Tarzán de los Monos

Edgar Rice Burroughs


Novela


Índice

Tarzán de los Monos
Capítulo 1. En alta mar
Capítulo 2. Un hogar en la selva
Capítulo 3. Vida y muerte
Capítulo 4. Los monos
Capítulo 5. El simio blanco
Capítulo 6. Combate en la jungla
Capítulo 7. La luz del conocimiento
Capítulo 8. El cazador en la enramada
Capítulo 9. Hombre y hombre
Capítulo 10. El fantasma del miedo
Capítulo 11. Rey de los monos
Capítulo 12. La razón del hombre
Capítulo 13. Su propia especie
Capítulo 14. A merced de la selva
Capítulo 15. El dios del bosque
Capítulo 16. De lo más extraordinario
Capítulo 17. Entierros
Capítulo 18. El peaje de la selva
Capítulo 19. La llamada de lo primitivo
Capítulo 20. Herencia
Capítulo 21. La aldea de la tortura
Capítulo 22. Expedición de rescate
Capítulo 23. Hombres hermanos
Capítulo 24. El tesoro perdido
Capítulo 25. Puesto avanzado del mundo
Capítulo 26. Las alturas de la civilización
Capítulo 27. Reaparece el gigante
Capítulo 28. Conclusión

Capítulo 1. En alta mar

Esta historia me la proporcionó alguien que no tenía motivo alguno para contármela, ni a mí ni a nadie. El principio del relato podría atribuirlo a la seductora influencia que sobre el narrador ejercían los vapores etílicos de una añeja cosecha. El resto de la extraña fábula llegaría como consecuencia de la escéptica incredulidad que manifesté durante los días siguientes.

Cuando mi sociable anfitrión se percató de lo lejos que había llegado en su relato y de que me inclinaba más bien a dudar de la veracidad de lo que me exponía, su insensato orgullo asumió con renovados bríos la tarea que había desencadenado la vieja añada vinícola y le indujo a desenterrar pruebas documentales que confirmaban los rasgos más sobresalientes de la singular leyenda: un mohoso manuscrito antiguo y ciertos expedientes polvorientos de la Oficina Colonial Británica.

No digo que la historia sea verídica, ya que no fui testigo presencial de los sucesos que detalla, pero la circunstancia de que al contárosla asigne nombres ficticios a los protagonistas creo que constituye evidencia suficiente de mi sinceridad al declarar que opino que muy bien pudiera ser cierta.

Las carcomidas y amarillentas páginas del diario de un hombre fallecido hace muchos años y los documentos de la Oficina Colonial Británica coinciden exactamente con la narración de mi cordial anfitrión, así que os presento el relato tal como, tras laboriosos esfuerzos, me ha sido posible componerlo, a base de encajar las diversas fuentes de que dispuse.

Y si la crónica no os parece digna de crédito, al menos convendréis conmigo en que es única, extraordinaria e interesante.

A través de los expedientes de los archivos de la Oficina Colonial y de los datos facilitados por el diario del difunto, nos enteramos de que a cierto joven aristócrata inglés, al que llamaremos lord Greystoke, John Clayton, se le encomendó la particularmente delicada tarea de investigar la situación de una colonia británica situada en la costa occidental de África, entre cuya ingenua población indígena, según determinados informes, otra potencia europea se dedicaba a reclutar soldados para su propio ejército colonial, tropas que sólo utilizaba para recolectar a la fuerza el caucho y el marfil de las tribus que vivían a orillas de los ríos Congo y Aruwimi.

Los nativos de la colonia británica se quejaban de que a muchos de sus jóvenes se los llevaban encandilados con promesas deslumbrantes, pero que muy pocos volvían después junto a su familia, si es que volvía alguno.

Los ingleses establecidos en África llegaban incluso a afirmar que a aquellos pobres negros se los mantenía en una situación de virtual esclavitud y que después de concluido el periodo de alistamiento, los oficiales blancos aprovechaban la ignorancia de aquellos desdichados para engañarles diciendo que aún les quedaban varios años por cumplir.

A la vista de ello, la Oficina Colonial destacó a John Clayton como enviado especial al África Occidental Británica, con un nuevo cargo e instrucciones confidenciales para que realizase una investigación a fondo sobre el trato injusto al que los oficiales de una potencia europea amiga sometían a los súbditos británicos de color. Sin embargo, la causa por la que encargaron a lord Greystoke tal cometido carece de importancia en lo que afecta a este relato, puesto que no llegó a realizar investigación alguna; a decir verdad, ni siquiera alcanzó su punto de destino. Clayton pertenecía a ese tipo de hombre inglés que uno suele asociar de buen grado a esos nobilísimos monumentos con que se conmemoran las hazañas victoriosas obtenidas en mil campos de batalla: un hombre vigoroso y varonil, tanto mental como física y moralmente.

De estatura superior a la media, tenía ojos grises y facciones regulares y enérgicas; salud de hierro, porte distinguido y constitución robusta, lógico fruto todo ello de los años de adiestramiento y práctica militar.

La ambición política le había inducido a solicitar el traslado del ejército a la Oficina Colonial y así le encontramos, joven aún, encargado de una misión delicada e importante al servicio de la Reina.

Al recibir el nombramiento, Clayton se sintió entusiasmado y horrorizado a la vez. Aquel ascenso le parecía normal, un honor merecido, el premio a sus esfuerzos y a la inteligente labor que había llevado a cabo; representaba también ascender un peldaño más en el escalafón que conducía a puestos de mayor importancia y responsabilidad. Por otra parte, sin embargo, apenas habían transcurrido tres meses desde su boda con la honorable Alice Rutherford y le aterraba la idea de llevar a la preciosa muchacha al aislamiento y los peligros del África tropical.

Por ella hubiera rechazado el nombramiento, pero la joven no lo habría consentido de ninguna manera. Muy al contrario, la muchacha insistió en que lo aceptara y se empeñó en acompañarle.

Había madres y hermanos, tíos y primos que echa­ron su cuarto a espadas en el asunto; pero de esas opiniones y del tono en que las expresaron no dice nada el relato.

De lo que sí queda constancia es de que una lumi­nosa mañana del mes de mayo de 1888, John, lord Greystoke, y lady Alice, zarparon de Dover, rumbo a África.

Al cabo de un mes llegaban a Freetown, puerto en el que fletaron un velero, el Fuwalda, que debía tras­ladarlos a su destino.

Y en ese punto John, lord Greystoke, y lady Alice, su esposa, se perdieron de vista y no se volvió a saber nada más de ellos.

Dos meses después de que el Fuwalda hubiese leva­do anclas y se alejara de Freetown, media docena de buques de guerra británicos recorrieron aquella zona del Atlántico sur, en busca de la pareja o de algún rastro de su velero. El casi inmediato descubrimien­to en la playa de la isla de Santa Elena de los restos del naufragio convenció al mundo de que el Fuwalda se había hundido con cuanto llevaba a bordo, de modo que la búsqueda se interrumpió cuando apenas acababa de iniciarse, aunque en varios corazones anhelantes la esperanza continuó aleteando duran­te muchos años.

Bergantín de unas cien toneladas, el Fuwalda era un típico barco mercante como muchos otros de los que por entonces se dedicaban al tráfico marítimo en el Atlántico meridional, cuyas tripulaciones las com­ponían lo más facineroso de la escoria del mar: ase­sinos que habían dado esquinazo a la horca y san­guinarios malhechores de toda raza y nacionalidad.

El Fuwalda no era ninguna excepción a aquella regla. Sus oficiales, matones endurecidos, odiaban a la tripulación y, naturalmente, la tripulación les pagaba en la misma moneda. El capitán, con todo y ser un competente lobo de mar, trataba a sus hombres con despiadada brutalidad. En sus rela­iones con ellos, sólo conocía, o sólo empleaba, dos argumentos: la barra de hierro llamada cabilla y el revólver. Es harto probable que aquella abigarrada chusma que tenía a sus órdenes no entendiese nin­gún otro.

Así que, desde el día siguiente al de la partida de Freetown, John Clayton y su joven esposa presen­ciaron en la cubierta del Fuwalda escenas que jamás hubieran creído posible que se desarrollaran en otro lugar que no fuesen las cubiertas ilustradas de las novelas de piratas.

En la mañana del segundo día se forjó el primer eslabón de la que iba a ser una cadena de circuns­tancias que se remataría con el nacimiento de una criatura de vida sin parangón en la historia de la humanidad.

Dos marineros fregaban la cubierta del Fuwalda, el primer piloto estaba de guardia y el capitán hizo un alto en su camino para hablar con John Clayton y lady Alice.

Los marineros trabajaban retrocediendo de espal­das hacia el pequeño grupo, que se encontraba de cara hacia el lado opuesto por el que se acercaban los tripulantes. Éstos siguieron aproximándose has­ta que uno de ellos quedó inmediatamente detrás del capitán. Unos segundos más y habría pasado de lar­go, con lo que este insólito relato tal vez no se hubie­ra escrito jamás.

Pero en aquel preciso instante, el capitán dio media vuelta para separarse de lord y lady Greystoke y, al hacerlo, tropezó con el marinero, cayó de bruces sobre la cubierta, volcó el cubo de fregar y el agua sucia que contenía éste le dejó como una sopa.

La ridiculez de la escena duró segundos, muy pocos segundos. Porque, casi automáticamente, al tiempo que despedía una andanada de espantosos renie­gos y la iracunda mortificación soliviantaban su ros­tro tiñéndolo de escarlata, el capitán se puso en pie y propinó al marinero un golpe terrible que lanzó al hombre contra la cubierta.

Era un individuo menudo y entrado en años, lo que acentuó la brutalidad del acto. El otro marinero, sin embargo, no era viejo ni pequeño, sino un tipo gigan­tesco y robusto como un oso, de fiero bigote negro y grueso cuello de toro asentado firmemente entre los hombros macizos.

Al ver caer a su compañero, encogió el cuerpo para tomar impulso y, a la vez que emitía un sordo gru­ñido, se precipitó sobre el capitán y con un solo pero demoledor derechazo le hizo doblar la rodilla.

El rostro del capitán pasó del rojo al blanco, por­que aquello era sedición, un motín que no era el pri­mero al que se enfrentaba en su desalmada carrera profesional. Estaba acostumbrado a dominarlos. Sin incorporarse, tiró fulminantemente de revólver y dis­paró a quemarropa contra la formidable montaña de músculos erguida ante él. Sin embargo, con todo lo rápido que fue en sus movimientos, John Clayton, casi le superó en celeridad, por lo que la bala cuyo objetivo era el corazón del marinero se vio desviada en su trayectoria y se alojó en la pierna del hombre, ya que lord Greystoke se había apresurado a golpe­ar el brazo del capitán, en cuanto vio centellear el arma a la luz del sol.

Hubo un intercambio de palabras entre Clayton y el capitán, durante el cual lord Greystoke dejó bien cla­ro el disgusto que le producía la brutalidad con que se trataba a la tripulación y manifestó que no estaba dis­puesto a consentir que se produjeran más escenas como aquella en tanto lady Greystoke y él estuviesen a bordo como pasajeros.

El capitán estuvo en un tris de replicar airada­mente, pero lo pensó mejor, dio media vuelta brus­camente y, fruncido el ceño y tenebrosa de rabia la expresión, se alejó hacia popa. No le seducía lo más mínimo ponerse a malas con un funcionario inglés, porque el poderoso brazo de la reina enarbolaba un instrumento punitivo cuya efi­cacia él sabía apreciar y, en consecuencia, respeta­ba: la Marina británica, cuyo alcance era infinito.

Los dos marineros empezaron a recobrarse y el vie­jo ayudó a ponerse en pie a su compañero herido. El gigantón, conocido entre sus camaradas por el nom­bre de Michael el Negro, probó cautelosamente a apo­yar la pierna tiroteada y, tras cerciorarse de que aguantaba el peso del cuerpo, miró a Clayton y le dio las gracias con un áspero gruñido.

Aunque el tono del hombre fue desabrido, su reco­nocimiento no dejaba de ser evidente. Apenas había terminado de pronunciar sus bienintencionadas pala­bras de gratitud, giró sobre sus talones y echó a andar cojeando hacia el castillo de proa, con el manifiesto propósito de evitar todo posible diálogo ulterior.

No volvieron a verle en varios días, como tampo­co les concedió el capitán el honor de departir con ellos; les dirigía la palabra sólo cuando era impres­cindible y siempre a base de gruñidos hoscos.

Continuaron comiendo en la cámara de oficiales, tal como solían hacer antes del infortunado lance; pero el capitán tuvo buen cuidado en arreglárselas para que alguna de sus obligaciones le impidiese coin­cidir con ellos a la mesa.

Los demás oficiales eran individuos toscos e incul­tos, de nivel humano sólo ligeramente superior al de la canallesca tripulación que tenían a sus órdenes, y se esforzaban al máximo para eludir todo trato social con el refinado aristócrata inglés y su elegan­te esposa, de forma que los Clayton se pasaban la mayor parte del tiempo solos, sin que nadie altera­se su tranquilidad.

Lo cual se ajustaba perfectamente a sus deseos, aun­que también los excluyó de la vida cotidiana del buque y, al dejarlos un tanto aislados, les impidió estar en contacto con los sucesos que culminarían en sangrienta tragedia.

Saturaba la atmósfera de la embarcación ese algo indefinible que augura el desastre. Exteriormente, que los Clayton supieran, a bordo del pequeño vele­ro todo marchaba como siempre; pero aunque no se lo confesaran el uno al otro, ambos presentían que una corriente invisible impulsaba a todos hacia un peligro desconocido.

Dos jornadas después del incidente en el que Michael el Negro acabó herido, Clayton salió a cubierta en el preciso instante en que cuatro miembros de la tripu­lación bajaban el cuerpo inerte de un compañero, mien­tras el primer oficial, que empuñaba una gruesa cabi­lla, contemplaba con expresión feroz al grupo de hos­cos marineros.

Clayton no formuló pregunta alguna no hacía fal­ta y al día siguiente, cuando en el horizonte se recor­tó y fue aumentando de tamaño la silueta de un buque de guerra británico, se sintió medio decidi­do a solicitar que los subieran a bordo del mismo, a lady Alice y a él, ya que cada vez cobraban más fuerza los temores de que, si continuaban en aquel siniestro Fuwalda, sólo podría ocurrirles alguna desgracia.

Hacia el mediodía, los buques estaban tan cerca uno de otro que se podía hablar con el barco de gue­rra británico, pero cuando Clayton casi había deci­dido pedir al capitán que los trasladase a bordo, comprendió súbitamente lo ridículo de semejante solicitud. ¿Qué razones podía ofrecer al oficial que estuviese al mando de la nave de Su Majestad para justificar el deseo de volver hacia el punto de don­de procedía?

En el caso de que declarase que el motivo consis­tía en el trato violento que los oficiales aplicaron a dos marineros rebeldes, los del buque de guerra se reinan para sus adentros y atribuirían el deseo de abandonar el Fuwalda a un solo motivo: cobardía.

John Clayton, lord Greystoke, no solicitó que le permitieran trasladarse al buque de guerra británi­co. Bastante después del mediodía contempló cómo iban perdiéndose tras la lejana línea del horizonte los palos de aquel barco. Antes de eso, sin embargo, se enteró de algo que confirmaba sus más negros temo­res y que le impulsó a maldecir el falso orgullo que pocas horas antes le había impedido procurar segu­ridad a su joven esposa, cuando tal seguridad estaba a su alcance… Una seguridad que había desapa­recido ya para siempre.

A media tarde, el menudo y anciano marinero que unos días antes derribara a golpes el capitán se lle­gó a las proximidades de la borda desde donde John Clayton y su esposa observaban el cada vez más dimi­nuto perfil del gran buque de guerra. El viejo limpia­ba los dorados y, con disimulo, se fue acercando hasta situarse casi pegado a Clayton.

—El infierno se va a desencadenar sobre esta nave, señor —susurró—. Acuérdese de lo que le digo. Esto va a ser un infierno.

—¿Qué quiere decir, amigo? —preguntó Clayton.

—Vamos, ¿es que no se da cuenta de lo que está ocurriendo? ¿No se ha enterado de que esos hijos de Satanás del capitán y sus sicarios se están ensañando con la tripulación?

»Ayer rompieron la cabeza a dos marineros. Hoy han sido tres. Michael el Negro ya se ha recuperado casi del todo y no es hombre que aguante esta situa­ción; fíjese en lo que le digo, señor.

¿Insinúa, amigo, que la tripulación proyecta amo­tinarse? —inquirió Clayton.

—¡Amotinarse! —exclamó el viejo marino—. ¡Amo­tinarse! En lo que piensan es en asesinar, señor, no olvide lo que le digo, señor.

—¿Cuándo?

—Está al caer, señor; la rebelión va a producirse de un momento a otro, pero no sé exactamente cuando. He hablado ya más de la cuenta, pero usted se por­tó bien con nosotros el otro día y pensé que debía avi­sarle. Le aconsejo, sin embargo, que mantenga el pico cerrado y que, en cuanto oiga disparos, baje a su camarote y se quedé allí.

»Eso es todo, limítese a mantener la lengua quie­ta, si no quiere recibir un balazo, y tenga presente lo que le he dicho, señor.

El viejo marinero continuó sacando brillo a los metales, tarea que le apartó del lugar donde se encon­traban los Clayton.

—Vaya panorama que se nos presenta, Alice —comen­tó lord Greystoke.

—Debes ir inmediatamente a avisar al capitán, John. Puede que aún estemos a tiempo de evitar la revuelta.

—Supongo que, en efecto, debería hacerlo, pero por motivos puramente egoístas casi me inclino a «man­tener el pico cerrado». Hagan lo que hagan los miem­bros de la tripulación, estoy seguro de que no se mete­rán con nosotros, en agradecimiento por mi postura a favor de Michael el Negro. Pero si descubren que los he traicionado, no tendrán piedad de nosotros, Alice.

—Tu deber sólo es uno, John, y consiste en respal­dar la autoridad legítimamente constituida. Si no vas en seguida a advertir al capitán, tendrás tanta res­ponsabilidad en lo que suceda como si hubieras con­tribuido intelectual y físicamente a planear y a llevar a cabo la rebelión.

—No lo entiendes, cariño replicó Clayton—. En quien pienso es en ti… ahí reside mi deber primordial. Esta situación la ha provocado el mismo capitán, así que, ¿por qué he de arriesgarme a someter a mi esposa a una serie de horrores imprevisibles en un probable­mente inútil intento de evitarle a él las consecuen­cias de su locura bestial? ¿Es que no te das cuenta, mi vida, de lo que ocurriría si todos esos desalmados se hicieran con el dominio del Fuwalda?

—El deber es el deber, John, y ningún argumento engañoso lo cambiará. Mala esposa sería yo para un noble inglés si por mi culpa dejases de cumplir debe­res tan palmarios. Comprendo perfectamente que sobrevendrán graves peligros, pero puedo afrontar­los junto a ti.

—Se hará, pues, como quieres —accedió Clayton con una sonrisa—. Tal vez nos estemos metiendo en un com­promiso serio. Aunque no me gusta el cariz de lo que sucede a bordo de esta nave, quizá las cosas no sean tan malas al fin y al cabo. Es muy posible que ese «vie­jo marinero» sólo haya manifestado los deseos de su perverso corazón en vez de expresar hechos reales.

»Los motines en alta mar sin duda eran corrientes hace cien años, pero en este año de gracia de 1888 son sucesos de lo más improbable.

»Ahí va el capitán hacia su camarote. Me acercaré a avisarle, ya que los malos tragos cuanto antes se pasen mejor. Y no tengo el estómago todo lo resistente que me haría falta para tratar con esa bestia.

Como colofón a sus palabras echó a andar rum­bo a la escalera de toldilla por la que había pasado el capitán y, un momento después, llamaba a la puer­ta del camarote.

—¡Adelante! —rezongó en tono ronco el malhumora­do capitán.

Una vez entró Clayton y después de cerrar la puer­ta tras de sí, el oficial inquirió:

—¿Y bien?

—Vengo a informarle de los puntos esenciales de una conversación que he oído hoy, porque, si bien es posible que sea una falsa alarma y el asunto quede en nada, conviene que esté usted prevenido, por si acaso. En resumen, se trata de que la tripulación piensa amotinarse y asesinar a quien se le ponga por delante.

—¡Eso es mentira! —rugió el capitán—. Y si ha vuel­to a entrometerse en lo que se refiere a la disciplina de este buque o insiste en hurgar en asuntos que no le importan, habrá de atenerse a las consecuencias e irse al diablo. Me tiene sin cuidado el que sea usted un lord inglés. Yo soy el capitán de este barco y le exi­jo que, en adelante, deje de meter sus impertinen­tes narices en mis atribuciones.

El capitán había perdido los estribos de un modo tan frenético que su rostro estaba cárdeno de furor. Pronunció las últimas palabras a voz en cuello y las subrayó descargando furiosamente contra la mesa uno de sus enormes puños, a la vez que agitaba el otro frente al semblante de Clayton.

Greystoke no se alteró lo más mínimo, sino que permaneció tranquilo,de pie, sosteniendo la mira­da colérica del capitán.

—Capitán Billing —silabeó Clayton finalmente—, per­done mi sinceridad: es usted lo que se dice un perfecto burro.

Dio media vuelta y salió de la cámara con su acos­tumbrada flema indiferente, una calmosa actitud sin duda calculada para provocar torrentes de iracundas imprecaciones en sujetos de la catadura moral de Billing.

Es posible que el capitán se hubiera arrepentido de sus precipitadas palabras de haber intentado Clayton aplacarle, pero al no ser así, sino todo lo con­trario, el mal genio del oficial situó a éste en una irre­versible postura negativa que impedía toda posibili­dad de colaboración en pro del bien común. La última posibilidad se había disipado.

—Bueno, Alice —comunicó Clayton a su esposa, al reunirse con ella—. Podía haberme ahorrado el esfuerzo. Ese individuo ha demostrado ser un ingrato. Le faltó muy poco para lanzarse sobre mí como un perro rabioso. Por lo que a mí respecta, tanto él como su maldito barco pueden irse al garete. Hasta que tú y yo nos encontremos a salvo, emplearé todas mis ener­gías en velar por nuestra propia seguridad. Y creo que, para empezar, lo primero es ir a nuestro cama­rote y coger mis revólveres. Ahora me arrepiento de haber guardado en los baúles que van en la bodega las armas largas y las municiones.

Encontraron sus compartimentos en el mayor desorden. La ropa de los cajones y las maletas, aho­ra abiertos, aparecían desperdigadas por el reducido espacio del camarote y hasta las camas estaban des­hechas y rotas.

—Es evidente que alguien tiene más interés por nues­tras pertenencias que nosotros mismos —observó Clayton—. Echemos un vistazo, Alice, a ver qué falta.

Una revisión completa demostró que no les habían quitado nada, salvo los dos revólveres de Clayton y unos cuantos cartuchos que había separado para dichas armas.

—Precisamente las cosas que más desearía que me hubiesen dejado —dijo lord Greystoke— y el detalle de que hayan organizado todo este desbarajuste para llevarse esas armas y nada más que esas armas resul­ta algo de lo más ominoso.

—¿Qué vamos a hacer, John? —preguntó Alice—. Tal vez estabas en lo cierto al opinar que nuestras mayo­res posibilidades residían en mantener una actitud neutral.

»Si los oficiales se las arreglan para dominar el amo­tinamiento, no tendremos nada que temer, y si los sediciosos logran su objetivo, nuestra esperanza, aun­ que débil, consistirá en la circunstancia de no haber intentado frustrar sus designios ni oponernos abier­tamente a ellos.

—Tienes razón, Alice. Nos mantendremos en el cen­tro del camino.

Cuando se disponían a poner en orden el camarote, Clayton y su esposa advirtieron simultáneamente que por debajo de la puerta asomaba la esquina de un pedazo de papel. Clayton se inclinó para cogerlo y vio, sorprendido, que el papel se deslizaba hacia el inte­rior de la estancia. Comprendió que alguien lo esta­ba empujando desde fuera.

Se acercó a la puerta rápida y silenciosamente, pero cuando alargó la mano hacia el picaporte, Alice le agarró la muñeca.

—No, John —susurró la muchacha—. No desean que los veamos, así que vale más que no lo hagamos. Ten presente que hemos decidido mantenernos neutrales.

Clayton dejó caer el brazo, al tiempo que esboza­ba una sonrisa. Permanecieron inmóviles, con la mira­da en el papel que, al final, quedó inmóvil sobre el suelo del camarote, junto al borde inferior de la puerta.

Entonces, Clayton se agachó para recogerlo. Era un trozo de papel blanco, sucio, torpemente doblado en irregular rectángulo. Al desdoblarlo, los ojos de Clayton tropezaron con un mensaje escrito en toscas letras de imprenta, casi ilegible, con todos los indi­cios de haber sido trazadas por alguien nada acos­tumbrado a tales tareas caligráficas.

Traducida, la nota era un aviso para que los Clayton se abstuvieran de denunciar la pérdida de sus revól­veres y de repetir lo que el viejo marinero les había confesado. Abstenerse de ello o enfrentarse a la pena de muerte.

—Imagino que seremos buenecitos —Clayton acom­pañó sus palabras con una sonrisa pesarosa—. Lo úni­co que podemos hacer es cruzarnos de brazos, sen­tarnos y esperar lo que puede venir.

Capítulo 2. Un hogar en la selva

No tuvieron que esperar mucho, porque a la mañana siguiente, cuando Clayton salió a cubierta para dar el acostumbrado paseo de todos los días antes del desayuno, retumbó un disparo, al que sucedió otro y luego otro más…

La escena que se desarrollaba ante sus ojos con­firmó los más negros temores de Clayton. El redu­cido grupo de oficiales formaba una piña frente a la tripulación del Fuwalda, acaudillada por Michael el Negro.

La primera descarga de los oficiales impulsó a los marineros a dispersarse a toda velocidad, para ponerse a cubierto tras los mástiles, la cabina del timón y otros parapetos y puntos ventajosos, desde los que respondieron al fuego graneado de los cinco oficiales que representaban la autoridad a bordo del buque.

El revólver del capitán abatió a dos marineros, cuyos cuerpos quedaron tendidos en el lugar donde cayeron, entre los combatientes. Entonces, el pri­mer oficial se desplomó de cara y, a un grito de mando de Michael el Negro, los amotinados se lan­zaron al ataque sobre los restantes cuatro oficiales. La tripulación sólo había podido reunir seis armas de fuego, por lo que la mayoría de sus miembros no enarbolaban más que bicheros, hachas, destrales y barras de hierro.

El capitán había vaciado su revólver y estaba recargándolo cuando se produjo la carga. El arma del segundo oficial se había encasquillado, por lo que sólo dos armas de fuego podían oponerse a los sediciosos, que se precipitaron sobre sus ene­migos, los cuales retrocedieron ante el furibundo asalto de los marineros.

Los dos bandos maldecían y blasfemaban espan­tosamente lo que, junto con el estruendo de las detonaciones y los gritos y lamentos de los heridos, convertía la cubierta del Fuwalda en un frenético manicomio.

Antes de que los oficiales hubiesen retrocedido una docena de pasos, ya tenían encima a los miembros de la tripulación. El hacha que esgri­mía un fornido negro hendió la cabeza del capi­tán, desde la frente hasta la barbilla, y unos segundos después todos los oficiales habían sucumbido; muertos o malheridos a causa de docenas de golpes y balazos.

La acción de los amotinados del Fuwalda fue tan espeluznante como rápida de ejecución y, durante todo su desarrollo, John Clayton permaneció des­cuidadamente apoyado junto al tambucho, mien­tras fumaba su pipa con aire meditativo, como si estuviese presenciando un partido de criquet que le fuera indiferente.

Al caer el último oficial, Greystoke pensó que había llegado el momento de volver junto a su esposa, no fuera caso que alguno de aquellos indi­viduos de la tripulación la encontrase sola en el camarote.

Si bien tranquilo y displicente por fuera, Clayton se sentía interiormente repleto de aprensión y ner­viosismo, temiendo por la suerte que podía correr Alice en manos de aquellos ignorantes rufianes, en las que un destino inexorable los había puesto a ambos. Cuando dio media vuelta para descender por la escalera, le sorprendió ver a su esposa en lo alto de la misma, casi junto a él.

—¿Cuánto hace que estás aquí, Alice?

—Desde el principio —respondió ella—. Ha sido terrible, John. ¡Oh, que espantoso! En poder de esos criminales, ¿qué podemos esperar?

—De momento, espero que el desayuno —sonrió alentadoramente Clayton, con la sana intención de eliminar en lo posible los temores de Alice. Añadió—: Al menos, voy a pedir que nos lo sirvan. Ven conmigo. No hemos de permitir que piensen que esperamos de ellos otra cosa que no sea un trato amable.

Por entonces, los marineros se había arremolina­do en torno a los oficiales muertos y heridos, a los que sin prioridades ni compasión procedieron a arrojar por la borda. Dispusieron de sus propios muertos y moribundos con idéntica falta absoluta de humanidad.

En aquel momento, uno de los marineros obser­vó que Clayton y su esposa se les aproximaban y gritó: —¡Ahí vienen otros dos dispuestos a ser pasto de los peces!

Y se precipitó hacia ellos, enarbolada el hacha.
Pero Michael el Negro fue incluso más rápido y el individuo recibió un impacto de bala en la espalda y se desplomó antes de haber dado media docena de zancadas.

Al tiempo que emitía un impresionante rugido, para atraer la atención de los demás, Michael el Negro señaló con el dedo a lord y lady Greystoke y advirtió con voz tonante: —Estos son amigos míos y hay que dejarlos en paz. ¿Entendido?

Se dirigió a Clayton.

—Ahora soy yo el capitán de este buque —dijo—. No se metan en nada y nadie les causará daño alguno. Miró a sus hombres con gesto amenazador.

Los Clayton siguieron las instrucciones de Michael el Negro tan al pie de la letra que en los días inmediatos apenas vieron a la tripulación ni tuvieron la menor noticia de los planes que trazaban. A sus oídos llegaban de vez en cuando ecos de las reyertas y peleas que se producían entre los sediciosos y, en dos ocasiones, el avieso ladrido de las armas de fuego resonó en el tranquilo aire. Pero Michael el Negro era el cabecilla apropiado para aquella caterva de malhechores convertidos en marineros y los mantenía sometidos bastante férre­amente a su autoridad.

Cinco días después de la matanza de los oficia­les del buque, el vigía avistó tierra. Michael el Negro ignoraba si era isla o continente, pero comu­nicó a Clayton que, si el examen de la misma demostraba que el lugar era habitable, se dejaría en tierra a lord y lady Greystoke, con todas sus pertenencias.

—Durante unos meses, se encontrarán ustedes perfectamente allí —explicó— y para entonces habre­mos podido llegar a alguna costa habitada y disper­sarnos. Me encargaré de notificar a su gobierno la situación y localización donde se encuentran uste­des y enviarán inmediatamente un buque de gue­rra a recogerles.

»Resultaría difícil que, de desembarcarlos en un lugar civilizado, no les formulasen un sinfin de pre­guntas comprometedoras y, entre nosotros, nadie cree que tengan ustedes respuestas convincentes para evitarnos problemas.

Clayton le recriminó la inhumanidad que consti­tuía dejarlos en una orilla desconocida, a merced de fieras salvajes y, posiblemente, de hombres aún más salvajes que los animales. Pero sus protestas no le sirvieron de nada, salvo para despertar el enojo de Michael el Negro, por lo que se vio obligado a desistir de reproches y dedi­carse a procurar sacar el máximo partido a la peliaguda situación.

Hacia las tres de la tarde arribaron a la altura de una ribera cubierta de preciosa arboleda, frente a la boca de lo que parecía ser un puerto natural bien abrigado.

Michael el Negro destacó una barca llena de marineros para que sondeasen la entrada a aquella bahía, a fin de determinar si el Fuwalda podía pasarla sin peligro de embarrancar.

Al cabo de una hora estaban de regreso, para informar de que las aguas de la bocana eran bas­tante profundas, lo mismo que las de la pequeña ensenada interior.

Antes de que anocheciese, el bergantín se en­contraba plácidamente anclado en medio de un abra tranquila, cuyas aguas aparecían lisas como un espejo.

Le circundaban orillas ornadas de verde y luju­riosa vegetación semitropical, mientras la tierra firme se extendía desde el océano, ascendiendo para formar colinas y mesetas, cubiertas casi uni­formemente por espléndida, verde y tupida selva virgen.

No se veía el menor rastro de núcleo habitado, pero sí era evidente que aquella tierra podía fácil­mente sustentar vida humana, a juzgar por la exuberancia de aves y animales que pululaban por los bosques y que los ocupantes del Fuwalda vislumbraban ocasionalmente desde la cubierta del buque. También pudieron ver el rielar de las aguas de un riachuelo que desembocaba en la bahía, corriente que garantizaba agua potable en abundancia.

Cuando cayó la noche sobre la tierra, Clayton y lady Alice permanecieron junto a la baranda del buque, entregados a la silenciosa contemplación de lo que iba a ser su futuro lugar de residencia. Llegaban de la densa oscuridad del bosque los gri­tos feroces de las fieras: el rugido sordo y profundo del león y, de vez en cuando, el agudo bramido de alguna pantera. La mujer se acurrucó contra su marido, asusta­da por los terrores que adivinaba iban a tener que soportar en las pavorosas tinieblas que envolverían las noches venideras, cuando se encontrasen aban­donados en aquella orilla salvaje y solitaria.

Avanzada la noche, Michael el Negro se les acer­có, aunque sólo estuvo con ellos el tiempo suficiente para indicarles que se preparasen para desembar­car a la mañana siguiente. Intentaron convencerle de que era mejor que los llevase a una costa más hospitalaria, más cercana a la civilización, donde tuviesen alguna esperanza de caer en manos amis­tosas. Pero ni ruegos, ni amenazas, ni promesas de recompensa conmovieron al cabecilla de los amoti­nados. —Soy el único hombre a bordo que, por su seguri­dad, no preferiría verlos muertos y, aunque sé que la muerte de ustedes es el modo más razonable de sen­tirnos a salvo, Michael el Negro no es de los que olvi­dan un favor. Me salvó la vida una vez y, a cambio, voy a salvar la suya, pero no puedo hacer más.

»Los miembros de la tripulación no me permitirían ir más lejos e, incluso, si no desembarcan ustedes en seguida, es posible que mis hombres cambien de idea acerca de brindarles esa oportunidad. Pondré en tierra todos sus avíos, con algunos cacharros para cocinar y unas cuantas velas viejas de lona con las que podrán hacerse tiendas de campaña. También les dejaré víveres para que se alimenten en tanto encuentran frutos y caza. Con sus armas de fuego, estarán en condiciones de protegerse y sobrevivir sin dificultades hasta que vengan a reco­gerles. Cuando me encuentre a salvo, oculto en un lugar seguro, me las arreglaré para que el gobierno británico tenga noticias de la situación de ustedes; por mi propia vida no podré informarles del punto exacto donde puedan estar, ya que lo ignoraré. Pero, desde luego, los encontrarán. Acto seguido, Michael el Negro se retiró y los Clayton descendieron en silencio a su camarote, abrumado el ánimo por los presentimientos más sombríos.

Lord Greystoke no creía que el gerifalte de los amotinados albergase la intención de notificar al gobierno británico el paradero de los dos súbditos abandonados, ni tampoco tenía la certeza de que no surgiese alguna traición, cuando, al día siguien­te, los marineros los trasladasen a tierra con sus pertenencias.

Una vez fuera de la vista de Michael el Negro, cualquiera de aquellos miserables podía liquidar­los, y la conciencia del jefe quedaría libre de remor­dimientos.

Incluso aunque lograsen escapar a ese destino, ¿no se verían expuestos inmediatamente después a peligros aún más graves? Si estuviera él solo, podría sobrevivir años y años, ya que era fuerte y atlético. ¿Pero qué iba a ser de Alice y de la otra vida que pronto iba a aparecer en medio de un mundo primiti­vo, pleno de rigores y peligros?

El hombre se estremeció al reflexionar en la terri­ble gravedad, la espantosa desesperanza de su situa­ción. Sin embargo, la misericordiosa Providencia le evitó columbrar en toda su magnitud la espeluznante realidad de lo que les esperaba en las torvas profun­didades de aquella selva siniestra.

A primera hora de la mañana siguiente, los marineros apilaron sobre cubierta los baúles y cajas de los Clayton, que cargaron a continuación en los botes que aguardaban para trasladarlos a tierra. Era un equipaje constituido por una amplia va­riedad de enseres, puesto que los Clayton pre­veían una estancia de cinco a ocho años en su nuevo hogar. De modo que, aparte de los numero­sos artículos de primera o segunda necesidad, lle­vaban también muchos objetos de lujo.

Michael el Negro estaba firmemente decidido a que no quedase a bordo ninguna pertenencia de los Clayton. Difícil resultaba determinar si tal actitud era producto de la compasión o la motivaba algún desconocido interés egoísta.

Indudablemente, en cualquier puerto del mundo civilizado costaría mucho explicar o justificar la presencia, a bordo de un barco sospechoso, de efectos propiedad de un funcionario británico desa­parecido.

En su celo para suprimir todo vestigio de su actuación delictiva,Michael el Negro se esforzó hasta el punto de obligar a los marineros a devolver a Clayton los revólveres que le habían distraído. Cargaron en los botes sacos de galletas y tasajo, junto con una pequeña provisión de patatas, alu­bias, cerillas y utensilios de cocina, una caja de herramientas y las velas viejas de lona que Michael el Negro les había prometido.

Como si sospechase que sus hombres pudieran cometer lo que Clayton había sospechado, Michael el Negro los acompañó hasta la orilla en una de las barcas y fue el último en retirarse cuando los botes, tras llenar de agua potable los barriles de la nave, emprendieron a golpe de remo el regreso al anclado Fuwolda.

Mientras las barcas se alejaban despacio por las tranquilas aguas de la bahía, Clayton y su esposa contemplaron en silencio su bogar… lacerado el pecho por la sensación de profunda impotencia ante el inminente desastre que sin duda les ace­chaba.

A su espalda, desde lo alto de un cerro, otros ojos observaban: ojos entrecerrados, malévolos, que relucían bajo unas cejas hirsutas.

Cuando el Fuwalda atravesó la estrecha salida de aquel puerto natural y un promontorio lo ocultó a la vista, lady Alice echó los brazos al cuello de su marido y estalló en sollozos incontrolables. Había afrontado valerosamente los peligros del motín; con heroica entereza contempló las amena­zas que presagiaba el terrible futuro; pero ahora que el terror de la soledad absoluta se abatía sobre ellos, los abrumados nervios de la muchacha cedie­ron y se produjo la reacción.

Clayton no intentó siquiera enjugarle las lágrimas. Consideraba que era mejor que fuese la propia natu­raleza la que aliviase el estallido de unas emociones largo tiempo reprimidas. Transcurrieron varios minutos antes de que la joven —que era poco más que una chiquilla— recobrara el dominio de sí.

—¡Oh, John, que horroroso es esto! —exclamó al final—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué podemos hacer? —Sólo podemos hacer una cosa, Alice —Clayton habló en tono tranquilo, como si estuvieran senta­dos en el confortable saloncito de su casa—, y es trabajar. Nuestra salvación está en el trabajo. Bajo ningún concepto debemos concedernos tiempo para pensar, porque ese camino conduce a la locu­ra. Es preciso trabajar y esperar. Tengo la certeza de que vendrán a rescatarnos en seguida, en cuan­to resulte evidente que el Fuwalda se ha perdido, incluso aunque Michael el Negro no cumpla la pro­mesa que nos hizo.

—Pero, John, si se tratara sólo de nosotros dos —sollozó Alice—, podríamos resistirlo, pero…

—Sí, cariño —repuso Clayton, amorosamente—, también he estado pensando en eso; pero debemos afrontarlo, del mismo modo que hemos de plantar cara a lo que venga, sea lo que fuere, con el mejor de los ánimos y la máxima confianza en nuestra capacidad para superar todas las circunstancias, por adversas que puedan ser.

»Hace cientos de miles de años, en los remotos albores de la humanidad, nuestros antepasados hicieron frente a los mismos problemas que ahora se nos presentan a nosotros, y es muy posible que también en estos primitivos bosques vírgenes. El que nosotros estemos hoy aquí es la prueba de su victoria.

»¿Es que vamos a ser incapaces de hacer lo que hicieron ellos? Incluso podemos hacerlo mejor. ¿No contamos con los superiores conocimientos que nos ha proporcionado siglos de civilización? ¿No disponemos de los medios de protección, defensa y sostenimiento que la ciencia nos ha pro­porcionado? Adelantos y ventajas que ellos desco­nocían absolutamente. Lo que nuestros anteceso­res lograron, Alice, con instrumentos y armas de piedra y hueso, nosotros también podremos conse­guirlo. —¡Ay, John! Quisiera ser hombre y ver las cosas tal como las enfoca un hombre, pero no soy más que una mujer, que mira las cosas con el corazón más que con la cabeza y que lo que ve ahora es demasiado espantoso, demasiado inconcebible para expresarlo con palabras.

»Deseo con toda mi alma que tengas razón, John. Me esforzaré en lo posible para comportarme como una valerosa mujer primitiva, digna compañera del hombre primitivo.

En lo primero que pensó Clayton fue en disponer un refugio para pasar la noche; un cobijo que sir­viera para protegerles de las fieras depredadoras que merodearían al acecho.

Abrió la caja en que llevaba los rifles y municio­nes, armas que les permitirían estar conveniente­mente preparados frente a cualquier posible ataque que lanzaran sobre ellos mientras trabajaban. Después se dedicaron a localizar un sitio adecuado para dormir aquella primera noche. A cosa de cien metros de la playa había una pequeña explanada, desprovista casi totalmente de árboles; decidieron que, en su momento, construirían allí una casa estable, aunque consideraron que, provisionalmen­te lo mejor era montar una pequeña plataforma entre las ramas de los árboles, fuera del alcance de las fieras salvajes de mayor tamaño en cuyo reino se encontraban. Para ello, Clayton seleccionó cuatro árboles, que formaban un rectángulo de cerca de tres metros de lado, cortó las ramas largas de otros árboles y pre­paró con ellas una especie de bastidor, a unos tres metros por encima del suelo, ligando los extremos de las ramas a los troncos de los cuatro árboles con parte de la cuerda tomada de la bodega del Fuwolrla que Michael el Negro le había proporcionado.

Clayton entretejió una tupida superficie, con ramas más pequeñas, que colocó de un lado a otro del bastidor. Cubrió el piso de esa plataforma con hojas de begonia de las llamadas «orejas de elefante», por su forma y tamaño, de las que abundaban profu­samente por allí. Tendió encima de ellas la lona de una enorme vela, plegada en varios dobleces.

A unos tres metros por encima del piso construyó otra plataforma, aunque algo más ligera, para que sirviese de techo, y colgando por los bordes de la misma, a guisa de paredes, suspendió el resto de las velas de barco.

El resultado final de su tarea fue un nido peque­ño y bastante acogedor, al que Clayton trasladó las mantas y parte del equipaje más ligero.

La tarde estaba muy avanzada y Clayton dedicó las horas restantes de claridad diurna a construir una escalera de mano por la que lady Alice pudiera subir a su nuevo hogar. Durante todo el día, la selva circundante fue un continuo hervidero de excitadas aves de brillante plu­maje y de agitados monos que no cesaron de ir de un lado a otro, bailoteando y parloteando sin cesar, mientras no quitaban ojo a los recién llegados y a sus maravillosas operaciones de construcción de un refu­gio aéreo, trabajo que los pequeños simios observa­ban con sumo interés y asombrada fascinación.

Clayton y su esposa no dejaron de mantenerse vigilantes, pero por mucho que forzaron la mirada no vieron animales de grandes proporciones, aun que en un par de ocasiones observaron que los pequeños simios del lugar llegaron chillando y chachareando desde un cerro próximo, hacia el que lanzaban ojeadas de terror por encima del hombro, como si huyeran de algo terrible que se ocultara al otro lado del montecillo.

Clayton dio por concluida su escala poco antes del crepúsculo y, tras llenar un recipiente de agua en el arroyo cercano, su esposa y él subieron a la relativa seguridad de su aposento suspendido en el aire.

Como hacía bastante calor, Clayton puso las cor­tinas laterales sobre el tejado de lona y cuando estaban sentados, a la turca, encima de las man­tas, lady Alice aguzó la vista, fija en la oscuridad de la selva, alargó repentinamente la mano y aferró los brazos de Clayton.

—¡Mira, John! —musitó—. ¿No es un hombre eso que hay ahí?

Al volver la cabeza para mirar en la dirección que indicaba su esposa, lord Greystoke vio recortada borrosamente sobre la oscuridad del fondo una gigantesca figura erguida en lo alto del cerro. Durante unos segundos la figura permaneció inmóvil, como si estuviera escuchando y luego dio media vuelta, muy despacio, para acabar fun­diéndose entre las sombras del bosque. —¿Qué era eso, John?

—No lo sé, Alice —respondió Clayton en tono grave—. Está demasiado oscuro para distinguir las cosas a tanta distancia y es posible que sólo se tra­tara de una sombra proyectada por la luna.

—No, John, si no era un hombre, era un remedo caricaturesco, inmenso y ridículo de un hombre. Tengo miedo, John.

Clayton la abrazó y le susurró al oído palabras de ánimo y cariño.

Poco después, bajó las cortinas de lona y las ató sólidamente a los árboles. Con la salvedad de una pequeña hendidura, cara a la playa, quedaron ais­lados, cerrados por completo.

Como la negrura de la noche envolvía en densas tinieblas el interior de aquel refugio aéreo, se ten­dieron sobre las mantas para intentar conseguir, a través del sueño, una breve tregua de olvido. Clayton se echó delante de la abertura frontal, con un rifle y un par de revólveres a mano.

Apenas había cerrado los párpados cuando a su espalda, en la espesura de la selva, resonó el estre­mecedor rugido de una pantera. Se fue repitiendo, cada vez más cerca, hasta que pudieron oír a la enorme fiera justo debajo de donde se hallaban. Durante más de una hora, a los oídos de lord y lady Greystoke no dejó de llegar el rumor de la res­piración de la pantera y el rasguear de las uñas de la fiera contra los troncos de los árboles que soste­nían la plataforma. Por fin, la pantera decidió ale­jarse a través de la playa, donde Clayton la vio cla­ramente a la luz de la luna: una bestia hermosa y colosal, la mayor que John Clayton había contem­plado jamás.

Casi no pudieron pegar ojo durante las largas horas de tenebrosidad nocturna, a excepción de unos cuantos retazos breves de sueño preñados de temores, porque los ruidos de la inmensa selva, por la que pululaban miles de animales sal­vajes, ponían de punta sus agitados nervios, de modo que los alaridos penetrantes y el rumor de los movimientos furtivos de las fieras que despla­zaban sus cuerpos gigantescos por debajo de su refugio los despertaron sobresaltados más de cien veces.

Capítulo 3. Vida y muerte

La mañana los encontró muy poco descansados, por no decir que nada, pero saludaron a la aurora con un sentimiento de inconmensurable alivio.

Tan pronto hubo consumido su frugal desayuno de tocino salado, café y galletas, Clayton puso manos a la tarea de construir su casa, convencido como esta­ba de que no podrían sentirse a salvo durante la noche, ni disfrutarían de paz espiritual, a no ser que contasen con cuatro sólidas paredes que les sepa­rasen eficaz y protectoramente de la vida que bullía en la selva.

La labor fue ardua y le costó buena parte de un mes, aunque sólo construyó una pequeña habitación. Una cabaña de troncos de unos quince centímetros de diámetro, cuyos intersticios rellenó con arcilla que extrajo del suelo, tras excavar unos palmos bajo la superficie.

Con piedras de tamaño adecuado, que encontró en la playa, dispuso una chimenea en un lado del inte­rior de la cabaña. También unió las piedras con barro y, una vez concluido el chamizo, lo revocó aplican­do una capa de arcilla de unos diez centímetros de espesor por toda la fachada.

Cubrió el hueco de la ventana con un trenzado de ramitas, entretejidas vertical y horizontalmente, de forma que constituían una especie de parrilla enre­jada lo bastante sólida como para resistir los embates de un animal de respetable fuerza. De esa mane­ra podían tener aire y ventilación sin menoscabo de la seguridad de la vivienda.

Montó el tejado, en forma de A, con un plano de pequeñas ramas muy juntas, sobre las que exten­dió una capa de hojas de palmera y largas hierbas de la selva, sobre las que extendió finalmente una capa de barro.

Fabricó la puerta con tablas de las cajas en que lle­vaba sus cosas, clavándolas atravesadas entre sí, en diversas capas, hasta constituir un cuerpo sólido de unos siete centímetros de grosor y de aspecto tan firme y sólido que al contemplarlo ambos no pudie­ron por menos que echarse a reír, muy satisfechos.

Tropezó entonces Clayton con la mayor dificultad de todas porque, una vez construida la maciza puer­ta, no tenía medios para fijarla en su sitio. Tras dos jornadas de laboriosos esfuerzos, sin embargo, con­siguió fabricarse dos robustas bisagras de madera durísima, con las que pudo montar la puerta de modo que se abriera y se cerrara fácilmente.

El estucado del interior de las paredes y los demás detalles finales lo realizó después de estar instalados dentro de su nuevo hogar, cosa que hicieron en cuan­to el tejado estuvo en su sitio. Por la noche, apilaban las cajas delante de la puerta y disponían así de una habitación relativamente segura y confortable.

La construcción del mobiliario, cama, sillas y estan­tes, fue tarea más bien sencilla, en comparación, y al término del segundo mes se encontraban perfecta­mente instalados, aunque el continuo temor a que les atacasen las fieras de la selva y la creciente impre­sión de soledad les impedía sentirse todo lo cómodos y felices que hubieran deseado.

Durante las horas nocturnas, bestias imponentes gruñían y rugían en torno a la minúscula cabaña, pero uno puede llegar a acostumbrarse de tal modo a los ruidos que se repiten, que acaba por no pres­tarles atención y por dormir como un tronco toda la noche.

En tres ocasiones columbraron fugazmente figu­ras semejantes a hombres gigantescos como la que habían vislumbrado la primera noche, pero nunca estuvieron lo bastante cerca como para determinar con certeza si aquellas formas entrevistas eran de hombres o de fieras.

Los micos y los pájaros multicolores se habituaron en seguida a la presencia de los nuevos vecinos y como evidentemente era la primera vez que veían seres humanos, en cuanto superaron la alarma inicial, fueron acercándose cada vez más, impe­lidos por esa extraña curiosidad que domina a las criaturas salvajes del monte, de la selva y de la lla­nura, de forma que antes de que hubiese transcu­rrido un mes, las aves llegaban incluso a aceptar la comida que les ofrecían las manos amistosas de los Clayton.

Estaba Clayton una tarde trabajando en la amplia­ción de la cabaña, a la que tenía intención de añadir varias habitaciones, cuando cierto número de aquellos grotescos amiguitos llegaron chillando y emitiendo agudos gruñidos de temor. Huían a través de los árbo­les, procedentes del cerro. En su carrera no dejaban de volver la cabeza repetidamente para mirar hacia atrás, asustados. Por último, se detuvieron cerca de Clayton y empezaron a chapurrear excitadamente, como si tratasen de advertirle de que se aproxima­ba un peligro.

Finalmente, lord Greystoke vio lo que aterraba a los micos: el hombrebestia que Alice y él habían vis­lumbrado fugazmente en alguna que otra ocasión.

Se acercaba a través de la selva, medio erguido, apoyando en el suelo de vez en cuando el dorso de sus cerrados puños. Era un enorme simio antropoi­de de cuya garganta, mientras avanzaba, salían pro­fundos refunfuños guturales y aúllos semejantes a ladridos.

Clayton se encontraba a cierta distancia de la caba­ña, de la que se había alejado en busca de un árbol que fuese particularmente apropiado para sus operaciones constructoras. Los meses de continua seguridad, en el transcurso de los cuales no había visto durante el día fiera peligrosa alguna, le hicieron confiarse de tal modo que dejaba descuidadamente en la cabaña los rifles y revólveres. Y entonces, al ver acercarse a aquel mono gigantesco que aplastaba la maleza mientras se dirigía hacia él, sin dejarle prácticamente ninguna vía de esca­pe, Clayton notó que un vago y ligero escalofrío reco­rría su columna vertebral.

Se daba perfecta cuenta de que, armado sólo con un hacha, sus posibilidades de salir bien librado fren­te a aquel monstruo feroz eran realmente escasas…

«Y Alice —pensó—: ¡Oh, Dios santo! ¿Qué será de Alice?»

Existía, no obstante, una remota posibilidad de lle­gar a la cabaña. Dio media vuelta y echó a correr hacia ella, al tiempo que lanzaba un grito de aviso para que su esposa se apresurara a cerrar la puerta en el caso de que el enorme simio le cortase a él la retirada. Lady Greystoke estaba sentada cerca de la caba­ña y al oír el grito de su marido alzó la cabeza y vio al mono que, con una agilidad casi increíble en un simio tan pesado y de tales proporciones, saltaba en un veloz intento de adelantarse a Clayton.

Alice dejó escapar un pequeño chillido, se precipi­tó hacia la puerta de la choza y, al tiempo que la fran­queaba, lanzó a su espalda un vistazo que le llenó el alma de terror. Porque la bestia había intercepta­do a Clayton, que, acorralado, esgrimía el hacha con las dos manos, listo para descargarla sobre el furio­so gorila en cuanto éste lanzase su ataque final.

—¡Cierra la puerta y atráncala, Alice! —previno Clayton a voz en grito—. Acabaré con este sujeto en dos hachazos.

Pero sabía que se enfrentaba a una muerte horri­ble, y que lo mismo le ocurriría a Alice. El simio era un macho colosal, que pesaría proba­blemente más de ciento treinta kilos. Sus crueles oji­llos, muy juntos, despedían fulgores de odio feroz bajo la espesura hirsuta de las cejas, mientras mostraba sus amenazadores colmillos y emitía un gruñido espe­luznante. Se detuvo momentáneamente ante su presa.

Por encima del hombro de la bestia, Clayton veía el quicio de la puerta de la cabaña, situada amenos de veinte pasos de distancia. Le invadió una oleada de horror al ver salir a su joven esposa, armada con uno de los rifles.

A Alice siempre le habían asustado las armas de fue­go y nunca se atrevía a tocarlas, pero en aquel momen­to se precipitaba hacia el mono, con la intrépida teme­ridad de una leona que protege a sus cachorros.

—¡Atrás, Alice! —gritó Clayton—. ¡Por el amor de Dios, atrás!

Pero la muchacha no le hizo caso y, en aquel pre­ciso instante, el mono descargó su ataque y Clayton ya no pudo añadir nada más.

Blandió el hacha con toda la fuerza de sus brazos, pero el poderoso simio la agarró con aquellas terri­bles manazas, la arrancó de los puños de Clayton y la arrojó lejos de allí.

Con un espantoso rugido, cerró los brazos en tor­no a su indefensa víctima, pero cuando se disponía a clavar sus colmillos sedientos de sangre en la gar­ganta de lord Greystoke, una retumbante detonación sacudió el aire y un proyectil se hundió en la espal­da del mono, entre los omoplatos.

El simio lanzó a Clayton al suelo y se volvió hacia su nuevo enemigo. Ante él estaba la empavoreci­da muchacha, que se esforzaba vanamente en meter otra bala en el cuerpo de la fiera. Pero no enten­día el mecanismo del arma y el percutor cayó infruc­tuosamente sobre un cartucho vacío.

Casi de modo simultáneo Clayton pudo ponerse en pie y, sin pensar en la inutilidad de su tentativa, corrió a separar al simio de la postrada figura de Alice.

Lo consiguió apenas sin esfuerzo. El enorme cua­drumano rodó inerte por encima de la hierba, fren­te a Clayton: estaba muerto. El proyectil había cum­plido su misión.

Un examen apresurado de su esposa indicó a Clayton que en el cuerpo de Alice no había ningu­na señal y lord Greystoke llegó a la conclusión de que la gigantesca fiera había muerto en el mismo segundo en que cayó sobre la mujer.

Con todo el cuidado del mundo, Clayton cogió en brazos la figura inconsciente de su esposa y la llevó a la cabaña, pero transcurrieron dos horas largas antes de que Alice recobrase el sentido. Sus primeras frases sembraron el ánimo de Clayton de una vaga aprensión.

Algún tiempo después de haber vuelto en sí, la muchacha lanzó una mirada de asombro por la estan­cia y luego, tras un suspiro de satisfacción, exclamó: —¡Oh, John, es tan verdaderamente maravilloso estar en casa! He tenido un sueño horrible, cariño. Soñé que ya no estábamos en Londres, sino en un lugar espan­toso donde nos atacaban unas fieras enormes.

—Vamos, vamos, Alice —Clayton le acarició la fren­te—, intenta volver a dormirte y no te preocupes de las pesadillas.

Aquella noche nació su hijito en la minúscula caba­ña levantada junto a la selva virgen, mientras un leo­pardo rugía ante la puerta y desde el otro lado del cerro llegaba el sordo bramar de un león. Lady Greystoke no se recuperó del sobresalto que le produjo el ataque del gigantesco simio y, aunque vivió un año más, tras dar a luz a su hijo, no volvió a salir de la cabaña ni llegó a comprender del todo que ya no se encontraba en Inglaterra.

A veces preguntaba a Clayton qué eran aquellos extraños ruidos que se oían por la noche; dónde esta­ban los criados, que nunca aparecían por allí; y por qué tenían amueblada la estancia con aquellas pie­zas tan toscas. Pero aunque lord Greystoke siempre le decía la verdad, Alice nunca tomó conciencia de la realidad de la situación.

En otros aspectos se mostraba absolutamente racio­nal, y la dicha y la alegría que le proporcionaba tener aquel hijo y gozar de las atenciones con que la col­maba su esposo consiguieron que aquel año fuera, más que extraordinariamente feliz para ella, el más feliz de su joven vida.

Clayton no ignoraba que, de haber estado Alice en plena posesión de sus facultades mentales, los temores y aprensiones la habrían afligido continuamente, —por lo que aunque para él era un sufrimiento terrible verla así, en ocasiones casi se alegraba de que, por el propio bien de Alice, ésta no comprendiese las cir­cunstancias que les rodeaban.

Había abandonado bastante tiempo atrás la espe­ranza de que los rescatasen, a no ser que surgiera algún azar favorable. Con infatigable diligencia había ido adornando y mejorando el interior de la cabaña.

Pieles de león y de pantera cubrían el suelo. Armarios y estanterías se alineaban en las paredes. Curiosos jarrones que él mismo había hecho con barro de la zona albergaban ramos de preciosas flo­res tropicales. Cortinas de hierba y bambú decora­ban las ventanas, un revestimiento de madera recu­bría paredes y techo y un suelo de tablas entarimaba el piso. Trabajar aquella madera le resultó lo más arduo de todo, dada la escasez de herramientas de que disponía.

Se maravillaba de haber sido capaz de realizar con sus propias manos toda aquella labor, desacostum­brada para él. Pero le encantaba trabajar, ya que lo hacía por Alice y por la criaturita que había llegado para alegrarles, aunque aquella pequeña vida cen­tuplicaba las responsabilidades y los terribles apu­ros de la situación.

Durante el año que siguió, Clayton se vio atacado varias veces por los gigantescos simios, que ahora parecían infestar los alrededores de la cabaña; pero no volvió a aventurarse fuera de ella sin rifle y revól­veres, pese a que aquellas bestias formidables no le asustaban en exceso.

Había reforzado la protección de las ventanas y colocado en la puerta un pestillo especial de made­ra; de modo que cuando salía a cazar o a recoger fru­tos, lo que hacía asiduamente ya que era impres­cindible para asegurar la subsistencia, se marcha­ba con la seguridad de que ninguna fiera podía irrumpir en la casa.

Al principio cazaba bastante disparando desde las ventanas de la cabaña, pero el instinto no tardó en inculcar en los animales un saludable temor hacia aquella extraña guarida de la que brotaba el terrorí­fico trueno que producía el rifle de Clayton.

En sus ratos de ocio, lord Greystoke leía, con fre­cuencia en voz alta para que Alice lo escuchara, algu­no de los libros que había llevado para el nuevo hogar del matrimonio. Entre esos volúmenes figuraban varios infantiles —libros ilustrados, cartillas, libros de lectura—, porque sabía que su hijo habría cumplido los años suficientes para aprovecharlos antes de que pudieran regresar a Inglaterra.

En otras ocasiones, Clayton dedicaba su tiempo a escribir su diario, que se había acostumbrado a lle­var en francés y en el que dejaba constancia de los detalles de su nada corriente existencia. Ese diario lo guardaba bajo llave en una cajita metálica.

Un año justo después del nacimiento del niño, lady Alice falleció silenciosamente durante la noche. Era tan apacible la mujer que transcurrieron unas horas antes de que Clayton se percatara de que su esposa había muerto.

Lo espantoso de la situación fue filtrándose muy des­pacio en el ánimo de Clayton y es harto dudoso que lle­gara a comprender alguna vez toda la magnitud de su dolor y la terrible responsabilidad que caía sobre sus hombros, representada por la ineludible obligación de cuidar de aquel ser, su hijo, todavía un niño de pecho.

La última anotación que hizo en su diario data de la mañana siguiente al fallecimiento de lady Alice. Allí refiere Clayton los desconsolados detalles en un esti­lo sencillo que añade ternura a su lamento; porque denota una cansina apatía, resultado del largo tiem­po de tristezas y desesperanzas, que culminaba con aquel golpe cruel a cuyo sufrimiento difícilmente podría sobreponerse:

«Mi pequeño llora y pide que le den de mamar… Oh, Alice, Alice. ¿Qué debo hacer?». Y al escribir estas palabras, las últimas que iba a trazar su mano, John Clayton dejó caer pesadamen­te la cabeza sobre los brazos extendidos encima de la mesa que había construido para Alice, que ahora yacía fría e inmóvil en la cama, cerca de él.

Durante un buen rato, ningún sonido interrumpió la quietud, el silencio mortal del mediodía de la sel­va, salvo el lloriqueo lastimoso de la diminuta cria­tura humana.

Capítulo 4. Los monos

En la floresta de la altiplanicie, a kilómetro y medio del océano, el viejo Kerchak el Mono se agitaba entre sus congéneres, presa de un frenético acceso de furia. Los miembros más jóvenes y ágiles de la tribu huye ron a la desbandada hacia las copas de los grandes árboles, para eludir la cólera del jefe; preferían arriesgar la vida desplazándose por ramas que apenas soportarían su peso, a afrontar la ira incontrolada del viejo Kerchak. Los demás machos se dispersaron en todas direcciones, pero no antes de que la exasperada bestia hubiese quebrado con sus poderosas y espumeantes mandíbulas las vértebras de uno de ellos. Una desgraciada hembra joven resbaló en la insegura rama que la sostenía y fue a parar al suelo, casi a los pies de Kerchak.


Al tiempo que profería un grito salvaje, la bestia se precipitó sobre ella, le desgarró una buena parte del costado de una feroz dentellada y luego empezó a golpearla sañudamente en los hombros y en la cabeza, con una rama rota, hasta hacerle trizas el cráneo. La mirada de Kerchak se posó después en Kala, que había ido en busca de alimento y regresaba con su hijito, ajena por completo al estado de iracundia violenta en que se encontraba el viejo macho. De súbito, los chillidos de aviso de sus semejantes la advirtieron y Kala intentó emprender una loca huida.

Pero Kerchak se encontraba muy cerca de ella, tan cerca que poco le faltó para agarrarla de un tobillo. El macho lo hubiera conseguido de no andar Kala lo suficientemente lista como para dar un gran salto en el espacio y lanzarse de un árbol a otro: una maniobra peligrosísima, que los simios rara vez intentan, a menos que se vean acorralados por alguna amenaza y no tengan más alternativa.

El primer salto le salió muy bien, pero cuando se agarraba a la rama del otro árbol, la repentina sacudida del movimiento hizo que se desprendiera la cría que se aferraba a su cuello y Kala vio que su hijito, entre aullidos espeluznantes, caía retorciéndose y dando volteretas en el aire, hasta estrellarse contra el suelo, tras un descenso de diez metros.


Al tiempo que emitía un pequeño grito, mezcla de espanto y desolación, Kala se lanzó de cabeza junto a su retoño, sin preocuparse del peligro que constituía Kerchak; pero cuando recogió el cuerpo destrozado de su hijito y se lo llevó al pecho, la vida había desaparecido de él. Sentada en el suelo, entre gemidos sordos, la abatida Kala acunó al pequeño; Kerchak no trató de moles­tarla. Con la muerte del pequeño se disipó la demoníaca furia del viejo macho tan súbitamente como había aparecido.

Kerchak era un formidable mono soberano, que pesaría cerca de ciento sesenta kilos. Tenía una fren te estrecha y hundida, ojillos diminutos, inyectados en sangre y muy juntos a los lados de la chata y basta nariz; sus orejas eran grandes y delgadas, aunque más reducidas que las de la mayoría de sus prójimos.

Su mal genio y su enorme fortaleza física le conferían una indiscutible superioridad en la pequeña tri bu, en cuyo seno había nacido cosa de veinte años antes. Se encontraba en la plenitud de la vida y en todo el bosque por el que se desplazaba no había un solo congénere que osara discutirle la supremacía de la jefatura, como tampoco se atrevían a incomodarle los demás animales gigantescos de la selva.

El viejo Tantor, el elefante, era el único de toda aquella región salvaje que no le temía… y también era el único al que temía Kerchak. Cuando Tantor barritaba, el gigantesco simio emprendía la retirada con sus compañeros y ascendía a las alturas de los árboles de la segunda terraza. La tribu de antropoides que regía Kerchak con mano de hierro y colmillos siempre a la vista, cons taba de seis u ocho familias, cada una de las cuales estaba formada por un macho adulto, con sus hembras y sus hijos. En total, la tribu ascendería a sesenta o setenta monos.

Kala era la compañera más joven de un macho llamado Tublat, que quiere decir nariz partida, y la cría que la mona había visto morir al precipitarse contra el suelo era el primer hijo que alumbraba; porque Kala sólo tenía nueve o diez años.

No obstante su juventud, Kala era grande y fuerte: un animal espléndido, de cuerpo bien proporciona do, largas extremidades y frente ancha y abombada, lo que denotaba una inteligencia superior a la de la mayoría de sus congéneres. Como madre también poseía una gran capacidad para el cariño y para el dolor.

Pero no dejaba de ser un mono, una fiera formidable, enorme y salvaje, perteneciente a la familia de 108 gorilas, pero con un nivel de inteligencia superior a la media de la especie; contar además con la fortaleza física de dicha especie convertía a los miembros de la tribu de Kerchak en los más terribles de aquellos antropoides predecesores del hombre. Cuando la tribu observó que la furia de Kerchak había cesado, procedieron a descender poco a poco de sus retiros arbóreos y a reanudar las diversas ocupaciones que habían interrumpido. Los jóvenes empezaron a zangolotear y juguetear entre los árboles y matorrales. Algunos adultos se tumbaron sobre la mullida capa de vegetación seca o a medio pudrir que tapizaba el suelo, mientras otros removían las ramas caídas o los montoncitos de tierra, a la búsqueda de insectos o pequeños reptiles, que solían formar parte de su dieta alimenticia.

Y aún había otros que se dedicaban a buscar en los árboles circundantes frutas, pájaros y huevos de ave.

Llevaban entreteniéndose así cosa de una hora cuando Kerchak los convocó, les ordenó que le siguie ran y echó a andar en dirección al mar.

Solían trasladarse por tierra, a pie, siempre que se tratara de terreno descubierto, siguiendo la sen da de los grandes elefantes cuyas ideas y venidas abrían los únicos caminos existentes a través de los embrollados laberintos de maleza, enredaderas, plan tas trepadoras, árboles y arbustos. Los monos cami­naban con desmañados movimiento balanceantes, apoyando en el suelo los nudillos de las manos cerra­das e impulsando hacia adelante sus corpachones desgarbados. Pero cuando se desplazaban por las enramadas bajas se movían con mayor rapidez. Saltaban de rama en rama con la misma agilidad de sus primos hermanos los micos. Durante todo aquel recorrido, Kala llevó apretado contra su pecho el cuerpecillo sin vida de su cría.

Poco después del mediodía llegaron a un altoza no desde el que se dominaba la playa. Allí, a sus pies, se alzaba la casita que, al parecer, era el objetivo de Kerchak.

Había visto caer a muchos de sus congéneres, muertos inmediatamente después de que resonara en el aire el estruendo que producía el bastón negro que empuñaba el extraño mono blanco que vivía en aquella guarida mágica. Y, en su mente bestial, Kerchak había adoptado la determinación de apode rarse de aquel mortífero instrumento y explorar el interior del misterioso cubil.

Anhelaba locamente, con todos sus feroces instintos, hundir los colmillos en el cuello de aquel extraño ser al que había aprendido a odiar y a temer. Tal era la razón por la que frecuentemente se acercaba allí con su tribu, para reconocer el terreno, a la espera de la oportunidad de coger desprevenido al simio blanco.

Últimamente se abstenían de atacar e incluso de dejarse ver; porque en cada ocasión que lo hicieron, el pequeño palo rugió fragorosamente y su terrible mensaje de muerte acabó con algunos miembros de la tribu.

Aquel día no se observaba el menor rastro del hombre por los alrededores y, desde la atalaya en que se encontraban, los monos vieron que la puerta de la cabaña estaba abierta. Despacio, cautelosa y silen­ciosamente, se deslizaron por la selva hacia la pequeña construcción. No hubo gruñidos ni fieros gritos rabiosos: el palito negro les había enseñado a aproximarse sin hacer el más leve ruido susceptible de despertarlo.

Fueron avanzando poco a poco y, por último, el propio Kerchak se llegó a la puerta y asomó sigilosa mente la cabeza para echar un vistazo al interior. Tras él iban dos machos y, a continuación, Kala, que seguía estrechando contra el pecho el cadáver de su hijo. Dentro de la guarida vieron al extraño mono blanco con medio cuerpo echado sobre la mesa y la cabe za enterrada entre los brazos. En el lecho había una figura cubierta por una lona y de una minúscula y rústica cuna se elevaban los lloriqueantes gemidos de un cachorro.

Kerchak entró silenciosamente, encogido sobre sí mismo, preparado para atacar. En aquel momento, John Clayton se incorporó con súbito impulso y su mirada tropezó con los simios.

El cuadro que vieron sus ojos debió de inundarle de horror, porque allí, en la misma puerta, pero den tro de la estancia,• se hallaban tres enormes monos, detrás de los cuales se arracimaban varios más; no llegó a saber cuántos, porque sus revólveres colgaban en la pared del fondo, junto al rifle, y Kerchak desencadenaba ya su asalto.

Cuando el mono rey soltó la desmadejada figura de quien había sido John Clayton, lord Greystoke, proyectó su atención sobre la cunita; pero Kala se le adelantó y, antes de que el gran simio alargase las manos, la mona se había apoderado ya de la criatura con rápido movimiento y, sin dar tiempo a Kerchak para que le cortara el paso, salió disparada hacia la puerta, cruzó el umbral y se refugió en la copa de uno de los árboles más altos.

Al tiempo que cogía el niño de Alice Clayton, Kala dejó caer el cadáver de su retoño en la cuna vacía; porque los gemidos de aquella criatura viva despertaron en el pecho de la mona el estímulo maternal que el hijo muerto ya no podía alentar.

En las ramas superiores de aquel árbol gigantes co, la mona apretó contra sí el gimoteante chiquillo y el instinto, tan predominante en el ánimo de aquella fiera como lo había sido en el de la tierna y her mosa madre —el instinto del amor materno—, no tardó en transmitir sus ondas tranquilizadoras al cerebro medio formado del cachorro de hombre, que al instante dejó de llorar. Después, el hambre colmó el foso que los separaba y el hijo de un lord inglés y una dama inglesa se amamantó en el pecho de Kala, la gran mona salvaje.

Mientras, los simios que se encontraban en el interior de la cabaña examinaban cautelosamente lo que contenía aquella insólita guarida.

Una vez convencido de que Clayton estaba muer to, Kerchak dedicó su atención a lo que yacía sobre la cama, cubierto por un trozo de vela de barco.

Cautelosamente levantó una esquina del sudario, pero cuando vio el cuerpo de la mujer que había deba jo tiró con brusquedad de la lona y cogió entre sus peludas manazas la blanca e inmóvil garganta.

Un momento después hundía profundamente los dedos en la fría carne y, al percatarse de que la mujer ya estaba muerta, se apartó de ella para examinar el resto de lo que había en el cuarto; no volvió a perder el tiempo con los cadáveres de lady Alice o sir John. Captó su atención el rifle que colgaba en una de las paredes; era el extraño palo, ensordecedor y mortífero cuya posesión llevaba meses anhelando; pero ahora que lo tenía a su alcance casi le faltaba valor para cogerlo.


Se fue acercando a aquel objeto, con toda la prudencia del mundo, listo para emprender la retirada precipitadamente si aquel barrote soltaba alguno de los profundos bramidos que Kerchak ya había escuchado en otras ocasiones, cuando encañonaba a aquellos miembros de su tribu que, impulsados por la ignorancia o la imprudencia, atacaban a aquel prodigioso simio blanco que lo esgrimía.

En lo profundo del cerebro de la bestia algo le aseguró que aquel bastón tonante sólo era peligroso cuan do lo empuñase alguien que supiera manipularlo, pero tuvieron que transcurrir varios minutos antes de que el mono se decidiera a tocarlo. En vez de hacerlo en seguida, anduvo de un lado a otro del cuarto, paseándose por delante del rifle y volviendo la cabeza para que ni por un segundo dejaran sus ojos de contemplar aquel objeto de deseo.

Se valía de sus largos brazos como un hombre utiliza las muletas, mientras su cuerpo se bamboleaba a derecha e izquierda al ritmo de las zancadas de sus idas y venidas. Todo ello sin dejar de emitir profundos gruñidos que de vez en cuando alternaba con alguno de aquellos alaridos penetrantes, sin duda el sonido más aterrador de toda la jungla. Se detuvo por fin frente al arma. Alzó despacio una de sus manos enormes hasta casi tocar con los dedos el brillante cañón del rifle, pero la retiró con brusquedad y reanudó sus celéricos pasos. Fue como si con aquel despliegue de osadía y con la ayuda de su salvaje vozarrón, la enorme bestia tra­tara de infundirse el suficiente valor para empuñar el rifle. Volvió a detenerse delante del arma y en esa oportunidad consiguió el objetivo de llevar su mano reacia hasta el frío acero… sólo para retirarla automáticamente y emprender de nuevo su nervioso paseo.

La extraña ceremonia se repitió varias veces, pero de una para otra el mono fue adquiriendo confianza hasta que, finalmente, el rifle abandonó el gancho del que colgaba y las manos del gigantesco simio lo sos­tuvieron.


Al comprobar que no le causaba ningún daño, Kerchak procedió a estudiarlo con más interés. Sus dedos la recorrieron de un extremo a otro, miró por el agujero de la boca hacia las negras profundidades internas del cañón, acarició el punto de mira, la recámara, la culata y, por último, el gatillo.

Mientras realizaba aquellas operaciones, algunos monos habían entrado en la cabaña y permanecían sentados en el suelo, junto a la puerta, con la mira da fija en el cacique de la tribu. Los de fuera, apiñados ante la entrada, extendían el cuello para echar un vistazo a lo que pasaba dentro. Inopinadamente el dedo de Kerchak apretó el gatillo. Se produjo un rugido ensordecedor en la peque ña estancia y los monos que estaban a un lado y otro de la puerta tropezaron atropelladamente y cayeron unos sobre otros en su frenética precipitación fugitiva.

Kerchak se llevó también un susto de muerte, tan aterrado se quedó que ni siquiera tuvo ánimo sufi ciente para arrojar lejos de sí el objeto causante de aquel estrépito terrible. El simio salió disparado hacia la puerta, con el rifle aún firmemente apretado en su mano. Al franquear el hueco, el punto de mira del arma se enganchó en el borde de la puerta, que se abría hacia adentro, y el ímpetu de la huida de Kerchak hizo que la hoja de madera se cerrase a sus espaldas.

Kerchak se detuvo a escasa distancia de la cabaña y, al darse cuenta de que aún llevaba cogido el rifle, se apresuró a soltarlo como si se tratara de un hierro al rojo vivo. No efectuó ningún otro intento de recogerlo; la atronadora detonación había sido demasiado para los nervios del simio. No obstante, ahora tenía el absoluto convencimiento de que aquel palo era completamente inofensivo si se le dejaba en paz, si no se le tocaba.

Hubo de pasar una hora antes de que los monos se recuperaran del sobresalto lo bastante como para acercarse de nuevo a la cabaña a fin de reanudar las investigaciones. Cuando finalmente lo hicieron, se llevaron un buen disgusto: la puerta estaba cerra da y atrancada de tal modo que no les fue posible forzarla.

El pestillo de resbalón que tan hábilmente había fabricado Clayton entró en la placa de cierre, a causa del portazo que dio Kerchak al trabársele la mira del rifle cuando salió, y a los monos no se les brindaba ninguna otra vía de acceso, porque las ventanas tenían fuertes barrotes enrejados.

Tras merodear un rato por los alrededores, los cuadrumanos iniciaron el regreso hacia la espesura de la selva y las zonas altas de donde procedieron. Kala no había descendido una sola vez de los árboles desde que trepó con la criatura recién adoptada, pero Kerchak le ordenó que bajase al suelo y se uniera a los demás. En la voz del mono rey no se apreciaba el más leve tono de cólera, por lo que la hembra no se hizo de rogar y se descolgó de rama en rama para unirse a la tribu, que regresaba a sus lares. Los que intentaron echar un vistazo al extraño nuevo hijo de Kala se vieron rechazados por los amena­zadores colmillos de la hembra, que no dudó en enseñarlos, feroz, al tiempo que emitía sordos gruñidos y voces de advertencia.


Cuando le aseguraron que nadie pretendía hacer daño a su cachorro, Kala les permitió acercarse, aun que de ninguna manera los dejó tocar a la criatura.

Era como si supiese que el niño era un ser débil, frágil y delicado, lo que le hacía temer que las toscas manos de sus congéneres le lastimaran.

Aún tomó otra precaución, la cual incrementaba para ella las dificultades de la marcha. No había olvidado la muerte de su retoño, así que sostenía con fuerza al niño, con una mano, mientras utilizaba sólo la otra para avanzar.

Los demás jóvenes viajaban sobre las espaldas de sus respectivas madres; aferrados los bracitos alre­dedor de los peludos cuellos y con las extremidades inferiores apretadas al cuerpo de las simias, bajo las axilas.

No lo llevaba así Kala, que apretaba firmemente contra su pecho el cuerpecillo del infantil lord Greys toke. Las diminutas manos del niño se agarraban a la larga pelambre negra que cubría el cuerpo de la mona. Kala no estaba dispuesta a correr ningún riesgo: ya había visto a su cría desprendérsele de la espalda y sufrir una muerte terrible. No deseaba que aquello se repitiera.

Capítulo 5. El simio blanco

Con toda su amorosa ternura, Kala crió al huerfanito, sin dejar de sorprenderse en silencio al observar que no desarrollaba la misma agilidad y fuerza física con que los monos de las otras madres se veían agraciados. Había transcurrido cerca de un año desde que el cachorro cayó en su poder y apenas podía caminar solo, y en cuanto a trepar… ¡qué torpe era, el pobre!

A veces, Kala debatía con las hembras mayores la cuestión, pero ninguna de ellas comprendía cómo era posible que aquel joven tardara tanto en aprender a valerse, a cuidar de sí mismo. Ni siquiera era capaz de encontrar alimentos por sí mismo. Y eso que hacía más de doce lunas que Kala lo encontró.

De haber sabido que el chiquillo tenía ya trece meses cuando ella se apoderó de la criatura, lo hubiera con­siderado un caso absolutamente perdido, sin la menor esperanza, porque los demás pequeños de su tribu estaban tan adelantados a las dos o tres lunas como aquel extraño crío al cabo de veinticinco.

Tublat, el compañero de Kala, se sentía dolidamente humillado y de no ser porque su hembra estaba siem­pre ojo avizor, se hubiera desembarazado del niño.

—Nunca será un gran mono —alegaba—. Siempre ten drás que llevarlo de un lado a otro y protegerlo con­tinuamente. ¿De qué le servirá a la tribu? De nada. Sólo será una carga. »Vale más abandonarlo, dejarlo dormido tranqui lamente entre las hierbas altas. Así podrás tener otros hijos, más fuertes, que nos protejan en la vejez.

—Eso, nunca, Nariz Partida —replicó Kala—. Si he de llevarle a cuestas toda la vida, lo llevaré. Tublat recurrió entonces a Kerchak, al que instó a emplear su autoridad sobre Kala para obligarla a renunciar al enclenque Tarzán, nombre que habían asignado al pequeño lord Greystoke y que signifi caba «Piel Blanca».

Pero cuando Kerchak abordó el asunto con Kala, ésta amenazó con abandonar la tribu si no la deja ban en paz con la criatura; y como ese era uno de los inalienables derechos de los habitantes de la selva que no se sintieran a gusto en su propia tribu, deja ron de molestarla, ya que Kala era una hembra joven, atractiva, bien proporcionada y esbelta, y no deseaban perderla. A medida que Tarzán fue creciendo, sus zanca das aumentaron en rapidez y, al cumplir los diez años, era un trepador excelente. Además, sobre el suelo, sabía hacer una infinidad de maravillas que sus pequeños hermanos eran incapaces de imitar.


Se distinguía de ellos en muchos aspectos y a menudo los dejaba admirados con su astucia, aunque en cuanto a tamaño y fortaleza se encontraba en inferioridad. Porque a los diez años los grandes antropoides habían alcanzado su plenitud física y algunos de ellos medían cerca del metro noventa de estatura, mientras que el pequeño Tarzán era un muchacho a mitad de su desarrollo.

¡Pero menudo muchacho! Desde la más tierna infancia se había valido de las manos para saltar de una rama a otra, a la manera que lo hacía su gigantesca madre, y durante toda la niñez se pasó horas y horas todos los días desplazándose con sus hermanos a toda velocidad por las copas de los árboles.

Podía cubrir de un salto un espacio de siete metros, en las alturas de la selva, sin sentir el menor vértigo, y agarrarse con absoluta precisión y perfecta suavidad a una rama que oscilase impulsada violentamente por los vientos precursores de un inminente huracán. Era capaz de descolgarse y cubrir siete metros de una rama a otra, en veloz descenso hasta el suelo, y coronar con la ligereza de una ardilla la cima más alta del más alto gigante arbóreo de la selva tropical.

Sólo contaba diez años, pero era ya tan fuerte como un hombre normal de treinta y era más ágil que la mayoría de los atletas practicantes. Y, de un día para otro, su fortaleza aumentaba. Su vida entre aquellos feroces simios había sido feliz, ya que no recordaba ninguna otra, ni sabía que exis­tiese en el universo otro mundo que no fuese el reducido bosque que formaba su medio ambiente y los ani­males salvajes con los que se había familiarizado.

Poco antes de cumplir los diez años empezó a dar se cuenta de que entre él y sus compañeros existían grandes diferencias. Su cuerpo menudo, bronceado por la vida al aire libre, le hizo sentir de pronto una aguda vergüenza, sobre todo al comprobar que carecía por completo de pelo, como era el caso de las serpientes o los otros reptiles que se arrastraban por el suelo. Intentó arreglarlo por el procedimiento de cubrir se de barro de los pies a la cabeza, pero, al secarse, el barro se desprendió. Y encima, le resultaba tan incómodo que no tardó en llegar a la conclusión de que era preferible la vergüenza a la incomodidad.

En la altiplanicie que frecuentaba la tribu había una laguna y fue en la tersa superficie de aquellas aguas límpidas donde Tarzán vio su rostro por primera vez. Era un día bochornoso de la estación seca y él y uno de sus primos habían bajado hasta la orilla para beber. Al inclinarse, las plácidas aguas reflejaron sus caras; las facciones realmente espantosas del gorila junto al semblante bien parecido del descendiente de una antigua y aristocrática casa inglesa.

Tarzán se sintió acongojado. Ya era malo carecer completamente de vello, ¡pero tener un rostro como aquel! Le sorprendió que los demás monos se moles taran en mirarle siquiera. ¡Aquella ridiculez de hendidura que tenía por boca y aquella insignificancia de dientecillos blancos! ¡Qué diferencia con los gruesos labios y las poderosas den taduras de sus afortunados hermanos!

Y luego aquella miseria de nariz puntiaguda. Tan delgada que parecía medio muerta de hambre. Enrojeció al compararla con los hermosos y anchos apéndices nasales de su compañero. ¡Qué nariz tan soberbia! ¡Si ocupaba casi la mitad del rostro! El pobrecillo Tarzán pensó que debía resultar maravilloso ser tan guapo.

Pero cuando reparó en sus propios ojos… ¡Ah!, ese fue el golpe definitivo. Un puntito castaño en el centro, un círculo gris alrededor y, luego, vulgar blancura. ¡Qué horror! Ni siquiera las serpientes tenían unos ojos tan repugnantes como los suyos!

Estaba tan absorto en la evaluación personal de sus facciones que no oyó el susurro de las altas hierbas, que se separaron a su espalda para abrir paso a un enorme cuerpo que avanzaba sigilosamente por la selva; tampoco lo percibió su compañero, el otro simio, el cual bebía con tal entusiasmo que los chas­quidos de sus labios y los borboteos de satisfacción ahogaron el casi inaudible rumor del intruso que se acercaba.

A menos de treinta pasos de distancia de Tarzán y de su acompañante, se agazapaba Sabor, la leona, cuya cola sacudía el aire como un látigo. Adelantó cautelosamente una de sus garras y la apoyó en el suelo sin el menor ruido, antes de alzar la otra. Así avanzaba; con el vientre bajo, casi rozando el suelo: un gran felino que se preparaba para saltar sobre su presa. Se encontraba ya a tres metros de los dos compañeros de juego, ajenos al peligro que se cernía sobre ellos. Tensó cuidadosamente los cuartos traseros y los enormes músculos vibraron bajo la preciosa piel.

Se había encogido de tal forma que parecía pega da, aplastada contra el suelo, salvo en el arco vertical que formaba el lustroso lomo, lista para saltar. La cola había dejado de flagelar el aire: ahora estaba inmóvil, estirada hacia el suelo tras el animal.

Hizo una pausa en esa postura, como si se hubiese petrificado de pronto, y luego, con terrible rugido, surcó rauda el aire como impulsada por un resorte.

Sabor, la leona, era una cazadora inteligente. A otra menos sabia le hubiese parecido una estupidez dar la alarma con aquel rugido pavoroso, porque ¿no habría sido más acertado y seguro caer sobre sus víctimas silenciosamente, sin advertirlas mediante aquel grito?

Pero Sabor conocía muy bien la portentosa rapidez de reflejos de los pobladores de la selva y sus poco menos que increíbles facultades auditivas. Para ellos, el súbito rumor de una hoja de hierba al frotarse con­tra otra constituía un aviso tan efectivo como el ulu lato más sonoro, y la leona no ignoraba que le era imposible ejecutar su salto sin producir algún ruido, por leve que fuese. Su salvaje rugido no fue ningún aviso. Lo soltó con el fin de que sobrecogiera a sus víctimas y las dejase paralizadas de terror durante la exigua fracción de segundo que la leona precisaba para que sus poderosas garras se clavaran en la suave carne y la presa no tuviese la más remota posibilidad de escapar.

En lo que se refería al mono, la lógica de Sabor fue correcta. El simio se encogió sobre sí mismo y, duran te un momento, permaneció paralizado y tembloroso. Sólo un momento, pero lo suficientemente largo para que fuese su ruina.

Sin embargo, no ocurrió lo mismo con Tarzán, el niño humano. La vida entre los peligros de la jungla había aguzado sus reflejos y el muchacho reaccionaba con celeridad y eficacia ante cualquier circunstancia inesperada. Su superior nivel de inteligencia le proporcionaba una agilidad mental que estaba lejos de las posibilidades de los simios.

De forma que el grito de Sabor, la leona, no sólo puso en guardia el cerebro y los músculos del pequeño Tarzán, sino que le impulsó automáticamente a la acción. Ante sí se extendían las aguas profundas del pequeño lago; por detrás, una muerte segura; una muer te cruel, bajo zarpas y colmillos desgarradores.

Tarzán siempre había odiado el agua, salvo como medio para apagar la sed. La aborrecía porque la rela­cionaba con el frío y el fastidio de las lluvias torrenciales y la temía por los truenos y relámpagos que acompañaban a aquellos diluvios. Su selvática madre le había enseñado a evitar las aguas profundas del lago y, por otra parte, ¿no vio pocas semanas antes al pequeño Neeta hundirse bajo la tranquila superficie para no volver nunca más a la tribu?

Pero entre las dos ominosas contingencias, el pres to cerebro de Tarzán optó por la menos mala; se deci­dió mientras la primera nota del rugido de Sabor aún seguía quebrando la quietud de la selva. Antes de que el formidable félido hubiese recorrido la mitad del espacio de su salto las frías aguas del lago cubrían el cuerpo de Tarzán.

No sabía nadar y tampoco hacía pie, pero no perdió un ápice de esa confianza en sus recursos que era el distintivo de su personalidad superior.

Procedió a mover rápidamente las manos y los pies en un intento de impulsarse hacia arriba y, acaso gra­cias a la casualidad más que al propósito, dio con el estilo de braceo que emplean los perros cuando nadan. Al cabo de unos segundos, su nariz emergía por encima de la superficie y comprobó que no sólo podía man tenerse a flote moviendo los brazos como estaba haciendo, sino que incluso le era posible avanzar surcando las aguas.


Descubrir aquella nueva habilidad, que se manifestaba en él de pronto, fue una sorpresa que le encantó, pero tampoco disponía de mucho tiempo para regodearse pensando en ello. Nadaba en paralelo a la orilla y allí vio a la cruel bestia carnívora agachada sobre la inerte figura del mono. Si no hubiese andado listo, él habría corrido la misma suerte que su pequeño compañero de juegos.

La leona observaba atentamente a Tarzán, con la evidente idea de esperar que volviera a la orilla, pero el muchacho no albergaba la menor intención de hacer tal cosa.

Lo que sí hizo, en cambio, fue lanzar al aire el grito pidiendo ayuda propio de la tribu, sin olvidarse de añadir las notas que advertirían a quienes acudieran a rescatarle que debían tomar las precauciones opor­tunas para eludir las garras de Sabor. La respuesta le llegó casi de inmediato, a través de la distancia, mientras cuarenta o cincuenta grandes simios iniciaban su veloz y majestuoso vuelo de árbol en árbol, rumbo al escenario de la tragedia.

A la cabeza de la partida iba Kala, que había reconocido el timbre de voz de su adorado hijo adoptivo y, con ella, la madre del pequeño antropoide que yacía muerto bajo la implacable Sabor. Aunque mucho más poderosa y mejor dotada para la lucha que los simios, la leona no tuvo el menor interés en enfrentarse a aquella patrulla de enfurecidos monos adultos y, tras un gruñido de despechado odio, juzgó conveniente lanzarse de un salto al interior de la maleza y perderse en la espesura.

Tarzán nadó hasta la orilla y salió rápidamente del agua. La sensación de frescura y euforia que el lago le había proporcionado inundaba su ser de agradecida sorpresa y, a partir de entonces, todos los días que le era posible, nunca dejaba de aprovechar la oportunidad de darse un chapuzón en la laguna, en algún riachuelo o en el océano.

A Kala le costó mucho tiempo acostumbrarse a verle realizar aquellas exhibiciones, porque si bien los miembros de su tribu nadaban cuando se veían obligados a ello, a ninguno le hacía gracia meter se en el agua y jamás lo hacían por propia voluntad.

El incidente de la leona procuró a Tarzán un cúmulo de agradables recuerdos, porque tales lances que­brantaban la monotonía de la vida diaria que, en general, era una tediosa rutina consistente en bus car alimento, comer y dormir.

La tribu a la que pertenecía Tarzán deambulaba por una superficie de terreno que se extendía apro­ximadamente a lo largo de cuarenta kilómetros de costa y se adentraba en tierra unos ochenta y tan tos. Recorrían aquel territorio casi constantemente, aunque a veces permanecían varios meses esta cionados en algún punto de la zona. Pero como se desplazaban con gran velocidad a través de los árbo les cubrían toda aquella demarcación en muy pocas jornadas.

Todo ello dependía en buena medida de las existencias de provisiones de boca, de las condiciones meteorológicas o del predominio en determinados parajes de animales de especies más peligrosas; aun­que, con frecuencia, Kerchak los obligaba a efectuar largas marchas sin más motivo que el hecho de que se había cansado de estar en un sitio.

Pernoctaban allí donde les sorprendía la oscuridad, se acostaban en el suelo, algunas veces se cubrían la cabeza, y en raras ocasiones el cuerpo, con grandes hojas de la hierba llamada oreja de ele fante. Si la noche era fría, se acurrucaban en grupos de dos o tres, abrazados, para aprovechar el calor corporal del compañero. Durante todos aquellos años, Tarzán había dormido siempre en brazos de Kala.

Aquella bestia feroz y gigantesca quería a aquel cachorro de otra raza con un cariño inconmensura ble y, por su parte, Tarzán dedicaba a aquel formidable animal peludo todo el afecto que hubiera correspondido a su hermosa y joven madre, caso de que viviese. Cuando Tarzán se mostraba desobediente, Kala no tenía reparo en abofetearle, pero nunca era riguro sa con él y le acariciaba con mucha más frecuencia con que le castigaba. Tublat, la pareja de Kala, nunca dejó de odiar a Tarzán y en más de una ocasión estuvo a punto de poner fin a la joven existencia del chico. A su vez, Tarzán nunca perdía la ocasión de demostrar a su padre adoptivo que correspondía como era debido a sus sentimientos y, siempre que podía jeringarle sin correr riesgo, desde la protectora seguridad de los brazos de Kala o desde las ramas delgadas de las alturas de los árboles, obsequiaba a Tublat con muecas burlonas o gritos insultantes.

Ser más despabilado y más astuto permitía a Tarzán inventar mil tretas diabólicas para llevarle por la vía de la amargura, para añadir más complicaciones a la vida de Tublat.

De pequeñito, Tarzán había aprendido a fabricar cuerdas a base de atar y retorcer tallos de hierba, cuerdas con las que hacía dar traspiés a Tublat o intentaba col garle de alguna rama sobresaliente.

A fuerza de juguetear y de experimentar con las hierbas, aprendió a hacer nudos, cada vez menos toscos, y lazos corredizos, con los que tanto él como sus jóvenes compañeros pasaban buenos ratos. Los otros monos trataban de hacer lo mismo que Tarzán, pero sólo él sabía crear cosas nuevas y sacarles partido.

Un día, mientras jugaban, Tarzán arrojó la cuerda hacia uno de sus compañeros que trataba de alejarse. Sostuvo firmemente agarrado el otro extremo de la soga. Por puro azar, el lazo pasó por la cabeza del mono, descendió hasta el cuello y detuvo en seco al sorprendido animal. «¡Atiza!», pensó Tarzán. Ahí tenía un juego nuevo, un estupendo sistema de caza, le faltó tiempo para repetir la jugada. Y así, mediante la práctica afanosa y continua, aprendió y dominó el arte de echar el lazo.

A partir de entonces, la vida de Tublat fue una constante pesadilla. Durante sus horas de sueño o en ple na marcha, de noche y de día, la posibilidad de que un silencioso nudo corredizo se ciñera alrededor de su cuello y estuviese a punto de estrangularle era una amenaza que en cualquier momento podía concretarse. Y Tublat nunca sabía cuándo.


Kala castigaba a Tarzán. Tublat juraba tomarse cumplida venganza y el viejo Kerchak, al enterarse de la situación, advirtió y amenazó al travieso muchacho. Pero ninguna de tales medidas sirvió de nada.

Tarzán los desafiaba a todos, y el fino y fuerte lazo corredizo siguió cayendo en torno al cuello de Tublat, cuando éste menos lo esperaba. Los demás simios disfrutaban enormemente con los sinsabores de Tublat, ya que Nariz Partida era un sujeto antipático que, de todas formas, no le caía bien a nadie.

En el esclarecido cerebro de Tarzán se agitaban siempre infinidad de ideas, detrás de las cuales, en el fondo, bullía su admirable capacidad de raciocinio.

Si era capaz de prender a sus compañeros simios con el largo brazo hecho de hierbas trenzadas, ¿por qué no podía atrapar a Sabor, la leona?

Fue el germen de un proyecto que, sin embargo, estuvo destinado a dar un sinnúmero de vueltas en el consciente y subconsciente de Tarzán antes de que se convirtiese en una proeza magnífica. Pero eso sucedió años después.

Capítulo 6. Combate en la jungla

Las idas y venidas de la tribu llevaba con frecuencia a sus miembros a las proximidades de la silente y cerrada cabaña construida cerca de la bahía. Para Tarzán eso representaba siempre un foco de misterio y placeres infinitos.

Solía atisbar por las ventanas encortinadas o, tras subirse al tejado, mirar por la negra boca de la chimenea, en inútil intento de descubrir las incógnitas maravillas que encerraban aquellas robustas paredes.

Su fantasía infantil imaginaba criaturas prodigiosas dentro de la cabaña y la imposibilidad de forzar la entrada multiplicaba por mil su anhelo de lograrlo.

Se pasaba horas y horas paseando por el tejado y estudiando las ventanas, pero no conseguía dar con el modo de acceder al interior de la choza. Lo cierto es que prestó escasa atención a la puerta, porque aparente mente era tan sólida como las paredes.

En el curso de la primera visita a las inmediaciones, después de la aventura con la vieja Sabor, cuan do Tarzán se acercaba a la construcción observó que, vista a cierta distancia, la puerta parecía ser parte independiente de los muros en que estaba encajada y, por primera vez, se le ocurrió que quizás aquella fuese la vía de acceso que tanto tiempo llevaba bus cando infructuosamente.

Estaba solo, como a menudo era el caso cuando visitaba la cabaña, porque los monos no sentían pre­cisamente afecto hacia ella; la historia del palo tonan te que sembraba muerte no había perdido eficacia en el curso de los diez años que llevaban transmitiéndosela unos a otros, y la desierta vivienda del hombre blanco seguía envuelta, para los simios, en una atmósfera aterradora y sobrenatural.

Nadie le había contado a Tarzán su relación directa con la cabaña. El lenguaje de los monos tenía tan pocas voces que, aunque podían decirse cosas, carecían de las palabras adecuadas para describir con exactitud tanto a los moradores de la cho za como sus enseres y pertenencias, de modo que, mucho antes de que Tarzán alcanzara la edad suficiente para comprenderlo, la tribu había olvidado el asunto.

Sólo en cierta manera confusa y ambigua Kala le había explicado que su padre, el padre de Tarzán, fue un extraño mono blanco, pero el muchacho ignoraba que Kala no era su madre.

Aquel día, pues, Tarzán se dirigió a la puerta y dedicó varias horas a examinar y forcejear con los goznes, la cerradura y el pomo. Al final dio con la combinación apropiada y, frente a sus atónitos ojos, la hoja de madera se abrió, chirriante.

Pasaron varios minutos antes de que Tarzán se decidiese a entrar, pero, finalmente, una vez se acos­tumbraron sus ojos a la penumbra del interior, se aventuró a entrar lenta y cautelosamente. En medio del cuarto yacía un esqueleto, del que había desaparecido ya todo residuo de carne pero en torno al cual colgaban los putrefactos y andrajosos restos de lo que tiempo atrás fueron las ropas del muerto. Encima de la cama se encontraba tendida, en similares condiciones, otra espantosa osamenta, aunque de menor tamaño, mientras que en una con tigua se encontraba un tercer esqueleto, mucho más pequeño que los otros.

El joven Tarzán no prestó más que una atención fugaz a todas aquellas pruebas de una terrible tragedia ocurrida bastante tiempo atrás. Durante su vida en la selva virgen había visto los suficientes animales muertos o moribundos como para estar inmunizado y es posible que aunque hubiera sabido que tenía ante sus ojos los restos mortales de sus padres tampoco habría sentido ninguna emoción especial.

Lo que sí despertó su interés fueron los muebles y demás objetos que había en la cabaña. Examinó algunos minuciosamente —armas y herramientas extrañas, libros, papel, prendas de vestir—, los pocos que habían soportado los devastadores efectos del tiempo en aquella húmeda atmósfera de la selva costera.

Abrió armarios y cajones —actos que no resultaban inasequibles a su escasa experiencia—, el contenido de los cuales estaba mejor conservado. Encontró, entre otras cosas, un cuchillo de caza con cuya afilada hoja se hizo inmediatamente un corte en un dedo. Sin que eso le asustase lo más mínimo, continuó con sus experimentos y, al comprobar lo fácil que le resultaba esgrimir un hacha que había encontrado, aprovechó la circunstancia para arrancar unas cuantas astillas a la mesa y a las sillas con su nuevo juguete. Se lo estuvo pasando en grande un buen rato, pero acabó por cansarse de darle al hacha y continuó sus exploraciones. En un armario repleto de libros vio un volumen con imágenes de alegres colores: una cartilla con alfabeto ilustrado:

A, de Arquero: el que dispara flechas con arco. B, de Bebé: se llama Joe.

Las ilustraciones le interesaron extraordinariamente.

Había muchos monos con cara semejante a la suya y al pasar las páginas del libro encontró, en la M, algunos micos como los que veía saltar a diario entre las ramas de los árboles de su selva virgen. Pero en ninguna parte vio imágenes de miembros de su pueblo; en todo el libro no había nadie que se pareciese a Kerchak, a Tublat o a Kala.

Al principio trató de arrancar de las hojas aquellas figuritas, pero no tardó en comprender que no eran reales, aunque ignoraba qué podían ser ni disponía de palabras para describirlas. Barcos y trenes, vacas y caballos carecían de significado para él, pero no le resultaban tan descon­certantes como las extrañas figuritas situadas deba jo de los dibujos de colores. Pensó que podría tratarse de alguna clase de insectos raros, porque muchos de ellos tenían patas, aunque no vio ninguno que tuviese ojos ni boca. Fue aquel su primer encuentro con las letras del alfabeto, y apenas habría rebasado entonces los diez años de edad.

Naturalmente, nunca había visto nada impreso, ni siquiera había hablado con un ser viviente que tuviese la más remota idea acerca de que existiera algo como el lenguaje escrito, ni, desde luego, había visto nunca a nadie entregado a la lectura.

Nada tiene de extraño, pues, que aquel chiquillo se encontrase completamente perdido, incapaz de suponer siquiera el significado de aquellas extrañas figuras.

Hacia la mitad del libro se tropezó con su vieja ene miga, Sabor, la leona, y, un poco más adelante, el cuerpo enrollado de Histah, la serpiente.

¡Ah, aquello era de lo más fascinante! En sus diez años de vida nunca había disfrutado tanto de una cosa. Tan absorto estaba revisando el libro que no se percató de que se aproximaba la oscuridad de la noche, hasta que la tuvo encima y las imágenes empezaron a hacerse borrosas. Volvió a poner el libro en su lugar y cerró la puerta del armario, ya que no deseaba que alguien más encontrara y destruyese aquel tesoro. Al salir, mientras las sombras nocturnas se espesaban, cerró la puerta de la cabaña, dejándola como estaba antes de que él descubriese el modo de abrirla. Antes de abandonar la cabaña, sin embargo, había reparado en el cuchillo de caza, caído en el suelo, y lo recogió para enseñárselo a sus compañeros.

Apenas había dado una docena de pasos en dirección a la selva cuando una ingente forma surgió de entre las negruras que envolvían un arbusto y se irguió ante él. De momento creyó que era alguien de su misma tribu; pero al cabo de unos segundos reconoció a Bolgani, el gigantesco gorila. Estaba tan cerca que no existía la menor posibilidad de huir y el pequeño Tarzán comprendió que no le quedaba más remedio que plantarle cara y luchar en defensa de su vida. Porque aquellas formidables bestias eran enemigos mortales de su tribu y ni unos ni otros daban o pedían nunca cuartel.

De haber sido Tarzán un mono macho adulto de la especie de su tribu, la pelea habría estado más igua­lada, pero al no ser más que un muchachito inglés, aunque de músculos extraordinariamente desarrolla dos, no tenía la menor posibilidad frente a aquel despiadado antagonista. Sin embargo, por las venas del chico circulaba la sangre de lo más excelso de una raza de formidables guerreros y, además, su ánimo se veía respaldado por el adiestramiento que le proporcionó su breve pero intensa existencia entre las fieras de la jungla.

Desconocía el miedo, tal como lo sentimos nosotros. Su corazón aceleró los latidos a causa de la exci­tación y el estímulo de la aventura. Si se le hubiese presentado la oportunidad de escapar, la habría apro­vechado, pero sólo porque la sensatez le decía que no era rival para aquella mole feroz que tenía delante. Pero puesto que la razón le informaba de que no era posible la huida, se aprestó a combatir cara a cara, a hacer frente al gorila, decidida y valerosamente, sin que le temblase un solo músculo, sin mostrar el más leve síntoma de pánico.

Lo cierto es que recibió al simio cuando éste se hallaba a mitad de su asalto; pero el impacto de los golpes asestados por los puños de Tarzán en el corpachón del enorme gorila fue tan poco efectivo como hubieran resultado los intentos de un mosquito que atacara a un elefante. No obstante, aún conservaba Tarzán en una mano el cuchillo encontrado en la cabaña de su padre y cuando la bestia, descargando golpes y arreando mordiscos, se precipitó sobre el muchacho, éste volvió accidentalmente la punta del cuchillo hacia el peludo pecho del gorila. Cuando el arma se hundió profundamente en el cuerpo, el cua­drumano soltó un alarido de rabia y dolor.

Pero en aquellos breves segundos el chico había aprendido a utilizar su afilado y reluciente juguete, de modo que, mientras la bestia sacudía y desgarraba, arrastrándole hasta el suelo, Tarzán hundió repe­tidamente la hoja, hasta la empuñadura, en el pecho del gorila.

El simio empleaba el método de lucha propio de los de su especie: descargaba golpes terribles con la mano abierta y desgarraba con sus poderosos colmillos la carne del pecho y del cuello de Tarzán. Rodaron por el suelo en el violento frenesí del com bate. Aunque cada vez con menos fuerza, el debilitado, rasgado y medio desangrado brazo del mucha cho siguió hundiendo una y otra vez la larga hoja del cuchillo en el cuerpo de su adversario, hasta que, finalmente, la pequeña figura se tensó con un espasmódico estremecimiento y Tarzán, el joven lord Greystoke, cayó inconsciente sobre la seca y pútrida vegetación que alfombraba la selva que era su patria.


A cosa de kilómetro y medio, en el interior de la foresta, la tribu oyó el salvaje grito desafiante del gori la y, tal como tenía por costumbre cuando amenazaba algún peligro, Kerchak reunió a su pueblo, en parte como medida de mutua protección frente a un enemigo común, dado que el gorila lo mismo podía ser integrante de una partida más numerosa, y en parte para cerciorarse de que la totalidad de los miembros de la tribu se hallaban presentes.

No tardó en comprobarse que faltaba Tarzán y Tublat se apresuró a manifestar su enérgica oposición a que se le enviase ayuda. Al propio Kerchak tampoco le caía muy simpático aquella extraña criatura, así que escuchó los alegatos de Tublat y, al final, se encogió de hombros y fue a tenderse sobre el lecho de amontonadas hojas secas que se había preparado.

Pero Kála no era de la misma opinión. En realidad, apenas se enteró de que Tarzán no estaba allí había salido disparada, volando a través de las ramas de los árboles, hacia el punto de donde llegaban los cla­ramente audibles gritos del gorila.

Era ya noche cerrada y la tenue claridad de la luna, recién aparecida en el cielo, proyectaba extrañas y grotescas sombras entre el espeso follaje de la jungla.

Aquí y allá, los rayos más brillantes conseguían filtrarse hasta el suelo, pero en _su mayor parte sólo servían para intensificar la estigia negrura de las profundidades de la selva.

Como un colosal fantasma, Kala surcaba silenciosamente el aire de un árbol a otro; se desplazaba a todo correr a lo largo de una gran rama, saltaba a través del espacio hasta el extremo de otra… sólo para agarrarse a la del árbol siguiente, en su celérico avance rumbo al escenario de la tragedia que su conoci­miento de la jungla le decía estaba representándose a escasa distancia de donde ella se encontraba.

Los clamores del gorila proclamaban que mantenía un combate a muerte con otro habitante de la salvaje foresta. De pronto, los gritos cesaron y un silencio mortal se extendió por la selva. Kala no alcanzaba a entender lo ocurrido, porque la voz de Bolgani se había elevado en el aire satura da de agónicas notas de sufrimiento y muerte, pero luego no se oyó sonido alguno que le permitiese deter minar la naturaleza del adversario del gorila. Sabía que era harto improbable que su pequeño Tarzán pudiese acabar con la vida de un gran gorila macho, por lo que, al aproximarse al lugar de don de procedían los ruidos de la pelea, extremó las pre­cauciones hasta que, con extraordinaria cautela, se llegó a la enramada inferior y, con el corazón en un puño, forzó la vista para atravesar con ella las tinieblas nocturnas y descubrir alguna señal de los com­batientes.


Los localizó de súbito, tendidos en un claro de la jungla, iluminados por la luz brillante de la luna: la figura desgarrada y ensangrentada de Tarzán y, a su lado, el yerto cadáver de un enorme gorila macho.

Al tiempo que profería un grito apagado, Kala descendió junto a Tarzán, cuyo menudo cuerpo cubierto de sangre levantó del suelo y se lo llevó al pecho, mientras intentaba captar algún síntoma de vida. Percibió los casi inaudibles latidos del corazón del niño. Con gran ternura, lo trasladó a través de la oscura selva hasta el punto donde acampaba la tribu y, durante muchos días y noches montó guardia a su lado, cuidándole, llevándole agua y comida, ahuyentando las moscas y los demás insectos que acudían a cebarse en las heridas del muchacho. Aquella pobre simia no sabía nada de medicina y cirugía. Lo único que podía hacer Kala era lamer las llagas, pero así las mantenía limpias para que la natu raleza cumpliese su labor curativa con mayor rapidez.

Al principio, Tarzán no quiso comer nada; no hacía más que revolverse y agitarse impulsado por el delirio de la fiebre. Lo único que estaba dispuesto a tomar era agua, y agua era lo que le proporcionaba Kala, por el único procedimiento que podía emplear, o sea, llevándosela en su propia boca.

Ninguna madre humana hubiera manifestado abnegación más desinteresada y devota que la que aquella simia salvaje mostró hacia el pobrecito huérfano que el destino había puesto bajo su cuidado. Por fin, la fiebre remitió y el chico empezó a mejorar. Aunque el dolor de sus heridas era insufrible, de los apretados labios de Tarzán no brotó ni un solo quejido.


Tenía desgarrada una parte del pecho, abierta la caja torácica hasta el punto de dejar a la vista las cos­tillas, tres de las cuales habían roto los bestiales gol pes del gorila. Los gigantescos colmillos de la fiera casi le habían arrancado un brazo y en el cuello faltaba un buen pedazo de carne, lo que dejaba al des­cubierto la yugular, que de milagro no seccionaron las crueles mandíbulas.

Con el mismo estoicismo de los animales entre los que se había criado, Tarzán soportó en silencio su sufrimiento y prefirió alejarse de los demás, arrastrándose, y permanecer hecho un ovillo oculto entre las altas hierbas, a exponer sus desdichas a la vista de todos. Sólo le alegraba la compañía de Kala, pero Tarzán había mejorado ya tanto que la mona se permitía salir en busca de alimentos y permanecer largos ratos lejos de él; porque mientras el chico estuvo tan grave, el sacrificado animal apenas comió lo suficiente para no morir de inanición y, en consecuencia, había que­dado reducida a una mera sombra de lo que fue.

Capítulo 7. La luz del conocimiento

Al cabo de lo que le pareció una eternidad, el pobre muchacho herido se vio otra vez en condiciones de andar y, a partir de ese momento, su recuperación fue tan rápida que en cuestión de un mes volvió a sentirse fuerte y dinámico como nunca.

Durante su convalecencia no cesó de darle vueltas en la cabeza a la pelea con el gorila y su idea primordial consistió en recobrar cuanto antes aquella prodigiosa arma gracias a la cual había pasado de débil víctima propiciatoria, sin esperanza de salvación, a poco menos que invencible soberano terror de la jungla.

Además, anhelaba volver a la cabaña y proseguir el examen de su fantástico contenido. Así que una mañana, a primera hora, se puso en marcha, en solitario, dispuesto a reanudar su exploración. Tras un rato de búsqueda localizó los huesos, ya limpios, de su difunto contendiente el gorila y, cerca de ellos, parcialmente oculto bajo unas hojas caí das, encontró el cuchillo, rojo a causa de la sangre seca del gorila y del óxido que había aplicado sobre su metal el tiempo que llevaba expuesto a la hume dad del suelo.


No le gustó el cambio experimentado por su otrora superficie bruñida y rutilante; pero seguía sien do un arma formidable, que estaba decidido a usar provechosamente cada vez que se presentase la ocasión de hacerlo. Albergaba la intención de no retroceder nunca más ante los temibles ataques del viejo Tublat.

Instantes después se encontraba ya ante la cabaña y, tras unos minutos de forcejeo, había acciona do el pestillo y entrado en la vivienda. Lo que más le interesaba, en primer lugar, era aprender el funcionamiento del mecanismo de la cerradura, cosa que consiguió a base de examinarlo con toda su atención mientras la puerta estaba abierta. Comprobó así qué era exactamente lo que la mantenía cerrada y el sis tema mediante el cual se abría al manipularlo. Descubrió que podía correr y descorrer el pestillo de la cerradura desde dentro, de modo que lo dejó pasa­do para que no existiese la menor oportunidad de que le molestasen mientras efectuaba su inspección.

Emprendió un reconocimiento sistemático del interior de la cabaña, pero los libros llamaron de inmediato su atención: parecían ejercer una poderosa influencia sobre él, hasta el punto de que ninguna otra cosa le seducía tanto como el señuelo que constituían aque llos enigmas intrigantes con que le desafiaban.

Había, entre otros volúmenes, una cartilla, varios libros infantiles de lecturas, unos cuantos llenos de ilustraciones y un gran diccionario. A todos los echó un vistazo, pero lo que más le encantaba eran las ilustraciones, aunque aquellos extraños bichitos que cubrían las páginas carentes de dibujos o grabados excitaban su curiosidad y le sumían en profundas cavilaciones. En cuclillas encima de la mesa de la cabaña construida por su padre —el terso, bronceado y desnudo cuerpecito inclinado sobre el libro que sostenía entre las fuertes y delgadas manos, caída la larga cabellera negra desde la bien formada cabeza, brillantes las inteligentes pupilas— Tarzán de los Monos, alevín de hombre primitivo, ofrecía una imagen llena de patetismo y promesas. Era como una alegoría de los pri­meros pasos a través de la negra noche de la ignorancia en busca de la luz del conocimiento.

El rostro del niño se contraía en sus esfuerzos por aprender, porque, de una manera ambigua y nebulosa, Tarzán había captado parcialmente los principios de una idea destinada a ser la clave y la solución del desconcertante rompecabezas que constituían aquellos extraños insectos. Tenía en las manos una cartilla abierta en una página ilustrada con un mono pequeño, muy parecido a él mismo, pero cubierto, a excepción de las manos y la cara, con unas extrañas pieles de colores, que eso imaginaba que debía de ser la ropa: la chaqueta y los pantalones de la figura. Al pie de ésta había cuatro bichitos de aquellos:

NIÑO


Tarzán observó en seguida que aquellos cuatro caracteres de la página se repetían a menudo, siempre en el mismo orden.

Otro detalle que comprobó: los tales bichitos eran relativamente pocos, es decir, que algunos también se repetían muchas veces, que en otras ocasiones aparecían solos, aunque lo más frecuente es que hubiera varios juntos.

Fue pasando las páginas despacio, examinando las imágenes y los textos, a la búsqueda de una repeti­ción de la secuencia niño. La encontró debajo de una ilustración que representaba otro pequeño mono acompañado de un extraño animal de cuatro patas, parecido a un chacal, aunque no lo era. Al pie de ese grabado, los bichitos se alineaban así:


UN NIÑO Y UN PERRO


Allí estaban los cuatro extraños insectos que iban siempre con el mono pequeño. Fue adelantando así, despacio, muy despacio, por que era una tarea ardua y laboriosa la que se había impuesto sin darse cuenta —una tarea que a cualquiera de nosotros nos parecería imposible: la tarea de aprender a leer sin tener el menor conocimiento de las letras ni del lenguaje escrito, ni la más remota idea de que tales cosas existiesen.

No lo consiguió en un día, ni en una semana, ni en un mes, ni en un año; pero poco a poco, muy lenta mente, fue aprendiendo, a partir del instante en que barruntó las posibilidades que prometían aquellos bichitos, de modo que, cuando andaba por los quince años, Tarzán conocía las diversas combinaciones de letras que acompañaban a cada una de las figuras representadas en la cartilla y un par de las de los libros ilustrados.

Por entonces sólo había podido hacerse una idea bastante nebulosa del significado y empleo de artícu los, conjunciones, verbos, adverbios, pronombres y demás.

Un día, cuando contaba doce años o así, encontró un puñado de lápices en un cajón que no había vis to antes, situado bajo la superficie de la mesa, y al pasar la punta de uno de ellos sobre la madera del mueble descubrió con enorme satisfacción que dejaba la marca de una línea negra. Se entregó con tal entusiasmo y asiduidad al jueguecito de sacarle partido gráfico a aquel nuevo juguete que, al cabo de una semana, toda la superficie de la mesa era una masa de garabatos, rayas y círculos entre lazados, mientras la mina del lápiz se había gastado por completo. Así que cogió otro lapicero, aunque en esta ocasión con un objetivo concreto en el ánimo.

Trataría de reproducir algunos de los bichitos que culebreaban en las páginas de los libros. Una labor difícil, ya que sostenía el lápiz agarra do con la mano cerrada, como si empuñase una daga por el mango, lo cual no contribuía a facilitarle la escritura y menos a posibilitar la legibilidad de los resultados.

Sin embargo, perseveró afanosamente meses y meses, siempre que podía ir a la cabaña, hasta que, tras infinitas pruebas, descubrió el modo y la postura adecuada para dominar el lápiz y dirigirlo de for ma que le resultase factible reproducir, aunque toscamente, las letras.

Así se inició en la escritura.


Copiar los bichitos aquellos le permitió aprender otra cosa: su número; y aunque no sabía contar, tal como nosotros lo entendemos, no por ello dejaba el muchacho de tener una idea de cantidad, con los dedos de las manos como base de sus cálculos.

La exploración a través de los diversos libros de que disponía le convenció de que había descubierto todas las clases de bichitos que con más frecuencia se repetían en las distintas combinaciones, y no le costó gran cosa disponerlas en el orden adecuado, gracias a la insistencia con que repasó una y otra vez, el fascinante alfabeto ilustrado que figuraba en la cartilla.

Su educación fue avanzando; pero los mayores hallazgos los efectuó en el inagotable almacén del gran diccionario ilustrado, porque allí aprendió más a través de las imágenes que del texto, incluso después de haber comprendido el significado de las letras— insectos.

Cuando descubrió la disposición de las palabras según el orden alfabético, se dedicó con gran placer a buscar y localizar las combinaciones con las que se había familiarizado. Y las palabras que las sucedían, la definición de las mismas, le permitió adentrarse provechosamente en los laberintos del conocimiento.

A los diecisiete años ya había aprendido a leer las sencillas palabras y frases del catón y comprendía perfectamente la verdadera y maravillosa finalidad de los bichitos. Ya no se avergonzaba su cuerpo desprovisto de pelo ni de sus facciones humanas, porque la razón ya le había informado de que pertenecía a una raza distinta a la de sus salvajes y peludos compañeros. Él era un HOMBRE, ellos eran MONOS, y los monos pequeños que se desplazaban por las alturas de la floresta eran MICOS. Sabía también que Sabor era una LEONA, Histah una SERPIENTE y Tantor un ELEFANTE. Y así aprendió a leer.

A partir de entonces, sus progresos se aceleraron. Con ayuda del gran diccionario y la vivaz inteligencia de un cerebro saludable, dotado de una hereditaria capacidad de raciocinio superior a lo normal, el chico adivinaba con perspicacia la mayor parte de las cosas que no comprendía y la mayor parte de las veces sus suposiciones se acercaban mucho a la realidad.

El curso de su educación se veía interrumpido durante algunos periodos, debido a los hábitos nómadas de la tribu, pero ni siquiera cuando se encontraba lejos de los libros, la activa mente del mucha cho dejaba de profundizar en los misterios de lo que constituía su fascinante pasatiempo. Se valía de trozos de corteza de árbol, hojas lisas e incluso espacios de tierra batida para, con la punta del cuchillo de monte, copiar de memoria y repasar las lecciones que iba aprendiendo. Y mientras seguía su tendencia a resolver los misterios que le planteaba su biblioteca, tampoco des­cuidaba las más rigurosas obligaciones de la vida cotidiana.

Continuaba ejercitándose con la cuerda y jugueteando con el cuchillo, que había aprendido a afilar frotando la hoja sobre piedras planas.

Desde la llegada de Tarzán, la tribu había aumentado el número de sus componentes, porque bajo el caudillaje de Kerchak lograron ahuyentar mediante el miedo a los otros clanes que habitaban en aquella parte de la selva, así que disponían de alimentos de sobra y sufrían muy pocas bajas, por no decir que ninguna, como consecuencia de las incursiones de los depredadores de la zona.

De ahí que, cuando alcanzaban la edad adulta, los machos jóvenes consideraban mucho más cómodo tomar compañeras de su propia tribu o, si capturaban alguna hembra de otro pueblo, preferían llevarla a la familia de Kerchak y mantener una relación amis tosa con él, antes que fundar un nuevo clan o luchar con el temible Kerchak por la supremacía en la tribu.

En alguna que otra ocasión, un simio más indómito que sus congéneres optaba por esta última alternativa, pero nadie había conseguido aún arrebatar la palma de la victoria al feroz y bestial Kerchak.

Tarzán ocupaba en la tribu una situación singu lar. Todos parecían considerarle uno más de ellos, aunque no dejaban de darse cuenta de que era distinto. Los machos de más edad o hacían caso omiso de él, como si no existiera, o le odiaban a muerte, y a no ser por su prodigiosa agilidad y rapidez y por la inflexible protección de la gigantesca Kala lo habrían eliminado mucho tiempo atrás.

Tublat era su adversario más enconado, firme y tenaz, pero precisamente gracias a Tublat el acoso cesó de pronto, cuando Tarzán contaba unos trece años, y todos los enemigos le dejaron en paz, aislado, aparte, sin meterse con él salvo en las ocasiones en que a alguno de ellos le entraba la ventolera de lanzarse al ataque sin más ni más, impulsado por uno de esos arrebatos de furia irracional que suelen asaltar a los machos de muchas especies de animales salvajes de la selva. En tales casos, nadie estaba a salvo.

El día en que Tarzán dejó bien sentado su derecho a que le respetaran, la tribu estaba reunida en un pequeño anfiteatro natural que la jungla había deja do libre de lianas y enredaderas en una hondonada, un valle entre bajos cerros. Era un espacio abierto de forma casi circul
ar. A derecha e izquierda se elevaban los formidables gigantes de la selva virgen, con la intrincada maleza del monte bajo formando entre los gruesos troncos una espesura tan densa que la única forma de acceder a aquel claro era a través de las ramas más altas de los árboles.


Allí, a cubierto de cualquier posible interrupción, acostumbraba la tribu a reunirse. En el centro del anfiteatro había uno de aquellos extraños tambores de barro que se fabrican los antropoides para acompañar sus extravagantes ritos, cuya barahúnda a veces han oído los hombres en el interior de la jungla, aunque nadie ha sido nunca testigo de tales ceremonias.

Muchos expedicionarios han visto los tambores de los grandes monos y algunos han oído su repiqueteo y la escandalosa algazara de aquellos primarios señores de la jungla, pero Tarzán, lord Greystoke, es, sin la menor duda, el único ser humano que ha participado personalmente en la demencial, embriagadora y desenfrenada orgía del Dum—Dum.

Es incuestionable que de esta primitiva ceremonia proceden todas las formas y ritos de la Iglesia y el Estado Moderno, porque a través de incontables épocas, desde el otro lado de las más altas murallas sobre las que asomaba el alba de una humanidad naciente, peludos predecesores interpretaron las danzas rituales del Dum—Dum al ritmo de sus tambores de barro, bajo la claridad brillante de una luna tropi­cal cuyos rayos iluminaban las profundidades de una imponente selva que, entre las tinieblas de su larga noche, ha mantenido hasta nuestros días inmutable su virginidad y oculta la inconcebible perspectiva de su largo pasado muerto cuando nuestro velludo antecesor saltó de las ramas de un árbol para aterrizar ágilmente sobre el mullido césped donde tuvo lugar el primer encuentro.

El día en que Tarzán consiguió librarse de la persecución a que había estado sometido despiadada mente a lo largo de doce de los trece años de su existencia, la tribu, cuyo censo ascendía ya a cien individuos, se había desplazado silenciosamente a través de las ramas inferiores de los árboles para dejarse caer sin hacer ruido en el suelo del anfiteatro.

Los ritos del Dum—Dum celebraban acontecimientos importantes en la vida de la tribu —una victoria, la captura de un prisionero, el hecho de haber acabado con la vida de algún feroz habitante de la jungla, la muerte o la subida al «trono» de algún nuevo rey— y se desarrollaban de acuerdo con un solemne y aparatoso ceremonial.


Aquel día se trataba de la muerte de un simio gigantesco, miembro de otra tribu, y cuando los monos del clan de Kerchak irrumpieron en el claro, pudo con templarse la llegada de dos machos enormes carga dos con el cadáver del vencido.

Depositaron su carga delante del tambor de barro y luego se sentaron en cuclillas a ambos lados del cuerpo, como centinelas que montan guardia, mientras los demás miembros de la comunidad se aco­modaban en rincones alfombrados de hierba dispuestos a dormir hasta que la luna apareciese en el cielo y diera la señal del inicio de la salvaje orgía.

Durante varias horas reinó sobre el claro la quietud más absoluta, sólo interrumpida fugazmente por las notas discordantes de alguna cotorra de pluma je brillante o por los trinos o gorjeos de los miles de aves que revoloteaban sin cesar entre las coloristas orquídeas o los rutilantes capullos que florecían en la minada de ramas cubiertas de musgo de los sobe ranos de la floresta. Por último, cuando la noche dejó caer su oscuridad sobre la selva, los monos empezaron a remo verse y, al cabo de muy poco, habían formado un amplio círculo alrededor del tambor de barro. Las hembras y los jóvenes formaban, sentados, la delga da línea periférica exterior del círculo, mientras delante de ellos se alineaban los machos adultos. Tres hembras ancianas se sentaron ante el tambor, armada cada una de ellas con su correspondiente y nudosa rama de treinta a cuarenta y cinco centímetros de longitud.

En cuanto la ascendente luna proyectó la plata de sus tenues rayos sobre las copas de los árboles cir­cundantes, las simias empezaron a golpear despacio y suavemente la rimbombante superficie del tambor.

A medida que aumentaba la claridad en el anfiteatro, las hembras incrementaron la frecuencia y el ímpetu de sus golpes, hasta que un rítmico y salvaje estruendo invadió la jungla en un ámbito de varios kilómetros a la redonda. Feroces y gigantescos animales interrumpieron en seco la caza de las presas a las que acosaban, erguidas las orejas y alza da la cabeza, para escuchar el sordo estruendo indicador de que los monos estaban celebrando su Dum—Dum.


De vez en cuando, alguna fiera de la jungla lanzaba al aire un chillido agudo o respondía a la salvaje batahola de los antropoides con un rugido desafiante, pero ningún animal selvático se acercó dispuesto a investigar o atacar, porque los gigantescos monos, reunidos con todo el poderío de su número, infundían un respeto profundo a todos los habitantes de la jungla.

Cuando el redoble del tambor alcanzó un volumen casi ensordecedor, Kerchak se colocó de un salto en el centro del claro, entre los machos sentados en cuclillas y las ancianas hembras que batían el tambor.

Erguido en toda su estatura, echó la cabeza hacia atrás y con la vista clavada en la luna, se golpeó el pecho con sus peludas manazas y profirió un escalofriante bramido.

Una, dos, tres veces resonó el grito aterrador a través de las hirvientes soledades de aquel mundo inde­ciblemente vivo y, sin embargo, inconcebiblemente muerto.

Luego, Kerchak se agachó y se deslizó silenciosa mente por la explanada, desviándose para no acercarse demasiado al cadáver tendido ante el tambor altar, aunque, al pasar por delante, clavaba en el simio muerto sus ojillos feroces, perversos e inyectados en sangre.

Otro macho saltó a la arena y, al tiempo que repe tía los pavorosos rugidos del rey de la tribu, siguió la estela de éste. Inmediatamente, otro y otro y otro hicieron lo propio, en rápida sucesión, y la selva se satu ró con las notas disonantes de los casi ininterrumpidos gritos sanguinarios de los simios.

Era el desafío y el vapuleo.

Cuando los machos adultos se integraron a la línea de los que danzaban en círculo, dio comienzo el ataque.

Kerchak empuñó una de las estacas amontonadas al alcance de todos para tal fin, se lanzó furiosamente hacia el mono muerto y asestó al cadáver un garrotazo tremebundo, al tiempo que emitía gruñidos y gritos de combate. El clamor batiente del tambor se acentuaba, así como la frecuencia del redoble, y los guerreros, tras acercarse a la víctima de la cacería y descargar su golpe con la estaca, se integraban en el demente torbellino de la Danza de la Muerte. Tarzán era uno más de aquella horda de salvajes saltarines. La gracia de su cuerpo musculoso, more no y bañado en sudor, reluciente a la luz de la luna, destacaba entre las torpes y desmañadas bestias pelu das que se movían junto a él.

Ninguno era más ladino que él en aquella pantomima de cacería, ninguno se conducía con más ferocidad que él en el ataque salvaje, ninguno saltaba en el aire más alto que él en aquella Danza de la Muerte.

A medida que se incrementaba la rapidez y el estruendo del tambor, los danzarines empezaron a dar muestras cada vez más evidentes de la embriaguez que les producía aquel ritmo frenético y sus pro pios gritos salvajes. Multiplicaron sus brincos y sal tos, de sus colmillos goteaba la saliva y tenían los labios y el pecho salpicados de espuma.

La extraña danza se prolongó durante media hora, al cabo de la cual, a una indicación de Kerchak, el repique del tambor cesó y las hembras que lo tocabanse escabulleron rápidamente y atravesaron la línea de bailarines para dirigirse a la fila exterior de sentados espectadores. Luego, todos a una, los machos adultos se lanzaron de cabeza sobre el cadáver de la víctima a la que con sus terroríficos esta cazos habían convertido ya en una masa de pulpa velluda.

La carne rara vez llegaba a la boca de los monos en cantidades que pudieran considerar satisfactorias, de modo que hundir las mandíbulas y saborear aquella carne fresca constituía para ellos un adecuado colofón a la orgía. Así que su placentero propósito era devorar al extinto enemigo sobre el que proyecta ban ahora su atención.


Enormes colmillos se hundieron en el cadáver, del que arrancaron dentellados buenos pedazos. Los monos más fuertes consiguieron los bocados más apetitosos, mientras que los más débiles daban vueltas en la parte exterior del círculo de la partida de rugientes competidores, a la espera de una oportunidad de acercar se e hincar el diente a un despojo que cayera o distraer los restos de un hueso antes de que todo hubiese desaparecido.

Tarzán deseaba y necesitaba comer carne más que los propios simios. Descendiente de una raza de car­nívoros, pensaba que nunca, en toda su vida, había saciado su apetito de comida animal. Ahora, su cuerpo flexible y menudo se colaba habilidosamente entre el apretado conjunto de contendientes que forcejeaban y desgarraban. El chico trataba de obtener así, filtrándose entre ellos, una ración que jamás habría podido conseguir mediante la fuerza bruta.

Llevaba al costado el cuchillo de caza de su des conocido padre, envainado en una funda que él mismo se confeccionó tomando como modelo la que ilustraba uno de sus libros—tesoro. Llegó por fin al núcleo de aquel banquete que tan celéricamente estaba desapareciendo y cortó con el afilado cuchillo una porción más generosa de lo que se había atrevido a esperar, un entero antebrazo pelu­do que sobresalía por debajo de los pies del poderoso Kerchak, quien estaba tan ocupado en la tarea de perpetuar sus prerrogativas reales de glotonería que no llegó a percatarse de aquel delito de lése majesté.

De forma que, bien apretada contra el pecho el horroroso botín, Tarzán retrocedió escurriéndose por debajo de la masa que bregaba encima de la presa. Entre los que daban vueltas infructuosamente en los aledaños de los afortunados devoradores de car ne se encontraba el viejo Tublat. Había sido uno de los primeros en llegar al festín, pero se había retira do con un buen trozo y ahora, tras haberlo consumido tranquilamente, se disponía a abrirse camino de nuevo para hacerse con otro pedazo.

Vio a Tarzán emerger de debajo del grupo de afanosos monos batalladores, con el velludo antebrazo apretado firmemente contra el cuerpo.

Los ojillos porcinos de Tublat, juntos e inyecta dos en sangre, lanzaron fulgurantes rayos de odio al tropezarse con aquel ser al que aborrecía intensa mente. También brillaba en ellos la voraz codicia que despertaba en el simio el magnífico bocado que llevaba el muchacho.

Sin embargo, Tarzán vio con idéntica rapidez a su enemigo y adivinó automáticamente las intenciones de la bestia. Dio un salto con toda la ligereza de que fue capaz y trató de refugiarse entre las hembras y los jóvenes, con la esperanza de escapar gracias a su protección.

Pero Tublat le pisaba ya los talones, por lo que Tarzán no tuvo tiempo de encontrar un escondite apropiado, lo que le hizo comprender que lo que se imponía era intentar la huida a toda costa. Se dirigió como un rayo hacia los árboles más próximos y, con ágil salto, se aferró con la mano libre a una de las ramas bajas, se puso entre los dientes el antebrazo del mono muerto y trepó a toda velocidad, seguido de cerca por Tublat.


Continuó ascendiendo hacia la oscilante copa de uno de los más altos monarcas del bosque, donde su perseguidor no se atrevería a subir. Se acomodó allí y procedió a disfrutar de la situación lanzando insultos y burlonas provocaciones a la furibunda bestia que soltaba espumarajos de rabia por la boca quince metros más abajo.

Y entonces Tublat se volvió loco.

Al tiempo que emitía pavorosos bramidos y rugidos, saltó precipitadamente al suelo, entre las hembras y los pequeños, hundió sus formidables colmillos en una docena de tiernas gargantas infantiles y arrancó respetables trozos de carne de las espaldas y pechos de las hembras que se pusieron al alcance de sus garras.

Tarzán contempló aquel frenesí asesino que se desarrollaba al resplandor de la luna. Vio huir a las hem­bras y a los jóvenes, que se desperdigaron en busca del refugio que ofrecían los árboles. A continuación, los grandes machos que se encontraban en el centro del claro sufrieron en sus carnes los poderosos dien­tes de su enloquecido congénere y, en cuestión de segundos, se dispersaron y perdieron de vista, engu­llidos por las negras sombras que proyectaba la fronda de la selva.

En el anfiteatro, cerca de Tublat, sólo quedó una hembra rezagada, que corría con toda la rapidez que le era posible hacia el árbol que ocupaba Tarzán. El feroz Tublat iba a la zaga de la mona.

Era Kala y en cuanto Tarzán observó que Tublat ganaba terreno y no iba a tardar en alcanzarla, rápi­damente se dejó caer a plomo, como una piedra, de rama en rama, hacia su madre adoptiva. Kala llegó al pie de las ramas en las que Tarzán se había agazapado, a la espera del resultado de aquella carrera de persecución.

La mona dio un salto y se agarró a una rama baja. Quedó inmediatamente encima de la cabeza de Tublat, que en un tris estuvo de cogerla. Kala hubiera podido ponerse a salvo de no ser porque, con un ominoso chasquido, la rama se quebró y la mona cayó en peso sobre la cabeza de Tublat, al que derribó contra el suelo.


Ambos se incorporaron instantáneamente, pero aunque habían reaccionado con suma presteza, Tarzán fue aún más rápido, de modo que el furioso Tublat se encontró cara a cara con el niño—hombre, que se interponía entre él y Kala.

Nada hubiera podido hacer más feliz al simio que, con un rugido triunfal se echó encima del pequeño lord Greystoke. Pero sus fauces nunca llegaron a cerrarse sobre aquella morena carne color de nogal.

Una mano vigorosa se disparó para hacer presa en la peluda garganta, mientras su compañera hundía repetidamente, hasta una docena de veces, un cuchillo en el amplio pecho del mono. Las puñaladas caye­ron como relámpagos y sólo cesaron cuando Tarzán sintió que la figura inerte se desmoronaba a sus pies.

Cuando el cuerpo de Tublat se desplomó sobre el suelo, Tarzán de los Monos posó la planta del pie en el cuello de su eterno enemigo, elevó la vista hacia la luna llena, echó atrás su orgullosa cabeza de adolescente y lanzó al aire el salvaje y terrible grito de su pueblo.

Uno tras otro los miembros de la tribu fueron descendiendo de sus refugios arbóreos y formaron un círculo en torno a Tarzán y su derrotado enemigo. Cuando todos estuvieron allí, Tarzán se volvió hacia ellos.

—¡Soy Tarzán! —proclamó—. ¡Un gran luchador que mata! ¡Todos habéis de respetar a Tarzán de los Monos y a Kala, su madre! ¡Entre vosotros no hay nadie tan poderoso como Tarzán! ¡Que sus enemigos se anden con cuidado!

El joven lord Greystoke clavó la mirada en los aviesos y enrojecidos ojos de Kerchak, se golpeó con los puños el robusto pecho y articuló de nuevo su estentóreo y agudo grito de desafío.

Capítulo 8. El cazador en la enramada

A la mañana siguiente, tras la nocturna ceremonia del Dum—Dum, la tribu emprendió despacio el cami­no de regreso hacia la costa, a través de la jungla.

Dejaron el cadáver de Tublat tendido en el punto donde cayó, porque el clan de Kerchak no se comía a sus propios muertos.

Era una marcha tranquila y los monos aprove­chaban para, al paso, buscar alimento. Encontraban en abundancia palmitos, ciruelas grises, pisang, fru­tos de escitamíneas, piñas silvestres y, en ocasiones, pequeños mamíferos, pájaros, huevos, reptiles e insec­tos. Abrían las nueces partiéndolas con sus fuertes quijadas o, si resultaban demasiado duras, golpeán­dolas con dos piedras.

La vieja Sabor se cruzó una vez en su camino y los obligó a escabullirse hacia la seguridad de las altas enramadas de los árboles, porque si el felino respe­taba la superioridad numérica y lo afilado de los col­millos de los monos, éstos tenían en idéntica estima la cruel y temible ferocidad de la leona.

Tarzán estaba sentado en una rama baja, directa­mente encima del majestuoso y cimbreante cuerpo que avanzaba silenciosamente a través de la densa jungla. El muchacho arrojó una piña a la vieja ene­miga de su tribu. El gran felino se detuvo en seco, dio media vuelta y observó la figura que, desde lo alto, se le mofaba provocadoramente.

Sabor sacudió un trallazo al aire con la cola y ense­ñó los amarillentos colmillos. Frunció los labios al lanzar un escalofriante rugido y en sus hocicos se for­maron profundas y amenazadoras arrugas mientras los malévolos ojos se entrecerraban hasta quedar reducidos a dos estrechas líneas que despedían furia y odio a raudales.

La fiera erizó las orejas, clavó su mirada en las pupilas de Tarzán de los Monos y dejó oír un reto dis­cordante y furibundo.

Desde la seguridad de la rama, el muchacho—simio correspondió con la temible respuesta de los de su especie.

Durante varios segundos ambos permanecieron con­templándose en silencio y, al final, el enorme félido continuó su marcha a través de la selva, que lo engu­lló como el océano absorbe un guijarro que le arrojen.

Pero en la mente de Tarzán surgió el embrión de un gran proyecto. Había acabado con la vida del feroz Tublat, de forma que ¿no era un poderoso luchador? Ahora seguiría el rastro de la astuta Sabor y la exter­minaría de modo similar. Sería también un formida­ble cazador.

En las profundidades de su corazoncito inglés latía el anhelo de cubrir con ropas su cuerpo desnudo, porque las ilustraciones de los libros le habían demos­trado que los hombres se vestían, mientras que los micos, los monos y todos los demás seres vivientes iban desnudos. Las ropas, por consiguiente, debían de ser un sig­no de distinción y grandeza; la divisa de la superio­ridad del hombre sobre todos los demás animales, puesto que seguramente no existiría ningún otro moti­vo para ponerse aquellas prendas tan horribles.

Muchas lunas atrás, cuando era bastante más pequeño, Tarzán había deseado tener la piel de Sabor, la leona, de Numa, el león, o de Sheeta, el leopardo, para cubrir su cuerpo desprovisto de pelo, para conseguir que dejara de parecerse al de Histah, la repulsiva serpiente. Ahora, sin embargo, se enor­gullecía de su piel tersa, porque eso indicaba que descendía de una raza portentosa, y en su ánimo se debatían los contradictorios deseos de ir desnu­do para proclamar que descendía de un linaje supe­rior o vestir aquellas horribles e incómodas pren­das para acomodarse a las costumbres y estilo de sus ascendientes.

Mientras la tribu seguía avanzando lentamente por la selva, tras haberse cruzado con Sabor, Tarzán con­tinuó dándole vueltas en la cabeza al estupendo plan que maquinaba para eliminar a su enemiga. Durante muchas jornadas apenas pudo pensar en otra cosa.

Aquel día, sin embargo, otros intereses más inme­diatos reclamaron su atención.

De pronto, pareció que había llegado inopinadamente la medianoche; cesaron los ruidos de la sel­va; los árboles se quedaron inmóviles, como parali­zados y expectantes a la espera de una inminente catástrofe. Toda la naturaleza aguardaba… pero no por mucho tiempo.

A lo lejos empezó a sonar una especie de gemido tenue y bajo. A medida que se acercaba, su volumen fue aumentando y aumentando.

Los árboles se doblaron al unísono, inclinándose hacia el suelo como si una mano inmensa los empu­jara. Siguieron acercándose al suelo y aún no se oía ningún ruido, salvo el profundo y sobrecogedor gemir del viento.

Luego, de pronto, los gigantes de la selva retro­cedieron bruscamente para recobrar la verticalidad y sus formidables copas fustigaron el aire con una protesta ensordecedora. Un estallido de luz vivísi­ma centelleó entre el remolino de nubarrones negros como la tinta. El retumbante fragor del trueno sur­có el espacio como un desafío de meteoros coléricos. Llegó el diluvio… y un infierno se desencadenó sobre la selva.

Tiritando a causa de la gélida lluvia, los monos de la tribu se acurrucaron en la base de los gigan­tescos árboles. Los relámpagos zigzagueaban y hora­daban rutilantes la negrura celeste, desparramando súbitas claridades que permitían ver fugazmente el frenético agitarse de las ramas y la curvatura casi imposible de los troncos de los árboles.

De cuando en cuando, algún añoso patriarca del bosque, hendido por algún rayo ígneo, se derrumba­ba desgajado entre los árboles circundantes, arras­traba en su caída a unos cuantos vecinos de menor talla y aumentaba así la confusión de la selva tro­pical.

Ramas de todos los tamaños, grandes y pequeñas, que la ferocidad del huracán arrancaba de cuajo, sur­caban el aire entre el verdor de unas plantas que parecían un torbellino vegetal, llevando la muerte y la destrucción a un sinfín de infelices moradores de aquel pobladísimo mundo silvestre.

Durante horas, la implacable furia del ciclón con­tinuó ensañándose sin dar muestras de querer amai­nar, y la tribu siguió encogida y aterrada al pie de los árboles. En constante peligro a causa de los tron­cos y ramas que no cesaban de caer y petrificada de miedo ante el vívido resplandor de los relámpagos y del mugido espeluznante de los truenos. Allí conti­nuaron hechos ovillos, sumidos en la desdicha, a la espera de que pasara la tormenta. El fin se produjo tan súbitamente como el princi­pio. Cesó el viento, brilló el sol… y la naturaleza son­rió de nuevo.

Las hojas y ramas goteantes y los húmedos péta­los de las preciosas flores relucieron otra vez bajo el esplendor del día que regresaba. Y… del mismo modo que la Naturaleza olvidó, sus hijos también olvidaron.

Pero la vida continuó de la misma manera que había estado desarrollándose antes de la oscuridad y el pánico.

Sin embargo, una claridad de amanecer había iluminado el cerebro de Tarzán: una luz que llegó para explicarle el misterio de la ropa. ¡Qué cómodo se habría sentido abrigado por la gruesa piel de Sabor! Esa idea añadió un nuevo estímulo a la aven­tura.

La tribu permaneció varios meses remoloneando por las cercanías de la playa en la que se alzaba la cabaña de Tarzán. El muchacho dedicaba al estudio una gran parte de su tiempo, pero siempre que deam­bulaba por la foresta llevaba la cuerda a punto y fue­ron muchos los pequeños animales que cayeron en la trampa del lazo corredizo, que el muchacho lan­zaba con gran rapidez y habilidad. Una vez, el lazo cayó en torno al corto cuello de Horta, el jabalí, y la frenética cabriola que ejecutó el sobresaltado animal para librarse del nudo corredi­zo derribó a Tarzán de la rama donde se encontraba al acecho y desde la que había arrojado la ondulan­te soga.

El vigoroso verraco salvaje dio media vuelta cuan­do oyó el ruido del impacto del cuerpo contra el suelo y, al ver que se trataba de la fácil presa de un mono pequeño, bajó la cabeza y se precipitó como loco sobre el sorprendido Tarzán.

Por fortuna para éste, la caída no le había produ­cido daño alguno, ya que aterrizó como un gato, con las cuatro extremidades dispuestas para amortiguar el golpe. Se puso en pie automáticamente y, con la agilidad propia del mono que casi era, se refugió en la seguridad de un rama baja, mientras Horta, el jaba­lí, comprobaba lo inútil de su embestida.

El incidente fue una más de las experiencias que aleccionaron a Tarzán acerca de las limitaciones y las posibilidades de su singular arma.

En esa ocasión perdió una cuerda larga, pero obtu­vo una enseñanza importante. Comprendió que, de haber sido Sabor quien le derribara de la rama del árbol, el resultado del lance habría sido muy distin­to, porque, indudablemente, la operación le hubiera costado la vida.

Le llevó muchos días trenzar una soga nueva, pero cuando finalmente la tuvo, salió decidido a cazar y se apostó en una rama que dominaba el bien patea­do sendero que conducía al agua. Pasaron por debajo varias posibles víctimas, pero eran de menor cuantía y no se molestó en lastimar­las. No deseaba piezas tan insignificantes. Intentaría apoderarse de un animal fuerte para probar la efica­cia de su nuevo proyecto.

Llegó por fin la presa por la que Tarzán suspiraba. Con los flexibles nervios ondulantes bajo la piel radiante, apareció Sabor, la leona, lustrosa y cor­pulenta.

Sus grandes patas de planta acolchada se posa­ban suaves y silenciosas en el piso de la estrecha sen­da. Llevaba erguida la cabeza, siempre vigilante su atención; la larga cola se agitaba en lentas ondula­ciones rebosantes de gracia.

Se fue aproximando paulatinamente a la rama en la que Tarzán de los Monos se mantenía al acecho, con el rollo de la larga cuerda en la mano, preparado.

Semejante a una estatua de bronce, tan inmóvil como si estuviese muerto, Tarzán aguardaba. Sabor pasaba por debajo. Un paso más… , otro… , el terce­ro… El lazo salió disparado silenciosamente por encima de la leona. Durante un segundo el nudo corre­dizo pareció suspendido sobre la cabeza del animal, como una serpiente, y entonces, mientras Sabor levan­taba la vista para detectar el origen del rumor sibi­lante de la cuerda, el lazo cayó alrededor de su cuello. Tarzán dio un tirón y el nudo corredizo tensó la cuer­da en tomo a la glaseada garganta. Acto seguido, el muchacho largó cordel y se sostuvo con ambas manos.

Sabor estaba atrapada.

La sorprendida leona dio un salto para adentrarse en la espesura de la jungla, pero Tarzán no estaba dis­puesto a perder aquella cuerda como había perdido la anterior. La experiencia le había aconsejado tomar pre­cauciones. La leona dio otro salto, pero antes de que hubiese recorrido con él la mitad del espacio previsto, la cuerda se había tensado. El cuerpo del animal dio una voltereta en el aire y cayó de espaldas contra el suelo, con seco impacto. Tarzán se había apresurado a atar el extremo de la cuerda al tronco del gigantesco árbol en el que estaba subido.
Hasta aquel punto, el plan había salido a la per­fección, pero la siguiente maniobra le resultó mucho más peliaguda. Lo comprobó cuando cogió la cuer­da, se afianzó en la horquilla formada por dos ramas e intentó izar y dejar suspendida del árbol aquella impresionante bestia de músculos de acero, que no cesaba de revolverse furiosa, de lanzar temibles zar­pazos y no menos aterradores mordiscos.

El peso de la vieja Sabor era enorme y cuando cla­vaba las uñas en alguna parte, sólo Tabor, el mismí­simo elefante, hubiera podido arrastrarla y alejarla de su anclaje. La leona se encontraba de nuevo en el sendero, en un punto desde el que podía ver al autor del ultraje al que se la sometía. De su garganta brotó un rugido iracundo al tiempo que se elevaba repentinamente en el aire hacia Tarzán, pero cuando el salto llevó su for­midable cuerpo a la rama que ocupaba Tarzán, éste ya no estaba allí.

Se había impulsado ágilmente hacia una rama más pequeña y se encontraba a unos seis metros por enci­ma de la furibunda leona enlazada. La colérica fiera permaneció un momento cruzada encima de la rama, mientras Tarzán se burlaba de ella y le arrojaba fru­tos y trozos de rama al desprotegido rostro.

La bestia se dejó caer al suelo y Tarzán descendió rápidamente para agarrar la cuerda, pero Sabor había descubierto ya que lo que la retenía no era más que una delgada soga. Así que la cogió entre sus podero­sas mandíbulas y la cortó antes de que Tarzán tuvie­se tiempo de tensar por segunda vez el asfixiante lazo.

El muchacho se sintió muy dolido. Su bien tra­mado plan se había disuelto hasta quedar en nada, de modo que no tuvo más remedio que consolarse sacando de quicio un poco más a su enemiga: se sen­tó en la rama y procedió a dirigir chillidos y muecas socarronas a la rugiente criatura que tenía debajo.

Sabor paseó de un lado a otro, al pie del árbol, durante horas. En cuatro ocasiones encogió el cuer­po y saltó con ánimo de echarle la zarpa al danza­rín espíritu burlón de las alturas, pero fue lo mismo que si hubiese querido atrapar el ilusorio viento que susurraba a través de las copas de los árboles.

Por último, Tarzán se cansó del juego y, tras dedi­car a Sabor un alarido desafiante y lanzarle un fru­to pasado de maduro, que fue a estrellarse, blando, viscoso, contra la cara de su enemiga, emprendió una rápida retirada de árbol en árbol y, desplazándose a cosa de treinta metros sobre el suelo, en muy breve espacio de tiempo estuvo de nuevo entre los miem­bros de su tribu.

Les refirió los detalles de su aventura, no sin sacar pecho y ejecutar los pavoneos de rigor para dejar ade­cuadamente impresionados a sus más hostiles y empe­dernidos rivales, mientras que a Kala le faltaba poco para ponerse a bailar de puro orgullo y alborozo.

Capítulo 9. Hombre y hombre

Durante varios años, Tarzán llevó aquella existen­cia salvaje en la jungla sin que se produjeran gran­des cambios, aparte el hecho de que su cuerpo se robusteció, su cerebro adquirió más conocimientos y fue aprendiendo en los libros más y más cosas acer­ca de los mundos extraños que se extendían más allá de la selva virgen que era su patria.

Para él, la vida nunca era tediosa ni monótona. Siempre quedaban Pisah, el pez al que pescar en los numerosos riachuelos y lagunas, y Sabor, con sus feroces primos, que le obligaban a uno a mantener­se en continua alerta y animaban todo momento que Tarzán anduviera por el suelo.

Aunque era mucho más frecuente que fuese Tarzán quien acosase a las fieras, a menudo, éstas le perseguían a él y, si bien nunca llegaron a alcan­zarle con sus afiladas y crueles garras, hubo oca­siones en las que apenas habría podido pasar una hoja entre las uñas de aquellas zarpas y la tersa piel del muchacho.

Rápida era Sabor, la leona, y rápidos eran Numa y Sheeta, pero Tarzán de los Monos era un auténti­co relámpago.

Se hizo amigo de Tantor, el elefante. ¿Cómo? No lo preguntéis. Pero todos los habitantes de la jungla sabían que, muchas noches de luna, Tarzán de los Monos y Tantor, el elefante, paseaban juntos y, cuando el camino estaba despejado, Tarzán cabalgaba sobre los formidables lomos de Tantor.

Durante aquellos años, el muchacho se pasaba muchos días en la cabaña de su padre, donde aún permanecían intactos los huesos de sus progenito­res y el esqueleto del hijo de Kala. A la edad de die­ciocho años, Tarzán leía con cierta fluidez y entendía casi todo lo que repasaban sus ojos en los abundan­tes y variados libros que ocupaban los anaqueles.

También sabía escribir, a base de letras de impren­ta, con rapidez y claridad, pero no dominaba la caligrafía, ni mucho menos, porque aunque entre los libros que constituían su tesoro no faltaban algunos cua­dernos para ejercitarse en la escritura a mano, en la cabaña no abundaba precisamente el inglés manus­crito y, por otro lado, Tarzán tampoco consideró que mereciese la pena molestarse en practicar aquella otra forma de trazar las letras, aunque, si se esforzaba un poco, podía leer también tal escritura.

Así, nos encontramos con un lord inglés de die­ciocho años que no sabe pronunciar una palabra en su idioma, pero que sí sabe leerlo y escribirlo. Aparte de sí mismo, nunca había visto ser humano alguno, porque el reducido territorio que recorría su tribu no lo surcaba ningún río importante por el que circulasen indígenas salvajes de tierra adentro.

Altas colinas cerraban aquel espacio por tres lados; el océano lo limitaba por el cuarto. Era una zona por la que pululaban leones, leopardos y serpientes vene­nosas. Sus laberintos vírgenes de maleza enmara­ñada no habían seducido jamás a ningún audaz explo­rador humano incitándole a aventurarse al otro lado de la frontera de aquella jungla en busca de anima­les salvajes.

Pero un día, estaba Tarzán de los Monos sentado en la cabaña de su padre, dedicado a profundizar en los misterios de un nuevo libro, cuando la inviolabi­lidad de la selva se rompió para siempre. En el remoto confín oriental del territorio, una extra­ña caravana franqueó, en fila india, la cima de un monte de escasa altura.

Formaban la vanguardia cincuenta guerreros negros armados con delgados venablos de madera y punta endurecida a fuego lento, grandes arcos y fle­chas envenenadas. Llevaban a la espalda escudos de forma ovalada, atravesaban su nariz grandes aros y sus cabezas cubiertas de rizado pelo aparecían ador­nadas con protuberantes haces de alegres plumas.

Tatuaban su frente tres líneas paralelas de color y, en el pecho, otros tantos círculos concéntricos. Habían limado sus dientes amarillentos para que ter­minasen en aguda punta y sus labios prominentes acentuaban todavía más la bestialidad de su aspecto.

Seguían a los guerreros varios centenares de muje­res y niños; las primeras llevaban sobre la cabeza grandes fardos con enseres, utensilios de cocina y piezas de marfil. Cerraba la marcha una retaguardia de un centenar de guerreros, semejantes en todos los aspectos a los que encabezaban la comitiva.

Saltaba a la vista, a juzgar por la formación de la columna, que temían más un ataque por la espalda que los peligros que pudiesen desatar sobre ellos los ignorados enemigos que acaso estuviesen acechán­doles. Y lo cierto es que así era, porque huían del ejér­cito de los hombres blancos, que habían estado aco­sándolos para que les proporcionaran caucho y marfil, hasta que un día los guerreros se revolvieron con­tra sus conquistadores y mataron a un oficial y al pequeño destacamento de tropas de color que tenía a sus órdenes.

Durante varios días, los rebeldes se atiborraron de carne, hasta que llegó un cuerpo militar más nume­roso y bien pertrechado que desencadenó un asalto nocturno sobre la aldea, para vengar la matanza de sus compañeros.

Aquella noche, los soldados negros del hombre blanco devoraron carne hasta saciarse y lo poco que quedaba de una tribu en otro tiempo poderosa tuvo que lanzarse a la tenebrosidad de la selva virgen y huir rumbo a lo desconocido y la libertad.

Pero lo que significaba libertad y búsqueda de la dicha para aquellos negros salvajes representaba consternación y muerte para muchos de los mora­dores silvestres del nuevo hogar de los fugitivos.

A lo largo de tres jornadas, la pequeña caravana avanzó despacio por el corazón de la desconocida y hasta entonces no hollada floresta, hasta que, por último, el cuarto día, a primera hora, llegaron a un paraje, a la orilla de un riachuelo, donde la arboleda y la maleza parecía menos densa que cualesquiera de las otras zonas por las que habían pasado.

Allí pusieron manos a la obra de levantar una nue­va aldea y al cabo de un mes habían despejado una amplia explanada, en la que construyeron chozas y levantaron empalizadas protectoras. En aquel calve­ro plantaron llantenes, batatas y maíz. Reanudaron su antigua vida en su nuevo hogar. Allí no había hom­bres blancos ni soldados ni marfil ni caucho que reco­ger para unos capataces tan inhumanos y tiránicos como ingratos.

Transcurrieron varias lunas antes de que los negros se atrevieran a alejarse del núcleo constituido por su nueva aldea. Algunos habían caído ya presa de la vie­ja Sabor y como quiera que la jungla estaba tan infes­tada de aquellos salvajes félidos sedientos de sangre, sin que faltasen los leopardos y leones machos, los guerreros de ébano se lo pensaban y vacilaban mucho antes de arriesgarse a abandonar la seguridad de sus empalizadas.

Un día, sin embargo, Kulonga, hijo del viejo rey Mbonga, se adentró por la intricada espesura del oes­te. Avanzó con cautela, a punto el venablo, firmemente sujeto el escudo con la mano izquierda, escudo que lle­vaba pegado al lustroso cuerpo de ébano.

El arco colgaba a su espalda y el carcaj, sobre el escudo, iba cargado con una buena provisión de fle­chas, finas y rectas, engrasadas con aquella sustan­cia densa y oscura que convertía en mortal el más leve rasguño que produjesen.

La noche sorprendió a Kulonga a respetable dis­tancia de las empalizadas del poblado de su padre, pero el guerrero continuó caminando hacia el oeste. Decidió trepar a la horquilla de un gran árbol, don­de armó una tosca plataforma, sobre la que se acu­rrucó y se dispuso a dormir. A cinco kilómetros, por el oeste, descansaba la tri­bu de Kerchak.

Por la mañana, apenas amaneció, los monos se pusieron en movimiento y empezaron a recorrer la jungla en busca de alimento. Como tenía por cos­tumbre, Tarzán efectuó su búsqueda en dirección a la cabaña, de forma que, cuando llegase a la playa, lo hiciera con el estómago lleno.

Los simios se desperdigaron en todos los sentidos, individualmente o en parejas y tríos, sin alejarse dema­siado, siempre atentos a cualquier señal de alarma.

Kala anduvo despacio hacia el este, a lo largo de una senda de elefantes, y se atareaba revolviendo ramas y troncos podridos, en busca de suculentos animalitos y hongos comestibles, cuando un leve aso­mo de ruido no habitual le puso sobre aviso.

Por delante, el camino aparecía despejado en una longitud de cuarenta y cinco metros y, al final de aquel túnel formado por la enramada, avistó la sigilosa figu­ra de un extraño ser de aspecto terrible.

Era Kulonga.

Kala no quiso ver más, dio media vuelta automáti­camente y retrocedió apresuradamente por el sende­ro. No echó a correr; sino que, conforme a la costumbre de su pueblo cuando no era presa del nerviosismo, tra­taba de eludir más que de escapar.

Kulonga inició la persecución y fue ganando terreno. Allí había carne. Podía acabar con el simio y feste­jar aquel día con un banquete. Apretó el paso, dis­puesto el venablo para el lanzamiento. Al doblar una curva del sendero volvió a ver a la mona, en otro tramo recto. Echó el venablo hacia atrás y vibraron los músculos bajo la bruñida piel. Soltó violentamente el brazo y el arma arrojadiza salió dis­parada hacia Kala.

Un lanzamiento fallido. El venablo apenas rozó el costado de la simia.

Kala profirió un grito de rabia y dolor, al tiempo que se volvía hacia el causante de su cuita. Instan­táneamente, los árboles empezaron a crujir bajo el peso de los congéneres de la mona, que partieron celé­ricamente hacia el escenario del suceso, en respues­ta al grito de Kala. Mientras la mona se lanzaba al ataque, Kulonga se echó el arco a la cara y dispuso una flecha con increí­ble rapidez. Tensó la cuerda hacia atrás, soltó el pro­yectil y el envenenado dardo fue a clavarse, certero, en el corazón del gigantesco antropoide.

Con un espantoso alarido, Kala se desplomó de bruces, frente a los atónitos miembros de su tribu. Entre gritos y rugidos, los monos se precipitaron hacia el Kulonga, pero el precavido salvaje huía ya por el camino como un antílope asustado.

Tenía algunas noticias acerca de la saña de aquellos fieros hombres peludos y su único deseo estribaba en poner la mayor cantidad posible de kilómetros entre él y aquella horda. Los monos le siguieron una buena distancia, desplazándose a través de los árboles, pero poco a poco, uno a uno, fueron abandonando la perse­cución para regresar al escenario de la tragedia.

Ninguno de ellos había visto nunca un hombre, aparte de Tarzán, de modo que se preguntaron vaga­mente qué extraña forma de criatura podía haber invadido su selva.

En la lejana playa donde se encontraba la cabaña, Tarzán oyó los débiles ecos del conflicto y, al com­prender que algo grave estaba ocurriendo a los miem­bros de la tribu, emprendió rápidamente la marcha rumbo al lugar donde sonaba el alboroto.

Al llegar se encontró a todo el desolado clan reuni­do alrededor del cadáver de Kala. El desconsuelo y la cólera de Tarzán fueron inconmensurables. Lanzó al aire una y otra vez su espeluznante grito de desafío. Se golpeó el amplio pecho con los puños y luego se dejó caer sobre el cuerpo de su madre y estalló en sollozos que expresaban la infinita pena de su corazón solitario.

Perder a la única criatura del mundo que siem­pre le manifestó cariño y afecto era la mayor trage­dia que jamás había conocido.

¿Qué importaba que Kala fuese una mona feroz y de aspecto espantoso? Para Tarzán siempre fue bue­na, siempre fue bonita.

Sobre ella proyectó, incluso sin percatarse, todo el respeto y el cariño que cualquier muchacho inglés hubiese profesado a su madre. No había conocido otra, por lo que dio a Kala, aunque en silencio, cuan­to amor le hubiese correspondido a la encantadora lady Alice, caso de vivir ésta. Tras el primer estallido de aflicción, Tarzán se domi­nó y, al interrogar a los miembros de la tribu que ha­bían presenciado la muerte de Kala, se informó de todo lo que pudieron contarle mediante el reducido vocabulario de los simios.

Fue suficiente, sin embargo, para enterarse de lo que necesitaba saber.

Le hablaron de un extraño mono negro, carente de pelo, que llevaba plumas en la cabeza. Aquel extraño mono lanzó muerte con una rama delgada y después huyó a todo correr, con la misma velocidad que Bara, el venado, hacia el sol que se elevaba por levante.

Tarzán no aguardó más, sino que saltó a la enra­mada y voló de árbol en árbol a través de la selva. Conocía las vueltas y revueltas del sendero de ele­fantes por el que escapaba el asesino de Kala, de modo que atajó por la jungla para interceptar al guerrero negro, que evidentemente seguía las tortuosas cur­vas y rodeos del camino.

Llevaba a la cadera el cuchillo de monte de su des­conocido progenitor y al hombro el rollo de cuerda. Al cabo de una hora bajó de nuevo al sendero y exa­minó minuciosamente el suelo.

En el barro blando de la orilla de un arroyo des­cubrió huellas de un pie como sólo él en toda la sel­va hubiese podido imprimir, aunque eran mucho más grandes que las suyas. Su corazón aceleró los lati­dos. ¿Sería posible que estuviera siguiendo la pista de un HOMBRE… , de alguien de su propia especie?

Había dos series de huellas, una en dirección opuesta a la otra. Lo que indicaba que el ser al que perseguía pasaba por la senda en su camino de regreso. Observaba una de las pisadas más recien­tes cuando de uno de sus bordes superiores se des­prendió una pequeña partícula de barro… Ah, la huella era muy fresca, su presa acababa de pasar por allí.

Tarzán subió de nuevo a los árboles y, con silen­ciosa celeridad, se desplazó a través de las ramas más altas, por encima del camino.

Habría recorrido cosa de kilómetro y medio cuando divisó la figura de un guerrero negro erguido en medio de un pequeño espacio abierto. Empuñaba el fino arco, preparado con una de aquellas mortíferas flechas. Frente a él, en el lado opuesto del claro, se encon­traba Horta, el jabalí, agachada la cabeza y listos para el ataque los colmillos cubiertos de espuma.

Tarzán observó maravillado aquella extraña cria­tura situada a sus pies… Tan semejante a él en la for­ma, pero tan diferente en rostro y color de la piel. En las ilustraciones de los libros retrataban al negro, pero ¡qué distintos eran los mortecinos dibujos impre­sos en comparación con aquel reluciente ser de éba­no, pleno de palpitante vida!

Mientras el hombre estaba plantado allí, tenso el arco, Tarzán reconoció en él no tanto al negro como al Arquero de su libro ilustrado:


A, de Arquero


¡Qué maravilla! A punto estuvo Tarzán de delatar su presencia por culpa de la euforia que le produjo el descubrimiento.

Pero debajo de donde se encontraba empezaron a suceder cosas. El nervudo brazo negro había echa­do atrás la flecha; Horta, el jabalí, atacaba ya; en­tonces, el negro disparó la saeta envenenada y Tarzán la vio surcar el aire con la celeridad del pen­samiento y hundirse entre las cerdas del cuello del jabalí.

Apenas la flecha había abandonado el arco de Kulonga, cuando el negro tenía otra dispuesta, pero Horta, el jabalí, se precipitó sobre él a tal velocidad que Kulonga no tuvo tiempo de dispararla. Mediante un brinco increíble, el negro esquivó la embestida del jabalí, que le pasó por debajo. Luego, el negro giró en redondo y con una rapidez impresionante clavó la segunda flecha en la espalda de Horta.

Acto seguido, Kulonga saltó a un árbol cercano.

Horta dio media vuelta para atacar a su enemigo una vez más; avanzó una docena de pasos y entonces dio como un traspié y cayó de costado. Sus múscu­los se pusieron rígidos, se relajaron convulsamente y, por último, el jabalí se quedó inmóvil.

Kulonga bajó del árbol.

Con el cuchillo que colgaba a su costado cortó varios trozos de carne del jabalí, encendió una foga­ta en mitad del sendero, asó la carne y comió todo lo que quiso. El resto lo dejó donde había caído.

Tarzán era un interesado espectador. En su sel­vático pecho ardía ferozmente el deseo de matar, pero su ansia de aprender era todavía mayor. Seguiría a aquella salvaje criatura durante un tiempo y averi­guaría de donde procedía. Le mataría en su momen­to, más adelante, una vez el negro se hubiera des­prendido del arco y de las mortíferas flechas.

Cuando Kulonga hubo concluido su refrigerio y desapareció al otro lado de un recodo del camino, Tarzán descendió silenciosamente al suelo. Cortó con su cuchillo varias tiras de carne del cuerpo de Horta, pero no las pasó por la hoguera.

Conocía el fuego, aunque sólo lo había visto en las ocasiones en que Ara, el rayo, destruyó un árbol gigan­tesco. A Tarzán le asombró enormemente que un ser de la jungla fuese capaz de producir aquellos dientes rojos y amarillos que devoraban la madera y la trans­formaban en fino polvo. Y quedaba fuera de su capa­cidad de comprensión los motivos que pudiese tener el guerrero negro para estropear aquellos deliciosos bocados aplicándolos a aquel calor abrasador. Puede que Ara fuese amigo del Arquero y que éste compar­tiera con él la comida.

De cualquier manera, Tarzán no iba a estropear de una forma tan tonta aquella estupenda carne, así que engulló una buena cantidad de ella, cruda, y luego enterró junto al sendero lo que quedaba del jabalí, donde pudiera recuperarlo cuando volviese.

A continuación, lord Greystoke se limpió los gra­sientos dedos frotándoselos en los muslos desnudos y volvió a ponerse sobre la pista de Kulonga, hijo de Mbonga, el rey; mientras en el lejano Londres, otro lord Greystoke, hermano menor del verdadero padre de lord Greystoke, devolvía al chef de su club unas chuletas que le parecían poco hechas y, tras concluir su almuerzo, introducía las puntas de los dedos en un cuenco de plata con agua perfumada y luego se las secó con una servilleta de damasco blanco como la nieve.

Tarzán siguió a Kulonga durante todo el día, sus­pendido sobre él en las ramas de los árboles, como un espíritu maligno. Le vio disparar dos veces las fle­chas de destrucción: una vez a Dango, la hiena, y otra a Manu, el mico. En ambas ocasiones, la víctima murió casi instantáneamente, porque el veneno de Kulonga estaba recién preparado y era mortal de nece­sidad.

Tarzán pensó mucho en aquel portentoso procedi­miento de muerte, mientras saltaba de un árbol a otro, tras su presa, a una distancia segura. Com­prendía que no era posible que, sólo por sí misma, la pequeña picadura de la flecha acabase tan rápida­mente con la vida de aquellos salvajes animales de la jungla, que con frecuencia se desgarraban y destro­zaban en las peleas con sus vecinos, y después, se recuperaban como si nada en la mitad de los casos.

No, aquellas minúsculas astas de madera tenían algo misterioso que provocaba la muerte con un sim­ple rasguño. Sería cuestión de estudiar el asunto.

Aquella noche Kulonga durmió en la horquilla de un árbol robusto. Tarzán de los Monos se acurrucó al acecho en otra rama, a bastante altura por enci­ma de él.

Al despertarse, Kulonga se encontró con que su arco y sus flechas habían desaparecido. El guerrero negro montó en cólera, pero se sintió más aterrado que furioso. Examinó el suelo, alrededor del árbol, y luego registró la enramada, por encima del suelo. No descubrió el menor rastro de las flechas ni del arco ni del merodeador nocturno.

El pánico se apoderó de Kulonga. No había recu­perado el venablo que arrojó sobre Kala y ahora que se veía desposeído del arco y de las flechas estaba completamente indefenso, con la excepción del sim­ple cuchillo. Su única esperanza consistía en alcan­zar la aldea de Mbonga con toda la rapidez con que las piernas pudieran llevarle.

Tenía la certeza de que no se encontraba muy lejos de casa, así que emprendió la marcha a paso ligero.

Tarzán de los Monos surgió de entre la impene­trable masa de follaje, a escasos metros, y se lanzó en silenciosa persecución del guerrero.

El arco y las flechas de Kulonga quedaron bien suje­tos en la copa de un árbol gigantesco. Con su afilado cuchillo, Tarzán arrancó del tronco del árbol, cerca del suelo, un trozo de corteza y luego desgajó par­cialmente una rama, que dejó colgando a unos quin­ce metros de altura. Así señalaba Tarzán las rutas del bosque y los escondrijos donde guardaba algo.

Kulonga continuó su marcha y Tarzán se fue apro­ximando a él hasta situarse casi encima de la cabe­za del negro. El hombre mono llevaba enrollada la cuerda en la mano derecha; se disponía a matar. Si retrasaba el instante de la ejecución era a cau­sa de su ávido deseo de averiguar el punto de desti­no del guerrero, pero la dilación tuvo su recompen­sa cuando, de súbito, apareció a la vista una amplia explanada, en uno de cuyos extremos se alzaba un buen número de extrañas guaridas.

Al efectuar el descubrimiento, Tarzán se encon­traba justo encima de Kulonga. La arboleda se inte­rrumpía bruscamente y cedía el terreno a un espacio abierto de doscientos metros de campos de cultivo, entre los limites de la selva y el poblado.

Tarzán debía actuar con rapidez si no quería que se le escapase la pieza; pero el género de vida que lle­vaba le había acostumbrado a tomar decisiones automáticamente, porque cuando se presentaba algo imprevisto no se disponía de tiempo para que media­ra la sombra de un pensamiento.

De forma que cuando Kulonga emergió de la penumbra de la selva, el lazo que remataba la sinuo­sa cuerda descendió desde la rama más baja de un robusto árbol, en el mismo borde donde empezaban los cultivos de Mbonga y el hijo del rey apenas acaba­ba de dar media docena de pasos a través del claro cuando el veloz nudo corredizo se cerró alrededor de su garganta.

Tarzán de los Monos tiró de la cuerda con tal pres­teza y energía que el grito de alarma de la víctima quedó sofocado antes de llegar a las cuerdas voca­les. Las manos de Tarzán se aplicaron a la tarea de arrastrar hacia sí el cuerpo del negro, que no cesaba de retorcerse y forcejear, en inútil resisten­cia, hasta que quedó suspendido en el aire, colga­do por el cuello. Tarzán subió entonces a otra rama más alta y tiró del guerrero, que seguía pataleando, hacia la parte superior, tras la pantalla que for­maba el denso y verde follaje.

Ató allí la cuerda a una fuerte rama y luego des­cendió a través del follaje y hundió el cuchillo en el corazón de Kulonga. Kala estaba vengada.

El hombre—mono examinó al negro meticulosamen­te; era la primera vez que veía a otro ser humano. Llamó su atención el cuchillo y la vaina del negro; se los apro­pió. También le gustó la argolla de cobre que el gue­rrero llevaba alrededor del tobillo, de modo que Tarzán la transfirió al suyo.

Contempló y admiró los tatuajes de la frente y del pecho. Se maravilló de los afilados dientes.

Estudió las plumas que adornaban la cabeza del negro y se adueñó de ellas.

A continuación, se preparó para ir a lo práctico, porque Tarzán de los Monos tenía hambre y allí había carne; carne de una pieza que él había sacrificado y que la ética de la selva le per­mitía consumir.

¿Cómo y mediante qué pautas y normas podría­mos juzgar a ese hombre—mono con cerebro, corazón y cuerpo de caballero inglés y formación de fiera sal­vaje?

Había vencido y dado muerte en lucha noble a Tublat, al que odiaba y que le correspondía con idén­tico encono, pero en ningún momento pasó por la cabeza de Tarzán la idea de comer la carne de su ene­migo. Le habría resultado tan repulsivo como nos parece a nosotros el canibalismo.

¿Pero quién era Kulonga para que no pudiera comérselo con la misma tranquilidad que a Horta, el jabalí, o a Bara, el venado? ¿Acaso no era, sencilla­mente, una más de las innumerables criaturas sal­vajes que se atacaban unas a otras para saciar el hambre que las abrumaba? Una extraña duda detuvo repentinamente su mano. ¿No le enseñaron los libros que él era un hombre?
¿Y no era también un hombre el Arquero?

¿Comían hombres los hombres? ¡Ay! Lo ignoraba. ¿A qué venían sus vacilaciones? Hizo un esfuerzo y lo intentó de nuevo, pero antes de tomar el primer bocado las náuseas le pusieron el estómago en la gar­ganta. No lo entendía.

De lo único que estaba seguro era de que no le era posible comer la carne de aquel hombre negro. Y así, el instinto hereditario, un atavismo de remotos orí­genes, asumió las funciones de su cerebro, que igno­raba no pocas cosas, y le salvó de transgredir una ley universal de cuya existencia no tenía la menor noti­cia.

Dejó rápidamente el cuerpo de Kulonga en el sue­lo, le quitó el lazo ceñido en tomo al cuello y volvió a las alturas de los árboles.

Capítulo 10. El fantasma del miedo

Tarzán oteó desde una alta rama el villorrio de cho­zas con tejado de paja construidas al otro lado de la plantación.

Observó que la selva tocaba en un punto el recinto de la aldea y hacia allí se dirigió, impulsado por la curiosidad febril de contemplar seres de su misma especie, averiguar más detalles acerca de su forma de vida y echar un vistazo a las curiosas madrigueras que habitaban.

Su selvática existencia entre las fieras de la jungla no dejaba resquicio alguno por el que se filtrara la idea de que aquellos seres no fuesen enemigos. El hecho de que sus formas fuesen similares tampoco le indujo a creer que, caso de que le descubriesen, le acogerían favorablemente aquellas criaturas, las pri­meras que veía de su propia raza.

Tarzán de los Monos no tenía nada de sentimen­tal. La fraternidad de los hombres le era absoluta­mente desconocida. Consideraba enemigos mortales a todos los seres que no perteneciesen a su tribu, sal­vo algunas contadas excepciones, cuyo ejemplo más destacado era Tantor, el elefante.

Todo eso lo tenía asimilado sin odio ni maldad. Matar era la ley imperante en el mundo salvaje en que vivía. Gozaba de escasos placeres, todos primiti­vos, y el principal consistía en cazar y matar, por lo que otorgaba a los demás el que albergasen las mismas intenciones y deseos que él, incluso aunque se convirtiera así en pieza también codiciada por los demás cazadores.

Su singular forma de vida no le convirtió en un ser taciturno ni sanguinario. Que disfrutara matando y que matase con una alegre carcajada en sus bien for­mados labios no significaba que tuviese una crueldad innata. Casi siempre mataba para conseguir alimento, aunque, al pertenecer a la raza humana, también mataba a veces por placer, algo que no hace ningún otro animal; porque el hombre es el único, entre todas las criaturas, que mata de manera insensata y volup­tuosa, por el mero placer de causar sufrimiento y muerte.

Y cuando mataba para cumplir una venganza o en defensa propia lo hacía también sin histerismo, por­que lo consideraba una cuestión muy seria, que no admitía ligerezas.

De modo que entonces, al acercarse cautelosamente a la aldea de Mbonga, iba preparado, dispuesto a matar o a que le matasen, caso de que le descubrie­ran. Se deslizó con extraordinario sigilo, ya que Kulonga le había infundido un gran respeto hacia las delgadas astas de punta afilada que de manera tan rápida e infalible producían la muerte.

Al final llegó a un árbol gigantesco, de espesa enra­mada y exuberantes enredaderas que suspendían sus generosos rizos en el aire. Desde aquella atalaya casi impenetrable, situado encima del poblado, Tarzán obser­vó agazapado las escenas que se desarrollaban a sus pies, sin dejar de maravillarse ante cada rasgo de aque­lla nueva y extraña vida.

Por la calle de la aldea corrían y jugaban unos cuan­tos niños desnudos. Varias mujeres molían llantén seco en toscos morteros de piedra, mientras otras preparaban tortas con la harina. En los campos de cultivo Tarzán vio más mujeres, que cavaban, escar­daban o recolectaban.

Todas llevaban protuberantes ceñidores de hierba seca alrededor de las caderas y muchas se adorna­ban con gran profusión de ajorcas, brazaletes y pul­seras de cobre y latón. Alrededor de muchos de aque­llos cuellos morenos llevaban collares de alambre curiosamente trenzado y varias lucían grandes ani­llos en la nariz.

Tarzán de los Monos contempló con creciente asom­bro aquellas extrañas criaturas. Vio unos cuantos hombres que dormitaban a la sombra y vislumbró también la presencia, en los aledaños de la explana­da, de guerreros armados que, según los indicios, guardaban la aldea y la protegían contra el posible ataque por sorpresa de algún enemigo.

Se percató de que allí sólo trabajaban las mujeres. En ninguna parte se observaba rastro de hombre algu­no que cultivara el campo o llevase a cabo cualquie­ra de las tareas domésticas del poblado.

Por último, los ojos de Tarzán se posaron en una mujer que se encontraba inmediatamente debajo de él.

Tenía delante, al fuego, un pequeño caldero en el que hervía burbujeante una mezcla viscosa, espe­sa y rojiza. A un lado había cierta cantidad de fle­chas de madera, cuyas puntas iba introduciendo la mujer en la borbolleante sustancia. Después, colocaba las flechas en un estrecho soporte de ramas dispuesto al otro lado.

Tarzán de los Monos contempló la escena fascina­do. Allí estaba el secreto del terrible efecto destruc­tor de los minúsculos proyectiles del Arquero. Se percató el extraordinario cuidado que ponía la mujer en evitar que aquella sustancia le tocase las manos y cuando una gota le salpicó un dedo, vio que se apre­suraba a introducirlo en un recipiente de agua y, con un puñado de hojas, se frotó y limpió rápidamente la motita.

Tarzán no sabía nada de venenos, pero su perspi­caz raciocinio le sugirió que lo que producía la rápida muerte era aquella sustancia y no la pequeña saeta, que no pasaba de ser la mensajera encargada de intro­ducir la ponzoña mortal en el cuerpo de la víctima.

¡Lo que le gustaría tener unas cuantas más de aquellas astas portadoras de muerte! Si la mujer abandonara su tarea un instante, él se descolgaría hasta el suelo, cogería un puñado de flechas y esta­ría de vuelta en el árbol antes de que la mujer hubie­se respirado tres veces. Se estrujaba el cerebro para idear algún plan que le permitiese distraer la atención de la mujer cuan­do del otro lado de la explanada llegó un alarido impresionante. Tarzán miró hacia allí: un guerrero negro se encontraba debajo del árbol en el que el hombre mono había ejecutado una hora antes al ase­sino de Kala. El individuo chillaba y agitaba el venablo por enci­ma de su cabeza. De vez en cuando indicaba algo que había en el suelo, ante él.

En cuestión de segundos, la aldea se transformó en un mare magnum. Hombres armados surgieron precipitadamente del interior de muchas de las cho­zas y corrieron enloquecidamente hacia el excitado centinela. Tras ellos, en tropel, fueron los ancianos, las mujeres y los niños, hasta que, al cabo de unos instantes, el poblado estuvo desierto.

Tarzán de los Monos supo que habían descubier­to el cadáver de su víctima, pero eso le interesaba infi­nitamente menos que la circunstancia de que en la aldea no quedaba nadie que le impidiera apoderar­se de una buena provisión de aquellas flechas que tenía a sus pies. Silenciosa y velozmente se descolgó hasta el sue­lo, junto al caldero de veneno. Permaneció inmóvil unos segundos, mientras sus escrutadores ojos reco­rrían celéricamente el interior de la empalizada.

Nadie a la vista. Su mirada tropezó con el hueco de la puerta de una choza, abierta de par en par. Echaría un vistazo adentro, pensó, y se acercó caute­losamente al bajo chamizo con tejado de bálago.

Hizo un alto momentáneo en la entrada, aguzan­do el oído. Al no percibir el más leve rumor, se des­lizó a la semioscuridad interior.

Había armas colgadas en las paredes: largos vena­blos, cuchillos de forma extraña, un par de estrechos escudos. En el centro del cuarto, una marmita y, al fondo, un lecho de hierbas secas con unas esteras encima que, evidentemente, los dueños de la choza utilizaban como cama y cobertores. Diseminados por el suelo, varios cráneos humanos.

Tarzán de los Monos acarició uno por uno todos aquellos objetos, cogió los venablos y los olisqueó, porque su sensible, y altamente agudizado olfato le permitía «ver» muchas cosas. Decidió convertirse en dueño de uno de aquellos palos largos y puntiagu­dos, pero no podía llevárselo en aquella incursión por­que se proponía tomar un cargamento de flechas y eso iba a impedírselo.

Cada artículo que cogía de las paredes lo deposi­taba en el centro de la estancia. Encima del montón formado por las armas colocó el puchero, invertido, y, sobre él, uno de los sonrientes cráneos, que ador­nó con el tocado de plumas del difunto Kulonga.

Retrocedió unos pasos, contempló su obra y una sonrisa decoró su rostro. A Tarzán de los Monos le encantaba gastar bromas.

Pero en aquel instante empezaron a sonar fuera los prolongados lamentos y los gemidos dolientes de muchas voces. Tarzán se sobresaltó. ¿Acaso había permanecido allí demasiado tiempo? Se llegó en dos zancadas a la puerta de la choza y miró a lo largo de la calle, hacia el portón de la aldea.

Los indígenas aún no estaban a la vista, aunque los oyó aproximarse a través de los campos de cul­tivo. Debían de estar muy cerca.

Tarzán atravesó como un rayo el espacio que le separaba del rimero de flechas. Recogió todas las que podía llevar bajo el brazo, volcó de una patada el hir­viente caldero y desapareció entre la espesa enra­mada del árbol que se erguía encima. Lo hizo justo en el preciso instante en que el primer indígena del grupo cruzaba el portón de acceso a la calle de la aldea. El hombre mono se dispuso entonces a pre­senciar lo que sucedía abajo, listo, como cualquier ave de la selva, para despegar de la rama desde la que observaba y remontar el vuelo a la primera señal de peligro.

Los habitantes del poblado avanzaron calle ade­lante; cuatro de ellos llevaban el cadáver de Kulon­ga. Las mujeres iban detrás, entregadas a la dolien­te tarea de saturar el aire de lamentos plañideros, de lloros y gritos extraños. Llegaron a la puerta de la choza de Kulonga, la misma que Tarzán había allanado.

Media docena de guerreros entraron en ella, para salir inmediata y precipitadamente, en confusa alga­rabía. Los demás se arremolinaron apresuradamen­te a su alrededor. Sucedió un frenético guirigay de gesticulaciones y parloteos, al tiempo que los que habían salido de la choza señalaban excitados el inte­rior. Varios guerreros se acercaron a la puerta y escu­driñaron la penumbra del cuarto.

Por último, entró en la choza un anciano con los brazos y las piernas repletos de adornos metálicos y con un collar de manos momificadas colgado del pecho. Era el rey Mbonga, padre de Kulonga.

Reinó un silencio absoluto durante largos segun­dos. Después, Mbonga reapareció en la puerta, con­traído el rostro por una espeluznante expresión de ira mezclada con terror supersticioso. Dirigió unas palabras a los guerreros reunidos allí, que salieron disparados en todas direcciones para registrar a fon­do las chozas y hasta el último rincón del recinto cer­cado por las empalizadas.

No habían hecho más que iniciar la inspección cuan­do repararon en el caldero volcado y, simultáneamen­te, en el robo de las flechas envenenadas. No descu­brieron nada más, lo cual provocó una oleada de pánico entre los indígenas que, en buen número, se apres­taron a buscar consuelo en el rey, apiñándose en tor­no a Mbonga.

Al monarca le era imposible explicar aquellos extraordinarios sucesos. El hallazgo del cadáver aún caliente de Kulonga en la misma linde de sus cam­pos de cultivo y a dos pasos de la aldea, acuchilla­do y desvalijado casi a las puertas del pueblo de su padre, resultaba algo profundamente misterioso en sí mismo, pero los sobrecogedores descubrimientos dentro del poblado, incluso en el interior de la cho­za del propio Kulonga, inundaron sus corazones de desaliento y suscitaron las más pavorosas explica­ciones en los elementales y supersticiosos cerebros de aquellos salvajes.

Permanecieron por allí en pequeños grupos cuchicheantes, sin atreverse a alzar la voz, sin dejar de lan­zar por encima del hombro miradas llenas de miedo, desorbitados los ojos saltones e inquietos.

Tarzán de los Monos los estuvo espiando desde su atalaya en la copa de un árbol gigantesco. Aquellos seres se comportaban de un modo que le resultaban incomprensible, porque su desconocimiento de la superstición era total y del miedo sólo tenía una idea imprecisa, ambigua a todo serlo.

El sol ya se había elevado mucho en el cielo. Tarzán no había desayunado aún y se hallaba a bastantes kilómetros del punto donde escondió los restos de Horta, el jabalí.

Así que dio la espalda a la aldea de Mbonga y se alejó a través de la tupida enramada de la floresta.

Capítulo 11. Rey de los monos

Aún no había oscurecido cuando llegó al lugar donde acampaba la tribu, aunque hizo un alto para desen­terrar y devorar los restos del jabalí que había escon­dido el día antes. Se detuvo también para recoger lo que dejó oculto en la copa de un árbol: el arco y las flechas de Kulonga.

Muy cargado iba Tarzán cuando se descolgó de las ramas para aterrizar en medio del clan de Kerchak. Henchido el pecho, relató orgullosamente su glo­riosa aventura y exhibió el botín conquistado.

Kerchak emitió un gruñido y se retiró: se sentía celo­so de aquel extraño miembro de su tribu.
Buscó en su miserable cerebro alguna excusa que le permitiese desahogar la rabia y el odio que le inspiraba Tarzán.

Al día siguiente, con los primeros resplandores de la aurora, el hombre mono estaba ya ejercitándo­se en el manejo del arco y las flechas. Al principio no acertaba el blanco con ninguno de los disparos, pero poco a poco fue aprendiendo a dirigir de modo certe­ro las pequeñas saetas y al cabo de un mes tiraba bastante bien. Pero alcanzar aquella aptitud le costó prácticamente todas sus existencias de flechas.

La tribu continuaba encontrando buena caza en la vecindad de la playa, así que Tarzán de los Monos alternó su entrenamiento de arquero con el estudio de los libros que formaban la no muy amplia aunque sí bien elegida biblioteca de su padre.

Durante ese periodo el joven lord inglés encontró oculto en la parte trasera de uno de los armarios de la cabaña una cajita metálica. Tenía la llave en la cerradura y unos momentos de examen y tanteos le premiaron con la recompensa oportuna: el receptáculo se abrió.

Dentro de la cajita halló el retrato descolorido de un joven de afable semblante, un guardapelo de oro con diamantes engastados, unido a una cadena tam­bién de oro, y unas cuantas cartas. Tarzán examinó todo aquello meticulosamente.

La fotografía fue lo que más le gustó, porque los ojos sonreían y el rostro tenía expresión franca y sin­cera. Era su padre.

También el guardapelo le parecía algo estupendo. Se pasó la cadena alrededor del cuello, al estilo del adorno que había visto era tan corriente entre los negros cuyo poblado visitara. Las brillantes piedras preciosas resaltaron de un modo extraño sobre su tersa y bronceada piel.

Le costaba mucho trabajo descifrar las cartas, ya que no había aprendido gran cosa acerca de la escri­tura a mano, así que las depositó en la cajita, con el retrato, y dedicó su atención al libro. Estaba escrito a mano casi en su totalidad y aunque los bichitos aquellos le eran familiares, su disposi­ción y las combinaciones que formaban no podían serle más extrañas, hasta el punto de resultarle com­pletamente incomprensibles.

Hacía bastante tiempo que Tarzán aprendió a uti­lizar el diccionario, pero, con no poca congoja y per­plejidad, comprobó que tal conocimiento no le servía de nada en aquella emergencia. No localizó en el dic­cionario ni una sola palabra de las caligrafiadas en el libro, por lo que volvió a dejarlo en la cajita, si bien lo hizo con la firme determinación de reanudar más adelante las investigaciones para desentrañar los mis­terios que encerrase el volumen.

Poco sabía Tarzán que entre las cubiertas de aquel libro se encontraba la clave de su origen, la solución al extraño enigma de su vida. Se trataba del diario de John Clayton, lord Greystoke, redactado en fran­cés, como siempre tuvo por costumbre.

Tarzán volvió a guardar la cajita en el armario, pero a partir de aquel momento llevó siempre en el cora­zón las facciones del enérgico y sonriente rostro de su padre, como también llevó siempre en el cerebro la firme resolución de resolver el misterio de las insó­litas palabras del libro.

De momento, tenía entre manos un asunto más importante, porque se le habían acabado las flechas y no le quedaba más alternativa que volver a la aldea de los hombres negros para renovar las existencias.

Se puso en camino a primera hora de la mañana siguiente, cubrió la distancia a bastante velocidad y llegó al claro de la aldea antes del mediodía. Volvió a apostarse en lo alto del mismo árbol gigante de la otra vez y, como en la ocasión anterior, vio mujeres en los campos de cultivo y en la calle de la aldea. Y también vio el caldero, que burbujeaba inmediatamente deba­jo de él.

Se mantuvo horas y horas a la espera de la oportu­nidad de descender sin que le vieran y apoderarse de las flechas que había ido a buscar; pero no ocurrió nada que indujera a los habitantes de la aldea a alejarse de sus chozas. El día se acercaba ya al ocaso y Tarzán de los Monos seguía agazapado encima de la mujer del caldero, ajena ésta por completo a aquel espionaje.

Empezaron a volver las mujeres que trabajaban en los campos. Emergieron de la selva los guerreros que habían salido de caza y, cuando todos estuvieron den­tro del recinto de las empalizadas, se cerraron y atran­caron los portones.

En diversos puntos de la aldea aparecieron mar­mitas humeantes. Delante de cada choza, una mujer presidía el hirviente guiso y en todas las manos se veían tortas de llantén y de mandioca. De pronto sonó un grito en el extremo de la expla­nada.

Tarzán miró hacia allí.

Era una partida de eufóricos cazadores que llega­ban de la parte del norte, cargados con un animal que se resistía con tal vigor que tenían que llevarlo medio a rastras.

Al acercarse el grupo, los de dentro abrieron los portones para que entrasen en la aldea y entonces, cuando vieron la pieza que habían cobrado, un gri­to salvaje sacudió el aire, rumbo al cielo, porque la víctima era un hombre.

Lo arrastraron calle adelante, el prisionero seguía resistiéndose, las mujeres y los niños se abalanzaron sobre él, armados con palos y piedras, y Tarzán de los Monos, joven y selvática criatura de la jungla, se asombró de la crueldad que demostraban aque­llos seres de su misma especie.

De todos los pobladores de la selva, sólo Sheeta, el leopardo, torturaba a sus presas. El sentido ético im­pulsaba a los demás a deparar a sus víctimas una muerte rápida y caritativa. Acerca del comportamiento de los hombres, Tarzán sólo había encontrado en los libros detalles dispersos.

Cuando siguió a Kulonga a través de la selva había esperado llegar a una ciudad de extrañas casas sobre ruedas, con un árbol plantado en el tejado de una de ellas del que saldrían nubecillas de humo negro… O a un mar cubierto de imponentes edificios flotan­tes, los cuales, según había aprendido, tenían sus correspondientes nombres: barcos y botes, navíos y vapores.

Se sintió lastimosamente desilusionado al ver aque­lla mísera aldea de negros, oculta en un rincón de su selva, y sin una sola casa que fuese tan grande como la cabaña de que disponía él en la lejana playa.

Comprobó que aquellos seres eran más perversos que los simios de su tribu y tan salvajes y crueles como la propia Sabor. Tarzán empezó a tener muy mala opinión de su propia especie.

Los negros habían atado a su pobre víctima a un poste plantado casi en mitad del poblado, frente a la choza de Mbonga, y allí formaron un círculo de guerreros que empezaron a chillar, a bailar y a girar entre cabriolas alrededor de su presa, al tiempo que enarbolaban centelleantes cuchillos y amenazado­res venablos.

Las mujeres, sentadas en un círculo más amplio, gritaban y golpeaban rítmicamente los tambores. Aquello le recordó a Tarzán el Dum—Dum, por lo que adivinó lo que iba a ocurrir. Se preguntó si se aba­lanzarían sobre el hombre para comérselo vivo. Los monos no hacían cosa semejante.

El círculo de guerreros que rodeaba al cautivo se fue acercando cada vez más a éste, mientras se agi­taban en frenética danza al ritmo enloquecedor de los tambores. Por último, un venablo abandonó veloz la mano que lo empuñaba y fue a clavarse en la víctima. Fue la señal para que otros cincuenta hiciesen lo propio.

Ojos, orejas, brazos y piernas recibieron el agui­jón de las armas de los crueles lanceros; el cuer­po se retorció lamentablemente mientras los vena­blos se clavaban en todos los puntos que no cubrían partes vitales.

Las mujeres y los niños chillaban jubilosamente.

A los guerreros se les hacía la boca agua y se rela­mían de gusto ante el festín con que iban a regalar­se. Rivalizaban en salvajismo unos con otros, a ver quien cometía mayores atrocidades y quien tortura­ba de forma más inhumana al aún consciente pri­sionero.

Tarzán de los Monos vio entonces llegada su opor­tunidad. Todos los habitantes de la aldea no tenían ojos más que para el espectáculo que se desarrolla­ba alrededor del poste. La luz diurna había dado paso a la oscuridad de una noche sin luna y sólo el res­plandor de las fogatas próximas al lugar de la orgía desparramaba un tenue y vacilante resplandor por el agitado escenario.

Poco a poco, el ágil muchacho se deslizó hasta el blando piso del extremo de la calle de la aldea. Recogió rápidamente las flechas, todas, esa vez, porque había llevado consigo unas cuantas fibras largas para hacer con ellas un fardo.

Sin precipitarse, envolvió las flechas con cuidado y luego, en el momento en que se disponía a retirar­se, un demonio travieso puso en su corazón el capri­cho de cometer una diablura. Miró en torno, mien­tras pensaba qué jugarreta podría gastar a aquellos grotescos seres para que tuviesen plena concien­cia de que estuvo entre ellos.

Dejó en el suelo, al pie de un árbol, el bulto de las flechas y se deslizó entre las sombras de la parte late­ral de la calle hasta llegar a la entrada de la misma choza en la que entró durante su primera visita.

El interior estaba a oscuras, pero Tarzán tanteó con las manos y no tardó en encontrar el objeto que buscaba. Sin más dilación, se dirigió a la puerta.

Sin embargo, apenas había dado un paso cuando su afinado oído percibió el rumor de unos pasos que se acercaban. Un segundo después, la figura de una mujer oscurecía el hueco de la entrada de la choza.

Tarzán retrocedió en silencio hasta la pared del fon­do y llevó la mano hasta la empuñadura del cuchillo de su padre. La mujer se llegó rápidamente al centro de la choza. Allí hizo una pausa y buscó a tientas lo que había ido a buscar. Evidentemente, no estaba habituada a aquella estancia, porque tuvo que seguir tanteando y, en su exploración, fue aproximándose cada vez más al sitio donde se hallaba Tarzán.

Se acercó tanto que el hombre mono sintió el calor animal del desnudo cuerpo de la mujer. Tarzán levan­tó el cuchillo de caza pero, en aquel momento, la mujer se desvió a un lado y exhaló un «¡Ah!» gutural, revelador de que su búsqueda había culminado feliz­mente.

Dio media vuelta al instante y abandonó la cho­za. Cuando cruzó la puerta, Tarzán vio que llevaba en las manos una olla.

El hombre mono se apresuró a salir también y, al reconocer el terreno, en la misma entrada, observó que las mujeres de la aldea salían a paso vivo de los cha­mizos, todas ellas con pucheros, ollas y marmitas. Llenaron de agua los recipientes y depositaron cierto número de ellos cerca del poste donde la moribunda víctima se inclinaba medio caída hacia adelante, una masa de sufrimiento, inerte y ensangrentada.

En el momento en que juzgó que no había nadie por las proximidades, Tarzán se dirigió a todo correr hacia el punto donde había dejado el fardo con las flechas, el pie del árbol del extremo de la calle de la aldea. Como en la ocasión anterior, volcó el caldero de un puntapié antes de saltar, serpenteante y feli­no, a las ramas inferiores del gigante del bosque.

Trepó silenciosamente hacia la copa hasta dar con una atalaya desde la que le era factible contemplar, a través de una abertura del follaje, lo que sucedía a sus pies.

Las mujeres preparaban al prisionero para intro­ducirlo, troceado, en sus ollas y pucheros, mientras los hombres descansaban tras la agotadora danza de su orgía demencial. Una relativa calma reinaba en el poblado.

Tarzán levantó por encima de la cabeza lo que había sustraído en la choza y, con certera puntería, hija de la larga práctica desarrollada a lo largo de muchos años de arrojar cocos y otros frutos, lo disparó hacia el grupo de salvajes.

Hábil y acertadamente dirigido, se estrelló en la cabeza de uno de los guerreros, que fue a dar con sus huesos en el suelo. El objeto rodó después entre las mujeres y se detuvo junto al ya medio descuartizado cuerpo que preparaban para el festín.

Durante unos segundos cuantos estaban allí se quedaron mirando consternadísimos y luego, todos a una, salieron corriendo en todas direcciones, hacia sus respectivas chozas. Lo que desde el suelo se les había quedado miran­do a ellos era una sonriente calavera. El hecho de que hubiese caído del cielo constituía un milagro atina­damente orientado a despertar sus terrores supers­ticiosos.

Tarzán de los Monos los dejó así sumidos en el pavor, merced a aquella nueva manifestación de la presencia de un invisible y diabólico poder ultraterrenal que ace­chaba en la selva contigua a su aldea.

Poco después, cuando descubrieron el caldero vol­cado y la desaparición, una vez más, de las flechas, irrumpió en sus mentes la idea de que sin duda, al construir su poblado en aquella parte de la jungla, habían ofendido a algún dios importante y poderoso, cuyo favor no se molestaron en propiciar. A partir de entonces, para reconciliarse con aquel omnipotente espíritu, todos los días se colocaba una ofrenda de alimentos al pie del gran árbol bajo cuyas ramas habían desaparecido las flechas.

Pero la semilla del pánico había arraigado profun­damente y, aunque Tarzán de los Monos no lo sabía del todo, lo cierto es que había echado los cimientos de una futura infelicidad que le afectaría a él y a su tribu.

Pernoctó aquella noche en el bosque, no lejos de la aldea, y casi con el alba emprendió la marcha en dirección al paraje donde se encontraba el clan. Avanzaba despacio, porque se entretenía buscando alimento por el camino. Sólo encontró unas pocas bayas y algún que otro gusano y el hambre le acu­ciaba ya cuando, al levantar la cabeza, después de haber mirado debajo de un tronco, vio a Sabor, la leona, erguida en mitad del sendero, a menos de veinte pasos de él.

Los enormes ojos amarillos estaban clavados en Tarzán con un ominoso y pérfido brillo en las pupilas. El felino se pasó la roja lengua por los labios anhe­lantes, al tiempo que bajaba el cuerpo para aproxi­marse con cautelosos movimientos, pegado el vientre al suelo.

Tarzán no intentó la huida. Acogió gustoso la opor­tunidad que, ciertamente, había estado esperando durante días, ahora que iba armado con algo más que una cuerda hecha de hierbas.

Se descolgó el arco rápidamente del hombro y tomó una flecha bien impregnada de veneno. Sabor inició el salto y la pequeña saeta fue a su encuentro y la alcanzó en el aire. Simultáneamente, Tarzán se apar­tó a un lado con celérico brinco y en el mismo ins­tante en que el gran félido aterrizaba, otra flecha de punta mortífera se hundió profundamente en el lomo de Sabor.

La fiera lanzó un impresionante rugido, dio media vuelta e inició de nuevo el ataque… para encontrar­se con que otra saeta se le clavaba en un ojo. Sin embargo, esta vez se encontraba demasiado cerca para que el hombre mono tuviera tiempo de apartarse y esquivar el cuerpo del felino.

Tarzán de los Monos cayó bajo el impulso y el peso de su enemiga, pero el centelleante cuchillo salió a relucir y encontró carne. Permanecieron así unos segundos, al cabo de los cuales Tarzán comprendió que la masa inerte que tenía encima se encontraba lejos de poder hacer daño de nuevo a hombre o simio alguno.

Logró zafarse, no sin dificultad, del enorme peso que tenía encima y cuando se puso en pie y bajó la mirada sobre la pieza que había cobrado gracias a su habilidad, un arrebato de alborozo inundó todo su ser.

Hinchó el pecho, colocó un pie sobre el cadáver de su formidable enemiga, echó la cabeza atrás y lanzó al aire el rugiente desafío del mono macho victorioso.

El salvaje grito de triunfo repercutió por los amplios espacios de la selva. Las aves se inmovilizaron y los depredadores y las bestias de mayor tamaño se ale­jaron precavida y sigilosamente, porque en toda la jungla pocos eran los que estaban dispuestos a bus­car camorra con los grandes antropoides.

Y en Londres otro lord Greystoke conversaba con sus semejantes en la Cámara de los Lores, pero nin­guno temblaba ante el sonido de su voz suave y tranquila.

La carne de Sabor resultó ser de lo más insípido, incluso para el poco exigente paladar de Tarzán de los Monos, pero el hambre fue el condimento más efi­caz para la dureza y el sabor rancio de la vianda. Luego, saciado el apetito y lleno el estómago, el hom­bre mono se dispuso de nuevo a dormir. Antes, sin embargo, debía quitar la piel a la leona, porque pre­cisamente ese era el objetivo principal que inspiraba su deseo de acabar con la vida de Sabor.

Desolló a la leona. Con gran destreza, porque ya había practicado la operación con animales menores. Cuando hubo concluido la tarea, llevó su trofeo a la horquilla de un árbol alto y allí, acurrucado en el codo que formaban unas ramas, se quedó profundamen­te dormido. Un sueño sin pesadillas.

Lo poco que había dormido últimamente, el agota­dor ejercicio físico y el hecho de haber llenado a gusto el estómago propiciaron el descanso reparador. Tarzán de los Monos durmió veinticuatro horas: no se desper­tó hasta el mediodía de la jornada siguiente. Se enca­minó directamente al lugar donde dejara el cadáver de Sabor y se llevó un enorme disgusto al comprobar que otros hambrientos moradores de la selva habían devo­rado a la leona, dejando sólo los huesos limpios.

Al cabo de media hora de camino, sin prisas, a tra­vés de la selva avistó un cervatillo, y antes de que el joven animal se percatase de que andaba cerca de allí un enemigo, la minúscula saeta se le había alojado en el cuello.

El ponzoñoso virus actuaba con tal rapidez que apenas había dado doce zancadas, tras recibir el impacto, cuando el ciervo cayó redondo en el suelo, muerto. Tarzán volvió a regalarse con otro banquete, pero esa vez no durmió.

Lo que sí hizo, en cambio, fue apresurarse en alcan­zar el punto donde había dejado a su tribu. Al llegar, le faltó tiempo para mostrar orgullosamente la piel de Sabor, la leona.

—¡Mirad! —exclamó—. ¡Mirad, monos de Kerchak! ¡Ved la hazaña que ha realizado Tarzán, el formida­ble matador! ¿Quién, entre todos vosotros, ha mata­do a un miembro del pueblo de Numa? Tarzán es el más poderoso de todos vosotros, porque Tarzán no es un mono. Tarzán es… —Se interrumpió al llegar a ese punto, ya que en el lenguaje de los antropoides no existía la palabra que designase al hombre, y Tarzán no podía pronunciarla, sólo sabía escribirla… en inglés.

La tribu se congregó a su alrededor para contem­plar la prueba de su imponente proeza y para escu­char sus palabras.

Sólo Kerchak permaneció donde estaba, dedicado a incubar su odio y su rabia.

De súbito, algo estalló en el perverso y limitado cerebro del simio. Al tiempo que lanzaba un terrorífico bramido, la ciclópea bestia dio un salto que le situó en medio de los reunidos.

A copia de mordiscos y zarpazos de sus enormes manos, mató y dejó lisiados a una docena de congé­neres, provocando la huida de los demás, que esca­paron hacia las ramas superiores de los árboles. Con las fauces despidiendo espumarajos y mani­festando mediante alaridos lo demencial de su furia, Kerchak miró a su alrededor, buscando al ser que más odiaba. Lo vio sentado en una cercana rama baja.

—Ven aquí, Tarzán, gran luchador provocó Kerchak—. ¡Baja a probar los colmillos de otro luchador mejor que tú! ¿Acaso los luchadores poderosos huyen a refu­giarse en los árboles a la menor señal de peligro?

Y Kerchak emitió a continuación el agudo grito de desafío propio de su especie.

Tarzán descendió tranquilamente al suelo. Conte­nido el aliento, los miembros del clan observaban la escena desde la seguridad de las altas enramadas donde se habían cobijado, mientras Kerchak, sin dejar de rugir, se lanzaban al ataque de la relativamente enclenque figura.

Pese a sus cortas extremidades inferiores, Kerchak medía algo más de dos metros de estatura. Los fuer­tes músculos hinchaban y redondeaban sus hombros enormes. La reducida nuca no era más que un ten­dón de hierro que sobresalía en la base del cráneo, de suerte que la cabeza daba la impresión de ser una bola que asomaba en lo alto de una gigantesca mon­taña de carne.

La rugiente boca contraía los labios hacia arriba para dejar al descubierto unos espeluznantes colmi­llos y en los criminales ojillos inyectados en sangre brillaba el reflejo de la locura asesina que animaba a Kerchak.

Tarzán le aguardaba. Era también un animal de músculos poderosos, pero su metro ochenta de esta­tura y la envergadura de sus brazos, con todo lo robustos que eran, parecían lastimosamente insu­ficientes para afrontar con éxito la prueba que les esperaba.

El arco y las flechas se encontraban a cierta dis­tancia, donde los había dejado mientras enseña­ba la piel de Sabor a sus compañeros simios, de modo que tuvo que plantar cara a Kerchak sólo con el cuchillo de monte y su inteligencia superior para compensar la feroz potencia física de su antago­nista.

Cuando el rugiente simio se abalanzó sobre él, lord Greystoke desenvainó el cuchillo y, tras lanzar al aire un grito de desafío tan escalofriante como el de su enemigo, se precipitó hacia adelante, listo para hacer frente al enemigo.

Tarzán era demasiado listo para permitir que aquellos largos brazos peludos se cerra­ran en torno a su cuerpo y en el preciso instante en que ambos contendientes iban a tomar violento con­tacto, lord Greystoke agarró una de las gruesas muñe­cas del mono y, a la vez que daba un ágil salto hacia un lado, hundió el cuchillo hasta la empuñadura en la parte lateral del torso de Kerchak, debajo del corazón.

Pero antes de que pudiera retirar la hoja, el rápi­do movimiento que ejecutó el simio para envolver entre sus poderosos brazos a Tarzán, alejó la mano de éste de la empuñadura del cuchillo. Kerchak dirigió un golpe tremendo con la mano abierta a la cabeza del hombre—mono, golpe que, de haber llegado a su destino, hubiera aplastado la sien de Tarzán.

Pero el hombre—mono era rápido de movimientos, esquivó el manotazo agachando la cabeza y, con el puño, descargó un derechazo demoledor que se estre­lló en la boca del estómago de Kerchak.

Se tambaleó el simio que, con la mortal herida del costado parecía a punto de venirse abajo; pero hizo acopio de fuerzas con un tremendo esfuerzo y se recu­peró momentáneamente, al menos el tiempo suficiente para zafarse de la mano de Tarzán que le sujetaba la muñeca y cerrar los fornidos brazos alrededor del cuerpo de su duro adversario.

Apretó contra sí al hombre—mono, mientras las ávidas mandíbulas buscaban la garganta de Tarzán, pero los acerados dedos del joven lord llegaron al propio cuello de Kerchak antes de que los inhu­manos dientes pudieran acercarse a la tersa y bron­ceada piel.

Siguieron forcejeando así, uno tratando de arran­car la vida de su adversario clavándole los terribles colmillos, y el otro esforzándose en estrangular al simio apretándole la garganta, a la vez que mantenía apartadas de sí las rugientes fauces de la bestia.

La fuerza superior del mono fue imponiéndose poco a poco y los colmillos del esforzado simio apenas se encontraban ya a dos centímetros y medio del cuello de Tarzán cuando, con repentino estremecimiento, el cuerpo colosal de Kerchak se tensó, rígido, durante un segundo, para luego desplomarse inerte contra el suelo.

Kerchak había muerto.

Tarzán de los Monos retiró el cuchillo que le había permitido superar en combate a seres de músculos más potentes que los suyos, apoyó el pie en el cuello del derrotado enemigo y, una vez más, el grito ululante, salvaje y triunfal del vencedor surcó los aires de la selva virgen. Así conquistó el joven lord Greystoke el trono y el título de rey de los monos.

Capítulo 12. La razón del hombre

En la tribu había alguien que se permitía poner en tela de juicio la autoridad de Tarzán. Se trataba de Terkoz, hijo de Tublat, al que, no obstante, el afilado cuchillo y las mortíferas flechas del nuevo señor del clan aconsejaban prudentemente limitar la manifes­tación de sus objeciones a pequeños actos de desa­cato y a mostrarse irritante de vez en cuando. Sin embargo, Tarzán sabía muy bien que el mono sólo esperaba que surgiese una oportunidad para arre­batarle el reinado mediante algún repentino golpe traicionero, así que el joven lord Greystoke se man­tenía siempre ojo avizor, en guardia contra cualquier sorpresa.

Durante meses, la vida del reducido clan continuó desarrollándose como siempre, salvo por la circuns­tancia de que la mayor capacidad intelectual de Tarzán y sus habilidades cazadoras proporciona­ban a la tribu un abastecimiento de vituallas más abundante. Por consiguiente, la mayoría de los inte­grantes de la misma se sentían contentos del cambio de jefe.

Por las noches, Tarzán los llevaba a los campos de cultivo de los negros, donde, aleccionados por las nor­mas de sensatez que les inculcaba su señor, los monos sólo consumían lo necesario, sin destruir nun­ca lo que no podían comer, cosa que acostumbraban a hacer Manu, el mico, y la mayor parte de los simios.

De esa forma, aunque los negros montaban en cólera ante el continuo pillaje de sus huertos, no se sentían desalentados a ultranza en sus esfuerzos agrí­colas, como hubiera ocurrido en el caso de que Tarzán dejara a su pueblo devastar a lo loco los campos de cultivo.

En el curso de ese periodo, Tarzán efectuó muchas visitas nocturnas a la aldea, donde repo­nía a menudo sus existencias de flechas. No tardó en observar que siempre había alimentos el pie del árbol por el que descendía al interior de la empa­lizada y, al cabo de cierto tiempo, se animó a comer lo que los negros dejaban allí.

Cuando los aterrados salvajes comprobaron que la comida desaparecía de la noche a la mañana, la cons­ternación y el temor llenaron su ánimo, porque una cosa era depositar una ofrenda de alimentos para ganarse la buena voluntad de un dios, o de un dia­blo, y otra muy distinta que el espíritu en cuestión se presentase dentro de la aldea y se comiera los ali­mentos que ellos dejaban. Tal cosa era algo insólito y en las supersticiosas mentes de los negros se for­maron nubarrones de inconcretos temores.

Y eso no era todo. Las periódicas desapariciones de flechas y las extrañas jugarretas que perpetraban manos invisibles, les habían puesto en tal estado de nervios que la vida en aquella nueva colonia que habían fundado se convirtió en una carga pesadísima, hasta el punto de que Mbonga y su estado mayor empezaron a sugerir la conveniencia de abandonar la aldea y bus­car en el interior de la selva otro paraje apropiado.

Los guerreros negros empezaron entonces a ale­jarse más y más hacia el sur, en sus expediciones de caza, y se aventuraron en el corazón de la jungla, a la búsqueda de un lugar idóneo para levantar una nueva aldea.

Aquellos cazadores errantes molestaron cada vez con más frecuencia a la tribu de Tarzán. La tranqui­lidad, la adusta soledad de la selva virgen se veía aho­ra turbada por nuevos y extraños gritos. Ya no hubo seguridad para las aves ni para las fieras. Había lle­gado el hombre. Hubo un tiempo en que otros animales recorrían día y noche la selva —animales feroces y crueles— pero sus vecinos más débiles se limitaban a huir, a ale­jarse de su proximidad para volver cuando el peligro había pasado.

Con el hombre es distinto. Cuando llega, muchos de los grandes animales se alejan instintiva y total­mente de la zona, y en raras ocasiones vuelven a apa­recer por allí; así ha ocurrido siempre con los grandes antropoides. Huyen del hombre como el hombre huye de la peste.

Durante una breve temporada, el clan de Tarzán per­maneció en las proximidades de la playa, porque al nue­vo jefe de la tribu no le hacía ninguna gracia alejarse para siempre del tesoro que albergaba la pequeña caba­ña. Pero un día, cuando un miembro de la tribu avistó una gran partida de negros en las orillas de un arroyuelo que los monos llevaban generaciones utilizando como abrevadero y observó que estaban abriendo una explanada en la selva y levantando muchas chozas, los simios comprendieron que ya no podían seguir allí: de modo que Tarzán se vio obligado a conducirlos sel­va adentro, a lo largo de varias jornadas, hasta un pun­to no hollado aún por los seres humanos.

Cada luna, Tarzán se desplazaba velozmente a tra­vés de las ramas de los árboles para pasar un día con sus libros y para reponer su arsenal de flechas. Esta última labor le resultaba cada vez más difícil de cum­plir. porque los negros habían adoptado la costumbre de guardar por la noche sus existencias en los gra­neros y en las chozas donde vivían.

De modo que a Tarzán no le quedaba más remedio que pasarse el día espiando a los indígenas para ave­riguar dónde ocultaban las flechas.

En dos ocasiones entró durante la noche en otras tantas chozas, mientras sus habitantes dormían enci­ma de sus catres, y robó las flechas del mismo costado de los guerreros. Pero comprendió que tal sistema era excesivamente arriesgado, así que empezó a sor­prender a cazadores solitarios, a los que enlazaba por el cuello con el mortal nudo corredizo. Luego les qui­taba las armas y adornos para, finalmente, dejar caer sus cadáveres desde lo alto de un árbol en medio de la calle de la aldea, durante las noches de tranquila vigilancia.

La reanudación de aquellas incursiones volvió a aterrorizar a los negros de tal suerte que, a no ser porque entre una y otra existía un mes de respiro, durante el cual los indígenas contaban con la espe­ranza de que cada incursión hubiera sido la última, pronto hubieran abandonado también la flamante aldea recién construida.

Los negros aún no habían llegado a la playa donde estaba la cabaña de Tarzán, pero el hombre—mono vivía con el alma en vilo, en constante temor de que, duran­te algún periodo en que se encontrase lejos de allí, con la tribu, una patrulla de indígenas descubriera su teso­ro y le despojara de él. A causa de ello, pasaba cada vez más tiempo en las cercanías de la última morada de su padre, y cada vez menos con el clan. Hasta que los miembros de su pequeña comunidad empezaron a protestar por el abandono en que los tenía su jefe, dado que entre ellos surgían continuas querellas, riñas y disputas que sólo el rey podía solventar por la vía pacífica.

Al final, unos cuantos monos de edad plantearon la cuestión a Tarzán y, éste permaneció un mes com­pleto con la tribu.

Los deberes que imponía el reinado entre los antro­poides tampoco eran muchos, ni espinosos, ni difíciles de solventar.

Posiblemente, por la tarde se presente Thaka, para quejarse de que Mungo le ha quitado su nueva espo­sa. Tarzán entonces ordena que comparezcan todos ante él y, si descubre que la nueva esposa en cues­tión prefiere a su nuevo señor, decreta que sigan las cosas como están. O puede que Mungo entregue un par de hijas suyas a Thaka, a guisa de intercambio.

Sea cual fuere la decisión de Tarzán, los monos la aceptan, dándola por definitiva, y todo el mundo vuelve satisfecho a sus ocupaciones habituales.

Llega luego Tana, lloriqueando a gritos y oprimién­dose un costado, por el que mana sangre. Gunto, su marido, ¡le arreó un mordisco bestial! Y Gunto, con­vocado de inmediato, alega que Tana es perezosa, que nunca le lleva nueces ni escarabajos, ni le rasca la espalda.

Así que Tarzán abronca a la pareja, amenaza a Gunto con hacerle probar el sabor de sus mortíferas astas puntiagudas si sigue maltratando a Tana y obli­ga a ésta a prometer que, en adelante, cumplirá con­cienzuda y esmeradamente sus deberes de esposa.

Y así, se trataba en general de pequeñas diferen­cias familiares que, si no se zanjaban en seguida, podían desembocar en cuestiones más graves e inclu­so en la disgregación de la tribu.

Pero Tarzán se cansó de todo aquello en cuanto se dio cuenta de que restringía su libertad. Añoraba su pequeña cabaña y el océano acariciado por el sol… la fresca temperatura del interior de la bien construida casa y las infinitas maravillas que encerraban los numerosos libros.

Descubrió que, a medida que se desarrollaba física y mentalmente, se iba sintiendo más alejado de su clan. Sus gustos eran cada vez más distantes de los de los simios. Los monos no mantenían el mismo ritmo que él, ni podían comprender los innumerables, extraños y maravillosos sueños que se creaban y recreaban en el dinámico cerebro de su rey humano. Tan reducido era el vocabulario de los simios que a Tarzán no le era posible comentar con ellos el cúmulo de nuevas ver­dades y los extensos campos de ideas que la lectura había desplegado ante los anhelantes ojos del hombre—­mono, del mismo modo que ignoraban las ambiciones que se agitaban en su espíritu.

En la tribu ya no tenía amigos entre los de su edad, como antes. Un niño pequeño puede jugar y sentir­se compañero de muchas criaturas extrañas y sen­cillas, pero un hombre adulto ha de encontrar cierta igualdad a nivel intelectual como base para una rela­ción que le resulte gratificarte.

De vivir Kala, Tarzán hubiera sacrificado todo lo demás por permanecer cerca de ella, pero la mona había muerto y los juguetones amigos de la infancia habían crecido y eran seres feroces y hoscos, por lo que el hom­bre mono prefería con mucho la paz y la soledad de su cabaña a las fastidiosas obligaciones que comportaba la jefatura sobre una turba de fieras salvajes.

El odio y la envidia que le profesaba Terkoz, el hijo de Tublat, tuvo la culpa, en gran parte, de que Tarzán no renunciara, como era su deseo, a reinar entre los monos, porque, al ser un testarudo joven inglés, no podía retirarse ante un enemigo tan malévolo.

Tarzán sabía perfectamente que, en cuanto él se marchara, elegirían jefe de la tribu a Terkoz, porque una y otra vez, aquel bárbaro animal dejó bien sen­tada su superioridad física sobre los monos machos que se atrevieron a plantarle cara, tras sentirse ofen­didos por sus salvajes intimidaciones.

A Tarzán le hubiera gustado dar una lección a aque­lla bestia antipática sin recurrir al cuchillo y a las fle­chas. Su agilidad y fortaleza habían aumentado tanto durante el periodo subsiguiente a la madurez que has­ta llegó a tener el convencimiento de que le sería posi­ble dominar al peligroso Terkoz en una lucha a brazo partido, si no fuese por la tremenda ventaja que su for­midable dentadura confería al antropoide sobre él, en el aspecto físico, escasamente armado Tarzán.

La cuestión quedó fuera de las manos de Tarzán cuando un día, intervino la fuerza de las circuns­tancias, y el futuro quedó despejado para lord Greys­toke, de forma que tuvo ante sí la posibilidad de marcharse o de quedarse, sin que la decisión que adoptara, fuera cual fuese, constituyera una mancha en su salvaje blasón.

Sucedió así:

La tribu comía tranquilamente, diseminada sobre una extensión considerable, cuando restalló un grito a cierta distancia, al este de donde se encontraba Tarzán, tendido boca abajo, a la orilla de un claro arroyo, dedi­cado a la entretenida tarea de agarrar con sus rápidas y bronceadas manos un pez de lo más escurridizo.

Al unísono, toda la tribu volvió rápidamente la cabe­za en dirección al punto donde había sonado el gri­to de terror. Todas las miradas convergieron en Terkoz, que tenía agarrada por el pelo a una hembra vieja y decrépita sobre la que descargaba despiadadamente furiosos golpes con sus enormes manazas.

Tarzán se acercó y alzó la mano indicando a Terkoz que dejase de sacudir a la anciana simia, porque aquella hembra no era suya, sino que pertenecía a un pobre mono caduco cuyos días de luchador que­daban muy lejos en el tiempo y que, por lo tanto, no podía proteger a su familia.

Terkoz estaba perfectamente enterado de que pegar a una hembra de otro infringía las leyes de su espe­cie, pero como era un matasiete pendenciero apro­vechó el desvalimiento del marido para ensañarse con la hembra porque ésta se negó a entregarle un roe­dor tierno que la anciana había capturado.

Al ver que Tarzán se acercaba sin sus flechas, Terkoz continuó sacudiendo a la pobre simia, con la calculada intención de agraviar al odiado jefe. Tarzán no repitió su señal de advertencia, sino que, por el contrario, se precipitó sobre el expectante y preparado Terkoz.

El hombre—mono no se había enzarzado en una pelea tan terrible como aquella desde la remota fecha en que Bolgani, el ciclópeo gorila rey, le infligió un severo castigo antes de que, más por casualidad que por otra cosa, Tarzán le clavase en el corazón el enton­ces recién encontrado cuchillo.

Esta vez, sin embargo, el cuchillo apenas equili­braba la eficacia asesina de los relucientes colmi­llos de Terkoz, mientras la escasa ventaja que el simio tenía sobre el hombre, en cuanto a fuerza bruta, casi quedaba compensada por la espléndida agilidad y rapidez de movimientos de este último. En el cómputo total de condiciones a favor y en contra, el antropoide contaba con una mínima ven­taja en el combate y, de no existir otros atributos per­sonales susceptibles de influir en el resultado final, Tarzán de los Monos, el joven lord Greystoke, hubie­ra muerto tal como había vivido: como una descono­cida criatura salvaje del África ecuatorial.

Pero contaba con algo que lo situaba por encima de sus compañeros de la selva, esa chispa que cons­tituye la radical diferencia existente entre el hom­bre y la bestia: la razón, la facultad de discurrir. Eso fue lo que le salvó de perecer entre los músculos de hierro y bajo los desgarradores dientes de Terkoz.

No llevaban una docena de segundos de forcejeo cuando ya rodaban por el suelo, golpeando, arañan­do, rasgando… como dos bestias feroces que pelean a muerte.

Terkoz presentaba diez o doce cuchilladas en la cabe­za y en el pecho; del cuerpo de Tarzán manaba san­gre de varias heridas y tenía medio arrancado el cue­ro cabelludo, de forma que una buena parte de él le caía sobre un ojo y le impedía la visión.

Pero el joven inglés se las había arreglado para mantener apartados de su yugular los terribles col­millos, y entonces, cuando los combatientes se con­cedieron un respiro para recuperar el aliento y la ferocidad del combate remitió momentáneamente, Tarzán ideó un astuto plan. Se las ingeniaría para situarse a la espalda de Terkoz, se aferraría a ella con uñas y dientes y acuchillaría repetidamente a su adversario, hasta acabar con el último hálito de vida del mono.

Llevó a cabo la maniobra con más facilidad de lo que había esperado, porque aquel estúpido animal, ignorante por completo de las intenciones de Tarzán, no efectuó ningún esfuerzo especial para impedir el cumplimiento de lo que su enemigo se proponía.

Pero cuando, finalmente, se percató de que Tarzán se le había pegado por detrás, de forma que a él, Terkoz, no le era posible alcanzarle con los dientes ni los puños, el simio se arrojó al suelo con tal violencia que lo único que pudo hacer Tarzán fue agarrarse desesperadamente a aquel cuerpo que giraba, se retor­cía y brincaba con frenética brusquedad. Y antes de que le fuera posible asestar la primera puñalada, el cuchillo se le escapó de la mano a causa del impacto contra el suelo. Tarzán se encontró indefenso.

Durante los tumbos y forcejeos de los minutos siguientes, Tarzán tuvo que soltar su presa una doce­na de veces, hasta que, por último, se le presentó una circunstancia favorable en el curso de las rápidas y continuas evoluciones y se encontró con que la mano derecha tenía sujeto a su enemigo de forma que éste no podía zafarse de ninguna manera.

Había pasado el brazo por debajo de la axila de Terzok, por la espalda del mono, y el antebrazo de Tarzán se ceñía al cuello de su adversario. Era lo que en la lucha libre moderna se llama llave Nelson, una presa que el hombre—mono descubrió sin que nadie se la enseñara, pero cuyo valor comprendió en segui­da, gracias a su superior capacidad de raciocinio. Allí estaba, para él, la diferencia entre la vida y la muerte.

En consecuencia, bregó para repetir la presa con el brazo y la mano izquierdos e, instantes después, el cue­llo de Terzok crujía sometido a la presión de una doble Nelson.

Ya no daban vueltas ni se retorcían. Ambos esta­ban completamente inmóviles en el suelo, con Tarzán sobre la espalda de Terzok. Poco a poco, la cabeza en forma de bala del simio se veía obligada a hundirse cada vez más en el pecho.

Tarzán sabía ya cuál iba a ser el resultado. El cue­llo del mono no tardaría en romperse. Entonces acu­dió en socorro de Terzok el mismo factor que le había colocado en aquel trance doloroso: la capacidad de razonamiento del hombre.

«Si le mato —pensó Tarzán—, ¿qué beneficios va a reportarme? ¿No privaré a la tribu de un gran lucha­dor? Por otra parte, si Terzok muere, no se enterará de mi superioridad, mientras que vivo será un ejem­plo para los demás monos.»

¿Kagoda? —siseó Tarzán al oído de Terzok, que, traducido del lenguaje de los monos, en versión libre, significa: «¿Te rindes?».

Pasaron unos segundos sin que el mono respon­diera y Tarzán incrementó ligeramente la presión, lo que arrancó un aterrado alarido de dolor al gigan­tesco simio.

¿Kagoda? —repitió Tarzán.

—¡Kagoda! —chilló Terkoz.

—Escucha —dijo Tarzán, y aflojó un poco, aunque sin soltar la presa—. Yo soy Tarzán, rey de los monos, poderoso cazador, gran luchador. En toda la selva no hay nadie tan formidable. Te has dado por vencido al decirme: «Kagoda».

—Toda la tribu lo oyó.

—No busques más pelea con tu rey ni con tus pró­jimos, porque la próxima vez te mataré. ¿Entendido? —Huh —asintió el mono.

—¿Estás conforme?

—Huh —repitió el simio.

Tarzán le soltó y al cabo de unos minutos todos habían vuelto a sus ocupaciones como si no hubiese ocurrido nada susceptible de alterar la calma de sus refugios en la selva virgen.

Pero en lo más profundo del cerebro de los simios había arraigado ya el convencimiento de que Tarzán era un luchador poderoso y una extraña criatura. Extraña porque había tenido en su mano la posibili­dad de matar a un enemigo y le permitió seguir viviendo…

Aquella tarde, cuando la tribu se reunió, como era habitual antes de que la oscuridad cayese sobre la jungla, Tarzán —que ya se había lavado las heridas en las aguas de un arroyo— convocó a los machos ancianos.

—Hoy habéis vuelto a comprobar que Tarzán de los Monos es el más grande de la tribu —declaró. —Huh —respondieron a coro—. Tarzán es grande.

—Tarzán —continuó el joven lord Greystoke— no es un mono. No es como vosotros. Su condición no es vues­tra condición, así que Tarzán va a volver al cubil de los de su misma especie que está junto a las aguas del gran lago que no tiene orilla al otro lado. Debéis elegir otro jefe que os gobierne, porque Tarzán no volverá.

Y así fue como el joven lord Greystoke dio el pri­mer paso hacia el objetivo que se había fijado: encon­trar otros hombres blancos como él.

Capítulo 13. Su propia especie

A la mañana siguiente, renqueante y dolorido a cau­sa de las heridas que sufrió en el curso del combate con Terkoz, Tarzán emprendió la marcha rumbo al oeste, donde se encontraba la costa. Avanzaba muy despacio, durmió aquella noche en la selva y llegó a la cabaña al otro día, muy entrada la mañana.

Durante varias jornadas apenas salió de ella, sólo lo imprescindible para recoger frutos con los que satis­facer las exigencias del estómago.

Al cabo de diez días se encontraba de nuevo casi en perfectas condiciones físicas, con la salvedad de una terrible herida a medio cicatrizar, que empeza­ba sobre el ojo izquierdo, se alargaba a través de la parte superior de la cabeza y concluía en la oreja dere­cha. Era la señal que dejó Terkoz cuando le desgarró el cuero cabelludo.

Durante el periodo de convalecencia, Tarzán pro­bó a confeccionarse un manto con la piel de Sabor, que había permanecido en la cabaña todo aquel tiem­po. Pero se encontró con que la piel, al secarse, se había puesto rígida como una tabla y como Tarzán no tenía la más remota idea acerca del arte de cur­tir, se vio obligado a abandonar su querido proyecto.

Luego decidió apoderarse de las prendas que pudie­se quitar a algunos guerreros negros de la aldea de Mbonga, porque Tarzán de los Monos había resuelto establecer la evolución del hombre desde los estadios inferiores, por todos los medios que estuvieran a su alcance, y las ropas y adornos le parecían el mejor distintivo de humanidad.

A tal fin, por consiguiente, reunió los diversos ata­víos ornamentales de brazos y piernas que había tomado de los guerreros negros que sucumbieron a su lazo rápido y silencioso, y se los puso todos, dis­puestos tal como viera que los llevaban sus antiguos dueños.

Se colgó del cuello la cadena de oro con el guar­dapelo de su madre, lady Alice, engarzado en dia­mantes. A la espalda, la aljaba con sus flechas, col­gada de una correa de cuero, otra pieza producto del botín arrebatado a algún negro que sacrificó.

Alrededor de la cintura, una correa de tiras de cue­ro crudo, que él mismo se había hecho para sujetar en ella la tosca funda en que envainaba el cuchillo de monte de su padre. El largo arco que perteneció a Kulonga colgaba ahora de su hombro izquierdo.

El joven lord Greystoke constituía realmente una extraña y bélica figura, con la mata de negro pelo cayéndole por detrás de los hombros y el flequillo sobre la frente, cortado de cualquier manera con el cuchillo para que los cabellos no llegaran a ponérse­le delante de los ojos.

Su figura erguida y perfecta, musculosa como pudiera ser la de los antiguos gladiadores romanos y, no obstante, con las suaves y sinuosas curvas de un dios griego, denotaban ya a primera vista que aquel cuerpo era una espléndida combinación de fuerza poderosa, flexible agilidad y dinámica rapidez.

Tarzán de los Monos era la personificación del hom­bre primitivo, del cazador, del guerrero. Con la enorme elegancia de su hermosa cabeza sobre los amplios hombros y el ígneo resplandor de la vida y la inteligencia en las pupilas de sus ojos cla­ros, muy bien podía encarnar algún semidiós de un pueblo salvaje y guerrero, desaparecido mucho tiem­po atrás, señor de aquella antigua selva virgen.

Pero ni por asomo pensaba Tarzán en tales cosas. Lo que le preocupaba era que carecía de prendas de vestir para anunciar a todos los habitantes de la jun­gla que él era un hombre y no un mono; y a veces le asaltaban serias dudas acerca de si, a pesar de todo, no acabaría convirtiéndose en un simio.

¿No empezaba a salirle pelo en la cara? Todos los monos tenían la cara cubierta de pelo, pero los hom­bres negros eran todos barbilampiños, con escasas excepciones.

La verdad es que había visto en los libros imáge­nes de hombres con abundantes masas de pelo sobre el labio, en las mejillas y en el mentón, pero, a pesar de todo, Tarzán no las tenía todas consigo. Casi todos los días se pasaba el filo del cuchillo por el rostro y se rapaba la incipiente barba para erradicar aquel degradante indicio de la condición de simio.

Así aprendió a afeitarse; rústica y dolorosamente, cierto, pero también con eficacia.

Cuando volvió a sentirse fuerte, tras el sangrien­to combate con Terkoz, Tarzán se puso en camino hacia el poblado de Mbonga. Caminaba descuidada­mente por el serpenteante sendero, en vez de des­plazarse a través de los árboles, cuando de súbito se dio de manos a boca con un guerrero negro.

La expresión de sorpresa que decoró el semblante del indígena resultó casi cómica y antes de que Tarzán se descolgara el arco del hombro, el negro había dado media vuelta y huía, a todo correr por el camino, al tiempo que lanzaba gritos de alarma como si tratara de avisar a otros que avanzasen de cara a él.

Tarzán trepó a los árboles para emprender la per­secución y al cabo de un momento divisó a los hom­bres que trataban desesperadamente de escapar.

Eran tres y corrían como posesos, en fila india, entre la exuberante maleza de la selva. Tarzán los adelantó sin dificultad y sin que nin­guno de ellos se percatase de que pasaba por encima de sus cabezas, como tampoco observaron la presen­cia de la figura agazapada en una rama por debajo de la cual se deslizaba el sendero por el que corrían.

Tarzán dejó pasar a los dos primeros y, cuando el tercero llegó al punto adecuado, en la vertical de don­de él se encontraba, el silencioso nudo corredizo des­cendió se ciñó alrededor del cuello del negro. Un seco tirón y la cuerda se puso tensa.

La víctima exhaló un grito angustiado y sus com­pañeros se volvieron para ver el cuerpo que se retorcía mientras se elevaba como por arte de magia y lue­go, despacio, desaparecía engullido por la enramada.

Entre gritos aterrados, los dos negros dieron otra vez media vuelta y reanudaron su esforzada carrera hacia la escapatoria.

Tarzán liquidó rápida y silenciosamente al prisio­nero; le quitó las armas y los adornos y —¡ah, qué alegría más inmensa!— un precioso taparrabos de ante, que inmediatamente transfirió a su propia persona.

Ahora vestía ya como debía de vestir un hom­bre. Nadie podría dudar de su origen. Lo que le hubiera gustado regresar a la tribu y exhibir ante las envidiosas miradas de los monos aquella pren­da de maravilla.

Se echó el cadáver al hombro y se dirigió, ahora más despacio, a través de los árboles hacia la aldea, porque de nuevo necesitaba flechas.

Al acercarse al recinto de la empalizada vio que un grupo de indígenas excitados rodeaba a los dos fugi­tivos, quienes, temblorosos de miedo y agotamiento, apenas tenían resuello para contar los misteriosos detalles de su aventura.

Explicaron que Mirando, que iba a escasa distan­cia, por delante de ellos, volvió informándoles a gri­tos de que un terrible guerrero blanco le perseguía. Los tres emprendieron automáticamente el regreso hacia la aldea a la máxima velocidad que podían lle­varles las piernas.

El alarido de pánico cerval que emitió Mirando les hizo volverse de nuevo y entonces sus ojos contem­plaron una escena de lo más espantoso: el cuerpo de su compañero voló hacia las ramas de los árboles, batiendo el aire con los brazos y las piernas, mien­tras por la boca abierta le salía toda la lengua. Y desa­pareció en el follaje de las alturas. No oyeron ningún otro sonido ni vieron a ser alguno cerca de Mirando.

El estado de pavor que alcanzaron los aldeanos los situó al borde de la desesperación, pero el prudente anciano Mbonga adoptó una actitud escéptica res­pecto a la historia y atribuyó todo aquel relato a la imaginación y al miedo que experimentaron los gue­rreros ante un peligro que no tenía nada de sobre­natural.

—Nos venís con ese cuento tan bonito —dijo— porque no os atrevéis a confesar la verdad. No os atrevéis a reconocer que cuando un león saltó sobre Mirando, le abandonasteis y escapasteis a todo correr. Sois un par de cobardes.

Apenas había terminado Mbonga de hablar cuan­do se oyó un gran chasquido de ramas y los negros alzaron la vista, con renovado terror. Lo que vieron sus ojos hizo que hasta el sensato Mbonga se estre­meciera, porque de las alturas, girando y retorcién­dose, cayó el cuerpo de Mirando, que, con escalo­friante impacto, fue a estrellarse contra el suelo, a los pies de los reunidos. Todos a una, los negros emprendieron rápida hui­da, sin detenerse hasta que el último se hubo perdido entre las tupidas sombras de la jungla circundante.

Una vez más, Tarzán descendió al poblado, reno­vó sus existencias de flechas y comió la ofrenda de alimentos que los salvajes le brindaban para aplacar su ira.

Antes de marcharse trasladó el cadáver de Mirando hasta el portón de la aldea y lo apoyó en la empali­zada de forma que el guerrero negro diera la impre­sión de estar mirando por encima del borde de aquel acceso, como si observase el camino que conducía a la selva.

Luego, Tarzán emprendió el regreso a la cabaña de la playa, siempre cazando por el camino. Los aterrados negros tuvieron que intentarlo tres veces antes de hacer acopio del valor suficiente para pasar junto a la espantosa sonrisa, la horrible mue­ca, que decoraba el semblante de su difunto com­pañero y entrar de nuevo en la aldea… donde se encontraron con que la comida y las flechas habían desaparecido. Lo cual les hizo comprender, aterro­rizados, que Mirando había visto al perverso espíri­tu de la selva.

Les pareció que aquello era la explicación lógica. Sólo molían quienes contemplaban al pavoroso dios de la jungla. Porque, ¿verdad que ningún habitante vivo de la aldea lo había visto? Por lo tanto, aquellos que murie­ron en sus manos debió de ser porque le vieron y ese era un delito que se pagaba con la vida.

En tanto proporcionaran al dios flechas y alimen­to, no les causaría ningún daño, a menos que posa­ran sus ojos sobre él, de modo que Mbonga ordenó que, además de la ofrenda de víveres a aquel Munan­go—Keewati, había que añadir otra de saetas. Y así se hizo a partir de entonces.

Si por casualidad alguna vez pasáis por esa remo­ta aldea de África, observaréis que, delante de una choza pequeña, justo a la salida del poblado, hay un puchero de hierro con cierta cantidad de comida y, junto a él, un carcaj de flechas con la punta impreg­nada de veneno. Cuando Tarzán llegó a la playa donde se alzaba su cabaña, un extraño e insólito espectáculo se ofreció a sus ojos.

En las apacibles aguas del puerto natural flotaba un enorme barco y sobre la arena de la playa había una barca varada.

Pero lo más maravilloso de todo era que entre la bar­ca y la cabaña se movían cierto número de hombres.

Tarzán observó que, en muchos aspectos, aque­llos hombres eran semejantes a los que había visto en los libros ilustrados. Se fue aproximando por los árboles, hasta situarse prácticamente encima de ellos.

Eran diez individuos de piel bronceada, curtida por el sol, y de catadura más bien patibularia. Estaban congregados cerca de la barca y discutían a voces, en tono agrio, al tiempo que gesticulaban y agitaban los puños en plan de amenazadores perdonavidas.

Entonces, uno de ellos, un sujeto escuchimizado de cuerpo, de semblante ruin, cubierto de espesa barba negra y expresión canallesca —rostro que le recordó a Tarzán el de Pampa, la rata— apoyó la mano en el hom­bro del individuo que estaba a su lado y con el que todos los demás habían estado teniéndoselas tiesas.

El hombre tirando a canijo señaló con el índice tie­rra adentro y el gigante se apartó un poco de los otros para mirar en la dirección que se le indicaba. En cuanto el coloso se dio la vuelta, el tipo de rostro ratonil tiró de revólver y le descerrajó un balazo por la espalda.

El gigantón alzó las manos por encima de la cabe­za, se le doblaron las rodillas y, sin el menor ruido, cayó de bruces sobre la arena de la playa, muerto.

La detonación del revólver, la primera que oía Tarzán, le dejó atónito, pero ni siquiera aquel estruen­do desacostumbrado pudo alterar la calma de sus nervios de acero poniendo en ellos el más leve asomo de temor.

El comportamiento de aquellos blancos descono­cidos le produjo la mayor preocupación. Enarcó las cejas en gesto de profunda reconcentración mental. Pensó que había obrado muy cuerdamente al no ceder a su primer impulso de precipitarse hacia aquellos hombres blancos para darles la bienvenida y aco­gerlos como hermanos.

Saltaba a la vista que no eran muy distintos de los hombres negros, no más civilizados que los monos, ni menos crueles que Sabor.

Durante unos instantes, los recién llegados per­manecieron inmóviles, con la mirada sobre el indi­viduo con cara de roedor y el gigante muerto tendido boca abajo en la playa.

Luego, uno de ellos soltó la carcajada y palmeó en la espalda al hombrecillo del revólver. A continua­ción, volvieron a charlotear y gesticular, pero sin armar gresca.

Entonces botaron la barca al mar, subieron todos a ella y remaron hacia el gran buque, en cuya cubier­ta vio Tarzán que se movían otras figuras.

Cuando todos hubieron subido a bordo de la nave, Tarzán se dejó caer al suelo, por detrás de un árbol, y se deslizó hasta la cabaña, poniendo buen cuidado en que ésta se interpusiera siempre entre él y el barco.

Al franquear la puerta descubrió que lo habían registrado todo. Sus libros y sus lápices aparecían esparcidos por el suelo. Las armas, los escudos y los demás objetos que constituían su pequeño acopio de tesoros estaban diseminados por todas partes.

Una oleada de indignación invadió el ánimo de Tarzán al contemplar el desorden organizado por aquellos individuos, la reciente cicatriz de su frente se convirtió de pronto en un resalto rojo, en una barra carmesí que destacaba sobre la atezada piel.

Se dirigió rápidamente al armario y buscó en el fon­do del cajón inferior. ¡Ah!, exhaló un suspiro de ali­vio al encontrar la cajita metálica y, al abrirla, com­probó que sus tesoros más preciados seguían allí incólumes.

El retrato del sonriente joven de facciones enérgi­cas y el enigmático libro de tapas negras seguían como si nada.

¿Qué ha sido eso?

Su oído rápido y agudo había captado un ruido leve, pero que no le resultaba familiar. Se llegó a la ventana en dos zancadas, miró hacia la bahía y vio que por un costado del buque bajaban una barca, que iba a situarse junto a otra que ya esta­ba en el mar. Observó que, al instante, por los lados del gran buque descendían muchos hombres, que se dejaban caer dentro de las barcas. Volvían con todos sus efectivos.

Tarzán permaneció un momento más observando la operación, mientras los marineros bajaban cajas y bultos a las barcas; luego, cuando éstas se aparta­ron del costado del buque, el hombre mono cogió un trozo de papel y dedicó unos cuantos minutos a tra­zar con un lápiz varias líneas de caracteres de impren­ta casi perfectos, vigorosos y bien escritos.

Clavó el letrero en la puerta, con una pequeña asti­lla de madera. Después recogió la cajita metálica y todas las flechas y venablos que podía llevar, fran­queó precipitadamente la puerta y desapareció en la selva.

Cuando las dos barcas atracaron en la plateada arena de la playa, el grupo de seres humanos que sal­tó a tierra era de lo más heterogéneo.

Unas veinte almas serían, quince de las cuales eran marineros de aire tosco e innoble. Los demás miembros de la partida tenían un aspecto muy distinto. Uno era un hombre entrado en años, de cabellos y gafas de gruesa montura. Sus hombros, ligeramente caídos, se cubrían con una levita de corte deficiente, aunque inmaculada, y la chistera de rutilante seda con que se tocaba, aña­día una nota más a la incongruencia de su atuen­do en una selva africana.

El segundo integrante del grupo que echó pie a tie­rra era un joven alto, con pantalones de dril blanco; le seguía otro hombre de edad, de frente despejada y modales nerviosos y remilgados. Tras ellos se bajó de la barca una negra de enor­mes proporciones, con un vestido de colores chillo­nes. Sus grandes ojos giraban en las órbitas, dan­do muestras inequívocas del terror que embargaba a la mujer, que miró primero hacia la jungla y lue­go a la cuadrilla de marineros, que no cesaban de soltar tacos mientras desembarcaban las cajas y los fardos.

El último miembro de la partida era una mucha­cha de unos diecinueve años, a la que el joven, que se había quedado en la parte de proa de la barca, cogió en peso y la trasladó a tierra sin que se moja­ra. La chica le dirigió una preciosa sonrisa de agra­decimiento, pero no intercambiaron palabra. El grupo echó a andar en silencio hacia la cabaña. No cabía la menor duda de que, cualesquiera que fue­sen sus intenciones, todo lo habían decidido antes de abandonar el buque. Llegaron a la puerta, en pri­mer lugar los marineros cargados con las cajas y los fardos e, inmediatamente después, las cinco perso­nas que, desde luego, pertenecían a una clase social distinta. Los hombres descargaron los bultos y uno de ellos reparó en la nota que Tarzán había clavado en la puerta.

—¡Eh, camaradas! —exclamó—. ¿Qué es eso? Si ese papel estaba ahí hace una hora, me merendaré al cocinero.

Los demás se arremolinaron tras él y estiraron el cuello por encima del hombro de los que estaban delante, pero eran pocos los que sabían leer y, al cabo de un rato de laboriosos esfuerzos, uno de ellos aca­bó por dirigirse al anciano de la levita y la chistera.

—¡Eh, profe! —llamó—. Échese p'aIante y léanos esta puñetera nota.

Ante tal invitación, el aludido se acercó despacio al punto donde se arracimaban los marineros, segui­do por los restantes miembros de la partida. El ancia­no se ajustó las gafas, observó el letrero durante un momento y luego se apartó de allí, mientras mur­muraba para su coleto:

—Extraordinario… de lo más extraordinario!

—¡Eh, viejo fósil! —exigió el individuo que le había pedido ayuda en primer término—. ¿Es que cree que sólo queríamos que leyera esa pajolera nota para usted solo? Vuelva y léala en voz alta, so percebe chocho.

El anciano se detuvo, regresó sobre sus pasos y dijo:

—¡Ah, sí, mi querido señor, le pido mil perdones. Se me fue el santo al cielo, sí… realmente se me fue el santo al cielo. ¡Extraordinario… de lo más extraordi­nario!

Se colocó de nuevo frente al letrero, lo leyó de cabo a rabo y hubiera vuelto a alejarse de allí, sumido en su asombrado desconcierto, de no haberle agarrado el marinero de mala manera por el cuello, para chi­llarle al oído:

—¡Léalo en voz alta, vejestorio imbécil de capirote! Ah, sí, claro, sí, claro —respondió el profesor en voz baja. Volvió a ajustarse las gafas y leyó en voz alta—:


ESTA ES LA CASA DE TARZÁN,

EL QUE HA MATADO FIERAS Y MUCHOS HOMBRES

NEGROS. NO SE OS OCURRA ESTROPEAR

LAS COSAS QUE SON DE TARZÁN.

TARZÁN VIGILA.


TARZÁN DE LOS MONOS


—¿Quién diablos es ese Tarzán? —preguntó el mari­no que había hablado el primero.

—Es evidente que habla inglés —observó el joven.

—¿Pero qué significa «Tarzán de los Monos»? —inte­rrogó la muchacha.

—No tengo ni idea, señorita Porter —respondió el joven—. A no ser que hayamos encontrado un simio huido del Parque Zoológico de Londres y que haya vuelto a su hogar de la selva con una educación europea. —Añadió, dirigiéndose al anciano—: ¿Qué opina, profesor Porter?

—¡Pero, papá! —exclamó la muchacha—. ¡Aún no nos has aclarado nada!

—Bueno, bueno, bueno, pequeña. Vale, vale —repu­so el profesor Porter, en tono amable e indulgente—. No te rompas la preciosa cabecita con problemas más o menos insolubles.

El hombre se alejó de nuevo, en otra dirección, cla­vada la vista en el suelo, entrelazadas las manos a la espalda, por debajo de los ondulantes faldones de la levita.

—Me parece que ese viejo chalado sabe del asunto tanto como nosotros —rezongó el marinero de cara de rata.

—¡Modera tu lenguaje! —advirtió el joven, lívido de cólera el rostro a causa del tono insolente del mari­nero—. Has asesinado a nuestros oficiales y nos has robado. Estamos completamente en tu poder, pero, o tratas al profesor y a la señorita Porter con el debi­do respeto o te romperé el cuello con mis propias manos… lleves o no lleves armas de fuego.

El joven se colocó frente al marinero de semblan­te ratonil, tan ominosamente cerca que, aunque el tipejo llevaba dos revólveres y un cuchillo de aspec­to criminal, retrocedió amilanado. —¡Maldito cobarde! —increpó el mozo—. Nunca te atre­ves a disparar contra un hombre hasta que te da la espalda. Pero a mí no te atreverás a matarme a traición…

El joven dio la espalda ostentosamente al mari­nero y se fue alejando despacio, con despectivo aplo­mo, como si pusiera a prueba al bellaco.

La mano del marinero descendió subrepticiamen­te hacia la empuñadura de uno de los revólveres; en sus malévolos ojillos centelleó un fulgor vengati­vo, mientras el joven inglés se retiraba. La mirada de sus compinches se mantenía fija, expectante, sobre él, pero el ruin marinero titubeaba. En el fondo de su ánimo aquel malandrín era incluso más cobarde de lo que había supuesto el joven caballero William Cecil Clayton.

A través de la enramada de un árbol próximo, dos ojos no se habían perdido de los movimientos de la partida. Tarzán comprobó la sorpresa que produjo su aviso y, si bien no podía entender una palabra del lenguaje oral de aquellas personas desconocidas, los ademanes y las expresiones de sus rostros le expli­caron un montón de cosas.

El homicidio perpetrado por el marinero de cara de rata sobre uno de sus compañeros despertó en Tarzán un sentimiento de profunda animadversión y al ver después que disputaba con aquel joven apuesto y bien parecido, la animosidad del hombre mono hacia el vil sujeto volvió a cobrar vida. Era la primera vez que Tarzán comprobaba los efec­tos de un arma de fuego, aunque algo había apren­dido en los libros sobre el particular y cuando obser­vó que el individuo de rostro ratonil acariciaba la culata del revólver temió ver cómo caía asesinado el joven, igual que lo fuera el marinero corpulento un poco antes, aquel mismo día.

Eso le indujo a colocar una flecha envenenada en el arco y apuntar al sujeto de cara de rata, pero el follaje era tan tupido que en seguida comprendió que las hojas o alguna rama pequeña desviaría la tra­yectoria de la saeta. Así que cambió de idea y, en vez de la flecha, disparó desde su alta atalaya un sólido venablo.

Clayton apenas había dado una docena de pasos. El marinero de cara de roedor tenía el revólver a medio desenfundar; los demás tripulantes del barco con­templaban la escena con hipnotizada atención. El profesor Porter había desaparecido dentro de la jungla, seguido del inquieto Samuel T. Philander, secretario y ayudante suyo.

Esmeralda, la negra, se atareaba tratando de loca­lizar el equipaje de su señora, entre el cúmulo de cajas y bultos amontonados junto a la puerta, y la seño­rita Porter se disponía a ir en pos de Clayton, cuando algo la hizo volver la cabeza para mirar al marinero de cara de rata.

Tres cosas sucedieron entonces casi simultánea­mente. El marinero desenfundó el revólver y dirigió la boca del cañón a la espalda de Clayton; la señori­ta Porter lanzó un grito de advertencia y un largo venablo, con la punta de metal, salió disparado, sur­có el aire como un rayo y atravesó de parte a parte el hombro derecho del hombre de aspecto ratonil.

Tronó el revólver, pero la bala se perdió en el aire. sin alcanzar a nadie, y el marinero soltó un chillido de aterrorizado dolor.

Clayton dio media vuelta y regresó corriendo al punto donde se desarrollaba la escena. Los marineros formaban un grupo asustado, dispuestas las armas, mientras escudriñaban la jungla. El herido se retor­cía en el suelo, sin dejar de emitir gritos quejum­brosos.

Sin que nadie se percatara de ello, Clayton recogió el revólver caído y se lo introdujo bajo la camisa. Después se unió a los marineros en la contemplación desconcertada de la selva. —¿Quién puede haber sido? —murmuró Jane Porter, y el joven volvió la cabeza, para ver junto a él a la muchacha, con los ojos desorbitados por el asombro.

—Me atrevería a decir que, en efecto, Tarzán de los Monos nos está vigilando —repuso el joven con voz dubitativa—. De cualquier modo, me gustaría saber con certeza a quién iba dirigida esa jabalina. Si se la lanzó a Snipes, entonces nuestro mono es un ami­go de verdad.

»¡Por Júpiter! ¿Dónde están su padre y el señor Philander? En esa jungla hay alguien, quienquiera que sea, que va armado.

El joven Clayton llamó a voz en cuello: —¡Eh, profesor! ¡Señor Philander! No hubo respuesta.

—¿Qué vamos a hacer, señorita Porter? —prosiguió el joven, fruncido el ceño por la inquietud y la inde­cisión—. No puedo dejarla aquí sola con esos crimi­nales y, desde luego, tampoco va a aventurarse con­migo por la selva. Sin embargo, alguien ha de ir en busca de su padre. Está perfectamente dotado para vagar por ahí dentro sin rumbo fijo, sin preocuparse del peligro ni de lo que le pueda esperar al final de su marcha a la buena de Dios, y lo mismo cabe decir del señor Philander. Es tan poco práctico como el profe­sor. Perdone mi franqueza, pero es que aquí corre­mos peligro y, en cuanto encontremos a su padre, hemos de hacerle comprender que no puede exponer la vida de todos, incluida la suya y la de usted, con sus despistes y distracciones continuos.

—Estoy de acuerdo —asintió la muchacha— y no me considero ofendida en absoluto. Mi padre sacrifica­ría su vida por mí sin un segundo de vacilación, siem­pre y cuando alguien consiguiera que concentrase su mente durante un segundo completo en tan frívola cuestión. Sólo hay un modo de mantenerlo seguro, sano y salvo: atarlo a un árbol. Tiene tan poco senti­do práctico, el pobre.

—¡Ya lo tengo! —exclamó Clayton de pronto—. Sabe usted manejar el revólver, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué?

—Tengo uno. Con él, Esmeralda y usted estarán relativamente a salvo en la cabaña, mientras voy a buscar a su padre y al señor Philander. Venga, llame a Esmeralda y yo saldré corriendo. No pueden haber­se alejado mucho.

Jane hizo lo que Clayton le sugirió y, cuando éste vio la puerta cerrada tras las dos mujeres, se dirigió a la jungla.

Unos marineros retiraban el venablo clavado en el hombro de su compañero herido. Clayton se acercó a ellos y les preguntó si podían dejarle prestado un revólver mientras buscaba al profesor en la selva.

Tras darse cuenta de que no se había muerto, el sujeto de la cara de rata se envalentonó lo suficiente como para escupir una andanada de tacos, en honor de Clayton, y prohibió a sus compañeros que pres­tasen arma de fuego alguna al joven inglés.

Aquel individuo, Snipes, había asumido la jefatu­ra de la cuadrilla, después de haber matado al antiguo capitoste y en el breve espacio de tiempo transcu­rrido desde entonces se había impuesto de tal forma a sus esbirros que nadie se atrevía a discutir su auto­ridad.

Por toda respuesta, Clayton se encogió de hom­bros, pero al alejarse recogió el venablo que había atravesado a Snipes y, armado de forma tan primiti­va, el hijo del entonces lord Greystoke penetró en la espesura de la jungla.

Fue pronunciando a voces, cada dos por tres, el nombre de la pareja perdida. El sonido de aquella voz fue perdiendo volumen, debilitándose paulati­namente en los oídos de las mujeres refugiadas en la cabaña de la playa, hasta que se desvaneció sofo­cado por la multitud de ruidos de aquella floresta primigenia.

Cuando el profesor Archimedes Q. Porter y su ayu­dante, Samuel T. Philander, después de que éste insis­tiera e insistiera, dieron media vuelta para encaminar sus pasos hacia el campamento, resultó que estaban todo lo perdidamente extraviados que dos seres huma­nos podían estar en aquella laberíntica maraña fores­tal, aunque ellos no lo sabían.

Exclusivamente por puro capricho de la fortuna se dirigieron hacia la costa occidental, en vez de hacer­lo hacia Zanzíbar, situado en el lado opuesto del con­tinente negro. Pronto llegaron a la playa, pero allí no había nin­gún campamento y Philander se mostró absoluta­mente convencido de que se encontraban al norte de su destino, cuando en realidad estaban a unos dos­cientos metros al sur del lugar que buscaban.

A ninguno de aquellos dos teóricos, carentes de sentido práctico, se le pasó por la cabeza la funcio­nal idea de lanzar un par de gritos con el sano pro­pósito de llamar la atención de sus amigos. En cam­bio, con toda la confianza que proporciona un razo­namiento deductivo basado en una premisa errónea, el señor Samuel T. Philander asió firmemente por un brazo al profesor Archimedes Q. Porter y tiró del ancia­no caballero, prescindiendo de sus débiles protestas en la dirección de Ciudad del Cabo, situada a unos dos mil cuatrocientos kilómetros, por el sur.

En cuanto Jane y Esmeralda se encontraron a sal­vo detrás de la puerta de la cabaña, lo primero que se le ocurrió a la mujer de color fue montar una barri­cada por la parte de dentro. Con esa idea en la cabe­za, empezó a buscar por la estancia objetos con los que ponerla en práctica; pero lo primero que vio en el interior de la cabaña arrancó un grito de terror a sus labios y, como una niña asustada, la enorme mujerona enterró la cara en el hombro de su señorita.

Al oír el chillido, Jane volvió la cabeza y descubrió la causa de aquella alarma: estaba tendida en el sue­lo, ante ella: el blanqueado esqueleto de un hom­bre. Miró un poco más allá y sus ojos tropezaron con otra osamenta, encima de la cama.

—¿En qué horrible lugar nos hemos metido? —murmuró la asustada Jane Porter. Pero, a pesar del sobresalto, no sentía verdadero pánico.

Logró desprenderse por fin del frenético abrazo de Esmeralda, la cual seguía saturando el aire de agu­dos chillidos, y cruzó el cuarto para echar un vista­zo a la cuna. Sabía lo que iba a encontrar allí inclu­so antes de que el diminuto esqueleto desplegase ante ella toda su fragilidad patética y desoladora.

¡Qué espantosa tragedia proclamaban aquellos pobres huesos mudos! Un escalofrío sacudió el ánimo de Jane Porter al pensar en las nefastas eventuali­dades que podían esperarles en aquella siniestra caba­ña, cuyo ámbito parecía estar colmado de espíritus invisibles, misteriosos y posiblemente hostiles.

El pie menudo de la muchacha repiqueteó en el suelo con impaciente rapidez, acaso para ahuyen­tar aciagos presagios, y Jane Porter se encaró con Esmeralda y le ordenó que dejase de gimotear.

—¡Basta ya, Esmeralda! ¡Cállate de una vez! —le gri­tó—. Lo único que consigues es empeorar las cosas.

Un temblor estremeció sus últimas palabras, por­que pensó simultáneamente en los tres hombres de los que dependía su protección y seguridad, los cua­les andaban en aquel momento errantes por las pro­fundidades de aquella selva aterradora.

La joven descubrió en seguida que la puerta con­taba con una gruesa barra de madera que permitía atrancarla por dentro y, al cabo de varios esforzados intentos, entre las dos mujeres consiguieron enca­jarla en su sitio, por primera vez en veinte años.

Después se sentaron en un banco, abrazadas, y aguardaron.

Capítulo 14. A merced de la selva

Una vez Clayton desapareció en el interior de la jun­gla, los marineros de la amotinada tripulación del Arrow procedieron a debatir cuál sería su siguiente paso. En una cosa se pusieron todos de acuerdo en seguida: debían trasladarse ya mismo al anclado Arrow, a bordo del cual al menos se encontrarían a salvo de las jabalinas de aquel anónimo enemigo. Y mientras Jane Porter y Esmeralda permanecían res­guardadas dentro de la cabaña, la medrosa tripula­ción de facinerosos se dirigió al buque, remando a toda prisa en los dos botes en que se llegaron a tierra.

Tarzán había presenciado aquel día tantos y tan insólitos acontecimientos que la cabeza le daba vuel­tas como si tuviera dentro un torbellino. Lo más mara­villoso de todo, sin embargo, fue el rostro de la bonita muchacha blanca.

Allí estaba, por fin, alguien de su propia especie; de eso no le cabía la menor duda. Y el joven y los dos hom­bres de edad también lo eran; tenían el aspecto que su imaginación asignó a las personas de su raza.

Pero también resultaba indudable que eran tan feroces y crueles como los otros hombres que había visto. La circunstancia de que sólo unos cuantos miembros de la partida fuesen desarmados tal vez era lo único que explicaba el que no hubiesen mata­do a nadie. Quizá se comportarían de modo muy dis­tinto si contasen con armas.

Tarzán había observado que el joven recogía y se guardaba debajo de la camisa el revólver que se le cayó al herido Snipes; también había visto que se lo traspa­só disimuladamente a la muchacha, cuando ésta se disponía a entrar en la cabaña.

No comprendía en absoluto los motivos ocultos detrás de todo lo que había presenciado, pero se daba cuenta, instintivamente, de que le caían bien el joven y los dos hombres de edad y, en cuanto a la mucha­cha, experimentaba una extraña emoción que no acababa de entender. Respecto a la mujer de color, era evidente que estaba relacionada de algún modo con la chica, lo cual también le gustaba.

Hacia los marineros, en especial hacia Snipes, sen­tía un profundo aborrecimiento. Sus gestos amenaza­dores y la expresión diabólica de sus rostros le indi­caron que eran enemigos de los otros integrantes de la partida, así que decidió no perderlos de vista.

Se preguntó Tarzán por qué se habrían adentrado en la selva los tres hombres y ni por asomo se le ocu­rrió que pudieran perderse en aquel laberinto, un terre­no que para él era tan claro como pueda ser para voso­tros la calle principal de la ciudad en que vivís.

Cuando vio que los marineros se alejaban a golpe de remo en dirección al barco y como sabía que la muchacha y su acompañante se encontraban a sal­vo dentro de la cabaña, Tarzán decidió marchar en pos del joven y enterarse de sus posibles intenciones. Se desplazó velozmente en la dirección que había tomado Clayton y no tardó en oír, debilitadas por la distancia, las voces que de vez en cuando emitía el inglés llamando a sus compañeros.

En seguida estuvo Tarzán a la altura del joven blan­co, quien, fatigado de veras, se apoyaba en el tronco de un árbol y se enjugaba la sudorosa frente. Oculto detrás de la cortina del follaje, sentado en una alta rama, el hombre—mono observó con atención aquel nuevo espécimen de su misma raza.

A intervalos más o menos regulares, Clayton repe­tía su sonora llamada y, por último, Tarzán com­prendió que estaba buscando a los hombres de edad.

Se disponía el hombre—mono a adelantarse para buscarlos él, cuando vislumbró fugazmente el deste­llo amarillento de una piel lustrosa que avanzaba sigi­losamente por la jungla, en dirección a Clayton.

Era Sheeta, el leopardo. Tarzán oyó el suave rumor de las hierbas al plegarse y se preguntó por qué el joven blanco no se apercibía del peligro. ¿Acaso no había captado aquel aviso tan estrepitoso? Tarzán nunca había visto actuar a Sheeta con tanta torpeza.

No, el hombre blanco no oía nada. Sheeta había contraído el cuerpo preparándose para saltar y, enton­ces, la quietud de la selva saltó hecha añicos al sur­car el aire el penetrante grito de desafío del mono. El leopardo se revolvió y aterrizó estruendosamente entre la maleza.

El susto hizo que Clayton se irguiera de golpe. La sangre se le heló en las venas. En la vida había esta­llado en sus oídos un ruido tan sobrecogedor. No era ningún cobarde, pero si hubo alguna vez un hombre al que los gélidos dedos del pánico estrujasen el cora­zón, ese hombre fue William Cecil Clayton, primo­génito de lord Greystoke de Inglaterra, en el momen­to de sufrir tan pavorosa experiencia en las frondas de la selva africana.

Los crujidos que produjo aquel cuerpo de enormes proporciones al atravesar la maleza junto a él y per­derse en la jungla, así como el alarido aterrador que resonó por encima de su cabeza sometieron a dura prueba el valor de Clayton, llevando al muchacho al limite de su resistencia, aunque no podía saber que precisamente aquel grito iba a salvarle la vida, como también ignoraba que la persona que lo profería era su propio primo… el auténtico lord Greystoke.

La tarde se aproximaba a su término y Clayton, des­corazonado y desalentado, se encontraba presa de un terrible desconcierto, sin saber qué rumbo tomar; si seguir buscando al profesor Porter, a riesgo de perder la vida en la selva durante la noche, un peligro casi cierto, o regresar a la cabaña, donde al menos estaría en situación de proteger a Jane de las amenazas que sin duda los acosarían por todas partes.

No quería volver al campamento sin su padre; pero se le encogía el alma ante el pensamiento de dejar a la muchacha sola e indefensa en manos de los sediciosos del Arrow o frente a los mil peligros des­conocidos de la selva.

Pensó que también era posible que el profesor y Philander hubiesen regresado ya al campamento. Sí, era más que probable. Le pareció que lo mejor sería volver a comprobarlo, antes que continuar con aquella búsqueda que parecía absolutamente infructuosa. Adoptada esa determinación, echó a andar, trope­zando con matorrales y arbustos, hacia el punto don­de suponía se encontraba la cabaña. Ante la sorpresa de Tarzán, el joven fue adentrán­dose en la jungla, en dirección a la aldea de Mbonga, lo que hizo comprender al sagaz hombre—mono que el muchacho andaba completamente desorientado.

Era algo que a Tarzán le resultaba poco menos que incomprensible; pero su raciocinio le indicaba que nadie se arriesgaría a acercarse a la aldea de los hombres negros armado sólo con un venablo que, a juzgar por la forma desmañada en que lo esgrimía, era a todas luces un arma que el joven blanco no estaba acos­tumbrado a manejar. Por otra parte, tampoco seguía el rastro de los ancianos.
Estos habían pasado por allí mucho rato antes, cosa que era clara y evidente a los ojos de Tarzán. El hombre mono estaba perplejo. En cuestión de muy poco la implacable selva podría acabar fácil­mente con aquel intruso desconocido e inerme, si él, Tarzán, no se apresuraba a conducirle a la playa.

Sí, allí estaba Numa, el león, que ya acechaba al hom­bre, a una docena de pasos por la derecha de su presa.

Clayton oyó el ruido que provocaba el paso de aquel corpachón que avanzaba paralelamente al suyo y enton­ces rasgó el aire de la tarde el tonante rugido de la fie­ra. El hombre se detuvo en seco, enarboló la jabalina y se situó de cara a la maleza por la que había llegado el terrible sonido.
Las sombras se espesaban, la oscu­ridad de la noche descendía rápidamente.

¡Santo Dios! ¡Morir allí solo, entre las fauces de las bestias salvajes, desgarrado y despedazado!
¡Sentir sobre el rostro el cálido aliento de la fiera, segundos antes que las garras le destrozasen a uno el torso!

Durante unos segundos, la inmovilidad fue allí total. Clayton permaneció rígido, levantado el venablo. Un tenue crujido entre los matorrales le advirtió del sigi­loso avance del animal que se encontraba al otro lado. El cuerpo se encogía, disponiéndose para el salto. Lo vio por fin, a unos seis metros de distancia… un cuer­po alargado, flexible y musculoso, de rojiza y enorme cabeza coronada por una espléndida melena negra.

El felino avanzaba morosamente, con el vientre pegado al suelo. Se detuvo al tropezar sus ojos con los de Clayton y lenta, cautelosamente, encogió los cuartos traseros para impulsar el salto.

El hombre contempló angustiado a la fiera, sin atre­verse a arrojar la jabalina, incapaz de emprender la huida.

Percibió un ruido en lo alto del árbol, por encima de su cabeza. Pensó que se cernía sobre él algún nue­vo peligro, pero no se atrevió a apartar la vista de las pupilas verde amarillas que tenía delante. Se oyó un sonido vibrante, como si se hubiera roto la cuerda de un banjo y, casi simultáneamente, una saeta fue a clavarse en la piel amarilla del agazapado león.

Al tiempo que soltaba un rugido de rabioso dolor, la fiera saltó, pero Clayton, sin saber muy bien cómo, se las arregló para echarse a un lado y, tras esquivar la acometida, al volver de nuevo la cabeza para enca­rar al rey de la selva, se quedó de una pieza al con­templar horrorizado el cuadro que tenía ante los ojos. Casi al mismo tiempo que el león daba media vuelta para insistir en su ataque, un gigante medio desnu­do se descolgó del árbol y cayó justamente sobre el lomo del felino.

Como el rayo, un brazo que parecía estar forma­do por un conjunto de tiras de músculos de acero se ciñó alrededor del enorme cuello del león y la gigan­tesca bestia se vio levantada por los cuartos traseros y sus patas se agitaron en el aire, mientras las fau­ces rugían… El recién llegado lo levantó como Clayton hubiese levantado a un perrito lulú.

La escena que presenció aquel atardecer en las pro­fundidades de la selva africana quedó grabada a fue­go en el cerebro del joven inglés.

El hombre que tenía ante sí era la personificación del ideal físico, de la fortaleza apolínea; sin embargo, no dependía de eso en su combate con el gran felino ya que, por muy poderosos que fueran sus múscu­los, no podían compararse con los de Numa. La supre­macía de aquella perfección humana se debía a la agilidad, a la inteligencia… y al largo y afilado cuchi­llo que empuñaba.

Su brazo derecho rodeó el cuello del león, mientras la mano zurda le clavaba el cuchillo una y otra vez detrás de la paletilla izquierda, que carecía de protección. La enfurecida bestia, se levantó hasta sostenerse sobre los cuartos traseros y forcejeó, impotente en aquella pos­tura antinatural.

Es posible que, de haber durado la lucha unos segundos más, el resultado hubiera sido distinto, pero todo ocurrió con tal rapidez que el león apenas tuvo tiempo de recobrarse de la sorpresa y la confusión antes de desplomarse sin vida contra el suelo.

Entonces, la extraña figura que lo había vencido se irguió sobre el cadáver, echó hacia atrás la sal­vaje y hermosa cabeza y lanzó al viento un grito ate­rrador, idéntico al que momentos antes había pues­to a Clayton los nervios de punta.

Vio ante sí la figura de un hombre joven, comple­tamente desnudo, salvo por el taparrabos y los bár­baros adornos que lucía en los brazos y las piernas; en el pecho, destacaba sobre la morena piel un guar­dapelo con un diamante de valor incalculable.

El cuchillo de monte había vuelto a su tosca vaina y el hombre estaba recogiendo el arco y la aljaba de las flechas del lugar a donde los había arrojado cuan­do saltó para lanzarse contra el león.

Clayton se dirigió en inglés a aquel desconocido, al que agradeció la valerosa ayuda que le había presta­do y al que felicitó por la espléndida fortaleza y habilidad de que hizo gala, pero la única respuesta que obtuvo fue una firme y directa mirada y un encogimiento de aquellos hombros poderosos, gestos que lo mismo po­dían significar que los servicios prestados no tenían importancia o que el singular individuo desconocía la lengua de Clayton.

El salvaje —porque Clayton pensaba que era un sal­vaje— volvió a colgarse al hombro el arco y el carcaj. Luego desenvainó de nuevo el cuchillo y, con hábiles tajos, cortó una docena de tiras de carne del cuerpo del león. Después, se sentó en cuclillas y procedió a comérselas, no sin antes invitar a Clayton, con un gesto, a participar en el refrigerio.

Los blancos y fuertes dientes del hombre de la sel­va se hundieron con evidente delectación en la car­ne cruda, de la que goteaba sangre, pero a Clayton le resultó de todo punto imposible compartir con su extraño anfitrión una comida que no había pasado por el fuego. Se limitó a contemplarle y, en un momen­to determinado, le asaltó el convencimiento de que aquel hombre era Tarzán de los Monos, el autor de la nota que por la mañana había visto clavada en la puerta de la cabaña. En cuyo caso debía hablar inglés.

Clayton intentó de nuevo entablar conversación con el hombre mono, pero las réplicas orales de éste, expresadas en una lengua extraña, parecían una mez­cla de parloteo propio de los simios y gruñidos de alguna fiera salvaje.

No, no podía tratarse de Tarzán de los Monos, pues­to que, indudablemente, aquel hombre ignoraba pro­funda y completamente el idioma inglés.

Una vez dio por concluido su piscolabis, Tarzán se puso en pie, señaló en una dirección muy distinta a la que llevaba Clayton y echó a andar a través de la floresta, hacia el punto que había indicado.

Sorprendido y confuso, Clayton vaciló; dudaba en seguirle porque creía que, de hacerlo, se hundiría más en las profundidades laberínticas de la selva. Pero, al ver que no se decidía a seguirle, el hombre mono regresó, le agarró por la chaqueta y tiró de él hasta estar seguro de que Clayton había entendido lo que se esperaba que hiciese. Entonces le dejó para que le siguiera por propia voluntad.

El inglés acabó por llegar a la conclusión de que le había cogido prisionero y no vio más alternativa que acompañar al hombre que le había capturado. Así avan­zaron despacio por la jungla mientras el negro man­to de la impenetrable noche de la selva se abatía sobre ellos y Clayton percibía a su alrededor el subrepticio rumor de pasos de las acolchadas garras de las fie­ras que se entremezclaba con el leve chasquido de las ramitas y los gritos y llamadas de los salvajes pobla­dores de aquella exuberante espesura.

De súbito, Clayton oyó un disparo cuya detonación llegaba atenuada por la distancia. Sólo un disparo, y luego silencio.

En la cabaña de la playa, dos aterrorizadas muje­res se acurrucaban en el banco, abrazadas, mientras la creciente oscuridad las envolvía en su negrura.

La negra sollozaba histéricamente, lamentando el amanecer de aquel desventurado día en que partió de su querido Maryland, mientras la muchacha blan­ca, secos los ojos y exteriormente tranquila la acti­tud, sentía en su interior mil temores y presagios funestos que le desgarraban el ánimo. Más que por sí misma, el miedo era por los tres hombres que anda­ban errabundos por las profundidades abismales de la jungla salvaje, de la que llegaban a sus oídos los incesantes gritos y rugidos, gruñidos y ladridos de los feroces habitantes de aquella selva que mero­deaban a la búsqueda de presas.

En aquel instante se produjo el rumor de un cuer­po pesado que se restregaba contra la puerta de la cabaña. Jane Porter oyó el ruido de las pisadas de unas acolchadas zarpas que pisaban el suelo exte­rior. Hubo una pausa de silencio, un silencio inten­so, que sólo permitía percibir el tenue murmullo que llegaba de la jungla. La joven distinguió entonces con tota claridad los resoplidos de una animal que olfa­teaba la puerta, a medio metro de donde la joven se encontraba. Jane Porter se estremeció instintivamente y se oprimió más contra la mujer negra.

—Chist! —susurró—. ¡Silencio, Esmeralda!

Porque, según parecía, fueron los sollozos y gemi­dos de la negra lo que atrajo al animal que acechaba al otro lado del exiguo muro de la cabaña.

Sonó en la puerta el rumor agudo de unos araña­zos. La fiera intentaba entrar a la fuerza; pero los ras­guños cesaron y la muchacha oyó otra vez los pasos cautelosos de unas patas acolchadas que daban la vuelta alredededor de la construcción. Los pasos se detuvieron… debajo de la ventana en la que esta­ban fijos los aterrados ojos de la muchacha.

—¡Santo Dios! —murmuró, porque entonces, tras el marco del pequeño rectángulo de la enrejada ven­tana, se recortó contra el fondo celeste que ilumina­ba la luna la silueta de la cabeza de una leona enor­me. Los brillantes ojos del felino estaban ferozmente clavados en Jane Porter.

—¡Mira, Esmeralda! —susurró la joven—. ¿Qué vamos a hacer? ¡Mira! ¡Rápido! ¡La ventana! Acobardadísima, Esmeralda se arrimó todavía más a su señora, al tiempo que dirigía una mirada al rec­tángulo de claridad lunar que constituía la venta­na, en el preciso instante en que la leona emitía un rugido sordo y salvaje.

Lo que vio la negra resultó excesivo para sus sobre­cargadamente tensos nervios. —¡Dios me valga! —exclamó, para desplomarse con­tra el suelo, sin sentido, como una masa inerte. Durante lo que pareció una eternidad, el colosal felino permaneció erguido, con las patas delanteras apoyadas en el alféizar de la ventana, sin hacer otra cosa que mirar con ojos fieros al interior del cuarto. Al final, probó la resistencia de la reja, tratando de romperla con las enormes zarpas.

Jane Porter estaba casi sin aliento, de tanto con­tener la respiración, cuando observó, aliviada, que la cabeza de la leona había desaparecido. Oyó que los pasos se alejaban de la ventana. Pero se diri­gieron nuevamente a la puerta y se reanudaron los arañazos; en esa ocasión con creciente energía, has­ta el punto de que, en sus frenéticas ansias de caer sobre sus víctimas indefensas, el robusto animal empezó a arrancar astillas del macizo paño de madera.

De haber sabido Jane lo fuerte que era aquella puerta, construida pieza a pieza, no habría experi­mentado el más mínimo temor de que la leona pudie­se llegar hasta ellas a través de aquel acceso. Y poco podía John Clayton imaginarse, cuando fabricaba aquella tosca pero formidable barrera, que un día, veinte años después, iba a servir para pro­teger a una bonita joven estadounidense, que por entonces aún no había nacido, impidiendo que perdiese la vida bajo las garras y entre las fauces de una fiera devoradora de seres humanos.

Veinte minutos cumplidos estuvo la leona olfate­ando y arañando la puerta, alternativamente. De vez en cuando emitía un sordo y selvático rugido de rabia. Al final, sin embargo, cedió en sus intentos y la muchacha la oyó regresar a la ventana, al pie de la cual hizo una breve pausa, antes de proyectar todo su enorme peso contra la reja, bastante deteriorada ya por el paso del tiempo y la acción de los elemen­tos atmosféricos.

Jane Porter oyó el crujido de las barras de made­ra al recibir el impacto; pero aguantaron y el robus­to cuerpo del felino fue a parar al suelo.

Una y otra vez, la leona repitió la acometida, has­ta que, al final, la horrorizada muchacha vio que cedía un trozo de la reja y, segundos después, por el hue­co irrumpieron en la estancia una pata y la cabeza del animal.

Poco a poco, el cuello y los brazuelos poderosos fueron ampliando la abertura, al apartar los barro­tes, y el elástico cuerpo fue adentrándose cada vez más en la habitación.

Como si estuviera en trance, la joven se incorporó, con la mano en el pecho, rebosantes de horror las pupilas que parecían incapaces de apartarse de las rugientes fauces de la bestia, que apenas se encon­traban a tres metros de ella. A los pies de la joven yacía la postrada figura de Esmeralda. Si pudiera hacerla recobrar el sentido, acaso entre las dos, com­binando sus esfuerzos, lograran rechazar a aquella fiera intrusa, despiadada y sedienta de sangre.

Jane se inclinó para coger por un hombro a la mujer negra. La sacudió con cierta rudeza. —¡Esmeralda! ¡Esmeralda! —conminó la muchacha—. ¡Ayúdame o estamos perdidas!

Esmeralda abrió los ojos despacio. Lo primero con que tropezaron fueron los colmillos babeantes de la hambrienta leona. La pobre mujer soltó un grito de terror, se puso a gatas y en tal postura, sobre las manos y las rodillas, se desplazó por el cuarto, al tiempo que chillaba, a pleno pulmón:

—¡Ay de mí, ay de mí! ¡Que el Señor me valga!

Esmeralda pesaba unos ciento veinticinco kilos, y su extraordinaria viveza al moverse, unida a su no menos extraordinaria corpulencia, producían un resultado de lo más asombroso cuando decidía tras­ladarse a cuatro patas.

La leona se quedó inmóvil, mirando hipnotiza­da a la regateante Esmeralda, cuya meta parecía ser el armario, dentro del cual daba la impresión de estar dispuesta a alojar su inmensa humanidad; pero como los estantes sólo tenían un hueco de vein­te a veinticinco centímetros, sólo consiguió meter allí la cabeza; a la vista de su fracaso, dejó oír un chillido que convertía en insignificantes el conjun­to de ruidos de la selva y, luego, se desmayó otra vez.

Con el desvanecimiento de Esmeralda, la leona rea­nudó sus esfuerzos para conseguir que su cuerpo atravesara la cada vez más debilitada reja.

Apoyada en la pared del lado contrario, pálida y envarada, Jane Porter buscó desesperadamente con la vista alguna vía de escape. De pronto, su mano, que tenía oprimida contra el pecho, notó el duro con­torno del revólver que Clayton le había entregado aquel mismo día, unas horas antes. Tiró del arma rápidamente, la sacó del lugar don­de lo había guardado, encañonó el rostro de la leona y apretó el gatillo.

A la llamarada del fogonazo y al estruendo de la detonación siguió el rugido de rabia y dolor con que respondió la fiera.

Jane Porter vio desaparecer de la ventana la inmen­sa figura que la llenaba y luego se desmayó. El revól­ver cayó a su lado.

Pero Sabor no había muerto. El balazo no hizo sino causarle una herida dolorosa en la paletilla. Lo que la impulsó a retirarse momentáneamente fue la sor­presa causada por el deslumbrante relampagueo y el ruido ensordecedor del disparo.

Al cabo de un momento volvía a atacar el enrejado y sus garras furibundas descargaron zarpazo tras zar­pazo, pero los efectos de sus golpes eran menores, pues­to que la extremidad herida le era prácticamente inútil.

Veía a su presa las dos mujeres tendidas incons­cientes en el suelo. Y no quedaba resistencia que superar. Tenía delante una buena ración de comida y, para disponer de ella sólo debía pasar al otro lado de la reja. Poco a poco, centímetro a centímetro, su voluminoso cuerpo fue colándose por la brecha que había abierto. La cabeza ya estaba al otro lado, una pata y la paletilla estaban a medio camino.

Levantó la pata herida, con todo el cuidado del mun­do, para llevarla lentamente hacia el otro lado de los barrotes que se ceñían en torno a la extremidad.

Segundos después, una vez pasaron ambas pale­tillas, se deslizarían rápidamente el largo y ondulan­te cuerpo y la estrecha grupa.

Y en ese preciso instante Jane Porter abrió de nue­vo los ojos.

Capítulo 15. El dios del bosque

Al oír la detonación del arma de fuego, un marasmo de temores y aprensiones agónicos sacudió el espíri­tu de Clayton. Se daba perfecta cuenta de que el autor del disparo podía ser uno de los marineros, pero el hecho de haber dejado el revólver a Jane, junto con la circunstancia de tener los nervios de punta, le sugi­rió la morbosa certeza de que la muchacha se encon­traba en grave peligro. Era posible, incluso, que estu­viera defendiéndose frente a algún individuo o bestia salvaje.

A Clayton le era imposible adivinar lo que opi­naba aquel hombre extraño que le había captura­do, pero saltaba a la vista que oyó el disparo y que de una u otra manera le afectó, ya que había apre­surado el paso de un modo notable, hasta el pun­to de que Clayton, que avanzaba a ciegas tras él, tropezó una docena de veces mientras se esforza­ba inútilmente en mantener su ritmo de marcha. El joven inglés no tardó en quedar desesperada­mente rezagado.

Temió volver a extraviarse irremediablemente en la selva y, para evitar semejante contingencia, avisó a voces al salvaje que le precedía. Instantes después tuvo la satisfacción de verlo aterrizar a su lado, pro­cedente de las ramas de un árbol.

Tarzán contempló al muchacho durante unos segun­dos, como si no supiera muy bien qué era lo que debía hacerse; al final, se agachó delante de Clayton, le indi­có que le pasara los brazos alrededor del cuello y, con el joven inglés cargado a la espalda, Tarzán dio un sal­to hacia la enramada.

Clayton no olvidaría nunca los minutos siguientes. Por las alturas, entre ramas que se agitaban y cur­vaban, se vio trasladado a una velocidad que a él le parecía increíble, mientras Tarzán se irritaba por la lentitud de su desplazamiento aéreo.

Desde una elevadísima rama, aquel ágil atleta de la selva se lanzó en vertiginoso arco, con Clayton aferrado a su cuerpo, hacia un árbol contiguo, para recorrer a continuación un centenar de metros a pie, sobre un dédalo de ramas entrelazadas, como un equi­librista que anduviera por la cuerda floja sobre las tenebrosas profundidades de un verdor que queda­ba a muchos metros por debajo.

De la inicial sensación de pavor escalofriante Clayton pasó a un sentimiento de acendrada admi­ración y envidia hacia los colosales músculos y el conocimiento absoluto del terreno o el instinto mara­villoso que guiaba a aquel dios del bosque a través de las negruras nocturnas, permitiéndole desplazar­se con la misma soltura y facilidad con que Clayton hubiera deambulado por las calles de Londres a las doce del mediodía.

De vez en cuando, entraban en un trecho donde se aclaraba la densidad del follaje y los brillantes rayos de la luna iluminaban, ante los sorprendidos ojos de Clayton, el extraño camino que recorrían.

En ocasiones, el joven inglés contenía la respira­ción a la vista de los abismos espeluznantemente pro­fundos que se abrían bajo sus pies, porque Tarzán había optado por seguir el trayecto más corto, lo que a menudo les llevaba por atajos situados a más de treinta metros por encima del suelo.

Y, sin embargo, con toda aquella aparente rapidez, Tarzán tenía realmente la impresión de que avanza­ba con relativa lentitud, al verse obligado a selec­cionar ramas lo bastante consistentes como para soportar el peso de los dos cuerpos.

Llegaron al calvero que se extendía frente a la playa. El finísimo oído de Tarzán captó al instante los extra­ños sonidos que producían los esfuerzos de Sabor en su afán de atravesar la reja. A Clayton le pareció que se habían caído desde una altura de treinta metros, tan raudo fue el descenso de Tarzán. A pesar de todo, ape­nas notó sacudida alguna al tomar tierra. En cuanto se soltó de la espalda del hombre—mono, le vio correr como una ardilla hacia el lado opuesto de la cabaña.

El joven inglés dio un salto y se precipitó de inme­diato tras él, justo a tiempo de vislumbrar los cuar­tos traseros de una enorme bestia a punto de desa­parecer por la ventana de la cabaña.

Cuando Jane abrió los ojos para darse cuenta del inminente peligro que la amenazaba, su aguerrido corazón juvenil abandonó todo vestigio de esperan­za. Pero entonces, ante su sorpresa, observó que el enorme animal retrocedía lentamente a través de la ventana como si alguien tirase de él y lo arrastrara. Luego, Jane Porter vio a la luz de la luna la cabeza y los hombros de dos hombres.

Inmediatamente después de doblar la esquina de la cabaña y observar que el animal estaba a punto de desaparecer en su interior, Clayton vio también que el hombre—mono agarraba con ambas manos el lar­go rabo de la leona, apoyaba los pies en el muro de la construcción y aplicaba toda la fuerza de su poderosa musculatura para tirar de la bestia y sacarla del interior de la cabaña.

Clayton se apresuró a echarle una mano, pero el hombre mono le farfulló en tono autoritario y peren­torio algo que Clayton comprendió era una orden, aunque no entendía una sola palabra.

Por último, merced al esfuerzo conjunto de los dos hombres, la mole del felino tuvo que retroceder y reti­rarse de la ventana. Y entonces Clayton empezó a per­catarse de lo temeraria que resultaba la iniciativa de su compañero.

Para Clayton representaba verdaderamente el col­mo del heroísmo el que un hombre desnudo agarra­se por la cola a una fiera rugiente, hambrienta y de afi­ladas zarpas, y tirase de ella hasta arrancarla de una ventana para salvar así a una desconocida muchacha blanca.

En lo que a él, a Clayton, concernía, la cuestión era muy distinta, porque Jane Porter no sólo perte­necía a su misma clase y especie, sino que además era la mujer que amaba.

Aunque sabía que la leona hubiera acabado con ellos en un dos por tres, el joven británico puso todo su empeño y voluntad en tirar de la bestia para apar­tarla de Jane Porter. Recordó entonces el combate que había mantenido aquel hombre con el león de melena negra y que él, Clayton, había presenciado poco antes y empezó a sentir más confianza.

El hombre—mono seguía dando órdenes que él no lograba comprender.

Tarzán decía a aquel estúpido hombre blanco que clavase las flechas envenenadas en los lomos e ijares de Sabor y que procurase alcanzar el salvaje corazón de la fiera con el cuchillo de caza que Tarzán lleva­ba en la vaina de la cintura; pero el hombre blanco no le comprendía y Tarzán no deseaba arriesgarse a soltar a Sabor para hacer lo que indicaba a Clayton. Sabía que aquel alfeñique blanco era incapaz de man­tener a raya, aunque sólo fuera un instante, a la pode­rosa Sabor.

Poco a poco, la leona fue saliendo de la ventana. Por último, las paletillas quedaron fuera. Y Clayton vio entonces algo increíble. Cuando Tarzán se devanaba el cerebro en busca de algún recurso que le permitiera combatir cuerpo a cuer­po con el enfurecido animal, recordó de pronto su combate con Terkoz; y una vez los brazuelos de Sabor estuvieron fuera de la ventana y la leona que­dó con las patas delanteras apoyadas en el alféizar, el hombre—mono soltó repentinamente la cola del felino.

Con la celeridad propia de un crótalo, se lanzó sobre el lomo de Sabor y los fuertes brazos se las arreglaron para pasar por debajo de las patas de la leona y aplicarle una doble Nelson, tal como apren­dió a hacer durante la sangrienta y victoriosa lucha con Terkoz.

Sabor lanzó un rugido y se echó de espaldas con­tra el suelo, cayendo encima de su enemigo, pero no consiguió más que el gigante de pelo negro apre­tara más la presa.

Sabor agitó las patas y se revolvió en el aire, para luego revolcarse rodando por tierra, en un arreba­tado intento para quitarse de encima aquel extra­ño antagonista; pero las férreas cintas de múscu­los obligaban con creciente fuerza a la cabeza de Sabor a descender y oprimirse contra el leonado pecho.

Los antebrazos de acero del hombre mono opri­mieron implacablemente el cuello de la fiera. Los esfuerzos de la leona se fueron debilitando de modo paulatino.

Por último, Clayton vio a la plateada claridad de la luna convertirse en nudos trenzados los enormes músculos de los brazos y hombros de Tarzán. El hom­bre mono efectuó un sostenido esfuerzo supremo… y las vértebras del cuello de Sabor produjeron un agu­do chasquido al quebrarse.

Tarzán se puso en pie instantáneamente y, por segunda vez aquel día, Clayton oyó el salvaje alarido que los simios lanzaban al viento para manifestar su victoria. Luego, el grito angustiado de Jane:

—¡Cecil… Señor Clayton! ¡Oh, ¿qué ocurre? ¿Qué sucede?

Al tiempo que se acercaba corriendo a la cabaña, Clayton respondió que todo iba bien. Al llegar a la puerta, pidió a la muchacha que le abriera. Jane Porter levantó el gran travesaño que atrancaba la hoja de madera, abrió la puerta y casi arrastró a Clayton al interior.

—¿Qué fue ese ruido tan espantoso? —murmuró, mientras se acurrucaba contra él.

—El grito con que anuncia una muerte la gargan­ta de un hombre que acaba de salvarle la vida, seño­rita Porter. Aguarde, le traeré aquí para que pueda darle las gracias.

Por nada del mundo la muchacha se hubiera que­dado sola, así que acompañó a Clayton a la fachada de la cabaña ante la que yacía el cadáver de la leona.

Tarzán de los Monos había desaparecido.

Clayton le llamó unas cuantas veces, pero sin obte­ner respuesta. Al cabo de un momento, la pareja regresó a la seguridad que brindaba el interior de la cabaña.

—¡Qué sonido más horrible! —articuló Jane—. Me dan escalofríos sólo de recordarlo. No me diga que una garganta humana puede modular un alarido tan espe­luznante.

—Pues, así es, señorita Porter —repuso Clayton—. Y si no se trataba de la garganta de un hombre, era la de un dios de la floresta.

Acto seguido le contó su experiencia con aquella extraña criatura: las dos veces que el salvaje le sal­vó la vida, la espléndida fuerza física, agilidad y valor de aquel ser, su piel bronceada y su bien parecido rostro.

—No consigo entenderlo —concluyó—. Al principio pen­sé que podía tratarse de Tarzán de los Monos; pero no habla ni entiende el inglés, de modo que tal conje­tura resulta insostenible.

—Bueno, sea lo que fuere —declaró la muchacha—, le debemos la vida, así que, ¡que Dios le bendiga y le pro­teja en esta jungla salvaje!

—Amén subrayó Clayton fervorosamente.

—¡Por el amor del buen Señor! ¿Verdad que no estoy muerta?

Volvieron la cabeza para ver a Esmeralda sentada en el suelo, con sus enormes y saltones ojos yendo de un lado a otro de la estancia, como si no pudiese creer el testimonio de la pareja en cuanto al lugar en que se hallaba.

La reacción le llegó entonces a Jane Porter: se dejó caer en el banco y prorrumpió en un encadenamien­to de sollozantes risas histéricas.

Capítulo 16. De lo más extraordinario

A varios kilómetros al sur de la cabaña, en la franja arenosa de una playa, dos hombres de edad dis­cutían.

Ante ellos se dilataba la inmensidad del Atlántico. A su espalda, el continente negro. Y, casi envol­viéndoles, el sombrío perfil ominoso de la selva impe­netrable.

Rugían y ululaban las fieras salvajes; sobre los oídos de ambos hombres parecían precipitarse los más espan­tosos y extraños ruidos. Desorientados, habían reco­rrido kilómetros y kilómetros, tratando de localizar su campamento, pero sin lograrlo porque siempre avan­zaron en dirección equivocada. Se encontraban irre­misiblemente perdidos, como si de pronto los hubieran trasladado a otro mundo.

La verdad es que, en aquel momento crucial, has­ta la última partícula de sus intelectos, de común acuerdo y combinadamente, debían concentrarse, en la cuestión decisiva, una cuestión de vida o muerte para ellos: encontrar la ruta que les permitiera vol­ver al campamento.

Tenía la palabra Samuel T. Philander:

—Pues, sí, mi querido profesor —argumentaba—, insis­to en que, a no ser por el triunfo en España de Isabel y Fernando sobre los árabes, en el siglo XV, el mun­do se encontraría hoy mil años más adelantado de lo que está. Los árabes eran un pueblo fundamen­talmente tolerante y amplio de miras, un pueblo de agricultores, artesanos y comerciantes, la clase de personas que hacen posible civilizaciones como las que encontramos actualmente en Europa y América, mientras que los españoles…

—¡Bueno, bueno, mi querido señor Philander —le interrumpió el profesor Porter—, precisamente la reli­gión de los árabes eliminaba de raíz las posibilidades que usted sugiere. Los musulmanes eran, son y serán una plaga nefasta para el progreso científico, lo que ha marcado… —¡Dispense, profesor! —le cortó el señor Philander, que había vuelto la cabeza para mirar hacia la sel­va—. Parece que alguien se acerca.

El profesor Archimedes Q. Porter miró en la direc­ción que indicaba su miope interlocutor. —Venga, venga, señor Philander —reconvino—. ¿Cuán­tas veces he de aconsejarle que se esfuerce en con­seguir la concentración absoluta de sus facultades mentales, único medio que le permitirá alcanzar las más altas cotas de potencia intelectual para aplicar­la a los trascendentales problemas con los que, por ley natural, han de enfrentarse las masas encefáli­cas superiores? Y ahora va usted y perpetra una de las más flagrantes descortesías al interrumpir mi ilus­trada alocución para comunicarme la presencia de un simple cuadrúpedo del género Felis. Como iba diciendo, señor…

—¡Por todos los santos, profesor! ¿Un león? —excla­mó el señor Philander, al tiempo que forzaba su mira­da de corto de vista con ánimo de distinguir mejor la borrosa silueta que se recortaba contra la oscura maleza tropical.

—Sí, sí, señor Philander, ya que se empeña en uti­lizar términos vulgares en sus parlamentos. Un «león». Pero, como iba diciendo…

—Perdone, profesor —volvió a interrumpirle el señor Philander—, permítame sugerirle que, indudablemente, los árabes vencidos en el siglo xv continuarán en esa lamentable situación, al menos de momento, inclu­so aunque aplacemos nuestro debate acerca de ese desastre para el mundo hasta haber puesto entre la encantadora visión del Felis camivora y nosotros esa perspectiva saludable que proverbialmente propor­ciona la distancia.

Mientras tanto, el león se les había ido acercando con majestuosa dignidad. Llegó a unos diez pasos de los dos hombres, hizo allí un alto y se los quedó mirando con curiosidad. El resplandor de la luna inundaba la playa y hacía resaltar sobre la arena amarilla el pronunciado relie­ve del grupo.

—Esto es de lo más censurable, de lo más censu­rable —calificó el profesor Porter con cierto matiz irri­tado en la voz—. Nunca, señor Philander, en toda mi vida he visto un solo caso en el que se permitiera a estos animales andar por ahí sueltos, fuera de la jau­la. Desde luego, voy a informar de este ultrajante que­brantamiento de las normas éticas a los directores del jardín zoológico más próximo. ¡Me van a oír! —Faltaría más, profesor —convino el señor Philan­der—, estoy de acuerdo, y cuanto antes lo haga, mejor. Vayamos ahora mismo.

El señor Philander cogió del brazo al profesor y echó a andar en dirección contraria a donde esta­ba el león, a fin de poner la mayor distancia entre ellos y el animal.

No habían recorrido más que un corto trecho cuan­do, al volver la cabeza, el señor Philander comprobó horrorizado que el león les seguía. Apretó con más fuerza el brazo del profesor, sin hacer caso de sus continuas protestas, y aceleró el paso.

—Como iba diciendo, señor Philander… —repitió el profesor Porter.

El señor Philander lanzó otro precipitado vistazo a su espalda. El león también había aumentado su rit­mo de marcha y se mantenía obstinadamente cerca.

—¡Nos sigue! —jadeó el señor Philander, un segun­do antes de echar a correr.

—Bueno, bueno, señor Philander —recriminó el pro­fesor—, este apresuramiento extemporáneo es impropio de un par de hombres cultos. ¿Qué pensarían de nosotros nuestras amistades si anduvieran por la calle y fuesen testigos de nuestro frívolo comporta­miento? Caminenos con más decoro. El señor Philander lanzó otra furtiva mirada por la popa.

Con su flexibilidad felina, el león avanzaba a sal­tos y se encontraba ya apenas a cinco pasos de ellos.

El señor Philander soltó el brazo del profesor y salió disparado en una orgía de velocidad que hubiera pro­vocado la envidia de cualquier equipo universitario de atletismo.

—Como iba diciendo, señor Philander… —gritó el profesor Porter que, metafóricamente hablando, había decidido de pronto «mantener alto su pabe­llón deportivo». También echó una fugaz mirada hacia atrás y había visto las crueles pupilas ama­rillas y las entreabiertas fauces del león, que estaba a una distancia aterradoramente próxima a su per­sona.

Ondulantes los faldones de su levita y reluciente la seda de su sombrero de copa, el profesor Archi­medes Q. Porter galopó bajo la claridad lunar, pisan­do los talones al señor Samuel T. Philander.

Frente a ellos, una avanzada de selva se alargaba hacia un promontorio estrecho y rumbo a tal refugio de arbolado dirigió el señor Samuel T. Philander sus prodigiosos saltos, brincos y zancadas. Y precisa­mente entre las sombras de aquel mismo paraje, dos ojos agudos observaban la carrera con calculado interés.

Tarzán de los Monos contemplaba la escena, deco­rado su semblante por una sonrisa, producto de aque­lla extraña carrera de persecución.

Sabía que los dos ancianos estaban a salvo en lo que se refería a un posible ataque por parte del león. El hecho de que Numa no se preocupase lo más míni­mo de caer sobre aquella presa tan fácil indicaba a Tarzán, conocedor de todo lo relacionado con la vida en la selva, que Numa tenía el estómago lleno.

El león podía seguir acechándolos hasta que el hambre le acosara; pero lo más probable era que, si no provocaban sus iras, el animal se cansara pronto del juego y se retirase a su cubil de la jungla.

En realidad, el único peligro serio estribaba en que uno de los hombres tropezase y fuera a dar con sus huesos en el suelo. Entonces, aquel demonio amarillo se precipitarla automáticamente sobre el caído y la ins­tintiva alegría de matar resultaría demasiado tenta­dora para que el felino la resistiese.

Ello indujo a Tarzán a descender hasta la rama más baja y situarse directamente en la línea por la que llegarían los fugitivos. Y cuando el señor Samuel T. Philander alcanzó aquel punto, entre jadeos y resoplidos, excesivamente agotado para subirse a la salvación de la rama, Tarzán alargó el brazo, cogió al hombre por el cuello de la chaqueta, lo levantó en peso y lo depositó a su lado. Unos segundos después llegaba el profesor al alcan­ce de la amistosa mano de Tarzán, que repitió la ope­ración e izó al anciano hasta la seguridad de la rama, en el instante en que el burlado Numa, con un rugi­do, saltaba en vano para atrapar una presa que ya se había desvanecido en el aire. Durante unos minutos, ambos ancianos perma­necieron aferrados a la rama, mientras trataban de recobrar el aliento, respirando entrecortadamente. Apoyada la espalda en el tronco del árbol, Tarzán los observaba, entre divertido y curioso.

El profesor fue quien rompió el silencio.

—Me atribula profundamente, señor Philander, que haya dado muestras de tal escasez de aplomo y viril valentía en presencia de un ser de orden inferior y que, a causa de su inmensa pusilanimidad, me haya obligado a esforzarme de un modo tan excepcional y desacostumbrado, al objeto de poder reanudar mi exposición verbal. Como iba diciendo, señor Philander, cuando me interrumpió, los árabes…

—Profesor Archimedes Q. Porter —le cortó el señor Philander en tono gélido—, llega un momento en que la paciencia se convierte en crimen y la mutilación se engalana con el manto de la virtud. Me ha acusado de cobardía. Ha insinuado que usted sólo corrió desa­ladamente para alcanzarme y no para escapar a las garras del león. ¡Ándese con ojo, profesor Archimedes Q. Porter! Soy un hombre desesperado. Si se le ator­menta y se le hace sufrir durante demasiado tiempo, hasta al gusano se le agota la paciencia y se revuelve.

—¡Está bien, está bien, señor Philander, tengamos la fiesta en paz! —puso vaselina el profesor Porter—. Repórtese.

—De acuerdo, profesor Archimedes Q. Porter. Pero, créame, señor, estoy a punto de olvidar el extraor­dinario prestigio que ha alcanzado usted en el mun­do de la ciencia e incluso las canas que peina.

El profesor continuó sentado, en silencio, durante unos minutos. Luego, la oscuridad ocultó la torva sonrisa que contrajo su rostro sembrado de arrugas. Al final, dijo:

—Mire, Flaco Philander —articuló en tono pendencie­ro—, si está buscando singular combate, despréndase de la chaqueta y descienda al duro suelo, donde ten­dré la satisfacción de arrearle unos cuantos mampo­rros en la cabeza, como le sacudí hace sesenta años en el callejón de detrás del establo de Porky Evans.

—¡Archy! —jadeó atónito el señor Philander—. ¡Señor, qué bien suena eso! Cuando se comporta como un ser humano, me encanta, Archy; pero me parece que han transcurrido algo así como veinte años que se olvidó de conducirse como un ser humano.

El profesor alargó su delgada y temblorosa mano a través de la oscuridad hasta que encontró el hom­bro de su viejo amigo.

—Perdóneme, Flaco —susurró—. No han llegado a ser veinte años, y Dios sabe lo que me he esforzado en ser «humano», por Jane y también por usted, desde que Él, se me llevó a mi otra Jane. Otra mano envejecida partió del costado del señor Philander, fue a tomar la que descansaba en su hom­bro, y ningún otro mensaje hubiese podido trans­mitir mejor la corriente de afecto que se trasladó de un corazón a otro.

Transcurrieron varios minutos sin que intercam­biaran palabra. Al pie del árbol, el león paseaba ner­viosamente de un lado a otro. El tercer ocupante del árbol quedaba oculto entre las densas sombras pró­ximas al tronco. También permanecía en silencio, inmóvil como una estatua allí esculpida.

—Desde luego, me izó usted justo a tiempo —mani­festó por último el profesor—. Quiero darle las gracias. Me salvó la vida.

—No he sido yo quien le subió aquí, profesor —con­tradijo el señor Philander—. ¡Santo Dios! La excitación ha hecho que me olvide de que a mí también me ele­vó desde el suelo una fuerza ajena… Debe de haber algo o alguien aquí, en el árbol, con nosotros.

¿Cómo? —se extrañó el profesor Porter—. ¿Está com­pletamente seguro de eso, señor Philander? —Absolutamente seguro, profesor —repuso el señor Philander. Añadió—: Y creo que deberíamos dar las gracias a esa parte. Puede que esté sentado junto a usted, profesor.

—¿Eh? ¿Cómo dice? Vaya, vaya, señor Philander, vaya, vaya —articuló el profesor Porter, al tiempo que se desplazaba con disimulo para situarse más cer­ca del señor Philander. En aquel preciso instante Tarzán de los Monos pen­só que Numa llevaba ya demasiado tiempo paseán­dose ociosamente bajo el árbol, así que alzó la joven cabeza hacia las alturas celestes y a los aterrados oídos de los ancianos llegó el espeluznante ululato con que los antropoides anunciaban su desafío.

Acurrucados en la rama sobre la que se aguanta­ban precariamente, los dos temblorosos amigos vie­ron que el león interrumpía de golpe su inquieto paseo al oír aquel alarido que ponía los pelos de punta y helaba la sangre. El felino erizó las orejas, salió dis­parado hacia la selva y se perdió de vista instantá­neamente tragado por la espesura.

—Hasta el león tiembla de miedo —susurró el señor Philander.

—De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario —murmuró a su vez el profesor Porter, y se agarró frenéticamente al señor Philander para reco­brar el equilibrio, que un repentino estremecimiento había puesto en grave riesgo. Por desgracia para ellos, el centro de equilibrio del señor Philander se hallaba en aquel momento sobre el mismísimo filo del vacío, así que sólo faltaba el leve impulso que proporcionó el peso adicional del cuerpo del profesor Porter para que su fiel secretario se vinie­ra abajo.

Durante unos segundos ambos hombres se tam­balearon inseguros y luego, al tiempo que se mez­claban los gritos nada académicos de cada uno de ellos, cayeron de cabeza, frenéticamente abrazados. Permanecieron inmóviles en el suelo, porque ambos tenían la certeza de que cualquier movimiento les iba a informar de que tenía tantas magulladuras y se habían roto tantos huesos que les iba a ser imposi­ble alejarse de allí por su propio pie.

Al final, el profesor Porter probó a desplazar una pierna. Con gran sorpresa, comprobó que respon­día como en épocas tan remotas que ya se le habían olvidado. Dobló entonces la compañera y volvió a estirarla.

—De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario —musitó. —Gracias a Dios, profesor —susurró el señor Philander, fervorosamente—, ¿no se ha muerto, pues? —Vamos, hombre, vamos, señor Philander, venga ya —amonestó el profesor Porter—. De todas formas, no estoy muy seguro aún.

Con infinito cuidado, el profesor Porter agitó el bra­zo derecho… ¡Aleluya! Estaba intacto. Con el alien­to contenido, levantó el brazo izquierdo por encima del postrado cuerpo… ¡lo movía! —De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario —articuló.

—¿Está haciendo señas a alguien, profesor? —inqui­rió el señor Philander con voz que rezumaba excitación. El profesor Porter no se dignó responder a una pre­gunta tan pueril. En vez de contestar levantó despa­cio la cabeza del suelo y la movió arriba y abajo, a un lado y a otro media docena de veces. —De lo más extraordinario —musitó su frase favori­ta—. Sigue intacta.

El señor Philander no se había movido del punto donde cayó; ni siquiera se atrevía a intentarlo. ¿Cómo iba uno a moverse si tenía rotos los brazos, las pier­nas y la columna vertebral?

Tenía un ojo hundido en el lodo, mientras con el otro miraba de soslayo las extrañas maniobras del profesor Porter.

—¡Qué pena! —exclamó el señor Philander a media voz—. La conmoción cerebral conduce a la absoluta abe­rración del intelecto. Verdaderamente, ¡qué pena! ¡Y una persona tan joven todavía! El profesor Porter se dio media vuelta y quedó boca abajo. Arqueó la espalda hasta adoptar una postura semejante a la que adoptaría un gato ante la proximidad de un perro que le ladra. Después se sentó y procedió a tentarse diversas zonas de su anatomía.

—¡Todo está donde debe! —se maravilló—. ¡De lo más extraordinario!

Se levantó, lanzó una mirada crítica a la aún pos­trada figura de don Samuel T. Philander y le afeó: —¡Vamos, vamos, señor Philander! No es el momen­to de entregarse alegremente a la incuria y a la pere­za. Debemos ponernos en pie y en marcha.

El señor Philander levantó el ojo que tenía hundi­do en el fango y dedicó al profesor Porter una mira­da llena de silenciosa cólera. Después intentó incor­porarse; no pudo recibir mayor sorpresa que la de comprobar que sus esfuerzos se veían automática­mente coronados por el éxito más prodigioso.

Sin embargo, continuaba hirviendo de rabia ante la cruel injusticia de la insinuación del profesor Porter, y estaba a punto de soltarle un exabrupto digno del ultraje cuando sus ojos repararon en la curiosa figura erguida a unos pasos de distancia que los escudri­ñaba con absorta atención.

El profesor Porter había recuperado su reluciente chistera de seda que, tras frotarla esmeradamente con la manga de la chaqueta, dejándola tan reluciente como antes, se volvió a encasquetar. Al observar que el señor Philander le indicaba algo situado a su espalda, el pro­fesor Porter se volvió para ver a un gigante casi des­nudo por completo —sólo llevaba un taparrabos y unos cuantos adornos de metal— que permanecía inmóvil ante él.

—¡Buenas noches, señor! —el profesor se quitó el sombrero al saludar.

Por toda contestación, el gigante les indicó median­te una seña que le siguieran y echó a andar playa adelante, en la misma dirección por la que ambos ancianos habían llegado. —Creo que lo más discreto es seguirle —opinó el señor Philander.

—Vaya, vaya, señor Philander —replicó el profesor—. Hace un momento adelantaba usted sus más lógicos argumentos en apoyo de la hipótesis de que el cam­pamento se encontraba en dirección sur. Le mani­festé mi escepticismo al respecto, pero acabó por con­vencereme; de modo y manera que ahora tengo el convencimiento absoluto de que hemos de marchar hacia el sur si queremos encontrar a nuestros ami­gos. En consecuencia, yo continuaré hacia el sur.

—Pero, señor Porter, es muy posible que ese hom­bre conozca el terreno mejor que nosotros. Parece ser natural de esta parte del mundo. Acompañémosle aunque sólo sea un corto trecho.

—Venga, venga, señor Philander —repitió el profe­sor—. Soy hombre difícil de persuadir, pero cuando me he convencido de algo, mi decisión es irrevocable. Seguiré en la dirección oportuna, aunque tenga que dar una vuelta completa al continente africano para llegar a mi destino.

Tarzán interrumpió la discusión. Al ver que aquellos extraños individuos no le seguían, el hombre—mono había vuelto junto a ellos. De nuevo les hizo una seña, pero los dos ancianos hicieron caso omiso.

Así que Tarzán de los Monos perdió la paciencia ante la estúpida ignorancia de la pareja. Agarró por el hom­bro al asustado señor Philander y antes de que el dig­no caballero llegase a alguna conclusión acerca de si iba a matarle o a dejarlo lisiado de por vida, Tarzán había pasado un extremo de su cuerda alrededor del cuello del anciano.

—¡Muy bien, muy bien! —recriminó el profesor Porter—. ¿No le da vergüenza someterse a semejante humillación?

Pero apenas habían salido de su boca tales pala­bras cuando también se vio apresado y con la cuerda alrededor del cuello. Acto seguido, Tarzán se enca­minó hacia el norte, mientras tiraba de los enton­ces asustadísimos profesor Porter y su secretario.

Sumidos en un silencio mortal anduvieron duran­te lo que a los desesperanzados y exhaustos ancia­nos les parecieron varias horas. Pero, por fin, al coronar un cerro, experimentaron la inmensa ale­gría de divisar la cabaña a menos de cien metros de distancia. Allí, Tarzán les quitó el lazo del cuello, señaló la pequeña construcción y se desvaneció en la jungla.

—¡Extraordinario, de lo más extraordinario! —el profesor se quedó boquiabierto—. Reconozca, señor Philander, que yo tenía razón, como de costumbre. A no ser por su obstinación, nos habríamos libra­do de una serie de contratiempos ultrajantes en grado sumo, por no llamarlos peligrosos inciden­tes. En lo sucesivo, procure seguir los consejos de una mente más madura y experta cuando necesite que le guíen sabiamente.

El señor don Samuel T. Philander se sentía dema­siado aliviado ante el feliz desenlace de la aventura para que los crueles sarcasmos del profesor pudie­ran herirle. En vez de darse por ofendido, cogió a su acompañante por un brazo y apretó el paso rumbo a la cabaña.

Enorme fue el regocijo de todos los miembros de la partida, al verse reunidos de nuevo. La aurora los sorprendió refiriéndose unos a otros las diversas aven­turas vividas y especulando acerca de la identidad de aquel extraño custodio y protector que habían encon­trado en aquella costa salvaje. Esmeralda estaba segura de que no podía ser nadie más que el ángel de la guarda, enviado especial del Cielo para cuidarlos.

—Si le hubieras visto engullirse la carne del león, cruda y todo, Esmeralda —rió Clayton—, pensarías que es un ángel demasiado materialista.

—Su voz no tenía nada de celestial, desde luego —confirmó Jane Porter, que se estremeció levemente al recordar el espantoso alarido que lanzó al aire Tarzán después de acabar con la leona.

—Su comportamiento tampoco coincide con mis pre­concebidas ideas acerca de la dignidad propia de los mensajeros divinos —subrayó el profesor Porter—, cuan­do el… ejem… caballero ató por el cuello a dos per­sonas ilustradas, doctas y altamente respetables para tirar de ellas y conducirlas a través de la selva como si fueran un par de vacas.

Capítulo 17. Entierros

Como quiera que ya había amanecido del todo, el gru­po, ninguno de cuyos integrantes había probado boca­do ni dormido en absoluto desde la mañana anterior, se dispuso a preparar algo que comer.

Los amotinados del Arrow habían desembarcado en la playa una reducida cantidad de provisiones: cecina, salazones, latas de sopa y legumbres, galle­tas, harina, té y café. Todo ello destinado a los cinco pasajeros que dejaron abandonados allí, los cuales se aprestaban en aquellos instantes a satisfacer sin perder más tiempo el voraz apetito que tanto tiempo llevaban reprimiendo.

La tarea siguiente consistió en hacer habitable la cabaña, lo que comportaba, como primera providen­cia, el desalojo inmediato de las macabras reliquias que había dejado allí una tragedia ocurrida mucho tiempo atrás.

El profesor Porter y el señor Philander manifestaron un profundo interés en examinar los esqueletos. Determinaron que las dos osamentas de mayor tama­ño pertenecieron a sendas personas, varón y hem­bra, de una de las sociedades más civilizadas de la raza blanca.

Al esqueleto más pequeño apenas le dedicaron una atención fugaz, dando por supuesto que, al encon­trarse en la cuna, se trataba indudablemente del vás­tago de aquella desdichada pareja.

Mientras disponían el esqueleto del varón para pro­ceder a darle sepultura, Clayton descubrió un grue­so anillo que, por supuesto, debía de adornar el dedo del hombre en el instante de su muerte, dado que uno de los frágiles huesos de la mano aún estaba rodeado por la sortija de oro.

Clayton tomó el anillo y, al examinarlo, emitió un grito de asombro, porque el aro llevaba el timbre de la casa de Greystoke.

Simultáneamente, Jane descubrió los libros del armario y, al hojear uno de ellos vio el nombre: «John Clayton. Londres». En el segundo volumen que se apresuró a coger y revisar encontró un solo nombre: Greystoke.

—¡Mire, señor Clayton! —exclamó—. ¿Qué significa esto? En estos libros figuran nombres de personas pertenecientes a su familia.

—Y aquí —repuso Clayton en tono grave— está el ani­llo de la casa de Greystoke, perdido desde que mi tío, John Clayton, el anterior lord Greystoke, desapare­ció, presumiblemente en el mar. —¿Pero cómo se explica que estos objetos aparez­can aquí, en esta jungla salvaje de África? —pregun­tó la joven.

—Sólo tiene una explicación, señorita Porter —res­pondió Clayton—. El difunto lord Greystoke no se aho­gó en ningún naufragio. Murió aquí, en esta cabaña, lo que hay ahí en el suelo son sus pobres restos mor­tales.

—En tal caso, ese debe de ser el esqueleto de lady Greystoke —dedujo Jane, reverente, al tiempo que indi­caba el rimero de huesos que ocupaba el camastro.

—La hermosa lady Alice —comentó Clayton—, de cuyas abundantes virtudes y notables encantos personales tanto oí hacerse lenguas a mis padres. Pobre mujer —murmuró, impregnada de tristeza la voz.

Con gran respeto y solemnidad se enterraron jun­to a su pequeña cabaña de la costa africana los cadá­veres de los difuntos lord y lady Greystoke, y, entre uno y otro, se dispusieron a ubicar el diminuto esque­leto del hijo de Kala, la mona.

Cuando el señor Philander colocaba los frágiles huesos de la criatura en un trozo de vela, examinó el cráneo con cierta minuciosidad. Después llamó al profesor Porter y ambos se pasaron varios minutos conferenciando.

—De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario —manifestó el profesor Porter. —¡Santo Dios! —dijo el señor Philander—. Debemos comunicar inmediatamente al señor Clayton nuestro descubrimiento.

—¡Vamos, vamos, señor Philander, vamos, vamos! —protestó el profesor Archimedes Q. Porter—. Dejemos que el difunto pasado entierre a sus muertos.

Y el anciano de pelo canoso repitió el servicio fune­rario ante aquella extraña tumba, mientras sus cuatro acompañantes asistían al acto destocados, inclinada la cabeza.

Desde la arboleda, Tarzán de los Monos presen­ciaba la solemne ceremonia; pero en realidad apenas tenía ojos más que para el dulce semblante y la esbel­ta figura de Jane Porter.

En su pecho salvaje y nada instruido se agitaban emociones hasta entonces desconocidas para él. Se preguntó por qué le interesarían tanto aquellas per­sonas… y por qué se había tomado tantas molestias y tantos esfuerzos para salvar la vida a aquellos tres hombres. Pero no se preguntó por qué había retirado a Sabor de las tiernas carnes de aquella singular joven.

No cabía la menor duda de que los hombres eran necios, ridículos y cobardes. Hasta Manu, el mico, era más inteligente que ellos. Si aquellas criatu­ras eran seres típicos de su especie, Tarzán se dijo que posiblemente no tuviera motivos para enorgu­llecerse de la sangre humana de su pasado. Pero la muchacha, ¡ah!… eso era otra cosa. Ahí no cabían razonamientos. Sabía que la habían creado para que la protegiesen, y que a él le habían creado para pro­tegerla.

Le extrañó que hubiesen excavado una fosa tan grande simplemente para sepultar allí unos huesos resecos. Era absurdo, nadie iba a tener interés algu­no en robar huesos resecos.

Lo hubiera entendido si tuvieran carne, porque sólo así se explicaría que pudieran ocultarla y protegerla de Dango, la hiena, y otros ladrones carroñeros de la jungla.

Cuando la tierra volvió a cubrir la sepultura, el gru­po emprendió el regreso a la cabaña.
Esmeralda, que seguía llorando a raudales por dos personas cuya existencia había ignorado hasta aquel mismo día y que llevaban veinte años muertas, tuvo la ocurren­cia de lanzar una ojeada en dirección a la bahía. Sus lágrimas cesaron automáticamente.

—¡Miren esa basura blanca de allá abajo! —chilló, estridente, al tiempo que señalaba hacia el Arrow—. Se ríen de nosotros, en esa infame isla blanca.

Y, desde luego, la tripulación del Arrow conducía la nave hacia mar abierto, lentamente, a través de la boca de la bahía.

—Prometieron dejarnos armas y municiones —dijo Clayton—. ¡Bestias despiadadas!

—Estoy segura de que es cosa de ese sujeto al que llaman Snipes —aventuró Jane—. King era un canalla, pero al menos tenía cierto sentido humanitario. Sé que si no le hubiesen suprimido se habría encarga­do de que nos aprovisionaran debidamente antes de dejamos abandonados a nuestra suerte.

—Lamento que no nos visitaran antes de zarpar —intervino el profesor Porter—. Tenía intención de pedir­les que dejaran el tesoro con nosotros, porque, si se pierde, seré un hombre arruinado. Jane miró a su padre tristemente.

—No importa, cariño —dijo—. Tampoco nos habría servido de gran cosa; ten en cuenta que por culpa de ese tesoro mataron a sus oficiales y nos han desem­barcado y abandonado en esta horrible costa. —Bueno, bueno, nena, está bien —repuso el profe­sor Porter—. Eres una buena chica, pero inexperta en cuestiones prácticas.

El profesor Porter dio media vuelta y se alejó des­pacio en dirección a la selva, con las manos entre­lazadas a la espalda, bajo los faldones de la levita, y los ojos fijos en el suelo. Su hija le observó, con una sonrisa patética en los labios. Luego miró al señor Philander y le susurró:

—Por favor, no le deje que se adentre en la selva como hizo ayer. Confiamos en usted, ya sabe, para vigilarle. No le pierda de vista.

—Cada día cuesta más trabajo manejarle —explicó el señor Philander; dejó escapar un suspiro y meneó la cabeza—. Me da en la nariz que ahora pretende ir a informar a los directores del jardín zoológico de que anoche se les escapó un león y que la fiera anda suel­ta por ahí. ¡Ah, señorita Jane, no sabe con quién he de entendérmelas!

—Sí, lo sé muy bien, señor Philander; pero aunque todos le queremos, usted es el único que sabe cómo hay que tratarle, porque respeta sus vastos conoci­mientos y, consecuentemente, tiene una enorme con­fianza en su buen juicio. El pobre no sabe diferenciar entre erudición y sensatez.

Con expresión ligeramente perpleja en el rostro, el señor Philander dio media vuelta y se dispuso a seguir al profesor Porter, mientras le daba vueltas en la cabe­za a la duda de si debía sentirse halagado u ofendi­do por el equívoco cumplido de la señorita Porter.

Tarzán había observado la consternación que refle­jaron los rostros de los miembros del pequeño grupo al ver la partida del Arrow; y como quiera que el buque constituía para él una maravillosa novedad, decidió salir corriendo hacia la punta de tierra de la parte norte de la cala, a fin de echar un vistazo más de cer­ca a la nave, así como para enterarse, si ello le era posible, del rumbo, de la dirección en que se alejaba.

Saltando de un árbol a otro con toda la rapidez de que fue capaz, alcanzó el extremo de la línea de tie­rra segundos después de que el barco hubiera abando­nado la bahía, lo que disfrutó de una excelente vista de las maravillas de aquella extraña casa flotante.

Una veintena de hombres corrían de aquí para allá por la cubierta o tiraban y recogían maromas. Soplaba una brisa ligera y el buque había pasado por la boca del puerto natural con poco trapo, pero una vez dejó atrás la punta, se desplegaron todas las velas con el fin de llegar a alta mar cuanto antes.

Tarzán observó la gracia de los movimientos de la nave y, en un arrebato de admiración, anheló encon­trarse a bordo. Su aguda mirada percibió en aquel momento un tenue asomo de humo en la remota línea del horizonte, por el norte, y se preguntó cuál sería la causa de aquel extraño conato de nube en medio de la inmensidad del agua.

Casi de modo simultáneo, el vigía del Arrow debió de avistar el mismo fenómeno, porque al cabo de unos minutos Tarzán observó que disminuían el paño y cambiaban el rumbo. El barco viró en redon­do y el hombre mono comprobó que regresaba hacia tierra.

En la proa, un marinero hundía e izaba una cuerda que llevaba un pequeño artilugio ligado en el extre­mo. Tarzán se preguntó qué objetivo tendría aquella operación. Por último, el buque tomó el viento directamente; luego se echó el ancla y se arriaron las velas. Un gran movimiento se desencadenó en cubierta.

Bajaron un bote y cargaron en él un enorme cofre. Acto seguido, una docena de marineros se aplica­ron a los remos y la barca se deslizó rápidamente hacia la punta donde Tarzán permanecía agazapado entre las ramas de un árbol.

Al acercarse la barca, Tarzán distinguió en su popa al individuo de cara de rata.

Escasos minutos después, el bote llegaba a la pla­ya. Los marineros saltaron a tierra y descargaron el cofre sobre la arena. Se encontraban en el lado norte de la punta, por lo que su presencia quedaba ocul­ta a los ojos de quienes estaban en la cabaña.

Los hombres discutieron airadamente durante un momento. Luego, el sujeto de semblante ratonil, acom­pañado de varios de sus esbirros, ascendió a lo alto del montículo en el que crecía el árbol ocupado por el escondido Tarzán. Dedicaron varios minutos a estu­diar los alrededores. —Ahí tenemos un buen sitio —determinó el marine­ro de cara de rata. Señalaba un punto situado tras el árbol de Tarzán.

—Tan bueno como otro cualquiera —comentó uno de sus compañeros—. De todas formas, si nos pescan con el tesoro a bordo, nos lo confiscarán. Lo mejor que podemos hacer es enterrarlo ahí, y si alguno de nosotros tiene la suerte de escapar a la horca, podrá volver más adelante y disfrutarlo. El tipo de cara de rata llamó a los que se habían quedado en la barca, los cuales se acercaron des­pacio, con picos y palas al hombro.

—¡Daos prisa! —conminó Snipes.

—¡No te impongas! —replicó uno de los marineros en tono hosco—. No eres ningún almirante, maldito rena­cuajo.

—Pero aquí soy el capitán, métetelo en la cala­baza, desgraciado —se jactó Snipes, y acompañó la aclaración con un diluvio de tremebundos jura­mentos.

—¡Tranquilos, chicos! —aconsejó apaciguadoramen­te uno de los hombres que no había hablado aún. No llegaremos a ninguna parte si nos peleamos entre nosotros.

—Eso es verdad —aceptó el marinero al que le había molestado el tono autoritario de Snipes; aunque lo hizo con reservas—. Pero tampoco es cosa de permi­tir que a alguien se le suban los humos y se crea el amo del cotarro.

—Vosotros cavad aquí —Snipes señaló el punto elegi­do, al pie del árbol—. Y mientras caváis, Peter trazará un plano o mapa del lugar para que podamos encon­trarlo luego. Vosotros dos, Tom y Bifi, que os ayuden un par más y traéis el cofre.

—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó el protestón de antes—. ¿Dar órdenes y nada más? —Tú, manos a la obra —rezongó Snipes—. No preten­derás que tu jefe se ponga a darle a la pala, ¿verdad?

Todos los demás marineros alzaron la cabeza irri­tados. A ninguno de ellos le caía bien Snipes y todo aquel despotismo que llevaba manifestando desde que asesinó a King, el auténtico cabecilla de los amo­tinados, no había hecho más que añadir más leña al fuego de su aversión.

—¿Quieres decir que no vas a coger una pala y echarnos una mano? Tampoco me parece que sea tan grave lo del hombro —dijo Tarrant, el marinero que había hablado antes.

—¡Ni por lo más remoto! —replicó Snipes, al tiempo que acariciaba nerviosamente la culata de su revólver.

—Entonces —insistió Tarrant—, si no coges una pala, ¡cogerás un pico, por los clavos de Cristo! Y al tiempo que pronunciaba la amenaza, levantó el pico que empuñaba y, con un rápido y violento vol­teo, hundió la punta en la cabeza de Snipes.

Los hombres permanecieron inmóviles y silen­ciosos, fija la vista en las consecuencias del sinies­tro humor de su compañero. Al final, uno de ellos declaró:

—Esa sabandija se lo merecía.

Otro empezó a trabajar con el pico. Era un terreno blando, así que el hombre prescindió del pico y aga­rró una pala; los demás se le unieron en seguida. No hubo comentario ulterior ninguno acerca del homici­dio, pero los marineros trabajaban de mejor talante y con más ganas que cuando Snipes tenía el mando.

Una vez tuvieron excavado un hoyo de las propor­ciones suficientes para que cupiera el cofre, a Tarrant se le ocurrió que podían profundizar un poco más para poner el cadáver de Snipes encima del arcón y enterrarlo todo junto.

—Eso puede tener la ventaja de que si alguien exca­va por aquí tal vez se lleve a engaño —declaró. Los demás comprendieron la astucia de la suge­rencia, así que ampliaron la fosa para acomodar el cuerpo y profundizaron un poco más en el centro, para hundir el cofre. Envolvieron éste en un trozo de lona de vela y lo depositaron en su sitio, treinta centímetros por debajo del nivel de la fosa. Echaron las necesarias paletadas de tierra y lo apisonaron, de manera que el fondo de la tumba parecía liso y uniforme.

Dos marineros hicieron rodar el cadáver de Snipes y lo arrojaron sin contemplaciones dentro de la fosa, no sin antes haberle despojado de sus armas y demás pertenencias, que algunos miembros de la partida deseaban para sí.

Después llenaron la sepultura y apisonaron la tie­rra hasta que ya no cabía más.

El resto lo esparcieron por allí y después cubrie­ron la tumba con maleza seca, de forma que presen­tase el aspecto más natural posible, sin que se apre­ciara el menor rastro de que se había removido el suelo.

Cumplida su tarea, los marineros regresaron al bote y remaron apresuradamente en dirección al Arrow.

El viento había aumentado su velocidad de modo considerable. El humo que se elevaba en el horizon­te había adquirido un volumen que permitía distin­guirlo con toda claridad y los amotinados no per­dieron tiempo en desplegar todas las velas y poner rumbo al suroeste.

Espectador interesadísimo en todos aquellos acon­tecimientos, Tarzán reflexionaba y hacía cábalas acerca del extraño comportamiento de aquellas sin­gulares criaturas. ¡Realmente, los hombres eran más—estúpidos y crue­les que las fieras de la selva! ¡Qué afortunado era él, que vivía en la paz y la seguridad de la gran flo­resta!

Se preguntó qué contendría el cofre que acababan de enterrar. Si no lo querían, ¿por qué no se limita­ron a arrojarlo al agua? Eso les hubiera resultado mucho más cómodo. Ah, se dijo, sin duda sí que lo querían. Lo escon­dieron allí porque tenían intención de volver a bus­carlo más adelante.

Tarzán saltó al suelo y procedió a examinar el sue­lo alrededor de la tumba. Miraba a ver si aquellos extraños seres dejaron por allí algo que a él le hiciera gracia poseer. No tardó en encontrar una pala ocul­ta entre la maleza que los amotinados habían puesto encima de la sepultura. La cogió y probó a utilizarla tal como había visto hacer a los marineros. Era un trabajo bastante pesado y lastimaba sus descalzos pies, pero continuó dán­dole a la herramienta hasta desenterrar parcialmente el cadáver. Lo sacó a rastras de la tumba y lo puso a un lado.

Después continuó excavando hasta desenterrar el cofre. También tiró de él y lo dejó junto al cadá­ver. A continuación rellenó el hoyo más pequeño del fondo de la tumba, volvió a colocar el cuerpo de Sniper donde estaba antes, le echó encima la tierra que había extraído, puso de nuevo la maleza sobre la sepultura y dedicó su atención al cofre.

Cuatro marineros sudorosos se las habían visto y deseado para trasladar aquel peso… Tarzán de los Monos lo levantó como si se tratara de una caja de embalaje vacía y, con la pala colgada al hombro por una cuerda que le había atado, se llevó el cofre a las profundidades más tupidas de la jungla.

No le era posible trasladarse por las ramas de los árboles cargado con aquel embarazoso arcón, sino que avanzó por los senderos, sin retrasarse demasiado.

Caminó durante varias horas en dirección nores­te, hasta llegar a un impenetrable muro de vegeta­ción enmarañada. Allí saltó a una de las ramas infe­riores y continuó a través de los árboles. Al cabo de otros quince minutos desembocó en el anfiteatro don­de los monos se reunían en consejo o para celebrar las ceremonias del Dum—Dum.

Empezó a excavar en el centro del claro, no lejos del tambor o altar. Costaba más trabajo ahondar allí que en la tierra recién removida de la tumba, pero Tarzán de los Monos era tesonero y no paró hasta tener un hoyo lo bastante hondo como para albergar el cofre y ocultarlo adecuada y eficazmente a la vista.

¿Por qué se había tomado tanto trabajo sin cono­cer el valor de lo que contenía el cofre? Tarzán de los Monos tenía figura e inteligencia humanas, pero el ambiente en que se había criado y la formación que recibió fueron de simio. Su cere­bro le dijo que el contenido del arcón era valioso por­que, si no, los hombres no lo habrían escondido. Su educación le había imbuido la idea de imitar todo lo nuevo e insólito, por lo que, ahora, su curiosidad natural, algo tan común entre los hombres como entre los simios, le apremiaba a abrir el cofre y examinar lo que contenía. Pero la sólida cerradura y los robustos flejes de hie­rro fueron más efectivos que las mañas y la enorme fuerza de Tarzán, lo que le obligó a enterrar el cofre sin haber satisfecho su curiosidad. Para cuando el hombre—mono hubo recorrido el camino de regreso a las proximidades de la cabaña, alimentándose al paso, había oscurecido del todo.

Dentro de la pequeña construcción relucía una gran claridad, porque Clayton había encontrado una lata de petróleo que llevaba allí veinte años intacta, sin abrir. Era parte de los artículos que Michael el Negro dejó a los Clayton. Las lámparas también se encontraban en condiciones de funcionamiento, de modo que al asom­brado Tarzán le pareció que el interior de la cabaña tenía tanta luz como si reinase allí el pleno día.

Se había preguntado muchas veces para qué ser­virían exactamente aquellas lámparas. Las palabras escritas y las ilustraciones le indicaron el nombre de aquellos aparatos y de lo que eran, pero Tarzán igno­raba el procedimiento para hacerles producir la mara­villosa luz solar que proyectaban, según las ilustra­ciones, sobre las cosas que estaban a su alrededor.

Al acercarse a la ventana más próxima a la puer­ta observó que el interior de la cabaña estaba ahora dividido en dos compartimentos, separados por un tosco tabique de ramas y lona.

En el delantero se encontraban los tres hombres; los dos ancianos enzarzados en una discusión, mien­tras el joven, sentado en una improvisada banqueta y con la espalda apoyada en la pared, aparecía enfras­cado profundamente en la lectura de uno de los libros de Tarzán.

Como no tenía ningún interés especial en aquellos hombres, Tarzán se trasladó a la otra ventana. Allí estaba la muchacha. ¡Qué cara tan bonita! ¡Qué deli­cada y blanca su piel!

Escribía, sentada a la mesa de Tarzán, bajo la ven­tana: Acostada encima de un montón de hierba, en el fondo del cuarto, dormía la mujer negra.

Tarzán estuvo una hora recreándose feliz en la con­templación de la joven, que no dejaba de escribir. ¡Cómo anhelaba dirigirle la palabra!

Pero no se atrevió a hacerlo, convencido de que, lo mismo que había ocurrido con el joven, ella no le enten­dería. Y, por otra parte, también temía asustarla.

Al final, la muchacha se puso en pie. Dejó el manuscrito sobre la mesa y se encaminó a la cama, encima de la cual había echado unas cuantas hier­bas frescas. Volvió a disponerlas a su gusto.

Después se soltó la masa de suaves cabellos dora­dos que coronaba su cabeza. La melena cayó en torno al precioso óvalo de su rostro, como una rutilante catarata de bruñido metal acariciado por el sol ponien­te. La espléndida cabellera descendió en líneas ondu­lantes hasta más abajo de la cintura.

Tarzán estaba fascinado. Jane Porter apagó la lám­para y la más absoluta y densa oscuridad envolvió el interior de la cabaña.

Tarzán continuó vigilando. Acurrucado bajo la ven­tana, permaneció allí media hora, expectante, atento el oído. Por último, su espera se vio recompensada al percibir el rumor de esa respiración uniforme reve­ladora del sueño.

Con la máxima precaución, Tarzán fue introdu­ciendo la mano entre los barrotes de la ventana has­ta tener todo el brazo dentro de la cabaña. Tanteó cuidadosamente la superficie de la mesa. Tropezó por último con el manuscrito que Jane Porter había esta­do escribiendo y, sin abandonar las precauciones, retiró el brazo y la mano con el preciado tesoro entre los dedos.

Tarzán dobló las hojas y formó un diminuto bulto de papel que guardó en el carcaj de las flechas. Luego se fundió entre las sombras de la jungla y se alejó tan sosegada y silenciosamente como había llegado.

Capítulo 18. El peaje de la selva

Tarzán se despertó a primera hora de la mañana siguiente y el primer pensamiento que brotó en su cerebro con el nuevo día, lo mismo que el último con que despidió la noche anterior, fue para el maravi­lloso manuscrito que había guardado en la aljaba.

Se apresuró a sacarlo, confiando, contra toda espe­ranza, que le sería posible leer lo que la preciosa joven blanca había escrito la noche precedente.

La primera ojeada le produjo una amarga desi­lusión; nunca había deseado nada tanto como anhe­laba en aquel momento poseer la aptitud precisa para interpretar el mensaje de la divinidad de áurea cabe­llera que de un modo tan súbito e imprevisto había irrumpido en su vida.

¿Qué importaba que el mensaje no fuese para él? Expresaba los pensamientos de la muchacha y eso era suficiente para Tarzán de los Monos.

¡Y se encontraba con la frustrante sorpresa de que no podía descifrar unos caracteres que veía por primera vez! ¡Pero si incluso se inclinaban las letras en dirección contraria a la de los libros impresos y la caligrafa de las pocas cartas que había encon­trado!

Hasta los pequeños insectos del libro de tapas negras le resultaban amigos familiares, aunque su disposición no significase nada para él. Pero estos otros bichos eran nuevos y desconocidos.

Llevaba veinte minutos devanándose los sesos sobre ellos cuando, de pronto, empezaron a adquirir for­mas familiares, aunque un tanto distorsionadas. Ah, eran viejos conocidos, pero contrahechos de veras.

A continuación comenzó a entender una palabra aquí, otra allá. El corazón saltó jubiloso en su pecho. ¡Podía leerlo y lo leería!

Al cabo de media hora, sus progresos se acelera­ban ya geométricamente; aunque de vez en cuando se le escapaba alguna palabra, la tarea le resultaba ya relativamente sencilla.

Esto es lo que leyó:


Costa de África,

a unos 10 ° de latitud sur

(Eso dice el señor Clayton)

3 de febrero (?) de 1909

para Hazel Strong,

de Baltimore (Maryland)


Queridísima Hazel:

Parece tonto escribirte una carta que posi­blemente no llegue nunca a tus manos, pero ocu­rre, sencillamente, que debo contar a alguien las espantosas aventuras que hemos vivido desde que zarpamos de Europa en el funesto Arrow.

Si no volvemos a la civilización, cosa que aho­ra me parece demasiado probable, esta carta será un breve resumen de los acontecimientos que qui­zás acaben desembocando en un destino fatal, cualquiera que pueda ser.

Como sabes, se supone que partimos para realizar una expedición científica en el Congo. Se corrió la voz en los círculos oportunos de que mi padre sostenía un teoría maravillosa acerca de la existencia de una civilización inconcebiblemente antigua, cuyos arqueológicos restos yacían sepul­tados en algún lugar del valle del Congo. Pero cuando nos hicimos a la mar en el velero, la ver­dad salió a la luz.

Al parecer, una vieja rata de biblioteca, un hombre que tiene una tienda de antigüedades que es al mismo tiempo librería de ocasión en Baltimore encontró entre las hojas de un anti­guo manuscrito español una carta dotada en 1550 en la que se refería con todo detalle la odisea de los amotinados tripulantes de un galeón español que navegaba de España a América del Sur con un inmenso tesoro de «doblones» y «piezas de a ocho», supongo, porque te aseguro que sonaba a piratería y romanticismo aventurero.

La carta la había redactado un miembro de la tripulación e iba dirigida a su hijo que, por aque­llas fechas, era capitán de un buque mercante español.

Habían transcurrido muchos años desde que sucedieron los acontecimientos que se relataban en la carta, y el anciano autor de la misma era ya un respetable vecino de una oscura ciudad espa­ñola, pero el amor que sentía por el oro era tan fuerte que se arriesgó a proporcionar a su hijo la información precisa para conseguir el fabulo­so tesoro. Luego, ambos lo disfrutarían.

Contaba el autor de la carta que, al cabo de una semana de haber zarpado de España, la tri­pulación se amotinó y asesinó a todos los oficia­les del buque y a cuantos hombres se les pusieron por delante; pero eso fue un error que pagaron muy caro, ya que no quedó nadie con los conoci­mientos técnicos precisos del arte de la navega­ción como para gobernar la nave.

Anduvieron a la deriva durante dos meses, dando tumbos por el océano, hasta que enfermos y moribundos, víctimas del escorbuto, muertos de hambre y sed, naufragaron ante un pequeño islote.

El oleaja lanzó el galeón contra la playa, don­de se hizo trizas, pero los supervivientes, que por entonces no eran más que diez, tuvieron tiempo de rescatar uno de los cofres en que se trans­portaba el tesoro.

Lo enterraron en la isla, tierra adentro, y durante tres años vivieron con la esperanza de que alguien los rescatara.

Uno tras otro fueron enfermando y murien­do, hasta que sólo quedó uno: el autor de la carta. Los náufragos habían construido una barca con los restos del galeón, pero al no tener la menor idea de la situación geográfica de la isla no se atrevieron a lanzarse a la mar.

Sin embargo, cuando todos sus camaradas hubieron muerto, la terrible soledad que abrumó al único superviviente se le hizo tan insufrible que, al cabo de aproximadamente un año, el hombre optó por arriesgarse a morir en el mar antes que vol­verse loco en la solitaria isla y se hizo a la vela en la pequeña barca.

Por fortuna, puso rumbo al norte y ocho días después de abandonar el islote se encontró en la ruta de los mercantes españoles que realizaban la travesía entre las Indias Occidentales y España. Y le recogió uno de esos buques, que regresaba a la patria.

La historia que contaba el hombre se refería sólo al naufragio, en el que sólo murieron unas cuantas personas. Los demás, a excepción de él, perecieron después de haber llegado al islote. No aludía para nada al motín ni al cofre del tesoro enterrado.

El capitán del buque mercante le aseguró que, a juzgar por la posición en que lo recogie­ron y por la dirección y velocidad de los vien­tos predominantes durante la semana prece­dente, la isla no podía ser más que una del archipiélago de Cabo Verde, situado frente a la costa occidental de África, a unos 16 o 17 0 de latitud norte.

La carta describía la isla minuciosamente, indicaba con exactitud la localización del tesoro e iba acompañada del mapa más tosco y extraño que una pudiera imaginar, árboles y peñas se señalaban con sendas X garabateadas con mano inse­gura para mostrar con absoluta precisión el punto donde se había enterrado el tesoro.

Cuando mi padre aclaró la verdadera natu­raleza de la expedición, se me cayó el alma a los pies, porque, como le conozco bien y sé lo iluso y visionario que es el pobre, temí que se hubiese deja­do embaucar una vez más, sospecha que se acen­tuó al confesarme que había pagado mil dólares por la carta y el mapa.

Mi desazón fue aun mayor cuando me ente­ré de que, además, había pedido un préstamo de otros diez mil dólares a Robert Canter, al que entre­gó pagarés por esa cantidad.

El señor Canler no tenía ningún seguro que cubriese la pérdida, y ya sabes, querida, lo que sig­naría para mí el que mi padre no pudiera aten­der esos pagarés a su vencimiento. ¡Oh, cómo abo­rrezco a ese hombre!

Tratamos de ser optimistas y ver el lado positivo de las cosas, pero el señor Philander y el señor Clayton, éste se nos unió para partici­par en la aventura, se mostraron tan escépticos como yo. Bueno, abreviando: encontramos la isla y el tesoro. Un enorme cofre de madera de roble, con flejes de hierro, envuelto en varias coberturas de lona de vela, tan fuerte y bien conservado como cuando lo enterraron hace doscientos años.

Estaba lleno de monedas de oro, ni más ni menos, y pesaba tanto que cuatro hombres casi no podían levantarlo.

Ese endemoniado arcón sólo parece aca­rrear asesinato y desgracia a cuantos se rela­cionan de algún modo con él, porque, tres días después de haber zarpado de las islas de Cabo Verde, nuestra tripulación se amotinó y mató a todos los oficiales del buque.

Oh, fue un trago espantoso, lo más horrible que puedas imaginar…

Ni siquiera soy capaz de describirlo por escrito.

Estaban dispuestos a matarnos a todos, pero uno de ellos, el cabecilla, un individuo lla­mado King, no se lo permitió, y entonces pusie­ron proa al sur, costeando, hasta localizar una zona solitaria, con un puerto natural que les pareció adecuado para sus intenciones. Y aquí nos desembarcaron y nos han dejado abando­nados.

Hoy han zarpado, con el tesoro, claro. Pero el señor Clayton opina que correrán la misma suer­te que corrieron los amotinados del antiguo ga­león, ya que King era el único hombre a bordo que sabía algo acerca del arte de navegar y uno de los marineros lo asesinó en la playa el día en que desembarcamos.

Me gustaría que conocieses al señor Clayton; es el chico más agradable que te puedas echar a la cara y, o mucho me equivoco, o se ha enamo­rado locamente de una servidora.

Es hijo único de lord Greystoke y algún día heredará el título y las propiedades. Además, tie­ne fortuna propia, es riquísimo. Lo que me morti­fica un poco es el hecho de que tenga que acabar siendo un lord inglés… ya sabes el concepto que he tenido siempre de las chicas norteamericanas que se casan con extranjeros con título de noble­za. ¡Ah, si Clayton fuese un simple caballero esta­dounidense!

Claro que no es culpa suya, pobre muchac­ho, y en todo lo demás, o sea, si exceptuamos su cuna, está a la altura de un ciudadano de mi país, lo cual es el piropo más soberbio que conozco apli­cable a un hombre.

Desde que desembarcamos aquí hemos vivi­do In s más impresionantes experiencias. Mi padre y el señor Philander se perdieron en la selva y los persiguió un león de verdad.

El señor Clayton también se perdió y tam­bién le atacaron fieras salvajes en dos ocasiones.
Esmeralda y yo nos vimos acorraladas en una vieja cabaña por una terrible leona hambrienta. ¡Ah!, fue sencillamente «terrorificante», que diría Esmeralda.

Pero lo más fantástico de todo es la mara­villosa criatura que nos salvó. Yo no le he visto, pero mi padre, el señor Philander y el señor Clayton sí, y aseguran que es un hombre blanco, de tez muy bronceada, hasta el punto de parecer curtida, guapo y perfecto como un dios, dotado de tal fuerza de un elefante salvaje, la agilidad de un mono y la bravura de un león.

No habla inglés y se desvanece rápida y mis­teriosamente en cuanto termina de llevar a cabo sus valerosas hazañas, como si fuera un espíri­tu incorpóreo.

Luego tenemos a otro vecino no menos extra­ño, que escribió un bonito letrero, a mano pero en caracteres de imprenta, y lo clavó en la puerta de la cabaña que ocupamos ahora. Un aviso en el que nos advertía que no estropeásemos ningu­na de sus pertenencias y que firmaba «Tarzán de los Monos».

No hemos llegado a verle aún, aunque creo que anda por los alrededores, porque cuando uno de los marineros se aprestaba a descerrajarle un tiro por la espalda al señor Clayton, una mano invisible arrojó desde la selva una lanza que fue a clavarse en el hombro del asesino.

Los marineros sólo nos dejaron una provi­sión de víveres bastante escasa, y como no con­tamos más que un solo revólver y los tres cartu­chos que quedan en el tambor, no sé cómo vamos a procuramos alimento, aunque el señor Philander afirma que podemos subsistir indefinidamente con una dieta de frutos silvestres de los que abun­dan en la selva.

Estoy cansadísima, así que iré a acostar­me en el curioso lecho de hierbas que el señor Clayton ha recogido para mí. Te prometo, sin embargo, que añadiré a esta carta, día a día, las cosas que vayan ocurriendo.

Te envío todo mi cariño

Jane Porter


Con el entrecejo fruncido, Tarzán permaneció largo rato reflexionando, después de leer la carta. Estaba tan rebosante de detalles y maravillas sorprendentes que, mientras intentaba asimilarlos, el cerebro del hombre—mono parecía encontrarse en medio de un remolino.

De modo que no sabían que Tarzán de los Monos era él. Se lo diría.

Había construido en el árbol un tosco cobertizo a base de ramas y hojas, debajo de las cuales, para pro­tegerlos de la lluvia, colocó los contados tesoros que trasladó desde la cabaña. Entre ellos figuraban unos cuantos lápices.

Cogió uno y, al pie de la firma de Jane Porter, escribió:

«Yo soy Tarzán de los Monos».

Supuso que bastaría con eso. Iría más adelante a la cabaña a devolver la carta.

En cuanto a la comida, pensó Tarzán, no necesi­taban preocuparse… . él se la suministraría. Así lo hizo.

A la mañana siguiente, Jane encontró la carta per­dida en el lugar exacto de donde había desaparecido dos noches antes. Se quedó un tanto perpleja, pero cuando vio las palabras rotuladas con caracteres de imprenta debajo de su firma, notó que un gélido esca­lofrío le recorría la columna vertebral. Enseñó a Clayton la carta, mejor dicho, la última hoja, con la firma.

—Y me parece —articuló la muchacha— que ese mis­terioso individuo estuvo observándome todo el tiem­po mientras yo escribía… ¡Ooooh! Se me hiela la san­gre sólo de pensarlo.

—Pero debe de ser amistoso —la tranquilizó Clayton—, puesto que le ha devuelto la carta y no le ha causa­do ningún daño. Y, a no ser que me equivoque de medio a medio, anoche le dejó una prueba sustan­cial de su amistad, porque al salir he encontrado el cuerpo de un jabalí muerto.

A partir de entonces, raro era el día que Tarzán no dejaba su ofrenda alimenticia, en forma de cala u otros comestibles. A veces se trataba de un cervatillo o de cierta cantidad de extraños manjares cocinados tortas de tapioca sustraídas en la aldea de Mbonga, un jaba­lí, un leopardo e, incluso, una vez un león.

A Tarzán le producía un inmenso placer, disfruta­ba como nunca cazando para proporcionar carne a aquellos desconocidos. Le parecía que ningún goce de la tierra era comparable al que le procuraba esfor­zarse por el bienestar y la seguridad de aquella pre­ciosa muchacha blanca.

Algún día se aventuraría a entrar en el campa­mento, a pleno sol, para conversar con aquellas per­sonas mediante los pequeños insectos que tan fami­liares les eran a ellos y a Tarzán. Pero le costaba un trabajo ímprobo superar la timi­dez propia de los seres salvajes de la jungla, de for­ma que los días fueron sucediéndose sin que él se decidiera a poner en práctica sus buenas intenciones.

Los miembros de la partida acampada en la zona de la cabaña, con el envalentonamiento fruto de la cos­tumbre, se iban adentrando cada vez más en la selva durante sus expediciones en busca de frutos y bayas.

Casi no pasaba día sin que el profesor Porter, sumi­do en su absorta indiferencia no se acercase teme­rariamente a las fauces de la muerte. El señor don Samuel T. Philander, al que nunca pudo considerar nadie hombre robusto, adelgazó hasta convertirse en sombra de la sombra que siempre fue, por culpa de la continua zozobra e inquietud mental consecuen­cia de sus hercúleos esfuerzos para salvaguardar al profesor.

Transcurrió un mes. Tarzán se había decidido por fin a visitar el campamento a plena luz del día. Fue a primera hora de la tarde. Clayton se había dado un paseo hasta la punta de la bocana del puer­to natural, con la esperanza de ver pasar algún barco. Tenía allí amontonada una buena cantidad de leña, lista para que alguien le prendiese fuego y se convir­tiera en señal que cualquier vapor o velero que apare­ciese en el lejano horizonte pudiera ver sin dificultad.

El profesor Porter caminaba por la playa, al sur del campamento, con el señor Philander pegado a él, sin dejar de apremiarle para que volviera sobre sus pasos antes de que los dos se convirtiesen en el objetivo prioritario de cualquier fiera salvaje.

Ausentes todos los demás, Jane y Esmeralda se adentraron en la jungla para coger frutas y, en su bús­queda, fueron alejándose cada vez más de la cabaña.

Tarzán aguardó en silencio, a la puerta de la caba­ña, a que volvieran.

No podía quitarse de la cabeza la imagen de la her­mosa muchacha blanca.

Siempre estaba pensando en ella. Y aquel momen­to no era la excepción. Se preguntó si le tendría mie­do, ocurrencia que a punto estuvo de inducirle a aban­donar su plan.

Empezó a impacientarse, anhelaba que la joven estuviese ya allí, poder regalarse la vista mirándola, tenerla cerca, acaso tocarla. El hombre—mono no cono­cía ningún dios, pero estaba tan cerca de idolatrar a su divinidad como cualquier hombre devoto de su religión adoraría a la suya.

Mientras esperaba, dedicó su tiempo a rotular un mensaje para la chica; no estaba seguro de si se lo entregaría o no, pero le producía un placer infinito ver expresados sus pensamientos por escrito… labor en la que, después de todo, tampoco estaba tan inci­vilizado. Escribió:

«Soy Tarzán de los Monos. Te quiero. Soy tuyo. Tú eres mía. Viviremos aquí juntos siempre en mi casa. Te traeré las mejores frutas, la carne de ciervo más tier­na, las mejores viandas de la selva. Cazaré para ti. Soy el mejor luchador de la jungla. Lucharé para ti. Soy el más poderoso de los luchadores de la selva. Tú eres Jane Porter, vi tu nombre en la carta. Cuando veas este escrito sabrás que es para ti y que Tarzán de los Monos te quiere».

Mientras permanecía allí, erguido como un muchacho indio, esperando al lado de la puerta, una vez concluida la redacción de la nota, su agudo oído percibió un sonido familiar. Era el rumor que pro­ducía el paso de un mono a través de las ramas bajas de la floresta. Escuchó con atención durante un momento y, entonces, de la selva llegó un angustiado grito feme­nino y Tarzán de los Monos dejó caer en el suelo su primera carta de amor y salió disparado hacia la flo­resta como una pantera.

También Clayton había oído el grito, lo mismo que el profesor Porter y el señor Philander. En cuestión de segundos, los tres llegaron corriendo a la cabaña, al tiempo que se lanzaban recíprocamente una andana­da de preguntas. Una mirada al interior de la cabaña confirmó sus temores más pesimistas.

Jane y Esmeralda no estaban allí.

Automáticamente, Clayton, seguido por los dos hombres de edad, se zambulló en la espesura, al tiem­po que repetía a voz en cuello el nombre de la mucha­cha. Estuvieron media hora dando tumbos por la sel­va, hasta que Clayton, por puro azar, tropezó con el caído cuerpo de Esmeralda.

Se inclinó sobre la mujer, le tomó el pulso y aplicó el oído al pecho de la negra para comprobar si le latía el corazón. Esmeralda vivía. La sacudió por los hombros. —¡Esmeralda! —le chilló al oído—. ¡Esmeralda! Por el amor de Dios, ¿dónde está la señorita Porter? ¿Qué ha ocurrido? ¡Esmeralda! Despacio, muy despacio, Esmeralda abrió los ojos. Vio a Clayton. Y vio jungla rodeándola por todas partes.

—¡El arcángel san Gabriel me valga! —exclamó, y vol­vió a desmayarse.

Para entonces, ya había llegado allí el profesor Porter y el señor Philander.

—¿Qué vamos a hacer, señor Clayton? —preguntó el anciano profesor—. ¿Por dónde podemos empezar a buscar? Dios no puede ser tan cruel como para arre­batarme ahora a mi niña.

—Lo primero es lograr que Esmeralda vuelva en sí —propuso Clayton—. Ella podrá explicarnos qué ha ocurrido. ¡Esmeralda!

Volvió a gritarle y a sacudir enérgicamente a la mujer por los hombros.

—¡Oh, arcángel san Gabriel! —lloriqueó la pobre negra, pero mantuvo los párpados apretados con fuer­za—. Déjame morir, Señor, no permitas que vea otra vez esa horrible cara.

—Vamos, vamos, Esmeralda —tranquilizó Clayton—. El Señor no está aquí, soy Clayton. Abre los ojos. Esmeralda obedeció.

—¡Oh, bendito arcángel san Gabriel! Gracias a Dios —articuló.

—¿Dónde está la señorita Porter? ¿Qué ha pasado? —quiso saber Clayton.

—¿No está aquí la señorita Jane? —gimió Esmeralda, y se incorporó con una celeridad realmente prodigio­sa para una persona de su volumen—. ¡Oh, Señor! ¡Ahora me acuerdo! Debió de llevársela aquello y la negra esta­lló en un arrebato de sollozos y lamentos gemebundos.

—¿Quién se la llevó? —preguntó el profesor Porter.

—Un enorme gigante con el cuerpo cubierto de pelo.

—¿Un gorila, Esmeralda? —precisó el señor Philander, y ninguno de los tres hombres se atrevió a respirar una vez expresada en palabras aquella terrible sugerencia.

—Creí que era Satanás, pero ahora sospecho que debió de ser uno de esos espantosos gorilefantes. ¡Oh, pobre niña, pobrecita mía!

Y Esmeralda se entregó a otra oleada de sollozos incontrolables.

Clayton empezó de inmediato a buscar huellas, pero no pudo encontrar rastro alguno, aparte el desbara­juste de las hierbas pisoteadas en las inmediaciones. Y sus conocimientos forestales eran excesivamente limi­tados para permitirle sacar conclusiones válidas de lo que se ofrecía a sus ojos. Se pasaron el resto del día explorando la jungla, pero cuando cayó la noche no tuvieron más reme­dio que abandonar la búsqueda, abatidos y deses­peranzados, porque ni siquiera sabían que dirección tomó el simio que había secuestrado a Jane.

Era noche cerrada cuando llegaron de vuelta a la cabaña… Un grupo de personas abatidas y conster­nadas, que se sentaron silenciosamente en el interior de la reducida construcción. El profesor Porter rompió finalmente el silencio. Su tono ya no era el del pedante erudito que teorizaba ace­ra de lo abstracto e ignoto, sino el del hombre de acción, resuelto y decidido. Sin embargo, en la voz se apre­ciaba un indescriptible matiz de desesperación y sufri­miento que repercutió dolorosamente en el corazón de Clayton.

—Iré ahora a acostarme un rato —dijo el anciano—, a ver si consigo dormir. Mañana, en cuanto amanezca, saldré con toda la comida que pueda llevar y no aban­donaré la búsqueda hasta que haya encontrado a Jane. No volveré sin ella.

Ninguno de sus compañeros hizo comentario alguno durante largo rato, inmersos como estaban en la amargura de sus propios pensamientos. Todos y cada uno de ellos sabía, lo mismo que el viejo pro­fesor, lo que significaban las últimas palabras del anciano: el profesor Porter no regresaría nunca de la selva.

Al final, Clayton se puso en pie y apoyó suavemente la mano en el caído hombro del profesor Porter. —Iré con usted, naturalmente —dijo.

—Sabía que iba a ofrecerse a acompañarme… , que también desearía ir, señor Clayton, pero no debe hacerlo. Jane no necesita ya auxilio humano. Pero la que fue mi querida niñita no yacerá sola en esa sel­va horrible y hostil.

»A los dos nos cubrirán las misma ramas y hojas, el mismo follaje, y nos empaparán las mismas lluvias. Y cuando lleguemos ante el alma de su madre, nos encon­trará juntos en la muerte, como siempre nos encontró en la vida.

«No, sólo puedo ir yo, porque era mi hija… y era lo único que me quedaba en este mundo, el único cariño por el que vivir.

—Iré con usted decidió Clayton simplemente.

El anciano alzó la cabeza y observó con intensa atención las enérgicas y agraciadas facciones de William Cecil Clayton. Es posible que leyera en aque­llos rasgos el amor que anidaba en el corazón del joven… el amor que sentía por la muchacha.

Últimamente se había sumergido más de la cuen­ta en sus preocupaciones eruditas y se olvidó de los pequeños sucesos cotidianos, de las palabras que surgían como si nada, de todo lo que a un hombre observador y con más sentido práctico le habría indi­cado que aquellos dos jóvenes se sentían cada vez más atraídos el uno por el otro. Ahora, sin embar­go, tales detalles volvían a su mente, uno tras otro.

—Como quiera —dijo.

—Cuente conmigo también —terció el señor Phi­lander.

—No, mi querido amigo —declinó el profesor Porter—. No podemos ir todos. Sería una crueldad perversa dejar aquí sola a Esmeralda, y tres personas conse­guiríamos exactamente lo mismo que una. «Ya hay bastante muerte en esa floresta inhumana, tal como está. En fin… procuremos dormir un poco.

Capítulo 19. La llamada de lo primitivo

Desde que Tarzán abandonó la tribu de gigantescos antropoides entre los que se crió, las discordias y luchas intestinas desgarraban continuamente el clan. Terkoz resultó un soberano caprichoso y despiada­do, así que, uno tras otro, muchos de los monos vie­jos, a los que la edad debilitaba, sobre los cuales el feroz Terkoz se complacía particularmente en desa­hogar sus instintos brutales, optaron por coger a su familia y buscar la tranquilidad de zonas interio­res más seguras, lejos del tirano.

Pero la incesante truculencia de Terkoz llevó a la desesperación a quienes seguían viviendo en el seno de la tribu, hasta que uno de ellos se acordó de la reco­mendación que les hizo Tarzán al partir.

—Si tenéis un jefe cruel, no cometáis el error en que caen los otros monos y no intentéis luchar contra él de uno en uno. Lo que debéis hacer es atacarlo al mismo tiempo dos, tres o cuatro de vosotros. Si obráis así, entonces no habrá jefe que se atreva a extrali­mitarse y abusar de los miembros de la tribu, porque entre cuatro siempre podréis matar a cualquier jefe que se pase de la raya.

El simio que recordó tan sensato consejo lo repitió a varios de sus congéneres, de forma que cuando Terkoz regresó al clan aquel día se encontró con un caluroso comité de recepción. No hubo formulismos protocolarios. En cuanto Terkoz llegó al grupo, cinco enormes cuadrumanos saltaron sobre él.

En el fondo, Terkoz era un tremendo cobarde, como suele ser el caso de los fanfarrones, tanto si se trata de hombres como de simios; así que en vez de plantar cara a sus retadores, dispuesto a luchar y, de ser necesario, morir, se zafó de ellos con toda la rapidez que pudo, emprendió veloz huida y se refugió tras la pantalla protectora del follaje de la selva.

Intentó en dos ocasiones incorporarse a la tribu, pero en ambas se vio atacado y puesto en fuga. Por fin se dio por vencido y, rebosante de odio y furor, se adentró en la jungla.

Anduvo varios días deambulando sin rumbo, des­pechado y cada vez más rabioso, a la caza de algún ser más débil que él sobre el que descargar su colé­rico rencor.

En tal estado de ánimo, aquel bestial antropoide se desplazaba de árbol en árbol cuando, de pronto, avistó a las dos mujeres en la selva.

Se encontraba justamente sobre sus cabezas cuan­do las vio. La primera noticia que tuvo Jane Porter de la presencia de aquel monstruo fue cuando el enor­me cuerpo velludo aterrizó de golpe junto a ella y los ojos de la muchacha, al volver la cabeza, tropeza­ron con aquella espantosa cara y las rugientes fau­ces, abiertas a menos de treinta centímetros de su persona.

Un agudo grito se escapó de los labios de Jane Porter cuando la mano de la fiera le aferró un bra­zo. Después se vio atraída hacia aquellos espeluz­nantes colmillos ávidos de clavarse en su garganta. Pero cuando parecían a punto de llegar a la tersa piel de la joven, el antropoide cambió de idea.

La tribu se le había quedado las hembras. Debía encontrar otras para sustituirlas. Aquella mona blanca sin pelo sería la primera hembra de su nuevo clan. Se la echó rudamente cruzada sobre los peludos y anchos hombros, saltó otra vez a la enramada y se alejó a través de los árboles, cargado con Jane.

El chillido aterrorizado de Esmeralda se mezcló una vez con el de la muchacha y luego, como era su cos­tumbre cuando la situación requería valor y presen­cia de ánimo, Esmeralda se desvaneció. Pero Jane no perdió el conocimiento. Desde luego, aquella cara horrible se oprimía contra la suya y el aliento fétido que la bestia lanzaba sobre sus fosas nasales la paralizaron de miedo, pero su mente se mantenía clara y se daba perfecta cuenta de todo lo que ocurría.

A una velocidad que a Jane le pareció portento­sa, la bestia la llevó a través del arbolado, sin que la joven gritase ni se resistiera. La repentina apa­rición del simio la había dejado confundida hasta tal punto que pensaba que la conducía hacia la playa.

Por tal motivo, Jane decidió reservar sus energías y la voz hasta cerciorarse de que se habían acercado tanto al campamento como para que si pedía soco­rro pudieran oírla. Lo ignoraba entonces, no podía saberlo, pero la ver­dad es que el antropoide la iba adentrando cada vez más en la tupida jungla.

El mismo grito que llevó a Clayton y a los dos ancia­nos a trompicones a través de la maleza selvática, había conducido antes a Tarzán de los Monos directamente al lugar donde yacía Esmeralda, pero el interés de Tarzán no se centraba en la mujer, aunque sí hizo una pausa junto a ella para cerciorarse de que estaba ilesa.

Escrutó momentáneamente el suelo y las ramas de los árboles, hasta que el simio que llevaba dentro, en virtud del ambiente en que se había criado y la for­mación que había recibido, combinado con la inteli­gencia heredada de sus antecesores, transmitieron a su mente la historia completa de lo sucedido, con tan­to detalle y claridad como si lo hubiera visto con sus propios ojos.

Se lanzó inmediatamente a las oscilantes enra­madas y emprendió la persecución por las alturas, siguiendo unos rastros que ningún otro ser huma­no hubiese podido detectar y mucho menos inter­pretar.

En los extremos de las ramas, donde el antropoide toma impulso para arrojarse desde allí a otro árbol, hay más huellas reveladoras del paso de la pieza que se persigue, pero menos señales que indiquen la direc­ción que ha tomado. La presión es allí siempre hacia abajo, hacia la punta de la rama, tanto si el mono sal­ta al árbol como si se impulsa para abandonarlo. En el centro del árbol, donde las señales del paso son más débiles, la dirección se marca con toda claridad.

Allí, en aquella rama, la enorme planta del pie del fugitivo ha aplastado una oruga, y el instinto indica a Tarzán el punto donde el mismo pie se apoyará tras la zancada siguiente. Mira hacia dicho punto y encuentra una diminuta partícula de larva destro­zada, un indicio que no es mayor que una mota de humedad.

Un poco más allá, la uña de una mano ha pues­to hacia arriba un trozo de corteza y el sentido de la grieta indica la dirección en que marcha quien ha arrancado la corteza. Otras veces es en una rama grande o en el mismo tronco del árbol donde el roce ha hecho que se queden allí unas hebras de pelo que, dada la posición en que han quedado atrapa­das debajo de la corteza, comunican a Tarzán que está en el buen camino.

Tampoco necesitaba el hombre mono reducir la marcha para percibir tales aparentemente débiles huellas del paso de la fiera a la que perseguía.

Para Tarzán todas destacaban de modo palmario sobre la minada de desgarrones, trozos de corteza arrancados y demás señales que sembraban aquella frondosa ruta. Pero a lo que más partido sacaba el hom­bre—mono era a su fino olfato. Al avanzar con el vien­to de cara sus fosas nasales, sensibles como las de un sabueso, contaban con gran ventaja.

Hay quien cree que los animales de especies consi­deradas inferiores están especialmente dotadas de un sentido del olfato superior al del hombre, pero en rea­lidad todo es cuestión de adiestramiento y desarrollo.

La supervivencia del hombre depende de la per­fección de los sentidos menos de lo que pudiera creerse. Su capacidad de raciocinio le ha liberado de numerosos esfuerzos y obligaciones, por lo que mu­chas de sus facultades se han anquilosado. Es algo que les ha ocurrido también a diversos músculos que, como los de las orejas y el cuero cabelludo, son inú­tiles por mera falta de uso.

Esos músculos están ahí, en torno a los apéndices auriculares y bajo la cabellera, lo mismo que están los nervios que transmiten las sensaciones al cere­bro, pero todos se encuentran en estado de subde­sarrollo porque no los necesitamos.

No ocurría así con Tarzán de los Monos. Desde la más tierna infancia su supervivencia dependió de la agudeza de su vista, oído, olfato, tacto y gusto mucho más que de la facultad de razonamiento, que desarrolló bastante más despacio. De los cinco sentidos, el menos desarrollado en Tarzán era el del gusto, porque su paladar saborea­ba casi con la misma delectación las exquisitas fru­tas del bosque que la carne cruda que llevase cierto tiempo enterrada, aunque en esto último apenas dife­ría de los más civilizados gastrónomos.

Tarzán se desplazaba casi en absoluto silencio, aunque velozmente, tras las huellas de Terkoz y su presa, pero la bestia fugitiva percibió el acercamien­to de su perseguidor y eso le hizo acelerar la marcha.

Recorrieron cinco kilómetros antes de que Tarzán los alcanzase y entonces, al comprender que era inú­til seguir huyendo, Terkoz descendió a un pequeño claro, donde podría revolverse y combatir para con­servar la presa o, si el que le perseguía era superior a él en tamaño y fuerza, tendría el recurso de inten­tar la huida.

Aún sostenía a Jane con el enorme brazo cuando Tarzán saltó como un leopardo a la palestra que la naturaleza proporcionaba para aquella pelea primitiva.

Cuando Terkoz vio que quien le perseguía era Tarzán, llegó a la conclusión de que aquella era la hembra de su enemigo, puesto que ambos tenían el mismo aspecto —eran blancos y carecían de pelo— y acogió con inmenso regocijo la oportunidad de ven­garse de aquel odiado rival.

Para Jane Porter, la aparición de aquel hombre que parecía un dios fue como un sedante para los nervios.

Por la descripción que le habían hecho su padre, el señor Philander y Clayton, la muchacha comprendió que debía de tratarse de la misma criatura maravi­llosa que los había salvado y vio en él no sólo a un protector sino también a un amigo.

Pero cuando Terkoz la apartó a un lado brusca­mente, para afrontar el ataque de Tarzán, y la mucha­cha observó las gigantescas proporciones del simio, sus poderosos músculos y el filo aterrador de sus col­millos, el ánimo se le vino abajo. ¿Cómo podía ven­cer un hombre a tan imponente adversario? Se acercaron el uno al otro como dos toros que se acometen con furia, como dos lobos que buscan cla­var sus dientes en la garganta del contrario. La del­gada hoja del cuchillo del hombre frente a los lar­gos caninos del simio.

Con el juncal, esbelto y juvenil cuerpo aplastado contra el tronco de un árbol colosal, apretadas las manos sobre el agitado seno, desorbitados los ojos en los que se mezclaba el horror, la fascinación, el miedo y la admiración, Jane Porter contemplaba aquel combate entre un mono primario y un hombre pri­mitivo que luchaban por la posesión de una mujer… que peleaban por ella.

Cuando los formidables músculos de los hombros y de la espalda del hombre se convirtieron en apre­tados nudos bajo la tensión y el esfuerzo, mientras los bíceps y el antebrazo mantenían a raya a los pode­rosos colmillos, la capa formada por siglos de civili­zación y cultura desapareció de la empañada vista de la muchacha de Baltimore.

Cuando el largo cuchillo se hundió profundamen­te una docena de veces y bebió la sangre que fluía por el corazón de Terkoz y cuando el impresionante cuerpo cayó sin vida contra el suelo, fue una mujer primitiva la que se precipitó hacia adelante, con los brazos tendidos, al encuentro del hombre primitivo que había luchado por ella, que la había ganado en feroz lid.

¿Y Tarzán? Hizo lo que cualquier hombre con sangre en las venas hubiera hecho sin necesidad de que le aleccionaran. Acogió a la mujer en sus brazos y colmó de besos los palpitantes labios que se entreabrían para él.

Durante un momento, Jane permaneció allí, con los párpados entrecerrados. Durante un momento —el primero en su joven vida— comprendió el significado del amor.

Pero tan repentinamente como había desapareci­do, la capa de civilización y cultura volvió a ocupar su sitio y los remordimientos de una conciencia ultra­jada extendieron un cendal escarlata sobre el rostro de la muchacha que, mortificada, apartó de sí a Tarzán de los Monos y hundió el semblante entre las manos.

A Tarzán le sorprendió encontrar entre sus brazos a la muchacha a la que había aprendido a amar de una manera ambigua y abstracta. Ella se había deja­do abrazar voluntariamente y ahora le rechazaba. Pero luego la sorpresa se repitió, aunque en sentido contrario. Volvió a acercarse a Jane y le cogió un brazo. La joven se revolvió como una tigresa y sus puños des­cargaron repetidos golpes sobre el amplio pecho del hombre—mono.

Tarzán fue incapaz de entenderlo.

Un momento antes su intención era llevar inme­diatamente a Jane junto a sus allegados, pero ese momento se perdía ya en un pretérito distante y nebu­loso que nunca volvería a repetirse y, con él, la inten­ción se había alejado también hacia el reino de lo imposible.

Tarzán de los Monos había sentido oprimida con­tra su cuerpo la figura cálida y flexible. Había nota­do sobre su mejilla el aliento dulce y tibio. La boca había aventado una nueva llama de vida dentro de su pecho. Unos labios perfectos se habían unido a los suyos en besos ardientes que estamparon una marca profunda en su espíritu, una marca que anun­ciaba el nacimiento de un nuevo Tarzán.

Volvió a posar la mano sobre el brazo de la mucha­cha. Ella volvió a rechazarle. Y Tarzán de los Monos hizo entonces lo mismo que hubiera hecho su primer ascendiente.

Cogió a su mujer en brazos y la llevó consigo al interior de la selva.

A la mañana siguiente, con el alba, el estampido de un cañón despertó a los cuatro ocupantes de la cabaña de las proximidades de la playa. Clayton fue el primero en salir precipitadamente, para encon­trarse con que al otro lado de la boca del puerto natu­ral, bastante mar adentro, habían fondeado dos buques. Uno era el Arrow y el otro un pequeño cru­cero francés. Por la borda de este último toda la tri­pulación miraba hacia tierra y a Clayton le resultó evidente, mientras los demás llegaban junto a él, que el cañonazo que había oído lo dispararon los del cru­cero para llamar su atención, si es que aún estaban en la cabaña.

Ambas naves se encontraban a considerable dis­tancia de la orilla y era problemático que, incluso con catalejo, pudieran divisar los sombreros que en el centro de la playa, entre las dos puntas del golfo, agi­taban los miembros de la partida.

Esmeralda se había quitado el rojo delantal y lo ondeaba frenéticamente por encima de la cabeza, pero Clayton, temeroso de que ni así pudieran ver­los, echó a correr hacia la punta norte donde se hallaba la pira de la señal presta para que la encen­diesen.

Le pareció que transcurría una eternidad, lo mis­mo que a los que se quedaron detrás, conteniendo el aliento, antes de que llegara al montón de maleza y ramas secas.

Cuando salió de la espesura y volvió a ver los buques, la consternación le inundó al comprobar que el Arrow se hacía a la vela y el crucero empezaba tam­bién a navegar.

Se apresuró a prender la hoguera, por una doce­na de puntos, corrió al extremo del promontorio y allí se rasgó la camisa, la ató a una rama que encontró caída y procedió a agitar aquel improvisado estan­darte por encima de su cabeza.

Pero los barcos continuaron su maniobra, dis­puestos a alejarse, y Clayton ya se había despedido de toda esperanza cuando la columna de humo, enor­me por entonces, elevada por encima de la floresta como una gruesa aguja vertical, llamó la atención de un vigía del crucero y, automáticamente, una doce­na de catalejos enfocaron la playa.

Clayton vio entonces que los dos buques viraban de nuevo y, mientras el Arrow se quedaba tranquila­mente al pairo en el océano, el crucero se fue apro­ximando lentamente a la orilla. Se detuvo a cierta distancia y allí arriaron un bote, que se dirigió a la playa. La barca llegó al promontorio y un joven oficial echó pie a tierra.

— ,Monsieur Clayton, presumo? —saludó.

—¡Gracias a Dios que han venido! —respondió Clayton—. Es posible que aún no sea demasiado tarde. —¿Qué quiere decir, monsieur?

Clayton le explicó el secuestro de Jane Porter y lo imprescindible que resultaba disponer de hombres armados que colaborasen en la búsqueda de la joven.

—¡Mon Dieu! —exclamó contrito el oficial—. Ayer habríamos llegado a tiempo. Hoy es posible que, por desgracia, no podamos encontrar ya a esa pobre dama. Es horrible, monsieur. Espantosamente horrible.

Nuevos botes se destacaban ya del crucero y Clayton, tras indicar la entrada de la bahía al oficial, subió con él a la barca y ésta puso proa al interior de la rada. Los demás botes les siguieron.

Toda la partida desembarcaba al cabo de un momento en el lugar donde se encontraban el pro­fesor Porter, el señor Philander y la lloriqueante Esmeralda.

Entre los oficiales del último bote arriado del cru­cero iba el capitán del buque, quien, al tener noti­cia del rapto de Jane, solicitó voluntarios entre sus hombres, en magnánimo gesto, para que acompa­ñasen al profesor Porter y a Clayton en su bús­queda.

Entre aquellos valientes y altruistas franceses no hubo un solo oficial ni un solo marinero que no se brindara al instante para participar en la expedición de rescate.

El capitán eligió a veinte marineros y dos oficiales, los tenientes DArnot y Charpentier. Se envió una bar­ca al crucero con la misión de llevar a tierra víveres, municiones y carabinas; los marineros ya iban arma­dos de revólveres.

Luego, al interrogarle Clayton respecto a las cir­cunstancias por las que fondearon a la vista de tie­rra y dispararon un cañonazo en plan de aviso, el capitán Dufranne explicó que, un mes antes habían avistado al Arrow, que navegaba con rumbo suroes­te casi a todo trapo. Cuando le indicaron que se apro­ximara, el Arrow, en lugar de obedecer, largó todavía más vela.

Lo persiguieron hasta la puesta del sol y le dispara­ron unos cuantos cañonazos, pero a la mañana siguien­te el Arrow no aparecía por parte alguna. Durante varias semanas continuaron la búsqueda a lo largo del lito­ral, en una y otra dirección, y estaban a punto de dar por olvidado el incidente de la persecución cuando una mañana, pocos días antes, el vigía avistó un buque a la deriva, sacudido por el violento oleaje y evidentemente sin nadie que lo gobernara.

Al acercarse al pecio comprobaron con sorpresa que se trataba de la misma nave que había huido de ellos unas semanas atrás. Las velas de trinquete y mesana estaban izadas como si se pretendiera man­tener el buque de proa al viento, pero el huracán había roto las escotas y convertido las velas en jirones.

Dadas las condiciones en que se encontraba el buque, en medio de aquella mar embravecida, resul­taba tan difícil como peligroso abordarlo, y como tam­poco se apreciaba signo alguno de vida en cubierta, se decidió aguardar hasta que la tormenta amainase y las aguas se calmaran. Pero entonces apareció una figura que se aferraba a la barandilla de la borda y les dirigía débiles y desesperadas señales, en petición de socorro.

Arriaron un bote inmediatamente y se ordenó a los tripulantes que se acercaran al Arrow e intentasen subir a bordo.

El espectáculo que se ofreció a los ojos de los fran­ceses no podía ser más dantesco. Una docena de muertos y moribundos rodaban por la cubierta de un lado para otro, impulsados por los vaivenes del barco. Los vivos se entremezclaban con los muertos. Había dos cadáveres que parecían par­cialmente devorados, como si los lobos se hubiesen cebado en ellos.

Los tripulantes de la nave francesa se hicieron de inmediato con el gobierno del Arrow y después con­dujeron a los supervivientes enfermos a sus literas.

Envolvieron a los muertos en lonas embreadas y los dejaron atados en cubierta, a la espera de que sus compañeros los identificasen, antes de arrojarlos al océano.

Cuando los franceses subieron a la cubierta del Arrow, ninguno de los marineros vivos estaba cons­ciente. Incluso el pobre diablo que había atraído su atención con las desesperadas señales se desmayó antes de enterarse si habían atendido su petición de ayuda.

El oficial galo no necesitó mucho tiempo para ave­riguar la causa de aquella terrible catástrofe, porque cuando procedieron a buscar agua y coñac para rea­nimar a los hombres, descubrieron que a bordo no quedaba alimento de ninguna clase.

De inmediato, el oficial indicó a los tripulantes del crucero que enviasen agua, medicinas y víveres. Otra lancha efectuó el peligroso viaje al Arrow.

Cuando se aplicaron los oportunos reconstituyen­tes a los enfermos, éstos recobraron el conocimiento y explicaron lo sucedido. Una historia que conocemos ya hasta la partida del Arrow, tras el asesinato de Snipes y el entierro de su cadáver colocado encima del cofre del tesoro.

Al parecer, cuando el crucero emprendió la per­secución del Arrow, el pánico cundió entre los sedi­ciosos, que continuaron atravesando el Atlántico durante varias singladuras después de despistar al buque galo. Pero al darse cuenta de que el agua y las provisiones empezaban a escasear a bordo, viraron de nuevo hacia el este.

Como quiera que nadie tenía siquiera nociones de navegación, no tardaron en surgir diferencias acer­ca del rumbo y el punto de destino. Al cabo de tres días de navegar con rumbo este sin divisar tierra, des­viaron la nave hacia el norte, al temerse que los vien­tos del norte que habían predominado días atrás los hubieran empujado hacia el sur de África.

Mantuvieron el rumbo nornordeste durante dos singladuras, al cabo de las cuales entraron en un periodo de calma chicha que se prolongó durante cer­ca de ocho días. Se quedaron sin agua y con vitua­llas para una sola jornada.

La situación degeneró rápidamente. Fue de mal en peor. Un hombre se volvió loco y se arrojó por la bor­da. Otro se abrió las venas y se alimentó bebiendo su propia sangre.

Cuando murió lo arrojaron también por la borda, aunque más de uno propuso dejar el cadáver en el barco. El hambre estaba transformando a aquellos hombres en bestias salvajes.

Cuarenta y ocho horas antes de que el crucero los abordara, los marineros del Arrow se encontraban en tal estado de debilidad que no podían manejar el bar­co y, ese mismo día fallecieron tres hombres. A la mañana siguiente uno de los cadáveres apareció par­cialmente devorado. A lo largo de todo el día, los hombres se fulmina­ron con la mirada unos a otros, como animales de presa, y, cuando amaneció de nuevo, la carne de dos de los cadáveres había desaparecido casi por com­pleto.

Aquel macabro alimento no había mejorado la con­dición física de los amotinados y el anhelo de agua representaba la agonía más terrible y desoladora que tenían que afrontar. Y entonces se presentó allí el crucero.

Cuando se recuperaron los que pudieron hacerlo, el comandante tuvo su versión de los sucesos; sin embargo, los marineros eran demasiado ignorantes para poder precisar al capitán del buque francés el punto exacto de la costa en que dejaron abandonados al profesor y a los demás miembros de su grupo. De modo que el crucero navegó a lo largo del litoral, dis­parando de vez en cuando la señal de su cañón y escudriñando con el catalejo hasta el último centí­metro de la costa.

Echaban el ancla al llegar la noche, por lo que no dejaron sin examinar una sola partícula de litoral, y ocurrió que la noche anterior llegaron a la altura de la playa donde estaba el campamento que buscaban.

Los que se encontraban en tierra no habían oído los cañonazos de la tarde anterior, tal vez por hallar­se dentro de la espesura, entregados a la búsqueda de Jane. Posiblemente, el ruido de sus propios pasos a través de los matorrales habría sofocado el sordo estampido de la lejana pieza artillera. Para cuando ambas partes hubieron concluido el relato de sus diversas aventuras, la barca cargada de víveres y armas para la expedición llegó procedente del crucero.

En cuestión de minutos el reducido cuerpo de mari­neros y los dos oficiales franceses, junto con Clayton y el profesor Porter, emprendió la desesperanzada búsqueda por la inextricable jungla.

Capítulo 20. Herencia

Cuando Jane comprendió que aquel extraño ser de la selva que la había rescatado de las garras del mono se la llevaba ahora cautiva, forcejeó a la desespera­da para liberarse y escapar; pero los robustos brazos que la sostenían —con la misma facilidad que si se tratase de una niña recién nacida— se limitaron a ejer­cer un poco más de presión y eso les bastó para inmo­vilizarla.

Así que la muchacha se dio por vencida, abando­nó sus inútiles esfuerzos y, tranquila e inmóvil, se dedicó a observar a través de los entrecerrados pár­pados el rostro del hombre que, con tanta desenvol­tura se desplazaba cargado con ella a través de la maraña de vegetación.

Era un semblante extraordinariamente atractivo.

Un arquetipo perfecto de vigor masculino, incon­taminado por la disipación ni por brutales pasiones degradantes. Porque, aunque Tarzán de los Monos mataba hombres y animales, lo hacía como el caza­dor abate y cobra sus piezas, desapasionadamente… Salvo en las raras ocasiones en que mató por odio, si bien no por ese odio recalcitrante y malévolo que deja estampada su marca execrable en las facciones de quien lo experimenta.

En la mayoría de las ocasiones, cuando Tarzán mataba no lo hacía con el ceño fruncido, sino son­riendo. Y la sonrisa es la base de la belleza.

Una de las cosas que la muchacha observó de modo especial cuando vio a Tarzán precipitarse sobre Terkoz fue la estría de intenso color escarlata que surcaba su frente, desde un punto por encima del ojo izquierdo hasta el cuero cabelludo. Sin embar­go, al examinar ahora los rasgos del hombre obser­vó que aquella señal había desaparecido y en el lugar donde estuvo apenas se apreciaba una tenue línea blanca.

Al notar que la joven había adoptado una actitud nada batalladora, Tarzán alivió ligeramente la pre­sión sobre ella.

Bajó una vez la mirada hacia los ojos de la mucha­cha, le sonrió, y Jane se apresuró a cerrar los pár­pados para excluir de su vista aquel rostro bello y atrayente.

Tarzán saltó a la enramada y Jane, al tiempo que se asombraba de no experimentar ningún miedo, empe­zó a percatarse de que, en muchos aspectos, jamás se había sentido más segura en toda su vida que en los brazos de aquella criatura fuerte y salvaje que la trans­portaba sólo Dios sabía hacia qué destino, adentrán­dola cada vez más profundamente en la selvática e intrincada floresta de aquella jungla indómita.

Cerrados los párpados, empezó a especular acer­ca de lo que podía reservarle el futuro y su vivaz ima­ginación alumbró negros temores, pero en cuanto abrió los ojos y vio aquel noble semblante cerca del suyo, se disipó automáticamente hasta el último resi­duo de aprensión.

No, él no podía hacerle daño; tuvo el convencimiento absoluto de ello al llegar, a través de la hermosura de las facciones y la sinceridad de los ojos, al fondo de la caballerosidad que auguraban.

Continuaron adelante, traspasando lo que a Jane le parecía una sólida masa de vegetación que, no obs­tante, parecía agrietarse como por arte de magia para franquear el paso del dios de la selva y luego volvía a cerrarse a sus espaldas.

Apenas llegaba a rozarle una rama, pese a que por arriba y por abajo, por delante y por detrás, lo úni­co visible era un auténtico muro formado por ramas y enredaderas intrincadamente entrelazadas. Mientras avanzaba a ritmo uniforme, nuevos y extraños pensamientos se agitaban en la mente de Tarzán. Se le había planteado un problema que apa­recía ante él por primera vez y, más que pensarlo, presintió que no iba a tener más alternativa que la de afrontar la cuestión como hombre y no como simio.

Moverse libremente por el nivel medio de la enra­mada, ruta que había seguido durante la mayor par­te del trayecto, contribuyó a enfriar el fuego de la pri­mera pasión ardorosa de su recién descubierto amor.

Se sorprendió a sí mismo especulando acerca del destino que habría sufrido la joven de no haberla res­catado de las garras de Terkoz.

Sabía por qué no la había matado inmediatamente el mono y empezó a comparar sus propias intencio­nes con las de Terkoz.

Ciertamente, la ley de la selva decretaba que el macho tomase a la hembra por la fuerza, ¿pero podía Tarzán regirse por las leyes de la selva?

¿No era Tarzán un hombre? ¿Cómo actuaban los hombres? Se quedó confuso: no lo sabía.

Le hubiera gustado poder pregonárselo a la joven, pero entonces se le ocurrió que ella le había infor­mado ya al forcejear como lo hizo, aunque inútilmente, con ánimo de rechazarle y escapar.

Ahora, sin embargo, habían llegado a su destino y Tarzán de los Monos, con Jane en sus robustos bra­zos, aterrizó suavemente en el muelle césped de la explanada donde los grandes monos celebraban sus consejos y se entregaban a las orgiásticas y salvajes danzas del Dum—Dum.

Aunque había recorrido muchos kilómetros, ape­nas era media tarde y la luz que se filtraba a través del tupido follaje circundante bañaba alegremente el anfiteatro.

La alfombra verde del césped, fresca y blanda, era toda una invitación.

Los mil y un ruidos de la jungla parecían tan remo­tos y apagados que eran como tenues ecos de soni­dos confusos cuyo volumen subía y bajaba como el rumor del oleaje sobre una playa lejana.

Una sensación de soñolienta placidez se abatió sobre Jane cuando su cuerpo se hundió en la suavi­dad de la hierba, donde Tarzán la había depositado. La muchacha levantó la mirada hacia la gigantesca figura del hombre que se alzaba sobre ella y cuya pre­sencia añadía una extraña impresión de perfecta seguridad.

A través de los párpados entrecerrados, la mucha­cha observó a Tarzán. El hombre—mono cruzó el pequeño claro circular hacia los árboles del otro extre­mo. Jane admiró la gracia majestuosa de sus anda­res, la elegante simetría de su figura magnífica y el equilibrio de su espléndida cabeza sobre los anchos hombros.

¡Qué criatura tan perfecta! Bajo aquel soberbio aspecto exterior no podía haber el más mínimo aso­mo de crueldad ni de vileza. Jane Porter pensó que, desde que Dios creó el primer hombre a su imagen y semejanza, no había pisado la faz de la tierra ningún otro como aquel que ella tenía delante.

Tarzán dio un salto y desapareció entre los árbo­les. La muchacha se preguntó a dónde iría. ¿Acaso iba a dejarla abandonada a su suerte en aquel rin­cón solitario de la selva?

Lanzó una inquieta mirada a su alrededor. Cada arbusto, cada matorral parecía el escondite desde el que acechaba alguna fiera enorme y espantosa, a la espera del momento oportuno para abalanzarse sobre ella y hundirle los colmillos en la tierna carne. Todos y cada uno de los ruidos se amplificaban y con­vertían en el furtivo rumor de un cuerpo maligno y sinuoso que se arrastraba hacia ella.

¡Qué distinto era todo ahora que él se había alejado! Durante unos minutos, que a la sobrecogida muchacha le parecieron horas, la joven permaneció sentada con los nervios de punta, temiendo el salto del bicho agazapado que de un momento a otro pon­dría fin a su angustioso miedo.

Estuvo a punto de rezar para que llegasen de una vez aquellos crueles dientes que la sumirían en la inconsciencia y la librarían del tormento del pánico.

Oyó un leve y súbito ruido a su espalda. Se puso en pie al tiempo que emitía un chillido y dio media vuelta para encarar su fin.

Y allí estaba Tarzán con los brazos cargados de fru­tos maduros y apetitosos.

La muchacha vaciló y hubiera ido a parar al sue­lo de no haber soltado Tarzán su cargamento para cogerla entre sus brazos. Jane Porter no perdió el conocimiento, sino que se apretó contra el hombre­mono, estremecida y temblorosa como un cervatillo asustado.

Tarzán de los Monos le acarició la suave cabelle­ra y trató de tranquilizarla y consolarla como Kala hacía con él cuando era una pequeña cría de mono y Sabor, la leona, o Hista, la serpiente, lo asustaban.

Tarzán posó con suavidad los labios en la frente de Jane y, en vez de removerse, la muchacha cerró los ojos y suspiró.

Ni podía ni deseaba analizar sus sentimientos. Ni siquiera intentarlo. Se sentía satisfecha con la seguridad que le comu­nicaban aquellos brazos robustos y con dejar que su futuro lo decidiera el destino; porque las últimas horas le habían enseñado a confiar en aquella extraordi­naria criatura salvaje de la jungla como hubiera con­fiado en muy pocos hombres de los que conocía.

Al reflexionar en lo extraño que era todo aquello, en su imaginación nació la idea de que, posiblemen­te, acababa de conocer algo que en realidad nunca había conocido: el amor. Se quedó un poco descon­certada y luego sonrió.

Sin borrar la sonrisa de sus labios, apartó de sí suavemente a Tarzán y, mirándole con una expresión entre risueña e irónica, que confería a su semblan­te un encanto absolutamente hechicero, la mucha­cha señaló con el índice los frutos del suelo y se sentó sobre el borde del tambor de barro de lo santropoides. El hambre anunciaba que había llegado.

Tarzán recogió rápidamente los frutos y los depo­sitó a los pies de Jane. Después se sentó en el suelo, junto a la joven, y cortó y preparó con el cuchillo las diversas piezas, disponiéndolas para que la mucha­cha las degustara.

Comieron juntos y en silencio; de vez en cuando se lanzaban alguna que otra sigilosa mirada de reojo, hasta que, por último, Jane estalló en una alegre car­cajada, risa a la que Tarzán se sumó de inmediato.

—Me gustaría que hablase inglés —dijo Jane.

Tarzán meneó la cabeza y una expresión de anhe­lo mustio y patético puso seriedad en sus hasta un segundo antes rientes pupilas.

Jane probó a hacerse entender en francés y luego en alemán, pero al final no pudo contener la risa ante su propia torpeza con la lengua germana.

De cualquier modo se dirigió a él nuevamente en inglés.

—Ha entendido usted mi alemán tan estupenda­mente como me lo entendieron en Berlín.

Tarzán había decidido ya bastante rato antes cuál iba a ser su futura forma de actuar. Había dispues­to de tiempo suficiente para rememorar cuanto leyó en los libros de la cabaña acerca de la conducta de los hombres y mujeres. Se comportaría como imagi­naba que se hubieran comportado en su lugar los hombres de los libros.


Se puso en pie de nuevo y se adentró en la flores­ta, pero no sin intentar previamente indicar a Jane, por señas, que volvería en seguida. Tuvo éxito con el intento, porque la muchacha le comprendió y esa vez no experimentó miedo alguno cuando él se fue.

Miedo no, pero sí le asaltó cierta sensación de soledad, clavó la mirada en el punto por donde Tarzán había desaparecido y, fijos allí sus ojos anhe­lantes, aguardó su regreso. Como en la ocasión anterior, un leve rumor que se produjo a su espal­da informó a la joven de la presencia del hombre­mono. Jane dio media vuelta y le vio acercarse a través del césped, cargado con una gran brazada de ramas.

A continuación, Tarzán se perdió nuevamente den­tro de la jungla, para reaparecer al cabo de quince minutos con cierta cantidad de hierbas y helechos. Efectuó dos excursiones más, cuyo resultado fue un buen montón de materiales.

Extendió en el suelo las hierbas y los helechos, de manera que formasen una cama bastante blanda. Por encima de la misma colocó gran número de ramas, que inclinó y unió en el centro del lecho, a unos cuantos palmos de altura. Sobre las ramas dispuso varias capas de grandes hojas de las llamadas oreja de elefante. Cerró con más ramas y hojas uno de los extremos del peque­ño cobertizo que acababa de levantar.

Luego se sentó junto a la muchacha en el borde del tambor de barro y trató de hacerse entender por señas.

A Jane le había maravillado e intrigado sobrema­nera el magnífico guardapelo con engarce de dia­mantes que Tartán llevaba colgado del cuello.

Se lo señaló con el dedo a Tarzán y éste se lo qui­tó al instante y tendió la joya a la muchacha. Jane observó que era obra de un buen orfebre y que los diamantes tenían un brillo y una pureza extra­ordinarios y estaban artísticamente engarzados. Sin embargo, su talla pertenecía, evidentemente, a una época bastante antigua.

Comprobó también que el guardapelo se abría y, al presionar el broche oculto, las dos mitades se sepa­raron y en cada una de las caras interiores apare­cieron sendas miniaturas en marfil. Una de ellas era el retrato de una dama de gran belleza y la otra muy bien podía ser el del hombre que en aquel momento tenía al lado, aunque se aprecia­ba una sutil diferencia en la expresión del rostro, algo difícil de definir.

Jane Porter miró a Tarzán, al que sorprendió incli­nado sobre ella para ver mejor las miniaturas, a las que miraba con cara de asombro. Alargó la mano hacia el medallón y lo tomó de la mano de la mucha­cha. Examinó los retratos con inconfundibles mues­tras de sorpresa y renovado interés. Su actitud indi­caba con toda claridad que los veía por primera vez, que no se le había ocurrido nunca que el guardape­lo pudiera abrirse.

Tal circunstancia provocó en Jane nuevas espe­culaciones, pero no fue capaz de imaginar cómo pudo haber llegado la joya a poder de una criatura salva­je de las inexploradas junglas africanas. Más sorprendente resultaba todavía el que uno de los retratos que guardaba en su interior el guarda­pelo fuese el de alguien que muy bien podía ser un hermano, o más probablemente, el padre de aquel semidios de la selva que incluso ignoraba que el meda­llón se abría.

Tarzán continuaba mirando con firme insistencia los dos rostros de marfil. Luego se descargó el carcaj del hombro, vació las flechas sobre el suelo, introdujo la mano hasta el fondo de aquel receptáculo pareci­do a una bolsa y extrajo un objeto plano, envuelto en varias hojas suaves y atado con cordeles hechos a base de largas hierbas.

Lo desenvolvió con sumo cuidado, fue quitando las capas de hierba una tras otra hasta que, finalmente, en su mano quedó una fotografía.

Al tiempo que señalaba la miniatura del hombre que había en el guardapelo tendió a Jane la fotografía, que puso junto al abierto medallón.

La fotografía no sirvió más que para incrementar el desconcierto de la joven, ya que saltaba a la vista que se trataba de otra imagen del mismo hombre cuyo retrato ocupaba una mitad del guardapelo, al lado de la miniatura de la guapa y joven dama.

Cuando Jane alzó la mirada hacia Tarzán, obser­vó que la expresión que brillaba en los ojos de éste era de inconcebible asombro. En los labios del hom­bre parecía estar formándose una pregunta.

La muchacha señaló la fotografía, después llevó el índice a la miniatura y, por último, apuntó a Tarzán, como si estuviera indicándole que pensaba que el hombre del retrato era él. Pero el hombre mono se limitó a menear la cabeza, después encogió sus amplios hombros, cogió la fotografía de manos de Jane y, tras envolverla de nuevo cuidadosamente, la puso otra vez en el fondo de la aljaba.

Permaneció unos instantes más sentado en silen­cio, con la vista clavada en el suelo, mientras Jane le daba vueltas en la mano al guardapelo, como si eso pudiera proporcionarle algún indicio susceptible de conducirla a la identificación del dueño original de la joya.

Por último, se le ocurrió una explicación sencilla.

El guardapelo perteneció a lord Greystoke y los retratos eran de él y de lady Alice.

La salvaje criatura que estaba a su lado simple­mente lo encontró en la cabaña de las proximida­des de la playa. Qué estúpida había sido al no haber pensado antes en tal solución.

Pero explicarse aquel extraño parecido entre lord Greystoke y el dios de la floresta… eso era algo situa­do lejos de sus facultades; y nada tenía de extraño que le fuese imposible de todo punto imaginar que aquel salvaje desnudo fuera realmente un aristócra­ta inglés.

Por último, Tarzán levantó la vista del suelo y miró a la muchacha, que seguía examinando el guarda­pelo. Para Tarzán, el significado de los retratos aque­llos constituía un misterio insoluble, pero sí le fue posible percibir el interés y la fascinación que refle­jaba el rostro de la adorable y vivaz criatura que estaba a su lado.

Ella se percató de que la estaba mirando y supu­so que deseaba que le devolviera su adorno. De modo que se lo tendió. Tarzán lo tomó, cogió la cadena con las dos manos y colgó el medallón en el cuello de Jane. Sonrió al ver la cara de sorpresa que puso la mucha­cha ante aquel regalo inesperado.

Jane sacudió la cabeza negativa y vehementemente y se hubiera quitado de la garganta la cadena de oro, pero Tarzán no se lo permitió. Cada vez que la mucha­cha pretendía hacerlo, él le cogía las manos y se las retenía para impedírselo.

Jane acabó por desistir y, con una leve risita, se llevó el medallón a los labios. Tarzán no sabía qué significaba exactamente aquel ademán, pero se figuró con bastante acierto que era su forma de darle las gracias por el obsequio, de modo que se puso en pie, tomó el guardapelo con una mano, se inclinó ejecutando una reverencia digna de cual­quier cortesano de otros tiempos y posó los labios en el punto donde habían descansado segundos antes los de Jane.

Fue un cumplido majestuoso y galante, ejecuta­do con una gracia y dignidad espontáneas, absolu­tamente desprovistas de afectación. Era el sello de su cuna aristocrática, el producto de muchas genera­ciones de educación refinada, el instinto hereditario de una donosura y gentileza que no podía erradicar así como así una existencia selvática, una crianza y formación vividas en un ambiente salvaje.

Empezaba a oscurecer, de modo que volvieron a comer aquellos frutos que les servían de alimento sóli­do y de bebida. Luego Tarzán se levantó, condujo a Jane al pequeño cobertizo que había construido y le indicó que entrara.

Por primera vez en el curso de las últimas horas, el miedo pareció invadir el ánimo de Jane y Tarzán notó que se apartaba, que se encogía frente a él.

La relación directa con aquella muchacha, el haber alternado con ella durante medio día hizo que el Tarzán del anochecer fuese un hombre muy distin­to al Tarzán de la salida del sol por la mañana. Ahora, en todas y cada una de las fibras de su ser, la herencia de su linaje se dejaba oír con más clari­dad y volumen que la formación y el adiestramiento en la selva.

No se había transformado, por obra y gracia de una transición rápida, de salvaje hombre—mono en distinguido caballero, pero ahora predominaba el instinto del abolengo y, por encima de todo, el deseo de complacer a la mujer de la que se había enamo­rado, de presentar ante sus ojos una buena imagen personal.

De forma que Tarzán de los Monos hizo lo único que sabía iba a brindar garantías de seguridad a Jane. Sacó de la vaina su cuchillo de monte y se lo ofreció a la joven, por la empuñadura. Después le indicó otra vez que entrase en el pequeño chamizo.

La muchacha comprendió y, tras coger el cuchillo, entró en el refugio y se echó sobre el mullido lecho de hojas, mientras Tarzán de los Monos se estiraba a su vez en el suelo, ante la entrada del cobertizo.

Y así los encontró el sol al salir a la mañana si­guiente.

Tras despertarse, Jane tardó unos momentos en recordar los extraños acontecimientos del día ante­rior y lo primero que hizo fue extrañarse del lugar donde se encontraba: el emparrado, las hierbas que formaban el lecho y el panorama nada familiar que se le ofrecía a través del hueco de la entrada abierto a sus pies.

Poco a poco las circunstancias de la situación fue­ron irrumpiendo una tras otra en el cerebro de Jane. Luego, un enorme asombro irrumpió en su ánimo… seguido por una oleada de agradecimiento por el hecho de encontrarse sana y salva después de haber afrontado tan terribles peligros.

Se desplazó hasta la entrada del chamizo para bus­car a Tarzán. El hombre—mono había desaparecido, pero el miedo no asaltó esta vez a Jane,* porque tenía la certeza de que iba a volver.

Vio la huella que había dejado el cuerpo del hom­bre sobre la hierba, a la entrada del refugio, donde Tarzán permaneció tendido toda la noche, velando el sueño de la joven. Jane no ignoraba que eso le había permitido a ella descansar apaciblemente y en com­pleta seguridad.

Con Tarzán cerca, ¿quién podía sentir miedo? Jane se preguntó si existiría en la Tierra otro hombre jun­to al cual una muchacha pudiera sentirse tan segu­ra en el corazón de la salvaje jungla africana. Ya no la asustaban leones ni panteras.

Alzó la mirada y vio el atlético cuerpo de Tarzán saltar ágilmente al suelo desde las ramas de un árbol próximo. Al notar sobre sí la mirada de la joven, el semblante del hombre—mono se iluminó con aquella sonrisa franca y radiante que el día anterior había hecho que se desvaneciera toda la desconfianza de la muchacha.

Al acercársele Tarzán, el corazón de Jane aceleró sus latidos y sus pupilas brillaron como jamás lo hicie­ron ante la proximidad de ningún hombre.

Tarzán volvía de nuevo cargado de frutos, que depo­sitó a la entrada del cobertizo. Volvieron a sentarse juntos a comer.

Jane empezó a preguntarse qué planes tendría Tarzán. ¿La devolvería a la playa o pensaba retener­la allí, en la selva? Se dio cuenta de pronto de que tal cuestión no parecía preocuparle gran cosa. ¿Cómo era posible que le importase tan poco?

Empezó también a darse cuenta de que se sentía contentísima de encontrarse allí, sentada junto a aquel sonriente gigante, comiendo frutos realmente deliciosos en un paraíso silvestre situado en el remo­to corazón de la jungla de África… Más que satisfe­cha y contenta, se sentía feliz.

No lograba entenderlo. La razón le decía que lo lógi­co era que le desgarrasen el alma angustias atro­ces, que temores pavorosos la abrumaran y que los más sombríos presagios entenebreciesen su espíri­tu. Y, en cambio, su corazón parecía cantar y sus labios sonreían en respuesta al atractivo rostro del hombre con el que estaba departiendo.

Cuando terminaron de desayunar, Tarzán se enca­minó al cobertizo y recuperó su cuchillo. La mucha­cha se había olvidado por completo del arma. Com­prendió que eso fue porque también se había olvidado del miedo que la apremió a aceptarlo.

Tras indicarle mediante una seña que le siguiera, Tarzán se dirigió a los árboles que bordeaban la expla­nada. La cogió con uno de sus robustos brazos y sal­tó a una rama.

La joven supo que la llevaba de nuevo junto a los suyos y le resultó imposible explicarse el repenti­no sentimiento de soledad y tristeza que se apo­deró de su ánimo.

Se desplazaron por las enramadas durante varias lentas horas.

Tarzán de los Monos no se daba prisa. Pretendía disfrutar al máximo del agradable placer de aquel via­je, con los brazos de la muchacha alrededor de su cuello, así que se desvió hacia el sur, apartándose bastante de la ruta directa a la playa.

Se detuvieron varias veces a descansar brevemen­te, aunque Tarzán no lo necesitaba, y al mediodía hicieron un alto de una hora, a la orilla de un ria­chuelo, donde almorzaron y calmaron la sed. De modo que el ocaso estaba ya al caer cuando lle­garon al calvero. Tarzán se dejó caer al suelo junto a un árbol gigantesco, separó las altas hierbas de la selva y le señaló a Jane la cabaña. La joven le cogió de la mano para llevarle a la cons­trucción, a fin de poder contarle a su padre que aquel hombre le había salvado la vida, le había evitado un destino peor que la muerte y la había cuidado con tan­ta solicitud como hubiera podido hacerlo una madre.

Pero la timidez propia de los seres de la selva fren­te a la sociedad civilizada y sus costumbres se apo­deró de Tarzán de los Monos. Retrocedió, al tiempo que denegaba con la cabeza. La muchacha se le acercó y le dirigió una mirada suplicante. No sabía exactamente cómo y por qué, pero no podía soportar la idea de que Tarzán volvie­se sólo a las profundidades de aquella espantosa selva.

Él sacudió de nuevo la cabeza y, finalmente, atrajo suavemente a la muchacha y se inclinó para besarla. Pero antes de atreverse a ello la miró a los ojos y duran­te un segundo trató de percibir alguna señal que le indi­cara si la joven lo aceptaría gustosa o si le rechazaría.

Jane vaciló y luego se hizo cargo de la situación, le echó los brazos al cuello, atrajo hacia la suya la cara de Tarzán y le besó… sin rubor ni recato.

—Te quiero… te quiero —murmuró.

Debilitado por la distancia llegó el estampido de numerosas detonaciones. Jane y Tarzán levantaron la cabeza. Por la puerta de la cabaña salieron Esme­ralda y el señor Philander.

Desde el punto donde se hallaban Tarzán y la muchacha no podían ver los dos buques fondeados en la bahía.

Tarzán señaló en la dirección en que procedían los ruidos, se tocó el pecho con la mano y volvió a seña­lar. Jane comprendió. Se proponía ir hacia allí, y algo le dijo a la muchacha que lo hacía porque pensaba que su gente, la de Jane, estaba en peligro.

Tarzán la besó de nuevo.

—Vuelve a mi lado —susurró la joven—. Te espera­ré… siempre.

Tarzán se alejó… y Jane dio media vuelta y echó a andar a través del claro, hacia la cabaña.

El señor Philander fue el primero en ver que algo se les acercaba. Había oscurecido mucho y el señor Philander era miope de veras.

—¡Rápido, Esmeralda! —apremió—. Vamos dentro de la cabaña, donde estaremos seguros. ¡Es una leona! ¡Dios me valga! Esmeralda no se entretuvo en comprobar si lo que había visto el señor Philander correspondía a la rea­lidad. El tono de voz del hombre fue suficiente para ella. Y antes de que el señor Philander hubiese ter­minado de pronunciar el nombre de Esmeralda, ésta ya se había refugiado en la cabaña y atrancado la puerta. «¡Dios me valga!» exclamó el señor Philander empavorecido al descubrir que Esmeralda, en el fre­nético arrebato de sus prisas, había cerrado la puer­ta dejándole a él en la parte exterior, por donde se acercaba la leona.

El hombre golpeó furiosamente la recia hoja de madera.

—¡Esmeralda! ¡Esmeralda! —chilló—. ¡Déjame entrar! Está a punto de devorarme un león.

Esmeralda dio por sentado que los ruidos que sona­ban en la puerta los producía la leona en su intento de echarle las zarpas encima, así que, para no fal­tar a su costumbre, se desmayó. El señor Philander lanzó por encima del hombro una sobrecogida mirada.

¡Horror! La fiera estaba ya a dos pasos. El hombre intentó trepar por la pared de la cabaña y logró asir­se a la paja del tejado.

Permaneció allí colgado unos instantes, tratando de afirmar los pies en la pared, como un gato que intenta aferrar las uñas a una cuerda de tender la ropa, pero, al final, la paja se desprendió y el señor Philander, precediéndola en la caída, fue a dar con la espalda en el suelo.

Y durante los escasos segundos que duró el pre­cipitado descenso, a su memoria acudió un de­talle importante de historia natural. Parece ser, o así creía recordarlo el señor Philander, que si uno finge estar muerto, se supone que los leones de ambos sexos hacen caso omiso del presunto cadáver. De modo que el señor Philander permaneció com­pletamente inmóvil, en la misma postura en que cayó, petrificado y con todo el hórrido aspecto de la muer­te. Y dado que en el momento en que su espalda tomó contacto con el suelo el hombre tenía los brazos y las piernas extendidos rígidamente, a la postura en que quedó «muerto» podía aplicársele cualquier califica­tivo menos el de impresionante. Jane había observado aquellas excentricidades con benévola sorpresa, pero al final no pudo contener la risa… una carcajada en forma de sofocado gorjeo, pero que fue suficiente. El señor Philander se dio la vuelta, para quedar de costado, y sus ojos de corto de vista escudriñaron a fondo el terreno. Por fin, des­cubrió a la muchacha.

—¡Jane! —exclamó—. ¡Jane Porter! ¡Dios bendito! Se puso en pie trabajosamente y corrió hacia la joven. No podía creer que Jane estuviese allí, viva.

—¡Santo Dios! ¿De dónde sale? ¿Dónde diablos ha estado? ¿Cómo… ? —Apiádese de mí, señor Philander —le interrumpió la muchacha—. Me será imposible responder a tantas preguntas.

—Bueno, bueno —dijo el señor Philander—. ¡Dios ben­dito! Estoy tan henchido de sorpresa y tan eufórico de alegría al volver a verla sana y salva que no sé lo que me digo, la verdad. Pero, venga, cuénteme en seguida qué le ha pasado.

Capítulo 21. La aldea de la tortura

A medida que la patrulla de marineros se iba adentrando por la espesura de la selva, a la búsqueda de huellas de Jane Porter, lo inútil de la expedición se fue impo­niendo cada vez con mayor claridad en la mente de todos, pero el dolor del anciano y el desaliento que refle­jaban los ojos del joven inglés impidieron al benévolo D'Arnot dar por concluida la marcha.

Pensaba que había muchas probabilidades de que encontrasen el cuerpo de Jane, lo que quedara de sus restos mortales, ya que tenía el absoluto convenci­miento de que la habría devorado alguna fiera. Desplegó sus hombres en formación propia de esca­ramuza y, a partir del lugar donde encontraron a Esmeralda, avanzaron peinando el terreno, sudoro­sos y jadeantes a través de la maraña de matorrales y enredaderas. Era una tarea lenta. Cuando les sor­prendió el mediodía, apenas habían recorrido unos cuantos kilómetros tierra adentro. Hicieron un bre­ve alto para descansar y luego cubrieron una corta distancia, el cabo de la cual uno de los marinos des­cubrió un camino bien definido.

Era una senda de elefantes y, previa consulta con Clayton y el profesor Porter, D'Arnot decidió aven­turarse por ella.

Entre curvas y revueltas, la senda cruzaba la jun­gla en dirección nordeste y la columna avanzó por ella en fila india.

El teniente D'Arnot, a la cabeza de la patrulla, mar­chaba a ritmo vivo, porque era un camino relativa­mente despejado. Le seguía, inmediatamente detrás, el profesor Porter, pero el anciano no podía mante­ner el tren de un hombre bastante más joven y se había rezagado unos noventa metros cuando, de súbi­to, media docena de guerreros negros surgieron delan­te del oficial francés.

D'Arnot lanzó un grito para avisar a la columna, pero los negros le rodearon rápidamente y antes de que tuviese tiempo de desenfundar el revólver ya le habían maniatado y arrastrado al interior de la selva.

El grito alarmó a los marineros, una docena de los cuales salieron disparados, pasaron junto al profe­sor Porter y se precipitaron senda adelante en soco­rro de su teniente. Los marineros ignoraban la causa de aquel grito, sólo sabían que se trataba del aviso de un peligro que acechaba por delante. Había dejado atrás el punto donde apresaron a D'Arnot, cuando una jabalina lan­zada desde la jungla atravesó a uno de los marineros y, acto seguido, una lluvia de saetas cayó sobre ellos.

Los marineros se echaron el rifle a la cara y dis­pararon hacia la maleza, en dirección al lugar de don­de procedían las flechas.

Para entonces, el resto de la patrulla los había alcanzado y las carabinas dispararon andanada tras andanada contra el oculto enemigo. Eran las deto­naciones que habían oído Tarzán y Jane Porter. El teniente Charpentier, que marchaba en la reta­guardia de la columna, llegó a la escena de los últimos acontecimientos y al conocer los detalles de la embos­cada ordenó a los hombres que le siguieran y se lan­zó a la densa y laberíntica vegetación de la jungla.

Los franceses estuvieron enzarzados al instante en un combate cuerpo a cuerpo con una cincuentena de guerreros negros de la aldea de Mbonga.

Las balas y las flechas volaron rápidas y apretadas.

Exóticos cuchillos africanos y culatas de rifle fran­ceses se confundieron en duelos salvajes y san­grientos, pero los indígenas no tardaron en empren­der la retirada a través de la selva, dejando a los franceses entregados a la triste labor de contar sus bajas.

De los veinte hombres que formaban la patrulla, cuatro habían muerto, doce sufrían heridas y el teniente D'Arnot había desaparecido. La noche cerra­ba sobre ellos precipitadamente y la situación del des­tacamento francés resultó aún más comprometida cuando comprobaron que ni siquiera encontraban la senda de elefantes que habían estado siguiendo.

Sólo podían hacer una cosa: acampar donde se encontraban, hasta que amaneciese. El teniente Charpentier ordenó que se abriera un claro en la sel­va y que levantaran una barricada circular de male­za alrededor del campamento. La tarea no estuvo concluida hasta bastante des­pués de que hubiese oscurecido y los hombres encen­dieron una gran fogata en el centro del claro para dis­poner de luz mientras trabajaban. Cuando el campamento estuvo todo lo protegido que podía estar contra las fieras salvajes y los no menos salvajes hombres, el teniente Charpentier situó centi­nelas en puntos estratéticos del pequeño campamen­to y los marinos, hambrientos y cansados, se tendie­ron en el suelo y trataron de dormir.

Las quejas de los heridos, mezcladas con los rugi­dos y aullidos de las enormes bestias atraídas hacia allí por la claridad de la hoguera y los ruidos de los marineros, impidieron conciliar el sueño a los fati­gados ojos. Desconsolada y hambrienta, la patrulla pasó la noche en blanco, rezando para que amane­ciese cuanto antes.

Los guerreros negros que apresaron a D'Arnot no se quedaron allí para participar en la lucha que siguió, sino que arrastraron a su cautivo por el interior de la selva durante cierta distancia y después volvieron a la senda, un poco más adelante del lugar donde se desarrollaba el combate entre sus compañeros y los franceses.

Se alejaron con D'Arnot a toda prisa y el estruendo de la batalla fue disminuyendo de volumen a medida que ponían tierra de por medio, hasta que, de pronto, ante los ojos del teniente francés apareció una amplia explanada, al fondo de la cual se alzaba una aldea de chozas dentro de una empalizada.

Ya era de noche, pero los centinelas apostados en la estacada vieron acercarse a tres personas y, antes de que éstas llegasen al portón, ya habían observa­do que una de ellas era un prisionero. Se elevó un griterío en el interior de la empalizada. Una multitud de mujeres y niños se precipitó al encuentro de los que llegaban.

Y entonces empezó para el oficial francés la más aterradora experiencia que un hombre puede sufrir en la Tierra: la acogida que recibe un prisionero blan­co en una aldea de caníbales africanos.

Acrecentaba la crueldad del salvajismo de los alde­anos negros el agudo recuerdo de las aun más atroces brutalidades que sobre ellos y los suyos prac­ticaron los funcionarios blancos de aquel superhi­pócrita llamado Leopoldo II de Bélgica, barbarida­des que fueron la causa de que abandonaran el Estado Libre del Congo, convertidos en un deplora­ble vestigio de lo que en otro tiempo fuera una tri­bu poderosa.

Se precipitaron sobre D'Arnot con las uñas y los dientes por delante, le golpearon con estacas y pedruscos y le rasgaron la carne con manos que parecían auténticas garras. Le arrancaron hasta el último jirón de la ropa que llevaba puesta y una llu­via implacable de golpes se abatió sobre su carne desnuda y temblorosa. Pero ni un solo gemido de dolor se escapó de los labios del francés. Se limitó a rezar en silencio, rogando a Dios que le librara cuanto antes de aquel suplicio.

Pero la muerte que imploraba no se le iba a con­ceder fácilmente. Por el expeditivo sistema del garro­tazo, los guerreros apartaron rápidamente a las muje­res, alejándolas del cautivo. La intención era salvarlo para que protagonizara, como víctima, una diversión menos innoble. Y una vez apaciguado el primer arre­bato de colérica pasión, se conformaron con chillar­le, insultarle y escupirle.

Llegaron al centro del villorrio. Allí amarraron a D'Arnot a un poste del que nunca se había soltado vivo a ningún hombre.

Cierto número de mujeres se dispersaron, rum­bo a sus respectivas chozas, para preparar ollas y llenarlas de agua, mientras otras encendían una hilera de fogatas en las que hervirían los pedazos de carne del banquete. La carne restante, cortada en tiras, se pondría a secar para consumirla más ade­lante. Y esperaban que sobrara mucha, puesto que daban por supuesto que llegarían otros guerreros con más cautivos.

Los festejos se retrasaron, a la espera de que regresaran los guerreros que se habían quedado para participar en la escaramuza con los hombres blancos, por lo que ya era bastante tarde cuando todos estuvieron en la aldea y se dio principio a la danza de la muerte alrededor del sentenciado ofi­cial francés.

Medio desvanecido a causa del dolor y el agota­miento, D'Arnot observaba con los párpados entre­cerrados lo que no parecía más que una extravagan­cia delirante… o una horrenda pesadilla de la que no tardaría en despertarse.

Los bestiales rostros pintarrajeados; las bocas enor­mes, de fláccidos labios colgantes; los amarillos y afi­lados dientes; los ojos demoníacos y saltones, de mira­da inquieta; los fulgurantes cuerpos desnudos; los sanguinarios venablos. No era posible que en la Tierra existiesen semejantes criaturas; indudablemente, debía de estar soñando.

El círculo de cuerpos salvajes se fue acercando, sin abandonar sus contorsiones. Salió disparada una jabalina que le acertó en el brazo. El ramalazo de agu­do dolor y el calor que puso la sangre en su piel al resbalar por ella tras manar de la herida hizo com­prender a D'Arnot que su desesperada situación era terriblemente real, nada de pesadilla.

Le alcanzó otra jabalina. Y luego otra más. Cerró los ojos y apretó los dientes… de su boca no saldría ningún lamento.

Era un soldado de Francia y demostraría a aque­llos animales como muere un oficial y caballero. Tarzán de los Monos no necesitó ningún intérpre­te que le tradujera el significado de aquellas lejanas detonaciones. Con el calor de los besos de Jane Porter aún prendido en sus labios, voló a través del bosque, de árbol en árbol, con increíble rapidez, directamen­te hacia la aldea de Mbonga. No le interesaba el lugar donde se desarrollaba la refriega, porque supuso que el encuentro habría con­cluido en un dos por tres. A los muertos no podría ayudarlos y los que escaparan tampoco necesitarían su asistencia.

Si tenía que apresurarse por alguien era por los que sobrevivieron y los que escaparon. Y sabía que a éstos iba a encontrarlos en el gran poste del centro de la aldea de Mbonga. Tarzán había presenciado muchas veces el regre­so al poblado de las patrullas de guerreros negros que llegaban del norte con prisioneros, y siempre se repetían las mismas escenas alrededor de aquel siniestro poste, al brillante resplandor de las numerosas hogueras.

También sabía que los negros nunca perdían mucho tiempo antes de consumar el diabólico obje­tivo al que destinaban sus capturas. Así que el hom­bre—mono dudaba mucho de llegar a tiempo para hacer algo más que tomar venganza.

Continuó desplazándose a toda velocidad. Era ya noche cerrada y Tarzán surcaba el aire por las altas enramadas de los árboles, donde la espléndida clari­dad de la luna tropical caía desde las copas de los árboles para iluminar borrosamente, a través del ondulante follaje, el camino que serpenteaba abajo.

Vislumbró el fulgor de unas llamas distantes. Relucía a la derecha de su ruta. Sin duda era el res­plandor de la fogata que encendieron los dos hombre antes de que los atacasen. Tarzán ignoraba la pre­sencia de los marineros.

Tan seguro estaba Tarzán de su conocimiento de la jungla que no alteró su rumbo, sino que siguió ade­lante, pasando a unos —ochocientos metros de distan­cia de la claridad de las llamas. Era la fogata del cam­pamento de los franceses. Al cabo de unos minutos, Tarzán se encontró en los árboles situados sobre la aldea de Mbonga. ¡Ah, no había llegado demasiado tarde! ¿O sí?

La figura atada a la estaca aparecía inmóvil, pero los guerreros negros apenas la aguijoneaban. Tarzán conocía sus costumbres. No habían des­cargado aún el golpe de gracia. El hombre—mono podía determinar, con un margen de error inferior al minu­to, hasta donde había llegado en su desarrollo la dan­za de la muerte.

Dentro de un instante, el cuchillo de Mbonga cor­taría una de las orejas de la víctima: eso señalaría el principio del fin, porque muy poco tiempo después sólo quedaría en el poste una retorcida masa de car­ne mutilada.

Subsistiría en ella un resto de vida, pero sólo para implorar la misericorde llegada de la muerte. El poste se hallaba a unos doce metros del árbol más próximo. Tarzán preparó la cuerda. Y a con­tinuación, repentinamente, por encima de la infer­nal barahúnda de los gritos de los satánicos dan­zarines destacó el terrible alarido desafiante del hombre—mono.

Los bailarines se inmovilizaron, como petrifica­dos de golpe.

La cuerda emitió un tarareo rumoroso por encima de las cabezas de los negros. Su invisibilidad fue total entre el llameante resplandor de las hogueras de la aldea.

D'Arnot abrió los ojos. El gigantesco negro situado delante de él salió disparado hacia atrás como si lo hubiese empujado de pronto una mano invisible.

Bregando y chillando, el cuerpo del negro, fue dan­do tumbos a derecha e izquierda, mientras se apro­ximaba velozmente a las sombras que inundaban la zona inferior de los árboles.

Con los ojos amenazando con salírseles de las órbi­tas, a causa del terror, los negros contemplaban la escena fascinados.

Al llegar al pie de los árboles, el cuerpo se elevó en el aire y, cuando desapareció engullido por el follaje, los aterrados súbditos de Mbonga, entre gritos de pavor, emprendieron como locos la carrera hacia el portón de la aldea.

D'Arnot se quedó solo.

Era hombre valiente, pero había notado que los pelos se le pusieron de punta cuando aquel inexpli­cable alarido se elevó en el aire.

Al ver el contorsionado cuerpo del negro remon­tarse hacia la enramada como si lo izase una mano omnipotente, D'Arnot sintió un gélido escalofrío a lo largo de la espina dorsal. Tuvo la impresión de que la muerte salía de una tenebrosa sepultura y apoya­ba sobre su carne un dedo viscoso y helado.

D'Arnot continuó mirando el punto de la fronda por donde había desaparecido el cuerpo del negro y no tardó en oír el rumor de algo que se movía por allí. Las ramas se combaron como si el peso de un hom­bre se hubiera apoyado en ellas, se produjo un chas­quido y el cuerpo del negro volvió a caer sobre el sue­lo, donde quedó inanimado.

Le siguió inmediatamente un hombre blanco, el cual aterrizó de pie y permaneció erguido. D'Arnot vio emerger de entre las sombras la figura de un gigantesco hombre blanco, de anatomía y extre­midades perfectamente proporcionadas, que, a la luz de las fogatas, se dirigió rápidamente hacia él.

¿Qué podía significar aquello? ¿Quién podría ser? Sin duda, un nuevo agente de suplicio y destrucción.

D'Arnot aguardó. Sus ojos no se apartaron un segundo del rostro del hombre que se le acercaba. Las claras y nobles pupilas de éste aguantaron sin vacilar la fija mirada de D'Arnot.

El francés se tranquilizó, si bien no se hizo muchas ilusiones, aunque el instinto parecía indicarle que aquel semblante no podía ser la máscara de un cora­zón inhumano.

Sin pronunciar palabra, Tarzán de los Monos cor­tó las ligaduras que sujetaban al francés. Debilitado por el sufrimiento y la pérdida de sangre, D'Arnot se habría derrumbado contra el suelo de no soste­nerlo los fuertes brazos de Tarzán de los Monos.

Notó que le levantaban en peso. Tuvo la sensación de que volaba y luego perdió el conocimiento.

Capítulo 22. Expedición de rescate

Cuando el alba proyectó su luminosidad sobre el pequeño campamento de los marineros franceses, sus claridades cayeron también sobre un grupo aba­tido y descorazonado.

Tan pronto hubo luz suficiente para explorar los alrededores, el teniente Charpentier destacó patru­llas de tres hombres en distintas direcciones para que localizasen el sendero. Dieron con él al cabo de diez minutos y la expedición se apresuró a emprender el regreso hacia la playa.

Fue una marcha lenta, porque transportaban los cadáveres de seis hombres, habían muerto dos más durante la noche, y varios de los heridos necesitaban que les ayudasen, lo cual retrasaba a toda la partida.

Charpentier había decidido volver al campamen­to en busca de refuerzos y después intentar descu­brir el rastro de los indígenas, seguirlo y rescatar a D'Arnot.

Los exhaustos hombres llegaron al claro próximo a la playa muy entrada la tarde, pero el regreso sig­nificó para dos de ellos tal alegría que desaparecie­ron de su memoria instantáneamente todos las pena­lidades y desazones sufridas.

Cuando la pequeña partida emergió de la selva, la primera persona a la que vieron el profesor Porter y Cecil Clayton fue a Jane, que se encontraba de pie junto a la puerta de la cabaña. La muchacha lanzó un grito de alegría y salió corriendo hacia ellos para darles la bienvenida, echó los brazos al cuello de su padre y estalló en lágrimas por primera vez desde que los desembarcaron en aquella horrible y azarosa ribera.

El profesor Porter se esforzó varonilmente por con­tener sus emociones, pero la tensión a que estaban sometidos sus nervios y el debilitamiento de su vita­lidad fueron factores demasiado negativos; al final, se vino abajo, enterró el rostro en el hombro de su hija y estalló en sosegados sollozos, como un niño rendido de cansancio.

Jane le condujo a la cabaña y los franceses se diri­gieron a la playa, de la que ya se habían destacado varios compañeros suyos que acudían a su encuentro.

Como deseaba dejar solos a padre e hija, Clayton se reunió con los marineros y estuvo conversando con los oficiales hasta que subieron a una lancha y se alejaron rumbo al crucero, donde el teniente Charpentier tendría que informar del funesto desen­lace de su aventura.

Clayton dio entonces media vuelta y regresó en dirección a la cabaña. El corazón le rebosaba de feli­cidad. La mujer— de sus sueños estaba sana y salva.

Se preguntó qué clase de milagro lo había permi­tido. Volver a verla viva le resultaba casi increíble.

En aquel momento, la muchacha salía de la caba­ña. Al verle, echó a correr hacia él. —¡Jane! —exclamó Clayton—. Dios ha sido muy bue­no con nosotros. Cuéntame cómo pudiste escapar… Cómo se las arregló la Providencia para salvarte… para nosotros.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila, que la tuteaba. Cuarenta y ocho horas antes oírlo en labios de Clayton hubiera saturado a Jane de suave placer… ahora la aterraba. —Señor Clayton —dijo sosegadamente, al tiempo que le tendía la mano—, en primer lugar, permítame agra­decerle la caballerosa lealtad que ha derrochado hacia mi padre. Ya me ha contado lo noble y abnegada­mente que se ha portado usted. ¿Cómo podremos pagárselo?

Clayton advirtió que la muchacha no correspondía a la familiaridad con que el la había saludado, pero no se lo tomó a mal. La joven había pasado por unas pruebas terribles. El joven comprendió en seguida que no podía imponerle su cariño.

—Ya me siento pagado con creces —dijo. Dejó de tutearla—. Me basta con verles a usted y al profesor Porter juntos, sanos y salvos. No creo que me hubie­ra sido posible soportar durante mucho más tiempo el patetismo de su dolor silencioso y sin lamentos.

»Ha sido la experiencia más deplorable de mi vida, señorita Porter y, además, se sumaba mi propio dolor… el más grave que haya padecido jamás. Claro que el de él era tan desesperado… era tan desolador. Me ha demostrado que no hay cariño, ni siquiera el de un hombre hacia su esposa, tan profundo, tan terrible y tan desinteresado como el de un padre hacia su hija.

La muchacha inclinó la cabeza. Había una pre­gunta que deseaba formular, pero le pareció poco menos que sacrílega ante el cariño de aquellos dos hombres y el terrible sufrimiento que habían sopor­tado mientras ella reía feliz junto a una especie de divinidad de la selva, saboreaba deliciosos frutos y hundía sus ojos cargados de amor en unas pupilas que le respondían con idéntica ternura. Pero el amor es un extraño patrón y la naturaleza humana todavía es más extraña, por lo que Jane for­muló la pregunta.

—¿Dónde está el hombre de la jungla que les res­cató? ¿Por qué no ha vuelto? —No entiendo —repuso Clayton—. ¿A quién se refiere? —Al que nos salvó a todos… el que me rescató del gorila.

—¡Ah! —exclamó Clayton, sorprendido—. ¿También fue él quién la rescató?

No me ha contado nada de su aventura, ¿sabe?

—En cuanto al hombre de la selva —apremió la muchacha—. ¿No le han visto? Cuando oímos los dis­paros en la selva, apagados por la distancia, se fue, desapareció. Acabábamos de llegar al claro y se ale­jó en dirección al lugar donde se desarrollaba la con­tienda. Me consta que acudió a ayudarles.

Lo dijo en tono casi suplicante… tensa a causa del esfuerzo que le costaba contener la emoción. Clayton no tuvo más remedio que darse cuenta de ello, lo que le hizo preguntarse, de un modo más o menos ambi­guo, a qué se debía tal agitación interna, por qué tenía tanto interés en conocer el paradero de aquella extra­ña criatura.

Le asaltó el temor aprensivo de que algo no fun­cionaba como debiera y en su corazón se implantó, incluso sin que él lo supiera, el germen de la sospe­cha y los celos hacia el hombre—mono, precisamen­te al que debía la vida.

—No lo hemos visto —respondió calmosamente—. No llegó a reunirse con nosotros. —Añadió, tras una pau­sa que dedicó a la reflexión— Es posible que con quien se haya reunido sea con los miembros de su propia tribu… los hombres que nos atacaron.

Ignoraba qué le impulsó a decir una cosa así, por­que distaba mucho de creerlo. La joven le observó un momento, muy abiertos, desorbitados los ojos.

—¡No! —exclamó con vehemencia, con demasiada vehemencia, pensó Clayton—. No puede ser. Eran salvajes.

Clayton puso cara de desconcierto.

—Es un ser extraño, una semisalvaje criatura de la selva, señorita Porter. No sabemos nada de esa per­sona. No habla ni entiende ninguna lengua europea… y las armas y los adornos que lleva son los propios de los hombres selváticos de la costa occidental.

Clayton hablaba precipitadamente.

—En un radio de centenares de kilómetros no hay más seres humanos que los salvajes, señorita Porter. Sin duda pertenece a la tribu que nos atacó, o a algu­na otra tan salvaje como ella… Incluso puede que sea caníbal.

Jane Porter palideció.

—Eso sí que no me lo creo —medio susurró Jane—. No es cierto. Ya verá —se dirigió a Clayton, ya en voz alta—, como vuelve a aparecer y le demuestra que está usted equivocado. No le conoce como le conozco yo. Le aseguro que es un caballero.

Clayton era hombre noble y generoso, pero el tono apasionado que empleó la muchacha para defender al hombre de la selva despertó en el inglés unos celos irracionales y, durante unos segundos, olvidó cuan­to debía al semidiós de la jungla.

—Es posible que tenga razón, señorita Porter —dijo, matizada de sarcasmo la voz—, pero no creo que ten­gamos que preocuparnos de nuestro amigo devora­dor de carroña. Lo más probable es que ese pelagatos medio loco se olvide en seguida de nosotros, aunque no antes de que nosotros nos hayamos olvidado de él. Sólo es una bestia de la selva, señorita Porter.

La muchacha no dijo nada, pero se le encogió el corazón.

Sabía que Clayton sólo expresaba lo que sentía y, por primera vez empezó a analizar la estructura de su recién nacido amor y a someterlo a un examen crítico.

Despacio, dio media vuelta y regresó a la cabaña. Trató de imaginarse a su dios de la jungla alternan­do con ella en el comedor de un transatlántico. Le vio comer con las manos, hincarle el diente y desgarrar la carne como un animal de presa y luego limpiarse los grasientos dedos en los muslos. Se estremeció.

Contempló mentalmente la escena en el acto de presentar a sus amistades aquel hombre tosco, anal­fabeto, un auténtico patán. Hizo una mueca, sobre­saltada.

Ya había llegado al interior de la cabaña y se sentó en el borde de la cama de helechos y hojas, con una mano apoyada en el pecho. Éste se agitaba al ritmo de la entrecortada respiración y los dedos tropezaron con la dureza del canto del guardapelo del hombre.

Se puso el medallón en la palma de la mano y durante un momento sus ojos enturbiados por las lágrimas se posaron en él. Después se lo llevó a los labios, lo apretó contra ellos y, sollozando, hundió la cara entre las hierbas que constituían el colchón.

—¿Una bestia de la selva? —murmuró—. Entonces que Dios me convierta también en lo mismo; porque, hombre o bestia, soy suya.

Aquel día no volvió a ver a Clayton. Esmeralda le sirvió la cena en la cabaña y Jane encargó a la mujer que dijese al profesor Porter que la reacción subsi­guiente a la aventura la había indispuesto.

A la mañana siguiente, Clayton se integró en la patrulla que partió a primera hora con la misión de rescatar a D'Arnot. La formaban esa vez doscientos hombres armados, con diez oficiales, dos médicos y víveres para una semana.

Llevaban lechos de campaña y camillas, estas últi­mas para trasladar a los posibles enfermos y heridos.

Era un destacamento resuelto y furioso, una expe­dición de castigo tanto como de socorro. Poco des­pués del mediodía llegaron al escenario de la esca­ramuza del día anterior, ya que avanzaban por terreno conocido y no perdían tiempo explorando la ruta.

Desde allí siguieron la senda de elefantes, que con­ducía directamente a la aldea de Mbonga. Apenas eran las dos de la tarde cuando la cabeza de la colum­na se detuvo en el borde de la explanada.

El teniente Charpentier, que iba al mando dé las tropas, destacó inmediatamente una parte de las fuer­zas para que se dirigiesen, dando un rodeo a través de la jungla, al otro lado de la aldea. Se despachó otro pelotón a la entrada del poblado, mientras el tenien­te Charpentier se situaba en el ala sur de la aldea, con el resto de la tropa.

Se determinó que la partida destinada a tomar posi­ción en el norte, y que sería la última en ocupar su puesto, iniciaría el combate. Su primera descarga constituiría la señal para un ataque combinado des­de todos los puntos, cuyo objetivo consistía en tomar la aldea por asalto mediante la primera carga.

Los hombres que quedaron con el teniente Char­pentier permanecieron media hora agazapados en la densa espesura de la selva, a la espera de la señal. Treinta minutos que les parecieron horas. Veían a los indígenas que cultivaban los campos y a otros que entraban y salían por el portón del poblado.

Por fin sonó la señal: una áspera andanada de fusi­lería y, al unísono, las distintas patrullas lanzaron al aire la respuesta de sendas descargas que destroza­ron el silencio de la jungla por el oeste y por el sur.

Los negros de los campos de cultivo soltaron las herramientas y se precipitaron como locos hacia la empalizada. Los proyectiles franceses los barrieron y los marineros se lanzaron a la carga, saltando por encima de los cadáveres, rumbo al portón de la aldea.

El asalto se había desencadenado tan repentina e inesperadamente que los blancos alcanzaron las puer­tas antes de que los aterrorizados indígenas pudie­ran ofrecer resistencia e impedírselo y, un minuto después, la calle del poblado estaba llena de hombres armados que luchaban cuerpo a cuerpo en intrin­cada confusión.

Los guerreros negros se mantuvieron firmes bre­vemente ante la entrada a la calle, pero los revólveres, fusiles y bayonetas de los franceses abatieron a los lanceros y acabaron con los arqueros indígenas antes de que tuviesen medio dispuestos los arcos.

La batalla no tardó en convertirse en una comple­ta derrota para los negros; derrota que desembocó en una feroz carnicería porque los marineros france­ses vieron que algunos de los guerreros indígenas con­tra los que combatían llevaban encima fragmentos del uniforme de D'Arnot. Respetaron la vida de los niños y de las mujeres a las que no tuvieron que matar en defensa propia, pero cuando por fin dieron por terminado el comba­te, jadeantes, sudorosos y ensangrentados, fue por­que en toda la aldea salvaje de Mbonga no quedaba ya ni un solo guerrero en condiciones de plantarles cara.

Escudriñaron minuciosamente todas las chozas y rincones del poblado, pero no descubrieron el menor rastro de DArnot. Interrogaron por señas a los pri­sioneros, hasta que, por último, uno de los marine­ros, que había servido en el Congo francés, consiguió hacerse entender mediante una jerga que se utiliza­ba como lingua franca entre los blancos y las tribus más degradadas de la costa, pero ni aun así lograron obtener dato definitivo alguno respecto al destino de DArnot.

En respuesta a sus preguntas sobre el teniente, sólo consiguieron ademanes excitados y expresiones de temor. Al final, llegaron al convencimiento de que tales gestos no eran más que pruebas de la culpa­bilidad de aquellos seres demoníacos, que induda­blemente habían sacrificado y devorado al teniente D'Arnot dos noches antes.

Abandonaron, pues, toda esperanza e hicieron los preparativos precisos para acampar y pernoctar den­tro de la aldea. Hacinaron a los prisioneros en tres chozas, donde los retuvieron fuertemente custodia­dos. Se apostaron centinelas en las atrancadas puer­tas de la aldea y, finalmente, con la salvedad de los gemidos con que las mujeres nativas lloraban a sus muertos, el silencio se enseñoreó del lugar.

A la mañana siguiente, los franceses emprendieron el regreso. Su primera intención fue prender fuego al poblado, pero se abandonó tal idea, limitándose a dejar allí a los prisioneros, lloriqueando y lamentán­dose, pero con un techo sobre sus cabezas y una empalizada que les protegía de las fieras de la selva.

Lentamente, la expedición volvió a recorrer, en sen­tido inverso, el camino cubierto el día anterior. Las camillas cargadas demoraban su marcha. En ocho de ellas iban los heridos de mayor gravedad, mien­tras otras dos se combaban bajo el peso de otros tan­tos cadáveres.

Clayton y el teniente Charpentier caminaban en la retaguardia de la columna. El inglés sumido en un silencio respetuoso con el dolor del hombre que iba a su lado: D'Arnot y Charpentier habían sido amigos inseparables desde la infancia.

Clayton comprendía que la pesadumbre del fran­cés la agudizaba el hecho de que el sacrificio de D'Arnot había sido inútil, puesto que a Jane ya la habían rescatado antes de que D'Arnot cayera en poder de los salvajes, y también porque la misión en la que perdió la vida no formaba parte de sus debe­res y su acción era en pro de personas ajenas y extran­jeras.

Se lo comentó así al teniente Charpentier, quien sacudió negativamente la cabeza.

—¡No, monsieur! dijo—. DArnot hubiera elegido morir así. Lo único que lamento es no haber muerto en su lugar o, por lo menos, junto a él. Me gustaría que lo hubiese conocido usted mejor, monsieur. Era un auténtico oficial y caballero, títulos que se conce­den a muchos, pero que muy pocos merecen.

»No ha muerto inútilmente, porque su muerte en defensa de una joven estadounidense hará que noso­tros, sus camaradas, afrontemos nuestro fin, cuan­do pueda presentarse, con mayor entereza y valentía.

Clayton no respondió, pero en su interior nació un nuevo respeto hacia los franceses, una consideración que siempre mantendría incólume.

Llegaron muy tarde a la cabaña próxima a la playa. Un disparo único, poco antes de abandonar la jun­gla, había anunciado a los del campamento, así como a quienes permanecían en el barco, que la expedición llegó demasiado tarde. Se había acordado previamente que cuando se encontrasen a cosa de kilómetro y medio del campamento avisarían del resultado de la patrulla a base de disparos: uno indicaría fracaso; tres, éxito; dos comunicarían que no encontraron ras­tro de DArnot ni de los negros que lo habían captu­rado.

De modo que la partida que recibió a los expedi­cionarios fue un grupo solemne y abatido por la tris­teza. Apenas se intercambiaron palabras mientras se colocaba a los muertos y heridos en las barcas que partieron silenciosamente hacia el crucero.

Agotado por los cinco días de marchas forzadas a través de la selva y los efectos de los dos combates con los guerreros negros, Clayton se encaminó a la cabaña para tomar un bocado y disfrutar de la rela­tiva comodidad que le ofrecía su lecho de hierbas tras dos noches en la jungla. Jane se encontraba junto a la puerta.

—¿Y el pobre teniente? —preguntó—. ¿No encontra­ron rastro de él?

—Llegamos demasiado tarde, señorita Porter —con­testó Clayton, desconsolado.

—Dígame, ¿qué ha ocurrido?

—No puedo, señorita Porter. Es demasiado espantoso.

—¿Quiere decir que le torturaron? —murmuró Jane.

—No sabemos qué le hicieron antes de matarlo. —Clayton subrayó la palabra «antes». La fatiga y el dolor que le producían el destino del desdichado D'Arnot crispaban el semblante del joven inglés. —¿Antes de matarlo? ¿Qué significa eso? No serán… No serán…

Jane estaba pensando en lo que Clayton había insi­nuado respecto a la posible relación directa del hom­bre de la selva con aquella tribu y eso le impedía expresar la terrible palabra.

—Sí, señorita Porter, son… caníbales —confirmó, casi con amargura en la voz, porque también a su men­te había acudido el recuerdo del hombre de la selva y el extraño e inexplicable acceso de celos que expe­rimentara dos días antes volvió a invadirle.

Y con una repentina brusquedad, tan ajena a Clayton como pudiera serlo para un mono la corte­sía y la educación, profirió:

—Sin duda, cuando su dios de la selva se marchó de aquí tan apresuradamente lo hizo para participar en el banquete.

Lamentó haber pronunciado tales palabras ape­nas habían salido de sus labios, aunque no sabía lo cruelmente que afectaron a la muchacha. Su arre­pentimiento se debía sobre todo a la deslealtad e ingratitud para con alguien que había salvado la vida a todos los miembros del grupo y que no causó el menor daño a ninguno.

Jane Porter irguió la cabeza.

—Sus palabras no tienen más que una respuesta, señor Clayton —silabeó fría como el hielo—, y lamento no ser un hombre para dársela.

Giró en redondo y entró altivamente en la cabaña.

Clayton era inglés, de forma que Jane había desa­parecido de su vista antes de que el joven hubiese podido colegir qué respuesta le hubiese dado un hombre.

—0 mucho me equivoco —articuló tristemente— o me ha dejado por embustero. —Añadió pensativamente—: Y he de reconocer que me lo tengo merecido. Clayton, muchacho, sé que estás cansado y nervioso, pero eso no es motivo para que te comportes como un maja­dero. Lo mejor que puedes hacer es irte a dormir.

Pero antes de hacerlo llamó en voz baja a Jane des­de su lado de la mampara de lona, porque deseaba disculparse. Pero lo mismo podía haberse dirigido a la Esfinge. Luego escribió una nota y pasó el trozo de papel por debajo de la lona de separación.

Jane la vio, pero hizo caso omiso, porque estaba enfadadísima, dolida y mortificada. Sin embargo, mujer al fin, acabó por cogerla. Leyó:

Mi querida señorita Porter: No tenía razón alguna para insinuar lo que he insinuado. Mi única excusa es que tengo los nervios destrozados… lo cual no es ninguna excusa Le suplico que, por favor, olvide lo que dije. Lo lamento en el alma. Precisamente a usted, entre todas las personas, por nada del mundo hubiera querido ofenderla. ¡Diga que me perdona!

William Cecil Clayton

«Lo pensaba, porque si no no lo hubiera dicho», razonó la muchacha. «Pero no puede ser cierto… ¡Oh, sé que no es cierto!»

Unas frases de la nota le asustaban de modo espe­cial: «Precisamente a usted, entre todas las personas, por nada del mundo hubiera querido ofenderla».

Ocho días antes, tales palabras le hubieran encan­tado, pero ahora la deprimían.

Deseó no haber conocido a Clayton. Lamentaba incluso haber visto al dios de la selva… No, se alegraba de ello. Y además había otra nota, la que había encontrado sobre la hierba, delante de la cabaña, al día siguiente de regresar de la jungla, la declara­ción de amor firmada por Tarzán de los Monos.

¿Quién podía ser aquel nuevo pretendiente? Si se trataba de otro salvaje habitante de aquella terrible floresta, ¿qué podría o no podría hacer para con­quistarla?

—¡Esmeralda! ¡Despierta! —apremió—. Me saca de quicio verte ahí tranquilamente dormida, como si nada, cuando sabes perfectamente que el mundo está lleno de aflicción y pesadumbre.

—¡El arcángel san Gabriel me valga! —chilló Esme­ralda, y se incorporó de golpe—. ¿Qué pasa ahora? ¿Un hipopoceronte? ¿Dónde está, señorita Jane?

—¡No digas tonterías, Esmeralda, no hay nada! Vuelve a dormir. Mal si duermes, pero todavía peor si estás despierta.

—Sí, tesoro, ¿pero qué le sucede, preciosa mía? Parece muy disgustada esta noche. —¡Ah, Esmeralda, esta noche estoy de un humor de mil demonios! —reconoció la muchacha—. No me hagas caso… eso es, querida.

—Sí, señorita. Acuéstese usted también. Tiene los nervios a flor de piel. Con todos esos rinopótamos y ese hombre que come genios del que me ha hablado el señor Philander… Dios santo, no me extraña que andemos todos con los nervios desquiciados.

Jane cruzó la estancia, se echó a reír, besó a la fiel Esmeralda y le deseó buenas noches.

Capítulo 23. Hombres hermanos

Al recobrar el conocimiento, D'Arnot se encontró ten­dido en un mullido camastro de hierbas y helechos, bajo un sotechado de ramas dispuestas en forma de A.

A sus pies, más allá de la abertura del tosco cober­tizo, se extendía una explanada de verde césped y, al fondo, se alzaba el muro compacto de la selva y el bosque.

El francés se sentía dolorido y débil, y cuando recu­peró el sentido por completo tuvo plena conciencia de la tortura que representaban las crueles heridas y el sordo sufrimiento que padecían todos sus múscu­los y huesos, como consecuencia de la espeluznan­te paliza que había recibido. Incluso volver la cabeza le producía un dolor tan insoportable que permaneció inmóvil durante largo rato, con los ojos cerrados.

Se esforzó en determinar los detalles de su aven­tura previos al momento en que quedó inconscien­te, para ver si a través de ellos podía averiguar don­de se encontraba… Se preguntó si estaría entre amigos o entre enemigos.

Acabó por acordarse de todo el sobrecogedor epi­sodio de la estaca y finalmente acudió a su memo­ria la extraña figura blanca en cuyos brazos perdió el conocimiento.

D'Arnot se preguntó qué le resevaría el destino. No veía ni oía síntoma alguno de vida a su alrededor.

El incesante ronroneo de la jungla: el rumor de millones de hojas que se rozaban entre sí, el zumbi­do de los insectos, los cantos de las aves y el parlo­teo de los monos parecían mezclarse para formar un murmullo sosegado, tranquilizador, como si él se encontrase al margen, aislado de aquellos sonidos, lejos de la minada de seres cuyos rumores vitales lle­gaban a sus oídos como un eco apaciguado.

Al final concilió un sueño tranquilo, del que no vol­vió a despertar hasta la tarde. Experimentó nuevamente la insólita sensación de profunda perplejidad que caracterizó su despertar ante­rior, pero esta vez recordó en seguida su pasado inme­diato y, al mirar por la abertura del sotechado, vio a un hombre sentado en cuclillas.

Le daba la espalda, una espalda ancha y muscu­losa que, con todo lo bronceada que aparecía, per­mitió a D Arnot comprender que se trataba de la espal­da de un hombre blanco. Dio gracias a Dios. El francés le llamó con voz débil. El hombre dio media vuelta, se levantó y echó a andar hacia el tos­co cobertizo. Tenía un rostro bien parecido… A D'Arnot le pareció el rostro más atractivo que había visto en su vida.

El hombre se agachó para entrar en el refugio, se situó junto al oficial y apoyó la fresca mano sobre la frente del herido.

D'Arnot se dirigió a él en francés, pero el hombre se limitó a denegar con la cabeza. Tristemente, le pare­ció al oficial.

D'Arnot intentó trabar conversación en inglés, y el hombre reiteró su negativa moviendo la cabeza. Similar desalentador resultado obtuvo al probar con el italiano, el español y el alemán.

D'Arnot conocía algunas palabras de noruego, ruso, griego, como también chapurreaba el lenguaje de una de las tribus de negros de la costa occidental… el hombre dijo que no a todas.

Tras examinar las heridas del teniente francés, el hombre salió del cobertizo y desapareció. Al cabo de media hora estaba de vuelta con frutos y una pieza vegetal, semejante a una calabaza hueca, llena de agua.

D'Arnot bebió y comió un poco. Le sorprendía no tener fiebre. Repitió sus intentos de entablar con­versación con aquel extraño enfermero, pero fue en vano. De pronto, el hombre abandonó precipitada­mente el refugio, sólo para regresar minutos después con varios trozos de corteza de árbol y ¡oh, maravilla de las maravillas! un lapicero de grafito.

Se puso en cuclillas junto a D'Arnot y durante unos instantes estuvo escribiendo sobre la lisa parte inte­rior de un trozo de corteza. Después se lo tendió a D'Arnot.

El oficial francés se quedó atónito al ver, en bien trazados caracteres de imprenta, un mensaje en inglés:

«Soy Tarzán de los Monos. ¿Quién es usted? ¿Sabe leer en este idioma?».

D'Arnot tomó el lápiz… e interrumpió su movi­miento. Aquel extraño individuo escribía inglés… evi­dentemente tenía que ser inglés.

—Sí —dijo DArnot en voz alta—. Sé leer inglés. Y tam­bién lo hablo. Hablaremos, pues. Permítame darle primero las gracias por todo lo que ha hecho por mí.

El hombre se limitó a denegar con la cabeza y a indicar con el dedo índice el lápiz y la corteza. —¡Mon Dieu! —exclamó D'Arnot . Si es usted inglés, ¿cómo es que no sabe hablarlo?

Y entonces, de repente, la respuesta se encendió en su cerebro: aquel hombre era mudo, tal vez sordomudo.

Así que D'Arnot escribió sobre la corteza, en inglés:

«Soy Paul DArnot, teniente de la Armada de Fran­cia. Le agradezco lo que ha hecho por mí. Me ha sal­vado la vida y le pertenece todo cuanto poseo. ¿Me permite preguntarle cómo un hombre que escribe en inglés no es capaz de hablarlo?».

La contestación de Tarzán aumentó la perplejidad de D'Arnot:

«Sólo hablo el lenguaje de mi tribu, los grandes monos que pertenecieron a Kerchak; también hablo un poco de las lenguas de Tantor, el elefante, Numa, el león, y algunos otros animales de la selva. No he hablado nunca con ningún ser humano, salvo una vez con Jane Porter, con la que me entendí por señas. Esta es la primera vez que hablo con otro ser de mi propia especie mediante la palabra escrita».

D'Arnot estaba hecho un lío. Le resultaba increí­ble que existiese en la Tierra un hombre adulto que nunca hubiese hablado con otro y aún le parecía más absurdo que tal persona supiese leer y escribir.

Repasó la nota de Tarzán: «… salvo una vez con Jane Porter». Era la muchacha estadounidense que un gorila raptó y se llevó al interior de la selva.

Una súbita claridad alboreó en la mente de D'Arnot: así, pues, tenía delante al «gorila». Tomó el lápiz y escribió:

«¿Dónde está Jane Porter?».

Y Tarzán contestó, un poco más abajo:

«De vuelta con sus compañeros en la cabaña de Tarzán de los Monos».

«¿Entonces no ha muerto? Dónde estaba? ¿Qué le ocurrió?»

«No ha muerto. Se la llevó Terkoz para convertirla en su compañera, pero Tarzán de los Monos se la arrebató a Terkoz y lo mató antes de que hiciera daño a la muchacha. En toda la jungla, nadie puede hacer frente a Tarzán de los Monos, luchar con él y vivir para contarlo. Yo soy Tarzán de los Monos… lucha­dor poderoso.»

D'Arnot escribió:

«Me alegro de que Jane Porter esté a salvo. Escribir me cuesta y me duele mucho. Descansaré un poco».

Tarzán convino:

«Sí, descanse. Cuando se encuentre bien, le lle­varé con los suyos».

D'Arnot permaneció muchos días tendido en aquel mullido colchón de helechos. En el curso del segun­do le atacó una fiebre bastante alta y el hombre temió que fuese debida a alguna infección y que supusiera una muerte irremediable. Se le ocurrió una idea. Le extrañó no haber pen­sado antes en ello. Llamó a Tarzán y le indicó por señas que deseaba escribir. Cuando Tarzán le llevó el lápiz y un trozo de corteza, D'Arnot redactó:

«¿Puede llegarse a donde están mis compañeros y traerlos aquí? Les escribiré una nota, usted se la entrega y entonces le seguirán».

Tarzán sacudió la cabeza en gesto negativo y lue­go tomó la corteza:

«Ya había pensado en eso el primer día, pero no me atreví a hacerlo. Los grandes monos vienen a menu­do a este lugar y si le encontrasen aquí, herido y solo, le matarían».

D'Arnot se puso de costado y cerró los ojos. No deseaba morir, pero tenía conciencia de que la muerte se le acercaba, ya que la fiebre aumentaba pau­latinamente. Aquella noche perdió el conocimiento.

Se pasó tres días delirando y Tarzán le lavó la cabe­za y las manos y le limpió las heridas. El cuarto día, la fiebre desapareció tan repenti­namente como se había presentado, pero D'Arnot no era ya más que una sombra de sí mismo, debilitado al máximo. Tarzán tenía que incorporarlo para que pudiese beber de la calabaza.

La fiebre no había sido consecuencia de una infec­ción, como supuso D'Arnot, sino que sólo fue uno de esos accesos que acostumbran a atacar a los blan­cos en las selvas africanas y que acaban con ellos o desaparecen tan súbitamente como se disipó el del teniente francés.

Al cabo de dos días, DArnot empezó a andar con paso vacilante por el anfiteatro. El robusto brazo de Tarzán le sostenía para impedir que se cayera.

Tomaron asiento a la sombra de uno de aquellos árboles gigantescos y Tarzán se procuró una corteza lisa con la que pudieran conversar.

La primera nota la escribió D'Arnot:

«¿Cómo puedo pagarle cuanto ha hecho por mí?».

Y la contestación de Tarzán fue:

«Enséñeme a hablar el lenguaje de los hombres».

De modo que DArnot empezó de inmediato, seña­lándole los objetos familiares y repitiendo su nombre en francés, porque pensó que sería más fácil ense­ñarle su propio idioma, puesto que era el que mejor conocía.

Aquella lengua no significaba nada para el hom­bre—mono, dado que no distinguía una de otra, así que cuando señaló la palabra «hombre» escrita en la corteza, D'Arnot le enseñó que se pronunciaba homme. De igual modo aprendió a «mono», singe, y «árbol», arbre.

Era un alumno de lo más aplicado y al cabo de dos días era capaz de pronunciar en francés frases senci­llas como: «Eso es un árbol», «eso se llama hierba», «ten­go hambre» y otras por el estilo; pero D'Arnot descubrió que le resultaba difícil hacerle entender la construcción gramatical francesa sobre la base del inglés.

El teniente preparaba por escrito para él pequeñas lecciones en inglés y hacía que Tarzán las repitiese en francés, pero como la traducción literal solía resul­tar muy pobre en el idioma galo Tarzán se sentía a menudo bastante confundido.

D'Arnot se dio cuenta entonces de que había come­tido un error, pero se dijo que era demasiado tarde para retroceder y empezar de nuevo desde el princi­pio, obligando a Tarzán a olvidarse de cuanto había aprendido, sobre todo porque se aproximaban rápi­damente a un punto en el que se encontrarían en con­diciones de dialogar.

El tercer día, a partir del que desapareció la fiebre, Tarzán preguntó a D'Arnot, por escrito, si se sentía lo bastante fuerte como para regresar a la cabaña. Tarzán tenía tantas ganas de ir como D'Arnot, ya que suspiraba por ver de nuevo a Jane.

Precisamente a causa de ello le había resultado muy duro permanecer junto al francés durante todas aquellas jornadas, lo cual dice tanto en pro de su altruismo y de la nobleza de su carácter como el hecho de que rescatara al teniente de las garras de Mbonga.

D'Arnot, que también deseaba con toda el alma emprender el regreso, escribió:

«Pero no va a poder cargar conmigo todo el trayec­to a través de esa selva enmarañada».

Tarzán se echó a reír.

—Mais oui—dijo, y D'Arnot soltó a su vez una sono­ra carcajada al oír en labios de Tarzán la frase que tan a menudo pronunciaba él.

Así que se pusieron en marcha y D'Arnot no pudo por menos que asombrarse, lo mismo que se había asombrado Clayton, ante la prodigiosa fortaleza y agi­lidad del hombre—mono.

A media tarde llegaban ante el claro y cuando Tarzán saltó al suelo desde las ramas del último árbol el corazón le daba saltos de alegría en el pecho, ilu­sionado por la perspectiva de volver a ver a Jane en seguida.

Nadie aparecía por las inmediaciones de la caba­ña y el desconcierto se apoderó de D'Arnot al obser­var que ni el crucero ni el Arrow estaban fondeados en la bahía.

La atmósfera de soledad que impregnaba el para­je prendió automáticamente en ambos hombres mien­tras se encaminaban a la cabaña.

Ninguno de los dos pronunció palabra y, sin embar­go, ambos sabían, antes de abrir la puerta, lo que iban a encontrar al otro lado del umbral.

Tarzán accionó el pestillo y empujó la pesada puer­ta para que girase sobre sus goznes de madera. Se confirmaron sus temores. La cabaña estaba vacía.

Los dos hombres intercambiaron una mirada. D'Arnot sabía que sus compañeros le daban por muer­to, pero Tarzán no pensaba más que en la mujer que le había besado con amor y ahora se alejaba de su lado, mientras él ayudaba a un miembro del grupo de Jane.

Una inmensa amargura llenó el corazón de Tarzán. Volvería al interior de la selva y se integraría de nue­vo en su tribu. Jamás vería otra vez a nadie de su propia especie, ni podría soportar la idea de regresar a la cabaña. Abandonaría eso para siempre, junto con las grandes esperanzas que había alimentado de encontrar a los de su misma especie y convertirse en un hombre entre hombres. ¿Y el francés? ¿Y D'Arnot? ¿Qué iba a ser de él? No podía arreglárselas como se las arreglaba Tarzán. El hombre—mono no quería saber nada más de él. Deseaba alejarse de cuanto pudiera recordarle a Jane Porter.

Mientras Tarzán permanecía meditabundo en el quicio de la puerta, D'Arnot había entrado en la caba­ña. Observó que habían dejado allí muchos útiles. Reconoció numerosos artículos del crucero: un hor­nillo de campaña, diversos utensilios de cocina, un rifle e innumerables cartuchos de municiones, latas de alimentos en conserva, mantas, dos sillas y una colchoneta y varios libros y periódicos, en su mayor parte estadounidenses.

«Sin duda tienen intención de volver», pensó DArnot.

Se llegó a la mesa que tantos años atrás había cons­truido John Clayton para que le sirviera de escrito­rio. Allí vio dos cartas dirigidas a Tarzán de los Monos.

Una, abierta, tenía el sobre escrito con enérgica letra masculina. La otra, cerrada, era de caligrafía femenina.

—Aquí hay dos recados para usted, Tarzán de los Monos —llamó D'Arnot, al tiempo que se volvía hacia la puerta. Pero su acompañando ya no estaba allí.

D'Amot anduvo hasta la puerta y miró al exterior. El hombre mono no aparecía por ninguna parte. Le llamó a voces, pero no obtuvo respuesta.

—¡Mon Dieu! —exclamó D'Arnot . Se ha ido sin más. Lo presiento. Ha vuelto a la selva y me ha dejado aquí solo.

Entonces recordó la expresión del rostro de Tarzán al descubrir que la cabaña estaba vacía: era la expre­sión que el cazador ve en los ojos del ciervo herido sobre el que el hombre ha disparado por el puro pla­cer de abatirlo.

Tarzán había recibido un duro golpe —D'Arnot lo comprendió en aquel momento—, pero ¿por qué? El francés no lograba entenderlo.

Miró a su alrededor. La soledad y el patetismo de aquel sitio empezaban a afectarle los nervios, debi­litados ya por el sufrimiento de las heridas y de la enfermedad que había soportado. Verse solo, abandonado junto a aquella jungla esca­lofriante, sin oír nunca una voz humana, sin ver nun­ca un rostro humano, abrumado por el miedo cons­tante a las fieras salvajes y a los todavía más salvajes indígenas… presa de la soledad y la desesperanza. ¡Era espantoso!

A lo lejos, por el este, Tarzán de los Monos se desplazaba con rapidez por las ramas de los árbo­les, dispuesto a reunirse cuanto antes con su tribu. Nunca había corrido tan vertiginosamente.

Tenía la impresión de que estaba escapando de sí mismo, de que al surcar la floresta como una ardilla asus­tada huía de sus propios pensamientos. Pero por mucho que acelerase, los encontraba siempre en su cerebro.

Pasó por encima del ondulante cuerpo de Sabor, la leona, que avanzaba en dirección contraria… Hacia la cabaña, pensó Tarzán.

¿Qué podría hacer D'Arnot frente a Sabor… o frente a Bolgani, si era el gorila el que le atacaba, o frente a Numa, el león, o frente a la cruel Sheeta?

Tarzán interrumpió su huida.

—¿Qué eres tú, Tarzán? —se preguntó en voz alta—. ¿Un mono o un hombre? Si eres un mono, harás lo que los monos harían: dejar morir en la selva a uno de tu especie, si te diese la ventolera de marcharte a otra parte. Si eres un hombre, volverás para pro­teger a los de tu misma especie. No huirás dejando abandonado a uno de los tuyos porque otro se ha ale­jado de ti.

D'Arnot cerró la puerta de la cabaña. Estaba muy nervioso. Incluso a los valientes, y D'Arnot lo era, les asusta a veces la soledad.

Cargó uno de los rifles y lo dejó al alcance de la mano. Después se acercó al escritorio y cogió la car­ta abierta dirigida a Tarzán.

Era muy posible que fuese un recado para infor­mar de que los suyos sólo se habían alejado tempo­ralmente de la playa. Se dijo que leer la carta no cons­tituiría ningún atentado contra la ética, así que extrajo el papel del interior del sobre y leyó:

A Tarzán de los Monos:

Le agradecemos que nos haya permitido uti­lizar su cabaña y lamentamos que no nos haya otorgado la satisfacción de verle y darle las gra­cias en persona.

No hemos estropeado nada, aunque, por otra parte, le dejamos muchas cosas que le serán úti­les y le procurarán mayor comodidad y seguri­dad en su solitaria vivienda.

Si conoce al extraño hombre blanco que tantas veces nos salvó la vida y nos proporcionó alimento, y si se da la circunstancia de que habla con él, transmítale también nuestra gratitud por su generosidad.

Vamos a zarpar dentro de una hora y no vol­veremos nunca más, pero queremos que sepan, usted y el otro amigo de la jungla, que les esta­remos eternamente agradecidos por lo que han hecho por unos desconocidos que desembarcaron en su ribera, y que si nos hubieran brindado la oportunidad, habríamos hecho infinitamente más para compensarles. Atentamente

William Cecil Clayton

—No volveremos nunca más —murmuró D'Arnot, y se arrojó de bruces sobre la colchoneta. Una hora después se incorporó y aguzó el oído. Algo o alguien estaba a la puerta, tratando de entrar.

D'Arnot empuñó el cargado rifle y se lo echó a la cara.

Anochecía y en el interior de la cabaña reinaba la oscuridad, pero el hombre pudo ver que se corría el pes­tillo de la cerradura.

Notó que se le erizaban los cabellos.

Poco a poco, la puerta se fue abriendo y a través de la hendidura pudo vislumbrarse algo que se erguía al otro lado.

D'Arnot apuntó el azulado cañón hacia la rendija… y apretó el gatillo.

Capítulo 24. El tesoro perdido

Cuando la patrulla regresó, tras el fallido intento de salvar a D'Arnot, el capitán Dufranne manifestó su deseo de hacerse a la mar lo antes posible y todos se mostraron de acuerdo, salvo Jane.

—No —se resistió la muchacha resueltamente—. Yo no me iré, ni ustedes tampoco, porque en esa selva hay dos amigos que tarde o temprano saldrán de ella, convencidos de que nosotros les estaremos esperan­do. Su oficial, capitán Dufranne, es uno de ellos; el otro es el hombre de la jungla que ha salvado la vida a todos los miembros de la expedición de mi padre.

»Hace dos días, ese hombre me dejó en el lindero de la selva para acudir presuroso en ayuda de mi padre y del señor Clayton, tal como suponía, y pue­de usted estar seguro de que se ha quedado en la jun­gla para rescatar al teniente DArnot.

»Si hubiera llegado tarde para salvarle, ya se habría presentado aquí… el hecho de que no haya vuelto es prueba suficiente para mí de que se ha retrasado por­que el teniente está herido o porque se ha visto obli­gado a perseguir a los que le capturaron hasta algún punto más allá de la aldea que asaltaron sus marinos.

—Pero en la aldea encontramos el uniforme y todas las pertenencias del pobre D'Arnot, señorita Porter —alegó el capitán— y los indígenas se excitaron enor­memente cuando se les interrogó acerca del destino del hombre blanco.

—Sí, capitán, pero no confesaron que hubiese muer­to y, en cuanto a que sus prendas y efectos estuvie­ran en posesión de los indígenas… pues, bueno, hemos visto a pueblos más civilizados que esos pobres negros salvajes despojar a sus prisioneros de cuan­to artículo de valor llevaban encima, tanto si tenían intención de matarlos como si no.

»Incluso en mi país, los soldados del Sur saqueaban no sólo a los vivos, sino también a los muertos. Lo que usted presenta son pruebas circunstanciales de gran peso, lo reconozco, pero no son pruebas definitivas.

—Es muy posible que a su hombre de los bosques también lo hayan capturado o matado los salvajes —su­girió el capitán Dufi anee.

La joven se echó a reír.

—Usted no lo conoce —replicó. Un leve hormigueo de orgullo hizo vibrar sus nervios al darse cuenta de que hablaba por propia iniciativa.

—Reconozco que merecería la pena esperar a ese superhombre suyo, es digno de ello —ironizó el capitán—. Desde luego, le garantizo que me encantaría conocerlo.

—Entonces espérelo usted también, mi querido capitán —instó la muchacha—, porque yo pienso hacerlo. El marino francés se hubiera sorprendido aún más de comprender el auténtico significado de las pala­bras de Jane Porter.

Mantuvieron esa conversación mientras camina­ban desde la playa hacia la cabaña. Se reunieron con el reducido grupo de personas sentadas en tabure­tes de campaña a la sombra de un gran árbol, cerca de la construcción.

Allí estaban el profesor Porter, los señores Philander y Clayton, con el teniente Charpentier y dos compa­ñeros de armas, en tanto Esmeralda zangoloteaba en segundo plano, metiendo baza de vez en cuando, brin­dando sus opiniones o comentarios con esa imper­tinente libertad que confieren a una doncella de edad los muchos años al servicio de la familia.

Al acercarse su superior, los oficiales se pusieron en pie y saludaron. Clayton cedió su asiento de cam­paña a Jane.

—Estábamos tratando de la suerte que haya podido correr el pobre Paul —informó el capitán Dufranne—. La señorita Porter insiste en que no tenemos absoluta­mente ninguna prueba definitiva de que haya muerto… lo cual es cierto. Por otra parte, sostiene que la pro­longada ausencia de su omnipotente y selvático amigo significa que D'Arnot continúa necesitando su ayuda, bien porque se encuentre herido, bien porque los indí­genas lo tengan prisionero en alguna aldea lejana.

—Se ha sugerido —aventuró el teniente Charpentier­que cabe la posibilidad de que ese salvaje sea miem­bro de la tribu de guerreros negros que atacó a nues­tra patrulla… , que se apresuró a ir en ayuda de los indígenas… los suyos.

Jane lanzó una rápida mirada a Clayton.

—Eso parece enormemente más razonable —opinó el profesor Porter.

—No comparto su criterio —le llevó la contraria el señor Philander—. Ha dispuesto de infinidad de opor­tunidades para perjudicarnos por sí mismo o para lanzar sobre nosotros a su presunto pueblo. En cam­bio, durante nuestra prolongada residencia aquí, ese hombre ha desempeñado regular e ininterrumpida­mente un papel de protector y proveedor.

—Eso es verdad —intervino Clayton—, pero no debe­mos pasar por alto la circunstancia de que, a excep­ción de él, todos los seres humanos existentes en muchos kilómetros a la redonda son salvajes antro­pófagos. Él iba armado lo mismo que ellos, lo que indica que ha mantenido alguna clase de relaciones con esa tribu; y el hecho de que es un hombre solo frente a millares sugiere que tales relaciones no han podido ser más que amistosas.

—Sí, parece improbable que no esté relacionado con ellos —subrayó el capitán—; puede que sea miembro de esa tribu.

—Por otra parte añadió uno de los oficiales, ha teni­do que vivir largo tiempo, el suficiente al menos, entre los habitantes salvajes de la selva, hombres o fieras, para haber alcanzado un conocimiento profundo de los bosques, de las costumbres y del empleo de las armas africanas.

—Le están juzgando según sus propias normas, caba­lleros —argumentó Jane—. Un hombre blanco corriente, como cualquiera de ustedes… perdonen, me he expre­sado mal, es decir, un hombre blanco por encima del nivel medio en cuanto a capacidad física e intelectual jamás podría, lo reconozco, sobrevivir un año, solo y desnudo, en esta selva tropical. Pero ese hombre no sólo rebasa el nivel medio del hombre blanco en fortaleza y agilidad, sino que supera ampliamente a nuestros atle­tas mejor entrenados y fuertes, del mismo modo que éstos superan a un niño recién nacido. Y su valor y fie­reza en el combate son los de un animal salvaje.

—No cabe duda de que ha conseguido un leal pala­dín, señorita Porter —rió el capitán Dufranne—. Estoy seguro de que ninguno de los aquí presentes duda­ría en afrontar de muy buena gana la muerte cien veces, en las formas más aterradoras, con tal de mere­cer el homenaje de esos elogios por parte de alguien que fuese la mitad de fiel… o de hermosa.

—No le extrañaría que lo defendiera —declaró la muchacha— si lo hubiese visto como le vi yo, luchan­do por mí con aquel gigantesco y peludo gorila.

»Si le hubiese visto lanzarse contra aquel mons­truo como un toro atacaría a un oso pardo —sin el menor asomo de miedo o vacilación—, entonces cree­ría usted que se trata de un ser sobrehumano. »Si hubiese visto aquellos poderosos músculos hin­chándose, resaltando bajo la bronceada piel; si hubie­se visto cómo obligaba a echarse hacia atrás los espe­luznantes colmillos… Entonces también usted habría creído que es invencible.

»Y si hubiera sido testigo del trato caballeroso que concedió a una muchacha desconocida, perteneciente a una casta extraña para él, entonces también con­fiaría usted en él tan absoluta y completamente como confío yo.

—¡Ha ganado usted el juicio, mi preciosa abogada defensora! —exclamó el capitán—. Este tribunal decla­ra inocente al acusado y el crucero aplazará su par­tida unos días más, al objeto de que ese hombre dis­ponga de la oportunidad de volver y dar las gracias a la divina Porcia. —¡Por el amor de Dios, tesoro! —protestó Esmeralda—. No irá a decirme que prefiere quedarse aquí, en esta tierra de animales carnívoros, cuando tenemos la opor­tunidad de marcharnos en ese buque. No me diga eso, tesoro mío.

—¡Esmeralda, por Dios! Deberías avergonzarte —recri­minó Jane—. ¿Así demuestras tu agradecimiento al hombre que nos salvó dos veces la vida?

—Bueno, señorita Jane, ese es su punto de vista; pero estoy segura de que ese hombre de la selva no nos salvó para que nos quedásemos aquí. Lo hizo para que pudiéramos marcharnos lejos de aquí. Supongo que podría enfadarse lo suyo cuando com­probara que fuimos tan insensatas como para seguir aquí después de que nos proporcionase la oportu­nidad de irnos.

»Esperaba no tener que dormir otra noche en este jardín geológico y escuchar esos ruidos de soledad que salen de esa maraña después de oscurecido.

—No te lo reprocho ni tanto así, Esmeralda —dijo Clayton— y desde luego diste en el clavo al llamarlos ruidos «de soledad». Nunca se me habría ocurrido un término tan apropiado para ellos, pero ese es perfec­to, ¿sabes?, son realmente ruidos de soledad.

—Lo mejor que pueden hacer, Esmeralda y usted, es irse a vivir al crucero —aconsejó Jane, con fino des­dén en la voz—. ¿Qué le parecería si tuviese que pasar­se toda la vida en la selva como ha hecho nuestro hombre de los bosques?

—Me temo que como salvaje sería un fracaso abo­minable —rió Clayton tristemente—. Esos ruidos noc­turnos me ponen los pelos de punta. Supongo que reconocerlo debería avergonzarme, pero es la verdad. —Pues, no sé que decir —terció el teniente Char­pentier—. No me he detenido a pensar mucho en el miedo y todo eso… Nunca me ha dado por determi­nar si he sido cobarde o valiente, pero lo cierto es que la otra noche, cuando estábamos en la selva, después de que capturaran al pobre D'Arnot, y esos ruidos empezaron a sonar a nuestro alrededor empecé a pen­sar que sí, que tal vez era un cobarde. Lo que me ponía los nervios de punta no eran los rugidos o los gruñidos de las grandes fieras salvajes, sino los rui­dos sigilosos (esos rumores furtivos que uno oye cer­ca y cuando aguza el oído para percibirlos no se repi­ten), esos ruidos indefinibles como de un gran cuer­po que se desliza casi en silencio total, mientras uno tiene conciencia de que ignora a qué distancia está o si se va acercando después de que uno ha dejado de oírlo. Eran esos ruidos… y los ojos.

»¡Mon Dieu! Los veré siempre en la oscuridad, los ojos que uno ve y los que no ve, pero siente… ¡Ah, esos son los peores!

Permanecieron en silencio unos instantes. Luego, Jane tomó la palabra.

—Y él está ahí —musitó, en tono que parecía ahoga­do por el miedo—. Esos ojos le fulminarán con su mira­da esta noche, lo mismo que a su compañero el tenien­te D'Arnot. Caballeros, ¿pueden ustedes dejarlos abandonados sin prestarles siquiera el auxilio pasivo que representa permanecer aquí unos cuantos días más, auxilio pasivo que acaso signifique su salvación?

—Bueno, bueno, chiquilla —dijo el profesor Porter—. El capitán Dufranne desea quedarse y, por lo que a mí respecta, también estoy perfectamente dispuesto, perfectamente dispuesto, como lo he estado siempre, a satisfacer tus caprichos infantiles.

—Podemos dedicar el día de mañana a la recupe­ración del cofre, profesor —sugirió el señor Philander.

—Buena idea, buena idea, señor Philander. Casi me había olvidado del tesoro —manifestó el profesor Porter—. Tal vez el capitán Dufranne pueda prestar­nos unos cuantos hombres que nos ayuden y nos deje también a uno de los prisioneros para que nos indi­que el lugar donde está escondido el arcón. —No faltaba más, mi querido profesor, estamos todos a su disposición —se brindó el capitán.

Se acordó que a la mañana siguiente, el teniente Charpentier, con un destacamento de diez hombres y uno de los amotinados del Arrow para guiarles, irían a desenterrar el tesoro. También se convino que el crucero permanecería una semana completa fondeado en la bahía. Al final de ese periodo se daría por supuesto que D'Arnot había fallecido y que el hom­bre de la selva no aparecería por allí mientras estu­viesen ellos. Entonces, los dos buques zarparían con todo el personal.

El profesor Porter no acompañó al día siguiente a los que fueron a buscar el tesoro, pero cuando los vio regresar con las manos vacías, hacia el mediodía, se apresuró a salir a su encuentro. Su acostumbrada indi­ferencia meditativa se había volatilizado totalmente, sustituida por un comportamiento nervioso y excitado.

—¿Dónde está el tesoro? —preguntó a gritos a Clay­ton, cuando aún le separaban de la partida unos trein­ta metros.

Clayton meneó la cabeza negativamente.

—Desapareció —dijo, al acercarse al profesor.

—¡Desapareció! No es posible. ¿Quién ha podido lle­várselo? —exclamó el profesor Porter. —Sólo Dios lo sabe, profesor —repuso Clayton—. Pudimos pensar que el individuo que nos guió men­tía respecto al punto donde estaba enterrado, pero su sorpresa y consternación al no encontrar cofre alguno debajo del cadáver del asesinado Snipes fue­ron demasiado reales para que estuviese fingiendo. Y nuestras palas nos indicaron que algo estuvo sepul­tado debajo del cadáver, porque allí hubo un hoyo que rellenaron con tierra suelta.

—¿Pero quién puede habérselo llevado? —repitió el profesor Porter.

—La sospechas podrían recaer sobre los hombres del crucero, naturalmente —comentó el teniente Char­pentier—, pero el alférez Janviers, aquí presente, me asegura que ninguno ha desembarcado, que nadie ha bajado a tierra desde que anclamos ahí, salvo los que lo hicieron a las órdenes de algún oficial. Sé que no recelarían de ellos, pero me alegro de que no exis­ta la más remota posibilidad que les de pie para sos­pechar de ninguno —concluyó.

—Ni por asomo se me hubiera ocurrido nunca sos­pechar de unas personas a las que tanto debemos —repli­có el profesor Porter cortésmente—. Antes sospecharía de mi querido amigo Clayton o del señor Philander.

Los franceses sonrieron, tanto oficiales como mari­nos rasos. Evidentemente, se les había quitado un peso de encima.

—El tesoro se lo llevaron de allí hace cierto tiempo —prosiguió Clayton—. La verdad es que el cadáver se desmenuzó al levantarlo, lo que indica que quienquie­ra que se llevase el tesoro lo hizo mientras el cuerpo estaba recién fallecido, ya que se encontraba intacto cuando lo desenterramos. —Los ladrones debieron de ser varios —sugirió Jane, que se había unido al grupo—. Recuerden que se nece­sitaban cuatro hombres para trasladar el cofre.

—¡Por Júpiter! —exclamó Clayton—. ¡Es verdad! Sin duda se lo llevaron una partida de negros. Lo más pro­bable es que alguno de ellos viera a los marineros del Arrow enterrar el cofre y volvió luego con unos cuan­tos de los suyos y se lo llevaron.

—Las cábalas no sirven de nada —dijo el profesor Porter melancólicamente—. El cofre ha desaparecido. No vol­veremos a verlo, ni tampoco al tesoro que contenía.

Sólo Jane sabía lo que significaba para su padre aquella pérdida, y tampoco sabía nadie lo que sig­nificaba para ella.

Seis días después, el capitán Dufranne anunció que se harían a la vela a primera hora de la maña­na siguiente.

Jane le hubiera rogado un nuevo aplazamiento, pero también ella empezaba a creer que su galán de la selva no volvería más.

Muy a pesar suyo, las dudas y los temores fueron tomando cuerpo en su ánimo. Los razonables argu­mentos de los ecuánimes oficiales franceses empe­zaron a convencerla, incluso en contra de su vo­luntad.

No estaba dispuesta a creer que aquel hombre fue­se caníbal, pero sí que le parecía posible ya que fuese un miembro adoptado por alguna tribu salvaje.

No iba a reconocer que hubiese muerto. Resultaba imposible creer que en aquel cuerpo perfecto, tan ple­tórico de gloriosa vida, pudiera apagarse la llama vital que alimentaba su interior… Se convencería antes de que la inmortalidad era polvo.

Pero mientras Jane se permitía albergar tales ideas, otras igualmente odiosas se abrían paso a la fuerza hacia el fondo de su imaginación.

Si aquel hombre pertenecía a alguna tribu salva­je, sin duda tendría una esposa salvaje —quizás una docena—, así como una caterva de hijos también sal­vajes y mestizos. La muchacha se estremeció. Y cuan­do le comunicaron que el crucero se haría a la mar a la mañana siguiente, casi se alegró. Sin embargo, fue ella quien propuso que se deja­ran en la cabaña armas, municiones, vituallas y algu­nos útiles de cocina y demás, destinados ostensible­mente a aquella intangible personalidad que se firmaba Tarzán de los Monos y a D'Arnot, por si aún vivía. En realidad, Jane esperaba que más bien fue­sen para su dios de la selva, incluso aunque al final resultase que era un ídolo con pies de barro.

En el último instante, la muchacha dejó una car­ta para él, un mensaje que le transmitiría Tarzán de los Monos.

Fue la última en abandonar la cabaña, a la que vol­vió con una excusa trivial mientras los otros se diri­gían ya al bote.

Se arrodilló junto a la cama en la que tantas noches había descansado y rezó una oración rogando por la seguridad del hombre primitivo. Se llevó el guar­dapelo a los labios y musitó: —Te quiero, y porque te quiero creo en ti. Pero aun­que no creyese en ti, seguiría queriéndote. Si hubie­ses venido a buscarme y no hubiera habido otra sali­da, me habría ido contigo a la selva… para siempre.

Capítulo 25. Puesto avanzado del mundo

Al mismo tiempo que sonaba el estampido del rifle, D'Arnot vio abrirse de golpe la puerta y que la figura de un hombre caía de bruces sobre el suelo de la cabaña.

Impulsado por el pánico, el francés apuntó de nue­vo con el arma a la postrada figura, pero a la media luz que irrumpía por el hueco de la puerta observó de pronto que se trataba de un hombre blanco y, un segundo después, comprendió que había dispa­rado sobre su amigo y protector, Tarzán de los Monos.

D'Arnot lanzó un grito de angustia, dio un salto y se arrodilló junto al hombre—mono. Levantó la cabe­za del caído, albergándola en los brazos… y pronun­ció en voz alta el nombre de Tarzán de los Monos.

Al no obtener respuesta, D'Arnot apoyó el oído en el pecho del hombre, a la altura del corazón. Oyó con gran alegría los firmes y regulares latidos.

Con sumo cuidado levantó a Tarzán, lo acomo­dó en el catre y luego, tras cerrar y atrancar la puer­ta, encendió una lámpara y examinó la herida.

El proyectil había rozado la parte superior del crá­neo. Aunque de feo aspecto, la herida era más bien superficial y no se apreciaban signos de fractura.

D'Arnot dejó escapar un suspiro de alivio y se dis­puso a limpiar la sangre del rostro de Tarzán. El agua fresca le reanimó y, casi en seguida, el hom­bre—mono levantó los párpados y sus ojos miraron con interrogadora sorpresa a D'Arnot.

Éste había vendado la herida con trozos de tela y, al ver que Tarzán había recobrado el conocimiento, se levantó, fue al escritorio y redactó una nota, que tendió al hombre mono. En la nota explicaba que sen­tía mucho el terrible error que acababa de cometer y que se alegraba indeciblemente al comprobar que la herida no era grave.

Un vez leyó tales explicaciones, Tarzán se sentó en el borde de la cama y estalló en carcajadas. —No tiene importancia —dijo en francés.

Luego, como su vocabulario no le daba para mucho, escribió:

«Debería haber visto lo que me hicieron Bolgani, y Kerchak, y Terkoz, antes de que los matara… ¡Lo que se reiría usted si comparase aquello con un ara­ñazo de nada como este!».

D'Arnot tendió a Tarzán las dos misivas que deja­ron para él.

Tarzán leyó la primera con una expresión triste en el rostro. Le dio vueltas y vueltas en la mano a la segunda, mientras intentaba descubrir por donde se abría: era la primera vez que veía un sobre cerrado. Al final se lo pasó a D'Arnot.

El francés había estado observándole y compren­dió que el sobre desconcertaba a Tarzán. No dejaba de resultar muy extraño que un sobre fuese todo un misterio para un hombre blanco adulto. D'Arnot lo abrió y devolvió la carta a Tarzán.

El hombre—mono se sentó en una silla de campa­ña, desplegó la hoja de papel y leyó:

A Tarzán de los Monos:

Antes de marchar, permítame añadir mi agradecimiento al del señor Clayton por lo ama­ble que ha sido usted al permitimos utilizar su cabaña.

Hemos sentido mucho que no se haya pre­sentado. Nos hubiera encantado conocerle, ofrecerle nuestra amistad y agradecerle personalmente su hospitalidad.

Hay otra persona a quien me gustaría darle también las gracias, pero no volvió a aparecer, aunque se me hace imposible creer que haya muerto.

Desconozco su nombre. Es el gran gigante blanco que llevaba colgado del cuello, sobre el pecho, un guardapelo con diamantes engarzados.

Si le conoce y habla usted su lenguaje, trans­mítale mi gratitud y dígale que estuve siete días esperando su regreso.

Dígale también que vivo en la ciudad de Baltimore, en los Estados Unidos, y que en mi casa siempre será bien recibido, si desea visitarme.

Encontré la nota que dejó usted entre las hojas del pie de un árbol cercano a la cabaña. Ignoro cómo ha llegado a quererme, puesto que ni siquiera ha hablado nunca conmigo, y si su cari­ño es cierto, lo lamento profundamente, ya que he entregado mi corazón a otro hombre. Pero sepa que me consideraré siempre su amiga,

Jane Porter

Tarzán permaneció sentado cerca de una hora, con la mirada fija en el suelo. Se le hizo evidente, a tra­vés de las notas, que quienes escribieron aquellas cartas no sabían que Tarzán de los Monos y él eran la misma persona.

«He entregado mi corazón a otro hombre», se repi­tió una y otra vez.

¡Entonces no le amaba! ¿Cómo pudo fingirle cari­ño, elevarle hasta la cima de la máxima ilusión para luego precipitarlo al más profundo abismo de la deses­peración?

Tal vez sus besos no fueron más que demostra­ciones de amistad. ¿Cómo iba a saberlo él, que lo ignoraba todo acerca de las costumbres de los seres humanos?

Se levantó con brusco movimiento, deseó buenas noches a D'Arnot tal como éste le había enseñado y se arrojó sobre el camastro de helechos en el que tam­bién había dormido Jane Porter. D'Arnot apagó la lámpara y se tendió sobre la col­choneta.

Casi lo único que hicieron durante una semana fue descansar. Pero, eso sí, D'Arnot se dedicó a enseñar francés a Tarzán. Al cabo de esa semana, ambos hom­bres podían conversar bastante fluidamente.

Una noche, mientras permanecían sentados den­tro de la cabaña, a punto de irse a dormir, Tarzán preguntó a D'Arnot:

—¿Dónde están los Estados Unidos? D'Arnot señaló hacia el noroeste.

—A muchos miles de kilómetros, al otro lado del océano —añadió—. ¿Por qué? —Voy a ir allí.

D'Arnot sacudió la cabeza.

—Eso es imposible, amigo mío —dijo.

Tarzán se levantó, fue a uno de los armarios y regre­só con un atlas bastante manoseado. Pasó las hojas hasta llegar a las de un mapamun­di y dijo:

—Nunca he llegado a entenderlo del todo —indicó—; por favor, explíquemelo.

Cuando DArnot lo hubo hecho, señalándole que las superficies de azul representaban el agua que cubría la Tierra, Tarzán le pidió que precisara dónde estaban ellos dos.

Así lo hizo D'Arnot.

—Ahora señáleme los Estados Unidos —pidió Tarzán.

Y cuando D'Arnot apoyó el índice en América del Norte, Tarzán sonrió y puso la palma de la mano sobre la página, cubriendo con ella el océano que separa­ba los dos continentes.

—Como ve, no está muy lejos —comentó—, apenas la anchura de mi mano.

D'Arnot se echó a reír. ¿Cómo podía hacérselo com­prender?

Tomó un lápiz y marcó un minúsculo puntito en la orilla de África.

—Esta marca diminuta —manifestó— es infinidad de veces mayor sobre este mapa que su cabaña sobre la Tierra. ¿Se da cuenta ahora de lo lejos que están de aquí los Estados Unidos? Tarzán meditó largo rato. ¿Viven hombres blancos en África? —preguntó. —Sí. —¿Dónde se encuentran los más próximos? D'Arnot señaló un lugar en la costa, al norte de donde estaban ellos. —¿Tan cerca? —se sorprendió Tarzán. —Sí —confirmó D'Arnot , pero no es tan cerca como cree. —¿Tienen grandes botes para cruzar el océano? —Sí. —Entonces iremos mañana —anunció Tarzán. D'Arnot volvió a sonreír y a denegar con la cabeza. —Está demasiado lejos. Moriríamos mucho antes de llegar. —¿Desea quedarse aquí para siempre? —preguntó Tarzán. —No —repuso el francés. —En ese caso, mañana emprenderemos la marcha. Ya no me gusta este lugar. Preferiría morir a conti­nuar aquí. —Bueno —dijo D'Arnot, y se encogió de hombros—. No estoy muy seguro, amigo mío, pero me parece que también yo preferiría morir a quedarme aquí. Si se marcha, le acompañaré.

—Decidido, pues —dijo Tarzán—. Mañana partiremos hacia los Estados Unidos.

—¿Cómo piensa llegar allí sin dinero? —fue DArnot a lo práctico.

—¿Dinero? ¿Qué es eso? —inquirió Tarzán.

Le costó un buen rato a D'Arnot explicárselo. Aunque Tarzán tampoco lo entendió del todo. —¿Cómo consiguen dinero los hombres? –quiso saber, por último.

—Trabajan para ganarlo.

—Muy bien, pues trabajaré, entonces.

—No, amigo mío —respondió D'Arnot—, no necesi­ta preocuparse del dinero, ni hace falta que tra­baje para conseguirlo. Tengo suficiente para los dos… suficiente para una veintena. Mucho más de lo que le conviene tener a un hombre. Dispondrá usted de cuanto precise, si algún día llegamos a la civilización.

De modo que a la mañana siguiente emprendie­ron la marcha hacia el norte, a lo largo del litoral. Cada uno de ellos llevaba un rifle y municiones, así como lechos de campaña, víveres y utensilios para cocinar.

Estos últimos le parecieron a Tarzán más un estor­bo que otra cosa, así que se desprendió de ellos. —Debe acostumbrarse a comer alimentos cocina­dos, amigo mío —le aconsejó D'Arnot . Los hombres civilizados no comen carne cruda.

—Tendré tiempo de sobra cuando lleguemos a la civilización —repuso Tarzán—. No me gustan las cosas que estropean el sabor de una buena carne.

Avanzaron hacia el norte durante un mes. A veces encontraban comida en abundancia y luego pasaban unos cuantos días de penuria y hambre. No vieron rastro de indígenas ni les molestaron las fieras salvajes. Su camino era un auténtico milagro de tranquilidad.

Tarzán hacía preguntas y asimilaba rápida y fácil­mente las respuestas.

D'Arnot le enseñó una barbaridad de cosas acerca de los refinamientos de la civilización, incluido el mane­jo del cuchillo y el tenedor. A veces, sin embargo, Tarzán soltaba los cubiertos, disgustado, cogía la carne con sus fuertes manos bronceadas y la desgarraba con los dientes como un animal salvaje.

En tales ocasiones, D'Arnot le reprochaba:

—No debe comer como una bestia salvaje, Tarzán, cuando me esfuerzo en convertirle en un caballero. ¡Mon Dieu! Los caballeros no se comportan así… ¡Es espantoso!

Tarzán esbozaba una tímida mueca, como aver­gonzado, y volvía a tomar el cuchillo y el tenedor. Pero en el fondo de su corazón los odiaba.

Durante el viaje habló a D'Arnot del gran cofre que enterraron los marineros. Le contó que vio cómo lo ocultaban y que luego él lo sacó, lo llevó al lugar don­de se reunían los monos y lo enterró allí.

—Debe de tratarse del cofre del tesoro del profesor Porter —comentó D'Arnot. Es una lástima, aunque, naturalmente, usted no sabía nada.

Tarzán recordó entonces la carta que Jane había escrito a su amiga —la que se llevó la primera noche en que ocuparon la cabaña— y comprendió qué con­tenía el cofre y lo que significaba para Jane. —Mañana volveremos a por él —anunció.

—¿Volver? —exclamó D'Arnot . Pero, mi querido ami­go, llevamos ya tres semanas de marcha. Tardaremos otras tres en llegar al punto donde está el tesoro y, además, con lo que pesa el arcón ese, necesitaríamos tres marineros para que lo trasladaran. Transcurrirían meses antes de que nos presentáramos de nuevo aquí, donde estamos ahora.

—No hay más remedio que hacerlo, amigo mío —insis­tió Tarzán—. Usted puede seguir hacia la civilización y yo volveré a buscar el tesoro. Iré más deprisa si voy solo.

—Tengo un plan mejor, Tarzán —manifestó D'Arnot—. Seguiremos juntos hasta el primer asentamiento de colonos y allí fletaremos una embarcación y descen­deremos por mar, costeando, hasta donde está el teso­ro. Así transportaremos el cofre más fácilmente. Será más seguro, más rápido y, además, no tendremos que separarnos. ¿Qué le parece la idea? —Muy buena —encomió Tarzán—. El tesoro estará allí, vayamos cuando vayamos a buscarlo, y si bien yo podría ir a recogerlo y haberle alcanzado a usted dentro de un par de lunas, me sentiré más tranqui­lo sabiendo que no está solo en la ruta. Cuando obser­vo lo inútil que es, DArnot, me pregunto sorprendi­dísimo cómo es posible que la raza humana haya evi­tado la aniquilación durante todas esas épocas de las que me ha hablado. Porque, Sabor, con una sola pata, podría exterminar a miles de ustedes.

D'Arnot se echó a reír.

—Cambiará de opinión cuando haya visto sus ejér­citos y armadas, sus grandes ciudades y sus formi­dables obras de ingeniería. Entonces comprenderá que es la inteligencia y no el músculo lo que hace al hombre ser más importante y poderoso que todos los animales de la selva.

»Solo y desarmado, un hombre no podría enfren­tarse a ninguna de esas fieras, mayores que él en tamaño; pero si se juntan diez hombres, combinarán su ingenio y su fortaleza física contra sus salvajes enemigos, mientras que a las bestias, incapaces de razonar, nunca se les ocurriría aliarse y enfrentarse conjuntamente al hombre. De no ser así, Tarzán de los Monos, ¿cómo explicaría que lleve usted tanto tiempo sobreviviendo en estas soledades salvajes?

—Tiene razón, D'Arnot —convino Tarzán—, porque si aquella noche, en el Dum—Dum, Kerchak hubie­ra acudido en ayuda de Tublat, entre los dos habrí­an acabado conmigo. Per Kerchak no fue lo sufi­cientemente listo para pensar en sacar ventaja de tales oportunidades. Ni siquiera Kala, mi madre, podía prever nada con anticipación, planear algo para el futuro. Se limitaba a comer cuando tenía hambre e, incluso en las épocas en que las provi­siones escaseaban, aunque encontrase suficiente alimento para varias comidas, jamás se le ocurría guardar para más adelante.

»Recuerdo que solía pensar que yo era tonto si car­gaba con víveres de reserva durante una marcha, aunque después se alegraba de que los compartié­ramos, si no encontrábamos por el camino nada que llevarnos a la boca.

—¿De modo que conoció a su madre? —se extrañó D'Arnot.

—Sí. Era una mona enorme y estupenda. Mucho mayor que yo, lo menos pesaba el doble. —¿Y su padre? —preguntó D'Arnot.

—No le conocí. Kala me dijo que fue un mono blan­co y que carecía de pelo, como me pasa a mí. Ahora sé que debió de ser un hombre blanco.

Seria la expresión, D'Arnot contempló largo rato a su compañero.

—Tarzán dijo por último—, es imposible que la mona, Kala, fuera su madre. Si tal cosa resultara posible, usted habría heredado algunas características de los simios, pero no las tiene… es un auténtico hombre y, hasta me aventuro a afirmar que desciende de unos padres inteligentes y cultivados, de buena educación. ¿No tiene el más mínimo indicio acerca de su pasado? —Ni por asomo —respondió Tarzán.

—¿En la cabaña no encontró escrito alguno que pudiera proporcionarle datos relativos a la vida de sus ocupantes anteriores?

—He leído todo lo que había en la cabaña, salvo un libro que estaba escrito en un idioma que no era el inglés. Puede que usted sepa leerlo. Extrajo Tarzán del fondo de la aljaba el diario de tapas negras y se lo tendió a su compañero. D'Arnot echó un vistazo a la portada.

—Es el diario de John Clayton, lord Greystoke, aris­tócrata inglés, y está redactado en francés —explicó.

Después procedió a la lectura del diario, escrito más de veinte años antes y que refería los detalles de la historia que ya conocemos: la aventura, las difi­cultades y pesadumbres de John Clayton y su espo­sa Alice, desde el día en que zarparon de Inglaterra hasta una hora antes de que Kerchak acabara con la vida del caballero.

D'Arnot leía en voz alta. En ocasiones, la voz se le quebraba y se veía obligado a interrumpir la lectura a causa de la desoladora desesperanza que se tras­lucía entre líneas.

De vez en cuando lanzaba un fugaz vistazo a Tarzán, pero el hombre—mono permanecía en cucli­llas, como una talla de madera, con los ojos clavados en el suelo.

El tono del diario sólo varió al aludir al recién naci­do; entonces abandonó su hasta entonces habitual tono de desesperación que había ido infiltrándose en él tras los dos primeros meses de estancia en la costa.

A partir de la llegada del niño, teñía el diario una contenida felicidad que resultaba aún más acongo­jante que el resto.

Una de las anotaciones manifestaba un espíritu pleno de esperanza:

«Nuestro niño cumple hoy seis meses. Está senta­do en el regazo de Alice, junto a la mesa en la que escribo: es una criatura preciosa, feliz, saludable, perfecta.

»De un modo u otro, incluso contra toda razón, me parece verlo convertido ya en un hombre adulto, que ocupa el puesto de su padre en la sociedad —el segun­do John Clayton— y que sigue aportando honores a la casa de Greystoke.

»Ahora mismo, como si quisiera conferir a mi augu­rio el peso de su garantía personal, ha cogido la pluma con sus manitas gordezuelas, se ha embadurna­do de tinta los deditos y ha estampado sus huellas dactilares en la página.»

Y allí, en el margen de la hoja de papel, aparecía medio borrosa la impronta de cuatro dedos minúscu­los y la mitad exterior de un pulgar.

Cuando DArnot concluyó la lectura del diario, los dos hombres permanecieron en silencio durante varios minutos.

—¡Bueno, Tarzán de los Monos! ¿En qué piensa? —preguntó D'Arnot—. ¿No aclara este librito el miste­rio de su estirpe? No cabe duda de que es usted lord Greystoke, hombre. Tarzán denegó con la cabeza.

—El libro no habla más que de un solo niño —repli­có—. Su pequeño esqueleto permaneció en la cuna, donde debió de morir llorando por la falta de alimento. Allí estaba cuando entré allí por primera vez y allí estuvo hasta que el profesor Porter lo enterró, con los esqueletos de sus padres, junto a la cabaña. No, ese era el niño del que habla el libro… y el misterio de mis orígenes es ahora más oscuro que antes, por­que he pensado mucho últimamente en la posibili­dad de que esa cabaña haya sido mi lugar de naci­miento. Me temo que Kala dijo la verdad —concluyó en tono apesadumbrado.

D'Arnot movió la cabeza negativamente. No esta­ba convencido y en su mente surgió de pronto la fir­me determinación de demostrar que su teoría era correcta, porque estaba seguro de haber descubier­to la clave que explicaría el enigma o lo enviarla defi­nitivamente al reino de lo impenetrable. Una semana después, los dos hombres llegaron de súbito a un claro del bosque.

A cierta distancia se veían varios edificios rodea­dos por una sólida empalizada. Se detuvieron en el borde de la selva.

Tarzán dispuso en el arco una de sus flechas enve­nenadas, pero D'Arnot apoyó una mano en el brazo del hombre mono.

—¿Qué va a hacer, Tarzán? —preguntó.

—Intentarán matarnos si nos ven —repuso Tarzán—. Prefiero ser yo el que mate.

—Tal vez sean amigos —sugirió D'Arnot.

—Son negros —se limitó a replicar Tarzán.

Y tensó de nuevo el arco.

—¡No debe hacerlo, Tarzán! —protestó D'Arnot . Los hombres blancos no matan simplemente por matar. !Mon Dieu! ¡Cuánto tiene que aprender! Compadezco al rufián que se cruce en su camino, mi salvaje ami­go, cuando lo lleve a usted a París. ¡Anda que no me va a costar trabajo impedir que la guillotina le siegue la cabeza!

Tarzán bajó el arco y sonrió.

—No sé por qué he de matar negros en mi selva y no hacerlo aquí. Supongamos que Numa, el león, da un salto y se nos planta delante, dispuesto a devorarnos. ¿Debería decir, acaso: «Buenos días, monsieur Numa. ¿Cómo se encuentra madame Numa?». ¿Eh?

—Espere a que los negros salten sobre usted —repli­có D'Arnot y entonces los mata. No dé por supues­to que los hombres son enemigos suyos hasta que lo demuestran.

—Vamos —dijo Tarzán—, presentémonos voluntaria­mente para que nos maten.

Echó a andar a través de los campos de cultivo, alta la cabeza, mientras el sol tropical batía con sus rayos la tersa y atezada piel.

D'Arnot le siguió, vestido con algunas de las pren­das que había dejado Clayton en la cabaña y que el inglés desechó cuando los oficiales del crucero fran­cés le proporcionaron ropas más presentables.

Uno de los negros de aquel poblado alzó la cabe­za y, al advertir la presencia de Tarzán, dio media vuelta y salió corriendo hacia la empalizada, sin dejar de emitir chillidos.

Al instante, el aire cobró estruendosa vida sonora con los gritos de terror de los hombres, que aban­donaron los campos y huyeron a todo correr, pero antes de que llegasen a la empalizada, un hombre blanco salió del recinto, con un rifle en las manos, para enterarse de la causa de tal conmoción.

Al ver lo que se le venía encima, se echó el arma a la cara y Tarzán de los Monos hubiera recibido otra ración de plomo de no intervenir automáticamente la voz de DArnot, que advirtió al hombre del rifle:

—¡No dispare! ¡Somos amigos!

—¡Deténganse, pues! —fue la orden.

—¡Alto, Tarzán! —gritó DArnot. Nos toma por enemigos. Tarzán frenó su marcha y D'Arnot y él avanzaron despacio hacia el hombre blanco que aguardaba de pie junto al portalón. Los observaba con perplejo asombro.

—¿Qué clase de hombres son ustedes? —inquirió, en francés.

—Blancos —informó DArnot. Llevamos mucho tiem­po perdidos en la selva.

El hombre bajó el rifle y se les acercó, con la mano tendida.

—Soy el padre Constantino, de la misión francesa establecida aquí —se presentó—, y me complace mucho darles la bienvenida.

—Aquí, monsieur Tarzán, padre Constantino —D'Arnot señaló al hombre—mono y añadió, cuando el sacerdo­te extendió la mano hacia Tarzán—: y yo soy Paul D'Arnot, de la Armada francesa.

El padre Constantino estrechó la mano que Tarzán le tendía, imitando el gesto del sacerdote, a la vez que éste, con una rápida y aguda mirada, se hacía car­go de la soberbia condición física de aquel cuerpo atlético y de lo atractivo de aquel hermoso rostro.

Así llegó Tarzán de los Monos al primer puesto avanzado de la civilización.

Permanecieron allí una semana, en el curso de la cual el hombre—mono, observador perspicaz, apren­dió un sinfín de cosas acerca de las costumbres de los hombres, mientras las mujeres negras confeccio­naban, para D'Arnot y para él, unos pantalones y otras prendas de dril, al objeto de que cuando rea­nudaran su viaje lo hiciesen ataviados más decente­mente.

Capítulo 26. Las alturas de la civilización

Al cabo de un mes se encontraban frente a un peque­ño grupo de edificios, frente a la desembocadura de un ancho río. Allí vio Tarzán muchas embarcaciones y su ánimo se inundó de la antigua timidez que suele enseñorearse del salvaje cuando ve muchos hombres.

Se había ido acostumbrando paulatinamente a los ruidos extraños y a las peculiares costumbres de la civilización, de forma que nadie hubiera podido saber que aquel apuesto francés de inmaculada ves­timenta blanca de dril, que conversaba y reía ale­gremente con ellos, había correteado desnudo por la selva virgen, dispuesto a saltar sobre alguna víctima incauta cuya carne cruda llenarla de inmediato su salvaje estómago.

El cuchillo y el tenedor, tan desdeñosamente recha­zados un mes atrás, los manejaba ahora Tarzán con la misma destreza y exquisitez que el refinado D'Arnot.

Había sido un alumno tan aplicado que el joven francés vio compensados sus esfuerzos pedagógicos y eso le animó a convertir a Tarzán de los Monos en un caballero elegante en cuanto a modales y lenguaje.

—Dios te hizo caballero en espíritu, amigo mío —le había dicho D'Arnot—, pero también quiere que su obra se muestre de cara al exterior.

En cuanto llegaron a aquel pequeño puerto, D'Arnot no perdió tiempo en enviar a su gobierno un cable­grama, informando de que se encontraba sano y salvo y solicitando un permiso de tres meses, permiso que le fue concedido.

También había telegrafiado a sus banqueros, pidiendo fondos, y la forzada espera de un mes, que les fastidió enormemente, se debió a la imposibilidad de fletar un barco para volver a la selva de Tarzán y recoger el tesoro.

Durante su estancia en la ciudad costera, «monsieur Tarzán» constituyó una atracción asombrosa para blan­cos y negros, a causa de varios lances azarosos que a Tarzán le parecieron naderías sin importancia.

En una ocasión, un negrazo impresionante, enlo­quecido por el alcohol, empezó a destruir todo lo que se le ponía por delante y a sembrar el terror por la ciudad, hasta que su mala estrella le llevó hasta el hotel en cuya terraza se encontraba el gigante fran­cés de cabellera morena. El negro subió los amplios peldaños de la escali­nata y, blandiendo un enorme cuchillo, se fue en dere­chura hacia la mesa ocupada por cuatro caballeros que sorbían plácidamente su inevitable copa de ajenjo.

Sobresaltados, los cuatro clientes del hotel solta­ron un grito y pusieron pies en polvorosa. El negro se fijó entonces en Tarzán.

Emitió un rugido y se precipitó sobre el hombre­mono, mientras medio centenar de cabezas se aso­maban por puertas y ventanas para ser testigos de la matanza del pobre francés a manos del imponente negro.

Tarzán afrontó el ataque con la alegre sonrisa de luchador nato que la inminencia de una batalla ponía siempre en sus labios.

Cuando el negro estuvo a su alcance, unos múscu­los de acero apresaron la oscura muñeca de la mano que empuñaba el cuchillo y un simple giro dejó iner­te dicha mano, colgando de un hueso roto. La locura desapareció de la psique del negro, mien­tras su grito de dolor y sorpresa cruzaba el aire. Y mientras Tarzán volvía a su sitio y se dejaba caer en la silla, el negro giró sobre sus talones y, entre angustiados chillidos de dolor, corrió desalado hacia el poblado indígena.

En otra ocasión, Tarzán y D'Arnot estaban senta­dos a la mesa cenando con cierto número de comen­sales blancos, cuando la conversación derivó hacia el tema de los leones y su cacera.

Las opiniones estaban divididas en cuanto a la valentía del rey de los animales y no faltaban quie­nes sostenían que era un cobarde de marca mayor. Pero en lo que todos estaban de acuerdo era en que, cuando el monarca de la jungla rugía por la noche en las proximidades del campamento, lo mejor que podía hacerse era echar mano al rifle; una vez con el arma en la mano, uno se sentía más seguro.

D'Arnot y Tarzán habían convenido en mantener su pasado en secreto, por lo que, aparte del oficial francés, nadie conocía la familiaridad del hombre­mono con las fieras de la selva.

—Monsieur Tarzán no nos ha dado su opinión —observó un miembro de la tertulia—. Un hombre tan arrojado e intrépido y que ha pasado tanto tiempo en África, según creo, sin duda habrá tenido experien­cias con leones, ¿no es así?

—Algunas —reconoció Tarzán con cierta adustez—. Las suficientes como para saber que todos ustedes tiene razón en sus juicios acerca de las características de los leones… con los que se han tropezado. Pero uno también podría juzgar a todos los negros por el sujeto borracho que se volvió loco la semana pasada y armó la que armó, o llegar a la conclusión de que todos los blancos son cobardes porque conoció un blanco que lo era.

»Entre las especies animales existen muchos carac­teres distintos, lo mismo que sucede entre nosotros. Hoy podemos salir por ahí y darnos de manos a boca con un león pusilánime… que al vernos salga huyen­do. Mañana podremos salir y encontrarnos con su tío o con su hermano gemelo… y al cabo de un tiempo más que prudencial nuestros amigos empezarán a preguntarse por qué no regresamos de la selva. Por lo que a mí concierne, siempre doy por supuesto que el león es un animal feroz, de modo que nunca dejo de ir prevenido.

—Poco placer tendría la caza —replicó el que pri­mero había hablado— si uno le tiene miedo a la pieza que pretende cobrar.

D'Arnot sonrió. ¡Miedo Tarzán!

—Exactamente, no sé que entiende usted por miedo —dijo Tarzán—. Como en el caso de los leones, el mie­do es distinto según el hombre que lo experimenta; para mí, sin embargo, el único placer de la caza con­siste en saber que el animal que me propongo cazar tiene tanta capacidad de herirme como yo de herirle a él. Si emprendiera la cacería con un par de rifles, un ayudante que me llevase las armas y veinte o trein­ta batidores, tendría la impresión de que eso no era justo, de que el león no tendría muchas probabilida­des de salir bien librado, y entonces el placer de la caza disminuiría en proporción al incremento de segu­ridad que yo sintiera.

—¿Debo entender, pues, monsieur Tarzán, que pre­feriría adentrarse por la jungla desnudo, sólo con un cuchillo de caza para matar al rey de los animales? —rió el hombre jovialmente, aunque con cierto tonillo sarcástico en la voz.

—Y con un trozo de cuerda —añadió Tarzán.

Y en aquel preciso momento llegó de la distante selva el profundo rugido de un león, como si tratase de desafiar a quien deseara salir a la palestra a medir­se con él.

—Ahí tiene su oportunidad, monsieur Tarzán —bro­meó el francés.

—No tengo apetito —declinó Tarzán simplemente.

Todos los presentes soltaron la carcajada, salvo D'Arnol. Era el único que sabía que, por boca del hombre—mono acababa de expresar su razón un ani­mal salvaje de la jungla.

—Pero seguro que le asustaría —insistió el guasón—, como nos asustaría a cualquiera de nosotros, salir ahí desnudo, armado sólo con un cuchillo y un peda­zo de cuerda. ¿No es así?

—No —replicó Tarzán—. Sólo un loco hace cosas sin razón que las justifique.

—Cinco mil francos son una buena razón —terció otro—. Apuesto esa suma a que no es usted capaz de traemos un león de la selva ateniéndose a las con­diciones citadas: desnudo y armado sólo con un cuchillo y un trozo de cuerda.

Tarzán lanzó una mirada a D'Arnot y asintió con la cabeza.

—Que sean diez mil —dijo D'Arnot.

—Hecho —aceptó el otro.

Tarzán se puso en pie.

—Tendré que dejar la ropa en la linde del poblado, para tener algo que ponerme si vuelvo después de que amanezca y he de pasar por las calles.

—¿Va a irse ahora mismo? —exclamó el apostante. ¿De noche?

—¿Por qué no? —dijo Tarzán. Numa se pasa la noche entera dando vueltas… Será más fácil de encontrar.

—No —se opuso el otro hombre—, no quiero que mis manos se manchen con su sangre. Ya será bastante insensatez que vaya de día.

—Iré ahora —declaró Tarzán, resuelto. Se dirigió a su cuarto, en busca del cuchillo y de la cuerda. Le acompañaron hasta el lindero de la selva, don­de Tarzán dejó su ropa en un pequeño almacén. Pero cuando se disponía a adentrarse por la negra oscuridad de la maleza, los demás intentaron disua­dirle; el que había apostado fue el que más insistió en que abandonase aquella aventura suicida.

—Le daré por ganador de la apuesta —propuso— y los diez mil francos serán suyos si renuncia a este arries­gado intento, que sólo puede acabar con usted muerto.

Tarzán se echó a reír y, segundos después, la jun­gla se lo había engullido.

Los integrantes del grupo permanecieron allí en silencio durante un momento y luego dieron media vuelta y regresaron a la terraza del hotel.

En cuanto penetró en la selva, Tarzán subió a una enramada e, impulsado por una eufórica sensación de libertad, empezó a surcar el aire saltando de árbol en árbol.

¡Aquello era vida! ¡Ah, cómo le encantaba! La civi­lización no le ofrecía nada semejante en sus estre­chas y limitadas esferas, donde todo eran cortapisas, obstáculos y convencionalismos. Hasta la ropa era un estorbo y un fastidio.

Por fin se sentía libre. Hasta entonces no se había percatado de lo prisionero que estuvo. ¡Qué fácil le resultaría dar un rodeo hacia la ori­lla del mar y luego dirigirse hacia el sur, hacia su pro­pia selva y su propia cabaña.

Hasta su olfato llegó de pronto el olor de Numa, por­que Tarzán se desplazaba con el viento de cara. Su aguzados oídos detectaron los rumores familiares de las garras acolchadas del felino y el roce de la piel de su enorme cuerpo al frotar los matorrales junto a los que pasaba.

Silenciosamente, Tarzán fue a situarse encima del león y lo estuvo acechando hasta que llegó hasta un punto iluminado por la luna.

Allí, el rápido dogal cayó y se tensó alrededor del leonado cuello y, como ya había hecho cien veces en el pasado, Tarzán anudó el extremo de la cuerda a una fuerte rama. Luego, mientras la bestia brega­ba y agitaba las zarpas frenéticamente, tratando de liberarse, el hombre—mono se dejó caer al suelo, sal­tó sobre el enorme lomo y hundió la hoja del cuchi­llo una docena de veces en el fiero corazón.

Después, con el pie sobre el cadáver de Numa, Tarzán lanzó al aire el escalofriante alarido de victo­ria de su tribu salvaje.

Tarzán permaneció unos instantes irresoluto, titu­beando entre dos sentimientos contradictorios: la leal­tad a D'Arnot y el anhelante deseo de una libertad representada por la vuelta a su jungla. Al final, la visión de un precioso rostro y el recuerdo de unos labios cálidos oprimiéndose contra los suyos disol­vieron la imagen fascinante de su antigua existencia.

En la terraza del hotel, los hombres se pasaron una hora sentados casi en absoluto silencio. Habían intentado sin éxito conversar sobre diver­sos temas y en todos los intentos el mismo murió abatido por el asunto que prevalecía en la mente de todos y cada uno de los contertulios.

—!Mon Dieu! —exclamó por último el hombre que había apostado con Tarzán—. No puedo seguir sopor­tándolo. Voy a ir a la selva con mi rifle y traeré a ese loco.

—Le acompaño —se sumó otro.

—Y yo …

—Y yo …

—Y yo …

Se brindaron los demás, a coro.

Como si la propuesta hubiese roto el hechizo de alguna horrible pesadilla, todos se dirigieron con pres­teza a sus habitaciones y regresaron al instante para encaminarse a la jungla. Bien pertrechados de armas y municiones.

—¡Dios! ¿Qué fue eso? —exclamó súbitamente un miembro de la partida, un inglés, al llegar a sus oídos, atenuado, el grito salvaje de Tarzán.

—He oído eso antes —dijo un belga—, cuando estu­ve en la región de los gorilas. Mis porteadores afir­maron que se trata del alarido de un gran macho cuando mata a alguien.

D'Arnot recordó la descripción que le hiciera Clayton del terrible rugido con que Tarzán proclamaba sus matanzas. Esbozó una semisonrisa, pese al horror que inundó su espíritu al pensar que aquel grito sobrecogedor pudiera salir de una garganta huma­na… a través de los labios de su amigo.

Cuando el grupo llegaba a las proximidades de la linde del bosque y empezaban a debatir el tema de la adecuada distribución de fuerzas, oyeron a sus espaldas, muy cerca, una risita. Dieron media vuel­ta, para ver avanzar hacia ellos una figura gigan­tesca, que llevaba sobre los anchos hombros el cadá­ver de un león.

Hasta D'Arnot se quedó de una pieza, ya que pare­cía imposible que un hombre solo, con las míseras armas que llevaba Tarzán, hubiese podido liquidar tan rápidamente a un león. Y que, además, trans­portado su cuerpo a través de la maraña vegetal de la selva.

Los hombres se apelotonaron en tomo a Tarzán y le abrumaron a preguntas, pero su única respuesta consistió en una sonrisa de desdén hacia su proeza.

Para Tartán, aquello era como si les diese por poner por las nubes al matarife por el heroísmo que demos­tró al sacrificar una vaca. Tarzán había matado tantas veces en defensa propia y para alimentarse, que aquel acto le parecía un lance sin importancia. Sin embar­go, era todo un héroe a los ojos de aquellos hombres… hombres que practicaban la cala mayor más bien por deporte.

Incidentalmente, Tarzán se había embolsado diez mil francos, porque D'Arnot se empeñó en que los aceptara en su totalidad.

Lo cual no dejaba de tener gran importancia para el hombre mono, que empezaba ya a darse cuenta del poder que subyacía en aquellas pequeñas piezas de metal y de papel, que siempre cambiaban de mano cuando los seres humanos se trasladaban, comían, dormían, se vestían, bebían, trabajaban, jugaban o se protegían de la lluvia, del frío o del sol.

Se hizo evidente para Tarzán que, sin dinero, uno iba directo a la muerte. D'Arnot le había dicho que no se preocupara, dado que él disponía de dinero para los dos, pero el hombre—mono estaba apren­diendo muchas cosas y una de ellas era que la gente tenía muy mala opinión de la persona que acepta­ba dinero de otra sin dar a cambio algo de valor similar.

Poco tiempo después del episodio de la caza del león, D'Arnot consiguió fletar un viejo cascarón en el que navegar, costeando, hasta el puerto natural de los dominios de Tarzán. Y una mañana, feliz para ellos, levaron anclas y salieron a mar abierto.

La travesía hasta la playa donde estaba la caba­ña careció de incidencias dignas de mención, y a la mañana siguiente al día en que fondearon, Tarzán se puso de nuevo el «uniforme» que llevaba en la selva, se echó una pala al hombro y se dirigió, solo, al anfi­teatro de los monos donde había escondido el tesoro.

Regresó bastante entrado el día siguiente, con el enorme cofre cargado sobre los hombros y, con la sali­da del sol, el barquichuelo cruzó la bocana de la bahía y puso rumbo norte.

Tres semanas después, Tarzán y D'Arnot viajaban como pasajeros a bordo de un vapor francés con des­tino a Le Havre. Tras pasar unos días en dicho puer­to, D'Arnot llevó a Tarzán a París.

El hombre—mono se perecía por seguir viaje a los Estados Unidos, pero D'Arnot se empeño en que le acompañara antes a París, aunque se abstuvo de informarle de la naturaleza de la apremiante nece­sidad en que fundamentaba su insistencia.

Una de las primeras diligencias que D'Arnot llevó a cabo en cuanto llegó a París fue concertar la visi­ta a un alto funcionario del departamento de policía, viejo amigo suyo. Llevó a Tarzán consigo. Hábilmente, el oficial de marina condujo la con­versación de un punto a otro, induciendo al policía a explicar, ante el interesadísimo Tarzán, los moder­nos métodos que se empleaban para la identificación y arresto de delincuentes.

No menos interesado se mostró Tarzán en la fun­ción que desempeñaban las huellas dactilares en aquella ciencia fascinante.

¿Pero qué valor tienen esas huellas —preguntó Tarzán—, si al cabo de unos años cambian totalmen­te, ya que la piel se desgasta y otra capa la sustituye?

—Las rayas no cambian nunca —respondió el fun­cionario—. Desde la infancia hasta la edad senil, las huellas dactilares de una persona sólo cambian de tamaño, salvo, claro está, cuando las heridas alteran las curvas y espirales. Pero si se han tomado las huellas de los cuatro dedos centrales y del pulgar de ambas manos, uno tiene que perderlos todos por com­pleto para evitar la identificación.

—¡Es una maravilla! —exclamó D'Arnot—. Me pre­gunto a qué se parecerán mis huellas dactilares. —Eso lo podemos ver en seguida —repuso el funcio­nario de policía. Tocó un timbre y se presentó un ayu­dante, al que dio una serie de instrucciones.

El hombre salió de la estancia, pero volvió al ins­tante con un estuche de madera que dejó encima de la mesa de su superior.

—Ahora —dijo el policía—, tendrás tus huellas dacti­lares dentro de unos segundos.

Sacó del estuche una placa cuadrada de cristal, un tubito de espesa tinta negra, un rodillo de caucho y unas cuantas tarjetas blancas como la nieve.

Apretó el tubo de tinta y echó encima de la placa una gota, la extendió con el rodillo hasta que toda la superficie de cristal quedó cubierta, a su satisfacción, por una delgada película de tinta. —Coloca sobre el cristal los cuatro dedos de tu mano derecha, así —indicó el policía a su amigo D'Arnot—. Ahora, el pulgar. Muy bien. Ahora apóyalos en la tar­jeta, en idéntica posición… un poco más a la dere­cha. Tenemos que dejar espacio para el pulgar y para los dedos de la zurda. Ahí, exacto. Ahora repitamos la operación con la mano izquierda.

—Vamos, Tarzán —animó D'Arnot—, veamos cómo son los rizos de tus huellas.

Tarzán no se hizo de rogar y, durante la operación, no cesó de formular preguntas al funcionario de policía. —¿Las huellas digitales demuestran las caracterís­ticas de las razas? —quiso saber—. ¿Puede usted deter­minar, por ejemplo, sólo mediante el examen de las huellas si una persona era negra o caucásica?

—Me parece que no —respondió el policía.

—¿Podrían distinguirse las huellas de un mono de las de un hombre?

—Probablemente, ya que las del mono serían mucho más simples que las de un organismo superior.

—¿Pero un cruce de simia y hombre puede presen­tar características de ambos progenitores? —continuó Tarzán.

—Sí, creo que eso sería probable —respondió el fun­cionario—, pero esta ciencia no ha avanzado lo sufi­ciente para proporcionar datos exactos sobre el par­ticular. No quisiera llevar sus descubrimientos más allá de la diferenciación entre individuos de la raza humana. En este aspecto son definitivos. Proba­blemente no existan dos personas nacidas en este pla­neta que tengan idénticas las líneas de todos sus dedos. Es extraordinariamente dudoso que una huella digi­tal tenga un duplicado exacto impreso por cualquier dedo que no sea el que la produjo en primer lugar. —¿Efectuar esa comparación lleva mucho tiempo o mucho trabajo? —terció D'Arnot.

—Normalmente sólo se tarda unos minutos, si las impresiones son claras.

D'Arnot se sacó del bolsillo un librito de tapas negras y empezó a hojearlo.

Tarzán se quedó mirando el libro, sorprendido. ¿Có­mo se las había arreglado DArnot para agenciárselo? D'Arnot lo dejó abierto en una página en la que se veían cinco pequeños borrones. Tendió el libro al policía, con la página descubierta. —Estas huellas, ¿son parecidas a las mías o a las de monsieur Tarzán? ¿Puedes determinar si son idén­ticas a las de uno u otro? El funcionario de policía tomó una potente lupa del escritorio y examinó cuidadosamente las tres mues­tras. Fue tomando notas en un taco de papel.

Tarzán comprendía ya el motivo de la visita al fun­cionario de policía.

En aquellas pequeñas manchas residía la solución al enigma de su existencia. Con los nervios en tensión, Tarzán se inclinaba al frente en el asiento, pero se relajó de pronto y se echó hacia atrás, con una sonrisa en los labios.

D'Arnot le dirigió una mirada sorprendida.

—Pasa por alto el detalle de que, durante años, el cadáver del niño que dejó esas huellas permaneció en la cabaña de su padre y que toda mi vida lo he vis­to en la cuna —recordó Tarzán con amargura.

El policía alzó la cabeza, atónito.

—Adelante, capitán, con tu examen —dijo DArnot—, luego te contaremos la historia… siempre y cuando monsieur Tarzán esté de acuerdo.

Tarzán asintió con la cabeza. —Pero sigo pensando que está loco, mi querido D'Arnot. Esos deditos están enterrados en la costa occidental de África.

—No lo sabemos a ciencia cierta, Tarzán —replicó D'Arnot—. Puede que sea así, pero si usted no es el hijo de John Clayton, ¿cómo rayos fue a parar a esa selva dejada de la mano de Dios en la que, salvo John Clayton, no puso el pie hombre blanco alguno?

—Se olvida de… Kala —recordó Tarzán.

—Prescindo de ella por completo —afirmó D'Arnot, contundente.

Mientras hablaban, los dos amigos se habían acer­cado al ventanal que daba al paseo. Permanecieron unos instantes allí, sumidos en sus propias reflexio­nes, mientras observaban sin verlo el raudal de aje­treadas personas que circulaban por la calle.

Llevará tiempo cotejar las huellas dactilares, pensaba D Arnot al volver la cabeza para mirar al fun­cionario de policía. Con gran sorpresa por su parte, el marino francés vio que el policía estaba arrellanado en su sillón y leía entusiasmado el contenido del diario de tapas negras. D'Arnot dejó oír una tosecilla. El funcionario alzó la vista, se dio cuenta de que le observaban y levan­tó el dedo índice en ademán que imponía silencio. D'Arnot volvió a mirar por la ventana y, al cabo de un rato, el funcionario de policía convocó: —Caballeros… Ambos se volvieron hacia él.

—Es evidente que hay mucho en juego. Un envite cuyo resultado depende en mayor o menor medida de la matemática precisión de este cotejo. En con­secuencia, les agradecería que dejasen el asunto en mis manos, en tanto regresa nuestro experto, mon­sieur Desquerc. Estará aquí de vuelta dentro de esca­sas fechas.

—Confié en conocer ese resultado al momento —se lamentó D'Arnot—. Monsieur Tarzán zarpa mañana para los Estados Unidos.

—Te garantizo que podrás cablegrafiarle el informe en cuestión de quince días —afirmó el funcionario—, aunque no me atrevo a asegurarte el resultado. Sí, existen semejanzas, pero… En fin, será mejor que deje­mos que sea monsieur Desquerc quien lo determine.

Capítulo 27. Reaparece el gigante

Un taxi se detuvo ante una antigua mansión de las afueras de Baltimore. Se apeó del vehículo un hombre de unos cuarenta años, apuesto y bien parecido, el cual pagó al taxis­ta y despidió el coche.

Instantes después, el pasajero del taxi entraba en la biblioteca de la vieja residencia. —¡Ah, señor Canler! —exclamó un anciano, al tiem­po que se levantaba para saludarle. —Buenas tardes, mi querido profesor —correspon­dió el recién llegado, mientras tendía la diestra cor­dialmente.

—¿,Quién le abrió la puerta? —preguntó el profesor. —Esmeralda.

—Entonces anunciará a Jane que ha llegado usted —dijo el anciano.

—No, profesor —repuso Canler—, porque he venido principalmente para verle a usted.

—Me siento muy honrado —agradeció el anciano. —Profesor —continuó Robert Canler, silabeando des­pacio, como si sopesara cuidadosamente sus pala­bras—. He venido esta tarde para hablar con usted acerca de Jane.

»Ya conoce usted mis deseos y ha sido usted lo sufi­cientemente generoso como para dar el visto bueno a mis aspiraciones.

El profesor Archimedes Q. Porter se removió inquie­to en su sillón. Aquel tema siempre le hacía sentir­se incómodo. No comprendía la razón. Canler era un partido estupendo.

—Pero Jane… —prosiguió Canler—. No consigo enten­derla. Nunca le falta una excusa u otra para darme largas. Cada vez que me despido de ella, siempre ten­go la sensación de que deja escapar un suspiro de alivio.

—Bueno, bueno —dijo el profesor Porter—. Vamos, vamos, señor Canler. Jane es una hija de los más obediente. Hará justo lo que yo le diga que haga.

—¿Cuento, pues, con su apoyo? —preguntó Canler, con un deje de tranquilidad matizando su voz. —Desde luego, señor, desde luego —confirmó el pro­fesor Porter—. ¿Cómo podría usted dudarlo? Ahí tiene usted al joven Clayton, ¿sabe? —sugirió Canler—. Lleva meses rondándola. Ignoro hasta qué punto se siente Jane atraída por él, pero, además del título, ese muchacho va a heredar de su padre bienes que constituyen una cuantiosa fortuna, y nada tendría de extraño que, al final, conquistara a Jane, a menos que… —Canler se interrumpió, sin acabar la frase.

—Bueno, bueno, señor Canler… ¿A menos que qué… ?

—A menos que se encargue usted de arreglarlo todo para que Jane y yo nos casemos inmediatamente —pre­cisó Canler, vocalizando las palabras lenta y clara­mente.

—Ya le sugerí a Jane que eso sería lo más conve­niente —declaró el profesor en tono triste—, puesto que no podemos atender los gastos de mantenimiento de esta casa y llevar el tren de vida que requiere el círcu­lo de amistades en el que alternamos aquí.

—¿Y qué contestó ella? —preguntó Canler.

—Dijo que aún no está preparada para casarse. Con nadie —respondió el profesor Porter—. Y que podría­mos irnos a vivir a la hacienda del norte de Wisconsin que le dejó su madre.

»Dará para mantenernos y un poco más. Los apar­ceros siempre le han sacado lo suficiente para vivir y, además, siempre han enviado algo de renta a Jane, año tras año. Mi hija tiene intención de que nos tras­lademos a la hacienda a principios de la semana pró­xima. Philander y el señor Clayton ya se adelantaron para tenerlo todo listo cuando lleguemos.

—¿Clayton ha ido allí? —exclamó Canler, visible­mente contrariado—. ¿Por qué no me lo dijeron a mí? Me habría alegrado mucho llegarme a esa granja y poner a punto todas las comodidades.

—Jane sabe que le debemos a usted demasiado, señor Canler —se excusó el profesor Porter.

Canler se aprestaba a responder, cuando el vestí­bulo sonaron unos pasos y Jane Porter apareció en la entrada de la pieza.

—¡Ah, perdón! —exclamó la muchacha, y se detuvo en el umbral—. Creí que estabas solo, papá. —Sólo soy yo, Jane —advirtió Canler, que se había puesto en pie—, ¿no quiere pasar e integrarse en este grupo familiar? Precisamente hablábamos de usted.

—Gracias —dijo Jane. Tras entrar, aceptó la silla que Canler le ofrecía—. Sólo quería decirle a mi padre que Tobey bajará mañana de la facultad a recoger sus libros. Quiero que te asegures, papá, de que señalas bien todas las cosas que no vas a necesitar hasta el otoño. Por favor, no te lleves a Wisconsin toda la biblioteca, como te la hubieras llevado a África si no llego a ponerme seria. —¿Estaba Tobey aquí? —preguntó el profesor Porter.

—Sí, acabo de decirle adiós. Esmeralda y él inter­cambian ahora experiencias religiosas en el porche trasero.

—¡Vaya, hombre, vaya, tengo que verle en segui­da! —dijo el profesor—. Perdonadme un momento, hijos. El profesor salió presuroso del cuarto.

En cuanto no pudo oír lo que decían, Canler se diri­gió a Jane.

—Veamos, Jane —abordó bruscamente—. ¿Cuánto tiempo se va a alargar esto? No se niega a casarse conmigo, pero tampoco me ha hecho ninguna pro­mesa. Quiero sacar la licencia matrimonial mañana mismo, para que podamos casarnos sin ceremonias aparatosas antes de que salga usted para Wisconsin. No deseo organizar ninguna fiesta por todo lo alto y estoy seguro de que usted taco. La joven se quedó de piedra, pero mantuvo la cabe­za valerosamente alta.

—Ya sabe que tal es el deseo de su padre —añadió Canler. —Sí, lo sé.

Las palabras de Jane apenas superaron el volu­men del susurro. Al cabo de unos segundos mani­festó, en tono gélido, contenido:

—¿Se da cuenta de que me está comprando? ¿De que me consigue a cambio de unos miserables dóla­res? Claro que sí que lo sabe, Robert Canler, y esa era la esperanza que alimentaba su cerebro cuando prestó el dinero a mi padre para esa aventura dispa­ratada, que a no ser por una circunstancia de lo más misterioso hubiera resultado un éxito económico de primera magnitud.

»Pero, usted, señor Canler, hubiera sido el más sor­prendido. Ni por asomo podía ocurrírsele que la empresa tuviese alguna probabilidad de salir bien. Es usted un hombre de negocios demasiado exper­to para suponer tal cosa. Un hombre de negocios demasiado bueno para prestar dinero a alguien que iba a invertirlo en la búsqueda de un tesoro enterra­do, o para prestar dinero sin garantías absolutas… a menos que tuviese usted algún otro objetivo en pers­pectiva.

»Sabía perfectamente que, al prestárselo a mi padre sin garantías, tenía en sus manos el honor de los Porter mucho mejor sujeto que con ellas. No ignora­ba que esa era la mejor arma para obligarme al matri­monio, sin dar la impresión de que me obligaba a casarme con usted.

»Nunca sacó a relucir el préstamo. En cualquier otro hombre, yo hubiera pensado que tal gesto pro­cedía de un alma noble y magnánima. Pero usted es taimado, señor don Robert Canler. Le conozco mejor de lo que cree.

»Ciertamente, me casaré con usted, si no veo medio de evitarlo, pero dejemos las cosas claras de una vez por todas.

Mientras la muchacha hablaba, el rostro de Robert Canler fue cambiando de color, pasando alternativa­mente del rojo al lívido y viceversa. Cuando Jane hubo terminado, el hombre se puso en pie y una sonrisa cínica onduló sus labios.

—Me asombra, Jane —dijo—. Creí que tenía más domi­nio de sí… más orgullo. Claro que no le falta razón. La estoy comprando y no ignoraba que usted lo sabía, pero supuse que preferiría fingir lo contrario. Pensé que el respeto que siente usted hacia su persona y el orgullo de los Porter le impedirían reconocer, ni siquie­ra ante sí misma, que era una mujer en venta. Pero que sea como a usted le plazca, mi querida joven —aña­dió en tono alegre, algo frívolo—. Va a ser mía y eso es lo único que me interesa.

Sin pronunciar palabra, Jane dio media vuelta y abandonó la estancia.

Sin haberse casado, por supuesto, Jane Porter par­tió hacia Wisconsin, acompañada de su padre y de Esmeralda. Cuando el tren arrancó, la muchacha dijo adiós fríamente a Robert Canler, que había ido a la estación a despedirla y que en el momento en que el convoy se ponía en marcha prometió a la joven que se reuniría con ellos en el plazo de una o dos semanas.

En la estación de destino los esperaban Clayton y el señor Philander, que acudieron a recibirlos con un gran automóvil de turismo, en el que emprendieron rápidamente la marcha en dirección norte, a través de espesos bosques, rumbo a la pequeña hacienda que la muchacha no había visitado desde que era niña.

El edificio de la granja se erguía en lo alto de una pequeña elevación del terreno, a unos cien metros de la casa de los aparceros. Había experimentado una profunda y total transformación en el curso de las tres semanas que Clayton y el señor Philander pasaron allí.

El primero había contratado a un pequeño ejército de carpinteros y enyesadores, de fontaneros y pinto­res, que llevó desde una ciudad distante y que con­virtieron lo que cuando llegaron no era más que un destartalado caserón en un precioso y acogedor hote­lito de dos plantas con todas las comodidades que pudieron procurarse en tan breve espacio de tiempo.

—¡Pero, señor Clayton! ¿Qué ha hecho usted? —se asustó Jane Porter. El corazón le dio un vuelco al pensar en las proporciones del importe a que ascen­derían aquellas reformas.

—¡A callar! —le advirtió Clayton—. No permita que su padre sospeche. Si usted no da muestras de extra­ñeza ni dice nada, él ni siquiera se dará cuenta. Lo cierto es que no podía consentir que viviese en el espantoso tugurio, rebosante de ruina y suciedad, que encontramos el señor Philander y yo. Y esto es muy poco, en comparación con lo que me gustaría hacer, Jane. En atención a su padre, por favor, no se le ocurra mencionarlo.

—Pero a usted le consta que no podemos devolvér­selo —protestó la joven—. ¿Por qué quiere imponerme una deuda tan tremenda?

—No se trata de usted, Jane —se explicó Clayton en tono apesadumbrado—. Si fuera sólo por usted, créa­me que no lo habría hecho, porque desde el primer momento he sabido que lo único que conseguiría iba a ser que me mirase con malos ojos. Pero es que no soportaba la idea de ver a ese querido anciano vivien­do en el antro que encontramos al venir aquí. ¿Por qué no me hace el favor de creer que lo hice por él y me concede al menos esa menudencia de satisfacción?

—Le creo, señor Clayton —dijo la muchacha—, por­que le conozco y sé que es lo bastante espléndido y desinteresado como para haberlo hecho sólo por él… y, ¡ah! Cecil, quisiera poder pagarle como se mere­ce… ¡y como a usted le gustaría!

—¿Por qué no puede, Jane?

—Porque amo a otro.

—¿A Canler?

—No.

—Pero va a casarse con él. El propio Canler me lo dijo cuando me disponía a salir de Baltimore. La joven esbozó una mueca.

—No lo quiero —afirmó, casi con altivez.

—¿Es a causa del dinero, Jane?

La muchacha asintió con la cabeza.

—¿Eso significa, pues, que soy mucho menos atrac­tivo que Canler? También soy bastante rico, tengo dinero para cubrir todas nuestras posibles necesi­dades y más —dijo Clayton amargamente.

—No le quiero, Cecil —repuso Jane—, pero le respe­to. Si he de deshonrarme formalizando semejante trato con un hombre, prefiero hacerlo con uno al que desprecie. Yo aborrecería al hombre que me comprara y que me aceptase sabiendo que no lo amo, sea quien fuere ese hombre. Usted será más feliz soltero —concluyó—, pero contando con mi respeto y mi amistad, que casado conmigo y recibiendo a todas horas mi desprecio.

El joven no insistió más, pero si alguna vez un hom­bre albergó instintos asesinos en su corazón, ese hombre fue William Cecil Clayton, lord Greystoke, cuan­do, una semana después, Robert Canler detuvo su ron­roneante seis cilindros frente al edificio de la granja.

Transcurrió una semana, una semana cargada de tensión, sin incidencias de importancia, pero incó­moda y violenta para todos los moradores de la casi­ta de la hacienda de Wisconsin.

Canler no cesaba de apremiar para que la boda se celebrase de inmediato.

Al final, la joven accedió, por pura náusea, asquea­da de tanto aguantar la continua, cargante y odiosa insistencia del plúmbeo galán.

Se acordó que, a la mañana siguiente, Canler se acercaría a la ciudad, al volante de su automóvil, en busca de la licencia matrimonial y de un pastor. Clayton se hubiera ido en cuanto se anunció el pro­yecto, pero la mirada cansina y desesperada de Jane le retuvo. No podía abandonarla.

Aún quedaba la posibilidad de que ocurriese algo y el muchacho trató de consolarse con esa idea. En el fondo de su mente sabía que sólo se precisaba un minúsculo chispazo para que su odio hacia Canler se transformara en sanguinario instinto ase­sino.

A la mañana siguiente, temprano, Canler partió rumbo a la ciudad.

Por el este se vislumbraba un velo de humo que flotaba sobre los árboles, rozando sus copas. Una semana antes se había declarado un incendio fores­tal no lejos de donde se encontraba la hacienda, pero los vientos soplaban hacia el oeste y las llamas no les amenazaban.

Cerca del mediodía, Jane salió a dar un paseo. No permitió que Clayton la acompañase. Dijo que que­ría estar sola y él respetó sus deseos.

En la casa, el profesor Porter y el señor Philander estaban inmersos en una profunda discusión rela­tiva a algún importante problema científico.

Esmeralda dormitaba en la cocina y Clayton, que apenas había podido pegar ojo la noche anterior, se echó en el sofá de la sala de estar, cerró sus ojos rebo­santes de insomnio y se entregó a una especie de sopor irregular.

Por el este, los negros nubarrones de humo ascen­dieron hacia las alturas celestes, empezaron de pronto a formar remolinos y luego se desplazaron con rapi­dez en dirección oeste.

Avanzaban de modo uniforme. Los aparceros de la hacienda no se hallaban en casa, porque era día de mercado, y nadie se apercibió de la celérica aproxi­mación del devastador demonio del fuego. Las llamas no tardaron en cruzar la carretera del sur y cortar el camino de regreso de Canler. Una leve osci­lación del viento condujo el frente del incendio forestal hacia el norte; después sopló en sentido contrario y las llamas casi se detuvieron del todo, como si una mano hubiese tirado de la traílla que las dominaba.

De súbito, por el nordeste apareció un enorme auto­móvil negro, que rodaba a toda velocidad carretera adelante.

Se detuvo con una brusca sacudida delante del hotelito y un gigante de pelo negro saltó del vehícu­lo y corrió al porche. Irrumpió en el edificio sin inte­rrumpir para nada su carrera. Clayton seguía acos­tado en el sofá. El hombre se paró en seco, sorprendido, pero luego se situó de un brinco jun­to al durmiente.

Al tiempo que lo sacudía enérgicamente por un hombro, exclamó:

—¡Dios mío, Clayton! ¿Es que aquí están todos locos? ¿No sabe que las llamas les rodean casi por com­pleto? ¿Dónde está la señorita Porter?

Clayton se puso en pie de un salto. No reconoció a aquel hombre, pero sí entendió sus palabras y en dos zancadas se plantó en el porche.

—¡Scott! —gritó, y, acto seguido, se precipitó de nue­vo al interior de la casa—. ¡Jane! ¡Jane! ¿Dónde está?

En cuestión de segundos Esmeralda, el profesor Porter y el señor Philander se reunieron con los dos hombres.

—¿Dónde está la señorita Jane? —se exaltó Clayton, mientras cogía a Esmeralda por los hombros y la sacu­día brutalmente.

—Oh, Dios me valga, señor Clayton, salió a dar un paseo.

—¿Todavía no ha vuelto?

Sin esperar respuesta, Clayton salió disparado al patio, seguido por los demás.

—¿Por dónde se fue? —preguntó a Esmeralda el gigante de negra cabellera.

—Carretera abajo —gritó la aterrada mujer, y seña­ló hacia el sur, por donde se alzaba una densa mura­lla de llamas rugientes que impedía ver más allá.

—Que todos suban al otro coche —indicó a Clayton el desconocido recién llegado—. Al llegar he visto que había uno. Lléveselos, aléjese con ellos por la carre­tera del norte. Deje aquí mi automóvil. Si encuentro a la señorita Porter, nos hará falta. Si no, nadie lo nece­sitará. Haga lo que le digo —apremió, al ver que Clayton titubeaba.

A continuación vieron alejarse a la gigantesca figu­ra, que atravesó la explanada con paso rápido y flexible, hacia el noroeste, donde las llamas aún no habían tocado el bosque.

Todos tuvieron la inexplicable sensación de que acababan de quitarles de encima de los hombros una enorme responsabilidad, al tiempo que experimen­taban una especie de confianza implícita en la capa­cidad de aquel extraño para salvar a Jane, si era posi­ble salvarla.

—¿Quién es? —preguntó el profesor Porter.

—No lo sé —respondió Clayton—. Me llamó por mi nombre y conocía a Jane, ya que me preguntó por ella. Y también llamó a Esmeralda por su nombre.

—En ese hombre hay algo que me resulta familiar —exclamó el señor Philander—. Y, no obstante, Dios san­to, estoy seguro de que es la primera vez que lo veo.

—¡Vaya, vaya! —profirió el profesor Porter—. ¡De lo más extraordinario! ¿Quién podría ser? ¿Y por qué tengo la sensación de que Jane está a salvo, ahora que ese hombre ha ido en su busca?

—No puedo responderle, profesor —dijo Clayton, serio—, pero tengo esa misma extraña sensación. »¡Pero, venga! —animó—. Tenemos que salir de aquí en seguida, si no queremos que el fuego nos corte la retirada.

Todos corrieron hacia el automóvil de Clayton.

Cuando Jane dio media vuelta para desandar lo andado y regresar a casa, la alarma se apoderó de ella al notar lo cerca que parecía flotar el humo del incendio y, mientras aceleraba la marcha, la alar­ma se convirtió en algo muy próximo al pánico al darse cuenta de la rapidez con que las llamas se abrían paso en la foresta para interponerse entre ella y el hotelito de la hacienda. Por último, no tuvo más remedio que adentrarse por la espesura del bosque e intentar dar un rodeo, como fuera, en torno a las llamas para alcanzar la casa.

Tardó muy poco en hacerse evidente para ella la inutilidad del intento y en seguida se percató la joven de que su única esperanza consistía en volver sobre sus pasos, hacia la carretera y luego volar en direc­ción sur, rumbo a la ciudad.

Los veinte minutos que tardó en alcanzar la carre­tera fueron tiempo suficiente para que las llamas le cortasen la retirada con la misma eficacia que antes le habían bloqueado el avance.

Sólo pudo recorrer un breve tramo del camino antes de verse obligada a hacer un brusco alto, al ver que frente a ella se levantaba otro muro de fuego. Un ramal de aquel siniestro incendio se había desmem­brado del cuerpo principal a cosa de kilómetro y medio, por el sur, y envolvía ahora con sus garras implacables aquella pequeña franja de carretera.

Jane comprendió que era inútil repetir el intento de abrirse paso a través de la maleza. Ya había probado una vez y fracasó. Comprendió entonces que, en cuestión de minutos, todo el espa­cio, comprendido entre los frentes de fuego del norte y el del sur sería una ingente masa de llamas ondu­lantes.

Sosegadamente, la muchacha se arrodilló sobre el polvo del camino y rezó pidiéndole a Dios fortaleza de ánimo para afrontar su destino con valor. También le pidió que librara de la muerte a su padre y a sus amigos.

De pronto, oyó que, en el bosque, alguien voceaba su nombre: —¡Jane! ¡Jane Porter!

Sonaba fuerte y claro, pero la voz le era desconocida.

—¡Aquí! —gritó la joven—. ¡Aquí! ¡En la carretera!

Vio entonces una figura que se desplazaba por entre las ramas con la rapidez de una ardilla. Un cambio de dirección del viento impulsó una nube de humo, que los envolvió, y la muchacha per­dió de vista al hombre que avanzaba hacia ella.

Súbitamente, notó que un brazo largo y robusto la rodeaba. Se vio levantada en peso y, a continuación, el aire le azotó el rostro y, de cuando en cuando, sin­tió el roce de alguna rama, mientras alguien la lle­vaba en volandas.

Abrió los ojos.

Abajo, a bastante distancia, se encontraba el sue­lo y la maleza que lo cubría.

A su alrededor, el follaje de la enramada.

El hombre gigantesco que la llevaba iba saltando de árbol en árbol y Jane creyó estar viviendo en sue­ños la misma experiencia que tuvo en aquella lejana selva de África.

¡Ah, si fuese el mismo hombre que tan velozmen­te la llevó aquel día a través del enmarañado follaje! Y, sin embargo, ¿qué otra persona en todo el mun­do tendría la fuerza y la agilidad que se necesitaban para hacer lo que aquel hombre estaba haciendo?

Lanzó inopinadamente una furtiva mirada a aquel rostro que tenía tan cerca del suyo… y emitió un sobresaltado jadeo. ¡Era él!

—¡Mi hombre de la selva! —susurró—. ¡No es posible, debo estar delirando!

—Sí, tu hombre, Jane Porter. Tu hombre primitivo y salvaje que llega de la jungla para reclamar a su compañera… —Añadió en tono casi fiero—: La mujer que huyó de él.

—Yo no huí —murmuró Jane—. Sólo accedí a mar­charme después de obligarles a todos a esperar una semana, a ver si volvías.

Habían llegado ya a un punto lejos del incendio y el hombre se volvió hacia el claro. Caminaron juntos, uno al costado del otro, hacia la casa de la hacienda. El viento cambió de dirección una vez más y el fuego retrocedió, ardiendo sobre sí mismo… Una hora más así y se habría consumido. —¿Por qué no regresaste? —preguntó la muchacha. —Tuve que cuidar a D'Arnot. Estaba muy grave. —¡Ah, lo sabía! —exclamó Jane.

—Dijeron que habías ido a reunirte con los negros… que los indígenas eran tu pueblo. Tarzán se echó a reír.

—Pero no les creíste, ¿verdad, Jane?

—No… ¿cómo he de llamarte? —preguntó—. ¿Cuál es tu nombre?

—Cuando me conociste, yo era Tarzán de los Monos. —¡Tarzán de los Monos! —se sorprendió Jane—. Entonces, ¿la carta a la que respondí al marcharme era tuya?

—Sí, ¿de quién creías que era?

—Lo ignoraba, lo único que sabía era que no podía ser tuya porque Tarzán de los Monos la escribió en inglés y tú eras incapaz de entender una sola pala­bra de cualquier idioma.

Estalló de nuevo la alegre carcajada de Tarzán.

—Es una larga historia, pero lo que pasaba era que escribía lo que no me era posible expresar de viva voz… y ahora D'Arnot ha empeorado las cosas al ense­ñarme a hablar francés en vez de inglés. »Vamos —invitó—, sube a mi coche; tenemos que alcanzar a tu padre y a los demás. Van por delante, pero no mucho.

Mientras conducía, preguntó:

—Entonces, cuando decías en tu carta destinada a Tarzán de los Monos que amabas a otro… ¿acaso te referías a mí?

—Es posible —repuso Jane simplemente.

—Pero en Baltimore… ¡Ah, no sabes cómo te bus­qué y lo que me ha costado dar contigo!… En Bal­timore me dijeron que posiblemente ya estarías casada. Que un hombre llamado Canler había veni­do a desposarte. ¿Es cierto?

—Sí.

—¿Le quieres?

—No.

—Y a mí, ¿me quieres a mí?

La joven enterró el rostro entre las manos.

—Estoy prometida a otro hombre. No puedo contes­tarte, Tarzán de los Monos.

—Tienes que contestarme. Veamos, ¿por qué vas a casarte con un hombre al que no quieres? —Mi padre le debe dinero.

A la memoria de Tarzán acudió de pronto el recuer­do de la carta que había leído… así como el nombre de Robert Canler y los problemas que entonces no logró entender. Sonrió. —Si tu padre no hubiese perdido el tesoro, no te verías obligada a mantener tu promesa con ese indi­viduo, ese tal Canler, ¿no es así?

—Podría pedirle que me liberase de ella.

—¿Y si él se negara?

—Cumpliría mi promesa.

Tarzán guardó silencio durante unos segundos. El automóvil avanzaba a bastante velocidad por aque­lla carretera sembrada de baches. El incendio seguía crepitando amenazador a su derecha y otro cambio de dirección del viento podía lanzar las furiosas lla­mas sobre ellos y cortarles la vía de escape.

Por último, dejaron a su espalda el punto de peli­gro y Tarzán redujo la marcha. —¿Supón que se lo pido yo? —aventuró Tarzán.

—Difícilmente accedería a la petición de un desco­nocido —repuso la joven—. En especial a uno que me quiere para él.

Terkoz lo hizo —recordó Tarzán, torvamente.

Jane se estremeció y alzó la cabeza, temerosa, para mirar la gigantesca figura que iba a su lado. Com­prendió que se refería al gran antropoide al que había matado por defenderla. —Esto no es la selva africana —recordó Jane—. Ya no eres una bestia salvaje. Eres un caballero y los caba­lleros no matan a sangre fría.

—En el fondo, sigo siendo una fiera salvaje —articu­ló Tarzán en voz baja, como si hablara consigo mismo.

El silencio volvió a caer sobre ellos.

—Jane —preguntó Tarzán por último—, si no estuvie­ses ligada a ese compromiso, ¿te casarías conmigo? La muchacha no respondió en seguida, pero él aguardó pacientemente.

Jane se esforzaba en ordenar sus ideas. ¿Qué sabía de aquella extraña criatura que iba a su lado? ¿Qué sabía él de su propia persona? ¿Quién era? ¿Quiénes eran sus padres?

Porque, incluso su nombre sugería un origen enig­mático y tenía reminiscencias de vida selvática. En realidad, no tenía nombre. ¿Acaso ella podría ser feliz con aquel ser abandonado en la jungla? ¿Podría encontrar algún punto en común con un marido que se había pasado la vida en las copas de los árboles de la soledad africana, alternando y pelean­do con feroces antropoides; desgarrando los flancos temblorosos de una presa recién sacrificada, hun­diendo su potente dentadura en la carne cruda y arrancando la parte que le correspondía mientras sus compañeros gruñían y bregaban en torno suyo, tra­tando de conseguir su ración?

¿Podría elevarse hasta el nivel propio de la esfera social en que ella alternaba? ¿Podría ella soportar la idea de descender al medio ambiente en que se movía él? ¿Podrían cada uno de ellos ser felices uni­dos en un matrimonio tan desigual?

—No me has contestado —dijo Tarzán—. ¿Tienes mie­do de herirme?

—No sé que responderte —confesó Jane tristemen­te—. Ni siquiera sé qué pensar.

—¿No me quieres, pues? —insistió él, en tono normal.

—Vale más que no me lo preguntes. Serás más feliz sin mí. Nunca podrás adaptarte a los compromisos, cortapisas y formalismos de la sociedad… La civili­zación te resultará insoportable y no tardarás en año­rar la libertad de tu antigua vida, una existencia para la que me considero tan poco preparada como ina­decuado puedes sentirte tú para la mía.

—Me parece que te entiendo —repuso Tarzán sose­gadamente—. No voy a acuciarte, porque prefiero ver­te a ti feliz que ser feliz yo. Ahora comprendo que de ninguna manera podrías ser feliz con… un mono.

En su tono se apreció un leve matiz de amargura.

—No —protestó Jane—. No digas eso. No entiendes…

Pero antes de que tuviese tiempo de continuar, doblaron una curva que surgió repentinamente y se encontraron en medio de un caserío.

Ante ellos se encontraba el automóvil de Clayton y, a su alrededor, los miembros del grupo que había trasladado allí desde el hotelito de la hacienda.

Capítulo 28. Conclusión

Al ver a Jane, de los labios de todos brotaron gritos de alivio y alborozo y cuando Tarzán detuvo el vehícu­lo junto al otro automóvil, el profesor Porter corrió a abrazar a su hija.

Transcurrieron unos segundos antes de que alguien reparase en Tarzán, que continuó sentado al volan­te, en silencio.

Clayton fue el primero en acordarse de él. Se vol­vió y le tendió la mano.

—¿Cómo podremos agradecérselo? —exclamó—. Nos ha salvado a todos. Me llamó usted por mi nombre en la casa, pero me parece que soy incapaz de recor­dar el suyo, aunque hay algo en su persona que me resulta muy familiar. Es como si le hubiese conoci­do hace mucho tiempo, en otras y distintas circuns­tancias. Tarzán sonrió, al tiempo que estrechaba la mano que se le ofrecía.

—Tiene usted toda la razón, monsieur Clayton —dijo, en francés—. Me perdonará si no le hablo en inglés, pero es que lo estoy aprendiendo ahora y, aunque lo entiendo sin dificultades, lo hablo muy mal.

—¿Pero quién es usted? —insistió Clayton, esta vez en francés también él.

—Tarzán de los Monos.

Clayton dio un respingo hacia atrás a causa de la sorpresa.

—¡Por Júpiter! —cayó Clayton en la cuenta—. Es verdad.

El profesor Porter y el señor Philander se apresura­ron a unir su agradecimiento al de Clayton y a mani­festar su sorpresa y satisfacción al reencontrar a su amigo de la selva tan lejos de su salvaje hogar.

El grupo entró en la modesta hostería del lugar, donde Clayton no tardó en encontrar acomodo y en conseguir que les atendieran.

Estaban sentados en el reducido y mal ventilado salón del hostal cuando atrajeron su atención los reso­plidos mecánicos de un automóvil que se acercaba.

El señor Philander, que ocupaba un asiento jun­to a la ventana, miró al exterior y vio al vehículo apro­ximarse y frenar junto a los otros dos coches.

—¡Dios santol —se le escapó al señor Philander, con un deje de fastidio en la voz—. Ahí está el señor Canler. Había confiado en que… ejem… había pen­sado en… ejem… —acabó a trancas y barrancas— en lo estupendo que hubiera sido… que el fuego le hubiese pescado en medio.

—¡Bueno, bueno, señor Philander! —dijo el profe­sor Porter—. ¡Bueno, bueno! A menudo aconsejo a mis alumnos que cuenten hasta diez antes de hablar. Si yo fuese usted, señor Philander, contaría por lo menos hasta mil y después mantendría un discre­to silencio.

—¡Dios bendito, sí! —se mostró de acuerdo el señor Philander—. ¿Pero quién es el caballero de aspecto eclesiástico que le acompaña?

Jane se quedó blanca como el papel.

Clayton se agitó inquieto en la silla.

El profesor Porter se quitó las gafas nerviosamen­te, echó el aliento sobre los cristales, pero volvió a colocárselas en la nariz sin limpiarlas.

La ubicua Esmeralda dejó oír un gruñido.

El único que no entendía nada era Tarzán.

Robert Canler irrumpió en la estancia.

—¡Gracias a Dios! —exclamó—. Temía lo peor, hasta que vi su automóvil, Clayton. El fuego me cortó el paso en la carretera del sur y tuve que dar media vuel­ta y dirigirme a la ciudad y luego desviarme al este hacia esta carretera. Creí que nunca iba a llegar a la casa.

Nadie manifestó el menor entusiasmo. Tarzán miró a Robert Canler como Sabor miraba a sus presas. Jane captó aquella mirada y carraspeó intranquila.

—Señor Canler —intervino—, le presento a monsieur Tarzán, un viejo amigo.

Canler se volvió hacia él y le tendió la mano. Tarzán se levantó y ejecutó una reverencia como sólo D'Arnot hubiera podido enseñar a ejecutar a un caballero, pero hizo como que no veía la mano de Canler.

Tampoco éste pareció reparar en el feo a que se le sometía.

Jane, le presento al reverendo Tousley —dijo Canler, y se volvió hacia el clérigo, situado a su espalda—. Señor Tousley, la señorita Porter.

El reverendo Tousley se inclinó. Una sonrisa radian­te iluminó su rostro.

Canler lo presentó a los demás.

—Podemos celebrar la ceremonia ahora mismo, Jane —tuteó Canler a la muchacha—. Así tú y yo podremos tomar el tren que pasa por la ciudad a medianoche.

Tarzán comprendió el plan automáticamente. Entrecerrados los párpados, lanzó una ojeada a Jane, pero se mantuvo inmóvil.

La joven vacilaba. Planeó por la estancia un silen­cio tenso, propio de la tirantez que afectaba a los ner­vios de los presentes.

Todos los ojos se posaron en Jane, a la espera de su contestación.

—¿No podríamos esperar unos días? —propuso la joven—. Estoy un poco desquiciada… ¡Me han ocurri­do hoy tantas cosas… !

Canler percibió la hostilidad que emanaba de cada uno de los reunidos.

Se indignó.

—Hemos esperado más de lo que estaba dispuesto a esperar —protestó en tono brusco—. Prometiste casar­te conmigo. No pienso seguir siendo un juguete con el que te diviertas. Tengo la licencia y aquí está el pas­tor. Adelante, reverendo Tousley, vamos, Jane. Hay cantidad de testigos… más de los que se necesitan.

Al tiempo que pronunciaba tales palabras en tono desagradable cogió a Jane Porter por un brazo y echó a andar con ella hacia el pastor.

Pero Canler apenas había dado un paso cuando una mano enérgica se cerró sobre su antebrazo como un grillete de acero.

Otra mano salió disparada hacia su garganta, lo levantó del suelo y lo sacudió en el aire, como un gato pudiera agitar a un ratón.

Con horrorizada sorpresa, Jane se volvió hacia Tarzán.

Al mirarle la cara observó sobre su frente aquella franja carmesí que ya había visto otra vez, en la leja­na África, cuando Tarzán de los Monos se enzarzó en combate a muerte con el gran antropoide, Terkoz.

Comprendió que el deseo de asesinar latía en aquel corazón salvaje y, con un grito de espanto, se preci­pitó hacia el hombre—mono para suplicarle clemen­cia. Pero temía más por Tarzán que por Canler. No ignoraba el riguroso castigo que la justicia imponía al culpable de homicidio.

Sin embargo, antes de que la muchacha llegase a ellos, Clayton ya se había puesto de un salto junto a Tarzán e intentaba liberar a Canler de la presa que lo atenazaba.

Un simple movimiento del poderoso brazo despi­dió al inglés al otro extremo de la sala y, al instan­te, la blanca mano de Jane se posó firmemente en la muñeca de Tarzán y los ojos de la muchacha se cla­varon en los del hombre—mono.

—Hazlo por mí —rogó.

La mano que apretaba el cuello de Canler aflojó la presión. —¿Quieres que esto siga viviendo? —se extrañó Tarzán.

—No quiero que muera a tus manos —respondió ella—. No quiero que te conviertas en un asesino. Tarzán separó la mano de la garganta de Canler.

—¿La libera de su promesa? —preguntó a Canler—. Es el precio de su vida.

Canler asintió con la cabeza, mientras jadeaba en busca de aire.

—¿Se largará y no volverá a molestarla nunca más?

Canler asintió de nuevo con la cabeza, contraído el semblante por el miedo a la muerte que tan de cer­ca había tenido.

Tarzán le soltó y Canler anduvo dando traspiés hacia la puerta. Apenas unos segundos después de que hubiese desaparecido, le fue a la zaga el aterro­rizado pastor.

Tarzán se volvió hacia Jane.

—¿Puedo hablar un momento contigo a solas? —pre­guntó.

La muchacha dijo que sí con la cabeza y se enca­minó a la puerta que daba al pequeño porche de la hostería. Al salir, para esperar fuera a Tarzán, no oyó la conversación ulterior.

—¡Aguarde! —llamó el profesor Porter, cuando Tarzán se disponía a imitar el ejemplo de Jane.

La sorpresa que le causó el precipitado desarro­llo de los acontecimientos había dejado atónito al profesor.

—Antes de que sigamos adelante, señor, me gusta­ría que se me explicase el significado de los sucesos que acaban de sobrevenir. ¿Con qué derecho, señor, se interfiere usted en un asunto que concierne exclu­sivamente a mi hija y al señor Canler? Sepa que había prometido al señor Canler la mano de Jane, caballe­ro, y al margen de nuestras simpatías o antipatías personales, tal promesa ha de cumplirse.

—Me he entrometido, profesor Porter —respondió Tarzán—, porque su hija no quiere al señor Canler… no desea casarse con él. Y eso es cuanto necesito saber para tomar cartas en el asunto. —Pues no sabe lo que ha hecho —dijo el profesor Porter—. Ahora se negará a casarse con ella.

—Eso, seguro —confirmó Tarzán, contundente.

Añadió:

—Es más, a partir de ahora no tendrá usted que preocuparse de lo que pueda sufrir su orgullo, pro­fesor Porter, porque en cuanto llegue usted a casa estará en situación de devolver a ese Canler la can­tidad que le adeuda.

—¡Bueno, bueno, señor! —exclamó el profesor Porter—. ¿Qué insinúa?

—Le notifico que ha aparecido su tesoro —anunció Tarzán.

—¿Qué… qué está diciendo? —preguntó el profesor—. Está loco, hombre. No es posible.

—A pesar de todo, sí es posible. Fui yo quien se lo llevó, sin conocer su valor ni saber a quién perte­necía. Vi cómo lo enterraban los marineros y, lo mismo que hubiera hecho un mono, lo saqué y vol­ví a enterrarlo en otro lugar. Cuando D'Arnot me explicó de qué se trataba y lo que significaba para usted, volví a la jungla y lo recuperé. Ese tesoro había ocasionado ya tantos crímenes, tanto dolor y sufrimiento que D'Arnot opinó que lo mejor sería abstenerse de trasladarlo aquí, como era mi in­tención, de modo que, en vez del cofre, he traído una carta de crédito.

Tarzán se sacó del bolsillo un sobre y se lo tendió al perplejo profesor.

—Aquí lo tiene, profesor Porter: doscientos cuaren­ta y un mil dólares. El tesoro lo tasaron unos exper­tos concienzuda y escrupulosamente pero si su cere­bro alberga alguna duda, el propio D'Arnot lo tiene ahora en custodia, por si prefiere usted recibirlo en vez de la carta de crédito.

—Al enorme cúmulo de obligaciones que tenemos contraídas con usted —articuló el profesor con voz temblorosa— se añade ahora el más formidable de los favores. Me ha proporcionado usted los medios para salvar mi honor.

En la sala volvió a entrar Clayton, que había sali­do en pos de Canler.

—Perdonen —dijo—, creo que lo mejor que podemos hacer es llegarnos a la ciudad antes de que oscu­rezca y coger el primer tren que nos lleve fuera de este bosque. Un vecino que acaba de llegar del norte infor­ma que el incendio avanza en esta dirección.

El anunció puso coto a todas las conversaciones y el grupo salió y se encaminó a los automóviles. Clayton, Jane, el profesor y Esmeralda ocuparon el vehículo del primero, mientras Tarzán acomodó en el suyo al señor Philander.

—¡Dios bendito! —exclamó el hombre cuando el coche arrancó detrás del de Clayton.

—¿A quién se le hubiera ocurrido pensar que esto fuese posible? La última vez que le vi era usted un auténtico salvaje, que se desplazaba entre las ramas de un bosque del África tropical y ahora conduce un automóvil francés por una carretera de Wisconsin. ¡Santo Dios! Esto es de lo más extraordinario.

—Sí —convino Tarzán, para inquirir, tras una pau­sa—: Señor Philander, ¿recuerda usted las circuns­tancias del hallazgo y entierro de los tres esqueletos que había en mi cabaña de la selva africana? —Con todo detalle, señor, y con toda claridad —res­pondió el señor Philander.

—¿Notó algo peculiar en alguno de aquellos esque­letos?

El señor Philander, entornados los ojos, escudriñó el rostro de Tarzán. —¿Por qué lo pregunta?

—Saberlo representa mucho para mí —dijo Tarzán—. Su respuesta puede aclararme un misterio. Y lo peor que puede hacer esa contestación es dejar el miste­rio como está. Desde hace dos meses tengo una teo­ría acerca de esos esqueletos y me gustaría que res­pondiese usted a mi pregunta lo mejor que pueda: los esqueletos que enterraron, ¿correspondían los tres a seres humanos?

—No —repuso el señor Philander—, el más pequeño, el que encontramos en la cuna, era el esqueleto de un mono antropoide.

—Gracias —expresó Tarzán.

En el coche que iba delante, Jane se esforzaba en pensar con la máxima rapidez. Se daba perfec­ta cuenta del motivo que impulsó a Tarzán a pedir­le que charlase con él unos instantes y no ignora­ba que debía estar preparada para darle una contestación en seguida.

Tarzán no era la clase de persona dispuesta a acep­tar excusas ni a que diesen largas y, de cualquier modo, eso era algo que le hacía preguntarse si real­mente aquel hombre no la asustaba. ¿Podría amar a una persona a la que temía?

Comprendía el sortilegio que la hechizó en las pro­fundidades de aquella jungla remota, pero no existía encantamiento alguno ahora en la prosaica Wisconsin.

Ni tampoco el atractivo e inmaculado joven fran­cés influía sobre la mujer primitiva que se albergaba en el fondo de ella como influyó el robusto dios áureo de la selva.

¿Le amaba? En aquel momento no lo sabía.

Lanzó a Clayton una mirada de reojo. ¿No respon­día a sus aspiraciones aquel hombre educado en la mis­ma escuela y ambiente que ella, un hombre culto y de buena posición social, es decir, un hombre que poseía los elementos principales que le había enseñado a con­siderar como básicos de toda relación idónea?

¿No apuntaba su buen juicio hacia aquel aristó­crata inglés, —cuyo amor era precisamente el que anhelaría cualquier dama civilizada, señalándole como el lógico mejor compañero para una muchacha de su condición?

¿Podría amar a Clayton? No se le ocurría razón alguna que se lo impidiera. Jane no era mujer fría y calculadora por naturaleza, pero su educación, el ambiente en que había alternado y sus antecedentes genéticos se combinaron para enseñarle a razonar incluso en cuestiones del corazón. Que en aquella remota selva africana la fortaleza de aquel gigantesco joven la hubiera llevado en volandas, cogida en brazos, y que, de nuevo lo hubie­se repetido aquel mismo día en un bosque de Wis­consin, que todo eso la hubiera seducido sólo le pare­cía atribuible a una momentánea reversión mental: a la atracción psicológica que el hombre primitivo ejercía sobre la mujer primitiva que anidaba en su naturaleza.

Si no volviera a tocarla nunca más, se dijo, no vol­vería a sentirse atraída hacia él. Así pues, no lo había querido. Lo que sintió no fue más que una alucinación pasajera, superinducida por la excitación y el con­tacto personal.

Pero, de casarse con él, la excitación no presidi­ría siempre sus relaciones futuras y, con el paso del tiempo, la familiaridad debilitaría el vigor del contacto personal. Miró de nuevo a Clayton. Era un hombre guapo, apuesto y un caballero de pies a cabeza. Se sentiría orgullosa de un marido así.

Y entonces Clayton tomó la palabra. Un momen­to antes o después habría representado una diferen­cia tremenda para las vidas de tres personas. Pero el azar intervino para indicarle a Clayton el instante oportuno.

—Ahora es usted libre, Jane —señaló—. ¿Por qué no me da el sí? Dedicaría la vida a hacerla feliz, muy feliz.

—Sí —susurró la muchacha.

Aquella misma tarde en la pequeña sala de espera de la estación, Tarzán abordó a Jane en un momen­to en que la encontró sola.

—Ahora eres libre, Jane —dijo—, y yo he venido a tra­vés de los siglos, desde un pasado nebuloso y remo­to, desde la caverna del hombre primitivo, con objeto de reclamarte para mí. Por ti me he convertido en hom­bre civilizado. Por ti he cruzado océanos y continen­tes. Por ti llegaré a ser lo que quieras que sea. Puedo hacerte feliz, Jane, en el mundo y en la vida que mejor conoces y más quieres. ¿Te casarás conmigo?

Por primera vez, Jane comprendió la intensidad y la profundidad del amor de aquel hombre… La enor­me cantidad de cosas que, en tan corto espacio de tiempo, había hecho impulsado por el amor que sentía hacia ella. Jane volvió la cabeza y hundió el rostro entre los brazos.

¿Qué había hecho? Por miedo a sucumbir a las súplicas de aquel gigante había destruido los puen­tes situados a su espalda… Por culpa de sus temo­res ante la posibilidad de cometer un terrible error, había cometido una equivocación más grave.

Y entonces se lo confesó todo. Le contó toda la ver­dad, palabra por palabra, sin buscar excusas ni pedir perdón por su error.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Tarzán—. Reco­noces que me quieres. Sabes que yo te quiero. Pero desconozco las normas éticas que rigen tu sociedad. Dejaré que seas tú quien tome la decisión, ya que eres tú quien mejor sabrá lo que conviene a tu bienestar futuro.

—No puedo decirle una cosa así, Tarzán —se lamen­tó Jane—. Él también me quiere y es un buen hombre. Si no cumpliese la promesa que he dado a Clayton, nunca podría mirarte a la cara, ni a ti ni a ninguna persona decente… Tendré que cumplirla y tú debes ayudarme a llevar esta pesada carga, aunque es muy posible que después de esta noche tú y yo no volva­mos a vernos.

Los demás empezaron a entrar en la sala y Tarzán se puso a mirar por la ventana.

Pero no veía nada hacia fuera. Hacia dentro, en su imaginación, se le ofrecía el cuadro formado por una pequeña pradera de verde césped, rodeada por una masa compacta de maravillosas plantas y flores tro­picales, sobre las que ondulaba el follaje de unos árbo­les gigantescos y, dominándolo todo, en las alturas, la preciosa cúpula azul de un cielo tropical.

El hilo de sus pensamientos se vio interrumpido por la entrada de un empleado ferroviario, que pre­guntó si entre aquellas personas había alguien que se llamara Tarzán.

—Yo soy monsieur Tarzán —dijo el hombre—mono. —Le traigo un mensaje, reexpedido desde Baltimore. Se trata de un cablegrama llegado de París.

Tarzán tomó el sobre y lo abrió. El cablegrama era de DArnot.

Decía:

«Huellas demuestran es usted Greystoke. Enhora­buena. D'Arnot».

En el momento en que acababa de leer el mensa­je, Clayton entró en la sala de espera y se dirigió a él con la mano extendida.

Allí estaba el hombre que usufructuaba el títu­lo que le correspondía a Tarzán, que disfrutaba de los bienes de Tarzán y que iba a casarse con la mujer a la que amaba Tarzán… con la mujer que amaba a Tarzán. Una sola palabra de Tarzán repre­sentaría un giro de ciento ochenta grados para la vida de aquel hombre. Le despojaría del título, de las tierras, de los cas­tillos… y le arrebatarla también a Jane Porter. —¡Vaya, amigo! —exclamó Clayton—. Hasta ahora no he tenido la oportunidad de darle las gracias por cuan­to ha hecho por nosotros. Parece que ha nacido usted con el exclusivo objeto de salvarnos la vida tanto en África como en los Estados Unidos. »Me alegro una barbaridad de que esté usted aquí. Tenemos que conocernos mejor. He pensado mucho en usted, ¿sabe?, y en las extraordinarias circuns­tancias del entorno en que usted vivía.

»Ya sé que no es asunto mío, ¿pero cómo diablos fue usted a parar a aquella puñetera selva?

—Nací allí —manifestó Tarzán calmosamente—. Mi madre fue una mona y, como es lógico, no pudo con­tarme gran cosa acerca del asunto. Nunca llegué a saber quién fue mi padre.


Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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