Incesto

Eduardo Zamacois


Novela



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Índice

I
II
III
IV
V

I

Mercedes dió las buenas noches y salió: iba triste, algo pálida, con las ojeras violáceas y la mirada errabunda y brillante de las mujeres nerviosas a quienes el tósigo de una obsesión impide dormir tranquilas; y los dos viejecitos permanecieron sentados, contemplándose con aire melancólico.

Él ocupaba un cómodo sillón canonjil de ancho y sólido respaldar. Era un anciano como de sesenta años, envuelto en una bata obscura que caía a lo largo de su cuerpo alto y enjuto formando pliegues de majestuosa severidad sacerdotal; el pecho era angosto, el busto débil se encorvaba hacia adelante, obedeciendo a esa viciosa propensión física de las personas que envejecieron sentadas, y sus manos, bajo cuya piel rugosa serpeaban grandes venas azules, asían los brazos del sillón con afilados y amarillentos dedos de convaleciente.

Aquel cuerpo blandengue, enfermizo y tan para poco, contrastaba poderosamente con la cabeza; una cabeza apostólica que recordaba la de Ernesto Renán en sus últimos tiempos, y en la que aparecían acopladas la noble majestad de la vejez y la bizarra gallardía y el vivir heroico de la juventud.

Tenía la frente de los grandes pensadores, alta, bombeada y prolijamente surcada por el pliegue vertical de la reflexión y las arrugas horizontales que trazan paralelamente los largos esfuerzos imaginativos. Aquella frente entristecida por la ancianidad era una confesión, la novela de un hombre muy vivido, la página más conmovedora y elocuente de una obra maestra: frente serena y grave que seguramente concibió peregrinos pensamientos, que sintió muy hondo y padeció decepciones crueles recorriendo la dolorosa lira de las sensaciones: la ambición, enemiga del sueño, el odio mortal hacia el vulgo, adorador estúpido de esas medianías a quienes un caprichoso vaivén de la suerte colocó en el cenit de una popularidad inmerecida; las zozobras que preceden a los grandes combates artísticos, el inexpresable contento de las esperanzas realizadas, el torcedor recuerdo de las ilusiones perdidas... y que, tras largos años de trabajo cruel, aparecía rugosa y marchita, como el vientre de las mujeres fecundas que parieron mucho. Las cejas eran blancas, fuertes y pobladas; los ojos azules y hermosos, tenían el mirar inmóvil, firme y soñador de los espíritus retraídos entregados a interminables soliloquios; la nariz aguileña, los labios finos y nerviosamente cerrados, el rostro dantesco, seco y enjuto, sin pelo de barba ni resquicio de bigote, y sobre las orejas se abarquillaban los cabellos sedosos y blancos, simulando con bastante exactitud la forma de las antiguas pelucas palaciegas. Así aparecía don Pedro Gómez-Urquijo, el narrador inimitable de los amores sensuales: apoltronado en su recio sillón de trabajo, envuelto en su bata, con su rostro enérgico, sus ojos buídos y ardientes de antiguo apasionado, sus largas y marfileñas manos de convaleciente y su busto angosto que parecía soportar trabajosamente el peso de la cabeza, demasiado grande, tal vez.

Sentada delante de él, Balbina Nobos, su mujer, le miraba atentamente, como quien se dispone a escuchar interesantes revelaciones. Era una viejecita regordetilla y simpática, vestida de negro, que ponía gran esmero en el aliño y afeite de su persona, y en cubrir sus años valiéndose de la feliz capacidad que tienen para ello las mujeres pequeñas.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Gómez-Urquijo pareció abismarse en retorcidas cavilaciones.

Luego dijo:

—¿Dónde va Mercedes?

—A su cuarto, a dormir—repuso Balbina clavando sus ojos lagoteros de mujer sumisa en los profundos y graves de don Pedro, y añadió:

—¿Por qué lo decías?

—Porque cuando salió de aquí llevaba un libro.

—Sí, tal vez...

—¿Lo viste tú?

—No... pero casi todas las noches suele dormirse leyendo.

—¡Ah!

Ella frunció ligeramente el sobrecejo, presintiendo la confesión de algo muy importante. Él prosiguió:

—Debías habérmelo dicho.

—Pues... no he pensado en ello... ¿Hice mal?...

Gómez-Urquijo no respondió.

—Yo ignoraba que las lecturas nocturnas fuesen perjudiciales—agregó Balbina—; Mercedes tampoco lo sabe. Se lo advertiré mañana... o luego...

Hablando así aproximó su sillita al sillón, fijando siempre en don Pedro sus ojos preguntones y solícitos de hembra complaciente. Balbina no adivinaba lo que el anciano quería decir.

—¿Son malos los libros?—murmuró.

—Sí—repuso él con voz profunda—; sí... muy malos; y cuanto mejor escritos, más funestos, más ponzoñosos, para la impresionable juventud que lleva los inquietos sentidos abiertos al pecado.

De pronto, cual si un ladino y sutil ingenio de psicólogo práctico hallase relaciones entre ciertos pormenores reales y las lecturas de Mercedes, agregó:

—Dime: ¿Carmen y Nicasia vienen mucho por aquí?

—Sí, muy a menudo.

—Y de Roberto Alcalá, ¿qué sabes?

—Nada... ¿qué puedo saber?

El rostro de la sencilla anciana reflejaba curiosidad y estupor supinos y, aunque nada comprendía, continuaba observando el semblante impenetrable de don Pedro con ese prolijo afán con que los ajedrecistas de buena cepa estudian el tablero.

—¿Es cierto—prosiguió él—que Carmen y Roberto tienen relaciones?

—No lo creo: yo les he visto juntos muchas veces y no me parecen novios. Él la dice galanteos y ternezas que ella, a fuer de coquetuela, acepta riendo... pero no hay nada serio, nada formal.

—¿Y si Carmen y Nicasia fuesen el pretexto o la pantalla que Roberto y Mercedes emplean para comunicarse sin empacho?

Balbina se irguió en su asiento, arqueando las cejas y abriendo los ojos admirada.

—¡Cómo! ¡Imposible!... ¿Crees tú?... Yo nada he sorprendido.

—¡Oh, quién sabe!... Tú eres una inocente, una estatua que mira sin ver. Anda, entérate de si Mercedes se acostó, y vuelve...

Ella salió consternada, andando de puntillas, con el sigilo inconsciente de la mujer que en treinta años de vida conyugal se acostumbró a no interrumpir nunca el silencio que su marido exigía para trabajar. Gómez-Urquijo quedó inmóvil, con el rostro apoyado en la palma de la mano, absorto en la contemplación de algo siniestro.

La habitación donde estaba era un vasto despacho rectangular, en cuyos testeros había grandes armarios-bibliotecas con puertas de cristales, tras los que aparecían centenares de libros, unos encuadernados, otros en rústica, y todos hacinados en caótico revoltijo, cual si estuviesen contagiados de la impaciencia de la mano febril que los manejaba. A un lado, junto al balcón, estaba la mesa en que Gómez-Urquijo escribía: una legítima mesa de trabajo, grande y sólida, sobre la cual no había tinteros de plata, estatuillas de Sevres ni ninguna otra mala especie de chucherías inútiles, y sí gruesos rimeros de cuartillas y libros a medio abrir; y junto a un quinqué de bronce con pantalla verde, una copa llena de tinta. De allí había sacado Gómez-Urquijo toda su gloria artística: su Eva y su Cabeza de mujer, los dos libros que le granjearon un puesto de honor entre los primeros novelistas de su época. La luz del quinqué derramaba sus suaves efluvios verdosos sobre aquella mesa donde los papeles escritos, las cuartillas en blanco, los libros con las márgenes salpicadas de obeliscos y de signos misteriosos, comprensibles únicamente para su autor, yacían amontonados y en desorden, como los muertos en campo de combate; y luego se esparcía por el resto de la habitación, alumbrando débilmente los cuadros y los retratos prendidos entre los mimbres de elegantes esterillas japonesas, reflejándose en la cristalería de los armarios y batallando tímidamente con las sombras que invadían los ángulos extremas, mientras el borde superior del tubo recortaba en el techo un círculo luminoso, semejante al nimbo que rodea la cabeza de los santos que adornan las páginas de los libros místicos. Frente a la mesa, colgado de la pared, había un reloj, en cuyas entrañas de acero resonaba el isócrono y angustioso tic-tac del tiempo en marcha.

Gómez-Urquijo continuaba meditando con el mentón apoyado sobre la palma de una mano, y la dramática contracción del entrecejo daba tirantez y tersura a la frente, que brillaba en la sombra con este color amarillento de los huesos viejos. En tales momentos su imaginación, recorriendo intrincados caminos, procuraba avenir ideas que, juzgadas someramente, no podían guardar conexión alguna, y que, sin embargo, implicaban lazos alarmantes entre las lecturas nocturnas de Mercedes y aquel Roberto Alcalá, a quien sus agudas suspicacias de viejo mundano y de padre, suponían recuestando el corazón de la joven. Cuando Balbina reapareció, andando, como siempre, de puntillas, el anciano la interrogó con los ojos.

—Sí—repuso ella—, se ha acostado, duerme... Podemos charlar sin embarazo.

Había tornado a sentarse en la sillita baja, apoyada de codos sobre las rodillas de don Pedro, con los ojos muy abiertos por la curiosidad y la cabeza caída hacia atrás, en la actitud del niño que espera oír una narración interesante.

—Te hablaré—comenzó diciendo Gómez-Urquijo—como si me dirigiese a un compañero de profesión; o, mejor que a un literato, a un amigo íntimo, a un hermano... puesto que el acendrado amor que nos une pondrá seguramente tus alcances a la altura de mi discurso. Yo, querida mía, entregado como estoy a mi absorbente tarea de sempiterno componedor de argumentos, vivo algo fuera de la realidad, en desequilibrio perpetuo, y tardo mucho en apercibirme aun de los hechos más evidentes y triviales... Y cuenta que otro tanto ocurre también en ti, aunque por opuestos motivos; pues yo no acierto a servirme cuerdamente de mis ojos, por tenerlos empleados en la contemplación íntima de dilatados horizontes, y tú, por exceso de candor (la inocencia es una miopía del entendimiento), tampoco sabes darle útil empleo a los tuyos. No obstante, días pasados tuve un momento de lucidez, de vulgaridad, si tú quieres, que me ha revelado la pista de un gran secreto. Cierta noche, al entrar en el comedor, sorprendí a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa, leyendo un libro, devorándolo... Al verme, lo cerró violentamente y procuró ocultarlo echando sobre él su pañuelo. Aquella turbación descubría un pecado. Entonces, sin embargo, no dije nada... porque nada se me ocurrió; pero salí llevándome grabada en la memoria la imagen de lo que había visto: a Mercedes, con los ojos abrillantados por la emoción leyendo un libro, soñando con él... ¡Caso extraño! Yo, que en nada reparo, porque tengo un carácter despreocupado, insensible a los pequeños acontecimientos de la vida vulgar, recomponía continuamente aquella escena, tan insignificante al parecer, y poco a poco, cuando mejor la examinaba, mayor gravedad revestía. De nada de esto hablé contigo, por no alarmarte; pero durante varios días la imagen de Mercedes leyendo me robó muchas horas de trabajo. Veía el comedor, con sus muebles, sus cuadros, y a nuestra hija bajo el torrente que proyectaba la lámpara suspendida en el comedio de la habitación, con los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos, cuyos blancos dedos parecían mesar nerviosamente los negros rizos de su crespa cabellera de apasionada; inmóvil, devorando una historia de amor, convertida, tal vez ella misma, en heroína novelesca. ¿Comprendes?... Aquello me perseguía, me obsesionaba; era un recuerdo ineluctable, pertinaz, torturador, como una pesadilla...

Calló un instante para sumar alientos, y en el silencio de la habitación resonaron las diez campanadas del reloj, que luego prosiguió tic-tac, tic-tac, cumpliendo su fatídica tarea de restarle segundos a la vida. Balbina permaneció suspensa y boquiabierta, sin vislumbrar aún el verdadero fin a que iba enderezado todo aquel discurso, y con un rostro sobre el cual las palabras del anciano habían estereotipado los rasgos de una estupefacción suprema.

Don Pedro continuó:

—En los días sucesivos me dediqué a observar a Mercedes minuciosamente. Créeme, los grandes novelistas, y yo que he triunfado puedo clasificarme entre ellos, poseemos extraordinarias facultades de observación. No vaciles, por tanto, en admitir mis sospechas como rigurosamente valederas. Mercedes tiene un secreto... La vi pálida, cabizbaja, con el semblante marchito por el recóndito y fiero trajín de las ideas fijas, y reconocí que algún grave cataclismo se operaba en su alma. Entonces, recordando que mis libros ofrecen mujeres aquejadas de ilusiones inasequibles y de sensuales desvaríos, y que tal vez mi hija fuese una de tantas románticas enfermas, pensé en Roberto Alcalá, como pude pensar en otro hombre cualquiera, y temí el influjo que las novelas célebres y cuantos libros atienden más al recreo y esparcimiento del ánimo que a la edificación de las conciencias, ejercen sobre las imaginaciones inquietas. ¿Comprendes ahora?

La anciana, en efecto, empezaba a comprender.

—Sí, sí—dijo—, quizá aciertes... Sin embargo, yo, que voy con Mercedes a todas partes y conozco a ese Roberto, nada he visto.

—¡Oh, naturalmente! Tú eres un espíritu candoroso, sencillísimo, que no sabe leer entre líneas, y esa ceguera tuya redobla mi inquietud...

—¿Qué temes, pues?

—¡Oh, temo muchas cosas!... Temo que Mercedes se enamore de quien no lo merece, y de que el miserable explote en beneficio propio el corazón de nuestra hija, bastardeado por las enseñanzas de malos autores.

Se había retrepado colérico en su asiento, descargando una sonora palmada sobre el brazo del sillón; una ola de sangre arreboló sus mejillas, coloreadas habitualmente por el esfuerzo mental, y, bajo el doble arco de sus cejas blancas, los ojos brillaron iracundos.

—¿Quién niega—exclamó—, que Mercedes, excitada por la lectura de libros perversos, no codicie esos paraísos artificiales que finge la voluptuosa imaginación de las vírgenes ardientes, y pasiones y locuras y deleites sin guarismo?... Yo, que dediqué mi existencia a los libros, les tengo miedo. La influencia de las lecturas es más trascendental en la mujer que en el hombre, porque vuestra constitución es más delicada y más propicia por tanto, a asimilarse las ideas del autor. La virgen, ayuna, como se halla de toda impresión bastarda, lee ávidamente al azar, codiciosa de sorprender los secretos de una sociedad cuyo alegre rumor percibe a través de las puertas que la guardan. Aquel libro es el fruto prohibido, el mágico amuleto revelador de los secretos venusiacos que su inquieta doncellez vislumbra a despecho de los albos trampantojos de la inocencia, la llavecilla del mundo ignorado que habitan los risoteros gnomos de la felicidad y del deleite...

Gómez-Urquijo se detuvo.

Balbina continuaba pendiente de sus labios, mirándole fijamente, sin parpadear, como si en aquellos momentos solemnes las pupilas la sirviesen también para oír, fascinada por ese mismo recogimiento que inspiran a sus mujeres los grandes hombres. Aquello no era un diálogo; era un monólogo, una meditación en voz alta.

Urquijo prosiguió:

—La virgen lee y lee... sorbiendo el veneno de la realidad por sus ojos dilatados; unos capítulos suceden a otros, las escenas se multiplican. Allí aprende prematuramente las socaliñas de que las mujeres se valen para interesar el tornadizo corazón de los hombres, y los ardides que los conquistadores sagaces emplean para rendir la virtud de las mujeres; allí descubren que no siempre las esposas son fieles a sus juramentos y que hay innumerables artimañas para burlar la vigilancia de los maridos celosos; allí conocen el placer de las citas, los viciosos discreteos de los salones, los misterios de la alcoba, las artes de que han de servirse para acrecentar su hermosura y ser más apetecibles; allí, en suma, pierden el candor del espíritu, y sus imaginaciones tempranas envejecen rápidamente escuchando la voz enervante de la experiencia desencantada... Y ¡ah!... yo no permito que Mercedes, la hija de mi alma, sea una de tantas...

Habló largo rato, repitiendo las mismas ideas con porfía incansable.

—Sobre todo—agregó—, no quiero que lea ningún libro mío; ¡ninguno!

Balbina se estremeció. ¿Por qué? ¿Eran perjudiciales aquellos libros tan interesantes, tan apasionados y tan conmovedores que ella no pudo leer nunca sin llorar?

—Lo haré como tú mandas—dijo bajando la cabeza—; ¡pero todo lo que has escrito es tan sugestivo, tan admirable, tan hermoso!...

Durante treinta años, había asistido hora tras hora, a la concepción, planeamiento y ordenado desarrollo de aquellos volúmenes, base y escudo de la gloriosa reputación de Gómez-Urquijo. La idea primitiva, el concepto matriz de cada libro lo concibió Urquijo en el lecho, junto a ella, en noches interminables de vigilia cruel, durante las cuales el cerebro del artista trabajaba ayudado por las tinieblas del dormitorio, y sucesivamente fué viendo cómo aquella idea crecía y se perfeccionaba adquiriendo mayor nitidez y ramificándose con otras, y cómo el novelista bautizaba y movía los diversos personajes, intercalando en la narración sabrosos episodios y avanzando hacia el desenlace derechamente. Ella, en fin, mera espectadora de aquellas creaciones, las pensó y sintió tanto como su mismo autor, y luego había llorado de emoción repasando las cuartillas salpicadas de tachaduras y llenas de renglones trazados rápidamente, con esa letra gruesa y desigual de los hombres de acción y ayudado a la corrección de pruebas; y más tarde gustó, cual si fuesen suyos propios, los aplausos conquistados por el libro. En aquellos volúmenes había pedazos de su cerebro y túrdigas de su alma; los había visto nacer y desarrollarse, tal vez los inspiró... De suerte que al oír que Gómez-Urquijo abominaba de ellos, se atrevió a repetir varias veces y con los ojos bajos, a guisa de suave protesta:

—¡Como quieras, claro... eso nadie mejor que tú puede decirlo!... ¡Pero son tan hermosos, tan bonitos!...

—Sí, lo sé.

—Entonces...

—Por lo mismo que son muy hermosos, muy sugestivos, muy arrobadores... no quiero que los lea.

Ella repuso en voz muy baja, con una mansedumbre de sierva enamorada:

—No entiendo bien...

—¡Pero me entiendo yo... y basta!

Iba exaltándose, irritándose progresivamente en virtud de una idea que rebrinqueteaba vigorosamente por sus profundos y que no quería confesar. Era el gran secreto de su vida artística, la duda cruel que aheleó sus mayores triunfos, un misterio profesional incomunicable del cual se había preocupado pocas veces, y que entonces resurgía de improviso exigiendo una resolución definitiva y perentoria: el eterno combate entre lo moral y lo artístico, entre lo bueno y lo bello. Urquijo se frotaba las manos impaciente, nervioso; Balbina continuaba escrutándole atentamente, esperando una contestación.

—Pero di—añadió pasado un largo intervalo de silencio—; aclara mis dudas: ¿es que tus libros son malos?

El rostro venerable de Pedro Gómez-Urquijo expresó una angustia suprema, como si el íntimo combate que en momentos tales libraban el hombre y el escritor le desgarrase alguna fibra muy delicada, muy sensible. Pasados los primeros instantes de vacilación, el hombre y el padre vencieron al artista.

—Sí—repuso con voz apenas perceptible—; mis libros son malos, son libros funestos.

—¡Ah!

—Como autor, lo aplaudo y estimo dignos de parangonarse con los mejores; pero, como hombre que tiene hijas... ¿quieres que sea franco?... Pues, como padre... ¡palabra de honor!... los condeno.

—Entonces, ¿por qué los escribiste?

Formuló su pregunta, esa pregunta a la que tan pocos artistas geniales sabrían contestar, inocentemente, con la terrible ingenuidad del niño que dispara jugando sobre su hermano un arma de fuego. Urquijo se encogió de hombros, anonadado.

—¡Qué sé yo por qué los escribí!... Los artistas producimos fatalmente, obedeciendo a un exceso de vitalidad que bulle en nosotros, y experimentando al producir placer inmenso, mas sin tener conciencia exacta de la condición benéfica o perjudicial, útil o perversa de nuestra obra.

Hablaba balbuceando, no sabiendo cómo disculpar la nefanda labor de toda su vida: y conforme su aturrullamiento y desconcierto de ánimo aumentaban, Balbina, obedeciendo a un fenómeno inverso, se sentía por momentos más locuaz y batalladora.

—Tú sostuviste repetidas veces—dijo—que tus libros eran muy buenos, ¿recuerdas?

—Sí.

—Muy morales.

—¿Morales?... Sí, seguramente son morales... ¿Acaso hay en la ética algún principio incontrovertible?

Gómez-Urquijo titubeaba, disimulando su pensamiento con respuestas ambiguas, oscilando como el equilibrista que corre sobre una maroma; mientras la anciana, para quien la vida del gran hombre no tenía secretos, continuaba acorralándole entre líneas paralelas de sólidos e incontestables argumentos.

—Yo recuerdo—prosiguió—que antes de casarnos publicaste Eva, tu libro más leído...

—Precisamente.

—Y luego, Cabeza de mujer... que fué atacado sañudamente por los críticos.

—Sí.

—Te llamaban libertino, anarquista... Y tú escribías, en todos los periódicos, terribles artículos, defendiéndote.

Don Pedro hizo con la cabeza un leve signo de asentimiento.

—Mas, por lo visto, argumentabas con sofismas y no con razones de buena ley, ya que ahora reconoces que tus enemigos tenían razón. ¿Cómo, Pedro? ¿En qué pensabas cuando firmaste obras de las que ahora reniegas?

Gómez-Urquijo se había levantado y vuelto a sentar, encogiéndose de hombros, arqueando las cejas, moviendo febrilmente sus finos labios de hombre nervioso.

—En mis libros—dijo—consigné lo que he visto, lo vivido... ¡Es natural! Los viejos parecemos libros de historia; sólo acertamos a hablar de lo que fué... También reconozco que soy un escritor pagano y que mis novelas forman una especie de oración admirable en loor de la carne omnipotente... Mas, ¿para qué defender la castidad cuando es una negación del deseo fecundo, una virtud estéril, como la mayor parte de las mal llamadas virtudes?... Miserables envidiosos me atacaron... ¿y qué?... El mérito de los artistas, como la belleza de las mujeres, se mide por los malos deseos que enciende... ¡Guerra, pues! ¡Hay que dudar del valimiento del escritor que no fué combatido, como debemos discutir la hermosura de la mujer que nunca fué deseada!...

Y exclamó, agarrándose desesperadamente a este sofisma, más propio de un especulador que de un artista:

—Esos libros son buenos; sí, son buenos... Puesto que se vendieron por millares, conquistando el abrigo y el pan de toda nuestra vida.

—Sí, es cierto—repuso Balbina con los ojos arrasados en lágrimas—; ¡se han vendido! pero, al escribirlos... ¿no pensaste que tu hija podría leerlos alguna vez?

Continuaron hablando más de una hora, que fué para Gómez-Urquijo de cruel martirio. De pronto había descubierto el espantoso vacío moral que informaba la labor literaria de su vida; sus libros eran malvados, tenía miedo de su obra, porque fué la obra de un pagano enamorado únicamente de la belleza y de la forma. Lo que no había comprendido en treinta años de combates artísticos, sostenidos desde el periódico y desde la cátedra del Ateneo, acababa de vislumbrarlo de sopetón viendo a Mercedes triste y empalidecida por el vaho venenoso emanado de novelas perversas. Él quiso castigar rudamente a los hombres libertinos enervados en brazos del deleite, sin ambiciones, sin ideales, indiferentes al progreso social, como ruedecillas inútiles que nada significan en los complicados engranajes del dinamismo humano; y a las mujeres adúlteras que destruyen con sus torpes liviandades el santo concierto del matrimonio, base inamovible de la sociedad; y a los ricos que explotan la juventud del proletariado, amasando sus fortunas con el dinero arrancado cruelmente a la miseria de los demás; y a los próceres avillanados que arrastran sus pergaminos por el fango del arroyo, y a los jueces venales y a los escritores cobardes y a los prohombres que ponen su influencia a merced de las mujeres bonitas... Tal fué la misión nobilísima a que Gómez-Urquijo dedicó sus afanes: combatió todas las ruindades, todas las intransigencias, todos los fanatismos, y luchó por cuanto estimó bueno y justo ciegamente, con ahinco y tenacidad admirables.

Pero el camino que eligió para la realización de tan altos fines no era bueno. Para fustigar a los jueces que se venden, a los aristócratas emplebeyecidos y a los libertinos desnudos de toda virtud, hubo de pintar en sus novelas jueces sobornables y próceres vagabundos y calaveras contumaces y mujeres de las más diversas categorías y temperamentos... Y estos personajes, obedeciendo a la idiosincrasia pagana del autor, no llegaron a encarnar el pensamiento de Gómez-Urquijo: todas sus mujeres eran hermosas, adorables, viciosas y ardientes, pero con un vicio extraño, que parecía causa y resultado inseparables de su belleza misma, y que, lejos de rebajarlas, las magnificaba y disculpaba; y todos sus hombres, si eran criminales, licenciosos y perjuros, lo fueron por motivos de tal magnitud y consideración, que sus liviandades encontraban desde luego fácil escudo y defensa. Aquellas figuras, lejos de inspirar repugnancia, cautivaban, atraían, seduciendo y encadenando el ánimo del lector con hechizos de un sutil y quintaesenciado sensualismo; era imposible odiar a aquellos galanes tan bizarros, tan gentiles y limpios de toda ruin levadura, que vivían lejos del mundo, enmollecidos sobre el regazo de sus amadas; ni a aquellas mujeres, divinas dispensadoras del sumo bien, tan discretas, tan alegres, que desfilaban por las páginas de los libros con un embelesador clamoreo de carcajadas juveniles. Don Pedro Gómez-Urquijo se había equivocado; quiso hacer una obra y compuso otra completamente distinta: era imposible arrancar de la lira voluptuosa de Tíbulo los duros acentos regeneradores de Juvenal; y él, que pretendió enmendar equivocaciones y corregir defectos, era también, por temperamento, un corruptor, un gran libertino, un gran escéptico, un gran voluptuoso. Y esto el autor de Eva y de Cabeza de Mujer lo había descubierto repentinamente, evocando el recuerdo de aquella escena que tan profunda emoción causó en su ánimo: a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa del comedor, con su cabellera corta y áspera, su rostro pálido y sus ojos enigmáticos y negros de apasionada: inmóvil, absorta, leyendo una historia de amor, soñando con ella.

—El daño es irreparable—murmuró tristemente—, pues, aunque yo podría echar por tierra de un solo plumazo el monumento literario de mi vida, ¿dónde hallar valor y abnegación suficientes para perpetrar tan cruel suicidio?...

Balbina Nobos, enternecida, lloraba abriendo mucho los párpados y sin estremecer un solo músculo de su rostro, y las lágrimas rodaban pausadamente una tras otra por sus mejillas pálidas y fofas de burguesilla honesta que envejeció a la sombra.

—En fin—añadió don Pedro, deseando concluir aquella conversación dolorosa—, no hablemos más de esto; te lo dije todo, lo he confesado todo, puesto que mi vida de artista no guarda misterios para ti. Ahora te aconsejo que cuides mucho a Mercedes, que avizores ladinamente todos sus quehaceres, que nunca la dejes salir sola a la calle. Vive alerta y con la barba sobre el hombro, Balbina mía, porque la tentación es demonio taimado para quien no hay conciencia inaccesible, ni sueño tranquilo, ni alcoba bien cerrada. Procura sondear su ánimo, infundiéndola confianza para que, sin empacho, te abra el cofrecillo sellado de sus secretos; participa de sus deseos, siente con ella, háblala de amores: si acaso notases que desea un aliado, finge ponerte incondicionalmente de su lado y en contra mía, para engañarme. Repítele aquello de: «A tu padre no se le pueden decir ciertas cosas, porque los hombres, etc...» Y si por un momento lograses hacerla olvidar que es hija tuya, veríamos logrados nuestros deseos; en el terreno de la confianza, los amigos suelen tener sobre los padres grandes ventajas. Hazlo así; yo no puedo ocuparme de todo...

Ella arqueaba las cejas con expresión dubitativa de persona a quien encomiendan una empresa muy superior a sus alcances. Gómez-Urquijo se había levantado, y mientras arrastraba lentamente su sillón hasta su mesa de trabajo, añadió:

—La tranquilidad de nuestra vejez descansa en el porvenir de Mercedes; los hijos son una prolongación de nosotros mismos. Mercedes es mi mejor obra; procuremos tú y yo que la posteridad no murmure de ella. Sería imperdonable que yo, que fuí víctima de mis libros, consintiera que la hija de mi alma lo fuese también.

Después, sentado delante de la mesa, consultó rápidamente un libro, cogió un puñado de cuartillas y púsose a escribir con esa letra ancha y gruesa de los espíritus vigorosos. Escribía sin vacilaciones, tachando muy poco, y mientras su mano derecha iba encerrando las ideas en rosarios interminables de palabras, los dedos de la siniestra mano oprimían nerviosamente las cuartillas, maltratándolas, como despechados de no poder servir para más altos menesteres. La pantalla verde del quinqué reconcentraba su luz sobre la mesa, y en la penumbra, agobiando el angosto tórax de Gómez-Urquijo, surgía su admirable cabeza apostólica, con su frente bombeada de pensador, sus grandes ojos azules abrillantados por el fulgor enfermizo de la inspiración, su nariz aguileña, sus finos labios de hombre nervioso, violentamente contraídos, y sus mejillas arreboladas por la sangre que el esfuerzo mental atraía al cerebro.

Balbina continuó acurrucada en su sillita, abstraída en la contemplación indecisa de esas imágenes incoloras y desligadas de toda noción de espacio y tiempo, que mecen el espíritu de los irresolutos. Luego, aburrida de sí misma y de la estéril vaguedad de su preocupación, se levantó y fué a sentarse junto a la mesa, deslizando sin ruido sus zapatillas sobre el suelo alfombrado. En seguida, tímidamente, murmurando un: «¿No te molesto?...» que no obtuvo contestación de don Pedro, alargó su mano, una mano plebeya, gruesa y salpicada de hoyuelos, y cogió un libro, uno cualquiera, que abrió por cualquier parte... La lectura le interesaba muy poco: lo importante era acompañar al anciano, al pobre compañero de su vida, que estaba allí, amarrado al ingrato sillón del trabajo, escribiendo para ganar el abrigo y el indispensable regalo de todos. Durante treinta años, Balbina Nobos había hecho lo mismo. Todas las noches, después de cenar, en cuanto Gómez-Urquijo ponía manos a su absorbente labor de emborronar cuartillas, ella iba a acompañarle, esperando la llegada del sueño, que no solía tardar. A veces el anciano levantaba maquinalmente la cabeza, y al encontrar la mirada de Balbina, preguntaba con acento breve:

—¿Qué haces ahí?...

Ella, cual si la hubiesen sorprendido en el momento de cometer una grave falta, respondía:

—Nada... estoy viéndote...

—¿Por qué no te acuestas?

—Luego, cuando acabe de leer...

Aquello era un pretexto; ella no leía, no hubiera podido leer, por más empeño que en ello hubiese puesto. Su espíritu candoroso de niña enamorada eternamente, permanecía embebecido en la contemplación idolátrica del hombre amado. Seis lustros de vida conyugal no bastaron a destruir el hechizo de aquella pasión. Mientras Gómez-Urquijo trabajaba, Balbina le ceñía en una mirada triste y de indefinible dulzura: los años, más tenaces en su obra demoledora que los gusanillos que destruyeron el puente de Milán, fueron modificando insensiblemente la expresión de aquellos ojos, que al principio miraban con afán inquieto de mujer celosa y más tarde declinaron empequeñeciéndose un poco conforme se marchitaban, y escondiéndose en el fondo de sus cuencas, desde donde observaban el mundo con una mirada dulce y melancólica de abuela. Gómez-Urquijo nunca llegó a darse cuenta exacta de aquella veneración que le tributaban, ni de aquellos ojos que le escrutaban, detallando las arrugas de su frente y los febriles movimientos de su mano; aquellos ojos que se secaron mirándole y bajo los cuales pudo decir, sin resquicio de hipérbole, que había encanecido. Balbina no tardaba en recibir el asalto del sueño que llegaba dominándola en seguida, con esa fuerza con que el cansancio se impone a la débil constitución de los viejos y de los niños: entonces cerraba el libro y se acercaba a don Pedro, ofreciéndole el beso de despedida; se lo daba en la mejilla o en la nuca, pero ligeramente y como a hurtadillas, para no distraerle; y luego salía dirigiéndose hacia la puerta con pasos silenciosos de enfermera.

Aquella noche Balbina, preocupada por las advertencias de Gómez-Urquijo, miró a su marido menos que otras veces. Pensaba incesantemente en la difícil comisión que acababan de encomendarla, y no sabía por dónde empezar ni cómo conducirse: aquello de captarse la confianza de Mercedes, hablarla de amores y fingirla protección y ayuda para así llegar más fácilmente a conocer la verdadera orientación de sus sentimientos... todo esto que el espíritu zahorí de don Pedro encontraba tan llano y accesible, a Balbina la parecía una quimera inejecutable, como la de tender un puente sobre un abismo. Interrumpiendo el silencio de la habitación sólo resonaba el tic-tac desesperante del reloj, y el vigoroso ir y venir de la pluma que corría sobre las cuartillas.

De pronto Gómez-Urquijo que, a pesar de su trabajo, había de estar pensando en las mismas ideas que a su mujer atormentaban, levantó la cabeza preguntando con repentino sobresalto:

—¿Harás lo que te dije?

—Sí.

—¿Pronto?

—En seguida.

—Desde mañana mismo...

—Sí, desde mañana; en cuanto me levante... veremos... Tú me ayudarás...

—Sí, yo te ayudaré; pero no te abandones fiándolo todo en mí...

Reanudó su tarea para interrumpirla momentos después.

—Infórmate bien—dijo—del carácter de sus amigas, de si tiene amores... apodérate bien de su ánimo; no pongas al alcance de su mano ningún libro que yo no conozca; y, especialmente, apártala de los míos... ¡No digo más!... Cuida mucho a Mercedes, presérvala de devaneos, siempre perjudiciales al recato y buen nombre de una doncella; líbrala de las malas amistades, del pernicioso contagio de los malos libros... y, a todo trance, cueste lo que cueste, guárdala de mí. Acuérdate, Balbina, que el peor enemigo de nuestra hija soy yo...

No dijo más, ni Balbina Nobos osó tampoco replicar palabra, y en el ámbito del despacho volvieron a resonar simultáneamente, con porfía incansable, como queriendo sobrepujarse el uno al otro, el rasgueo febril de la pluma, divina ejecutora de todo lo que queda, escarabajeando sobre las cuartillas, y el sempiterno tic-tac del reloj, abominable aparato contador de todo lo que huye.

Aquel combate se prolongó durante muchas horas: la pluma batallando por perpetuar el recuerdo de una vida, la gloria de un hombre; y el reloj fatídico negándolo todo, burlándose de todo, triturando la vida y la gloria entre las dos sílabas de su negación eterna: tic-tac, tic-tac...

II

El paternal ¡alerta! de Gómez-Urquijo llegaba tarde. Mientras los dos ancianos discutían los ocultos motivos que desde hacía poco tiempo iban trocando en mustio y retraído el antes expansivo y decidor carácter de Mercedes, la joven entró en su cuarto, encendió una luz y empezó a desnudarse prestamente, quitándose sus vestidos con una especie de horror: las enaguas cayeron delante de la mesilla de noche; el cuello de pieles y el corsé fueron arrojados sobre un sillón, y las medias enrolladas quedaron olvidadas sobre la alfombra, como anillos de una enorme serpiente rota...

Ya en el lecho, ese fiel encubridor de los grandes secretos femeninos, Mercedes sacó del seno un papelito plegado en varios dobleces, aproximó la luz para ver mejor y apoyada sobre un brazo con orientalesco abandono, púsose a leer, alargando el hociquillo, frunciendo el entrecejo y haciendo otros hechiceros mohines de mujer que no entiende bien lo que va leyendo. Aquel billetito era de Roberto Alcalá, quien la citaba para el día siguiente.

«Mañana, a las tres de la tarde, te aguardo en la plaza de Oriente, bajo los, arcos del Teatro Real. Carmen o Nicasia irán a buscarte. No faltes. Te quiero con toda el alma. Recibe sobre los párpados mis mejores besos...»

Unos cuantos renglones compuestos de frases banales, escritos con lápiz sobre la margen de un periódico, y que no obstante encerraban todo un poema de pasión ardiente, las palabras más dulces del vocabulario amoroso, los compases más tiernos, más arrobadores del eterno vals de los deseos... Mercedes besó rápidamente la firma, avergonzada de reconocerse aquella tan grande debilidad pasional, y tornó a leer el billetito apreciando bien los pormenores de la cita.

«A las tres de la tarde... en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real.»

Y esto lo repitió varias veces, procurando grabarlo en su cerebro profundamente, recelando la posibilidad de que la amorosa esquelita se perdiese. De pronto, oyendo que doña Balbina iba acercándose por el carrejo con sus mesurados pasitos de enfermera, la joven extendió el brazo y apagó la luz, para que la creyesen dormida. Después sintió que empujaban la puerta suavemente y en la penumbra indecisa, recortada por el marco, apareció la silueta de la anciana, que alargaba la cabeza, conteniendo la respiración:

—Niña... Mercedes...—murmuró—; ¿duermes?

Ella no contestó, permaneciendo inmóvil y doblada sobre sí misma, hecha un ovillo. Balbina repitió bajando la voz:

—¿Duermes?...

La joven sonreía silenciosamente, recreándose con pueril ufanía en el engaño de su madre y comprendiendo que con aquel mutismo se ahorraba una conversación, por lo intempestiva, enojosa; pero muy luego dejó de reír, temiendo que delatasen su insonoro contento sus blancos dientecillos de lobezna, brillando en la obscuridad bajo la acción de aquel tímido resplandor lejano que recortaba el perfil de doña Balbina sobre la borrosa claridad del pasillo. En el silencio del dormitorio susurraba su respiración, suave y rítmica como la de quien se acostó muy cansado: y cuando la anciana, sin maliciar la superchería de que era objeto, cerró la puerta y echó de nuevo pasillos adelante buscando el despacho, andando siempre con sus cautelosos pasos de mujer tímida, Mercedes volvió a sonreír estremeciéndose toda ella de cabeza a pies, con una nerviosa sensación de regocijo y frío.

Durante algunos momentos estúvose queda, prestando oído atento, convenciéndose de que estaba sola y de que nadie volvería a quebrar el hilo de sus meditaciones. Pensó en Roberto, en los incidentes de la última cita, en los que acaso habían de salpimentar y embellecer la entrevista próxima...

El prodigioso secreto de abultar las cosas más insignificantes y restar importancia a lo realmente considerable y digno de ser tenido en mucho; el saber imprimir interés, novedad y pique novelesco a lo trivial, mientras se permanece en las situaciones extremas brazo sobre brazo, sonriendo a la muerte con esa tranquilidad admirable que infunde la inconsciencia del peligro; eso de olvidar lo repugnante, lo deforme, para mejor aquilatar la parte bella de los hechos, o de dulzurar las pesadumbres arropándolas en las consoladoras medias tintas de una suave poesía melancólica; esas sutiles metamorfosis psicológicas, esos trueques de sentimientos de tristes en regocijados y de alegres en nostálgicos; pero con una nostalgia que tiene algo de convencional, puesto que sólo produce una voluptuosa sensación de sufrimiento que nunca llega a la cruel mordedura del verdadero dolor; todo eso, tan delicado, tan altamente artístico, forma la felicidad inimitable de los veinte años. Cuando la inocente niñez deja de sonreír entristecida por los primeros balbuceos pasionales de la ardiente mocedad, el mundo se transforma y una nueva existencia saturada de perfumes jamás aspirados, de lejanías nunca vistas y de tiernos arrullos no escuchados, surge de la vacía existencia infantil. La retozona pubertad acaricia los nervios con lúbricos cosquilleos, la sangre corre bajo la piel inspirando una necesidad perentoria de luchar, de emplearse en algo; por las noches, en el silencioso recogimiento de los dormitorios que abrigaron la desvalida niñez, que acaba de pasar, se oye el recio bataneo cardíaco y los oídos zumban, aturdiendo el cerebro del adolescente con murmujeos extraños, cual si aquella sensación, puramente física, fuese el eco con que responden las alcobas honradas al lejano desconcierto de las pasiones... Y entonces es cuando por primera vez reconoce el joven que hay bajo el virtuoso techo del hogar paterno algo inexpresable que ahoga. El sol agostador del Deseo asciende lentamente, vistiendo el porvenir de púrpura y recamando el cielo añilado de la esperanza con cirrus que fingen caderas y voluptuosos contornos de mujeres desnudas; el vaho de las pasiones represadas sobajea la piel con efluvios magnéticos, la brisa susurra entre el boscaje vecino cantos de amor. Todo vibra en nosotros, todo conmueve intensamente, hablándonos un lenguaje sólo para nosotros comprensible: la alondra que trina en el espacio saludando los risueños resplandores del amanecer, la campana de la ermita que dobla, recordando con sus místicas vibraciones la celebración de la primera misa; las cigarras que cantan bajo los hierbajos durante las horas abrasadoras de la siesta; el búho que interrumpe con su grito fatídico el silencio hierático de los bosques; y de igual modo y aun en los momentos más diversos; los acordes de una música, la lectura de unos versos que responden a cierto estado de nuestro espíritu, el perfume que esparcen tras sí los vestidos de una mujer que pasa... todo interesa, y las impresiones resuenan dentro del alma con eco solemne, como retumban los ruidos del mundo en los ámbitos de las majestuosas catedrales antiguas.

Ésta era la turbulenta crisis psicológica porque atravesaba el espíritu de Mercedes.

Su niñez se había deslizado tranquilamente, sin hermanos con quienes jugar, sin amiguitas, siempre encerrada en casa, libre de esos menudos divertimientos que llenan la amariposada existencia de los niños. Al colegio no fué nunca; doña Balbina la enseñó a rezar, luego aprendió con su padre a leer, escribir, un poquito de geografía y de historia, con algo de aritmética y de ciencias naturales; y mucho más tarde estudió el piano con una profesora francesa que daba lecciones a domicilio. Los primeros años de su vida dejaron en Mercedes muy pocos recuerdos: siempre veía la misma escena, el mismo cuadro, silencioso y tranquilo; a Gómez-Urquijo encerrado en la modesta habitación que le servía de despacho, sentado delante de una mesita, escribiendo con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del hombre que mira cosas distantes; y a doña Balbina trajinando por la cocina, ora encendiendo la lumbre, ora fregando cacerolas y platos, o bien en el comedor, repasando la ropa blanca que iba sacando de un gran cesto. Del semblante que entonces tenía doña Balbina, Mercedes no recordaba, sin duda, porque jamás hubo en él un rasgo vigoroso; pero sí conservaba, aunque vagamente, la imagen de su padre, con su larga melena de trovador, su nariz aguileña y su ancha frente, autorizada por el profundo pliegue vertical de la reflexión y de la cólera.

Don Pedro permanecía en su casa poco tiempo, eran muchas las noches que no dormía en ella, y algunas veces estaba ausente tres y cuatro días. Aquellos alejamientos los soportaba doña Balbina con admirable resignación de mártir, y en su rostro amargado por un gesto de conformidad y de melancolía imborrables, jamás llegó a traslucirse ningún sentimiento anormal de impaciencia o despecho. Se levantaba temprano, preparaba el desayuno, iba y venía por las habitaciones barriendo, sacudiendo el polvo de los muebles, charloteando con su hija que la seguía a todas partes, hablando siempre una conversación infantil de mujer sencilla que sólo está separada de la niñez por los años. Todas estas operaciones de la mecánica casera las ejecutaba doña Balbina sin reír, sin levantar nunca la voz, silenciosamente, cual si hubiese algún enfermo grave muy cerca de allí; obedeciendo, tal vez inconscientemente, a la inveterada costumbre que tenía de no interrumpir a don Pedro en sus horas de trabajo. Por las tardes, doña Balbina se sentaba en el comedor a repasar las ropas que lo habían menester, o a leer; y si allí no había bastante luz, se trasladaba a la cocina que era muy clara, o al gabinete, pero nunca al despacho, cual si temiese profanar con su presencia la majestad del santuario donde su marido escribía. Después de cenar aquella joven, envejecida prematuramente por dentro, sentaba a su hija sobre sus rodillas y rezaban juntas; luego se acostaban. Algunas veces la niña preguntaba:

—¿Y papá?

Doña Balbina respondía invariablemente con su cristiana mansedumbre de cordera:

—Trabajando, hija mía; trabajando para nosotras...

Y se dormían la una en brazos de la otra, como queriendo consolarse mutuamente de la soledad en que vivían. Entonces tenía Mercedes siete años.

Cuando Gómez-Urquijo volvía, hija y madre acudían a recibirle. Él abrazaba a Balbina, besándola apasionadamente sobre los labios, deseando compensarla en un instante de sus tristezas y desamparo: luego aupaba a Merceditas, chillándola y zarandeándola hasta conseguir ponerla de mal humor. Balbina preguntaba:

—¿Dónde has estado?

—Por ahí... mujer, trabajando; ya sabes... La brega eterna. Anoche pensé venir, pero a última hora fuí a la redacción y luego me llamaron por teléfono desde la imprenta, para la corrección de unas pruebas... ¡Ah!... Los ensayos de mi drama han vuelto a interrumpirse: creo que la noche del estreno no llegará nunca...

Doña Balbina, olvidando completamente sus propias pesadumbres, murmuraba enternecida, besándole:

—¡Pobrecito, cuánto trabajas!...

—Sí, hija mía... mucho... Diríase que mi trabajo es de los que se pagan por horas.

Y no mentía: la palidez de sus mejillas y de su frente, el pliegue desdeñoso de sus labios, el círculo violáceo que rodeaba sus grandes ojos azules, traicionaban ese agotamiento íntimo del hombre que discurrió febrilmente durante muchas horas. Luego, como artista que antes de volverse al mundo de sus quimeras quiere conocer rápidamente la realidad donde vive, preguntaba:

—¿Cómo te encuentras?

—Bien.

—¿Y la niña?

—Ya la ves, hecha un torito...

—¿Ha venido alguien?...

Generalmente la respuesta era negativa, porque Gómez-Urquijo, para ocultar la modestísima estrechez en que vivía, cuidaba de no descubrir a nadie las señas de su domicilio. Después de aquel breve interrogatorio, don Pedro solía sacar del bolsillo un periódico que entregaba a su mujer:

—Toma y no lo pierdas...

—¿Qué es?...

—Poca cosa; un envidioso que habla mal de mí... Un artículo sangriento. Guárdalo; de todo eso necesito vengarme cruelmente cuando suene para mí, con la hora del triunfo, la hora divina de las represalias.

Después, sin perder minuto, se encerraba en su despacho, a escribir, y la casa volvía a sepultarse en su melancólico silencio de sacramental.

Aunque sujeto a la mesa del trabajo, el espíritu de Gómez-Urquijo llenaba todas las habitaciones. Doña Balbina parecía más animosa y sus ojos reflejaban el fulgor de un íntimo contento, había más graciosa soltura en sus ademanes, sus dedos manejaban la aguja con más facilidad; a cada momento salía del comedor y entraba en la cocina, inspeccionando la lumbre, destapando las cazuelas, para cerciorarse del buen estado de los guisos; y si Mercedes empezaba a cantar, la imponía silencio mansamente, llevándose el índice a los labios.

—¡Chist!—decía—calla... no molestemos a papá...

La presencia de Gómez-Urquijo le producía desasosiego invencible e iba a verle muchas veces, so pretexto de llevarle un vaso de agua o de arreglarle el quinqué; por su gusto hubiese estado siempre junto a él, a sus pies, apoyada de codos sobre sus rodillas, viéndole trabajar: pero se contenía temiendo distraerle y procuraba dominar su nerviosa inquietud en menudas labores, esperando que llegase la hora de cenar, única ocasión en que podía tener con don Pedro algunos momentos de conversación tranquila y sabrosa.

Mercedes, a despecho de su niñez, comprendía aquellas sensaciones que dejaron en su memoria una impresión que los años limadores no pudieron borrar.

Recordaba muy bien la distribución y ornamento de la pobre casita donde nació: con sus suelos sin alfombrar, sus ventanas sin visillos y sus paredes desnudas. Aquellas ventanas, por cuyos limpios cristales se veía en los días invernosos un gran pedazo de cielo gris y vastos solares cubiertos de nieve, iluminaban el interior de las habitaciones con una luz cruda y triste: eran habitaciones muy grandes que reforzaban con su vacuidad el vigor de los ruidos y en las cuales la falta de muebles movía inconscientemente a hablar en voz baja.

En medio de tan lastimosa estrechez, Mercedes era feliz, y profesaba un afecto especial a cada uno de los muebles que componían aquel modesto ajuar. Su madre la había enseñado a quererlos con un amor sencillo, firme y apasionado de fetiquista, cual si fuesen una prolongación de la familia, una especie de seres inferiores, semiconscientes, que les acompañaban y servían viviendo una existencia inexplicable. En aquel hogar la voluntad del cabeza de familia era omnipotente, y como todo procedía de él, todo también, y en justa compensación, debía servir para su regalo y agasajo. La cocina, con sus rimeros de platos y sus bruñidas cacerolas, el comedor con su mesita de nogal, su media docena de sillas y su espejo, un magnífico espejo adquirido milagrosamente en una almoneda, resto ostentoso de un opulento mobiliario deshecho; el dormitorio, con su amplio lecho matrimonial y su cunita de hierro; la casa, en fin, toda ella, con sus luces y su autoridad de hogar honrado, eran obra de Gómez-Urquijo, y las mismas doña Balbina y Mercedes, dos ruedas más de aquel andamiaje que don Pedro sostenía con su esfuerzo. Esta idea de su inferioridad y dependencia la aprendió Mercedes de su madre; ambas se consideraban débiles, pequeñitas, desprovistas de personalidad; don Pedro, todopoderoso y omnisciente, las autorizaba, y ellas eran algo infinitesimal que crecía al arrimo de algo muy fuerte...

El carácter extraordinario de Gómez-Urquijo, su imaginación ardiente siempre propicia al trabajo y su voluntad insensible a la fatiga, triunfaban en todos los momentos, y no tardó en sojuzgar el albedrío de la hija, como antes había rendido el espíritu de la madre. Y cuando por las noches, desde la cama, una y otra veían el resplandor de la luz que Gómez-Urquijo tenía encendida en su despacho, Mercedes se quedaba dormida bajo la molesta impresión de que su padre, tan bueno, tan batallador y tan sabio, estaba trabajando para ellas, labrando su porvenir, sufriendo por las dos.

Conforme Mercedes iba creciendo, su carácter fué complicándose y ofreciendo puntos de vista muy curiosos. Había heredado de su padre los rasgos físicos y los perfiles morales más sobresalientes: el talle largo y esbelto, la nariz aguileña, el mentón pronunciado que caracteriza a los fuertes de voluntad; y luego aquella imaginación inquieta, aquel cerebro de artista idolátrico adorador de la quimera, y las neurosis, apasionamientos irreflexivos y demás refinados desequilibrios de las sensibilidades exquisitas; y represando esta complexión batalladora que hacía de Gómez-Urquijo un luchador infatigable, tenía Mercedes el carácter retraído y sumiso de su madre; tan silenciosa, tan pronta a ceder ante el menor obstáculo. Había, no obstante, entre madre e hija diferencias notabilísimas.

Doña Balbina era un espíritu sin dobleces, de ésos que se conocen a la primera ojeada. Si hablaba poco era porque en su tranquila cabecita de mujer casera raras veces brotaba un concepto nuevo; y si se amoldaba fácilmente a las circunstancias era porque estaba segura de su poquedad y no se reconocía ánimos para rebelarse e imponer su capricho; y por eso vivía sin luchas, empequeñecida y como eclipsada por el genio dominador, absorbente, irresistible, del hombre a quien eligió por esposo, queriendo lo que él mandaba, pensando como él; su misión quedó reducida a acompañarle, a seguirle a todas partes, a esperarle días enteros sin sentir la horrible soledad que la rodeaba, y a recibirle siempre abnegada y cariñosa, confortándole cuando triste, aplacándole cuando irritado.

Mercedes no era así: su aislamiento, el ejemplo constante de su madre y el rostro grave y siempre pensativo de don Pedro, a quien veía reír contadas veces, domeñaron, pero sin rendir, la ingénita acometividad de su carácter expansivo. Había en ella una especie de doble naturaleza. Fantaseaba mucho y quería intensamente; pero el temor de hablar fuera de sazón o de no realizar sus deseos, la condenaban a eterna pasividad y a perpetuo mutismo; doña Balbina callaba y obedecía sin trabajo, porque no tenía nada que decir, ni albedrío que oponer a los acontecimientos adversos, y Mercedes callaba y cedía también, aunque por opuestos motivos, constreñida por un exceso inverosímil de amor propio; callaba porque temía expresarse mal, y obedecía sin protestas, recelando tener que atacar por fuerza lo que podía aparentar recibir de grado. Esta reconcentración producía en ella una superabundancia extraordinaria de voliciones y de ideas; ideas que no se concretaban en palabras, deseos que jamás tuvieron forma imperativa; sus facultades, por ende, conservaban toda su salvaje entereza; su orgullo no había padecido humillaciones, ni su voluntad sufrió directamente ningún mandato que mermase su brío y acerado temple: era, pues, el suyo, un carácter varonil que dormitaba representando su simpático papel de hija sumisa, más por cálculos de orgullo que por propia y natural condición, y que sólo necesitaba un pretexto para rebelarse, irreflexivo y batallador, oponiendo a las humillantes imposiciones del deber sus duras aristas de diamante.

Mercedes tenía un espíritu pagano. Siendo muy niña, su madre la enseñó las oraciones más sencillas, y por doña Balbina supo que hay un infierno reservado a los malos y un cielo muy bonito, con mucha luz y nubes de púrpura y turquí, entre las que revolotean traviesas comparsas de angelitos cantores; y que hay un Dios infinitamente misericordioso y justiciero, omnisciente, dispensador de beneficios, sensible a los ruegos, muy amigo de los niños y que se halla en todas partes... Y Mercedes amó a Dios; pues aunque su corazón, limpio de penas, no necesitaba los consuelos de la fe, la sedujo aquel cuadro místico, con el trono del Todopoderoso en lo alto, asentado sobre nubes de esmeralda, topacio y carmín, por las que pasaban aleteando y con regocijada algarabía racimos de cefirillos desnudos. Por las noches, madre e hija rezaban juntas, cada cual desde su lecho.

—Reza, Mercedes—decía doña Balbina—, pídele a Dios por nosotros, especialmente por tu padre y por ti... Dile que nos conceda muchos años de vida y muy buena salud...

Y esto lo suplicaba Balbina Nobos con tanto afán, porque creía firmemente que todas las oraciones infantiles llegan al cielo.

Mercedes, en efecto, rezaba, mas no poseída de la íntima emoción con que los ejercicios litúrgicos encienden el ánimo de los verdaderos creyentes, sino fríamente, de modo profano, sin otro fin que el de proporcionarse a sí misma el recreo de entrometerse por aquel cielo tan hermoso, poblado de colores y de majestuosas armonías, como la deslumbradora apoteosis final de una comedia de magia. Con los años, esta visión paradisíaca fué desdibujándose y perdiéndose, y más tarde, cuando Mercedes comenzaba a sentir esas soñarreras invencibles que anuncian en las vírgenes la llegada de la pubertad, concluyó por desaparecer completamente.

Aquella primavera, Mercedes cumplía trece años, y doña Balbina no comprendía que las noches de junio tienen opio para las niñas que van a ser mujeres. Después de cenar, delante de la ventana abierta por donde penetraban bocanadas de aire tibio, Mercedes se dormía fatalmente, bajo una especie de imperativo categórico, inevitable; se dormía en las sillas, en la mesa, con los brazos apoyados sobre el plato del postre; era preciso llevarla al lecho a puñados, con súplicas, con gritos de amenaza. Doña Balbina se desesperaba.

—Niña, reza. Reza, Mercedes... ¡Mercedes, no te duermas!...

Y medio minuto después repetía:

—Niña, reza...

Mercedes contestaba entre sueños, muy despacio, con la voz emperezada y casi ininteligible de los noctámbulos:

—Ya voy...

Y seguía durmiendo.

Algunas veces, Gómez-Urquijo, aburrido de oír a doña Balbina repetir siempre el mismo consejo, gritaba desde su despacho:

—¡Cállate, mujer; y reza tú sola!...

La voz colérica de don Pedro retumbaba en las habitaciones desamuebladas como un trueno, y doña Balbina, avergonzada y medrosa, no respondía; pero continuaba murmurando al oído de Mercedes con porfía de verdadero creyente:

—Reza, niña; si no rezas, Dios se enfadará contigo y tendrás sobre la conciencia el remordimiento de habernos perdido a todos.

Esto lo repetía una vez y otra, siempre en voz baja, zarandeándola por un brazo con una crueldad que apenas podía disculpar la santidad de sus propósitos; y Mercedes, al fin, rezaba:

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado...» pero entre dientes, separando las sílabas con el trabajo con que lanza sus últimos acordes la cajita de música que va quedándose sin cuerda.

Una noche, Mercedes, asustada por las ideas de eterna condenación con que su madre la amenazaba, rezó pidiendo al Cielo cuanto la era menester, aunque de un modo abreviado y compendioso:

—Señor: dales a mis padres mucha salud; otórgales largos años de vida, haz que me regalen una muñeca bonita y aparta de mí toda ruin tentación...

Así rezó Mercedes aquella vez, discurriendo, con esa lógica irrefutable de los niños, que pues Dios es omnisciente, no precisa pedirle circunstanciadamente y con lujo de galas retóricas, lo que Él ya sabe y conoce de antemano; y como este modo de discurrir halagaba su falta de fe y su sobra de sueño, la joven devota se dió con aquella media docena de frases, que casi recitaba maquinalmente, por muy tranquila y bien quista del Cielo.

Hasta que otra noche, en que su pereza era mayor y muy grandes sus deseos de concluir pronto sus oraciones de ritual, compendió cuantas súplicas hasta allí había expresado detalladamente, en una sola, inteligible, desde luego, para Dios, toda aguda perspicacia y sabiduría:

—Señor: tú ya sabes lo que yo deseo...

Y no dijo más, encomendando a la penetración y benevolencia divina el cuidado de deslindar y satisfacer con toda justicia sus honestos deseos.

Esta nueva costumbre ganó sin trabajo el espíritu gentílico de Mercedes: cansada de las inacabables oraciones que su madre la enseñó, reasumió tan enojosos jesuseos en una frase que la permitía armonizar su devoción con su modorra; más tarde compuso otras abreviaturas, luego rezó menos aún, después nada... Y hasta ella misma se admiró de la tranquilidad con que una noche, haciendo examen de conciencia, descubrió que hacía más de cuatro días que no rezaba...

Al desarrollo y exaltación de estas impías propensiones, coadyuvó eficazmente el estudio de la música.

Todas las tardes recibía Mercedes la visita de Mme. Relder, su profesora de piano. Una mujer alta, fea, pero muy elegante; siempre metida en un largo abrigo de terciopelo, con un gran sombrero negro y la sonrisa amable y triste y la mirada humilde de los criados que temen ser despedidos: llegaba, invariablemente, a la misma hora, llevando un rollo de papeles en la mano, alegre pero con un regocijo postizo y frío de diplomático, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas.

El piano lo habían colocado en el gabinete; una de aquellas habitaciones desamuebladas y sin alfombrar, cuyo vacío tanto reforzaba la intensidad de los ruidos. Durante los primeros meses de aprendizaje Mercedes sufrió mucho; nunca sabía la lección, sus dedos torpes aporraceaban las teclas sin arrancar sonidos agradables, y llegó a odiar el gabinete donde estudiaba, con sus paredes desnudas y su ventana sin visillos, por cuyos cristales se descubrían vastos solares incultos y un gran retazo de cielo plomizo; y odió al piano, con sus destempladas notas de instrumento alquilado, y a Mme. Relder, angulosa y engabanada, sonriendo siempre y obligándola a repetir una vez y otra la misma lección.

Aquella antipatía, no obstante, fué declinando porque la música, como dijo Goncourt, es el haschisch de las mujeres. Mercedes, insensiblemente, iba rindiéndose al encanto filarmónico: los sencillos ejercicios calcados sobre los principales motivos de las grandes óperas, los aires populares de una sencillez y apasionamiento inexplicables, todo la divertía y emocionaba profundamente. En poco tiempo realizó progresos extraordinarios; pasaba muchas horas delante del piano, repasando cuidadosamente lo aprendido, venciendo dificultades nuevas, abandonando su alma inquieta al misterioso vaivén pasional de las melodías más dulces, sintiendo que todo ello evocaba en su interior el presentimiento de algo muy grande que había de llenar su vida.

La música es un arte de quintaesenciada excelsitud que emociona igualmente a los jóvenes y a los viejos: a los primeros hablándoles con la voz engatusadora de las promesas, porque todo lo ignoran; y a los ancianos que vivieron mucho y ya nada esperan, cantándoles el melancólico de profundis de los recuerdos; a veces es un arte triste, desengañado, escéptico, como un don Juan decrépito; otras modula acordes alegres, mefistofélicos, de una seducción irresistible, que arrastran a la orgía: como el dios Jano del paganismo, tiene dos caras; es el arte contemporáneo de todas las épocas, evocador de todas las remembranzas, allegador de todas las ilusiones, intérprete de todos los deseos; el arte que llora con Margarita, que muere con Traviata, que ama con Romeo, que despierta el patriotismo con Guillermo Tell, que se despide del mundo con Fernando, en La Favorita, que duda con Hamleto, que mata con Otello...

Mercedes, como las grandes apasionadas, sentía, a despecho de su candor, algo de todo esto. Los nocturnos de Chopín y las sinfonías de Beethoven sometían sus nervios a emociones contradictorias: unas veces la acometían deseos de llorar por dolores desconocidos que parecían cruzar aleteando, como aves fatídicas, muy cerca de ella; otras, ganas de reír, de moverse, con movimientos y esguinces desordenados de bayadera lasciva, y generalmente establecía prodigiosas conexiones entre los términos y conceptos más disparejos: así, por ejemplo, oyendo un tango, recomponía un cuadro de escenas andaluzas que Gómez-Urquijo tenía en su despacho; mientras los valses, ese baile favorito de los salones aristocráticos, la recordaban una copa de Champagne, desportillada e inútil, que su madre conservaba desde tiempo inmemorial en un vasar de la cocina, como trofeo melancólico de antiguos festines. Al año siguiente Mercedes ingresó en el Conservatorio y Mme. Relder, que confesó noblemente haber enseñado a su joven discípula cuanto sabía, fué despedida.

Todas las tardes salían doña Balbina y su hija llevando en una gran cartera de dibujo los papeles de música, cogidas del brazo como amparándose mutuamente contra los coches y transeuntes que a su lado pasaban, seguían por la calle Jacometrezo y luego atravesaban la plaza de Santo Domingo, dirigiéndose hacia el teatro Real. Doña Balbina acompañaba a Mercedes hasta la puerta del Conservatorio y después se iba para volver una hora más tarde, a la salida de clase.

Aquellos paseos cotidianos, aunque obligatorios, sirvieron a Mercedes de gran distracción y recreo. Caminaba de prisa, taconeando recio, con las manos metidas en los bolillos de su elegante gabancito gris, comprendiendo que la leve sombra proyectada por el ala de su sombrero redondo favorecía mucho la interesante palidez hebraica de su rostro y la negrura de sus ojos, contentísima de tener una ocupación que la forzase a salir diariamente, mirando a los hombres de soslayo y orgullosa de advertir que ellos también reparaban en ella...

Bien pronto trabó amistad Mercedes con algunas de sus condiscípulas, especialmente con Carmen, y Nicasia Vallejo, hijas de una pobre viuda conocida de doña Balbina; y tanto por esta circunstancia, como por vivir Carmen y su hermana en la calle Mesonero Romanos, casi esquina a la de Jacometrezo, Mercedes y sus dos improvisadas amiguitas, siempre salían juntas de clase. El cariño que desde los primeros momentos atrajo a las tres jóvenes, creció rápidamente. Carmen era la mayor, Nicasia la más pequeña, y aunque una contaba cinco años más que la otra, ambas tenían el mismo carácter, idéntico geniecillo ocurrente y risotero: eran dos cuerpos muy gallardos, gobernados por dos cabecitas muy locas. Carmen y Nicasia iban solas al Conservatorio. Cuando volvían de clase, Mercedes y sus dos condiscípulas subían en grupo por la cuesta de Santo Domingo, hablando de música o comentando algún sabroso incidente que hubiese ocurrido durante la lección; doña Balbina las seguía con los ejercicios de Kalkbrenner y de Clementi debajo del brazo.

Durante aquellos paseos, las tres amigas se referían los proyectos y aspiraciones que pensaban realizar en lo porvenir.

—Yo dedicarme al teatro—decía Carmen.

—Yo también—añadió Nicasia.

—¡Cómo!—exclamó Mercedes—: ¿vais a dedicaros al teatro?... ¿Y tendréis valor para salir a escena?...

—¿Por qué no?—repuso Nicasia riendo—; las actrices viven muy bien, ganan mucho... y además, la vida del teatro es muy alegre.

—Aunque así no fuese—dijo Carmen—, la renta que nuestro buen padre nos dejó al morir, es exigua, los gastos que tenemos muy grandes, y cuando hay la obligación de sostener una familia, urge trabajar... ¡Tú no sabes lo que es eso!...

Hablaba seriamente, con autoridad de mujer experimentada, y Mercedes la miraba sorprendida de verla tan reflexiva y previsora.

—¿Y tú—preguntó Carmen—, qué piensas hacer?

Mercedes se encogió de hombros, con la despreocupación del niño que aún tiene muchos años por delante.

—No sé...—dijo.

—¿Esperas casarte?

—Sí...

Carmen hizo un gesto vago y sonrió. Las mujeres predispuestas a caer, siempre se empeñan en afirmar que los hombres son incasables.

—Eso es difícil—dijo.

—¿Difícil?... ¿Por qué?...

—¡Oh!... ¡Qué sé yo!... ¿Tienes novio?

—No...

—¡Bah!...—interrumpió Nicasia—; si no buscas novio, ¿cómo vas a casarte?...

Mercedes se puso muy colorada: tenía reparo en confesar que no la dejaban salir sola a la calle y que jamás había hablado con un hombre.

—Nosotras—agregó Nicasia con esa despreocupación que infunde la inocencia de las niñas o la impudicia de las cortesanas—hemos tenido muchos novios...

Los progresos musicales de Mercedes eran tan rápidos, que bien pronto figuró entre las alumnas más aventajadas de la clase. Carmen Vallejo, que no era envidiosa, le aconsejaba:

—Tú debías seguir nuestro ejemplo y dedicarte al teatro. Tienes muy bonita voz, eres guapa... Yo, el año próximo, ingresaré en la clase de declamación...

Mercedes movía la cabeza tristemente.

—A mí también me gustaría ser actriz.

—Entonces...

—¡Oh, no puedo!

—¿Por qué?

—Porque... no me dejarían mis padres.

—Tonta... a tu madre la convences en seguida, y a tu padre... ¡quién sabe!... sobre todo, los verdaderos artistas, los artistas de corazón, no deben acatar más dueño que su propio instinto, y seguir resueltamente por donde ese instinto les dirija...

—¿Y a ti, te dejan?—preguntó Mercedes preocupada.

—Sí. Mi madre no aplaude nuestra determinación, pero tampoco se opone a ella. Además, contamos con la protección de un pariente, que es actor.

—¡Ah!

—Sí, un primo nuestro, Roberto Alcalá... de quien tal vez has oído hablar...

—En efecto...—dijo Mercedes—, creo que estuvo un día en casa, hablando con mi padre...

Cuando se tienen pocos años, se intima pronto. Pocos meses después de conocerse, la tres amigas parecían hermanas; se lo habían dicho todo, sus secretillos más recónditos, sus esperanzas más atrevidas. Mercedes estuvo en casa de Carmen y de Nicasia, éstas no tardaron en devolver la visita, y doña Balbina y la viuda de Vallejo tuvieron, con este motivo, ocasión de renovar su antigua amistad. Todo ello contribuyó a reforzar el cariño que unía a las tres jóvenes y, como eran casi vecinas, siempre estaban las unas en casa de la otra o viceversa, repasándose las lecciones de música o enseñándose bordados o labores en marquetería, a las que Carmen, especialmente, era muy aficionada.

Todo esto ocurría a espaldas de Gómez-Urquijo, que vivía apartado de la realidad, sumido en el mundo fantasmagórico de sus quimeras novelescas... Y así Mercedes, insensiblemente, sin procurarlo, iba dejando el buen camino, empujada por la mano omnipotente del Destino impenetrable...

Una tarde, saliendo del Conservatorio, doña Balbina, contra su costumbre, se quejó de que «las niñas» caminaban muy de prisa.

—Más despacio, más despacito—repetía—; no puedo seguiros...

Mercedes hizo un gesto de disgusto y no respondió.

—¿Por qué no sales sola?—preguntó Carmen bajando la voz.

—No me dejan.

—¿Lo has intentado alguna vez?

—No.

—Pues importa que lo procures; Nicasia y yo te ayudaremos... ¡Qué diablo!... Las madres, cuándo van siendo viejas, suelen ponerse muy cargantes...

Pocos días después, las dos hermanas fueron a visitar a Mercedes: iban con la pretensión de llevársela a su casa para que viese una mantelería que estaban bordando.

—Volvemos en seguida—dijo Carmen a doña Balbina—; Mercedes puede venir así, conforme está: ya ve usted que nosotras, como vivimos tan cerquita, tampoco nos hemos vestido...

La anciana no supo qué responder; Gómez-Urquijo había salido...

—Bueno—dijo—, id pronto y volved en seguida. Ya sabéis que os estaré mirando desde el balcón...

Y, en efecto, Mercedes se fué. Era la primera vez que salía sola a la calle. Tenía veintiún años. La joven continuaba estudiando el piano asiduamente, y cuantos más progresos realizaba, mayores encantos musicales descubría, y más grandes eran las perplejidades y los conturbadores anhelos de su espíritu.

Esta peligrosa epifanía sentimental que inicia la música, la remató la literatura poco después. Mercedes nunca había reparado en que llevaba el apellido de un gran hombre; desde muy pequeñita estaba acostumbrada a ver artículos de su padre en todos los periódicos y revistas ilustradas, que publicaban el retrato de Gómez-Urquijo, juzgándole de distinto modo y estudiando extensamente sus novelas y sus triunfos escénicos; aquello, siendo tanto, le parecía insignificante y vulgar, como todo lo cotidiano; y por esto, sin duda, jamás tuvo el antojo de leer los libros de su padre hasta que un día...

Gómez-Urquijo y su mujer habían salido dejando a Mercedes sola, junto al piano, que despertaba en ella tantas aspiraciones vagas, tantos deseos sin nombre. Por aquella época la posición económica de don Pedro había mejorado notablemente, y el infatigable escritor ocupaba un pisito tercero en la calle Jacometrezo, con tres balcones desde donde se veía un trozo de la Red de San Luis, con su alegre baraúnda de transeuntes y de vehículos, y por los cuales se entraban, con las bocanadas del viento, los alegres murmullos de la gran ciudad.

Aquella tarde Mercedes se aburría, con una murria tan sui géneris, tan absurda, que acabó por indisponerla consigo misma. Se fastidiaba de oír las eternas lamentaciones de Chopín y los valses perversos de Waldteufel, y cerró el piano; después se cansó de bordar, no acertaba a combinar los colores de un ramillete que tenía entre manos, se pinchaba los dedos y arrojó el bastidor a un rincón; luego, aburrida también de ver las gentes que iban y venían por la calle, lanzó un suspiro de despecho y de ahogo, y cerró el balcón. Todos sus pensamientos se resumían en un «me aburro»... desesperante, que empujaba a su espíritu hacia peligrosos horizontes desconocidos. Era «el cuarto de hora» de los conflictos psicológicos, «la hora azul» de los grandes cataclismos sentimentales, de las terribles revelaciones...

Mercedes abrió el despacho de su padre, aquel santuario donde ni ella ni doña Balbina penetraban casi nunca. En los armarios aparecían amontonados centenares de volúmenes; en las paredes había multitud de retratos de actrices y de escritores amigos de don Pedro; sobre la mesa yacían varios libros; uno de ellos estaba sobre la carpeta, con la plegadera entre las hojas. Mercedes se acercó a la mesa y cogió el libro, Eva, la novela más célebre de Gómez-Urquijo. Durante algunos instantes estuvo inmóvil, hojeando el volumen con aire indeciso, respirando el ambiente de aquella habitación impregnada de un fuerte olor a tabaco. De súbito sus ojos chispearon, todo su cuerpo se estremeció y sus mejillas se arrebolaron de vergüenza: acababa de llegar al desenlace de una escena de amor cuya circunstanciada descripción devoró rápidamente, presintiendo que a la vuelta de cada hoja iba a descubrir algo que la revelase ese recatado misterio eleusíaco de la vida, tormento eterno de todas las vírgenes.

Mercedes había abierto el libro por una de sus últimas páginas, aquéllas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de la narración.

Eva era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor, ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre la carne, siempre frágil, y el honor... Y, finalmente, la caída, la dulce y espantosa caída, con sus noches de insomnio preñadas de terribles quimeras...

Todo esto lo releyó Mercedes con la torcida fruición del niño que hojea por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura fué para ella un tósigo.

Gómez-Urquijo había procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la realidad; describió el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo, pero, generalmente, más bien malo que bueno; y todas sus esperanzas, todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados allí, a guisa de légamo funesto. Gómez-Urquijo era pesimista; creía que la tierra es un mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de desengaños, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde salieron... Y a esto obedecía el criterio sombrío de don Pedro: el autor de Eva se rebelaba contra la muerte; le parecía absurdo y contrario a la noción de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el anónimo desesperante de lo pretérito; y por eso, para aminorar la visión fatídica del no ser, Gómez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con perfiles que recordaban la fúnebre filosofía de los epicúreos: amemos; el amor es el único enemigo invencible de la muerte, el consolador bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de sentir el opio embriagador del deseo... ¿Para qué sufrir? ¿Por qué no enmascarar bajo poéticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es una novela que se escribe: hoy puede redactarse un capítulo triste, mañana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.

La joven pasó toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y funestas enseñanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que, como Galileo, sentía trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se echó encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendió el quinqué y continuó leyendo.

Todo la sorprendía; allí vió pasiones jamás presentidas por su columbino candor de doncella y escenas de un subidísimo color naturalista que simultáneamente la avergonzaban y seducían. La ética predicada por Gómez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegría, algo triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen en sus últimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, decía el autor de Eva, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos sugestionar por las vagas incertidumbres del mañana; la melancolía es el credo inútil, infecundo y estúpido de los vencidos... Gómez-Urquijo entonaba en aquellas páginas del mejor de sus libros, una canción brillantísima en honor del amor y de la risa: Eva era el prototipo de la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una creación sobrehumana, puramente artística, bella y fecunda como la Eva milagrosa del Génesis, que llevó en sus ovarios los gérmenes de toda la especie humana; libertina como Semíramis, voluptuosa como Cleopatra, con esa voluptuosidad ponzoñosa, insaciable, que atormenta las entrañas de las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena, incestuosa como Mesalina, cruel como Herodías... y a ratos también, esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantísima como Raquel... Eva lo reasumía y abreviaba todo: las virtudes, los heroísmos, las abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergüenzas femeninas; era, pues, un símbolo; símbolo admirable digno de parangonarse con las creaciones inmortales del paganismo.

Mercedes leía ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer fantástica, hermana suya, puesto que también parece mediar cierto secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo bien concreto de lo mucho y mal definido que ella sentía.

Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos históricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiración de los artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales; la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al principio y luego se rinde y más tarde persigue y acosa al burlador, al inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en voluptuoso miraje a la imaginación de la gozadora adolescencia, emborrachándola con la sinfonía de sus juramentos y de sus besos y el sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama, que olvida y que ríe... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a querer y a reír...

¡Amar, reír!... Gómez-Urquijo insistía continuamente sobre estos dos conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme leía, iba quedándose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho indiscutible que tenía a cometer locuras y a ser dichosa.

Aquella noche Mercedes durmió con la novela de su padre debajo de la almohada, procurando que nadie la viese, con la vergüenza y el temor de la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.

Como Mercedes no pertenecía al número de esas mujeres frías y volubles que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el alcance que sobre ella podían tener las sensaciones. Primero leyó Eva, luego Cabeza de mujer, y ambos libros causaron en ella un efecto abominable: por sus páginas conoció las hechicerías de lo vedado y la inanidad de cuanto hasta allí estimó bueno y digno, por tanto, de imitación; allí aprendió que el hastío es la carcoma implacable del matrimonio; que el marido es algo monótono, insípido, como una cena servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo prohibido oculta la mitad más preciosa y duradera de sus encantos, no querrían casarse nunca...

Cabeza de mujer era un estudio perfecto de la psicología femenina, en cuanto hay en ella de pequeño; las envidias, las veleidades, los caprichos del momento, amores de salón, pasiones efímeras de coqueta que languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras Eva reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto sobre el cual la mano habilísima del novelista trazó la sinfonía admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus impaciencias, sus citas y demás misterios clásicos que forman los adorables prolegómenos de la suprema posesión.

Mercedes sentía que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo con estremecimientos eléctricos a los diversos matices del himno pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante, tenían su misma sangre, sus mismos nervios. Gómez-Urquijo había puesto en todas igual temperamento, lo que no es de extrañar, pues el escritor se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos análogos.

La joven se reconoció retratada en los libros de su padre. Ella, con sus cortos cabellos negros y fuertes, su rostro pálido, sus ojos de obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se parecía a Eva, la gran apasionada, incansable derrochadora de placeres, que murió abandonada después de servir de embeleso a muchos hombres; y recordaba también a Matilde, la protagonista de Cabeza de mujer, aquella caprichosa incorregible que renunció a su marido y a sus hijos por beber champagne con un adorador que no la interesaba....

Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipócritas y mudables, aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos, zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto sojuzgador del ángel malo. Eran adúlteras porque sus esposos eran vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua sobreexcitación de sus nervios así lo exigían; pero siempre interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre artistas... Y Mercedes las quería y hubiese deseado emularlas, rivalizar con ellas, ser una de tantas....

Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visión de un mundo, escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendió las suaves emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol, caminando bajo los árboles y por entre los flexibles herbazales que se enredan a sus pies, invitándoles a caer; y la voluptuosa melancolía del crepúsculo, con sus pájaros adormilados arrullándose entre el boscaje, sus campiñas despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche, sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fría en la superficie inmóvil de los pantanos... Y conocía también las emociones de los amoríos urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas serviciales que ejercen tercería, ofreciéndose a llevar y traer cartas, o poniendo su casa a disposición de los que no pueden exhibir su pasión públicamente; las entrevistas en los cafés poco concurridos de los arrabales, los paseos en coche... Y además las cartas, las horribles cartas hinchadas de juramentos hiperbólicos y de promesas soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los desdenes, los celos; y luego las escenas más íntimas. Aquellas tardes invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios, esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a poco la siniestra profecía de Malthus. A través de los cristales de la ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las paredes, los muebles abocetan tímidamente sus suaves panzas de raso o felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmóviles y tristes como telarañas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una sensación de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el fondo de la habitación aparece el lecho; no como aquéllos de en tiempo del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeñas son odiosas por parecer construídas exclusivamente para dormir o gustar el placer de prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito, amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre cuyos pliegues la mundana previsión del tapicero colgó una lamparilla eléctrica.

Todo esto lo sabía Mercedes y más aún... Conocía los detalles, los refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aquí y allá por la impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer las camisas de seda, tan suaves, ciñéndose y modelando las curvas del cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesión; y los besos en la nuca, tan afrodisíacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un cosquilleo magnético que llega a los riñones... Y luego aquellas horas de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con el ánimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultáneo tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del hombre más grave, más lento; el de la mujer más rápido, más febril; pero avanzando simultáneamente cual si entre ellos mediase también una corriente simpática...

Tales lecturas causaron en el carácter de Mercedes una honda revolución que no advirtieron en los primeros momentos ni doña Balbina ni Gómez-Urquijo: tornóse más irritable, más desigual, más voluntariosa; las lecturas habían prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales; dormía poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fué más profunda, y pasaba largos ratos en el balcón, recapacitando en la monotonía de su existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y pensando que todos ellos tendrían, como los hombres y las mujeres de los libros, sus amores y su citas.

Su padre, el talentoso autor de Eva y de Cabeza de mujer, lo había dicho. «La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre, a gusto del autor». Y Mercedes renegaba de que en todas las páginas de su historia el Destino fuese escribiendo los mismos párrafos.

A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doña Balbina, tan buena, tan resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minoría de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido después: y entonces el matrimonio le parecía algo absurdo, una institución monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrán de odiarse el día de tornaboda; una especie de duelo a muerte que sólo puede terminar con la desaparición de uno de los dos adversarios. Y Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de enviudar, no se casarían nunca.

Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua excitación: siempre, sin saber por qué, esperaba algo nuevo, anormal, que sobrevendría fatalmente y de sopetón, en forma de ser viviente o de noticia o de carta, pero que llegaría al fin, cuando más descuidada estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su ilusión nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes continuamente, a todas horas, de un telegrama que jamás venía, de una carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acudía al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaños por días, siempre se dormía conforme, fortalecida por su convicción inquebrantable de ser dichosa, murmurando:

—Vendrá mañana...

Así vivía, abrazada a un ensueño sin nombre.

De algo de esto habló Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir del Conservatorio; mas ellas, que habían leído muy poco, no supieron qué decir.

—En los libros—afirmó Carmen—los autores escriben muchas tontunas. Tú, de todos modos, necesitas un novio.

Y añadió bajando la voz para que Nicasia no la oyese.

—Otro día te contaré lo que hace tiempo me sucedió con Luis...

—¿Cómo?—exclamó Mercedes sorprendida de aquella revelación que no esperaba—¿tienes novio?

—Sí.

—¿Cómo no me lo habías dicho, hipócrita?

—¡Qué sé yo!... Es amigo de Roberto; un novio muy guapo, muy decidor, que me da muchos besos...

Y empezó a reír estrepitosamente. Mercedes no hizo ningún gesto: aquello le parecía muy lógico, muy corriente, pues, según ella recordaba haber leído en las novelas de Gómez-Urquijo, todos los hombres y las mujeres que se quieren deben dormir juntos.

Carmen, amohinada por esta impasibilidad, preguntó:

—¿No te gustaría a ti también, tener un novio que te besase?...

Y Mercedes repuso con esa inconsciencia con que sostienen los mayores absurdos morales las mujeres que prostituyeron su alma antes de violar la virginidad de su cuerpo:

—¡Es natural!...

Por aquella época Gómez-Urquijo recibía bastantes visitas, de literatos, actores y artistas jóvenes y ambiciosos que iban solicitando la ayuda del afamado novelista.

Don Pedro, que madrugaba con el sol, estaba visible únicamente por las mañanas: sus amigos podían verle sin preámbulos, pero los desconocidos no podían pasar sin cumplir esos requisitos sociales que son la parte teatral que envuelve y da prodigioso realce a la vida exterior de los grandes hombres. Primeramente tenían que presentar su tarjeta o la cartita de recomendación que trajesen, y luego sentarse en el recibimiento, sobre un largo banco de gutapercha donde Gómez-Urquijo les dejaba aburrirse quince o veinte minutos, dándoles a entender con tan larga espera que estaba muy ocupado y que aquellos momentos de audiencia eran para él verdadero sacrificio.

Mercedes, apartando disimuladamente los cortinajes que cubrían la puerta del comedor, procuraba atisbar, sin ser vista, a los recién llegados. Algunos iban dos y tres veces: a éstos ya les conocía, designándolos mentalmente por la particularidad física o por el detalle de su indumentaria que más la impresionase, y así decía:—El hombre del bigote rubio; el joven del gabán claro...—Pero otros, los menos afortunados, pasaban de refilón, como sombras, para no volver. Generalmente eran jóvenes mal vestidos, de rostros pálidos y ojos brillantes agrandados por las emociones mentales.

Entre los individuos que más asiduamente frecuentaban la casa de Gómez-Urquijo, estaba don Pablo Ardémiz y Roberto Alcalá, el primo de las hermanas Vallejo; un actor joven que había estrenado varios dramas de don Pedro y por quien éste sentía gran afecto.

Era un mozo como de treinta años, de mediana estatura, elegante y atildado, pero sin que ni su elegancia ni su atildamiento pecasen de ridículos; grave sin orgullo, cortés sin afectación. Llevaba el rostro primorosamente afeitado y el negro pelo caprichosamente abullonado sobre las sienes, lo que imprimía a la cabeza cierta originalidad artística; sus ojos azules miraban con la imperturbable quietud del hombre corrido que sabe y disimula muchas cosas, y por sus labioa delgados vagaba la expresión indefinible, ambigua, de los actores expertos acostumbrados a fingir continuamente expresiones contrarias. Era, pues, muy simpático, con una simpatía que dimanaba, principalmente, de la perfecta ecuanimidad de su espíritu y de lo bien que se armonizaban el comedimiento de sus palabras y la británica corrección de sus gestos.

A Roberto Alcalá y a don Pablo Ardémiz les conoció Mercedes simultáneamente, una tarde en que Gómez-Urquijo les invitó a cenar. Era la primera vez que la joven comía con gente extraña. Don Pedro ocupaba la cabecera; Roberto estaba a su derecha, Ardémiz a su izquierda, y junto a don Pablo, doña Balbina. Felipa, la criada, iba y venía desde la cocina al comedor, algo aturdida por la presencia de los dos nuevos invitados.

Bajo el torrente luminoso derramado por la lámpara suspendida a cierta altura sobre la mesa, los rostros de los comensales surgían con poderoso relieve. Don Pedro, con su ancha frente pensativa, sus ojos graves de mirar penetrante, su nariz aguileña, de alas movibles que la inspiración y el coraje hinchaban fácilmente, su semblante enjuto y su cabellera blanca y artísticamente abarquillada sobre las sienes, como las coquetonas pelucas de los antiguos cortesanos. Roberto, siempre solícito y atento a las menores variantes de la conversación, clavando en Gómez-Urquijo la tranquila mirada de sus ojos azules, algo ensombrecidos por esas ojeras violáceas características de los trasnochadores sempiternos... Mercedes lo observaba todo.

Don Pablo Ardémiz era un hombre sesentón, alto y grueso, un poco calvo, con labios abultados y entreabiertos de viejo lascivo; su encanto principal consistía en la voz; una vocecilla algo estropeada, quizás, por los abusos del vino y del amor, pero afable; simpática, dulce y dotada de una tonalidad o dejo de irresistible seducción; y hablaba despacito y quedamente, subrayando las palabras con guiños o ademanes elocuentísimos que le erigían en príncipe del gesto. La vida de don Pablo era un misterio: nadie le conocía familia, ni empleo, ni bienes de fortuna... y, no obstante, vestía bien, frecuentaba los teatros y los salones patricios y fumaba de lo caro. ¿De qué vivía don Pablo?... Nadie pudo averiguarlo, y cuando alguien, en tono frívolo y de gorja, apuntaba la posibilidad de que alguna vieja rica y de gusto subvencionase las necesidades de Ardémiz, éste sonreía, exclamando:

—¡Oh señores, nada de eso!... Yo estoy mandado retirar... ya no puedo. Ustedes saben cuán enemigas son las mujeres de los párpados enrojecidos y de las manos trémulas.

Esto lo decía con acento persuasivo que no daba lugar a controversia; el acento resignado y alegre de los viejos galanes que salieron del mundo con la orgullosa pretensión de haber apurado todos sus goces.

Las figuras de don Pablo Ardémiz y de Roberto Alcalá, preocupaban poderosamente la curiosidad de Mercedes, quien no dejó de observarles durante toda la comida. Lo que más la seducía de ellos era la atmósfera viciosa que ambos respiraban: Roberto Alcalá, que vivía solo, sin otra ley que su capricho, entregado a los fáciles amoríos de la «gente de teatro», con amigos de buen humor y queridas graciosas que le ayudaban a disipar alegremente su dinero... Pensando así, la descompuesta imaginación de la joven veía a Roberto como Borgia, retozando a sus amadas sobre un colchón de violetas, después de bañarlas en un barril de Malvasía... Y don Pablo Ardémiz; que había llegado soltero a los sesenta años y cuya historia sería, por tanto, una interesante leyenda de amores: con su belfo colgante de viejo libertino, sus manos gruesas y velludas, sus ojos dominadores y penetrantes de hombre acostumbrado a contemplar mujeres desnudas, y su voz... aquella voz bajo cuyas modulaciones irresistibles hubieron de rendirse y caer las virtudes más salvajes necesariamente, fatalmente, con ese fatalismo ciego con que caen los cuerpos abandonados en el espacio. Viéndolo, sentía Mercedes la emoción de curiosidad y de miedo que deben de experimentar las vírgenes cautivas al recibir la primera visita del Sultán.

La conversación la sostuvieron principalmente Ardémiz y Gómez-Urquijo. Roberto Alcalá charló poco, como hombre modesto que no tiene empeño en representar un papel principal.

Se habló de literatura, de teatros, de las últimas noticias sensacionales.

—Anoche aseguraban en Eslava—dijo Roberto—, que Claudio se había vuelto loco.

—¿Claudio?...—preguntó don Pedro—¿quién es Claudio?

—¡El pintor!...

—¿Claudio Antúnez?

—Sí.

—¿Es posible?—exclamó Gómez-Urquijo—; los periódicos nada dicen.

—No es extraño, porque la desgracia de nuestro amigo no corrió por Madrid hasta las primeras horas de la madrugada...

Discutieron extensamente los motivos provocadores de aquella locura.

—El trabajo—exclamó Gómez-Urquijo con su acento resuelto de polemista acostumbrado a imponerse—, el demonio devorador del trabajo es quien ha llevado al pobre Antúnez al manicomio.

—El trabajo y la mala vida—repuso Roberto—, las noches pasadas en vela, sus ambiciones insaciables de artista, el vino...

Mercedes escuchaba, pensando, sin saber por qué, en que Roberto Alcalá también estaba rodeado de iguales peligros.

—Yo creo—interrumpió Ardémiz—, que más que el trabajo y el vino ha influído en la locura de Claudio el amor.

—¡Ah! ¿Usted le conocía?—preguntó Roberto.

—Mucho.

—¿Y dice usted que andaba enamorado?

—Sí.

—¿De quién?...

Pablo Ardémiz, que advirtió los ojos penetrantes de Mercedes clavados en él, sonrió de un modo enigmático.

—Es casi un secreto—repuso—, un secreto que muy pocos conocen. Claudio Antúnez mantenía relaciones con una mujer casada.

—¿Y esa mujer?...

—Es quien le ha destrozado la medula...

Alcalá y Gómez-Urquijo sonrieron, y Mercedes se mordió los labios, desesperada de no comprender el malévolo significado de aquella risa.

—Es un crimen horrible, un verdadero asesinato—prosiguió Pablo Ardémiz—; asesinato tanto más lamentable, cuanto que nadie puede castigarlo. Claudio ha muerto envenenado: le han envenenado con amor, y el amor es tósigo sutilísimo que no puede figurar en el informe de ningún médico forense.

Y añadió con expresión de fina ironía:

—De no ser así, muchas viudas inconsolables estarían en presidio...

Aquella noche Mercedes se durmió pensando en aquel Claudio Antúnez, a quien no conocía, en las mujeres criminales que saben matar amando, según afirmó don Pablo, a quien suponía muy ducho y versado en cuestiones de este jaez, y en que, durante la cena, había sorprendido a Roberto mirándola de soslayo y con particularísima afición.

Al día siguiente, momentos antes de entrar en clase, Nicasia se acercó a Mercedes, diciéndole bruscamente:

—Ya sé que anoche mi primo cenó en tu casa.

—Sí; ¿cómo lo sabes?

—Por el mismo Roberto. Nos ha dicho que eres muy guapa y que le mirabas mucho, ¿Es cierto?

Y como lo era, Mercedes se puso muy colorada y no supo qué responder.

Algunas mañanas después, estando Mercedes poniéndose los guantes y el sombrero para ir al Conservatorio, llamaron a la puerta. La joven, según costumbre, corrió al recibimiento y abrió. Era Roberto. El simpático actor saludó cortésmente y preguntó:

—¿Está don Pedro?

—Sí, señor... En su despacho. Pase usted.

Alcalá contemplaba a la joven sonriendo, y ella, que sentía en sus mejillas el calor de aquella mirada, no se atrevió a levantar los ojos del suelo.

—¿Dónde iba usted?—murmuró Roberto.

—A clase.

—¡Tengo unos deseos de decirla a usted un secreto!... Un secretillo muy interesante que sólo usted puede oír.

No hablaron más, sorprendidos por los lentos pasos de doña Balbina Nobos, que se acercaba.

Noches después, Mercedes y su madre fueron al teatro. Se representaba un drama de adulterio, y el papel de amante lo interpretó Roberto Alcalá. El joven actor apareció a mediados del primer acto, declamando un monólogo apasionadísimo que le conquistó muchos aplausos. Mercedes le escuchaba, presa de intensísima emoción, temiendo que se equivocase, y se rebullía en su butaca procurando que doña Balbina no advirtiese su nervioso temblor.

Al final del segundo acto, Alcalá representó una preciosa escena con la primera actriz, con la adúltera, arrobando a Mercedes, que le oía embelesada, como si aquel ardiente epitalamio fuese dedicado a ella...

Pasaron varios meses y llegó el invierno. Una tarde, al salir Mercedes de casa de Carmen para ir a la suya, encontró a Roberto en el portal. El joven actor lanzó un suspiro de satisfacción.

—¡Por fin!—dijo.

Mercedes le comprendió perfectamente y vió en su exclamación una prueba de amor, pues aquel encuentro también lo esperaba ella desde hacía mucho tiempo. Y, con una ingenuidad que encantó a Roberto, repuso:

—Sí, soy yo.

—Gracias.

—Gracias... ¿por qué?...

—Por haber venido. Este encuentro parece una cita...

Ella sonrió alegremente; su risa valía una afirmación.

—¿Dónde va usted?—dijo él.

—A mi casa. Es decir, antes he de ir a la calle Abada, ahí cerquita, a comprar unas agujas.

—¿Me permite usted acompañarla?

Y como Mercedes titubease, no sabiendo lo que las mujeres honestas deben responder a semejante proposición, Roberto agregó:

—Ea... pues... ya está dicho. ¡Me voy con usted!...

III

La juventud, garbo y apasionado temperamento de Mercedes, rindieron muy pronto a Roberto, inspirándole un capricho que, por lo consecuente y duradero, ofrecía los gayos visos de una legítima pasión. Adoraba su ingenio desigual, a ratos candoroso y a ratos descocado y mordaz; sus ardores desbordantes y sus anhelos desenfrenados de saberlo todo; y como hombre mundano a quien las decepciones enseñaron a no preocuparse del mañana, aceptaba muellemente el curso de los acontecimientos, olvidando los peligros a que se exponía y las graves consecuencias que acaso trajese aparejadas aquel cariño. Roberto, en fin, jamás pensó en que Mercedes fuese, ni su mujer, ni su querida; esto dependía del porvenir, de las circunstancias... tal vez de los merecimientos que la joven tuviese para ser manceba o ascender a la categoría de esposa.

Ella, por su parte, idolatraba a Roberto, aunque tampoco midió la dulce posibilidad de legitimar aquellos amores. Roberto era a sus ojos el más guapo de los hombres, el mejor conversador, el más irresistible, el más socaliñero. Todas las partes de su cuerpo le parecían dignas de especial cariño y atención: admiraba su frente, cortada por las arrugas que formaron las frecuentes contracciones de los músculos frontales; y sus manos, llenas de experiencia; y sus oídos, que hubieron de escuchar los voluptuosos juramentos de muchas mujeres enamoradas; y sus labios, acostumbrados a besar y a mentir. Comparando a Roberto con los galanes protagonistas de Eva y Cabeza de mujer, le hallaba superior a ellos y digno, por tanto, de coronarse vencedor en cualquier torneo pasional. Amaba sus palabras, sus gestos, la expresión burlona y ambigua de sus ojos azules, el color de sus trajes, el corte de sus pantalones... hasta el perfume de sus pañuelos... Únicamente le preocupaba el pasado de Roberto: aquella historia amorosa de quince años, poblada, acaso, de mujeres inolvidables.

—¿Tú habrás tenido muchas novias?—decía.

—Sí...—replicaba Roberto sonriendo—, como todos los hombres... Soy uno de tantos.

—¿Bonitas?

—Bonitas y feas... pero más bien feas que bonitas; lo malo abunda.

—¿Cómo se llamaban? ¿Hubo alguna tocaya mía?...

—No... sí... no recuerdo...

Otras veces ella decía, avergonzada de su propio candor:

—Como eres un pillo muy grande, supongo que esas mujeres serían para ti algo más que novias... Algunas descenderían a queridas...

Él negaba débilmente, satisfecho de que le juzgasen hombre peligroso. Mercedes insistía.

—¡No seas hipócrita, dime la verdad! ¿Las quisiste mucho?

—Psch... regular...

—¿Vivías con ellas?

—No.

—¿Por qué?...

A veces Roberto, aturdido por aquel interrogatorio desesperante, se negaba a responder; mas ella le acometía exasperada, celosa, cogiéndole por un brazo, que atenaceaba cruelmente entre sus dedos crispados.

—¡No, no—repetía—, quiero saberlo todo! Como tú conoces mi historia, necesito yo averiguar la tuya. Tengo derecho a ello, me perteneces...

Continuaba mareándole, preguntándole por su pasado con ese afán de los espectadores curiosos que, habiendo llegado tarde a una función bonita, molestan a sus vecinos rogando les expliquen las primeras escenas.

Estas conversaciones ocurrían en la calle, antes de cenar, entre siete y ocho de la noche. Todos los días Mercedes iba a su clase del Conservatorio acompañada de las hermanas Vallejo, y a veces también de doña Balbina; pero nunca veía a su novio, porque Alcalá se levantaba muy tarde.

Las citas eran después. A la primera campanada de las siete, Mercedes dejaba su costura o lo que estuviese haciendo, y se levantaba resueltamente para marcharse.

—¿Dónde vas?—decía doña Balbina.

—Ya lo sabe usted: a casa de Carmen y de Nicasia, que están esperándome.

—Pero... niña...

—¡Vuelvo en seguida!...

Y salía vestida de cualquier modo, abrigándose el cuello con una vieja toquilla azul de su madre, queriendo demostrar con el estudiado abandono de su indumentaria que no iba lejos. Bajaba la escalera rápidamente, haciendo crujir los peldaños bajo la contracción de sus piececitos impacientes, atronándolo todo con el ris-rás de sus enaguas almidonadas; y ya en la calle, de una carrera, sin detenerse a cobrar aliento, llegaba a la de Mesonero Romanos; allí la esperaba Roberto, con el sombrero muy calado sobre las cejas, envuelto en su rica capa color verde-mar adornada de caprichosos bordados, y midiendo el ándito de la acera con el paso mesurado del hombre que espera.

Doña Balbina intentó oponerse a aquellas libertades que consideraba impropias de la honestidad y posición social de su hija, pero no tuvo fuerzas para imponer su autoridad, Mercedes la dominaba, como en otro tiempo Gómez-Urquijo la había sojuzgado y vencido. Alarmada por los consejos de don Pedro, la sencilla mujer procuró granjearse la confianza de Mercedes, conocer sus deseos, descubrir sus secretillos mejor velados. Tarea imposible, la hija tenía más entendimiento, más conversación, más recursos imaginativos y más perspicacia que la madre; no hubo, por tanto, entre ellas combate posible, y cuantas veces doña Balbina acometió sus difíciles operaciones de exploración y sondeo, quedó vencida y desautorizada para mucho tiempo.

—¿Qué quiere usted que guarde oculto?—decía la joven—; ¿no sabe usted, minuto por minuto, el monótono empleo que doy a las horas de mi vida?

—¡Oh!... Ya supondrás que mis preguntas van enderezadas a tu bien; yo celebraré tus venturas... yo te consolaré si tienes penas... ¿Por qué no había de ser tu madre tu mejor amiga?...

Mercedes solía no responder y la conversación quedaba en tal punto; pero a veces dejaba traslucir parte de sus verdaderos sentimientos, hallando sabroso divertimiento en ir examinando la impresión que sus confesiones reflejaban sobre el rostro ingenuo de la anciana.

—No tengo pesadumbres—decía—, ni desengaños, ni ambiciones locas... sino algo que es bastante peor que todo eso... Sufro una pesadumbre, madre... una sola pesadumbre que parece el espíritu de lo malo, la esencia refinada de todas las melancolías; una tristeza que suma, a la roedora comezón de las grandes ambiciones, el dejo desdeñoso de los desengaños incurables... Sí, estoy triste, muy triste; como si mi corazón hubiese abrigado todos los anhelos y sufrido todas las desesperanzas. Diríase que lo he visto todo y que todo me hastía. ¡Me aburro, madre, me aburro siempre!... Cuando toco el piano, cuando bordo, cuando voy por las calles camino del Conservatorio, cuando duermo... porque mi sueño tiene también la inmovilidad, la pesadez del aburrimiento... ¿Usted nunca se ha aburrido así?...

A Balbina Nobos, horrorizada por los abismos morales que descubría en su hija, poco le faltaba para llorar, y antes de responder titubeaba, examinando su vida, su serena existencia de mujer honrada, soñolienta y monótona como un bostezo. Sí, ella también se había aburrido muchos días, tantos, que entre todos podían formar largos años de tedio mortal...

Mercedes, que leía en la frente de su madre como sobre un libro, agregaba:

—Sí, seguramente habrá usted tenido horas de murria, pero declare que, si las sufría con resignación, fue por mi padre, pues los sufrimientos y abnegaciones de usted redundaban en beneficio suyo, y mi padre era el único norte de sus pensamientos. Usted vivía para él y él para usted. Las tristezas y los triunfos eran comunes; su recuerdo llenaba y embellecía las soledades de usted, y las sonrisas de la esposa remediaban, como por ensalmo, sus quebrantos... Realizabais, en suma, el adorable imposible de uno ser dos y dos ser uno... Pero, ¿y yo? ¿Qué tengo? ¿A dónde voy? ¿Qué puede amenizar la horrible vacuidad de mis horas?...

Entonces recordaba aquel remedio milagroso que esperaba de cualquier sitio: de un telegrama que no recibía, de una carta o de un ser que nunca llegaban... Si, hallándose en su habitación, oía sonar el timbre de la puerta, una voz interior que siempre mentía, exclamaba: «Ahí viene». Si iba por la calle, una emoción magnética inexplicable la acometía de súbito, obligándola a pensar en su casa y en aquel enviado extraordinario, murmurando: «¿Habrá llegado?»... Mercedes insistía en esto, explicando elocuentemente el suplicio de los ilusos que, como ella, viven esperando oír la voz de un ensueño; y eran tan apasionadas sus frases y tan sincero su dolor, que doña Balbina, aun sin comprender la gravedad y miga psicológica de todo aquello, concluía por echarse a llorar.

Aunque la anciana no presumía las relaciones de su hija con Roberto Alcalá, la repugnaban las salidas nocturnas de Mercedes.

—Eso no está bien—decía—; ninguna mujer soltera y celosa de su buen nombre anda sola por la calle, y menos de noche... ¡Ah, si tu padre lo supiese!...

Pero la joven se sublevaba, reclamando con acento imperioso su derecho a ser feliz; ya que todo el día estaba trabajando como una vieja cargada de obligaciones, justo era que por las noches buscase en la sociedad de unas amigas vecinas un ratito de inocente solaz.

Y añadía resueltamente, fiada en la protección de Nicasia y de Carmen:

—Déjeme usted y no me atormente. ¿Qué pido yo? ¿Qué placeres me proporciona usted? Yo no voy a reuniones, ni al teatro; mi padre, absorto en sus quehaceres, no se ocupa de mí... usted tampoco... ¿Para qué vivo, pues? ¿Para tocar el piano y repasar la ropa sucia?... ¡Donoso porvenir!... Creo que debía usted proteger estas inocentes diversiones mías, supuesto lo mucho que me quiere, y procurar que mi padre las ignore, porque ni él ni yo tenemos la condición sufrida y un choque entre ambos podría ser funesto para todos...

Hablando así, su hermosa cabeza afectaba una expresión batalladora que parecía ceñirla en una oriflama de combate: los negros rizos de su frente se encrespaban temblando, cual si el coraje los retorciese sobre sí mismos; el nervioso fruncimiento de su nariz se acentuaba, las mejillas palidecían, y bajo el doble arco de las cejas brillaban sus ojos de obsidiana, negros y duros... Y Balbina Nobos bajaba los suyos, cohibida por el irresistible poder magnético de aquella mirada grave y despótica de Gómez-Urquijo, el mismo entrecejo autoritario, la misma voluntad de hierro que la había tiranizado durante treinta años de matrimonio...

De este modo doña Balbina, temiendo provocar un disgusto entre padre e hija, y no hallando en la conducta de ésta nada muy reprensible, aceptó como buena y aun necesaria la repetición cotidiana de aquellos paseos, ocultándolos y convirtiéndose así en cómplice inconsciente de Mercedes.

Estas condescendencias maternales las aprovechaba la joven hábilmente para ver a Roberto, y las pequeñas dificultades que había de vencer para salir sazonaban su amor con un encanto inexplicable.

Roberto siempre acudía puntualmente al lugar de la cita y, arropado en su capa, empezaba a pasear la calle de Mesonero Romanos, pero sin asomarse nunca a la de Jacometrezo, temiendo que desde los balcones de su cuarto doña Balbina le columbrase. Generalmente, el tiempo era desapacible; la luz de los faroles reflejaba sobre el empedrado húmedo y el aire que ascendía del fondo de la retorcida calleja como un eructo de cloaca, venía impregnado de un fuerte olor a tierra mojada. Los hombres pasaban embozados hasta los ojos; las mujeres, todas obrerillas que salían del trabajo, iban de prisa, arrebujadas en sus mantones, y Roberto las miraba fijamente, recelando siempre la eventualidad de una sorpresa. Después llegaba Mercedes, corriendo y mirando hacia atrás, y había tanto sobresalto y tanta felicidad en sus ojos, que algunos transeúntes volvían la cabeza. Las palabras de su saludo, aunque vulgares, acariciaban los oídos del actor como un arpegio.

—Ya estoy aquí—decía.

—Gracias, mujer...

Se cogían del brazo y juntos echaban a andar hacia la calle Abada: ella, contenta por haber venido sobreponiéndose a obstáculos, en su concepto enormes; él feliz también, sintiendo sobre su brazo el brazo de la eterna Deseada, con su cabellera corta y fuerte, y los negros ojos brillando febriles sobre sus pálidas mejillas de hebrea.

La pasión de Mercedes iba exaltándose paulatinamente. Si a Roberto hubiese podido recibirle en su casa, con la prosaica tranquilidad que aburre las horas de los noviazgos por conveniencia, seguramente le hubiese amado menos. En los libros de su padre aprendió a querer lo prohibido, lo anormal, lo peligroso, todo aquello que el espíritu de Gómez-Urquijo había sentido como nadie y descrito con prodigiosos refinamientos de observación, colorido y relieve... Por eso quería a Roberto con ardor expansivo que trascendía a las calles que paseaban y a la esquina donde solían detenerse a echar el párrafo de despedida; y quería todo aquello porque Roberto Alcalá, a fuer de actor meritísimo, sabía dar encarnación real y palpitante a cuantas engañosas visiones novelescas ella amaba... Las mujeres tienen predilección por los artistas en general, y muy especialmente por los actores; sin duda porque en ellos, como en el alma femenina, todo es superchería y fingimiento.

Los domingos, Roberto trabajaba en el teatro por la tarde; Mercedes sólo podía verle un instante por la mañana, durante la misa de doce; pero aquello no era casi nada; la joven iba siempre con su madre y el actor tenía que conformarse con verla desde lejos: una mirada ardiente, dulce, venenosa, que arrojaba sobre ella como un venablo, a través de aquel ambiente impregnado de olor a incienso y por encima de una multitud de devotos arrodillados.

Durante aquellas entrevistas cotidianas, Roberto Alcalá practicaba difíciles operaciones de observación y análisis; su cariño crecía y se impacientaba, y comenzaba a sentir deseos vehementísimos de triunfar pronto.

«El amor—dice Balzac—tiene sus grandes hombres desconocidos, como la guerra tiene sus Napoleones, y la poesía sus Andrés Chénier, y la filosofía sus Descartes...» Roberto Alcalá atesoraba alguna de estas cualidades que poseen los fuertes conquistadores de corazones femeninos. Insensiblemente, para no asustar a Mercedes, pero también sin interrupción ni vacilaciones que la permitieran recobrarse de sus sorpresas y derrotas, iba avanzando, domeñando su levantisca condición y descubriendo el verdadero temple de su virtud.

Cierta noche cogió entre sus manos una de Mercedes y empezó a acariciarla.

La joven retiró el brazo.

—No me toques—dijo.

—¿Por qué?...

—Porque... no está bien.

Roberto pareció admirarse.

—¿Cómo?—dijo—. ¿De suerte que la mano, abandonada en señal de cariño, es un crimen... y dada fríamente y en señal de despedida, es una cortesía? ¡Bonita lógica!...

Y como aquel sofisma, realmente tenía las tranquilizadoras apariencias de una verdadera razón, Mercedes se dejó convencer y entregó su mano: una manecita suave, regordetilla, salpicada de hoyuelos, que prometía muchas caricias.

Otra vez, en un arrebato de pasión, cogió a Mercedes por el talle violentamente; ella bajó la cabeza para huir un beso de Alcalá y, con esa propensión instintiva que las hembras tienen a la defensa, procuró desasirse.

—¡Déjame!...

—No quiero, ven.

—¡Oh!... Eres brutal...

Mas él se impuso por la fuerza.

—Sí—dijo—, soy brutal... Lo soy porque tu belleza, cegándome, me obliga a serlo. ¡Ojalá puedas inspirarme siempre igual pasión! El día en que me veas correcto, respetuoso, indiferente a tus seducciones, hablando contigo fríamente, sin ocurrírseme coger entre mis manos las tuyas y sin que a mis ojos alumbre el vicioso resplandor de los deseos, puedes jurar que todo ha concluído entre nosotros...

Estas conversaciones ofrecían puntos de vista muy notables; pues en algunas ocasiones, mientras Roberto retorcía sus frases, inventando tropos y lindezas para no decir crudamente algo que lastimase el virginal recato de Mercedes, ella, sabiendo de antemano adonde iban encaminadas tan sutiles retóricas, reía por dentro, segura de conocer todo y más de cuanto el actor pudiese decir.

Una noche encontró Mercedes que Carmen, Roberto y otro individuo a quien no conocía, estaban esperándola. La joven pareció muy sorprendida.

—Es—dijo Carmen—que necesito ir a la calle del Almirante en busca de cierta amiga que ha de entregarme unos bordados. He citado a mi novio aquí, para que vayamos todos juntos y le conozcas...

Seguidamente, sin advertir el gesto de disgusto que contrajo el semblante de Mercedes, procedió a la presentación.

—Luis Herrera, mi novio... Uno de nuestros desocupados más simpáticos...

El aludido se inclinó. Era un muchacho de veintitrés años, alto y delgado, con grandes ojos azules muy tristes, encajados en un rostro complaciente que reía siempre, no bien le miraban, con una sonrisa que parecía haberse enfriado en sus labios. Mercedes saludó ceremoniosamente, y Luis Herrera volvió a inclinarse, procurando no ser antipático, pues sabía que la joven amaba a Roberto y el cariño que una mujer profesa a un hombre envuelve cierto desprecio para los demás.

Los cuatro permanecieron inmóviles, formando un grupo, esperando la orden de ponerse en camino.

—¿Qué? ¿Vamos?—preguntó Carmen.

—Está lloviznando—repuso Mercedes—: además, es tarde; son las siete y minutos, y yo a las ocho he de estar en casa; tenemos poco tiempo...

—Sí, mujer; yo también necesito volver temprano... Todo se reduce a correr un poquito.

Mercedes miró a Roberto Alcalá con ojos interrogadores, pidiéndole consejo.

—Bueno—repuso el actor—, atajando por aquí hacia la calle de la Montera, llegaremos en seguida a la del Barquillo, y antes de una hora podemos estar de vuelta. La lluvia es lo de menos...

—Ea, pues—interrumpió Luis—, no perdamos tiempo.

Todos echaron a caminar prestamente, siguiendo el itinerario trazado por Roberto.

—¿Has visto?—musitó Mercedes—; estos mentecatos han venido a estropearnos la noche...

Carmen y Luis Herrera iban delante, charlando alegremente, despicándose: de vez en cuando ella rompía a reír estrepitosamente, echando la cabeza hacia atrás, y él la pellizcaba el brazo o las caderas, como queriendo castigarla.

—¡Qué loca!—exclamó Mercedes sobrecogida por aquel nervioso contento.

Y agregó sin poder contenerse:

—¡Cualquiera creería que son amantes!

Roberto Alcalá se encogió de hombros, significando que aquello era natural y que no le importaba.

Cuando cruzaban la plaza del Rey, Carmen vió a su amiga: una madrileña neta, bajita, delgada, con mucho negro y mucha luz en los ojos.

—Adiós, Lola, en busca tuya íbamos... ¿Y los bordados?

—Mañana te los daré; la señora que había de traérmelos me envió esta tarde un recado, diciendo que está enferma.

Mientras las dos mujeres hablaban, Roberto y Luis Herrera saludaron al individuo que acompañaba a Dolores.

—Adiós, Juanito...

—¡Hola, queridos!...

—¿Dónde vas?

—¿Qué sé yo? ¡Por ahí!... Por donde van las mujeres y el humo...

Era un joven de mediana estatura, elegante y simpático, de nariz aguileña y ojos acerados de mirar muy firme.

—Pues nos hemos topado por una casualidad—exclamó Dolores dirigiéndose a los hombres.

—¿Por qué?—dijo Luis.

—Porque hoy—interrumpió Romero—habíamos resuelto ir a las Ventas. Pero como Lola es una burguesita que siempre, después de almorzar, tiene el aristocrático vicio de dormir la siesta... ¿Pueden ustedes creer que se ha levantado hace un momento?

—Calla, parlanchín.

—¡Contento me tienes!—repuso Juanito—. ¡No me hagas hablar!...

No deseaba otra cosa.

—¡Que se sepa!—exclamaron todos.

Se habían detenido en la acera del Circo de Price, acercándose cuanto podían a la pared para resguardarse de la llovizna que continuaba cayendo.

—¿Para qué?—repuso Juanito—; mi cuento cabe en dos palabras; un cuento viejo, muy triste y muy humillante para mí... Conviene advertir que esta tarde, precisamente, Dolores, antes de dormirse, había jurado quererme mucho, idolátricamente, y que yo la creí... Pasó una hora. Viendo que no despertaba, la llamé. Ella continuaba tendida en un diván, alentando blandamente; una leve sonrisa embellecía sus labios entreabiertos, y su rostro tenía esa placidez que debe de producir la suprema bienandanza. No obteniendo contestación, me senté a su lado, movido repentinamente por el capricho de arrullar su sueño con un canto de amor...—«Dolores, Lola de mi alma, ¿te acuerdas?...» Se lo fui recordando todo: dónde nos conocimos, nuestras primeras impresiones, los primeros balbuceos de nuestra pasión...

—¡Qué embustero!—interrumpió la joven—, ¡qué modo de inventar... no le hagan ustedes caso!...

Juanito continuó:

—Aburrido de aquel inútil discurso, me levanté y empecé a pasear la habitación, murmurando de vez en cuando: «Lola, niña mía, ¿no oyes? ¿No presientes que soy yo quien te llama?...» Y ella, nada... ¡sin despertar!

Todos reían. Romero prosiguió con aire grave y sentado.

—De repente, al acercarme a un lavabo para arreglarme delante del espejo... no recuerdo qué, dejé caer inadvertidamente sobre el mármol una moneda de plata... Y entonces Lola despertó bruscamente, frotándose los ojos, sobresaltada por aquella voz misteriosa que acababa de susurrar en sus oídos la canción irresistible del oro.—«¿Qué sucede?—dijo mirándome—. Creí que me llamabas...»

—Por eso, desde hoy—concluyó Juanito—, no creo que haya mujeres que amen desinteresadamente...

Todos celebraron el sabroso pique de la ocurrencia. Después las tres parejas, obedeciendo a una indicación de Carmen, emprendieron el regreso por la calle Infantas.

—¿Quién es ese muchacho?—preguntó Mercedes a Roberto en voz baja.

—Es Juanito Romero; una bala perdida de Madrid...

—Y Dolores, ¿es novia suya?

—Probablemente, será su querida...

Mercedes y Roberto iban delante, caminando lentamente, trabados del brazo. De pronto Alcalá volvió la cabeza para ver a su amigos que iban muy lejos.

—Mira qué juntitos vienen ésos—dijo—, parece que van besándose...

Y agregó bruscamente:

—¿Quieres que yo te bese?...

Mercedes, asustada, le miró de hito en hito abriendo desmesuradamente sus ojos luminosos.

—¿Te has vuelto loco?—repuso.

—No... Pero te quiero mucho y la felicidad de ésos me causa envidia. Vamos... ¿quieres?...

Se inclinaba hacia la joven, disponiéndose a cumplir su oferta. Mercedes se retiró, acercándose cuanto pudo a la pared.

—Estate quieto... No me ofendas confundiéndome con estas mujeres de todo el mundo.

Pero Alcalá empezaba a perder la cabeza, mareado por el loco deseo que en él encendían las esquiveces y hermosura de la Deseada.

—No seas hipócrita—dijo—; si tú me quieres, necesariamente debes comprender la legitimidad de mi deseo. Se besan los padres y los hijos, se besan los esposos, se besan las amigas, se besan los que se quieren... y yo, adorándote con toda el alma, ¿por qué no he de besarte también?

Mercedes le miró enternecida, subyugada por la voz doliente del actor, aquel galán apasionado, irresistible, que había visto en el teatro arrollando la virtud de tantas mujeres.

Atravesaban la calle Fuencarral y siguieron la de San Onofre; al llegar a la de Valverde torcieron a la izquierda; en aquel momento la esquina les ocultaba a los ojos de sus amigos.

—Dame un beso—exclamó Roberto sujetando a Mercedes por las manos.

Ella sofocó un grito.

—No, aquí no... Pueden vernos...

—No temas... vienen muy detrás... ¡Acércate!...

Y cogiendo a la joven por el cuello, obligóla a derribar la cabeza hacia sí y la besó en los labios. Luego se apartó, echándose a reír para disimular su atrevimiento. Mercedes siguió caminando sin levantar la vista del suelo; tenía los ojos brillantes, su cuerpo temblaba, y una ola de sangre, que era todo un poema de candor ofendido, arreboló su pálido semblante de hebrea: no supo decir más; el pudor es el lenguaje de las mejillas.

Al llegar a la calle Desengaño, Mercedes y Carmen se despidieron rápidamente de sus acompañantes, dirigiéndose hacia la de Jacometrezo, por el callejón de los Leones. En aquel instante, don Pablo Ardémiz salía de un portal. Mercedes bajó la cabeza, ocultándose el rostro con su toquilla y el anciano pasó sin saludar.

—Creo, sin embargo—murmuró la joven—, que ese viejo marrajo me ha visto...

Y agregó, mirando a su amiga:

—Tengo calor. ¿Cómo estoy?

—Muy colorada. Parece que te has embadurnado el rostro de bermellón.

Luego se despidieron, citándose para el día siguiente, a la hora de clase.

La joven atravesó el portal de su casa corriendo, subió las escaleras sin descansar y llegó a su cuarto sofocadísima, ahogándose. Su madre la recibió.

—¿De dónde vienes?

—De casa de Carmen. Hemos estado examinando unos bordados preciosos que ha hecho Dolores, una amiga suya... ¿Ha venido papá?

—No...

Doña Balbina la miraba deletreando la verdad sobre el rostro de Mercedes con sus inocentes ojuelos de mujer sencilla. Después la pasó la mano por la cabeza y por los hombros.

—¿Llueve?—preguntó.

—Sí...—repuso Mercedes vacilando.

—Estás mojada; cualquiera creería que vienes de muy lejos.

—No, es que llueve bastante. Carmen ha venido conmigo hasta aquí... Al salir de su casa vimos a don Pablo Ardémiz... El pobre iba tan absorto en sus cavilaciones, que no me reconoció...

Las mutaciones que iban turbando el ánimo de Mercedes eran de tal consideración y cuantía, que doña Balbina, a pesar de la poquedad de sus alcances, llegó a entrever la existencia amenazadora de un grave y peligroso secreto que exigía resolución perentoria.

No sintiéndose capaz de hacer nada por sí, doña Balbina visitó a su confesor, don Fernando Almonacid, varón entrado en años, doctísimo, bueno y muy ducho en toda clase de asuntos mundanos; mas como la anciana no supo concretar bien sus preguntas, ni puntualizar la situación moral de Mercedes, y Almonacid no era hombre que juzgase por impresiones, la consulta resultó inútil, limitándose doña Balbina a deplorar su corta suerte y los recelos que la inspiraba el incierto porvenir de aquella hija, y a escuchar de labios de don Fernando análogos consejos a los que en otro tiempo le dió Gómez-Urquijo: que observase a Mercedes, que ganase su confianza, que descubriese los íntimos anhelos de su alma, o con sutiles raposerías de diplomático o con halagos... y otras discretas observaciones de este jaez.

Los meses, sin embargo, iban transcurriendo sin que ningún acontecimiento rompiese la monotonía de aquel hogar; el tiempo continuaba ejerciendo sobre los espíritus sublevados su bienhechora acción sedante, y como Gómez-Urquijo parecía curado de sus antiguos temores, y doña Balbina por nada del mundo se hubiese atrevido a revelarle los suyos, todo fue aquietándose y borrándose bajo el manto del olvido pacificador.

Así fue pasando aquel invierno y llegó el verano, con sus cálidas noches cuajadas de estrellas.

Por aquella época adquirió doña Balbina la convicción de que Mercedes y Roberto Alcalá estaban en relaciones.

Una noche fueron ella y Mercedes al circo de Price para ver a Tik-Nay, el payaso inimitable, que sabía dibujar con sus donaires una sonrisa sobre los labios más tristes.

En el callejón de butacas encontraron a Roberto, que inmediatamente se acercó a saludarlas. Hablaron un momento.

—¿Y don Pedro?—preguntó el actor.

—Bien—repuso doña Balbina—; los volatines le aburren y no quiso acompañarnos. Luego vendrá. Y usted, ¿no tiene hoy función?

—No, señora; afortunadamente...

Y se separaron; durante el primer entreacto volvieron a reunirse y doña Balbina advirtió que, a pesar de hallarse Roberto con varios amigos en un palco muy distanciado de las dos sillas que ellas ocupaban, no apartó en toda la velada sus ojos de Mercedes.

Noches después volvieron a encontrarle en el pórtico de Apolo, momentos antes de comenzar la segunda función. Entonces Balbina Nobos recordó que durante el día Mercedes había demostrado gran interés en ir al teatro, y que aquel encuentro bien podía ser una cita.

—Yo no tenía ganas de salir—exclamó la anciana queriendo disculpar la modestia con que ella y su hija iban vestidas—, pero Mercedes empezó a decir que estaba triste, que se aburría, y como es muy testaruda... fué necesario complacerla.

Roberto miró a la joven sonriendo, orgulloso de que tuviese tanto interés en verle.

—Por eso vamos a una localidad modesta—añadió doña Balbina—; creo que nuestros asientos son de anfiteatro principal.

—A eso, precisamente, voy yo—repuso Roberto.

—A ver, mamá—dijo Mercedes—¿qué número tienen nuestras localidades?

Balbina Nobos le entregó los billetes, murmurando:

—Míralo tú... yo no veo bien...

—Tenemos el tres y el cinco...

—Yo, el siete—dijo Roberto.

—¡Qué casualidad!—exclamó la joven—; entonces estaremos juntos y me alegro,.. Dos mujeres solas no tienen representación en ningún sitio...

Continuó hablando, queriendo desvanecer una sombra de tristeza y disgusto que había endurecido momentáneamente los cariñosos ojuelos de su madre.

Aquella noche experimentó Mercedes impresiones de nuevo y regaladísimo sabor. Balbina se había sentado a su izquierda, Roberto a su derecha, y los tres muy juntos, porque todos los asientos estaban ocupados. Mercedes sentía que las manos viciosas de Roberto la pellizcaban disimuladamente las caderas, y que las rodillas del actor buscaban las suyas: luego, para hablarse, tenían que hacerlo quedamente y aproximando mucho sus cabezas: entonces sus alientos se confundían, los cabellos de la joven rozaban la frente de Alcalá, y ambos sentían sus cuerpos estremecidos por un voluptuoso calofrío magnético. Cuando salieron del teatro, doña Balbina creyó ver que Roberto entregaba a Mercedes un billetito plegado en varios dobleces.

En los días siguientes doña Balbina Nobos habló largamente con su hija, batallando por obtener la confesión de aquellos amores. Mercedes estuvo impenetrable. Juró no haber visto a Roberto Alcalá más que una sola vez, en casa de Carmen; negó que estuviesen citados en Apolo, y hasta tuvo valor y disimulo suficientes para asegurar que aquel hombre no le interesaba... Doña Balbina no creyó tales asertos, pero hubo de conformarse y dar el incidente por terminado, segura de quedar siempre vencida.

Con la llegada del otoño volvieron a abrirse las clases del Conservatorio, y Mercedes y Roberto pudieron reanudar sus citas nocturnas. La joven refirió al actor las sospechas de doña Balbina y los inconvenientes que había de vencer para salir. Su relato fué muy conmovedor, muy exagerado.

—Mi madre cree que somos novios y ha querido obligarme a confesar la verdad.

—¿Y qué hiciste?

—Negarlo todo.

—Muy bien... porque seguramente será hostil a nuestros amores.

Aunque quería mucho a Mercedes, sin saber por qué se ufanaba de mantener su cariño en el misterio: temía la formalidad de las relaciones oficiales, los inconvenientes que acaso ofreciese Gómez-Urquijo a la continuación de aquel noviazgo, o, en caso contrario, el matrimonio que llegaría tranquilamente, por sus trámites contados, asesinando su ilusión entre dos artículos del código civil...

—Sí—replicó—, hiciste bien...

—Eso creo yo...

Y lo creía instintivamente, sin razón alguna, como sienten los hechizos del pecado las grandes pecadoras innatas; aleccionada, tal vez, por su padre, cuyos libros la enseñaron a ver en lo prohibido el milagroso e inagotable manantial de las ilusiones.

Hablando así bajaban por la calle Salud, en dirección a la del Carmen.

—En último caso—dijo Roberto—yo no sentiría que esto se supiese, si tú...

—¿Qué?

—Si tú... me quisieses mucho.

—¿Cómo?—dijo Mercedes riendo—. ¿No estás seguro de mi cariño?

—No.

—¿Qué te falta, pues? ¿Qué pruebas de amor necesitas?...

—¡Muchas!... ¿Acaso he recibido algún testimonio convincente, irrecusable, de tu amor?... Sí, Mercedes, aunque tarde, he llegado a persuadirme de que tú, poco más o menos, eres desconfiada y previsora como todas.

—¿Por qué dices eso?...

—¡Oh!...

—No comprendo.

El calló, encogiéndose de hombros.

—¿Tienes ganas de reñir?

—Tengo ganas de que hablemos francamente.

Ella le miró de hito en hito, no sabiendo cómo rehuir el turbión que la amenazaba. Desde hacía poco tiempo los deseos de Roberto se impacientaban, su obstinación era mayor, sus ataques más rudos, y Mercedes temía aquellas trifulcas que siempre arrancaban de su virtud, y en beneficio de su amor, nuevas concesiones.

—¿Cómo quieres—prosiguió Roberto Alcalá—, que ponga yo confianza en una mujer que no la tiene en mí?... Porque reconocerás que sigues usando conmigo casi los mismos miramientos que empleabas los primeros días. Hoy, como entonces, he de robarte los besos, y... o eres una hipócrita actriz consumada en el arte del fingimiento, o mis caricias son un suplicio para ti.

Llegaron a la calle del Carmen, atravesando por Rompe Lanzas hacia la de Preciados, y continuaron bajando la cuesta de Capellanes.

—¿Qué quieres de mí?—preguntó Mercedes.

—Todo...

—¿Todo?

—Sí, eso es... una prueba muy grande, una especie de lazo irrompible que te impida ser de nadie... ¡De nadie, más que mía!... Pues siguiendo como hasta aquí, resulta que yo te he dado mi corazón sin que tú me hayas hecho entrega del tuyo.

La había cogido fuertemente por un brazo, mirándola con ojos glotones, acercando su rostro al de ella como para morderla; mientras la joven se estrechaba contra la pared, vacilante, mareada por aquel vaho de pasión.

Continuaron hablando: él iba exaltándose; ella volvió a preguntar:

—¿Qué quieres de mí?...

—Quiero que seas mía.

—Cuando nos casemos.

—¡Cuando nos casemos... o antes!—gritó el actor—; mi pasión no soporta condiciones... ¡ni aun aquéllas que concibió la repugnante previsión de la mujer amada!...

No pudo seguir hablando, tan grande era su exaltación. Mercedes también callaba, sobrecogida de temor. Su primer impulso, al oír las atrevidas exigencias de Roberto, fué de indignación y protesta; pero muy luego se tranquilizó, recordando que tiene algo de axiomático y de fatal el hecho de que los hombres, cuando lograron ser muy queridos, consiguen de sus amadas todos los favores. Los dos se habían detenido inconscientemente delante de un portal; luego reanudaron su paseo.

—No te extrañe de este arrebato mío—dijo Roberto—; realmente, hoy cuento tantos motivos para desesperarme, como ayer, pero es que los recuerdos van siempre en traílla: por eso la exaltación provocadora de los grandes crímenes está formada por ideas y pasioncillas pequeñas, insignificantes en sí mismas, como los torrentes son el terrible y devastador resultado de muchas gotitas de lluvia...

Iban a dar las ocho.

—Es muy tarde—dijo Mercedes—, vámonos a casa, no quiero sufrir por un desagradecido como tú nuevos disgustos.

El regreso lo emprendieron por la solitaria calle de Tetuán, buscando la de Jacometrezo. Continuaban disputando. Cuando llegaron a la calle Mesonero Romanos, esquina a la de Abada, se detuvieron para despedirse.

—Es necesario que seas mía—murmuraba él.

—Yo no soy esclava de nadie.

—¿No?...

—No... nunca...

—Sin embargo, yo lo quiero...

Volvía a acercarse a Mercedes, alentando sobre ella, como queriendo abrasarla en una atmósfera de fuego. Mercedes, en efecto, concluyó por sentir que aquel deseo la producía un malestar físico.

—Sepárate—murmuró—; me haces daño... me ahogo...

Roberto Alcalá, reprimiéndose con gran esfuerzo, dió un paso atrás.

En aquel instante resonó hacia el fondo de la calle un confuso estruendo de voces, desde la más baja a la más tiple, que gritaban a la vez. El tumulto iba en aumento: eran vendedores del Heraldo de Madrid que se acercaban pregonando algún acontecimiento sensacional. Subían corriendo desalados, llevando en la mano los periódicos extendidos para mejor atraer la atención de los transeuntes, y repitiendo todos el mismo pregón:

—¡El Heraldo, con los detalles del crimen de la calle Pozas!...

Aquel crimen, referido ya por los periódicos de la mañana, pertenecía al número de los llamados «pasionales». Un cajista que había matado por celos a una cantadora de café...

Los vendedores pasaban corriendo y voceando emocionados, cual si realmente fuesen portadores de una gran noticia.

—¡Heraldo, Heraldo de Madrid, con todos los detalles del crimen de la calle Pozas y las últimas declaraciones del asesino!...

Y había algo muy triste en aquel pregón que arrastraba por las calles de Madrid el recuerdo de un crimen, y que los vendedores repetían con ahinco, ganosos de allegar dinero, como si el charco de sangre que derramó una puñalada de celos, fuese para ellos arroyo santo que, como el Darro o el Jordán, acarrease también pepitas de oro.

Aquel vocerío, en virtud de una inexplicable asociación de ideas, aumentó la rabiosa exaltación de Roberto.

—Nosotros concluiremos así—murmuró—; tú en el cementerio, yo en presidio.

Mercedes quiso sonreír.

—¡Tonto!

Pero él había vuelto a sujetarla por un brazo y la zarandeaba bravío. Algunos transeuntes curiosos volvieron la cabeza.

—¿Serás mía, no es cierto?... ¡Júramelo! Y agregó exasperado:

—Si no accedes a mi deseo, juro que, desde hoy, todo concluye entre nosotros.

Mercedes, a quien el dolor y la vergüenza apretaban la garganta, rompió a llorar.

—No me quieres—murmuró.

—Sí, te quiero... y por lo mismo exijo tanto, porque mi cariño lo merece todo.

En el reloj de una farmacia próxima, uno de esos relojes siniestros que parecen destinados a medir la agonía de los enfermos, sonaron las ocho y media.

—¡Ah!—exclamó Mercedes asustada—me voy corriendo; es muy tarde y mi padre no puede tardar... Adiós...

—Adiós—repuso Roberto con su británica frialdad habitual.

—¿Estás enfadado conmigo?...

—No... ¿para qué?... Estoy convencido de que debemos separarnos.

Ella deseaba marcharse, pero no se atrevía a dejarle así, tan irritado. Al fin, haciendo un violento esfuerzo, echó a correr, murmurando:

—Hasta mañana...

Después, cuando llegó a la esquina, se volvió para verle a través de sus lágrimas, pero Roberto ya había desaparecido.

La joven pasó una noche horrible, llorando, calenturienta, releyendo las cartas del actor, aquellas ardientes cartas que la brindaban los bienes de una pasión inextinguible...

Al día siguiente, cuando fue al Conservatorio, Mercedes entregó a Carmen una carta para Roberto. Estaba tan fuera de sí, tan pálida y con los párpados tan enrojecidos por las lágrimas y el no dormir, que Carmen Vallejo se asustó.

—¿Qué tienes?—dijo—; ¿estás enferma?

—Peor—repuso Mercedes—: estoy muriéndome; he reñido con Roberto.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Por qué?...

—Por una tontería... dice que no le quiero... ya ves... ¡decir que no le quiero!...

Y lloraba. Carmen se echó a reír.

—No llores, borricota—exclamó—, mi primo dice eso porque te adora y está celoso de ti. Cuando Luis me quería mucho, decía lo mismo... ¡Vaya, veo que no conoces a los hombres!

—De todos modos—repuso Mercedes—, dale esa carta, llévasela tú misma... ¿eh?... tú misma; yo no puedo...

Carmen sonreía...

—Bien, bien...

—No dejes de hacerlo como digo. En esa carta le cito para esta noche, a la hora y en el sitio de costumbre. Necesito hablar con él a todo trance... Creo que si hoy no le veo, me muero...

Y agregó con una risilla que parecía en sus labios un iris de esperanza:

—Dile también... pero así, como por cuenta tuya, que le quiero mucho... mucho... que me has visto llorar por él...

El resto del día lo pasó Mercedes en su casa, junto al balcón, cosiendo y mirando al cielo; un cielo de otoño, lloviznoso y frío. Doña Balbina, feliz al verla tan juiciosa, estuvo más alegre y charladora que de ordinario. La serenidad, sin embargo, de la joven, no pasaba de ser aparente; pensaba en Roberto, en que ya habría leído la carta, en que iría a la cita... y permanecía alerta, escuchando los menores ruidos exteriores, obsesionada hasta el delirio por el presentimiento de que al fin iba a recibir aquello, que nunca llegaba...

Hija y madre estaban en el gabinete charlando, porque la noche se había echado encima y la escasa luz crepuscular no bastaba para seguir cosiendo. Mercedes no quería levantarse para ver la hora, temiendo que doña Balbina advirtiese su impaciencia y su inquietud. De pronto, en el reloj del comedor sonaron varias campanadas, y la joven, de un salto, se puso de pie.

—Me voy—dijo secamente.

—¿A dónde?

—A casa de Carmen; está esperándome. Son las siete.

—¿Las siete?—repitió doña Balbina escandalizada—, ¡ni las seis!...

Mercedes, recelando haberse equivocado, corrió al comedor: en efecto, eran las seis. Furiosa contra sí misma, volvió al gabinete, a seguir rellenando de monosílabos la distraída conversación de su madre.

—¿Y te atreves a salir con este tiempo tan desapacible?

—Sí.

—Yo, en tu lugar, no saldría...

—Bueno...

—Dime, ¿Carmen y Nicasia tienen novios?

—No sé; nada me han dicho.

—No comprendo que la madre de esas niñas les permita salir y entrar cuando bien les parece.

—Yo tampoco.

La supina vulgaridad de aquel diálogo determinaba en Mercedes un malestar físico, semejante a un vago dolorcillo de estómago. Se levantó y fué al comedor, creyendo que había pasado ya mucho tiempo; pero su impaciencia le engañaba y tuvo que volver al gabinete: eran las seis y cuarto. Doña Balbina continuó charlando, con esa conversación perezosa de las personas que encanecieron en la soledad.

—Yo reconozco que Carmen y Nicasia son dos muchachas muy buenas, muy hacendosas, pero... ¿qué quieres?... no me gustaría que fueses como ellas. Tú vales mucho, tienes mucho talento...

¡Sí, bonito talento!... El talento de vivir siempre encerrada, sin amigas, sin diversiones, envejeciendo estúpidamente entre las cuatro paredes de una casa pobre... ¡En eso consiste el talento y la bondad de las mujeres!...

Todo esto pensaba Mercedes, pero no quiso hablar, segura de que no la comprenderían. Además, ella sabía adónde iban encaminadas las preguntas de su madre, y aquellos torpes tanteos irritaban sus nervios. Cuando dieron las siete la joven se levantó.

—Hasta luego—dijo.

Y fue tan duro el acento de su voz y tan despótica la autoridad de su ademán, que doña Balbina Nobos la acompañó hasta el recibimiento y la dejó marchar sin atreverse a contradecirla.

Cuando Mercedes llegaba al zaguán, tropezó con don Pedro, que volvía de la calle. La joven sintió que todo su heroico valor desmayaba, y viendo a su padre tan alto, tan grave, envuelto en un largo gabán sobre cuyo cuello de pieles se abarquillaban las blancas melenas de su venerable cabeza apostólica, dió un paso atrás, huyendo del pasado que parecía haberse erguido ante ella súbitamente, impidiéndola salir.

—¿Dónde vas?—preguntó Gómez-Urquijo.

Mercedes no supo qué responder.

—¿Dónde ibas?—repitió colérico don Pedro.

—A casa de Carmen.

Las sonrosadas mejillas del anciano se arrebolaron, y por sus mejillas azules cruzó un relámpago de ira. Mercedes desfallecía: en aquel momento no vió a Roberto, sólo pensaba en don Pedro, que la miraba atentamente, con el entrecejo fruncido y unos ojos duros que la traspasaban el corazón.

—¿A casa de Carmen?—repitió Gómez-Urquijo—: ¿y quién es Carmen?

—Una amiga...

—Ya lo sé; lo que ignoro son los méritos que seguramente no tiene esa Carmen... para merecer la visita de una señorita como tú, a estas horas y con este tiempo. Vamos... echa escaleras arriba y olvida lo que acaba de suceder.

Hubo un silencio terrible.

—¡Pero, papá... están esperándome!

—Pues dile a tu madre que te acompañe, que es obligación suya.

Y agregó con acento breve, que no admitía réplica:

—Vamos, sube...

Era imposible resistir, y Mercedes cedió: subía delante, mordiendo un pañuelo, haciendo esfuerzos titánicos para impedir que su dolor estallase en sollozos. Después oyó que don Pedro, dejándose llevar de su genio, aquel genio batallador que le había proporcionado tantas victorias y tantos disgustos, subía tras ella murmurando:

—Y es su madre, la imbécil de su madre, quien tiene la culpa de todo esto...

IV

Después de cenar Mercedes se retiró a su dormitorio fingiéndose aquejada de un violento dolor de cabeza; doña Balbina, juzgándose responsable, en parte, de lo sucedido y temiendo que don Pedro la abrumase con sus reproches, se fué a la cocina y Gómez-Urquijo penetró en su despacho y encendió el quinqué. Durante largo rato estuvo paseando por la habitación, con la vista fija en el suelo y las manos cruzadas a la espalda: luego se detuvo y tocó un timbre.

—¿Llamaba el señor?...—preguntó Felipa apartando los cortinajes de la puerta.

—Dile a mi mujer que venga.

Cuando Balbina Nobos llegó al despacho, don Pedro estaba de pie, junto a la mesa, con sus penetrantes ojos muy abiertos. Parecía más alto, más enjuto, y su gran cabeza proyectaba sobre la pared un perfil enorme: viéndole así, rodeado de libros y envuelto bajo el misterio de su larga levita negra, tan severo, tan triste, parecía un juez que acabase de firmar una pena de muerte. La anciana se acercaba temblando y sin ruido.

—¿Qué quieres?—preguntó.

—Quiero hablar contigo—repuso don Pedro—, decirte que así no podemos seguir... yo creí haberme casado con una mujer de carne y hueso, ¿entiendes?... y no con una muñeca de cartón...

Su voz tremolaba de un modo amenazador, agitada por la cólera. La emoción había arrebolado las pálidas y fofas mejillas de la anciana, pero fue una sensación que, como casi todas las de su alma cobarde, no llegó a traducirse en palabras.

—Hoy he sabido, por casualidad—prosiguió don Pedro—, que nuestra hija sale sola a la calle.

—Muy cierto—interrumpió Balbina—, pero va a dos pasos de aquí... ¡Figúrate!... Yo misma, desde el balcón, la veo doblar la esquina... Suele ir a casa de las hermanas Vallejo, dos muchachas muy buenas...

Gómez-Urquijo tuvo una sonrisilla forzada.

—Tú eres una insigne mentecata—dijo—que, por su gusto, canonizaría a todas las mujeres. ¿Conoces, acaso, los resabios y malas mañas íntimas de esas dos chiquillas? ¿Sabes lo que hace nuestra hija no bien dobla esa esquina hasta donde tú la acompañas con los ojos?...

Balbina Nobos, sintiendo la justicia y gravedad de aquellos cargos, humillaba la cabeza.

—¿Tú sabes—añadió Gómez-Urquijo levantando la voz—si a tu hija la espera un hombre en esa calleja maldita?... ¡Oh, hace mucho tiempo, más de un año, que en este mismo sitio indiqué los temores que me inspiraban ciertas preocupaciones anormales que descubrí en Mercedes, y no me hiciste caso porque tu alambicado cerebro de chorlito parece incapaz de meditar nada seriamente!...

Doña Balbina quiso hablar:

—Yo te aseguro...

—¡Tú no puedes asegurarme nada!

—Permíteme...

—Te niego todo permiso. Tú miras y no ves, oyes y no entiendes, discurres y no tienes conciencia de tus pensamientos... No eres una mujer como las demás, eres... ¡lo que antes dije!... ¡Una muñeca de cartón, inconsciente, sorda y ciega!...

Balbina Nobos rompió a llorar: su débil voluntad de esposa amante y solícita estaba acostumbrada a doblegarse continuamente a la voluntad de don Pedro y a considerar sus menores antojos como órdenes inapelables; había vivido durante treinta años sin albedrío, sin deseos, casi sin noción de su propia personalidad, entregada a merced del hombre amado, ufana de sacrificar su alma consciente en el altar de su amor; y de pronto, al oír que Gómez-Urquijo la insultaba por aquel mismo anonadamiento a que su carácter dominador la condenó no tuvo bríos para rebelarse, ni discurrió una sola frase que la sirviese de escudo, y su dolor, un dolor infernal de ángel precito que repentinamente parecía volcar sobre su historia un cántaro de hiel, rompió en sollozos, como estallan generalmente las grandes crisis morales de los débiles.

—¡Ay, Pedro, Pedro...—murmuró—, no me maltrates así!...

Y fué a sentarse sobre una silla, cual si sus piernas no pudiesen aguantar la gravedad de tantas pesadumbres. Gómez-Urquijo, en pie delante de ella, continuó atormentándola, flagelándola el rostro con sus palabras, sibilantes y crueles como latigazos.

—Hace más de treinta años que nos casamos—dijo—y la labor literaria por mí realizada durante este tiempo, inspira vértigos... La pasión de la gloria es la terrible pasión inspiradora y directora de mi vida; ella presidió mis pensamientos, hacia ella fueron encaminados todos mis afanes... A ella sacrifiqué los deseos de mis padres, que querían dedicarme a más tranquila y positiva ocupación, y los placeres de mi mocedad y las comodidades de mi vejez... por ella, por esa gloria que al fin he rendido, lo perdí todo y estoy pobre aún y obligado a continuar defendiendo, con mi trabajo, el abrigo y el pan de nuestros últimos días... Y ahora, de súbito, veo que mi hija, el único tesoro positivo que conquisté en el combate epopéyico de mi juventud, va a perderse también... ¿Y por qué?... ¡Porque su madre no sabe guardarla!...

Balbina Nobos lloraba, secándose los ojos con una esquina de su delantal. Don Pedro prosiguió colérico, agitando sus brazos en el aire con varonil fiereza:

—¿Es posible que la gloria, que me quitó tantos bienes, me arrebate también a Mercedes?... ¡Qué bofetón para mis canas!... ¡Cómo gozarían mis enemigos viendo que mi hija, esa creación de mi espíritu y de mi carne, arrojaba sobre un apellido por cuya popularidad y ennoblecimiento tanto he luchado, una mancha imborrable! ¡Cuánto reirían, qué epigramas tan sangrientos compondrían a mi costa!...

El orgullo del artista se aunaba al cariño del padre, su exaltada imaginación meridional consideraba inminente aquella catástrofe y hablaba de ella como si ya hubiese sucedido.

—¿Qué sería de nosotros si una noche Mercedes se fuese para no volver? ¿Qué sería de mí al saber que respiraba un hombre que podía jactarse de haber tenido en sus brazos a la hija de Gómez-Urquijo, a esa criatura que simboliza mi sangre y mi historia?...

Avanzaba hacia doña Balbina, agitando sobre su cabeza su brazo irritado.

—¡Ah, imbécil, imbécil! Tú serás la perdición de todos...

Balbina Nobos tuvo un gesto instintivo de defensa; el movimiento del toro moribundo que, acosado por su matador, levanta por última vez la cabeza.

—¿Yo?—gritó espantada.

—Tú, sí... tú serás la perdición de Mercedes.

—¡Y tú también!...

Lo dijo con tal firmeza, que Gómez-Urquijo vaciló.

—Tú eres tan responsable como yo de lo que suceda—prosiguió la anciana—; ¡los dos, los dos, los dos!...

—¿Estás loca?...

—¡No, no estoy loca!... Tal vez tu responsabilidad sea mayor que la mía. Tú corrompiste a Mercedes, ¡eso es!... yo también estoy cansada de sufrir en silencio, como los animales que no saben hablar...

Tenía los ojos brillantes, y sobre sus mejillas, coloreadas por la indignación y el sufrimiento, corrían dos regueros de lágrimas. Don Pedro la escuchaba perplejo, casi con terror. Ella continuó:

—Tus errores son más difíciles de corregir que los míos... Tú eres el verdadero corruptor de Mercedes, su verdadero iniciador... ya que tus libros la enseñaron lo que nunca debió saber... Por tanto, eres el principal causante de cuantas desgracias sobrevengan... ¿Lo oyes?... ¡Tú, tú... y nadie más que tú!...

Era la primera vez que la madre se rebelaba en la esposa; pero inmediatamente, extenuada por su propio esfuerzo, se tapó el rostro con ambas manos y continuó llorando.

Entonces hubo una escena horrible, una de esas tragedias sin sangre que no se olvidan nunca. Don Pedro se había dejado caer sobre el sillón, sollozando, maldiciendo de sí mismo, renegando de su obra.

¡Ah!... Los artistas, pensando siempre en lo bello, rara vez se acuerdan de lo bueno; la naturaleza hizo a muchos de ellos impotentes, y la sociedad les condenó a eterna pobreza; son seres desequilibrados, malditos, que no debían casarse nunca. Los pintores, los literatos, los músicos, también son actores, puesto que se erigen en intérpretes de la realidad y a fuerza de explicar lo que otros ven y sienten, concluyen por vivir apartados del mundo, sin verdadero carácter, convertidos en melancólicos polichinelas de la vida.

—¡Tienes razón, tienes razón!—repetía don Pedro—: yo emponzoñé el alma inocente de Mercedes con el dulce veneno que mi espíritu perverso derramó en millares de páginas; yo he caldeado su fantasía y encendido la antorcha voluptuosa de los deseos; en vano pretendo dominar ahora la ensoberbecida marejada de sus pasiones; la juventud es invencible y en ella «una fuerza superior», como dijo la desposada de Corinto, «ha levantado la piedra»... ¡Es verdad!... Yo la he corrompido, yo soy su seductor... Es un drama horrible... un drama incestuoso como el de Lot poseyendo a sus hijas...

Y se retorcía las manos desesperado, recordando los artículos que críticos eminentes escribieron contra la dudosa moralidad de sus libros, y que él refutó bizarramente y con más elocuencia que buena fe. Pero ya era inútil defenderse, el daño estaba hecho. Gómez-Urquijo comprendió que los elementos más diversos se conjuraban en contra suya, como obedeciendo a los nefastos designios inexplicables del Destino: Carmen, Nicasia, Roberto, hasta el mismo Pablo Ardémiz con sus trazas de viejo truhán y Mme. Relder, que en mala hora despertó en Mercedes la afición a la música, todos eran enemigos que llegaban, como salteadores en cuadrilla, a arrebatarle su última ilusión.

Ante aquella perspectiva siniestra, Gómez-Urquijo dejó caer los brazos con el abandono del hombre que se rinde, experimentando una sensación que su espíritu levantado no conocía: la sensación de su propia debilidad y pequeñez.

Hubo un largo intervalo de silencio durante el cual el reloj continuó rimando, con su tic-tac devorador, el siniestro desfile de lo que no vuelve. Doña Balbina atisbaba al anciano por entre los pliegues de su delantal. Nunca le había visto así, tan abatido, tan poco seguro de sí mismo, y su conciencia empezaba a acusarla de haberle tratado cruelmente; ella debía haber puesto más tiento en sus observaciones, más urbano comedimiento en sus ataques, y no aniquilarle, arrojándole de pronto a la cabeza el mundo de sus libros; aquellos libros escritos con tanto cariño y defendidos con tanto celo. Entonces Balbina Nobos se acercó a don Pedro.

—Perdóname—dijo—; comprendo que hice mal hablándote así y entrometiéndome en asuntos que no entiendo. ¿Qué puede alcanzárseme a mí de si tus obras son malas o buenas?... Seguramente son excelentes, cuando a mí, que soy muy torpe, me gustan tanto... ¡No hagas caso!... Yo tengo un geniecillo venenoso, arrebatado... y cuando me disparo soy terrible. Luego me pesa, te lo juro, y por castigarme sería capaz de darme de cabezadas contra la pared. Perdóname, Pedro... Pedro... di que me perdonas...

Le acariciaba, le besaba los cabellos, y eran simultáneamente risibles y conmovedoras las súplicas de aquella pobre vieja que, siendo una cordera, se acusaba formalmente de ser una loba.

—No te desesperes—agregó—; no te pongas así... Nuestra hija es dócil y volverá al buen camino si, como no creo, ha llegado a separarse un ápice de él. Tiene fácil remedio. Afortunadamente, nada ha sucedido. Vaya, consuélate y perdóname... oye, Pedro, abrázame tú también...

Gómez-Urquijo la abrazó.

—Te perdono—dijo—; ya sabes que no puedo alimentar contra ti rencor ninguno; pero déjame solo, necesito reflexionar.

Balbina Nobos se marchó y don Pedro continuó sentado, inmóvil, los ojos fijos sobre su mesa de trabajo, mirando instintivamente un libro, Eva; la novela que había puesto en manos de Mercedes las llaves de la vida.

A la mañana siguiente, muy temprano, Gómez-Urquijo penetró en el dormitorio de su hija. Mercedes acababa de levantarse. Las emociones de la víspera, el sufrimiento y la falta de sueño, habían acentuado los rasgos de su semblante: tenía la nariz más aguileña, los labios más finos, el color más quebrado, los ojos más brillantes y agudos, el pelo más negro, desigual y voluntarioso, cubriendo la frente con un casco de endrina. Al ver a su padre, la joven se levantó prestamente del silloncito que ocupaba.

—Le esperaba a usted—dijo.

—¿A mí? ¿Para qué?...

—¡Oh!... Para escuchar lo que tuviese usted que decirme. ¿No desea usted hablar conmigo?...

—Sí, en efecto.

Aquel recibimiento, un poco altanero, había desconcertado a Gómez-Urquijo quien, durante la noche, estuvo ideando un plan de reconciliación y de paz. Mercedes le miraba fijamente, y en la expresión de sus ojos y en la firmeza de su voz vibraba la confianza que tiene en sí mismo aquél que adoptó una resolución inquebrantable.

—Anoche—dijo don Pedro sentándose—te causé un disgusto muy grande.

—Mayúsculo, sí... un disgusto enorme.

—Tú a mí también.

—¿Sí?...

—¡Naturalmente!

—¿Por qué?... La conciencia no me acusa de nada... Yo salía en busca de una amiga... eso fue todo.

—Puesta la cuestión así, como tú la presentas—replicó el anciano—, parece, realmente, que pequé de injusto y arrebatado; pero tú misma reconocerás que abonan mi conducta muchas y muy poderosas razones disculpadoras...

Hubo una pausa durante la cual Mercedes permaneció cruzada de brazos, sondeando al anciano con sus ojos imperturbables de hebrea, secos y duros.

—Al sorprenderte anoche en el portal—continuó don Pedro—mi sensible corazón de viejo padeció el choque de una emoción extraordinaria. Yo, hija mía, fuí siempre un hombre sencillo, un hombre bueno que vivió dedicado en cuerpo y alma a su familia y al trabajo; en mi existencia no hay enredos novelescos ni incidentes dramáticos, ni viajes peligrosos, ni nada de eso que forma la entretenida historia de los aventureros; mi pasado sólo encierra un drama, un espantoso drama que preside todos los capítulos de la vida: la tragedia de mis luchas artísticas, de mi combate por la gloria y por el bienestar de los seres que habían ligado el sosiego de mi porvenir a las incertidumbres de mi corta suerte: primero trabajé por tu madre; cuando naciste tú, mis afanes se triplicaron y continué batallando por ella y por ti... Sí, Mercedes, por ti más que por ella... ¡yo no sé qué tiene el amor de los hijos que nos roba del corazón la pasión de la mujer!...

Los ojos de la joven habían dulcificado su expresión; la voz de Gómez-Urquijo resonaba tranquilamente, dulce y acariciadora como sonrisa maternal.

—A ti, que eres ya mujer, y mujer discreta—prosiguió don Pedro—, puedo confiártelo todo. Hace quince o veinte años, mi hogar lo componían una mujer y una hija; y como entonces mis luchas eran todavía muy grandes y la niña muy pequeña, yo no veía el mañana, absorto en la preocupación devorante de que el hoy no anocheciese sin abrigo y sin pan. Pero los años fueron pasando y la niña creciendo; llegó día en que empecé a recoger el merecidísimo premio de mis afanes, y a disfrutar algunas horas de reflexión, de vida interior, y, al verte granadita, llena de gracia y tocando los dorados umbrales de la juventud primera, pensé en tu porvenir, que iba a ser el consuelo de mi vejez, y en asegurarte una posición independiente y decorosa. Desde entonces, hija mía, me dediqué a ahorrar, a guardar con tesón de avaro los pingües beneficios que ya me reportaba mi trabajo, ¡y todo para ti!... ¡Ya comprenderás la dosis tan grande de cariño que necesita sentir un hombre tan desequilibrado y despilfarrador como yo, antes de resolverse a ser económico!... Mi vida, por tanto, es una cadena no interrumpida de privaciones, afanes y sacrificios; para mí no reservé nada, para vosotras fué todo; mi dinero, mi respetabilidad... y hasta me huelgo del prestigioso renombre de mi apellido porque lo llevas tú y es tu mejor gala...

Continuó hablando, insistiendo con pasmosa elocuencia y brío en la generosa renuncia que siempre hizo de sí mismo, y lo estrechamente ligadas que ella y doña Balbina estuvieron a la historia de sus luchas y de sus menores pensamientos.

—Cuando quería describir los celos de un marido burlado, procuraba convertirme de narrador en protagonista, en víctima, y me sugestionaba pensando que tu madre podía engañarme; y si quería pintar la desesperación de un padre, me torturaba imaginando que tú ya eras joven y que un miserable calavera te seducía... Erais, pues, mis colaboradoras más asiduas, las modelos que inspiraron mis creaciones mejores...

Mercedes escuchaba atentamente, curiosa de conocer las intimidades de aquel gran artista y de averiguar la génesis de los libros que tan trascendental revolución habían causado en su alma.

—Todo esto—agregó don Pedro—te ayudará a comprender mi arrebato de anoche. Yo vivo lejos de la realidad, en el mundo engañoso de las ficciones artísticas, pero vivo para vosotras y creyendo que vosotras vivís también para mí... Y de pronto, al volver a mi casa, a esta casa que es toda mi ilusión, mi preocupación única, me sorprendes tú saliendo de ella para lanzarte a la calle, de noche, lloviendo... Yo te pregunto:—«¿Dónde vas?»... Te veo desconcertada, repito mi pregunta y respondes:—«A casa de Carmen»... ¡¡A casa de Carmen!!... ¿Quién es esa mujer que tiene influjo suficiente para arrancarte del hogar que yo sostengo para ti?...

Iba exaltándose, levantando la voz.

—Al verte salir me enfurecí sospechando que aquélla no sería tu primera escapatoria, y la naturalidad de tu contestación confirmó mi sospecha. «¡Voy a casa de Carmen!»... Me lo dijiste con acento ingenuo que demostraba que a esa mujer la ves todos los días... Y además, eran las siete de la tarde, la hora del misterio, la hora en que la juventud inocente se cita a la salida de los talleres... Y temí que tú también acudieses a una cita...

Hablando así Gómez-Urquijo, clavó en su hija sus ojos inquisitivos y poderosos de taumaturgo; ella sostuvo la mirada con bizarría, pero sus mejillas se colorearon ligeramente.

—Confiesa que no me equivoqué—agregó don Pedro.

—Se equivocó usted—repuso Mercedes con acento resuelto.

—Pues, a pesar de tu negativa, creo que muy cerca de allí, tal vez en la calle Mesonero Romanos donde vive esa... Carmen, que te sirve para escudo de amoríos, había un hombre esperándote, y que ese hombre era Roberto Alcalá.

Mercedes había recobrado su aplomo y continuó negando rotundamente.

—Se engaña usted—decía—; no hay nada, absolutamente nada, de lo que usted supone.

—¿Lo juras?

—Se lo juro a usted.

—Entonces, ¿por qué no viene Roberto a verme?

—Lo ignoro.

—¿Es, acaso, novio de Carmen?

—Tampoco lo sé.

—¿No has hablado de esto con ella?

—No.

—¡Es increíble!

—Tal vez, pero es así.

Negaba con tanta firmeza, que Gómez-Urquijo se reconoció desorientado.

—Haces mal en disimularme la verdad—dijo—; yo soy el único hombre que te quiere desinteresadamente, el único que sueña contigo y que daría su vida por verte dichosa...

Después, olvidando la larga historia de sus polémicas literarias, empezó a hablar de moral llanamente, rellenando su peroración de lugares comunes. El matrimonio es el estado perfecto del hombre; la mujer nació para vivir en su casa, consagrada al cuidado de su esposo y de sus hijos; la mortificación y amansamiento de las malas pasiones asegura la pureza del espíritu; la obediencia, la humildad y el sacrificio de sí mismo, son el verdadero manantial inagotable de toda virtud; no debe hacerse secretamente aquello que no pueda confesarse en público; el encanto de lo prohibido es la gran añagaza inventada por el pamplinero genio del mal para mancillar a los limpios de corazón...

Mercedes parecía escucharle atentamente, y por sus finos labios vagaba una sonrisa desdeñosa casi imperceptible.

—¿Y es usted quien, olvidado de lo que ha escrito, se atreve a predicarme todo eso?—exclamó.

—¿Qué dices?

—Digo, que otras veces afirmó lo contrario de lo que ahora sostiene... y tengo para mí que si entonces cometió error fué inconscientemente, dejándose llevar de su temperamento, como verdadero artista que no sabe fingir; mientras que ahora se equivoca a sabiendas, proclamando útil y bueno lo que siempre tuvo en poco.

Fué la suya una oración extraordinaria, grito avasallador y vibrante de la juventud que quiere reivindicar sus derechos.

—¡Usted pretende que yo sea dócil y humilde, y que reniegue de mi imaginación y asesine mis deseos y haga caso omiso de mi voluntad!... ¡Y a eso llama usted ser buena!... ¡A no tener entendimiento, ni corazón, ni fantasía, ni conciencia del propio mérito; a ser una bestezuela, una pobre máquina que come y duerme y sufre sin quejarse!... ¿Cree usted que mis aspiraciones se reducen a repasar la ropa y amamantar los hijos del hombre que la casualidad me dé por esposo?... ¿Para eso me engendró usted, para sufrir las impertinencias de un individuo que, por el mero hecho de haberme dado su nombre, ya puede atormentarme legalmente?... ¡Ay, padre, padre!... ¿Es posible que quiera usted emplear conmigo la moral que, según usted mismo, labra la infelicidad de tantas mujeres? ¡No, eso sería absurdo y monstruoso!...

Y añadió, lanzando un grito vehemente de pasión, cruzando las manos sobre el pecho en ademán de irresistible súplica, deshecha en lágrimas:

—¡ Yo quiero gozar de la vida, padre mío, antes de que las ilusiones mueran en mí! ¡Necesito ser feliz!... Usted, que llegó a viejo, sabe, por propio y amargo convencimento, que la juventud no vuelve...

¡Quiero ser feliz!... Aquél era el grito inspirador de Eva y de Cabeza de Mujer, el grito traductor de esa fiebre de goces que arrastra hacia el pecado a tantos millones de mujeres. Don Pedro escuchaba admirado, vencido por los irrefutables argumentos que Mercedes aducía en defensa de las doctrinas que él propaló en sus libros, y holgándose secretamente de recibir el incienso de tan gallarda peroración.

Gómez-Urquijo miraba a su hija sin pestañear, presa de estupefacción supina y cual si nunca hubiese reparado bien en ella. Mercedes tenía el carácter y hasta los mismos rasgos fisonómicos de sus hermanas Eva y Matilde. Era la mujer que él soñó, con su cabellera negra y crespa, sus ojos profundos, su nariz aguileña de alas inquietas, sus labios finos y su semblante místico, enjuto y pálido; y luego el cuerpo, nervioso, flexible, de talle largo y de caderas poderosas... La mujer, ardiente, veleidosa, simoníaca, que cree y duda y sueña con viajes y amoríos fantásticos; la mujer que va de aquí para allá, según las oscilaciones del capricho, corriendo siempre hacia lo ignorado, como insaciable mariposa enamorada del misterio, y que cruza por el mundo riendo y cantando, borracha de alegría, prodigando sus encantos, cual una bacante que, por equivocación del Destino, hubiese nacido en occidente, muchos siglos después de extinguirse los últimos cánticos entonados en loor de las retozonas deidades del gentilismo...

Mercedes continuó hablando, defendiéndose gallardamente con los argumentos que aprendió en los libros de su padre, sofocando a Gómez-Urquijo quien, convertido en crítico de sí mismo, la acometía tibiamente. Mercedes era irresistible; don Pedro se batía en retirada, desconcertado, huyendo ante aquella hija, engendro demoledor de su carne y de su fantasía.

—¡Oh padre mío!—exclamaba la joven—; ¿es creíble que usted, autor de tantas mujeres iguales a mí, no me comprenda?... Usted ha dicho que la vida es una novela que se escribe... ¡No sea usted cruel! Deje usted que la novela de mi vida la escriba yo a mi gusto...

Hablando, hablando, arrebatada por el fuego de su inspiración, Mercedes abrió su alma. Ella amaba todo: las escenas campestres, con sus amaneceres primaverales, recortando sobre un cielo de púrpura las copas de esmeralda de los árboles cubiertos de rocío; sus praderas salpicadas de flores odorantes; sus misteriosas espesuras habitadas por ruiseñores que trinan saludando la aparición del lucero vespertino: y sus arroyuelos corriendo por entre una doble hilera de espadañas y juncos; reflejando sobre su temblequeante superficie la luz de los astros y acariciando las orillas con un suave glu-glu somnífero: y amaba también la existencia febril de esas ciudades populosas que exigen del individuo derroches continuos de energías y en donde se envejece muy de prisa; Madrid, París, Londres... con sus bailes, sus teatros, sus hipódromos y sus casinos devoradores de fortunas; esos pueblos modernos, grandes por sus industrias, su cultura y sus vicios, en los cuales las cortesanas van por las tardes en coche a buscar a los agiotistas gananciosos que salen de la Bolsa; que tienen capitalistas que ponen una fortuna en la cola de un caballo, y príncipes que se suicidan por bailarinas, y hetarias que han devorado millones; pueblos gigantescos que, vistos desde lejos, aparecen a los ojos de la imaginación como algo fantasmagórico, incongruente, disparatado, como una pesadilla...

Mercedes soñaba con estas múltiples y abigarradas fases de la vida, y las quería de un modo intuitivo, infinitamente más tentador y peligroso que el conocimiento personal y directo de la misma realidad.

—Todo eso—replicó don Pedro con voz grave—es literatura... literatura malsana. Yo quiero que seas buena.

—Yo también.

—Honrada.

—¿Y qué?

—Fiel, limpia, hacendosa y sin tacha, como tu madre lo ha sido.

—¡Como mi madre!...

Su acento fue insultante; Gómez-Urquijo la miró de un modo terrible.

—Nadie mejor que usted sabe—añadió la joven—que mi pobre madre es una mujer vulgar. ¡Yo no soy así... no puedo serlo!... ¡Llevo sangre de usted!...

Hubo una pausa.

—No importa—repuso don Pedro vencido—; procura imitarla; la virtud nunca es vulgar. De lo contrario seré capaz de recurrir, para castigarte, a los procedimientos más duros: a la reclusión, al destierro...

—¿Y mi felicidad?

—¡Loca!... Búscala en un pacífico término medio. Las mujeres de mis libros sólo hubieran podido ser fieles y dichosas casándose con hombres como yo, superiores... ¡Y es muy difícil hallar hombres así!...

—Necesito ser feliz—repitió la joven obstinadamente—, lo necesito antes de llegar a vieja... ¡No lo olvide usted!

Gómez-Urquijo se cruzó de brazos, mudo, no sabiendo qué argüir contra aquella sed implacable de placeres. Cuando don Pedro salió del dormitorio, Mercedes quedaba muy orgullosa, convencida de haber derrotado a su padre completamente.

Después de aquella conversación, Mercedes no volvió a salir sola: su madre la acompañaba al Conservatorio, luego iba a buscarla y era tanta su asiduidad y vigilancia, que hasta las ocasiones de expansionarse con sus amigas la robaba. Al principio la joven intentó sublevarse y romper tan odiosa tutela, pero sus esfuerzos fueron vanos, porque doña Balbina tenía el apoyo de Gómez-Urquijo y aquella protección la autorizaba y fortalecía.

—No soy yo quien hace esto—exclamaba cuando su tierno corazón maternal no podía resistir las súplicas insinuantes de Mercedes—; es tu padre... tu padre ordena y dispone; mi misión queda reducida a obedecerle ciegamente... Háblale tú; yo no me atrevo...

Después, compadecida de tanto rigor, agregaba:

—Los viejos están aquejados de manías y tu padre tiene las suyas. Esto pasará: ten paciencia... Por ahora hemos de conformarnos. Si supiese que te dejaba sola un momento, era capaz de matarme. ¡Ah, qué furioso se puso cuando te sorprendió yendo a casa de Carmen!... ¡Lo que me dijo!... Nunca le he visto así. Creí que me pegaba...

Mercedes acabó por resignarse con su suerte; pasaba los días mano sobre mano, sin ganas de reír ni de llorar, sumida en una embrutecedora melancolía. Cuando iba al Conservatorio, apoyada en el brazo de su madre, caminaba lentamente, con los ojos fijos en el suelo, segura de que sus movimientos de convaleciente, tardos, perezosos y débiles, no habían de llamar la atención de los hombres, y que holgaba que ella mirase a ninguno. En pocas semanas perdió la afición hacia todo lo que reclamase algún esfuerzo; no cosía, ni bordaba; las faenas domésticas la inspiraban horror, los libros la aburrían y los nocturnos de Chopín yacían olvidados, empolvándose sobre el atril del piano abierto. Siempre tenía frío, ganas de sentarse donde hubiese poca luz, para arrebujarse en su mantón y dormir. Diríase que en ella había muerto toda esperanza de redención; era un pajarillo enfermo, una pobre vencida que se entregaba... Balbina Nobos llamó la atención de don Pedro acerca de esto, el anciano no hizo caso.

—Eso—dijo—es una crisis aguda de sentimentalismo y de mala crianza, que desaparecerá con las primeras auras primaverales. Sigue mis consejos: a las muchachas conviene tratarlas, según las circunstancias, con cierto rigor...

Terminaba el mes de noviembre y llegó el invierno, con sus temporales de granizo y nieve y sus horribles tardes cargadas de bruma. Algunas veces, después de clase, Carmen y Nicasia Vallejo, burlando con anuencia de doña Balbina las órdenes de Gómez-Urquijo, que había prohibido terminantemente aquellos visiteos, iban a casa de Mercedes y éstos eran los únicos momentos en que la joven charlaba y reía. Carmen y su hermana solían llegar por la tarde, cuando más probabilidades tenían de no encontrarse con don Pedro; Mercedes, que ya las esperaba, salía a recibirlas y las tres entraban en el gabinete corriendo, empujándose, muy ufanas de atropellar los deseos del jefe de la casa; después se ponían a charlar junto a la chimenea, refiriendo en voz baja chistosos secretillos que luego reían a carcajadas, pellizcándose, dándose azotes, jugueteando como pajarillos que se espulgan bajo un rayo de sol.

Aprovechando los momentos en que doña Balbina las dejaba solas, Mercedes y sus amigas hablaban de Roberto.

—¿Le has visto?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hoy por la tarde, yendo al Conservatorio.

—¿Qué dice?

—Que te quiere mucho; las dificultades acicatean su cariño y anda loco por tus pedazos.

—¿Cómo está?

—Muy bien; tan simpático y pisaverde como siempre.

Y Carmen añadía, sacando del bolsillo una carta:

—Toma: esto me dió para ti...

Mercedes guardaba el papelito prestamente y entregaba otro a su amiga, y de este modo, gracias a la filantrópica tercería de la futura actriz, los dos amantes continuaban comunicándose asiduamente.

Aquellas cartas ejercían sobre Mercedes influjo extraordinario: si eran tristes, su abatimiento aumentaba y la acometían deseos perentorios de morir; si alegres, su corazón se entreabría a la esperanza de que sus males obtendrían rápido y felicísimo remedio; pero sufría mucho si las cartas eran ardientes y en ellas Roberto evocaba los dulces recuerdos de su noviazgo: los apretones de manos, los juramentos, las íntimas emociones que él sentía cuando ella le miraba abrasándole en el incendio de sus ojos, los besos enterrados furtivamente bajo los ricillos locos de su nuca perfumada... y reforzaba cada una de estas evocaciones con un «¿te acuerdas?»... hechicero, desesperante.

En aquellas últimas semanas había aumentado la exaltación del actor. «Necesito verte a todo trance—decía—; no puedo vivir sin ti...»

Mercedes contestaba procurando calmarle, aconsejándole que tuviese juicio y esperanza en que pronto habían de llegar para ellos tiempos mejores. Estas razones, no obstante, eran insuficientes: Roberto se impacientaba, no quería esperar más.

«Si no sales a verme—decía—, iré a tu casa; las iras de tu padre no me importan. Ten presente mi deseo y obra en consecuencia; ya sabes que no me arredran los obstáculos y que por llegar a ti soy capaz de cometer el disparate más peligroso.»

Mercedes, no sabiendo cómo eludir aquel tan grave compromiso, consultó a Carmen Vallejo.

—Yo no puedo salir—dijo—, y, por otra parte, no quiero que venga; el carácter de mi padre es muy violento, y de la conversación que Roberto tuviese con él no había de resultar nada bueno. Por tanto, lo mejor es inventar un pretexto que obligue a mi madre a salir, y la tenga fuera de casa dos o tres horas.... Durante ese tiempo Roberto y yo podíamos vernos...

—¿Dónde?

—¡Oh, en cualquier sitio!...

—Lo difícil—murmuró Carmen pensativa—es sacar a doña Balbina de aquí.

Las dos jóvenes permanecieron silenciosas, meditando. Mercedes exclamó:

—Me ocurre un idea, una invención novelesca que seguramente reportará excelentes resultados.

Y agregó, tras un momento de vacilación, durante el cual procuró definir y coordinar bien sus pensamientos:

—Esta misma noche puedes escribir un anónimo dirigido a doña Balbina Nobos, diciéndola que cierta persona que la conoce muy bien y vela por su tranquilidad y mi porvenir, la espera mañana, a las cuatro de la tarde, en un lugar muy distante... la iglesia de Antón Martín, por ejemplo... para confiarla revelaciones de gran interés. De este modo, si mi madre cae en el garlito, mientras va y espera a la autora del anónimo y vuelve, pasarán más de dos horas...

—Lo malo sería que se lo dijese a tu padre.

—No, no hay cuidado; el caso es demasiado grave para que haga nada sin antes hablar conmigo: la conozco muy bien.

—¿Y si no traga el anzuelo?—interrumpió Carmen—; las viejas son muy ladinas.

—Todo es posible, pero no lo creo. Eso depende también del interés que tú sepas prestarle al anónimo. Escribe cuanto quieras y desliza entre líneas algo muy sugestivo, muy alarmante: di que Roberto viene a cantarme de noche mil acarameladas lindezas por la mirilla de la puerta; o que una tarde nos vieron en cierto lugar sospechoso y que hay una vieja que nos protege... Cuenta, en fin, lo que gustes, con tal que sea muy verosímil. Ese pretexto es el mejor que podemos inventar, pues a mi madre, tratándose de mí, los dedos la parecen huéspedes y anda siempre con la barba sobre el hombro, creyendo que cualquier día, como en las narraciones árabes acontece, voy a desaparecer por el cañón de la chimenea en brazos de un caballero volador.

Carmen Vallejo pasó por todo.

—Bien—dijo—, lo haré según deseas, aunque no con la premura que supones. Antes he de ver a mi primo y explicarle nuestro plan, para que él, a su vez, me determine el día, hora y sitio en que habéis de reuniros.

Aquella noche Mercedes se acostó feliz, columpiada por la ilusión de que muy pronto Roberto y ella, a despecho de los obstáculos que les separaban, podrían abrazarse. Al día siguiente supo por Carmen que todo estaba arreglado.

—Acabo de verle—murmuró la joven—; estaba aguardándome con Luis a la salida del Conservatorio. Dice que pasado mañana te espera, a las cuatro de la tarde, en el Café de la Universidad.

La noticia era tan grande, tan superior a toda excelsitud que Mercedes no comprendió bien.

—A ver, a ver—dijo—, repíteme eso, que es muy bonito...

Doña Balbina andaba trasteando por las habitaciones interiores y Carmen pudo satisfacer las dudas de su amiga.

—El Café de la Universidad—dijo—está en la calle San Bernardo y tiene una puertecilla a la travesía de Pozas, que es por donde debes entrar. Mi primo espera en un saloncillo situado a la derecha de los billares: es un rinconcito muy obscuro, muy cuco, a donde Luis me ha llevado algunas veces. Y, a propósito de mi novio: me ha dado recuerdos para ti, para «la prisionera», como él dice.

Mercedes sonreía conmovida y satisfecha de que las personas que andaban por el mundo no la hubiesen olvidado.

—¿Según eso—dijo—, tú escribirás hoy el anónimo?

—Hoy, sí, en cuanto llegue a casa; y esta misma noche lo echaré al correo.

Mercedes tenía los ojos arrasados en lágrimas. Carmen Vallejo exclamó:

—¿Ves, tontísima, cómo con ingenio y perseverancia no hay dificultad que no se orille?... Todo lo que nos sucede es muy interesante, muy divertido; algo que podrá referirse dentro de algunos años: ten paciencia; considera que los que llegaron a viejos sin hacer nada notable, no merecían el honor de haber nacido.

Al día siguiente, poco antes de almorzar, el correo trajo una carta para doña Balbina Nobos. Aquello era extraordinario; la anciana no recibía jamás correspondencia de ningún sitio.

—Señora—dijo Felipa—, aquí hay esto para usted...

Y la presentaba un sobre. La carta era del interior. Mercedes, para no menoscabar con su presencia la buena impresión de su mentira, se había retirado... Durante el almuerzo la joven miró disimuladamente a su madre, que estaba muy ensimismada y con los ojos enrojecidos, como si hubiese llorado. Era indudable que el anónimo había surtido efecto. A la hora de costumbre, Gómez-Urquijo se marchó; doña Balbina estuvo largo rato en el comedor, sentada delante de su taza de café; luego entró en su dormitorio. Mercedes, que estaba en el salón distrayendo su impaciencia con los valses de Waldteufel, la oía ir y venir por sus habitaciones, hablando entre dientes y abriendo y cerrando el armario donde guardaba sus ropas. Momentos después apareció vestida modestamente, llevando un sencillo velo sobre la cara.

—Hasta luego—dijo.

Mercedes se volvió hacia su madre, admirándose con naturalidad pasmosa.

—¿Dónde va usted?

—A ver una amiga.

—¿Quién?...

—Esta, doña... tú no la conoces... he sabido que está enferma...

Tartamudeaba; su carácter ingenuo era refractario al fingimiento. La joven, entre tanto, procuraba pensar en algo muy triste para no reír.

—Felipa viene conmigo—añadió doña Balbina—; tú no salgas, porque volveré en seguida; antes de media hora...

Iban a dar las cuatro: Mercedes comprendió que su madre exageraba la prontitud de su regreso y que si Carmen la había citado, según tenían convenido, en la iglesia de Antón Martín, doña Balbina no podría volver antes de las seis.

No obstante, para contestar a la recomendación de su madre, afectó un aire muy compungido, muy indiferente:

—¿Dónde quiere usted que vaya?—murmuró.

En cuanto Balbina Nobos y Felipa salieron, la joven corrió a su cuarto y empezó a vestirse con la celeridad de la actriz que acaba de recibir el segundo aviso del traspunte. Las enaguas, la falda, el gabán, todo de cualquier modo; las botitas sin abrochar, el corsé desajustado, el corpiño abierto, dejando entrever los encajes de la camisa; el sombrerito lo llevaba en la mano y se lo puso rápidamente al pasar por delante de un espejo; y sin perder instante salió, cerrando la puerta de golpe, guardóse la llave en el bolsillo y echó escaleras abajo, recogiéndose las faldas con una mano, requiriendo con la otra los corchetes mal prendidos.

Al llegar a la calle miró a todos lados, cerciorándose de que nadie la espiaba, y satisfecha de su examen dirigióse resueltamente hacia la calle de Andrés Borrego, por donde fue hasta la del Desengaño. Iba de prisa, la vista fija en el suelo, procurando pasar desapercibida.

Con estos sobresaltos cruzó por delante de San Martín, siguió la calle Luna y continuó por la de San Roque hacia la del Pez. Era un día frío, triste, lloviznoso; uno de esos días en que los madrileños andan muy despacio, deteniéndose en frente de todos los escaparates, reparando en todas las mujeres y con los paraguas abiertos, queriendo inútilmente preservarse de una llovizna que, por lo sutil, parece niebla, una niebla densa que moja como un aguacero, y en que los aleros de los tejados recortan sobre las calles húmedas grandes franjas de un cielo plomizo, uniforme, como una bóveda de ceniza. Mercedes avanzaba velozmente, sin advertir que tenía los pies húmedos y las faldas salpicadas de barro. Al llegar a la calle del Pez hubo de refugiarse en un portal, esperando a que pasase un individuo amigo de don Pedro; luego reanudó su camino ocultándose el rostro con un pañuelo, temiendo siempre algún encuentro desagradable, y siguió por la calle Pozas pensando que allí habían asesinado a una cantadora, cuyo crimen oyó pregonar la última tarde que habló con Roberto...

Al entrar en el Café de la Universidad, Mercedes tuvo un momento de indecisión, recelando el misterio de aquel lugar que no conocía: lentamente, sus ojos deslumbrados iban habituándose a la obscuridad: estaba en una especie de recibimiento limitado por tabiques de madera que medían, aproximadamente, dos metros de altitud; al frente vió una puertecilla, a la derecha otra, en cuyas hojas había dos óvalos de cristal esmerilado; a la izquierda y bajando algunos peldaños, estaba el café; vasto salón rectangular, con su piano en el centro y sus largas hileras de veladores, insinuándose tímidamente bajo el melancólico resplandor que penetraba por algunas ventanas enrejadas.

Mercedes continuaba inmóvil, recordando las señas que Carmen la había dado. Un camarero se acercó preguntando:

—¿Busca usted a algún caballero?

La joven sintió que una oleada de sangre refluía a sus ojos.

—Sí—balbuceó—, dijo que esperaba aquí... ignoro si ha venido o si se habrá marchado.

Entonces el camarero abrió la puertecilla de la derecha, exclamando con aire indiferente:

—Pase usted.

Mercedes atravesó un saloncillo rectangular, a la hila de cuyas paredes había largos banquillos forrados de rojo, y veladores que abocetaban en la penumbra sus formas blancas: andando casi a tientas, se aproximó a uno de ellos y tomó asiento.

—¿Qué desea usted?...—dijo el mozo.

Ella palideció, recordando que no llevaba dinero.

—Nada... esperaré a que venga ese señor...

El camarero dió media vuelta y se marchó sin responder; era un hombrecillo regordete, moreno, de rostro impasible, con ojuelos inteligentes y cariñosos que inspiraban confianza. Entonces Mercedes, algo más tranquila, pudo reparar el aspecto del saloncito en que se hallaba: era una habitación que, ni hecha adrede, podía ofrecer mejores condiciones de aislamiento, seguridad y misterio: el piso era de tablas; un piso desigual, sucio, por donde pasaron seguramente muchas generaciones de enamorados clandestinos; en el centro del local había una especie de columna que soportaba un techo renegrido por el humo y el polvo, y a la izquierda una ventanita arrojaba dentro del salón un chorro de luz triste y fría.

La joven permanecía inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de su gabán, extrañando que la hubiesen dejado tan sola; y su cuerpo nervioso empezó a sentir la penetrante humedad de aquel local desamparado. El resto del café estaba desierto, silencioso, con una quietud somnífera de establecimiento provinciano. Pasó tiempo y Mercedes se impacientaba, temiendo que Roberto no viniese. En el reloj de la Universidad, un viejo reloj que tiene una campana muy triste, dieron las cuatro y media... La joven continuaba absorta en sus cavilaciones e hilvanando con los asuntos más trascendentales las ocurrencias más pueriles; pensaba que su madre ya estaría aburriéndose sobre algún banco de la iglesia de Antón Martín, y que en aquel sitio donde ella estaba, tan malsano, y tan triste, habría muchas arañas: arañas de patas flexibles, grandes, negras, de ésas que crecen entre la humedad de los lugares obscuros...

De pronto Mercedes volvió la cabeza, mirando a la ventana, por donde acababa de pasar la silueta de un hombre; luego oyó que abrían violentamente la puertecilla del café y casi al mismo tiempo apareció Roberto.

Mercedes se levantó, el actor corrió hacia ella y ambos se abrazaron estrechamente, sin poder hablar, con un apasionamiento real en que la carne no intervenía. Roberto la besaba en la nuca, embriagándose con el suave aroma de aquellos ricillos perfumados, murmurando:

—¡Por fin, por fin!...

Ella se abandonaba entre sus brazos, trémula, perdida, sintiendo que por sus mejillas resbalaban lágrimas ardientes como brasas. Después fueron a sentarse en el rincón más obscuro del saloncillo y de modo que la columna les ocultase la puerta. El camarero que acababa de servirles café preguntó distraídamente, como por mera fórmula:

—¿Quieren ustedes que encienda el gas?...

—No—repuso Alcalá—; ya te avisaré...

El mozo se marchó, sonriendo con una risilla aburrida y triste, recordando que todos los enamorados contestaban lo mismo.

—¡Por fin—repitió Roberto—, por fin estamos juntos!...

Ella le miró atentamente a través de sus lágrimas, queriendo orear y robustecer con su imagen sus recuerdos.

—Has sufrido mucho—dijo—; ¡ingrato, ingrato!... ¿Cómo has podido vivir tantas semanas sin verme?... La última vez que hablamos nos separamos riñendo; ¿te acuerdas?...

—Sí.

—¡Cuánto he llorado!... Carmen, la pobrecita, me consolaba: es muy generosa, muy noble... una amiga excelente a quien debemos querer mucho...

Mientras hablaba, oprimía inconscientemente entre sus manos las manos vigorosas del actor. Roberto, suavemente, atrajo sobre su hombro la cabeza de la muy Deseada y empezó a besar su frente y aquellos labios que le decían tantas ternezas y aquellos párpados que tanto habían llorado por él...

—Juntos los dos—repetía—, otra vez...

En su anhelo de decirlo todo, Mercedes charló muchas tonterías; refirió prolijamente cómo su madre había salido, fiada en la autenticidad del anónimo, y cómo ella se vistió en un santiamén.

—Al entrar aquí—agregó riendo—recordé que no traía dinero... ¡Hijo, qué apuros!...

Después, con súbito arrebato, exclamó:

—¡Ya sabes que a las seis menos cuarto, o antes, he de estar en casa!... Avísame tú cuando deba marcharme, porque yo estoy loca...

Roberto no respondió. Continuaba acariciando las suaves manecitas de la Deseada, besando sus párpados, aspirando su aliento, adormeciéndose con el vaho amoroso de sus vestidos, esclavizado por el misterioso hechizo de aquella carne joven no poseída aún. En los vasos, él café humeaba enfriándose.

—¿Me quieres?

—Con toda mi alma...

—¡Ah, Roberto... Roberto mío... no me dejes nunca!...

En el reloj de la Universidad dieron las cinco; cinco campanadas tristes, quejumbrosas, que repercutieron tímidamente en los ángulos del saloncillo obscuro, advirtiéndoles a los amantes que el momento siniestro de la separación llegaría muy pronto. Entonces el actor pareció sacudir su dulce modorra.

—Aprovechemos los momentos—dijo—hablando seriamente.

Rápidamente, con el acierto, claridad y concisión del que ha estudiado bien lo que va a decir, expuso la historia de sus amores y la desesperada situación en que ambos estaban colocados. Ella enumeró los disgustos que erizaban de espinas sus días, las sospechas y temores que desde hacía tiempo atrás venían alarmando la curiosidad de sus padres y la grave discusión que tuvo con don Pedro.

—¡Nos separarán!—añadió—; nos separarán... ¡y no ha de tardar mucho!

—Lo sé... lo sé...

—Y eres tú—agregó—la responsable de cuanto sucede.

—¿Yo?...

—Tú misma. Recuerda nuestra última conversación, mis súplicas... tus negativas... ¡Oh, te juro que aquella tarde sufrí mucho y que me separé de ti resuelto a no volver!...

Ella se estrechó contra él tiritando de emoción y de frío, feliz de hallarse a su lado. Roberto continuó:

—Estas entrevistas, que por lo mismo que sólo se consiguen venciendo gravísimos obstáculos no pueden tener fácil repetición, son horribles, porque exasperan nuestros legítimos deseos de comunicarnos a todas horas... Piensa que el tiempo corre velozmente, que muy pronto llegará el instante cruel de la separación... ¿Qué será, entonces, de nosotros? ¿A qué nuevos ardides apelaremos para vernos?

—Sí... ¡tienes razón!...

Sus ojos se llenaron de llanto. Roberto prosiguió acariciándola mientras hablaba.

—Si hablases con mi padre... diciéndole la verdad... toda la verdad—exclamó ella.

—¡Oh!... tu padre es muy orgulloso; además estará justamente irritado conmigo por la solapada conducta que seguí en este asunto, y su contestación sería negativa.

—¡Es cierto!...

A ella también le repugnaba aquel procedimiento que tenía algo de confesión y de súplica; por otra parte, su genio revolucionario experimentaba ante toda legalidad ese malestar que sufren los espíritus desequilibrados en los caminos anchos y perfectamente rectos.

—Quiéreme mucho, deposita en mí tu confianza, abandónate a mis consejos...—murmuró el actor.

Se lo decía muy quedamente, al oído, como para no asustarla, y rozando su piel sonrosada con sus labios ardientes. Mercedes temblaba, midiendo el perverso alcance de aquellas marrullerías insidiosas.

—Como ya te dije la tarde memorable de nuestra riña—añadió Alcalá—, necesito recibir de tu amor una prueba muy grande.

—Muy grande... ¡Oh! si no fuese más que muy grande, te la daría... Pero exiges de mí un imposible.

—¡Imposible!... Una palabra odiosa que los verdaderos amantes han borrado con sus locuras del santo diccionario de las pasiones...

Mercedes le miraba absorta con los ojos muy abiertos, atraída por ese abismo en cuyo fondo los gnomos de la tentación cantan con voces irresistibles de sirena. De pronto se rehizo.

—¡Nunca, eso... no sucederá jamás!... Todo me lo prohibe: mi deber, mi decoro, mi apellido... ¡ah, no puedo mancillar tan infamemente el apellido de mi padre!...

Roberto Alcalá repuso con su voz suave, aquella voz fascinadora que tan hábilmente sabía modular en los grandes momentos dramáticos.

—¿No es cierto que me quieres?...

—¡Sí; te quiero más que a nadie!...

—Ése es tu error... Te quieres a ti misma más que a mí, pues me sacrificas cruelmente a tu deseo y a tu deber... Dos conceptos que tiranizan tu espíritu, que son tus verdaderos amantes, los verdaderos señores de tu albedrío... Ellos gobiernan tu alma y tu cuerpo; a mí sólo me otorgas lo que ellos permiten que me des... Y es necesario que entre nosotros ocurra algo irremediable... que nos una para siempre a despecho de los hombres y de la ley.

—No quiero... no quiero oír... ¡Me vuelves loca!

Hablaron mucho, dirimiendo la eterna cuestión hacia donde convergen las ilusiones y los deseos de todos los amantes: Roberto razonaba pausadamente, luciendo la serena confianza de los fuertes; Mercedes respondía con monosílabos, pensando que su vencimiento era algo inevitable, que tarde o temprano había de llegar.

—¿Por qué los hombres—murmuró—sólo pueden querer así?...

—Porque el amor que no desea es pasión incompleta y deforme: es amistad, es simpatía... ¡todo!... menos verdadero amor. ¡Desconfía de los cariños que el crimen asusta!

De repente se levantó; en el reloj de la Universidad acababan de sonar las cinco y media.

—¡Qué horror!—exclamó—; me voy.

—No, no te vayas aún... espera...

—Imposible, necesito llegar a mi casa antes que mi madre.

El actor se había puesto en pie, abriendo los brazos, y la joven se precipitó en ellos.

—Adiós, Roberto, adiós... no me olvides...

Él la besaba enternecido; ella, vencida por su pasión y la triste solemnidad de aquella despedida, le besaba también.

—Adiós—dijo—, escríbeme, consuélame asegurándome que esta entrevista no será la última.

—¿Y te marchas así, sin prometerme lo que tanto deseo?...

Ella procuró desasirse; él la retenía por un brazo: así, forcejeando, llegaron a la puerta. Allí volvió a estrecharla contra su pecho apasionado, besándola en la nuca, detrás de las orejas, sobre los párpados... Mercedes desfallecía.

—¡Oh, déjame!

—¿Consientes?

—No puede ser.

—¿Nunca?...

—¡No!... ¡Jamás!...

—¿Por qué?...

—Porque... ¡Quién sabe! No hay ocasión.

Lo dijo irreflexivamente, por no disgustarle con una negativa rotunda.

—No importa—repuso el actor—; yo la buscaré. Ahora habla... Mercedes, ¿es cierto lo que dices?... ¿No me engañas?

Sus ojos relampagueaban de felicidad, y el deseo, ese deseo todopoderoso que amasó con carne humana las entrañas del globo, agitaba sus labios convulsivamente. La muy Deseada, temblando de miedo, huyó del salón, y Roberto, que la tenía sujeta por un brazo, la siguió casi a rastra. En la calle se despidieron.

—Vete tranquila—dijo Alcalá—; pronto nos veremos; yo inventaré un medio... no sé cuál... ¡uno!... Adiós.

—Adiós, sí... no me olvides.

Permanecieron algunos instantes perplejos, mirándose a los ojos, oprimiéndose mutuamente las manos, hasta lastimarse. Luego se separaron, de golpe, para abreviar la duración de aquel martirio.

—Acuérdate de mí, de lo que me has prometido...—murmuró Roberto.

—Sí, sí... adiós...

Y se fué satisfecha de dejarle contento, pero segura de que la terrible ocasión en que el actor pudiese reclamarla el cumplimiento de lo prometido, no llegaría nunca.

Poco después de volver Mercedes a su casa, llegó doña Balbina; parecía muy fatigada y muy triste, y aquella noche la joven oyó que su madre se levantaba varias veces, con propósitos, sin duda, de sorprenderla hablando con Roberto por la mirilla de la escalera. Era, pues, indudable que Balbina Nobos, a pesar del chasco sufrido en la iglesia de Antón Martín, continuaba creyendo en la verdad del anónimo.

Paulatinamente el recuerdo de aquel incidente fue borrándose; doña Balbina se convencía de que la autora de la terrible carta acusatoria se equivocó o mintió al escribirla, y la dulce tranquilidad de los caracteres pacíficos reapareció en sus ojos. Los días se deslizaban sin emociones: días monótonos, tediosos, desdibujados, que huían sin dejar recuerdos. Mercedes iba por las mañanas al Conservatorio, algunas tardes recibía la visita de Nicasia y de Carmen Vallejo, y las cartas que, por mediación de sus primas, la enviaba Roberto; y aunque su existencia no había variado, parecía más alegre que antes, más resignada con su suerte, cual si presintiese la curación inminente de todos sus pesares.

Roberto, entre tanto, la escribía asiduamente, procurando que en Mercedes la ausencia no resfriase el fuego del amor. Algunas de sus cartas eran muy concisas, como para obligarla a desear en aquel estudiado laconismo la llegada de otras mayores y más dulces; a veces pulsaba la cuerda apasionada de los juramentos, bordando un porvenir de placeres sin guarismo: él se retiraría del teatro para estar más libre y andarían siempre juntos viviendo, a despecho del matrimonio, la existencia incongruente y desigual de los amancebados; otras pulsaba el plectro voluptuoso de los recuerdos, hablándola de su pasado, de sus ya lejanas alegrías, de sus riñas olvidadas con besos, de sus paseos nocturnos a través de Madrid; el bullicioso Madrid de las siete de la tarde, con sus esquinas invadidas por obrerillas y estudiantes enamorados que se saludan... Y siempre concluía recomendando que no le olvidase y tuviera la seguridad de que habían de unirse muy pronto.

Una tarde llegó Carmen Vallejo a casa de Mercedes más temprano que de costumbre; llevaba el semblante risueño y en los ojos la expresión zaragatera y feliz de quien es portador de buenas noticias. Balbina Nobos salió a recibirla, y Carmen la saludó y besuqueó con inusitado apasionamiento.

—Doña Balbina—dijo la joven—, vengo en representación de mi madre y de Nicasia, a solicitar de usted un favor.

—¿De mí?—repuso la anciana; y su rostro revelaba la admiración del que jamás se creyó investido de potestad alguna.

—Sí, señora, de usted...

—Usted dirá.

—Que deje usted ir a Mercedes al teatro mañana, domingo, por la tarde.

Doña Balbina palideció, luego sus mejillas se colorearon fuertemente, acusando esa terrible lucha interior que experimentan los débiles constreñidos a responder negativamente a lo que de ellos se solicita.

—Eso es imposible—repuso bajando los ojos—, usted lo sabe: ni Pedro ni yo queremos que Mercedes vaya sola a ninguna parte...

Carmen Vallejo la interrumpió:

—¡Pero si no saldría sola... vendría usted con ella!...

—¡Oh, eso ya es diferente!

—Vamos mi madre, Nicasia, usted, Mercedes y yo...

—Siendo así, no hay inconveniente... Mercedes decidirá.

La joven, que vislumbró en todo aquello la mano de Roberto, aceptó la idea con entusiasmo.

—¿A qué teatro iremos?—preguntó.

—A la Zarzuela. Representan Marina. Las entradas las ha regalada Mariano Cortés. ¿Le conoces?...

—No.

—Un muchacho periodista, amigo nuestro. Nos dió cinco billetes, sobraban dos y nos acordamos de ustedes...

Hablaba de prisa, con la volubilidad de quien se halla bajo el influjo de una gran emoción.

—¿No te sientas?—preguntó Mercedes.

—No, vuelvo a casa, tengo mucho que estudiar y que coser... ya ves lo que traigo; el vestidillo de todos los días... Vaya, abur.

Balbina Nobos, muy ufana del satisfactorio desenlace de aquel incidente, sonreía esforzándose en borrar el disgusto que su anterior negativa hubiese causado a la joven.

—Usted dispensará—decía—; pero como Pedro es así... tiene un carácter... Yo deploro...

—Calle usted, doña Balbina, lo que usted dice está muy en razón. Todas las madres, en el lugar de usted, harían otro tanto...

Mercedes y su madre acompañaron a Carmen hasta el recibimiento.

—La función—dijo la joven—empieza a las cuatro y media: nosotras vendremos por ustedes a las cuatro.

—¿Aquí?—preguntó Mercedes.

—Aquí o en otro sitio.

—Mi hija dice bien—repuso la anciana—; preferible sería que nos citásemos en la calle... Pedro, ¿comprende usted?... es así, tan caprichoso... Lo más insignificante le incomoda...

Y añadió:

—Si supiese que habíamos ido al teatro solas y a entrada general... ¡nos mataba!

—Entonces—dijo Carmen—nos reuniremos a las cuatro en punto, en el Pasaje del Comercio, que es lugar poco transitado.

—Bien.

—Y si algo imprevisto las impidiese a ustedes salir, tengan la precaución de avisarnos.

Ya de acuerdo, se separaron. Cuando Mercedes y su madre volvieron al gabinete, doña Balbina exclamó:

—Creo haber hecho bien admitiendo la invitación de Carmen; realmente, no había motivo para rechazarla... Sin embargo, temo decírselo a tu padre; como ha sucedido lo que ya sabemos... ¿qué opinas tú?

—Que no debe usted decirle nada—repuso Mercedes resueltamente—; papá es muy raro; según el estado de sus nervios, el proyecto puede gustarle o enfurecerle, y encuentro humillante y ridículo renunciar a una tarde agradable por obedecer un capricho estúpido. ¿Es censurable lo que vamos a hacer?... No: pues obremos con arreglo a lo que, según nuestro criterio, es legal y discreto.

—Bueno, bueno—contestó la anciana pensativa—, no diremos nada...

Sin embargo, su carácter refractario al disimulo, débil y acostumbrado a obedecer durante treinta años de matrimonio, no podía aceptar la responsabilidad de ninguna determinación: lo desconocido la infundía horror: temía que hubiese fuego en el teatro, o que un coche la atropellara al salir del espectáculo, o que ocurriese cualquier otro desdichado accidente por el cual don Pedro averiguase que ella se propasó a hacer algo sin pedirle antes opinión y consejo. Esto le parecía imperdonable y, conforme el tiempo pasaba, más crueles eran las mordeduras de su conciencia y más apremiante su necesidad de confesarle a Gómez-Urquijo cuanto tenía pensado y dispuesto. Durante la cena doña Balbina, aunque con gran trabajo pudo reprimirse: Mercedes la observaba con inquietud y ella evitaba sus miradas, comprendiendo que su delito era tanto mayor cuanto más tardase en descubrirlo. Después de comer, Mercedes se retiró a su habitación y Gómez-Urquijo y doña Balbina al despacho. Don Pedro leyó algunos periódicos y luego se puso a escribir; la anciana le atisbaba desde un rincón, no sabiendo cómo componérselas para echar fuera de una vez lo que tan indigestado traía. De pronto se atrevió:

—Tengo sueño—dijo—; voy a dormir... Hasta mañana...

—Adiós—repuso don Pedro sin levantar los ojos.

Al llegar a la puerta, Balbina Nobos se detuvo y volvió sobre sus pasos, exclamando con aire ingenuo:

—¡Ah, ya olvidaba lo que más presente tenía!... ¿Sabes, Pedro, que mañana por la tarde Merceditas y yo iremos a la Zarzuela?... Nos han invitado.

Gómez-Urquijo irguió su poderosa cabeza y miró a la anciana con ojos penetrantes. El recuerdo de Roberto Alcalá había pasado como un relámpago por su frente.

—¿Quién?—dijo.

Balbina Nobos comprendió que si no disfrazaba la verdad don Pedro no la concedería el permiso deseado, y replicó suavemente:

—Me ha invitado doña Inés, la madre de Carmen Vallejo. Hoy, cuando salí a comprar unas trencillas que necesitaba, la encontré. Estuvimos charlando tonterías, me dió muchos recuerdos para ti y me dijo que la habían regalado cinco billetes para la Zarzuela... que si quería ir. Creo que representan Marina. Su invitación fue tan espontánea que la acepté.

—¿Quiénes van?

—Ella y sus dos hijas, Mercedes y yo.

—No me gusta esa familia.

—A mí tampoco... Mas como sólo se trata de ir al teatro... ¿Qué te parece?...

—Bueno—repuso don Pedro—, que vayas...—Y siguió escribiendo, arrastrado por el vértigo de su concepción, facilitando con sus distracciones de artista los designios fatales del Destino.

Al día siguiente, domingo, a las cuatro de la tarde, Mercedes y su madre llegaron al Pasaje del Comercio casi al mismo tiempo que doña Inés y sus hijas.

—Por mi gusto—dijo Nicasia—ya estaríamos zancajeando por las calles desde hace una hora, pero, imposible... Mi madre, a pesar de sus años, tarda en emperejilarse más que una coqueta.

Doña Inés sonreía: era una mujer de mediana estatura, muy gruesa, con ojos azules que debieron de ser hermosos y que ogaño miraban trabajosamente bajo sus párpados caídos, y un semblante fofo, marchitado por el hastío. Después, las cinco mujeres echaron a andar, bajando la cuesta de la calle Montera: las dos ancianas iban detrás; delante caminaban las hermanas Vallejo, llevando en medio a Mercedes.

—¿Qué te parece esto?—preguntó Carmen en voz muy baja.

—Hasta ahora—repuso Mercedes—me parece bien, pero no lo comprendo.

—Más te gustará cuando lo entiendas.

—¿Y Roberto?

—Esperándonos.

—¿Dónde?

—En la Zarzuela. Él, que según la inventiva que va despuntando parece un escritor de novelones por entregas, es único autor de este enredijo, del cual Nicasia y yo somos simples ejecutoras...

Nicasia reía a carcajadas; su hermana la ordenó severamente que bajase la voz.

—No seas estúpida—dijo—, la menor indiscreción puede echar por tierra todas nuestras cábalas.

Y añadió dirigiéndose a Mercedes:

—Mi primo, que no ese Mariano Cortés de que antes hablé, es quien me ha dado los billetes para la función de esta tarde. De las cinco entradas, ¡fíjate bien!... tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea. No se lo he dicho a doña Balbina por no alarmarla... El plan de mi primo se reduce a que nuestras madres y una de nosotras ocupen los asientos de anfiteatro principal, y tú y yo, verbigracia, los de platea. De este modo, durante los entreactos, las cinco estaremos reunidas, pero en cuanto empiece la representación, como ellas no pueden vernos, yo me quedo en mi localidad y tú y Roberto os vais a charlar por donde bien os parezca; siempre que vuelvas a mi lado antes de que baje el telón, para que el enredo no se descubra...

Mercedes se había quedado un poco triste.

—Todo eso es muy bonito—dijo—, pero el desenlace no es seguro; porque si mi madre no quiere separarse de mí...

—Nada es inevitable, pero abrigo esperanzas muy verosímiles de no equivocarme. Tu madre y la mía se entienden perfectamente y charlan, sin aburrirse, de sus achaques y de «sus tiempos...» Además, yo demostraré deseos de estar contigo, si advierto en ella alguna repugnancia insistiré, suplicaré, y ya sabes que doña Balbina no sabe negar ningún favor. Tengo también la evidencia de que mi madre, inocentemente, nos ayudará; y, últimamente, si la tuya se obstina en perseguirte durante el primer acto, puede cambiar de opinión al segundo o al tercero... Cuatro mujeres pidiendo lo mismo, molestan mucho.

Cuando llegaron a la Zarzuela, ya las puertas del coliseo estaban abiertas y por ellas iba entrando ese público numeroso, abigarrado y vocinglero que acude a los teatros los domingos por la tarde. Las tres jóvenes se detuvieron esperando a que sus madres se acercasen.

—¿Quién tiene los billetes?—preguntó doña Inés.

—Yo—repuso Carmen—: síganme ustedes...

Entraron abriéndose paso a través de la multitud. Al llegar al vestíbulo, Carmen se detuvo.

—Advierto a ustedes—dijo—que nuestros asientos no están juntos: tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea.

Balbina Nobos no comprendía bien, presa del aturdimiento que acomete a los espíritus tímidos cuando penetran en un sitio público. Carmen tuvo que repetir el nombre y distribución de los asientos.

—¿Entonces, cómo vamos a repartirnos?—preguntó su madre.

—Muy fácilmente: usted, doña Balbina y Nicasia, por ejemplo, ocupan las localidades de principal, y Mercedes y yo las de platea...

El público que seguía entrando, las empujaba de un lado a otro, magullándolas, impidiéndolas hablar.

—¡Cuánto siento que estemos separadas!—dijo doña Balbina.

—Es cierto; pero en los entreactos nos reuniremos... Yo había advertido este inconveniente, pero como los billetes son de favor, no quise decirle nada al pobre muchacho que me los dió.

Y añadió, haciendo con la cabeza un ademán expresivo:

—Conque, ¿vamos?...

Todas la siguieron, sumergiéndose entre aquella multitud que subía por las escaleras, oscilando, retorciéndose sobre sí misma en los peldaños, como una enorme serpiente de carne humana, todos los espectadores avanzaban empujándose, agarrándose unos a otros, sosteniéndose mutuamente, hombro con hombro, pecho con espaldas, en virtud de un equilibrio inexplicable. Los peldaños retemblaban bajo el peso de tantos pies, el humo lanzado por los fumadores infestaba el ambiente, el calor asfixiaba, excitando, y los hombres aprovechaban aquellas apreturas para pellizcar a las mujeres: algunas se defendían gritando; otras se abandonaban, arqueando las caderas, ofreciéndose espontáneamente al voluptuoso martirio... Y era imponente el sentimiento magnético animador de tantos cuerpos que se buscaban sin conocerse, estrujándose, lastimándose, y que luego seguían direcciones diversas sin conservar de aquellas fugitivas uniones ningún recuerdo. Mercedes acercó sus labios al oído de Carmen Vallejo.

—¿Y Roberto?—preguntó.

—No sé, por ahí andará.

—Por más que miro, no le veo...

Cuando llegaron al anfiteatro principal, Carmen entregó a su madre los tres billetes de sus asientos.

—Ahora—dijo—, Mercedes y yo vamos a platea.

Doña Balbina quiso detenerlas.

—Esperen ustedes, aún es temprano.

—No lo crea usted, han tocado el primer aviso.

Habían entrado en el anfiteatro y la joven se acercó a la delantera.

—¿Ve usted?—añadió—, los músicos ya ocupan sus sitios; esto empezará en seguida. Ea, adiós...

Un acomodador se acercó exclamando:

—¡Tengan ustedes la bondad de dejar libre el paso!

Balbina Nobos comprendió que era preciso ceder: el director de orquesta acababa de sentarse en su silla.

—Bueno—repuso—, que vuelvan ustedes en seguida...

—Sí, sí... hasta luego.

—¡Cuidado con salir del teatro!...

—Quede usted tranquila...

Carmen echó a correr, arrastrando a Mercedes que no había osado desplegar los labios temiendo decir alguna candidez que descompusiese la maquiavélica urdimbre de todo aquel plan. Cuando las dos jóvenes llegaban al pasillo de butacas, encontraron a Roberto. Estaba muy pálido, con los ojos inquietos y azorados del luchador que va venciendo, pero que aun duda de la victoria.

—¡Todo ha salido a pedir de boca!—dijo Carmen; y agregó, señalando a Mercedes con un gesto—: ahí la tienes...

—Gracias—contestó Alcalá—, hasta después; volveremos a buscarte en seguida, antes de que caiga el telón.

Y salió precipitadamente, llevándose a Mercedes asida de un brazo, temeroso de volver a perderla. Atravesaron el vestíbulo y empezaron a subir las escaleras.

—¿Dónde vamos?—preguntó ella.

—Ahora lo verás.

Mercedes, instintivamente, sintió una violenta conmoción de terror. Llegaron al anfiteatro segundo.

—Al fin—murmuró el actor—, y por primera vez, vamos a estar solos, completamente solos tú y yo.

La arrastraba a lo largo de un pasillo obscuro, con un brazo vigoroso, amenazador, como el brazo irresistible de la fatalidad.

—¡Oh!... pero, ¿dónde me llevas?—exclamó Mercedes angustiada—; estoy ignorante de todo, Carmen nada me ha dicho.

—¡Naturalmente!... Porque Carmen no sabe que yo he comprado un palco para ti.

En el fondo del carrejo, un pasadizo sobre cuyo piso de tabla las pisadas retumbaban medrosamente, había un acomodador apoyado contra la pared, leyendo un periódico a la luz de una lamparilla eléctrica. Roberto Alcalá llegóse a él, presentando un billete.

—Palco proscenio, número...

—Sí, señor; éste es.

Y abrió una puertecilla, que los dos amantes franquearon sin detenerse y que luego el actor cerró por dentro. Mercedes de pronto, sin comprender apenas cómo pudo llegar allí, se encontró en un espacioso antepalco, especie de habitación rectangular, tapizada de rojo, e iluminada por un foco eléctrico. Al frente, separándoles del salón, había un pesado cortinaje de terciopelo, a través del cual penetraban el confuso murmullo de la muchedumbre que invadía el teatro y los acordes de la orquesta, que empezaba a ejecutar los primeros compases de la overtura; todo ello repercutía en los ángulos del antepalco revuelto, caótico, con un estruendo calenturiento. Pasada la primera impresión, Mercedes reparó algunos detalles: la alfombra era vieja, en la paredes había fechas y letreros obscenos que enrojecían las mejillas; a un lado aparecía un diván tentador, ancho y muelle. La joven tuvo la intuición neta de que allí estaba su perdición.

—Yo no puedo estar aquí, no debo estar aquí—murmuró dirigiéndose a la puerta—; vámonos.

—Roberto la contuvo suavemente.

—No temas—dijo—ninguna celada. He ideado este medio para que podamos charlar tranquilamente. Eso es todo.

Mercedes tiritaba de emoción y de frío.

—Pero pueden vernos... y venir.

—Aquí no puede venir nadie, y menos entrar sin permiso nuestro.

Después, como quien es muy dueño de sí mismo y no tiene prisa en extremar sus caricias, añadió:

—Desde el palco, que es muy hondo, veremos a tu madre y a mis primas, sin peligro de ser vistos. Acércate por aquí...

Y apartó el lado del cortinaje más inmediato a la pared. Mercedes obedeció.

—¿Ves?—dijo Roberto extendiendo el brazo—allí están.

—¿Dónde?...

—Allí, a la izquierda de la tercera columna, junto al pasillo...

Una multitud compacta invadía el salón: en los anfiteatros había centenares de cabezas que miraban fijamente al escenario. Los ojos de Mercedes iban de un punto a otro buscando vagamente el sitio indicado por el actor, mareados por aquella aglomeración de semblantes desconocidos. Luego ahogó un pequeño grito; acababa de ver...

—Sí, sí—murmuró—, tienes razón...

Allí, en efecto, estaban Balbina Nobos, doña Inés y su hija, embelesadas mirando el espectáculo; por sus labios vagaba una sonrisa de satisfacción y de júbilo, que demostraba cuan grandes eran su tranquilidad y su contento. Hacía calor: un vaho asfixiante formado por la unión de tantas personas respirando a la vez, ascendía del fondo de la sala como un eructo; en los palcos muchas mujeres se abanicaban balanceando suavemente sus abanicos de plumas; en los anfiteatros la muchedumbre ofrecía un aspecto barroco y chillón: sombreros, boinas, toquillas azules, capas con embozos amarillos, blancos y rojos, pañuelos multicolores... todo desordenado y en montón, como las prendas expuestas en el escaparate de un baratillo provinciano. En todas partes resonaban ruidos de pasos y murmullos de conversaciones sostenidas en voz baja, y que llenaban los ámbitos del salón con un amenazador zumbido de enjambre. Los violoncelos lanzaban al espacio sus notas melancólicas, largas y dolientes como gemidos. En el escenario Marina cantaba:

Brilla el mar engalanado
con su manto de bonanza
Dios sus olas ha pintado
del color de la esperanza...

—Ven—dijo Roberto empujando a Mercedes hacia el antepalco—; aprovechemos los instantes... ¡Te quiero mucho!...

De pie, junto al diván hondo y muelle como un lecho de recién casados, los dos amantes se abrazaron estrechamente, uniendo sus rodillas y sus labios.

—Roberto...

—¡Querida de mi alma!

El llanto anegaba los ojos de la joven; el actor, idiotizado repentinamente por la inesperada posesión de bien tan cumplido, no podía hablar y continuaba besándola los párpados, en la nuca, detrás de las orejas... hundiendo su rostro entre los cabellos enguedejados y aromosos de la muy Deseada.

Se habían sentado en el diván: ella pensativa, triste, la vista fija en el suelo y las manos cruzadas sobre la falda; él a su lado, muy cerca, rodeándola el talle con un brazo calenturiento que ardía.

—Tantas zozobras, tantas angustias—suspiró Mercedes—, y ¿para qué?... para separarnos dentro de un momento...

—¡Oh, de eso trataremos ahora—repuso el actor con arrebato—, de unir para siempre nuestros destinos!...

Empezó a hablar lentamente y con esa voz insinuante y queda que el espíritu de los artistas elige para sus grandes revelaciones, y alentando sobre el rostro de la Deseada como para aturdirla también con los viciosos cosquilleos de su aliento...

—Por fin estamos juntos y puedo decirte lo que tan guardado traigo en el pecho... lo que jamás hubieran podido decirte mis cartas...

Un dulce quebranto, una laxitud orientalesca iba apoderándose de Mercedes, relajando el vigor de sus músculos y emperezando sus facultades; veía los objetos rodeados de un nimbo neblinoso, los ruidos parecían llegar a su espíritu desde muy lejos, quebrando un ensueño. A su lado la voz de Roberto susurraba blandamente, como un aleteo de mariposa, destacándose del revuelto clamoreo de voces y de músicas que ascendían del escenario con ruidos ensordecedores de tempestad, y de aquel sempiterno murmujeo humano que llenaba la oquedad del teatro con un furioso zumbido de colmena.

Roberto hablaba recorriendo discretamente diversos momentos sentimentales, y lo hacía sin advertirlo, espontáneamente, impulsado por el arrebato de su pasión, que en tales momentos era grande y leal.

—¿Te acuerdas, vida mía, de nuestras primeras emociones?... ¡Ah!... ¿Por qué aquellos días venturosos no duraron siempre?... ¿Por qué no habíamos de vivir tú y yo, eternamentos juntos, según nuestros deseos?... Acércate, Mercedes; más, más... mucho más... que yo te sienta muy cerca de mí...

Ella desfallecía sofocada por el imán de la pasión, por aquel ambiente cálido saturado de perfumes y de olores acres, que atravesaba los cortinajes del antepalco, y por la extraña sensación de vértigo que en su ánimo causaba la lamparilla eléctrica derramando su luz lechosa sobre aquel siniestro rincón tapizado de rojo. De pronto sus nervios vibraron con sacudimiento histérico, recordando aquella alfombra raída, hollada por tantos pies, y aquel diván, innoble como un lecho de mancebía, sobre el cual, acaso, se habrían entregado muchas mujeres.

—¡Ah... me ahogo!—murmuró—¡déjame!...

Se puso de pie. Roberto Alcalá también se levantó.

—¿Cómo?... ¿Dejarte marchar cuando tantos trabajos me costó traerte hasta aquí?...

En su voz, insinuante y acariciadora, había un dejo colérico casi imperceptible, un leve acento duro, metálico, que inútilmente procuraba ocultar.

—Sí, déjame—repuso Mercedes—, tengo miedo de que mi madre nos sorprenda. Vámonos...

—Luego, cuando concluya el primer acto. Ahora no debemos temer ningún peligro, y para mayor seguridad tuya, asómate al palco y mira...

Mercedes entreabrió las cortinas, recibiendo en pleno semblante un bofetón de calor y de escándalo. Allá, muy lejos, entre un plantío de cabezas, vió a su madre, a doña Inés y a Nicasia, que miraban al escenario embobecidas. Después, como obedeciendo la orden de algún poderoso hechicero, hubo un momento de silencio, que precede a los interesantes momentos musicales, y en el espacio vibró la voz del tenor...

Al ver en la inmensa
llanura del mar...

La voz animosa, vibrante, del desterrado que vuelve...

Mercedes dejó caer la cortina y se dirigió hacia Roberto, que la esperaba sentado en el diván. La joven, poseída súbitamente de inexplicable emoción, dejóse caer a su lado, sollozando.

—¡Oh, qué notas tan tristes!—dijo—; ¡cuánto daño me hace esa música!...

Aquella música, que recordaba haber oído cuando niña, despertó en su alma una turbulenta marejada de recuerdos: evocó sus primeras sensaciones, la casa donde nació, con sus habitaciones desamuebladas, tan tristes, tan pobres, y sus ventanas sin visillos, desde las cuales se oteaban vastos solares nevados, extendiéndose en suaves ondulaciones bajo un cielo de invierno; y vió a Mme. Relder, alta, engabanada, llegando siempre a la misma hora, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas... Y experimentó de nuevo les emociones musicales de aquel lejano entonces, los valses libertinos de Waldteufel que han rimado el loco regocijo de tantas bacanales carnavalescas; las melodías de Donizetti y de Verdi, los dos grandes hechiceros que aprisionaron en el pentagrama el espíritu doliente, supersticioso y quimérico del pueblo latino; y los nocturnos de Chopín, vagos, soñolientos, compendiando las armonías y los misterios del crepúsculo.

Roberto peroraba enardecido, soliviantando los nervios de la muy Deseada.

—Te necesito—murmuraba—, necesito de tu cuerpo para seguir viviendo... Calma, vida mía, con tus caricias, el incendio que tu belleza puso en mi sangre; dulcifica, con la miel de tus labios, el mortal amargor de los míos... Ven; no te defiendas, ven... ¡que te deseo!... Ven, ¡tengo sed de ti!...

Pero ella no le oía; soñaba... Aquello era la repetición exacta de lo que los libros de su padre la enseñaron; Roberto era el hombre, el amor mismo, que pide y suplica y se arrastra, ofreciendo cuanto tiene por alcanzar de la mujer amada el supremo bien; Roberto no mentía; su pasión relampagueaba en sus ojos, se estremecía febril en sus manos, tremolaba en su voz; Roberto era el bien amado por quien ella suspiró tanto tiempo, el hombre desdibujado y anodino con quien bailaba inconscientemente cuando niña escuchando los valses de Waldteufel, el galán que suspiraba con Donizetti y con Verdi, el amador misterioso entre cuyos brazos se adormecía escuchando los voluptuosos nocturnos de Chopín, cargados de sombras crepusculares... Y era también el actor que vió en el teatro rindiendo la virtuosa altivez de tantas mujeres, y que en aquel supremo instante representaba en honor suyo cuanto ella había leído y deseado; el amante irresistible que arrastró a Eva y a Matilde por la pendiente de la tentación, y que Gómez-Urquijo, el prodigioso novelador de los amores sensuales, la enseñó a querer...

Roberto Alcalá continuaba hablando con creciente arrebato.

—Los años pasan, Mercedes de mi alma, la juventud no vuelve... No consientas que tu pasión exclame: «Basta»... cuando la mía repite «¡Siempre, siempre!»... Yo quiero ser feliz... ¡Ayúdame tú!...

¡Quiero ser feliz!... Aquel grito, aquel amor a la vida sugerido por el horror que inspira la muerte, es el grito eterno de la humanidad renegando de la fatídica maldición que la condena a encanecer y sucumbir, el mismo sentimiento que Mercedes había invocado algunos meses antes, discutiendo con su padre, cuando éste quería negarle su derecho a ser dichosa.

—Yo también quiero ser feliz—exclamó la joven—, vivir consagrada a ti, morir amándote... es la pesadilla ineluctable de todas mis horas...

—Cede, pues... ven...

—No... nunca.

—Me lo prometiste.

—Lo sé, pero... estaba loca... ignoro lo que dije... ¡Déjame!...

—Luego—repuso el actor con voz agonizante—; espera aún...

Y otra vez reanudó su discurso, esa peroración tierna, ardiente, argumento único de eterno poema de todos los amores. De nuevo sintió Mercedes que las fuerzas la abandonaban: Roberto era el galán invencible de todos los dramas, el seductor irresistible de todas las novelas; el iniciador...

—Yo pagaré con pródiga largueza tus favores—murmuró el actor—enloqueciéndote sobre mi pecho al revelarte el hito de las voluptuosidades supremas... Ven... ¿Para qué resistes si al fin has de pertenecerme?...

Una voz varonil cantaba desde el escenario:

Tú mañana serás mía,
tú serás mi eterno amor...

Aquello era una conflagración irresistible de tentaciones; la virtud de Mercedes agonizaba; Roberto seguía hablando, acariciándola, besándola los párpados, la nuca... El ambiente del antepalco llegó a ser sofocante, la joven se ahogaba... El actor la cogió por las muñecas...

En aquel momento resonó en el salón una tempestad atronadora de aplausos, y por los pasillos del teatro voces y pasos de gentes que salían en tropel. Había terminado el primer acto. Mercedes, vuelta a la realidad bruscamente, se levantó.

—Vámonos—dijo—, vámonos en seguida, corre... mi madre está esperándome.

—Aguarda.

—No... ¡imposible!... ¡Tú quieres perderme!...

Corrió hacia la puerta, pero el actor, viendo el inminente fracaso de sus planes, la cerró el paso.

—No te dejo salir—dijo—, porque si tú sales... no vuelves.

—Sí, vuelvo... te lo prometo, te lo juro.

—No, no vuelves... y entonces te he perdido para siempre.

Mercedes rompió a llorar, desesperada de ser tan débil. Luego dirigióse hacia la parte anterior del palco, levantó los cortinajes y miró: gran parte del público había salido dejando grandes hileras de asientos vacíos; doña Balbina no estaba... La joven se volvió hacia Roberto mirándole con ojos que lucían con el siniestro fulgor de las desesperaciones infinitas.

—Se ha marchado—dijo.

—¿Qué te importa nadie?—repuso Alcalá—; piensa en mí, en mí solo; yo debo ser tu amor y tu rey...

Ella avanzó hacia la puerta, él la sujetó por los brazos y empezaron a forcejear.

—Cobarde, cobarde—repetía la Deseada—, abusas de mí...

Luchando, cayeron sentados sobre el diván, y Roberto, que no había perdido ni un momento su sangre fría, empezó otra vez a hablar con nuevo ardimiento y ternura. Ella le escuchaba jadeando, casi vencida, pensando en que las heroínas novelescas no suelen resistirse tanto... Paulatinamente, aquel ruido de pasos que iban y venían por los pasillos del teatro fue disminuyendo, conforme aumentaba en el salón la bullente batahola de conversaciones y de gritos; las puertecillas de algunos palcos fueron cerradas violentamente; los espectadores se apresuraban a recobrar sus localidades: el segundo acto iba a empezar.

—El daño ya está hecho y es irreparable—decía Roberto—: hazte cuenta de que rompiste para siempre con el mundo y que me perteneces.

—¡Oh, esto es horrible!...

—No tanto como supones.

—¡Sí, es espantoso!... Pobre madre; ahora, creyéndome perdida, estará llorando por mí... ¡Madre mía, madre mía!...

—¡Ah!... Compadeces sin razón a tu madre y no te apiadas de mí, que sufro tanto.

—Ella es vieja... una pobre vieja que todo lo esperaba de mí...

—Y tú una ilusa, que sacrificas al yerto pasado de tu madre el brillante porvenir de tu juventud...

El teatro, de repente, había quedado silencioso: la representación continuaba. Roberto siguió hablando, ora ponderando briosamente sus anhelos de ser dichoso, ora discurriendo melancólicamente acerca de lo irremediable, de lo que no vuelve...

—Quiéreme, Mercedes—repetía—, quiéreme que la vida es corta...

—¿Y después?

—¿Después?... ¡Siempre igual!... Los dos unidos... tú, viviendo para mí... yo, para ti... en un abrazo eterno.

Ella había reclinado su cabeza en el hombro de Alcalá, recibiendo sobre sus rojos labios entreabiertos los besos del actor...

—Quiéreme, amada mía, ya que atravesamos la edad de los ensueños y del amor, de todo eso tan exquisito y que huyo tan prestamente...

Hasta ellos llegaba la voz clara, fresca, vibrante, magnética, del tenor, que cantaba:

¡Adonde váis huyendo
las ilusiones!...

Roberto y Mercedes se miraron con ansia infinita, comprendiéndose, sintiendo que sus almas acababan de besarse enajenadas por el mismo encanto musical. Aquél era el grito eterno, desgarrador, de la juventud que se despide. La muy Deseada entornó sus párpados... El tenor cantaba con voz doliente como un sollozo:

A beber, a beber, a hogar
el grito del dolor...

Y el coro respondía briosamente:

A beber, a beber, a apurar
la copa del licor...

En todo aquello había amores, celos, esperanzas marchitas, despecho, lágrimas, algo eléctrico que flagelaba la espalda, produciendo una sensación de frío en la raíz de los cabellos...

—Ven, ven—murmuraba Roberto—, soy yo quien te llama...

Mercedes languidecía abandonándose entre los brazos del actor, todo se confabulaba en contra suya: la música, la atmósfera asfixiante del antepalco, el papel rojo que cubría las paredes, la blandura de aquel diván provocador de tantos obscuros vencimientos... La joven no hallaba ninguna razón firme a que asirse; los libros la enseñaron a ser frágil; Roberto consumaba el incesto monstruoso que comenzó Gómez-Urquijo...

—¡No puedo más!—murmuró—. ¡No puedo más!...

El público palmoteaba electrizado, pidiendo la repetición de la última escena.

—Ven, ven...—repitió Roberto.

En la oquedad del salón silencioso volvió a resonar la voz del tenor, lanzando aquel grito enervante, desgarrador, de la juventud que se despide:

¡Adónde váis huyendo
las ilusiones...!

. . .  . . .  . . .   . . .   . . . . . .   . . .   . . .  . . .  . . .  . . .   . . .

Y fué...

V

Aquella noche Mercedes la pasó delirando: su frente y sus manos ardían, tenía los labios secos y los ojos abrillantados por la fiebre; poseída de una terrible exaltación nerviosa, se revolcaba sobre el lecho destapándose, buscando la frescura de las sábanas, barbotando un monólogo disparatado que revelaba el incoherente trajín de su cerebro.

—Palco... esa puerta... déjame... ¡Oh, qué ruído, qué calor, cuánta gente!... ¡Me ahogo, me ahogo... abrir la puerta!...

Doña Balbina, sentada en un sillón, junto al lecho, la escuchaba sin responder, para no aumentar su exitación, según Gómez-Urquijo la había aconsejado. Luego, merced a unos pediluvios de agua hirviendo, la enferma se recobró mucho, dejó de hablar, y momentos después dormía tranquilamente. A la mañana siguiente despertó bien, extrañando que la hubiesen oído soñar en voz alta.

Los días desfilaban uniformes, tediosos, borrando los unos el desabrido recuerdo que dejaron los otros, trayendo idénticas desdibujadas emociones; largos, soporíferos, como modulaciones de un mismo bostezo... Balbina Nobos nada llegó a saber de lo ocurrido en la Zarzuela, el delirio de Mercedes lo achacó el médico a un enfriamiento, y aquel incidente, como tantos otros, fué olvidándose. Todas las mañanas Mercedes iba con su madre al Conservatorio y por las tardes recibía a Carmen Vallejo, quien siempre era portadora de una carta de Roberto; cartas apasionadísimas, desesperadas, terribles, que quemaban los dedos.

Pasaron quince días.

La tarde de un sábado, víspera de Carnaval, doña Balbina se hallaba en el comedor, cosiendo junto a la ventana, aprovechando las postreras claridades del crepúsculo; Mercedes estaba en el despacho copiando una lección de música; Gómez-Urquijo y Felipa habían salido; un reposo triste pesaba sobre las habitaciones silenciosas, con sus muebles obscuros y sus puertas cubiertas por cortinajes inmóviles; la lluvia porraceaba sobre los cristales, y en el cañón de las chimeneas el viento gemía con estentóreos lamentos y agudos ronquidos de gigante moribundo. De pronto la casa retembló sacudida por un violento portazo. Balbina Nobos levantó la cabeza y escuchó... La lluvia, impulsada por el viento, repiqueteaba furiosa sobre los cristales; el reloj del comedor proseguía impasible, tic-tac, tic-tac...

—No será aquí—pensó; y siguió cosiendo.

Luego, por efecto de una misteriosa concatenación de ideas, recordó los amores de Mercedes, sus tristezas, el anónimo que una mano desconocida escribió prometiendo revelarla secretos gravísimos... y de nuevo volvió a preocuparla aquel portazo que continuaba resonando dentro de su cráneo. Alarmada repentinamente, se levantó y fue al despacho: Mercedes no estaba allí: sobre la mesa y por el suelo, como arrojados en un acceso de coraje, yacían varios papeles de música; la anciana inspeccionó el dormitorio de la joven y recorrió todas las habitaciones repitiendo angustiada: «¡Niña, niña!»... Y volvió a encontrarse en el recibimiento, delante de aquella puerta que tan violentamente habían cerrado momentos antes.

—No está...—murmuró Balbina.

Su tímido corazón se resistía a admitir la posibilidad de una gran desgracia: su hija volvería...

—Habrá ido a casa de Carmen...

Aquello fué para ella un rayo confortable de esperanza, y admitió complacida lo mismo que en otra ocasión la hubiese disgustado.

—Pero, ¿cómo no me lo habrá dicho?...—agregó.

Permanecía inmóvil en medio del recibimiento, temblando ante el pavoroso misterio de aquella puerta cerrada. Era inconcebible que Mercedes hubiera salido exponiéndose a que Gómez-Urquijo la sorprendiera; por la memoria de Balbina Nobos pasaron revueltos nombres de personas y recuerdos de episodios ya olvidados: Roberto Alcalá, la representación de Marina y las palabras incoherentes que Mercedes pronunció durante su delirio... «Palco, déjame, esa puerta...»

De repente la anciana sintió frío, frío de cuartana y miedo de hallarse sola en aquella casa, con sus muebles obscuros y sus puertas adornadas por severos cortinajes inmóviles; miedo de la lluvia que repiqueteaba en los cristales y de aquel viento gemebundo que aullaba en las chimeneas con estertores agónicos, y de aquel viejo reloj que marcó la hora de su casamiento treinta y dos años antes y que había devorado su vida...

Balbina Nobos volvió al comedor, sentóse junto a la ventana y esperó. La noche había cerrado completamente; en el hogar de la cocina el carbón crujía lanzando chispas que derramaban sobre las bruñidas cacerolas fugaces reflejos sangrientos...

Pasó más de una hora. Felipa no venía, Mercedes tampoco. ¿Qué significaba aquello?...

De repente, el timbre de la puerta vibró.

—¡Ahí está!...—exclamó Balbina Nobos, pensando en su hija y corriendo hacía el recibimiento—: ¡Ahí está; es ella!...

Abrió. Era Gómez-Urquijo.

—¿Vienes solo?...—dijo.

Había tantas lágrimas en sus ojos y tanta emoción en su voz, que don Pedro experimentó el vago presentimiento de algo terrible.

—Sí, solo...—repuso—: pues, ¿a quién esperas? ¿Y Mercedes?

—No está—murmuró la anciana desfalleciendo.

—¡No está!...—repitió don Pedro, pálido.

—No; ha salido.

—¡Ha salido!...

—Sí...

—¿Dónde?

—No sé.

—¡Es raro!...

—Sí... sí... en efecto...

Y agregó, temiendo que el anciano se enfureciese:

—Pero... volverá pronto... habrá ido a casa de Carmen...

Callaron, temblando bajo la repentina intuición de una desgracia.

—¡¡Mentira!!—gritó de pronto don Pedro—: tú nada sabes... ella nada te ha dicho, ¡no mientas!...

La había cogido por las muñecas arrastrándola hacia el salón.

—¿Dónde estabas tú?—repetía—: ¿cómo ha salido Mercedes de aquí?... ¡Habla! ¡Imbécil, imbécil!...

Tenía la convicción inquebrantable de que Mercedes se había fugado, y ante aquel mazazo brutal que sobre su vejez descargaba la fatalidad, su rostro adquirió la expresión angustiosa, horrible de esos colosos de piedra condenados, por caprichos del arquitecto, a soportar sobre sus frentes un peso enorme.

Balbina Nobos lo refirió todo: ella estaba en el comedor, cosiendo; de pronto oyó un portazo que parecía haber resonado en el piso inferior; luego se levantó y registró la casa sin hallar a Mercedes. No sabía más...

—Pero... ¿a qué viene eso?...—exclamó—, crees que nuestra hija...

—¡Sí, sí... lo creo... lo creo!...

—¡¡Pedro!!

—Creo que nuestra hija se ha ido... ¡para siempre!...

Ella dió un grito.

Gómez-Urquijo corrió hacia el recibimiento, enloquecido, queriendo salir a la calle para pedir socorro... Pero se detuvo.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?—preguntó.

—¡Oh, bastante... más de una hora!...

—¡Una hora!...

Volvió a la sala retorciéndose los brazos, mesándose el cabello, maldiciendo de sí mismo. Después avanzó sobre su mujer con el puño levantado, poseído de salvaje frenesí, abofeteándola con aquella misma mano que trabajó para alimentarla y vestirla durante tantos años.

—¡Imbécil, imbécil!—repetía.

Luego, anonadado por la catástrofe que destruía de golpe la mejor ilusión de su vida, sintió que aquel bárbaro coraje se revolvía contra sí mismo.

—¡Oh ambición... quimera torturadora de mi alma!... ¡Gloria maldita que convertiste mi existencia en delirio inacabable de triunfos efímeros y de pesadumbres sin cuento!... Tú me arrebataste todo: juventud, descanso, porvenir, familia... ¡Todo lo di por ti, que eres humo; todo por nada!...

Balbina Nobos le oía, llorando hilo a hilo: las lágrimas son el lenguaje favorito de las mujeres sencillas que no saben hablar y sienten mucho. Gómez-Urquijo siguió perorando: el desdichado se reconocía autor principal de aquella gran tragedia; él había corrompido, a su hija, él poseyó su alma, y aquel incesto abominable lo continuaba otro hombre...

—¡Yo fuí, yo fuí!—repetía.

Inconscientemente los dos ancianos, movidos por el deseo de ver el último sitio donde Mercedes estuvo, penetraron en el despacho. Buscaban un rayo de luz que los orientase; acaso un consuelo... Sobre la mesa, y como fruto nefando de todo cuanto en ella se escribió, había una carta. Doña Balbina lanzó un grito. Gómez-Urquijo rasgó el sobre y acercándose a la ventana vió unos renglones horribles que compendiaban toda la filosofía de sus libros.

«Querido padre...»

Hubo una pausa. La carta iba dirigida a su verdadero autor.

—Yo no puedo leer—murmuró el anciano cuyos cabellos parecían más blancos—: me ahogo; lee tú...

Y doña Balbina, más curiosa, leyó:

«Querido padre: Causas de las cuales no es usted responsable, me obligan a separarme de su lado. Perdone usted el daño que le causo y procure olvidarme. Yo le dejo a usted como usted abandonó a mis abuelos; es una ley cruel contra la que es inútil rebelarse. La vida, usted lo ha dicho, es una novela que se escribe; permítame usted, por tanto, redactar la mía. Quiero aprovechar las ilusiones, la juventud, todo eso tan hermoso que no vuelve; ¡quiero ser feliz, padre mío...! Dele usted un beso a mi madre. Adiós...»

Barcelona.—Abril, 1900.

FIN


Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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