Las Aventuras de Arthur Gordon Pym

Edgar Allan Poe


Novela


Índice

CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
CAPÍTULO XXIII
CAPÍTULO XXIV
CAPÍTULO XXV

CAPÍTULO I

Me llamo Arthur Gordon Pym. Mi padre era un respetable comerciante de pertrechos para la marina, en Nantucket, donde yo nací. Mi abuelo materno era procurador con buena clientela. Hombre afortunado en todo, había ganado bastante dinero especulando con las acciones del Edgarton New Bank, como se llamaba antaño. Con estos y otros medios había logrado reunir un buen capital. Creo que me quería más que a nadie en el mundo, y yo esperaba heredar a su muerte la mayor parte de sus bienes. Al cumplir los seis años me envió a la escuela del viejo Mr. Ricketts, un señor manco y de costumbres excéntricas, muy conocido de casi todos los que han visitado New Bedford. Permanecí en su colegio hasta los dieciséis años, y de allí salí para la academia que Mr. E. Ronald tenía en la montaña. Aquí me hice amigo íntimo del hijo de Mr. Barnard, capitán de fragata, que solía navegar por cuenta de la casa Lloyd y Vredenburgh. Mr. Barnard también era muy conocido en New Bedford, y estoy seguro de que tiene muchos parientes en Edgarton. Su hijo se llamaba Augustus y tenía casi dos años más que yo. Había ido a pescar ballenas con su padre a bordo del John Donaldson, y siempre me estaba hablando de sus aventuras en el océano Pacífico del Sur.

Yo solía ir a su casa con frecuencia, donde permanecía todo el día, y a veces pasaba allí la noche. Dormíamos en la misma cama, y se las ingeniaba para mantenerme despierto casi hasta el alba, contándome historias de los indígenas de la isla de Tinian y de otros lugares que había visitado en sus viajes. Al fin, acabé interesándome por lo que me contaba, y gradualmente fui sintiendo el mayor deseo por hacerme a la mar. Yo poseía un barco de vela llamado A riel, que valdría unos setenta y cinco dólares. Tenía media cubierta o tumbadillo, y estaba aparejado como un balandro; no recuerdo su tonelaje, pero cabían en él diez personas muy cómodamente. Con esta embarcación cometíamos las locuras más temerarias del mundo, y al recordarlas ahora me maravillo de contarme entre los vivos.

Voy a narrar una de estas aventuras, a modo de introducción de un relato más extenso y trascendental.

Una noche hubo una fiesta en casa de Mr. Barnard, y, al final de ella, Augustus y yo estábamos bastante mareados. Como de costumbre, en casos semejantes, preferí quedarme a dormir allí a regresar a mi casa. Augustus se acostó muy tranquilo, a mi parecer (era cerca de la una cuando se acabó la reunión), sin hablar ni una palabra de su tema favorito. Llevaríamos acostados media hora, y ya me iba a quedar dormido, cuando se levantó de repente y, lanzando un terrible juramento, dijo que no dormiría ni por todos los Arthur Pym de la cristiandad, cuando soplaba una brisa tan hermosa del sudoeste. Me quedé más asombrado que nunca en mi vida, pues no sabía lo que intentaba, y pensé que el vino y los licores le habían trastornado por completo. Mas siguió hablando muy serenamente, diciendo que yo me imaginaba que él estaba borracho, pero que jamás en su vida había tenido más despejada la cabeza. Y añadió que tan sólo estaba cansado de estar echado en la cama como un perro en una noche tan hermosa, y que había decidido levantarse, vestirse y salir a hacer una travesura en mi barca. No sé decir lo que pasó por mí; mas apenas había acabado de pronunciar sus palabras, cuando sentí el escalofrío de una inmensa alegría y de una gran excitación, y aquella idea loca me pareció la cosa más deliciosa y razonable del mundo. Soplaba un viento fresco y hacía frío, pues estábamos a últimos de octubre, pero salté de la cama en una especie de éxtasis, y le dije que yo era tan valiente como él y que estaba tan harto como él de estar en la cama como un perro, y que me hallaba tan dispuesto a divertirme o cometer cualquier locura como cualquier Augustus Barnard de Nantucket.

Nos vestimos sin pérdida de tiempo y corrimos a donde estaba amarrada la barca. Se hallaba en el viejo muelle, cerca del depósito de maderas de Pankey & Co., dando bandazos contra los toscos maderos. Augustus saltó dentro y se puso a achicar, pues la lancha estaba medio llena de agua. Una vez hecho esto, izamos el foque y la vela mayor, las mantuvimos desplegadas y nos metimos resueltamente mar adentro.

Como he dicho antes, soplaba un viento fresco del sudoeste. La noche estaba despejada y fría. Augustus se puso al timón y yo me situé junto al mástil, sobre la cubierta del camarote. Surcábamos las aguas a gran velocidad, sin decirnos palabra desde que habíamos soltado las amarras en el muelle. Al fin, le pregunté a mi compañero qué derrotero pensaba tomar y cuándo calculaba que estaríamos de vuelta. Se puso a silbar durante unos instantes, y luego me dijo secamente:

— Yo voy al mar; tú puedes irte a casa, si te parece bien.

Al volver la vista hacia él, me di cuenta en seguida de que, a pesar de su fingida monchalance, estaba muy agitado. Le veía claramente a la luz de la luna: tenía el rostro más pálido que el mármol, y le temblaban de tal modo las manos, que apenas podía sujetar la caña del timón. Comprendí que algo no marchaba bien y me alarmé seriamente. Por aquel entonces sabía yo muy poco del gobierno de una barca y, por tanto, dependía enteramente de la pericia náutica de mi amigo. Además, el viento había arreciado bruscamente y nos íbamos alejando rápidamente de tierra por sotavento; pero sentí vergüenza de mostrar miedo alguno, y durante casi media hora guardé un silencio absoluto. Sin embargo, no pude contenerme más y le hablé a Augustus de la conveniencia de regresar. Como antes, tardó casi un minuto en responderme o en dar muestras de haber oído mi indicación.

— Sí, en seguida—dijo al fin—. Ya es hora... enseguida regresamos.

Esperaba esta respuesta; pero había algo en el tono de estas palabras que me infundió una indescriptible sensación de miedo. Volví a mirar a mi amigo con atención. Tenía los labios completamente lívidos, y las rodillas se entrechocaban tan violentamente que apenas podía tenerse en pie.

— Por Dios, Augustus! —Exclamé, realmente asustado—. ¿Qué te duele?... ¿Qué te sucede?... ¿Qué vas a hacer?

¿,Qué me sucede?—balbució con la mayor sorpresa aparente y, soltando al mismo tiempo la caña del timón, cayó al fondo de la barca—. ¿Qué me sucede?... Nada... ¿Por qué?... Nos vamos a casa..., ¿no lo estás viendo?

Comprendí entonces toda la verdad. Corrí hacia él para levantarlo. Estaba borracho, horriblemente borracho... Ya no podía tenerse en pie, ni hablar, ni ver. Tenía los ojos completamente vidriosos; y cuando en mi acceso de desesperación le solté, rodó como un tronco hasta el agua del fondo, de donde acababa de levantarlo. Era evidente que, durante la noche había bebido más de lo que yo sospeché, y que su conducta en la cama había sido el resultado de un estado de embriaguez muy acentuado; estado que, como sucede en la demencia, permite a la víctima frecuentemente imitar el comportamiento exterior de una persona en plena posesión de su juicio. Mas la frialdad del ambiente había producido su efecto natural: la energía mental comenzó a acusar su influencia antes, y la confusa percepción que indudablemente tuvo entonces de su peligrosa situación contribuyó a apresurar la catástrofe. Se hallaba ahora completamente sin sentido, y no había probabilidad alguna de que lo recobrase en muchas horas.

Tal vez sea muy difícil que el lector se dé cuenta de lo extremado de mi terror. Los vapores del vino se habían disipado, dejándome a la par atemorizado e irresoluto. Sabía que era incapaz de gobernar la barca, y que un viento recio y una fuerte bajamar nos precipitaban a la destrucción. Evidentemente, se estaba levantando una tempestad a nuestras espaldas; no teníamos brújula ni provisiones, y era evidente que, si manteníamos nuestro derrotero, perderíamos de vista la tierra antes de romper el día. Estos pensamientos, con otros muchos igualmente espantosos, pasaban por mi mente con desconcertante rapidez, y durante unos momentos me tuvieron paralizado e incapaz de hacer nada. La barca cortaba las aguas con terrorífica velocidad, desplegada al viento, sin un rizo en el foque ni en la vela mayor, con las bordas deslizándose enteramente bajo la espuma. Fue realmente maravilloso que no zozobrase, pues Augustus, como he dicho antes, había abandonado el timón y yo estaba demasiado agitado para pensar en cogerlo. Mas, afortunadamente, la barca se mantuvo a flote, y poco a poco fui recobrando mi presencia de ánimo. El viento seguía arreciando espantosamente, y cada vez que nos alzábamos por un cabeceo de la barca, sentíamos romper las olas sobre nuestra bovedilla, inundándonos de agua; pero yo tenía los miembros tan entumecidos que casi ni me daba cuenta de ello. Al fin, aguijoneado por la resolución que da la desesperación, corrí al mástil y largué toda la vela mayor. Como era de esperar, cayó volando por fuera de la borda, y, al empaparse ésta de agua, arrastró consigo al mástil. Este último accidente fue lo único que me salvó de la muerte inminente. Sólo con el foque, navegué velozmente arrastrado por el viento, embarcando agua de cuando en cuando, pero libre del temor de una muerte inmediata. Empuñé el timón y respiré con más libertad al ver que aún nos quedaba una esperanza de salvación. Augustus seguía sin sentido en el fondo de la barca, y como corría inminente peligro de ahogarse, pues había unos treinta centímetros de agua donde él yacía, me las ingenié para medio incorporarlo, dejándole sentado y pasándole por el pecho una cuerda que até a la argolla de la cubierta del tumbadillo. Arregladas así las cosas del mejor modo posible, en mi estado de agitación y entumecimiento, me encomendé a Dios y me preparé a soportar lo que sobreviniese, con toda la fortaleza de mi voluntad.

Apenas había tomado esta resolución, cuando de improviso un estrepitoso y prolongado alarido, como si procediese de las gargantas de mil demonios, pareció envolver a la barca por todas partes. Jamás en la vida olvidaré la intensa angustia de terror que experimenté en aquel momento. Se me erizó el cabello, sentí que la sangre se me helaba en las venas y que mi corazón cesaba de latir, y sin ni siquiera alzar la vista para averiguar la causa de mí alarma, me desplomé sin sentido y cuan largo era sobre el cuerpo de mi compañero.

Al volver en mí, me hallaba en la cámara de un ballenero (el Pingüino) que se dirigía a Nantucket. Varias personas se inclinaban sobre mí, y Augustus, más pálido que la muerte, me daba fricciones en las manos. Al yerme abrir los ojos, sus exclamaciones de gratitud y alegría excitaban alternativamente la risa y el llanto de los rudos personajes allí presentes. Entonces se nos explicó el misterio de nuestra salvación. Habíamos sido arrollados por el ballenero, que iba muy ceñido por el viento, para acercarse a Nantucket con todas las velas que podía aventurar desplegadas, y en consecuencia venía casi en ángulo recto a nuestro derrotero. En la atalaya de proa iban varios vigías, pero ninguno vio nuestra barca hasta el momento en que era ya imposible evitar el choque, y sus gritos de aviso eran los que me habían asustado de un modo tan terrible. Según me contaron, el enorme barco pasó inmediatamente sobre nosotros, con más facilidad que nuestra pequeña embarcación hubiera pasado por encima de una pluma, y sin notar el más leve impedimento en su marcha. Ni un grito surgió de la cubierta de la víctima; sólo se oyó un débil y áspero chasquido mezclado con el rugir del viento y del agua, al ser sumergida la frágil barca y rozar por un instante la quilla de su destructor. Y eso fue todo. Creyendo que nuestra barca (que, como se recordará, estaba desmantelada) era un simple e inútil casco a la deriva, el capitán (capitán E. T. Block, de New London) siguió su ruta sin preocuparse más del asunto. Por fortuna, dos de los vigías afirmaron resueltamente que habían visto a una persona en el timón, y hablaron de la posibilidad de salvarla. Siguió una discusión, cuando Block se encolerizó y, después de un rato, dijo que "no tenía ninguna obligación de estar vigilando constantemente los cascarones de nuez, que su barco no estaba destinado a una tontería semejante, y que si había algún hombre en el agua, nadie tenía la culpa más que el propio interesado, y que podía ahogarse e irse al diablo", o cosa por el estilo. Henderson, el primer piloto, al oír cosas de este jaez, se hizo cargo del asunto, tan justamente indignado como toda la tripulación, ante aquellas palabras que revelaban una horrenda crueldad. Habló claramente, al verse apoyado por los marineros; le dijo al capitán que era digno de estar en galeras, y que desobedecería sus órdenes aunque lo ahorcasen al poner pie en tierra. Zarandeando a Block, "que se puso muy pálido y no respondió nada", se dirigió a grandes zancadas a la popa, empuñó el timón y con voz firme dijo: "¡Orza a la banda!" La gente voló a sus puestos, y el barco viró diestramente. Todo esto había llevado casi cinco minutos, y las posibilidades de salvar a cualquiera eran muy escasas, admitiendo que hubiese alguien a bordo de la barca. Sin embargo, como el lector ha visto, Augustus y yo fuimos salvados, y nuestra salvación pareció deberse a dos de esas casualidades inconcebiblemente afortunadas que los sabios y los piadosos atribuyen a la especial intervención de la providencia.

Mientras el barco permanecía al parió, el piloto mando arriar el chinchorro y saltó dentro de él con los dos hombres, de los que, según creo, afirmaban haberme visto al timón. Acababan de apartarse del costado del ballenero (la luna seguía brillando luminosamente), cuando el barco dio un violento bandazo a barlovento, y Henderson, en el mismo instante, levantándose de su asiento, gritaba a la tripulación que calase. No decía nada más, repitiendo con impaciencia su grito: "¡Ciad, ciad!" La tripulación cumplió la orden de retroceder con la mayor presteza; mas ya el barco había dado la vuelta y lanzado de lleno en su marcha, aunque todos los marineros se esforzaban por acortar velas. A pesar del peligro del intento, el piloto se asió a las cadenas mayores en cuanto estuvieron a su alcance. Un nuevo y violento bandazo sacó el costado de estribor del barco fuera del agua casi hasta la quilla, y entonces se hizo evidente la causa de su ansiedad. Sujeto del modo más singular al terso y reluciente casco (el Pingüino estaba forrado y abadernado de cobre), y chocando violentamente contra él a cada movimiento del barco, se veía el cuerpo de un hombre. Después de varios esfuerzos inútiles, realizados durante los bandazos del barco, fui sacado al fin de mi peligrosa situación y subido a bordo, pues aquel cuerpo era mío propio. Al parecer, uno de los pernos que sujetaban la madera del casco se había salido y abierto paso a través de la chapa de cobre, y había detenido mi marcha cuando yo pasaba por debajo del barco, fijándome de modo tan extraordinario a su fondo. La cabeza del perno había atravesado por el cuello la chaqueta de lana verde que llevaba puesta, y me había rasgado la parte posterior de mi cuello entre dos tendones, hasta la altura de la oreja derecha. Inmediatamente me metieron en la cama, aunque parecía que mi vida se había extinguido por completo. No iba ningún médico a bordo. Pero el capitán me trató con todas las atenciones, para enmendar, supongo, a los ojos de la tripulación, su atroz conducta en la parte inicial de la aventura.

Mientras tanto, Henderson se había vuelto a apartar del barco, aunque ahora soplaba un viento casi huracanado. No habían pasado muchos minutos cuando tropezó con algunos fragmentos de nuestra barca, y poco después uno de los hombres que le acompañaban le aseguró que, a intervalos, entre el rugir de la tempestad, oía un grito pidiendo auxilio. Esto indujo a los arriesgados marineros a perseverar en la búsqueda durante más de medía hora, aunque el capitán Block les hacía reiteradas señales para que regresasen, y aunque a cada minuto que pasaban sobre las aguas en tan frágil bote se exponían al más inminente y mortal peligro. Realmente, es casi imposible concebir cómo la diminuta embarcación en la que estaban pudo escapar de la destrucción ni un solo instante. Pero estaba construida para el servicio ballenero y se hallaba provista, como tenia motivos para creerlo, de depósitos de aire, al modo de los botes salvavidas que se emplean en la costa de Gales.

Después de haber buscado en vano durante el mencionado espacio de tiempo, decidieron regresar al barco; mas apenas habían tomado esta resolución cuando un débil grito surgió de un objeto oscuro que pasaba flotando rápidamente cerca de ellos. Se lanzaron en su persecución y enseguida le dieron alcance. Resultó ser la cubierta intacta del tumbadillo del Ariel. Augustus se agitaba junto al mismo, al parecer en los últimos estertores de la agonía. Al cogerlo, vieron que estaba atado con una cuerda a la flotante madera. Esta cuerda, como se recordará, era la que yo le había echado alrededor del pecho y anudado a la argolla, para mantenerle en posición erguida, y al hacerlo así había preparado, sin saberlo, el medio de conservar su vida. El Ariel era de endeble construcción y, al pasar por debajo del Pingüino, su armazón saltó en pedazos lógicamente; la cubierta del tumbadillo, como era de esperar, fue levantada por la fuerza del agua al entrar allí y, al ser separada de cuajo de las vigas maestras, quedó flotando (con otros fragmentos, sin duda) en la superficie, sosteniendo a flote a Augustus, quien escapó así de una muerte terrible.

Hasta media hora después de haber sido puesto a bordo del Pingüino no pudo dar cuenta de sí, ni entender las explicaciones que le daban acerca de la naturaleza del accidente que le había sucedido a nuestra barca. Al fin, se rehizo del todo y habló mucho de sus sensaciones mientras estuvo en el agua. La primera vez que recobró algo el conocimiento se halló debajo del agua, girando con velocidad vertiginosa y atado con una cuerda que daba tres o cuatro vueltas muy apretadas cerca del cuello. Un instante después se sintió elevado súbitamente; su cabeza chocó violentamente con un cuerpo duro y volvió a sumirse en la inconsciencia. Al recobrarse de nuevo, se hallaba en plena posesión de sus sentidos, aunque tuviese en grado sumo confusa y nublada la razón. Ahora se daba cuenta de que había sucedido algún accidente y de que estaba en el agua, aunque tenía la boca por encima de la superficie y podía respirar con cierta libertad. Tal vez en aquellos momentos la cubierta iba empujada velozmente por el viento y él era arrastrado tras ella, como si flotase de espaldas. Naturalmente, mientras conservase aquella posición era casi imposible que se ahogase. De pronto, un golpe de mar lo arrojó directamente sobre el puente, donde procuró mantenerse, lanzando a intervalos gritos de socorro. Exactamente un momento antes de ser descubierto por Mr. Henderson, se había visto obligado a soltar su asidero por falta de fuerzas y, al caer en el mar, se había dado por perdido. Durante todo el tiempo de sus luchas no había tenido el más leve recuerdo del Ariel, ni de ninguno de los asuntos relacionados con la causa de su desastre. Un vago sentimiento de terror y de desesperación se había apoderado por completo de sus facultades. Cuando finalmente fue recogido, le habían abandonado todas sus facultades mentales; y, como dije antes, llevaba casi una hora a bordo del Pingüino hasta que se dio cuenta de su situación. Por lo que se refiere a mí, fui reanimado de un estado que bordeaba casi la muerte (y después de haber probado en vano todos los demás medios durante tres horas y media) gracias a vigorosas fricciones con franelas mojadas en aceite caliente, procedimiento sugerido por Augustus. La herida de mi cuello, aunque tenía un aspecto terrible, era de poca importancia, en realidad, y me repuse pronto de sus efectos.

El Pingüino entró en puerto hacia las nueve de la mañana, después de haber capeado una de las borrascas más recias desencadenadas en Nantucket. Augustus y yo logramos llegar a casa de Mr. Barnard a la hora del desayuno, que, por fortuna, se había retrasado algo, debido a la reunión de la noche anterior. Imagino que todos los que se sentaban a la mesa se hallaban demasiado fatigados para advertir nuestro aspecto de cansancio, pues, naturalmente, no hubiera resistido el más leve examen. Sin embargo, los muchachos de nuestra edad escolar pueden realizar maravillas para fingir, y creo firmemente que ninguno de nuestros amigos de Nantucket tuvo la más ligera sospecha de que la terrible historia contada por unos marineros en la ciudad acerca de que habían pasado por encima de una embarcación en el mar y de que se habían ahogado unos treinta o cuarenta pobres diablos, tenía que ver con nuestra barca Ariel, con mi compañero y conmigo mismo. Los dos hemos hablado muchas veces del asunto, pero sin estremecernos jamás. En una de nuestras conversaciones, Augustus me confesó francamente que nunca en toda su vida había experimentado una sensación tan aguda del desaliento como cuando a bordo de nuestra pequeña embarcación se dio cuenta del alcance de su embriaguez y sintió que se estaba hundiendo bajo los efectos de su influencia.

CAPÍTULO II

En cuestiones de mero prejuicio, en pro o en contra nuestra, no solemos sacar deducciones con entera certeza, aunque se parta de los datos mas sencillos. Podría imaginarse que la catástrofe que acabo de relatar enfriaría mi incipiente pasión por el mar. Por el contrario, nunca experimenté un deseo más vivo por las arriesgadas aventuras de la vida del navegante que una semana después de nuestra milagrosa salvación. Este breve período fue suficiente para borrar de mi memoria la parte sombría y para iluminar vívidamente todos los aspectos agradables y pintorescos del peligroso accidente. Mis conversaciones con Augustus se hacían diariamente más frecuentes y más interesantes. Tenía una manera de referir las historias del océano (más de la mitad de las cuales sospecho ahora que eran inventadas) que impresionaba mi temperamento entusiasta y fascinaba mi sombría pero ardiente imaginación. Y lo extraño era que cuando más me entusiasmaba en favor de la vida marinera era cuando describía los momentos más terribles de sufrimiento y desesperación. Yo me interesaba escasamente por el lado alegre del cuadro. Mis visiones predilectas eran las de los naufragios y las del hambre, las de la muerte o cautividad entre hordas bárbaras; las de una vida arrastrada entre penas y lágrimas, sobre una gris y desolada roca, en pleno océano inaccesible y desconocido. Estas visiones o deseos, pues tal era el carácter que asumían, son comunes, según me han asegurado después, entre la clase harto numerosa de los melancólicos, y en la época de que hablo las consideraba tan sólo como visiones proféticas de un destino que yo sentía que se iba a cumplir. Augustus estaba totalmente identificado con mi modo de pensar, y es probable que nuestra intimidad hubiese producido, en parte, un recíproco intercambio en nuestros caracteres.

Unos dieciocho meses después del desastre del Ariel, la casa armadora Lloyd y Vredenburgh (que, según tengo entendido, estaba relacionada en cierto modo con los señores Enberby, de Liverpool) estaba reparando y equipando para ir a la caza de la ballena al bergantín Grampus. Era un barco viejo y en malas condiciones para echarse a la mar, aun después de todas las reparaciones que se le hicieron. No llego a explicarme cómo fue elegido con preferencia a otros barcos buenos, pertenecientes a los mismos dueños; pero el caso es que lo eligieron. Mr. Barnard fue encargado del mando y Augustus iba a acompañarle. Mientras se equipaba al bergantín me apremiaba constantemente sobre la excelente ocasión que se me ofrecía para satisfacer mis deseos de viajar. Yo le escuchaba con anhelo; pero el asunto no tenía tan fácil arreglo. Mí padre no se oponía resueltamente; pero a mi madre le daban ataques de nervios en cuanto se mencionaba el proyecto. Y sobre todo mi abuelo, de quién yo tanto esperaba, juró que no me dejaría ni un chelín sí volvía a hablarle del asunto. Pero lejos de desanimarme, estas dificultades no hacían más que avivar mi deseo. Resolví partir a toda costa, y en cuanto comuniqué mi resolución a Augustus, nos pusimos a urdir un plan para lograrlo. Mientras tanto, me abstuve de hablar con ninguno de mis parientes acerca del viaje, y como me dedicaba ostensiblemente a mis estudios habituales, se imaginaron que había abandonado el proyecto. Posteriormente, he examinado mi conducta en aquella ocasión con sentimientos de desagrado, así como de sorpresa. La gran hipocresía que empleé para la consecución de mi proyecto—hipocresía que presidió todas mis palabras y actos de mi vida durante tan largo espacio de tiempo—sólo pudo ser admitida por mí a causa del ansia ardiente y loca de realizar mis tan queridas visiones de viaje.

En la prosecución de mi estratagema, me vi necesariamente obligado a confiar a Augustus muchos de los preparativos, pues se pasaba gran parte del día a bordo del Grampus, atendiendo por su padre a los trabajos que se llevaban a cabo en la cámara y en la bodega. Mas por la noche nos reuníamos para hablar de nuestras esperanzas. Después de pasar casi un mes de este modo, sin dar con plan alguno que nos pareciese de probable realización, mi amigo me dijo al fin que ya había dispuesto todas las cosas necesarias. Yo tenía un pariente que vivía en New Bedford, un. tal Mr. Ross, en cuya casa solía pasar de vez en cuando dos o tres semanas. El bergantín debía hacerse a la mar hacia mediados de junio (junio, 1827), y convinimos que un par de días antes de la salida del barco, mi padre recibiría, como de costumbre, una carta de Mr. Ross rogándole que me enviase a pasar quince días con Robert y Emmet (sus hijos). Augustus se encargó de escribir la carta y de hacerla llegar a su destino. Y mientras mi familia me suponía camino de New Bedford, me iría a reunir con mi compañero, quien me tendría preparado un escondite en el Grarnpus. Me aseguró que este escondite sería suficientemente cómodo para permanecer en él muchos días, durante los cuales no me dejaría ver de nadie. Cuando el bergantín ya estuviera tan lejos de tierra que le fuese imposible volver atrás, entonces, me dijo, me instalarían en el camarote con toda comodidad; y en cuanto a su padre, lo más seguro es que se reiría de la broma. En el camino íbamos a encontrar barcos de sobra para enviar una carta a mi casa explicándoles la aventura a mis padres.

Al fin, llegó mediados de junio y el plan estaba perfectamente madurado. Se escribió y se entregó la carta, y un lunes por la mañana salí de mi casa fingiendo que iba a embarcarme en el vapor para New Bedford; pero fui al encuentro de Augustus, que me estaba aguardando en la esquina de una calle.

Nuestro plan primitivo era que yo debía esconderme hasta que anocheciera, y luego deslizarme en el bergantín subrepticiamente; pero como fuimos favorecidos por una densa niebla, estuvimos de acuerdo en no perder tiempo escondiéndome. Augustus tomó el camino del muelle y yo le seguí a corta distancia, envuelto en un grueso chaquetón de marinero, que me había traído para que no pudiese ser reconocido. Pero al doblar la segunda esquina, después de pasar el pozo de Mr. Edmund, con quien me tropecé fue con mi abuelo, el viejo Mr. Peterson.

¡Válgame Dios, Gordon! —exclamó, mirándome fijamente y después de un prolongado silencio—. ¿Pero de quién es ese chaquetón tan sucio que llevas puesto?

Señor—respondí, fingiendo tan perfectamente como requerían las circunstancias un aire de sorpresa, y expresándome en los tonos más rudos que imaginarse pueda—, señor, está usted en un error. En primer lugar, no me llamo Gordon ni Gordin, ni cosa que se le parezca, y, usted, pillo, tendría que tener más confianza conmigo para llamar sucio chaquetón a mi abrigo nuevo.

No sé cómo pude contener la risa al ver la sorpresa con que el anciano acogió mi destemplada respuesta. Retrocedió dos o tres pasos, se puso muy pálido primero y luego excesivamente colorado, se levantó las gafas, se las quitó al instante y echó a correr cojeando tras de mí, amenazándome con el paraguas en alto. Pero se detuvo en seguida, como si se le hubiese ocurrido repentinamente otra idea, y, dando media vuelta, se fue tranqueando calle abajo, trémulo de ira y murmurando entre dientes:

— ¡Malditas gafas! ¡Necesito unas nuevas! Hubiera jurado que este marinero era Gordon.

Después de librarme de este tropiezo, proseguimos nuestra marcha con mayor prudencia y llegamos a nuestro punto de destino sin novedad.

A bordo no había más que un par de marineros, y estaban muy atareados haciendo algo en el castillo de proa. Sabíamos muy bien que el capitán Barnard se hallaba en casa de Lloyd y Vredenburgh y que permanecería allí hasta el anochecer, de modo que no teníamos nada que temer por esta parte. Augustus se acercó al costado del barco, y un ratito después le seguí yo, sin que los atareados marineros advirtieran mi llegada. Nos dirigimos en seguida a la cámara, donde no encontramos a nadie. Estaba muy con fortablemente arreglada, cosa rara en un ballenero. Había cuatro excelentes camarotes, con anchas y cómodas literas. Observé que también había una gran estufa, y una mullida y amplia alfombra de buena calidad cubría el suelo de la cámara y de los camarotes. El techo tenía unos tres metros de alto. En una palabra, todo parecía mucho más agradable y espacioso de lo que me había imaginado. Pero Augustus me dejó poco tiempo para observar, insistiendo en la necesidad de que me ocultara lo más rápidamente posible. Se dirigió a su camarote, que se hallaba a estribor del bergantín, junto a los baluartes. Al entrar, cerró la puerta y echó el cerrojo. Pensé que nunca en mi vida había visto un cuarto tan bonito como aquél. Tenía unos nueve metros de largo, y no había más que una litera, espaciosa y cómoda, como ya dije. En la parte más cercana a los baluartes quedaba un espacio de algo menos de medio metro cuadrado con una mesa, una silla y una estantería llena de libros, principalmente libros de viajes. Había también otras pequeñas comodidades, entre las que no debo olvidar una especie de aparador o refrigerador, en el que Augustus me tenía preparada una selecta provisión de conservas y bebidas.

Augustus presionó con los nudillos cierto lugar de la alfombra, en un rincón del espacio que acabo de mencionar, haciéndome comprender que una porción del piso, de unos cuarenta centímetros cuadrados, había sido cortada cuidadosamente y ajustada de nuevo. Mientras presionaba, esta porción se alzó por un extremo lo suficiente para permitir introducir los dedos por debajo. De este modo, levantó la boca de la trampa (a la que la alfombra estaba asegurada por medio de clavos), y vi que conducía a la bodega de popa. Luego encendió una pequeña bujía con una cerilla, la colocó en una linterna sorda y descendió por la abertura, invitándome a que le siguiera. Así lo hice, y luego cerró la tapa del agujero, valiéndose de un clavo que tenía en su parte de abajo. De esta forma, la alfombra recobraba su posición primitiva en el piso del camarote, ocultando todos los rastros de la abertura.

La bujía daba una luz tan débil, que apenas podía seguir a tientas mi camino por entre la confusa masa de maderas en que me encontraba ahora. Mas, poco a poco, me fui acostumbrando a la oscuridad y seguí adelante con menos dificultad, cogido a la chaqueta de mi amigo. Después de serpentear por numerosos pasillos, estrechos y tortuosos, se detuvo al fin junto a una caja reforzada con hierro, como las que suelen utilizarse para embalar porcelana fina. Tenía cerca de un metro de alto por casi dos de largo, pero era muy estrecha. Encima de ella había dos grandes barriles de aceite vacíos, y sobre éstos se apilaba hasta el techo una gran cantidad de esteras de paja. Y todo alrededor se apiñaba, lo más apretado posible, hasta encajar en el techo, un verdadero caos de toda clase de provisiones para barcos, junto con una mezcla heterogénea de cajones, cestas, barriles y bultos, de modo que me parecía imposible que hubiésemos encontrado un paso cualquiera para llegar hasta la caja. Luego me enteré de que Augustus había dirigido expresamente la estiba de esta bodega con el propósito de procurarme un escondite, teniendo como único ayudante en su trabajo a un hombre que no pertenecía a la tripulación del bergantín.

Mi compañero me explicó que uno de los lados de la caja podía quitarse a voluntad. Lo apartó y quedó al descubierto el interior, cosa que me divirtió mucho. Una colchoneta de las de las literas de la cámara cubría todo el fondo, y contenía casi todos los artículos de confort del barco que podían caber en tan reducido espacio, permitiéndome, al mismo tiempo, el sitio suficiente para acomodarme allí, sentado o completamente tumbado. Había, entre otras cosas, libros, pluma, tinta y papel, tres mantas, una gran vasija con agua, un barril de galletas, tres o cuatro salchichones de Bologna, un jamón enorme, una pierna de cordero asado en fiambre y media docena de botellas de licores y cordiales.

Inmediatamente procedí a tomar posesión de mi reducido aposento, y esto con más satisfacción que un monarca al entrar en un palacio nuevo. Luego, Augustus me enseñó el método de cerrar el lado abierto de la caja, y, sosteniendo la bujía junto al techo, me mostró una gruesa cuerda negra que corría a lo largo de él. Me explicó que iba desde mi escondite, a través de todos los recovecos necesarios entre los trastos viejos, hasta un clavo del techo de la bodega, inmediatamente debajo de la puerta de la trampa que daba a su camarote. Por medio de esta cuerda yo podía encontrar fácilmente la salida sin su guía, en caso de que un accidente imprevisto me obligara a dar este paso. Luego se despidió, dejándome la linterna, con una abundante provisión de velas y fósforos, y prometiendo venir a yerme siempre que pudiera hacerlo sin llamar la atención. Esto sucedía el diecisiete de junio.

Permanecí allí tres días con sus noches (según mis cálculos), sin salir de mi escondite más que dos veces con el propósito de estirar mis piernas, manteniéndome de pie entre dos cajones que había exactamente frente a la abertura. Durante aquel tiempo no supe nada de Augustus; pero esto me preocupaba poco, pues sabía que el bergantín estaba a punto de zarpar y en la agitación de esos momentos no era fácil que encontrase ocasión de bajar a yerme. Por último, oí que la trampa se abría y se cerraba, y en seguida me llamó en voz baja preguntándome si seguía bien y si necesitaba algo.

Nada—contesté—. Estoy todo lo bien que se puede estar. ¿Cuándo zarpa el bergantín?

Levaremos anclas antes de medía hora—respondió—. He venido a decírtelo, pues temía que te alarmase mi ausencia. No tendré ocasión de bajar de nuevo hasta pasado algún tiempo, tal vez durante tres o cuatro días. A bordo todo marcha bien. Una vez que yo suba y cierre la trampa, sigue la cuerda hasta el clavo. Allí encontrarás mi reloj; puede serte útil, pues no ves la luz del día para darte cuenta del tiempo. Te apuesto a que no eres capaz de decirme cuánto tiempo llevas escondido: sólo tres días; hoy estamos a veinte. De buena gana te traería yo mismo el reloj, pero tengo miedo de que me echen de menos.

Y sin decir más, se retiró.

Al cabo de una hora percibí claramente que el bergantín se ponía en movimiento, y me felicité a mí mismo por haber comenzado felizmente el viaje. Contento con esta idea, resolví tranquilizar mi espíritu en la medida de lo posible y esperar el curso de los acontecimientos hasta que pudiese cambiar mi caja por los más espaciosos, si bien apenas más confortables, alojamientos de la cámara. Mi primer cuidado fue recoger el reloj. Dejando la bujía encendida, fui serpenteando en la oscuridad, siguiendo los innumerables rodeos de la cuerda, en algunos de los cuales descubría que después de afanarme largo trecho, volvía a estar a dos pasos de mi primera posición. Por fin, llegué al clavo y, apoderándome del objeto de mi viaje, regresé sin novedad. Me puse a buscar entre los libros de que había sido provisto tan abundantemente y elegí uno que trataba de la expedición de Lewis y Clark a la desembocadura del Columbia. Con esta lectura me distraje un buen rato, y cuando sentí que me dominaba el sueño, apagué la luz y en seguida caí en un sueño profundo.

Al despertarme sentí una extraña y confusa sensación en mi mente, y transcurrió algún tiempo antes de poder recordar las diversas circunstancias de mi situación; pero, poco a poco, fui recordando todo. Encendí la luz para ver la hora en el reloj; pero se había parado, y, consiguientemente, me quedé sin medio alguno de averiguar cuánto tiempo había estado durmiendo. Tenía los miembros entumecidos, y hube de ponerme en pie entre las cajas para aliviarlos. Al sentir ahora un hambre casi devoradora, me acordé del fiambre de cordero, del que había comido antes de irme a dormir, y que encontré excelente. ¡Cuál no sería mi asombro al descubrir que se hallaba en completo estado de putrefacción! Esta circunstancia me llenó de inquietud; pues, comparándola con la turbación mental que había experimentado al despertarme, sospeché que había estado durmiendo durante un tiempo exageradamente largo. La atmósfera enrarecida de la bodega podía haber contribuido algo a ello y, a la larga, podía producir los efectos más serios. Me dolía mucho la cabeza; me parecía que respiraba con dificultad y, en una palabra, me sentía agobiado por una multitud de sentimientos melancólicos. Pero no me atrevía a abrir la trampa ni a hacer nada que llamase la atención y, dando cuerda a mi reloj, me animé lo mejor que pude.

Durante las insoportables veinticuatro horas que siguieron, nadie vino a yerme, y no pude menos de acusar a Augustus de la más grosera falta de atención. Lo que me alarmaba sobre todo era que mi provisión de agua se había reducido a medio cuartillo, y padecía muchísima sed, pues había comido salchichas de Bologna en abundancia, después de la pérdida del cordero. Era tal mi inquietud, que no me distraían los libros. Además me dominaba el deseo de dormir, pero temblaba ante la idea de que pudiera existir en el viciado ambiente de la cala una influencia perniciosa, como la de las emanaciones de los braseros.

Mientras tanto, los movimientos del bergantín me indicaban que ya estábamos en alta mar, y un sordo mugido que llegaba a mis oídos, como desde una inmensa distancia, me permitió comprender que estaba soplando un vendaval de intensidad poco corriente. No me explicaba la ausencia de Augustus. Con seguridad que ya habíamos avanzado lo suficiente en nuestro viaje para poder ir arriba. Debía de haberle sucedido algún accidente; pero por mas vueltas que le daba a mi magín, no daba con ninguna razón que explicara su indiferencia dejándome tanto tiempo prisionero, a no ser que hubiera muerto repentinamente o se hubiese caído por la borda; y esta idea se me hacía insoportable. Tal vez el bergantín había tropezado con vientos contrarios y nos hallásemos aún en las cercanías de Nantucket. Pero tuve que abandonar esta idea, porque en este caso el barco tenía que haber virado Varias veces; y yo estaba plenamente convencido, a juzgar por la constante inclinación a babor, de que navegábamos con firme brisa de estribor. Además, aun suponiendo que nos hallásemos todavía cerca de la isla, por qué no bajaba Augustus para informarme de esta circunstancia? Meditando de esta forma sobre mi solitaria y triste situación, resolví aguardar otras veinticuatro horas, y si no recibía ningún alivio, me dirigiría a la trampa e intentaría hablar con mi amigo o, al menos, respirar un poco de aire fresco y renovar mi provisión de agua.

Preocupado con estos pensamientos y, a pesar de todos mis esfuerzos, caí en un profundo sueño o, más exactamente, sopor. Mis ensueños fueron de los más terroríficos y me sentía abrumado por toda clase de calamidades y horrores. Entre otros terrores, me veía asfixiado entre enormes almohadas, que me arrojaban demonios del aspecto más feroz y siniestro. Serpientes espantosas me enroscaban entre sus anillos y me miraban de. hito en hito con sus relucientes y espantosos ojos. Luego se extendían ante mí desiertos sin límites, de aspecto muy desolado. Troncos de árboles inmensamente altos, secos y sin hojas, se elevaban en infinita sucesión hasta donde alcanzaba mi vista; sus raíces se sumergían bajo enormes ciénagas, cuyas lúgubres aguas yacían intensamente negras, serenas y siniestras. Y aquellos extraños árboles parecían dotados de vitalidad humana, y balanceando de un lado para otro sus esqueléticos brazos, pedían clemencia a las silenciosas aguas con los agudos y penetrantes acentos de la angustia y de la desesperación más acerba. La escena cambió, y me encontré, desnudo y solo, en los ardientes arenales del Sahara. A mis pies se hallaba agazapado un fiero león de los trópicos; de repente, abrió sus ojos feroces y se lanzó sobre mí. Dando un brinco convulsivo, se levantó sobre sus patas, dejando al descubierto sus horribles dientes. Un instante después, salió de sus enrojecidas fauces un rugido semejante al trueno, y caí violentamente al suelo. Sofocado en el paroxismo del terror, medio me desperté al fin. Mi pesadilla no había sido del todo una pesadilla. Ahora, al fin, estaba en posesión de mis sentidos. Las pezuñas de un monstruo enorme y real se apoyaban pesadamente sobre mi pecho; sentía en mis oídos su cálido aliento, y sus blancos y espantosos colmillos brillaban ante mí en la oscuridad.

Aunque hubieran dependido mil vidas del movimiento de un miembro o de la articulación de una palabra, no me hubiese movido ni hablado. La bestia, cualquiera que fuese, se mantenía en su postura sin intentar ataque alguno inmediato, mientras yo seguía completamente desamparado y, según me imaginaba, moribundo bajo sus garras. Sentía que las facultades físicas e intelectuales me abandonaban por momentos; en una palabra, sentía que me moría de puro miedo. Mi cerebro se paralizó, me sentí mareado, se me nubló la vista; incluso las resplandecientes pupilas que me miraban me parecieron más oscuras. Haciendo un postrer y supremo esfuerzo, dirigí una débil plegaria a Dios y me resigné a morir.

El sonido de mi voz pareció despertar todo el furor latente del animal. Se precipitó sobre mí: pero cuál no sería mi asombro cuando, lanzando un sordo y prolongado gemido, comenzó a lamerme la cara y las manos con el mayor y las más extravagantes demostraciones de alegría y cariño. Aunque estaba aturdido y sumido en el asombro, reconocí el peculiar gemido de mi perro de Terranova, Tigre, y las caricias que solía prodigarme. Era él. Sentí que se me agolpaba súbitamente la sangre en las sienes, y una vertiginosa y consoladora sensación de libertad y de vida. Me levanté precipitadamente de la colchoneta en que había estado echado y, arrojándome al cuello de mi fiel compañero y amigo, desahogué la gran opresión de mí pecho derramando un raudal de ardientes lágrimas.

Como en la anterior ocasión, mis ideas se hallaban en la mayor confusión al levantarme de la colchoneta. Durante un buen rato me fue casi imposible coordinar mis pensamientos; pero, muy gradualmente, fui recobrando mis facultades mentales y volvieron de nuevo a la memoria los diversos detalles de mi situación. En vano traté de explicarme la presencia de Tigre, y después de hacerme mil conjeturas acerca de él, me limité a alegrarme de que hubiese venido a compartir mi espantosa soledad y a reconfortarme con sus caricias. La mayoría quiere a sus perros, mas yo sentía por Tigre un afecto más allá de lo común, y estoy seguro de que no había ningún ser que se lo mereciese más. Durante siete años, había sido mi compañero inseparable, y en muchas ocasiones había dado prueba de todas las nobles cualidades que más apreciamos en los animales. De cachorro, le había arrancado de las garras de un perverso y ruin bellaco de Nantucket, que lo llevaba con una soga al cuello para tirarlo al mar; y el perro me pagó esta deuda tres años después, salvándome del ataque de un ladrón en plena calle.

Alcancé el reloj y, aplicándomelo al oído, vi que se había vuelto a parar; pero no me sorprendí mucho, pues estaba convencido, a juzgar por el peculiar estado de mis sensaciones, que había dormido, como antes, durante un buen espacio de tiempo, sin poder determinar cuánto. Me abrasaba la fiebre y ya no podía resistir la sed. Busqué a tientas lo que me quedaba de mi provisión de agua, pues no tenía luz, ya que la bujía se había consumido por completo, y no podía encontrar la caja de fósforos. A tientas alcancé el cántaro; pero vi que estaba vacío. Indudablemente, Tigre había saciado su sed, así como había devorado el resto del cordero, cuyo hueso encontré muy mondado en la puerta de la caja. Podía comerme los salchichones medio podridos, pero desistí al pensar que no tenía agua.

Estaba tan extremadamente débil, que al menor movimiento o esfuerzo me estremecía de arriba abajo, como un azogado. Para colmo de males, el bergantín cabeceaba y daba violentos bandazos, y los barriles de aceite que había encima de mi caja amenazaban caerse a cada momento y cerrar de este modo el único paso de entrada y salida de mi escondite. Además, sufría horriblemente a causa del mareo. Estas consideraciones me decidieron a dirigirme a la trampa, a fin de pedir auxilio inmediato, antes de quedarme incapacitado por completo. Una vez que tomé esta resolución, busqué a tientas la caja de fósforos y las velas. No sin trabajo, encontré los primeros; pero como no diese con las velas tan pronto como esperaba (pues recordaba casi exactamente el sitio donde las había puesto), dejé de buscarlas por el momento, y ordenando a Tigre que se estuviese quieto, emprendí con decisión mi camino hacia la trampa.

En este intento, mi gran debilidad se hizo más patente que nunca. Sólo con la mayor dificultad podía avanzar medio a gatas, y con frecuencia se me doblaban las piernas bruscamente; cuando caía postrado de bruces, permanecía por espacio de varios minutos en completo estado de insensibilidad. Sin embargo, seguía esforzándome por avanzar poco a poco, temiendo a cada momento desmayarme entre los estrechos e. intrincados recovecos de la estiba, en cuyo caso la muerte no se haría esperar. Por fin, haciendo un gran esfuerzo para avanzar con las pocas energías que me quedaban, mi frente chocó violentamente contra el canto de una enorme caja reforzada de hierro. Este accidente sólo me dejó aturdido por unos instantes; pero con indecible pena descubrí que los rápidos y violentos balanceos del barco habían arrojado por completo la caía en medio de mi senda, de modo que el paso quedaba realmente obstruido. A pesar de mis esfuerzos, no pude moverla ni una pulgada, tan encajada quedó entre las cajas que la rodeaban y el armazón del barco. Por tanto, a pesar de mi debilidad, tenía que abandonar la cuerda que me servía de guía y buscar un nuevo paso, o saltar por encima del obstáculo y reanudar la marcha por el otro lado. La primera alternativa ofrecía demasiadas dificultades y peligros para no pensar en ella sin estremecerse. En mi actual estado de debilidad física y mental, me perdería infaliblemente en mi camino si lo intentaba, y perecería miserablemente en medio de los lúgubres y repugnantes laberintos de la bodega. Por ello, procedí sin vacilar a reunir todas mis energías y mi voluntad para intentar, como mejor pudiese, saltar por encima de la caja.

Al ponerme en pie con vistas a este fin, vi que la empresa era aún más ardua de lo que mis temores me habían hecho imaginar. A ambos lados del estrecho paso se levantaba una muralla de pesados maderos que a la menor torpeza mía podían caer sobre mi cabeza; o, si tal no sucedía, la senda podía quedar obstruida por detrás de mí, dejándome encerrado entre dos obstáculos. La caja era larga y difícil de manejar y no presentaba ningún asidero. Traté en vano, por todos los medios que estaban a mi alcance, de asirme al borde superior, con la esperanza de poder subirme a mí mismo a pulso. Aunque lo hubiera alcanzado, es evidente que mis fuerzas no eran suficientes para la tarea que intentaba, así que era preferible, a este respecto, que no lo consiguiese. Finalmente, al hacer un esfuerzo desesperado para levantar la caja, sentí una fuerte vibración en el lado próximo a mí. Puse la mano ávidamente en el borde de las tablas y descubrí que una, muy ancha, estaba floja. Con la navaja, que por fortuna llevaba conmigo, logré, después de mucho trabajo, desclavarla por completo; al mirar por la abertura descubrí, con gran alegría mía, que no tenía tablas en el lado opuesto; en otras palabras, que carecía de tapa, siendo el fondo la superficie a través de la cual yo había abierto mi camino. Ya no tropecé con ninguna dificultad importante al seguir a lo largo de la cuerda; hasta que, finalmente, llegué al clavo. Palpitándome el corazón, me puse en pie y oprimí con suavidad la tapa de la trampa. Ésta no se levantó con la facilidad que yo esperaba y la empujé con más energía, aun temiendo que hubiera en el camarote alguna otra persona que no fuera mi amigo Augustus. Pero, con gran extrañeza mía, la puerta siguió sin abrirse, y comencé a inquietarme, pues sabía que antes hacía falta poco o ningún esfuerzo para levantarla. La empujé vigorosamente, pero siguió firme; empuje con todas mis fuerzas, y tampoco cedió; empujé con furia, con rabia, con desesperación, pero desafiaba todos mis esfuerzos. Era evidente, a juzgar por lo firme de la resistencia, que el agujero había sido descubierto y clavado, o que habían puesto encima algún peso enorme, por lo que era inútil tratar de levantarla.

Mis sensaciones fueron de un extremado horror y desaliento. En vano trataba de razonar sobre la probable causa de mi encierro definitivo. No podía coordinar las ideas y, dejándome caer al suelo, me asaltaron, irresistiblemente, las más lúgubres imaginaciones, en las que las muertes espantosas por sed, hambre, asfixia y entierro prematuro me abrumaban como desastres inminentes que me acontecerían. Por fin, recobré algo de mi presencia de ánimo. Me levanté y palpé con los dedos, buscando las grietas o ranuras de la abertura. Al encontrarlas, las examiné detenidamente, para ver si salía alguna luz del camarote; pero no se veía nada. Entonces metí la hoja de la navaja entre ellas, hasta que di con un obstáculo duro. Al rasparlo descubrí que era una sólida masa de hierro, la cual, por su peculiar ondulación al tacto cuando pasaba la hoja a lo largo de ella, deduje que era una cadena. El único recurso que me quedaba era retroceder en mi camino hasta la caja y abandonarme allí a mi triste hado, o intentar tranquilizar mi mente para meditar algún plan de salida. Así lo hice inmediatamente y, después de vencer innumerables dificultades, regresé a mi alojamiento. Cuando caí, completamente exhausto, en la colchoneta, Tigre se tendió cuan largo era a mi lado, y parecía como si, con sus caricias, quisiera consolarme y darme ánimos.

Pero lo extraño de su comportamiento concluyó por llamarme la atención. Después de lamerme la cara y las manos durante un rato, dejó bruscamente de hacerlo y lanzó un sordo gemido. A partir de este momento, siempre que alargaba mi mano hacía él, lo hallaba invariablemente tumbado sobre el lomo, con las patas en alto. Esta conducta, repetida con frecuencia, me pareció extraña y no podía explicármela de ningún modo. Como el perro parecía afligido, pensé que se había hecho daño con algo y, cogiéndole las patas, se las examiné una a una, pero no encontré rastro alguno de herida. Supuse entonces que tendría hambre y le di un trozo de jamón, que devoró con avidez; pero después reanudó sus extraordinarias maniobras. Me imaginé que estaba sufriendo, como yo, los tormentos de la sed, y ya iba a dar por buena esta conclusión, cuando se me ocurrió la idea de que no le había examinado más que las patas y que tal vez estuviera herido en el cuerpo o en la cabeza. Le toqué esta última cuidadosamente, sin encontrar nada. Pero, al pasarle la mano por el lomo, noté una ligera erección del pelo que se extendía por todo él. Palpándole con el dedo, descubrí una cuerda y, al tirar de ella, hallé que le rodeaba todo el cuerpo. Al examinarla detenidamente, tropecé con una cosa que parecía un papel de cartas, sujeto con la cuerda de tal manera, que quedaba inmediatamente debajo de la paletilla izquierda del animal.

CAPÍTULO III

Inmediatamente se me ocurrió la idea de que el papel era una nota de Augustus, y que había sucedido algún accidente inexplicable que le impedía bajar a liberarme de mi calabozo, por lo que había ideado aquel medio para ponerme al corriente de la verdadera situación de las cosas. Trémulo de ansiedad, comencé de nuevo a buscar los fósforos y las velas. Tenía un confuso recuerdo de haberlos guardado cuidadosamente poco antes de quedarme dormido; y creo, sinceramente, que antes de mi última expedición a la trampa me hallaba en perfectas condiciones de poder recordar el sitio exacto donde los había depositado. Pero en vano me esforzaba ahora en recordarlo, y empleé más de una hora en la inútil e irritante búsqueda de aquellos malditos objetos; jamás me he hallado en un estado de ansiedad y de incertidumbre más doloroso. Por último, mientras lo tanteaba todo, y cuando tenía la cabeza junto al lastre, cerca de la abertura de la caja, y fuera de ella, percibí un débil brillo de luz en la dirección de la proa. Muy sorprendido, me dirigí hacia aquella luz que parecía estar a pocos pasos de mí. Apenas me moví del sitio con esta intención, cuando perdí completamente de vista aquel brillo, y para verlo de nuevo tuve que andar a lo largo de la caja hasta que recobré exactamente mi primitiva situación. Moviendo entonces la cabeza de un lado a otro con cuidado, vi que, caminando lentamente y con la mayor precaución, en la dirección opuesta a la que había seguido al principio, podía acercarme a la luz sin perderla de vista. Enseguida llegué a ella (después de penoso camino a través de innumerables y angustiosos rodeos), y descubrí que la luz procedía de unos fragmentos de mis fósforos, que yacían en un barril vacío tumbado de lado. Mientras me invadía la extrañeza de encontrarlos en aquel sitio, puse la mano sobre dos o tres pedazos de cera de vela, que evidentemente habían sido mascados por el perro. Comprendí en seguida que había devorado toda mi provisión de velas, y perdí la esperanza de poder leer ya la nota de Augustus. Los restos de cera estaban tan amalgamados con otros desechos del barril, que renuncié a utilizarlos, y los dejé como estaban. Recogí como mejor pude los fósforos, de los que sólo había unas partículas, y regresé con ellos, después de muchas dificultades, a la caja, donde Tigre había permanecido.

No sabía qué hacer ahora. La oscuridad que reinaba en la bodega era tan intensa, que no podía ver mis manos, aunque las acercase a la cara. Apenas distinguía la tira blanca de papel, y esto no mirándola directamente, sino volviendo hacia ella la parte exterior de la retina, es decir, mirándola un poco de reojo; así descubrí que llegaba a ser perceptible en cierta medida. De este modo puede comprenderse la oscuridad de mi encierro. La nota de mi amigo, si realmente lo era, sólo venía a aumentar mi turbación, atormentando inútilmente mi ya debilitado y agitado espíritu. En vano le daba vueltas a una multitud de absurdos expedientes para procurarme luz — expedientes análogos a los que, en igual situación, imaginaría un hombre dominado por el sueño agitador del opio—, todos y cada uno de los cuales le parecían, por turno, al soñador la más razonable y la más descabellada de las ideas, exactamente lo mismo que el razonamiento o las facultades imaginativas fluctúan, alternativamente, una tras otra. Por último, se me ocurrió una idea que me pareció razonable, maravillándome justamente de que no se me hubiese ocurrido antes. Coloqué la tira de papel sobre el dorso de un libro, y, reuniendo los fragmentos de los fósforos que había recogido del barril, los coloqué sobre el papel. Luego, con la palma de la mano, froté todo rápida y fuertemente. Una luz clara se difundió inmediatamente por toda la superficie, y si hubiera habido algo escrito en ella, es seguro que no hubiese experimentado la menor dificultad en leerlo. Pero no había ni una sílaba; sólo una blancura triste y desoladora. A los pocos segundos se extinguió la luz, y sentí dentro de mí que mi corazón desfallecía con ella.

He afirmado antes más de una vez que mi intelecto, en un período anterior a éste, se había hallado en un estado que bordeaba la imbecilidad. Es cierto que tuve intervalos de lucidez y hasta momentos de energía, pero éstos fueron muy raros. Recuérdese que llevaba respirando durante muchos días la casi pestilencial atmósfera de un agujero cerrado en un buque ballenero, y que durante buena parte de este tiempo había tenido insuficiente provisión de agua. En las últimas catorce o quince horas me vi privado de ella, y tampoco había dormido durante este tiempo. Provisiones saladas de las excitantes habían sido mi sustento principal y, después de la pérdida del fiambre de cordero, mi único alimento, exceptuando las galletas, y de éstas apenas había comido, pues estaban demasiado secas y duras para que las pudiese tragar mi garganta tumefacta y ardiente. Me sentía ahora en un estado de fiebre, y me encontraba excesivamente mal. Esto explicará por qué transcurrieron largas y angustiosas horas de abatimiento desde mi última aventura con los fósforos, hasta que se me ocurrió que sólo había examinado una cara del papel. No intentaré describir todos mis sentimientos de rabia (pues creía que me hallaba más colérico que cualquier otra cosa) cuando me di perfecta cuenta del tremendo olvido que había cometido. El desatino no hubiera sido muy importante si mi propia locura e impetuosidad no lo hubiera hecho casi irreparable; en mi desaliento al no hallar ni una sola palabra en el papel, lo desgarré puerilmente y arrojé sus pedazos, siendo imposible decir dónde.

La parte más difícil del problema pude resolverla mediante la sagacidad de Tigre. Habiendo encontrado, tras largas pesquisas, un pedazo de nota, se la di a oler al perro, esforzándome en hacerle comprender que debía traerme el resto de ella. Con gran asombro mío (pues yo no le había enseñado ninguna de las habilidades que dan fama a su raza), pareció entenderme en el acto, y rebuscando durante unos momentos, pronto encontré otro pedazo bastante grande. Me lo trajo, esperó un poco y, rozando su hocico contra mi mano, parecía esperar mí aprobación por lo que había hecho. Le di un cariñoso golpecito en la cabeza, e inmediatamente volvió a sus pesquisas. Pasaron ahora unos minutos antes de que volviese; pero cuando lo hizo, traía consigo una larga tira que completaba el papel perdido; al parecer, sólo lo había roto en tres pedazos. Afortunadamente, encontré sin dificultad los escasos fragmentos de fósforos que quedaban, guiado por el brillo que en4—tían aún una o dos de las partículas. Mis dificultades me habían enseñado cuán necesario es la prudencia, y me tomé tiempo para reflexionar sobre lo que debía hacer. Consideré que era muy probable que hubiese algunas palabras escritas en la cara del papel que no había examinado; pero ¿cuál era esta cara? La unión de los pedazos no me daba ninguna pista a este respecto, aunque me asegurase que las palabras (si había alguna) se hallaban todas en una de las caras, y conectadas de manera apropiada, como habían sido escritas. Tenía la imperiosa necesidad de averiguar esta cuestión sin lugar a dudas, porque el fósforo que quedaba sería totalmente insuficiente para una tercera tentativa si fallaba en la que ahora iba a hacer. Coloqué el papel sobre un libro, como antes, y me senté unos momentos a meditar concienzudamente la resolución del asunto. Al fin, pensé que no era imposible que el lado escrito presentase algunas asperezas en su superficie, que un fino sentido del tacto podría reconocer. Decidí intentarlo, y pasé los dedos cuidadosamente sobre la cara que estaba hacia arriba. Pero no percibí nada absolutamente, y volví el papel, ajustándolo sobre el libro. Pasé de nuevo el índice con exquisita precaución, y descubrí un brillo muy débil, pero aún discernible, que seguía al paso del dedo. Pensé que este brillo debía provenir de algunas diminutas partículas del fósforo con que había cubierto el papel en la prueba anterior. Por tanto, la otra cara, la de abajo, era donde estaba lo escrito, si finalmente había algo escrito. Volví de nuevo la nota, y comencé a trabajar como anteriormente. En cuanto froté el fósforo, surgió un resplandor, como antes; pero esta vez se distinguían varias líneas manuscritas, en grandes caracteres y aparentemente en tinta roja. El resplandor, aunque suficientemente brillante, sólo duró un instante. Mas, si no hubiera estado tan excitado, hubiese tenido tiempo sobrado para repasar por completo las tres frases que aparecieron ante mí; pues vi que eran tres. Sin embargo, en mi ansiedad por leer todo enseguida, sólo conseguí leer las siete últimas palabras, que decían así: . .sangre...; tu vida depende de permanecer oculto." Si hubiera podido enterarme del contenido de toda la nota, del sentido completo del aviso que mi amigo había intentado enviarme, estoy convencido de que este aviso, aunque me hubiese revelado la historia del desastre más inexplicable, no me habría causado ni una pizca del horror atroz e inexpresable que me inspiró la advertencia fragmentaria recibida de aquel modo. Y, además, la palabra sangre, esa palabra suprema—tan rica siempre en misterios, sufrimientos y terrores—, ¡qué trémula de importancia se me aparecía ahora!, ¡qué fría y pesadamente (aisladas, como estaban, de las palabras precedentes para calificarla y darle precisión) cayeron sus vagas sílabas, en medio de aquella sombría prisión, dentro de lo más recóndito de mi alma!

Indudablemente, Augustus había tenido sus buenas razones para desearme que siguiese oculto, y me forjé mil conjeturas acerca de lo que habría sucedido, sin dar con ninguna solución satisfactoria del misterio. Al volver de mi última expedición a la trampa, y antes de que mi atención se viese distraída por la singular conducta de Tigre yo había tomado la resolución de hacerme oír a toda costa por la gente de a bordo o, si esto no era posible, tratar de abrirme paso por el entrepuente. La casi seguridad que sentía de poder realizar uno de estos dos propósitos en último extremo me había dado un valor (que de otro modo no hubiese tenido) para soportar los males de mi situación. Pero las pocas palabras que había sido capaz de leer me quitaban estos últimos recursos, y ahora, por primera vez, sentí todo lo extremado de mi triste suerte. En el paroxismo de desesperación, me arrojé de nuevo sobre la colchoneta donde, por espacio de un día y una noche, permanecí en una especie de estupor, aliviado tan sólo por momentáneos intervalos de raciocinio y de recuerdos.

Me volví a levantar al fin, y me puse a reflexionar sobre los horrores que me acorralaban. Apenas era posible que viviera otras veinticuatro horas sin agua, pues desde luego no podía pasar más tiempo sin beber nada. Durante la primera parte de mi encierro había consumido liberalmente los licores con que Augustus me había provisto; pero sólo habían servido para excitar la fiebre, sin aplacar en lo más mínimo mí sed. Sólo me quedaba una pequeñísima cantidad de una especie de licor de melocotón muy fuerte, que me revolvía el estómago. Las salchichas se habían acabado, y del jamón quedaba tan sólo un pequeño trozo de corteza; las galletas se las había comido todas Tigre excepto unos fragmentos de una de ellas. Para colmo de mis males, me di cuenta de que el dolor de cabeza se me intensificaba por momentos, sumiéndome en una especie de delirio que me afligía más o menos desde que caí dormido por primera vez. Llevaba ya varias horas respirando con la mayor dificultad; pero ahora cada vez que intentaba hacerlo sentía en el pecho un efecto espasmódico totalmente deprimente. Pero había aún otra causa de inquietud de índole muy distinta, y cuyos hostigantes terrores habían sido el principal acicate para decidirme a salir de mi estupor en la colchoneta. Era debida al comportamiento del perro.

Primero observé una alteración en su conducta mientras frotaba el fósforo sobre el papel por última vez. Al tiempo de frotar el papel acercó su nariz a mi mano gruñendo ligeramente; pero estaba yo demasiado excitado para prestar atención a tal circunstancia. Poco después, como se recordará, me tumbé en la colchoneta y caí en una especie de letargo. Luego sentí como un particular silbido junto a mis oídos, y descubrí que procedía de Tigre, que jadeaba anhelante en un estado de gran excitación, con los ojos relucientes en plena oscuridad. Le dirigí unas palabras, respondió con un sordo gemido y luego permaneció quieto. Enseguida volví a caer en mi sopor, del que desperté de nuevo de un modo similar. Esto se repitió tres o cuatro veces, hasta que por fin su conducta me inspiró tan gran temor, que me despabilé por completo. Tigre estaba echado ahora junto a la puerta de la caja, gruñendo medrosamente, aunque en tono bajo, y rechinando los dientes como si estuviese violentamente convulso. No había duda alguna de que la falta de agua o la atmósfera viciada de la bodega le habían puesto rabioso, y no sabía qué hacer con él. No podía soportar la idea de matarlo, que ya parecía completamente necesaria para mi propia seguridad. Veía claramente sus ojos fijos en mí con expresión de la animosidad más fatídica, y a cada instante esperaba que se abalanzase sobre mí. Finalmente, no pudiendo soportar por más tiempo aquella terrible situación, decidí salir de la caja a todo riesgo, y matarlo si su oposición lo hacía necesario. Para salir tenía que pasar precisamente por encima de su cuerpo, y él ya se había anticipado a mi designio, levantándose sobre las patas delanteras (como percibí por el cambio de la posición de sus ojos) y enseñándome sus blancos colmillos, que eran fácilmente discernibles. Cogí los restos de la corteza del jamón y la botella que contenía el licor, los aseguré muy bien contra el cuerpo, junto con un gran cuchillo de trinchar que me había dejado Augustus y, envolviéndome lo mejor que pude en mi chaquetón, hice un movimiento de avance hacia la boca de la caja. No bien acababa de hacer esto, cuando el perro saltó a mi garganta dando un sordo gruñido. Todo el peso de su cuerpo cayó sobre mi hombro derecho, y rodé violentamente hacia la izquierda, mientras el enfurecido animal pasaba por encima de mí. Caí de rodillas, quedando con la cabeza entre las mantas, y esto me libró de un segundo y furioso ataque, durante el cual sentí los agudos colmillos oprimiendo vigorosamente la lana que envolvía mi cuello, sin que por fortuna lograse atravesar todos sus pliegues. Yo estaba ahora debajo del perro, y en unos instantes me hallaría completamente a su merced. La desesperación me dio fuerzas, y levantándome resueltamente, me desasí de él sacudiéndole con fuerza y arrastrando conmigo las mantas de la colchoneta. Se las arrojé enseguida sobre él y, antes de que pudiera salir de entre ellas, atravesé la puerta y la cerré, dejándole dentro. Pero en esta lucha no había tenido más remedio que dejar caer el trozo de corteza de jamón, y todas mis provisiones quedaron, pues, reducidas a unos tragos de licor. Al pasar por mi mente esta reflexión me sentí movido por uno de esos accesos de perversidad que es de suponer que le hubiesen dado, en circunstancias similares, a un niño malcriado, y llevándome la botella a la boca, me bebí hasta la última gota y la arrojé con rabia contra el suelo.

Apenas se había apagado el eco del chasquido, cuando oí pronunciar mi nombre con voz impaciente, pero sigilosa, que venía de la dirección de proa. Tan inesperada era cualquier cosa semejante y tan intensa la emoción que me produjo el sonido, que en vano traté de contestar. Había perdido por completo la facultad del habla, y en la angustia que me producía el terror de que mi amigo me creyese muerto y se retirase sin intentar acercarse a mí, me levanté entre los cachivaches que había junto a la puerta de la caja, temblando convulsivamente y haciendo esfuerzos sobrehumanos para hablar. Aunque mil mundos hubieran dependido de una palabra mía, no hubiese podido articularla. Sentí de pronto un ligero movimiento entre el montón de maderas, un poco más allá de donde yo me hallaba. Enseguida el ruido se fue debilitando cada vez más, haciéndose más tenue, más lejano. ¿Podré olvidar algún día los sentimientos que experimenté en aquel momento? Se iba alejando..., mí amigo, mi compañero, de quien tenía derecho a esperar tanto..., se iba alejando..., me abandonaba..., ¡se había ido! Me dejaba morir miserablemente, me dejaba perecer en el más horrible y siniestro de los calabozos..., y cuando una sola palabra, una sola sílaba me hubiese salvado... ¡esa única sílaba no podía pronunciarla! Estoy seguro de que en aquellos instantes sentí las angustias de la muerte mil veces agrandadas. Me empezó a dar vueltas la cabeza y caí, mortalmente enfermo, contra el extremo de la caja.

Al caerme, se desprendió del cinturón el cuchillo y rodó por el suelo, produciendo un ruido metálico. ¡Jamás sonaron en mis oídos más vivamente los compases de la más dulce melodía! Escuché, con intensa ansiedad, para asegurarme del efecto que el ruido produciría en Augustus..., pues sabía que la única persona que me había llamado por mi nombre no podía ser más que él. Todo permaneció en silencio durante unos momentos. Por fin, volví a oír la palabra "¡Arthur!" repetida en voz baja, como por una persona que vacila. Al renacer la esperanza perdida recobré de golpe el habla y grité con toda la fuerza de mi voz: "¡Augustus! ¡Ay, Augustus!" "¡Silencio! ; Calla, por Dios! —me contestó con voz trémula de agitación—. Estaré contigo inmediatamente..., en cuanto pueda abrirme camino a través de la bodega." Durante un buen rato le oí moverse entre la estiba, y cada momento me parecía un siglo. Al fin, sentí su mano sobre mi hombre y, en el mismo instante, me puso una botella de agua en la boca. Solamente los que han sido redimidos súbitamente de las sombras de la tumba o quienes hayan conocido los insoportables tormentos de la sed bajo circunstancias tan agravadas como las que me rodeaban en mi espantosa prisión, pueden darse idea de las indecibles delicias que proporciona un buen trago, el más exquisito de todos los placeres que pueda gozar el hombre.

Cuando hube satisfecho en cierto grado la sed, Augustus sacó del bolsillo tres o cuatro patatas cocidas, que devoré con la mayor avidez. Traía una linterna sorda, y los gratos rayos de su luz me causaban no menos gusto que la comida y la bebida, Pero yo estaba impaciente por saber la causa de su prolongada ausencia, y comenzó a contarme lo que había sucedido a bordo durante mi encarcelamiento.

CAPÍTULO IV

El bergantín se hizo a la vela, como me había imaginado, a eso de una hora después de haberme dejado Augustus el reloj. Esto sucedía el 20 de junio. Se recordará que por entonces llevaba yo tres días en la cala; y, durante este período, reinó tan constante agitación a bordo, especialmente en la cámara y en los camarotes, que mi amigo no había tenido tiempo de visitarme sin riesgo de que se descubriese el secreto de la trampa. Cuando al fin pudo venir, le aseguré que yo estaba lo mejor que podía estar, y por eso durante dos días no se inquietó mucho por mi situación, aunque acechase siempre una ocasión para bajar. Ésta no la pudo hallar hasta el cuarto día. Varias veces durante este período había pensado contarle a su padre la aventura, para que subiese enseguida; pero nos hallábamos aún a corta distancia de Nantucket y, por ciertas expresiones que se le habían escapado al capitán Barnard, no era dudoso que me devolviese a tierra sí se enteraba de que yo iba a bordo. Además, meditando sobre esto, Augustus, según me dijo, no se imaginaba que yo me hallase en tan gran necesidad, ni de que yo vacilase, en tal caso, de acercarme a gritar junto a la trampa para que me oyesen. Así, pues, tomando en consideración todo esto, decidió dejarme allí hasta que tuviera ocasión de visitarme sin que lo advirtieran. Esto, como dije antes, no sucedió hasta el cuarto día después de traerme el reloj, y el séptimo desde que entré por vez primera en la bodega. Bajó entonces sin llevar agua ni provisiones, pues sólo se proponía en esta primera ocasión llamarme la atención para que fuese desde la caja hasta la trampa, al tiempo que él subía al camarote y desde allí me tiraba unas provisiones. Cuando descendió con este propósito me encontró dormido, roncando estrepitosamente. Por los cálculos que me hice sobre este punto, éste debió de ser el sopor en que caí precisamente después de mi regreso desde la trampa de recoger el reloj, y que, consiguientemente, debió de durar más de tres días con sus noches, por lo menos. Posteriormente he tenido razones tanto por mi propia experiencia como por el testimonio de los demás, para enterarme de los poderosos efectos soporíferas del hedor que despide el aceite de pescado rancio en sitios cerrados; y cuando pienso en el estado de la cala en que me hallaba aprisionado y el largo período durante el cual el bergantín había sido utilizado como ballenero, me inclino aún más a maravillarme de haberme despabilado de mi sueño, después de caer dormido, que no de haber permanecido durmiendo ininterrumpidamente durante el tiempo arriba especificado.

Augustus me llamó en voz baja primero y sin cerrar la trampa; pero no le contesté. Entonces cerró la trampa, y me llamó más fuerte y, finalmente, a voces; pero yo seguía roncando. No sabía qué hacer. Le llevaría algún tiempo recorrer el camino a través de la estiba hasta mi caja, y mientras tanto su ausencia podía ser notada por el capitán Barnard, quien necesitaba de sus servicios a cada momento, para arreglar y copiar papeles relacionados con los negocios del viaje. Por tanto, tras de reflexionarlo, decidió subir y esperar otra ocasión para visitarme. Se sintió más inducido a tomar esta resolución porque mi sueño parecía ser de la naturaleza más tranquila, pues no suponía que me hubiese puesto malo por estar encerrado. Estaba justamente meditando sobre estos extremos, cuando le llamó la atención un extraño bullicio, que parecía proceder de la cámara. Saltó a través de la trampa lo más rápidamente posible, la cerró y abrió la puerta de su camarote. Apenas había puesto los pies en el umbral, cuando una pistola brilló en su cara y cayó derribado, al mismo tiempo, por el golpe de un espeque.

Una mano vigorosa le sujetaba contra el suelo del camarote, oprimiéndole férreamente la garganta; pero pudo ver lo que estaba sucediendo a su alrededor. Su padre estaba atado de pies y manos, y yacía tendido a lo largo de los peldaños de la escalera de la cámara, cabeza abajo, con una profunda herida en la frente, de la que manaba un continuo chorro de sangre. No pronunciaba ni una palabra y, al parecer, estaba moribundo. Sobre él se inclinaba el primer piloto, mirándole con expresión de diabólica burla, mientras le registraba detenidamente los bolsillos, de los que sacó una abultada cartera y un cronometro. Siete de la tripulación (el cocinero negro entre ellos) registraban los camarotes de babor en busca de armas, donde pronto se equiparon con fusiles y municiones. Además de Augustus y del capitán Barnard, había en total nueve hombres en la cámara, entre los cuales figuraban los más rufianes de la tripulación del bergantín. Los villanos subieron a cubierta, llevándose a mi amigo con ellos, después de haberle atado las manos a la espalda. Se dirigieron directamente al castillo de proa, que estaba trancado. Dos de los amotinados se apostaron allí, armados de hachas, y otros dos se situaban en la escotilla principal. Entonces el piloto gritó con voz estentórea:

—;Eh, me oís, los de abajo! ¡Arriba todos, uno a uno! ~.. Luego, anotar eso... ¡Y no quiero protestas!

Pasaron unos minutos sin que apareciese nadie; por fin, un inglés, que se había enrolado corno aprendiz, subió llorando lastimosamente y le suplicaba al piloto, de la manera más humilde, que no lo matase. La única respuesta fue un hachazo en la cabeza. El pobre hombre cayó sobre la cubierta sin lanzar un gemido, y el cocinero negro lo levantó en alto como si fuera un niño y lo tiró al mar. Al oír el golpe y la zambullida del cuerpo, los que estaban abajo no se atrevían a subir a la cubierta ni con promesas ni con amenazas, hasta que alguien propuso que se les obligase a salir echándoles humo. Se produjo entonces una lucha general, y por un momento pareció posible que el bergantín fuera recuperado del poder de los amotinados; pero éstos lograron al fin cerrar el castillo antes de que pudiesen salir más de seis de sus contrarios. Estos seis, al encontrare ante un numero tan superior de enemigos y sin armas, se entregaron después de una breve lucha. El piloto les dio muy buenas palabras, sin duda para inducir a que salieran a los que estaban abajo, pues podían oír perfectamente lo que se decía en cubierta. El resultado demostró su sagacidad, no menos que su diabólica villanía. Enseguida todos los que estaban en el castillo de proa dieron a entender su intención de someterse y, al subir uno por uno, fueron atados y luego tumbados boca arriba, en unión de los otros seis, siendo en total veintisiete los marineros que no habían tomado parte en el motín.

A esto siguió la escena de más horrible carnicería que cabe imaginarse. Los marineros maniatados fueron arrastrados hasta la pasarela, donde estaba el cocinero con un hacha golpeando a cada víctima en la cabeza mientras era arrojada al mar por los demás amotinados. De este modo perecieron veintidós, y Augustus se daba ya por perdido, esperando a cada momento que le tocase el turno. Mas pareció que los asesinos se cansaron o que les desagradó en cierta medida su sangrienta labor; para los cuatro prisioneros restantes, junto con mi amigo, que había sido llevado a cubierta con los demás, hubo tregua, mientras el piloto enviaba abajo por ron y toda la partida de criminales se entregaba a una orgía que duró hasta la puesta del sol. Luego comenzaron a disputar sobre el destino de los supervivientes, que estaban a menos de cuatro pasos de distancia y oían todo lo que decían. El licor parecía haber aplacado la sed de sangre de algunos de los amotinados, pues se oyeron varias voces en favor de que soltasen a los cautivos, con la condición de que se uniesen al motín y participasen de sus beneficios. Pero el cocinero negro (que, a todos los aspectos, era un verdadero demonio, y que parecía tener tanta influencia si no más que el piloto mismo) no quería escuchar proposiciones de tal índole, y se levantó repetidas veces con el propósito de reanudar su tarea junto a la pasarela. Por fortuna, estaba tan dominado por la borrachera, que fue detenido fácilmente por los menos sanguinarios de la partida, entre los cuales figuraba uno que se llamaba Dirk Peters. Este individuo era hijo de una india de la tribu de los Upsarokas, que viven en las fortalezas naturales de las Blacks Hills, cerca de las fuentes del Missouri. Su padre era un comerciante en pieles, según creo, o al menos relacionado en cierto modo con los establecimientos comerciales de los indios en el río Lewis. El tal Peters era uno de los hombres de aspecto más feroz que jamás he visto. Era bajo de estatura—no medía más que metro y medio —, pero sus miembros eran de tipo hercúleo. Sus manos, especialmente, eran tan enormemente gruesas y anchas que apenas tenían forma humana. Sus brazos, así como sus piernas, estaban arqueadas del modo más singular, y parecía que no poseían flexibilidad alguna. Su cabeza era igualmente deforme, de tamaño inmenso, con una depresión en la coronilla (como la suelen tener la mayoría de los negros) y calva por completo. Para ocultar esta última deficiencia, que no era hija de los años, solía llevar una peluca de cualquier materia peluda que encontrase a mano, a veces la piel de un perro español o la de un oso gris americano. En la ocasión a que me refiero llevaba puesta una de estas pieles de oso, lo que contribuía no poco a aumentar la natural ferocidad de su aspecto, el cual representaba el tipo característico del indio upsaroka. La boca le llegaba casi de oreja a oreja; sus labios eran finos y, como otras partes de su cuerpo, parecían desprovistos de la flexibilidad natural, de modo que su expresión corriente no variaba nunca bajo la influencia de cualquier emoción. Puede concebirse cuál era su expresión corriente considerando que los dientes los tenía excesivamente largos y prominentes, y que jamás los cubrían, ni siquiera parcialmente, los labios. Al echar una mirada rápida a este hombre se hubiera dicho que tenía una risa convulsa; pero una mirada más detenida daba la escalofriante impresión de que sí aquella expresión era de regocijo, este regocijo debía de ser el del demonio. Acerca de este singular personaje circulaban muchas anécdotas entre la gente de mar de Nantucket. Estas anécdotas demostraban su fuerza prodigiosa cuando se hallaba excitado, y algunas de ellas hacían poner en duda su cordura. Mas, al parecer, a bordo del Gram pus era mirado, en la época del motín, más con sentimientos de burla que de cualquier otra cosa. He hablado en particular de Dirk Peters porque, tan feroz como parecía, fue el principal instrumento de salvación de la vida de Augustus, y porque tendré frecuentes ocasiones de mencionarle en el curso de mi relato; relato, permitidme que lo diga, que, en sus últimas partes, figuran incidentes de naturaleza tan completamente fuera de la experiencia humana—y por esta razón tan completamente fuera de los límites de la credulidad humana——. que sigo escribiéndolo sin esperanza de que me den crédito a todo lo que diré, aunque confío en que el tiempo y los progresos de la ciencia comprueben un día las más importantes e improbables de mis afirmaciones.

Después de mucha indecisión y de dos o tres disputas violentas, se resolvió que todos los prisioneros (con excepción de Augustus, a quien Peters insistía de una manera burlesca en conservar como escribiente) debían ser dejados a merced de las olas en uno de los botes más pequeños. El piloto bajó a la cámara a ver si todavía estaba vivo el capitán Barnard—pues, como se recordará, quedó abajo cuando subieron los amotinados—. Al poco rato reaparecieron los dos; el capitán, pálido como la muerte, pero algo repuesto de los efectos de su herida. Dirigió la palabra a los marineros con voz casi inarticulada, pidiéndoles que no le dejasen en el bote y que volviesen a sus deberes, prometiendo desembarcarlos donde quisieran y no dar ningún paso para entregarlos a la justicia. Era como hablar a los vientos. Dos de los rufianes le cogieron por los brazos y lo arrojaron al bote que estaba al lado del bergantín, el cual había sido arriado mientras el piloto se hallaba abajo. Los otros cuatro prisioneros que yacían sobre la cubierta fueron desatados y se les ordenó que siguiesen al capitán, cosa que hicieron sin oponer la menor resistencia. A Augustus lo dejaron en su penosa situación, aunque forcejeaba e imploraba únicamente la triste satisfacción de que le permitiesen decir adiós a su padre. Les dieron un puñado de galletas y un cántaro de agua; pero no les dieron mástil, vela, remos ni brújula. El bote fue remolcado unos minutos, durante los cuales los amotinados celebraron otra reunión, y luego cortaron el cable. Mientras tanto se había hecho de noche—no había luna ni brillaba ninguna estrella———y la mar estaba agitada y oscura, aunque no hacía mucho viento. El bote se perdió de vista instantáneamente, y pocas esperanzas podían abrigar los infortunados que iban en él. Sin embargo, este acontecimiento sucedió a .35º 30' de latitud norte y a 61º 20' de longitud oeste, y, por consiguiente, a no gran distancia de las islas Bermudas. Por eso, Augustus procuró consolarse con la idea de que el bote podía llegar a alcanzar tierra o llegar suficientemente cerca de ellas para ser recogido por algún barco costero.

El bergantín largó todas sus velas y siguió el derrotero primitivo hacia el sudoeste. Los amotinados habían resuelto emprender una expedición de piratería, en la que, según pude deducir, se proponían interceptar el paso de un barco que iba de las islas de Cabo Verde a Puerto Rico. Augustus fue desatado, sin que nadie le prestase atención alguna. y quedó en libertad de acercarse a la escalera de la cámara. Dirk Peters le trataba con cierta amabilidad, y en una ocasión le salvó de la brutalidad del cocinero. Pero su situación seguía siendo de lo más precario, pues los marineros se emborrachaban continuamente, y no podía fiarse de su buen humor ni de su despreocupación respecto a él. Sin embargo, la ansiedad que sentía por mí, me dijo, era lo más triste de su situación, y ciertamente jamás he tenido motivos para dudar de la sinceridad de su afecto. Más de una vez había decidido revelar a los amotinados el secreto de mi estancia a bordo, pero no se atrevió a hacerlo, en parte por el recuerdo de las atrocidades que ya había visto, y en parte por la esperanza de poder acudir pronto en mi auxilio. Para la realización de este último propósito estaba constantemente en acecho; pero, a pesar de su permanente vigilancia, transcurrieron tres días desde que el bote había sido dejado a merced de las olas, sin que se presentase ninguna ocasión. Por fin, en la noche del tercer día, empezó a soplar un fuerte viento del este, y todos los marineros estuvieron ocupados en recoger velas. Durante la confusión que siguió, bajó sin que le viesen y entró en el camarote. ¡Cual no sería su horror y su pesar al descubrir que lo habían convertido en almacén de provisiones y material de a bordo, y que varias brazas de cadena vieja, que habían sido metidas debajo de la escala de toldilla, habían sido arrastradas de allí para dejar sitio a un arca, y estaban colocadas precisamente encima de la trampa! Apartarlas sin que lo notasen era imposible, y regresó a cubierta lo más rápidamente que pudo. Al llegar arriba, el piloto le cogió por la garganta y, preguntándole qué había estado haciendo en la cámara, se disponía a arrojarlo al mar por la banda de babor, cuando su vida fue salvada una vez más por la intervención de Dirk Peters. A Augustus le pusieron las esposas (de las que había varios pares a bordo) y le ataron fuertemente por los pies. Luego lo llevaron a la cámara de proa y lo arrojaron en una de las literas bajas, cerca de los baluartes del castillo de proa, asegurándole que no volvería a poner los pies en la cubierta "hasta que el bergantín dejase de serlo" Ésta fue la expresión del cocinero, que lo arrojó a la hamaca, y es difícil precisar lo que quería decir con esta frase. Sin embargo, todo el asunto resultó, en fin de cuentas, favorable para mi salvación, como se verá enseguida.

CAPÍTULO V

Durante unos minutos después de que el cocinero hubiese abandonado el castillo de proa, Augustus se entregó a la desesperación, pensando que jamás saldría vivo de aquella litera. Entonces tomó la resolución de revelar mi situación al primer hombre que se le acercase, creyendo que era preferible dejarme correr mi suerte con los amotinados que perecer de sed en la bodega, pues hacía diez días que yo estaba aprisionado y mi cántaro de agua sólo contenía una provisión para cuatro días. Mientras pensaba en esto, se le ocurrió la idea de si sería posible comunicarse conmigo por el camino de la cala mayor. En cualquier otra circunstancia, la dificultad y el azar de la empresa le hubieran impedido intentarlo; pero ahora le quedaban muy pocas esperanzas de vida y, por consiguiente, poco que perder; por tanto, puso toda su alma en la tarea.

Sus esposas eran la primera preocupación. Al principio no vio medio alguno de quitárselas, y temió fracasar nada más intentarlo; pero un examen detenido le descubrió que los hierros entraban y salían a placer, con muy poco esfuerzo o inconveniente, simplemente con encoger las manos; pues aquella clase de esposas eran ineficaces para sujetar a personas jóvenes, cuyos huesos, más pequeños, ceden fácilmente a la presión. Luego se desató los pies y, dejando la cuerda de modo que pudiera ajustarse de nuevo fácilmente en caso de que bajase alguien, se puso a examinar el baluarte en el sitio donde se unía con la litera. La separación era aquí de tablas de pino blando, de una pulgada de grueso, y vio que le costaría muy poco trabajo abrirse camino a través de ellas. En aquel momento se oyó una voz en la escalera del castillo de proa, y tuvo el tiempo justo para ponerse la esposa de la mano derecha (pues no se había quitado la de la izquierda) y ajustarse el nudo corredizo de la cuerda a los tobillos, cuando bajó Dirk Peters, seguido de Tigre, que inmediatamente saltó a la litera y se tumbó en ella. El perro había sido traído a bordo por Augustus, quien sabía el cariño que yo le tenía al animal y pensó que me agradaría tenerlo conmigo durante el viaje. Había ido a buscarlo a mi casa inmediatamente después de dejarme en la bodega, pero no se había acordado de decírmelo al traerme el reloj. Desde que estalló el motín, Augustus no había vuelto a verlo y lo daba por perdido, suponiendo que lo habría echado por la borda alguno de los miserables villanos de la pandilla del piloto. Al parecer se había escondido en un agujero debajo de un bote, de donde no podía salir por falta de espacio para dar la vuelta. Por fin, Peters lo había sacado y por una especie de sentimiento bondadoso que mi amigo supo apreciar muy bien, se lo llevó al castillo de proa para que le acompañase, dejando al mismo tiempo un trozo de cecina salada y patatas cocidas, con una lata de agua. Luego subió a cubierta, y prometió volver al día siguiente con más comida.

Cuando se fue, Augustus se liberó de las esposas de ambas manos y se desató los pies. Luego levantó la cabecera de la colchoneta en la que había estado echado y, con su cortaplumas (pues los rufianes no lo habían juzgado digno de registrarle) comenzó a cortar vigorosamente una de las tablas de la separación lo más cerca posible al fondo de la litera. Escogió este sitio porque, si tenía que interrumpirlo bruscamente, podía ocultar lo que estaba haciendo dejando caer la cabecera de la colchoneta en su posición adecuada. Pero durante el resto del día no le molestó nadie, y por la noche había cortado la tabla del todo. Hay que observar aquí que ninguno de los marineros de la tripulación ocupaba el castillo de proa como dormitorio, pues desde el motín vivían todos juntos en la cámara, bebiendo y comiendo los víveres del almacén del capitán Barnard, y sin preocuparse más que de lo absolutamente necesario para la navegación del bergantín. Estas circunstancias nos favorecieron tanto a mí como a Augustus: pues; si las Cosas hubiesen sucedido de otro modo, le hubiera sido imposible llegar hasta mí, mientras que así pudo realizar con confianza su propósito. Pero amanecía ya antes de que completase el segundo corte de la tabla (que estaba aproximadamente a unos treinta centímetros por encima del primero), dejando así una abertura suficientemente ancha para pasar con facilidad a la cubierta principal del entrepuente. Una vez aquí, se dirigió sin mucha dificultad a la escotilla principal inferior, aunque para ello tenía que trepar a lo alto de las pilas de barricadas de aceite, que llegaban casi hasta debajo de la cubierta, donde apenas quedaba espacio suficiente para su cuerpo. Al llegar a la escotilla se encontró con que Tigre le había seguido, deslizándose entre dos filas de barricas. Pero ya era demasiado tarde para intentar llegar hasta mí antes del amanecer, pues la mayor dificultad estribaba en atravesar la apretada estiba de la bodega inferior. Por eso, resolvió volverse y esperar a la noche siguiente. Con este fin, se puso a desapretar la tapa de la escotilla, de modo que se detuviese lo menos posible cuando volviese de nuevo. No bien acabó de aflojarla cuando Tigre saltó con ansia a la pequeña abertura que formaba, olfateó un momento, y lanzó un prolongado gemido, al tiempo que se ponía a escarbar como si quisiera apartar la tapa con sus patas. Su comportamiento no ofrecía duda alguna: se daba cuenta de que yo estaba en la bodega y Augustus pensó que era posible que me encontrase si lo dejaba bajar. Al mismo tiempo ideé un recurso para enviarme una nota, porque era muy de desear que yo no hiciese ningún intento por mi parte para salir de mi escondite, al menos mientras durasen aquellas circunstancias, pues no había ninguna certeza de que llegase hasta mí al día siguiente, como se proponía. Los acontecimientos posteriores demostraron lo afortunado de esta decisión; pues, si no hubiera sido porque recibí la nota, habría dado indudablemente con algún plan, por desesperado que fuese, para llamar la atención de la tripulación y, en ese caso, hubiera sido más que probable que nos hubiesen matado a los dos.

Una vez que decidió escribir, la dificultad estaba en procurarse materiales para hacerlo. Un mondadientes viejo fue convertido rápidamente en pluma, y esto a tientas, pues las entrecubiertas estaban más negras que el betún. El papel lo obtuvo arrancando la hoja posterior de una carta—del duplicado de la carta falsificada para Mr. Ross—. Éste había sido el borrador original; pero no pareciéndole bastante bien imitada la letra, Augustus había escrito otra, guardándose, por fortuna, la primera en el bolsillo de su chaqueta, donde acababa de encontrarla con tanta oportunidad. Sólo faltaba la tinta, pero el sustituto fue encontrado enseguida por medio de una ligera incisión con el cortaplumas en la yema de un dedo, justamente por encima de la uña, de donde salió un copioso chorro de sangre, como suele suceder en las heridas de este lugar.

La nota fue escrita lo mejor posible, dada la oscuridad y las circunstancias. En ella explicaba brevemente que había habido un motín, que el capitán Barnard había sido abandonado en un bote y que yo podía esperar inmediato auxilio en lo que a las provisiones concernía, pero que no debía aventurarme a ningún movimiento. La carta concluía con estas palabras: "He garrapateado esto con sangre. Tu vida depende de permanecer oculto".

Después de atar la tira de papel al perro, Augustus lo echó por la escotilla y él regresó enseguida al castillo de proa, donde no encontró ningún indicio de que hubiera bajado nadie de la tripulación durante su ausencia. Para ocultar el hueco de la partición, clavé la navaja por encima y colgó un chaquetón de marinero que encontró en la litera. Luego volvió a ponerse las esposas y a atarse la cuerda alrededor de los tobillos., Apenas acababa de terminar sus preparativos cuando bajó Dirk Peters, muy borracho, pero de un humor excelente, trayendo a mi amigo las provisiones para el día. Éstas consistían en una docena de grandes patatas irlandesas asadas y un jarro de agua. Se sentó un rato en un arca, junto a la litera, charlando libremente del piloto y de los asuntos generales del bergantín. Su comportamiento era excesivamente caprichoso, y hasta grotesco. Hubo un momento en que Augustus se alarmé mucho por su extraña conducta. Pero, al fin, subió a cubierta murmurando la promesa de traer a su compañero una buena comida a la mañana siguiente. Durante el día bajaron dos marineros de la tripulación (arponeros), acompañados del cocinero, los tres casi en el último grado de la embriaguez. Lo mismo que Peters, no se abstuvieron de hablar sin reservas de sus planes. Al parecer estaban muy divididos entre sí en lo referente al derrotero definitivo, no estando de acuerdo en ningún punto, excepto en el ataque al barco que venía de las islas de Cabo Verde, y al que esperaban encontrar de un momento a otro. Por lo que podía deducirse de sus palabras, el motín no había estallado por cuestión de piratería: una disensión personal del primer piloto contra el capitán Barnard había sido la causa principal. Ahora parecía haber dos bandos principales entre la tripulación: uno capitaneado por el piloto, y otro por el cocinero.

El primer bando quería apoderarse del primer barco que pasase y equiparlo en alguna de las islas de las Antillas para dedicarlo a la piratería. Pero el último bando, que era el más fuerte y entre cuyos partidarios se encontraba Dirk Peters, quería proseguir el derrotero primitivo del bergantín en el Pacífico del Sur, para dedicarse a la pesca de la ballena o a lo que aconsejasen las circunstancias. Las manifestaciones de Peters, que había visitado con frecuencia aquellas regiones, tenían gran peso, aparentemente, entre los amotinados, vacilantes, como estaban, entre sus confusas nociones de provecho y de placer. Peters les hablaba de un mundo de novedades y diversiones en las innumerables islas del Pacífico; de la perfecta seguridad y de la libertad sin trabas que podían disfrutar allí, y más particularmente de lo delicioso del clima, de los abundantes medios para darse buena vida y de la voluptuosa belleza de sus mujeres. Sin embargo, no se había resuelto nada aún; pero las escenas que pintaba el marinero mestizo se iban quedando grabadas en las ardientes imaginaciones de los marineros, y era muy probable que sus intenciones fueran las que finalmente surtieran su efecto.

Los tres hombres se marcharon al cabo de una hora, y nadie más entró en el castillo de proa en el resto del día. Augustus no se movió hasta que se acercó la noche. Luego se desembarazó de los hierros y de la cuerda, y se preparó para su tentativa. Encontró una botella en una de las literas, y la llenó de agua del cántaro que le había dejado Peters, al tiempo que se llenaba los bolsillos de patatas frías. Para alegría suya, se encontró una linterna con un pequeño cabo de vela, que podía encender cuando quisiera, pues tenía en su poder una caja de fósforos.

Cuando fue completamente de noche se deslizó por el agujero del mamparo, teniendo la precaución de arreglar las mantas de la litera de modo que simularan el bulto de una persona acostada. Cuando pasó por el agujero colgó de nuevo el chaquetón. como antes, para ocultar la abertura, maniobra ésta que era fácil de ejecutar, pues no reajustó la tabla que había sacado hacia fuera. Se halló luego en el entre puente, continuando su camino, como antes, entre las barricas de aceite y la parte inferior de la cubierta, hasta la escotilla principal. Al llegar a ésta encendió la vela y bajó con gran dificultad entre la compacta estiba de la caja. Por unos momentos llegó a alarmarse, al advertir el hedor insoportable y denso de la atmósfera. Creyó que no era posible que yo hubiese sobrevivido a tan largo encierro, respirando un aire tan malsano.

Me llamó varias veces por mi nombre sin obtener respuesta alguna, y sus temores parecían confirmarse así. El bergantín se balanceaba violentamente, con tal estrépito, que era inútil aplicar el oído para escuchar un ruido tan débil como el de mi respiración o el de mi ronquido. Abrió la linterna y la levantaba tan alto como podía cada vez que encontraba espacio suficiente, a fin de que, al observar yo la luz, pudiera comprender, si estaba vivo, que se acercaba el socorro. Sin embargo, no percibía reacción alguna mía, y la suposición de que yo había muerto comenzó a tener carácter de certeza para Augustus. No obstante, resolvió abrirse camino, si le era posible, hasta la caja, para salir de dudas respecto a la verdad de sus temores. Caminó algún tiempo en el estado de ansiedad más lastimoso, hasta que encontró, por fin, el paso completamente obstruido y no había ninguna posibilidad de seguir adelante. Vencido por la desesperación, se dejó caer sobre un montón de tablas y empezó a llorar como un niño. Fue en aquel momento cuando oyó el ruido de la botella que yo había tirado. Afortunado, en verdad, fue aquel incidente, pues, por trivial que parezca, de él depende el destino de mi vida. Han transcurrido muchos años hasta que me enteré de este hecho, una vergüenza natural y el remordimiento de su debilidad e indecisión le impidieron a Augustus manifestarme enseguida lo que, con una intimidad más profunda y sincera, se decidió a contarme después. Al encontrar obstruido su camino por multitud de obstáculos, que no podía vencer, decidió abandonar su empresa y regresar al castillo de proa. Antes de condenarle por esta decisión, deben tenerse en cuenta las terribles circunstancias que le rodearon. La noche avanzaba de prisa y su ausencia podía ser descubierta; esto sucedería inevitablemente si no se hallaba en su litera al romper el día. La vela se estaba agotando y le sería muy difícil encontrar en la oscuridad el camino hacia la escotilla. También debe recordarse que tenía sus buenas razones para creerme muerto, en cuyo caso no resultaría ningún beneficio para mí llegando hasta la caja, y, en cambio, tropezaría con un mundo de peligros sin utilidad alguna. Me había llamado repetidas veces y no le había contestado, yo llevaba once días con sus noches sin más agua que la que contenía el jarro que él me había dejado, provisión que no era muy probable que yo hubiese economizado al comienzo de mi encierro, pues esperaba una pronta liberación. La atmósfera de la cala, por otra parte, debía de haberle parecido, al llegar desde el aire comparativamente puro del castillo de proa, de naturaleza totalmente tóxica y muchísimo más intolerable de lo que me había parecido a mí al tomar posesión de mi alojamiento en la caja, pues entonces la escotilla llevaba muchos meses abierta. Añádase a estas consideraciones las escenas de sangre y terror que había presenciado últimamente mi amigo; su encierro, sus privaciones y sus milagrosas escapadas de la muerte, junto con la frágil y equívoca situación en que se hallaba su vida—circunstancias todas ellas capaces de quitar las energías al más fuerte—y el lector se explicará fácilmente, como yo me lo he explicado, esta aparente falta de amistad y de fidelidad, con sentimientos más bien de pena que de resentimiento.

El chasquido de la botella se oyó claramente; pero Augustus no estaba seguro de si procedía de la cala. Sin embargo, la duda fue suficiente para hacerle perseverar. Trepó por los objetos amontonados casi hasta el techo y luego, esperando un momento de calma en los balanceos del barco, me llamó lo más fuerte que pudo, sin preocuparse por el momento de que pudiera oírle la tripulación. Se recordará que en esta ocasión oí su voz, pero estaba yo tan completamente dominado por una violenta agitación; que no fui capaz de contestarle. Convencido ahora de que sus peores aprensiones estaban bien fundadas, descendió con ánimo de volverse al castillo de proa sin pérdida de tiempo. En su precipitación derribó unas pequeñas cajas cuyo ruido oí por casualidad, como se recordará. Ya había avanzado mucho en su retirada, cuando el ruido del cuchillo le hizo vacilar de nuevo. Volvió sobre sus pasos inmediatamente y, trepando a lo alto de la estiba por segunda vez, me llamó por mi nombre, tan fuerte como antes, en un momento de calma del barco. Esta vez pude contestarle. Lleno de alegría al descubrir que estaba vivo, resolvió vencer todas las dificultades y peligros para llegar hasta mí. Sorteando lo más rápidamente posible el laberinto de la estiba por la que estaba rodeado, halló al fin un hueco que ofrecía mejor camino y, después de una serie de luchas, llegó a la caja completamente extenuado.

CAPÍTULO VI

Los puntos principales de esta narración me los comunicó Augustus mientras permanecimos junto a la caja; hasta más tarde no me enteré por completo de todos los detalles. Tenía mucho miedo de que lo echasen de menos y yo ardía en deseos de salir de aquella detestable cárcel. Decidimos dirigirnos en seguida al agujero del mamparo, junto al cual yo había de permanecer por el momento, mientras Augustus salía a hacer un reconocimiento. Dejar a Tigre en la caja era cosa que ninguno de los dos podíamos soportar; mas, por otra parte, no sabíamos qué hacer. El animal parecía estar ahora completamente tranquilo, y ni siquiera percibíamos el ruido de su respiración al acercar el oído a la caja. Yo estaba convencido de que estaba muerto, y decidí abrir la puerta. Lo encontramos tendido cuan largo era, aparentemente sumido en un profundo sopor, pero vivo todavía. No había tiempo que perder, pero yo no me avenía a abandonar a un animal que por dos veces había sido el instrumento para salvar mi vida sin antes intentar algo para salvar la suya. Por eso, lo arrastramos lo mejor que pudimos, aunque con grandes dificultades y fatigas; Augustus, a veces, tenía que trepar con el enorme perro en brazos por encima de los obstáculos que aparecían en nuestro camino, cosa que a mí me era totalmente imposible realizar por la debilidad que me dominaba. Por fin, llegamos al agujero y cuando Augustus hubo salido, pasamos a Tigre. No había ocurrido ninguna novedad, y dimos gracias a Dios por habernos librado del inminente peligro que acabábamos de correr. Por el momento, se convino en que yo me quedase cerca del agujero, a través del cual mi compañero podría facilitarme parte de su provisión diaria, y porque allí tenía la ventaja de respirar una atmósfera relativamente pura.

Como explicación de algunos puntos de este relato, en el que he hablado tanto de la estiba o colocación del cargamento del bergantín, y que pueden parecer oscuros a aquellos de mis lectores que no hayan visto cargar un barco, debo decir aquí que el modo como se había hecho tan importante trabajo a bordo del Grampus era un vergonzoso ejemplo de negligencia por parte del capitán Barnard, quien no era ciertamente un marino tan cuidadoso y experimentado como lo exigía imperiosamente la arriesgada índole del servicio que se le había encomendado. Una estiba adecuada no puede realizarse de una manera descuidada, y muchos accidentes desastrosos, incluso dentro de los límites de mi propia experiencia, se deben a ignorancia o negligencia en este particular. Los barcos costeros, que suelen cargar y descargar de prisa y atropelladamente, son los más expuestos a desgracias por no prestar la debida atención a la estiba. Lo más importante es que no haya ninguna posibilidad de que ni el cargamento ni el lastre cambien de posición por violentos que puedan ser los balanceos del barco. Para esto, hay que prestar mucha atención no. sólo al bulto que se carga, sino a su naturaleza, y si el cargamento es sólo parcial o total. En la mayoría de los casos la estiba se realiza por medio de un gato; de este modo, un cargamento de tabaco o de harina queda tan oprimido por la presión del gato en la cala del barco, que los barriles o toneles, al descargarlos, están completamente aplastados y tardan algún tiempo en recobrar su aspecto original. Sin embargo, se recurre al gato principalmente para obtener más espacio en la cala; pues un cargamento completo de cualquier clase de mercancías, tal como el tabaco o la harina, no hay peligro alguno de desplazamiento o, al menos, no ocasiona perjuicios. Se han dado casos, ciertamente, en que este sistema del gato ha acarreado lamentables consecuencias, por causas completamente distintas a las del peligro de desplazamiento de los fardos. Por ejemplo, un cargamento de algodón, fuertemente comprimido en determinadas condiciones, se ha dilatado luego hasta el punto de abrir el casco del buque. Y no hay duda alguna de que lo mismo sucedería en el caso de un cargamento de tabaco, cuando sufre su fase usual de fermentación, si no fuera por los intersticios que quedan entre la redondez de los toneles.

Cuando se trata de un cargamento parcial, el peligro reside principalmente en el desplazamiento de los bultos, y hay que tomar siempre precauciones para evitar semejante contratiempo. Sólo los que han capeado un violento temporal o, más bien, quienes han experimentado el balanceo del barco en una calma repentina después de una tempestad, pueden formarse idea de la tremenda fuerza de los embates del mar, y del consiguiente ímpetu terrible que se da a todas las mercancías sueltas que van a bordo. Por eso es obvia la necesidad de una estiba cuidadosa cuando el cargamento es parcial. Estando al pairo (especialmente con una pequeña vela de proa), un barco que no tenga bien modelados los costados se inclina a menudo sobre una banda u otra; esto suele suceder cada quince o veinte minutos por término medio, sin que se ocasionen serias consecuencias, siempre que la estiba esté bien hecha. Pero si ésta se ha amontonado descuidadamente, al primero de estos recios bandazos toda la carga cae del lado del barco que se inclina hacia el agua, impidiéndole recobrar el equilibrio como debiera recobrarlo necesariamente, se llena de agua en pocos instantes y se hunde. No es exageración decir que la mitad, por lo menos, de los naufragios que ocurren durante los recios temporales pueden atribuirse a desplazamiento de la carga o del lastre.

Cuando se embarca un cargamento parcial de cualquier clase, éste, después de haberlo apretado lo más compactamente posible, debe cubrirse con una capa de fuertes tablones extendidos de costado a costado del barco, fuertemente apuntalados con estacas que llegan hasta las tablas de arriba, asegurando así cada cosa en su lugar. Cuando el cargamento es de grano o de mercancías similares, se precisan, además, precauciones adicionales. Una cala completamente llena de grano al salir del puerto, sólo contiene tres cuartas partes al llegar a su destino, aunque al medirlo el consignatario, fanega por fanega, rebasen con mucho (a causa de la hinchazón del grano) la cantidad consignada. Este resultado se debe a que se asienta durante la travesía, y tanto mas sensiblemente cuanto peor tiempo ha hecho. Aunque el grano embarcado a granel vaya bien asegurado con tablones y puntales, si el viaje es largo, puede desplazarse y acarrear las más terribles calamidades. Para impedir esto se recurre a muchos sistemas antes de salir del puerto para asentar lo más posible el cargamento; y para esto se conocen diversas invenciones, entre las que pueden mencionarse la que consiste en meter cuñas en el grano. Mas incluso después de hacer todo esto y de tomarse toda clase de molestias para asegurar los tablones, ningún marinero que conozca su oficio se sentirá totalmente seguro durante un temporal algo violento con cargamento de grano a bordo, y mucho menos si el cargamento es parcial. Sin embargo, hay centenares de barcos de cabotaje en nuestras costas y, al parecer, muchos más en los puertos de Europa, que navegan a diario con cargamentos parciales, incluso de las especies más peligrosas, sin tomar precaución alguna. Lo asombroso es que no sucedan más desastres de los que ocurren. Un ejemplo lamentable de descuido que yo conozco fue el caso del capitán Joel Rice, de la goleta Firefly, que se hizo a la mar en Richmond (Virginia), para Madeira, con cargamento de maíz, el año 1825. El citado capitán había hecho muchos viajes sin accidentes serios, aunque tenía la costumbre de no prestar atención a la estiba, más que para asegurarla de la manera corriente. Nunca había navegado con cargamento de grano, y en esta ocasión cargó el maíz a granel, llenando poco más de la mitad de la cala. Durante la primera parte del viaje no se encontró más que con brisas ligeras; pero cuando se hallaba a un día de Madeira se levantó un fuerte ventarrón del NE. que le obligó oponerse al pairo. Dejó la goleta al viento sólo con el 'trinquete con dos rizos, y navegó como pudiera esperarse que lo hiciera cualquier barco, sin embarcar ni una gota de agua. Pero al anochecer amainó el viento y la goleta comenzó a balancearse con más inestabilidad que antes, marchando bien, sin embargo, hasta que un fuerte bandazo la tumbó sobre el costado de estribor. Entonces se oyó que el maíz se desplazó pesadamente y con la fuerza del embate rompió la escotilla principal. El barco se fue a pique como un rayo. Esto sucedió a la vista de un balandro de Madeira, que recogió a uno de los tripulantes (la única persona salvada), y que aguantaba ,la tempestad con tan perfecta seguridad como lo hubiera hecho el chinchorro mejor gobernado.

La estiba a bordo del Grampus se había hecho desmañadamente, si se puede llamar estiba a lo que era poco más que un confuso amontonamiento de barricas de aceite y aparejos de barco. Ya he hablado de la clase de artículos que había en la cala. En el entre puente quedaba espacio suficiente para mi cuerpo (como ya dije) entre las barricas y el techo; alrededor de la escotilla principal quedaba un espacio vacío, y otros varios espacios de bastante consideración quedaban en la estiba. Cerca del agujero que Augustus había abierto a través del mamparo había espacio suficiente para toda una barrica, y en este espacio me vi cómodamente situado por el pronto.

En el momento en que mi amigo llegó a la litera y se volvió a poner las esposas y la cuerda, era ya completamente de día. Verdaderamente nos salvamos por un pelo; pues apenas acababa de arreglar todas las cosas, cuando bajó el piloto con Dirk Peters y el cocinero. Estuvieron hablando durante un rato acerca del barco de Cabo Verde, y parecían estar muy impacientes por su aparición. Luego el cocinero se acercó a la litera en que estaba Augustus, y se sentó cerca de la cabecera. Desde mi escondite podía verlo y oírlo todo, porque el trozo de madera cortado no había sido puesto en su lugar, y yo me temía a cada momento que el negro se apoyase contra el chaquetón, que estaba colgado para ocultar la abertura, en cuyo caso se habría descubierto todo y seguramente nos hubieran matado inmediatamente. Pero prevaleció nuestra buena estrella y, aunque la rozó con frecuencia cuando el barco se balanceaba, nunca se apoyó lo suficiente para llegar a un descubrimiento. La parte inferior del chaquetón había sido cuidadosamente ajustada al amparo, de modo que el agujero no podía verse por su balanceo a uno y otro lado. Durante todo este tiempo, Tigre permanecía a los pies de la litera, y parecía haber recobrado en cierta medida sus facultades, pues yo le vi abrir de cuando en cuando los ojos y lanzar un largo resoplido.

Después de unos minutos, el piloto y el cocinero subieron al puente, dejando solo a Dirk Peters, quien, tan pronto como se marcharon, fue a sentarse en el mismo sitio que había ocupado el piloto. Comenzó a hablar muy amablemente con Augustus, y pudimos ver que su borrachera, cuando se hallaba delante de los otros dos, era fingida. Respondió a todas las preguntas de mi amigo con entera libertad; le dijo que no tenía ninguna duda de que su padre había sido recogido, porque había lo menos cinco velas a la vista antes de ponerse el sol el día que lo habían abandonado en el bote; y empleaba otro lenguaje de naturaleza consoladora que me produjo tanta sorpresa como satisfacción. Realmente, comenzaba a abrigar esperanzas de que por intermedio de Peters llegaríamos a hacernos de nuevo dueños del bergantin, y esta idea se la manifesté a Augustus tan pronto como tuve una oportunidad. Creía que era, posible, pero insistía en la necesidad de obrar con la mayor cautela al intentarlo, pues la conducta del mestizo parecía inspirada tan sólo por el capricho más arbitrario, y realmente era muy difícil saber si en algún momento estaba en su juicio cabal. Peters subió a cubierta al cabo de una hora, y no volvió hasta mediodía, para traerle a Augustus una buena ración de carne salada y budín. De todo esto, cuando nos dejó solos, comí ávidamente, sin volver a meterme en el agujero. No bajó nadie más al castillo de proa durante el resto del día, y por la noche me metí en la litera de Augustus, donde dormí dulce y profundamente hasta ser casi de día, en que me despertaron unos ruidos que se sentían en la cubierta y me volví a mi escondrijo más que aprisa. Cuando fue plenamente de día, vimos que Tigre había recobrado sus fuerzas casi por completo, y no dio ningún síntoma de hidrofobia, pues bebió con gran avidez un poco de agua que Augustus le ofreció. Durante el día recuperó todo su vigor y apetito. Su extraña conducta había sido debida, sin duda, a la naturaleza deletérea de la atmósfera de la cala, pues no tenía relación con la rabia canina. No dejaba de felicitarme por haber insistido en traerle conmigo de la caja. Estábamos entonces a 30 de junio, y hacía trece días que el Grampus había salido de Nantucket.

El 2 de julio bajó el piloto, borracho como de costumbre, pero de un humor excelente. Se dirigió a la litera de Augustus, y dándole una palmada en la espalda, le preguntó si pensaba portarse bien si le dejaba suelto, en cuyo caso le prometía que no tendría que volver más a la cámara. Naturalmente, mi amigo le contestó de una manera afirmativa, y entonces el rufián le puso en libertad, después de hacerle beber un trago de ron de un frasco que sacó del bolsillo de su chaqueta. Luego subieron los dos a la cubierta y no volví a ver a Augustus durante unas tres horas, en que bajó con la buena noticia de que había obtenido permiso para merodear por el bergantín a su gusto, desde el palo mayor a la proa, y que le habían ordenado que durmiese, como de costumbre, en el castillo de proa. También me trajo una buena comida y abundante provisión de agua. El bergantín seguía aún navegando hacia el barco que venía de Cabo Verde, y se encontraba a la vista una vela que creían ser la que andaban buscando.

Como los acontecimientos de los ocho días siguientes fueron de poca importancia, y no tienen relación directa alguna con los principales incidentes de mi relato, los transcribiré en forma de diario, pues no quiero omitirlos por completo.

3 de julio.—Augustus me proporcionó tres mantas, con las que me he formado una cama confortable en mi escondite. No ha bajado nadie durante el día, excepto mi amigo. Tigre tomó su sitio en la cama junto a la abertura, y durmió pesadamente, como si no estuviese aún completamente restablecido de los efectos de su enfermedad. Al anochecer, una racha de viento sorprendió al bergantín antes de que hubiese tiempo para arriar velas, y casi lo hizo zozobrar. La ráfaga pasó inmediatamente, sin más daño que la desgarradura de la vela de la cofa del trinquete. Dirk Peters ha tratado a Augustus con gran bondad durante todo el día, y ha tenido una larga conversación con él respecto al océano Pacífico y a las islas que había visitado en dicha región. Le preguntó si no le gustaría más ir con los amotinados a una especie de viaje de exploración y de recreo por aquellas zonas, pero le dijo que los marineros iban inclinándose gradualmente en favor de las ideas del piloto. A esto Augustus juzgó oportuno responder que le gustaría mucho una aventura semejante, puesto que no podía hacer nada mejor, siendo preferible cualquier cosa a la vida de piratería.

4 de julio.—El barco que se hallaba a la vista resulté ser un pequeño bergantín que Venía de Liverpool, y lo dejaron pasar sin molestarlo. Augustus se pasó casi todo el día sobre cubierta, a fin de obtener toda la información que pudiese respecto a las intenciones de los amotinados. Éstos tenían frecuentes y violentas reyertas entre sí, en una de las cuales un arponero, Jim Bonner, fue arrojado por la borda. La banda del piloto iba ganando terreno. Jim Bonner pertenecía a la pandilla del cocinero, de la que era partidario Peters.

5 de julio.—Al romper el día se levantó una brisa revuelta del oeste, que al mediodía se convirtió en huracán, de modo que el bergantín tuvo que reducir todo el velamen al cangrejo y al trinquete. Al arriar la vela de la cofa del trinquete, Sims, uno de los marineros que pertenecía a la banda del cocinero, cayó al mar; como estaba muy borracho, se ahogó, sin que nadie hiciese el menor esfuerzo por salvarle. El número total de personas quedaba reducido a trece, a saber: Dirk Peters, Seymour, el cocinero negro, Jones, Greely, Hartman Rogers y William Allen, de la partida del cocinero; el piloto, cuyo nombre no supe nunca, Absalom Hicks, Wilson, John Hunt y Richard Parker, del bando del piloto; además, Augustus y yo.

6 de julio.—La tempestad duró todo este día, soplando fuertes ráfagas acompañadas de lluvia. El bergantín embarcó una gran cantidad de agua por las costuras de sus tablones, y una de las bombas no ha cesado de funcionar continuamente, viéndose obligado Augustus a hacer su turno también. Justamente al crepúsculo pasó un gran buque muy cerca de nosotros, sin que fuese descubierto hasta que estuvo al alcance de la voz. Era de suponer que el barco fuese aquel sobre el que los amotinados estaban al acecho. El piloto le habló, pero el ruido de la tempestad impidió oír la respuesta. A las once, embarcamos una ola en medio del buque, que arrancó buena parte del antepecho de babor y nos causó otros daños leves. Hacia el amanecer, la tempestad había amainado, y al salir el sol casi no soplaba el viento.

7 de julio.—Hubo una fuerte marejada todo este día, durante la cual el bergantín, que es ligero, se balanceé excesivamente, por lo que muchos objetos rodaron sueltos por la cala, como oí claramente desde mi escondrijo. He sufrido mucho a causa del mareo. Peters tuvo una larga conversación con Augustus, y le dijo que dos marineros de su bando, Greely y Allen, se habían pasado al del piloto, decididos a hacerse piratas. Le hizo varias preguntas a Augustus, a quien no comprendió perfectamente. Durante parte de la tarde el buque hacía mucha agua, y poco se podía hacer para remediarlo, pues era ocasionado por la tirantez del bergantín, entrando el agua a través de sus costuras. Con la lona de una vela, que echamos en la parte de abajo de las amuras, conseguimos taponar las vías de agua.

8 de julio.—Al salir el sol se levantó una ligera brisa del este, cuando el piloto ordenó poner rumbo al sudoeste, con la intención de dirigirse a alguna de las islas de las Antillas y poner en práctica sus proyectos de piratería. Ni Peters ni el cocinero hicieron oposición alguna, al menos ninguna que se enterase Augustus. Se abandonó toda idea de apoderarse del barco que venía de Cabo Verde. La vía de agua se reducía fácilmente, gracias al trabajo de una bomba que funcionaba cada tres cuartos de hora. Se quitó la vela de debajo de las amuras. Se habló con dos pequeñas goletas durante el día.

9 de julio.—Buen tiempo. Todos los hombres están ocupados en reparar las amuras. Peters ha tenido de nuevo una larga conversación con Augustus, explicándose con más claridad que hasta aquí. Le dijo que nada le induciría a colaborar en los proyectos del piloto, e incluso le dejó entrever su intención de quitarle el mando del bergantín. Le preguntó a mi amigo si podía contar con su ayuda, en tal caso, a lo que Augustus le contestó "sí", sin vacilar. Entonces Peters le dijo que sondearía a los demás hombres de su bando sobre este asunto, y se fue. Durante el resto del día, Augustus no tuvo ninguna oportunidad de hablar conmigo sobre el particular.

CAPÍTULO VII

10 de julio — Se habló con un bergantín que venía de Río, con destino a Norfolk. Tiempo brumoso, con un viento ligero del este. Hoy murió Hartman Rogers, que estaba enfermo desde el día 8, atacado de espasmos después de haber bebido un vaso de grog.

Este marinero era de la banda del cocinero, y uno de los que más confianza inspiraba a Peters. Le dijo a Augustus que creía que el piloto lo había envenenado, y que, sí no estaba al acecho, él correría la misma suerte dentro de poco. Ahora ya no quedaban en su bando más que él mismo, Jones y el cocinero, mientras que en el otro bando eran cinco. Había hablado con Jones acerca de arrebatarle el mando al piloto; pero el proyecto había sido acogido con frialdad, por lo que había desistido de llevar el asunto más lejos, ni de decirle nada al cocinero. Por lo que sucedió, hizo bien en ser tan prudente, pues por la tarde el cocinero expresó su determinación de pasarse al bando del piloto, y se fue formalmente al otro bando. Mientras, Jones aprovechó una oportunidad para regañar con Peters, y le insinuó que se proponía dar a conocer al piloto el plan que tramaba. Evidentemente no había tiempo que perder, y Peters expresó su determinación de jugarse el todo por el todo para intentar apoderarse del barco, siempre que Augustus quisiera prestarle su ayuda. Mi amigo le aseguró en seguida su deseo de formar parte de cualquier plan para tal objeto, y pensando que era una ocasión favorable, le reveló mi presencia bordo. A esto, el mestizo se quedó tan atónito como satisfecho, pues no tenía ninguna confianza en Jories, a quien ya le consideraba como perteneciente al bando del piloto. Bajaron inmediatamente al castillo de proa; Augustus me llamó por mi nombre y Peters y yo trabamos enseguida amistad. Convinimos en que intentaríamos apoderarnos del barco a la primera oportunidad, dejando a Iones al margen por completo de nuestras deliberaciones. En caso de éxito, llevaríamos el bergantín al primer puerto que se presentase, y lo entregaríamos a las autoridades. La deserción de su bando había frustrado el deseo de Peters de ir al Pacífico, aventura que no podía realizarse sin una tripulación, y confiaba salir absuelto del juicio alegando locura (pues afirmaba solemnemente que estaba loco cuando se prestó a ayudar al motín), o que, si le declaraban culpable, sería perdonado por las declaraciones que hiciésemos Augustus y yo. Nuestras deliberaciones fueron interrumpidas por el grito de: "¡Todo el mundo a arriar velas", y Peters y Augustus subieron corriendo a cubierta.

Como de costumbre, la tripulación estaba casi completamente borracha, y antes de que se arriasen las velas debidamente, una violenta ráfaga tumbó el bergantín de costado. Pero consiguieron retenerlo y enderezarlo, no sin haber embarcado una gran cantidad de agua. Apenas estuvo en posición segura, cuando el barco fue azotado por otra ráfaga, e inmediatamente después por otra, sin causarle ningún daño. Aquello tenía todas las apariencias de un huracán, que, efectivamente, sobrevino poco después con gran furia del norte y del oeste. Se aparejaron todas las cosas lo mejor posible, poniéndonos al pairo, como es usual, con el trinquete muy rizado. Al caer la noche, el viento aumentó en violencia, con una mar excepcionalmente gruesa. Peters volvió al castillo de proa con Augustus, y reanudamos nuestras deliberaciones.

Estuvimos de acuerdo en que no podía presentarse ocasión más favorable que aquélla para poner en práctica nuestro plan, pues nadie podía esperar un ataque en aquellos momentos. Como el bergantín estaba tranquilamente al pairo, no había necesidad alguna de maniobrar hasta que volviese el buen tiempo, y entonces, si salíamos triunfantes de nuestro intento, podíamos soltar uno, o acaso dos marineros, para que nos ayudasen a llevar el bergantín a puerto. La mayor dificultad estribaba en la gran desproporción de nuestras fuerzas. No éramos más que tres, y en la cámara había nueve. Además, todas las armas de a bordo estaban en su poder, con la excepción de dos pequeñas pistolas que Peters llevaba escondidas entre la ropa, y de un largo cuchillo de marinero que llevaba siempre al cinto. Además, por ciertos indicios—como, por ejemplo, el de no hallarse en sus sitios acostumbrados ni un hacha ni un espeque— empezamos a temer que el piloto tuviese sus sospechas, al menos respecto a Peters, y que no perdería ocasión para desembarazarse de él. Era, pues, evidente que lo que estábamos decididos a hacer teníamos que hacerlo cuanto antes. Sin embargo, las dificultades estaban demasiado en contra nuestra para permitirnos obrar sin la mayor cautela.

Peters propuso subir él a cubierta y entrar en conversación con el vigía (Allen) y, aprovechando una buena oportunidad, arrojarlo al mar sin lucha y sin hacer ruido; que Augustus y yo subiéramos entonces, y que intentásemos apoderarnos de algunas de las armas que hallásemos en cubierta; y que luego los tres intentaríamos apoderamos de la escalera de la cámara en un ataque repentino, antes de que pudieran ofrecernos resistencia. Yo le puse objeciones al plan, porque no podía creer que el piloto (que era muy ladino en todo lo que no afectase a sus supersticiosos prejuicios) se dejase atrapar tan fácilmente. El mismo hecho de haber un vigía sobre cubierta era prueba más que suficiente de que estaba alerta, pues sólo en barcos de muy rígida disciplina se suele poner vigía sobre cubierta cuando el barco está al pairo de un viento fuerte. Como me dirijo en especial, si no exclusivamente, a las personas que no han navegado nunca, tal vez sea conveniente describir la exacta condición de un barco en semejantes circunstancias. Ponerse al pairo o a la capa, como se dice en el lenguaje marinero, es una medida que se toma para diversos propósitos y que se efectúa de diversas maneras. Cuando reina tiempo moderado, es frecuente hacerlo con el mero propósito de detener el barco, de esperar a otro barco o con cualquier finalidad similar. Si el barco que se pone al pairo lleva todas las velas desplegadas, la maniobra se suele realizar de forma que redondee algunas partes de sus velas, de modo que el viento las tome por avante cuando llegue a estar parado. Pero ahora estamos hablando del pairo con viento huracanado. Se recurre a él cuando el viento sopla de proa y es demasiado violento para navegar a la vela sin peligro de zozobrar, y a veces incluso cuando sopla buen viento, pero la mar está demasiado gruesa para poner el barco ante ella. Si un barco navega viento en popa, con mar muy gruesa, se le pueden causar muchos daños porque embarca agua por la popa, y a veces da violentos cabeceos hacía adelante. En estos casos rara vez se recurre a dicha maniobra, a menos que sea de imperiosa necesidad. Si el barco hace agua, se le deja correr viento en popa por gruesa que este la mar; pues, dejándolo al pairo, se corre el peligro de que se ensanchen las costuras a causa de los fuertes tirones, lo que no ocurre cuando se va huyendo del viento. A menudo, también es necesario que un barco navegue rápidamente, ya cuando las bocanadas son tan extremadamente furiosas que desgarren las velas que se emplean con el fin de hacerlo virar contra el viento, o cuando, por una mala construcción del casco u otras causas, no puede realizarse el objetivo principal.

Durante los huracanes, los barcos se ponen al pairo de modos diferentes, según su construcción peculiar. Algunos se mantienen mejor con el trinquete desplegado, pues me parece que es la vela que más se suele emplear. Los grandes barcos de aparejo de cruzamen cuentan con velas especiales para este propósito, llamadas velas de capa o de temporal. Pero a veces se emplea el foque; otras el foque y el trinquete, o un trinquete de doble rizo, y no pocas veces las velas traseras. Las velas de cofa de trinquete suelen resultar más apropiadas que cualquier otra clase de velas. El Grampus se ponía al pairo generalmente con el trinquete muy rizado.

Cuando un barco se ha de poner al pairo, se le coloca de proa al viento de manera que hinche la vela desplegada tan pronto como ésta se halla colocada en forma diagonal al barco. Una vez hecho esto, la proa se encuentra inclinada unos grados respecto a la dirección del viento, y la amura de barlovento recibe naturalmente el choque de las olas. En estas condiciones un buen barco puede resistir una tempestad muy recia sin embarcar ni una gota de agua y sin que se requiera más atención por parte de la tripulación. El timón se suele amarrar, pero no es absolutamente necesario (excepto a causa del ruido que hace al ir suelto), pues el gobernalle no surte efecto alguno cuando el barco está al pairo. Realmente, es preferible dejarlo suelto que atarlo muy ceñido, pues corre el peligro de que se rompa por los golpes de mar si no se le deja al timón alguna holgura. Mientras la vela resista, un barco bien construido mantendrá su posición y navegará por todo mar, como si estuviera dotado de vida y raciocinio. Pero si la violencia del viento desgarra la vela (hecho que, en circunstancias ordinarias, requiere la fuerza de un huracán), sobreviene un peligro inminente. El barco se inclina empujado por la fuerza del viento, presenta costado a las olas y queda completamente a merced de ellas. En este caso el único recurso es ponerse tranquilamente de popa al viento, dejándose deslizar hasta que pueda colocarse otra vela. Algunos barcos se ponen al pairo sin vela desplegada, pero de esto no puede fiarse uno en el mar.

Mas dejemos esta digresión. El piloto nunca había tenido la costumbre de poner un vigía en cubierta estando el barco al pairo con tempestad, y el hecho de haberlo hecho ahora, unido a la circunstancia de la desaparición de las hachas y espeques, nos convenció plenamente de que la tripulación estaba demasiado alerta para cogerla por sorpresa de la manera que Peters había propuesto. Pero había que hacer algo, y esto sin la menor dilación, pues era indudable que si se abrigaban sospechas contra Peters, sería sacrificado a la primera oportunidad, y ésta la encontrarían o la provocarían en cuanto pasase la tempestad.

Augustus sugirió entonces que si Peters podía quitar, con cualquier pretexto, el trozo de cadena que estaba sobre la trampa del camarote, podríamos sorprenderlos penetrando por la cala; pero un poco de reflexión nos convenció de que el bergantín se balanceaba y cabeceaba con demasiada violencia para intentar una cosa de tal naturaleza.

Di al fin, por fortuna, con la idea de explotar los terrores supersticiosos y la conciencia de culpabilidad del piloto. Se recordará que uno de los marineros de la tripulación, Harman Rogers, había muerto durante la mañana, habiendo pasado dos días atacado de convulsiones tras de beber agua con licores. Peters nos había expresado la opinión de que este hombre había sido envenenado por el piloto, y fundaba su creencia en razones que eran incontrovertibles, según nos dijo, pero que no se había decidido a revelarnos, pues su reserva era una de las características de su singular carácter. Pero tuviera o no mejores razones que nosotros para recelar del piloto, estábamos de acuerdo con sus sospechas y dispuestos a obrar en consecuencia.

Rogers había muerto hacia las once de la mañana, presa de violentas convulsiones; y el cadáver presentaba a los pocos minutos de su muerte el aspecto más horrible y repugnante que jamás haya visto en mi vida. El estómago estaba exageradamente hinchado, como quien ha muerto ahogado y ha permanecido muchas semanas bajo el agua. Las manos se hallaban en las mismas condiciones, mientras el rostro aparecía encogido y arrugado, con una palidez de yeso, sólo interrumpida por dos o tres manchas rojas muy vivas, como las que produce la erisipela. Una de estas manchas se extendía diagonalmente a través de la cara, cubriendo completamente un ojo como si fuera una banda de terciopelo encarnado. En tan desagradable situación, habían subido el cuerpo a cubierta desde la cámara a mediodía, para arrojarlo al mar, cuando el piloto, echándole un vistazo (pues lo veía en ese instante por primera vez), y sintiendo remordimientos por su crimen o atemorizado por tan horrendo espectáculo, ordenó que lo cosiesen a su hamaca y se hiciesen los ritos usuales de un entierro en el mar. Después de dar estas instrucciones, se retiró a su cámara, para así evitar tener que ver de nuevo a su víctima. Mientras se hacían los preparativos para cumplir sus órdenes, se desencadenó la tempestad con gran furia, y el entierro se abandonó por el momento. El cadáver, abandonado a sí mismo, quedó junto a los imbornales de babor, donde yacía aún en el momento en que yo estaba hablando, bañado por las aguas y agitándose a los violentos vaivenes del bergantín.

Una vez establecido nuestro plan, nos dispusimos a llevarlo a la práctica lo más rápidamente posible. Peters subió a cubierta, y, tal como había previsto, le saludó inmediatamente Allen, quien parecía hallarse estacionado allí más para acechar lo que pasaba en el castillo de proa que para otra cosa. Pero la suerte del rufián quedó decidida rápida y silenciosamente, pues Peters, acercándose de un modo despreocupado, como si fuera a hablarle, le cogió por la garganta y, antes de que pudiera dar un solo grito, lo tiró pon la borda. Luego nos llamó y subimos. Nuestra primera preocupación fue buscar algo con que armamos, y al hacer esto teníamos que andar Don cuidado, pues era imposible permanecer sobre cubierta un instante sin agarrarse firmemente, pues violentas olas irrumpían sobre el barco a cada cabeceo. Era indispensable también que hiciésemos de prisa nuestras operaciones, porque a cada minuto esperábamos ver aparecer al piloto para poner las bombas en funcionamiento, pues era evidente que el Grampus estaba haciendo agua muy rápidamente. Después de buscar durante un buen rato, no logramos encontrar nada más adecuado para nuestro propósito que los dos brazos de las bombas, uno de los cuales cogió Augustus y yo el otro. Una vez hecho esto, le quitamos al cadáver la camisa y lo arrojamos al mar. Peters y yo nos fuimos abajo, dejando a Augustus para vigilar la cubierta, donde ocupó el mismo sitio en que se había colocado Allen, y de espaldas a la escalera de la cámara, de modo que, si subía alguno de los de la banda del piloto, creyese que era el vigía.

Tan pronto como llegué abajo, comencé a disfrazarme para representar el cadáver de Rogers. La camisa que le había quitado nos sirvió de mucho, pues era de forma y dibujo singulares, y fácilmente reconocible: una especie de blusa que el difunto llevaba sobre sus demás ropas. Era una elástica azul, con anchas franjas blancas transversales. Después de ponérmela, procedí a equiparme con un estómago postizo, imitando la horrible deformidad del cadáver hinchado. Esto lo conseguí rápidamente por medio de ropas de cama. Luego le di el mismo aspecto a mis manos, poniéndome unos mitones de lana blanca, que rellené con una especie de trapos. Luego Peters me arregló la cara, primero frotándola bien con tiza blanca y manchándomela después con sangre, que se sacó dándose un corte en un dedo. La mancha a través del ojo no fue olvidada, y presentaba un aspecto aún más espantoso.

CAPÍTULO VIII

Cuando me contemplé en un trozo de espejo que pendía en la cámara, a la sombría luz de una linterna de combate, me quedé tan impresionado por el sentimiento de vago terror reflejado en mi rostro y el recuerdo de la terrorífica realidad que estaba representando, que se apoderó de mí un violento temblor, y apenas me quedaron ánimos para seguir adelante con mi papel. Mas era necesario obrar con decisión, y Peters y yo subimos a cubierta.

Allí encontramos todo sin novedad y, manteniéndonos arrimados a los antepechos, los tres nos deslizamos a la escalera de la cámara. Estaba sólo parcialmente cerrada, habiendo tomado precauciones para evitar que la abriesen repentinamente de un empellón desde fuera, por medio de unos calces de madera colocados en el peldaño superior de modo que le impedían cerrarse. No hallamos dificultad alguna en echar un vistazo al interior de la cámara a través de las hendiduras donde están colocados los goznes. Ahora pudimos comprobar que había sido una gran suerte para nosotros no haber intentado cogerlos por sorpresa, pues estaban evidentemente alerta. Sólo uno estaba dormido, y yacía al pie de la escala de toldilla con un fusil a su lado. Los demás estaban sentados en varias colchonetas, que las habían quitado de las camas y tirado por el suelo. Estaban enfrascados en una conversación seria, y aunque habían estado de jarana, como se deducía por dos jarros vacíos y unos vasos de hojalata que había por allí, no estaban tan borrachos como de costumbre. Todos llevaban cuchillos, un par de ellos pistolas, y numerosos fusiles yacían en la cama al alcance de la mano.

Estuvimos escuchando su conversación durante un rato antes de decidir cómo obrar, pues no habíamos resuelto nada en concreto, excepto que intentábamos paralizarlos, cuando los atacásemos, por medio de la aparición de Rogers. Estaban discutiendo planes de piratería y, según pudimos oír claramente, se proponían unirse a la tripulación de una goleta, Hornet, y, si les era posible, apoderarse de ella como paso preparatorio para otra tentativa de mayor escala, de cuyos detalles no pudimos enteramos.

Uno de los marineros habló de Peters, y el piloto le contestó en voz baja, sin que pudiéramos oírle, y luego añadió, en tono más alto, que "no podía entender que estuviese tanto tiempo con el chiquillo del capitán en el castillo de proa, pero creía que lo mejor era arrojarlos a ambos al mar cuanto antes." A estas palabras no hubo respuesta alguna, pero comprendimos fácilmente que la insinuación había sido bien recibida por toda la banda, y en especial por Jones. En este momento yo estaba excesivamente agitado, tanto cuanto que vi que ni Augustus ni Peters sabían cómo obrar. Pero yo decidí vender cara mi vida antes que dejarme dominar por el miedo.

El ruido espantoso del rugir del viento en el aparejo y del barrer de las olas sobre cubierta nos impedía oír lo que se decía, excepto durante calmas momentáneas. En una de éstas, los tres oímos claramente al piloto decirle a uno de sus hombres: "vete a proa y ordena a esos marineros de agua dulce que vengan ala cámara", donde podía tenerlos a la vista e impedir que hubiese secretos a bordo del bergantín. Para suerte nuestra, el balanceo del barco en aquel momento era tan violento, que la orden no pudo ejecutarse inmediatamente. El cocinero se levantó de su colchoneta para ir a buscarnos, cuando los mástiles, le hizo dar de cabeza contra una de las puertas del camarote de babor, abriéndola de golpe y aumentando en gran proporción otro tipo de confusión. Afortunadamente, ninguno de nosotros fuimos despedidos fuera de nuestra posición, y tuvimos tiempo de retirarnos precipitadamente al castillo de proa y preparar apresuradamente un plan de acción antes de que el mensajero hiciese su aparición, o más bien antes de que asomara la cabeza por la cubierta de escotilla, pues no se molestó en subir a cubierta. Desde el sitio en que estaba no podía advertir la ausencia de Allen, y le repitió a gritos, como si fuese él, las órdenes del piloto. Peters exclamó "¡Sí, sí!", desfigurando la voz, y el cocinero se bajó inmediatamente, sin haber notado nada.

Luego mis dos compañeros se dirigieron resueltamente a popa y bajaron a la cámara, cerrando Peters la puerta tras de sí como la había encontrado. El piloto los recibió con fingida cordialidad y a Augustus le dijo que, en vista de que se había comportado tan bien últimamente, podía instalarse en la cámara y considerarse como uno más de ellos en lo futuro. Luego le escanció hasta la mitad un vaso de ron y se lo hizo beber. Yo estaba viendo y oyendo todo esto, pues seguí a mis amigos hasta la cámara tan pronto como Peters cerró la puerta, y me situé en mi viejo punto de observación. Llevaba conmigo los dos guimbaletes, uno de los cuales coloqué cerca de la escalera de la cámara, para tenerlo al alcance de la mano cuando fuese necesario.

Puse buen cuidado en no dejarme escapar nada de lo que estaba pasando allí dentro, y me armé de valor para presentarme ante los amotinados cuando Peters me hiciese la señal convenida. Ahora éste procuraba hacer recaer la conversación sobre los sangrientos episodios del motín, y gradualmente llevó a los marineros a hablar acerca de las mil supersticiones que son tan universalmente corrientes entre la gente de mar. Yo no podía oír todo lo que se decía, pero sí veía claramente el efecto de la conversación en la fisonomía de los allí presentes. El piloto estaba evidentemente muy agitado y cuando, poco después, uno de ellos mencionó el terrorífico aspecto del cadáver de Rogers, creí que estaba a punto de desmayarse. Peters le pregunto entonces si no creía que sería mejor arrojar el cuerpo por la borda en seguida, puesto que era demasiado horrible verlo dando tumbos por los imbornales. A esto el villano respiró convulsivamente y paseó lentamente su mirada sobre sus compañeros, como si suplicase a alguno de ellos que subiera a realizar aquella tarea. Pero no se movió nadie. Era evidente que toda la banda se hallaba en el grado más alto de excitación nerviosa. Entonces Peters me hizo la señal. Abrí inmediatamente, de un empellón, la puerta de la escalera de la cámara y bajé, sin pronunciar una palabra, manteniéndome erguido en medio de la banda.

El intenso efecto producido por esta repentina aparición no sorprenderá del todo si se toman en consideración sus diversas circunstancias. Por lo general, en caso de naturaleza similar, queda en el espíritu del espectador como un rayo dé duda sobre la realidad de la visión que se tiene ante los ojos; cierta esperanza, aunque débil, de que se es víctima de una trapacería y de que la aparición no es realmente un visitante que venga del lejano mundo de las sombras. No es demasiado afirmar que semejantes restos de duda se hallan en el fondo de casi toda análoga aparición y de que el espantoso horror que a veces han originado deba atribuirse, incluso en los casos más al efecto y donde más sufrimiento se halla experimentado, más a una especie de horror anticipado, por miedo de que la aparición sea posiblemente real, que a una firme creencia en su realidad. Pero en el caso presente se verá inmediatamente que en el espíritu de los amontinados no había ni siquiera la sombra de un fundamento sobre la que mantener la duda de que la aparición de Rogers fuese, en verdad, una revivificación de su espantoso cadáver o, al menos, de su imagen espiritual. La situación del bergantín, aislado en el mar, con su total inaccesibilidad a causa de la tempestad, reducía los aparentemente posibles medios de trapisonda a límites tan escasos y definidos, que debieron de pensar que era capaz de vigilarlos a todos de una sola mirada. Hacía veinticuatro días que se hallaban en el mar, sin haber sostenido más que una comunicación de palabra con un barco cualquiera. Además, toda la tripulación (los marineros estaban muy lejos de sospechar que hubiese algún otro individuo a bordo) estaba reunida en la cámara, a excepción de Allen, el vigía; y su gigantesca estatura (casi medía dos metros de altura) era demasiado familiar a sus ojos para creer ni por un solo instante que fuese él la aparición que tenían ante ellos. Añádanse a estas consideraciones la índole aterradora de la tempestad y la de la conversación suscitada por Peters; la profunda impresión que el aborrecible cadáver había causado por la mañana en la imaginación de los marineros; la perfección de mi disfraz, y la incierta y vacilante luz a la que me contemplaban, como era la del resplandor de la linterna de la cámara, agitándose violentamente de acá para allá, cayendo de lleno o indecisamente sobre mi cara, y se comprenderá que el efecto de nuestra superchería fuese mayor de lo que esperábamos. El piloto se levantó de un salto de la colchoneta en que estaba echado y, sin pronunciar ni una palabra, cayó de espaldas, muerto de repente, sobre el suelo de la cámara, y fue arrojado a sotavento como un tronco por un fuerte bamboleo del bergantín. De los siete restantes, sólo tres conservaron al principio cierta presencia de ánimo; los otros cuatro se quedaron por un rato como si hubieran echado raíces en el suelo, pintándose en sus rostros el horror más lastimoso y la desesperación más extremada que jamás vieran mis ojos. La única oposición que encontramos nos la hicieron el cocinero, John Hunt y Richard Parker; pero fue una defensa muy débil e irresoluta. Los dos primeros fueron muertos a tiros instantáneamente por Peters, y yo derribé a Parker de un golpe en la cabeza con el brazo de la bomba que llevaba conmigo. Mientras tanto, Augustus se apoderó de uno de los fusiles que había en el suelo y disparó sobre otro amotina4o (Wilson), que murió con el pecho atravesado. Ya no quedaban más que tres; pero ya éstos habían salido de su letargo, y quizá empezaban a ver que habían sido engañados, pues luchaban con gran resolución y furia, y si no hubiera sido por la tremenda fuerza muscular de Peters, tal vez a la postre nos hubieran vencido. Estos tres hombres eran Jones, Greely y Absalom Hicks. Jones había derribado a Augustus en el suelo, le dio varias puñaladas en el brazo derecho, y seguramente hubiera acabado con él (pues ni Peters ni yo podíamos desembarazarnos inmediatamente de nuestros contrincantes) si no hubiese sido por la oportuna ayuda de un amigo, con la que ninguno de nosotros habíamos contado. Este amigo no era otro que Tigre. Dando un sordo ladrido, saltó a la cámara, en el momento mas crítico para Augustus, y, abalanzándose sobre Jones, lo mantuvo sujeto al suelo por un instante. Pero mi amigo estaba demasiado maltrecho para poder prestarnos ayuda alguna, y yo, encubierto con mi disfraz, poco podía hacer. El perro no quería soltar a Jones, a quien tenía preso por la garganta. Sin embargo, Peters era bastante más fuerte que los dos hombres que quedaban y, sin duda, los hubiera despachado más pronto de lo que lo hizo si no hubiera sido por el poco espacio que tenía para luchar y por los tremendos bandazos del bergantín. Por fin pudo coger una banqueta muy pesada de las varias que había por el suelo y con ella le aplastó los sesos a Greely, en el momento en que se disponía a descargar su fusil contra mí, e inmediatamente después de que un boleo del barco le arrojase contra Hicks, cogió a este por la garganta y le estranguló a pura fuerza. Así, en menos tiempo de lo que he tardado en contarlo, nos hicimos dueños del bergantín.

El único de nuestros enemigos que quedaba vivo era Richard Parker. A éste, como se recordará, yo lo había derribado de un golpe con el brazo de la bomba al comienzo de la refriega. Ahora yacía inmóvil Junto a la puerta del camarote hecha astillas: pero al tocarle Peters con el pie, habló pidiéndole clemencia. Sólo tenía una ligera herida en la cabeza, y si había perdido el conocimiento era a causa de la contusión. Se puso en pie y, por el pronto, le atamos las manos a la espalda. El perro seguía gruñendo encima de Jones: pero, después de un examen, vimos que estaba muerto, y un chorro de sangre le manaba de una profunda herida en la garganta, infligida por los agudos colmillos del animal.

Era alrededor de la una de la madrugada, y el viento seguía soplando con furia tremenda. Evidentemente, el bergantín trabajaba más de lo corriente, y era absolutamente necesario hacer algo para aliviar su situación. A cada cabeceo a sotavento, embarcaba una ola, varias de las cuales llegaron parcialmente hasta la cámara durante nuestra refriega, pues al bajar yo había dejado abierta la escotilla. Toda la obra muerta de babor había sido arrastrada por el mar, así como el fogón, junto con el bote que estaba encima de la bovedilla. Los crujidos y las vibraciones del palo mayor también indicaban que estaba próximo a romperse. A fin de hacer más sitio para la estiba en la bodega de popa, el pie de este mástil se había fijado en el entre puente (práctica perniciosa a que a veces recurren por ignorancia los constructores de barcos), de modo que corría un peligro inminente de que fuera arrancado. Y paré colmo de nuestras dificultades, sondamos la caja de bombas y vimos que no tenía menos de dos metros de agua.

Abandonando los cadáveres que yacían en la cámara, nos pusimos a trabajar inmediatamente con las bombas. A Parker, naturalmente, se le dejó en libertad para que nos ayudase en la tarea. Vendamos el brazo de Augustus lo mejor posible, y hacía lo que podía, que no era mucho. Pero descubrimos que podíamos impedir que el agua subiese de nivel manteniendo constantemente en funcionamiento una bomba. Como sólo éramos cuatro, el trabajo resultaba excesivo; pero tratamos de conservar los ánimos, y esperábamos con ansiedad el alba, pues teníamos el propósito de aligerar el bergantín cortando el palo mayor.

De este modo, pasamos una noche de terrible ansiedad y fatiga, y cuando al fin amaneció, la tempestad no había amainado ni daba muestras de querer amainar. Arrastramos los cadáveres a cubierta y los arrojamos por la borda; luego nos ocupamos del palo mayor. Una vez hechos los preparativos necesarios, Peters cortó el mástil (habíamos encontrado hachas en la cámara), mientras los demás manteníamos tensos los estays y los aparejos. Como el bergantín dio un tremendo bandazo a sotavento, se ordenó cortar los acolladeros de barlovento, con lo cual toda la masa de maderas y jarcias cayó al mar, desembarazada del bergantín y sin causarle ningún daño. Vimos que el barco no trabajaba tanto como antes, pero nuestra situación seguía siendo precaria, y, a pesar de nuestros desesperados esfuerzos. no conseguíamos achicar el agua sin el empleo de las dos bombas. La ayuda que podía prestarnos Augustus era realmente de poca importancia. Para aumentar nuestros apuros, una ola enorme descargó sobre el costado de barlovento, apartó al bergantín varios puntos del viento y, antes de que pudiera recobrar su posición, rompió otra ola sobre él y lo tumbó completamente de costado. El lastre se desplazó en masa sobre el costado de sotavento (la estiba llevaba ya un rato desplazándose a un lado y a otro) y por unos momentos creímos zozobrar irremisiblemente. Pero el barco se enderezó en parte, aunque el lastre seguía retenido a babor, por lo que era inútil pensar en hacer funcionar las bombas, las cuales hubieran hecho realmente poco, porque teníamos las manos en carne viva por el exceso de trabajo y nos sangraban de la manera más horrible.

Contra el consejo de Parker, nos pusimos a cortar el palo trinquete, y al fin lo conseguimos tras mucha dificultad, debido a la posición en que nos hallábamos. Al caer al mar, se llevó el bauprés y dejó al bergantín completamente convertido en un cascaron.

Por tanto, podíamos congratularnos aún de que nuestro bote no se lo hubiera llevado el mar, pues no había sufrido ninguna avería a pesar de las enormes olas que habían entrado a bordo. Pero esta alegría no nos duró mucho, pues faltos de trinquete y por tanto de su vela, que había mantenido firme al bergantín, el mar descargaba de lleno sobre nosotros y en cinco minutos nuestra cubierta fue barrida de popa a proa, el bote y su amuras destrozadas, e incluso el cabestrante pequeño hecho astillas. Realmente la situación no podía ser más deplorable para nosotros.

A mediodía pareció que la borrasca iba a amainar, pero nos llevamos un chasco desagradable, pues apenas calmada unos momentos, se reprodujo con redoblada violencia. Hacia las cuatro de la tarde era completamente imposible mantenerse de pie de cara al viento, y al cerrar la noche no nos quedaba ni una sombra de esperanza de que el barco resistiese hasta la mañana.

A medianoche nos habíamos hundido bastante en el agua, de forma que llegaba ahora hasta el entre puente. Poco después, un golpe de mar arrancó el timón y se llevó toda la parte de popa que estaba fuera del agua, con lo que sufrió tal golpe al caer, en su cabeceo, como si hubiese encallado. No habíamos previsto que el timón nos faltase tan pronto, pues era inusitadamente fuerte y estaba colocado de un modo como no había visto nunca antes ni he visto después. Debajo de su pieza de madera principal había una serie de recias abrazaderas de hierro, y otras abrazaderas del mismo metal sujetaban el codaste. A través de estas abrazaderas pasaba una espiga de hierro forjado, muy gruesa, quedando así el timón firmemente sujeto y girando libremente sobre la espiga. Puede calcularse la terrible fuerza de las olas por el hecho de que las abrazaderas del codaste, que corrían a lo largo de él, estaban clavadas y remachadas; fueron separadas por completo de la sólida madera.

Apenas habíamos tenido tiempo de respirar, después de la violencia de este choque, cuando una de las olas más tremendas que he visto en mi vida rompió a bordo directamente sobre nosotros, barriendo la escalera de la cámara, reventando en las escotillas e inundando de agua hasta el último rincón del bergantín.

CAPÍTULO IX

Afortunadamente, poco antes de anochecer nos amarramos firmemente los cuatro a los restos del cabrestante, tumbándonos de este modo sobre la cubierta lo más aplastados posible. Esta precaución fue lo único que nos salvó de la muerte. De todas maneras, estábamos más o menos aturdidos por el inmenso peso de agua que nos cayó encima, y que no nos arrastró hasta que estuvimos casi exhaustos. Tan pronto corno pude recobrar el aliento, llamé en voz alta a mis compañeros. Pero sólo contestó Augustus, diciendo:

¡Todo se ha acabado para nosotros! ¡Dios tenga misericordia de nuestras almas!

Poco a poco, los otros dos fueron recobrando el habla y nos exhortaron a tener ánimos, pues aún había esperanzas, sabiendo que era imposible que el bergantín se hundiese, debido a la naturaleza del cargamento y porque, además, parecía probable que la tempestad amainase por la mañana. Estas palabras me reanimaron; por extraño que parezca, aunque era obvio que un barco cargado de barricas de aceite vacías no puede sumergirse, yo había tenido hasta este momento tan confusa la mente, que no había caído en la cuenta, y el peligro que había temido más durante aquellas horas era el de que nos hundiésemos. Al renacer la esperanza en mi corazón, aproveché todas las ocasiones para afianzar las ligaduras que me sujetaban a los restos del cabrestante, y en esta ocupación no tardé en descubrir que mis compañeros también estaban ocupados en lo mismo. La noche era muy oscura, y no intento describir el caos y el horrible '~ lúgubre estruendo que nos rodeaba. La cubierta se hallaba al nivel del agua, o más bien estábamos rodeados de altas crestas de espuma, parte de las cuales rompían a cada instante sobre nosotros. No sería exagerado decir que no teníamos la cabeza fuera del agua más que un segundo de cada tres. Aunque estábamos muy juntos, ninguno de nosotros podía ver a otro, ni siquiera nada de la parte del bergantín, sobre la cual éramos tan impetuosamente zarandeados. A intervalos, nos llamábamos unos a otros, intentando mantener viva la esperanza y dar consuelo y valor a quien más necesidad tenía de ello. La débil situación de Augustus le hacía objeto de la solicitud de todos nosotros; y como suponíamos que la herida en el brazo derecho había de imposibilitarle para sujetar sólidamente su amarra, nos figurábamos a cada instante que iba a ser arrastrado por las olas, y prestarle socorro era algo absolutamente imposible. Afortunadamente, se encontraba en el sitio más seguro, pues la parte superior de su cuerpo se cubría con un trozo de cabrestante roto, y las aguas, antes de caerle encima, perdían gran parte de su violencia. En cualquier otra posición que no fuese aquélla (en la que había quedado accidentalmente después de haberse atado él mismo en un sitio muy expuesto), hubiese perecido infaliblemente antes del amanecer. Debido a que el bergantín se hallaba muy echado hacia la banda, estábamos menos expuestos a ser arrebatados por las olas, como hubiese sucedido en otro caso. Como he dicho antes, el barco se inclinaba hacia babor, pero la mitad de la cubierta estaba constantemente bajo el agua. Por eso las olas, que entrechocaban por estribor, rompían contra el costado del barco, alcanzándonos solamente algunas rociadas de agua, mientras yacíamos tendidos boca abajo; por el contrario, las que venían por babor, las que se llaman olas de remanso, porque caen por la espalda. no podían cogernos con bastante ímpetu, a causa de nuestra posición, no tenían fuerza suficiente para soltarnos de nuestras amarras.

En tan espantosa situación permanecimos hasta que alumbró el día, mostrándonos con todo detalle los horrores que nos rodeaban. El bergantín era un simple tronco que rodaba a merced de las olas; la tempestad no había cedido sino para soplar con la fuerza de un huracán, y parecía que no podíamos esperar salvación alguna terrenal. Durante varias horas permanecimos en silencio, esperando a cada momento que se rompieran nuestras amarras, que los restos del cabrestante irían por la borda, o que algunas de las enormes olas que rugían en todas direcciones alrededor y por encima de nosotros sumergiese de tal modo el casco, que nos ahogásemos antes de volver a la superficie. Mas, por la clemencia de Dios, nos libramos de estos peligros inminentes, y hacia el mediodía nos reanimamos, recibiendo como una bendición los rayos del sol. Poco después notamos una sensible disminución de la fuerza del viento, y entonces, por primera vez desde la última parte de la noche anterior, Augustus habló, preguntándole a Peters, que era el que estaba más cerca de él, si creía que había alguna posibilidad de salvación. Como no dio ninguna respuesta al principio a esta pregunta, todos creímos que el mestizo se había ahogado; pero en seguida, con gran alegría nuestra, empezó a hablar, aunque muy débilmente, diciendo que sentía grandes dolores a consecuencia del corte que la presión de las ligaduras le habían hecho en el estómago, que debía encontrar el medio de aflojarlas o moriría, pues era imposible que pudiese soportar por más tiempo aquella situación. Esto nos causó gran disgusto, pues era inútil pensar en ayudarle mientras el mar siguiera azotándonos como hasta entonces. Le exhortamos a que soportase sus sufrimientos con paciencia, y le prometimos aprovechar la primera oportunidad que se presentase para aliviarle. El mestizo replicó que sería demasiado tarde, que todo se acabaría para él antes de que pudiéramos hacerlo, y luego, después de quejarse durante unos minutos, se quedó silencioso, de lo cual dedujimos que había perecido.

Al caer la tarde, el mar se calmó, hasta el punto de que apenas rompía una ola contra el casco del lado de barlovento cada cinco minutos, y el viento había amainado bastante, aunque todavía soplaba una fuerte galerna. Hacía unas horas que no había oído hablar a ninguno de mis compañeros, y llamé a Augustus; pero me contestó tan débilmente que no pude entender lo que me dijo. Luego llamé a Peters y a Parker, de ninguno de los cuales recibí contestación.

Poco después caí en un estado de insensibilidad parcial, durante el cual vagaban por mi espíritu las imágenes más placenteras, como árboles de verdísimo follaje, ondulantes prados de sazonada mies, procesiones de bailarinas, tropas de caballería, y otras fantasías. Recuerdo ahora que, en todas las visiones que pasaron ante los ojos de mi imaginación, el movimiento era la idea predominante. Por eso, nunca me imaginé ningún objeto estacionario, tal como una casa, una montaña, o algo por el estilo; sólo veía molinos de viento, barcos, grandes aves, globos, gentes a caballo o conduciendo carruajes a gran velocidad, y otros objetos móviles similares que se me aparecían en sucesión interminable. Cuando salí de este estado, hasta donde podía adivinar, hacía ya una hora que brillaba el sol. Me costaba grandes esfuerzos recordar las diversas circunstancias relacionadas con mi situación y durante cierto tiempo permanecí firmemente convencido de que aún me hallaba en la cala del bergantín, junto a la caja, y de que el cuerpo de Parker era el de Tigre.

Cuando recobré por completo mis sentidos, vi que el viento era sólo una brisa moderada, y que el mar se hallaba en relativa calma, de modo que el bergantín sólo embarcaba agua por el centro de la cubierta. Mi brazo izquierdo se había desprendido de sus ligaduras, y estaba muy lacerado hacia el codo; mi brazo derecho estaba completamente entumecido y la mano y la muñeca extraordinariamente hinchados por la presión de la cuerda, que se había corrido desde el hombro hacia abajo. También me dañaba mucho otra cuerda que me rodeaba el pecho y que se había puesto tirante hasta un grado insufrible de presión. Al mirar hacia mis compañeros observé que Peters vivía aún, aunque tenía atada a la cintura una cuerda gruesa, tan apretada, que parecía como si le hubiesen cortado en dos; al moverme yo me hizo una débil seña con la mano, indicándome la cuerda. Augustus no daba señales de vida, y estaba inclinado casi hasta doblarse sobre una astilla del cabrestante. Parker me habló cuando vio que me movía, y me preguntó si me restaban aún fuerzas suficientes para soltarle, asegurándome que si yo 1 conseguía reuniendo las energías que me quedasen quizá pudiera salvarnos la vida, mientras que de otro modo pereceríamos todos. Le dije que se armara d valor, pues intentaría quitarle las ligaduras. Palpándome el bolsillo del pantalón, encontré el cortaplumas y, tras varios intentos infructuosos, conseguí abrirlo. Luego, con la mano izquierda logré soltar mi mano derecha y después corté las cuerdas que me sujetaban. Pero al intentar cambiar de postura sentí que se me doblaban las piernas y que no podía levantarme, ni mover mi brazo en dirección alguna. Al decirle a Parker lo que me sucedía, me aconsejó que me estuviese quieto durante unos momentos, agarrándome al cabrestante con la mano izquierda, para que de este modo se restableciese la circulación de la sangre. Al hacerlo así empezó a desaparecer el entumecimiento y pude mover primero una pierna y luego la otra, y poco después recobré parcialmente el uso del brazo derecho. Entonces, arrastrándome a gatas, con gran precaución, hasta Parker, sin conseguir sostenerme sobre mis piernas, le corté al instante las ligaduras y en poco tiempo también él recobró el uso parcial de las piernas. Sin pérdida de tiempo le soltamos la cuerda a Peter. A través de la pretina de su pantalón de lana y de dos camisetas, le había hecho una profunda herida que le llegaba hasta la ingle, de la que, al quitarle la cuerda, le manaba la sangre copiosamente. Pero tan pronto como se sintió libre, nos dijo que había experimentado un alivio instantáneo, siendo capaz de moverse con mayor facilidad que Parker y que yo; sin duda, esto era debido a la descarga de la sangre.

Teníamos pocas esperanzas de que Augustus se recobrase, pues no daba señales de vida; pero, al acercarnos a él, vimos que simplemente estaba desmayado por la pérdida de sangre, pues las vendas que le habíamos puesto en el brazo herido habían sido arrancadas por las olas; ninguna de las cuerdas que le sujetaban al cabrestante estaba suficientemente apretada para ocasionarle la muerte. Después de haberle quitado las ligaduras, conseguimos apartarle del trozo de madera que estaba cerca del cabrestante, lo pusimos a buen resguardo en un sitio a barlovento, con la cabeza un poco más baja que el cuerpo, dedicándonos los tres a darle fricciones en los miembros. Al cabo de media hora volvió en si, aunque hasta la mañana siguiente no dio muestras de conocemos, ni tuvo suficientes fuerzas para hablar. Cuando acabamos de quitarnos las ligaduras ya era completamente de noche, y comenzaba a nublarse, lo cual nos angustió profundamente, pues temíamos que volviese a soplar viento fuerte, en cuyo caso nada nos salvaría de perecer, dada nuestra extenuación. Por fortuna, el viento continuó muy moderado durante Ja noche y el mar se iba calmando a cada minuto, haciéndonos concebir grandes esperanzas de salvación. Soplaba una ligera brisa del noroeste, pero no hacía nada de frío. Augustus fue atado cuidadosamente del lado de barlovento, de manera que no pudiera escurrirse con los balanceos del barco, pues estaba demasiado débil para sostenerse solo. Nosotros no teníamos ya necesidad de atarnos. Permanecimos sentados muy juntos, amparándonos unos a otros con la ayuda de las cuerdas rotas en tomo al cabrestante, mientras trazábamos planes para librarnos de nuestra espantosa situación. Sentimos mucho alivio al quitarnos la ropa y retorcerla para que soltase el agua. Cuando nos la pusimos de nuevo sentimos un agradable calor que nos vigorizó en no escaso grado. Le ayudamos a Augustus a quitarse la ropa, se la retorcimos y también experimentó la misma agradable sensación.

Ahora nuestros principales sufrimientos eran el hambre y la sed, y cuando comenzamos a pensar en el medio de buscar algún alivio a este respecto se nos encogió el corazón, y casi deploramos haber escapado de los peligros menos temibles del mar. Sin embargo, procuramos consolarnos con la esperanza de que nos recogiese en breve algún barco, y nos dimos ánimos mutuamente para soportar con entereza los infortunios que pudieran acaecernos.

Al fin alboreó la mañana del día catorce, y el tiempo seguía siendo despejado y tranquilo, con brisa firme pero ligera del noroeste. El mar estaba en completa calma y como, por alguna causa que no podía determinar, el bergantín no se inclinaba tanto sobre la banda como antes, la cubierta estaba relativamente seca y podíamos movernos con libertad. Llevábamos ya más de tres días con sus noches sin comer ni beber, por lo que se nos hizo absolutamente necesario intentar subir algo de abajo. Como el bergantín estaba lleno de agua por completo, nos dispusimos a esta tarea desalentadora, y con muy pocas esperanzas de llegar a conseguir algo. Nos hicimos una especie de draga valiéndonos de unos clavos que arrancamos de los restos de la cubierta de escotilla y los clavamos en dos trozos de madera. Amarrándolos en forma de cruz, los atamos al extremo de una cuerda y los arrojamos a la cámara, arrastrándolos de un lado para otro, con la débil esperanza de enganchar así algún artículo que nos sirviese de alimento, o que al menos nos proporcionase el medio de obtenerlo. Pasamos la mayor parte de la mañana dedicados a esta tarea, sin pescar nada más que unas ropas de cama que se engancharon enseguida en los clavos. En verdad, nuestro invento era tan tosco, que apenas podía esperarse mayor éxito.

Luego probamos en el castillo de proa, pero igualmente en vano, y ya estábamos al borde de la desesperación, cuando Peters propuso que le atásemos una cuerda al cuerpo y le dejásemos intentar subir algo, buceando en la cámara. La proposición fue acogida con todo el entusiasmo que, al reavivar la esperanza, podía inspirar. Inmediatamente se despojó de sus ropas, con excepción de los pantalones, y le atamos cuidadosamente una gruesa cuerda a la cintura, haciéndosela pasar por encima de sus hombros, de modo que no hubiese ninguna posibilidad de que se deslizase. La tarea era de gran dificultad y peligro, pues, como esperábamos encontrar poca cosa, si encontrábamos alguna provisión en la cámara, era necesario que el buceador, tras de permanecer él mismo abajo, tenía que dar una vuelta a la derecha y seguir bajo el agua a una distancia de tres o tres metros y medio, por un pasillo estrecho, hasta el almacén, y volver sin haber respirado.

Una vez preparado todo, Peter descendió a la cámara, bajando por la escala de toldilla, hasta que el agua le llegó a la barbilla. Entonces se zambulló de cabeza, torciendo a la derecha mientras fondeaba, y tratando de llegar al almacén. Pero esta primera tentativa fue totalmente infructuosa. Antes de medio minuto, sentimos tirar violentamente de la cuerda (era la señal convenida para cuando desease que lo subiéramos). Por tanto, lo subimos inmediatamente, pero con tan poca precaución, que le dimos un fuerte golpe contra la escalera. No traía nada, pues no había podido penetrar más que muy poco en el pasillo, debido a los constantes esfuerzos que tuvo que hacer para no subir flotando hasta el techo. Al salir estaba muy cansado y tuvo que descansar un cuarto de hora largo antes de aventurarse a descender de nuevo.

La segunda tentativa dio peores resultados aún; pues permaneció tanto tiempo debajo del agua sin dar la señal para izarlo, que, alarmados por su seguridad, lo sacamos y vimos que estaba casi asfixiado, pues, según nos dijo, había tirado repetidas veces de la cuerda sin que lo notáramos. Probablemente, esto se debió a que una parte de la cuerda se había enredado en la balaustrada, al pie de la escalera. La balaustrada era un estorbo tan grande, que decidimos quitarla, si era posible, antes de proseguir nuestros propósitos. Como no teníamos más medio de quitarla que por fuerza mayor, nos metimos los cuatro en el agua hasta donde nos fue posible, bajando por la escalera, y dando un fuerte tirón con todas nuestras fuerzas unidas, logramos echarla abajo.

La tercera tentativa fue tan infructuosa como las dos anteriores, y nos convencimos de que no podría hacerse nada sin la ayuda de algún peso que asegurase al buceador y le mantuviese en el fondo de la cámara mientras verificaba sus pesquisas. Durante un buen rato estuvimos buscando en vano algo que pudiera servirnos para nuestros fines; al fin, con gran alegría nuestra, descubrimos que una de las cadenas del barco estaba tan suelta, que se podía arrancar con facilidad. Atada a uno de los tobillos de Peters, éste hizo su cuarto descenso a la cámara, y esta vez consiguió llegar a la despensa. Mas, con gran pesar suyo, la encontró cerrada, y tuvo que volverse sin haber entrado, pues ni con los mayores esfuerzos podía permanecer bajo el agua más de un minuto, a lo sumo. Realmente la cosa tomaba un cariz siniestro, y ni Augustus ni yo nos pudimos contener y nos deshicimos en lágrimas al pensar en el cúmulo de dificultades que nos surgían y las pocas posibilidades que teníamos de salvarnos. Pero esta debilidad no duró mucho. Postrándonos de rodillas, rezamos a Dios implorando su ayuda en los infinitos peligros que nos amenazaban, y nos alzamos con esperanza y ánimo renovados para pensar en lo que aún podía hacerse con medios humanos para conseguirnos nuestra salvación.

CAPÍTULO X

Poco después ocurrió un incidente que me inclino a considerarlo como el más emocionante, como el más repleto primero de extremos de placer y luego de terror, hasta puntos que jamás he experimentado en nueve años largos, llenos de los acontecimientos más sorprendentes y, en muchos casos, de la índole más extraña e inconcebible. Estábamos tendidos sobre cubierta, cerca de la escalera de la cámara, discutiendo la posibilidad de llegar hasta la despensa, cuando, al mirar a Augustus, que estaba echado enfrente de mí, noté que se ponía de pronto intensamente pálido y que le temblaban los labios del modo más singular e inexplicable. Muy alarmado, le pregunté qué le sucedía, pero no me contestó, y va empezaba a creer que se había puesto malo de repente, cuando advertí que sus ojos se clavaban aparentemente como en un objeto que hubiese detrás de mí. Volví la cabeza, y jamás olvidaré el éxtasis de alegría que estremeció todas las fibras de mi ser, al ver un gran bergantín que se dirigía hacia nosotros y que no estaba más que a unas dos millas. Me puse de pie de un brinco, como si de repente me hubiesen dado un tiro en el corazón, y extendiendo los brazos en dirección al barco, permanecí de este modo, inmóvil e incapaz de articular una sola palabra. Peters y Parker estaban igualmente emocionados, aunque con reacciones distintas. El primero bailaba por la cubierta como un loco, lanzando las más extravagantes baladronadas, mezcladas con aullidos e imprecaciones, mientras que el último estalló en lágrimas y estuvo durante varios minutos llorando como un niño.

El barco que teníamos a la vista era un gran bergantín goleta, de construcción holandesa, pintado de negro y con un reluciente y dorado mascarón de proa. Evidentemente había corrido muchísimos temporales y supusimos que había sufrido mucho con la tempestad que tan desastrosa había resultado para nosotros, pues había perdido el mastelero de proa y parte de los antepechos de estribor. Cuando le vimos por primera vez, estaba, como he dicho ya, a unas dos millas y a barlovento, dirigiéndose hacia nosotros. La brisa era muy suave, y lo que más nos sorprendió fue que no trajera más velas desplegadas que la vela mayor y el trinquete, con un petifoque, por lo que, naturalmente, navegaba con gran lentitud, exaltando nuestra impaciencia hasta el frenesí. También observamos, a pesar de lo excitados que estábamos, su rara manera de navegar. Guiñaba de tal modo, que en una o dos ocasiones pensamos que era imposible que pudiese vernos, o supusimos que, habiéndonos visto, pero no descubriendo a nadie a bordo del sumergido bergantín, viraba a bordo para tomar otra dirección. En cada una de estas ocasiones nos desgañitábamos y gritábamos con toda la fuerza de nuestros pulmones, cuando parecía que el buque desconocido iba a cambiar por un momento de intención y que de nuevo se dirigía hacia nosotros, repitiendo esta singular conducta dos o tres veces, por lo que al fin pensamos que no había ningún otro modo de explicarnos el caso sino suponiendo que el timonel estaba borracho.

No vimos ninguna persona sobre los puentes hasta que llegó a un cuarto de milla de nosotros. Entonces vimos a tres marineros, a quienes por sus trajes tomamos por holandeses. Dos de ellos estaban tumbados sobre unas velas viejas, cerca del castillo de proa, y el tercero, que parecía contemplarnos con gran curiosidad, se inclinaba sobre la borda de estribor, cerca del bauprés. Este último era un hombre alto y fornido, muy moreno de piel. Por su actitud, parecía estar animándonos a tener paciencia, inclinándose hacia nosotros de un modo alegre, aunque más bien extraño y sonriendo constantemente, dejando al descubierto una blanca y reluciente dentadura. Mientras el buque se acercaba más, vimos que el gorro de franela rojo que tenía puesto se le caía de la cabeza al agua: pero él prestó poca o ninguna atención a esto, continuando con sus extrañas sonrisas y gesticulaciones. Relato estas cosas y circunstancias minuciosamente, y ha de tenerse en cuenta que las relato precisamente tal como nos parecían a nosotros.

El bergantín se acercaba lentamente, y ahora más uniformemente que antes, y—no puedo hablar con calma de este acontecimiento—nuestros corazones saltaron locamente dentro de nuestros pechos, arrancándonos gritos del alma y expresiones de agradecimiento a Dios por la definitiva, inesperada y afortunada salvación, que ya dábamos por descontada. Repentinamente, y de golpe, llegó flotando sobre el océano desde el misterioso barco (que ahora estaba muy cerca de nosotros) un olor, una pestilencia tal, que no hay palabras en el mundo con que expresarla, ni es posible formarse idea alguna del infernal, asfixiante, insufrible e inconcebible hedor.

Abrí la boca para respirar y, volviéndome hacia mis compañeros, advertí que estaban más pálidos que el mármol. Pero no teníamos tiempo para preguntas ni conjeturas; el bergantín estaba a unos quince metros de nosotros, y parecía tener intención de abordarnos por la proa, para que pudiéramos pasar a él sin necesidad de lanzar ningún bote al agua. Echamos a correr a popa, cuando de repente una gran guiñada lo apartó cinco o seis puntos del derrotero que llevaba y, cuando pasaba a unos cinco metros de nuestra popa, vimos perfectamente sus cubiertas. ¿Olvidaré algún día el triple horror de aquel espectáculo? Veinticinco o treinta cuerpos humanos, entre los cuales había varias mujeres, yacían esparcidos entre la popa y la cocina, en el último y más repugnante estado de putrefacción. ¡Y vimos claramente que no había ni un ser vivo a bordo de aquel barco fatídico! ¡Y, sin embargo, no dejábamos de gritar pidiendo auxilio! ¡Sí; prolongada y estentóreamente rogábamos, en la angustia del momento, a aquellas figuras silenciosas y desagradables que permaneciesen con nosotros, que no nos abandonasen hasta llegar a ser como ellas, que nos acogiesen en su grata compañía! Estábamos locos de horror y desesperación; completamente locos de angustia por la decepción sufrida.

Nuestro primer alarido de terror fue contestado por algo, cerca del bauprés del extraño barco, tan parecido al grito de una voz humana que el oído más fino se hubiera engañado y sorprendido.

En este instante otra súbita guiñada descubrió a nuestros ojos la parte del castillo de proa, y comprendimos al instante el origen del sonido. Vimos la alta y robusta figura que aún seguía inclinada sobre la borda, con la cabeza caída y moviéndose de un lado a otro; pero ahora tenía la cara vuelta y no podíamos contemplar su rostro. Tenía los brazos extendidos sobre el pasamanos, con las palmas de las manos colgando hacia fuera. Sus rodillas se apoyaban sobre una recia cuerda, tendida muy tirante desde el pie del bauprés hasta una serviola. Sobre su espalda, de la que le había sido arrancada parte de su camisa, dejándosela al desnudo, se posaba una gaviota enorme, que se alimentaba ávidamente de la horrible carne, con su pico y sus garras profundamente hundidos en ella, y su blanco plumaje todo manchado de sangre. Mientras el bergantín viraba como para vernos mejor, el ave alzó con dificultad su enrojecida cabeza y, después de mirarnos un momento como estupefacta, se alzó perezosamente del cuerpo sobre el que estaba comiendo y, echándose a volar en línea recta hacia nuestra cubierta, se cernió sobre nosotros con un trozo de carne, semejante al hígado, en el pico. El horrible trozo cayó al fin, produciendo un tétrico ruido, junto a los pies de Parker. Que Dios me perdone, pero entonces pasó por mi mente, por primera vez, un pensamiento que no mencionaré, y me vi dando un paso hacia el sanguinolento despojo. Levanté los ojos, y las miradas de Augustus se cruzaron con la mía con tan enérgico e intenso acento de censura, que en el acto recobré mis sentidos. Me lancé adelante rápidamente y, estremeciéndome hasta la medula, arrojé al mar aquel espantoso pedazo de carne.

El cuerpo de donde había sido arrancado, apoyándose como lo estaba sobre la cuerda, era balanceado con facilidad de un lado para otro bajo los picotazos del ave carnívora, y éste era el movimiento que nos había hecho creer al principio que se trataba de un ser vivo. Pero al librarlo la gaviota de su peso, giró sobre sí mismo y cayó parcialmente hacia arriba, de modo que la cara quedó por completo al descubierto. ¡Jamás vi cosa más horriblemente pavorosa! Los ojos habían desaparecido, así como toda la carne de alrededor de la boca, dejando la dentadura totalmente al aire. ¡Y ésta era la sonrisa que nos había colmado de esperanza! ¡Aquélla era..., pero no, me contengo! El bergantín, como ya dije, pasó por nuestra popa y siguió lenta, pero invariablemente hacia sotavento. Con él y con su terrible tripulación se fueron todas nuestras alegres visiones de salvación y contento. Tan pausadamente como pasó cerca de nosotros, nos hubiera sido fácil encontrar medios de abordarlo; pero nuestra repentina decepción y la pavorosa naturaleza del descubrimiento que la acompañó, dejaron postradas por completo todas nuestras facultades mentales y corporales. Habíamos visto y sentido, pero no pudimos pensar ni obrar, hasta que, ¡ay!, era ya demasiado tarde. ¡Hasta qué grado este incidente había debilitado nuestros cerebros, puede juzgarse por el hecho de que, cuando el bergantín estaba tan lejos que ya no veíamos más que la mitad de su casco, discutimos seriamente la proposición de alcanzarlo a nado!

Posteriormente he intentado en vano obtener alguna pista que aclarara la horrible incertidumbre que envolvía el destino del barco desconocido. Su construcción y su aspecto general, como ya he afirmado, nos inclinaban a creer que era un mercante holandés, y la ropa de la tripulación confirmaba esta suposición. Podíamos haber visto fácilmente el nombre del buque en la popa, así como hacer otras observaciones, que nos hubieran orientado para aclararnos su naturaleza; pero la intensa agitación del momento nos cegó para todas las indagaciones de esta índole. Por el color azafranado de los cadáveres que no estaban totalmente descompuestos dedujimos que toda la tripulación había perecido de fiebre amarilla, o de alguna otra enfermedad contagiosa de la misma terrible especie. Si éste era el caso (y no sé qué otra cosa imaginar), la muerte, a juzgar por las posiciones de los cadáveres, debía de haberles sobrevenido de una manera tremendamente repentina y abrumadora, de un modo totalmente distinto del que suele caracterizar incluso a las pestes más mortíferas conocidas por la humanidad. Es posible, también, que un veneno, accidentalmente introducido en algunos de sus almacenes, hubiese originado aquel desastre; o que hubieran comido alguna especie de pescado desconocido y venenoso, o de algún otro animal marino o ave oceánica. Pero es inútil de todo punto hacer conjeturas donde todo está envuelto, y lo seguirá estando seguramente para siempre, por el más pavoroso e insondable misterio.

CAPÍTULO XI

Pasamos el resto del día en un estado de necio estupor, contemplando el barco que se alejaba, hasta que la oscuridad, al ocultarlo de nuestra vista, nos devolvió en cierta medida los sentidos. Retornaron entonces las punzadas del hambre y de la sed, absorbiendo todos los demás cuidados y preocupaciones. Pero no se podía hacer nada hasta por la mañana y, afianzándonos como nos pareció mejor, procuramos descansar un poco. En esto yo fui más allá de mis esperanzas, pues dormí hasta que mis compañeros, menos afortunados que yo, me despertaron al romper el día para reanudar nuestras tentativas de sacar provisiones del barco.

Reinaba ahora una calma chicha, con un mar tan terso como jamás lo he visto, y hacía un tiempo cálido y agradable. El bergantín había desaparecido de nuestra vista. Comenzamos nuestras operaciones arrancando, con algún trabajo, otra cadena, y atando ambas a los pies de Peters, éste intentó de nuevo llegar a la puerta de la despensa, creyendo que podría forzarla, siempre que tuviese tiempo suficiente para ello, cosa que esperaba conseguir, porque el barco se mantenía más quieto que antes.

Logró llegar muy rápidamente a la puerta y, quitándose una de las cadenas de su tobillo, se esforzó por abrir un paso con ellas; pero fue en vano, pues el armazón del cuarto era más sólido de lo previsto. Estaba tan completamente exhausto por su larga permanencia bajo el agua, que fue absolutamente necesario que otro de nosotros cumpliese su cometido. Para este servicio se ofreció inmediatamente Parker; pero después de tres ineficaces tentativas, no consiguió ni siquiera acercarse a la puerta. El estado del brazo herido de Augustus le inutilizaba para que él intentase la empresa, pues hubiera sido incapaz de forzar la puerta aunque hubiese llegado hasta ella, y, por lo tanto, recayó sobre mí trabajar por nuestra salvación común.

Peters había dejado una de las cadenas en el pasillo, y noté, al sumergirme, que no tenía suficiente contrapeso para mantenerme en el fondo, por lo que decidí que, en mi primera tentativa, no haría más que recoger la otra cadena. Al andar a tientas a lo largo del suelo del pasillo sentí una cosa dura, que cogí inmediatamente y, no teniendo tiempo de comprobar qué era, me volví y subí al instante a la superficie. La presa resultó ser una botella de vino, y es de imaginar nuestra alegría cuando diga que estaba llena de vino de Oporto. Dando gracias a Dios por esta ayuda oportuna y animadora, la descorchamos inmediatamente con mi cortaplumas y, echando cada uno un trago moderado, sentimos el más indescriptible alivio con el calor, fuerza y ánimos que nos dio la bebida. Luego volvimos a tapar la botella cuidadosamente y, por medio de un pañuelo, la colgamos de tal modo que no había posibilidad alguna de que se rompiese.

Después de haber descansado un rato tras este feliz descubrimiento, descendí de nuevo y recuperé la cadena, con la que volví a subir al instante. Me la até entonces y bajé por tercera vez, quedando completamente convencido de que por muchos esfuerzos que hiciese, en tales condiciones, no sería capaz de forzar la puerta de la despensa. Así es que regresé a la superficie lleno de desesperación. Parecía que ya no había lugar a esperanza alguna, y pude notar en los semblantes de mis compañeros que se habían resignado a perecer. El vino les había producido, evidentemente, una especie de delirio, del que yo me había librado tal vez por las inmersiones que había realizado después de beberlo. Hablaban incoherentemente de cuestiones que no tenían relación alguna con nuestra situación, haciéndome Peters repetidas preguntas acerca de Nantucket. Recuerdo que también Augustus se me acercó con un aire muy serio y me pidió que le prestase un peine de bolsillo, pues tenía el pelo lleno de escamas de pescado y deseaba quitárselas antes de desembarcar. Parker parecía algo menos afectado por la bebida, pero me apremiaba a que me dirigiese a tientas a la cámara para subir el primer artículo que se me viniese a la mano. Accedí a ello y, a la primera tentativa, después de estar bajo el agua un minuto largo, subí con un pequeño baúl de cuero, que pertenecía al capitán Barnard. Lo abrimos inmediatamente con la débil esperanza de que contuviese algo de comer o de beber, pero sólo encontramos una caja de navajas de afeitar y dos camisas de lienzo. Bajé de nuevo y regresé sin éxito alguno. Al sacar la cabeza fuera del agua oí un chasquido sobre cubierta y, al asomarme, vi que mis compañeros se habían aprovechado desagradecidamente de mi ausencia para beberse el resto del vino, habiendo dejado caer la botella al tratar de volver a colocarla antes de que yo los viese. Al censurarles por la falta de corazón de su conducta, Augustus se echó a llorar. Los otros dos procuraron tomarlo a broma; pero deseo no volver a contemplar jamás una risa como la suya: la distorsión de su semblante era horriblemente espantosa. Era evidente que el estímulo del vino, en sus estómagos vacíos, había operado un rápido y violento efecto, y que estaban completamente ebrios. Con grandes dificultades, logré convencerlos para que se echasen, cayendo inmediatamente en un profundo sopor, acompañado de estrepitosos ronquidos.

En aquellos momentos me encontraba realmente solo en el bergantín, y mis reflexiones eran, pueden estar seguros, de la índole más siniestra y espantosa. Ninguna perspectiva se ofrecía a mi vista, a no ser la de una muerte lenta por hambre o, en el mejor de los casos, ser tragados por la primera tempestad que se levantase, pues, en el estado tan exhausto en que nos encontrábamos, no había esperanza alguna de que resistiéramos otro temporal.

Las dentelladas del hambre que sufría ahora eran casi insoportables, por lo que me sentí capaz de todo para aplacarla. Corté con mi cortaplumas un pequeño trozo de cuero del baúl e intenté comerlo, pero me fue totalmente imposible tragar un solo bocado, aunque sentí que mis sufrimientos se aliviaban un poco mascando trocitos de cuero y escupiéndolos después. Al anochecer mis compañeros se despertaron, uno tras otro, en un indescriptible estado de debilidad y horror, producido por el vino, cuyos vapores ya se habían disipado. Temblaban como si tuviesen una fiebre violenta, y lanzaban los gritos más desgarradores pidiendo agua. Su estado me afectó muchísimo, causándome alegría al mismo tiempo que una serie de afortunadas circunstancias me hubiesen impedido beber más vino, y consiguientemente participar de su melancolía y de sus angustiosas sensaciones. Pero su conducta me alarmaba y me inquietaba mucho, pues era obvio que de no ocurrir algún cambio favorable, ninguna ayuda podían proporcionarme en vistas a nuestra salvación común. Yo no había renunciado aún por completo a la idea de ser capaz de sacar algo de la despensa, pero no podía hacer otra tentativa hasta que uno de ellos fuese lo suficientemente dueño de sí mismo para ayudarme a sostener el extremo de la cuerda mientras yo descendía. Parker parecía estar algo más despejado que los otros, por lo que traté por todos los medios de despabilarlo. Creyendo que una zambullida en el agua del mar le produciría efectos beneficiosos, conseguí atarle alrededor de su cuerpo el extremo de una cuerda, y luego, llevándolo a la escalera de la cámara (permanecía completamente pasivo mientras tanto), lo empujé e inmediatamente lo saqué. Tenía buenas razones para congratularme por haber llevado a cabo el experimento, pues parecía estar más animado y sentirse con más fuerzas. Al sacarlo del agua me preguntó, muy juiciosamente, por qué le había dado aquel baño. Cuando le expliqué el motivo, me expresó su gratitud, y me dijo que se sentía mucho mejor después de la inmersión, conversando luego muy razonablemente acerca de nuestra situación. Resolvimos después tratar a Peters y a Augustus del mismo modo, cosa que hicimos inmediatamente, experimentando ambos muy beneficiosos resultados por el remojón. Esta idea de la inmersión repentina me la sugirió el recuerdo de la lectura de algún libro de medicina en el que se hablaba del buen resultado de la ducha en los casos en que el paciente sufre de manía a potu.

Al ver que ahora podía confiar en que mis compañeros sujetasen el extremo de la cuerda, me volví a sumergir tres o cuatro veces hasta la cámara, aunque ya era completamente de noche y un suave pero largo oleaje moviese algo al bergantín. En el curso de esta tentativa conseguí sacar dos navajas, un cántaro vacío y una manta, pero nada que pudiera servirnos de alimento. Después de recoger estas cosas, continué mis esfuerzos, hasta que me hallé completamente exhausto; pero no di con nada más. Durante la noche, Peters y Parker se ocuparon por turno en la misma faena, pero tampoco dieron con nada, y dejamos de buscar desesperados, convencidos de que nos habíamos molestado en balde.

Pasamos el resto de la noche en un estado tal de angustia mental y física, como es fácil imaginar. Al fin amaneció el día dieciséis, y escudriñamos ansiosamente el horizonte, pero sin ver indicio alguno de salvación. El mar seguía tranquilo, con sólo un largo oleaje hacia el norte, como el día anterior. Éste era el sexto día que no habíamos probado bocado ni bebido más que la botella de vino de Oporto, y era evidente que podíamos sostenemos por muy poco tiempo, a menos que encontrásemos algo. Jamás he visto, ni deseo ver de nuevo, a seres humanos tan demacrados como a Peters y Augustus. Si me los hubiese encontrado en tierra en aquel estado, no hubiera tenido la más leve sospecha de que fueran ellos. Sus rostros habían cambiado por completo de aspecto, de modo que no podía creer que fuesen realmente los mismos individuos que me acompañaban pocos días antes. Parker, aunque en un triste estado y tan débil que no podía levantar la cabeza del pecho, no estaba tan mal como los otros dos. Sufría con gran paciencia, sin quejarse y tratando de inspiramos confianza por todos los medios que le era dable imaginar. En cuanto a mí, aunque al comienzo del viaje hubiese gozado de poca salud, y siempre había sido de constitución delicada, sufría menos que ellos, estaba mucho menos delgado y conservaba mis facultades mentales en un grado sorprendente, mientras que el resto de mis compañeros las tenían completamente agotadas y parecían haber vuelto a una especie de segunda infancia, acompañando sus expresiones de sonrisas imbéciles y diciendo las estupideces más absurdas. Pero a intervalos parecían reanimarse de pronto, como impulsados por la conciencia de su situación, poniéndose entonces de pie de un salto, con una brusca y vigorosa sacudida, y hablando, durante un breve rato, de sus esperanzas, de un modo completamente racional, aunque embargados por la desesperación más intensa. Es posible, sin embargo, que mis compañeros creyesen que se hallaban en buenas condiciones, y que viesen en mí las mismas extravagancias e imbecilidades que yo observaba en ellos. Aunque éste es asunto que no se puede determinar.

Hacia el mediodía, Parker declaró que veía tierra por el costado de babor, y me costó gran esfuerzo impedir que se arrojase al mar para alcanzarla a nado. Peters y Augustus apenas hicieron caso de lo que él decía, entregados aparentemente a una sombría contemplación. Al mirar en la dirección indicada, yo no podía advertir la más leve apariencia de tierra, y además me daba perfecta cuenta de que nos hallábamos muy lejos de tierra para abrigar una esperanza de tal índole. Sin embargo, me costó mucho tiempo convencer a Parker de su error. Entonces se deshizo en un torrente de lágrimas, llorando como un niño, dando grandes gritos y sollozos durante dos o tres horas, y cuando se sintió agotado, cayó dormido.

Peters y Augustus hicieron varias tentativas infructuosas para tragar trocitos de cuero. Yo les aconsejé que lo mascasen y lo escupiesen después, pero estaban excesivamente debilitados para seguir mí consejo Yo seguía masticando trozos de vez en cuando, y sentía cierto alivio; mi principal sufrimiento era la falta de agua y si logré dominarme para no beber un sorbo de la del mar fue recordando las terribles consecuencias que esto le había acarreado a otros náufragos en situación similar a la nuestra.

El día iba transcurriendo así, cuando de repente divisé una vela hacia el este, por nuestro costado de babor. Parecía ser un barco grande y seguía un derrotero que casi cruzaba el nuestro, hallándose probablemente a doce o quince millas de distancia. Ninguno de mis compañeros lo había visto aún, y no quise decírselo de momento, por si volvíamos a llevarnos un desengaño. Al fin, cuando estuvo más cerca, vi claramente que venía hacia nosotros con las velas ligeras desplegadas. Entonces no pude contenerme más y se lo señalé a mis compañeros de sufrimiento. Inmediatamente se pusieron en pie de un brinco, cayendo de nuevo en las más extravagantes demostraciones de alegría, llorando, riendo como idiotas, saltando, dando patadas en la cubierta, mesándose los cabellos y rezando y blasfemando alternativamente. Yo estaba tan conmovido por su comportamiento, así como por lo que ahora consideraba una perspectiva de segura salvación, que no pude por menos de unirme a sus locuras y di rienda suelta a mis impulsos de gratitud y éxtasis echándome a rodar por la cubierta, palmoteando, gritando y realizando otros actos similares, hasta que de repente volví de nuevo en mí, y una vez más a un estado de extrema desesperación y miseria humanas. Al ver que el barco nos presentaba de lleno su popa y que navegaba en dirección casi opuesta a la que al principio traía.

Pasó algún tiempo antes de que yo pudiese convencer a mis pobres compañeros del triste revés que nuestras esperanzas habían sufrido. A todas mis palabras contestaban con gestos y miradas de asombro que implicaban que no eran hombres para dejarse engañar por semejantes embustes. La conducta de Augustus fue la que más me afectó. A pesar de todo lo que yo decía o hacía, él insistía en que el barco se acercaba rápidamente a nosotros, y hacía preparativos para trasladarse a él. Se empeñaba en que unas algas que flotaban cerca del bergantín era el bote del barco, e intentó arrojarse a él, gritando y lamentándose del modo más desgarrador, cuando le impedí por la fuerza arrojarse al mar.

Cuando se calmó un poco continuamos observando el barco hasta que finalmente lo perdimos de vista, pues el tiempo empezó a ponerse brumoso y al mismo tiempo se alzaba una ligera brisa. Tan pronto como desapareció del todo, Parker se volvió hacia mí con una expresión en su semblante que me produjo escalofríos. Había en él un aire de resolución que yo no había advertido en él hasta ahora, y antes de que despegase los labios el corazón me reveló lo que iba a decirme. Propuso, en pocas palabras, que uno de nosotros debía morir para salvar la vida de los otros.

CAPÍTULO XII

Desde hacía algún tiempo, yo ya había sospechado que tendríamos que llegar a este último y terrible extremo, y había resuelto interiormente aceptar la muerte en cualquier forma y bajo cualesquiera circunstancias antes que echar mano de tal recurso. Mi resolución no se había debilitado en modo alguno bajo la presente intensidad del hambre que padecía. La proposición no fue oída por Peters ni por Augustus. Por ello, llevé a Parker a un lado y, pidiéndole mentalmente a Dios poder bastante para disuadirle del horrible propósito que abrigaba, disputé con él durante largo rato, rogándole en nombre de todo lo que él tuviera por sagrado, y aduciéndole todos los argumentos que lo extremado del caso requería, para que abandonase la idea y no la mencionase a ninguno de los otros dos.

Escuchó todo lo que le dije sin intentar rebatir ninguno de mis argumentos, y yo empezaba a creer que lo había convencido. Pero cuando dejé de hablar, me espetó que sabía muy bien que todo lo que yo había dicho era verdad, que recurrir a tal extremo era la alternativa más horrible que podía concebir la mente humana, pero que él había soportado hasta donde la naturaleza humana puede resistir, y que era innecesario que pereciesen todos, cuando con la muerte de uno era posible, e incluso probable, que al fin se salvasen los demás. Añadió que yo podía evitarme el trabajo de amonestarle por tal propósito, pues ya lo había resuelto en su mente aun antes de la aparición del barco, y que sólo el barco que tuvo a la vista le había impedido hablar del asunto más prontamente.

Le rogué entonces que ya que no quería abandonar su propósito, lo difiriese al menos para otro día, para ver si entre tanto aparecía algún otro barco que pudiera salvarnos, aduciendo de nuevo cuantos argumentos se me ocurrieron como más adecuados para conmover la dureza de su naturaleza. Pero me contestó que no había hablado con nadie hasta ver llegado el último momento posible, que no podía vivir por más tiempo sin tomar sustento de cualquier clase, y que por eso otro día más sería demasiado tarde, pues al día siguiente se habría muerto.

Viendo que no podía conmoverle con nada de lo que le decía en tono suave, cambié de actitud y le dije que tuviese presente que yo era el que menos había sufrido de todos a consecuencia de nuestras calamidades; que, por consiguiente, mi salud y mis fuerzas se habían conservado hasta el momento mucho mejor que las de Augustus o Peters y que las suyas propias; en una palabra, que estaba en condiciones de imponerle mi voluntad por la fuerza si era necesario, y que si trataba de dar a conocer a los demás de algún modo su designio sanguinario y caníbal, no vacilaría en arrojarlo al mar. Al oír estas palabras, se arrojó inmediatamente a mi garganta y, sacando una navaja, hizo varios esfuerzos infructuosos para clavármela en el estómago, atrocidad que sólo su excesiva debilidad le impidió cometer. Mientras tanto, yo, en el más alto grado de ira, le iba empujando hacia el costado del barco, con la clara intención de arrojarlo por la borda. Pero se salvó de este fin por la intervención de Peters, que se acercó y nos separó, preguntándonos la causa de nuestra desavenencia, cosa que le explicó Parker antes de que yo tuviera medio de impedírselo.

El efecto de estas palabras fue aún más terrible de lo que me había figurado. Tanto Augustus como Peters, quienes al parecer habían venido meditando desde hacía tiempo la misma espantosa idea que Parker había sido sencillamente el primero en expresar, se unieron a su propósito, insistiendo en que se llevase a cabo inmediatamente. Yo había calculado que por lo menos uno de los dos primeros conservaría la suficiente fuerza de voluntad para ponerse a mi lado y resistir cualquier tentativa de realizar tan espantoso designio; y, con la ayuda de uno de ellos, no tenía miedo de ser capaz de impedir su consumación. Al resultar fallidas mis esperanzas, me vi obligado a atender a mi propia seguridad, pues una mayor resistencia por mi parte podía ser considerada por aquellos hombres hambrientos causa suficiente para prescindir de jugar limpio en la tragedia que sin duda se desarrollaría rápidamente.

Les dije que estaba dispuesto a someterme a la proposición, rogándoles simplemente que la aplazasen por una hora, a fin de que hubiese una oportunidad de que la niebla que se había adensado en torno nuestro desapareciese, y ver si era posible volver a divisar el barco que habíamos visto. Con grandes dificultades obtuve de ellos la promesa de aguardar durante este tiempo, y, como había calculado (pues una brisa se aproximaba rápidamente), la niebla se disipó antes de que hubiese expirado la hora; mas, como no aparecía ningún barco a la vista, nos dispusimos a echar suertes.

Con la mayor repugnancia me detengo a relatar la espantosa escena que siguió, escena que, en sus más minuciosos detalles, ningún acontecimiento posterior ha podido borrar de mi memoria en lo más mínimo, y cuyo horrendo recuerdo amargará todos los momentos futuros de mi existencia. Pasaré, pues, por esta parte de mi relato con la mayor presteza que la índole de los acontecimientos de que tengo que hablar lo permita. El único medio que ideamos para la terrorífica lotería, en la que íbamos a tomar parte, consistió en echar pajas. Hicimos unas astillitas, y se acordó que fuera yo el que las sostuviese. Me retiré a un extremo del barco, mientras mis pobres compañeros silenciosamente se situaron en el opuesto, vueltos de espaldas hacia mí. La ansiedad más amarga que experimenté durante este drama horrible fue la del rato que estuve ocupado en la colocación de las astillas. Son pocas las ocasiones en que el hombre deja de sentir el más profundo interés por la conservación de su vida, y este interés aumenta momentáneamente con la fragilidad del asidero al que se agarra la vida. Pero ahora que el silencioso, definitivo y grave asunto en que estaba comprometido (tan distinto de los tumultuosos peligros de la tempestad de los gradualmente próximos horrores del hambre) me permitió reflexionar sobre las pocas probabilidades que tenía de librarme de la más espantosa de las muertes—una muerte para el más espantoso de los fines, todas las partículas que podían constituir mi energía volaron como plumas llevadas por el viento, dejándome desamparado y presa del más abyecto y lastimoso terror. Al principio no tuve ni fuerzas suficientes para reunir las pequeñas astillas de madera, pues mis dedos se negaban por completo a cumplir su oficio y las rodillas me entrechocaban con violencia. Por mi cerebro pasaron rápidamente miles de proyectos absurdos para evitar tener que participar en la terrible lotería. Pensé dejarme caer de rodillas ante mis compañeros, suplicándoles que me permitiesen librarme de aquella exigencia; lanzarme de repente sobre ellos y, matando a uno, hacer inútil la decisión mediante la suerte; en una palabra, hacer todo lo que fuera preciso menos seguir adelante con lo que tenía en las manos. Por último, después de esperar mucho tiempo en esta actitud estúpida, me volvió a la realidad la voz de Parker, quien me apremiaba para que les sacase a ellos de la terrible ansiedad que estaban sufriendo. Ni aun entonces acertaba a colocar las astillas en mi mano, pues sólo pensaba en toda clase de astucias para que a cualquiera de mis amigos le tocase la paja corta, pues se había acordado que quien sacase la más corta de las cuatro pajas de mi mano muriese para la salvación de los demás. Antes de que alguien intente condenarme por esta aparente crueldad, debe colocarse en una situación semejante a la mía.

Por fin ya no era posible más dilación y, con el corazón casi saltándome del pecho, avancé hacia la parte del castillo de proa, donde me estaban aguardando mis compañeros. Tendí la mano con las astillas, y Peters sacó inmediatamente una de ellas. Se había salvado...; al menos, su astilla no era la más corta, y ahora había otra posibilidad más en contra mía. Reuní todas mis fuerzas y le ofrecí las astillas a Augustus. También sacó inmediatamente una, y también se salvó; y ahora tenía las mismas probabilidades de morir o vivir. En aquel momento se apoderó de mi alma toda la fiereza del tigre, me dirigí hacia mi pobre compañero Parker, con el odio más intenso y diabólico. Pero este sentimiento no duró mucho y, al fin, con un convulsivo estremecimiento y cerrando los ojos, le tendí las dos astillas restantes. Transcurrieron más de cinco minutos antes de que se resolviese a sacar su suerte, y durante este tiempo de inquietud que partía el corazón no abrí ni una sola vez los ojos. Por fin, una de las dos astillas fue rápidamente arrancada de mi mano. La decisión estaba tomada, pero yo no sabía si era en favor o en contra mía. No hablaba nadie, y yo no me atrevía a mirar la astilla que tenía en la mano. Peters me cogió del brazo y me obligó a abrir los ojos, viendo inmediatamente en el semblante de Parker que me había salvado y que él era el condenado. Falto de aliento, caí sin sentido sobre la cubierta.

Me recobré de mi desmayo a tiempo aún para ver la consumación de la tragedia en la muerte de quien había sido el instrumento principal de que se cumpliese. Sin embargo, no opuso resistencia, y cayó muerto en el acto de una cuchillada en la espalda por Peters. No debo detenerme a relatar la horrible comida que siguió inmediatamente; estas cosas han de imaginarse, pues no hay palabras con poder suficiente para impresionar el espíritu con el tremendo horror de su realidad. Baste decir que, habiendo apaciguado en cierta medida la rabiosa sed que nos consumía gracias a la sangre de la víctima, y habiendo desechado, por común asentimiento, las manos, los pies y la cabeza y arrojándolas junto con las entrañas al mar, devoramos el resto del cuerpo, en pedazos, durante los cuatro eternamente memorables días del diecisiete, dieciocho, diecinueve y veinte de aquel mes.

El día diecinueve cayó un chubasco que duró quince o veinte minutos, y pudimos recoger cierta cantidad de agua con ayuda de la manta que habíamos pescado en la cámara al dragarla después de la tempestad. La cantidad que recogimos no pasaría de unos dos litros, pero incluso con tan escasa provisión recobramos fuerza y esperanza.

El día veintiuno nos vimos reducidos de nuevo a la más extrema necesidad. El tiempo seguía aún cálido y apacible, con nieblas de vez en cuando y brisas ligeras, generalmente de norte a oeste.

El día veintidós, mientras estábamos sentados muy juntos, meditando sobre nuestra lamentable situación, se me ocurrió repentinamente una idea que brilló como un rayo de esperanza. Recordé que, cuando se cortó el trinquete, Peters me entregó una de las hachas encargándome que la pusiese en el sitio más seguro posible, y que pocos minutos antes de que la última ola fuerte rompiese contra el bergantín, llenándolo de agua, yo había dejado el hacha en el castillo de proa en una de las camas de babor. Ahora, pensé que con la ayuda del hacha podíamos abrir un boquete en la cubierta sobre la despensa y de este modo sacar fácilmente las provisiones.

Cuando comuniqué esta idea a mis compañeros, lanzaron un débil grito de alegría y nos dirigimos todos al castillo de proa. La dificultad para bajar a éste era mayor que la que tuvimos para bajar a la cámara, pues la abertura era mucho más pequeña. Como se recordará, el mar había arrancado todo el armazón de la escotilla de la cámara, mientras que la escotilla del castillo de proa, no siendo más que un simple hueco de tan sólo tres pies cuadrados, había permanecido intacto. Sin embargo, no vacilé en intentar el descenso; y atándome una cuerda al cuerpo como en las anteriores ocasiones, me sumergí resueltamente, de pie, me dirigí con rapidez a la litera y al primer intento me apoderé del hacha. Ésta fue acogida con las mayores aclamaciones de alegría y triunfo, y la facilidad con que lo había conseguido fue considerada como un buen augurio de nuestra salvación definitiva.

Comenzamos, pues, a abrir un boquete en la cubierta con todas las energías de la esperanza renovada. Peters y yo manejábamos el hacha por turno, pues Augustus no podía ayudamos en modo alguno a causa de su brazo herido. Incluso nosotros, tan débiles como estábamos, apenas podíamos sostenernos sin apoyarnos, y no pudiendo trabajar más de un par de minutos sin descansar, nos convencimos pronto de que serían necesarias muchas horas para realizar nuestra tarea, esto es, abrir un boquete lo suficientemente amplio para dejar paso libre a la despensa. Pero esta consideración no nos desalentó y, trabajando toda la noche a la luz de la luna, conseguimos llevar a cabo nuestro propósito al amanecer del día veintitrés.

Peters se ofreció voluntariamente a bajar y, una vez hechos los preparativos, descendió, volviendo enseguida con un pequeño tarro que, para alegría nuestra, resultó estar lleno de aceitunas. Después de repartírnoslas y devorarlas con la mayor avidez, le dejamos bajar de nuevo. Esta vez el resultado fue más allá de nuestras esperanzas, pues regresó con un gran jamón y una botella de vino de Madeira. Echamos un trago moderado, pues sabíamos por experiencia las perniciosas consecuencias de una excesiva liberalidad. El jamón, excepto en unas dos libras cerca del hueso, no estaba en condiciones de comerse, habiéndose averiado debido al agua del mar. La parte sana nos la repartimos. Augustus y Peters, no pudiendo dominar su apetito, se comieron su parte al instante; pero yo fui más prudente y sólo comí una pequeña porción de la mía, por temor a la sed que me iba a originar. Luego descansamos un rato de nuestra tarea, que había sido terriblemente dura.

Al mediodía, sintiéndonos algo repuestos y fortalecidos, reanudamos nuestra tentativa en busca de provisiones, bajando alternativamente Peters y yo, y siempre con más o menos éxito, hasta que se puso el sol. Durante este intervalo tuvimos la buena suerte de reunir en total cuatro tarritorios más de aceitunas, otro jamón, una garrafa que contenía cerca de quince litros de excelente vino de Madeira, y, lo que nos causó más alegría, una pequeña tortuga de la casta de las islas Galápagos, varias de las cuales había llevado a bordo el capitán Barnard, cuando el Grampus abandonó el puerto, tomándolas de la goleta Mw—y Pítts cuando ésta volvía de su viaje al Pacífico.

Más adelante tendré ocasión repetidas veces de hablar de esta especie de tortugas. Se encuentra principalmente, como la mayoría de mis lectores saben, en el grupo de las islas llamadas de los Galápagos, que viene del nombre de este animal—la palabra española galápago significa tortuga de agua dulce—. Por su forma peculiar y sus movimientos, se les ha dado a veces el nombre de tortuga—elefante. Se encuentran a menudo de un tamaño enorme. Yo he visto algunas que pesaban de ciento Veinte a ciento cincuenta libras, aunque no recuerdo de ningún navegante que hable de haberlas visto de más de ciento ocho libras de peso. Tienen un aspecto extraño y hasta repugnante. Su marcha es muy lenta, mesurada y pesada, y su cuerpo apenas se levanta un pie del suelo. Su cuello es largo y excesivamente delgado; su longitud ordinaria oscila de dieciocho pulgadas a dos pies, y yo he matado a una cuya distancia del hombro a la extremidad de la cabeza no bajaba de tres pies y diez pulgadas. La cabeza tiene un sorprendente parecido con la de la serpiente. Pueden vivir sin comer durante un tiempo increíblemente largo, habiéndose conocido casos en que siendo arrojadas a la bodega de un barco han permanecido en ella dos años sin alimento alguno, y al cabo de este tiempo se las ha encontrado tan gordas y tan sanas como el primer día. Por una particularidad de su organismo, estos animales se asemejan al dromedario, o camello del desierto. En una bolsa situada en el nacimiento de su cuello llevan constantemente una provisión de agua. En algunos casos, al matarlos después de haberlos privado durante un año de todo alimento, se han encontrado en sus bolsas hasta unos doce litros de agua fresca y potable. Su principal alimento es perejil silvestre y apio, además de verdolaga, y otros vegetales que abundan en las vertientes de las colinas cerca de la costa donde se encuentra este animal. Constituyen un sustancioso y nutritivo alimento y han servido sin duda alguna de medio para conservar la vida de miles de marineros empleados en la pesca de la ballena y en otros menesteres en el Pacífico.

La que tuvimos la suerte de sacar de la despensa no era de gran tamaño, y pesaba probablemente de sesenta y cinco a setenta libras. Era hembra, se encontraba en excelente estado, quizá excesivamente gorda y guardaba en la bolsa del cuello más de un litro de agua fresca y limpia. Esto era, ciertamente, un tesoro para nosotros; y cayendo de rodillas todos a la vez, dimos fervientes gracias a Dios por tan oportuno socorro.

Nos costó mucho trabajo sacar al animal por el boquete, pues se resistía con furia y su fuerza era prodigiosa. Estaba a punto de escaparse de las manos de Peters y caer de nuevo en el agua, cuando Augustus le echó al cuello una cuerda con un nudo corredizo, reteniéndola de este modo hasta que yo salté dentro del agujero y, colocándome al lado de Peters, le ayudé a subirla.

Trasladamos cuidadosamente el agua de la bolsa al cántaro, que, como se recordará, habíamos sacado antes de la cámara. Una vez hecho esto, rompimos el cuello de una botella de modo que formara, con el corcho, una especie de vaso, cuya capacidad no llegaba a la de media pinta. Bebimos cada uno una de estas medidas llena, y decidimos limitarnos a esta cantidad por día durante tanto tiempo como durara la provisión.

Como habíamos tenido un tiempo seco y agradable durante los dos o tres últimos días, las mantas que habíamos sacado de la cámara, así como nuestras ropas, se habían secado por completo, de modo que pasamos esta noche (la del veintitrés) con relativo bienestar, gozando de un reposo tranquilo, después de regalarnos con aceitunas y jamón, y un mesurado trago de vino. Temiendo que durante la noche perdiéramos algunas de nuestras provisiones, en el caso de que se levantara la brisa, las aseguramos lo mejor posible con una cuerda a los restos del cabrestante. En cuanto a nuestra tortuga, que deseábamos a toda costa conservar viva mientras pudiéramos, la pusimos boca arriba y también la atamos cuidadosamente.

CAPÍTULO XIII

24 de julio—. Esta mañana nos hallábamos extraordinariamente restablecidos, física y moralmente. A pesar de la peligrosa situación en que nos encontrábamos, ignorantes de nuestra posición, aunque seguramente a gran distancia de tierra, sin más provisiones que para quince días a lo sumo, y esto con gran economía, casi sin agua y flotando a merced de los vientos y de las olas en el más simple naufragio del mundo, los peligros y las angustias más terribles de los que tan milagrosamente acabábamos de escapar nos hacían considerar nuestros actuales sufrimientos como un mal menor; tan cierto es que la felicidad y la desgracia son completamente relativas.

Al salir el sol nos preparamos para reanudar nuestras tentativas a fin de sacar algo de la despensa, pero un vivo aguacero, con algún relámpago, nos obligó a preocuparnos de recoger agua por medio del paño que ya habíamos utilizado antes para este propósito. No teníamos más medio de recoger el agua que tendiendo la sábana colocando en su centro uno de los herrajes de los portaobenques del trinquete. El agua, conducida de este modo al centro, desaguaba en nuestro cántaro. Lo habíamos casi llenado por este procedimiento, cuando una violenta racha, procedente del norte, nos obligó a desistir, pues el barco comenzó a balancearse tan violentamente que no podíamos mantenernos de pie. Entonces nos dirigimos a proa y, amarrándonos con firmeza a los restos del cabrestante como antes, esperamos los acontecimientos con más calma de la que preveíamos o de la que era dado imaginar en aquellas circunstancias. A mediodía calmó el viento, y por la noche se convirtió en un fuerte vendaval, acompañado de un tremendo oleaje. La experiencia nos había enseñado, sin embargo, la mejor manera de arreglar nuestras amarras, y capeamos el temporal aquella triste noche con relativa seguridad, a pesar de que a cada instante nos veíamos inundados y en peligro de ser barridos por el mar. Por fortuna, el tiempo era tan cálido que hacía casi agradable el contacto con el agua.

25 de julio.—Al amanecer, la tempestad se había convertido en una simple brisa de diez nudos por hora, y el mar había bajado tanto que casi podíamos andar en seco por la cubierta. Mas, con gran pesar nuestro, descubrimos que las olas se habían llevado dos tarros de aceitunas y todo el jamón, a pesar del cuidado con que los habíamos atado. No nos decidimos a matar la tortuga aún, contentándonos por el momento con tomar como desayuno unas cuantas aceitunas y una medida de agua cada uno, mezclada a partes iguales con vino. Este brebaje nos dio ánimos y vigor, sin sumirnos en la embriaguez que nos había producido el vino de Oporto. El mar seguía demasiado movido para repetir nuestros esfuerzos en busca de provisiones de la despensa. Varios artículos, de ninguna importancia para nosotros en nuestra actual situación, subieron a través del boquete a lo largo del día, siendo inmediatamente barridos por las olas. También observamos que el barco estaba aún más inclinado, de modo que no podíamos permanecer de pie ni un instante sin atamos, por lo que pasamos un día sombrío y molesto. Al mediodía, el sol caía casi verticalmente, y esto nos cercioró de que habíamos sido arrastrados, en virtud de la larga sucesión de vientos del norte y del noroeste, casi a las cercanías del Ecuador. Hacia el anochecer vimos varios tiburones y nos alarmamos un tanto por la audacia con que se acercó a nosotros uno de enorme tamaño. Una de las veces que un fuerte bandazo nos sumergió profundamente bajo el agua en la cubierta, el monstruo pasó nadando por encima de nosotros, y coleteando por unos momentos sobre la escala de toldilla, le dio un violento golpe a Peters con su cola. Por fin, una fuerte ola lo arrastró fuera, con gran alivio nuestro. De haber tenido un tiempo más moderado, lo habríamos capturado fácilmente.

26 de julio.—Esta mañana, al encontrar que el viento había amainado mucho y que la mar estaba menos gruesa, decidimos reanudar nuestras tentativas para llegar a la despensa. Después de trabajar mucho durante todo el día, nos convencimos de que no podíamos sacar nada de allí, pues los mamparos del aposento se habían roto durante la noche y su contenido barrido a la cala. Este descubrimiento, como puede suponerse, nos llenó de desesperación.

27 de Julio.—El mar está casi en calma, soplando aún un suave viento del norte y del oeste. Como el sol calentó mucho por la tarde, nos dedicamos a secar nuestras ropas. Calmamos en gran manera la sed, y sentimos mucho alivio bañándonos en el mar:

pero al hacer esto tuvimos que guardar muchas precauciones por temor a los tiburones, algunos de los cuales vimos nadando en torno al bergantín durante el día.

28 de Julio.—Continúa el buen tiempo. El bergantín comienza a tumbarse de un modo tan alarmante, que tememos que se vuelva de quilla al cielo. Nos preparamos lo mejor que podemos para esta emergencia, atando lo más fuerte posible a sotavento la tortuga, el cántaro del agua y los dos tarros de aceitunas que nos quedaban, colocándolos fuera del casco, por debajo de las cadenas principales. El mar, muy tranquilo todo el día, con poco o ningún viento.

29 de julio.—Persiste el buen tiempo. El brazo herido de Augustus comienza a presentar síntomas de gangrena. Se queja de sed excesiva y de modorra, pero no tiene dolores agudos. No podemos hacer nada por aliviarlo, sino frotarle las heridas con un poco de vinagre de las aceitunas, cosa que al parecer no le hace ningún bien. Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para ahorrarle sufrimientos. Y le triplicamos su ración de agua.

30 de julio.—Un día excesivamente caluroso, sin ningún viento. Un enorme tiburón se mantuvo cerca del barco toda la mañana. Hicimos varias tentativas infructuosas para capturarle con un lazo. Augustus está mucho peor, y decayendo evidentemente más por la falta de alimentos apropiados que por los efectos de sus heridas. Reza constantemente por verse libre de sus sufrimientos, y no desea más que la muerte. Esta tarde nos comimos las últimas aceitunas, y encontramos tan corrompida el agua de nuestro cántaro, que no pudimos beberla sin añadirle vino. Estamos decididos a matar nuestra tortuga mañana por la mañana.

31 de julio.—Después de una noche de gran ansiedad y fatiga, debido a la posición del casco, nos disponemos a matar y a descuartizar nuestra tortuga. Ésta resulta ser más pequeña de lo que nos habíamos imaginado, aunque de buena condición: toda su carne no pesaría más de diez libras. Con el fin de conservar una parte el mayor tiempo posible, la cortamos en finas rajas y llenamos con ellas los tres tarros de aceitunas vacíos y la botella de vino (todo lo cual habíamos conservado), rellenándolos después con el vinagre de las aceitunas. De esta manera tenemos en conserva unas tres libras de la tortuga, pensando no tocarla mientras nos dure el resto. Decidimos reducir nuestra ración a unas cuatro onzas de carne al día, con lo cual la tortuga durará trece días. Al anochecer sobrevino un recio aguacero, acompañado de grandes truenos y relámpagos, pero su breve duración sólo nos permitió recoger media pinta de agua. De común acuerdo, se la dimos íntegra a Augustus, quien parecía estar en las últimas. Bebió el agua de la sábana a medida que la íbamos recogiendo (sosteniéndola sobre él, que está echado, de forma que vaya a caerle en la boca), pues no nos ha quedado ahora nada donde conservar el agua, a menos que prefiramos vaciar el vino de la garrafa, o el agua corrompida del cántaro. Cualquiera de estas soluciones hubiera tenido que ponerse en práctica de haber continuado el aguacero.

Augustus pareció no sentir gran alivio con la bebida. Tenía el brazo completamente negro desde la muñeca hasta el hombro, y sus pies estaban fríos como el hielo. A cada momento esperábamos verle dar el último suspiro. Estaba espantosamente consumido, tanto que, aunque pesaba unos cincuenta y siete kilos al salir de Nantucket, ahora no pesaría más de veinte a veinticinco kilos a lo sumo. Tiene los ojos tan profundamente hundidos en sus cuencas, que apenas se le ven, y la piel de sus mejillas le cuelga tan floja que le impide masticar cualquier alimento o incluso beber cualquier líquido, sin grandes dificultades.

1 de agosto.—Persiste el mismo tiempo de calma, con un sol abrasador que nos deprime. Sufrimos mucha sed, pues el agua del cántaro está completamente corrompida y llena de bichos. Sin embargo, nos vemos obligados a tomar una poca, mezclándola con vino: pero apenas nos apaga la sed. Más alivio encontramos en los baños en el mar, pero no podemos tomarlos sino muy de tarde en tarde, a causa de la continua presencia de los tiburones. Ahora vemos que Augustus no se salvará, que se está muriendo a ojos vistas. No podemos hacer nada por aliviar sus sufrimientos, que parecen insoportables. A eso de las doce expiró entre violentas convulsiones, y sin haber hablado durante varias horas. Su muerte nos llenó de los más sombríos presagios, y ejerció sobre nuestros espíritus una impresión tan poderosa, que pasamos todo el día inmóviles junto al cadáver sin decirnos nada. Hasta pasado algún tiempo después de anochecido no tuvimos valor para arrojarlo al mar. Aquello resultó espantoso, indeciblemente horrible, pues estaba tan descompuesto que, cuando Peters intentó levantarlo, se le quedó entre las manos una pierna entera. Cuando la masa putrefacta se deslizó por encima de la cubierta del barco al mar, el resplandor de la luz fosfórica del agua que nos rodeaba nos dejó ver siete u ocho grandes tiburones, mientras el crujir de aquellos horribles dientes, desgarrando la presa en pedazos entre ellos, podía oírse a una milla de distancia. Ante lo sobrecogedor del ruido, nos abismamos aterrados.

2 de Agosto.— Continúa el mismo espantoso tiempo de calor y calma. La aurora nos sorprende en un deplorable estado de abatimiento físico y moral. El agua del cántaro está ya completamente estropeada, convertida en una especie de masa gelatinosa, una masa compuesta de gusanos y limo. La tiramos, lavamos el cántaro hundiéndolo, en el mar echándole después un poco de vinagre de nuestros tarros de tortuga en conserva. Apenas podemos soportar la sed y tratamos en vano de aliviarla con vino, que es como echar leña al fuego, excitándonos hasta un grado de embriaguez. Después procuramos calmar nuestros sufrimientos con agua de mar; sentimos inmediatamente las mas violentas náuseas, por lo que no volvimos a probar esta mezcla. Pasamos todo el día acechando con ansiedad una oportunidad para bañarnos, pero sin éxito, pues el barco estaba completamente asediado por todos lados de tiburones, sin duda los mismos monstruos que habían devorado a nuestro infortunado compañero la noche antes y que estaba esperando otro festín semejante. Esta circunstancia nos produjo el más amargo sentimiento, y nos llenó de los presentimientos más deprimentes y desconsoladores. Habíamos experimentado un gran alivio cuando nos bañábamos, y tener que privarnos de este recurso de una manera tan espantosa era más de lo que podíamos soportar. También nos preocupaba el peligro inmediato, pues al menor resbalón o movimiento falso podía arrojarnos al alcance de aquellos monstruos voraces, que frecuentemente avanzaban hacia nosotros, nadando por barlovento. Ni nuestros chillidos ni nuestros golpes parecen asustarlos. Aun cuando uno de los más grandes fue alcanzado por el hacha de Peters, hiriendole gravemente, persiste en sus intentos de lanzarse sobre nosotros. Al caer la noche una nube oscureció el cielo, pero con gran angustia nuestra, pasó sin descargar. Es completamente imposible imaginar los sufrimientos que nos causa la sed en este momento. Pasamos la noche sin dormir, tanto por la sed como por el miedo a los tiburones.

3 de agosto. No hay perspectivas de salvación, y el bergantín se inclina cada vez más, de modo que ni siquiera podemos mantenernos de pie sobre cubierta. Nos ocupamos en atar el vino y la carne de tortuga, de suerte que no los perdamos en caso de que el barco dé la vuelta. Arrancamos dos fuertes cabos del portaobenque del trinquete y los clavamos con el hacha en el casco, por el lado de sotavento, quedando como medio metro dentro del agua, no muy lejos de la quilla, pues estábamos ya casi de costado. Sujetamos nuestras provisiones a estos clavos, por parecernos que estaban más seguras allí que en el sitio donde las teníamos antes, debajo de las cadenas. Sufrimos una terrible agonía a causa de la sed durante toda la jornada, pues no tuvimos ninguna oportunidad para bañarnos, ya que los tiburones no nos abandonan ni un instante. Nos fue imposible dormir.

4 de agosto.—Un poco antes del amanecer notamos que el barco estaba dándose la vuelta, y nos despabilamos rápidamente para impedir que el movimiento nos arrojase al agua. Al principio la vuelta fue lenta y gradual, y nos apresuramos a trepar a sotavento, después de haber tomado la precaución de dejar colgando unas cuerdas de los clavos en que habíamos sujetado nuestras provisiones. Pero no calculamos suficientemente la aceleración del impulso, pues fue haciéndose tan excesivamente violenta, que no pudimos contrarrestarlo, y antes de que nos diésemos cuenta de lo que sucedía, nos vimos lanzados bruscamente al mar, y tuvimos que forcejear a varias brazas debajo de la superficie, con el enorme barco justamente encima de nosotros. Al hallarme bajo el agua me vi obligado a soltar cuerda, y viendo que estaba completamente debajo del barco y mis fuerzas casi exhaustas, apenas luché por la vida y me resigné a morir en unos instantes. Pero volví a equivocarme de nuevo, pues no había tenido en cuenta el rebote natural del casco por el lado de sotavento. El torbellino ascendente del agua. que el barco originó al volverse parcialmente hacia atrás, me devolvió a la superficie mucho más bruscamente de lo que me había sumergido. Al llegar arriba me encontré a unos veinte metros del casco, en la medida en que yo podía juzgar. El barco se hallaba con la quilla al aire, balanceándose violentamente de un lado para otro, y el mar estaba muy agitado girando en todas direcciones y formando grandes remolinos. No podía ver a Peters. Una barrica de aceite flotaba a pocos metros de mí y varios otros artículos del bergantín aparecían esparcidos.

Mi terror principal era ahora por causa de los tiburones, pues sabía que se hallaban en los alrededores. A fin de disuadirlos, si era posible, de que se acercasen a mí, sacudí vigorosamente el agua con los pies y las manos mientras nadaba hacia el barco, haciendo mucha espuma. Estoy seguro de que este ardid tan simple fue lo que me salvó la vida, pues todo el mar alrededor del bergantín, momentos antes de volcarse, estaba tan plagado de aquellos monstruos, que debí de estar, y realmente estuve, en contacto con algunos de ellos durante mi avance hacia el barco. Afortunadamente, alcancé sin novedad el costado de la embarcación, aunque tan debilitado por el violento ejercicio, que no hubiera podido encaramarme en lo alto sin la oportuna ayuda de Peters, quien ahora, con gran alegría mía, apareció a mi vista (pues se había encaramado a la quilla por el lado opuesto del casco) y me arrojó el cabo de una cuerda, una de las que estaban atadas a los clavos.

Apenas libres de este peligro, nuestra atención se fijó en la espantosa inminencia de otro: el de nuestra absoluta inanición. Toda nuestra reserva de provisiones había sido barrida por las olas, a pesar de todo el trabajo que nos tomamos para asegurarlas, y no viendo ya ni la más remota posibilidad de obtener más, nos entregamos a la desesperación, llorando como niños, sin tratar de consolarnos uno al otro. Es difícil imaginarse una debilidad semejante, y quienes nunca se han hallado en una situación parecida, la considerarán sin duda inverosímil; pero debe recordarse que nuestros cerebros estaban tan completamente trastornados por la larga serie de privaciones y terrores a que habíamos estado sometidos, que no podríamos ser considerados justamente en aquel tiempo como seres racionales. En peligros posteriores, casi tan grandes, sí no mayores, soporté con entereza todos los males de mi situación, y Peters, como se verá, dio muestras de una filosofía estoica casi tan increíble como su actual y pueril derrumbamiento. La diferencia es debida a la distinta condición mental.

El vuelco dado por el bergantín, incluso con la consiguente pérdida del vino y de la tortuga, no hubieran empeorado, en realidad, mucho más nuestra situación, a no ser por la desaparición de las ropas de cama, con las que hasta aquí podíamos recoger el agua de lluvia, y del cántaro que empleábamos para guardarla; pues encontramos todo el casco, desde un medio metro a un metro de las cintras hasta la quilla, así como la quilla misma, cubierto de una espesa capa de grandes percebes, que resultaron ser un alimento excelente y muy nutritivo. Por tanto, en dos aspectos importantes, el accidente que tanto habíamos temido, nos benefició más que nos perjudicó; nos proporcionó una reserva de provisiones que no podía agotarse, consumiéndola con moderación, en un mes, y contribuyó en gran manera a nuestra comodidad en cuanto a posición se refiere, pues nos hallábamos mucho más a gusto y con mucho menos peligro que antes.

Pero la dificultad de conseguir agua nos impedía ver todos los beneficios resultantes del cambio de nuestra situación. A fin de estar listos para aprovecharnos inmediatamente de cualquier chaparrón que cayese, nos quitamos las camisas, para valernos de ellas como habíamos hecho con las sábanas, aunque, naturalmente, no esperásemos recoger por este medio, aun en las circunstancias más favorables, mas que un cuartillo cada vez. No hubo señales de nubes durante todo el día y las angustias de la sed se hicieron casi intolerables. Por la noche, Peters consiguió dormir una hora, aunque muy inquieto; pero mis intensos sufrimientos no me dejaron pegar los ojos ni un solo instante.

5 de agosto.—Hoy se levantó una suave brisa que nos ha llevado a través de una gran cantidad de algas, entre las cuales tuvimos la suerte de encontrar once pequeños cangrejos, que nos proporcionaron varias deliciosas comidas. Como su caparazón era muy blando, nos los comimos enteros, y hallamos que nos daban menos sed que los percebes. No viendo rastro de tiburones entre las algas, nos aventuramos a bañarnos, y permanecimos en el agua cuatro o cinco horas, durante las cuales experimentamos una sensible disminución de nuestra sed. Esto nos alivió bastante, y pasamos la noche algo más confortablemente que la anterior, y los dos logramos conciliar un poco el sueño.

6 de agosto.—Este día hemos recibido la bendición de una lluvia abundante y continua, que duró desde mediodía hasta el anochecer. Lamentamos amargamente la pérdida del cántaro y de la garrafa, pues pese a los pocos medios que teníamos para recoger el agua, hubiésemos llenado no una, sino ambas vasijas. Tal como estábamos, para calmar los embates de la sed, nos tuvimos que contentar con dejar que las camisas se empapasen y retorcerlas luego de modo que el precioso líquido nos escurriese en la boca. En esta ocupación hemos pasado todo el día.

7 de agosto.—Justamente al despuntar el día, mi compañero y yo, al mismo tiempo, descubrimos una vela hacia el este, que evidentemente venía hacia nosotros. Saludamos la gloriosa aparición con un prolongado aunque débil grito de enajenación, e inmediatamente comenzamos a hacer todas las señales que podíamos, agitando las camisas al aire, saltando tan alto como nuestro débil estado nos lo permitía e incluso gritando con toda la fuerza de nuestros PCI nones, aunque el barco debía de estar lo menos a quince millas de distancia. Sin embargo, el buque seguía acercándose a nuestro casco, y veíamos que, si mantenía su rumbo, llegaría a aproximarse tanto que no podría menos de vernos. A eso de una hora después de que lo descubrimos, vimos claramente gente sobre cubierta. Era una goleta larga y baja, con la arboladura muy inclinada a popa y aparentemente con la tripulación completa. Entonces comenzamos a alarmamos, pues no podíamos imaginar que no nos viesen y temimos que nos dejasen abandonados a nuestra suerte, acto de diabólica barbarie que, por increíble que parezca, se ha perpetrado repetidas veces en el mar, en circunstancias muy similares a la nuestra, y por seres a quienes considerábamos como pertenecientes a la especie humana . Pero, en este caso, por la misericordia de Dios, estábamos destinados a llevarnos un chasco agradabilísimo. Pues en seguida advertimos una repentina conmoción en la cubierta del barco desconocido, el cual inmediatamente izó una bandera inglesa y, ceñido por el viento, avanzó en línea recta hacia nosotros. Media hora después, nos hallábamos en su cámara. Resultó ser la Jane Cuy, de Liverpool; su capitán, Guy, se dedicaba a pescar y a traficar por los mares del Sur y del Pacífico.

CAPÍTULO XIV

La Jane Cuy era una hermosa goleta de ciento ochenta toneladas de capacidad. Era extraordinariamente fina de costados, y con viento y tiempo moderado, el Velero más rápido que jamás he visto. Sin embargo, sus cualidades como buque no eran tan buenas, y su calado era demasiado para el oficio a que se la había destinado. Para este servicio especial es más conveniente un barco más grande, de un calado proporcionalmente ligero, es decir, un barco de trescientas a trescientas cincuenta toneladas. Debería estar aparejada como un barco y, en otros aspectos, ser de una construcción diferente a la usual de los barcos de los mares del Sur. Era absolutamente necesario que estuviera bien armada. Deben tener, por ejemplo, diez o doce carronadas de doce libras, y dos o tres cañones largos del doce, con bocas de bronce, y cajas impermeables en cada cofa. Las áncoras y los cables deben ser de mayor resistencia que los que se requieren para otros oficios; y, sobre todo, su tripulación tenía que haber sido más numerosa y eficaz; para un barco como el que he descrito, se necesitaban no menos de cincuenta o sesenta hombres vigorosos y capaces. La Jane Cuy tenía una tripulación de treinta y cinco hombres, todos ellos hábiles marineros, además del capitán y del piloto; pero no estaba bien armada ni equipada, como un navegante conocedor de los peligros y dificultades del oficio hubiera deseado.

El capitán Guy era un caballero de modales muy corteses y de una gran experiencia en el tráfico del Sur, al que había dedicado la mayor parte de su vida. Pero le faltaba energía y, en consecuencia, ese espíritu emprendedor que es aquí un requisito imprescindible. Era copropietario del barco en que navegaba y tenía plenos poderes para navegar por los mares del Sur con el primer cargamento que le Viniese a mano. Como suele suceder en estos viajes, llevaba a bordo cuentas de cristal, espejos, eslabones, hachas, hachuelas, sierras, azuelas, cepillos, cinceles, escofinas, barrenas, rebajadores de rayos, raspadores, martillos, clavos, cuchillos, tijeras, navajas de afeitar, agujas, hilo, porcelanas, telas, baratijas y otros artículos semejantes.

La goleta zarpó de Liverpool el 10 de julio, cruzó el Trópico de Cáncer el día 25, a los 20º de longitud oeste, y llegó a Sal, una de las islas de Cabo Verde, el día 29, donde cargó sal y otros artículos necesarios para el viaje. El día 3 de agosto abandonó las islas del Cabo Verde con rumbo al sudoeste, llegando hasta la costa de Brasil, cruzando el Ecuador entre los meridianos 280 y 300 de longitud oeste. Éste es el derrotero que suelen seguir los barcos que van desde Europa al Cabo de Buena Esperanza, o que hacen la ruta a las Indias Orientales. Siguiendo este rumbo evitaban las calmas y las fuertes comentes contrarias que reinan constantemente en la costa de Guinea, por lo que, a fin de cuentas, ésta resulta ser la vía más corta, pues nunca faltan vientos del oeste una vez que se ha llegado al Cabo. La intención del capitán Guy era hacer su primera escala en la Tierra de Kerguelen, no sé bien por qué razón. El día que fuimos recogidos, la goleta se hallaba a la altura del cabo San Roque, a 31º de longitud oeste; así, pues, cuando nos encontraron habíamos ido a la deriva, probablemente, de norte a sur, no menos de veinticinco grados.

A bordo de la Jane Cuy fuimos tratados con todas las atenciones que requería nuestra desventurada situación. A eso de los quince días, durante los cuales seguíamos rumbo al sudeste, con brisas suaves y buen tiempo, tanto Peters como yo nos repusimos por completo de los efectos de nuestras pasadas privaciones y espantosos sufrimientos, comenzando a recordar lo que había pasado, más como una pesadilla de la que felizmente habíamos despertado, que como acontecimientos que hubiesen sucedido en la realidad. Posteriormente he podido comprobar que esta especie de olvido parcial lo produce la repentina transición de la alegría a la pena, o de la pena a la alegría, y el grado de olvido es proporcional al grado de diferencia en el cambio. Por eso, en mi caso, me sentía ahora incapaz de darme plena cuenta de las fatigas que había soportado durante los días pasados en el barco. Los incidentes se recuerdan, pero no los sentimientos que nos produjeron en el momento de ocurrir. Sólo sé que, cuando sucedieron, entonces, pensé que la naturaleza humana no podía soportar mayor grado de angustia.

Continuamos nuestro viaje durante varias semanas sin otros incidentes que los ocasionales encuentros con balleneros y más frecuentemente con ballenas negras o francas, llamadas así para distinguirlas de las espermaceti. Pero éstas se encuentran principalmente al sur del paralelo 25. El día 16 de septiembre, hallándonos en las cercanías del Cabo de Buena Esperanza, la goleta sufrió la primera borrasca seria desde su salida de Liverpool. En estas aguas, pero más frecuentemente al sur y al este del promontorio (nosotros estábamos hacia el oeste), es donde los navegantes tienen que contender a menudo con tempestades del norte que se desencadenan con gran furia. Van acompañadas siempre de mar gruesa, y una de sus características más peligrosas es el instantáneo virar en redondo del viento, que a veces se produce en lo más recio de la tempestad. Estará soplando un huracán en un momento de norte a noreste, y en próximo momento no se sentirá ni una ráfaga en esa dirección, mientras viene del sudoeste con una violencia casi inconcebible. Un claro hacia el sur es el indicio más seguro de que se avecina el cambio, y los barcos se aprovechan de ello para tomar las oportunas precauciones.

Eran las seis de la mañana, aproximadamente, cuando comenzó la borrasca con un oportuno chubasco procedente, como siempre, del norte. Hacia las ocho había aumentado mucho la intensidad, agitando ante nosotros uno de los mares más tremendos que jamás he visto. Se había preparado todo con el mayor cuidado, pero la goleta sufría excesivamente, denotando sus malas cualidades como buque, hincando el castillo de proa bajo el agua a cada cabeceo, y levantándose con la mayor dificultad del embate de una ola, antes de que fuese sumergida en la siguiente. Poco antes de la puesta del sol, el claro por el que habíamos estado acechando hizo su aparición por el sudoeste, y una hora después vimos a nuestra pequeña vela de proa flameando indiferentemente contra el mástil. Dos minutos más tarde, a pesar de nuestras precauciones, fuimos lanzados de costado, como por arte de magia, y un espantoso torbellino de espuma rompió sobre nosotros en ese instante. Pero el vendaval, que procedía del sudoeste, resultó ser por fortuna tan sólo una ráfaga y tuvimos la buena suerte de enderezar el barco sin perder ni un palo. Un mar muy agitado nos causó gran inquietud durante varias horas después de esto; pero hacia la madrugada nos hallábamos casi en tan buenas condiciones como antes de la tempestad. El capitán Guy consideró que se había salvado poco menos que por milagro.El 13 de octubre dimos vista a la isla del Príncipe Eduardo, que se halla a los 46º 53' de latitud sur y 37º 46' de longitud este. Dos días después nos encontrábamos cerca de la isla Posesión, y ahora estábamos dejando atrás la isla de Crozet, a los 42º 59 de latitud sur y 48º de longitud este. El día 18 alcanzamos la isla de Kerguelen o isla de la Desolación, en el océano Índico meridional, y fuimos a anclar en Christmas Harbor, con cuatro brazas de agua.

Esta isla, o más bien grupo de islas, está situado hacia el sudeste del Cabo de Buena Esperanza y dista de él unos cuatro mil quinientos kilómetros, aproximadamente. Fue descubierta primeramente en 1772, por el barón de Kergulen, o Kerguelen, de naturalidad francesa, quien pensando que esta tierra formaba parte de un extenso continente meridional, llevó a su patria mucha información, produciendo sensación en su tiempo. El gobierno, interviniendo en el asunto, envió de nuevo al barón al año siguiente con el propósito de que hiciese un examen crítico de su descubrimiento, y fue entonces cuando se descubrió el error. En 1777, el capitán Cook llegó al mismo grupo de islas y le dio a la principal el nombre de Isla de la Desolación, título que ciertamente es muy merecido. Pero, al acercarse a tierra, el navegante podría equivocarse y suponer otra cosa, pues las laderas de la mayor parte de las colinas, desde septiembre a marzo, están cubiertas de un verdor muy brillante. Esta apariencia engañosa lo produce una pequeña planta, parecida a la saxífraga, que es abundante y crece en amplias sendas sobre una especie de musgo blando. Aparte de esta planta, apenas hay vestigios de vegetación en la isla, si se exceptúan algo de césped corriente y espeso, cerca del puerto, algunos líquenes y un arbusto que se asemeja a una col espigada y que tiene un sabor amargo y acre.

El aspecto de aquel terreno es montañoso, aunque de ninguna de sus colinas puede decirse que es elevada. Sus picos están perpetuamente cubiertos de nieve. Hay varios puertos, de los cuales Christmas Harbour es el más conveniente. Es el primero que se encuentra al lado noroeste de la isla después de pasar el cabo François, que señala el lado septentrional y que sirve, por su forma peculiar, para indicar el puerto. Su punta termina en una roca muy alta, en la que se abre un gran agujero, que forma un arco natural. La entrada está a los 48º 40' de latitud sur y a los 69º 6' de longitud este. Al pasar aquí, se puede encontrar un buen fondeadero al abrigo de varios islotes, que forman una protección suficiente contra todos los vientos del este. Avanzando hacia el este a partir de este fondeadero, se llega a la bahía de Wasp, a la entrada del puerto. Es una pequeña dársena, completamente cerrada por la tierra, en la que se puede entrar con cuatro brazas de agua y encontrar desde diez a tres brazas para el anclaje, con un fondo de légamo compacto. Un barco puede permanecer allí todo el año, con su mejor anda de proa, sin peligro. Hacia el oeste, a la entrada de la bahía de Wasp, corre un pequeño arroyo de excelente agua, que uno puede procurarse con facilidad.

En la isla de Kerguelen todavía se encuentran algunas focas de las especies de piel y pelo, y abundan elefantes marinos. Bandadas de aves se descubren en gran número. Son numerosísimos los pingüinos, de los cuales hay cuatro clases diferentes. El pingüino real, llamado así a causa de su tamaño y hermoso plumaje, es el mayor. La parte superior de su cuerpo suele ser gris, y a veces de matiz lila; la parte inferior es del blanco más puro que pueda imaginarse. La cabeza es de un negro lustroso muy brillante, así como las patas. Pero la principal belleza del plumaje consiste en dos amplias franjas de color oro, que bajan desde la cabeza a la pechuga. El pico es largo, unas veces sonrosado y otras de color rojo vivo. Estas aves caminan erguidas, con pasos majestuosos. Llevan la cabeza alta, con las alas colgando como dos brazos, y como la cola se proyecta fuera del cuerpo, formando línea con las patas, la semejanza con la figura humana es muy sorprendente y podría engañar al espectador que dirigiera una rápida mirada entre las sombras del crepúsculo. Los pingüinos reales que encontramos en la Tierra de Kerguelen eran algo más gruesos que gansos. Los otros géneros son el maccaroni, el jackass y el pingüino rookery. Son mucho más pequeños, de plumaje menos bello y diferentes en otros aspectos.

Además del pingüino, se encuentran allí otras muchas aves, entre las que se pueden mencionar pájaros bobos, petreles azules, cercetas, ánades, gallinas de Port Egmont, cuervos marinos, pichones de El Cabo, el nelly, golondrinas de mar, gaviotas, pollos de Mother Carey, gansos de Mother Carey o gran petera y, finalmente, el albatros.

El gran petrel es tan grande como el albatros común, y además carnívoro. Con frecuencia se le llama quebrantahuesos o águila osífraga. Estas aves no son esquivas del todo y, cuando se guisan convenientemente, constituyen un alimento sabroso. A veces, cuando van volando, pasan muy junto a la superficie del agua con las alas extendidas, sin moverlas en apariencia, ni utilizarlas en manera alguna.

El albatros es una de las más grandes y voraces de las aves de los mares del Sur. Pertenece a la especie de las gaviotas, y caza su presa al vuelo sin posarse nunca en tierra más que para ocuparse de las crías. Entre estas aves y el pingüino existe la amistad más singular. Sus nidos están construidos con gran uniformidad conforme a un plan concertado entre las dos especies: el del albatros se halla colocado en el centro de un pequeño cuadro formado por los nidos de cuatro pingüinos. Los navegantes han convenido en llamar al conjunto de tales campamentos rookery. Estas rookeries se han descrito más de una vez; pero como no todos mis lectores habrán leído estas descripciones, y como no tendré ocasión después de hablar del pingüino y del albatros, no me parece inoportuno decir algo aquí de su género de vida y de cómo hacen sus nidos.

Cuando llega la época de la incubación, estas aves se reúnen en gran número y durante varios días parecen deliberar acerca del rumbo más apropiado que deben seguir. Por último, se lanzan a la acción. Eligen un trozo de terreno llano, de extensión conveniente, que suele comprender tres o cuatro acres, situado lo más cerca posible del mar, aunque siempre fuera de su alcance. Escogen el sitio en relación con la lisura de la superficie, y prefieren el que está menos cubierto de piedras. Una vez resuelta esta cuestión, las aves se dedican, de común acuerdo y como movidas por una sola voluntad, a realizar, con exactitud matemática, un cuadrado o cualquier otro paralelogramo, como mejor requiera la naturaleza del terreno, de un tamaño suficiente para acoger cómodamente a todas las aves congregadas, y ninguna más, pareciendo sobre este particular que se resuelven a impedir la entrada a futuros vagabundos que no han participado en el trabajo del campamento. Uno de los lados del lugar así señalado corre paralelo a la orilla del agua, y queda abierto para la entrada o la salida.

Después de haber trazado los límites de la raokery, la colonia comienza a limpiarla de toda clase de desechos, recogiendo piedra por piedra, y echándolas fuera de las lindes, pero muy cerca de ellas, de modo que forman un muro sobre los tres lados que dan a tierra. Junto a este muro, por el interior, se forma una avenida perfectamente llana y lisa, de dos a dos metros y medio de anchura, que se extiende alrededor del campamento, sirviendo así de paseo general.

La operación siguiente consiste en dividir toda el área en pequeñas parcelas de un tamaño exactamente igual. Para ello hacen sendas estrechas, muy lisas, que se cruzan en ángulos rectos por toda la extensión de la rookery. En cada intersección de estas sendas se construye el nido de un albatros, y en el centro de cada cuadrado, el nido de un pingüino, de modo que cada pingüino está rodeado de cuatro albatros, y cada albatros, de un número igual de pingüinos. El nido del pingüino consiste en un agujero abierto en la tierra, poco profundo, sólo lo suficientemente hondo para impedir que ruede el único huevo que pone la hembra. El del albatros es menos sencillo en su disposición, erigiendo un pequeño montículo de unos veinticinco centímetros de altura y cincuenta de diámetro. Este montículo lo hace con tierra, algas y conchas. En lo alto construye su nido.

Las aves ponen un cuidado especial en no dejar nunca los nidos desocupados ni un instante durante el período de incubación, e incluso hasta que la progenie es suficientemente fuerte para valerse por sí misma. Mientras el macho está ausente en el mar, en busca de alimento, la hembra se queda cumpliendo con su deber, y sólo al regreso de su compañero se aventura a salir. Los huevos no dejan nunca de ser incubados; cuando un ave abandona el nido, otra anida en su lugar. Esta precaución es indispensable a causa de la tendencia a la rapacidad que prevalece en la rookery, pues sus habitantes no tienen escrúpulo alguno en robarse los huevos unos a otros en cuanto tienen ocasión.

Aunque existen algunas rookeries en las que el pingüino y el albatros constituyen la única población, sin embargo en la mayoría de ellas se encuentra una eran variedad de aves oceánicas, que gozan de todos los privilegios del ciudadano, esparciendo sus nidos acá y allá, en cualquier parte que puedan encontrar sitio, pero sin dañar jamás los puestos de las especies mayores. El aspecto de tales campamentos, cuando se ven a distancia, es sumamente singular. Toda la atmósfera exactamente encima de la colonia se halla oscurecida por una multitud de albatros (mezclados con especies más pequeñas) que se ciernen continuamente sobre ella, ya sea cuando van al océano o cuando regresan al nido. Al mismo tiempo se observa una multitud de pingüinos, unos paseando arriba y abajo por las estrechas calles, y otros caminando con ese contoneo militar que les es característico, a lo largo del paseo general que rodea a la rookery. En resumen, de cualquier modo que se considere, no hay nada más asombroso que el espíritu de reflexión evidenciado por esos seres emplumados, 1: seguramente no hay nada mejor calculado para suscitar la meditación en toda inteligencia humana ponderada.

A la mañana siguiente de nuestra llegada a Christmas Harbour, el primer piloto, Mr. Patterson, arrió los botes (aunque la estación estaba poco avanzada) para ir en busca de focas, dejando al capitán y a un joven pariente suyo en un paraje de tierra inhóspita hacia el oeste, pues tenían que gestionar algún asunto, cuya naturaleza yo ignoraba, en el interior de la isla. El capitán Cook se llevó consigo una botella, dentro de la cual había una carta sellada, y se dirigió desde el punto en que había desembarcado hacia uno de los picos más altos del lugar. Es probable que tuviese el propósito de dejar la carta en aquella altura para el capitán de algún barco que esperaba viniese posteriormente. Tan pronto como le perdimos de vista, empezamos (pues Peters y yo íbamos en el bote del primer piloto) nuestro viaje por mar en torno a la costa, en busca de focas. En esta tarea estuvimos ocupados unas tres semanas, examinando con gran cuidado cada esquina y cada rincón no sólo de la Tierra de Kerguelen, sino de varios islotes de las cercanías. Pero nuestros esfuerzos no fueron coronados por ningún éxito importante. Vimos muchísimas focas, pero todas tan esquivas, que con muchos trabajos sólo pudimos procurarnos trescientas cincuenta pieles en total. Los elefantes marinos eran abundantes, sobre todo en la costa oeste de la isla principal; pero no matamos más que una veintena, y esto con muchas dificultades. En los islotes descubrimos una gran cantidad de focas, pero no las molestamos. El día 11 volvimos a la goleta, donde encontramos al capitán Guy y a su sobrino, quienes nos dieron muy malos informes del interior, describiéndolo como una de las comarcas inhóspitas más yermas y desoladas del mundo. Habían permanecido dos noches en la isla, debido a un error, por parte del segundo piloto, respecto al envío de un bote desde la goleta para llevarlos a bordo.

CAPÍTULO XV

El día 12 nos hicimos a la vela desde Christmas Harbour, desandando nuestro camino hacia el oeste y dejando a babor la isla de Marion, una de las del archipiélago de Crozet. Pasamos después la isla del Príncipe Eduardo, dejándola también a nuestra izquierda; luego, navegando más hacia el norte, llegamos en quince días a las islas de Tristán de Cunha, a 37º 8' de latitud sur y 12º 8' de longitud oeste.

Este archipiélago, ya muy conocido y que consta de tres islas circulares, fue descubierto primeramente por los portugueses, y visitado después por los holandeses en 1643 y por los franceses en 1767. Las tres islas forman en conjunto un triángulo, y distan unas de otras como diez millas, existiendo entre ellas anchos pasos. La costa en todas ellas es muy alta, especialmente en la de Tristán de Cunha propiamente dicha. Ésta es la más grande del grupo, pues tiene quince millas de circunferencia, y tan elevada que se la puede divisar, con tiempo claro, a una distancia de ochenta o noventa millas. Una parte de la costa hacia el norte se eleva a más de trescientos metros perpendicularmente sobre el mar. A esta altura una meseta se extiende casi hasta el centro de la isla, y desde esa meseta se alza un elevadísimo cono como el de Tenerife. La mitad inferior de este cono está cubierta de árboles de gran tamaño; pero la región superior es roca desnuda, por lo general oculta entre las nubes y cubierta de nieve durante la mayor parte del año. No hay bajos fondos ni otros peligros en los alrededores de la isla, siendo las costas notablemente escarpadas y de profundas aguas. En la costa del noroeste se halla una bahía, con una playa de arena negra donde puede efectuarse con facilidad un desembarco con botes, siempre que sople viento del sur. Allí se puede uno procurar en seguida gran cantidad de agua excelente, y también se pesca con anzuelo y caña bacalao y otros peces.

La isla siguiente en cuanto al tamaño, y la más al oeste del grupo, es la llamada la Inaccesible. Su posición exacta es 37º 17' de latitud sur y 12º 24' de longitud oeste. Tiene siete u ocho millas de circunferencia, y por todos sus lados presenta un aspecto espantoso e inaccesible. La cumbre es perfectamente llana, y toda la región es estéril, no creciendo en ella nada, excepto unos cuantos arbustos raquíticos.

La isla Nightingale, la más pequeña y meridional, se halla situada a 37º 26' de latitud sur y a 12º 12' de longitud oeste. Lejos de su extremidad meridional sur se halla un alto arrecife de islotes rocosos: se ven también algunos de un aspecto similar hacia el nordeste. El terreno es irregular y estéril, y un profundo valle lo divide parcialmente.

Las costas de estas islas son ricas, en la estación propicia, en leones, elefantes marinos, focas, juntamente con una gran variedad de aves oceánicas de toda clase. También abundan las ballenas en sus cercanías. Debido a la facilidad con que estos diversos animales eran capturados en un principio, el grupo ha sido muy visitado desde su descubrimiento. Los holandeses y los franceses lo frecuentaron desde los primeros tiempos. En 1790, el capitán Patten, que mandaba el barco Industry, de Filadelfia, hizo un viaje a la isla Tristán da Cunha, donde permaneció siete meses (desde agosto de 1790 hasta abril de 1791) con el objeto de recoger pieles de vacas mismas. Durante este tiempo recogió no menos de cinco mil seiscientas, y afirmó que no le hubiera costado ninguna dificultad cargar de aceite un barco grande en tres semanas. A su llegada no encontró cuadrúpedos, a excepción de unas cuantas cabras salvajes; la isla abunda ahora en todos nuestros mas preciosos animales domésticos, que han sido introducidos sucesivamente por los navegantes.

Creo que fue poco después de la visita del capitán Patten cuando el capitán Colquhoun, al mando del bergantín americano Betsey, hizo escala en la más grande de las islas con la intención de avituallarse. Plantó cebollas, patatas, coles y una gran cantidad de otros vegetales, que ahora se encuentran allí en abundancia.

En 1811, el capitán Haywood, en el Nereus, visitó la isla Tristán. Encontró allí a tres americanos, que residían en la isla para preparar aceite y pieles de foca. Uno de aquellos hombres se llamaba Jonathan Lambert, quien se daba a sí mismo el título de soberano del territorio. Había roturado y cultivado unos setenta acres de tierra y dedicaba toda su atención a introducir el café y la caña de azúcar que le había proporcionado el embajador americano en Río de Janeiro. Pero este establecimiento fue abandonado al fin, y en 1817, el gobierno inglés tomó posesión de las islas, enviando un destacamento desde el Cabo de Buena Esperanza a tal efecto. Sin embargo, aquellos colonos no permanecieron mucho tiempo; pero, después de la evacuación del territorio como posesión británica, dos o tres familias inglesas fijaron en ella su residencia, independientemente del gobierno. El 25 de marzo de 1824, el Berwick, del capitán Jeffrey, que partió de Londres con destino a la Tierra de Van Diemen, arribó a la isla donde encontró a un inglés llamado Glass, en otro tiempo cabo de la artillería inglesa. Se arrogaba el título de gobernador supremo de las islas, y tenía bajo su mando a veintiún hombres y tres mujeres. Dio un informe muy favorable de la salubridad del clima y de la productividad del suelo. La población se ocupaba principalmente en recoger pieles de focas y aceite de elefante marino, con que traficaban con el Cabo de Buena Esperanza, pues Glass era dueño de una pequeña goleta. En la época de nuestra llegada, el gobernador residía aún allí, pero su pequeña comunidad se había multiplicado, habiendo en la isla Tristán cincuenta y seis, además de un pequeño establecimiento de siete personas en la isla Nightingale. No encontramos ninguna dificultad para procurarnos todo género de provisiones que necesitábamos: ovejas, cerdos, cebúes, conejos, volatería, cabras, pescado en gran variedad y legumbres. Echamos el anda muy cerca de la isla grande, con dieciocho brazas de profundidad, y embarcamos muy convenientemente todo cuanto necesitábamos a bordo. El capitán Guy compró también a Glass quinientas pieles de foca y cierta cantidad de marfil. Permanecimos allí una semana, durante la cual reinaron los vientos del Norte y del Oeste, con un tiempo algo brumoso. El 5 de noviembre nos hicimos a la vela hacia el sudoeste, con la intención de realizar una búsqueda por entre un grupo de islas llamadas las Auroras, sobre cuya existencia ha habido gran diversidad de opiniones.

Se dice que estas islas fueron descubiertas a principios de 1762 por el comandante del barco Aurora. En 1790, el capitán Manuel de Oyarvido, en el barco Princes:, perteneciente a la Real Compañía de Filipinas, navegó, según afirma él, por estos lugares. En 1794, la corbeta española Atrevida partió con el propósito de determinar su situación exacta, y en un informe publicado por la Real Sociedad Hidrográfica de Madrid en el año 1809 se habla de esta expedición en los siguientes términos: "La corbeta Atrevida practicó, en sus inmediatas cercanías, desde el 21 al 27 de enero, todas las observaciones necesarias y midió con cronómetros la diferencia de longitud existente entre estas islas y el puerto de Soledad, en las Malvinas. Estas islas son tres; están casi en el mismo meridiano; la del centro, algo más baja, y las otras dos pueden verse a nueve leguas de distancia." Las observaciones hechas a bordo de la Atrevida dieron los siguientes resultados en cuanto a la exacta situación de cada isla. La más septentrional se halla a 52º 37' 24" de latitud sur, y a 47º 43' 15" de longitud oeste; la del centro, a 53º 2' 40" de latitud sur y a 47º 55' 15" de longitud oeste, y la más meridional, a 53º 15' 22" de latitud sur y a 47º 57' 15" de longitud oeste.

El 27 de enero de 1820 el capitán James Weddel, de la Armada Británica, se hizo a la vela desde Staten—Land, también en busca de las Auroras. informó que, después de haber realizado las búsquedas más diligentes y de haber pasado no sólo inmediatamente a los puntos indicados por el comandante de la Atrevida, sino en todas direcciones por las cercanías de aquellos lugares, no pudo encontrar indicio alguno de tierra. Estos informes contradictorios indujeron a otros navegantes a buscar dichas islas; y, cosa extraña, mientras algunos navegantes recorrieron cada pulgada de mar donde suponían que podían estar, sin encontrarlas, había no pocos que declararon terminantemente haberlas visto, e incluso haber estado cerca de sus costas. La intención del capitán Guy era hacer todos los esfuerzos a su alcance para poner en claro esta cuestión tan discutida.

Mantuvimos nuestra ruta, entre el sur y el oeste, con tiempo variable, hasta el 20 del mismo mes, en que nos encontramos sobre el terreno debatido, hallándonos a 53º 15' de latitud sur, a 47º 58' de longitud oeste; es decir, muy cerca del sitio indicado como la situación del grupo más meridional. No divisando señal alguna de tierra, continuamos hacia el oeste por el paralelo 53º de latitud sur, hasta el meridiano 50º de longitud oeste. Luego subimos hacia el norte hasta el paralelo 52º de latitud sur, donde viramos hacia el este y mantuvimos nuestro paralelo por altitudes dobles, mañana y noche, y altitudes meridianas de los planetas y la luna. Habiendo ido así hacia el este al meridiano de la costa occidental de Georgia, seguimos ese meridiano hasta volver a la latitud de donde habíamos partido. Seguimos entonces derroteros diagonales a través de toda la extensión del mar circunscrito, manteniendo un vigía constantemente en el tope de gavia, y repitiendo nuestro examen con gran cuidado por espacio de tres semanas, durante las cuales gozamos de un tiempo notablemente bueno y agradable, sin bruma alguna. Naturalmente, quedamos completamente convencidos de que, si habían existido alguna vez islas en aquellas cercanías en una época anterior, no quedaba vestigio alguno de ellas en la actualidad. Después de regresar a mi país he sabido que la misma ruta ha sido seguida, con igual cuidado, en 1822, por el capitán Johnson, de la goleta americana Henry, y por el capitán Morrell, de la goleta americana Wasp, habiendo obtenido en ambos casos el mismo resultado que nosotros.

CAPÍTULO XVI

La primera intención del capitán Guy había sido, después de satisfacer su curiosidad respecto a las Auroras, avanzar por el estrecho de Magallanes y subir a lo largo de la costa occidental de Patagonia: pero una información recibida en Tristán de Cunha le indujo a dirigirse hacia el sur, con la esperanza de arribar a alguno de los islotes que decían se hallaban alrededor del paralelo 60 de latitud sur y a 45º 20' de longitud oeste. En el caso de que no descubriese estas tierras, se proponía, si la estación era favorable, avanzar hacia el polo. Por consiguiente, el 12 de diciembre nos hicimos a la mar en aquella dirección. El 18 nos encontramos cerca de el lugar indicado por Glass, y cruzamos durante tres días por aquellas cercanías sin hallar rastro alguno de las islas que él había mencionado. El 21, como hacía un tiempo excepcionalmente agradable, nos hicimos de nuevo a la mar hacia el sur, con la resolución de penetrar en aquella ruta lo más lejos posible. Antes de entrar en esta parte de mi relato, quizá haré bien, para información de aquellos lectores que hayan prestado poca atención al curso de los descubrimientos en estas regiones, en dar una breve idea de las escasas tentativas que se han hecho hasta ahora para llegar al polo sur.

La del capitán Cook fue la primera de la que tenemos informes precisos. En 1772, navegó hacia el sur en el Resolution, acompañado del teniente Furneau, que mandaba el Adventure. En diciembre se encontraba en el 58 paralelo de latitud sur, y a 26º 57' de longitud este. Allí se encontró con unos estrechos bancos de hielo, de un espesor de 20 a 25 centímetros, deslizándose del noroeste al sudeste. Este hielo se elevaba en grandes masas y solían acumularse tan apretadamente, que el barco avanzaba con gran dificultad. En este tiempo, el capitán Cook supuso, por el gran número de aves que se veían y por otros indicios, que se hallaban en las inmediaciones de alguna tierra. Mantuvo rumbo hacia el sur, con una temperatura excesivamente fría, basta alcanzar el paralelo 64, en la longitud este 38º 14'. Hacía allí una temperatura benigna, con brisas suaves, durante cinco días, marcando el termómetro 36º. En enero de 1773, los barcos cruzaron el círculo antártico; pero no consiguieron penetrar más lejos, pues al alcanzar los 67º 15' de latitud encontraron impedido su avance por un inmenso conglomerado de hielo que se extendía a todo lo largo del horizonte meridional hasta donde la vista podía alcanzar. Aquel hielo era de carácter muy vario y algunos de aquellos inmensos campos de hielo flotantes, de millas de extensión, formaban una masa compacta que se elevaba de cinco y medio a seis metros sobre el agua. Estando avanzada la estación, y sin esperanza de pretender bordear estos obstáculos, el capitán Cook viró con desgana hacia el norte.

En el mes de noviembre siguiente reanudó su búsqueda por el Antártico. A los 59º 40' de latitud encontró una fuerte corriente que se dirigía hacia el sur. En diciembre, cuando los barcos se hallaban a 67º 31' de latitud y a 142º 54' de longitud oeste, el frío era excesivo, con recios vendavales y densas nieblas. También allí abundaban las aves, especialmente el albatros, el pingüino y el petrel. A los 70º 23' de latitud encontraron algunas grandes islas de hielo, y un poco más lejos observaron que las nubes hacia el sur eran de una blancura nívea, indicando la proximidad de bancos de hielo. A los 70º 10' de latitud y a los 1060 54' de longitud oeste, los navegantes se vieron detenidos, como anteriormente, por una inmensa extensión helada, que limitaba toda el área del horizonte meridional. El borde septentrional de aquella extensión era escabroso y quebrado, tan compacto que era de todo punto infranqueable, y extendiéndose cerca de una milla hacia el sur. Más allá la superficie helada era relativamente lisa hasta cierta distancia, acabando allá en lontananza en una hilera de gigantescas montañas de hielo, descollando unas sobra otras. El capitán Cook dedujo que este vasto banco de hielo llegaba hasta el polo sur o que se unía con algún continente. Mr. J. C. Reynolds, cuyos grandes esfuerzos y perseverancia han logrado al fin poner en pie una expedición nacional, con el propósito de explorar estas regiones, habla así de la tentativa del Resolution:

"No nos sorprende que el capitán Cook haya podido llegar más allá de los 70º 10'; pero nos asombra que alcanzase ese punto en el meridiano 106º 54' de longitud oeste. La Tierra de Palmer está situada al sur de las Shetland, a los 64ºde latitud, y se extiende hacia el sur y el oeste más allá de donde la más haya penetrado navegante alguno. Cook se dirigía hacia esa tierra cuando su avance fue detenido por el hielo, cosa que tememos sucederá siempre en ese punto, y en una fecha temprana de la estación como lo es el 6 de enero; y no nos sorprendería que una parte de las montañas de hielo descritas estuviese unida al cuerpo principal de la Tierra de Palmer, o a algunas otras partes de tierra situadas más lejos hacia el sur y el oeste." En 1803, los capitanes Kreutzenstern y Lisiausky fueron enviados por Alejandro de Rusia con el propósito de circunnavegar el globo. Al intentar avanzar hacia el sur, no pudieron pasar más allá de los 59º 58' y de los 70º 15' de longitud oeste. Allí encontraron fuertes corrientes en dirección oriental. Abundaban las ballenas, pero no vieron hielos. Con relación a este viaje, Mr. Reynolds observa que, si Kreutzenstern hubiese llegado allí en una estación menos avanzada, habría encontrado hielos: fue en marzo cuando alcanzó la latitud especificada. Los vientos dominantes, cuando soplaban del sur al oeste, habían arrastrado los extensos campos de hielo flotantes, ayudados por las corrientes, hacia esa región de hielos limitada al norte por Georgia, al este por la Tierra de Sandwich, al sur por la isla Orkneys y al oeste por las islas Shetland del sur.

En 1822, el capitán James Wedell, de la Armada Británica, con dos barcos muy pequeños, penetró más lejos hacia el sur que cualquier otro navegante anterior, sin encontrar dificultades extraordinarias. Afirma este marino que, aunque estuvo frecuentemente rodeado de hielos antes de alcanzar el paralelo 72, al llegar a él no volvió a descubrir ni un solo témpano, y que, al llegar a los 74º 15' de latitud, no vio bancos de hielo, sino tan sólo tres islas. Es bastante notable que, aunque hubiese visto grandes bandadas de aves y otros indicios habituales de tierra, y aunque al sur de las Shetland el vigía observase costas desconocidas que se extendían hacia el sur, Weddell desecha la idea de que pueda existir un continente en las regiones polares del sur.

El 11 de enero de 1823, el capitán Benjamin Morrell, de la goleta americana Wast, se hizo a la vela desde la tierra de Kerguelen con el propósito de adentrarse lo más posible hacia el sur. El 1 de febrero se encontraba a 64º 52' de latitud sur, y a 118º 27' de longitud este. El siguiente pasaje está tomado de su diario de aquella fecha. "El viento refresca muy pronto, convirtiéndose en una brisa de once nudos, y aprovechamos esta oportunidad para dirigirnos hacia el este; pero estando convencidos de que cuanto más avanzáramos hacia el sur pasando los 64º de latitud, menos tendríamos que temer a los hielos, navegábamos un poco hacia el sur, hasta que cruzamos el círculo antártico, y estuvimos a 69º 15' de latitud este. En esta latitud no había ningún banco de hielo, y muy pocas islas de hielo a la vista." Con fecha 14 de marzo encuentro también esta anotación: "El mar estaba completamente libre de bancos de hielo, y no hay más que una docena de islas de hielo a la vista. Al mismo tiempo, la temperatura del aire y del agua era por lo menos trece grados más alta (más suave) que la que habíamos encontrado entre los paralelos 60º y 62º sur. Estábamos, pues, a 70º14' de latitud sur, y la temperatura del aire era de 47º, y la del agua 44º En esta situación, vi que la variación era de 14º 27' hacia el este, por acimut... He pasado varias veces el círculo antártico, por diferentes meridianos, y he observado constantemente que la temperatura, tanto la del aire como la del agua, era cada vez más templada a medida que avanzaba más allá de los 65º de latitud sur, y que la variación decrecía en la misma proporción. Mientras me hallaba al norte de esta latitud, es decir, entre los 60º y 65º sur, solíamos encontrar muchas dificultades para abrir paso al barco la reina inglesa. Estos detalles fueron puestos conocimiento de la Royal Geographical Society de Londres, la cual concluyó "que existe un trecho continuo de tierra que se extiende desde los 47º 30' de longitud este hasta los 69º 29' de longitud oeste, recorriendo el paralelo entre los 66º y 67º de latitud sur." Respecto a esta conclusión, Mr. Reynolds observa: "No estamos de acuerdo con su exactitud, ni los descubrimientos de Briscoe justifican tal deducción. Dentro de estos límites avanzó Weddell hacia el sur siguiendo un meridiano al este de Georgia, de la Tierra Sandwich, de las Orkney del sur y de las islas Shetland." Mi propia experiencia, como se verá, atestigua más directamente la falsedad de la conclusión a que llegó la mencionada sociedad científica.

Éstos son los principales intentos realizados para penetrar en las remotas latitudes del sur, viéndose ahora que quedaban, antes del viaje de la Jane, cerca de trescientos grados de longitud en el círculo antártico que no habían sido cruzados. Naturalmente, se extiende ante nosotros un ancho campo por descubrir, y oí con más vivo interés al capitán Guy expresar su decisión de avanzar resueltamente hacia el sur.

CAPÍTULO XVII

Mantuvimos nuestro rumbo hacia el sur durante cuatro días, después de haber renunciado a la búsqueda de las islas de Grass, sin encontrar nada de hielo. El 26, a mediodía, nos hallábamos a 63º 23' de latitud sur y a 45º 25' de longitud oeste. Entonces vimos varias grandes islas de hielo y un banco que no era por cierto de gran extensión. Los vientos soplaban generalmente del sudeste o del norte, pero eran muy flojos. Siempre que teníamos viento del oeste, lo que sucedía raras veces, iba acompañado invariablemente de rachas de lluvia. Todos los días nevaba algo. El día 27, el termómetro marcaba 35º.

1º de enero de 1828.—Este día nos encontramos rodeados completamente por los hielos, y nuestras perspectivas parecían en realidad muy tristes. Un fuerte vendaval sopló durante toda la mañana, procedente del nordeste, y lanzó contra el timón y la bovedilla grandes témpanos con tal violencia, que todos temblábamos por las consecuencias. Al anochecer, cuando el vendaval soplaba aún con furia, un gran banco de hielo se rompió frente a nosotros y pudimos, haciendo fuerza de vela, abrirnos paso entre los pedazos más pequeños hasta más allá del mar abierto. Mientras nos acercábamos a este lugar. fuimos arriando gradualmente las velas y, cuando al fin nos vimos libres, nos pusimos al pairo con una sola vela de trinquete con rizos.

2 de enero.—Tenemos un tiempo bastante tolerable. Al mediodía nos hallábamos a 69º 10' de latitud sur y a 42º 20' de longitud oeste, habiendo cruzado el círculo Antártico. Vimos muy pocos hielos hacia el sur, aunque grandes bancos de hielo se divisaban a popa. Este día hemos aparejado unos utensilios de sonda, utilizando un gran puchero de hierro de una capacidad de veinte galones, y un cable de doscientas brazas. Encontramos la corriente que se dirigía hacia el norte, a casi un cuarto de milla por hora. La temperatura del aire era hoy de unos 33º. Hemos comprobado que la variación era de 14º 28' hacia el este, por acimut.

5 de enero.—Seguimos avanzando hacia el sur con grandes impedimentos. Sin embargo, esta mañana, cuando nos hallábamos a 73º 15' de latitud sur y a 42º 1O' de longitud oeste, nos encontramos de nuevo ante una inmensa extensión de hielo firme. No obstante, vimos más abierto el mar hacia el sur, y no nos cabía duda alguna de que llegaríamos a alcanzarlo Manteniéndonos hacia el este a lo largo del borde del banco de hielo, llegamos por último a un paso de casi una milla de ancho, a través del cual nos abrimos camino al ponerse el sol. El mar en el cual nos hallábamos estaba en aquel momento densamente cubierto de islas de hielo; pero como no había bancos, avanzamos resueltamente como antes. El frío no parecía aumentar, aunque nevase con frecuencia y de cuando en cuando cayesen rachas de granizo de gran violencia. Inmensas bandadas de albatros volaron hoy sobre la goleta, yendo de sudeste a noroeste.

7 de enero.—El mar permanece tranquilo, casi despejado, de modo que proseguimos nuestra ruta sin dificultad. Hacia el oeste vimos algunos icebergs de un tamaño increíble, y por la tarde pasamos muy cerca de uno cuya cima no tendría menos de cuatrocientas brazas sobre la superficie del océano. Su contorno era probablemente, en la base, de tres cuartos de legua, y varias corrientes de agua pasaban por las grietas de sus costados. Durante dos días tuvimos esta isla a la vista y solamente la perdimos al desaparecer ésta durante una niebla.

1O de enero.—Esta mañana temprano hemos tenido la desgracia de perder a un hombre por la borda. Era un americano llamado Peter Vredenburgh, natural de New York, y uno de los mejores marineros a bordo de la goleta. Al pasar por la proa resbalaron sus pies y cayó entre dos masas de hielo, sin volver a aparecer más. Al mediodía de hoy estábamos a 78º 30' de latitud y a 40º 15' de longitud oeste. El río es ahora excesivo y tenemos continuamente rachas de granizo que vienen del norte y del este. En esta dirección también hemos visto varios icebergs inmensos, y todo el horizonte hacia el este parecía estar bloqueado por un campo de hielo, elevándose y sobreponiéndose en masas como un anfiteatro. Durante la noche vimos algunos bloques de madera flotando, y una gran cantidad de aves revoloteaban por encima, entre las cuales hay nellies, petreles, albatros y un voluminoso pájaro de un brillante plumaje azul. Aquí, la variación, por acimut, era menor que la precedente al pasar el círculo Antártico.

12 de enero.—Nuestro paso hacia el sur vuelve a parecer dudoso, pues sólo vemos en dirección al polo un banco ilimitado en apariencia, respaldado por una verdadera cordillera de hielo, en la que un precipicio se elevaba toscamente sobre otro. Navegamos hacia el oeste hasta el día 14, con la esperanza de hallar una entrada.

14 de enero.—Esta mañana hemos alcanzado el extremo oeste del banco que nos había impedido el paso y, doblándolo, llegamos a mar abierto, sin un témpano. Al sondar con un cable de doscientas brazas descubrimos una corriente en dirección sur a una velocidad de media milla por hora. La temperatura del aire era de 47º; la del agua, de 34º. Navegamos hacia el sur sin encontrar ninguna interrupción de momento, hasta el día dieciséis, en que, al mediodía, nos hallábamos a 8lº 21' de latitud y a 42" de longitud oeste. Aquí sondeamos de nuevo, y descubrimos una corriente que se dirigía también hacia el sur, y a una velocidad de tres cuartos de milla por hora. La variación por acimut ha disminuido, y la temperatura del aire es suave y agradable, marcando el termómetro hasta 5lº. En este período no se veía ni un témpano. Toda la gente de a bordo está ahora segura de alcanzar el polo.

17 de enero. Este día ha estado lleno de incidentes. Innumerables bandadas de aves revoloteaban sobre nosotros hacia el sur, y a varias las hemos disparado desde cubierta; una de ellas, una especie de pelícano, nos ha proporcionado un alimento excelente. Hacia mediodía, el vigía vio un pequeño banco de hielo por el lado de babor, y sobre el cual parecía hallarse algún animal voluminoso. Como el tiempo era bueno y estaba casi en calma, el capitán Guy ordenó que echasen dos botes al agua para ver qué clase de animal era.

Dick, Peters y yo acompañamos al primer piloto en el bote más grande. Al llegar al banco de hielo, vemos que está ocupado por un gigantesco oso polar, cuyo tamaño excedía en mucho del mayor de estos animales. Como vamos bien armados, no vacilamos en atacarle en seguida. Se dispararon varios tiros en rápida sucesión, la mayoría de los cuales le alcanzaron, al parecer, en la cabeza y en el cuerpo. Sin desfallecer, no obstante, el monstruo se arrojó al agua desde el hielo, y nadando con las fauces abiertas se dirigió al bote en que estábamos Peters y yo. Debido a la confusión que se originó entre nosotros ante el inesperado giro de la aventura, nadie estaba listo para disparar inmediatamente un segundo tiro, y el oso logró apoyar la mitad de su corpulenta masa sobre nuestra borda, y agarrar a uno de los hombres por los riñones, antes de que se tomase ninguna medida eficaz para rechazarlo. En este trance tan peligroso, sólo nos salvó de la muerte la prontitud y agilidad de Peters. Saltando sobre el lomo de la enorme bestia, hundió la hoja de su cuchillo por detrás del cuello, alcanzando de un golpe la medula espinal. La bestia cayó al mar muerta y sin luchar, arrastrando a Peters en su caída. Éste se recobró rápidamente, le arrojamos una cuerda y ató con ella al animal antes de entrar en el bote. Entonces volvimos en triunfo a la goleta remolcando nuestro trofeo. Después de medido, este oso resultó que tenía sus casi cinco metros en su mayor longitud. Su pelaje era completamente blanco, muy áspero y rizado. Los ojos eran de un color rojo de sangre, más grandes que los del oso polar; el hocico, también más redondeado, y se parecía al de un bulldog. La carne era tierna, pero excesivamente rancia y de olor a pescado, aunque los hombres la devoraron con avidez y la calificaron de excelente.

Apenas habíamos llevado nuestra presa a bordo, cuando el vigía lanzó el alegre grito de: "Tierra a estribor!" Todos los marineros se pusieron alerta, y habiéndose levantado una brisa muy oportunamente del norte y este, nos acercamos pronto a la costa. Resultó ser un islote bajo y rocoso, como de una legua de circunferencia, y totalmente désprovisto de vegetación, exceptuada una especie de chumbera. Al acercarnos por el norte, vimos un singular arrecife que avanzaba en el mar y tenía un gran parecido con las balas de algodón para encordelar. Rodeando este arrecife hacia el oeste encontramos una pequeña bahía, en cuyo seno nuestros botes pudieron amarrar cómodamente.

No necesitamos mucho tiempo para explorar todos los parajes de la isla; pero, con una sola excepción, no encontramos nada digno de ser observado. En el extremo sur, recogimos cerca de la orilla, medio sepultado en una pila de piedras esparcidas, un trozo de madera que parecía haber sido la proa de una canoa. Evidentemente, habían intentado tallar algo en ella, y el capitán Guy creyó descubrir la figura de una tortuga, pero el parecido no me convenció del todo. Aparte de esta proa, si es que lo era, no encontramos ningún otro indicio de que un ser vivo hubiese estado allí nunca antes. Alrededor de la costa, descubrimos algunos témpanos, pero éstos eran muy escasos. La situación exacta del islote (al cual el capitán Guy le dio el nombre de Islote de Bennett, en honor de su asociado en la propiedad de la goleta) era de 82º 50' de latitud sur y 42º 20' de longitud oeste.

En este momento habíamos avanzado hacia el sur más de ocho grados más que todos los navegantes anteriores, y el mar se extendía aún completamente abierto ante nosotros. También advertimos que la variación disminuía uniformemente a medida que avanzábamos y, lo que era aún más sorprendente, que la temperatura del aire, y después la del agua, se hacían más suaves. El tiempo podía decirse que era agradable, y teníamos una brisa constante pero apacible, que soplaba siempre desde algún punto septentrional de la brújula. El cielo estaba despejado, por lo general; de cuando en cuando, un leve y tenue vapor aparecía en el horizonte meridional, pero era invariablemente de breve duración. Sólo dos dificultades se presentaban a nuestra vista: escaseaba el combustible, y se habían manifestado síntomas de escorbuto en varios hombres de la tripulación. Estas consideraciones comenzaban a influir en el ánimo del capitán Guy sintiendo la necesidad de regresar, y hablaba de ello a menudo. Por mi parte, confiado como estaba en la pronta llegada a tierra de alguna consideración en la ruta que seguíamos, y teniendo toda clase de razones para creer, por las presentes apariencias, que no hallaríamos el suelo estéril encontrado en las latitudes árticas más elevadas, defendí calurosamente la idea de perseverar, al menos durante unos días, en la dirección que habíamos seguido hasta entonces. Una oportunidad tan tentadora de resolver el gran problema respecto al continente antártico no se le había presentado aún a ningún hombre, y confieso que me sentí lleno de indignación ante las tímidas e inoportunas sugerencias de nuestro capitán. En realidad, creo que lo que no pude contenerme de decirle sobre este punto tuvo por efecto inducirle a seguir adelante. Por eso, aunque no pueda menos de lamentar los acontecimientos desdichados y sangrientos que acarreó inmediatamente mi consejo, debe permitírseme sentir cierta satisfacción por haber sido el instrumento indirecto, que reveló a los ojos de la ciencia uno de los secretos más intensamente emocionantes que hayan absorbido su atención.

CAPÍTULO XVIII

18 de enero.— Esta mañana continuamos hacia el sur, con el mismo tiempo agradable que antes. El mar está completamente en calma, el viento soportablemente templado y procedente del nordeste, y la temperatura del agua a 11'6º C. Realizamos de nuevo nuestra operación de sondeo y, con un cable de ciento cincuenta brazas, encontramos la corriente en dirección hacia el polo con una velocidad de una milla por hora. Esta tendencia constante hacia el sur, tanto del viento como de la corriente, es motivo de reflexión, e incluso de alarma, entre las gentes de la goleta. Se ve claramente que al capitán Guy le ha impresionado bastante la circunstancia. Sin embargo, enemigo de caer en el ridículo, conseguí que se riese él mismo de sus aprensiones. La variación era ahora muy poca. En el curso del día vimos varias ballenas grandes de la especie franca, e innumerables bandadas de albatros pasaron sobre el barco. También recogimos un arbusto, lleno de bayas rojas, como las del espino blanco, y el cuerpo de un animal terrestre de extraña apariencia. Tenía metro y medio de largo y unos quince centímetros de alto, con cuatro patas muy cortas, y las pezuñas armadas de largas garras de un escarlata brillante, muy parecido al coral. El cuerpo estaba cubierto de un pelo sedoso y liso, completamente blanco. La cola era afilada como la de una rata, y de unos sesenta centímetros de largo. La cabeza se parecía a la de un gato, menos las orejas, que eran colgantes como las de un perro. Los dientes eran del mismo escarlata brillante que las uñas.

19 de enero.—Hoy, estando a 83º 20' de latitud y a 43º 5' de longitud oeste (el mar tenía un color oscuro extraordinario), hemos vuelto a ver tierra desde el mastelero mayor, y después de un examen minucioso resultó ser una isla de un grupo de islas muy grandes. La costa era escarpada, y e] interior parecía estar lleno de árboles, circunstancia que nos causó gran alegría. A las cuatro horas, aproximadamente, de nuestro primer descubrimiento de esta tierra, echábamos el anda, con diez brazas y fondo arenoso a una legua de distancia de la costa, pues una violenta resaca, con fuertes remolinos acá y allá, hacía peligrosa la aproximación. Se nos ordenó echar al agua los dos botes mayores, y un grupo bien armado (en el cual estábamos Peters y yo) se encargó de buscar una abertura en el arrecife que parecía circundar la isla.

Después de haber rebuscado por algún tiempo, descubrimos una ensenada, en la cual íbamos a entrar, cuando vimos cuatro grandes canoas que salían de la orilla, llenas de hombres que parecían estar bien armados. Esperamos a que se acercasen y, como maniobraban con gran rapidez, no tardaron nada en ponerse al alcance de la voz. El capitán Guy entonces alzó un pañuelo blanco en la punta de un remo, cuando los extranjeros se detuvieron de pronto y comenzaron en seguida a farfullar en voz alta, intercalando gritos aislados entre los cuales podíamos distinguir las palabras ¡Anamoo—moo! y ¡lama—lama! Continuaron así por lo menos media hora, durante la cual tuvimos ocasión de observar su aspecto a nuestras anchas. En las cuatro canoas, que podían tener unos quince metros de largo y uno y tedio de ancho, habría ciento diez salvajes en total. Tenían la estatura media de los europeos, pero eran de constitución más musculosa y membruda. Su tez era de un negro azabache, con el pelo espeso, largo y lanoso. Iban vestidos con pieles negras de un animal desconocido, tupidas y sedosas, ajustadas al cuerpo con cierta habilidad, quedando el pelo hacia adentro, excepto alrededor del cuello, las muñecas y los tobillos. Sus armas consistían principalmente en cachiporras, de una madera oscura y al parecer muy pesada. También vimos en poder de algunos de ellos lanzas punta de piedra y algunas hondas. El fondo de las canoas estaba lleno de piedras negras de un tamaño aproximado al de un huevo grande.

Cuando concluyeron su arenga (pues era evidente que consideraban como tal aquella algarabía), uno de ellos, que parecía ser el jefe, se irguió en la proa de su canoa y nos hizo señas de que avanzásemos nuestros botes a lo largo del suyo. Simulamos no entender esta señal, pensando que el plan más sensato era mantener, dentro de lo posible, cierta distancia entre nosotros, pues su número era cuatro veces mayor que el nuestro. Adivinando este propósito, el jefe ordenó a las otras tres canoas que permaneciesen atrás, mientras él avanzaba hacia nosotros en la suya. Tan pronto como llegó, saltó a bordo de la mayor de nuestras canoas y se sentó al lado del capitán Guy, señalando al mismo tiempo hacia la goleta, y repitiendo las palabras ¡Anamoomoo! y ¡Lama—Lama! Luego volvimos hacia el barco, siguiéndonos las cuatro canoas a poca distancia.

Al llegar al costado, el jefe dio claras muestras de una sorpresa y deleite sumos, palmoteando, golpeándose los muslos y el pecho, y riendo estrepitosamente. Sus seguidores se unieron a su contento, y durante unos minutos el alboroto fue tan excesivo, que nos ensordeció por completo. Tranquilo al fin por hallarse en el barco, el capitán Guy ordenó que fuesen izados los botes, como precaución necesaria, y dio a entender al jefe (cuyo nombre descubrimos pronto que era Too—wit) que no podía admitir más de veinte de sus hombres en el puente simultáneamente. Pareció completamente satisfecho con esto, y dio algunas órdenes a las canoas, cuando una de ellas se acercó, quedando las demás a unos cincuenta metros de distancia. Veinte de los salvajes subieron a bordo y se pusieron a dar vueltas por todas partes sobre cubierta, trepando por el aparejo, comportándose como si estuvieran en su casa y examinando cada objeto con gran curiosidad. Era totalmente evidente que no habían visto nunca a seres de la raza blanca, cuyo cutis parecía, en realidad, repugnarles. Creían que la Jane era un ser viviente, y parecían temer herirla con la punta de sus lanzas, que volvían cuidadosamente hacia arriba. Nuestra tripulación se divirtió mucho con la conducta de Too—wit en un principio. El cocinero estaba partiendo leña cerca de la cocina y, por casualidad, clavó su hacha en la cubierta, abriendo una hendidura de considerable profundidad. El jefe acudió en seguida, y echando al cocinero bruscamente a un lado, comenzó un semiquejido, un semiaullido, que denotaba de un modo enérgico la simpatía con que consideraba los sufrimientos de la goleta, acariciando y alisando la hendidura con sus manos, y lavándola con un cubo de agua de mar que estaba al lado. Esto revelaba un grado de ignorancia para el que no estábamos preparados, y por mi parte no pude menos de pensar que había en ello cierto fingimiento.

Cuando los visitantes satisficieron, en la medida de lo posible, su curiosidad con respecto a nuestra obra muerta, fueron conducidos abajo, donde su asombro superó todos los límites. Su estupefacción parecía ahora demasiado honda para ser expresada con palabras, pues vagaban en silencio, solamente roto con exclamaciones en voz baja. Las armas les proporcionaron mucho motivo de reflexión, y se les permitió que las manejasen y las examinasen a placer. Creo que no abrigaban la menor sospecha sobre su uso verdadero, sino que más bien las tomaban por ídolos, viendo el cuidado que teníamos de ellas y la atención con que vigilábamos sus movimientos mientras las manejaban. Ante los grandes cañones su asombro se redobló. Se acercaron a ellos con todos los síntomas del más profundo respeto y temor, pero se abstuvieron de examinarlos minuciosamente. Había dos grandes espejos en la cámara, que fueron para ellos una inmensa sorpresa. Too—wit fue el primero en acercarse a ellos, y había llegado al centro de la cámara, de cara a uno de ellos y de espaldas al otro, antes de haberlos visto realmente. Al levantar los ojos y verse reflejado en la luna, creí que el salvaje iba a volverse loco; pero, cuando se volvió rápidamente para retirarse y se contempló de nuevo en la dirección opuesta, temí que expirase allí mismo. No hubo manera de persuadirle para que se mirase otra vez; sino que, arrojándose al suelo, ocultó su cara entre las manos y permaneció así hasta que nos vimos obligados a arrastrarle sobre la cubierta.

Todos los salvajes fueron admitidos a bordo de este modo, en grupos de veinte, permitiéndosele a Too—wit permanecer allí durante todo el tiempo. No vimos en ellos ninguna inclinación al robo, ni desapareció un solo objeto después de su marcha. A lo largo de su visita, dieron muestras de la mayor cordialidad. Sin embargo, había algunos detalles en su comportamiento que nos fue imposible comprender; por ejemplo, no conseguimos que se acercasen a diversos objetos inofensivos, tales como las velas de la goleta, un huevo, un libro abierto o un cuenco de harina. Intentamos averiguar si poseían algunos artículos que pudieran ser objeto de tráfico, pero nos resultó muy difícil hacernos comprender. Sin embargo, descubrimos con gran asombro nuestro que en las islas abundaba la gran tortuga de los Galápagos, una de las cuales vimos en la canoa de Toowit. Vimos también alguna biche de mer en manos de uno de los salvajes, que la devoraba con avidez en su estado natural. Estas anomalías—pues las considerábamos como tales en relación a la latitud— indujeron al capitán Ouy a desear realizar una exploración por la comarca, con la esperanza de obtener una especulación provechosa.

Por mi parte, deseoso como estaba de conocer algo más de estas islas, me sentía aún más inclinado a proseguir el viaje hacia el sur sin demora. Gozábamos entonces de buen tiempo, pero nada podía garantizarnos cuánto nos iba a durar; y encontrándonos ya en el paralelo 84, con un mar abierto ante nosotros, una corriente que se dirigía impetuosamente hacia el sur y buen viento, no podía ya oír con paciencia ninguna proposición de detenernos más que lo estrictamente necesario para el bien de la salud de la tripulación y para avituallamos a bordo de reserva de combustible y de provisiones frescas. Le hice ver al capitán que nos sería fácil atracar en aquel grupo de islas a nuestro regreso, y pasar el invierno allí en caso de ser bloqueados por los hielos. A la postre fue de mi opinión (pues no sé por qué había adquirido gran influencia sobre él) y por último se resolvió que, aun en el caso de que encontrásemos biche de mer, sólo permaneceríamos allí una semana para abastecernos, y luego nos dirigiríamos hacia el sur mientras pudiésemos.

Por consiguiente, hicimos los preparativos necesarios y, bajo la guía de Too—wit, condujimos la Jane por entre los arrecifes sin tropiezo, echando el anda a una milla de la costa, aproximadamente, en una bahía excelente, completamente rodeada de tierra, en la costa sudeste de la isla principal, y con diez brazas de agua y un fondo arenoso negro. En el extremo de esta bahía corrían tres arroyuelos (según nos dijeron) de agua buena, y vimos abundantes bosques en las cercanías. Las cuatro canoas nos seguían, manteniendo, sin embargo, una respetuosa distancia. Too—wit permanecía a bordo, y cuando echamos el anda, nos invitó a acompañarle a la orilla y a visitar su aldea en el interior. A esto accedió el capitán Guy, y habiendo dejado diez salvajes a bordo como rehenes, un grupo de nosotros, doce en total, se dispuso a seguir al jefe. Tuvimos cuidado de armarnos bien, aunque sin demostrar desconfianza. La goleta había puesto sus cañones en posición de tiro, izado las redes de abordaje y se habían tomado todas las precauciones apropiadas para defenderse de cualquier sorpresa. Se le dieron instrucciones al primer piloto para que no admitiese a nadie a bordo durante nuestra ausencia y, en el caso de que no apareciésemos al cabo de doce horas, enviase el cúter alrededor de la isla con una colisa, en busca nuestra.

A cada paso que dábamos por aquella tierra adquiríamos la forzosa convicción de que nos hallábamos en una comarca esencialmente diferente de todas las visitadas hasta entonces por hombres civilizados. Nada de lo que veíamos nos era familiar. Los árboles no se parecían a ninguno de los que crecían en la zona tórrida, templadas o frías del norte, y se diferenciaban por completo de los que habíamos encontrado en las latitudes meridionales más bajas que acabábamos de atravesar. Las mismas rocas eran distintas por su masa, su color y su estratificación; y los arroyos, por increíble que esto parezca, tenían tan poco de común con los de otros climas, que teníamos escrúpulo en beber, e incluso nos era difícil persuadirnos de que sus cualidades fuesen puramente naturales. En un pequeño arroyo que cruzaba nuestra senda (el primero que encontramos), Too—wit y sus acompañantes hicieron un Vito para beber. A causa de la peculiar naturaleza del agua, nos negamos a probarla, suponiendo que estaba corrompida, y sólo después de un buen rato logramos comprender que aquél era el aspecto de los arroyos en todo el archipiélago. No sé cómo dar una idea clara de la naturaleza de aquel líquido, ni puedo hacerlo sin emplear muchas palabras. Aunque fluyese con rapidez por todas las pendientes, como cualquier arroyo normal, no tenia nunca, excepto cuando caía como una cascada, la transparencia habitual del agua. Sin embargo, era en realidad tan límpida como cualquier agua calcárea existente, estribando la diferencia tan sólo en su aspecto. A primera vista, y especialmente en los casos en que el declive era poco pronunciado, se parecía, en cuanto a su consistencia, a una densa disolución de goma arábiga en agua común. Pero ésta era la menos potable de sus extraordinarias cualidades. No era incolora, ni tenía ningún color uniforme, presentando a la vista, cuando fluía, todos los matices posibles de la púrpura, como los visos de una seda tornasolada. Esta variación en el matiz se producía de una manera que originaba tan profundo asombro en nuestros espíritus como los espejos lo habían hecho en el de Too—wit. Al recogerla en un recipiente y dejarla asentarse, observamos que toda la masa del líquido estaba constituida por cierto número de venas distintas, cada una de un tinte diferente; que estas venas no se mezclaban, y que su cohesión era perfecta respecto a sus propias partículas, e imperfecta respecto a las venas próximas. Pasando la hoja de un cuchillo a través de las venas, el agua se cerraba inmediatamente detrás de ellas, como ocurría a nuestro paso, y al sacarlo, todas las huellas del paso del cuchillo se borraban al instante. Sin embargo, cuando la hoja se interponía cuidadosamante entre las venas, la separación perfecta que se verificaba no cesaba inmediatamente por la fuerza de cohesión. El fenómeno de este agua constituyó el primer eslabón concreto de aquella vasta cadena de milagros aparentes que por algún tiempo iban a presentarse ante mi vista.

CAPÍTULO XIX

Tardamos casi tres horas en llegar a la aldea, que se hallaba a unos quince kilómetros en el interior y la senda se deslizaba a través de una zona escarpada. Mientras caminábamos, el grupo de Too—wit (todos los ciento diez salvajes de las canoas) iba siendo reforzado a cada instante por pequeños destacamentos, de dos a seis o siete hombres, que se nos unían, como por casualidad, en las diferentes revueltas del camino. Había en todo aquello como un propósito sistemático que me hizo sentir desconfianza, y le hablé al capitán Guy de mis inquietudes. Pero ya era demasiado tarde para retroceder y convinimos que 10 mejor para nuestra seguridad era demostrar una confianza absoluta en la buena fe de Too—wit. Seguimos adelante, pues, con los ojos muy abiertos respecto a los manejos de los salvajes, sin permitirles dividir nuestras filas irrumpiendo entre ellas. Así, al atravesar un barranco escarpado, llegamos al fin a un grupo de viviendas que, según nos dijeron, eran las únicas existentes en las islas. Cuando estábamos a la vista de ellas, el jefe dio un grito, repitiendo con frecuencia la palabra Klock—klock, que supusimos sería el nombre de aquella aldea, o tal vez el nombre genérico de todas ellas.

Las cabañas eran del aspecto más miserable que imaginarse pueda y, diferenciándose en esto incluso de las razas salvajes más inferiores que la humanidad haya conocido, no estaban construidas siguiendo un plan uniforme. Algunas de ellas (las pertenecientes a los Wampoos o Yampoos, grandes personajes de la isla) consistían en un árbol cortado a un metro de la raíz, aproximadamente, con una gran piel negra echada por encima, que colgaba en pliegues sueltos sobre el suelo. Allí debajo se acurrucaba el salvaje. Otras estaban hechas con toscas ramas de árboles, llenas de hojarasca seca, dispuestas de modo que se reclinaban, formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, contra un banco de barro amontonado, sin forma regular, hasta una altura de metro y medio a dos metros. Otras incluso eran simples agujeros excavados perpendicularmente en la tierra y cubiertos con ramas semejantes, que el habitante de la morada tenía que apartar al entrar y que debía colocar de nuevo cuando había entrado. Algunas estaban construidas entre las ramas ahorquilladas de los árboles, tal como crecían, cortando a medias las rama superiores, de modo que cayesen sobre las inferiores, formando así un cobijo más denso contra el mal tiempo. Pero la mayoría consistía en pequeñas cavernas, poco profundas, raspadas al parecer en la cara de un escarpado arrecife de piedra negra, cortada a pico, y muy parecida a la tierra de batanero, muro que rodeaban tres lados de la aldea. A la entrada de cada una de aquellas cavernas primitivas había una roca pequeña, que el morador colocaba cuidadosamente ante ja abertura cuando abandonaba su residencia, ignoro con qué propósito, pues la piedra no era nunca más que del tamaño suficiente para cerrar una tercera parte de abertura.

Esta aldea, si merece semejante nombre, estaba situada en un valle de cierta profundidad, al cual sólo se podía llegar por el sur, pues el escabroso arrecife del que ya he hablado cortaba todo acceso en otras direcciones. Por el centro del valle corría un arroyo susurrante, de la misma agua de apariencia mágica que ya he descrito. Alrededor de las viviendas vimos varios animales extraños, todos al parecer perfectamente domesticados. Los más grandes recordaban a nuestro cerdo común, tanto en la estructura del cuerpo como en el hocico; pero el rabo era pelu4o, y las patas, delgadas como las del antílope. Su marcha era muy torpe e indecisa, y nunca le vimos intentando correr. Encontramos también otros animales de aspecto muy similar, pero más largos de cuerpo y cubiertos de lana negra. Había una gran variedad de aves domésticas merodeando por los alrededores, y que parecían constituir el alimento principal de los nativos. Con gran asombro nuestro, vimos albatros negros entre aquellas aves en completo estado de domesticación, que iban periódicamente al mar en busca de alimento, pero regresando siempre a la aldea como a su hogar, y utilizando la orilla sur de las cercanías como lugar de incubación. Allí se juntaban con sus amigos los pelícanos, según costumbre; pero éstos no les seguían nunca hasta las viviendas de los salvajes. Entre las otras clases de aves domésticas había patos que diferían muy poco del pato marino de nuestro país, bubias negras y un gran pájaro bastante parecido al buharro, pero que no era carnívoro. Parecía haber allí una gran abundancia de pescado. Durante nuestra visita vimos una gran cantidad de salmones secos, bacalaos, delfines azules, caballas, rayas, congrios, elefantes marinos, múgiles, lenguados, escaros, cueras, triglas, merluzas, rodaballos y otras variedades innumerables. También observamos que en su mayor parte se parecían a los peces que se encuentran en los parajes del grupo de las islas de Lord Auckland, a una latitud tan baja como a los 51º sur. La tortuga de los Galápagos abundaba también mucho. Vimos pocos animales salvajes, y ninguno de gran tamaño o de una especie que nos fuera familiar. Una o dos serpientes de terrible aspecto cruzaron nuestra senda; pero los nativos le prestaron poca atención, de lo que dedujimos que no eran venenosas.

Cuando nos acercábamos a la aldea con Too—wit y su partida, una gran multitud del pueblo se lanzo a nuestro encuentro, dando fuertes gritos, entre los cuales sólo distinguíamos los eternos ¡Anamoomoo! y ¡Lama—Lama! Nos sorprendió mucho ver que, a excepción de uno o dos, los recién llegados iban completamente desnudos, pues las pieles sólo las usaban los hombres de las canoas. Todas las armas del país parecían estar en posesión de estos últimos, pues no había ninguna entre los de la aldea. Había muchas mujeres y niños, no careciendo las primeras de lo que puede llamarse belleza personal. Eran altas, erguidas, bien constituidas y dotadas de una gracia y desenvoltura como no se encuentran en la sociedad civilizada. Sin embargo, sus labios, al igual que los de los hombres, eran gruesos y bastos, hasta el punto de que ni al reír dejaban ver nunca los dientes. Su cabello era más fino que el de los hombres. Entre todos aquellos salvajes desnudos podría haber diez o doce que estaban vestidos, como los de la partida de Too—wit, con pieles negras y armados con lanzas y pesados garrotes. Parecían tener gran influencia entre los demás, quienes al hablarles les dirigían siempre el título de Wampoo. También ellos eran los que moraban en los palacios de las pieles negras. El de Too—wit estaba situado en el centro de la aldea, y era mucho mayor y algo mejor construido que los otros de la misma especie. El árbol que constituía su soporte había sido cortado a una distancia aproximada de tres metros y medio de la raíz, y justamente debajo del corte habían dejado varias ramas que servían para extender el techo e impedir de este modo su aleteo contra el tronco. Además, el techo, que consistía en cuatro pieles muy grandes unidas entre sí por pinchos de madera, estaba asegurado en su base con estaquillas que atravesaban la piel y se hundían en tierra. El suelo estaba sembrado de buena cantidad de hojas secas a modo de alfombra.

A esta cabaña fuimos conducidos con gran solemnidad, metiéndose en ella todos los indígenas que cupieron. Too—wit se sentó sobre las hojas, y nos hizo señas de que imitáramos su ejemplo. Lo hicimos así, y nos sentimos entonces en una situación especialmente incómoda, si no crítica. Nos hallábamos en el suelo doce en total, en unión de los salvajes, en número de cuarenta, sentados sobre sus corvas y tan apretados a nuestro alrededor, que, si hubiese surgido algún disturbio, nos habría sido imposible hacer uso de nuestras armas o incluso ponernos de pie. Las aperturas no eran tan sólo dentro de la tienda, sino también fuera, donde probablemente se hallaban todos los habitantes de la isla, y únicamente los continuos esfuerzos y vociferaciones de Too—wit impedían que la multitud nos atropellase hasta matarnos. Sin embargo, nuestra seguridad dependía de la presencia de Too—wit entre nosotros, por lo que decidimos apretarnos a él como la única oportunidad de salvarnos, resueltos a sacrificarle inmediatamente a la primera manifestación de hostilidad.

Después de algunas molestias, se consiguió cierta tranquilidad cuando el jefe nos dirigió un discurso muy extenso, y que se parecía mucho al que nos dedicó en las canoas, con la excepción de que los ¡Anamoo—moos! eran ahora más vigorosamente pronunciados que los ¡Lamo—Lamas! Escuchamos en profundo silencio hasta que terminó su arenga; entonces el capitán Guy le respondió asegurándole al jefe su eterna amistad y buena voluntad, concluyendo su réplica con el regalo de unos collares de abalorios azules y un cuchillo. Al coger los primeros, el reyezuelo, con gran sorpresa nuestra, levantó la nariz con expresión de desprecio; pero el cuchillo le causó la satisfacción más ilimitada, e inmediatamente ordenó que sirvieran la comida. Ésta fue servida en la tienda por encima de la cabeza de los asistentes, y consistía en las entrañas palpitantes de un extraordinario animal desconocido, probablemente uno de aquellos cerdos de patas delgadas que habíamos observado al acercamos a la aldea. Viendo que no sabíamos cómo arreglárnoslas, comenzó, como para darnos ejemplo, a devorar a grandes bocados el suculento alimento, hasta que no pudimos soportar por más tiempo aquel espectáculo, y dimos muestras tan evidentes de náuseas, que inspiraron a su majestad un asombro sólo inferior al que le habían causado los espejos. Sin embargo, declinamos compartir las exquisiteces que nos ponían delante, y nos esforzamos por hacerle comprender que no teníamos apetito alguno, pues acabábamos de tomar un sustancioso déjeuner. Cuando el monarca dio fin a su comida, comenzamos a hacerle una serie de preguntas de la manera más ingeniosa que pudimos imaginar, con el propósito de descubrir cuáles eran las principales producciones del país, por si pudiéramos sacar provecho de algunas de ellas. Por fin, pareció comprender lo que queríamos decirle, y se ofreció a acompañarnos hasta una parte de la costa donde nos aseguró (señalando a un ejemplar de aquel animal) que encontraríamos la biche de meri' en gran abundancia. Estábamos encantados de aprovechar esta primera oportunidad de librarnos de las apreturas de la multitud y manifestamos nuestra impaciencia por ponernos en marcha. Luego salimos de la tienda y, acompañados por toda la población de la aldea, seguimos al jefe hasta la extremidad sudeste de la isla, no lejos de la bahía donde estaba anclado nuestro barco. Esperamos allí durante cerca de una hora, hasta que las cuatro canoas fueron traídas por algunos de los salvajes a donde estábamos nosotros. Todo nuestro grupo embarcó en una de ellas, y fuimos conducidos a lo largo del arrecife ames mencionado, y luego hacia otro más apartado, donde vimos tan gran cantidad de biches de mer como jamás los marineros más viejos de entre nosotros habían visto en aquellos archipiélagos de latitudes inferiores, tan renombrados por este artículo de comercio.

Permanecimos junto a aquellos arrecifes tan sólo el tiempo suficiente para convencernos de que hubiéramos podido cargar fácilmente una docena de barcos con aquel animal en caso de necesidad, mientras íbamos a lo largo de la goleta y nos despedimos de Too—wit, después de hacerle prometer que nos traería, en el plazo de veinticuatro horas, tantos patos marinos y tortugas de los Galápagos como pudieran cargar sus canoas. En toda 'esta aventura no vimos nada en la conducta de los nativos para suscitar sospechas, con la sola excepción de la sistemática manera como habían reforzado su banda durante nuestro trayecto desde la goleta a la aldea.

CAPÍTULO XX

El jefe era un hombre de palabra, e inmediatamente fuimos abastecidos con abundancia de provisiones frescas. Encontramos las tortugas exquisitas, y los ánades sobrepujaban a las mejores especies de aves silvestres, pues eran sumamente tiernos, jugosos y de un sabor excelente. Aparte de esto, los salvajes nos trajeron, una vez que les hicimos comprender nuestros deseos, una gran cantidad de apio moreno y codearía (hierba contra el escorbuto), además de una canoa cargada de pescado fresco y algún salazón. El apio fue realmente un deleite, y la coclearia resultó ser un beneficio incalculable para restablecer a aquellos de nuestros hombres que presentaban síntomas de escorbuto. En muy poco tiempo no había ni una sola persona en la lista de enfermos. Nos dieron también otras muchas provisiones frescas, entre las cuales pueden mencionarse una especie de mariscos parecidos por su forma a los mejillones, pero con el sabor de las ostras. También tuvimos en abundancia camarones y quisquillas, y huevos de albatros y de otras aves, de cascarón oscuro. Asimismo embarcamos una buena carga de carne del cerdo que he mencionado antes. La mayoría de nuestros hombres la encontraron muy sabrosa, pero a mí me pareció que tenía un olor a pescado, por lo demás desagradable. A cambio de aquellas buenas cosas, ofrecimos a los nativos abalorios azules, chucherías de latón, clavos, cuchillos y retales de tela roja, sintiéndose muy complacidos con el cambio. Establecimos un mercado regular en la costa, justamente bajo los cañones de la goleta, donde nuestros trueques se efectuaban con toda apariencia de buena fe, y con un orden que su conducta en la aldea de Klock—klock no nos hacía esperar de los salvajes.

Los asuntos marcharon así muy amistosamente varios días, durante los cuales las partidas de nativos acudían con frecuencia a bordo de la goleta, y las partidas de nuestros hombres que se hallaban frecuentemente en la costa hacían largas excursiones por el interior sin ser molestados. Viendo la facilidad con que el barco podía cargarse de biche de mer, gracias a la amistosa disposición de los isleños y a la prontitud con que nos prestaban su ayuda para recogerla, el capitán Guy decidió entrar en negociaciones con Too—wit para la construcción de casas adecuadas para curar aquel artículo, dada la utilidad que tanto él como la tribu obtendrían al recoger la mayor cantidad posible, mientras él aprovecharía el buen tiempo para proseguir su viaje hacia el sur. Cuando participó su proyecto al jefe, éste pareció muy bien dispuesto a concertar un acuerdo. Se estipuló, pues, un pacto, perfectamente, satisfactorio para ambas partes, por el cual se decidió que, después de realizados los preparativos necesarios, tales como el señalamiento de los terrenos apropiados, la construcción de una parte de los albergues y algunas otras obras para las cuales sería utilizada toda nuestra tripulación, la goleta reanudaría su ruta, dejando tres de sus hombres en la isla para vigilar el cumplimiento del proyecto e instruir a los nativos en la salazón de la biche de mer. En cuanto a las cláusulas del compromiso, dependerían de la actividad de los salvajes en nuestra ausencia. Ellos debían recibir una cantidad estipulada de abalorios azules, cuchillos, tela roja, etc., a cambio de un determinado número de piculs de biche de mer que debía estar preparado a nuestro regreso.

Una descripción de la naturaleza de este importante artículo de comercio y del modo de prepararlo, puede resultar de algún interés para mis lectores, y no encuentro mejor ocasión para ocuparme del asunto. La siguiente y amplia noticia de esta materia está tomada de una moderna historia de un viaje a los mares del Sur.

"Se trata de aquel mollusca de los mares de la India que se conocen en el comercio con el nombre francés de bouche de mer (un delicioso bocado de mar). Si no me equivoco mucho, el famoso Cuvier lo llama gasteropeda pulmonifera. Se coge en abundancia en las costas de las islas del Pacífico, y especialmente para el mercado chino, donde se coriza a un alto precio, quizá tanto como esos nidos de pájaros comestibles tan renombrados, que están hechos de una materia gelatinosa recogida por una especie de golondrina del cuerpo de estos moluscos. No tienen concha, patas ni ninguna parte prominente, excepto dos órganos opuestos, uno absorbente y otro excretorio; pero, gracias a sus flancos elásticos, como las orugas o gusanos, se arrastran hacia las aguas poco profundas, en las que, cuando baja la marea, pueden ser vistos por una clase de golondrinas, cuyo pico agudo, clavándose en el blando animal, extrae una sustancia gomosa y filamentosa que, al secarse, se convierte en las sólidas paredes de su nido. De aquí el nombre de gasteropeda pulmonifera.

"Este molusco es oblongo y de diferentes tamaños, desde siete a veinte centímetros de largo; y he visto algunos que no tenían menos de sesenta centímetros. Son casi redondos, un poco aplastados por el lado más próximo al fondo del mar, y su grosor es de dos a veinticinco centímetros. Se arrastran hacia las aguas poco profundas en determinadas estaciones del año, probablemente para reproducirse, pues se los ve entonces a menudo en parejas. Cuando el sol cae con más fuerza sobre el agua, templándola, es cuando se acercan a la orilla, y suelen ir a sitios tan pocos profundos que, al retirarse la marea, se quedan en seco, expuestos al calor del sol. Pero no engendran sus crías en aguas poco profundas, pues no hemos visto allí nunca ninguna de su progenie, y siempre que se les ha observado remontando de las aguas profundas habían alcanzado ya su pleno desarrollo. Se alimentan principalmente de esa clase de zoófitos que producen el coral.

"La biche de mer se coge generalmente a metro o metro y pico de profundidad; después son llevadas a la orilla y se abren por un lado con un cuchillo, siendo la incisión de una pulgada o más, según el tamaño del molusco. A través de esa abertura se sacan las entrañas mediante presión, que se parecen mucho a las de los pequeños habitantes del mar. Luego se lava el animal y después se cuece a cierta temperatura, que no debe ser ni muy elevada ni muy baja. Se les sepulta entonces bajo tierra durante cuatro horas, luego se les hace cocer de nuevo un rato, y después se ponen a secar, ya sea al fuego o al sol. Los curados al sol son los mejores; pero mientras de este modo puedo curar un picul, puedo secar treinta piculs por medio del fuego. Una vez que están convenientemente curados, se pueden conservar en un sitio seco durante dos o tres años sin peligro alguno; pero hay que examinarlos una vez cada pocos meses, es decir, cuatro veces al año, para ver si la humedad los ha atacado. "Los chinos, como antes se ha dicho, consideran a la biche de mer como una exquisita golosina, creyendo que es un alimento asombrosamente fortificante y nutritivo, y que reanima los organismos agotados por las voluptuosidades desmedidas. Los de primera calidad alcanzan un precio elevado en Cantón, vendiéndose a noventa dólares el picul; los de segunda calidad, a setenta y cinco dólares; los de tercera, a cincuenta dólares; los de cuarta, a treinta dólares; los de quinta, a veinte dólares; los de sexta, a doce dólares; los de séptima, a ocho dólares, y los de octava, a cuatro dólares; pero, pequeños cargamentos producen con frecuencia más en Manila, Singapur y Batavia." Habiendo llegado, pues, a un acuerdo, procedimos inmediatamente a desembarcar todo lo necesario para preparar los albergues y limpiar el terreno. Elegimos una gran explanada cerca de la costa oriental de la bahía, donde había agua y madera en abundancia, y a una distancia conveniente de los arrecifes principales en que podía recogerse la biche de mer. Nos pusimos todos a la obra seriamente y, en seguida, ante el gran asombro de los salvajes, derribamos un número suficiente de árboles para nuestro propósito, fijándolos rápidamente en orden para el armazón de las casas, que en dos o tres días estuvieron tan avanzadas que pudimos entregar con toda confianza el resto de la obra a los tres hombres que nos proponíamos dejar allí. Éstos eran John Carson, Alfred Harris y Peterson (todos ellos naturales de Londres, según creo), quienes se ofrecieron voluntariamente para semejante servicio.

A finales de mes teníamos hechos todos los preparativos para la partida. Sin embargo, habíamos convenido en realizar una visita formal a la aldea de despedida, y Too—wit insistió con tanta tenacidad en que mantuviéramos nuestra promesa, que no creímos prudente correr el riesgo de ofenderle con una última negativa. Creo que ninguno de nosotros tenía en aquel momento la más ligera sospecha sobre la buena fe de los salvajes. Se habían comportado todos ellos con la mayor corrección, ayudándonos con celo en nuestro trabajo, ofreciéndonos sus mercancías, a menudo gratis, y nunca, en ningún caso, hurtaron un solo objeto, aunque el alto valor que daban a los artículos que teníamos en nuestro poder era evidente por las extravagantes demostraciones de alegría que manifestaban siempre que les hacíamos un regalo. Las mujeres, especialmente, eran muy serviciales en todo y, en resumen, hubiéramos sido los seres humanos más desconfiados si hubiésemos albergado un solo pensamiento de perfidia por parte de un pueblo que nos trataba tan bien. Nos bastó poco tiempo para probarnos que aquella disposición de aparente amabilidad era tan sólo el resultado de un plan concienzudamente estudiado para nuestra destrucción, y que los isleños, que nos inspiraban tan excesivos sentimientos de estima, pertenecían a la raza de los más bárbaros, astutos y sanguinarios malvados que jamás hayan contaminado la faz de la tierra.

Fue el primero de febrero cuando bajamos con el propósito de visitar la aldea. Aunque, como ya se ha dicho antes, no tuviéramos la más ligera sospecha; no olvidamos las debidas precauciones. Seis hombres permanecieron en la goleta con instrucciones de no dejar acercarse al barco a ninguno de los salvajes durante nuestra ausencia, bajo ningún pretexto, y de estar constantemente sobre cubierta. Recogieronse los enjaretados de abordaje, los cañones recibieron doble carga de metralla y los pedreros fueron cargados con latas de metralla de balas de fusil. El barco estaba atracado, con su anda a pique, casi a una milla de la costa, y ninguna canoa podía acercarse a él en dirección alguna sin ser vista claramente y exponerse inmediatamente al fuego graneado de nuestros pedreros. Al dejar seis hombres a bordo, nuestro destacamento se componía de treinta y dos personas en total. Estábamos armados hasta los dientes con fusiles, pistolas y machetes: además, cada uno llevaba una especie de largo cuchillo de marinero, algo parecido al cuchillo de monte tan usado ahora en nuestras comarcas meridional y occidental; Un centenar de guerreros con pieles negras salió a nuestro encuentro al desembarcar, para acompañarnos por el camino. Advertimos, sin embargo, con alguna sorpresa, que éstos iban completamente desarmados, y cuando preguntamos a Too—wit acerca de esta circunstancia, contestó simplemente que "Mattee non we pa pa si", lo cual quiere decir que nadie necesita armas donde todos son hermanos. Tomamos esto en buen sentido, y seguimos adelante.

Habíamos pasado el manantial y el riachuelo de que he hablado antes, y entrábamos ahora en una angosta garganta que serpenteaba a través de la cadena de colinas de esteatita, entre las cuales estaba situada la aldea. Esta garganta era muy rocosa y desigual, hasta el punto de que sólo con mucha dificultad pudimos franijuearla en nuestra primera visita a Klock—klock. El barranco en toda su extensión podría tener milla y media de largo, o probablemente dos. En toda su longitud abundaban las revueltas, (que, al parecer, había formado, en alguna época remota, el lecho de un torrente), no avanzando en ningún caso más de veinte metros sin encontrarnos con un abrupto recodo. Estoy seguro de que las laderas de aquel valle se elevaban, por término medio, a veinte o veinticinco metros de altura y estaban cortados casi a pico, y en algunos sitios se alzaban a una altura asombrosa, oscureciendo el paso tan por completo, que apenas penetraba la luz del día. La anchura general era de unos doce metros, y a veces disminuía hasta no permitir el paso de más de cinco o seis personas de frente. En una palabra, no podía haber lugar alguno en el mundo más propicio para una emboscada, y era más que natural que mirásemos cuidadosamente nuestras armas al entrar en el barranco. Cuando recuerdo ahora nuestra enorme locura me admiro de que nos hubiésemos aventurado en aquellas circunstancias, poniéndonos a disposición de unos salvajes desconocidos hasta el extremo de permitirles marchar delante y detrás de nosotros a lo largo del camino. Sin embargo, tal fue el orden que seguimos ciegamente, confiando cándidamente en la fuerza de nuestro destacamento, en que Too—wit y sus hombres iban desarmados, en la segura eficacia de nuestras armas de fuego (cuyos efectos eran aún un secreto para los nativos) y, más que nada, en la simulación de amistad largo tiempo mantenida por aquellos infames miserables. Cinco o seis de ellos iban delante como guiándonos, afanados ostensiblemente en apartar las piedras grandes y los desechos del camino. A continuación marchaba nuestro grupo. Caminábamos muy juntos, teniendo cuidado de evitar toda separación. Detrás venía el cuerno principal de los salvajes, que observaba un orden y una corrección inusitados.

Dirk Peters, un hombre llamado Wilson Allen y yo íbamos a la derecha de nuestros compañeros, examinando, mientras caminábamos, la singular estratificación del precipicio que colgaba sobre nosotros. Una grieta en la roca blanda atrajo nuestra atención. Era bastante ancha para que pudiese entrar una persona sin apretarse, y se extendía por dentro de la montaña unos cinco y medio o seis metros en línea recta, torciendo luego a la izquierda. La altura de la grieta, hasta donde podía verse dentro de ella desde la garganta principal, era tal vez de dieciocho a veinte metros. Entre las hendiduras crecían dos o tres arbustos achaparrados, que parecían una especie de avellano, por los que sentí la curiosidad de examinar, y me adelanté rápidamente con este objeto, arrancando cinco o seis nueces en un ramillete y luego me retiré a toda prisa. Cuando me volvía, vi que Peters y Allen me habían seguido. Les rogué que retrocediesen, pues no había sitio para que pasasen dos personas, y les dije que les daría alguna de mis nueces. Se volvieron, pues, y se estaban deslizando hacia atrás, encontrándose Allen junto a la boca de la hendidura, cuando sentí de repente una conmoción que no se parecía a nada de lo que yo había experimentado hasta entonces, y que me hizo creer que se desplomaban hasta los cimientos del globo y que había llegado el día de la destrucción universal.

CAPÍTULO XXI

Tan pronto como recobré mis trastornados sentidos, me encontré casi ahogado arrastrándome en una oscuridad completa entre una masa de tierra desprendida, que caía sobre mí pesadamente por todas partes, amenazando con sepultarme por entero. Terriblemente alarmado por esta idea, me esforcé por asentar de nuevo los pies, consiguiéndolo al fin. Permanecí entonces inmóvil durante unos momentos, intentando comprender lo que me había sucedido, y dónde estaba. En seguida oí un profundo gemido junto a mi mismo oído, y poco después, la voz sofocada de Peters pidiéndome auxilio en nombre de Dios. Me arrastré uno o dos pasos hacia adelante, y caí directamente sobre la cabeza y los hombros de mi compañero, quien, como pronto descubrí, estaba sepultado hasta la mitad de su cuerpo bajo una masa de tierras desprendidas y luchaba desesperadamente por librarse de aquella opresión. Aparté la tierra que había a su alrededor con toda la energía que pude, y por fin logré sacarle de allí.

En cuanto nos recobramos de nuestro susto y de nuestra sorpresa, hasta el punto de ser capaces de conversar racionalmente, llegamos ambos a la conclusión de que las murallas de la fisura por la que nos habíamos aventurado se habían derrumbado desde lo alto, por alguna convulsión de la naturaleza o probablemente por su propio peso, y de que, por tanto, estábamos perdidos para siempre, pues habíamos quedado enterrados vivos. Durante un buen rato nos entregamos desmayadamente a la angustia y la desesperación más intensas, como no pueden imaginar quienes no se hayan encontrado nunca en una situación semejante. Creo firmemente que ninguno de los incidentes que pueden ocurrir en el curso de la existencia humana es tan propicio para inspirar el sumo dolor físico y mental como este caso nuestro, de verse enterrado en vida. La negrura de las tinieblas que envuelven a la víctima, la terrorífica opresión de los pulmones, las sofocantes emanaciones de la tierra húmeda se unen a la aterradora consideración de que nos hallábamos más allá de los remotos confines de la esperanza, y de que compartimos así la región de los muertos, causando al corazón humano tal grado de espanto y terror, que resulta intolerable como jamás podrá concebirse.

Por fin, Peters propuso que intentáramos conocer exactamente el alcance de nuestra desgracia, arañando alrededor de nuestra prisión, pues observó que no era imposible que hallásemos alguna abertura por donde escapar. Me acogí ansiosamente a esta esperanza y, reuniendo mis energías, intenté abrirme camino entre la tierra desprendida. Apenas había avanzado un paso cuando un rayo de luz se hizo bastante perceptible, hasta convencerme de que, en todo caso, no pereceríamos inmediatamente por falta de aire. Nos sentimos un poco reanimados y procuramos alentarnos mutuamente con la esperanza en lo mejor. Después de trepar sobre un montón de escombros que impedía nuestro paso en dirección a la luz, encontramos menos dificultad para avanzar y también experimentamos cierto alivio a la excesiva opresión que atormentaba nuestros pulmones. Luego pudimos echar una ojeada a los objetos que nos rodeaban, y descubrimos que estábamos cerca del borde de la parte recta de la fisura, allí donde torcía hacia la izquierda. Unos esfuerzos más y llegaríamos al recodo, en el que, con alegría indecible por nuestra parte, aparecía una larga rendija o grieta que se extendía a una gran distancia, por lo general, en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados, aunque a veces fuera más escarpado. No podíamos ver a través de toda la extensión de esta abertura; pero penetraba allí luz suficiente para que no tuviésemos la menor duda de encontrar en lo alto de aquélla (si es que podíamos llegar por algún medio hasta allí) una salida al aire libre.

Me di cuenta entonces de que éramos tres los que habíamos entrado en la fisura desde la garganta principal, y de que nuestro compañero, Allen, continuaba perdido aún; decidimos volver en seguida sobre nuestros pasos para buscarle. Después de una larga búsqueda, con el gran peligro de que se desplomase la tierra sobre nosotros, Peters me gritó al fin que había cogido uno de los pies de nuestro compañero, y que todo su cuerpo estaba profundamente sepultado debajo de los escombros, sin posibilidad de extraerlo. Pronto comprobé que era bien cierto lo que decía y que, por consiguiente, su vida se había extinguido hacía largo rato. Con el corazón afligido abandonamos, pues, el cuerpo a su destino y de nuevo nos abrimos paso hacía el recodo.

La anchura de la rendija apenas era suficiente para permitirnos pasar y, después de uno o dos esfuerzos infructuosos para subir, empezamos una vez más a desesperar. Ya he dicho que la cadena de colinas entre las cuales corría la garganta principal estaba formada por una especie de roca blanda parecida a la esteatita. Los lados de la resquebrajadura por la que intentábamos trepar ahora eran de la misma materia, y tan escurridizos, por estar húmedos, que apenas podíamos afirmar nuestros pies incluso sobre las partes menos escabrosas; en algunos sitios, donde el ascenso era casi perpendicular la dificultad se agravaba mucho, naturalmente, y a veces creíamos realmente que eran insuperables. Sin embargo, sacamos fuerzas de flaqueza, y a fuerza de tallar escalones en la piedra blanda con nuestros cuchillos de monte, y colgándonos, con riesgo de nuestras vidas, de unas pequeñas prominencias formadas por una especie de roca pizarrosa más dura, que sobresalían acá y allá de la masa general, logramos llegar por fin a una plataforma natural, desde la cual se divisaba un retazo de cielo azul, al fondo de una sima densamente poblada de árboles.

Mirando entonces hacia atrás, con algo más de sosiego, a lo largo del paso por el que habíamos caminado, vimos claramente, por el aspecto de sus laderas, que era de formación reciente, y de ello dedujimos que la conmoción, de cualquier naturaleza que fuese, que nos había sepultado tan inopinadamente, había abierto también, al mismo tiempo, esta senda de salvación. Hallándonos completamente exhaustos por el esfuerzo y, en realidad, tan débiles que apenas podíamos mantenernos en pie o articular palabra, Peters propuso entonces que intentásemos pedir socorro a nuestros compañeros disparando las pistolas que seguían aún en nuestros cintos, pues los fusiles, así como los machetes, los habíamos perdido entre la tierra desprendida que cayó al fondo del precipicio. Los acontecimientos posteriores probaron que, de haber disparado, nos hubiéramos arrepentido amargamente de ello; pero afortunadamente surgió en mi mente una medio sospecha de la infame jugada, y nos abstuvimos de dar a conocer a los salvajes el sitio donde nos hallábamos.

Después de descansar durante casi una hora, nos deslizamos lentamente hacia la parte alta del barranco, y no habíamos caminado mucho, cuando oímos una serie de aullidos tremendos. Al fin, alcanzamos lo que podría llamarse la superficie del terreno, pues nuestra senda hasta entonces, desde que dejamos la plataforma, corría por debajo de una bóveda de altas rocas y follaje, a gran distancia de nuestras cabezas. Con gran cautela nos arrastramos hasta una estrecha abertura, a través de la cual divisábamos un amplio paraje de la comarca circundante, y todo el espantoso misterio de aquella conmoción se nos reveló de pronto en un instante y a una sola ojeada.

El lugar desde donde mirábamos no estaba lejos de la cumbre del pico más alto de la cordillera de colinas de esteatita. La garganta en que había entrado nuestro destacamento de treinta y dos hombres se internaba unos quince metros a nuestra izquierda. Pero, en una extensión de unos cien metros, la cañada o lecho de aquella garganta estaba completamente llena de las ruinas caóticas de más de un millón de toneladas de tierra y piedra que habían sido volcadas en ella de un modo artificial. El medio por el que aquella vasta masa había sido precipitada era tan sencillo como evidente, pues quedaban aún claras huellas de aquella obra asesina. En varios sitios a lo largo de la cima de la ladera este de la garganta (estábamos en aquel momento en la ladera oeste) podían verse estacas de madera clavadas en el suelo. En estos sitios la tierra no había cedido; pero, a lo largo de toda la extensión de la superficie del precipicio desde el que la masa había caído, era evidente, por las señales dejadas en el suelo, parecidas a las que hace la perforación del barrenero, que unas estacas semejantes a las que estábamos viendo habían sido clavadas, a no más de un metro de distancia unas de otras, en una longitud de tal vez cien metros, y alineadas a unos tres metros más allá del borde del desfiladero. Fuertes sarmientos de vid estaban adheridos aún a las estacas subsistentes en la colina. Y era evidente que semejantes ligamentos habían sido adheridos a cada una de las otras estacas. He hablado ya de la singular estratificación de estas colinas de esteatita, y la descripción que acabo de dar de la estrecha y profunda fisura a través de la cual nos libramos de ser enterrados vivos proporcionará una idea más completa de su naturaleza. Esta era tal que, cualquier convulsión natural podía, sin duda, dividirlo en capas perpendiculares o líneas de división paralelas entre sí. Un esfuerzo moderado podía servir también para con seguir el mismo resultado. Los salvajes se habían servido de esta estratificación para realizar sus fines traidores. No hay duda alguna, por la línea continua de estacas, de que había tenido lugar una ruptura parcial del suelo, probablemente a una profundidad de treinta o sesenta centímetros, y que un salvaje tirando desde el extremo de cada uno de estos ligamentos (ligamentos que estaban adheridos a la punta de las estacas y que se extendían detrás del borde del barranco), se conseguía una enorme potencia de palanca capaz de lanzar, a una señal dada, toda la ladera de la colina al fondo del abismo. El destino de nuestros pobres compañeros ya no era cuestión de incertidumbre. Sólo nosotros nos habíamos librado de la tempestad de aquella destrucción aniquiladora. Eramos los únicos hombres blancos con vida en la isla.

CAPÍTULO XXII

Nuestra situación, tal como se nos presentó entonces, apenas era menos aterradora que cuando creímos estar enterrados para siempre. No veíamos ante nosotros más perspectivas que la de ser inmolados por los salvajes, o la de arrastrar una existencia miserable de cautividad entre ellos. Ciertamente, podíamos ocultarnos por un tiempo a su observación entre la fragosidad de los montes o, como último recurso, en el barranco de donde acabábamos de salir; pero moriríamos de frío y de hambre durante el largo invierno polar, o seríamos descubiertos últimamente al esforzarnos por llegar hasta los indígenas.

La comarca entera parecía hormiguear de salvajes, cuyas multitudes, que percibíamos ahora, habían llegado desde las islas hasta la parte sur en balsas nuevas, sin duda con el propósito de prestar su ayuda en la captura y saqueo de la Jane. El barco permanecía aún tranquilamente anclado en la bahía, pues los de a bordo no parecían darse cuenta en absoluto de que les amenazase ningún peligro. ¡Cómo ansiábamos en aquel momento estar con ellos, para llevar a cabo su fuga, o para morir con ellos al intentar defenderlos! No veíamos ninguna posibilidad de advertirles del peligro sin provocar nuestra muerte inmediata, sin tener siquiera la remota esperanza de hacerles un beneficio. Un disparo de pistola habría bastado para informarles que había ocurrido algo malo; pero este aviso podía no hacerles comprender que su única perspectiva de salvación consistía en levar anclas en seguida, ni decirles que ningún principio de honor les obligaba ahora a quedarse, puesto que sus compañeros ya no se contaban entre los vivos. Aunque oyesen la descarga, no por eso iban a encontrarse mejor preparados para enfrentarse con el enemigo, que estaba ¿mora dispuesto al ataque, mucho más de lo que lo habían estado. Por eso, ningún bien, y sí un daño infinito, podía resultar de nuestro disparo, y, tras madura reflexión, nos abstuvimos de hacerlo.

Nuestra idea inmediata fue intentar precipitarnos hacia el barco, apoderarnos de una de las cuatro canoas que estaban a la entrada de la bahía, y abrirnos paso a la fuerza hasta la goleta. Pero la absoluta imposibilidad de conseguirlo mediante esta tarea desesperada se nos hizo evidente en seguida. La comarca, como he dicho antes, hormigueaba literalmente de nativos, acechando entre los arbustos y escondrijos de las colinas de modo que no fuesen vistos desde la goleta. Especialmente en nuestras más próximas cercanías, y cerrando la única senda por la que podíamos esperar alcanzar la orilla en su punto adecuado, estaba apostada toda la banda de los guerreros de pieles negras, con Too—wit a su cabeza, y al parecer esperando tan sólo algún refuerzo para emprender el abordaje de la Jane. También las canoas que se hallaban a la entrada de la bahía estaban tripuladas por salvajes, desarmados, es cierto, pero teniéndolas, sin duda, al alcance de la mano. Por tanto, nos vimos obligados, a pesar de nuestro buen deseo, a quedarnos en nuestro escondrijo, como simples espectadores del conflicto que pronto se entabló.

Al cabo de una media hora vimos sesenta o setenta balsas, o barcas planas, con batangas, llenas de salvajes que doblaban la punta sur de la bahía. No parecían tener más armas que unas mazas cortas y piedras amontonadas en el fondo de las balsas. Acto seguido, otro destacamento, aún más numeroso, apareció en dirección opuesta y con armas similares. También las cuatro canoas se llenaron rápidamente de nativos, que salían de entre los arbustos, a la entrada de la bahía, avanzando con celeridad, para unirse a los otros grupos. Así, en menos tiempo del que he tardado en decirlo, y como por arte de magia, la Jane se vio cercada por una inmensa multitud de malhechores evidentemente resueltos a apresarla a toda costa.

Que lo conseguirían, era cosa que no podíamos dudar ni por un instante. Los seis hombres que habíamos dejado en el barco, aunque luchasen resueltamente en su defensa, eran en conjunto pocos para el manejo adecuado de los cañones o para sostener un combate en tales circunstancias de desigualdad. Difícilmente podía imaginar que opondrían resistencia alguna; pero en esto me equivocaba, pues vi en seguida que recogían el cable, y presentando el costado de estribor, de modo que la andanada cayese sobre las canoas, que estaban entonces a tiro de pistola, pues las balsas estaban como a un cuarto de milla a sotavento. Debido a alguna causa desconocida, pero muy probablemente a la agitación de nuestros pobres amigos al verse en situación tan desesperada, la descarga faltó por completo. Ni una canoa fue alcanzada ni un solo salvaje herido, pues al quedarse el disparo corto hicieron fuego de rebote sobre sus cabezas. El único efecto que produjo en ellos fue de asombro ante el humo y la inesperada detonación, asombro tan excesivo, que por unos momentos llegué a pensar que iban a abandonar de lleno su propósito y volverse a la orilla. Y es lo más probable que lo hubieran hecho, si nuestros hombres hubiesen sostenido la andanada con una descarga de fusilería. Pues así, como las canoas estaban próximas a ellos, no hubieran dejado de causar alguna baja, suficiente al menos, para impedir que aquella banda avanzase más, hasta que ellos hubiesen largado otra andanada sobre las balsas. Pero, en lugar de esto, dejaron a los hombres de las canoas que se recobrasen de su pánico y, mirando a su alrededor, pudieron ver que no habían sufrido daño alguno, mientras ellos corrían a babor para prepararse contra las balsas.

La descarga de babor produjo el mas terrible efecto. La metralla y la doble carga de los cañones de gran calibre partieron por la mitad siete u ocho balsas, matando quizá a treinta o cuarenta salvajes en el acto, mientras un centenar, por lo menos, era precipitado al agua, casi todos mortalmente heridos. Los restantes, despavoridos por completo, iniciaron en seguida una retirada precipitada, sin esperar siquiera a recoger a sus compañeros mutilados, que nadaban en todas direcciones, lanzando gritos y aullidos de socorro. Sin embargo, este gran triunfo llegó demasiado tarde para salvar a nuestros fieles compañeros. La banda de las canoas estaba ya a bordo de la goleta en número de más de ciento cincuenta hombres, la mayoría de los cuales habían logrado trepar por las cadenas y por las redes de abordaje, incluso antes de que las mechas hubieran sido aplicadas a los cañones de babor. Nada podía resistir su rabia brutal. Nuestros hombres fueron derribados en seguida, aplastados, pisoteados y hechos pedazos en un instante.

Al ver esto, los salvajes de las balsas se repusieron de su espanto y acudieron en manada al saqueo. En cinco minutos la Jane fue escenario lamentable de una devastación y saqueo tumultuoso. Los puentes fueron cortados y hundidos: el cordaje, las velas y todas las cosas movibles sobre cubierta, demolidos como por arte de magia. Mientras, a fuerza de empujarla por la popa, arrastrándola con las canoas y remolcándola por los lados, pues nadaban a miles alrededor del barco, los miserables consiguieron al cabo hacerla encallar en la orilla (pues la amarra había sido soltada), y la entregaron a los buenos oficios de Too—wit, quien, durante todo el combate, había permanecido como un experto general en su puesto de seguridad y observación sobre las colinas; pero ahora que la victoria había sido lograda, condescendió a unirse con sus guerreros de la piel negra y participar en el saqueo.

El descenso de Too—wit nos permitió abandonar nuestro escondite y hacer un reconocimiento por la colina en las cercanías del barranco. A unos cincuenta metros de la boca de éste vimos un pequeño manantial, en el que apagamos la sed ardiente que nos consumía. No lejos del manantial descubrimos varios avellanos de los que ya he hablado. Probando sus frutos, los encontramos agradables y de un sabor muy parecido al de la avellana común inglesa. llenamos nuestros sombreros inmediatamente, las depositamos en el barranco y volvimos por más. Mientras nos ocupábamos en recogerlas aprisa, nos alarmó un movimiento que advertimos en los arbustos, y cuando estábamos a punto de escabullirnos hacia nuestro escondite, una gran ave negra de la especie de las garzas reales se elevó lenta y pesadamente por encima de los matorrales. Me sentí tan sobrecogido, que no sabía qué hacer; pero Peters tuvo la suficiente presencia de ánimo para lanzarse sobre ella antes de que pudiera escapar, cogiéndola por el cuello. Sus forcejeos y chillidos eran tremendos, y pensábamos ya soltarlo, por miedo a que el ruido alarmase a alguno de los salvajes que podían estar emboscados en las cercanías. Pero un certero golpe dado con un cuchillo de monte lo derribé al fin al suelo, y lo arrastramos al barranco, felicitándonos de que, en todo caso, habíamos conseguido una provisión de alimento que nos duraría para una semana.

Salimos de nuevo para observar a nuestro alrededor y nos aventuramos a una distancia considerable por la ladera sur de la colina, pero no encontramos nada más que pudiera servirnos de alimento. Por tanto, recogimos una buena cantidad de madera seca y regresamos, viendo una o dos partidas de nativos encaminándose hacia la aldea, cargados con el botín del barco, y que, nos temíamos, podían descubrirnos al pasar por la falda de la colina.

Nuestra inmediata preocupación fue hacer nuestro escondite lo más seguro posible, y con este objeto colocamos algunas matas sobre la abertura de que he hablado antes, aquella por la que habíamos visto un retazo de cielo azul, cuando al remontar la sima llegamos a la plataforma. No dejamos más que un pequeño agujero lo bastante ancho para que pudiésemos ver la bahía, sin el riesgo de ser descubiertos desde abajo. Una vez hecho esto, nos felicitamos de la seguridad de nuestra posición, pues ahora estaríamos completamente libres de ser observados, durante tanto tiempo como quisiéramos permanecer en el barranco, sin aventurarnos a subir a la colina. No vimos ningún rastro de que los salvajes hubiesen estado nunca dentro de aquel agujero; pero cuando reflexionamos en la probabilidad de que la fisura a través de la cual habíamos llegado allí se había formado recientemente por el derrumbamiento del acantilado opuesto, y en que no podía descubrirse ningún otro camino para llegar a ella, nos sentimos menos regocijados ante la idea de estar seguros que aterrados porque no nos habían dejado en absoluto medio alguno para el descenso. Decidimos explorar la cumbre de toda la colina cuando se nos presentase una buena oportunidad. Entre tanto, vigilábamos los movimientos de los salvajes.

Habían ya devastado por completo el barco y se disponían ahora a prenderle fuego. A los pocos momentos vimos la humareda ascender en enormes nubes desde la escotilla principal, y, poco después, una densa masa de llamas brotó del castillo de proa. El aparejo, los mástiles y lo que quedaba de las velas ardió inmediatamente, y el fuego se propagó, rápido, a lo largo de los puentes. Todavía permanecía en sus puestos alrededor del barco una gran multitud de salvajes, golpeando con grandes piedras, hachas y balas de cañón en los pernos y en las forjas de hierro y cobre. En la playa, a bordo de las canoas y balsas, había, en la inmediata vecindad de la goleta, no menos de diez mil nativos, además de las bandas que, cargadas con su botín, se encaminaban hacia el interior o hacia las islas vecinas. Preveíamos entonces una catástrofe, y no estábamos equivocados. Primero vino una repentina sacudida (que sentimos tan bien como si hubiésemos sufrido una ligera descarga eléctrica), pero que no fue seguida por ningún signo visible de explosión. Los salvajes se quedaron evidentemente sobrecogidos, e interrumpieron por un instante su tarea y sus aullidos. Estaban a punto de reanudarla, cuando súbitamente una masa de humo surgió de los puentes, parecida a una negra y pesada nube de tormenta, y luego, como si saliese de sus entrañas, se elevó una larga columna de llama viva, hasta una altura, aparentemente, de un cuarto de milla; después, hubo una súbita expansión circular de la llama; luego, toda la atmósfera quedó mágicamente henchida, en un solo instante, de un siniestro caos de madera, metal y miembros humanos; y, por último, vino la conmoción en toda su furia, que nos derribó impetuosamente, mientras los ecos en las colinas multiplicaban el tumulto, y una densa lluvia de menudos fragmentos de los restos caía con profusión por todas partes alrededor nuestro.

El estrago entre los salvajes superó a nuestros mayores deseos, y cosecharon, en verdad, los frutos maduros y perfectos de su traición. Tal vez perecieron por la explosión un millar de hombres, mientras que por lo menos un numero igual quedaron mutilados de mala forma. Toda la superficie de la bahía estaba literalmente cubierta de aquellos miserables, luchando y ahogándose, mientras en la orilla el caso era aún peor. Parecían aterrados hasta más no poder por lo repentino y total de su desconcierto, y no hacían esfuerzo alguno para socorrerse mutuamente. Al fin, observamos un cambio total en su comportamiento. De un estupor absoluto, parecieron pasar de pronto al grado más alto de excitación, y se lanzaron enloquecidamente, corriendo de acá para allá, a un cierto lugar de la bahía, con las más extrañas expresiones de horror, de rabia y de intensa curiosidad pintadas en sus rostros, y gritando con toda la fuerza de sus pulmones: "¡Tekeli—li! ¡Tekeli—li!" En seguida vimos un nutrido grupo retirarse hacia las colinas, de donde tornaron al poco rato con estacas de madera. Las llevaron al sitio donde la multitud estaba más apiñada, y que entonces se separo como para revelarnos el objeto de toda aquella excitación. Percibimos algo blanco en el suelo, pero no pudimos saber inmediatamente lo que era. Al fin, vimos que se trataba de la osamenta del extraño animal de dientes y garras de color escarlata que la goleta había recogido del mar el día 18 de enero. El capitán Guy había hecho conservar el cuerpo con la intención de disecar la piel y llevarlo a Inglaterra. Recuerdo que me había dado algunas instrucciones acerca de ello, precisamente antes de nuestro arribo a la isla, y que lo habíamos llevado a la cámara y metido en una de las alacenas. Había sido despedido hasta la orilla por la explosión; pero por qué causaba tal inquietud entre los salvajes, era algo que iba más allá de lo que nosotros podíamos comprender. Aunque se apiñasen alrededor de la osamenta, a poca distancia, ninguno parecía desear acercarse del todo. Pronto los hombres de las estacas las clavaron en círculo alrededor del esqueleto, y tan pronto como completaron esta disposición, toda la inmensa multitud se precipitó hacia el interior de la isla, lanzando aquellos fuertes gritos de "¡Tekeli—li! ¡Tekehi—li!"

CAPÍTULO XXIII

Durante los seis o siete días siguientes permanecimos en nuestro escondite de la colina, saliendo sólo algunas veces y con muchas precauciones5 en busca de agua y de avellanas. Habíamos hecho una especie de cobertizo sobre la plataforma, disponiéndolo con un lecho de hojas secas, y colocando en el tres grandes piedras llanas, que nos servían de chimenea y de mesa. Encendimos fuego sin dificultad cortando dos trozos de madera seca, uno blando y otro duro. El ave que habíamos cogido en tan buen momento nos proporcionó una excelente comida, aunque su carne era algo correosa. No se trataba de un ave oceánica, sino de una especie de garza real, de un plumaje negro azabache y pardusco, y alas diminutas en proporción a su tamaño. Después vimos tres de la misma especie en las proximidades del barranco, que parecían buscar a la que habíamos capturado; pero, como no llegaron a posarse, no tuvimos ocasión de cazarlas.

Mientras nos duró la carne de esta ave, no sufrimos nada por nuestra situación; pero cuando la consumimos por completo se nos hizo completamente necesario salir en busca de alimento. Las avellanas no satisfacían las angustias del hambre, y, además, nos causaban unos— fuertes cólicos y, si las tomábamos en abundancia, violentos dolores de cabeza. Habíamos visto a algunas grandes tortugas cerca de la orilla, al este de la colina, y observamos que podíamos cogerlas fácilmente si lográbamos llegar allí sin ser descubiertos por los nativos. Decidimos, pues, intentar una salida.

Comenzamos por descender a lo largo de la ladera sur, que parecía presentar menos dificultades; pero no habíamos avanzado cien metros cuando nuestra marcha (como habíamos previsto por lo observado desde la cumbre de ha colina) se halló interrumpida de lleno por un ramal de la garganta en la que habían perecido nuestros compañeros. Pasamos a lo largo del borde de esta garganta por espacio de un cuarto de milla, cuando fuimos detenidos de nuevo por un precipicio de inmensa profundidad; y como nos era imposible abrirnos paso a lo largo de su margen, nos vimos obligados a volver sobre nuestros pasos por el barranco principal.

Nos dirigimos luego hacia el lado este, pero con una suerte parecida. Después de gatear durante una hora, con riesgo de rompernos la crisma, descubrimos que habíamos descendido simplemente a una vasta sima de granito negro, cuyo fondo estaba cubierto de fino polvo, y desde la cual no había más salida que la senda escarpada por donde habíamos bajado. Remontamos de nuevo esta senda, dirigiéndonos al borde septentrional del monte. Allí tuvimos que emplear las mayores precauciones posibles en nuestras maniobras, pues la menor imprudencia podía exponernos de lleno a la vista de los salvajes del pueblo. Por tanto, nos arrastramos sobre nuestras manos y rodillas, y a veces nos veíamos obligados a echarnos de bruces arrastrando nuestro cuerpo y agarrándonos a los arbustos. Con todos estos cuidados no habíamos avanzado sino un corto trecho, cuando llegamos a un abismo más profundo aún que los que habíamos encontrado hasta entonces, y que conducía directamente a la garganta principal. Vimos así plenamente confirmados nuestros temores, y nos hallábamos completamente aislados y sin acceso a la comarca de abajo. Casi extenuados por nuestro esfuerzo, retrocedimos lo mejor que pudimos hasta la plataforma, y arrojándonos sobre el lecho de hojas, nos dormimos apacible y profundamente durante unas horas.

Después de esta búsqueda infructuosa, nos ocupamos durante varios días de explorar por todas partes la cumbre de la colina, con el fin de informarnos de cuáles eran sus recursos reales. Descubrimos que no nos proporcionaría alimento alguno, a excepción de las nocivas avellanas y una especie de coclearia agria, que crecía en una pequeña parcela de unas cuatro varas cuadradas, y que pronto hubiéramos agotado. El 15 de febrero, por lo que puedo recordar, no quedaba ya ni una hoja, y las avellanas empezaban a escasear; por eso, nuestra situación no podía ser más deplorable. El día 16 volvimos a recorrer los muros de nuestra prisión, con la esperanza de hallar alguna salida de escape; pero fue en vano. Bajamos también al socavón en el que habíamos sido sepultados, con la débil esperanza de descubrir, a través de este paso, alguna abertura que diese a la garganta principal. También aquí nos vimos defraudados, aunque encontramos y recogimos un fusil.

El día 17 salimos resueltos a examinar con más minuciosidad el abismo de granito negro por el que habíamos caminado en nuestra primera búsqueda. Recordamos que una de las fisuras que había en las paredes de este pozo sólo había sido examinada parcialmente, y nos sentimos impacientes por explorarla, aunque no tuviéramos esperanza de descubrir ninguna salida.

No encontramos muchas dificultades para llegar al fondo del pozo, como ya habíamos hecho antes, y estábamos lo suficientemente serenos para reconocerlo con toda la atención posible. En realidad, era uno de los sitios más singulares que imaginar se pueda, y nos era difícil convencernos de que se trataba puramente de una obra de la naturaleza.

El abismo tenía, desde el extremo oriental al occidental, unos quinientos metros de longitud, siguiendo todos sus recodos. La distancia de este a oeste, en línea recta, no sería más de unos cuarenta a cincuenta metros (por lo que pude calcular, pues no tenía instrumentos exactos de medición). Al principio de nuestro descenso, es decir, hasta unos treinta metros a partir de la cumbre de la colina, las paredes del abismo tenían poca semejanza entre sí, y no parecían haber estado unidas nunca, siendo una de las superficies de esteatita, y la otra de marga granulada con no sé qué materia metálica. La anchura media, o de espacio entre los dos acantilados, era probablemente de unos veinte metros, pero no parecía haber allí ninguna regularidad en su formación. Sin embargo, más abajo, pasado el límite de que he hablado, el intervalo se contraía rápidamente, y los lados comenzaban a ser paralelos, aunque todavía en cierto intervalo volvían a ser diferentes en su materia y en la forma de su superficie. Al llegar a unos quince metros del fondo, comenzaba una regularidad perfecta. Los lados eran ahora completamente uniformes en su sustancia, color y dirección lateral, ya que la materia era un granito muy negro y brillante y la distancia entre las dos caras en todos sus puntos era exactamente de veinte metros. La forma precisa del abismo se comprenderá mejor por medio de un dibujo tomado sobre el terreno, pues afortunadamente llevaba yo un cuaderno de bolsillo y un lápiz, que he conservado con gran cuidado a través de la larga serie de aventuras subsiguientes, y a los cuales debo notas sobre muchos asuntos que, de otra manera, se hubieran borrado de mi memoria.

Esta figura indica el contorno general de la sima, sin las cavidades menores de los lados, que eran varias, pues cada una de ellas correspondía a una protuberancia opuesta. El fondo del abismo estaba cubierto, hasta una profundidad de tres o cuatro pulgadas, de un polvo casi impalpable, debajo del cual encontramos una prolongación del granito negro. A la derecha, en la extremidad inferior, se observará la indicación de una pequeña abertura; es la fisura a que he aludido más arriba, y cuyo examen, más minucioso que antes, constituía el objeto de nuestra segunda visita. Nos lanzamos, pues, por ella con energía, cortando un montón de zarzas que obstruían nuestro paso, y apartando un cúmulo de piedras agudas, algo parecidas en su forma a las puntas de flecha. No obstante, nos sentimos animados a perseverar, al percibir una ligera luz que provenía de la última extremidad. Nos abrimos camino, por fin, arrastrándonos durante un espacio de unos diez metros, y vimos que la abertura era una bóveda baja y de forma irregular, cuyo fondo era del mismo polvo impalpable que el del abismo principal. Una luz fuerte nos inundó entonces, y torciendo por un corto recodo, nos encontramos en otra cámara elevada, parecida en todos los aspectos, menos en su forma longitudinal, a la que acabábamos de dejar. Doy aquí su forma general.

La longitud total de esta sima, comenzando en la abertura a y dando la vuelta por la curva b hasta el extremo d, es de unos quinientos cincuenta metros.

En c descubrimos una pequeña abertura semejante a aquella por la que habíamos salido del otro abismo, y ésta se hallaba obstruida de la misma manera con zarzas y un montón de piedras blancas como puntas de flecha. Nos abrimos camino a través de ella, viendo que tenía unos doce metros de largo, y que daba a una tercera sima. Ésta era exactamente como la primera, excepto en su forma longitudinal, que era de este modo.

La longitud total de la tercera sima era de unos trescientos metros. En el punto a había una abertura de unos dos metros de ancho que penetraba más de cuatro metros en la roca, donde terminaba en una capa de marga, no habiendo ningún otro abismo más allá, como esperábamos. Estábamos a punto de abandonar esta fisura, en la que entraba muy poca luz, cuando Peters llamó mi atención para indicarme una hilera de dentellones de singular aspecto en la superficie de la marga que formaba la terminación del cul—de—sac. Con un poco de imaginación, la entalladura de la izquierda, es decir, la que se hallaba más al norte de aquellos dentellones, podía tomarse por una deliberada, aunque tosca, representación de una figura humana en posición erecta, con un brazo extendido. Los restantes tenían también alguna pequeña semejanza con los caracteres alfabéticos, y Peters estaba deseando, a todo trance, aceptar tan gratuita opinión. Le convencí de su error finalmente, dirigiendo su atención hacia el suelo de la fisura, donde, entre el polvo, recogimos, trozo por trozo, varios gruesos fragmentos de marga, que evidentemente habían saltado fuera por alguna convulsión de la superficie de la margen donde se veían las entalladuras. Esto probaba que aquello era obra de la naturaleza. La figura 4 muestra una copia exacta del conjunto.

Después de convencernos de que aquellas singulares cavernas no nos proporcionaban ningún medio para escapar de nuestra prisión, volvimos sobre nuestros pasos, desalentados y abatidos, hasta la cumbre de la colina. Durante las próximas veinticuatro horas no sucedió nada que merezca mencionarse, excepto que, al examinar el terreno a ia parte este del tercer abismo, encontramos dos agujeros triangulares de una gran profundidad, y cuyas paredes también eran de granito negro. No creímos que valiese la pena intentar descender a estos agujeros, pues tenían la apariencia de simples pozos naturales, sin salida. Cada uno de ellos tenía casi veinte metros de circunferencia, y su forma, así como su posición con respecto a la tercera sima, se muestra en la figura 5.

CAPÍTULO XXIV

El día 24 de aquel mes, viendo que nos era de todo punto imposible subsistir más tiempo a base de avellanas, cuyo consumo nos ocasionaba los dolores más agudos, decidimos hacer una tentativa desesperada pata bajar por la vertiente sur de la colina. La pared del precipicio era allí de la especie más blanda de esteatita, aunque casi perpendicular en toda su extensión (de unos cincuenta metros de profundidad, por lo menos), y en muchos sitios incluso sobresaliendo en forma abovedada. Después de una larga búsqueda, descubrimos un estrecho reborde a unos seis metros por debajo de la orilla de la sima. Peters consiguió saltar a él con la ayuda que pude prestarle por medio de nuestros pañuelos atados. Con alguna más dificultad también bajé yo, y vimos entonces la posibilidad de descender todo el camino por el procedimiento que habíamos empleado para subir del abismo en que nos había sepultado el derrumbamiento de la colina; es decir, abriendo escalones con nuestros cuchillos en la pared de esteatita. Apenas puede uno imaginarse lo arriesgada que era la empresa; pero, como no había otro recurso, decidimos intentarla.

Sobre el reborde en que estábamos situados crecían algunos avellanos, y a uno de ellos atamos nuestra cuerda de pañuelos. Sujetando la otra punta alrededor de la cintura de Peters, le fui bajando desde el borde del precipicio hasta que los pañuelos estuvieron tirantes. Entonces se puso a cavar un hoyo profundo en la esteatita (como de unas ocho o diez pulgadas), horadando la roca por la parte de arriba, a unos treinta centímetros de altura, poco más o menos, de modo que le permitiese fijar, con la culata de la pistola, una clavija bastante fuerte. Entonces lo alcé unos cuatro metros más arriba, e hizo un agujero similar al de abajo, clavando en él otra clavija como antes, y teniendo así un punto de apoyo para sus pies y sus manos. Desaté los pañuelos del arbusto, arrojándole la punta, que él ató a la clavija del agujero superior, dejándose después deslizar suavemente a unos diez metros más abajo que la primera vez, es decir, hasta donde daban de sí los pañuelos. Allí abrió otro agujero y fijó otra clavija. Se alzó por sí mismo, de modo que quedasen sus pies justamente en el agujero que acababa de abrir, metiendo con sus manos la clavija en el de más arriba. Ahora era necesario desatar los pañuelos de la clavija superior, con el fin de atarlos a la segunda; y aquí se dio cuenta de que había cometido un error al abrir los agujeros a tanta distancia. Sin embargo, después de una o dos tentativas arriesgadas e infructuosas para llegar al nudo (teniendo que sujetarse con la mano izquierda, mientras con la derecha procuraba desatarlo, cortó al fin la cuerda, dejando un trozo de seis pulgadas sujeto a la clavija. Atando luego los pañuelos a la segunda clavija, descendió hasta un trecho por debajo de la tercera, procurando no bajar demasiado. Gracias a este medio (medio que nunca se me hubiera ocurrido, y que debimos totalmente al ingenio y la intrepidez de Peters), mi compañero logró al fin, ayudándose a veces con los salientes de la pared, llegar al fondo del precipicio sin accidente.

Pasó un rato antes de que pudiese reunir el valor suficiente para seguirle; pero al fin me decidí. Peters se había quitado su camisa antes de bajar, y uniéndola a la mía formé la cuerda necesaria para la aventura. Después de tirar el fusil que encontramos en el abismo, sujeté aquella cuerda a los arbustos, y me dejé caer rápidamente, procurando, con el vigor de mis movimientos, dominar el miedo. Esto me dio bastante buen resultado en los primeros cuatro o cinco escalones; pero en seguida mi imaginación se sintió terriblemente excitada pensando en la inmensa profundidad a que tenía que descender aún y en la precaria naturaleza de las clavijas y de los agujeros de esteatita, que eran mi único soporte. En vano me esforzaba por apartar aquellos pensamientos y por mantener mis ojos fijos en la lisa superficie del abismo que tenía ante mis ojos. Cuanto más angustiosamente luchaba por no pensar, más intensamente vivas se tornaban mis ideas, y más terriblemente claras. Al fin, llegó la crisis de la imaginación, tan espantosa en semejantes casos, esa crisis en la que comenzamos a sentir por anticipado lo que sentiremos cuando nos caigamos, imaginándonos la indisposición, el vértigo, la lucha postrera, el semidesmayo y la amargura final de la caída y el despeñamiento. Y comprendí entonces que aquellas imaginaciones creaban sus propias realidades y que todos los horrores imaginados se volcaban sobre mí en realidad. Sentí que mis rodillas se entrechocaban con violencia, mientras mis dedos soltaban gradual pero inevitablemente su presa. Me zumbaban los oídos y me dije: "¡Es el clamor de la muerte!" Y me consumía un deseo irresistible de mirar hacia abajo. No podía, no quería limitar mis miradas al abismo, y con una ardiente e indefinida emoción, mitad de horror y mitad de angustia aliviada, dirigía mi vista lacia el abismo. Por el momento mis dedos se agarraron convulsivamente a su presa, mientras, con el movimiento, la idea cada vez más débil de una última y posible liberación vagó, como una sombra, por mi mente, y un instante después mi alma entera se sintió invadida por el ansia de caer; era un deseo, un anhelo, una pasión completamente irrefrenables. De pronto solté la estaca y, girando el cuerpo a medias sobre el precipicio, permanecí un segundo vacilante contra su desnuda superficie. Pero entonces se produjo una convulsión en mi cerebro; una voz de sonido penetrante y fantasmal resonó en mis oídos; una figura negruzca, diabólica y nebulosa se alzó inmediatamente a mis pies; y, suspirando, sentí estallar mi corazón y me desplomé en sus brazos.

Me había desmayado, y Peters me cogió cuando caía. Había observado mis movimientos desde su sitio, en el fondo del abismo; y dándose cuenta de mi peligro inminente, había intentado inspirarme valor por todos los medios que se le podían ocurrir; aunque la confusión de mi mente era tan grande, que me impidió oír lo que me dijo ni enterarme en absoluto de lo que me hablaba. Por fin, viéndome vacilar, se apresuró a subir en mi auxilio, y llegó en el momento preciso para salvarme. Si hubiese caído con todo mi peso, la cuerda de lino se habría roto indefectiblemente, y me hubiera precipitado en el abismo; cuando sucedía esto, Peters se las ingenió para sostenerme con cuidado de modo que permanecí suspendido sin peligro hasta que me reanimé, cosa que sucedió al cabo de quince minutos. Al recobrar el conocimiento, mi temblor había desaparecido por completo; me sentí como un nuevo ser y, con una pequeña ayuda de mi compañero, llegué al fondo sano y salvo.

Entonces nos encontramos no lejos del barranco que se había convertido en la tumba de nuestros amigos, y hacia el sur del sitio donde la colina se había derrumbado. El lugar era muy agreste, y su aspecto me recordaba las descripciones que hacen los viajeros de las aterradoras regiones que señalan el emplazamiento de las ruinas de Babilonia. Sin hablar de los escombros del risco destrozado, que formaban una barrera caótica hacia el norte, la superficie del terreno en todas las demás direcciones estaba sembrada de enormes túmulos, que parecían las ruinas de algunas gigantescas construcciones de arte, aunque no se veía nada que pareciese artístico. Abundaban las escorias, y grandes e informes bloques de granito negro se mezclaban con otros de marga, ambos granulados de metal. No había ningún vestigio de vegetación en toda la extensión que alcanzaba la vista. Vimos algunos escorpiones inmensos y varios reptiles que no se encuentran siempre en las latitudes altas.

Como el alimento era nuestro objetivo inmediato, decidimos encaminarnos hacia la costa, distante tan sólo media milla, con el propósito de cazar tortugas, algunas de las cuales habíamos observado desde nuestro escondite en la colina. Habíamos avanzado unos cien metros, deslizándonos cautelosamente entre las enormes rocas y túmulos, cuando, al doblar un recodo, cinco salvajes se lanzaron sobre nosotros desde una pequeña caverna, derribando a Peters al suelo de un garrotazo. Cuando cayó, la partida entera se abalanzó sobre él para asegurar a su víctima, dándome tiempo para recobrarme de mi asombro. Yo aún tenía el fusil, pero el cañón había quedado tan estropeado al arrojarlo desde el precipicio, que lo dejé a un lado como inútil, prefiriendo confiar en mis pistolas, que había conservado cuidadosamente en buen estado. Avancé con ellas hacia mis asaltantes, disparándolas sucesivamente. Cayeron dos salvajes, y otro, que iba ya a atravesar a Peters con su lanza, saltó a sus pies sin conseguir llevar a cabo su propósito. Al verse libre mi compañero, no tuvimos ya mayores dificultades. También él conservaba sus pistolas, pero juzgó prudente no utilizarlas, confiando en su gran fuerza personal, que superaba a la de todas las personas que he conocido en mi vida. Apoderándose de la maza de uno de los salvajes muertos, les rompió la tapa de los sesos a los tres restantes, matando a cada uno de ellos instantáneamente de un solo mazazo, y quedamos dueños por completo del campo.

Sucedieron con tal rapidez estos acontecimientos, que apenas podíamos creer en su realidad y permanecimos en pie ante los cadáveres en una especie de contemplación estúpida, cuando unos gritos que se oyeron a distancia nos hicieron volver a la realidad. Era evidente que los salvajes habían sido alarmados por los disparos y que teníamos pocas probabilidades de no ser descubiertos. Para volver a ganar la sima hubiera sido necesario avanzar en la dirección de los gritos, y aunque hubiésemos logrado llegar a su base, nunca hubiéramos podido subir sin ser vistos. Nuestra situación era de las más peligrosas, y vacilábamos en qué dirección comenzar la huida, cuando uno de los salvajes contra quien yo había disparado, y al que creía muerto, se puso en pie súbitamente e intentó huir. Pero le atrapamos antes de que hubiese dado unos pasos, y estábamos a punto de matarlo, cuando Peters sugirió que podíamos obtener algún beneficio obligándole a acompañarnos en nuestra tentativa de huida. Le arrastramos, pues, con nosotros, haciéndole comprender que le mataríamos si ofrecía resistencia. A los pocos momentos se hallaba completamente sumiso, y corrió a nuestro lado mientras avanzábamos entre las rocas, con dirección a la costa.

Las irregularidades del terreno nos habían ocultado hasta entonces el mar, excepto a trechos; cuando al fin lo vimos claramente, por primera vez, es posible que se hallara a doscientos metros de distancia. Cuando salimos al descubierto en la bahía vimos con gran espanto una inmensa multitud de nativos que acudían desde la aldea, y desde todos los lugares visibles de la isla, dirigiéndose hacia nosotros con gesticulaciones de extremado furor, y aullando como fieras. Estábamos a punto de darnos la vuelta e intentar ponernos a cubierto entre las fragosidades del accidentado terreno, cuando descubrí las proas de dos canoas que sobresalían por detrás de una gran roca que se prolongaba dentro del agua. Corrimos hacia ellas con todas nuestras ganas y, al alcanzarlas, vimos que estaban desocupadas, sin más carga que tres tortugas de los Galápagos y la acostumbrada provisión de remos para sesenta remeros. Nos apoderamos sin demora de una de ellas y, obligando a embarcar a nuestro cautivo, nos lanzamos al mar con todo el poder de nuestras fuerzas.

Pero no nos habíamos alejado cincuenta metros de la orilla cuando recobramos la suficiente calma para darnos cuenta del gran error que habíamos cometido al dejar la otra canoa en poder de los salvajes, quienes, en este momento, se hallaban a no más de doble distancia que nosotros de la playa, y avanzaban rápidamente. No había tiempo que perder. En el mejor de los casos, nuestra esperanza era desesperada; pero no teníamos otra. Era muy dudoso que, haciendo un esfuerzo supremo, pudiésemos llegar con la suficiente antelación para apoderamos de la canoa; pero había una. Si lo conseguíamos, podíamos salvarnos; mientras que, si no lo intentábamos, teníamos que resignamos a una inevitable carnicería.

Nuestra canoa tenía iguales la proa y la popa, y en lugar de virar, cambiamos simplemente el movimiento del remo. Tan pronto como los salvajes se dieron cuenta de ello, redoblaron sus aullidos, así como su velocidad, acercándose con una rapidez inconcebible. Sin embargo, remábamos con toda la energía de la desesperación, y llegamos al sitio disputado antes de que lo alcanzasen los nativos. Un solo salvaje había llegado a él. Este hombre pagó cara su mayor agilidad, pues Peters le disparó un pistoletazo en la cabeza cuando se acercaba a la orilla. Los más adelantados del resto de la partida se hallaban probablemente a unos veinte o treinta pasos de distancia cuando nos apoderamos de la canoa. Nos esforzamos en primer lugar por empujarla hacia dentro del agua, fuera del alcance de los salvajes: pero, al ver que estaba muy firmemente encallada y que no había tiempo que perder. Peters, de uno o dos golpes enérgicos con la culata del fusil, logró hacer saltar una buena porción de la proa y uno de los costados. Entonces la empujamos mar adentro.

Mientras tanto, dos de los nativos se habían asido a nuestra barca, negándose obstinadamente a soltarla, hasta que nos vimos obligados a despacharlos con nuestros cuchillos. Ahora la situación se había despejado, y avanzamos rápidos hacia el mar. El grupo principal de los salvajes, al llegar a la canoa rota, lanzó los gritos más tremendos de rabia y contrariedad que se pueda concebir.

En verdad, por lo que he podido saber de aquellos desdichados, pertenecían a la raza humana más malvada, hipócrita, vengativa, sanguinaria y completamente diabólica que existe sobre la faz de la tierra. Es evidente que no hubieran tenido ninguna misericordia con nosotros si hubiésemos caído en sus manos. Hicieron una loca tentativa para seguirnos en la canoa averiada; pero, al ver que estaba inservible, exhalaron de nuevo su rabia en espantosas vociferaciones y corrieron de nuevo hacia sus colinas.

Así, pues, nos habíamos librado del peligro inmediato; pero nuestra situación seguía siendo bastante sombría. Sabíamos que cuatro canoas de aquella clase habían estado en un momento determinado en poder de los salvajes, e ignorábamos el hecho (del que posteriormente nos informó nuestro cautivo) de que dos de éstas habían volado hechas trozos por la explosión de la Jane Guy. Por consiguiente, calculábamos que, no obstante, seríamos perseguidos tan pronto como nuestros enemigos diesen la vuelta a la bahía (distante unas tres millas), donde las barcas se hallaban habitualmente amarradas. Con este temor, empleamos todos nuestros esfuerzos en dejar la isla atrás, y avanzamos velozmente sobre el agua, obligando al prisionero a coger un remo. Al cabo de una media hora, cuando probablemente habíamos recorrido cinco o seis millas hacia el sur, vimos una nutrida flota de balsas o de canoas planas que surgían de la bahía con el evidente propósito de perseguirnos. En seguida se volvieron atrás, desesperando de alcanzamos.

CAPÍTULO XXV

Nos encontrábamos ahora en el anchuroso y desolado Océano Antártico, a una latitud que excedía de los ochenta y cuatro grados, en una frágil canoa y sin más provisiones que las tres tortugas. Además, el largo invierno polar no podía considerarse lejano, y era imprescindible deliberar sobre la ruta que debíamos seguir. Teníamos a la vista seis o siete islas, que pertenecían al mismo grupo y distaban unas de otras cinco o seis leguas; pero no teníamos la menor intención de aventuramos por ellas Al venir desde el norte en la Jane Cuy habíamos ido dejando gradualmente detrás de nosotros las regiones de los hielos más rigurosos; esto, aunque no se halle de acuerdo con las ideas generalmente admitidas acerca del Antártico, era un hecho que la experiencia no nos permitía negar. Por tanto, intentar volver sería una locura, sobre todo en una época tan avanzada de la estación. Sólo una ruta parecía quedar abierta a la esperanza. Decidimos dirigirnos resueltamente hacia el sur, donde existía al menos la oportunidad de descubrir tierras, y más de una probabilidad de dar con un clima más suave.

Hasta aquí habíamos venido observando el Antártico, igual que el Océano Ártico, libre en particular de borrascas violentas o de oleaje muy revuelto; pero nuestra canoa era, a lo sumo, de frágil estructura, aunque grande, y pusimos activamente manos a la obra, para hacerla tan segura como los limitados medios de que disponíamos nos lo permitían. La quilla de la barca era de simple corteza, la corteza de un árbol desconocido. Las cuadernas de un mimbre resistente, muy a propósito para el uso a que se destinaba. De proa a popa teníamos un espacio de unos quince metros, por metro y medio a dos de anchura, con una profundidad total de metro y medio, diferenciándose así estas barcas mucho por su forma de las de los demás habitantes de los mares del Sur con quienes tienen trato las naciones civilizadas. Nunca habíamos creído que fueran obra de los ignorantes isleños que las poseían, y unos días después de esta época descubrimos, interrogando a nuestro prisionero, que en realidad habían sido construidas por los nativos de un archipiélago al sudoeste de la región donde las encontramos, habiendo caído accidentalmente en manos de nuestros bárbaros. Lo que podíamos hacer por la seguridad de nuestra barca era muy poca cosa, en verdad. Descubrimos algunas grietas anchas cerca de ambos extremos, y nos las ingeniamos para taparlas con trozos de nuestras chaquetas de lana. Con ayuda de los remos sobrantes, que había allí en abundancia, levantamos una especie de armazón en torno a la proa para amortiguar la fuerza de las olas que podían amenazar con colmarnos por esta parte. Erigimos también dos remos a modo de mástiles, colocándolos uno frente a otro; uno en cada borda, evitándonos así la necesidad de una yerga. Atamos a estos mástiles una vela hecha con nuestras camisas, cosa que nos costó algún trabajo, pues no podíamos pedirle ayuda a nuestro prisionero para nada, aunque nos la había prestado con buena voluntad para trabajar en todas las demás operaciones. La vista de la tela blanca parecía impresionarle de una manera singular. No pudimos convencerle para que la tocara o se acercase a ella, pues se ponía a temblar cuando intentábamos obligarle, gritando: "¡Tekeli—li!" Cuando terminamos nuestros arreglos relativos a la seguridad de la canoa, nos hicimos a la vela hacia el sudeste por el momento, con la intención de sortear la isla más meridional del archipiélago que se hallaba a la vista. Después de hacer esto, pusimos proa al sur sin vacilar. El tiempo no podía considerarse desagradable. Teníamos una brisa suave y constante procedente del norte, un mar en calma y día continuo. No se veían hielos por parte alguna; ni siquiera habíamos visto un solo témpano después de franquear el paralelo del islote Bennet. En realidad, la temperatura del agua era allí demasiado templada para que pudiera existir hielo. Después de matar la más grande de nuestras tortugas, y obtener de ella no sólo alimento, sino también una buena provisión de agua, proseguimos nuestra ruta, sin ningún incidente por el momento, durante siete u ocho días tal vez, durante los cuales avanzamos una gran distancia hacia el sur, porque el viento soplaba continuamente a nuestro favor, y una corriente muy fuerte nos llevó constantemente en la dirección que deseábamos.

1 de marzo .—Muchos fenómenos inusitados nos indicaban ahora que estábamos entrando en una región de maravilla y novedad. Una alta cordillera de leve vapor gris aparecía constantemente en el horizonte sur, fulgurando a veces con rayos majestuosos, lanzándose de este a oeste, y otros en dirección contraria, reuniéndose en la cumbre, formando una sola línea. En una palabra, mostrando todas las variaciones de la aurora boreal. La altura media de aquel vapor, tal como se veía desde donde estábamos, era de unos veinticinco grados. La temperatura del mar parecía aumentar por momentos, alterándose perceptiblemente el color del agua.

2 de marzo.—Hoy, gracias a un insistente interrogatorio a nuestro prisionero, nos hemos enterado de muchos detalles relacionados con la isla de la masacre, con sus habitantes y con sus costumbres; pero ¿puedo detener ahora al lector con estas cosas? Sólo diré, no obstante, que supimos por él que el archipiélago comprendía ocho islas; que estaban gobernadas por un rey común, llamado Tsalemon o Psalemoun, el cual residía en una de las más pequeñas; que las pieles negras que componían la vestimenta de los guerreros provenían de un animal enorme que se encontraba únicamente en un valle, cerca de la residencia del rey; que los habitantes del archipiélago no construían más barcas que aquellas balsas llanas, siendo las cuatro canoas todo cuanto poseían de otra clase, y éstas las habían obtenido, por mero accidente, en una isla grande situada al sudeste; que el nombre de nuestro prisionero era Nu—Nu; que no tenía conocimiento alguno del islote de Bennet, y que el nombre de la isla que había dejado era Tsalal. El comienzo de las palabras Tsalernon y Tsalal se pronunciaba con un prolongado sonido silbante, que nos resultó imposible imitar, pese a nuestros repetidos esfuerzos, sonido que era precisamente el mismo de la nota lanzada por la garza negra que comimos en la cumbre de la colina.

3 de marzo.—El calor del agua es ahora realmente notable, y su color está experimentando un rápido cambio, no tardando en perder su transparencia, adquiriendo en cambio una apariencia lechosa y opaca. En nuestra inmediata proximidad suele reinar la calma, nunca tan agitada como para poner en peligro la canoa; pero nos sorprendemos con frecuencia al percibir, a nuestra derecha y a nuestra izquierda, a diferentes distancias, súbitas y dilatadas agitaciones de la superficie, las cuales, como advertimos por último, iban siempre precedidas de extrañas fluctuaciones en la región del vapor, hacia el sur.

4 de marzo.—Hoy, con objeto de agrandar nuestra vela, mientras la brisa del norte se apagaba sensiblemente, saqué del bolsillo de mi chaqueta un pañuelo blanco. Nu—Nu estaba sentado a mi lado y, al rozarle por casualidad el lienzo en la cara, le acometieron violentas convulsiones. Éstas fueron seguidas de un estado de estupor y modorra, y unos quedes murmullos de: "¡Tekeli—li! ¡Tekeli—li!" 5 de marzo.—El viento había cesado por completo; pero era evidente que seguíamos lanzados hacia el sur, bajo la influencia de una corriente poderosa. Y ahora, ciertamente, hubiera sido razonable que experimentásemos alguna alarma ante el giro que estaban tomando los acontecimientos, pero no sentimos ninguna. El rostro de Peters no indicaba nada de este cariz, aunque a veces tuviera una expresión que yo no podía comprender. El invierno polar parecía avecinarse, pero llegaba sin sus terrores yo sentía un entumecimiento de cuerpo y de espíritu — una sensación de irrealidad—, pero esto era todo.

6 de marzo.— El vapor gris se había elevado ahora muchos grados por encima del horizonte, e iba perdiendo gradualmente su tinte grisaseo. El calor del agua era extremado, incluso desagradable al tacto y su tono lechoso cayó sobre la canoa y sobre la amplia superficie del agua, mientras la llameante palpitación se disipaba entre el vapor y la conmoción se apaciguaba en el mar. Nu—Nu se arrojó entonces de bruces al fondo de la barca y no hubo manera de convencerle para que se levantase.

7 de marzo.—Hoy hemos preguntado a Nu—Nu acerca de los motivos que impulsaron a sus compatriotas a matar a nuestros compañeros; mas parecía dominado, demasiado dominado por el terror para darnos una respuesta razonable. Seguía obstinadamente en el fondo de la barca; y, al repetirle nuestras preguntas respecto al motivo de la matanza, sólo respondía con gesticulaciones idiotas, tales como levantar con el índice el labio superior y mostrarlos dientes que este cubría. Eran negros, hasta ahora no habíamos visto los dientes de ningún habitante de Tsalal.

8 de marzo.—Hoy flotó cerca de nosotros uno de esos animales blancos cuya aparición en la playa de Tsalal era mas evidente que nunca. Hoy se produjo una violenta agitación del agua muy cerca de la canoa. Fue acompañada, como de costumbre , por una fulgurante fluctuación del vapor en su cumbre y una momentánea separación en su base. Un polvo blanco y fino, semejante a la ceniza— pero que ciertamente no era tal— cavó sobre la canoa y sobre la amplia superficie del agua, mientras la llameante palpitación se disipaba entre el vapor y la cinmoción se apaciguaba en el mar. Nu—Nu se arrojó entonces de bruses al fondo de la barca y no hubo manera de convencerle para que se levantasen.

7 de marzo.— Hoy hemos preguntado a nu—nu acerca de los motivos que impulsaron a sus comparitas a matar a nuestros compañeros; más parecía dominado, demasiado dominado por el terror para darnos una repuesta razonable. Seguía obstinadamente en el fondo de la barca; y al repetirle nuestras preguntas respecto al motivo de la matanza, solo respondía con gesticulaciones idiotas, tales como levantar con el índice el labio superior y mostrar los dientes que este cubría. Eran negros. Hasta ahora no habíamos visto los dientes de ningún habitante de Tsalal.

8 de marzo.— Hoy floto cerca de nosotros uno de esos animales blancos cuya aparición en la playa de Tsalal había originado tan extraña conmoción entre los salvajes. Hubiera querido cogerlo, pero me invadió una repentina indiferencia, y me contuve. El calor del agua seguía aumentando, y ya no podíamos mantener mucho rato la mano dentro de ella. Peters habló poco a poco, y yo sabía que pensar de su apatía Un—Un no hacía más que suspirar.

9 de marzo.—Toda la materia cenizosa caía ahora incesantemente sobre nosotros, y en grandes cantidades. La cordillera de vapor al sur se había elevado prodigiosamente en el horizonte, y comenzaba a tomar una forma más clara. Sólo puedo compararia con una catarata ilimitada, precipitándose silenciosamente en el mar desde alguna inmensa y muy lejana muralla que se alzase en el cielo. La gigantesca cortina corría a lo largo de toda la extensión del horizonte sur. No producía ruido alguno.

21 de marzo.—Sombrías tinieblas se cernían sobre nosotros; pero de las profundidades lechosas del océano surgió un resplandor luminoso que se deslizó por los costados de la barca. Estábamos casi abrumados por aquella lluvia de cenizas blanquecinas que caían sobre nosotros y sobre la canoa, pero que se deshacía al caer en el agua. La cima de la catarata se perdía por completo en la oscuridad y en la distancia. Pero era evidente que nos acercábamos a ella a una velocidad espantosa. A intervalos eran visibles en ella unas anchas y claras grietas, aunque sólo momentáneamente, y desde esas grietas, dentro de las cuales había un caos de flotantes y confusas imágenes, soplaban unos vientos impetuosos y poderosos, aunque silenciosos, rasgando en su carrera el océano incendiado.

22 de marzo—La oscuridad había aumentado sensiblemente, atenuada tan sólo por el resplandor del agua reflejando la blanca cortina que teníamos delante. Múltiples aves gigantescas y de un blanco pálido volaban sin cesar por detrás del velo, y su grito era el eterno "¡Tekeli—li!" cuando se alelaban de nuestra vista. En este momento, Nu—Nu se agitó en el fondo de la barca; pero al tocarle vimos que su espíritu se había extinguido. Y entonces nos precipitamos en brazos de la catarata, en la que se abrió un abismo para recibirnos. Pero he aquí que surgió en nuestra senda una figura humana amortajada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra. Y el tinte de la piel de la figura tenía la perfecta blancura de la nieve.


Publicado el 16 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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