manera. Cuando lo hubo intentado, y en vista de que no lo conseguía, reanudó tranquilamente la ocupación a que antes estuviera dedicado.

La señora Coiler cambió entonces de conversación y empezó a lisonjearme. Eso me gustó por unos momentos, pero cargó tanto la mano en mis alabanzas que muy pronto dejó de agradarme. Su modo serpentino de acercarse a mí, mientras fingía estar muy interesada por los amigos y los lugares que había dejado, tenía todo lo desagradable de los ofidios; y cuando, como por casualidad, se dirigió a Startop (que le dirigía muy pocas palabras) o a Drummle (que aún le decía menos), yo casi les envidié el sitio que ocupaban al otro lado de la mesa.

Después de comer hicieron entrar a los niños, y la señora Coiler empezó a comentar, admirada, la belleza de sus ojos, de sus narices o de sus piernas, sistema excelente para mejorarlos mentalmente. Eran cuatro niñas y dos niños de corta edad, además del pequeño, que podría haber pertenecido a cualquier sexo, y el que estaba a punto de sucederle, que aún no formaba parte de ninguno. Los hicieron entrar Flopson y Millers, como si hubiesen sido dos oficiales comisionados para alistar niños y se hubiesen apoderado de aquéllos; en tanto que la señora Pocket miraba a aquellos niños, que debían de haber sido nobles, como si pensara en que ya había tenido el placer de pasarles revista antes, aunque no supiera exactamente qué podría hacer con ellos.

—Mire — dijo Flopson —, déme el tenedor, señora, y tome al pequeño. No lo coja así, porque le pondrá la cabeza debajo de la mesa.

Así aconsejada, la señora Pocket cogió al pequeño de otra manera y logró ponerle la cabeza encima de la mesa; lo cual fue anunciado a todos por medio de un fuerte coscorrón.

— ¡Dios mío! ¡Devuélvamelo, señora! — dijo Flopson —. Señorita Juana, venga a mecer al pequeño.

Una de las niñas, una cosa insignificante que parecía haber tomado a su cargo algo que correspondía a los demás, abandonó su sitio, cerca de mí, y empezó a mecer al pequeño hasta que cesó de llorar y se echó a reír. Luego todos los niños empezaron a reír, y el señor Pocket (quien, mientras tanto, había tratado dos veces de levantarse a sí mismo cogiéndose del pelo) también se rió, en lo que le imitamos los demás, muy contentos.

Flopson, doblando con fuerza las articulaciones del pequeño como si fuese una muñeca holandesa, lo dejó sano y salvo en el regazo de la señora Pocket y le dio el cascanueces para jugar, advirtiendo, al mismo tiempo, a la señora Pocket que no convenía el contacto de los extremos de tal instrumento con los ojos del niño, y encargando, además, a la señorita Juana que lo vigilase. Entonces las dos amas salieron del comedor y en la escalera tuvieron un altercado con el disoluto criado que sirvió la comida y que, evidentemente, había perdido la mitad de sus botones en la mesa de juego.

Me quedé molesto al ver que la señora Pocket empeñaba una discusión con Drummle acerca de dos baronías, mientras se comía una naranja cortada a rajas y bañada de azúcar y vino, y olvidando, mientras tanto, al pequeño que tenía en el regazo, el cual hacía las cosas más extraordinarias con el cascanueces. Por fin, la señorita Juana, advirtiendo que peligraba la pequeña cabeza, dejó su sitio sin hacer ruido y, valiéndose de pequeños engaños, le quitó la peligrosa arma. La señora Pocket terminaba en aquel momento de comerse la naranja y, pareciéndole mal aquello, dijo a Juana:

— ¡Tonta! ¿Por qué vienes a quitarle el cascanueces? ¡Ve a sentarte inmediatamente!

— Mamá querida — ceceó la niñita —, el pequeño podía haberse sacado los ojos.

— ¿Cómo te atreves a decirme eso? — replicó la señora Pocket —. ¡Ve a sentarte inmediatamente en tu sitio!

— Belinda — le dijo su esposo desde el otro extremo de la mesa —. ¿Cómo eres tan poco razonable? Juana ha intervenido tan sólo para proteger al pequeño.

— No quiero que se meta nadie en estas cosas — dijo la señora Pocket —. Me sorprende mucho, Mateo, que me expongas a recibir la afrenta de que alguien se inmiscuya en esto.

— ¡Dios mío! — exclamó el señor Pocket, en un estallido de terrible desesperación —. ¿Acaso los niños han de matarse con los cascanueces, sin que nadie pueda salvarlos de la muerte?

— No quiero que Juana se meta en esto — dijo la señora Pocket, dirigiendo una majestuosa mirada a aquella inocente y pequeña defensora de su hermanito —. Me parece, Juana, que conozco perfectamente la posición de mi pobre abuelito.

El señor Pocket se llevó otra vez las manos al cabello, y aquella vez consiguió, realmente, levantarse algunas pulgadas.

— ¡Oídme, dioses! — exclamó, desesperado —. ¡Los pobres pequeñuelos se han de matar con los cascanueces a causa de la posición de los pobres abuelitos de la gente!

Luego se dejó caer de nuevo y se quedó silencioso.

Mientras tenía lugar esta escena, todos mirábamos muy confusos el mantel. Sucedió una pausa, durante la cual el honrado e indomable pequeño dio una serie de saltos y gritos en dirección a Juana, que me pareció el único individuo de la familia (dejando a un lado a los criados) a quien conocía de un modo indudable.

— Señor Drummle — dijo la señora Pocket —, ¿quiere hacer el favor de llamar a Flopson? Juana, desobediente niña, ve a sentarte. Ahora, pequeñín, ven con mamá.

El pequeño, que era la misma esencia del honor, contestó con toda su alma. Se dobló al revés sobre el brazo de la señora Pocket, exhibió a los circunstantes sus zapatitos de ganchillo y sus muslos llenos de hoyuelos, en vez de mostrarles su rostro, y tuvieron que llevárselo en plena rebelión. Y por fin alcanzó su objeto, porque pocos minutos más tarde lo vi a través de la ventana en brazos de Juana.

Sucedió que los cinco niños restantes se quedaron ante la mesa, sin duda porque Flopson tenía un quehacer particular y a nadie más le correspondía cuidar de ellos. Entonces fue cuando pude enterarme de sus relaciones con su padre, gracias a la siguiente escena: E1 señor Pocket, cuya perplejidad normal parecía haber aumentado y con el cabello más desordenado que nunca, los miró por espacio de algunos minutos, como si no pudiese comprender la razón de que todos comiesen y se alojasen en aquel establecimiento y por qué la Naturaleza no los había mandado a otra casa. Luego, con acento propio de misionero, les dirigió algunas preguntas, como, por ejemplo, por qué el pequeño Joe tenía aquel agujero en su babero, a lo que el niño contestó que Flopson iba a remendárselo en cuanto tuviese tiempo; por qué la pequeña Fanny tenía aquel panadizo, y la niña contestó que Millers le pondría un emplasto si no se olvidaba. Luego se derritió en cariño paternal y les dio un chelín a cada uno, diciéndoles que se fuesen a jugar; y en cuanto se hubieron alejado, después de hacer un gran esfuerzo para levantarse agarrándose por el cabello, abandonó el inútil intento.

Por la tarde había concurso de remo en el río. Como tanto Drummle como Startop tenían un bote cada uno, resolví tripular uno yo solo y vencerlos. Yo sobresalía en muchos ejercicios propios de los aldeanos, pero como estaba convencido de que carecía de elegancia y de estilo para remar en el Támesis —eso sin hablar de otras aguas, — resolví tomar lecciones del ganador de una regata que pasaba remando ante nuestro embarcadero y a quien me presentaron mis nuevos amigos. Esta autoridad práctica me dejó muy confuso diciéndome que tenía el brazo propio de un herrero. Si hubiese sabido cuán a punto estuvo de perder el discípulo a causa de aquel cumplido, no hay duda de que no me lo habría dirigido.

Nos esperaba la cena cuando por la noche llegamos a casa, y creo que lo habríamos pasado bien a no ser por un suceso doméstico algo desagradable. El señor Pocket estaba de buen humor, cuando llegó una criada diciéndole:

— Si me hace usted el favor, señor, quisiera hablar con usted.

— ¿Hablar con su amo? — exclamó la señora Pocket, cuya dignidad se despertó de nuevo —. ¿Cómo se le ha ocurrido semejante cosa? Vaya usted y hable con Flopson. O hable conmigo... otro rato cualquiera.

— Con perdón de usted, señora — replicó la criada —, necesito hablar cuanto antes y al señor.

Por consiguiente, el señor Pocket salió de la estancia y nosotros procuramos entretenernos lo mejor que nos fue posible hasta que regresó.

— ¡Ocurre algo muy gracioso, Belinda! — dijo el señor Pocket, con cara que demostraba su disgusto y su desesperación —. La cocinera está tendida en el suelo de la cocina, borracha pérdida, con un gran paquete de mantequilla fresca que ha cogido de la despensa para venderla como grasa.

La señora Pocket demostró inmediatamente una amable emoción y dijo:

— Eso es cosa de esa odiosa Sofía.

— ¿Qué quieres decir, Belinda? — preguntó el señor Pocket.

— Sofía te lo ha dicho — contestó la señora Pocket —. ¿Acaso no la he visto con mis propios ojos y no la he oído por mí misma cuando llegó con la pretensión de hablar contigo?

—Pero ¿no te acuerdas de que me ha llevado abajo, Belinda? — replicó el señor Pocket —. ¿No sabes que me ha mostrado a esa borracha y también el paquete de mantequilla?

— ¿La defiendes, Mateo, después de su conducta? — le preguntó su esposa.

El señor Poocket se limitó a emitir un gemido de dolor

— ¿Acaso la nieta de mi abuelo no es nadie en esta casa? — exclamó la señora Pocket. — Además, la cocinera ha sido siempre una mujer seria y respetuosa, y en cuanto me conoció dijo con la mayor sinceridad que estaba segura de que yo había nacido para duquesa.

Había un sofá al lado del señor Pocket, y éste se dejó caer en él con la actitud de un gladiador moribundo. Y sin abandonarla, cuando creyó llegada la ocasión de que le dejase para irme a la cama, me dijo con voz cavernosa:

- Buenas noches, señor Pip.

Capítulo XXIV

Después de dos o tres días, cuando me hube instalado en mi cuarto y tras haber ido a Londres varias veces para encargar a mis proveedores lo que necesitaba, el señor Pocket y yo sostuvimos una larga conversación. Conocía más acerca de mi porvenir que yo mismo, pues me dijo que, según le manifestara el señor Jaggers, yo no estaba destinado a una profesión determinada, sino que tan sólo había de ser bien educado para mi destino en la sociedad, con tales conocimientos que estuviesen a la par con los de los jóvenes que gozan de una situación próspera. Yo, desde luego, di mi conformidad, pues no podía decir nada en contra.

Me aconsejó frecuentar determinados lugares de Londres, a fin de adquirir los rudimentos que necesitaba, y que le invistiese a él con las funciones de profesor y director de todos mis estudios. Esperaba que con una ayuda inteligente tropezaría con pocos inconvenientes que pudiesen desalentarme y que pronto no tendría necesidad de otra ayuda que la suya propia. Por el modo con que me dijo todo eso y mucho más, con el mismo fin, conquistó admirablemente mi confianza; y puedo añadir que siempre se mostró tan celoso y honrado en el cumplimiento de su contrato conmigo, que me obligó, de esta manera, a mostrar el mismo celo y la misma honradez en cumplir mis deberes. Si él, como maestro, me hubiese demostrado la menor indiferencia, es seguro que yo le habría pagado con la misma honradez, como discípulo; pero como no me proporcionó esta excusa, cada uno de nosotros hizo justicia al comportamiento del otro. Y por mi parte no consideré que en sus relaciones para conmigo hubiese nada ridículo ni cosa que no fuese seria, honrada y bondadosa.

Cuando se hubieron fijado estas condiciones y empezaron a cumplirse, pues yo me di a estudiar con el mayor celo, se me ocurrió la idea de que si pudiese conservar mi habitación en la Posada de Barnard, mi vida sería mucho más variada y agradable, en tanto que mis maneras no perderían nada con la compañía de Herbert. El señor Pocket no opuso ningún obstáculo a este proyecto, pero me recomendó la conveniencia de no dar un paso sin someterlo previamente a la consideración de mi tutor, aprendí que esta delicadeza se debía a la idea de que tal plan podría economizar algún gasto a Herbert, y por esta razón fui a Little Britain, y comuniqué mi deseo al señor Jaggers.

— Si pudiese comprar los muebles que se alquilaron para mí— dije — y algunas otras cosillas, me hallaría muy bien instalado allí.

— ¡Adelante! — exclamó el señor Jaggers después de corta risa —. Ya le dije que podía continuar. Bien. ¿Cuánto necesita?

Yo dije que no lo sabía.

— Vamos a ver — replicó el señor Jaggers —. ¿Cuánto? ¿Cincuenta libras?

— ¡Oh, no tanto!

— ¿Cinco libras? — preguntó el señor Jaggers.

Era una rebaja tan grande, que, muy desconsolado, exclamé:

— Mucho más.

— Mucho más, ¿eh? — replicó el señor Jaggers, que estaba al acecho, con las manos en los bolsillos, la cabeza y los ojos fijos en la pared que había tras de mí—. ¿Cuánto más?

— Es difícil fijar una suma — dije vacilando.

— Vamos a ver si logramos concretarla. ¿Serán bastantes dos veces cinco? ¿Tres veces cinco? ¿Cuatro veces cinco? ¿Es bastante?

Le contesté que la suma me parecía más que suficiente.

—De manera que cuatro veces cinco bastará, ¿eh? —preguntó el señor Jaggers moviendo las cejas—. Ahora dígame cuánto le parece que es cuatro veces cinco.

— ¿Que cuánto me parece que es?

— Sí — añadió el señor Jaggers —. ¿Cuánto?

— Supongo que usted habrá observado que son veinte libras — contesté sonriendo.

—Nada importa lo que yo haya observado, amigo mío — advirtió el señor Jaggers moviendo la cabeza para expresar que comprendía y que no estaba conforme—. Deseo saber cuánto ha calculado usted.

— Naturalmente, veinte libras.

— ¡Wemmick! — exclamó el señor Jaggers abriendo la puerta de su despacho —. Admita un recibo del señor Pip y entréguele veinte libras.

Este modo vigoroso de hacer negocios ejerció en mí una impresión fuerte, aunque no agradable. El señor Jaggers no se reía nunca; pero llevaba unas grandes y brillantes botas que rechinaban, y, equilibrándose sobre ellas, con la enorme cabeza inclinada hacia abajo y las cejas unidas, mientras esperaba mi respuesta, a veces hacía rechinar sus botas, como si éstas se riesen seca y recelosamente. Y como ocurrió que en aquel momento se marchó y Wemmick estaba alegre y comunicativo, dije a éste que no podía formar juicio acerca de las maneras del señor Jaggers.

— Dígaselo a él y lo aceptará como un cumplido — contestó Wemmick —; a él no le interesa que usted pueda juzgar de ellas. ¡Oh! — añadió al notar mi sorpresa —. Ése es un sentimiento profesional; no personal, sino profesional.

Wemmick estaba sentado a su mesa escritorio y tomaba el lunch masticando un bizcocho duro; de vez en cuando se arrojaba a la boca algunos pedacitos de él, como si los echara al buzón del correo.

— A mí me parece siempre — dijo Wemmick — como si hubiese preparado una trampa para los hombres y se quedara observando quién cae. De pronto, ¡clic!, ya ha caído uno.

Sin observar que las trampas para personas no formaban parte de las amenidades de la vida, dije que, según me parecía, el señor Jaggers debía de ser muy hábil.

— Su habilidad es tan profunda — dijo Wemmick —como la misma Australia.

A1 mismo tiempo señalaba con la pluma el suelo de la oficina, para significar que se suponía que Australia estaba simétricamente situada en el lado opuesto del Globo.

— Si hubiese algo más profundo — añadió Wemmick acercando la pluma al papel —, así sería él.

Yo dije que, según suponía, el señor Jaggers tenía un negocio magnífico.

— ¡Estupendo! — exclamó Wemmick.

Y como le preguntase si había muchos empleados en la casa, me contestó:

— No hay muchos, porque solamente existe un Jaggers, y a la gente no le gusta tratar con personas de segunda categoría. Solamente somos cuatro. ¿Quiere verlos? Usted casi es uno de los nuestros.

Acepté el ofrecimiento. Cuando el señor Wemmick hubo metido en el buzón todos los pedacitos de bizcocho, y después de pagarme las veinte libras que sacó de una caja de caudales, cuya llave se guardaba en algún sitio de la espalda y que sacaba por el cuello de la camisa como si fuese una coleta de hierro, nos fuimos escalera arriba. La casa era vieja y estaba destartalada, y los grasientos hombros que dejaron sus huellas en el despacho del señor Jaggers parecían haber rozado las paredes de la escalera durante muchos años. En la parte delantera del primer piso, un empleado que tenía, a la vez, aspecto de tabernero y cazador de ratones — hombre pálido a hinchado — estaba conversando con mucha atención con dos o tres personas mal vestidas, a las que trataba sin ceremonia alguna, como todos parecían tratar a los que contribuían a la plenitud de los cofres del señor Jaggers.

— Están preparando las declaraciones de testigos para Bailey — dijo el señor Wemmick cuando salimos.

En la estancia superior a la que acabábamos de dejar había un hombrecillo de aspecto débil y parecido a un perrito terrier, con el cabello colgante (indudablemente, habían dejado de esquilarle desde que era cachorro) y que estaba, igualmente, ocupado con un hombre de mortecinos ojos, a quien el señor Wemmick me presentó como un fundidor que siempre tenía el crisol en el fuego y que fundí era una señora tan esbelta como ésa, y comía todo lo que yo pudiera desear. Aquel hombre estaba tan sudoroso como si hubiese ensayado en sí mismo su arte.

En una habitación de la parte trasera había un hombre de altos hombros, que llevaba envuelto el rostro en una sucia franela, sin duda por sufrir neuralgia facial; iba vestido con un traje negro y muy viejo, que parecía haber sido encerado. Estaba inclinado sobre su trabajo, consistente en poner en limpio las notas de los otros dos empleados, para el uso del señor Jaggers. Ésta era toda la dependencia. Cuando volvimos a bajar la escalera, Wemmick me llevó al despacho de mi tutor y dijo:

— Este despacho ya lo conocía usted.

— Haga el favor de decirme — rogué cuando aquellas dos odiosas mascarillas de aspecto atravesado volvieron a impresionar mí mirada —: ¿a quiénes representan estas caras?

— ¿Ésas? — preguntó el señor Wemmick subiéndose en una silla para quitar el polvo de las horribles cabezas antes de bajarlas—: Son las dos muy célebres. Fueron dos clientes nuestros que nos acreditaron mucho. Éste — empezó a decir, pero se interrumpió para apostrofar a la cabeza diciéndole—: ¡Caramba! Sin duda has bajado por la noche a mirar el tintero, y por eso te has manchado en la ceja... — Y luego continuó —: Éste asesinó a su amo, y no planeó mal el crimen, porque no se le pudo demostrar. — ¿Se le parece? — pregunté, retrocediendo, en tanto que Wemmick le escupía sobre la frente y le limpiaba luego con la manga.

— ¿Si se le parece? Es él mismo. Esta mascarilla se sacó en Newgate inmediatamente después de ser ajusticiado. Me habías demostrado bastante simpatía, ¿verdad, Viejo Astuto? — dijo Wemmick. Y luego explicó su cariñoso apóstrofe, tocando su broche, que representaba a una señora y un sauce llorón, junto a la tumba que tenía una urna, y dijo—: Lo encargó expresamente para mí.

— ¿Representa a una señora verdadera? — pregunté, aludiendo al broche.

— No — replicó Wemmick —, es sólo un capricho. Te gustaba tu capricho, ¿no es verdad? No, no hubo en su caso ninguna señora, señor Pip, a excepción de una... con seguridad no la habría usted sorprendido nunca en el acto de mirar a esta urna, a no ser que dentro de ella hubiese habido algo que beber —. Y como la atención del señor Wemmick estaba fija en el broche, dejó a un lado la mascarilla y limpió aquél con su pañuelo de bolsillo.

— ¿Y el otro acabó igual? — pregunté — Tiene la misma mirada.

— Es verdad — contestó Wemmick —, es la mirada característica. Como si una aleta de la nariz hubiera sido cogida por un pañuelo. Sí, tuvo el mismo fin; es el fin natural aquí, se lo aseguro. Falsificaba testamentos y a veces sumía en el sueño eterno a los supuestos testadores. Tenías aspecto de caballero, Cove, y asegurabas saber escribir en griego — exclamó el señor Wemmick apostrofando a la mascarilla —. ¡Presumido! ¡Qué embustero eras! ¡Jamás me encontré con otro que lo fuese tanto como tú! —Y antes de dejar a su último amigo en su sitio, el señor Wemmick se llevó la mano a la mayor de sus sortijas negras, añadiendo —: La hizo comprar para mí el día antes de su muerte.

Mientras dejó la segunda mascarilla en su sitio y bajaba de la silla, cruzó mi mente la idea de que todas sus alhajas debían de tener el mismo origen. Y como se había mostrado bastante franco conmigo, me tomé la libertad de preguntárselo cuando estuvo ante mí limpiándose las manos, que se había cubierto de polvo.

— ¡Sí! — me contestó —, ésos son regalos de origen semejante. Uno trae al otro, como se comprende; así se llegan a reunir. Yo los llevo siempre conmigo. Son curiosidades, y, además, valen algo, no mucho, pero algo, en suma, y, por otra parte, se pueden llevar encima. Claro que no son apropiadas para una persona del brillante aspecto de usted, pero para mí sí, sin contar que siempre me ha gustado llevar algo de algún valor.

Cuando yo me hube manifestado conforme con estas opiniones, él añadió en tono cordial:

— Si en alguna ocasión, cuando no tenga usted cosa mejor en que emplearse, quiere ir a hacerme una visita a Walworth, podré ofrecerle una cama, y lo consideraré un honor. Poco tengo que enseñarle; pero poseo dos o tres curiosidades que tal vez le gustaría ver. Además, me agrada mucho tener un pedacito de jardín y una casa de verano.

Le contesté que tendría mucho gusto en aceptar su hospitalidad.

— Gracias — me contestó —; en tal caso, consideraremos que llegará esta ocasión cuando a usted le parezca oportuno. ¿Ha comido usted alguna vez con el señor Jaggers?

— Aún no.

— Pues bien — dijo Wemmick, — le dará vino muy bueno. Le dará ponche que no es malo. Y ahora voy a advertirle una cosa. Cuando vaya a comer con el señor Jaggers, fíjese en su criada.

— ¿Tiene algo de particular?

— Pues — contestó Wemmick, — verá usted una fiera domada. Tal vez le parezca que no es cosa muy rara. Pero a eso replicaré que hay que tener en cuenta la fiereza original del animal y la cantidad de doma que ha sido necesaria. Desde luego, puedo asegurarle que eso no disminuirá el buen concepto que puede usted tener de las facultades del señor Jaggers. No deje de fijarse.

Le prometí hacerlo con todo el interés y curiosidad que tales advertencias merecían. Ya me disponía a despedirme cuando me preguntó si me gustaría ver al señor Jaggers «en la faena».

Por varias razones y por no comprender claramente cuál sería «la faena» en que podía encontrar al señor Jaggers, contesté afirmativamente. Nos dirigimos, pues, a la City, y llegamos a la sala de un tribunal muy concurrida, en la que varios parientes consanguíneos (en el sentido criminal) del difunto que sentía tal debilidad por los broches estaban en el banquillo de los acusados, mascando incómodamente alguna cosa, en tanto que mi tutor preguntaba o repreguntaba — no lo sé exactamente — a una mujer, y no sólo a ella, sino a todos los demás, los dejaba estupefactos. Si alguien, cualquiera que fuese su condición, decía una palabra que a él no le gustara, instantáneamente exigía que la retirase. Si alguien se negaba a declarar alguna cosa, exclamaba: «Ya le he cogido». Los magistrados temblaban cada vez que él se mordía el dedo índice. Los ladrones y sus encubridores estaban pendientes de sus labios, embelesados, aunque muertos de miedo, y se estremecían en cuanto un pelo de sus cejas se movía hacia ellos. Ignoro de qué parte estaba mi tutor, porque me pareció que arremetía contra todos; sólo sé que cuando salí de puntillas, él no estaba apostrofando a los del banquillo, pues hacía temblar convulsivamente las piernas del anciano caballero que presidía el tribunal, censurándole su conducta de aquel día y en tanto que ocupaba aquel elevado sitio, como representante de la justicia y de la ley de Inglaterra.

Capítulo XXV

Bentley Drummle era un muchacho de tan mal carácter que cuando tomaba un libro lo hacía como si el autor le hubiese inferido una injuria; ya se comprende que no hacía conocimiento con las personas de un modo mucho más agradable. De figura, movimientos y comprensión macizos y pesados — en la perezosa expresión de su rostro y en la enorme y desmañada lengua que parecía dormir en su boca mientras él se apoyaba en cualquier saliente o en la pared de la estancia —, era perezoso, orgulloso, tacaño, reservado y receloso. Descendía de una familia rica, de Somersetshire, que cultivó en él esta combinación de cualidades hasta que descubrió que tenía ya edad de aprender y una cabeza dura. Así, Bentley Drummle fue a casa del señor Pocket cuando ya por su estatura le sobrepasaba la cabeza a este caballero y ésta era media docena de veces más obtusa que la de muchos caballeros.

Startop había sido echado a perder por una madre débil, que le retuvo en casa cuando debiera haber permanecido en la escuela, pero él estaba muy encariñado con la buena señora y la admiraba sin reservas. Tenía las facciones delicadas propias de una mujer y era — «como puede usted ver, aunque no haya conocido a la madre, exactamente igual que ella», me dijo Herbert —. Es muy natural que yo lo acogiese con mayor bondad que a Drummle y que, aun en los primeros días de nuestros ejercicios de remo, él y yo nos volviéramos a casa con los botes marchando a la par y hablándonos, en tanto que Bentley Drummle llegaba solo tras de nosotros, disimulándose entre las hierbas y los cañaverales de la orilla. Siempre tomaba tierra en la orilla como si fuese un ser anfibio que no estuviera cómodo en el agua, aun en los casos en que la marea le habría ayudado a hacer el camino; y siempre le recuerdo yendo detrás de nosotros o siguiendo nuestra estela, mientras nuestros dos botes rompían en el centro de la corriente los reflejos de la puesta del sol o de la luna.

Herbert era mi amigo íntimo y mi compañero. Le ofrecí la mitad de la propiedad de mi bote, lo cual fue ocasión de que viniese con alguna frecuencia a Hammersmith; en tanto que mi posesión de la mitad de sus habitaciones en Londres me llevaba también allí con alguna frecuencia. Solíamos hacer el trayecto entre ambos lugares a todas horas. Aún tengo cariño a aquel camino (aunque ahora no es tan agradable como antes) debido a la impresión que entonces me causó, pues en aquella época mi juventud estaba animada por la esperanza y no había sufrido aún graves sinsabores.

Cuando ya hacía uno o dos meses que vivía con la familia Pocket, llegaron el señor y la señora Camila. Ésta era hermana del señor Pocket. Georgiana, a la que vi en casa de la señorita Havisham el mismo día, también acudió. Era una prima, mujer soltera a indigesta, que llamaba religión a su acidez y amor a su hígado. Todos ésos me odiaban con el odio que despierta la codicia y el desengaño. Sin embargo, empezaron a lisonjearme por mi prosperidad con la mayor bajeza. En cuanto al señor Pocket, lo trataron con la indulgencia que se concede a un niño grande que no tiene noción siquiera de sus propios intereses. A la señora Pocket la despreciaban, pero le concedían que había sufrido un gran desengaño en su vida, porque emitía una débil luz que se reflejaba en ellos mismos.

Éste era el ambiente en que yo vivía, y me apliqué a mi propia educación. Pronto contraje el hábito de gastar y de rodearme de comodidades, y, así, necesitaba una cantidad de dinero que muy pocos meses antes me hubiese parecido casi fabulosa. En ello no había otro mérito que el de darme cuenta de mis propios defectos. Entre el señor Pocket y Herbert empecé a gastar muy aprisa; y como siempre estaban uno a otro a mi lado para darme el impulso que necesitaba y quitando obstáculos del camino, habría sido tan bobo como Drummle si hubiese hecho menos.

Hacía ya varias semanas que no veía al señor Wemmick, cuando pensé conveniente escribirle unas líneas para anunciarle que una de aquellas tardes iría a visitarle a su casa. Él me contestó que le satisfaría mucho y que me esperaría en la oficina alas seis de la tarde. Allí fui, por consiguiente, y le encontré metiéndose en la espalda la llave de la caja, en el preciso momento en que el reloj daba las seis.

— ¿Tiene usted algún inconveniente en que vayamos andando hasta Walworth? — me preguntó.

— Ninguno, si a usted le parece bien — contesté.

— Mejor — observó Wemmick —, porque me he pasado todo el día con las piernas encogidas debajo de la mesa y me gustaría estirarlas un poco. Ahora le voy a decir lo que tenemos para cenar, señor Pip. Hay carne estofada, hecha en casa, y pollo asado, de la fonda inmediata. Me parece que es muy tierno, porque el dueño de la tienda ha sido jurado hace algunos días en alguno de nuestros procesos y le tratamos bastante bien. Se lo recordé al comprarle el pollo, diciéndole: «Búsqueme usted uno que sea bueno, viejo Briton, porque si hubiésemos querido retenerle uno o dos días más, podríamos haberlo hecho.» Él, entonces, me contestó: «Permítame que le regale el mejor pollo que tengo en casa.» Yo se lo permití, desde luego, porque eso es algo que tiene cierto valor y además fácilmente transportable. ¿No tendrá usted inconveniente en que nos acompañe mi anciano padre?

Yo me figuré que seguía hablando del pollo, pero luego añadió:

— Es porque tengo a mi anciano padre en mi casa.

Le contesté con algunas frases corteses, y mientras seguíamos andando me preguntó:

— ¿De modo que todavía no ha comido con el señor Jaggers?

— Aún no.

— Pues esta tarde, en cuanto supo que llegaría usted para salir conmigo, me lo dijo. Por consiguiente, espero que reciba una invitación mañana. Creo que también invitará a sus compañeros. Son ustedes tres, ¿verdad?

A pesar de que no tenía costumbre de considerar a Drummle como íntimo amigo, contesté:

— Sí.

—Pues bien. Va a invitarlos a todos ustedes —. Eso no me dio ninguna satisfacción —. Y le aseguro que cualquier cosa que les dé será buena. No espere usted mucha variedad, pero sí lo mejor de lo mejor. Además, en aquella casa hay otra cosa singular — continuó Wemmick después de una ligera pausa, como si se sobrentendiese que la primera era la criada: — nunca permite que se cierre por las noches ninguna puerta o ventana.

— ¿Y no tiene miedo de que le roben?

— ¡Ca! — contestó Wemmick —. Dice públicamente: «Me gustaría ver al hombre capaz de robarme.» Se lo he oído decir, por lo menos, un centenar de veces, y en una ocasión le dijo a un ladrón de marca: «Ya sabes dónde vivo, y ten en cuenta que allí no se cierra nunca. ¿Por qué no pruebas de dar un golpe en mi casa? ¿No te tienta eso?» Pero él contestó: «No hay nadie, señor Jaggers, bastante atrevido para hacerlo, por mucho que le tiente el dinero.»

— ¿Tanto le temen? — pregunté yo.

— ¿Que si le temen? — dijo Wemmick —. ¡Ya lo creo! De todos modos, él toma sus precauciones, desconfiando de ellos. En su casa no hay nada de plata y todos los cubiertos son de metal plateado.

— Pues entonces poco robarían, aun en el caso... — observé.

— ¡Ah! Pero él sí que podría hacerles daño — dijo Wemmick, interrumpiéndome —, y ellos lo saben. Sería, a partir de entonces, el dueño de sus vidas y de las de veintenas de sus familiares. Se vengaría terriblemente. Y es imposible adivinar lo que podría hacer si quisiera vengarse.

Yo me quedé meditando en la grandeza de mi tutor, cuando Wemmick observó:

— En cuanto a la ausencia de plata, eso se debe a que es un hombre naturalmente muy astuto. Fíjese, en cambio, en la cadena de su reloj. Ésa sí que es buena.

— ¿Es maciza? — pregunté.

— Creo que sí — contestó —. Y su reloj es de repetición y de oro. Por lo menos vale cien libras esterlinas. Tenga en cuenta, señor Pip, que, por lo menos, hay en Londres setecientos ladrones que conocen este reloj; no hay entre ellos ni un hombre, una mujer o un niño, que no fuese capaz de reconocer el eslabón más pequeño de la cadena; pero si lo encontrasen, lo dejarían caer como si estuviese al rojo blanco, esto en el supuesto de que se atrevieran a tocarlo.

Con tal discurso y luego gracias a una conversación sobre asuntos corrientes, el señor Wemmick y yo engañamos lo largo del camino, hasta que él me dio a entender que habíamos llegado al distrito de Walworth.

Aquel lugar parecía una colección de senderos, de zanjas y de jardincitos, y ofrecía el aspecto de un lugar de retiro algo triste. La casa de Wemmick era muy pequeña y de madera, y estaba situada entre varios trozos de jardín. La parte superior de la vivienda aparecía recortada y pintada como si fuese una batería con cañones.

— Esto lo he hecho yo — observó Wemmick —. Resulta bonito, ¿no es verdad?

Yo se lo alabé mucho. Creo que era la casita más pequeña que vi en mi vida. Tenía unas ventanas góticas muy extrañas, la mayoría de ellas fingidas, y una puerta también gótica casi demasiado pequeña para permitir el paso.

— Hay una verdadera asta para la bandera — dijo Wemmick —, y los sábados izo una bandera formal. Ahora mire aquí. En cuanto hayamos cruzado este puente, lo levanto y así impido toda comunicación con el exterior.

El puente no era tal, sino una plancha de madera que cruzaba una zanja de cuatro pies de anchura y dos de profundidad. Pero resultaba agradable ver la satisfacción con que mi compañero levantó el puente y lo sujetó, sonriendo y deleitándose en la operación, y no de un modo maquinal.

— A las nueve de la noche, según el meridiano de Greenwich — dijo Wemmick —, se dispara el cañón. Mírelo, aquí está. Y cuando lo oiga usted, no tengo duda de que se figurará que es de grueso calibre y de ordenanza.

El cañón referido estaba montado en una fortaleza separada y construida con listoncillos. Estaba protegida de las inclemencias del tiempo por medio de un ingenioso encerado semejante en su forma a un paraguas.

— Además, está en la parte trasera — siguió explicando Wemmick — y lejos de la vista, para no alejar la idea de las fortificaciones, porque tengo el principio de que cuando se tiene una idea hay que seguirla hasta el fin. No sé cuál será su opinión acerca del particular...

Yo contesté que estaba de acuerdo con él.

— En la parte posterior hay un cerdo, gallinas y conejos; además, cultivo el huerto, y a la hora de la cena ya verá usted qué excelente ensalada voy a ofrecerle. Por consiguiente, amigo mío — dijo Wemmick sonriendo, pero también hablando muy en serio, — suponiendo que esta casita estuviera sitiada, podría resistir mucho tiempo por lo que respecta a su aprovisionamiento.

Luego me condujo a una glorieta que se hallaba a doce metros de distancia, pero el camino estaba tan ingeniosamente retorcido, que se tardaba bastante en llegar. Allí nos esperaban ya unos vasos para el ponche, que se enfriaba en un lago ornamental, en cuya orilla se levantaba la glorieta. Aquella extensión de agua, con una isla en el centro, que podría haber sido la ensalada de la cena, era de forma circular, y allí había un surtidor, el cual, cuando se había puesto en marcha un molino y se quitaba el corcho que tapaba la tubería, surgía con tanta fuerza que llegaba a mojar el dorso de la mano.

—Soy a la vez ingeniero, carpintero, fontanero y jardinero, de modo que tengo toda suerte de oficios — dijo Wemmick después de darme las gracias por mi felicitación —. Eso es muy agradable. Tiene la ventaja de que le quita a uno las telarañas de Newgate y además le gusta mucho a mi viejo. ¿Quiere usted que se lo presente en seguida? ¿No le sabrá mal?

Yo me manifesté dispuesto a ello, y así nos dirigimos al castillo. Allí encontramos sentado junto al fuego a un hombre muy anciano, vestido de franela. Estaba muy limpio, alegre y cómodo, así como muy bien cuidado, pero era absolutamente sordo.

— ¿Qué, querido padre? — dijo Wemmick estrechándole la mano cordial y alegremente —. ¿Cómo está usted?

— Muy bien, John, muy bien — contestó el anciano.

— Aquí le presento al señor Pip, querido padre — dijo Wemmick —, y me gustaría que pudiese usted oír su nombre. Hágame el favor, señor Pip, de saludarle con un movimiento de cabeza. Esto le gusta mucho. Repítalo usted, señor Pip. Hágame el favor.

— Esta posesión de mi hijo es muy agradable, caballero — gritó el anciano mientras yo movía la cabeza con tanta energía como me era posible —. Es un lugar lleno de delicias, caballero. Tanto la casa como el jardín, así como todas las preciosidades que contiene, deberían ser conservados por la nación cuando muera mi hijo, para diversión de la gente.

— Está orgulloso de eso, ¿no es verdad, padre? — dijo Wemmick contemplando al viejo, en tanto que la expresión de su rostro se había suavizado. — Mire, este saludo va por usted — añadió moviendo enérgicamente la cabeza —. Y este otro, también — continuó, repitiendo el movimiento. — Le gusta esto, ¿no es verdad? Si no se cansa usted, señor Pip, pues comprendo que para los demás es muy fatigoso, ¿quiere usted saludarle otra vez? No sabe usted cuánto le gusta.

Yo moví varias veces la cabeza, con gran satisfacción del anciano. Le dejamos cuando se disponía a dar de comer a las gallinas, y nos encaminamos a la glorieta para tomar el ponche, en donde Wemmick me dijo, mientras fumaba su pipa, que había empleado muchos años en poner la propiedad en su actual estado de perfección.

— ¿Es propiedad de usted, señor Wemmick? — pregunté.

— ¡Oh, sí! — contestó él —. La adquirí a plazos.

— ¿De veras? Espero que el señor Jaggers la admire también.

— Nunca la ha visto — dijo Wemmick, — ni tampoco ha oído hablar de ella. Tampoco conoce a mi padre ni ha oído hablar de él. No; la oficina es una cosa, y la vida privada, otra. Cuando me voy a la oficina, dejo a mi espalda el castillo, y cuando vengo a éste, me dejo en Londres la oficina. Y si no le contraría, me hará un favor haciendo lo mismo. No deseo hablar de negocios aquí.

Naturalmente, mi buena fe me obligó a atender su petición. Como el ponche era muy bueno, permanecimos allí sentados, bebiendo y hablando, hasta que fueron casi las nueve de la noche.

— Ya se acerca la hora de disparar el cañón — dijo entonces Wemmick, dejando la pipa sobre la mesa.— Es el mayor placer de mi padre.

Dirigiéndose nuevamente al castillo, encontramos al viejo calentando el espetón con ojos expectantes, como si aquello fuese la operación preliminar de la gran ceremonia nocturna. Wemmick se quedó con el reloj en la mano hasta que llegó el momento de tomar de manos del anciano el espetón enrojecido al fuego y acercarse a la batería. Salió casi inmediatamente, y en aquel momento resonó el cañón con tal estruendo que hizo estremecer la casita entera, amenazando con hacerla caer a pedazos y haciendo resonar todos los vidrios y todas las tazas. Entonces el viejo, quien sin duda no había salido despedido de su asiento porque tuvo la precaución de sujetarse con ambas manos, exclamó, muy entusiasmado:

— ¡Ha disparado! ¡Lo he oído!

Yo moví la cabeza hacia el anciano caballero con tanta energía, que no es ninguna ficción el asegurar que llegó un momento en que ya fui incapaz de verle.

Wemmick dedicó el intervalo entre el cañonazo y la hora de la cena mostrándome su colección de curiosidades. La mayoría eran de carácter criminal. Comprendía la pluma con que se había cometido una celebrada falsificación; una o dos navajas de afeitar, muy distinguidas; algunos mechones de cabello, y varias confesiones manuscritas después de la condena y a las cuales el señor Wemmick daba el mayor valor, porque, usando sus propias palabras, eran «mentiras de pies a cabeza, caballero». Estas confesiones estaban discretamente distribuidas entre algunos pequeños objetos de porcelana y de cristal, unos juguetes fabricados por el propietario del museo y también algunas pipas esculpidas por el viejo. Todo aquello estaba en la habitación del castillo en que entré en primer lugar y que servía no solamente como sala, sino también de cocina, a juzgar por una cacerola que había en la repisa del hogar y un gancho de bronce sobre el lugar propio del fuego y destinado a colgar el asador.

Había una criadita que durante el día cuidaba al viejo. En cuanto hubo puesto el mantel, bajaron el puente para que pudiera salir, y se marchó hasta el día siguiente. La cena era excelente, y a pesar de que el castillo no me parecía nada sólido y además semejaba una nuez podrida, y aunque el cerdo podía haber estado un poco más lejos, pasé un rato muy agradable. Tampoco hubo ningún inconveniente en mi dormitorio, situado en la torrecilla, aparte de que, como había un techo muy delgado entre mí mismo y el asta de la bandera, cuando me eché en la cama de espaldas me pareció que durante toda la noche tuviera que sostener el equilibrio de aquélla sobre la frente.

Wemmick se levantó muy temprano por la mañana, y tengo el recelo de haberle oído mientras se dedicaba a limpiarme las botas. Después de eso se ocupó en su jardín, y desde mi ventana gótica le vi esforzándose en utilizar el auxilio del viejo, a quien dirigía repetidos movimientos de cabeza, con la mayor devoción.

Nuestro desayuno fue tan bueno como la cena, y a las ocho y media salimos en dirección a Little Britain. Gradualmente, Wemmick recobró la sequedad y la dureza de su carácter a medida que avanzábamos, y su boca volvió a parecer un buzón de correo. Por fin, cuando llegamos a la oficina y hubo sacado de su espalda la llave de la caja, pareció haberse olvidado tan completamente de su propiedad de Walworth como si el castillo, el puente levadizo, la glorieta, el lago, la fuente y el anciano hubieran sido dispersados en el espacio por la última descarga de su formidable cañón.

Capítulo XXVI

Ocurrió, según me anunciara Wemmick, que se me presentó muy pronto la oportunidad de comparar la morada de mi tutor con la de su cajero y empleado. Mi tutor estaba en su despacho, lavándose las manos con su jabón perfumado, cuando yo entré en la oficina a mi regreso de Walworth; él me llamó en seguida y me hizo la invitación, para mí mismo y para mis amigos, que Wemmick me había preparado a recibir.

— Sin cumplido alguno – dijo. — No hay necesidad de vestirse de etiqueta, y podremos convenir, por ejemplo, el día de mañana.

Yo le pregunté adónde tendría que dirigirme, porque no tenía la menor idea acerca de dónde vivía, y creo que, siguiendo su costumbre de no confesar nada, me dijo:

— Venga usted aquí y le llevaré a casa conmigo.

Aprovecho esta oportunidad para observar que, después de recibir a sus clientes, se lavaba las manos, como si fuese un cirujano o un dentista. Tenía el lavabo en su despacho, dispuesto ya para el caso, y que olía a jabón perfumado como si fuese una tienda de perfumista. En la parte interior de la puerta tenía una toalla puesta sobre un rodillo, y después de lavarse las manos se las secaba con aquélla, cosa que hacía siempre que volvía del tribunal o despedía a un diente. Cuando mis amigos y yo acudimos al día siguiente a su despacho, a las seis de la tarde, parecía haber estado ocupado en un caso mucho más importante que de costumbre, porque le encontramos con la cabeza metida en el lavabo y lavándose no solamente las manos, sino también la cara y la garganta. Y cuando hubo terminado eso y una vez se secó con la toalla, se limpió las uñas con un cortaplumas antes de ponerse la chaqueta.

Cuando salimos a la calle encontramos, como de costumbre, algunas personas que esperaban allí y que con la mayor ansiedad deseaban hablarle; pero debió de asustarlas la atmósfera perfumada del jabón que le rodeaba, porque aquel día abandonaron su tentativa. Mientras nos dirigíamos hacia el Oeste, fue reconocido por varias personas entre la multitud, pero siempre que eso ocurría me hablaba en voz más alta y fingía no reconocer a nadie ni fijarse en que los demás le reconociesen.

Nos llevó así a la calle Gerrard, en Soho, y a una casa situada en el lado meridional de la calle. El edificio tenía aspecto majestuoso, pero habría necesitado una buena capa de pintura y que le limpiasen el polvo de las ventanas. Saco la llave, abrió la puerta y entramos en un vestíbulo de piedra, desnudo, oscuro y poco usado. Subimos por una escalera, también oscura y de color pardo, y así llegamos a una serie de tres habitaciones, del mismo color, en el primer piso. En los arrimaderos de las paredes estaban esculpidas algunas guirnaldas, y mientras nuestro anfitrión nos daba la bienvenida, aquellas guirnaldas me produjeron extraña impresión.

La cena estaba servida en la mejor de aquellas estancias; la segunda era su guardarropa, y la tercera, el dormitorio. Nos dijo que poseía toda la casa, pero que raras veces utilizaba más habitaciones que las que veíamos. La mesa estaba muy bien puesta, aunque en ella no había nada de plata, y al lado de su silla había un torno muy grande, en el que se veía una gran variedad de botellas y frascos, así como también cuatro platos de fruta para postre. Yo observé que él lo tenía todo al alcance de la mano y lo distribuía por sí mismo.

En la estancia había una librería, y por los lomos de los libros me di cuenta de que todos ellos trataban de pruebas judiciales, de leyes criminales, de biografías criminales, de juicios, de actas del Parlamento y de cosas semejantes. Los muebles eran sólidos y buenos, así como la cadena de su reloj. Pero todo tenía cierto aspecto oficial, y no se veía nada puramente decorativo. En un rincón había una mesita que contenía bastantes papeles y una lámpara con pantalla; de manera que, sin duda alguna, mi tutor se llevaba consigo la oficina a su propia casa y se pasaba algunas veladas trabajando.

Como él apenas había visto a mis tres compañeros hasta entonces, porque por la calle fuimos los dos de lado, se quedó junto a la chimenea y, después de tirar del cordón de la campanilla, los examinó atentamente. Y con gran sorpresa mía, pareció interesarse mucho y también casi exclusivamente por Drummle.

— Pip — dijo poniéndome su enorme mano sobre el hombro y llevándome hacia la ventana —. No conozco a ninguno de ellos. ¿Quién es esa araña?

— ¿Qué araña? — pregunté yo.

— Ese muchacho moteado, macizo y huraño.

— Es Bentley Drummle — repliqué —. Ese otro que tiene el rostro más delicado se llama Startop.

Sin hacer el menor caso de aquel que tenía la cara más delicada, me dijo:

— ¿Se llama Bentley Drummle? Me gusta su aspecto.

Inmediatamente empezó a hablar con él. Y, sin hacer caso de sus respuestas reticentes, continuó, sin duda con el propósito de obligarle a hablar. Yo estaba mirando a los dos, cuando entre ellos y yo se interpuso la criada que traía el primer plato.

Era una mujer que tendría unos cuarenta años, según supuse, aunque tal vez era más joven. Tenía alta estatura, una figura flexible y ágil, el rostro extremadamente pálido, con ojos marchitos y grandes y un pelo desordenado y abundante. Ignoro si, a causa de alguna afección cardiaca, tenía siempre los labios entreabiertos como si jadease y su rostro mostraba una expresión curiosa, como de confusión; pero sí sé que dos noches antes estuve en el teatro a ver Macbeth y que el rostro de aquella mujer me parecía agitado por todas las malas pasiones, como los rostros que vi salir del caldero de las brujas.

Dejó la fuente y tocó en el brazo a mi tutor para avisarle de que la cena estaba dispuesta; luego se alejo. Nos sentamos alrededor de la mesa, y mi tutor puso a su lado a Drummle, y a Startop al otro. El plato que la criada dejó en la mesa era de un excelente pescado, y luego nos sirvieron carnero muy bien guisado y, finalmente, un ave exquisita. Las salsas, los vinos y todos cuantos complementos necesitábamos eran de la mejor calidad y nos los entregaba nuestro anfitrión tomándolos del torno; y cuando habían dado la vuelta a la mesa los volvía a poner en su sitio. De la misma manera nos entregaba los platos limpios, los cuchillos y los tenedores para cada servicio, y los que estaban sucios los echaba a un cesto que estaba en el suelo y a su lado. No apareció ningún otro criado más que aquella mujer, la cual entraba todos los platos, y siempre me pareció ver en ella un rostro semejante al que saliera del caldero de las brujas. Años más tarde logré reproducir el rostro de aquella mujer haciendo pasar el de una persona, que no se le parecía por otra cosa más que por el cabello, por detrás de un cuenco de alcohol encendido, en una habitación oscura.

Inclinado a fijarme cuanto me fue posible en la criada, tanto por su curioso aspecto como por las palabras de Wemmick, observé que siempre que estaba en el comedor no separaba los ojos de mi tutor y que retiraba apresuradamente las manos de cualquier plato que pusiera delante de él, vacilando, como si temiese que la llamara cuando estaba cerca, para decirle alguna cosa. Me pareció observar que él se daba cuenta de eso, pero que quería tenerla sumida en la ansiedad.

La cena transcurrió alegremente, y a pesar de que mi tutor parecía seguir la conversación y no iniciarla, vi que nos obligaba a exteriorizar los puntos más débiles de nuestro carácter. En cuanto a mí mismo, por ejemplo, me vi de pronto expresando mi inclinación a derrochar dinero, a proteger a Herbert y a vanagloriarme de mi espléndido porvenir, eso antes de darme cuenta de que hubiese abierto los labios. Lo mismo les ocurrió a los demás, pero a nadie en mayor grado que a Drummle, cuyas inclinaciones a burlarse de un modo huraño y receloso de todos los demás quedaron de manifiesto antes de que hubiesen retirado el plato del pescado.

No fue entonces, sino cuando llegó la hora de tomar el queso, cuando nuestra conversación se refirió a nuestras proezas en el remo, y entonces Drummle recibió algunas burlas por su costumbre de seguirnos en su bote. Él informó a nuestro anfitrión de que prefería seguirnos en vez de gozar de nuestra compañía, que en cuanto a habilidad se consideraba nuestro maestro y que con respecto a fuerza era capaz de vencernos a los dos. De un modo invisible, mi tutor le daba cuerda para que mostrase su ferocidad al tratar de aquel hecho sin importancia; y él desnudó su brazo y lo contrajo varias veces para enseñar sus músculos, y nosotros le imitamos del modo más ridículo.

Mientras tanto, la criada iba quitando la mesa; mi tutor, sin hacer caso de ella y hasta volviéndole el rostro, estaba recostado en su sillón, mordiéndose el lado de su dedo índice y demostrando un interés hacia Drummle que para mí era completamente inexplicable. De pronto, con su enorme mano, cogió la de la criada, como si fuese un cepo, en el momento en que ella se inclinaba sobre la mesa. Y él hizo aquel movimiento con tanta rapidez y tanta seguridad, que todos interrumpimos nuestra estúpida competencia.

— Hablando de fuerza — dijo el señor Jaggers — ahora voy a mostrarles un buen puño. Molly, enséñanos el puño.

La mano presa de ella estaba sobre la mesa, pero había ocultado la otra llevándola hacia la espalda

— Señor — dijo en voz baja y con ojos fijos y suplicantes —. No lo haga.

— Voy a mostrarles un puño — repitió el señor Jaggers, decidido a ello —. Molly, enséñanos el puño.

— ¡Señor, por favor! — murmuró ella.

— Molly — repitió el señor Jaggers sin mirarla y dirigiendo obstinadamente los ojos al otro lado de la estancia —. Muéstranos los dos puños. En seguida.

Le cogió la mano y puso el puño de la criada sobre la mesa. Ella sacó la otra mano y la puso al lado de la primera. Entonces pudimos ver que la última estaba muy desfigurada, atravesada por profundas cicatrices. Cuando adelantó las manos para que las pudiésemos ver, apartó los ojos del señor Jaggers y los fijó, vigilante, en cada uno de nosotros.

— Aquí hay fuerza — observó el señor Jaggers señalando los ligamentos con su dedo índice. — Pocos hombres tienen los puños tan fuertes como esta mujer. Es notable la fuerza que hay en estas manos. He tenido ocasión de observar muchas de ellas, pero jamás vi otras tan fuertes como éstas, ya de hombre o de mujer.

Mientras decía estas palabras, con acento de indiferencia, ella continuó mirándonos sucesivamente a todos. Cuando mi tutor dejó de ocuparse en sus manos, ella le miró otra vez.

— Está bien, Molly — dijo el señor Jaggers moviendo ligeramente la cabeza hacia ella —. Ya has sido admirada y puedes marcharte.

La criada retiró sus manos y salió de la estancia, en tanto que el señor Jaggers, tomando un frasco del torno, llenó su vaso e hizo circular el vino.

— Alas nueve y media, señores – dijo, — nos separaremos. Procuren, mientras tanto, pasarlo bien. Estoy muy contento de verles en mi casa. Señor Drummle, bebo a su salud.

Si eso tuvo por objeto que Drummle diese a entender de un modo más completo su carácter, hay que confesar que logró el éxito. Triunfante y huraño, Drummle mostró otra vez en cuán poco nos tenía a los demás, y sus palabras llegaron a ser tan ofensivas que resultaron ya por fin intolerables. Pero el señor Jaggers le observaba con el mismo interés extraño, y en cuanto a Drummle, parecía hacer más agradable el vino que se bebía aquél.

Nuestra juvenil falta de discreción hizo que bebiésemos demasiado y que habláramos excesivamente. Nos enojamos bastante ante una burla de Drummle acerca de que gastábamos demasiado dinero. Eso me hizo observar, con más celo que discreción, que no debía de haber dicho eso, pues me constaba que Startop le había prestado dinero en mi presencia, cosa de una semana antes.

— ¿Y eso qué importa? — contestó Drummle —. Se pagará religiosamente.

— No quiero decir que deje usted de hacerlo — añadí —; pero eso habría debido bastarle para contener su lengua antes de hablar de nosotros y de nuestro dinero; me parece.

— ¿Le parece? — exclamó Drummle —. ¡Dios mío!

— Y casi estoy seguro — dije, deseando mostrarme severo — de que no sería usted capaz de prestarnos dinero si lo necesitásemos.

— Tiene usted razón — replicó Drummle —: no prestaría ni siquiera seis peniques a ninguno de ustedes. Ni a ustedes ni a nadie.

— Es mejor pedir prestado, creo.

— ¿Usted cree? — repitió Drummle —. ¡Dios mío!

Estas palabras agravaban aún el asunto, y muy especialmente me descontentó el observar que no podía vencer su impertinente torpeza, de modo que, sin hacer caso de los esfuerzos de Herbert, que quería contenerme, añadí:

— Ya que hablamos de esto, señor Drummle, voy a repetirle lo que pasó entre Herbert y yo cuando usted pidió prestado ese dinero.

— No me importa saber lo que pasó entre ustedes dos — gruñó Drummle.

Y me parece que añadió en voz más baja, pero no menos malhumorada, que tanto yo como Herbert podíamos ir al demonio.

— Se lo diré a pesar de todo — añadí —, tanto si quiere oírlo como no. Dijimos que mientras usted se metía en el bolsillo el dinero, muy contento de que se lo hubiese prestado, parecía que también le divirtiera extraordinariamente el hecho de que Startop hubiese sido tan débil para facilitárselo.

Drummle se sentó, riéndose en nuestra cara, con las manos en los bolsillos y encogidos sus redondos hombros, dando a entender claramente que aquello era la verdad pura y que nos despreció a todos por tontos.

Entonces Startop se dirigió a él, aunque con mayor amabilidad que yo, y le exhortó para que se mostrase un poco más cortés. Como Startop era un muchacho afable y alegre, en tanto que Drummle era el reverso de la medalla, por eso el último siempre estaba dispuesto a recibir mal al primero, como si le dirigieran una afrenta personal. Entonces replicó con voz ronca y torpe, y Startop trató de abandonar la discusión, pronunciando unas palabras en broma que nos hicieron reír a todos. Y más resentido por aquel pequeño éxito que por otra cosa cualquiera, Drummle, sin previa amenaza ni aviso, sacó las manos de los bolsillos, dejó caer sus hombros, profirió una blasfemia y, tomando un vaso grande, lo habría arrojado a la cabeza de su adversario, de no habérselo impedido, con la mayor habilidad, nuestro anfitrión, en el momento en que tenía la mano levantada con la intención dicha.

— Caballeros — dijo el señor Jaggers poniendo sobre la mesa el vaso y tirando, por medio de la cadena de oro, del reloj de repetición —, siento mucho anunciarles que son las nueve y media.

A1 oír esta indicación, todos nos levantamos para marcharnos. Antes de llegar a la puerta de la calle, Startop llamaba alegremente a Drummle «querido amigo», como si no hubiese ocurrido nada. Pero el «querido amigo» estaba tan lejos de corresponder a estas amables palabras, que ni siquiera quiso regresar a Hammersmith siguiendo la misma acera que su compañero; y como Herbert y yo nos quedamos en la ciudad, les vimos alejarse por la calle, siguiendo cada uno de ellos su propia acera; Startop iba delante, y Drummle le seguía guareciéndose en la sombra de las casas, como si también en aquel momento lo siguiese en su bote.

Como la puerta no estaba cerrada todavía, dejé solo a Herbert por un momento y volví a subir la escalera para dirigir unas palabras a mi tutor. Le encontré en su guardarropa, rodeado de su colección de calzado y muy ocupado en lavarse las manos, sin duda a causa de nuestra partida.

Le dije que había subido otra vez para expresarle mi sentimiento de que hubiese ocurrido algo desagradable, y que esperaba no me echaría a mí toda la culpa.

— ¡Bah! — exclamó mientras se mojaba la cara y hablando a través de las gotas de agua. — No vale la pena, Pip. A pesar de todo, me gusta esa araña.

Volvió el rostro hacia mí y se sacudía la cabeza, secándose al mismo tiempo y resoplando con fuerza.

— Me contenta mucho que a usted le guste, señor — dije —; pero a mí no me gusta nada.

— No, no — asintió mi tutor. — Procure no tener nada que ver con él y apártese de ese muchacho todo lo que le sea posible. Pero a mí me gusta, Pip. Por lo menos, es sincero. Y si yo fuese un adivino...

Y descubriendo el rostro, que hasta entonces la toalla ocultara, sorprendióle una mirada.

— Pero como no soy adivino... — añadió secándose con la toalla las dos orejas.— Ya sabe usted que no lo soy, ¿verdad? Buenas noches, Pip.

— Buenas noches, señor.

Cosa de un mes después de aquella noche terminó el tiempo que el motejado de araña había de pasar con el señor Pocket, y con gran contento de todos, a excepción de la señora Pocket, se marchó a su casa, a incorporarse a su familia.

Capítulo XXVII

«Mi querido señor Pip: Escribo por indicación del señor Gargery, a fin de comunicarle que está a punto de salir para Londres en compañía del señor Wopsle y que le sería muy agradable tener la ocasión de verle a usted. Irá al Hotel Barnard el martes por la mañana, a las nueve, y en caso de que esta hora no le sea cómoda, haga el favor de dejarlo dicho. Su pobre hermana está exactamente igual que cuando usted se marchó. Todas las noches hablamos de usted en la cocina, tratando de imaginarnos lo que usted hace y dice. Y si le parece que nos tomamos excesiva libertad, perdónenos por el cariño de sus antiguos días de pobreza. Nada más tengo que decirle, querido señor Pip, y quedo de usted su siempre agradecida y afectuosa servidora,

Biddy»

«P. S.: Él desea de un modo especial que escriba mencionando las alondras. Dice que usted ya lo comprenderá. Así lo espero, y creo que le será agradable verle, aunque ahora sea un caballero, porque usted siempre tuvo buen corazón y él es un hombre muy bueno y muy digno. Se lo he leído todo, a excepción de la última frase, y él repite su deseo de que le mencione otra vez las alondras.»

Recibí esta carta por el correo el lunes por la mañana, de manera que la visita de Joe debería tener lugar al día siguiente. Y ahora debo confesar exactamente con qué sensaciones esperaba la llegada de Joe.

No con placer alguno, aunque con él estuviese ligado por tantos lazos; no, sino con bastante perplejidad, cierta mortificación y alguna molestia. Si hubiese podido alejarle pagando algo, seguramente hubiese dedicado a eso algún dinero. De todos modos, me consolaba bastante la idea de que iría a visitarme a la Posada de Barnard y no a Hammersmith, y que, por consiguiente, Bentley Drummle no podría verle. Poco me importaba que le viesen Herbert o su padre, pues a ambos los respetaba; pero me habría sabido muy mal que le conociese Drummle, porque a éste le despreciaba. Así, ocurre que, durante toda la vida, nuestras peores debilidades y bajezas se cometen a causa de las personas a quienes más despreciamos.

Yo había empezado a decorar sin tregua las habitaciones que ocupaba en la posada, de un modo en realidad innecesario y poco apropiado, sin contar con lo caras que resultaban aquellas luchas con Barnard. Entonces, las habitaciones eran ya muy distintas de como las encontré, y yo gozaba del honor de ocupar algunas páginas enteras en los libros de contabilidad de un tapicero vecino. últimamente había empezado a gastar con tanta prisa, que hasta incluso tomé un criadito, al cual le hacía poner polainas, y casi habría podido decirse de mí que me convertí en su esclavo; porque en cuanto hube convertido aquel monstruo (el muchacho procedía de los desechos de la familia de mi lavandera) y le vestí con una chaqueta azul, un chaleco de color canario, corbata blanca, pantalones de color crema y las botas altas antes mencionadas, observé que tenía muy poco que hacer y, en cambio, mucho que comer, y estas dos horribles necesidades me amargaban la existencia.

Ordené a aquel fantasma vengador que estuviera en su puesto a las ocho de la mañana del martes, en el vestíbulo (el cual tenía dos pies cuadrados, según me demostraba lo que me cargaron por una alfombra), y Herbert me aconsejó preparar algunas cosas para el desayuno, creyendo que serían del gusto de Joe. Y aunque me sentí sinceramente agradecido a él por mostrarse tan interesado y considerado, abrigaba el extraño recelo de que si Joe hubiera venido para ver a Herbert, éste no se habría manifestado tan satisfecho de la visita.

A pesar de todo, me dirigí a la ciudad el lunes por la noche, para estar dispuesto a recibir a Joe; me levanté temprano por la mañana y procuré que la salita y la mesa del almuerzo tuviesen su aspecto más espléndido. Por desgracia, lloviznaba aquella mañana, y ni un ángel hubiera sido capaz de disimular el hecho de que el edificio Barnard derramaba lágrimas mezcladas con hollín por la parte exterior de la ventana, como si fuese algún débil gigante deshollinador.

A medida que se acercaba la hora sentía mayor deseo de escapar, pero el Vengador, en cumplimiento de las órdenes recibidas, estaba en el vestíbulo, y pronto oí a Joe por la escalera. Conocí que era él por sus desmañados pasos al subir los escalones, pues sus zapatos de ceremonia le estaban siempre muy grandes, y también por el tiempo que empleó en leer los nombres que encontraba ante las puertas de los otros pisos en el curso del ascenso. Cuando por fin se detuvo ante la parte exterior de nuestra puerta, pude oír su dedo al seguir las letras pintadas de mi nombre, y luego, con la mayor claridad, percibí su respiración en el agujero de la llave. Por fin rascó ligeramente la puerta, y Pepper, pues tal era el nombre del muchacho vengador, anunció «el señor Gargeryr». Creí que éste no acabaría de limpiarse los pies en el limpiabarros y que tendría necesidad de salir para sacarlo en vilo de la alfombra; mas por fin entró.

— ¡Joe! ¿Cómo estás, Joe?

— ¡Pip! ¿Cómo está usted, Pip?

Mientras su bondadoso y honrado rostro resplandecía, dejó el sombrero en el suelo entre nosotros, me cogió las dos manos y empezó a levantarlas y a bajarlas como si yo hubiese sido una bomba de último modelo.

— Tengo el mayor gusto en verte, Joe. Dame tu sombrero.

Pero Joe, levantándolo cuidadosamente con ambas manos, como si fuese un nido de pájaros con huevos dentro, no quiso oír hablar siquiera de separarse de aquel objeto de su propiedad y persistió en permanecer en pie y hablando sobre el sombrero, de un modo muy incómodo.

— ¡Cuánto ha crecido usted! — observó Joe.— Además, ha engordado y tiene un aspecto muy distinguido. — El buen Joe hizo una pausa antes de descubrir esta última palabra y luego añadió —: Seguramente honra usted a su rey y a su país.

— Y tú, Joe, parece que estás muy bien.

— Gracias a Dios — replicó Joe. — estoy perfectamente. Y su hermana no está peor que antes. Biddy se porta muy bien y es siempre amable y cariñosa. Y todos los amigos están bien y en el mismo sitio, a excepción de Wopsle, que ha sufrido un cambio.

Mientras hablaba así, y sin dejar de sostener con ambas manos el sombrero, Joe dirigía miradas circulares por la estancia, y también sobre la tela floreada de mi bata.

— ¿Un cambio, Joe?

— Sí — dijo Joe bajando la voz —. Ha dejado la iglesia y va a dedicarse al teatro. Y con el deseo de ser cómico, se ha venido a Londres conmigo. Y desea — añadió Joe poniéndose por un momento el nido de pájaros debajo de su brazo izquierdo y metiendo la mano derecha para sacar un huevo — que si esto no resulta molesto para usted, admita este papel.

Tomé lo que Joe me daba y vi que era el arrugado programa de un teatrito que anunciaba la primera aparición, en aquella misma semana, del «celebrado aficionado provincial de fama extraordinaria, cuya única actuación en el teatro nacional ha causado la mayor sensación en los círculos dramáticos locales».

— ¿Estuviste en esa representación, Joe? — pregunté.

— Sí — contestó Joe con énfasis y solemnidad.

— ¿Causó sensación?

— Sí — dijo Joe. — Sí. Hubo, sin duda, una gran cantidad de pieles de naranja, particularmente cuando apareció el fantasma. Pero he de decirle, caballero, que no me pareció muy bien ni conveniente para que un hombre trabaje a gusto el verse interrumpido constantemente por el público, que no cesaba de decir «amén» cuando él estaba hablando con el fantasma. Un hombre puede haber servido en la iglesia y tener luego una desgracia — añadió Joe en tono sensible, — pero no hay razón para recordárselo en una ocasión como aquélla. Y, además, caballero, si el fantasma del padre de uno no merece atención, ¿quién la merecerá, caballero? Y más todavía cuando el pobre estaba ocupado en sostenerse el sombrero de luto, que era tan pequeño que hasta el mismo peso de las plumas se lo hacía caer de la cabeza.

En aquel momento, el rostro de Joe tuvo la misma expresión que si hubiese visto un fantasma, y eso me dio a entender que Herbert acababa de entrar en la estancia. Así, pues, los presenté uno a otro, y el joven Pocket le ofreció la mano, pero Joe retrocedió un paso y siguió agarrando el nido de pájaros.

— Soy su servidor, caballero — dijo Joe —, y espero que tanto usted como el señor Pip... — En aquel momento, sus ojos se fijaron en el Vengador, que ponía algunas tostadas en la mesa, y demostró con tanta claridad la intención de convertir al muchacho en uno de nuestros compañeros, que yo fruncí el ceño, dejándole más confuso aún, — espero que estén ustedes bien, aunque vivan en un lugar tan cerrado. Tal vez sea ésta una buena posada, de acuerdo con las opiniones de Londres — añadió Joe en tono confidencial, — y me parece que debe de ser así; pero, por mi parte, no tendría aquí ningún cerdo en caso de que deseara cebarlo y que su carne tuviese buen sabor.

Después de dirigir esta «halagüeña» observación hacia los méritos de nuestra vivienda y en vista de que mostraba la tendencia de llamarme «caballero», Joe fue invitado a sentarse a la mesa, pero antes miró alrededor por la estancia, en busca de un lugar apropiado en que dejar el sombrero, como si solamente pudiera hallarlo en muy pocos objetos raros, hasta que, por último, lo dejó en la esquina extrema de la chimenea, desde donde el sombrero se cayó varias veces durante el curso del almuerzo.

— ¿Quiere usted té o café, señor Gargery? — preguntó Herbert, que siempre presidía la mesa por las mañanas.

— Muchas gracias, caballero — contestó Joe, envarado de pies a cabeza. — Tomaré lo que a usted le guste más.

— ¿Qué le parece el café?

— Muchas gracias, caballero — contestó Joe, evidentemente desencantado por la proposición. — Ya que es usted tan amable para elegir el café, no tengo deseo de contradecir su opinión. Pero ¿no le parece a usted que es poco propio para comer algo?

— Pues entonces tome usted té — dijo Herbert, sirviéndoselo.

En aquel momento, el sombrero de Joe se cayó de la chimenea, y él se levantó de la silla y, después de cogerlo, volvió a dejarlo exactamente en el mismo sitio, como si fuese un detalle de excelente educación el hecho de que tuviera que caerse muy pronto.

— ¿Cuándo llegó usted a Londres, señor Gargery?

— ¿Era ayer tarde? — se preguntó Joe después de toser al amparo de su mano, como si hubiese cogido la tos ferina desde que llegó. — Pero no, no era ayer. Sí, sí, ayer. Era ayer tarde — añadió con tono que expresaba su seguridad, su satisfacción y su estricta exactitud.

— ¿Ha visto usted algo en Londres?

— ¡Oh, sí, señor! — contestó Joe —. Yo y Wopsle nos dirigirnos inmediatamente a visitar los almacenes de la fábrica de betún. Pero nos pareció que no eran iguales como los dibujos de los anuncios clavados en las puertas de las tiendas. Me parece — añadió Joe para explicar mejor su idea — que los dibujaron demasiado arquitecturalísimamente.

Creo que Joe habría prolongado aún esta palabra, que para mí era muy expresiva e indicadora de alguna arquitectura que conozco, a no ser porque en aquel momento su atención fue providencialmente atraída por su sombrero, que rebotaba en el suelo. En realidad, aquella prenda exigía toda su atención constante y una rapidez de vista y de manos muy semejante a la que es necesaria para cuidar de un portillo. Él hacía las cosas más extraordinarias para recogerlo y demostraba en ello la mayor habilidad; tan pronto se precipitaba hacia él y lo cogía cuando empezaba a caer, como se apoderaba de él en el momento en que estaba suspendido en el aire. Luego trataba de dejarlo en otros lugares de la estancia, y a veces pretendió colgarlo de alguno de los dibujos de papel de la pared, antes de convencerse de que era mejor acabar de una vez con aquella molestia. Por último lo metió en el cubo para el agua sucia, en donde yo me tomé la libertad de poner las manos en él.

En cuanto al cuello de la camisa y al de su chaqueta, eran cosas que dejaban en la mayor perplejidad y a la vez insolubles misterios. ¿Por qué un hombre habría de atormentarse en tal medida antes de persuadirse de que estaba vestido del todo? ¿Por qué supondría Joe necesario purificarse por medio del sufrimiento, al vestir su traje dominguero? Entonces cayó en un inexplicable estado de meditación, mientras sostenía el tenedor entre el plato y la boca; sus ojos se sintieron atraídos hacia extrañas direcciones; de vez en cuando le sobrecogían fuertes accesos de tos, y estaba sentado a tal distancia de la mesa, que le caía mucho más de lo que se comía, aunque luego aseguraba que no era así, y por eso sentí la mayor satisfacción cuando Herbert nos dejó para dirigirse a la ciudad.

Yo no tenía el buen sentido suficiente ni tampoco bastante buenos sentimientos para comprender que la culpa de todo era mía y que si yo me hubiese mostrado más afable y a mis anchas con Joe, éste me habría demostrado también menor envaramiento y afectación en sus modales. Estaba impaciente por su causa y muy irritado con él; y en esta situación, me agobió más con sus palabras.

— ¿Estamos solos, caballero? — empezó a decir.

— Joe — le interrumpí con aspereza, — ¿cómo te atreves a llamarme «caballero»?

Me miró un momento con expresión de leve reproche y, a pesar de lo absurdo de su corbata y de sus cuellos, observé en su mirada cierta dignidad.

— Si estamos los dos solos — continuó Joe —, y como no tengo la intención ni la posibilidad de permanecer aquí muchos minutos, he de terminar, aunque mejor diría que debo empezar, mencionando lo que me ha obligado a gozar de este honor. Porque si no fuese — añadió Joe con su antiguo acento de lúcida exposición, — si no fuese porque mi único deseo es serle útil, no habría tenido el honor de comer en compañía de caballeros ni de frecuentar su trato.

Estaba tan poco dispuesto a observar otra vez su mirada, que no le dirigí observación alguna acerca del tono de sus palabras.

— Pues bien, caballero — prosiguió Joe —. La cosa ocurrió así. Estaba en Los Tres Barqueros la otra noche, Pip — siempre que se dirigía a mí afectuosamente me llamaba «Pip», y cuando volvía a recobrar su tono cortés, me daba el tratamiento de «caballero», — y de pronto llegó el señor Pumblechook en su carruaje. Y ese individuo — añadió Joe siguiendo una nueva dirección en sus ideas, — a veces me peina a contrapelo, diciendo por todas partes que él era el amigo de la infancia de usted, que siempre le consideró como su preferido compañero de juego.

— Eso es una tontería. Ya sabes, Joe, que éste eras tú.

— También lo creo yo por completo, Pip — dijo Joe meneando ligeramente la cabeza, — aunque eso tenga ahora poca importancia, caballero. En fin, Pip, ese mismo individuo, que se ha vuelto fanfarrón, se acercó a mí en Los Tres Barqueros (a donde voy a fumar una pipa y a tomar un litro de cerveza para refrescarme, a veces, y a descansar de mi trabajo, caballero, pero nunca abuso) y me dijo: «Joe, la señorita Havisham desea hablar contigo.»

— ¿La señorita Havisham, Joe?

—Deseaba, según me dijo Pumblechook, hablar conmigo — aclaró Joe, sentándose y mirando al techo.

— ¿Y qué más, Joe? Continúa.

— Al día siguiente, caballero — prosiguió Joe, mirándome como si yo estuviese a gran distancia, — después de limpiarme convenientemente, fui a ver a la señorita A.

—— ¿La señorita A, Joe? ¿Quieres decir la señorita Havisham?

— Eso es, caballero — replicó Joe con formalidad legal, como si estuviese dictando su testamento —. La señorita A, llamada también Havisham. En cuanto me vio me dijo lo siguiente: «Señor Gargery: ¿sostiene usted correspondencia con el señor Pip?» Y como yo había recibido una carta de usted, pude contestar: «Sí, señorita.» (Cuando me casé con su hermana, caballero, dije «sí», y cuando contesté a su amiga, Pip, también le dije «sí»). « ¿Quiere usted decirle, pues, que Estella ha vuelto a casa y que tendría mucho gusto en verle?», añadió.

Sentí que me ardía el rostro mientras miraba a Joe. Supongo que una causa remota de semejante ardor pudo ser mi convicción de que, de haber conocido el objeto de su visita, le habría recibido bastante mejor.

— Cuando llegué a casa — continuó Joe — y pedí a Biddy que le escribiese esa noticia, se negó, diciendo: «Estoy segura de que le gustará más que se lo diga usted de palabra. Ahora es época de vacaciones, y a usted también le agradará verle. Por consiguiente, vaya a Londres.» Y ahora ya he terminado, caballero — dijo Joe levantándose de su asiento, — y, además, Pip, le deseo que siga prosperando y alcance cada vez una posición mejor.

— Pero ¿te vas ahora, Joe?

— Sí, me voy — contestó.

— Pero ¿no volverás a comer?

— No — replicó.

Nuestros ojos se encontraron, y el tratamiento de «caballero» desapareció de aquel corazón viril mientras me daba la mano.

—Pip, querido amigo, la vida está compuesta de muchas despedidas unidas una a otra, y un hombre es herrero, otro es platero, otro joyero y otro broncista. Entre éstos han de presentarse las naturales divisiones, que es preciso aceptar según vengan. Si en algo ha habido falta, ésta es mía por completo. Usted y yo no somos dos personas que podamos estar juntas en Londres ni en otra parte alguna, aunque particularmente nos conozcamos y nos entendamos como buenos amigos. No es que yo sea orgulloso, sino que quiero cumplir con mi deber, y nunca más me verá usted con este traje que no me corresponde. Yo no debo salir de la fragua, de la cocina ni de los engranajes. Estoy seguro de que cuando me vea usted con mi traje de faena, empuñando un martillo y con la pipa en la boca, no encontrará usted ninguna falta en mí, suponiendo que desee usted ir a verme a través de la ventana de la fragua, cuando Joe, el herrero, se halle junto al yunque, cubierto con el delantal, casi quemado y aplicándose en su antiguo trabajo. Yo soy bastante torpe, pero comprendo las cosas. Y por eso ahora me despido y le digo: querido Pip, que Dios le bendiga.

No me había equivocado al figurarme que aquel hombre estaba animado por sencilla dignidad. El corte de su traje le convenía tan poco mientras pronunciaba aquellas palabras como cuando emprendiera su camino hacia el cielo. Me tocó cariñosamente la frente y salió. Tan pronto como me hube recobrado bastante, salí tras él y le busqué en las calles cercanas, pero ya no pude encontrarle.

CAPIVULO XXVIII

Era evidente que al siguiente día tendría que dirigirme a nuestra ciudad, y, en el primer ímpetu de mi arrepentimiento, me pareció igualmente claro que debería alojarme en casa de Joe. Pero en cuanto hube comprometido mi asiento en la diligencia del día siguiente y después de haber ido y regresado a casa del señor Pocket, no estuve ya tan convencido acerca del último extremo y empecé a inventar razones y excusas para alojarme en el Jabalí Azul. Yo podría resultar molesto en casa de Joe; no me esperaban, y la cama no estaría dispuesta; además, estaría demasiado lejos de casa de la señorita Havisham, y ella desearía recibirme exactamente a la hora fijada.

Todos los falsificadores de la tierra no son nada comparados con los que cometen falsificaciones consigo mismos, y con tales falsedades logré engañarme. Es muy curioso que yo pudiera tomar sin darme cuenta media corona falsa que me diese cualquier persona, pero sí resultaba extraordinario que, conociendo la ilegitimidad de las mismas monedas que yo fabricaba, las aceptase, sin embargo, como buenas. Cualquier desconocido amable, con pretexto de doblar mejor mis billetes de banco, podría escamoteármelos y darme, en cambio, papeles en blanco; pero ¿qué era eso comparado conmigo mismo, cuando doblaba mis propios papeles en blanco y me los hacía pasar ante mis propios ojos como si fuesen billetes legítimos?

Una vez decidido a alojarme en el Jabalí Azul, me sentí muy indeciso acerca de si llevaría o no conmigo al Vengador. Me resultaba bastante tentador que aquel mercenario exhibiese su costoso traje y sus botas altas en el patio del Jabalí Azul; era también muy agradable imaginar que, como por casualidad, lo llevase a la tienda del sastre para confundir al irrespetuoso aprendiz del señor Trabb. Por otra parte, este aprendiz podía hacerse íntimo amigo de él y contarle varias cosas; o, por el contrario, travieso y pillo como yo sabía que era, habría sido capaz de burlarse de él a gritos en la calle Alta. Además, mi protectora podría enterarse de la existencia de mi criadito y parecerle mal. Por estas últimas razones, resolví no llevar conmigo al Vengador.

Había tomado asiento en el coche de la tarde, y como entonces corría el invierno, no llegaría a mi destino sino dos o tres horas después de oscurecer. La hora de salida desde Cross Keys estaba señalada para las dos de la tarde. Llegué con un cuarto de hora de anticipación, asistido por el Vengador — si puedo emplear esta expresión con respecto a alguien que jamás me asistía si podía evitarlo.

En aquella época era costumbre utilizar la diligencia para transportar a los presidiarios a los arsenales. Como varias veces había oído hablar de ellos como ocupantes de los asientos exteriores de dichos vehículos, y en más de una ocasión les vi en la carretera, balanceando sus piernas, cargadas de hierro, sobre el techo del coche, no tuve motivo de sorprenderme cuando Herbert, al encontrarse conmigo en el patio, me dijo que dos presidiarios harían el mismo viaje que yo. Pero tenía, en cambio, una razón, que ya era ahora antigua, para sentir cierta impresión cada vez que oía en Londres el nombre de «presidiario».

— ¿No tendrás ningún reparo, Haendel?— preguntó Herbert.

— ¡Oh, no!

— Me ha parecido que no te gustaba.

—Desde luego, como ya comprenderás, no les tengo ninguna simpatía; pero no me preocupan.

— Mira, aquí están — dijo Herbert —. Ahora salen de la taberna. ¡Qué espectáculo tan degradante y vil!

Supongo que habían invitado a su guardián, pues les acompañaba un carcelero, y los tres salieron limpiándose la boca con las manos. Los dos presidiarios estaban esposados y sujetos uno a otro, y en sus piernas llevaban grilletes, de un modelo que yo conocía muy bien. Vestían el traje que también me era conocido. Su guardián tenía un par de pistolas y debajo del brazo llevaba una porra muy gruesa con varios nudos; pero parecía estar en relaciones de buena amistad con los presos y permanecía a su lado mientras miraba cómo enganchaban los caballos, cual si los presidiarios constituyesen un espectáculo todavía no inaugurado y él fuese su expositor. Uno de los presos era más alto y grueso que el otro y parecía que, de acuerdo con los caminos misteriosos del mundo, tanto de los presidiarios como de las personas libres, le hubiesen asignado el traje más pequeño que pudieran hallar. Sus manos y sus piernas parecían acericos, y aquel traje y aquel aspecto le disfrazaban de un modo absurdo; sin embargo, reconocí en el acto su ojo medio cerrado. Aquél era el mismo hombre a quien vi en el banco de Los Tres Alegres Barqueros un sábado por la noche y que me apuntó con su invisible arma de fuego.

Era bastante agradable para mí el convencimiento de que él no me reconoció, como si jamás me hubiese visto en la vida. Me miró, y sus ojos se fijaron en la cadena de mi reloj; luego escupió y dijo algo a su compañero. Ambos se echaron a reír, dieron juntos media vuelta, en tanto que resonaban las esposas que los unían, y miraron a otra parte. Los grandes números que llevaban en la espalda, como si fuesen puertas de una casa; su exterior rudo, como sarnoso y desmañado, que los hacía parecer animales inferiores; sus piernas cargadas de hierros, en los que para disimular llevaban numerosos pañuelos de bolsillo, y el modo con que todos los miraban y se apartaban de ellos, los convertían, según dijera Herbert, en un espectáculo desagradable y degradante.

Pero eso no era lo peor. Resultó que una familia que se marchaba de Londres había tomado toda la parte posterior de la diligencia y no había otros asientos para los presos que los delanteros, inmediatamente detrás del cochero. Por esta razón, un colérico caballero que había tomado un cuarto asiento en aquel sitio empezó a gritar diciendo que ello era un quebrantamiento de contrato, pues se veía obligado a mezclarse con tan villana compañía, que era venenosa, perniciosa, infame, vergonzosa y no sé cuántas cosas más. Mientras tanto, el coche estaba ya dispuesto a partir, y el cochero, impaciente, y todos nos preparábamos a subir para ocupar nuestros sitios. También los presos se acercaron con su guardián, difundiendo alrededor de ellos aquel olor peculiar que siempre rodea a los presidiarios y que se parece a la bayeta, a la miga de pan, a las cuerdas y a las piedras del hogar.

—No lo tome usted así, caballero — dijo el guardián al colérico pasajero —. Yo me sentaré a su lado. Los pondré en la parte exterior del asiento, y ellos no se meterán con ustedes para nada. Ni siquiera se dará cuenta de que van allí.

— Y yo no tengo culpa alguna — gruñó el presidiario a quien yo conocía —. Por mi parte, no tengo ningún deseo de hacer este viaje, y con gusto me quedaré aquí. No tengo ningún inconveniente en que otro ocupe mi lugar. — O el mío — añadió el otro, con mal humor —. Si yo estuviese libre, con seguridad no habría molestado a ninguno de ustedes.

Luego los dos se echaron a reír y empezaron a romper nueces, escupiendo las cáscaras alrededor de ellos. Por mi parte, creo que habría hecho lo mismo de hallarme en su lugar y al verme tan despreciado.

Por fin se decidió que no se podía complacer en nada al encolerizado caballero, quien tenía que sentarse al lado de aquellos compañeros indeseables o quedarse donde estaba. En vista de ello, ocupó su asiento, quejándose aún, y el guardián se sentó a su lado, en tanto que los presidiarios se izaban lo mejor que podían, y el que yo había reconocido se sentó detrás de mí y tan cerca que sentía en la parte posterior de mi cabeza el soplo de su respiración.

— Adiós, Haendel — gritó Herbert cuando empezábamos a marchar.

Me pareció entonces una afortunada circunstancia el que me hubiese dado otro nombre que el mío propio de Pip.

Es imposible expresar con cuánta agudeza sentía entonces la respiración del presidiario, no tan sólo en la parte posterior de la cabeza, sino también a lo largo de la espalda. La sensación era semejante a la que me habría producido un ácido corrosivo que me tocara la médula, y esto me hacía sentir dentera. Me parecía que aquel hombre respiraba más que otro cualquiera y con mayor ruido, y me di cuenta de que, inadvertidamente, había encogido uno de mis hombros, en mis vanos esfuerzos para resguardarme de él.

El tiempo era bastante frío, y los dos presos maldecían la baja temperatura, que, antes de encontrarnos muy lejos, nos había dejado a todos entumecidos. Cuando hubimos dejado atrás la Casa de Medio Camino, estábamos todos adormecidos, temblorosos y callados. Mientras yo dormitaba preguntábame si tenía la obligación de devolver las dos libras esterlinas a aquel desgraciado antes de perderle de vista y cómo podría hacerlo. Pero en el momento de saltar hacia delante, cual si quisiera ir a caer entre los caballos, me levanté asustado y volví a reflexionar acerca del asunto.

Pero sin duda estuve dormido más tiempo de lo que me figuraba, porque, a pesar de que no pude reconocer nada en la oscuridad ni por las luces y sombras que producían nuestros faroles, no dejé de observar que atravesábamos los marjales, a juzgar por el viento húmedo y frío que soplaba contra nosotros. Inclinándose hacia delante en busca de calor y para protegerse del viento, los dos presos estaban entonces más cerca de mí que antes, y las primeras palabras que les oí cambiar al despertarme fueron las de mi propio pensamiento: «Dos billetes de una libra esterlina. »

— ¿Y cómo se hizo con ellas? — preguntó el presidiario a quien yo no conocía.

— ¡Qué sé yo! —replicó el otro —. Las habría escondido en alguna parte. Me parece que se las dieron unos amigos.

— ¡Ojala que yo los tuviese en mi bolsillo! — dijo el otro después de maldecir el frío.

— ¿Dos billetes de una libra, o amigos?

— Dos billetes de una libra. Por uno solo vendería a todos los amigos que tengo en el mundo, y me parece que haría una buena operación. ¿Y qué? ¿De modo que él dice...?

— Él dice... — repitió el presidiario a quien yo conocía —. En fin, que quedó hecho y dicho en menos de medio minuto, detrás de un montón de maderos en el arsenal. «Vas a ser licenciado.» Y, en realidad, iban a soltarme. ¿Podría ir a encontrar a aquel niño que le dio de comer y le guardó el secreto, para darle dos billetes de una libra esterlina? Sí, le encontraría. Y le encontré.

— Fuiste un tonto — murmuró el otro – Yo me las habría gastado en comer y en beber. Él debía de ser un novato. ¿No sabía nada acerca de ti?

— Nada en absoluto. Pertenecíamos a distintas cuadrillas de diferentes pontones. Él fue juzgado otra vez por quebrantamiento de condena y le castigaron con cadena perpetua.

— ¿Y fue ésta la única vez que recorriste esta comarca?

— La única.

— ¿Y qué piensas de esta región?

— Que es muy mala. No hay en ella más que barro, niebla, aguas encharcadas y trabajo; trabajo, aguas encharcadas, niebla y barro.

Ambos maldecían la comarca con su lenguaje violento y grosero. Gradualmente empezaron a gruñir, pero no dijeron nada más.

Después de sorprender tal diálogo estuve casi a punto de bajar y quedarme solo en las tinieblas de la carretera, pero luego sentía la certeza de que aquel hombre no sospechaba siquiera mi identidad. En realidad, yo no solamente estaba cambiado por mi propio crecimiento y por las alteraciones naturales, sino también vestido de un modo tan distinto y rodeado de circunstancias tan diferentes, que era muy improbable el ser reconocido de él si no se le presentaba alguna casualidad que le ayudase. Sin embargo, la coincidencia de estar juntos en el mismo coche era bastante extraña para penetrarme del miedo de que otra coincidencia pudiera relacionarme, a los oídos de aquel hombre, con mi nombre verdadero. Por esta razón, resolví alejarme de la diligencia en cuanto llegásemos a la ciudad y separarme por completo de los presos. Con el mayor éxito llevé a cabo mi propósito. Mi maletín estaba debajo del asiento que había a mis pies y sólo tenía que hacer girar una bisagra para sacarlo. Lo tiré al suelo antes de bajar y eché pie a tierra ante el primer farol y los primeros adoquines de la ciudad. En cuanto a los presidiarios, prosiguieron su camino con la diligencia, sin duda para llegar al sitio que yo conocía tan bien, en donde los harían embarcar para cruzar el río. Mentalmente vi otra vez el bote con su tripulación de penados, esperando a aquellos dos, ante el embarcadero lleno de cieno, y de nuevo me pareció oír la orden de « ¡Avante!», como si se diera a perros, y otra vez vi aquella Arca de Noé cargada de criminales y fondeada a lo lejos entre las negras aguas.

No podría haber explicado lo que temía, porque el miedo era, a la vez, indefinido y vago, pero el hecho es que me hallaba preso de gran inquietud. Mientras me dirigía al hotel sentí que un terror, que excedía a la aprensión de ser objeto de un penoso o desagradable reconocimiento, me hacía temblar. No se llegó a precisar, pues era tan sólo la resurrección, por espacio de algunos minutos, del terror que sintiera durante mi infancia.

En el Jabalí Azul, la sala del café estaba desocupada, y no solamente pude encargar la cena, sino que también estuve sentado un rato antes de que me reconociese el camarero. Tan pronto como se hubo excusado por la flaqueza de su memoria, me preguntó si debía mandar aviso al señor Pumblechook.

— No – contesté. — De ninguna manera.

El camarero, que fue el mismo que vino a quejarse, en nombre de los comerciantes, el día en que se formalizó mi contrato de aprendizaje con Joe, pareció quedar muy sorprendido, y aprovechó la primera oportunidad para dejar ante mí un sucio ejemplar de un periódico local, de modo que lo tomé y leí este párrafo:

Recordarán nuestros lectores, y ciertamente no sin interés, con referencia a la reciente y romántica buena fortuna de un joven artífice en hierro de esta vecindad (¡qué espléndido tema, dicho sea de paso, para la pluma mágica de nuestro conciudadano Tooby, el poeta de nuestras columnas, aunque todavía no goce de fama universal!), que el primer jefe, compañero y amigo de aquel joven fue una personalidad que goza del mayor respeto, relacionada con los negocios de granos y semillas, y cuya cómoda e importante oficina está situada dentro de un radio de cien millas de la calle Alta. Obedeciendo a los dictados de nuestros sentimientos personales, siempre le hemos considerado el mentor de nuestro joven Telémaco, porque conviene saber que en nuestra ciudad vio la luz el fundador de la fortuna de este último. ¿Tendrá interés el sabio local, o quizá los maravillosos ojos de nuestras bellezas ciudadanas, en averiguar qué fortuna es ésta? Creemos que Quintín Matsys era el HERRERO de Amberes. Verb. Sap.»

Tengo la convicción, basada en mi grande experiencia, de que si, en los días de mi prosperidad, me hubiese dirigido al Polo Norte, hubiese encontrado allí alguien, ya fuera un esquimal errante o un hombre civilizado, que me habría dicho que Pumblechook fue mi primer jefe y el promotor de mi fortuna.

Capítulo XXIX

Muy temprano, por la mañana, me levanté y salí. Aún no era tiempo de ir a casa de la señorita Havisham, y por eso di un paseo por el campo, en la dirección de la casa de ésta, que no era, desde luego, la correspondiente a la vivienda de Joe; allí podría ir al día siguiente, y, mientras tanto, pensaba en mi protectora y elaboraba brillantes cuadros de sus planes acerca de mí.

La señorita Havisham había adoptado a Estella, y casi puede decirse que también me adoptó a mí, de modo que, sin duda alguna, su intención era criarnos juntos. Me reservaba el cometido de restaurar la triste casa, de admitir la entrada del sol en sus oscuras habitaciones, de poner en marcha los relojes, de encender el fuego en la chimenea y de quitar las telarañas y destruir todos los insectos; en una palabra: realizar los brillantes actos del joven caballero de los poemas, para casarse luego con la princesa. Cuando pasaba ante ella me detuve para mirar la casa; sus muros de ladrillo rojo, sus ventanas atrancadas y el verde acebo agarrado a las chimeneas, con sus raíces y sus tendones, como si fuesen viejos brazos sarmentosos, hacían de todo aquello un misterio tranquilo, cuyo héroe era yo. Estella era la inspiración y el corazón de la aventura, desde luego. Pero aunque hubiese adquirido tan fuerte dominio en mí, aunque mi fantasía y mi esperanza reposaran en ella, a pesar de que su influencia en mi vida infantil y en mi carácter había sido todopoderosa, ni siquiera en aquella romántica mañana pude dotarla de otros atributos que los que realmente poseía. Menciono esto aquí con un propósito definido, porque es el hilo por el cual se podrá seguirme en mi mísero laberinto. De acuerdo con mi experiencia, las nociones convencionales de un enamorado no pueden ser ciertas siempre. La incalificable verdad es que cuando amaba a Estella con amor de hombre, la amaba sólo y sencillamente por considerarla irresistible. Y, de una vez para siempre, diré también que, para mi desgracia, comprendía muchas veces, si no siempre, que la amaba contra toda razón, contra toda promesa, contra toda paz y esperanza y contra la felicidad y el desencanto que pudiera haber en ello. Y, de una vez para siempre, diré también que no por eso la quería menos y que ello no tenía más influencia en contenerme que si yo hubiese creído devotamente que ella era la cumbre de la humana perfección.

Dispuse mi paseo de manera que llegué a la puerta de la casa a la hora acostumbrada en otros tiempos. Cuando hube tirado del cordón de la campana con temblorosa mano, me volví de espaldas a la puerta, mientras trataba de recobrar el aliento y calmar moderadamente los latidos de mi corazón. Oí como se abría la puerta lateral de la casa y los pasos que atravesaban el patio; pero fingí no darme cuenta de ello, ni siquiera en el momento en que la puerta giró sobre sus oxidados goznes.

Mas por fin me tocaron en el hombro, y yo, como sobresaltado, me volví. Y tuve entonces mayor sobresalto al verme cara a cara con un hombre sencillamente vestido de gris. Era el último a quien podía esperar ver ocupando el lugar de portero en la puerta de la casa de la señorita Havisham.

— ¡Orlick!

— ¡Ah, joven amigo! No solamente usted ha cambiado. Pero entre, entre. Es contrario a mis órdenes tener la puerta abierta.

Entré y él cerró con llave, guardándosela luego.

— Sí — dijo dando media vuelta mientras me precedía en algunos pasos cuando nos dirigíamos a la casa —. Aquí estoy.

— ¿Y cómo ha venido usted aquí?

— Pues muy sencillamente — replicó —: andando con mis piernas. Al mismo tiempo me traje mi caja en una carretilla.

— ¿Y para qué bueno está usted aquí?

— Supongo que no estoy para nada malo.

Yo no estaba seguro de tanto. Tuve tiempo de pensar en mi respuesta mientras él levantaba con lentitud su pesada mirada desde el suelo, hacia mis piernas y mis brazos, para fijarse en mi rostro.

— ¿De modo que ha dejado usted la fragua? — pregunté.

— ¿Le parece que esto tiene aspecto de fragua? —me contestó Orlick mirando alrededor con aire de ofensa —. ¿Cree usted que tiene aspecto de tal?

Yo le pregunté cuánto tiempo hacía que dejó la fragua de Gargery.

— Son aquí los días tan parecidos uno a otro — contestó —, que no podría contestarle sin calcularlo antes. De todos modos, puedo decirle que vine aquí algún tiempo después de la marcha de usted.

— Pues yo podría decirle la fecha, Orlick.

— ¡Ah! — exclamó secamente —. Es que, desde entonces, usted ha podido aprender.

Hablando así habíamos llegado a la casa, en donde vi que su habitación estaba situada junto a la puerta de servicio y cuya ventana daba al patio. En sus pequeñas dimensiones, no era muy distinta aquella habitación de la que en París se destina usualmente al portero. En las paredes estaban colgadas algunas llaves, y a ellas añadió la de la puerta exterior; su cama, cubierta por una colcha hecha con retazos de toda clase de tela, estaba en un hueco interior que formaba la misma estancia. El conjunto tenía un aspecto desaliñado, confinado y triste, semejante a la jaula destinada a un lirón humano, en tanto que él aparecía macizo y oscuro en la sombra del rincón inmediato a la ventana y muy parecido al lirón humano para quien la habitación estaba preparada, como así era en efecto.

— Jamás había visto esta habitación — observé —, aunque antes aquí no había portero alguno.

— No — contestó él —. Hasta que se vio que la planta baja carecía de protección y se creyó que era peligroso vivir así, en vista de que con alguna frecuencia hay fugas de presidiarios. Entonces me recomendaron a la casa como hombre capaz de devolver a cualquiera las mismas intenciones que traiga, y yo acepté. Es mucho más fácil que mover los fuelles y dar martillazos. Ya estoy cansado de aquello.

Mis ojos sorprendieron un arma de fuego y un bastón con anillos de bronce que había sobre la chimenea, y la mirada de Orlick siguió la mía.

— Muy bien — dije yo, poco deseoso de continuar aquella conversación —. ¿Debo subir para ver a la señorita Havisham?

— Que me maten si lo sé — replicó desperezándose y luego sacudiéndose a sí mismo —. Mis instrucciones han terminado ya, joven amigo. Yo, por mi parte, me limitaré a dar un martillazo en esta campana, y usted seguirá el corredor hasta que encuentre a alguien.

— Creo que me esperan.

— Lo ignoro por completo — replicó.

En vista de eso, me dirigí hacia el largo corredor que en otros tiempos pisé con mis gruesos zapatos, y él hizo resonar su campana. A1 extremo del corredor, mientras aún vibraba la campana, encontré a Sara Pocket, la cual parecía entonces haber adquirido, por mi culpa y de un modo definitivo, una coloración verde y amarilla en su rostro.

— ¡Oh! — exclamó —. ¿Es usted, señor Pip?

— Sí, señorita Pocket. Y tengo la satisfacción de decirle que tanto el señor Pocket como su familia están muy bien.

— ¿Son más juiciosos? — preguntó Sara meneando tristemente la cabeza —. Mejor sería que gozasen de más juicio en vez de buena salud. ¡Ah, Mateo, Mateo!... Usted ya conoce el camino, caballero.

Lo conocía bastante, porque muchas veces había subido la escalera a oscuras. Ascendí entonces por ella con un calzado más ligero que en otro tiempo y llamé del modo acostumbrado en la puerta de la estancia de la señorita Havisham.

— Es la llamada de Pip — oí que decía inmediatamente —. Entra, Pip.

Estaba en su sillón, cerca de la vieja mesa, vistiendo el mismo traje antiguo y con ambas manos cruzadas sobre su bastón, la barbilla apoyada en ellas y los ojos fijos en el suelo. Sentada cerca de ella, teniendo en la mano el zapato blanco que nunca había usado y con la cabeza inclinada mientras lo miraba, estaba una elegante dama a quien nunca había visto.

— Entra, Pip — murmuró la señorita Havisham sin levantar los ojos ni mirar alrededor —. Entra, Pip. ¿Cómo estás, Pip? ¿De modo que me besas la mano como si fuese una reina? ¿Qué...?

Me miró de pronto, moviendo únicamente sus ojos y repitió en tono que a la vez era jocoso y triste:

— ¿Qué...?

— Me he enterado, señorita Havisham — dije yo sin ocurrírseme otra cosa —, que fue usted tan bondadosa como para desear que viniese a verla. Y por eso me he apresurado a obedecerla.

— ¿Y qué...?

La señora a quien nunca había visto levantó los ojos y me miró burlonamente; entonces vi que sus ojos eran los de Estella. Pero estaba tan cambiada y era tan hermosa y tan mujer, y de tal modo era admirable por los adelantos que había hecho, que, a mi vez, me pareció no haber logrado ninguno. Me figuré, mientras la miraba, que yo, de un modo irremediable, volvía a convertirme en el muchacho rudo y ordinario de otros tiempos. ¡Qué intensa fue la sensación de distancia y de disparidad que se apoderó de mí y de la inaccesibilidad en que parecía hallarse ella!

Me dio su mano, y yo tartamudeé algunas palabras, tratando de expresar el placer que tenía al verla de nuevo, y también di a entender que hacía mucho tiempo que esperaba tan agradable ocasión.

— ¿La encuentras muy cambiada, Pip? — preguntó la señorita Havisham con su mirada ansiosa y golpeando con el bastón una silla que había entre las dos, para indicarme que me sentara en ella.

—Al entrar, señorita Havisham, no creí, a juzgar por el rostro o por la figura, que fuese Estella; pero ahora, y a pesar de su cambio, reconozco perfectamente su figura y su rostro anteriores.

— Supongo que no vas a decir que Estella es vieja — replicó la señorita Havisham —. Acuérdate de que era orgullosa e insultante y que deseabas alejarte de ella. ¿Te acuerdas?

Yo, muy confuso, contesté que de eso hacía mucho tiempo, que no sabía entonces lo que me decía y otras cosas por el estilo. Estella sonrió con perfecta compostura y dijo que no tenía duda alguna de que yo entonces estaba en lo cierto, pues ella había sido siempre muy desagradable para mí.

— ¿Y a él le encuentras cambiado? — le preguntó la señorita Havisham.

— Mucho — contestó Estella mirándome.

— ¿Te parece menos rudo y menos ordinario? —preguntó la señorita Havisham jugando con el cabello de Estella.

Ésta se echó a reír, miró el zapato que tenía en la mano, se rió de nuevo, me miró y dejó el zapato. Seguía tratándome como a un muchacho, pero continuaba atrayéndome.

Estábamos los tres sentados en la triste estancia y entre las antiguas y extrañas influencias que tanto me habían impresionado. Entonces supe que Estella acababa de llegar de Francia y que estaba a punto de dirigirse a Londres. Tan orgullosa y testaruda como antes, había logrado unir de tal modo estas cualidades a su propia belleza, que era por completo imposible y fuera de razón, o por lo menos me lo pareció así, de separarlas de su hermosura. En realidad, no se podía disociar su presencia de todos aquellos malditos deseos de dinero y de nobleza que me asediaron durante mi infancia, de todas aquellas mal reguladas aspiraciones que me hicieron avergonzarme de mi hogar y de Joe, ni de todas aquellas visiones que me ofrecieron la imagen de su rostro en las llamas de la fragua, o entre las chispas que el martillo arrancaba al hierro candente sobre el yunque, o en la oscuridad de la noche, cuando sentía la impresión de que asomaba su rostro a la ventana de la fragua, para huir en seguida. En una palabra: me era imposible separarla, en el pasado o en el presente, de la razón más profunda de mi propia vida.

Se convino que yo permanecería allí durante el resto del día y que a la noche regresaría al hotel, y a Londres a la mañana siguiente. En cuanto hubimos conversado un rato, la señorita Havisham nos mandó a pasear por el abandonado jardín, y al regresar me dijo que la llevase de un lado a otro en su sillón de ruedas, como otras veces lo había hecho.

Así, Estella y yo salimos al jardín por la puerta que me dio paso antes de tener el encuentro con el joven caballero pálido, o sea con Herbert. Yo temblaba espiritualmente y adoraba incluso el borde del vestido de mi compañera, la cual, muy serena y decidida a no adorar el borde de mi traje, salió conmigo, y en cuanto llegamos al lugar de la pelea con Herbert se detuvo y dijo:

— Sin duda me porté de un modo raro aquel día, cuando me escondí para presenciar la pelea. Pero no puedo negar que lo hice y que me divertí mucho.

— Ya me recompensó usted bien.

— ¿De veras? — replicó, como si no se acordase —. Si la memoria no me es infiel, sentía mucha antipatía hacia su adversario, porque me supo muy mal que lo trajeran aquí para molestarme con su presencia.

— Pues ahora, él y yo somos muy amigos — dije.

— ¿De veras? Ahora me parece recordar que usted recibe lecciones de su padre.

— Así es.

De mala gana admití este hecho, que me daba muy poca importancia, y así pude observar que ella volvía a tratarme casi como a un muchacho.

— A partir del cambio de su fortuna y de sus esperanzas, ha cambiado también usted de compañeros — observó Estella.

— Naturalmente — dije.

— Y necesariamente — añadió ella con altanería —. Lo que fue antaño una buena compañía para usted, sería completamente inapropiada.

Dudo mucho de que en mi conciencia hubiese todavía la intención de ir a visitar a Joe, pero estas palabras me la quitaron por completo.

— ¿Y no tenía usted idea, en aquellos tiempos, de la buena fortuna que le esperaba? — dijo Estella moviendo ligeramente la mano, como para significar la época de mi lucha con Herbert.

— Ni remotamente.

Ofrecía un contraste, que yo sentí muy bien, el aire de seguridad y de superioridad con que ella andaba a mi lado y el de incertidumbre y sumisión con que yo la acompañaba. Y me habría irritado mucho más de lo que me molestó, de no haber estado convencido de que se me había sacado de mí baja esfera para reservarme a ella.

El jardín, gracias a lo descuidado que estaba, tenía tal frondosidad que apenas se podía andar por él; de manera que, después de haber dado un par de vueltas o tres, llegamos otra vez al patio de la fábrica de cerveza. Le indiqué el lugar en donde la había visto andar por encima de los barriles, el primer día de mí visita a la casa, y ella, dirigiendo una fría y descuidada mirada en aquella dirección, me preguntó:

— ¿De veras?

Le recordé el lugar por el que saliera de la casa para darme de comer y de beber, y ella contestó:

— No me acuerdo.

— ¿No se acuerda usted tampoco de que me hizo llorar? — pregunté.

— No — dijo meneando la cabeza y mirando alrededor.

Estoy convencido de que aquella falta de memoria con respecto a tales detalles me hicieron llorar interiormente, que es el llanto más triste de todos.

— Es preciso que usted sepa — dijo Estella, con acento de condescendencia, propio de una joven hermosa y brillante — que no tengo corazón, siempre y cuando eso se relacione con mi memoria.

Yo pronuncié algunas palabras, tomándome la libertad de dudar de lo que acababa de decir. Estaba seguro de que su belleza habría sido imposible careciendo de corazón.

— ¡Oh!, sí lo tengo, y sería posible atravesármelo con un puñal o de un balazo — contestó Estella —, y, naturalmente, él cesaría de latir y yo de existir. Pero ya sabe usted a lo que me refiero. Aquí no tengo ninguna bondad, ninguna simpatía, ningún sentimiento ni ninguna de esas tonterías.

¿Qué veía en mi mente mientras ella estaba inmóvil, a mi lado, y mirándome con la mayor atención? ¿Algo que hubiese visto en la señorita Havisham? No. En algunas de sus miradas y gestos había cierto parecido con la señorita Havisham, parecido que a veces adquieren los niños con respecto a las personas mayores con las que han sostenido frecuente trato o con los que han vivido encerrados. Esto, cuando ha pasado ya la infancia, produce unas semejanzas casuales y muy notables entre la expresión de dos rostros que, por lo demás, son completamente distintos. Y, sin embargo, no podía hallar en Estella nada que me recordase a la señorita Havisham. La miré otra vez y, a pesar de que ella continuaba con los ojos fijos en mí, desapareció por completo mi ilusión.

¿Qué sería?

— Hablo en serio — dijo Estella sin arrugar la frente, que era muy tersa, y sin que tampoco se ensombreciese su rostro —. Y si hemos de pasar mucho rato juntos, es mejor que se convenza de ello en seguida. No — añadió imperiosamente al observar que yo abría los labios —. No he dedicado a nadie mi ternura. Jamás he sentido tal cosa.

Un momento después estábamos en la fábrica de cerveza, abandonada desde hacía tanto tiempo, y ella señaló la alta galería por donde la vi pasar el primer día, diciéndome que recordaba haber estado allí y haberme visto mientras yo la contemplaba asustado. Mientras mis ojos observaban su blanca mano, volví a sentir la misma débil impresión, que no podía recordar sobre el brazo, e instantáneamente aquel fantasma volvió a pasar y se alejó.

¿Qué sería?

— ¿Qué ocurre? — preguntó Estella —. ¿Se ha asustado usted otra vez?

—Me asustaría en realidad si creyese lo que acaba de decir — repliqué, tratando de olvidarlo.

— ¿De modo que no lo cree usted? Muy bien. De todos modos, recuerde que se lo he dicho. La señorita Havisham querrá verle pronto en su antiguo puesto, aunque yo creo que eso podría dejarse ahora a un lado, con otras cosas ya antiguas. Vamos a dar otra vuelta por el jardín, y luego entre en la casa. Venga. Hoy no derramará usted lágrimas por mi crueldad; será mi paje y me prestará su hombro.

Su bonito traje habíase arrastrado por el suelo. Recogió la cola de la falda con una mano y con la otra se apoyó ligeramente en mi hombro mientras andábamos. Dimos dos o tres vueltas más por el abandonado jardín, que me pareció haber florecido para mí, y si los hierbajos verdes y amarillos que crecían en las resquebrajaduras de la antigua cerca hubiesen sido las flores más preciosas del mundo, no los hubiera recordado con más cariño.

Entre nosotros no había discrepancia de edad que pudiera justificar su alejamiento de mí; teníamos casi los mismos años, aunque, naturalmente, ella parecía ser mayor que yo; pero la aparente inaccesibilidad que le daban su belleza y sus modales me atormentaba en medio de mis delicias y aun en la seguridad que sentía yo de que nuestra protectora nos había elegido uno para otro. ¡Pobre de mí!

Por fin volvimos a la casa, y allí me enteré con la mayor sorpresa de que mi tutor acababa de llegar para ver a la señorita Havisham, a fin de tratar de negocios, y que estaría de regreso a la hora de comer. Los antiguos candeleros de la estancia en que había la mesa del festín quedaron encendidos mientras nosotros estábamos en el jardín y la señorita Havisham continuaba sentada en su silla y esperándome.

Cuando empujé su sillón de ruedas y dimos algunas vueltas lentas en torno de los restos de la fiesta nupcial, me pareció haber vuelto a los tiempos pasados. Pero en la fúnebre estancia, con aquella figura sepulcral sentada en el sillón que fijaba los ojos en ella, Estella parecía más radiante y hermosa que antes y yo estaba sumido en extraño embeleso.

Pasó el tiempo y se acercó la hora de la comida; entonces Estella nos dejó para prepararla. La señorita Havisham y yo nos habíamos detenido cerca del centro de la larga mesa, y ella, con uno de sus pálidos brazos extendido, apoyó la cerrada mano en el amarillento mantel. Y cuando Estella miraba hacia atrás, antes de salir, la señorita Havisham le besó la mano con tal voraz intensidad que me pareció terrible.

Entonces, en cuanto Estella se hubo marchado y nos quedamos solos, ella se volvió a mí y, en voz tan baja que parecía un murmullo, dijo:

— ¿La encuentras hermosa, graciosa y crecida? ¿No la admiras?

— Todos los que la vean la admirarán, señorita Havisham.

Ella me rodeó el cuello con un brazo y, acercando mi cabeza a la suya, mientras estaba sentada en el sillón, exclamó:

— ¡Ámala, ámala, ámala! ¿Cómo te trata?

Antes de que pudiera contestar, aun suponiendo que hubiese sido capaz de contestar a tan difícil pregunta, ella repitió:

— ¡Ámala, ámala, ámala! Si se te muestra favorable, ámala. Si te hiere, ámala. Si te destroza el corazón, y a medida que crezca en años y sea más fuerte te lo deja más destrozado, a pesar de ello, ¡ámala, ámala, ámala!

Jamás había visto yo tal ímpetu apasionado como el que ella empleó al pronunciar tales palabras. Sentí en torno de mi cuello los músculos de su flaco brazo, agitado por la vehemencia que la poseía.

— Escúchame, Pip. La adopté para que fuese amada. La crié y la eduqué para que la amasen. E hice que llegara a ser como es para que pudieran amarla. ¡Ámala!

Pronunció esta palabra repetidas veces, y no había duda acerca de su intención; pero si hubiese repetido del mismo modo la palabra «odio» en vez de «amor», o bien «desesperación», «venganza» o «trágica muerte», no habría podido sonar en sus labios de un modo más semejante a una maldición.

— Y ahora voy a decirte — añadió con el mismo murmullo vehemente y apasionado —, voy a decirte lo que es un amor verdadero. Es una devoción ciega que para nada tiene en cuenta la propia humillación, la absoluta sumisión, la confianza y la fe, contra uno mismo y contra el mundo entero, y que entrega el propio corazón y la propia alma al que los destroza..., como hice yo.

Cuando dijo esto, añadió un grito tan desesperado, que me creí obligado a cogerla por la cintura, porque se levantó en el sillón, cubierta por la mortaja de su traje, y golpeó el aire como si quisiera haberse arrojado a sí misma contra la pared y caer muerta.

Todo esto ocurrió en pocos segundos. Cuando volví a dejarla en su sillón, sentí un aroma que me era muy conocido, y al volverme vi a mi tutor en la estancia.

Siempre llevaba consigo, y creo no haberlo mencionado todavía, un pañuelo de bolsillo de rica seda y de enormes dimensiones, que le era sumamente útil en su profesión. Muchas veces le he visto dejar aterrorizado a un cliente o a un testigo limitándose a desdoblar ceremoniosamente su pañuelo, como si se dispusiera a sonarse, pero luego hacía una pausa, como persuadido de que no tenía tiempo de ello antes de que el testigo o el cliente confesaran de plano, y así ocurría que, del modo más natural del mundo, llegaba la confesión del que se encontraba ante él. Cuando le vi en la estancia, sostenía con las manos el pañuelo de seda y nos estaba mirando. Al encontrar mis ojos, se limitó a decir, después de hacer una ligera pausa:

— ¿De veras? Es singular.

Y luego usó con maravilloso efecto el pañuelo para el fin a que estaba destinado.

La señorita Havisham le había visto al mismo tiempo que yo y, como ocurría a todo el mundo, sentía temor de aquel hombre. Hizo un esfuerzo para tranquilizarse, y luego, tartamudeando, dijo al señor Jaggers que era tan puntual como siempre.

— ¿Tan puntual como siempre? — repitió él acercándose a nosotros.

Luego, mirándome, añadió:

— ¿Cómo está usted, Pip? ¿Quiere que le haga dar una vuelta, señorita Havisham? ¿Una vuelta nada más? ¿De modo que está usted aquí, Pip?

Le dije cuándo había llegado y que la señorita Havisham deseaba que fuese para ver a Estella.

— ¡Ah! — replicó él —. Es una preciosa señorita.

Luego empujó el sillón de la señorita Havisham con una de sus enormes manos y se metió la otra en el bolsillo del pantalón, como si éste contuviera numerosos secretos.

— Dígame, Pip — añadió en cuanto se detuvo —. ¿Cuántas veces había usted visto antes a la señorita Estella?

— ¿Cuántas veces?

— Sí, cuántas. ¿Diez mil, tal vez?

— ¡Oh, no, no tantas!

— ¿Dos?

— Jaggers — intervino la señorita Havisham con gran placer por mi parte —. Deje usted a mi Pip tranquilo y vaya a comer con él.

Jaggers obedeció, y ambos nos encaminamos hacia la oscura escalera. Mientras nos dirigíamos hacia las habitaciones aisladas que había al otro lado del enlosado patio de la parte posterior me preguntó cuántas veces había visto comer o beber a la señorita Havisham, y, como de costumbre, me dio a elegir entre una vez y cien.

Yo reflexioné un momento y luego contesté:

— Nunca.

— Ni lo verá nunca, Pip — replicó sonriendo y ceñudo a un tiempo —. Nunca ha querido que la viese nadie comer o beber desde que lleva esta vida. Por las noches va de un lado a otro, y entonces toma lo que encuentra.

— Perdóneme — dije —. ¿Puedo hacerle una pregunta, caballero?

— Usted puede preguntarme — contestó — y yo puedo declinar la respuesta. Pero, en fin, pregunte.

— ¿El apellido de Estella es Havisham, o...? — me interrumpí, porque no tenía nada que añadir.

— ¿O qué? — dijo él.

— ¿Es Havisham?

— Sí, Havisham.

Así llegamos a la mesa, en donde nos esperaban Estella y Sara Pocket. El señor Jaggers ocupó la presidencia, Estella se sentó frente a él y yo me vi cara a cara con mi amiga del rostro verdoso y amarillento. Comimos muy bien y nos sirvió una criada a quien jamás viera hasta entonces, pero la cual, a juzgar por cuanto pude observar, estuvo siempre en aquella casa. Después de comer pusieron una botella de excelente oporto ante mi tutor, que sin duda alguna conocía muy bien la marca, y las dos señoras nos dejaron.

Era tanta la reticencia de las palabras del señor Jaggers bajo aquel techo, que jamás vi cosa parecida, ni siquiera en él mismo. Cuidaba, incluso, de sus propias miradas, y apenas dirigió una vez sus ojos al rostro de Estella durante toda la comida. Cuando ella le dirigía la palabra, prestaba la mayor atención y, como es natural, contestaba, pero, por lo que pude ver, no la miraba siquiera. En cambio, ella le miraba frecuentemente, con interés y curiosidad, si no con desconfianza, pero él parecía no darse cuenta de nada. Durante toda la comida se divirtió haciendo que Sara Pocket se pusiera más verde y amarilla que nunca, aludiendo en sus palabras a las grandes esperanzas que yo podía abrigar. Pero entonces tampoco demostró enterarse del efecto que todo eso producía y fingió arrancarme, y en realidad lo hizo, aunque ignoro cómo, estas manifestaciones de mi inocente persona.

Cuando él y yo nos quedamos solos, permaneció sentado y con el aire del que reserva sus palabras a consecuencia de los muchos datos que posee, cosa que, realmente, era demasiado para mí. Y como no tenía otra cosa al alcance de su mano, pareció repreguntar al vino que se bebía. Lo sostenía ante la bujía, luego lo probaba, le daba varias vueltas en la boca, se lo tragaba, volvía a mirar otra vez el vaso, olía el oporto, lo cataba, se lo bebía, volvía a llenar el vaso y lo examinaba otra vez, hasta que me puso nervioso, como si yo estuviese convencido de que el vino le decía algo en mi perjuicio. Tres o cuatro veces sentí la débil impresión de que debía iniciar alguna conversación; pero cada vez que él advertía que iba a preguntarle algo, me miraba con el vaso en la mano y paladeaba el vino, como si quisiera hacerme observar que era inútil mi tentativa, porque no podría contestarme.

Creo que la señorita Pocket estaba convencida de que el verme tan sólo la ponía en peligro de volverse loca, y tal vez de arrancarse el sombrero, que era muy feo, parecido a un estropajo de muselina, y de desparramar por el suelo los cabellos que seguramente no habían nacido en su cabeza. No apareció cuando más tarde subimos a la habitación de la señorita Havisham y los cuatro jugamos al whist. En el intervalo, la señorita Havisham, obrando de un modo caprichoso, había puesto alguna de las más hermosas joyas que había en el tocador en el cabello de Estella, en su pecho y en sus brazos, y observé que incluso mi tutor la miraba por debajo de sus espesas cejas y las levantaba un poco cuando ante sus ojos vio la hermosura de Estella adornada con tan ricos centelleos de luz y de color.

Nada diré del modo y de la extensión con que guardó nuestros triunfos y salió con cartas sin valor al terminar las rondas, antes de que quedase destruida la gloria de nuestros reyes y de nuestras reinas, ni tampoco de mi sensación acerca del modo de mirarnos a cada uno, a la luz de tres fáciles enigmas que él adivinó mucho tiempo atrás. Lo que me causó pena fue la incompatibilidad que había entre su fría presencia y mis sentimientos con respecto a Estella. No porque yo no pudiese hablarle de ella, sino porque sabía que no podría soportar el inevitable rechinar de sus botas en cuanto oyese hablar de Estella y porque, además, no quería que después de hablar de ella fuese a lavarse las manos, como tenía por costumbre. Lo que más me apuraba era que el objeto de mi admiración estuviese a corta distancia de él y que mis sentimientos se hallaran en el mismo lugar en que se encontraba él.

Jugamos hasta las nueve de la noche, y entonces se convino que cuando Estella fuese a Londres se me avisaría con anticipación su llegada a fin de que acudiese a recibirla al bajar de la diligencia; luego me despedí de ella, estreché su mano y la dejé.

Mi tutor se albergaba en El Jabalí, y ocupaba la habitación inmediata a la mía. En lo más profundo de la noche resonaban en mis oídos las palabras de la señorita Havisham cuando me decía: « ¡Ámala, ámala, ámala!» Las adapté a mis sentimientos y dije a mi almohada: « ¡La amo, la amo, la amo!» centenares de veces. Luego me sentí penetrado de extraordinaria gratitud al pensar que me estuviese destinada, a mí, que en otros tiempos no fui más que un aprendiz de herrero. Entonces pensé que, según temía, ella no debía de estar muy agradecida por aquel destino, y me pregunté cuándo empezaría a interesarse por mí. ¿Cuándo podría despertar su corazón, que ahora estaba mudo y dormido?

¡Ay de mí! Me figuré que éstas eran emociones elevadas y grandiosas. Pero nunca pensé que hubiera nada bajo y mezquino en mi apartamento de Joe, porque sabía que ella le despreciaría. No había pasado más que un día desde que Joe hizo asomar las lágrimas a mis ojos; pero se habían secado pronto, Dios me perdone, demasiado pronto.

Capítulo XXX

Después de reflexionar profundamente acerca del asunto, mientras, a la mañana siguiente, me vestía en E1 Jabalí, resolví decir a mi tutor que abrigaba dudas de que Orlick fuese el hombre apropiado para ocupar un cargo de confianza en casa de la señorita Havisham.

— Desde luego, Pip, no es el hombre apropiado — dijo mi tutor, muy convencido de la verdad de estas palabras, — porque el hombre que ocupa un lugar de confianza nunca es el más indicado.

Parecía muy satisfecho de enterarse de que aquel empleo especial no lo ocupase, excepcionalmente, el hombre apropiado, y muy complacido escuchó las noticias que le di acerca de Orlick.

— Muy bien, Pip — observó en cuanto hube terminado —. Voy a ir inmediatamente a despedir a nuestro amigo.

Algo alarmado al enterarme de que quería obrar con tanta rapidez, le aconsejé esperar un poco, y hasta le indiqué la posibilidad de que le resultase difícil tratar con nuestro amigo.

— ¡Oh, no, no se mostrará difícil! — aseguró mi tutor, doblando, confiado, su pañuelo de seda —. Me gustaría ver cómo podrá contradecir mis argumentos.

Como debíamos regresar juntos a Londres en la diligencia del mediodía y yo me desayuné tan aterrorizado a causa de Pumblechook que apenas podía sostener mi taza, esto me dio la oportunidad de decirle que deseaba dar un paseo y que seguiría la carretera de Londres mientras él estuviese ocupado, y que me hiciera el favor de avisar al cochero de que subiría a la diligencia en el lugar en que me encontrasen. Así pude alejarme de EL Jabalí Azul inmediatamente después de haber terminado el desayuno. Y dando una vuelta de un par de millas hacia el campo y por la parte posterior del establecimiento de Pumblechook, salí otra vez a la calle Alta, un poco más allá de aquel peligro, y me sentí, relativamente, en seguridad.

Me resultaba muy agradable hallarme de nuevo en la tranquila y vieja ciudad, sin que me violentase encontrarme con alguien que al reconocerme se quedase asombrado. Incluso uno o dos tenderos salieron de sus tiendas y dieron algunos pasos en la calle ante mí, con objeto de volverse, de pronto, como si se hubiesen olvidado algo, y cruzar por mi lado para contemplarme. En tales ocasiones, ignoro quién de los dos, si ellos o yo, fingíamos peor; ellos por no fingir bien, y yo por pretender que no me daba cuenta. Sin embargo, mi posición era muy distinguida, y aquello no me resultaba molesto, hasta que el destino me puso en el camino del desvergonzado aprendiz de Trabb.

Mirando a lo largo de la calle y en cierto punto de mi camino, divisé al aprendiz de Trabb atándose a sí mismo con una bolsa vacía de color azul. Persuadido de que lo mejor sería mirarle serenamente, fingiendo no reconocerle, lo cual, por otra parte, bastaría tal vez para contenerle e impedirle hacer alguna de sus trastadas, avancé con expresión indiferente, y ya me felicitaba por mi propio éxito, cuando, de pronto, empezaron a temblar las rodillas del aprendiz de Trabb, se le erizó el cabello, se le cayó la gorra y se puso a temblar de pies a cabeza, tambaleándose por el centro de la calle y gritando a los transeúntes:

— ¡Socorro! ¡Sostenedme! ¡Tengo mucho miedo!

Fingía hallarse en el paroxismo del terror y de la contrición a causa de la dignidad de mi porte. Cuando pasé por su lado le castañeteaban los dientes y, con todas las muestras de extremada humillación, se postró en el polvo.

Tal escena me resultó muy molesta, pero aún no era nada para lo que me esperaba. No había andado doscientos pasos, cuando, con gran terror, asombro e indignación por mi parte, vi que se me acercaba otra vez el aprendiz de Trabb. Salía de una callejuela estrecha. Llevaba colgada sobre el hombro la bolsa azul y en sus ojos se advertían inocentes intenciones, en tanto que su porte indicaba su alegre propósito de dirigirse a casa de Trabb. Sobresaltado, advirtió mi presencia y sufrió un ataque tan fuerte como el anterior; pero aquella vez sus movimientos fueron rotativos y se tambaleó dando vueltas alrededor de mí, con las rodillas más temblorosas que nunca y las manos levantadas, como si me pidiese compasión. Sus sufrimientos fueron contemplados con el mayor gozo por numerosos espectadores, y yo me quedé confuso a más no poder.

No había avanzado mucho, descendiendo por la calle, cuando, al hallarme frente al correo, volví a ver al chico de Trabb que salía de otro callejón. Aquella vez, sin embargo, estaba completamente cambiado. Llevaba la bolsa azul de la misma manera como yo mi abrigo, y se pavoneaba a lo largo de la acera, yendo hacia mí, pero por el lado opuesto de la calle y seguido por un grupo de amigachos suyos a quienes decía de vez en cuando, haciendo un ademán:

— ¿No lo habéis visto?

Es imposible expresar con palabras la burla y la ironía del aprendiz de Trabb, cuando, al pasar por mi lado, se alzó el cuello de la camisa, se echó el cabello a un lado de la cabeza, puso un brazo en jarras, se sonrió con expresión de bobería, retorciendo los codos y el cuerpo, y repitiendo a sus compañeros:

— ¿No lo habéis visto? ¿No lo habéis visto?

Inmediatamente, sus amigos empezaron a gritarme y a correr tras de mí hasta que atravesé el puente, como gallina perseguida y dando a entender que me conocieron cuando yo era herrero. Ése fue el coronamiento de mi desgracia de aquel día, que me hizo salir de la ciudad como si, por decirlo así, hubiese sido arrojado por ella, hasta que estuve en el campo.

Pero, de no resolverme entonces a quitar la vida al aprendiz de Trabb, en realidad no podía hacer otra cosa sino aguantarme. Hubiera sido fútil y degradante el luchar contra él en la calle o tratar de obtener de él otra satisfacción inferior a la misma sangre de su corazón. Además, era un muchacho a quien ningún hombre había podido golpear; más parecía una invulnerable y traviesa serpiente que, al ser acorralada, lograba huir por entre las piernas de su enemigo y aullando al mismo tiempo en son de burla. Sin embargo, al día siguiente escribí al señor Trabb para decirle que el señor Pip se vería en la precisión de interrumpir todo trato con quien de tal manera olvidaba sus deberes para con la sociedad teniendo a sus órdenes a un muchacho que excitaba el desprecio en toda mente respetable.

La diligencia que llevaba al señor Jaggers llegó a su debido tiempo; volví a ocupar mi asiento y llegué salvo a Londres, aunque no entero, porque me había abandonado mi corazón. Tan pronto como llegué me apresuré a mandar a Joe un bacalao y una caja de ostras, en carácter de desagravio, como reparación por no haber ido yo mismo, y luego me dirigí a la Posada de Barnard.

Encontré a Herbert comiendo unos fiambres y muy satisfecho de verme regresar. Después de mandar al Vengador al café para que trajesen algo más que comer, comprendí que aquella misma tarde debía abrir mi corazón a mi amigo y compañero. Como era imposible hacer ninguna confidencia mientras el Vengador estuviese en el vestíbulo, el cual no podía ser considerado más que como una antecámara del agujero de la cerradura, le mandé al teatro. Difícil sería dar una prueba más de mi esclavitud con respecto a aquel muchacho que esta constante preocupación de buscarle algo que hacer. Y a veces me veía tan apurado, que le mandaba a la esquina de Hyde Park para saber qué hora era.

Después de comer nos sentamos apoyando los pies en el guardafuego. Entonces dije a Herbert:

— Mi querido amigo, tengo que decirte algo muy reservado.

— Mi querido Haendel — dijo él, a su vez, — aprecio y respeto tu confianza.

— Es con respecto a mí mismo, Herbert – añadí, — y también se refiere a otra persona.

Herbert cruzó los pies, miró al fuego con la cabeza ladeada y, en vista de que transcurrían unos instantes sin que yo empezase a hablar, me miró.

—Herbert — dije poniéndole una mano en la rodilla. — Amo, mejor dicho, adoro a Estella.

En vez de asombrarse, Herbert replicó, como si fuese la cosa más natural del mundo:

— Perfectamente. ¿Qué más?

— ¡Cómo, Herbert! ¿Esto es lo que me contestas?

— Sí, ¿y qué más? — repitió Herbert. — Desde luego, ya estaba enterado de eso.

— ¿Cómo lo sabías? — pregunté.

— ¿Que como lo sé, Haendel? Pues por ti mismo.

—Nunca te dije tal cosa.

— ¿Que nunca me lo has dicho? Cuando te cortas el pelo, tampoco vienes a contármelo, pero tengo sentidos que me permiten observarlo. Siempre la has adorado, o, por lo menos, desde que yo te conozco. Cuando viniste aquí, te trajiste tu adoración para ella al mismo tiempo que tu equipaje. No hay necesidad de que me lo digas, porque me lo has estado refiriendo constantemente durante todo el día. Cuando me referiste tu historia, del modo más claro me diste a entender que habías estado adorándola desde el momento en que la viste, es decir, cuando aún eras muy joven.

— Muy bien — contesté, pensando que aquello era algo nuevo, aunque no desagradable.— Nunca he dejado de adorarla. Ella ha regresado convertida en una hermosa y elegante señorita. Ayer la vi. Y si antes la adoraba, ahora la adoro doblemente.

— Felizmente para ti, Haendel — dijo Herbert, — has sido escogido y destinado a ella. Sin que nos metamos en terreno prohibido, podemos aventurarnos a decir que no puede existir duda alguna entre nosotros con respecto a este hecho. ¿Tienes ya alguna sospecha sobre cuáles son las ideas de Estella acerca de tu adoración?

Moví tristemente la cabeza.

— ¡Oh!— exclamé —. ¡Está a millares de millas lejos de mí!

— Paciencia, mí querido Haendel. Hay que dar tiempo al tiempo. ¿Tienes algo más que comunicarme?

— Me avergüenza decirlo – repliqué, — y, sin embargo, no es peor decirlo que pensarlo. Tú me consideras un muchacho de suerte y, en realidad, lo soy. Ayer, como quien dice, no era más que un aprendiz de herrero; pero hoy, ¿quién podrá decir lo que soy?

— Digamos que eres un buen muchacho, si no encuentras la frase — replicó Herbert sonriendo y golpeando con su mano el dorso de la mía. — Un buen muchacho, impetuoso e indeciso, atrevido y tímido, pronto en la acción y en el ensueño: toda esta mezcla hay de ti.

Me detuve un momento para reflexionar acerca de si, verdaderamente, había tal mezcla en mi carácter. En conjunto, no me pareció acertado el análisis, pero no creí necesario discutir acerca de ello.

— Cuando me pregunto lo que pueda ser hoy, Herbert — continué —, me refiero a mis pensamientos. Tú dices que soy un muchacho afortunado. Estoy persuadido de que no he hecho nada para elevarme en la vida y que la fortuna por sí sola me ha levantado. Esto, naturalmente, es tener suerte. Y, sin embargo, cuando pienso en Estella...

— Y también cuando no piensas — me interrumpió Herbert mirando al fuego, cosa que me pareció bondadosa por su parte.

— Entonces, mi querido Herbert, no puedo decirte cuán incierto y supeditado me siento y cuán expuesto a centenares de contingencias. Sin entrar en el terreno prohibido, como tú dijiste hace un momento, puedo añadir que todas mis esperanzas dependen de la constancia de una persona (aunque no la nombre). Y aun en el mejor caso, resulta incierto y desagradable el saber tan sólo y de un modo tan vago cuáles son estas esperanzas.

A1 decir eso alivié mi mente de lo que siempre había estado en ella, en mayor o menor grado, aunque, sin duda alguna, con mayor intensidad desde el día anterior.

— Me parece, Haendel — contestó Herbert con su acento esperanzado y alegre, — que en el desaliento de esa tierna pasión miramos el pelo del caballo regalado con una lente de aumento. También me parece que al concentrar nuestra atención en el examen, descuidamos por completo una de las mejores cualidades del animal. ¿No me dijiste que tu tutor, el señor Jaggers, te comunicó desde el primer momento que no tan sólo tendrías grandes esperanzas? Y aunque él no te lo hubiera dicho así, a pesar de que esta suposición es muy aventurada, ¿puedes creer que, entre todos los hombres de Londres, el señor Jaggers es capaz de sostener tales relaciones contigo si no estuviese seguro del terreno que pisa?

Contesté que me era imposible negar la verosimilitud de semejante suposición. Dije eso, como suele verse en muchos casos, cual si fuese una concesión que de mala gana hacía a la verdad y a la justicia, como si, en realidad, me hubiese gustado poder negarlo.

— Indudablemente, éste es un argumento poderoso — dijo Herbert, — y me parece que no podrías encontrar otro mejor. Por lo demás, no tienes otro recurso que el de conformarte durante el tiempo que estés bajo la tutoría del señor Jaggers, así como éste ha de esperar el que le haya fijado su cliente. Antes de que hayas cumplido los veintiún años no podrás enterarte con detalles de este asunto, y entonces tal vez te darán más noticias acerca del particular. De todos modos, cada día te aproximas a ello, porque por fin no tendrás más remedio que llegar.

— ¡Qué animoso y esperanzado eres! — dije admirando, agradecido, sus optimistas ideas.

— No tengo más remedio que ser así — contestó Herbert, — porque casi no poseo otra cosa. He de confesar, sin embargo, que el buen sentido que me alabas no me pertenece, en realidad, sino que es de mi padre. La única observación que le oí hacer con respecto a tu historia fue definitiva: «Sin duda se trata de un asunto serio, porque, de lo contrario, no habría intervenido el señor Jaggers.» Y ahora, antes que decir otra cosa acerca de mi padre o del hijo de mi padre, corresponderé a tu confianza con la mía propia y por un momento seré muy antipático para ti, es decir, positivamente repulsivo.

— ¡Oh, no, no lo lograrás! — exclamé.

— Sí que lo conseguiré — replicó —. ¡A la una, a las dos y a las tres! Voy a ello. Mi querido amigo Haendel — añadió, y aunque hablaba en tono ligero lo hacía, sin embargo, muy en serio. — He estado reflexionando desde que empezamos a hablar y a partir del momento en que apoyamos los pies en el guardafuegos, y estoy seguro de que Estella no forma parte de tu herencia, porque, como recordarás, tu tutor jamás se ha referido a ella. ¿Tengo razón, a juzgar por lo que me has dicho, al creer que él nunca se refirió a Estella, directa o indirectamente, en ningún sentido? ¿Ni siquiera insinuó, por ejemplo, que tu protector tuviese ya un plan formado con respecto a tu casamiento?

— Nunca.

— Ahora, Haendel, ya no siento, te doy mi palabra, el sabor agrio de estas uvas. Puesto que no estás prometido a ella, ¿no puedes desprenderte de ella? Ya te dije que me mostraría antipático.

Volví la cabeza y pareció que soplaba en mi corazón con extraordinaria violencia algo semejante a los vientos de los marjales que procedían del mar, y experimenté una sensación parecida a la que sentí la mañana en que abandoné la fragua, cuando la niebla se levantaba solemnemente y cuando apoyé la mano en el poste indicador del pueblo. Por unos momentos reinó el silencio entre nosotros.

— Sí; pero mi querido Haendel — continuó Herbert como si hubiésemos estado hablando en vez de permanecer silenciosos, — el hecho de que esta pasión esté tan fuertemente arraigada en el corazón de un muchacho a quien la Naturaleza y las circunstancias han hecho tan romántico la convierten en algo muy serio. Piensa en la educación de Estella y piensa también en la señorita Havisham. Recuerda lo que es ella, y aquí es donde te pareceré repulsivo y abominable. Todo eso no puede conducirte más que a la desgracia.

— Lo sé, Herbert — contesté con la cabeza vuelta —, pero no puedo remediarlo.

— ¿No te es posible olvidarla?

— Completamente imposible.

— ¿No puedes intentarlo siquiera?

— De ninguna manera.

— Pues bien — replicó Herbert poniéndose en pie alegremente, como si hubiese estado dormido, y empezando a reanimar el fuego —. Ahora trataré de hacerme agradable otra vez.

Dio una vuelta por la estancia, levantó las cortinas, puso las sillas en su lugar, ordenó los libros que estaban diseminados por la habitación, miró al vestíbulo, examinó el interior del buzón, cerró la puerta y volvió a sentarse ante el fuego. Y cuando lo hizo empezó a frotarse la pierna izquierda con ambas manos.

— Me disponía a decirte unas palabras, Haendel, con respecto a mi padre y al hijo de mi padre. Me parece que apenas necesita observar el hijo de mi padre que la situación doméstica de éste no es muy brillante.

— Siempre hay allí abundancia, Herbert — dije yo, con deseo de alentarle.

— ¡Oh, sí! Lo mismo dice el basurero, muy satisfecho, y también el dueño de la tienda de objetos navales de la callejuela trasera. Y hablando en serio, Haendel, porque el asunto lo es bastante, conoces la situación tan bien como yo. Supongo que reinó la abundancia en mi casa cuando mi padre no había abandonado sus asuntos. Pero si hubo abundancia, ya no la hay ahora. ¿No te parece haber observado en tu propia región que los hijos de los matrimonios mal avenidos son siempre muy aficionados a casarse cuanto antes?

Ésta era una pregunta tan singular, que en contestación le pregunté:

— ¿Es así?

— Lo ignoro, y por eso te lo pregunto — dijo Herbert; — y ello porque éste es el caso nuestro. Mi pobre hermana Carlota, que nació inmediatamente después de mí y murió antes de los catorce años, era un ejemplo muy notable. La pequeña Juanita es igual. En su deseo de establecerse matrimonialmente, cualquiera podría suponer que ha pasado su corta existencia en la contemplación perpetua de la felicidad doméstica. El pequeño Alick, a pesar de que aún va vestido de niño, ya se ha puesto de acuerdo para unirse con una personita conveniente que vive en Kew. Y, en realidad, me figuro que todos estamos prometidos, a excepción del pequeño.

— ¿De modo que también lo estás tú? — pregunté.

— Sí — contestó Herbert, — pero esto es un secreto.

Le aseguré que lo guardaría y le rogué que me diese más detalles. Había hablado con tanta comprensión acerca de mi propia debilidad, que deseaba conocer algo acerca de su fuerza.

— ¿Puedes decirme cómo se llama? — pregunté.

— Clara — dijo Herbert.

— ¿Vive en Londres?

— Sí. Tal vez debo mencionar — añadió Herbert, que se había quedado muy desanimado desde que empezamos a hablar de tan interesante asunto — que está por debajo de las tontas preocupaciones de mi madre acerca de la posición social. Su padre se dedicó a aprovisionar de vituallas los barcos de pasajeros. Creo que era una especie de sobrecargo.

— ¿Y ahora qué es? — pregunté.

— Tiene una enfermedad crónica — contestó Herbert.

— ¿Y vive...?

— En el primer piso — contestó Herbert. Eso no era lo que yo quería preguntar, porque quise referirme a sus medios de subsistencia —. Yo nunca le he visto — continuó Herbert —, porque desde que conocí a Clara, siempre permanece en su habitación del piso superior. Pero le he oído constantemente. Hace mucho ruido y grita y golpea el suelo con algún instrumento espantoso.

Al mirarme se echó a reír de buena gana, y, por un momento, Herbert recobró su alegre carácter.

— ¿Y no esperas verle? — pregunté.

— ¡Oh, sí, constantemente! — contestó Herbert —. Porque cada vez que le oigo me figuro que se caerá a través del techo. No sé cómo resisten las vigas.

Después de reírse otra vez con excelente humor, recobró su tristeza y me dijo que en cuanto empezase a ganar un capital se proponía casarse con aquella joven. Y añadió, muy convencido y desalentado:

— Pero no es posible casarse, según se comprende, en tanto que uno ha de observar alrededor de sí.

Mientras contemplábamos el fuego y yo pensaba en lo difícil que era algunas veces el conquistar un capital, me metía las manos en los bolsillos. En uno de ellos me llamó la atención un papel doblado que encontré, y al abrirlo vi que era el prospecto que me entregó Joe, referente al célebre aficionado provincial de fama extraordinaria.

— ¡Dios mío! — exclamé involuntariamente y en voz alta —. Me había olvidado que era para esta noche.

Eso cambió en un momento el asunto de nuestra conversación, y apresuradamente resolvimos asistir a tal representación. Por eso, en cuanto hube resuelto consolar y proteger a Herbert en aquel asunto que tanto importaba a su corazón, valiéndome de todos los medios practicables e impracticables, y cuando Herbert me hubo dicho que su novia me conocía de referencia y que me presentaría a ella, nos estrechamos cordialmente las manos para sellar nuestra mutua confianza, apagamos las bujías, arreglamos el fuego, cerramos la puerta y salimos en busca del señor Wopsle y de Dinamarca.

Capítulo XXXI

A nuestra llegada a Dinamarca encontramos al rey y a la reina de aquel país sentados en dos sillones y sobre una mesa de cocina, celebrando una reunión de la corte. Toda la nobleza danesa estaba allí, al servicio de sus reyes. Esa nobleza consistía en un muchacho aristócrata que llevaba unas botas de gamuza de algún antepasado gigantesco; en un venerable par, de sucio rostro, que parecía haber pertenecido al pueblo durante la mayor parte de su vida, y en la caballería danesa, con un peine en el cabello y un par de calzas de seda blanca y que en conjunto ofrecía aspecto femenino. Mi notable conciudadano permanecía tristemente a un lado, con los brazos doblados, y yo sentí el deseo de que sus tirabuzones y su frente hubiesen sido más naturales.

A medida que transcurría la representación se presentaron varios hechos curiosos de pequeña importancia. El último rey de aquel país no solamente parecía haber sufrido tos en la época de su muerte, sino también habérsela llevado a la tumba, sin desprenderse de ella cuando volvió entre los mortales. El regio aparecido llevaba un fantástico manuscrito arrollado a un bastón y al cual parecía referirse de vez en cuando, y, además, demostraba cierta ansiedad y tendencia a perder esta referencia, lo cual daba a entender que gozaba aún de la condición mortal. Por eso tal vez la sombra recibió el consejo del público de que «lo doblase mejor», recomendación que aceptó con mucho enojo. También podía notarse en aquel majestuoso espíritu que, a pesar de que fingía haber estado ausente durante mucho tiempo y recorrido una inmensa distancia, procedía, con toda claridad, de una pared que estaba muy cerca. Por esta causa, sus terrores fueron acogidos en broma. A la reina de Dinamarca, dama muy regordeta, aunque sin duda alguna históricamente recargada de bronce, el público la juzgó como sobrado adornada de metal; su barbilla estaba unida a su diadema por una ancha faja de bronce, como si tuviese un grandioso dolor de muelas; tenía la cintura rodeada por otra, así como sus brazos, de manera que todos la señalaban con el nombre de «timbal». El noble joven que llevaba las botas ancestrales era inconsecuente al representarse a sí mismo como hábil marino, notable actor, experto cavador de tumbas, sacerdote y persona de la mayor importancia en los asaltos de esgrima de la corte, ante cuya autoridad y práctica se juzgaban las mejores hazañas. Esto le condujo gradualmente a que el público no le tuviese ninguna tolerancia y hasta, al ver que poseía las sagradas órdenes y se negaba a llevar a cabo el servicio fúnebre, a que la indignación contra él fuese general y se exteriorizara por medio de las nueces que le arrojaban.

Últimamente, Ofelia fue presa de tal locura lenta y musical, que cuando, en el transcurso del tiempo, se quitó su corbata de muselina blanca, la dobló y la enterró, un espectador huraño que hacía ya rato se estaba enfriando su impaciente nariz contra una barra de hierro en la primera fila del público, gruñó:

— Ahora que han metido al niño en la cama, vámonos a cenar.

Lo cual, por lo menos, era una incongruencia.

Todos estos incidentes se acumularon de un modo bullicioso sobre mi desgraciado conciudadano. Cada vez que aquel irresoluto príncipe tenía que hacer una pregunta o expresar una duda, el público se apresuraba a contestarle. Por ejemplo, cuando se trató de si era más noble sufrir, unos gritaron que sí y otros que no; y algunos, sin decidirse entre ambas opiniones, le aconsejaron que lo averiguara echando una moneda a cara o cruz. Esto fue causa de que entre el público se empeñase una enconada discusión. Cuando preguntó por qué las personas como él tenían que arrastrarse entre el cielo y la tierra, fue alentado con fuertes gritos de los que le decían « ¡Atención!» Al aparecer con una media desarreglada, desorden expresado, de acuerdo con el uso, por medio de un pliegue muy bien hecho en la parte superior, y que, según mi opinión, se lograba por medio de una plancha, surgió una discusión entre el público acerca de la palidez de su pierna y también se dudó de si se debería al susto que le dio el fantasma. Cuando tomó la flauta, evidentemente la misma que se empleó en la orquesta y que le entregaron en la puerta, el público, unánimemente, le pidió que tocase el Rule Britania. Y mientras recomendaba al músico no tocar de aquella manera, el mismo hombre huraño que antes le interrumpiera dijo: «Tú, en cambio, no tocas la flauta de ningún modo; por consiguiente, eres peor que él.» Y lamentó mucho tener que añadir que las palabras del señor Wopsle eran continuamente acogidas con grandes carcajadas.

Pero le esperaba lo más duro cuando llegó la escena del cementerio. Éste tenía la apariencia de un bosque virgen; a un lado había una especie de lavadero de aspecto eclesiástico y al otro una puerta semejante a una barrera de portazgo. El señor Wopsle llevaba una capa negra, y como lo divisaran en el momento de entrar por aquella puerta, algunos se apresuraron a avisar amistosamente al sepulturero, diciéndole: «Cuidado. Aquí llega el empresario de pompas fúnebres para ver cómo va tu trabajo.» Me parece hecho muy conocido, en cualquier país constitucional, que el señor Wopsle no podía dejar el cráneo en la tumba, después de moralizar sobre él, sin limpiarse los dedos en una servilleta blanca que se sacó del pecho; pero ni siquiera tan inocente e indispensable acto pasó sin que el público exclamara, a guisa de comentario: «¡Mozo!» La llegada del cadáver para su entierro, en una caja negra y vacía, cuya tapa se cayó, fue la señal de la alegría general, que aumentó todavía al descubrir que entre los que llevaban la caja había un individuo a quien reconoció el público. La alegría general siguió al señor Wopsle en toda su lucha con Laertes, en el borde del escenario y de la tumba, y ni siquiera desapareció cuando hubo derribado al rey desde lo alto de la mesa de cocina y luego se murió, pulgada a pulgada y desde los tobillos hacia arriba.

Al empezar habíamos hecho algunas débiles tentativas para aplaudir al señor Wopsle, pero fue evidente que no serían eficaces y, por lo tanto, desistimos de ello. Así, pues, continuamos sentados, sufriendo mucho por él, pero, sin embargo, riéndonos con toda el alma. A mi pesar, me reí durante toda la representación, porque, realmente, todo aquello resultaba muy gracioso; y, no obstante, sentí la impresión latente de que en la alocución del señor Wopsle había algo realmente notable, no a causa de antiguas asociaciones, según temo, sino porque era muy lenta, muy triste, lúgubre, subía y bajaba y en nada se parecía al modo con que un hombre, en cualquier circunstancia natural de muerte o de vida, pudiese expresarse acerca de algún asunto. Cuando terminó la tragedia y a él le hicieron salir para recibir los gritos del público, dije a Herbert:

— Vámonos en seguida, porque, de lo contrario, corremos peligro de encontrarle.

Bajamos tan aprisa como pudimos, pero aún no fuimos bastante rápidos, porque junto a la puerta había un judío, con cejas tan grandes que no podían ser naturales y que cuando pasábamos por su lado se fijó en mí y preguntó:

— ¿El señor Pip y su amigo?

No hubo más remedio que confesar la identidad del señor Pip y de su amigo.

— El señor Waldengarver — dijo el hombre — quisiera tener el honor...

— ¿Waldengarver? — repetí.

Herbert murmuró junto a mi oído:

—Probablemente es Wopsle.

— ¡Oh! — exclamé —. Sí. ¿Hemos de seguirle a usted?

— Unos cuantos pasos, hagan el favor.

En cuanto estuvimos en un callejón lateral, se volvió, preguntando:

— ¿Qué le ha parecido a ustedes su aspecto? Yo le vestí.

Yo no sabía, en realidad, cuál fue su aspecto, a excepción de que parecía fúnebre, con la añadidura de un enorme sol o estrella danesa que le colgaba del cuello, por medio de una cinta azul, cosa que le daba el aspecto de estar asegurado en alguna extraordinaria compañía de seguros. Pero dije que me había parecido muy bien.

— En la escena del cementerio — dijo nuestro guía —tuvo una buena ocasión de lucir la capa. Pero, a juzgar por lo que vi entre bastidores, me pareció que al ver al fantasma en la habitación de la reina, habría podido dejar un poco más al descubierto las medias.

Asentí modestamente, y los tres atravesamos una puertecilla de servicio, muy sucia y que se abría en ambas direcciones, penetrando en una especie de calurosa caja de embalaje que había inmediatamente detrás. Allí, el señor Wopsle se estaba quitando su traje danés, y había el espacio estrictamente suficiente para mirarle por encima de nuestros respectivos hombros, aunque con la condición de dejar abierta la puerta o la tapa de la caja.

— Caballeros — dijo el señor Wopsle —. Me siento orgulloso de verlos a ustedes. Espero, señor Pip, que me perdonará el haberle hecho llamar. Tuve la dicha de conocerle a usted en otros tiempos, y el drama ha sido siempre, según se ha reconocido, un atractivo para las personas opulentas y de nobles sentimientos.

Mientras tanto, el señor Waldengarver, sudando espantosamente, trataba de quitarse sus martas principescas.

— Quítese las medias, señor Waldengarver — dijo el dueño de aquéllas; — de lo contrario, las reventará y con ellas reventará treinta y cinco chelines. Jamás Shakespeare pudo lucir un par más fino que éste. Estése quieto en la silla y déjeme hacer a mí.

Diciendo así, se arrodilló y empezó a despellejar a su víctima, quien, al serle sacada la primera media, se habría caído atrás, con la silla, pero se salvó de ello por no haber sitio para tanto.

Hasta entonces temí decir una sola palabra acerca de la representación. Pero en aquel momento, el señor Waldengarver nos miró muy complacido y dijo:

— ¿Qué les ha parecido la representación, caballeros?

Herbert, que estaba tras de mí, me tocó y al mismo tiempo dijo:

— ¡Magnífica!

Como es natural, yo repetí su exclamación, diciendo también:

— ¡Magnífica!

— ¿Les ha gustado la interpretación que he dado al personaje, caballeros? —preguntó el señor Waldengarver con cierto tono de protección.

Herbert, después de hacerme una nueva seña por detrás de mí, dijo:

— Ha sido una interpretación exuberante y concreta a un tiempo.

Por esta razón, y como si yo mismo fuese el autor de dicha opinión, repetí:

— Exuberante y concreta a un tiempo.

—Me alegro mucho de haber merecido su aprobación, caballeros — dijo el señor Waldengarver con digno acento, a pesar de que en aquel momento había sido arrojado a la pared y de que se apoyaba en el asiento de la silla.

— Pero debo advertirle una cosa, señor Waldengarver — dijo el hombre que estaba arrodillado, — en la que no pensó usted durante su representación. No me importa que alguien piense de otra manera. Yo he de decírselo. No hace usted bien cuando, al representar el papel de Hamlet, pone usted sus piernas de perfil. El último Hamlet que vestí cometió la misma equivocación en el ensayo, hasta que le recomendé ponerse una gran oblea roja en cada una de sus espinillas, y entonces en el ensayo (que ya era el último), yo me situé en la parte del fondo de la platea y cada vez que en la representación se ponía de perfil, yo le decía: «No veo ninguna oblea». Y aquella noche la representación fue magnífica.

El señor Waldengarver me sonrió, como diciéndome: «Es un buen empleado y le excuso sus tonterías.» Luego, en voz alta, observó:

—Mi concepto de este personaje es un poco clásico y profundo para el público; pero ya mejorará éste, mejorará sin duda alguna.

— No hay duda de que mejorará — exclamamos a coro Herbert y yo.

— ¿Observaron ustedes, caballeros — dijo el señor Waldengarver —, que en el público había un hombre que trataba de burlarse del servicio..., quiero decir, de la representación?

Hipócritamente contestamos que, en efecto, nos parecía haberlo visto, y añadí:

—Sin duda estaba borracho.

— ¡Oh, no! ¡De ninguna manera! — contestó el señor Wopsle —. No estaba borracho. Su amo ya habrá cuidado de evitarlo. Su amo no le permitiría emborracharse.

— ¿Conoce usted a su jefe? — pregunté.

El señor Wopsle cerró los ojos y los abrió de nuevo, realizando muy despacio esta ceremonia.

— Indudablemente, han observado ustedes — dijo — a un burro ignorante y vocinglero, con la voz ronca y el aspecto revelador de baja malignidad, a cuyo cargo estaba el papel (no quiero decir que lo representó) de Claudio, rey de Dinamarca. Éste es su jefe, señores. Así es esta profesión.

Sin comprender muy bien si deberíamos habernos mostrado más apenados por el señor Wopsle, en caso de que éste se desesperase, yo estaba apurado por él, a pesar de todo, y aproveché la oportunidad de que se volviese de espaldas a fin de que le pusieran los tirantes — lo cual nos obligó a salir al pasillo — para preguntar a Herbert si le parecía bien que le invitásemos a cenar. Mi compañero estuvo conforme, y por esta razón lo hicimos y él nos acompañó a la Posada de Barnard, tapado hasta los ojos. Hicimos en su obsequio cuanto nos fue posible, y estuvo con nosotros hasta las dos de la madrugada, pasando revista a sus éxitos y exponiendo sus planes. He olvidado en detalle cuáles eran éstos, pero recuerdo, en conjunto, que quería empezar haciendo resucitar el drama y terminar aplastándolo, pues su propia muerte lo dejaría completa e irremediablemente aniquilado y sin esperanza ni oportunidad posible de nueva vida.

Muy triste me acosté, y con la mayor tristeza pensé en Estella. Tristemente soñé que habían desaparecido todas mis esperanzas, que me veía obligado a dar mi mano a Clara, la novia de Herbert, o a representar Hamlet con el espectro de la señorita Havisham, ello ante veinte mil personas y sin saber siquiera veinte palabras de mi papel.

Capítulo XXXII

Un día, mientras estaba ocupado con mis libros y en compañía del señor Pocket, recibí una carta por correo, cuyo aspecto exterior me puso tembloroso, porque, a pesar de que no reconocí el carácter de letra del sobrescrito, adiviné qué mano la había trazado. No tenía encabezamiento alguno, como «Querido señor Pip», «Querido Pip», «Muy señor mío» o algo por el estilo, sino que empezaba así:

«Iré a Londres pasado mañana, y llegaré en la diligencia del mediodía. Creo que se convino que usted saldría a recibirme. Por lo menos, ésta es la impresión de la señorita Havisham, y le escribo obedeciendo sus indicaciones. Ella le manda su saludo. Su afectísima, Estella.»

De haber tenido tiempo, probablemente habría encargado varios trajes nuevos para semejante ocasión; pero como no lo tenía, me fue preciso contentarme con los que ya poseía. Perdí inmediatamente el apetito, y hasta que llegó el día solemne no gocé de descanso ni de tranquilidad. Pero su llegada no me trajo nada de eso, porque entonces estuve peor que nunca, y empecé a rondar el despacho de la diligencia de la calle Wood, Cheapside, antes de que el vehículo pudiera haber salido de E1 Jabalí Azul de nuestra ciudad. A pesar de que estaba perfectamente enterado de todo, no me atrevía a perder de vista el despacho por más de cinco minutos; y había ya pasado media hora, siguiendo esta conducta poco razonable, de la guardia de cuatro o cinco horas que me esperaba, cuando se presentó ante mí el señor Wemmick.

— ¡Hola, señor Pip! — exclamó —. ¿Cómo está usted? Jamás me habría figurado que rondase usted por aquí.

Le expliqué que esperaba a cierta persona que había de llegar en la diligencia, y luego le pregunté por su padre y por el castillo.

— Ambos están muy bien, muchas gracias — dijo Wemmick —, y especialmente mi padre. Está muy bien. Pronto cumplirá los ochenta y dos años. Tenía la intención de disparar ochenta y dos cañonazos en tal día, pero temo que se quejarán los vecinos y que el cañón no pudiese resistir la presión. Sin embargo, ésta no es conversación propia de Londres. ¿Adónde se figura usted que voy ahora?

— A su oficina — contesté, en vista de que, al parecer, iba en aquella dirección.

— A otro lugar vecino — replicó Wemmick. — Voy a Newgate. En estos momentos estamos ocupados en un caso de robo en casa de un banquero, y vengo de visitar el lugar del suceso. Ahora he de ir a cambiar unas palabras con nuestro cliente.

— ¿Fue su cliente el que cometió el robo? — pregunté.

— ¡No, caramba! — contestó secamente Wemmick —. Pero le acusan de ello. Lo mismo nos podría suceder a usted o a mí. Cualquiera de los dos podría ser acusado de eso.

— Lo más probable es que no nos acusen a ninguno de los dos — observé.

— ¡Bien! — dijo Wemmick tocándome el pecho con el dedo índice —. Es usted muy listo, señor Pip. ¿Le gustaría hacer una visita a Newgate? ¿Tiene tiempo para eso?

Tenía tanto tiempo disponible, que la proposición fue para mí un alivio, a pesar de que no se conciliaba con mi deseo latente de vigilar la oficina de la diligencia. Murmurando algunas palabras para advertirle que iría a enterarme de si tenía tiempo para acompañarle, entré en la oficina y por el empleado averigüé con la mayor precisión y poniendo a prueba su paciencia el momento en que debía llegar la diligencia, en el supuesto de que no hubiese el menor retraso, cosa que yo conocía de antemano con tanta precisión como él mismo. Luego fui a reunirme con el señor Wemmick y, fingiendo sorpresa al consultar mi reloj, en vista de los datos obtenidos, acepté su oferta.

En pocos minutos llegamos a Newgate y atravesando la casa del guarda, en cuyas paredes colgaban algunos grillos entre los reglamentos de la cárcel, penetramos en el recinto de ésta. En aquel tiempo, las cárceles estaban muy abandonadas y lejano aún el período de exagerada reacción, subsiguiente a todos los errores públicos, que, en suma, es su mayor y más largo castigo. Así, los criminales no estaban mejor alojados y alimentados que los soldados (eso sin hablar de los pobres), y rara vez incendiaban sus cárceles con la comprensible excusa de mejorar el olor de su sopa. Cuando Wemmick y yo llegamos allí, era la hora de visita; un tabernero hacía sus rondas llevando cerveza que le compraban los presos a través de las rejas. Los encarcelados hablaban con los amigos que habían ido a visitarlos, y la escena era sucia, desagradable, desordenada y deprimente.

Me sorprendió ver que Wemmick circulaba por entre los presos como un jardinero por entre sus plantas. Se me ocurrió esta idea al observar que miraba a un tallo crecido durante la noche anterior y le decía:

— ¡Cómo, capitán Tom! ¿Está usted aquí? ¿De veras? — Luego añadió —: ¿Está Pico Negro detrás de la cisterna? Durante los dos meses últimos no le esperaba a usted. ¿Cómo se encuentra?

Luego se detenía ante las rejas y escuchaba con la mayor atención las ansiosas palabras que murmuraban los presos, siempre aisladamente. Wemmick, con la boca parecida a un buzón, inmóvil durante la conferencia, miraba a sus interlocutores como si se fijara en los adelantos que habían hecho desde la última vez que los observó y calculase la época en que florecían, con ocasión de ser juzgados.

Era muy popular, y observé que corría a su cargo el departamento familiar de los negocios del señor Jaggers, aunque algo de la condición de éste parecía rodearle, impidiendo la aproximación más allá de ciertos límites. Expresaba su reconocimiento de cada cliente sucesivo por medio de un movimiento de la cabeza y por el modo de ajustarse más cómodamente el sombrero con ambas manos. Luego cerraba un poco el buzón y se metía las manos en los bolsillos. En uno o dos casos se originó una dificultad con referencia al aumento de los honorarios, y entonces Wemmick, retirándose cuanto le era posible de la insuficiente cantidad de dinero que le ofrecían, replicaba:

— Es inútil, amigo. Yo no soy más que un subordinado. No puedo tomar eso. Haga el favor de no tratar así a un subordinado. Si no puede usted reunir la cantidad debida, amigo, es mejor que se dirija a un principal; en la profesión hay muchos principales, según ya sabe, y lo que no basta para uno puede ser suficiente para otro; ésta es mi recomendación, hablando como subordinado. No se esfuerce en hablar en vano. ¿Para qué? ¿A quién le toca ahora?

Así atravesamos el invernáculo de Wemmick, hasta que él se volvió hacia mí, diciéndome:

— Fíjese en el hombre a quien voy a dar la mano.

Lo habría hecho aun sin esta advertencia, porque hasta entonces no había dado la mano a nadie.

Tan pronto como acabó de hablar, un hombre de aspecto majestuoso y muy erguido (a quien me parece ver cuando escribo estas líneas), que llevaba una chaqueta usada de color de aceituna y cuyo rostro estaba cubierto de extraña palidez que se extendía sobre el rojo de su cutis, en tanto que los ojos le bailaban de un lado a otro, aun cuando se esforzaba en prestarles fijeza, se acercó a una esquina de la reja y se llevó la mano al sombrero, cubierto de una capa grasa, como si fuese caldo helado, haciendo un saludo militar algo jocoso.

—Buenos días, coronel — dijo Wemmick —. ¿Cómo está usted, coronel?

— Muy bien, señor Wemmick.

— Se hizo todo lo que fue posible, pero las pruebas eran abrumadoras, coronel.

— Sí, eran tremendas. Pero no importa.

— No, no — replicó fríamente Wemmick, — a usted no le importa. — Luego, volviéndose hacia mí, me dijo —: Este hombre sirvió a Su Majestad. Estuvo en la guerra y compró su licencia.

— ¿De veras? — pregunté.

Aquel hombre clavó en mí sus ojos y luego miró alrededor de mí. Hecho esto, se pasó la mano por los labios y se echó a reír.

— Me parece, caballero, que el lunes próximo ya no tendré ninguna preocupación — dijo a Wemmick.

— Es posible — replicó mi amigo, — pero no se sabe nada exactamente.

— Me satisface mucho tener la oportunidad de despedirme de usted, señor Wemmick — dijo el preso sacando la mano por entre los hierros de la reja.

— Muchas gracias — contestó Wemmick estrechándosela —. Lo mismo digo, coronel.

— Si lo que llevaba conmigo cuando me prendieron hubiese sido legítimo, señor Wemmick — dijo el preso, poco inclinado, al parecer, a soltar la mano de mi amigo, — entonces le habría rogado el favor de llevar otra sortija como prueba de gratitud por sus atenciones.

— Le doy las gracias por la intención — contestó Wemmick —. Y, ahora que recuerdo, me parece que usted era aficionado a criar palomas de raza. — El preso miró hacia el cielo. — Tengo entendido que poseía usted una cría muy notable de palomas mensajeras. ¿No podría encargar a alguno de sus amigos que me llevase un par a mi casa, siempre en el supuesto de que no pueda usted utilizarlas de otro modo?

— Así se hará, caballero.

— Muy bien — dijo Wemmick. — Las cuidaré perfectamente. Buenas tardes, coronel.

— ¡Adiós!

Se estrecharon nuevamente las manos, y cuando nos alejábamos, Wemmick me dijo:

— Es un monedero falso y un obrero habilísimo. Hoy comunicarán la sentencia al jefe de la prisión, y con toda seguridad será ejecutado el lunes. Sin embargo, como usted ve, un par de palomas es algo de valor y fácilmente transportable.

Dicho esto, miró hacia atrás a hizo una seña, moviendo la cabeza, a aquella planta suya que estaba a punto de morir, y luego miró alrededor, mientras salíamos de la prisión, como si estuviese reflexionando qué otro tiesto podría poner en el mismo lugar.

Cuando salimos de la cárcel atravesando la portería, observé que hasta los mismos carceleros no concedían menor importancia a mi tutor que los propios presos de cuyos asuntos se encargaba.

— Oiga, señor Wemmick — dijo el carcelero que nos acompañaba, en el momento en que estábamos entre dos puertas claveteadas, una de las cuales cerró cuidadosamente antes de abrir la otra —. ¿Qué va a hacer el señor Jaggers con este asesino de Waterside? ¿Va a considerar el asunto como homicidio o de otra manera?

— ¿Por qué no se lo pregunta usted a él? — replicó Wemmick.

— ¡Oh, pronto lo dice usted! — replicó el carcelero.

— Así son todos aquí, señor Pip — observó Wemmick volviéndose hacia mí mientras se abría el buzón de su boca. — No tienen reparo alguno en preguntarme a mí, el subordinado, pero nunca les sorprenderá usted dirigiendo pregunta alguna a mi principal.

— ¿Acaso este joven caballero es uno de los aprendices de su oficina? — preguntó el carcelero haciendo una mueca al oír la expresión del señor Wemmick.

— ¿Ya vuelve usted? — exclamó Wemmick. — Ya se lo dije — añadió volviéndose a mí. — Antes de que la primera pregunta haya podido ser contestada, ya me hace otra. ¿Y qué? Supongamos que el señor Pip pertenece a nuestra oficina. ¿Qué hay con eso?

— Pues que, en tal caso — replicó el carcelero haciendo otra mueca, — ya sabrá cómo es el señor Jaggers.

— ¡Vaya! — exclamó Wemmick dando un golpecito en son de broma al carcelero. — Cuando se ve usted ante mi principal se queda tan mudo como sus propias llaves. Déjenos salir, viejo zorro, o, de lo contrario, haré que presente una denuncia contra usted por detención ilegal.

E1 carcelero se echó a reír, nos dio los buenos días y se quedó riéndose a través del ventanillo, hasta que llegamos a los escalones de la calle.

— Mire usted, señor Pip — dijo Wemmick con acento grave y tomándome confidencialmente el brazo para hablarme al oído —. Lo mejor que hace el señor Jaggers es no descender nunca de la alta situación en que se ha colocado. Este coronel no se atreve a despedirse de él, como tampoco el carcelero a preguntarle sus intenciones con respecto a un caso cualquiera. Así, sin descender de la altura en que se halla, hace salir a su subordinado. ¿Comprende usted? Y de este modo se apodera del cuerpo y del alma de todos.

Yo me quedé muy impresionado, y no por vez primera, acerca de la sutileza de mi tutor. Y, para confesar la verdad, deseé de todo corazón, y tampoco por vez primera, haber tenido otro tutor de inteligencia y de habilidades más corrientes.

El señor Wemmick y yo nos despedimos ante la oficina de Little Britain, en donde estaban congregados, como de costumbre, varios solicitantes que esperaban ver al señor Jaggers; yo volví a mi guardia ante la oficina de la diligencia, teniendo por delante tres horas por lo menos. Pasé todo este tiempo reflexionando en lo extraño que resultaba el hecho de que siempre tuviera que relacionarse con mi vida la cárcel y el crimen; que en mi infancia, y en nuestros solitarios marjales, me vi ante el crimen por primera vez en mi vida, y que reapareció en otras dos ocasiones, presentándose como una mancha que se hubiese debilitado, pero no desaparecido del todo; que tal vez de igual modo iba a impedirme la fortuna y hasta el mismo porvenir. Mientras así estaba reflexionando, pensé en la hermosa y joven Estella, orgullosa y refinada, que venía hacia mí, y con el mayor aborrecimiento me fijé en el contraste que había entre la prisión, y ella misma. Deseé entonces que Wemmick no me hubiese encontrado, o que yo no hubiera estado dispuesto a acompañarle, para que aquel día, entre todos los del año, no me rodeara la influencia de Newgate en mi aliento y en mi traje. Mientras iba de un lado a otro me sacudí el polvo de la prisión, que había quedado en mis pies, y también me cepillé con la mano el traje y hasta me esforcé en vaciar por completo mis pulmones. Tan contaminado me sentía al recordar quién estaba a punto de llegar, que cuando la diligencia apareció por fin, aún no me veía libre de la mancilla del invernáculo del señor Wemmick. Entonces vi asomar a una ventanilla de la diligencia el rostro de Estella, la cual, inmediatamente, me saludó con la mano.

¿Qué sería aquella indescriptible sombra que de nuevo pasó por mi imaginación en aquel instante?

Capítulo XXXIII

Abrigada en su traje de viaje adornado de pieles, Estella parecía más delicadamente hermosa que en otra ocasión cualquiera, incluso a mis propios ojos. Sus maneras eran más atractivas que antes, y creí advertir en ello la influencia de la señorita Havisham.

Me señaló su equipaje mientras estábamos ambos en el patio de la posada, y cuando se hubieron reunido los bultos recordé, pues lo había olvidado todo a excepción de ella misma, que nada sabía acerca de su destino.

— Voy a Richmond — me dijo. — Como nos dice nuestro tratado de geografía, hay dos Richmonds, uno en Surrey y otro en Yorkshire, y el mío es el Richmond de Surrey. La distancia es de diez millas. Tomaré un coche, y usted me acompañará. Aquí está mi bolsa, de cuyo contenido ha de pagar mis gastos. Debe usted tomar la bolsa. Ni usted ni yo podemos hacer más que obedecer las instrucciones recibidas. No nos es posible obrar a nuestro antojo.

Y mientras me miraba al darme la bolsa, sentí la esperanza de que en sus palabras hubiese una segunda intención. Ella las pronunció como al descuido, sin darles importancia, pero no con disgusto.

—Tomaremos un carruaje, Estella. ¿Quiere usted descansar un poco aquí?

— Sí. Reposaré un momento, tomaré una taza de té y, mientras tanto, usted cuidará de mí.

Apoyó el brazo en el mío, como si eso fuese obligado; yo llamé a un camarero que se había quedado mirando a la diligencia como quien no ha visto nada parecido en su vida, a fin de que nos llevase a un saloncito particular. Al oírlo, sacó una servilleta como si fuese un instrumento mágico sin el cual no pudiese encontrar su camino escaleras arriba, y nos llevó hacia el agujero negro del establecimiento, en donde había un espejo de disminución — artículo completamente superfluo en vista de las dimensiones de la estancia, — una botellita con salsa para las anchoas y unos zuecos de ignorado propietario. Ante mi disconformidad con aquel lugar, nos llevó a otra sala, en donde había una mesa de comedor para treinta personas y, en la chimenea, una hoja arrancada de un libro de contabilidad bajo un montón de polvo de carbón. Después de mirar aquel fuego apagado y de mover la cabeza, recibió mis órdenes, que se limitaron a encargarle un poco de té para la señorita, y salió de la estancia, en apariencia muy deprimido.

Me molestó la atmósfera de aquella estancia, que ofrecía una fuerte combinación de olor de cuadra con el de sopa trasnochada, gracias a lo cual se podía inferir que el departamento de coches no marchaba bien y que su empresario hervía los caballos para servirlos en el restaurante. Sin embargo, poca importancia di a todo eso en vista de que Estella estaba conmigo. Y hasta me dije que con ella me habría sentido feliz aunque tuviera que pasar allí la vida. De todos modos, en aquellos instantes yo no era feliz, y eso me constaba perfectamente.

— ¿Y en compañía de quién va usted a vivir en Richmond? — pregunté a Estella.

— Voy a vivir — contestó ella — sin reparar en gastos y en compañía de una señora que tiene la posibilidad, o por lo menos así lo asegura, de presentarme en todas partes, de hacerme conocer a muchas personas y de lograr que me vea mucha gente.

— Supongo que a usted le gustará mucho esa variedad y la admiración que va a despertar.

— Sí, también lo creo.

Contestó en tono tan ligero, que yo añadí:

— Habla de usted misma como si fuese otra persona.

— ¿Y dónde ha averiguado usted mi modo de hablar con otros? ¡Vamos! ¡Vamos!— añadió Estella sonriendo deliciosamente —. No creo que tenga usted la pretensión de darme lecciones; no tengo más remedio que hablar del modo que me es peculiar. ¿Y cómo lo pasa usted con el señor Pocket?

— Vivo allí muy agradablemente; por lo menos... — y me detuve al pensar que tal vez perdía una oportunidad.

— Por lo menos... — repitió Estella.

- ... de un modo tan agradable como podría vivir en cualquier parte, lejos de usted.

— Es usted un tonto — dijo Estella con la mayor compostura —. ¿Cómo puede decir esas niñerías? Según tengo entendido, su amigo, el señor Mateo, es superior al resto de su familia.

— Mucho. Además, no tiene ningún enemigo...

— No añada usted que él es su propio enemigo — interrumpió Estella, — porque odio a esa clase de hombres. He oído decir que, realmente, es un hombre desinteresado y que está muy por encima de los pequeños celos y del despecho.

— Estoy seguro de tener motivos para creerlo así.

— Indudablemente, no tiene usted las mismas razones para decir lo mismo del resto de su familia — continuó Estella mirándome con tal expresión que, a la vez, era grave y chancera, — porque asedian a la señorita Havisham con toda clase de noticias y de insinuaciones contra usted. Le observan constantemente y le presentan bajo cuantos aspectos desfavorables les es posible. Escriben cartas acerca de usted, a veces anónimas, y es usted el tormento y la ocupación de sus vidas. Es imposible que pueda comprender el odio que toda esa gente le tiene.

—Espero, sin embargo, que no me perjudicarán.

En vez de contestar, Estella se echó a reír. Esto me pareció muy raro y me quedé mirándola perplejo. Cuando se calmó su acceso de hilaridad, y no se rió de un modo lánguido, sino verdaderamente divertida, le dije, con cierta desconfianza:

— Creo poder estar seguro de que a usted no le parecería tan divertido si realmente me perjudicasen.

— No, no. Puede usted estar seguro de eso — contestó Estella. — Tenga la certeza de que me río precisamente por su fracaso. Esos pobres parientes de la señorita Havisham sufren indecibles torturas.

Se echó a reír de nuevo, y aun entonces, después de haberme descubierto la causa de su risa, ésta me pareció muy singular, porque, como no podía dudar acerca de que el asunto le hacía gracia, me parecía excesiva su hilaridad por tal causa. Por consiguiente, me dije que habría algo más que yo desconocía. Y como ella advirtiese tal pensamiento en mí, me contestó diciendo:

— Ni usted mismo puede darse cuenta de la satisfacción que me causa presenciar el disgusto de esa gente ni lo que me divierten sus ridiculeces. Usted, al revés de mí misma, no fue criado en aquella casa desde su más tierna infancia. Sus intrigas contra usted, aunque contenidas y disfrazadas por la máscara de la simpatía y de la compasión que no sentían, no pudieron aguzar su inteligencia, como me pasó a mí, y tampoco pudo usted, como yo, abrir gradualmente sus ojos infantiles ante la impostura de aquella mujer que calcula sus reservas de paz mental para cuando se despierta por la noche.

Aquello ya no parecía divertido para Estella, que traía nuevamente a su memoria tales recuerdos de su infancia. Yo mismo no quisiera haber sido la causa de la mirada que entonces centelleó en sus ojos, ni a cambio de todas las esperanzas que pudiera tener en la vida.

— Dos cosas puedo decirle — continuó Estella. — La primera, que, a pesar de asegurar el proverbio que una gota constante es capaz de agujerear una piedra, puede tener la seguridad de que toda esa gente, ni siquiera en cien años, podría perjudicarle en el ánimo de la señorita Havisham ni poco ni mucho. La segunda es que yo debo estar agradecida a usted por ser la causa de sus inútiles esfuerzos y sus infructuosas bajezas, y, en prueba de ello, aquí tiene usted mi mano.

Mientras me la daba como por juego, porque su seriedad fue momentánea, yo la tomé y la llevé a mis labios.

— Es usted muy ridículo — dijo Estella. — ¿No se dará usted nunca por avisado? ¿O acaso besará mi mano con el mismo ánimo con que un día me dejé besar mi mejilla?

— ¿Cuál era ese ánimo? — pregunté.

— He de pensar un momento. El de desprecio hacia los aduladores e intrigantes.

— Si digo que sí, ¿me dejará que la bese otra vez en la mejilla?

— Debería usted haberlo pedido antes de besar la mano. Pero sí. Puede besarme, si quiere.

Yo me incliné; su rostro estaba tan tranquilo como el de una estatua.

— Ahora — dijo Estella apartándose en el mismo instante en que mis labios tocaban su mejilla —, ahora debe usted cuidar de que me sirvan el té y luego acompañarme a Richmond.

Me resultó doloroso ver que volvía a recordar las órdenes recibidas, como si al estar juntos no hiciésemos más que cumplir nuestro deber, como verdaderos muñecos; pero todo lo que ocurrió mientras estuvimos juntos me resultó doloroso. Cualquiera que fuese el tono de sus palabras, yo no podía confiar en él ni fundar ninguna esperanza; y, sin embargo, continué igualmente, contra toda esperanza y contra toda confianza. ¿Para qué repetirlo un millar de veces? Así fue siempre.

Llamé para pedir el té, y el camarero apareció de nuevo, llevando su servilleta mágica y trayendo, por grados, una cincuentena de accesorios para el té, pero éste no aparecía de ningún modo. Trajo una bandeja, tazas, platitos, platos, cuchillos y tenedores; cucharas de varios tamaños; saleros; un pequeño panecillo, cubierto, con la mayor precaución, con una tapa de hierro; una cestilla que contenía una pequeña cantidad de manteca, sobre un lecho de perejil; un pan pálido y empolvado de harina por un extremo; algunas rebanadas triangulares en las que estaban claramente marcadas las rejas del fogón, y, finalmente, una urna familiar bastante grande, que el mozo trajo penosamente, como si le agobiara y le hiciera sufrir su peso. Después de una ausencia prolongada en aquella fase del espectáculo, llegó por fin con un cofrecillo de hermoso aspecto que contenía algunas ramitas. Yo las sumergí en agua caliente, y, así, del conjunto de todos aquellos accesorios extraje una taza de no sé qué infusión destinada a Estella.

Una vez pagado el gasto y después de haber recordado al camarero, sin olvidar al palafrenero y teniendo en cuenta a la camarera, en una palabra, después de sobornar a la casa entera, dejándola sumida en el desdén y en la animosidad, lo cual aligeró bastante la bolsa de Estella, nos metimos en nuestra silla de posta y emprendimos la marcha, dirigiéndonos hacia Cheapside, subiendo ruidosamente la calle de Newgate. Pronto nos hallamos bajo los muros que tan avergonzado me tenían.

— ¿Qué edificio es ése? — me preguntó Estella.

Yo fingí, tontamente, no reconocerlo en el primer instante, y luego se lo dije. Después de mirar, retiró la cabeza y murmuró:

— ¡Miserables!

En vista de esto, yo no habría confesado por nada del mundo la visita que aquella misma mañana hice a la prisión.

— E1 señor Jaggers — dije luego, con objeto de echar el muerto a otro — tiene la reputación de conocer mejor que otro cualquiera en Londres los secretos de este triste lugar.

— Me parece que conoce los de todas partes — confesó Estella en voz baja.

— Supongo que está usted acostumbrada a verle con frecuencia.

— En efecto, le he visto con intervalos variables, durante todo el tiempo que puedo recordar. Pero no por eso le conozco mejor ahora que cuando apenas sabía hablar. ¿Cuál es su propia opinión acerca de ese señor? ¿Marcha usted bien con él?

— Una vez acostumbrado a sus maneras desconfiadas – contestó, — no andamos mal.

— ¿Ha intimado usted con él?

— He comido en su compañía y en su domicilio particular

— Me figuro — dijo Estella encogiéndose — que debe de ser un lugar muy curioso.

— En efecto, lo es.

Yo debía haber sido cuidadoso al hablar de mi tutor, para no hacerlo con demasiada libertad, incluso con Estella; mas, a pesar de todo, habría continuado hablando del asunto y describiendo la cena que nos dio en la calle Gerrard, si no hubiésemos llegado de pronto a un lugar muy iluminado por el gas. Mientras duró, pareció producirme la misma sensación inexplicable que antes experimenté; y cuando salimos de aquella luz, me quedé como deslumbrado por unos instantes, como si me hubiese visto rodeado por un rayo.

Empezamos a hablar de otras cosas, especialmente acerca de nuestro modo de viajar, de cuáles eran los barrios de Londres que había por aquel lugar y de cosas por el estilo. La gran ciudad era casi nueva para ella, según me dijo, porque no se alejó nunca de las cercanías de la casa de la señorita Havisham hasta que se dirigió a Francia, y aun entonces no hizo más que atravesar Londres a la ida y a la vuelta. Le pregunté si mi tutor estaba encargado de ella mientras permaneciese en Richmond, y a eso ella se limitó a contestar enfáticamente:

— ¡No lo quiera Dios!

No pude evitar el darme cuenta de que tenía interés en atraerme y que se mostraba todo lo seductora que le era posible, de manera que me habría conquistado por completo aun en el caso de que, para lograrlo, hubiese tenido que esforzarse. Sin embargo, nada de aquello me hizo más feliz, porque aun cuando no hubiera dado a entender que ambos habíamos de obedecer lo dispuesto por otras personas, yo habría comprendido que tenía mi corazón en sus manos, por habérselo propuesto así y no porque eso despertara ninguna ternura en el suyo propio, para despedazarlo y luego tirarlo a lo lejos.

Mientras atravesamos Hammersmith le indiqué dónde vivía el señor Mateo Pocket, añadiendo que, como no estaba a mucha distancia de Richmond, esperaba tener frecuentes ocasiones de verla.

— ¡Oh, sí! Tendrá usted que ir a verme. Podrá ir cuando le parezca mejor; desde luego, hablaré de usted a la familia con la que voy a vivir, aunque, en realidad, ya le conoce de referencias.

Pregunté entonces si era numerosa la familia de que iba a formar parte.

—No; tan sólo son dos personas: madre e hija. La madre, según tengo entendido, es una dama que está en buena posición, aunque no le molesta aumentar sus ingresos.

—Me extraña que la señorita Havisham haya consentido en separarse otra vez de usted y tan poco tiempo después de su regreso de Francia.

— Eso es una parte de los planes de la señorita Havisham con respecto a mí, Pip — dijo Estella dando un suspiro como si estuviese fatigada. — Yo debo escribirle constantemente y verla también con cierta regularidad, para darle cuenta de mi vida..., y no solamente de mí, sino también de las joyas, porque ya casi todas son mías.

Aquélla era la primera vez que me llamó por mi nombre. Naturalmente, lo hizo adrede, y yo comprendí que recordaría con placer semejante ocurrencia.

Llegamos demasiado pronto a Richmond, y nuestro destino era una casa situada junto al Green, casa antigua, de aspecto muy serio, en donde más de una vez se lucieron las gorgueras, los lunares, los cabellos empolvados, las casacas bordadas, las medias de seda, los encajes y las espadas. Delante de la casa había algunos árboles viejos, todavía recortados en formas tan poco naturales como las gorgueras, las pelucas y los miriñaques; pero ya estaban señalados los sitios que habían de ocupar en la gran procesión de los muertos, y pronto tomarían parte en ella para emprender el silencioso camino de todo lo demás.

Una campana, con voz muy cascada, que sin duda alguna en otros tiempos anunció a la casa: «Aquí está el guardainfante verde... Aquí, la espada con puño de piedras preciosas... «Aquí, los zapatos de rojos tacones adornados con una piedra preciosa azul...»a, resonó gravemente a la luz de la luna y en el acto se presentaron dos doncellas de rostro colorado como cerezas, con objeto de recibir a Estella. Pronto la puerta se tragó el equipaje de mi compañera, quien me tendió la mano, me dirigió una sonrisa y me dio las buenas noches antes de ser tragada a su vez. Y yo continué mirando hacia la casa, pensando en lo feliz que sería viviendo allí con ella, aunque, al mismo tiempo, estaba persuadido de que en su compañía jamás me sentiría dichoso, sino siempre desgraciado

Volví a subir al coche para dirigirme a Hammersmith; entré con el corazón dolorido, y cuando salí me dolía más aún. Ante la puerta de mi morada encontré a la pequeña Juana Pocket, que regresaba de una fiesta infantil, escoltada por su diminuto novio, a quien yo envidié a pesar de tener que sujetarse a las órdenes de Flopson.

El señor Pocket había salido a dar clase, porque era un profesor delicioso de economía doméstica, y sus tratados referentes al gobierno de los niños y de los criados eran considerados como los mejores libros de texto acerca de tales asuntos. Pero la señora Pocket estaba en casa y se hallaba en una pequeña dificultad, a causa de que habían entregado al pequeño un alfiletero para que se estuviera quieto durante la inexplicable ausencia de Millers (que había ido a visitar a un pariente que tenía en los Guardias de Infantería), y faltaban del alfiletero muchas más agujas de las que podían considerarse convenientes para un paciente tan joven, ya fuesen aplicadas al exterior o para ser tomadas a guisa de tónico.

Como el señor Pocket era justamente célebre por los excelentes consejos que daba, así como también por su clara y sólida percepción de las cosas y su modo de pensar en extremo juicioso, al sentir mi corazón dolorido tuve la intención de rogarle que aceptara mis confidencias. Pero como entonces levantase la vista y viese a la señora Pocket mientras leía su libro acerca de la nobleza, después de prescribir que la camarera un remedio soberano para el pequeño, me arrepentí, y decidí no decir una palabra.

Capítulo XXXIV

Como me había acostumbrado ya a mis esperanzas, empecé, insensiblemente, a notar su efecto sobre mí mismo y sobre los que me rodeaban. Me esforzaba en disimularme todo lo posible la influencia de aquéllas en mi propio carácter, pero comprendía perfectamente que no era en manera alguna beneficiosa para mí. Vivía en un estado de crónica inquietud con respecto a mi conducta para con Joe. Tampoco mi conciencia se sentía tranquila con respecto a Biddy: Cuando me despertaba por las noches, como Camilla, solía decirme, con ánimo deprimido, que habría sido mucho más feliz y mejor si nunca hubiese visto el rostro de la señorita Havisham y llegara a la virilidad contento y satisfecho con ser socio de Joe, en la honrada y vieja fragua. Muchas veces, en las veladas, cuando estaba solo y sentado ante el fuego, me decía que, en resumidas cuentas, no había otro fuego como el de la forja y el de la cocina de mi propio hogar.

Sin embargo, Estella era de tal modo inseparable de mi intranquilidad mental, que, realmente, yo sentía ciertas dudas acerca de la parte que a mí mismo me correspondía en ello. Es decir, que, suponiendo que yo no tuviera esperanzas y, sin embargo, Estella hubiese ocupado mi mente, yo no habría podido precisar a mi satisfacción si eso habría sido mejor para mí. No tropezaba con tal dificultad con respecto a la influencia de mi posición sobre otros, y así percibía, aunque tal vez débilmente, que no era beneficioso para nadie y, sobre todo, que no hacía ningún bien a Herbert. Mis hábitos de despilfarro inclinaban a su débil naturaleza a hacer gastos que no podía soportar y corrompían la sencillez de su vida, arrebatándole la paz con ansiedades y pesares. No sentía el menor remordimiento por haber inducido a las otras ramas de la familia Pocket a que practicasen las pobres artes a que se dedicaban, porque todos ellos valían tan poco que, aun cuando yo dejara dormidas tales inclinaciones, cualquiera otra las habría despertado. Pero el caso de Herbert era muy diferente, y muchas veces me apenaba pensar que le había hecho un flaco servicio al recargar sus habitaciones, escasamente amuebladas, con trabajos inapropiados de tapicería y poniendo a su disposición al Vengador del chaleco color canario.

Entonces, como medio infalible de salir de un apuro para entrar en otro mayor, empecé a contraer grandes deudas, y en cuanto me aventuré a recorrer este camino, Herbert no tuvo más remedio que seguirme. Por consejo de Startop presentamos nuestra candidatura en un club llamado Los Pinzones de la Enramada. Jamás he sabido cuál era el objeto de tal institución, a no ser que consistiera en que sus socios debían cenar opíparamente una vez cada quince días, pelearse entre sí lo mas posible después de cenar y ser la causa de que se emborrachasen, por lo menos, media docena de camareros. Me consta que estos agradables fines sociales se cumplían de un modo tan invariable que, según Herbert y yo entendimos, a nada más se refería el primer brindis que pronunciaban los socios, y que decía: «Caballeros: ojala siempre reinen los sentimientos de amistad entre Los Pinzones de 1a Enramada.»

Los Pinzones gastaban locamente su dinero (solíamos cenar en un hotel de «Covent Garden»), y el primer Pinzón a quien vi cuando tuve el honor de pertenecer a la «Enramada» fue Bentley Drummle; en aquel tiempo, éste iba dando tumbos por la ciudad en un coche de su propiedad y haciendo enormes estropicios en los postes y en las esquinas de las calles. De vez en cuando salía despedido de su propio carruaje, con la cabeza por delante, para ir a parar entre los caballeros, y en una ocasión le vi caer en la puerta de la «Enramada», aunque sin intención de ello, como si fuese un saco de carbón. Pero al hablar así me anticipo un poco, porque yo no era todavía un Pinzón ni podía serlo, de acuerdo con los sagrados reglamentos de la sociedad, hasta que fuese mayor de edad. Confiando en mis propios recursos, estaba dispuesto a tomar a mi cargo los gastos de Herbert; pero éste era orgulloso y yo no podía hacerle siquiera tal proposición. Por eso el pobre luchaba con toda clase de dificultades y continuaba observando alrededor de él.

Cuando, gradualmente, adquirimos la costumbre de acostarnos a altas horas de la noche y de pasar el tiempo con toda suerte de trasnochadores, noté que, al desayuno, Herbert observaba alrededor con mirada llena de desaliento; empezaba a mirar con mayor confianza hacia el mediodía; volvía a desalentarse antes de la cena, aunque después de ésta parecía advertir claramente la posibilidad de realizar un capital; y, hasta la medianoche, estaba seguro de alcanzarlo. Sin embargo, a las dos de la madrugada estaba tan desalentado otra vez, que no hablaba más que de comprarse un rifle y marcharse a América con objeto de obligar a los búfalos a que fuesen ellos los autores de su fortuna.

Yo solía pasar en Hammersmith la mitad de la semana, y entonces hacía visitas a Richmond, aunque cada vez más espaciadas. Cuando estaba en Hammersmith, Herbert iba allá con frecuencia, y me parece que en tales ocasiones su padre sentía, a veces, la impresión pasajera de que aún no se había presentado la oportunidad que su hijo esperaba. Pero, entre el desorden que reinaba en la familia, no era muy importante lo que pudiera suceder a Herbert. Mientras tanto, el señor Pocket tenía cada día el cabello más gris y con mayor frecuencia que antes trataba de levantarse a sí mismo por el cabello, para sobreponerse a sus propias perplejidades, en tanto que la señora Pocket echaba la zancadilla a toda la familia con su taburete, leía continuamente su libro acerca de la nobleza, perdía su pañuelo, hablaba de su abuelito y demostraba prácticamente sus ideas acerca de la educación de los hijos, mandándolos a la cama en cuanto se presentaban ante ella.

Y como ahora estoy generalizando un período de mi vida con objeto de allanar mi propio camino, no puedo hacer nada mejor que concretar la descripción de nuestras costumbres y modo de vivir en la Posada de Barnard.

Gastábamos tanto dinero como podíamos y, en cambio, recibíamos tan poco como la gente podía darnos. Casi siempre estábamos aburridos; nos sentíamos desdichados, y la mayoría de nuestros amigos y conocidos se hallaban en la misma situación. Entre nosotros había alegre ficción de que nos divertíamos constantemente, y también la verdad esquelética de que nunca lo lográbamos. Y, según creo, nuestro caso era, en resumidas cuentas, en extremo corriente.

Cada mañana, y siempre con nuevo talante, Herbert iba a la City para observar alrededor de él. Con frecuencia, yo le visitaba en aquella habitación trasera y oscura, donde estaba acompañado por una gran botella de tinta, un perchero para sombreros, un cubo para el carbón, una caja de cordel, un almanaque, un pupitre, un taburete y una regla. Y no recuerdo haberle visto hacer otra cosa sino observar alrededor. Si todos hiciéramos lo que nos proponemos con la misma fidelidad con que Herbert cumplía sus propósitos, viviríamos sin duda alguna en una republica de las virtudes. No tenía nada más que hacer el pobre muchacho, a excepción de que, a determinada hora de la tarde, debía ir al Lloyd, en cumplimiento de la ceremonia de ver a su principal, según imagino. No hacía nunca nada que se relacionara con el Lloyd, según pude percatarme, salvo el regresar a su oficina. Cuando consideraba que su situación era en extremo seria y que, positivamente, debía encontrar una oportunidad, se iba a la Bolsa a la hora de sesión, y allí empezaba a pasear entrando y saliendo, cual si bailase una triste contradanza entre aquellos magnates allí reunidos.

— He observado — me dijo un día Herbert al llegar a casa para comer, en una de aquellas ocasiones especiales, — Haendel, que las oportunidades no se presentan a uno, sino que es preciso ir en busca de ellas. Por eso yo he ido a buscarla.

Si hubiéramos estado menos unidos, creo que habríamos llegado a odiarnos todas las mañanas con la mayor regularidad. En aquel período de arrepentimiento, yo detestaba nuestras habitaciones más de lo que podría expresar con palabras, y no podía soportar el ver siquiera la librea del Vengador, quien tenía entonces un aspecto más costoso y menos remunerador que en cualquier otro momento de las veinticuatro horas del día. A medida que nos hundíamos más y más en las deudas, los almuerzos eran cada día menos substanciosos, y en una ocasión, a la hora del almuerzo, fuimos amenazados, aunque por carta, con procedimientos legales «bastante relacionados con las joyas», según habría podido decir el periódico de mi país. Y hasta incluso, un día, cogí al Vengador por su cuello azul y lo sacudí levantándolo en vilo, de modo que al estar en el aire parecía un Cupido con botas altas, por presumir o suponer que necesitábamos un panecillo.

Ciertos días, bastante inciertos porque dependían de nuestro humor, yo decía a Herbert, como si hubiese hecho un notable descubrimiento:

— Mi querido Herbert, llevamos muy mal camino.

— Mi querido Haendel — me contestaba Herbert con la mayor sinceridad, — tal vez no me creerás, pero, por extraña coincidencia, estaba a punto de pronunciar esas mismas palabras.

— Pues, en tal caso, Herbert — le contestaba yo, — vamos a examinar nuestros asuntos.

Nos satisfacía mucho tomar esta resolución. Yo siempre pensé que éste era el modo de tratar los negocios y tal el camino de examinar los nuestros, así como el de agarrar por el cuello a nuestro enemigo. Y me consta que Herbert opinaba igual.

Pedíamos algunos platos especiales para comer, con una botella de vino que se salía de lo corriente, a fin de que nuestros cerebros estuviesen reconfortados para tal ocasión y pudiésemos dar en el blanco. Una vez terminada la comida, sacábamos unas cuantas plumas, gran cantidad de tinta y de papel de escribir, así como de papel secante. Nos resultaba muy agradable disponer de una buena cantidad de papel.

Yo entonces tomaba una hoja y, en la parte superior y con buena letra, escribía la cabecera: «Memorándum de las deudas de Pip». Añadía luego, cuidadosamente, el nombre de la Posada de Barnard y la fecha. Herbert tomaba también una hoja de papel y con las mismas formalidades escribía: «Memorándum de las deudas de Herbert».

Cada uno de nosotros consultaba entonces un confuso montón de papeles que tenía al lado y que hasta entonces habían sido desordenadamente guardados en los cajones, desgastados por tanto permanecer en los bolsillos, medio quemados para encender bujías, metidos durante semanas enteras entre el marco y el espejo y estropeados de mil maneras distintas. El chirrido de nuestras plumas al correr sobre el papel nos causaba verdadero contento, de tal manera que a veces me resultaba difícil advertir la necesaria diferencia existente entre aquel proceder absolutamente comercial y el verdadero pago de las deudas. Y con respecto a su carácter meritorio, ambas cosas parecían absolutamente iguales.

Después de escribir un rato, yo solía preguntar a Herbert cómo andaba en su trabajo, y mi compañero se rascaba la cabeza con triste ademán al contemplar las cantidades que se iban acumulando ante su vista.

— Todo eso ya sube, Haendel — decía entonces Herbert, — a fe mía que ya sube a...

— Ten firmeza, Herbert — le replicaba manejando con la mayor asiduidad mi propia pluma. — Mira los hechos cara a cara. Examina bien tus asuntos. Contempla su estado con serenidad.

— Así lo haría, Haendel, pero ellos, en cambio, me miran muy confusos.

Sin embargo, mis maneras resueltas lograban el objeto propuesto, y Herbert continuaba trabajando. Después de un rato abandonaba nuevamente su tarea con la excusa de que no había anotado la factura de Cobbs, de Lobbs, de Nobbs u otra cualquiera, según fuese el caso.

— Si es así, Herbert, haz un cálculo. Señala una cantidad en cifras redondas y escríbela.

— Eres un hombre de recursos — contestaba mi amigo, lleno de admiración. — En realidad, tus facultades comerciales son muy notables.

Yo también lo creía así. En tales ocasiones me di a mí mismo la reputación de un magnífico hombre de negocios, rápido, decisivo, enérgico, claro y dotado de la mayor sangre fría. En cuanto había anotado en la lista todas mis responsabilidades, comparaba cada una de las cantidades con la factura correspondiente y le ponía la señal de haberlo hecho. La aprobación que a mí mismo me daba en cuanto comprobaba cada una de las sumas anotadas me producía una sensación voluptuosa. Cuando ya había terminado la comprobación, doblaba uniformemente las facturas, ponía la suma en la parte posterior y con todas ellas formaba un paquetito simétrico. Luego hacía lo mismo en beneficio de Herbert (que con la mayor modestia aseguraba no tener ingenio administrativo), y al terminar experimentaba la sensación de haber aclarado considerablemente sus asuntos.

Mis costumbres comerciales tenían otro detalle brillante, que yo llamaba «dejar un margen». Por ejemplo, suponiendo que las deudas de Herbert ascendiesen a ciento sesenta y cuatro libras esterlinas, cuatro chelines y dos peniques, yo decía: «Dejemos un margen y calculemos las deudas en doscientas libras redondas.» O, en caso de que las mías fuesen cuatro veces mayores, también «dejaba un margen» y las calculaba en setecientas libras. Tenía una alta opinión de la sabiduría de dejar aquel margen, pero he de confesar, al recordar aquellos días, que esto nos costaba bastante dinero. Porque inmediatamente contraíamos nuevas deudas por valor del margen calculado, y algunas veces, penetrados de la libertad y de la solvencia que nos atribuía, llegábamos muy pronto a otro margen.

Pero había, después de tal examen de nuestros asuntos, unos días de tranquilidad, de sentimientos virtuosos y que me daban, mientras tanto, una admirable opinión de mí mismo. Lisonjeado por mi conducta y por mi método, como asimismo por los cumplidos de Herbert, guardaba el paquetito simétrico de sus facturas y también el de las mías en la mesa que tenia delante, entre nuestra provisión de papel en blanco, y experimentaba casi la sensación de constituir un banco de alguna clase, en vez de ser tan sólo un individuo particular.

En tan solemnes ocasiones cerrábamos a piedra y lodo nuestra puerta exterior, a fin de no ser interrumpidos. Una noche hallábame en tan sereno estado, cuando oímos el roce de una carta que acababan de deslizar por la expresada puerta y que luego cayó al suelo.

— Es para ti, Haendel — dijo Herbert yendo a buscarla y regresando con ella —. Y espero que no sea nada importante. — Esto último era una alusión a la faja de luto que había en el sobre.

La carta la firmaba la razón social «Trabb & Co.» y su contenido era muy sencillo. Decía que yo era un distinguido señor y me informaba de que la señora J. Gargery había muerto el lunes último, a las seis y veinte de la tarde, y que se me esperaba para concurrir al entierro el lunes siguiente a las tres de la tarde.

Capítulo XXXV

Aquélla era la primera vez que se abría una tumba en el camino de mi vida, y fue extraordinario el efecto que ello me produjo. Día y noche me asaltaba el recuerdo de mi hermana, sentada en su sillón junto al fuego de la cocina. Y el pensar que subsistiese esta última sin mi hermana me resultaba de difícil comprensión. Así como en los últimos tiempos apenas o nunca pensé en ella, a la sazón tenía la extraña idea de que iba a verla por la calle, viniendo hacia mí, o que de pronto llamaría a la puerta. También en mi vivienda, con la cual jamás estuvo mi hermana asociada, parecía reinar la impresión de la muerte y la sugestión perpetua del sonido de su voz, o de alguna peculiaridad de su rostro o de su figura, como si aún viviese y me hubiera visitado allí con frecuencia.

Cualesquiera que hubieran podido ser mis esperanzas y mi fortuna, es dudoso que yo recordase a mi hermana con mucha ternura. Pero supongo que siempre puede existir cierto pesar aunque el cariño no sea grande. Bajo su influencia (y quizás ocupando el lugar de un sentimiento más tierno), sentí violenta indignación contra el criminal por cuya causa sufrió tanto aquella pobre mujer, y sin duda alguna, de haber tenido pruebas suficientes, hubiera perseguido vengativamente hasta el último extremo a Orlick o a cualquier otro.

Después de escribir a Joe para ofrecerle mis consuelos, y asegurándole que no dejaría de asistir al entierro, pasé aquellos días intermedios en el curioso estado mental que ya he descrito. Salí temprano por la mañana y me detuve en El Jabalí Azul, con tiempo más que suficiente para dirigirme a la fragua.

Otra vez corría el verano, y el tiempo era muy agradable mientras fui, paseando, hacia la fragua. Entonces recordé con la mayor precisión la época en que no era más que un niño indefenso y mi hermana no me mimaba ciertamente. Pero lo recordé con mayor suavidad, que incluso hizo más llevadero el mismo recuerdo de «Tickler». Entonces el aroma de las habas y del trébol insinuaba en mi corazón que llegaría el día en que sería agradable para mi memoria que otros, al pasear a la luz del sol, se sintieran algo emocionados al pensar en mí.

Por fin llegué ante la casa, y vi que «Trabb & Co.» habían procedido a preparar el entierro, posesionándose de la casa. Dos personas absurdas y de triste aspecto, cada una de ellas luciendo una muletilla envuelta en un vendaje negro, como si tal instrumento pudiera resultar consolador para alguien, estaban situadas ante la puerta principal de la casa; en una de ellas reconocí a un postillón despedido de El Jabalí Azul por haber metido en un aserradero a una pareja de recién casados que hacían su viaje de novios, a consecuencia de una fenomenal borrachera que sufría y que le obligó a agarrarse con ambos brazos al cuello de su caballo para no caerse. Todos los muchachos del pueblo, y muchas mujeres también, admiraban a aquellos enlutados guardianes, contemplando las cerradas ventanas de la casa y de la fragua; cuando yo llegué, uno de los dos guardianes, el postillón, llamó a la puerta como dando a entender que yo estaba tan agobiado por la pena que ni siquiera me quedaba fuerza para hacerlo con mis propias manos.

El otro enlutado guardián, un carpintero que en una ocasión se comió dos gansos por una apuesta, abrió la puerta y me introdujo en la sala de ceremonia. Allí, el señor Trabb había tomado para sí la mejor mesa, provisto de los necesarios permisos, y corría a su cargo una especie de bazar de luto, ayudándose de regular cantidad de alfileres negros. En el momento de mi llegada acababa de poner una gasa en el sombrero de alguien, con los extremos de aquélla anudados y muy largos, y me tendió la mano pidiéndome mi sombrero; pero yo, equivocándome acerca de su intento, le estreché la mano que me tendía con el mayor afecto.

El pobre y querido Joe, envuelto en una capita negra atada en el cuello por una gran corbata del mismo color, estaba sentado lejos de todos, en el extremo superior de la habitación, lugar en donde, como presidente del duelo, le había colocado el señor Trabb. Yo le saludé inclinando la cabeza y le dije:

— ¿Cómo estás, querido Joe?

— ¡Pip, querido amigo! — me contestó —. Usted la conoció cuando todavía era una espléndida mujer.

Luego me estrechó la mano y guardó silencio.

Biddy, modestamente vestida con su traje negro, iba de un lado a otro y se mostraba muy servicial y útil. En cuanto le hube dicho algunas palabras, pues la ocasión no permitía una conversación más larga, fui a sentarme cerca de Joe, preguntándome en qué parte de la casa estaría mi hermana. En la sala se percibía el débil olor de pasteles, y miré alrededor de mí en busca de la mesa que contenía el refresco; apenas era visible hasta que uno se había acostumbrado a aquella penumbra. Vi en ella un pastel de manzanas, ya cortado en porciones, y también naranjas, sandwichs, bizcochos y dos jarros, que conocía muy bien como objetos de adorno, pero que jamás vi usar en toda mi vida. Uno de ellos estaba lleno de oporto, y el otro, de jerez. Junto a la mesa distinguí al servil Pumblechook, envuelto en una capa negra y con el lazo de gasa en el sombrero, cuyos extremos eran larguísimos; alternativamente se atracaba de lo lindo y hacía obsequiosos movimientos con objeto de despertar mi atención. En cuanto lo hubo logrado, vino hacia mí, oliendo a jerez y a pastel y, con voz contenida, dijo:

— ¿Me será permitido, querido señor...?

Y, en efecto, me estrechó las manos.

Entonces distinguí al señor y a la señora Hubble, esta última muy apenada y silenciosa en un rincón. Todos íbamos a acompañar el cadáver y, por lo tanto, antes Trabb debía convertirnos separadamente, a cada uno de nosotros, en ridículos fardos de negras telas.

— Le aseguro, Pip — murmuró Joe cuando ya estábamos «formados», según decía el señor Trabb, de dos en dos, en el salón, lo cual parecía una horrible preparación para una triste danza, — le aseguro, caballero, que habría preferido llevarla yo mismo a la iglesia, acompañado de tres o cuatro amigos que me habrían prestado con gusto sus corazones y sus brazos; pero se ha tenido en cuenta lo que dirían los vecinos al verlo, temiendo que se figuraran que eso era una falta de respeto.

— ¡Saquen los pañuelos ahora! — gritó el señor Trabb en aquel momento con la mayor seriedad y como si dirigiese el ejercicio de algunos reclutas —. ¡Fuera pañuelos! ¿Estamos?

Por consiguiente, todos nos llevamos los pañuelos a la cara, como si nos sangrasen las narices, y salimos de dos en dos. Delante íbamos Joe y yo; nos seguían Biddy y Pumblechook, y, finalmente, iban el señor y la señora Hubble. Los restos de mi pobre hermana fueron sacados por la puerta de la cocina, y como era esencial en la ceremonia del entierro que los seis individuos que transportaban el cadáver anduvieran envueltos en una especie de gualdrapas de terciopelo negro, con un borde blanco, el conjunto parecía un monstruo ciego, provisto de doce piernas humanas, cuyos pies intentaban dirigirse cada uno por su lado, bajo la guía de los dos guardias, o sea del postillón y de su camarada.

Sin embargo, la vecindad manifestaba su entera aprobación con respecto a aquella ceremonia y nos admiraron mucho mientras atravesábamos el pueblo. Los aldeanos más jóvenes y vigorosos hacían varias tentativas para dividir el cortejo, y hasta se ponían al acecho para interceptar nuestro camino en los lugares convenientes. En aquellos momentos, los más exaltados entre ellos gritaban con la mayor excitación en cuanto aparecíamos por la esquina inmediata:

— ¡Ya están aquí! ¡Ya vienen!

Cosa que a nosotros no nos alegraba ni mucho menos. En aquella procesión me molestó mucho el abyecto Pumblechook, quien, aprovechándose de la circunstancia de marchar detrás de mí, insistió durante todo el camino, como prueba de sus delicadas atenciones, en arreglar las gasas que colgaban de mi sombrero y en quitarme las arrugas de la capa. También mis pensamientos se distrajeron mucho al observar el extraordinario orgullo del señor y la señora Hubble, que se vanagloriaban enormemente por el hecho de ser miembros de tan distinguida procesión.

Apareció ante nosotros la dilatada extensión de los marjales, y casi en seguida las velas de las embarcaciones que navegaban por el río; entramos en el cementerio, situándonos junto a las tumbas de mis desconocidos padres, «Felipe Pirrip, último de su parroquia, y también Georgiana, esposa del anterior». Allí mi hermana fue depositada en paz, en la tierra, mientras las alondras cantaban sobre la tumba y el ligero viento la adornaba con hermosas sombras de nubes y de árboles.

Acerca de la conducta del charlatán de Pumblechook mientras esto sucedía, no debo decir más sino que por entero se dedicó a mí y que, incluso cuando se leyeron aquellas nobles frases que recuerdan a la humanidad que no trajo consigo nada al mundo ni tampoco puede llevarse nada de éste, y le advierten, además, que la vida transcurre rápida como una sombra y nunca continua por mucho tiempo en esta morada terrena, yo le oí hacer en voz baja una reserva con respecto a un joven caballero que inesperadamente llegó a poseer una gran fortuna.

Al regreso tuvo la desvergüenza de expresarme su deseo de que mi hermana se hubiese enterado del gran honor que yo le hacía, añadiendo que tal vez lo habría considerado bien logrado aun a costa de su muerte. Después de eso acabó de beberse todo nuestro jerez, mientras el señor Hubble se bebía el oporto, y los dos hablaron (lo cual, según he observado, es costumbre en estos casos) como si fuesen de otra raza completamente distinta de la de la difunta y notoriamente inmortales. Por fin, Pumblechook se marchó con el señor y la señora Hubble, para pasar la velada hablando del entierro, sin duda alguna, y para decir en Los Tres Alegres Barqueros que él era el iniciador de mi fortuna y el primer bienhechor que tuve en el mundo.

En cuanto se hubieron marchado, y así que Trabb y sus hombres (aunque no su aprendiz, porque le busqué con la mirada) hubieron metido sus disfraces en unos sacos que a prevención llevaban, alejándose a su vez, la casa volvió a adquirir su acostumbrado aspecto. Poco después, Biddy, Joe y yo tomamos algunos fiambres; pero lo hicimos en la sala de respeto y no en la antigua cocina. Joe estaba tan absorto en sus movimientos con el cuchillo, el tenedor, el salero y otros chismes semejantes, que aquello resulto molesto para todos. Pero después de cenar, en cuanto le hice tomar su pipa y en su compañía dimos una vuelta por la fragua, sentándonos luego en el gran bloque de piedra que había en la parte exterior, la cosa marcho mucho mejor. Observé que, después del entierro, Joe se cambió de traje, como si quisiera hacer una componenda entre su traje de las fiestas y el de faena, y en cuanto se hubo puesto este último, el pobre resultó más natural y volvió a adquirir su verdadera personalidad.

Le complació mucho mi pregunta de si podría dormir en mi cuartito, cosa que a mí me pareció muy agradable, pues comprendí que había hecho una gran cosa tan sólo con dirigirle aquella petición.

En cuanto se espesaron las sombras de la tarde, aproveché una oportunidad para salir al jardín con Biddy a fin de charlar un rato.

—Biddy – dije, — creo que habrías podido escribirme acerca de estos tristes acontecimientos.

— ¿Lo cree usted así, señor Pip? — replicó Biddy. — En realidad, le habría escrito si se me hubiera ocurrido.

— Creo que no te figurarás que quiero mostrarme impertinente si te digo que deberías haberte acordado.

— ¿De veras, señor Pip?

Su aspecto era tan apacible y estaba tan lleno de compostura y bondad, y parecía tan linda, que no me gustó la idea de hacerla llorar otra vez. Después de mirar un momento sus ojos, inclinados al suelo, mientras andaba a mi lado, abandoné tal idea.

— Supongo, querida Biddy, que te será difícil continuar aquí ahora.

— ¡Oh, no me es posible, señor Pip! — dijo Biddy con cierto pesar pero con apacible convicción. — He hablado de eso con la señora Hubble, y mañana me voy a su casa. Espero que las dos podremos cuidar un poco al señor Gargery hasta que se haya consolado.

— ¿Y cómo vas a vivir, Biddy? Si necesitas algo, di...

— ¿Que cómo voy a vivir? — repitió Biddy con momentáneo rubor —. Voy a decírselo, señor Pip. Voy a ver si me dan la plaza de maestra en la nueva escuela que están acabando de construir. Puedo tener la recomendación de todos los vecinos, y espero mostrarme trabajadora y paciente, enseñándome a mí misma mientras enseño a los demás. Ya sabe usted, señor Pip — prosiguió Biddy, sonriendo mientras levantaba los ojos para mirarme el rostro, — ya sabe usted que las nuevas escuelas no son como las antiguas. Aprendí bastante de usted a partir de entonces, y luego he tenido tiempo para mejorar mi instrucción.

— Estoy seguro, Biddy, de que siempre mejorarás, cualesquiera que sean las circunstancias.

— ¡Ah!, exceptuando en mí el lado malo de la naturaleza humana — murmuró.

Tales palabras no eran tanto un reproche como un irresistible pensamiento en voz alta. Pero yo resolví no hacer caso, y por eso anduve un poco más con Biddy, mirando silenciosamente sus ojos, inclinados al suelo.

— Aún no conozco detalles de la muerte de mi hermana, Biddy.

—Poco hay que decir acerca de esto, ¡pobrecilla! A pesar de que últimamente había mejorado bastante, en vez de empeorar, acababa de pasar cuatro días bastante malos, cuando, una tarde, pareció ponerse mejor, precisamente a la hora del té, y con la mayor claridad dijo: «Joe». Como hacía ya mucho tiempo que no había pronunciado una sola palabra, corrí a la fragua en busca del señor Gargery. La pobre me indicó por señas su deseo de que su esposo se sentase cerca de ella y también que le pusiera los brazos rodeando el cuello de él. Me apresuré a hacerlo, y apoyó la cabeza en el hombro del señor Gargery, al parecer contenta y satisfecha. De nuevo dijo «Joe», y una vez «perdón» y luego «Pip». Y ya no volvió a levantar la cabeza. Una hora más tarde la tendimos en la cama, después de convencernos de que estaba muerta.

Biddy lloró, y el jardín envuelto en sombras, la callejuela y las estrellas, que salían entonces, se presentaban borrosos a mis ojos.

— ¿Y nunca se supo nada, Biddy?

— Nada.

— ¿Sabes lo que ha sido de Orlick?

— Por el color de su ropa, me inclino a creer que trabaja en las canteras.

— Supongo que, en tal caso, lo habrás visto. ¿Por qué miras ahora ese árbol oscuro de la callejuela?

— Lo vi ahí la misma noche que ella murió.

— ¿Fue ésa la última vez, Biddy?

—No. Le he visto ahí desde que entramos en el jardín. Es inútil — añadió Biddy poniéndome la mano sobre el brazo al advertir que yo echaba a correr. — Ya sabe usted que no le engañaría. Hace un minuto que estaba aquí, pero se ha marchado ya.

Renació mi indignación al observar que aún la perseguía aquel tunante, hacia el cual experimentaba la misma antipatía de siempre. Se lo dije así, añadiendo que me esforzaría cuanto pudiese, empleando todo el trabajo y todo el dinero que fuese menester, para obligarle a alejarse de la región. Gradualmente, ella me condujo a hablar con mayor calma, y luego me dijo cuánto me quería Joe y que éste jamás se quejaba de nada (no dijo de mí; no tenía necesidad de tal cosa, y yo lo comprendía), sino que siempre cumplía con su deber, en la vida que llevaba, con fuerte mano, apacible lengua y cariñoso corazón.

— Verdaderamente, es difícil reprocharle nada – dije. — Mira, Biddy, hablaremos con frecuencia de estas cosas, porque vendré a menudo. No quiero dejar solo al pobre Joe.

Biddy no replicó ni una sola palabra.

— ¿No me has oído? — pregunté.

— Sí, señor Pip.

—No me gusta que me llames «señor Pip». Es de muy mal gusto, Biddy. ¿Qué quieres decir con eso?

— ¿Que qué quiero decir? — preguntó tímidamente Biddy.

— Sí — le dije, muy convencido. — Deseo saber qué quieres decir con eso.

— ¿Con eso? — repitió Biddy.

— Hazme el favor de contestarme y de no repetir mis palabras. Antes no lo hacías.

— ¿Que no lo hacía? — repitió Biddy —. ¡Oh, señor Pip!

Creí mejor abandonar aquel asunto. Después de dar en silencio otra vuelta por el jardín, proseguí diciendo:

— Mira, Biddy, he hecho una observación con respecto a la frecuencia con que me propongo venir a ver a Joe. Tú la has recibido con notorio silencio. Haz el favor, Biddy, de decirme el porqué de todo eso.

— ¿Y está usted seguro de que vendrá a verle con frecuencia? — preguntó Biddy deteniéndose en el estrecho caminito del jardín y mirándome a la luz de las estrellas con sus claros y honrados ojos.

— ¡Dios mío! — exclamé como si a mi pesar me viese obligado a abandonar a Biddy. — No hay la menor duda de que éste es un lado malo de la naturaleza humana. Hazme el favor de no decirme nada más, Biddy, porque esto me disgusta mucho.

Y, por esta razón convincente, permanecí a cierta distancia de Biddy durante la cena, y cuando me dirigí a mi cuartito me despedí de ella con tanta majestad como me fue posible en vista de los tristes sucesos de aquel día. Y con la misma frecuencia con que me sentí inquieto durante la noche, cosa que tuvo lugar cada cuarto de hora, reflexioné acerca de la maldad, de la injuria y de la injusticia de que Biddy acababa de hacerme víctima.

Tenía que marcharme a primera hora de la mañana. Muy temprano salí y, sin ser visto, miré una de las ventanas de madera de la fragua. Allí permanecí varios minutos, contemplando a Joe, ya dedicado a su trabajo y con el rostro radiante de salud y de fuerza, que lo hacía resplandecer como si sobre él diese el brillante sol de la larga vida que le esperaba.

—Adiós, querido Joe. No, no te limpies la mano, ¡por Dios! Dámela ennegrecida como está. Vendré muy pronto y con frecuencia.

— Nunca demasiado pronto, caballero — dijo Joe —, y jamás con demasiada frecuencia, Pop.

Biddy me esperaba en la puerta de la cocina, con un jarro de leche recién ordeñada y una rebanada de pan.

—Biddy — le dije al darle la mano para despedirme —. No estoy enojado, pero sí dolorido.

— No, no esté usted dolorido – dijo patéticamente Deje que la dolorida sea yo, si he sido poco generosa.

Una vez más se levantaba la bruma mientras me alejaba. Y si, como supongo, me permitía ver que yo no volvería y que Biddy estaba en lo cierto, lo único que puedo decir es que tenía razón.

Capítulo XXXVI

Herbert y yo íbamos de mal en peor por lo que se refiere al aumento de nuestras deudas. De vez en cuando examinábamos nuestros asuntos, dejábamos márgenes y hacíamos otros arreglos igualmente ejemplares. Pasó el tiempo tanto si nos gustaba como si no, según tiene por costumbre, y yo llegué a mi mayoría de edad, cumpliéndose la predicción de Herbert de que me ocurriría eso antes de darme cuenta.

También Herbert había llegado ya a su mayoría de edad, ocho meses antes que yo. Y como en tal ocasión no ocurrió otra cosa, aquel acontecimiento no causó una sensación profunda en la Posada de Barnard. Pero, en cambio, esperábamos ambos mi vigésimo primer aniversario con la mayor ansiedad y forjándonos toda suerte de esperanzas, porque los dos teníamos la seguridad de que mi tutor no podría dejar de decirme algo preciso en aquella ocasión.

Tuve el mayor cuidado de avisar en Little Britain el día de mi cumpleaños. El anterior a esta fecha recibí un aviso oficial de Wemmick comunicándome que el señor Jaggers tendría el mayor gusto en recibirme a las cinco de la tarde aquel señalado día. Esto nos convenció de que iba a ocurrir algo importante, y yo estaba muy emocionado cuando acudí a la oficina de mi tutor con ejemplar puntualidad.

En el despacho exterior, Wemmick me felicitó e, incidentalmente, se frotó un lado de la nariz con un paquetito de papel de seda, cuyo aspecto me gustó bastante. Pero nada dijo con respecto a él, y con una seña me indicó la conveniencia de entrar en el despacho de mi tutor. Corría el mes de noviembre, y el señor Jaggers estaba ante el fuego, apoyando la espalda en la chimenea, con las manos debajo de los faldones de la levita.

— Bien, Pip – dijo. — Hoy he de llamarle señor Pip. Le felicito, señor Pip.

Nos estrechamos la mano, y he de hacer notar que él lo hacía siempre con mucha rapidez. Luego le di las gracias.

—Tome una silla, señor Pip — dijo mi tutor.

Mientras yo me sentaba, él conservó su actitud a inclinó el ceño hacia sus botas, lo cual me pareció una desventaja por mi parte, recordándome la ocasión en que me vi tendido sobre una losa sepulcral. Las dos espantosas mascarillas no estaban lejos de mi interlocutor, y su expresión era como si ambas hiciesen una tentativa estúpida y propia de un apopléjico para intervenir en la conversación.

— Ahora, joven amigo — empezó diciendo mi tutor como si yo fuese un testigo ante el tribunal, — voy a decirle una o dos palabras.

— Como usted guste, caballero.

— Dígame ante todo — continuó el señor Jaggers, inclinándose hacia delante para mirar al suelo y levantando luego la cabeza para contemplar el techo, — dígame si tiene idea de la cantidad que se le ha señalado anualmente para vivir.

— ¿De la cantidad...?

— Sí — repitió el señor Jaggers sin apartar la mirada del techo, — si tiene idea de la cantidad anual que se le ha señalado para vivir.

Dicho esto, miró alrededor de la estancia y se detuvo, teniendo en la mano su pañuelo de bolsillo, a medio camino de su nariz.

Yo había examinado mis asuntos con tanta frecuencia, que había llegado a destruir la más ligera noción que hubiese podido tener acerca de la pregunta que se me hacía. Tímidamente me confesé incapaz de contestarla, y ello pareció complacer al señor Jaggers, que replicó:

— Ya me lo figuraba.

Y se sonó ruidosamente, con la mayor satisfacción.

— Yo le he dirigido una pregunta, amigo mío — continuó el señor Jaggers. — ¿Tiene usted algo que preguntarme ahora a mí?

— Desde luego, me sería muy agradable dirigirle algunas preguntas, caballero; pero recuerdo su prohibición.

— Hágame una — replicó el señor Jaggers.

— ¿Acaso hoy se dará a conocer mi bienhechor?

— No. Pregunte otra cosa.

— ¿Se me hará pronto esta confidencia?

— Deje usted eso por el momento — dijo el señor Jaggers — y haga otra pregunta.

Miré alrededor de mí, mas, en apariencia, no había modo de eludir la situación.

— ¿Acaso... acaso he de recibir algo, caballero?

A1 oír mis palabras, el señor Jaggers exclamó triunfante:

— Ya me figuraba que acabaríamos en eso.

Llamó a Wemmick para que le entregase aquel paquetito de papel. El llamado apareció, lo dejó en sus manos y se marchó.

—Ahora, señor Pip, hágame el favor de fijarse. Sin que se le haya puesto ningún obstáculo, ha ido usted pidiéndome las cantidades que le ha parecido bien. Su nombre figura con mucha frecuencia en el libro de caja de Wemmick. A pesar de ello, estoy persuadido de que tiene usted muchas deudas.

— No tengo más remedio que confesarlo, caballero.

— No le pregunto cuánto debe, porque estoy convencido de que lo ignora; y si no lo ignorase, tampoco me lo diría. La cantidad que confesara estaría siempre por debajo de la realidad. Sí, sí, amigo — exclamó el señor Jaggers accionando con su dedo índice para hacerme callar, al advertir que yo me disponía a hacer una ligera protesta. — No hay duda de que usted se figura que no lo haría, pero yo estoy seguro de lo contrario. Supongo que me dispensará, pero conozco mejor estas cosas que usted mismo. Ahora tome usted este paquetito. ¿Lo tiene ya? Muy bien. Ábralo y dígame qué hay dentro.

— Es un billete de Banco — dije — de quinientas libras esterlinas.

— Es un billete de Banco — repitió el señor Jaggers —de quinientas libras esterlinas. Me parece una bonita suma. ¿Lo cree usted también?

— ¿Cómo puedo considerarlo de otro modo?

— ¡Ya! Pero conteste usted a la pregunta — dijo el señor Jaggers.

—Sin duda.

— De modo que usted, sin duda, considera que eso es una bonita suma. Ahora, Pip, esa bonita suma de dinero es de usted. Es un regalo que se le hace en este día, como demostración de que se realizarán sus esperanzas. Y a tenor de esta bonita suma de dinero cada año, y no mayor, en manera alguna, tendrá que vivir hasta que aparezca el donador de todo. Es decir, que tomará a su cargo sus propios asuntos de dinero, y cada trimestre cobrará usted en Wemmick ciento veinticinco libras, hasta que esté en comunicación con el origen de todo esto, no con el agente, que soy yo. Yo cumplo mis instrucciones y me pagan por ello. Todo eso me parece poco juicioso, pero no me pagan por expresar mi opinión acerca de sus méritos.

Yo empezaba a expresar mi gratitud hacia mi bienhechor por la liberalidad con que me trataba, cuando el señor Jaggers me interrumpió.

— No me pagan, Pip — dijo —, para transmitir sus palabras a persona alguna.

Dicho esto, se levantó los faldones de la levita y se quedó mirando, ceñudo, a sus botas, como si sospechara que éstas abrigaban algún mal designio hacia él.

Después de una pausa, indiqué:

— Hemos hablado de un asunto, señor Jaggers, que usted me aconsejó abandonar por un momento. Espero no hacer nada malo al preguntarle acerca de ello.

— ¿Qué era eso? — dijo.

Podía haber estado seguro de que jamás me ayudaría a averiguar lo que me interesaba, de modo que tuve que hacer de nuevo la pregunta, como si no la hubiese formulado anteriormente.

— ¿Cree usted posible — dije después de vacilar un momento — que mi bienhechor, de quien usted me ha hablado, dentro de breve tiempo...? — y al decir esto me interrumpí delicadamente.

— ¿Dentro de breve tiempo? — repitió el señor Jaggers. — Hasta ahora, la pregunta queda incompleta.

— Deseo saber si, dentro de breve tiempo, vendrá a Londres — dije después de buscar con cuidado las palabras convenientes, — o si, por el contrario, me llamará para que vaya a algún sitio determinado.

— Pues bien — replicó el señor Jaggers mirándome por vez primera con sus oscuros y atentos ojos. — Deberemos recordar la primera ocasión en que nos vimos en su mismo pueblo. ¿Qué le dije entonces, Pip?

—Me dijo usted, señor Jaggers, que tal vez pasarían años enteros antes de que apareciese esa persona.

— Precisamente — dijo el señor Jaggers — ésa es la respuesta que también doy ahora.

Nos quedamos mirándonos uno a otro, y noté que se apresuraba el ritmo de mi respiración, deseoso como estaba de obtener de él alguna otra cosa. Y cuando vi que respiraba aún más aprisa y que él se daba cuenta de ello, comprendí que disminuían las probabilidades de averiguar algo más.

— ¿Cree usted, señor Jaggers, que todavía transcurrirán algunos años?

Él movió la cabeza, no para contestar en sentido negativo a mi pregunta, sino para negar la posibilidad de contestar a ella. Y las dos horribles mascarillas parecieron mirar entonces hacia mí, precisamente en el mismo instante en que mis ojos se volvían a ellas, como si hubiesen llegado a una crisis, en su curiosa atención, y se dispusieran a dar un estornudo.

— Óigame — dijo el señor Jaggers calentándose la parte trasera de las piernas con el dorso de las manos —. Voy a hablar claramente con usted, amigo Pip. Ésa es una pregunta que no debe hacerse. Lo comprenderá usted mejor cuando le diga que es una pregunta que podría comprometerme. Pero, en fin, voy a complacerle y le diré algo más.

Se inclinó un poco para mirar ceñudamente sus botas, de modo que pudo acariciarse las pantorrillas durante la pausa que hizo.

— Cuando esa persona se dé a conocer — dijo el señor Jaggers enderezándose, — usted y ella arreglarán sus propios asuntos. Cuando esa persona se dé a conocer, terminará y cesará mi intervención en el asunto. Cuando esa persona se dé a conocer, ya no tendré necesidad de saber nada más acerca del particular. Y esto es todo lo que puedo decirle.

Nos quedamos mirándonos uno a otro, hasta que yo desvié los ojos y me quedé mirando, muy pensativo, al suelo. De las palabras que acababa de oír deduje que la señorita Havisham, por una razón u otra, no había confiado a mi tutor su deseo de unirme a Estella; que él estaba resentido y algo celoso por esa causa; o que, realmente, le pareciese mal semejante proyecto, pero que no pudiera hacer nada para impedirlo. Cuando de nuevo levanté los ojos, me di cuenta de que había estado mirándome astutamente mientras yo no le observaba.

— Si eso es todo lo que tiene usted que decirme, caballero — observé —, yo tampoco puedo decir nada más.

Movió la cabeza en señal de asentimiento, sacó el reloj que tanto temor inspiraba a los ladrones y me preguntó en dónde iba a cenar. Contesté que en mis propias habitaciones y en compañía de Herbert, y, como consecuencia necesaria, le rogué que nos honrase con su compañía. Él aceptó inmediatamente la invitación, pero insistió en acompañarme a pie hasta casa, con objeto de que no hiciese ningún preparativo extraordinario con respecto a él; además, tenía que escribir previamente una o dos cartas y luego, según su costumbre, lavarse las manos. Por esta razón le dije que saldría a la sala inmediatamente y me quedaría hablando con Wemmick.

El hecho es que en cuanto sentí en mi bolsillo las quinientas libras esterlinas, se presentó a mi mente un pensamiento que otras veces había tenido ya, y me pareció que Wemmick era la persona indicada para aconsejarme acerca de aquella idea.

Había cerrado ya su caja de caudales y terminaba sus preparativos para emprender la marcha a su casa. Dejó su escritorio, se llevó sus dos grasientas palmatorias y las puso en línea en un pequeño estante que había junto a la puerta, al lado de las despabiladeras, dispuesto a apagarlas; arregló el fuego para que se extinguiera; preparó el sombrero y el gabán, y se golpeó el pecho con la llave de la caja, como si fuese un ejercicio atlético después de los negocios del día.

— Señor Wemmick – dije, — quisiera pedirle su opinión. Tengo el mayor deseo de servir a un amigo mío.

Wemmick cerró el buzón de su boca y meneó la cabeza como si su opinión estuviese ya formada acerca de cualquier fatal debilidad de aquel género.

— Ese amigo — proseguí — tiene deseo de empezar a trabajar en la vida comercial, pero, como carece de dinero, encuentra muchas dificultades que le descorazonan ya desde un principio. Lo que yo quiero es ayudarle precisamente en este principio.

— ¿Con dinero? — preguntó Wemmick, con un tono seco a más no poder.

— Con algún dinero — contesté, recordando de mala gana los paquetitos de facturas que tenía en casa —. Con algo de dinero y, tal vez, con algún anticipo de mis esperanzas.

— Señor Pip — dijo Wemmick. — Si usted no tiene inconveniente, voy a contar con los dedos los varios puentes del Támesis hasta Chelsea Reach. Vamos a ver. El puente de Londres, uno; el de Southwark, dos; Blackfriars, tres; Waterloo, cuatro; Westminster, cinco; Vauxhall, seis — y al hablar así fue contando con los dedos y con la llave de la caja los puentes que acababa de citar. — De modo que ya ve usted que hay seis puentes para escoger.

— No le comprendo.

— Pues elija usted el que más le guste, señor Pip — continuó Wemmick, — váyase usted a él y desde el centro de dicho puente arroje el dinero al Támesis, y así sabrá cuál es su fin. En cambio, entréguelo usted a un amigo, y tal vez también podrá enterarse del fin que tiene, pero desde luego le aseguro que será menos agradable y menos provechoso.

Después de decir esto, abrió tanto el buzón de su boca que sin dificultad alguna podría haberle metido un periódico entero.

— Eso es muy desalentador — dije.

— Desde luego — contestó Wemmick.

— De modo que, según su opinión — pregunté, algo indignado, — un hombre no debe...

— ¿... emplear dinero en un amigo? — dijo Wemmick, terminando mi pregunta. — Ciertamente, no. Siempre en el supuesto de que no quiera librarse del amigo, porque en tal caso la cuestión se reduce a saber cuánto dinero le costará el desembarazarse de él.

— ¿Y ésa es su decidida opinión acerca del particular, señor Wemmick?

— Ésa — me contestó — es la opinión que tengo en la oficina.

— ¡Ah! — exclamé al advertir la salida que me ofrecía con sus palabras. — ¿Y sería también su opinión en Walworth?

— Señor Pip — me dijo con grave acento, — Walworth es un sitio y esta oficina otro, de la misma manera que mi anciano padre es una persona y el señor Jaggers otra. Es preciso no confundirlos. Mis sentimientos de Walworth deben ser expresados en Walworth, y, por el contrario, mis opiniones oficiales han de ser recibidas en esta oficina.

— Perfectamente — dije, muy aliviado —. Entonces, iré a verle a Walworth, puede contar con ello.

— Señor Pip – replicó, — será usted bien recibido allí con carácter particular y privado.

Habíamos sostenido esta conversación en voz baja, pues a ambos nos constaba que el oído de mi tutor era finísimo. Cuando apareció en el marco de la puerta de su oficina, secándose las manos con la toalla, Wemmick se puso el gabán y se situó al lado de las bujías para apagarlas. Los tres salimos juntos a la calle, y, desde el escalón de la puerta, Wemmick tomó su camino y el señor Jagger y yo emprendimos el nuestro.

Más de una vez deseé aquella noche que el señor Jaggers hubiese tenido a un padre anciano en la calle Gerrard, un Stinger u otra persona cualquiera que le desarrugara un poco el ceño. Parecía muy penoso, el día en que se cumplían veintiún años, que el llegar a la mayoría de edad fuese cosa sin importancia en un mundo tan guardado y receloso como él, sin duda, lo consideraba. Con seguridad estaba un millar de veces mejor informado y era más listo que Wemmick, pero yo también hubiera preferido mil veces haber invitado a éste y no a Jaggers. Y mi tutor no se limitó a ponerme triste a mí solo, porque, después que se hubo marchado, Herbert dijo de él, mientras tenía los ojos fijos en el suelo, que le producía la impresión de que mi tutor había cometido alguna fechoría y olvidado los detalles; tan culpable y anonadado parecía.

Capítulo XXXVII

Pareciéndome que el domingo era el mejor día para escuchar las opiniones del señor Wemmick en Walworth, dediqué el siguiente domingo por la tarde a hacer una peregrinación al castillo. Al llegar ante las murallas almenadas observé que ondeaba la bandera inglesa y que el puente estaba levantado, pero, sin amilanarme por aquella muestra de desconfianza y de resistencia, llamé a la puerta y fui pacíficamente admitido por el anciano.

—Mi hijo, caballero — dijo el viejo después de levantar el puente, — ya se figuraba que usted vendría y me dejó el encargo de que volvería pronto de su paseo. Mi hijo pasea con mucha regularidad. Es hombre de hábitos muy ordenados en todo.

Yo incliné la cabeza hacia el anciano caballero, de la misma manera que pudiera haber hecho Wemmick, y luego entramos y nos sentamos ante el fuego.

— Indudablemente, caballero — dijo el anciano con su voz aguda, mientras se calentaba las manos ante la llama, — conoció usted a mi hijo en su oficina, ¿no es verdad? — Yo moví la cabeza afirmativamente. — ¡Ah! — añadió el viejo —. He oído decir que mi hijo es un hombre notable en los negocios. ¿No es cierto? — Yo afirmé con un enérgico movimiento de cabeza. — Sí, así me lo han dicho. Tengo entendido que se dedica a asuntos jurídicos. — Yo volví a afirmar con más fuerza. — Y lo que más me sorprende en mi hijo — continuó el anciano — es que no recibió educación adecuada para las leyes, sino para la tonelería.

Deseoso de saber qué informes había recibido el anciano caballero acerca de la reputación del señor Jaggers, con toda mi fuerza le grité este nombre junto al oído, y me dejó muy confuso al advertir que se echaba a reír de buena gana y me contestaba alegremente:

— Sin duda alguna, no; tiene usted razón.

Y todavía no tengo la menor idea de lo que quería decirme o qué broma entendió él que le comunicaba.

Como no podía permanecer allí indefinidamente moviendo con energía la cabeza y sin tratar de interesarle de algún modo, le grité una pregunta encaminada a saber si también sus ocupaciones se habían dedicado a la tonelería. Y a fuerza de repetir varias veces esta palabra y de golpear el pecho del anciano para dársela a entender, conseguí que por fin me comprendiese.

— No — dijo mi interlocutor —. Me dediqué al almacenaje. Primero, allá — añadió señalando hacia la chimenea, aunque creo que quería indicar Liverpool, — y luego, aquí, en la City de Londres. Sin embargo, como tuve una enfermedad..., porque soy de oído muy duro, caballero...

Yo, con mi pantomima, expresé el mayor asombro.

— Sí, tengo el oído muy duro; y cuando se apoderó de mí esta enfermedad, mi hijo se dedicó a los asuntos jurídicos. Me tomó a su cargo y, poquito a poco, fue construyendo esta posesión tan hermosa y elegante. Pero, volviendo a lo que usted dijo — prosiguió el anciano echándose a reír alegremente otra vez, — le contesto que, sin duda alguna, no. Tiene usted razón.

Yo me extrañaba modestamente acerca de lo que él habría podido entender, que tanto le divertía, cuando me sobresaltó un repentino ruidito en la pared, a un lado de la chimenea, y el observar que se abría una puertecita de madera en cuya parte interior estaba pintado el nombre de «John». El anciano, siguiendo la dirección de mi mirada, exclamó triunfante:

—Mi hijo acaba de llegar a casa.

Y ambos salimos en dirección al puente levadizo.

Valía cualquier cosa el ver a Wemmick saludándome desde el otro lado de la zanja, a pesar de que habríamos podido darnos la mano con la mayor facilidad a través de ella. El anciano, muy satisfecho, bajaba el puente levadizo, y me guardé de ofrecerle mi ayuda al advertir el gozo que ello le proporcionaba. Por eso me quedé quieto hasta que Wemmick hubo atravesado la plancha y me presentó a la señorita Skiffins, que entonces le acompañaba.

La señorita Skiffins parecía ser de madera, y, como su compañero, pertenecía sin duda alguna al servicio de correos. Tal vez tendría dos o tres años menos que Wemmick, y en seguida observé que también gustaba de llevar objetos de valor, fácilmente transportables. El corte de su blusa desde la cintura para arriba, tanto por delante como por detrás, hacía que su figura fuese muy semejante a la cometa de un muchacho; además, llevaba una falda de color anaranjado y guantes de un tono verde intenso. Pero parecía buena mujer y demostraba tener muchas consideraciones al anciano. No tardé mucho en descubrir que concurría con frecuencia al castillo, porque al entrar en él, mientras yo cumplimentaba a Wemmick por su ingenioso sistema de anunciarse al anciano, me rogó que fijara mi atención por un momento en el otro lado de la chimenea y desapareció. Poco después se oyó otro ruido semejante al que me había sobresaltado y se abrió otra puertecilla en la cual estaba pintado el nombre de la señorita Skiffins. Entonces ésta cerró la puertecilla que acababa de abrirse y apareció de nuevo el nombre de John; luego aparecieron los dos a la vez, y finalmente ambas puertecillas quedaron cerradas. En cuanto regresó Wemmick de hacer funcionar aquellos avisos mecánicos, le expresé la admiración que me había causado, y él contestó:

—Ya comprenderá usted que eso es, a la vez, agradable y divertido para el anciano. Y además, caballero, hay un detalle muy importante, y es que a pesar de la mucha gente que atraviesa esta puerta, el secreto de este mecanismo no lo conoce nadie más que mi padre, la señorita Skiffins y yo.

— Y todo lo hizo el señor Wemmick — añadió la señorita Skiffins —. Él inventó el aparatito y lo construyó con sus manos.

Mientras la señorita Skiffins se quitaba el gorro (aunque conservó los guantes verdes durante toda la noche, como señal exterior de que había visita), Wemmick me invitó a dar una vuelta por la posesión, a fin de contemplar el aspecto de la isla durante el invierno. Figurándome que lo hacía con objeto de darme la oportunidad de conocer sus opiniones de Walworth, aproveché la circunstancia tan pronto como hubimos salido del castillo.

Como había reflexionado cuidadosamente acerca del particular, empecé a tratar del asunto como si fuese completamente nuevo para él. Informé a Wemmick de que quería hacer algo en favor de Herbert Pocket, refiriéndole, de paso, nuestro primer encuentro y nuestra pelea. También le di cuenta de la casa de Herbert y de su carácter, y mencioné que no tenía otros medios de subsistencia que los que podía proporcionarle su padre, inciertos y nada puntuales. Aludí a las ventajas que me proporcionó su trato, cuando yo tenía la natural tosquedad y el desconocimiento de la sociedad, propios de la vida que llevé durante mi infancia, y le confesé que hasta entonces se lo había pagado bastante mal y que tal vez mi amigo se habría abierto paso con más facilidad sin mí y sin mis esperanzas. Dejé a la señorita Havisham en segundo término y expresé la posibilidad de que yo hubiera perjudicado a mi amigo en sus proyectos, pero que éste poseía un alma generosa y estaba muy por encima de toda desconfianza baja y de cualquier conducta indigna. Por todas estas razones — dije a Wemmick —, y también por ser mi amigo y compañero, a quien quería mucho, deseaba que mi buena fortuna reflejase algunos rayos sobre él y, por consiguiente, buscaba consejo en la experiencia de Wemmick y en su conocimiento de los hombres y de los negocios, para saber cómo podría ayudar con mis recursos, a Herbert, por ejemplo, con un centenar de libras por año, a fin de cultivar en él el optimismo y el buen ánimo y adquirir en su beneficio, de un modo gradual, una participación en algún negocio. En conclusión, rogué a Wemmick tener en cuenta que mi auxilio debería prestarse sin que Herbert lo supiera ni lo sospechara, y que a nadie más que a él tenía en el mundo para que me aconsejara acerca del particular. Posé mi mano sobre el hombro de mi interlocutor y terminé diciendo:

— No puedo remediarlo, pero confío en usted. Comprendo que eso le causará alguna molestia, pero la culpa es suya por haberme invitado a venir a su casa.

Wemmick se quedó silencioso unos momentos, y luego, como sobresaltándose, dijo:

— Pues bien, señor Pip, he de decirle una cosa, y es que eso prueba que es usted una excelente persona.

— En tal caso, espero que me ayudará usted a ser bueno — contesté.

— ¡Por Dios! — replicó Wemmick meneando la cabeza —. Ése no es mi oficio.

— Ni tampoco aquí es donde trabaja usted — repliqué.

— Tiene usted razón — dijo —. Ha dado usted en el clavo. Si no me equivoco, señor Pip, creo que lo que usted pretende puede hacerse de un modo gradual. Skiffins, es decir, el hermano de ella, es agente y perito en contabilidad. Iré a verle y trataré de que haga algo en su obsequio.

— No sabe cuánto se lo agradezco.

— Por el contrario — dijo —, yo le doy las gracias, porque aun cuando aquí hablamos de un modo confidencial y privado, puede decirse que todavía estoy envuelto por algunas de las telarañas de Newgate y eso me ayuda a quitármelas.

Después de hablar un poco más acerca del particular regresamos al castillo, en donde encontramos a la señorita Skiffins ocupada en preparar el té. La misión, llena de responsabilidades, de hacer las tostadas, fue delegada en el anciano, y aquel excelente caballero se dedicaba con tanta atención a ello que no parecía sino que estuviese en peligro de que se le derritieran los ojos. La refacción que íbamos a tomar no era nominal, sino una vigorosa realidad. El anciano preparó un montón tan grande de tostadas con manteca, que apenas pude verle por encima de él mientras la manteca hervía lentamente en el pan, situado en un estante de hierro suspendido sobre el fuego, en tanto que la señorita Skiffins hacía tal cantidad de té, que hasta el cerdo, que se hallaba en la parte posterior de la propiedad, pareció excitarse sobremanera y repetidas veces expresó su deseo de participar en la velada.

Habíase arriado la bandera y se disparó el cañón en el preciso momento de costumbre. Y yo me sentí tan alejado del mundo exterior como si la zanja tuviese treinta pies de ancho y otros tantos de profundidad. Nada alteraba la tranquilidad del castillo, a no ser el ruidito producido por las puertecillas que ponían al descubierto los nombres de John y de la señorita Skiffins. Y aquellas puertecillas parecían presa de una enfermedad espasmódica, que llegó a molestarme hasta que me acostumbré a ello. A juzgar por la naturaleza metódica de los movimientos de la señorita Skiffins, sentí la impresión de que iba todos los domingos al castillo para hacer el té; y hasta llegué a sospechar que el broche clásico que llevaba, representando el perfil de una mujer de nariz muy recta y una luna nueva, era un objeto de valor fácilmente transportable y regalado por Wemmick.

Nos comimos todas las tostadas y bebimos el té en cantidades proporcionadas, de modo que resultó delicioso el advertir cuán calientes y grasientos nos quedamos al terminar. Especialmente el anciano, podría haber pasado por un jefe viejo de una tribu salvaje, después de untarse de grasa. Tras una corta pausa de descanso, la señorita Skiffins, en ausencia de la criadita, que, al parecer, se retiraba los domingos por la tarde al seno de su familia, lavó las tazas, los platos y las cucharillas como pudiera haberlo hecho una dama aficionada a ello, de modo que no nos causó ninguna sensación repulsiva. Luego volvió a ponerse los guantes mientras los demás nos sentábamos en torno del fuego y Wemmick decía:

— Ahora, padre, léanos el periódico.

Wemmick me explicó, en tanto que el anciano iba en busca de sus anteojos, que aquello estaba de acuerdo con las costumbres de la casa y que el anciano caballero sentía el mayor placer leyendo en voz alta las noticias del periódico.

— Hay que perdonárselo — terminó diciendo Wemmick, — pues el pobre no puede gozar con muchas cosas. ¿No es verdad, padre?

— Está bien, John, está bien — replicó el anciano, observando que su hijo le hablaba.

— Mientras él lea, hagan de vez en cuando un movimiento de afirmación con la cabeza — recomendó Wemmick —; así le harán tan feliz como un rey. Todos escuchamos, padre.

Está bien, John, está bien — contestó el alegre viejo, en apariencia tan deseoso y tan complacido de leer que ofrecía un espectáculo muy grato.

El modo de leer del anciano me recordó las clases de la escuela de la tía abuela del señor Wopsle, pero tenía la agradable particularidad de que la voz parecía pasar a través del agujero de la cerradura. El viejo necesitaba que le acercasen las bujías, y como siempre estaba a punto de poner encima de la llama su propia cabeza o el periódico, era preciso tener tanto cuidado como si se acercase una luz a un depósito de pólvora. Pero Wemmick se mostraba incansable y cariñoso en su vigilancia y así el viejo pudo leer el periódico sin darse cuenta de las infinitas ocasiones en que le salvó de abrasarse. Cada vez que miraba hacia nosotros, todos expresábamos el mayor asombro y extraordinario interés y movíamos enérgicamente la cabeza de arriba abajo hasta que él continuaba la lectura.

Wemmick y la señorita Skiffins estaban sentados uno al lado del otro, y como yo permanecía en un rincón lleno de sombra, observé un lento y gradual alargamiento de la boca del señor Wemmick, dándome a entender, con la mayor claridad, que, al mismo tiempo, alargaba despacio y gradualmente su brazo en torno de la cintura de la señorita Skiffins. A su debido tiempo vi que la mano de Wemmick aparecía por el otro lado de su compañera; pero, en aquel momento, la señorita Skiffins le contuvo con el guante verde, le quitó el brazo como si fuese una prenda de vestir y, con la mayor tranquilidad, le obligó a ponerlo sobre la mesa que tenían delante. Las maneras de la señorita Skiffins, mientras hacía todo eso, eran una de las cosas más notables que he visto en la vida, y hasta me pareció que, al obrar de aquel modo, lo hacía abstraída por completo, tal vez maquinalmente.

Poquito a poco vi que el brazo de Wemmick volvía a desaparecer y que gradualmente se ocultaba. Después se abría otra vez su boca. Tras un intervalo de ansiedad por mi parte, que me resultaba casi penosa, vi que su mano aparecía en el otro lado de la señorita Skiffins. Inmediatamente, ésta le detenía con la mayor placidez, se quitaba aquel cinturón como antes y lo dejaba sobre la mesa. Considerando que este mueble representase el camino de la virtud, puedo asegurar que, mientras duró la lectura del anciano, el brazo de Wemmick lo abandonaba con bastante frecuencia, pero la señorita Skiffins lo volvía a poner en él.

Por fin, el viejo empezó a leer con voz confusa y soñolienta. Había llegado la ocasión de que Wemmick sacara un jarro, una bandeja de vasos y una botella negra con corcho coronado por una pieza de porcelana que representaba una dignidad eclesiástica de aspecto rubicundo y social. Con ayuda de todo eso, todos pudimos beber algo caliente, incluso el anciano, que pronto se despertó. La señorita Skiffins hizo la mezcla del brebaje, y entonces observé que ella y Wemmick bebían en el mismo vaso. Naturalmente, no me atreví a ofrecerme para acompañar a la señorita Skiffins a su casa, como al principio me pareció conveniente hacer. Por eso fui el primero en marcharme, después de despedirme cordialmente del anciano y de pasar una agradable velada.

Antes de que transcurriese una semana recibí unas líneas de Wemmick, fechadas en Walworth, diciendo que esperaba haber hecho algún progreso en el asunto que se refería a nuestra conversación particular y privada y que tendría el mejor placer en que yo fuese a verle otra vez. Por eso volví a Walworth y repetí dos o tres veces mis visitas, sin contar con que varias veces nos entrevistamos en la City, pero nunca me habló del asunto en su oficina ni cerca de ella. El hecho es que había encontrado a un joven consignatario, recientemente establecido en los negocios, que necesitaba un auxilio inteligente y también algo de capital; además, al cabo de poco tiempo, tendría necesidad de un socio. Entre él y yo firmamos un contrato secreto que se refería por completo a Herbert, y entregué la mitad de mis quinientas libras, comprometiéndome a realizar otros pagos, algunos de ellos en determinadas épocas, que dependían de la fecha en que cobraría mi renta, y otros cuando me viese en posesión de mis propiedades. El hermano de la señorita Skiffins llevó a su cargo la negociación; Wemmick estuvo enterado de todo en cualquier momento, pero jamás apareció como mediador.

Aquel asunto se llevó tan bien, que Herbert no tuvo la menor sospecha de mi intervención. Jamás olvidaré su radiante rostro cuando, una tarde, al llegar a casa, me dijo, cual si fuese una cosa nueva para mí, que se había puesto de acuerdo con un tal Clarriker (así se llamaba el joven comerciante) y que éste le manifestó una extraordinaria simpatía, lo cual le hacía creer que, por fin, había encontrado una buena oportunidad. Día por día, sus esperanzas fueron mayores y su rostro estuvo más alegre. Y tal vez llegó a figurarse que yo le quería de un modo extraordinario porque tuve la mayor dificultad en contener mis lágrimas de triunfo al verle tan feliz.

Cuando todo estuvo listo y él hubo entrado en casa de Clarriker, lo cual fue causa de que durante una velada entera no me hablase de otra cosa, yo me eché a llorar al acostarme, diciéndome que mis esperanzas habían sido por fin útiles a alguien.

En esta época de mi vida me ocurrió un hecho de la mayor importancia que cambió su curso por completo. Pero antes de proceder a narrarlo y de tratar de los cambios que me trajo, debo dedicar un capítulo a Estella. No es mucho dedicarlo al tema que de tal manera llenaba mi corazón.

Capítulo XXXVIII

Si aquella antigua casa inmediata al Green, en Richmond, llega algún día a ser visitada por los duendes, indudablemente — lo será por mi fantasma. ¡Cuántas y cuántas noches y días, el inquieto espíritu que me animaba frecuentaba la casa en que vivía Estella! Cualquiera que fuese el sitio en que se hallaba mi cuerpo, mi espíritu iba siempre errante y rondando aquella casa.

La señora con quien Estella vivía, la señora Brandley, era viuda y tenía una hija de algunos años más que Estella. La madre tenía juvenil aspecto, y la muchacha, en cambio, parecía vieja; la tez de la madre era sonrosada, y la de su hija, amarillenta; la madre no pensaba más que en frivolidades, y la hija, en asuntos teológicos. Disfrutaban de lo que se llama una buena posición, y visitaban y eran visitadas por numerosas personas. Muy pequeña, en caso de que existiera, era la identidad de sentimientos que había entre ella y Estella, pero en el ánimo de todos existía la convicción de que aquellas dos señoras eran necesarias a la protegida de la señorita Havisham y que ella también era, a su vez, necesaria a aquéllas. La señora Brandley había sido amiga de la señorita Havisham antes de que ésta empezase a llevar su retirada vida.

En la casa de la señora Brandley, y también fuera de ella, sufrí toda clase y todo grado de penas y torturas que Estella pudo causarme. La naturaleza de mis relaciones con ella, que me situaban en términos de familiaridad, aunque sin gozar de su favor, era la causa de mi desgracia. Se valía de mí para molestar a otros admiradores y utilizaba la familiaridad existente entre los dos para darme continuos desaires en la devoción que yo le demostraba. De haber sido yo su secretario, su administrador, su hermanastro o un pariente pobre; si hubiese sido un hermano menor o me hubiesen destinado a casarme con ella, no me habría sentido con esperanzas más inciertas cuando estaba a su lado. El privilegio de llamarla por su nombre y de oírla que me llamaba por el mío era, en tales circunstancias, una agravación de mis penas; y así como supongo que ello casi enloquecía a sus restantes admiradores, estoy seguro, en cambio, de que me enloquecía a mí.

Sus admiradores eran innumerables, aunque es posible que mis celos convirtiesen en admirador a cualquier persona que se acercase a ella; pero aun sin esto, eran muchos más de los que yo habría querido.

Con frecuencia la veía en Richmond, así como también en la ciudad, y solía ir bastante a menudo a casa de los Brandley para llevarla al río; se daban meriendas, fiestas; asistíamos al teatro, a la ópera, a los conciertos, a las reuniones y a diversiones de toda suerte. Yo la solicitaba constantemente, y de ello no resultaban más que penalidades sin cuento para mí. En su compañía jamás gocé de una sola hora de felicidad, y, sin embargo, durante las veinticuatro horas del día no pensaba más que en tenerla a mi lado hasta la hora de mi muerte.

Durante toda aquella época de relación constante, y que duró según se verá, un espacio de tiempo que entonces me pareció muy largo, ella tenía la costumbre de dar a entender que nuestro trato era obligado para ambos. Otras veces parecía contenerse para no dirigirme la palabra en cualquiera de los tonos que me resultaban desagradables, y en tales casos me expresaba su compasión.

—Pip, Pip — me dijo una tarde después de contenerse cuando nos sentábamos junto a una ventana de la casa de Richmond. — ¿No se dará usted nunca por avisado?

— ¿De qué?

— Acerca de mí.

— ¿Quiere usted decir que debo darme por avisado a fin de no dejarme atraer por usted?

— ¿Acaso le he dicho eso? Si no sabe a lo que me refiero será porque usted es ciego.

Yo podía haberle contestado que, por lo general, se considera que el amor es ciego; pero como jamás podía expresarme con libertad, y ésta no era la menor de mis penas, me dije que sería poco generoso por mi parte el asediarla, toda vez que ella no tenía más remedio que obedecer a la señorita Havisham. Mi temor era siempre que tal conocimiento, por su parte, me pusiera en situación desventajosa ante su orgullo y me convirtiese en el objeto de una lucha rebelde en su pecho.

— Sea como sea – dije, — hasta ahora no he recibido ningún aviso, porque esta vez me escribió usted para que viniera a verla.

— Eso es verdad — contestó Estella con una sonrisa fría e indiferente que siempre me dejaba helado.

Después de mirar al crepúsculo exterior por espacio de unos momentos, continuó diciendo:

— Ha llegado la ocasión de que la señorita Havisham desea que vaya a pasar un día a Satis. Usted tendrá que llevarme allí y, si quiere, acompañarme también al regreso. Ella preferirá que no viaje sola y no le gusta que me haga acompañar por la doncella, porque siente el mayor horror por los chismes de esa gente. ¿Puede usted acompañarme?

— ¿Que si puedo, Estella?

— De eso infiero que no tiene ningún inconveniente. En tal caso, prepárese para pasado mañana. Ha de pagar de mi bolsa todos los gastos. ¿Se entera bien de esta condición?

— La obedeceré — dije.

Ésta fue toda la preparación que recibí acerca de aquella visita o de otras semejantes. La señorita Havisham no me escribía nunca; ni siquiera vi jamás su carácter de letra. Salimos al día subsiguiente y encontramos a la señorita Havisham en la habitación en donde la vi por primera vez, y creo inútil añadir que no había habido el menor cambio en aquella casa.

Mostrábase más terriblemente encariñada con Estella que la última vez en que las vi juntas; repito adrede esta palabra porque en la energía de sus miradas y de sus abrazos había algo positivamente terrible. Empezó a hablar de la belleza de Estella; se refirió a sus palabras, a sus gestos, y, temblándole los dedos, se quedó mirándola, como si quisiera devorar a la hermosa joven a quien había criado.

Desviando sus ojos de Estella, me miró con tanta intensidad, que no pareció sino que quisiera escudriñar en mi corazón y examinar sus heridas.

— ¿Cómo te trata, Pip, cómo te trata? — me preguntó de nuevo con avidez propia de una bruja, incluso en presencia de Estella.

Pero cuando nos sentamos por la noche ante su vacilante fuego, se portó de un modo fantástico; porque entonces, después de pasar el brazo de Estella por el suyo propio y de cogerle la mano, la hizo hablar, a fuerza de referirse a lo que Estella le había contado en sus cartas, recordando los nombres y las condiciones de los hombres a quienes había fascinado. Y mientras la señorita Havisham insistía sobre eso con la intensidad de una mente mortalmente herida, mantenía la otra mano apoyada en su bastón y la barbilla en la mano, en tanto que sus brillantes ojos me contemplaban como pudieran hacerlo los de un espectro.

A pesar de lo desgraciado que me hacía y de lo amargo que me parecía el sentido de mi dependencia y hasta de degradación que en mí despertó, vi en esto que Estella estaba destinada a poner en práctica la venganza de la señorita Havisham contra los hombres y que no me sería otorgada hasta que lo hubiese hecho durante cierto tiempo. En aquello me pareció ver también una razón para que, anticipadamente, estuviera destinada a mí. Mandándola a ella para atraer, ridiculizar y burlar a los hombres, la señorita Havisham sentía la maliciosa seguridad de que ella misma estaba fuera del alcance de todos los admiradores y de que todos los que tomaran parte en aquel juego estaban ya seguros de perder. Comprendí también que yo, asimismo, debía ser atormentado, por una perversión de sus sentimientos, aun cuando me estuviera reservado el premio. Todo aquello me daba a entender la razón de que, por espacio de tanto tiempo, hubiera sido rechazado, así como el motivo de que mi tutor pareciera poco decidido a enterarse de aquel plan. En una palabra, por todo lo que se ofrecía a mis miradas, vi a la señorita Havisham tal como la había contemplado siempre, y advertí la precisa sombra de la oscurecida y malsana casa en que su vida habíase ocultado de la luz del sol.

Las bujías que alumbraban aquella estancia ardían en unos candelabros fijos en la pared. Estaban a cierta altura del suelo y tenían el especial brillo de la luz artificial en una atmósfera pocas veces renovada. Mientras yo miraba las luces y el débil resplandor que producían, y mientras contemplaba también los relojes parados y los blanqueados objetos del traje nupcial que estaban sobre la mesa y en el suelo, así como el terrible rostro, de expresión fantástica, cuya sombra proyectaba, muy aumentada, en la pared y el techo el fuego del hogar, vi en todo aquello la escena que mi mente me había recordado tantas veces. Mis pensamientos se fijaron en la gran habitación inmediata, más allá del rellano de la escalera en donde se hallaba la gran mesa, y me pareció verlos escritos, entre las telarañas del centro de la mesa, por las arañas que se encaramaban al mantel, por la misma fuga de los ratones, cuando amparaban sus apresurados y pequeños corazones detrás de los arrimaderos, y por los tanteos y las paradas de los escarabajos que había por el suelo.

Con ocasión de aquella visita ocurrió que, de pronto, surgió una desagradable discusión entre Estella y la señorita Havisham. Era aquélla la primera vez que las vi expresar sentimientos opuestos.

Estábamos sentados ante el fuego, según ya he descrito, y la señorita Havisham tenía aún el brazo de Estella pasado por el suyo propio y continuaba cogiendo la mano de la joven, cuando ésta empezó a desprenderse poco a poco. Antes de eso había demostrado ya cierta impaciencia orgullosa, y de mala gana soportó el feroz cariño, aunque sin aceptarlo ni corresponder a él.

— ¿Cómo? — exclamó la señorita Havisham dirigiéndole una centelleante mirada —. ¿Estás cansada de mí?

— No; tan sólo cansada de mí misma — replicó Estella desprendiendo su brazo y acercándose hacia la gran chimenea, donde se quedó mirando el fuego.

— Di la verdad de una vez, ingrata — exclamó la señorita Havisham con acento apasionado y golpeando el suelo con su bastón —. ¿Estás cansada de mí?

Estella la miró con perfecta compostura y de nuevo dirigió los ojos al fuego. Su graciosa figura y su hermoso rostro expresaban una contenida indiferencia con respecto al ardor de su interlocutora, que era casi cruel.

— Eres de piedra — exclamó la señorita Havisham. — Tienes el corazón de hielo.

— ¿Cómo es posible — replicó Estella, siempre indiferente, mientras se inclinaba sobre la chimenea y moviendo los ojos tan sólo — que me reproche usted el ser fría? ¡Usted!

— ¿No lo eres? — contestó, irritada, la señorita Havisham.

— Debería usted saber — dijo Estella — que soy tal como usted me ha hecho. A usted le corresponde toda alabanza y todo reproche. A usted se deberá el éxito o el fracaso. En una palabra, usted es la que me ha hecho tal como soy.

— ¡Oh, miradla! ¡Miradla! — exclamó la señorita Havisham con amargo acento —. ¡Miradla tan dura y tan ingrata en el mismo hogar en que fue criada! ¡Aquí fue donde la tomé para ampararla en mi desgraciado pecho, que aún sangraba de sus heridas, y aquí también donde le dediqué muchos años y mucha ternura!

— Por lo menos, yo no tenía voz ni voto en eso — dijo Estella —, porque cuando ello ocurrió apenas si podía hablar y andar. No podía hacer nada más. Pero ¿qué esperaba usted de mí? Ha sido usted muy buena conmigo y se lo debo todo. ¿Qué quiere ahora?

— Amor — contestó la otra.

— Ya lo tiene usted.

— No — contestó la señorita Havisham.

— Es usted mi madre adoptiva — replicó Estella sin abandonar su graciosa actitud y sin levantar la voz como hacía su interlocutora, es decir, sin dejarse arrastrar por la cólera o por la ternura. — Es usted mi madre adoptiva, y ya he dicho que se lo debo todo. Cuanto poseo, le pertenece libremente. Cuanto me ha dado, podrá recobrarlo así que lo ordene. Después de eso, ya no tengo nada. ¿Y ahora me pide que le devuelva lo que jamás me dio? Mi gratitud y mi deber no pueden hacer imposibles.

— ¿Que no te amé nunca? — exclamó la señorita Havisham volviéndose dolorida hacia mí —. ¿Que no le dediqué mi ardiente amor, siempre lleno de celos y de dolor? ¿Es posible que ahora me hable así? Estoy viendo que va a llamarme loca.

— ¿Cómo podría hacerlo — replicó Estella — y cómo podría creerla a usted loca, entre todas las demás personas? ¿Acaso existe alguien que, como yo, conozca tan bien los decididos propósitos de usted? ¿Acaso alguien sabe mejor que yo la extremada memoria que usted tiene? ¿Yo, que me he sentado ante este mismo hogar, en el taburetito que ahora está al lado de usted, aprendiendo sus lecciones y levantando los ojos para ver su rostro, cuando éste tenía extraña expresión y me asustaba?

—Pronto lo has olvidado — exclamó la señorita Havisham con acento de queja —. Pronto has olvidado aquellos tiempos.

— No, no los he olvidado — contestó Estella —, sino, al contrario, su recuerdo es para mí un tesoro. ¿Cuándo pudo usted observar que yo no haya seguido sus enseñanzas? ¿Cuándo ha visto que no hiciera caso de sus lecciones? ¿Cuándo ha podido advertir que admitiera en mi pecho algo que usted excluyera? Por lo menos, sea justa conmigo.

— ¡Qué orgullosa, qué orgullosa! — dijo la señorita Havisham con triste acento echando su gris cabello hacia atrás con ambas manos.

— ¿Quién me enseñó a ser orgullosa? — replicó Estella. — ¿Quién me alabó cuando yo aprendí mis lecciones?

— ¡Qué dura de corazón! — añadió la señorita Havisham repitiendo el ademán anterior.

— ¿Quién me enseñó a ser insensible? — contestó Estella.

— ¡Pero orgullosa y dura para mí...! — La señorita Havisham gritó estas palabras mientras extendía los brazos. — ¡Estella! ¡Estella! ¡Estella! ¡Eres dura y orgullosa para mí!

La joven la miró un momento con apacible extrañeza, pero no demostró inquietarse por aquellas palabras. Y un momento después volvió a mirar el fuego.

— No puedo comprender — dijo levantando los ojos después de corto silencio — por qué es usted tan poco razonable cuando vuelvo a verla después de una separación. Jamás he olvidado sus errores y las causas que los motivaron. Nunca le he sido infiel a usted ni a sus enseñanzas. Jamás he dado pruebas de ninguna debilidad de que pueda arrepentirme.

— ¿Sería, acaso, debilidad corresponder a mi amor? — exclamó la señorita Havisham —. Pero sí, sí, ella lo creería así.

— Empiezo a creer — dijo Estella como hablando consigo misma, después de otro momento de extrañeza por su parte — que ya entiendo cómo ha ocurrido todo esto. Si usted hubiera educado a su hija adoptiva en el oscuro retiro de estas habitaciones, sin darle a entender que existe la luz del sol, y luego, con algún objeto, hubiese deseado que ella comprendiera lo que era esa luz y conociera todo lo relacionado con ella, entonces usted se habría disgustado y encolerizado.

La señorita Havisham, con la cabeza entre las manos, estaba sentada y profería un leve quejido, al mismo tiempo que se mecía ligeramente sobre su asiento, pero no contestó.

— O bien — continuó Estella, — lo que es más probable, si usted la hubiese enseñado, desde que empezó a apuntar su inteligencia, que en el mundo existe algo como la luz del sol, pero que ella había de ser su enemiga y su destructora, razón por la cual debería evitarla siempre, porque así como la marchitó a usted la marchitaría también a ella; si usted hubiese obrado así, y luego, con un objeto determinado, deseara que aceptase naturalmente la luz del día y ella no pudiera hacerlo, tal vez se habría usted enojado y encolerizado.

La señorita Havisham estaba escuchando o, por lo menos, me pareció así, porque no podía verle el rostro, pero tampoco dio respuesta alguna.

— Así, pues — siguió Estella —, debe tomárseme como he sido hecha. El éxito no es mío; el fracaso, tampoco, y los dos juntos me han hecho tal como soy.

La señorita Havisham se había sentado en el suelo, aunque yo no sé cómo lo hizo, entre las mustias reliquias nupciales diseminadas por él. Aproveché aquel momento, que había esperado desde un principio, para abandonar la estancia después de llamar la atención de Estella hacia la anciana con un movimiento de mi mano.

Cuando salí, Estella seguía en pie ante la gran chimenea, del mismo modo que antes. El gris cabello de la señorita Havisham estaba esparcido por el suelo, entre las demás ruinas nupciales, y el espectáculo resultaba doloroso,

Con deprimido corazón me fui a pasear a la luz de las estrellas durante una hora, más o menos, recorriendo el patio y la fábrica de cerveza, así como también el abandonado jardín. Cuando por fin recobré ánimo bastante para volver a la estancia, encontré a Estella sentada en las rodillas de la señorita Havisham, remendando una de aquellas antiguas prendas de ropa que ya se caían a pedazos y que he recordado muchas veces al contemplar los andrajos de los viejos estandartes colgados en los muros de las catedrales. Más tarde, Estella y yo jugamos a los naipes, como en otros tiempos, aunque con la diferencia de que ahora los dos éramos hábiles y practicábamos juegos franceses. Así transcurrió la velada, y por fin fui a acostarme.

Lo hice en la construcción separada que había al otro lado del patio. Era la primera vez que dormía en la casa Satis, y el sueño se negaba a cerrar mis ojos. Me asediaban un millar de señoritas Havisham. Ella parecía estar situada al lado de la almohada, sobre ésta misma, en la cabecera del lecho, a los pies, detrás de la puerta medio abierta del tocador, en el mismo tocador, en la habitación que estaba encima de mí y hasta en el tejado y en todas partes. Por último, en vista de la lentitud con que transcurría la noche, hacia las dos de la madrugada me sentí incapaz de continuar allí y me levanté. Me vestí y salí a través del patio, en dirección al largo corredor de piedra, deseoso de salir al patio exterior y pasear allí un poco para tranquilizar mi mente. Pero apenas estuve en el corredor apagué la bujía, pues vi que la señorita Havisham pasaba a poca distancia, con aspecto espectral y sollozando levemente. La seguí a distancia y vi que subía la escalera. Llevaba en la mano una bujía sin palmatoria que, probablemente, tomó de uno de los candelabros de su propia estancia, y a su luz no parecía cosa de este mundo. Me quedé en la parte inferior de la escalera y sentí el olor peculiar del aire confinado de la sala del festín, aunque sin ver que ella abriese la puerta; luego oí cómo entraba allí y que se dirigía a su propia estancia para volver a la sala del festín, pero siempre profiriendo su leve sollozo. Poco después, y en las tinieblas más profundas, traté de salir para volver a mi habitación; pero no pude lograrlo hasta que los primeros resplandores de la aurora me dejaron ver dónde ponía mis manos. Durante todo aquel intervalo, cada vez que llegaba a la parte inferior de la escalera oía los pasos de la señorita Havisham, veía pasar el resplandor de la bujía que llevaba y oía su incesante y débil sollozo.

Al día siguiente, antes de marcharnos, no pude notar que se reprodujera en lo más mínimo la disensión entre ella y Estella, ni tampoco se repitió en ninguna ocasión similar, y, por lo menos, recuerdo cuatro visitas. Tampoco cambiaron en modo alguno las maneras de la señorita Havisham con respecto a Estella, a excepción de que me pareció advertir cierto temor confundido con sus características anteriores.

Es imposible volver esta hoja de mi vida sin estampar en ella el nombre de Bentley Drummle; de poder hacerlo, lo suprimiría con gusto.

En cierta ocasión, cuando los Pinzones celebraban una reunión solemne, y cuando se brindó del modo usual para desear la mayor armonía entre todos, aunque ninguno lo manifestaba a sus compañeros, el Pinzón que presidía llamó al orden a la «Enramada», puesto que el señor Drummle no había brindado aún por ninguna dama; lo cual le correspondía hacer aquel día, de acuerdo con las solemnes constituciones de la sociedad. Me pareció que me miraba con cierta burla mientras los vasos circulaban por entre la reunión, pero eso no era de extrañar dado el estado de nuestras relaciones anteriores. Cuál no sería, pues, mi sorpresa y mi indignación cuando anunció a los reunidos que iba a brindar por Estella.

— ¿Qué Estella? — pregunté.

— No le importa nada — replicó Drummle.

— ¿Estella qué? — repetí —. Está usted obligado a decir de dónde es esa señora.

Y, en efecto, como Pinzón que era, estaba obligado a ello.

— Es de Richmond, caballeros — dijo Drummle contestando indirectamente a mi pregunta —, y una belleza sin par.

— Mucho sabrá de bellezas sin par ese miserable idiota — murmuré al oído de Herbert.

— Yo conozco a esa señorita — dijo éste en cuanto se hubo pronunciado el brindis.

— ¿De veras? — preguntó Drummle.

— Y yo también — añadí, con el rostro encarnado.

— ¿De veras? — repitió Drummle —. ¡Dios mío!

Ésta era la única respuesta, exceptuando el tirar vasos o loza, que aquel muchachón era capaz de dar; pero me irritó tanto como si fuese tan ingeniosa como maligna, e inmediatamente me puse en pie, diciendo que era un atrevimiento indigno el brindar por una dama a la que no conocía y de la que nada sabía. Entonces el señor Drummle se levantó, preguntándome qué quería decir. Y yo le dirigí la grave respuesta de que él ya sabía dónde podría encontrarme.

Después de esto hubo divididas opiniones entre los Pinzones acerca de si era posible o no terminar el asunto apaciblemente. Y la discusión se empeñó de tal manera que por lo menos otros seis miembros honorables dijeron a otros tantos que ya sabían dónde podrían encontrarlos. Sin embargo, se decidió por fin que la «Enramada» era una especie de tribunal de honor; que si el señor Drummle presentaba una prueba, por pequeña que fuera, de la dama en cuestión, manifestando que había tenido el honor de conocerla, el señor Pip debería presentar sus excusas por la vehemencia de sus palabras, cual corresponde a un caballero y a un Pinzón.

Se fijó el día siguiente para presentar tal prueba, pues de lo contrario se habría podido enfriar nuestro honor, y, en efecto, Drummle apareció con una cortés confesión escrita por Estella en la cual decía que tuvo el honor de bailar con él algunas veces. Esto no me dejó más recurso que presentar mis excusas por mi vehemencia y retirar mis palabras de que ya sabía Drummle dónde podría encontrarme. Mientras la «Enramada» discutía acerca del caso, Drummle y yo nos quedamos mirándonos y gruñéndonos uno a otro durante una hora, hasta que al fin se dio por terminado el asunto.

Lo refiero ahora ligeramente, pero entonces no tenía para mí tal aspecto, porque no puedo expresar de un modo adecuado el dolor que me produjo la sola idea de que Estella concediese el más pequeño favor a un individuo tan estúpido y desagradable como aquél. Y aun ahora mismo creo que tal sentimiento, por mi parte, se debía tan sólo a la generosidad de mi amor por ella y que eso era lo que me hacía lamentar que se hubiese fijado en aquel imbécil. Indudablemente, yo me habría sentido desgraciado cualquiera que fuese la persona a quien ella hubiese favorecido, pero también es seguro que un individuo más digno me hubiera causado un grado de dolor bastante diferente.

Me fue fácil convencerme, y pronto lo averigüé, de que Drummle había empezado a cortejar a Estella y que ella le permitía hacerlo. Hacía ya algún tiempo que no la dejaba ni a sol ni a sombra, y él y yo nos cruzábamos todos los días. Drummle seguía cortejándola con la mayor insistencia y testarudez, y Estella le permitía continuar; a veces le daba alientos, otras parecía rechazarlo, otras lo lisonjeaba, en ocasiones le despreciaba abiertamente y en algunas circunstancias le reconocía con gusto, en tanto que, en otras, apenas parecía recordar quién era.

La Araña, como el señor Jaggers le había llamado, estaba acostumbrado a esperar al acecho y tenía la paciencia propia de esos repugnantes animales. Además, tenía una testaruda y estúpida confianza en su dinero y en la grandeza de su familia, lo cual a veces le era beneficioso y equivalía a la concentración de intenciones y a propósitos decididos. Así, la Araña cortejaba con la mayor tozudez a Estella, alejando a otros insectos mucho más brillantes, y con frecuencia abandonaba su escondrijo y se aparecía en el momento más oportuno. En un baile particular que se dio en Richmond, pues en aquella época solían celebrarse esas fiestas, y en el cual Estella consiguió dejar en segundo término a todas las demás bellezas, aquel desvergonzado de Drummle casi no se apartó de su lado, con gran tolerancia por parte de ella, y eso me decidió a hablar a la joven con respecto a él. Aproveché la primera oportunidad, que se presentó cuando Estella esperaba a la señora Brandley para que la acompañara a casa. Entonces, Estella estaba sentada frente a algunas flores y dispuesta ya a salir. Yo me hallaba a su lado, porque solía acompañarla a la ida y a la vuelta de semejantes fiestas.

— ¿Está usted cansada, Estella?

— Un poco, Pip.

— Es natural.

— Diga usted que sería más natural que no lo estuviera, porque antes de acostarme he de escribir mi carta acostumbrada a la señorita Havisham.

— ¿Para referirle el triunfo de esta noche? — dije yo. — No es muy halagüeño, Estella.

— ¿Qué quiere usted decir? Que yo sepa, no he tenido ningún éxito.

— Estella — dije —, haga el favor de mirar a aquel sujeto que hay en aquel rincón y que no nos quita los ojos de encima.

— ¿Para qué quiere que le mire? — dijo Estella fijando, por el contrario, sus ojos en mí. — ¿Qué hay de notable en aquel sujeto del rincón para que le mire?

— Precisamente ésa es la pregunta que quería dirigirle – dije. — Ha estado rondándola toda la noche.

—Las polillas y toda suerte de animales desagradables — contestó Estella dirigiéndole una mirada — suelen revolotear en torno de una bujía encendida. ¿Puede evitarlo la bujía?

— No — contesté —. Pero ¿no podría evitarlo Estella?

— ¡Quién sabe! — contestó —. Tal vez sí. Sí. Todo lo que usted quiera.

— Haga el favor de escucharme, Estella. No sabe usted cuánto me apena ver que alienta a un hombre tan despreciado por todo el mundo como Drummle. Ya sabe usted que todos le desprecian.

— ¿Y qué? — dijo ella.

— Ya sabe usted también que es tan torpe por dentro como por fuera. Es un individuo estúpido, de mal carácter, de bajas inclinaciones y verdaderamente degradado.

— ¿Y qué? — repitió.

— Ya sabe que no tiene otra cosa más que dinero y una ridícula lista de ascendientes.

— ¿Y qué? — volvió a repetir. Y cada vez que pronunciaba estas dos palabras abría más los ojos.

Para vencer la dificultad de que me contestara siempre con aquella corta expresión, yo repetí también:

— ¿Y qué? Pues eso, precisamente, es lo que me hace desgraciado.

De haber creído entonces que favorecía a Drummle con la idea de hacerme desgraciado a mí, habría sentido yo cierta satisfacción; pero, siguiendo el sistema habitual en ella, me alejó de tal manera del asunto, que no pude creer cierta mi sospecha.

— Pip — dijo Estella mirando alrededor —. No sea usted tonto ni se deje impresionar por mi conducta. Tal vez esté encaminada a impresionar a otros y quizás ésta sea mi intención. No vale la pena hablar de ello.

— Se engaña usted — repliqué —, porque me sabe muy mal que la gente diga que derrama usted sus gracias y sus atractivos en el más despreciable de todos cuantos hay aquí.

— Pues a mí no me importa — dijo Estella.

— ¡Oh Estella, no sea usted tan orgullosa ni tan inflexible!

— ¿De modo que me llama usted orgullosa e inflexible, y hace un momento me reprochaba por fijar mi atención en ese imbécil?

— No hay duda de que lo hace usted así — dije con cierto apresuramiento —, porque esta misma noche la he visto sonreírle y mirarle como jamás me ha sonreído ni mirado a mí.

¿Quiere usted, pues — replicó Estella con la mayor seriedad y nada encolerizada —, que le engañe como engaño a los demás?

— ¿Acaso le quiere engañar a él, Estella?

— No sólo a él, sino también a otros muchos..., a todos, menos a usted... Aquí está la señora Brandley. Ahora no quiero volver a hablar de eso.

Y ahora que he dedicado un capítulo al tema que de tal modo llenaba mi corazón y que con tanta frecuencia lo dejaba dolorido, podré proseguir para tratar del acontecimiento que tanta influencia había de tener para mí y para el cual había empezado a prepararme antes de saber que en el mundo existía Estella, en los días en que su inteligencia infantil estaba recibiendo sus primeras distorsiones por parte de la señorita Havisham.

En el cuento oriental, la pesada losa que había de caer sobre el majestuoso sepulcro de un conquistador era lentamente sacada de la cantera; el agujero destinado a la cuerda que había de sostenerla se abría a través de leguas de roca; la losa fue lentamente levantada y encajada en el techo; se pasó la cuerda y fue llevada a través de muchas millas de agujero hasta atarla a la enorme silla de hierro.

Y después de dejarlo todo dispuesto a fuerza de mucho trabajo, llegó la hora señalada; el sultán se levantó en lo más profundo de la noche, empuñó el hacha que había de servir para separar la cuerda de la anilla de hierro, golpeó con ella y la cuerda se separó, alejándose, y cayó el techo. Así ocurrió en mi caso. Todo el trabajo, próximo o lejano, que tendía al mismo fin, habíase realizado ya. En un momento se dio el golpe, y el tejado de mi castillo se desplomó sobre mí.

Capítulo XXXIX

Había cumplido veintitrés años. Ni una sola palabra oí hasta entonces que pudiese iluminarme con respecto al asunto de mis esperanzas, y hacía ya una semana que cumplí mi vigésimo tercer aniversario. Un año antes habíamos abandonado la Posada de Barnard y vivíamos en el Temple. Nuestras habitaciones estaban en Garden Court, junto al río.

El señor Pocket y yo nos habíamos separado hacía algún tiempo por lo que se refiere a nuestras primeras relaciones, pero continuábamos siendo muy buenos amigos. A pesar de mi incapacidad de dedicarme a nada, lo cual creo que se debía a la intranquilidad que me producía la incertidumbre del origen de mis medios de vida, era muy aficionado a leer, y lo hacía regularmente durante muchas horas cada día. El asunto de Herbert progresaba también, y los míos eran tal como los he descrito al terminar el capítulo anterior.

Los negocios habían obligado a Herbert a dirigirse a Marsella. Yo estaba solo, y por esta causa experimentaba una penosa sensación. Desanimado y ansioso, esperando que el día siguiente o la semana próxima me dejarían ver con mayor claridad mi camino, echaba de menos el alegre rostro y el simpático carácter de mi amigo.

El tiempo era muy malo; tempestuoso y húmedo, en las calles había una cantidad extraordinaria de barro. Día por día llegaban a Londres espesas y numerosas nubes del Este, como si el Oriente fuese una eternidad de nubes y de viento. Tan furiosas habían sido las acometidas del huracán, que hasta algunos edificios elevados de la capital habían perdido los canalones de sus tejados; en la campiña hubo árboles arrancados, alas de molino rotas, y de la costa llegaban tristes relatos de naufragios y de muertes. Estas acometidas furiosas del viento eran acompañadas por violentas ráfagas de lluvia, y terminaba el día que hasta entonces, según pude ver, había sido el peor de todos.

En aquella parte del Temple se han hecho muchas transformaciones a partir de entonces, pues ahora ya no es un barrio tan solitario ni está tan expuesto a las alteraciones del río. Vivíamos en lo alto de la última casa, y los embates del viento que subía por el cauce del río estremecían aquella noche la casa como si fuesen cañonazos o las acometidas del agua contra los rompientes. Cuando la lluvia acompañó al viento y se arrojó contra las ventanas, se me ocurrió la idea, mientras miraba a éstas cuando oscilaban, que podía figurarme vivir en un faro combatido por la tempestad. De vez en cuando, el humo bajaba por la chimenea, como si le resultara molesto salir por la parte superior en una noche como aquélla; y cuando abrí la puerta para mirar a la escalera, observé que las luces de ésta se habían apagado. Luego, haciendo con las manos sombra en torno de mi rostro, para mirar a través de las negras ventanas (pues no había que pensar en abrirlas ni poco ni mucho, en vista de la lluvia y del furioso viento), vi que los faroles del patio también se habían apagado y que los de los puentes y los de las orillas del río oscilaban, próximos a apagarse, así como que los fuegos de carbón encendidos en las barcazas que había en el río eran arrastrados a lo lejos por el viento, como rojas manchas entre la lluvia.

Leía con el reloj sobre la mesa, decidido a cerrar mi libro a las once de la noche. Cuando lo hice, las campanas de San Pablo y las de todos los relojes de las iglesias de la City, algunas precediendo y otras acompañando, dieron aquella hora. El sonido fue afeado de un modo curioso por el viento; y yo estaba escuchando y pensando, al mismo tiempo, en cómo el viento asaltaba las campanadas y las desfiguraba, cuando oí pasos en la escalera.

Nada importa saber qué ilusión loca me hizo sobresaltar, relacionando aquellos pasos con los de mi difunta hermana. Tal ilusión pasó en un momento. Escuché de nuevo y oí los pasos que se acercaban. Recordando, entonces, que estaban apagadas las luces de la escalera, empuñé mi lámpara, a cuya luz solía leer, y me asomé con ella al hueco de la escalera. Quienquiera que estuviese debajo se detuvo al ver la luz, porque ya no se oyó más ruido.

— ¿Hay alguien abajo? — pregunté mirando al mismo tiempo.

— Sí — dijo una voz desde la oscuridad inferior.

— ¿Qué piso busca usted?

— El último. Deseo ver al señor Pip.

— Ése es mi nombre. ¿Ocurre algo grave?

— Nada de particular — replicó la voz.

Y aquel hombre subió.

Yo sostenía la lámpara por encima de la baranda de la escalera, y él subió lentamente a su luz. La lámpara tenía una pantalla, con objeto de que alumbrara bien el libro, y el círculo de la luz era muy pequeño, de manera que el que subía estaba un momento iluminado y luego se volvía a sumir en la sombra. En el primer momento que pude ver el rostro observé que me era desconocido, aunque pude advertir que miraba hacia mí como si estuviera satisfecho y conmovido de contemplarme.

Moviendo la mano de manera que la luz siguiera el camino de aquel hombre, noté que iba bien vestido, aunque con un traje ordinario, como podría ir un viajero por mar. Su cabeza estaba cubierta por largos cabellos grises, de un tono semejante al hierro, y me dije que su edad sería la de unos sesenta años. Era un hombre musculoso, de fuertes piernas, y su rostro estaba moreno y curtido por la exposición a la intemperie. Cuando subía los dos últimos escalones y la luz de la lámpara nos iluminó a ambos, vi, con estúpido asombro, que me tendía ambas manos.

— ¿Qué desea usted? — le pregunté.

— ¿Que qué deseo?— repitió haciendo una pausa.— ¡Ah, sí! Si me lo permite, ya le explicaré lo que me trae...

— ¿Quiere usted entrar?

— Sí — contestó —. Deseo entrar, master.

Le dirigí la pregunta con acento poco hospitalario, porque me molestaba la expresión de reconocimiento, alegre y complacido, que había notado en sus ojos. Y me molestaba por creer que él, implícitamente, deseaba que correspondiera a ella. Pero le hice entrar en la habitación que yo acababa de dejar, y después de poner la lámpara sobre la mesa le rogué con toda la amabilidad de que fui capaz que explicara el motivo de su visita.

Miró alrededor con expresión muy rara — como si se sorprendiese agradablemente y tuviera alguna parte en las cosas que admiraba, — y luego se quitó una especie de gabán ordinario y también el sombrero. Asimismo, vi que la parte superior de su cabeza estaba hendida y calva y que los grises cabellos no crecían más que en los lados. Pero nada advertí que me explicara su visita. Por el contrario, en aquel momento vi que de nuevo me tendía las manos.

— ¿Qué se propone usted? — le pregunté, con la sospecha de que estuviera loco.

Dejó de mirarme y lentamente se frotó la cabeza con la mano derecha.

— Es muy violento para un hombre — dijo con voz ruda y entrecortada, — después de haber esperado este momento y desde tan lejos... Pero no tiene usted ninguna culpa... Ninguno de nosotros la tiene. Me explicaré en medio minuto. Concédame medio minuto, hágame el favor.

Se sentó en una silla ante el fuego y se cubrió la frente con sus morenas manos, surcadas de venas. Le observé con la mayor atención y me aparté ligeramente de él, pero no le reconocí.

— ¿Hay alguien más por aquí cerca? — preguntó, volviendo la cabeza para mirar hacia atrás.

— Me extraña que me haga usted esa pregunta, desconocido como es para mí y después de presentarse en mí casa a tales horas de la noche.

— Es usted un buen muchacho — me dijo moviendo la cabeza hacia mí con muestras de afecto, que a la vez me resultaban incomprensibles e irritantes —. Me alegro mucho de que haya crecido, para convertirse en un muchacho tan atrayente. Pero no me haga prender, porque luego se arrepentiría amargamente de haberlo hecho.

Abandoné mentalmente la intención que él acababa de comprender, porque en aquel momento le reconocí. Era imposible identificar un simple rasgo de su rostro, pero a pesar de eso le reconocí. Si el viento y la lluvia se hubiesen llevado lejos aquellos años pasados, y al mismo tiempo todos los sucesos y todos los objetos que hubo en ellos, situándonos a los dos en el cementerio en donde por primera vez nos vimos cara a cara y a distinto nivel, no habría podido conocer a mi presidiario más claramente de lo que le conocía entonces, sentado ante el fuego. No había necesidad de que se sacara del bolsillo una lima para mostrármela, ni que se quitara el pañuelo que llevaba al cuello para ponérselo en torno de la cabeza, ni que se abrazase a sí mismo y echase a andar a través de la habitación, mirando hacia mí para que le reconociese. Le conocí antes de que ayudase de este modo, aunque un momento antes no había sospechado ni remotamente su identidad.

Volvió a donde yo estaba y de nuevo me tendió las manos. Sin saber qué hacer, porque, a fuerza de asombro, había perdido el dominio de mí mismo, le di las mías de mala gana. Él las estrechó cordialmente, se las llevó a los labios, las besó y continuó estrechándolas.

— Obraste noblemente, muchacho – dijo. — ¡Noble Pip! Y yo jamás lo he olvidado.

Al advertir un cambio en sus maneras, como si hasta se dispusiera a abrazarme, le puse una mano en el pecho y le obligué a alejarse.

— Basta – dije. — Apártese. Si usted me está agradecido por lo que hice en mi infancia, espero que podrá demostrarme su gratitud comunicándome que ha cambiado de vida. Si ha venido aquí para darme las gracias, debo decirle que no era necesario. Sin embargo, ya que me ha encontrado, no hay duda de que hay algo bueno en el sentimiento que le ha traído, y por eso no le rechazaré..., pero seguramente comprenderá que yo...

Mi atención quedó de tal modo atraída por la singularidad de su mirada fija en mí, que las palabras murieron en mis labios.

— Decía usted — observó después de mirarnos en silencio — que seguramente comprenderé... ¿Qué debo comprender?

— Que no debo renovar con usted aquella relación casual, y ya muy antigua, en estas circunstancias, que son completamente distintas. Me complazco en creer que se ha arrepentido usted, recobrando el dominio de sí mismo. Se lo digo con el mayor gusto. Y también me alegro, creyendo que merezco su gratitud, de que haya venido a darme las gracias. No obstante, nuestros caminos son muy distintos. Está usted mojado de pies a cabeza y parece muy fatigado. ¿Quiere beber algo antes de marcharse?

Había vuelto a ponerse el pañuelo en torno del cuello, aunque sin apretar el nudo, y se quedó mirándome con la mayor atención mordiendo una punta de aquél.

— Me parece — me contestó, sin dejar de morder el pañuelo y mirándome fijamente — que beberé antes de marcharme, y por ello también le doy las gracias.

En una mesita auxiliar había una bandeja. La puse encima de la mesa inmediata al fuego, y le pregunté qué prefería. Señaló una de las botellas sin mirarla y sin decir una palabra, y yo le serví un poco de agua caliente con ron. Me esforcé en que no me temblara la mano en tanto que le servía, pero su mirada fija en mí mientras se recostaba en su silla, con el extremo del pañuelo entre sus dientes, cosa que hacía tal vez sin darse cuenta, fue causa de que me resultara difícil contener el temblor de la mano. Cuando por fin le serví el vaso, observé con el mayor asombro que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Hasta entonces, yo había permanecido en pie, sin tratar de disimular mi deseo de que se marchara cuanto antes. Pero me ablandé al observar el suavizado aspecto de aquel hombre y sentí el mudo reproche que me dirigía.

— Espero — dije sirviéndome apresuradamente algo de beber yo también y acercando una silla a la mesa —, espero que no creerá usted que le he hablado con rudeza. No tenía intención de hacerlo, pero, si así fue, lo lamento mucho. Deseo que sea usted feliz y se encuentre a su gusto.

Cuando me llevé el vaso a los labios, él miró sorprendido el extremo de su pañuelo, dejándolo caer al abrir la boca, y luego me tendió la mano. Yo le di la mía, y ambos bebimos. Hecho esto, se pasó la manga de su traje por los ojos y la frente.

— ¿Cuál es su profesión? — le pregunté.

—He tenido rebaños de ovejas, he sido criador de reses y otros oficios semejantes en el Nuevo Mundo – contestó; — es decir, a muchos millares de millas de aquí y a través del agua tempestuosa.

— Espero que habrá usted ganado dinero.

— Mucho, muchísimo. Otros que se dedicaban a lo mismo hicieron también bastante dinero, pero nadie tanto como yo. Fui famoso por esta causa.

— Me alegro mucho.

— Espero que se alegrará usted más todavía, mi querido joven.

Sin tratar de averiguar el sentido de tales palabras ni la razón del tono con que fueron pronunciadas, volví mi atención al detalle que acababa de presentarse a mi mente.

— ¿Ha visto alguna vez al mensajero que me mandó, después que él hubo cumplido el encargo que usted le diera?

— No le he echado la vista encima. No era fácil tampoco que le viese.

— Pues él cumplió fielmente el encargo y me entregó dos billetes de una libra esterlina. Entonces yo era un pobre niño, como ya sabe usted, y, para mí, aquella cantidad era casi una pequeña fortuna. Pero, como usted, he progresado desde entonces y va a permitirme que se las devuelva. Podrá usted emplearlas regalándolas a otro muchacho pobre.

Hablando así, saqué mi bolsa. Él me observó mientras la dejaba sobre la mesa y la abría, y no apartó sus ojos de mí mientras separaba dos billetes de una libra esterlina de la cantidad que contenía. Los billetes eran limpios y nuevos. Los desplegué y se los ofrecí. Sin dejar de observarme, los puso uno sobre otro, los dobló a lo largo, los retorció, les prendió fuego en la lámpara y dejó caer las cenizas en la bandeja.

— ¿Me permitirá usted que le pregunte — dijo entonces con una sonrisa ceñuda o con sonriente ceño — cómo ha progresado usted desde que ambos nos vimos en los marjales?

— ¿Cómo?

— Sí.

Vació su vaso, se levantó y fue a situarse al lado del fuego, apoyando su grande y morena mano en la chimenea. Apoyó un pie en la barra de hierro que había ante el fuego, con objeto de secárselo y calentarlo, y su húmeda bota empezó a humear; pero él no la miraba ni tampoco se fijaba en el fuego, sino que me contemplaba con la mayor atención. Entonces fue cuando empecé a temblar.

Cuando se entreabrieron mis labios y formulé algunas palabras que no se pudieron oír, hice fuerza en mí mismo para decirle, aunque no con mucha claridad, que había sido elegido para heredar algunas propiedades.

— ¿Me permite usted preguntar qué propiedades son ésas?

— No lo sé — respondí tartamudeando.

— ¿Y puedo saber de quién son esas propiedades? — añadió.

— Lo ignoro — contesté del mismo modo.

—Me parece que podría adivinar — dijo el ex presidiario — la cantidad que recibe usted anualmente desde que es mayor de edad. Refiriéndome a la primera cifra, me parece que es un cinco.

Mientras me latía el corazón apresurada y desordenadamente, me puse en pie, apoyando la mano en el respaldo de la silla y mirando, muy apurado, a mi interlocutor.

— Y con respecto a un tutor – continuó, — indudablemente existía un tutor o algo parecido mientras usted era menor de edad. Es posible que fuese abogado, y me parece que no me equivocaré mucho al afirmar que la primera letra de su nombre es una J.

En aquel momento comprendí toda la verdad de mi situación, y sus inconvenientes, peligros, deshonras y consecuencias de todas clases me invadieron en tal multitud, que me senté anonadado y tuve que esforzarme extraordinariamente para continuar respirando.

— Supongamos — continuó — que el que comisionó a aquel abogado, cuyo nombre empieza por una J y que muy bien puede ser Jaggers, supongamos que, atravesando el mar, hubiese llegado a Portsmouth y que, desembarcando allí, hubiera deseado venir a hacerle una visita a usted. « ¿Y cómo me ha descubierto usted?», se preguntará. Pues bien, escribí desde Portsmouth a una persona de Londres pidiéndole las señas de usted. ¿Y quiere saber cómo se llama esa persona? Pues es un tal Wemmick.

Ni para salvar mi vida habría podido pronunciar entonces una sola palabra. Allí estaba con una mano apoyada en un respaldo de la silla y la otra en mi pecho, pareciéndome que me ahogaba. Así miraba yo a mi extraño interlocutor, y tuve que agarrarme con fuerza a la silla al observar que la habitación parecía dar vueltas alrededor de mí. Él me cogió, me llevó al sofá, me tendió sobre los almohadones y se arrodilló a mi lado, acercando el rostro, que ahora recordaba muy bien y que me hacía temblar, hasta ponerlo a muy poca distancia del mío propio.

— Sí, Pip, querido muchacho. He hecho de ti un caballero. Soy yo quien ha hecho eso. Aquel día juré que si lograba ganar una guinea, sería para ti. Y, más tarde, cuando empecé a especular y a enriquecerme, me juré que serías rico. Viví sufriendo grandes penalidades para que tú vivieses cómodamente. Trabajé con la mayor energía para que tú no tuvieras que hacerlo. ¡Qué cosas tan raras! ¿Verdad, muchacho? ¿Y crees que te lo digo para que estés agradecido? De ninguna manera. Te lo digo tan sólo para que sepas que aquel perro cuya vida contribuiste a sostener levantó la cabeza a tal altura para poder hacer de ti un caballero. Y, en efecto, Pip, has llegado a ser un caballero.

El aborrecimiento que me inspiraba aquel hombre y el temor que sentía hacia él, así como la repugnancia que me obligó a evitar su contacto, no habrían podido ser mayores de haber sido un animal terrible.

—Mira, Pip. Soy tu segundo padre. Tú eres mi hijo y todavía más que un hijo. He ahorrado mucho dinero tan sólo para que tú puedas gastarlo. Cuando me alquilaron como pastor y vivía en una cabaña solitaria, sin ver más que las ovejas, hasta que olvidé cómo eran los rostros de los hombres y las mujeres, aun entonces, mentalmente, seguía viendo tu rostro. Muchas veces se me ha caído el cuchillo de las manos en aquella cabaña, cuando comía o cenaba, y entonces me decía: «Aquí está otra vez mi querido muchacho contemplándome mientras como y bebo». Te vi muchas veces, con tanta claridad como el día en que te encontré en los marjales llenos de niebla. «Así Dios me mate — decía con frecuencia, y muchas veces al aire libre, para que me oyese el cielo, — pero si consigo la libertad y la riqueza, voy a hacer un caballero de ese muchacho». Y ahora mira esta vivienda tuya, digna de un lord. ¿Un lord? ¡Ah!, tendrás dinero más que suficiente para hacer apuestas con los lores y para lograr ventajas sobre ellos.

En su vehemencia triunfal, y dándose cuenta de que yo había estado a punto de desmayarme, no observó la acogida que presté a sus palabras. Éste fue el único consuelo que tuve.

— Mira — continuó, sacándome el reloj del bolsillo y volviendo hacia él una sortija que llevaba mi dedo, mientras yo rehuía su contacto como si hubiese sido una serpiente. — El reloj es de oro, y la sortija, magnífica. Ambas cosas dignas de un caballero. Y fíjate en tu ropa blanca: fina y hermosa. Mira tu traje: mejor no puede encontrarse. Y también tus libros — añadió mirando alrededor, — que llenan todos los estantes, a centenares. Y tú los lees, ¿no es verdad? Me habría gustado encontrarte leyendo al llegar. ¡Ja, ja, ja! Luego me leerás algunos, querido Pip, y si son en algún idioma extranjero que yo no entienda, no por eso me sentiré menos orgulloso.

De nuevo llevó mis manos a sus labios, en tanto que la sangre parecía enfriarse en mis venas.

— No hay necesidad de que hables, Pip — dijo, volviendo a pasarse la manga por los ojos y la frente, mientras su garganta producía aquel ruido que yo recordaba tan bien. Y lo más horrible de todo era el darme cuenta del afecto con que hablaba. — Lo mejor que puedes hacer es permanecer quieto, querido Pip. Tú no has pensado en nuestro encuentro tanto tiempo como yo. No estabas preparado para eso, como lo estaba yo. Pero sin duda jamás te imaginaste que sería yo.

— ¡Oh, no, no!— repliqué —. ¡Nunca, nunca!

— ¡Pues bien, ya ves que era yo y sin ayuda de nadie! No ha intervenido en el asunto nadie más que yo mismo y el señor Jaggers.

— ¿Ninguna otra persona? — pregunté.

— No — contestó, sorprendido. — ¿Quién más podía haber intervenido? Pero déjame que te diga, querido Pip, que te has convertido en un hombre muy guapo. Y espero que te habrán conquistado algunos bellos ojos. ¿No hay alguna linda muchacha de la que estés enamorado?

— ¡Oh, Estella, Estella!

—Pues será tuya, querido hijo, siempre en el supuesto de que el dinero pueda conseguirlo. No porque un caballero como tú, de tan buena figura y tan instruido, no pueda conquistarla por sí mismo; pero el dinero te ayudará. Ahora déjame que acabe lo que te iba diciendo, querido muchacho. De aquella cabaña y del tiempo que pasé haciendo de pastor recibí el primer dinero, pues, al morir, me lo dejó mi amo, que había sido lo mismo que yo, y así logré la libertad y empecé a trabajar por mi cuenta. Y todas las aventuras que emprendía, lo hacía por ti. «Dios bendiga mi empresa — decía al emprenderla —. No es para mí, sino para él.» Y en todo prosperé de un modo maravilloso. Para que te des cuenta, he de añadir que me hice famoso. El dinero que me legaron y las ganancias del primer año lo mandé todo al señor Jaggers, todo para ti. Entonces él fue en tu busca, de acuerdo con las instrucciones que le di por carta.

¡Oh, ojala no hubiese venido! ¡Pluguiese a Dios que me dejara en la fragua, lejos de ser feliz, pero, sin embargo, dichoso en comparación con mi estado actual!

— Y entonces, querido Pip, recibí la recompensa sabiendo secretamente que estaba haciendo de ti un caballero. A veces, los caballos de los colonos me llenaban de polvo cuando yo iba andando. Pero yo me decía: «Estoy haciendo ahora un caballero que será mucho mejor que todos los demás.» Y cuando uno decía a otro: «Hace pocos años era un presidiario y además es un hombre ordinario e ignorante. Sin embargo, tiene mucha suerte», entonces yo pensaba: «Si yo no soy un caballero ni tengo instrucción, por lo menos soy propietario de uno de ellos. Todo lo que vosotros poseéis no es más que ganado y tierras, pero ninguno de vosotros tiene, como yo, un caballero de Londres.» Así me consolaba y así continuaba viviendo, y también de ese modo continué ganando dinero, hasta que me prometí venir un día a ver a mi muchacho y darme a conocer a él en el mismo sitio en que vivía.

Me puso la mano en el hombro, y yo me estremecí ante la idea de que, según imaginaba, aquella mano pudiera estar manchada de sangre.

— No me fue fácil, Pip, salir de allí, ni tampoco resultaba muy seguro. Pero yo estaba empeñado, y cuanto más difícil resultaba, mayor era mi decisión, porque estaba resuelto a ello. Y por fin lo he hecho. Sí, querido Pip, lo he hecho.

Traté de reunir mis ideas, pero estaba aturdido. Me parecía haber prestado mayor atención a los rugidos del viento que a las palabras de mi compañero; pero no me era posible separar la voz de éste de los silbidos de aquél, aunque seguía oyéndolos cuando él permanecía callado.

— ¿Dónde me alojarás? — preguntó entonces. — Ya comprenderás, querido Pip, que he de quedarme en alguna parte.

— ¿Para dormir? — dije.

— Sí, para dormir muchas horas y profundamente – contestó, — porque he pasado meses y meses sacudido y mojado por el agua del mar.

—Mi amigo y compañero — dije levantándome del sofá está ausente; podrá usted disponer de su habitación.

— ¿Volverá mañana? — preguntó.

— No — contesté yo casi maquinalmente a pesar de mis extraordinarios esfuerzos. — No volverá mañana.

— Lo pregunto, querido Pip — dijo en voz baja y apoyando un dedo en mi pecho, — porque es preciso tener la mayor precaución.

— ¿Qué quiere usted decir? ¿Precaución?

— ¡Ya lo creo! Corro peligro de muerte.

— ¿Qué muerte?

— Fui deportado de por vida. Y el volver equivale a la muerte. Durante estos últimos años han vuelto muchos que se hallaban en mi caso, y, sin duda alguna, me ahorcarían si me cogiesen.

¡Sólo faltaba eso! Aquel desgraciado, después de cargarme con su oro maldito y con sus cadenas de plata, durante años enteros, arriesgaba la vida para venir a verme, y allí le tenía a mi custodia. Si le hubiese amado en vez de aborrecerle, si me hubiera sentido atraído a él por extraordinaria admiración y afecto, en vez de sentir la mayor repugnancia, no habría sido peor. Por el contrario, habría sido mejor, porque su seguridad sería lo más importante del mundo para mi corazón.

Mi primer cuidado fue cerrar los postigos, a fin de que no se pudiese ver la luz desde el exterior, y luego cerrar y atrancar las puertas. Mientras así lo hacía, él estaba sentado a la mesa, bebiendo ron y comiendo bizcochos; yo, al verle entretenido así, creí contemplar de nuevo al presidiario en los marjales mientras comía. Y casi me pareció que pronto se inclinaría hacia su pierna para limar su grillete.

Cuando hube entrado en la habitación de Herbert, cerrando toda comunicación entre ella y la escalera, a fin de que no quedase otro paso posible que la habitación en que habíamos estado conversando, pregunté a mi compañero si quería ir a acostarse. Contestó afirmativamente, pero me pidió algunas prendas de mi ropa blanca de caballero para ponérselas por la mañana. Se las entregué y se las dejé dispuestas, y pareció interrumpirse nuevamente el curso de la sangre en mis venas cuando de nuevo me estrechó las manos para desearme una buena noche.

Me alejé de él sin saber cómo lo hacía; reanimé el fuego en la estancia en que habíamos permanecido juntos y me senté al lado de la chimenea, temeroso de irme a la cama. Durante una o dos horas estuve tan aturdido que apenas pude pensar; pero cuando lo logré, me di cuenta de lo desgraciado que era y de que la nave en que me embarcara se había destrozado por completo.

Era evidente que las intenciones de la señorita Havisham con respecto a mí no eran nada más que un sueño; sin duda alguna, Estella no me estaba destinada; en la casa Satis se me toleraba como algo conveniente, como si fuese una espina para los avarientos parientes, como un modelo dotado de corazón mecánico a fin de que Estella se practicase en mí cuando no había nadie más en quien hacerlo; éstas fueron las primeras ideas que se presentaron a mi mente. Pero el dolor más agudo de todos era el de que, a causa de aquel presidiario, reo de ignorados crímenes y expuesto a ser cogido en mis propias habitaciones para ser ahorcado en Old Bailey, yo había abandonado a Joe.

Entonces no habría querido volver al lado de Joe ni al de Biddy por nada del mundo; aunque me figuro que eso se debía a la seguridad que tenía de que mi indigna conducta hacia ellos era más culpable de lo que me había figurado. Ninguna sabiduría en la tierra podría darme ahora el consuelo que habría obtenido de su sencillez y de su fidelidad; pero jamás podría deshacer lo hecho.

En cada una de las acometidas del viento y de la lluvia parecíame oír el ruido de los perseguidores. Por dos veces habría jurado que llamaban a la puerta y que al otro lado alguien hablaba en voz baja. Con tales temores, empecé a recordar que había recibido misteriosos avisos de la llegada de aquel hombre. Me imaginé que durante las semanas anteriores vi en las calles algunos rostros que me parecieron muy semejantes al suyo. Díjeme que aquellos parecidos habían sido más numerosos a medida que él se acercaba a Inglaterra, y estaba seguro de que su maligno espíritu me había mandado, de algún modo, aquellos mensajeros, y, en aquella noche tempestuosa, él valía tanto como su palabra y estaba conmigo.

Entre estas reflexiones, se me ocurrió la de que, con mis ojos infantiles, le juzgué hombre violento y desesperado; que había oído al otro presidiario asegurar reiteradamente que había querido asesinarle; y yo mismo le vi en el fondo de la zanja, luchando con la mayor fiereza con su compinche. Y tales recuerdos me aterraron, dándome a entender que no era seguro para mí el estar encerrado con él en lo más profundo de aquella noche solitaria y tempestuosa. Y este temor creció de tal manera, que por fin me obligó a tomar una bujía para ir a ver a mi terrible compañero.

Éste se había envuelto la cabeza en un pañuelo y su rostro estaba inmóvil y sumido en el sueño. Dormía tranquilamente, aunque en la almohada se veía una pistola. Tranquilizado acerca del particular, puse suavemente la llave en la parte exterior de la puerta y le di la vuelta para cerrar antes de sentarme junto al fuego. Gradualmente me deslicé de mi asiento y al fin me quedé tendido en el suelo. Cuando desperté, sin que durante mi sueño hubiese olvidado mi desgracia, los relojes de las iglesias de la parte oriental de Londres daban las cinco de la madrugada, las bujías se habían consumido, el fuego estaba apagado y el viento y la lluvia intensificaban las espesas tinieblas.

ÉSTE ES EL FINAL DE LA SEGUNDA FASE
DE LAS ESPERANZAS DE PIP

Capítulo XL

Afortunadamente, tuve que tomar precauciones para lograr en la medida de lo posible la seguridad de mi temible huésped; porque como esta idea me impulsara a obrar en cuanto desperté, dejó a los demás pensamientos a cierta distancia y rodeados de alguna confusión.

Era evidente la imposibilidad de mantenerlo oculto en mis habitaciones. No se podía hacer, y tan sólo la tentativa engendraría las sospechas de un modo inevitable. Es verdad que ya no tenía a mi servicio al Vengador, pero me cuidaba una vieja muy vehemente, ayudada por un saco de harapos al que llamaba «su sobrina», y mantener una habitación secreta para ellas sería el mejor modo de excitar su curiosidad y sus chismes. Ambas tenían los ojos muy débiles, cosa que yo atribuía a su costumbre crónica de mirar por los agujeros de las cerraduras, y siempre estaban al lado de uno cuando no se las necesitaba para nada; en realidad, ésta era la única cualidad digna de confianza que tenían, sin contar, naturalmente, que eran incapaces de cometer el más pequeño hurto. Y para que aquellas dos personas no sospechasen ningún misterio, resolví anunciar por la mañana que mi tío había llegado inesperadamente del campo.

Decidí esta línea de conducta mientras, en la oscuridad, me esforzaba en encender una luz. Y como no encontrase los medios de conseguir mi propósito, no tuve más remedio que salir en busca del sereno para que me ayudase con su linterna. Cuando me disponía a bajar por la oscura escalera, tropecé con algo que resultó ser un hombre acurrucado en un rincón.

Como no contestase cuando le pregunté qué hacía allí, sino que, silenciosamente, evitó mi contacto, eché a correr hacia la habitación del portero para rogar al sereno que acudiese en seguida, y cuando subíamos la escalera le di cuenta del incidente. El viento era tan feroz como siempre, y no nos atrevimos a poner en peligro la luz de farol tratando de encender otra vez las luces de la escalera, sino que hicimos una exploración por ésta de arriba abajo, aunque no pudimos encontrar a nadie. Entonces se me ocurrió la posibilidad de que aquel hombre se hubiese metido en mis habitaciones. Así, encendiendo una bujía en el farol del sereno y dejando a éste ante la puerta, examiné con el mayor cuidado las habitaciones, incluso la en que dormía mi temido huésped, pero todo estaba tranquilo y no había nadie más en aquellas estancias.

Me causó viva ansiedad la idea de que precisamente en aquella noche hubiese habido un espía en la escalera, y, con objeto de ver si podía encontrar una explicación plausible, interrogué al sereno mientras le daba un vaso de aguardiente, a fin de averiguar si había abierto la puerta a cualquier caballero que hubiese cenado fuera. Me contestó que sí y que durante la cena abrió la puerta a tres. Uno de ellos vivía en Fountain Court, y los otros dos, en el Callejón. Añadió que los había visto entrar a todos en sus respectivas viviendas. Además, el otro huésped que quedaba, y que vivía en la casa de la que mis habitaciones formaban parte, había pasado algunas semanas en el campo y con toda seguridad no regresó aquella noche, porque al subir la escalera pudimos ver su puerta cerrada con candado.

— Ha sido la noche tan mala, caballero — dijo el sereno al devolverme el vaso vacío, — que muy pocos se han presentado para que les abriese la puerta. Aparte de los tres caballeros que he citado, no he visto a nadie más desde las once de la noche. Entonces, un desconocido preguntó por usted.

Ya sé — contesté —. Era mi tío. ¿Le ha visto usted, caballero?

— Sí.

— ¿Y también a la persona que le acompañaba?

— ¿La persona que le acompañaba? — repetí.

— Me pareció que iba con él — replicó el sereno. — Esa persona se detuvo cuando el primero lo hizo para preguntarme, y luego siguió su mismo camino.

— ¿Y cómo era esa persona?

El sereno no se había fijado mucho. Le pareció que era un obrero y, según creía recordar, vestía un traje de color pardo y una capa oscura. E1 sereno descubrió algo más que yo acerca del particular, lo cual era muy natural, pero, por otra parte, yo tenía mis razones para conceder importancia al asunto.

En cuanto me libré de él, cosa que creí conveniente hacer sin prolongar mis explicaciones, me sentí turbado por aquellas dos circunstancias que se presentaban unidas a mi consideración. Así como separadas ofrecían una solución inocente, pues se podía creer, por ejemplo, que se trataba de alguno que volviera de cenar y que se extravió luego en la escalera, quedándose dormido, o que mi visitante trajera a alguien consigo para enseñarle el camino, las dos circunstancias juntas tenían un aspecto muy feo y capaz de asustar a quien, como yo, las últimas horas le inclinaban a sentir desconfianza y miedo.

Volví a encender el fuego, que ardió con pálida llama en aquella hora de la mañana, y me quedé adormecido ante él. Me parecía haber pasado así la noche entera cuando las campanas dieron las seis. Como aún quedaba una hora y media hasta que apareciera la luz del día, volví a dormirme. A veces me despertaba inquieto, sintiendo en mis oídos prolijas conversaciones acerca de nada; otras, me sobresaltaban los rugidos del viento en la chimenea, hasta que por fin caí en un profundo sueño, del que me despertó, sobresaltado, el amanecer.

Hasta entonces nunca había podido hacerme cargo de mi propia situación, mas, a pesar de lo ocurrido, tampoco me era posible hacerlo ahora. No tenía fuerzas para reflexionar. Me sentía anonadado y desgraciado, pero de un modo incoherente. En cuanto a formar algún plan para lo futuro, no me habría sido más fácil que formar un elefante. Cuando abrí los postigos y miré hacia el exterior, a la mañana tempestuosa y húmeda, todo de color plomizo, y cuando recorrí todas las habitaciones y me senté tembloroso ante el fuego, esperé la aparición de mi lavandera. Me dije que era muy desgraciado, mas apenas sabía por qué o por cuánto tiempo lo había sido, e ignoraba también el día de la semana en que me hallaba y hasta quién era el autor de mi desgracia.

Por fin entraron la vieja y su sobrina, la última con una cabeza que apenas se podía distinguir de su empolvada escoba, y mostraron cierta sorpresa al verme ante el fuego. Les dije que mi tío había llegado por la noche y que a la sazón estaba dormido; además, les di las instrucciones necesarias para que, de acuerdo con ello, preparasen el desayuno. Luego me lavé y me vestí mientras ellas quitaban el polvo alrededor de mí, y así, en una especie de sueño o como si anduviera dormido, volví a verme sentado ante el fuego y esperando que él viniese a tomar el desayuno.

Lentamente se abrió su puerta y salió. No podía resolverme a mirarle, pero lo hice, y entonces me pareció que tenía mucho peor aspecto a la luz del día.

— Todavía no sé — le dije mientras él se sentaba en la mesa — qué nombre debo darle. He dicho que era usted mi tío.

— Perfectamente, querido Pip; llámame tío.

— Sin duda, a bordo, debió de hacerse llamar usted por algún nombre supuesto.

— Sí, querido Pip. Tomé el nombre de Provis.

— ¿Quiere usted conservar ese nombre?

— Sí, querido Pip. Es tan bueno como cualquiera, a no ser que tú prefieras otro más de tu gusto.

— ¿Cuál es su apellido verdadero? — le pregunté en voz muy baja.

— Magwitch — contestó en el mismo tono. — Y mi nombre de pila es Abel.

— ¿Y qué oficio le enseñaron?

— El de golfo, querido Pip.

Hablaba en serio y usó la palabra como si, verdaderamente, indicase alguna profesión.

— Cuando llegó usted al Temple, anoche... — dije yo, preguntándome si, en realidad, ello había ocurrido la noche anterior, pues me parecía que había pasado mucho tiempo.

— Sí, querido Pip.

— ... cuando llegó usted a la puerta y preguntó al sereno el camino de mi casa, ¿vio si le acompañaba alguien?

— No, querido Pip. Estaba solo.

— Pues parece que había alguien más.

— En tal caso, no me fijé — dijo, dudando. — Ten en cuenta que no conocía el lugar. Pero, ahora que recuerdo, me parece que conmigo entró otra persona.

— ¿Es usted conocido en Londres?

— Espero que no — contestó moviendo el cuello de un modo que me desagradó.

— ¿Y era usted conocido en Londres en otros tiempos?

— No, querido Pip. Casi siempre viví en provincias.

— ¿Fue usted... juzgado... en Londres?

— ¿En qué ocasión? — preguntó, dirigiéndome una rápida mirada.

— La última vez.

Movió afirmativamente la cabeza y añadió:

— Entonces fue cuando conocí a Jaggers. Él me defendía.

Estuve a punto de preguntarle por qué causa le habían juzgado, pero él sacó un cuchillo, hizo con él una especie de rúbrica en el aire y me dijo:

— Todo lo que he hecho ha sido ya pagado.

Y, dichas estas palabras, empezó a comer.

Lo hacía con un hambre extraordinaria que me resultaba muy fastidiosa. Y todos sus actos eran groseros, ruidosos y voraces. Desde que le vi comer en los marjales, había perdido algunos dientes y muelas y, al llevarse el alimento a la boca, ladeaba la cabeza, para ponerlo entre sus muelas más fuertes, lo cual le daba el aspecto de perro viejo y hambriento.

Si yo hubiese tenido algún apetito al empezar, me habría desaparecido en el acto, pues sentía por aquel hombre extraordinaria repulsión, aversión invencible, y, así, me quedé mirando tristemente el mantel.

— Soy gran comedor, querido Pip — dijo como cortés apología al terminar el desayuno. — Pero siempre he sido así. Si mi constitución no me hubiese hecho tan voraz, talvez mis penalidades hubieran sido menores. Además, necesito fumar. Cuando me alquilé por primera vez como pastor, en el otro lado del mundo, estoy seguro de que me habría vuelto loco de tristeza si no hubiese podido fumar.

Hablando así se levantó y, llevándose la mano al pecho, sacó una pipa negra y corta y un puñado de tabaco negro de inferior calidad. Después de llenar la pipa volvió a guardarse el tabaco sobrante, como si su bolsillo fuese un cajón. Tomó con las tenazas una brasa del fuego y con ella encendió la pipa. Hecho esto, se volvió de espaldas al fuego y repitió su ademán favorito de tenderme las dos manos para estrechar las mías.

— Éste — dijo levantando y bajando mis manos mientras chupaba la pipa, — éste es el caballero que yo he hecho. Un verdadero caballero. No sabes cuán feliz soy al mirarte, Pip. Todo lo que deseo es permanecer a tu lado y mirarte de vez en cuando, querido Pip.

Libré mis manos lo antes que pude, y comprendí que ya empezaba a darme cuenta de mi verdadera situación. Mientras oía su ronca voz y miraba su calva cabeza, en cuyos lados crecía el cabello de color gris, me dije que estaba encadenado y con pesadas cadenas.

— No podría ver a mi caballero andar por la calle entre el fango. En sus botas no ha de haber la menor mancha de barro. Mi caballero ha de tener caballos, Pip. Caballos de tiro y de silla, no sólo para ti, sino también para tu criado. ¿Acaso los colonos tendrán sus caballos (y hasta de buena raza) y no los tendrá mi caballero de Londres? No, no. Les demostraremos que podemos hacer lo mismo que ellos, ¿no es verdad, Pip?

Sacó entonces de su bolsillo una abultada cartera, de la que rebosaban los papeles, y la tiró sobre la mesa.

— Aquí hay algo que gastar, querido Pip. Todo eso es tuyo. Todo lo que yo he ganado no me pertenece, sino que es tuyo. No tengas el menor reparo en gastarlo. Hay mucho más en el lugar de donde ha salido eso. Yo he venido a mi país para ver a mi caballero gastar el dinero como a tal. Esto es lo que me dará el mayor placer de mi vida. Lo que más me gustará será ver cómo lo gastas. Y achica a todo el mundo — dijo levantándose, mirando alrededor de la estancia y haciendo chasquear sus dedos. — Achícalos a todos, desde el juez que se adorna con su peluca hasta el colono que con sus caballos levanta el polvo de las carreteras. Quiero demostrarles que mi caballero vale más que todos ellos.

— Espere — dije, asustado y asqueado; — deseo hablar con usted. Quiero convenir con usted lo que debe hacerse. Ante todo, deseo saber cómo podemos alejar de usted todo peligro, cuánto tiempo va a estar conmigo y qué proyectos tiene.

— Mira, Pip — dijo posando su mano en mi brazo, con tono alterado y en voz baja, — ante todo, escúchame. Hace un momento me olvidé de mí mismo. Todo lo que te dije era algo ridículo, eso es, ridículo. Ahora, Pip, no lo acuerdes de lo que te he dicho. No volveré a hablarte de esa manera.

—Ante todo — continué, muy alarmado, — ¿qué precauciones pueden tomarse para evitar que le reconozcan y le prendan?

— No, querido Pip — dijo en el mismo tono, — lo primero no es eso. Lo primero es lo primero. No he pasado tantos años haciendo de ti un caballero para que no sepa ahora lo que se le debe. Mira, Pip, me he enternecido, eso es. Olvídalo, muchacho.

Una sensación de triste comicidad me hizo prorrumpir en una forzada carcajada al contestar:

— Ya lo he olvidado. Por Dios, hágame el favor de no insistir acerca de ello.

— Sí, pero mira — repitió —. No he venido para enternecerte. Ahora, continúa, querido muchacho. Decías...

— ¿Cómo habré de protegerle a usted del peligro a que se expone?

— Mira, querido Pip, el peligro no es tan grande como te figuras. Según me dijeron, no es tan grave como parece. Conocen mi secreto Jaggers, Wemmick y tú. ¿Quién más estará enterado?

— ¿No hay probabilidades de que le reconozcan a usted por la calle? — pregunté.

— En realidad, pocas personas me reconocerían – replicó. — Además, como ya puedes comprender, no tengo la intención de anunciar en los periódicos que A. M. ha vuelto de Botany Bay. Han pasado muchos años, y ¿a quién le puede interesar mi captura? Y sigue fijándote, Pip. Aunque el peligro hubiera sido cincuenta veces mayor, yo habría hecho este viaje para verte, de la misma manera que ahora.

— ¿Y cuánto tiempo piensa usted estar aquí?

— ¿Cuánto tiempo? — preguntó quitándose de la boca su negra pipa y mirándome —. No pienso volver. He venido para quedarme.

— ¿Dónde va usted a vivir? — preguntó —. ¿Qué haremos con usted? ¿En dónde estará seguro?

— Querido Pip – replicó, — se pueden comprar patillas postizas, puedo empolvarme el cabello y ponerme anteojos, así como un traje negro de calzón corto y cosas por el estilo. Otros han encontrado la seguridad de esta manera, y lo que hicieron los demás puedo hacerlo yo. Y en cuanto a dónde iré a vivir y cómo, te ruego que me des tu opinión.

— Veo que ahora lo toma usted con mucha tranquilidad — le dije, — pero anoche parecía estar algo asustado al decirme que su aventura le ponía en peligro de muerte.

— Y sigo diciendo lo mismo, con toda seguridad — replicó poniéndose de nuevo la pipa en la boca. — Equivale a la muerte con una cuerda al cuello, en plena calle y no lejos de aquí. Has de comprender muy bien eso, porque es una cosa muy seria y conviene que te des cuenta. Pero ¿qué remedio, si la cosa ya está hecha? Aquí me tienes. Y el intentar ahora el regreso sería tan peligroso como quedarme, y aun tal vez peor. Además, Pip, estoy aquí porque tenía empeño en vivir a tu lado, y lo deseé años y años. Y en cuanto a mi osadía, ten en cuenta que ya soy gallo viejo y que en mi vida he hecho muchas cosas atrevidas desde que me salieron las plumas; de manera que no me da ningún reparo posarme sobre un espantajo. Si me aguarda la muerte, no hay manera de evitarlo. Que venga si quiere y le daremos la cara, pero no hay que pensar en ella antes de que se presente. Y ahora déjame que contemple otra vez a mi caballero.

Una vez más me cogió ambas manos y me examinó con la expresión del que contempla un objeto que posee, fumando, mientras tanto, con la mayor complacencia.

Me pareció lo mejor buscarle un alojamiento tranquilo y no muy apartado, del que pudiera tomar posesión al regreso de Herbert, a quien esperaba al cabo de dos o tres días. Inevitablemente, debía confiarse el secreto a mi amigo, aunque no fuese más que por el alivio que había de causarme el hecho de compartirlo con él. Pero eso no fue tan del gusto del señor Provis (resolví llamarle por este nombre), que reservó su decisión de confiar su identidad a Herbert hasta haberle visto y formado favorable opinión de él según su fisonomía.

— Y aun entonces, querido Pip — dijo sacando un pequeño, grasiento y negro Testamento de su bolsillo —, aun entonces, será preciso que me preste juramento.

El asegurar que mi terrible protector llevara consigo aquel librito negro por el mundo tan sólo con objeto de hacer jurar sobre él a la gente en los casos de apuro, sería afirmar una cosa que nunca llegué a averiguar, aunque sí me consta que jamás vi que lo usara de otra manera. El libro parecía haber sido robado a un tribunal de justicia, y tal vez el conocimiento que tenía de sus antecedentes, combinado con sus experiencias en este sentido, le daban cierta confianza en sus cualidades, como si tuviese una especie de sortilegio legal. En el modo como se lo sacó del bolsillo la primera vez, recordé cómo me había hecho jurar fidelidad en el cementerio, muchos años atrás, y que, según me manifestó la noche anterior, solía jurar a solas sus resoluciones.

Como entonces llevaba un traje propio para la navegación, aunque muy mal hecho y sucio, con el cual parecía que se dedicara a la venta de loros o de tabaco antillano, empezamos por tratar del traje que le convendría llevar. Él tenía una fe extraordinaria en las virtudes de los trajes de calzón corto como disfraz, y se proponía vestirse de un modo que le diera aspecto de deán o de dentista. Con grandes dificultades pude convencerle de que le convenía llevar un traje propio de un granjero en buena posición; y convinimos en que se cortara el cabello corto y se lo empolvara ligeramente. Por último, y teniendo en cuenta que aún no le habían visto la lavandera ni su sobrina, debería permanecer invisible hasta que se hubiese llevado a cabo su cambio de traje.

Parece que el tomar estas precauciones había de ser cosa sencilla; pero, en mí estado de ánimo y dado lo apurado que yo estaba, empleamos ambos tanto tiempo, que la discusión duró hasta las dos o las tres de la tarde. É1 debía permanecer encerrado en su habitación durante mi ausencia, y por ninguna causa ni razón abriría la puerta.

Sabía que en la calle de Essex había una casa de huéspedes respetable, cuya parte posterior daba al Temple, y que se hallaba al alcance de la voz desde mis propias ventanas. Por eso me dirigí en seguida a dicha casa, y tuve la buena fortuna de poder tomar el segundo piso para mi tío, el señor Provis. Luego recorrí algunas tiendas, para hacer las compras necesarias a fin de cambiar su aspecto. Una vez hecho todo eso, me dirigí por mi cuenta a Little Britain. E1 señor Jaggers estaba sentado ante su mesa, pero, al verme entrar, se puso en pie inmediatamente y se situó junto al fuego.

— Ahora, Pip – dijo, — sea usted prudente.

— Lo seré, señor — le contesté. Porque mientras me dirigía a su despacho reflexioné muy bien acerca de lo que le diría.

— No se fíe usted de sí mismo, y mucho menos de otra persona. Ya me entiende usted..., de ninguna otra persona. No me diga nada; no necesito saber nada; no soy curioso.

Naturalmente, comprendí que estaba enterado de la llegada de aquel hombre.

—Tan sólo deseo, señor Jaggers – dije, — cerciorarme de que es verdad lo que me han dicho. No tengo la esperanza de que sea mentira, pero, por lo menos, puedo comprobarlo.

El señor Jaggers hizo un movimiento de afirmación con la cabeza.

— ¿Le han dicho o le han informado? — me preguntó con la cabeza ladeada y sin mirarme, pero fijando sus ojos en el suelo con la mayor atención. — Si le han dicho, eso significa una comunicación verbal. Y ya comprende que eso no es posible que ocurra con un hombre que está en Nueva Gales del Sur.

— Diré que me han informado, señor Jaggers.

— Bien.

— Pues he sido informado por una persona llamada Abel Magwitch de que él es el bienhechor que durante tanto tiempo ha sido desconocido para mí.

— Es decir, ¿el hombre de Nueva Gales del Sur?

— ¿Él solamente? — pregunté.

— Él solamente — contestó el señor Jaggers.

— No soy tan poco razonable, caballero — le dije, — para hacerle a usted responsable de todas mis equivocaciones y de mis conclusiones erróneas; pero yo siempre me imaginé que sería la señorita Havisham.

— Como dice usted muy bien, Pip — replicó el señor Jaggers volviendo fríamente su mirada hacia mí y mordiéndose su dedo índice, — yo no soy responsable de eso.

—Y, sin embargo, ¡parecía tan verosímil, caballero! — exclamé con desaliento.

— No había la más pequeña evidencia, Pip — contestó el señor Jaggers meneando la cabeza y recogiéndose los faldones de la levita. — Acostúmbrese a no considerar nada por su aspecto, sino por su evidencia. No hay regla mejor que ésta.

— Nada más tengo que decir — repliqué dando un suspiro y después de quedarme un momento silencioso. — He comprobado los informes recibidos, y ya no hay más que añadir.

— Puesto que Magwitch, de Nueva Gales del Sur, se ha dado a conocer — dijo el señor Jaggers, — ya comprenderá usted, Pip, cuánta ha sido la exactitud con que, en mis comunicaciones con usted, me he atenido a los hechos estrictos. Nunca me he separado lo más mínimo de la estricta línea de los hechos. ¿Está usted persuadido de eso?

— Por completo, caballero.

— Ya comuniqué a Magwitch, en Nueva Gales del Sur, la primera vez que me escribió desde Nueva Gales del Sur, que no debía esperar que yo me desviara lo más mínimo de la estricta línea de los hechos. También le advertí otra cosa. En su carta parecía aludir de un modo vago a su propósito aún lejano de verle a usted en Inglaterra. Le avisé de que no quería saber una palabra más acerca de eso; que no había la menor probabilidad de obtener un perdón; que había sido desterrado por el término de su vida natural, y que al presentarse en este país cometería un acto de audacia que lo pondría en situación de ser castigado con la pena más grave de las leyes. Di a Magwitch este aviso — añadió el señor Jaggers mirándome con fijeza, — se lo escribí a Nueva Gales del Sur. Y no hay duda de que ajustó su conducta de acuerdo con mi advertencia.

—Sin duda — dije.

— He sido informado por Wemmick — prosiguió el señor Jaggers, mirándome con la misma fijeza — de que recibió una carta fechada en Portsmouth, procedente de un colono llamado Purvis o...

— 0 Provis — corregí.

— 0 Provis... Gracias, Pip. Tal vez es Provis. Quizás usted sabe que es Provis.

— Sí — contesté.

— Usted sabe que es Provis. Una carta fechada en Portsmouth, procedente de un colono llamado Provis, pidiendo detalles acerca de la dirección de usted, con destino a Magwitch. Wemmick le mandó los detalles necesarios, según tengo entendido, a vuelta de correo. Probablemente, por medio de ese Provis ha recibido usted la explicación de Magwitch..., de Nueva Gales del Sur.

— En efecto, me he enterado por medio de ese Provis — contesté.

— Buenos días, Pip — dijo entonces el señor Jaggers ofreciéndome la mano. — Me alegro mucho de haberle visto. Cuando escriba usted a Magwitch, a Nueva Gales del Sur, o cuando comunique usted por mediación de Provis, tenga la bondad de mencionar que los detalles y comprobantes de nuestra larga cuenta les serán mandados a usted juntamente con el saldo; porque todavía queda un saldo a su favor. Buenos días, Pip.

Nos estrechamos la mano, y él siguió mirándome con fijeza mientras le fue posible. Me dirigí a la puerta, y él continuó con los ojos dirigidos a mí, en tanto que las dos horribles mascarillas parecían esforzarse en abrir los párpados y en proferir con sus hinchadas gargantas la frase: «¡Oh, qué hombre!».

Wemmick no estaba, pero aunque se hubiese hallado en su puesto, nada podría haber hecho por mí. Me apresuré a regresar al Temple, en donde encontré al terrible Provis bebiendo agua con ron y fumando apaciblemente en su pipa.

Al día siguiente llegaron a casa las prendas y demás cosas que encargara, y él se lo puso todo. Pero lo que se iba poniendo le daba peor aspecto (o, por lo menos, eso me pareció) que cuando había llegado. A mi juicio, había algo en él completamente imposible de disfrazar. Cuanto más y mejor le vestía, más se parecía al asustado fugitivo de los marjales. Eso, en mi recelosa fantasía, debíase sin duda alguna a que su rostro y sus maneras me eran cada vez más familiares; pero me pareció también que arrastraba una de sus piernas, como si en ella llevase aún el pesado grillete, de manera que a mí me parecía un presidiario de pies a cabeza y en todos sus detalles.

Además, se notaba la influencia de su solitaria vida en la cabaña cuando hizo de pastor, y le daba un aspecto salvaje que ningún disfraz podía disimular; también la vida infame que llevara entre los hombres había dejado su sello en él, y, como remate, se advertía su convencimiento de que a la sazón vivía oculto y en peligro de ser perseguido. Tanto si estaba sentado como de pie, y tanto si bebía como si comía o permanecía pensativo, con los hombros encogidos, según era peculiar en él; o cuando sacaba su cuchillo de puño de asta y lo limpiaba en el pantalón antes de cortar los manjares; o si se llevaba a los labios los vasos de cristal fino como si fuesen bastos cazos; o si mordía un cantero de pan, o lo mojaba en la salsa, dándole varias vueltas en el plato, secándose luego los dedos en él antes de tragárselo..., en todos esos detalles y en otros muchos que ocurrían a cada minuto del día, siempre seguía siendo el presidiario, el convicto, el condenado.

Había mostrado el mayor empeño en empolvarse el cabello, cosa en la cual consentí después de hacerle desistir del calzón corto. Pero el efecto que producían los polvos en sus cabellos no puedo compararlo a nada más que al que causaría el colorete en un cadáver. Era tan desagradable en él aquel fingimiento, que se desistió de los polvos en cuanto se hizo la prueba, y nos limitamos a que llevase cortado al rape su cabello gris.

No puedo expresar con palabras las sensaciones que yo experimentaba acerca del misterio en que para mí estaba envuelto aquel hombre. Cuando se quedaba dormido por la tarde, con sus nudosas manos agarradas a los brazos de su sillón y con la calva y hendida cabeza caída sobre el pecho, me quedaba mirándole, preguntándome qué habría hecho y acusándole mentalmente de todos los crímenes imaginables, hasta que me sentía inclinado a levantarme y huir de él. Y cada hora que pasaba aumentaba de tal manera mi aborrecimiento hacia él que, según creo, habría acabado por obedecer a este impulso en las primeras agonías que pasé de esta suerte, a pesar de cuanto había hecho por mí y del peligro que corría, a no ser porque Herbert estaría muy pronto de regreso. Una vez salté de la cama por la noche y hasta empecé a vestirme apresuradamente con mis peores ropas, con el propósito de abandonarle allí con todo lo que yo poseía y alistarme para la India como soldado raso.

Dudo que un fantasma hubiera sido más terrible para mí, en aquellas solitarias habitaciones, durante las largas veladas y no más cortas noches, mientras rugía el viento y la lluvia caía sobre la casa. Un fantasma no habría podido ser cogido y ahorcado por mi causa, y la consideración de que él podía serlo y el miedo de que acabase así no contribuían, ciertamente, a disminuir mis terrores. Cuando no estaba dormido o entretenido en un complicado solitario con una raída baraja que poseía — juego que hasta entonces no había visto jamás y cuyos éxitos registraba clavando su cuchillo en la mesa, — me rogaba que le leyera alguna cosa.

—Algo en idioma extranjero, querido Pip — decía.

Y mientras yo obedecía, aunque él no entendía una sola palabra, se quedaba sentado ante el fuego, con expresión propia de un expositor, y yo le veía a través de los dedos de la mano con que protegía mi rostro de la luz, como si quisiera llamar la atención de los muebles para que se fijasen en mi instrucción. Aquel sabio de la leyenda que se vio perseguido por la fea figura que hizo impíamente no era más desgraciado que yo, perseguido por el ser que me había hecho, y a medida que aumentaba mi repulsión, más me admiraba él y más me quería.

He escrito esto como si tal situación hubiese durado un año, pero no se prolongó más de cinco días. Como esperaba a cada momento la llegada de Herbert, no me atrevía a salir, exceptuando después de anochecer, cuando sacaba a Provis a que tomase un poco el aire. Por fin, una noche, después de haber cenado y cuando yo me había adormecido, derrengado, porque pasaba muy malas noches, agitado por toda suerte de pesadillas, me desperté al oír los agradables pasos de mi amigo en la escalera. Provis, que también se había dormido, se estremeció al oír el ruido que hice, y en un momento vi brillar en su mano la hoja de su cuchillo.

— ¡No se alarme! ¡Es Herbert! — dije.

Y, en efecto, pocos instantes después penetró Herbert en la estancia, excitado y reanimado por las seiscientas millas que acababa de recorrer en Francia.

— Haendel, mi querido amigo, ¿cómo estás? Parece como si hubiese estado un año ausente. Tal vez ha sido así, porque estás muy pálido y flaco. Haendel, mi... Pero..., perdón...

A1 ver a Provis se interrumpió en sus saludos y en sus apretones de mano. Éste le miraba con la mayor atención y se guardaba lentamente su cuchillo, en tanto que se metía la otra mano en el bolsillo, sin duda en busca de otra cosa.

— Herbert, querido amigo — dije yo cerrando las dobles puertas mientras mi compañero miraba muy asombrado —. Este señor... ha venido a visitarme.

— Todo va bien, querido Pip — exclamó Provis adelantándose y llevando en la mano su librito negro. Luego, dirigiéndose a Herbert, le dijo: — Tome usted este libro con la mano derecha. ¡Así Dios le mate si dice usted nada a nadie! ¡Bese el libro!

— Haz lo que lo dice, Herbert — dije.

Mi amigo, mirándome con amistosa alarma y extraordinario asombro, hizo lo que Provis le pedía, y este le estrechó la mano inmediatamente, diciendo:

—Ahora ya ha jurado usted. Y nunca crea nada de lo que yo le diga si Pip no hace de usted un verdadero caballero.

Capítulo XLI

En vano trataría de describir el asombro y la alarma de Herbert cuando, una vez sentados los tres ante el fuego, le referí toda la historia. Baste decir que vi mis propios sentimientos reflejados en el rostro de Herbert y, entre ellos, de un modo principal, mi repugnancia hacia el hombre que tanto había hecho por mí.

Habría bastado para establecer una división entre aquel hombre y nosotros, si ya no hubiesen existido otras causas que nos alejaban bastante, el triunfo que expresó al tratarse de mi historia. Y a excepción de su molesta convicción de haberse enternecido en una ocasión, desde su llegada, acerca de lo cual empezó a hablar a Herbert en cuanto hube terminado mi revelación, no tuvo la menor sospecha de la posibilidad de que yo no estuviese satisfecho con mi buena fortuna. Su envanecimiento de que había hecho de mí un caballero y de que había venido a verme representar tal papel, utilizando sus amplios recursos, fue expresado no tan sólo con respecto a mí, sino también para mí mismo. Y no hay duda de que llegó a la conclusión de que tal envanecimiento era igualmente agradable para él y para mí y de que ambos debíamos estar orgullosos de ello.

— Aunque, fíjese, amigo de Pip — dijo a Herbert después de hablar por algún tiempo: — sé muy bien que, a mi llegada, por espacio de medio minuto me enternecí. Se lo dije así mismo a Pip. Pero no se inquiete usted por eso. No en vano he hecho de Pip un caballero, como él hará un caballero de usted, para que yo no sepa lo que debo a ustedes dos. Querido Pip y amigo de Pip, pueden ustedes estar seguros de que en adelante me callaré acerca del particular. Me he callado después de aquel minuto en que, sin querer, me enternecí; callado estoy ahora, y callado seguiré en adelante.

— Ciertamente — dijo Herbert, aunque en su acento no se advertía que tales palabras le hubiesen consolado lo más mínimo, pues se quedó perplejo y deprimido.

Ambos deseábamos con toda el alma que nuestro huésped se marchara a su vivienda y nos dejara solos; pero él, sin duda alguna, tenía celos de dejarnos juntos y se quedó hasta muy tarde. Eran las doce de la noche cuando le llevé a la calle de Essex y le dejé en seguridad ante la oscura puerta de su habitación. Cuando se cerró tras él, experimenté el primer momento de alivio que había conocido desde la primera noche de su llegada.

Como no estaba por completo tranquilo, pues recordaba con cierto temor al hombre a quien sorprendí en la escalera, observé alrededor de nosotros cuando salí ya anochecido, con mi huésped, y también al regresar a mi casa iba vigilando en torno de mí. Es muy difícil, en una gran ciudad, el evitar el recelo de que todos nos observan cuando la mente conoce el peligro de que ocurra tal cosa, y por eso no podía persuadirme de que las personas que pasaban por mi lado no tenían el menor interés en mis movimientos. Los pocos que pasaban seguían sus respectivos caminos, y la calle estaba desierta cuando regresé al Temple. Nadie había salido con nosotros por la puerta y nadie entró por ella conmigo. Al cruzar junto a la fuente vi las ventanas iluminadas y tranquilas de las habitaciones de Provis, y cuando me quedé unos momentos ante la puerta de la casa en que vivía, antes de subir la escalera, Garden Court estaba tan apacible y desierto como la misma escalera al subir por ella.

Herbert me recibió con los brazos abiertos, y nunca como entonces me pareció cosa tan confortadora el tener un verdadero amigo. Después de dirigirme algunas palabras de simpatía y de aliento, ambos nos sentamos para discutir el asunto. ¿Qué debía hacerse?

La silla que había ocupado Provis seguía en el mismo lugar, porque tenía un modo especial, propio de su costumbre de habitar en una barraca, de permanecer inquieto en un sitio y dedicándose sucesivamente a manipular con su pipa y su tabaco malo, su cuchillo y su baraja y otros chismes semejantes. Digo, pues, que su silla seguía en el mismo sitio que él había ocupado. Herbert, sin darse cuenta, la tomó, pero, al notarlo, la empujó a un lado y tomó otra. Después de eso no tuvo necesidad de decir que había cobrado aversión hacia mi protector, ni yo tampoco la tuve de confesar la que sentía, de manera que nos hicimos esta mutua confidencia sin necesidad de cambiar una sola palabra.

— ¿Qué te parece que se puede hacer? — pregunté a Herbert después que se hubo sentado.

— Mi pobre amigo Haendel — replicó, apoyando la cabeza en sus manos, — estoy demasiado anonadado para poder pensar.

— Lo mismo me ocurrió a mí, Herbert, en los primeros momentos de su llegada. No obstante, hay que hacer algo. Ese hombre se propone realizar varios gastos importantes..., comprar caballos, coches y toda suerte de cosas ostentosas. Es preciso buscar la manera de impedírselo.

— ¿Quieres decirme con eso que no puedes aceptar...?

— ¿Cómo podría? — le interrumpí aprovechando la pausa de Herbert —. ¡Piensa en él! ¡Fíjate en él!

Un temblor involuntario pasó par nosotros.

—Además, temo, Herbert, que ese hombre siente un fuerte e intenso afecto para mí. ¿Se ha visto alguna vez cosa igual?

— ¡Pobre Haendel! — repitió Herbert.

— Por otra parte – proseguí, — aunque me niegue a recibir nada más de él, piensa en lo que ya le debo. Independientemente de todo eso, recuerda que he contraído muchas deudas, demasiadas para mí; que ya no puedo tener esperanzas de ninguna clase. Además, he sido educado sin propósito de tomar ninguna profesión, y para esta razón no sirvo para nada.

— Bueno, bueno — exclamó Herbert. — No digas que no sirves para nada.

— ¿Para qué? Tan sólo hay una cosa para la que tal vez podría ser útil, y es alistarme como soldado. Ya lo habría hecho, mi querido Herbert, de no haber deseado tomar antes el consejo que puedo esperar de tu amistad y de tu afecto.

Al pronunciar estas palabras, la emoción me impidió continuar, pero Herbert, a excepción de que me tomó con fuerza la mano, fingió no haberlo advertido.

— De cualquier modo que sea, mi querido Haendel — dijo luego, — la profesión de soldado no te conviene. Si fueras a renunciar a su protección y a sus favores, supongo que lo harías con la débil esperanza de poder pagarle un día lo que ya has recibido. Y si te fueras soldado, tal probabilidad no podría ser muy segura. Además, es absurdo. Estarías mucho mejor en casa de Clarriker, a pesar de ser pequeña. Ya sabes que tengo esperanzas de llegar a ser socio de la casa.

¡Pobre muchacho! Poco sospechaba gracias a qué dinero.

— Pero hay que tener en cuenta otra cosa — continuó Herbert. — Ese hombre es ignorante, aunque tiene un propósito decidido, hijo de una idea fija durante mucho tiempo. Además, me parece (y tal vez me equivoque con respecto a él) que es hombre de carácter feroz en sus decisiones.

— Así es. Me consta — le contesté —. Voy a darte ahora pruebas de eso.

Y le dije lo que no había mencionado siquiera en mi narración, es decir, su encuentro con el otro presidiario.

— Pues fíjate en eso — observó Herbert. — Él viene aquí con peligro de su vida, para realizar su idea fija. Si cuando ya se dispone a ejecutarla, después de sus trabajos, sus penalidades y su larga espera, se lo impides de un modo u otro, destruyes sus ilusiones y haces que toda su fortuna no tenga ya para él ningún valor. ¿No te das cuenta de lo que podría hacer, en su desencanto?

— Lo he visto, Herbert, y he soñado con eso desde la noche fatal de su llegada. Nada se me ha representado con mayor claridad que el hecho de ponerle en peligro de ser preso.

— Entonces, no tengas duda alguna — me contestó Herbert — de que habría gran peligro de que se dejara coger. Ésta es la razón de que ese hombre tenga poder sobre ti mientras permanezca en Inglaterra, y no hay duda de que apelaría a ese último extremo en caso de que tú le abandonaras.

Me horrorizaba tanto aquella idea, que desde el primer momento me atormentó, y mis reflexiones acerca del particular llegaron a producirme la impresión de que yo podría convertirme, en cierto modo, en su asesino. Por eso no pude permanecer sentado y, levantándome, empecé a pasear par la estancia. Mientras tanto, dije a Herbert que, aun en el caso de que Provis fuese reconocido y preso, a pesar de sí mismo, yo no podría menos de considerarme, aunque inocente, como el autor de su muerte. Y así era, en efecto, pues aun cuando me consideraba desgraciado teniéndole cerca de mí y habría preferido pasar toda mi vida trabajando en la fragua con Joe, aun así, no era eso lo peor, sino lo que podía ocurrir todavía.

Era inútil pretender despreocuparnos del asunto, y por eso seguíamos preguntándonos qué debía hacerse.

— Lo primero y principal — dijo Herbert — es sacarlo de Inglaterra. Tendrás que marcharte con él, y así no se resistirá.

— Pero aunque lo lleve a otro país, ¿podré impedir que regrese?

— Mi querido Haendel, es inútil decirte que Newgate está en la calle próxima y que, por consiguiente, resulta aquí más peligroso que en otra parte cualquiera el darle a entender tus intenciones y causarle un disgusto que lo lleve a la desesperación. Tal vez se podría encontrar una excusa hablándole del otro presidiario, o de un hecho cualquiera de su vida, a fin de inducirle a marchar.

Pero lo bueno del caso — exclamé deteniéndome ante Herbert y tendiéndole las manos abiertas, como para expresar mejor lo desesperado del asunto — es que no sé nada absolutamente de su vida. A punto estuve de volverme loco una noche en que permanecí sentado aquí ante él, viéndole tan ligado a mí en sus desgracias y en su buena fortuna y, sin embargo, tan desconocido para mí, a excepción de su aspecto y situación míseros de los días de mi niñez en que me aterrorizó.

Herbert se levantó, pasó su brazo por el mío y los dos echamos a andar de un lado a otro de la estancia, fijándonos en los dibujos de la alfombra.

— Haendel — dijo Herbert, deteniéndose. — ¿estás convencido de que no puedes aceptar más beneficios de él?

— Por completo. Seguramente tú harías lo mismo, de encontrarte en mi lugar.

— ¿Y estás convencido de que debes separarte por completo de él?

— ¿Eso me preguntas?

— Por otra parte, comprendo que tengas, como tienes, esta consideración por la vida que él ha arriesgado por tu causa y que estés decidido a salvarle, si es posible. En tal caso, no tienes más remedio que sacarlo de Inglaterra antes de poner en obra tus deseos personales. Una vez logrado eso, líbrate de él, en nombre de Dios; los dos juntos ya encontraremos los medios, querido amigo.

Fue para mí un consuelo estrechar las manos de Herbert después que hubo dicho estas palabras, y, hecho esto, reanudamos nuestro paseo por la estancia.

— Ahora, Herbert – dije, — conviene que nos enteremos de su historia. No hay más que un medio de lograrlo, y es el de preguntársela directamente.

— Sí, pregúntale acerca de eso — dijo Herbert — cuando nos sentemos a tomar el desayuno.

Efectivamente, el día anterior, al despedirse de Herbert, había anunciado que vendría a tomar el desayuno con nosotros.

Decididos a poner en obra este proyecto, fuimos a acostarnos. Yo tuve los sueños más horrorosos acerca de él, y me levanté sin haber descansado; me desperté para recobrar el miedo, que perdiera al dormirme, de que le descubriesen y se averiguara que era un deportado de por vida que había regresado a Inglaterra. Una vez despierto, no perdía este miedo ni un instante.

Llegó a la hora oportuna, sacó el cuchillo de la faltriquera y se sentó para comer. Tenía muchos planes con referencia a su caballero, y me recomendó que, sin contar, empezara a gastar de la cartera que había dejado en mi poder. Consideraba nuestras habitaciones y su propio alojamiento como residencia temporal, y me aconsejó que buscara algún lugar elegante y apropiado cerca de Hyde Park, en donde pudiera tener una cama improvisada siempre que hiciera falta. Cuando hubo terminado su desayuno y mientras se limpiaba el cuchillo en la pierna, sin ponerle en guardia con una sola palabra, le dije repentinamente:

— Después que se hubo usted marchado anoche, referí a mi amigo la lucha que había usted empeñado en una zanja cuando llegaron los soldados seguidos por los demás. ¿Se acuerda?

— ¿Que si me acuerdo? — replicó —. ¡Ya lo creo!

— Quisiéramos saber algo acerca de aquel hombre... y acerca de usted mismo. Es raro que yo no sepa de él ni de usted más de lo que pude referir anoche. ¿No le parece buena ocasión para contarnos algo?

— Bueno — dijo después de reflexionar —. ¿Se acuerda usted de su juramento, compañero de Pip?

— Claro está — replicó Herbert.

— Ese juramento se refiere a cuanto yo diga, sin excepción alguna.

— Así lo entiendo también.

— Pues bien, fíjense ustedes. Cualquier cosa que yo haya hecho, ya está pagada — insistió.

— Perfectamente.

Sacó su negra pipa y se disponía a llenarla de su mal tabaco, pero al mirar el que tenía en la mano después de sacarlo de su bolsillo, tal vez le pareció que podría hacerle perder el hilo de su discurso. Se lo guardó otra vez, se metió la pipa en un ojal de su chaqueta, apoyó las manos en las rodillas y, después de dirigir al fuego una mirada preñada de cólera, se quedó silencioso unos momentos, miró alrededor y dijo lo que sigue.

Capítulo XLII

—Querido muchacho y amigo de Pip: No voy a contarles mi vida como si fuese una leyenda o una novela. Lo esencial puedo decirlo en un puñado de palabras inglesas. En la cárcel y fuera de ella, en la cárcel y fuera de ella, en la cárcel y fuera de ella. Esto es todo. Tal fue mi vida hasta que me encerraron en un barco y Pip se hizo mi amigo.

«He cumplido toda clase de condenas, a excepción de la de ser ahorcado. Me han tenido encerrado con tanto cuidado como si fuese una tetera de plata. Me han llevado de un lado a otro, me han sacado de una ciudad para transportarme a otra, me han metido en el cepo, me han azotado y me han molestado de mil maneras. No tengo la menor idea del lugar en que nací, como seguramente tampoco lo saben ustedes. Cuando me di cuenta de mí mismo me hallaba en Essex, hurtando nabos para comer. Recuerdo que alguien me abandonó; era un hombre que se dedicaba al oficio de calderero remendón, y, como se llevó el fuego consigo, yo me quedé temblando de frío.

«Sé que me llamaba Magwitch y que mi nombre de pila era Abel. ¿Que cómo lo sabía? Pues de la misma manera que conozco los nombres de los pájaros de los setos y sé cuál es el pinzón, el tordo o el gorrión. Podría haber creído que todos esos nombres eran una mentira, pero como resultó que los de los pájaros eran verdaderos, creí que también el mío lo sería.

«Según pude ver, nadie se cuidaba del pequeño Abel Magwitch, que no tenía nada ni encima ni dentro de él. En cambio, todos me temían y me obligaban a alejarme, o me hacían prender. Y tantas veces llegaron a cogerme para meterme en la cárcel, que yo crecí sin dar importancia a eso, dada la regularidad con que me prendían.

«Así continué, y cuando era un niño cubierto de harapos, digno de la compasión de cualquiera (no porque me hubiese mirado nunca al espejo, porque desconocía que hubiese tales cosas en las viviendas), gozaba ya de la reputación de ser un delincuente endurecido. "Éste es un delincuente endurecido — decían en la cárcel al mostrarme a los visitantes. — Puede decirse que este muchacho no ha vivido más que en la cárcel." Entonces los visitantes me miraban, y yo les miraba a ellos. Algunos me medían la cabeza, aunque mejor habrían hecho midiéndome el estómago, y otros me daban folletos que yo no sabía leer, o me decían cosas que no entendía. Y luego acababan hablándome del diablo. Pero ¿qué demonio podía hacer yo? Tenía necesidad de meter algo en mi estómago, ¿no es cierto? Más observo que me enternezco, y ya ni sé lo que tengo que hablar. Querido muchacho y compañero de Pip, no tengan miedo de que me enternezca otra vez.

«Vagabundeando, pidiendo limosna, robando, trabajando a veces, cuando podía, aunque esto no era muy frecuente, pues ustedes mismos me dirán si habrían estado dispuestos a darme trabajo; robando caza en los vedados, haciendo de labrador, o de carretero, o atando gavillas de heno, a veces ejerciendo de buhonero y una serie de ocupaciones por el estilo, que no conducen más que a ganarse mal la vida y a crearse dificultades; de esta manera me hice hombre. Un soldado desertor que estaba oculto en una venta, me enseñó a leer; y un gigante que recorría el país y que, a cambio de un penique, ponía su firma donde le decían, me enseñó a escribir. Ya no me encerraban con tanta frecuencia como antes, mas, sin embargo, no había perdido de vista por completo las llaves del calabozo.

«En las carreras de Epsom, hará cosa de veinte años, trabé relaciones con un hombre cuyo cráneo sería capaz de romper con este atizador, si ahora mismo lo tuviese al alcance de mi mano, con la misma facilidad que si fuese una langosta. Su verdadero nombre era Compeyson; y ése era el hombre, querido Pip, con quien me viste pelear en la zanja, tal como dijiste anoche a tu amigo después de mi salida.

«Ese Compeyson se había educado a lo caballero, asistió a una escuela de internos y era instruido. Tenía una conversación muy agradable y era diestro en las buenas maneras de los señores. También era guapo. La víspera de la gran carrera fue cuando lo encontré junto a un matorral en un tenducho que yo conocía muy bien. Él y algunos más estaban sentados en las mesas del tenducho cuando yo entré, y el dueño (que me conocía y que era un jugador de marca) le llamó y le dijo: «Creo que ese hombre podría convenirle", refiriéndose a mí.

«Compeyson me miró con la mayor atención, y yo también le miré. Llevaba reloj y cadena, una sortija y un alfiler de corbata, así como un elegante traje.

«— A juzgar por las apariencias, no tiene usted muy buena suerte — me dijo Compeyson.

«— Así es, amigo; nunca la he tenido. — Acababa de salir de la cárcel de Kingston, a donde fui condenado por vagabundo; no porque hubiesen faltado otras causas, pero no fui allí por nada más.

«— La suerte cambia — dijo Compeyson; — tal vez la de usted está a punto de cambiar.

«— ¡Ojala! — le contesté —. Ya sería hora.

«— ¿Qué sabe usted hacer? — preguntó Compeyson.

«— Comer y beber — le contesté —, siempre que usted encuentre qué.

«Compeyson se echó a reír, volvió a mirarme con la mayor atención, me dio cinco chelines y me citó para la noche siguiente en el mismo sitio.

«Al siguiente día, a la misma hora y lugar, fui a verme con Compeyson, y éste me propuso ser su compañero y su socio. Los negocios de Compeyson consistían en la estafa, en la falsificación de documentos y firmas, en hacer circular billetes de Banco robados y cosas por el estilo. Además, le gustaba mucho planear los golpes, pero dejar que los llevase a cabo otro, aunque él se quedaba con la mayor parte de los beneficios. Tenía tanto corazón como una lima de acero, era tan frío como la misma muerte y tenía una cabeza verdaderamente diabólica.

«Había otro con Compeyson, llamado Arturo..., no porque éste fuese su nombre de pila, sino su apodo. Estaba el pobre en muy mala situación y tan flaco y desmedrado que daba pena mirarle. Él y Compeyson parece que, algunos años antes, habían jugado una mala pasada a una rica señora, gracias a la cual se hicieron con mucho dinero; pero Compeyson apostaba y jugaba, y habría sido capaz de derrochar las contribuciones que se pagan al rey. Así, pues, Arturo estaba enfermo de muerte, pobre, sin un penique y lleno de terrores. La mujer de Compeyson, a quien éste trataba a patadas, se apiadaba del desgraciado cuantas veces le era posible demostrar su compasión, y en cuanto a Compeyson, no tenía piedad de nada ni de nadie.

«Podría haberme mirado en el espejo de Arturo, pero no lo hice. Y no quiero ahora decir que el desgraciado me importaba gran cosa, pues ¿para qué serviría mentir? Por eso empecé a trabajar con Compeyson y me convertí en un pobre instrumento en sus manos. Arturo vivía en lo más alto de la casa de Compeyson (que estaba muy cerca de Brentford), y Compeyson le llevaba exactamente la cuenta de lo que le debía por alojamiento y comida, para el caso de que se repusiera lo bastante y saliera a trabajar. El pobre Arturo saldó muy pronto esta cuenta. La segunda o tercera vez que le vi, llegó arrastrándose hasta el salón de Compeyson, a altas horas de la noche, vistiendo una especie de bata de franela, con el cabello mojado por el sudor y, acercándose a la mujer de Compeyson, le dijo:

«— Oiga, Sally, ahora sí que es verdad que está conmigo arriba y no puedo librarme de ella. Va completamente vestida de blanco – dijo, — con flores blancas en el cabello; además, está loca del todo y lleva un sudario colgado del brazo, diciendo que me lo pondrá a las cinco de la madrugada.

«— No seas animal — le dijo Compeyson. — ¿No sabes que aún vive? ¿Cómo podría haber entrado en la casa a través de la puerta o de la ventana?

«— Ignoro cómo ha venido — contestó Arturo temblando de miedo, — pero lo cierto es que está allí, al pie de la cama y completamente loca. Y de la herida que tiene en el corazón, ¡tú le hiciste esa herida!, de allí le salen gotas de sangre.

«Compeyson le hablaba con violencia, pero era muy cobarde.

«— Sube a este estúpido enfermo a su cuarto — ordenó a su mujer —. Magwitch te ayudara. — Pero él no se acercaba siquiera.

»La mujer de Compeyson y yo le llevamos otra vez a la cama, y él deliraba de un modo que daba miedo.

«— ¡Miradla! – gritaba. — ¿No veis cómo mueve el sudario hacia mí? ¿No la veis? ¡Mirad sus ojos! ¿Y no es horroroso ver que está tan local — Luego exclamaba —: Va a ponerse el sudario y, en caso de que lo consiga, estoy perdido. ¡Quitádselo! ¡Quitádselo!

«Y se agarraba a nosotros sin dejar de hablar con la sombra o contestándole, y ello de tal manera que hasta a mí me pareció que la veía.

«La esposa de Compeyson, que ya estaba acostumbrada a él, le dio un poco de licor para quitarle el miedo, y poquito a poco el desgraciado se tranquilizó.

«— ¡Oh, ya se ha marchado! ¿Ha venido a llevársela su guardián? — exclamaba.

«— Sí, sí — le contestaba la esposa de Compeyson.

«— ¿Le recomendó usted bien que la encerrasen y atrancasen la puerta de su celda?

«— Sí.

«— ¿Y le pidió que le quitase aquel sudario tan horrible?

«— Sí, sí, todo eso hice. No hay cuidado ya.

«— Es usted una excelente persona — dijo a la mujer de Compeyson. — No me abandone, se lo ruego. Y muchas gracias.

«Permaneció tranquilo hasta que faltaron pocos minutos para las cinco de la madrugada; en aquel momento se puso en pie y dio un alarido, exclamando:

«— ¡Ya está aquí! ¡Trae otra vez el sudario! ¡Ya lo desdobla! ¡Ahora se me acerca desde el rincón! ¡Se dirige hacia mi cama! ¡Sostenedme, uno por cada lado! ¡No le dejéis que me toque! ¡Ah, gracias, Dios mío! Esta vez no me ha acertado. No le dejéis que me eche el sudario por encima de los hombros. Tened cuidado de que no me levante para rodearme con él. ¡Oh, ahora me levanta! ¡Sostenedme sobre la cama, por Dios!

«Dicho esto, se levantó, a pesar de nuestros esfuerzos, y se quedó muerto.

«Compeyson consideró aquella muerte con satisfacción, pues así quedaba terminada una relación que ya le era desagradable. Él y yo empezamos a trabajar muy pronto, aunque primero me juró (pues era muy falso) serme fiel, y lo hizo en mi propio libro, este mismo de color negro sobre el que hice jurar a tu amigo.

«Sin entrar a referir las cosas que planeaba Compeyson y que yo ejecutaba, lo cual requeriría tal vez una semana, diré tan solo que aquel hombre me metió en tales líos que me convirtió en su verdadero esclavo. Yo siempre estaba en deuda con él, siempre en su poder, siempre trabajando y siempre corriendo los mayores peligros. Él era más joven que yo, pero tenía mayor habilidad e instrucción, y por esta causa me daba quinientas vueltas y no me tenía ninguna compasión. Mi mujer, mientras yo pasaba esta mala temporada con... Pero, ¡alto! Ella no...

Miró alrededor de él muy confuso, como si hubiese perdido la línea en el libro de su recuerdos; volvió el rostro hacia el fuego, abrió las manos, que tenía apoyadas en las rodillas, las levantó luego y volvió a dejarlas donde las tenía.

— No hay necesidad de hablar de eso — dijo mirando de nuevo alrededor. — La temporada que pasé con Compeyson fue casi tan mala como la peor de mi vida. Dicho esto queda dicho todo. ¿Les he referido que mientras andaba a las órdenes de Compeyson fui juzgado, yo solo, por un delito leve?

Contesté negativamente.

— Pues bien — continuó él, — fui juzgado y condenado. Y en cuanto a ser preso por sospechas, eso me ocurrió dos o tres veces durante los cuatro o cinco años que duró la situación; pero faltaron las pruebas. Por último, Compeyson y yo fuimos juzgados por el delito de haber puesto en circulación billetes de Banco robados, pero, además, se nos acusaba de otras cosas. Compeyson me dijo: «Conviene que nos defendamos separadamente y que no tengamos comunicación.» Y esto fue todo. Yo estaba tan miserable y pobre, que tuve que vender toda la ropa que tenía, a excepción de lo que llevaba encima, antes de lograr que me defendiese Jaggers.

«Cuando me senté en el banquillo de los acusados me fijé ante todo en el aspecto distinguido de Compeyson, con su cabello rizado, su traje negro y su pañuelo blanco, en tanto que yo tenía miserable aspecto. Cuando empezó la acusación y se presentaron los testigos de cargo, pude observar que de todo se me hacía responsable y que, en cambio, apenas se dirigía acusación alguna contra él. De las declaraciones resultaba que todos me habían visto a mí, según podían jurar; que siempre me entregaron a mí el dinero y que siempre aparecía yo como autor del delito y como única persona que se aprovechaba de él. Cuando empezó a hablar el defensor de Compeyson, la cosa fue más clara para mí, porque, dirigiéndose al tribunal y al jurado, les dijo:

«— Aquí tienen ustedes sentados en el banquillo a dos hombres que en nada se parecen; uno de ellos, el más joven, bien educado y refinado, según todo el mundo puede ver; el de más edad carece de educación y de instrucción, como también es evidente. El primero, pocas veces, en caso de que se le haya podido observar en alguna, pocas veces se ha dedicado a estas cosas, y en el caso presente no existen contra él más que ligeras sospechas que no se han comprobado; en cuanto al otro, siempre ha sido visto en todos los lugares en que se ha cometido el delito y siempre se benefició de los resultados de sus atentados contra la propiedad. ¿Es, pues, posible dudar, puesto que no aparece más que un autor de esos delitos, acerca de quién los ha cometido?

«Y así prosiguió hablando. Y cuando empezó a tratar de las condiciones de cada uno, no dejó de consignar que Compeyson era instruido y educado, a quien conocían perfectamente sus compañeros de estudios y sus consocios de los círculos y clubs, en donde gozaba de buena reputación. En cambio, yo había sido juzgado y condenado muchas veces y era conocido en todas las cárceles. Cuando se dejó hablar a Compeyson, lo hizo llorando en apariencia y cubriéndose el rostro con el pañuelo. Y hasta les dijo unos versos. Yo, en cambio, no pude decir más que: «Señores, este hombre que se sienta a mi lado es un pillo de marca mayor." Y cuando se pronunció el veredicto, se recomendó a la clemencia del tribunal a Compeyson, teniendo en cuenta su buena conducta y la influencia que en él tuvieron las malas compañías, a cambio de lo cual él debería declarar todo cuanto supiera contra mí. A mí me consideraron culpable de todo lo que me acusaban. Por eso le dije a Compeyson:

«— Cuando salgamos de la sala del Tribunal, te voy a romper esa cara de sinvergüenza que tienes.

«Pero él se volvió al juez solicitando protección, y así logró que se interpusieran dos carceleros entre nosotros. Y cuando se pronunció la sentencia vi que a él le condenaban tan sólo a siete años, y a mí, a catorce. El juez pareció lamentar haber tenido que condenarle a esta pena, en vista de que habría podido llevar una vida mejor; pero en cuanto a mí, me dijo que yo era un criminal endurecido, arrastrado por mis violentas pasiones, y que seguramente empeoraría en vez de corregirme.

Habíase excitado tanto al referirnos esto, que tuvo necesidad de interrumpir su relato para dominarse. Hizo dos o tres aspiraciones cortas, tragó saliva otras tantas veces y, tendiéndome la mano, añadió, en tono tranquilizador:

— No voy a enternecerme, querido Pip.

Pero como estaba sudoroso, se sacó el pañuelo y secóse el rostro, la cabeza, el cuello y las manos antes de poder continuar.

—Había jurado a Compeyson romperle la cara, aunque para ello tuviese que destrozar la mía propia. Fuimos a parar al mismo pontón; mas, a pesar de que lo intenté, tardé mucho tiempo en poder acercarme a él. Por fin logré situarme tras él y le di un golpecito en la mejilla, tan sólo con objeto de que volviese la cara y destrozársela entonces, pero me vieron y me impidieron realizar mi propósito. El calabozo de aquel barco no era muy sólido para un hombre como yo, capaz de nadar y de bucear. Me escapé hacia tierra, y andaba oculto por entre las tumbas cuando por vez primera vi a mi Pip.

Y me dirigió una mirada tan afectuosa que de nuevo se me hizo aborrecible, aunque sentía la mayor compasión por él.

— Gracias a mi Pip me di cuenta de que también Compeyson se había escapado y estaba en los marjales. A fe mía, estoy convencido de que huyó por el miedo que me tenía, sin saber que yo estaba ya en tierra. Le perseguí, y cuando lo alcancé le destrocé la cara.

«— Y ahora — le dije —, lo peor que puedo hacerte, sin tener en cuenta para nada lo que a mí me suceda, es volverte al pontón.

«Y habría sido capaz de echarme al agua con él y, cogiéndole por los cabellos, llevarlo otra vez al pontón aun sin el auxilio de los soldados.

«Como es natural, él salió mejor librado, porque tenía mejores antecedentes que yo. Además, dijo que se había escapado temeroso de mis intenciones asesinas con respecto a él, y por todo eso su castigo fue leve. En cuanto a mí, me cargaron de cadenas, fui juzgado otra vez y me deportaron de por vida. Pero, mi querido Pip y amigo suyo, eso no me apuró mucho, pues podía volver, y, en efecto, he podido, puesto que estoy aquí.

Volvió a secarse la cabeza con el pañuelo, como hiciera antes; luego sacó del bolsillo un poco de tabaco, se quitó la pipa del ojal en que se la había puesto, lentamente la llenó y empezó a fumar.

— ¿Ha muerto? — pregunté después de un silencio.

— ¿Quién, querido Pip?

— Compeyson.

— Él debe de figurarse que he muerto yo, en caso de que aún viva. Puedes tener la seguridad de eso — añadió con feroz mirada. — Pero no he oído hablar de él desde entonces.

Herbert había estado escribiendo con su lápiz en la cubierta de un libro que tenía delante. Suavemente empujó el libro hacia mí, mientras Provis estaba fumando y con los ojos fijos en el fuego, y así pude leer sobre el volumen:

«El nombre del joven Havisham era Arturo. Compeyson es el hombre que fingió enamorarse de la señorita Havisham».

Cerré el libro a hice una ligera seña a Herbert, quien dejó el libro a un lado; pero ninguno de los dos dijimos una sola palabra, sino que nos quedamos mirando a Provis, que fumaba ante el fuego.

Capítulo XLIII

¿Para qué interrumpirme a fin de preguntarme si mi antipatía hacia Provis podía deberse a Estella? ¿Para qué entretenerme en mi camino, a fin de comparar el estado de mi mente entre cuando traté de limpiarme de la mancha de la prisión, antes de ir al encuentro de Estella en la oficina de la diligencia, con el estado mental en que me hallaba ahora, al considerar el abismo que se había abierto entre Estella, en su orgullo y belleza, y el presidiario a quien albergaba en mi casa? No por hacerlo sería mejor el camino ni tampoco el final que nos estuviese reservado a todos. Eso no sería de ningún beneficio para mi protector ni para mí.

Esta narración me había producido otro temor; o, mejor dicho, tal relato había dado forma y objeto a un temor que sentía inconscientemente. Si Compeyson vivía y descubría por azar el regreso de Provis, no serían ya dudosas las consecuencias. Nadie mejor que yo estaba persuadido de que Compeyson tenía un miedo horrible a Provis, y no era difícil imaginar que un hombre como él, a juzgar por la descripción que se nos había hecho, no vacilaría en lo más mínimo en librarse de un enemigo delatándolo.

Hasta entonces, yo no había dicho una sola palabra a Provis acerca de Estella, y estaba firmemente decidido a no hacerlo. Pero dije a Herbert que antes de marcharme al extranjero deseaba ver a Estella y a la señorita Havisham. Esto ocurrió en cuanto nos quedamos solos por la noche del mismo día en que Provis nos refirió su historia. Resolví, pues, ir a Richmond al siguiente día, y así lo hice.

Al presentarme a la señora Brandley, ésta hizo llamar a la doncella de Estella, quien me dijo que la joven había marchado al campo. ¿Adónde? A la casa Satis, como de costumbre. Repliqué que no era como de costumbre, pues hasta entonces nunca había ido sin mí. Pregunté cuándo estaría de regreso, pero advertí una reserva especial en la respuesta, que aumentó mi perplejidad. La doncella me dijo que, según se imaginaba, no regresaría por algún tiempo. Nada pude adivinar ni comprender por tales palabras, excepto el hecho de que deliberadamente se proponían que yo no pudiese comprenderlo, y, así, volví a mi casa completamente desencantado.

Por la noche volví a consultar con Herbert después de la marcha de Provis (y debo repetir que yo siempre le acompañaba hasta su alojamiento y observaba con la mayor atención alrededor de mí), y en nuestra conversación, después de tratar del asunto, llegamos a la conclusión de que nada podía decidirse acerca del proyectado viaje al extranjero hasta que yo regresara de mi visita a la señorita Havisham. Mientras tanto, Herbert y yo reflexionamos acerca de lo que más convendría decir, o bien que teníamos la sospecha y el temor de que alguien nos vigilara, receloso, o excusarnos en el hecho de que, como yo no había estado nunca en el extranjero, me resultaría agradable hacer un viaje. Nos constaba de antemano que él aceptaría cualquier cosa que yo le propusiera. Por otra parte, Herbert y yo convinimos en que no había que pensar en que Provis continuara muchos días en el mismo peligro a que estaba expuesto.

Al día siguiente cometí la bajeza de fingir que iba a cumplir una promesa hecha a Joe de ir a verle; yo era capaz de cometer cualquier indignidad con relación a Joe o a su nombre. Mientras durase mi ausencia, Provis debería tener el mayor cuidado, y Herbert se encargaría de él como lo hacía yo. Me proponía estar ausente una sola noche, y a, mi regreso debería empezar, según las ideas de Provis, mi carrera como caballero rico. Entonces se me ocurrió, y, según vi más tarde, también se le ocurrió a Herbert, que podríamos inducirle a ir al extranjero con la excusa de hacer compras o algo por el estilo.

Habiendo dispuesto así mi visita a la señorita Havisham, salí en la primera diligencia del día siguiente, cuando apenas había luz en el cielo, y nos encontramos en plena carretera al asomar el día, que parecía avanzar despacio, quejándose y temblando de frío, envuelto como estaba en capas de nubes y andrajos de niebla, cual si fuese un mendigo. Cuando llegamos a El Jabalí Azul, después de viajar entre la lluvia, ¡cuál no sería mi asombro al ver en el umbral de la puerta, con un mondadientes en la mano y contemplando la diligencia, a Bentley Drummle!

Como él fingió no haberme visto, yo hice como si no le reconociera. Tal actitud era muy ridícula por ambas partes, y más aún porque luego entramos a la vez en la sala del café, en donde él acababa de terminar su desayuno y en donde ordené que me sirvieran el mío. Me era violento en grado sumo verle en la ciudad, puesto que de sobra sabía la causa de su permanencia en ella.

Fingiendo que me entregaba a la lectura de un periódico local de fecha remota, en el que no había nada tan legible como las manchas de café, de encurtidos, de salsas de pescado, de manteca derretida y de vino de que estaba lleno, como si el papel hubiese contraído el sarampión de un modo muy irregular, me senté a mi mesa en tanto que él permanecía ante el fuego. Poco a poco me pareció insoportable que estuviera allí, y por esta causa me puse en pie, decidido a gozar de mi parte de calor en la chimenea. Para alcanzar el atizador a fin de reanimar el fuego, tuve que pasar mis manos por detrás de sus piernas; pero, sin embargo, continué fingiendo que no le conocía.

— ¿Es un desaire? — preguntó el señor Drummle.

— ¡Oh! — exclamé, con el atizador en la mano. — ¿Es usted? ¿Cómo está usted? Me preguntaba quién me impediría gozar del calor del fuego.

Dicho esto, revolví las brasas de un modo tremendo y después me planté al lado del señor Drummle, con los hombros rígidos y de espaldas al fuego.

— ¿Acaba usted de llegar? — preguntó el señor Drummle dándome un ligero empujón hacia un lado.

— Sí — le contesté, empujándole, a mi vez, con mi hombro.

— Es un lugar horrible — dijo Drummle. — Según tengo entendido, es su país.

— Sí – asentí. — Y creo que su Shropshire es completamente igual a esto.

— No se le parece en nada absolutamente — contestó Drummle.

Luego se miró las botas, y yo le imité mirándome las mías. Un momento más tarde, el señor Drummle miró mis botas, y yo las suyas, en justa correspondencia.

— ¿Hace mucho que está usted aquí? — le pregunté, decidido a no dejarme alejar una sola pulgada del fuego.

— Lo bastante para estar cansado — contestó Drummle fingiendo un bostezo, pero igualmente decidido a no alejarse.

— ¿Estará aún mucho tiempo?

— No puedo decirlo — contestó Drummle. — ¿Y usted?

— No puedo decirlo — repliqué.

Entonces experimenté la sensación de que si en aquel momento el señor Drummle hubiese hecho la menor tentativa para disfrutar de más sitio ante el fuego, yo le habría arrojado contra la ventana, y también comprendí que si mi hombro hubiese expresado la misma pretensión, el señor Drummle me habría arrojado a la mesa más cercana. Él se puso a silbar, y yo hice lo mismo.

— Por aquí abundan los marjales, según creo — observó Drummle.

— Sí. ¿Y qué? — repliqué.

El señor Drummle me miró, luego se fijó en mis botas y dijo:

— ¡Oh!

Y se echó a reír.

— ¿Está usted de buen humor, señor Drummle?

— No – contestó, — no puede decir se que lo esté. Voy a pasear a caballo. Para pasar el rato me propongo explorar esos marjales. Me han dicho que junto a ellos hay varias aldeas y que hay tabernas y herrerías curiosas... ¡Camarero!

— ¿Qué desea el señor?

— ¿Está ensillado mi caballo?

— Lo han llevado ya ante la puerta, señor.

—Muy bien. Ahora fíjate. Hoy la señorita no saldrá a caballo, porque el tiempo sigue malo.

— Muy bien, señor.

— Y yo no vendré a comer, porque iré a hacerlo a casa de la señorita.

— Muy bien, señor.

Drummle me miró con tal expresión de triunfo en su carota de grandes mandíbulas, que el corazón me dolió a pesar de la estupidez de aquel hombre, exasperándome de tal manera que me sentí inclinado a cogerlo en mis brazos (de igual modo como en las historias de ladrones se cuenta que los bandidos cogían a las damas) para sentarlo a la fuerza sobre las brasas.

Una cosa resultaba evidente en nosotros, y era que, de no venir nadie en nuestra ayuda, ninguno de los dos sería capaz de abandonar el fuego. Allí estábamos ambos, con los hombros y los pies en contacto, sin movernos a ningún lado ni por espacio de una pulgada. Desde allí podíamos ver el caballo ante la puerta y entre la lluvia; mi desayuno estaba servido en la mesa, en tanto que ya habían retirado el servicio de Drummle; el camarero me invitaba a sentarme, y yo le hice una señal de asentimiento, pero los dos continuábamos inmóviles ante el fuego.

— ¿Ha estado usted recientemente en «La Enramada»? — preguntó Drummle.

— No — le contesté. — Ya quedé más que satisfecho de los Pinzones la última vez que estuve.

— ¿Fue cuando tuvimos aquella pequeña diferencia de opinión?

— Sí — le contesté secamente.

— ¡Caramba! — exclamó él. — Demostró usted ser muy ligero de cascos. No debía haber perdido tan pronto su presencia de ánimo.

— Señor Drummle — le contesté, — no es usted quién para darme consejos acerca del particular. Cuando pierdo el dominio sobre mí mismo (y con eso no admito que me ocurriese en aquella ocasión), por lo menos no tiro vasos a la cabeza de las personas.

— Pues yo sí — contestó Drummle.

Después de mirarle una o dos veces con expresión de ferocidad que aumentaba a cada momento, dije:

— Señor Drummle, yo no he buscado esta conversación, que, por otra parte, no me parece nada agradable.

— Seguramente no lo es — dijo con altanería y mirándome por encima del hombro. — No me lo parece ni remotamente.

— Por lo tanto – continué, — y si me lo permite, me aventuraré a indicar la conveniencia de que en adelante no exista entre nosotros la menor comunicación.

— Ésta es también mi opinión — dijo Drummle, — y lo habría indicado yo mismo, o lo hubiera hecho sin advertirlo. Pero no pierda usted los estribos. ¿No ha perdido ya bastante?

— ¿Qué quiere usted decir, caballero?

— ¡Camarero! — llamó Drummle como si quisiera contestarme de esta manera.

El llamado acudió.

—Fíjate bien. Supongo que has comprendido que la señorita no paseará hoy a caballo y que yo cenaré en su casa.

— Lo he entendido muy bien, señor.

Cuando el camarero, poniendo la mano en la tetera, vio que estaba muy fría, me dirigió una mirada suplicante y se marchó. Drummle, teniendo el mayor cuidado de no mover su hombro que se tocaba con el mío, sacó un cigarro del bolsillo, mordió la punta y lo encendió, pero sin demostrar su intención de apartarse lo más mínimo. Enfurecido como estaba, comprendí que no podríamos cruzar una sola palabra más sin hablar de Estella, nombre que no podría consentirle que pronunciase; por esta razón, me quedé mirando fijamente a la pared, como si no hubiese nadie en la sala y yo mismo me obligara a guardar silencio.

Es imposible decir cuánto tiempo habríamos permanecido en tan ridícula situación, pero en aquel momento entraron tres granjeros ricos, a los que acompañó el camarero sin duda alguna y que aparecieron en la sala del café desabrochándose sus grandes abrigos y frotándose las manos. Y como quiera que dieron una carga en dirección al fuego, no tuvimos más remedio que retirarnos.

A través de la ventana le vi agarrando las crines del cuello de su caballo y montando del modo brutal que le era peculiar. Luego desapareció. Me figuré que se había marchado, cuando volvió pidiendo fuego para el cigarro que tenía en la boca. Apareció un hombre con el traje lleno de polvo, a fin de darle con qué encender, e ignoro de dónde salió, si del patio de la posada o de la calle. Y mientras Drummle se inclinaba sobre la silla para encender el cigarro y se reía, moviendo la cabeza en dirección a la sala del café, los hombros inclinados y el revuelto cabello de aquel hombre, que me daba la espalda, me hicieron recordar a Orlick.

Demasiado preocupado por otras cosas para sentir interés en averiguar si lo era o no, o para tocar siquiera el desayuno, me lavé la cara y las manos para quitarme el polvo del viaje y me dirigí a la vieja y tan recordada casa, que mejor habría sido para mí no ver nunca en la vida y en la que ojala no hubiese entrado jamás.

Capítulo XLIV

Encontré a la señorita Havisham y a Estella en la estancia en que había la mesa tocador y donde ardían las bujías en los candelabros de las paredes. La primera estaba sentada en un canapé ante el fuego, y Estella, en un almohadón a sus pies. La joven hacía calceta, y la señorita Havisham la miraba. Ambas levantaron los ojos cuando yo entré, y las dos se dieron cuenta de la alteración de mi rostro. Lo comprendí así por la mirada que cambiaron.

— ¿Qué viento lo ha traído, Pip? — preguntó la señorita Havisham.

Aunque me miraba fijamente, me di cuenta de que estaba algo confusa. Estella interrumpió un momento su labor de calceta, fijando en mí sus ojos, y luego continuó trabajando, y por el movimiento de sus dedos, como si fuese el lenguaje convencional de los sordomudos, me pareció comprender que se daba cuenta de que yo había descubierto a mi bienhechor.

— Señorita Havisham – dije, — ayer fui a Richmond con objeto de hablar a Estella; pero, observando que algún viento la había traído aquí, la he seguido.

La señorita Havisham me indicó por tercera o cuarta vez que me sentara, y por eso tomé la silla que había ante la mesa tocador, la que le viera ocupar tantas veces. Y aquel lugar lleno de ruinas y de cosas muertas me pareció el más indicado para mí aquel día.

— Lo que quería decir a Estella, señorita Havisham, lo diré ahora ante usted misma... en pocos instantes. Mis palabras no la sorprenderán ni le disgustarán. Soy tan desgraciado como puede usted haber deseado.

La señorita Havisham continuaba mirándome fijamente, Por el movimiento de los dedos de Estella comprendí que también ella esperaba lo que iba a decir, pero no levantó la vista hacia mí.

—He descubierto quién es mi bienhechor. No ha sido un descubrimiento afortunado, y seguramente eso no ha de contribuir a mejorar mi reputación, mi situación y mi fortuna. Hay razones que me impiden decir nada más acerca del particular, porque el secreto no me pertenece.

Mientras guardaba silencio por un momento, mirando a Estella y pensando cómo continuaría, la señorita Havisham murmuró:

— El secreto no te pertenece. ¿Qué más?

— Cuando me hizo usted venir aquí, señorita Havisham; cuando yo vivía en la aldea cercana, que ojala no hubiese abandonado nunca..., supongo que entré aquí como pudiera haber entrado otro muchacho cualquiera..., como una especie de criado, para satisfacer una necesidad o un capricho y para recibir el salario correspondiente.

— Sí, Pip — replicó la señorita Havisham, afirmando al mismo tiempo con la cabeza. — En ese concepto entraste en esta casa.

— Y que el señor Jaggers...

— El señor Jaggers — dijo la señorita Havisham interrumpiéndome con firmeza — no tenía nada que ver con eso y no sabía una palabra acerca del particular. Él es mi abogado y, por casualidad, lo era también de tu bienhechor. De la misma manera sostiene relaciones con otras muchas personas, con las que podía haber ocurrido lo mismo. Pero sea como fuere, sucedió así y nadie tiene la culpa de ello.

Cualquiera que hubiese contemplado entonces su desmedrado rostro habría podido ver que no se excusaba ni mentía.

— Pero cuando yo caí en el error, y en el que he creído por espacio de tanto tiempo, usted me dejó sumido en él — dije.

— Sí — me contestó, afirmando otra vez con movimientos de cabeza —, te dejé en el error.

— ¿Fue eso un acto bondadoso?

— ¿Y por qué — exclamó la señorita Havisham golpeando el suelo con su bastón y encolerizándose de repente, de manera que Estella la miró sorprendida, — por qué he de ser bondadosa?

Mi queja carecía de base, y por eso no proseguí. Así se lo manifesté cuando ella se quedó pensativa después de su irritada réplica.

— Bien, bien – dijo. — ¿Qué más?

— Fui pagado liberalmente por los servicios prestados aquí — dije para calmarla, — y recibí el beneficio de ser puesto de aprendiz con Joe, de manera que tan sólo he hecho estas observaciones para informarme debidamente. Lo que sigue tiene otro objeto, y espero que menos interesado. Al permitirme que continuara en mi error, señorita Havisham, usted castigó o puso a prueba — si estas expresiones no le desagradan y puedo usarlas sin ofenderla — a sus egoístas parientes.

— Sí. Ellos también se lo figuraron, como tú. ¿Para qué había de molestarme en rogarte a ti o en suplicarles a ellos que no os figuraseis semejante cosa? Vosotros mismos os fabricasteis vuestros propios engaños. Yo no tuve parte alguna en ello.

Esperando a que de nuevo se calmase, porque también pronunció estas palabras muy irritada, continué:

— Fui a vivir con una familia emparentada con usted, señorita Havisham, y desde que llegué a Londres mantuve con ellos constantes relaciones. Me consta que sufrieron honradamente el mismo engaño que yo. Y cometería una falsedad y una bajeza si no le dijese a usted, tanto si es de su agrado como si no y tanto si me presta crédito como si no me cree, que se equivoca profundamente al juzgar mal al señor Mateo Pocket y a su hijo Herbert, en caso de que se figure que no son generosos, leales, sinceros e incapaces de cualquier cosa que sea indigna o egoísta.

—Son tus amigos — objetó la señorita Havisham.

— Ellos mismos me ofrecieron su amistad — repliqué —precisamente cuando se figuraban que les había perjudicado en sus intereses. Por el contrario, me parece que ni la señorita Sara Pocket ni la señorita Georgina, ni la señora Camila eran amigas mías.

Este contraste la impresionó, según observé con satisfacción. Me miró fijamente por unos instantes y luego dijo:

— ¿Qué quieres para ellos?

— Solamente — le contesté — que no los confunda con los demás. Es posible que tengan la misma sangre, pero puede estar usted segura de que no son iguales.

Sin dejar de mirarme atentamente, la señorita Havisham repitió:

— ¿Qué quieres para ellos?

— No soy tan astuto, ya lo ve usted — le dije en respuesta, dándome cuenta de que me ruborizaba un poco, — para creer que puedo ocultarle, aun proponiéndomelo, que deseo algo. Si usted, señorita Havisham, puede dedicar el dinero necesario para hacer un gran servicio a mi amigo Herbert, algo que resolvería su vida entera, aunque, dada la naturaleza del caso, debería hacerse sin que él lo supiera, yo podría indicarle el modo de llevarlo a cabo.

— ¿Por qué ha de hacerse sin que él lo sepa? — preguntó, apoyando las manos en su bastón, a fin de poder mirarme con mayor atención.

— Porque — repliqué — yo mismo empecé a prestarle este servicio hace más de dos años, sin que él lo supiera, y no quiero que se entere de lo que por él he hecho. No puedo explicar la razón de que ya no me sea posible continuar favoreciéndole. Eso es una parte del secreto que pertenece a otra persona y no a mí.

Gradualmente, la señorita Havisham apartó de mí su mirada y la volvió hacia el fuego. Después de contemplarlo por un espacio de tiempo que, dado el silencio reinante y la escasa luz de las bujías, pareció muy largo, se sobresaltó al oír el ruido que hicieron varias brasas al desplomarse, y de nuevo volvió a mirarme, primero casi sin verme y luego con atención cada vez más concentrada. Mientras tanto, Estella no había dejado de hacer calceta. Cuando la señorita Havisham hubo fijado en mí su atención, añadió, como si en nuestro diálogo no hubiese habido la menor interrupción:

— ¿Qué más?

— Estella — añadí volviéndome entonces hacia la joven y esforzándome en hacer firme mi temblorosa voz, — ya sabe usted que la amo. Ya sabe usted que la he amado siempre con la mayor ternura.

Ella levantó los ojos para fijarlos en mi rostro, al verse interpelada de tal manera, y me miró con aspecto sereno. Vi entonces que la señorita Havisham nos miraba, fijando alternativamente sus ojos en nosotros.

—Antes le habría dicho eso mismo, a no ser por mi largo error, pues éste me inducía a esperar, creyendo que la señorita Havisham nos había destinado uno a otro. Mientras creí que usted tenía que obedecer, me contuve para no hablar, pero ahora debo decírselo.

Siempre serena y sin que sus dedos se detuvieran, Estella movió la cabeza.

— Ya lo sé — dije en respuesta a su muda contestación, — ya sé que no tengo la esperanza de poder llamarla mía, Estella. Ignoro lo que será de mí muy pronto, lo pobre que seré o adónde tendré que ir. Sin embargo, la amo. La amo desde la primera vez que la vi en esta casa.

Mirándome con inquebrantable serenidad, movió de nuevo la cabeza.

— Habría sido cruel por parte de la señorita Havisham, horriblemente cruel, haber herido la susceptibilidad de un pobre muchacho y torturarme durante estos largos años con una esperanza vana y un cortejo inútil, en caso de que hubiese reflexionado acerca de lo que hacía. Pero creo que no pensó en eso. Estoy persuadido de que sus propias penas le hicieron olvidar las mías, Estella.

Vi que la señorita Havisham se llevaba la mano al corazón y la dejaba allí mientras continuaba sentada y mirándonos, sucesivamente, a Estella y a mí.

— Parece — dijo Estella con la mayor tranquilidad —que existen sentimientos e ilusiones, pues no sé cómo llamarlos, que no me es posible comprender. Cuando usted me dice que me ama, comprendo lo que quiere decir, como frase significativa, pero nada más. No despierta usted nada en mi corazón ni conmueve nada en él. Y no me importa lo más mínimo cuanto diga. Muchas veces he tratado de avisarle acerca del particular. ¿No es cierto?

— Sí — contesté tristemente.

—Así es. Pero usted no quería darse por avisado, porque se figuraba que le hablaba en broma. Y ahora ¿cree usted lo mismo?

— Creí, con la esperanza de comprobarlo luego, que no me lo decía en serio. ¡Usted, tan joven, tan feliz y tan hermosa, Estella! Seguramente, eso está en desacuerdo con la Naturaleza.

— Está en mi naturaleza — replicó. Y a continuación añadió significativamente: — Está en la naturaleza formada en mi interior. Establezco una gran diferencia entre usted y todos los demás cuando le digo esto. No puedo hacer más.

— ¿No es cierto — pregunté — que Bentley Drummle está en esta ciudad y que la corteja a usted?

— Es verdad — contestó ella refiriéndose a mi enemigo con expresión de profundo desdén.

— ¿Es cierto que usted alienta sus pretensiones, que sale a pasear a caballo en su compañía y que esta misma noche él cenará con usted?

Pareció algo sorprendida de que estuviera enterado de todo eso, pero de nuevo contestó:

—— Es cierto.

— Tengo la esperanza de que usted no podrá amarle, Estella.

Sus dedos se quedaron quietos por vez primera cuando me contestó, algo irritada:

— ¿Qué le dije antes? ¿Sigue figurándose, a pesar de todo, que no le hablo con sinceridad?

— No es posible que usted se case con él, Estella.

Miró a la señorita Havisham y se quedó un momento pensativa, con la labor entre las manos. Luego exclamó:

— ¿Por qué no decirle la verdad? Voy a casarme con él.

Dejé caer mi cara entre las manos, pero logré dominarme mejor de lo que esperaba, teniendo en cuenta la agonía que me produjeron tales palabras. Cuando de nuevo levanté el rostro, advertí tan triste mirada en el de la señorita Havisham, que me impresioné a pesar de mi dolor.

— Estella, querida Estella, no permita usted que la señorita Havisham la lleve a dar ese paso fatal. Recháceme para siempre (ya lo ha hecho usted, y me consta), pero entréguese a otra persona mejor que Drummle. La señorita Havisham la entrega a usted a él como el mayor desprecio y la mayor injuria que puede hacer de todos los demás admiradores de usted, mucho mejores que Drummle, y a los pocos que verdaderamente le aman. Entre esos pocos puede haber alguno que la quiera tanto como yo, aunque ninguno que la ame de tanto tiempo. Acepte usted a cualquiera de ellos y, ya que será usted más feliz, yo soportaré mejor mi desdicha.

Mi vehemencia pareció despertar en ella el asombro, como si sintiera alguna compasión, ello suponiendo que hubiese llegado a comprenderme.

— Voy a casarme con él — dijo con voz algo más cariñosa. — Se están haciendo los preparativos para mi boda y me casaré pronto. ¿Por qué mezcla usted injuriosamente en todo eso el nombre de mi madre adoptiva? Obro por mi iniciativa propia.

— ¿Es iniciativa de usted, Estella, el entregarse a una bestia?

— ¿A quién quiere usted que me entregue? ¿Acaso a uno de esos hombres que se darían cuenta inmediatamente en caso de que alguien pueda sentir eso) de que yo no le quiero nada en absoluto? Pero no hay más que hablar. Es cosa hecha. Viviré bien, y lo mismo le ocurrirá a mi marido. Y en cuanto a llevarme, según usted dice, a dar este paso fatal, sepa que la señorita Havisham preferiría que esperase y no me casara tan pronto; pero estoy cansada ya de la vida que he llevado hasta ahora, que tiene muy pocos encantos para mí, y deseo cambiarla. No hablemos más, porque no podremos comprendernos mutuamente.

— ¿Con un hombre tan estúpido y tan bestia? — exclamé desesperado.

— No tenga usted cuidado, que no seré una bendición para él — me dijo Estella. — No seré nada de eso. Y ahora, aquí tiene usted mi mano. ¿Nos despediremos después de esta conversación, muchacho visionario... u hombre?

— ¡Oh Estella! — contesté mientras mis amargas lágrimas caían sobre su mano, a pesar de mis esfuerzos por contenerlas. — Aunque yo me quedara en Inglaterra y pudiese verla como todos los demás, ¿cómo podría resignarme a verla convertida en esposa de Drummle?

— ¡Tonterías! – dijo. — Eso pasará en muy poco tiempo.

— ¡Jamás, Estella!

— Dentro de una semana ya no se acordará de mí.

— ¡Que no me acordaré de usted! Es una parte de mi propia vida, parte de mí mismo. Ha estado usted en cada una de las líneas que he leído, desde que vine aquí por vez primera, cuando era un muchacho ordinario y rudo, cuyo pobre corazón ya hirió usted entonces. Ha estado usted en todas las esperanzas que desde entonces he tenido... en el río, en las velas de los barcos, en los marjales, en las nubes, en la luz, en la oscuridad, en el viento, en los bosques, en el mar, en las calles. Ha sido usted la imagen de toda graciosa fantasía que mi mente ha podido forjarse. Las piedras de que están construidas los más grandes edificios de Londres no son más reales, ni es más imposible que sus manos las quiten de su sitio, que el separar de mí su influencia antes, ahora y siempre. Hasta la última hora de mi vida, Estella, no tiene usted más remedio que seguir siendo parte de mí mismo, parte del bien que exista en mí, así como también del mal que en mí se albergue. Pero en este momento de nuestra separación la asocio tan sólo con el bien, y fielmente la recordaré confundida con él, pues a pesar de todo mi dolor en estos momentos, siempre me ha hecho usted más bien que mal. ¡Oh, que Dios la bendiga y que Él la perdone!

Ignoro en qué éxtasis de infelicidad pronuncié estas entrecortadas palabras. La rapsodia fluía dentro de mí como la sangre de una herida interna y salía al exterior. Llevé su mano a mis labios, sosteniéndola allí unos momentos, y luego me alejé. Pero siempre más recordé — y pronto ocurrió eso por una razón más poderosa — que así como Estella me miraba con incrédulo asombro, el espectral rostro de la señorita Havisham, que seguía con la mano apoyada en su corazón, parecía expresar la compasión y el remordimiento.

¡Todo había acabado! ¡Todo quedaba lejos! Y tan sumido en el dolor estaba al salir, que hasta la misma luz del día me pareció más oscura que al entrar. Por unos momentos me oculté pasando por estrechas callejuelas, y luego emprendí el camino a pie, en dirección a Londres, pues comprendía que no me sería posible volver a la posada y ver allí a Drummle. Tampoco me sentía con fuerzas para sentarme en el coche y sufrir la conversación de los viajeros, y lo mejor que podría hacer era fatigarme en extremo.

Era ya más de medianoche cuando crucé el Puente de Londres. Siguiendo las calles estrechas e intrincadas que en aquel tiempo se dirigían hacia el Oeste, cerca de la orilla del Middlesex, mi camino más directo hacia el Temple era siguiendo la orilla del río, a través de Whitefriars. No me esperaban hasta la mañana siguiente, pero como yo tenía mis llaves, aunque Herbert se hubiese acostado, podría entrar sin molestarle.

Como raras veces llegaba a la puerta de Whitefriars después de estar cerrada la del Temple, y, por otra parte, yo iba lleno de barro y estaba cansado, no me molestó que el portero me examinara con la mayor atención mientras tenía abierta ligeramente la puerta para permitirme la entrada. Y para auxiliar su memoria, pronuncié mi nombre.

— No estaba seguro por completo, señor, pero me lo parecía. Aquí hay una carta, caballero. El mensajero que la trajo dijo que tal vez usted sería tan amable para leerla a la luz de mi farol.

Muy sorprendido por esta indicación, tomé la carta. Estaba dirigida a Felipe Pip, esquire, y en la parte superior del sobrescrito se veían las palabras: «HAGA EL FAVOR DE LEER LA CARTA AQUÍ.» La abrí mientras el vigilante sostenía el farol, y dentro hallé una línea, de letra de Wemmick, que decía:

«NO VAYA A SU CASA».

Capítulo XLV

Alejándome de la puerta del Temple en cuanto hube leído este aviso, me encaminé hacia la calle Fleet, en donde tomé un coche de punto, retrasado, y en él me hice llevar a Hummums, en Covent Garden. En aquellos tiempos, siempre se podía encontrar allí una cama a cualquier hora de la noche, y el vigilante me dejó entrar inmediatamente, entregándome la primera bujía de la fila que había en un estante, y me acompañó a la primera de las habitaciones todavía desocupadas. Era una especie de bóveda en el sótano de la parte posterior, ocupada por una cama de cuatro patas parecida a un monstruo despótico, pues se había situado en el centro y una de sus patas estaba en la chimenea y otra en la puerta de entrada, sin contar con que tenía acorralado en un rincón al mísero lavabo.

Como yo había pedido luz para toda la noche, el vigilante, antes de dejarme solo, me trajo la buena, vieja y constitucional bujía de médula de junco bañada en cera que se usaba en aquellos tiempos virtuosos — un objeto parecido al fantasma de un bastón que instantáneamente se rompía en cuanto se tocaba, en cuyo caso ya no se podía encender y que se condenaba al más completo aislamiento, en el fondo de una alta torre de hojalata, provista de numerosos agujeros redondos, la cual proyectaba curiosos círculos de luz en las paredes. — Cuando me metí en cama y estuve tendido en ella, con los pies doloridos, cansado y triste, observé que no podía pegar los ojos ni conseguir que los cerrara aquel estúpido Argos. Y, así, en lo más profundo y negro de la noche, estábamos los dos mirándonos uno a otro.

¡Qué noche tan triste! ¡Cuán llena de ansiedades y de dolor y qué interminable! En la estancia reinaba un olor desagradable de hollín frío y de polvo caliente, y cuando miraba a los rincones del pabellón que había sobre mi cabeza me pregunté cuántas moscas azules procedentes de la carnicería y cuántas orugas debían de estar invernando allí en espera de la primavera. Entonces temí que algunos de aquellos insectos se cayeran sobre mi cara, idea que me dio mucho desasosiego y que me hizo temer otras aproximaciones más desagradables todavía a lo largo de mi espalda. Cuando hube permanecido despierto un rato, hiciéronse oír aquellas voces extraordinarias de que está lleno el silencio. El armario murmuraba, suspiraba la chimenea, movíase el pequeño lavabo, y una cuerda de guitarra, oculta en el fondo de algún cajón, dejaba oír su voz. Al mismo tiempo adquirían nueva expresión los ojos de luz que se proyectaban en las paredes, y en cada uno de aquellos círculos amarillentos me parecía ver escritas las palabras: «No vaya a su casa.»

Cualesquiera que fuesen las fantasías nocturnas que me asaltaban o los ruidos que llegaban a mis oídos, nada podía borrar las palabras: «No vaya a su casa.» Ellas se entremezclaban en todos mis pensamientos, como habría hecho cualquier dolor corporal. Poco tiempo antes había leído en los periódicos que un caballero desconocido fue a pasar la noche a casa de Hummums y que, después de acostarse, se suicidó, de manera que a la mañana siguiente lo encontraron bañado en su propia sangre. Me imaginé que tal vez habría ocupado aquella misma bóveda, y a tanto llegó la aprensión, que me levanté para ver si descubría alguna mancha rojiza; luego abrí la puerta para mirar al corredor y para reanimarme contemplando el resplandor de una luz lejana, cerca de la cual me constaba que dormitaba el sereno. Pero, mientras tanto, no dejaba de preguntarme qué habría ocurrido en mi casa, cuándo volvería a ella y si Provis estaba sano y salvo en la suya. Estas preguntas ocupaban de tal manera mi imaginación, que yo mismo habría podido suponer que no me dejaba lugar para otras preocupaciones. Y hasta cuando pensaba en Estella, en nuestra despedida, que fue ya para siempre, y mientras recordaba todas las circunstancias de nuestra separación, así como todas sus miradas, los distintos tonos de su voz y los movimientos de sus dedos mientras hacía calceta, aun entonces me sentía perseguido por las palabras: «No vaya a su casa.» Cuando, por fin, ya derrengado, me adormecí, aquella frase se convirtió en un verbo que no tenía más remedio que conjugar. Modo indicativo, tiempo presente. «No vayas a casa. No vaya a casa. No vayamos a casa. No vayáis a casa. No vayan a casa.» Luego lo conjugaba con otros verbos auxiliares, diciendo: «No puedo, ni debo, ni quiero ir a casa», hasta que, sintiéndome aturrullado, di media vuelta sobre la almohada y me quedé mirando los círculos de luz de la pared.

Había avisado para que me llamasen a las siete, porque, evidentemente, tenía que ver a Wemmick antes que a nadie más, y también era natural que me encaminase a Walworth, pues era preciso conocer sus opiniones particulares, que solamente expresaba en aquel lugar. Fue para mí un alivio levantarme y abandonar aquella estancia en que había pasado tan horrible noche, y no necesité una segunda llamada para saltar de la cama.

A las ocho de la mañana se me aparecieron las murallas del castillo. Como en aquel momento entrara la criadita con dos panecillos calientes, en su compañía atravesé el puente, y así llegamos sin ser anunciados a presencia del señor Wemmick, que estaba ocupado en hacer té para él y para su anciano padre. Una puerta abierta dejaba ver a éste, todavía en su cama.

— ¡Hola, señor Pip! ¿Por fin fue usted a su casa?

— No, no fui a casa.

— Perfectamente — dijo frotándose las manos. — Dejé una carta para usted en cada una de las puertas del Temple, para tener la seguridad de que recibiría una de ellas. ¿Por qué puerta entró usted?

Se lo dije.

— Durante el día recorreré las demás para destruir las otras cartas — dijo Wemmick. — Es una precaución excelente no dejar pruebas escritas, si se puede evitar, porque nadie sabe el paradero que pueden tener. Voy a tomarme una libertad con usted. ¿Quiere hacerme el favor de asar esta salchicha para mi padre?

Le contesté que lo haría con el mayor gusto.

— Pues entonces, María Ana, puedes ir a ocuparte en tus quehaceres — dijo Wemmick a la criadita. — Así nos quedamos solos y sin que nadie pueda oírnos, ¿no es verdad, señor Pip? — añadió haciéndome un guiño en cuanto la muchacha se alejó.

Le di las gracias por sus pruebas de amistad y por su previsión y empezamos a hablar en voz baja, mientras yo asaba la salchicha y él ponía manteca en el pan del anciano.

— Ahora, señor Pip — dijo Wemmick, — ya sabe usted que nos entendemos muy bien. Estamos aquí hablando particularmente, y antes de hoy ya nos hemos relacionado para llevar a cabo asuntos confidenciales. Los sentimientos oficiales son una cosa. Aquí obramos y hablamos extraoficialmente.

Asentí con toda cordialidad, pero estaba tan nervioso que, sin darme cuenta, dejé que la salchicha del anciano se convirtiese en una antorcha, de manera que tuve que soplar para apagarla.

—Ayer mañana me enteré por casualidad — dijo Wemmick, — mientras me hallaba en cierto lugar a donde le llevé una vez... Aunque sea entre los dos, es mejor no mencionar nombre alguno si es posible.

— Es mucho mejor – dije. — Ya lo comprendo.

— Oí por casualidad, ayer por la mañana — prosiguió Wemmick, — que cierta persona algo relacionada con los asuntos coloniales y no desprovista de objetos de valor fácilmente transportables, aunque no sé quién puede ser en realidad, y si le parece tampoco nombraremos a esa persona...

— No es necesario — dije.

— Había causado cierta sensación en determinada parte del mundo, adonde va bastante gente, desde luego no a gusto suyo muchas veces y siempre con gastos a cargo del gobierno...

Como yo observaba su rostro con la mayor fijeza, convertí la salchicha en unos fuegos artificiales, lo cual atrajo, naturalmente, mi atención y la del señor Wemmick. Yo le rogué que me dispensara.

— Causó, como digo, cierta sensación a causa de su desaparición, sin que se oyese hablar más de él. Por esta causa — añadió Wemmick — se han hecho conjeturas y se han aventurado opiniones. También he oído decir que se vigilaban sus habitaciones en Garden Court, Temple, y que posiblemente continuarían vigiladas.

— ¿Por quién? — pregunté.

— No entraré en estos detalles — dijo evasivamente Wemmick, — porque eso comprometería mis responsabilidades oficiales. Lo oí, como otras veces he oído cosas muy curiosas, en el mismo sitio. Fíjese en que no son informes recibidos, sino que tan sólo me enteré por haberlo oído.

Mientras hablaba me quitó el tenedor que sostenía la salchicha y puso con el mayor esmero el desayuno del anciano en una bandeja. Antes de servírselo entró en el dormitorio con una servilleta limpia que ató por debajo de la barba del anciano; le ayudó a sentarse en la cama y le ladeó el gorro de dormir, lo cual le dio un aspecto de libertino. Luego le puso delante el desayuno, con el mayor cuidado, y dijo:

— ¿Está usted bien, padre?

— ¡Está bien, John, está bien! — contestó el alegre anciano.

Y como parecía haberse establecido la inteligencia tácita de que el anciano no estaba presentable y, por consiguiente, había que considerarle como invisible, yo fingí no haberme dado cuenta de nada de aquello.

— Esta vigilancia de mi casa, que en una ocasión ya sospeché — dije a Wemmick en cuanto volvió a mi lado, — es inseparable de la persona a quien se ha referido usted, ¿no es verdad?

Wemmick estaba muy serio.

— Por las noticias que tengo, no puedo asegurarlo. Es decir, que no puedo asegurar que ya ha sido vigilado. Pero lo está o se halla en gran peligro de serlo.

Observando que se contenía en su fidelidad a Little Britain a fin de no decir todo lo que sabía, y como, con el corazón agradecido, yo comprendía cuánto se apartaba de sus costumbres al darme cuenta de lo que había oído, no quise violentarle preguntándole más. Pero después de meditar un poco ante el fuego, le dije que me gustaría hacerle una pregunta, que podía contestar o no, según le pareciese mejor, en la seguridad de que su decisión sería la más acertada. Interrumpió su desayuno, cruzó los brazos y, cerrando las manos sobre las mangas de la camisa (pues su idea de la comodidad del hogar le hacía quitarse la chaqueta en cuanto estaba en casa), movió afirmativamente la cabeza para indicarme que esperaba la pregunta.

— ¿Ha oído usted hablar de un hombre de mala nota, cuyo nombre verdadero es Compeyson?

Contestó con otro movimiento de cabeza.

— ¿Vive?

Afirmó de nuevo.

— ¿Está en Londres?

Hizo otro movimiento afirmativo, comprimió el buzón de su boca y, repitiendo su muda respuesta, continuó comiendo.

— Ahora — dijo luego, — puesto que ya ha terminado el interrogatorio — y repitió estas palabras para que me sirviesen de advertencia, — voy a darle cuenta de lo que hice, en consideración de lo que oí. Fui en busca de usted a Garden Court y, como no le hallara, me encaminé a casa de Clarriker a ver a Herbert.

— ¿Lo encontró usted? — pregunté con la mayor ansiedad.

— Lo encontré. Sin mencionar nombres ni dar detalles, le hice comprender que si estaba enterado de que alguien, Tom, Jack o Richard, se hallaba en las habitaciones de ustedes o en las cercanías, lo mejor que podría hacer era aconsejar a Tom, Jack o Richard que se alejase durante la ausencia de usted.

— Debió de quedarse muy apurado acerca de lo que tendría que hacer.

— Estaba apurado. Además, le manifesté mi opinión de que, en estos momentos, no sería muy prudente alejar demasiado a Tom, Jack o Richard. Ahora, señor Pip, voy a decirle una cosa. En las circunstancias actuales, no hay nada como una gran ciudad una vez ya se está en ella. No se precipiten ustedes. Quédense tranquilos, en espera de que mejoren las cosas, antes de aventurar la salida, incluso en busca de los aires extranjeros.

Le di las gracias por sus valiosos consejos y le pregunté qué había hecho Herbert.

— El señor Herbert — dijo Wemmick, — después de estar muy apurado por espacio de media hora, encontró un plan. Me comunicó en secreto que corteja a una joven, quien, como ya sabrá usted, tiene a su padre en cama. Este padre, que se dedicó al aprovisionamiento de barcos, está en una habitación desde cuya ventana puede ver las embarcaciones que suben y bajan por el río. Tal vez ya conoce usted a esa señorita.

— Personalmente, no — le contesté.

La verdad era que ella me consideró siempre un compañero demasiado costoso, que no hacía ningún bien a Herbert, de manera que cuando éste le propuso presentarme a ella, la joven acogió la idea con tan poco calor, que su prometido se creyó obligado a darme cuenta del estado del asunto, indicando la conveniencia de dejar pasar algún tiempo antes de insistir. Cuando empecé a mejorar en secreto el porvenir de Herbert, pude tomar filosóficamente este pequeño contratiempo; por su parte, tanto él como su prometida no sintieron grandes deseos de introducir a una tercera persona en sus entrevistas; y así, aunque se me dijo que había progresado mucho en la estimación de Clara, y aunque ésta y yo habíamos cambiado algunas frases amables y saludos por medio de Herbert, yo no la había visto nunca. Sin embargo, no molesté a Wemmick con estos detalles.

— Parece que la casa en cuestión — siguió diciendo Wemmick — está junto al río, entre Limehouse y Greenwich; cuida de ella una respetable viuda, que tiene un piso amueblado para alquilar. El señor Herbert me dijo todo eso, preguntándome qué me parecía el lugar en cuestión como albergue transitorio para Tom, Jack o Richard. Creí muy acertado el plan, por tres razones que comunicaré a usted. Primera: está separado de su barrio y también de los sitios cruzados por muchas calles, grandes o pequeñas. Segunda: sin necesidad de ir usted mismo, puede estar al corriente de lo que hace Tom, Jack o Richard, por medio del señor Herbert. Tercera: después de algún tiempo, y cuando parezca prudente, en caso de que quiera embarcar a Tom, Jack o Richard en un buque extranjero, lo tiene usted precisamente a la orilla del río.

Muy consolado por aquellas consideraciones, di efusivas gracias a Wemmick y le rogué que continuase.

— Pues bien. El señor Herbert se ocupó del asunto con la mayor decisión, y a las nueve de la noche pasada trasladó a Tom, Jack o Richard, quien sea, pues ni a usted ni a mí nos importa, y logró un éxito completo. En las habitaciones que ocupaba se dijo que le llamaban desde Dover, y, en realidad, tomaron tal camino, para torcer por la próxima esquina. Otra gran ventaja en todo eso es que se llevó a cabo sin usted, de manera que si alguien seguía los pasos de usted le constará que se hallaba a muchas millas de distancia y ocupado en otros asuntos. Esto desvía las sospechas y las confunde; por la misma razón le recomendé que no fuese a su casa en caso de regresar anoche. Esto complica las cosas, y usted necesita, precisamente, que haya confusión.

Wemmick, que había terminado su desayuno, consultó su reloj y fue en busca de su chaqueta.

— Y ahora, señor Pip — dijo con las manos todavía posadas sobre las mangas de la camisa, — probablemente he hecho ya cuanto me ha sido posible; pero si puedo hacer algo más, desde luego, de un modo personal y particular, tendré el mayor gusto en ello. Aquí están las señas. No habrá ningún inconveniente en que vaya usted esta noche a ver por sí mismo que Tom, Jack o Richard esta bien y en seguridad, antes de irse a su propia casa, lo cual es otra razón para que ayer noche no fuera a ella. Pero en cuanto esté en su propio domicilio, no vuelva más por aquí. Ya sabe usted que siempre es bien venido, señor Pip — añadió separando las manos de las mangas y sacudiéndoselas —, y, finalmente, déjeme que le diga una cosa importante. — Me puso las manos en los hombros y añadió en voz baja y solemne: — Aproveche usted esta misma noche para guardarse todos sus efectos de valor fácilmente transportables. No sabe usted ni puede saber lo que le sucederá en lo venidero. Procure, por consiguiente, que no les ocurra nada a los efectos de valor.

Considerando completamente inútiles mis esfuerzos para dar a entender a Wemmick mi opinión acerca del particular, no lo intenté siquiera.

— Ya es tarde — añadió Wemmick, — y he de marcharme. Si no tiene usted nada más importante que hacer hasta que oscurezca, le aconsejaría que se quedara aquí hasta entonces. Tiene usted el aspecto de estar muy preocupado; pasaría un día muy tranquilo con mi anciano padre, que se levantará en breve, y, además, disfrutará de un poco de..., ¿se acuerda usted del cerdo?

— Naturalmente — le dije.

— Pues bien, un poco de él. La salchicha que asó usted era suya, y hay que confesar que, desde todos los puntos de vista, era de primera calidad. Pruébelo, aunque no sea más que por el gusto de saborearlo. ¡Adiós, padre! — añadió gritando alegremente.

— ¡Está bien, John, está bien! — contestó el anciano desde dentro.

Pronto me quedé dormido ante el fuego de Wemmick, y el anciano y yo disfrutamos mutuamente de nuestra compañía, durmiéndonos, de vez en cuando, durante el día. Para comer tuvimos lomo de cerdo y verduras cosechadas en la propiedad, y yo dirigía expresivos movimientos de cabeza al anciano, cuando no lo hacía dando cabezadas a impulsos del sueño. Al oscurecer dejé al viejo preparando el fuego para tostar el pan; y a juzgar por el número de tazas de té, así como por las miradas que mi compañero dirigía hacia las puertecillas que había en la pared, al lado de la chimenea, deduje que esperaba a la señorita Skiffins.

Capítulo XLVI

Habían dado las ocho de la noche antes de que me rodease el aire impregnado, y no desagradablemente, del olor del aserrín y de las virutas de los constructores navales y de las motonerías de la orilla del río. Toda aquella parte contigua al río me era por completo desconocida. Bajé por la orilla de la corriente y observé que el lugar que buscaba no se hallaba donde yo creía y que no era fácil de encontrar.

Poco importa el detallar las veces que me extravié entre las naves que se reparaban y los viejos cascos a punto de ser desguazados, ni tampoco el cieno y los restos de toda clase que pisé, depositados en la orilla por la marea, ni cuántos astilleros vi, o cuántas áncoras, ya desechadas, mordían ciegamente la tierra, o los montones de maderas viejas y de trozos de cascos, cuerdas y motones que se ofrecieron a mi vista. Después de acercarme varias veces a mi destino y de pasar de largo otras, llegué inesperadamente a Mill Pond Bank. Era un lugar muy fresco y ventilado, en donde el viento procedente del río tenía espacio para revolverse a su sabor; había allí dos o tres árboles, el esqueleto de un molino de viento y una serie de armazones de madera que en la distancia parecían otros tantos rastrillos viejos que hubiesen perdido la mayor parte de sus dientes.

Buscando, entre las pocas que se ofrecían a mi vista, una casa que tuviese la fachada de madera y tres pisos con ventanas salientes (y no miradores, que es otra cosa distinta), miré la placa de la puerta, y en ella leí el nombre de la señora Whimple. Como éste era el que buscaba, llamé, y apareció una mujer de aspecto agradable y próspero. Pronto fue sustituida por Herbert, quien silenciosamente me llevó a la sala y cerró la puerta. Me resultaba muy raro ver aquel rostro amigo y tan familiar, que parecía hallarse en su casa, en un barrio y una vivienda completamente desconocidos para mí, y me sorprendí mirándole de la misma manera como miraba el armarito de un rincón, lleno de piezas de cristal y de porcelana; los caracoles y las conchas de la chimenea; los grabados iluminados que se veían en las paredes, representando la muerte del capitán Cook, una lancha y Su Majestad el rey Jorge III, en la terraza de Windsor, con su peluca, propia de un cochero de lujo, pantalones cortos de piel y botas altas.

—Todo va bien, Haendel — dijo Herbert. — Él está completamente satisfecho, aunque muy deseoso de verte. Mi prometida se halla con su padre, y, si esperas a que baje, te la presentaré y luego iremos arriba. Ése... es su padre.

Habían llegado a mis oídos unos alarmantes ruidos, procedentes del piso superior, y tal vez Herbert vio el asombro que eso me causara.

— Temo que ese hombre sea un bandido — dijo Herbert sonriendo, — pero nunca le he visto. ¿No hueles a ron? Está bebiendo continuamente.

— ¿Ron?

— Sí — contestó Herbert, — y ya puedes suponer lo que eso le alivia la gota. Tiene el mayor empeño en guardar en su habitación todas las provisiones, y luego las entrega a los demás, según se necesitan. Las guarda en unos estantes que tiene en la cabecera de la cama y las pesa cuidadosamente. Su habitación debe de parecer una tienda de ultramarinos.

Mientras hablaba así, aumentó el rumor de los rugidos, que parecieron ya un aullido ronco, hasta que se debilitó y murió.

— Naturalmente, las consecuencias están a la vista — dijo Herbert. — Tiene el queso de Gloucester a su disposición y lo come en abundantes cantidades. Eso le hace aumentar los dolores de gota de la mano y de otras partes de su cuerpo.

Tal vez en aquel momento el enfermo se hizo daño, porque profirió otro furioso rugido.

— Para la señora Whimple, el tener un huésped como el señor Provis es, verdaderamente, un favor del cielo, porque pocas personas resistirían este ruido. Es un lugar curioso, Haendel, ¿no es verdad?

Así era, realmente; pero resultaba más notable el orden y la limpieza que reinaban por todas partes.

— La señora Whimple — replicó Herbert cuando le hice notar eso — es una ama de casa excelente, y en verdad no sé lo que haría Clara sin su ayuda maternal. Clara no tiene madre, Haendel, ni ningún otro pariente en la tierra que el viejo Gruñón.

— Seguramente no es éste su nombre, Herbert.

— No — contestó mi amigo, — es el que yo le doy. Se llama Barley. Es una bendición para el hijo de mis padres el amar a una muchacha que no tiene parientes y que, por lo tanto, no puede molestar a nadie hablándole de su familia.

Herbert me había informado en otras ocasiones, y ahora me lo recordó, que conoció a Clara cuando ésta completaba su educación en una escuela de Hammersmith, y que al ser llamada a su casa para cuidar a su padre, los dos jóvenes confiaron su afecto a la maternal señora Whimple, quien los protegió y reglamentó sus relaciones con extraordinaria bondad y la mayor discreción. Todos estaban convencidos de la imposibilidad de confiar al señor Barley nada de carácter sentimental, pues no se hallaba en condiciones de tomar en consideración otras cosas más psicológicas que la gota, el ron y los víveres almacenados en su estancia.

Mientras hablábamos así en voz baja, en tanto que el rugido sostenido del viejo Barley hacía vibrar la viga que cruzaba el techo, se abrió la puerta de la estancia y apareció, llevando un cesto en la mano, una muchacha como de veinte años, muy linda, esbelta y de ojos negros. Herbert le quitó el cesto con la mayor ternura y, ruborizándose, me la presentó. Realmente era una muchacha encantadora, y podría haber pasado por un hada reducida al cautiverio y a quien el terrible ogro Barley hubiese dedicado a su servicio.

— Mira — dijo Herbert mostrándome el cesto con compasiva y tierna sonrisa, después de hablar un poco. — Aquí está la cena de la pobre Clara, que cada noche le entrega su padre. Hay aquí su porción de pan y un poquito de queso, además de su parte de ron..., que me bebo yo. Éste es el desayuno del señor Barley, que mañana por la mañana habrá que servir guisado. Dos chuletas de carnero, tres patatas, algunos guisantes, un poco de harina, dos onzas de mantequilla, un poco de sal y además toda esa pimienta negra. Hay que guisárselo todo junto, para servirlo caliente. No hay duda de que todo eso es excelente para la gota.

Había tanta naturalidad y encanto en Clara mientras miraba aquellas provisiones que Herbert nombraba una tras otra, y parecía tan confiada, amante e inocente al prestarse modestamente a que Herbert la rodeara con su brazo; mostrábase tan cariñosa y tan necesitada de protección, que ni a cambio de todo el dinero que contenía la cartera que aún no había abierto, no me hubiese sentido capaz de deshacer aquellas relaciones entre ambos, en el supuesto de que eso me fuera posible.

Contemplaba a la joven con placer y con admiración, cuando, de pronto, el rezongo que resonaba en el piso superior se convirtió en un rugido feroz. Al mismo tiempo resonaron algunos golpes en el techo, como si un gigante que tuviese una pierna de palo golpeara furiosamente el suelo con ella, en su deseo de llegar hasta nosotros. Al oírlo, Clara dijo a Herbert:

— Papá me necesita.

Y salió de la estancia.

— Ya veo que te asusta — dijo Herbert. — ¿Qué te parece que quiere ahora, Haendel?

— Lo ignoro – contesté. — ¿Algo que beber?

— Precisamente — repuso, satisfecho como si yo acabara de adivinar una cosa extraordinaria. — Tiene el grog ya preparado en un recipiente y encima de la mesa. Espera un momento y oirás como Clara lo incorpora para que beba. ¡Ahora! — Resonó otro rugido, que terminó con mayor violencia. — Ahora — añadió Herbert fijándose en el silencio que siguió — está bebiendo. Y en este momento — añadió al notar que el gruñido resonaba de nuevo en la viga — ya se ha tendido otra vez.

Clara regresó en breve, y Herbert me acompañó hacia arriba a ver a nuestro protegido. Cuando pasábamos por delante de la puerta del señor Barley, oímos que murmuraba algo con voz ronca, cuyo tono disminuía y aumentaba como el viento. Y sin cesar decía lo que voy a copiar, aunque he de advertir que he sustituido con bendiciones otras palabras que eran precisamente todo lo contrario.

— ¡Hola! ¡Benditos sean mis ojos, aquí está el viejo Bill Barley! ¡Aquí está el viejo Bill Barley, benditos sean mis ojos! ¡Aquí está el viejo Bill Barley, tendido en la cama y sin poder moverse, bendito sea Dios! ¡Tendido de espaldas como un lenguado muerto! ¡Así está el viejo Bill Barley, bendito sea Dios! ¡Hola!

Según me comunicó Herbert, el viejo se consolaba así día y noche. También, a veces, de día, se distraía mirando al río por medio de un anteojo convenientemente colocado para usarlo desde la cama.

Encontré cómodamente instalado a Provis en sus dos habitaciones de la parte alta de la casa, frescas y ventiladas, y desde las cuales no se oía tanto el escándalo producido por el señor Barley. No parecía estar alarmado en lo más mínimo, pero me llamó la atención que, en apariencia, estuviese más suave, aunque me habría sido imposible explicar el porqué ni cómo lo pude notar.

Gracias a las reflexiones que pude hacer durante aquel día de descanso, decidí no decirle una sola palabra de Compeyson, pues temía que, llevado por su animosidad hacia aquel hombre, pudiera sentirse inclinado a buscarle y buscar así su propia perdición. Por eso, en cuanto los tres estuvimos sentados ante el fuego, le pregunté si tenía confianza en los consejos y en los informes de Wemmick.

— ¡Ya lo creo, muchacho! — contestó con acento de convicción. — Jaggers lo sabe muy bien.

— Pues en tal caso, le diré que he hablado con Wemmick – dije, — y he venido para transmitirle a usted los informes y consejos que me ha dado.

Lo hice con la mayor exactitud, aunque con la reserva mencionada; le dije lo que Wemmick había oído en la prisión de Newgate (aunque ignoraba si por boca de algunos presos o de los oficiales de la cárcel), que se sospechaba de él y que se vigilaron mis habitaciones. Le transmití el encargo de Wemmick de no dejarse ver por algún tiempo, y también le di cuenta de su recomendación de que yo viviese alejado de él. Asimismo, le referí lo que me dijera mi amigo acerca de su marcha al extranjero. Añadí que, naturalmente, cuando llegase la ocasión favorable, yo le acompañaría, o le seguiría de cerca, según nos aconsejara Wemmick. No aludí ni remotamente al hecho de lo que podría ocurrir luego; por otra parte, yo no lo sabía aún, y no me habría gustado hablar de ello, dada la peligrosa situación en que se hallaba por mi culpa. En cuanto a cambiar mi modo de vivir, aumentando mis gastos, le hice comprender que tal cosa, en las desagradables circunstancias en que nos hallábamos, no solamente sería ridícula, sino tal vez peligrosa.

No pudo negarme eso, y en realidad se portó de un modo muy razonable. Su regreso era una aventura, según dijo, y siempre supo a lo que se exponía. Nada haría para comprometerse, y añadió que temía muy poco por su seguridad, gracias al buen auxilio que le prestábamos.

Herbert, que se había quedado mirando al fuego y sumido en sus reflexiones, dijo entonces algo que se le había ocurrido en vista de los consejos de Wemmick y que tal vez fuese conveniente llevar a cabo.

— Tanto Haendel como yo somos buenos remeros, y los dos podríamos llevarle por el río en cuanto llegue la ocasión favorable. Entonces no alquilaremos ningún bote y tampoco tomaremos remeros; eso nos evitará posibles recelos y sospechas, y creo que debemos evitarlas en cuanto podamos. Nada importa que la estación no sea favorable. Creo que sería prudente que tú compraras un bote y lo tuvieras amarrado en el desembarcadero del Temple. De vez en cuando daríamos algunos paseos por el río, y una vez la gente se haya acostumbrado a vernos, ya nadie hará caso de nosotros. Podemos dar veinte o cincuenta paseos, y así nada de particular habrá en el paseo vigésimo primero o quincuagésimo primero, aunque entonces nos acompañe otra persona.

Me gustó el plan, y, en cuanto a Provis, se entusiasmó. Convinimos en ponerlo en práctica y en que Provis no daría muestras de reconocernos cuantas veces nos viese, pero que, en cambio, correría la cortina de la ventana que daba al Este siempre que nos hubiese visto y no hubiera ninguna novedad.

Terminada ya nuestra conferencia y convenido todo, me levanté para marcharme, haciendo a Herbert la observación de que era preferible que no regresáramos juntos a casa, sino que yo le precediera media hora.

— No le dejo aquí con gusto — dije a Provis, — aunque no dudo de que está más seguro en esta casa que cerca de la mía. ¡Adiós!

— Querido Pip — dijo estrechándome las manos. — No sé cuándo nos veremos de nuevo y no me gusta decir «¡Adiós!» Digamos, pues, «¡Buenas noches!»

— ¡Buenas noches! Herbert nos servirá de lazo de unión, y, cuando llegue la ocasión oportuna, tenga usted la seguridad de que estaré dispuesto. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches!

Creímos mejor que no se moviera de sus habitaciones, y le dejamos en el rellano que había ante la puerta, sosteniendo una luz para alumbrarnos mientras bajábamos la escalera. Mirando hacia atrás, pensé en la primera noche, cuando llegó a mi casa; en aquella ocasión, nuestras posiciones respectivas eran inversas, y entonces poco pude sospechar que llegaría la ocasión en que mi corazón estaría lleno de ansiedad y de preocupaciones al separarme de él, como me ocurría en aquel momento.

El viejo Barley estaba gruñendo y blasfemando cuando pasamos ante su puerta. En apariencia, no había cesado de hacerlo ni se disponía a guardar silencio. Cuando llegamos al pie de la escalera, pregunté a Herbert si había conservado el nombre de Provis o lo cambió por otro. Me replicó que lo había hecho así y que el inquilino se llamaba ahora señor Campbell. Añadió que todo cuanto se sabía acerca de él en la casa era que dicho señor Campbell le había sido recomendado y que él, Herbert, tenía el mayor interés en que estuviera bien alojado y cómodo para llevar una vida retirada. Por eso en cuanto llegamos a la sala en donde estaban sentadas trabajando la señora Whimple y Clara, nada dije de mi interés por el señor Campbell, sino que me callé acerca del particular.

Cuando me hube despedido de la hermosa y amable muchacha de ojos negros, así como de la maternal señora que había amparado con honesta simpatía un amor juvenil y verdadero, aquella casa y aquel lugar me parecieron muy diferentes. Por viejo que fuese el enfurecido Barley y aunque blasfemase como una cuadrilla de bandidos, había en aquella casa suficiente bondad, juventud, amor y esperanza para compensarlo. Y luego, pensando en Estella y en nuestra despedida, me encaminé tristemente a mi casa.

En el Temple, todo seguía tan tranquilo como de costumbre. Las ventanas de las habitaciones de aquel lado, últimamente ocupadas por Provis, estaban oscuras y silenciosas, y en Garden Court no había ningún holgazán. Pasé más allá de la fuente dos o tres veces, antes de descender los escalones que había en el camino de mis habitaciones, pero vi que estaba completamente solo. Herbert, que fue a verme a mi cama al llegar, pues ya me había acostado en seguida, fatigado como estaba mental y corporalmente, había hecho la misma observación. Después abrió una ventana, miró al exterior a la luz de la luna y me dijo que la calle estaba tan solemnemente desierta como la nave de cualquier catedral a la misma hora.

Al día siguiente me ocupé en adquirir el bote. Pronto quedó comprado, y lo llevaron junto a los escalones del desembarcadero del Temple, quedando en un lugar adonde yo podía llegar en uno o dos minutos desde mi casa. Luego me embarqué como para practicarme en el remo; a veces iba solo y otras en compañía de Herbert. Con frecuencia salíamos a pasear por el río con lluvia, con frío y con cellisca, pero nadie se fijaba ya en mí después de haberme visto algunas veces. Primero solíamos pasear por la parte alta del Puente de Blackfriars; pero a medida que cambiaban las horas de la marea, empecé a dirigirme hacia el Puente de Londres, que en aquella época era tenido por «el viejo Puente de Londres». Y, en ciertos estados de la marea, había allí una corriente que le daba muy mala reputación. Pero pronto empecé a saber cómo había que pasar aquel puente, después de haberlo visto hacer, y así, en breve, pude navegar por entre los barcos anclados en el Pool y más abajo, hacia Erith. La primera vez que pasamos por delante de la casa de Provis me acompañaba Herbert. Ambos íbamos remando, y tanto a la ida como a la vuelta vimos que se bajaban las cortinas de las ventanas que daban al Este. Herbert iba allá, por lo menos, tres veces por semana, y nunca me comunicó cosa alguna alarmante. Sin embargo, estaba persuadido de que aún existía la causa para sentir inquietud, y yo no podía desechar la sensación de que me vigilaban. Una sensación semejante se convierte para uno en una idea fija y molesta, y habría sido difícil precisar de cuántas personas sospechaban que me vigilaban.

En una palabra, que estaba lleno de temores con respecto al atrevido que vivía oculto. Algunas veces, Herbert me había dicho que le resultaba agradable asomarse a una de nuestras ventanas cuando se retiraba la marea, pensando que se dirigía hacia el lugar en que vivía Clara, llevando consigo infinidad de cosas. Pero no pensaba que también se dirigía hacia el lugar en que vivía Magwitch y que cada una de las manchas negras que hubiese en su superficie podía ser uno de sus perseguidores, que silenciosa, rápida y seguramente iba a apoderarse de él.

Capítulo XLVII

Pasaron algunas semanas sin que ocurriese cambio alguno. Esperábamos noticias de Wemmick, pero éste no daba señales de vida. Si no le hubiese conocido más que en el despacho de Little Britain y no hubiera gozado del privilegio de ser un concurrente familiar al castillo, podría haber llegado a dudar de él; pero como le conocía muy bien, no llegué a sentir tal recelo.

Mis asuntos particulares empezaron a tomar muy feo aspecto, y más de uno de mis acreedores me dirigió apremiantes peticiones de dinero. Yo mismo llegué a conocer la falta de dinero (quiero decir, de dinero disponible en mi bolsillo), y, así, no tuve más remedio que convertir en numerario algunas joyas que poseía. Estaba resuelto a considerar que sería una especie de fraude indigno el aceptar más dinero de mi protector, dadas las circunstancias y en vista de la incertidumbre de mis pensamientos y de mis planes. Por consiguiente, valiéndome de Herbert, le mandé la cartera, a la que no había tocado, para que él mismo la guardase, y experimenté cierta satisfacción, aunque no sé si legítima o no, por el hecho de no haberme aprovechado de su generosidad a partir del momento en que se dio a conocer.

A medida que pasaba el tiempo, empecé a tener la seguridad de que Estella se habría casado ya. Temeroso de recibir la confirmación de esta sospecha, aunque no tenía la convicción, evité la lectura de los periódicos y rogué a Herbert, después de confiarle las circunstancias de nuestra última entrevista, que no volviese a hablarme de ella. Ignoro por qué atesoré aquel jirón de esperanza que se habían de llevar los vientos. E1 que esto lea, ¿no se considerará culpable de haber hecho lo mismo el año anterior, el mes pasado o la semana última?

Llevaba una vida muy triste y desdichada, y mi preocupación dominante, que se sobreponía a todas las demás, como un alto pico que dominara a una cordillera, jamás desaparecía de mi vista. Sin embargo, no hubo nuevas causas de temor. A veces, no obstante, me despertaba por las noches, aterrorizado y seguro de que lo habían prendido; otras, cuando estaba levantado, esperaba ansioso los pasos de Herbert al llegar a casa, temiendo que lo hiciera con mayor apresuramiento y viniese a darme una mala noticia. A excepción de eso y de otros imaginarios sobresaltos por el estilo, pasó el tiempo como siempre. Condenado a la inacción y a un estado constante de dudas y de temor, solía pasear a remo en mi bote, y esperaba, esperaba, del mejor modo que podía.

A veces, la marea me impedía remontar el río y pasar el Puente de Londres; en tales casos solía dejar el bote cerca de la Aduana, para que me lo llevaran luego al lugar en que acostumbraba dejarlo amarrado. No me sabía mal hacer tal cosa, pues ello me servía para que, tanto yo como mi bote, fuésemos conocidos por la gente que vivía o trabajaba a orillas del río. Y de ello resultaron dos encuentros que voy a referir.

Una tarde de las últimas del mes de febrero desembarqué al oscurecer. Aprovechando la bajamar, había llegado hasta Greenwich y volví con la marea. El día había sido claro y luminoso, pero a la puesta del sol se levantó la niebla, lo cual me obligó a avanzar con mucho cuidado por entre los barcos. Tanto a la ida como a la vuelta observé la misma señal tranquilizadora en las ventanas de Provis. Todo marchaba bien.

La tarde era desagradable y yo tenía frío, por lo cual me dije que, a fin de entrar en calor, iría a cenar inmediatamente; y como después de cenar tendría que pasar algunas tristes horas solo, antes de ir a la cama, pensé que lo mejor sería ir luego al teatro. El coliseo en que el señor Wopsle alcanzara su discutible triunfo estaba en la vecindad del río (hoy ya no existe), y resolví ir allí. Estaba ya enterado de que el señor Wops1e no logró su empeño de resucitar el drama, sino que, por el contrario, había contribuido mucho a su decadencia. En los programas del teatro se le había citado con mucha frecuencia e ignominiosamente como un negro fiel, en compañía de una niña de noble cuna y un mico. Herbert le vio representando un voraz tártaro, de cómicas propensiones, con un rostro de rojo ladrillo y un infamante gorro lleno de campanillas.

Cené en un establecimiento que Herbert y yo llamábamos «el bodegón geográfico» porque había mapas del mundo en todos los jarros para la cerveza, en cada medio metro de los manteles y en los cuchillos (debiéndose advertir que, hasta ahora, apenas hay un bodegón en los dominios del lord mayor que no sea geográfico), y pasé bastante rato medio dormido sobre las migas de pan del mantel, mirando las luces de gas y caldeándome en aquella atmósfera, densa por la abundancia de concurrentes. Más por fin me desperté del todo y salí en dirección al teatro.

Allí encontré a un virtuoso contramaestre, al servicio de Su Majestad, hombre excelente, que para mí no tenía más defecto que el de llevar los calzones demasiado apretados en algunos sitios y sobrado flojos en otros, que tenía la costumbre de dar puñetazos en los sombreros para meterlos hasta los ojos de quienes los llevaban, aunque, por otra parte, era muy generoso y valiente y no quería oír hablar de que nadie pagase contribuciones, a pesar de ser muy patriota. En el bolsillo llevaba un saco de dinero, semejante a un budín envuelto en un mantel, y, valiéndose de tal riqueza, se casó, con regocijo general, con una joven que ya tenía su ajuar; todos los habitantes de Portsmouth (que sumaban nueve, según el último censo) se habían dirigido a la playa para frotarse las manos muy satisfechos y para estrechar las de los demás, cantando luego alegremente.

Sin embargo, cierto peón bastante negro, que no quería hacer nada de lo que los demás le proponían, y cuyo corazón, según el contramaestre, era tan oscuro como su cara, propuso a otros dos compañeros crear toda clase de dificultades a la humanidad, cosa que lograron tan completamente (la familia del peón gozaba de mucha influencia política), que fue necesaria casi la mitad de la representación para poner las cosas en claro, y solamente se consiguió gracias a un honrado tendero que llevaba un sombrero blanco, botines negros y nariz roja, el cual, armado de unas parrillas, se metió en la caja de un reloj y desde allí escuchaba cuanto sucedía, salía y asestaba un parrillazo a todos aquellos a quienes no podía refutar lo que acababan de decir. Esto fue causa de que el señor Wopsle, de quien hasta entonces no se había oído hablar, apareciese con una estrella y una jarretera, como ministro plenipotenciario del Almirantazgo, para decir que los intrigantes serían encarcelados inmediatamente y que se disponía a honrar al contramaestre con la bandera inglesa, como ligero reconocimiento de sus servicios públicos. El contramaestre, conmovido por primera vez, se secó, respetuoso, los ojos con la bandera, y luego, recobrando su ánimo y dirigiendo al señor Wopsle el tratamiento de Su Honor, solicitó la merced de darle el brazo. El señor Wopsle le concedió su brazo con graciosa dignidad, e inmediatamente fue empujado a un rincón lleno de polvo, mientras los demás bailaban una danza de marineros; y desde aquel rincón, observando al público con disgustada mirada, me descubrió.

La segunda pieza era la pantomima cómica de Navidad, en cuya primera escena me supo mal reconocer al señor Wopsle, que llevaba unas medias rojas de estambre; su rostro tenía un resplandor fosfórico, y a guisa de cabello llevaba un fleco rojo de cortina. Estaba ocupado en la fabricación de barrenos en una mina, y demostró la mayor cobardía cuando su gigantesco patrono llegó, hablando con voz ronca, para cenar. Mas no tardó en presentarse en circunstancias más dignas; el Genio del Amor Juvenil tenía necesidad de auxilio —a causa de la brutalidad de un ignorante granjero que se oponía a que su hija se casara con el elegido de su corazón, para lo cual dejó caer sobre el pretendiente un saco de harina desde la ventana del primer piso, — y por esta razón llamó a un encantador muy sentencioso; el cual, llegando de los antípodas con la mayor ligereza, después de un viaje en apariencia bastante violento, resultó ser el señor Wopsle, que llevaba una especie de corona a guisa de sombrero y un volumen nigromántico bajo el brazo. Y como la ocupación de aquel hechicero en la tierra no era otra que la de atender a lo que le decían, a las canciones que le cantaban y a los bailes que daban en su honor, eso sin contar los fuegos artificiales de varios colores que le tributaban, disponía de mucho tiempo. Y observé, muy sorprendido, que lo empleaba en mirar con la mayor fijeza hacia mí, cosa que me causó extraordinario asombro.

Había algo tan notable en la atención, cada vez mayor, de la mirada del señor Wopsle y parecía preocuparle tanto lo que veía, que por más que lo procuré me fue imposible adivinar la causa que tanto le intrigaba. Aún seguía pensando en eso cuando, una hora más tarde, salí del teatro y lo encontré esperándome junto a la puerta.

— ¿Cómo está usted? — le pregunté, estrechándole la mano, cuando ya estábamos en la calle. — Ya me di cuenta de que me había visto.

— ¿Que le vi, señor Pip? – replicó. — Sí, es verdad, le vi. Pero ¿quién era el que estaba con usted?

— ¿Quién era?

— Es muy extraño — añadió el señor Wopsle, cuya mirada manifestó la misma perplejidad que antes, — y, sin embargo, juraría...

Alarmado, rogué al señor Wopsle que se explicara.

— No sé si le vi en el primer momento, gracias a que estaba con usted — añadió el señor Wopsle con la misma expresión vaga y pensativa. — No puedo asegurarlo, pero...

Involuntariamente miré alrededor, como solía hacer por las noches cuando me dirigía a mi casa, porque aquellas misteriosas palabras me dieron un escalofrío.

— ¡Oh! Ya no debe de estar por aquí — observó el señor Wopsle. — Salió antes que yo. Le vi cuando se marchaba.

Como tenía razones para estar receloso, incluso llegué a sospechar del pobre actor. Creí que sería una argucia para hacerme confesar algo. Por eso le miré mientras andaba a mi lado; pero no dije nada.

—Me produjo la impresión ridícula de que iba con usted, señor Pip, hasta que me di cuenta de que usted no sospechaba siquiera su presencia. Él estaba sentado a su espalda, como si fuese un fantasma.

Volví a sentir un escalofrío, pero estaba resuelto a no hablar, pues con sus palabras tal vez quería hacerme decir algo referente a Provis. Desde luego, estaba completamente seguro de que éste no se hallaba en el teatro...

— Ya comprendo que le extrañan mis palabras, señor Pip. Es evidente que está usted asombrado. Pero ¡es tan raro! Apenas creerá usted lo que voy a decirle, y yo mismo no lo creería si me lo dijera usted.

— ¿De veras?

—Sin duda alguna. ¿Se acuerda usted, señor Pip, de que un día de Navidad, hace ya muchos años, cuando usted era niño todavía, yo comí en casa de Gargery, y que, al terminar la comida, llegaron unos soldados para que les recompusieran un par de esposas?

— Lo recuerdo muy bien.

— ¿Se acuerda usted de que hubo una persecución de dos presidiarios fugitivos? Nosotros nos unimos a los soldados, y Gargery se lo subió a usted sobre los hombros; yo me adelanté en tanto que ustedes me seguían lo mejor que les era posible. ¿Lo recuerda?

— Lo recuerdo muy bien.

Y, en efecto, me acordaba mejor de lo que él podía figurarse, a excepción de la última frase.

— ¿Se acuerda, también, de que llegamos a una zanja, y de que allí había una pelea entre los dos fugitivos, y de que uno de ellos resultó con la cara bastante maltratada por el otro?

— Me parece que lo estoy viendo.

— ¿Y que los soldados, después de encender las antorchas, pusieron a los dos presidiarios en el centro del pelotón y nosotros fuimos acompañándolos por los negros marjales, mientras las antorchas iluminaban los rostros de los presos... (este detalle tiene mucha importancia), en tanto que más allá del círculo de luz reinaban las tinieblas?

— Sí — contesté —. Recuerdo todo eso.

— Pues he de añadir, señor Pip, que uno de aquellos dos hombres estaba sentado esta noche detrás de usted. Le vi por encima del hombro de usted.

«¡Cuidado!», pensé. Y luego pregunté, en voz alta:

— ¿A cuál de los dos le pareció ver?

—A1 que había sido maltratado por su compañero — contestó sin vacilar, — y no tendría inconveniente en jurar que era él. Cuanto más pienso en eso, más seguro estoy de que era él.

— Es muy curioso — dije con toda la indiferencia que pude fingir, como si la cosa no me importara nada. — Es muy curioso.

No puedo exagerar la inquietud que me causó esta conversación ni el terror especial que sentí al enterarme de que Compeyson había estado detrás de mí «como un fantasma». Si había estado lejos de mi mente alguna vez, a partir del momento en que se ocultó Provis era, precisamente, cuando se hallaba a menor distancia de mí, y el pensar que no me había dado cuenta de ello y que estuve tan distraído como para no advertirlo equivalía a haber cerrado una avenida llena de puertas que lo mantenía lejos de mí, para que, de pronto, me lo encontrase al lado. No podía dudar de que estaba en el teatro, puesto que estuve yo también, y de que, por leve que fuese el peligro que nos amenazara, era evidente que existía y que nos rodeaba.

Pregunté al señor Wopsle acerca de cuándo entró aquel hombre en la sala, pero no pudo contestarme acerca de eso; me vio, y por encima de mi hombro vio a aquel hombre. Solamente después de contemplarlo por algún tiempo logró identificarlo; pero desde el primer momento lo asoció de un modo vago conmigo mismo, persuadido de que era alguien que se relacionara conmigo durante mi vida en la aldea. Le pregunté cómo iba vestido, y me contestó que con bastante elegancia, de negro, pero que, por lo demás, no tenía nada que llamara la atención. Luego le pregunté si su rostro estaba desfigurado, y me contestó que no, según le parecía. Yo tampoco lo creía, porque a pesar de mis preocupaciones, al mirar alrededor de mí no habría dejado de llamarme la atención un rostro estropeado.

Cuando el señor Wopsle me hubo comunicado todo lo que podía recordar o cuanto yo pude averiguar por él, y después de haberle invitado a tomar un pequeño refresco para reponerse de las fatigas de la noche, nos separamos. Entre las doce y la una de la madrugada llegué al Temple, cuyas puertas estaban cerradas. Nadie estaba cerca de mí cuando las atravesé ni cuando llegué a mi casa.

Herbert estaba ya en ella, y ante el fuego celebramos un importante consejo. Pero no se podía hacer nada, a excepción de comunicar a Wemmick lo que descubriera aquella noche, recordándole, de paso, que esperábamos sus instrucciones. Y como creí que tal vez le comprometería yendo con demasiada frecuencia al castillo, le informé de todo por carta. La escribí antes de acostarme, salí y la eché al buzón; tampoco aquella vez pude notar que nadie me siguiera ni me vigilara. Herbert y yo estuvimos de acuerdo en que lo único que podíamos hacer era ser muy prudentes. Y lo fuimos más que nunca, en caso de que ello fuese posible, y, por mi parte, nunca me acercaba a la vivienda de Provis más que cuando pasaba en mi bote. Y en tales ocasiones miraba a sus ventanas con la misma indiferencia con que hubiera mirado otra cosa cualquiera.

Capítulo XLVIII

E1 segundo de los encuentros a que me he referido en el capítulo anterior ocurrió cosa de una semana más tarde. Dejé otra vez el bote en el muelle que había más abajo del puente, aunque era una hora más temprano que en la tarde antes aludida. Sin haberme decidido acerca de dónde iría a cenar, eché a andar hacia Cheapside, y cuando llegué allí, seguramente más preocupado que ninguna de las numerosas personas que por aquel lugar transitaban, alguien me alcanzó y una gran mano se posó sobre mi hombro. Era la mano del señor Jaggers, quien luego la pasó por mi brazo.

— Como seguimos la misma dirección, Pip, podemos andar juntos. ¿Adónde se dirige usted?

— Me parece que hacia el Temple.

— ¿No lo sabe usted? — preguntó el señor Jaggers.

— Pues bien — contesté, satisfecho de poder sonsacarle algo valiéndome de su manía de hacer repreguntas —, no lo sé, porque todavía no me he decidido.

— ¿Va usted a cenar? — dijo el señor Jaggers. — Supongo que no tendrá inconveniente en admitir esta posibilidad.

— No – contesté. — No tengo inconveniente en admitirla.

— ¿Está usted citado con alguien?

— Tampoco tengo inconveniente en admitir que no estoy citado con nadie.

— Pues, en tal caso — dijo el señor Jaggers, — venga usted a cenar conmigo.

Iba a excusarme, cuando él añadió:

— Wemmick irá también.

En vista de esto, convertí mi excusa en una aceptación, pues las pocas palabras que había pronunciado servían igualmente para ambas respuestas, y, así, seguimos por Cheapside y torcimos hacia Little Britain, mientras las luces se encendían brillantes en los escaparates y los faroleros de las calles, encontrando apenas el lugar suficiente para instalar sus escaleras de mano, entre los numerosos grupos de personas que a semejante hora llenaban las calles, subían y bajaban por aquéllas, abriendo más ojos rojizos, entre la niebla que se espesaba, que la torre de la bujía de médula de junco encerado, en casa de Hummums, proyectara sobre la pared de la estancia.

En la oficina de Little Britain presencié las acostumbradas maniobras de escribir cartas, lavarse las manos, despabilar las bujías y cerrar la caja de caudales, lo cual era señal de que se habían terminado las operaciones del día. Mientras permanecía ocioso ante el fuego del señor Jaggers, el movimiento de las llamas dio a las dos mascarillas la apariencia de que querían jugar conmigo de un modo diabólico al escondite, en tanto que las dos bujías de sebo, gruesas y bastas, que apenas alumbraban al señor Jaggers mientras escribía en un rincón, estaban adornadas con trozos de pabilo caídos y pegados al sebo, dándoles el aspecto de estar de luto, tal vez en memoria de una hueste de clientes ahorcados.

Los tres nos encaminamos a la calle Gerard en un coche de alquiler, y en cuanto llegamos se nos sirvió la cena. Aunque en semejante lugar no se me habría ocurrido hacer la más remota referencia a los sentimientos particulares que Wemmick solía expresar en Walworth, a pesar de ello no me habría sabido mal el sorprender algunas veces sus amistosas miradas. Pero no fue así. Cuando levantaba los ojos de la mesa los volvía al señor Jaggers, y se mostraba tan seco y tan alejado de mí como si existiesen dos Wemmick gemelos y el que tenía delante fuese el que yo no conocía.

— ¿Mandó usted la nota de la señorita Havisham al señor Pip, Wemmick? — preguntó el señor Jaggers en cuanto hubimos empezado a comer.

— No, señor — contestó Wemmick. — Me disponía a echarla al correo, cuando llegó usted con el señor Pip. Aquí está.

Y entregó la carta a su principal y no a mí.

— Es una nota de dos líneas, Pip — dijo el señor Jaggers entregándomela. — La señorita Havisham me la mandó por no estar segura acerca de las señas de usted. Dice que necesita verle a propósito de un pequeño asunto que usted le comunicó. ¿Irá usted?

— Sí — dije leyendo la nota, que expresaba exactamente lo que acababa de decir el señor Jaggers.

— ¿Cuándo piensa usted ir?

— Tengo un asunto pendiente — dije mirando a Wemmick, que en aquel momento echaba pescado al buzón de su boca, — y eso no me permite precisar la fecha. Pero supongo que iré muy pronto.

— Si el señor Pip tiene la intención de ir muy pronto —dijo Wemmick al señor Jaggers, — no hay necesidad de contestar.

Considerando que estas palabras equivalían a la indicación de que no me retrasara, decidí ir al día siguiente por la mañana, y así lo dije. Wemmick se bebió un vaso de vino y miró al señor Jaggers con expresión satisfecha, pero no a mí.

— Ya lo ve usted, Pip. Nuestro amigo, la Araña — dijo el señor Jaggers, — ha jugado sus triunfos y ha ganado.

Lo más que pude hacer fue asentir con un movimiento de cabeza.

— ¡Ah! Es un muchacho que promete..., aunque a su modo. Pero es posible que no pueda seguir sus propias inclinaciones. El más fuerte es el que vence al final, y en este caso aún no sabemos quién es. Si resulta ser él y acaba pegando a su mujer...

— Seguramente — interrumpí con el rostro encendido y el corazón agitado — no piensa usted en serio que sea lo bastante villano para eso, señor Jaggers.

— No no afirmo, Pip. Tan sólo hago una suposición. Si resulta ser él y acaba pegando a su mujer, es posible que se constituya en el más fuerte; si se ha de resolver con la inteligencia, no hay duda de que será vencido. Sería muy aventurado dar una opinión acerca de lo que hará un sujeto como ése en las circunstancias en que se halla, porque es un caso de cara o cruz entre dos resultados.

— ¿Puedo preguntar cuáles son?

— Un sujeto como nuestro amigo la Araña — contestó el señor Jaggers, — o pega o es servil. Puede ser servil y gruñir, o bien ser servil y no gruñir. Lo que no tiene duda es que o es servil o adula. Pregunte a Wemmick cuál es su opinión.

— No hay duda de que es servil o pega — dijo Wemmick sin dirigirse a mí.

—Ésta es la situación de la señora Bentley Drummle — dijo el señor Jaggers tomando una botella de vino escogido, sirviéndonos a cada uno de nosotros y sirviéndose luego él mismo, — y deseamos que el asunto se resuelva a satisfacción de esa señora, porque nunca podrá ser a gusto de ella y de su marido a un tiempo. ¡Molly! ¡Molly! ¡Qué despacio vas esta noche!

Cuando la regañó así, estaba a su lado, poniendo unos platos sobre la mesa. Retirando las manos, retrocedió uno o dos pasos murmurando algunas palabras de excusa. Y ciertos movimientos de sus dedos me llamaron extraordinariamente la atención.

— ¿Qué ocurre? — preguntó el señor Jaggers.

— Nada – contesté, — Tan sólo que el asunto de que hablábamos era algo doloroso para mí.

El movimiento de aquellos dedos era semejante a la acción de hacer calceta. La criada se quedó mirando a su amo, sin saber si podía marcharse o si él tendría algo más que decirle y la llamaría en cuanto se alejara. Miraba a Jaggers con la mayor fijeza. Y a mí me pareció que había visto aquellos ojos y también aquellas manos en una ocasión reciente y memorable.

El señor Jaggers la despidió, y ella se deslizó hacia la puerta. Más a pesar de ello, siguió ante mi vista, con tanta claridad como si continuara en el mismo sitio. Yo le miraba las manos y los ojos, así como el cabello ondeado, y los comparaba con otras manos, otros ojos y otro cabello que conocía muy bien y que tal vez podrían ser iguales a los de la criada del señor Jaggers después de veinte años de vida tempestuosa y de malos tratos por parte de un marido brutal. De nuevo miré las manos y los ojos de la criada, y recordé la inexplicable sensación que experimentara la última vez que paseé — y no solo — por el descuidado jardín y por la desierta fábrica de cerveza. Recordé haber sentido la misma impresión cuando vi un rostro que me miraba y una mano que me saludaba desde la ventanilla de una diligencia, y cómo volví a experimentarla con la rapidez de un relámpago cuando iba en coche — y tampoco solo — al atravesar un vivo resplandor de luz artificial en una calle oscura. Y ese eslabón, que antes me faltara, acababa de ser soldado para mí, al relacionar el nombre de Estella con el movimiento de los dedos y la atenta mirada de la criada de Jaggers. Y sentí la absoluta seguridad de que aquella mujer era la madre de Estella.

Como el señor Jaggers me había visto con la joven, no habría dejado de observar los sentimientos que tan difícilmente ocultaba yo. Movió afirmativamente la cabeza al decirle que el asunto era penoso para mí, me dio una palmada en la espalda, sirvió vino otra vez y continuó la cena.

La criada reapareció dos veces más, pero sus estancias en el comedor fueron muy cortas y el señor Jaggers se mostró severo con ella. Pero sus manos y sus ojos eran los de Estella, y así se me hubiese presentado un centenar de veces, no por eso habría estado ni más ni menos seguro de que había llegado a descubrir la verdad.

La cena fue triste, porque Wemmick se bebía los vasos de vino que le servían como si realizase algún detalle propio de los negocios, precisamente de la misma manera como habría cobrado su salario cuando llegase el día indicado, y siempre estaba con los ojos fijos en su jefe y en apariencia constantemente dispuesto para ser preguntado. En cuanto a la cantidad de vino que ingirió, su buzón parecía sentir la mayor indiferencia, de la misma manera como al buzón de correos le tiene sin cuidado el número de cartas que le echan. Durante toda la cena me pareció que aquél no era el Wemmick que yo conocía, sino su hermano gemelo, que ninguna relación había tenido conmigo, pues tan sólo se asemejaba en lo externo al Wemmick de Walworth.

Nos despedimos temprano y salimos juntos. Cuando nos reunimos en torno de la colección de botas del señor Jaggers, a fin de tomar nuestros sombreros, comprendí que mi amigo Wemmick iba a llegar; y no habríamos recorrido media docena de metros en la calle Gerrard, en dirección hacia Walworth, cuando me di cuenta de que paseaba cogido del brazo con el gemelo amigo mío y que el otro se había evaporado en el aire de la noche.

— Bien — dijo Wemmick, — ya ha terminado la cena. Es un hombre maravilloso que no tiene semejante en el mundo; pero cuando ceno con él tengo necesidad de contenerme y no como muy a mis anchas.

Me dije que eso era una buena explicación del caso, y así se lo expresé.

— Eso no se lo diría a nadie más que a usted – contestó, — pues me consta que cualquier cosa que nos digamos no trasciende a nadie.

Le pregunté si había visto a la hija adoptiva de la señorita Havisham, es decir, a la señora Bentley Drummle. Me contestó que no. Luego, para evitar que mis observaciones le parecieran demasiado inesperadas, empecé por hablarle de su anciano padre y de la señorita Skiffins. Cuando nombré a ésta pareció sentir cierto recelo y se detuvo en la calle para sonarse, moviendo al mismo tiempo la cabeza con expresión de jactancia.

— Wermmick — le dije luego, — ¿se acuerda usted de que la primera vez que fui a cenar con el señor Jaggers a su casa me recomendó que me fijara en su criada?

— ¿De veras? – preguntó. — Me parece que sí. Sí, es verdad — añadió con malhumor. — Ahora me acuerdo. Lo que pasa es que todavía no estoy a mis anchas.

— La llamó usted una fiera domada.

— ¿Y qué nombre le da usted?

— El mismo. ¿Cómo la domó el señor Jaggers, Wemmick?

— Es su secreto. Hace ya muchos años que está con él.

— Me gustaría que me contase usted su historia. Siento un interés especial en conocerla. Ya sabe usted que lo que pasa entre nosotros queda secreto para todo el mundo.

— Pues bien — dijo Wemmick, — no conozco su historia, es decir, que no estoy enterado de toda ella. Pero le diré lo que sé. Hablamos, como es consiguiente, de un modo reservado y confidencial.

— Desde luego.

— Hará cosa de veinte años, esa mujer fue juzgada en Old Bailey, acusada de haber cometido un asesinato, pero fue absuelta. Era entonces joven y muy hermosa, y, según tengo entendido, por sus venas corría alguna sangre gitana. Y parece que, en efecto, cuando se encolerizaba, era mujer terrible.

— Pero fue absuelta.

— La defendía el señor Jaggers — prosiguió Wemmick, mirándome significativamente, — y llevó su asunto de un modo en verdad asombroso. Se trataba de un caso desesperado, y el señor Jaggers hacía poco tiempo que ejercía, de manera que su defensa causó la admiración general. Día por día y por espacio de mucho tiempo, trabajó en las oficinas de la policía, exponiéndose incluso a ser encausado a su vez, y cuando llegó el juicio fue lo bueno. La víctima fue una mujer que tendría diez años más y era mucho más alta y mucho más fuerte. Fue un caso de celos. Las dos llevaban una vida errante, y la mujer que ahora vive en la calle de Gerrard se había casado muy joven, aunque «por detrás de la iglesia», como se dice, con un hombre de vida irregular y vagabunda; y ella, en cuanto a celos, era una verdadera furia. La víctima, cuya edad la emparejaba mucho mejor con aquel hombre, fue encontrada ya cadáver en una granja cerca de Hounslow Heath. Allí hubo una lucha violenta, y tal vez un verdadero combate. El cadáver presentaba numerosos arañazos y las huellas de los dedos que le estrangularon. No había pruebas bastante claras para acusar más que a esa mujer, y el señor Jaggers se apoyó principalmente en las improbabilidades de que hubiese sido capaz de hacerlo. Puede usted tener la seguridad — añadió Wemmick tocándome la manga de mi traje — que entonces no aludió ni una sola vez a la fuerza de sus manos, como lo hace ahora.

En efecto, yo había relatado a Wemmick que, el primer día en que cené en casa del señor Jaggers, éste hizo exhibir a su criada sus formidables puños.

— Pues bien — continuó Wemmick, — sucedió que esta mujer se vistió con tal arte a partir del momento de su prisión, que parecía mucho más delgada y esbelta de lo que era en realidad. Especialmente, llevaba las mangas de tal modo, que sus brazos daban una delicada apariencia. Tenía uno o dos cardenales en el cuerpo, cosa sin importancia para una persona de costumbres vagabundas, pero el dorso de las manos presentaban muchos arañazos, y la cuestión era si habían podido ser producidos por las uñas de alguien. El señor Jaggers demostró que había atravesado unas matas de espinos que no eran bastante altas para llegarle al rostro, pero que, al pasar por allí, no pudo evitar que sus manos quedasen arañadas; en realidad, se encontraron algunas puntas de espinos vegetales clavadas en su epidermis, y, examinado el matorral espinoso, se encontraron también algunas hilachas de su traje y pequeñas manchas de sangre. Pero el argumento más fuerte del señor Jaggers fue el siguiente: se trataba de probar, como demostración de su carácter celoso, que aquella mujer era sospechosa, en los días del asesinato, de haber matado a su propia hija, de tres años de edad, que también lo era de su amante, con el fin de vengarse de él. El señor Jaggers trató el asunto como sigue: «Afirmamos que estos arañazos no han sido hechos por uñas algunas, sino que fueron causados por los espinos que hemos exhibido. La acusación dice que son arañazos producidos por uñas humanas y, además, aventura la hipótesis de que esta mujer mató a su propia hija. Siendo así, deben ustedes aceptar todas las consecuencias de semejante hipótesis. Supongamos que, realmente, mató a su hija y que ésta, para defenderse, hubiese arañado las manos de su madre. ¿Qué sigue a eso? Ustedes no la acusan ni la juzgan ahora por el asesinato de su hija; ¿por qué no lo hacen? Y en cuanto al caso presente, si ustedes están empeñados en que existen los arañazos, diremos que ya tienen su explicación propia, esto en el supuesto de que no los hayan inventado». En fin, señor Pip — añadió Wemmick, — el señor Jaggers era demasiado listo para el jurado y, así, éste absolvió a la procesada.

— ¿Y ha estado ésta desde entonces a su servicio?

— Sí; pero no hay solamente eso — contestó Wemmick, — sino que entró inmediatamente a su servicio y ya domada como está ahora. Luego ha ido aprendiendo sus deberes poquito a poco, pero desde el primer momento se mostró mansa como un cordero.

— ¿Y, efectivamente, era una niña?

— Así lo tengo entendido.

— ¿Tiene usted algo más que decirme esta noche?

— Nada. Recibí su carta y la he destruido. Nada más.

Nos dimos cordialmente las buenas noches y me marché a casa con un nuevo asunto para mis reflexiones, pero sin ningún alivio para las antiguas.

Capítulo XLIX

Metiéndome en el bolsillo la nota de la señorita Havisham, a fin de que sirviera de credencial por haber vuelto tan pronto a su casa, en el supuesto de que su humor caprichoso le hiciese demostrar alguna sorpresa al verme, tomé la diligencia del día siguiente. Pero me apeé en la Casa de Medio Camino y allí me desayuné, recorriendo luego a pie el resto del trayecto, porque tenía interés en llegar a la ciudad de modo que nadie se diese cuenta de ello y marcharme de la misma manera.

Había desaparecido ya la mejor luz del día cuando pasé a lo largo de los tranquilos patios de la parte trasera de la calle Alta. Los montones de ruinas en donde, en otro tiempo, los monjes tuvieron sus refectorios y sus jardines, y cuyas fuertes murallas se utilizaban ahora como humildes albergues y como establos, estaban casi tan silenciosas como los antiguos monjes en sus tumbas. Las campanas de la catedral tuvieron para mí un sonido más triste y más remoto que nunca, mientras andaba apresuradamente para evitar ser visto; así, los sonidos del antiguo órgano llegaron a mis oídos como fúnebre música; y las cornejas que revoloteaban en torno de la torre gris, deslizándose a veces hacia los árboles, altos y desprovistos de hojas, del jardín del priorato, parecían decirme que aquel lugar estaba cambiado y que Estella se había marchado para siempre.

Acudió a abrirme la puerta una mujer ya de edad, a quien había visto otras veces y que pertenecía a la servidumbre que vivía en la casa aneja situada en la parte posterior del patio. En el oscuro corredor estaba la bujía encendida, y, tomándola, subí solo la escalera. La señorita Havisham no estaba en su propia estancia, sino en la más amplia, situada al otro lado del rellano. Mirando al interior desde la puerta, después de llamar en vano, la vi sentada ante el hogar en una silla desvencijada, perdida en la contemplación del fuego, lleno de cenizas.

Como otras veces había hecho, entré y me quedé en pie, al lado de la antigua chimenea, para que me viese así que levantara los ojos. Indudablemente, la pobre mujer estaba muy sola, y esto me indujo a compadecerme de ella, a pesar de los dolores que me había causado. Mientras la miraba con lástima y pensaba que yo también había llegado a ser una parte de la desdichada fortuna de aquella casa, sus ojos se fijaron en mí. Los abrió mucho y en voz baja se preguntó:

— ¿Será una visión real?

— Soy yo: Pip. El señor Jaggers me entregó ayer la nota de usted, y no he perdido tiempo en venir.

— Gracias, muchas gracias.

Acerqué al fuego otra de las sillas en mal estado y me senté, observando en el rostro de la señorita Havisham una expresión nueva, como si estuviese asustada de mí. — Deseo — dijo — continuar el beneficio de que me hablaste en tu última visita, a fin de demostrarte que no soy de piedra. Aunque tal vez ahora no podrás creer ya que haya algún sentimiento humano en mi corazón.

Le dije algunas palabras tranquilizadoras, y ella extendió su temblorosa mano derecha, como si quisiera tocarme; pero la retiró en seguida, antes de que yo comprendiese su intento y determinara el modo de recibirlo.

—Al hablar de tu amigo me dijiste que podrías informarme de cómo seríame dado hacer algo útil para él. Algo que a ti mismo te gustaría realizar.

— Así es. Algo que a mí me gustaría poder hacer.

— ¿Qué es eso?

Empecé a explicarle la secreta historia de lo que hice para lograr que Herbert llegara a ser socio de la casa en que trabajaba. No había avanzado mucho en mis explicaciones, cuando me pareció que mi interlocutora se fijaba más en mí que en lo que decía. Y contribuyó a aumentar esta creencia el hecho de que, cuando dejé de hablar, pasaron algunos instantes antes de que me demostrara haber notado que yo guardaba silencio.

— ¿Te has interrumpido, acaso — me preguntó, como si, verdaderamente, me tuviese miedo, — porque te soy tan odiosa que ni siquiera te sientes con fuerzas para seguir hablándome?

— De ninguna manera — le contesté. — ¿Cómo puede usted imaginarlo siquiera, señorita Havisham? Me interrumpí por creer que no prestaba usted atención a mis palabras.

— Tal vez no — contestó, llevándose una mano a la cabeza. — Vuelve a empezar, y yo miraré hacia otro lado. Vamos a ver: refiéreme todo eso.

Apoyó la mano en su bastón con aquella resoluta acción que le era habitual y miró al fuego con expresión demostrativa de que se obligaba a escuchar. Continué mi explicación y le dije que había abrigado la esperanza de terminar el asunto por mis propios medios, pero que ahora había fracasado en eso. Esta parte de mi explicación, según le recordé, envolvía otros asuntos que no podía detallar, porque formaban parte de los secretos de otro.

— Muy bien — dijo moviendo la cabeza en señal de asentimiento, pero sin mirarme. — ¿Y qué cantidad se necesita para completar el asunto?

— Novecientas libras.

— Si te doy esa cantidad para el objeto expresado, ¿guardarás mi secreto como has guardado el tuyo?

—Con la misma fidelidad.

— ¿Y estarás más tranquilo acerca del particular?

— Mucho más.

— ¿Eres muy desgraciado ahora?

Me hizo esta pregunta sin mirarme tampoco, pero en un tono de simpatía que no le era habitual. No pude contestar en seguida porque me faltó la voz, y, mientras tanto, ella puso el brazo izquierdo a través del puño de su bastón y descansó la cabeza en él.

— Estoy lejos de ser feliz, señorita Havisham, pero tengo otras causas de intranquilidad además de las que usted conoce. Son los secretos a que me he referido.

Después de unos momentos levantó la cabeza y de nuevo miró al fuego.

— Te portas con mucha nobleza al decirme que tienes otras causas de infelicidad. ¿Es cierto?

— Demasiado cierto.

— ¿Y no podría servirte a ti, Pip, así como sirvo a tu amigo? ¿No puedo hacer nada en tu obsequio?

— Nada. Le agradezco la pregunta. Y mucho más todavía el tono con que me la ha hecho. Pero no puede usted hacer nada.

Se levantó entonces de su asiento y buscó con la mirada algo con que escribir. Allí no había nada apropiado, y por esto tomó de su bolsillo unas tabletas de marfil montadas en oro mate y escribió en una de ellas con un lapicero de oro, también mate, que colgaba de su cuello.

— ¿Continúas en términos amistosos con el señor Jaggers?

— Sí, señora. Ayer noche cené con él.

— Esto es una autorización para él a fin de que te pague este dinero, que quedará a tu discreción, para que lo emplees en beneficio de tu amigo. Aquí no tengo dinero alguno; pero si crees mejor que el señor Jaggers no se entere para nada de este asunto, te lo mandaré.

— Muchas gracias, señorita Havisham. No tengo ningún inconveniente en recibir esta suma de manos del señor Jaggers.

Me leyó lo que acababa de escribir, que era expresivo y claro y evidentemente encaminado a librarme de toda sospecha de que quisiera aprovecharme de aquella suma. Tomé las tabletas de su mano, que estaba temblorosa y que tembló más aún cuando quitó la cadena que sujetaba el lapicero y me la puso en la mano. Hizo todo esto sin mirarme.

— En la primera hoja está mi nombre. Si alguna vez puedes escribir debajo de él «la perdono», aunque sea mucho después de que mi corazón se haya convertido en polvo, lo ruego que lo hagas.

— ¡Oh señorita Havisham! – exclamé. — Puedo hacerlo ahora mismo. Todos hemos incurrido en tristes equivocaciones; mi vida ha sido ciega e inútil, y necesito tanto, a mi vez, el perdón y la compasión ajenos, que no puedo mostrarme severo con usted.

Volvió por vez primera su rostro hacia el mío, y con el mayor asombro por mi parte y hasta con el mayor terror, se arrodilló ante mí, levantando las manos plegadas de un modo semejante al que sin duda empleó cuando su pobre corazón era tierno e inocente, para implorar al cielo acompañada de su madre.

El verla, con su cabello blanco y su pálido rostro, arrodillada a mis pies, hizo estremecer todo mi cuerpo. Traté de levantarla y tendí los brazos más cerca, y, apoyando en ellos la cabeza, se echó a llorar. Jamás hasta entonces la había visto derramar lágrimas, y, creyendo que el llanto podría hacerle bien, me incliné hacia ella sin decirle una palabra. Y en aquel momento, la señorita Havisham no estaba ya arrodillada, sino casi tendida en el suelo.

— ¡Oh! — exclamó, desesperada. — ¡Qué he hecho! ¡Qué he hecho!

— Si se refiere usted, señorita Havisham, a lo que haya podido hacer contra mí, permítame que le conteste: muy poco. Yo la habría amado en cualquier circunstancia. ¿Está casada?

— Sí.

Esta pregunta era completamente inútil, porque la nueva desolación que se advertía en aquella casa ya me había informado acerca del particular.

— ¡Qué he hecho! ¡Qué he hecho! — repitió, retorciéndose las manos y mesándose el blanco cabello. Y volvió a lamentar —: ¡Qué he hecho!

No sabía qué contestar ni cómo consolarla. De sobra me constaba que había obrado muy mal, animada por su violento resentimiento, por su burlado amor y su orgullo herido, al adoptar a una niña impresionable para moldearla de acuerdo con sus sentimientos. Pero era preciso recordar que al sustraerse a la luz del día había abandonado infinitamente mucho más. A1 encerrarse se había apartado a sí misma de mil influencias naturales y consoladoras; su mente, en la soledad, había enfermado, como no podía menos de ocurrir al sustraerse de las intenciones de su Hacedor. Y me era imposible mirarla sin sentir compasión, pues advertía que estaba muy castigada al haberse convertido en una ruina, por no tener ningún lugar en la tierra en que había nacido; por la vanidad del dolor, que había sido su principal manía, como la vanidad de la penitencia, del remordimiento y de la indignidad, así como otras monstruosas vanidades que han sido otras tantas maldiciones en este mundo.

— Hasta que hablaste con ella en tu visita anterior y hasta que vi en ti, como si fuese un espejo, lo que yo misma sintiera en otros tiempos, no supe lo que había hecho. ¡Qué he hecho, Dios mío! ¡Qué he hecho!

Y repitió esta exclamación infinitas veces.

— Señorita Havisham — le dije en cuanto guardó silencio. — Puede usted alejarme de su mente y de su conciencia. Pero en cuanto a Estella, es un caso diferente, y si alguna vez puede usted deshacer lo que hizo al imponer silencio a todos sus tiernos sentimientos, será mucho mejor dedicarse a ello que a lamentar el pasado, aunque fuese durante cien años enteros.

— Sí, sí, ya lo sé, pero, querido Pip... — y su tono me demostraba el tierno afecto femenino que por mí sentía. — Querido Pip, créeme cuando te digo que no me propuse más que evitarle mi propia desgracia. Al principio no me proponía nada más.

— Así lo creo también — le contesté.

— Pero cuando creció, haciendo prever que sería muy hermosa, gradualmente hice más y obré peor; y con mis alabanzas y lisonjas, con mis joyas y mis lecciones, con mi persona ante ella, le robé su corazón para sustituirlo por un trozo de hielo.

— Mejor habría sido — no pude menos que exclamar —dejarle su propio corazón, aunque quedara destrozado o herido.

Entonces la señorita Havisham me miró, tal vez sin verme, y de nuevo volvió a preguntarme qué había hecho.

— Si conocieras la historia entera — dijo luego, — me tendrías más compasión y me comprenderías mejor.

— Señorita Havisham — contesté con tanta delicadeza como me fue posible. — Desde que abandoné esta región creo conocer su historia entera. Siempre me ha inspirado mucha compasión, y espero haberla comprendido, dándome cuenta de su influencia. ¿Cree usted que lo que ha pasado entre nosotros me dará la libertad de hacerle una pregunta acerca de Estella? No la Estella de ahora, sino la que era cuando llegó aquí.

La señorita Havisham estaba sentada en el suelo, con los brazos apoyados en la silla y la cabeza descansando en ellos. Me miró cara a cara cuando le dije esto, y contestó:

— Habla.

— ¿De quién era hija Estella?

Movió negativamente la cabeza.

— ¿No lo sabe usted?

Hizo otro movimiento negativo.

— ¿Pero la trajo el señor Jaggers o la mandó?

—La trajo él mismo.

— ¿Quiere usted referirme la razón de su venida?

— Hacía ya mucho tiempo que yo estaba encerrada en estas habitaciones — contestó en voz baja y precavida. — No sé cuánto tiempo hacía, porque, como sabes, los relojes están parados. Entonces le dije que necesitaba una niña para educarla y amarla y para evitarle mi triste suerte. Le vi por vez primera cuando le mandé llamar a fin de que me preparase esta casa y la dejara desocupada para mí, pues leí su nombre en los periódicos antes de que el mundo y yo nos hubiésemos separado. Él me dijo que buscaría una niña huérfana; y una noche la trajo aquí dormida y yo la llamé Estella.

— ¿Qué edad tenía entonces?

— Dos o tres años. Ella no sabe nada, a excepción de que era huérfana y que yo la adopté.

Tan convencido estaba yo de que la criada del señor Jaggers era su madre, que no necesitaba ninguna prueba más clara, porque para cualquiera, según me parecía, la relación entre ambas mujeres habría sido absolutamente indudable.

¿Qué podía esperar prolongando aquella entrevista? Había logrado lo que me propuse en favor de Herbert. La señorita Havisham me comunicó todo lo que sabía acerca de Estella, y yo le dije e hice cuanto me fue posible para tranquilizarla. Poco importa cuáles fueron las palabras de nuestra despedida, pero el caso es que nos separamos.

Cuando bajé la escalera y llegué al aire libre era la hora del crepúsculo. Llamé a la mujer que me había abierto la puerta para entrar y le dije que no se molestara todavía, porque quería dar un paseo alrededor de la casa antes de marcharme. Tenía el presentimiento de que no volvería nunca más, y experimentaba la sensación de que la moribunda luz del día convenía en gran manera a mi última visión de aquel lugar.

Pasando al lado de las ruinas de los barriles, por el lado de los cuales había paseado tanto tiempo atrás y sobre los que había caído la lluvia de infinidad de años, pudriéndolos en muchos sitios y dejando en el suelo marjales en miniatura y pequeños estanques, me dirigí hacia el descuidado jardín. Di una vuelta por él y pasé también por el lugar en que nos peleamos Herbert y yo; luego anduve por los senderos que recorriera en compañía de Estella. Y todo estaba frío, solitario y triste.

Encaminándome hacia la fábrica de cerveza para emprender el regreso, levanté el oxidado picaporte de una puertecilla en el extremo del jardín y eché a andar a través de aquel lugar. Dirigíame hacia la puerta opuesta, difícil de abrir entonces, porque la madera se había hinchado con la humedad y las bisagras se caían a pedazos, sin contar con que el umbral estaba lleno de áspero fango. En aquel momento volví la cabeza hacia atrás. Ello fue causa de que se repitiese la ilusión de que veía a la señorita Havisham colgando de una viga. Y tan fuerte fue la impresión, que me quedé allí estremecido, antes de darme cuenta de que era una alucinación. Pero inmediatamente me dirigí al lugar en que me había figurado ver un espectáculo tan extraordinario.

La tristeza del sitio y de la hora y el terror que me causó aquella ficción, aunque momentánea, me produjo un temor indescriptible cuando llegué, entre las abiertas puertas, a donde una vez me arranqué los cabellos después que Estella me hubo lastimado el corazón. Dirigiéndome al patio delantero, me quedé indeciso entre si llamaría a la mujer para que me dejara salir por la puerta cuya llave tenía, o si primero iría arriba para cerciorarme de que no le ocurría ninguna novedad a la señorita Havisham. Me decidí por lo último y subí.

Miré al interior de la estancia en donde la había dejado, y la vi sentada en la desvencijada silla, muy cerca del fuego y dándome la espalda. Cuando ya me retiraba, vi que, de pronto, surgía una gran llamarada. En el mismo momento, la señorita Havisham echó a correr hacia mí gritando y envuelta en llamas que llegaban a gran altura.

Yo llevaba puesto un grueso abrigo, y, sobre el brazo, una capa también recia. Sin perder momento, me acerqué a ella y le eché las dos prendas encima; además, tiré del mantel de la mesa con el mismo objeto. Con él arrastré el montón de podredumbre que había en el centro y toda suerte de sucias cosas que se escondían allí; ella y yo estábamos en el suelo, luchando como encarnizados enemigos, y cuanto más apretaba mis abrigos y el mantel en torno de ella, más fuertes eran sus gritos y mayores sus esfuerzos por libertarse. De todo eso me di cuenta por el resultado, pero no porque entonces pensara ni notara cosa alguna. Nada supe, a no ser que estábamos en el suelo, junto a la mesa grande, y que en el aire, lleno de humo, flotaban algunos fragmentos de tela aún encendidos y que, poco antes, fueron su marchito traje de novia.

Al mirar alrededor de mí vi que corrían apresuradamente por el suelo los escarabajos y las arañas y que, dando gritos de terror, habían acudido a la puerta todos los criados. Yo seguí conteniendo con toda mi fuerza a la señorita Havisham, como si se tratara de un preso que quisiera huir, y llego a dudar de si entonces me di cuenta de quién era o por qué habíamos luchado, por qué ella se vio envuelta en llamas y también por qué éstas habían desaparecido, hasta que vi los fragmentos encendidos de su traje, que ya no revoloteaban, sino que caían alrededor de nosotros convertidos en cenizas.

Estaba insensible, y yo temía que la moviesen o la tocasen. Mandamos en busca de socorro y la sostuve hasta que llegó, y, por mi parte, sentí la ilusión, nada razonable, de que si la soltaba surgirían de nuevo las llamas para consumirla. Cuando me levanté al ver que llegaba el cirujano, me asombré notando que mis manos habían recibido graves quemaduras, porque hasta entonces no había sentido el menor dolor. El cirujano examinó a la señorita Havisham y dijo que había recibido graves quemaduras, pero que, por sí mismas, no ponían en peligro su vida. Lo más importante era la impresión nerviosa que había sufrido. Siguiendo las instrucciones del cirujano, le llevaron allí la cama y la pusieron sobre la gran mesa, que resultó muy apropiada para la curación de sus heridas. Cuando la vi otra vez, una hora más tarde, estaba verdaderamente echada en donde la vi golpear con su bastón diciendo, al mismo tiempo, que allí reposaría un día.

Aunque ardió todo su traje, según me dijeron, todavía conservaba su aspecto de novia espectral, pues la habían envuelto hasta el cuello en algodón en rama, y mientras estaba echada, cubierta por una sábana, el recuerdo de algo fantástico que había sido aún flotaba sobre ella.

Al preguntar a los criados me enteré de que Estella estaba en París, e hice prometer al cirujano que le escribiría por el siguiente correo. Yo me encargué de avisar a la familia de la señorita Havisham, proponiéndome decírselo tan sólo a Mateo Pocket, al que dejaría en libertad de que hiciera lo que mejor le pareciese con respecto a los demás. Así se lo comuniqué al día siguiente por medio de Herbert, en cuanto estuve de regreso en la capital.

Aquella noche hubo un momento en que ella habló Juiciosamente de lo que había sucedido, aunque con terrible vivacidad. Hacia medianoche empezó a desvariar, y a partir de entonces repitió durante largo rato, con voz solemne: « ¡Qué he hecho! »

Luego decía: «Cuando llegó no me propuse más que evitarle mi propia desgracia». También añadió: «Toma el lápiz y debajo de mi nombre escribe: «La perdono».»

Jamás cambió el orden de estas tres frases, aunque a veces se olvidaba de alguna palabra y, dejando aquel blanco, pasaba a la siguiente.

Como no podía hacer nada allí y, por otra parte, tenía acerca de mi casa razones más que suficientes para sentir ansiedad y miedo, que ninguna de las palabras de la señorita Havisham podía alejar de mi mente, decidí aquella misma noche regresar en la primera diligencia, aunque con el propósito de andar una milla más o menos, para subir al vehículo más allá de la ciudad. Por consiguiente, hacia las seis de la mañana me incliné sobre la enferma y toqué sus labios con los míos, precisamente cuando ella decía: «Toma el lápiz y escribe debajo de mi nombre: La perdono.»

Capítulo L

Me curaron las manos dos o tres veces por la noche y una por la mañana. Mi brazo izquierdo había sufrido extensas quemaduras, desde la mano hasta el codo, y otras menos graves hasta el hombro; sentía bastante dolor, pero, de todos modos, me alegró que no me hubiese ocurrido cosa peor. La mano derecha no había recibido tantas quemaduras, pero, no obstante, apenas podía mover los dedos. Estaba también vendada, como es natural, pero no tanto como el brazo izquierdo, que llevaba en cabestrillo. Tuve que ponerme la chaqueta como si fuese una capa y abrochada por el cuello. También el cabello se me había quemado, pero no sufrí ninguna herida en la cabeza ni en la cara.

Cuando Herbert regresó de Hammersmith, a donde fue a ver a su padre, vino a nuestras habitaciones y empleó el día en curarme. Era el mejor de los enfermeros, y a las horas fijadas me quitaba los vendajes y me bañaba las quemaduras en el líquido refrescante que estaba preparado; luego volvía a vendarme con paciente ternura, que yo le agradecía profundamente.

Al principio, mientras estaba echado y quieto en el sofá, me pareció muy difícil y penoso, y hasta casi imposible, apartar de mi mente la impresión que me produjo el brillo de las llamas, su rapidez y su zumbido, así como también el olor de cosas quemadas. Si me adormecía por espacio de un minuto, me despertaban los gritos de la señorita Havisham, que se acercaba corriendo a mí, coronada por altísimas llamas. Y este dolor mental era mucho más difícil de dominar que el físico. Herbert, que lo advirtió, hizo cuanto le fue posible para llevar mi atención hacia otros asuntos.

Ninguno de los dos hablábamos del bote, pero ambos pensábamos en él. Eso era evidente por el cuidado que ambos teníamos en rehuir el asunto, aunque nada nos hubiésemos dicho, con objeto de no tener que precisar si sería cuestión de horas o de semanas la curación de mis manos.

Como es natural, en cuanto vi a Herbert, la primera pregunta que le dirigí fue para averiguar si todo marchaba bien en la habitación inmediata al río. Contestó afirmativamente, con la mayor confianza y buen ánimo, pero no volvimos a hablar del asunto hasta que terminó el día. Entonces, mientras Herbert me cambiaba los vendajes, más alumbrado por la luz del fuego que por la exterior, espontáneamente volvió a tratar del asunto.

— Ayer noche, Haendel, pasé un par de horas en compañía de Provis.

— ¿Dónde estaba Clara?

— ¡Pobrecilla! — contestó Herbert —. Se pasó toda la tarde subiendo y bajando y ocupada en su padre. Éste empezaba a golpear el suelo en el momento en que la perdía de vista. Muchas veces me pregunto si el padre vivirá mucho tiempo. Como no hace más que beber ron y tomar pimienta, creo que no está muy lejos el día de su muerte.

— Supongo que entonces te casarás, Herbert.

— ¿Cómo, si no, podría cuidar de Clara? Descansa el brazo en el respaldo del sofá, querido amigo. Yo me sentaré a tu lado y te quitaré el vendaje, tan despacio que ni siquiera te darás cuenta. Te hablaba de Provis. ¿Sabes, Haendel, que mejora mucho?

—Ya te dije que la última vez que le vi me pareció más suave.

— Es verdad. Y así es, en efecto. Anoche estaba muy comunicativo y me refirió algo más de su vida. Ya recordarás que se interrumpió cuando empezó a hablar de una mujer... ¿Te he hecho daño?

Yo había dado un salto, pero no a causa del dolor, sino porque me impresionaron sus palabras.

— Había olvidado este detalle, Herbert, pero ahora lo vuelvo a recordar.

— Pues bien, me refirió esta parte de su vida, que, ciertamente, es bastante sombría. ¿Quieres que te la cuente, o tal vez te aburro?

— Nada de eso. Refiéremela sin olvidar una palabra.

Herbert se inclinó hacia mí para mirarme lentamente, tal vez sorprendido por el apresuramiento o la vehemencia de mi respuesta.

— ¿Tienes la cabeza fresca? — me preguntó tocándome la frente.

— Por completo — le contesté —. Dime ahora lo que te refirió Provis.

— Parece... — observó Herbert —. Pero ya hemos quitado este vendaje y ahora viene otro fresco. Es posible que en el primer momento te produzca una sensación dolorosa, pobre Haendel, ¿no es verdad? Pero muy pronto te dará una sensación de bienestar... Parece — repitió — que aquella mujer era muy joven y extraordinariamente celosa y, además, muy vengativa. Vengativa hasta el mayor extremo.

— ¿Qué extremo es ése?

— Pues el asesinato... ¿Te parece la venda demasiado fría en este lugar sensible?

— Ni siquiera la siento... ¿Cuál fue su asesinato? ¿A quién asesinó?

— Tal vez lo que hizo no merezca nombre tan terrible —dijo Herbert, — pero fue juzgada por ese crimen. La defendió el señor Jaggers, y la fama que alcanzó con esa defensa hizo que Provis conociese su nombre. Otra mujer más robusta fue la víctima, y parece que hubo una lucha en una granja. Quién empezó de las dos, y si la lucha fue leal o no, se ignora en absoluto; lo que no ofrece duda es el final que tuvo, porque se encontró a la víctima estrangulada.

— ¿Resultó culpable la mujer de Provis?

— No, fue absuelta... ¡Pobre Haendel! Me parece que te he hecho daño.

— Es imposible curar mejor que tú lo haces, Herbert... ¿Y qué más?

—Esta mujer y Provis tenían una hijita, una niña a la que Provis quería con delirio. Por la tarde del mismo día en que resultó estrangulada la mujer causante de sus celos, según ya te he dicho, la joven se presentó a Provis por un momento y le juró que mataría a la niña (que estaba a su cuidado) y que él no volvería a verla... Ya tenemos curado el brazo izquierdo, que está más lastimado que el derecho. Lo que falta es ya mucho más fácil. Te curo mejor con la luz del fuego, porque mis manos son más firmes cuando no veo las llagas con demasiada claridad. Creo que respiras con cierta agitación, querido amigo.

— Tal vez sea verdad, Herbert... ¿Cumplió su juramento aquella mujer?

— Ésta es la parte más negra de la vida de Provis. Cumplió su amenaza.

—Es decir, que ella dijo que la había cumplido.

— Naturalmente, querido Haendel — replicó Herbert, muy sorprendido e inclinándose de nuevo para mirarme con la mayor atención. — Así me lo ha dicho Provis. Por mi parte, no tengo más datos acerca del asunto.

— Es natural.

— Por otro lado, Provis no dice si en sus relaciones con aquella mujer utilizó sus buenos o sus malos sentimientos; pero es evidente que compartió con ella cuatro o cinco años la desdichada vida que nos describió aquella noche, y también parece que aquella mujer le inspiró lástima y compasión. Por consiguiente, temiendo ser llamado a declarar acerca de la niña y ser así el causante de la muerte de la madre, se ocultó (a pesar de lo mucho que lloraba a su hijita), permaneció en la sombra, según dice, alejándose del camino de su mujer y de la acusación que sobre ella pesaba, y se habló de él de un modo muy vago, como de cierto hombre llamado Abel, que fue causa de los celos de la acusada. Después de ser absuelta, ella desapareció, y así Provis perdió a la niña y a su madre.

— Quisiera saber...

— Un momento, querido Haendel, y habré terminado. Aquel mal hombre, aquel Compeyson, el peor criminal entre los criminales, conociendo los motivos que tenía Provis para ocultarse en aquellos tiempos y sus razones para obrar de esta suerte, se aprovechó, naturalmente, de ello para amenazarle, para regatearle su participación en los negocios y para hacerle trabajar más que nunca. Anoche, Provis me dio a entender que eso fue precisamente lo que despertó más su animosidad.

— Deseo saber — repetí — si él te indicó la fecha en que ocurrió todo eso.

— Déjame que recuerde sus palabras — contestó Herbert. — Su expresión fue: «hace cosa de veinte años, poco tiempo después de haber empezado a trabajar con Compeyson». ¿Qué edad tendrías tú cuando le conociste en el pequeño cementerio de tu aldea?

— Me parece que siete años.

— Eso es. Dijo que todo aquello había ocurrido tres o cuatro años antes, y añadió que cuando te vio le recordaste a la niñita trágicamente perdida, pues entonces sería de tu misma edad.

—Herbert — le dije después de corto silencio y con cierto apresuramiento, — ¿cómo me ves mejor: a la luz de la ventana o a la del fuego?

— A la del fuego — contestó Herbert acercándose de nuevo a mí.

— Pues mírame.

— Ya lo hago, querido Haendel.

— Tócame.

— Ya te toco.

— ¿Te parece que estoy febril o que tengo la cabeza trastornada por el accidente de la pasada noche?

— No, querido Haendel — contestó Herbert después de tomarse algún tiempo para contestarme. — Estás un poco excitado, pero estoy seguro de que razonas perfectamente.

— Lo sé — le dije. — Por eso te digo que el hombre a quien tenemos oculto junto al río es el padre de Estella.

Capítulo LI

No podría decir cuál era mi propósito cuando estaba empeñado en averiguar quiénes eran los padres de Estella. Ya observará el lector que el asunto no se me presentaba de un modo claro hasta que me hizo fijar en él una cabeza mucho más juiciosa que la mía.

Pero en cuanto Herbert y yo sostuvimos nuestra importante conversación, fui presa de la febril convicción de que no tenía más remedio que aclarar por completo el asunto..., que no tenía que dejarlo en reposo, sino que había de ir a ver al señor Jaggers para averiguar toda la verdad. No sé si hacía todo eso en beneficio de Estella o si, por el contrario, me animaba el deseo de hacer brillar sobre el hombre en cuya salvación estaba tan interesado algunos reflejos del halo romántico que durante tantos años había rodeado a Estella. Tal vez esta última posibilidad estaba más cerca de la verdad.

Pero, sea lo que fuere, muy difícilmente me dejé disuadir de ir aquella noche a la calle de Gerrard. Contuvieron mi impaciencia las razones de Herbert, quien me dio a entender que si iba me fatigaría y empeoraría inútilmente, en tanto que la salvación de mi fugitivo dependía casi en absoluto de mí. Y diciéndome, por último, que, ocurriese lo que ocurriese, podría ir al día siguiente a visitar al señor Jaggers, me tranquilicé y me resigné a quedarme en casa para que Herbert me curase las quemaduras. A la mañana siguiente salimos los dos, y en la esquina de las calles de Smithfield y de Giltspur dejé a Herbert en su camino hacia la City para dirigirme hacia Litle Britain.

En ciertas ocasiones periódicas, el señor Jaggers y el señor Wemmick examinaban sus cuentas, comprobaban los cobros y, en una palabra, ponían en orden su contabilidad. En tales ocasiones, Wemmick llevaba sus libros y sus papeles al despacho del señor Jaggers, y uno de los empleados del piso superior iba a ocupar el sitio de Wemmick. Al entrar encontré a este empleado en el lugar de mi amigo, y por eso supuse lo que ocurría en el despacho del señor Jaggers; no lamenté encontrar a los dos juntos, pues así Wemmick podría cerciorarse de que yo no decía nada que pudiese comprometerle.

Mi aparición con el brazo vendado y la chaqueta sobre los hombros, como si fuese una capa, pareció favorable para mi propósito. A pesar de que había mandado al señor Jaggers una breve relación del accidente en cuanto llegué a Londres, me faltaba darle algunos detalles complementarios; y lo especial de la ocasión fue causa de que nuestra conversación fuese menos seca y dura, y menos regulada por las leyes de la evidencia, que en otra oportunidad cualquiera. Mientras yo hacía un relato del accidente, el señor Jaggers estaba en pie, ante el fuego, según su costumbre. Wemmick se había reclinado en la silla, mirándome, con las manos en los bolsillos del pantalón y la pluma puesta horizontalmente en el libro. Las dos brutales mascarillas, que en mi mente eran inseparables de los procedimientos legales, parecían preguntarse si en aquellos mismos instantes no estarían oliendo a quemado.

Terminada mi narración y después de haberse agotado las preguntas del señor Jaggers, exhibí la autorización de la señorita Havisham para recibir las novecientas libras esterlinas destinadas a Herbert. Los ojos del señor Jaggers parecieron hundirse más en sus cuencas cuando le entregué las tabletas; las tomó y las pasó a Wemmick, dándole instrucciones para que preparase el cheque a fin de firmarlo. Mientras Wemmick lo extendía, le observé, en tanto que el señor Jaggers, balanceándose ligeramente sobre sus brillantes botas, me miraba a su vez.

— Lamento mucho, Pip — dijo en tanto que yo me guardaba el cheque en el bolsillo después que él lo hubo firmado, — que no podamos hacer nada por usted.

— La señorita Havisham me preguntó bondadosamente — repliqué — si podría hacer algo en mi beneficio, pero le contesté que no.

— Todo el mundo debería conocer sus propios asuntos — dijo el señor Jaggers.

Y al mismo tiempo observé que los labios de Wemmick parecían articular silenciosamente las palabras: «Objetos de valor fácilmente transportables.»

— De hallarme en su lugar, yo no le habría contestado que no — añadió el señor Jaggers, — pero todo hombre debería conocer mejor sus propios asuntos.

—Los asuntos de cualquier hombre — dijo Wemmick mirándome con cierta expresión de reproche — son los objetos de valor fácilmente transportables.

Como yo creyese que había llegado la ocasión para tratar del asunto que tanto importaba a mi corazón, me volví hacia el señor Jaggers y le dije:

— Sin embargo, pedí una cosa a la señorita Havisham, caballero. Le pedí que me diese algunos informes relativos a su hija adoptiva, y ella me comunicó todo lo que sabía.

— ¿Eso hizo? — preguntó el señor Jaggers inclinándose para mirarse las botas y enderezándose luego. — ¡Ah! Creo que yo no lo habría hecho, de hallarme en lugar de la señorita Havisham. Ella misma debería conocer mejor sus propios asuntos.

— Conozco bastante más que la señorita Havisham la historia de la niña adoptada por ella. Sé quién es su verdadera madre.

El señor Jaggers me dirigió una mirada interrogadora y repitió:

— ¿Su madre?

— He visto a su madre en los tres últimos días.

— ¿De veras? — preguntó el señor Jaggers.

— Y usted también, caballero. Usted la ha visto aún más recientemente.

— ¿De veras?

— Tal vez sé más de la historia de Estella que usted mismo – dije. — También sé quién es su padre.

La expresión del rostro del señor Jaggers, pues aunque tenía demasiado dominio sobre sí mismo para expresar asombro no pudo impedir cierta mirada de extrañeza, me dio la certeza de que no estaba enterado de tanto. Yo lo sospechaba ya, a juzgar por el relato de Provis (según me lo transmitiera Herbert), quien dijo que había procurado permanecer en la sombra; lo cual lo relacioné con el detalle de que no fue cliente del señor Jaggers hasta cosa de cuatro años más tarde y en ocasión en que no tenía razón alguna para dar a conocer su verdadera identidad. De todas suertes, no estuve seguro de la ignorancia del señor Jaggers acerca del particular como me constaba ahora.

— ¿De manera que usted conoce al padre de esa señorita, Pip? — preguntó el señor Jaggers.

— Sí – contesté. — Se llama Provis... De Nueva Gales del Sur.

Hasta el mismo señor Jaggers se sobresaltó al oír estas palabras. Fue el sobresalto más leve que podía sufrir un hombre, el más cuidadosamente contenido y más rápidamente exteriorizado; pero se sobresaltó, aunque su movimiento de sorpresa lo convirtió en el que solía hacer para tomar su pañuelo. No sé cómo recibió Wemmick aquella noticia, porque en aquellos momentos temía mirarle, para que el señor Jaggers no adivinara que entre los dos había habido comunicaciones ignoradas por él.

— ¿Y en qué se apoya, Pip — preguntó muy fríamente el señor Jaggers, deteniéndose en su movimiento de llevarse el pañuelo a la nariz, — en qué se apoya ese Provis para reivindicar esa paternidad?

— No pretende nada de eso – contesté, — ni lo ha hecho nunca, porque ignora por completo la existencia de esa hija.

Por una vez falló el poderoso pañuelo. Mi respuesta fue tan inesperada, que se volvió el pañuelo al bolsillo sin terminar la acción habitual. Cruzó los brazos y me miró con severa atención, aunque con rostro inmutable.

Entonces le di cuenta de todo lo que sabía y de cómo llegué a saberlo; con la única reserva de que le di a entender que sabía por la señorita Havisham lo que, en realidad, conocía gracias a Wemmick. En eso fui muy cuidadoso. Y ni siquiera miré hacia Wemmick hasta que hubo permanecido silencioso unos instantes con la mirada fija en la del señor Jaggers. Cuando por fin volví los ojos hacia el señor Wemmick, observé que había tomado la pluma y que estaba muy atento en su trabajo.

— ¡Ah! — dijo por fin el señor Jaggers mientras se dirigía a los papeles que tenía en la mesa. — ¿En qué estábamos, Wemmick, cuando entró el señor Pip?

No pude resignarme a ser olvidado de tal modo y le dirigí una súplica apasionada, casi indignada, para que fuese más franco y leal conmigo. Le recordé las falsas esperanzas en que había vivido, el mucho tiempo que las alimenté y los descubrimientos que había hecho; además, aludí al peligro que me tenía conturbado. Me representé como digno de merecer un poco más de confianza por su parte, a cambio de la que yo acababa de demostrarle. Le dije que no le censuraba, ni me inspiraba ningún recelo ni sospecha alguna, sino que deseaba tan sólo que confirmase lo que yo creía ser verdad. Y si quería preguntarme por qué deseaba todo eso y por qué me parecía tener algún derecho a conocer estas cosas, entonces le diría, por muy poca importancia que él diese a tan pobres ensueños, que había amado a Estella con toda mi alma y desde muchos años atrás, y que, a pesar de haberla perdido y de que mi vida había de ser triste y solitaria, todo lo que se refiriese a ella me era más querido que otra cosa cualquiera en el mundo. Y observando que el señor Jaggers permanecía mudo y silencioso y, en apariencia, tan obstinado como siempre, a pesar de mi súplica, me volví a Wemmick y le dije:

— Wemmick, sé que es usted un hombre de buen corazón. He tenido ocasión de visitar su agradable morada y a su anciano padre, así como conozco todos los inocentes entretenimientos con los que alegra usted su vida de negocios. Y le ruego que diga al señor Jaggers una palabra en mi favor y le demuestre que, teniéndolo todo en cuenta, debería ser un poco más franco conmigo.

Jamás he visto a dos hombres que se miraran de un modo más raro que el señor Jaggers y Wemmick, después de pronunciar este apóstrofe. En el primer instante llegué a temer que Wemmick fuese despedido en el acto; pero recobré el ánimo al notar que la expresión del rostro de Jaggers se fundía en algo parecido a una sonrisa y que Wemmick parecía más atrevido.

— ¿Qué es esto? — preguntó el señor Jaggers. — ¿Usted tiene un padre anciano y goza de toda suerte de agradables entretenimientos?

—¿Y qué?— replicó Wemmick.- ¿Qué importa eso si no lo traigo a la oficina?

— Pip — dijo el señor Jaggers poniéndome la mano sobre el brazo y sonriendo francamente, — este hombre debe de ser el más astuto impostor de Londres.

— Nada de eso — replicó Wemmick, envalentonado. — Creo que usted es otro que tal.

Y cambiaron una mirada igual a la anterior, cada uno de ellos recelando que el otro le engañaba.

— ¿Usted, con una agradable morada? — dijo el señor Jaggers.

—Toda vez que eso no perjudica en nada la marcha de los negocios — replicó Wemmick, — puede usted olvidarlo por completo. Y ahora ha llegado la ocasión de que le diga, señor, que no me sorprendería absolutamente nada que, por su parte, esté procurando gozar de una agradable morada cualquier día de éstos, cuando ya se haya cansado de todo este trabajo.

El señor Jaggers movió dos o tres veces la cabeza y, positivamente, suspiró.

—Pip — dijo luego, — no hablemos de esos «pobres ensueños». Sabe usted más que yo de algunas cosas, pues tiene informes más recientes que los míos. Pero, con respecto a lo demás, voy a ponerle un ejemplo, aunque advirtiéndole que no admito ni confieso nada.

Esperó mi declaración de haber entendido perfectamente que, de un modo claro y expreso, no admitía ni confesaba cosa alguna.

— Ahora, Pip — añadió el señor Jaggers, — suponga usted lo que sigue: suponga que una mujer, en las circunstancias que ha expresado usted, tenía oculta a su hija y que se vio obligada a mencionar tal detalle a su consejero legal cuando éste le comunicó la necesidad de estar enterado de todo, para saber, con vistas a la defensa, la realidad de lo ocurrido acerca de la niña. Supongamos que, al mismo tiempo, tuviese el encargo de buscar una niña para una señora excéntrica y rica que se proponía criarla y adoptarla.

— Sigo su razonamiento, caballero.

— Supongamos que el consejero legal viviera rodeado de una atmósfera de maldad y que acerca de los niños no veía otra cosa sino que eran engendrados en gran número y que estaban destinados a una destrucción segura. Sigamos suponiendo que, con la mayor frecuencia, veía y asistía a solemnes juicios contra niños acusados de hechos criminales, y que los pobrecillos se sentaban en el banquillo de los acusados para que todo el mundo los viese; supongamos aún que todos los días veía cómo se les encarcelaba, se les azotaba, se les transportaba, se les abandonaba o se les echaba de todas partes, ya de antemano calificados como carne de presidio, y que los desgraciados no crecían más que para ser ahorcados. Supongamos que casi todos los niños que tenía ocasión de ver en sus ocupaciones diarias podía considerarlos como freza que acabaría convirtiéndose en peces que sus redes cogerían un día a otro, y que serían acusados, defendidos, condenados, dejados en la orfandad y molestados de un modo a otro.

— Ya comprendo, señor.

— Sigamos suponiendo, Pip, que había una hermosa niña de aquel montón que podía ser salvada; a la cual su padre creía muerta y por la cual no se atrevía a hacer indagación ni movimiento alguno, y con respecto a cuya madre el consejero legal tenía este poder: «Sé lo que has hecho y cómo lo hiciste. Hiciste eso y lo de más allá y luego tomaste tales y tales precauciones para evitar las sospechas. He adivinado todos tus actos, y te lo digo para que tú sepas. Sepárate de la niña, a no ser que sea necesario presentarla para demostrar tu inocencia, y en tal caso no dudes de que aparecerá en el momento conveniente. Entrégame a la niña y yo haré cuanto me sea posible para ponerte en libertad. Si te salvas, también se salvará tu niña; si eres condenada, tu hija, por lo menos, se habrá salvado.» Supongamos que se hizo así y que la mujer fue absuelta.

— Entiendo perfectamente.

— Pero ya he advertido que no admito que eso sea verdad y que no confieso nada.

— Queda entendido que usted no admite nada de eso.

Y Wemmick repitió:

— No admite nada.

— Supongamos aún, Pip, que la pasión y el miedo a la muerte había alterado algo la inteligencia de aquella mujer y que, cuando se vio en libertad, tenía miedo del mundo y se fue con su consejero legal en busca de un refugio. Supongamos que él la admitió y que dominó su antiguo carácter feroz y violento, advirtiéndole, cada vez que se exteriorizaba en lo más mínimo, que estaba todavía en su poder como cuando fue juzgada. ¿Comprende usted ese caso imaginario?

— Por completo.

— Supongamos, además, que la niña creció y que se casó por dinero. La madre vivía aún y el padre también. Demos por supuesto que el padre y la madre, sin saber nada uno de otro, vivían a tantas o cuantas millas de distancia, o yardas, si le parece mejor. Que el secreto seguía siéndolo, pero que usted ha logrado sorprenderlo. Suponga esto último y reflexione ahora con el mayor cuidado.

— Ya lo hago.

—Y también ruego a Wemmick que reflexione cuidadosamente.

— Ya lo hago — contestó Wemmick.

— ¿En beneficio de quién puede usted revelar el secreto? ¿En beneficio del padre? Me parece que no por eso se mostraría más indulgente con la madre. ¿En beneficio de la madre? Creo que si cometió el crimen, más segura estaría donde se halle ahora. ¿En beneficio de la hija? No creo que le diera mucho gusto el conocer a tales ascendientes, ni que de ello se enterase su marido; tampoco le sería muy útil volver a la vida de deshonra de que ha estado separada por espacio de veinte años y que ahora se apoderaría de ella para toda su existencia hasta el fin de sus días. Pero añadamos a nuestras suposiciones que usted amaba a esa joven, Pip, y que la hizo objeto de esos «pobres ensueños» que en una u otra ocasión se han albergado en las cabezas de más hombres de los que se imagina. Pues antes que revelar este secreto, Pip, creo mejor que, sin pensarlo más, se cortara usted la mano izquierda, que ahora lleva vendada, y luego pasara el cuchillo a Wemmick para que también le cortase la derecha.

Miré a Wemmick, cuyo rostro tenía una expresión grave. Sin cambiarla, se tocó los labios con su índice, y en ello le imitamos el señor Jaggers y yo.

—Ahora, Wemmick — añadió Jaggers recobrando su tono habitual, — dígame usted dónde estábamos cuando entró el señor Pip.

Me quedé allí unos momentos en tanto que ellos reanudaban el trabajo, y observé que se repetían sus extrañas y mutuas miradas, aunque con la diferencia de que ahora cada uno de ellos parecía arrepentirse de haber dejado entrever al otro un lado débil, y completamente alejado de los negocios, en sus respectivos caracteres. Supongo que por esta misma razón se mostrarían inflexibles uno con otro; el señor Jaggers parecía un dictador, y Wemmick se justificaba obstinadamente cuando se presentaba la más pequeña interrupción. Nunca les había visto en tan malos términos, porque, por regla general, marchaban los dos muy bien y de completo acuerdo.

Pero, felizmente, se sintieron aliviados en gran manera por la entrada de Mike, el cliente del gorro de pieles que tenía la costumbre de limpiarse la nariz con la manga y a quien conocí el primer día de mi aparición en aquel lugar. Aquel individuo, que ya en su propia persona o en algún miembro de su familia parecía estar siempre en algún apuro (lo cual en tal lugar equivalía a Newgate) entró con objeto de dar cuenta de que su hija había sido presa por sospecha de que se dedicase a robar en las tiendas. Y mientras comunicaba esta triste ocurrencia a Wemmick, en tanto que el señor Jaggers permanecía con aire magistral ante el fuego, sin tomar parte en la conversación, los ojos de Mike derramaron una lágrima.

— ¿Qué le pasa a usted? —preguntó Wemmick con la mayor indignación. — ¿Para qué viene usted a llorar aquí?

—No lloraba, señor Wemmick.

— Sí — le contestó éste. — ¿Cómo se atreve usted a eso? Si no se halla en situación de venir aquí, ¿para qué viene goteando como una mala pluma? ¿Qué se propone con ello?

— No siempre puede el hombre contener sus sentimientos, señor Wemmick — replicó humildemente Mike.

— ¿Sus qué? — preguntó Wemmick, furioso a más no poder. — ¡Dígalo otra vez!

— Oiga usted, buen hombre — dijo el señor Jaggers dando un paso y señalando la puerta. — ¡Salga inmediatamente de esta oficina! Aquí no tenemos sentimientos. ¡Fuera!

— Se lo tiene muy merecido — dijo Wemmick. — ¡Fuera!

Así, pues, el desgraciado Mike se retiró humildemente, y el señor Jaggers y Wemmick recobraron, en apariencia, su buena inteligencia y reanudaron el trabajo con tan buen ánimo como si acabaran de tomar el lunch.

Capítulo LII

Salí de Little Britain con el cheque en el bolsillo y me encaminé a casa del hermano de la señorita Skifflns, el perito contable, y éste se dirigió inmediatamente a buscar a Clarriker con objeto de traerlo ante mí. Así, tuve la satisfacción de terminar agradablemente el asunto. Era la única cosa buena que había hecho y la única que lograba terminar desde que, por vez primera, me enteré de las grandes esperanzas que podía tener.

Clarriker me informé entonces de que la casa progresaba rápidamente y que con el dinero recibido podría establecer una sucursal en Oriente, que necesitaba en gran manera para el mejor desarrollo de los negocios. Añadió que Herbert, en su calidad de nuevo socio, iría a hacerse cargo de ella, y, por consiguiente, comprendí que debería haberme preparado para separarme de mi amigo aunque mis asuntos hubiesen estado en mejor situación. Y me pareció como si estuviera a punto de soltarse mi última áncora y que pronto iría al garete, impulsado por el viento y el oleaje.

Pero me sirvió de recompensa la alegría con que aquella noche llegó Herbert a casa para darme cuenta de los cambios ocurridos, sin imaginar ni remotamente que no me comunicaba nada nuevo. Empezó a formar alegres cuadros de sí mismo, llevando a Clara Barley a la tierra de Las mil y una noches, y expresó la confianza de que yo me reuniría con ellos (según creo, en una caravana de camellos) y que remontaríamos el curso del Nilo para ver maravillas. Sin entusiasmarme demasiado con respecto a mi papel en aquellos brillantes planes, comprendí que los asuntos de Herbert tomaban ya un rumbo francamente favorable, de manera que sólo faltaba que el viejo Bill Barley siguiera dedicado a su pimienta y a su ron para que su hija quedara felizmente establecida.

Habíamos entrado ya en el mes de marzo. Mi brazo izquierdo, aunque no ofrecía malos síntomas, siguió el natural curso de su curación, de tal manera que aún no podía ponerme la chaqueta. El brazo derecho estaba ya bastante bien; desfigurado, pero útil.

Un lunes por la mañana, cuando Herbert y yo nos desayunábamos, recibí por correo la siguiente carta de Wemmick:

«Walworth. Queme usted esta nota en cuanto la haya leído. En los primeros días de esta semana, digamos el miércoles, puede usted llevar a cabo lo que sabe, en caso de que se sienta dispuesto a intentarlo. Ahora, queme este papel».

Después de mostrarle el escrito a Herbert, lo arrojé al fuego, aunque no sin habernos aprendido de memoria estas palabras, y luego celebramos una conferencia para saber lo que haríamos, porque, naturalmente, había que tener en cuenta que yo no estaba en condiciones de ser útil.