David Copperfield

Charles Dickens


Novela



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Índice

PREFACIO
HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS DE DAVID COPPERFIELD
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I. NAZCO
CAPÍTULO II. OBSERVO
CAPÍTULO III. UN CAMBIO
CAPÍTULO IV. CAIGO EN DESGRACIA
CAPÍTULO V. ME ALEJAN DEL HOGAR
CAPÍTULO VI. ENSANCHO MI CÍRCULO DE AMISTADES
CAPÍTULO VII. MI PRIMER SEMESTRE EN SALEM HOUSE
CAPÍTULO VIII. MIS VACACIONES, Y EN ESPECIAL UNA TARDE DICHOSA
CAPÍTULO IX. UN CUMPLEAÑOS MEMORABLE
CAPÍTULO X. EMPIEZAN DESCUIDÁNDOME, Y LUEGO ME COLOCAN
CAPÍTULO XI. EMPIEZO A VIVIR POR MI CUENTA, Y NO ME GUSTA
CANTULO XII. COMO EL VIVIR POR MI CUENTA NO ME GUSTA Y TOMO UNA GRAN RESOLUCIÓN
CAPÍTULO XIII. EL RESULTADO DE MI RESOLUCIÓN
CAPÍTULO XIV. LO QUE MI TÍA DECIDE RESPECTO A MÍ
CAPÍTULO XV. VUELVO A EMPEZAR
CAPÍTULO XVI. CAMBIO EN MÁS DE UN SENTIDO
CAPÍTULO XVII. ALGUIEN QUE REAPARECE
CAPÍTULO XVIII. MIRADA RETROSPECTIVA
CAPÍTULO XIX. MIRO A MI ALREDEDOR Y HAGO UN DESCUBRIMIENTO
CAPÍTULO XX. LA CASA DE STEERFORTH
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I. LA PEQUEÑA EMILY
CAPÍTULO II. LUGARES ANTIGUOS Y GENTE NUEVA
CAPÍTULO III. CORROBORO LA OPINIÓN DE MÍSTER DICK Y ME DECIDO POR UNA PROFESIÓN
CAPÍTULO IV. MI PRIMER EXCESO
CAPÍTULO V. EL ANGEL BUENO Y EL ANGEL MALO
CAPÍTULO VI. CAIGO CAUTIVO
CAPÍTULO VII. TOMMY TRADDLES
CAPÍTULO VIII. MÍSTER MICAWBER LANZA SU GUANTE
CAPÍTULO IX. VEO DE NUEVO A STEERFORTH EN SU CASA
CAPÍTULO X. UNA DESGRACIA
CAPÍTULO XI. UNA PÉRDIDA MAYOR
CAPÍTULO XII. EL PRINCIPIO DE UN LARGO VIAJE
CAPÍTULO XIII. FELICIDAD
CAPÍTULO XIV. MI TÍA ME SORPRENDE
CAPÍTULO XV. DEPRESIÓN
CAPÍTULO XVI. ENTUSIASMO
CAPÍTULO XVII. UN POCO DE AGUA FRÍA
CAPÍTULO XVIII. DISOLUCIÓN DE SOCIEDAD
CAPÍTULO XIX. WICKFIELD Y HEEP
CAPÍTULO XX. EL VAGABUNDO
TERCERA PARTE
CAPÍTULO I. LAS TÍAS DE DORA
CAPÍTULO II. UNA DESGRACIA
CAPÍTULO III. OTRA MIRADA RETROSPECTIVA
CAPÍTULO IV. NUESTRA CASA
CAPÍTULO V. MÍSTER DICK CUMPLE LA PROFECÍA DE MI TÍA
CAPÍTULO VI. INTELIGENCIA
CAPÍTULO VII. MARTHA
CAPÍTULO VIII. SUCESO DOMÉSTICO
CAPÍTULO IX. ME VEO ENVUELTO EN UN MISTERIO
CAPÍTULO X. EL SUEÑO DE MÍSTER PEGGOTTY LLEGA A REALIZARSE
CAPÍTULO XI. EL PRINCIPIO DE UN VIAJE MÁS LARGO
CAPÍTULO XII. ASISTO A UNA EXPLOSION
CAPÍTULO XIII. OTRA MIRADA RETROSPECTIVA
CAPÍTULO XIV. LAS OPERACIONES DE MÍSTER MICAWBER
CAPÍTULO XV. LA TEMPESTAD
CAPÍTULO XVI. LA NUEVA Y LA ANTIGUA HERIDA
CAPÍTULO XVII. LOS EMIGRANTES
CAPÍTULO XVIII. AUSENCIA
CAPÍTULO XIX. REGRESO
CAPÍTULO XX. AGNES
CAPÍTULO XXI. VOY A VER A DOS INTERESANTES PRESIDIARIOS
CAPÍTULO XXII. UNA LUZ BRILLA EN MI CAMINO
CAPÍTULO XXIII. UN VISITANTE
CAPÍTULO XXIV. ÚLTIMA MIRADA RETROSPECTIVA

PREFACIO

Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, to­davía en las primeras emociones de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así re­quiere. Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de tantos compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector, a quien ya quiero, con confidencias personales y emociones ínti­mas.

Además, todo lo que pudiera decir sobre esta historia, con cualquier propósito, ya he tratado de decirlo en ella.

Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza con que se abandona la pluma al terminar una labor creadora de dos años, ni la emoción que siente el autor al enviar a ese mundo sombrío parte de sí mismo, cuando algunas de las criaturas de su imaginación se separan de él para siempre.

A pesar de todo, no tengo nada más que decir aquí, a menos de confesar (lo que sería todavía menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie, al leer esta historia, podrá parecerle más real de lo que a mí me ha parecido al escri­birla.

Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al porve­nir. No puedo cerrar estos volúmenes de un modo más agra­dable para mí que lanzando una mirada llena de esperanza hacia los tiempos en que vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensuales, y dedicando un pensamiento agradecido al sol y a la lluvia que hayan caído sobre estas páginas de DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.

Londres, octubre de 1850.

HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS DE DAVID COPPERFIELD

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I. NAZCO

Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi his­toria desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultá­neamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la en­fermera y algunas comadronas del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéra­mos conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y se­gundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíri­tus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es cierta o falsa. Respecto a la se­gunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo con­serve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos, al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cintu­rones de corcho; lo que sí sé es que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir ahogado. Como la adquisi­ción de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues aca­baba de vender los suyos, desistió de la venta, después de re­tirar los anuncios, que tuvo que pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de me­nos, no sirviendo de nada el tiempo que se perdió en expli­caciones y demostraciones aritméticas, pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los noventa y dos años de edad.

Tengo entendido que dicha señora, mientras tomaba el té, que era su ocupación favorita, solía vanagloriarse de no ha­ber estado encima del agua mas que una vez en su vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás personas que tienen el atrevimiento de va­gabundear por esos mundos. En vano se le demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gra­cias a aquellas aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza de su razona­miento:

—No, no; nada de vagabundear.

Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.

Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los ojos de mi pa­dre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi pri­mer encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura, mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas de la casa estaban cuidadosa y cruel­mente (me parecía entonces) cerradas.

Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de quien hablaré más adelante, era el magnate de nuestra fami­lia: miss Trotwood, o miss Betsey, como mi pobre madre la llamaba siempre cuando se atrevía a nombrar a aquel formi­dable personaje (lo que ocurría muy rara vez). Mi tía se ha­bía casado con un hombre más joven que ella y muy ele­gante, aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo que el elegante hace», pues se sospechaba que pegaba a su mu­jer, y hasta llegó a contarse que una vez, discutiendo a pro­pósito de cuestiones económicas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompatibilidad de caracteres indujeron a miss Betsey a darle dinero para que se marchara y consintiera en una sepa­ración amistosa. Él se marchó a la India con su capital, y allí, según una leyenda de familia, se le vio montado en un elefante y acompañado de un Baboon, aunque yo creo que más bien sería de un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez años después, desde la India llegó a su casa la noticia de su muerte. El efecto que esta noticia causó en mi tía nadie lo supo. A raíz de la separación había vuelto a usar su nom­bre de soltera y, comprando una casita muy alejada en la costa, se había establecido allí con su criada, como una sol­terona, viviendo siempre recluida en un aislamiento in­flexible.

Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de miss Betsey; pero mi tía se ofendió mortalmente con su boda, bajo el pretexto de que mi madre era «una muñeca», pues, aunque no la había visto nunca, sabía que no tenía to­davía veinte años. Miss Betsey no quiso volver a ver a su so­brino. Mi padre tenía el doble de edad que mi madre cuando se casaron, y era de constitución delicada. Un año después de su boda, y, como ya he dicho, seis meses antes de mi na­cimiento, murió.

Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memo­rable (puede excusárseme el llamarlo así) a importante vier­nes. No puedo vanagloriarme de haber sabido en aquella época lo que estoy contando, ni de conservar ningún re­cuerdo (fundado en la evidencia de mis propios sentidos) de lo que sigue.

Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal de salud y muy abatida, y miraba el fuego a través de sus lá­grimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito a quien sólo esperaba un mundo no muy con­tento de su llegada y algunos proféticos paquetes de alfile­res preparados de antemano en el cajón de una cómoda del primer piso. Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego, en una tarde clara y fría de marzo, muy triste y de­primida, y temerosa de no salir con vida de la prueba que le esperaba, cuando, levantando sus ojos para enjugarlos, vio por la ventana a una señora desconocida que entraba en el jardín.

La segunda vez que la miró mi madre tuvo la certeza de que aquella señora era miss Betsey. Los rayos del sol po­niente iluminaban a la desconocida junto a la verja, y esta tenía un paso tan firme, un aire tan decidido, que no podía ser otra.

Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba mayor de su identidad. Mi padre había contado a menudo que la conducta de mi tía nunca era semejante a la del resto de los mortales; y, en efecto, aquella señora, en lugar de diri­girse a la puerta y llamar a la campanilla, se detuvo de­lante de la ventana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la nariz contra el cristal que mi madre solía decirme que se le había puesto en un momento completamente blanca y aplastada.

Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que yo siempre he estado convencido de que es a miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber nacido en viernes.

Mi madre se levantó precipitadamente y fue a esconderse en un rincón detrás de una silla. Miss Betsey recorrió lenta­mente la habitación con su mirada, de un modo inquisitivo y moviendo los ojos como los de las cabezas de sarracenos que hay en los relojes de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como quien está acostum­brada a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a abrir la puerta. Mi madre obedeció.

—¿La viuda de David Copperfield, supongo? —dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi ma­dre de luto riguroso y en aquel estado.

—Sí, señora —respondió débilmente mi madre.

—Miss Trotwood —dijo la visitante—. ¿Supongo que ha­brá oído usted hablar de ella?

Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.

—Pues aquí la tiene usted —dijo miss Betsey.

Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pa­sara, y se dirigieron a la habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a encender fuego en la sala.

Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos para contenerse, prorrumpió en llanto.

—¡Vamos, vamos! —dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!

Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.

—Vamos, niña, quítese usted la cofia —dijo miss Bet­sey—, que quiero verla bien.

Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y mag­níficos), esparciéndose alrededor de su rostro.

—Pero ¡Dios mío! —exclamó miss Betsey—. ¡Si es us­ted una niña!

Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad temía era ser demasiado niña para verse ya viuda y madre, si es que vivía.

Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre le pare­ció sentir que miss Betsey acariciaba sus cabellos con dul­zura; pero, al levantar la cabeza y mirarla con aquella tímida esperanza, vio que continuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda un poco remangada, los pies en el guarda­fuegos y las manos cruzadas sobre las rodillas.

—En nombre de Dios —dijo de pronto mi tía—, ¿por qué llamarla Rookery?

—¿Se refiere usted a la casa? —preguntó mi madre.

—¿Por qué Rookery? —insistió miss Betsey—. Si cual­quiera de los dos hubierais tenido un poco de sentido prác­tico la habríais llamado Cookery.

—Es el nombre que eligió míster Copperfield —respon­dió mi madre—. Cuando compró la casa le gustaba pensar que habría cuervos en sus alrededores.

En ese momento, el viento del atardecer empezó a silbar entre los olmos viejos y altos del jardín con tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no pudieron por menos que mi­rar con inquietud hacia la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros corno gigantes que quisieran confiarse algún terrible secreto, y después de permanecer inclinados unos se­gundos se erguían violentamente, sacudiendo sus enormes brazos, como si aquellas confidencias, intranquilizando a su conciencia, les hubieran arrebatado para siempre el reposo.

Algunos nidos bastante viejos de cuervos se bamboleaban destrozados por la intemperie en sus ramas más altas, como náufragos en un mar tormentoso.

—¿Y dónde están los pájaros? —preguntó miss Betsey.

—¿Los que ...?

Mi madre estaba pensando en otra cosa.

—Los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos? —preguntó mi tía.

—Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno —dijo mi madre—. Pensábamos... Míster Copperfield creía... que esto era una gran rookery; pero los nidos son ya muy anti­guos y deben de estar abandonados hace mucho tiempo.

—¡Las cosas de David Copperfield! —exclamó miss Bet­sey—. ¡David Copperfield de la cabeza a los pies! Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuervo en los alrede­dores, y cree que ha de haber forzosamente pájaros porque ve nidos.

—Míster Copperfield ha muerto —contestó mi madre—, y si se atreve usted a hablarme mal de él...

Sospecho que mi pobre madre tuvo por un momento la intención de arrojarse sobre mi tía; pero ni aun estando en mejor estado de salud y con suficiente entrenamiento hu­biera podido hacer frente a semejante adversario; así es que después de levantarse se volvió a sentar humildemente y cayó desvanecida.

Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey la hizo volver en sí, encontró a mi tía de pie ante la ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a no ser por el resplandor del fuego no hubieran podido distinguirse una a otra.

—¡Bueno! —dijo miss Betsey volviéndose a sentar, como si sólo hubiera estado mirando por casualidad el paisaje—. ¿Y cuándo espera usted...?

—Estoy temblando —balbució mi madre—. No se que me pasa; pero estoy segura de que me muero.

—No, no, no —dijo miss Betsey—. Tome usted un poco de té.

—¡Oh Dios mío, Dios mío! ¿Pero cree usted que eso me aliviará algo? —exclamó mi madre desesperadamente.

—Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervioso... Pero ¿cómo llama usted a la chica?

—Todavía no sé si será niña —dijo mi madre con ino­cencia.

—¡Dios bendiga a esta criatura! —exclamó mi tía, igno­rando que repetía la segunda frase inscrita con alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándosela a mi madre en lu­gar de a mí—. No se trataba de eso. Me refería a su criada.

—Peggotty —dijo mi madre.

—¡Peggotty! —repitió miss Betsey, casi indignada—. ¿Querrá usted hacerme creer que un ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?

—Es su apellido —dijo mi madre con timidez—. Míster Copperfield la llamaba así porque como tiene el mismo nombre de pila que yo...

—¡Aquí, Peggotty! —gritó miss Betsey abriendo la puerta— Traiga usted té; su señora no se encuentra bien; conque ¡a no perder tiempo!

Habiendo dado esta orden con tanta energía como si su autoridad estuviese reconocida en la casa desde toda la eter­nidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse, no sin antes ha­berse cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al sonido de aquella voz extraña.

—¿Decía usted que quizá será niña? —dijo cuando es­tuvo de nuevo con los pies sobre el guardafuego, la falda un poco remangada y las manos cruzadas encima de las rodi­llas—. No hay duda, será una niña; tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora bien, hija mía: desde el momento en que nazca esa niña...

—Quizá sea un niño —se tomó la libertad de interrumpir mi madre.

—¡Cuando le digo que tengo el presentimiento de que será niña! —insistió miss Betsey—. No me contradiga. Desde el momento en que nazca esa niña quiero ser su amiga. Cuento con ser su madrina y le ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood Copperfield. Y en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Pondremos todos los medios para que nadie se burle de los afectos de la pobre niña. La educaremos muy bien, evitando cuidadosa­mente que deposite su ingenua confianza en quien no lo me­rezca. Yo cuidaré de ello.

A1 final de cada frase mi tía bajaba la cabeza, como si los recuerdos la persiguieran y el no explayarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al menos así le pareció a mi madre, que la observaba al débil resplandor del fuego, aunque en realidad estaba demasiado asustada, demasiado intimi­dada y confusa para poder observar nada con claridad ni sa­ber qué decir.

—Y David, ¿era bueno con usted, hija mía? —pregun­tó miss Betsey después de un rato de silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron gradualmente—. ¿Erais felices?

—Éramos muy dichosos —dijo mi madre, Era tan bueno conmigo míster Copperfield.

—Supongo que la habrá destrozado —insistió miss Bet­sey.

—Considerando que ahora tengo que verme sola y aban­donada en este mundo, me temo que sí —sollozó mi madre.

—¡Bien! Pero no llore más —dijo mi tía—. No estabais compensados, hija mía. ¿Habrá alguna pareja que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era huérfana, ¿no es así?

—Sí.

—¿Y era institutriz?

—Estaba al cuidado de los niños en una familia que mís­ter Copperfield visitaba. Y era muy bueno conmigo míster Copperfield: se preocupaba mucho de mí y me demostraba un gran interés. Por último, me pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos —dijo mi madre con sencillez.

—¡Pobre niña! —murmuró miss Betsey, que continuaba mirando fijamente el fuego—. ¿Y sabe usted hacer algo?

—No sé .... señora —balbució mi madre.

—¿Gobernar una casa, por ejemplo? —dijo miss Betsey.

—No mucho, me temo —respondió mi madre—. Mucho menos de lo que desearía. Pero míster Copperfield me es­taba enseñando...

—¡Para lo que él sabía! —dijo mi tía en un paréntesis.

—Y estoy segura de que hubiera adelantado mucho, pues estaba ansiosa de aprender, y él era un maestro tan pa­ciente... Sin la gran desgracia de su muerte...

Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no pudo seguir.

—Bien, bien —dijo miss Betsey.

—Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las noches hacía­mos el balance juntos... —continuó mi madre, sollozando desesperadamente.

—Bien, bien —exclamó mi tía—. No llore usted más.

—Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto cuando le parecía que mis treses y mis cincos se confundían o que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves —ter­minó mi madre en una nueva explosión de llanto.

—Se pondrá usted enferma —dijo miss Betsey—, lo que no será muy beneficioso para usted ni para mi ahijada. ¡Va­mos, no vuelva a empezar!

Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar era creciente. Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas exclamaciones sordas de mi tía, que continuaba calentándose los pies en el guarda­fuegos.

—David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé —dijo poco a poco, A1 morir ¿ha hecho algo por usted?

—Míster Copperfield —constestó mi madre titubeando­fue tan cariñoso y tan bueno conmigo que aseguró parte de esa renta a mi nombre.

—¿Cuánto? —preguntó miss Betsey.

—Ciento cincuenta libras al año —dijo mi madre.

—¡Podía haberlo hecho peor! —dijo mi tía.

La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba cada vez peor, tanto que Peg­gotty, que entraba con el té y las velas, se dio cuenta de ello al instante (como se hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y la condujo apresuradamente a su habitación del piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham Peggotty —un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días para utilizarle como mensajero especial en caso de ur­gencia— a buscar al médico y a la comadrona.

Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron sobrema­nera cuando a su llegada (pocos minutos después uno de otro) se encontraron con una señora desconocida y de as­pecto imponente, sentada ante el fuego, con la toca colgando del brazo izquierdo y taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre tampoco decía nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y, cosa curiosa, el hecho de estar sacando aquella cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en los oídos no hacía disminuir en nada lo imponente de su aspecto.

El doctor, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda que había grandes probabilidades de que aquella señora y él tuvieran que permanecer sentados frente a frente durante varias horas, se propuso estar amable y cariñoso con ella. Este hombre era el ser más afable de su sexo, el más pequeño y dulce. Se deslizaba de medio lado por las habitaciones para ocupar el menor sitio posible, y an­daba con tanta suavidad como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio. Llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de su humildad y en parte por el deseo de agradar a todos. No ne­cesito decir que era incapaz de dirigir un palabra dura a na­die, ni a un perro, ni aun a un perro rabioso. Todo lo más le murmuraría dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la misma suavidad que andaba y no sabía ser rígido ni impaciente.

Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente a mi tía, con la cabeza siempre inclinada y haciéndole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y tocándose la oreja iz­quierda:

—¿Alguna molestia, señora?

—¿Qué? —replicó mi tía, sacándose el algodón del oído como si fuera un corcho.

A míster Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad (según contó después a mi madre), tanto que fue milagroso que conservara su presencia de ánimo. Insistió dulcemente.

—¿Alguna molestia, señora?

—¡Qué necedad! —replicó mi tía, volviéndose a taponar el oído.

Después de esto, míster Chillip nada podía hacer y se sentó, y estuvo contemplando tímidamente a mi tía, mien­tras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarle al dormitorio de mi madre. Después de un cuarto de hora de ausencia volvió.

—¿Y bien? —dijo mi tía, sacándose el algodón del lado más cercano a míster Chillip.

—Muy bien, señora —respondió el doctor—. Vamos.... vamos... avanzando... despacito, señora.

—¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! —dijo mi tía, interrumpiéndole con desprecio.

Y volvió a taponarse el oído.

Verdaderamente (según contaba después míster Chillip) era para indignarse, y él estaba casi indignado; claro que sólo hablando desde un punto de vista profesional, pero es­taba casi indignado. Sin embargo, volvió a sentarse y la es­tuvo mirando cerca de dos horas, mientras ella continuaba contemplando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo. Cuando después de esta ausencia apareció:

—¿Y bien? —dijo mi tía, quitándose el algodón del mismo lado.

—Muy bien, señora —respondió míster Chillip—. Va­mos..., vamos avanzando despacito, señora.

—¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! —interrumpió mi tía con tal desprecio hacia el pobre míster Chillip, que este ya no pudo soportarlo.

Aquello era para hacerle perder la cabeza, según dijo des­pués, y prefirió ir a sentarse solo en la oscuridad de la esca­lera y en una fuerte corriente de aire hasta que le llamasen de nuevo.

Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues iba a la escuela nacional y era una verda­dera fiera para el catecismo, contó al día siguiente que, ha­biendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabi­nete una hora después de aquello, miss Betsey, que recorría la habitación agitadísima, le descubrió al momento y se lanzó sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo el al­godón que había metido en sus oídos no debía de estar ais­lada por completo de los ruidos, pues cuando los pasos y las voces aumentaban en el piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el exceso de su intranquilidad. Le tenía agarrado por el cuello y le obligaba a andar constantemente de arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera tomado algún narcótico), enmarañándole los cabellos, arrugándole el cue­llo de la camisa y taponándole con algodón los oídos, con­fundiéndolos, sin duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda clase de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte confirmado por su tía, que lo vio a las doce y media, cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan rojo como yo en aquel mismo momento.

El apacible míster Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en aquellas circunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un momento libre se deslizó al gabi­nete y le dijo a mi tía con su amable sonrisa:

—Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la enhora­buena.

—¿Por qué? —dijo secamente mi tía.

Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella extremada severidad, pero le hizo un ligero saludo y trató de sonreírle para apaciguarla.

—¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre? —gritó mi tía con impaciencia—. ¿Es que no puede hablar?

—Tranquilícese usted, mí querida señora —dijo el doctor con su voz melosa, No hay ya el menor motivo de inquie­tud, tranquilícese usted.

Siempre he considerado como un milagro el que mi tía no le sacudiera hasta hacerlo soltar lo que tenía que decir. Se li­mitó a escucharle; pero moviendo la cabeza de una manera que le estremeció.

—Pues bien, señora —resumió míster Chillip tan pronto como pudo recobrar el valor—. Estoy contento de poder fe­licitarla. Ahora todo ha terminado, señora, todo ha termi­nado.

Durante los cinco minutos, poco más o menos, que míster Chillip empleó en pronunciar esta frase, mi tía lo contem­plaba con curiosidad.

—Y ella ¿cómo está? —dijo cruzándose de brazos, con el sombrero siempre colgando de uno de ellos.

—Bien, señora, y espero que pronto estará completa­mente restablecida —respondió míster Chillip—. Está todo lo bien que puede esperarse de una madre tan joven y que se encuentra en unas circunstancias tan tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la vea, señora; puede que le haga bien.

—Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? —dijo bruscamente mi tía.

Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un lado y miró a mi tía como un pajarillo asustado.

—¿La niña, que cómo está? —insistió miss Betsey.

—Señora —respondió míster Chillip—, creía que lo sa­bía usted: es un niño.

Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las cin­tas la lanzó a la cabeza de míster Chillip; después se la en­casquetó en la suya descuidadamente y se marchó para siempre. Se desvaneció como un hada descontenta, o como uno de esos seres sobrenaturales que la superstición popu­lar aseguraba que tendrían que aparecérseme. Y nunca más volvió.

No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su lecho, y Bet­sey Trotwood Copperfield había vuelto para siempre a la región de sueños y sombras, a la terrible región de donde yo acababa de llegar. Y la luna que entraba por la ventana de nuestra habitación se reflejaba también sobre la morada terrestre de todos los que nacían y sobre la sepultura en que reposaban los restos mortales del que fue mi padre y sin el cual yo nunca hubiera existido.

CAPÍTULO II. OBSERVO

Lo primero que veo de forma clara cuando quiero recor­dar la lejanía de mi primera infancia es a mi madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil, y a Peggotty, sin edad definida, con unos ojos tan negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con unas mejillas y unos brazos tan duros y rojos que me sorprende que los pájaros no los prefirieran a las manzanas.

Y siempre me parece recordarlas arrodilladas ante mí, frente a frente en el suelo, mientras yo voy con paso inse­guro de una a otra. Tengo un recuerdo en mi mente, que se mezcla con los recuerdos actuales, del contacto del dedo que Peggotty me tendía para ayudarme a andar: un dedo acribi­llado por la aguja y áspero como un rallador.

Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo que la me­moria de la mayor parte de los hombres puede conservar una impresión de la infancia más amplia de lo que generalmente se supone; también creo que la capacidad de observación está exageradamente desarrollada en muchos niños y ade­más es muy exacta. Esto me hace pensar que los hombres que destacan por dicha facultad es, con toda seguridad, porque no la han perdido más que porque la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por lo general, esos hombres con­servan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de agradar, que también es herencia procedente de la infancia.

Podrá tachárseme de divagador por detenerme a decir es­tas cosas, pero ello me obliga a hacer constar que todas estas conclusiones las saco en parte de mi propia experiencia. Así, si alguien piensa que en esta narración me presento como un niño de observación aguda, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, puede estar seguro de que tengo derecho a ambas características.

Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de mis años infantiles, lo primero que recuerdo, emergiendo por sí mismo de la confusión de las cosas, es a mi madre y a Peg­gotty. ¿,Qué más recuerdo? Veamos.

También sale de la bruma nuestra casa, tan unida a mis primeros recuerdos. En el piso bajo, la cocina de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay un palomar vacío y en un rincón una gran caseta de perro sin perro, y donde pu­lulan una gran cantidad de pollos, que a mí me parecen gi­gantescos y que corretean por allí de una manera feroz y amenazadora. Hay un gallo que se sube a un palo y que cuando yo le observo desde la ventana de la cocina parece mirarme con tanta atención que me hace estremecer: ¡es tan arrogante! Hay también unas ocas que se dirigen a mí aso­mando sus largos cuellos por la reja cuando me acerco. Por la noche sueño con ellas, como podría soñar un hombre que, rodeado de fieras, se duerme pensando en los leones.

Un largo pasillo (¡qué enorme perspectiva conservo de él!) conduce desde la cocina de Peggotty hasta la puerta de en­trada. Una oscura despensa abre su puerta al pasillo, y ese es un sitio por el que de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién sabe lo que puede suceder entre todas aquellas ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y sólo un quin­qué lo alumbra débilmente, dejando salir por la puerta entrabierta olor a jabón, a velas y a café, todo mezclado? Des­pués hay otras dos habitaciones: el gabinete, donde pasamos todas las tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está siempre con nosotros cuando no hay visita y ha terminado sus quehaceres), y la sala, donde únicamente estamos los domingos. La sala es mucho mejor que el gabinete, pero no se está en ella tan a gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza, pues Peggotty me contó (no sé cuándo, pero me pa­rece que hace siglos) que allí habían sido los funerales de mi padre, rodeado de los parientes y amigos, cubiertos todos con mantos negros. Además, un domingo por la noche mi madre nos leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrec­ción de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobrecogió de tal modo que después, cuando ya estaba acostado, tuvie­ron que sacarme de la cama y enseñarme desde la ventana de mi alcoba el cementerio, completamente tranquilo, con sus muertos durmiendo en las tumbas bajo la pálida solem­nidad de la luna.

No hay nada tan verde en ninguna parte como el musgo de aquel cementerio, nada tan frondoso como sus árboles, nada tan tranquilo como sus tumbas. Cuando por la mañana temprano me arrodillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habitación de mi madre, y miro por la ventana y veo a los corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja refleján­dose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre es el reloj de sol!», y me maravilla que también hoy siga marcando el tiempo.

Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su alto res­paldo al lado de una ventana, por la que podemos ver nues­tra casita. Peggotty no deja de mirarla ni un momento: se co­noce que le gusta cerciorarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en ella. Pero aunque los ojos de Peggotty vaga­bundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo hago lo mismo, y me hace señas de que me esté quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo no puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene puesta esa cosa blanca sí es muy amigo mío, pero allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso que a lo mejor interrumpirá el oficio para preguntarme la causa de ello ¿Qué haré, Dios mío?

Bostezar es muy feo, pero ¿qué voy a hacer? Miro a mi madre y noto que hace como que no me ve. Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a hacerme muecas. Miro un rayo de sol que entra por la puerta entreabierta del pór­tico, pero allí también veo una oveja extraviada (y no quiero decir un pecador, sino un cordero) que está a punto de colarse en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola terminaré por gritarle que se marche, y ¿qué sería de mí en­tonces? Miro las monumentales inscripciones de las tum­bas y trato de pensar en el difunto míster Bodgers, miem­bro de esta parroquia, y en la pena que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte de su marido, después de una larga enfermedad, para la cual la ciencia de los médicos ha sido ineficaz, y me pregunto si habrán consultado también a míster Chillip en vano; y en ese caso, ¿cómo podrá venir y estarlo recordando una vez por semana? Miro a míster Chillip, que está con su corbata de domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien que se podría jugar allí. El púlpito sería la fortaleza; otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le arrojaríamos el almohadón de terciopelo, con sus borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cierran los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el momento en que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me saca de la iglesia más muerto que vivo.

Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las ventanas de los dormitorios abiertas, por las que penetra un aire em­balsamado, y los viejos nidos de cuervos que se balancean todavía en lo alto de las ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de atrás, delante del patio donde está el palomar y la caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra con una cadena: allí los frutos maduran en los árboles más ricos y abundantes que en ninguna otra parte; y mientras mi madre los recoge en su cesta, yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grosellas, haciendo como que no me muevo. Se le­vanta un gran viento y el verano huye de nosotros. En las tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando mi madre está cansada se sienta en su butaca, se enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla su talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le gusta mirarse y lo contenta que está de ser tan bella.

Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa y la sen­sación de que los dos (mi madre y yo) teníamos un poco de miedo de Peggotty, y nos sometíamos en casi todo a sus ór­denes; de aquí dimanaban siempre las primeras opiniones (si se pueden llamar así), a lo que yo veía.

Una noche estábamos Peggotty y yo solos sentados junto al fuego. Yo había estado leyéndole a Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí de leer muy mal o a la pobre mujer le interesaba muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga impresión que le quedó de mi lectura fue que se trataba de una especie de legumbres. Me había cansado de leer y me caía de sueño; pero como tenía permiso (como una gran cosa) para permanecer levantado hasta que volviera mi madre (que pasaba la velada en casa de unos vecinos) como es natural, hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme a la cama.

Había llegado a ese estado de sueño en que me parecía que Peggotty se inflaba y crecía de un modo gigantesco. Me sostenía con los dedos los párpados para que no se me cerra­sen y la miraba con insistencia, mientras ella seguía traba­jando; también miraba el pedacito de cera que tenía para el hilo (¡qué viejo estaba y qué arrugado por todos lados! y la casita donde vivía el metro, y la caja de labor, con su tapa de corredera que tenía pintada una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula color de rosa, y el dedal de cobre puesto en su dedo, y a ella misma, que realmente me parecía encan­tadora.

Tenía tanto sueño que estaba convencido de que en el mo­mento en que perdiera de vista cualquiera de aquellas cosas ya no tendría remedio.

—Peggotty —dije de repente— ¿Has estado casada al­guna vez?

—¡Dios mío, Davy! —replicó Peggotty—. ¿,Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?

Me contestó tan sorprendida que casi me despabiló, y de­jando de coser me miró con la aguja todo lo estirada que le permitía el hilo.

—Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty? —le dije— Tú eres una mujer muy guapa, ¿no?

La encontraba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de belleza, me parecía un ejem­plar perfecto.

Había en el gabinete un taburete de terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma cosa. El terciopelo del taburete era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de menos.

—¿Yo guapa, Davy? —contestó Peggotty—. No, por Dios, querido. Pero ¿quién te ha metido en la cabeza esas cosas?

—No lo sé. Y no puede uno casarse con más de una per­sona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?

—Claro que no —dijo Peggotty muy rotundamente.

—Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ¿entonces sí puede uno casarse con otra? Di, Peg­gotty.

—Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cuestión de gustos —dijo Peggotty.

—Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?

Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque me daba cuenta de que ella me observaba con una curiosidad enorme.

—Mi opinión es —dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un momento de vacilación ­que yo nunca he estado casada, ni pienso estarlo, Davy. Eso es todo lo que sé sobre el asunto.

—Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad, Peg­gotty? —dije después de un minuto de silencio.

De verdad creía que se había enfadado, me había contes­tado tan lacónicamente; pero me equivocaba por completo, pues dejando a un lado su labor (que era una media suya) y abriendo mucho los brazos cogió mi rizada cabecita y la es­trechó con fuerza. Estoy seguro de que fue con fuerza, porque, como estaba tan gordita, en cuanto hacía un movimiento algo brusco los botones de su traje saltaban arrancados. Y recuerdo que en aquella ocasión salieron dos disparados hasta el otro extremo de la habitación.

—Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodilos» —me dijo Peggotty, que todavía no había conseguido pro­nunciar bien la palabra—, pues no me he enterado ni de la mitad.

Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni por qué tenía aquel afán en volver a ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los monstruos, con un nuevo in­terés por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol como corríamos hacia ellos hostigándolos con insistentes vueltas a su alrededor, tan rápidas, que ellos, a causa de su extraña forma, no podían seguir. Después los perseguíamos en el agua como los indígenas, y les introducía­mos largos pinchos por las fauces. En resumen, que llegamos a sabernos de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo menos yo. De Peggotty no respondo, pues estaba tan distraí­da, que no hacía más que pincharse con la aguja en la cara y en los brazos.

Habiendo agotado todo lo referente a los cocodrilos, íba­mos a empezar con sus semejantes, cuando sonó la campa­nilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi madre. Me pareció que estaba más bonita que nunca, y con ella llegaba un caba­llero de hermosas patillas y cabello negros, a quien ya cono­cía por habernos acompañado a casa desde la iglesia el do­mingo anterior.

Cuando mi madre se detuvo en la puerta para cogerme en sus brazos y besarme, el caballero dijo que yo tenía más suerte que un rey (o algo parecido) pues me temo que mis reflexiones ulteriores me ayuden en esto.

—¿Qué quiere decir? —pregunté por encima del hombro de mi madre.

El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por qué no me gustaban ni él ni su voz profunda, y tenía como celos de que su mano tocara la de mi madre mientras me acariciaba. Le rechacé lo más fuerte que pude.

—¡Oh Davy! —me reprochó mi madre.

—¡Querido niño! —dijo el caballero, ¡No me sor­prende su adoración!

Nunca había visto un color tan hermoso en el rostro de mi madre.

Me regañó dulcemente por mi brusquedad, y estrechán­dome entre sus brazos, daba las gracias al caballero por ha­berse molestado en acompañarla. Mientras hablaba le tendió la mano, y mientras se la estrechaba me miraba.

—Dame las buenas noches, hermoso —dijo el caballero, después de inclinarse (¡yo lo vi!) a besar la mano de mi madre.

—¡Buenas noches! —dije.

—Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos del mundo —insistió riendo—; dame la mano.

Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha y yo le tendí la otra.

—¡Cómo! Esta es la mano izquierda, Davy —dijo él riendo.

Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo había resuelto no dársela, y no se la di. Le alargué la otra, que él estrechó cor­dialmente, y diciendo que era un buen chico, se marchó.

Un momento después le vi volverse en la puerta del jardín y lanzarnos una última mirada (antes de que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de mal agüero.

Peggotty, que no había dicho una palabra ni movido un dedo, cerró instantáneamente los cerrojos, y entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su costumbre, en lugar de sentarse en la butaca junto al fuego, permaneció en el otro extremo de la habitación canturreando para sí.

—Espero que haya pasado usted una velada agradable —dijo Peggotty, tiesa como un palo en el centro de la habi­tación y con un palmatoria en la mano.

—Sí, Peggotty, muchas gracias —respondió mi madre con voz alegre—. He pasado una velada muy agradable.

—Una persona nueva es siempre un cambio muy agrada­ble —insistió Peggotty.

—Naturalmente, es un cambio muy agradable —contestó mi madre.

Peggotty continuó inmóvil en medio de la habitación, y mi madre reanudó su canto. Yo me dormí, aunque no con un sueño profundo, pues me parcería oír sus voces, pero sin en­tender lo que decían. Cuando me desperté de aquella des­agradable modorra, me encontré a Peggotty y a mamá ha­blando y llorando.

—No es una persona así la que le hubiera gustado a mis­ter Copperfield —decía Peggotty—; se lo repito y se lo juro.

—¡Dios mío! —exclamó mi madre—. ¿Quieres volverme loca? En mi vida he visto a nadie ser tratado con tanta cruel­dad por sus criados. Además, hago una injusticia si me con­sidero una niña. ¿No he estado casada, Peggotty?

—Dios sabe que sí, señora —respondió Peggotty.

—¿Y cómo eres capaz, Peggotty —dijo mi madre—, cómo tienes corazón para hacerme tan desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie que me consuele?

—Razón de más —repuso Peggotty— para decirle que eso no le conviene. No, no puede ser. De ninguna manera debe usted hacerlo. ¡No!

Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al aire del énfasis con que la movía.

—¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una manera tan injusta? —gritó mi madre llorando más que antes—. ¿Por qué te empeñas en considerarlo como cosa decidida, Peggotty, cuando te repito una vez y otra que no ha pasado nada de la más corriente cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la siente, ¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pregunto? Tú querrías que me afeitase la cabeza y me ennegreciera el ros­tro, o que me desfigurase con una quemadura, un cuchillo o algo parecido. Estoy segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura de que te daría una gran alegría.

Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la repri­menda.

—Y mi niño, mi hijito querido —continuó mi madre, acercándose a la butaca en que yo estaba tendido y acari­ciándome—, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que no quiero a mi mayor tesoro! El mejor compañero que haya existido jamás.

—Nadie ha insinuado semejante cosa —dijo Peggotty.

—Sí, Peggotty —replicó mi madre—; lo sabes muy bien. Es lo que has querido decirme con tus malas palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien como yo que única­mente por él no me he comprado el mes pasado una sombri­lla nueva, a pesar de que la verde está completamente des­trozada y se va por momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes negarlo!

Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando su me­jilla contra la mía:

—¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una madre mala, egoísta y cruel? Di que lo soy, hijo mío; di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peggotty vale mucho más que el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ¿verdad?

Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que yo era el que lloraba más fuerte; pero estoy seguro de que todos lo ha­cíamos con sinceridad. Yo estaba verdaderamente destro­zado, y temo que en los primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a Peggotty bestia. Aquella excelente criatura estaba en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y estoy casi seguro de que en aquella ocasión su vestido debió de que­darse sin un solo botón, pues saltaron por los aires cuando después de reconciliarse con mi madre se arrodilló al lado del sillón para reconciliarse conmigo.

Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollozos me desvelaron durante mucho tiempo; y cuando un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la cama, me encontré a mi madre sentada a los pies a inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me dormí profundamente.

No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a ver al caballero aquel, o si pasó más tiempo antes de que reapare­ciese; no puedo recordarlo, y no pretendo determinar fechas; pero sé que volví a verlo en la iglesia y que después nos acompañó a casa. Además, entró para ver un hermoso gera­nio que teníamos en la ventana del gabinete. No me pareció que se fijaba mucho en el geranio; pero antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi madre le dijo que cortara él mismo la que más le gustase; pero él se negó, no comprendí por qué, y entonces mi madre, arrancando una florecita, se la dio. Él dijo que nunca, nunca, se separaría de ella; y yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que no sabía que al día siguiente estaría marchita.

Por aquella época, Peggotty empezó a estar menos con nosotros por las noches. Mi madre la trataba con mucha de­ferencia (más que de costumbre me parecía a mí), y los tres estábamos muy amigos, pero había algo distinto que nos ha­cía sentir violentos cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pensaba que a Peggotty no le gustaba que mi madre luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía guardados, ni que fuera tan a menudo a casa de la misma vecina; pero no lo­graba comprender por qué.

Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al caballero de las patillas negras. Seguía sin gustarme más que al principio y continuaba sintiendo los mismos celos, aunque sin más ra­zón para ello que una instintiva antipatía de niño y un vago sentimiento de que Peggotty y yo debíamos bastar a mi ma­dre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de haber sido ma­yor, no hubiera encontrado estas razones, ni siquiera nada semejante. Podía observar pequeñas cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo que estaba por encima de mis fuerzas.

Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en el jar­dín, cuando míster Murdstone (entonces ya sabía su nom­bre) pasó por allí a caballo. Se detuvo un momento a saludar a mi madre, y dijo que iba a Lowestolf, donde tenía unos amigos, dueños de un yate, y me propuso muy alegremente llevarme con él montado en la silla si me gustaba el paseo.

Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mientras pia­faba y relinchaba a la puerta del jardín, parecía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí grandes deseos de acompa­ñarlos.

Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre tanto, míster Murdstone desmontó, y con las bridas del caballo de­bajo del brazo se puso a pasear lentamente por el otro lado del seto, mientras mi madre le acompañaba, paseando también lentamente, por dentro del jardín. Me reuní con Peggotty y los dos nos pusimos a mirar desde la ventana de mi cuarto. Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar el seto que había entre ellos mientras andaban; y también que Peg­gotty, que estaba de muy buen humor, pasó en un momento a todo lo contrario, y comenzó a peinarme de un modo vio­lento.

Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando a lo largo del verde seto por el lado del camino. Me sostenía cómoda­mente con un brazo; pero yo no podía estarme tan quieto como de costumbre, y no dejaba de pensar a cada momento en volver la cabeza para mirarle. Míster Murdstone tenía una clase de ojos negros «vacíos». No encuentro otra palabra para definir esos ojos que no son profundos, en los que no se puede sumergir la mirada y que cuando se abstraen parece, por una peculiaridad de luz, que se desfiguran por un momento como una máscara. Varias de las veces que le miré le encontré con aquella expresión, y me preguntaba a mí mismo, con una es­pecie de terror, en qué estaría pensando tan abstraído.

Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me parecieron más negros y más abundantes;.nunca hubiera creído que fue­ran así. La parte inferior de su rostro era cuadrada; esto y la sombra de su barba, muy negra, que se afeitaba cuidadosa­mente todos los días, me recordaba una figura de cera que habían recibido haría unos seis meses en nuestra vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el brillante colorido de su cutis (al diablo su cutis y al diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de mis sentimientos, que era un hombre muy guapo. No me extraña que mi pobre y querida madre pen­sara lo mismo.

Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde encontramos a dos caballeros fumando en una habitación. Cada uno es­taba tumbado lo menos en cuatro sillas, y tenían puestas unas chaquetas muy amplias. En un rincón había un montón de abrigos, capas para embarcarse y una bandera, todo em­paquetado junto.

Cuando entramos, los dos se levantaron perezosamente y dijeron:

—¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías muerto!

—Todavía no —dijo Murdstone.

—¿Y quién es este chico? —dijo, cogiéndome, uno de los caballeros.

—Es Davy —contestó Murdstone.

—Davy, ¿qué? —dijo el caballero—. ¿Jones?

—Copperfield —dijo Murdstone.

—¡Ah, vamos! ¡El estorbo de la seductora mistress Cop­perfield, la viudita bonita! —exclamó el caballero.

—Quinion —dijo Murdstone—, tenga usted cuidado. Hay gente muy avispada.

—¿Quién? —preguntó el otro, riéndose.

Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha curiosidad por saber de quién hablaban.

—Hablo de Brooks de Shefield —dijo míster Murdstone.

Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de Brooks de Shefield, porque en el primer momento había creído que ha­blaban de mí.

Debía de haber algo muy cómico en la fama de míster Brooks de Shefield, pues los otros dos caballeros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster Murdstone también pare­ció divertirle mucho. Después que hubieron reído un rato, el caballero a quien habían llamado Quinion dijo:

—¿Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo que se refiere al asunto?

—No creo que Brooks entienda todavía mucho de ello —replicó míster Murdstone—; pero en general no me pa­rece favorable.

De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo que iba a mandar traer una botella de sherry para brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio también a mí un poco con un bizcocho, y antes de que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:

—¡A la confusión de Brooks de Shefield!

El brindis fue recibido con aplausos y grandes risas, lo que me hizo reír a mí también. Entonces ellos rieron todavía más. En resumen, nos divertimos mucho.

Luego estuvimos paseando; después nos fuimos a sentar en la hierba, y más tarde lo estuvimos mirando todo a través de un telescopio. Yo no podía ver nada cuando lo ponían ante mis ojos, pero decía que veía muy bien. Después volvi­mos al hotel para almorzar. Todo el tiempo que estuvimos en la calle los amigos de míster Murdstone fumaron sin cesar, lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de estar ha­ciendo desde que habían salido los trajes de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a visitar el yate. Allí ellos tres bajaron a una cabina donde estuvieron mirando unos pape­les. Yo los veía completamente entregados a su trabajo cuando se me ocurría mirar por la claraboya entreabierta. Durante aquel tiempo me dejaron con un hombre encanta­dor, con abundantes cabellos rojos y un sombrero pequeño y barnizado encima. También llevaba una camisa o un jersey rayado, sobre la que se veía escrito en letras mayúsculas Alondra. Yo pensé que sería su nombre, y que, como vivía en un barco y no tenía puerta donde ponerlo, se lo ponía en­cima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo que aquel no era su nombre, sino el del barco.

Durante todo el día pude observar que míster Murdstone estaba más serio y silencioso que los otros dos caballeros, los cuales parecían muy alegres y despreocupados, bromean­do de continuo entre ellos, pero muy rara vez con él. Tam­bién me pareció que era más inteligente y más frío y que lo miraban con algo del mismo sentimiento que yo experimen­taba. Pude observar que una o dos veces, cuando míster Qui­nion hablaba, miraba de reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de que no le estaba desagradando; y en otra ocasión, cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba más entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le hizo señas con los ojos para que mirase a míster Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso. No recuerdo que míster Murd­stone se riera en todo el día, excepto en el momento del brin­dis por Shefeld, y eso porque había sido cosa suya.

Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy her­mosa, y mi madre y él se pasearon de nuevo a lo largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando míster Murdstone se marchó, mi madre me estuvo preguntando qué había he­cho durante el día y lo que habían dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo que eran unos impertinentes y que decían tonterías; pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía con la misma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía a míster Brooks de Shefield; pero me contestó que no, y que suponía que se trataría de algún fabricante de cuchillos.

¿Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha cam­biado y que no existe) ha desaparecido para siempre, cuando todavía en este momento le estoy viendo ante mí tan claro como el de una persona a quien se reconocería en medio de la multitud? ¿Cómo decir que su inocencia y de su belleza infantil, han desaparecido, cuando todavía siento su aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche? ¿Es posible que haya cambiado, cuando mi imaginación me la trae todavía viva, y aquel verdadero cariño que sentía y que sigo sin­tiendo, recuerda aún lo que más quería entonces?

Al referirme a ella la describo como era: cuando me fui aquella noche a la cama después de charlar y cuando des­pués vino ella a mi lecho a besarme, se arrodilló alegremente al lado de mi camita y con la barbilla apoyada en sus manos y riendo me dijo:

—¿Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo; ¡no lo puedo creer!

—La seductora... —empecé.

Mi madre puso sus manos sobre mis labios para interrum­pirme.

—No sería seductora —dijo riendo—. No puede haber sido seductora, Davy. ¡Estoy segura de que no era eso!

—Sí era: «la seductora mistress Copperfield» —repetí con fuerza—. Y «la bonita» .

—No, no; tampoco era bonita; no era bonita —interrum­pió mi madre, volviendo a poner sus dedos sobre mis labios.

—Sí era, sí: « la bonita viudita».

—¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! —exclamó mi madre riendo y cubriéndose el rostro con las manos. ¡Qué hombres tan ridículos! Davy querido...

—¿Qué, mamá?

—No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos. Yo también estoy muy enfadada; pero prefiero que Peggotty no lo sepa.

Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos todavía mu­chas veces, y pronto caí en un profundo sueño.

Ahora, desde la distancia, me parece como si hubiera sido al día siguiente cuando Peggotty me hizo la extravagante y aventurada proposición que voy a relatar, aunque es muy probable que fuese dos meses después.

Una noche estábamos (como siempre cuando mi madre había salido) sentados, en compañía del metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la catedral de Saint Paul en la tapa y del libro del cocodrilo, cuando Peggotty, después de mirarme varias veces y abrir la boca como si fuera a hablar, sin hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba; de no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo cariñosa­mente:

—Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince días en casa de mi hermano, en Yarmouth? ¿Te divertiría?

—¿Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty? —pregunté con precaución.

—¡Oh! ¡Ya lo creo que es un hombre simpático! —ex­clamó Peggotty levantando las manos—. Y además allí ten­drás el mar, y los barcos, y los buques grandes, y los pesca­dores, y la playa, y a Ham para jugar.

Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencionado en el primer capítulo; pero hablaba de él como de una parte de la gramática inglesa.

Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté que ya lo creo que me divertiría; pero ¿qué diría mi madre?

—Apuesto una guinea —dijo Peggotty mirándome inten­samente— a que nos deja. Si quieres, se lo pregunto en cuanto vuelva. ¡Ahí mismo!

—Pero, ¿qué hará ella mientras no estemos? —dije, apo­yando mis codos pequeños en la mesa como para dar más fuerza a mi pregunta—. ¡No va a quedarse sola!

Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media era el roto que cosía, verdaderamente debía de ser tan pequeño que no merecía la pena de repasarlo.

—Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podría vivir sola.

—¡Dios te bendiga! —exclamó al fin Peggotty, mirán­dome de nuevo—. ¿No lo sabes? Tu madre va a pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress Grayper va a tener en su casa mucha gente.

¡Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto a ir. Es­peré con la más viva impaciencia a que mi madre volviera de casa de mistress Grayper (pues estaba en casa de aquella misma vecina) para estar seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea. Sin ni mucho menos sorprenderse, como yo esperaba, mi madre consintió enseguida en ello; y todo quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que pagarían por mi alojamiento y manutención durante la visita.

El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían fijado tan cercano, que llegó pronto hasta para mí, que lo esperaba con febril impaciencia y que temía que un temblor de tierra, una erupción volcánica o cualquier otra gran convulsión de la natu­raleza viniera a interponerse interrumpiendo la expedición. De­bíamos ir en el coche de un carretero que partía por la mañana después del desayuno. Hubiera dado dinero por haber podido vestirme la noche anterior y dormir ya con sombrero y botas.

¡Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parezca que lo digo como algo sin importancia, la alegría con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar siquiera lo que dejaba para siempre!

Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a la puerta y mi madre me besaba, una gran ternura por ella y por el viejo lugar que nunca había abandonado me hizo llorar. Y me gusta saber que mi madre también lloraba y que yo sen­tía latir su corazón contra el mío.

Me gusta recordar que cuando el carro empezó a alejarse, mi madre corrió tras él por el camino, mandándole parar, para darme más besos, y me gusta saber la gravedad y el ca­riño con que apretaba su cara contra la mía, y yo también.

Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya partimos, míster Murdstone apareció a su lado. Me pareció que le re­prochaba el estar tan conmovida. Yo los miraba a través de los barrotes del carro, preocupado con la idea de por qué ese señor se metería en aquello.

Peggotty, que también estaba mirando, no parecía nada satisfecha; se lo noté en cuanto le miré a la cara.

Durante algún tiempo permanecí mirando a Peggotty y pensando que si ella quisiera abandonarme, como a los ni­ños en los cuentos de hadas, yo sería capaz de volver a en­contrar el camino de casa guiándome sólo por los botones que, seguramente, se le irían cayendo.

CAPÍTULO III. UN CAMBIO

Quiero suponer que el caballo del carretero era el más pe­rezoso del mundo, pues caminaba muy despacio y con la ca­beza baja, como si le gustase hacer esperar a la gente a quien llevaba los encargos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se reía para sí al pensar en ello. Sin embargo, el carretero me dijo que era tos porque había cogido un consti­pado.

También él tenía la costumbre de llevar la cabeza baja, como su caballo, y mientras conducía iba medio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y digo «conducía» aunque a mí me pareció que el carro hubiera podido ir a Yar­mouth exactamente igual sin él; era evidente que el caballo no lo necesitaba; y en cuanto a dar conversación, no tenía ni idea; sólo silbaba.

Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa cesta de provisiones, que hubiera podido durarnos hasta Londres aunque hubiéramos continuado el viaje con el mismo medio de transporte. Comíamos y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la barbilla apoyada en el asa de la cesta, postura de la que ni por un momento se cansaba; y yo nunca hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis propios oídos, que una mujer tan débil roncase de aquel modo.

Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estuvimos tanto tiempo descargando la armadura de una cama en una posada y llamando en otros muchos sitios, que estaba ya cansadísimo, y me puse muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.

Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo largo del río me pareció que estaba todo muy esponjoso y empa­pado, y no acertaba a comprender cómo si el mundo es real­mente redondo (según mi libro de geografía) una parte de él puede ser tan sumamente plana. Imaginando que Yarmouth podía estar situada en uno de los polos, ya era más explica­ble. Conforme nos acercábamos veíamos extenderse cada vez más el horizonte como una línea recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna colina, o cosa semejante, de vez en cuando, mejoraría mucho el paisaje, y que si la tierra es­tuviera un poco más separada del mar y la ciudad menos su­mergida en él, como un trozo de pan en el caldo, sería mucho más bonito. Pero Peggotty me contestó, con más énfasis que de costumbre, que había que tomar las cosas como eran, y que, por su parte, estaba orgullosa de poder decir que era un «arenque» de Yarmouth.

Cuando salimos a la calle (que era completamente extraña y nueva para mí); cuando sentí el olor del pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a los pescadores paseando y las carretas de un lado para otro, comprendí que había sido injusto con un pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peggotty, que escuchó mis expresiones de entusiasmo con gran complacencia y me contestó que era cosa reconocida (supongo que por todos aquellos que habían tenido la suerte de nacer « arenques») que Yarmouth era, por encima de todo, el sitio más hermoso del universo.

—Allí veo a mi Ham. ¡Pero si está desconocido de lo que ha crecido —gritó Peggotty.

En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta de la po­sada, y me preguntó por mi salud como a un antiguo cono­cido. Al principio me daba cuenta de que no le conocía tanto como él a mí, pues el haber estado en casa la noche de mi nacimiento le daba, como es natural, gran ventaja. Sin em­bargo, empezamos a intimar desde el momento en que me cogió a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa. Ham era entonces un muchacho grandón y fuerte, de seis pies de alto y bien proporcionado, con enormes espaldas re­dondas; pero con una cara de expresión infantil y unos cabe­llos rubios y rizados que le daban todo el aspecto de un cor­dero. Iba vestido con una chaqueta de lona y unos pantalones tan tiesos, que se hubieran sostenido solos incluso sin pier­nas dentro. Sombrero, en realidad, no se podía decir que lle­vaba, pues iba cubierto con una especie de tejadillo algo em­breado como un barco viejo.

Ham me llevaba a caballo encima de sus hombros, y con una de nuestras maletas debajo del brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por senderos cubiertos con montones de viruta y de montañitas de arena; después cerca de una fábrica de gas, por delante de cordelerías, arsenales de cons­trucción y de demolición, arsenales de calafateo, de herre­rías en movimiento y de muchos sitios análogos. Y por fin llegamos ante la vaga extensión que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:

—Esta es nuestra casa, señorito Davy.

Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar en aquel desierto, por encima del mar y por la orilla; pero no conse­guí descubrir ninguna casa; allí había una barcaza negra o algo parecido a una barca viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de hierro asomando como una chimenea, del que salía un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pu­diera parecer una casa.

—¿No será eso? —dije— ¿Eso que parece una barca?

—Precisamente eso, señorito Davy —replicó Ham.

Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas sus maravi­llas, creo que no me hubiera seducido más la romántica idea de vivir en él. Tenía una puerta bellísima, abierta en un lado, y te­nía techo y ventanas pequeñas; pero su mayor encanto consis­tía en que era un barco de verdad, que no cabía duda que había estado sobre las olas cientos de veces y que no había sido he­cho para servir de morada en tierra firme. Eso era lo que más me cautivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera pare­cido pequeña o incómoda o demasiado aislada; pero no ha­biendo sido destinada a ese uso, resultaba una morada perfecta.

Por dentro estaba limpia como los chorros del oro y lo más ordenada posible. Había una mesa y un reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda una bandeja de té, en la que ha­bía pintada una señora con una sombrilla paseándose con un niño de aspecto marcial que jugaba al aro. La bandeja estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se hubiese escurrido habría arrastrado en su caída gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que estaban agrupados su alrededor. En las pare­des había algunas láminas con marcos y cristal: eran imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he podido verlas en manos de los vendedores ambulantes sin contemplar al mismo tiempo el interior completo de la casa del hermano de Peggotty. Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, de azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de leones, verdes, eran los más notables. Sobre la repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgubre Shara Jane, comprado en Sunderland, que tenía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de composición y de carpintería que yo con­sideraba como una de las cosas más deseables que podía ofrecer el mundo. En las vigas del techo había varios gan­chos, cuyo uso no adiviné entonces; algunos baúles y cajo­nes servían de asiento, aumentando así el número de sillas.

Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de un pri­mer vistazo, de acuerdo con mi teoría de observación infan­til. Después, Peggotty, abriendo una puertecita, me enseñó mi habitación. Era la habitación más completa y deseable que he visto en mi vida. Estaba en la popa del barco y tenía una ventanita, que era el sitio por donde antes pasaban el ti­món; un espejito estaba colgado en la pared, precisamente a mi altura, con su marco de conchas; también había un ramo de plantas marinas en un cacharro azul, encima de la mesi­lla, y una cainita con el sitio suficiente para meterse en ella. Las paredes eran blancas como la leche, y la colcha, hecha de retales, me cegaba con la brillantez de sus colores.

Una cosa que observé con interés en aquella deliciosa casita fue el olor a pescado; tan penetrante, que cuando sa­caba el pañuelo para sonarme olía como si hubiera servido para envolver una langosta. Cuando confié este descubri­miento a Peggotty, me dijo que su hermano se dedicaba a la venta de cangrejos y langostas, y, en efecto, después encon­tré gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No sabían estar un momento sin pinchar todo lo que encontraban en un pequeño pilón de madera que había fuera de la casa, y en el que también se metían los pucheros y cacerolas.

Fuimos recibidos por una mujer muy bien educada, que tenía un delantal blanco y a quien yo había visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo reverencias en la puerta cuando llegaba montado en Ham. A su lado estaba la niña más encantadora del mundo (así me lo pareció), con un co­llar de perlas azules alrededor del cuello, pero que no me dejó besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo. Des­pués que hubimos comido de una manera opípara pescado cocido, mantequilla y patatas, con una chuleta para mí, un hombre de largos cabellos y cara de buena persona entró en la casa. Como llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en la mejilla, no tuve la menor duda de que era su her­mano. En efecto, así me le presentaron: míster Peggotty, se­ñor de la casa.

—Muy contento de verte —dijo míster Peggotty—; nos encontrará usted muy rudos, señorito, pero siempre dispues­tos a servirle.

Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de que se­ría feliz en un sitio tan delicioso.

—¿Y cómo está su mamá? —dijo míster Peggotty—. ¿La ha dejado usted en buena salud?

Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien que podía desearse, y añadí que me había dado muchos recuerdos para él, lo que era una mentira amable por mi parte.

—Le aseguro que se lo agradezco mucho —dijo míster Peggotty—. Muy bien, señorito; si puede usted estarse quince días contento entre nosotros —dijo mirando a su her­mana, a Ham y a la pequeña Emily—, nosotros, muy orgu­llosos de su compañía.

Después de hacerme los honores de su casa de la manera más hospitalaria, míster Peggotty fue a lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el agua fría no era suficiente para limpiarle». Pronto volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado que no pude por menos que pensar que su rostro era semejante a las langostas y cangrejos que vendía, que entraban en el agua caliente muy negros y salían rojos.

Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerrada y la habitación confortable (las noches eran frías y brumosas en­tonces), me pareció que aquel era el retiro más delicioso que la imaginación del hombre podía concebir. Oír el viento so­bre el mar, saber que la niebla invadía poco a poco aquella desolada planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y pen­sar que en los alrededores no había más casa que aquella y que, además, era un barco, me parecía cosa de encantamiento.

La pequeña Emily ya había vencido su timidez y estaba sentada a mi lado en el más bajo de los cajones, que era pre­cisamente del ancho suficiente para nosotros dos y parecía estar a propósito esperándonos en un rincón al lado del fuego.

Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía media al otro lado del hogar. Peggotty y su labor, con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encontraban tan completamente a sus anchas como si nunca hubieran conocido otra casa. Ham ha­bía estado dándome una primera lección a cuatro patas con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de recordar cómo se decía la buenaventura, a iba dejando impresa la marca de su pulgar en cada una de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí que era un momento propicio para la conversación y las confidencias:

—Mister Peggotty —dije.

—Señorito —dijo él.

—¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive usted en una especie de arca?

Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta como una idea profunda; pero me contestó:

—Yo nunca le he puesto ningún nombre.

—¿Quién se lo ha puesto entonces? —dije haciendo a míster Peggotty la pregunta número dos del catecismo.

—Su padre fue quien se lo puso —me contestó.

—¡Yo creía que era usted su padre!

—Mi hermano Joe era su padre —dijo.

—¿Y ha muerto, míster Peggotty? —insinué, después de una pausa respetuosa.

—Ahogado —dijo míster Peggotty.

Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggotty no fuese el padre de Ham, y empecé a temer si no estaría tam­bién equivocado sobre el parentesco de todos los demás. Te­nía tanta curiosidad por saberlo, que me decidí a seguir pre­guntando:

—Pero la pequeña Emily —dije mirándola—, ¿esa sí es su hija? ¿No es así, míster Peggotty?

—No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.

No pude resistirlo a insinué, después de otro silencio res­petuoso:

—¿Ha muerto, míster Peggotty?

—Ahogado —dijo mister Peggotty.

Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo asunto; pero me interesaba llegar al fondo del asunto y dije:

—Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster Peggotty?

—No, señorito —me contestó con una risa corta—, soy soltero.

—¡Soltero! —exclamé atónito— Entonces ¿quién es esa, míster Peggotty? —dije apuntando a la mujer del delantal blanco, que estaba haciendo media.

—Esa es mistress Gudmige —dijo míster Peggotty.

—¿Gudmige, míster Peggotty?

Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi Peg­gotty particular) empezó a hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera preguntando, que no tuve más remedio que sentarme y mirar a toda la silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y Emily eran un so­brino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de un socio suyo que había muerto muy pobre.

—Él tampoco es más que un pobre hombre —dijo Peg­gotty—, pero tan bueno como el oro y fuerte como el acero.

Estos eran sus símiles.

Y el único asunto, según me dijo, que le encolerizaba y sacaba de sus casillas era que se hablase de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la conversación daba con su mano derecha un violento puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la rompió) y juraba con una horrible blasfemia que tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que hice nadie pudo darme la menor explicación gramatical sobre aquella terri­ble frase «tomar el portante», que todos ellos consideraban como si constituyese la más solemne imprecación.

Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped mientras oía a las mujeres, que se acostaban en otra cama como la mía en el extremo opuesto del barco, y a él y a Ham col­gando dos hamacas, donde dormían, en los ganchos que ha­bía visto en el techo; y en el más eufórico estado de ánimo me iba quedando dormido. Conforme el sueño se apoderaba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y por la llanura con tal fiereza, que sentí un cobarde temor de la gran oscuri­dad creciente de la noche. Pero me convencí a mí mismo de que después de todo estábamos en un barco, y que un hom­bre como míster Peggotty no era grano de anís a bordo, en caso de que ocurriera algo.

Sin embargo, nada sucedió hasta que me desperté por la mañana. En cuanto el sol se reflejó en el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y corrí con la pequeña Emily a coger caracoles en la playa.

—¿Tú serás ya casi un marinero, supongo? —dije a Emily.

No es que supusiera nada; pero sentía que era un deber de galantería decirle algo; y viendo en aquel momento reflejarse la blancura deslumbrante de una vela en sus ojos cla­ros, se me ocurrió aquello.

—No —dijo Emily, sacudiendo su cabecita—, me da mu­cho miedo el mar.

—¡Miedo! —dije con aire suficiente y mirando muy fijo al océano inmenso— A mí no me da miedo.

—¡Ah!, pero es tan malo a veces —dijo Emily—. Yo le he visto ser muy cruel con algunos de nuestros hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco tan grande como nuestra casa.

—Espero que no fuera el barco en que...

—¿En el que mi padre murió ahogado? —dijo Emily­. No, no era aquel. Yo no he visto nunca aquel barco.

—¿Ni tampoco a él? —le pregunté.

Emily sacudió la cabecita.

—Que yo recuerde, no.

¡Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a explicar cómo yo tampoco había visto nunca a mi padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre solos en el estado de mayor felicidad imaginable, y así vivíamos todavía, y así vi­viríamos siempre. También le conté que la tumba de mi padre estaba en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la sombra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme muchas mañanas para oír cantar a los pájaros. Sin embargo, parece ser que había al­gunas diferencias entre la orfandad de Emily y la mía. Ella había perdido a su madre antes que a su padre, y nadie sabía dónde estaba la tumba de este último, aunque era de suponer que estaba en cualquier sitio de las profundidades del mar.

—Y además —dijo Emily mientras buscaba conchas y pie­dras— tu padre era un caballero y tu madre una señora; y mi padre era pescador y mi madre hija de un pescador, y mi tío Dan también es pescador.

—¿Dan es míster Peggotty? —dije yo.

—El tío Dan —contestó Emily, señalando el barco—casa.

—Sí, a él me refiero. ¿,Debe de ser muy bueno, verdad?

—¿Bueno? —dijo Emily—. Si yo fuera señora, le daría una chaqueta azul cielo con botones de diamantes, un panta­lón con su espada, un chaleco de terciopelo rojo, un som­brero de tres picos, un gran reloj de oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.

Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno de todos aquellos tesoros; pero debo confesar que me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la indumentaria propuesta por su agradecida sobrina y, principalmente, de lo que más dudaba era de la utilidad del sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé aquellos pensamientos para mí.

La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas maravi­llas, se había parado y miraba al cielo como si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos pusimos a buscar gui­jarros y conchas.

—¿Te gustaría ser una dama? —le dije.

Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que sí.

—Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos damas y caballeros: yo, mi tío, Ham y mistress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta. Quiero decir por nosotros mismos, pues estoy segura de que nos preocuparíamos mucho por los pobres pescadores y los ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún per­cance.

Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo encontré bas­tante probable, y expresé la alegría que me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo entonces el valor de decirme, tímidamente:

—Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?

En aquel momento el mar estaba lo bastante en calma como para no asustarme; pero no dudo de que si hubiera visto una ola moderadamente grande avanzar hacia mí hu­biese huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos pa­rientes ahogados. Sin embargo, le contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco me parece que le temas como dices», pues en aquel momento andaba por el borde de una especie de anti­guo rompeolas de madera, por el que nos habíamos aventu­rado, y me daba miedo no se fuera a caer.

—No es esto lo que me asusta —dijo Emily—. Le temo cuando ruge, y tiemblo pensando en el tío Dan y en Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso es por lo que me gustaría ser una dama. Pero de esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!

Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr por un madero que, saliendo del sitio en que estábamos, dominaba el agua profunda desde bastante altura y sin la menor protec­ción.

El incidente está tan grabado en mi memoria, que si fuera pintor podría dibujarlo ahora tan claramente como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo hacia su muerte (como entonces me pareció), con una mirada, que no olvi­daré nunca, dirigida a lo lejos, hacia el mar. Su figurita, li­gera, valiente y ágil, volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo me reí de mis temores y del grito inútil que había dado, pues además no había nadie cerca. Pero ha habido veces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que he pensado que era posible (entre las posibilidades de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita temeridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejanía cierto instintivo placer por el peligro, como una atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de que su vida podía terminar ese mismo día. Hubo un tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pensaba que si la vida que esperaba a la niña me hubiera sido revelada en un momento, y de tal modo que mi inteligencia infantil hu­biera podido comprendería por completo, y si su conserva­ción hubiese dependido de un movimiento de mi mano, ¿de­bería haberío hecho? Y durante cierto tiempo (no digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurrido) he llegado a preguntarme si no habría sido mejor para ella que las aguas se hubiesen cerrado sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he contestado: «Sí; más habría valido». Pero esto es quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin em­bargo, no importa: dicho está.

Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas que nos parecían muy curiosas, y volvimos a poner cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar (yo en aquel tiempo no conocía lo bastante la especie para saber si nos lo agradeee­rían o no), y por fin emprendimos el camino a la morada de míster Peggotty. Nos detuvimos un momento debajo del pi­lón de las langostas para cambiar un inocente beso y entra­mos a desayunar resplandecientes de salud y de alegría.

—Como dos tortolitos —dijo míster Peggotty.

No hay que decir que estaba enamorado de la pequeña Emily. Estoy seguro de que la amaba con mucha más since­ridad y ternura, con mucha mayor pureza y desinterés del que pueda haber en el mejor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantasía creaba alrededor de aquella niña de ojos azules algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero ángel; tanto es así, que si en una mañana radiante la hubiera visto desplegar sus alas y desaparecer volando ante mis ojos, no me habría parecido extraño ni imposible.

Acostumbrábamos a pasear cariñosamente horas y horas por la monótona llanura de Yarmouth. Y los días discurrían por nosotros como si el tiempo tampoco pasara y, convertido en niño, estuviera siempre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a Emily que la adoraba, y que si ella no confesaba ado­rarme también me vería obligado a atravesarme con una es­pada. Y ella me respondía que sí con cariño, y estoy seguro de que era así.

En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condi­ciones, o en nuestra juventud, o en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no se nos ocurría pensar en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más adelante, como tampoco lo que ha­bíamos hecho anteriormente.

Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de admirarnos, y cuchicheaban por la noche, cuando estábamos tiernamente sentados uno al lado del otro en nuestro cajoncito: «Dios mío, ¿pero no es un encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su pipa, y Ham se pasaba la noche haciendo gestos de satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que encontraban en nosotros la misma satisfacción que encontrarían en un ju­guete bonito o en un modelo de bolsillo del Coliseo.

Pronto me pareció que mistress Gudmige no era siempre todo lo agradable que podía esperarse, dadas las circunstan­cias de su residencia en aquella casa. Mistress Gudmige es­taba casi siempre de mal humor y se quejaba más de lo de­bido, para no incomodar a los demás en un sitio tan chico. Lo sentí mucho por ella; pero había momentos en que habría sido más agradable (yo creo) si mistress Gudmige hubiera tenido una habitación para ella sola, donde retirarse a espe­rar a que renaciera su buen humor.

Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una taberna llamada «La Afición». Lo descubrí porque la segunda o ter­cera noche después de nuestra llegada, antes de que él vol­viera, mistress Gudmige miraba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo que míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que es más, que desde por la mañana sabía que iría.

Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde se ha­bía deshecho en llanto porque salía humo de la lumbre.

—Soy una criatura sola y sin recursos —fueron las pala­bras de mistress Gudmige cuando ocurrió aquella desgra­cia—, todo va contra mí.

—Eso pasa pronto —dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)—, y además, como usted puede com­prender, no es menos desagradable para nosotros que para usted.

—¡Yo lo siento más! —exclamó mistress Gudmige.

Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío. Mistress Gudmige estaba en su rincón de costumbre al lado del fuego, que a mí me parecía el más calentito y confortable, y su silla era sin duda la más cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba constantemente del frío, diciendo que le producía un dolor en la espalda, que llamaba « hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llorar, repitiendo que « era una criatura sola y sin recursos, y que todo iba contra ella».

—Es verdad que hace mucho frío —dijo Peggotty—; pero todos lo sentimos igual.

—¡Yo lo siento más que nadie! —dijo mistress Gudmige.

Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la ser­vía inmediatamente después que a mí, que se me daba prefe­rencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado le pareció pequeño y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que aquello nos decepcionaba; pero ella dijo que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de nuevo, haciendo aquella formal declaración con gran amargura.

Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso de las nueve, la desgraciada mistress Gudmige hacía media en su rincón con el aspecto más miserable del mundo. Peggotty trabajaba alegremente; Ham estaba arreglando un gran par de botas de agua, y yo y Emily, sentados uno al lado del otro, leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que tomamos el té, no había hecho más observación que lanzar un suspiro desolado, y después no volvió a levantar los ojos.

—Bien, compañeros —dijo míster Peggotty sentán­dose—: ¿cómo vamos?

Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la bienve­nida, excepto mistress Gudmige, que únicamente inclinó más su cabeza sobre la labor.

—¿Qué ha sucedido? —dijo míster Peggotty con una pal­mada—. ¡Vamos, valor, vieja comadre!

Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a tener valor. Sacó un viejo pañuelo negro de seda para enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárselos y de nuevo volvió a de­jarlo fuera preparado para otra ocasión.

—¿Qué pasa, mujer? —repitió míster Peggotty.

—Nada —respondió mistress Gudmige—. ¿Viene usted de «La Afición», Dan?

—Sí; esta noche le he hecho una visita —dijo míster Peg­gotty.

—Me apena mucho el obligarle a ir allí —dijo mistress Gudmige.

—¡Obligarme! Si no necesito que me obliguen —respon­dió míster Peggotty con una risa franca—. Estoy siempre dispuesto a ir.

—Muy dispuesto —dijo mistress Gudmige, sacudiendo la cabeza y enjugándose los ojos de nuevo, Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me entristece, que sea por mi culpa por lo que está usted tan dispuesto.

—¡Por su culpa! No es por su culpa —dijo míster Peg­gotty—, no lo crea.

—Sí, sí lo es —exclamó ella—. Yo sé lo que me digo. Yo sé que soy una criatura sola y sin recursos, y que no sola­mente todo va contra mí, sino que yo contrarío a todo el mundo. Sí, sí, yo siento más que los demás y lo demuestro más, ¡esa es mi desgracia!

Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía todo aquello, que la desgracia se extendía a algunos otros miem­bros de la familia además de a ella. Pero a míster Peggotty no se le ocurrió hacer semejante observación, limitándose a contestarla con otro ruego para que tuviera valor.

—Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo que soy. Mis desgracias me han agriado. Las siento, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir, pero siento. Quisiera po­der ser dura de corazón; pero no puedo. Hago la casa inso­portable, y no me sorprende. Hoy mismo he estado todo el día molestando a su hermana y al señorito Davy.

Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran turba­ción:

—¡No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gudmige!

—Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría ir al asilo y morir allí. Soy una criatura sola y sin recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fastidiando. Sí, las cosas van contra mí, y yo también voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la contraria en el asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y le libre de esta pejiguera.

Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y se metió en la cama. Cuando se hubo marchado, míster Peggotty, que sólo había demostrado un sentimiento de profunda simpatía, nos miró a todos, y moviendo la cabeza todavía con una marcada expresión del mismo sentimiento, dijo en un mur­mullo:

—Es que ha estado pensando en el «viejo» .

Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien supo­nían que tenía puesto el pensamiento mistress Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me explicó que se trataba del difunto míster Gudmige, y que su hermano siempre la compadecía muy sinceramente en aquellas ocasiones y hasta se conmovía. Un rato después, cuando ya se había acostado en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha estado pensando en el viejo». Y siempre que mistress Gudmige es­tuvo de aquel humor, durante nuestra estancia allí (lo que sucedía muy a menudo), él repetía la misma disculpa, siem­pre con igual conmiseración.

Así pasaron los quince días, sin más variación que las de las mareas, que alteraban las horas de ir y venir de míster Peggotty, y también las ocupaciones de Ham. Este último, cuando no tenía trabajo, se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los barcos y los buques, y una o dos veces nos embarcó con él. No sé por qué a veces una ligera impresión se asocia más particularmente con un sitio que otras, aunque creo que esto le sucede a la mayoría de la gente; sobre todo me refiero a las asociaciones de la infancia. Nunca he oído o leído el nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto domingo por la mañana en la playa: las campanas sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se apoyaba en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras al agua; y el sol, a lo lejos, en el mar, salía de la niebla como su propio espectro.

Por último llegó el día de volver a casa. Tenía valor para separarme de míster Peggotty y de mistress Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a la pequeña Emily era agudísima. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en el camino, le prometí escribirle (más ade­lante cumplí mi promesa con letras más grandes que las de los anuncios que se ponen en los pisos para alquilar). A1 par­tir, nuestra emoción fue enorme, y si alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío en mi corazón, fue aquel día.

Durante el tiempo de mi visita me había despreocupado de mi casa, y había pensado poco o nada en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi infantil conciencia parecía reprochármelo, señalándome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido estaba mi espíritu, más sentía que aquél era mi refugio y mi madre la amiga que mas me conso­laba.

Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez con mayor fuerza a medida que avanzábamos y que las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y me sentía cada vez más exci­tado por el deseo de encontrarme en sus brazos.

Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba de cal­marla (aunque muy tiernamente) y parecía confusa y des­contenta.

A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a nuestro en­cuentro en cuanto quisiera el caballo del carretero. Y ¡qué bien recuerdo cómo lo vi en aquella tarde fría y gris, con el cielo nublado amenazando lluvia!

La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad llo­rando, con la agitación de mi alegría. Pero ¡no era mamá!; era una criada extraña.

—¡Cómo, Peggotty! —dije tristemente—. ¿Será que mamá no ha vuelto todavía a casa?

—Sí, sí, Davy —dijo Peggotty—; ha vuelto. Espera un momento y te... diré una cosa.

Entre su nerviosismo y su natural torpeza al bajarse del carro, Peggotty estaba haciendo las contorsiones más extra­vagantes; pero yo estaba demasiado desconcertado para de­cirle nada. Cuando bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para mí, me metió en la cocina y cerró la puerta.

—¡Peggotty! —dije completamente asustado—. ¿Qué su­cede?

—No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Davy! —contestó fingiendo alegría.

—Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está mamá?

—¿Dónde está mamá, señorito Davy? —me imitó Peg­gotty.

—Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!

Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como si fuera a caerme.

—¡Dios te bendiga, niño querido! —exclamó Peggotty sosteniéndome—. Pero ¿qué te pasa? ¡Habla, pequeño!

—¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto, Peg­gotty?

—No —gritó Peggotty con una energía de voz atrona­dora.

Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aquello había sido un golpe tremendo.

Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para darle otro más directo, y después permanecí en pie ante ella, mirándola ansiosamente.

—¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes —dijo Peggotty—; pero no he encontrado oportunidad. Debía ha­berlo hecho; pero no podía decidirme.

Estas fueron, exactamente, las palabras de Peggotty.

—Sigue, Peggotty —dije, todavía más asustado que antes.

—Señorito Davy —dijo Peggotty desanudando su cofia de un manotazo y hablando de una manera entrecortada—. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente que tienes de nuevo un papá.

Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) unido con la tumba del cementerio y la resurrección de los muertos pareció rozarme como un viento mortal.

—Otro nuevo —añadió Peggotty.

—¿Otro nuevo? —repetí yo.

Peggotty tosió un poco, como si se hubiera tragado algo demasiado duro, y agarrándome de la manga dijo:

—Ven a verle.

—No lo quiero ver.

—Y a tu mamá —dijo Peggotty.

Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón, donde ella me dejó.

A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre; al otro, míster Murdstone. Mi madre dejó caer su labor y se le­vantó precipitadamente; pero me pareció que con timidez.

—Ahora, mi querida Clara —dijo míster Murdstone—, ¡acuérdate! ¡Hay que dominarse siempre! ¡Dominarse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?

Le di la mano. Después de un momento de duda fui y besé a mi madre; ella me besó y me acarició dulcemente en el hom­bro. Después se volvió a sentar con su labor. Yo no podía mi­rarla; tampoco podía mirarle a él. Estaba convencido de que nos observaba, y me volví hacia la ventana y miré los arbus­tos, mojados en el frío. Tan pronto como pude escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y querida alcoba no existía; tenía que habitar mucho más lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza de encontrar algo que no hubiera cambiado. Todo estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento tuve que salir huyendo, pues de la caseta de perro, antes abandonada, salió un perrazo (de profundas fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia hacia mí, como para morderme.

CAPÍTULO IV. CAIGO EN DESGRACIA

Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la habita­ción donde me habían trasladado (¿quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría decir con qué tristeza en el corazón entré en ella. Subí la escalera oyendo al perro, que seguía ladrándome desde el patio. La habitación me pa­reció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo. Sentado con las manos cruzadas pensaba..., pensaba en las cosas más raras: en la forma de la habitación, en las grietas del te­cho, en el papel de las paredes, en los defectos de los crista­les de la ventana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en el lavabo con sus tres patas, que debía de tener aspecto de descontento o algo así, porque no sé por qué me recor­daba a mistress Gudmige los días en que estaba bajo la in­fluencia del recuerdo del «viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque me sentía muy desgraciado y muerto de frío, no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, empecé a darme cuenta de que estaba apasionadamente ena­morado de la pequeña Emily y de que me habían separado de ella para traerme aquí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más me entristecía, y dándolo vueltas, ter­miné por hacerme un ovillo debajo de las mantas y dor­mirme llorando.

Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al mismo tiempo destapaban mi cabeza ardiente. Mi madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas la que había hablado.

—Davy —dijo mi madre—, ¿qué te pasa?

Pensé que era muy extraño que me preguntara aquello, y contesté:

—Nada.

Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor de mis la­bios le hubiera contestado con mayor claridad.

—¡Davy —repitió mi madre—, Davy! ¡Hijo mío!

No hubiera podido pronunciar otras palabras que me emo­cionaran más en aquel momento que decirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almohada, y la rechacé con la mano cuando quiso atraerme a ella.

—Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty —dijo mi ma­dre—. Estoy segura de que tienes la culpa, y me sorprende que tengas conciencia para poner a mi hijo contra mí o con­tra cualquiera de los que yo quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?

La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos al cielo, contestó con una especie de oración de gracias que yo solía repetir después de comer:

—Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo que ha dicho, y que nunca tenga que arrepentirse de ello.

—Es para volverse loca —exclamó mi madre—. ¡Y en mi luna de miel, cuando mi más cruel enemigo no sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y de felicidad! Davy, eres un niño muy malo. Peggotty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! —gritaba mi madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en su irritación caprichosa—. ¡Qué triste es la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho para esperar que sea lo más agradable posible!

Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no era la suya ni la de Peggotty, y me deslicé al suelo, al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me cogía de un brazo, di­ciendo:

—¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvidado? Fir­meza, querida.

—Estoy muy triste, Edward —dijo mi madre—; me pro­ponía ser buena; pero ¡estoy tan desesperada ...!

—Verdaderamente —contestó él—, no me gusta oírte de­cir eso tan pronto, Clara.

—Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora —insis­tió mi madre a punto de llorar—. ¿No te parece que es cruel?

Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la besó. Y yo supe para siempre, cuando vi la cabeza de mi madre apo­yada en su hombro y su brazo rodeándole el cuello, supe per­fectamente que la naturaleza flexible de mi madre se doble­garía como él quisiera. Lo supe desde entonces, y así fue.

—Vete, amor mío —dijo míster Murdstone—. David y yo bajaremos juntos. Amiga mía —dijo, volviéndose hacia Peg­gotty con cara amenazadora cuando salió mi madre, despi­diéndose de ella con una sonrisa—. ¿Sabe usted el nombre de su señora?

—Hace mucho tiempo que la sirvo, señor —contestó Peg­gotty—; debo saberlo.

—Es verdad —contestó él—; pero me parece que cuando subía las escaleras le oí a usted dirigirse a ella por un nom­bre que no es el suyo. Ya sabe usted que ha tomado el mío. ¡Acuérdese!

Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una reve­rencia y salió sin replicar, dándose cuenta de que era lo que él esperaba y de que no tenía excusa para continuar allí.

Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone cerró la puerta y se sentó en una silla ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos clavados no menos intensa­mente en los suyos. ¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo estábamos así, cara a cara, me parece oír de nuevo la­tir mi corazón.

—David —me dijo con sus labios (delgados de apretarse tanto uno con otro)—: si tengo que domar a un caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que hago?

—No lo sé.

—Lo azoto.

Le había contestado débilmente, casi en un susurro; pero ahora en mi silencio sentía que la respiración me faltaba por completo.

—Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de domi­narlo, y aunque le haga derramar toda la sangre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que tienes en la cara?

—Barro —dije.

Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis lágri­mas; pero aunque me hubiera hecho la pregunta veinte ve­ces, con veinte golpes cada vez, creo que mi corazón de niño se hubiese roto antes que confesárselo.

—Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia —me dijo con su grave sonrisa habitual—, y veo que me has en­tendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.

Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a mistress Gudmige, y me hacía gestos de que le obedeciera inmediata­mente. Entonces lo dudaba un poco; ahora no tengo la me­nor duda de que me habría dado una paliza sin el menor es­crúpulo si no le hubiera obedecido.

—Clara, querida mía —dijo cuando, después de haber he­cho lo que me ordenaba, me condujo al gabinete sin soltarme del brazo—; espero que no vuelvan a atormentarte. Pronto corregiremos este joven carácter.

Dios es testigo de que podían haberme corregido para toda la vida, y hasta quizá habría sido otra persona distinta si en aquella ocasión me hubieran dicho una palabra de ca­riño: una palabra de ánimo, de explicación, de piedad, para mi infantil ignorancia, de bienvenida a la casa; tranquili­zándome, convenciéndome de que aquella sería siempre mi casa; así podían haberme hecho obedecer de corazón en lugar de asegurarse una obediencia hipócrita; podían ha­berse ganado mi respeto en lugar de mi odio. Creo que a mi madre la entristeció verme de pie en medio de la habi­tación, tan tímido y extraño, y que cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más tristes todavía, prefiriendo quizá el antiguo atrevimiento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no fue dicha, y el tiempo oportuno para ello pasó.

Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamorado de mi madre; pero no por eso le juzgué mejor, y ella estaba ena­moradísima de él. Comprendí, por lo que decían, que una hermana mayor de míster Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría aquella misma noche. No estoy seguro de si fue entonces o después cuando supe que, sin estar activa­mente en ningún negocio, tenía parte, o cobraba una renta anual, en el beneficio de una casa comercial de vinos de Londres, con la que su familia contaba siempre desde los tiempos de su abuelo y en la que su hermana tenía un interés igual al suyo; pero lo mencionó por casualidad.

Después de comer, cuando estábamos sentados ante la chimenea y yo meditaba el modo de escaparme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo por temor a ofender al dueño de la casa, se oyó el ruido de un coche que se pa­raba delante de la verja, y míster Murdstone salió a recibir al visitante. Mi madre le siguió. Yo también fui detrás, tí­midamente. Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras, mamá se volvió, y cogiéndome en sus brazos, como acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que amara a mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto apresu­rada y furtivamente, como si fuera un pecado, pero con mucha ternura, y después, dejando colgar un brazo, con­servó en su mano la mía hasta que llegamos cerca de donde él estaba esperando. Allí mamá soltó mi mano y se agarró a su brazo.

Miss Murdstone había llegado. Era una señora de aspecto sombrío, morena como su hermano, a quien se parecía mu­cho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy es­pesas y casi juntas sobre una gran nariz, como si, al serle im­posible a su sexo el llevar patillas a los lados, se las hubiera cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la tapa por medio de clavos de cobre. Cuando pagó al cochero sacó el dinero de un portamonedas de acero, que luego metió en un saco que era una verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una cadena, y chasqueaba al cerrarse. En mi vida he visto una per­sona tan metálica como miss Murdstone.

La llevaron al salón con muchos aspavientos de bienve­nida, y ella, solemnemente, saludó a mi madre como a una nueva y cercana parienta. Después, mirándome, dijo:

—¿Es este su hijo, cuñada mía?

Mi madre me presentó.

—Por lo general, no me gustan los niños —dijo miss Murdstone—. ¿Cómo estás, muchacho?

Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté que estaba muy bien, y que esperaba que a ella le sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca gracia, que miss Murdstone me juzgó en tres palabras:

—¡Qué mal educado!

Después de decir esto con mucha claridad, pidió que hi­cieran el favor de enseñarle su cuarto, que se convirtió desde entonces para mí en lugar de temor y de odio, donde nunca se veían abiertos los dos baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la cabeza una o dos veces cuando ella no es­taba) y donde una serie de cadenas con cuentas de acero, con las que miss Murdstone se embellecía, estaban por lo gene­ral colgadas alrededor del espejo con mucho esmero.

Según pude observar, había venido para siempre y no te­nía la menor intención de marcharse.

A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi madre y se pasó todo el día poniendo las cosas en «orden» y cam­biando todas las antiguas costumbres. La primera cosa rara que observé en ella fue que estaba constantemente preocu­pada con la sospecha de que las criadas tenían escondido un hombre en la casa. Bajo la influencia de aquella convicción inspeccionaba la carbonera a las horas más intempestivas, y casi nunca abría la puerta de un ropero o de una alacena os­cura sin volverla a cerrar precipitadamente, en la creencia de que le había encontrado.

Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo, era una verdadera alondra tratándose de madrugar. Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya buscaba al hombre) antes que nadie hubiese dado señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que debía de dormir con un ojo abierto; pero yo no lo creía, pues había intentado hacerlo y me convencí de que era imposible.

La primera mañana después de su llegada llamó antes de que cantara el gallo, y cuando mi madre bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss Murdstone, dándole un cariñoso picotazo en la mejilla (era su manera de besar), le dijo:

—Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí, como sa­bes, para evitarte todas las preocupaciones que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado niña (mi madre enroje­ció, sonriendo, y no parecieron disgustarle aquellos adjeti­vos) para tener sobre ti tantos deberes penosos que puedo re­solver yo. Por lo tanto, si te parece bien, dame las llaves, querida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas esas cosas.

Desde aquel momento miss Murdstone no se separó de las llaves; durante el día las llevaba en su saquito de acero, y por la noche las metía debajo de la almohada, y mi madre no tuvo que volver a ocuparse de ellas más que yo lo hacia.

Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una sombra de protesta. Una noche en que miss Murdstone había estado explicando ciertos proyectos domésticos a su hermano, que los aprobaba, mi madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo menos podían haberle consultado.

—¡Clara! —dijo míster Murdstone severamente— ¡Clara! ¡Me sorprendes!

—¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende, Edward —exclamó mi madre—, y está muy bien hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gustado.

«Firmeza», según pude observar, era la gran cualidad de que los hermanos Murdstone presumían. No sé si en aquella época habría sabido expresar qué entendía yo si me hu­bieran obligado a hacerlo; pero desde luego comprendía claramente que aquella palabra quería decir tiranía, y ex­presaba el terco, arrogante y diabólico carácter de los dos. Su credo, como puedo establecerlo ahora, era este: míster Murdstone tenía gran firmeza; nadie a su alrededor era tan fume como míster Murdstone; nadie de los que le rodeaban debía ser firme en absoluto, pues todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero sólo relativamente y en un grado inferior y tributario. Mi madre era otra excepción; podía ser firme y debía serlo, pero solamente sometiéndose a su firmeza y creyendo firmemente que no había otra firmeza sobre la tierra.

—Es muy duro —decía mi madre— que en mi propia casa...

—¿Mi propia casa? —repitió míster Murdstone—. ¡Clara!

—Nuestra propia casa quiero decir —balbució mi madre con miedo evidente—. Espero que sepas lo que quiero de­cir, Edward. Es muy duro que en tu propia casa yo no pueda decir una palabra sobre los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo hacía bien, estoy segura. Hay quien puede atestiguarlo —dijo mi madre sollozando—. Pregún­tale a Peggotty si no lo hacía bien cuando nadie se metía en ello.

—Edward —dijo miss Murdstone—, déjame poner fin a esto. Me marcho mañana.

—Jane —dijo su hermano—, cállate. ¿Es que no conoces mi carácter mejor de lo que tus palabras indican?

—Puedes estar segura —dijo mi madre, que perdía terreno, deshecha en lágrimas— que no quiero que se mar­che nadie. Sería muy desgraciada si te fueses. No pido mu­cho. Soy bastante razonable. Sólo quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy muy agradecida a todos los que me ayudan, y sólo deseo que se me consulte, aunque no sea más que por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que me querías precisamente por ser una chiquilla sin experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora parece que me odias por ello. ¡Eres tan severo!

—Edward —dijo miss Murdstone de nuevo—, te pido que me dejes poner fin a todo esto. Me voy mañana.

—Jane —tronó su hermano—, ¿te quieres callar? ¿Cómo te atreves?

Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el pañuelo y lo puso delante de sus ojos.

—¡Clara! —continuo él mirando a mamá—. Me sorpren­des, me dejas atónito. En efecto; para mí era una satisfac­ción el pensar que me casaba con una persona sencilla y sin experiencia, y que yo formaría su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y decisión de la cual estaba tan necesi­tada. Pero cuando a Jane, que ha sido tan buena que por ca­riño a mí quiere ayudarme en esta empresa y para ello está casi haciendo el oficio de un ama de llaves; cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le correspondes de una manera tan baja...

—Edward, te lo ruego, te lo suplico —exclamó mi ma­dre—; no me acuses de ingrata. Estoy segura de que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Tengo muchos de­fectos, pero ese no. ¡Oh, no! Te lo aseguro, querido.

—Cuando Jane encuentra, como digo —prosiguió cuando mi madre dejó de hablar—, una recompensa tan baja, aque­llos sentimientos míos se entibian y alteran.

—¡No digas eso, amor mío! —imploró mi madre—. ¡Oh, no, Edward! No puedo soportar el oírtelo. A pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si no estuviera segura de que lo soy, no lo diría. Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que soy muy cariñosa.

—No hay ninguna debilidad, Clara —dijo míster Murds­tone a modo de réplica—, por grande que sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.

—Te lo ruego, seamos amigos —dijo mi madre— Yo no podría vivir entre la frialdad o la dureza. ¡Estoy tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mucha tu bondad, Ed­ward, que con tu entereza trates de corregirme. Jane, no vol­veré a hacer objeciones a nada, me desesperaría que quisie­ras dejarnos...

Aquello era ya demasiado.

—Jane —dijo míster Murdstone a su hermana—, es muy raro que entre nosotros se crucen palabras duras como estas, y espero que así siga siendo; y no ha sido culpa mía si por rara casualidad ha sucedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los demás. Tampoco ha sido tu culpa, pues también has sido arrastrada por los demás. Tratemos los dos de olvi­darlo. Y como esto —añadió después de aquellas magnáni­mas palabras— no es una escena edificante para un niño, David, vete a la cama.

Difícilmente pude encontrar la puerta a través de las lá­grimas que me cegaban. ¡Estaba tan triste por la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y subí a mi habitación a oscuras, pues no tuve valor ni para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle una vela. Cuando ella subió, buscán­dome, una hora después, me despertó y me dijo que mi ma­dre se había acostado bastante indispuesta y que míster Murdstone y su hermana seguían sentados en el gabinete.

A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más tem­prano que de costumbre, la voz de mi madre me detuvo en la puerta del comedor. Grave y humildemente pedía perdón a miss Murdstone, que se lo concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde aquel día no he visto a mi madre dar ninguna opinion sobre nada sin consultar primero con miss Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios seguros cuál era su opinion. Y nunca he visto a miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa debilidad), hacer ademán de sacar las llaves para devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo, a mamá atemorizada. El matiz sombrío que había en la sangre de los Murdstone ennegrecía también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que aquello resumía su carácter y era una consecuencia necesa­ria de la firmeza de míster Murdstone, que no podía con­sentir que nadie se librase de los más severos castigos ima­ginables. Sea como sea, recuerdo muy bien los tremendos rostros con que solían it a la iglesia y cómo había cambiado también aquello. De nuevo llega a mi memoria el terrible domingo. Yo entro el primero en nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien condujesen al oficio de condena­dos. Miss Murdstone me sigue con su traje de terciopelo negro, que parece hecho de un paño mortuorio; después en­tra mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no está con nosotros, como en los buenos tiempos. Miss Murdstone murmura las respuestas y acentúa todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y cuando dice «miserables pecado­res» sus ojos oscuros recorren la iglesia como si se refiriera a todos los presentes. Mi madre mueve tímidamente los la­bios entre los dos hermanos, cuyas oraciones suenan en sus oídos como un trueno lejano. Yo me pregunto con temor si no será posible que nuestro anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán razón míster Murdstone y su hermana, y to­dos los ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si muevo un dedo o el menor músculo de la cara, miss Murds­tone me da tal golpe con su libro de oraciones, que me hace daño en el costado.

Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso a casa, en que observo que algunos vecinos nos miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras ellos tres van delante, sigo aquellas miradas y pienso si será realmente verdad que el paso de mi madre es menos ligero y que la alegría de su be­lleza ha desaparecido. También me pregunto si los vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que veníamos los dos juntos de la iglesia .... y pensando estúpidamente en estas co­sas me paso triste todo el día.

En varias ocasiones se había hablado de enviarme a un colegio. Míster Murdstone y su hermana lo habían propuesto y, como es natural, mi madre había estado de acuerdo. Sin embargo, no habían decidido nada todavía, y entre tanto me hacían estudiar en casa.

¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones? Nomi­nalmente era mi madre quien las presidía, pero en realidad eran míster Murdstone y su hermana, quienes estaban siem­pre presentes y encontraban en ello ocasión favorable para dar a mi madre lecciones de aquella mal llamada firmeza, que era el tormento de nuestras existencias. Yo creo que me retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que vinieran ellos yo tenía bastante facilidad para aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las gran­des letras negras de la cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S, pa­rece presentarse ante mí como entonces, y ese recuerdo no suscita en mí ningún sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo largo de un sendero de flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido ayudado todo el camino por el cariño y la dulce voz de mi madre. Pero aquellas solemnes lecciones que siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a in¡ tranquilidad, como una tarea diaria, penosa y miserable. Aquellas leccio­nes eran muy largas, muy numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente ininteligibles para mí), y además me tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.

Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las maña­nas. Después del desayuno me dirijo al gabinete con mis li­bros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperán­dome sentada en su escritorio; sin embargo, no está tan preparada a oírme como su marido, sentado en la butaca al lado de la ventana y fingiendo que lee un libro, o como miss

Murdstone, sentada a su lado engarzando sus eternas cuen­tas de acero. La vista de estos dos personajes ejerce tal in­fluencia sobre mí, que empiezo a sentir que se me escapan las palabras, después de que me había costado tanto trabajo metérmelas en la cabeza; se escapan todas para it no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a una.

Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una gramá­tica, quizá una historia o una geografía. A1 ponerlo en sus manos lanzo una última y desesperada mirada a la página, y me lanzo como un alud para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todavía lo recuerdo fresco. A1 poco rato me salto una palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su libro. Me salto otra palabra. Miss Murdstone la levanta también. Enrojezco y me salto lo menos doce palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría ense­ñarme el libro si se atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dulzura:

—¡Oh Davy, Davy!

—Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico —dice míster Murdstone—. No digas «Davy, Davy> ; es una niñe­ría. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?

—¡No se la sabe! —interrumpe miss Murdstone con voz terrible.

—Realmente, me temo que no la sabe bien —dice mi madre.

—Entonces, Clara —insiste miss Murdstone—, lo mejor que puedes hacer es obligarle a que vuelva a estudiarla.

—Eso es lo que iba a hacer, querida Jane —dice mi ma­dre—. Vamos, Davy; empiézala otra vez y no seas torpe.

Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo obedecer la segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me detengo mucho antes de llegar donde la vez anterior, en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me paro a pensar. Pero no puedo pensar en la lec­ción. Pienso en el número de metros de tul que habrá empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que habrá cos­tado el batín de su hermano, o en algún otro problema igual de ridículo, que no me importa nada y del que nada puedo sacar. Míster Murdstone hace un movimiento de impacien­cia, que yo esperaba desde hacía bastante rato. Miss Murds­tone lo repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el li­bro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya terminado las demás.

Los libros que hay que repetir van aumentando como una bola de nieve, y cuanto más aumentan más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y me parece que quieren lle­narme la cabeza de tantas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien de ello y me dejo llevar por la suerte.

La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es profundamente melancólica. Pero lo más horrible de esas desgraciadas lecciones es cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus labios. Al momento miss Murdstone, que está espiando para no dejar pasar nada, dice con voz de pro­funda agresividad:

—¡Clara!

Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. Míster Murdstone se levanta de su silla, coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con él en las orejas; después me saca de la habitación agarrándome por los hombros.

Si, por casualidad, las lecciones no han estado tan mal to­davía me falta lo peor, bajo la forma de un problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha inventado para mí y lo ex­pone oralmente. Empieza: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno ...». Entre tanto yo veo la secreta alegría de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el menor re­sultado, sin el menor rayo de luz hasta la hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato a fuerza de restregar en la pizarra. Entonces miss Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver el problema, y se me consi­dera castigado para toda la tarde.

Desde la distancia que da el tiempo, me parece que mis lecciones terminaban por lo general de esta manera... Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante; pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes sobre un pajarillo. Y aun cuando pasara la ma­ñana con un crédito tolerable, sólo ganaba con ello la co­mida; pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin tarea y, en cuanto se percataba de que no hacía nada, lla­maba la atención de su hermano sobre mí diciendo: «Clara, querida mía, no hay nada como el trabajo; pon algún ejerci­cio a tu hijo», lo que me proporcionaba nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás niños, no me lo consentían; su sombrío carácter les hacía ver a todos los chi­quillos como una raza de pequeñas víboras (a pesar de que había habido un niño entre los discípulos) y decían que se corrompían unos a otros.

El resultado natural de un tratamiento semejante y conti­nuado durante unos seis meses o más fue el de hacerme gru­ñón, sombrío y taciturno. Mucho influía en ello el que cada vez trataban de separanne más y más de mi madre. Estoy se­guro de que me hubiera embrutecido por completo de no ser por una circunstancia.

Voy a contarla. En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por estar justo al lado de la mía, había dejado mi padre una pequeña colección de libros de los que nadie se había preocupado. De aquella bendita habitación salieron, como gloriosa hueste, a hacerme com­pañía, Roderich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker, Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a ellos se conservó des­pierta mi imaginación y mi esperanza en algo mejor que aquella vida mía. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme daño, pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de mis sombrías preocupaciones, para leer aquello. Y es cu­rioso cómo me consolaban siempre en mis pequeñas prue­bas (que a mí me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de ellas y al poner a míster Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos.

Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un infantil Tom Jones inocente o ingenuo. Durante un mes y pico es­tuve convencido de que era Roderich Ramdom; lo creía, por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no recuerdo ahora cuáles) que había en aquella biblioteca, y durante días y días recuerdo haber recorrido mis regiones armado con un trozo de horma de zapatos y creyéndome la más perfecta encarnación del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en peligro de ser atacado por los salvajes y resuelto a vender cara su vida. El capitán nunca perdía su dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía; pero el capitán era un ca­pitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas y de todas las lenguas, fueran muertas o vivas.

Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello veo siempre ante mi espíritu una tarde de verano: los chicos jugaban en el cementerio, y yo, sentado en mi cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio, en mi espíritu se asociaban con aquellos li­bros y representaban alguno de los sitios hechos célebres en ellos. Yo he visto a Tom Pipes escalar al campanario de la iglesia, y he visto a Strap con su mochila al hombro descan­sando sentado encima de la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion presidía un club con míster Pickle en la salita de la taberna de nuestra aldea.

El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que era al llegar a este punto de mi infantil historia. Voy a reanudarla.

Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con mis li­bros, encontré a mi madre con rostro preocupado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano tren­zando algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco, que cuando yo entré empezó a cimbrear en el aire.

—Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado mu­chas veces.

—Es la pura verdad —dijo miss Murdstone.

—Ciertamente, mi querida Jane —balbució con timidez mi madre—; pero ¿crees que eso le ha hecho a Edward mu­cho bien?

—¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho mal, Clara? —preguntó míster Murdstone gravemente.

—Esa es la cuestión —dijo su hermana.

A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi querida Jane», y no dijo más.

Sentí que estaba interesado personalmente en aquel diá­logo, y traté de indagar en los ojos de míster Murdstone, en el momento en que se fijaban en los míos.

—Ahora, Davy —me dijo, y vi de nuevo su mirada hipó­crita—, tienes que prestar más atención que nunca.

Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habiendo termi­nado sus preparativos, lo colocó a su lado con una expresiva mirada y cogió un libro.

Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las palabras de mi lección huían, no una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino por pági­nas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía, si puedo ex­presarlo así, que se habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.

Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había lle­gado casi con la seguridad de que iba a destacar convencido de que estaba muy bien preparado; pero resultó que era una equivocación mía. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el contingente de los que había que volver a estudiar. Miss Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llega­mos a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hi­cieron contar a golpes), mi madre se echó a llorar.

—¡Clara! —dijo miss Murdstone con su voz de reproche.

—Creo que no me encuentro bien, querida Jane —dijo mi madre.

Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras se le­vantaba y decía cogiendo su bastón:

—Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con per­fecta firmeza la pena y el tormento que Davy le ha ocasio­nado hoy. Eso sería ya estoicismo. Clara va siendo cada vez más fuerte; pero eso sería pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.

Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi madre corrió tras de nosotros. Miss Murdstone, dijo: «¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi detenerse tapándose los oídos y escuché sus sollozos.

Murdstone me acompañó a mi habitación despacio y gra­vemente (estoy seguro de que le deleitaba toda aquella for­malidad de justicia ejecutiva), y cuando llegamos cogió de pronto mi cabeza debajo de su brazo.

—¡Míster Murdstone, Dios mío! —le grité—. Se lo su­plico, ¡no me pegue! Le aseguro que hago lo posible por aprender; pero con usted y su hermana delante no puedo re­citar. ¡Verdaderamente es que no puedo!

—¿Verdaderamente no puedes, David? Bien, ¡lo vere­mos!

Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo me re­torcía a su alrededor rogándole que no me pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un momento, pues un instante des­pués me pegaba del modo más odioso. En el momento en que empezó a azotarme yo acerqué la boca a la mano que me sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento rechinar mis dientes al pensarlo.

Entonces él me pegó como si hubiera querido matarme a golpes. A pesar del ruido que hacíamos, oí correr en las es­caleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá y a Peggotty. Después se marchó, cerrándome la puerta por fuera y dejándome ti­rado en el suelo, ardiendo de fiebre, desgarrado y furioso.

¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquilizarme, la extraña quietud que parecía reinar en la casa! ¡Qué bien re­cuerdo lo malo que empezaba a sentirme cuando la cólera y el dolor fueron pasando!

Estuve escuchando largo rato; pero no se oía nada. Me levanté con trabajo del suelo y me miré al espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que casi me asusté. Me dolían los huesos, y cada movimiento me hacía llorar; pero aque­llo no era nada al lado de mi sentimiento de culpa. Estoy se­guro de que me sentía más culpable que el más temible cri­minal.

Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la cabeza apoyada en los cristales, llo­rando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera. De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y una taza de leche. Lo puso todo en­cima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.

Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo si­tio, con la esperanza de que viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen? ¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría peli­gro de que me ahorcasen?

No olvidaré nunca mi despertar a la mañana siguiente: el sentimiento de alegría y descanso en el primer momento, y después la opresión de los recuerdos. Miss Murdstone re­apareció antes de que me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras que si quería podía pasearme por el jardín durante media hora, pero nada más. Después se retiró, de­jando la puerta abierta para que disfrutara, si quería, del permiso.

Así continuaron las cosas durante los cinco días que duró mi cautiverio. Si hubiera podido ver a mi madre sola, me ha­bría arrojado de rodillas ante ella pidiéndole perdón; pero sólo veía a miss Murdstone, pues, aunque para las oraciones de la tarde me sacaban del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba cuando ya todos estaban colocados. Después me de­jaban solo al lado de la puerta, como si fuera un criminal; y en cuanto terminaban, mi carcelera me devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera levantado. Pude observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que además volvía la cabeza hacia otro lado. Así es que nunca pude verla. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta en un pañuelo de hilo.

De lo largos que se me hicieron aquellos cinco días no sé ni dar idea. En mis recuerdos los cuento como años. Los ra­tos que pasaba escuchando todos los incidentes de la casa que podían llegar a mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de las puertas, el murmullo de voces, los pa­sos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente cantando fuera, y todo me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi desgracia. El incierto paso de las horas, princi­palmente por la noche, cuando me despertaba creyendo que ya era la mañana y me percataba de que todavía no se habían acostado en casa. Los sueños y pesadillas deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, los miraba desde muy den­tro de la habitación, avergonzado de que pudieran verme en la ventana y supieran que estaba prisionero. La extraña sen­sación de no oírme nunca hablar. Los ligeros intervalos de algo corno alegría que llegaba con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a tierra fresca; caía entre la iglesia y yo, cada vez más deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que me envolvía en sus sombras con mis remordimientos. Todo esto se conserva tan grabado en mis recuerdos, que juraría que habría durado años.

La última noche de mi encierro me desperté al oír mi nombre pronunciado en un soplo. Me senté en la cama y ex­tendí los brazos en la oscuridad, diciendo:

—¿Eres tú, Peggotty?

No obtuve contestación inmediata; pero enseguida volví a oír mi nombre en un tono tan misterioso, que si no se me hu­biera ocurrido que la voz salía de la cerradura me habría dado un ataque.

Salté a la puerta y puse mis labios en la cerradura, mur­murando:

—¿Eres tú, Peggotty?

—Sí, Davy querido —contestó ella—; pero trata de hacer menos ruido que un ratón, porque si no el gato lo oirá.

Comprendí que se refería a miss Murdstone y me di cuenta de la urgencia del caso, pues su habitación estaba pa­red por medio de la mía.

—¿Cómo está mamá, querida Peggotty? ¿Se ha enfadado mucho conmigo?

Pude oír que Peggotty lloraba dulcemente por su lado, como yo por el mío; después me contestó:

—No; no mucho.

—¿Y qué van a hacer conmigo, Peggotty? ¿Lo sabes tú?

—Un colegio, cerca de Londres —fue la contestación de Peggotty.

Tuve que hacérselo repetir, pues me había olvidado de quitar la boca del ojo de la llave, y sus palabras me cosqui­llearon, pero no entendí nada.

—¿Cuándo, Peggotty?

—Mañana.

—¡Ah! ¿Es por eso por lo que miss Murdstone ha sacado toda la ropa de mis cajones? (Pues lo había hecho, aunque yo he olvidado mencionarlo.)

—Sí —dijo Peggotty—La maleta.

—¿Y no veré a mamá?

—Sí —dijo Peggotty—, por la mañana.

Y entonces Peggotty pegó su boca contra la cerradura y pronunció las siguientes palabras, con tal emoción y grave­dad, que nunca ninguna cerradura en el mundo habrá oído otras semejantes. Y dejaba escapar cada fragmento de frase como una convulsive explosión de sí misma:

—Davy querido: ya sabes que si últimamente no he estado tan unida a ti como de costumbre no es que haya dejado de quererte sino todo lo contrario. Es que me parecía lo mejor para ti y para otra persona. Davy querido, ¿me oyes? ¿Quieres oírme?

—Sí, sí, sí, sí, Peggotty —sollocé.

—¡Hijo mío! —dijo Peggotty con infinita compasión—. Lo que quiero decirte es que no debes olvidarme nunca, pues yo nunca te olvidaré a ti y cuidaré mucho de tu madre, Davy, como nunca te he cuidado a ti, y no la abandonaré. Puede llegar un día en que le guste apoyar su pobre cabecita en el brazo de la estúpida y loca Peggotty. Y te escribiré, querido mío, aunque no lo haga bien. Y yo, yo, yo.

Peggotty se puso a besar la cerradura, como no podía be­sarme a mí.

—¡Gracias, querida Peggotty, gracias, gracias! ¿Quieres prometerme también otra cosa, Peggotty? ¿Quieres escribir a míster Peggotty, a la pequeña Emily y a mistress Gudmige y a Ham, diciéndoles que no soy tan malo como podrían su­poner, y que les envío todo mi cariño, sobre todo a Emily? ¿Quieres hacerlo, por favor, Peggotty?

Me lo prometió con toda su alma, y ambos besamos la cerradura con mucho cariño. Yo además la acaricié con la mano (lo recuerdo) como si hubiera sido su rostro honrado. Desde aquella noche siento por Peggotty algo que no sabría definir. No era que reemplazase a mi madre, eso nadie hubiera podido hacerlo; pero llenaba un vacío en mi corazón que se cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a sentir nunca por nadie; un afecto que podría ser cómico, pero que pienso que si se hubiera muerto no sé lo que habría sido de mí, ni cómo hubiera salido de aquella tragedia.

Por la mañana, miss Murdstone apareció como de costum­bre y me dio la noticia de mi partida, lo que no me sorpren­dió, como ella suponía. También me informó de que cuando estuviera vestido bajase al comedor a tomar el desayuno. Allí encontré a mi madre, muy pálida y con los ojos rojos. Corrí a su brazos y le pedí perdón desde el fondo de mi alma.

—¡Oh Davy! —exclamó ella—. ¿Cómo has sido capaz de hacer daño a una persona a la que yo quiero? Trata de ser me­jor. Ruega a Dios que te cambie. Te perdono; pero soy desgra­ciada, Davy, cuando pienso que tienes esas malas pasiones.

La habían convencido de que yo era muy malo, y eso la entristecía más que mi partida. Lo sentí vivamente. Traté de tomar el desayuno; pero mis lágrimas caían en el pan con manteca y rociaban el té. Vi que mi madre me miraba y des­pués lanzaba una ojeada a miss Murdstone, que estaba allí de plantón a nuestro lado; después miraba al suelo o a lo lejos.

—¡La maleta del señorito, aquí! —dijo miss Murdstone cuando se oyó el rodar del carro ante la verja.

Miré, buscando a Peggotty; pero no estaba. Tampoco apa­reció míster Murdstone. Mi antiguo amigo el cochero me es­peraba en la puerta. Metieron la maleta en el carro.

—¡Clara! —dijo miss Murdstone en su tono de reproche.

—Estoy dispuesta, Jane mía —contestó mi madre—. Adiós, Davy; si vas, es por tu bien. ¡Adiós, hijo mío! Volve­rás para las vacaciones. Te lo ruego, sé bueno.

—¡Clara! —repitió miss Murdstone.

—Vale, mi querida Jane —dijo mi madre, que me tenía en sus brazos—. Te perdono, hijo mío, y ¡que Dios te bendiga!

—¡Clara! —repitió miss Murdstone, y fue tan buena, que me acompañó al carro.

Por el camino me dijo que esperaba que me arrepentiría antes de tener un mal fin.

Subí al coche, y el perezoso caballo lo arrastró.

CAPÍTULO V. ME ALEJAN DEL HOGAR

Habíamos andado como una media milla y mi pañuelo es­taba completamente empapado cuando el carro se paró brus­camente.

Miré para ver lo que pasaba, y con gran asombro vi a Peg­gotty surgiendo de un arbusto y encaramándose en el carro. Me cogió en sus brazos y me estrechó contra el corsé con tal fuerza, que casi me deshizo la nariz, aunque yo no me di cuenta de ello hasta después de un rato, al ver que me dolía. Peggotty no pronunció palabra. Soltándome con uno de los brazos, se lo hundió en el bolsillo hasta el codo y sacó unos paquetes llenos de dulces, que introdujo en los míos, y puso entre mis manos una bolsa, todo sin desplegar los labios. Después, dándome otro abrazo de despedida, bajó del carro y se marchó corriendo; estoy seguro de que se fue sin un solo botón en la blusa. Yo cogí uno, entre varios que habían caído a mi alrededor, y lo guardé durante mucho tiempo como un tesoro.

El carretero me miró, como preguntándome si ya no vol­vería. Sacudí la cabeza y le dije que creía que no.

—Entonces ¡en marcha! —le dijo a su caballo.

Y, efectivamente, este se puso en marcha.

Después de llorar cuanto me fue posible empecé a com­prender que no conducía a nada el llorar de aquel modo, principalmente porque ni Roderich Ramdom ni el capitán de la marina real inglesa habían llorado nunca, ni aun en las si­tuaciones más críticas. El carretero, viéndome con aquella resolución—me propuso poner a secar el pañuelo en el lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo, y el pañuelo me parecía ridículamente pequeño colocado allí.

No tardé en examinar la bolsa. Era un portamonedas fuerte de cuero, que contenía tres chelines muy brillantes, evidente­mente pulidos con esmero por Peggotty para mi mayor satis­facción; pero, su más precioso tesoro eran dos medias coro­nas, que encontré envueltas en un papelito, en el que se leía, de letra de mi madre: «Para Davy, con mi cariño».

Esto me conmovió de tal manera, que pedí a Barkis (el cochero se llamaba así) que tuviera la bondad de devolverme mi pañuelo; pero me contestó que le parecía más prudente que siguiera sin él, y comprendiendo que tenía razón, me se­qué los ojos con la manga y dejé de llorar.

Había dejado de llorar del todo; pero a consecuencia de mis emociones, todavía me sacudía de vez en cuando un pro­fundo sollozo.

Después de haber viajado así durante un rato pregunté a Barkis si iba a llevarme él todo el camino.

—¿Todo el camino a dónde? —me preguntó.

—Allí —dije.

—¿Y dónde es allí? —insistió el hombre.

—Cerca de Londres —dije.

—Pero este caballo —me contestó, sacudiendo las rien­das para que le mirase— estaría más muerto que un cochini­llo asado antes de la mitad del camino.

—¿Entonces no va usted más que a Yarmouth? —pre­gunté.

—Eso es —dijo Barkis—. Allí tendrás que tomar la dili­gencia, y la diligencia te llevará hasta... donde vas.

Como esto era mucho hablar para él, pues ya observé en un capítulo precedente que era hombre flemático y nada charlatán, le ofrecí un bizcocho en agradecimiento, y se lo zampó de un bocado, exactamente como lo hubiera hecho un elefante, y en su rostro no se observó más impresión de la que se hubiera observado en el del elefante.

—¿Es ella quien los ha hecho? —preguntó, inclinado, como siempre, hacia delante y con un brazo sobre cada rodilla.

—¿Se refiere usted a Peggotty?

—Sí —contestó Barkis.

—Sí; en casa es ella quien hace los pasteles y toda la co­cina.

—Según eso, ¿lo hace ella?

Y Barkis puso la boca como si fuera a silbar, pero no silbó. Se inclinó a mirar las orejas de su caballo, como si viera en ellas algo nuevo, y así continuó durante mucho tiempo.

—¿Y amorcillos no habrá, supongo?

—¿Se refiere usted a los amorcillos de dulce, míster Bar­kis? —pregunté, creyendo que le apetecían.

—Novios —dijo Barkis—. Noviazgos. ¿No habla nadie con ella?

—¿Con Peggotty?

—Sí.

—¡Oh, no! Nunca ha tenido novio.

—¿Nunca lo ha tenido?

Y de nuevo Barkis puso la boca como si fuera a silbar y no silbó, y volvió a la contemplación de las orejas de su caballo.

—Según eso —dijo después de un largo rato de refle­xión— ¿ella es quien hace todas las tartas de manzana y toda la cocina?

Respondí que así era.

—Bien, pues voy a decirte una cosa —me dijo Barkis—. ¿Tú piensas escribirle?

—Sí que pienso —respondí.

—¡Ah! —dijo, volviéndose a mirarme lentamente—. ¡Bien! Si le escribes, ¿te importaría decirle que Barkis está dispuesto?

—¿Que Barkis está dispuesto? —repetí con inocencia—. ¿Nada más?

—Sí —dijo lentamente—. Sí: «Barkis está dispuesto».

—Pero usted volverá mañana a Bloonderstone, míster Barkis —dije algo emocionado, al pensar que yo, en cam­bio, estaría muy lejos—. ¿No podría decírselo usted mismo?

Rechazó aquella sugerencia con un movimiento de ca­beza a insistió en su encargo, diciendo con profunda grave­dad: «Barkis está dispuesto». Ese era el mensaje. Yo estaba decidido a transmitírselo; y aquella misma tarde, mientras esperaba a la diligencia en el hotel de Yarmouth pedí papel y pluma y escribí a Peggotty:

«Mi querida Peggotty: He llegado aquí bien. "Barkis está dispuesto." Mis cariños a mamá. Tu afectuoso, DAVY.

» P. D. Dice que quiere que sepas muy particularmente que "Barkis está dispuesto".»

Cuando le prometí cumplir su sugerencia, Barkis volvió a caer en profundo silencio, y yo, sintiéndome agotado por todo lo sucedido en los últimos días, caí encima de un saco y me quedé dormido.

Duró mi sueño hasta llegar a Yarmouth, que por cierto en el hotel en que nos detuvimos me pareció un Yarmouth tan distinto al que yo recordaba, que perdí la esperanza que ha­bía acariciado de encontrarme con alguien de la familia Peg­gotty. ¡Quién sabe! ¡Quizá hasta con Emily!

La diligencia estaba ya en el patio, muy limpia y relu­ciente, pero sin los caballos, y al verla así parecía increíble que pudiera llegar nunca hasta Londres. Pensaba en esto y me preocupaba lo que sería de mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del patio, marchándose después con su carro), y también meditaba en mi suerte futura cuando por una ventana en la que había colgadas aves y algunos embuti­dos se asomó una señora y dijo:

—¿Es ese el viajero procedente de Bloonderstone?

—Sí, señora —le dije.

—¿Cómo se llama usted? —insistió la señora.

—Copperfield.

—No, no es eso —replicó la señora—; la comida está en­cargada a otro nombre.

—¿Será a nombre de Murdstone? —le pregunté.

—Si se llama usted Murdstone, ¿por qué ha dicho otro nombre primero? —preguntó la mujer.

Le expliqué lo que era, y ella entonces tocó una campani­lla y ordenó:

—William, conduce a este caballero al comedor.

Al oír esto, un camarero que salía corriendo del lado opuesto del patio me miró y pareció muy sorprendido al ver que sólo se trataba de mí.

El comedor era una habitación enorme, rodeada de ma­pas. Dudo que me hubiera sentido más confuso si los mapas hubieran sido verdaderos países extranjeros donde hubiera caído de improviso. Me parecía que era un atrevimiento enorme el de sentarme allí, con la gorra en la mano, en el borde de la silla más cercana a la puerta. Y cuando el cama­rero extendió un mantel para mí y puso el salero encima, sentí que me ponía rojo de vergüenza.

Después trajo unas fuentes con chuletas y legumbres. Pero colocaba las cosas de un modo tan brusco, que yo es­taba asustado y con temor de haberle ofendido. Me tranqui­licé mucho cuando, poniendo una silla para mí delante de la mesa, me dijo cordialmente:

—Vamos, gigante, siéntate.

Le di las gracias y me senté; pero me parecía dificilí­simo manejar el cuchillo y el tenedor con algo de soltura y no mancharme con la salsa mientras él continuara enfrente sin dejar de mirarme y haciéndome ruborizar de la manera más horrible cada vez que mis ojos se encontraban con los suyos. Cuando me vio empezar la segunda chuleta me dijo:

—Le traigo media pinta de cerveza; ¿la quiere usted ahora?

Le di las gracias y le dije que sí.

Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la luz para enseñarme el hermoso color que tenía.

—¡Pardiez! —dijo—, es buena cantidad.

—Sí es buena cantidad —le contesté con una sonrisa, pues estaba encantado de verle tan amable. Tenía los ojos muy brillantes, las mejillas muy coloradas y los cabellos tie­sos. Y en aquel momento, con un puño en la cadera y en la otra mano el vaso lleno de cerveza, tenía un aspecto de lo más campechano.

—Ayer llegó aquí un caballero —dijo—, un caballero muy grueso, que se llamaba Topsawyer; quizá le conoce usted.

—No, no creo...

—Llevaba pantalones cortos, polainas y sombrero de ala ancha, un traje gris y tapabocas —dijo el camarero.

—No —dije confuso—, no tengo ese gusto...

—Pues vino aquí —continuó el mozo mirando la luz a través del vaso— y pidió un vaso de esta misma cerveza y se empeñó en beberla. Yo le dije que no debía hacerlo; pero se la bebió y cayó muerto instantáneamente. Era demasiado fuerte para él. No debían volver a servirla.

Me impresionó muchísimo aquel triste accidente, y dije que en vez de cerveza pensaba tomar un poco de agua.

—Pero lo malo —dijo el camarero, mirando todavía la luz a través del líquido y guiñándome un ojo— es que los amos se disgustan si se dejan las cosas después de pedi­das. Se ofenden. Lo que sí se puede hacer, si le parece bien, es que yo me la beba; estoy acostumbrado, y la cos­tumbre es todo. No creo que pueda hacerme daño, sobre todo si echo bien la cabeza hacia atrás y la bebo deprisa. ¿Quiere usted?

Le contesté que lo agradecería; pero sólo en el caso de que pudiera hacerlo sin el menor peligro; de no ser así, de nin­guna manera. Cuando le vi echar la cabeza hacia atrás y be­berla deprisa, confieso que sentí un miedo horrible de verlo caer muerto como a míster Topsawyer. Pero no le hizo daño; por el contrario, hasta me pareció que le sentaba bien.

—¿,Qué estábamos comiendo? —dijo después, metiendo un tenedor en mi plato— ¡Ah! ¿Chuletas?

—Sí, chuletas —dije.

—¡Dios me bendiga! —exclamó—. No sabía que fueran chuletas. Precisamente es lo único para evitar los malos efectos de esta cerveza. ¡Cuánta suerte tenemos!

Con una mano me cogió una chuleta, con la otra, una pa­tata, y lo comió con el mayor apetito. Yo estaba radiante. Después cogió otra chuleta y otra patata; después otra patata y otra chuleta. Cuando terminó, me trajo un pudding, y sen­tándose enfrente de mí rumió algo entre dientes, como si es­tuviera pensando en otra cosa durante unos minutos.

—Qué, ¿cómo está ese bizcocho? —dijo de pronto.

—Es un pudding —le contesté.

—¡Pudding! —exclamó—. ¡Dios me bendiga! ¿De ver­dad es pudding? ¡Cómo! —dijo mirándolo más de cerca—. ¿Pero no será un pudding de frutas?

—Sí, precisamente.

—Es que el pudding de frutas —dijo cogiendo una gran cuchara— es lo que más me gusta. ¿No es una suerte? Va­mos, pequeño, ¡a ver cuál de los dos lo come más deprisa!

Como es natural, él era quien comía más deprisa. De vez en cuando me animaba para que intentara adelantarle; pero no había competencia posible entre su cucharón de servir y mi cucharilla de café, entre su agilidad y la mía, entre su apetito y el mío; tanto es así, que desde el primer momento perdí las esperanzas de ganarle. Pienso que nunca he visto a nadie saborear un pudding de aquel modo, y después de terminar, todavía se reía como si lo estuviera saboreando.

Le encontré tan amable que me atreví a pedirle pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No sólo me lo trajo al momento, sino que estuvo mirando por cncima do mi hombro mientras escribía la carta. Cuando terminé me preguntó que a qué escuela me mandaban. Yo dije:

—A una cerca de Londres —que era lo que sabía.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó mirándome con compa­sión—. ¡Cuánto lo siento!

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque —dijo moviendo la cabeza— esa es la escuela donde han roto a un muchacho dos costillas, a un niño. Tendría, vamos a ver.. ¿Cuántos años tienes?

Le dije que ocho y medio.

—¡Precisamente su edad! —dijo—. Ocho años y seis me­ses tenía cuando le rompieron la primera costilla, y ocho años y ocho meses cuando le rompieron la segunda, y murió a consecuencia de ello.

No pude disimular ante mí mismo ni ante el camarero la impresión que me hacía aquella desgraciada coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Su contestación no fue para animarme, pues consistió en estas terribles palabras:

—De una paliza.

El ruido de la diligencia en el patio fue una distracción oportuna, que me hizo preguntar algo confuso y en un tono entre orgulloso y desafiante, si le debía algo.

—Un pliego de papel —me contestó—. ¿Has comprado alguna vez papel de cartas?

No recordaba haberlo comprado nunca.

—Es raro —dijo— a causa de los derechos. Tres peni­ques. Es la tarifa en esta región. Y no creo que lo tenga na­die, excepto el camarero. La tinta no se cuenta; soy yo quien pierde en ello.

—¿Y qué sería.... cuánto sería..., cuánto daré..., cuánto será razonable para pagar al camarero? Dígame —balbucí enrojeciendo.

—Si no tuviera una familia y esta familia no estuviera ahora enferma —dijo el camarero— no aceptaría seis peni­ques. Si no tuviera que sostener a una madre anciana y a una encantadora hermanita (al llegar aquí pareció muy conmo­vido), no aceptaría ni un cuarto de penique. Si tuviera un buen sueldo y me trataran bien, sería yo el que de buena gana ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de los desperdicios y duermo en la carbonera... (Al llegar a esto el camarero se deshizo en lágrimas.)

Me conmovieron mucho sus desgracias y sentí que una propina menor de nueve peniques demostraría un corazón muy duro. Así es que le di uno de mis relucientes chelines. Lo recibió con muchas bendiciones, y un momento después lo hacía sonar con la uña, para estar seguro de que no era malo.

Lo que me desconcertó bastante al ir a subirme al coche fue observar que todos suponían que me había comido el al­muerzo sin ayuda de nadie. Lo descubrí porque oí a la se­ñora de la ventana, que le decía al cochero: «George, cuida bien de ese niño, no vaya a reventar». Y también al ver que todas las criadas de la casa se acercaban a contemplarme como a un fenómeno.

Mi desgraciado amigo el camarero, que había recobrado todo su buen humor, no parecía turbado lo más mínimo, y se unía a la admiración general sin la menor vergüenza. Aun no teniendo la menor duda de él, esto podia haberme hecho du­dar; pero creo que, con la sencilla confianza de los niños y el natural respeto que se tiene a esa edad por los que son mayo­res (cualidad que me entristece mucho ver que los niños pierden tan prematuramente), no se me ocurrió sospechar de él ni aun entonces.

Sin embargo, debo confesar que me molestaba mucho ser el objeto de las bromas entre el cochero y el conductor, y es­tar oyéndoles, sin poder protestar, decir cosas como que el coche se inclinaba por el peso hacia donde yo estaba, y que sería mucho mejor para mí viajar en furgón. La historia de mi supuesto apetito se extendió pronto entre los viajeros, a los que también divirtió mucho, y me preguntaban si en la escuela iba a pagar como si fuésemos dos hermanos o tres, y que si el contrato lo habían hecho en las mismas condicio­nes que para los demás, y otras muchas cosas semejantes. Pero lo peor de todo era que estaba convencido de que no me atrevería a comer nada cuando llegara la hora, y que, después de haber comido poco, tendría que aguantar toda la noche el hambre, pues en mi prisa había dejado olvidados los pasteles de Peggotty en el hotel. En efecto, mis temores se confirmaron; pues cuando nos detuvimos para cenar, no tuve valor para tomar nada, aunque tenía hambre, y me senté al lado de la chimenea, diciendo que no quería nada. Esto no me libró de nuevas bromas, pues un caballero de voz ronca y rostro rojizo, que había estado comiendo sandwiches todo el camino, excepto cuando bebía vino, dijo que yo debía de ser como las boas, que en una comida tornan lo suficiente para unos cuantos días; después de lo cual se sirvió un trozo enorme de carne cocida.

Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tarde y debíamos llegar a Londres a eso de las ocho de la mañana si: Terminaba el verano y la noche era hermosa.

Cuando atravesábamos una aldea, yo trataba de figurarme cómo sería el interior de sus casas y los que las habitaban; y cuando los chicos se encaramaban en el estribo de la dili­gencia, pensaba si tendrían padres y si serían felices en sus casas. Como se ve, no dejaba de pensar un momento, aun­que lo que más me preocupaba era el sitio donde me dirigía, horrible motivo de reflexión. A veces recuerdo que me po­nía a pensar en mi casa y en Peggotty, y trataba confusa­mente de recordar cómo sentía y qué clase de niño era antes de haber mordido a míster Murdstone; pero no lo conse­guía. Me parecía que aquello databa de la más remota anti­güedad.

La noche fue menos alegre que la tarde, porque hacía frío. A mí me colocaron entre dos caballeros (el de la cara roja y otro), por precaución no me fuera a caer. Y aquellos dos se­ñores, a cada cabezada que daban al dormir casi me despachurraban. Algunas veces me oprimían tanto, que no podía por menos de gritar: «¡Oh, por favor»!, lo que les molestaba extraordinariamente.

Enfrente llevaba a una señora vieja, envuelta en una capa de piel, y que en la oscuridad más parecía un almiar que una se­ñora, de tal modo iba empaquetada. Dicha señora llevaba consigo una cesta que durante mucho tiempo estuvo sin sa­ber dónde ponerla, hasta que se le ocurrió meterla debajo de mis piernas, que eran las más cortitas. Aquello era un horri­ble tormento y me hacía desgraciado, pues no dejaba de ro­zarme un instante. Al menor movimiento la loza que conte­nía la cesta chocaba contra alguna otra cosa, y entonces la señora me daba un golpe terrible con el pie y me decía:

—¿Quieres estarte quieto? ¡Tan chico y tan inquieto!

Por último, empezó a amanecer, y entonces me pareció que mis compañeros dormían más tranquilos, desapare­ciendo las dificultades con que luchaban durante la noche y que habían encontrado expresión en los más horribles ron­quidos y resoplidos concebibles. Conforme el sol subía, su sueño era más ligero, y poco a poco se iban despertando. Recuerdo cómo me sorprendió muchísimo la comedia de to­dos asegurando que no habían dormido en absoluto, y la ex­traña indignación con que lo aseguraban. Todavía persiste en mí el sentimiento de asombro de aquel día, pues he ob­servado invariablemente que, de todas las debilidades huma­nas, la que menos dispuesto se está a reconocer es la de ha­ber dormido yendo en coche.

Lo extraño que me pareció Londres cuando lo vi a distan­cia, el convencimiento que tenía de que todas las aventuras de mis héroes favoritos se renovaban allí, y cómo me parecía que la ciudad aquella estaba más llena de maravillas y de crímenes que todas las ciudades, no terminaría nunca de contarlo. Fuimos acercándonos poco a poco, y por fin lle­gamos al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia. He olvidado si aquello se llamaba « El toro azul» o «El jabalí azul»; pero era algo azul, y lo que fuese estaba pintado en la portezuela del coche.

El conductor me miró fijamente mientras bajaba y pre­guntó asomándose a la puerta de las oficinas:

—Si hay alguien que pregunte por un muchacho llamado Murdstone, que viene de Bloonderstone Sooffolk, que se acerque a reclamarle.

Nadie contestó.

—Intente usted diciendo Copperfield, ¿quiere hacer el fa­vor? —dije bajando con temor los ojos.

—Si hay alguien que busque a un muchacho inscrito con el nombre de Murdstone, procedente de Bloonderstone Sooffolk, pero que responde al nombre de Copperfield, y que debe esperar aquí a que le reclamen —dijo el conduc­tor—, que venga. ¿No hay nadie?

No, no había nadie. Miré ansiosamente a mi alrededor; pero la pregunta no había impresionado a ninguno de los presentes; sólo un hombre con polainas y tuerto sugirió la idea de que lo mejor sería ponerme un collar y atarme en el establo como a un perro sin dueño.

Pusieron una escala y bajé detrás de la señora que parecía un almiar, pues no me había atrevido a moverme hasta que hubo quitado su cesta. Entre tanto, los viajeros ya habían desocupado el coche; también habían sacado los equipajes, des­enganchado los caballos, y hasta la diligencia había sido conducida entre varios empleados fuera del camino, cuando todavía no se había presentado nadie a reclamar al polvo­riento niño que venía de Bloonderstone.

Más solitario que Robinson Crusoe, pues aquel, por lo menos, no tenía a nadie que le mirase mientras estaba solita­rio, entré en las oficinas de la diligencia, y por invitación de un empleado pasé a sentarme detrás del mostrador, en la báscula de pesar los equipajes. Mientras estaba allí mirando los montones de maletas y libros y percibiendo el olor de las cuadras (que para siempre estará asociado en mi memoria con aquella mañana), una procesión de los más terribles pen­samientos empezó a desfilar por mi cerebro. Suponiendo que nadie se presentase a buscarme, ¿cuánto tiempo me per­mitirían estar allí? ¿Podría estar hasta que se me terminaran los siete chelines? ¿Dormiría por la noche en uno de aque­llos departamentos de madera con los equipajes? Y por las mañanas, ¿tendría que lavarme en la bomba del patio? ¿O tendría que marcharme todas las noches y esperar a que fuese de día y abrieran la oficina para entrar, por si acaso me habían reclamado? ¿Y si aquello sólo hubiera sido una in­vención de míster Murdstone para deshacerse de mí? ¿Qué me ocurriría? Si al menos me dejaran permanecer allí hasta que se me terminaran los chelines; lo que no podía esperar ni remotamente era que me dejasen continuar cuando empe­zase a morirme de hambre. Sería muy molesto para los em­pleados, y además se exponía «El yo no sé qué azul» a tener que pagarme el entierro. Si intentara volver a mi casa, ¿con­seguiría encontrar el camino? ¿Sería posible que pudiera ir andando hasta tan lejos? Y además, ¿estaba seguro de que en casa quisieran recibirme si volvía? Sólo estaba seguro de Peggotty. ¿Y si fuera a buscar a las autoridades y me ofre­ciera como soldado o marino? Era un niño tan chico, que se­guro no querrían tomarme. Estos pensamientos y otros mil semejantes me tenían febril de miedo y emoción. Y estaba en lo más fuerte de mi fiebre cuando se presentó un hombre, cuchicheó con el empleado, y este, levantándome de la báscula, me presentó como si fuera un paquete vendido, pa­gado y pesado.

Mientras salía de la oficina con mi mano en la de aquel señor, le lancé una mirada. Era un joven pálido y delgado, de mejillas hundidas y barbilla negra como la de míster Murdstone. Pero esa era la única semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un traje negro, también viejo y raído y que le es­taba corto, y llevaba un pañuelo blanco que no estaba muy limpio. No he supuesto nunca, ni quiero suponerlo, que aquel pañuelo fuese la única prenda de ropa blanca que lle­vase el joven; pero desde luego era lo único que se veía de ella.

—¿Es usted el nuevo alumno? —me preguntó.

—Sí, señor —dije.

Suponía que lo era, aunque no lo sabía.

—Yo soy un profesor de Salem House —me dijo.

Le saludé con miedo. Me avergonzaba aludir a una cosa tan vulgar como mi maleta ante aquel profesor de Salem House; tanto, que hasta que no estuvimos a alguna distancia no me atreví a decirlo. Ante mi humilde insinuación de que quizá después podría serme útil, volvimos atrás, y dijo al empleado que tenía ya el mozo instrucciones para recogerla a mediodía.

—Si hiciera usted el favor —dije cuando estuvimos, poco más o menos, a la distancia de antes—. ¿,Es muy lejos?

—Por Blackheath —me dijo.

—¿Y eso está muy lejos, caballero? —pregunté tímido.

—Sí; es buena tirada; pero iremos en la diligencia. Habrá unas seis millas.

Estaba tan débil y cansado, que la idea de hacer otras seis millas sin restaurar mis fuerzas me pareció imposible, y me atreví a decir que no había cenado aquella noche y que si me permitía comprar algo de comer se lo agradecería. Se sorprendió bastante (le veo todavía detenerse a mirarme), y después de unos segundos me dijo que sí; que él tenía que visitar a una anciana que vivía allí cerca, y que lo mejor se­ría que comprase algo de pan y cualquier otra cosa que me gustase y fuese sana y que en casa de la anciana me lo come­ría. Además, allí podrían darme leche.

Entramos en una panadería, y después de proponer yo la compra de varios pasteles, que él rechazó una a una, nos de­cidimos en favor de un apetitoso panecillito integral que costó tres peniques. Además compramos un huevo y un trozo de tocino ahumado. Al pagar me devolvieron tanta cal­derilla del segundo chelín, que Londres me pareció un sitio muy barato. Con estas provisiones atravesamos, en medio de un ruido y un movimiento horribles, un puente que debía de ser el puente de Londres (hasta creo que el profesor me lo dijo, pero yo iba dormido), y llegamos a casa de la anciana, que vivía en un asilo, como me figuré por su aspecto y supe por una inscripción que había sobre la piedra del dintel, donde decía que había sido fundado para veinticinco ancia­nas pobres.

El profesor de Salem House abrió una de aquellas puerte­citas negras, que eran todas iguales y que tenía una ventanita de cristales a un lado y otra encima, y entramos en la casita de una de aquellas pobres ancianas. Su dueña estaba ati­zando el fuego, sobre el que había colocado un puchero. Al ver entrar a mi acompañante se dio un golpe con el soplillo en las rodillas y dijo algo como «Mi Charles»; pero al verme a mí se levantó frotándose las manos y haciendo una con­fusa reverencia.

—¿Podría usted hacer el favor de preparar el desayuno de este niño? —dijo el profesor.

—¿Que si puedo? ¡Ya lo creo! —dijo la anciana.

—¿Y cómo se encuentra hoy mistress Fibitson? —dijo ¡ni acompañante, mirando a otra anciana que había sentada en una silla, muy cerca del fuego, y que parecía un montón de harapos, que todavía ahora, cuando lo recuerdo, doy gracias a Dios de no haberme sentado, por distracción, encima.

—No está muy bien la pobre —dijo la primera anciana—. Está en uno de sus peores días. Si se apagase el fuego, se apagaba con él.

Y como la miraban, la miré también yo. Aunque en reali­dad era un día bastante caluroso, la anciana no parecía poder pensar en nada que no fuese aquel fuego. Sentía celos de la cacerola que había puesta encima, y tengo motivos para sospechar que la odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues vi que cuando nadie la miraba me amenazaba con el puño. El sol entraba por la ventanita; pero ella, sentada en su sillón, le volvía la espalda y contemplaba el fuego como si quisiera conservarlo caliente en lugar de calentarse ella. Cuando los preparativos de mi desayuno acabaron y quedó libre el fuego, le dio tal alegría, que soltó una carcajada, y debo decir que su risa no era muy melodiosa. Me senté ante mi panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Además, me pusieron una taza de leche; me parecía un desayuno deli­cioso. Todavía estaba gozando de ello, cuando la dueña de la casa dijo a mi profesor:

—¿Llevas ahí la flauta?

—Sí —contestó él.

—Pues anda, toca algo —dijo suplicante la anciana.

El profesor metió su mano en un bolsillo y sacó las tres piezas de una flauta, la armó y empezó a tocar. Mi impresión ahora, después de tantos años, es que no puede haber en el mundo nadie que toque peor. Sacaba los ruidos más disparata­dos que puedan producirse por ningún medio natural o artifi­cial. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, que lo dudo; pero la impresión que aquella melodía me produjo fue: primero, ha­cerme pensar en todas mis desdichas, hasta el punto de hacerme llorar; segundo, quitarme el apetito, y, por último, producirme tal sueño, que no podía seguir con los ojos abier­tos. Todavía se me cierran si pienso en el efecto que me causó la música en aquella ocasión. Aún me parece ver la habita­ción aquella, con su armario entreabierto en un rincón y las sillas con los respaldos perpendiculares, y la pequeña y angu­losa escalera que conducía a otra habitacioncita, y las tres plumas de pavo real extendidas encima de la chimenea. Re­cuerdo que en el primer momento me preocupó lo que el pavo pensaría si supiese para lo que servían sus hermosas plumas; pero al fin todo se borra, inclino la cabeza y me duermo. La flauta deja de oírse; en cambio se oyen las ruedas de la diligencia, y estoy de viaje. La diligencia se detiene, me despierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el profe­sor de Salem House está sentado, con las piernas cruzadas, to­cándola tristemente, mientras la dueña de la casa le escucha deleitada. Pero también esto desaparece, todo desaparece; ya no hay flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Copper­field; sólo hay un profundo sueño.

Y pensé que soñaba cuando, una vez de las que oía aque­lla horrible música, me pareció ver a la anciana que se acer­caba poquito a poco, en su estática admiración, se inclinaba sobre el respaldo de la silla y dabs al músico un beso cari­ñoso, interrumpiendo la música un momento. Estaba en ese estado, entre la vigilia y el sueño, pues cuando continuó (el que se interrumpió la música es seguro) vi y oí a la misma anciana preguntar a mistress Fibitson si no le parecía deli­cioso, refiriéndose a la flauta. A lo que mistress Fibitson re­plicó: « ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! », y se inclinó hacia el fuego, al que estoy seguro que atribuía todo el mérito de la música.

Me pareció que había pasado mucho tiempo cuando el profesor de Salem House, desmontando su flauta, se guardó los pedazos en el bolsillo y partimos. Encontramos la dili­gencia muy cerca de allí, y subimos en la imperial; pero yo tenía un sueño tan terrible, que cuando nos paramos para co­ger más gente me metieron dentro, donde no iba nadie, y pude dormir profundamente hasta que el coche llegó ante una gran pendiente, que tuvo que subir al paso, entre dos hi­leras de árboles. Pronto se detuvo. Habíamos llegado a nues­tro destino.

A los pocos pasos el profesor y yo nos encontramos de­lante de Salem House. El edificio estaba rodeado de una ta­pia muy alts de ladrillo y tenía un aspecto muy triste. En­cima de una puerta practicada en el muro se leía: «Salem House». Llamamos, y a través de un ventanillo de la puerta nos contempló un rostro antipático, que pertenecía, según vi cuando se abrió la puerta, a un hombre grueso con cuello de toro, una pierna de palo, frente muy abultada y cabellos cor­tados al rape.

—El nuevo alumno —dijo el profesor.

El hombre de la pierna de palo me miró de arriba abajo; no tardó mucho en ello, ¡era yo, tan pequeño! Después cerró la puerta, guardándose la llave en el bolsillo. Nos dirigíamos a la casa, pasando por debajo de algunos grandes y sombríos árboles, cuando llamó a mi guía:

—¡Eh!

Nos volvimos. Estaba parado ante su portería, con un par de botas en la mano.

—¡Oiga! El zapatero ha venido —dijo—cuando usted no estaba, míster Mell, y dice que esas botas ya no se pueden volver a remendar; que no queda ni un átomo de la primera piel, y que le asombra que pueda usted esperarlo.

Al decir esto, arrojó las botas tras de míster Mell, que vol­vió atrás para cogerlas y las miró muy desconsoladamente mientras se acercaba a mí. Entonces observé por primera vez que las botas que llevaba debían de haber trabajado mu­cho, y que hasta por un sitio asomaba el calcetín.

Salem House era un edificio cuadrado, de ladrillo, con pabellones, de aspecto desnudo y desolado. Todo a su alre­dedor estaba tan tranquilo, que pregunté a mi guía si era que los niños estaban de paseo. Pareció sorprenderse de que yo no supiera que era época de vacaciones. Todos los chicos es­taban en sus casas. Míster Creakle, el director, estaba en una playa con mistress Creakle y miss Creakle; y si yo estaba allí, era como castigo por mi mala conducta. Todo esto me lo explicó a lo largo del camino.

La clase donde me llevó me pareció el lugar más triste que he visto en mi vida. Todavía lo estoy viendo: una habita­ción larga, con tres hileras de pupitres y seis de bancos, y todo alrededor perchas para sombreros y pizarras. Trozos de cuadernos y de ejercicios ensucian el suelo. Algunas cajas de gusanos de seda ruedan por encima de los pupitres. Dos desgraciadas ratas blancas, abandonadas por su dueño, reco­rren de arriba abajo un castillo muy sucio hecho de cartón y de alambre, y sus ojillos rojos buscan por todas partes algo que comer. Un pajarillo, dentro de una jaula tan chica como él, hace un ruido monótono saltando desde el palito al suelo y del suelo al palito; pero no canta ni silba. En la habitación reina un olor extraño a insano a cuero podrido, a manzanas guardadas y a libros apolillados. Y no podría haber más tinta vertida por toda ella si al construir la casa hubieran olvidado poner techo y hubiera estado lloviendo, nevando o grani­zando tinta durante todas las estaciones del año.

Míster Mell me dejó solo mientras subía sus botas irrepa­rables.

Yo avanzaba despacio por la habitación observándolo todo. De pronto, encima de un pupitre me encontré con un cartel escrito en letra grande y que decía: «¡Cuidado con él! ¡Muerde! ».

Me encaramé inmediatamente encima del pupitre, con­vencido de que por lo menos había un perro debajo. Pero por más que miraba con ojos asustados en todas direcciones, no veía ni rastro. Estaba todavía así, cuando volvió míster Mell y me preguntó qué hacía allí subido.

—Dispénseme; es que estaba buscando al perro.

—¿Al perro? —dijo él— ¿A qué perro?

—¿No es un perro?

—¿Que si no es un perro?

—Del que hay que tener cuidado porque muerde.

—No, Copperfield —me dijo gravemente—. No es un perro; es un niño. Tengo órdenes, Copperfield, de poner ese cartel en su espalda. Siento mucho tener que empezar con usted de este modo; pero no tengo otro remedio.

Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que estaba he­cho a propósito para ello) en la espalda como una mochila, y desde entonces tuve el consuelo de llevarlo a todas partes conmigo.

Lo que yo sufrí con aquel letrero nadie lo puede imaginar. Tanto si era posible vérmelo como si no, yo siempre creía que lo estaban leyendo, y no me tranquilizaba el volverme a mirar, pues siempre seguía pareciéndome que alguien lo es­taba viendo. El hombre de la pierna de palo, con su cruel­dad, agravaba mis males. Era una autoridad allí, y si alguna vez me veía apoyado en un árbol, o en la tapia, o en la fa­chada de la casa, se asomaba a su puerta y me gritaba con voz estentórea:

—¡Eh! Míster Copperfield, enseñe su letrero si no quiere que se lo haga enseñar yo.

El patio de recreo estaba abierto, por la parte de atrás, a las dependencias de la casa, y yo sabía que todas las criadas leían mi letrero, y el panadero, y el carbonero; en una pala­bra, todo el mundo que iba por la mañana a la hora en que yo tenía orden de pasear por allí; todos leían que había que te­ner cuidado conmigo, porque mordía. Y recuerdo que positi­vamente empecé a tener miedo de mí mismo como de un niño salvaje que mordiese.

En aquel patio había una puerta muy vieja, donde los chicos acostumbraban a grabar sus nombres, y que estaba cubierta por completo de inscripciones. En mi miedo a la llegada de los otros niños, no podía leer aquellos nombres sin pensar en el tono con que leerían: « ¡Cuidado con él! ¡Muerde! ». Había uno, un tal J. Steerforth, que grababa su nombre muy a menudo y muy profundamente y a quien me figuraba leyéndolo a gritos y después tirándome del pelo. Y había otro, un tal Tommy Traddles, de quien temía que se acercara como distraído y des­pués hiciera como que se asustaba de encontrarse a mi lado. A otro, George Demple, me le figuraba leyéndolo cantando. Y me pasaba el tiempo mirando aquella puerta (pequeña y tem­blorosa criatura) hasta que todos aquellos propietarios de los nombres (eran cincuenta y cuatro, según me dijo míster Mell) quisieran enviarme a Coventry por unanimidad, y gritaran cada uno a su manera: «¡Cuidado con él! ¡Muerde!» .

Lo mismo me ocurría mirando los pupitres y los bancos; lo mismo con las camas del dormitorio desierto, a las que miraba cuando estaba acostado. Todas las noches soñaba: unas, que estaba con mi madre, como de costumbre; otras, que estaba en casa de míster Peggotty, o viajando en la dili­gencia, o almorzando con mi desgraciado amigo el cama­rero, y en todas aquellas circunstancias, la gente terminaba asustándose al darse cuenta de que sólo llevaba la ligera ca­misa de dormir y el letrero.

La monotonía de mi vida y la constante aprensión de la reapertura de la escuela me tenían en una insoportable aflic­ción. Todos los días tenía que hacer muchos deberes para míster Mell; pero lo hacía bien, pues allí no estaban los dos hermanos Murdstone. Antes y después de mi trabajo, me pa­seaba, vigilado, como ya he dicho, por el hombre de la pierna de palo. ¡Cómo recuerdo la humedad de la tierra alre­dedor de la casa, las piedras cubiertas de musgo en el patio, una fuente muy vieja y destrozada, y los descoloridos tron­cos de algunos árboles raquíticos, que parecía que no podía haber en el mundo otros que hubieran recibido más lluvia y menos sol! A la una comíamos míster Mell y yo en una es­quina del largo comedor, lleno de mesas desnudas. Después nos poníamos a trabajar hasta la hora triste del té, que mister Mell tomaba en una taza azul y yo en una de estaño. Todo el día y hasta las siete o las ocho de la noche míster Mell per­manecía en su pupitre trabajando sin descanso con plumas, tinta, papel y libros, haciendo las cuentas, según supe des­pués, del último semestre. Cuando, ya por la noche, dejaba su trabajo, armaba la flauta y la tocaba con tanta energía, que yo tenía miedo de que de un soplido fuera a entrar por el gran agujero del instrumento y después saliera por algún agujerillo de las teclas.

Todavía me parece ver a mi pequeña personilla en la ha­bitación apenas iluminada, sentado, con la cabeza entre las manos y escuchando la dolorosa melodía de míster Mell y estudiando. Me veo también con los libros cerrados a mi lado y oyendo a través de aquella música los ruidos habitua­les de mi casa, o el soplar del viento en la llanura de Yar­mouth, y sintiéndome muy triste y muy solo. Me veo metién­dome en la cama, entre todos aquellos lechos solitarios, y sentándome en ella a llorar de deseo por una palabra cariñosa de Peggotty. Y luego, a la mañana, me veo bajando la esca­lera y mirando a través de un tragaluz, que la ilumina, la campana de la escuela, suspendida en lo alto, con la veleta encima, y pienso en cuándo sonará llamando a J. Steerforth y a todos los demás al trabajo. Y, sin embargo, este no es mas que un temor secundario, pues lo que me horroriza es el momento en que el hombre de la pierna de palo abra la puerta para dejar pasar al terrible míster Creakle.

Y aunque creo que no soy un chico malo .... como sigo lle­vando el cartel en la espalda...

Míster Mell nunca me hablaba mucho, pero no era malo conmigo. Creo que nos hacíamos mutuamente compañía, aunque no nos habláramos. He olvidado mencionar que él, algunas veces, hablaba solo; entonces rechinaba los dientes, apretaba los puños y se tiraba de los pelos de una manera ex­traña; pero debía de ser costumbre, y aunque al principio me asustaba mucho, pronto me habitué a ello.

CAPÍTULO VI. ENSANCHO MI CÍRCULO DE AMISTADES

Llevaba un mes, poco más o menos, haciendo esta vida, cuando el hombre de la pierna de palo apareció, limpiándolo todo con una escoba y un cubo, lo que deduje eran preparati­vos para el recibimiento de míster Creakle y sus alumnos. No me había equivocado; y por fin llegó la escoba a la sala de estudio, arrojándonos a míster Mell y a mí, que tuvimos que vivir durante aquellos días donde pudimos y como pudi­mos, encontrándonos por todas partes con las criadas (que yo antes apenas había visto) constantemente ocupadas en hacernos tragar polvo en tal cantidad que yo no dejaba de estornudar, como si Salem House fuera una enorme taba­quera.

Un día míster Mell me anuncio que míster Creakle lle­gaba aquella noche. Y por la tarde, después del té, le oí decir que ya había llegado. Un rato antes de la hora de acostarme, el hombre de la pierna de palo se presentó a buscarme para conducirme ante míster Creakle.

La parte de la casa dedicada a vivienda del señor director era mucho mejor y confortable que la nuestra, y tenía un trozo de jardín que era como un edén al lado de nuestro horrible patio de recreo, pues nuestro patio se parecía de tal modo a un desierto en miniatura, que yo pensaba siempre que sólo un camello o un dromedario se sentirían allí como en su casa. Me pareció de un atrevimiento inaudito el darme cuenta de que hasta el pasillo tenía aspecto confortable, mientras me dirigía, temblando, a su presencia. Estaba tan turbado, que al entrar apenas vi a mistress Creakle ni a su hija, que estaban en la habitación. Sólo vi al director. Míster Creakle era un hombre muy grueso, que llevaba un montón de diles en la cadena del reloj. Estaba sentado en un sillón, con un vaso y una botella al lado.

—Así —dijo míster Creakle—, ¿este es el caballerito a quien tendremos que limar los dientes? ¿A ver? Dé usted la vuelta.

El hombre de la pierna de palo me hizo girar para que pu­dieran contemplar mi letrero—, y después de tenerme el tiempo suficiente para que lo leyeran, volvió a ponerme frente a míster Creakle, y él se colocó a su lado. El rostro de míster Creakle era verdaderamente feroz: los ojos, muy pequeños y hundidos en la cabeza; las venas de la frente, muy hinchadas; la nariz, pequeña, y la barbilla, grande. Estaba calvo; sólo tenía unos cuantos pelitos grises, que peinaba hacia arriba, uniéndolos en lo alto. Pero lo que más me im­presionó entonces fue que no tenía voz; hablaba como en un cuchicheo, y no sé si el trabajo que le costaba hablar o la conciencia de su debilidad le hacía tener más expresión de malo cuando hablaba, y quizá también eso fuese causa de que sus abultadas venas se hincharan todavía más. Ahora no me extraña que al verlo de primeras fuera esta peculiaridad la que más me chocase.

—Y bien —dijo míster Creakle—, ¿tiene usted algo que decirme del chico?

—Todavía no ha hecho nada —dijo el hombre de la pierna de palo—, no ha tenido ocasión.

Me dio la impresión de que a míster Creakle le había defraudado, y que, en cambio, no había defraudado a miss y a mistress Creakle (a quienes por primera vez lanzaba una ojeada).

—Acérquese usted más —me dijo míster Creakle.

—Acérquese usted más —dijo el hombre de la pierna de palo, repitiendo su gesto.

—Tengo el honor de conocer bastante a su padrastro —cuchicheó míster Creakle agarrándome de una oreja—: es un hombre muy digno, un hombre de carácter. Los dos nos conocemos mucho... Pero tú no me conoces, ¿verdad? —re­pitió míster Creakle, pellizcándome la oreja con feroz com­placencia.

—Todavía no, señor —dije con verdadero pánico.

—¿Todavía no?, ¿eh? Pero pronto será.

—Pero pronto será —repitió el hombre de la pierna de palo.

Después he sabido que, por lo general, actuaba, con su voz de trueno, de intérprete de míster Creakle para con sus alumnos.

Estaba muy asustado, y le dije que así lo suponía. Entre tanto, sentía que me ardía la oreja, pues me la pellizcaba cada vez con más fuerza.

—Te voy a decir quién soy —cuchicheó míster Creakle, soltándome por fin, aunque no sin antes retorcerme el pe­llizco, haciendo que se me saltaran las lágrimas—. Soy un tártaro.

—Un tártaro —dijo el hombre de la pierna de palo.

—Y si digo que haré una cosa, la hago, y si digo que ha de hacerse una cosa, también se hace.

—Si digo que ha de hacerse una cosa, se hace —repitió como un eco el intérprete.

—Soy un carácter decidido —continuó míster Creakle—; eso soy. Cumplo con mi deber; eso es lo único que hago. Y si mi carne y mi sangre se revelan contra mí (y miró a mistress Creakle al decir esto), ya no son mi carne ni mi san­gre y reniego de ellos.

Y dirigiéndose al hombre de la pierna de palo añadió:

—Aquel individuo, ¿no ha vuelto por aquí?

—No, señor —fue la contestación.

—No —dijo míster Creakle—, ya sabe él que más le vale así. Me conoce, y hace bien. Digo que es mejor que no vuelva —repitió míster Creakle, dando un puñetazo encima de la mesa y mirando a su mujer— Ese ya me conoce. Y ahora tú también vas a conocerme, amiguito; puedes mar­charte. ¡Llévatelo!

Estaba muy contento de poderme marchar, pues mistress Creakle y su hija se secaban los ojos, y yo estaba sufriendo por ellas y por mí. Sin embargo, como tenía en el pensa­miento una petición que le quería hacer y que me interesaba muchísimo, no pude por menos de expresarla, aunque asom­brado de mi propia audacia.

—Señor, si usted quisiera...

Míster Creakle murmuró:

—¡Cómo! ¿Qué quiere decir esto?

Y me lanzó un mirada como si quisiera aniquilarme con ella.

—Señor, si usted quisiera... —balbucí—, si usted pudiera perdonarme... Estoy tan arrepentido de lo que hice. Si pudie­ran quitarme este letrero antes de que lleguen mis compañe­ros...

No sé si míster Creakle lo hacía por asustarme; pero saltó de la silla con cólera. Yo, al verle así, eché a correr, sin espe­rar la escolta del hombre de la pierna de palo, y no paré hasta llegar al dormitorio. Allí, al darme cuenta de que no me se­guían, me desnudé y acurruqué en la cama, donde estuve temblando durante un par de horas.

A la mañana siguiente llegó míster Sharp. Míster Sharp era el profesor de más categoría, superior a míster Mell. Míster Mell comía con los niños, mientras que míster Sharp comía y cenaba en la mesa del señor director. Era menudo, y me pareció de aspecto delicado; tenía un nariz muy grande, y llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado, como si fuera demasiado pesada para él. Tenía el pelo abundante y rizado; pero, según me dijo el primer niño que volvió, aque­llo era peluca (comprada de segunda mano, según decía); también me dijo que todos los sábados por la tarde salía para que se la rizaran.

Todos aquellos datos me los dio Tommy Traddles. Fue el primero en volver, y se me presentó diciendo que su nombre lo podía encontrar grabado en el rincón derecho de la puerta, encima del cerrojo; entonces yo le dije: «¿Traddles?», y él me contestó: « El mismo.» Después me estuvo preguntando muchas cosas más y sobre mi familia.

Fue una suerte muy grande para mí el que Traddles regre­sara el primero, pues le divirtió tanto mi letrero, que me li­bró del problema de enseñarlo o de ocultarlo, presentán­dome a todos los niños que llegaban, fueran grandes o chicos, en la siguiente forma: «¡Eh! ¡Venid aquí y veréis qué comedia! » .

Felizmente también, la mayor parte de los niños volvían tristes y no estaban propicios a divertirse a costa mía, como yo me esperaba.

Claro que algunos gesticularon a mi alrededor como sal­vajes, y que la mayoría no podía resistir a la tentación de ha­cer como si me tomasen por un perro, y me acariciaban y mimaban como si tuvieran miedo, diciendo: « ¡Abajo, chu­cho!» , y me llamaban Towser.

Esto, naturalmente, me molestaba mucho y me costaba lágrimas; pero en conjunto fueron menos crueles de lo que me imaginaba.

Así y todo, no me consideraron formalmente admitido en la escuela hasta que hubo llegado James Steerforth. Me con­dujeron ante aquel muchacho (que tenía fama de saber mu­cho, y que era muy guapo y, por último, por lo menos seis años mayor que yo) como ante un juez. Debajo de un cober­tizo del patio de recreo él inquirió la causa y los detalles de mi cruel castigo, y después tuvo la amabilidad de expresar su opinión diciendo que aquello era < una famosa infamia», lo que le agradecí ya para siempre.

—¿Cuánto dinero tienes, pequeño Copperfield? —me dijo paseando conmigo después de juzgar el asunto en aquel tono.

Le dije que siete chelines.

—Te convendría más que lo guardara yo —dijo, Eso si te parece bien.

Me apresuré a entregárselos, vaciando la bolsa de Peg­gotty en su mano.

—¿Y no te gustaría gastar en nada ahora? —me preguntó.

—No, gracias —repliqué.

—Si quieres, puedes —insistió Steerforth—; me lo dices a mí...

—No, gracias —repetí.

—Quizá te gustaría gastarte dos chelines en una botella de licor de grosella; podríamos beberla poco a poco en el dormitorio —insistió Steerforth—. Creo que duermes en el mismo que yo.

A mí nunca se me hubiera ocurrido una cosa semejante; pero dije que sí, que me gustaba mucho.

—Muy bien —contestó Steerforth—, y estoy casi seguro de que también te gustaría gastar otro chelín en bizcochos de almendra, ¿eh?

También dije que sí, que me gustaba mucho.

—Y otro chelín, o así, en dulces, y otro en frutas, ¿qué te parece? ¿Quieres, pequeño Copperfield?

Sonreí porque él también sonreía; pero un poco confuso.

—Bien —dijo Steerforth—, haremos que dure lo más po­sible. Para ti, lo mejor es que esté en mi poder, pues salgo cuando quiero y puedo pasar bien el contrabando. Al decir esto se guardó el dinero y me dijo con mucho cariño que no me preocupase, que él tendría cuidado de que todo saliera a pedir de boca.

Y cumplió su palabra: todo salió muy bien, si se puede decir eso de aquello que en el fondo de mi alma me parecía mal. Sentía que no había hecho buen use de las medias co­ronas de mi madre; sin embargo, conservé el papelito en que estaban envueltas (¡preciosa economía!). Cuando estu­vimos en el dormitorio, Steerforth sacó el producto íntegro de los siete chelines y lo extendió encima de mi cama, di­ciendo:

—Aquí está, joven Copperfield; ¡es un banquete regio!

Sólo la idea de tener que hacer los honores del festín a mi edad y estando allí Steerforth hacía temblar mi mano. Por lo tanto, le rogué que me hiciera el favor de presidir la mesa, y mi petición fue secundada por los otros muchachos del mismo dormitorio.

Steerforth accedió, y sentándose encima de mi almohada, repartió los manjares con perfecta equidad, debo recono­cerlo. El licor de grosella lo fue dando uno a uno en una copa rota que era propiedad suya. Yo estaba sentado a su derecha; los demás, agrupados a nuestro alrededor, unos en las camas más próximas y otros en el suelo.

¡Cómo recuerdo aquella noche! Allí sentados, ¡cómo charlábamos en un susurro! Mejor dicho, charlaban: yo es­cuchaba en silencio. La luna entraba en la habitación por la ventana, dibujando otra pálida ventana en el suelo, y la ma­yoría de nosotros estábamos en la oscuridad, excepto cuando Steerforth encendía un fósforo de su caja para buscar algo en la mesa, y era un instante de luz azul sobre todos noso­tros. Un misterioso sentimiento, consecuencia de la oscuri­dad, del secreto del festín y del cuchichear de todos a mi al­rededor, se apodera nuevamente de mí al recordarlo, y escucho lo que dicen con un sentimiento vago de solemni­dad y temor, sintiéndome dichoso de sentirlos al lado y asus­tándome, aunque finjo reír, cuando Traddles dice que ve a un fantasma.

Les oí las cosas más diversas sobre toda la escuela y los que la habitaban. Oí decir que míster Creakle tenía mucha razón al llamarse a sí mismo tártaro; que era el maestro más cruel y severo, y que todos los días golpeaba a los niños a diestro y siniestro, lo mismo que a un rebaño, y sin compa­sión; que no sabía nada, fuera de castigar, siendo más igno­rante (lo decía J. Steerforth) que el chico más obtuso de la escuela; que hacía muchos años había sido comerciante en vinos en Boroug; que había emprendido el negocio de la es­cuela después de hacer bancarrota en los vinos, y que si al fin había conseguido salir adelante era gracias al dinero de mistress Creakle. Les oí todo esto y muchas cosas más de este calibre, que yo no comprendía cómo habían sabido.

Supe también que el hombre de la pierna de palo se lla­maba Tungay; que era bruto y tozudo—, que había trabajado con Creakle en el negocio de vinos, y que si luego le había conservado en este otro negocio era porque se había roto la pierna a su servicio, le había ayudado en muchas cosas su­cias y estaba enterado de todos sus secretos. Supe también que, exceptuando a Creakle, Tungay consideraba a todos, profesores y discípulos, como sus naturales enemigos, y que el único goce de su vida era hacer daño. Oí que mister Crea­kle había tenido un hijo, a quien Tungay no quería; que el muchacho había ayudado a su padre en la escuela, pero que habiéndole hecho en una ocasión observaciones sobre la dis­ciplina del colegio, tachándola de cruel, y habiendo protes­tado también, según se suponía, del mal trato que daba a su madre, míster Creakle le había repudiado, y desde entonces su mujer y su hija estaban siempre tristes.

Pero lo que más estupor me produjo de todo fue saber que existía en la escuela un muchacho sobre el que míster Crea­kle no se había atrevido a poner aún la mano, y este mucha­cho era Steerforth. Él mismo confirmó tal rumor cuando otros lo dijeron, asegurando que le gustaría que se atreviera a hacerlo. Y al preguntarle un chico muy pacífico (no era yo) qué haría si algún día le llegara a pegar, Steerforth encendió una cerilla para dar mayor fuerza a su respuesta y dijo que como primera providencia le tiraría a la cabeza el frasco de tinta que estaba siempre encima de la chimenea. Durante unos segundos permanecimos en la oscuridad sin atrevemos a respirar siquiera.

Supe que a los dos profesores, míster Sharp y míster Mell, les daban una paga miserable; y que cuando había carne ca­liente y fría en la mesa de míster Creakle habían acordado que mister Sharp tenía que preferir siempre la fría. Esto fue también corroborado por Steerforth, que era el único admi­tido a aquella mesa. Me enteré de que la peluca de míster Sharp no le sentaba bien, y que más le valiera no presumir tanto, porque su pelo rojo asomaba por debajo.

También oí decir que a un niño, hijo de un carbonero, le habían admitido a cambio de la cuenta del carbón, por lo que le apodaban míster Cambio, nombre elegido del libro de aritmética y alusivo al arreglo. Oí que la cerveza era un robo a los padres, y el pudding, una imposición. Supe que todos los alumnos consideraban a la hija de Creakle como enamo­rada de Steerforth. Y pensando, mientras estábamos en la oscuridad, en su dulce voz, en su hermoso rostro, en sus mo­dales elegantes y en sus cabellos rizados, estaba convencido de que era verdad. También supe que mister Mell no era mala persona; pero que no tenía dónde caerse muerto, y que su anciana madre debía de ser tan pobre como Job. Al mo­mento recordé mi desayuno en el asilo, y lo que me había parecido oír decir a la anciana: «Mi Charles»; pero, gracias a Dios, no se lo dije a nadie porque estuve más callado que en misa.

La mayoría de los compañeros se habían metido en la cama nada más terminar de comer y beber; pero la charla aquella duró bastante tiempo, y nosotros habíamos permane­cido cuchicheando y escuchando sin desnudarnos del todo. Por fin también nos acostamos.

—Muy buenas noches, pequeño Copperfield —dijo Steer­forth—; yo cuidaré de ti.

—Es usted muy bueno —contesté agradecido—; se lo agradezco mucho.

—¿No tienes una hermana? —dijo Steerforth bostezando.

—No —contesté.

—¡Qué lástima! —dijo Steerforth—. Habría sido una linda chiquilla, pequeña y tímida, con los ojos brillantes. Me habría gustado conocerla. Hasta mañana, Copperfield.

—Buenas noches, Steerforth.

Seguí pensando en él durante mucho rato, y recuerdo que me senté en la cama para mirarle. Estaba dormido a la luz de la luna, con su hermoso rostro hacia mi lado y la cabeza có­modamente reclinada en el brazo. Era un gran personaje a mis ojos, y esto era, como es natural, lo que más me atraía. Los sombríos misterios de su porvenir no se revelaban toda­vía en su rostro a la luz de la luna. Ni una sombra iba unida a sus pasos mientras me paseaba en sueños con él por el jardín.

CAPÍTULO VII. MI PRIMER SEMESTRE EN SALEM HOUSE

Las clases empezaron en serio al día siguiente. Recuerdo cómo me impresionó el ruido de las voces en la sala de estu­dio, trocada de pronto en un silencio de muerte cuando míster Creakle entró, después del desayuno, y desde la puerta nos miró a todos como el gigante de los cuentos de hadas contempla a sus cautivos.

Tungay entró con él, y a mí me pareció que no había mo­tivo para gritar de aquel modo:

«¡Silencio!», pues estába­mos todos petrificados, mudos é inmóviles.

—Se le vio a míster Creakle mover los labios y se oyó a Tungay.

—Muchachos: empezamos el curso; cuidado con lo que se hace, y tomad con afán vuestros estudios, os lo aconsejo, porque yo también vengo decidido a tomar con afán los cas­tigos. Y no tendré piedad. Y os prometo que por mucho que os restreguéis después no lograréis quitaros las huellas de mis golpes. Ahora ¡al trabajo todos!

Cuando terminó este terrible exordio y Tungay se mar­chó, mister Creakle se acercó a mi pupitre y me dijo que si yo era célebre por morder, también él era una especialidad en aquel arte. Y enseñándome su bastón, me preguntó qué me parecía aquel diente. ¿Era bastante duro? ¿Era fuerte? ¿Tenía las puntas afiladas? ¿Mordía bien? ¿Mordía? Y a cada pregunta me daba tal palo, que me hacía retorcerme. Aquella fue mi confirmación en Salem House, según decía Steerforth; había sido confirmado pronto; igual de pronto estuve deshecho en lágrimas.

Y no vaya a creerse que aquellas demostraciones de aten­ción las recibía yo solo. Al contrario, casi todos los niños (sobre todo los que eran pequeños) se veían favorecidos con igual suerte cada vez que míster Creakle recorría la clase. La mitad del colegio ya estaba retorciéndose antes de que em­pezasen las tareas del día, y ¡cuántos se retorcían y gritaban antes de que el trabajo del día terminase! Realmente lo re­cuerdo asustado; pero si contara mas detalles, no querrían creerme.

Pienso que no he visto en mi vida un hombre a quien gus­tase más su oficio que mister Creakle. Se veía que gozaba pegándonos, como si satisficiera un apetito imperioso. Estoy convencido de que no podía resistir el deseo de azotarnos; sobre todo los que éramos gorditos ejercíamos una especie de fascinación sobre él, que no le dejaba descansar hasta que nos marcaba para todo el día. Yo era gordito entonces, y lo he experimentado. Estoy seguro de que ahora, cuando pienso en aquel hombre, la sangre hierve en mis venas con la misma desinteresada indignación que sentiría si hubiera visto sus cosas sin haberlas sufrido, y me indigna porque es­toy convencido de que era un malvado sin ningún derecho a cuidar del tesoro que se le confiaba, menos derecho que a see gran mariscal o general en jefe... Es más, quizá en cualquiera de esos otros dos casos habría hecho infinitamente menos daño.

Miserables, pequeñas víctimas de un ídolo sin piedad, ¡qué abyectos éramos! ¡Qué comienzo en la vida (pienso ahora) el aprender a arrastrarse de aquel modo ante un hom­bre así!

Todavía me parece estar sentado en mi pupitre y espiando sus ojos, observándolos humildemente, mientras él raya el cuaderno de otra de sus víctimas a quien acaba de cruzar las manos con la regla y que trata de aliviar sus heridas envol­viéndoselas en el pañuelo. Tengo mucho que hacer, y si ob­servo sus ojos no es por holgazanería: es una especie de atracción morbosa, un deseo imperioso de saber qué va a ha­cer, y si me tocará el turno de sufrir o le tocará a otro. Delante de mí hay una fila de los más pequeños, que también está pendiente de sus ojos con el mismo interés. Yo creo que él lo sabe; pero finge no verlo, y gesticula de un modo terro­rífico mientras raya el cuaderno; después nos mira de sos­layo, y todos nos inclinamos temblorosos sobre los libros; pero al momento volvemos a fijar los ojos en él. Un desgra­ciado, culpable de haber hecho mal un ejercicio, se acerca a su llamada, balbuciendo excusas y propósitos de hacerlo bien mañana. Míster Creakle hace un chiste cuando le va a pegar. Todos se lo reírnos, ¡miserables perrillos!, se lo reí­mos, con los rostros más blancos que la muerte y el corazón encogido de miedo.

Todavía me veo sentado en el pupitre en una calurosa tarde de verano. Un rumor sordo me rodea, como si los chi­cos fueran moscones. Tengo una desagradable sensación de lo que hemos comido (comimos hace una hora o dos) y me siento la cabeza pesada, como si fuera de plomo. Daría el mundo entero por poderme dormir. Tengo los ojos fijos en míster Creakle y abiertos como los de una lechuza. Cuando el sueño me vence demasiado, sigo viéndole a través de una bruma, siempre rayando los cuadernos .... hasta que suave­mente llega detrás de mí y me hace tener una percepción más clara de su existencia dándome un bastonazo en la es­palda.

Estamos en el patio de recreo, y yo sigo con los ojos fas­cinados por él, aunque no puedo verle. Allí está la ventana de la habitación donde debe de estar comiendo. Sé que está allí y miro a la ventana. Si pasa por ella su sombra, al ins­tante mi cara adopta una expresión sumisa y resignada. ¡Y si nos mira a través del cristal, hasta los más traviesos (excep­tuando Steerforth), se interrumpen en medio de sus gritos para tomar una actitud contemplativa! Un día, Traddles (el chico más desgraciado del colegio) rompió accidentalmente el cristal con su pelota. Aún hoy me estremezco al recordar la tremenda impresión del momento, cuando pensábamos que la pelota habría rebotado en la sagrada cabeza de míster Creakle.

¡Pobre Traddles! Con su traje azul celeste, que le estaba pequeño y hacía que sus brazos y piernas parecieran salchi­chas alemanas, era el más alegre y el más desgraciado del colegio. Ni un día dejaban de pegarle, creo que ni un solo día, exceptuando un lunes, que fue fiesta, y nada más le dio con la regla en las manos. Siempre estaba diciendo que iba a escribir a su tío quejándose de ello; pero nunca lo hacía. Cuando le habían pegado tenía la costumbre de inclinar la cabeza encima del pupitre durante unos minutos; después se enderezaba alegre y empezaba a reírse, cubriendo la pizarra de esqueletos antes de que sus ojos estuvieran secos. Al prin­cipio me extrañaba bastante el consuelo que encontraba di­bujando esqueletos, y durante cierto tiempo le consideré como una especie de asceta que trataba de recordar por me­dio de aquel símbolo de mortalidad lo limitado de todas las cosas, consolándole el pensar que tampoco los palos podían durar siempre. Después supe que si lo hacía así era por ser más fácil, pues no tenía que ponerlos cara.

Traddles era un chico muy bueno y de gran corazón. Con­sideraba como un deber sagrado para todos los niños el sos­tenerse unos a otros, y sufrió en muchas ocasiones por este motivo. Una vez Steerforth se echó a reír en la iglesia, y el bedel, creyendo que había sido Traddles, lo arrojó a la calle. Le veo todavía saliendo custodiado bajo las indignadas mi­radas de los fieles. Nunca dijo quién había sido el verdadero culpable, aunque le castigaron duramente y lo tuvieron preso tantas horas, que al salir del encierro traía un cementerio completo de esqueletos dibujados en su diccionario de latín. En verdad sea dicho que tuvo su compensación. Steerforth dijo de él que era un chico valiente, y a nuestros ojos aquel elogio valía más que nada. Por mi parte, habría sido capaz de soportarlo todo (aunque no era tan bravo como Traddles y además más pequeño) por una recompensa semejante.

Una de las mayores felicidades de mi vida era ver a Steer­forth dirigirse a la iglesia delante de nosotros dando el brazo a miss Creakle.

Miss Creakle no me parecía tan bonita como Emily ni es­taba enamorado de ella, no me hubiera atrevido; pero la en­contraba extraordinariamente atractiva, y en cuanto a genti­leza, me parecía que nadie podía comparársela. Cuando Steerforth, con sus pantalones blancos, llevaba su sombrilla, me sentía orgulloso de ser amigo suyo y pensaba que miss Creakle no podía por menos que adorarle. Míster Sharp y míster Mell eran dos personajes muy importantes a mis ojos; pero Steerforth los eclipsaba como el sol eclipsa a las estre­llas.

Steerforth continuaba protegiéndome y su amistad me ayudaba mucho, pues nadie se atrevía a meterse con los que él protegía. No podía, ni lo intentó siquiera, defenderme de míster Creakle, que era muy severo conmigo; pero cuando me había tratado con dureza, Steerforth me decía que yo ne­cesitaba algo de su valor; que él no hubiera consentido nunca que le trataran mal, y aquello me animaba y me hacía quererle. Una ventaja saqué, la única que yo sepa, de la se­veridad con que me trataba míster Creakle, pues parecién­dole que mi letrero le estorbaba al pasar entre los bancos, cuando tenía ganas de pegarme, me lo mandó quitar, y no lo volví a ver.

Una circunstancia fortuita aumentó más aún la intimidad entre Steerforth y yo, de una manera que me causó mucho orgullo y satisfacción, aunque no dejaba de tener sus incon­venientes. En una ocasión en que me hacía el honor de char­lar conmigo en el patio de recreo me atreví a hacerle obser­var que algo o alguien se parecía a algo o a alguien de Pere­grine Pickle. Él no me dijo nada entonces; pero cuando nos fuimos a la cama me preguntó si tenía aquel libro.

Le contesté que no, y le expliqué cómo lo había leído, igual que los demás de que ya he hablado.

—¿Y los recuerdas bien? —me preguntó Steerforth.

—¡Oh, sí, perfectamente! —repliqué— Tengo buena me­moria, y creo que los recuerdo muy bien todos.

—Entonces ¿quieres que hagamos una cosa, pequeño Copperfield? Me los vas a contar. Yo no puedo dormirme tan temprano, y por lo general me despierto casi de madru­gada. Me irás contando uno después de otro y será lo mismo que Las mil y una noches.

La proposición me halagó de un modo extraordinario, y aquella misma noche la pusimos en práctica. ¿Qué mutila­ciones cometería yo con mis autores favoritos en el curso de mi interpretación? No estoy en condiciones de decirlo, y además prefiero no saberlo; pero tenía fe profunda en ellos, y, además, lo mejor que creo que tenía era el modo sencillo y grave de contarlos. Con esas cualidades se va lejos.

El reverso de la medalla era que muchas noches tenía un sueño horrible o estaba triste y sin ganas de reanudar la his­toria. En esas ocasiones era un trabajo duro; pero hubiera sido incapaz de defraudar a Steerforth. También había días en que por la mañana me sentía cansado y me habría gus­tado una hora más de sueño, y en aquellos momentos no era muy agradable el ser despabilado igual que la sultana Shee­rezade y forzado a contar durante largo rato antes de que so­nara la campana. Pero Steerforth estaba decidido, y como él me explicaba mis problemas y todo aquello de mis deberes que yo no entendía, no perdía en el cambio. Sin embargo, debo hacerme justicia: ni por un momento me movió el inte­rés ni el egoísmo, ni tampoco el temor. Admiraba a Steer­forth y le amaba, y su aprobación lo compensaba todo. Y el sentimiento aquel era tan precioso a mis ojos, que aun ahora, al pensar en aquellas chiquilladas, me duele el corazón.

Steerforth era también muy considerado conmigo y me demostraba mucho interés; sobre todo en una ocasión lo de­mostró de un modo inflexible. Sospecho que en aquella oca­sión debió de ser un poco de suplicio de Tántalo para el pobre Traddles y todos los demás. La prometida carta de Peg­gotty (¡qué carta tan alegre y animadora era!) llegó en las primeras semanas del semestre, y con ella un bizcocho per­fectamente rodeado de naranjas y con dos botellas de vello­rita. Este tesoro, como es natural, me apresuré a ponerlo a los pies de Steerforth, rogándole que lo distribuyese.

—Bueno; pero has de saber, pequeño Copperfield, que el vino lo guardaremos para remojarte el gaznate cuando cuentes historias.

Enrojecí ante aquel interés, y, en mi modestia, le supliqué que no pensara semejante cosa. Pero él insistió, diciendo que había observado que algunas veces me ponía ronco, y que, por lo tanto, aquel vino se emplearía desde la primera hasta la última gota en lo que había dicho. En consecuencia, lo guardó en su caja y echó un poco en un frasco, y me lo ad­ministraba gota a gota por medio de un palito cuando le pa­recía que lo necesitaba. A veces lo hacía exprimiendo en el vino jugo de naranja y echándole ginebra. No estoy muy se­guro de que el sabor mejorase con aquello ni de que resultara un licor muy estomacal para tomar a las altas horas de la noche y de madrugada; pero yo lo bebía con agradecimiento y era muy sensible a aquellas atenciones.

Me parece que tardé varios meses en contarle la historia de Peregrine Pickle, y más tiempo todavía en las otras nove­las. La institución nunca flaqueó por falta de una historia, y el vino duró casi tanto como los relatos. ¡Pobre Traddles! No puedo pensar en él sin una extraña predisposición a reír y a llorar. Por las noches coreaba las historias y afectaba convulsiones de risa en los pasajes cómicos y un miedo mor­tal en los más peligrosos. A veces casi me cortaba el hilo. Recuerdo que uno de sus grandes gestos era hacer como que no podía por menos de castañetear los dientes cuando men­cionaba a los alguaciles en las aventuras de Gil Blas; y re­cuerdo que cuando Gil Blas se encuentra en Madrid con el capitán de los ladrones, el desgraciado Traddles lanzó tales alaridos de terror, que lo oyó mister Creakle y le dio una so­berana paliza.

Yo tenía ya espontáneamente una imaginación romántica y soñadora, y se me acentuaba cada día más con aquellas historias contadas en la oscuridad, por lo que dudo de que aquella práctica me haya resultado beneficiosa; pero el verme mimado por todos, como un juguete, en el dormito­rio, y el darme cuenta de la importancia y el atractivo que te­nía entre los otros niños (a pesar de ser yo el más pequeño) me estimulaba mucho. En una escuela regida con la cruel­dad de aquella, por grande que sea el mérito del que la pre­side no hay cuidado de que se aprenda mucho. Nosotros, en general, éramos los colegiales más ignorantes que pueden existir; estábamos demasiado atormentados y preocupados para poder estudiar, pues nada se consigue hacer en una vida de perpetua intranquilidad y tristeza. Sin embargo, a mí, mi pequeña vanidad, estimulada por Steerforth, me hacía trabajar, y aunque no me salvaba de castigos, evitó, mientras estuve allí, que me hundiera en la pereza general y me hizo asimilar de aquí y de allá algunas briznas de conocimientos.

En esto me ayudaba mucho míster Mell. Me tenía cariño, lo recuerdo con agradecimiento. Observaba con pena cómo Steerforth le trataba con un desprecio sistemático, y no per­día ninguna ocasión de herirle ni de inducir a los demás a hacerlo. Esto me preocupó durante mucho tiempo, porque yo ya le había contado (no hubiera podido dejarle sin parti­cipar de un secreto, como de ninguna otra posesión mate­rial) lo de las dos ancianas del hospicio que mister Mell ha­bía visitado, y temía que Steerforth se aprovechara de ello para hacerle sufrir.

¡Qué poco podíamos imaginar míster Mell y yo, cuando estuve desayunando y durmiendo, escuchando su flauta, las consecuencias que traería la visita al hospicio de mi insigni­ficante personilla! Tuvo las más inesperadas y graves conse­cuencias.

Sucedió que un día míster Creakle no salió de sus habita­ciones por estar indispuesto; esto, naturalmente, nos puso tan contentos, que armamos la mayor algarabía. La enorme satisfacción que experimentábamos nos hacía muy difíciles de manejar, y aunque Tungay apareció dos o tres veces con su pierna de palo y tomó nota con su voz estentórea de los más revoltosos, no causó la menor impresión en los niños. Estaban tan seguros de que hicieran lo que hicieran al día si­guiente los castigaban, que preferían divertirse y aprovechar el día.

Era sábado y, por consiguiente, medio día de fiesta; pero el tiempo no estaba para ir de paseo, y para que el ruido en el patio no molestara a míster Creakle, se nos ordenó continuar en clase por la tarde haciendo unos deberes más ligeros, que había preparados para estas ocasiones. Era el día de la se­mana en que míster Sharp salía siempre a rizar su peluca. Por lo tanto, fue míster Mell, a quien siempre tocaban las cosas más difíciles, quien tuvo que quedarse a pelear con to­dos aquel día.

Si pudiera asociarse la imagen de un toro, de un oso o de algo semejante a la de míster Mell, yo la compararía con al­guno de aquellos animales acosados por un millar de perros, aquella tarde, cuando el ruido era más fuerte. Lo recuerdo apoyando la cabeza en sus delgadas manos, sentado en su pupitre, inclinado sobre un libro y esforzándose en prose­guir su cansada labor a través de aquel ruido que habría vuelto loco hasta al presidente de la Cámara de los Comu­nes. Había chicos que se habían levantado de sus sitios y ju­gaban a la gallina ciega en un rincón; los había que se reían, que cantaban, que hablaban, que bailaban, que rugían; los había que patinaban; otros saltaban formando corro alrede­dor del maestro y gesticulaban, le hacían burla por detrás y hasta delante de sus ojos, parodiando su pobreza, sus botas, su traje, hasta a su madre; se burlaban de todo, hasta de lo que más hubieran debido respetar.

—¡Silencio! —gritó de pronto míster Mell, levantándose y dando un golpe en el pupitre con el libro— ¿Qué significa esto? No es posible tolerarlo. ¡Es para volverse loco! ¿Por qué se portan así conmigo, señores?

El libro con que había dado en el pupitre era el mío, y como yo estaba de pie a su lado, siguiendo su mirada vi a los chicos pararse sorprendidos de pronto, quizá algo asustados y también un poco arrepentidos.

El pupitre de Steerforth era el mejor de la clase y estaba al final de la habitación, en el lado opuesto al del maestro. En aquel momento estaba Steerforth recostado en la pared, con las manos en los bolsillos, y cada vez que míster Mell le mi­raba adelantaba los labios como para silbar.

—¡Silencio, míster Steerforth! —dijo míster Mell.

—Cállese usted primero! —replicó Steerforth, ponién­dose muy rojo— ¿Con quién cree usted que está hablando?

—¡Siéntese usted! —replicó míster Mell.

—¡Siéntese usted si quiere! —dijo Steerforth—, y métase donde le llamen.

Hubo cuchicheos y hasta algunos aplausos; pero míster Mell estaba tan pálido, que el silencio se restableció inme­diatamente, y un chico que se había puesto detrás de él a imitar a su madre cambió de parecer a hizo como que había ido a preguntarle algo.

—Si piensa usted, Steerforth —continuó míster Mell­ que no sé la influencia que tiene aquí sobre algunos espíritus (sin darse cuenta, supongo, puso la mano sobre mi cabeza) o que no le he observado hace pocos minutos provocando a los pequeños para que me insultasen de todas las maneras imaginables, se equivoca.

—No me tomo la molestia de pensar en usted —dijo Steerforth fríamente—; por lo tanto, no puedo equivocarme.

—Y cuando abusa usted de su situación de favorito aquí para insultar a un caballero...

—¿A quién? ¿Dónde está? —dijo Steerforth.

En esto alguien gritó:

—¡Qué vergüenza, Steerforth; eso está muy mal!

Era Traddles, a quien míster Mell ordeno inmediatamente silencio.

—Cuando insulta usted así a alguien que es desgraciado y que nunca le ha hecho el menor daño; a quien tendría usted muchas razones para respetar ya que tiene usted edad sufi­ciente, tanto como inteligencia, para comprender —dijo mis­ter Mell con los labios cada vez más temblorosos—; cuando hace usted eso, mister Steerforth, comete usted una cobardía y una bajeza. Puede usted sentarse o continuar de pie, como guste. Copperfield, continúe.

—Pequeño Copperfield —dijo Steerforth, avanzando ha­cia el centro de la habitación—, espérate un momento. Tengo que decirle, míster Mell, de una vez para siempre, que cuando se torna usted la libertad de llamarme cobarde o miserable o algo semejante, es usted un mendigo desvergon­zado. Usted sabe que siempre es un mendigo; pero cuando hace eso es un mendigo desvergonzado.

No sé si Steerforth iba a pegar a míster Mell, o si mister Mell iba a pegar a Steerforth, ni cuáles eran sus respectivas intenciones; pero de pronto vi que una rigidez mortal caía sobre la clase entera, como si se hubieran vuelto todos de piedra, y encontré a míster Creakle en medio de nosotros, con Tungay a su lado. Miss y mistress Creakle se asomaban a la puerta con caras asustadas.

Míster Mell, con los codos encima del pupitre y el rostro entre las manos, continuaba en silencio.

—Mister Mell —dijo míster Creakle, sacudiéndole un brazo, y su cuchicheo era ahora tan claro que Tungay no juzgó necesario repetir sus palabras—. ¿Espero que no se habrá usted olvidado?

—No, señor, no —contestó míster Mell levantando su rostro, sacudiendo la cabeza y restregándose las manos con mucha agitación—; no, señor, no; me he acordado..., no, mister Creakle; no me he olvidado... Yo... he recordado.... yo... de­searía que usted me recordase a mí un poco más, mister Creakle... Sería más generoso, más justo, y me evitaría cier­tas alusiones.

Mister Creakle, mirando duramente a mister Mell, apoyó su mano en el hombro de Tungay, subió al estrado y se sentó en su mesa. Después de mirar mucho tiempo a mister Mell desde su trono, mientras él seguía sacudiendo la cabeza y restregándose las manos, en el mismo estado de agitación, mister Creakle se volvió hacia Steerforth y dijo:

—Steerforth, puesto que mister Mell no se digna expli­carse, ¿quiere usted decirme qué sucede?

Steerforth eludió durante unos minutos la pregunta, mi­rando con desprecio y cólera a su contrario. Recuerdo que en aquel intervalo no pude por menos de pensar en lo noble y lo hermoso del aspecto de Steerforth comparado con mister Mell.

—¡Bien! Veamos qué ha querido decir al hablar de favo­ritos —dijo por fin Steerforth.

—¿Favoritos? —repitió mister Creakle con las venas de la frente a punto de estallar— ¿Quién se ha atrevido a ha­blar de favoritos?

—Él —dijo Steerforth.

—¿Y qué entiende usted por eso, caballero? Haga el fa­vor —pregunto mister Creakle volviéndose furioso hacia el profesor.

—Me refería, mister Creakle —respondió en voz muy baja—, quería decir que ninguno de los alumnos tenía dere­cho a abusar de su situación de favorito degradándome.

—¿Degradándole? —repitió mister Creakle—. ¡Dios mío! Pero bueno, mister no sé cuántos (y aquí mister Crea­kle cruzó los brazos, con bastón y todo, sobre el pecho, y frunció tanto las cejas, que sus ojillos eran casi invisibles), ¿quiere usted decirme si al hablar de favoritos me demuestra el respeto que me debe? Que me debe —repitió mister Creakle adelantando la cabeza y retirándola enseguida—, a mí, que soy el director de este establecimiento, del que usted no es más que un empleado.

—En efecto, hice mal en decirlo; estoy dispuesto a reco­nocerlo —contestó míster Mell—; y no lo habría hecho si no me hubieran empujado a ello.

Aquí Steerforth intervino.

—Me ha llamado cobarde y miserable, y entonces yo le he dicho que él era un mendigo. Si no hubiera estado enco­lerizado no le habría llamado mendigo; pero lo he hecho, y estoy dispuesto a soportar las consecuencias de ello.

Quizá sin darme cuenta de si aquello podría tener o no consecuencias para Steerforth, me sentí orgulloso de aque­llas nobles palabras, y en todos los niños produjo la misma impresión, pues hubo un murmullo; pero nadie pronunció una palabra.

—Me sorprende, Steerforth, aunque su ingenuidad le hace honor, ¡le hace honor, es evidente! Repito que me sor­prende, Steerforth, que usted haya podido calificar así a un profesor empleado y pagado en Salem House.

Steerforth soltó una carcajada.

—Eso no es contestar a mi observación, caballero —dijo míster Creakle—; espero más de usted, Steerforth.

Si míster Mell me había parecido vulgar al lado de Steer­forth, sería imposible decir lo que me parecía míster Creakle.

—Que lo niegue —dijo Steerforth.

—¿Que niegue que es un mendigo, Steerforth? —ex­clamó míster Creakle—. ¿Acaso va pidiendo por las calles?

—Si él no es un mendigo, lo es su pariente más cercana —dijo Steerforth—. Por lo tanto, es lo mismo.

Me lanzó una mirada, y la mano de míster Mell me acari­ció cariñosamente el hombro. Le miré con rubor en mi ros­tro y remordimiento en el corazón; pero los ojos de míster Mell estaban fijos en Steerforth. Continuaba acariciándome con dulzura en el hombro; pero le miraba a él.

—Puesto que espera usted de mí, míster Creakle, que me justifique —dijo Steerforth— y que diga a lo que me refiero, lo que tengo que decir es que su madre vive de caridad en un asilo.

Míster Mell seguía mirándole y seguía acariciándome con dulzura en el hombro. Me pareció que se decía a sí mismo en un murmullo: «Sí; es lo que me temía».

Míster Creakle se volvió hacia el profesor con cara severa y una amabilidad forzada:

—Ahora, míster Mell, ya ha oído usted lo que dice este caballero. ¿Quiere tener la bondad, haga el favor, de rectifi­car ante la escuela entera?

—Tiene razón, señor; no hay que rectificar —contestó míster Mell en medio de un profundo silencio—; lo que ha dicho es verdad.

—Entonces tenga la bondad de declarar públicamente, se lo ruego —contestó míster Creakle, poniendo la cabeza de lado y paseando la mirada sobre todos nosotros—, si he sa­bido yo nunca semejante cosa antes de este momento.

—Directamente, creo que no —contestó míster Mell.

—¡Cómo! ¿No lo sabe usted? ¿Qué quiere decir eso?

—Supongo que nunca se ha figurado usted que mi posi­ción era ni siquiera un poquito desahogada —dijo el profe­sor—, puesto que sabe usted cuál ha sido siempre mi situa­ción aquí.

—Al oírle hablar de ese modo, temo —contestó míster Creakle con las venas más hinchadas que nunca— que ha estado usted aquí en una situación falsa y ha tomado esto por una escuela de caridad o algo semejante. Míster Mell, debemos separarnos cuanto antes.

—No habrá mejor momento que ahora mismo —dijo míster Mell levantándose.

—¡Caballero! —exclamó míster Creakle.

—Me despido de usted, míster Creakle, y de todos uste­des —pronunció míster Mell mirándonos a todos y acariciándome de nuevo el hombro—. James Steerforth, lo mejor que puedo desearle es que algún día se avergüence de lo que ha hecho hoy. Por el momento, prefiero que no sea mi amigo ni de nadie por quien yo me interese.

Una vez más apoyó su mano en mi hombro con dulzura y, después, cogiendo la flauta y algunos libros de su pupitre y dejando la llave en él para su sucesor, salió de la escuela. Míster Creakle hizo entonces una alocución por medio de Tungay, en que daba las gracias a Steerforth por haber de­fendido (aunque quizá con demasiado calor) la independen­cia y respetabilidad de Salem House; después le estrecho la mano, mientras nosotros lanzábamos tres vivas. Yo no supe por qué; pero suponiendo que eran para Steerforth, me uní a ellos con entusiasmo, aunque en el fondo me sentía triste. Al salir, míster Creakle le pegó un bastonazo a Tommy Tradd­les porque estaba llorando en lugar de adherirse a nuestros vivas, y después se volvió a su diván o a su cama; en fin, adonde fuera.

Cuando nos quedamos solos estábamos todos muy des­concertados y no sabíamos qué decir. Por mi parte, sentía mucho y me reprochaba, arrepentido, la parte que había te­nido en lo sucedido; pero no hubiera sido capaz de dejar ver mis lágrimas, por temor a que Steerforth, que me estaba mi­rando, se pudiera enfadar o le pareciese poco respetuoso, te­niendo en cuenta nuestras respectivas edades y el sentimiento de admiración con que yo le miraba. Steerforth estaba muy enfadado con Traddles, y decía que habían hecho muy bien en pegarle.

El pobre Traddles, pasado ya su primer momento de desesperación, con la cabeza encima del pupitre, se conso­laba, como de costumbre, pintando un regimiento de esque­letos, y dijo que le tenía sin cuidado lo que a él le pareciera, y que se habían portado muy mal con míster Mell.

—¿Y quién se ha portado mal con él, señorita? —dijo Steerforth.

—Tú —dijo Traddles.

—¿Pues qué le he hecho? —insistió Steerforth.

—¿Cómo que qué le has hecho? —replicó Traddles—. Herir todos sus sentimientos y hacerle perder la colocación que tenía.

—¡Sus sentimientos! —repitió Steerforth desdeñosa­mente—. Sus sentimientos se repondrán pronto. ¿O es que crees que son como los tuyos, señorita Traddles? En cuanto a su colocación, ¡era tan estupenda! ¿Pensáis que no voy a escribir a mi madre diciéndole que le mande dinero?

Todos admiramos las nobles intenciones de Steerforth, cuya madre era una viuda rica y dispuesta según decía él, a hacer todo lo que su hijo quisiera. Estábamos encantados de ver cómo había puesto a Traddles en su puesto, y le exalta­mos hasta las estrellas, especialmente cuando nos dijo que se había decidido a hacerlo y lo había hecho exclusivamente por nosotros y por nuestra causa, y que no había tenido en ello ni el menor pensamiento de egoísmo.

Pero debo decir que aquella noche, mientras estaba con­tando mi novela en la oscuridad del dormitorio, me parecía oír en mi oído tristemente la flauta de míster Mell; y cuando, por último, Steerforth se durmió y yo me dejé caer en la cama, al pensar que quizá en aquel momento aquella flauta estaría sonando dolorosamente, me sentí desgraciado por completo.

Pronto lo olvidé todo, en mi constante admiración por Steerforth, que como interesado y sin abrir un libro (a mí me parecía que los sabía todos de memoria) repasaba sus clases mientras venía un nuevo profesor. El que vino salía de una escuela elemental, y antes de entrar en funciones fue invi­tado a comer por míster Creakle un día, para serle presen­tado a Steerforth. Steerforth lo aprobó y nos dijo que era un Brick, y aunque yo no entendía exactamente lo que quería decir aquello, le respeté al momento, y no se me ocurrió du­dar de su saber, aunque nunca se tomó por mí el interés que se había tomado míster Mell.

Sólo hubo otro acontecimiento en aquel semestre de la vida escolar que me impresionara de un modo persistente. Fue por varias razones.

Una tarde en que estábamos en la mayor confusión, y míster Creakle pegándonos sin descansar, se asomó Tungay gritando con su terrible voz de trueno:

—Visita para Copperfield.

Cambió unas breves palabras con míster Creakle sobre la habitación a que los pasaría y diciéndole quiénes eran. Entre tanto, yo estaba de pie y a punto de ponerme malo por la sor­presa. Me dijeron que subiera a ponerme un cuello limpio antes de aparecer en el salón. Obedecí estas órdenes en un estado de emoción distinta a todo lo que había sentido hasta entonces, y al llegar a la puerta, pensando que quizá fuese mi madre (hasta aquel momento sólo había pensado en miss o míster Murdstone), me detuve un momento sollozando.

Al entrar no vi a nadie, pero sentí que estaban detrás de la puerta. Miré y con gran sorpresa me encontré con míster Peggotty y con Ham, que se quitaban ante mí el sombrero y se inclinaban para saludarme. No pude por menos de echarme a reír; pero era más por la alegría de verlos que por sus reve­rencias.

Nos estrechamos las manos con gran cordialidad, y yo me reía, me reía, hasta que tuve que sacar el pañuelo para secar mis lágrimas.

Míster Peggotty (recuerdo que no cerró la boca durante todo el tiempo que duró la visita) pareció conmoverse cuando me vio llorar, y le hizo señas a Ham de que dijera algo.

—Vamos, más alegría, señorito Davy —dijo Ham en su tono cariñoso—. Pero ¡cómo ha crecido!

—¿He crecido? —dije enjugándome los ojos.

No sé por qué lloraba. Debía de ser la alegría de verlos.

—¿Que si ha crecido el señorito Davy? ¡Ya lo creo que ha crecido! —dijo Ham.

—¡Ya lo creo que ha crecido! —dijo míster Peggotty.

Empezaron a reírse de nuevo uno y otro, y los tres termi­namos riendo hasta que estuve a punto de volver a llorar.

—¿Y sabe usted cómo está mamá, míster Peggotty? —dije— ¿Y cómo mi querida Peggotty?

—Están divinamente —dijo míster Peggotty.

—¿Y la pequeña Emily y mistress Gudmige?

—Divinamente están —dijo míster Peggotty.

Hubo un silencio. Para romperlo, míster Peggotty sacó dos prodigiosas langostas y un enorme cangrejo; además, una bolsa repleta de gambas, y lo fue amontonando en los brazos de Ham.

—¿Sabe usted, señorito? Nos hemos tomado la libertad de traerle estas pequeñeces acordándonos de lo que le gusta­ban cuando estuvo usted en Yarmouth. La vieja comadre es quien las ha cocido. Sí, las ha cocido ella, mistress Gudmige —dijo míster Peggotty muy despacio; parecía que se agarraba a aquel asunto, no encontrando otro a mano— Se lo aseguro; las ha cocido ella.

Les dije cómo lo agradecía, y míster Peggotty, después de mirar a Ham, que no sabía qué hacer con los crustáceos, y sin tener la menor intención de ayudarle, añadió:

—Hemos venido, con el viento y la marea a nuestro fa­vor, en uno de los barcos desde Yarmouth a Gravesen. Mi hermana me había escrito el nombre de este sitio, dicién­dome que si la casualidad me traía hacia Gravesen no dejara de ver al señorito Davy para darle recuerdos y decirle que toda la familia está divinamente. Ve usted. Cuando volva­mos, Emily escribirá a mi hermana contándole que le hemos visto a usted y que le hemos encontrado también divina­mente. Resultará un gracioso tiovivo.

Tuve que reflexionar un rato antes de comprender lo que míster Peggotty quería decir con su metáfora expresiva res­pecto a la vuelta que darían así las noticias. Le di las gracias de todo corazón, y dije, consciente de que me ruborizaba, que suponía que la pequeña Emily también habría crecido desde la época en que corríamos juntos por la playa.

—Está haciéndose una mujer; eso es lo que está hacién­dose —dijo míster Peggotty—. Pregúnteselo a él.

Me señalaba a Ham, que me hizo un alegre signo de afir­mación por encima de la bolsa de gambas.

—¡Y qué cara tan bonita tiene! —dijo míster Peggotty con la suya resplandeciente de felicidad.

—¡Y es tan estudiosa! —dijo Ham.

—Pues ¿y la escritura? Negra como la tinta, y tan grande que podrá leerse desde cualquier distancia.

Era un espectáculo encantador el entusiasmo de míster Peggotty por su pequeña favorita.

Le veo todavía ante mí con su rostro radiante de cariño y de orgullo, para el que no encuentro descripción. Sus hon­rados ojos se encienden y se animan, lanzando chispas. Su ancho pecho respira con placer. Sus manos se juntan y es­trechan en la emoción, y el enorme brazo con que acciona ante mi vista de pigmeo me parece el martillo de una fragua.

Ham estaba tan emocionado como él. Y creo que habrían seguido hablando mucho de Emily si no se hubieran cortado con la inesperada aparición de Steerforth, quien al verme en un rincón hablando con extraños detuvo la canción que tara­reaba y dijo.

—No sabía que estuvieras aquí, pequeño Copperfield (no estaba en la sala de visitas), y cruzó ante nosotros.

No estoy muy seguro de si era que estaba orgulloso de te­ner un amigo como Steerforth, o si sólo deseaba explicarle cómo era que estaba con un amigo como míster Peggotty, el caso es que le llamé y le dije con modestia (¡Dios mío qué presente tengo todo esto después de tanto tiempo!):

—No te vayas, Steerforth, hazme el favor. Son dos pesca­dores de Yarmouth, muy buenas gentes, parientes de mi ni­ñera, que han venido de Gravesen a verme.

—¡Ah, ah! —dijo Steerforth acercándose— Encantado de verles. ¿Cómo están ustedes?

Tenía una soltura en los modales, una gracia espontánea y clara, que atraía. Todavía recuerdo su manera de andar, su alegría, su dulce voz, su rostro y su figura, y sé que tenía un poder de atracción que muy pocos poseen, que le hacía do­blegar a todo lo que era más débil, y que había muy pocos que se le resistieran. También a ellos les conquistó al mo­mento, y estuvieron dispuestos a abrir su corazón desde el primer instante.

—Haga usted el favor de decir en mi casa, míster Peg­gotty, cuando escriba, que míster Steerforth es muy bueno conmigo y que no sé lo que habría sido de mí aquí sin él.

—¡Qué tontería! —dijo Steerforth—. ¡Haga el favor de no decir nada de eso!

—Y si míster Steerforth viniera alguna vez a Norfolk o Sooffolk mientras esté yo allí, puede usted estar seguro, míster Peggotty, de que lo llevaré a Yarmouth a enseñarle su casa. Nunca habrás visto nada semejante, Steerforth. Está hecha en un barco.

—¿Está hecha en un barco? —dijo Steerforth—. Enton­ces es la casa más a propósito para un marino de pura raza.

—Eso es, señorito, eso es —exclamó Ham riendo—. Este caballero tiene mucha razón, señorito Davy. De un marino de pura raza; eso es, eso es. ¡Ah! ¡Ah!

Míster Peggotty no estaba menos halagado que su so­brino; pero su modestia no le permitía aceptar un cumplido personal de un modo tan ruidoso,

—Bien, señorito —dijo inclinándose y metiéndose las puntas de la corbata en el chaleco—; se lo agradezco mucho. Yo nada más trato de cumplir mi deber en mi oficio, señorito.

—¿Qué más puede pedirse, míster Peggotty? —le con­testó Steerforth. (Ya sabía su nombre.)

—Estoy seguro de que usted hará lo mismo —dijo míster Peggotty moviendo la cabeza— Y hará usted bien, muy bien. Estoy muy agradecido de su acogida; soy rudo, seño­rito, pero soy franco; al menos me creo que lo soy, ¿com­prende usted? Mi casa no tiene nada que merezca la pena, señorito; pero está a su disposición si alguna vez se le ocurre ir a verla con el señorito Davy. ¡Bueno! Estoy aquí como un caracol —dijo míster Peggotty, refiriéndose a que tardaba en irse, pues lo había intentado después de cada frase sin con­seguirlo—. ¡Vamos, les deseo que sigan con tan buena salud y que sean felices!

Ham se unió a sus votos y nos separamos con mucho ca­riño. Aquella noche estuve casi a punto de hablarle a Steer­forth de la pequeña Emily; pero era tan tímido, que no me atrevía ni a nombrarla; además tuve miedo de que fuera a reírse. Recuerdo que me preocupaba mucho y de un modo molesto lo que me habían dicho de que se estaba haciendo una mujer; pero al fin decidí que era una tontería.

Transportamos aquellas «porquerías», como las había lla­mado modestamente míster Peggotty, al dormitorio, sin que nadie lo viera, y tuvimos banquete aquella noche. Pero Traddles no podía salir felizmente de nada. Tenía la desgra­cia de no poder soportar ni una comida extraordinaria como otro cualquiera y se puso muy malo, tan malo, a consecuen­cia de la langosta, que le hicieron beber cosas negras y tra­gar unas píldoras azules, lo que, según Demple, cuyo padre era médico, habría sido suficiente para matar a un caballo. Además, recibió una paliza y seis capítulos del Testamento griego por negarse en rotundo a confesar la causa.

El resto del semestre confunde en mi memoria la monoto­nía diaria y triste de nuestras vidas: la huida del verano; el frío de la mañana al saltar de la cama y el frío más frío toda­vía de la noche cuando volvíamos a ella. Por la tarde la clase estaba mal alumbrada y peor calentada, y por la mañana, igual que una nevera; la alternativa entre la carne de vaca cocida y asada y del cordero cocido y del cordero asado; el pan con mantequilla; el jaleo de libros y de pizarras rotas, de cuadernos manchados de lágrimas, de bastonazos, de golpes dados con la regla, del corte de cabellos, de domingos llu­viosos y de los puddings agrios; el todo rodeado de una at­mósfera sucia, impregnada de tinta.

Recuerdo cómo la lejanía de las vacaciones, después de pa­recer que había estado detenida durante tanto tiempo, empe­zaba a acercarse a nosotros poco a poco. Y cómo de contar por meses el tiempo que faltaba llegamos a contarlo por semanas y después ya por días. El miedo que pasé pensando que quizá no fueran a buscarme, y después, cuando supe por Steerforth que me habían llamado, el temor de romperme alguna pierna o que ocurriera algo. Y ¡cómo iba cambiando de sitio el ben­dito día señalado! Después de ser dentro de quince días, era a la otra semana; después, ya en esta misma; luego, pasado ma­ñana; luego, mañana, y, por fin, hoy, esta noche, subo a la dili­gencia de Yarmouth y ya estoy camino de mi casa.

Dormí, con varias interrupciones, en el coche de Yar­mouth, y tuve muchos sueños incoherentes sobre aquellos recuerdos. Me despertaba a intervalos, y el musgo que veía al asomarme no era ya el del patio de recreo de Salem House, y los golpes que oían mis oídos no eran los de míster Creakle castigando al buen Traddles, sino los latigazos que el cochero arreaba a los caballos.

CAPÍTULO VIII. MIS VACACIONES, Y EN ESPECIAL UNA TARDE DICHOSA

Al amanecer llegamos a la fonda en que el coche pa­raba (no era la misma en que había almorzado a la ida y donde vivía mi amigo el camarero), y allí me condujeron a una alcoba muy limpia, en cuya puerta se leía: «Dolphin». Tenía mucho frío, a pesar del té caliente que acababan de darme ante la chimenea, y muy contento me acosté en la cama de dolphin, me arrebujé en las sábanas y me quedé dormido.

Míster Barkis, el cochero de Bloonderstone, debía venir a recogerme a las nueve de la mañana siguiente. Me levanté a las ocho algo cansado por haber dormido poco, y antes de la hora ya le estaba esperando. Barkis me recibió exacta­mente como si acabara de verme cinco minutos antes y solo nos hubiéramos separado para entrar yo al hotel a cambiar un billete.

Tan pronto como estuvimos instalados en el carro mi ma­leta y yo, el caballo echó a andar, a su paso de siempre.

—Tiene usted buen aspecto, míster Barkis —dije, pen­sando que le halagaría.

Barkis se restregó la mejilla con la manga y después la miró, esperando sin duda encontrar algún rastro de su salud en ella; pero esa fue la única contestación que obtuvo mi cumplido.

—Ya ejecuté su encargo, míster Barkis —dije—, escri­biendo a Peggotty.

—¡Ah! —dijo Barkis.

Estaba de mal humor y respondía secamente.

—¿Es que no lo hice bien, míster Barkis? —pregunté des­pués de un momento de duda.

—¡No! —dijo Barkis.

—¿No era aquel su encargo?

—Quizá usted hizo bien el encargo —contestó Barkis—;, pero no ha pasado de ahí.

No comprendiendo a qué se refería, repetí sus palabras, sólo que interrogando:

—¿No ha pasado de ahí, míster Barkis?

—¡Claro! —explicó, mirándome de lado—. ¡No me ha contestado!

—¡Ah! ¿Tenía que haberle contestado? —dije abriendo los ojos.

Aquello daba una luz nueva al asunto.

—Cuando un hombre le dice a una mujer «que está dis­puesto» —dijo Barkis, volviéndose muy despacio a mi­rarme— es como si se dijera que ese hombre espera una con­testación.

—¿Y bien, míster Barkis?

—Pues bien —dijo, volviéndose a mirar las orejas del ca­ballo—. ¡Este hombre está esperando una contestación desde entonces!

—¿Y no le ha hablado usted, míster Barkis?

—No —gruñó Barkis mientras reflexionaba— No tenía por qué ir a hablarle. No le he dicho nunca seis palabras ¿y voy a ir a contarle eso ahora?

—¿Quiere usted que me encargue yo de ello? —dije titu­beando.

—Puede usted decirle, si quiere —prosiguió Barkis diri­giéndome otra mirada lenta—, que Barkis está esperando una contestación. ¿Dice usted que se llama?

—¿Su nombre?

—Sí —dijo Barkis moviendo la cabeza.

—Peggotty.

—¿Nombre de pila o apellido? —preguntó Barkis.

—¡Oh!, no es su nombre de pila; su nombre es Clara.

—¿Es posible? —preguntó Barkis.

Y pareció encontrar abundante materia de reflexión en ello, pues permaneció inmóvil meditando durante mucho tiempo.

—Bien —repuso por último—; le dice usted: «Peggotty: Barkis está esperando una contestación». Ella quizá le diga: « ¿Contestación a qué?». Y usted le dice entonces: « A lo que ya te he dicho». «¿A qué?», insistirá ella. «A lo de que Bar­kis está dispuesto», le dice usted.

Esta extraordinaria y artificiosa sugerencia la acompañó Barkis con un codazo, que me dolió bastante. Después siguió mirando a su caballo como siempre, sin hacer la menor alusión al asunto hasta media hora después, que, sacando un trozo de tiza de su bolsillo, escribió en el interior del carro: «Clara Peggotty», supongo que para no olvidarlo.

¡Oh, qué extraño sentimiento experimentaba al volver a mi casa, convencido de que ya no era mi casa, y encontrando en todo lo que miraba el recuerdo de mi antigua felicidad, que me parecía como un sueño que nunca podría volver a realizarse! Aquellos días en que mi madre, yo y Peggotty éramos por completo y en todo el uno para el otro, cuando nadie había ve­nido todavía a ponerse por medio, ¡qué tristes aparecieron ante mí aquellos recuerdos! Tanto, que no sabía si me alegraba de volver, y hubiera preferido seguir viviendo lejos para olvidarlo todo al lado de Steerforth. Pero ya estaba allí, y enseguida lle­gamos a casa, donde las ramas de los viejos olmos retorcían sus innumerables brazos a los golpes del viento de invierno, columpiando los restos de los antiguos nidos de cuervos.

Barkis depositó la maleta en el suelo ante la verja del jar­dín y se fue. Yo torné el sendero de la casa, mirando a las ventanas con el temor de ver aparecer en alguna de ellas a míster Murdstone o a su hermana. Nadie se asomó, y al lle­gar a la puerta, como yo sabía el modo de abrirla desde fuera mientras era de día, entré sin que me oyeran, ligero y tímido.

Dios sabe cómo se despertó mi infantil memoria al entrar en el vestíbulo y oír a mi madre desde su gabinete cantando a media voz. Sentí que estaba en sus brazos como de peque­ñito. La canción era nueva para mí; sin embargo, me lle­naba el corazón hasta los bordes, como un amigo que vuelve después de larga ausencia. Por el tono pensativo y serio con que mi madre tarareaba su canción me figuré que estaba sola y entré sin hacer ruido. Estaba sentada delante de la chimenea, dando de mamar a un niño, de quien estrechaba la manita contra su cuello. Sus ojos estaban fijos en el ros­tro del nene y lo dormía cantándole. Había acertado, pues estaba sola.

La llamé, y ella se estremeció, lanzando un grito llamán­dome su Davy, su hijito querido, y saliendo a mi encuentro se arrodilló en el suelo para besarme, estrechando mi cabeza contra su pecho al lado de la cabecita dormida, y puso la ma­nita del nene sobre mis labios. Hubiera deseado morir; hu­biera deseado morir con aquellos sentimientos en mi cora­zón. En aquellos momentos estaba más cerca del cielo de lo que nunca he vuelto a estarlo.

—Es tu hermanito —dijo mi madre acariciándome—. ¡Davy, niño mío, pobrecito!

Y me besaba más y más y me estrechaba en sus brazos. Así estábamos cuando llegó Peggotty corriendo, y tirándose al suelo a nuestro lado estuvo como loca durante un cuarto de hora.

No me esperaban tan pronto. Al parecer, Barkis había ade­lantado la hora de costumbre. Míster Murdstone y su her­mana habían ido a una visita en los alrededores y no volve­rían antes de la noche. Nunca me hubiera esperado tanta felicidad. Nunca me hubiera parecido posible volver a en­contrarnos los tres solos, tranquilos, y en aquel momento me parecía haber vuelto a los antiguos días.

Comimos juntos ante la chimenea. Peggotty nos quería servir; pero mamá no le dejó y le hizo sentarse a nuestro lado. A mí me pusieron mi antiguo plato con su fondo os­curo, en el que había pintado un barco con un marino bo­gando a toda vela. Peggotty lo había tenido escondido du­rante mi ausencia, pues decía que ni por cien mil libras hubiera querido que se rompiese. También me puso el vaso de cuando era pequeño, con mi nombre grabado en él, mi te­nedorcito y mi cuchillo, que no cortaba nada.

Mientras comíamos pensé que era la mejor ocasión para hablar a Peggotty de Barkis; pero no había terminado de ex­plicarle su encargo cuando empezó a reírse, tapándose la cara con el delantal.

—Peggotty —dijo mi madre—, ¿qué te pasa?

Peggotty se reía cada vez más fuerte, apretándose el de­lantal contra la cara cuando mi madre trataba de quitárselo, y parecía que había metido la cabeza en un saco.

—Pero ¿qué haces, tonta? —insistió mi madre riendo.

—¡Oh, el necio del hombre! —exclamó Peggotty—. ¿Pues no quiere casarse conmigo?

—Sería un buen partido para ti, Peggotty —dijo mamá.

—¡Oh, no lo sé! —dijo Peggotty—. No me hable usted de ellos. No le aceptaría aunque fuera de oro. Ni a él ni a nin­gún otro.

—Entonces ¿por qué no se lo dices, ridícula? —preguntó mi madre.

—¿Decírselo? —replicó Peggotty, sacando la cara del de­lantal—. Pero si nunca me ha dicho una palabra de ello. Me conoce, y sabe que si se atreviese a decirme cualquier cosa le daría un bofetón.

Estaba roja, como nunca la había visto ni a ella ni a nadie, y volvió a taparse la cara durante unos momentos, atacada otra vez por una risa violenta. Después de dos o tres de aque­llos ataques continuó comiendo.

Observé que mi madre, aunque se sonreía al mirar a Peg­gotty, se había quedado más seria y pensativa. Desde el pri­mer momento ya la había notado muy cambiada. Su rostro era muy bello todavía, pero parecía preocupado y demasiado transparente. Sus manos también, tan delgadas y pálidas, casi se clareaban. Pero sobre todo en lo que ahora me parece que estaba más cambiada era en que parecía que estaba siempre inquieta y asustada. Por último, dijo, acariciando afectuosamente la mano de su antigua criada:

—Peggotty, querida, ¿no pensarás casarte?

—¿Yo, señora? —preguntó Peggotty estupefacta, ¡Dios la bendiga! ¡No!

—Al menos no muy pronto —dijo mi madre con ternura.

—¡Nunca! —gritó Peggotty.

Mi madre, cogiéndole la mano, dijo:

—No me dejes, Peggotty; no te separes de mí. Quizá no sea para mucho tiempo, y ¿qué sería de mí si no estuvie­ras tú?

—¿Dejarla yo, hija mía? —exclamó Peggotty—. No. Ni por todos los tesoros del mundo. Pero ¿quién meterá esas cosas en esa cabecita?

Peggotty a veces le hablaba a mi madre como si fuera un niño.

Mi madre sólo contestó para darle las gracias, y Peggotty continuó a su modo:

—¿Yo dejarla? ¡Maldita la gana que tengo de ello! ¿Mar­charse Peggotty de su lado? ¡Me gustaría verlo! No, no —dijo Peggotty, sacudiendo su cabeza y cruzando los bra­zos—, no hay cuidado, hija mía. No es que no haya personas que lo estén deseando; pero que se fastidien. Yo sigo con us­ted hasta que sea un vejestorio inútil. Y cuando ya esté sorda y demasiado vieja y demasiado ciega, y hasta incapaz de ha­blar por no tener un diente; cuando ya no sirva en absoluto para nada, ni siquiera para que me regañen, entonces iré a buscar a Davy y le diré si quiere recogerme.

—Y yo te recibiré muy contento, Peggotty: te recibiré lo mismo que a una reina.

—¡Dios bendiga tu buen corazón! —exclamó Peg­gotty—. ¡Estaba tan segura! —Y me besó, anticipadamente agradecida a mi hospitalidad. Después volvió a taparse la cara con el delantal y a reírse de Barkis; después, cogiendo al niño de la cuna, lo estuvo arreglando; luego se llevó las cosas de la comida, y por fin volvió con otra cofia y su caja de labor, con su metro y su pedazo de cera, todo lo mismo que en los antiguos días.

Estábamos sentados alrededor del fuego, y charlábamos alegremente. Yo les contaba la crueldad de Míster Creakle, y me compadecían. Les decía lo bueno que era Steerforth, cómo me protegía, y Peggotty me dijo que sería capaz de andar a pie unas millas por verle. Cuando se despertó cogí al niño en mis brazos y le dormí cantando dulcemente. Después me fui al lado de mi madre, y pasando mis brazos alre­dedor de su talle, como me había gustado siempre tanto ha­cer, apoyé mi mejilla en su hombro, y una vez mas sus hermosos cabellos cayeron sobre mí, «como las alas de un ángel»; me gusta pensar cuando me acuerdo de ello. ¡Qué feliz era!

Mientras estábamos sentados así mirando el fuego y viendo las extrañas figuras que formaban las llamas, casi me parecía que nunca había estado lejos, y que míster Murd­stone y su hermana eran figuras como aquellas, que se des­vanecerían al apagar el fuego, y que de todos mis recuerdos los únicos reales éramos mi madre, Peggotty y yo.

Peggotty, mientras hubo luz, remendaba una media, y después continuó con ella metida en una mano, como si fuera un guante, y la aguja en la otra dispuesta a dar una pun­tada cuando el fuego lanzase un resplandor. No puedo com­prender de quién eran las medias que Peggotty estaba re­mendando siempre, ni de dónde provenía aquella cantidad inagotable de medias que coser. Desde mi más tierna infan­cia siempre la había visto con aquella costura, y ni una vez con otra.

—Pienso —dijo Peggotty, a quien a veces preocupaban las cosas más inesperadas— qué habrá sido de la tía de Davy.

—¡Dios mío, Peggotty! —contestó mi madre saliendo de su ensueño—. ¡Qué tonterías dices!

—Sí; pero realmente me preocupa,

—¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante persona? —preguntó mi madre—, ¿No hay en el mundo otras de quie­nes ocuparse?

—No sé por qué será —dijo Peggotty—; puede que sólo sea a causa de mi estupidez; pero mi cabeza nunca puede es­coger mis pensamientos. Van y vienen por ella como quie­ren, y ahora he pensado qué habrá sido de ella.

—¡Qué absurda eres, Peggotty! Se diría que deseas otra visita suya.

—¡Dios nos libre! —gritó Peggotty.

—Entonces no hables de cosas tristes —dijo mamá—. Miss Betsey continuará encerrada en su casita a la orilla del mar y no será probable que venga a molestarnos.

—No —murmuró Peggotty—, no es probable. Pero lo que pensaba era si en caso de morirse dejaría algo a Davy.

—¡Dios me perdone, Peggotty; pero eres una mujer sin sentido! ¡Sabiendo lo que le ofendió que naciera el pobre chico!

—Pensaba que quizá estaría dispuesta a perdonarle ahora —murmuró Peggotty.

—¿Por qué iba a estar dispuesta a perdonarle ahora? —dijo mi madre casi con dureza.

—¡Como tiene un hermano!... —dijo Peggotty.

Mi madre inmediatamente empezó a llorar diciendo que parecía mentira que Peggotty se atreviera a decirle aquellas cosas.

—Como si el pobrecito inocente, en su cuna, te hubiera hecho algún daño a ti ni a nadie. Eres una envidiosa—, mucho mejor harías casándote con míster Barkis y marchándote le­jos. ¿Por qué no?

—Porque miss Murdstone se pondría demasiado contenta —dijo Peggotty.

—¡Qué mal carácter tienes, Peggotty! —contestó mi ma­dre—. Tienes celos de miss Murdstone, unos celos absur­dos. Querrías ser tú quien guardara las llaves y manejara todo, estoy segura. No me sorprendería. Cuando debes estar convencida de que si lo hace es sólo por bondad y con las mejores intenciones del mundo. ¡Lo sabes, Peggotty, lo sa­bes muy bien!

Peggotty murmuró algo como: «Estoy harta de buenas in­tenciones», y también algo como: «Que ya resultaban dema­siadas buenas intenciones».

—Ya sé a qué te refieres —dijo mi madre—; lo com­prendo perfectamente, Peggotty, y sabes que lo sé; no nece­sitas ponerte más roja que el fuego. Pero punto por punto. Y ahora el punto es miss Murdstone, y no tienes escape. No le has oído decir una vez y otra vez que la parece que soy de­masiado niña y demasiado...

—Bonita —sugirió Peggotty.

—Bien —contestó mi madre medio riendo—; si es tan loca para pensar así, ¿acaso tengo yo la culpa?

—Nadie la ha acusado a usted —dijo Peggotty.

—Claro que no —contestó mi madre, ¿No le has oído decir una vez y otra que ella lo único que desea es evitarme trabajos, para los que le parece que no estoy hecha, y que real­mente yo misma no sé si sirvo para ellos? ¿No ves que se está en pie de la mañana a la noche, yendo de un lado a otro, haciéndolo todo y mirando en todas partes, hasta en la car­bonera, todos los sitios nada agradables? Y viendo todo esto, ¿quieres insinuar que no hay una especie de abnegación en ello?

—Yo no insinúo nada —dijo Peggotty.

—Sí lo haces, Peggotty —contestó mi madre—. Nunca haces otra cosa, excepto tu trabajo. Siempre estás insi­nuando. Gozas con ello. Y cuando hablas de las buenas in­tenciones de míster Murdstone...

—Nunca hablo de ellas —dijo Peggotty.

—No, Peggotty —contestó mama—; pero insinúas, que es lo que te decía precisamente ahora. Es tu lado malo. In­sinúas. Hace un momento te he dicho que te comprendía, y ya lo ves. Cuando te refieres a las buenas intenciones de míster Murdstone, pretendiendo despreciarlas (pues dentro de tu corazón realmente no lo sientes), estás tan conven­cida como yo de lo buenas que son, en todo y para todo. Y si te parece que es algo severo con cierta persona (tú com­prendes, y Davy también que no hablo de nadie presente), es únicamente porque está convencido de que es beneficioso para ella. Él, como es natural, quiere mucho a esa persona por cariño a mí y obra únicamente por su bien. Él es más capaz de juzgar que yo, pues demasiado sé que soy una criatura joven, débil y delicada, mientras que él es un hombre firme, serio y grave. Y, además, que se toma —dijo mi madre, con el rostro inundado de lágrimas afectuo­sas—, que se toma muchos trabajos por mí. Yo debo es­tarle muy agradecida y someterme a él aun en mis pensa­mientos; y cuando no lo hago, Peggotty, me lo reprocho, me condeno y hasta dudo de mi corazón, y no se ya que hacer.

Peggotty, con la barba apoyada en el pie de la media, mi­raba al fuego en silencio.

—Vamos, Peggotty —dijo mi madre cambiando de tono—, no nos enfademos, no lo podría soportar. Eres mi única amiga, ya lo sé; no tengo otra en el mundo. Y cuando te llamo criatura ridícula o insoportable, o cualquier otra cosa por el estilo, sólo quiero decirte que eres mi verdadera amiga, que siempre lo has sido, siempre, desde la noche en que míster Copperfield me trajo por primera vez a esta casa y tú saliste a la verja a recibirme.

Peggotty no tardó en responder y ratificar el tratado de amistad dándome su más fuerte abrazo. Pienso que ya en­tonces comprendía yo algo del verdadero sentido de aque­lla conversación; pero ahora estoy seguro de que esa exce­lente criatura la había provocado y sostenido únicamente para dar motivo a mi madre de consolarse contradicién­dola.

Si era ese su designio, fue eficaz, pues recuerdo que mi madre pareció más tranquila durante el resto de la velada, y Peggotty la miraba menos.

Después de tomar el té, cuando se reanimó el fuego y se encendió la luz, leí a Peggotty un capítulo del libro de los cocodrilos, en recuerdo de los antiguos tiempos. Peggotty sacó el libro del bolsillo; no sé si lo tendría allí desde que me marché. Después estuvimos hablando otra vez de Salem House, lo que me llevó a hablar también de Steerforth de nuevo, tema para mí inagotable. Éramos muy dichosos, y aquella noche, la última en su género y destinada a cerrar para siempre un capítulo de mi vida, nunca se borrará de mi memoria.

Eran casi las diez cuando oímos el ruido de las ruedas del coche. Todos nos levantamos precipitadamente, y mi madre nos dijo que, como era muy tarde y a míster y miss Murd­stone les gustaba que los niños se acostasen temprano, lo mejor era que me fuese a la cama. La besé y subí con la luz a mi cuarto antes de que llegaran. Me parecía, en mi infantil imaginación, mientras subía al cuarto en que había estado prisionero, que traían consigo un soplo de aire helado, que se llevaba la felicidad y la intimidad de nuestro cariño lo mismo que una pluma.

A la mañana siguiente estaba muy preocupado con la idea de bajar a desayunar, pues desde el día de la ofensa mortal no había vuelto a ver a míster Murdstone. Sin embargo, no tenía más remedio que hacerlo, y después de bajar dos o tres veces y volverme a meter corriendo en mi alcoba, me decidí y entré en el comedor.

Míster Murdstone estaba de pie ante la chimenea y de es­paldas a ella. Miss Murdstone estaba haciendo el té. Él me miró fijamente al entrar, como si no me conociera.

Después de un momento de confusión y dudas me acer­qué a él diciendo:

—Le pido a usted perdón; estoy muy triste de lo que hice, y espero que me perdone.

—Me alegro de que te disculpes, Davy —me dijo.

La mano que me tendía era la del mordisco, y no pude por menos de lanzar una mirada a la marquita roja; pero no era tan roja como yo me puse al ver después la siniestra expre­sión de su mirada.

—¿Cómo está usted? —dije a miss Murdstone.

—¡Ah, Dios mío! —suspiró ella, alargándome las pinzas del azúcar en lugar de sus dedos—. ¿Cuánto duran las vaca­ciones?

—Un mes, señora.

—¿A contar desde cuándo?

—Desde hoy mismo, señora.

—¡Ah! —exclamó miss Murdstone—, entonces ya es un día menos.

Marcó en un calendario el tiempo que duraban, y cada mañana tachaba un día exactamente de la misma manera.

Lo hacía con tristeza hasta que llegaron a diez; desde en­tonces, el ver dos cifras le hizo recobrar la esperanza, y al fi­nal estaba casi alegre.

Desde el primer momento tuve la desgracia de ponerla (a ella, que no estaba, por lo general, sujeta a esas debilida­des) en un estado de violenta consternación. La cosa fue que entré en la habitación en que estaba con mi madre y el niño. El niño solamente tenía unas semanas. Mi madre tenía el niño en sus rodillas, y yo le cogí con cariño en mis brazos. De pronto miss Murdstone lanzó tal grito de espanto, que estuve a punto de dejarlo caer al suelo.

—Jane, ¿qué tienes? —exclamó mi madre.

—¡Dios mío, Clara! ¿Pero no lo ves? —exclamó miss Murdstone.

—¿Qué es lo que ves, querida? —dijo mi madre—. ¿Dónde?

—¡Que lo ha cogido! ¡Que David tiene al niño!

Estaba lívida de horror; pero se reanimó para precipitarse sobre mí y arrancarme al niño de los brazos. Después se puso mala, tan mala que tuvo que tomar una copa de brandy de Jerez. Desde aquel momento me fue solemnemente prohibido por ella el tocar a mi hermano bajo ningún pre­texto; y mi pobre madre, que yo me daba cuenta no era de su opinión, confirmó dulcemente la orden diciendo:

—Sin duda tienes razón, Jane.

En otra ocasión, estando los tres juntos, también el pobre nene, que me era tan querido a causa de mi mamá, fue la ino­cente causa de la cólera de miss Murdstone. Mi madre había estado mirando los ojos de su niño teniéndole en sus brazos, y después me llamó.

—Ven, Davy —y me miró a los ojos.

Vi que miss Murdstone dejaba la cuenta que engarzaba.

—Realmente —dijo mi madre con dulzura—, son exacta­mente iguales. Deben de ser los míos; creo que son del color de los míos, porque son exactamente iguales.

—¿De quién estás hablando, Clara? —preguntó miss Murdstone.

—Jane —balbució mi madre un poco avergonzada de la dureza del tono con que le preguntaba—. Encuentro que los ojos del nene y los de Davy son absolutamente iguales.

—¡Clara! —dijo miss Murdstone levantándose con có­lera—. ¡Algunas veces parece que estás loca!

—¡Mi querida Jane! —reprochó mi madre.

—Verdaderamente loca —dijo miss Murdstone—. Si no, ¿cómo se te iba a ocurrir el comparar al niño de mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada. Son completamente dis­tintos, diferentes en todo, y espero que así seguirá siendo siempre. Me voy de aquí. No quiero seguir oyéndote hacer semejantes comparaciones.

Y diciendo esto, salió majestuosamente, dando un por­tazo.

En una palabra, a miss Murdstone no le caía en gracia, mejor dicho, no le caía a nadie, ni aun a mí mismo, pues los que me querían no podían demostrármelo, y los que no me querían me lo demostraban tan claramente, que me hacían tener la dolorosa conciencia de que era siempre torpe, anti­pático y necio.

Me daba cuenta de que ellos sentían el mismo malestar que me hacían sentir. Si entraba en la habitación donde esta­ban hablando y mi madre parecía contenta, un velo de tristeza cubría su rostro en cuanto me veía. Si míster Murdstone estaba de buen humor, se le cambiaba. Si miss Murdstone es­taba en el suyo, malo de costumbre, se le acrecentaba.

Yo me daba bastante cuenta de que mi madre era siempre la víctima y de que no se atrevía ni a hablarme con cariño, por miedo a que ellos se ofendieran y después le riñesen. Constantemente le preocupaba el miedo a ofenderlos o de que yo los ofendiera, y en cuanto me movía sus miradas in­terrogaban con temor. En vista de ello, resolví separarme de su camino en todo lo posible. ¡Y cuántas horas de invierno he oído sonar la campana de la iglesia, sentado en mi triste habitación, envuelto en mi batín de casa, inclinado sobre un libro!

Por la noche algunas veces iba a sentarme a la cocina con Peggotty. Allí estaba en mi casa, sin miedos y riendo; ¡allí podía ser yo mismo! Pero ninguno de estos dos recur­sos fue aprobado por los hermanos Murdstone. Al sombrío carácter que dominaba allí le molestaba todo, y al parecer todavía creían que era yo necesario para la educación de mi pobre madre y, por lo tanto, no quisieron consentir mi ausencia.

—David —me dijo un día míster Murdstone después de la comida, cuando yo me marchaba como de costumbre—, me apena el observar que seas tan huraño.

—Huraño como un oso —dijo miss Murdstone.

Yo me detuve y bajé la cabeza.

—Y has de saber, David, que esa es una de las peores con­diciones que puede tener nadie.

—Y este chico la tiene de lo más acentuado que he visto nunca —observó su hermana—; es terco y voluntarioso. Supongo, querida Clara, que tú también lo habrás obser­vado.

—Perdóname, Jane —dijo mi madre—; pero ¿estás se­gura (y me dispensarás lo que voy a decirte), estás segura de que entiendes a Davy?

—Me avergonzaría de mí misma, Clara —repuso mi Murdstone—, si no comprendiera a este niño, o a cualquier otro. No presumo de profundidad; pero creo que tengo sentido común.

—Sin duda, mi querida Jane; tu inteligencia es grande.

—¡Oh no, querida! Te ruego que no digas eso, Clara— dijo miss Murdstone con cólera.

—Pero si estoy segura de ello —repuso mi madre—; todo el mundo lo sabe, y yo misma me aprovecho de ella a todas horas; así que nadie puede estar más convencida, y cuando estás delante sólo hablo con terror, te lo aseguro, mi querida Jane.

—Bien; supongamos que yo no entiendo al chico, Clara —repuso miss Murdstone, arreglándose las cadenas que adornaban sus puños—. De acuerdo, si te parece, en que no lo comprendo. Es demasiado profundo para mí; pero quizá la inteligencia penetrante de mi hermano haya sido capaz de formarse alguna idea del carácter del niño, y creo que estaba hablando de ello cuando nosotras, muy descortésmente, le hemos interrumpido.

—Creo, Clara —dijo mister Murdstone en voz baja grave—, que en este asunto puede haber jueces mejor y más desapasionados que tú.

—Edward —replicó mi madre tímidamente—, tú en todas las cuestiones juzgas mejor que yo, y tu hermana también; solamente decía...

—Solamente decías algo inútil a irrefexivo —repuso él—. Trata de no volver a hacerlo, querida Clara, y de dominate mejor.

Los labios de mi madre se movieron como si contestaran «Sí, mi querido Edward»; pero no llegaron a pronunciar palabra.

—Me apena, David, el observar —repitió mister Murdstone, volviéndose hacia mí— que seas tan huraño. Yo no puedo consentir que un carácter así se desarrolle delante de mis ojos sin hacer un esfuerzo para corregirlo. Trata, por lo tanto, de cambiar, si no quieres que tratemos nosotros de cambiarte.

—Dispénseme usted, mister Murdstone; pero le aseguro que ni por un momento he tenido la intención de ser, desde mi llegada, como usted dice.

—No te refugies en la mentira —me contestó tan irritado, que vi a mi madre extender involuntariamente su mano como interponiéndose—. Tu mal humor te ha hecho retirarte a tu habitación, y allí te has pasado horas enteras, cuando debías haber estado aquí. Ya sabes de una vez para siempre, te lo ordeno, que tienes que estar aquí. Además, exijo que seas obediente en todo. Ya me conoces, David; cuando quiero una cosa, esa cosa ha de hacerse.

Miss Murdstone lanzó un suspiro de satisfacción.

—Y además exijo respeto y prontitud en obedecerme, y lo mismo respecto a mi hermana y respecto a tu madre. No quiero que un chiquillo huya de nuestro lado como si hu­biera peste. Siéntate.

Me hablaba como a un perro, y yo le obedecía como un perro.

—Además, otra cosa —prosiguió—. He observado que te atraen las compañías vulgares. No quiero que te juntes con los sirvientes. La cocina no mejorará en nada tus defectos. De la mujer que te sostiene allí no digo nada; hasta tú, Clara —dijo dirigiéndose a mi madre en voz más baja—,tienes una debilidad por ella, formada por antiguas costumbres e ideas que todavía no has abandonado.

—¡La más incomprensible de las aberraciones!—ex­clamó miss Jane.

—Solamente digo —resumió él, dirigiéndose a mí de nuevo— que desapruebo tu afición a la compañía de Peg­gotty y que debes desistir de ella. Ahora, David, creo que me has comprendido y que sabes las consecuencias si no me obe­deces al pie de la letra.

Lo sabía, ¡vaya si lo sabía!, mejor quizá de lo que él pen­saba, sobre todo en lo que se refería a mi madre, y le obedecí al pie de la letra. No volví a quedarme solo en mi habitación, ni a buscar consuelo en Peggotty; permanecía sentado triste­mente con ellos un día tras otro, deseando que llegara la no­che para irme a la cama.

¡Qué cruel tortura era para mí estar allí sentado en la misma actitud horas y horas, sin atreverme a mover un brazo ni una pierna, para que miss Murdstone no pudiera quejarse, como lo hacía con cualquier pretexto, de mi movilidad, y tampoco me atrevía a levantar la vista, por temor de encon­trarme con alguna mirada de desagrado o escudriñadora que buscase en mis ojos nuevas causas de queja! ¡Qué intolera­ble aburrimiento era el estar sentado escuchando el tictac del reloj y viendo cómo miss Murdstone engarzaba sus cuentas de metal, pensando en si llegaría a casarse, y en ese caso la suerte de su desdichado marido; dedicado a contar las mol­duras de la chimenea o a pasear la vista por el techo o por los dibujos del papel de la pared!

¡Qué paseos he dado con la imaginación, solo en medio del frío, por caminos de barro, llevando sobre mis hombros el gabinete entero, con miss Murdstone y todo, monstruosa carga que me obligaban a llevar, horrible pesadilla de la que me era imposible despertar, peso terrible que aplastaba mi inteligencia y me embrutecía!

¡Qué de comidas en un silencio embarazoso, siempre sintiendo que allí había un cubierto de sobra, que era el mío; un apetito de más, que era el mío; un plato y una silla de más, que eran los míos, y una persona que estorbaba, y que era yo!

¡Qué veladas, cuando traían luces y me obligaban a que hiciera algo! Yo no me atrevía a coger algún libro divertido, y meditaba sobre algún indigesto tratado de aritmética, en el que las tablas de pesos y medidas se transformaban en can­ciones como Rule Britannia o Away Malancholy, y las lecciones se negaban a dejarse estudiar, y todo pasaba a través de mi desdichada cabeza, entrándome por un oído y salién­dome por otro.

¡Qué de bostezos he dejado escapar a pesar de todo mi cuidado! ¡Qué estremecimientos para arrojar el sueño que se apoderaba de mí! Si por casualidad se me ocurría decir algo, nadie me contestaba. Era un cero a la izquierda, al que nadie hace caso, y que, sin embargo, estorba a todo el mundo. Y con qué descanso oía a miss Murdstone enviarme a la cama cuando daban las nueve.

Así pasaron mis vacaciones hasta que llegó la mañana de mi marcha y miss Murdstone me dijo: «Hoy es el último día», y me dio la taza de té de despedida.

No me entristecía el marcharme. Había caído en un es­tado de embrutecimiento del que sólo salía pensando en Steerforth, a pesar de que detrás de él veía a mister Creakle. De nuevo Barkis apareció en la verja, y de nuevo miss Murdstone dijo con voz severa: «¡Clara!», cuando mi madre se inclinaba a besarme.

La besé y también a mi hermanito. Y al besarlos sí que sentí tristeza; pero no por marcharme; el abismo abierto en­tre nosotros continuaba y la separación era diaria. Y lo que todavía vive en mi espíritu como si fuera ayer no es el abrazo que me dio, a pesar de lo ferviente que era, sino lo que si­guió al abrazo aquel.

Estaba ya en el carro, cuando le oí llamarme. Miré y es­taba sola en medio del camino, levantando a su niño en los brazos para que yo le viera. Hacía frío, pero era un frío he­lado, y ni un solo cabello ni un pliegue de su ropa se movía, mientras que me miraba intensamente, levantando en sus brazos al pequeño para que yo le viera.

¡Y así la perdí! Así la vi después en mis largos ensueños de colegial, silenciosa y presente al lado de mi lecho, mirán­dome con la misma intensidad de entonces, levantando a su nene para que yo le viera.

CAPÍTULO IX. UN CUMPLEAÑOS MEMORABLE

Paso en silencio todo lo sucedido en la escuela desde mi llegada hasta el día de mi cumpleaños, que era en marzo. Lo único que recuerdo de entonces es que admirábamos a Steer­forth más que nunca. Pensaba salir ya del colegio a finales del semestre o antes, y cada vez me parecía más espiritual y más independiente, y también más amable. Pero aparte de esto, no me viene a la imaginación otra cosa.

El inmenso recuerdo que ha marcado aquella época pa­rece haberlo absorbido todo para subsistir único.

¡Me cuesta trabajo creer que hubiesen transcurrido dos meses entre mi vuelta a Salem House y el día de mi cumple­años! Si lo creo es porque lo sé; de otro modo estaría con­vencido de que no había pasado apenas tiempo entre una cosa y otra.

Recuerdo perfectamente el día, con la niebla que rodeaba todo y la escarcha que cubría los árboles, y siento mis cabe­llos húmedos pegarse a mis mejillas, y veo la perspectiva de la clase, los faroles opacos alumbrando la mañana brumosa, y el humear del aliento de los niños en el ambiente frío, mientras soplan sus dedos y golpean el suelo con los pies.

Fue después del desayuno. Acabábamos de subir del re­creo cuando míster Sharp apareció y me dijo:

—David Copperfield, le están esperando en el salón.

Pensé en algún regalo de Peggotty, y se me iluminó la cara al oír esta orden. Al salir de la clase, algunos de los chi­cos me dijeron que no les olvidase para las golosinas. Y salí de mi sitio presuroso.

—No se apresure, Davy —me dijo míster Sharp—. Tiene tiempo de sobra; no corra usted, hijo mío.

Si lo hubiese pensado me habría sorprendido su tono cari­ñoso. Pero no me di cuenta hasta mucho después. Me dirigí corriendo al salón. Encontré a míster Creakle sentado ante su desayuno, con el bastón y un periódico en la mano, y a mistress Creakle con una carta abierta. Pero carta de envío no había ninguna.

—David Copperfield —me dijo mistress Creakle, lleván­dome a un sofá y sentándose a mi lado—: tengo que hablarle de algo muy personal; he de darle una noticia, hijo mío.

Míster Creakle, a quien miré, como era natural, bajó la cabeza y ahogó un suspiro con un enorme pedazo de pan un­tado de manteca.

—Eres demasiado pequeño para saber cómo cambian las cosas todos los días, Davy —me dijo mistress Creakle— y cómo aparecen y se van los seres. Pero todos tenemos que aprenderlo, hijo mío: algunos, de muy jóvenes; otros, cuando son viejos, y otros, a todas horas.

La miré gravemente.

—Cuando volviste aquí, después de las vacaciones —continuó mistress Creakle, después de un momento de si­lencio—, ¿todos los de tu casa estaban bien? —y después de otra pausa—: ¿Tu madre estaba bien?

Sin saber por qué temblé y continué mirándola grave­mente, sin fuerzas para contestar nada.

—Porque —continuó— siento mucho tenerte que decir que he recibido noticias en las que se me informa que ahora está bastante mala.

Una especie de niebla se levantó entre mistress Creakle y yo, y su figura se movió en ella un momento. Después sentí que lá­grimas ardientes corrían por mi rostro, y volví a verla bien.

—Está enferma de mucha gravedad —añadió.

Ya lo sabía todo.

—Ha muerto.

No era necesario decírmelo. Ya había lanzado un grito, y me sentía huérfano en el mundo vacío.

Mistress Creakle fue muy buena conmigo. Me retuvo a su lado todo el día y me dejaba solo algunos ratos; yo lloraba, y después me dormía de cansancio y me volvía a despertar llo­rando. Cuando ya no podía llorar empecé a meditar; pero el peso de mi pena me ahogaba y no tenía consuelo. Y eso que todavía no me daba cuenta totalmente de la desgracia. Pen­saba en nuestra casa cerrada y silenciosa. Pensaba en mi her­manito, de quien mistress Creakle me había dicho que iba debilitándose desde hacía ya tiempo y temían que también se muriese. Pensaba en el sepulcro de mi padre y en el ce­menterio, tan cerca de casa, y veía a mi madre tendida allí, debajo de los árboles, que tan bien conocía. Cuando me en­contré solo me subí en una silla y me miré al espejo, para ver cómo estaban de encarnados mis ojos y de triste mi ros­tro. Después, cuando hubieron pasado algunas horas, pen­saba si mis lágrimas se habrían terminado para siempre y ya no lloraría cuando volviera a casa, pues me llamaban para asistir al funeral. Al mismo tiempo pensaba que tenía que demostrar cierta dignidad ante mis compañeros, de acuerdo con la importancia de mi pena.

Si algún niño ha sentido una pena sincera, era yo; sin em­bargo, recuerdo que la importancia de mi desgracia me cau­saba cierta satisfacción mientras me paseaba por el patio mientras los otros niños continuaban en clase. Cuando les veía asomarse furtivamente a las ventanas, sentía una espe­cie de orgullo, y andaba más despacio y más triste, y cuando terminó la clase y se acercaron a hablarme estaba satisfecho de mí mismo por no ser orgulloso con ellos y acogerlos exactamente como antes.

Debía partir al día siguiente por la noche; pero no en la diligencia, sino en un coche llamado El Labrador», que es­taba destinado principalmente para los campesinos que ha­cían sólo pequeñas distancias. Aquella noche no contamos historias, y Traddles se empeñó en dejarme su almohada. No sé qué bien pensaría hacerme con aquello, pues yo tenía una; pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto un papel lleno de esqueletos que me entregó al partir como consuelo de mis penas y para que contribuyera a la paz de mi espíritu.

Dejé Salem House al día siguiente por la tarde. ¡Qué poco me imaginaba que era para no volver nunca! Viajamos muy despacio por la noche y llegamos a Yarmouth a las nueve o las diez de la mañana. Miré, buscando a Barkis; pero no le encontré. En su lugar estaba un hombrecito grueso y de as­pecto jovial, vestido de negro, con unos lacitos en las rodi­llas de sus pantalones cortos, medias negras y sombrero de ala ancha. Se acercó a la ventanilla del coche y dijo:

—¿Mister Copperfield?

—Sí, señor.

—¿Quiere usted hacer el favor de venirse conmigo —dijo abriendo la portezuela— y tendré el gusto de llevarle a su casa?

Me agarré de su mano preguntándome quién sería, y lle­gamos por una calle estrecha delante de una tienda en cuya fachada se leía: «Omer, tapicero, sastre, novedades, funera­ria, etc.». Era una tienda ahogada y pequeñita, llena de toda clase de vestidos, hechos y sin hacer, con un escaparate re­pleto de sombreros y cofias. Pasamos a otra habitación que había detrás de la tienda, donde se encontraban tres mucha­chas cosiendo ropa negra, color del que estaba también cu­bierta la mesa; asimismo el suelo estaba lleno de trocitos pe­queños. Había un buen fuego en la habitación y olía mucho a crespón tostado. Yo no conocía aquel olor hasta entonces; pero ahora lo reconocería siempre.

Las tres muchachas, que parecían trabajadoras y alegres, levantaron la cabeza para mirarme y después siguieron su trabajo: cosían, cosían, cosían; al mismo tiempo, de un taller que había al otro lado del patio llegaba un martillar monó­tono: rat—tat—tat, rat—tat—tat, rat—tat—tat.

—Bien —dijo mi guía a una de las tres muchachas—. ¿Cómo va eso Minnie?

—Terminaremos a tiempo —replicó alegremente y sin le­vantar la vista—; descuide, papá.

Míster Omer se quitó el sombrero, se sentó y resopló. Es­taba tan grueso, que se vio obligado a resoplar muchas veces antes de poder decir:

—Está bien.

—Padre —dijo Minnie riéndose—, ¡está usted engor­dando como un cerdo!

—Tienes razón, querida. No comprendo el porqué —dijo reflexionando—; pero es así.

—Es que es usted un hombre muy tranquilo —dijo Min­nie— y que toma las cosas con calma.

—¿Y para qué tomarlas de otro modo, querida? —dijo míster Omer.

—No, naturalmente —replicó su hija—. Aquí todos so­mos alegres, gracias a Dios. ¿Verdad, papá?

—Así lo creo —dijo míster Omer—. Ahora que he des­cansado voy a tomar medida a este niño. ¿Quiere hacer el favor de pasar a la tienda, míster Copperfield?

Precedí a míster Omer, quien después de enseñarme una pieza de tela, que me dijo era extrafina y demasiado buena, no siendo para luto de parientes muy cercanos, me tomó medida y lo escribió en un libro. Mientras escribía me hacía observar todos los objetos que llenaban su tienda; fijarme en ciertas mo­das que acababan de llegar y en otras que acababan de pasar.

—Estas cosas son las que nos hacen perder dinero —dijo míster Omer—; pero las modas son como los hombres, lle­gan nadie sabe por qué, cuándo ni cómo, y se marchan lo mismo; todo es igual en la vida, según mi opinión, si se mira desde un punto de vista.

Estaba demasiado triste para discutirle la cuestión; ade­más, es posible que en cualquier circunstancia hubiera estado fuera de mi alcance. Luego míster Omer me llevó al gabi­nete, respirando con dificultad en el camino, y asomándose a una escalerita llamó:

—¡Traigan el té con pan y manteca!

Al cabo de un momento, durante el cual yo había estado mirando a mi alrededor y pensando y escuchando el ruido de las agujas en la habitación y el del martillo al otro lado del patio, apareció el té, que era para mí.

—Hace mucho tiempo que le conozco —me dijo Omer, después de mirarme unos minutos, durante los cuales yo no había hecho honor al desayuno, pues los crespones negros me quitaban el apetito— Hace mucho tiempo que te co­nozco, amiguito.

—¿De verdad?

—Toda la vida, puedo decirlo; antes que a ti ya conocía a tu padre; era un hombre que medía cinco pies y nueve pul­gadas, y su tumba tiene veinticinco pies de larga. (Rat—tat­tat, rat—tat—tat, rat—tat—tat, se oía por el patio.) Su tumba tiene veinticinco pies de terreno, ni una pulgada menos —dijo míster Omer alegremente— He olvidado si fue ella o él quien lo quiso.

—¿Sabe usted cómo está mi hermanito, caballero? —pre­gunté.

Míster Omer sacudió la cabeza.

Rat—tat—tat, rat—tat—tat, rat—tat—tat.

—Está en los brazos de su madre —dijo.

—¡Oh! ¿Ha muerto el pobrecito?

—No te entristezcas más de lo debido. Sí; el niño ha muerto.

Al oír esto, todas mis heridas se abrieron. Dejé el des­ayuno, que apenas había tocado, y fui a ocultar mi cabeza encima de una mesa que había en un rincón. Minnie quitó al momento lo que había allí encima, no lo fuera a manchar con mis lágrimas. Era una muchacha buena y bonita, que me retiró el pelo de los ojos con dulzura; pero ¡estaba tan alegre de haber terminado su trabajo a tiempo y yo estaba tan triste!

El ruido del martillo cesó, y un muchacho de aspecto sim­pático atravesó el patio y entró en la habitación. Llevaba un martillo en la mano y la boca llena de clavitos, que tuvo que sacarse para poder hablar.

—Y bien, Joram, ¿cómo va eso? —dijo míster Omer.

—Muy bien. Ya está terminado —dijo Joram.

Minnie se ruborizó un poco y las otras muchachas se son­rieron una a otra.

—Entonces has trabajado mucho. Anoche, mientras yo estaba en el Club, ¡hay que ver! —dijo míster Omer gui­ñando un ojo.

—Sí —dijo Joram—; como me había prometido usted que si lo terminaba podríamos hacer esa pequeña excursión juntos Minnie y yo... con usted.

—¡Oh! Creía que ibais a olvidarme —dijo míster Omer riendo.

—Como me había prometido eso —contestó el joven ­he hecho todo lo posible. ¿Quiere venir a verlo y darme su opinión?

—Sí —dijo míster Omer levantándose—. Querido —dijo volviéndose hacia mí—, ¿te gustaría ver ..?

—No, padre —interrumpió Minnie.

—Pensaba que podía gustarle, querida —dijo míster Omer—; pero quizá tienes razón.

No puedo decir por qué; pero sabía que lo que iban a ver era el féretro de mi querida madre. Nunca había oído contar cómo se hacían, ni había visto uno; pero se me ocurrió mien­tras oía los martillazos, y cuando entró el muchacho estoy seguro de que ya sabía lo que estaba haciendo.

Cuanto terminaron el trabajo, las dos muchachas, cuyos nombres no había oído, se cepillaron y arreglaron un poco y entraron en la tienda para ponerla en orden y esperar a la parroquia. Minnie continuó allí doblando lo hecho y colo­cándolo en dos cestas. Lo hacía arrodillada, murmurando entretanto una canción ligera. Joram, que sin duda era su enamorado, entró de puntillas y le robó un beso sin preocu­parse de mi presencia. Después le dijo que su padre había ido a buscar el coche y que él iba a prepararse en un mo­mento. Se fue; ella se guardó el dedal y las tijeras en el bol­sillo, prendió cuidadosamente en su pecho una aguja enhe­brada con hilo negro y se arregló con coquetería ante un espejito que había detrás de la puerta, en el que vi reflejarse su rostro satisfecho.

Yo lo observaba todo sentado en una esquina de la mesa, con la cabeza apoyada en mis manos, y mis pensamientos versaban sobre las cosas más dispares. El coche llegó pronto, y lo primero que colocaron en él fue las dos cestas; después me metieron a mí, y ellos tres me siguieron. Re­cuerdo que era una especie de carro como los que utilizan para llevar pianos. Estaba pintado de un color oscuro y lo arrastraba un caballo negro con la cola muy larga. Había si­tio de sobra para todos nosotros.

Ahora me parece que nunca he experimentado un senti­miento más extraño en mi vida (quizá es que ya soy viejo) que el que sentía entonces observando lo contenta que estaba aquella gente después del trabajo que habían terminado. No estaba enfadado con ellos, pero me producían una especie de miedo, como si fueran seres de otra casta que no tuvieran nada en común conmigo. Estaban muy alegres. El anciano, sentado delante, conducía, y los dos jóvenes, cuando él les hablaba, se inclinaba cada uno por un lado de su alegre rostro prestándole mucha atención. También hubieran querido hablar conmigo; pero yo continuaba de espaldas en mi rincón; me molestaba su alegría y su amor, aunque no eran demasiado ruidosos, y casi me admiraba de que Dios no castigara su dureza de corazón.

Cuando se detuvieron para dar pienso al caballo, también comieron y bebieron alegremente ellos; yo no pude tocar nada de lo que me ofrecían, y cuando ya estuvimos cerca de mi casa me bajé apresuradamente del coche por detrás, para no llegar en semejante compañía ante aquellas ventanas que ahora me parecían ciegas como ojo,,, cerrados y antes luminosos.

¿Cómo podía haber dudado de que me volvieran las lágri­mas al mirar la ventana del cuarto de mi madre, y a su lado aquella otra que en mejores tiempos había sido mía?

Antes de llegar a la puerta ya estaba en brazos de Peg­gotty. Su pena estalló al verme, pero se dominó. Hablaba en un susurro, y andaba suavemente, como si temiera molestar a los muertos. No se había acostado hacía mucho tiempo, y aún seguía en vela por las noches, pues mientras estuviera su niña querida en la casa decía que no era capaz de abando­narla.

Míster Murdstone ni siquiera se percató de mi llegada cuando entré en la habitación en la que estaba sentado al lado del fuego, llorando en silencio. Miss Murdstone, muy ocupada en su escritorio, que tenía cubierto de cartas y pa­peles, me tendió la punta de sus dedos, preguntándome en tono glacial si me habían tomado medida para el luto.

—Sí —le dije.

—Y tu ropa —dijo—, ¿la has traído?

—Sí, señora; lo he traído todo.

Este fue el único consuelo que su firmeza me administró. Estoy seguro de que sentía un verdadero placer en exhibir, en aquella ocasión, lo que ella llamaba su presencia de espí­ritu y su firmeza y su fuerza de voluntad y su sentido co­mún y todo el diabólico catálogo de sus antipáticas cualida­des. Estaba particularmente orgullosa de su disposición para los negocios, y ahora lo demostraba reduciéndolo todo a pluma y tinta, y sin dejarse conmover por nada. El resto del día, y desde la mañana a la noche de los que siguieron, estuvo en su pupitre sin dejar de escribir con una pluma dura, hablando en el mismo tono imperturbable a todo el mundo, y sin que un solo músculo de su cara se inmutara, una suavidad en su tono de voz apareciera, ni un átomo de su indumento se desarreglara.

Su hermano a veces cogía un libro; pero estoy conven­cido de que no lo leía. Lo abría y miraba las letras como si lo leyera; pero permanecía durante horas enteras sin volver una hoja; después lo dejaba y se paseaba de arriba abajo por la habitación. Yo permanecía sentado con las manos cruzadas, mirándole y contando sus pasos hora tras hora.

Muy rara vez hablaba a su hermana, y a mí nunca. Era lo único que se movía (él y el reloj) en la absoluta inmovilidad de la casa.

En aquellos días, antes del funeral, vi muy poco a Peg­gotty, excepto cuando subía al otro piso, que me la encon­traba en la habitación donde mamá y su nene reposaban, y por las noches, que venía a mi cuarto y se sentaba allí hasta que me dormía. Un día o dos antes del funeral (presumo que era un día o dos antes, pero creo que los días se confundían en mi memoria en aquella triste época, cuando nada mar­caba el progreso del tiempo) me hizo entrar con ella en la habitación en que estaba mi madre, y ahora sólo recuerdo que bajo un lienzo blanco que cubría su lecho, de una blan­cura deslumbrante, como todo lo que le rodeaba, parecía es­tar allí tendido y personificado el solemne silencio que rei­naba en la casa, y sé que cuando Peggotty quiso levantar suavemente aquel lienzo yo grité: «¡Oh, no, no!», dete­niendo su mano.

Si el entierro hubiera sido ayer, no lo recordaría mejor. El aspecto solemne del salón cuando entré; lo brillante del fuego, el vino que brillaba en las jarras, la forma de los va­sos, de los platos; el dulce perfume del bizcocho, el olor de la ropa de miss Murdstone y de nuestros trajes de luto.

Allí estaba míster Chillip y se acercó a hablarme.

—¿Cómo estás, Davy? —me dijo con bondad.

Yo no podía contestarle que muy bien y le alargué mi mano, que retuvo entre las suyas.

—¡Pobrecillo! —me dijo sonriendo dulcemente y con los ojos húmedos— Nuestros amiguitos crecen a nuestro alre­dedor; pronto no los reconoceremos. ¿Verdad, señora? —dijo dirigiéndose a miss Murdstone, que no le contestó.

—Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no es así, señora? —insistió míster Chillip.

Miss Murdstone sólo le contestó con un frío saludo, y míster Chillip, desconcertado, se fue a un rincón, lleván­dome consigo y sin volver a desplegar los labios.

Observo esto porque lo observo todo; pero no me interesa lo más mínimo desde que he vuelto a casa. Ahora las campa­nas empiezan a sonar, y míster Omer, con otros empleados, empieza a prepararlo todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peggotty me lo había contado) se llevaron a mi pa­dre a aquella misma tumba, después de prepararle en la misma habitación.

Somos pocos: nada más míster Murdstone, nuestro ve­cino Graypper, míster Chillip y yo. Cuando llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con su carga en el jardín y van delante de nosotros por el sendero, debajo de los árbo­les. Pasan la verja y entran en el cementerio, donde tan a me­nudo he oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.

Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de todos los demás días y la luz de otro color, de un color más triste, y hay allí un silencio solemne, que a mí me parece que lo hemos traído de casa con el féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos, oigo la voz del clérigo, resonando remota en el aire libre, que dice claramente: «Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada entre los curiosos veo a la buena y fiel criada, la persona para mí más querida de todos los que quedan en la tierra y a la que en mi infantil corazón estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho bien»

Hay muchos rostros conocidos entre la gente aquella, ros­tros que recordaba de la iglesia cuando sicmpre miraba alre­dedor, rostros que habían sido los primeros en ver a mi ma­dre cuando llegó a la aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No me ocupo de ellos; sólo pienso en mi pena, y, sin embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el fondo, muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a su enamorado, que está cerca de mí.

Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se alza ante nosotros tan bonita como siempre, no ha cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento con la idea de lo que ya no existe, que toda mi pena no es nada en comparación a lo que siento ahora. Míster Chillip me lleva, me habla y me hace beber un poco de agua, y cuando le pido permiso para reti­rarme se despide de mí con dulzura de mujer.

Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera sucedido ayer. Sucesos de fecha más reciente han huido de mi pensa­miento, y he olvidado cosas que más tarde quizá reaparece­rán; pero esto continúa inmóvil ante mí como una gran roca en el océano.

Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quietud del momento (el día debía de ser domingo, pero lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi lado, encima de mi cama, y cogiendo mi mano, que de vez en cuando llevaba a sus la­bios y a veces acariciaba con las suyas como hubiera podido hacer para consolar a mi hermanito, me contó a su manera todo lo que tenía que contarme concerniente a los últimos sucesos.

—Desde hacía mucho tiempo no estaba nunca bien —dijo Peggotty—; su espíritu estaba atormentado y no era feliz. Cuando nació su niño pensé que eso le curaría; pero, por el contrario, estaba cada vez más triste. Antes del nacimiento de su hijo le gustaba quedarse sola y llorar; pero después se acostumbró a cantarle, y lo hacía con una voz tan dulce, que más de una vez, al escucharla. pensaba que era como una voz en el aire que subía hacia el cielo. Cada vez se volvía más tímida y más asustadiza, y al final una palabra dura era como un golpe para ella; pero conmigo siempre fue la misma. ¡Nunca cambió con su loca Peggotty la dulce niña!

Aquí Peggotty se detuvo y acarició dulcemente mi mano durante un momento.

—La última vez que la he visto como en sus buenos tiem­pos fue la tarde de tu llegada, hijo mío. El día de tu partida me dijo: «Nunca volveré a ver a mi niño querido; algo me lo asegura, y es la verdad, lo sé». Hacía lo posible por soste­nerse, y en muchas ocasiones, cuando le reprochaban su aturdimiento y su carácter ligero, hacía como que lo creía; pero ya hacía tiempo que aquello había pasado. Nunca le ha­bía dicho a su marido lo que me había dicho a mí; le asus­taba hablar de ello; por fin, una noche, una semana antes, le dijo: «Querido, creo que me muero». « Ahora tengo el espí­ritu en reposo, Peggotty —me dijo al acostarla aquella no­che—. El pobre hombre se irá haciendo a la idea durante va­rios días y después se le pasará pronto. Estoy tan cansada; si es sueño, siéntate a mi lado mientras duermo, no me dejes. ¡Que Dios bendiga a mis dos niños y proteja y conserve a mi niño sin padre! » Después ya no la abandoné un momento —siguió Peggotty—. Ella hablaba a menudo con ellos dos, porque los quería: no podía vivir sin amar a los que la rodea­ban; pero cuando la dejaban sola siempre se volvía hacia mí, como si sólo encontrara reposo donde Peggotty estaba, y nunca se dormía de otro modo. La última noche, por la tarde, me besó y me dijo: « Si mi nene muriera también, Peggotty, te ruego que le pongas en mis brazos y nos entierren jun­tos». Y es lo que se ha hecho, porque el pobre angelito sólo vivió un día más que ella. « Que mi querido Davy nos acom­pañe al lugar de reposo —dijo—, y dile que su madre, en el lecho de muerte, lo ha bendecido y no una vez, mil veces.»

Otro silencio siguió —a esto, y de nuevo Peggotty acarició dulcemente mi mano.

—Estaba ya muy adelantada la noche —prosiguió­cuando pidió de beber, y después me dirigió una sonrisa tan dulce, ¡estaba tan hermosa!... Amanecía, y el sol se levan­taba cuando me dijo lo cariñoso y bueno que mister Copperfield había sido siempre para ella, y tu paciente que era, y cómo le decía, cuando dudaba de sí misma, que un corazón amante valía más que la sabiduría y que él era el hombre más feliz a su lado... « Peggotty, querida mía —dijo des­pués—, acércate más (estaba muy débil), pasa tu brazo por mi cuello y vuélveme hacia ti; tu rostro parece que se aleja y quiero verlo cerca.» Hice lo que pedía, y, ¡oh Davy!, se cum­plía lo que yo había dicho una vez. Apoyó su dulce cabecita en el brazo de esta necia Peggotty. Y murió como un niño que se duerme.

Así terminó el relato de Peggotty. Desde el momento en que supe la muerte de mi madre, la idea de lo que había sido últimamente desapareció por completo para mí, y desde aquel instante la recuerdo como la madre joven de mis pri­meros años, la que enrollaba sus bucles en los dedos y bai­laba conmigo por la noche en la sala. Lo que Peggotty me contaba, en lugar de recordarme el último período, confir­maba en mi espíritu la primera imagen; podrá ser extraño, pero es la verdad. En un instante había vuelto a mis ojos su tranquila juventud, borrando todo el resto.

La madre que descansaba en la tumba era la madre de mis primeros años, y la criaturita que tenía en sus brazos era yo como estaba en mi infancia, sólo que ahora me estrechaba ya en ellos para siempre.

CAPÍTULO X. EMPIEZAN DESCUIDÁNDOME, Y LUEGO ME COLOCAN

El primer acto de autoridad de miss Murdstone cuando pasó el día solemne y se abrieron de nuevo las ventanas fue decirle a Peggotty que en el plazo de un mes tenía que mar­charse. Por mucho que a Peggotty le hubiera molestado tener que soportarlos, estoy seguro de que lo hubiera hecho por cariño hacia mí, prefiriendo aquella casa a la mejor del mundo. Ella me lo contó, y los dos nos lamentamos de todo corazón.

Respecto a mí, ni decían una palabra ni daban el menor paso. Yo creo que su mayor felicidad hubiera sido poderme despedir también con otro mes de plazo. Un día me atreví a preguntar a miss Murdstone cuándo iba a volver a Salem House; pero me contestó muy secamente que era probable que no volviera nunca. Mi porvenir me preocupaba mucho y a Peggotty también.

Mi situación había cambiado por completo, y aunque me libraba de muchas molestias, si hubiera sido capaz de apre­ciarlo seriamente me habría preocupado mucho sobre mi porvenir. La tiranía que habían ejercido sobre mí había desa­parecido por completo; lo único que deseaban era no te­nerme ante su vista; tan es así, que en varias ocasiones, cuando acababa de sentarme con ellos, miss Murdstone, frunciendo el ceño, me hacía señas para que me marchase. Ya no les preocupaba el que estuviera siempre con Peggotty; con tal de que no los molestase les importaba poco dónde pudiera estar. Al principio me asustaba la idea de que míster Murdstone volviera a tomar en su mano mis lecciones o que su hermana, en su abnegación, se dedicara a ello; pero pronto me percaté de que aquellos temores eran vanos y que todo se reduciría a verme abandonado.

No recuerdo si aquel descubrimiento me causó mucha pena. Estaba todavía en el dolor de la muerte de mi madre y en un estado de ánimo en que todo me daba lo mismo. Lo que sí recuerdo es que algunas veces pensaba en la posibili­dad de que no se ocuparan de instruirme, y pensaba que en­tonces sería un ser inútil, predestinado a pasarse la vida va­gando de una aldea a otra. También recuerdo que, pensando en aquello, me preguntaba si no sería mejor marcharme como el héroe de una historia para buscar fortuna; pero estas eran visiones transitorias, sueños que hacía despierto, som­bras que veía débilmente dibujadas o escritas en la pared de mi habitación y que después se desvanecían dejando la pa­red vacía.

—Peggotty —dije una noche en tono pensativo, mientras me calentaba las manos en el fuego de la cocina—, míster Murdstone me quiere cada vez menos; nunca me ha querido mucho, Peggotty; pero ahora, si pudiera, le gustaría no vol­ver a verme.

—Quizá sea a causa de su pena —dijo Peggotty, acari­ciándome los cabellos.

—No, Peggotty, estoy seguro. Yo también estoy triste. Si pudiera creer que era tristeza no pensaría en ello; pero no es eso, no, no es eso.

—¿Y cómo sabes que no es eso? —dijo Peggotty después de un silencio.

—¡Oh!, la tristeza es otra cosa muy distinta. Ahora, por ejemplo, está triste sentado ante la chimenea con su her­mana; pero si entro yo, Peggotty, cambia completamente.

—¿Por qué? —dijo Peggotty.

—Porque se encoleriza —le contesté imitando involunta­riamente su ceño— Si estuviera solamente triste, no me mi­raría como me mira. Yo, que sólo estoy triste, tengo más an­sia que nunca de cariño.

Peggotty no dijo nada en un rato, y yo me calenté las ma­nos también en silencio.

—Davy —dijo por último.

—¿Qué, Peggotty?

—He tratado, querido mío, he tratado por todos los me­dios de encontrar colocación aquí en Bloonderstone; pero no la he encontrado, hijo mío.

—¿Y qué piensas hacer, Peggotty? —dije tristemente—. ¿Dónde piensas ir a buscar fortuna?

—Creo que me veré obligada a irme a Yarmouth para vi­vir allí.

—Podías ir un poco más lejos —dije, medio en broma—, y sería perderte para siempre. Pero allí podré verte a me­nudo, mi querida Peggotty; aquello no es del todo el fin del mundo.

—Al contrario, gracias a Dios. Mientras estés aquí, que­rido mío, yo vendré por lo menos a verte una vez por se­mana.

Esta promesa me quitó un gran peso de encima; pero no era todo, pues Peggotty continuó:

—Lo primero, Davy, voy a ir a casa de mi hermano a pa­sar quince días, el tiempo necesario para tranquilizarme y reponerme un poco, y ahora estoy pensando que quizá lo de­jaran, como no lo necesitan mucho, venir allí conmigo.

Si algo podía no serme indiferente, exceptuando a Peg­gotty, y podía causarme una alegría en aquellos momentos, era un proyecto así. La idea de verme rodeado, de nuevo, por aquellos rostros honrados, alegres de mi llegada; de vol­ver a sentir la dulzura y la tranquilidad de las mañanas de domingo, cuando las campanas suenan, las piedras caen en el agua y los barcos se dibujan en la bruma. El figurarme pa­seando en la playa con Emily, contándole mis penas y bus­cando de nuevo conchas y caracoles. Todo esto tranquili­zaba mi corazón.

Un momento después me preocupó la idea de que quizá miss Murdstone no lo consintiera; sin embargo, esta preocu­pación no duró mucho, pues en aquel momento apareció ella misma, haciendo su ronda de noche, en la antecocina donde estábamos hablando, y Peggotty abordó el asunto con un atrevimiento que me sobrecogió.

—El chico perderá el tiempo allí —dijo miss Murdstone mirando en una olla de escabeche—, y la ociosidad es la ma­dre de todos los vicios. Pero estoy segura de que aquí lo per­derá también; es mi opinión.

Peggotty estuvo a punto de contestarle mal; pero se con­tuvo por cariño a mí, y permaneció silenciosa.

—¡Hem! —dijo miss Murdstone, con sus ojos fijos toda­vía en el escabeche—. Lo más importante de todo, de la ma­yor importancia, es que a mi hermano no se le moleste y pueda estar tranquilo. Supongo que lo mejor será decir que sí.

Le di las gracias sin hacer ninguna manifestación de ale­gría, no fuera eso a inducirle a retirar su consentimiento. No pude por menos de pensar que había obrado con prudencia, cuando vi la mirada que me lanzó por encima del tarro de escabeche. Parecía como si sus ojos negros hubieran absor­bido todo el vinagre que el escabeche contenía; pero el con­sentimiento estaba dado y no fue negado, pues cuando cum­plió el mes de Peggotty ya estábamos dispuestos a partir.

Barkis entró en casa por las maletas de Peggotty. Yo nunca le había visto antes atravesar la verja; pero en aquella ocasión entró en la casa, y al cargar con la pesada maleta de Peggotty me lanzó una mirada en la que me pareció que me quería decir algo, si era posible que pudiese expresar algo el rostro de Barkis.

Peggotty estaba naturalmente triste al dejar la que había sido su casa durante tantos años y donde los dos grandes ca­riños de su vida, mi madre y yo, se habían formado. Se ha­bía levantado muy temprano para ir al cementerio, y montó en el carro y se sentó en él sin quitarse el pañuelo de los ojos.

Todo el tiempo que permaneció en esta actitud, Barkis no dio señales de vida; sentado como de costumbre, parecía un muñeco. Pero cuando Peggotty miró a su alrededor y em­pezó a hablarme, sacudió la cabeza y dejó oír varias veces un gruñido de satisfacción. No pude comprender a qué se re­fería.

—Hace un día muy hermoso, míster Barkis —dije.

—No es malo —contestó Barkis, que por lo general era muy reservado y rara vez se comprometía.

—Peggotty se ha tranquilizado ya del todo, míster Barkis­—le dije para su satisfacción.

—¿De verdad? —dijo Barkis.

Después de reflexionar sobre ello, dijo con aire malicioso: —¿Está usted completamente a gusto?

Peggotty se echó a reír, y contestó afirmativamente.

—¿Pero verdaderamente está usted segura? —gruñó Bar­kis acercándose a ella y dándole un codazo—. ¿Está usted segura? ¿Verdaderamente a gusto? ¿Está usted segura? ¿Eh?

Y a cada una de aquellas preguntas Barkis se acercaba más a ella y le daba otro codazo. Por último, se acercó tanto ya, que estábamos los tres amontonados en un rincón del carro, y yo tan oprimido, que apenas podía respirar.

Peggotty le llamó la atención sobre mis sufrimientos, y Barkis se retiró un poquito; después, poco a poco, se fue ale­jando más; pero no pude por menos de observar que a sus ojos aquello era una forma maravillosa de expresar sus sen­timientos de una manera clara y agradable sin el inconve­niente de la conversación. No tenía duda que estaba con­tento de su proceder. Poco a poco se volvió otra vez hacia Peggotty, preguntando:

—¿Supongo que estará usted verdaderamente a gusto?

Y otra vez se acercó a nosotros, hasta que me faltó la res­piración. Al poco rato le repitió su pregunta con la misma maniobra, hasta que decidí ponerme de pie en cuanto le veía acercarse con el pretexto de mirar el paisaje. Fue una gran idea.

Barkis se sintió tan amable, que se detuvo ante una ta­berna expresamente por nosotros y nos convidó a cordero asado y cerveza. Y mientras Peggotty bebía él fue presa de un nuevo acceso de galantería, y casi la atragantó del encon­tronazo. Pero conforme nos acercábamos al fin de nuestro viaje, cada vez tenía más que hacer y menos tiempo para ga­lantear, y cuando pisamos el empedrado de Yarmouth nos preocupaban demasiado las sacudidas para poder pensar en otra cosa.

Míster Peggotty y Ham nos esperaban en el sitio de siem­pre y nos recibieron con la mayor cordialidad. Yo estreché la mano a Barkis, que tenía el sombrero en la coronilla, la cara avergonzada y una confusión que parecía comunicarse a sus piernas.

Cada uno de los Peggotty cargó con una de las maletas, y ya nos marchábamos cuando Barkis me hizo un signo miste­rioso con su mano para que me acercase.

—Digo —murmuró Barkis— que todo va bien.

Yo le miré a la cara y contesté en un tono que quiso ser profundo:

—¡Ah!

—No es eso todo. Va muy bien.

De nuevo le contesté:

—¡Ah!

—Ya sabía usted que Barkis desde luego estaba dispuesto. Era Barkis, Barkis solamente.

Hice un signo de afirmación.

—Todo va bien —dijo Barkis estrechándome la mano—. Soy su amigo; lo ha hecho usted todo muy bien, y todo va bien.

En su deseo de explicarse con particular lucidez, Barkis se puso tan extraordinariamente misterioso, que hubiera po­dido permanecer mirándole a la cara durante una hora sin sacar más provecho que del cuadrante de un reloj parado. Pero Peggotty me llamó, y me alejé.

Mientras andábamos, me preguntó lo que me había dicho Barkis, y yo le contesté «que todo iba bien».

—¡Qué atrevimiento! —dijo Peggotty—. Pero me tiene sin cuidado. Davy querido, ¿qué te parecería si pensara en casarme?

—¿Me seguirías queriendo igual? —dije después de un momento de reflexión.

Y con gran sorpresa de los que pasaban, y de su hermano y sobrino, que iban delante, la buena mujer no pudo por me­nos de abrazarme asegurándome que su cariño era inalte­rable.

—Pero ¿qué te parecería? —insistió cuando estuvimos otra vez en camino.

—¿Si pensaras en casarte... con Barkis, Peggotty?

—Sí —dijo Peggotty.

—Pues me parecería una buena idea; porque, ¿sabes, Peg­gotty?, así tendrías siempre el caballo y el carro para venir a verme, y podrías venir sin que te costase nada.

—¡Qué inteligencia la de este niño! —exclamó Peg­gotty—. Eso es precisamente lo que yo estoy pensando desde hace un mes. Sí, precioso, y también pienso que así tendré más libertad, y que trabajaré de mejor gana en mi casa que en la de cualquier otro, pues no sé si me acostumbraría a servir a extraños, y así continuaré cerca de la tumba de mi niña querida —dijo Peggotty a media voz—, y podré ir a verla cuando me dé la gana, y si me muero me podrán en­terrar cerca de ella.

Después de decir esto, guardamos un momento silencio los dos.

—Pero no quiero ni pensar en ello —dijo Peggotty con cariño— si contraría en lo más mínimo a mi Davy. Aunque se hubieran publicado las amonestaciones treinta y tres ve­ces y ya tuviese el anillo de boda en el bolsillo...

—Mírame, Peggotty, y verás si no estoy realmente con­tento; es más, que lo deseo de todo corazón.

—Bien, hijo mío —dijo Peggotty dándome otro abrazo—; no dejo de pensarlo noche y día, y creo que voy por buen ca­mino; pero todavía tengo que pensarlo mejor y consultarlo con mi hermano; entre tanto, guardaremos el secreto, ¿eh, Davy?

—Barkis es un buen hombre —continuó Peggotty—, y sólo con que trate de cumplir con mi deber estoy segura de que será mía la culpa si no nos encontramos «completa­mente a gusto» —dijo Peggotty riendo de todo corazón.

Esta alusión a las palabras de Barkis era tan oportuna y nos divirtió tanto, que no dejamos de reír y estuvimos de un humor excelente cuando llegamos ante la casa de míster Peggotty.

Todo lo encontré igual, excepto que quizá me pareció un poco más pequeño. Mistress Gudmige nos estaba esperando a la puerta, como si no se hubiera movido de allí nunca. El interior tampoco había cambiado; hasta el cacharro azul con las plantas marinas seguía en mi mesita. Di una vuelta a la casa y encontré las mismas langostas y cangrejos amontona­dos como de costumbre, con el mismo deseo de pincharlo todo y en el mismo rincón. Pero por más que busqué no en­contraba a Emily. Por fin le pregunté a míster Peggotty dónde podría estar.

—Está en la escuela—dijo enjugándose la frente al soltar la maleta de Peggotty—; pero tiene que volver enseguida —aña­dió mirando el reloj—; dentro de veinte minutos, o lo más media hora. Todos la echamos mucho de menos cuando no está, puedes estar seguro.

Mistress Gudmige suspiró.

—¡Alegría, vieja comadre! —gritó míster Peggotty.

—Yo lo siento más que nadie —dijo mistress Gudmige—; soy una pobre criatura sin recursos, y ella es la única que no me contraría.

Mistress Gudmige, suspirando y moviendo la cabeza, se puso a avivar el fuego. Míster Peggotty, mirándonos mientras no le veía, me dijo en voz baja, poniéndome la mano delante de la boca: «Es el viejo»; de lo que deduje, con razón, que desde mi última visita el humor de mistress Gudmige no había mejorado.

El sitio era, o por lo menos debía serlo, tan encantador como en aquella época; sin embargo, no me impresionó tanto, y casi estaba desilusionado. Quizá fuera porque no estaba en casa la pequeña Emily. Como me habían enseñado el camino por donde volvería, eché a andar para salir a su encuentro.

Pronto vi aparecer a distancia una figurita, y al momento reconocí en ella a Emily. Había crecido, pero era todavía muy pequeña. Cuando estuve cerca y vi sus ojos azules, me parecieron más azules que nunca, y su rostro más resplande­ciente, y toda su persona más bonita y atractiva, y no sé por qué un sentimiento indefinible me obligó a hacer como que no la conocía y pasar a su lado como si fuera mirando a lo lejos sin verla. Esto me ha sucedido después más de una vez en la vida, si no me equivoco.

Emily no se preocupó; me había visto muy bien, pero en lugar de volverse y llamarme echó a correr riendo. Yo tuve que correr detrás de ella; pero corría tanto, que fue ya cerca de la casa donde la alcancé.

—¡Ah! ¿Eres tú? —dijo.

—Ya sabías que era yo, Emily.

—¿Y tú acaso no sabías que era yo?

Fui a besarle; pero ella se cubrió sus labios de cereza con las manos y dijo que ya no era una niña, y entró corriendo en la casa, riéndose más fuerte que nunca.

Parecía divertirse haciéndome rabiar, y este cambio me extrañaba mucho en ella. La mesa estaba puesta, y nuestro antiguo cajón continuaba en su sitio; pero ella, en lugar de venir a sentarse a mi lado, se colocó junto a la gruñona mis­tress Gudmige, y cuando míster Peggotty le preguntó el por­qué, sacudió sus cabellos y sólo contestó riendo.

—Es una gatita —dijo míster Peggotty acariciándola con su manaza.

—Eso es, eso es —exclamó Ham—. Sí, señorito Davy.

Y se sentó mirándola y riéndose con una especie de admi­ración y deleite que le hacía ponerse colorado.

A Emily la miraban todos, y míster Peggotty más que nin­guno. De él hacía la niña lo que quería solamente con acer­car su carita a las fuertes patillas de su tío, al menos esta era mi opinión cuando la veía hacerlo, y me parecía que hacía muy bien míster Peggotty en ello. Era tan afectuosa y tan dulce, y tenía una manera de ser a la vez tímida y atrevida que me cautivó más que nunca.

Además era muy compasiva, pues cuando estando senta­dos después del té mister Peggotty, mientras fumaba su pipa, aludió a la pérdida que yo había sufrido, asomaron lágrimas a sus ojos y me miró con tanto cariño, que se lo agradecí con toda el alma.

—¡Ah! —dijo mister Peggotty cogiendo los bucles de la niña y dejándolos caer uno a uno—. También ella es huér­fana, ¿ve usted, señorito?, y este también lo es, aunque no lo parece —dijo dando un puñetazo en el pecho de Ham.

—Si yo tuviera de tutor a mister Peggotty —dije sacu­diendo la cabeza—, creo que tampoco me sentiría muy huér­fano.

—Bien dicho, señorito Davy —grito Ham con entu­siasmo—; bien dicho, ¡viva! Usted tampoco lo sentiría, bien dicho, ¡viva! ¡viva! ¡viva!

Y devolvió el puñetazo a mister Peggotty. Emily se le­vantó y besó a su tío.

—¿Y cómo está su amigo, señorito? —me preguntó mister Peggotty.

—¿Steerforth? —pregunté.

—Ese es el nombre —exclamó mister Peggotty volvién­dose a Ham—. Ya sabía yo que era algo parecido.

¡ —Usted decía que era Roodderforth —observó Ham riendo.

—Bien —replicó mister Peggotty—, pues no andaba muy lejos. ¿Y qué ha sido de él?

—Cuando yo lo dejé estaba muy bien, mister Peggotty.

—¡Eso es un amigo! —dijo mister Peggotty sacudiendo su pipa—. ¡Eso es un amigo del que se puede hablar! Por­que, ¡Dios le bendiga!, el corazón se alegra al mirarle.

—Es muy guapo, ¿verdad?

Me entusiasmaba oyéndole cómo lo elogiaba.

—¿Guapo? —exclamó mister Peggotty—. ¡Ya lo creo!

Se para delante de uno como... como... yo no sé cómo; pero ¡es tan decidido!

—Sí, ese es precisamente su carácter. Bravo como un león, y la franqueza misma, míster Peggotty.

—Y también supongo —dijo míster Peggotty mirándome a través del humo de su pipa— que en los estudios será el primero...

—Sí —dije yo con delicia—, lo sabe todo; es extraordi­nariamente inteligente.

—¡Eso es un amigo! —murmuró míster Peggotty sacu­diendo gravemente la cabeza.

—Nada parece costarle trabajo; se sabe las lecciones con mirarlas, y en el cricket es el mejor jugador que he visto. Le da a usted todos los peones que quiera en el juego de damas, y, sin embargo, le ganará siempre.

Míster Peggotty sacudió de nuevo la cabeza como di­ciendo: «Ya lo creo que me ganaría».

—¿Y su conversación? —proseguí—. En eso no tiene ri­val, y quisiera que le oyera usted cantar, míster Peggotty.

Míster Peggotty movió de nuevo la cabeza, como si di­jera: «No me cabe duda».

—Y además es un muchacho noble y generoso —dije arrastrado por mi tema favorito—; es imposible expresar todo lo que merece. Nunca le agradeceré bastante la genero­sidad con que me ha protegido, siendo yo tan inferior a él por mi edad y mis estudios.

Seguía entusiasmándome cada vez más, cuando mis ojos se posaron en la carita de Emily, que estaba inclinada sobre la mesa, escuchando con la más profunda atención; contenía el aliento, tenía rojas las mejillas y sus ojos azules brillaban como joyas. Parecía escuchar con tan extraordinaria aten­ción y estaba tan bonita, que me detuve sorprendido, y al ca­llarme yo todos la miraron y se echaron a reír.

—Emily es como yo —dijo Peggotty—; le gustaría verle.

Emily estaba confusa al ver que todos la miraban, y bajó la cabeza ruborizada, y después nos miró a través de sus ri­zos, y al ver que seguíamos mirándola (estoy seguro de que yo por lo menos le hubiera seguido mirando durante horas enteras), se escapó y estuvo escondida hasta que casi fue la hora de acostarse.

Me acosté en mi antigua cama, en la popa del barco, y el viento vino a quejarse como antaño. Pero ahora me parecía que se quejaba por los que ya no estaban, y en vez de pensar que el mar podía subir por la noche y llevarse la barca, pensé que el mar había subido tanto desde la última vez que oí aquellos ruidos, que había sepultado mi feliz y tranquilo ho­gar. Recuerdo que cuando el ruido del viento y del mar fue disminuyendo añadí una pequeña cláusula a mis rezos, pi­diendo a Dios ser pronto un hombre para casarme con Emily, y así me quedé dulcemente dormido.

Los días transcurrieron muy semejantes a los de hacía un año, excepto (y esto fue una gran diferencia) que Emily y yo rara vez vagábamos ahora por la playa; ella tenía que ha­cer sus deberes y labores y estaba ausente casi todo el día. Pero yo sentía que aun sin estas razones no hubiéramos vuelto a nuestros antiguos paseos; incluso siendo, como era, salvaje y llena de infantilidad, era también mas mujercita de lo que yo esperaba. Parecía que se había alejado mucho de mí en poco más de un año. Me quería, pero riéndose y ha­ciéndome rabiar, y cuando salía a su encuentro, se me esca­paba a casa por distinto camino, y después me esperaba en la puerta, riéndose al verme volver desilusionado.

Los mejores ratos eran los que pasábamos cuando se sen­taba a la puerta con la labor. Yo me sentaba a sus pies, en los escalones de madera y leía en voz alta. Ahora me parece que nunca he visto brillar el sol como en aquellas tardes; que nunca he visto una figurita más luminosa que la suya, sentada a la puerta de la antigua barca; que nunca he admirado un cielo más azul ni un agua como aquella, ni gloria semejante a la de aquellos barcos que parecían navegar en el aire dorado.

La primera tarde del día en que llegamos, Barkis apareció del modo mas extraño y con un paquete de naranjas atadas en un pañuelo. Como no hizo la menor alusión a ella, supusimos que las había dejado olvidadas al marcharse, y Ham se apre­suró a correr tras él para devolvérselas; pero vino diciendo que eran para Peggotty. Después de esto volvió todas las tar­des a la misma hora y siempre con un paquetito, al que nunca aludía y solía dejar detrás de la puerta. Estas ofrendas cariño­sas eran de lo más extrañas y grotescas. Entre ellas recuerdo dos cochinillos, un acerico enorme, media fanega de manza­nas, un par de pendientes de azabache, algunas cebollas, una caja de dominó, un canario (pájaro y jaula) y un jamón.

El modo de cortejar de Barkis, tal como lo recuerdo, era de una originalidad especialísima. Muy rara vez hablaba; se sentaba junto al fuego, en una actitud muy parecida a la que tenía en su carro, y miraba fijamente a Peggotty, a quien te­nía enfrente. Una noche, inspirado por su amor, se abalanzó al pedacito de cera que ella usaba para el hilo, se lo guardó en el bolsillo del chaleco y se lo llevó. Desde entonces, su mayor deleite era hacerlo aparecer cuando Peggotty lo nece­sitaba, sacándolo del bolsillo en un estado lamentable, pega­joso y medio derretido, y cuando ya lo había utilizado lo vol­vía a guardar. Parecía divertirse muchísimo, y no sentía ninguna necesidad de hablar. Ni aun cuando sacaba a Peg­gotty de paseo por la llanura debía sentir esa necesidad. Se contentaba con preguntarle de vez en cuando si estaba com­pletamente a gusto, y recuerdo que algunas veces, después de que él se fuera, Peggotty se echaba el delantal por la ca­beza y se reía durante media hora. A todos nos divertía más o menos, excepto a la desgraciada tristeza de mistress Gud­mige, cuyo noviazgo había sido de una naturaleza tan seme­jante, que le recordaba constantemente al «viejo».

Por último, cuando ya mi visita tocaba a su fin, se habló de que Peggotty y Barkis iban a pasar un día de vacaciones juntos y que Emily y yo les acompañaríamos.

La víspera por la noche apenas pude dormir con la alegría de que iba a pasar un día entero con la niña. Por la mañana nos preparamos con mucha anticipación, y mientras estába­mos desayunando, Barkis apareció en lontananza, guiando su carro hacia el objeto de su amor.

Peggotty vestía, como siempre, un luto sencillo y limpio; pero Barkis estaba deslumbrante con su chaqueta azul nueva, a la que el sastre había dado proporciones tan cum­plidas, que los puños le hubieran servido de guantes en el tiempo más frío; el cuello era tan alto, que le empujaba los pelos del cogote hacia arriba. También los botones relucien­tes eran del tamaño mayor, y completaban su indumentaria unos pantalones grises y un chaleco de ante, con todo lo cual míster Barkis me parecía un fenómeno de respetabilidad.

Cuando estábamos fuera alborotando, vi que mister Peg­gotty había preparado un zapato viejo, que nos tenían que arrojar al marchamos, como mascota, y se lo ofreció a mis­tress Gudmige con este propósito.

—Más vale que lo arroje cualquier otro, Dan —dijo mis­tress Gudmige—; yo soy una criatura abandonada y sin re­cursos, y todo lo que me recuerda que hay criaturas que no están abandonadas me contraría.

—¡Vamos, vieja comadre, cójalo y tírelo!

—No, Dan —contestó ella gimiendo—; si sintiera menos las cosas, podría hacerlo; usted no siente como yo, Dan; las cosas no le contrarían, ni usted a ellas; es mejor que lo arroje usted.

Pero aquí Peggotty, que había estado yendo de uno a otro apresuradamente, besando a todo el mundo, gritó desde el carro, en el que ya nos habíamos instalado entre tanto (Emily y yo sentados en dos sillitas uno al lado del otro), diciendo que era mistress Gudmige la que debía hacerlo. Por último, se dejó conquistar; pero me entristece tener que relatar que aguó un poco la alegría de nuestra partida, pues inmediata­mente se deshizo en lágrimas, y cayendo en los brazos de Ham, declaró que reconocía que sólo era un estorbo y que mejor harían mandándola al asilo, lo que a mí me pareció una idea muy razonable y que Ham debía haberle hecho aquel favor al momento.

Pero ya estábamos en camino para nuestra excursión. Lo primero que hicimos fue pararnos delante de una iglesia, donde Barkis sujetó el caballo a la verja y entró con Peg­gotty, dejándonos a Emily y a mí solos en el carro. Yo apro­veché la ocasión para pasar el brazo alrededor del talle de Emily y proponerle que, puesto que me iba a marchar tan pronto, debíamos estar muy cariñosos y ser felices durante todo el día. Emily consintió, y hasta me permitió que la be­sara. Esto me dio valor para decirle (lo recuerdo) que nunca amaría a otra mujer y que estaba dispuesto a matar a todo el que pretendiera su amor.

¡Cómo se divirtió Emily a mi costa con aquello! ¡Con qué desmesurada presunción de ser mucho mayor que yo me re­petía, como una mujercita, que era «un tonto»! Pero después se puso a reír de tal modo, que me hizo olvidar la pena que me había causado su frase despectiva, ante el placer de verla reír así.

Barkis y Peggotty estuvieron mucho tiempo en la iglesia; pero por fin salieron y reanudamos la excursión. A mitad del camino Barkis se volvió hacia mí y me dijo, con un guiño expresivo (nunca hubiera creído que Barkis fuera capaz de hacer un guiño semejante):

—¿Qué nombre había escrito yo en el carro?

—Clara Peggotty —contesté.

—¿Y qué nombre tendría que escribir ahora si hubiera tiza aquí?

—Otra vez Clara Peggotty —sugerí.

—Clara Peggotty Barkis —contestó, y soltó una carca­jada que hizo estremecer el carro.

En una palabra, se habían casado, y con ese propósito ha­bían entrado en la iglesia. Peggotty había decidido que lo haría de un modo discreto, y el sacristán había sido el único testigo de la boda. Se quedó muy confusa al oír a Barkis anunciamos su unión de aquel modo tan brusco, y no dejaba de abrazarme para que no dudara de que su afecto no había cambiado; pero pronto nos dijo que estaba muy contenta de haber zanjado ya el asunto.

Nos detuvimos en una taberna del camino, donde nos es­peraban, y la comida fue alegre para todos. Aunque Peggotty hubiera llevado casada diez años no creo que pudiese estar más a sus anchas y más igual que siempre; antes del té es­tuvo paseando con Emily y conmigo, mientras Barkis se fu­maba su pipa filosóficamente, dichoso, supongo, con la con­templación de su felicidad. Aquello debió de abrirle el apetito pues, recuerdo que, a pesar de haber hecho muy bien los honores a la comida, dando fin a dos pollos y comiendo gran cantidad de cerdo, necesitó comer jamón cocido con el té y tomó un buen pedazo sin ninguna emoción.

Después he pensado a menudo que fue aquella una boda inocente y fuera de lo corriente. En cuanto anocheció volvi­mos a subir en el carro y nos encaminamos hacia casa, mi­rando las estrellas y hablando de ellas. Yo era el «conferen­ciante» y abría ante los ojos asombrados de Barkis extraños horizontes. Le conté todo lo que sabía, y él me habría creído todo lo que se me hubiera ocurrido inventar, pues tenía la más profunda admiración por mi inteligencia, y en aquella ocasión dijo a su mujer delante de mí que era un joven « Ro­eshus», con lo que quería expresar que era un prodigio.

Cuando agotamos el tema de las estrellas, o mejor dicho cuando se agotaron las facultades comprensivas de Barkis, Fmily y yo nos envolvimos en una manta, y así juntos conti­nuamos el viaje. ¡Ah! ¡Cómo la quería y qué felicidad pen­saba que sería estar casados y vivir juntos en un bosque sin crecer nunca más, sin saber nunca más, niños siempre, an­dando de la mano a través de los campos y las flores, y por la noche recostar nuestras cabezas juntas en un dulce sueño de pureza y de paz y siendo enterrados por los pájaros cuando nos muriésemos! Este sueño fantástico brillaba con la luz de nuestra inocencia, tan vago como las estrellas leja­nas, y estaba en mi espíritu durante todo el camino. Me ale­gra pensar que Peggotty tuviera, el día de su boda, a su lado dos corazones tan ingenuos como el de Emily y el mío; me alegra pensar que los amores y las gracias tomaran nuestra forma en su cortejo al hogar.

Serían las nueve cuando llegamos ante el viejo barco, y allí míster y mistress Barkis nos dijeron adiós, marchándose a su casa. Entonces sentí por primera vez que había perdido a Peggotty, y me habría ido a la cama con el corazón triste si el techo que me cobijaba no hubiera sido el mismo que cu­bría a la pequeña Emily.

Míster Peggotty y Ham, comprendiendo mis sentimien­tos, nos esperaban a cenar con sus hospitalarios rostros ale­gres, para espantar mi tristeza. La pequeña Emily vino a sen­tarse a mi lado en el cajón; fue la única vez que lo hizo en toda mi visita, como coronación de aquel día dichoso.

Era noche de marea, y en cuanto nos fuimos a la cama, míster Peggotty y Ham salieron a pescar. Yo me sentía muy orgulloso de ser, en la casa solitaria, el único protector de mistress Gudmige y de Emily, y deseaba que un león o una serpiente o cualquier otro monstruo apareciera decidido a atacamos para destruirlo y cubrirme de gloria. Pero a ningún ser de aquella especie se le ocurrió pasear aquella noche por la playa de Yarmouth, y lo suplí lo mejor que pude soñando con dragones hasta por la mañana.

Con la mañana llegó también Peggotty, que me llamó, como de costumbre, por la ventana, corno si Barkis no hu­biera sido más que otro sueño. Después del almuerzo me llevó a ver su casa, que era muy bonita. De todos los mue­bles, el que más me gustó fue un antiguo buró de madera oscura que estaba en la salita (la cocina hacía de come­dor), con una ingeniosa tapa que se abría, convirtiéndolo en un pupitre, donde estaba una edición en cuarto de Los Mártires, de Fox, este precioso libro del que no recuerdo una palabra; lo descubrí al momento, a inmediatamente me dediqué a leerlo. Y nunca he visitado después aquella casa sin arrodillarme en una silla, abrir la tapa del buró, apoyar mis brazos en el pupitre y ponerme de nuevo a devorarlo. Temo que lo que más me sugestionaba eran los grabados; tenía muchos y representaban toda clase de horribles tor­mentos. Pero Los Mártires y la casa de Peggotty han sido siempre inseparables en mi pensamiento, y aún lo son ahora.

Me despedí de míster Peggotty, de Ham, de mistress Gud­mige y de Emily aquel día, y pasé la noche en casa de Peg­gotty, en una habitación abuhardillada, con el libro de los cocodrilos puesto en un estante a la cabecera de la cama. Aquel cuarto era mío para siempre, según dijo Peggotty, y toda la vida me esperaría igual.

—Joven o vieja, mi querido Davy, mientras viva y me cu­bra este techo, la encontrarás igual que si esperásemos tu llegada de un momento a otro. La arreglaré todos los días, como hacía siempre con tu cuarto de Bloonderstone, y aun­que te marchases a China, puedes estar seguro de que lo es­perará igual mientras estés allí.

Yo sentía la sinceridad y constancia de mi antigua niñera con todo mi corazón y le daba las gracias como podía, aun­que no muy bien, pues me hablaba con los brazos alrededor de mi cuello. Aquella mañana tenía que volver a casa con ella y Barkis en el carro. Me dejaron en la verja con tristeza, y se me hacía tan extraño ver que el carro se llevaba a Peg­gotty lejos, dejándome bajo los viejos olmos mirando hacia la casa, en la que no quedaba nadie que me quisiera.

Entonces caí en un estado de abandono en el que no puedo pensar sin pena, en un estado de aislamiento, lejos del menor sentimiento de amistad, apartado de los otros chiqui­llos, apartado de toda compañía que no fueran mis tristes pensamientos (los que todavía me parece que lanzan una sombra sobre este papel mientras escribo).

Qué hubiera dado yo porque me enviaran a cualquier es­cuela, por duros que hubieran sido en ella, con tal de apren­der algo de cualquier modo, en cualquier parte; pero ni esta esperanza tenía; no me querían, y cruelmente, voluntaria­mente, con perseverancia, me olvidaban. Creo que la fortuna de míster Murdstone estaba comprometida en aquellos mo­mentos; pero eso era lo de menos. No podía aguantarme, y me alejaba deliberadamente, yo creo que para alejar al mismo tiempo la idea de que tenía deberes que cumplir con­migo. Y así sucedió.

No era precisamente que me maltrataran; no me pegaban ni me negaban la comida; pero no cesaban un momento en su mal proceder sistemático, sin el menor descanso: era un abandono frío y sin cólera. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, seguía abandonado. A veces pensaba, cuando reflexionaba sobre ello, qué habrían hecho si hubiera enfer­mado. ¿Me habrían dejado abandonado en mi habitual sole­dad, o me habría tendido alguien una mano de ayuda?

Cuando míster Murdstone y su hermana estaban en casa, comía con ellos; en su ausencia, comía solo. Siempre estaba vagando por la casa o por las cercanías, sin que me hicieran caso; lo único que me prohibían era hacer amistades, pen­sando quizá que podría quejarme. Por esta razón, aunque míster Chillip me pedía a menudo que fuera a visitarle (se había quedado viudo algunos años antes de una mujer jo­ven y rubia, a quien siempre recuerdo confundiéndose en mis pensamientos con una gatita gris de Angora), casi nunca me permitían la alegría de pasar la tarde con él en su despa­cho, leyendo algún libro nuevo para mí, rodeado del olor de farmacia que lo llenaba todo o machacando drogas en un mortero bajo su dirección.

Por la misma razón, reforzada sin duda por la antipatía, muy rara vez me permitían visitar a Peggotty. Fiel a su promesa, ella venía a verme a los alrededores una vez por semana, y ninguna con las manos vacías; pero muchas y amargas eran las decepciones que sufría cuando me negaban el permiso para ir a su casa. Algunas veces, sin embargo, aunque de tarde en tarde, me permitían ir, y entonces observé que Bar­kis era un poco roñoso, o, según la expresión de Peggotty, un poquito agarrado, y guardaba el dinero debajo de la cama en una caja, en la que pretendía no tener más que ropa. En aquel cofre guardaba sus riquezas con una tenacidad perse­verante, y para obtener un poco de dinero hacían falta gran­des artificios. Así, Peggotty tenía que preparar un largo y convincente discurso para sacarle el dinero todos los sá­bados.

Todo aquel tiempo era tan consciente de que, por mucho que prometiera, mi inteligencia se atrofiaría a causa de mi abandono, que habría sido completamente desgraciado de no tener mis antiguas novelas. Eran mi único consuelo; nos hacíamos mutuamente compañía, y yo no me cansaba de re­leerlas.

Y ahora llegamos a una época de mi vida de la que nunca perderé la memoria y cuyo recuerdo ha venido a menudo, a mi pesar, como una pesadilla, a entristecer mis tiempos más dichosos.

Había salido una mañana a vagar pensativo, como siem­pre, en mi vida solitaria, cuando al volver la esquina de un sendero, cerca de nuestra casa, me encontré a míster Murd­stone que paseaba con otro caballero. En mi confusión iba a pasar de largo, cuando aquel caballero me gritó:

—¡Eh! ¡Brooks!

—No, David Copperfield.

—No me digas. Eres Brooks, Brooks de Shefield; ese es tu nombre.

Al oír aquellas palabras miré al desconocido con mayor atención. Su risa acabó de convencerme de que le conocía: era míster Quinion, a quien fui a ver a Lowestof con míster Murdstone antes... (pero poco me importa cuándo: no quiero recordarlo).

—¿Cómo estás y dónde te educas, Brooks? Me dijo mís­ter Quinion.

Había puesto su mano sobre mi hombro y me hizo dar la vuelta para pasear con ellos. Yo no sabía qué decir, y miré confuso hacia míster Murdstone.

—Ahora está en casa —dijo este último—, y no está edu­cándose en ninguna parte. No sé qué hacer con él; es difícil de manejar.

Aquella antigua mirada hipócrita se detuvo un momento en mí, y después sus ojos oscuros se separaron de los míos con un fruncimiento de aversión.

—¡Hum! —dijo míster Quinion, mirándonos a los dos—. ¡Qué tiempo tan hermoso!

Siguió un silencio, y yo estaba pensando cómo despren­der mi hombro de su mano para marcharme, cuando dijo:

—Supongo que seguirás siendo un muchacho muy des­pierto, ¿eh, Brooks?

—Sí, inteligencia no le falta —dijo míster Murdstone con impaciencia—; pero harías mejor dejándole marcharse; no te agradece que lo estés molestando.

Al oír esto, míster Quinion me soltó, y yo me dirigí a casa. Volviéndome a mirarlo al entrar en el jardín, vi a míster Murdstone apoyado en la tapia del cementerio hablando con su amigo. Los dos me miraban, y tuve la sensación de que hablaban de mí.

Míster Quinion durmió aquella noche en nuestra casa. A la mañana siguiente, después del desayuno, coloqué mi silla, e iba a irme cuando míster Murdstone me llamó, se sentó gravemente delante de una mesa y su hermana se puso en su pupitre. Míster Quinion, de pie, con las manos en los bolsi­llos, miraba por la ventana; yo los miraba a todos.

—David —me dijo míster Murdstone—: cuando se es jo­ven se está en el mundo para trabajar y no para soñar ni ha­raganear.

—Como haces tú —añadió su hermana.

—Jane, déjame hablar, haz el favor. Digo, David, que la gente joven está en el mundo para la acción y no para soñar ni para haraganear. Y con mayor motivo tratándose de un muchacho de tu carácter, que necesita corregirse mucho y al que no se pude hacer mejor servicio que obligarle a que se acostumbre a trabajar, que es lo único que puede doble­garle.

—Y que en el trabajo de nada sirve la terquedad; se les doblega lo que hace falta —interrumpió su hermana.

Él le dirigió una mirada, mitad de reproche, mitad de aprobación, y continuó:

—Supongo que sabes, David, que yo no soy rico, y en todo caso lo sabes ahora. Has recibido ya una educación cos­tosa. Las pensiones son caras, y aun cuando no lo fueran, no te enviaría a ninguna. Pienso que no sería beneficioso para ti. En el mundo has de tener que luchar con la vida; por lo tanto, cuanto antes empieces, mejor.

Yo pensé que me parecía que ya había empezado a luchar en mi pobre camino, o por lo menos se me ocurre ahora.

—¿Has oído hablar alguna vez de nuestra casa de comer­cio? —dijo míster Murdstone.

—¿La casa de comercio? —repetí.

—La casa de Murdstone y Grimby, en la venta de vinos —replicó.

Supongo que parecía dudar, pues continuó precipitada­mente:

—¿No has oído hablar de la casa, o de los negocios, o de las bodegas, o de algo así?

—Me parece que sí he oído algo de negocios —dije, re­cordando que había oído vagamente algo de sus recursos y los de su hermana, pero que no sabía cuándo.

—Eso es lo de menos —replicó— Míster Quinion es el director de ella.

Le miré con respeto, mientras él wguía asomado a la ven­tana.

—Míster Quinion dice que allí hay varios muchachos empleados y que no hay razón para que tú no puedas ir en la mismas condiciones que ellos.

—En el caso —observó míster Quinion en voz baja dando media vuelta— de no tener otro remedio, Murd­stone.

Míster Murdstone, con gesto de impaciencia y malhumo­rado, continuó, sin hacer caso de lo que le decían:

—Las condiciones son que ganarás lo bastante para co­mer y tener algún dinero en el bolsillo. De tu alojamiento yo me ocuparé, igual que del lavado y planchado de tu ropa.

—Hasta llegar a una cantidad que me pareciese conve­niente —dijo su hermana.

—También me ocuparé de tus vestidos —dijo míster Murdstone— puesto que todavía no eres capaz de valerte por ti mismo. Así es que vas a ir a Londres, David, con mis­ter Quinion, a empezar una vida por tu propia cuenta.

—En una palabra: estás empleado —observó su her­mana—, y trata de cumplir con tu deber.

Recuerdo que comprendía perfectamente que el objeto de lo propuesto era desentenderse de mí; pero no recuerdo si la idea me gustó o me asustó. Mi impresión es que estaba en un estado de confusión y oscilaba entre los dos puntos sin tocar ninguno. Además tampoco tenía mucho tiempo para tratar de esclarecer mis pensamientos, pues míster Quinion partía al día siguiente.

Vedme al día siguiente, con mi viejo sombrerito blanco rodeado de crespón negro por mi madre, con una chaqueta negra y un pantalón de cuero que miss Murdstone conside­raba como la mejor armadura para las piernas en la lucha con el mundo que iba a comenzar. ¡Vedme así ataviado con todo lo que tenía mío en la maleta, sentado (solo y abando­nado, como diría mistress Gudmige) en la silla de postas que llevaba a míster Quinion a Yarmouth para tomar la diligen­cia de Londres! ¡Ved cómo nuestra casa y la iglesia se van desvaneciendo en la distancia! ¡Cómo la tumba que está bajo los árboles se oculta! ¡Cómo hasta el campanario desaparece al fin y el cielo está vacío!

CAPÍTULO XI. EMPIEZO A VIVIR POR MI CUENTA, Y NO ME GUSTA

Conozco el mundo lo bastante para haber perdido casi la facultad de sorprenderme demasiado; sin embargo, aún ahora es motivo de sorpresa para mí el pensar cómo pude ser abandonado de aquel modo a semejante edad. Un niño de excelentes facultades, observador, ardiente, afectuoso, deli­cado de cuerpo y de espíritu .... parece inverosímil que no hubiera nadie que interviniera en favor mío. Pero nadie hizo nada, y a los diez años entré de obrero al servicio de la casa Murdstone y Grimby.

Los almacenes de Murdstone y Grimby estaban situados muy cerca del río en Blackfriars. Ahora han mejorado y mo­dernizado aquello; pero entonces era la última casa de una ca­lleja estrecha que iba a parar al río, con unos escalones al final que servían de embarcadero. Era una casa vieja, que por un lado daba al agua cuando estaba la marea alta y al fango cuando bajaba. Materialmente, estaba invadida por las ratas. Las habitaciones cubiertas de molduras descoloridas por el humo y el polvo de más de cien años, los escalones medio de­rrengados, los gritos y luchas de las ratas grises en las madri­gueras, el verdín y la suciedad de todo, lo conservo en mi espí­ritu, no como cosa de hace muchos años, sino de ahora mismo. Todo lo veo igual que lo veía en la hora fatal en que llegué aquel día con mi mano temblorosa en la de mister Quinion.

La casa Murdstone y Grimby se dedicaba a negocios muy distintos; pero una de sus ramas de mayor importancia era el abastecer de vinos y licores a ciertas compañías de barcos. He olvidado ahora cuáles eran, pero creo que tenían varios que iban a las Indias Orientales y a las Occidentales, y sé que una gran cantidad de botellas vacías eran la consecuen­cia de aquel tráfico, y que cierto número de hombres y mu­chachos estábamos dedicados a examinarlas al trasluz, a tirar las que estaban agrietadas y a limpiar bien las otras. Cuando ya no quedaban botellas vacías, había que poner eti­quetas a las llenas, cortar corchos para ellas, cerrarlas y meterlas en cajones. A este trabajo me dedicaron con otros varios chicos.

Éramos tres o cuatro, contándome a mí. Me habían colo­cado en un rincón del almacén, donde míster Quinion podía desde su despacho verme a través de una ventana. Allí, el primer día que debía empezar la vida por mi propia cuenta me enviaron al mayor de mis compañeros para enseñarme lo que debía hacer. Se llamaba Mick Walker; llevaba un delan­tal rojo y un gorro de papel. Me contó que su padre era bar­quero y que se paseaba con un traje de terciopelo negro al paso del cortejo del lord mayor. También me dijo que tenía­mos otro compañero, a quien me presentó con el extraño nombre de Fécula de patata. Más tarde descubrí que aquel no era su nombre; pero que se lo habían puesto a causa de la semejanza del color pálido de su rostro con el de la patata. El padre de Fécula era aguador, y unía a esta profesión la distinción de ser bombero en uno de los teatros más grandes de la ciudad, donde otros parientes de Fécula, creo que su hermana, hacía de enano en las pantomimas.

Ninguna palabra puede expresar la secreta agonía de mi alma al verme entre aquellos compañeros, cuando los com­paraba con los compañeros de mi dichosa infancia, sin con­tar con Steerforth, Traddles y el resto de los chicos. Nada puede expresar lo que sentía viendo desvanecidas todas mis esperanzas de ser algún día un hombre distinguido y culto. El profundo sentimiento de mi abandono, la vergüenza de mi situación, la desesperación de mi joven corazón al creer que día tras día todo lo que había aprendido y pensado y de­seado y todo lo que había excitado mi imaginación y mi in­teligencia se borraría poco a poco para no volver nunca. No puede describirse. Tan pronto como Mick Walker se iba, yo mezclaba mis lágrimas con el agua de fregar las botellas, y sollozaba como si también hubiera una grieta en mi pecho y estuviera en peligro de estallar.

El reloj del almacén marcaba las doce y media y todos se preparaban para irse a comer, cuando míster Quinion dio un golpe en la ventana y me hizo seña de que pasara a verle. Fui, y allí me encontré con un caballero de mediana edad, algo grueso, con americana oscura y pantalón negro, sin más cabellos sobre su cabeza, que era enorme y presentaba una superficie brillante, que los que pueda tener un huevo. Se volvió hacia mí. Su ropa estaba muy raída, pero el cuello de su camisa era imponente. Llevaba una especie de bastón adornado con dos bellotas y unas lentes pendían fuera de su americana; pero más tarde descubrí que eran decorativas, pues no las utilizaba y no veía nada en absoluto si las ponía delante de sus ojos.

—Este es —dijo míster Quinion señalándome.

—¿Este —dijo el desconocido con cierta condescenden­cia en la voz y cierta indescriptible pretensión de estar ha­ciendo algo muy distinguido, lo que me impresionó— es míster Copperfield? ¿Sigue usted bien?

Le dije que estaba muy bien y que esperaba que él tam­bién lo estuviera. Estaba bastante mal e incómodo, Dios lo sabe; pero no era natural en mí quejarme en aquella época de mi vida. Así, dije que me encontraba bien y que esperaba que él también lo estuviera.

—Muy bien, muchas gracias —dijo el desconocido— He recibido un a carta de míster Murdstone en la que me dice desearía recibiera en una habitación de mi casa que está ahora desocupada, en una palabra, que está para alquilar —dijo con una sonrisa y en un arranque de confianza­— como alcoba, al joven principiante a quien tengo ahora el gusto...

Y el desconocido, levantando la mano, metió la barbilla en el cuello de su camisa.

—Es míster Micawber —me dijo míster Quinion.

—Así es —dijo el desconocido—; ése es mi nombre.

—Míster Micawber —dijo míster Quinion—; es cono­cido de míster Murdstone y recibe comisiones para nosotros cuando puede. Ahora míster Murdstone le ha escrito sobre tu alojamiento, y te recibirá en su casa.

—Mi dirección —dijo míster Micawber —es Windsor Terrace, City Road; en una palabra —añadió con el mismo aire distinguido y en otro arranque de confianza—, vivo allí.

Le saludé.

—Bajo la impresión —dijo míster Micawber— de que quizá sus peregrinaciones por esta metrópoli no han sido to­davía muy extensa y de que pueda usted encontrar alguna dificultad para penetrar en el arcano de la moderna Babilo­nia; en resumen —dijo míster Micawber en un nuevo gesto de confianza—: como podría usted perderse, tendré mucho gusto en venir esta noche a buscarle para enseñarle el ca­mino más corto.

Le di las gracias de todo corazón por la amistosa molestia que se quería tomar por mí.

—¿A qué hora —dijo míster Micawber— podré ...?

—A eso de las ocho —dijo míster Quinion.

—Estaré a era hora —dijo míster Micawber—. Le deseo muy buenos días, míster Quinion, y no quiero entretenerle más.

Se puso el sombrero y salió con el bastón debajo del brazo, muy tieso y canturreando en cuanto estuvo fuera de l almacén.

Míster Quinion me aconsejó entonces muy seriamente que trabajara todo lo más posible en la casa, y me dijo que se me pagarían seis chelines por semana (no estoy seguro de si eran seis o siete; mi inseguridad me hace creer que pri­mero debieron de ser seis, y después siete). Me pagó una se­mana por adelantado (creo que de su bolsillo particular), de lo que di seis peniques a Fécula para que llevara aquella misma noche mi maleta a Windsor Terrace; tan pequeña como era, pesaba demasiado para mis fuerzas. También gasté otros seis peniques en mi almuerzo, que consistió en una empanada de came y un trago de agua en una bomba de la vecindad, y pasé la hora que dejaban libre para las comi­das paseando por las calles.

Aquella noche, a la hora fijada, apareció mister Micaw­ber. Me lavé la cara y las manos para corresponder a su ele­gancia, y nos fuimos juntos hacia nuestra casa, como su­pongo que la llamaré desde ahora. Mister Micawber, durance el camino, me hacía fijarme en los nombres de las calles, en las fachadas de las casas y en las esquinas, para que pudiera encontrar fácilmente el camino a la mañana siguiente.

Llegamos a su casa de Windsor Terrace (que me pareció tan mezquina como él y con sus mismas pretensiones); me presentó a su señora, una mujer delgada y pálida, nada joven ya, que estaba sentada en una habitación (el primer piso es­taba ya sin muebles y tenían echados los estores para engañar a los vecinos), dando de mamar a un niño. Este niño era uno de los dos mellizos, y puedo asegurar que nunca en toda mi intimidad con la familia vi a los dos mellizos fuera de los brazos de su madre al mismo tiempo. Uno de ellos siempre tenía que mamar. También tenían otros dos niños, uno de cua­tro años y una niña, todo lo más, de tres. También había en la casa una muchacha muy morena que les servía. Tenía cos­tumbre de resoplar, y me informó antes de media hora de que era huérfana y había salido del orfelinato de San Lucas para ir allí. Mi habitación estaba en el último piso, en la parte de atrás; una habitación pequeña, cubierta de un papel que pare­cía de obleas azules, y muy escasamente amueblada.

—Nunca hubiera pensado —dijo mistress Micawber, cuando subió con niño y todo a enseñarme mi habitación, y sentándose para tomar aliento— antes de mi matrimonio, cuando vivía con papá y mamá, que me vería en la necesi­dad de tomar un huésped. Pero míster Micawber está pa­sando por circunstancias tan difíciles, que toda considera­ción de otro género debe ser desechada.

Yo dije:

—Sí, señora.

—Las dificultades de míster Micawber —prosiguió­son casi insuperables por ahora, y no sé si conseguirá salir de ellas. Cuando yo vivía con papá y mamá no llegaba a comprender lo que quería decir la palabra pobreza en el sen­tido en que ahora la empleo; pero la experiencia es maestra, como acostumbraba a decir mi papá.

Por más que pienso no consigo recordar si me dijo que míster Micawber había sido oficial de Marina, o si lo inventé yo; únicamente sé que ahora estoy convencido de que en al­guna época había pertenecido a la Marina, pero no sé por qué. En aquella época era viajante de diferentes casas de co­mercio; pero me temo que aquello le daba muy poco o casi nada.

—Si los acreedores de mi marido no quieren esperar —dijo mistress Micawber—, peor para ellos. Para nosotros, cuanto antes terminen las cosas, mejor. No se puede sangrar a una piedra, y nada podrán sacar en la actualidad de míster Micawber, aparte de los gastos que eso les ocasionaría.

Nunca he podido comprender del todo si mi precoz inde­pendencia confundía a mistress Micawber respecto de mi edad, o si era que estaba tan preocupada por el asunto que habría hablado de él a los mellizos de no haber tenido otra persona a mano. Pero aquella conversación con que empezó nuestra amistad fue el asunto de todas las que siguieron.

¡Pobre mistress Micawber! Decía que había intentado ga­nar dinero por todos los medios, y no lo dudo. Sin ir más le­jos, en la puerta de la calle había una gran placa en la que se leía: «Pensión de mistress Micawber, fundada para señori­tas»; pero nunca llegó a estudiar allí ninguna señorita; nin­guna pensó en ir ni lo intentó, y en la casa nunca hubo que hacer preparativos para recibir a ninguna. Las únicas visitas que tenían (las he visto y oído) eran las de los acreedores. Venían a todas horas, y algunos eran verdaderamente fero­ces. Un hombre con la cara sucia (creo que el zapatero) solía ponerse en la escalera en cuanto daban las siete de la ma­ñana, y desde allí increpaba a míster Micawber.

—Vamos, que ahora está usted en casa. ¿Me pagará us­ted? ¡No se esconda, es una cobardía! No haría yo una cosa semejante. Págueme; que me pague ahora mismo, ¿me oye? ¡Vamos!

No recibiendo contestación a sus insultos, se encolerizaba y llegaba a llamarles ladrones y rateros, y viendo que aque­llo tampoco producía efecto, salía a la calle y desde allí gri­taba hacia las ventanas del segundo piso, que era donde sa­bía que dormían los Micawber. En aquellas ocasiones, míster Micawber, desesperado por la vergüenza, hasta había llegado (según comprendí por los gritos de su mujer) a fingir que intentaba matarse con una navaja de afeitar; pero media hora después se limpiaba las botas con cuidado y salía a la calle tarareando con más elegancia que nunca.

Mistress Micawber era también de un carácter flexible; la he visto ponerse verdaderamente mala a las tres porque ha­bían venido a cobrar los impuestos, y después comer a las cuatro chuletas de cordero empanadas, con un buen vaso de cerveza, todo pagado empeñando dos cucharillas de té. Re­cuerdo que un día habían venido a embargar la casa, y vol­viendo yo por casualidad a las seis, me la encontré en el suelo desvanecida (con uno de los mellizos en sus brazos, como es natural, y los cabellos sueltos alrededor de su rostro); pero nunca la he visto más alegre que aquella noche en la cocina, con sus chuletas en la mano, contándome toda clase de historias sobre su papá y su mamá y la gente que re­cibían en su casa.

En aquella casa y con aquella familia pasaba yo todos mis ratos de ocio. Para el desayuno compraba un penique de pan y otro de leche, y también me procuraba otro penique de pan y un pedazo de queso, que me servían de cena, cuando volvía por la noche. Esto hacía una buena brecha en los seis o siete chelines, ya lo sé, y hay que tener en cuenta que estaba en el almacén todo el día y tenía que durarme el dinero la semana completa. Desde el domingo por la mañana hasta el sábado por la noche no recibía el menor consejo, la menor palabra de ánimo, el menor consuelo ni la más mínima ayuda ni ca­riño de nadie, puedo decirlo con la seguridad que espero ir al cielo.

Era tan pequeño y tenía tan poca experiencia (¿cómo hu­biera podido ser de otra manera?) para soportar la carga de mi existencia, que a menudo, yendo hacia el almacén por las mañanas, no podía resistir la tentación de comprar en las pastelerías los dulces de la víspera, que vendían a mitad de precio, y gastaba en aquello el dinero que llevaba para mi comida, y después tenía que quedarme sin comer a medio­día, o tomar sólo un pedazo de pudding. Recuerdo dos tien­das de pudding que frecuentaba alternativamente, según el estado de mi bolsillo. Una estaba en un pasaje cerrado por la iglesia de Saint Martin (al que daba la parte de atrás de la iglesia), que ahora es, completamente distinto. El pudding de aquella tienda, hecho con pasas de Corinto, era de pri­mera, pero muy caro: por dos peniques daban un trozo más pequeño que por un penique cuando era de otro más vulgar. Una buena tienda para este último estaba en el Strand, en un sitio que después han reconstruido. Era un pudding algo pesado, con grandes pasas muy separadas unas de otras; pero era alimenticio, y estaba caliente a la hora en que yo iba, y muchos días ésa era toda mi comida. Cuando comía de un modo regular y abundante, compraba un panecillo de un penique y tomaba un plato de carne de cuatro peniques en cualquier restaurante o un plato de pan y queso y un vaso de cerveza en la taberna miserable que había frente al almacén, llamada El León o El León y algo más que he ol­vidado. Una vez recuerdo que saqué el pan de casa desde por la mañana, y envuelto en un papel como si fuera un li­bro lo paseé debajo del brazo hasta un restaurante famoso por su carne guisada, cerca de Drury Lane, y pedí media ra­ción de aquel famoso plato. Lo extraño que debió parecerle al camarero mi llegada, pobre criaturita cola, no lo sé; pero me parece que le veo todavía frente a mí, mientras como, y llamando a otro mozo también para que me mirara. Le di medio penique de propina, y ¡deseaba tanto que no me lo aceptara!

Creo que teníamos media hora para tomar el té. Cuando tenía dinero para ello tomaba una taza de café con un pane­cillo untado de manteca, y cuando no tenía, acostumbraba a irme a mirar el escaparate de una tienda donde vendían caza en Fleet Street, o llegaba al mercado de Coven Garden y me paraba a mirar las piñas. También era muy aficionado a it por el Adelphi, porque era un lugar misterioso, con sus oscu­ros arcos. Me veo alguna noche saliendo de uno de aquellos arcos para entrar en alguna taberna de la orilla del río. Había una explanada delante de él donde unos carboneros están bailando; me siento a mirarlos en un banco, y reflexiono en qué pensarán epos al verme. Era tan niño y tan pequeño, que con frecuencia, cuando entraba en el bar de una taberna por primera vez a tomar un vaso de cerveza para refrescarme después de comer, casi no se atrevían a servírmelo. Re­cuerdo que en una calurosa noche entré en una taberna y dije al dueño:

—¿Cuánto es un vaso de su mejor cerveza, de la mejor que tenga?

Era un día señalado, no recuerdo ahora cuál; pero debía de ser mi cumpleaños.

—Dos peniques y medio —dijo el dueño—; es el precio de la verdadera cerveza de primera calidad.

—Entonces —dije yo sacando el dinero— deme un vaso de esa cerveza, y que tenga mucha espuma.

El dueño del bar me miró de arriba abajo con una extraña sonrisa en su rostro, y en lugar de darme la cerveza, volvién­dose hacia dentro dijo algo a su mujer, que salió con su labor en la mano y se puso a su lado a mirarme. Todavía no he olvi­dado el cuadro. El dueño, en mangas de camisa, apoyándose en el mostrador como en una ventana; su mujer mirando por encima de su hombro, y yo, bastante confuso, mirándoles desde el otro lado del mostrador. Me hicieron muchísimas pre­guntas de cómo me llamaba, qué edad tenía, dónde vivía, en qué trabajaba y cómo había llegado allí. A todo lo que yo, para no comprometer a nadie, me temo que contesté muchas menti­ras. Por fin me sirvieron la cerveza, aunque sospecho que no era de la buena; y la mujer, abriendo la puertecita del mostra­dor, me devolvió el dinero y me dio un beso con expresión en­tre admirada y compasiva; pero de un modo femenino y bueno.

Sé que no exagero, ni aun inconsciente o involuntaria­mente, la escasez de mis recursos y las dificultades de mi vida. Sé que si míster Quinion me daba alguna vez una pro­pina la gastaba en comer o en tomar el té. Sé que trabajaba desde por la mañana hasta la noche entre hombres y niños de la clase más baja y hecho un desarrapado. Sé que vagaba por aquellas calles con hambre y mal vestido. Y sé que sin la misericordia de Dios estaba tan abandonado, que podía ha­berme convertido en un ladrón o hacerme un vagabundo.

A pesar de todo, era de los que mejor estaba en la casa Murdstone y Grimby, pues míster Quinion hacía lo posible por tratarme mejor que a los demás, dentro de lo que podía esperarse de un hombre indiferente, además muy ocupado, y tratándose de una criatura tan abandonada. Yo no había contado a nadie por qué estaba allí, ni les había dejado sospe­char mi tristeza por aquella vida. Lo que yo sufría en secreto nadie lo supo. Así mi amor propio sufría menos. Nadie sabía mis penas; por crueles que fueran, me reservaba y hacía mi trabajo. Comprendí desde el primer momento que si no trabajaba igual que los demás me expondría a sus burlas y desprecio. Y pronto fui por lo menos tan hábil y tan activo como mis compañeros. Aunque tenía con ellos un trato fa­miliar, mi conducta y modales diferían bastante de los su­yos, reteniéndolos a distancia. Tanto ellos como los hom­bres, por lo general, hablaban de mí como de un señorito y me llamaban el joven Sufolker. Uno de ellos, Gregory, que era el capataz de los embaladores, y otro, llamado Tipp, que era cartero y llevaba una chaqueta roja, me llamaban al­gunas veces David; pero creo que era en los momentos de mayor confianza y cuando yo me había esforzado en serles agradable contándoles, al mismo tiempo que trabajaba, al­gunas historias sacadas de mis antiguas lecturas, que cada vez se iban borrando más de mi memoria. Fécula de patata se rebeló alguna vez porque me distinguían; pero Mick Wal­ker le hizo volver al orden.

No tenía ninguna esperanza de que me arrancaran de aquella vida horrible, que a mí me parecía vergonzosa, y me sentía enormemente desgraciado. Nunca, ni por un mo­mento, estuve resignado; pero no se lo contaba ni a Peggotty, en parte por cariño a ella, en parte por vergüenza. Nunca en ninguna carta (aunque se cruzaban bastantes entre nosotros) le revelé la verdad.

Las dificultades económicas de los Micawber aumenta­ban la depresión de mi espíritu. En el abandono en que es­taba, había empezado a encariñarme con aquella gente, y acostumbraba a hablar de sus asuntos con la señora, calcu­lando sus medios y esperanzas, y después me sentía ago­biado por el peso de sus deudas. El sábado por la noche, que era mi mejor día, principalmente porque era una gran cosa volver a casa paseando con seis o siete chelines en el bolsillo y mirando los escaparates y pensando lo que podría comprar con aquella suma, y también porque volvía más temprano.

Esos días mistress Micawber me hacía las más desgarra­doras confidencias, y también el domingo por la mañana mientras tomaba el té o el café que había comprado la noche antes y guardaba en un tarro de dulce. No era raro que míster Micawber sollozara violentamente al empezar una de aque­llas conversaciones del sábado por la noche, terminando con una canción. Le he visto muchas veces volver a casa a co­mer llorando a lágrima viva y declarando que ya sólo le que­daba it a la cárcel, y después acostarse calculando lo que costaría poner un mirador a las ventanas del primer piso en el caso de que «surgiera algo», como era su expresión favo­rita. Y mistress Micawber era exactamente igual.

Una curiosa igualdad en nuestra amistad, originada sin duda por nuestras respectivas situaciones, se estableció entre aquella gente y yo, a pesar de la inverosímil diferencia de nuestras edades. Sin embargo, no consentí nunca en aceptar la menor invitación a comer con ellos (sabiendo el trabajo que les costaba pagar al panadero y al carbonero y que a me­nudo no tenían bastante para ellos mismos), hasta que mis­tress Micawber se confió del todo a mí. Y esto ocurrió una noche como sigue:

—Copperfield —me dijo mistress Micawber—, no quiero tratarle como a un extraño, y por eso no dudo en decirle que las dificultades de míster Micawber se acercan a una crisis.

Al oír esto, sentí mucha pena y miré los ojos rojizos de mistress Micawber con la mayor simpatía.

—Excepto un pedazo de queso de Holanda, que no es su­ficiente para las necesidades de mi joven familia —dijo mis­tress Micawber—, realmente no hay ni una miga de nada en la despensa. Estoy acostumbrada a hablar de la despensa de cuando vivía con papá y mamá, y use la palabra inconscientemente. Ahora lo que quiero decir es que no hay nada que comer en casa.

—¡Dios mío! —dije con gran emoción.

Tenía dos o tres chelines de mi dinero de la semana en el bolsillo, por lo que deduzco que debíamos de estar a martes por la noche cuando tuvimos aquella conversación. Los sa­qué prontamente, pidiéndole con toda la emoción de mi alma que no los rechazara; pero ella, besándome y hacién­domelos guardar de nuevo en el bolsillo, me dijo que no pen­sara en ello.

—No, mi querido Copperfield; eso está lejos de mi pen­samiento. Pero tienes una discreción muy por encima de tu edad y puedes hacerme un gran favor, si quieres; lo aceptaré con reconocimiento.

Le rogué que me dijera de qué se trataba.

—Yo misma he llevado la plata a empeñar —dijo mistress Micawber—; seis cucharillas de té, dos saleros y un par de pinzas para el azúcar; en diferentes ocasiones he sacado di­nero de ello, en secreto y con mis propias manos; pero ahora los mellizos me estorban mucho, y el hacerlo me resulta muy triste cuando recuerdo los tiempos de papá y mamá. Todavía quedan algunas cosas de las que se puede sacar partido. Los sentimientos de míster Micawber nunca le han permitido mezclarse en estas cosas, y Cliket (este era el nombre de la criada) tiene un espíritu vulgar y quizá se tomara demasia­das libertades si se depositase en ella semejante confianza; por lo tanto, si yo pudiera pedirle a usted...

Comprendí a mistress Micawber y me puse a su disposi­ción, y aquella misma noche empecé por llevar lo más ma­nejable, y todas las mañanas hacía una expedición semejante antes de entrar en el almacén de Murdstone y Grimby.

Míster Micawber tenía unos cuantos libros en un armario, al que llamaba la librería, y empecé por aquello. Llevé uno tras otro a un puesto de libros de City Road, cerca de nuestra casa, en un sitio que estaba siempre lleno de puestos de pájaros y libros. El dueño de aquel puesto vivía en una casucha al lado y solía emborracharse por la noche y tenía violentas disputas con su mujer por la mañana. Más de una vez, cuando iba muy temprano, le encontraba en la cama, con la frente par­tida o con un ojo morado, resultado de sus excesos de la vís­pera (temo que debía de ser muy violento cuando había be­bido), y con su mano temblona trataba en vano de buscar uno por uno en todos los bolsillos de su ropa, que estaba caída por el suelo, mientras su mujer, con un niño en los brazos y los za­patos en chancleta, no le dejaba en paz. A veces había perdido su dinero y me decía que volviera a otra hora; pero su mujer siempre tenía algo, que le había quitado durante la borrachera, y terminaba la compra mientras bajábamos las escaleras.

En la casa de préstamos también empezaron a conocerme, y el cajero me tenía mucha simpatía. Recuerdo que a me­nudo me hacía declinar un nombre o adjetivo latino o conju­gar un verbo mientras esperaba todas las transacciones. En todas aquellas ocasiones mistress Micawber hacía después preparativos para una comida, y había un peculiar encanto en ello, lo recuerdo muy bien.

Por último llegó la crisis de las dificultades de míster Micawber, y una mañana muy temprano vinieron a buscarle y le llevaron a la prisión de Bench King's, en el Borough. Cuando lo llevaban me dijo que el angel de la guarda había desaparecido para él; y yo, realmente, pensando que su cora­zón estaba destrozado, sentía igual. Pero después oí decir que en la cárcel había estado jugando alegremente a los bo­los antes de comer.

El primer domingo después de su encierro fui a verle y a comer con él. Tenía que preguntar el camino en un sitio, y antes de llegar allí debía encontrar otro sitio, y un poco antes vería un pórtico que tenía que atravesar y continuar en línea recta hasta que me encontrase al carcelero. Lo hice todo, y cuando, por último, vi al carcelero, ¡pobre de mí!, recordé que cuando Roderik Ramdom estaba en la prisión por deudas veía allí un hombre que sólo iba vestido con un trozo viejo de tapiz; el carcelero se desvaneció ante mis inquietos ojos y mi palpitante corazón.

Míster Micawber me estaba esperando cerca de la puerta, y una vez llegados a su habitación, que estaba situada en el penúltimo piso, se echó a llorar. Me conjuró solemnemente para que recordara su destino y para que no olvidara jamás que si un hombre con veinte libras esterlinas de renta gasta diecinueve libras, diecinueve chelines y seis peniques, podrá ser dichoso; pero que si gasta veintiuna libras, nunca se li­brará de la miseria.

Después de esto me pidió prestado un chelín para com­prar cerveza, y me dio un recibo para que su señora me lo devolviera. Después se guardó el pañuelo en el bolsillo y re­cobró su alegría.

Estábamos sentados ante una fogata; dos ladrillos atrave­sados a cada lado de le chimenea impedían que se quemara demasiado carbón. Cuando otro deudor, que compartía la habitación de Micawber, entró con el pedazo de cordero que íbamos a comer entre los tres y pagar a escote, entonces me enviaron a otra habitación que estaba en el piso de arriba, para que saludara al capitán Hopkins de parte de míster Micawber y le dijera que yo era el amiguito de quien le ha­bía hablado y que si quería prestarme un cuchillo o un tenedor.

El capitán Hopkins me prestó el cuchillo y el tenedor, en­cargándome sus saludos para míster Micawber. En su celda había una señora muy sucia y dos muchachas, sus hijas, pá­lidas, con los cabellos alborotados. Yo no pude por menos de pensar que más valía pedirle a Hopkins su cuchillo que su peine. El capitán estaba en un estado deplorable; llevaba un gabán muy viejo sin forro y unas patillas enormes. El col­chón estaba hecho un rollo en un rincón, y ¡qué platos, qué vasos y qué tazas tenía encima de una mesa! Adiviné, Dios sabe cómo, que, aunque las dos muchachas desgreñadas eran sus hijas, la señora sucia no estaba casada con el capitán Hopkins. En mi tímida visita no pasé de la puerta ni estuve más de dos minutos; sin embargo, bajaba tan seguro de lo que acabo de decir como de que llevaba un cuchillo y un te­nedor en la mano.

Había, después de todo, algo bohemio y agradable en aquella comida. Devolví el tenedor y el cuchillo al capitán Hopkins y regresé a casa para tranquilizar y dar cuenta de mi visita a mistress Micawber. Se desmayó al verme, des­pués de lo cual preparó dos vasos de ponche para consolar­nos mientras le contaba lo sucedido.

Yo no sé cómo consiguieron vender los muebles para ali­mentarse, ni sé quién se encargó de aquella operación; en todo caso, yo no intervine en ella. Todo se lo llevaron en un carro, a excepción de las camas y de alguna que otra silla y la mesa de cocina. Campábamos con aquellos muebles en dos habitaciones de la casa vacía de Windsor Terrace mis­tress Micawber, los niños, la huérfana y yo, y de allí no salía­mos. No recuerdo cuánto duró aquello; pero me parece que bastante tiempo. Por último, mistress Micawber decidió tras­ladarse a la prisión, donde su marido tenía ahora una habita­ción para él solo. Me encargaron de llevar la llave de la casa a su dueño, que por cierto me pareció encantado de ello, y las camas se enviaron a Bench King's, menos la mía. Alqui­lamos para mí una habitacioncita en los alrededores de la prisión, lo que me alegró mucho, pues ya me había acostum­brado a vivir con ellos a través de nuestras mutuas penas. La huérfana también fue acomodada en un baratísimo aloja­miento de las cercanías. Mi habitación era un poco abuhar­dillada y nada cómoda; pero me creí en el paraíso al tomar posesión de ella, pensando que la crisis de las dificultades de Micawber había terminado.

Todo este tiempo seguía trabajando para Murdstone y Grimby en lo mismo de siempre, con los mismos compañe­ros y con el mismo sentimiento de degradación inmerecida que al principio. Pero, felizmente, no había hecho ninguna amistad, no hablaba con ninguno de los niños a quien diaria­mente me encontraba al ir y venir al almacén o al vagar por las calles a la hora de comer. Seguía llevando la misma vida triste y solitaria; pero mi pena continuaba siempre encerrada en mí mismo. El único cambio del que tuve conciencia fue que mi traje estaba cada día más viejo y usado, y que en parte estaba algo tranquilo respecto a los Micawber, que vi­vían en la prisión más desahogados que hacía mucho tiempo y que habían sido socorridos en su desgracia por parientes o amigos. Desayunaba con ellos en virtud de un arreglo que hicimos y del que he olvidado los detalles. También he olvi­dado a qué hora se abrían las puertas de la prisión para de­jarme entrar; únicamente sé que me levantaba a las seis de la mañana, y mientras esperaba a que abrieran las puertas iba a sentarme en uno de los bancos del viejo puente de Londres, donde me divertía mirando a la gente que pasaba o contem­plando por encima de la balaustrada el sol reflejado en el agua o iluminando las llamas doradas de lo alto del monu­mento. La huérfana venía muchas veces a reunirse allí con­migo para oír las historias que yo le inventaba de la torre de Londres, y puedo asegurar que yo mismo me convencía de lo que contaba. Por la tarde volvía a la prisión y me paseaba en el patio con míster Micawber o jugaba a las cartas con su señora, escuchando sus relatos sobre papá y mamá. Ignoro si míster Murdstone supo cómo vivía entonces; yo no hablé nunca de ello en Murdstone y Grimby.

Los asuntos de míster Micawber seguían, a pesar de la tregua, muy embrollados, a causa de cierto documento del que oía hablar. Ahora supongo que sería algún arreglo ante­rior con sus acreedores, aunque entonces comprendía tan poco de qué se trataba, que, si no me equivoco, lo confun­día con los pergaminos infernales de contratos con el de­monio, que, según decían, existían antiguamente en Ale­mania. Por fin, aquel documento pareció desvanecerse no sé cómo, al menos había dejado de ser la piedra de toque, y mistress Micawber me dijo que su familia había decidido que míster Micawber apelara, para ser puesto en libertad, a la ley de deudores insolventes, y que podría verse libre an­tes de seis semanas.

Entonces dijo míster Micawber, que estaba presente:

—No hay duda de que con la ayuda de Dios saldremos adelante y podremos vivir de una manera completamente di­ferente, y..., y..., en una palabra, las cosas cambiarán.

Para estar preparado y aprovechar el porvenir, recuerdo que míster Micawber componía una petición a la Cámara de los Comunes pidiendo que se hicieran mejoras en la ley que regía las prisiones por deudas.

Recojo aquí este recuerdo porque me hace ver cómo unía yo las historias de mis antiguos libros a la de mi vida pre­sente, cogiendo a derecha a izquierda mis personajes entre la gente que encontraba en la calle. Muchos rasgos del ca­rácter que trazaré involuntariamente al escribir mi vida se formaron desde entonces en mi alma.

En la prisión había un club, y míster Micawber, en su ca­lidad de hombre bien educado, era una gran autoridad en él. Míster Micawber había desarrollado ante el club la idea de su petición, y todos la habían aprobado. En consecuencia, como Micawber estaba dotado de un excelente corazón y de una actividad infatigable, cuando no se trataba de sus pro­pios asuntos, completamente feliz de trabajar en una em­presa que no le sería de ninguna utilidad, puso manos a la obra y redactó la petición, la copió en una hoja de papel que extendió encima de la mesa, y después convocó al club en­tero y a todos los habitantes de la prisión por si querían venir a depositar su firma en aquel documento.

Cuando oí anunciar la proximidad de aquella ceremonia sentí tales deseos de ver entrar a todos uno detrás de otro, aunque los conocía ya a casi todos, que conseguí un permiso de una hora en Murdstone y Grimby y me instalé en un rin­cón para asistir al espectáculo. Los principales miembros del club, aquellos que habían podido entrar en la habitación sin llenarla del todo, estaban delante de la mesa con míster Micawber. Mi antiguo amigo, el capitán Hopkins, que se ha­bía lavado la cara en honor del acto, se había instalado so­lemnemente al lado del documento para leérselo a los que no conocían su contenido. La puerta se abrió por fin y co­menzó el desfile. Entraba uno, y los otros esperaban en puerta mientras aquel firmaba. El capitán Hopkins les pre­guntaba a todos: «¿Lo ha leído usted? No. ¿Quiere usted oírlo?». Si el desgraciado hacía el menor signo de asenti­miento, el capitán Hopkins se lo leía todo, sin saltarse una letra, con su voz más sonora. El capitán lo hubiera leído veinte mil veces seguidas si veinte mil personas hubieran deseado escucharlo una después de otra. Recuerdo el énfasis con que pronunciaba frases como esta: « Los representantes del pueblo, reunidos en Parlamento... Los autores de la peti­ción hacían ver humildemente a la honorable Cámara... Los desdichados súbditos de su Graciosa Majestad» . Parecía que aquellas palabras eran en su boca una bebida deliciosa. Míster Micawber, entre tanto, contemplaba con expresión de vani­dad satisfecha los barrotes de las ventanas de enfrente.

Mientras doy mi paseo diario desde Southwark a Black­friars y vago a las horas de comer por las oscuras calles, cu­yas piedras quizá conservan todavía las huellas de mis pasos de niño, me pregunto si llegaré a olvidarme de alguno de aquellos personajes que cruzaban sin cesar por mi espíritu, uno a uno, al eco de la voz del capitán Hopkins. Y cuando mis pensamientos, mirando atrás, vuelven a aquella lenta agonía de mi infancia, me admira cómo muchas de las histo­rias que yo inventaba sobre aquella gente flotan todavía como una sombra fantástica sobre los hechos reales, siempre presentes en mi memoria. Y cuando paso por el viejo camino no me sorprendo, sólo lo compadezco, si veo andando de­lante de mí a un niño inocente y soñador que se crea un mundo imaginario de su extraña experiencia y sórdido vivir.

CANTULO XII. COMO EL VIVIR POR MI CUENTA NO ME GUSTA Y TOMO UNA GRAN RESOLUCIÓN

A su debido tiempo, la petición de míster Micawber fue atendida y se recibió orden de ponerle en libertad, lo que me causo gran alegría. Sus acreedores no eran muy impla­cables, y mistress Micawber me contó que hasta el zapatero había declarado en pleno tribunal que no le tenía mala vo­luntad; pero que cuando le debían dinero le gustaba que se lo pagasen, y añadió que pensaba que aquello era una cosa muy humana.

Desde el tribunal volvió míster Micawber a Bench King's para ciertas formalidades que había que terminar. El club le re­cibió con entusiasmo y organizó aquella noche un mitin en su honor; entre tanto, mistress Micawber y yo lo celebramos en privado comiendo cordero y rodeados de los niños dormidos,

—En esta ocasión le propongo, Copperfield —dijo mis­tress Micawber—, que tomemos un poco más de ponche a la salud de papá y mamá; hacía ya tiempo que no lo tomábamos.

—¿Han muerto? —pregunté después de brindar.

—Mamá abandonó la tierra —dijo mistress Micawber­antes de que empezaran las dificultades de mi esposo, o al menos antes de que la cosa se pusiera seria. Mi papá ha vi­vido lo bastante para rescatar muchas veces a míster Micaw­ber, después de lo cual ha muerto, siendo muy llorado por todos sus amigos.

Mistress Micawber sacudió la cabeza y vertió una lágrima de piedad filial sobre el mellizo que estaba de turno.

Me pareció que no podría encontrar ocasión más favora­ble para preguntarle una cosa del mayor interés para mí; por lo tanto le dije:

—Puedo preguntarle, señora, lo que piensan ustedes ha­cer ahora que míster Micawber ha salido de sus dificultades y está en libertad. ¿Ha decidido usted algo?

—Mi familia —dijo mistress Micawber, que pronunciaba siempre estas dos palabras con aire majestuoso, sin que yo haya podido descubrir jamás a quién se las aplicaba—, mi familia piensa que míster Micawber debía salir de Londres y ejercer su talento en el campo. Míster Micawber es un hom­bre de mucho talento, Copperfield.

Dije que estaba seguro de ello.

—De mucho talento —repitió mistress Micawber—; y mi familia mantiene que, con algo de interés, a un hombre de su inteligencia se le podría dar cualquier cargo en la Adminis­tración de Aduanas. Y como la influencia de mi familia es local, su deseo es que míster Micawber se vaya a Plimouth. Creen indispensable que esté sobre el terreno.

—¿Para estar preparado? —pregunté.

—Precisamente —contestó ella—, para que esté prepa­rado en el caso de que surgiera algo.

—¿Y usted también se irá?

Los sucesos del día, combinados con los mellizos o con el ponche, tenían a mistress Micawber muy nerviosa, y me contestó con lágrimas en los ojos:

—Yo nunca abandonaré a mi esposo. Míster Micawber ha hecho mal ocultándome al principio sus apuros; pero hay que reconocer que su carácter optimista le hacía creer siempre que saldría de ellos sin que yo me enterase. El collar de perlas y las pulseras que había heredado de mamá los hemos ven­dido en la mitad de su valor; los corales que papá me dio al casarme también los hemos dado por nada. Pero nunca aban­donaré a Micawber. ¡No —gritó cada vez más conmovida—, no lo consentiré jamás! ¡Es inútil que me lo propongan!

Yo estaba muy confuso, pues parecía que mistress Mi­cawber imaginaba que yo le proponía semejante cosa, y la miré alarmado.

—Micawber tiene sus defectos. No niego que es muy poco precavido; no niego que me ha engañado respecto a sus recursos y sus deudas —continuó, mirando fijamente a la pared—; pero yo no le abandonaré nunca.

Mistress Micawber había levantado la voz poco a poco, y gritó de tal modo al decir estas últimas palabras, que me asustó mucho y corrí a la habitación en que estaba el club para llamar a su marido, que lo presidía sentado al final de una mesa muy larga, cantando a voz en grito con todos los demás:

Gee up, Dobbin

Gee ho, Dobbin

Gee up, Dobbin

Gee up, and gee ho—o—o!

Le dije que mistress Micawber estaba en un estado muy alarmante. A1 oír esto se deshizo en llanto y se vino conmigo con el chaleco todavía cubierto de las cabezas y colas de gambas que había estado comiendo.

—¡Emma, ángel mío! —gritó, entrando en la habita­ción—. ¿Qué te pasa?

—¡Nunca te abandonaré, Micawber! —exclamó ella.

—¡Mi vida! —dijo él, cogiéndola en sus brazos—. Estoy completamente seguro de ello.

—Es el padre de mis hijos, el padre de mis mellizos, el esposo de mi alma —grito mistress Micawber—. ¡Nunca, nunca le abandonaré!

Míster Micawber estaba tan profundamente afectado por aquella prueba de cariño (como yo, que lloraba a lágrima viva), que la abrazó de un modo apasionado, rogándole que le mirase y se tranquilizara. Pero cuanto más le pedía que le mirase más se fijaban sus ojos en el vacío, y cuanto más le pe­día que se tranquilizara menos tranquila estaba. Por lo tanto, pronto se contagió Micawber y mezcló sus lágrimas con las de su mujer y las mías. Por último me pidió que saliera con una silla a la escalera mientras él la acostaba. Hubiera querido marcharme ya; pero Micawber no lo consintió, porque todavía no había sonado la campana para la salida de los visitantes. Por lo tanto me senté en la ventana de la escalera hasta que él llegó con otra silla a hacerme com­pañía.

—¿Cómo está su esposa? —dije.

—Muy abatida —dijo míster Micawber sacudiendo la ca­beza—, es la reacción. ¡Ah! ¡Es que ha sido un día terrible! Y ahora estamos solos en el mundo y sin el menor recurso.

Míster Micawber me estrechó la mano, gimió y después se echó a llorar. Yo estaba muy conmovido y desconcertado, pues esperaba que estuvieran muy alegres en aquella oca­sión tan esperada. Pero pienso que los Micawber estaban tan acostumbrados a sus antiguos apuros, que se sentían descon­certados al verse libres de ellos. Toda la flexibilidad de su carácter había desaparecido, y nunca les había visto tan tris­tes como aquella tarde. A1 oír la campana míster Micawber me acompañó hasta la verja y me dio su bendición al despe­dirnos. Yo me sentía verdaderamente inquieto al dejarlo solo, tan profundamente triste como estaba.

Pero a través de la confusión y abatimiento que nos había apresado de una manera tan inesperada para mí, veía clara­mente que mister y mistress Micawber iban a abandonar Londres y que la separación entre nosotros era inminente. Y fue al volver aquella tarde a casa, y durante las horas sin sueño que siguieron, cuando concebí por primera vez, no sé cómo, un pensamiento que pronto se convirtió en una firme resolución.

Me había unido tan íntimamente con los Micawber; me había implicado tanto en sus desgracias, y estaba tan absolu­tamente desprovisto de amigos, que la perspectiva de verme obligado de nuevo a buscar alojamiento para vivir entre ex­traños parecía volver a arrojarme contra la corriente de esta vida, demasiado conocida ahora para ignorar lo que me es­peraba.

Todos los sentimientos delicados que esta existencia he­ría; toda la vergüenza y el sufrimiento que despertaba en mí se me hicieron tan dolorosos, que, reflexionando, decidí que aquella vida me era intolerable.

Yo no podía esperar otro medio para escapar a ella que por mi propio esfuerzo; lo sabía. Rara vez oía hablar de miss Murdstone, y de su hermano, nunca. Pero dos o tres paque­tes de ropa nueva o arreglada habían sido enviados para mí a míster Quinion, acompañados de un trozo de papel arrugado que decía: «M. M. espera que D. C. se aplique a cumplir bien sus deberes», sin dejar entrever la menor esperanza de que algún día pudieran llegar tiempos mejores.

Al día siguiente me convencí, mientras mi espíritu estaba todavía en la inquietud del plan que había concebido, que mistress Micawber no había hablado sin motivo de la proba­bilidad de su partida. Se alojaron en la casa en que yo vivía durante una semana, y cuando expiró el plazo pensaban par­tir para Plimouth. El mismo míster Micawber fue al almacén aquella tarde para anunciar a míster Quinion que su marcha le obligaba a renunciar a mi compañía y para decirle de mí, según creo, todo el bien que merecía. En vista de esto, mis­ter Quinion llamó a Tipp el carretero, que estaba casado y tenía una habitación para alquilar, y la tomó para mí. Debió de tener sus razones para creer que era con nuestro mutuo consentimiento, aunque yo no dije nada; pero mi resolución estaba tomada.

Pasé las veladas con míster y mistress Micawber durante el tiempo que nos quedaba todavía por vivir bajo el mismo techo, y creo que nuestra amistad aumentaba a medida que el momento de nuestra separación se aproximaba.

El último domingo me invitaron a comer y tomamos un trozo de cerdo fresco con salsa picante y un pudding. Yo ha­bía comprado la víspera un caballo de madera pintado para regalárselo al pequeño Wilkins Micawber y una muñeca para la pequeña Emma; también di un chelín a la huérfana, que perdía su colocación.

Pasamos un día muy agradable, aunque todos estábamos conmovidos pensando en la separación.

—Copperfield: nunca podré recordar las dificultades de Micawber sin pensar en usted. Usted se ha portado siempre con nosotros de la manera más delicada y más de agradecer. Usted no ha sido un huésped: ha sido un amigo.

—Querida mía —dijo su marido—: Copperfield time un corazón sensible a las desgracias de los demás, una cabeza capaz de razonar y unas manos... En resumen: un talento in­comparable para sacar provecho de todo aquello de que se puede prescindir.

Expresé mi reconocimiento por aquel cumplido, y dije que estaba muy triste por tener que separarme de ellos.

—Querido amigo —dijo mister Micawber—: yo soy ma­yor que usted y tengo alguna experiencia en la vida y en... En una palabra: en dificultades de todas clases, para hablar de un modo general. Por el momento, y hasta que surja algo (lo que espero siempre) no le puedo ofrecer otra cosa que mis consejos; sin embargo, creo que valen la pena de ser es­cuchados, sobre todo... En una palabra: porque yo nunca los he seguido... y que...

Aquí mister Micawber, que sonreía y me miraba con ex­presión radiante, se detuvo frunciendo las cejas, y prosiguió:

—Y usted ve lo desgraciado que soy.

—Mi querido Micawber —exclamó su mujer.

—Digo —replicó mister Micawber, sin preocuparse de sí mismo y sonriendo de nuevo— lo desgraciado que he sido. Mi consejo es este: < Nunca dejes para mañana lo que pue­das hacer hoy» . Demorar cualquier cosa es un robo hecho al tiempo. ¡Hay que aprenderlo!

—Era la máxima de mi pobre papá —dijo mistress Mi­cawber.

—Querida mía —dijo él— tu papá era un hombre muy bueno, y Dios me libre de querer rebajarlo; es más, hasta es probable... que.... en una palabra, jamás conoceremos a un hombre de su edad que tenga los pantalones tan bien puestos y que sea capaz de leer una letra tan pequeña sin anteojos; pero él aplicó esta máxima a nuestro matrimonio, querida mía, con tal premura, que todavía no me he repuesto de aquel gasto precipitado.

Míster Micawber lanzó una ojeada a su señora y añadió:

—No es que me pese, al contrario, amor mío.

Después de lo cual guardó silencio durante un momento.

—Mi segundo consejo, Copperfield, ya lo conoce usted: renta anual de veinte libras, gasto anual de diecinueve; re­sultado, felicidad. Renta anual de veinte libras, gasto anual de veinte y media; resultado, miseria. La flor está marchita, la hoja cae, el ángel de la guarda desaparece y..., en una pa­labra, se ha hundido usted para siempre, como yo.

Y para hacer su ejemplo más impresionante, míster Mi­cawber se bebió un vaso de ponche con gran alegría y satis­facción y silbó una cancioncilla del colegio.

Le aseguré que nunca perdería de vista aquellos precep­tos, lo que era bastante inútil, pues era evidente que me afec­taba. A la mañana siguiente, muy temprano, me reuní con la familia en las oficinas de la diligencia y les vi con tristeza colocarse en la imperial.

—Copperfield —dijo mistress Micawber—, ¡Dios le bendiga! Nunca podré olvidarle, y aunque pudiera, no querría.

—Copperfield—dijo míster Micawber—, adiós; que la felicidad y la prosperidad le acompañen. Si al cabo de los años pudiera creer que mi suerte desgraciada le ha servido de lección, pensaré que no he ocupado en vano el lugar de otro hombre en la tierra. Y si surgiera algo (siempre cuento con ello) sería extraordinariamente dichoso si pudiera ayu­darle en sus proyectos respecto del porvenir.

Pienso que mistress Micawber, que estaba sentada en la imperial con los niños, mirándome mientras yo permanecía de pie en la carretera contemplándolos tristemente, se per­cató de pronto de que en realidad era yo un niño muy pe­queño y muy débil; lo creo porque me hizo seña de que su­biera a su lado con una expresión completamente nueva y maternal en su rostro, me cogió en sus brazos y me besó como hubiera podido besar a su hijo. Tuve el tiempo justo de bajar antes de que partiera la diligencia y apenas podía distinguir a mis amigos entre los pañuelos que agitaban.

En un minuto todo desapareció. Nos quedamos en medio de la carretera la huérfana y yo, mirándonos tristemente; luego, después de estrecharnos la mano, ella tomó el camino del Hospicio de San Lucas y yo fui a empezar mi jornada en Murdstone y Grimby.

Pero no tenía intención de continuar aquella vida tan pe­nosa. Estaba decidido a huir, a ir de un modo o de otro a bus­car en el campo a la única parienta que tenía en el mundo y a contarle mi historia: a la tía Betsey.

Ya he hecho observar que no sabía cómo aquel proyecto desesperado había germinado en mi espíritu; pero una vez en ello, ¡ni determinación fue tan inquebrantable como to­das las que he podido tomar después en mi vida. No estoy seguro de que mis esperanzas fuesen muy vivas; pero es­taba decidido a ejecutarlo. Cien veces desde la noche en que lo había concebido había dado vueltas en mi espíritu a la historia de mi nacimiento, que tanto me había gustado hacer contar a mi pobre madre, y que me sabía de memoria. Mi tía hacía una aparición rápida y terrible; pero había en todo aquello una particularidad que me gustaba recordar y que me daba algunas esperanzas. No podía olvidar que a mi madre le había parecido sentirla acariciar suavemente sus cabellos, y aunque aquello podía ser una idea sin ningún fundamento, yo me hacía un bonito cuadro del instante en que mi terrible tía se había conmovido ante aquella belleza infantil que yo recordaba tan bien y que me era tan querida, y aquel pequeño episodio aclaraba dulcemente todo el cua­dro. Quizá fuera aquel el germen que después de vivir en mi espíritu había engendrado gradualmente mi determinación.

Como ni siquiera sabía dónde habitaba miss Betsey, es­cribí una larga carta a Peggotty en la que le preguntaba de una manera casual si recordaba el lugar de su residencia, di­ciendo que había oído hablar de una señora que vivía en un sitio, que nombré al azar, y que sentía curiosidad por saber si no sería ella. También en aquella carta le decía que tenía mu­cha necesidad de media guinea, y que si pudiera prestármela se lo agradecería mucho, reservándome para decirle más adelante, al devolvérsela, lo que me había obligado a pedirle aquella suma.

La contestación de Peggotty llegó pronto y fue, como de costumbre, llena de cariño y abnegación. Incluía la media gui­nea (me asusta pensar todo lo que habría tenido que trabajar y que ingeniarse para conseguir que saliera de la caja de Bar­kis), y me contaba que miss Betsey vivía cerca de Dover; pero si era en Dover mismo, o en Hy the Landgate, o en Folkes­tone, no podía decirlo. Uno de nuestros hombres me informó, cuando le pregunté acerca de aquellos sitios, que estaban muy próximos unos de otros. Me pareció que ya sabía bastante para mi objetivo, y resolví marcharme a fines de semana.

Siendo una criaturita muy honrada y no queriendo entur­biar el recuerdo que dejaba en Murdstone y Grimby, consi­deré como una obligación permanecer hasta el sábado por la noche, y como me habían pagado una semana adelantada, me fui temprano, para no tener que presentarme a la hora de cobrar en la caja. Por esta misma razón había pedido la me­dia guinea a Peggotty, para no encontrarme sin dinero para los gastos del viaje. Por lo tanto, cuando llegó el sábado por la noche y nos reunimos todos para que nos pagasen, Tipp el carretero pasó, como siempre, el primero al despacho. Yo estreché la mano de Mick Walker, rogándole que cuando me llamaran entrase y le dijera a míster Quinion que había ido a llevar mi maleta a casa de Tipp, dije adiós a Fécula de pa­tata y me fui.

Mi maleta continuaba en mi antiguo alojamiento al otro lado del río. Había preparado, para pegar en ella, una direc­ción escrita en el respaldo de una de las tarjetas de expedición que pegábamos en las cajas: «Míster David enviará a buscarla a la oficina de la diligencia de Dover». Tenía la tarjeta en el bolsillo y pensaba pegarla en cuanto estuviera fuera de la casa. Mientras andaba miraba a mi alrededor, para ver si encon­traba a alguien que pudiera ayudarme a llevarla. En esto vi a un muchacho de piernas largas, que llevaba un carrito engan­chado a un burro y que estaba cerca del obelisco en el camino de Blackfriars; al pasar me encontré con su mirada y me pre­guntó si le reconocería bien si le volvía a ver, aludiendo sin duda a la fijeza con que le había examinado. Me apresuré a asegurarle que no había sido por descortesía, sino que estaba pensando si no quería encargarse de un trabajo.

—¿Qué trabajo? —preguntó el muchacho de las piernas lanzas.

—Llevar una maleta —contesté.

—¿Qué maleta? —insistió el joven.

Lo dije que la mía, que estaba allí, en aquella misma ca­lle, y que deseaba que por seis peniques me la llevaran a la diligencia de Dover.

—Vaya por los seis peniques —dijo el muchacho.

Y subiendo al instante en su carrito, que se componía de tres tablas puestas sobre las ruedas, partió tan diligente en la dirección indicada, que me costaba trabajo seguir el paso de su burro.

Tenía unos modales desconcertantes aquel muchacho y una manera muy molesta de mascar una brizna de paja al ha­blar; pero el trato estaba hecho. Le hice subir a la habitación que dejaba, cogió la maleta, la bajó y la puso en su carrito. Yo no quería todavía poner la dirección, por temor a que alguien de la familia de mi propietario adivinara mis desig­nios; le rogué, por lo tanto, que se detuviera al llegar a la gran pared de la prisión de Bench King. Apenas hube pro­nunciado estas palabras cuando partió como si él, mi maleta, el carrito y el asno se hubieran vuelto locos. Yo perdía la res­piración a fuerza de correr y de llamarle, hasta que le alcancé en el sitio indicado.

Estaba rojo y excitado, y al sacar la tarjeta dejé caer de mi bolsillo la media guinea. Me la metí en la boca para mayor seguridad, y aunque mis manos temblaban mucho, conseguí, con gran satisfacción, colocar la tarjeta. De pronto recibí un violento golpe en la barbilla, que me dio el chico de las pier­nas largas, y vi mi media guinea pasar de mi boca a sus ma­nos.

—Vamos —dijo el joven agarrándome por el cuello de la chaqueta con un horrible gesto—, asunto de policía, ¿no es verdad? Y quieres huir, ¿no es así? ¡Ven, ven a la policía, granuja! ¡Ven a la comisaría!

—Déme mi dinero, haga el favor —dije yo, muy asustado—, y déjeme en paz.

—Ven a la comisaría, y allí demostrarás que es tuya.

—Deme mi maleta y mi dinero, ¿quiere usted? —grité deshecho en lágrimas.

El joven todavía replicó: «Ven a la comisaría», arrastrán­dome con violencia al lado del asno, como si hubiera alguna relación entre aquel animal y un magistrado.

Después, cambiando de pronto de opinión, saltó al carrito, se sentó encima de la maleta y, diciendo que iba derecho a la comisaría, partió más deprisa que nunca. Corrí tras él todo lo que pude; pero no tenía aliento para llamarle, ni me hu­biera atrevido a hacerlo aunque hubiera podido. En un cuarto de hora estuve veinte veces a punto de que me atrope­llaran; tan pronto veía a mi ladrón como desaparecía a mis ojos; después volvía a verle; después recibía un latigazo de cualquier carretero; después me insultaban, caía en el barro, me levantaba, chocaba contra alguien, o me precipitaba contra un poste. Por fin, sofocado por la camera y turbado por el miedo de ver que Londres entero se pusiera a perse­guirme, dejé al joven que se llevase mi maleta y mi dinero donde quisiera. Ahogado y todavía llorando seguí, sin dete­nerme, el camino de Greenwich, que estaba en el camino de Dover, según había oído decir, llevando hacia el retiro de mi tía Betsey una parte de mis bienes casi tan pequeña como la que traía la noche en que mi nacimiento tanto le enfureció.

CAPÍTULO XIII. EL RESULTADO DE MI RESOLUCIÓN

No sé nada; pero creo que pensaba seguir corriendo pasta Dover cuando renuncié a la persecución del muchacho del carrito y tomé el camino de Greenwich. En todo caso, mis ilusiones se desvanecieron pronto; me vi obligado a dete­nerme en la carretera de Kent, cerca de una terraza que ador­naba una fuente con una gran estatua en el centro. Allí me senté en el umbral de una puerta, agotado por los esfuerzos que acababa de hacer, y tan sofocado, que apenas si tenía fuerzas para llorar, pensando en mi maleta y en mi media guinea. Se había hecho de noche, y mientras descansaba oí dar las diez en los relojes; pero era verano y hacía calor. Cuando recobré alientos y me tranquilicé emprendí de nuevo el camino de Greenwich. Ni por un momento se me ocurrió volverme atrás. No sé si se me hubiera ocurrido en el caso de encontrarme un precipicio en medio del camino.

Pero la escasez de mis recursos (tenía tres medios peni­ques en el bolsillo y me pregunto cómo estarían allí siendo sábado) no dejaba de preocuparme, a pesar de mi perseveran­cia. Empezaba a figurarme un artículo en los periódicos anunciando que me habían encontrado muerto bajo un árbol, y andaba tristemente, aunque todo lo más deprisa que podían mis piernas, cuando pasé por delante de una puerta donde po­nía que se compraban trajes de hombre y de mujer y que pa­gaban bien los huesos y los trapos viejos. El dueño de la tienda estaba sentado a la puerta en mangas de camisa, con la pipa en la boca; había muchos trajes y pantalones suspen­didos del techo, y todo aquello sólo estaba alumbrado por dos candiles, de manera que parecía un hombre que hubiera colgado allí a sus enemigos y se regocijara con su venganza.

La experiencia que había adquirido con mistress Micaw­ber me sugirió, a la vista de aquello, un medio de alejar algo el golpe fatal. Entré en una callejuela, me quité el chaleco, lo doblé cuidadosamente y me presenté en la puerta de la tienda.

—¿Hace usted el favor? —le dije— Quiero vender esto en lo que valga.

El señor Dollby (al menos Dollby era el nombre que se leía encima de la puerta de la tienda) cogió el chaleco, Puso la pipa en el montante de la puerta, por encima de su cabeza, entró en la tienda seguido Por mí, avivó los candiles con sus dedos, extendió el chaleco sobre el mostrador y lo miró. Después acercó la luz para verlo mejor, y por último dijo:

—¿Cuánto pide usted por este chalequito?

—Mejor sabrá usted ponerle precio que yo —contesté con modestia.

—No puedo comprar y vender al mismo tiempo —dijo míster Dollby—; póngale usted precio.

—Dieciocho peniques —insinué, después de muchas ca­vilaciones.

Míster Dollby lo dobló de nuevo y me lo devolvió.

—Sería robar a mi familia —me dijo— el ofrecer nueve peniques por él.

Esto era mirar el asunto desde un punto de vista desagra­dable, pues suponía en mí, que era un extraño, la antipática pretensión de querer que míster Dollby robara a su familia en provecho mío. Sin embargo, como no podía esperar, le dije que si quería tomaría los nueve peniques. Míster Dollby, no sin gruñir bastante, me los dio. Le di las buenas noches y salí de la tienda con aquella suma de más y el chaleco de menos; pero abrochándome la chaqueta, ¡qué más daba!

En realidad estaba convencido de que la chaqueta tendría que seguir al chaleco y me consideraría muy dichoso si lle­gaba a Dover aunque sólo fuera con el pantalón y la camisa. Aquella perspectiva no me preocupaba tanto como se podría suponer. Salvo una impresión general de que el camino era largo y de que el dueño del burro se había portado cruel­mente conmigo, creo que tenía un sentimiento demasiado claro de la dificultad de mi empresa cuando volví a ponerme en camino con mis nueve peniques en el bolsillo.

Se me había ocurrido una idea para pasar la noche. Mi plan era acostarme al lado de la tapia de mi antigua escuela, en un rincón donde antes solía haber un almiar. Imaginaba que me sería grato el tener a los chicos y la habitación donde acostumbraba a contar las historias tan cerca de mí, aunque ellos no supieran nada y la habitación no me prestara su abrigo.

Había hecho una dura jornada y estaba muy cansado cuando llegué, por fin, a la altura de Blackhead. Me costó algún trabajo encontrar Salem House; pero al fin la encon­tré, y hallé el almiar en el rincón, y me acosté en él después de dar la vuelta a la escuela y mirar hacia las ventanas. Todo estaba oscuro y silencioso. Nunca olvidaré la sensación de soledad del primer momento al acostarme en el suelo sin un techo sobre mi cabeza.

El sueño descendió sobre mí como sobre tantas otras cria­turas sin hogar a quienes ladran los perros, y soñé que dor­mía en mi antiguo lecho del colegio, hablando con mis compañeros, y me desperté con el nombre de Steerforth en los labios y mirando perdidamente las estrellas, que brillaban sobre mi cabeza. Cuando recordé dónde estaba a aquellas horas tuve miedo, sin saber por qué. Me levanté y eché a an­dar; pero las estrellas palidecían y una débil claridad en el cielo anunciaba el día; recobré el valor, y como estaba muy cansado, me acosté y me dormí de nuevo, sintiendo durante mi sueño un frío penetrante. Por fin, los rayos del sol y la campana matinal de la pensión, que llamaba a los colegiales a sus estudios, me despertaron. Si hubiera creído que Steer­forth podía estar todavía allí habría vagado por los alrededo­res hasta conseguir verlo; pero sabía que hacía mucho tiempo que se había marchado. Traddles quizá estuviera to­davía, pero no estaba muy seguro, y además no confiaba de­masiado en su discreción ni en su habilidad para contarle mi situación, a pesar de la buena opinión que tenía de sus senti­mientos. Me alejé mientras mis antiguos compañeros se le­vantaban y emprendí el camino por la larga carretera polvo­rienta que me habían indicado, cuando formaba parte de los alumnos de míster Creakle, como la de Dover en un tiempo en que no podía ni figurarme que nadie pudiera verme un día viajando de ese modo por aquel camino.

¡Qué distinta esta mañana de domingo de las mañanas de domingo en Yarmouth! Cuando llegó su hora oí sonar las campanas de las iglesias y me encontré con gentes que se di­rigían a ellas; también pasé por delante de una o dos iglesias mientras se celebraba el culto: los cantos resonaban bajo la luz del sol, y un sacristán que estaba a la sombra del pórtico enjugándose la frente me miro con enojo al verme pasar sin detenerme. La paz y el reposo de los domingos reinaba en todas partes, excepto en mi corazón. Me parecía que me acu­saba y denunciaba a los fieles observadores de la ley del do­mingo por el polvo que me cubría y por mis revueltos cabe­llos. Sin el recuerdo, siempre presente a mis ojos, de mi madre en todo el esplendor de su belleza y de su juventud, sentada delante del fuego y llorando, y mi tía enternecién­dose un momento sobre ella, no sé si habría tenido valor para continuar mi camino. Pero aquella fantasía de mi imagina­ción andaba todo el tiempo ante mis ojos y yo la seguía.

Aquel día anduve veintitrés millas por la carretera, aun­que con dificultad, pues no estaba acostumbrado a ello. To­davía me veo, a la caída de la tarde, atravesando el puente de Rochester y comiéndome el pan que había reservado para la cena. Una o dos casitas con el rótulo de «Alojamiento para viajeros» eran para mí una tentación; pero no me atrevía a gastar los pocos peniques que me quedaban, y además me asustaban los rostros sospechosos de los vagabundos que en­contraba en ellas y pasaba de largo. Por lo tanto, como la no­che anterior, sólo pedí su abrigo al cielo, y llegué penosa­mente a Chathans, que en las tinieblas de la noche era como un sueño de cal, de puentes levadizos, de barcos sin palos anclados en un río de fango. Me deslicé por un sitio cubierto de musgo que daba a una callejuela, y me acosté al lado de un cañón. El centinela que estaba de guardia andaba de arriba abajo, y tranquilizado por su presencia, aunque él ni siquiera suponía la mía, como tampoco la suponían la víspera mis compañeros, me dormí profundamente hasta la mañana.

Muy cansado y con los pies doloridos me desperté atur­dido por el sonar de los tambores y por el ruido de los pasos de los soldados que parecían rodearme por todas partes. Sentí que no podía it más lejos aquel día, si es que quería te­ner fuerzas para llegar al fin de mi viaje. En consecuencia eché a andar por una calle estrecha, decidido a hacer de la venta de mi chaqueta el asunto del día. Me la quité para irme acostumbrando a ir sin ella, y poniéndomela debajo del brazo empecé mi ronda de inspección por todas las tiendas de reventa.

El sitio era bien elegido para ello, pues las casas de com­praventa eran muy numerosas y sus dueños estaban a la puerta en espera de los clientes; pero la mayoría de los escaparates ostentaban uno o dos trajes de oficial, con sus charreteras y todo, a intimidado por aquel esplendor dudé mucho antes de atreverme a ofrecerle a nadie mi chaqueta.

Aquella modestia atrajo mi atención hacia las tiendas donde se vendían los andrajos de los marineros y hacia las del estilo de la de míster Dollby. Me habrían parecido dema­siadas pretensiones dirigirme a las de mayor categoría. Por fin descubrí una tiendecita cuyo aspecto me pareció propi­cio; en el rincón de una callejuela que terminaba en un campo de ortigas, rodeada de una valla cargada de trajes de marinero mezclados con fusiles viejos, cunas de niños, som­breros de hule y cestos llenos de tal cantidad de llaves mo­hosas, que la colección parecía lo bastante rica para abrir to­das las puertas del mundo.

En aquella tienda, que era pequeña y baja y estaba casi a oscuras, pues sólo la iluminaba una ventanita pequeña, casi tapada por los trapos colgados por delante, y donde había que entrar bajando algunos escalones, penetré con el cora­zón palpitante. Mi temor aumentó cuando un horrible viejo de barba gris salió precipitadamente de su antro y me cogió de los cabellos. Era un viejo horrible, que olía mucho a ron y llevaba un chaleco de franela muy sucio. Su lecho, cubierto con un trozo de tela desgarrada, estaba colocado en el agu­jero que acababa de abandonar y que iluminaba otra venta­nita, por la que también se veía un campo de ortigas donde pastaba un burro cojo.

—¿Qué quieres? —gritó el hombre en un tono feroz y monótono—. ¡Ay mis ojos! ¡Ay! ¿Qué quieres? ¡Ay mis piernas! ¿Qué quieres? ¡Ay, goruu goruu!

Me asustaron de tal modo sus palabras, y sobre todo la úl­tima exclamación, que parecía una especie de mugido des­conocido, que no pude contestar nada. El viejo, que todavía no había soltado mis cabellos, repuso:

—¡Ay! ¿Qué quieres? ¡Ay mis ojos! ¡Ay mis pulmones! ¿Qué quieres? ¡Ay, goruu goruu!

Y lanzó aquel último grito con tal energía, que parecía que se le iban a saltar los ojos.

—Desearía saber —dije temblando— si querría usted comprarme una chaqueta.

—¡Veamos la chaqueta! —gritó el viejo— ¡Ay, tengo fuego en el corazón! ¡Veamos la chaqueta! ¡Ay mis ojos y mis pulmones! ¡Veamos la chaqueta!

Por fin soltó mis cabellos, y con sus manos temblorosas, que parecían las garras de un pájaro monstruoso, colocó en su nariz unos lentes que no favorecían mucho a sus inflama­dos ojos.

¿Cuánto pides por esta chaqueta? —gritó después de exa­minarla—. ¡Ay, goruu goruu! ¿Cuánto pides por ella?

—Media corona —respondí, tranquilizándome un poco.

—¡Ay mis pulmones y mi estómago! No —gritó el viejo—. ¡Ay mis ojos! ¡No, no, no! ¡Dos chelines, goruu, goruu!

Cada vez que lanzaba aquella exclamación parecía que se le iban a saltar los ojos, y pronunciaba todas las palabras con el mismo sonsonete y como el viento, que a veces es suave, a veces escala montañas o a veces vuelve a hacerse suave. No hay otra comparación.

—Pues bien —dije, encantado de haber terminado la venta—, acepto los dos chelines.

—¡Ay mi estómago! —gritó el viejo arrojando la cha­queta a un estante— ¡Vete! ¡Ay mis pulmones! ¡Sal de la tienda! ¡Ay mis ojos, goruu, goruu! No me pidas dinero. Me­jor será que hagamos un cambio.

En mi vida he pasado tanto miedo; pero le dije humilde­mente que necesitaba el dinero, y que cualquier otra cosa me resultaba inútil. únicamente dije que esperaría fuera si así lo deseaba, y que no tenía ninguna prisa. Salí de la tienda y me senté a la sombra, en un rincón. El tiempo pasaba, el sol llegó hasta mí, luego se retiró, y yo seguía esperando mi di­nero.

Por el honor de la luz del sol quiero suponer que nunca ha habido otro loco ni borracho semejante en el negocio de la compraventa. Aquel viejo era muy conocido en los alrede­dores y tenía fama de haber vendido su alma al diablo. Lo supe pronto por las visitas que recibía de todos los chiquillos de la vecindad, que hacían a cada instante irrupción en su tienda, gritándole en nombre de Satanás que les diera su di­nero. «No eres pobre, por mucho que digas, demasiado lo sabes, Charley. Enséñanos tu oro; enséñanos el oro que el diablo te ha dado a cambio de tu alma. Anda, ve a buscarlo al jergón, Charley, no tienes más que descoserle y dárnoslo.»

Estos gritos, acompañados del ofrecimiento de un cuchi­llo para abrir el jergón, le exasperaban a tal punto, que se pasaba el día sobre los chicos, que luchaban con él un mo­mento y después escapaban de sus manos. A veces, en su rabia, me tomaba por uno de ellos y se lanzaba contra mí, gesticulando como si fuera a destrozarme; pero me recono­cía a tiempo y volvía a meterse en la tienda y a echarse en su lecho, lo que intuía por la dirección de su voz. Allí rugía en su tono de costumbre la Muerte de Nelson, colocando un ¡ay! delante de cada verso y sembrándolo de innumerables ¡goruu, goruu! Para colmo de mis desgracias, los chicos de los alrededores, creyendo que pertenecía al establecimiento, al ver la perseverancia con que permanecía a medio vestir sentado delante de la puerta, me tiraban piedras insul­tándome.

Todavía hizo muchos esfuerzos aquel hombre para con­vencerme de que debíamos hacer un cambio. Una vez apare­ció con una caña de pescar, otra con un violín; también me ofreció sucesivamente un sombrero de tres picos y una flauta. Pero yo resistí a todas aquellas tentaciones y continué delante de la puerta, desesperado, conjurándole con lágri­mas en los ojos para que me diera mi dinero o mi chaqueta. Por fin empezó a pagarme en medios peniques y pasaron dos horas antes de que llegásemos a un chelín.

—¡Ay mis ojos! ¡Ay mis piernas! —empezó a gritar en­tonces, asomando su horrible rostro fuera de la tienda, ¿Quieres conformarte con dos peniques más?

—No puedo —respondí—; me moriría de hambre.

—¡Ay mis pulmones y mi estómago! ¿Tres peniques?

—Si pudiera no estaría regateando por unos peniques —le dije—; pero necesito ese dinero.

—¡Ay, goruu, goruu!

Es imposible transcribir la expresión que dio a su excla­mación oculto tras de la puerta, sin asomar más que su ma­ligno rostro.

—¿Quieres marcharte con cuatro peniques?

Estaba tan agotado, tan rendido, que acepté, cansado de aquella lucha; y cogiendo el dinero de sus garras, un poco tembloroso, me alejé un momento antes de que acabara de ponerse el sol, con más hambre y más sed que nunca. Pero pronto me repuse por completo gracias a un gasto de tres pe­niques y, reanudando valerosamente mi camino, anduve siete millas aquella tarde.

Me refugié para pasar la noche al lado de otro almiar y dormí profundamente, después de haber lavado mis pies do­loridos en un arroyo cercano y de haberlos envuelto en hojas frescas. Cuando volví a ponerme en camino, al día siguiente por la mañana, vi extenderse por todas partes ante mis ojos campos en flor y huertos. La estación estaba ya lo bastante adelantada y los árboles estaban cubiertos de manzanas ma­duras y la recolección empezaba en algunos sitios. La belleza del campo me sedujo infinitamente y decidí que aquella no­che me acostaría en medio de los campos, imaginándome que sería grata compañía la larga perspectiva de ramas con sus hojas graciosamente enroscadas a su alrededor.

Aquel día tuve varios encuentros que me inspiraron un terror cuyo recuerdo todavía está vivo en mi imaginación. En­tre las gentes que vagaban por la carretera vi muchos desgra­ciados que me miraban ferozmente y que me llamaban cuando les había adelantado diciéndome que me acercara a hablarles, y que cuando empezaba a correr huyendo me tiraban piedras. Recuerdo sobre todo a un joven latonero ambulante lo re­cuerdo con su mochila y su rejuela; le acompañaba una mujer, y me miró de un modo tan terrible y me gritó de tal modo que me acercara, que me detuve y me volví a mirarle.

—Ven cuando se te llama —dijo el latonero— o te saco las tripas.

Pensé que era mejor acercarme. Cuando estuve cerca, mi­rándole para tratar de apaciguarlo, observé que la mujer te­nía un ojo amoratado.

—¿Dónde vas? —me dijo el latonero cogiéndome de la pechera de la camisa con su mano negra.

—A Dover —dije.

—¿De dónde vienes? —insistió agarrándome más fuerte para estar bien seguro de que no me escaparía.

—De Londres.

—¿Y qué piensas hacer? ¿No serás un raterillo?

—No.

—¡Ah! ¿No te quieres confesar? Vuelve a decir que no y te abro la cabeza.

Hizo con la mano que tenía libre ademán de pegarme y, después, me miró de pies a cabeza.

—¿Llevas encima el precio de un vaso de cerveza? —pre­guntó el latonero— Si es así dámelo pronto, antes de que yo te lo quite.

Seguramente habría cedido si en aquel momento no me hubiera encontrado con la mirada de la mujer, que me hizo una seña imperceptible con la cabeza y movió los labios como diciéndome: «No».

—Soy muy pobre —dije tratando de sonreír— y no llevo dinero. .

—Vamos, ¿qué significa eso? —dijo el latonero mirán­dome tan furioso que por un momento creí que veía mi di­nero a través del bolsillo.

—Señor... —balbucí.

—¿Qué quiere decir eso? —repuso él—. ¿Llevas la cor­bata de seda de mi hermano! Quítatela, pronto.

Y me quitó la corbata de un tirón y se la arrojó a la mujer.

Ella se echó a reír como si lo tomara a broma, y arroján­domela de nuevo me hizo otra seña con la cabeza, mientras sus labios formaban la palabra «vete». Antes de que pudiera obedecerla el latonero me arrancó la corbata de las manos con tal brutalidad que me dejó temblando como una hoja. La anudó alrededor de su cuello y después, volviéndose hacia la mujer y jurando la tiró al suelo.

No olvidaré nunca lo que sentí al verla caer sobre las pie­dras de la carretera, donde quedó tendida. Su cofia se había desprendido con la violencia del choque y sus cabellos se mancharon de barro. Cuando estuve un poco más lejos, me volví a mirarlos y vi que estaba sentada a un lado del ca­mino, enjugándose con una punta del mantón la sangre que corría por su rostro. El latonero continuaba andando.

Esta aventura me asustó de tal modo que, desde aquel mo­mento. en cuanto me parecía ver a lo lejos a cualquier vaga­bundo, volvía sobre mis pasos para esconderme y permane­cía quieto hasta perderle de vista. Esto se repetía con tal frecuencia que mi viaje se retrasó seriamente. Pero en aque­lla dificultad, como en todas las demás de mi empresa, me sentía sostenido y arrastrado por el cuadro que me había tra­zado de mi madre en su juventud, antes de mi llegada a este mundo. Aquella idea me acompañaba en medio de los cam­pos cuando me acostaba para dormir y, al despertar, la en­contraba delante de mí caminando todo el día. Desde enton­ces su recuerdo está siempre asociado en mi imaginación con el de la calle ancha de Canterbury, que parecía dormitar bajo los rayos del sol, y con el espectáculo de las casas anti­guas, de la catedral y de los cuervos que volaban por sus torres. Cuando llegué, por fin, a los áridos arenales que ro­dean Dover, esta imagen querida me devolvió la esperanza en medio de mi soledad y no me abandonó hasta que conse­guí el primer objetivo de mi viaje y pisé la ciudad, el sexto día después de mi evasión. Pero entonces, cosa extraña, cuando me encontré con mis zapatos rotos, mis ropas destrozadas, la cabeza desgreñada y polvorienta y la tez quemada por el sol, en el lugar hacia el cual habían tendido todos mis deseos, la visión que me animaba se desvaneció de pronto como un sueño y me encontré solo, desanimado y abatido.

En primer lugar pregunté a unos barqueros si alguno de ellos conocía a mi tía, pero recibí muchas respuestas contra­dictorias. Uno me decía que vivía hacia el sur, cerca del faro, y que se había chamuscado los bigotes; otro que vivía en la parte fangosa de más allá del puerto y que sólo se la podía ver cuando estaba la marea baja; un tercero que estaba en­cerrada en la cárcel de Maidstone por ladrona de niños; un cuarto, por último, dijo que en la última galerna la había visto, montada en una escoba, camino de Calais. Los coche­ros, a quienes me dirigí después, no fueron menos compla­cientes ni más respetuosos; en cuanto a los comerciantes, poco tranquilos por mi aspecto, me respondían, sin escucharme, que no podían darme nada. Entonces me sentí mucho más desgraciado y más abandonado que durante todo mi viaje. Ya no tenía nada de dinero ni nada que vender; sentía ham­bre y sed, estaba agotado, y me veía más lejos de mi fin que cuando estaba en Londres.

Se me fue la mañana en las pesquisas y estaba sentado en los escalones de una tienda desalquilada, en el rincón de una calle, cerca de la plaza del Mercado, reflexionando en si de­bería tomar el camino de los pueblos de los alrededores, de los cuales me había hablado Peggotty, cuando de un coche de alquiler que pasaba se le cayó la manta al caballo. La re­cogí y la buena cara del cochero me animó a preguntarle, al devolvérsela, si sabría la dirección de miss Trotwood, aun­que ya había hecho tantas veces sin éxito la pregunta que casi expiró en mis labios.

—¿Trotwood? Yo conozco ese nombre. ¿Una señora vieja? —Sí, casi —respondí.

—¿Muy tiesa? —continuó, enderezándose—. ¿Qué lleva un bolso donde podía caber toda la casa... y algo brusca, algo dura con la gente?

El corazón me dejó de latir al reconocer la exactitud evi­dente de la descripción.

—Pues bien; si subes por allí —y me señalaba con el lá­tigo las alturas— y sigues derecho hasta llegar a las casas que dan al mar, creo que tendrás noticias suyas. Pero mi opi­nión es que no te dará gran cosa. Toma para ti un penique.

Acepté el regalo con agradecimiento y compré pan, que me comí mientras tomaba el camino indicado. Anduve bas­tante tiempo antes de llegar a las casas que me había seña­lado; pero por fin las vi. Entré en una tiendecita donde ven­dían toda clase de cosas, preguntando si tendrían la bondad de decirme dónde vivía miss Trotwood. Me dirigí a un hom­bre que estaba detrás del mostrador pesando arroz para una muchacha; pero fue la muchacha quien contestó a mi pre­gunta, volviéndose con viveza.

—¡Mi señora! —dijo—. ¿Para qué la quieres?

—Necesito hablarle, si me hicieran el favor —dije. .

—¿Quieres decir pedirle limosna? —replicó ella.

—No, de verdad —dije.

Después, dándome cuenta de pronto que en realidad no tenía otro objeto, enrojecí hasta las orejas y guardé silencio.

La criada de mi tía (por lo menos supuse que lo era por sus palabras) guardó el arroz en su cesta y salió de la tienda diciéndome que podía seguirla si quería saber dónde vivía miss Trotwood. No me lo hice repetir, aunque había llegado a tal grado de terror y de consternación que no me sostenían las piernas. Seguí a la muchacha y pronto llegamos ante una preciosa casita adornada con miradores y con un pequeño jardín lleno de flores muy bien cuidadas que exhalaban un perfume delicioso.

—Esta es la casa —dijo la muchacha—. Ya lo sabes, y es todo lo que tengo que decirte.

Y se metió precipitadamente como para sacudirse toda la responsabilidad de mi visita. Yo me quedé de pie al lado de la verja mirando tristemente hacia las ventanas. Por una de ellas se veía una cortinilla de muselina entreabierta, un gran biombo verde, una mesita y un butacón, que me sugirió la idea de que mi tía quizá en aquel momento estaba sentada en él majestuosamente.

Mis zapatos habían llegado al estado más lamentable. La suela se había ido a pedazos, y lo de encima estaba tan suma­mente destrozado, que no parecían haber sido nunca zapatos. El sombrero, que, entre paréntesis, me había servido de gorro de dormir, estaba tan arrugado y abollado que hasta a una ca­zuela vieja y sin asas de un basurero la habría avergonzado la comparación. Mi camisa y mi pantalón, sucios de sudor, de la hierba y la tierra que me habían servido de lecho, eran unos pingajos y, mientras permanecía de pie ante la puerta, pen­saba que podía servir de espantapájaros. No me había vuelto a peinar desde mi salida de Londres y mi rostro, mi cuello y mis manos, poco acostumbrados al aire, estaban abrasados por el sol, y todo yo cubierto de polvo de arriba abajo, casi tan blanco como si saliera de un horno de cal. En aquel estado y con plena conciencia de ello estaba esperando para presen­tarme a mi temible tía y causarle la primera impresión.

Nada se movía en aquella ventana, por lo que supuse, al cabo de un momento, que no estaría allí. Levanté la vista ha­cia las ventanas del piso de encima y vi asomado a un caba­llero de rostro agradable y sonrosado, de cabellos grises, que me guiñaba un ojo de un modo grotesco, haciéndome dos o tres veces gestos contradictorios con la cabeza. Tan pronto me decía que sí como que no, y, por último, echándose a reír, desapareció.

Yo estaba muy desconcertado pero la conducta inespe­rada de aquel hombre terminó de desconcertarme, y estaba a punto de escapar sin decir nada, para reflexionar en lo que debía hacer, cuando de la casa salió una señora con un pa­ñuelo atado por encima de su cofia. Llevaba guantes de jar­dinera, un delantal con grandes bolsillos y un cuchillo enorme. A1 momento reconocí en ella a mi tía, pues salía de la casa con el mismo paso majestuoso que llevaba, y que mi pobre madre me había descrito, cuando la vio entrar en nuestro jar­dín de Bloonderstone.

—¡Vete! —exclamó miss Betsey sacudiendo la cabeza y gesticulando de lejos con su cuchillo—. ¡Vete! ¡No quiero chicos aquí!

Yo la miré temblando, con el corazón en los labios, mien­tras se dirigía con paso decidido a un rincón del jardín, donde se inclinó a sacar de raíz una plantita. Entonces, sin la menor esperanza, pero con el valor de la desesperación, me acerqué con suavidad a ella y la toqué con la punta de un dedo.

—Señora, ¿si hiciera usted el favor? —empecé.

Ella se estremeció y levantó los ojos.

—Tía, ¿si hiciera usted el favor...?

—¿Eh? —dijo mi tía en un tono de sorpresa tal que en mi vida he oído nada semejante.

—Tía, ¿si hiciera usted el favor? Soy su sobrino.

—¡Oh Dios mío! —dijo mi tía, y se dejó caer sentada en el suelo del jardín.

—Soy David Copperfield, de Bloonderstone, en Sooffolk, donde estuvo usted la noche de mi nacimiento y vio a mi querida madre. Soy muy desgraciado desde que ella ha muerto. Me han abandonado; no se han ocupado de que es­tudie; me han abandonado a mis propias fuerzas y me han dado un trabajo para el que no estoy hecho. Me he escapado para venir a buscarla a usted y me han robado en el momento de mi evasión; he caminado todo el tiempo sin acostarme en una cama desde mi partida.

Aquí el valor me abandonó de pronto y, levantando las manos para enseñarle mis andrajo y todo lo que había sufrido, yo creo que vertí todas las lágrimas que tenía en el co­razón desde hacía ocho días.

Hasta aquel momento la fisonomía de mi tía sólo había expresado sorpresa. Sentada en la arena me miraba a la cara; pero cuando me eché a llorar se levantó precipitada­mente, me agarró del cuello y me llevó a la casa. Lo pri­mero que hizo fue abrir un gran armario, coger varias bote­llas y verter parte de su contenido en mi boca. Supongo que las cogió al azar y sin elegir, pues me dio anisete, salsa de anchoas y un preparado para la ensalada. Después de admi­nistrarme estos remedios, como mi estado nervioso no me dejaba contener los sollozos, me hizo echar en el sofá con un chal debajo de la cabeza y el pañuelo que adomaba la suya bajo mis pies, para que no ensuciara la tela. Después se sentó detrás del biombo verde del que ya he hablado, lo que me impedía ver su rostro. A intervalos lanzaba excla­maciones de «¡Misericordia!», como cañonazos de deses­peración.

Al cabo de un momento llamó:

—Janet —dijo mi tía cuando entró la criada—, sube a saludar de mi parte a míster Dick y dile que querría ha­blarle.

Janet pareció un poco sorprendida de verme en el sofá como una estatua, pues no me atrevía a moverme por temor a disgustar a mi tía; pero se fue a cumplir la orden. Entre tanto mi tía se paseaba de arriba abajo por la habitación, con las manos en la espalda, hasta que el señor que me había he­cho gestos desde la ventana entró riéndose.

—Míster Dick —le dijo mi tía—, sobre todo nada de ton­terías, pues nadie puede ser más sensato que usted cuando le da la gana. Todos lo sabemos. Por lo tanto, nada de tonte­rías; se lo ruego.

El se puso serio inmediatamente y me miró con una cara que yo interpreté como un ruego para que no hablara del in­cidente de la ventana.

—Míster Dick —continuó mi tía—, usted me ha oído ha­blar de David Copperfield. No vaya a hacer como que no se acuerda, pues sé tan bien como usted que sí.

—¿David Copperfield? —dijo míster Dick, que me pare­cía no tener recuerdos muy claros sobre el asunto—. ¿David Copperfield? ¡Ah, sí, sin duda; David, es verdad!

—Pues bien —dijo mi tía—. Este es su hijo, que se pare­cería exactamente a él si no fuera también exactamente el retrato de su madre.

—¿Su hijo? ¿El hijo de David? ¿Es posible?

—Sí —dijo mi tía—. Y acaba de dar un buen golpe; se ha escapado. ¡Ah! No habría sido su hermana, Betsey Trot­wood, quien se hubiera escapado.

Entre tanto sacudía la cabeza, convencida, llena de con­fianza en el carácter y la conducta discreta de aquella niña que no había nacido.

—¡Ah! ¿Cree usted que ella no se hubiera escapado? —dijo míster Dick.

—¡Dios mío! ¿Es posible? —dijo mi tía—. ¿En qué está usted pensando? ¿Acaso no sé lo que me digo? Habría vi­vido siempre con su madrina, y habríamos sido muy dicho­sas las dos. ¿Dónde quiere usted que su hermana se hubiera escapado y por qué?

—No sé —dijo míster Dick.

—Pues bien —repuso mi tía, dulcificada por la res­puesta—, ¿por qué se hace usted el tonto, cuando es agudo como la lanceta de un cirujano? Ahora usted ve al pequeño David Copperfield, y la pregunta que quería hacerle es esta: ¿Qué debo hacer?

—¿Lo que usted debe hacer? —dijo míster Dick con voz apagada, rascándose la frente, ¿Qué debe hacer?

—Sí —dijo mi tía mirándole seriamente y levantando el dedo—. ¡Atención, porque necesito un consejo trascendental!

—Pues bien; si yo estuviera en su lugar —dijo míster Dick reflexionando y lanzándome una mirada vaga— yo...(aquella mirada pareció proporcionarle una repentina inspi­ración, y añadió vivamente): yo le daría un baño.

—Janet —dijo mi tía volviéndose con una sonrisa de triunfo que yo no comprendía todavía—. Míster Dick siem­pre tiene razón; prepare el baño.

A pesar de lo que me interesaba la conversación no podía por menos, durante todo el tiempo, observar a mi tía y a míster Dick y hasta a Janet, y acabar el examen de la habita­ción en que me encontraba.

Mi tía era alta; sus rasgos eran pronunciados, sin ser des­agradables; su rostro, su voz, su aspecto y su modo de andar, todo indicaba una inflexibilidad de carácter que era sufi­ciente para explicarse el efecto que había causado sobre una criatura tan dulce como mi madre. Pero debía de haber sido bastante guapa en su juventud a pesar de su expresión de al­tanería y austeridad. Pronto observé que sus ojos eran vivos y brillantes; sus cabellos grises formaban dos trenzas conte­nidas por una especie de cofia muy sencilla, que se llevaba más entonces que ahora, con dos cintas que se anudaban en la barbilla; su traje era de algodón y muy limpio, pero su sencillez indicaba que a mi tía le gustaba estar libre en sus movimientos. Recuerdo que aquel traje me hacía el efecto de una amazona a la que hubieran cortado la falda; llevaba un reloj de hombre, a juzgar por la forma y el tamaño, col­gado al cuello por una cadena, y los puños se parecían mu­cho a los de las camisas de hombre.

Ya he dicho que míster Dick tenía los cabellos grises y el cutis fresco; llevaba la cabeza muy inclinada, y no era por la edad; me recordaba la actitud de los alumnos de míster Creackle cuando se acercaba a pegarles. Sus grandes ojos grises eran prominentes y brillaban con una luz húmeda y extraña, lo que, unido a sus modales distraídos, su sumisión hacia mi tía y su alegría de niño cuando ella le hacía algún cumplido, me hizo pensar que debía de estar un poco chi­flado, aunque me costaba trabajo explicarme cómo vivía, en ese caso, con mi tía. Iba vestido como todo el mundo, con una chaqueta gris y un pantalón blanco; llevaba un reloj en el bolsillo del chaleco, y dinero, que hasta hacía sonar a ve­ces como si estuviera orgulloso de ello.

Janet era una linda muchacha, de unos veinte años, per­fectamente limpia y bien arreglada. Aunque mis observacio­nes no se extendieron más allá entonces, ahora puedo decir lo que sólo descubrí después, y es que formaba parte de una serie de protegidas que mi tía había ido tomando a su servi­cio expresamente para educarlas en el horror al matrimonio, lo que hacía que generalmente terminasen casándose con el repartidor del pan.

La habitación estaba tan bien arreglada como mi tía y Ja­net. Dejando la pluma un momento para reflexionar, he sen­tido de nuevo el aire del mar mezclado con el perfume de las flores; he vuelto a ver los viejos muebles tan primorosa­mente cuidados: la silla, la mesa y el biombo verde, que per­tenecía exclusivamente a mi tía—, la tela que cubría la tapice­ría, el gato, los dos canarios, la vieja porcelana, la ponchera llena de hojas de rosa secas, el armario lleno de botellas y, en fin, lo que no estaba nada de acuerdo con el resto, mi su­cia persona, tendida en el sofá y observándolo todo.

Janet se había marchado a preparar el baño cuando mi tía, con gran terror por mi parte, cambió de pronto de cara y se puso a gritar indignadísima con voz ahogada:

—Janet, ¡los burros!

Al oír esto Janet subió de la cocina como si hubiera fuego en la casa y se precipitó a un pequeño prado que había de­lante del jardín y arrojó de allí a dos burros que habían tenido el atrevimiento de meterse en él montados por dos señoras, mientras que mi tía, saliendo también apresuradamente y co­giendo por la brida a un tercer animal, montado por un niño, lo alejó de aquel lugar respetable dando un par de bofetones al desgraciado chico, que era el encargado de conducir los burros y se había atrevido a profanar el lugar consagrado.

Todavía ahora no sé si mi tía tenía derechos positivos so­bre aquella praderita; pero en su espíritu había resuelto que le pertenecía, y era suficiente. No se le podía hacer más sen­sible ultraje que dejar que un burro pisase aquel césped in­maculado. Por absorta que estuviera en cualquier ocupación; por interesante que fuera la conversación en que tomara parte, un asno era suficiente para romper al instante el curso de sus ideas y se precipitaba sobre él al momento.

Cubos de agua y regaderas estaban siempre preparados en un rincón para lanzarlos sobre los asaltantes; y había palos escondidos detrás de la puerta para dar batidas de vez en cuando. Era un estado de guerra permanente. Hasta creo que era una distracción agradable para los chicos que conducían los burros, y hasta quizá los más inteligentes de ellos, sa­biendo lo que ocurría, les gustaba más (por la terquedad que forma el fondo de los caracteres) pasar por aquel camino. únicamente sé que hubo tres asaltos mientras se me prepa­raba el baño, y que en el último, el más temible de todos, vi a mi tía emprender la lucha con un chico muy duro de mollera, de unos quince años, a quien golpeó la cabeza dos o tres ve­ces contra la verja del jardín antes de que pudiera compren­der de qué se trataba. Estas interrupciones me parecían tanto más absurdas porque en aquellos momentos estaba precisa­mente dándome caldo con una cucharilla, convencida de que me moría de hambre y no podía recibir el alimento más que a pequeñas dosis y, de vez en cuando, en el momento en que yo tenía la boca abierta, dejaba la cuchara en el plato, gri­tando: « Janet, ¡burros!», y salía corriendo a resistir el asalto.

El baño me reconfortó mucho. Había empezado a sentir dolores agudos en todos los miembros a consecuencia de las noches a cielo raso, y estaba tan cansado, tan abatido, que me costaba trabajo permanecer despierto. Después del baño, mi tía y Janet me vistieron con una camisa y un pantalón de míster Dick y me envolvieron en dos o tres grandes chales. Debía de parecer un envoltorio grotesco; en todo caso, tenía mucho calor. Me sentía muy débil y muy adormilado; me tendí de nuevo en el sofá y me quedé dormido.

Quizá sería mi sueño consecuencia natural de la imagen que había ocupado tanto tiempo mi imaginación; pero me desperté con la sensación de que mi tía se había inclinado hacia mí, me había apartado los cabellos de la frente y arre­glado la almohada que sostenía mi cabeza; después me es­tuvo contemplando largo rato. Las palabras «¡pobre niño! » parecieron también resonar en mis oídos; pero no me atreve­ría a asegurar que mi tía las había pronunciado, pues al des­pertarme estaba sentada al lado de la ventana, mirando al mar, oculta tras su biombo mecánico, que podía volverse ha­cia donde ella quería.

Nada más despertarme sirvieron la comida, que se com­ponía de un pudding y de un pollo asado. Me senté a la mesa con las piernas encogidas como un pájaro y moviendo los brazos con dificultad; pero como había sido mi tía quien me había empaquetado de aquel modo con sus propias manos, no me atreví a quejarme. Estaba muy preocupado por saber lo que sería de mí; pero como ella comía en el más profundo silencio, limitándose a mirarme con fijeza de vez en cuando y a suspirar «¡Misericordia!», no contribuía demasiado a calmar mis inquietudes.

Cuando quitaron el mantel trajeron jerez, y mi tía me dio un vasito, y después envió a buscar a míster Dick, que llegó enseguida. Cuando ella le rogó que escuchara mi historia, haciéndomela contar gradualmente en respuesta a una serie de preguntas, él la escuchó con su expresión más grave. Du­rante mi relato tuvo los ojos fijos en míster Dick, que sin ello se habría dormido, y cuando trataba de sonreír mi tía le llamaba al orden frunciendo las cejas.

—No puedo concebir cómo se le ocurrió a aquella pobre niña volverse a casar —dijo mi tía cuando terminé.

—Quizá se había enamorado de su segundo marido —su­girió míster Dick.

—¡Amor! —dijo mi tía—. ¿Qué quiere usted decir? ¿Qué necesidad tenía de ello?

—Quizá —balbució míster Dick, después de pensar un poco—, quizá le gustaba.

—¡Vaya un gusto! —replicó mi tía— ¡Bonito gusto para la pobre niña el confiarse a una mala persona, que no podría por menos de engañarla de un modo o de otro! ¿Qué es lo que se proponía? ¡Me gustaría saberlo! Había tenido un ma­rido, había encontrado en el mundo a David Copperfield, a quien siempre, desde que nació, le habían entusiasmado las muñecas de cera. Había tenido un niño. ¡Oh, era una buena pareja de chiquillos! Cuando dio vida a este que está sentado aquí, aquel viernes por la noche, ¿qué más podría desear?

Míster Dick sacudió misteriosamente su cabeza hacia mí, como si pensara que no había nada que contestar a aquello.

—Ni siquiera ha podido tener una niña como otra persona cualquiera. ¿Y dónde está la hermana de este niño, Betsey Trotwood? ¡Mira que no nacer! ¡Calle usted, por Dios!

Míster Dick parecía asustado.

—Y aquel mediquillo, con su cabeza de medio lado —continuó mi tía—, Jellys o algo así era su nombre, ¿qué hacía allí? Todo lo que sabía era decirme como un lila, que es lo que era: «¡Es un niño, un niño!» ¡Oh, qué imbecilidad la de toda aquella gente!

La dureza de su expresión turbó mucho a míster Dick, y a mí también, para ser franco.

—Y además, como si eso no fuera bastante, como si no hubiera perjudicado ya bastante a la hermana de este niño, Betsey Trotwood —añadió mi tía—, se vuelve a casar, se casa con un Murderer, con un hombre que se llamaba algo así, para perjudicar a su hijo. Tenía que ser todo lo niña que era para no prever lo que ha ocurrido y que su niño llegaría un día en que se vería errante por el mundo, como Caín, an­tes de crecer.

Míster Dick me miró fijamente para identificarme bajo aquel aspecto.

—Y además aquella mujer con nombre de pagano —dijo mi tía—, aquella Peggotty, que también se casa, como si no hubiera visto claros los inconvenientes del matrimonio. Nada, también a casarse, según cuenta este niño. Al menos tengo la esperanza —dijo mi tía moviendo la cabeza— de que su marido será de la especie que tan a menudo se lee en los periódicos y le dará buenas palizas.

Yo no podía soportar el oír tratar así a mi querida Peg­gotty, ni que le desearan semejantes cosas, y le dije a mi tía que se equivocaba, y que Peggotty era la mejor amiga del mundo, la criada más fiel y más abnegada, la más constante que podía encontrarse; que me había querido siempre con ternura, y a mi madre también; que era la que la había soste­nido en sus últimos momentos y que había recibido su úl­timo beso. El recuerdo de las dos personas que más me ha­bían querido en el mundo me cortaba la voz, y me eché a llorar, tratando de decir que la casa de Peggotty siempre estaba abierta para mí; que todo lo suyo estaba a mi dispo­sición, y que yo hubiera ido a refugiarme allí si no hubiera temido causarle dificultades insuperables en su situación. No pude seguir, y oculté el rostro entre las manos.

—¡Bien, bien! —dijo mi tía—. El niño tiene razón defen­diendo a los que le han protegido. Janet, ¡burros!

Creo que sin aquellos malditos asnos habríamos llegado a entendernos entonces. Mi tía había apoyado su mano en mi hombro y, sintiéndome animado por aquella marca de aprobación, estaba a punto de abrazarle y de implorar su protección cuando la interrumpieron, y la confusión que le producía la lucha subsiguiente puso fin por el momento a todo pensamiento más dulce. Miss Betsey declaró con in­dignación, dirigiéndose a míster Dick, que había tomado una gran resolución y estaba decidida a apelar a los tribuna­les y a llevar ante las autoridades a todos los dueños de burros de Dover. Este acceso de asnofobia le duró hasta la hora del té.

Después del té nos quedamos cerca de la ventana con ob­jeto (yo supongo, por la expresión resuelta del rostro de mi tía) de ver de lejos a nuevos delincuentes. Cuando fue de no­che, Janet trajo las luces, echó las cortinas y puso encima de la mesa un juego de damas.

—Ahora, míster Dick —dijo mi tía seriamente y levan­tando el dedo como la otra vez—, tengo todavía una pre­gunta que hacerle. Mire a este niño...

—¿El hijo de David? —dijo míster Dick, confuso, pres­tando atención.

—Precisamente —dijo mi tía— ¿Qué haría usted ahora?

—¿Lo que haría del hijo de David? —repitió míster Dick.

—Sí —replicó mi tía—, del hijo de David.

—¡Oh! —dijo míster Dick—. Lo que yo haría... es me­terle en la cama.

—¡Janet! —gritó mi tía, con la expresión de satisfacción triunfante que ya había visto antes—. Míster Dick siempre tiene razón. Si la cama está preparada, vamos a acostarle.

Janet dijo que la cama ya estaba, y me hicieron subir cari­ñosamente, pero como si fuera un prisionero. Mi tía iba a la cabeza, y Janet a la retaguardia. La única circunstancia que me dio algunas esperanzas fue que, a la pregunta de mi tía a propósito de un olor a quemado que reinaba en la escalera, Ja­net contestó que acababa de quemar mi ropa vieja en la co­cina. Sin embargo en mi habitación no había más ropa que la que yo llevaba puesta y, cuando mi tía me dejó en mi cuarto (no sin prevenirme que la luz debía estar apagada antes de cinco minutos), le oí cerrar la puerta con llave por fuera. Re­flexionando, me dije que quizá, como no me conocía, temí a que tuviera la costumbre de escaparme y tomaba sus precau­ciones en previsión.

Mi habitación era muy bonita. Estaba situada en lo alto de la casa y daba al mar, que la luna iluminaba entonces. Des­pués de haber rezado y de haber apagado la vela recuerdo que me quedé asomado a la ventana contemplando la luna sobre el agua como si fuera un libro mágico donde pudiera leer mi destino, o también como si fuera a ver descender del cielo, a lo largo de sus rayos luminosos, a mi madre con su niño en los brazos para mirarme como el último día en que había visto su dulce rostro. Recuerdo también que el sentimiento solemne que llenaba mi corazón cuando quité por fin los ojos de aquel espectáculo cedió enseguida ante la sensación de agradeci­miento y de tranquilidad que me inspiraba la vista de aquel le­cho rodeado de cortinas blancas. Recuerdo todavía el bienes­tar con que me estiré entre aquellas sábanas, más limpias que la nieve. Pensaba en todos los lugares solitarios en que había dormido y le pedí a Dios que me hiciera la gracia de no volver a encontrarme sin asilo y de no olvidar nunca a los que no tie­nen un techo donde cobijarse. Recuerdo que enseguida creí poco a poco descender al mundo de los sueños por aquel haz de luz que reflejaba sobre el mar su brillo tan melancólico.

CAPÍTULO XIV. LO QUE MI TÍA DECIDE RESPECTO A MÍ

Al bajar por la mañana encontré a mi tía meditando pro­fundamente delante del desayuno. El agua desbordaba de la tetera y amenazaba inundar el mantel cuando mi entrada le hizo salir de sus cavilaciones. Estaba seguro de haber sido el objeto de ellas, y deseaba más ardientemente que nunca sa­ber sus intenciones respecto a mí; sin embargo, no me atre­vía a expresar mi inquietud por temor a ofenderla.

Pero mis ojos no los podía dominar como mi lengua y se dirigían constantemente hacia ella durante el desayuno. No podía mirarla un momento sin que sus miradas vinieran en­seguida a encontrarse con las mías; me contemplaba con aire pensativo y como si estuviéramos muy lejos uno de otro en lugar de estar sentados ante la misma mesa. Cuando terminamos de desayunar se apoyó con aire decidido en el respaldo de su silla, frunció las cejas, cruzó los brazos y me contempló a su gusto con una fijeza y atención que me confundían extraordinariamente. No había terminado toda­vía de desayunar y trataba de ocultar mi confusión co­miendo; pero mi cuchillo se enredaba entre los dientes del tenedor, que a su vez chocaban con el cuchillo, y cortaba el jamón de una manera tan enérgica que voló por el aire en lugar de tomar el camino de mi boca. Me atragantaba al beber el té, que se empeñaba en ahogarme; por fin renun­cié a seguir y me sentí enrojecer bajo el examen escrutador de mi tía.

—¡Vamos! —dijo después de un silencio.

Levanté los ojos y sostuve con respeto sus miradas vivas y penetrantes.

—Le he escrito —dijo mi tía.

—¿A...?

—A tu padrastro —dijo—. Le he enviado una carta, la que tendrá que atender, sin lo cual tendremos que vemos las caras; se lo prevengo.

—¿Sabe dónde estoy, tía mía? —pregunté con temor.

—Se lo he dicho —dijo mi tía moviendo la cabeza.

—¿Y piensa usted... volver a ponerme en sus manos? —pregunté balbuciendo.

—No lo sé —dijo—; ya veremos.

—¡Oh Dios mío! ¿Qué va a ser de mí —exclamé— si tengo que volver a casa de míster Murdstone?

—No sé nada —dijo mi tía—, no sé nada en absoluto; ya veremos.

Estaba muy abatido; tenía apretado el corazón y el valor me abandonaba. Mi tía, sin ocuparse de mí, sacó del armario un delantal de peto, se lo puso, limpió ella misma las tazas, y después, cuando todo estuvo en orden y puesto en la ban­deja, dobló el mantel, colocó encima las tazas y llamó a Ja­net para que se lo llevara todo. Después se puso guantes para quitar las migas con una escobita, hasta que no se vio en la alfombra ni un átomo de polvo, después de lo cual limpió y arregló la habitación, que a mí me parecía estaba ya en or­den perfecto. Cuando terminó todos estos quehaceres a su gusto, se quitó los guantes y el delantal, los dobló, los guardó en el rincón del armario de donde los había sacado y fue a sentarse con su caja de labor al lado de la mesa, cerca de la ventana abierta, y se puso a trabajar detrás del biombo verde, frente a la luz.

—¿Quieres subir —me dijo mientras enhebraba la aguja ­a dar los buenos días de mi parte a míster Dick y decirle que me gustaría saber si su Memoria avanza?

Me levanté vivamente para cumplir su encargo.

—Supongo —dijo mi tía, mirándome tan atentamente como a la aguja que acababa de enhebrar—, supongo que el nombre de Dick te parecerá algo corto.

—Es lo que pensaba ayer: que me parece algo corto —respondí.

—No vayas a creer que no tiene otro, que podría usar si quisiera —dijo mi tía con dignidad—. Babley, míster Ri­chard Babley, ese es su verdadero nombre.

Iba a decir, por un sentimiento de respeto a causa de mi juventud y por la familiaridad, un tanto censurable, que me había tomado, que quizá sería mejor que le llamase por su nombre entero; pero mi tía prosiguió:

—Pero no le llames en ningún caso así; no puede soportar su nombre; es una peculiaridad suya, aunque no sé si a eso se le podrá llamar siquiera manía. Pero ha sufrido bastante por culpa de personas que llevaban ese mismo nombre para que le repugne mortalmente, Dios lo sabe. Dick es aquí su nombre, y en todas partes ya; es decir, si fuera alguna vez a alguna parte, que no va. Así, ten cuidado, hijo mío, y no le llames nunca más que míster Dick.

Prometí obedecer y subí a cumplir mi mensaje; y pensaba en el camino que si míster Dick trabajaba en su Memoria desde hacía mucho tiempo con la asiduidad que ponía cuando le vi aquella mañana por la puerta abierta al bajar a desayunar, la Memoria debía de estar acabándose. Le encontré todavía ab­sorto en la misma ocupación, con una larga pluma en la mano y la cabeza casi pegando contra el papel. Estaba tan abstraído que tuve tiempo de fijarme, antes de que se perca­tara de mi presencia, en una gran cometa que había en un rincón, en numerosos paquetes de manuscritos en desorden, plumas innumerables y, por encima de todo, una inmensa provisión de tinta (por lo menos una docena de botellas de litro alineadas).

—¡Ah Febo! —dijo míster Dick depositando la pluma—, no sé cómo va el mundo; pero te diré una cosa —añadió ba­jando la voz—: no querría que lo repitieras, pero...

Aquí me hizo signos de que me acercara, y hablándome al oído: «El mundo está loco, loco de atar, hijo mío», dijo míster Dick cogiendo tabaco de una caja redonda que había encima de la mesa y riendo de todo corazón.

Yo cumplí mi menaje sin aventurarme a decir mi parecer sobre aquella cuestión.

—Pues bien —dijo míster Dick como respuesta—; salú­dala de mi parte y dile que... creo que estoy en buen camino; creo verdaderamente estar en buen camino —dijo míster Dick pasándose la mano por sus cabellos grises y lanzando una mi­rada inquieta a su manuscrito—. ¿Has estado en el colegio?

—Sí, señor —respondí—; una temporada.

—¿Y recuerdas la fecha —dijo míster Dick mirándome fi­jamente y cogiendo su pluma— de la muerte del rey Carlos I?

Dije que creía que era en 1649.

—Pues bien —dijo míster Dick rascándose la oreja con la pluma y mirándome con expresión de duda—; eso es lo que dicen los libros; pero yo no comprendo cómo puede ser. Si hace tanto tiempo, ¿cómo las gentes que le rodea­ban han podido tener la torpeza de meter en mi cabeza un poco de la confusión que había en la suya cuando se la cortaron?

Yo me quedé muy sorprendido de la pregunta; pero no pude darle ningún dato sobre el asunto.

—Es muy extraño —dijo míster Dick lanzando una mi­rada de desaliento a sus papeles y volviendo a pasarse las manos por los cabellos—, pero no consigo desembrollar la cuestión. No lo veo claro. Pero poco importa, poco importa —dijo alegremente y más animado—; tenemos tiempo. Sa­luda a tu tía, y que estoy en muy buen camino.

Me iba, cuando llamó mi atención hacia la cometa.

—¿Qué te parece esa cometa?

Respondí que me parecía muy bonita, y que debía de te­ner lo menos siete pies de alta.

—La he hecho yo. La lanzaremos uno de estos días tú y yo —dijo míster Dick—. ¿Ves?

Y me enseñaba que estaba hecha de un papel cubierto de una escritura fina y apretada, pero tan clara, que al dirigir mis miradas sobre sus líneas me pareció ver dos o tres veces alusiones a la cabeza del rey Carlos I.

—Hay mucho hilo bramante —dijo míster Dick—, y cuando sube muy alta lleva, como es natural, lo escrito muy lejos. Es una manera de propagarlo, no sé dónde puede ir a parar; depende de las circunstancias del viento y demás, y yo lo aprovecho.

Tenía un aspecto tan bueno, tan dulce y tan respetable, a pesar de su apariencia de fuerza y de viveza, que no estaba yo muy seguro de que no fuera una broma para divertirme, y me eché a reír. Él hizo otro tanto, y nos separamos como los mejores amigos del mundo.

—Y bien, muchacho —me dijo mi tía cuando baje—. ¿Cómo está míster Dick?

Le respondí que la saludaba, y que la Memoria estaba en muy buen camino.

—¿Y qué piensas de míster Dick? —me preguntó mi tía.

Tenía ganas de eludir la cuestión, contestando que me parecía muy amable; pero mi tía no se dejaba despistar así. Puso su labor sobre las rodillas y me dijo, cruzando las manos:

—Vamos; tu hermana Betsey Trotwood me habría dicho al momento lo que pensara de cualquier persona. Haz todo lo posible por parecerte a tu hermana, y habla.

—¿No está míster Dick, no está ...? Le hago esta pregunta porque no sé, no sé, tía, si no tendrá la cabeza un poco mal —balbucí, dándome cuenta de que pisaba en falso.

—Nada de eso —dijo mi tía.

—¡Oh! —repuse con voz débil.

—Si hay alguien en el mundo que no esté mal de la ca­beza, precisamente es míster Dick —dijo mi tía con mucha decisión y energía.

Yo no podía hacer nada mejor que repetir:

—¡Oh!

—Han dicho que estaba loco —prosiguió mi tía—. Tengo un placer egoísta en recordar que han dicho que estaba loco, pues sin ello nunca hubiera tenido la suerte de gozar de su compañía y de sus consejos desde hace más de diez años; a decir verdad, desde que tu hermana Betsey Trotwood me dejó defraudada.

—Hace tanto tiempo.

—Y bonita gente era la que tenía la audacia de llamarle loco —prosiguió mi tía— Míster Dick era una especie de pariente lejano; pero no tengo necesidad de explicarte esto. Si no hubiera sido por mí, su propio hermano le habría en­cerrado para toda la vida; eso es todo.

Me asusta pensar la hipocresía que había en mí cuando, viendo la indignación de mi tía sobre aquel punto, traté de tomar un aire indignado como ella.

—¡Un orgulloso idiota! —dijo mi tía—; porque su her­mano era un poco excéntrico, aunque no es ni la mitad de excéntrico que la mayoría de la gente; no quería que le vie­ran en su casa y pensaba enviarle a una casa de salud, aun­que le había sido particularmente recomendado por su di­funto padre, quien le consideraba casi como un idiota. Y también había que ver al hombre que pensaba así; él sí que estaba loco, estoy segura.

De nuevo, como mi tía parecía completamente conven­cida, yo traté de parecerlo también.

—Entonces yo no lo consentí, y le hice una proposición; le dije: «Su hermano está completamente cuerdo y es infini­tamente más sensato que usted es ni lo será nunca, al menos así lo espero; concédale una pequeña pensión y que se venga a vivir a mi casa. A mí no me asusta; no soy vanidosa, y es­toy dispuesta a cuidarle, y no le maltrataré, como podrían hacerlo, sobre todo, en un manicomio». Después de innume­rables dificultades —continuó mi tía— lo conseguí, y está aquí desde entonces. Y es el mejor amigo, el hombre más amable, la criatura con quien mejor se puede vivir en el mundo. En cuanto a los consejos .... nadie sabe apreciar ni conocer el espíritu de este hombre como yo.

Mi tía se sacudió un poco el vestido, moviendo la cabeza, como si con aquellos dos movimientos desafiara al mundo entero.

—Tenía una hermana que era su favorita —continuó—, una criatura muy buena y muy cariñosa para él; pero hizo como todas las mujeres, y se casó, y el marido hizo lo que hacen todos, y la hizo desgraciada. El efecto de su desgracia sobre míster Dick (y no es locura), unido con el temor que le inspiraba su hermano y el sentimiento de la dureza con que le trataban, fue tal que le dio una fiebre cerebral; fue antes de que se instalara en mi casa; pero aquel recuerdo le resulta penoso todavía. ¿Te ha hablado del rey Carlos I?

—Sí, tía.

—¡Ah! —dijo frotándose la nariz, un poco contrariada—; es su manera alegórica de expresarlo, pues lo une en su espí­ritu con una gran conmoción, lo que es bastante natural, y es como una figura de la cual se sirve, una comparación, y ¿por qué no lo ha de hacer así, si le parece bien?

Ciertamente, tía —dije.

—No es así como se expresa la gente por lo general, ni es ese el lenguaje que se emplea en negocios, ya lo sé; por eso insisto para que no lo ponga en su Memoria.

—¿Es que... es una Memoria sobre su propia vida lo que escribe, tía?

—Sí, pequeño —respondió frotándose de nuevo la na­riz—. Está haciendo una Memoria para asuntos suyos, diri­gida al lord Chambelan o al lord no sé cuántos; en fin, a uno de esos a quienes se paga para que reciban Memorias. Su­pongo que la enviará uno de estos días; todavía no ha conse­guido redactarla sin mezclar en ella la alegoría; pero ¡qué más da!, así se entretiene.

El caso es que después descubrí que míster Dick trataba desde hacía diez años de impedir al rey Carlos I que apare­ciese en su Memoria, sin conseguirlo.

—Repito —dijo mi tía— que nadie conoce el espíritu de ese hombre como yo; es el más cariñoso y fácil de llevar. ¿Que le gusta lanzar una cometa de vez en cuando? ¿Eso qué significa? Franklin también soltaba cometas y era cuáquero o algo parecido, si no me equivoco, y un cuáquero soltando cometas es mucho más ridículo que otro hombre cualquiera.

Si hubiera podido suponer que mi tía me contaba aquellos detalles para mi educación personal o por darme una prueba de confianza, me habría sentido muy halagado y habría sa­cado pronósticos favorables de semejante favor. Pero no po­día hacerme ilusiones; era evidente para mí que si se metía en aquellas explicaciones era porque la cuestión se presen­taba, a pesar suyo, en su espíritu, y era a sí misma a quien se dirigía y no a mí, aunque pareciera que me dedicaba su dis­curso, en ausencia de mejor interlocutor.

Al mismo tiempo debo decir que la generosidad con que defendía a míster Dick no solamente me inspiraba muchas esperanzas egoístas, sino que también despertaba en mi co­razón cierto afecto hacia ella. Creo que empezaba a darme cuenta de que, a pesar de todas sus excentricidades y extra­ñas fantasías, era una persona que merecía respeto y con­fianza. Aunque estaba lo mismo de animada que la víspera contra los burros, y fuese violenta su indignación cuando se precipitaba al jardín para defender el césped si veía que un joven al pasar le ponía los ojos tiernos a Janet, sentada en su ventana (lo que era una de las ofensas más grandes que se podía hacer a la dignidad de mi tía), me era imposible, sin embargo, no sentir cada vez más respeto hacia ella y menos temor.

Esperaba con extraordinaria ansiedad la respuesta de míster Murdstone; pero hacía grandes esfuerzos para disimularlo y por serles simpático a mi tía y a míster Dick. Tenía que salir con este último a lanzar la gran cometa; pero como no tenía más trajes que el indumento un poco extravagante con que me había adornado mi tía en el primer momento, me veía obligado a permanecer en casa, excepto una hora después de oscurecer, que mi tía me hacía dar un paseo para mi salud por delante del jardín antes de meterme en la cama. Por úl­timo llegó la respuesta de míster Murdstone. Mi tía me in­formó, con gran terror por mi parte, que iba a venir a ha­blarle en persona al día siguiente. Al otro día todavía estaba con mi curioso indumento y contaba las horas tembloroso y muy preocupado en lucha con mis esperanzas, que sentí de­bilitarse, y mis temores, que podían conmigo, esperando a cada momento sentirme estremecer a la vista de su sombrío rostro y muy impaciente porque no llegaba.

Mi tía estaba un poco más agresiva y severa que de cos­tumbre; en ninguna otra cosa se le notaba que se preparase a recibir al que tanto temor me inspiraba a mí. Trabajaba de­lante de la ventana, y yo, sentado a su lado, reflexionaba en los resultados posibles a imposibles de la visita de míster Murdstone. La tarde avanzaba y la comida había sido retra­sada indefinidamente; pero mi tía, impaciente ya, acababa de decir que la sirvieran, cuando lanzó un grito de alarma a la vista de un burro. ¡Cuál no sería mi consternación al ver a miss Murdstone, montada en él, atravesar con paso decidido el césped sagrado, detenerse enfrente de la casa y mirar a su alrededor!

—¡Váyase usted; no tiene nada que hacer aquí! —gritaba mi tía sacudiendo su cabeza y su puño por la ventana—. ¿Cómo se atreve usted? ¡Que se marche! ¡Oh, qué descaro!

Mi tía estaba tan exasperada por la frescura con que miss Murdstone miraba a su alrededor, que creí que perdía el mo­vimiento y se quedaba incapaz de salir al ataque como de costumbre. Aproveché la oportunidad para informarle de quié­nes eran aquella señora y aquel caballero que se acercaban a ella, pues el camino era una pendiente y el señor que se ha­bía quedado detrás era míster Murdstone en persona.

—¡Me tiene sin cuidado quiénes sean! —exclamó mi tía sacudiendo todavía la cabeza y gesticulando desde la ven­tana todo lo contrario de una bienvenida— ¡Que no hubie­ran contravenido mis órdenes! ¡No lo consentiré! ¡Que se marchen! Janet, ¡échalos, échalos!

Yo, oculto detrás de mi tía, vi una especie de combate. El burro, con sus cuatro patas plantadas en el suelo, resistía a todo el mundo. Janet le tiraba de la brida para hacerle dar la vuelta. Míster Murdstone trataba de hacerle avanzar; miss Murdstone pegaba a Janet con su sombrilla, y muchos chi­quillos acudían al ruido, gritando con todas sus fuerzas.

De pronto mi tía, reconociendo entre ellos al pequeño malhechor encargado de conducir los asnos, que era uno de sus enemigos más encarnizados, aunque apenas tenía trece años, se precipitó en el teatro del combate, le cogió y le arrastró al jardín, con la chaqueta por encima de la cabeza y los talones arañando el suelo. Después llamó a Janet para que fuera a llamar a la policía con el objeto de que le cogie­ran y juzgaran allí mismo, y lo retuvo ante su vista. Pero esta escena dio fin a la comedia, pues el golfillo, que sabía muchas tretas de las que mi tía no tenía ni idea, encontró pronto medio de escapar, dejando las huellas de sus zapato­nes en los arriates y montándose en el burro triunfante­mente.

Miss Murdstone había desmontado cuando terminó el combate y esperaba con su hermano, al pie de los escalones, a que mi tía pudiera recibirlos. Un poco agitada todavía por la lucha, mi tía pasó por su lado con gran dignidad y no se preocupó de su presencia hasta que Janet los anunció.

—¿Debo marcharme, tía? —pregunté temblando.

—No, señor; ciertamente que no.

Y me empujó hacia un rincón a su lado. Después hizo una especie de valla con sillas, como si fuera una prisión o una ba­rra de justicia, y continué ocupando esta posición durante toda la entrevista, y desde allí vi entrar a míster y a miss Murdstone en la habitación.

—¡Oh! —dijo mi tía— En el primer momento no sabía a quiénes tenía el gusto de hacer reproches; pero, ¿saben uste­des?, no le permito a nadie que pase con burros por esa pra­derita, y no hago excepciones; no lo permito a nadie.

—Es una regla nada cómoda para los extraños —dijo miss Murdstone.

—Sí, ¿eh? —dijo mi tía.

Míster Murdstone pareció temer que se renovaran las hos­tilidades, y se interpuso, empezando:

—¿Miss Trotwood?

—Usted dispense —observó mi tía con una mirada pe­netrante—. ¿Usted es míster Murdstone, que se casó con la viuda de mi difunto sobrino David Copperfield de Bloonder­stone Rookery? Pero, ¿por qué Rookery? No lo sé.

—Yo soy —dijo míster Murdstone.

—Usted me dispensará si le digo, caballero —repuso mi tía—, que pienso que habría sido mucho mejor y más opor­tuno que no se hubiera usted ocupado para nada de aquella pobre niña.

—Soy de la opinión de miss Trotwood, —dijo miss Murdstone irguiéndose— ya que considero, en efecto, a nuestra pobre Clara como una niña en todos los sentidos más esenciales.

—Es una felicidad para usted y para mí, señora —dijo mi tía—, el que avanzamos por la vida sin peligro de que nos hagan desgraciadas por nuestros atractivos personales y el que nadie pueda decir de nosotras otro tanto.

—Sin duda —dijo miss Murdstone, aunque pienso que no muy dispuesta a convenir en ello de buena gana—. Y cierta­mente habría sido, como usted dice, mucho mejor para mi hermano si nunca se hubiera metido en semejante matrimo­nio. Yo siempre he sido de esa opinión.

—No cabe duda —dijo mi tía— Janet (llamó a la campa­nilla): mis saludos a míster Dick, y que le ruego que baje.

Hasta que llegó, mi tía, más derecha que nunca, guardó silencio, mirando a la pared, con el ceño fruncido. Cuando llegó, procedió a la ceremonia de la presentación:

—Míster Dick, un antiguo a íntimo amigo, con cuyo jui­cio cuento —dijo mi tía con énfasis, y como avisando a mis­ter Dick, que se mordía las uñas con aire atontado.

Míster Dick se sacó los dedos de la boca y permaneció de pie en medio del grupo con mucha gravedad, dispuesto a de­mostrar la más profunda atención. Mi tía hizo un signo de cabeza a míster Murdstone, que continuó:

—Miss Trotwood: al recibir su carta, consideré como un deber para mí y una demostración de respeto hacia us­ted...

—Gracias —dijo mi tía, mirándole a la cara—; pero no se preocupe por mí.

—El venir a contestarle en persona, por mucha molestia que el viaje pudiera ocasionarme, mejor que escribiendo. El desgraciado niño que ha huido lejos de sus amigos y de sus ocupaciones...

—Y cuyo aspecto —dijo su hermana, llamando la aten­ción general sobre mi vestimenta—, es tan chocante y tan escandaloso...

—Jane —dijo su hermano—, ten la bondad de no inte­rrumpirme. Este desgraciado niño, miss Trotwood, ha sido en nuestra casa la causa de muchas contrariedades y distur­bios domésticos durante la vida de mi querida mujer, y tam­bién después. Tiene un carácter sombrío y se rebela contra toda autoridad. En una palabra, es intratable. Mi hermana y yo hemos tratado de corregirle sus vicios, pero sin resultado, y los dos hemos sentido, pues tengo plena confianza en mi hermana, que era justo que recibiera usted de nuestros labios esta declaración sincera, hecha sin rabia y sin cólera.

—Mi hermano no necesita mi testimonio para confirmar el suyo, y sólo pido permiso para añadir que entre todos los niños del mundo no creo que haya otro peor.

—Es fuerte —dijo mi tía secamente.

—No es demasiado fuerte si se tienen en cuenta los he­chos —insistió miss Murdstone.

—¡Ah! —dijo mi tía— ¿Y bien, caballero?

—Yo tengo mi opinión particular sobre la manera de edu­carle —repuso míster Murdstone, cuya frente se oscurecía cada vez más a medida que mi tía le miraba con mayor fi­jeza—. Y mis ideas están formadas en parte por lo que sé de su carácter y en parte por el conocimiento de mis recursos. No tengo que responder a nadie más que a mí mismo; he obrado, por lo tanto, de acuerdo con mis ideas, y no tengo nada que añadir. Me bastará decir que había colocado al niño, bajo la vigilancia de uno de mis amigos, en un comercio honroso. ¿Que esa situación no le conviene? ¿Que huye? ¿Que va como un vagabundo por las carreteras y viene aquí en andrajos a dirigirse a usted, miss Trotwood? Yo deseo po­ner ante su vista las consecuencias inevitables del apoyo que usted pudiera darle en estas circunstancias.

—Empecemos por tratar la cuestión de la colocación hon­rosa. Si hubiera sido su propio hijo, ¿le habría colocado us­ted de la misma manera?

—Si hubiera sido el hijo de mi hermano —dijo miss Murdstone, interviniendo en la discusión—, su carácter ha­bría sido completamente diferente.

—Si aquella pobre niña, su difunta madre, hubiera vivido, ¿le habrían cargado también con esas honrosas ocupacio­nes? —insistió mi tía.

—Creo —dijo míster Murdstone con un movimiento de cabeza— que Clara no habría puesto nunca resistencia a lo que mi hermana y yo hubiéramos decidido.

Miss Murdstone confirmó con un gruñido lo que su her­mano acababa de decir.

—¡Hum! —dijo mi tía—. ¡Desgraciado niño!

Míster Dick hacía sonar su dinero en el bolsillo desde ha­cía mucho rato, se entregaba a aquella ocupación con tal ahínco, que mi tía creyó necesario imponerle silencio con una mirada antes de decir:

—¿Y la pensión de aquella pobre niña, se extinguió con ella?

—Se extinguió con ella —replicó míster Murdstone.

—¿Y su pequeña propiedad, la casita y el jardín, ese yo no sé qué de Rookery sin cuervos, no ha sido legado a su hijo?

—Su primer marido se lo dejó sin condiciones —empezó a decir míster Murdstone, cuando mi tía le interrumpió con impaciencia y cólera visibles:

—¡Dios mío, ya lo sé! ¡Le fue dejado sin condiciones! Conocía muy bien a David Copperfield y sé que no era hom­bre que previera la menor dificultad aunque la hubiera tenido ante los ojos. No hay duda que se lo dejó sin condicio­nes; pero al volver ella a casarse, cuando tuvo la desgracia de casarse con usted; en una palabra —dijo mi tía, y para ha­blar francamente—, nadie ha dicho entonces una palabra en favor de este niño.

—Mi pobre mujer amaba a su segundo marido, señora, y tenía plena confianza en él —dijo mister Murdstone.

—Su mujer, caballero, era una pobre niña muy desgra­ciada, que no conocía el mundo —respondió mi tía sacu­diendo la cabeza—. Eso es lo que era. Y ahora veamos: ¿qué nos tiene usted que decir?

—Únicamente esto, miss Trotwood —repuso él—. Estoy dispuesto a llevarme a David sin condiciones, para hacer de él lo que me convenga. No he venido para hacer promesas ni para comprometerme a nada. Usted quizá, miss Trotwood, tiene alguna intención en animarle en su huida y en escuchar sus quejas. Sus modales (debo decirlo) no me parecen muy conciliadores, y me lo hacen suponer. Le prevengo, por lo tanto, que si se interpone usted en esta ocasión entre él y yo, es asunto terminado. Si interviene usted, miss Trotwood, su intervención tiene que ser definitiva. No hablo en broma, y no hay que jugar conmigo. Estoy dispuesto a llevármele por primera y última vez. ¿Está él dispuesto a seguirme? Si no lo está, si usted me dice que no lo está, bajo cualquier pre­texto que sea, poco me importa; en ese caso mi puerta se le cierra para siempre y consideraré como convenido que la suya le queda abierta.

Mi tía había escuchado este discurso con la máxima aten­ción, más tiesa que nunca, con las manos cruzadas encima de las rodillas y los ojos fijos en su interlocutor. Cuando hubo terminado, miró a miss Murdstone sin cambiar de acti­tud, y dijo:

—¿Y usted, señorita, tiene algo que añadir?

—Verdaderamente, miss Trotwood, todo lo que pudiera decir ha sido tan bien expresado por mi hermano, y todos los hechos que pudiera recordar han sido expuestos por él tan claramente, que no tengo más que dar las gracias por su amabilidad, o mejor dicho por su excesiva amabilidad —añadió miss Murdstone con una ironía que no turbó a mi tía más de lo que hubiera desconcertado al cañón al lado del cual me había yo dormido en Chathan.

—Y el niño ¿qué dice? —repuso mi tía—. David, ¿estás dispuesto a partir?

Contesté que no, y le rogué que no consintiera en que me llevasen. Dije que míster y miss Murdstone no me habían querido nunca; que nunca habían sido buenos para mí; que sabía que habían hecho muy desgraciada a mi madre, que me amaba tanto, y que Peggotty también lo sabía. Dije que ha­bía sufrido mucho, más de lo que se podía suponer al consi­derar lo pequeño que era. Y rogaba y suplicaba a mi tía (no recuerdo las frases, pero sé que estaba muy conmovido) que me protegiera y defendiera por amor a mi padre.

—Míster Dick —dijo mi tía—, ¿qué le parece a usted que haga con este niño?

Míster Dick reflexionó, dudó, y después, con expresión radiante, dijo:

—Haga que le tomen medida cuanto antes para un traje completo.

—Míster Dick —dijo mi tía con expresión de triunfo—, deme usted la mano. Su buen sentido es de un valor inapre­ciable.

Después, habiendo estrechado vivamente la mano de míster Dick, me atrajo hacia sí, diciendo a míster Murdstone:

—Puede usted marcharse cuando quiera; me quedo con el niño. Si fuera como ustedes dicen, siempre estaría a tiempo de hacer lo que ustedes han hecho; pero no creo ni una pala­bra de ello.

—Miss Trotwood —respondió míster Murdstone—, si fuera usted un hombre...

—¡Bah!, tonterías —dijo mi tía—; cállese usted.

—¡Qué exquisita educación! —exclamó miss Murdstone levantándose—. ¡Verdaderamente es demasiado!

—¿Cree usted que no sé —dijo mi tía, haciéndose la sorda a lo que decía la hermana y dirigiéndose al hermano con expresión de desdén—, cree usted que no sé la vida que ha hecho llevar a aquella pobre niña, tan mal inspirada? ¿Cree usted que no sé qué día nefasto fue para la dulce cria­tura aquel en que le conoció, sonriendo y poniéndole los ojos tiernos? ¡Estoy segura! ¡Como si fuera usted capaz de decir una palabra cariñosa a un niño!

—Nunca he oído lenguaje más elegante —dijo miss Murdstone.

—¿Cree usted que no comprendo su juego lo mismo que si lo viera —continuó mi tía—, ahora que le veo y que le oigo, y que, a decir verdad, es todo menos un placer para mí? ¡Ah! Ciertamente no había nadie más dulce ni más su­miso que usted en aquella época. La pobre inocente no había visto nunca un cordero semejante. ¡Era tan bueno! Adoraba a la madre; tenía verdadera debilidad por el hijo; una verda­dera ceguera. Sería para él un segundo padre, y todo consis­tiría en vivir juntos en un paraíso de rosas, ¿no es así? ¡Va­mos, vamos, déjeme en paz! —dijo mi tía.

—En mi vida he visto una mujer semejante —exclamó miss Murdstone.

—Y cuando ya tuvo cogida a aquella pobre insensata —continuó mi tía—, y Dios me perdone por llamar así a una criatura que ya está donde usted no tiene prisa por reunirse con ella; como si todavía no les hubiera hecho usted bas­tante daño a ella y a los suyos, se puso usted a educarla, ¿no es así? Empezó el trabajo de educarla y la enjauló como a un pobre pajarillo para hacerle olvidar su vida pasada y ense­ñarle a cantar las notas de usted.

—Es locura o embriaguez —dijo miss Murdstone, deses­perada de no poder atraer hacia sí el torrente de invectivas de mi tía—, y sospecho que más bien es embriaguez.

Miss Betsey, sin prestar atención a la interrupción, conti­nuó dirigiéndose a míster Murdstone y sacudiendo un dedo:

—Sí, míster Murdstone. Usted se hizo el tirano de aquella inocente niña y le rompió el corazón. Tenía un alma tierna, lo sé, lo sabía muchos años antes de que usted la conociera, y usted supo escoger su parte débil para darle los golpes por los que ha muerto. Esa es la verdad, le guste o no, haga us­ted lo que haga y le hayan servido los que le hayan servido de instrumentos.

—Permítame preguntarle, miss Trotwood —dijo miss Murdstone—, a quién llama usted, con una elección de ex­presiones a que no estoy acostumbrada, los instrumentos de mi hermano.

Miss Betsey, persistiendo en una sordera inquebrantable, reanudó su discurso:

—Estaba a la vista, desde muchos años antes de que usted la conociera (y está por encima de la razón humana) el compren­der por qué ha entrado en los planes misteriosos de la Providen­cia el que usted la conociera; era natural que aquella pobre cria­tura volviera a casarse un día; pero yo esperaba que no le saliera tan mal. Era en la época en que trajo al mundo a este niño, a este pobre niño, de quien usted se ha servido para martirizarla, lo que es ahora un recuerdo tan desagradable, que le hace abo­rrecer su presencia. Sí, sí; no necesita usted extremecerse —continuó mi tía—. Estoy convencida sin necesidad de eso.

Míster Murdstone permanecía todo el tiempo de pie al lado de la puerta, mirándola fijamente con la sonrisa en los labios, pero con las cejas fruncidas. Observé entonces que, aunque continuaba sonriendo, había palidecido de pronto y parecía respirar con dificultad.

—Que usted lo pase bien, caballero —dijo mi tía— Adiós. Buenos días, señorita —continuó volviéndose bruscamente hacia la hermana—. Si vuelvo a verla alguna vez pasar en bu­rro por mi praderita, le aseguro, como que tiene usted cabeza encima de los hombros, que le arranco el sombrero y lo pateo.

Sería necesario un pintor, y un pintor de talento excepcio­nal, para dar idea del rostro de mi tía al hacer aquella decla­ración inesperada, y del de miss Murdstone al oírla. Pero el gesto no era menos elocuente que las palabras, en vista de lo cual miss Murdstone cogió discretamente el brazo de su her­mano y salió majestuosa de la casa. Mi tía, desde la ventana, los miraba alejarse, dispuesta sin ninguna duda a poner al instante su amenaza en ejecución en el caso de que el burro reapareciera.

No habiendo intentado ellos responder al desafío, el ros­tro de mi tía se dulcificó poco a poco, tanto que me atreví a darle las gracias y a abrazarla, lo que hice con todo mi cora­zón echando mis brazos alrededor de su cuello. Después di un apretón de manos a míster Dick, que quiso repetir la ceremonia muchas veces seguidas, y que saludó el feliz término del asunto con repetidas carcajadas.

—Usted se considerará a medias conmigo como tutor de este niño, míster Dick —dijo mi tía.

—Estaré encantado de ser el tutor del hijo de David.

—Muy bien —dijo mi tía—; es cosa convenida. Pensaba en algo, míster Dick: ¿Podría llamarle Trotwood?

—Ciertamente, ciertamente; llámele Trotwood —dijo míster Dick—. Trotwood, hijo de David.

—¿Quiere usted decir Trotwood Copperfield? —preguntó mi tía.

—Sí, sin duda; Trotwood Copperfield —dijo, un poco avergonzado.

Mi tía estaba tan contenta con su idea, que ella misma marcó con tinta indeleble las camisas que me compraron aquel mismo día, antes de que me pusiera ninguna; y se de­cidió que el resto de mi ropa, que también encargó aquel mismo día, llevaría la misma marca.

Y así empezó mi nueva vida, con nombre nuevo y todo nuevo. Ahora que mi incertidumbre había pasado, me pare­ció durante varios días que vivía en un sueño. No se me ocurrió pensar ni por un momento en la curiosa pareja de tu­tores que eran mi tía y míster Dick. Nunca pensaba en mí de una manera clara. Las dos únicas cosas que veía concisas en mi espíritu eran mi remota y antigua vida en Bloonderstone, que me parecía que cada vez estaba más lejos, y la sensación de que una cortina había caído para siempre sobre mi vida en la casa Murdstone y Grimby. Nadie ha levantado después esa cortina; sólo yo ahora un momento y con mano tímida y temblorosa, para este relato, y la he vuelto a dejar caer con alegría.

El recuerdo de aquella existencia está unido en mi espí­ritu a tal dolor, a tal sufrimiento moral y a una desesperanza tan absoluta, que nunca he tenido valor de examinar cuánto había durado mi suplicio. Si fue un año o más o menos, no lo sé. únicamente sé que fue y dejó de ser, y que ahora lo he escrito para no volver nunca a recordarlo.

CAPÍTULO XV. VUELVO A EMPEZAR

Míster Dick y yo fuimos pronto los mejores amigos del mundo, y muy a menudo, cuando había terminado su tra­bajo, salíamos juntos a soltar la cometa. Todos los días tra­bajaba largo rato en la Memoria, que no progresaba lo más mínimo a pesar de aquel trabajo constante, pues el rey Car­los I siempre aparecía en ella tarde o temprano y había que volver a empezar. La paciencia y el valor con que soportaba aquellos desengaños continuos; la idea vaga que tenía de que el rey Carlos I no tenía nada que ver en aquello; los dé­biles esfuerzos con que intentaba arrojarle, y la tenacidad con que el monarca venía a condenar su memoria al olvido, todo aquello me dejó una impresión profunda. No sé lo que míster Dick pensaría hacer con la memoria en el caso de terminarla (creo que él no lo sabía mejor que yo), ni dónde pensaba enviarla, ni cuáles serían los efectos del envío. Pero, en realidad, no es necesario que se preocupase demasiado, pues si había algo cierto bajo el Sol, era que aquella memo­ria no se terminaría nunca.

Era conmovedor verle con su cometa cuando había su­bido a mucha altura. Lo que me había dicho en su habitación de las esperanzas que tenía sobre aquella manera de disemi­nar los hechos expuestos en los papeles que la cubrían, y que no eran otros que las hojas sacrificadas de alguna me­moria fracasada, le preocupaba alguna vez dentro de casa; pero una vez fuera ya no pensaba en ello. Sólo pensaba en ver volar a la cometa y en ir soltando el bramante del ovillo que tenía en la mano. Nunca tenía el aspecto más sereno. Yo a veces me decía, cuando estaba sentado a su lado por las tardes, sobre el musgo y viéndole seguir con los ojos los mo­vimientos de la cometa, que su espíritu salía entonces de su confusión para elevarse con su juguete al cielo. Los progre­sos que hacía en la amistad a intimidad de míster Dick no perjudicaban en nada a los que hacía con su amiga miss Bet­sey, que se encariñó tanto conmigo, que en el transcurso de unas semanas acortó mi nombre de adopción, transformán­dolo de Trotwood en Trot; y aún animó mis esperanzas de que si seguía como había empezado podría igualarme en el rango de sus afectos con mi hermana Betsey Trotwood.

—Trot —dijo mi tía una noche, cuando el juego de damas estuvo colocado, como siempre, para ella y míster Dick—, no debemos olvidar tu educación.

Este era mi único motivo de ansiedad, y me sentí comple­tamente dichoso al oírle hablar de ello.

—¿Te gustaría ir a la escuela en Canterbury? —,dijo mi tía.

Le respondí que muchísimo, tanto más porque estaba cerca de ella.

—Bueno —dijo mi tía—; ¿te gustaría ir mañana?

Sin extrañarme ya de la general rapidez de las ideas de mi tía, no me sorprendió su brusquedad y dije:

—Sí.

—Bueno —dijo mi tía de nuevo—. Janet, pedirás el caba­llo gris y el coche pequeño para mañana a las diez de la ma­ñana, y prepararás esta noche las cosas del señorito.

Estaba lleno de alegría al oír dar aquellas órdenes; pero me reproché mi egoísmo cuando vi el efecto que habían cau­sado en míster Dick. Le entristecía tanto la perspectiva de nuestra separación y jugaba tan mal aquella noche, que mi tía, después de advertirle varias veces dando en su caja con los nudillos, cerró el juego declarando que no quería seguir jugando con él; pero al saber que yo vendría algunos sába­dos y que él podría ir a verme algunos miércoles, recobró un poco de valor y juró fabricar para aquellas ocasiones una co­meta gigantesca, mucho más grande que aquella con que nos divertíamos ahora. Al día siguiente había vuelto a caer en su abatimiento y trataba de consolarse dándome todo lo que te­nía de oro y plata; pero habiendo intervenido mi tía, sus li­beralidades se redujeron a cinco chelines; a fuerza de ruegos consiguió subirlos hasta diez. Nos separamos de la manera más cariñosa a la puerta del jardín, y míster Dick no se me­tió en casa hasta que nos perdió de vista.

Mi tía, perfectamente indiferente a la opinión pública, conducía con maestría el caballo gris a través de Dover. Se sostenía derecha como un cochero de ceremonia, y seguía con los ojos los menores movimientos del caballo, decidida a no dejarlo hacer su voluntad bajo ningún pretexto. Cuando estuvimos en el campo le dejó un poco más de libertad, y lanzando una mirada hacia un montón de almohadones, en los que yo iba hundido a su lado, me preguntó si era feliz.

—Mucho, tía, gracias a usted —dije.

Me agradeció tanto la contestación que, como tenía las dos manos ocupadas, me acarició la cabeza con el látigo.

—¿Y es una escuela muy concurrida, tía? —pregunté.

—No lo sé —dijo mi tía—. Lo primero vamos a casa de míster Wickfield.

—¿Es que tiene pensión? —dije.

—No, Trot; es un hombre de negocios.

No pedí más informes sobre míster Wickfield, y como tampoco me los dio mi tía, la conversación rodó sobre otros asuntos, hasta el momento en que llegamos a Canterbury. Era día de mercado, y a mi tía le costó mucho trabajo condu­cir el caballo gris a través de las carretas, las cestas y los montones de legumbres. A veces faltaba el canto de un duro para que no volcara un puesto, lo que nos valía discursos muy poco halagüeños por parte de la gente que nos rodeaba; pero mi tía guiaba siempre con la tranquilidad más perfecta, y creo que hubiera atravesado con la misma seguridad un país enemigo.

Por fin nos detuvimos delante de una casa antigua, que sobresalía en la alineación de la calle. Las ventanas del pri­mer piso eran salientes, y también las vigas avanzaban sus cabezas talladas, de manera que por un momento me pre­gunté si la casa entera no tendría la curiosidad de adelan­tarse así para ver lo que pasaba en la calle. Además, todo esto no le impedía brillar con una limpieza exquisita. La vieja aldaba de la puerta, en medio de las guirnaldas de flo­res y frutos tallados que la rodeaban, brillaba como un estre­lla. Los escalones de piedra estaban tan limpios como si los acabaran de cubrir con lienzo blanco, y todos los ángulos y rincones de las esculturas y adornos, los cristalitos de las ventanas, todo estaba tan deslumbrante como la nieve que cae en las montañas.

Cuando el coche se detuvo a la puerta, miré hacia la casa y vi una figura cadavérica que se asomó un momento a una ventana de una torrecilla en uno de los ángulos y después desapareció. El pequeño arco de la puerta se abrió entonces, presentándose ante nosotros el mismo rostro. Era completamente un cadáver, como ya me había parecido en la ventana, aunque su rostro estaba cubierto de esas manchas que se ven a menudo en el cutis de los pelirrojos y, en efecto, el perso­naje era pelirrojo. Debía de tener unos quince años, me pare­ció; pero aparentaba ser mucho mayor. Llevaba los cabellos cortados al rape; no tenía cejas ni pestañas; los ojos eran de un rojo pardo, tan desguarnecidos, tan desnudos, que yo no me explicaba cómo podrían dormir tan descubiertos. Era cargado de hombros, huesudo y anguloso. Vestía, con de­cencia, de negro, con una corbata blanca, con el traje abro­chado hasta el cuello, y unas manos tan largas y tan delga­das, una verdadera mano de esqueleto, que atraía mi atención, mientras de pie, delante del caballo, se acariciaba la barbilla y nos miraba.

—¿Está en casa míster Wickfield, Uriah Heep? —dijo mi tía.

—Sí; míster Wickfield está en casa, señora. Si quiere us­ted tomarse la molestia de pasar —dijo, señalando con su mano descarnada la habitación que quería designarnos.

Bajamos del coche, dejando a Uriah Heep cuidando del caballo, y entramos en un salón un poco bajo, de forma alar­gada, que daba a la calle. Por las ventanas vi a Uriah Heep que soplaba en los ollares al caballo y después le cubría pre­cipitadamente con su mano, como si le hubiera hecho un ma­leficio. Frente a la vieja chimenea había colocados dos retra­tos: uno, el de un hombre de cabellos grises, pero joven; las cejas eran negras y miraba unos papeles atados con una cinta roja. El otro era el de una señora; la expresión de su rostro era dulce y seria, y me miraba.

Creo que buscaba con los ojos un retrato de Uriah, cuando al fondo de la habitación se abrió una puerta y entró un ca­ballero que me hizo volverme a mirar el retrato para cercio­rarme de que no se había salido del marco; pero no: seguía quieto en su sitio, y cuando el caballero estuvo más cerca de la luz vi que tenía más edad que cuando le habían retratado.

—Miss Betsey Trotwood, haga usted el favor de pasar. Us­ted me dispensará; pero cuando han llegado estaba ocupado. Ya conoce usted mi vida y sabe que sólo tengo un interés en el mundo.

—Miss Betsey le dio las gracias y entramos en un despa­cho que estaba amueblado como el de un hombre de nego­cios; lleno de papeles, de libros, de cajas de estaño. Daba al jardín y estaba provisto de una caja de caudales fija en la pa­red, justo encima de la chimenea; Canto es así, que me pre­guntaba cómo harían los deshollinadores para poder pasar por detrás cuando necesitaran limpiarla.

—Y bien, miss Trotwood —dijo mister Wickfield, pues descubrí pronto que era el dueño de la casa, que era abogado y que administraba las tierras de un rico propietario de los alrededores— ¿Qué le trae a usted por aquí? En todo caso espero que no sea por nada malo.

—No —replicó mi tía—; no vengo por asuntos legales.

—Tiene usted razón —dijo mister Wickfield—, más vale que nos veamos por otra cosa.

Ahora sus cabellos eran completamente blancos, aunque seguía teniendo las cejas negras. Su rostro era muy agradable y hasta debía de haber sido muy guapo. Tenía un color exce­sivo, que yo desde hacía mucho tiempo había aprendido, gra­cias a Peggotty, a atribuir al vino, y a lo mismo atribuía el so­nido de su voz y su corpulencia. Estaba muy bien vestido, con traje azul, chaleco a rayas y pantalón de nanquín. Su camisa y su corbata de batista eran tan blancas y tan final, que me re­cordaban, en mi errante imaginación, al cuello de un cisne.

—Es mi sobrino —dijo mi tía.

—No sabia que tuviera usted un sobrino —dijo mister Wickfield.

—Es decir, mi sobrino nieto.

—Tampoco sabía que lo tuviera usted; se lo aseguro —añadió míster Wickfield.

—Lo he adoptado —dijo mi tía con un gesto que indicaba que le importaba muy poco lo que sabía o dejaba de saber—, y lo he traído para meterlo en un colegio donde esté bien cuidado y le enseñen bien. Quería que me dijera usted dónde podría encontrar ese colegio, y que me diera todos los datos necesarios.

—Antes de aventurarme a aconsejarla, permítame. Ya sabe usted mi vieja pregunta para todas las cosas: ¿Cuál es su verdadero objeto?

—¡El diablo lleve a este hombre! Siempre quiere buscar motivos ocultos cuando están a la vista. Lo único que quiero es hacer a este niño feliz y que aprenda.

—Yo creo que debe haber algún otro motivo —dijo mis­ter Wickfield moviendo la cabeza y sonriendo con incre­dulidad.

—¿Otro motivo? —replicó mi tía—. Usted tiene la pre­tensión de obrar con transparencia en todo. Supongo que no creerá usted que es la única persona que sigue directamente su camino en el mundo

—Yo no tengo más que un objeto en la vida, miss Trot­wood, y muchas personas lo tienen por docenas y hasta por cientos. Yo sólo tengo uno; esa es la diferencia. Pero nos he­mos alejado de la cuestión. Usted me pregunta por el mejor colegio. Sea cual fuere su motivo, ¿usted quiere el mejor?

Mi tía asintió.

—El mejor que tenemos —dijo míster Wickfield reflexio­nando—; su sobrino no puede ser admitido en él por ahora más que como externo.

—Pero entre tanto podrá vivir en cualquier otra parte, su­pongo —dijo mi tía.

Míster Wickfield dijo que sí, y después de un momento de discusión le propuso visitar la escuela para que pudiera juzgar ella misma. A la vuelta vería también las casas donde le parecía que podría dejarme.

Mi tía aceptó la proposición, a íbamos a salir los tres cuando mister Wickfield se detuvo para decirme:

—Pero quizá fuese mejor que nuestro amiguito no vi­niese.

Mi tía parecía dispuesta a no aceptar la proposición; pero, para facilitar las cosas, yo dije que estaba dispuesto a esperar­los allí si les convenía, y volví al despacho, donde mientras los esperaba tomé posesión de la silla que había ocupado ya a mi llegada.

Y sucedió que aquella silla estaba colocada frente a un pasillo estrecho que daba a la habitacioncita redonda en cuya ventana había visto el pálido rostro de Uriah Heep. Después de haber llevado el caballo a una cuadra cercana, Uriah Heep se había puesto a escribir en un pupitre y copiaba un papel fijado en un cuadro de hierro y suspendido encima del pupi­tre. Aunque estaba vuelto hacia mí, al principio creí que el papel que copiaba y que se encontraba entre los dos le impe­día verme; pero mirando con más detenimiento vi pronto que sus ojos penetrantes aparecían de vez en cuando bajo el manuscrito como dos soles rojos, y que me miraba furtiva­mente lo menos durante un minuto, aunque seguía oyéndose su pluma correr a la misma velocidad de siempre. Traté va­rias veces de escapar a sus miradas. Me subí a una silla para mirar un mapa en el otro extremo de la habitación; me hundí en la lectura de un periódico, pero sus ojos me atraían, y siempre que lanzaba una mirada sobre aquellos dos soles abrasados estaba seguro de verlos levantarse o bajarse en el mismo instante.

Por fin, después de esperar mucho tiempo, volvieron mi tía y mister Wickfield. No habían obtenido el resultado que esperaban, pues si las ventajas del colegio eran incontesta­bles, mi tía no aprobaba ninguna de las casas propuestas para que yo viviera.

—Es una lata —dijo mi tía— No sé qué hacer, Trot.

—En efecto; es molesto —dijo míster Wickfield—; pero yo sé lo que podía usted hacer.

—¿Qué? —dijo mi tía.

—Deje usted aquí a su sobrino por el momento. Es un niño tranquilo, que no me molestará nada. La casa es buena para estudiar, tranquila como un convento, y casi tan grande. ¡Déjelo aquí!

La proposición le gustaba a mi tía; pero dudaba en acep­tar por delicadeza, y yo lo mismo.

—Vamos, miss Trotwood —dijo míster Wickfield—; no hay otro modo de salvar la dificultad. Y es solamente un arreglo temporal. Si no resulta bien, si nos molesta, tanto a unos como a otros, siempre estamos a tiempo de separarnos, y entre tanto podremos encontrar algo que convenga más. Por el momento, lo mejor es dejarlo aquí.

—Se lo agradezco mucho, y veo que él también lo agra­dece; pero...

—Vamos; ya sé lo que quiere decir —exclamó míster Wickfield—, y no quiero forzarla a que acepte favores de mí; pagará usted la pensión si quiere; no pelearemos por el precio, pero la pagará si usted quiere.

—Esta condición —dijo mi tía—, sin disminuir en nada mi reconocimiento, me deja más tranquila y estaré encan­tada de dejarlo aquí.

—Entonces vamos a ver a la pequeña dueña de mi casa —dijo míster Wickfield.

Subimos por una vieja escalera, con una balaustrada tan ancha que se hubiera podido andar por ella, y entramos en un viejo salón algo oscuro, iluminado por tres o cuatro de las extrañas ventanas que había observado desde la calle. En los huecos había asientos de madera, que parecían provenir de los mismos árboles de los que se habían hecho el suelo, encerado, y las grandes vigas del techo. La habitación estaba muy bien amueblada, con un piano y un deslumbrante mueble verde y rojo; había flores en los floreros y parecía estar todo lleno de rincones, y en cada uno había algo: o una bo­nita mesa, o un costurero, o una estantería, o una silla, o cualquier otra cosa; tanto que yo pensaba a cada instante que no había en la habitación rincón más bonito que en el que yo estaba, y un momento después descubría otro retiro más agradable todavía. El salón tenía el sello de quietud y de ex­quisita limpieza que caracterizaba la casa exteriormente.

Míster Wickfield llamó a una puerta de cristales que ha­bía en un rincón, y una niña de mi edad apareció al momento y le besó. En su carita reconocí inmediatamente la tranquila y dulce expresión de la señora que había visto retratada en el piso de abajo. Me parecía que era el retrato quien había cre­cido, haciéndose mujer, mientras que el original continuaba siendo niña. Tenía el aspecto alegre y dichoso, lo que no im­pedía que su rostro y sus modales respirasen una tranquili­dad, una serenidad de alma, que no he olvidado ni olvidaré jamás.

—He aquí la pequeña dueña de mi casa —dijo míster Wickfield—, mi hija Agnes. Cuando oí el tono con que pro­nunciaba aquellas palabras y el modo como agarraba su mano, comprendí que aquel era el motivo de su vida.

Llevaba un minúsculo cestito con las llaves y tenía todo el aspecto de una ama de casa bastante seria y bastante en­tendida para gobernar la vieja morada. Escuchó con interés lo que su padre le decía de mí, y cuando terminó propuso a mi tía que fuera con ella a ver mi habitación. Fuimos todos juntos; ella nos guió a una habitación verdaderamente mag­nífica, con sus vigas de nogal, como las demás, y sus cua­draditos de cristales, y la hermosa balaustrada de la escalera llegaba hasta allí.

No puedo recordar dónde ni cuándo había visto en mi in­fancia vidrieras pintadas en una iglesia, ni recuerdo los asun­tos que representarían. Sé únicamente que cuando vi a la niña llegar a lo alto de la vieja escalera y volverse para esperamos, bajo aquella luz velada, pensé en las vidrieras que había visto hacía tiempo, y su brillo dulce y puro se asoció desde entonces a mi espíritu con el recuerdo de Agnes Wickfield.

Mi tía estaba tan contenta como yo de las decisiones que acababa de tomar, y bajamos juntos al salón, muy di­chosos y muy agradecidos. Mi tía no quiso oír hablar de quedarse a comer, por temor de no llegar antes de la noche a su casa con el famoso caballo gris, y creo que míster Wickfield la conocía demasiado bien para tratar de disua­dirla. De todos modos, le hicieron tomar algo. Agnes vol­vió a su cuarto con su aya, y míster Wickfield a su despa­cho, y nos dejaron solos para que pudiéramos despedimos tranquilos.

Me dijo que míster Wickfield se encargaría de arreglar todo lo que me concerniese y que no me faltaría nada, y des­pués añadió los mejores consejos y las palabras más afec­tuosas.

—Trot —dijo mi tía al terminar su discurso—, a ver si te haces honor a ti mismo, a mí y a míster Dick, y ¡qué Dios te acompañe!

Yo estaba muy conmovido, y todo lo que pude hacer fue darle las gracias, encargándole toda clase de cariños para míster Dick.

—No hagas nunca una bajeza; no mientas nunca; no seas cruel; evita estos tres vicios, Trot, y siempre tendré esperan­zas en ti.

Prometí lo mejor que pude que no abusaría de su bondad y que no olvidaría sus recomendaciones.

—El caballo está a la puerta —dijo mi tía—; me voy; qué­date aquí.

A estas palabras me abrazó precipitadamente y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Al principio me sor­prendió esta brusca partida y temí haberla disgustado; pero cuando la vi por la ventana subir al coche con tristeza y alejarse sin levantar los ojos comprendí mejor lo que sentía, y no le hice ya aquella injusticia.

A las cinco se cenaba en casa de míster Wickfield. Había recobrado ánimos y sentía apetito. Sólo había dos cubiertos; sin embargo, Agnes, que había esperado en el salón a su pa­dre, se sentó frente a él en la mesa; yo me extrañaba que él hubiera comido sin ella.

Después de comer volvimos a subir al salón, y en el rin­cón más cómodo Agnes preparó para su padre un vaso y una botella de vino de Oporto. Yo creo que no habría encontrado en su bebida favorita su perfume acostumbrado si se la hu­bieran servido otras manos.

Allí pasó dos horas bebiendo vino en bastante cantidad, mientras Agnes tocaba el piano, trabajaba o charlaba con él y conmigo. Él estaba la mayor parte del tiempo alegre y charla­tán como nosotros; pero a veces la miraba y caía en un silen­cio soñador. Me parecía que ella se daba cuenta enseguida, y trataba de arrancarle de sus meditaciones con una pregunta o una caricia; entonces salía de su ensueño y bebía más vino.

Agnes hizo los honores del té; después pasó el tiempo hasta la hora de acostarnos. Su padre la estrechó en sus bra­zos y la besó, y al marcharse pidió que llevasen las velas a su despacho. Yo también subí a acostarme.

Por la tarde había salido un rato para echar una mirada a las antiguas casas y a la hermosa catedral, preguntándome cómo habría podido atravesar aquella antigua ciudad en mi viaje y pasar, sin saberlo, al lado de la casa donde debía vivir tan pronto. Al volver vi a Uriah Heep que cerraba el bufete. Me sentía benevolente hacia todo el género humano y le di­rigí algunas palabras, y al despedirme le tendí la mano. Pero ¡qué mano húmeda y fría tocó la mía! Me pareció sentir la mano de la muerte, y me froté después. la mía con fuerza para calentarla y borrar la huella de la suya.

Fue tan desagradable que cuando entré en mi habitación todavía sentía su frío y humedad en mi memoria. Asomándome a la ventana vi uno de los rostros tallados en las cabe­zas de las vigas que me miraba de reojo, y me pareció que era Uriah Heep que había subido allí de algún modo, y la cerré con prisa.

CAPÍTULO XVI. CAMBIO EN MÁS DE UN SENTIDO

Al día siguiente, después del desayuno, entré de nuevo en la vida de colegio. Míster Wickfield me acompañó al escenario de mis futuros estudios. Era un edificio de piedra, en el centro de un patio donde se respiraba un aire científico muy en armo­nía con los cuervos y las cornejas que bajaban de las torres de la catedral para pasearse, con paso majestuoso, por la hierba. Me presentaron a mi nuevo maestro, el doctor Strong.

El doctor Strong me pareció casi tan oxidado como la verja de hierro que rodeaba la fachada y casi tan pesado como las grandes umas de piedra colocadas en la verja a in­tervalos iguales en lo alto de sus pilares, como un juego de bolos gigantescos preparado para que el Tiempo lo tirase. Estaba en la biblioteca; me refiero al doctor Strong. Llevaba la ropa mal cepillada, los cabellos despeinados, largas polai­nas negras desabrochadas y los zapatos abiertos como dos cavernas sobre la alfombra. Volvió hacia mí sus ojos apaga­dos, que me recordaron los de un caballo ciego al que había visto pacer y cojear sobre las tumbas del cementerio de Bloonderstone. Me dijo que se alegraba mucho de verme, y me tendió una mano, con la que yo no sabía qué hacer, por­que ella tampoco hacía nada.

Sentada trabajando no lejos del doctor había una linda muchacha, a quien llamaba Annie, y supuse que sería su hija.

Me sacó de mis meditaciones cuando se arrodilló en el suelo para atar los zapatos del doctor Strong y abrocharle las po­lainas, lo que hizo con prontitud y cariño. Cuando terminó y nos dirigimos a la clase, me sorprendió mucho oír a míster Wickfield despedirse de ella bajo el nombre de mistress Strong, y me preguntaba si no sería por casualidad la mujer de algún hijo, cuando el mismo doctor disipó mis dudas.

—A propósito, Wickfield —dijo parándose en un pasillo, con una mano apoyada en mi hombro—, ¿no ha encontra­do usted todavía nada que pueda convenir al primo de mi mujer?

—No —dijo míster Wickfield—, todavía no.

—Desearía que fuera lo más pronto posible, Wickfield —dijo el doctor Strong—, pues Jack Maldon es pobre y está ocioso, y son dos cosas malas, que traen a veces resultados peores. Y es lo que dice el doctor Wats —añadió mirándome y moviendo la cabeza al mismo tiempo que hablaba—, que «Satanás encuentra siempre trabajo para las manos ociosas».

—En verdad, doctor —replicó míster Wickfield—, que el doctor Wats habría podido decir con la misma razón «que Satanás siempre encuentra algo que hacer para las manos ocupadas». Las personas ocupadas también toman parte en el mal del mundo, puede usted estar seguro, y si no, ¿qué es lo que han hecho desde hace un siglo o dos los que más han trabajado en adquirir poder o dinero? ¿Cree usted que no han hecho también bastante daño?

—Jack Maldon nunca trabajará demasiado para adquirir lo uno ni lo otro —dijo el doctor Strong, restregándose la barbilla con aire pensativo.

—Es posible —dijo míster Wickfield—, y me recuerda usted nuestro asunto, y le pido perdón por haberme alejado de él. No; todavía no he encontrado nada para Jack Maldon. Creo —añadió titubeando— que adivino sus aspiraciones, y eso hace la cosa más difícil.

—Mis objetivos —dijo el doctor Strong— son colocar de un modo conveniente al primo de Annie, que además es para ella un amigo de la infancia.

—Sí, ya sé —dijo míster Wickfield—: en Inglaterra o en el extranjero.

—Sí —dijo el doctor, evidentemente sorprendido de la afectación con que pronunciaba aquellas palabras: «en In­glaterra o en el extranjero».

—Son sus propias palabras —dijo míster Wickfield—.« o en el extranjero».

—Sin duda —respondió el doctor—,sin duda; lo uno o lo otro.

—¿Lo uno o lo otro? ¿Le es indiferente? –preguntó míster Wickfield.

—Sí —contestó el doctor.

—¿Sí? —dijo el otro con sorpresa.

—Completamente indiferente.

—¿No tiene usted ningún motivo para preferir en el ex­tranjero mejor que en Inglaterra?

—No —respondió el doctor.

—Me veo obligado a creerle, y no hay duda de que le creo—dijo míster Wickfield—. La misión que usted me ha en­cargado es mucho más sencilla en ese caso de lo que había creído. Confieso que tenía sobre ello ideas muy distintas.

El doctor Strong le miró con una sorpresa que terminó en una sonrisa, y aquella sonrisa me animó mucho, pues respi­raba bondad y dulzura que, unida a la sencillez que se en­contraba también en todos sus modales rompió el hielo for­mado por la edad y los largos estudios. Aquella sencillez era lo mejor para atraer a un joven discípulo como yo. El doctor andaba delante de nosotros con paso rápido y desigual, con­testando «sí», « no» , « perfectamente» y otras respuestas bre­ves sobre el mismo asunto. Mientras nosotros le seguíamos observé que míster Wickfield hablaba solo moviendo la ca­beza con expresión grave, creyendo que yo no le veía.

La clase era una gran sala, en la quietud de un rincón de la casa, desde donde se veía por un lado media docena de las grandes urnas y por el otro un jardín retirado que pertenecía al doctor Strong y en un lado del cual podían verse los melo­cotones puestos a madurar al sol. También había grandes áloes en cajones encima del musgo, por fuera de las venta­nas, y las hojas tiesas de aquella planta, que parecían hechas de zinc pintado, han quedado asociadas durante mucho tiempo en mi memoria como símbolo de silencio y retiro. Veinti­cinco alumnos, poco más o menos, estaban estudiando en el momento de nuestra llegada. Todo el mundo se levantó para dar los buenos días al doctor Strong, y después se quedaron en pie al vernos a míster Wickfield y a mí.

—Un nuevo alumno, caballeros —dijo el doctor—: Trot­wood Copperfield.

Un joven llamado Adams, que era el primero de la clase, salió de su sitio para darme la bienvenida. Su corbata blanca le daba aspecto de joven ministro anglicano, lo que no le im­pedía ser amable y de carácter alegre. Me señaló mi sitio y me presentó a los diferentes maestros con tan buena volun­tad que, de haber sido posible, me hubiese quitado toda la timidez.

Pero me parecía que hacía tanto tiempo que no me encon­traba entre chicos de mi edad, excepto Mick Walker y Fécula de patata, que me sentía aislado como nunca. Tenía tal conciencia de haber vivido escenas de las que ellos no te­nían ni idea, y adquirido una experiencia fuera de mi edad, aspecto y condición, que creo que casi me reprochaba como una impostura el presentarme ante ellos como un colegial cualquiera. Había perdido durante el tiempo, más o menos largo, de mi estancia en Murdstone y Grimby la costumbre de los juegos y diversiones de los chicos de mi edad, y sabía que me encontraría torpe y novato. Lo poco que había po­dido aprender anteriormente se había borrado tan por com­pleto de mi memoria por las preocupaciones sórdidas que agobiaban mi espíritu día y noche, que cuando me examinaron para ver lo que sabía resultó que no sabía nada, y me pu­sieron en la última clase. Pero por preocupado que estuviera de mi torpeza en los ejercicios corporales y de mi ignorancia en estudios más serios, estaba infinitamente más incómodo pensando en el abismo mil veces mayor que abría entre no­sotros mi experiencia de las cosas que ellos ignoraban y que, desgraciadamente, yo no desconocía ya. Me preguntaba lo que podrían pensar si llegaran a saber que conocía íntima­mente la prisión de Bench King's. Mis modales ¿no revela­rían todo lo que había hecho en la sociedad de los Micaw­ber? ¿Aquellas ventas, aquellos préstamos y aquellas comidas que eran su consecuencia? Quizá alguno de mis compañeros me había visto atravesar Canterbury, cansado y andrajoso, y quizá me reconocería. ¿Qué dirían ellos, que daban tan poco valor al dinero, si supieran cómo había con­tado yo mis medios peniques para comprar todos los días la carne y la cerveza y los trozos de pudding necesarios para mi subsistencia? ¿,Qué efecto produciría aquello sobre niños que no conocían la vida de las calles de Londres, si llegaban a saber que yo había frecuentado los peores barrios de la gran ciudad, por avergonzado que pudiera estar de ello? Mi espíritu estaba tan impresionado con aquellas ideas el pri­mer día que pasé en la escuela del doctor Strong que estaba pendiente de mis miradas y mis movimientos, preocupado de que alguno de mis camaradas pudiera acercárseme. En cuanto se terminó la clase hui a toda prisa, por temor a com­prometerme si respondía a sus avances amistosos.

Pero la influencia que reinaba en la antigua casa de míster Wickfield empezó a obrar sobre mí en el momento en que llamé a la puerta con mis nuevos libros debajo del brazo, y sentí que mis temores se disipaban. Al subir a mi habitación, tan ordenada, la sombra seria y grave de la vieja escalera di­sipó mis dudas y mis temores y arrojó sobre mi pasado una oscuridad propicia. Permanecí en mi habitación estudiando con ahínco hasta la hora de cenar (salíamos de la escuela a las tres) y bajé con la esperanza de llegar a ser un niño cual­quiera.

Agnes estaba en el salón esperando a su padre, a quien re­tenía en su despacho un asunto. Vino hacia mí con su sonrisa encantadora y me preguntó lo que me había parecido la es­cuela. Yo respondí que pensaba que iba a estar muy bien en ella, pero que todavía no me había acostumbrado.

—¿Tú no has ido nunca a la escuela? —le dije.

—Al contrario; todos los días estoy en ella.

—¡Ah!; pero ¿quieres decir aquí en tu casa?

—Papá no podría prescindir de mí —dijo sonriendo—, necesita a su lado al ama de casa.

—Te quiere mucho; estoy seguro.

Me indicó que sí y se acercó a la puerta para escuchar si subía, con objeto de salirle al encuentro en la escalera. Pero como no oyó nada, volvió hacia mí.

—Mamá murió en el momento de nacer yo —me dijo con su habitual expresión dulce y tranquila— Sólo conozco de ella su retrato, que está abajo. Ayer lo vi mirarlo. ¿,Sabías quién era?

—Sí —le dije—; ¡se te parece tanto!

—También esa es la opinión de papá —dijo satisfecha—; pero... ahora sí que es papá.

Su tranquilo rostro se iluminó de alegría al salirle al en­cuentro, y entraron juntos dándose la mano. Me recibió con cordialidad y me dijo que estaría muy bien con el doctor Strong, que era el mejor de los hombres.

—Quizá haya gentes, no lo sé, que abusen de su bondad —dijo míster Wickfield—; no los imites nunca, Trotwood; es el ser menos desconfiado que existe, y, sea cualidad o de­fecto, es una cosa que siempre hay que tener en cuenta en el trato que se tenga con él.

Me pareció que hablaba como hombre contrariado o des­contento de algo; pero no tuve tiempo de darme mucha cuenta. Anunciaron la comida y bajamos a sentarnos a la mesa en los mismos sitios que la víspera. Apenas acabába­mos de empezar cuando Uriah Heep asomó su cabeza roja y su mano descarnada por la puerta.

—Mister Maldon querría hablar unas palabras con el señor.

—¡Cómo! ¡Si no hace un instante que nos hemos sepa­rado! —dijo.

—Es verdad, señor; pero acaba de volver para decirle dos palabras.

Al mismo tiempo que tenía la puerta entreabierta, Uriah me había mirado y había mirado a Agnes, a los platos, a las fuentes y a todo lo que la habitación contenía, aunque no pa­reció mirar más que a su amo, sobre el cual se fijaban respe­tuosamente sus ojos rojos.

—Dispénseme; es únicamente para decirle que reflexio­nando... —observó una voz detrás de Uriah, al mismo tiempo que su cabeza era empujada y sustituida por la del nuevo interlocutor—. Le ruego que me perdone la indiscre­ción; pero, puesto que no puedo elegir, cuanto antes me marche, mejor. Mi prima Annie me había dicho, cuando ha­bíamos hablado de este asunto, que prefería tener a sus ami­gos lo más cerca posible mejor que verlos desterrados; y el viejo doctor...

—¿El doctor Strong, quiere usted decir? —interrumpió gravemente míster Wickfield.

—El doctor Strong, naturalmente —repuso el otro—. Yo le llamo el viejo doctor; pero es lo mismo, ¿sabe usted?

—No lo sé —dijo míster Wickfield.

—Pues bien; el doctor Strong —dijo el otro—, el doctor Strong parecía de la misma opinión, creo yo; ahora, según lo que usted me propone, parece ser que ha cambiado de idea. En ese caso, no tengo nada que decir, excepto que cuanto antes, mejor. De manera que, sólo he vuelto para decirle que cuanto antes, mejor. Cuando hay que tirarse al agua de ca­beza, de nada sirve titubear.

—Si lo quiere usted así, mister Maldon, puede usted con­tar con ello —dijo míster Wickfield.

—Gracias —dijo el otro muy agradecido—; a caballo re­galado no se le mira el diente. Si no fuera por eso me atreve­ría a decir que habría sido mejor que mi prima Annie hu­biese arreglado las cosas a su modo; Annie no habría tenido más que decírselo al viejo doctor...

—¿Se refiere usted a que mistress Strong no habría tenido más que decírselo a su marido, no es así? —dijo míster Wickfield.

—Exactamente —replicó Maldon—. Con que ella le hu­biera dicho que fueran las cosas de otra manera, lo habrían sido como la cosa más natural.

—¿Y por qué como la cosa más natural, míster Maldon? —preguntó míster Wickfield, que seguía comiendo tranqui­lamente.

—¡Ah! Porque Annie es una chiquilla encantadora, y el viejo doctor, el doctor Strong quiero decir, no es precisa­mente un muchacho —dijo Jack Maldon riéndose—. No quiero ofender a nadie, míster Wickfield; quiero únicamente decir que supongo que alguna compensación es necesaria y razonable en esa clase de matrimonios.

—¿Compensaciones para la señora, caballero? —pre­guntó míster Wickfield con gravedad.

—Sí; para la señora, caballero —contestó Jack Maldon riendo.

Pero observando que mister Wickfield continuaba su co­mida con la misma tranquila impasibilidad y que no había esperanzas de que se ablandara un solo músculo de su ros­tro, añadió:

—Sin embargo, ya he dicho todo lo que tenía que decir, y pidiéndole de nuevo perdón por ser inoportuno, me retiro. Naturalmente que seguiré sus consejos, considerando el asunto como cosa tratada entre usted y yo solamente, y no haré referencia a ello en casa del doctor.

—¿Ha comido usted? —preguntó míster Wickfield seña­lándole la mesa.

—Gracias; voy a comer con mi prima Annie —dijo Mal­don—. Adiós.

Míster Wickfield, sin levantarse, lo miró pensativo mien­tras se marchaba. Maldon era uno de esos muchachos super­ficiales, guapos, charlatanes y de aspecto confiado y atre­vido. Esta fue la primera vez que vi a Jack Maldon, a quien no esperaba conocer tan pronto cuando oí al doctor hablar de él aquella mañana.

Cuando terminamos de comer subimos al salón, y todo sucedió exactamente como el día anterior. Agnes puso los vasos y botellas en el mismo rincón y míster Wickfield se sentó a beber y bebió bastante. Agnes tocó el piano para él y trabajó y charló y jugó varias partidas al dominó conmigo. A su hora hizo el té; y después, cuando yo cogí mis libros para repasarlos, ella también los miró para decirme lo que sabía de ellos (que era mucho más de lo que yo creía) y me indicó la mejor manera de estudiar y de entenderlos. La veo con sus modales modestos, tranquilos y ordenados, y oigo su hermosa voz serena, mientras escuchaba sus palabras; la in­fluencia beneficiosa que llegó a ejercer en todo sobre mí más adelante empezaba ya a dejarse sentir. Amo a Emily, y no puedo decir que amo a Agnes; es completamente distinto: pero siento que donde Agnes está, con ella están la paz, la bondad y la verdad, y que la plácida luz de vidriera de igle­sia que he visto hace tiempo la ilumina siempre, y a mí tam­bién cuando estoy a su lado, y a todo lo que la rodea.

Llegó la hora de acostarse. Acababa de dejarnos, y yo daba la mano a míster Wickfield para despedimos, cuando me detuvo diciendo:

—¿Qué te gusta más, Trotwood, estar con nosotros o it a otro lado?

—Estar aquí —contesté presuroso.

—¿Estás seguro?

—¡Si usted puede; si le gusta!

—Pero temo que es un poco triste nuestra vida, mucha­cho —dijo.

—¿Por qué va a ser más triste para mí que para Agnes? No es nada triste.

—¿Que Agnes? —repitió acercándose despacio a la gran chimenea y apoyándose en ella—. ¿Que Agnes?

Aquella noche había bebido (me pareció) hasta tener los ojos inyectados. Ahora no podía vérselos porque tenía la ca­beza baja y los tapaba además con sus manos; pero hacía un momento me lo había parecido.

—Ahora me pregunto si mi Agnes estará cansada de mí. Yo nunca podré cansarme de ella; pero es tan diferente, tan completamente diferente...

Hablaba para sí sin dirigirse a mí, así es que permanecí inmóvil.

—Es una casa vieja y triste y una vida monótona. Pero necesito tenerla cerca de mí, lo necesito. Sí; sólo la idea de que puedo morir y dejarla, o de que puede ella morir y de­jarme, viene como un espectro a amargar mis horas más feli­ces, y solamente puedo ahogarlo en...

No pronunció la palabra; pero se acercó lentamente al sitio en que había estado sentado a hizo el gesto de servirse vino de la botella vacía; después la dejó y volvió a pa­searse.

—Y si ese miserable pensamiento es tan punzante tenién­dola a mi lado —prosiguió—, ¿que sería si estuviera lejos? No, no, no; no puedo decidirme.

Volvió a apoyarse en la chimenea durante tanto tiempo, que yo no sabía qué decidir, si marcharme, exponiéndome a interrumpirle, o continuar inmóvil como estaba hasta que saliese de sus sueños. Por último se rehizo y buscó por la ha­bitación hasta que me encontraron sus ojos.

—¿Te quedas con nosotros, verdad, Trotwood? —dijo con su tono habitual, y como si contestara a algo que yo acabara de decir—. Me alegro mucho; nos harás compañía a los dos. Será un bien que te quedes; bien para mí, bien para Agnes, y quizá bien para todos.

—Para mí estoy seguro —dije—. ¡Estoy aquí tan con­tento!

—Eres un buen chico —dijo míster Wickfield—y puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras.

Me estrechó la mano y me dio un golpe afectuoso en el hombro. Después me dijo que por la noche, cuando tuviera algo que estudiar después de que Agnes se acostara, o si que­ría leer por gusto, podía bajar a su estudio si él estaba allí y quería hacerlo.

Le di las gracias por su bondad, y como él se bajó ense­guida y yo no estaba cansado bajé también con un libro en la mano para disfrutar durante media hora del permiso.

Pero viendo luz en la habitación redonda y sintiéndome inmediatamente atraído por Uriah Heep, que ejercía una es­pecie de fascinación sobre mí, entré. Le encontré leyendo un gran libro con tal atención, que su dedo huesudo seguía apuntando cada línea y dejando una huella a todo lo largo de la página, como la de un caracol.

—Trabaja usted hasta muy tarde esta noche, Uriah—le dije.

—Sí, míster Copperfield —dijo Uriah, mientras yo cogía un taburete frente a él para hablarle con más comodidad.

Observé que no sabía sonreír; únicamente abría la boca, y se le marcaban dos arrugas duras a cada lado de las mejillas.

—No estoy trabajando para el bufete, míster Copperfield —dijo Uriah.

—¿En qué trabaja entonces? —pregunté.

—Estoy estudiando Derecho —dijo Uriah—. En este mo­mento aprendo la práctica de Tidd. ¡Qué escritor este Tidd, míster Copperfield!

Mi taburete era un buen sitio de observación, y le con­templé mientras leía de nuevo después de aquella calurosa exclamación y seguía otra vez las líneas con su dedo. Observé también que las aletas de su nariz, que era delgada y puntiaguda, tenían un singular poder de contracción y dila­tación, y parecía guiñar con ellas en lugar de con los ojos, que no decían nada en absoluto.

—¿Supongo que será usted un gran abogado? —dije des­pués de mirarle durante un rato.

—¿Yo, míster Copperfield? —dijo Uriah—. ¡Oh, no! Yo soy una persona muy humilde.

Pensé que no debía ser aprensión mía lo que me había he­cho sentir el contacto de sus manos, pues continuamente las restregaba una con otra como para calentarlas, y las secaba furtivamente con su pañuelo.

—Sé muy bien lo humilde de mi condición —dijo Uriah Heep con modestia— comparándome con los demás. Mi madre es también una persona muy humilde; vivimos en una casa modestísima, míster Copperfield; pero tenemos mucho que agradecer a Dios. El oficio de mi padre era muy mo­desto: era sepulturero.

—¿Dónde está ahora? —pregunté.

—Ahora está en la gloria, míster Copperfield —dijo Uriah—. Pero ¡cuántas gracias no hemos recibido! ¿No debo dar mil gracias a Dios por haber entrado con míster Wickfield'?

Le pregunté a Uriah si estaba desde hacía mucho tiempo con él.

—Estoy aquí desde hace cuatro años, míster Copperfield —dijo Uriah cerrando el libro, después de señalar cuidado­samente el sitio en que se interrumpía—. Entré aquí un año después de la muerte de mi padre. Y también qué enorme gracia debo a la bondad de míster Wickfield, que me per­mite estudiar gratuitamente cosas que hubieran estado por encima de los humildes recursos de mi madre y míos.

—Entonces, ¿al terminar sus estudios de Derecho se hará usted procurador? —dije.

—Con la bendición de la Providencia, míster Copperfield —respondió Uriah.

—¡Quién sabe si no llegará usted a ser un día el socio de míster Wickfield —dije yo para hacerme agradable— y en­tonces será Wickfield y Heep, o Heep, sucesor de Wickfield!

—¡Oh, no, míster Copperfield! —replicó Uriah sacu­diendo la cabeza— Soy demasiado humilde para eso.

Verdaderamente se parecía de una manera asombrosa a la cabeza tallada en el extremo de la viga cerca de mi ventana mientras estaba así sentado en su humildad, mirándome de lado con la boca abierta y las arrugas en las mejillas.

—Míster Wickfield es un hombre excelente, míster Cop­perfield —dijo Uriah ; pero si usted le conoce desde hace mucho tiempo sabrá sobre él más de lo que yo pueda decirle.

Le repliqué que estaba convencido; pero que no hacía mu­cho tiempo que le conocía, aunque era muy amigo de mi tía.

—¡Ah! En verdad, míster Copperfield, su tía es una mujer muy amable.

Cuando quería expresar entusiasmo se retorcía de la ma­nera más extraña; nunca he visto nada más feo. Así, olvidé por un momento los cumplidos que hacía de mi tía, para fi­jarme en las sinuosidades de serpiente que imprimía a todo su cuerpo.

—Una señora muy amable, míster Copperfield —re­puso—, y creo que tiene una gran admiración por miss Agnes.

Respondí que sí, aunque no sabía nada. ¡Dios me per­done!

—Y espero que usted piensa como ella; ¿no es así?

—Todo el mundo debe estar de acuerdo en eso —res­pondí yo.

—¡Oh!, muchas gracias por esa observación, míster Cop­perfield —dijo Uriah Heep—. Eso que dice usted es tan cierto; a pesar de mi humildad sé que es tan cierto. ¡Oh, gra­cias, míster Copperfield!

Y se retorció en la exaltación de sus sentimientos. Des­pués se levantó y empezó a prepararse para marchar.

—Mi madre debe estar esperándome —dijo mirando un reloj opaco a insignificante que sacó del bolsillo—, y debe de empezar a estar inquieta, pues dentro de nuestra humil­dad nos queremos mucho. Si quisiera usted venir a vernos un día y tomar una taza de té en nuestra pobre morada mi madre se sentiría tan orgullosa como yo de recibirle.

Respondí que iría con mucho gusto.

—Gracias, míster Copperfield —dijo Uriah poniendo su libro encima del estante— ¿Supongo que estará usted aquí bastante tiempo?

Le dije que suponía que viviría con míster Wickfield mientras estuviera en el colegio.

—¡Ah! —exclamó Uriah—. Entonces pienso que termi­nará usted entrando en los negocios, míster Copperfield.

Yo dije que no tenía la menor intención de ello y que a nadie se le había ocurrido pensar semejante cosa; pero Uriah se empeñaba en contestar a todas mis réplicas: «¡Oh, sí, míster Copperfield; seguramente!», o bien: « ¡Oh, natu­ralmente, míster Copperfield; estoy seguro de que será así!». Por último, cuando terminó sus preparativos, me preguntó si le permitía apagar la luz, y al contestarle que sí, la apagó al instante, y después de estrecharme la mano (que en la oscuridad me pareció un pez), entreabrió la puerta de la calle, se deslizó fuera y la volvió a cerrar, de­jándome que buscara mi camino a tientas, lo que hice con mucho trabajo, después de tropezar contra su taburete. Por esto sin duda estuve soñando con él la mitad de la noche. Entre otras cosas, le vi lanzar al mar la casa de míster Peg­gotty para dedicarse a una expedición pirata bajo una ban­dera negra que llevaba como divisa « La práctica de Tidd» y que nos arrastraba tras de sí bajo aquella enseña diabó­lica a la pequeña Emily y a mí para ahogarnos en los ma­res españoles.

Al día siguiente, cuando fui a la escuela, me sentí menos tímido, y mucho menos al otro, y así fui por grados hasta que me encontré completamente a mis anchas y feliz entre mis nuevos compañeros.

Todavía era torpe en los juegos y estaba atrasado en ¡Os estudios; pero contaba con la costumbre para conseguir lo primero, y pensaba trabajar mucho en lo segundo. En conse­cuencia, me puse con ahínco a las dos cosas. En los juegos y en lo serio. Creo que aproveché bastante, y en muy poco tiempo mi vida en Murdstone y Grimby me pareció tan le­jana que me costaba trabajo creer en ella, mientras que mi vida actual me era tan familiar que me parecía que la llevaba hacía mucho tiempo.

La escuela del doctor Strong era inmejorable y se parecía tan poco a la de míster Creakle como el bien y el mal. Es­taba dirigida con un orden grave y decoroso y por un buen sistema. En todas las cosas se apelaba al honor y a la buena fe de los alumnos, con la intención confesada de contar con estas cualidades mientras no se diera motivo para lo contra­rio. Esta confianza daba los mejores resultados. Todos sentía­mos que tomábamos parte en la buena marcha del estableci­miento y que a nosotros tocaba mantener su reputación y su honor. Así, todos nos encariñábamos vivamente con la casa y, por mi parte, puedo responder que no he visto ni a uno de mis camaradas que no pensase como yo.

Estudiábamos con todas nuestras fuerzas, para hacer ho­nor al doctor, y en el recreo nos divertíamos mucho y gozá­bamos de mucha libertad. Recuerdo que con todo aquello hablaban muy bien de nosotros en la ciudad, y que nuestra conducta y modales rara vez perjudicaban la reputación del doctor Strong o la de sus alumnos. Algunos de los mayores, que vivían en casa del doctor, me informaron de ciertos de­talles de su vida. No hacía todavía un año que se había ca­sado con la linda mujer que vi en su despacho. Por su parte había sido un matrimonio de amor. La chica no tenía dinero, según decían nuestros camaradas; pero, en cambio, poseía una cantidad enorme de parientes pobres, siempre dispuestos a invadir la casa de su marido. Se atribuían los modales distraídos del doctor a las pesquisas constantes a que se en­tregaba sobre las raíces griegas. En mi inocencia, o mejor dicho en mi ignorancia, suponía que el doctor tenía una es­pecie de manía botánica, tanto más cuanto siempre iba mi­rando al suelo al andar. Fue bastante más tarde cuando lle­gué a saber que se trataba de las raíces de las palabras, y que tenía intención de hacer un nuevo diccionario. Adams, que era el primero de la clase y que tenía mucha disposición para las matemáticas, había calculado el tiempo que tardaría el doctor en hacer aquel diccionario; teniendo en cuenta su plan primitivo y los resultados obtenidos, calculaba que para dar fin a aquella empresa necesitaría mil seiscientos cua­renta y nueve años a partir del último aniversario del doctor, que había cumplido entonces los sesenta y dos. Pero el doc­tor era el ídolo de los alumnos, y, en realidad, hubiese sido necesario que el colegio hubiera estado compuesto por niños muy malos para que fuera de otro modo, pues verdadera­mente era el mejor de los hombres, lleno de una fe tan senci­lla, que habría podido conmover hasta los corazones de pie­dra de las grandes urnas alineadas a lo largo de la verja cuando paseaba de arriba abajo en el patio, bajo las miradas de los cuervos y de las comejas, que le seguían volviendo la cabeza con expresión de lástima, como si supieran que esta­ban mucho más al corriente que él de los asuntos de este mundo. Si un vagabundo, atraído por el crujir de sus zapa­tos, lograba acercársele lo bastante para llamar su atención con un relato de miseria, podía estar seguro de obtener de su caridad lo suficiente para vivir bien dos días. Sabían esto tan bien en la casa, que los maestros y los discípulos de más edad saltaban muchas veces por la ventana para arrojar a los mendigos antes de que el doctor pudiera percatarse de su presencia, y muchas veces hasta se había hecho esto a unos pasos de él sin que se diera cuenta. Una vez fuera de sus do­minios y desprovisto de toda protección era como una oveja para los rateros. De buena gana se habría quitado las polai­nas para darlas. A decir verdad, circulaba entre nosotros una historia que se remontaba a no sé qué época y se fundaba en no sé qué autoridad, pero que yo creo que era cierta. Se de­cía que un día de invierno, en que hacía mucho frío, el doc­tor había dado sus polainas a una pobre mujer, que ense­guida había suscitado el escándalo de la vecindad paseando de puerta en puerta a su nene envuelto en aquellos pañales improvisados, con gran sorpresa de todos, pues las polainas del doctor eran tan conocidas en los alrededores como la ca­tedral. La leyenda añadía que el único que no las reconoció fue el doctor, que, viéndolas poco después en el escaparate de una tienda de compraventa de mala fama, donde recibían toda clase de cosas a cambio de un vaso de ginebra, se de­tuvo a examinarlas con aire de aprobación, como si obser­vase en ellas algún nuevo perfeccionamiento en su corte que les diera una ventaja señalada sobre las suyas.

Lo que era un encanto era ver al doctor con su mujercita. Tenía una manera afectuosa y paternal de demostrarla su ter­nura, que sólo con eso se expresaba la bondad de aquel hom­bre. A menudo los veía paseando por el jardín, por donde es­taban los melocotones, y a veces lo había observado de cerca en el despacho del doctor o en el salón. Ella parecía cuidarle y quererle mucho, aunque su interés por el diccionario nunca me pareció demasiado grande, a pesar de que los bolsillos y el sombrero del doctor estaban siempre llenos de fragmentos de aquel trabajo y generalmente parecía que se lo explicaba a ella mientras se paseaban.

Yo veía mucho a mistress Strong, pues se había aficio­nado a mí desde el día en que me presentaron al doctor, y siempre continuó interesándose por mí con cariño. Quería mucho a Agnes y venía a menudo a nuestra casa. Era cu­rioso que con míster Wickfield estaba siempre nerviosa, y parecía tenerle miedo. Cuando venía a vernos por la tarde, evitaba siempre aceptar su brazo para volver a su casa, y me pedía a mí que la acompañara. A veces, cuando atrave­sábamos alegremente el patio de la catedral sin esperar en­contrar a nadie, veíamos aparecer a Jack Maldon, que se sorprendía mucho de vemos.

La madre de mistress Strong me entusiasmaba. Se llamaba mistress Mackleham; pero los chicos solían llamarla el Vete­rano, por la táctica con que hacía maniobrar contra el doctor al numeroso batallón de sus parientes. Era una mujercita de ojos penetrantes, que llevaba siempre, cuando iba muy ves­tida, una toca adornada con flores artificiales y dos maripo­sas, también artificiales, que revoloteaban alrededor de las flores. Se decía entre nosotros que aquella toca procedía, se­guramente, de Francia y, en efecto, su origen debía de ser de aquella ingeniosa nación; pero lo que sé con certeza es que aparecía por las noches por todas partes por donde mistress Mackleham hacía su entrada, pues tenía un cestito chino para llevarla de una casa a otra. Las mariposas tenían el don de re­volotear con sus alas temblorosas como las abejas laboriosas, aunque al doctor Strong sólo le ocasionaba gastos.

Observaba al Veterano, y conste que no adopto el nombre por faltarle al respeto, con toda comodidad una noche que se me hizo memorable por otro incidente que también voy a re­latar. El doctor daba aquella noche una reunión de despedida en honor de Jack Maldon, que se marchaba a las Indias, donde iba como cadete en un regimiento o algo parecido, habiendo terminado por fin aquel asunto míster Wickfield. Ese día era también el cumpleaños del doctor. Hacíamos una fiesta y le habíamos hecho nuestro regalo por la mañana. El número uno había pronunciado un discurso en nombre de todos los alumnos y le habíamos vitoreado hasta quedar ron­cos, lo que le había emocionado haciéndole llorar. Y ahora, por la noche, míster Wickfield, Agnes y yo veníamos a to­mar el té en su compañía.

—He olvidado, doctor —dijo la madre de mistress Strong cuando nos hubimos sentado—, felicitarle en este día, como es de rigor, aunque en mi caso esto no es una fórmula; per­mítame desearle muchas felicidades para este año y muchos que le sigan.

—Muchas gracias, señora —contestó el doctor.

—Muchos, muchos, muchos años de felicidad —dijo el Veterano—, no solamente por usted, sino también por An­nie, por Jack Maldon y por otras muchas personas.

—Me parece que fue ayer, Jack —continuó—, cuando eras una criaturita. Copperfield sería mayor que tú cuando cortejabas a Annie detrás de las grosellas en el fondo del jardín.

—Mamá —dijo mistress Strong—, ya no te debe impor­tar esto.

—Annie, no seas absurda —repuso su madre—. Si te ru­borizas al oír estas cosas ahora, que eres toda una señora ca­sada, ¿cuándo vas a dejar de azorarte al oírlas?

—¡Vaya, Annie —exclamó Jack Maldon—, vamos!

—Sí, John; de hecho una señora madura, aunque no lo sea por la edad; porque ¿quién me ha oído decir que una mu­chacha de veinte años sea madura por la edad? Tu prima es la mujer del doctor y como tal la he descrito. Es mejor para ti, John, que tu prima sea la mujer del doctor; has encon­trado en él un buen amigo con influencia, que aún será me­jor, me atrevo a predecírtelo, si te lo mereces. No es falsa vanidad, pues dudo en admitir francamente que hay algunos miembros de nuestra familia que necesitan un amigo. Tú eras uno de ellos, antes de que la influencia de tu prima te lo hubiese procurado.

El doctor, en la bondad de su corazón, movió su mano como para quitarle importancia y ahorrar a Jack Maldon que siguie­ran insistiendo. Pero mistress Mackleham se cambió a una si­lla cerca del doctor, y dándole con el abanico en la manga dijo:

—No, realmente, mi querido doctor; debe usted dispen­sarme que me entrometa, porque lo siento tan intensamente, que casi puede llamarse una monomanía. Es como una obsesión. Usted ha sido una bendición para nuestra familia. Us­ted realmente es nuestra providencia.

—Tonterías, tonterías —dijo el doctor.

—No, no; dispénseme usted —repuso el Veterano—. Sin nadie presente más que nuestro querido a íntimo amigo míster Wickfield, no puedo consentir que me achiquen; voy a tener que reclamar los privilegios de suegra si siguen ustedes así y reñirles. Soy completamente franca; lo que diga es lo que dije cuando me sorprendió usted tanto la primera vez; ¿se acuerda usted qué sorprendida estaba cuando pidió la mano de Annie? No porque fuera nada extraordinario el hecho de la petición, sería ridículo decirlo, sino porque usted conoció a su pobre padre y a ella cuando era un bebé de seis meses. No me lo figuraba a usted bajo ese aspecto, ni como novio posible para nadie.

—¡Ay, ay! —dijo el doctor de buen humor—. Eso no im­porta.

—Pero a mí sí —dijo el Veterano dándole con el abanico en los labios—; me importa mucho recordar estas cosas, que se me pueden discutir si me equivoco. Pues bien, entonces hablé a Annie y le conté lo que había sucedido: «Querida mía, ha venido el doctor Strong, que ha pedido tu mano». ¿Hice yo la menor presión? No; le dije: « Mira, Annie; dime la verdad ahora mismo. ¿Está libre tu corazón?». «Mamá —me contestó llorando—, soy muy joven —lo era real­mente— y casi no sé si tengo corazón.» « Entonces, querida mía —le dije—, puedes estar segura de que está libre. De to­dos modos, el doctor Strong está en una gran inquietud y se le debe contestar. No se le puede tener esperando en ese es­tado.» « Mamá —me dijo Annie, todavía llorando—, ¿será desgraciado sin mí? Si fuera a serlo, le respeto y le estimo tanto, que creo que lo aceptaré.» Así fue decidido; y enton­ces, pero nada más que entonces, le dije a Annie: « El doctor Strong no solamente será tu marido, sino que representará también a tu padre, la cabeza de nuestra familia; representará la sabiduría, el rango, y puede decirse también la for­tuna de nuestra familia; en resumen, será nuestra providen­cia». Usé esa palabra en aquella ocasión, y hoy la he vuelto a repetir. Si tengo algún mérito, es la constancia.

Su hija permanecía silenciosa a inmóvil durante aquel dis­curso, con los ojos fijos en el suelo; su primo, de pie a su lado y mirando también al suelo. Por fin dijo dulcemente, con voz temblorosa:

—Mamá, espero que hayas terminado.

—Mi querida Annie —repuso el Veterano—, no he termi­nado aún. Como me preguntas,te contesto, y no he termi­nado. Me quejo de que realmente eres un poco descastada con tu familia, y como es inútil quejarme a ti, quiero que­jarme a tu marido. Ahora, mi querido doctor, mire a su ton­tuela mujer.

Al volver el doctor su bondadoso rostro con sonrisa de sencillez y dulzura hacia ella, inclinó aún más la cabeza. Ob­servé que míster Wickfield la miraba fijamente.

—Cuando el otro día le dije a esta antipática —prosiguió su madre moviendo la cabeza y su abanico coquetonamente hacia ella— que había una necesidad en la familia que po­dría contarle a usted; mejor dicho, que debía contársela, me dijo que hablar de ello era pedir un favor, y que como usted era demasiado generoso para ella, pedir era tener, y que no lo diría nunca.

—Annie, querida mía —dijo el doctor—, aquello estuvo mal, porque fue robarme una alegría.

—Casi con las mismas palabras que yo se lo dije —ex­clamó su madre—. Desde ahora en adelante, en cuanto sepa que hay algo que no lo va a decir por esa razón, estoy casi segura, mi querido doctor, de que se lo diré yo misma.

—Me alegrará que lo haga —repuso el doctor.

—¿De verdad?

—Ciertamente.

—Bien; entonces lo haré —dijo el Veterano—; trato hecho.

Supongo que por haber conseguido lo que quería golpeó varias veces la mano del doctor con su abanico, que había besado antes, y se volvió triunfante a su primer asiento.

Después llegó más gente. Entre otros, dos profesores con Adams, y la charla se hizo general y, como es natural, versó sobre Jack Maldon, sobre su viaje, sobre el país donde iba y sus diversos planes y proyectos. Partía aquella noche des­pués de la cena en silla de postas para Gravesen, donde el barco en que iba a hacer el viaje lo esperaba, y a menos de que le dieran permiso, o a causa de la salud, partía para no sé cuántos años. Recuerdo que fue generalmente reconocido que la India era un país calumniado, al que no había nada que objetar más que un tigre o dos y un poco de calor exce­sivo durante gran parte del día. Por mi parte, miraba a Jack Maldon como a un Simbad moderno y me lo figuraba amigo íntimo de todos los rajás del Oriente, sentado fumando lar­gas pipas de oro, que lo menos tendrían una milla de largas si se hubieran podido desenvolver.

Yo sabía que mistress Strong cantaba muy bien, porque la había oído a menudo cuando estaba sola; pero fuera porque le asustaba cantar delante de gente o porque aquella noche no tenía buena voz, el caso es que no pudo cantar. Intentó un dúo con su primo Maldon, pero no pasó del principio, y des­pués, cuando intentó cantar sola, aunque empezó dulce­mente, se apagó su voz de pronto, dejándola confusa, con la cabeza inclinada encima de las teclas.

El buen doctor dijo que estaba nerviosa, y para animarla propuso un juego general de cartas, de lo que entendía tanto como de tocar el trombón; pero vi que el Veterano le tomó bajo su custodia como compañero y le daba lecciones, di­ciéndole como primera iniciación que le entregara todo el dinero que llevase en el bolsillo.

Fue un juego divertido, no siendo la menor diversión las equivocaciones del doctor, que eran innumerables a pesar de la vigilancia de las mariposas y de su indignación. Mistress Strong había renunciado a jugar, bajo el pretexto de no en­contrarse muy bien, y su primo Maldon también se excusó porque todavía tenía algunos paquetes por hacer. Cuando volvió de hacerlos, se sentó a charlar con ella en el sofá. De vez en cuando Annie iba a mirar las cartas del doctor y le aconsejaba una jugada. Estaba muy pálida, estaba muy pá­lida cuando se inclinaba hacia él, y me pareció que su dedo temblaba al señalar las cartas; pero el doctor era completa­mente feliz con aquella atención y no se daba cuenta.

La cena no fue tan alegre; todos parecían sentir que una separación de aquella índole era algo embarazoso, y cuanto más se acercaba el momento, más aumentaba la tensión. Jack Maldon intentaba estar muy charlatán, pero no era es­pontáneo y lo estropeaba todo. Y según me pareció también, lo empeoraba el Veterano recordando continuamente episo­dios de la infancia de Maldon.

El doctor, convencido sin embargo (estoy seguro) de que había hecho felices a todos, estaba muy contento y no se le ocurría sospechar que pudiera haber alguien que no estu­viera alegre.

—Annie querida —dijo mirando su reloj y llenando su vaso—, va a ser la hora de partida de tu primo Jack y no de­bemos retenerle, pues ni el tiempo ni la marea esperan. Jack Maldon, va usted a emprender un largo viaje a un país ex­tranjero; muchos hombres lo han hecho y muchos lo harán hasta el fin de los tiempos. Los vientos que usted va a afron­tar han conducido a cientos y miles de hombres a la fortuna y han vuelto a traer a millares y millares felizmente a su patria.

—Es una cosa realmente conmovedora —dijo mistress Macklheam—, por cualquier lado que se mire, el ver a un muchacho agradable, a quien se conoce desde la infancia, partir para el otro extremo del mundo dejando todo lo que conoce detrás de sí y sin saber lo que le espera. Un joven que hace un esfuerzo semejante merece una protección cons­tante —dijo mirando al doctor.

—El tiempo correrá deprisa para usted, Jack Maldon —prosiguió el doctor— y deprisa para todos nosotros. Algu­nos difícilmente podemos esperar, siguiendo el curso natural de las cosas, el poder felicitarle a su regreso; sin embargo, lo mejor es tener esperanza, y ese es mi caso. No le cansaré con buenos consejos. Ha tenido usted durante mucho tiempo un buen modelo delante con su prima Annie. Imítela todo lo más que pueda.

Mistress Macklheam se abanicaba moviendo la cabeza.

—Que siga usted bien, Maldon —dijo el doctor ponién­dose de pie, con lo que todos nos levantamos—. Le deseo un próspero viaje, una carrera brillante y un feliz regreso a su país.

Todos brindamos por él y todos le estrechamos la mano, después de lo cual se despidió de las señoras y se precipitó a la puerta, donde fue recibido, al subir al coche, por una tre­menda descarga de vivas de los alumnos, que se habían reu­nido allí con aquel objeto.

Corrí para reunirme con ellos y llegué muy cerca del co­che en el momento de arrancar, y me causó una impresión muy fuerte, en medio del ruido y del polvo, ver a Jack Mal­don con el rostro agitado y algo color cereza entre sus ma­nos.

Después de vitorear también al doctor y a su señora, los chicos se dispersaron, y yo volví a entrar en la casa, donde encontré a todos formando corro alrededor del doctor, discu­tiendo sobre la marcha de Jack Maldon, sobre su valor, sus emociones y todo lo demás. En medio de todas aquellas ob­servaciones, mistress Mackleham gritó:

—¿Dónde está Annie?

No estaba allí, y cuando la llamaron no contestó. Enton­ces todos salieron a un tiempo del salón para ver qué pasaba, y nos la encontramos tendida en el suelo del vestíbulo. En el primer momento fue muy grande la alarma; pero enseguida se dieron cuenta de que sólo estaba desmayada y de que empezaba ya a volver en sí con los medios que en esos casos se emplean. El doctor, levantándole la cabeza y apoyándola en sus rodillas, separó los bucles de su frente y dijo mirando a su alrededor:

—¡Pobre Annie! ¡Es tan cariñosa, que la partida de su amigo de la infancia ha sido la causa de esto! ¡Cómo lo siento! ¡Estoy muy disgustado!

Cuando Annie abrió los ojos y vio dónde estaba y que todos la rodeaban, se levantó a inclinó la cabeza en el pecho del doc­tor, no sé si para apoyarse o para ocultarla, y todos entramos de nuevo en el salón, dejándola con el doctor y con su madre. Pero, al parecer, ella dijo que se encontraba mejor de lo que había estado durante todo el día y quiso volver entre nosotros. La trajeron muy pálida y débil y la sentaron en el sofá.

—Annie, querida mía —dijo su madre arreglándole el traje—; mira, has perdido uno de tus lazos. ¿Quiere alguien ser tan amable de buscarlo? Es una cinta de color cereza.

Era la que llevaba en el pecho. La buscaron, y yo también la busqué por todas partes, estoy seguro; pero nadie consi­guió encontrarla.

—¿No recuerdas si la tenías hace un momento, Annie? —dijo su madre.

Me sorprendió cómo, estando tan pálida, pudo ponerse de pronto roja como la grana al contestar que sí la tenía hacía un momento; pero que no merecía la pena buscarla.

Seguimos buscándola sin resultado y, por último, insistió tanto en que no merecía la pena, que las pesquisas se enfria­ron. Cuando dijo que se encontraba completamente bien, to­dos nos levantamos y dijimos adiós.

Volvíamos muy despacio míster Wickfield, Agnes y yo. Agnes y yo admirábamos la luz de la luna; pero míster Wickfield no levantaba los ojos del suelo. Cuando por fin llegamos delante de nuestra puerta, Agnes se dio cuenta de que había olvidado su bolsita de labor. Encantado de poder prestarle algún servicio, volví corriendo a buscarla.

Entré en el comedor, que era donde se la había dejado; es­taba oscuro y desierto, pero una puerta de comunicación en­tre aquella habitación y el estudio del doctor, donde había luz, estaba abierta, y me dirigí allí para decir lo que deseaba y pedir una vela.

El doctor estaba sentado en su butaca al lado de la chi­menea y su mujer en un taburete a sus pies. El doctor, con una sonrisa complaciente, leía en alta voz un manuscrito explicación de su teoría sobre aquel interminable dicciona­rio, y ella le miraba; pero con una expresión que no le había visto nunca. Estaba tan bella y tan pálida, tan fija en su abs­tracción, con una expresión tan completamente salvaje y como sonámbula, en un sueño de horror de no sé qué. Sus ojos estaban completamente abiertos, y sus cabellos casta­ños caían en dos espesos bucles sobre sus hombros y su blanco traje, desaliñado por la falta de la cinta. Recuerdo perfectamente su aspecto, y todavía hoy no puedo decir lo que expresaba, y me lo pregunto al recordarlo, trayéndolo de nuevo ante mi actual experiencia. ¿Arrepentimiento?, ¿humillación?, ¿vergüenza?, ¿orgullo?, ¿amor?, ¿con­fianza? Vi todo aquello y, dominándolo todo, vi aquel ho­rror de no sabía qué.

Mi entrada diciendo lo que deseaba le hizo volver en sí y también cambió el curso de las ideas del doctor, pues cuando volví a entrar a devolver la luz, que había cogido de la mesa, le acariciaba la cabeza con ternura paternal, diciéndole que era un egoísta, que abusaba de su bondad leyéndole aquello y que debía marcharse a la cama.

Pero ella le pidió con insistencia que la dejara estar con él, que la dejara convencerse de que poseía toda su confianza (casi balbució estas palabras), y volviéndose hacia él, des­pués de mirarme a mí cuando salía de la habitación, le vi cruzar las manos sobre las rodillas y mirarle con la misma expresión, aunque algo más tranquila, mientras él reanudaba su lectura.

Aquello me impresionó hondamente y lo recordé mucho tiempo después, como tendré ocasión de relatar cuando sea oportuno.

CAPÍTULO XVII. ALGUIEN QUE REAPARECE

No he vuelto a mencionar a Peggotty desde mi huida; pero, como es natural, le había escrito una carta en cuanto estuve establecido en Dover, y después otra muy larga, con­teniendo todos los detalles relatados aquí, en cuanto mi tía me tomó seriamente bajo su protección. Al ingresar en la escuela del doctor Strong le escribí de nuevo detallándole mi felicidad y mis proyectos, y no hubiera tenido ni la mi­tad de satisfacción gastándome el dinero de míster Dick de la que tuve enviando a Peggotty su media guinea de oro. Hasta entonces no le había contado el episodio del mucha­cho del burro.

A mis cartas contestaba Peggotty con la prontitud aunque no con la concisión de un comerciante. Toda su capacidad de expresión (que no era muy grande por escrito) se agotó con la redacción de todo lo que sentía respecto a mi huida. Cuatro páginas de incoherentes frases llenas de interjeccio­nes, sin más puntuación que los borrones, eran insuficientes para su indignación. Pero aquellos borrones eran más expre­sivos a mis ojos que la mejor literatura, pues demostraban que Peggotty había llorado al escribirme. ¿Qué más podía desear?

Me di cuenta al momento de que la pobre mujer no podía sentir ninguna simpatía por miss Betsey. Era demasiado pronto, después de tantos años de pensar de otro modo.

«Nunca llegamos a conocer a nadie —me escribía—, pues pensar que miss Betsey pueda ser tan distinta de lo que siem­pre habíamos supuesto... ¡Qué lección!» Era evidente que todavía le asustaba mi tía, y aunque me encargaba que le diera las gracias, lo hacía con bastante timidez; era evidente que temía que volviera a escaparme, a juzgar por las repeti­das instancias de que no tenía más que pedirle el dinero ne­cesario y meterme en la diligencia de Yarmouth.

En su carta me daba una noticia que me impresionó mu­cho. Los muebles de nuestra antigua casa habían sido vendi­dos por los hermanos Murdstone, que se habían marchado, y la casa estaba cerrada, hasta que se vendiera o alquilara. Dios sabe que yo no había tenido sitio en ella mientras ellos habían habitado allí; pero me entristeció pensar que nuestra querida y vieja casa estaba abandonada, que las malas hier­bas crecerían en ella y que las hojas secas invadirían los sen­deros. Me imaginaba el viento del invierno silbando alrede­dor, la lluvia fría cayendo sobre los cristales de las ventanas y la luna llenando de fantasmas las paredes vacías y velando ella sola. Pensé en la tumba debajo de los árboles y me pare­ció como si la casa también hubiera muerto y todo lo rela­cionaba con mis padres desaparecidos.

No había más noticias en la carta de Peggotty aparte de que Barkis era un excelente marido, según decía, aunque se­guía un poquito agarrado; pero todos tenemos nuestros de­fectos, y ella también estaba llena de ellos (yo estoy seguro de no haberle conocido ninguno). Barkis me saludaba y me decía que mi habitacioncita siempre estaba dispuesta. Míster Peggotty estaba bien, y Ham también, y mistress Gudmige seguía como siempre, y Emily no había querido escribirme mandándome su cariño, pero decía que me lo enviara Peg­gotty de su parte.

Todas estas noticias se las comunicaba yo a mi tía como buen sobrinito, evitando sólo nombrar a Emily, pues instinti­vamente comprendía que a mi tía le haría poca gracia. Al principio de mi ingreso a la escuela, miss Betsey fue en va­rias ocasiones a Canterbury a verme, siempre a las horas más intempestivas, con la idea, supongo, de sorprenderme en falta. Pero como siempre me encontraba estudiando y con muy buena fama, oyendo en todas partes hablar de mis pro­gresos, pronto interrumpió sus visitas. Yo la veía un sábado cada tres o cuatro semanas, cuando iba a Dover a pasar un domingo, y a míster Dick lo veía cada quince días, los miér­coles. Llegaba en la diligencia a mediodía para quedarse hasta la mañana siguiente.

En aquellas ocasiones míster Dick nunca viajaba sin su neceser completo de escritorio conteniendo buena provisión de papel y su Memoria, pues se le había metido en la cabeza que apremiaba el tiempo y que realmente había que termi­narla cuanto antes.

Míster Dick era muy aficionado a las galletas, y mi tía, para hacerle los viajes aún más agradables, me había dado instrucciones para abrirle crédito en una confitería; lo que se hizo estipulando que no se le serviría más de un chelín en el curso de un día. Esto y la referencia de que ella pagaba las pequeñas cuentas del hotel donde pasaba la noche me hicie­ron sospechar que sólo le dejaba sonar el dinero en el bolsi­llo; pero gastarlo, nunca. Más adelante descubrí que así era, o por lo menos que había un arreglo entre él y mi tía, a quien tenía que dar cuenta de todo lo que gastase, y como él no te­nía el menor interés en engañarla y siempre estaba deseando complacerla, era muy moderado en sus gastos. En este punto, como en tantos otros, míster Dick estaba convencido de que mi tía era la más sabia y admirable de todas las muje­res, y me lo repetía a todas horas en el mayor secreto y siem­pre en un murmullo.

—Trotwood —me dijo míster Dick un día con cierto aire de misterio, y después de haberme hecho aquella confiden­cia—. ¿Quién es ese hombre que se oculta cerca de nuestra casa para asustarla?

—¿Para asustar a mi tía?

Míster Dick asintió.

—Yo creí que nada podía asustarla —me dijo—, porque ella... (Aquí murmuró suavemente ...), no se lo digas a nadie, pero es la más sabia y la más admirable de todas las mujeres.

Después de decir esto dio un paso atrás para ver el efecto que aquella declaración me producía.

—La primera vez que vino —continuó míster Dick— es­taba... Veamos... mil seiscientos cuarenta y nueve es la fecha de la ejecución del rey Carlos I. Creo que me dijiste mil seis­cientos cuarenta y nueve.

—Sí.

—No comprendo cómo puede ser —insistió míster Dick muy confuso y moviendo la cabeza— No creo que pueda ser tan viejo.

—¿Fue en aquella fecha cuando apareció el hombre? —pregunté.

—Porque realmente —continuó míster Dick— no veo cómo pudo ser en aquel año, Trotwood. ¿Has encontrado esa fecha en la historia?

—Sí, señor.

—¿Y la historia no mentirá nunca? ¿Tú qué crees? —dijo míster Dick con un rayo de esperanza en los ojos.

—¡Oh, no, no! —repliqué de la manera más rotunda.

Era joven a ingenuo, y lo creía así.

—Entonces no puedo creerlo —repitió míster Dick—. En esto hay alguna confusión; sin embargo, fue muy poco des­pués de la equivocación (meter algo de la confusión de la cabeza del rey Carlos en la mía) cuando llegó por primera vez aquel hombre. Estaba paseándome con tu tía después del té, precisamente cuando anochecía, y él estaba allí, al lado de la casa.

—¿Se paseaba? —pregunté.

—¿Que si se paseaba? —repitió míster Dick—. Déjame que recuerde un poquito. No, no; no paseaba.

Para terminar antes, le pregunté:

—Entonces ¿qué hacía?

—Nada, porque no estaba allí —contestó míster Dick—. Hasta que se acercó a ella por detrás y le murmuró algo al oído. Ella se volvió y se sintió indispuesta. Yo también me había vuelto para mirarle; pero él se marchó. Pero lo más extraño es que ha continuado oculto siempre, no sé si dentro de la tierra.

—¿Está oculto desde entonces? —pregunté.

—Es seguro que lo estaba —repuso míster Dick mo­viendo gravemente la cabeza—, pues no habíamos vuelto a verle nunca hasta ayer por la noche. Estábamos paseando cuando se acercó otra vez por detrás. Yo lo reconocí.

—¿Y mi tía volvió a asustarse?

—Se estremeció —continuó míster Dick imitando el mo­vimiento y haciendo castañetear sus dientes y se apoyó en la tapia y lloró—. Pero mira, Trotwood —y se acercó para ha­blarme más bajo—. ¿Por qué le dio dinero a la luz de la luna?

—Quizá era un mendigo.

Míster Dick sacudió la cabeza, rechazando la idea, y des­pués de repetir muchas veces y con gran convicción: «No; no era un mendigo», me dijo que desde su ventana había visto a mi tía, muy tarde ya, en la noche, dando dinero al hombre que estaba por fuera de la verja a la luz de la luna. Y entonces el hombre había vuelto a esconderse debajo de la tierra. Después de darle el dinero, mi tía volvió apresurada y furtiva hacia la casa, y a la mañana siguiente todavía la no­taba muy distinta de como estaba siempre, lo que confundía mucho el espíritu de míster Dick.

Nunca creí, al menos al principio, que aquel desconocido fuera otra cosa que un fenómeno de la imaginación de mís­ter Dick; una de aquellas cosas como la del rey Carlos, que tantas preocupaciones le causaba. Pero después, reflexio­nando algo, empecé a temer si no habrían tratado, por medio de amenazas, de arrancar al pobre míster Dick de la protec­ción de mi tía, y si ella, fiel a la amabilidad que yo conocía en ella, se habría visto obligada a comprar con dinero la paz y el reposo de su protegido. Como ya me había encariñado mucho con míster Dick y me interesaba por su felicidad, du­rante mucho tiempo, cuando llegaba el miércoles, estaba preocupado pensando en si le vería aparecer en la imperial de la diligencia como de costumbre; pero siempre llegaba, con sus cabellos grises y su cara sonriente y feliz. Nunca tuvo nada más que decirme de aquel hombre que asustaba a mi tía.

Aquellos miércoles eran los días más felices en la vida de míster Dick, y tampoco eran los menos felices de la mía. Pronto se hizo amigo de todos los chicos de la escuela, y aunque nunca tomaba parte activa en los juegos, no tratán­dose de la cometa, demostraba tanto interés como nosotros en todos. ¡Cuántas veces le he visto absorto en una partida de bolos o de peón, mirándonos con interés profundo y per­diendo la respiración en los momentos críticos! ¡Cuántas ve­ces le he visto subido en un picacho para abarcar todo el campo de acción y moviendo el sombrero por encima de sus cabellos grises, olvidado hasta de la cabeza del rey Carlos! ¡Cuántas horas de verano le he visto pasar pendiente del cri­quet! ¡Cuántos días de invierno le he visto, con la nariz azul por el frío y el viento, mirándonos patinar y aplaudiendo en su entusiasmo con sus guantes de lana!

Era el favorito de todos, y su ingenio para las cosas pe­queñas era trascendental. Sabía pelar naranjas de formas tan distintas, que nosotros no teníamos ni idea. No desechaba nada, convertía en peones de ajedrez los huesos de chuleta, hacía carros romanos con cartas viejas, ruedas con un ca­rrete y jaulas de pájaro con trocitos de alambre; pero lo más admirable eran las casas que hacía con pajas o con hilos. Es­tábamos seguros de que con sus manos sabría hacer todo lo que quisiéramos.

La fama de míster Dick no quedó confinada a los peque­ños. Al cabo de pocos miércoles el doctor Strong en persona me hizo algunas preguntas sobre él, y yo le contesté todo lo que sabía por mi tía. Al doctor le interesó muchísimo y me pidió que en la próxima visita se lo presentara. Después de cumplida esta ceremonia el doctor rogó a míster Dick que siempre que no me encontrase en las oficinas de la diligen­cia fuera allí directamente a esperar la hora de salida, y pronto míster Dick hizo costumbre de ello, y si nos retrasá­bamos un poco, como sucedía a menudo, se paseaba por el patio esperándome. Allí hizo amistad con la linda mujercita del doctor (pálida y triste desde hacía tiempo, se le veía me­nos que antes y había perdido mucha de su alegría, pero no por eso estaba menos bonita), y fue por grados tomando cada vez más confianza, hasta que terminó entrando a esperarme en clase.

Se sentaba siempre en un rincón determinado y en un ta­burete determinado, que bautizamos con el nombre de «Dick». Allí permanecía tiempo y tiempo, con la cabeza in­clinada, escuchándonos con profunda veneración por aque­lla cultura que él nunca había podido adquirir.

Aquella veneración la extendía míster Dick al doctor, de quien pensaba que era el más sutil filósofo de cualquier época. Pasó mucho tiempo antes de que se decidiera a ha­blarle de otro modo que con la cabeza descubierta, y aun después, cuando el doctor se había hecho muy amigo suyo y paseaban juntos por el patio, por el lado que los chicos lla­mábamos el «paseo del doctor», míster Dick no podía por menos que quitarse el sombrero de vez en cuando, para de­mostrar su respeto por tanta sabiduría. ¿Cómo empezó el doctor a leerle fragmentos de su famoso diccionario mien­tras se paseaban? No lo sé; quizá al principio pensaba que era lo mismo que leerlo solo. Sin embargo, también se hizo costumbre, y míster Dick lo escuchaba con el rostro resplan­deciente de orgullo y de felicidad, y en el fondo de su corazón estaba convencido de que el diccionario era el libro más delicioso del mundo.

Cuando pienso en aquellos paseos por delante de las ven­tanas de la clase; el doctor leyendo con su sonrisa compla­ciente y acompañando en ocasiones su lectura de un grave movimiento de cabeza, y míster Dick escuchando embele­sado, mientras su pobre cerebro vagaba, Dios sabe dónde, en alas de las palabras complicadas, pienso que era una de las cosas más tranquilas y dulces que he visto en mi vida, y creo que si hubieran podido pasear así siempre más hubiera valido. Hay muchas cosas que han hecho mucho ruido en el mundo sin valer ni la mitad que aquello, a mis ojos.

Agnes fue una de las personas que antes se hizo amiga de míster Dick, y también cuando íbamos a casa hizo amistad con Uriah Heep.

La amistad entre míster Dick y yo crecía por momentos, pero de un modo extraño, pues míster Dick, que era nomi­nalmente mi tutor y venía a verme como mi guardián, era quien me consultaba siempre en sus pequeñas dudas y difi­cultades a invariablemente se guiaba por mis consejos, no solamente sintiendo un gran respeto por mi natural inte­ligencia, sino convencido de que había sacado mucho de mi tía.

Un jueves por la mañana, cuando volvía de acompañar a míster Dick desde el hotel a la diligencia, antes de entrar en clase me encontré a Uriah Heep en la calle; hablamos y me recordó mi promesa de tomar una tarde el té con ellos, y aña­dió con modestia:

—Aunque no espero que vaya usted, míster Copperfield; ¡somos una gente tan humilde!

Yo, en realidad, todavía no había visto claro si me gus­taba Uriah o si me repugnaba; todavía estaba en esas dudas cuando me lo encontré cara a cara en la calle. Pero sentí como una afrenta el que me supusiera orgulloso, y le dije que únicamente había esperado a que ellos me invitaran.

—¡Oh!, si es así, míster Copperfield —dijo Uriah—; si verdaderamente no es nuestra humildad lo que le detiene, ¿quiere usted venir esta tarde? Pero si fuera nuestra modes­tia, no le importe decírmelo, míster Copperfield, pues esta­mos tan convencidos de nuestra situación...

Le respondí que hablaría de ello a míster Wickfield, y que si lo aprobaba, como estaba seguro, iría con gusto. Así, a las seis de la tarde le anuncié que cuando él quisiera.

—Mi madre se sentirá muy orgullosa —dijo—; mejor di­cho, así se sentiría si no fuera pecado, míster Copperfield.

—Sin embargo, usted esta mañana ha supuesto que yo pe­caba de eso mismo.

—No, no, querido míster Copperfield, créame, no. Tal pensamiento nunca se me ha pasado por la imaginación. Nunca me hubiera parecido usted orgulloso por encontrar­nos demasiado humildes. ¡Somos tan poca cosa!

—¿Ha estudiado usted mucho Derecho últimamente? —pregunté por cambiar la conversación.

—¡Oh míster Copperfield! Mis lecturas mal pueden lla­marse estudios. Por la noche he pasado a veces una hora o dos con el libro de Tidd.

—Presumo que será muy difícil.

—A veces sí me resulta algo duro —contestó Uriah—, pero no sé lo que podrá ser para una persona en otras condiciones.

Después de tamborilear en su barbilla con dos dedos de su mano esquelética, añadió:

—Hay expresiones, ¿sabe usted, míster Copperfield?, pa­labras y términos latinos en el libro de Tidd que confunden mucho a un lector de cultura tan modesta como la mía.

—¿Le gustaría a usted aprender latín? —le dije viva­mente—. Yo podría enseñárselo a medida que yo mismo lo estudio.

—¡Oh!, gracias míster Copperfield —respondió sacu­diendo la cabeza— Es usted muy bueno al ofrecerse, pero yo soy demasiado humilde para aceptar.

—¡Qué tontería, Uriah!

—Perdóneme, míster Copperfield; se lo agradezco infini­tamente y sería para mí un placer muy grande, se lo aseguro; pero soy demasiado humilde para ello. Hay ya bastante gente deseando agobiarme con el reproche de mi inferior si­tuación; no quiero herir sus ideas estudiando. La instrucción no ha sido hecha para mí. En mi situación vale más no aspi­rar a tanto. Si quiero avanzar en la vida tengo que hacerlo humildemente, míster Copperfield.

No había visto nunca su boca tan abierta ni las arrugas de sus mejillas tan profundas como en el momento en que ex­puso aquel principio sacudiendo la cabeza y retorciéndose con modestia.

—Creo que está usted equivocado, Uriah; y estoy segu­ro de poder enseñarle algunas cosas si usted tuviera ganas de aprenderlas.

—No lo dudo, míster Copperfield —respondió—, estoy seguro; pero como usted no está en una situación humilde quizá no sabe juzgar a los que lo estamos. Yo no quiero in­sultar con mi instrucción a los que están por encima de mí; soy demasiado modesto para ello... Pero hemos llegado a mi humilde morada, míster Copperfield.

Entramos directamente desde la calle en una habitación baja, decorada a la antigua, donde encontramos a mistress Heep, el verdadero retrato de Uriah, salvo que más menudo. Me recibió con la mayor humildad y me pidió perdón por besar a su hijo.

—Pero, ve usted —dijo—, por pobres que seamos, tene­mos uno por otro un afecto que es muy natural y no hace daño a nadie.

La habitación, medio gabinete, medio cocina, estaba muy decente. Los cacharros para el té estaban preparados encima de la mesa, y el agua hervía en la lumbre. No sé por qué se sentía que allí faltaba algo. Había una cómoda con un pupi­tre encima, donde Uriah leía o escribía por las noches. También estaba su carpeta azul, llena de papeles, y una serie de libros, a la cabeza de los cuales reconocí a Tidd. En un rin­cón había una alacena donde tenían todo lo más indispensa­ble. No recuerdo que los objetos en particular dieran la sen­sación de miseria ni de economía; pero la habitación entera daba aquella impresión.

Quizá formaba parte de la humildad de mistress Heep su luto continuado; a pesar del tiempo transcurrido desde la muerte de su marido, seguía con su luto de viuda. Puede que hubiera alguna ligera modificación en la cofia, pero todo lo demás seguía tan severo como el primer día de su viudez.

—Hoy es un día memorable para nosotros, mi querido Uriah —dijo mistress Heep haciendo el té—, por la visita de míster Copperfield. Habría deseado que tu padre continuara en el mundo aunque sólo hubiera sido para recibirle esta tarde con nosotros.

—Estaba seguro de que dirías eso, madre.

Yo estaba algo confuso con aquellos cumplidos; pero en el fondo me halagaba mucho que me tratasen como a un huésped de importancia, y encontraba a mistress Heep muy amable.

—Mi Uriah esperaba ese favor desde hace mucho tiempo —continuó mistress Heep—, pero temía que la modestia de su situación fuera obstáculo para ello. Yo también lo temía, pues somos, hemos sido y seremos siempre tan modestos...

—No veo razón para ello —repuse—, a menos que les guste.

—Gracias —repuso mistress Heep—, pero reconocemos nuestra situación y se lo agradecemos más.

Mistress Heep fue acercándose a mí poco a poco, mien­tras Uriah se sentaba enfrente, y empezaron a ofrecerme con mucho respeto los mejores bocados, aunque, a decir verdad, no había nada muy delicado; pero tomé bien sus buenas intenciones y me sentía muy conmovido por sus amabilidades. La conversación recayó primero sobre los tíos, y yo les hablé, como es natural, de mi tía; después tocó el turno a los padres, y yo, naturalmente, hablé de los míos; después, mis­tress Heep se puso a contar cosas de padrastros, y yo tam­bién empecé a decir algo del mío; pero me acordé de que mi tía me aconsejaba siempre que guardara silencio sobre aque­llo y me detuve. Lo mismo que un taponcillo chico no ha­bría podido resistir a un par de sacacorchos, o un dientecito de leche no habría podido luchar contra dos dentistas, o una pelota entre dos raquetas, así estaba yo, incapaz de escapar a los asaltos combinados de Uriah y de su madre. Hacían de mí lo que querían; me obligaban a decir cosas de las que no tenía la menor intención de hablar, y me ruborizo al confesar que lo consiguieron con tanta facilidad porque, en mi inge­nuidad infantil, me sentía muy halagado con aquellas con­versaciones confidenciales y me consideraba como el patrón de mis dos huéspedes respetuosos.

Se querían mucho entre sí, eso es cierto, y creo que aque­Ilo también influía sobre mí. Pero ¡había que ver la habilidad con que el hijo o la madre cogían el hilo del asunto que el otro había insinuado! Cuando vieron que ya nada podrían sa­carme sobre mí mismo (pues respecto a mi vida en Murds­tone y Grimby y mi viaje pennanecí mudo), dirigieron la con­versación sobre míster Wickfield y Agnes. Uriah lanzaba la pelota a su madre; su madre la cogía y volvía a lanzársela a Uriah; él la retenía un momento y volvía a lanzársela a mis­tress Heep. Aquel manejo terminó por turbarme tanto que ya no sabía qué decir. Además, también la pelota cambiaba de naturaleza. Tan pronto se trataba de míster Wickfield como de Agnes. Se aludía a las virtudes de míster Wickfield; des­pués, a mi admiración por Agnes; se hablaba un momento del bufete y de los negocios o la fortuna de míster Wickfield, y un instante más tarde de lo que hacíamos después de la co­mida. Luego trataron del vino que míster Wickfield bebía, de la razón que le hacía beber y de que era una lástima que bebiese tanto. En fin, tan pronto de una cosa, tan pronto de otra, o de todas a la vez, pareciendo que no hablaban de nada, sin hacer yo otra cosa que animarlos a veces para evitar que se sintieran aplastados por su humildad y el honor de mi visita, me percaté de que a cada instante dejaba escapar detalles que no tenía ninguna necesidad de confiarles y veía el efecto en las finas aletas de la nariz de Uriah, que se levantaban con delicia.

Empezaba a sentirme incómodo y a desear marcharme, cuando un caballero que pasaba por delante de la puerta de la calle (que estaba abierta, pues hacía un calor pesado impro­pio de la estación), volvió sobre sus pasos, miró y entró gri­tando:

—David Copperfield, ¿es posible?

¡Era míster Micawber! Míster Micawber, con sus lentes de adorno, su bastón, su imponente cuello blanco, su aire de elegancia y su tono de condescendencia: no le faltaba nada.

—Mi querido Copperfield —dijo míster Micawber ten­diéndome la mano—, he aquí un encuentro que podría servir de ejemplo para llenar el espíritu de un sentimiento profundo por la inestabilidad a incertidumbre de las cosas humanas ...; en una palabra, es un encuentro extraordinario. Me paseaba por la calle, reflexionando en la posibilidad de que surgiera algo, pues es un punto sobre el que tengo algunas esperan­zas por el momento, y he aquí que precisamente surge ante mí un amiguito que me es tan querido y cuyo recuerdo se une al de la época más importante de mi vida; a la época que ha decidido mi existencia, puedo decirlo. Copperfield, que­rido mío, ¿cómo está usted?

No sé, verdaderamente no lo sé, si estaba contento de ha­berme encontrado allí a míster Micawber; pero me alegraba verlo y le estreché la mano con fuerza, preguntándole cómo estaba su señora y los niños.

—Muchas gracias —me contestó con su peculiar movi­niento de mano y metiéndose la barbilla en el cuello de la camisa— Ella está ahora reponiéndose; los mellizos ya no se alimentan de las fuentes de la naturaleza; en resumen —dijo míster Micawber en uno de sus arranques de con­fianza—, los ha destetado, y ahora me acompaña en mis via­jes. Estoy seguro, Copperfield, de que estará encantada de reanudar la amistad con un muchacho que ha sido en todos sentidos digno ministro del altar sagrado de la amistad.

Yo también le dije que me gustaría mucho verla.

—Es usted muy bueno —dijo míster Micawber.

Sonrió de nuevo, volvió a meter la barbilla en la corbata y miró a su alrededor.

—Puesto que no he encontrado a mi amigo Copperfield en la soledad —dijo sin dirigirse a nadie en particular—, sino ocupado en restaurar sus fuerzas en compañía de una señora viuda y de su joven vástago; en una palabra, de su hijo (esto fue dicho en un nuevo arranque de confianza), qui­siera tener el honor de serles presentado.

No podía evadirme de presentarle a Uriah Heep y a su madre, y cumplí aquel deber. A consecuencia de la humildad de mis amigos, míster Micawber se vio obligado a sentarse e hizo con la mano un movimiento de la mayor cortesía.

—Todo amigo de mi amigo Copperfield —dijo— tiene derechos sobre mí.

—No tenemos la audacia, caballero —dijo mistress Heep— de pretender tener la amistad de míster Copperfield. únicamente él ha tenido la bondad de venir a tomar el té con nosotros, y le estamos muy agradecidos del honor de su vi­sita, como también a usted, caballero, por su amabilidad.

—Es usted demasiado buena, señora —dijo míster Mi­cawber saludándola— ¿Y qué hace usted, Copperfield? ¿Continúa en el almacén de vinos?

Tenía muchas ganas de llevarme de allí a míster Micawber, y le respondí, cogiendo mi sombrero y enrojeciendo mucho (estoy seguro), que era discípulo del doctor Strong.

—¡Discípulo! —dijo míster Micawber levantando las cejas—. Estoy encantado de lo que me dice. Aunque un espí­ritu como el de mi amigo Copperfield, con su conocimiento de los hombres y de las cosas, no necesita la instrucción que otro cualquiera necesitaría —continuó, dirigiéndose a Uriah y a su madre—, eso no quita que precisamente fuera imposi­ble encontrar terreno más propicio y de una fertilidad oculta; en una palabra —añadió sonriendo en un nuevo acceso de confianza—, es una inteligencia capaz de adquirir una ins­trucción completa y clásica sin ninguna restricción.

Uriah, frotándose lentamente sus largas manos, hizo un movimiento para expresar que compartía aquella opinión.

—¿Quiere usted que vayamos a ver a mistress Micawber? —dije con la esperanza de llevármelo.

—Si es usted tan amable, Copperfield —replicó levantán­dose—. No tengo inconveniente en decir ante nuestros ami­gos aquí presentes que he luchado desde hace muchos años con las dificultades pecuniarias (estaba seguro de que diría algo de aquello, pues no dejaba nunca de vanagloriarse de lo que llamaba sus dificultades); tan pronto he triunfado sobre ellas como me han..., en una palabra, me han echado abajo. Ha habido momentos en que he resistido de frente, y otros en que he cedido ante el número y en que le he dicho a mistress Micawber en el lenguaje de Catón: «Platón, razo­nas maravillosamente; todo ha terminado, no lucharé más». Pero en ninguna época de mi vida —continuó míster Mi­cawber— he disfrutado en más alto grado de satisfacciones íntimas como cuando he podido verter mis penas (si es que puedo llamar así a las dificultades provenientes de embargos y préstamos) en el pecho de mi amigo Copperfield.

Cuando míster Micawber terminó de honrarme con aquel discurso, añadió:

—Buenas noches, mistress Heep; soy su servidor.

Y salió conmigo del modo más elegante, haciendo sonar el empedrado bajo sus tacones y tarareando una canción du­rante el camino.

La casa donde paraban los Micawber era pequeña, y la habitación que ocupaban tampoco era grande. Estaba sepa­rada de la sala común por un tabique y olía mucho a tabaco. También creo que debía de estar situada encima de la co­cina, porque a través de las rendijas del suelo subía un humo grasiento y maloliente que impregnaba las paredes. Tam­poco debía de estar lejos del bar, pues se oían ruidos de va­sos y llegaba el olor de las bebidas. Allí, tendida en un sofá colocado debajo de un grabado que representaba un caballo de raza, estaba mistress Micawber, a quien su marido dijo al entrar.

—Querida mía, permíteme que te presente a un discípulo del doctor Strong.

Observé que, aunque míster Micawber se confundía mu­cho respecto a mi edad y situación, siempre recordaba como una cosa agradable que era discípulo del doctor Strong.

Mistress Micawber se sorprendió mucho, pero estaba en­cantada de verme. Yo también estaba muy contento, y des­pués de un cambio de cumplidos cariñosos, me senté en el sofá a su lado.

—Querida mía —dijo Micawber—, si quieres contarle a Copperfield nuestra situación actual, que le gustará conocer, yo iré entretanto a echar una ojeada al periódico para ver si surge algo en los anuncios.

—Les creía a ustedes en Plimouth —dije cuando Micawber se marchó.

—Mi querido Copperfield—replicó ella—; en efecto, he­mos estado allí.

—¿Para tomar posesión de un destino?

—Precisamente —dijo mistress Micawber— para tomar posesión de un destino; pero la verdad es que en la Aduana no quieren un hombre de talento. La influencia local de mi familia no podía sernos de ninguna utilidad para proporcio­nar un empleo en la provincia a un hombre de las facultades de míster Micawber. No quieren un hombre así, pues sólo habría servido para hacer más visible la deficiencia de los de­más. Tampoco he de ocultarle, mi querido Copperfield—con­tinuó mistress Micawber—, que la rama de mi familia estable­cida en Plimouth, al saber que yo acompañaba a mi marido, con el pequeño Wilkis y su hermana y con los dos mellizos, no le recibieron con la cordialidad que era de esperar en los mo­mentos trágicos por los que atravesábamos. El caso es —dijo mistress Micawber bajando la voz—, y esto entre nosotros, que la recepción que nos hicieron fue un poco fría.

—¡Dios mío! —dije.

—Sí —continuó mistress Micawber—. Es triste considerar a la humanidad bajo ese aspecto, Copperfield; pero la recep­ción que nos hicieron fue decididamente un poco fría. No hay que dudarlo. El hecho es que mi familia de Plimouth se puso completamente en contra de míster Micawber antes de una se­mana.

Yo le dije (y lo pienso) que debían avergonzarse de su conducta.

—He aquí lo que ha pasado —continuó mistress Mi­cawber—. En semejantes circunstancias, ¿qué podía hacer un hombre del orgullo de mi marido? No había otro recurso que pedir a aquella gente el dinero necesario para volver a Londres; el caso era volver, fuera como fuera.

—¿Y entonces se volvieron ustedes?

—Sí; volvimos todos —respondió mistress Micawber—. Desde entonces he consultado con otros miembros de mi familia sobre el partido que debía tomar míster Micawber, pues sostengo que hay que tomar una resolución, Copper­field —insistió mistress Micawber, como si yo le dijera lo contrario—. Es evidente que una familia compuesta de seis personas, sin contar a la criada, no puede vivir del aire.

—Ciertamente, señora —dije.

—La opinión de las diversas personas de mi familia —con­tinuó mistress Micawber— fue que mi marido debía inmedia­tamente dedicar su atención al carbón.

—¿A qué, señora?

—A los carbones —repitió mistress Micawber—. Al co­mercio del carbón. Micawber, después de tomar informes concienzudos, pensó que quizá habría esperanzas de éxito, para un hombre de capacidad, en el negocio de carbones de Medway y decidió que lo primero que había que hacer era visitar el Medway. Y con ese objeto hemos venido. Digo he­mos, míster Copperfield, porque yo nunca abandonaré a Mi­cawber—añadió con emoción.

Murmuré algunas palabras de admiración y aprobación.

—Hemos venido —repitió mistress Micawber— y hemos visto el Medway. Mi opinión sobre la explotación del carbón por ese lado es que puede requerir talento, pero que sobre todo requiere capital. Talento, míster Micawber tiene de so­bra; pero capital, no. Según creo, hemos visto la mayor parte del Medway, y esta ha sido mi opinión personal. Después, como ya estábamos tan cerca de aquí, Micawber opinó que sería estar locos marchamos sin ver la catedral; en primer lu­gar, porque no la habíamos visto nunca, y merece la pena, y además, porque había muchas probabilidades de que surgiera algo en una ciudad que tiene semejante catedral. Y estamos aquí ya hace tres días, y todavía no ha surgido nada. Usted no se extrañará demasiado, mi querido Copperfield, si le digo que, por el momento, esperamos dinero de Londres para pa­gar nuestros gastos en este hotel. Hasta la llegada de esa suma —continuó mistress Micawber con mucha emoción—, estoy privada de volver a mi casa (me refiero a nuestro alojamiento de Pentonville) para ver a mi hijo, a mi hija y a mis dos melli­zos.

Sentía la mayor simpatía por el matrimonio Micawber en aquellas circunstancias difíciles, y así se lo dije a él, que vol­vía en aquel momento, añadiendo que sentía mucho no tener bastante dinero para prestarles lo que necesitaban. La res­puesta de míster Micawber me demostró la inquietud de su espíritu, pues dijo estrechándome las manos:

—Copperfield, es usted un verdadero amigo; pero aun po­niendo las cosas en lo peor, ningún hombre puede decirse que está sin un amigo mientras tenga una navaja de afeitar.

Al oír aquella idea terrible, mistress Micawber se abrazó a su marido pidiéndole que se tranquilizara. Él lloró; pero no tardó mucho en reponerse, pues un instante después llamaba para encargar al mozo un plato de riñones y pudding para el desayuno del siguiente día.

Cuando me despedí de ellos me instaron los dos tan viva­mente para que fuera a comer con ellos antes de su partida, que me fue imposible negarme. Pero como no sabía si podría it al día siguiente, pues tenía mucho trabajo que preparar por la noche, quedamos en que mister Micawber pasaría por la tarde por el colegio (estaba convencido de que los fondos que esperaba de Londres le llegarían aquel día) para ente­rarse de si podia ir o no. Así es que el viernes por la tarde vi­nieron a buscarme cuando estaba en clase, y encontré a mis­ter Micawber en el salón, y quedamos en que me esperasen a comer al día siguiente. Cuando le pregunté si había reci­bido el dinero, me estrechó la mano y desapareció.

Aquella misma noche, estando asomado a mi ventana, me sorprendió y preocupó bastante el verle pasar del brazo de Uriah Heep, que parecía agradecer con profunda humildad el honor que le hacían, mientras míster Micawber se delei­taba extendiendo sobre él una mano protectora. Pero todavía quedé más sorprendido cuando al llegar al hotel al otro día a la hora indicada me enteré de que mister Micawber había es­tado en casa de Uriah Heep tomando ponche con él y con su madre.

—Y le diré una cosa, mi querido Copperfield —me dijo míster Micawber—; su amigo Heep será un buen abogado. Si le hubiera conocido en la época en que mis dificultades terminaron en aquella crisis, todo lo que puedo decir es que estoy convencido de que mis negocios con los acreedores habrían terminado mucho mejor de lo que terminaron.

No comprendía cómo habrían podido terminar de otro modo, puesto que mister Micawber no había pagado nada; pero no quise preguntarlo. Tampoco me atreví a decir que esperaba que no se hubiera sentido demasiado comunicativo con Uriah, ni a preguntarle si habían hablado mucho de mí. Temía herirle; mejor dicho, temía herir a su señora, que era muy susceptible. Pero aquella idea me preocupó mucho, y hasta después he pensado en ella.

La comida fue soberbia. Un plato de pescado, carne asada, salchichas, una perdiz y un pudding. Vino, cerveza, y al final mistress Micawber nos hizo con sus propias manos un ponche caliente.

Míster Micawber estaba muy alegre. Muy rara vez le ha­bía visto de tan buen humor. Bebía tanto ponche, que su ros­tro relucía como si le hubieran barnizado. Con tono alegre­mente sentimental propuso beber a la prosperidad de la ciudad de Canterbury, declarando que había sido muy di­choso en ella, igual que su señora, y que no olvidaría nunca las horas agradables que había pasado aquí. Después brindó a mi salud; y luego los tres estuvimos recordando nuestra antigua amistad y, entre otras cosas, la venta de todo cuanto poseían.

Más tarde yo propuse beber a la salud de mistress Micaw­ber, y dije con timidez: «Si usted me lo permite, mistress Micawber, me gustaría beber a su salud ahora», con lo que su marido se lanzó en un elogio pomposo de ella, declarando que había sido para él un guía, un filósofo y un amigo, y aconsejándome que cuando estuviera en edad de casarme buscase una mujer como aquella, si es que era posible en­contrarla.

A medida que el ponche disminuía, míster Micawber se iba poniendo más alegre. También mistress Micawber cedió a su influencia, y nos pusimos a cantar Auld Lang Syne. Cuando llegamos a « Aquí está mi mano, hermano verda­dero», los tres nos agarramos las manos alrededor de la mesa, y cuando llegamos a lo de «tomar un recto guía», aun­que no teníamos idea de a qué podía referirse, estábamos realmente conmovidos.

En una palabra, nunca he visto a nadie tan alegremente jovial como a míster Micawber hasta el último momento aquella noche cuando me despedí cariñosamente de él y de su amable esposa. Por lo tanto, no estaba preparado, a las siete de la mañana siguiente, para recibir la siguiente carta, fechada a las nueve de la noche, un cuarto de hora después de haberlos dejado yo:

Mi querido y joven amigo:

La suerte está echada; todo ha terminado. Ocul­tando las huellas de las preocupaciones bajo una mas­cara de alegría, no le he informado a usted esta noche de que ya no tenemos esperanzas de recibir el dinero. En estas circunstancias, humillantes de sufrir, humi­llantes de contemplar y humillantes de relatar, he sal­dado las deudas contraídas en este establecimiento fir­mando una letra pagadera a quince días fecha en mi residencia de Pentonville, en Londres, y cuando lle­gue el momento no se podrá pagar. Resultado, la ruina. La pólvora estalla y el árbol cae.

Deje al desgraciado que se dirige a usted, mi que­rido Copperfield, ser un ejemplo para toda su vida. Con esta intención le escribo y con esta esperanza. Si pienso que al menos puedo serie útil de este modo, será como una luz en la sombría existencia que me queda, aunque, a decir verdad, en estos momentos la longevidad es extraordinariamente problemática.

Estas son las últimas noticias, mi querido Copper­field, que recibirá del

miserable proscrito

WILKINS MICAWBER

Me impresionó tanto el contenido de aquella carta des­garradora, que corrí al momento hacia el hotel, con inten­ción de entrar, antes de ir al colegio, y tratar de calmar y con­solar a míster Micawber. Pero a la mitad del camino me encontré la diligencia de Londres. El matrimonio Micawber iba sentado en la imperial. El parecía completamente tran­quilo y dichoso y sonreía escuchando a su mujer, mientras comía nueces que sacaba de una bolsita de papel. También se veía asomar una botella por uno de los bolsillos. No me veían, y juzgue que, pensándolo bien, era mucho mejor no llamar su atención. Con el espíritu libre de un gran peso, me metí por una callejuela que llevaba directamente al colegio, y en el fondo me sentí bastante satisfecho de su marcha, lo que no me impedía quererlos como siempre.

CAPÍTULO XVIII. MIRADA RETROSPECTIVA

¡Mis días de colegial! ¡El silencioso deslizarse de mi exis­tencia! ¡El oculto a insensible progreso de mi vida; de la ni­ñez a la juventud!

Dejadme que piense, mirando hacia atrás, en el agua que corre de aquel río que ahora es sólo un cauce seco y con ho­jas. Quizá a lo largo de su curso podré encontrar aún huellas que me recuerden su correr de antaño.

Y durante un momento volveré a ocupar mi sitio en la catedral, donde íbamos todos los domingos por la mañana, después de reunirnos con tal fin en clase. El olor a tierra húmeda, el aire frío, el sentimiento de que la puerta de la iglesia está cerrada al mundo, el sonido del órgano bajo los arcos blancos de la nave central, son las alas que me sostienen planeando sobre aquellos días lejanos, como si soñara medio despierto.

Ya no soy el último de la clase. En pocos meses he sal­tado sobre varias cabezas. Pero Adams, el primero, me pa­rece todavía una criatura extraordinaria y lejana, colocada en alturas inaccesibles. Agnes dice que no, y yo digo que sí, insistiendo, porque ella no sabe el talento, la sabiduría que posee Adams, que es quien ocupa ese lugar, al que Agnes aspira verme llegar algún día. Adams no es mi amigo, ni mi protector, como Steerforth, pero siento por él veneración y respeto; sobre todo me interesa pensar lo que hará cuando salga del colegio, y pienso si habrá en el mundo alguien bastante presuntuoso que se atreva a competir con él.

Pero... ¿a quién recuerdo ahora? A miss Shepherd, a quien amo.

Miss Shepherd es alumna de miss Nitingal, y yo adoro a miss Shepherd. Es una niña de carita redonda y bucles rubios.

Las alumnas de miss Nitingal van también a la catedral los domingos, y yo no puedo mirar a mi libro, pues a pesar mío tengo que estar mirando a miss Shepherd. Cuando el coro canta, me parece oír a miss Shepherd. Introduzco en se­creto el nombre de miss Shepherd en los oficios, lo pongo en medio de la familia real. Y en casa, solo en mi habitación, estoy a punto de gritar: «¡Oh miss Shepherd, miss Shepherd! », en un arrebato de entusiasmo.

Durante cierto tiempo estoy en la mayor incertidumbre, sin saber los sentimientos de ella; pero por fin la suerte me es propicia y nos encontramos en casa del profesor de baile. Miss Shepherd baila conmigo. Toco su guante, y siento un estremecimiento que me sube desde el puño a la punta de los pelos. No digo nada tierno a miss Shepherd, pero nos com­prendemos. Miss Shepherd y yo vivimos en la esperanza de estar un día unidos.

¿Por qué doy a hurtadillas a miss Shepherd doce nueces de Brasil? No expresan cariño; son difíciles de envolver, formando un paquete poco regular; son muy duras y cuesta tra­bajo cascarlas aun en la rendija de una puerta; además la al­mendra es aceitosa. Sin embargo, me parece un regalo con­veniente para ofrecer a miss Shepherd. También le llevo bizcochos calientes y naranjas, muchísimas naranjas. Un día doy un beso a miss Shepherd en el guardarropa. ¡Qué éxta­sis! Y cuál es mi indignación al día siguiente cuando oigo rumores de que miss Nitingal ha castigado a miss Shepherd por torcer los pies hacia adentro.

Miss Shepherd es la preocupación y el sueño de mi vida. ¿Cómo es posible que haya roto con ella? No lo sé. Sin em­bargo, es un hecho. Oigo contar bajito que miss Shepherd se ha atrevido a decir que le fastidia que la mire tanto, y que ha confesado que le gusta más Jones. ¡Jones! ¡Un muchacho que no vale la pena! El abismo se abre entre nosotros. Por último, otro día que me encuentro, mientras paseo, con las alumnas de miss Nitingal, miss Shepherd hace un gesto al pasar y se ríe con su compañera. Todo ha terminado. La pa­sión de mi vida (como a mí me parece que ha durado una vida es como si así fuera) ha pasado; mis Shepherd desapa­rece de los oficios, la familia real no vuelve a saber de ella.

Obtengo un puesto más adelantado en clase y nadie turba mi reposo. Ya no soy amable con las alumnas de miss Nitin­gal, ni me gusta ninguna, aunque fueran dos veces más nu­merosas y veinte veces más guapas. Considero las lecciones de baile como una molestia y me pregunto por qué esas ni­ñas no bailarán solas dejándonos en paz. Me hago fuerte en versos latinos y olvido abrocharme las botas. El doctor Strong habla de mí públicamente como de un muchacho de mucho porvenir. Míster Dick está loco de alegría, y mi tía me envía una guinea en el primer correo.

La sombra de un chico de una camicería aparece ante mí como la cabeza armada en Macheth. ¿Quién es ese mucha­cho? Es el terror de la juventud de Canterbury. Corren rumo­res de que la médula de buey con que unge sus cabellos le da una fuerza sobrenatural, y que podría luchar contra un hom­bre. Es un chico de cara ancha, con cuello de toro, las meji­llas rojas, mal espíritu y peor lengua. Y el principal empleo que hace de ella es hablar mal de los alumnos del doctor Strong. Dijo públicamente que con una sola mano y la otra atada a la espalda era capaz de dar una paliza a cualquiera y nombró a varios (a mí entre otros). Esperaba en la calle a los más pequeños de nuestros compañeros y los machacaba a puñetazos. Un día me desafió en voz alta al pasar por su lado, a consecuencia de lo cual decidí que nos pegásemos.

En una noche de verano, en una verde hondonada, en el rincón de una tapia, nos encontramos. Me acompañan unos cuantos compañeros elegidos; mi adversario ha llegado con otros dos carniceros, un mozo de café y un deshollinador. Terminados los preliminares, el carnicero y yo nos encontra­mos frente a frente. En un instante me hace ver las estrellas asestándome un golpe en una ceja. Un minuto después ya no sé dónde está la tapia ni dónde estoy yo, ni veo a nadie. Pierdo la noción de quién es el carnicero y quién soy yo. Me parece que nos confundimos uno con otro, luchando cuerpo a cuerpo sobre la hierba aplastada bajo nuestros pies. A ve­ces veo a mi enemigo ensangrentado, pero tranquilo; a veces no veo nada y me apoyo sin aliento contra la rodilla de uno de mis compañeros. Otras veces me lanzo con furia contra el carnicero y me araño los puños con su rostro, lo que no pa­rece turbarle lo más mínimo. Por fin, me despierto con la ca­beza mal, como si saliera de un profundo sueño, y veo al carnicero que se aleja arreglándose la blusa y recibiendo las felicitaciones de sus dos compañeros y del deshollinador y del mozo de café, de lo que deduzco, muy justamente, que la victoria es suya.

Me llevan a casa en un estado deplorable, me aplican carne cruda encima de los ojos, me frotan con vinagre y brandy. Mi labio superior se hincha poco a poco de una ma­nera desenfrenada. Durante tres o cuatro días no salgo de casa; no estoy nada guapo con la pantalla verde encima de los ojos, y me aburriría mucho si Agnes no fuera para mí una hermana. Simpatiza con mis infortunios, lee para mí en voz alta, y gracias a ella el tiempo pasa rápida y dulcemente. Agnes es mi confidente y le cuento con todo detalle mi aven­tura con el carnicero y todas las ofensas que me había hecho; ella opina que no podía por menos que pegarme, aunque tiembla y se estremece al pensar en aquel terrible combate.

El tiempo pasa sin que yo me dé cuenta, pues Adams no está ya a la cabeza de la clase. Hace ya mucho tiempo que salió del colegio, tanto que cuando vuelve a hacer una visita al doctor Strong soy yo el único que queda de su época. Va a entrar en la Audiencia, y piensa hacerse abogado y llevar pe­luca. Me sorprende que sea tan modesto; además, su aspecto es mucho menos imponente de lo que yo creía y todavía no ha revolucionado el mundo, como yo me esperaba, pues me parece que las cosas siguen lo mismo que antes de que Adams entrara en una vida activa.

Aquí hay una laguna en la que los grandes guerreros de la historia y de la poesía desfilan ante mí en ejércitos innume­rables. Parece que no se acaban nunca. ¿Qué viene después? Estoy a la cabeza de la clase y miro desde mi altura la larga fila de mis camaradas, observando con un interés lleno de condescendencia a los que me recuerdan lo que yo era a su edad. Además, me parece que ya no tengo nada que ver con aquel niño; lo recuerdo como algo que se ha dejado en el ca­mino de la vida, algo al lado de lo que se ha pasado, y a ve­ces pienso en él como si fuera un extraño.

¿Y la niña de mi llegada a casa de míster Wickfield, dónde está? También ha desaparecido, y en su lugar una criatura que es exactamente el retrato de abajo y que no es ya una niña dirige la casa; Agnes, mi querida hermana, como yo la llamo, mi guía, mi amiga, el ángel bueno de todos los que viven bajo su influencia de paz y de virtud y de modes­tia; Agnes es ahora una mujer.

¿Qué nuevo cambio se ha operado en mí? He crecido, mis rasgos se han acentuado y he adquirido alguna instrucción durante los años transcurridos. Llevo un reloj de oro con ca­dena, una sortija en el dedo meñique y una chaqueta larga. Abuso del cosmético, lo que, unido con la sortija, es mala señal. ¿Estaré enamorado de nuevo? Sí; adoro a la mayor de las hermanas Larkins.

La mayor de las hermanas Larkins no es ninguna niña. Es alta, morena, con los ojos negros, y una hermosa figura de mujer. Miss Larkins, la mayor, no es ninguna chiquilla, pues su hermana pequeña no lo es, y la mayor debe de tener tres o cuatro años más. Quizá miss Larkins tenga unos treinta años. Y mi pasión por ella es desenfrenada.

Miss Larkins, la mayor, conoce a muchos oficiales, y es una cosa que me molesta mucho el verla hablar con ellos en la calle, y verlos a ellos cruzar de acera para salirle al en­cuentro cuando ven desde lejos su sobrero (le gustan los sombreros de colores muy vivos) al lado del sombrero de su hermana. Ella se ríe, habla y parece divertirse mucho. Yo paso todos mis ratos de ocio paseando con la esperanza de encontrarla, y si consigo verla (tengo derecho a saludarla, pues conozco a su padre), ¡qué felicidad! Verdaderamente merezco al menos un saludo de vez en cuando. Las torturas que soporto por la noche, en el baile, pensando que miss Larkins bailará con los oficiales, necesitan compensación, y cuento con ella si hay justicia en el mundo.

El amor me quita el apetito y me obliga a llevar constan­temente una corbata nueva; no estoy tranquilo más que cuando me pongo mis mejores trajes y limpio mis zapatos una y otra vez. Así me parece que soy más digno de la ma­yor de las Larkins. Todo lo que le pertenece o se relaciona con ella se me hace precioso. Míster Larkins, un caballero viejo, brusco, con papada doble y uno de los ojos inmóviles en la cara, me parece el hombre más interesante. Cuando no puedo encontrar a su hija voy a los sitios donde tengo esperanzas de encontrarme con él. Le digo: «¿Cómo está usted, míster Larkins? ¿Y las señoras, siguen bien?». Y mis pala­bras me parecen tan reveladoras, que me sonrojo. Pienso continuamente en mi edad; tengo diecisiete años; pero aun­que sean muy pocos para miss Larkins, la mayor, ¡qué me importa! No tardaré en tener veintiuno. Al atardecer me pa­seo por los alrededores de casa con míster Larkins, aunque me destroza el corazón ver a los oficiales que entran en ella y oírles en el salón donde miss Larkins está tocando el harpa. En varias ocasiones me he paseado por allí tristemente, cuando ya todos estaban acostados y tratando de adivinar cuál será la habitación de la mayor de las Larkins (y confun­diéndola de fijo con la de su padre). A veces desearía que hubiera fuego en la casa para atravesarla entre la gente in­móvil de terror y apoyando una escala en su ventana salvarla en mis brazos. Después me gustaría volver a buscar algo que ella hubiera olvidado y morir entre las llamas. Por lo general era muy desinteresado en mi amor y me conformaba con ex­pirar ante miss Larkins haciendo un gesto noble. Por lo ge­neral era así; pero no siempre. A veces tenía pensamientos más alegres, y mientras me visto (ocupación de dos horas) para un gran baile que van a dar los Larkins y por el que sus­piro hace semanas, dejo a mi espíritu libre, en sueños agra­dables, y me figuro que tengo el valor de hacer una declara­ción a miss Larkins y me la represento reclinando su cabeza en mi hombro y diciendo: «¡Oh míster Copperfield! ¿Puedo dar crédito a mis oídos?»; y me figuro a míster Larkins espe­rándome a la mañana siguiente y diciéndome: « Querido Copperfield, mi hija me lo ha contado todo, y su excesiva juventud no es un inconveniente. ¡Aquí tenéis veinte mil li­bras y sed felices!». Me imagino a mi tía cediendo y bendi­ciéndonos y a míster Dick y al doctor Strong presenciando la ceremonia de nuestro matrimonio. Creo que no me falta sentido común ni modestia; lo creo pensando en mi pasado; sin embargo, hacía aquellos planes.

Entro en la casa encantada, donde hay luces, charlas, mú­sicas, flores y oficiales (los veo con pena), y la mayor de las Larkins, radiante de belleza. Está vestida de azul y con flo­res azules en sus cabellos (no me olvides), como si ella nece­sitara «no me olvides». Es la primera fiesta de importancia a que he sido invitado y estoy muy cohibido, porque nadie se ocupa de mí ni parece que tengan nada que decirme, excepto míster Larkins, que me pregunta por mis compañeros de co­legio. Podría haber evitado el hacerlo, pues no he ido a su casa para que se me ignore.

Después de permanecer en la puerta durante cierto tiempo y recrear mis ojos con la diosa de mi corazón, ella se acerca a mí, ¡ella!, la mayor de las Larkins y me pregunta con ama­bilidad si no bailo.

—Con usted sí, miss Larkins.

—¿Con nadie más? —me pregunta ella.

—No tengo gusto en bailar con nadie más.

Miss Larkins ríe ruborizada (por lo menos a mí me lo pa­rece) y dice:

—Este baile no puedo; el próximo lo bailaré con gusto.

Llega el momento.

—Creo que es un vals —dice miss Larkins titubeando un poco cuando me acerco a ella— ¿Sabe usted bailar el vals? Porque si no, el capitán Bailey...

Pero yo bailo el vals (y hasta me parece que muy bien) y me llevo a miss Larkins, quitándosela al capitán Bailey y haciéndole desgraciado, no me cabe duda; pero no me importa. ¡He sufrido tanto! Estoy bailando con la mayor de las Larkins... No sé dónde, entre quién, ni cuánto tiempo; sólo sé que vuelo en el espacio, con un ángel azul, en es­tado de delirio, hasta que me encuentro solo con ella sen­tado en un sofá. Ella admira la flor (camelia rosa del Japón; precio, media corona) que llevo en el ojal. Se la entrego di­ciendo:

—Pido por ella un precio inestimable, miss Larkins.

—¿De verdad? ¿Qué pide usted? —me contesta miss Larkins.

—Una de sus flores, que será para mí mayor tesoro que el oro de un avaro.

—Es usted muy atrevido —dijo miss Larkins—,tome.

Me la dio con agrado. Yo la acerqué a mis labios, y des­pués me la guardé en el pecho. Miss Larkins, riendo, se agarró de mi brazo y me dijo:

—Ahora vuelva usted a llevarme al lado del capitán Bailey.

Estoy perdido en el recuerdo de la deliciosa entrevista y del vals, cuando la veo dirigirse hacia mí, del brazo de un caballero de cierta edad que ha estado jugando toda la noche al whist. Me dice:

—¡Oh! Aquí está mi atrevido amiguito. Míster Chestler desea conocerle, míster Copperfield.

Noto enseguida que debe de ser un amigo de mucha con­fianza y me siento halagado.

—Admiro su buen gusto —dice míster Chestier—, le honra. No sé si le interesará a usted el cultivo de tierras; pero poseo una finca muy grande, y si alguna vez le apetece acer­carse por allí, por Ashford, a visitarnos, tendremos mucho gusto en hospedarle en casa todo el tiempo que quiera.

Doy a míster Chestier las gracias más efusivas y le estre­cho las manos. Creo estar en un sueño de felicidad, bailo otro vals con la mayor de las Larkins —¡dice que bailo tan bien!— y vuelvo a casa en un estado de beatitud indescripti­ble. Toda la noche estoy bailando el vals en mi imaginación, enlazando con mi brazo el tape azul de mi divinidad. Du­rante varios días sigo perdido en extáticas reflexiones; pero no la veo en la calle ni en su casa. Me consuela de ello el re­cuerdo sagrado de la flor marchita.

—Trotwood —me dice Agnes un día después de cenar—, ¿a que no lo figuras quién se casa mañana? Alguien a quien admiras.

—¿Supongo que no serás tú, Agnes?

—Yo no —contesta levantando su rostro risueño de la música que estaba copiando— ¿Lo has oído, papá? Es miss Larkins, la mayor.

—¿Con... con el capitán Bailey? —tengo apenas la fuerza de preguntar.

—No, con ningún capitán; con míster Chestler, que es un agricultor.

Durante una o dos semanas estoy abatido. Me quito la sortija, me pongo las peores ropas, dejo de usar cosmético y lloro con frecuencia sobre la flor marchita que fue de miss Larkins. Al cabo de aquel tiempo observo que me cansa ese género de vida, y habiendo recibido otra provocación del carnicero, tiro la flor, le cito, nos pegamos y le venzo con gloria. Esto y la reaparición de mi sortija y el use moderado del cosmético son las últimas huellas que encuentro de mi llegada a los dieciocho años.

CAPÍTULO XIX. MIRO A MI ALREDEDOR Y HAGO UN DESCUBRIMIENTO

No sé si estaba alegre o triste cuando mis días de colegio terminaron y llegó el momento de abandonar la casa del doc­tor Strong. ¡Había sido muy feliz allí! Tenía verdadero ca­riño al doctor y, además, en aquel pequeño mundo se me consideraba como una eminencia. Estas razones me hacían estar triste; pero otras bastantes más insustanciales me ale­graban. Vagas esperanzas de ser un hombre independiente; de la importancia que se da a un hombre independiente; de las cosas maravillosas que podían ser ejecutadas por aquel magnífico animal, y de los mágicos efectos que yo no podría por menos de causar en sociedad; todo esto me seducía. Es­tas fantásticas consideraciones tenían tanta fuerza en mi ce­rebro de chiquillo que me parece, según mi actual modo de pensar, que dejé el colegio sin la pena debida, y aquella se­paración no causó en mí la impresión que sí causaron otras. Trato en vano de recordar lo que sentí entonces y cuáles fue­ron las circunstancias de mi partida; pero no ha dejado hue­lla en mis recuerdos. Supongo que el porvenir abierto ante mí me ofuscaba. Sé que mi experiencia juvenil contaba en­tonces muy poco o nada, y que la vida me parecía un largo cuento de hadas que iba a empezar a leer, y nada más.

Mi tía y yo sosteníamos frecuentes deliberaciones sobre la carrera que debía seguir. Durante un año o más traté en vano de encontrar contestación satisfactoria a su insistente pregunta:

—¿Qué te gustaría ser?

Por más que pensaba, no descubría ninguna afición espe­cial por nada. Si me hubiera sido posible tener por inspira­ción conocimientos de náutica creo que me habría gustado tomar el mando de una valiente expedición que en un buen velero diera la vuelta al mundo en un viaje triunfante de ex­ploración; así me habría sentido satisfecho. Pero, falto de aquella inspiración milagrosa, mis deseos se limitaban a de­dicarme a algo que no le resultara muy costoso a mi tía y a cumplir mi deber en lo que fuera.

Míster Dick asistía con toda regularidad a nuestros conci­liábulos, con su expresión más grave y reflexiva. Sólo en una ocasión se le ocurrió proponer una cosa (no sé cómo se le ocurrió aquello); el caso es que propuso que me dedicase a calderero. Mi tía recibió tan mal la proposición que al po­bre mister Dick se le quitaron las gams de volver a meterse en la conversación. Se limitaba a mirar atentamente a mi tía, interesándose por lo que ella proponía y haciendo sonar su dinero en el bolsillo.

—Trot, voy a decirte una cosa, querido —me dijo una ma­ñana miss Betsey. Era por Navidad, y después de salir yo del colegio—. Puesto que todavía no hemos decidido la cues­tión principal y teniendo en cuenta que debemos hacer lo posible para no equivocamos, creo que lo mejor sería pen­sarlo más detenidamente. Así, tú podrías considerarlo desde un punto de vista nuevo, y no como un colegial.

—Lo haré tía.

—Se me ha ocurrido —prosiguió miss Betsey— que un li­gero cambio, una mirada a la vida, podía ayudarte a fijar tus ideas y a formar un juicio más sereno. Supongamos que hi­cieras un pequeño viaje; por ejemplo, que fueras a tu antigua aldea y visitaras a aquella... a aquella mujer extraña que tenía un nombre tan salvaje —dijo mi tía frotándose la nariz, pues no había perdonado todavía a Peggotty que se llamara así.

—De todo lo que hubieras podido proponerme, tía, es lo que más me gusta —dije.

—Bien —repuso ella—; es una suerte, porque yo también lo deseo mucho. Además, es natural y lógico que te guste, y estoy convencida de que todo lo que hagas, Trot, será siem­pre natural y lógico.

—Así lo espero, tía.

—Tu hermana Betsey Trotwood —dijo mi tía— habría sido la muchacha más razonable del mundo. Querrás ser digno de ella, ¿no es así?

—Espero ser digno de usted, tía, y eso me basta.

—Cada vez pienso más que es una suerte para tu pobre madre, tan niña, el haber dejado el mundo —dijo mi tía mi­rándome con satisfacción—, pues ahora el orgullo de tener un hijo así le habría trastornado el juicio si le quedara algo. (Mi tía siempre se excusaba de su debilidad por mí achacán­dosela a mi pobre madre.) ¡Dios lo bendiga, Trot, cómo me la recuerdas!

—¿Espero que sea de un modo agradable, tía? —dije.

—¡Se parece tanto a ella, Dick! —continuó miss Betsey con énfasis, Es enteramente igual a ella en aquella tarde en que la conocí, antes de que nacieras, Trot. ¡Dios de mi corazón, es exactamente igual, cuando me mira; sus mismos ojos!

—¿De verdad? —dijo mister Dick.

—Y también se parece a David —dijo mi tía con decisión.

—¿Se parece mucho a David? —dijo mister Dick.

—Pero lo que deseo sobre todo, Trot, es que llegues a ser (no me refiero al físico; de físico estás muy bien) todo un hombre, un hombre enérgico, de voluntad propia, con reso­lución —dijo mi tía sacudiendo su puño cerrado hacia mí—, con energía, con carácter, Trot; con fuerza de voluntad, que no se deje influenciar (excepto por la buena razón) por nada ni por nadie; ese es mi deseo; eso es lo que tu padre y tu ma­dre necesitaban, y Dios sabe que si hubieran sido así, mejor les habría ido.

Yo manifesté que esperaba llegar a ser lo que ella de­seaba.

—Para que tengas ocasión de obrar un poco por tu cuenta, voy a enviarte solo a ese pequeño viaje —dijo mi tía—. En el primer momento había pensado que mister Dick fuera contigo; pero meditándolo bien, prefiero que se quede aquí cuidándome.

Mister Dick pareció por un momento algo desilusionado; pero el honor y la dignidad de tenerse que quedar cuidando de la mujer más admirable del mundo hizo que volviera la alegría a su rostro.

—Además —dijo mi tía—, tiene que dedicarse a la Me­moria.

—¡Ah!, es cierto —dijo mister Dick con precipitación—. Estoy decidido, Trotwood, a terminarla inmediatamente; time que terminarse inmediatamente, para enviarla, ya sa­bes; y entonces —dijo mister Dick después de una larga pausa—,y entonces, al freír será el reír ....

A consecuencia de los cariñosos proyectos de mi tía, pronto me vi provisto de dinero y tiernamente despedido para mi expedición. Al partir, mi tía me dio algunos consejos y muchos besos, y me dijo que como su objetivo era que tu­viese ocasión de ver mundo y de pensar un poco, me reco­mendaba que me detuviera algunos días en Londres, si que­ría, al it a Sooffolk o al volver; en una palabra, era com­pletamente libre de hacer lo que quisiera durante tres semanas o un mes, sin otras condiciones que las de reflexionar, ver mundo y escribirle tres veces por semana teniéndola al co­rriente de mi vida.

En primer lugar me dirigí a Canterbury para decir adiós a Agnes y a míster Wickfield (mi antigua habitación en aque­lla casa todavía me pertenecía). También quería despedirme del buen doctor Strong. Agnes se puso muy contenta al verme y me dijo que la casa no le parecía la misma desde que yo no estaba.

—Yo tampoco me reconozco desde que me he marchado —le dije—; me parece que he perdido mi mano derecha, aunque es decir muy poco, pues en la mano no tengo el co­razón ni la cabeza. Todo el que te conoce te consulta y se deja guiar por ti, Agnes.

—Es porque todos los que me conocen me miman dema­siado —me contestó sonriendo.

—No, Agnes; es que tú eres diferente a todos; tan buena, tan dulce, tan acogedora; además, siempre tienes razón.

—Me estás hablando —me dijo con alegre sonrisa, mien­tras continuaba su trabajo— como si fuera la mayor de las Larkins.

—Vamos; no está bien que abuses de mis confidencias —le respondí enrojeciendo al recuerdo de mi ídolo de cintas azules—. Pero es que no podía por menos de confesarme a ti, Agnes, y no perderé nunca esa costumbre si tengo penas, y si me enamoro, te lo diré enseguida, si es que quieres oírlo, aun cuando sea que me enamore en serio.

—Pero si siempre te has enamorado en serio —dijo Agnes echándose a reír.

—¡Ah!, entonces era un niño, un colegial —dije también riendo, pero algo confuso—. Los tiempos han cambiado, y temo que algún día tomaré ese asunto terriblemente en serio. Lo que me extraña es que tú no hayas llegado a eso, Agnes.

Agnes, riendo, sacudió la cabeza.

—Ya sé que no, pues me lo habrías dicho, o por lo menos —dije viéndola enrojecer ligeramente— me lo habrías de­jado adivinar. Pero no conozco a nadie que sea digno de lo cariño, Agnes; necesitaría conocer a un hombre de un carác­ter más elevado y dotado de más mérito que todos los que lo han rodeado hasta ahora para dar mi consentimiento. De aquí en adelante vigilaré a tus admiradores, y te prevengo que seré muy exigente con el elegido.

Habíamos charlado hasta aquel momento en un tono de broma lleno de confianza, aunque mezclado con cierta serie­dad, resultado de la amistad íntima que nos había unido desde la infancia; pero de pronto Agnes levantó los ojos y, cambiando de tono, me dijo:

—Trotwood, quiero decirte una cosa, y quizá no vuelva a tener, en mucho tiempo, ocasión de preguntártela; es algo que nunca me decidiría a preguntar a otro. ¿Has observado en papá un cambio progresivo?

Lo había observado y me había preguntado a mí mismo muchas veces si ella no se daba cuenta. Mi rostro traicio­naba sin duda lo que pensaba, pues bajó los ojos al momento y vi que estaban llenos de lágrimas.

—Díme lo que ves —dijo en voz baja.

—Temo. ¿Puedo hablarte con toda franqueza, Agnes? Ya sabes el cariño que le tengo a tu padre.

—Sí —dijo ella.

—Temo que se perjudique con esa costumbre, que ha ido aumentando por días desde mi llegada a esta casa. Se ha vuelto muy nervioso, o al menos a mí me lo parece.

—Y no te equivocas —dijo Agnes moviendo la cabeza.

—Le tiemblan las manos, no habla claro y a veces sus ojos no se fijan. He observado que en esos momentos, cuando no está en su estado normal, es casi siempre cuando le buscan para algún asunto.

—Sí, Uriah —dijo Agnes.

—Y la idea de que no se encuentra en estado de ocuparse de ello, que no lo ha comprendido bien o que no ha podido disimular su estado parece atormentarle de tal modo, que al día siguiente todavía es peor, y peor al otro; y de eso pro­viene su agotamiento y su aire asustado. Pero no te preocu­pes demasiado, Agnes, porque muy pocas veces le he visto en ese estado. El otro día le encontré con la cabeza apoyada en su pupitre y llorando como un niño.

Agnes apoyó suavemente su mano sobre mis labios, y un instante después se había unido a su padre en la puerta del salón y se apoyaba en su hombro. Me miraban los dos, y me conmovió profundamente la expresión del rostro de Agnes. Había en su mirada una ternura tan profunda por su padre, tanto reconocimiento; me pedía de tal modo que fuera indul­gente para juzgarle y que no pensara mal; parecía a la vez tan orgullosa de él, tan abnegada, tan compasiva y tan triste; me expresaba con tanta claridad que estaba segura de mi simpatía, que todas las palabras del mundo no me habrían podido decir más ni conmoverme más profundamente. De­bíamos tomar el té en casa del doctor. Llegamos a la hora de costumbre y lo encontramos en el estudio, al lado del fuego, con su esposa y su suegra. El doctor, que parecía creer que yo partía para la China, me recibió como a un huésped a quien se quiere hacer honor y pidió que pusieran un leño en la chimenea, para ver a la luz de la llama el rostro de su anti­guo alumno.

—Ya no veré muchos rostros nuevos en el lugar de Trot­wood, mi querido Wickfield —dijo el doctor calentándose las manos—; me vuelvo perezoso y quiero descansar. Dentro de seis meses lo dejaré todo en otras manos y me dedi­caré a una vida tranquila.

—Ya hace diez años que dice usted lo mismo, doctor —dijo míster Wickfield.

—Sí; pero ahora estoy decidido —contestó el doctor—. El primero de mis profesores me sucederá. Esta vez es defi­nitivo, y pronto tendrá usted que formalizar un contrato en­tre nosotros con todas las cláusulas obligatorias que hacen parecer a dos hombres de honor que se comprometen, dos pillos que desconfían el uno del otro.

—Y también tendré que tener cuidado para que no le en­gañen a usted —dijo míster Wickfield—, lo que ocurriría in­faliblemente si lo hiciera usted solo. Pues bien; estoy dis­puesto, y desearía que todos mis trabajos fuesen así.

—Y entonces, ya sólo me ocuparé del diccionario y de otro contrato... mi Annie.

Míster Wickfield la miró. Estaba sentada con Agnes al lado de la mesa de té y me pareció que evitaba los ojos del anciano con una timidez desacostumbrada, que sólo consi­guió atraer más sobre ella su atención, como si se le hubiera ocurrido un pensamiento secreto.

—Parece ser que ha llegado un correo de la India —dijo después de un momento de silencio.

—Es verdad; lo olvidaba. Y hasta hemos recibido cartas de Jack Maldon.

—¡Ah! ¿De veras?

—Mi pobre Jack —dijo mistress Mackleham—. ¡Cuando pienso que está en ese clima terrible, donde hay que vivir, según me han dicho, sobre un montón de arena abrasadora y bajo un sol que ciega! Y él parecía fuerte; pero no lo era. El muchacho contaba con su valor más que con su naturaleza, mi querido doctor, cuando con tantos ánimos emprendió aquel viaje. Annie querida, estoy segura de que recuerdas perfectamente que tu primo no ha sido nunca fuerte, lo que se llama robusto —dijo mistress Mackleham con énfasis y mirándonos a todos— Lo sé desde los tiempos en que mi hija y él eran pequeños y se paseaban del brazo todo el día.

Annie no contestó.

—Lo que usted dice me hace suponer que mister Maldon está enfermo —dijo míster Wickfield.

—¿Enfermo? —replicó el Veterano— Amigo mío, está... toda clase de cosas...

—¿Excepto bien? —dijo mister Wickfield.

—Excepto bien, naturalmente —repuso el Veterano—, pues estoy segura de que ha cogido insolaciones terribles, fiebres y todo lo que se pueda imaginar; en cuanto al hígado —añadió con resignación—, se despidió de él desde el pri­mer momento que se vio allí.

—¿Y es él quien les dice todo eso? —preguntó míster Wickfield.

—¿Decírnoslo él? Amigo mío —repuso mistress Mackle­ham sacudiendo su cabeza y su abanico—, ¡qué poco le co­noce usted cuando hace esa pregunta! ¿Decirlo él? No. An­tes se dejaría arrastrar de los talones por cuatro caballos salvajes que decirlo.

—¡Mamá! —dijo mistress Strong.

—Annie, querida mía —replicó su madre—. De una vez por todas te ruego que no me interrumpas más, a no ser para darme la razón. Sabes tan bien como yo que te primo antes se dejaría arrastrar por un número infinito de caballos salva­jes (no sé por qué me voy a limitar a cuatro, no debo limi­tarme a cuatro), ocho, dieciséis, treinta y dos, antes que pro­nunciar una palabra que pueda desbaratar los planes del doctor.

—Los planes de Wickfield—dijo el doctor, restregándose la cara y mirando, arrepentido, a su mujer—; es decir, el plan formado entre los dos. Yo sólo dije: «Cerca o lejos».

—Y yo dije: «Lejos» —añadió míster Wickfield grave­mente—; y como tuve ocasión de enviarle lejos, mía es la responsabilidad.

—¿Quién habla de responsabilidades? —dijo el Vete­rano—. Todo ha estado muy bien hecho, mi querido Wick­field. Además, sabemos que todo ha sido con las mejores in­tenciones del mundo; pero si ese pobre muchacho no puede vivir allí, ¡qué se le va a hacer! Si no puede vivir, morirá an­tes que desbaratar los proyectos del doctor. Le conozco muy bien —dijo mistress Mackleham moviendo el abanico con ademán de tranquila y profética resignación—; estoy segura de que morirá antes que desbaratar los planes del doctor.

—Pero, señora —dijo alegremente el doctor Strong—, yo no soy tan fanático en mis proyectos que no pueda destruirlos o modificarlos. Si mister Maldon vuelve a Inglaterra a causa de su mala salud, no le dejaremos que se vuelva a marchar y trataremos de proporcionarle algo más ventajoso aquí.

Mistress Mackleham quedó tan sorprendida de la genero­sidad de estas palabras (que no había previsto ni provocado), que no pudo más que decir al doctor que no esperaba menos y que se lo agradecía muhcísimo; y repitió muchas veces su gesto favorito besando la punta del abanico antes de acariciar con él la mano de su sublime amigo. Después de lo cual re­gañó a su hija porque no era más expansiva cuando el doctor colmaba de bondades a un antiguo compañero de infancia, y esto únicamente por cariño a ella. Más tarde estuvo hablando de los méritos de muchos miembros de su familia que sólo necesitaban a alguien que les pusiera el pie en el estribo.

Todo aquel tiempo su hija Annie no había desplegado los labios ni levantado los ojos. Míster Wickfield no había dejado de mirarla y parecía no darse cuenta de que tal atención por ella, muy evidente, sin embargo, pudiese extrañar a los de­más, pues le preocupaba tanto mistress Strong y los pensa­mientos que le sugería, que estaba completamente absorto. Por último, preguntó qué era, en realidad, lo que Jack Maldon escribía sobre su situación y a quién había dirigido sus cartas.

—He aquí —dijo mistress Mackleham cogiendo por en­cima de la cabeza del doctor una carta de la chimenea—, he aquí lo que ese pobre muchacho dice al mismo doctor. ¿Dónde está? ¡Ah, aquí! «Siento mucho verme obligado a decirle que mi salud se ha resentido bastante y que temo verme en la necesidad de volver a Inglaterra por algún tiempo; es mi única esperanza de curación.» Me parece que está bastante claro. ¡Pobre muchacho! Su única esperanza de curación. Pero la carta a Annie es más explícita todavía. An­nie, enséñame otra vez esa carta.

—Ahora no, mamá —contestó ella en voz baja.

—Hija mía, en algunas cosas eres verdaderamente ri­dícula —replicó su madre— y descastada con tu familia. Ni siquiera hubiéramos oído hablar de esa carta si yo no te la pido. ¿Te parece eso tener confianza en el doctor, Annie? Me sorprendes; debías conocerle mejor.

Mistress Strong sacó la carta de mala gana, y cuando la cogí para entregársela a su madre vi que la mano de Annie temblaba.

—Ahora veamos —dijo mistress Mackleham poniéndose los lentes—. ¿Dónde está el párrafo?... « El recuerdo de los tiempos pasados, mi muy querida Annie...», etc... ; no es aquí. «El amable y viejo censor ...» ¿Quién será? Querida Annie, tu primo Maldon escribe de un modo ilegible; pero ¡qué estúpida soy! es el doctor, ¡naturalmente! ¡Oh! ¡Ya lo creo que es amable!

Aquí se detuvo para besar el abanico y dar con él al doc­tor, quien nos miraba a todos con una sonrisa plácida y satis­fecha.

—Ahora lo he encontrado: « No te sorprenderá saber, An­nie (claro que no, sabiendo que nunca ha sido realmente fuerte. ¿Qué decía yo hace un momento?) que he sufrido tanto en este lugar lejano, que he decidido abandonarlo, su­ceda lo que suceda, con un permiso de enfermo, si puedo, o dimitiendo totalmente si no lo consigo. Todo lo que he su­frido y sufro aquí no es imaginable». Y sin la prontitud para actuar de la mejor de las criaturas —dijo mistress Mackleham, repitiendo sus gestos telegráficos al doctor, y doblando la carta— me sería imposible pensar en su regreso.

Míster Wickfield no dijo una palabra, aunque la anciana le miró esperando su comentario; permaneció sentado, seve­ramente silencioso, con los ojos fijos en el suelo. Mucho después de abandonar aquel asunto para ocupamos de otros, todavía continuaba así; únicamente, levantado sus ojos de vez en cuando, clavaba su mirada pensativa en el doctor, en su mujer o en los dos.

El doctor era muy aficionado a la música y Agnes cantaba con mucha dulzura y expresión. También Annie cantaba. Can­taron juntas, y después estuvieron tocando a cuatro manos; fue un pequeño concierto. Pero observé dos cosas: en primer lugar, que, aunque Annie se había repuesto por completo, era evidente que un abismo la separaba de míster Wickfield, y en segundo lugar, que la intimidad de mistress Strong con Agnes disgustaba a míster Wickfield, quien la vigilaba con inquie­tud. Debo confesar que el recuerdo de cómo la había visto el día de la partida de Jack Maldon me volvió a la imaginación con un significado que nunca le había atribuido y que me con­fundió. La inocente belleza de su rostro no me pareció ya tan pura como entonces, y desconfiaba de su gracia espontánea y del encanto de sus aptitudes. Y al contemplar a Agnes sentada a su lado y al pensar en su candor a inocencia, me decía que quizás era aquella una amistad muy desigual.

Sin embargo ellas gozaban tan vivamente, que su alegría hizo pasar la velada en un instante. En el momento de la par­tida ocurrió un pequeño incidente, que recuerdo muy bien. Se despedían una de otra y Agnes iba a besar a Annie, cuando míster Wickfield pasó entre ellas como por casuali­dad y se llevó bruscamente a Agnes. Entonces volví a ver en el rostro de mistress Strong la expresión que había obser­vado la noche de la partida de su primo, y me pareció estar todavía de pie ante la puerta del estudio del doctor. Sí, así era como le había mirado aquella noche.

No puedo decir la impresión que aquella mirada me pro­dujo ni por qué me resultó imposible olvidarla; pero no pude, y después, cuando pensaba en ella, hubiera preferido recordarla adornada, como antes, de inocente belleza. Su re­cuerdo me perseguía al volver a casa. Me parecía que dejaba una nube sombría suspendida sobre la casa del doctor, y al respeto que sentía por sus cabellos grises se le unía una gran compasión por aquel corazón tan confiado con los que le en­gañaban y un profundo desprecio contra sus pérfidos ami­gos. La sombra inminente de una gran tristeza y de una gran vergüenza, aunque imprecisa todavía, proyectaba una man­cha sobre el lugar tranquilo testigo del trabajo y de los jue­gos de mi infancia y le marchitaba a mis ojos. Ya no me gus­taba pensar en los grandes áloes de largas hojas que florecían cada cien años solamente, ni en el césped verde y unido, ni en las urnas de piedra del paseo del doctor, ni en el sonido de las campanas de la catedral, que lo dominaban todo con sus armonías. Me parecía que el tranquilo santuario de mi infancia había sido profanado en mi presencia y que habían arrojado su paz y su honor a los vientos.

Con la mañana llegó mi despedida de aquella vieja casa que Agnes había llenado para mí con su influencia, y esta preocupación fue suficiente para absorber mi espíritu. No dudaba de que volvería muy pronto y que quizá muy a me­nudo ocuparía mi habitación de siempre; pero había dejado de habitarla; los buenos tiempos habían pasado, y se me apretaba el corazón al empaquetar las cows que me queda­ban para enviarlas a Dover, y no me preocupaba de que Uriah pudiera verlo, que se apresuraba tanto a mi servicio, que me acuso de haber faltado a la caridad suponiendo que estaba muy satisfecho con mi marcha.

Me separaba de Agnes y de su padre haciendo vanos es­fuerzos para soportar aquella pena como un hombre cuando subía a la diligencia de Londres. Estaba tan dispuesto a olvi­dar y a perdonarlo todo mientras atravesaba la ciudad, que tuve ganas de saludar a mi antiguo enemigo el carnicero y de echarle cuatro chelines para que bebiera a mi salud; pero le encontré con un aspecto tan de carnicero recalcitrante y estaba tan feo con la mella de un diente que yo le había roto en nuestro último combate, que me pareció más oportuno no ocuparme de él.

Recuerdo que la principal preocupación de mi espíritu cuando nos pusimos en marcha era parecerle lo más viejo po­sible al conductor, para lo cual trataba de sacar una voz ronca. Mucho trabajo me costó conseguirlo; pero tenía gran interés en ello porque era un medio seguro de no parecer niño.

—¿,Va usted a Londres? —me dijo el conductor.

—Sí, William —dije en tono condescendiente (le conocía algo)—, voy a Londres, y después a Sooflulk.

—¿Va usted a cazar?

Sabía William, tan bien como yo, que en aquella época del año igual podría ir a la pesca de la ballena; pero yo lo tomé por un cumplido.

—No sé —dije con indecisión— si tiraré algún tiro que otro.

—He oído decir que los pájaros son muy difíciles de al­canzar allí —dijo William.

—Sí; eso he oído —respondí.

—¿Es usted del condado de Sooffolk? —me preguntó.

—Sí —contesté dándome importancia—; de allí soy.

—Se dice que por esa parte los puddings de frutas son una cosa exquisita —dijo William.

Yo no sabía nada; pero comprendí que era necesario apo­yar las instituciones de mi región, y de ningún modo dejar ver que las desconocía. Así es que moví la cabeza con mali­cia, como diciendo: «¡Ya lo creo!».

—¿Y los caballos? —dijo William—. ¡Ahí es nada! Una jaca de Sooffolk vale su peso en oro. ¿No se ha dedicado us­ted nunca a la cría de caballos en Sooffolk?

—No —dije.

—Pues detrás de mí va un caballero que se ha dedicado a la cría caballar a gran escala.

El caballero en cuestión me miró de un modo terrible. Era bizco, tenía la barbilla prominente; llevaba un sombrero claro de copa alta, un pantalón de terciopelo de algodón, abrochado a los lados desde las caderas hasta las suelas de los zapatos, y apoyaba la barbilla en el hombro del conduc­tor, tan cerca de mí, que sentía su aliento en mis cabellos. Cuando me volví para mirarle, lanzaba a los caballos una ojeada de entendimiento.

—¿No es verdad? —dijo William.

—¿Si no es verdad qué? —dijo el caballero de detrás.

—Que se ha dedicado usted a la cría caballar en Sooffolk a gran escala.

—Ya lo creo —dijo el otro—, y no hay clase de perros ni caballos de los que no haya yo sacado crías. Hay hombres que tenemos afición a los perros y a los caballos. Yo dejaría de comer y de beber, les sacrificaría con gusto la casa, la mujer, los hijos, la instrucción, el fumar y el dormir.

—¿No le parece que no es lo más propio para un hombre así el it detrás del conductor? —me dijo William al oído, mientras arreglaba las riendas.

Saqué en consecuencia que deseaba que cambiáramos de sitio, y se lo propuse enrojeciendo.

—Bien; si a usted le da lo mismo —dijo William— creo que será más correcto.

Siempre he considerado aquella concesión como mi pri­mera falta en la vida. Después de haber elegido mi asiento en las oficinas y de haber escrito al lado de mi nombre: «En el pescante», y de haber dado media corona al tenedor de li­bros por que me lo reservara; después de haberme puesto un gabán nuevo expresamente en honor de aquel eminente lu­gar; después de presumir mucho de it en él y parecerme que hacía honor al coche; después de todo eso, he aquí que a la primera insinuación me dejo suplantar por un hombre desarrapado, que no tiene más mérito que el oler a cuadra y ser capaz de pasar por encima de mí con la ligereza de una mosca mientras los caballos van casi al galope.

Tengo cierta inseguridad en mí mismo que me ha jugado muy malas pasadas en muchas ocasiones, y aquel incidente, del cual fue teatro la imperial de la diligencia de Canterbury, no era muy a propósito para disminuírmela. Fue en vano que tratase de refugiarme en la voz cavernosa. Por mucho que ha­blaba desde el fondo del estómago, sentía que estaba com­pletamente vencido y que era deplorablemente joven.

Durante el viaje resultó muy interesante verme presu­miendo sobre la diligencia, bien vestido, bien educado y con la bolsa llena, reconociendo, al pasar, los lugares en los que había dormido durante mi penoso viaje de niño. Mis pensamientos encontraban en aquello amplio motivo de reflexión, y mirando pasar a los vagabundos y recono­ciendo aquellas miradas, que recordaba tan bien, me pare­cía sentir todavía la mano del latonero estrujándome la ca­misa. Al bajar por la estrecha calle de Chatham vi la callejuela en que estaba la tienda del viejo monstruo que me había comprado la chaqueta, y adelanté vivamente la cabeza para mirar el sitio en que había estado esperando tanto tiempo mi dinero, primero a la sombra y luego al sol. Y ya casi en Londres, cuando pasé cerca de Salem House, donde míster Creakle nos había azotado tan cruelmente, habría dado cuanto poseía por poder bajarme, darle una buena paliza y poner en libertad a los alumnos, pobres pa­jarillos enjaulados.

Llegamos al hotel de «La Cruz de Oro», en Charing Cross, situado en una calle cerrada. El mozo me introdujo en el comedor, y una criada me enseñó una habitación pequeña que olía a establo y que estaba tan herméticamente cerrada como una tumba. Yo sentía mi gran juventud sobre la con­ciencia y me daba cuenta de que eso era la causa de que na­die me respetase. La criada no hacía caso de lo que le decía, y el mozo se permitía, con insolente familiaridad, darme consejos para ayudarme en mi inexperiencia.

—Ahora veamos —dijo el camarero de modo confiden­cial—; ¿qué es lo que quiere usted comer? A los jovencitos como usted suelen gustarles las aves. ¿Quiere usted un pollo?

Le dije lo más majestuosamente que pude que me tenían sin cuidado los pollos.

—¿No lo quiere usted? —dijo el camarero—. Pues los jo­vencitos por lo general están hartos de vaca y de cordero. ¿Qué le parecería una chuleta de carnero?

Asentí a aquello, porque tampoco se me ocurría otra cosa.

—¿Quiere usted patatas? —me preguntó el mozo con una sonrisa insinuante a inclinando la cabeza hacia un lado—. En general, los jovencitos están hartos de patatas.

Le ordené con mi voz más profunda que me trajera una chuleta de carnero con patatas, y que preguntara en las ofici­nas si no había alguna carta para Trotwood Copperfield. Sa­bía muy bien que no podía haberla; pero pensé que aquello me haría parecer muy hombre. Pronto volvió diciendo que no había nada (yo hice como que me sorprendía mucho) y em­pezó a poner mi cubierto en una mesita al lado de la chime­nea. Mientras se dedicaba a aquella faena me preguntó qué quería beber y a mi respuesta de «media botella de jerez», me temo, encontró una buena ocasión para componer la medida del licor con los restos de varias botellas. Lo sospeché por­que mientras leía el periódico le vi, por encima de un tabiqui­llo muy bajo que formaba en la misma sala un departamento para él, muy ocupado vertiendo el contenido de muchas bote­llas en una sola, como un farmacéutico preparando una po­ción según la receta. Además, cuando probé el vino me pare­ció que estaba algo insípido y que contenía más migas de pan inglés de lo que podía esperarse en un vino extranjero. Sin embargo, tuve la debilidad de beberlo sin decir nada.

Después de cenar, encontrándome en un agradable estado de ánimo (de lo que saqué en consecuencia que hay momentos en los que el envenenamiento no es tan desagradable como dicen), decidí it al teatro. Escogí Coven Garden, y allí, en el fondo de un palco central, asistí a la representación de Julio César y de una pantomima nueva. Cuando vi a todos aquellos nobles romanos entrando y saliendo de escena para que yo me divirtiera, en lugar de ser, como en el colegio, pretextos odiosos de una tarea ingrata, no puedo expresar el placer maravilloso y nuevo que sentí. La realidad y la fic­ción que se combinaban en el espectáculo, la influencia de la poesía, de las luces, de la música, de la multitud, las muta­ciones de escena, todo, en fin, dejó en mi espíritu una expre­sión tan conmovedora y abrió ante mí tan ¡limitadas regio­nes de delicias, que al salir a la calle a media noche, con una lluvia torrencial, me pareció que caía de las nubes después de haber llevado durante más de un siglo la vida más román­tica, para encontrarme con un mundo miserable, lleno de fango, de faroles, de coches, de paraguas...

Había salido por una puerta diferente a la que había en­trado, y por un momento permanecí indeciso, sin moverme, como si fuera verdaderamente extraño a aquella tierra; pero pronto me hicieron volver en mí los empujones, y tomé el camino del hotel dando vueltas en mi espíritu a aquel her­moso sueño que todavía me parecía tener ante los ojos mien­tras comía ostras y bebía cerveza.

Estaba tan lleno del recuerdo del espectáculo y del pa­sado, pues lo que había visto en el teatro me hacía el efecto de una pantalla deslumbrante detrás de la cual veía reflejarse toda mi vida anterior, que no se en qué momento me di cuenta de la presencia de un guapo muchacho, vestido con cierta negligencia elegante, al que tenía muchos motivos para recordar. Me percaté que estaba allí sin haberle visto entrar, y continué sentado en mi rincón meditando.

Por fin me levanté para irme a la cama, con gran satisfac­ción del camarero, que tenía ganas de dormir y debía de sentir calambres en las piernas, pues las estiraba, las encogía y hacía todas las contorsiones que le permitía la estrechez de su cu­chitril. Al ir hacia la puerta pasé al lado del joven que acababa de entrar. Volví la cabeza, y después volví atrás y le miré de nuevo. No me reconocía; pero yo le conocí al instante.

En otra ocasión quizá me habría faltado el valor para sa­ludarle y lo hubiese dejado para el día siguiente, desperdi­ciando así la ocasión de hablarle; pero en el estado de ánimo en que me había puesto el teatro me pareció que la protec­ción que siempre me había prestado merecía toda mi grati­tud, y el cariño tan espontáneo que siempre había sentido por él resurgió al acercarme sintiéndome latir el corazón.

—¿Por qué no me hablas, Steerforth?

Me miró como miraba él siempre; pero vi que no me re­conocía.

—Temo que no me recuerdas —dije.

—¡Dios mío! —exclamó de pronto—. ¡Si es el pequeño Copperfield!

Le cogí las dos manos, y no podía decidirme a soltarlas. Sin la tonta vergüenza y el temor de disgustarle habría sal­tado a su cuello deshecho en lágrimas.

—Nunca, nunca he tenido una alegría más grande, mi querido Steerforth.

—Yo también estoy encantado —dijo estrechándome las manos con fuerza—; pero, Copperfield, muchacho, no te emociones tanto.

Sin embargo, creo que le halagaba ver toda la emoción que aquel encuentro me producía.

Me enjugué precipitadamente las lágrimas, que no había podido retener a pesar de todos mis esfuerzos, y traté de reír; después nos sentamos uno al lado de otro.

—¿Y qué haces por aquí? —me dijo Steerforth dándome en el hombro.

—He llegado hoy en la diligencia de Canterbury. Me ha adoptado una tía que vive allí, y acabo de terminar mi edu­cación. ¿Y tú, cómo estás por aquí, Steerforth?

—Verás; es que soy lo que llaman un hombre de Oxford; es decir, que voy allí a aburrirme de muerte periódicamente; pero ahora estoy en camino a casa de mi madre. Estás hecho un guapo muchacho, Copperfield, con tu carita amable. Y ahora que te miro, estás igual que siempre, no has cambiado nada.

—¡Oh!, yo sí que te he reconocido enseguida. Pero es que a ti es difícil olvidarte.

Se echó a reír, pasándose la mano por sus bucles espesos, y dijo alegremente:

—Pues sí; me encuentras en un viaje de obligación. Mi madre vive un poco alejada de Londres, y allí voy; pero los caminos están tan malos y se aburre uno tanto en aquella casa, que he interrumpido mi viaje esta noche. Sólo hace unas horas que estoy en Londres, y he pasado el tiempo con desagrado o durmiendo en el teatro.

—Yo también vengo del teatro; he estado en Coven Gar­den. ¡Qué magnífico teatro, Steerforth, y qué deliciosa no­che he pasado en él!

Steerforth se reía con toda su alma.

—Mi querido y pequeño Davy —dijo dándome otra vez en el hombro—, eres una verdadera florecilla. La margarita de los campos al salir el sol no está más fresca ni mas pura que tú. Yo también he estado en Coven Garden y no he visto en mi vida nada mas mezquino. ¡Mozo!

Llama, dirigiéndose al camarero, que había seguido con mucha atención, y a cierta distancia, nuestro encuentro y que ahora se acercaba respetuoso.

—¿Dónde han puesto a mi amigo Copperfield? —le pre­guntó Steerforth.

—Perdón, señor.

—Digo que dónde va a dormir, cuál es su número. Ya me comprendes —añadió Steerforth.

—Sí, señor —dijo el mozo como disculpándose—. Por el momento, míster Copperfield está en el número cuarenta y cuatro.

—¿Y en qué diablos está usted pensando —replicó Steer­forth— para poner a míster Copperfield en una habitación tan pequeña y encima del establo'?

—Creíamos, señor —contestó el camarero en tono de dis­culpa—, que míster Copperfield no le daba importancia, Pero podemos ponerle en el setenta y dos, si prefieren uste­des; es al lado de su habitación.

—Naturalmente que lo preferimos. ¡Haz el cambio al mo­mento!

El camarero obedeció inmediatamente, y Steerforth, muy divertido porque me hubieran dado el cuarenta y cuatro, se reía de nuevo y me daba en el hombro. Después me invitó a desayunar con él a la mañana siguiente, a las diez. Estuve orgulloso de aceptar. Como era ya muy tarde cogimos nues­tros candelabros y subimos la escalera, despidiéndonos muy cariñosamente. Me encontré con una habitación mucho me­jor que la anterior y que no olía a establo, con una inmensa cama de cuatro columnas situada en el centro, como un pe­queño castillo en medio de sus tierras, y allí, entre una canti­dad de almohadas suficientes para seis personas, caí pronto dormido beatíficamente y soñé con la antigua Roma y con la amistad de Steerforth, hasta que a la mañana siguiente, muy temprano, el rodar de las diligencias bajo el pórtico convir­tió mi sueño en una tempestad.

CAPÍTULO XX. LA CASA DE STEERFORTH

Cuando la criada llamó a mi puerta al día siguiente a las ocho de la mañana, diciéndome que allí dejaba el agua ca­liente para que me afeitara, pensé con pena que no tenía nada que afeitarme, y enrojecí. La sospecha de que se reía bajito al hacerme aquel ofrecimiento me persiguió mientras me arreglaba y me hizo parecer culpable (estoy seguro) cuando me la encontré en la escalera al bajar a almorzar. Sentía tan vivamente mi juventud que durante un momento no pude decidirme a pasar por su lado. Le oía barrer la escalera y yo permanecía al lado de mi ventana mirando la estatua del rey Carlos, que no tenía nada de real, rodeada como estaba de un dédalo de coches bajo la lluvia, y con una niebla espesa; el camarero me sacó de mi indecisión advirtiéndome que Steerforth me aguardaba.

Steerforth me esperaba en un gabinete reservado, ador­nado con cortinas rojas y un tapiz turco. El fuego brillaba, y un abundante desayuno estaba servido en una mesita cu­bierta con un mantel muy blanco. La habitación, el fuego, el desayuno y Steerforth, todo se reflejaba alegremente en un espejito ovalado. Al principio estuve cohibido. Steerforth era tan elegante, tan seguro de sí, tan superior a mí en todo, hasta en edad, que fue necesaria toda la gracia protectora de sus modales para rehacerme. Lo consiguió, sin embargo, y yo no me cansaba de admirar el cambio que se había ope­rado para mí en «La Cruz de Oro», comparando mi triste es­tado de abandono del día anterior con la comida y el lujo que ahora me rodeaba. En cuanto a la familiaridad del cama­rero, parecía no haber existido nunca, y nos servía con la mayor humildad.

—Ahora, Copperfield —me dijo Steerforth cuando nos quedamos solos—, me gustaría saber lo que haces, dónde vas y todo lo que te concierne. Me parece que eres algo mío.

Rebosante de alegría al ver que aún le interesaba así, le conté cómo me había propuesto mi tía aquella pequeña ex­pedición.

—Como no tienes ninguna prisa —dijo Steerforth—, vente conmigo a mi casa de Highgate a pasar con nosotros algún día. Seguramente te gustará mi madre... está tan orgu­llosa de mí, que se repite algo; pero esto es disculpable; y tú también estoy seguro de que le gustarás a ella.

—Quisiera estar tan seguro como tú, que tienes la amabi­lidad de creerlo —contesté sonriendo.

—Sí —dijo Steerforth—, todo aquel que me quiere la conquista; es ella la primera en reconocerlo.

—Entonces me parece que voy a ser su favorito —dije.

—Muy bien —contestó Steerforth—; ven y pruébanoslo. Ahora podemos dedicar un par de horas a que veas las curio­sidades de Londres. No es poca cosa tener un muchacho como tú a quien enseñárselas, Copperfield, y después toma­remos la diligencia para Highgate.

No podía creerlo; me parecía estar soñando, y temía des­pertar en la habitación número cuarenta y cuatro. Después de escribir a mi tía contándole mi afortunado encuentro con mi admirado compañero de colegio, y cómo había aceptado su invitación, tomamos un coche y nos dedicamos a curio­searlo todo. Dimos una vuelta por el Museo, donde no pude por menos de observar todo lo que sabía Steerforth sobre una infinita variedad de asuntos y la poca importancia que daba a su cultura.

—Tendrás el mayor éxito en la Universidad si es que te lo has examinado ya y lo has tenido, y tus amigos tendremos mucha razón para estar orgullosos de ti.

—¡Yo exámenes brillantes! —exclamó Steerforth—; no, florecilla de los campos, no; pero ¿supongo que no te impor­tará que te llame así?

—Nada de eso —le dije.

—Eres muy buen chico, querida florecilla —dijo Steer­forth riendo—. El caso es que no tengo el menor deseo ni la menor intención de distinguirme de ese modo. He hecho su­ficiente para lo que me propongo, y soy ya un hombre bas­tante aburrido sin necesidad de eso.

—Pero la fama —empecé.

—Tú eres una florecilla romántica —continuó Steerforth riendo todavía más fuerte— Díme: ¿para qué voy a moles­tarme? ¿Para que unos cuantos pedantes se queden con la boca abierta y levanten las manos al cielo? Para otros esas satisfacciones de la fama, y que les aproveche.

Yo estaba avergonzado de haberme equivocado de aquel modo y traté de cambiar de asunto. Afortunadamente, con Steerforth era fácil hacerlo, pues él pasaba siempre de un asunto a otro con una gracia y naturalidad que le eran pecu­liares.

Después del paseo almorzamos y, a causa de lo corto de los días de invierno, oscurecía ya cuando la diligencia nos dejó delante de una antigua casona de ladrillo en la cima de Highgate, y una señora de cierta edad, pero todavía joven, con orgulloso empaque y hermoso rostro, esperaba a la puerta la llegada de Steerforth y le estrechó en sus brazos di­ciéndole: «Mi querido James». Steerforth me la presentó: era su madre, que me acogió con amabilidad.

Era una casona a la antigua, agradable, tranquila y orde­nada. Desde las ventanas de mi habitación se veía todo Lon­dres extenderse a lo lejos como un gran mar de niebla, que algunas luces atravesaban. Sólo tuve tiempo, al vestirme, de lanzar una rápida ojeada a los sólidos muebles y a los cua­dros bordados (supongo que por la madre de Steerforth cuando era muchacha). También había algunos retratos a pastel de señoras con cabellos empolvados, que parecían ir y venir por la pared a causa de los reflejos de luz y sombra que salían chisporroteando del fuego recién encendido.

Me llamaron para comer. En el comedor encontré otra se­ñora, morena, menudita y delgada, pero de aspecto poco simpático a pesar de que no era nada fea. Aquella señora atrajo enseguida mi atención, quizá porque no me la espe­raba, quizá porque me encontré sentado frente a ella, quizá por hallar en ella algo que me chocaba. Tenía los cabellos negros y los ojos oscuros, con mucha vida. Era delgada, y una cicatriz le cortaba el labio; debía de ser una cicatriz muy antigua, más bien un costurón, pues el color no se diferen­ciaba del resto de su cutis y debía de estar curada hacía mu­chos años. Aquella señal le atravesaba toda la boca, hasta la barbilla; pero desde donde yo estaba se veía muy poco, sólo se le notaba el labio superior un poco deformado.

Decidí en mi interior que debía de tener lo menos treinta años y que quería casarse; estaba algo envejecida, aunque aún de buen ver, como una casa deshabitada durante mucho tiempo que conserva todavía un buen aspecto. Su delgadez parecía ser el efecto de algún fuego interior que se reflejaba en sus ojos ardientes.

Me fue presentada como miss Dartle, y los Steerforth la llamaban Rose. Vivía en la casa y hacía mucho tiempo que acompañaba a mistress Steerforth. Me parecía que nunca de­cía espontáneamente nada de lo que quería decir, sino que lo insinuaba consiguiendo por este medio dar a todo mucha im­portancia. Por ejemplo: Cuando mistress Steerforth dijo, más bien en broma, que temía que su hijo hubiera hecho una vida algo disipada en la Universidad, miss Dartle contestó:

—¡Ah! ¿De verdad? Ya saben ustedes lo ignorante que soy, y que solo pregunto para instruirme; pero ¿acaso no ocurre siempre así? Yo creí que esa vida era... ¿eh?

—La preparación para una carrera seria, ¿es eso lo que quieres decir, Rose? —preguntó mistress Steerforth con frialdad.

—¡Oh, naturalmente! Esa es la realidad, mistress Steer­forth; pero ¿no ocurre así? Me gusta que me contradigan si me equivoco; pero yo creía... ¿realmente no es así?

—¿Realmente qué? —dijo mistress Steerforth.

—¡Ah! ¿Eso quiere decir que no? Me alegro mucho. Ahora ya lo sé. Esta es la ventaja de preguntar. Y desde este momento nunca permitiré que delante de mí hablen de las extravagancias y prodigalidades de esa vida de estu­diante.

—Y hará usted muy bien —dijo mistress Steerforth—. Además, en este caso el preceptor de mi hijo es un hombre de tal conciencia, que aunque no tuviera confianza en mi hijo la tendría en él.

—¿En serio? —dijo miss Dartle—. Querida mía, ¿conque es un hombre realmente de conciencia?

—Sí; estoy convencida —dijo mistress Steerforth.

—¡Cuánto me alegro! —exclamó miss Dartle—. ¡Qué tranquilidad que sea realmente un hombre de conciencia! ¿Entonces no es ...? Pero naturalmente que no, puesto que es un hombre de conciencia. ¡Qué alegría me da poder tener desde ahora esa opinion de él! No puede usted figurarse lo que ha subido en mi concepto desde que sé que es realmente un hombre de conciencia.

Así insinuaba miss Dartle su opinion sobre todas las co­sas y corregía todo lo que no estaba conforme con sus ideas. A veces (no pude por menos de observarlo) tenía éxito de aquel modo, aun contradiciendo a Steerforth. Antes de ter­minar la comida, mistress Steerforth me hablaba de mi in­tención de ir a Sooffolk, y yo dije, al azar, que me gustaría mucho si Steerforth quisiera acompañarme, y le expliqué que iba a ver a mi antigua niñera y a la familia de míster Peg­gotty, recordándole que era el marinero que había conocido en la escuela.

—¡Oh! ¿Aquel buen hombre —dijo Steerforth— que fue a verte con su hijo?

—No, con su sobrino —repliqué—; es su sobrino, a quien ha adoptado como hijo, y también tiene una linda sobrinita, a la que también ha adoptado como hija. En una palabra, su casa, o mejor dicho su barco, pues viven en un barco sobre la arena, está llena de gentes que son objeto de su generosi­dad y bondad. Te encantaría ver ese interior.

—Sí —dijo Steerforth—; ya lo creo que me gustaría. Veremos si lo puedo arreglar, pues merece la pena, aparte del gusto de viajar contigo, florecilla, para ver de cerca de esa clase de gente y sentirme por unos momentos uno de ellos.

Mi corazón latía de esperanza y de alegría. Pero a propó­sito del tono con que Steerforth había dicho: «esa clase de gente», miss Dartle, con sus penetrantes ojos fijos en mí, se mezcló de nuevo en la conversación.

—Pero dígame, ¿realmente son así?

—¿Si son cómo? ¿Qué quieres decir? —preguntó Steer­forth.

—Esa clase de gente. ¿Si son realmente animales, como brutos, seres de otra especie? Me interesa mucho saberlo.

—En efecto; hay mucha distancia entre ellos y nosotros —dijo Steerforth con indiferencia—. No hay que esperar de ellos una sensibilidad como la nuestra; su delicadeza no se hiere con facilidad; pero son personas de gran virtud, así lo dicen, y yo no tengo por qué ponerlo en duda. Aunque no son naturalezas refinadas, y deben estar contentos de que sus sentimientos no sean más fáciles de herir que su piel ás­pera.

—¿De verdad? —dijo miss Dartle—. No sabes lo que me alegro de saberlo. ¡Es tan consolador, es tan agradable sa­ber que no sienten sus sufrimientos! A mí, a veces me había preocupado esa clase de gente; pero ahora ya no volveré a pensar en ellos. Vivir y aprender. Tenía mis dudas, lo con­fieso; pero ahora ya han desaparecido. Es que antes no sa­bía; esta es la ventaja de las preguntas, ¿no es verdad?

Pensé que Steerforth había dicho aquello para hacer ha­blar a miss Dartle y esperaba que me lo dijera cuando se fuera y nos quedáramos solos sentados ante el fuego. Pero únicamente me preguntó qué pensaba de ella.

—Me ha parecido que es inteligente, ¿no? —pregunté.

—¡Inteligente! A todo saca punta —dijo Steerforth—. Lo afila todo como se ha afilado su rostro y su figura en estos últimos años. Es cortante.

—¡Y qué cicatriz tan extraña tiene en los labios! —dije.

Steerforth palideció y nos callamos un momento.

—El caso —dijo— es que fue culpa mía.

—¿Algún accidente desgraciado?

—No; yo era un niño, y un día que me exasperaba le tiré un martillo. Como puedes ver, era ya un angelito que pro­metía.

Sentí mucho haber tocado un punto tan penoso; pero ya no tenía remedio.

—Y que tiene la marca para toda la vida, como ves —dijo Steerforth—, hasta que descanse en la tumba, si es que en la tumba puede descansar, que lo dudo. Es la huérfana de un primo lejano de mi padre, y mi madre, que era viuda cuando el padre murió, se la trajo para que le hiciese compañía. Miss Dartle posee un par de miles de libras, de las que todos los años economiza la renta para añadirla al capital. Esa es la historia de miss Rosa Dartle.

—¿Y tú la querrás como un hermano? —dije.

—¡Hum! —repuso Steerforth mirando al fuego— Hay her­manos que no se quieren mucho; otros se quieren mal...; pero, sírvete, Copperfield; vamos a brindar por las florecillas del campo, en honor tuyo, y por los lirios del valle, que no traba­jan ni hilan, en honor mío; mejor dicho, para vergüenza mía.

Una sonrisa burlona que erraba por sus labios desapareció al decir estas palabras, y pareció recobrar toda su franqueza y gracia habituales.

Cuando volvimos por la tarde a tomar el té, no pude por menos de mirar con penoso interés la cicatriz de miss Dar­tle; pronto observé que era la parte más sensible de su ros­tro, y que cuando palidecía era lo primero que cambiaba y se ponía de un color plomizo. Entonces se veía en toda su ex­tensión como una raya de tinta invisible al acercarla al fuego. Tuvieron un pequeño altercado ella y Steerforth mientras jugaban a los dados, y en el momento en que se en­colerizó vi aparecer la marca, como las misteriosas palabras escritas en un muro.

No me extrañaba nada el entusiasmo de mistress Steer­forth por su hijo. Parecía no ser capaz de hablar ni de pensar en otra cosa. Me enseñó un retrato de cuando era niño, en un medallón con unos buclecitos. Me enseñó otro de la época en que yo le había conocido, y sobre su pecho llevaba otro actual. Todas las cartas que le había escrito su hijo las guar­daba en un secreter cercano al sillón en que se sentaba junto a la chimenea, y me quiso leer algunas de ellas, y a mí me hubiera gustado mucho oírlas; pero Steerforth se interpuso y no la dejó hacerlo.

—Es en el colegio de míster Creakle donde mi hijo y us­ted se conocieron, ¿verdad? —dijo mistress Steerforth ha­blando conmigo, mientras su hijo y miss Dartle jugaban a los dados—. Recuerdo; entonces me hablaba de un niño más pequeño que él a quien quería mucho; pero su nombre, como puede usted suponer, se ha borrado de mi memoria.

—Era muy generoso y noble conmigo, se lo aseguro —dije—, y yo estaba muy necesitado entonces de un amigo así. Habría sido muy desgraciado allí sin él.

—Es siempre generoso y noble —dijo mistress Steerforth con orgullo.

Asentí con todo mi corazón, Dios lo sabe. Ella también lo sabía, y su altanería se humanizaba para mí, excepto cuando alababa a su hijo, que recobraba todo su orgullo.

—Aquel no era un buen colegio para mi hijo, ni mucho menos; pero había que tener en cuenta circunstancias de ma­yor importancia aun que la elección de profesores. El espí­ritu independiente de mi hijo hacía indispensable que estu­viera a su lado un hombre que reconociera su superioridad y se doblegara ante él. En míster Creakle encontramos al hom­bre que nos hacía falta.

No me decía nada nuevo, pues conocía bien al individuo, y además aquello no me hacía tener peor opinión de él. En­contraba muy disculpable que se hubiera dejado dominar por el encanto irresistible de Steerforth.

—La gran capacidad de mi hijo aumentó allí gracias a un sentimiento de emulación voluntaria y de orgullo consciente —continuó diciendo con entusiasmo la señora—. Contra la tiranía se habría revelado; en cambio, como se sentía dueño y señor, quiso ser digno de su situación. Aquello era muy suyo.

Respondí con toda mi alma que le reconocía muy bien en aquel rasgo.

—Y así fue, por su propia voluntad, y sin ninguna presión, el primero, como lo será siempre que se proponga destacarse de los demás —prosiguió mistress Steerforth—. Mi hijo me ha dicho, míster Copperfield, que usted le quería mucho y que ayer, al encontrarle, se dio usted a conocer con lágrimas de alegría. Sería afectación en mí si pretendiera sorpren­denne de que mi hijo inspire semejantes emociones; pero no puedo permanecer indiferente ante quien reconoce sus méri­tos, y estoy muy contenta de verle a usted aquí, y puedo ase­gurarle que él también siente por usted una amistad nada vul­gar, y que puede contar desde luego con su protección.

Miss Dartle jugaba a los dados con el mismo ardor que ponía en todo. Tanto es así, que si la primera vez la hubiera visto jugando, habría pensado que su delgadez y el brillo de sus ojos eran consecuencia de aquella pasión más que de otra cualquiera. Sin embargo, o estoy muy equivocado, o no per­día una palabra de la conversación, ni un matiz de la alegría con que yo escuchaba a mistress Steerforth, sintiéndome ha­lagado con su confianza y creyéndome ya mucho más viejo que cuando salí de Canterbury. Hacia el fin de la velada tra­jeron vasos y licores, y Steerforth, sentado delante de la chi­menea, me prometió pensar seriamente en acompañarme en mi viaje.

—No nos come prisa —decía—, tenemos una semana por delante.

Su madre, también muy hospitalaria, me repitió lo mismo. Mientras hablábamos, Steerforth me llamó varias veces florecilla del campo, lo que atrajo de nuevo las preguntas de miss Dartle.

—Pero ¿realmente, míster Copperfield —me preguntó—, es un mote? ¿Por qué le llama así? ¿Quizá... porque le pa­rece usted muy joven a inocente? ¡Soy tan torpe para estas cosas!

Respondí, ruborizado, que, en efecto, debía de ser por eso.

—¡Ah! —dijo miss Dartle—. ¡Cómo me alegro de sa­berlo! Pregunto para instruirme, y estoy encantada cuando sé algo nuevo. Steerforth piensa que es usted un inocente, y le hace su amigo. ¡Es verdaderamente encantador!

Después de decir esto se retiró a acostarse, y también mistress Steerforth. Él y yo, después de charlar como una media hora de Traddles y los demás compañeros de Salem House, subimos juntos. La habitación de Steerforth estaba contigua a la mía, y entré un momento a verla. Tenía aspecto de gran comodidad, llena de butacones, de cojines y de tabu­retes bordados por la mano de su madre; no faltaba un deta­lle de lo que puede hacer a una alcoba agradable. Por último, un hermoso retrato de su madre colgaba de la pared en un cuadro, y miraba a su hijo querido como si hasta en su sueño necesitara verle.

En mi habitación encontré encendido el fuego, y las corti­nas del lecho y de la ventana echadas me dieron una impre­sión acogedora. Me senté en un sillón ante la chimenea para pensar en mi felicidad, y estaba hundido en su contempla­ción desde hacía ya un rato cuando mis ojos se encontraron con un retrato de miss Dartle que me miraba con sus agudos ojos desde encima de la chimenea.

El parecido era extraordinario, tanto de rasgos como de expresión. El pintor había suprimido la cicatriz; pero yo se la veía; allí estaba, apareciendo y desapareciendo; tan pronto se veía sólo en el labio superior, como durante la comida, como se presentaba en toda su extensión, como había obser­vado cuando se apasionaba.

Me pregunté con impaciencia por qué no habrían puesto en cualquier otro sitio aquel retrato en lugar de ponerlo en mi cuarto. Para dejar de verla me desnudé deprisa, apagué la luz y me metí en la cama. Pero mientras me dormía no podía olvidar que estaba mirándome. «¿Es realmente así? Deseo saberlo.» Y cuando me desperté a media noche, me di cuenta de que estaba rendido de tanto preguntar a todo el mundo en sueños «si era realmente así o no», sin comprender a qué me refería.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I. LA PEQUEÑA EMILY

Había un criado en aquella casa, un hombre que, según comprendí, acompañaba a todas partes a Steerforth y que había entrado a su servicio en la Universidad. Aquel hombre era en apariencia un modelo de respetabilidad. Yo no re­cuerdo haber conocido en su categoría a alguien más respe­table. Era taciturno, andaba suavemente, muy tranquilo en sus movimientos, deferente, observador, siempre a mano cuando se le necesitaba y nunca cerca cuando podía moles­tar. A pesar de todo, su mayor virtud era su respetabilidad. No era nada humilde y hasta parecía un poco altanero. Tenía la cabeza redonda y rapada, hablaba con suavidad y tenía un modo especial de silbar las eses, pronunciándolas tan claras que parecía que las usaba más a menudo que nadie; pero to­das sus peculiaridades contribuían a su respetabilidad. Si hubiese tenido una nariz desmesurada habría sabido hacer que resultase respetable. Vivía rodeado de una atmósfera de dignidad y andaba con pie firme por ella. Habría sido impo­sible sospechar de él nada malo. ¡Era tan respetable! A nadie se le habría ocurrido ponerle de librea, tanta era su respetabilidad, ni obligarle a desempeñar un trabajo inferior; ha­bría sido un insulto a los sentimientos de un hombre tan res­petable. Y pude observar que las criadas de la casa tenían instintivamente conciencia de ello y lo hacían todo, mien­tras él, por lo general, leía el periódico sentado ante la chimenea.

Nunca he visto un hombre más dueño de sí. Pero esto, como todas sus demás cualidades, no hacían más que au­mentar su integridad. Hasta el detalle de que nadie supiera su nombre de pila parecía formar parte de ella. Nadie podía objetar nada contra su nombre: Littimer. Peter podía ser el nombre de un ahorcado, y Tom el de un deportado; pero Lit­timer era perfectamente respetable. No sé si sería a causa de aquel conjunto abstracto de honradez; pero yo me sentía ex­troardinariamente joven en presencia de aquel hombre. Su edad no se podía adivinar, y aquello era un mérito más de su discreción, pues, en su calma digna, igual podía tener cin­cuenta años que treinta.

A la mañana siguiente, antes de que yo me hubiese levan­tado, ya estaba Littimer en mi habitación con el agua para afeitarme (aquel agua era como un reproche) y preparán­dome la ropa. Cuando alcé las cortinas del lecho para mi­rarle, le vi a la misma temperatura de respetabilidad de siem­pre: el viento del Este de enero no le afectaba, ni siquiera le empañaba el aliento, y colocaba mis botas a derecha a iz­quierda en la primera posición del baile y soplaba delicada­mente mi chaqueta mientras la dejaba extendida como si fuera un niño.

Le di los buenos días y le pregunté qué hora era. Él sacó de su bolsillo un reloj de lo más respetable que he visto, y sosteniendo el resorte de la tapa con un dedo, lo miró como si consultara a una ostra profética; lo volvió a cerrar y me dijo que, con mi permiso, eran las ocho y media.

—Mister Steerforth tendría mucho gusto en saber cómo ha descansado usted, señorito.

—Gracias —dije—; muy bien. Y mister Steerforth ¿cómo sigue?

—Muchas gracias; mister Steerforth está pasablemente bien.

Otra de sus características era no usar superlativos. Un término medio tranquilo y frío siempre.

—¿No hay nada más en que pueda tener el honor de ser­virle, señorito? La campana suena a las nueve, y la familia desayuna a las nueve y media.

—Nada; muchas gracias.

—Gracias a usted, señorito, si me lo permite.

Y con esto y con una ligera inclinación de cabeza al pasar al lado de mi cama, como disculpándose de haberme corre­gido, salió cerrando la puerta con la misma delicadeza que si acabara de caer en un ligero sueño del que dependiera mi vida,

Todas las mañanas teníamos exactamente esta conversa­ción, ni más ni menos, y siempre invariablemente, a pesar de los progresos que hubiera podido hacer en mi propia es­tima la víspera, creyéndome que avanzaba hacia una madu­rez próxima, por el compañerismo de Steerforth, las confi­dencias de su madre o la conversación de miss Dartle en presencia de aquel hombre respetable, me sentía, como nuestros pequeños poetas cantan, «un chiquillo de nuevo».

Littimer nos proporcionó caballos, y Steerforth, que sabía de todo, me dio lecciones de equitación. Nos proporcionó floretes, y Steerforth empezó a enseñarme a manejarlos. Después nos trajo guantes de boxeo, y también Steerforth fue mi maestro. No me importaba nada que Steerforth me encontrase novato en aquellas ciencias; pero no podia sopor­tar mi falta de habilidad delante del respetable Littimer. No tenía ninguna razón para creer que él entendiese de aquellas artes; nunca me había dejado sospechar nada semejante, ni con el menor guiño de sus respetables párpados; sin em­bargo, cuando estaba con nosotros mientras practicábamos, yo me sentía el más torpe a inexperto de los mortales. Si me refiero tan particularmente a este hombre es porque enton­ces me produjo un efecto muy extraño, y además por lo que sucederá después.

La semana transcurrió de la manera más deliciosa. Pasó tan rápidamente como puede suponerse, dado lo entusias­mado que yo estaba. Además, tuve muchas ocasiones de co­nocer mejor a Steerforth y de admirarle en todos sus aspec­tos; tanto es así, que al final me parecía que estaba con él desde hacía mucho tiempo. Me trataba de un modo cariñoso, como si fuera un juguete, y a mí me parecía que era el modo más agradable que podía haber adoptado; así me recordaba nuestra antigua amistad, y parecía la continuación natural de ella; no le encontraba nada cambiado y estaba libre de todas las incomodidades que hubiera sentido comparando mis mé­ritos con los suyos y midiendo mis derechos sobre su amis­tad bajo un nivel de igualdad; pero sobre todo era conmigo natural, confiado y afectuoso como no lo era con nadie. Igual que en el colegio, me trataba de muy distinta manera que a todos los demás, y yo creía que estaba más cerca de su corazón que ningún otro.

Por fin se decidió a venir conmigo al campo y llegó el día de nuestra partida. Al principio dudó mucho si llevarse a Littimer o no; pero prefirió dejarlo. La respetable criatura, satisfecha con lo que decidieran, arregló nuestros porta­mantas en el cochecito que debía conducirnos a Londres como si tuviera que desafiar el choque de muchas genera­ciones, y recibió mi modesta gratificación con perfecta in­diferencia.

Nos despedimos de mistress Steerforth y de miss Dartle con mucho agradecimiento por mi parte y mucha bondad por la de la apasionada madre. Y la última cosa que vi fue los ojos imperturbables de Littimer contemplándome, según me pareció, con la silenciosa convicción de que yo era ver­daderamente demasiado joven.

Lo que sentí volviendo bajo aquellos auspicios favorables a los antiguos sitios familiares no trataré de describirlo. Nos dirigimos al Hotel de Postas. Yo estaba tan preocupado, lo recuerdo, por el honor de Yarmouth, que cuando Steerforth dijo, mientras atravesábamos sus calles húmedas y sombrías, que, por lo que podía ver, era un bonito rincón, un poco ale­jado, pero curioso, me sentí muy complacido. Nos fuimos a la cama nada más llegar (observé un par de zapatos y de po­lainas ante la puerta de mi antiguo amigo el Dolphin cuando pasé por el corredor). A la mañana siguiente me levanté tarde. Steerforth se hallaba muy animado; había estado en la playa antes de que yo me despertase y había conocido, se­gún me dijo, a la mitad de los pescadores del lugar. Hasta me aseguró que había visto a lo lejos la casa de míster Peg­gotty con el humo saliendo por la chimenea, y me contó que había estado a punto de presentarse como si fuera yo, desco­nocido a causa de lo que había crecido.

—¿Cuándo piensas presentarme, Florecilla? —me dijo­. Estoy a tu disposición, y puedes arreglarlo como quieras.

—Pues pensaba que esta noche sería un buen momento, Steerforth, cuando estén ya todos alrededor del fuego. Me gustaría que los vieras entonces, ¡es tan curioso!

—Así sea —replicó Steerforth—; esta noche.

—No les avisaremos, ¿sabes? —dije encantado—, y los cogeremos por sorpresa.

—¡Oh!, naturalmente —repuso Steerforth—; si no los co­gemos por sorpresa no tiene gracia. Hay que ver a los indí­genas en su estado natural.

—Sin embargo, es «esa» clase de gente que mencionabas el otro día.

—¡Ah! ¿Recuerdas mis escaramuzas con Rosa? —ex­clamó con una rápida mirada— No puedo sufrir a esa mu­chacha; casi me asusta; me parece un vampiro. Pero no pen­semos en ella. ¿Qué vas a hacer tú ahora? Supongo que irás a ver a tu niñera.

—Sí; claro está —dije—; debo ver a Peggotty lo primero de todo.

—Bien —replicó Steerforth mirando su reloj—; te dejo dos horas libres para llorar con ella. ¿Te parece bastante?

Le contesté riendo que, en efecto, creía que tendríamos bastante; pero que él tenía que venir también, para darse cuenta de que su fama le había precedido y de que era allí un personaje casi tan importante como yo.

—Iré donde tú quieras —dijo Steerforth— y haré lo que se te antoje. Dame la dirección y dentro de dos horas me pre­sentaré en el estado que más te agrade, sentimental o có­mico.

Le di los datos más minuciosos para encontrar la casa de Barkis, cochero de Bloonderstone, etc., y a salí yo solo. Ha­cía un aire penetrante y vivo; el suelo estaba seco; el mar, crispado y claro; el sol difundía raudales de luz, ya que no de calor; y todo parecía nuevo y lleno de vida. Yo mismo me sentía tan nuevo y lleno de vida en la alegría de encontrame allí, que hubiese parado a los transeúntes para darles la mano.

Las calles me parecían estrechas, como es natural. Las ca­lles que sólo se han visto en la infancia siempre lo parecen cuando se vuelve después a ellas. Pero no había olvidado nada, y me pareció que ninguna cosa había cambiado hasta que llegué a la tienda de míster Omer. Allí donde antes se leía «Omer» ponía ahora «Omer y Joram»; pero la inscrip­ción de «Lutos, sastre, funerales, etc.» continuaba lo mismo.

Mis pasos se dirigieron tan naturalmente hacia la tienda después de haber leído aquellas palabras, que crucé las ca­lles y entré. En la planta baja había una mujer muy guapa haciendo saltar a un niño chiquito en sus brazos, mientras otra diminuta criatura la agarraba del delantal. No me costó trabajo reconocer en ellos a Minnie y a sus hijos. La puerta de cristales del interior no estaba abierta; pero en el taller del otro lado del patio se oía débilmente resonar el antiguo mar­tilleo, como si nunca hubiera cesado.

—¿Está en casa mister Omer? —dije—. Desearía verle un momento.

—Sí señor, está en casa —dijo Minnie—; con este tiempo y su asma no puede salir. Joe, llama a tu abuelo.

La pequeña personita que le tenía agarrada por el delantal lanzó tal grito, que su sonido le asustó a él mismo y escon­dió la cabeza entre las faldas de su madre.

Al momento oí que se acercaba alguien resoplando con ruido, y pronto mister Omer, con la respiración más corta que nunca, pero apenas envejecido, apareció ante mí.

—Servidor de usted —dijo—. ¿En qué puedo servirle?

—Estrechándome la mano, mister Omer, si usted gusta —dije tendiéndole la mía—. Fue usted muy bondadoso con­migo en cierta ocasión, y me temo mucho que entonces no le demostré que lo pensaba.

—¿De verdad? —replicó el anciano—. Me alegro de sa­berlo; pero no puedo recordar.. ¿Está seguro de que era yo?

—Completamente.

—Se conoce que mi memoria se ha vuelto tan corta como mi aliento —dijo mister Omer, mirándome y sacudiendo la cabeza—; por más que le miro no le recuerdo.

—¿No se acuerda usted de que vino a buscarme a la dili­gencia y me dio de desayunar en su casa, y después fuimos juntos a Bloonderstone, usted, yo, mistress Joram y mister Joram, que entonces no eran matrimonio?

—¿Cómo? ¡Dios me perdone! —exclamó mister Omer después de sufrir a causa de la sorpresa un golpe de tos—. ¡No me lo diga usted! Minnie, querida mía, ¿lo recuerdas? Sí, querida mía; se trataba de una señora...

—Mi madre —dije.

—Cier—ta—men—te —dijo mister Omer tocando mi cha­queta con su dedo—, y también había una criaturita; eran dos a la vez, y el pequeño tenía que ir en el mismo féretro que la madre. ¡Y era en Bloonderstone, naturalmente, Dios mío! ¿Y cómo está usted desde entonces?

—Muy bien, gracias —le dije—, y espero que usted tam­bién lo esté.

—¡Oh!, no puedo quejarme —dijo míster Omer—. La respiración la tengo cada vez más corta; pero eso es culpa de la edad. La tomo como viene y hago lo que puedo. Es lo me­jor que se puede hacen ¿No le parece?

Míster Omer tosió de nuevo a consecuencia de la risa y fue asistido por su hija, que estaba a nuestro lado haciendo saltar al niño más pequeño sobre el mostrador.

—¡Dios mío! —dijo míster Omer—. Sí; ahora estoy se­guro, dos personas. Pues en aquel mismo viaje, ¿querrá us­ted creerlo?, se fijó la fecha de la boda de Minnie con Joram. «Fije usted el día», decía Joram. «Sí, padre; fíjelo», decía Minnie. Y ahora somos socios, mire; y aquí tiene usted al más pequeño.

Minnie rió, atusándose los cabellos sobre las sienes, mientras su padre ponía uno de sus gruesos dedos en la ma­nita del nene, que saltaba en el mostrador.

—Eran dos, naturalmente —insistió Omer, recordando—. ¡Precisamente! Pues Joram en este momento está trabajando en uno gris con clavos de plata, que será como dos pulgadas más corto que este —dijo señalando al niño que saltaba—. ¿Quiere usted tomar algo?

Di las gracias, diciendo que no.

—Oiga usted —dijo míster Omer—. La mujer del carre­tero Barkis (que es hermana del pescador Peggotty) ¿tenía algo que ver con su familia? Estaba sirviendo allí, estoy se­guro.

Mi contestación afirmativa le puso muy contento.

—Creo que pronto tendré la respiración más larga, puesto que también estoy recobrando la memoria —dijo míster Omer—. ¡Bien, señor! Pues aquí tenemos a una muchacha, parienta de Peggotty, ¡y que tiene una elegancia y un gusto para los trajes! Estoy seguro de que ni una duquesa en toda Inglaterra le pondría peros.

—¿No será la pequeña Emily? —dije involuntariamente. —Emily es su nombre —dijo míster Omer—, y, en efecto, es chiquita; pero, créame usted, tiene una cara tan linda, que la mitad de las mujeres de la ciudad están locas de en­vidia.

—¡Qué tontería, padre! —exclamó Minnie.

—Querida mía, no digo que ese sea tu caso —dijo gui­ñándome—; lo que digo es que la mitad de las mujeres de Yarmouth, ¡ya lo creo, y en cinco millas a la redonda!, están locas de envidia.

—Si se hubiera quedado tranquila en donde le corres­ponde —dijo Minnie— no les habría dado motivos de ha­blar y no hubiese podido hacerlo.

—¿Qué no habría podido hacer, querida mía? —replicó míster Omer—. ¡No poder hacerlo! ¿Es ese tu conocimiento de la vida? Como si existiese alguna mujer que no pudiese hacer algo, sobre todo tratándose de otra mujer guapa.

Realmente, creí que todo había terminado, pues míster Omer, después de aquella broma, tosía de tal manera y tar­daba tanto en recobrar el aliento, que esperaba verle de un momento a otro desaparecer detrás del mostrador y que sus pantalones negros con los lacitos desteñidos en las rodillas se agitaran por última vez. Al fin, sin embargo, se puso me­jor, aunque todavía respiraba con tal dificultad y estaba tan agotado, que se vio obligado a sentarse en una banqueta de­trás del mostrador.

—¿Ve usted? —dijo enjugándose la frente y respirando con dificultad—. Emily no ha querido hacer muchas amista­des, no se ha molestado por conocer gente, ni tener amigas, todavía menos novios. En consecuencia, la critican y dicen que Emily desea hacerse una señora. Ahora mi opinión es que si corren estos rumores es porque ella, cuando era pe­queña, dijo muchas veces en la escuela que si fuera una se­ñora haría tal y cual cosa por su tío, ¿sabe usted?, y que le compraría tantas cosas bonitas.

—Le aseguro, míster Omer, que a mí también me lo dijo cuando los dos éramos niños —contesté prontamente.

Míster Omer volvió la cabeza y sacudió la barbilla.

—Precisamente. Además, ella con cualquier cosa se viste mejor que otras con mucho dinero; y eso no gusta. En reali­dad, puede llamársela caprichosa; hasta puede llegarse a de­cir que lo es —dijo míster Omer—, y que ella misma no sabe lo que quiere, y nunca está tranquila. Pero nada más se puede decir de ella, ¿no es verdad, Minnie?

—No, padre —dijo mistress Joram—; eso es todo.

—Así, cuando encontró una colocación —continuó míster Omer— para acompañar a una señora anciana y difícil, no congeniaron y no pasó de ahí. Por último ha venido a esta casa de aprendiza, pronto hará ya tres años, y es la mejor chica que se puede encontrar. Trabaja como seis. Minnie, ¿no hace ahora ella el trabajo de seis obreras?

—Sí, padre —contestó Minnie—; que no se diga que no le hago justicia.

—Muy bien —dijo míster Omer—; así debe ser. Y así, caballerito —añadió después de unos momentos de acari­ciarse la barbilla—, para que no me considere usted tan char­latán como corto de aliento, creo que es todo lo que le puedo decir.

Como al hablar de Emily bajaban la voz, supuse que es­taba cerca, y al preguntarlo, míster Omer me indicó que sí, y me señaló hacia la puerta interior. Me apresuré a pregun­tar si podía mirar y, al darme su permiso, miré a través de los cristales y la vi sentada trabajando; la vi; y era la más preciosa criatura del mundo: pequeñita, con sus grandes ojos azules, que habían penetrado en mi infantil corazón; estaba riéndose vuelta hacia otro niño de Minnie, que ju­gaba a su lado, y había tal decisión en su rostro brillante, mezclada con mucho de su antigua expresión caprichosa, que me pareció justificado todo lo que había oído. Pero no había nada en su belleza, estoy seguro, que pudiera hacer esperar otra cosa que bondad y felicidad y una vida tran­quila y dichosa.

El martilleo del patio parecía como si no hubiese cesado nunca, y resonaba débilmente durante todo el tiempo.

—¿Quiere usted entrar a hablarle? —dijo míster Omer—. Hágalo como si estuviera en su casa.

Era demasiado tímido para hacerlo. Me asustaba que ella se azorase, y no me asustaba menos mi propio azoramiento; pero me enteré de la hora a la que salía por la noche, con ob­jeto de hacer nuestra visita a tiempo; y despidiéndome de míster Omer, de su linda hija y de los dos nenes, me fui en busca de mi querida y vieja Peggotty.

Allí estaba, en su cocinita, haciendo el almuerzo. En cuanto llamé a la puerta, me abrió y me preguntó qué de­seaba. La miré con una sonrisa; pero ella no me correspon­dió. No habíamos dejado nunca de escribirnos; pero hacía siete años que no nos veíamos.

—¿Está míster Barkis en casa, señora? —dije fingiendo una voz ronca.

—Sí, señor; está en casa —contestó Peggotty—; pero está en cama con su reúma.

—¿Ahora ya no va a Bloonderstone? —pregunté.

—Cuando se ponga bueno, sí señor —me contestó.

—¿Y usted no va nunca allí, mistress Barkis?

Me miró más atentamente y observé un rápido movi­miento de sus manos, como para juntarse.

—Porque tenía que hacerle algunas preguntas sobre una casa de allí, que se llamaba... ¿Cómo era?... La Rookery —dije.

Peggotty dio un paso atrás y extendió las manos, asus­tada, como rechazándome.

—¡Peggotty! —grité.

Y ella exclamó:

—¡Mi niño, mi niño querido!

Y ambos nos deshicimos en lágrimas uno en brazos del otro.

Las extravagancias que hizo llorando y riendo abrazada a mí; lo orgullosa que estaba, lo contenta; lo triste de que aquella de quien podía ser el orgullo y la alegría no estuviera ni pudiera abrazarme, no tengo corazón para contarlo. Es­taba tan conmovido, que no me equivoco al creer que me mostré muy niño correspondiendo a todas sus emociones. Nunca he reído y llorado en toda mi vida, puedo decirlo, ni aun con ella, más francamente que aquella mañana.

—¡Barkis se va a poner más contento! —dijo Peggotty enjugándose los ojos con el delantal; esto va a sentarle me­jor que todas sus cataplasmas y sus fricciones. ¿Puedo ir a decirle que estás aquí? Y subirás a verle, querido mío.

—Naturalmente.

Pero Peggotty no podía salir de la habitación, pues cada vez que se acercaba a la puerta se volvía a mirarme y volvía de nuevo sobre sus pasos para llorar y reír sobre mi hombro. Por último, para hacérselo más fácil, salí con ella y la esperé un momento mientras preparaba un poco a Barkis para mi visita.

Barkis me recibió con verdadero entusiasmo. Como es­taba demasiado reumático para estrecharme la mano, me rogó que sacudiera la borla de su gorro de dormir, lo que hice cordialmente. Cuando estuve sentado al lado de su cama me dijo que le parecía que todavía me estaba llevando por la carretera de Bloonderstone y que aquello le hacía mu­cho bien. Como estaba en la cama tapado hasta el cuello, sólo se le veía la cabeza, como a los querubines, y hacía un efecto muy grotesco.

—¿Qué nombre había escrito yo en el carro, señorito? —me dijo Barkis con una lenta sonrisa de reumático.

—¡Ah, Barkis; qué largas conversaciones tuvimos sobre el asunto!, ¿eh?

—Hacía mucho tiempo que «yo estaba dispuesto», ¿ver­dad, señorito? —dijo Barkis.

—Muchísimo tiempo —dije yo.

—Y no me arrepiento. ¿Recuerda usted cuando me contó una vez que era ella quien hacía todos los puddings de man­zana y toda la cocina?

—Sí, muy bien —respondí.

—Era verdad —dijo Barkis— era verdad —repitió sacu­diendo su gorro de dormir, que era su único medio de expre­sión—. Nada tan verdadero como aquello.

Barkis se volvió a mirarme, esperando que asintiera en sus reflexiones. Yo así lo hice.

—Nada más exacto —repitió Barkis—. Un hombre tan pobre como yo lo soy se da cuenta de ello cuando está en­fermo. Porque yo soy un hombre muy pobre.

—Lo siento mucho, Barkis.

—Muy, muy pobre —dijo Barkis.

Al llegar a aquel punto sacó despacio y débilmente su mano derecha de debajo de las sábanas, y al cabo de muchos esfuerzos consiguió coger un bastón que estaba enganchado a la cabecera. Después de dar algunos golpes con él, durante los cuales su rostro asumió las más variadas expresiones de terror, Barkis alcanzó una caja, un extremo de la cual había estado yo viendo todo el tiempo. Entonces su rostro se tran­quilizó.

—Son trajes viejos —dijo Barkis.

—¡Ah! —dije yo.

—Me gustaría que fuese dinero —dije Barkis.

—Yo también lo desearía —le contesté.

—Pues no lo es —dijo Barkis abriendo los ojos todo lo que podía.

Le contesté que estaba convencido, y Barkis, volviendo los ojos con mayor dulzura hacia su mujer, añadió:

—Es la mujer más buena y más trabajadora que existe, C. P. Barkis. Todo lo que pueda decirse en elogio de C. P. Barkis lo merece, y más. Querida mía, hoy vas a hacer co­mida para la compañía, algo muy bueno, tanto para comer como para beber, ¿no te parece?

Yo habría querido protestar contra aquella innecesaria de­mostración en mi honor; pero viendo a Peggotty al otro lado de la cama, muy deseosa de que aceptase, guardé silencio.

—Debo de tener algún dinero por aquí en mi ropa —dijo Barkis—; pero estoy cansado. Si me dejarais dormir un rato, creo que al despertarme lo encontraría.

Salimos de la habitación, y cuando estuvimos fuera, Peg­gotty me informó de que Barkis era ahora un poco más «agarrado» que nunca, y que siempre se valía de aquella es­tratagema cuando quería sacar algo de su cofre, y que sufría torturas inconcebibles para arrastrarse fuera del lecho y bus­car dinero en aquella maldita caja. En efecto; pronto le oímos lanzar gemidos ahogados, pues aquellos movimientos ha­cían crujir todas sus articulaciones doloridas; pero Peggotty, a pesar de sus miradas, que expresaban la mayor compasión, me aseguró que aquel impulso de generosidad le haría mucho bien, y que valía más dejarle. Le dejamos, por lo tanto, ge­mir solo hasta que volvió a meterse en la cama, sufriendo, estoy seguro, un martirio. Entonces nos llamó, fingiendo que abría los ojos después de un buen sueño, y dio a Peggotty una guinea, que sacó de debajo de la almohada. La satisfac­ción de habemos engañado y de guardar un secreto impene­trable sobre el contenido de su cofre parecía ser a sus ojos una compensación suficiente para todas sus torturas.

Preparé a Peggotty para la llegada de Steerforth, que apa­reció pronto. Estoy persuadido de que no había diferencia para ella, y consideraba las cosas que había hecho Steerforth por mí como si las hubiera hecho por ella misma, y estaba dispuesta a recibirle con gratitud y devoción; pero sus ale­gres modales, tan francos, su buen humor, su hermoso rostro y el don natural que poseía para ponerse al alcance de todos aquellos a quienes encontraba y para tocar precisamente (cuando quería molestarse en ello) la cuerda sensible de cada uno, todo esto conquistó a Peggotty en un momento. Ade­más, su modo de tratarme a mí habría sido suficiente para subyugarla. Así, gracias a todas estas razones combinadas, creo que en realidad sentía una especie de adoración por él cuando salimos de su casa aquella noche.

Se quedó a comer con nosotros. Si dijera que consintió con gusto sólo expresaría a medias la gracia y la alegría que puso al aceptar. Cuando entró en la habitación de Barkis parecía que con él entraba el aire y la voz luminosa y refres­cante, como si él fuera la salud y el buen tiempo. Sin es­fuerzo, sin ruido, espontáneamente, ponía en todo lo que ha­cía una nota de bienestar que no puede describirse; parecía que no podia hacerlo de otra manera ni mejor, y la gracia, el natural encanto de sus movimientos, todavía me seducen hoy al recordarlo.

Reímos de todo corazón en la salita, donde encontré so­bre el antigun pupitre el libro de Los mártires, el cual no se había tocado desde mi partida. Hojeé de nuevo sus estampas tan terribles y que ahora no me impresionaban nada. Cuando Peggotty habló de mi habitación, diciéndome que estaba preparada y que esperaba que la ocupase, antes de que hu­biera podido lanzar una mirada de duda sobre Steerforth ya había él comprendido de lo que se trataba.

—Naturalmente —dijo—; tú dormirás aquí todo el tiempo que estemos, y yo dormiré en el hotel.

—Pero traerte tan lejos —contesté— para separamos me parece de malos compañeros, Steerforth.

—¡Por Dios!, ¿no es este tu sitio natural? ¿Qué significan todos los «parece» en comparación con esto?

Y quedamos en ello al momento.

Mantuvo todas sus deliciosas cualidades hasta el último momento, cuando a las ocho nos fuimos hacia el barco de mister Peggotty. Y conforme pasaban las horas estaba más y más brillante en sus facultades. Ya entonces pensaba yo, ahora no lo dudo, que la conciencia de su éxito y su afán de agradar le inspiraban cada vez mayor delicadeza de percep­ción y le hacían cada vez más sutil y natural. Si alguien me hubiese dicho entonces que todo aquello era un brillante juego ejecutado en la excitación del momento para distraer su espíritu en un deseo de probar su superioridad y con ob­jeto de conquistar por un momento lo que al siguiente aban­donaría; digo que si alguien me hubiese dicho semejante mentira aquella noche, no sé lo que habría sido capaz de ha­cerle en mi indignación.

Aunque probablemente no habría hecho más que acrecen­tar (si es que era posible) el romántico sentimiento de fideli­dad y amistad con que caminaba a su lado, sobre la oscura soledad de la playa, hacia el viejo barco. El viento gemía a nuestro alrededor todavía más lúgubre que la noche en que me asomé por primera vez a la negrura de la puerta de míster Peggotty.

—Es un sitio agradable y salvaje, Steerforth, ¿no te pa­rece?

—Bastante desolado en la oscuridad, y el mar ruge como si quisiera tragarnos. ¿Es aquel el barco, allá lejos, donde se ve una lucecita?

—Ese es —le dije.

—Pues es el mismo que he visto esta mañana —con­testó—. He venido derecho a él por instinto, supongo.

No hablamos más, pues nos acercábamos a la luz. Yo bus­qué suavemente la puerta, y poniendo la mano en el pica­porte y diciéndole a Steerforth que permaneciera a mi lado, entré.

Habíamos oído murmullo de voces desde fuera, y en el mo­mento de nuestra llegada palmoteaban. Quedé muy sorpren­dido al ver que esto último procedía de la generalmente des­consolada mistress Gudmige. Pero no era mistress Gudmige la única persona que estaba en aquella desacostumbrada exci­tación. Míster Peggotty, con el rostro iluminado de alegría y riendo con todas sus fuerzas, tenía abiertos los brazos como para que la pequeña Emily se arrojara en ellos; Ham, con una expresión exultante de alegría y con una especie de timidez que le sentaba muy bien, tenía cogida a Emily de la mano, como si se la presentara a míster Peggotty, y Emily, roja y confusa, pero encantada de la alegría de su tío, como lo expre­saban sus ojos, iba a escapar de manos de Ham para refugiarse en los brazos de míster Peggotty, cuando nos vio y se detuvo. Este era el cuadro que sorprendimos al pasar del aire frío y húmedo de la noche a la cálida atmósfera de la habitación, y mi primera mirada recayó sobre mistress Gudmige, que es­taba en segundo plano palmoteando como una loca.

El cuadro desapareció como un relámpago a nuestra en­trada, tanto que se podía dudar de que hubiera existido nunca.

Ya estaba yo en medio de la familia sorprendida, cara a cara con míster Peggotty y tendiéndole la mano, cuando Ham exclamó:

—¡Es el señorito Davy, es el señorito Davy!

En un instante todos nos estrechamos las manos y nos preguntamos por la salud, expresándonos lo contentos que estábamos de vemos y hablando todos a la vez. Míster Peg­gotty estaba tan orgulloso y tan contento de vernos, que no sabía lo que decía ni hacía; pero una y otra vez me estre­chaba la mano a mí, después a Steerforth, después otra vez a mí, después se enmarañaba los cabellos y reía con tanta ale­gría, que daba gusto mirarle.

—¡Cómo! Dos caballeros, estos dos caballeros están bajo mi techo esta noche, precisamente esta noche, la más feliz de todas las de mi vida —dijo míster Peggotty—. Una cosa semejante no creo que haya sucedido nunca. Emily querida, ven aquí, ven aquí, brujita. Este es el amigo del señorito Davy, querida; este es el caballero de quien has oído hablar, Emily. Viene a verte desde muy lejos con el señorito Davy, en la noche más dichosa de la vida de tu tío. Suceda lo que suceda, ¡viva el día de hoy!

Después de soltar esta arenga sin tomar aliento y con ex­traordinaria animación, míster Peggotty puso sus enormes manos a cada lado del rostro de su sobrina y la besó una docena de veces; después, con orgullo y cariño, apoyó la cabe­cita sobre su fuerte pecho y le acarició los cabellos con dul­zura de mujer. Por fin la dejó escapar (ella corrió a la habita­cioncita donde yo solía dormir), y mirándonos a todos sofocado en su exagerada alegría:

—Sí, ¡dos caballeros como ustedes, caballeros de naci­miento y semejantes caballeros! —dijo míster Peggotty...

—Eso es, eso es —exclamó Ham—; bien dicho. Eso es, señorito Davy, ¡dos caballeros de nacimiento, eso es!

—Sí; dos caballeros como ustedes, dos verdaderos caba­lleros —repitió míster Peggotty—, si no pueden excusarme por estar en este estado de ánimo, cuando se enteren de los motivos me perdonarán. Emily, mi querida Emily sabe lo que voy a decir, y por eso se ha escapado. ¿Quiere usted ser tan buena, mistress Gudmige, de ir a buscarla un momento?

Mistress Gudmige asintió con la cabeza y desapareció.

—Si esta no es —dijo míster Peggotty sentándose entre nosotros delante del fuego— la noche más hermosa de mi vida soy un cangrejo, y hasta cocido. Esta pequeña Emily, señorito —dijo a Steerforth bajando la voz—, la que ha visto usted aquí toda confusa hace un momento...

Steerforth solamente hizo un signo con la cabeza, pero con una expresión tan complacida y de interés, participando en los sentimientos de míster Peggotty, que este último le contestó como si hubiera hablado.

—Eso es, así es ella; gracias, señorito.

—Ham hizo gestos en varias ocasiones como si él tam­bién quisiera decir lo mismo.

—Esta pequeña Emily nuestra —repitió míster Peg­gotty— ha sido en esta casa lo que yo supongo (soy un hom­bre ignorante, pero este es mi parecer), lo que nadie más que una criatura así, de ojos claros, puede ser en una casa. No es mi hija, nunca he tenido hijos; pero no la podría querer más si lo fuera. ¿Me comprende usted? No sería posible.

—Lo comprendo perfectamente —dijo Steerforth.

—Lo sé, señorito —repuso míster Peggotty—, y le doy las gracias de nuevo. El señorito Davy que puede recordar lo que era Emily, y usted puede juzgar por sí mismo lo que es ahora—, pero ninguno de los dos pueden saber por completo lo que ha sido, es y será para un cariño como el mío. Soy rudo, señor —dijo míster Peggotty—, soy rudo como un puercoespín; pero nadie (de no ser una mujer) puede com­prender lo que nuestra pequeña Emily es para mí. Y, entre nosotros —dijo bajando todavía más la voz—, el nombre de esa mujer no sería el de mistress Gudmige, aunque tiene un montón de cualidades.

Míster Peggotty se enmarañó de nuevo sus cabellos con las dos manos, como preparándose a lo que todavía tenía que decir, y luego, apoyando cada una en una de sus rodi­llas, prosiguió:

—Había cierta persona que conocía a nuestra Emily desde el tiempo en que su padre murió ahogado y que la estaba viendo constantemente, de niña, de muchacha, de mujer. No de muy buen ver, algo en mi estilo, rudo, muy marinero, pero un completo y honrado muchacho, que tiene el corazón en su sitio.

Pensé que nunca había visto a Ham enseñar los dientes como lo hacía en aquel momento, sonriendo en silencio frente a nosotros.

—Y he aquí que ese bendito marinero va y pierde su co­razón por nuestra pequeña Emily —dijo míster Peggotty con el rostro cada vez más resplandeciente— La sigue por todas partes, se hace una especie de criado suyo, pierde exagera­damente el apetito y, por último, me explica lo que le pasa. Ahora bien; yo ¡qué más podía desear que ver a nuestra Emily en buen camino de casarse! ¡Qué más podía desear que verla prometida a un hombre honrado que pudiera tener el derecho de defenderla! Yo no sé el tiempo que me queda por vivir, ni si tendré que morir pronto; pero sé que si una de es­tas noches me cogiera un golpe de viento en los bancos de arena de Yarmouth y viera por última vez las luces del pue­blo por encima de las olas, me dejaría ir más tranquilo si po­día decirme: «Allí en tierra firme hay un hombre que será fiel a mi pequeña Emily, que Dios bendiga, y con él nada tiene que temer de nadie mientras viva».

Míster Peggotty, con sencilla gravedad, movía su brazo derecho como si dijera adiós a las luces de la ciudad por úl­tima vez, y después, cambiando una seña con Ham, cuya mi­rada había encontrado, prosiguió:

—Bien. Yo le aconsejé que hablara con Emily. Es lo bas­tante grande, pero tan tímido como un niño, y no se atrevía. Así es que hablé yo. « ¡Cómo! ¿Él? —exclamó Emily—. ¿Él, a quien conozco desde hace tantos años y a quien quiero como a un hermano? ¡Oh, tío, nunca podré casarme con él; es tan buen muchacho!» Yo le di un beso, y nada más le dije: «Querida mía, haces muy bien hablando claro, y puedes ele­gir por ti misma; eres libre como un pajarillo». Y busqué al chico y le dije: «Yo deseaba haberlo conseguido, pero no ha sido así; sin embargo, podéis seguir viviendo como hasta ahora, y nada más te digo que sigas con ella como siempre y te portes como un hombre». Él me contestó estrechándome la mano: «Lo haré», y ha sido honrado y fuerte desde hace ya dos años, y ha seguido siendo el mismo de siempre para todos.

El rostro de míster Peggotty había variado de expresión según los períodos de su narración; ahora los resumía todos, radiante, dejando caer una mano sobre mi rodilla y otra so­bre la de Steerforth (después de haberlas humedecido y restregado para mayor énfasis de la acción); y repartiendo des­pués la siguiente arenga entre los dos, continuó:

—Y de pronto una noche (que muy bien puede ser esta) llega la pequeña Emily de su trabajo y él con ella. No tiene nada de particular me dirán, ¡claro que no!, porque él cuida de ella como un hermano, de noche y también de día, a todas horas. Pero el marinero la coge de la mano al llegar y me grita alegremente: «¡Mira, aquí tienes a la que va a ser mi mujercita!», y ella dice medio atrevida, medio avergonzada y medio riendo y medio llorando: « Sí, tío, si te parece bien». ¿Si me parece bien? —dice míster Peggotty alzando la ca­beza en éxtasis ante la idea—. ¡Dios mío, si no deseaba otra cosa! « Si le parece bien, ahora soy ya más razonable y lo he pensado, y seré todo lo mejor que pueda para él, porque es un muchacho bueno y generoso.» Entonces mistress Gud­mige se ha puesto a palmotear igual que en el teatro, y uste­des han entrado; y eso es todo, ya lo saben ustedes —dijo míster Peggotty—. Ustedes han entrado, y esto acaba de su­ceder ahora mismo, y aquí está el hombre con quien se ha de casar en cuanto termine su aprendizaje.

Ham se bamboleó bajo el puñetazo que míster Peggotty le asestó, en su alegría, como signo de confianza y de amistad; pero sintiéndose obligado a decirnos también algo, he aquí lo que se puso a balbucir con mucho trabajo:

—No era ella mucho más grande que usted cuando vino aquí por primera vez, señorito Davy..., cuando ya adivinaba yo lo que llegaría a ser.. La he visto crecer.. como una flor, señores. Daría mi vida por ella... ¡Oh, estoy tan contento, tan contento, señorito Davy! Ella es para mí, caballeros, más que ...; es para mí todo lo que deseo y más que... más que po­dría decir nunca. Yo..., yo la quiero de verdad. No hay caba­llero sobre la tierra, ni tampoco en el mar... que pueda querer a su mujer más de lo que yo la quiero. Aunque habrá mu­chos hombres como yo... que dirían mejor.. lo que desearan decir.

Yo estaba conmovido al ver a un hombretón como Ham temblando de la fuerza de lo que sentía por la preciosa cria­turilla que le había ganado el corazón. Me conmovía la sen­cillez y la confianza depositada en nosotros por míster Peg­gotty y por el mismo Ham. Me conmovía todo el relato. Si en mi emoción influían los recuerdos de mi infancia, no lo sé. Si había ido allí con alguna vaga idea de seguir amando a la pequeña Emily, no lo sé. Pero sé que estaba contento por todo aquello. Al principio era como una indescriptible sen­sación de alegría, que la menor cosa habría podido cambiar en sufrimiento.

Por lo tanto, si hubiera dependido de mí el tocar con acierto la cuerda que vibraba en todos los corazones, lo ha­bría hecho de una manera bien pobre. Pero dependió de Steerforth, y él lo hizo con tal acierto, que en pocos minutos todos estábamos tan tranquilos y todo lo felices que era po­sible.

—Míster Peggotty —dijo—, es usted un hombre exce­lente y merece toda la felicidad de esta noche. ¡Venga su mano! Ham, muchacho, te felicito; ¡venga también tu mano! Florecilla, anima el fuego y hazlo brillar como merece el día. Míster Peggotty, si no decide usted a su linda sobrina a que vuelva a su sitio, me voy. No querría causar ni por todo el oro de las Indias un vacío en su reunión de esta noche, y ese vacío menos que ningún otro.

Míster Peggotty fue a mi antigua habitación a buscar a la pequeña Emily. Al principio no quería venir, y Ham desapa­reció para ayudarle. Por fin la trajeron. Estaba muy confusa y muy retraída; pero se repuso un poco al darse cuenta de los modales dulces y respetuosos de Steerforth hacia ella, del acierto con que evitó todo aquello que podía azorarle, la ani­mación con que hablaba míster Peggotty de barcos, de ma­rejadas, de buques y de pesca. Su manera de referirse a mí en la época en que había visto a míster Peggotty en Salem House; el placer que sentía al ver el barco y su carga; en fin, la gracia y la naturalidad con las cuales nos atrajo a todos por grados en un círculo encantado, donde hablábamos sin confusión y sin reserva.

Verdaderamente Emily dijo poco en toda la noche; pero miraba y escuchaba, y su rostro se había animado, y estaba encantadora. Steerforth contó la historia de un terrible nau­fragio (que se le vino a la memoria por su conversación con míster Peggotty) como si lo tuviera presente ante sí, y los ojos de la pequeña Emily estaban fijos en él todo el tiempo como si ella también lo viera. Después, como para reponer­nos de aquello, y con tanta alegría como si la narración fuera tan nueva para él como para nosotros, nos contó una aven­tura cómica que le había ocurrido; y la pequeña Emily reía, hasta que el barco resonó con aquellos musicales sonidos y todos nosotros reímos (Steerforth también), en irresistible simpatía, con una alegría tan franca y tan ingenua. Míster Peggotty cantó, mejor dicho, rugió, «Cuando el viento de tormenta sopla, sopla, sopla», y Steerforth mismo entonó después también una canción de marineros con tanta emo­ción, que parecía que el verdadero viento gemía alrededor de la casa y murmuraba a través del silencio que estaba allí escuchando.

En cuanto a mistress Gudmige, Steerforth la arrancó de la melancolía con un éxito nunca obtenido por nadie (según me informó míster Peggotty) desde la muerte del « viejo» . Le dejó tan poco tiempo para pensar en sus miserias, que al día siguiente dijo que la debía de haber embrujado.

Pero no vaya a creerse que guardó el monopolio de la atención general y de la conversación. Cuando la pequeña Emily recobró valor y me habló (todavía algo avergonzada), a través del fuego, de nuestros antiguos paseos por la playa, cogiendo conchas y caracoles; y cuando le pregunté si recor­daba cómo la quería yo y, cuando ambos, riendo, enrojeci­mos recordando los buenos viejos tiempos que tan lejanos nos parecían, Steerforth estaba silencioso y atento y nos ob­servaba pensativo. Emily estuvo sentada toda la noche en nuestro antiguo cajón, en el rinconcito, al lado del fuego, con Ham a su lado, donde yo acostumbraba a estar. No he logrado saber si era un resto de sus caprichos de niña o el efecto de su timidez por nuestra presencia; pero observé que estuvo toda la noche arrimada a la pared, sin acercarse a él ni una sola vez.

Según recuerdo, era más de media noche cuando nos des­pedimos. Nos habían dado algunos dulces y pescado seco para cenar, y Steerforth había sacado de su bolsillo una bote­lla de ginebra holandesa, que fue vaciada por los hombres (ahora puedo ponerme entre los hombres sin ruborizarme). Nos separamos alegremente, y mientras ellos se amontona­ban en la puerta para alumbrar nuestro camino el mayor tiempo posible, vi los dulces ojos azules de la pequeña Emily mirándonos desde detrás de Ham y le oí que nos de­cía con su dulce voz: «¡Tened cuidado!».

—¡Qué chiquilla tan encantadora!; es una verdadera be­lleza —dijo Steerforth cogiéndome del brazo—. Es un sitio de lo más original y una gente de lo más curiosa; y las sen­saciones que se tienen con ellos son completamente nuevas.

—Y además, qué suerte hemos tenido —respondí— lle­gando en el momento de su alegría ante la perspectiva de ese matrimonio. ¡Nunca he visto gente más maravillosa! ¡Qué delicia verlos y tomar parte en su honrada alegría, como lo hemos hecho!

—Pero el muchacho es un lerdo al lado de la chiquilla, ¿no te parece? —dijo Steerforth.

Había estado tan cordial con él y con todos ellos, que sentí como un golpe ante aquella inesperada y fría réplica. Pero volviéndome rápidamente hacia él y viendo una sonrisa en sus ojos, contesté tranquilizado:

—¡Ah, Steerforth! Es muy tuyo el bromear a costa de los pobres y pelearte con miss Dartle para ocultar tus verdade­ras simpatías. Te conozco muy bien, y cuando veo lo perfec­tamente que los comprendes, lo exquisitamente que tomas parte en la alegría de un pobre pescador como míster Peg­gotty, o en el amor por mí de mi antigua niñera, sé que no hay una alegría ni una tristeza ni una sola emoción de esta gente que te deje indiferente, y te quiero y te admiro por ello, Steerforth, veinte veces más.

Él se detuvo, y mirándome a la cara dijo:

—Florecilla, creo que hablas con sinceridad y que eres bueno. ¡Ojalá todos fuéramos así!

Un momento después cantaba alegremente la canción de míster Peggotty, mientras recorríamos a buen paso el camino de Yarmouth.

CAPÍTULO II. LUGARES ANTIGUOS Y GENTE NUEVA

Steerforth y yo permanecimos más de quince días en el campo. Estábamos bastante tiempo reunidos (no necesito decirlo), pero a veces nos separábamos durante algunas ho­ras. Él era muy buen marinero; en cambio yo no lo era, y cuando Steerforth se iba en el barco con míster Peggotty, lo que era su diversión favorita, yo, por lo general, permanecía en tierra. Mi residencia en casa de Peggotty también me ataba algo, pues sabiendo lo asiduamente que atendía a Bar­kis durante el día, no me gustaba hacerla esperarme por la noche; mientras que Steerforth, como vivía en el hotel, no tenía que consultar más que su propio humor. Así, llegué a saber que después de que yo estuviera en la cama, armaba pequeñas cuchipandas con los pescadores y con míster Peg­gotty en la taberna que se llamaba «La gustosa afición» y que se vestía de marinero para pasar la noche en el mar a la luz de la luna, volviendo con la marea de la mañana. Ya sa­bía yo que su naturaleza activa y su carácter impetuoso en­contraban mucho placer en la fatiga corporal y en las tor­mentas, como en todos los demás medios de excitación que podían ofrecérsele; por lo tanto, no me extrañó nada saber aquellos entretenimientos.

Había también otra razón que nos separaba algunas veces y es que a mí, como es natural, me interesaba mucho Bloon­derstone y me gustaba ir a contemplar los lugares testigos de mi infancia, mientras Steerforth, después de haberme acom­pañado una vez, no tuvo ya ningún interés en volver; tanto es así, que tres o cuatro veces, en ocasiones que recuerdo perfectamente, nos separamos después de desayunar muy temprano para encontranos por la noche bastante tarde. Yo no tenía idea de cómo empleaba él aquel tiempo; únicamente sabía que era muy popular en el pueblo y que encontraba cien maneras de divertirse donde otro no habría encontrado ninguna.

Por mi parte, durante mis peregrinaciones solitarias sólo me ocupaba en recordar cada paso del camino que había seguido tantas veces y en ir reconociendo los sitios donde había vivido antes, sin cansarme nunca de volver a verlos. Erraba en medio de mis recuerdos, como mi memoria lo ha­bía hecho tan a menudo, y detenía el paso (como había de­tenido tantas veces mi pensamiento cuando estaba lejos de Bloonderstone) bajo el árbol en que descansaban mis pa­dres. Aquella tumba, que yo había mirado con tanta compa­sión cuando mi padre dormía solo, y al lado de la cual había llorado al ver bajar a ella a mi madre con su nene; aquella tumba, que el corazón fiel de Peggotty había cuidado des­pués con tanto cariño que la había convertido en un pe­queño jardín, me atraía en mis paseos durante horas enteras. Estaba en un rincón del cementerio, a unos pasos del pe­queño sendero, y yo podía leer los nombres en la piedra mientras escuchaba sonar las horas en el reloj de la iglesia, recordándome una voz que ya había callado. Aquellos días mis reflexiones se unían siempre a cuál sería mi porvenir en el mundo y a las cosas magníficas que no dejaría de ejecu­tar. Era el estribillo que respondía en mi alma al eco de mis pasos, y permanecía tan constante a estos pensamientos so­ñadores como si hubiera venido a encontrarme en la casa a mi madre viva, para edificar a su lado mis castillos en el aire.

Nuestra antigua morada había sufrido grandes cambios. Los viejos nidos, abandonados hacía tanto tiempo por los cuervos, habían desaparecido por completo, y los árboles habían sido podados de manera que era imposible reconocer sus formas. El jardín estaba en muy mal estado y la mitad de las ventanas de la casa cerradas. La habitaba un pobre loco y la gente se encargaba de cuidarle. El loco se pasaba la vida en la ventanita de mi habitación, que daba al cementerio, y yo me preguntaba si sus pensamientos, en su extravío, no encontrarían a veces las mismas ilusiones que había ocu­pado mi espíritu cuando me levantaba de madrugada en ve­rano y vestido únicamente con mi camisón miraba por aque­lla ventanita para ver los corderos que pacían tranquilamente bajo los primeros rayos del sol alegre.

Nuestros antiguos vecinos míster y mistress Graypper ha­bían partido para Sudamérica, y la lluvia, penetrando por el tejado de su casa desierta, había manchado de humedad los muros exteriores. Míster Chillip se había vuelto a casar; su mujer era alta y delgada, con la nariz aguileña, y tenían un niño muy delicado, con una enorme cabeza, cuyo peso no podía soportar, y con dos ojos opacos y fijos, que parecían siempre preguntar por qué había nacido.

Era con una singular mezcla de placer y de tristeza como vagaba por mi pueblo natal hasta el momento en que el sol de invierno, empezando a bajar, me advertía de que ya era tiempo de emprender el regreso. Pero cuando estaba de vuelta en el hotel y me encontraba en la mesa con Steerforth, al lado de un fuego ardiente, pensaba con delicia en mi pa­seo del día. Y este mismo sentimiento, aunque más ate­nuado, sentía cuando entraba por la noche en mi habitación, tan limpia, y me decía, ojeando las páginas del libro de los «cocodrilos» (siempre allí encima de una mesa), que era una felicidad tener un amigo como Steerforth, una amiga como Peggotty y haber encontrado en la persona de mi excelente y generosa tía un ser que sabía reemplazar tan bien a los que había perdido.

El camino más corto para volver a Yarmouth después de aquellos largos paseos era cruzando el río. Desembarcaba en la arena que se extiende entre la ciudad y el mar y atra­vesaba un espacio deshabitado, que me ahorraba una larga vuelta por la carretera. En mi camino encontraba la casa de míster Peggotty, y siempre entraba un momento. Steer­forth me esperaba, por lo general, allí y nos dirigíamos juntos a través de la niebla hacia las luces que brillaban en la ciudad. Una oscura noche, en que volvía más tarde que de costumbre (aquel día había hecho mi última visita a Bloonderstone, pues nos preparábamos para marchar) le encontré solo en casa de míster Peggotty, sentado pensa­tivo ante el fuego. Estaba tan intensamente sumergido en sus reflexiones que no se dio cuenta de mi llegada. Esto, naturalmente, podía haber ocurrido aunque hubiera estado menos absorto, pues los pasos se oían muy poco en la arena de fuera; pero mi entrada no le distrajo. Me había acercado a él y le miraba; pero seguía sombrío y perdido en sus meditaciones.

Se estremeció de tal modo cuando puse la mano sobre su hombro, que también me hizo estremecer a mí.

—Caes sobre mí como un fantasma —me dijo con cólera.

—De alguna manera tenía que anunciarme —repliqué—. ¿Es que lo he hecho caer de las estrellas?

—No —me contestó—, no.

—¿O subir de no sé dónde entonces? —dije sentándome a su lado.

—Miraba las figuras que hacía el fuego —contestó.

—Pero me las vas a estropear, y yo no podré ver nada —le dije, pues movía vivamente el fuego con un trozo de madera encendida, y las chispas, huyendo por la pequeña chimenea, se perdían en el aire.

—No habrías visto nada —replicó— Este es el momento del día que más detesto; no es de noche ni de día. ¡Qué tarde vuelves hoy! ¿Dónde has estado?

—He ido a despedirme de mi paseo habitual.

—Y yo lo he estado esperando aquí —dijo Steerforth lan­zando una mirada alrededor de la habitación y pensando que toda la gente que encontramos tan dichosa la noche de nues­tra llegada podia (a juzgar por el presente aspecto desolado de la casa) dispersarse o morir o verse amenazada de no sé qué desgracia— Davy, ¿por qué no ha querido Dios que tu­viera yo un padre a mi lado desde hace veinte años?

—Mi querido Steerforth, ¿qué te pasa?

—¡Querría con toda mi alma que me hubieran guiado me­jor! ¡Querría con toda mi alma ser capaz de ser más bueno! —exclamó.

Había una apasionada depresión en sus modales que me sorprendió por completo. Se parecía tan poco a él mismo, que nunca hubiera podido imaginármelo.

—Sería mejor ser este pobre Peggotty o el cabezota de su sobrino —dijo levantándose y apoyándose contra la chime­nea, todavía mirando el fuego— mejor que ser lo que soy, veinte veces más rico y más instruido, y no estar, en cambio, atormentado como lo estoy desde pace más de media hora en esta barca del demonio...

Me sorprendía tanto aquel cambio, que al principio sólo le raba en silencio, mientras él continuaba con la cabeza apoyada en la mano mirando sombríamente el fuego. Por úl­timo le pedí, con toda la ansiedad que sentía, que me contase lo que le había sucedido que le contrariaba tanto y que me dejara compartir con él su pena, si es que no podia aconse­jarle. Antes de que hubiera terminado ya estaba riendo, al principio un poco forzado; pero pronto con su franca alegría.

—No es nada, Florecilla, nada; te lo aseguro. Ya te dije en el hotel de Londres que a veces era un compañero pesado para mí mismo. He tenido ahora una pesadilla; debe de ha­ber sido eso. Cuando me aburro, los cuentos de mi niñera me vienen a la memoria desfigurados. Y creo que estaba convencido de que era yo el niño malo que nunca obedece y al que se comen los leones. ¿Sabes? son de mayor efecto que los perros. Y lo que las viejas llaman horror se me ha deslizado de la cabeza a los pies y me ha asustado a mí mismo.

—Creo que nadie más podría asustarse —le dije.

—Quizás no; pero también yo tengo motivos para asus­tarme —contestó—. Bien, ya pasó, y no me dejaré coger de nuevo, Davy; sin embargo, te lo repito, querido mío, hubiera sido un bien para mí (y no sólo para mí) si yo hubiese tenido un padre que me aconsejara.

Su rostro era siempre muy expresivo; pero nunca le había visto exteriorizar un sentimiento tan serio ni tan triste como cuando me dijo estas palabras con la mirada todavía fija en el fuego.

—Pero ¡se acabó! —dijo haciendo como si sacudiera algo en el aire con la mano—. Ya ha pasado todo y soy hombre de nuevo, como Macbeth. Y ahora a comer, si no he turbado el festín con el más admirable desorden, Florecilla, también como Macbeth.

—Pero dime, ¿dónde se han ido todos?

—¡Dios sabrá! —dijo Steerforth—. Después de ir a la playa a esperarte me vine aquí paseando y me encontré la casa de­sierta. Esto me hundió en pensamientos tristes, y tú me has encontrado sumergido en ellos.

La llegada de mistress Gudmige con una cesta al brazo explicaba el abandono de la casa. Había salido precipitada­mente a comprar algo que faltaba antes del regreso de Peg­gotty, que volvería con la marea, y había dejado la puerta abierta, por si Ham y Emily, que debían volver temprano, llegaban en su ausencia. Steerforth, después de poner de buen humor a mistress Gudmige con un alegre saludo y un abrazo de lo más cómico, se agarró de mi brazo y me arras­tró precipitadamente.

Había recobrado su buen humor al mismo tiempo que se lo había hecho recobrar a mistress Gudmige, y de nuevo, con su alegría acostumbrada, estuvo vivo y hablador mien­tras caminábamos.

—Y así —dijo alegremente—, ¿abandonamos mañana esta vida de filibusteros?

—Así lo convinimos —contesté— y tenemos reservados los asientos en la diligencia, ya lo sabes.

—Sí; no hay más remedio —suspiró Steerforth—. Había olvidado que existiese otra cosa en el mundo que no fuera balancearse sobre el mar en este pueblo. ¡Y es lástima que no sea así!

—Mientras durase la novedad al menos —dije riéndome.

—Es posible —replicó—, aunque es una observación muy sarcástica para un amiguito modelo de inocencia, como mi Florecilla. Bien, no lo niego, soy caprichoso, Davy. Sé que lo soy; pero mientras el hierro está caliente sé aprove­charme y batirle con vigor. Te aseguro que podría soportar un duro examen como piloto en estos mares.

—Míster Peggotty dice que eres asombroso —repliqué.

—Un fenómeno náutico ¿eh? —rió Steerforth.

—Estoy seguro, y tú sabes que es verdad, conociendo lo ardiente que eres cuando persigues un objeto y lo fácilmente que lo haces maestro en cualquier cosa. Pero lo que siempre me sorprende, Steerforth, es que te contentes con emplear de un modo tan caprichoso tus facultades.

—¿Contentarme? —respondió alegremente—. No estoy nunca contento de nada, no siendo de tu ingenuidad, mi que­rido Florecilla; en cuanto a mis caprichos, todavía no he aprendido el arte de atarme a una de esas ruedas en que los ixionides, modernos dan vueltas y vueltas. No he sabido ha­cer\ese aprendizaje, y me time sin cuidado. ¿Te he dicho que he comprado un barco aquí?

—¡Qué especial eres, Steerforth! —exclamé detenién­dome, pues era la primera vez que me había hablado de ello—. Cuando, a lo mejor, no se te volverá a ocurrir el venir a este pueblo.

—No oo sé; me he encaprichado con el lugar. Además —continuó apresurando el paso—, he comprado un barco que estaba a la venta: un clíper, según dice míster Peggotty, y míster Peggotty lo capitaneará en mi ausencia.

—Ahora lo comprendo, Steerforth —dije radiante—. Afir­mas que has comprado ese barco para ti, cuando en realidad es en beneficio de míster Peggotty; habría debido adivinarlo, conociéndote como te conozco. Mi querido Steerforth, ¿cómo decirte todo lo que pienso de tu generosidad?

—¡Chsss! —contestó enrojeciendo—; cuanto menos di­gas, mejor.

—¡Cuando te decía que no hay ni una alegría ni una pena ni una sola emoción de estas buenas gentes que te pueda ser indiferente!

—Sí, sí —respondió él—; ya me has dicho todo eso. No hablemos más de ello, ¡basta!

Temiendo enfadarle si insistía sobre un asunto que él tra­taba tan a la ligera, me contenté con continuar pensándolo mientras andábamos cada vez más deprisa.

—Es necesario que pongan el barco en buen estado —dijo Steerforth—. Encargaré a Littimer que cuide de ello para que lo hagan bien. ¿Te he dicho que ha llegado Littimer?

—No.

—Pues sí; ha llegado esta mañana con una carta de mi madre.

Nuestros ojos se encontraron y observé que estaba pá­lido hasta los labios; pero miraba tranquilamente a los míos. Temí que algún altercado con su madre fuera la causa de la disposición de ánimo en que le había encontrado en el hogar solitario de míster Peggotty y le hice una ligera alusión.

—¡Oh no! —dijo moviendo la cabeza y riendo—. ¡Nada de eso! Como te decía, ha llegado ese hombre.

—¿Está como siempre?

—Siempre el mismo—contestó Steerforth—, sereno, frío como el polo Norte. Se ocupará del nuevo nombre que quiero hacer inscribir en el barco. Ahora se llama El petrel de la tormenta; pero ¿qué le importa eso a míster Peggotty? Le he bautizado de nuevo.

—¿Con qué nombre?

—La pequeña Emily.

Continuaba mirándome de frente, y creí que era para re­cordarme que no le gustaba que me extasiara ante sus deli­cadezas con aquellas pobres gentes. No pude por menos que dejar ver la alegría que sentía; pero sólo dije algunas pala­bras; la sonrisa reapareció en sus labios; parecía que le ha­bían quitado un peso de encima.

—Pero mira —dijo mirando hacia adelante—, aquí está la pequeña Emily en persona. Y el muchacho ese con ella. Por mi alma que es un fiel caballero; no la abandona ni un instante.

Ham era en aquella época constructor de barcos. Había cultivado su gusto natural por aquel oficio y había llegado a ser un obrero muy hábil. Llevaba su traje de trabajo y, a pe­sar de cierta rudeza, su aire de honradez y de viril franqueza hacían de él un protector muy bien proporcionado para la preciosa criatura que llevaba a su lado. La lealtad de su ros­tro, el orgullo y el cariño que le inspiraba Emily realzaban su buen aspecto, y yo me decía, al verlos acercarse, que se compenetraban perfectamente en todos los sentidos.

Cuando los detuvimos para hablarles, ella soltó suave­mente el brazo de su novio y enrojeció tendiendo la mano a Steerforth y después a mí. Cuando volvieron a ponerse en marcha después de haber cambiado algunas palabras con no­sotros, Emily no cogió de nuevo el brazo de Ham, y andaba sola, todavía tímida y confusa. Yo admiraba la gracia y la delicadeza de sus movimientos y Steerforth parecía de la misma opinión mientras les mirábamos alejarse en la clari­dad de la luna nueva.

De pronto una mujer joven pasó a nuestro lado: era evi­dente que los seguía. No la habíamos oído acercarse; pero vi un momento su rostro delgado, y me pareció recordarla.

Iba ligeramente vestida y tenía el aire atrevido y la mirada perdida y un aspecto de mísera vanidad; pero por el mo­mento no parecía pensar en nada; sólo tenía una idea en la cabeza: alcanzarlos. Como el horizonte se oscurecía a lo le­jos no nos permitía ya distinguir a Emily ni a su novio, y la mujer que los seguía desapareció también sin haber ganado terreno sobre ellos. Después ya no vimos más que el mar y las nubes.

—Es un fantasma muy sombrío para seguir a esa mucha­cha —dijo Steerforth sin moverse— ¿Qué significa eso?

Hablaba en voz baja y con un acento que me pareció ex­traño.

—Le querrá pedir limosna —dije.

—Las mendigas no son raras aquí —dijo Steerforth—; pero es sorprendente que alguna haya tomado esa forma esta noche.

—¿Por qué? —pregunté.

—Sencillamente —dijo después de un momento de silen­cio— porque precisamente estaba yo pensando en algo se­mejante cuando ha aparecido; por eso me pregunto de dónde diablos podrá haber salido.

—De la sombra que proyecta esta tapia, supongo —dije señalando un muro que seguía el camino en el que acabamos de desembocar.

—En fin, ya ha desaparecido —respondió mirando por encima de su hombro—. ¡Ojalá la desgracia desaparezca con ella! Vamos a comer.

Pero lanzó una nueva mirada por encima de su hombro hacia la línea del océano que brillaba a lo lejos, y repitió muchas veces aquel movimiento. Todavía murmuró algunas pa­labras entrecortadas durante el resto de nuestro camino, y no pareció olvidar el incidente hasta que se encontró sentado en la mesa al lado de un buen fuego y a la claridad de las velas.

Littimer nos esperaba y produjo sobre mí su efecto acos­tumbrado. Cuando le dije que esperaba que mistress Steer­forth y miss Dartle siguieran bien, me respondió en un tono respetuoso (y naturalmente respetable) que me daba las gra­cias, que estaban bastante bien y que me saludaban. No me dijo más y, sin embargo, me pareció que decía claramente: «Es usted muy joven; es usted extraordinariamente joven».

Casi habíamos acabado de comer cuando dio un paso fuera del rincón desde donde vigilaba nuestros movimien­tos, mejor dicho los míos, y dijo a Steerforth:

—Perdón, señorito; miss Mowcher está aquí.

—¿Quién? —preguntó Steerforth con sorpresa.

—Miss Mowcher, señorito.

—¡Vamos! ¿Y qué ha venido a hacer aquí? Y—dijo Steer­forth.

—Parece ser, señor, que es de esta región. Me han dicho que todos los años da una vuelta profesional por este lado. La he encontrado en la calle esta mañana, y me ha pregun­tado si podría tener el honor de presentarse aquí después de comer el señorito.

—¿Conoces a la gigante en cuestión, Florecilla? —me preguntó Steerforth.

Tuve que confesar con cierta vergüenza, por tener que ha­cerlo ante Littimer, que no conocía a miss Mowcher.

—Bien, pues vas a conocerla —dijo Steerforth—. Es una de las siete maravillas del mundo... Cuando venga miss Mowcher, que pase.

Sentía cierta curiosidad por conocer a aquella señora, tanto más porque Steerforth soltaba la carcajada cada vez que yo hablaba de ella y se negaba en rotundo a responder a las preguntas que le dirigía. Permanecí, por lo tanto, en un estado de curiosa expectación. Hacía media hora que habían quitado el mantel y estábamos con una botella de vino a nuestro lado, cuando se abrió la puerta y, con su tranquilidad habitual, Littimer anunció:

—Miss Mowcher.

Miré hacia la puerta, pero no vi nada; volví a mirar, pen­sando cuánto tardaba miss Mowcher en aparecer, cuando, con gran sorpresa, vi surgir al lado de un diván colocado en­tre la puerta y yo a una enana de unos cuarenta o cuarenta y cinco años; tenía la cabeza muy grande, los ojos grises, muy maliciosos, y los brazos tan cortos, que para acercar el dedo con picardía a su nariz, mientras miraba a Steerforth, se vio obligada a bajar la cabeza para acercar la nariz al dedo. Su papada era tan gruesa, que las cintas y la roseta de su som­brero desaparecían debajo. No tenía cuello, no tenía talle, no tenía piernas, pues aunque era del tamaño corriente hasta el sitio en que debía haberse encontrado el talle, y aunque po­seía pies como todo el mundo, era tan bajita que resultaba delante de una silla lo que cualquier persona delante de una mesa. Depositó sobre la silla el bolso que llevaba. Iba ves­tida de un modo algo descuidado, y su nariz parecía una pro­longación de su dedo o viceversa, a causa de la dificultad de que he hablado, y con la cabeza inclinada a un lado y gui­ñando un ojo de la manera más maliciosa, empezó por fijar en Steerforth sus ojillos penetrantes, después de lo cual dejó escapar un torrente de palabras.

—¡Cómo, linda flor! —empezó alegremente sacudiendo su gran cabeza hacia él—. ¿Está usted aquí? ¡Oh, la mala persona! ¡Qué vergüenza! ¿Qué ha venido usted a hacer tan lejos de su casa? Algo malo, estoy segura. ¡Ah, es usted una buena pieza! Y yo otra, ¿no es así? ¡Ja, ja, ja! Habría usted apostado cien libras contra cinco guineas a que no me en­contraba aquí. Pues ya lo ve, estoy en todas partes. Aquí, allí, ¿y dónde no? Como la media corona del escamoteador en el pañuelo de una señora. A propósito de pañuelos y de señoras: su querida madre, ¡qué contenta estará de tener un hijo como usted!

En este pasaje de su discurso, miss Mowcher desanudó su sombrero, se echó las bridas hacia atrás y, toda sofocada, se sentó en un taburete delante del fuego, de manera que la mesa formaba una especie de dosel de caoba sobre su ca­beza.

—¡Oh las estrellas del cielo con todos sus nombres! —continuó golpeando con una mano cada una de sus rodi­llas y mirándome con malicia—. Estoy demasiado acostum­brada; eso debe ser, Steerforth. Y después de subir unas cuantas escaleras me cuesta tanto trabajo recobrar la respira­ción como si hubiera sacado un cubo de agua de un pozo. Vamos, que si me viese usted asomada a una ventana creería que era una mujer hermosa ¿no?

—No pienso otra cosa cada vez que la veo —replicó Steerforth.

—Vamos, cállese, perro —gritó la pequeña criatura ame­nazándole con el pañuelo con que se enjugaba el rostro—; ¡no sea usted impertinente! Pero le doy mi palabra de ho­nor de que la semana pasada, estando en casa de lady Mithers... ¡Esa sí que es una mujer! ¡Cómo se conserva!... Pues mientras la esperaba entró míster Mithers en persona en la habitación donde yo esperaba a su mujer. ¡Vaya un hombre! ¡Cómo se conserva también! Y su peluca lo mismo, pues la tiene desde hace diez años; pues, como decía, míster Mithers se deshizo tan locamente en cumplidos, que temí verme obligada a llamar a la campanilla. ¡Ja, ja, ja! Es un pícaro muy simpático; es una lástima que no tenga prin­cipios.

—¿Y que iba usted a hacer a casa de lady Mithers? —pre­guntó Steerforth.

—Eso ya serían chismes, querido hijito —contestó ella volviendo a poner el dedo en la nariz con su guiño de ojos, como un duendecillo de inteligencia sobrenatural—. Eso no le importa. Usted querría saber si impido que sus cabellos caigan, o si le quito las canas, o si le cambio el color, o si le arreglo las cejas ¿no es así? Pues bien, querido mío; todo, todo lo sabrá usted cuando yo se lo diga. ¿Sabe usted el nombre de mi bisabuelo?

—No —dijo Steerforth.

—Walker, querido mío —replicó miss Mowcher—, y des­cendía de una larga línea de Walkers; así, yo heredo todos los estados de Hookey.

Nunca he visto nada comparable a los guiños de ojos de miss Mowcher de no ser el aplomo de miss Mowcher. Tenía una manera especial de inclinar la cabeza hacia un lado para escuchar cuando se le hablaba, levantando un ojo como las urracas, o cuando esperaba una respuesta a sus observacio­nes. Yo estaba tan sorprendido que la miraba fijo, olvidando completamente, mucho me temo, de las reglas más indis­pensables de la educación.

Había conseguido acercarse la silla, y hundiendo su bra­cito en el bolso varias veces sacó una cantidad de botellitas, de cepillos, de esponjas, de peines, de trozos de papel, de te­nacillas y de otros instrumentos, que iba amontonando fuera. Se detuvo en medio de su ocupación para decir a Steerforth, con gran confusión mía:

—¿Quién es este señor?

—Míster Copperfield —dijo Steerforth—, que deseaba mucho conocerla.

—Pues la ocasión la pintan calva. Ya me parecía a mí que tenía ganas —dijo miss Mowcher acercándose a mí riendo, con su bolso en la mano— El rostro como un melocotón —dijo poniéndose de puntillas para llegar a mis mejillas—. Completamente tentador. Me gustan mucho los melocoto­nes. Tengo mucho gusto en conocerle, míster Copperfield, se lo aseguro.

Le respondí que yo me felicitaba de haber tenido el honor de conocerla, y que el gusto era recíproco.

—¡Oh, Dios mío, qué amabilidad! —exclamó miss Mow­cher haciendo un pequeño esfuerzo para cubrir su ancha cara con su manita—. ¡Qué de mentiras y de patrañas hay en el mundo!

Esto nos lo decía a modo de confidencia a los dos, mien­tras la manita abandonaba el rostro y el bracito desaparecía de nuevo por completo en el bolso.

—¿Qué quiere usted decir, miss Mowcher? —preguntó Steerforth.

—¡Ja, ja, ja! ¡Qué plaga de farsantes! ¿No es verdad, hijo mío? —replicó la mujercita buscando en el bolso con un ojo en el aire y la cabeza de lado—. Miren ustedes —dijo sa­cando un paquetito— «recortes de las uñas del príncipe ruso... Príncipe Alfabeto revuelto», como yo le llamo, por­que su nombre tiene todas las letras del alfabeto mezcladas.

—El príncipe ruso es uno de sus clientes ¿no es así? —preguntó Steerforth.

—Ya lo creo, hijo mío —replicó miss Mowcher—; le corto las uñas dos veces por semana, las de las manos y las de los pies.

—¿Y supongo que le pagará bien? —dijo Steerforth.

—Habla con la nariz, pero paga bien —dijo miss Mow­cher—. Ninguno de vuestros petimetres se le puede compa­rar; estaríais de acuerdo si vierais sus bigotes, rojos por na­turaleza y negros gracias al arte.

—Gracias al arte de usted, naturalmente —dijo Steer­forth.

Miss Mowcher guiñó un ojo en signo de asentimiento.

—Se ha visto en la necesidad de enviarme a buscar; no podía por menos. El clima hace daño al tinte, y aquello po­día pasar en Rusia; pero aquí no. Usted no ha visto en todos los días de su vida a un príncipe en el estado que yo le en­contré, oxidado como un hierro viejo.

—¿Y es a él a quien llamaba usted un farsante hace un momento? —preguntó Steerforth.

—¡Oh! Es usted un chico muy avispado —replicó miss Mowcher moviendo la cabeza—. He dicho que todos en ge­neral somos unos farsantes, y le he enseñado como prueba las uñas del príncipe. Y es que, ¿ven ustedes? Las uñas del príncipe me sirven más en las familias que todos los talentos juntos. Las llevo siempre conmigo; son mi carta de reco­mendación. Si miss Mowcher corta las uñas a un príncipe, no hay más que hablar, dicen a todos. Se las doy a las jóve­nes que, yo creo, las ponen en álbumes, ¡ja, ja, ja! Palabra de honor que todo el edificio social (como dicen estos señores cuando hacen discursos parlamentarios) no reposa más que sobre las uñas de príncipes —dijo aquella mujercita tratando de cruzar los brazos y sacudiendo su gran cabeza.

Steerforth reía de todo corazón, y yo también. Miss Mow­cher continuaba moviendo la cabeza, que llevaba de lado, y mirando hacia arriba con un ojo mientras guiñaba el otro.

—Bien, bien —dijo golpeando sus rodillitas—; pero esto no son los negocios. Veamos, Steerforth, una exploración en las regiones polares y terminamos.

Escogió dos o tres de sus ligeros instrumentos y un fras­quito y preguntó, con gran sorpresa mía, si la mesa era fuerte. Ante la respuesta afirmativa de Steerforth, acercó una silla, me pidió que la ayudara, y se subió con bastante lige­reza encima de la mesa, como si fuera un escenario.

—Si alguno de ustedes me ha visto los tobillos —dijo una vez arriba— no necesito decir que me ahorcaré.

—Yo no he visto nada —dijo Steerforth.

—Ni yo tampoco —dije.

—Pues bien; entonces —exclamó miss Mowcher— con­siento en seguir viviendo. Ahora venga usted a la prisión para ser ejecutado.

Steerforth, cediendo a sus instancias, se sentó de espaldas a la mesa, y volviendo hacia mí su rostro sonriente, sometió su cabeza al examen de la enana, evidentemente sin otro ob­jeto que el de divertirnos. Era un curioso espectáculo ver a miss Mowcher inclinada sobre él y examinando sus hermo­sos cabellos oscuros, con ayuda de una lupa que acababa de sacar de su bolsillo.

—Vamos, ¡es usted un chico guapo! —dijo miss Mowcher después de un corto examen—; pero si no fuera por mí esta­ría usted calvo como un monje antes de fin de año. Sólo le pido un minuto más; voy a lavarle los cabellos con un agua que se los conservará diez años.

Al mismo tiempo vertió el contenido del frasquito sobre un trocito de franela; después, empapando en la misma pre­paración uno de los cepillitos, empezó a frotar la cabeza de Steerforth con una actividad incomparable, y siempre ha­blando sin parar.

—¿Conoce usted a Carlos Pyegrave, el hijo del duque? —dijo mirando a Steerforth por encima de su cabeza.

—Un poco —dijo Steerforth.

—¡Ese es un hombre! ¡Y esas son patillas! Si tuviera las piernas tan derechas, no tendría igual. ¿Querrá usted creer que ha pretendido prescindir de mí? ¡Un oficial de la guardia!

—¡Loco! —dijo Steerforth.

—Lo parece; pero loco o no, lo ha intentado —replicó miss Mowcher—. ¿Y qué creerá usted que ha hecho? Pues entra en una peluquería y pide una botella de agua de Madagascar.

—¿Carlos?

—Carlos en persona; pero no tenían agua de Madagascar.

—¿Y qué es eso? ¿Algo de beber? —preguntó Steerforth.

—¿De beber? —replicó miss Mowcher, deteniéndose para darle una palmadita en la cara—. Para arreglarse él solo los bigotes, ¿sabe? Había en la tienda una mujer de cierta edad, un verdadero grifo que nunca había oído aquel nombre. «Per­done, caballero —dijo el grifo a Carlos— ¿no será... no será colorete por casualidad?...» «¿Colorete? —dice Carlos al grifo—. Y ¿qué quiere usted que haga yo con el colorete?...» «Perdón, caballero —dijo la mujer—; nos piden ese artículo bajo nombres tan diferentes, que pensaba que quizá era uno más.» He ahí, querido mío —continuó miss Mowcher fro­tando con todas sus fuerzas—; he ahí otra prueba de todos esos farsantes de que hablaba hace un momento. Y no digo que no esté yo mezclada en ello como cualquiera, quizá más, quizá menos; pero, hijo mío, ¿eso qué tiene que ver?

—¿En qué dice usted que está mezclada, en el colorete? —dijo Steerforth.

—No tiene usted más que relacionar una cosa con otra, mi querido discípulo —dijo la astuta miss Mowcher tocándose la punta de la nariz—; tuve acceso al secreto profesional de to­dos los comercios y el producto le dará el resultado deseado. Y digo que también yo voy un poco por ese camino, porque hay señoras que dicen que me llaman para un bálsamo de los labios, otras me piden guantes, otras una camiseta y otras un abanico. Yo le doy el nombre que ellas quieren y les propor­ciono el mismo artículo a todas; pero nos guardamos tan bien el secreto y disimulamos de tal modo, que tanto se cuidarían de darse el colorete delante de mí como delante de cualquier persona. ¿No tienen a veces el descaro de decirme, con un dedo de colorete en la cara: «¿Cómo me encuentra usted, miss Mowcher, no estoy un poco pálida?». ¡Ja, ja, ja! También esas son farsantes, ¿qué les parece, amiguitos?

Nunca en mi vida he visto nada semejante a miss Mowcher de pie sobre la mesa riendo de su gracia y frotando sin des­canso el cráneo de Steerforth, mientras me guiñaba un ojo mirándome por encima de su cabeza.

—¡Ah! Por esta tierra no me piden mucho ese artículo —dijo—, y me extraña, pues no he visto ni una mujer bonita desde que estoy aquí, Steerforth.

—¿No? —dijo Steerforth.

—Ni la sombra de una —replicó miss Mowcher.

—Nosotros podríamos enseñarle una en carne y hueso —dijo Steerforth volviéndose hacia mí—. ¿No es verdad, Florecilla?

—Ya lo creo —respondí.

—¡Hum! —dijo la diminuta criatura mirándome de un modo penetrante y lanzando después una ojeada a Steer­forth—. ¡Hum!

La primera exclamación parecía una pregunta dirigida a los dos; la segunda era evidentemente dirigida a Steerforth.

No recibiendo ni de uno ni de otro la respuesta que sin duda esperaba, continuó frotando con la cabeza inclinada y mirando al techo como si buscara allí la contestación y espe­rase verla aparecer.

—¿Una hermana suya, míster Copperfield? —exclamó después de un momento de silencio y conservando siempre la misma actitud— ¿Una hermana suya?

—No —dijo Steerforth, sin darme tiempo a contestar—; nada de eso. Al contrario, o mucho me equivoco o míster Copperfield tenía gran admiración por ella.

—¡Cómo! ¿Ahora ya no la tiene? —replicó miss Mowcher—. ¿Es inconstante? ¡Qué vergüenza! «Aspira cada flor y cambia cada hora... hasta que Polly a su pasión le corresponde ...» ¿Se llama Polly?

Aquel diablillo me lanzó la pregunta tan bruscamente y me miraba con tanta astucia, que quedé desconcertado por completo.

—No, miss Mowcher; se llama Emily —le contesté.

—¡Hum! —exclamó exactamente en el tono de antes—. ¡Qué charlatana soy, míster Copperfield!; pero no soy indis­creta.

Su tono y sus miradas expresaban algo que no me resul­taba agradable tratándose de aquel asunto; así es que dije, en tono más grave del que habíamos empleado hasta aquel mo­mento:

—Es tan virtuosa como bonita, y está prometida en matri­monio al hombre más excelente y digno. Además, la estimo tanto por su buen sentido como la admiro por su belleza.

—¡Bien dicho! —exclamó Steerforth—. ¡Bravo, bravo, bravo! Ahora voy a saciar la curiosidad de esta pequeña Fátima, Florecilla, para no dejarle nada por adivinar. En la ac­tualidad, miss Mowcher, esa muchacha es aprendiza en la casa de Omer y Joram, «Modas, novedades, etc.» , de esta ciudad. ¿Se fija usted? Omer y Joram. La promesa de matri­monio de la cual habla mi amigo está hecha entre ella y su primo; nombre de pila, Ham; apellido, Peggotty; ocupación, constructor de barcos; también de esta ciudad. Vive con un pariente; nombre de pila, no lo sé; apellido, Peggotty; ocu­pación, marinero; también de esta ciudad. Es el hada más linda y encantadora del mundo; yo la admiro, como mi amigo, extraordinariamente, y si no fuera por no disgustar a Copperfield, diría que al casarse desmerece, que podía aspi­rar a mucho más; estoy seguro, y lo juro, ha nacido para señora.

Miss Mowcher escuchaba estas palabras, que eran dichas despacio y claramente, con la cabeza de medio lado y el ojo en el aire, como si todavía esperara la contestación. Cuando Steerforth terminó de hablar, volvió a frotarle y a charlar con sorprendente volubilidad.

—¡Oh! ¿Es eso todo? —exclamó cortándole las patillas con unas inquietas tijeritas que hacía revolotear en todas di­recciones alrededor de su cabeza—. ¡Muy bien, muy bien! Igual que una novela. Y al final: «vivieron felices», ¿no es así? ¡Ah! ¿Cómo se dice en el juego? « Amo a mi amor con E porque es Encantadora, la odio con E porque ha Empeñado su palabra, la llevo a todo lo Exquisito y pienso proponerle una Evasión: Se llama Emily y vive en el Este: ¡Ja, ja, ja! Míster Copperfield, ¿no le parezco un mamarracho?

Mirándome fijamente con extravagante astucia y sin es­perar respuesta, continuó sin tomar aliento:

—¡Ya está! Si existe una mala persona peinada y arre­glada a la perfección es usted, Steerforth. Y si hay una mo­llera que me sepa yo de memoria es la suya, ¿me oye lo que le digo, querido? Le entiendo perfectamente —dijo inclinán­dose hacia él—. Ahora puede usted marcharse, como decimos en la corte, y si míster Copperfield quiere tomar su lu­gar...

—¿Qué dices, Florecilla? —preguntó Steerforth riendo y cediéndome la silla—. ¿Quieres probar?

—Gracias, miss Mowcher; esta noche no.

—No diga que no —repuso la mujercita mirándome como experta—; un poquito más de cejas.

—Gracias, en otra ocasión.

—Le hace falta una octava de pulgada más hacia la sien —dijo miss Mowcher—; es cosa de pocos días.

—No, gracias; ahora no.

—¿Y no quiere usted un poco de tupé? —insistió—. ¿No? Déjeme, por lo menos, ahuecarle un poco el pelo, y después pasaremos a las patillas, ¡vamos!

No pude por menos de enrojecer al negarme, pues sentía que acababa de tocar mi punto flaco. Pero miss Mowcher, viendo que no estaba dispuesto a soportar las mejoras que su arte podía causar en mi persona, y que me resistía por el mo­mento a las seducciones del frasquito que tenía en la mano preparado para mí, me dijo que no tardaríamos en volvernos a ver, y me pidió que la ayudara a bajar de las alturas. Gra­cias a este socorro bajó rápidamente y empezó a doblar su papada por encima de los cordones del sombrero.

—¿Le debo?... —dijo Steerforth.

—Cinco chelines, y es de balde, muchacho. ¿No es ver­dad que le parezco muy tribial, míster Copperfield?

Respondí cortésmente: «Nada de eso» ; pero pensaba que lo era bastante, cuando un momento después le vi lanzar al aire la moneda de cinco chelines, cogerla como un escamo­teador y deslizarla en su bolsillo dando un golpecito encima.

—Esta es la gaveta —dijo miss Mowcher; y acercándose a la silla volvió a meter en el bolso todas las menudencias que había sacado—. Veamos —dijo—, ¿lo tengo ya todo? Me parece que sí. No sería agradable encontrarse en la situa­ción de Ned Biadwood, cuando le llevaron a la iglesia para casarle y habían olvidado a la novia. ¡Ja, ja, ja! Es franca­mente una mala persona el tal Ned; ¡pero tan gracioso! Ahora ya sé que les voy a destrozar el corazón; pero no tengo más remedio que marcharme. Ya pueden hacer acopio de valor para soportarlo. Adiós, míster Copperfield; cuídese mucho, Jockey de Norfolk. ¡Cuánto he charlado! ¡Pero uste­des tienen la culpa, picaruelos! Bueno, les perdonaré. «Bob swore» , como decía aquel inglés, por buenas noches, des­pués de su primera lección de francés, «Bob swore», duques míos.

Con su bolso colgando del brazo y sin dejar de charlar se adelantó, balanceándose, hacia la puerta y se detuvo de pronto para preguntarnos si no queríamos un mechón de sus cabe­llos. « Le debo parecer muy tribial, míster Copperfield» , dijo como comentario a aquella proposición, y desapareció con el dedo apoyado en la nariz.

Steerforth reía de tan buena gana que no pude por me­nos de hacer otro tanto; de no ser así, no sé si me habría reído. Después de aquella explosión de alegría, que duró un momento, me dijo que miss Mowcher tenía una clien­tela muy numerosa y que se hacía necesaria a muchísima gente de modos muy distintos. Había personas que la trata­ban con ligereza, considerándola únicamente como una muestra de las extravagancias de la naturaleza; pero tenía un espíritu tan fino y observador como el que más; y si te­nía los brazos cortos, no tenía la inteligencia menos larga. Añadió que había dicho la verdad al vanagloriarse de estar a la vez en todas partes; pues de vez en cuando hacía ex­cursiones por provincias, donde siempre encontraba clien­tes nuevos, y terminaba por conocer a todo el mundo. Le pregunté cuál era su carácter; si no eran todo equívocos en ella, y si su simpatía se inclinaba por lo general a lo bueno; pero viendo que mis preguntas no le interesaban, después de dos o tres tentativas renuncié a repetírselas. En cambio, me contó una multitud de detalles sobre su habilidad y sus ganancias; me dijo que era una especialista poniendo ven­tosas, y que me lo prevenía por si alguna vez necesitaba pedirle ese servicio.

Miss Mowcher fue el principal tema de nuestra conversa­ción durante la noche, y cuando nos separamos todavía Steerforth se inclinó por la barandilla de la escalera mientras yo bajaba para decirme: «Bob swore».

A1 llegar ante la casa de Barkis me sorprendió mucho el encontrar a Ham paseando de arriba abajo, y todavía me sor­prendió más el saber que la pequeña Emily estaba en casa de su tía. Le pregunté, naturalmente, cómo no había entrado, en lugar de pasearse de arriba abajo por la calle.

—¿Sabe usted, señorito Davy? —dijo titubeando—. Es porque Emily está hablando con una persona.

—Mayor razón para que tú también estuvieras, Ham.

—Sí, señor; en general es verdad —replicó—; pero, ¿sabe usted, señorito Davy? —dijo bajando la voz y en tono grave—. Es una joven, una muchacha que Emily conoció en otro tiempo y a la que ahora no debía tratar.

Sus palabras fueron un rayo de luz que vino a aclarar mis dudas sobre la persona que les seguía algunas horas antes.

—Es una pobre muchacha, señorito Davy, vilipendiada por todo el pueblo. No hay muerto en el cementerio cuyo fantasma fuera capaz de hacer huir a la gente más que ella.

—¿No es la que os seguía esta noche por la playa?

—¿Nos seguía? —dijo Ham—. Es posible, señorito Davy; yo no sabía que estuviera aquí; pero se ha acercado a la ventanita de Emily cuando ha visto luz, y ha dicho en voz baja: «Emily, Emily, por amor de Dios, ten corazón de mujer conmigo. Yo era antes como tú» . Y eran palabras muy so­lemnes, señorito Davy; ¿cómo negarse a oírlas?

—Tienes razón, Ham; y Emily ¿qué ha hecho?

—Emily le ha dicho: «Martha, ¿eres tú? ¿Es posible, Martha, que seas tú?». Pues habían trabajado juntas durante mucho tiempo en casa de míster Omer.

—¡Ya la recuerdo! —exclamé, pues recordaba a una de las dos muchachas que había visto la primera vez que estuve en casa de míster Omer. La recuerdo perfectamente.

—Martha Endell —dijo Ham—; tiene dos o tres años más que Emily; pero también han estado en la escuela juntas.

—No he sabido nunca su nombre; dispensa que te haya interrumpido.

—La historia no es muy larga, señorito Davy —dijo Ham—. Esta es en pocas palabras: «Emily, Emily, por amor de Dios, ten corazón de mujer conmigo, yo era antes como tú». Quería hablar con Emily. Emily no podía hablar en casa, pues había vuelto su tío y, a pesar de lo bueno y caritativo que es, no querría, no podría, señorito Davy, ver a esas dos muchachas juntas, ni por todos los tesoros ocultos en el mar.

Ya lo sabía yo; no necesitaba que Ham me lo aclarase.

—Por lo tanto, Emily escribió con lápiz en un papelito y se lo dio por la ventana. « Enseña esto —la decía— a mistress Barkis y ella te hará sentar al lado del fuego, por amor mío, hasta que mi tío salga y yo pueda ir a hablarte.» Después me dijo lo que le acabo de contar, pidiéndome que la trajera aquí. ¿Qué podía hacer yo? Emily no debía tratar a una mujer como esa; pero, ¿cómo quiere usted que le niegue algo si me lo pide llorando?

Hundió la mano en el bolsillo de su gruesa chaqueta y sacó con mucho cuidado una linda bolsita.

—Y si fuera capaz de negarle algo cuando llora, señorito Davy —dijo Ham extendiendo cuidadosamente la bolsita en su mano callosa—, ¿cómo habría podido negarme a traerle esto aquí, si sabía lo que quería hacer? ¡Una joyita como esta —dijo Ham mirando la bolsa, pensativo—, y con tan poco dinero! ¡Emily, querida mía!

Le estreché la mano calurosamente cuando volvió a meter la bolsita en el bolsillo, pues no sabía cómo expresarle toda mi simpatía, y continuamos paseando de arriba abajo en si­lencio durante algunos minutos. La puerta se abrió entonces, y Peggotty hizo señas a Ham para que entrara. Yo habría querido quedarme fuera; pero Peggotty volvió a asomarse, rogándome que pasase. También me habría gustado evitar la habitación donde estaban reunidos; pero era aquella cocinita limpia que ya he mencionado, cuya puerta daba directa­mente a la calle, de modo que me encontré en medio del grupo antes de saber dónde meterme.

La muchacha que había visto en la playa estaba allí, al lado del fuego, sentada en el suelo, con la cabeza y los bra­zos apoyados en una silla, que Emily acababa de abandonar y sobre la cual había tenido sin duda a la pobre abandonada apoyada sobre sus rodillas. Apenas vi su rostro, pues tenía los cabellos sueltos como si se hubiera despeinado ella misma. Sin embargo, pude ver que era joven y que tenía una voz hermosa. Peggotty había llorado, y la pequeña Emily tam­bién. A nuestra llegada no pronunciaron ni una palabra, y el tictac del viejo reloj holandés parecía diez veces más fuerte que de costumbre en aquel profundo silencio.

Emily habló la primera.

—Martha querría ir a Londres, Ham.

—¿,Por qué a Londres? —respondió Ham.

Estaba de pie entre ellas y miraba a la joven postrada en tierra con una mezcla de compasión y de disgusto por verla en compañía de la que amaba tanto. Siempre he recordado aquella mirada.

Hablaban bajo, como si se tratara de una enferma; pero se entendía claramente todo, aunque sus voces eran sólo un murmullo.

—Allí estaré mejor que aquí —dijo en voz alta Martha, que seguía en el suelo—. Nadie me conoce; mientras que aquí todo el mundo sabe quién soy.

—¿Y qué va a hacer allí? —preguntó Ham.

Martha se levantó, le miró un momento de un modo som­brío; después, bajando la cabeza de nuevo, se pasó el brazo derecho alrededor del cuello con una viva expresión de dolor.

—Tratará de portarse bien —dijo la pequeña Emily—. No sabes todo lo que nos ha contado. ¿Verdad tía que no pueden saberlo?

Peggotty sacudió la cabeza con compasión.

—Sí; lo intentaré —dijo Martha— si ustedes me ayudan a marcharme. Peor que aquí no podré ser. Quizá sea mejor. ¡Oh —dijo con un estremecimiento de terror—, arrancadme de estas calles, donde todo el mundo me conoce desde la in­fancia!

Emily extendió la mano, y vi que Ham ponía en ella una bolsita. Ella la cogió, creyendo que era su bolsa, y dio un paso; después, dándose cuenta de su error, volvió hacia él (que se había retirado hacia mí) enseñándole lo que le aca­baba de dar.

—Es tuyo, Emily —le dijo—. Yo no tengo nada en el mundo que no sea tuyo, querida mía, y para mí no hay pla­cer más que en ti.

Los ojos de Emily volvieron a llenarse de lágrimas; des­pués se acercó a Martha. No sé lo que le dio. La vi inclinarse hacia ella y ponerle dinero en el delantal. Pronunció algunas palabras en voz baja, preguntándole si sería suficiente. «Más que suficiente», dijo la otra, y cogiéndole la mano se la besó.

Después, envolviéndose en su chal, ocultó el rostro en él y se acercó a la puerta llorando ardientes lágrimas. Se detuvo un momento antes de salir, como si quisiera decir algo; pero no dijo nada, y salió lanzando un gemido sordo y doloroso.

Cuando la puerta se cerró, la pequeña Emily nos miró a todos, después ocultó la cabeza entre las manos y se puso a sollozar.

—Vamos, Emily —dijo Ham dándole con dulzura en el hombro—, vamos; no llores así.

—¡Oh! —exclamó ella con los ojos llenos de lágrimas—; no soy todo lo buena que debía ser, Ham; no soy todo lo agradecida que debía.

—Sí que lo eres —dijo Ham—; estoy seguro.

—No —contestó la pequeña Emily sollozando y sacu­diendo la cabeza—; no soy tan buena como debiera, ni mu­cho menos, ¡ni mucho menos!

Y seguía llorando como si su corazón fuera a romperse.

—Abuso demasiado de tu amor, lo sé; te llevo la contra­ria; soy desigual contigo. ¡Cuando debía ser tan distinta! ¡No serías tú quien se portara así conmigo! ¿Por qué soy mala entonces, cuando sólo debía pensar en demostrarte mi agra­decimiento y en tratar de hacerte dichoso?

—Me haces completamente dichoso —dijo Ham—. ¡Soy tan dichoso cuando te veo, querida mía! Y también soy feliz todo el día pensando en ti.

—¡Ah! ¡Eso no es bastante! —exclamó ella—, pues eso proviene de tu bondad y no de la mía. ¡Oh! Habrías podido ser mucho más feliz, Ham, queriendo a otra muchacha, a una criatura más sensata y más digna de ti, a una mujer que fuera tuya por completo, y no vana y caprichosa como yo.

—¡Pobre corazoncito! —dijo Ham en voz baja—. Martha la ha trastornado por completo.

—Te lo ruego, tía —balbució Emily—; ven aquí para que apoye mi cabeza en tu hombro. Soy muy desgraciada esta noche, tía; me doy cuenta muy bien de que no soy todo lo buena que debiera ser.

Peggotty se había apresurado a sentarse al lado del fuego. Emily, de rodillas a su lado, con los brazos alrededor de su cuello, la miraba suplicante.

—¡Oh, te lo ruego, tía, ayúdame! ¡Ham, amigo mío, trata también de ayudarme tú! ¡Señorito Davy, por el recuerdo del tiempo pasado, ayúdeme también! Quiero ser mejor de lo que soy. Quiero sentirme mil veces más agradecida. Querría recordar a todas horas la felicidad de ser la mujer de un hom­bre tan bueno y de poder llevar una vida tranquila. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi corazón! ¡Ay de mi corazón!

Ocultó la cabeza en el pecho de mi antigua niñera y, ce­sando en sus súplicas que, en su angustia, eran a la vez de mujer y de niña, como toda su persona, como el carácter mismo de su belleza, continuó llorando en silencio, mientras Peggotty la tranquilizaba como a un niño que llora.

Poco a poco se fue normalizando y pudimos consolarla hablándole al principio, dándole valor después, para termi­nar con un poco de broma. Emily empezó por levantar la ca­beza y hablar también; después llegó a sonreír, y después a reír y, por fin, a sentirse un poco avergonzada; entonces Peg­gotty arregló sus bucles revueltos y le enjugó los ojos por te­mor a que su tío, al verla entrar, preguntase por qué había llorado su niña querida.

Aquella noche la vi hacer lo que no la había visto hacer nunca. La vi besar a su prometido en la mejilla y, después, estrecharse contra aquel tronco robusto, como buscando su más seguro apoyo. Cuando se alejaban, yo los miraba a la claridad de la luna, comparando en mi espíritu esta partida con la de Martha, y vi que Emily le tenía agarrado el brazo con las dos manos y seguía estrechamente unida a él.

CAPÍTULO III. CORROBORO LA OPINIÓN DE MÍSTER DICK Y ME DECIDO POR UNA PROFESIÓN

A la mañana siguiente, cuando me desperté, pensé mucho en la pequeña Emily y en su emoción de la noche anterior después de la partida de Martha. Me parecía que, al haber sido testigo de aquellas debilidades y ternuras de familia, había entrado en una confidencia sagrada y no tenía derecho a revelarla ni aun a Steerforth. Por ninguna criatura del mundo experimentaba un sentimiento más dulce que el que me inspiraba la preciosa criaturita que había sido la compañera de mis juegos y a quien había amado tan tiernamente entonces, como estaba y estaré convencido hasta mi muerte. Me habría parecido indigno de mí mismo, indigno de la au­reola de nuestra pureza infantil, que yo veía siempre alrede­dor de su cabeza, el repetir a los oídos de Steerforth lo que ella no había podido callar en el momento en que un inci­dente inesperado la había forzado a abrir su alma delante de mí. Tomé, pues, la decisión de guardar en el fondo del cora­zón aquel secreto, que daba —según me parecía— una gra­cia nueva a su imagen.

Durante el desayuno me entregaron una carta de mi tía. Como trataba de una cuestión sobre la que pensaba que los consejos de Steerforth valdrían tanto más que los de cual­quiera otro, decidí discutirlo con él durante nuestro viaje, ra­diante de poder consultarle. Por el momento teníamos bas­tante con despedirnos de todos nuestros amigos. Barkis no era el que menos sentía nuestra partida, y yo creo que de buena gana habría abierto de nuevo su cofre y sacrificado otra moneda de oro si hubiéramos querido a ese precio perma­necer dos días más en Yarmouth. Peggotty y toda su familia estaban desesperados. La casa entera de Omer y Joram salió a decimos adiós, y Steerforth se vio rodeado de tal multitud de pescadores en el momento en que nuestras maletas tomaron el camino de la diligencia, que si hubiéramos poseído el equi­paje de un regimiento los mozos voluntarios no habrían fal­tado para transportarlo. En una palabra, nos fuimos llevándo­nos el sentimiento y el afecto de todos los conocidos y dejando tras de nosotros no sé cuántas personas afligidas.

—¿Va usted a permanecer mucho tiempo aquí, Littimer? —le dije mientras esperaba a que partiese la diligencia.

—No, señor —repuso—; probablemente no estaré mucho tiempo.

—Por el momento no lo sabe —dijo Steerforth en tono indiferente—; sólo sabe lo que tiene que hacer, y lo hará.

—Estoy seguro —le respondí.

Littimer acercó la mano a su sombrero para darme las gra­cias por mi buena opinión, y en aquel momento me pareció que yo no tenía más de ocho años. Nos saludó de nuevo de­seándonos un buen viaje, y le dejamos allí en medio de la calle, a aquel hombre respetable y tan misterioso como una pirámide de Egipto.

Durante un rato permanecimos sin decir nada, pues Steer­forth estaba sumido en un silencio desacostumbrado, y yo me preguntaba cuándo volvería a ver todos aquellos lugares testigos de mi infancia, y qué cambios tendríamos que sufrir en el intervalo ellos y yo. Por fin, Steerforth, recobrando de pronto su alegría y animación —gracias a la facultad que poseía de cambiar de tono a capricho—, me tiró de la manga.

—Y bien, ¿no me cuentas nada, Davy? ¿Qué decía esa carta de que me hablabas en el desayuno?

—¡Oh! —dije sacándola del bolsillo—. Es de mi tía.

—¿Y te dice algo interesante?

—Me recuerda que he emprendido esta excursión con ob­jeto de ver mundo y de reflexionar.

—Y supongo que no habrás dejado de hacerlo.

—Me veo obligado a confesarte que, a decir verdad, no me he acordado mucho; es más, tengo miedo de haberlo ol­vidado por completo.

—Pues bien; mira a tu alrededor ahora —dijo Steer­forth— y repara tu negligencia. Mira hacia la derecha, y verás un país llano y bastante pantanoso; mira hacia la izquierda, y verás otro tanto, y hacia delante, y no hay diferencia, lo mismo que hacia atrás.

Me eché a reír diciéndole que no descubría profesión ade­cuada para mí en el paisaje, lo que quizá era debido a su mo­notonía.

—¿Y qué dice tu tía del asunto? —preguntó Steerforth mirando la carta que tenía en la mano, ¿Te sugiere alguna idea?

—Sí —respondí—. Me pregunta si me gustaría ser procu­rador del Tribunal de Doctores. ¿Qué te parece?

—No sé —dijo Steerforth con tranquilidad, Me parece que igual puedes hacerte procurador que otra cosa cual­quiera.

No pude por menos de reírme al oírle poner todas las pro­fesiones al mismo nivel, y le demostré mi sorpresa.

—¿Y qué es un procurador, Steerforth? —añadí.

—Es una especie de curial —replicó Steerforth— que ac­túa en el anticuado Tribunal de Doctores, en un rincón aban­donado cerca del cementerio de Saint Paul, donde vienen a ser lo que los procuradores en los Tribunales de justicia. Es un funcionario cuya existencia, según el curso natural de las cosas, debía haber desaparecido hace más de doscientos años; pero voy a hacértelo comprender mejor explicándote lo que es el Tribunal de Doctores. Es un lugar retirado, donde se aplica lo que se llama la ley eclesiástica y donde se hacen toda clase de trampas con los antiguos monstruos de actas del Parlamento, de los que la mitad del mundo ignora la existencia y el resto supone que están ya en estado fósil desde los tiempos del rey Eduardo. Este Tribunal goza de un antiguo monopolio para las causas relativas a testamentos, a contratos matrimoniales y a las discusiones que surgen en las cuestiones de la Marina.

—Vamos, Steerforth —exclamé—, no querrás hacerme creer que hay la menor relación entre los asuntos de la Igle­sia y los de la Marina.

—No tengo esa pretensión, Florecilla; sólo quiero decirte que tanto una cosa como otra se tratan y se juzgan por las mismas personas y en el mismo Tribunal. Vas un día, y les oyes emplear todos los términos de marina del diccionario de Yung a propósito de «La Nancy, que ha echado a pique a la Sarah Jane», o a propósito de « míster Peggotty y los pes­cadores de Yarmouth, que durante una galerna han lanzado un áncora o un cable al Nelson, de la India, en peligro», y si vuelves algunos días después estarán examinando los testi­monios en pro y en contra de un eclesiástico que se ha por­tado mal, y te darás cuenta de que el juez del proceso marí­timo es al mismo tiempo abogado de la causa eclesiástica, y viceversa. Son como los actores, que hoy hacen de jueces y mañana no; pasan de un papel a otro, cambiando sin cesar; pero siempre es un asunto muy lucrativo el de esta comedia de sociedad representada ante un público extraordinaria­mente elegido.

—Pero los abogados y los procuradores, ¿no son la misma cosa? —pregunté confuso.

—No —replicó Steerforth—, porque los abogados son hombres que han tenido que doctorarse en la Universidad; esa es la causa de que yo esté algo enterado. Los abogados emplean a los procuradores; reciben en común buenos hono­rarios y se dan allí una vidita muy agradable. En resumen, Davy, te aconsejo que no desprecies el Tribunal de Docto­res. Además, te diré, por si puede halagarte, que presumen de ejercer una profesión de lo más distinguida.

Descontando la ligereza con que Steerforth trataba el asunto y reflexionando en la antigua importancia que yo aso­ciaba en mi espíritu con el viejo rinconcito cercano al ce­menterio de Saint Paul, me sentí bastante dispuesto a acep­tar la proposición de mi tía, sobre la que me dejaba en absoluta libertad, diciéndome con toda franqueza que se le había ocurrido yendo a ver últimamente a su procurador al Tribunal para arreglar su testamento a mi favor.

—Eso sí que es digno de alabanza por parte de tu tía —dijo Steerforth cuando le comuniqué aquella circunstan­cia— y merece alientos. Florecilla, mi opinion es que no desdeñes su idea.

También fue lo que yo decidí. Le dije a Steerforth que mi tía me esperaba en Londres. Había tomado habitaciones para una semana en un hotel muy tranquilo de los alrededores de Lincoln's Inn Fields, decidiéndose por aquella casa en vista de que tenía una escalera de piedra y una puerta que daba al tejado; pues mi tía estaba convencida de que no había pre­caución inútil en Londres, donde todas las casas debían in­cendiarse por la noche.

Terminamos el viaje insistiendo de vez en cuando sobre la cuestión del Tribunal de Doctores y pensando en los tiem­pos lejanos en los que yo quería ser procurador; perspectiva que Steerforth presentaba bajo una infinidad de aspectos a cual más grotescos, que nos hacían llorar de risa. Cuando llegamos al término de nuestro viaje, él se dirigió a su casa, prometiéndome una visita a los dos días, y yo me encaminé a Lincoln's Inn Fields, donde encontré a mi tía todavía le­vantada y esperándome para cenar.

Si hubiera dado la vuelta al mundo desde que nos separa­mos, creo que no nos habríamos sentido más dichosos al vol­vemos a ver. Mi tía lloraba de todo corazón abrazándome, y me dijo, haciendo como que reía, que si mi pobre madre es­tuviera todavía en el mundo no dudaba de que la pequeña inocente habría vertido lágrimas.

—Y ¿ha abandonado usted a míster Dick, tía —le pre­gunté—. ¡Cuánto lo siento! ¡Ah Janet! ¿Cómo está usted?

Mientras que Janet me hacía una reverencia y me pregun­taba por mi salud, observé que el rostro de mi tía se ensom­brecía considerablemente.

—Yo también lo siento —dijo mi tía frotándose la na­riz—, y no tengo un momento de reposo desde que estoy aquí, Trot.

Antes de que pudiera preguntar la razón, me la dijo.

—Estoy convencida —dijo apoyando su mano encima de la mesa con una fuerza melancólica—; estoy convencida de que el carácter de Dick no es bastante enérgico para ex­pulsar a los asnos. Decididamente, le falta energía. Debí de­jar a Janet en su lugar; habría estado más tranquila. Hoy mismo, estoy segura que si alguna vez ha pasado un asno por mi césped ha sido esta tarde a las cuatro –continuo vivamente—, pues he sentido un estremecimiento de la ca­beza a los pies, y estoy segura de que era un asno.

Traté de consolarla, pero rechazaba todo consuelo.

—Estoy segura de que era un asno, y además ese asno in­glés que montaba la hermana de aquel Murderin el día que vino a casa (desde entonces, en efecto, mi tía no llamaba de otro modo a miss Mourdstone), y si hay un asno en Dover cuya audacia me sea insoportable —continuó dando un pu­ñetazo en la mesa—, es ese animal.

Janet sugirió que quizá hacía mal mi tía preocupándose, pues creía que el burro en cuestión estaba por el momento ocupado en transportar arena, lo que no le dejaría tiempo para it a cometer delitos en su pradera. Pero mi tía no quería convencerse.

Nos sirvieron una buena cena, calentita, a pesar de lo le­jos que estaba la cocina de las habitaciones de mi tía, situada en el último piso. Si la había escogido así para mayor segu­ridad de su dinero o por estar cerca de la puerta del tejado, no lo sé. La comida se componía de pollo asado, rosbif y le­gumbres; todo excelente, y le hice honor. Mi tía, que tenía sus prejuicios sobre los comestibles de Londres, no comía apenas.

—Apuesto cualquier cosa a que este pollo ha sido criado en una cueva, donde habrá nacido —dijo mi tía—, y que no ha tomado el aire más que en el mercado después de muerto. La carne supongo que será de buey, pero no estoy segura. Aquí no se encuentra nada natural más que el lodo.

—¿Y no cree usted que este pollo pueda haber venido del campo, tía?

—Seguramente no —replicó mi tía— Para los comer­ciantes de Londres sería un disgusto vender algo bajo su ver­dadero nombre.

No traté de contradecir aquella opinión, pero comí con buen apetito, lo que le satisfacía plenamente. Cuando quita­ron la mesa, Janet peinó a mi tía, la ayudó a ponerse su cofia de dormir, que era más elegante que de costumbre (por si había fuego), según decía. Después se remangó un poco la falda para calentarse los pies antes de acostarse, y yo le pre­paré —siguiendo las reglas establecidas, de las que jamás, bajo ningún pretexto, había que alejarse —un vaso de vino blanco caliente mezclado con agua, y le corté en tiras largas y delgadas pan para tostar. Nos dejaron solos para terminar la velada. Mi tía estaba sentada frente a mí y bebía su agua con vino, mojando una después de otra sus tostadas antes de comérselas, y mirándome con ternura desde el fondo de los adornos de su cofia de dormir.

—Y bien, Trot —me dijo—, ¿has pensado en mi pro­posición de hacerte procurador, o todavía no has tenido tiempo?

—He pensado mucho, tía, y he hablado mucho de ello con Steerforth. Me encanta la idea.

—Vamos —dijo mi tía—, me alegro mucho.

—Sólo veo una dificultad, tía.

—¿Cuál, Trot?

—Quería preguntarle si mi admisión en el Tribunal de Doctores, que según creo se compone de un número muy li­mitado de miembros, no será exageradamente cara.

—Sí es muy caro. Para que te hagas una idea son mil li­bras justas.

—¿Ve usted, tía? Eso es lo que me preocupaba —dije acercándome a ella— ¡Es una suma considerable! Ha gas­tado usted ya mucho en mi educación, y ha sido en todo igual de generosa. Nada puede dar idea de su bondad con­migo. Pero seguramente hay carreras a las que me podría dedicar, sin gastar apenas, por decirlo así, y teniendo al mismo tiempo esperanzas de éxito por medio del trabajo y la perseverancia. ¿Está usted segura de que no sería mejor in­tentarlo? ¿Está usted segura de poder hacer todavía ese sa­crificio y de que no sería mejor evitarlo? Solamente le pido que lo piense.

Mi tía terminó sus tostadas, mirándome a la cara, y des­pués depositó su vaso sobre la chimenea, y apoyando sus manos cruzadas sobre la falda me contestó lo siguiente:

—Trot, hijo mío; yo tengo un solo objetivo en la vida, y es hacer de ti un hombre bueno, sensible y dichoso. A ello me dedico, lo mismo que Dick. Yo querría que algunas per­sonas oyeran las conversaciones de Dick sobre ese asunto. Su sagacidad es sorprendente; nadie conoce los recursos de la inteligencia de ese hombre más que yo.

Se detuvo un momento, y cogiendo mi mano entre las su­yas, continuó:

—Es en vano, Trot, recordar el pasado, a menos que in­fluya algo en el presente. Yo quizás podía haberme portado mejor con tu pobre padre. Quizá podía haber sido mejor amiga de aquella pobre niña que era tu madre, aun después de haberme defraudado con tu hermana Betsey Trotwood. Cuando llegaste a mí, pobre chiquillo errante, cubierto de polvo y agotado, quizá lo pensé así. Desde entonces hasta ahora, Trot, tú has sido para mí un motivo de orgullo, satis­facciones, cariño. Nadie más que tú tiene derecho sobre mi fortuna, es decir... (aquí, con gran sorpresa mía, dudó y pare­ció confusa...) no; nadie más tiene derecho sobre mi fortuna, pues tú eres mi hijo adoptivo. Únicamente te pido que tam­bién seas tú para mí un hijo cariñoso y que soportes mis ex­travagancias y caprichos; de ese modo harás más por esta pobre vieja —cuya juventud no ha sido lo feliz que hubiera debido ser— de lo que ella haya podido hacer por ti.

Era la primera vez que oía a mi tía referirse a su vida pa­sada. Y había tanta nobleza en el tono tranquilo con que lo hacía y en no explayarse, que aumentaba mi respeto y cariño por ella, si es que eso era posible.

—Ahora ya estamos de acuerdo, Trot —dijo mi tía—, y no necesitamos volver a hablar de ello. Dame un beso, y mañana, después de almorzar, iremos al Tribunal de Doc­tores.

Todavía permanecimos largo rato charlando delante del fuego antes de acostarnos. Me retiré a una habitación conti­gua a la de mi tía, quien no me dejó dormir en toda la noche llamando a mi puerta en cuanto le preocupaba el ruido dis­tante de coches y carros, para preguntarme si no oía a las bombas de incendios. Cuando amanecía consiguió dormir mejor y me permitió a mí hacerlo también.

A eso de las doce nos dirigimos a las Oficinas de los se­ñores Spenlow y Jorkins. Mi tía, que también pensaba que en Londres todo hombre que veía era un ratero, me dio su portamonedas para que se lo llevara, y vi que llevaba en él diez guineas y algo de plata.

Nos detuvimos ante la tienda de juguetes de Fleet Street para mirar los gigantes de Saint Dunstan tocando las campa­nas (habíamos calculado el tiempo para llegar a verlos a las doce en punto), y después nos dirigimos a Ludgate Hill y al cementerio de Saint Paul. Cuando llegábamos al primero de estos sitios observé que mi tía aceleraba el paso y parecía asustada.

Al mismo tiempo me di cuenta de que un hombre de mal aspecto, que se había parado para mirarnos al pasar un mo­mento antes, nos seguía tan de cerca que rozaba el traje de mi tía.

—¡Trot, mi querido Trot! —exclamó mi tía en un murmu­llo de terror y apretándome el brazo—. ¡No sé qué hacer!

—No se asuste, tía; no merece la pena que se asuste. En­tre en una tienda, y yo me encargo de ese individuo.

—No no, hijo mío —repuso ella—, no le hables por nada del mundo. Te lo pido, te lo ordeno.

—Por Dios, tía —dije yo—, si no es más que un mendigo descarado.

—Tú no sabes lo que es —replicó mi tía—. Tú no sabes quién es. ¡No sabes lo que tu dices!

Mientras sucedía esto nos habíamos detenido en un por­tal, y el hombre se había detenido también.

—¡No le mires! —dijo mi tía, pues yo volvía la cabeza con indignación—. Búscame un coche, hijo mío, y espérame en el cementerio de Saint Paul.

—¿Esperarla? —repetí.

—Sí —insistió mi tía— Yo ahora tengo que irme; tengo que irme con él.

—¿Con quién, tía? ¿Con ese hombre?

—No estoy loca, y te digo que debo hacerlo. Búscame un coche.

A pesar de lo sorprendido que estaba, me daba cuenta de que no tenía derecho a negarme a lo que tan perentoriamente me ordenaba. Di con precipitación varios pasos y llamé a un coche que pasaba. Apenas había bajado el estribo, cuando mi tía ya estaba dentro y el hombre la siguió. Ella me hizo seña con la mano de que me alejara, con tal seriedad, que, a pesar de mi confusión, me alejé de ellos al momento. Mientras lo hacía la oí decir al cochero: «A cualquier sitio, siga ade­lante». Un momento después el coche pasaba por mi lado.

Lo que mister Dick me había contado y que yo había su­puesto serían fantasías de las suyas me vino a la memoria. No cabía duda; aquél era el hombre de quien me había ha­blado tan misteriosamente, aunque la naturaleza de sus dere­chos sobre mi tía no los podia imaginar. Después de esperar media hora en el cementerio, vi llegar el coche. El cochero paró delante de mí. Mi tía estaba sola.

Todavía no se había repuesto lo bastante de su emoción para presentarse donde nos dirigíamos; así es que me hizo subir con ella al coche, ordenando al conductor que diera una vuelta despacio. Únicamente me dijo:

—Hijo mío, no me preguntes nunca nada ni hagas refe­rencia a esto.

Un momento después había recobrado todo su aplomo y me dijo que ya estaba repuesta por completo y podíamos despedir el coche. Al pagar al cochero vi que todas las gui­neas habían desaparecido y que sólo quedaba la plata.

Se entra en el edificio del Tribunal de Doctores por un arco pequeño y bajo. Apenas habíamos dado algunos pasos por su recinto cuando el ruido de la ciudad se apagaba ya en la lejanía, como por encanto; los patios oscuros y tristes, las galerías estrechas, nos llevaron pronto a las oficinas de Spenlow y Jorkins, que recibían la luz Genital. En el vestí­bulo de aquel templo, en el que los peregrinos podían pe­netrar sin cumplir la ceremonia de llamar a la puerta, había dos o tres escribientes trabajando. Uno de ellos, un hom­brecito seco, que estaba sentado solo en un rincón, llevaba peluca y parecía estar hecho de pan moreno, se levantó para recibir a mi tía y nos introdujo en el despacho de mister Spenlow.

—Mister Spenlow está en el Tribunal, señora —dijo el hombrecito—; pero voy a mandar a buscarle al momento.

Nos quedamos solos, y aproveché la oportunidad para mi­rarlo todo. La habitación estaba amueblada a la antigua, y todo estaba lleno de polvo; el tapete verde de la mesa había perdido el color y estaba arrugado y pálido como un men­digo viejo. La tenían llena de una cantidad enorme de carpe­tas. En el dorso de unas ponía: «Alegaciones» ; en otra, con gran sorpresa mía, lei: «Libelos»; unos eran para el Tribunal del Consistorio; otros, para el de los Arcos, y otros, para el de Prerrogativas. También los había para el del Almiran­tazgo y para la Cámara de Diputados. Y yo pensaba cuántos Tribunales serían entre todos, y cuánto tiempo haría falta para entenderlos. Había también gruesos volúmenes manus­critos de «Declaraciones» , sólidamente encuadernados y atados juntos por series enormes. Una serie para cada causa, como si cada causa fuera una historia en diez o veinte volú­menes. Todo aquello debía de ocasionar muchos gastos, y me dio una agradable idea de lo que ganarían los procurado­res. Paseaba mi vista con creciente complacencia por todos aquellos objetos y otros semejantes, cuando se oyeron pasos rápidos en la habitación de al lado, y mister Spenlow, con traje negro guarnecido de pieles blancas, entró rápidamente, quitándose el sombrero.

Era un hombre pequeño y rubio, con unas botas de un brillo irreprochable, una corbata blanca y un cuello muy duro. Llevaba el traje abrochado hasta la barbilla, muy ce­ñido el talle, y parecía que debía de haberle costado mucho trabajo el rizado de las patillas, que también era impecable. Su cadena de reloj era tan maciza, que se me ocurrió pen­sar que para sacarla del bolsillo necesitaría un brazo de oro tan robusto como los que se ven en las muestras de los ba­tidores de oro. Estaba tan compuesto y tan estirado, que apenas podía moverse, viéndose obligado, cuando miraba los papeles de su pupitre —después de sentado en su si­lla—, a mover todo el cuerpo de un lado a otro como una marioneta.

Fui presentado al momento por mi tía, y me recibió cor­tésmente. Me dijo:

—¿Así es, míster Copperfield, que desea usted entrar en nuestra profesión? El otro día, cuando tuve el gusto de ver a miss Trotwood (con otra inclinación de su cuerpo, actuando nuevamente como una marioneta) le hablé casualmente de que había aquí una vacante. Miss Trotwood fue lo bastante buena para decirme que tenía un sobrino a quien no sabía a qué dedi­car. Este sobrino tengo ahora el placer de... (otra inclinación).

Hice un saludo de agradecimiento, y dije que mi tía me había hablado de aquella vacante y que, como me parecía que había de gustarme mucho, había aceptado inmediata­mente la proposición. Sin embargo, no podía comprome­terme formalmente sin conocer mejor el asunto, y, aunque no fuese más que por asegurarme, me gustaría tener la oca­sión de probar para ver si me gustaba como creía antes de comprometerme irrevocablemente.

—¡Oh, sin duda, sin duda! —dijo míster Spenlow—. Nos­otros, en esta casa, siempre proponemos un mes de prueba. Y yo, por mi parte, tendría mucho gusto en proponerle dos o tres, o un plazo indefinido; pero como tengo un socio, míster Jorkins...

—Y la prima, caballero —repuse—, ¿es de mil libras?

—La prima, incluido su registro, es de mil libras —dijo míster Spenlow—. Como ya le he dicho a miss Trotwood, no obro por consideraciones mercenarias; creo que habrá pocos hombres más desinteresados que yo; pero míster Jor­kins tiene sus opiniones sobre estos asuntos, y yo estoy obli­gado a respetarlas. En una palabra, míster Jorkins opina que mil libras no es mucho.

—Supongo, caballero —dije todavía, deseoso de salvar el dinero de mi tía—, que cuando un empleado se haga muy útil y esté completamente al corriente de su profesión (no pude por menos de enrojecer, parecía que aquello era elo­giarme a mí mismo), supongo que entonces quizá sea cos­tumbre conceder algún...

Míster Spenlow, con un gran esfuerzo, consiguió sacar su cabeza del cuello de la camisa lo bastante para sacudirla y contestarme anticipándose a la palabra «sueldo», que yo iba a decir.

—No. No sé lo que yo haría tocante a este punto, míster Copperfield, si estuviera solo; pero míster Jorkins es incon­movible.

Yo estaba muy asustado pensando en aquel terrible Jor­kins. Más adelante descubrí que era un hombre dulce, algo aburrido y cuyo puesto en la asociación consistía en perma­necer en segunda línea y en prestar su nombre para que le presentaran como el más endurecido y cruel de los hombres. Si alguno de los empleados quería aumento de sueldo, míster Jorkins no quería oír hablar de semejante proposición; si al­gún cliente tardaba en arreglar su cuenta, míster Jorkins es­taba decidido a hacérsela pagar, y por penoso que pudiera ser y fuera aquello para los sentimientos de míster Spenlow, míster Jorkins hacía su gravamen. El corazón y la mano del buen ángel de Spenlow siempre habrían estado abiertos sin aquel demonio de Jorkins, que le retenía. Conforme he sido más viejo creo haber entendido que otras muchas casas de comercio se rigen por el principio de Spenlow Jorkins.

Quedamos de acuerdo en que empezaría mi mes de en­sayo tan pronto como quisiera, y que mi tía no necesitaba seguir en Londres ni volver cuando expirase el plazo, pues era fácil enviarle a firmar el contrato necesario. Después de arreglar eso, míster Spenlow se ofreció a enseñarme el edifi­cio para que conociera los lugares. Como lo estaba de­seando, acepté y salimos dejando a mi tía, que no tenía ga­nas —según dijo— de aventurarse por allí, pues, si no me equivoco, tomaba todos los Tribunales judiciales por otros tantos depósitos de pólvora, siempre a punto de estallar. Míster Spenlow me condujo por un patio adoquinado y ro­deado de casas de ladrillo de aspecto imponente que tenían inscritas encima de sus puertas los nombres de los doctores; eran, al parecer, la morada oficial de los abogados de los cuales me había hablado Steerforth. De allí entramos, a la izquierda, en una gran sala, bastante triste, que me parecía una capilla. El fondo de aquella habitación estaba separado del resto por una balaustrada y allí, a cada lado de un estrado en forma de herradura, vi, instalados en cómodas sillas, a numerosos caballeros revestidos de rojo y con pelucas gri­ses: eran los doctores en cuestión. En el centro de la herra­dura había un anciano sentado en un estrado que parecía un púlpito. Si hubiera visto a aquel señor en una jaula le habría tornado por un búho; pero supe que era el juez presidente. En el espacio libre del interior de la herradura, a nivel del suelo, se veían muchos personajes del mismo rango que mis­ter Spenlow, vestidos como él, con trajes negros guarneci­dos de piel blanca; estaban sentados alrededor de una gran mesa verde. Sus cuellos eran por lo general muy tiesos, y su aspecto también me lo pareció; pero no tardé en darme cuenta de que respecto a eso no les hacía justicia, pues dos o tres de ellos tuvieron que levantarse para responder a las preguntas del dignatario que les presidía, y no recuerdo haber visto nadie más humilde en mi vida. El público estaba repre­sentado por un chico con una bufanda y un hombre de raído indumento que mordisqueaba a hurtadillas un mendrugo de pan que sacaba de su bolsillo y se calentaba al lado de la es­tufa que había en el centro de la sala. La tranquila languidez de aquel lugar no era interrumpida más que por el chisporro­teo del fuego y por la voz de uno de los doctores, que va­gaba con pasos lentos a través de toda una biblioteca de testimonios, y se detenía de vez en cuando en las pequeñas hosterías de discusiones incidentales que se encontraba al paso. En resumen, nunca me había encontrado en una reu­nión de familia tan pacífica, tan soñolienta, tan anticuada y tan amodorrante, y sentí que el efecto que debía producir en todos los que tomaban parte en ella debía de ser el de un fuerte narcótico, excepto, quizá, en el demandante.

Satisfecho de la tranquilidad profunda de aquel retiro, de­claré a míster Spenlow que ya había visto bastante por aque­Ila vez y nos reunimos con mi tía, con la cual pronto dejé las regiones del Tribunal de Doctores. ¡Ah! ¡Qué joven me sentí al salir de allí, cuando vi las señas que se hacían los emplea­dos señalándome unos a otros con sus plumas!

Llegamos a Lincoln's Inn Fields sin nuevas aventuras, ex­cepto el encuentro con un asno enganchado al carrito de un vendedor, que trajo a la memoria de mi tía dolorosos recuer­dos. Una vez seguros en casa tuvimos todavía una larga con­versación sobre mis proyectos de porvenir, y como sabía que ella tenía ganas de volver a su casa y que, entre el fuego, los comestibles y los ladrones, no pasaba agradablemente ni media hora en Londres, le pedí que no se preocupara por mí y que me dejara desenvolverme solo.

—No creas que estoy en Londres desde hace ocho días sin haberme ocupado de tu alojamiento; hay un cuarto amue­blado para alquilar en Adelphi que creo puede convenirte por completo.

Después de este corto prefacio, sacó del bolsillo un anun­cio cuidadosamente recortado de un periódico, en el que de­cía que se alquilaba en Buckingham Street Adelphi un bo­nito piso de soltero, amueblado y con vistas al río, muy bien decorado y propio para residencia de un joven. Se podía to­mar posesión de él enseguida. Precio, moderado; se alqui­laba por meses.

—Es precisamente lo que necesito, tía —dije enrojeciendo de placer ante la sola idea de tener una casa para mí solo.

—Entonces —dijo mi tía volviendo a ponerse el som­brero, que se acababa de quitar—, vamos a verlo.

Salimos. El anuncio decía que había que dirigirse a mistress Crupp, y llamamos a la campanilla de la puerta de servicio suponiendo comunicaría con las habitaciones de aquella se­ñora. Sólo después de llamar varias veces conseguimos per­suadir a mistress Crupp de que se pusiera en comunicación con nosotros. Era una señora gruesa, con una falda de fra­nela de volantes debajo de un traje de nanquín.

—Deseamos ver las habitaciones que alquila usted, se­ñora —dijo mi tía.

—¿Para este caballero? —dijo mistress Crupp buscando en su bolsillo las llaves.

—Sí; para mi sobrino —dijo mi tía.

—Me parece que va a ser precisamente lo que necesita —dijo mistress Crupp.

Subimos las escaleras; estaba situado en lo más alto de la casa (punto muy importante para mi tía, pues facilitaba la salida en caso de fuego) y consistía en una habitacioncita os­cura como vestíbulo, donde difícilmente podía verse algo; en una antesala completamente oscura, donde no se veía nada en absoluto; en un gabinete y una alcoba. Los muebles estaban bastante viejos, pero para mí eran buenos, y el río pasaba por debajo de las ventanas.

Mientras yo lo miraba todo entusiasmado, mi tía y mistress Crupp se retiraron a la antesala para discutir las condiciones.

Yo me senté en el sofá del gabinete, no atreviéndome a creer que una residencia tan formal pudiera ser para mí. Después de un singular combate de bastante duración, aparecieron, y vi con alegría en la fisonomía de ambas que era cosa hecha.

—¿Son los muebles del último huésped? —preguntó mi tía.

—Sí señora —dijo mistress Crupp.

—¿Y qué ha sido de él? —preguntó mi tía.

Mistress Crupp fue presa de un golpe de tos violentísimo, en medio del cual contestó con dificultad:

—Cayó enfermo aquí, señora, y... ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh! ha muerto.

—¡Ah! ¿Y de qué murió? —preguntó mi tía.

—Pues señora, ha muerto de tanto beber —dijo mistress Crupp en tono confidencial— y de humo.

—¿De humo? ¿No será a causa de las chimeneas? —dijo mi tía.

—No señora —repuso mistress Crupp—. Cigarros y pipas.

—Por lo menos no es contagioso, Trot —observó mi tía volviéndose hacia mí.

—No, por cierto —dije yo.

En resumen, mi tía, viendo lo encantado que yo estaba con el piso, lo alquiló por un mes, con derecho de conser­varlo un año después del primer mes de prueba.

Mistress Crupp tenía que ocuparse de mi ropa y de la co­cina; todas las demás necesidades de la vida estaban ya en el piso, y aquella señora se comprometió formalmente a sentir por mí la ternura de una madre.

Debía entrar en posesión de la casa dos días después, y mistress Crupp daba gracias al cielo por haber encontrado alguien a quien prodigar sus cuidados.

Al volver al hotel, mi tía me dijo que contaba con la vida que iba a llevar para darme firmeza y confianza en mí mismo, que era lo único que me faltaba. Al día siguiente me repitió el mismo consejo muchas veces mientras nos ocupábamos de que nos enviaran mi ropa y mis libros, que estaban todavía en casa de míster Wickfield. Escribí una larga carta a Agnes pidiéndoselos y al mismo tiempo le contaba mis úl­timas vacaciones. Mi tía, que debía partir al día siguiente, se encargó de mi carta. Para no prolongar estos detalles, añadiré únicamente que mi tía me proveyó de todas las necesidades que podía tener y satisfacer en aquel mes de ensayo; que Steerforth, con gran desilusión nuestra, no apareció antes de su marcha; y que no la dejé hasta verla instalada y segura en la diligencia de Dover con Janet a su lado y gozando de an­temano de las victorias que iba a obtener sobre los asnos errantes. Y después de la partida de la diligencia tomé el ca­mino de Adelphi, recordando los tiempos en que erraba por sus arcos subterráneos y pensando en los felices cambios que me habían traído a la superficie.

CAPÍTULO IV. MI PRIMER EXCESO

Era una cosa deliciosa el tener aquel distinguido castillo para mí solo y sentirme, cuando cerraba la puerta, como Ro­binson Crusoe cuando, después de encerrarse en sus fortifi­caciones, retiraba la escala tras de sí. Era una cosa deliciosa el pasear por la ciudad con la llave de mi casa en el bolsillo y saber que podía invitar a quien me pareciese, completa­mente seguro de que no molestaba a nadie, de no ser a mí mismo. Era una cosa deliciosa el salir y entrar cuando me parecía, sin tener que dar cuentas a nadie, y el tocar la cam­panilla para que mistress Crupp subiera, toda sofocada, de las profundidades de la tierra cuando la necesitaba (y cuando le daba la gana subir). Todo esto, digo, me parecía la cosa más encantadora; pero, debo decirlo también, había veces en que me parecía triste.

Por las mañanas era delicioso, y sobre todo en las maña­nas hermosas. Con la luz del día me parecía aquella una vida joven, libre y agradable, y todavía más libre y mas joven si hacía sol; pero al declinar la tarde la vida parecía bajar tam­bién. Yo no sé en qué consistiría; pero perdía mucho de su belleza a la luz de las velas. Entonces deseaba alguien con quien hablar, echaba de menos a Agnes. Encontraba un enorme vacío en la falta de la tranquila sonrisa de mi confi­dente. Mistress Crupp parecía que estaba muy lejos. Pen­saba en mi predecesor, que había muerto de beber y fumar, y deseaba que hubiese sido lo bastante consecuente como para seguir viviendo en lugar de fastidiarme con su muerte.

Después de dos días con sus noches me parecía como si hubiese vivido allí un año, y todavía no era ni una hora más viejo, y seguía tan atormentado como siempre por mi ju­ventud.

Steerforth no aparecía, haciéndome temer que estaría en­fermo, por lo que al tercer día abandoné el Tribunal de Doc­tores más temprano para tomar el camino de Hyghgate. Mistress Steerforth me recibió con mucha bondad y me dijo que su hijo había ido con un amigo de Oxford a visitar a otro amigo de los dos que vivía cerca de Saint Albans, pero que le esperaban al día siguiente. Le quería tanto, que me sentí celoso de sus amigos de Oxford.

Me instó para que me quedara a comer; acepté, y creo que no hablamos más que de él en todo el día. Yo le contaba sus éxitos de Yarmouth, felicitándome de lo buen compañero que había sido para mí. Miss Dartle no escatimó las insinua­ciones ni las preguntas misteriosas; pero se tomaba el mayor interés por todos nuestros hechos y gestos, y repetía tan a menudo: «¿de verdad?»... «¿es posible?», que me hizo con­tar todo lo que ella quería saber. No había cambiado nada desde el día en que la conocí; sin embargo, la reunión con aquellas dos señoras me pareció tan agradable, encontré tanta amabilidad en ellas, que vi el momento en que me iba a enamorar un poco de miss Dartle. No pude por menos que pensar muchas veces durante la velada, y sobre todo al vol­ver a casa por la noche, que sería una compañera encanta­dora para llevarme a Buckinghan Street.

Al día siguiente por la mañana estaba a punto de tomar mi café antes de it al Tribunal de Doctores (y puedo observar aquí que estaba pensando lo extraordinaria que era la canti­dad de café que mistress Crupp compraba y lo claro que me lo hacía), cuando Steerforth en persona entró, causándome la mayor alegría.

—Mi querido Steerforth —exclamé—, empezaba a creer que no iba a volver a verte nunca.

—Me arrebataron a la fuerza al día siguiente de mi lle­gada a casa... Pero dime, Florecilla, ¡estás instalado aquí como un viejo solterón!

Le enseñé toda la casa, sin olvidar la despensa, con cierto orgullo, y no fue parco en alabanzas.

—¿Sabes lo que te digo, muchacho? —añadió— Que voy a hacer de la tuya mi casa de la ciudad, a menos que me pongas de patitas en la calle.

¡Qué agradable de oír era aquello! Le dije que si esperaba eso podía esperar hasta el día del Juicio.

—Pero vas a tomar algo —añadí, alargando la mano ha­cia la campanilla—. Mistress Crupp te hará café, y yo te asaré unas tajadas de magro en un hornito de Dutch que tengo aquí.

—No, no —dijo Steerforth—; no llames; no puedo, tengo que almorzar con uno de esos muchachos que está en el Ho­tel Piazza, en Covent Garden.

—Pero ¿vendrás a comer? —le dije.

—Por mi vida que no puedo. No hay nada que pudiera gustarme más; pero estoy comprometido con esos dos mu­chachos, y mañana por la mañana partimos los tres juntos.

—Entonces tráelos también a ellos a comer aquí —re­puse—. ¿Crees que no querrán venir?

—¡Oh! Ya lo creo que querrán, en cuanto se lo diga —dijo Steerforth—; pero es mejor que vengas tú a comer con nos­otros a cualquier parte.

No quise consentir en ello de ninguna manera, pues se me había metido en la cabeza que debía celebrar la inaugura­ción de mi casa, y me parecía que no podía encontrar mejor oportunidad. Estaba más orgulloso que nunca de mis habita­ciones, después de la aprobación de Steerforth, y ardía en deseos de demostrarle todos sus recursos. Por lo tanto, le hice prometerme formalmente, en nombre de sus dos ami­gos, que vendrían, y fijamos la hora de la comida para las seis.

Cuando se marchó llamé a mistress Crupp y le anuncié mi atrevido proyecto. Mistress Crupp me dijo, en primer lugar, que, naturalmente, no esperaría que ella nos sirviera la mesa, pero que conocía un joven muy hábil, que quizá consintiera en servir por cinco chelines y una pequeña gratificación ade­más. Le respondí que, en efecto, necesitábamos a aquel hombre. Después mistress Crupp añadió que era evidente que ella no podía estar en dos sitios a la vez (lo que me pare­ció razonable) y que una muchacha, instalada en la despensa con una luz, era indispensable para lavar sin parar los platos. Le pregunté cuál podía ser el coste de los servicios de aque­lla muchacha. Mistress Crupp suponía que dieciocho peni­ques no me arruinarían. Yo también lo suponía así, y fue otro punto decidido. Entonces mistress Crupp dijo:

—Bueno; ahora vamos a ocuparnos del menú.

El albañil que había construido la chimenea de la cocina de mistress Crupp había sido muy poco precavido y la había hecho de tal modo que no se podían guisar en ella más que chuletas y patatas.

En cuanto a una cazuela para el pescado, mistress Crupp dijo que no tenía más que ir a mirar su batería de cocina: no podía decirme más; ¡si quería, no tenía más que ir a verla! Como no me habría servido de nada el ir a verla, me negué diciendo:

—Nos podemos pasar sin pescado.

Pero mistress Crupp protestó:

—No diga usted eso; ahora hay ostras, y no hay mas re­medio que ponerlas.

—¡Vaya por las ostras!

Mistress Crupp me dijo entonces que su opinión era hacer el menú del modo que sigue: Un par de pollos asados .... que se traerían del mesón. Un plato de carne con legumbres .... del mesón; dos cosas ligeras, como una empanada caliente y una fuente de riñones..., del mesón, y una tarta (si yo quería) y un helado..., del mesón. Esto la dejaría en completa liber­tad para concentrar su atención en las patatas y para servir a punto, como deseaba, el queso y el apio.

Acepté lo decidido por mistress Crupp, y yo mismo di el encargo en el mesón. Después, bajando por el Strand, ob­servé en el escaparate de una carnicería un bloque de una sustancia dura que parecía mármol, pero que se llamaba « falsa tortuga»; entré y compré un trozo de ella, que después he tenido razones para creer que era suficiente para quince personas. Esto, mistress Crupp, al cabo de muchas dificulta­des, consintió en calentarlo; pero disminuyó tanto al hacerse líquido, que nos pareció, como decía Steerforth, bastante es­casito para nosotros cuatro. Terminados estos preparativos felizmente compré un postrecito en el mercado de Covent Garden a hice un encargo bastante considerable en una tienda de vinos de la vecindad. Cuando volví a casa por la tarde y vi las botellas alineadas en escuadra en el suelo de la des­pensa, me parecieron tantas (aunque se habían perdido dos, con gran descontento de mistress Crupp) que me asusté.

Uno de los amigos de Steerforth se llamaba Grainger, y el otro, Markhan. Eran ambos muy alegres y joviales; Grainger, algo mayor que Steerforth; Markhan parecía más joven, no representaba más de veinte años. Observé que este último hablaba siempre de sí mismo como de «un hombre», y no empleaba casi nunca la primera persona del singular.

—Uno podría vivir aquí muy bien, míster Copperfield —dijo Markhan refiriéndose a sí mismo.

—No está mal situada —contesté—, y las habitaciones son realmente cómodas.

—Espero que los dos traigáis apetito —dijo Steerforth.

—Por mi honor —replicó Markhan— debe de ser la ciu­dad te que abre de este modo el apetito; se tiene hambre todo el día, aunque se esté comiendo continuamente.

Sintiéndome algo intimidado y demasiado joven para pre­sidir, hice a Steerforth ponerse a la cabecera de la mesa, cuando subieron la comida, y yo me senté frente a él. Todo estaba muy bueno; no economizamos el vino, y Steerforth estuvo tan brillante para hacer que la cosa resultara bien, que nuestras risas no tenían descanso, y fue una verdadera fiesta. Yo, durante la comida, no estuve todo lo agradable que habría deseado; pero mi silla estaba frente a la puerta y me distraía viendo que el joven «hábil» salía de la habita­ción muy a menudo, y un momento después se proyectaba su sombra en la pared de la antesala con una botella en la boca. También la muchacha me ocasionó alguna inquietud; no tanto porque se descuidara en el fregado de los platos, sino porque los rompía. Se conoce que era muy curiosa, y en lugar de encerrarse (como se le había indicado expresa­mente) en la despensa, estaba asomándose constantemente a vernos, y creyéndose siempre descubierta, salía corriendo por encima de los platos que iba dejando limpios en el suelo, y aquellas retiradas eran desastrosas.

Esto, sin embargo, eran pequeñeces, que olvidé fácil­mente cuando, después de limpiar el mantel, trajeron el pos­tre; en aquel momento de la fiesta nos dimos cuenta de que el joven « hábil» había perdido el use de la palabra. Y dán­dole en secreto el consejo de que fuera a buscar a mistress Crupp y de que se llevara consigo a la muchacha, me aban­doné por completo a la alegría.

Empecé por sentirme extrañamente alegre y de buen hu­mor; toda clase de cosas medio olvidadas me vinieron a la imaginación, y hablé de ellas con una verbosidad desacos­tumbrada. Reí con toda mi alma de mis propios chistes y de los de los demás; llamé a Steerforth al orden porque no ha­cía circular el vino, y me comprometí a ir a Oxford; anuncié que pensaba dar una comida exactamente como aquella una vez por semana, y tomé tanto tabaco de la tabaquera de Grainger, que me vi obligado a retirarme a la antesala para estornudar a mi gusto durante diez minutos.

Continuaba haciendo circular el vino cada vez más de­prisa, descorchando botellas continuamente y antes de que fuera necesario. Propuse brindar a la salud de Steerforth. Dije que era mi más querido amigo, el protector de mi in­fancia y el compañero de mi juventud. Dije que estaba en­cantado de poder brindar por su salud; dije que tenía con él más obligaciones de las que podría nunca cumplir, y que sentía una admiración que no podría expresar, y terminé diciendo:

—A la salud de Steerforth, y que Dios le bendiga. ¡Viva!

Bebimos tres veces tres vasos, y después otra vez, y des­pués otra para terminar. Al dar la vuelta a la mesa para it a estrecharle la mano, rompí mi vaso y le dije (en dos pala­bras):

—Steerforth, tú eres la estrella que guías mi existencia.

Seguimos bebiendo, y de pronto me di cuenta de que al­guien estaba a la mitad de una canción: era Markhan, que cantaba «cuando el corazón de un hombre está deprimido por las preocupaciones » . Cuando terminó de cantar, les pro­puso brindar por « la mujer». No me gustó y no quise con­sentirlo; le dije que no era respetuoso el brindis propuesto, y que en mi casa yo no permitía que se brindara y bebiera si no era «por las señoras». Estuve muy arrogante con él, principalmente porque me pareció que Steerforth y Grainger se reían de mí (o de él, o de los dos). Él me contestó que un hombre no se dejaba dar lecciones. Yo le dije que, en efecto, así debía ser. Él repuso que un hombre no se dejaba insultar, y yo le contesté que tenía razón, y que nunca bajo mi techo podría temer semejante cosa, pues allí los lares eran sagra­dos y las leyes de la hospitalidad omnipotentes. Grainger contestó que no era claudicación para la dignidad de su ho­nor el reconocer que yo era un muchacho encantador. Al mo­mento propuse beber a su salud.

Alguien fumaba, y todos nos pusimos a fumar; yo tam­bién, a pesar de lo que me repugnaba. Steerforth había pro­nunciado un discurso en mi honor, durante el cual me había conmovido casi hasta llorar. Le respondí expresando el de­seo de que la presente sociedad comiera conmigo al día si­guiente, y al otro, y todos los demás, a las cinco, con objeto de gozar de su compañía y de su conversación toda la ve­lada. Me sentí obligado a un brindis individual, y propuse beber a la salud de mi tía «miss Betsey Trotwood, el honor de su sexo».

Después, alguien se inclinaba por la ventana de mi alcoba y apoyaba su frente ardorosa contra las piedras de la balaus­trada, recibiendo el viento en el rostro: era yo. Me dirigía a mí mismo, llamándome Copperfield y me decía: « ¿Por qué has fumado? Ya sabes que no puedes hacerlo». Después al­guien que no está muy seguro sobre sus piernas se mira al espejo. También soy yo. Me encuentro muy pálido; con la mirada vaga y los cabellos (sólo los cabellos) que parecen borrachos.

Alguien me dice: «Vamos al teatro, Copperfield». Ya no veo la alcoba, sólo veo la mesa cubierta de vasos; la lámpara; Grainger a mi derecha, Markhan a mi izquierda, y Steerforth enfrente, todos sentados como en una niebla lejana. « ¿Al tea­tro? ¡Sin duda! ¡Eso es! ¡Vamos! Dispensadme si salgo el úl­timo para apagar la luz; no sea que cause un incendio.»

Sin duda a causa de alguna confusión en la oscuridad, la puerta había desaparecido y yo la buscaba en las cortinas de la ventana, cuando Steerforth, riendo, me agarró de un brazo y me sacó fuera. Bajamos las escaleras uno tras otro. Cerca del final, alguien se cayó y rodó hasta el portal. Alguien dijo que había sido Copperfield. Yo estaba indignado de aquella falsa noticia, hasta el momento en que, encontrándome en el suelo, empecé a creer que quizá tenía algún fundamento aquella suposición.

Era una noche de niebla espesa, con grandes aureolas al­rededor de los faroles de la calle. Oí decir vagamente que llovía; pero a mí me parecía que helaba. Steerforth me sacu­dió un poco debajo de un farol, me puso el sombrero, que al­guien había sacado de no sé dónde ni cómo, pues antes no lo tenía, y me preguntó: « ¿Cómo lo encuentras, Copperfield?», y yo le respondí: « Mejor que nunca».

Un hombre embutido en una taquilla apareció tras la nie­bla y recibió dinero de alguien, al mismo tiempo que pre­guntaba si habían pagado por mí; pareció dudar (a lo que puedo recordar de aquel instante rápido como un relámpago) si dejarme entrar o no, y un momento después estábamos sentados en lo alto de un teatro asfixiante. Nos asomamos al patio de butacas, que parecía echar humo; la gente amonto­nada allí se confundía a mis ojos. Había también un gran es­cenario, que parecía muy limpio y muy brillante cuando se venía de la calle, y además había gente que se paseaba y ha­blaba en él de algo, pero de una manera confusa. Había mu­cha luz, música, señoras en los palcos, y no sé qué más. Me parecía que todo el edificio tomaba una lección de natación al ver las oscilaciones extrañas con que todo se me escapaba cuando trataba de fijar la vista.

Ante la proposición de alguien, decidimos bajar a los pri­meros palcos, donde estaban las señoras. Vi a un señor ves­tido de etiqueta echado en un diván con los gemelos en la mano, y me vi también a mí mismo de pie ante un espejo.

Me introdujeron en un palco, donde me di cuenta de que ha­blaba mientras me sentaba, y que a mi alrededor gritaban: «¡Silencio!» a alguien; vi que las señoras me lanzaban mira­das de indignación y... ¿qué?... ¡Sí!... Agnes, sentada delante de mí en el mismo palco, al lado de un señor y de una señora que yo no conocía. Ahora veo su rostro seguramente mucho mejor que cuando lo vi entonces, volverse hacia mí con una expresión inolvidable de asombro y pena.

—¡Agnes! —dije temblando—. ¡Dios mío, Agnes!

—¡Chsss!, te lo ruego —me respondió sin que yo pudiera comprender por qué— Molestas a la gente; mira a la escena.

Traté, según me ordenaban, de ver y oír algo de lo que su­cedía; pero fue inútil. La miré de nuevo y la vi ocultarse en un rincón y apoyar la frente en su mano enguantada.

—Agnes —le dije—, me parece que no estás bien.

—Sí, sí; no te preocupes por mí, Trotwood —replicó ella—; escúchame: ¿te vas a marchar pronto?

—¿Si me marcho pronto? —repetí.

—Sí.

Tuve la estúpida intención de contestar que la esperaría para darle el brazo en las escaleras, y supongo que debí de­cirle algo, pues después de mirarme atentamente un mo­mento pareció comprender y replicó en voz baja:

—Sé que harás lo que te pida, si te digo que me interesa mucho. Vete ahora mismo, Trotwood, por cariño a mí; ruega a tus amigos que te acompañen a tu casa.

Su presencia había producido ya bastante efecto sobre mí para que me sintiera avergonzado a pesar de mi cólera, y con un corto «buesches» (que quería decir buenas noches) me levanté y salí. Steerforth me siguió, y me pareció que no ha­bía dado más que un paso desde la puerta del palco a la de mi habitación, donde me encontré solo con él. Me ayudó a desnudarme, mientras yo le decía, alternativamente, que Agnes era mi hermana y que le rogaba que me trajera el sa­cacorchos para abrir otra botella.

Alguien pasó la noche en mi cama diciendo y haciendo sin cesar las mismas cosas, en un sueño febril; la cama pare­cía un mar agitado, que no se calmaba nunca. Después, cuando poco a poco fui encontrándome a mí mismo, empecé a sentirme la garganta seca, la piel ardorosa, y me parecía que mi lengua era el fondo de un puchero vacío que se estu­viese calentando a fuego lento y que las palmas de mis ma­nos eran dos planchas de metal ardiendo que ni el hielo po­drían refrescar.

¡Qué agonía de espanto, qué remordimiento, qué vergüenza sentí cuando recobré conciencia al día siguiente! ¡Qué horror pensar las mil tonterías que habría cometido sin darme cuenta y que ya no podría reparar nunca! ¡El recuerdo de aquella inolvidable mirada de Agnes; la imposibilidad en que me en­contraba de tener una explicación con ella, puesto que ni si­quiera sabía (era un animal) ni por qué había venido a Lon­dres ni dónde paraba; el asco que me causaba la vista de la habitación en que había tenido lugar el festín; el olor del ta­baco; los vasos todavía sucios; el dolor de cabeza que tenía, que me impedía salir y casi levantarme! ¡Qué día!

Y ¡qué noche cuando, sentado al lado del fuego, sabo­reando lentamente una taza de caldo de cordero cubierta de grasa, pensaba que tomaba el mismo camino que mi prede­cesor y que le sucedería en su triste suerte igual que en su habitación! ¡Tenía muchas ganas de irme corriendo a Dover con mi tía para hacer confesión general!

¡Qué noche cuando mistress Crupp vino a llevarse la taza de caldo y me trajo, en un plato, un riñón, un solo riñón, como único resto (según decía) del festín de la víspera. Estuve a punto de caer sobre su seno de nanquín y de exclamar en mi arrepentimiento sincero: «¡Oh mistress Crupp, mistress Crupp; no me hable de los restos, que soy muy desgraciado!».

Lo que únicamente me detuvo en aquel impulso del cora­zón fue que no estaba muy seguro de que mistress Crupp fuera precisamente la mujer en quien poder depositar la confianza.

CAPÍTULO V. EL ANGEL BUENO Y EL ANGEL MALO

A la mañana siguiente de aquel deplorable día de dolor de cabeza, de mareos y de arrepentimiento, iba a salir, sin acor­darme ya bien de la fecha del festín, como si un escuadrón de titanes hubiera lanzado la antevíspera en un pasado de muchos meses, cuando vi a un muchacho que subía con una carta en la mano. No se daba mucha prisa para ejecutar su misión; pero cuando me vio mirarle desde lo alto de la esca­lera por encima de la barandilla echó a correr y llegó a mi lado tan sofocado como si llevara muchas horas sin parar.

—¿Míster T. Copperfield? —dijo tocándose el sombrero.

Estaba tan emocionado por la convicción de que aquella carta era de Agnes, que apenas podía contestar que era yo. Terminé, sin embargo, por decide que yo era míster T. Cop­perfield, y no puso ninguna dificultad en creerme.

—Aquí está la carta, y espero contestación.

Lo dejé en el descansillo de la escalera y cerré la puerta al volver a entrar en casa; estaba tan conmovido, que me vi obligado a dejar la carta encima de la mesa al lado del des­ayuno para familiarizarme un poco con la letra antes de de­cidirme a romper el sobre.

A1 leerla vi que era una carta muy cariñosa y que no hacía ninguna alusión al estado en que me había encontrado la an­tevíspera en el teatro. Decía únicamente:

«Mi querido Trotwood:

»Estoy en casa del apoderado de papá, míster Wa­terbrook, en Ely—place, Holborn. ¿Puedes venir a verme hoy? Estaré a la hora que me digas.

»Siempre tu afectuosa,

AGNES.»

Tardé tanto en escribir una respuesta que me satisficiera algo, que no sé lo que el muchacho creería. Estoy seguro de que hice lo menos media docena de borradores: Uno empe­zaba: «¿Cómo puedo esperar, mi querida Agnes, borrar nunca de tu memoria la impresión de asco...». Al llegar ahí no estaba satisfecho y la rompí. Otra empezaba: «Ya Sha­kespeare hizo la observación, mi querida Agnes, de lo ex­traño que era que un hombre pueda meter a su propio ene­migo en su boca...» . Pero ese hombre indefinido me recordó a Markhan, y no continué. Traté de hacer hasta poesía. Em­pecé una de seis sílabas: «¡Oh, no recordemos!» ...; pero aquello se parecía al « 15 de noviembre», y me pareció un absurdo. Después de muchas tentativas escribí:

«Mi querida Agnes:

Tu carta es como tú. ¿Qué más puedo decir en su favor? Iré a las cuatro. Con mucho cariño y arrepenti­miento,

T. C.»

Con esta misiva (que tan pronto como estuvo fuera de mis manos deseé recobrarla) partió, por último, el muchacho.

Si el día fuera la mitad de penoso para cualquiera de los profesionales empleados en el Tribunal de Doctores que lo fue para mí, creo sinceramente que expiarían con crueldad la parte que les toca de aquel viejo y rancio queso eclesiástico. Dejé la oficina a las tres y media; algunos minutos después vagaba por los alrededores de la casa de míster Waterbrook. Sin embargo, la hora fijada para mi cita había pasado hacía un cuarto de hora, según el reloj de Saint Andrew Hilborn, antes de que yo hubiera reunido el valor suficiente para lla­mar a la campanilla particular, a la izquierda de la puerta de míster Waterbrook.

Los negocios profesionales de míster Waterbrook se ha­cían en el piso bajo, y los de un orden más elevado (que eran muchos), en el primer piso. Me hicieron entrar en un bonito salón, un poco ahogado, donde encontré a Agnes haciendo punto.

Tenía una expresión tan serena y tan buena y me recordó tan vivamente los días de fresca y dulce inocencia que había pasado en Canterbury, en contraste con el miserable espec­táculo de borrachera y vicio que le había presentado yo la antevíspera que, dejándome llevar de mi arrepentimiento y de mi vergüenza, me porté como un niño. Sí; tengo que con­fesarlo: me deshice en lágrimas, y todavía ahora no sé si al fin y al cabo fue lo mejor que podía haber hecho, o si me puse en ridículo.

—Si hubiera sido cualquier otra persona la que me hu­biese visto en aquel estado, Agnes —le dije, evitando mi­rarla—, no estaría ni la mitad de afligido; pero que fueras tú, ¡precisamente tú! ¡Ah! ¡Habría preferido morirme!

Ella puso un instante su mano sobre mi brazo, y a aquel contacto me sentí consolado y animado y no pude por me­nos de llevar aquella mano a mis labios y besarla con agra­decimiento.

—Siéntate y no te desesperes —dijo Agnes en tono cari­ñoso—. No te desesperes, Trotwood; si no puedes tener en mí completa confianza, ¿en quién vas a tenerla?

—¡Ah, Agnes! —contesté—. ¡Eres mi ángel bueno!

Ella sonrió casi con tristeza, y movió la cabeza.

—Sí, Agnes, mi ángel bueno, siempre mi ángel bueno.

—Si fuera eso verdad, Trotwood —repuso—,hay una cosa que le gustaría mucho a mi corazón.

La miré interrogando; pero figurándome lo que iba a decir.

—Me gustaría prevenirte contra tu ángel malo —me dijo mirándome con fijeza.

—Mi querida Agnes —empecé—, si te refieres a Steer­forth...

—Precisamente, Trotwood —me contestó.

—Entonces, Agnes, te equivocas mucho. ¿Él ser mi ángel malo, ni el de nadie? Steerforth es para mí un guía, un apoyo, un amigo. Mi querida Agnes, sería una injusticia in­digna de tu carácter benévolo juzgarle por el estado en que me has visto la otra noche.

—No le juzgo por el estado en que te vi la otra noche —replicó tranquilamente.

—Entonces ¿por qué?

—Por muchas cosas que son bagatelas en sí mismas, pero que en conjunto tienen gran importancia. Le juzgo en parte, Trotwood, por lo que tú mismo me has contado de él, y por tu carácter, y por la influencia que ejerce sobre ti.

Había siempre algo en la dulzura de su voz que parecía hacer vibrar en mí una cuerda que sólo respondía a aquel so­nido. Era una voz de un tono grave siempre; pero cuando es­taba emocionada, como ahora, tenía algo que me conmovía. Sentado y mirándola mientras bajaba los ojos hacia su labor, me parecía estarle todavía oyendo; y Steerforth, a pesar de toda mi admiración, se oscurecía ante aquel sonido.

—Es mucho atrevimiento en mí —dijo Agnes mirándome de nuevo—, que vivo tan retirada y sé tan poco del mundo, darte un consejo tan decidido, y hasta tener una opinión tan definida; pero sé de lo que conviene, Trotwood; sé que es consecuencia del recuerdo de nuestra infancia común y del sincero interés que me inspira todo lo que te concierne. Eso me hace atrevida. Estoy segura de no equivocarme en lo que lo digo; estoy segura. Me parece que es otra persona, y no yo, quien te habla cuando te aseguro que es un amigo peli­groso para ti.

Yo seguía mirándola y seguía escuchándola después de que hubiera terminado de hablar, y la imagen de Steerforth, aunque grabada todavía en mi corazón, se cubrió de nuevo con una nube sombría.

—No soy tan insensata que pretenda —dijo Agnes vol­viendo a su tono de costumbre— que puedas cambiar de pronto de sentimientos ni de convicción, sobre todo tratán­dose de un sentimiento que nace de tu naturaleza confiada. Además, no es cosa que debas hacer a la ligera. Únicamente te pido, Trotwood, que, si te acuerdas alguna vez de mí... quiero decir —continuó con una dulce sonrisa, pues le iba a interrumpir y sabía muy bien por qué—, quiero decir que to­das las veces que te acuerdes de mí te acuerdes también del consejo que te he dado. ¿Me perdonarás por todo esto?

—Te perdonaré, Agnes, cuando hagas justicia a Steerforth y te parezca tan bien como a mí.

—¿Y antes no? —dijo Agnes.

Vi pasar una sombra por su cara cuando nombré a Steer­forth; pero pronto me devolvió su sonrisa, y recobramos la confianza de siempre.

—Y tú, Agnes, ¿cuándo me perdonarás aquella noche?

—Cuando no la recuerdes —dijo Agnes.

Quería así apartar el recuerdo; pero yo estaba demasiado preocupado para consentirlo, a insistí en contarle cómo ha­bía llegado a rebajarme de aquel modo, y desarrollé ante ella la cadena de circunstancias, de las que el teatro sólo había sido, por decirlo así, el último eslabón. Fue un gran descanso para mí, y al mismo tiempo me daba ocasión para exten­derme elogiando todo lo que debía a Steerforth y los cuida­dos que se había tomado por mí cuando yo no era capaz de cuidarme de mí mismo.

—No olvides —dijo Agnes, cambiando tranquilamente de conversación cuando terminé— que te has comprometido a contarme, no solamente tus penas, sino también tus pasio­nes. ¿Quién ha sucedido a miss Larkins, Trotwood?

—Nadie, Agnes.

—Alguien, Trotwood —dijo Agnes riendo y amenazán­dome con un dedo.

—No, Agnes; palabra de honor. En realidad, en casa de mistress Steerforth hay una señora que tiene mucho espíritu y con la cual me gusta charlar: miss Dartle...; pero no la quiero.

Agnes se echó a reír de su ocurrencia y me dijo que si continuaba siendo mi confidente iba a escribir un pequeño diario de mis enamoramientos violentos, con la fecha de su nacimiento y de su fin, como las tablas de reinos en la histo­ria de Inglaterra. Después de esto me preguntó si había visto a Uriah.

—¿Uriah Heep? No. ¿Está en Londres?

—Viene todos los días aquí a las Oficinas del piso bajo —replicó Agnes—. Estaba ya en Londres ocho días antes que yo. Temo que sea para algún asunto desagradable, Trot­wood.

—¿Algún asunto que te preocupa? Agnes, ¿de qué se trata?

Agnes dejó su labor y me contestó, cruzando las manos y mirándome de un modo pensativo con sus hermosos ojos dulces:

—Creo que va a entrar como asociado de mi padre.

—¿Quién? ¿Uriah? ¿Habrá conseguido el miserable, con sus bajezas, deslizarse hasta un puesto semejante? —ex­clamé con indignación—. ¿Y no has tratado de impedirlo, Agnes? Piensa en las relaciones que tendrán que seguir. Hay que hablar; no se le puede dejar a tu padre dar un paso tan imprudente; hay que impedirlo, Agnes, mientras sea posible.

Agnes me miraba, y volvió la cabeza, sonriendo débil­mente, al ver mi excitación. Después respondió:

—¿Recuerdas nuestra última conversación a propósito de papá? Fue poco tiempo después, dos o tres días quizá, cuando me dejó vislumbrar por primera vez lo que te digo ahora. Era muy triste verle luchar contra su deseo de ha­cerme creer que era un asunto de su libre elección y el tra­bajo que le costaba ocultarme que se veía obligado a ello. Estuve muy triste.

—¡Obligado, Agnes! ¿Qué es lo que le obliga?

—Uriah —respondió después de titubear un momento­se las ha arreglado para hacerse el indispensable. Es listo y está alerta. Ha adivinado las debilidades de mi padre, las ha animado y se ha aprovechado de ellas; en fin, si quieres que te diga todo lo que pienso, Trotwood, papá le tiene miedo.

Vi claramente que habría podido decirme más; que sabía o adivinaba más; pero no quise causarle la tristeza de interro­garla; pues sabía que si callaba era por cariño a su padre; sa­bía que desde hacía mucho tiempo las cosas tomaban aquel camino; sí, reflexionando, no podía disimular que hacía mu­cho tiempo que aquello se preparaba, y guardé silencio.

—Su influencia sobre papá es muy grande —dijo Agnes—; le demuestra mucha humildad y agradecimiento; quizá sea verdad ...; así lo espero; pero, en realidad, se ha co­locado en una situación que le da mucha fuerza, y temo que se aprovechará de ella sin compasión.

Dije, indignado, que era un canalla, y por el momento aquello me calmó.

—En el momento de que hablo, cuando mi padre me hizo esa confidencia —prosiguió Agnes—, Uriah le había dicho que tenía que dejarle; que lo sentía; que era una cosa que le causaba mucha pena, pero que le hacían muy buenas ofertas. Papá estaba más abatido y agobiado por las preocupaciones que nunca, y parece ser que le tranquiliza mucho ese expe­diente de asociación, aunque al mismo tiempo está como he­rido y humillado.

—¿Y cómo recibiste tú la noticia, Agnes?

—Espero haber hecho lo que debía, Trotwood. Estaba se­gura de que era necesario para la tranquilidad de papá que se llevara a cabo ese sacrificio; por lo tanto, le he rogado que lo haga: le he dicho que sería un peso mucho menor para él... ¡ojalá haya dicho la verdad!... y que eso nos proporcionaría más ocasiones que nunca de estar juntos. ¡Oh, Trotwood! —exclamó Agnes cubriéndose el rostro con las manos para ocultar sus lágrimas—. Casi me parecía que obraba como enemiga de mi padre más que como una hija cariñosa, pues estoy convencida de que los cambios que hemos observado en él sólo provienen de su abnegación por mí. Sé que se ha estrechado el círculo de sus deberes y de sus afectos, sólo para concentrarlos en mí. Sé todas las privaciones que se ha impuesto por mí, y que todas las preocupaciones que han ensombrecido su vida y enervado sus fuerzas y su energía han sido por concentrar todos sus pensamientos en mí sola. ¡Ah, si pudiera repararlo todo! ¡Si pudiera llegar a levan­tarle, lo mismo que he sido la causa inocente de su declive!

Nunca había visto llorar a Agnes. Había visto lágrimas en sus ojos cada vez que yo llevaba un premio nuevo del cole­gio; también las había visto la última vez que hablamos de su padre; y la había visto ocultar su dulce rostro cuando nos habíamos separado, pero nunca había sido testigo de una pena semejante. Estaba tan triste que no sabía decirle más que niñerías como esta: «Te lo ruego, Agnes, te lo ruego; no llores, hermana mía».

Pero Agnes era demasiado superior a mí por su carácter y constancia (lo sé ahora, aunque entonces no sé si me daba cuenta) para necesitar mucho tiempo mis ruegos. La sereni­dad angelical de sus modales, que la ha marcado en mis re­cuerdos con sello tan distinto al de todas las demás criaturas, reapareció pronto, como cuando una nube se borra en un cielo sereno.

—Probablemente no continuaremos solos mucho tiempo —dijo Agnes—, y puesto que ahora tengo ocasión, permí­teme que te pida, Trotwood, que estés amable con Uriah. No lo rechaces. No le quieras mal, como sé que estás dispuesto a hacerlo habitualmente, porque vuestros caracteres no sim­patizan. Quizá no le hacemos justicia, pues no sabemos nada positivo de él; en todo caso, piensa siempre en papá y en mí.

Agnes no tuvo tiempo de decirme más, pues la puerta se abrió y mistress Waterbrook, una señora muy grande, o que Ilevaba un traje muy grande, no lo sé, pues no podía darme cuenta de dónde terminaba el traje y empezaba la señora, entró. Tenía el vago recuerdo de haberla visto en el teatro como si hubiera pasado ante mí en una linterna mágica mal alumbrada; pero ella parecía acordarse perfectamente de mí, y todavía sospechaba que seguía embriagado.

Descubriendo, sin embargo, poco a poco que estaba se­reno, y creo también que dándose cuenta de que era un jo­ven bien educado, mistress Waterbrook se comportó con­migo de buenas maneras y empezó a preguntarme si paseaba mucho por los parques; después, si frecuentaba la sociedad. Ante mi respuesta negativa a las dos preguntas, noté que em­pezaba a perder interés para ella; sin embargo, puso muy buena voluntad en disimularlo, y me invitó a comer al día si­guiente. Yo acepté la invitación y me despedí de ella. Al sa­lir pregunté por Uriah en las oficinas; no estaba, y dejé mi tarjeta.

Cuando al día siguiente llegué a la hora de comer y la puerta de la calle se abrió, me encontré sumergido en un baño de vapor, perfumado de olor de cordero, que me hizo adivinar que no iba a ser yo el único invitado. Además, reco­nocí al muchacho que me había llevado la carta, ahora re­vestido de librea y puesto a la entrada de la escalera para ayudar al criado a anunciarnos. Observé que hacía lo posible para fingir que no me conocía, cuando me preguntó mi nom­bre confidencialmente; pero me había reconocido muy bien, y los dos estábamos violentos: ¡cosas de la conciencia!

Conocí a míster Waterbrook, un caballero de mediana edad, con el cuello muy corto y el de la camisa muy ancho; no le faltaba más que tener la nariz negra para ser todo el re­trato de un perro de presa. Me dijo que tenía una gran satis­facción en conocerme, y en cuanto me hube puesto a los pies de mistress Waterbrook, me presentó con mucha ceremonia a una señora imponente, vestida con un traje de terciopelo negro, con una gran toca también de terciopelo negro en la cabeza: en una palabra, la tomé por una parienta próxima de Hamlet, su tía por ejemplo.

Se llamaba mistress Spiker; su marido también estaba allí, y tenía un aspecto tan glacial, que sus cabellos me parecían que no eran grises, sino que estaban cubiertos de escarcha. Todos demostraban la mayor deferencia a la pareja Spiker. Agnes me dijo que la causa provenía de que míster Henry Spiker era el abogado de alguien o de algo, no sé qué, que tenía alguna relación con «la Tesorería».

Encontré a Uriah Heep vestido de negro en medio de la gente. Me dijo lleno de humildad, cuando le estreché la mano, que estaba orgulloso de que me ocupara de él y que realmente se sentía muy agradecido por mi amabilidad. Yo habría preferido menos emoción, pues, en el exceso de su agradecimiento, no hizo más que rondar toda la noche a mi alrededor, y cada vez que me dirigía a Agnes estaba seguro de ver en un rincón sus ojos vidriosos y su rostro cadavérico que nos espiaba como un espectro.

Los otros invitados me parecieron estar helados como el vino. Uno de ellos, sin embargo, atrajo mi atención aún an­tes de que fuéramos presentados. Había oído anunciar a míster Traddles; mis pensamientos se volvieron inmediata­mente hacia Salem—House. ¿Será Tomy, pensaba, aquel que dibujaba tantos esqueletos?

Esperé la entrada de míster Traddles con renovado inte­rés. Y vi a un joven tranquilo, de aspecto grave y modales modestos, con los cabellos tiesos de un modo grotesco y los ojos grises demasiado abiertos; desapareció tan pronto en un rincón oscuro que me costó trabajo examinarlo. Por último, pude verle mejor, y, o mis ojos se engañaban mucho, o era mi antiguo y desgraciado Tomy.

Me acerqué a míster Waterbrook para decirle que me pa­recía tener el gusto de encontrar en su casa a un antiguo compañero.

—¿De verdad? —dijo míster Waterbrook, sorprendido—. Es usted demasiado joven para haber ido al colegio con míster Henry Spiker.

—¡Oh! No me refiero a él —respondí, Hablo de un ca­ballero que se llama Traddles.

—¡Ah, sí, sí! —dijo mi anfitrión con mucho menos inte­rés—. Es posible.

—Si es realmente la misma persona —dije mirando hacia Traddles—, hemos estado juntos en un colegio que se lla­maba Salem—House; era un excelente muchacho.

—¡Oh, sí! Traddles es un buen muchacho —aprobó mi anfitrión, moviendo la cabeza con condescendencia—, Traddles es muy buen muchacho.

—En realidad, es una coincidencia muy curiosa.

—Tanto más porque está aquí por casualidad; ha sido in­vitado hoy por la mañana porque había un sitio de más en la mesa a consecuencia de la indisposición del padre de míster Spiker. Es un hombre muy bien educado el padre de míster Spi­ker, míster Copperfield.

Murmuré algunas palabras de asentimiento muy caluroso y verdaderamente meritorias por parte de un hombre que, como yo, nunca había oído hablar de él; y después pregunté cuál era la profesión de míster Traddles.

—Traddles —dijo míster Waterbrook— estudia para el foro; es muy buen muchacho, incapaz de hacer daño a nadie, de no ser a sí mismo.

—¿Y qué daño puede hacerse a sí mismo? —pregunté, contrariado por aquella noticia.

—Ya sabe usted —repuso míster Waterbrook haciendo un gesto y jugando con la cadena de su reloj con un aire de su­perioridad casi impertinente, No creo que llegue nunca a nada. Estoy seguro, por ejemplo, de que nunca reunirá qui­nientas libras. Traddles me ha sido recomendado por uno de mis amigos de la profesión. ¡Ah, sí, sí! Ya lo creo que tiene talento para estudiar una causa y exponer claramente una cuestión por escrito; pero eso es todo. Yo tengo el gusto de cederle de vez en cuando algún asunto que para él no deja de tener importancia... ¡Ah, sí, sí!

Me chocaba mucho el aplomo con que mister Waterbrook pronunciaba de vez en cuando la expresión «sí, sí». El énfa­sis que ponía en ella era extraño: daba la impresión de un hombre que había nacido, no, como se dice vulgarmente, con una cucharilla de plata, sino con una escala, y que había subido uno tras otro todos los escalones de la vida, hasta que había podido lanzar desde lo alto de la fortaleza una mirada de filósofo y de superioridad sobre el pueblo que estaba en las trincheras.

Continuaba reflexionando sobre este asunto cuando anun­ciaron la comida. Míster Waterbrook ofreció su brazo a la tía de Hamlet; mister Henry Spiker, el suyo a mistress Water­brook; Agnes, a quien yo tenía deseos de reclamar, fue confiada a un señor sonriente que tenía las piernas muy del­gadas. Uriah, Traddles y yo, en nuestra categoría de juven­tud, bajamos los últimos sin ninguna ceremonia. De la con­trariedad de no haber dado el brazo a Agnes me compensó el encontrar ocasión en la escalera de reanudar la amistad con Traddles, que se alegró mucho de verme, mientras Uriah se retorcía a nuestro lado con una humildad y una satisfacción tan indiscretas, que yo tenía ganas de tirarle por el hueco de la escalera.

Traddles y yo, en la mesa, acabamos cada uno en un rin­cón opuesto; él estaba perdido en el brillo deslumbrante de un traje de terciopelo rojo, y yo en el luto de la tía de Ham­let. La comida fue muy larga y la conversación giró por completo sobre la aristocracia de nacimiento, sobre lo que se llama « la sangre». Mistress Waterbrook nos repitió varias veces que ella, si tenía alguna debilidad, era por « la sangre».

En varias ocasiones pensé que habríamos estado mucho mejor siendo menos amables. Éramos tan exageradamente amables, que el círculo de la conversación resultaba muy li­mitado. Entre los invitados había un mister y mistress Gul­pidge que tenían algo que ver (míster Gulpidge por lo me­nos), aunque no directamente, con los asuntos legales de la Banca; y entre la Banca y la Tesorería estábamos tan exclu­sivistas como la circular de la Cámara que no sabe salir de ahí. Para añadir atractivo a la cosa, la tía de Hamlet tenía el defecto de su familia, y se dedicaba constantemente a solilo­quios sin ilación sobre todos los asuntos a que se aludía. A decir verdad, eran muy poco numerosos; pero como siempre recaían sobre «la sangre», tenía un campo casi tan vasto para sus especulaciones abstractas como su sobrino.

Parecíamos una partida de ogros; tan sangriento era el tono de la conversación.

—Confieso que soy de la opinión de mistress Waterbrook —dijo míster Waterbrook levantando el vaso de vino hasta los ojos— Hay muchas cosas que están bien en su estilo, pero a mí denme « la sangre».

—¡Ohl No hay nada —observó la tía de Hamlet— tan sa­tisfactorio, nada que se acerque más al bello ideal... de toda esta clase de cosas, hablando en general. Hay algunos espíri­tus vulgares (no muchos, me gusta creer, pero algunos) que prefieren postrarse ante lo que podríamos llamar ídolos, positivamente ídolos. Ante grandes servicios recibidos o grandes inteligencias. Pero eso son puntos intangibles; « la sangre» no lo es. Si vemos sangre en una nariz, la reconoce­mos; la vemos en una barbilla, y decimos: « Ahí está, eso es sangre» ; es una cosa positiva, se puede tocar, y no admite dudas.

El caballero sonriente de las piernas delgadas que había dado el brazo a Agnes planteó la cuestión de una manera to­davía más rotunda, según me pareció.

—¿Saben ustedes? —dijo aquel señor mirando a su alre­dedor con una sonrisa imbécil— « La sangre» es una cosa que no podemos deshacer; existe quieran o no. Hay jóvenes, ¿saben ustedes?, que pueden estar algo por debajo de su rango por su educación y sus modales, y que hacen tonte­rías, ¿saben ustedes?, y que se comprometen a sí mismos y a los demás, y todo esto ...; pero es delicioso reflexionar que hay «sangre» en ellos, ¿saben ustedes? Por mi parte, preferi­ría que me tirase al suelo un hombre de «sangre» a que me levantara uno que no lo fuese.

Esta declaración, que resumía admirablemente la esencia de la cuestión, tuvo mucho éxito y atrajo la atención de todos sobre el orador, hasta el momento de retirarse las señoras. Observé entonces que mister Gulpidge y míster Henry Spi­ker, que hasta entonces se habían mantenido recíprocamente a distancia, formaron una línea defensiva contra nosotros y cambiaron a través de la mesa un diálogo misterioso.

—Ese asunto de la primera fianza de cuatro mil quinien­tas libras no ha seguido el curso que se esperaba, Gulpidge —dijo míster Henry Spiker.

—¿Se refiere usted al D. de A.? —dijo míster Spiker.

—Al C. de B. —dijo míster Gulpidge.

Míster Spiker frunció las cejas y pareció muy impresio­nado.

—Cuando le fue presentada la cuestión a lord... no nece­sito nombrarle... —dijo míster Gulpidge, interrumpiéndose.

—Comprendo —dijo míster Spiker—, N.

Míster Gulpidge hizo un signo misterioso.

—Cuando se la presentaron, su contestación fue: «O di­nero o no hay libertad».

—¡Dios mío! —exclamó míster Spiker.

—«O dinero o no hay libertad» —repitió míster Gulpidge con fuerza—. El presunto heredero... ¿me entiende usted?

—«K» —dijo míster Spiker con una mirada de complici­dad.

—K... entonces se negó positivamente a firmar. Le es­peraron en Newmarker con ese objeto; pero él se negó a ello.

Míster Spiker estaba tan interesado, que parecía de piedra.

—Por el momento así han quedado las cosas —dijo mis­ter Gulpidge echándose hacia atrás en la silla—. Nuestro amigo Waterbrook me perdonará que me explique en términos generales; pero es a causa de la magnitud de los in­tereses que intervienen.

Mister Waterbrook se sentía demasiado orgulloso (según me pareció) de que se trataran en su mesa, aunque sólo fuera por alusión, semejantes intereses y semejantes nombres, y tomó una expresión de gran inteligencia, aunque estoy se­guro de que no había comprendido más que yo sobre el asunto que se estaba tratando. Además, aprobó en grado sumo la discreción que se observaba. Mister Spiker, después de haber recibido de su amigo mister Gulpidge una confi­dencia tan importante, deseaba, como es natural, correspon­derle. Así, el diálogo precedente fue seguido de otro muy se­mejante, sólo que esta vez le tocaba a mister Gulpidge demostrar sorpresa. Después empezó él de nuevo, y mister Spiker se sorprendió a su vez, y así se siguieron turnando. Durante todo este tiempo los demás estábamos oprimidos por el interés tremendo que envolvía la conversación, y nuestro anfitrión nos miraba con orgullo, como a víctimas de un saludable respeto y admiración.

Por lo tanto, me puse muy contento cuando pude subir con Agnes y, después de charlar con ella en un rincón, la presenté a Traddles, que era tímido, pero simpático, y tan buena persona como siempre. Traddles se vio obligado a de­jarnos temprano, pues partía a la mañana siguiente (para es­tar ausente un mes), de manera que no pude hablar con él todo lo que habría querido; pero nos prometimos, cam­biando nuestras direcciones, proporcionarnos el gusto de vernos en cuanto él estuviera de vuelta en Londres. Se inte­resó mucho cuando supo que yo había encontrado a Steer­forth y habló de él con tal entusiasmo, que le hice repetir de­lante de Agnes lo que pensaba; pero Agnes se contentó con mirarme y mover un poco la cabeza cuando estuvo segura de que sólo la veía yo.

Como estaba rodeada de gentes con las que no me parecía que podia estar muy a sus anchas casi me alegré cuando le oí decir que sólo podía continuar en Londres pocos días, a pe­sar de mi pena por perderla. La idea de aquella separación próxima me animó a quedarme hasta el fin de la velada. Charlando con ella y oyendo su voz, que me recordaba toda la felicidad de mi vida en la vieja y grave casa que ella em­bellecía, habría podido continuar toda la noche; pero no ha­biendo excusa para permanecer allí cuando empezaron a apagar las luces, me vi obligado a marcharme, aunque muy en contra de mi voluntad. Entonces me di cuenta más que nunca de que era mi ángel bueno, y si al pensar en su dulce rostro y plácida sonrisa me parecían que eran los de un ángel que brillaba sobre mí, espero que me lo perdonará.

He dicho que todo el mundo se había retirado; pero debía haber exceptuado a Uriah, a quien no he incluido en esa de­nominación y que no se había alejado de nosotros en toda la noche. Bajó tras de mí las escaleras y salió poniéndose muy despacio en sus dedos de esqueleto los dedos todavía más largos de sus guantes, que precían de un gran Guy Fawkes.

No me apetecía nada la compañía de Uriah; pero, recor­dando la súplica de Agnes, le pregunté si quería acompa­ñarme a casa y tomar conmigo una taza de café.

—¡Oh!, ¿de verdad?, señorito Copperfield; dispénseme, míster Copperfield —me contestó—; pero el llamarle del otro modo me viene tan naturalmente...; no querría de nin­gún modo molestarle haciéndole llevar a su casa a una per­sona tan humilde como yo.

—No me molesta nada —contesté—. ¿Quiere usted venir?

—Tendré muchísimo gusto —contestó Uriah retorcién­dose.

—Bien, entonces vamos —dije yo.

No podía por menos de estar con él algo brusco; pero no parecía darse cuenta. Tomamos el camino más corto, sin hablar gran cosa en el trayecto, pues él llevó su humildad hasta el extremo de tardar en ponerse los guantes todo el camino.

La escalera estaba oscura, y le agarré de la mano para evi­tar que se diera un golpe; me parecía que había agarrado a un sapo, tan fría y húmeda la tenía; tanto, que estuve a punto de soltarla y huir. Agnes y la hospitalidad prevalecieron, sin embargo, y le conduje ante mi chimenea. Cuando encendí la luz cayó en arrebatos de admiración ante mis habitaciones; y cuando hice el café en un sencillo cacharro de estaño, que a mistress Crupp le gustaba muy particularmente para aquel use (quizá porque no estaba hecho para eso, sino para calen­tar el agua de afeitarse, y quizá porque había una cafetera de gran precio oxidándose en la despensa), manifestó tal emo­ción, que tuve gams de vertérsela en la cabeza para escaldarle.

—¡Oh!, de verdad, señorito Copperfield..., quiero decir mister Copperfield —dijo Uriah—, verle sirviéndome es lo que menos me habría podido figurar nunca. Pero de un lado y de otro me suceden tantas cosas que nunca habría podido esperarme, dado lo humilde de mi situación, que me parece que las bendiciones llueven sobre mi cabeza. Quizá ha oído usted hablar de un cambio en mi porvenir, señorito Copper­field, ¡perdón!, quería decir mister Copperfield.

Al verle sentado en mi sofá, con sus largas piernas juntas sosteniendo la taza, con el sombrero y los guantes en el suelo, a su lado, y moviendo suavemente el azúcar; al verle con sus ojos de un rojo vivo, que parecían tener quemadas las pesta­ñas, y las aletas de su nariz dilatándose y cerrándose como siempre cada vez que respiraba, y las ondulaciones de ser­piente que corrían a lo largo de su cuerpo desde la barbilla hasta las botas, pensé que me era soberanamente antipático. Sentía verdadero malestar al verle en mi casa, y como era jo­ven todavía, no tenía la costumbre de ocultar lo que sentía vivamente.

—Digo que habrá oído usted hablar con seguridad de un cambio en mi porvenir, señorito Copperfield, quería decir mister Copperfield —repitió Uriah.

—Sí, he oído hablar.

—¡Ah! —respondió con tranquilidad—. Ya me figuraba yo que miss Agnes lo sabía; me alegro mucho de saber que miss Agnes esté enterada. Gracias, señorito... míster Cop­perfield.

Tuve que contenerme para no tirarle a la cabeza mi calza­dor, que estaba allí al lado delante de la chimenea, para cas­tigarle por haberme sonsacado un dato concerniente a Agnes, por insignificante que fuera; pero me contenté con beberme el café.

—¡Qué buen profeta fue usted, míster Copperfield! —prosiguió Uriah—. Sí, amigo mío, ¡qué buen profeta ha sido usted! ¿No se acuerda cuando me dijo por primera vez que quizá llegara a ser asociado en los negocios de míster Wickfield y que entonces se llamaría Wickfield y Heep? Us­ted quizá no lo recuerde; pero cuando una persona es hu­milde, señorito Copperfield, conserva esos recuerdos como tesoros.

—Recuerdo haber hablado de ello —dije—, aunque, en realidad, no me parecía nada probable entonces.

—¿Y quién habría podido creerlo probable, míster Cop­perfield? —dijo Uriah con entusiasmo—. No sería yo. Re­cuerdo haberle dicho yo mismo en aquella ocasión que mi situación era demasiado humilde; y le decía verdaderamente lo que sentía.

Miraba al fuego con una mueca de poseído, y yo le mi­raba a él.

—Pero los individuos más humildes, señorito Copperfield, pueden servir de instrumento para hacer el bien. Yo, por ejemplo, me considero muy dichoso por haber podido servir de instrumento a la felicidad de míster Wickfield y espero poderle ser más útil todavía. ¡Qué hombre tan excelente, míster Copperfield; pero cuántas imprudencias ha cometido!

—Me apena mucho lo que me dice —le contesté, y no pude por menos de añadir significativamente—: me apena en todos los sentidos.

—Ciertamente, míster Copperfield —replicó Uriah—, en todos los sentidos. Y sobre todo a causa de miss Agnes. Us­ted no se acordará de su elocuente expresión, míster Cop­perfield; pero yo la recuerdo muy bien, cuando me dijo us­ted un día que todo el mundo debía de admirarla, y cómo le di yo las gracias por ello. Pero usted lo ha olvidado, no me cabe duda, míster Copperfield.

—No —dije secamente.

—¡Oh, cómo me alegro —exclamó Uriah— cuando pienso que es usted el primero que encendió una chispa de ambi­ción en mi humilde persona, y que no lo ha olvidado! ¡Oh! ¿Me permite usted pedirle otra taza de café?

Había algo en el énfasis que había puesto al recordar «las chispas» que yo había encendido, algo en la mirada que me había lanzado al hablar de ello, que me hizo estremecer como si le hubiera visto de pronto el pensamiento al descu­bierto. Vuelto a la realidad por la pregunta que me hacía en un tono tan diferente, hice los honores del puchero de es­taño, pero con una mano tan temblorosa, con un sentimiento tan repentino de mi impotencia para luchar contra él, y con tanta inquietud por lo que podría llegar a suceder, que estaba seguro de que se daba cuenta.

No decía nada; movía su café y bebía un traguito; después se acariciaba la barbilla con su mano descarnada, miraba al fuego, lanzaba una ojeada a la habitación, me hacía una mueca que quería ser una sonrisa, se retorcía de nuevo en su deferencia servil, movía y bebía el café de nuevo, y me de­jaba que fuera yo quien reanudase la conversación.

—Así —le dije por último—, míster Wickfield, que vale más que quinientos como usted... o como yo (ni por mi vida creo que habría podido dejar de interrumpir aquella parte de la frase con un gesto de impaciencia), ¿ha cometido impru­dencias, míster Heep?

—¡Oh! Muchísimas imprudencias, señorito Copperfield —repuso Uriah suspirando con modestia—, muchísimas, muchísima. Pero haga el favor de llamarme Uriah; ¡que sea como en otros tiempos.

—Bien, Uriah —dije pronunciando el nombre con alguna dificultad.

—Gracias —contestó él con calor—, muchas gracias, se­ñorito Copperfield. Me parece sentir la brisa y oír las cam­panas como en los días de mi juventud cuando le oigo lla­marme Uriah. Pero ¡perdón! ¿Qué estaba yo diciendo?

—Hablaba usted de míster Wickfield.

—¡Ah, sí, es verdad! —contestó—. ¡Grandes impruden­cias, míster Copperfield! Es un asunto al que no haría alu­sión delante de otra persona que no fuera usted. Y hasta con usted sólo puedo hacer una ligera alusión. Si cualquiera que no fuera yo hubiera estado en mi lugar desde hace unos años, en este momento tendría a míster Wickfield (¡oh, y es un hombre de valor, sin embargo, míster Copperfield!) le ten­dría en sus manos. «En sus manos» —dijo Uriah muy des­pacio y apretando sus manos de tal modo que la mesa y la habitación temblaron.

Si hubiera sido condenado a verle apretar con su horrible pie la cabeza de míster Wickfield creo que no habría podido odiarle más.

—Sí, sí, querido míster Copperfield—dijo en un tono que formaba el contraste más chocante con la presión de su mano—, no hay duda. Habría sido su ruina, su deshonor; no sé qué habría sido, y míster Wickfield no lo ignora. Yo soy el humilde instrumento destinado a servirle humildemente y él me ha elevado a una situación que yo no me habría atre­vido a esperar nunca. ¡Cuánto tengo que agradecerle!

Su rostro estaba vuelto hacia mí, pero no me miraba; quitó su mano de la mesa y frotó lentamente, con aire pensa­tivo, su mandíbula descarnada, como si se afeitase.

Recuerdo la indignación que sentía al ver la expresión de aquel rostro astuto, que a la luz rója de la llama se preparaba a decir alguna cosa más.

—Míster Copperfield —me dijo—, ¿no le estaré entrete­niendo?

—No es usted quien me entretiene; me acuesto siempre tarde.

—Gracias, míster Copperfield. He subido algunos grados en mi humilde situación desde los tiempos en que usted me conoció, es verdad; pero sigo lo mismo de humilde. Y es­pero serlo siempre. ¿No dudará usted de mi humildad si le hago una pequeña confidencia, míster Copperfield?

—¡Oh, no! —dije con esfuerzo.

—Gracias.

Sacó su pañuelo del bolsillo y empezó a restregarse las palmas de las manos.

—Miss Agnes, míster Copperfield...

—¿Sí, Uriah?

—¡Oh, qué alegría oírle llamarme Uriah espontánea­mente! —exclamó dando un salto casi convulsivo—. ¿La ha encontrado usted muy bella esta noche, míster Copper­field?

—La he encontrado, como siempre, superior en todos los conceptos a cuantos la rodeaban.

—¡Oh, gracias! Es la verdad; muchas gracias por ello.

—Nada de eso —respondí con altanería—; no hay mo­tivo para que me dé usted las gracias.

—Es que, míster Copperfield, la confidencia que voy a to­marme la libertad de hacerle se refiere a ella. Por humilde que yo sea (y frotaba sus manos más enérgicamente, mirándolas de cerca, y déspués mirando el fuego); por humilde que sea mi madre; por modesto que sea nuestro pobre hogar, no tengo inconveniente en confiarle mi secreto. Míster Copperfield, siempre he sentido ternura por usted desde el momento en que tuve la alegría de verle por primera vez en el coche. La imagen de miss Agnes habita en mi corazón desde hace mu­chos años. ¡Oh, míster Copperfield, si supiera usted el afecto tan puro que me inspira! ¡Besaría las huellas de sus pasos!

Creo que tuve por un momento la loca idea de coger de la chimenea las tenazas candentes y de correr tras de él; pero volvió a salir de mi cabeza como la bala del rifle; sin em­bargo, la imagen de Agnes ultrajada por la innóble audacia de los pensamientos de aquel animal rojo permanecía en mi pensamiento todo el tiempo mientras le miraba, sentado re­torciéndose como si su alma hiciera daño a su cuerpo, y me daba vértigo. Me parecía que se agrandaba y se hinchaba ante mis ojos y que la habitación resonaba con los ecos de su voz; y el extraño sentimiento (que quizá no es extraño a to­dos) de que aquello había sucedido ya antes en un tiempo in­definido y que sabía de antemano lo que iba a decirme, se apoderó de mí.

Me di cuenta a tiempo de que su rostro respiraba la con­fianza en el poder que tenía entre las manos, y aquella ob­servación contribuyó más que todo lo demás, más que todos los esfuerzos que hubiera podido hacer, a recordarme la sú­plica de Agnes en toda su fuerza, y le pregunté, con una apa­riencia de tranquilidad que no me habría creído capaz un momento antes, si había comunicado sus sentimientos a Agnes.

—¡Oh no, míster Copperfield! —me contestó—. ¡Dios mío, no; no he hablado de esto a nadie más que a usted! Us­ted comprenderá que empiezo a salir apenas de la humildad de mi situación, y fundo en parte mi esperanza en los servi­cios que me verá hacer a su padre, pues espero serle muy útil, míster Copperfield. Ella verá cómo le facilito las cosas a ese buen hombre para mantenerle en el buen camino. Ama tanto a su padre, míster Copperfield (¡y qué bella cualidad en una muchacha!), que espero que quizá llegue; por afecto a él, a tener alguna bondad conmigo.

Sondeaba la profundidad de su proyecto y comprendía por qué me lo confiaba.

—Si usted tuviera la bondad de guardarme el secreto, míster Copperfield —prosiguió— y sobre todo de no ir en contra mía, se lo agradecería como un favor enorme. Usted no querría causarme molestias. Estoy convencido de la bondad de su corazón; pero como me ha conocido usted en una situación tan humilde (en la más humilde de las situa­ciones debiera decir, pues todavía es muy humilde), po­dría, sin querer, perjudicarme un poco respecto de mi Ag­nes. La llamo mía ¿sabe usted, míster Copperfield? porque hay una canción que dice: La llamaré mía... Y espero ha­cerlo pronto.

¡Querida Agnes! Ella, para quien no conocía yo a nadie digno de su corazón, tan amante y tan bueno, ¿era posible que estuviera destinada a ser la mujer de semejante ser?

—Por el momento no hay que apresurarse, ¿sabe usted, míster Copperfield? —continuo Uriah, mientras yo le veía retorcerse ante mí con aquellos pensamientos—. Mi Agnes es muy joven todavía, y mi madre y yo tenemos mucho camino que recorrer y muchas determinaciones que tomar antes de que eso sea por completo conveniente. Por lo tanto, habrá tiempo para familiarizarla con mis esperanzas a me­dida que se presenten las ocasiones. ¡Oh y cómo le agra­dezco su confianza! ¡Oh!, no sabe usted, no puede saber toda la tranquilidad que siento al pensar que comprende usted nuestra situación y que no querna perjudicanne con la fami­lia llevándome la contraria.

Me cogió la mano, sin que yo me atreviera a negársela, y después de estrecharla en su «pata húmeda» miró el pálido cuadrante de un reloj.

—¡Dios mío! —dijo—, más de la una. El tiempo pasa tan deprisa en las confidencias entre antiguos amigos, míster Copperfield, que es casi la una y media.

Le respondí que creía que era más tarde, no porque lo cre­yera realmente, sino porque estaba harto y ya no sabía lo que decía.

—Dios mío —dijo reflexionando—; en la casa en que paro, una especie de hotel particular, cerca de New River, estará todo el mundo en la cama hace dos horas, míster Cop­perfield.

—Siento mucho no tener aquí más que una sola cama, y que...

—¡Oh!; no hable siquiera de la cama, míster Copperfield —respondió en tono suplicante levantando una de sus pier­nas—. Pero ¿,tendría usted inconveniente en dejarme acostar en el suelo delante de la chimenea?

—Si es así —contesté—, tome mi cama y yo me acostaré delante del fuego.

Su negativa a aceptar mi ofrecimiento fue casi tan escan­dalosa, en el exceso de su sorpresa y de su humildad, como para penetrar en los oídos de mistress Crupp, que dormía en una habitación lejana, situada al nivel de la calle, y arru­llada en su sueño probablemente por el tictac de un reloj implacable, al cual apelaba siempre cuando teníamos al­guna discusión sobre cuestiones de puntualidad y que atra­saba tres cuartos de hora, aunque siempre lo ponía bien por la mañana y guiándose de las autoridades más competentes.

Ninguno de los argumentos que se me ocurrían en mi tur­bación causaba efecto sobre su modestia; por lo tanto, re­nuncié a persuadirle de que aceptase mi lecho; pero me vi obligado a improvisarle, lo mejor que pude, una cama cerca del fuego. El colchón del diván (exageradamente corto para aquel cadáver), los almohadones del diván, una colcha, el tapete de la mesa, un mantel limpio y un grueso gabán, todo esto componía un lecho, del que me estaba plenamente agradecido. Yo le presté un gorro de dormir, que se encas­quetó al momento y con el que estaba tan horrible que nunca he podido ponérmelo yo después. Por último, le dejé descansar en paz.

¡Nunca olvidaré aquella noche! ¡Nunca olvidaré la de vueltas que di en mi cama; la de veces que me desperté pen­sando en Agnes y en aquella criatura odiosa; la de veces que me preguntaba lo que podría y debería hacer; todo para llegar siempre a la conclusión de que lo mejor para la tranquili­dad de Agnes era no hacer nada y guardar para mí lo que había sabido. Si me dormía un momento, la imagen de Agnes, con sus ojos tan dulces, y la de su padre mirándola tiernamente, se presentaban ante mí suplicándome que les ayudase y llenándome de vagos temores. Cada vez que me despertaba la idea de que Uriah durmiera en la habitación de al lado me oprimía como una pesadilla y me hacía sentir so­bre el corazón como un peso de plomo, como si tuviera de huésped al demonio.

Las tenazas candentes también me venían a la memoria en mis sueños sin poder desecharlas. Mientras estaba me­dio dormido y medio despierto me parecía que continua­ban todavía rojas y que acababa de cogerlas para atrave­sarle con ellas el cuerpo. Esta idea me perseguía de tal modo que, aunque sabía que no tenía ninguna solidez, me deslizaba en la habitación de al lado para tener la seguri­dad de que estaba allí, en efecto, tendido, con las piernas extendidas hasta el otro extremo de la habitación, y ron­cando. Debía estar constipado, y dormía con la boca abierta como un hurón; en fin, era, en realidad, muchísimo más horrible de lo que mi imaginación enferma se figu­raba, y mi asco mismo hacía que me atrajera y me obli­gaba a volver poco más o menos cada media hora para mi­rarle. Así, aquella larga noche me pareció más lenta y más sombría que ninguna, y el cielo, cargado de nubes, se obs­tinaba en no dejar aparecer ninguna señal del día.

Cuando por la mañana temprano le vi bajar las escaleras (pues gracias al cielo no quiso quedarse a desayunar) me pareció como si la noche se marchara con él. Y al salir para el Tribunal de Doctores encargué a mistress Crupp muy par­ticularmente que dejara las ventanas de par en par abiertas para que mi gabinete se airease bien y se purificara de su presencia.

CAPÍTULO VI. CAIGO CAUTIVO

No volví a ver a Uriah Heep hasta el día de la partida de Agnes. Había ido a las oficinas de la diligencia para decirle adiós, y me encontré con que también él se volvía a Canter­bury en la misma diligencia que ella. Sentía como una pe­queña satisfacción al ver su chaqueta raída, demasiado corta de talle, estrecha y mal hecha, en unión de su paraguas, que parecía una tienda de campaña, plantados en el borde del asiento, en la parte trasera de la imperial, mientras que Agnes, como es natural, tenía su asiento en el interior; pero bien me merecía aquella pequeña revancha, aunque sólo fuera por el trabajo que me costaba estar amable con él mientras Agnes podía vemos. En la portezuela de la diligencia, lo mismo que en la comida de mistress Waterbrook, rondaba a nuestro alre­dedor sin cansarse, como un gran vampiro, devorando cada palabra que yo decía a Agnes o que ella me decía a mí.

En el estado de confusión en que me había dejado su con­fidencia de aquella noche había reflexionado mucho sobre las palabras que Agnes había empleado al hablar de la aso­ciación: «Espero haber hecho lo que debía. Sabía que era necesario para la tranquilidad de papá que se llevara a cabo el sacrificio, y le he animado a consumarlo». Desde enton­ces me perseguía el presentimiento de que cedería a todo lo que quisieran y sacaría fuerzas para ejecutar cualquier sacri­ficio por cariño a su padre. Conocía su afecto por él, conocía su abnegación espontánea. Le había oído decir a ella misma que se creía la causa inocente de los errores de míster Wick­field, y que tenía contraído por ello una deuda que deseaba ardientemente pagar. Y no me consolaba el darme cuenta de la diferencia existente entre ella y el miserable personaje, con su chaqueta marrón, pues sentía que el mayor peligro estribaba precisamente en aquella diferencia, en la pureza y la abnegación del alma de Agnes y la bajeza sórdida de la de Uriah. Él también lo sabía, y sin duda lo tenía en cuenta en sus cálculos hipócritas.

Sin embargo, estaba tan convencido de que ni aun la pers­pectiva lejana de semejante sacrificio sería lo bastante para destruir la felicidad de Agnes, y estaba tan seguro, al verla, de que no sospechaba todavía que aquella sombra no había caído sobre ella aún, que lo mismo pensaba en enfadarme con ella como en advertirle del peligro que la amenazaba. Nos separamos, por lo tanto, sin la menor explicación; ella me hacía gestos y me sonreía desde la ventanilla de la dili­gencia para decirme adiós, mientras yo veía sobre la impe­rial a su genio del mal que se retorcía de gusto, como si ya la tuviera entre sus garras triunfantes.

Durante mucho tiempo aquella última mirada con que los despedí no cesó de perseguirme. Cuando Agnes me escribió anunciándome su feliz llegada, su carta me encontró tan desesperado con aquel recuerdo como en el momento de su partida. Todas las veces que pensaba en ello estaba seguro de que aquella visión reaparecería redoblando mis tormen­tos. No dejaba de soñar una sola noche. Aquel pensamiento era como una parte de mi vida, tan inseparable de mi ser como mi cabeza de mi cuerpo.

Y tenía tiempo para torturarme a mi gusto, pues Steer­forth estaba en Oxford, según me escribió, y yo, cuando no estaba en el Tribunal de Doctores, estaba casi siempre solo. Creo que empezaba ya a sentir cierta desconfianza de Steer­forth. Contestaba a sus cartas de la manera más afectuosa; pero me parecía que al fin y al cabo no estaba descontento de que no pudiera venir a Londres por el momento. A decir verdad, supongo que, al no ser combatida la influencia de Agnes con la presencia de Steerforth, aquella influencia obraba sobre mí con tanta más potencia porque Agnes era la causa de mis preocupaciones.

Sin embargo, los días y las semanas transcurrieron. Ya había entrado de hecho en casa de míster Spenlow y Jorkins. Mi tía me daba noventa libras esterlinas al año, pagaba mi alojamiento y otros muchos gastos. Había alquilado mis ha­bitaciones por un año, y aunque todavía las encontraba tris­tes por la tarde y se me hacían largas las veladas, había ter­minado por acostumbrarme a una especie de melancolía continua y por resignarme al café de mistress Crupp, y hasta a tragarlo no a tazas, sino a cubos, según recuerdo en aquel período de mi existencia. En aquella época fue cuando hice poco más o menos tres descubrimientos: primero, que mis­tress Crupp era muy propensa a una indisposición extraordi­naria, que ella llamaba «espasmos», generalmente acompa­ñados de inflamación en las fosas nasales, y que exigía como tratamiento un consumo perpetuo de menta; segundo, que debía de haber algo extraño en la temperatura de mi des­pensa, pues se rompían todas las botellas de aguardiente; y, por último, descubrí que estaba muy solo en el mundo, y me sentía profundamente inclinado a recordarlo en fragmentos de versificación inglesa.

El día de mi incorporación definitiva con míster Spenlow y Jorkins lo celebré invitando a los empleados de las ofici­nas a sándwiches y jerez y yendo por la noche yo solo al tea­tro. Fui a ver El extranjero, pensando que no desmerecía mi dignidad de pertenecer al Tribunal de Doctores el verla, y volví en tal estado, que no me reconocí en el espejo. Míster Spenlow me dijo que habría tenido mucho gusto en invi­tarme a pasar la velada en su casa de Norwood, en celebra­ción de las relaciones que se establecían entre nosotros; pero que su casa estaba algo en desorden porque esperaba de un momento a otro la llegada de su hija, que había terminado su educación en París. Añadió, sin embargo, que cuando Ile­gara su hija esperaba tener el gusto de recibirme. Yo sabía, en efecto, que era viudo, con una hija única, y le, expresé mi agradecimiento.

Míster Spenlow cumplió fielmente su palabra, y quince días después me recordó su promesa, diciéndome que si que­ría hacerle el honor de ir a Norwood el sábado siguiente y quedarme hasta el lunes me lo agradecería mucho. Yo res­pondí, naturalmente, que estaba dispuesto a complacerle, y quedó convenido que me llevaría y me traería en su coche.

Cuando llegó aquel día, hasta mi equipaje era un objeto de veneración para los empleados subalternos, los cuales pensaban en la casa de Norwood como en un misterio sa­grado. Uno de ellos me dijo que había oído contar que el ser­vicio de mesa de míster Spenlow era exclusivamente de plata y porcelana de China y, además, que se bebía champán durante toda la comida como se bebe cerveza en otras par­tes. El viejo abogado de la peluca, que se llamaba míster Tif­fey, había estado muchas veces en Norwood en el transcurso de su carrera y había podido entrar hasta el comedor, que describía como una habitación de lo más suntuosa, tanto más porque había bebido en ella jerez de la Compañía de las In­dias, de una calidad tan especial que causaba sorpresa.

El Tribunal de Doctores se ocupaba aquel día de un asunto atrasado: condenar a un panadero que se había ne­gado a pagar el impuesto de adoquinado, y como la causa era dos veces más larga que Robinson Crusoe (según un cálculo que hice), aquello terminó algo tarde. Condenamos al panadero a mes y medio de prisión y a pagar daños y per­juicios; después de esto, el procurador del panadero, el juez y los abogados de ambas partes, que eran todos parientes, se fueron juntos hacia la ciudad, y míster Spenlow y yo nos fui­mos en su faetón.

Era un coche muy elegante; los caballos levantaban la ca­beza y movían las patas como si supieran que pertenecían al Tribunal de Doctores.

Había mucha competencia entre los doctores sobre cualquier cosa, y teníamos algunos coches muy cuidados, aunque yo siempre había considerado y consideraré que en mi época el gran artículo de competencia era el almidón de los cuellos, pues los procuradores hacían tal consumo de él que no creo que la naturaleza humana pudiera soportar más.

Por el camino íbamos muy contentos y míster Spenlow me dio algunos consejos relativos a mi profesión. Decía que era la profesión más distinguida del mundo y que no debía confundirse con el oficio de abogado, pues eran cosas com­pletamente distintas, infinitamente más exclusiva, menos mecánica y de más provecho la de procurador. Tratábamos las cosas mucho más cómodamente allí que en ninguna parte, y esto hacía de nosotros una clase aparte, privilegiada. Me dijo que no podía por menos de reconocer el hecho des­agradable de que casi siempre nos utilizaban los abogados; pero me dio a entender que eran una raza inferior de hom­bres, universalmente mirados de arriba abajo por todos los procuradores que se respetaban.

Pregunté a míster Spenlow qué negocios profesionales le parecían los mejores, y me dijo que una buena causa de tes­tamento, donde se trate de un pequeño estado de treinta o cuarenta mil libras, era quizá lo mejor de todo. En un caso así, decía, no solamente hay a cada momento una buena co­secha de ganancias, por vía de argumentación, sino que ade­más los papeles se van amontonando con los testimonios, los interrogatorios, los contrainterrogatorios (y no hay que decir nada si apelan primero a los delegados y después a los lores, pues como tienen asegurado el pago con el valor de la propiedad, ambas partes siguen con valor hacia adelante sin preocuparse del gasto). Después se lanzó a elogiar al Tribu­nal. Decía que lo más digno de admirar en él era su concen­tración. Era el mejor organizado del mundo; se tenía todo a mano. Por ejemplo: llevaban una causa de divorcio, o una causa de restitución al Consistorio. Muy bien. Se intentaba en el Consistorio, y se hacía como un juego en familia y con toda tranquilidad. Supongamos que no quedasen satisfechos con el Consistorio. ¿Qué se hace? Pues se lleva a los Arcos. ¿Y qué es el Tribunal de los Arcos? Pues el mismo Tribunal, en la misma habitación, con el mismo foro y los mismos consejeros, pero con otro juez; pero el del Consistorio puede it allí cuando le conviene como abogado. Bien; allí vuelve a empezar el juego. ¿Todavía no se está satisfecho? Muy bien. ¿Qué se hace entonces? Pues lo pueden llevar a los delega­dos. ¿Y quiénes son los delegados? Pues verá usted. Los de­legados eclesiásticos son los abogados sin causas, que han visto el juego de los dos Tribunales, que han visto dar las cartas, echarlas y cortarlas; que han hablado con todos los jugadores, y que después de esto se presentan como jueces completamente extraños al asunto para arreglarlo todo a la mayor satisfacción general. Los descontentos podrán hablar de la corrupción del Tribunal, de la insuficiencia del Tribu­nal, de la necesidad de reformas en el Tribunal; pero así y todo —terminó solemnemente míster Spenlow—, cuando el precio del trigo por áridos está alto, el Tribunal tiene más trabajo, y si un hombre sincero se pone la mano en el cora­zón, no podrá por menos de decir al mundo entero: «Si llega a tocarse al Tribunal de Doctores, se acabó el país».

Yo le escuchaba con atención, aunque debo confesar que tenía mis dudas respecto a que la nación tuviera tanto que agra­decerles como míster Spenlow decía. Sin embargo, acepté respetuosamente sus opiniones. En cuanto a la gestión del precio del trigo, sentía modestamente que aquello estaba por encima de mi inteligencia. Todavía ahora no he podido com­prenderlo, y muchas veces después, a través de mi vida, ha surgido para aniquilarme.

Todavía no sé lo que aquello tendría que ver conmigo ni con qué derecho se mezclaba en mis cosas; pero en cuanto mi antiguo conocido el « árido» aparecía en escena, podía dar el asunto por perdido.

Pero esto es una digresión; yo no era hombre para tocar el Tribunal de Doctores ni para revolucionar el país; humildemente expresé, con mi silencio, que asentía a todo cuanto había dicho mi superior en edad y conocimientos y nos pusi­mos a hablar de El extranjero, del drama en general y del tronco de caballos que nos arrastraba, hasta que llegamos ante la puerta de míster Spenlow.

La casa de míster Spenlow tenía un bonito jardín, y aun­que no era buena época para verlo, estaba tan cuidado, que me entusiasmó totalmente. Era un sitio delicioso, con el cés­ped, los árboles y aquella perspectiva de senderos que se perdían en la oscuridad de los arcos, cubiertos sin duda de flores y plantas trepadoras en la primavera. «Por aquí pasea­rá miss Spenlow», pensé.

Entramos en la casa, que estaba alegremente iluminada, y me encontré en un vestíbulo lleno de sombreros, gabanes, guantes, fustas y bastones.

—¿Dónde está miss Dora? —dijo míster Spenlow al criado.

« Dora, pensé, ¡qué nombre tan bonito! »

Entramos en una habitación (contigua al comedor en que el antiguo empleado había bebido jerez de la Compañía de las Indias) y oí que decían:

—Míster Copperfield: mi hija Dora y la amiga de con­fianza de mi hija.

No tenía duda; era la voz de míster Spenlow; pero yo no me daba cuenta, y además me tenía sin cuidado. Todo había terminado; mi destino estaba cumplido. Estaba cautivo y es­clavo. Amaba a Dora Spenlow con locura.

Me pareció una criatura sobrehumana, un hada, una síl­fide, no sé qué, algo que nunca había visto y que todos de­seamos siempre. Desaparecí en un abismo de amor, sin dete­nerme en el borde, sin mirar adelante ni atrás; me lancé de cabeza antes de haber podido decirle una palabra.

—Ya conocía a míster Copperfield —me dijo otra voz muy conocida, cuando me inclinaba murmurando algo.

La que hablaba no era Dora, no; era su amiga de con­fianza, miss Murdstone.

No me sorprendí demasiado; había perdido la facultad de sorprenderme. ¡No había nada en la tierra ni en el mundo material que mereciese sorprenderme fuera de Dora Spen­low! Dije: «¿Cómo está usted, mis Murdstone? Espero que siga usted bien». Ella me contestó: «Muy bien». Y yo dije: «¿Cómo está míster Murdstone?». Y me contestó: «Mi her­mano está en perfecta salud, muchas gracias».

Míster Spenlow, que se había sorprendido al ver que nos conocíamos mutuamente, dijo:

—Me alegro mucho, Copperfield, de ver que usted y miss Murdstone se conocen de antes.

—Míster Copperfield y yo —dijo miss Murdstone con se­vera compostura— nos conocemos desde los días de su in­fancia. Las circunstancias nos han separado después, y yo no lo habría reconocido.

Yo contesté que la habría reconocido en cualquier parte, y era verdad.

—Mis Murdstone ha tenido la bondad —me dijo míster Spenlow— de aceptar el oficio, si puedo llamarlo así, de amiga de confianza de mi hija Dora. Mi hija tiene la desgra­cia de haber perdido a su madre, y miss Murdstone se dedica a acompañarla y protegerla.

Pensé que miss Murdstone, como esas pistolas de bolsi­llo que llaman « protectoras», estaba más hecha para atacar que para defender; pero aquella idea no hizo más que atra­vesar rápidamente por mi espíritu, como todas las que no se relacionaban con Dora, a quien no dejaba de mirar; y me pareció ver en sus gestos monísimos, un poco tercos y ca­prichosos, que no estaba muy dispuesta a poner su con­fianza en aquella compañera y protectora. Pero sonó una campana, y míster Spenlow dijo que era la primera llamada para la comida, y me condujo a mi habitación por si quería arreglarme.

La idea de vestirme, de hacer algo, de moverme siquiera, en aquel estado de amor, habría sido ridícula. No pude más que sentarme ante el fuego, con la llave del maletín en la mano, y pensar en lo encantadora, en lo chiquilla, en los ojos brillantes que tenía la deliciosa Dora. ¡Qué figura, qué ros­tro, qué gracia la de sus movimientos!

La campana sonó tan pronto, que apenas tuve tiempo de ponerme de cualquier modo el traje. ¡Yo, que hubiera que­rido poner especial cuidado en semejantes circunstancias! En el comedor había algunas personas, y Dora hablaba con un caballero de cabellos blancos. A pesar de la blancura de sus cabellos y de sus biznietos, él mismo confesaba que era bisabuelo, estaba horriblemente celoso de él.

¡Qué estado de espíritu aquel en que estaba sumergido! ¡Sentía celos de todo el mundo! No podía soportar la idea de que nadie conociese a míster Spenlow mejor que yo. Era una tortura para mí el oír hablar de sucesos en los que yo no ha­bía tomado parte. A un señor completamente calvo, de ca­beza reluciente y muy amable, se le ocurrió preguntarme, a través de la mesa, si era la primera vez que veía el jardín. En mi cólera feroz y salvaje, no sé lo que habría hecho.

A los demás invitados no los recuerdo; sólo recuerdo a Dora. No tengo idea de lo que comimos; sólo vi a Dora. Creo verdaderamente que me alimenté de Dora, pues re­chacé media docena de platos sin tocarlos. Estaba sentado a su lado, y le hablaba; ella tenía la voz más dulce, la risa mas alegre, los movimientos más encantadores y más seductores que hayan esclavizado nunca a un pobre muchacho loco. En ella todo era diminuto, y eso me parecía que la hacía todavía más preciosa.

Cuando dejó el comedor con miss Murdstone (no había allí más señoras), caí en un dulce ensueño, turbado sólo por la viva inquietud de que miss Murdstone le hablase mal de mí. El señor amable y calvo me contó una larga historia de hor­ticultura, según creo. Me pareció que le oía repetir muchas veces «mi jardinero», y hacía como que le prestaba la mayor atención; pero en realidad erraba durante aquel tiempo por el jardín del Edén con Dora. Mis temores de ser perjudicado ante ella se reanudaron, cuando volvimos al salón, al ver el rostro sombrío de miss Murdstone. Pero me tranquilicé de una manera inesperada.

—David Copperfield —dijo miss Murdstone haciéndome una seña para que me acercara con ella a una ventana—, ¡una palabra!

Me encontré frente a miss Murdstone.

—David Copperfield —me dijo miss Murdstone—, no tengo necesidad de extenderme sobre nuestras circunstan­cias familiares; el asunto no es tentador.

—Muy lejos de ello, señorita —repliqué.

—Muy lejos de ello —repitió miss Murdstone—. No tengo ningún deseo de recordar querellas pasadas ni injurias olvidadas. He sido insultada por una persona, una mujer, siento decirlo por el honor del sexo, y como no podría ha­blar de ella sin desprecio y sin asco, prefiero no mencio­narla.

Estuve a punto de acalorarme defendiendo a mi tía. Pero me contuve y le dije que, en efecto, sería más delicado el no, aludir a ello, y añadí que no consentiría oír hablar de mi tía más que con respeto, y de no ser así, tomaría su defensa.

Miss Murdstone cerró los ojos, inclinó la cabeza con des­dén y, después, volviendo a abrirlos lentamente, repuso:

—David Copperfield, no trataré de ocultarle que la opi­nion que tengo de usted es muy desfavorable desde su infan­cia. Quizá me he equivocado, o usted ha dejado de justificar esa opinion; por el momento, no se trata de eso. Formo parte de una familia notable, así lo creo, por su firmeza, y no soy persona a quien cambie las circunstancias. Puedo tener mi opinión sobre usted, como usted puede tenerla sobre mí.

Incliné la cabeza a mi vez.

—Pero no es necesario —dijo miss Murdstone— que ha­gamos aquí gala de esas opiniones. En las circunstancias ac­tuales vale más para todos que no sea así. Puesto que las casualidades de la vida nos han acercado de nuevo y que otras ocasiones semejantes pueden presentarse, soy de la opinion de que nos tratemos uno a otro como simples conocidos. Nuestro parentesco lejano es razón suficiente para explicar esa clase de relaciones, y es inútil ponernos en evidencia. ¿Es usted de la misma opinión?

—Miss Murdstone —repliqué—, opino que mister Murd­stone y usted se han portado conmigo cruelmente y que han tratado a mi madre con mucha dureza; conservaré esta opi­nion mientras viva. Pero comparto plenamente lo que me propone.

Miss Murdstone cerró de nuevo los ojos a inclinó otra vez la cabeza; después, tocando el reverso de mi mano con sus dedos rígidos y helados, se alejó arreglando las cadenitas que llevaba en los brazos y en el cuello; las mismas, y en el mismo estado exactamente, que la última vez que la había visto. Entonces, pensando en el carácter de miss Murdstone, recordé las cadenas que ponen en las puertas de las prisiones para anunciar a todo transeúnte lo que debe esperarse encon­trar dentro.

Todo lo que sé del resto de la velada es que oí a la sobe­rana de mi corazón cantar maravillosas baladas francesas cuyos significados eran, por lo general, que en todo mo­mento había que bailar ¡tralalá, tralalá! Se acompañaba de un instrumento mágico, que parecía una guitarra. Yo estaba sumergido en un delirio de bienaventuranzas. Rechacé todo refresco. El ponche en particular me repugnaba. Cuando miss Murdstone se acercó para llevársela, me sonrió y me tendió su encantadora mano. Yo lancé por casualidad una mirada a un espejo, y vi que tenía todo el aspecto de un im­bécil, de un idiota. Volví a mi habitación en completo estado de imbecilidad, y me levanté al día siguiente sumergido to­davía en el mismo éxtasis.

Hacía un día hermoso, y como me había levantado muy temprano, pensé que podría pasearme por una de aquellas avenidas alimentando mi pasión con su recuerdo. Al atrave­sar el vestíbulo me encontré a su perrito; se llamaba Jip, di­minutivo de Gipsy. Me acerqué a él con ternura, pues mi amor se extendía hasta él; pero me enseñó los dientes y se refugió debajo de una silla, gruñendo, sin permitirme la me­nor familiaridad.

El jardín estaba fresco y solitario; yo me paseaba pen­sando en la felicidad que sentiría si llegara alguna vez a ser novio de aquella maravillosa criatura. En cuanto al matri­monio, o a la fortuna, creo que estaba tan alejado de todo pensamiento de aquel género como en los tiempos en que amaba a la pequeña Emily. Llegar a poder llamarla Dora, a escribirle, a amarla, a adorarla, a creer que ella no me olvi­daba, aunque estuviera rodeada de otros amigos, era para mí el máximo de la ambición humana. No hay duda de que yo era entonces un pobre muchacho ridículo y sentimental; pero aquellos sentimientos demostraban tal pureza de corazón que me impiden despreciar absolutamente su recuerdo, por risible que me parezca hoy.

Me paseaba hacía poco rato, cuando a la vuelta de un sen­dero me encontré con Dora. Todavía enrojezco de pies a ca­beza al recordarlo y la pluma me tiembla entre los dedos.

—Sale... usted muy temprano, miss Spenlow —le dije.

—¡Oh! Me aburro en casa; miss Murdstone es tan ab­surda. Tiene las ideas más extrañas sobre la necesidad de que la atmósfera esté bien purificada antes de que yo salga. ¡Purificada! (Aquí se echó a reír con la risa más melodiosa.) Los domingos por la mañana no estudio, y algo tengo que hacer. Anoche le dije a papá que estaba decidida a salir. Ade­más, es el momento más hermoso del día, ¿no cree usted?

Emprendí el vuelo aturdidamente y le dije, o mejor dicho balbucí, que el tiempo me parecía magnífico en aquel mo­mento; pero que hacía un instante me parecía muy triste.

—¿Es un cumplido —dijo Dora—, o es que el tiempo ha cambiado en realidad?

Contesté, balbuciendo más que nunca, que no era un cum­plido, sino la verdad, aunque no había observado el menor cambio en el tiempo; me refería únicamente al que se había producido en mis sentimientos, añadí tímidamente, para ter­minar la explicación.

Nunca he visto bucles semejantes a los que entonces sa­cudió Dora para ocultar su rubor; pero no es extraño que no los hubiera visto, pues no había bucles semejantes en el mundo. En cuanto al sombrero de paja con cintas azules que coronaba aquellos bucles, ¡qué tesoro tan inestimable para colgar en mi habitación de Buckinghan—Street, si lo hubiera tenido en mi poder!

—¿Llega usted de París? —le dije.

—Sí —respondió—. ¿Ha estado usted allí alguna vez?

—No.

—¿Irá usted pronto? ¡Le gustará tanto!

Mi fisonomía expresó un profundo sufrimiento. No podía resignarme a pensar que esperaba verme marchar a París, que suponía que podría tener siquiera la idea de ir. ¡Mucho me importaba a mí París y Francia entera! Me sería imposi­ble, en las circunstancias actuales, abandonar Inglaterra ni por todos los tesoros del mundo. Nada podría decidirme. En resumen, dije tanto, que ella empezaba de nuevo a esconder la cara tras los bucles, cuando a lo largo del sendero llegó corriendo el perrito, para descanso nuestro.

Estaba horriblemente celoso de mí, y se obstinaba en la­drarme entre las piernas. Ella lo cogió en brazos ¡oh Dios mío! y le acarició, sin que dejara de ladrar.

No quería que yo le tocara, y entonces ella le pegó; mis sufrimientos aumentaban al ver los golpecitos que le daba en el hocico para castigarle, mientras él guiñaba los ojos y le lamía las manos, al mismo tiempo que continuaba gruñendo entre dientes en voz baja. Por fin se tranquilizó (¡ya lo creo, con aquella barbillita con hoyuelos apoyada en su hocico!) y tomamos el camino de la terraza.

—No time usted demasiada amistad con miss Murdstone, ¿verdad? —dijo Dora— ¡Querido mío! (Estas dos últimas palabras se dirigían al perro. ¡Oh si hubiese sido a mí!)

—No —repliqué yo—; ninguna.

—Es muy fastidiosa —añadió haciendo un gestito—. Yo no sé en qué ha estado pensando papá para traerme de com­pañera a una persona tan insoportable. ¡No parece sino que necesita una que la protejan! ¡No seré yo! ,lip es mucho me­jor protector que miss Murdstone. ¿No es verdad, Jip, amor mío?

Él se contentó con cerrar los ojos descuidadamente, mien­tras ella besaba su cabecita.

—Papá le llama mi amiga de confianza; pero eso no es cierto, ¿verdad, Jip? No tenemos la intención de dar nuestra confianza a personas tan gruñonas, ¿,no es verdad, Jip? Te­nemos la intención de ponerla en quien nos dé la gana, y de buscarnos solos nuestros amigos, sin que nos los vayan a descubrir, ¿no es verdad, Jip?

Jip, en respuesta, hizo un ruido que se parecía bastante al de un puchero que hirviese. En cuanto a mí, cada palabra era un anillo que añadían a mi cadena.

—Es muy duro que porque no tengamos madre nos vea­mos obligados a arrastrar a una mujer vieja, fastidiosa, anti­pática, como miss Murdstone, tras de nosotros, ¿no es ver­dad, Jip? Pero no te preocupes, Jip, no le daremos nuestra confianza, y disfrutaremos todo lo que podamos a pesar suyo, y le haremos rabiar; es todo lo que podemos hacer por ella, ¿no es verdad, Jip?

Si aquel diálogo hubiera durado dos minutos más, creo que habría terminado por caer de rodillas en la arena, a riesgo de arañármelas y de que, además, me despidieran. Pero, afortunadamente, la terraza estaba cerca y llegamos al mismo tiempo que terminaba de hablar.

Estaba llena de geranios, y quedamos en contemplación ante las flores. Dora saltaba sin cesar para admirar una planta, y después otra; y yo me detenía para admirar las que ella admiraba. Dora, al mismo tiempo que se reía, levantaba al perro en sus brazos, con un gesto infantil, para que oliese las flores; si no estábamos los tres en el paraíso yo por mi parte lo estaba. El perfume de una hoja de geranio me da to­davía ahora una emoción mitad cómica mitad seria, que cam­bia al instante la luz de mis ideas. Veo enseguida el sombrero de paja con las cintas azules sobre un bosque de bucles, y un perrito negro levantado por dos preciosos y finos brazos, para hacerle respirar el perfume de las flores y de las hojas.

Miss Murdstone nos buscaba. Nos encontró y presentó su mejilla absurda a Dora para que besara sus arrugas, llenas de polvo de arroz; después cogió el brazo de su amiga de con­fianza y nos dirigimos a desayunar, como si fuéramos al en­tierro de un soldado.

Yo no sé el número de tazas de té que acepté porque era Dora quien lo había hecho; pero recuerdo perfectamente que consumí tantas que debían haberme destruido para siempre el sistema nervioso, si hubiera tenido nervios en aquella época. Un poco más tarde fuimos a la iglesia. Miss Murd­stone se puso entre los dos; pero yo oía cantar a Dora, y no veía a nadie más. Hubo sermón (naturalmente sobre Dora ...) y me temo que eso fue todo lo que saqué en limpio del servi­cio divino.

El día pasó tranquilamente. No vino nadie; después pase­amos, comimos en familia y pasamos la velada mirando li­bros y grabados. Pero miss Murdstone, con una homilía en la mano y los ojos fijos en nosotros, montaba la guardia de vigilancia. ¡Ah! Míster Spenlow no sospechaba, cuando es­taba sentado frente a mí después de comer, el ardor con que yo le estrechaba, en mi imaginación, entre mis brazos, como el más tierno de los yernos. No sospechaba, cuando me despedí de él por la noche, que acababa de dar su con­sentimiento a mi noviazgo con Dora, y que yo reclamaba, en agradecimiento, todas las bendiciones del cielo para él.

Al día siguiente partimos temprano, pues había una causa de salvamento en la Cámara del Almirantazgo que exigía un conocimiento bastante exacto de toda la ciencia de la navegación. Ahora bien, como en esa materia no está­bamos muy duchos en el Tribunal, el juez había rogado a dos viejos, Trinit y Martersn, que tuvieran la caridad de ir en su ayuda. Dora estaba ya en la mesa haciéndonos el té, y tuve el triste placer de saludarla desde lo alto del faetón, mientras ella estaba en el dintel de la puerta con Jip en sus brazos.

No intentaré inútiles esfuerzos para describir lo que la Cá­mara del Almirantazgo me pareció aquel día, ni la confusión de mi espíritu sobre el asunto que se trataba en ella; no diré cómo leía el nombre de Dora escrito sobre la rama de plata puesta encima de la mesa como emblema de nuestra alta ju­risdicción, ni lo que sentí cuando míster Spenlow se volvió a su casa sin mí. (Había abrigado la esperanza insensata de que quizá me llevaría.) Me parecía que era un marinero abandonado por su buque en una isla desierta. Si aquel viejo Tribunal pudiera despertarse de su amodorramiento y pre­sentar en una forma visible todos los hermosos sueños que hice allí sobre Dora, acudiría a ella para dar testimonio de la verdad de mis palabras.

No hablo de los sueños de aquel día únicamente, sino de todos los que me persiguieron día tras día, semana tras se­mana, mes tras mes. Cuando iba al Tribunal, no iba más que para pensar en Dora. Si alguna vez pensaba en las causas que se veían ante mí, era para preguntarme, cuando se tra­taba de asuntos matrimoniales, cómo podría ser que las gen­tes casadas no fueran dichosas, pues pensaba en Dora. Si se trataba de herencias, pensaba en todo lo que habría hecho, si aquel dinero lo heredara yo, para conseguir a Dora. Durante la primera semana de mi pasión compre cuatro chalecos magníficos, no para mi propia satisfacción, no era vanidoso, sino por Dora. Me acostumbré a llevar botas muy ajustadas por la calle, y de entonces provienen todos los callos que después he tenido. Si las botas que llevaba entonces pudie­ran comparecer para compararlas con el tamaño natural de mis pies, probarían de la manera más conmovedora el es­tado de mi corazón.

Y, sin embargo, inválido voluntario en honor de Dora, hacía todos los días muchas leguas a pie con la esperanza de verla. No solamente pronto fui tan conocido como el cartero en la carretera de Norwood, sino que tampoco des­cuidaba las calles de Londres. Erraba por los alrededores de las tiendas de modas y de los bazares como un apare­cido; me paseaba arriba y abajo por el parque; me rendía. A veces, después de mucho tiempo y en raras ocasiones, la percibía. A veces la veía agitar su guante a la portezuela de un coche, o me la encontraba a pie y daba algunos pasos con ella y con miss Murdstone, y le hablaba. En este último caso después me sentía siempre muy desgraciado por no haberle dicho nada de lo que más me preocupaba, de no ha­berle dado a entender toda la grandeza de mi afecto, en el temor de que ella ni siquiera pensara en mí. Pueden figu­rarse cómo suspiraba por una nueva invitación de míster Spenlow. Pero no; era constantemente defraudado: no re­cibí ninguna.

Era necesario que mistress Crupp fuera una mujer dotada de gran intuición, pues mi enamoramiento sólo databa de al­gunas semanas, y ni siquiera había tenido todavía valor, al escribir a Agnes, de explicarle más claramente pues sólo le había dicho que estuve en casa de míster Spenlow, cuya fa­milia se reducía a una sola hija; era necesario, repito, que mistress Crupp fuera una mujer de gran intuición, pues desde el primer momento descubrió mi secreto. Una noche, que yo estaba sumergido en un profundo abatimiento, subió para preguntarme si no podría darle, para aliviarle de sus « espasmos» , una cucharada de tintura de cardamomo mez­clada con ruibarbo y con cinco gotas de esencia de clavo, que era el mejor remedio para su enfermedad. Si no tenía aquel licor a mano podía reemplazarlo con un poco de aguardiente, que, aunque no le resultaba muy agradable, se­gún decía, de no ser la tintura de cardamomo era lo mejor. Como yo no había oído nunca hablar de lo primero y tenía siempre una botella de lo segundo en mi armario, di un vaso a mistress Crupp, que empezó a beberlo en mi presencia, para probarme que no era mujer que hiciese mal uso de ello.

—Vamos, valor, señorito —me dijo mistress Crupp—; no puedo soportar el verle así; yo también soy madre.

No comprendía bien cómo podría yo aplicarme aquel «yo también», lo que no me impidió sonreír a mistress Crupp con toda la benevolencia de que soy capaz.

—Vamos, señorito —insistió mistress Crupp—, le pido que me perdone; pero sé de lo que se trata, señorito. Se trata de una señorita.

—Mistress Crupp —respondí yo, enrojecido.

—¡Que Dios le bendiga! No se deje abatir, señorito —dijo mistress Crupp con un gesto animador, ¡Tenga valor, se­ñorito! Si esta no le sonríe, no faltarán otras. Es usted un jo­ven con el que se está deseando sonreír, señorito Copperfull; debe usted aprender lo que vale.

Mistress Crupp siempre me llamaba Copperfull; en pri­mer lugar, sin duda, porque no era mi nombre, y en segundo, en recuerdo de algún día de bautizo.

—¿Qué es lo que le hace suponer que se trata de una se­ñorita, mistress Crupp?

—Míster Copperfull —dijo mistress Crupp en tono con­movido—, ¡yo también soy madre!

Durante un momento mistress Crupp no pudo hacer otra cosa que tener apoyada la mano sobre su seno de nanquín y tomar fuerzas preventivas contra la vuelta de su enfermedad, sorbiendo su medicina. Por fin me dijo:

—Cuando su querida tía alquiló para usted estas habita­ciones, míster Copperfull, yo me dije: « Por fin he encontrado a alguien a quien querer; ¡bendito sea Dios!; por fin he encontrado alguien a quien querer». Esas fueron mis palabras... Usted no come apenas, ni bebe...

—¿Y es en eso en lo que funda sus suposiciones, mistress Crupp? —pregunté.

—Señorito —dijo mistress Crupp en un tono casi se­vero—, he cuidado la casa de muchos jóvenes. Un joven podrá arreglarse mucho, o no arreglarse bastante. Puede peinarse con cuidado, o no hacerse siquiera la raya. Puede llevar botas demasiado grandes o demasiado pequeñas; eso depende del carácter; pero sea cual sea en el extremo que se lance, en uno a otro caso siempre hay una señorita por medio.

Mistress Crupp sacudió la cabeza con aire tan decidido, que yo no sabía qué cara poner.

—El caballero que ha muerto aquí antes que usted viniese —dijo mistress Crupp—, pues bien, se había enamorado... de una criada, y al momento hizo estrechar todos sus chalecos, para que no se notara lo hinchado que estaba por la bebida.

—Mistress Crupp —le dije—, le ruego que no compare a la jovencita de que se trata con una criada ni con ninguna otra criatura de esa especie; hágame el favor.

—Míster Copperfull —contestó mistress Crupp—, yo también soy madre, y no lo haré. Le pido perdón por mi in­discreción. No me gusta mezclarme en lo que no me in­cumbe. Pero usted es joven, míster Copperfull, y mi opinión es que tenga usted valor, que no se deje abatir y que se es­time en lo que vale. Si usted pudiera dedicarse a algo —dijo mistress Crupp—, por ejemplo, a jugar a los bolos, es una diversión, le distraería y le sentaría bien.

A estas palabras mistress Crupp me hizo una reverencia majestuosa, a manera de gracias por mi medicina, y se retiró fingiendo cuidar mucho de no verter el aguardiente, que ya había desaparecido por completo. Viéndola alejarse en la os­curidad, se me ocurrió que mistress Crupp se había tomado una singular libertad dándome consejos; pero, por otro lado, no me disgustaba. Era una lección para saber guardar mejor mis secretos en el futuro.

CAPÍTULO VII. TOMMY TRADDLES

Quizá fue a consecuencia del consejo de mistress Crupp, o quizá también sin mayor razón que la de recordar algunas partidas que había jugado con Traddles, por lo que al día si­guiente se me ocurrió ir en busca de mi antigun camarada. El tiempo que debía pasar fuera de Londres había transcurrido, y habitaba en una callejuela cercana a la Escuela de Veteri­naria, en Camden Town, barrio principalmente habitado, se­gún me dijo uno de nuestros empleados, que vivía cerca, por jóvenes estudiantes de la Escuela, que compraban burros vi­vos para hacer con ellos experimentos en sus habitaciones particulares. Me hice dar por aquel mismo empleado algunos datos sobre la situación de ese retiro académico, y a medio­día me encaminé en busca de mi antigun camarada.

La calle en cuestión dejaba bastante que desear, y me ha­bría gustado mayor comodidad para mi amigo Traddles. Pa­recía que sus habitantes eran demasiado propensos a lanzar en medio de la calle todo lo que les estorbaba; de manera que no solamente estaba llena de fango y basura, sino que además reinaba el mayor desorden y estaba llena de hojas de coles. Y aquel día no era eso todo, pues además de las ver­duras había una zapatilla vieja, una cacerola sin fondo, un sombrero negro y un paraguas, todo en mayor o menor es­tado de descomposición, según pude apreciar mientras bus­caba el número deseado.

El aspecto general del lugar me recordó vivamente los tiempos en que yo vivía con los Micawber. Cierto aspecto in­definible de elegancia venida a menos, que se observaba en la casa que yo buscaba, diferenciándola de las otras (aunque todas estaban construidas sobre el mismo patrón y parecían esos intentos primitivos de colegial torpe que aprende a dibu­jar casas), me recordaba todavía más a mis antiguos huéspe­des. El diálogo a que asistí al llegar a la puerta, que acababan de abrir al lechero, no hizo más que avivar mis recuerdos.

—Veamos —decía el lechero a una criada muy joven­cita—, ¿han pensado ya en mi cuenta?

—¡Oh! El señor dice que se ocupará de ella enseguida —respondió.

—Porque... —repuso el lechero continuando como si no hubiera recibido respuesta y hablando más bien, según me pareció (por el tono y las miradas furiosas que lanzaba hacia el interior), para que le escuchase alguien que estaba dentro de la casa, que para la criadita— porque hace ya tanto tiempo que esta cuenta va corriendo, que empiezo a creer que va a seguir corriendo siempre, y luego va a ser difícil atraparla. ¡Y puede usted comprender que eso no lo puedo consentir! —gritó cada vez más alto, atravesando con su tono penetrante toda la casa desde el corredor

Sus modales eran una anomalía nada de acuerdo con su tranquilo oficio de lechero. Su cólera habría resultado excesiva en un carnicero y hasta en un vendedor de aguardiente. La voz de la criadita se debilitó; pero me pareció, por el movimiento de sus labios, que murmuraba de nuevo que iban a ocuparse enseguida de la cuenta.

—Escucha lo que voy a decirte —repuso el lechero fi­jando los ojos en ella por primera vez y cogiéndola de la bar­billa—: ¿te gusta la leche?

—Sí, mucho —replicó.

—Pues bien —continuó el lechero—; mañana no la traeré, ¿me oyes? Mañana no traeré ni una gota.

La chica pareció tranquilizada al saber que, por lo menos, hoy sí la tendrían. El lechero, después de hacer un gesto si­niestro, le soltó la barbilla, y abriendo su cacharra de la peor gana del mundo llenó la de la familia. Después se marchó gruñendo y se puso a vocear en la calle la leche en tono fu­rioso.

—¿Vive aquí míster Traddles? —pregunté.

Una voz misteriosa respondió «sí» desde el fondo del corredor. Entonces la criadita repitió: «Sí.»

—¿Está en casa?

La voz misteriosa respondió de nuevo afirmativamente, y la criada hizo eco. Entonces entré y, por las indicaciones de la muchacha, subí, seguido, según me pareció, por un ojo misterioso, que pertenecía sin duda a la voz misteriosa, y procedente de una habitación de la parte de atrás de la casa.

Encontré a Traddles esperándome en el descansillo de la escalera. La casa no tenía más que un piso, y la habitación en que me introdujo, con gran cordialidad, estaba situada en la parte de delante. Estaba muy limpia, aunque pobremente amueblada. Vi que esa era toda su vivienda, pues tenía un lecho—diván, y los cepillos y betunes estaban escondidos entre los libros, detrás de un diccionario, sobre el estante más alto. Tenía la mesa cubierta de papeles; estaba vestido con un traje muy viejo, y trabajaba con toda su alma. Yo no miraba nada; pero lo vi todo a la primera ojeada, antes de sentarme: hasta una iglesia pintada en el tintero de porce­lana. Era también una facultad de observación que había aprendido a ejercitar en los tiempos de los Micawber. Dife­rentes arreglos ingeniosos de su invención, para disimular la cómoda o para esconder las botas, el espejo de afeitarse, etc., me recordaban con una exactitud completamente pecu­liar las costumbres de Traddles en los tiempos en que gas­taba el tiempo en tonterías, o cuando se consolaba de sus penas con las famosas obras de arte de las cuales he hablado más de una vez.

En un rincón de la habitación vi algo que estaba cuidadosamente cubierto con un gran paño blanco, sin poder adivi­nar lo que era.

—Traddles —le dije estrechándole por segunda vez la mano cuando estuve sentado—, estoy encantado de verte.

—Yo sí que estoy encantado, Copperfield —replicó—. ¡Oh, sí! ¡Muy contento! El día que nos encontramos en casa de míster Waterbrook estaba radiante, y estaba seguro de que te ocurría lo mismo. Por eso te di la dirección de mi casa, en lugar de darte la de mi bufete.

—¡Oh! ¿Tienes bufete? —dije.

—Es decir, la cuarta parte de un bufete y de un pasillo, y también la cuarta parte de un empleado —repuso Traddles—. Nos hemos reunido cuatro para alquilar un estudio, y que pa­rezca que tenemos asuntos, y al empleado también le paga­mos entre los cuatro. Me cuesta media corona por semana.

«Su antigua sencillez y buen humor, y también algo de su antigua mala suerte» pensaba yo al verle sonreírse mientras me daba estas explicaciones.

—Te aseguro que no es por orgullo, Copperfield, me comprenderás —dijo Traddles—, por lo que no doy, por lo general, las señas de mi casa; es solamente porque no a to­dos podría gustarles venir aquí. En cuanto a mí, tengo bas­tante que hacer con tratar de salir a flote en el mundo, y sería ridículo que me preocupara otra cosa.

—¿Te piensas dedicar a la abogacía, según me ha dicho míster Waterbrook? —le dije.

—Sí, sí —dijo Traddles restregándose despacio las ma­nos una con otra—; me preparo para eso. El caso es que em­piezo ahora a estudiar, aunque algo tarde, hace ya algún tiempo que estoy inscrito, pero el pago de esas cien libras es un gran pellizco. ¡Un gran pellizco! —dijo Traddles con un gesto como si le sacaran un diente.

—¿Sabes en lo que no puedo por menos de pensar, Tradd­les, mientras estoy aquí sentado mirándote? —le pregunté.

—No —me dijo. —En el traje azul celeste que llevabas entonces.

—¡Dios mío, es verdad! —exclamó Traddles riendo—. Un poco estrecho en los brazos y en las piernas. ¡Dios mío! ¡Ya lo creo! Aquellos eran tiempos felices, ¿no te parece?

—Pienso que nuestro maestro podía habernos hecho más dichosos sin perjudicamos a ninguno, y se lo habría agrade­cido —repuse.

—Quizá podía; pero, amigo, nos divertíamos mucho. ¿Te acuerdas de las noches del dormitorio? ¿Y los banquetes que acostumbrábamos a tener? ¿Y cuando tú nos contabas histo­rias? ¡Ja, ja, ja! ¿Y te acuerdas cómo me pegaron por llorar cuando se fue míster Mell? ¡El viejo Creakle! Me gustaría también volverle a ver

—Era un bruto contigo, Traddles —dije con indignación, pues su buen humor me ponía furioso, como si le hubiera es­tado viendo pegar la víspera.

—¿De verdad lo piensas? ¿Realmente? Quizá lo era; pero hace tanto tiempo. ¡Viejo Creakle!

—¿Era un tío el que se ocupaba de ti entonces? —dije.

—Sí —dijo Traddles—. Aquel a quien siempre iba yo a escribir y nunca lo hacía. ¡Ja, ja, ja! Sí; entonces tenía un tío. Murió poco después de salir yo del colegio.

—¿De verdad?

—Sí. Era ¿cómo se dirá? un comerciante de telas retirado, y había hecho de mí su heredero. Pero dejé de gustarle al crecer.

—¿De verdad fue así? —dije.

No podía comprender que hablara con tanta tranquilidad de semejante asunto.

—¡Oh sí, querido Copperfield, ha sido así! —replicó Traddles—. Fue una desgracia; pero no le gusté en absoluto. Dijo que no era yo lo que se había esperado, y se casó con su ama de llaves.

—¿Y tú qué hiciste? —pregunté.

—Yo no hice nada de particular —dijo Traddles—. Seguí viviendo con ellos, esperando poder salir al mundo; pero a mi tío se le subió la gota al estómago y murió. Entonces ella se casó con un joven, y yo me quedé sin posición.

—¿Pero no te dejó nada, Traddles, después de todo?

—¡Oh sí, querido, sí! —dijo Traddles—. Me dejó cin­cuenta libras. Como nunca me habían dedicado a ninguna profesión, al principio no sabía qué hacer. Sin embargo, em­pecé, con la ayuda del hijo de un profesional, que había es­tado en Salem House: Yawler, con su nariz torcida, ¿no le recuerdas?

—No. No debía de estar cuando yo. En mi época todas las narices estaban derechas.

—Lo mismo da —dijo Traddles—. Empecé, por media­ción suya, a copiar escrituras legales. Pero esto no me repor­taba mucho; entonces empecé a redactar y a hacer toda clase de trabajos para ellos. Trabajo mucho, tanto más porque lo hago deprisa. Bien. Entonces se me metió en la cabeza estu­diar yo también leyes, y así desapareció el final de mis cin­cuenta libras. Yawler me recomendó a uno o dos bufetes, en­tre ellos el de míster Waterbrook; hice algún negociejo que otro. También he tenido la suerte de conocer a un editor que trabaja en la publicación de una enciclopedia, y me ha dado trabajo. En este momento trabajaba para él, y no soy mal compilador, Copperfield —dijo Traddles continuando en el mismo tono de alegre confidencia—; pero no tengo la me­nor imaginación, ni un átomo. Yo creo que no se puede en­contrar un muchacho con menos originalidad que yo.

Como Traddles parecía esperar que yo asintiera a aquello como cosa sabida, asentí; y él continuó con la misma alegre paciencia (no encuentro mejor expresión) de antes:

—Y así, poco a poco, y viviendo con modestia, por fin he conseguido reunir las cien libras, y gracias a Dios las he pa­gado, aunque el trabajo haya sido... haya sido verdadera­mente... —Traddles hizo de nuevo un gesto como si le arrancaran otra muela...— algo duro. Vivo de todo esto, y espero llegar pronto a escribir en un periódico. Por el momento se­ría mi bastón de mariscal. Pero, ahora que me fijo, Copper­field, has cambiado tan poco y estoy tan contento de volver a ver tu cara de bueno, que no quiero ocultarte nada. Has de saber que tengo novia. (¡Novia! ¡Oh Dora!)

—Es la hija de un pastor del Devonshire: son diez herma­nos. Sí —añadió viéndome lanzar una mirada involuntaria hacia el tintero—; esa es la iglesia: se da la vuelta por aquí y se sale por esta verja (me lo iba señalando con el dedo); y aquí donde pongo la pluma está el presbiterio, frente a la iglesia. ¿Te das cuenta?

Sólo un poco más tarde comprendí todo el gusto con que me daba aquellos detalles; pues en aquel momento, en mi egoísmo, seguía en mi cabeza un piano figurado de la casa y del jardín de mister Spenlow.

—¡Es una chica tan buena! —dijo Traddles—. Time al­gún año más que yo; pero ¡es una chica tan buena! ¿No te lo dije la otra vez que te vi cuando me fui de Londres? Es que iba a verla. Voy a pie al ir y al venir; pero ¡qué viaje tan deli­cioso! Probablemente seguiremos de novios mucho tiempo; pero nuestro lema es «Paciencia y esperanza». Y es lo que nos repetimos siempre: «Paciencia y esperanza». Y me espe­rará, querido Copperfield; me esperará hasta los sesenta años y mas si es necesario.

Traddles se levantó y puso la mano con expresión de triunfo encima del paño blanco que ya he mencionado.

—Sin embargo —dijo—, eso no quita que nos estemos ocupando ya de nuestra casa; no, no. Al contrario, ya hemos empezado. Iremos poco a poco; pero ya hemos empezado. Mira —dijo tirando del paño con mucho orgullo y cui­dado—, mira las dos cosas que hemos comprado ya para la casa: este florero y esta repisa; eila misma los ha comprado. Esto en la ventana de un salón —dijo Traddles retrocediendo un poco para mirar mejor— y con una planta en el florero y... ¡ya está! En cuanto a esta mesita con tablero de mármol (tiene dos pies y dos pulgadas de circunferencia), yo soy quien la ha comprado. Se necesita un sitio donde dejar un li­bro, o bien viene alguien a veros, a ti o a tu mujer, y busca un sitio donde dejar su taza de té; pues, ¡aquí está! —repuso Traddles—. Es un mueble muy bien trabajado, y sólido como una roca.

Le alabé las dos cosas, y Traddles volvió a colocar el paño con el mismo cuidado que lo había levantado.

—No es todavía mucho mobiliario —dijo Traddles—; pero siempre es algo. Los manteles, las sábanas y todo eso es lo que más me desanima, Copperfield, y la batería de co­cina, las cacerolas, los asadores; es todo tan indispensable, y es caro, sube mucho. Pero «Paciencia y esperanza», y ade­más, si supieras, ¡es tan... tan buena chica!

—Estoy seguro —le dije.

—Entre tanto —dijo Traddles volviéndose a sentar, y este es el fin de todos estos pesadísimos detalles personales—, hago lo que puedo. No gano mucho dinero, pero gasto poco. En general como con los habitantes del piso bajo, que son muy amables. Míster y mistress Micawber conocen bien la vida, y son compañeros agradables.

—Querido Traddles, ¿qué me dices?

Traddles me miró como si a su vez no supiera lo que yo decía.

—¡Mister y mistress Micawber! ¡Son íntimos amigos míos!

Precisamente en aquel momento sonó en la puerta de la calle un doble golpe, en el que reconocí, a causa de mi larga experiencia de Windsor Terrace, la mano de míster Micawber; sólo él podía llamar así. Por lo tanto, cualquier duda que hu­biera podido quedarme en el espíritu sobre la identidad de mis antiguos amigos se desvaneció, y rogué a Traddles que pidiera al dueño que subiera. Traddles se asomó a la escalera para llamar a míster Micawber, que apareció un momento después. No había cambiado; su pantalón ceñido, su bastón, el cuello de la camisa y su monóculo eran siempre los mis­mos, y entró en la habitación de Traddles con cierto aire de juventud y de elegancia.

—Le pido perdón, míster Traddles —dijo míster Micawber con la misma inflexión de voz de siempre y cesando brusca­mente de canturrear—: no sabía que iba a encontrar en su santuario a un caballero extraño a la casa.

Míster Micawber me hizo un ligero saludo y se tiró del cuello de la camisa.

—¿Cómo está usted, míster Micawber? —le dije.

—Caballero —dijo míster Micawber—, es usted muy amable. Estoy in statu quo.

—¿Y mistress Micawber? —proseguí.

—Caballero —dijo míster Micawber—, también está, gracias a Dios, in statu quo.

—¿Y los niños, míster Micawber?

—Caballero —dijo míster Micawber—, tengo la alegría de poderle contestar que están en el mejor estado de salud.

Durante todo aquel tiempo, míster Micawber no me había reconocido lo más mínimo, aunque estábamos frente a frente. Pero ahora, viendo mi sonrisa, examinó mis rasgos con mayor atención, retrocedió y exclamó:

—¿Es posible? ¿Es a Copperfield a quien tengo el gusto de volver a ver?

Y me estrechó las dos manos con la mayor efusión.

—¡Dios mío, míster Traddles —dijo míster Micawber—, pensar que encuentro en su compañía al amigo de mi juven­tud, al compañero de días más jóvenes! ¡Querida mía! —llamó por la escalera míster Micawber, mientras Traddles parecía, con razón, no poco sorprendido de aquellas expre­siones—. Hay aquí un caballero, en la habitación de míster Traddles, que desea tener el gusto de ser presentado a ti, amor mío.

Míster Micawber reapareció inmediatamente y me estre­chó las manos de nuevo.

—¿Y cómo está nuestro querido amigo el doctor, Copper­field —dijo mister Micawber—, y todos los conocidos de Canterbury?

—Sólo he tenido buenas noticias de ellos —dije.

—¡Cómo me alegro! —dijo míster Micawber—. Fue en Canterbury donde nos encontramos por última vez. A la sombra de aquel edificio religioso, para servirme del estilo figurado inmortalizado por Chance; de ese edificio que ha sido en otras épocas la meta de peregrinación de tantos via­jeros de los lugares más ...; en una palabra —dijo míster Mi­cawber—, al lado de la catedral.

—Es verdad —le dije.

Míster Micawber continuaba hablando con la mayor vo­lubilidad; pero me parecía observar en su rostro que escu­chaba con interés ciertos ruidos que provenían de la habita­ción de al lado, como si mistress Micawber se lavara las manos y abriera y cerrara precipitadamente cajones que no eran fáciles de abrir.

—Nos encuentra usted, Copperfield —dijo míster Mi­cawber mirando a Traddles de reojo—, establecidos por el momento en una situación modesta y sin pretensiones; pero usted sabe que en el curso de mi carrera he tenido que atra­vesar tremendas dificultades y muchos obstáculos que ven­cer. Usted no ignora que ha habido momentos de mi vida en que me he visto obligado a hacer un alto en espera de que al­gunos sucesos previstos salieran bien; y, en fin, que algunas veces he tenido que retroceder para conseguir lo que espero llamar sin presunción dar mejor el salto. Por el momento es­toy en una de esas épocas decisivas en la vida de un hombre. Retrocedo para saltar mejor, y tengo motivos para esperar que no tardaré en terminar con un salto enérgico.

Le expresaba toda mi satisfacción por aquellas noticias, cuando entró mistress Micawber. Un poco más descuidada todavía de indumento que en el pasado, o quizá consistiera en que había perdido la costumbre de verla; sin embargo, se había preparado para ver gente, y hasta se había puesto un par de guantes oscuros.

—Querida mía —dijo mister Micawber acercándola a mí—; aquí está un caballero que se llama Copperfield y que querría renovar la amistad contigo.

Habría sido preferible, por lo visto, preparar aquella sor­presa, pues mistress Micawber, que estaba en un estado de sa­lud precario, se conmovió tanto, que mister Micawber tuvo que correr en busca de agua a la bomba del patio y llenar un cacha­rro para bañarle las sienes. Se repuso pronto, sin embargo, y manifestó un verdadero placer al verme. Estuvimos charlando todos juntos todavía cerca de media hora, y le pregunté por los mellizos, «que estaban enormes», me dijo; en cuanto al seño­rito y a la señorita Micawber, me los describió como «verdade­ros gigantes» ; pero no los vi en aquella ocasión.

Mister Micawber quería convencerme de que me quedase a comer, y yo no habría hecho ninguna objeción si no me hubiera parecido leer en los ojos de mistress Micawber un poco de inquietud calculando la cantidad de fiambre que ten­dría en la despensa. Declaré que estaba comprometido en otra parte, y observando que el espíritu de mistress Micaw­ber parecía libertado de un gran peso, resistí a todas las in­sistencias de su esposo.

Pero les dije a Traddles y a mister y mistress Micawber que antes de decidirme a dejarlos era necesario que me fija­ran el día que les convenía venir a comer a mi casa. Las ocu­paciones que encadenaban a Traddles nos obligaron a fijar una fecha bastante lejana; pero por fin se eligió una tarde que convenía a todo el mundo, y me despedí de ellos.

Mister Micawber, bajo pretexto de enseñarme un camino más corto que aquel por el que había ido, me acompañó hasta un rincón de la calle, con intención, añadió, de decir algunas palabras en confianza a su antigun amigo.

—Mi querido Copperfield —me dijo mister Micawber—, no tengo necesidad de repetirle que para nosotros, en las circunstancias actuales, es un gran consuelo tener bajo nuestro techo un alma como la que resplandece, si puedo expresarme así, en su amigo Traddles. Con la lavandera que vende galle­tas, que es nuestra vecina más cercana, y un guardia que vive en la casa de enfrente, puede usted comprender que la amistad de míster Traddles es una gran dulzura para mistress Micaw­ber y para mí. Por el momento estoy dedicado, míster Copper­field, a comisionista de trigos, lo que no está muy remunerado; en otros términos, no se saca nada de ello y los apuros pecu­niarios de una naturaleza transitoria han sido la consecuencia. Sin embargo, me complace el poderle decir que tengo en pers­pectiva la esperanza de que surja algo (perdóneme que no le diga de qué naturaleza, no soy libre de confiar ese secreto), algo que espero me permitirá salir a flote como su amigo Traddles, por el cual me intereso verdaderamente. Usted quizá no se sorprenderá de saber que mistress Micawber está en un estado de salud que hace sospechar que los lazos del afecto que...; en una palabra, que se aumente la tropa infantil. La fa­milia de mistress Micawber ha expresado su descontento por este estado de cosas. Todo lo que puedo decirle es que no com­prendo qué tienen ellos que ver con eso y que rechazo esa ma­nifestación de sus sentimientos con asco y con desprecio.

Míster Micawber me estrechó de nuevo la mano y me dejó.

CAPÍTULO VIII. MÍSTER MICAWBER LANZA SU GUANTE

Hasta que llegó el día de recibir a mis antiguos amigos viví principalmente de Dora y de café. En el estado de ena­moramiento en que me hallaba, mi apetito languidecía; pero yo me alegraba de ello, pues me parecía que habría sido un acto de perfidia hacia Dora el haber podido comer de un modo natural. La cantidad de ejercicio que hacía no daba en este caso los resultados de costumbre, pues las decepciones con­trarrestaban los efectos del aire libre. Tengo también mis Ju­das (fundadas en la aguda experiencia adquirida en aquel período de mi vida) de si el goce del alimento animal podrá experimentarlo una criatura humana que esté siempre ator­mentada por las botas estrechas. Y pienso que quizá las ex­tremidades requieren estar libres antes de que el estómago pueda actuar con vigor.

Con ocasión del pequeño convite, no repetí los extraordi­narios preparativos de la otra vez. Únicamente preparé un par de lenguados, una piema de cordero y una empanada de ave. Mistress Crupp se rebeló a mi primera protesta, respecto a que guisara el pescado y el cordero, y dijo con acento de dignidad ofendida:

—No, no señor; usted no me pedirá semejante cosa, pues creo que me conoce usted lo bastante para saber que no soy capaz de hacer lo que va en contra de mis sentimientos.

Pero por fin hicimos un pacto; y mistress Crupp consintió en condimentar aquello con la condición de que después co­mería yo fuera de casa durante quince días.

Haré observar aquí que la tiranía de mistress Crupp me causaba sufrimientos indecibles. Nunca he tenido tanto miedo a nadie. Nos pasábamos la vida haciendo pactos, y si yo titubeaba en algún caso, al instante se apoderaba de ella aquella enfermedad extraordinaria que estaba emboscada en un rincón de su temperamento, dispuesta a agarrarse al me­nor pretexto para poner su vida en peligro. Si llamaba con impaciencia después de media docena de campanillazos mo­destos y sin efecto, cuando aparecía (que no era siempre) era con cara de reproche; caía ahogándose en una silla al lado de la puerta, apoyaba la mano sobre su seno de nanquín y se sentía tan indispuesta, que yo me consideraba muy dichoso desembarazándome de ella a costa de mi aguardiente o de cualquier otro sacrificio. Si me parecía mal que no me hu­biera hecho la cama a las cinco de la tarde (lo que persisto en considerar como una mala costumbre), un gesto de su mano hacia la región del nanquín, expresión de sensibilidad herida, me ponía al instante en la necesidad de balbucir ex­cusas. En una palabra: estaba dispuesto a todas las concesio­nes que el honor no reprobase antes que ofender a mistress Crupp. Era el terror de mi vida.

Tomé una asistenta para el día de la comida, en lugar de aquel joven «hábil» , contra el que había concebido algunos prejuicios desde que le encontré un domingo por la mañana en el Strand engalanado con un chaleco que se parecía extra­ordinariamente a uno de los míos que me había desapare­cido aquel día. En cuanto a la « muchacha», se le dijo que se limitara a llevar los platos y marcharse al momento de la an­tesala a la escalera, donde no se le oiría resoplar como tenía costumbre. Además era el medio de evitar que pudiera piso­tear los platos en su retirada precipitada.

Preparé los ingredientes necesarios para hacer ponche, del que contaba con confiar la composición a míster Micaw­ber; me procuré una botella de agua de 1avanda, dos velas, un papel de alfileres mezclados y un acerico, que puse en mi tocador para la toilette de mistress Micawber. Y después de poner yo mismo la mesa, esperé con calma el efecto de mis preparativos.

A la hora fijada llegaron mis tres invitados juntos. El cue­llo de la camisa de míster Micawber era más grande que de costumbre, y había puesto una cinta nueva a su monóculo. Mistress Micawber había envuelto su cofia en un papel gris, formando un paquete que llevaba Traddles, el cual daba el brazo a mistress Micawber. Todos quedaron encantados de mi casa. Cuando conduje a mistress Micawber delante de mi tocador y vio los preparativos que había hecho en honor suyo, quedó tan entusiasmada que llamó a míster Micawber.

—Mi querido Copperfield —dijo míster Micawber—, esto es un verdadero lujo. Es una prodigalidad que me re­cuerda los tiempos en que vivía en el celibato y cuando mis­tress Micawber no había sido solicitada todavía para deposi­tar su fe en el altar de Himeneo.

—Quiere decir solicitada por él, míster Copperfield —dijo mistress Micawber en tono picaresco—; no puede hablar de otros.

—Querida mía —repuso Micawber con brusca serie­dad—, no tengo ningún deseo de hablar de otras personas. Sé demasiado bien que en los designios impenetrables del Fatum me estabas destinada; que estabas reservada a un hombre destinado a llegar a ser, después de largos combates, la víctima de dificultades pecuniarias complicadas. Com­prendo tu alusión, amiga mía. La siento, pero te la perdono.

—¡Micawber! —exclamó mistress Micawber llorando—. ¿He merecido que me trates así? ¡Yo que nunca te he aban­donado, que no te abandonaré jamás!

—Amor mío —dijo su esposo muy conmovido—, perdó­name, y nuestro antiguo amigo Copperfield también me per­donará, estoy seguro, una susceptibilidad momentánea, cau­sada por las heridas que acaba de abrir una colisión reciente con un esbirro del Poder (en otras palabras, con un misera­ble perteneciente al servicio de las aguas), y espero que per­donarán, sin condenarlos, estos excesos.

Después de esto, míster Micawber abrazó a mistress Mi­cawber, me estrechó la mano, y yo deduje, de la alusión que acababa de hacer, que le habían cortado el agua aquella ma­ñana por no haber pagado la cuenta a la compañía.

Para alejar sus pensamientos de aquel asunto melancó­lico, le dije que contaba con él para hacer el ponche, y le en­señé los limones. Su abatimiento, por no decir su desespera­ción, desapareció al momento. Yo no he visto jamás a un hombre gozar del perfume de la corteza del limón, del azú­car, del olor del ron y del vapor del agua caliente como míster Micawber aquel día. Daba gusto ver su rostro resplandeciente en medio de la nube formada por aquellas evaporaciones deli­cadas mientras que mezclaba, que movía y que probaba; pare­cía que, en lugar de preparar el ponche, estaba ocupándose en hacer una fortuna considerable, que debía enriquecer a su fa­milia de generación en generación. En cuanto a mistress Mi­cawber, yo no sé si fue el efecto de la cofia, o del agua de la­vanda, o de los alfileres, o del fuego, o de las luces; pero salió de mi habitación encantadora (comparándola, claro está, a como había llegado), y sobre todo alegre como un pájaro.

Supongo, nunca me he atrevido a preguntarlo, pero su­pongo que después de haber frito los lenguados mistress Crupp se sintió mala, pues la comida se interrumpió ahí. El cordero llegó encarnado por el interior y muy pálido por fuera, sin contar con que estaba cubierto de una sustancia extraña y polvorienta, que parecía demostrar que había caído en las cenizas de la cocina. Quizá la salsa hubiera podido damos algún dato, pero no la tenía; «la muchacha» la había derramado por la escalera, donde formaba una larga huella, que, sea dicho de pasada, siguió allí mientras quiso sin que nadie la molestara. La empanada de ave no tenía mala cara; pero era una empanada falaz; el interior se parecía a esas ca­bezas, desesperantes para el frenólogo, llenas de jorobas y eminencias bajo las cuales no hay nada de particular. En una palabra, el banquete fue un fiasco, y yo me habría sentido muy desgraciado (de mi poco éxito quiero decir, pues lo era siempre pensando en Dora) si no hubiera estado animado por el buen humor de mis huéspedes y por una idea lumi­nosa de míster Micawber.

—Mi querido Copperfield —dijo míster Micawber—, ocurren accidentes en las casas mejor cuidadas; pero en las que no son gobemadas por esa influencia soberana que san­tifica y realza el... la...; en una palabra, por la influencia de la mujer, revestida del santo carácter de esposa, pueden es­perarse de seguro, y hay que soportarlos con filosofía. Si usted me lo permite, le haré observar que hay pocos alimentos mejores en su género que un asado picante con especias, y yo creo que repartiéndonos el trabajo podemos hacerlo en un momento si la muchacha nos proporciona unas parrillas. Así podremos reparar fácilmente la desgracia.

En la despensa había unas parrillas sobre las cuales asaba todas las mañanas mi ración de tocino; las trajeron al momento y pusimos en ejecución la idea de míster Micaw­ber. La división del trabajo que se le había ocurrido se hizo así: Traddles cortaba el cordero en lonchas; míster Micawber, que tenía mucho talento para todas las cosas de aquel género, las cubría de mostaza, de sal y de pimienta; yo las ponía so­bre la parrilla y les daba vueltas con un tenedor; después las quitaba, bajo la dirección de míster Micawber, mientras que mistress Micawber hacía hervir y movía constantemente la salsa con setas en una escudilla. Cuando tuvimos bastantes lonchas para empezar caímos sobre ellas con las mangas to­davía remangadas y una nueva serie de lonchas ante el fuego, dividiendo nuestra atención entre el cordero en servicio ac­tivo en nuestros platos y el que se asaba todavía. La novedad de aquellas operaciones culinarias, su excelencia, la activi­dad que exigían, la necesidad de levantarse a cada momento para mirar lo que estaba en el fuego y volverse a sentar para devorarlo a medida que salía de la parrilla, caliente a hir­viendo; nuestros rostros animados por el ardor interior y el del fuego, todo aquello nos divertía tanto, que en medio de nuestras risas locas y de nuestros éxtasis gastronómicos, pronto no quedó del cordero más que los huesos; mi apetito había reaparecido de una manera maravillosa. Me avergüenza decirlo; pero de verdad creo que olvidé a Dora por un mo­mento, un momentito nada más, y estoy convencido de que míster y mistress Micawber no habrían encontrado la fiesta más alegre aunque hubieran vendido una cama para pagarla. Traddles reía, comía y trabajaba con el mismo afán, y todos hacíamos lo mismo. Nunca he visto un éxito más completo.

Estábamos en el colmo de la felicidad y trabajábamos cada uno en nuestro departamento respectivo para poner la última tanda en un estado de perfección que coronase la fiesta, cuando me percaté de que había entrado un extraño en la habitación; y mis ojos encontraron los del grave Lit­timer, que permanecía ante mí con el sombrero en la mano.

—¿Qué ocurre? —pregunté involuntariamente.

—Usted me dispense, señorito; me habían dicho que pa­sara. ¿No está aquí mi señor?

—No.

—¿Usted no le ha visto?

—No. ¿Es que no estaba usted con él?

—Por el momento no, señor.

—¿Le ha dicho a usted que le encontraría aquí?

—No precisamente; pero vendrá mañana si no ha venido hoy.

—¿Viene de Oxford?

—Si el señor quisiera hacer el favor de sentarse, yo le pe­diría permiso para reemplazarle por el momento.

Diciendo esto, cogió el tenedor sin que yo hiciera ninguna resistencia y se inclinó sobre la parrilla como si concentrara toda su atención en aquella operación delicada.

La llegada de Steerforth no nos habría molestado mu­cho; pero al momento nos sentimos completamente humi­llados y desanimados con la presencia de su respetable ser­vidor. Míster Micawber se dejó caer en una silla y se puso a canturrear para demostrar que estaba completamente a sus anchas. El mango del tenedor, que había ocultado pre­cipitadamente en su chaleco, asomaba como si acabara de darse una puñalada. Mistress Micawber se calzó sus guan­tes oscuros y tomó un aire de languidez elegante. Traddles se restregó con sus manos grasientas los cabellos, que se erizaron completamente, y miró al mantel, confuso. En cuanto a mí, ya no era más que un bebé en mi propia mesa y apenas me atrevía a lanzar una mirada sobre aquel respe­table fenómeno, que llegaba no sabía de dónde para poner mi casa en orden.

Entre tanto, él retiró el cordero de la parrilla y ofreció gra­vemente a todo el mundo. Se aceptó, pero todos habíamos perdido el apetito, y no hicimos más que fingir que comía­mos. Al vernos rechazar nuestros platos, los quitó sin ruido y puso el queso en la mesa. Cuando terminamos, lo quitó al momento, amontonó los platos, dándoselos a la criada, nos puso vasos pequeños, sirvió el vino y por sí mismo echó de la habitación a la criada. Todo esto fue ejecutado a la perfec­ción y sin que levantara siquiera los ojos, únicamente ocu­pado, al parecer, en lo que hacía. Pero cuando se volvía de espaldas a mí me parecía que sus codos expresaban alta­mente su firme convicción de que yo era extraordinaria­mente joven.

—¿Quiere usted que haga algo más, señor?

—Le doy las gracias. Pero usted va a comer también.

—No, señor, muchas gracias.

—¿Míster Steerforth viene de Oxford?

—¡Perdón, señor!

—Pregunto si míster Steerforth viene de Oxford.

—Creo que estará aquí mañana, señorito; creía que iba a encontrarle hoy aquí. Pero sin duda soy yo quien se ha equi­vocado.

—Si le ve usted antes que yo...

—Perdón, señorito; pero no pienso verle antes que usted.

—En el caso de que le viera usted, le dice que siento mu­cho que no haya venido hoy, porque hubiera encontrado a uno de sus antiguos compañeros.

—¿De verdad? —y repartió su saludo entre Traddles y yo, a quien miró.

Tomaba sin ruido el camino de la puerta cuando, haciendo un esfuerzo desesperado para decirle algo en un tono senci­llo y natural, lo que todavía no había conseguido, le dije:

—¡Eh, Littimer!

—¡Señorito!

—¿Permaneció usted mucho tiempo en Yarmouth aquella vez?

—No mucho, señor.

—¿Ha visto usted acabar el barco?

—Sí señor; me quedé para ver acabar el barco.

—Ya lo sé (levantó los ojos hacia mí respetuosamente). ¿Míster Steerforth no lo habrá visto todavía?

—No puedo decirle, señor. Creo.... pero realmente no puedo decirle ...; deseo buenas noches al señor.

Incluyó a todos los asistentes en el saludo que siguió a es­tas palabras, y desapareció. Mis huéspedes parecieron respi­rar más libremente después de su partida, y en cuanto a mí, me sentí de lo más descansado, pues, además de la reserva que me inspiraba siempre y de la extraña convicción en que estaba de que mis aptitudes se paralizaban delante de aquel hombre, mi conciencia estaba turbada ante la idea de que ahora yo desconfiaba de su señor y no podía reprimir cierto temor de que se hubiera dado cuenta. ¿Cómo era que, te­niendo tan pocas cosas que ocultar, temblaba de que aquel hombre llegara a descubrir mi secreto?

Míster Micawber me sacó de aquellas reflexiones, a las cuales se unía cierto temor, mezclado con remordimientos, de ver aparecer a Steerforth en persona, haciendo los mayo­res elogios de Littimer, ausente, como de un respetable mu­chacho y un excelente criado. Hay que hacer observar que míster Micawber había aceptado su parte del saludo que hizo Littimer, y que lo había recibido con una condescendencia infinita.

—Ahora al ponche, mi querido Copperfield —dijo míster Micawber probándolo—, pues el ponche es como el viento y la marea, que no espera a nadie. ¡Ah! Está precisamente en su punto. Amor mío, ¿quieres darme tu opinión?

Mistress Micawber declaró que estaba excelente.

—Entonces beberé —dijo míster Micawber—, si mi amigo Copperfield quiere permitirme esta libertad, beberé en memoria de los tiempos en que mi amigo Copperfield y yo éramos más jóvenes y en los que luchábamos uno al lado de otro contra el mundo para seguir cada uno nuestro ca­mino. Ahora puedo decir de mí mismo y de mi amigo Cop­perfield las palabras que hemos cantado tantas veces juntos:

Hemos recorrido los campos buscando el oro

en sentido figurado «en varias ocasiones». No sé exactamente —dijo míster Micawber con su antigua voz engolada y con su antiguo indescriptible aire de decir algo elegante—, lo que ese «oro» podrá ser; pero no me cabe duda de que Copperfield y yo lo habríamos recogido a menudo si hubiera sido posible.

Míster Micawber, al hablar así, bebió un trago. Y todos hi­cimos lo mismo. Traddles estaba evidentemente sorprendidí­simo y se preguntaba en qué época lejana podía míster Mi­cawber haberme tenido de compañero en aquella gran lucha con el mundo en que habíamos combatido uno al lado del otro.

—¡Ah! —dijo míster Micawber aclarándose la garganta y doblemente calentado por el ponche y por el fuego— Que­rida mía, ¿otro vasito?

Mistress Micawber dijo que sólo quería una gota; pero no quisimos oír hablar de ello, y se le llenó el vaso.

—Como estamos aquí entre nosotros, míster Copperfield —dijo mistress Micawber bebiendo su ponche a traguitos—, y puesto que míster Traddles es de la casa, querría saber su opinión sobre el porvenir de míster Micawber. El comercio de granos —continuó con seriedad— puede ser un comercio distinguido, pero no es productivo. Las comisiones que dan dos chelines y nueve peniques en cuatro días no pueden, por modesta que sea nuestra ambición, ser consideradas como un buen negocio.

Todos estuvimos de acuerdo en que era verdad.

—Por lo tanto —continuó mistress Micawber, que presu­mía de espíritu positivo y de corregir con su buen sentido la imaginación un poco volandera de su esposo—, me hago esta pregunta: Si con los granos no puede contarse, ¿hacia dónde tirar? ¿Al carbón? Tampoco. Ya pusimos la atención en él, si­guiendo el consejo de mi familia, y sólo encontramos decep­ciones.

Míster Micawber, con las dos manos en los bolsillos, se hundía en su sillón y nos miraba de reojo, moviendo la ca­beza como para decir que era imposible exponer más claramente la situación.

—Los artículos trigo y carbón —dijo mistress Micawber con una seriedad de discusión cada vez más acentuada— es­tán, por lo tanto, descontados, míster Copperfield; yo, como es natural, miro a mi alrededor y pienso: ¿Cuál será la situa­ción en que un hombre de las aptitudes de Micawber tendrá más probabilidades de éxito? Excluyo en primer lugar todo lo que sean comisiones; las comisiones no son cosa segura, y estoy convencida de que una cosa segura es lo que mejor conviene al carácter de Micawber.

Traddles y yo expresamos con un murmullo que aquella apreciación del carácter de míster Micawber era muy acer­tada y le hacía el mayor honor.

—No le ocultaré, mi querido míster Copperfield —conti­nuó mistress Micawber—, que desde hace mucho tiempo pienso que el negocio de elaboración de cervezas sería una cosa muy adecuada para Micawber. ¡No hay más que ver Barclay y Perkins, o Truman, Hambury y Buxton! Es una vasta escala en la que Micawber (lo sé porque lo conozco) puede destacarse, y las ganancias, según he oído decir, son enormes. Pero como no hay medio de que Micawber pueda penetrar en esos establecimientos, pues hasta se niegan a contestar a las cartas en que ofrece sus servicios para ocupar los puestos más inferiores, ¿para qué pensar en ello? Yo puedo tener la convicción de que mister Micawber...

—¡Hem! Realmente, querida mía —interrumpió mister Micawber.

—Amor mío, cállate —dijo mistress Micawber poniendo su guante marrón sobre el brazo de su marido—. Yo, mister Copperfield, puedo tener personalmente la convicción de que las aptitudes de Micawber estarían esencialmente adap­tadas en una casa de banca; puedo asegurar que si tuviera di­nero colocado en cualquier casa de banca, el aspecto de Mi­cawber como representante de la casa me inspiraría absoluta confianza y, por lo tanto, podría contribuir a extender las re­laciones de la banca. Pero si todas las casas de banca se nie­gan a abrir esa carrera al talento de Micawber y desechan con desprecio el ofrecimiento de sus servicios, ¿para que in­sistir sobre la idea? En cuanto a fundar una casa de banca, puedo decir que hay miembros de mi familia que si quisie­ran poner su dinero entre las manos de Micawber habrían podido crearle un establecimiento de ese género. Pero si no les da la gana poner ese dinero entre las manos de Micaw­ber, ¿de qué me sirve pensar en ello? Por lo tanto, no hemos adelantado nada.

Yo sacudí la cabeza y dije:

—Ni un ápice.

Traddles también la sacudió y repitió:

—Ni un ápice.

—¿Qué deduzco de todo esto? —continuó mistress Mi­cawber con el mismo tono de estar exponiendo un caso cla­ramente—. ¿Cuál es la conclusión, mister Copperfield, a que he llegado irremisiblemente? No sé si estaré equivocada; pero mi conclusión es que a pesar de todo tenemos que vivir.

—De ninguna manera —respondí—. No está usted equi­vocada.

Y Traddles repitió:

—De ninguna manera.

Después añadí yo solo, gravemente:

—Hay que vivir o morir.

—Precisamente —contestó mistress Micawber—; eso es precisamente. Y en nuestro caso, mi querido Copperfield, no podemos vivir, a no ser que las circunstancias actuales cam­bien por completo. Estoy convencida, y se lo he hecho ob­servar muchas veces a Micawber desde hace tiempo, que las cosas no surgen solas. Hasta cierto punto hay que ayudarlas un poco a surgir. Puedo equivocarme, pero esa es mi opi­nión.

Traddles y yo aplaudimos.

—Muy bien —dijo mistress Micawber—. Ahora, ¿qué es lo que yo aconsejo? Tenemos a Micawber con múltiples fa­cultades y mucho talento...

—Realmente, amor mío —dijo míster Micawber.

—Te lo ruego, querido, déjame acabar. Aquí está Micawber con gran variedad de facultades y mucho talento; hasta po­dría añadir que con genio, pero podría decirse que soy par­cial por ser su mujer..

Traddles y yo murmuramos:

—No.

—Y aquí está Micawber sin posición ni empleo. ¿De quién es la responsabilidad? Evidentemente de la sociedad. Por eso yo querría divulgar un hecho tan vergonzoso, para obligar a la sociedad a ser justa. Me parece, mi querido Cop­perfield —dijo mistress Micawber con energía—, que lo me­jor que puede hacer Micawber es lanzar su guante a la socie­dad y decir positivamente: «Veamos quién lo recoge. ¿Hay alguno que se presente?».

Me aventuré a preguntar a mistress Micawber cómo po­dría hacer eso.

—Poniendo un anuncio en todos los periódicos —dijo mistress Micawber—. Me parece que Micawber se debe a sí mismo, a su familia y hasta a la sociedad, que le ha descui­dado durante tanto tiempo, el poner un anuncio en todos los periódicos y describir claramente su persona y sus conoci­mientos diciendo: «Y ahora a ustedes toca el emplearme de una manera lucrativa: dirigidse a W. M., lista de correos Camden Town».

—Esta idea de mistress Micawber, mi querido Copper­field —dijo míster Micawber acercando a los dos lados de la barbilla las puntas del cuello de su camisa y mirándome de reojo—, en realidad es el salto maravilloso a que yo aludía la última vez que tuve el gusto de verle.

—La inserción de los anuncios resulta cara —me aven­turé a decir, titubeando.

—Precisamente —dijo mistress Micawber, siempre en su tono lógico—. Tiene usted mucha razón, mi querido Cop­perfield. La misma observación le hice yo a Micawber. Pero esa es precisamente la razón por la que creo que Micawber se debe a sí mismo, como ya he dicho, a su familia y a la so­ciedad, el pedir un préstamo sobre un pagaré.

Míster Micawber se apoyó en el respaldo de su silla, ju­gueteó un poco con su monóculo y miró al techo; pero me pareció que al mismo tiempo observaba a Traddles, que mi­raba el fuego.

—Si ningún miembro de mi familia tiene sentimientos bastante humanos para negociar ese pagaré .... creo que se puede expresar mejor lo que quiero decir..

Míster Micawber, con los ojos fijos en el techo, sugirió: «Deducir».

—... Para deducir ese pagaré —continuó mistress Mi­cawber—, entonces mi opinión es que Micawber haría bien yendo a la City y llevándolo a Money Market para sacar lo que pueda. Si los individuos de Money Market obligan a Micawber a un sacrificio grande, eso ya es cosa suya y de sus conciencias. Pero no quita para que me parezca una im­posición segura. Por lo tanto, animo a Micawber, mi que­rido Copperfield, para que lo mire, como yo, como una imposición segura y para que esté dispuesto a cualquier sacri­ficio.

No sé por qué me figuré que mistress Micawber daba con aquello una prueba de desinterés y que sólo le guiaba su ab­negación por su marido, y murmuré algo sobre ello, que Traddles repitió mirando el fuego.

—No quiero —prosiguió mistress Micawber terminando su ponche y echándose sobre los hombros el chal, antes de retirarse a mi alcoba para hacer sus preparativos de mar­cha—, no quiero prolongar estas observaciones sobre los asuntos pecuniarios de Micawber, al lado de su fuego, mi querido Copperfield, y en presencia de míster Traddles, que no es, en verdad, amigo nuestro desde hace tanto tiempo como usted, pero al que ya consideramos como uno de los nuestros; sin embargo, no he podido por menos de ponerles al corriente de la conducta que aconsejo a Micawber. Siento que ha llegado para él el momento de obrar por sí mismo y de reivindicar sus derechos, y me parece que es el mejor me­dio. Sé que no soy más que una mujer, y el juicio de los hombres es considerado, en general, como más competente en semejantes materias; pero no puedo olvidar que cuando vivía con papá y mamá, papá solía decir: «Emma es deli­cada, pero su opinión sobre cualquier asunto no es inferior a la de nadie». Papá era demasiado parcial, ya lo sé; pero era un gran observador de los caracteres, y mi deber y mi razón me prohíben dudar de ello.

A estas palabras, mistress Micawber, resistiendo a todos los ruegos, se negó a asistir a la terminación del ponche y se retiró a mi alcoba, y, en realidad, yo pensaba que era una mujer noble, y que debía haber nacido matrona romana, para ejecutar toda clase de actos heroicos en tiempos de revolu­ciones políticas.

En la impresión del momento felicité a míster Micawber por la posesión de aquel tesoro. Traddles también. Míster Micawber nos tendió la mano a los dos, después se cubrió el rostro con el pañuelo, que al parecer no sabía estuviera tan sucio de tabaco, y volvió a su ponche en el mayor estado de hilaridad.

Estuvo elocuentísimo. Nos dio a entender que en nuestros hijos volvemos a vivir y que bajo el peso de las dificultades pecuniarias todo aumento de familia era doblemente bien venido. Insinuó que mistress Micawber había tenido última­mente algunas dudas sobre aquel punto; pero que él las ha­bía disipado tranquilizándola. En cuanto a su familia, todos eran indignos de ella, y lo que pensaran le era completa­mente indiferente; se podían ir al (cito su propia expre­sión...) al diablo.

Míster Micawber se lanzó después en un elogio pomposo de Traddles. Dijo que el carácter de Traddles era una reu­nión de virtudes sólidas a las cuales él (míster Micawber) no podía pretender sin duda, pero que no podía por menos de admirar, gracias a Dios. Hizo una alusión conmovedora a la joven desconocida a quien Traddles había honrado con su afecto y que también honraba y enriquecía a Traddles con el suyo. Después míster Micawber brindó a su salud, y yo tam­bién. Traddles nos dio las gracias a los dos con una sencillez y una franqueza que a mí me parecieron encantadoras, di­ciendo:

—Se lo agradezco mucho, de verdad. ¡Si supieran ustedes lo buena chica que es!

Un momento después, míster Micawber aludió con mu­cha delicadeza y precauciones al estado de mi corazón. Sólo una afirmación rotunda de lo contrario le forzaría a renun­ciar a la convicción de que su amigo Copperfield amaba y era amado.

Después de un momento de malestar y de emoción, des­pués de negarlo y de ruborizarme, balbucí, con mi vaso en la mano: « Pues bien, a la salud de D...», lo que encantó y ex­citó tanto a míster Micawber, que corrió con un vaso de pon­che a mi alcoba para que su esposa pudiera beber a la salud de D..., lo que hizo con entusiasmo y gritando con voz aguda: « ¡Bravo, bravo, mi querido Copperfield; estoy en­cantada, bravo!», y daba golpes en la pared a manera de aplausos.

La conversación tomó después un sesgo más mundano. Míster Micawber nos dijo que Camden Town le parecía muy incómodo y que lo primero que pensaba hacer cuando hu­biera conseguido algo con los anuncios era cambiar de casa.

Hablaba de una casa en el extremo occidental de Oxford Street, que daba sobre Hyde Park y en la que tenía puestos los ojos hacía tiempo, pero a la que de momento no podrían ir porque se necesitaba mucho dinero. Era probable que du­rante cierto tiempo tuvieran que contentarse con el piso alto de una casa encima de alguna tienda respetable, en Picad­dilly por ejemplo; la situación sería cómoda para mistress Micawber, y haciendo un balcón o levantando un piso o, en fin, con cualquier arreglo de ese estilo sería posible alojarse allí de una manera cómoda y conveniente durante algunos años, y ocurriera lo que ocurriera y fuera lo que fuera su casa, podíamos contar —añadió— con que siempre habría una habitación para Traddles y un cubierto para mí. Le ex­presamos nuestro agradecimiento por sus bondades, y él nos pidió que le dispensáramos por haberse lanzado en aquellos detalles económicos. Era un estado de ánimo muy natural y que había que excusar a un hombre en vísperas de entrar en una vida nueva.

Mistress Micawber en aquel momento golpeó de nuevo en la pared para saber si el té estaba preparado, interrum­piendo así nuestra conversación amistosa. Nos sirvió el té de la manera más amable, y siempre que me acercaba a ella para llevarle las tazas o para hacer circular las pastas me preguntaba bajo si D... era rubia o morena, si era alta o baja, o algún detalle de ese género, y me parece que aquello no me disgustaba. Después del té discutimos una enormidad de cuestiones, y mistress Micawber tuvo la bondad de cantarnos, con su fina vocecita (que, recuerdo, antes me pare­cía de lo más agradable), sus baladas favoritas de El sar­gento blanco y El pequeño Tafflin. Míster Micawber nos dijo que cuando le había oído cantar El sargento blanco la primera vez que la había visto en casa de su padre, le había atraído ya en el más alto grado; pero que cuando llegó a El pequeño Tafflin se había jurado a sí mismo conquistar a aquella mujer o morir.

Serían las diez y media cuando mistress Micawber se le­vantó para envolver su cofia en el papel gris y ponerse el sombrero. Míster Micawber aprovechó el momento en que Traddles se ponía el gabán para deslizarme una carta en la mano, rogándome que la leyera cuando tuviera tiempo. Yo a mi vez aproveché el momento en que sostenía la luz por en­cima de la barandilla de la escalera para alumbrarlos, y que míster Micawber bajaba el primero, conduciendo del brazo a su mujer, para retener a Traddles, que les seguía ya con la cofia de la señora en la mano.

—Traddles —le dije—, míster Micawber no tiene malas intenciones, el pobre hombre; pero si yo estuviera en tu lu­gar, no le prestaría nada.

—Mi querido Copperfield —dijo Traddles, sonriendo—, no tengo nada que poder prestar

—Tienes tu nombre.

—¡Ah! ¿Crees que eso es algo que se puede prestar? —dijo Traddles pensativo.

—¡Naturalmente!

—¡Oh! —dijo Traddles—. Sí, seguramente. Te lo agra­dezco mucho, Copperfield; pero me temo que se lo he pres­tado ya.

—¿Para esa imposición tan segura? —pregunté.

—No —dijo Traddles—; para eso no. Es la primera vez que oigo hablar de ello. Y pensaba que quizá me propusiera firmarlo al volver a casa. Es para otra cosa.

—Pero supongo que no habrá ningún peligro.

—Supongo que no —dijo Traddles—; no lo creo, porque el otro día me aseguró que estaba solucionado. Es la expre­sión de míster Micawber: solucionado.

Míster Micawber levantó los ojos en aquel momento, y sólo pude repetir mis recomendaciones al pobre Traddles, que bajó dándome las gracias. Pero al ver el aspecto de buen humor con que llevaba la cofia y daba el brazo a mistress Micawber tuve mucho miedo no se fuera a entregar atado de pies y manos en Money Market.

Volví a sentarme ante la chimenea y reflexionaba, medio en serio medio en broma, sobre el carácter de míster Micawber y sobre nuestra antigua amistad, cuando oí que alguien subía rápidamente. Pensé que sería Traddles, que volvía a por algo olvidado por mistress Micawber; pero a medida que se acer­caban los pasos los reconocí mejor; el corazón me latió y la sangre me subió al rostro. Era Steerforth.

No olvidaba nunca a Agnes; ella no abandonaba el san­tuario de mis pensamientos (si puedo decirlo así), donde la había colocado desde el primer día. Pero cuando Steerforth entró y se paró ante mí, tendiéndome la mano, la nube os­cura que le envolvía en mi pensamiento se desgarró para ha­cer sitio a una luz brillante, y me sentí avergonzado y con­fuso por haber dudado de un amigo tan querido. Mi afecto por Agnes no se resentía; pensaba siempre en ella como en el ángel bienhechor de mi vida; mis reproches sólo se diri­gían a mí mismo; me turbaba la idea de que había sido in­justo con él, y habría querido expiarlo, si hubiera sabido cómo hacerlo.

—Pues bien, Florecilla, amigo mío, ¿te has vuelto mudo? —dijo Steerforth con alegría, estrechándome la mano del modo más cordial—. ¿Es que te sorprendo en medio de otro festín? ¡Qué sibarita eres! En verdad, voy creyendo que los estudiantes del Tribunal de Doctores son los jóvenes más di­sipados de Londres; y nos tenéis a distancia a nosotros, jó­venes inocentes de Oxford.

Paseaba alegremente su mirada alrededor de la habitación; fue a sentarse en el diván frente a mí, en el lugar que mistress Micawber acababa de dejar, y se puso a mover el fuego.

—En el primer momento estaba tan sorprendido —le dije dándole la bienvenida con toda la cordialidad de que era ca­paz—, que no podía ni saludarte, Steerforth.

—Pues bien; mi vista consuela a los ojos enfermos, como decían los escoceses —replicó Steerforth—, y la tuya pro­duce el mismo efecto; ahora que estás en pleno floreci­miento, Florecilla, ¿cómo estás, Bacanal mía?

—Muy bien —contesté—; pero nada de bacanal esta no­che, aunque confieso que han comido aquí tres personas.

—Acabo de encontrármelos en la calle, elogiándote en voz alta. ¿Quién es el que lleva pantalón ceñido?

En pocas palabras le hice, lo mejor que pude, el retrato de míster Micawber, y reía de todo corazón, declarando que era digno de conocerse, y que no prescindiría de ser presentado a él.

—Pero el otro, el otro, ¿a que no adivinas quién es?

—¡Dios sabrá; pero no yo! ¿Supongo que no será nadie antipático? Me ha parecido que tenía un aspecto muy aburrido.

—¡Traddles! —le dije en tono de triunfo. „

—¿Quién? —preguntó Steerforth con despreocupación.

—¿No te acuerdas de Traddles? Traddles, que se acostaba en el mismo dormitorio que nosotros en Salem House.

—¡Ah! ¿Aquel? —dijo Steerforth dando con las tenazas sobre el carbón—. ¿Y sigue tan simple como antes? ¿De dónde le has desenterrado?

Hice de Traddles un elogio de lo más pomposo, pues me daba cuenta de que Steerforth le desdeñaba. Pero él, dejando a un lado aquel asunto con un movimiento de cabeza y una sonrisa, se limitó a decir que tampoco le disgustaría ver a nuestro antiguo compañero, que había sido siempre muy chusco; y después me preguntó si podía darle algo de comer.

Durante los intervalos de aquel corto diálogo, que sostenía con vivacidad febril, rompía los carbones con las tenazas y parecía contrariado. Observé que continuaba lo mismo mientras yo sacaba del armario los restos de la empanada de ave y alguna que otra cosa del festín.

—¡Pero ha sido una comida regia, Florecilla! —exclamó saliendo de pronto de su ensueño y sentándose al lado de la mesa—. Y voy a hacerle el honor, pues vengo de Yarmouth.

—Creía que estabas en Oxford —repliqué.

—No —dijo Steerforth—; vengo de estar haciendo de marinero, que es mejor.

—Littimer ha venido a preguntar si te había visto, y por sus palabras he creído que estabas en Oxford, aunque, en realidad, no me ha dicho nada.

—Littimer es más loco de lo que yo creía, puesto que se ha tomado la molestia de buscarme —dijo Steerforth ver­tiéndose alegremente vino en un vaso y bebiendo a mi sa­lud—. En cuanto a lograr adivinar lo que piensa, serías más hábil que todos nosotros, Florecilla, si lo consiguieras.

—Tienes razón —le dije acercando mi silla a la mesa—. Según eso, ¿has estado en Yarmouth, Steerforth? —añadí, en mi impaciencia de saber noticias de nuestros amigos—. Y ¿has estado mucho tiempo?

—No —replicó—; no ha sido más que una escapada de unos ocho días.

—¿Y cómo están todos allí? ¿La pequeña Emily no se ha casado todavía?

—No, todavía no; la boda es dentro de no sé cuántas se­manas o meses; no sé bien. No les he visto mucho. A propó­sito, tengo una carta para ti —añadió depositando su cuchi­llo y su tenedor, que manejaba con apetito y buscando en sus bolsillos.

—¿De quién?

—De tu vieja niñera —replicó sacando algunos papeles del bolsillo de su chaleco— «J. Steerforth, esq.» No es esto; paciencia, ya lo encontraré. El viejo... no se como se llama... está enfermo. Debe de ser a propósito de eso por lo que te escribe.

—¿Te refieres a Barkis?

—Sí —respondió, buscando siempre en sus bolsillos y examinando lo que había en ellos— Todo ha terminado para el pobre Barkis, me temo. He visto al boticario o lo que sea, no sé, que te trajo al mundo, que me ha dado los mayores detalles; pero, en resumen, su opinión es que el carretero no tardará en hacer su último viaje. Mete la mano en el bolsillo de mi gabán, que está encima de esa silla, a ver si encuentras la carta. ¿Está ahí?

—Aquí está —dije.

—¡Ah! Vale.

La carta era de Peggotty; era corta y algo menos legible que de costumbre. Me contaba el estado desesperado de su marido y aludía a que se había vuelto algo más agarrado que antes, lo que sentía, sobre todo porque no podía darle todos los cuida­dos que querría. No decía una palabra de sus trabajos ni de sus vigilias; pero no escaseaba los elogios a su marido. Y todo lo decía con una ternura sencilla, honrada y natural, que yo sabía lo sincera que era; y la carta terminaba con estas palabras: «Mis respetos a mi niño querido». Y el niño querido era yo.

Mientras descifraba aquella epístola, Steerforth conti­nuaba comiendo y bebiendo.

—Es una pena —dijo cuando hube terminado—; pero el sol se pone todos los días y mueren seres cada minuto. No hay que atormentarse, por lo tanto, mucho por una cosa que es el lote común de todo el mundo. Si nos detenemos cada vez que oímos dar con el pie en alguna puerta a esa viajera que nunca se detiene, no haríamos mucho ruido en el mundo. ¡No! ¡Adelante! Por los malos caminos si no hay otros, por los buenos si se puede; pero ¡adelante! Saltemos por encima de todos los obstáculos para llegar a la meta.

—¿A qué meta?

—A aquella por la que se ha puesto uno en camino —re­plicó—, y ¡adelante!

Recuerdo que cuando se interrumpió para mirarme con el vaso en la mano y su hermoso rostro un poco inclinado hacia atrás, observé por primera vez que, aunque estaba tos­tado y la frescura del viento del mar había animado su tez, sus rasgos llevaban las huellas del ardor apasionado que le era habitual cuando se lanzaba perdidamente en algún nuevo capricho. Por un momento tuve la idea de repro­charle la energía desesperada con que perseguía el objeto que deseaba; por ejemplo, aquella manía de luchar con la mar bravía y de desafiar las tormentas; pero el primer asunto de nuestra conversación me volvió a la memoria, y le dije:

—Veamos, Steerforth. Si eres lo bastante dueño de ti para escucharme un momento te diré...

—El espíritu que me posee es un espíritu poderoso y hará lo que tú quieras —contestó levantándose de la mesa para volver a sentarse al lado del fuego.

—Pues bien. Voy a decirte, Steerforth, que quiero ir a ver a mi antigua niñera; no porque pueda serle de ninguna utili­dad, ni ayudarla en nada; pero me quiere tanto, que mi visita le dará el mismo gusto que si pudiera ayudarla en algo. Se sentirá dichosa y será un consuelo y un socorro para ella. Y no es hacer ningún sacrificio por una amiga tan fiel. ¿No irías tú a pasar allí un día si estuvieras en mi lugar?

Estaba pensativo, y reflexionó un instante antes de con­testarme en voz baja:

—Sí; debes ir; eso siempre es bueno.

—Como llegas de allí, supongo que será inútil pedirte que me acompañes.

—Completamente inútil —replicó—. Esta misma noche voy a Highgate. No he visto a mi madre desde hace mucho tiempo, y me remuerde la conciencia. Pues es mucho ser amado como ella ama a su hijo pródigo. ¡Bah! ¡Qué locura!

Supongo que piensas irte mañana —dijo apoyando sus ma­nos en mis hombros y reteniéndome a distancia.

—Sí.

—Pues bien; espera solamente a pasado mañana. Quería rogarte que pasaras algunos días con nosotros; había venido expresamente a invitarte, y te escapas a Yarmouth.

—Te aconsejo que no hables de las personas que se esca­pan, Steerforth, cuando tú partes como un loco para cual­quier expedición desconocida.

Me miró un momento sin hablarme, y después repuso te­niéndome siempre agarrado de los hombros y sacudién­dome:

—Vamos, decídete para pasado mañana y pasas el día de mañana con nosotros. ¡Quién sabe cuándo nos volveremos a ver! Vamos, pasado mañana. Te necesito para evitarme un cara a cara con Rosa Dartle y para separamos.

—¿Temes que os querríais demasiado si no estuviera yo allí? —le pregunté.

—Sí, o que nos odiáramos —dijo Steerforth riendo—; una cosa a otra. Vamos, ¿quedamos en eso? ¿Pasado mañana?

—Bueno, pasado mañana —le dije.

Se puso su gabán, encendió su puro y se dispuso a irse ha­cia su casa a pie. Viendo que aquella era su intención, yo también me puse el gabán (pero sin encender el puro, había tenido bastante con una vez) y le acompañé hasta la carre­tera, que no estaba alegre aquella noche. Fue muy animado todo el camino, y cuando nos separamos yo le veía andar con un paso tan ligero y tan firme, que recordé lo que me ha­bía dicho: «Saltemos por encima de todos los obstácu­los para conseguir nuestro objetivo», y me puse a desear, por primera vez en mi vida, que el objetivo que perseguía fuera digno de él.

Había vuelto a mi habitación y me desnudaba, cuando la carta de míster Micawber se cayó al suelo. Hizo bien, pues la había olvidado. Rompí el sello y leí lo que sigue. La carta estaba fechada hora y media antes de la comida. No sé si he dicho que siempre que míster Micawber se encontraba en una situación desesperada empleaba una especie de fraseo­logía legal, que parecía considerar como una manera de li­quidar sus asuntos.

«Caballero... pues no me atrevo a decir mi querido Copperfield:

Es necesario que sepa usted que el firmante es un hombre ahogado. Quizá usted podrá observar hoy que haga débiles esfuerzos para evitarle un descubri­miento prematuro de su desgraciada posición; pero toda esperanza se ha desvanecido del horizonte y el firmante está hundido.

La presente comunicación está escrita en presencia (no puedo decir en compañía) de un individuo sumido en un estado cercano a la borrachera y que es depen­diente de un prestamista. Este individuo está en pose­sión de estos lugares por no haber pagado el alquiler. El inventario que ha hecho comprende no solamente todas las propiedades personales de todo género per­tenecientes al firmante, inquilino por años de esta mo­rada, sino también todos los efectos y propiedades de míster Thomas Traddles, huésped y miembro de la ho­norable Sociedad de Inner Temple.

Si una sola gota de amargura podía faltar a la copa, ya desbordante, que se ofrece ahora (como dice un es­critor inmortal) a los labios del firmante se encontraría en el hecho doloroso de que un pagaré garantizado en favor del firmante, por el antes mencionado míster Thomas Traddles, por la suma de veintitrés libras, cua­tro chelines y nueve peniques y medio ha cumplido y no ha sido pagada. También se encontraría en el hecho igualmente doloroso de que las responsabilidades vivas que pesan sobre el firmante serán aumentadas, según el curso de la naturaleza, por una nueva a inocente víctima, cuya llegada será (en números redondos) a la expiración de un período que no excede de seis meses desde la presente fecha.

Después de estos detalles, será un oprobio que aña­dir a las cenizas y al polvo que cubren para siempre

la

cabeza

de

WILKINS MICAWBER.»

¡Pobre Traddles! Por entonces conocía lo bastante a míster Micawber para estar seguro de que se levantaría de aquel golpe; pero aquella noche turbó mi tranquilidad el recuerdo de Traddles y de la hija del pastor de Devonshire, con diez hermanos y ¡tan buena chica!, como decía Traddles, y dis­puesta a esperarle (elogio funesto) aunque fueran sesenta años, o más, si hacía falta.

CAPÍTULO IX. VEO DE NUEVO A STEERFORTH EN SU CASA

Aquella mañana le dije a míster Spenlow que quería per­miso para ausentarme por poco tiempo; y como no recibía sueldo ninguno, y, por lo tanto, no tenía nada que temer del implacable Jorkins, no hubo dificultad para ello. Aproveché la oportunidad, aunque la voz se me ahogaba y se me nu­blaba la vista, para decir que esperaba que miss Spenlow es­tuviera bien; a lo que me contestó, sin más emoción que si. se tratara de cualquier otro ser humano, que me lo agradecía mucho, y que estaba muy bien.

Los empleados destinados a la aristocrática orden de pro­curadores eran tratados con muchas consideraciones, lo que hacía que tuviéramos la mayor libertad. Pero como no que­ría llegar a Highgate antes de la una o las dos, y como aque­lla mañana teníamos una causa en el tribunal, estuve allí un par de horas pasando el tiempo muy agradablemente con míster Spenlow