El Gran Pecado: la Marquesa de Tardiente

Antonio de Hoyos y Vinent


Novela corta



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Índice

El Gran Pecado: la Marquesa de Tardiente
Parte 1
Capítulo 1. La afirmación
Capítulo 2. La débil enamorada
Capítulo 3. La primera piedra
Capítulo 4. El callado refugio
Parte 2
Capítulo 1. La realidad
Capítulo 2. La barrera de hielo
Parte 3
Capítulo 1. El gran pecado
Capítulo 2. La mueca trágica
Parte 4
Capítulo 1. En la que el que se ensalzare será humillado

Parte 1

Capítulo 1. La afirmación

Los pueblos felices y las mujeres honradas
no tienen ni historia ni novela.

S. J. PALADAN.

Como sintiera aún los ojos de Roberto fijos en ella, con aquella actitud suplicante de víctima en el ara, actitud plena de mudo reproche y silenciosa queja, afirmó rotunda, agresiva:

—Yo soy una mujer honrada…

Nadie lo había puesto en duda, y así hubo un movimiento de expectación en espera de las explicaciones que de seguro seguirían a tal afirmación de fe. Pero Candelaria callaba y no parecía dispuesta a proseguir, desde el momento en que Roberto, un tanto azorado, habíase apoyado en la chimenea fingiendo estudiar con atención profunda una miniatura de Isabey.

Entonces Piedad Gante, duquesa de Gante y de Malferida, con la autoridad que le daban su posición social, su virtud intachable, su ciencia del mundo y, sobre todo, un cierto parentesco con la procaz, corrigió, mitad en broma, mitad en serio.

—Mujer, Candelaria, cualquiera que te oyese creería que las demás éramos unas perdidas.

Julito Calabrés, defendido contra sus treinta y tantos años en el parapetado de una juventud desbordada en malignidad, murmuró al oído de Amalia Ramos, que fumaba dando chupaditas al Setos Amber y creía lo más prudente abstenerse, segura de que «aquello» de la honradez no iba por ella.

—¡Chúpate ésa! ¡Vaya una lección que se ha llevado la pedantona de Candelaria!

La interesada, mientras, había abierto su pelliza de renard argentée y se abanicaba, disimulando mal su despecho.

Concha Flores, la dueña de la casa, muy americana ella, muy lánguida y mimosa, muy mona, pese a, sus cuarenta y tres, con el tea—gown de gaza gris moaré rosa y chinchilla, revolviose en el gran diván donde una jaqueca rebelde la tenía postrada, y, mullendo almohadones de brocado de plata con el pie, calzado de antílope, y diamantes, y jugando con sus largas sartas de perlas, trató de cambiar la conversación:

—¡Qué calor anoche en casa de Jarama!

—¡Cómo sería que ni la presencia de la dueña de la casa bastó a refrescar aquello! —colocó Julito, malévolo.

No era la marquesa de Tardiente mujer que diese su brazo a torcer, así como así; de modo y manera que en vez de declararse vencida y callar, volviose sobre el tema:

—La vida moderna es un asco. Por doquiera —era también un tanto redicha y académica, con pretensiones de docta y de gramática, aunque, como todo en ella, era la cultura más superficial que real— vicios, porquerías, complacencias, complicidades… Yo no digo que las mujeres, en general, sean unas cualquier cosa; pero ese coquetear sin objeto, ese tácito citarse, ese buscarse complacido…

—¡Bah! ¡Peccatta minuta! —rió Pancha.

—¡Peccata minuta! —clamó indignada la Tardiente— ¡Vaya unas ideas! Os aseguro que ese, ese…

—Flirt —apuntó irónico Calabrés.

—… ese Flirt es una vergüenza, es peor que todo.

Hubo un silencio en que notose cierto malestar que flotaba en la atmósfera; luego la peroradora prosiguió:

—Se puede perdonar un pecado, un pecado que sea… , ¡qué sé yo!… . el gran pecado de nuestra vida; que tenga su disculpa en una pasión inmensa, abrumadora, irresistible, pero ese vivir entre mentiras y trapisondas… se comprende pasar un estanque lleno, de lodo, pero no moverse siempre entre un poco de barro como el pez en el agua…

Volviéronse muchos ojos hacia la duquesa, como si esperasen la nueva lección; la dama, sin embargo, habíase encogido de hombros con un gesto que venía a decir: «¡Cada loco con su tema!». Luego púsose a hablar al conde de Tordillos, del Velázquez que Pancha, o, por mejor decir, su marido, había traído del viejo palacio de Aragón.

Conchita Ramos interrogó a Julito:

—Bueno, y de todo ello ¿qué hemos sacado en limpio?

—Mujer, ya lo has oído: que es una mujer honrada.

La otra tomó aire de conmiseración profunda:

—¡Pobrecilla! ¡Que Dios se lo conserve y se lo aumente!

Las seis. Fuera debía de hacer una tarde de perros; dentro vivían en una atmósfera tan guateada, que perdíase hasta la noción de lo que pudiese suceder al exterior. Era el salón de Pancha Flores, condesa de la Florinda por su matrimonio con el animalote de Honorio Florinda, un encanto de gracia íntima, de recatado confort; uno de esos salones que han surgido en Madrid, imitación de sus semejantes de París, pero ennoblecidos aquí por dos o tres joyas de arte, florones de heredadas coronas.

El de Pancha parecía hecho, con sus muros tapizados de viejo y desvaído terciopelo azul Natier, para resaltar aquel admirable retrato de Pantoja —un pálido príncipe vestido de negro brocado, que, sosteniendo en la diestra de alabastro un guante, sonreía, desdeñoso, mientras su otra mano jugaba con un joyel de esmeraldas—. Eran los demás blasones de la Casa de Florinda un mueble de roble tallado prolijamente a la moda del Renacimiento y recargado de herrajes de plata, y un Cristo de ébano y marfil, prodigioso de dolorosa unción. El revestido de los muros, los zócalos y las jambas de las puertas, de mármol roza muy pálido; los muebles Luis XVI, de laca gris y terciopelo azul, cómodas, acogedores, mezclados con cosas de un vago orientalismo; los cachivaches, ejemplares de orfebrería ultramoderna; la luz, velada por espesas pantallas; el fuego que, pese a la calefacción de vapor, ardía en la chimenea, y hasta la disecada cacatúa que, como en un salón del año 60, se columpiaba en su negra anilla, pendiente de la enorme araña, de cristal de roca y bronce; todo colaboraba el aspecto amable, cordial, acogedor del cuarto, que completaba la mesita del té, cargada de pesadas argenterías y alegrada por el hervir del agua. Veíase en él, además del retrato de Pancha, hecho diez años antes, un retrato deliciosamente convencional, en que aparecía la dama con su fragilidad de muñeca, su cutis de gardenia, su gesto de gata, entre pieles y tules, con el aspecto de cosa artificial, de muñeca de cera o de capricho de artista enamorado de fragilidades. Y por último, como para quitar la sensación de ahogo, de encierro y de limitación de espacio, las altísimas puertas de madera, con pesadas tallas doradas, estaban abiertas de par en par, y en la semipenumbra de la luz eléctrica, que se filtraba discreta por las claraboyas, veíase el hall, enorme, lleno de fabulosos artesones, de soberbios tapices y de viejos bargueños; el comedor, monumental, con sus muros de mármol blanco sin pulir, sus columnas y sus frisos de esculpidas guirnaldas, y lejos, casi en las tinieblas, una sola lámpara, con pantalla amarilla, encendida, el salón de música.

La duquesa de Gente, púsose en pie.

—Nada, Pancha, voy por centésima vez a ver tu Velázquez. El conde —y mostraba al anciano Tordillos— quiere enseñarme un descubrimiento que ha hecho. Pretende que el perro tiene una cosa que no ha encontrado en ningún otro perro de Velázquez…

—¡Será moquillo! —insinuó Amelia en voz baja, sin perjuicio de ponerse de pie, decidida a seguir a la duquesa aunque fuese al Averno a ver al mismísimo Cancerbero, puesto que estar en la intimidad de la Gante era el espaldarazo de la elegancia. Igual hicieron la Tardiente y Julito, mas otras tres o cuatro personas que actuaban de «Vicentes» o de borregos de Panurgo, y, por fin, Roberto, a algunos pasos de distancia, conservando, según Julito, su aire de perro a quien ha pegado su ama.

Entonces Pancha, al quedar con Manolo Santillán, le llamó, con mimos de moribunda decidida a condenarte.

—Estaba rabiando por decirte que te quiero; chiquillo… —Y luego, como lo cortés no quita a lo valiente, y se estaba cayendo de debilidad— Mira, dame otra taza de té y un sandwich.

Manolo manipuló entre las tazas de China y las golosinas, preparando el brebaje, y ella aprovechando que no le miraba, le sacó la lengua.

Como las explicaciones de Tordillos llevaban camino de ser eternas, y no era cosa de pasarse la tarde en cuclillas, mirando la pata al perro de Velázquez, Candelaria Tardiente comprendió que seguramente la indignación debía haber estropeado el empolvado de su rostro y que podía aprovechar la disertación del sabio para reparar la falta. No se maquilaba, «una señora no se maquilla». Pero empolvarse, eso sí. Como todo en su vida, el banal detalle giraba en derredor de la idea fija, aquella idea que lo servía para martirizarse y martirizar a los otros.

Mujer atrozmente convencional, ni el corazón ni las pasiones influían para nada en su voluntad. Había talado esos campos fértiles y floridos que se tienden entre la aridez de la conciencia y el pecado, campos llenos de benevolencia, de comprensión y de perdón, y así, su existencia era un castillo defendido por las altas murallas del deber, la virtud y el respeto, cercado por un foso todo lleno de incomprensión hostil y agresiva. Gastaba en vestirse «lo que debe gastar» una señora de su posición; practicaba la caridad con una severidad exenta de impulsos generosos y de enternecimientos; era religiosa de un modo severo, pero sin misticismos «de mal gusto»; amaba a su marido «como una mujer honrada puede amar a su marido», y quería a sus hijos, aunque con un amor muy a lo Abraham, siempre que el Jehová se llamase «el deber». Tal vez se la tache de árida y poco humana; pero ella «era así»… y hasta mostrábase orgullosa de serlo.

Decidió, pues, darse polvos, y nada, dicho y hecho, colose en el salón de música y aproximose a la chimenea de mármol gris, apagada ahora, para retocarse ante el gran espejo colocado sobre ella y que reflejaba la espalda del busto que un gran artista hiciérale bastantes años atrás a Pancha. «¡Si la carne se conservase como el mármol!», pensó Candelaria, sarcástica. Como el cuarto estaba casi a oscuras, tuvo que acercar el rostro mucho al espejo para conseguir verse. Entonces creyó oír como leves sollozos y contenido llanto, y miró disimuladamente en la luna.

Instalado en el sofacito Luis XV, tras el grato e íntimo refugio que formaba el biombo de tapices, tallas barrocas y espejos con la gran palmera, una bergère y una mesita cargada de chucherías, adivinó una forma de mujer que lloraba y la silueta de un hombre en la aburrida actitud de quien no sabe cómo salir del paso.

Los reconoció enseguida. María Calzada y Lalo Pontes. A ella uníala un vago parentesco. Era una mujercita menuda, y graciosa; tenía los pelos rubios y rizados; los ojos, azules, ingenuos y melancólicos; las facciones, menudas; la piel, fina, blanca y sonrosada, y el cuerpo pequeñito, pero esbelto, con graciosa agilidad de pájaro, recordando toda ella esas figuras con que los pintores de estampas representaba la mujer vienesa. Moralmente, tratábase de una pobre nena loca, que, sin dinero, casada con el bruto de Paulo Calzada, era parásito de todas las mesas, de todos los autos, de todos los palcos, y hacía muchas, muchas tonterías. Las gentes mirábanla con un desdén risueño, casi complacido, y no intentaban moralizar con ella. Sólo Candelaria, implacable, algunas veces quería arrancarla a las doradas regiones de la frivolidad y atraerla a la fea realidad; pero ella se encogía, se pelotonaba, se hacía pequeñita, pequeñita, para huir de las imágenes crueles, como un niño huye del coco.

Todo Madrid sabía sus amoríos con Lalo Pontez, y asistía, irónico y casi enternecido, al idilio de la cabecita loca, que, por otra parte, no se recataba nada y era la primera en contarlo a poco que le tirasen de la lengua.

Ahora, Candelaria, al través de los sollozos escuchaba palabras sueltas.

—¡No me dejes, Lalo, no me dejes!, ¡Que Paulo sea un bruto no es una razón… !

La Tardiente estaba indignada. ¡Qué asco, señor, qué asco! De buena gana la hubiese encerrado en un correccional; la hubiese azotado, emplumado, arrastrado por las calles atada al rabo de una mula.

El alma de «gran inquisidora», que Julito le atribuía, crepitaba en ella como un leño en la hoguera y casi sentía deseos de intervenir, cuando una voz humilde imploró a su lado:

—¡Candelaria!

Volviose furibunda. ¡Vaya un momento que elegía aquél también!

Roberto estaba en pie ante ella, con ademán triste y contrito, «con ademán de reo que espera su sentencia».

En vez de enternecerla, aquello la exasperó. Mirole de hito en hito, e interrogó procaz:

—¿Qué se le ofrece?

El pobre muchacho, azorado por la actitud agresiva contestó:

—Yo… ¡Por Dios Candelaria!… ¿Por qué me trata usted así?…

Lanzole una mirada anonadadora, capaz de pulverizar a cualquiera.

—¡Me gusta! —escupió con reconcentrada saña—. ¿Pues cómo quiere que le trate?… Querrá que me ponga a pegar saltos y a darle besos… ¡Yo soy una mujer honrada!

María olvidó su pena por un momento y murmuró en voz baja:

—¡Patapuf! ¡Se disparó Candelita!

Pero la implacable, mientras, cortando por lo sano, volvía la espalda a su adorador, y lenta, altiva, encaminábase al salón.

Capítulo 2. La débil enamorada

No pienses: «¡sufriré!».
No pienses: «¡me engañarán!».
No pienses: «¡dudaré!».
Ve, simplemente, diáfanamente,
regocijadamente, en busca del amor.

AMADO NERVO

Cuando Candelaria iba a subir al automóvil oyó la voz infantil de María Calzada, que corría tras ella:

—¡Candela, mujer, que me dejas plantada y está cayendo el diluvio!

La compañía de su prima no le hacía feliz nunca; en tales circunstancias, muchísimo menos aún. Pero lo que concluyó de irritar su paciencia fue la sonrisa de simpatía un poco cazurra y otro poco socarrona que creyó leer en los ojos y en la comisura de los labios de los lacayos atléticos (de la valetaille decía ella con una denominación de desdén muy siglo XVIII) al través de la imposibilidad británica que, en pie y cuadrados militarmente, afectaban. Sin poderlo remediar, pensaba que de seguro en cuanto volviesen las espaldas aquella gente la pondrían de antipática que no habría por dónde cogerla, y, en cambio, todos sus entusiasmos serían para la loca de María.

Un criado anunció, sin mirarles, como un autómata cuyo mecanismo fuese repetir nombres:

—El automóvil de la señora marquesa de Tardiente.

Instaláronse en él, y el coche deslizose leve y silencioso por las avenidas enarenadas del jardín, cuyos arbustos, bañados por la lluvia, relucían como si acabasen de charolarlos. Apenas habían desembocado en la Castellana, la Calzada, con aquella su facilidad para remontarse a las cumbres de la alegría y desplomarse luego en el desconsuelo más profundo, rompió a llorar:

—¡Qué pena, Dios mío, qué pena!

Entre burlona e impaciente, comentó la otra:

—Ya será algo menos.

—¿Pero tú sabes, mujer, lo que me pasa? —insistió la Calzada.

Y como la otra no contestase nada, echó por los vericuetos de las confidencias.

—¡Que Lalo me quiere dejar!

Volviose Candelaria, abiertamente indignada ahora, y conminó serena.

—Mira, a mí no me cuentes incongruencias ni porquerías, o hago parar y te dejo plantada aquí.

Instintivamente miró la pobre nena al través de los cristales. La Castellana aparecía desierta, obscura y silenciosa; el suelo, cubierto por grandes charcos que espejeaban en el barro; los árboles, desnudos y esqueléticos, tras el velo gris de lluvia que alguna vez iluminábase por las luces de un tranvía que pasaba raudo y tintineantemente. No; decididamente no era confortable la idea de quedarse en pie allí, con sus zapatitos de ante y sus medias de gasa. Era, pese a todo, tan vehemente su necesidad confidencial, que dijo entre sollozos:

—Parece mentira que seas tan dura… ¡No tienes corazón!

—Lo que tengo —protestó la otra— es sentido común y vergüenza, y decoro.

No la hizo caso y prosiguió:

—¿Sabes lo que me pasa?… ¡Que Paulo lo sabe: todo!

Sin quererlo, la severa se interesó:

—¿Que lo sabe todo?… ¡En el nombre del Padre!… ¡Y tú tan fresca en casa de Pancha! ¡Pero criatura, tú no has visto la vergüenza ni por el forro!

Tampoco contestó a tan injusta observación, sino que prosiguió sus querellas.

—¡Lo sabe todo, todo, todo!… Y se ha puesto hecho una fiera y me ha querido matar…

—Y debía haberlo hecho —sentenció implacable la inquisidora.

—¡Como loco! —habló María— No lo quería creer… Decía que me creía capaz de un coqueteo, de comprometerme, de cualquier tontería; pero de una cosa grave, no… Que por eso no se había metido en nada…

—Si sois tal para cual —observó Candelaria.

—Y ahora —concluyó la cuitada—, pretende Lalo dejarme… Dice que no quiere chanzas… Y yo, sola… ¡Dios mío! ¡Dios mío! No sé qué hacer…

—¡Vivir como una mujer honrada!… —trazaba su prima.

—¡Como una mujer honrada! ¡Qué fácil es de decir cuando se tienen cuarenta mil duros de renta, un marido como el tuyo, una gran posición, unos hijos que son un amor de buenos y bonitos! —protestó María— Pero cuando se es pobre, se está sola y no tiene una amores ni cariños!…

Fue altisonante:

—Se abraza uno a su conciencia y es bastante.

Lo dijo de un modo tan enfático, que disipó en parte el patetismo de su amiga, que creyose obligado a comentar irónica:

—¡Y se muere abrazada al instrumento de martirio, como los cristianos en el circo!

Aquella idea del circo, por una rara ilación del pensamiento en su cabeza a pájaros, recordole la pata del perro de Velázquez, y, por ende, la tertulia de su amiga. ¡Qué pesado Tordillos!… Y la Gante, secundándole con empresement… Pues ¿qué me dices del traje de la Rosalva?… Y la loca de la Pencha, con el flirt allí… ¡Qué poca vergüenza!…

Agresiva, afirmó la Tardienta:

—Allá os la lleváis todas.

Llegaban. María, vuelta a su tragedia imploraba.

—¿No me dices nada, mujer?

Desdeñosa, casi agresiva, dejó caer:

—¡Que te alivies!

Y, mientras María saltaba como una pajarita, los charcos de la acera, dentro del auto que arrancaba de nuevo, esponjose satisfecha de sí misma.

Capítulo 3. La primera piedra

El que esté limpio de culpa que arroje la primera piedra.

PALABRAS DE CRISTO.

En el salón esperaba ya Pedro Antonio su marido.

Sobre la pompa severa, trivialmente teatral de la estancia Enrique IV, destacábase la figura del marqués de Tardiente, más bien vulgar, pero no exenta de esa distinción que da «la raza». Era Pedro Antonio un buen muchacho, por mejor decir un buen hombre, pues que sus treinta y ocho años no permitían clasificarle entre los «muchachos». Sin ser una lumbrera, no era tonto, ni mucho menos; y si no había inventado la pólvora, tenía en cambio una noción bastante exacta y justa de la vida. Habíase cazado, después de correrla de un modo moderado, por varias razones, de las cuales la principal era que cuando se es marqués de Tardiente, tres veces grande de España, único descendiente de héroes y santos, no tiene uno derecho a dejar extinguirse el nombre, y no de las menos importantes, que sentía el gusto y la necesidad de tener su casa. En tal estado de ánimo, claro es que sintió pesar sobre él los fríos altivos y engolados encantos de Candelaria, su noble presencia y aquellas entradas de reina que eran famosas. Casáse, pues, con ella, y enseguida abdicó en sus manos la autoridad. Cierto que él siguió haciendo lo que le venía en ganas, sin que su mujer notáralo, o, en caso de ser así, sin que se diese por aludida de ello; pero todo lo que al mecanismo de la casa pertenecía, todo lo que a orden interior, posición social, educación de los hijos, etc., etc., tenía relación, corría por cuenta de Candelaria. Despachose ésta a su gusto, y si en cosas de enjundia, la educación de los hijos —Jack y Marie Thérése—, dejaba bastante que desear, su iniciativa en cosas extremas, britanismo y corrección se las tenían con el más pintado. Como unos principitos tenían su cuarto, su miss, su cura, su nursey. Fuera de lo que a la educación de sus hijos referíase, toda la casa estaba montada también en un gran pie. Fiestas, comidas, viajes y en el diario esa mesa abierta a unos cuantos parásitos y parientes, que es patrimonio de grandes casas.

Aquel día, Candelaria, al llegar para el almuerzo, divinamente vestida en su tallieur de terciopelo, souris adornado de topo, pero de un humor de todos los demonios, encontró en el salón, además de su marido, otras dos personas: el conde de Tordillas, y Paco Alara. Inclinándose todos, besándole la mano, y en el mismo momento, como si obedeciese a un mecanismo oculto, el maître d'hotel abrió las puertas de par en par y anunció en francés:

—Madame est servie.

Echó Candelaria una mirada al espejo, y, sin quererlo, sonrió. Bonita, graciosa o simpática, no; guapa, sí. Una Juno, dura de perfil, enérgica de mentón, altiva en la mirada de los ojos verdes, que rimaban a maravilla con los cabellos cobrizos, muy blanca, firme de formas, resuelta y orgullosa de ademán, más que cordial, imponente; más que atractiva, vencedora.

Cruzaron dos o tres salones más, y en el último, ya antes de entrar en el comedor, encontraron a los niños con la miss y el cura. Era otro de los requisitos de la etiqueta creada por la dama. Comer, comían en sus habitaciones; pero almorzaban a la mesa, aunque no se reunían a sus progenitores hasta el mismo momento de sentarse a ella. Al ver llegar a sus padres salieron a su encuentro; a la madre besándole la mano: al padre se la estrecharon correctamente.

Los dos eran guapos: Jack, pulido con crenchas muy negras, que hacía valer el traje, de terciopelo aceituna; Thérése, casi albina, es una transparencia que resaltaba, contrastando con las sombrías piles que guarnecían el traje mirto.

Distinguidos los dos, tenían gestos nobles, pausados, elegantes, y ese aire, un poco triste, de los niños que nunca logran serlo por completo.

Empezó el almuerzo en el gran comedor, de muros revestidos de admirables tapices. Finos cristales, manjares selectos, ligeros, apetitosos; pesadas argenterías. Primero, unas palabras benévolas, vagas y amables a los niños sobre sus estudios, su paseo, King y Boby, los dos perros que tío Ángel les enviara días atrás desde Londres… sonrisas forzadas de ellos… Luego, dos o tres motivos banales… Todos ardían en el mismo deseo de evocar la conversación peligrosa.

Era miércoles, día en que María Calzada acostumbraba a comer allí. No había ido, con lo cual confirmaba la veracidad de los rumores que corrían sobre ella. Candelaria había hecho como que no notaba la ausencia, afectando una ignorancia de buen tono; en la mesa su cubierto permanecía vacío, sin que los criados, o demasiado correctos o demasiado maliciosos, preguntasen por ella. En cambio, los chicos devoraban sus afanes de saber por qué tía María tan buena, tan alegre y tan graciosa no había venido. Pero ante la perspectiva de un schoking de la miss o de una sentencia latina del cura, callaban.

Al fin, Pedro Antonio, el más indiscreto, formuló, encarándose con Candelaria.

—María Calzada me ha escrito…

Una mirada petrificadora de su mujer y un «¡los niños!» formulado en alta voz hiciéronle callar.

Acabó el almuerzo, y ya en el salón, solos los cuatro ante las tazas de café, la marquesa desahogó su mal humor.

—¡Hijo mío, eres el espíritu de la indiscreción personificado!

Pedro Antonio se encogió de hombros con un gesto de indiferencia.

—Como estábamos en familia…

—¡En familia! —protestó Candelaria, llena de desdeñosa indignación— Pues y los niños que lo entienden todo y lo saben todo, y miss, que con sus ínfulas de ignorar el español es capaz de traducir las Partidas del Rey Sabio, y el cura, que, con sus aires de pobrecito Juan, sabe más que Merlín, y la atención malévola de los criados, que están más enterados que nosotros…

—Pues hija, si todos lo saben, no vale la pena de callarse —opuso con muy buen sentido él.

Mirole con desdén, y bebió un sorbo de café.

El temido escándalo había estallado. Paulo, furioso al sospechar su deshonra, había maltratado a María y había acabado por expulsarla de su casa. Entonces ella, enloquecida, había corrido a Lalo para implorar su auxilio; pero él, egoísta y brutal, la había rechazado, y entonces, sola, viendo cerrarse todas las puertas ante ella, la pobre nena se había refugiado en un hotel de tercer orden.

Pedro Antonio anunció por segunda vez:

—Me ha escrito María Calzada.

—¿A ti?… ¡Qué raro! —dictó el despecho a Candelaria.

Lleno de buena voluntad, explicó él:

—No se atreve a escribirte ni a intentar verte… Dice, además, que como yo soy el marido y «en Castilla el marido lleva la silla»…

—¡Ah!… Ya…

—¿Decías… ?

—Nada, hijo; sigue, sigue…

—Pues que creía natural dirigirse a mí para pedirme permiso para escribirte a ti, tratar de verte… Aquí tienes la carta…

Sacó la misiva, efectivamente, del bolsillo y se la tendió a su mujer, que, bien fuese por distracción, bien por desdén, no quiso tomarla y afectó seguir saboreando el café en pequeños sorbos.

Entonces leyó él mismo:

«Querido primo Pedro Antonio:

No sé como empezar ésta, ni qué decirte, ni nada. No sé a quién volver los ojos, y como tú eres bueno, me atrevo a molestarte. Hubiese querido escribir a tu mujer, pero… me impone, y no me atrevo. ¡Por Dios; por Dios, ayúdame, y no me desampares! Mira que estoy sola. Pedro Antonio, nada más sino que sufro mucho y estoy sola. ¡Ten compasión de mí!

Tu prima,

María».

—¡Qué asco y qué miseria! —formuló altiva la Tardiente— No vale la pena ponerse el mundo por montera para luego, a las primeras de cambio, llorar y gemir y pedir misericordia. ¡Qué asco! Y todo es comedia, pura comedia; trapisondas para salirse con la suya, para hacer porquerías y pretender que luego se las arreglemos los demás. Cuando por su voluntad arrastran el nombre por los suelos, entonces no se acuerdan del parentesco para nada: pero cuando ya no tiene remedio… En fin —resumió cambiando de tono—, a ti está dirigida la carta, y tú verás lo que haces.

—La que ha de decir eres tú —objetó Pedro Antonio.

—¿Yo?, ¿yo?… ¡Tú estás loco!… ¿Yo?… ¡Ja!, ¡ja!

¡Hijo, por Dios!… —rió procaz, cruel, implacable— Yo lo que no pienso volver a hacer es ocuparme de semejante prójima.

Débilmente opuso él palabras de compasión:

—¡Pobre mujer! ¡Está tan sola!

Sarcástica, le animó:

—¡Hijo, ve a verla y recógela! ¡La nueva Samaritana! Lo que es yo… —sentenció implacable— Jamás ¿oyes?, ¡jamás volveré a recibirla! Para mí ha muerto una mujer honrada…

Capítulo 4. El callado refugio

Así como los niños, algunas veces, huyendo de un castigo se refugian en un cuarto oscuro, así, huyendo del dolor, los humanos, nos refugiamos algunas veces en la muerte.

¿Crees que la encontraremos viva aún? —interrogó la Tardiente.

La duquesa se encogió de hombros.

—Espero en Dios… —Después, con acento de profunda conmiseración— ¡Pobre María! ¡Lo que debe de haber sufrido la infeliz! Ella, que era una niña en el fondo… ¿cómo habrá encontrado valor?… Estoy segura que Dios tendrá misericordia de ella —La voz de la dama velábase de emoción.

Con acritud afirmó Candelaria:

—Si yo fuese Dios, sería implacable para ciertas cosas. Suavemente opuso la Gante:

—¡Tú eres implacable para tantas!

Afirmó orgullosa:

—Para las miserias y las porquerías, sí. Comprendo un gran sacrificio, una gran tragedia…

Siempre con mansa firmeza objetó la otra:

—No, Candelaria, no; un gran dolor o una tragedia llevan en sí mismos su consuelo. Una Antígona, o una Juana de Arco, o una «Marie Antoniette», sienten demasiados ojos fijos en ellas, saben que la misma magnitud de su sufrimiento les hará sobrevivirse; y es tal el apego que los humanos tenemos a la vida, que la idea de sobrevivirnos basta a endulzar las mayores penas… Pero esa pobre María… ; una criatura, tan inconsciente, tan frívola, tan pueril, con tanto miedo al más allá… Asusta la idea de lo que ha debido de sufrir, de la violencia de su terror ante la miseria y el abandono para atreverse a dar el paso…

La Tardiente objetó:

—No comprendo cómo tú, que eres una mujer honrada, puedes sentir lástima…

—Por lo mismo —afirmó con viveza—. Como yo, por mi manera, debo de ser anterior al pecado original, siento más compasión por esas pobres criaturas…

El coche de la duquesa de Gante (prefería en sus gustos de gran dama la nobleza del tronco de alazanes, que braceaban airosos, la intimidad de la berlina forrada de paño azul y sostenida por blandos muelles y gruesas ruedas de goma, a la modernidad amplia y maloliente del auto) rodaba camino de aquel hotelucho de ínfima categoría donde la tragedia había tenido lugar.

María Calzada, enloquecida, perdida en su aturdimiento la noción de todo, horrorizada por las consecuencias de lo que había hecho, por la necesidad de afrontar la vida cara a cara y por las dificultades materiales, pero empujada más aún por aquella soledad, a que no estaba acostumbrada, y por aquella hostilidad nueva para su espíritu de muñequilla mimada, se había matado. Al entrar la dueña de la fonda en su cuarto, por la mañana, hallola inmóvil, el frasco de la morfina, vacío, al alcance de su mano.

Llena de sobresalto, había llamado al médico de la Casa de Socorro, y como éste le anunciase que sólo le quedaban un par de horas de vida, temerosa de su responsabilidad mandó a buscar a Julito Calabrés, única persona que visitaba a la suicida. Éste, cou su justicia e imparcialidad, indicola a la duquesa de Gante como la sola capaz de aceptar un penoso deber moral, y a ella dirigíase entonces la hostelera.

El portal, sucio y pretencioso, fue cruzado rápidamente por las dos damas, que se colaron por la escalera, infestada de olor a berzas cocidas y falta de ventilación. Llegaron al segundo piso, y allí el ama les salió al encuentro.

Era una mujer flaca, enlutada, de rostro arrugado, boca desdentada, nariz corva y ojos pitañosos. Aunque tan escasa de cabellos como de dientes, veíase que no debía de ser vieja. El gesto untuoso, relamido, de una afectación monjil, la hacía antipática. Todo el tiempo permanecía con la cabeza doblada sobre el pecho, los ojos bajos y las manos cruzadas encima del vientre, guardando su aire de compunción hipócrita, aunque por debajo de los párpados, entornados, veíanse relucir los ojillos concupiscentes, y los labios abrirse y cerrarse con un gesto voraz. Al divisar a las dos señoras, que por su porte y atavío mostraban serlo y desde luego personas alcurniadas, redobló su compunción y recato. Encarose con la Gante, dejando ver tras de su humildad la idea abroqueladora de haberla reconocido:

—¿La señora duquesa de Gante?

La dama no vaciló ni un momento:

—Yo soy, ¿mi prima?…

La posadera enjugose una lágrima imaginaria:

—¡Qué pena, señora duquesa! La pobrecita ha muerto.

—Vamos allá —y la Gante dio un paso.

Pero la dueña la detuvo:

—Perdóneme la señora duquesa; pero quisiera antes explicarle…

Parose para escuchar.

—Pues usted dirá…

Con mil rodeos y circunloquios, entre hondos suspiros y gemidos entrecortados se explicó. Ella era una pobre viuda que no tenía para costear la educación, de sus hijos más que aquel hotel… aquel hotel que era una casa ejemplar… su fama… su honorabilidad sin mancha… la reputación de honestidad de su casa… ¡Y ahora, una cosa así, venía a empañar su limpia ejecutoria!… No, no podía ser. En el extranjero, cuando en un hotel pasaba una desgracia de aquella índole, si la familia no podía costear los gastos de indemnización, se llevaban el cadáver a un sanatorio… Por eso ella no se había dado por enterada oficialmente de la muerte… Podrían vestirlo y conducirlo en un coche… moriría en el camino…

Ante la idea de aquella crueldad impía, la duquesa reprimió a duras penas un impulso de asco; luego, encarándose con la mujer—cuervo, anunció en voz serena, pero firme:

—No; doña María Calzada ha muerto aquí de un accidente desgraciado. Todos los desembolsos correrán de mi cuenta. Esté usted tranquila. Y, ahora, que avisen a un cura y a un médico… y guíenos usted al cuarto.

Después siguieron a la hostelera, que se deshacía, en protestas de su cariño por la muerta, su compasión y su mucha caridad.

María dormía un sueño inmóvil y melancólico de paz. Sobre las almohadas del lecho reposaba la cabecita pueril, menuda, frágil, rodeada de una aureola de cabellos rubios, leves y rizados. La muerte, al imprimirla su sello, habíale sin robarle el infantil encanto, bañado en una grave serenidad. Blancas, con blancura de alabastro; menudas, apenas moldeadas, las facciones, hacíanle muy joven. Sólo un rictus, que derrumbaba la boca en las comisuras, avejentábale. Parecía una pobre nena que en los albores de la vida había ya sufrido mucho y que muerta semejaba dormida en un sueño de atroz fatiga.

El cuarto, a media luz, estaba en el más completo desorden. Sobre la mesilla de noche el tarrito de la morfina y una novela francesa a medio leer; en el tocador, frascos de afeites y cajas de pinturas; sobre la mesa más frascos, un sombrero, cartas y una a medio escribir manchada de lágrimas y tachaduras.

Piedad Gante cogió libros y cartas y los guardó en un cajón; puso algunos tarros en orden, tapó las cajas de colorete y luego buscó con los ojos un crucifijo. Uno y un rosario veíanse en la mesilla, junto a la cama, asomando por debajo del libro francés. La duquesa de Gante lo cogió piadosamente cruzó las manos de la muerta, sujetolas con el rosario y colocó entre ellas el Cristo. Después inclináse y besó la frente pálida y fría.

Arrodillose en fin, y comenzó a rezar con voz queda, pero firme:

—«Padre Nuestro que estás en los cielos… ».

Parte 2

Capítulo 1. La realidad

Nuestra confianza en los hombres no tiene muchas veces
más causa que la pereza, el egoísmo o la vanidad.

SCHOPENHAUER.

—Una debilidad la tiene cualquiera —afirmó muy serio Julito con la santa intención de escandalizarles.

—¡No!… Permita usted que proteste de su gratuita afirmación —sublévase con énfasis, escogiendo, como siempre, los términos de su repulsa la generala Regolta, de quien se contaban horrores… que, desgraciadamente, resultaban verdad. Fue tan viril, tan marcial su movimiento de reprobación, que agitó, para subrayarlo, violentamente la cabeza, metiéndole los paraísos que adornaban su peluca, de un injurioso rubio «veronés», por un ojo al conde de Tordillos, su vecino de mesa mientras que sumergía todo el vuelo de «Malinas» (de una falsedad judesca) en el consommé a la Regence que llenaba el argentado plato colocado ante ella.

Conseguido su efecto, Calabrés disponíase a cambiar de conversación a la llegada del «supreine de sole sauoe turbotin», cuando Candelaria —sentada entre el embajador de Rusia y el marqués Apprisco de Capirotti, noble caballero italiano, comisionado por el Gobierno para estudiar la trayectoria de las arcadas— cuya concentrada bilis parecía haberse exasperado aquellos días, habló trepidando con hirviente saña, mientras clavaba los ojos en Pancha Florinda, sentada a la izquierda de Pedro Antonio.

—Eso no es una debilidad, es una porquería. Ni aún la excusa de una gran pasión tienen. La mujer que peque una vez, su único perdón está en que sea por amor, un amor que llene toda su vida, y… Si se equivoca, debe ocultar su equivocación aún a sí misma: ha de ser fiel hasta la muerte…

—Fiel a su infidelidad, he aquí un bello lema para una «Francesca»… —insinuó Aprisco.

—Mejor no pecar —opuso, con bastante buen sentido y esa seguridad con que pregonamos las máximas que nunca hemos pensado en seguir, la duquesa, viuda del Desastre, sentada a la derecha del dueño de la casa, mientras se engullía un trozo formidable de chateaubriand al madera.

La Montaraz insinuó malévola, con una ironía que empezaba por injuriarla a ella misma:

—La virtud es el perfume de la mujer.

Rió Julito:

—¡La última creación de Haubigant!

Pedro Antonio había dejado de prestar atención a la conversación general, y hablaba animadamente con Pancha, que le escuchaba, sonriéndole con los ojos y con los labios, en una sonrisa que era como una tácita entrega.

Estaba guapa en aquel dorado y luminoso crepúsculo de su vida; guapa con su tez de artificial blancura de nardo, coa sus ojos pintados y alegrados de Kolh, con su pelo caoba y su frondosidad apetitosa en el moldeado de la túnica asiria, verde esmeralda, sobre la que caían cataratas de perlas. Era Pancha Flores una de esas mujeres que parécense a los cuadros ultramodernos en que son para vistas con luz artificial. Pese a ello, muy bella aún, y sobre todo muy deseable.

Pedro Antonio devorábala con los ojos y hablábale con ese fuego y esa animación que pone el deseo en nuestros gestos y nuestras palabras. Ella le oía sonriente, satisfecha, más que en su vanidad de mujer, contenta de gustar en el ocaso, su ansia de amorosa tropical; a quien el guapo muchacho no parecía costal de paja. Los dos sostenían una conversación en que más que las palabras tenían valor los gestos. Era en él anhelo; en ella, un modo de reverberación pasional, esa reverberación exhalan las personas que vuelan en alas del deseo.

Candelaria roíase de rabia. Hacía días que notara los manejos de aquella prójima, y aunque mostraba un desdén glacial, repeledor, antipático, de mujer fuerte, la verdad era que iba por dentro la procesión. ¿Amor? ¿Despecho? Más bien esto último; pero un despecho rígido, desdeñoso, incomprensivo; un despecho de insensibilidad humillada por el apasionado de los otros. No sentía celos, porque era incapaz de sentir amor; pero sentía la misma saña maciza y fría de una diosa de mármol que, asistiendo impasible al idilio de la hija del jardinero, pensase: «¡Qué asco el amor humano!» Y esto, con ganas de llorar.

Acababa la comida. Aunque, siguiendo la moda, la iluminación era discreta, tamizada por pantallas rojas, que hacían vivir las figuras de los tapices del comedor de los Tardienta, resbalaban en las bohemias y fulguraban con la plata, las flores —rocas de Bengala—, las libreas de gala y el pelo empolvado de los criados, todo daba una sensación de suntuosidad noble y severa, de fiesta aristocrática. La conversación habíase hecho banal otra vez, cuando resonó la voz de Julito, aguda, un poco chillona, que decía con aquel buceado cinismo que constituía «su nota»:

—Créanme ustedes, como dice Anatole France: «La virtud es como los cuervos, sólo anida en las ruinas» .

Rieron. Candelaria dispúsose a darle una lección cuando, notando que, servidas las frutas en las altas copas de cristal negro, había acabado la comida, púsose en pie y, apoyándose en el brazo del embajador, dio la señal de pasar al salón.

Ya había en él algunos invitados de los que debían asistir al après diner, y la dueña de la casa, muy contra su gusto, hubo de ocuparse de ellos descuidando los manejos de Pancha, que envolvía a Pedro Antonio en sus redes.

Cuando después de la primera avalancha de gentes quedó un poco libre, diose cuenta de que su marido y la otra habían desaparecido. ¿Dónde estaban? En sus idas y venidas de anfitrionisa asomose al despacho, al saloncito «Imperio» y al de las armaduras. Nada. Fue entonces al de baile; en la claridad —discreta siempre— extendiose el parquet frío y reluciente, dando casi una sensación de miedo el cruzarlo, la inconsciente sensación que experimenta al patinador ante la superficie helada que va a surcar.

Candelaria decidiose; estaba de mal humor, descontenta de todos y de todo, de los demás y de sí misma. Aquello era feo, vulgar y plebeyo, y, lo que es aun peor, ridículo. No le importaba nada lo que Pedro Antonio pudiera hacer. Eran porquerías, cuya existencia una señora debía incluso de ignorar. En honor de la verdad hasta entonces su marido había guardado un decoro y una mesura «realmente dignas de un perfecto caballero»; pero ahora… La grandísima tía de Pancha llevaba camino de levantarle de cascos.

Cruzó la Tardiente el salón de baile, luego dos saloncitos Luis XV y, por último, allá en las penumbras más que discretas de la serré, vio a Pedro Antonio con la Florinda. El caballero permanecía en pie y hablando apasionadamente; la dama —muy en Lyda Borelly en la escena pasional de alta comedia—, de espaldas casi, volvía la cabeza hacia él, ofreciéndole la nuca alabastrina y el torneado cuello, mientras se abanicaba con el gran abanico de plumas negras.

Por fin en uno de aquellos estremecimientos que ondulaban la nieve de la piel de la coqueta, desde el hilo de perlas fabulosas hasta la sibilina regia de l echarpe, no pudo el galán contenerse más y besó apasionado. Ella echose hacia atrás riendo nerviosamente:

No se contuvo ya la traicionaba esposa, y avanzó resuelta hasta ponerse ante la pareja.

Ellos, al verla, separáronse instintivamente; Pedro Antonio calló, bajando la cabeza como un culpable; pero Pancha, muy mundana, muy ligera, muy dueño de sí, echose a reír.

—¡Qué maravillosa serre! ¡Hace tan bonita la luz blanca escondida entre los árboles!…

Candelaria encarose con ella altiva, desdeñosa, y señalando la puerta, ordenó:

—¡Salga usted de mi casa!

Por un instante la sangre procaz de aventurera, de la Florinda, hirvió y estuvo a punto de desatar la lengua en injurias que le envidiaría una cargadora del puerto de La Habana; pero al fin triunfó la dama:

—Mujer, Candelita, ¡qué cosas tienes!… —comenzó.

Pero la otra atajole:

—Salga usted inmediatamente, si no quiere que la haga echar por mis criados.

Pancha Flores miró a su adorador como pidiéndole el auxilio de su autoridad: pero callaba él anonadado por la férrea voluntad de su mujer. Aún vaciló, casi con deseos de dar un escándalo de los que hacen época; por fin se encogió de espaldas con un gesto que igual podía servir para levantar la estola de pieles sobre los hombros de mármol, que para desdeñar, y lenta, sonriendo, burlona, salió arrastrando la larga cola de terciopelo verde florecida de oro.

Capítulo 2. La barrera de hielo

No te estimes por mejor que otros, porque no seas quizá
tenido por peor delante de Dios.

KEMPIS

Hay que saber perdonar, perdonar siempre; no existe nada mejor, más dulce ni más bueno que perdonar.

—Perdonar es una cobardísimo —opuso la Tardiente—. Perdonar es confesar que no podemos vivir sin la persona. No perdonamos por alteza de espíritu, ni por abnegación, ni por caridad; perdonamos por egoísmo.

La duquesa de Gante dio unas chupadas al cigarillo, cruzó una pierna sobre otra, bebió un sorbo de té y luego insistió:

—¡Qué mal haces Candelaria! Tal vez lo mejor de la vida está ahí, en saber amar, comprender y perdonar. Debemos ir siempre con el pecho abierto, como pintan a los mártires, y con el corazón pronto a abrasarse en piedad y en amor.

Como la otra sonriera con sarcasmo, interrogola:

—¿De qué te ríes?

—No deja de tener gracia —insinuó Candelaria—. Hablas como una Santa Teresa mientras fumas opio y bebes té.

—¿Y por qué no? ¿Qué quita una cosa a otra? No creo que para pensar rectamente sea preciso vestirse de máscara y darse zurriagazos con unas disciplinas… Yo, hija, se conoce que soy anterior al diluvio… Como no me hacen efecto ciertas cosas, las miro con una gran benevolencia… como miraría a gentes que padeciesen cualquier fobia…

—Yo no experimento más que asco —afirmó desdeñosa la Tardiente.

¡Cuánto siento —lamentó la duquesa— que te encierres en tu torre de hielo!… No; la vida es amar mucho y perdonar mucho. '

—Es cumplir con nuestro deber —afirmó árida la marquesa de Tardiente. Después, sin alterar para nada el gesto, separó de las demás unas fotografías de sus hijos, metiolas en un sobre, rompió unas cartas y cerró el cajón.

Piedad insistió tercamente:

—Tu deber es perdonar. Pedro Antonio es un buen chico, te quiere bien y está sinceramente arrepentido.

Rió sarcástica:

—¡Ja!, ¡ja!… Cuando se quiere bien no se ofende.

Piedad pulsó otra cuerda:

—Piensa en tus hijos… en que quedan en manos mercenarias, en que con esa absurda reparación que impone tu orgullo van a verse en una situación extraña…

—Sabrán que su madre es una mujer honrada, y eso les bastará.

La diplomática se impacientó. Para dominar el impulso de ira que, pese a su enorme mundanidad, iba a arrastrarla a hacer y decir tonterías, púsose a pasear por el cuarto.

Ofrecía el tal ese peculiar aspecto de desolación de las habitaciones cuyo dueño emprende un éxodo sin regreso posible. Baúles, cajas, sombrereras, cajones abiertos, armarios vacíos, papeles rotos, montones de fotos, montañas de ropa.

Con sincera pena contempló la dama el desastre y casi enternecida, la voz empañada de emoción, volvió hacía su parienta y amiga:

—¡Candelaria, mujer, no seas chiquilla! Piensa la enormidad de lo que vas a hacer; piensa que destruyes un hogar, una familia, una posición, un nombre… y todo por nada, por una chiquillada, un coqueteo tal vez sin trascendencia, una cosa con una criatura que ha sido de tantos… y que probablemente a tu marido le importaría un comino…

—¡Justamente! —interrumpió triunfal—. Eso es lo que nunca, ¿oyes, Piedad?, nunca perdonaré. Se puede disculpar la gran pasión que arrastra, que envilece, que mata… pero el devaneo frívolo, el pasatiempo vicioso… ¡Oh!, ¡no!, ¡no! ¡Eso es demasiado sucio!

La duquesa de Gante dejó pasar la avalancha, y buscó otra brecha:

—¿No comprendes, criatura, que además de todo es una atrocidad, un disparate, que tires por la ventana tu nombre, tu posición, todo, todo?… ¿Qué va a ser de ti sola y errante por el mundo?

—Llevaré la cabeza alta y la conciencia tranquila —afirmó enfática.

Con buen sentido, objetó su interlocutora:

—No por eso dejarás de ser una mujer separada de su marido, una mujer que vagará por las ciudades de placer y dormirá en las posadas mundiales.

—Dormiré sobre la almohada de mi conciencia.

Un lacayo anunció:

—En el salón está el señor de Usalda.

Candelaria excusose con su amiga:

—Perdóname. Es mi abogado, que viene a ultimar las cuestiones de intereses.

—¿Entonces no hay remedio?

—Ninguno.

Casi en voz baja reprochó la Gante:

—¡Qué fría, qué árida, qué seca eres, Candela!

Parte 3

Capítulo 1. El gran pecado

Si no nos buscamos nunca a nosotros mismos
¿en qué consiste que un buen día nos descubrimos sin querer?

NIETZSCHE

Tocó a Fritz ligeramente en el hombro e insistió:

—¿Vamos ya?

Malhumorado, y sin disimularlo gran cosa, dijo:

—Espera. Esta combinación no falla.

Como si quisiese darle la razón la bolita de marfil, brincó de casilla en casilla y se detuvo en el 13. Ganaba una atrocidad, muy cerca de sesenta mil francos. Contento del éxito, siguió su juego, esparciendo fichas por las casillas y sonrió a una rubia frágil y quebradora que jugaba frente a él su mismo juego. Ella le sonrió a su vez y ambos volvieron a enfrascarse en el juego. Tornó a rodar la bolita, y esta vez quedó en el 17. Ganaban otra vez y otra vez tornaron a sonreírse.

Candelaria Tardiente (Madame de Birocatier, puesto que tal era el seudónimo con el que peregrinaba por el mundo) dio la vuelta a la mesa para observar la dirección de las miradas de Fritz; pero él permaneció un rato abstraído por completo en el juego, que ahora «se daba mal». Observábale atentamente cuando una voz murmuró a su oído:

—Pardón, madame, c'est le 18 qui c'est donné deux fois n'est paz?

Tuvo un gesto de sobresalto y luego, con un encogimiento desdeñoso de hombros, se apartó de su interlocutora. ¡Una perdida! ¡La vergüenza y la irrisión de Niza! Aquella mujerota que ostentaba, en violento y detonante contraste, con sus ubres enormes y sus caderas de vaca, una máscara lamentable pintarrajeada y embadurnada de afeites, de niña pánfila, bajo la peluca de bucles rubios coronados de hiperbólicos promontorios de plumas verdes, rojas, azules, que lucía toilettes abracadabrantes, sobre cuyas lentejuelas de colorines brillaban joyas de una falsedad vergonzosa, tenía el impudor de exhibirse con sus amantes, de armar escandalosas escenas de celos, de no recatarse para llorar…

Volvió la Tardiente hacia Fritz Silva e insistió:

—Vámonos ya.

Pero él, irritado por sus pérdidas, rechazó casi grosero:

—Vete tú, si quieres.

Sintió un nudo en la garganta y ganas de llorar ella también; pero se contuvo, y fuese a la terraza para hacer tiempo. No era la primera vez que pensaba que Fritz no la quería, que se había equivocado. Pero sublevábase su orgullo ante la idea cruel, y no se atrevía a confesarlo ni aún a sí misma. Aquella era ya la única razón de su vida, y si aquélla hacía bancarrota, ¿de qué iba a vivir? ¿Recomenzar?: ¡Jamás!, ¡jamás!… Sin poderlo remediar, recordó las palabras del marqués Aprisco de Cappirotti, comiendo una noche en su casa: «¡Ser fiel a su infidelidad!». Aquélla era la única excusa, la única disculpa, si no… Y el orgullo, de Candelaria Tardiente se irritaba, se sublevaba ante la sospecha de tal posibilidad.

El gran pecado estaba cometido. Pero como la vida, irónica, se burla de nosotros, no fue nada de lo, que ella soñó. Había resistido dos años de soledad, altiva e inabordable, en que, vestida de luto como una viuda, paseó el mundo. Muchas veces la hicieron el amor; fueron caballeros que le hablaron con nobles palabras de amigo, con exaltaciones de poeta o con fervores de paladín. Ella mantúvose fría, hermética, inabordable, con la glaciedad de su honradez en los labios. Pero un día halló a Fritz Silva. Ni un gran nombre, ni un gran talento, ni una fortuna, anda. Era un aventurero que corría el mundo en busca de una presa sobre que abatirse.

Moreno, alto, fornido, los ojos muy negros, los dientes muy blancos, los labios muy rojos, la piel de ese moreno dorado que dejaba ver circular la sangre bajo ella, y el cabello aceitoso y ondulado no tuvo para ella ni devociones románticas, ni abnegaciones, ni aún respetos. Tratola como a una mundana en busca de aventuras, y, por rara aberración, Candelaria empeñose en adornarlo de todas las virtudes que forjaba su deseo, en buscar entonaciones e interpretaciones a sus palabras, en hallar en sus ojos impulsos que no existían, en investigar cabalísticas significaciones a sus actos. Y fue suya, y comenzó una extraña vida de declasée, cosmopolita, ocultando la confesión de su fracaso, vencida, pero incapaz de vencerse.

Había salido a la terraza. En el cielo profundo y azul brillaban infinidad de luceros, y la luna era una segur de plata que cortaba las doradas espigas. El mar, sereno, rizábase en albos encajes bordados de brillantes, y a todo lo largo de la costa, entre boscajes de naranjos y laureles—rosas, «villas», admirables y pintorescos poblados, se miraban en el agua.

¿Qué hacer ahora?

Una orquesta de tziganos que tocaba abajo, en la terraza, no la dejaba concentrarse en sí misma, y su pensamiento brincaba indómito y descompuesto. No quería a Fritz. Su orgullo se sublevaba otra vez y volvía a ser glacial y hermética. Por un momento el recuerdo de Pedro Antonio la obsesionó. Aquél, a lo menos, era un amigo abnegado y caballeroso. Los dos primeros años de su éxodo había permanecido en una actitud discreta, silenciosa y cortés. No la había, ni molestado, ni espiado, ni perseguido. En pleno invierno los chicos iban a Biarritz a pasar tres meses con su madre y luego volvíanse a Madrid. Pero ahora… justamente quince o veinte días antes, había recibido carta de él. ¡La primera! Era fría, oscura, amenazadora y severa. Sin embargo, llegó en un veranillo de San Martín de su pasión; llegó en una hora en que era feliz, y la leyeron los dos entre burlas y risas. Ahora volvían a su memoria algunos párrafos, como si súbitamente un lápiz de fuego les trazase sobre la paz cobalto del firmamento.

«Ten cuidado —decía uno de ellos—, ten cuidado porque, aunque lejos de mí, eres la depositaria de mi nombre y, con él, de la honra de mis hijos.

Piensa que una mujer honrada tiene derecho a ser cruel, implacable… siempre que nunca deje de ser honrada. Porque si tras destruir un hogar, una vida y un porvenir, dejase de serlo, toda venganza, mejor todo castigo sería poco.

He respetado tu voluntad; pero, muy bueno, muy leal, me inclino ante la virtud, aun cruel, pero castigo las perfidias, las traiciones y los sarcasmos».


Súbitamente sintió frío, la sensación de unos ojos que le acechaban desde los boscajes del jardín, y se estremeció.

En aquel momento, el brazo de Fritz deslizó aprisionando su talle y su voz murmuró, mimoso:

—¿Vamos?

Capítulo 2. La mueca trágica

Pero ¿no será que no queramos que haya una hipocresía inconsciente
que evite que veamos dentro de nosotros mismos?

MAETERLINCK

Como no había ningún auto ni coche a la puerta del Casino, y tomando el atajo, aquel encantador sendero lleno de luna y perfumado de naranjos en flor, apenas eran necesarios cinco minutos para ganar la villa. Candelaria y Fritz decidieron recorrer camino a pie.

Delante marchaba ella, muda y fosca, silenciosa en su ofendida actitud de desdén; detrás él aventurero, sonriendo, convencido de que a los primeros mimos y vayas depondría ella su enfado. De vez en cuando y como apresurase el paso, murmuraba algo amable, galante, sobre la belleza de su silueta, la gracia de su paso rítmico y resuelto y la ligereza juvenil de su andar.

Pero la Tardiente no le hacía caso; ni aun tan siquiera paraba mientes en sus palabras, poseída toda por una súbita y ardiente inquietud. Allí, en la terraza del Casino, había creído sentir unas pupilas, las de Pedro Antonio, fijas en ella. Fue como una sacudida eléctrica, un presentimiento, algo que no se solidificaba en un hecho concreto, sino que reducíase a un fluido magnético o a una rara telepatía. Inútil que sus ojos explorasen las tinieblas afanosamente, no logró ver nada. Sin embargo, la sensación de la presencia de aquel hombre perduraba, la perseguía, la obsesionaba. Ahora mismo creía oír pasos rápidos y silenciosos que le seguían. Por un momento la sensación fue tan clara y neta que se detuvo: pero los pasos, si los había, se detuvieron también y sólo pareciole percibir una respiración agitada que venía de la sombra.

Fritz, que se había aproximado a ella, creyendo en una reconciliación, murmuró:

—Ma cheri!

Candelaria impúsole silencio violentamente.

—¡Calla!

Siguió subiendo. El tendero se retorcía y escarpaba por entre admirables boscajes y floridos jardines de ensueño. Abajo veíase el mar, que espejeaba, todo de plata, en el beso lunar; arriba «Villa Salmacis» aparecía infinitamente blanca en la blancura de los azahares.

Y Candelaria, concentrada en sí misma, hacía un cruel balance de su vida entera, de aquella vida en que el orgullo había sustituido al corazón. Sí; ahora veíalo claro; un orgullo inmenso, cruel, diabólico lo había hecho creerse mejor, más noble y fuerte, cuando estaba hecha de la misma miserable arcilla de los demás. Una sonrisa de sarcasmo crispó sus labios, y un infinito desdén, cruel e impío, por sí y por ellos, anegó su pensamiento. ¡Qué vergüenza y qué asco!… Eso era todo; ni dolor de contrición, ni pavura de atrición, ni pena ni compasión… asco y desdén florecían como espinas en el desnudo erial de su alma.

Llegaron; entró primero ella, luego Fritz, dejando la puerta abierta. Parada en el parterre, que presidía el templete, en que se alzaba la estatua de Eros Rey, la Tardiente ordenó con impaciencia:

—¡Cierra esa puerta!

Él echose reír:

—¡A ver si vas a tener miedo de los ladrones ahora!

Iba ella a hablar, a explicarse, pero súbitamente encogiose de hombros con un gesto rabioso de desdén ante la fatalidad inexorable.

Por las grandes puertas vidriosas, abiertas de par en par, penetraron en la alcoba.

Era una pieza decorada al estilo que Marie Antoinette entronizara en el Trianon para jugar con la Lamballe y la Polignac a las pastoras, mientras el buen señor de Guillotin perfeccionaba su invento. Los muros eran grises, adornados con motivos pastoriles; los muebles de laca, gris también, con cojines de seda a rayas de flores rosas y azules; las puertas, altas y redondas, rematadas por sobrepuertas de pintados medallones de flores y frutas, entre las que jugaban desnudos amorcillos. Sobre la larga chimenea de mármol blanco veteado de negro, un busto de la Reina de Francia, delante de un gran espejo ovalado en su parte superior, que remataba un lazo, del que pendían dos guirnaldas de rosas.

Ante él fue Candelaria: ya allí, quitose el sombrero empenachado de plumas y atusose el pelo pintado. Fritz la alcanzó tratando de abrazarla y murmurando palabras de desagravio:

—¿Estás enfadada?, ¿no me quieres ya?… No seas cruel con tu cariño…

Pero ella parecía esperar algo, parecía tener los ojos fijos en invisible reloj en que iba a sonar una hora definitiva, una de esas horas que deciden nuestra vida.

Fritz insistió:

—¡Chiquita, cheri, qué guapa, qué guapa estás!

Sin quererlo cedía, vencida a la presión de los brazos amantes, iba a caer, a brindarle los labios, cuando vio retratarse en el espejo el rostro lívido de Pedro Antonio. Lanzó un grito:

—¡Allí!

Volviose el hombre rápido y hallose frente a frente del marido que se erguía vengador, empuñando un revólver.

Hubo un momento de vacilación en que los dos parecieron dudosos de la aptitud que debían adoptar. Fritz Silva muy dueño de sí, avanzó un paso.

—Caballero, no es correcto…

Entonces Candelaria experimentó una rabia infinita, un odio rencoroso y exasperado que caía implacable sobre sí, sobre su marido, sobre su amante, que le hacía inexorable, impía, dura, insensible y con voz estragada apostrofole:

—¡Pero tira cobarde! ¡Es mi amante!

Brilló un fogonazo, sonó un tiro y Fritz desplomose inerte, bañado en sangre, a los pies de su querida.

Parte 4

Capítulo 1. En la que el que se ensalzare será humillado

Es preciso, pues, mientras vives en carne,
gemir muchas veces por el peso de la carne.

KEMPIS

Ha lanzado el último suspiro afirmó Julito, como podría decir ha salido el 32 en la ruleta.

Para no dejarle mal, suspiró, y luego quedó inmóvil para siempre. Aunque ya tenía los ojos cerrados, la mirada vidriada y las manos cruzadas sobre el pecho, sosteniendo un crucifijo, que Julito Calabrés pretendía milagroso por haber pertenecido a César Borgia, Candelaria se enteraba, de todo.

Así, oyó a Pilar Gante lamentarse:

—¡Qué dolor haber muerto sin confesión!

Pero el Padre Gonzaga, el sutil y mundano jesuita llamado para, asistir en el tránsito a la contumaz, insinuó:

—¡Qué sé yo, qué sé yo!… La misericordia de Dios es infinita, y me parece a mí… no quisiera equivocarme… haber observado en sus últimos momentos un movimiento…

Como el movimiento se demuestra andando, la marquesa viuda de Tardiente corrió en su auxilio, decidida a que no cayese aquella mancha sobre el nombre inmaculado:

—No, si Candelaria tuvo siempre buenos principios…

Julito pensó en las suculentas de sus comidas de los viernes, y dio cabezadas aprobadoras. El jesuita afirmó tranquilizador:

—Creo que pueden ustedes descansar, pues el Señor la habrá acogido en su seno.

—¡Si no fuese por esa embolia que nos la ha llevado!… —suspiró la Gante.

—No ha sido embolia, sino colapso cardíaco —rectificó el doctor, celoso de sus fueros.

Con tan sesudas palabras, salieron todos tranquilos. Candelaria oyó llorar a su doncella, a la portera y a la mujer que fregaba. Luego sintió que la lavaban de un modo asaz violento, le ponían un traje y la metían en una caja, donde estaba bastante incómoda.

Después, molestada por el calor, por un fuerte olor a desinfectante, a cera y a flores marchitas, que lo llenaba todo, se durmió.

Al despertarse encontrose marchando por un camino lleno de niebla. Los pies se le hundían en un terreno guateado, blando, que primero creyó algodón, luego arena, y por fin comprendió que eran nubes. El caso ea que aquel dichoso suelo la cansaba. ¿Dónde iría? Como viese caminar a su lado a una vieja vestida con un hábito que no le era familiar, y a un caballero tan flaco y desmirriado que parecía el mismísimo don Quijote, con traje de calatrava, decidiose a interrogarles:

—¿Adónde vamos por aquí?

Con énfasis, afirmó el caballero:

—A conocer la voluntad de Dios.

Como ni para conocer la voluntad de Dios le gustaba exhibirse con gentes ridículas, trató de rezagarse.

El camino, poco a poco ensanchábase, hacíase más luminoso y despejado. Atravesaba ahora una pradera de azulandros, que desembocaba en un gran prado de miosottis.

Por allí caminaban otras almas, que dirigíanse también al temeroso Tribunal. La mayoría vestían hábitos o sudarios, que adquirían una extraña luminosidad y transparencia, que contrastaban violentamente con los que para aquel viaje usaban aún los mundanos atavíos. Era como si en una vaga y maravillosa tragedia clásica, ennoblecida por peplums y coturnos, saliesen a escena de improviso unas cuantas damas y caballeros ostentando modernos vestidos. De Worth, nada menos, era el que lucía (frase tomada a un cronista de salones) la marquesa de Tardiente, del célebre modisto parisién, y de una maravillosa estofa negra florecida de terciopelo y recargada de azabache, una toilette de Capilla Pública en Palacio. Pero junto a la levedad aérea de los otros parecía vulgar.

Muchas eran las almas que se encaminaban al juicio interino; pero aun así, y aunque Candelaria conocía a todo el mundo, la verdad es que no veía caras que le fuesen familiares. Pareciole, sí, distinguir a lo lejos al conde de Tordillos, arrastrando su largo manto de Caballero de Alcántara; pero por más que ella hízole infinitas señales, o su miopía se había acentuado o no quiso verla. «¡Qué ingrata es la gente! —pensó la marquesa, y añadió con una idea un tanto barroca de las funciones digestivas del buen señor— ¡Y pensar que aún no ha hecho la digestión de mis banquetes!».

También pareciole divisar a María Calzada, muy sencilla en su traje blanco, pobre y liso, pero llena de orgullo, la Tardiente procuró no tropezársela. Aquella era una declasée,… ¡ni en el cielo!

Miosottis y rosas de té tejían un maravilloso jardín, ahora, en que, en una atmósfera trasparente de una azulada palidez nimbada de dorada luz, esponjábanse las flores de traslucido esmalte, mientras cantaban los balbules y los pavos reales abrían sus maravillosas orfebrerías. Unas arcadas de mármol, con áureas fontanas y estatuas de sorprendente belleza, abríanse sobre un jardín todo de tulipanes de oro, de los que se destacaban árboles de esmeraldas cargados de frutas de topacios y rubíes. Aves del paraíso de roja pechuga y amarilla cola mecíanse en las ramas, mientras tigres, panteras y leones saltaban por él como alegres cervatillos.

Una dama inglesa, que se había distraído tomando unas fotos, orientole.

Faltaba poco ya, aquellos eran los jardines solares, camino más confortable y cálido que solían tomar las almas, pues los parques lunares, aunque muy bellos con sus cipreses y azucenas, sus rosas blancas, su atmósfera azul y sus lagos de plata llenos de adelfas, eran fríos y húmedos, propicios a coger un reúma.

No le había engañado. Apenas franqueada una puerta de cobre con incrustaciones de granates, que cerraba por aquel lado el jardín, hallose ante un mar de peridotas en cuyo centro se alzaban las murallas de azulados diamantes de la Ciudad de Dios. El firmamento era un zafiro pálido y reverberante en que lucían astros de carbunclos; bajeles de marfil y oro, con velas de lino, llevaban las almas hasta las puertas de la urbe prodigiosa.

Según aproximábase, pudo verla mejor. Las murallas eran altísimas, hechas por enormes bloques de brillantes; las puertas de platino con grandes clavos de ópalos sujetas por pesadas cadenas de perlas. En la entrada misma, en una garita de diamantinas estalactitas que sería muy bella sino recordase las garitas del coptoir del «Bon Marche», estaba San Pedro acompañado de un Santo anónimo y un ángel soñoliento y aburrido que parecía dormitar, más algunos espíritus puros que servían de grooms o botones. Otro ángel, indiscreto, entreabría de vez en cuando las puertas para curiosear, y entonces oíase el griterío y algazara de los angelitos que jugaban al toro con el de San Marcos.

Todo andaba bastante retrasado aquella mañana; la cola de almas llegaba hasta el mar, y San Pedro parecía nervioso y hasta impaciente quejándose con amargura. En primer lugar no le habían dejado pegar los ojos; desde muy temprano, Santa Cecilia púsose a ensayar un solo de arpa; luego el perro de San Roque ladró toda la santa mañana. Para colmo uno de los espíritus puros había perdido, jugando, los lentes del Santo.

—¡Parece mentira! —clamaba éste. ¡Perder la cabeza un espíritu puro que no tiene cuerpo!

Era el Santo de aspecto venerable, con albas guedejas y argentadas barbas que caían ondulantes sobre las sencillas vestiduras cobalto. Tenía los ojos dulces, azules y transparentes, llenos de bondad, y el gesto era benigno, acogedor, paternal. Guardaba junto a él la emblemática llave de oro y hojeaba un gran registro —libro donde figuraban los pecados de los hombres— encuadernados en pergamino, ilustradas las tapas por dos admirables pinturas de Fray Angélico y de Boticelli. Por fin, las gafas parecieron y comenzó el juicio.

Candelaria Tardiente, ocupando ahora un lugar cualquiera, estaba en realidad indignada. ¡Ella entre a turbamulta! Recordó la noche de la Embajada rusa cuando, como le señalasen en la mesa un sitio que no era el que creía correspondiera a su categoría, se despidió del Embajador con una reverencia de corte y dejó al pobre señor boquiabierto y patidifuso. Reconoció a mucha gente. Allí estaba Tordillos y la marquesa del Solar de las Victorias, y Polin Campos; y Luz Bardella y… lo que es más extraordinario… ¡María Calzada!

La cosa iba deprisa; el Santo, bondadoso siempre, hacía la vista gorda para los pecadillos, olvidábase de apuntar, escribía con letra ininteligible y ponía de su parte todo lo posible para salvarles. Así Candelaria vio con asombro cómo Lili Parau, pese a sus flirts, colábase en el Paraíso, y tras ella Lulú Almendrada, Finita Boscán, la Rosalva, la Cantuera… Llegó, por fin, el turno a María. ¡Ahora sabría aquella bribona lo que era infierno! Pero el buen Santo hojeaba, hojeaba… ¡Ahora! Había fruncido el ceño y leía… Mas fuese voluntario o involuntario, el caso es que se distrajo, perdió el registro; unos angelitos, jugando, empujaron la mesa y San Pedro hizo un gesto ambiguo que aprovechó el alma para filtrarse en la mansión celestial.

Furiosa la marquesa de Tardiente, gritó:

—No, ésa no: ¡si es una perdida! Las señoras no podemos codearnos con ella…

El santo juez no le oía. Habíanse puesto a ensayar un coro las once mil vírgenes; algunas de aquellas damas desafinaban que era un gusto, se hacía tarde, y la implacable sólo consiguió que un angelillo desvergonzado la llamase chismosa, envidiosa, metesillas y sacamuertos.

Al fin llegole el turno. Avanzó orgullosa y altiva. ¡Ella sí que iba a ocupar un trono por derecho propio! Ni devaneos, ni flirts, ni debilidades; sólo su pecado, su gran pecado, que le sería perdonado, puesto que había antecedentes. Allí estaban las Reinas, las Santas, las Heroínas…

Al verla San Pedro hojeó el libro y su rostro hizose torvo, encapotado de nubes. Todos los pequeños pecados de las otras se le habían olvidado. ¡Eran tantas para apuntadas! ¡Habían ido acompañados de tanto sufrimiento, y se habían arrepentido tantas veces! Fueran necesarios todos los volúmenes de la biblioteca de Alejandría para apuntar unas cosas y otras, clasificarlas, equipararlas… Pero, en cambio, en la Página blanca, negro, enorme, aparecía implacable su pecado, su gran pecado, aquel delito que escandalizó al mundo, echó un baldón sobre un gran nombre, deshonró a un hombre honrado, destruyó un hogar, dejó huérfanos a unos niños e hizo correr la sangre.

Y severo el Santo le señaló el camino del infierno, puesto que todos los otros habían pecado por humana debilidad y sólo pecó ella por orgullo.

Y la marquesa de Tardiente comenzó el descenso.

Humillada, vencida, rabiosa, desandaba el camino.

Tropezábase con otras almas que cuchicheaban y se reían mirándola. La toilette de Worth, junto a la sencilla luminosidad los sudarios, era démodée y, además, por la intensidad de la luz habíase puesto de un lamentable color ala de mosca. Sintiose ridícula y despreciada. Pasó un grupo en que iban Pancha Flores y dos o tres de sus amigas que seguros de su futura residencia en el infierno reían procaces y le dijeron al pasar algunas desvergüenzas. En los jardines lunares sintió frío y, mientras se subía la écharpe pensó: —He cogido un catarro.

Al fin viose en un jardín triste, yermo y desolado bajo la luz crepuscular y miró a lo lejos la puerta con el lema fatal:

«Deja humano aquí toda esperanza!» .

Había llegado.


Publicado el 17 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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