El Diablo y Tomás Walker

Washington Irving


Cuento



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En Massachusetts, a unos pocos kilómetros de Boston, el mar penetra a gran distancia tierra adentro, partiendo de la Bahía de Charles, hasta terminar en un pantano, muy poblado de árboles. A un lado de esta ría se encuentra un hermoso bosquecillo, mientras que del otro la costa se levanta abruptamente, formando una alta colina, sobre la cual crecían algunos árboles de gran edad y no menor tamaño. De acuerdo con viejas leyendas, debajo de uno de estos gigantescos árboles se encontraba enterrada una parte de los tesoros del Capitán Kidd, el pirata. La ría permitía llevar secretamente el tesoro en un bote, durante la noche, hasta el mismo pie de la colina; la altura del lugar dejaba, además, realizar la labor, observando al mismo tiempo que no andaba nadie por las cercanías, y los corpulentos árboles reconocer fácilmente el lugar. Además, según viejas leyendas, el mismísimo diablo presidió el enterramiento del tesoro y lo tomó bajo su custodia; se sabe que siempre hace esto con el dinero enterrado, particularmente cuando ha sido mal habido. Sea como quiera, Kidd nunca volvió a buscarlo, pues fue detenido poco después en Boston, enviado a Inglaterra y ahorcado allí por piratería.

Por el año 1727, cuando los terremotos se producían con cierta frecuencia en la Nueva Inglaterra, y hacían caer de rodillas a muchos orgullosos pecadores, vivía cerca de este lugar un hombre flaco y miserable, que se llamaba Tomás Walker. Estaba casado con una mujer tan miserable como él: ambos lo eran tanto, que trataban de estafarse mutuamente. La mujer trataba de ocultar cualquier cosa sobre la que ponía las manos; en cuanto cacareaba una gallina, ya estaba ella al quién vive, para asegurarse el huevo recién puesto. El marido rondaba continuamente, buscando los escondrijos secretos de su mujer; abundaban los conflictos ruidosos acerca de cosas que debían ser propiedad común. Vivían en una casa, dejada de la mano de Dios, que tenía un aspecto como si se estuviera muriendo de hambre. De su chimenea no salía humo; ningún viajero se detenía a su puerta; llamaban suyo un miserable caballejo, cuyas costillas eran tan visibles como los hierros de una reja. El pobre animal se deslizaba por el campo, cubierto de un pasto corto, del cual sobresalían rugosas piedras, que si bien excitaba el hambre del animal no llegaba a calmarla; muchas veces sacaba la cabeza fuera de la empalizada, echando una mirada triste sobre cualquiera que pasase por allí, como si pidiera que le sacase de aquella tierra de hambre. Tanto la casa como sus moradores tenían mala fama. La mujer de Tomás era alta, de malísima intención, de un temperamento fiero, de larga lengua y fuertes brazos. Se oía a menudo su voz en una continua guerra de palabras con su marido: su cara demostraba que esas disputas no se limitaban a simples dimes y diretes. Sin embargo, nadie se atrevía a interponerse entre ellos. El solitario viajero se encerraba en sí mismo al oír aquel escándalo y rechinar de dientes, observaba a una cierta distancia aquel refugio de malas bestias y se apresuraba a seguir su camino, alegrándose, si era soltero, de no estar casado.

Un día, Tomás Walker, que había tenido que dirigirse a un lugar distante, cortó camino, creyendo ahorrarlo, a través del pantano. Como todos los atajos, estaba mal elegido. Los árboles crecían muy cerca los unos de los otros, alcanzando algunos los treinta metros de altura, debido a lo cual, en pleno día, debajo de ellos parecía de noche, y todas las lechuzas de la vecindad se refugiaban allí. Todo el terreno estaba lleno de baches, en parte cubiertos de bejucos y musgo, por lo que a menudo el viajero caía en un pozo de barro negro y pegadizo; se encontraban también charcos de aguas obscuras y estancadas, donde se refugiaban las ranas, los sapos y las serpientes acuáticas, y donde se pudrían los troncos de los árboles semisumergidos, que parecían caimanes tomando el sol.

Tomás seguía eligiendo cuidadosamente su camino a través de aquel bosque traicionero; saltando de un montón de troncos y raíces a otro, apoyando los pies en cualquier precario pero firme montón de tierra; otras veces se movía sigilosamente como un gato, a lo largo de troncos de árboles que yacían por tierra; de cuando en cuando le asustaban los gritos de los patos silvestres, que volaban sobre algún charco solitario. Finalmente llegó a tierra firme, a un pedazo de tierra que tenía la forma de una península, que se internaba profundamente en el pantano. Allí se habían hecho fuertes los indios durante las guerras con los primeros colonos. Allí habían construido una especie de fuerte, que ellos consideraron inexpugnable y que utilizaron como refugio para sus mujeres e hijos. Nada quedaba de él, sino una parte de la empalizada, que gradualmente se hundía en el suelo, hasta quedar a su mismo nivel, en parte cubierto ya por los árboles del bosque, cuyo follaje claro se distinguía nítidamente del otro más oscuro de los del pantano.

Ya estaba bastante avanzada la tarde, cuando Tomás Walker llegó al viejo fuerte, donde se detuvo para descansar un rato. Cualquier otra persona hubiera sentido una cierta aversión a descansar allí, pues el común de las gentes tenía muy mala opinión del lugar, la que provenía de historias de los tiempos de las guerras con los indios; se aseguraba que los salvajes aparecían por allí y hacían sacrificios al Espíritu Malo.

Sin embargo, Tomás Walker no era hombre que se preocupara de relatos de esa clase. Durante algún tiempo se acostó en el tronco de un árbol caído, escuchó los cantos de los pájaros y con su bastón se dedicó a formar montones de barro. Mientras inconscientemente revolvía la tierra, su bastón tropezó con algo duro. Lo sacó de entre la tierra vegetal y observó con sorpresa que era un cráneo, en el cual estaba firmemente clavada un hacha india. El estado de arma demostraba que había pasado mucho tiempo desde que había recibido aquel golpe mortal. Era un triste recuerdo de las luchas feroces de que había sido testigo aquel último refugio de los aborígenes.

—Vaya —dijo Tomás Walker, mientras de un puntapié trataba de desprender del cráneo los últimos restos de tierra.

—Deje ese cráneo —oyó que le decía una voz gruesa. Tomás levantó la mirada y vio a un hombre negro, de gran estatura, sentado en frente de él, en el tronco de otro árbol. Se sorprendió muchísimo, pues no había oído ni escuchado acercarse a nadie; pero más se asombró al observar atentamente a su interlocutor, tanto como lo permitía la poca luz, y comprender que no era negro ni indio. Es cierto que su vestido recordaba el de los aborígenes y que tenía alrededor del cuerpo un cinturón rojo, pero el color de su rostro no era ni negro ni cobrizo, sino sucio obscuro, y manchado de hollín, como si estuviera acostumbrado a andar entro el fuego y las fraguas. Un mechón de pelo hirsuto se agitaba sobre su cabeza en todas direcciones; llevaba un hacha sobre los hombros.

Durante un momento observó a Tomás con sus grandes ojos rojos.

—¿Qué hace usted en mis terrenos? —preguntó el hombre tiznado, con una voz ronca y cavernosa.

—¡Sus terrenos! — exclamó burlonamente Tomás

Son tan suyos como míos; pertenecen al diácono Peabody.

—Maldito sea el diácono Peabody —dijo el extraño individuo—; ya me he prometido que así será, si no se fija un poco más en sus propios pecados y menos en los del vecino. Mire hacia allí y verá cómo le va al diácono Peabody.

Tomás miró en la dirección que indicaba aquel extraño individuo y observó uno de los grandes árboles, bien cubierto de hojas, por su parte exterior, pero cuyo tronco estaba enteramente carcomido, tanto que debía estar enteramente hueco, por lo que lo derribaría el primer viento fuerte. Sobre la corteza del árbol estaba grabado el nombre del diácono Peabody, un personaje eminente, que se había enriquecido mediante ventajosos negocios con los indios. Tomás echó una mirada alrededor y notó que la mayoría de los altos árboles estaban marcados con el nombre de algún encumbrado personaje de la colonia y que todos ellos estaban próximos a caer. El tronco sobre el cual estaba sentado parecía haber sido derribado hacía muy poco tiempo; llevaba el nombre de Growninshield; Tomás recordó que era un poderoso colono, que hacía gran ostentación de sus riquezas, de las cuales se decía que habían sido adquiridas mediante actos de piratería.

—Está pronto para el fuego —dijo el hombre negro, con aire de triunfo—. Como usted ve, estoy bien provisto de leña para el invierno.

—¿Pero qué derecho tiene usted a cortar árboles en las tierras del diácono Peabody? —preguntó Tomás asombrado.

—El derecho que proviene de haber ocupado anteriormente estas tierras —respondió el otro—. Me pertenecían antes de que ningún hombre blanco pusiera el pie en esta región.

—¿Quién es usted, si se puede saber? —preguntó Tomás.

—Me conocen por diferentes nombres. En algunos países soy el cazador furtivo; en otros, el minero negro. En esta región me llaman el leñador negro. Soy aquel a quien los hombres de bronce consagraron este lugar, y en honor del cual alguna que otra vez asaron un hombre blanco, puesto que gusto del olor de los sacrificios. Desde que los indios han sido exterminados por vosotros, los salvajes blancos, me divierto presidiendo las persecuciones de cuáqueros y anabaptistas. Soy el protector de los negreros y Gran Maestre de las brujas de Salem.

—En pocas palabras, si no estoy equivocado —dijo Tomás audazmente—, usted es el mismísimo demonio, como se le llama corrientemente.

—El mismo, a sus órdenes —respondió el hombre negro, con una inclinación de cabeza que quería ser cortés.

Así empezó esta conversación de acuerdo con la antigua leyenda, aunque parece demasiado pacífica para que podamos creerla. Uno se siente tentado a pensar que un encuentro con tal personaje, en un lugar tan desolado y lejos de toda habitación humana, era para hacer saltar los nervios de cualquier hombre, pero Tomás era de temple férreo, no se asustaba fácilmente, y había vivido tanto tiempo con una harpía, que ya no temía ni al mismo diablo.

Se cuenta que después de estas palabras iniciales, mientras Tomás seguía su camino hacia su casa, ambos personajes mantuvieron una larga y seria conferencia. El hombre negro le habló de grandes sumas de dinero, enterradas por Kidd el pirata bajo los árboles de la colina, no lejos del pantano. Todos estos tesoros estaban a disposición del hombre negro, quien los había puesto bajo su custodia. Ofreció dárselos a Tomás, por sentir una cierta inclinación hacia él, pero sólo en determinadas condiciones.

Es fácil imaginarse qué condiciones eran éstas, aunque Tomás nunca se las confesó a nadie. Deben haber sido muy duras, pues pidió tiempo para pensarlas, aunque no era hombre que se detuviera en niñerías tratándose de dinero. Cuando llegaron al límite del pantano, el extraño individuo se detuvo.

—¿Qué prueba tengo yo de que usted me ha dicho la verdad? —dijo Tomás.

—Aquí está mi firma —repuso el hombre negro, poniendo uno de sus dedos sobre la frente de Tomás. Dicho esto dio vuelta, dirigiose a la parte más espesa del bosque y pareció, por lo menos así lo contaba Tomás, como si se hundiera en la tierra, hasta que no se vio más que los hombros y la cabeza, desapareciendo finalmente. Cuando llegó a su casa, encontró que el dedo del extraño hombre parecía haberle quemado la frente, de manera que nada podía borrar su señal.

La primera noticia que le dio su mujer fue acerca de la repentina muerte de Absalón Crowninshield, el rico bucanero. Los periódicos lo anunciaban con los acostumbrados elogios. Tomás se acordó del árbol que su negro amigo acababa de derribar y que estaba pronto para arder. «Que ese filibustero se tueste bien —dijo Tomás—. ¿A quién puede preocuparle eso?» Estaba ahora convencido de que no era ninguna ilusión todo lo que había oído y visto.

No era hombre inclinado a confiar en su mujer, pero, como éste era un secreto malvado, estaba pronto a compartirlo con ella. Toda la avaricia de su mujer se despertó al oír hablar del oro enterrado; urgió a su marido a cumplir las condiciones del hombre negro y asegurarse un tesoro que los haría ricos para toda la vida. Por muy dispuesto que hubiera estado Tomás a vender su alma al diablo, estaba determinado a no hacerlo para complacer a su mujer, por lo que se negó rotundamente por simple espíritu de contradicción. Fueron numerosas y graves las discusiones violentas entre ambos esposos acerca de esta materia, pero cuanto más hablaba ella, tanto más se decidía Tomás a no condenarse por hacerle el gusto a su mujer.

Finalmente ella se decidió a hacer el negocio por su cuenta, y si lograba éxito, a guardarse todo el dinero. Como tenía tan pocos escrúpulos como su marido, una tarde de verano se dirigió al viejo fortín indio. Estuvo ausente muchas horas. Cuando volvió no gastó muchas palabras. Contó algunas cosas acerca de un hombre negro, a quien había encontrado, a media luz, dedicado a derribar árboles a hachazos. Sin embargo se mantuvo bastante reservada, sin acceder a contar más; debía volver otra vez con una oferta propiciatoria, pero se negó a decir lo que era.

Al otro día, a la misma hora, se dirigió al pantano, llevando fuertemente cargado el delantal. Tomás la esperó muchas horas en vano; llegó la medianoche, pero no apareció; llegó la mañana, el mediodía, y nuevamente la noche, pero ella no volvía. Tomás empezó a tranquilizarse, especialmente cuando observó que se había llevado consigo un juego de té de plata y todo artículo portátil de valor. Pasó otra noche y otro día, y su mujer seguía sin aparecer. En una palabra, nunca más volvió a oírse hablar de ella.

Son tantos los que aseguran saber lo que le ocurrió que, en resumidas cuentas, nadie sabe nada. Es uno de los tantos hechos que aparecen confusos por la enorme variedad de opiniones de los historiadores que se han ocupado de ello. Algunos aseguran que se perdió en el pantano, y que dando vueltas vino a caer en un pozo; otros, menos caritativos, suponen que huyó con el botín y se dirigió a alguna provincia; según otros, el enemigo malo la atrajo a una trampa, en la cual se la encontró después. Esta última hipótesis se confirma por la observación de algunos pobladores del lugar, según los cuales aquella misma tarde se vio a un hombre negro, con un hacha, que salía del pantano, llevando un atadillo formado por un delantal, y con el aspecto de un altivo triunfador.

La versión más corriente afirma, sin embargo, que Tomás se puso tan nervioso por el destino de su mujer, que finalmente se decidió a buscarla en las cercanías del fortín indio. Permaneció toda una larga tarde de verano en aquel tétrico lugar, sin poder encontrarla. Muchas veces la llamó por su nombre, sin obtener ninguna respuesta. Sólo los pájaros y las ranas respondían a sus gritos. Finalmente, en la hora del crepúsculo, cuando empezaban a salir las lechuzas y los murciélagos, el vuelo de los caranchos le llamó la atención. Miró hacia arriba y observó un objeto, en parte envuelto en un delantal y que colgaba de las ramas de un árbol. Un carancho revoloteaba cerca, como si vigilara su presa. Tomás se alegró, por reconocer el delantal de su mujer y suponer que contuviera todos los objetos valiosos que se había llevado.

«Recupere yo lo mío —dijo, tratando de consolarse—, y ya veré cómo me las arreglo sin mi mujer».

Al subir por el árbol, el carancho extendió las alas y huyó a refugiarse en lo más sombrío del bosque.

Tomás se apoderó del delantal, pero, con gran desesperación suya, sólo encontró dentro de él un hígado y un corazón.

Según las más auténticas historias, eso es todo lo que se encontró de la mujer de Tomás. Probablemente intentó proceder con el diablo como estaba acostumbrada a hacerlo con su marido; pero, aunque una harpía se considera generalmente como un buen enemigo del diablo, en este caso parece que la mujer de Tomás llevó la peor parte. Debió haber muerto con las botas puestas, pues Tomás notó numerosas huellas de pies desnudos, alrededor del árbol, como si alguien hubiera tenido que afirmarse bien; encontró además un montón de negros e hirsutos cabellos, que indudablemente procedían del leñador. Tomás conocía por experiencia la habilidad de su mujer para el combate. Se encogió de hombros al observar señales de garras. «Por Dios —se dijo—, hasta él ha debido pasar trabajos por ella».

Como era un hombre estoico, Tomás se consoló de la pérdida de sus objetos de plata, con la de su mujer. Hasta sintió un poco de gratitud por el leñador negro, considerando que le había favorecido. En consecuencia, trató de seguir cultivando su amistad, aunque durante algún tiempo sin éxito; el hombre negro parecía sufrir ahora de timidez, pues, aunque la gente piense lo contrario, no aparece en cuanto se le llama: sabe cómo jugar sus cartas cuando está seguro de tener los triunfos. Finalmente, se cuenta que cuando la inútil búsqueda había cansado a Tomás, hasta el punto de estar dispuesto a acceder a cualquier cosa antes que renunciar al tesoro, una tarde encontró al hombre negro, vestido como siempre de leñador, con el hacha al hombro, recorriendo el pantano y silbando una melodía. Pareció recibir los saludos de Tomás con gran indiferencia, dando cortas respuestas y prosiguiendo con su música.

Poco a poco, sin embargo, Tomás llevó la conversación adonde le interesaba, empezando en seguida a discutir las condiciones dentro de las cuales Tomás obtendría el tesoro del pirata. Había una condición, que no es necesario mencionar, pues se sobreentiende generalmente en todos los casos en los que el diablo hace un favor; a ella se agregaban otras, en las que el hombre negro insistía tercamente, aunque fueran de menor importancia. Pretendía que el dinero encontrado con su auxilio se emplease en su servicio. En consecuencia, propuso a Tomás que lo dedicara al tráfico de esclavos, es decir, que fletara un barco dedicado a ese negocio. Sin embargo, Tomás se negó resueltamente a ello: su conciencia era bastante elástica, pero ni el mismo diablo podía inducirle a dedicarse al tráfico del ébano humano. El hombre negro, al ver que Tomás estaba tan decidido en este punto, no insistió, proponiendo en su lugar que se dedicara a prestar dinero, pues el diablo tiene gran interés en que aumente el número de usureros, considerándolos muy particularmente como hijos suyos.

Tomás no hizo a esto ninguna objeción, ya que, por el contrario, era una proposición muy de su gusto.

—El mes próximo usted abrirá sus oficinas en Boston —dijo el hombre negro.

—Lo haré mañana mismo, si usted lo desea —repuso Tomás.

—Usted prestará dinero al dos por ciento mensual.

—Como que hay Dios, que cobraré cuatro —replicó Tomás.

—Usted se hará extender pagarés, liquidará hipotecas y llevará los comerciantes a la quiebra.

—Los mandaré... al d... o —gritó Tomás, entusiasmado.

—Usted será usurero con mi dinero —añadió el hombre negro, agradablemente sorprendido—. ¿Cuándo quiere usted el dinero?

—Esta misma noche.

—Trato hecho —dijo el diablo.

—Trato hecho —asintió Tomás.

Se estrecharon las manos y quedó finiquitado el negocio.

Pocos días después, Tomás se encontraba sentado detrás de su escritorio, en una casa de banca, en Boston. Pronto se esparció su reputación de prestamista, que entregaba dinero por pura consideración. Todos se acuerdan de los tiempos del gobernador Belcher, cuando el dinero era particularmente escaso. Eran los tiempos de los asignados. Todo el país estaba sumergido bajo un diluvio de papel moneda: se había fundado el Banco Hipotecario y producido una loca fiebre de especulación; la gente desvariaba con planes de colonización y con la construcción de ciudades en la selva. Los especuladores recorrían las casas con mapas de concesiones, de ciudades que iban a ser fundadas y de algún El Dorado, situado nadie sabía dónde, pero que todos querían comprar. En una palabra, la fiebre de la especulación, que aparece de vez en cuando en nuestra patria, había creado una situación alarmante; todos soñaban con hacer su fortuna de la nada. Como ocurre siempre, la epidemia había cedido; el sueño se había disipado, y con él las fortunas imaginarias; los pacientes se encontraban en un peligroso estado de convalecencia y por todo el país se oía a la gente quejarse de los «malos tiempos».

En estos propicios momentos de calamidad pública se estableció Tomás como usurero en Boston. Pronto a su puerta se agolparon los solicitantes. El necesitado y el aventurero, el especulador, que consideraba los negocios como un juego de baraja; el comerciante sin fondos, o aquel cuyo crédito había desaparecido, en una palabra, todo el que debía buscar por medios desesperados y por sacrificios terribles, acudía a Tomás.

Éste era el amigo universal de los necesitados, sin perjuicio de exigir siempre buen pago y buenas seguridades. Su dureza estaba en relación directa con el grado de dificultad de su cliente. Acumulaba pagarés e hipotecas, esquilmaba gradualmente a sus clientes, hasta dejarlos a su puerta corno una fruta seca.

De esta manera hizo dinero como la espuma y se convirtió en un hombre rico y poderoso. Como es costumbre en esta clase de gentes, comenzó a edificar una vasta casa, pero de puro miserable no acabó ni de construirla ni de amueblarla. En el colmo de su vanidad rompió coche, aunque dejaba morir de hambre a los caballos que tiraban de él; los ejes de aquel vehículo no llegaron nunca a saber lo que era el sebo y chirriaban de tal modo que cualquiera estaría tentado a tomar ese ruido por los lamentos de la pobre clientela de Tomás.

A medida que pasaban los años empezó a reflexionar. Después de haberse asegurado todas las buenas cosas de este mundo comenzó a preocuparse del otro. Lamentaba el trato que había hecho con su amigo negro y se dedicó a buscar el modo y la manera de engañarle. En consecuencia, de repente se convirtió en asiduo visitante de la iglesia. Rezaba en voz muy alta y poniendo toda su fuerza en ello, como si se pudiera ganar el cielo a fuerza de pulmones. Del elevado tono de sus oraciones dominicales, podía deducirse la gravedad de sus pecados durante la semana. Los otros fieles, que modesta y continuamente habían dirigido sus pasos por los senderos de la rectitud, se llenaban a sí mismos de reproches al ver la rapidez con que este recién convertido los sobrepasaba a todos. Tomás mostrábase tan rígido en cuestiones de religión como de dinero; era un estricto vigilante y censor de sus vecinos y parecía creer que todo pecado que ellos cometieran era una partida a su favor. Llegó a hablar de la necesidad de reiniciar la persecución de los cuáqueros y los anabaptistas. En una palabra, el celo religioso de Tomás era tan notorio como sus riquezas.

A pesar de todos sus ahincados esfuerzos en pro de lo contrario, Tomás temía que al fin el diablo se saliera con la suya. Se dice que para que no lo agarrara desprevenido, llevaba siempre una pequeña biblia en uno de los bolsillos de su levitón. Además, tenía otra de gran formato encima de su escritorio; los que le visitaban le encontraban a menudo leyéndola. En esas ocasiones, ponía sus lentes entre las páginas del libro, para marcar el lugar y se dirigía después a su visitante para llevar a cabo alguna operación usuraria.

Cuentan algunos que a medida que envejecía, Tomás empezó a ponerse chocho y que suponiendo que su fin estaba cercano, hizo enterrar uno de sus caballos, con herraduras nuevas y completamente ensillado, pero con las patas para arriba, puesto que suponía que el día del Juicio Final todo iba a estar al revés, con lo cual tendría una cabalgadura lista para montar, pues estaba decidido, si ocurría lo peor, a que su amigo corriera un poco si quería llevarse su alma. Sin embargo, esto es probablemente sólo un cuento de viejas.

Si realmente tomó esa precaución, fue completamente inútil, por lo menos así lo afirma la leyenda auténtica, que termina esta historia de la siguiente manera:

Una tarde calurosa, en la canícula, cuando se anunciaba una terrible tormenta, Tomás se encontraba en su escritorio, vestido con una bata mañanera. Estaba a punto de desahuciar una hipoteca, con lo que acabaría de arruinar a un desgraciado especulador en tierras, por el que había sentido gran amistad.

El pobre hombre pedía un par de meses de respiro. Tomás se impacientó y se negó a concederle ni un día más.

—Eso significa la ruina de mi familia, que quedará en la miseria —decía el especulador.

—La caridad bien entendida empieza por casa —objetó Tomás—. Debo preocuparme por mí mismo, en estos tiempos duros.

—Usted ha ganado mucho dinero conmigo —dijo el especulador.

Tomás perdió su paciencia y su piedad.

—Que el d....o me lleve si he ganado un ochavo. En aquel momento se oyeron tres golpes dados en la puerta. Tomás salió a ver quién era. En la puerta, un hombre negro mantenía por la brida a un caballo del mismo color, que bufaba y golpeaba el suelo con impaciencia.

—Tomás, ven conmigo —dijo el hombre negro secamente. Tomás retrocedió, pero era demasiado tarde. Su Biblia pequeña estaba en el levitón y la grande debajo de la hipoteca, que estaba a punto de liquidar; ningún pecador fue tomado más desprevenido. El hombre le puso en la silla, como si fuera un niño, fustigó al caballo y se alejó a galope tendido con Tomás detrás de él en medio de la tormenta que acababa de desencadenarse. Sus empleados se pusieron la pluma detrás de la oreja y a través de las ventanas le vieron alejarse. Así desapareció Tomás Walker a través de las calles, flotando al aire su traje mañanero, mientras su caballo a cada salto hacía brotar chispas del suelo. Cuando los empleados volvieron la cabeza para observar al hombre negro, éste había desaparecido.

Tomás nunca volvió a liquidar la hipoteca. Una persona que vivía en el límite del pantano contó que en el momento de desencadenarse la tormenta oyó ruido de herraduras y aullidos, y cuando se asomó a la ventana vio una figura como la descripta, montada en un caballo que galopaba como desbocado, a través de campos y colinas, hacia el oscuro pantano, en dirección al derruido fuerte indio; poco después de pasar por delante de su casa cayó en aquel sitio un rayo que pareció incendiar todo el bosque.

Las buenas gentes sacudieron la cabeza y se encogieron de hombros, pero estaban tan acostumbradas a las brujas, los encantamientos y toda clase de triquiñuelas del diablo, que no se horrorizaron tanto como hubiera debido esperarse. Se encargó a un grupo de personas que administraran las propiedades de Tomás. Nada había que administrar, sin embargo. Al revisar sus cofres, se encontró que todos sus pagarés e hipotecas estaban reducidos a cenizas. En lugar de oro y plata, su caja de hierro sólo contenía piedras; en vez de dos caballos, medio muertos de hambre en sus caballerizas, se encontraron sólo dos esqueletos. Al día siguiente su casa ardió hasta los cimientos.

Este fue el fin de Tomás Walker y de sus mal habidas riquezas. Que todas las personas excesivamente amantes del dinero se miren en este espejo. Es imposible dudar de la veracidad de esta historia. Todavía puede verse el pozo, bajo los árboles de donde Tomás desenterró el oro del capitán Kidd; en las noches tormentosas alrededor del pantano y del viejo fortín indio, aparece una figura a caballo vestida con un traje mañanero, que sin duda es el alma del usurero. De hecho, la historia ha dado origen a un proverbio, a ese dicho tan popular en la Nueva Inglaterra, acerca de «El Diablo y Tomás Walker».

En cuanto puedo acordarme, esta es la esencia del relato del ballenero del Cabo Cod. Estaba adornado de diversos detalles triviales que he omitido, pero los cuales nos sirvieron de alegre esparcimiento toda la mañana, hasta dejar pasar la hora más favorable para la pesca, por lo que se propuso que volviéramos a tierra y permaneciéramos bajo los árboles, hasta que cediera el calor del mediodía.

Conformes con esto, tomamos tierra en una agradable parte de la costa de la isla de Manhattoes, llena de árboles y que antiguamente perteneció a los dominios de la familia Hardenbroocks. Era un lugar que conocía bien por las excursiones de mi mocedad. Cerca del sitio de nuestro desembarco se encontraba un antiguo sepulcro holandés, que inspiró gran terror y dio pábulo a numerosas fábulas entre mis compañeros de colegio.

Durante uno de nuestros viajes costeros habíamos entrado a verlo, encontrando féretros recargados de adornos y muchos huesos; pero lo que lo hacía más interesante a nuestros ojos es que existía una cierta relación con el casco del barco pirata, que se pudría entre las rocas de Hell—Gate. También se decía que tenía mucho que ver con los contrabandistas, lo que debía ser cierto cuando este apartado lugar pertenecía a uno de los notables burgers, un tal Provost, al que se le conocía por el sobrenombre de «el aventurero del dinero pronto» y del que se murmuraba que tenía numerosos y misteriosos negocios de ultramar. Sin embargo, todas estas cosas habían formado un buen revoltillo en nuestras juveniles cabezas, de esa misma vaga manera como tales temas se entrelazan en los cuentos de la mocedad.

Mientras yo reflexionaba sobre estas cosas, mis compañeros habían extendido un almuerzo sobre el suelo, sacándolo de una canasta muy bien provista, y colocando todo bajo los árboles, cerca del agua. Allí pasamos las horas calurosas del mediodía. Mientras me encontraba tirado sobre la hierba, entregado a esa ensoñación que tanto me gusta, pasé revista a los débiles recuerdos de mi mocedad, y se los relaté a mis compañeros como me venían a la memoria: incompletos recuerdos de un sueño, que divirtió a mis acompañantes. Cuando terminé, uno de los burgers, hombre de edad avanzada, llamado Juan José Vandermoere, rompió el silencio y nos observó que él también recordaba una historia acerca de un tesoro, suceso que había ocurrido en su vecindario y que podía explicar algunas de las cosas que había oído en mi mocedad. Como sabíamos que era uno de los más veraces hombres de la provincia, le rogamos que nos contara esa historia, lo que hizo de muy buena gana, mientras fumábamos nuestras pipas.


Publicado el 22 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
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