Dios Proveerá

Arturo Robsy


Cuento



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El sol despuntó por levante, en cumplimiento estricto de las instrucciones del Director General de Universos. Una vez expulsada el alba del espacio, comenzó a irradiar rayos arrancados de los cuadros de Fra Angélico. La mayoría se limitaban a dorar la cúpula de San Pedro, sin más aspiraciones que aportar una nota colorista al paisaje romano. Uno, sin embargo, se filtró por la cristalera del oratorio y, dibujando un clarísimo haz en la penumbra, cayó sobre el Santo Padre que, en su reclinatorio, oraba por el mundo.

Era su actividad habitual a aquella hora. En modo alguno sabía que aquel día se cumplían los tiempos. Sólo el Buen Dios y su Estado Mayor conocían que en aquella dorada mañana el mundo cumplía mil millones de años. Un soplo en la eternidad, visto desde arriba, pero un rosario de milenios cuando se consideraba pie a tierra.

El rayo que se filtraba, solitario, en la capilla particular del Papa, no era casual. Por él, con una sonrisa, descendió el Angel. Días después, y valiéndose de otros métodos, bajarían los arcángeles a dar los trompetazos del juicio final y despertar así a las conciencias, anestesiadas por el siglo de la materia pura.

Pero el de aquella mañana sólo venía con la intención de dar el aviso: en opinión del Director General de Universos, el Sumo Pontífice era un personaje fundamental en la comedia que iba a representarse: nada menos que la Resurrección de la Carne y el Juicio Universal.

Los ángeles, normalmente invisibles cuando viajan a bordo de rayos de sol, tienden a hacerse sólidos en la penumbra de los oratorios para que su voz no produzca sobresaltos a los corazones puros. Un corazón puro que creía en el Dios Trino y en la Comunión de los Santos, pero que no tuvo más remedio que sospechar de una presencia angélica tan de mañana. Se inclinaba peligrosamente a aceptar antes la posibilidad de una jugarreta. De los sentidos o de un cardenal juguetón.

—El Juicio Universal. —dijo al fin, sintiendo como su carne creyente flaqueaba— ¿Ahora?

El Angel, muy humano, hizo un gesto que parecía abarcar a los drogadictos, a los pederastas, a los codiciosos, a los falsarios y a toda la humana escala de sinvergüenzas:

—¿Vale la pena esperar más?

El Santo Padre, todavía de rodillas, unió las manos. Aún rezando mañana y tarde al Dios Todopoderoso, creía conocer la estructura del mundo:

—Temo que no será fácil —murmuró— pero se hará como disponga el Señor.

L'Observatore Romano y Radio Vaticana dieron la noticia: un ángel se había aparecido al Papa para anunciarle el fin del mundo. Sucedería al cabo de quince días y quince noches. Todos los hombres debían estar, para entonces, en el Valle de Josafat, dispuestos a que les pesaran el alma.

La Curia Romana, como es lógico, se había opuesto a que se transmitiera el mensaje divino. En el mejor de los casos, podía sembrar el pánico y causar una mortandad. En el peor, las carcajadas de la humanidad incrédula serían capaces de resquebrajar la cúpula de San Pedro y de terminar con la enorme labor del agiornamento.

Tuvo el Angel que volver a montar su rayo de sol y aparecerse en medio de la reunión tumultuosa:

—Hombres de poca fe. —les dijo.

Ante la evidencia, cayeron de rodillas, pero no cejaron en sus argumentaciones: ¿Sabía el mensajero del Señor que era del todo imposible transportar al Valle de Josafat a nueve mil millones de seres humanos en tan poco tiempo? ¿Y el espacio que ocuparían? Y, más aún, cómo obligar a ir a los protestantes, a los budistas, a los taoístas, a los mahometanos, a los negritos animistas y, sin ir más lejos, a los propios católicos con cuenta corriente? ¿Y la intendencia para abastecer a semejante multitud? ¿Y los servicios sanitarios? ¿Y las fronteras y sus aduaneros desconfiados?

—Dios proveerá. —murmuró el Angel, meditando en las sorpresas que se verían durante el pesaje de almas. Rodarían algunos bonetes.

Mientras emisoras y periódicos del mundo entero, estupefactos, emitían editoriales en torno a la noticia vaticana y reclamaban la presencia de psicólogos que hicieran una semblanza del Papa y explicaran a qué podía deberse el súbito reblandecimiento de su corteza cerebral, el Estado de Israel, fiel a sus pacíficos hábitos, envió a su Primer Ministro a exigir la ayuda de los Estados Unidos.

Los israelíes no creían, por supuesto, aquella noticia, pues si Yavé se propusiera acabar con el mundo se lo comunicaría solamente al pueblo escogido. El resto de la humanidad, o sea, los goyim, ni podían ir al Paraíso ni resucitar de entre los muertos.

Aquello era, sin duda, una maniobra contra Israel: el intento de volcar sobre ellos a millones de fanáticos religiosos, que destruirían la floreciente nación como una plaga de langosta. En consecuencia, ya habían cercado el Valle de Josafat, con la orden de abrir fuego contra el que se aproximara.

—Dispararemos. —terminó el Primer Ministro israelí, dispuesto a ejecutar cuantos holocaustos le convinieran.— Y contamos con Estados Unidos para que nos facilite las armas necesarias. Es más: si el Papa insiste en su loca idea, vaporizaremos Roma con un par de bombas de hidrógeno. Nuestra independencia está en peligro.

Su Santidad, en cumplimiento de los deberes de su cargo, repitió el mensaje del Angel en una alocución Urbe et Orbe, televisada por setecientas veinte cadenas de televisión. Los aviones israelíes despegaron con sus bombas y, sencillamente, desaparecieron del radar.

El Enviado del Señor, en prevención de más desgracias, montó en su rayo luminoso y se apareció al Presidente de Estados Unidos y al Primer Ministro israelí en el momento en que consideraban el uso masivo de los satélites militares:

—El fin del mundo tendrá lugar dentro de catorce días. —les advirtió. Dejó por un momento su aspecto angélico e insistió en la idea principal:— Tanto si queréis como si no.

—No en el Valle de Josafat. —se opuso el israelí.

El Angel pareció perplejo:

—¿Es que no crees en mí?

—De ningún modo. Esto es una conspiración antisemita.

Además —añadió el Presidente de Estados Unidos— el Valle de Josafat es de propiedad privada. Muchos ciudadanos norteamericanos han comprado allí sus tumbas para estar los primeros en la resurrección. El derecho internacional nos ampara.

Aquella tozudez sobrepasaba la capacidad de decisión del Angel que, tras ordenarles que se estuvieran quietos, partió hacia el cielo en busca de nuevas instrucciones.

—¿Qué proponéis? —preguntó a su regreso.

—Que se haga en alguna otra parte y que no se obligue a asistir a los judíos: sería un pecado para ellos.

—¿Dónde, entonces?

Era un grave problema: la nación que permitiera que toda la humanidad acudiera a ella, aunque en principio ganara con el comercio, sería arrasada por las turbas famélicas. Sólo el contingente de chinos asolaría todo a su paso, cubriendo amplias extensiones con volúmenes de El Libro Rojo, de Mao.

—¿Por qué no Italia? —preguntó el israelí, vengativo.

—Porque no. —dijo el Presidente de la República Italiana, creyente devoto pero estadista inflexible.

—España —dijo el judío, respirando por la vieja herida de 1492— tiene una gran crisis turística. Puede aceptar si la presión es lo bastante fuerte.

—¿Eh? —dijo el Presidente del Gobierno español.

—Imagínese la riqueza que supondría recibir a ocho mil millones de turistas.

El español pareció tentado: tres millones de parados harían una buena plantilla de camareros y, alcanzado el pleno empleo, no se le escaparían las próximas elecciones. Atisbando, además, otras ventajas, empezó las negociaciones:

—Necesitaremos cien mil millones de dólares en créditos blandos, más una flotilla de Jumbos capaces de transportar a toda la humanidad. Y, claro, quince años de plazo para terminar las obras.

—De acuerdo. —dijo el americano. Si de verdad venía el fin del mundo, bueno sería aplazarlo hasta que él no estuviera en la presidencia. No quería pasar así a la historia.

—No. —dijo el Angel.

—¿Noventa mil millones? —rebajó el español.

—Si no hay más remedio, —suspiró el Angel— un ejército de querubines, serafines, tronos, dominaciones y virtudes, bajará a la tierra y construirá en siete días todo lo necesario para el acontecimiento.

—¿De primera calidad? Quiero decir que si luego se podrá seguir usando.

El mensajero del Señor empezó a sentir la ira, ese pecado capital tan disculpable cuando se trata con políticos o se hace cola en una ventanilla.

—Ustedes —dijo al fin— no parecen comprender lo que significa FIN—DEL—MUNDO.

—Lo comprendemos, pero la comunidad internacional debe darnos esos cien mil millones: sólo la organización y el protocolo costarán eso.

Al día siguiente, según lo previsto, infinitas cuadrillas de querubines, serafines, tronos, dominaciones y virtudes descendieron sobre Castilla la Vieja y empezaron a nivelar un amplio espacio de la meseta. Los campesinos presentes, muy tradicionales, se quitaban la boina y se santiguaban: eran los únicos seguros de estar viendo un prodigio. Los clérigos de las cercanías celebraban misas mayores. De Angelis. Pero los sindicatos, siempre atentos a los intereses de la clase obrera, se presentaron a las pocas horas:

—O paran las obras —amenazaron— o los denunciamos a la Magistratura: no sólo hay intrusismo profesional y faltan los planos firmados por arquitecto y aparejador, sino que están realizando gratis un trabajo que debieran realizar los profesionales mediante estipendio. Una vergüenza.

—Soy —dijo otro ser, parapetado tras sus gafas— el abogado representante de los propietarios de estos terrenos. Si no paran las obras y pagan una indemnización, que firmaremos más tarde, este caso se verá en los tribunales.

Y en eso llegó un coche de la policía municipal:

—¿Licencia de obras? —preguntó un guardia. La del Presidente del Gobierno no servía, claro.

El Angel, con un gesto, detuvo la actividad de querubines, serafines, tronos, etcétera. Pensaba en la obligación moral de dar a Dios lo que es de Dios sin olvidar dar al César lo suyo. A los Césares varios. Y no un garrotazo, sino lo que en justicia les correspondiera.

Primero hubo que iniciar un proceso de compra de toda la zona y ajustar la forma de pago. Ya que en el Cielo no existe moneda de curso legal, los propietarios aceptaron diamantes.

—¡Ah, no! —clamó la comunidad internacional.— Una gran partida de diamantes haría caer el mercado. De ningún modo.

El Estado, presionado, inició un proceso de expropiación que los dueños denunciaron ante los tribunales.

—Son fincas bien explotadas. No ha lugar.

—Es por motivos de utilidad pública. —dijo el fiscal.

—Explique usted a quién será útil el Fin del Mundo. A mis representados, no.

De tribunal en audiencia, al cabo de los años tuvo que resolver el Constitucional. A favor del Cielo, naturalmente, aunque con los votos en contra de los elegidos por la oposición política.

Sólo entonces fue posible pedir la licencia municipal de obras.

—Lo siento. —dijo el arquitecto del Ayuntamiento.— Estos son terrenos rústicos, calificados así en el plan general de urbanismo. No se puede edificar una superficie tan amplia.

Los ecologistas iniciaron entonces una campaña de prensa y radio, negándose a que se construyera un aeropuerto en aquellos parajes: no sólo polucionaría el limpio aire de Castilla sino que impediría que las cigüeñas nidificaran. Dos catedráticos lo certificaron así.

—¿Entonces? —dijo el Buen Dios veinte años después, tras escuchar los informes del Angel.

—Creo, Señor, que son argucias españolas. Pero, si hemos de cumplir la ley de los hombres...

O sus costumbres... —advirtió el Señor.

Muy sonriente, el Angel subió a su claro rayo de sol y, en contados viajes, dio al arquitecto una comisión del cuarenta por cien del coste de la obra, y al alcalde una del cincuenta. Ofreció a los obreros una jornada laboral de una hora semanal, con veinte pagas dobles anuales y a los sindicalistas, un cargo directivo en la empresa constructora. Untó aquí y allá a las otras fuerzas vivas y, quince días después, con los papeles en regla, los querubines, serafines, tronos y demás seres espirituales terminaron la obra faraónica.

—Ahora —dijo—, vamos a pesar las almas. —Ya tenía ganas.

—¿Tiene usted licencia fiscal? —interrumpió rápidamente un inspector de Hacienda? —¿Se ha dado de alta como empresa dedicada a pesar almas?

El Buen Dios, en lo alto, rió con voz sonora.

Alzó una mano y comenzó la resurrección de la carne. En el Valle de Josafat. Y los israelíes, fieles a su palabra, lanzaron las bombas.

Luego fue mucho más sencillo pesar las almas. Después, naturalmente, de quitarles la radiactividad.


Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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