El Hombre de los Cuarenta Escudos

Voltaire


Novela corta



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Índice

El Hombre de los Cuarenta Escudos
I. Desgracias del hombre de los cuarenta escudos
II. Conversación con un geómetra
III. Aventuras con un fraile carmelita
IV. Audiencia del ministro de Hacienda
V. Carta al hombre de los cuarenta escudos
VI. Nuevos quebrantos procedentes de los nuevos sistemas (Fragmentos extraídos del manuscrito de un viejo solitario)
VII. Matrimonio del hombre de los cuarenta escudos
VIII. El hombre de los cuarenta escudos tiene un hijo, y discurre acerca de los frailes
IX. De las contribuciones que se pagan al extranjero
X. De las proporciones
XI. Del gálico y las bubas
XII. Contienda reñida
XIII. Pícaro echado a la calle
XIV. La sana razón del señor André
XV. Una buena cena en casa del señor André
XVI. Es así, cabalmente, como se escribe la Historia

Un apacible viejo, que siempre se queja del tiempo presente y alaba el pasado, me decía en una ocasión:

—Amigo, Francia no es tan rica como lo era en tiempo de Enrique IV. ¿Y por qué? Porque no están los campos bien cultivados, porque faltan brazos para la labranza; porque al encarecer los jornales, dejan muchos colonos sus tierras sin labrar.

—¿De dónde procede esa escasez de labriegos?

—De que todo aquel que es inteligente toma el oficio de bordador, de grabador, de relojero, de tejedor de seda, de procurador o teólogo. De que la revocación del edicto de Nantes ha dejado un inmenso vacío en el reino. De que se han multiplicado las monjas y los pordioseros, y en fin, de que cada uno esquiva, en cuanto puede, las penosas faenas de la tierra, para las que Dios nos ha creado, y que tenemos por indignas, de puro lógicos que somos.

Otra causa de nuestra pobreza es la muchedumbre de necesidades nuevas: pagamos a nuestros vecinos 15.000.000 por este artículo, 20 ó 30 por aquél. Metemos en las narices un polvo hediondo que viene de América, y tomar café, té, chocolate y obtener la grana, el añil, y las especias nos cuesta más de 200.000.000 de reales al año. Nada de esto era conocido en tiempo de Enrique IV como no fuesen las especias, que se consumían mucho menos. Gastamos cien veces más cera, y más de la mitad nos viene de país extranjero, porque no cuidamos de aumentar nuestras colmenas. Las mujeres de París y demás grandes ciudades llevan hoy al cuello, en las manos y en las orejas más diamantes que todas las damas de palacio en tiempos de Enrique IV, sin exceptuar la reina. Casi todas estas superfluidades las tenemos que pagar en dinero contante.

Pagamos más de 60.000.000 de réditos a los extranjeros. Cuando subió Enrique IV al trono, encontró una deuda de 2.000.000 que reembolsó en gran parte, para aliviar de esta carga al Estado. Nuestras contiendas civiles, trajeron a Francia los tesoros de Méjico, cuando don Felipe el Prudente quiso comprar el reino; pero después las guerras en países extranjeros nos han aligerado de la mitad de nuestro dinero.

Estas son, en parte, las causas de nuestra pobreza, que escondemos bajo hermosos artesonados y entre el primor de nuestras modas; aunque tenemos buen gusto, somos pobres. Asentistas, empresarios y comerciantes hay riquísimos, y muy ricos son sus hijos y sus yernos, pero la nación, en general, es pobre.

Los argumentos, buenos o malos, de este viejo me hicieron mucha impresión, porque el cura de mi parroquia, que siempre me quiso bien, me enseñó algo de historia y geometría, y sé discurrir, cosa muy rara en mi tierra. No sabré decir si llevaba razón; pero como soy muy pobre, no me fue difícil creer que había muchos como yo.

I. Desgracias del hombre de los cuarenta escudos

Quiero que sepa el universo que tengo una tierra que me valdría cuarenta escudos, si no fuese por los tributos que paga.

Según el preámbulo de unos cuantos decretos lanzados por ciertas personas que gobiernan al Estado, los poderes legislativo y ejecutivo son, por derecho divino, copropietarios de mi tierra, y les debo la mitad, por lo menos, de cuanto como. No puedo menos de persignarme al considerar la capacidad estomacal de los poderes legislativo y ejecutivo. ¿Pues qué sería si esos poderes que presiden el orden esencial de las sociedades se llevan mi tierra toda entera? La cosa sería más «divina» todavía.

Su Excelencia, el señor ministro de Hacienda, sabe muy bien que, contándolo todo, no pagaba yo antes más de 44 reales, lo que ya era para mí una carga muy pesada, y que no hubiese podido sobrellevar si no me hubiere favorecido Dios con la habilidad de hacer cestos de mimbre, con lo cual ganaba para aliviar a mi pobreza. ¿Pues cómo he de poder dar de repente al rey 20 escudos?

En su preámbulo decían también los ministros que el campo es el único que debe pagar; porque todo, hasta las lluvias, provienen de la tierra; y que, por consiguiente, de los frutos de la tierra deben salir los impuestos.

Durante la última guerra vino un alguacil a mi casa, y me pidió como contribución tres fanegas de trigo y un costal de habas, valor en total de 20 escudos, para continuar la guerra que se estaba haciendo, sin que yo sepa por qué, y en la cual guerra, según decían, no iba Francia a ganar nada y en cambio aventuraba perder mucho. Como a la sazón yo no tenía trigo, ni habas, ni un ochavo, el poder legislativo y el ejecutivo me metieron en la cárcel y continuó la guerra como Dios quiso.

Al salir de la prisión, con sólo el pellejo y los huesos, topé de manos a boca con un hombre gordo y colorado, que iba en un coche de seis caballos, con seis lacayos detrás, a cada uno de los cuales le daba de salario doble de lo que yo tenía; su mayordomo, que estaba de tan buen aspecto como él, ganaba 2.000 francos al año, y robaba 20.000. La moza del hombre gordo y colorado no le costaba a éste más de 40.000 escudos cada medio año. Cuando le conocí en otro tiempo era más pobre que yo. Para consolarme me dijo que tenía una renta de 400.000 libras.

—Según eso, paga usted doscientos mil al Estado —le dije—, para sostener la ventajosísima guerra que estamos haciendo; porque yo que no tengo más que 40 escudos de renta pago la mitad.

—¿Contribuir yo a las cargas del Estado? —replicó—. Usted se burla, amigo mío. Yo heredé a un tío que había ganado ocho millones en Cádiz y en Surate, y no poseo ni un celemín de tierra. Toda mi fortuna está invertida en créditos sólidos y buenas letras de cambio. De modo que nada debo al Estado. Usted que posee tierras sí debe pagar la mitad de lo que tiene. Todo procede de la tierra; la moneda y los libramientos no son más que instrumentos de cambio.

En vez de jugar a una carta en el faraón 100 sacos de trigo, 100 vacas, 1.000 carneros y 200 fanegas de cebada, pongo yo un montón de oro que representa todos esos miserables géneros. Además, si después de haber pagado por ellos su propietario el impuesto correspondiente, me pidieran a mí más dinero, sería arbitrario. Sería pagar dos veces una misma cosa. Mi tío vendió en Cádiz por valor de 2 millones de trigo de Francia, y otros dos millones de tejidos de lana hechos en nuestras fábricas y en estas dos ventas ganó más de un 100 por 100. Como usted ve esta ganancia la hizo sobre tierras que había pagado ya: lo que mi tío le compra a usted por 2, lo vendía en Méjico por 200. Deduciendo todo gasto ganó 8 millones. Hubiera sido una injusticia enorme cobrarle un solo franco de los 2 que a usted le había pagado. Si veinte sobrinos como yo, cuyos tíos en Méjico, en Buenos Aires, en Lima, en Surate o en Pondichery, hubiesen ganado 8 millones, prestaran al Estado 200.000 francos cada uno en una urgencia de la patria, el tal empréstito ascendería a 4 millones. ¡Qué horror! Pague usted pues, amigo mío, ya que disfruta en paz de una renta de cuarenta escudos limpios de polvo y paja; sirva con celo a la patria y véngase de cuando en cuando a comer con mis criados.

Tan plausible razonamiento me dio mucho que pensar, pero no logró consolarme.

II. Conversación con un geómetra

Muchas veces sucede que no sabe uno qué responder a un argumento que no convence aunque sea lógico. Un cierto escrúpulo, cierta repugnancia impiden creer lo que está probando. Nos explica un geómetra que entre un círculo y una tangente pueden pasar infinidad de líneas curvas, y que no es posible que pase una recta; los ojos y la razón nos dicen lo contrario; el geómetra afirma que se trata de un infinito de segundo orden. Uno se calla sorprendido, sin entender nada y sin replicarle. Consulta luego con otro geómetra, menos rígido y le oye decir: «Suponemos, lo que no existe en la naturaleza, líneas con longitud y sin grosor; físicamente hablando, es imposible que una línea real corte a otra; ni curva ni recta, ninguna línea real puede pasar por entre otras dos en su punto de contacto. Creer otra cosa es fantasear, es un juego de la inteligencia; la geometría verdadera es el arte de medir las cosas existentes».

Cuando yo oí esta confesión de labios de un matemático, en medio de mi desventura, me eché a reír al considerar que hasta en las ciencias exactas hay mixtificación y engaño.

Era mi geómetra un ciudadano filósofo, que algunas veces se había dignado discutir conmigo en mi pobre vivienda. Decíale yo:

—Caballero, usted ilustra a los papanatas de París acerca de lo que más importa a los hombres, que es la duración de la vida humana; si el gobierno sabe cuánto debe pagar de renta a cada uno de los beneficiarios de su deuda según la edad de ellos, gracias a usted existe un proyecto para llevar a cada casa de París el agua que le hace falta, y librarnos, al fin, del vergonzoso pregón de «¿quién compra agua?» y de ver muchos que suben cubos de ella a un cuarto piso. Ahora bien, dígame por favor, cuántos animales bímanos y bípedos hay en Francia.

El geómetra:

Dicen que hay unos 20.000.000 y yo acepto el cálculo, que es muy probable, mientras se comprueba, cosa que sería muy fácil y que aún no han hecho, porque nunca se piensa en todo.

El hombre de los cuarenta escudos:

¿Cuántas fanegas de tierra tiene Francia?

El geómetra:

Ciento sesenta millones; cerca de la mitad en bosques, lugares, villas y ciudades, páramos, pantanos, arenales, terrenos estériles, conventos inútiles, jardines de recreo, más agradables que útiles, tierras sin cultivar, y tierras muy malas y peor cultivadas. Los campos que dan fruto, se pueden reducir a 100.000.000 de fanegas; pero, pongamos ciento cinco, porque no se diga que somos mezquinos con nuestra patria.

El hombre de los cuarenta escudos:

¿Cuánto cree usted que da cada fanega, un año con otro, término medio, de trigo y de toda especie de semillas, vino, leña, metales, animales, fruta, lana, seda, leche, aceite, etc., deducidos los gastos, y sin contar el impuesto?

El geómetra:

Si una con otra produce 100 reales, será todo lo más, pero contemos hasta diez escudos por no desalentar a nuestros compatriotas: tierras hay que dan hasta 100 por fanega, y otras que no producen arriba de uno; la media proporcional entre uno y ciento es diez, porque bien sabe usted que uno es a diez como diez es ciento. Bien es verdad que si hubiese muchas fanegas que diesen diez, y muy pocas que diesen ciento, no saldría la cuenta; pero vuelvo a decir que no me quiero parar en menudencias.

El hombre de los cuarenta escudos:

¿Y cuánto producen en dinero los 105.000.000 de fanegas de tierra?

El geómetra:

La cuenta es clara: 1.050.000.000 de escudos, valor actual de la plata.

El hombre de los cuarenta escudos:

He leído, no sé dónde, que el rey Salomón poseía 100.000 millones de reales en dinero efectivo. En Francia no hay arriba de 9.900.000.000 en circulación. Sin embargo, Francia es según me han dicho, un reino mucho mayor y más rico que el de Salomón.

El geómetra:

Eso es una incógnita. Acaso no llega a 4.000.000.000 el dinero que circula en Francia; pero como pasa de mano en mano para pagar todas las mercancías y todo cuanto se trabaja, un mismo escudo puede ir y volver mil veces del bolsillo del labrador al del tabernero y de éste al del recaudador de contribuciones.

El hombre de los cuarenta escudos:

Ya entiendo. Pero usted me ha dicho que éramos 20.000.000 de habitantes entre hombres y mujeres, niños y viejos: ¿cuánto toca a cada uno?

El geómetra:

Cuarenta escudos poco más o menos.

El hombre de los cuarenta escudos:

Esa es cabalmente mi renta; cinco fanegas de tierra tengo, que contando los años de barbecho con los de producto, me valen 550 reales, que es poquísima cosa. Así pues, si cada uno poseyera igual porción de tierra ¿no obtendría más de 27 escudos y medio al año?

El geómetra:

Nada más, según mi cálculo que tal vez he exagerado un poco. La vida y el dinero son cosas limitadísimas. En París se vive en promedio, de veintidós a veintitrés años, y tiene 40 escudos anuales para sus gastos cada francés. Esa cantidad representa lo que usted come, lo que gasta en vestirse, en muebles, en alquiler de casa, etc.

El hombre de los cuarenta escudos:

¿Qué mal le he hecho a usted que así me priva de mi vida y de mi dinero? ¿Conque, no tengo más que veintitrés años de vida, a menos que robe una parte de la de mis prójimos?

El geómetra:

Así ocurre en la buena ciudad de París; pero de esos veintitrés años hay que quitar diez por lo menos de la niñez, porque los niños no gozan de la vida que se preparan a vivir. La infancia es el vestíbulo del edificio, el árbol que todavía no da fruto, el amanecer del día. Quite usted ahora de los trece años que restan la mitad por lo menos de sueño y de aburrimiento, y quedan seis años y medio, que se van en pesares, enfermedades, placeres fugaces y esperanzas baldías.

El hombre de los cuarenta escudos:

¡Dios mío! Según esa cuenta, apenas me quedan tres años de existencia tolerable.

El geómetra:

No es culpa mía. La naturaleza se preocupa muy poco de los individuos. Insectos hay, que no viven arriba de veinticuatro horas, pero su especie dura siempre. La naturaleza es parecida a los príncipes ilustres a quienes no importa la pérdida de 400.000 hombres en una batalla, con tal de llevar a cabo sus ambiciosos designios.

El hombre de los cuarenta escudos:

¡Cuarenta escudos y tres años de vida! ¿Y qué remedio encuentra usted para estos dos males?

El geómetra:

Para alargar la vida sería necesario purificar el aire de París, que fuese la gente menos viciosa, que hiciera más ejercicio, que las madres criasen a sus hijos, que no temiesen la inoculación; todo esto, ya lo he dicho en alguna parte. En cuanto a lo demás, lo más acertado es casarse, y hacer chicos.

El hombre de los cuarenta escudos:

¿Entonces el medio de vivir bien es juntar mi pobreza con la miseria ajena?

El geómetra:

Cinco o seis miserias juntas hacen un mediano bienestar. Con una mujer que trabaje, dos hijos y dos hijas, junta usted 300 escudos para el hogar, suponiendo que la repartición sea igual, y que tenga cada individuo cuarenta escudos de renta. Los hijos en la primera infancia cuestan muy poco, cuando son grandes ayudan; su auxilio le ahorra a usted casi todo gasto, y vive feliz como un filósofo, a menos que los señores que gobiernan el Estado cometan el abuso de imponer a cada uno de ustedes 25 escudos de contribuciones al año. Por desgracia, no estamos en el siglo de oro, en que todos eran iguales, y tenían la misma participación en los pingües beneficios de una tierra que producía sin que la cultivasen. Hoy estamos muy distantes de que cada animal de dos pies y dos manos sea dueño de una tierra que produzca 40 escudos al año.

El hombre de los cuarenta escudos:

¡Usted nos quita el pan de la boca! Hace poco me decía que en un país con 100.000.000 de fanegas de buena tierra y 20.000.000 de habitantes, le tocaban a cada uno 40 escudos de renta, y ahora nos los quita usted.

El geómetra:

Sí, pero calculaba según los libros de caja del siglo de oro, y es menester contar con arreglo a los del de hierro. Muchos individuos hay que carecen de lo que representa el valor de 25 escudos de renta; otros que no tienen el de cuatro o cinco, y pasan de 6.000.000 los que no poseen nada.

El hombre de los cuarenta escudos:

Pero, esos se morirán de hambre al cabo de tres días.

El geómetra:

No por cierto, los que poseen les dan trabajo y así son pagados el teólogo, el confitero, el boticario, el predicador, el comediante, el procurador y el cochero. Usted se creía digno de compasión porque no tiene más de 450 reales al año, reducidos a 400; pues vea a los soldados que vierten su sangre por la patria; y que a razón de seis cuartos al día no suman arriba de 257 reales con 22 céntimos, y a pesar de ello viven muy satisfechos y juntan sus ranchos.

El hombre de los cuarenta escudos:

Pues según eso, un ex jesuita tiene de pensión más de cinco veces la paga del soldado, aunque los soldados hayan rendido más servicios al Estado, a la vista del rey en Fontenoy, en Lewfelt y en el sitio de Friburgo que cuantos pudiera alegar el reverendo padre La Valette.

El geómetra:

Eso es muy cierto, como lo es también que cada jesuita secularizado tiene más de lo que costaba a su convento, y muchos de ellos han ganado bastante dinero escribiendo folletos contra los parlamentos, como el reverendo padre Patouillet y el reverendo padre Nonotte. En este mundo cada uno se las ingenia como puede; éste dirige una fábrica de tejidos, aquél otra de loza, el otro es empresario de la Opera, uno compone la gaceta eclesiástica, otro una tragicomedia o una novela al estilo inglés, y entre todos mantienen al papelero, al fabricante de tinta, al librero y al encuadernador, que si no fuera por ellos pedirían limosna. Todo se resume en que la restitución de los 40 escudos a los que nada tienen, hace que viva y florezca el Estado.

El hombre de los cuarenta escudos:

¡Lindo modo de florecer!

El geómetra:

Pues no hay otro; en todo país el rico hace que viva el pobre, y esa es la única razón de ser de la industria. Cuanto más industriosa es una nación más ganancia obtiene de los extranjeros. Si lográsemos de los países extranjeros 40.000.000 de reales al año, en el intercambio comercial, dentro de veinte años dispondría el Estado de 800.000.000 más, que serían 40 reales más por cabeza que repartir; esto es, los negociantes harían ganar a cada pobre 40 reales más con la esperanza de obtener ganancias todavía más considerables. Pero el comercio tiene sus límites, lo mismo que la fertilidad de la tierra; si no se perdería en el infinito; por otra parte, la balanza comercial no nos es siempre favorable; épocas hay en que perdemos.

El hombre de los cuarenta escudos:

Muchas veces he oído hablar del aumento de población. Si se nos ocurriese echar al mundo doble número de chiquillos que ahora, si nuestra patria tuviese doble población, y hubiese 40.000.000 en vez de 20, ¿qué sucedería?

El geómetra:

Que cada uno tendría 25 escudos menos, o bien, la tierra debería producir el doble de lo que produce, o que habría doble número de pobres, o que sería preciso duplicar la industria, y ganar doble en el comercio exterior, o enviar la mitad de la nación a América, o que la mitad de nación se comiera a la otra.

El hombre de los cuarenta escudos:

Pues contentémonos con nuestros 20.000.000 de hombres y nuestros cuarenta escudos por cabeza, repartidos como Dios quisiera; pero esta situación es muy triste, y el siglo de hierro muy duro.

El geómetra:

Ninguna nación hay que sea más rica, y muchas hay que son más pobres. ¿Cree usted que los países del Norte podrían repartir por valor de 40 escudos a cada individuo? Si hubieran tenido el equivalente los hunos, los godos, los alanos, los vándalos y los francos, no hubieran desertado de su patria para ir a establecerse en otra, arrasándolo todo a sangre y fuego.

El hombre de los cuarenta escudos:

De creerle a usted yo soy un hombre feliz con mis 40 escudos.

El geómetra:

Si cree usted que lo es, lo será sin duda.

El hombre de los cuarenta escudos:

Nadie se puede figurar lo que no es, a menos de estar loco.

El geómetra:

Ya he dicho a usted que para vivir con más holgura y más feliz es preciso que se case; pero añado que su mujer ha de tener 40 escudos de renta como usted, es decir, 4 fanegas de tierra a 10 escudos la fanega. Los antiguos romanos no tenían tanto. Si sus hijos de usted son laboriosos, podrán ganar otro tanto cada uno trabajando para los demás.

El hombre de los cuarenta escudos:

De modo que ellos han de ganar dinero para que lo pierdan otros.

El geómetra:

Esa es la ley de todas las naciones, y a ese precio vivimos todos.

El hombre de los cuarenta escudos:

¿Y ha de ser forzoso que demos mi mujer y yo cada uno la mitad de nuestra cosecha al Estado y que se lleve el gobierno la mitad de lo que ganemos con nuestro trabajo y el de nuestros hijos, antes de que éstos puedan siquiera bastarse a sí mismos? ¿Cuánto dinero mete el gobierno en las arcas reales?

El geómetra:

Usted paga 25 escudos por cinco fanegas de tierra que rinden 50; el rico que posee 500 fanegas pagará 2,500 escudos, 100.000,000 de fanegas darán al rey 500.000,000 de escudos al año, o sea, 5,500.000,000 de reales.

El hombre de los cuarenta escudos:

No lo creo posible.

El geómetra:

Tiene usted razón; y esa imposibilidad prueba matemáticamente que los cálculos de nuestros ministros adolecen de una falsedad fundamental.

El hombre de los cuarenta escudos:

Y dígame, ¿no es monstruoso quitarme la mitad de mi trigo, de mi cáñamo, de la lana de mis carneros, etc., y no exigir tributo alguno a los que ganan 40, 80 ó 100.000 reales con mi cáñamo, tejiendo lienzos, con mis lanas, fabricando paños, y con mi trigo, vendiéndolo más caro de lo que lo compraron?

El geómetra:

Tan evidente es la injusticia de semejante administración, como errado su cálculo. Se debe fomentar la industria, pero también los grandes rendimientos de la industria deben tributar al Estado. Cosa es demostrada que los intermediarios le han quitado a usted parte de sus cuarenta escudos, que se han apropiado vendiéndole a usted mismo, sus camisas y sus vestidos veinte veces más caros que le hubieran costado si se los hubiera hecho usted. Confieso que el fabricante que a costa de usted se ha hecho rico, proporcionó un jornal a sus oficiales, que nada propio tenían; pero ha retenido cada año una cantidad para sí, que al cabo le valieron 10,000 escudos de renta. Ganó, pues, este capital, a costa de usted, y usted nunca podrá venderle a él sus productos, tan caros, que se pueda resarcir de lo perdido en lo que él le compró a usted. Y si usted pudiera subir su precio de venta, él los traería del extranjero más baratos. La prueba de que así sucede, es que los 10,000 escudos de renta del intermediario aumentan, mientras los 40 de usted no aumentan, y muchas veces disminuyen. Por tanto, sería necesario y conforme a la equidad, que pagase más el comerciante que el labrador. El mismo principio rige respecto a los intendentes de hacienda. Antes que nuestros grandes ministros le quitasen a usted 20 escudos, pagaba 4, de los cuales el intendente se quedaba con 2 reales para sí; de suerte que si en la provincia de usted hay quinientas mil almas, habrá ganado 1.000,000 de reales al año; y suponiendo que gaste 200,000, es claro que al cabo de diez años tendrá un capital de 8.000.000. Justo sería que él pagase un impuesto sobre sus ganancias.

El hombre de los cuarenta escudos:

Le agradezco mucho que con su teoría tenga también que pagar impuestos el intendente; con eso se alivia mi imaginación. Pero si éste sabe aumentar sus ganancias, ¿no habrá medio para que yo aumentase también mi pobre peculio?

El geómetra:

Ya le he dicho: cásese, trabaje y procure sacar de la tierra algunas espigas más de las que antes producía.

El hombre de los cuarenta escudos:

Supongamos que trabajo mucho, que todo el país hace lo mismo, que el Estado cobró más impuestos, ¿qué provecho obtendrá la nación al cabo del año?

El geómetra:

Ni un ochavo, a menos que sostenga un comercio exterior ventajoso. Pero el individuo habrá vivido mejor, habrá tenido más vestidos, más camisas y más muebles que antes; y la circulación monetaria será mayor. A ello se sigue aumento de jornales casi en proporción al número de sacos de trigo, de vellones de carnero, de pieles de bueyes, venados y cabras que se hayan trabajado, de racimos de uvas llevadas al lagar. El rey tendrá más dinero dentro de sus arcas, pero no habrá un solo escudo sobrante en todo el reino.

El hombre de los cuarenta escudos:

Entonces, ¿qué remanente le queda al Estado?

El geómetra:

Ninguno. Y es bien que así suceda. El Estado ha atendido a sus necesidades y lo mismo han hecho los ciudadanos, cada uno con arreglo a sus medios. No hay atesoramiento. Si lo hace, priva a la circulación de todo el dinero que acumula, y hace tantos miserables como pilas de a 50 escudos guarda en sus arcas.

El hombre de los cuarenta escudos:

Según eso, nuestro gran Enrique IV era un avaro y un estrujador del pueblo, pues tenía en la Bastilla un depósito de 200.000.000 de reales.

El geómetra:

Enrique IV era un monarca tan prudente y bueno como valeroso. Dispuesto a emprender una guerra justa, creó una reserva de 110.000.000 de reales, moneda de entonces, dejando más de otros 80 millones en circulación. Supo ahorrar a su pueblo más de 400 millones que le habría costado, si hubiese procedido de otro modo; el triunfo sobre un enemigo desprevenido, era seguro, según todo cálculo de probabilidades.

El hombre de los cuarenta escudos:

Con razón se ha dicho que proporcionalmente éramos más ricos bajo el gobierno del duque de Sully, que bajo el de los nuevos ministros, autores de la contribución única, y que me quitan 20 escudos de los 40 que tengo. Dígame usted, se lo ruego, si existe alguna nación en el mundo que disfrute del exquisito beneficio de la contribución única.

El geómetra:

Ninguna entre las grandes. Los ingleses, que no son muy propensos a la risa, se han echado a reír al enterarse de que se había propuesto en nuestro país, y por hombres de talento, semejante idea. Verdad es, que los lapones y samoyedos pagan una contribución única en pieles de marta, y que la República de San Marino no paga más que el diezmo, con lo que mantiene el esplendor del Estado.

En nuestra Europa existe una nación célebre por su culto a la justicia y el valor de sus hijos, en la que no hay en realidad impuesto: el pueblo helvético; pero lo que sucede es que este pueblo recibe las antiguas rentas de los duques de Austria y Zeringen. Los cantones chicos son democráticos, y cada habitante paga una pequeñísima suma para las necesidades del Estado. En los cantones ricos, se nutren de los censos que cobraban los archiduques de Austria y los señores de villas y lugares. Los cantones protestantes son más ricos que los católicos, porque el Estado posee los bienes que fueron de los frailes. Así, quienes antes eran vasallos de los archiduques de Austria, de los duques de Zeringen y de los frailes, lo son hoy día de la patria, y pagan a la patria los mismos diezmos, los mismos derechos y el mismo laudemio que pagaban a sus señores antiguamente; y como, en general, los suizos trafican poco, no está sujeto el comercio a impuesto ninguno, como no sean derechos de escasa importancia. Los hombres comercian sus personas propias con las potencias extranjeras, y se venden por algunos años, con lo cual obtiene el país saneados ingresos a costa ajena; y es un ejemplo que no tiene par en las naciones civilizadas, como tampoco lo tiene la contribución única establecida por nuestros legisladores.

El hombre de los cuarenta escudos:

¿Así que, señor, a los suizos no los privan por derecho divino de la mitad de sus bienes, ni da dos vacas al Estado el que no posee más que cuatro?

El geómetra:

Ni por pienso. En un cantón que produzca trece toneladas de vino dan uno, y se beben doce; y en otro pagan la duodécima parte, y se beben once.

El hombre de los cuarenta escudos:

¡Ah! Suizo me vuelvo. ¡Maldita contribución la inicua y única que me conducirá a pedir limosna! ¿Pero, acaso son más justos y más llevaderos otros trescientos o cuatrocientos impuestos que ni aun sus nombres puedo conservar en la memoria. ¿No los hay por el peso del carbón, el aforo del vino, la molienda de la aceituna, la fabricación del jabón? Y todo ello para mantener ejércitos de granujas, más crecidos que el de Alejandro Magno, mandados por generales que entran a saco en un país, alcanzan ilustres victorias, hacen prisioneros, y hasta los ahorcan o degüellan, como hacían los antiguos escitas, según he oído decir al cura de mi parroquia, ¿Era mejor ese sistema, contra el cual se levantaron tantas protestas e hizo verter tantas lágrimas, que el que del primer envite me priva sencillamente de la mitad de mi existencia? Mucho me temo que, si bien se considera, el método antiguo no era peor, pues éste no quita a pellizcos las tres cuartas partes de nuestra hacienda.

El geómetra:

«Iliacos intra muros peccatur, et extra...»

«Est modus in rebus...»

«Caveas ne quid nimis»

El hombre de los cuarenta escudos:

Yo sé algo de historia y de geometría, pero no entiendo el latín.

El geómetra:

Mi latín significa: «ambos criterios se engañan; en todo se ha de guardar moderación; nada en demasía».

El hombre de los cuarenta escudos:

Nada en demasía; sí, señor, en ese caso me encuentro yo, puesto que no tengo lo suficiente.

El geómetra:

Convengo en que se morirá usted de hambre, y yo también, y el Estado también, suponiendo que la nueva administración dure dos años más; esperemos que Dios tenga misericordia de nosotros.

El hombre de los cuarenta escudos:

Esperando se pasa la vida, y esperando se muere uno. Quede usted con Dios; salgo instruido, pero desconsolado.

El geómetra:

Ese es muchas veces el fruto de la ciencia.

III. Aventuras con un fraile carmelita

Después de dar las más rendidas gracias al sabio de la Academia de Ciencias, volví a mi casa mohino por demás y murmurando entre dientes tristes reflexiones: ¡Sólo 40 escudos para vivir, y nada más que veinte años de vida! ¡Ah, pluguiera al cielo que fuese todavía más corta nuestra vida, pues tan llena está de desventuras! Distraído con mis meditaciones me encontré de pronto frente a un soberbio edificio; me apretaba el hambre, y no poseía ni siquiera la centésima parte de la cantidad que de derecho pertenece a cada individuo. Dijéronme que aquel palacio era la residencia de los reverendos padres carmelitas descalzos, y respiré entonces, diciendo entre mí: puesto que son tan humildes estos santos varones que andan sin zapatos, serán también lo suficientemente caritativos para darme de comer. Toqué, pues, la campanilla, y apareció un carmelita.

—¿Qué quiere, hijo mío?

—Reverendo padre, pan; los nuevos decretos me lo han quitado de la boca.

—Hijo mío, nosotros pedimos limosna, pero no la damos.

—No lo entiendo. Son ustedes tan humildes que van descalzos, viven, sin embargo, en una mansión principesca, son caritativos y no dan de comer.

—Hijo mío, verdad es que no llevamos medias ni zapatos, y eso menos tenemos que gastar; pero creedme, no sentimos más frío en los pies que en las manos, y si nos mandara nuestro santo instituto que fuésemos con el culo al aire, tampoco tendríamos frío en el trasero. En cuanto a nuestra magnífica casa, la hemos construido con mucha facilidad, porque las que alquilamos en esta misma calle nos rentan 400.000 reales al año.

—¡Ah, ah! ¿Dejan ustedes que me muera de hambre, y tienen 400.000 reales de renta? Bien es verdad que pagarán 200.000 al gobierno.

—¡Líbrenos Dios de pagar ni un céntimo! Sólo el fruto de la tierra cultivada por manos laboriosas, encallecidas y bañadas en lágrimas debe ser gravado con impuestos para el Estado. Con las limosnas recibidas edificamos esas casas; pero como provenían dichas limosnas de los productos de la tierra, que ya han pagado su tributo, no vamos nosotros a pagarle otra vez. En cambio, bendecimos a los fieles que se han empobrecido por enriquecernos. Pedimos limosna y damos ocasión a los fieles de barrio de San Germán para bendecirlos más y más.

Diciendo esto, me dio el carmelita con la puerta en las narices.

Marché luego al cuartel de carabineros, conté lo que me había pasado a uno de ellos, y me dieron bien de comer y medio escudo. Uno de los carabineros dijo que había que ir a pegar fuego al convento; pero otro compañero más sensato le hizo ver que aún no era tiempo, y le exhortó a que esperase dos o tres años.

IV. Audiencia del ministro de Hacienda

Fuíme con mi medio escudo a presentar un memorial al señor ministro de Hacienda, que aquel día daba audiencia. La antecámara estaba llena de toda clase de gentes, y noté que había muchos semblantes rubicundos, barrigas obesas y rostros altivos. No me atrevía a arrimarme a estos personajes; los veía y no me veían.

Un fraile encargado de cobrar los diezmos explotaba a unos ciudadanos que calificaba de vasallos suyos. Recibía el fraile más dinero del que tenían la mitad de sus feligreses juntos, y era con eso señor de vasallos. Pretendía que habiendo éstos, después de rudas faenas, convertido en viñas unos matorrales, le eran deudores de la décima parte de su vino; lo cual, teniendo en cuenta el coste del trabajo, de los rodrigones, de las cubas y de las atarazanas, ascendía a más de la cuarta parte del valor de la cosecha.

—Mas como son los diezmos —decía el fraile— de derecho divino solicito, en nombre de Dios, la cuarta parte del producto del trabajo de mis vasallos.

Dijóle el ministro:

—Veo que es usted un hombre caritativo...

Un asentista general, sujeto muy versado en materia de rentas provinciales, dijo entonces:

—Excelentísimo señor: sus vasallos no pueden dar nada a este fraile, porque habiéndoles yo hecho pagar el año pasado 32 impuestos por el vino que habían cosechado, carecen en absoluto de recursos. Les he vendido sus animales de labranza y sus aperos, y aún así no han podido acabarme de pagar. Me opongo, pues, a la solicitud del reverendo.

El ministro le replicó:

—Evidentemente es usted digno competidor suyo; los dos dan iguales pruebas de amor al prójimo, y me tienen, por igual, conmovido por su proceder.

El tercero, que era señor de vasallos, de los que en Francia llaman manos muertas, y también fraile, esperaba una sentencia del Consejo Real, por la que se le adjudicasen los bienes de un pobre parisiense, que había vivido un año y un día en una casa situada en los dominios del eclesiástico. Como el parisiense falleció en ella, el fraile, fundándose en el derecho divino, reclamaba todos los bienes del difunto. Al ministro le pareció que este fraile tenía un corazón tan piadoso y tan noble como los dos primeros.

El cuarto, que era contador de bienes de la Corona, presentó una exposición de derecho, justificándose en ella de haber arruinado a veinte familias, gentes que al heredar bienes de sus tíos o tías, hermanos o primos, tuvieron que presentarse a pagar los correspondientes derechos. El contador les advirtió lealmente que no habían valorado en lo justo sus bienes, y que eran mucho más ricos de lo que creían. Por tanto, les impuso una multa triple del importe del impuesto, y además les condenó a costas. Después de arruinarlos hizo encarcelar a varios de aquellos padres de familia que tuvieron que vender su hacienda. Así había adquirido el contador sus grandes posesiones, sin que le costasen un ochavo.

Díjole el ministro, esta vez con un tono despectivo:

—Euge, contador bone et fidelis; quia super pauca fuisti fidelis, intendentem de provincia te constituam.

Y volviéndose a uno de sus empleados, que junto a él estaba, murmuró entre dientes:

—Hay que hacerles vomitar a todas estas sanguijuelas sagradas y profanas la sangre que han chupado. Ya es tiempo de dar algún alivio al pueblo. Si no fuera por nuestro espíritu de justicia y nuestros desvelos, el pueblo no tendría con qué vivir, como no fuera en el otro mundo.

Presentáronse luego unos cuantos arbitristas: uno había imaginado crear un tributo sobre el ingenio. Todo el mundo, decía, se dará prisa a pagarle, porque nadie quiere pasar plaza de tonto.

—Usted estaría exento de pagar esa contribución —le dijo el ministro.

Un digno y discreto ciudadano prometía proporcionar al rey tres veces más rentas que las que recibía, y que la nación pagase tres veces menos tributos. El ministro le envió a la escuela para que aprendiese a contar.

Otro quería probar su adhesión al monarca, aumentando sus ingresos por impuestos de 300.000.000 de reales a 900.000.000.

—Nos hará usted un gran favor —replicó el ministro—, pero antes tendremos que pagar las deudas del Estado.

Llegó, en fin, el agente de ese tratadista que quiere convertir al Estado en copropietario de todas nuestras tierras de derecho divino, para que entren 4.400.000.000 de reales al año en las arcas de S. M. Conocí en él al hombre que me había metido en la cárcel por no haber pagado mis escudos, y me eché a los pies del ministro para pedirle justicia. Su Excelencia prorrumpió en una gran carcajada y me dijo que todo aquello fue una broma. Ordenó que se me entregasen cien escudos en resarcimiento de daño y me eximió de todo pago de impuestos por todo lo que me reste de vida.

—Dios se lo pague a Su Excelencia —le dije, y me despedí de él.

V. Carta al hombre de los cuarenta escudos

Muy señor mío: Aunque soy tres veces más rico que usted, quiero decir, que poseo 120 escudos de renta, le escribo como si fuera su igual, sin envanecerme por mi superior fortuna.

He leído su historia con todas sus desgracias, y de la justicia que le ha hecho el señor ministro de Hacienda, y le felicito por ello muy de veras; pero acabo de leer, por mi desdicha, El financiero ciudadano, no obstante la repugnancia que me había inspirado el título, y que a muchas gentes les parece contradictorio. El tal ciudadano le quita a usted 10 escudos de renta y 30 a mí, calculando nada más 40 escudos de aquélla por individuo; verdad es que otro autor, no menos ilustre, calcula 60 escudos. Su geómetra de usted adopta un término medio; se ve que no pertenece al grupo de esos ilustres señores que adjudican a París 1.000.000 de almas, al reino 6.000.000.000 de reales en dinero físico, no obstante todo lo que hemos perdido en las pasadas guerras.

Como es usted aficionado a leer, le prestaré El financiero ciudadano, pero no crea todo lo que dice, porque cita el testamento del gran ministro Colbert, sin saber que es una mala falsificación hecha por un tal Gatien de Courtilz; cita el Diezmo del mariscal de Vauban ignorando que es de un tal Bousguilbert; cita el testamento del cardenal de Richelieu, y también desconoce que es del abate de Bourzeis; afirma que el cardenal dijo que «cuando se encarece la carne se le da más prest al soldado», cosa que no es cierta, además de que durante el gobierno del cardenal, encareció mucho la carne y no por eso se subió la paga a la tropa. Ese texto de Richelieu fue declarado apócrifo cuando se publicó. En realidad, no es más obra suya que lo son de aquellos en cuyo nombre están escritos los testamentos del mariscal de Belle–Isle y del cardenal Alberoni.

Desconfíe siempre de testamentos políticos y de sistemas: yo he sido víctima de éstos lo mismo que usted, y si se han burlado de usted los Solones y Licurgos modernos, de mí se mofaron los Triptolemos. Yo, sin una pequeña herencia que recibí, me hubiera muerto de hambre.

Ciento cincuenta fanegas de tierra de labor poseo en el país más agradable de la tierra y en el terreno más ingrato; cada fanega, pagados los gastos, no rinde más que un escudo. En una ocasión leí en los periódicos que un prestigioso agrónomo había inventado un método de siembra, por el cual, sembrando menos grano recogía más cosecha; tomé dinero a usura y puse en práctica su método con lo cual perdí mi tiempo, mi dinero y mi trabajo, no menos que el susodicho agrónomo prestigioso, que ahora siembra como todo el mundo.

Quiso mi mala estrella que leyera luego en el Diario económico, que se vende en casa del librero Boudet, en París, el experimento que llevó a cabo cierto parisiense, quien para entretenerse labró quince veces la tierra de su jardín, sembró en ella trigo en vez de plantar tulipanes, y cogió una excelente cosecha. Tomé más dinero a préstamo y labré treinta veces mi tierra diciendo para mí: de esta manera obtendré doble fruto del que consiguió en su jardín el ingenioso parisiense (que seguramente aprendió agricultura en la ópera y en la comedia) y me haré rico gracias a su ejemplo y a sus lecciones. Verdad es que en mi tierra era imposible labrar ni siquiera cuatro veces, porque no lo permite el rigor y la mudanza repentina de las estaciones, sin contar con que la desgracia de mi ensayo anterior me había obligado a vender mi yunta. Hice, pues, arar treinta veces las 150 fanegas por todas las yuntas que había en cuatro leguas a la redonda. Tres labores por fanega cuestan cinco ducados; de suerte que por las treinta tuve que pagar 50 ducados, con lo que las 150 me salieron a 7.500 ducados. La cosecha, que en los años medianos en mi maldito país no da más de 300 fanegas, fue aquel año de 330 a siete ducados; total, 2.310; de suerte que perdí 5.190 ducados, o 57.090 reales, contando como ganancia la paja de la cosecha. Estaba arruinado y mi perdición hubiera sido absoluta a no ser por una tía vieja, a quien un famoso médico expidió al otro mundo, discurriendo sobre medicina con tanto acierto como yo sobre agricultura. ¿Creerá usted que todavía fui bastante necio para dejarme engañar por el diario de Boudet? Leí en su periódico que empleando 1.000 ducados en el cultivo de la alcachofa pueden obtenerse esos mismos 1.000 ducados de renta. ¡Vaya por Dios! —dije—. Boudet me restituirá en alcachofas lo que en trigo me ha hecho perder. Me gasto, pues, 1.000 ducados y los ratones se comen mis alcachofas. Todos mis vecinos se burlan de mí y yo, avergonzado, escribo una carta fulminante a Boudet. Por toda respuesta el muy bribón se dedicó a lanzarme mil cuchufletas en su diario, y hasta me negó que los caribes sean rojos. No pasé por esto y gestioné una declaración jurada del ex procurador del rey en la Guadalupe, en la que constaba que Dios había hecho a los caribes rojos como a los negros tiznados. Pero este triunfo no quita para que haya perdido toda la herencia de mi tía, hasta el último céntimo, a causa de haber confiado ingenuamente en los nuevos sistemas. Insisto en decir a usted que se guarde de embaucadores, y quedo muy suyo, etc.

VI. Nuevos quebrantos procedentes de los nuevos sistemas (Fragmentos extraídos del manuscrito de un viejo solitario)

Así como hay sujetos que se entretienen en buscar substitutos a los reyes para gobernar los Estados y otros se creen ellos mismos Césares y Triptolemos, otros, aún más soberbios, colocan a Dios en segundo término y crean el universo con su pluma, como al principio lo creó Dios con su palabra.

Uno de éstos, de los primeros que conocí, presunto descendiente de Tales, llamado Telliamed, me dijo que las montañas y los hombres habían nacido de las aguas del mar; el hombre era un animal marino que luego se volvió anfibio, hasta convertir su hermosa cola de pez en muslos y piernas. A mí, que tenía llena la cabeza de las metamorfosis de Ovidio, y de un libro que explicaba cómo el linaje humano procedía de los babuinos, tanto me daba descender de un pescado como de un simio.

Con el tiempo me sobrevinieron algunas dudas acerca de esta genealogía, como también acerca de la formación de las montañas.

—Pues que, ¿no sabe usted —me dijo Telliamed— que las corrientes del mar desplazan a uno y otro lado la arena que encuentran a su paso, lo cual va formando montoncitos, que al cabo de infinitos siglos son montañas de 20.000 pies de alto, en las que, por cierto, no hay arena? Sepa usted que el mar ha cubierto el globo entero, y la prueba es que se han encontrado anclas de navío en la montaña de San Bernardo, que estaban allí desde muchos siglos antes de que los hombres tuvieran navíos. La tierra es como un globo de vidrio, el cual estuvo largos siglos cubierto de agua.

Cuanto más me explicaba su doctrina mayor era mi incredulidad.

—¿No ha visto usted —insistió—, las capas de concha de la Turena, a 36 leguas de distancia del mar? Son restos de conchas de ostras y con ellos los labradores abonan la tierra como con estiércol. El mar ha depositado, a través del tiempo, una mina entera de conchas a 36 leguas del océano.

Respondíle yo:

—Señor Telliamed: yo no puedo creer que sea de vidrio mi jardín, y en cuanto a su capa de conchas, dudo mucho que sea de conchas marinas; muy bien pudieran ser piedrecillas calizas que con facilidad parecen fragmentos de conchas, como hay piedras que tienen forma de lengua y no son lenguas; de estrellas sin ser astros; de culebras enroscadas, y no son culebras; de partes naturales del bello sexo, y no por eso son restos de mujeres. Vemos también rocas que semejan árboles y casas, sin que hayan sido nunca encinas ni edificios. Si tantos estratos de conchas ha depositado el mar en la Turena, ¿por qué no ha hecho lo mismo en la Bretaña, la Normandía, la Picardía y los demás terrenos costeros? Mucho es que tan decantado filón de conchas proceda del mar como proceden los hombres; pero dado caso que hubiese penetrado el mar a 36 leguas tierra adentro, no quiere decir que avanzase 300 y hasta 3.000, y que todas las montañas hayan emergido de las aguas. Tanto vale decir que el Cáucaso fue formado por el mar, como afirmar que lo fue el mar por el Cáucaso.

—¿Pues qué responderá usted, señor incrédulo, respecto a las ostras petrificadas que se han encontrado en las cumbres de los Alpes?

—Responderé, señor creador, que así he visto otras petrificaciones como anclas de navíos en lo alto del San Bernardo; responderé lo que está contestado: que se encontraron conchas que fácilmente se petrifican, a distancias muy considerables del mar, así como se han descubierto medallas romanas a cien leguas de Roma. Siempre creeré mejor que los peregrinos que iban a Santiago perdieron algunas de las conchas que llevaban, que ha sido formado por el mar el monte San Bernardo. Conchas se encuentran en todas partes. No está probado que procedan del mar en vez de ser caparazones de crustáceos procedentes de los lagos.

—Señor incrédulo, yo le ridiculizaré a usted en el mundo que me propongo crear.

Señor creador, como usted quiera; cada uno es dueño de sus acciones en este mundo; pero nunca me convencerá de que sea de vidrio éste en que vivimos, ni que el hallazgo de unas conchas demuestre que los Alpes y el monte Tauro fuesen formados por el mar. En las montañas de América no hay concha ninguna; habrá que pensar que no es usted el creador del otro hemisferio, y que se ha contentado con crear el viejo mundo. Esto ya basta y sobra.

—Señor mío, si aún no se han descubierto conchas en las montañas de América, ya se descubrirán.

—Señor mío, eso se llama hablar como creador, que sabe lo que hay y lo que ha de ser. Si usted quiere, yo le dejaré su mina de conchas, con tal que me deje mis montañas; y con esto seré el más obediente y seguro servidor de Vuestra Providencia.

Mientras así me instruía Telliamed, un jesuita irlandés, excelente investigador y que tenía un buen microscopio, creó anguilas con harina de trigo. Al punto se tuvo por cosa segura que con la harina del pan candeal podrían crearse hombres, ya que muy pronto se obtendrían moléculas orgánicas. ¿Y por qué no? Puesto que el célebre geómetra Fatio resucitaba muertos en Londres, no había inconveniente en hacer hombres vivos en París con partículas orgánicas; mas la desgracia ordenó que desaparecieran las nuevas anguilas de Needham, y con ellas los sabios que fueron a refugiarse al país de las mónadas, todo él lleno de materia sutil, globulosa y estriada.

No quiero decir que no hayan servido mucho para el adelanto de la física estos inventores de sistemas, ni plegue a Dios que disminuya yo el mérito de sus tareas; pueden compararse con los alquimistas, que trabajan por hacer oro, que nadie hace y han hallado excelentes remedios de botica o cosas muy curiosas cuando menos. Posible es que sea uno hombre de singular entendimiento y no comprenda ni la formación de los animales, ni la estructura del planeta.

Pero ni los peces convertidos en hombres, ni las aguas en montañas, me hubieran acarreado nunca los perjuicios que me causó el señor Boudet, y eso que yo no hacía sino exponer mis dudas sin enfadarme. Poco después conocí a un lapón, filósofo profundo, que me brindó ayuda. Era hombre que no consentía que nadie le llevase la contraria. Lo primero que hizo fue vaticinar el futuro, lo que me produjo tal exaltación que caí enfermo; pero me curó untándome con trementina de pies a cabeza. Apenas pude andar, me propuso que hiciéramos un viaje a las tierras australes para disecar cabezas de gigantes, con objeto de averiguar qué cosa era el alma. Como a mí me ponen malo los viajes por mar, marcharíamos por tierra, atravesando el globo terráqueo con un agujero que iría a parar a los Patagones. Pero, a la entrada del agujero me rompí una pierna, y costó mucho trabajo componérmela; al fin se formó en la fractura un callo, lo que alivió mi situación. Mi filósofo lapón llamábase señor de Maupertuis, hombre que en sus obras dejará a la posteridad todos los descubrimientos que llevo apuntados.

VII. Matrimonio del hombre de los cuarenta escudos

Ya bastante instruido, el hombre de los cuarenta escudos, y hecho un caudalejo, se casó con una bonita muchacha que tenía 100 escudos de renta; en breve embarazó a su mujer, por lo que fue a ver a su geómetra, y a preguntarle si el recién nacido sería chico o chica. Respondióle el geómetra que eso lo suelen saber las comadronas y las criadas; pero que no estaban tan adelantados como ellas los astrónomos que predicen los eclipses.

Luego le preguntó si su hijo o su hija tenía ya un alma, a lo que contestó el geómetra que no entendía de eso, y que lo consultase con un teólogo. El hombre de los cuarenta escudos, que era ya hombre de 140, quiso enterarse también en qué sitio estaba su hijo. «En una bolsita», le dijo su amigo, «entre la vejiga y el intestino recto».

—¡Jesús me valga! —exclamó—: ¿El alma inmortal de mi hijo ha nacido y vive entre la orina y otra cosa 'peor?

—Sí, querido vecino, y el alma de un cardenal no tuvo tampoco alojamiento más aseado. A pesar de eso se las echan luego de personajes superiores a todos.

—¿Me podrá usted decir, señor mío, cómo se forman las criaturas?

—No, pero puedo decirle lo que piensan de ello los filósofos. El reverendo padre Sánchez, en su excelente libro De Matrimonio, es en todo del dictamen de Hipócrates, y cree como artículo de fe que se atraen y se unen entre sí los dos fluidos del hombre y de la mujer, y de esta unión brota al punto la criatura. Tan seguro se halla el católico doctor de su explicación física, trasladada a la teología, que en el capítulo 21 de su libro afirma: utrum virgo Maris semen emiserit in copulatione cum Spiritu Sancto.

—Ya le he dicho a usted que no entiendo el latín: tradúzcame al romance, ese oráculo del padre Sánchez.

El geómetra se lo tradujo y ambos se estremecieron de horror. Pero aunque el padre Sánchez le pareció extraordinariamente ridículo al recién casado, quedó bastante satisfecho con Hipócrates, y con la halagüeña idea de que su mujer había cumplido todos los placenteros requisitos que cita este doctor para hacer un chiquillo.

—Sin embargo —le dijo el geómetra—, muchas mujeres hay que no derraman licor alguno, que reciben con repugnancia las caricias de sus maridos, y no por eso dejan de tener hijos. Este solo hecho desvirtúa lo que afirman Hipócrates y Sánchez. También parece verosímil que en los mismos casos obre siempre la naturaleza por los mismos principios; ahora bien: muchas especies de animales engendran sin coito; por ejemplo, los pescados de escama, las ostras y los pulgones; pero los médicos quieren establecer un mecanismo de generación aplicable a todos los animales. El célebre Harvey, que descubrió la circulación de la sangre, y merecía descubrir el secreto de la naturaleza, creyó que lo había encontrado en las gallinas por el hecho de que éstas ponen huevos. Así, pues, imaginó que también las mujeres ponían huevos. Los juglares cantaban ya al gallear de los mozos cuando empiezan a gustarles las muchachas. La opinión de Harvey prevaleció en Europa y quedó aceptado que provenimos de un huevo.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Pero si dice usted que la naturaleza siempre es semejante a sí propia, y que en casos idénticos obra por los mismos principios, ¿cómo es que las mujeres, las burras, las yeguas y las anguilas no ponen? Se está usted burlando de mí.

El geómetra:

—No ponen fuera, pero ponen dentro. Las mujeres tienen su ovario y se empolla en la matriz. Todos los pescados de escama y las ranas ponen huevos que luego fecunda el macho; las ballenas y los demás cetáceos salen del huevo en la matriz; las arañas, las polillas y los más viles insectos proceden visiblemente de un huevo; todo proviene del huevo, y nuestro globo terráqueo no es más que un huevo inmenso que contiene todos los demás.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Creo que esa hipótesis tiene muchas probabilidades de ser cierta. Es sencilla, clara, evidente en la mayor parte de los animales y a mí me convence. No quiero aceptar otra. Los huevos de mi mujer son indiscutibles para mí.

El geómetra:

—Pero al fin, los sabios se han cansado de esta teoría y ahora quieren que los chicos se hagan de otra manera.

El hombre de los cuarenta escudos:

—¿Y por qué, siendo esa tan natural?

El geómetra:

—Porque prefieren que las mujeres no tengan ovario, sino unas glándulas.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Seguramente eso lo dicen algunos teóricos que quieren imponer sus doctrinas y desacreditar la de los huevos.

El geómetra:

—Bien puede ser. Dos holandeses, al examinar al microscopio el licor seminal del hombre y de otros animales, observaron minúsculos seres ya formados que corrían con increíble velocidad. Estos seres los descubrieron hasta en el licor seminal del gallo. De esto deducen que en la procreación todo lo hacen los machos y nada las hembras, las cuales sólo sirvieron de depositarías del tesoro que en ellas coloca el macho.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Cosa muy rara es esa. Yo dudo mucho que todos esos animalillos minúsculos se muevan tanto en un licor y luego permanezcan inmóviles en los huevos de los pájaros, y no menos quietos por espacio de nueve meses en el vientre de una mujer. No me parece posible ni acorde con los procedimientos de la naturaleza. Dígame usted, ¿cómo son esos enanillos que nadan con tanta maestría en el licor que me dice?

El geómetra:

—Son como gusanos. Un médico llamado Andry creía que todo consistía en los gusanos; era enemigo de Harvey y sus doctrinas, y de buena gana hubiera suprimido la circulación de la sangre, porque la había descubierto otro. Este Andry con los otros dos holandeses, después de cometer el pecado de Onan, y mirar el producto con el microscopio, redujeron al nombre a la condición de oruga. Primero somos gusanos como éstas, luego como ellas en nuestro capullo nos convertimos por espacio de nueve meses en crisálidas, y al fin, lo mismo que cuando la oruga llega a ser mariposa, nosotros pasamos a hombres; tal es nuestra metamorfosis.

El hombre de los cuarenta escudos:

—¿Y todo para aquí, o ha habido otra moda nueva?

El geómetra:

—Se aburrieron de tanta oruga. Un filósofo muy gracioso, llamado Maupertuis, ha descubierto que los chicos se hacen por atracción. Vea usted cómo: así que cae el esperma en la matriz, el ojo derecho atrae al izquierdo, el cual en cuanto ojo quiere unirse a él; pero se lo estorban las narices, que encuentra en el camino, y que le obliga a mantenerse a la izquierda; lo mismo sucede con los brazos, los muslos y las piernas que están pegadas a los muslos. Según tal hipótesis no es fácil explicar la situación de las mamas y las nalgas. No admite este gran filósofo otro plan en el Supremo Creador, ni cree que el corazón fue hecho para recibir y reverter la sangre, ni el estómago para digerir, ni los ojos para ver, ni para oír los oídos; todo esto es una vulgaridad; no hay más que una función: la atracción.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Pero ese hombre es un loco rematado y nadie habrá que adopte tan extravagantes ideas.

El geómetra:

—Dieron mucho que reír, pero el loco, parecido a los teólogos, que persiguen a quienes bromean con sus ocurrencias, no dejó en paz a sus contradictores. Otros filósofos sustentan otras diversas teorías, pero no han hecho prosélitos. Ya no es el brazo el que corre tras el brazo, ni el muslo tras el muslo; son moléculas orgánicas, partículas de brazos y piernas las que juegan entre sí. Al cabo nos veremos obligados a recurrir otra vez a los huevos, después de haber perdido mucho tiempo.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Creo que es lo más sensato. ¿Y en qué han terminado todas esas contiendas?

El geómetra:

—En seguir dudando. Si se hubiera controvertido la cuestión entre teólogos, hubiera habido excomuniones y derramamientos de sangre, pero los físicos hacen pronto las paces; cada uno se acuesta con su mujer, sin importarles nada su ovario, ni sus trompas de Falopio; y las mujeres se quedan preñadas sin que siquiera traten de averiguar cómo se efectúa tal misterio, del mismo modo que el sembrador siembra el trigo sin preocuparse de cómo germina éste en la tierra.

El hombre de los cuarenta escudos:

—¡Oh! Eso sí que me lo enseñaron desde hace mucho tiempo. Brota porque se pudre. Claro que a veces me tienta la risa con esa explicación.

El geómetra:

—Esa tentación revela a un hombre de juicio. Aconsejóle a usted que dude de todo, como no sea de que los tres ángulos del triángulo son iguales a dos rectos; de que los triángulos que tienen la misma base y la misma altura son iguales, y de otras proposiciones semejantes, por ejemplo, de que tres y dos son cinco.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Sí, señor, bien creo que de sabios es dudar, pero siento en mí mucha curiosidad desde que tengo algo de dinero y no trabajo tanto. Cuando mi voluntad mueve mi brazo o mi pierna, quisiera yo saber con qué muelle los mueve, porque es cierto que algún muelle hay. Algunas veces me sorprende el poder alzar y bajar los ojos y no poder alzar las orejas. Yo pienso, y desearía saber... lo que hay aquí... tocar con la mano mi pensamiento. Querría saber si pienso por mí mismo, si Dios me da las ideas, cómo vino mi alma a mi cuerpo cuando tenía éste seis semanas o cuando tenía un día; cómo se halla esa alma aposentada en mi cerebro. Me devano los sesos imaginando cómo influye un cuerpo sobre otro; no menos me maravillan mis sensaciones, y encuentro en ellas un algo divino, sobre todo en el goce. Algunas veces hago infinitos esfuerzos para entender cómo podría ser un nuevo sentido, y jamás lo he conseguido. Los geómetras saben perfectamente todas estas cosas. Hágame usted el favor de informarme sobre ellas.

El geómetra:

—¡Ah! Tan ignorantes de ellas somos como usted. Acuda a los teólogos de la Sorbona.

VIII. El hombre de los cuarenta escudos tiene un hijo, y discurre acerca de los frailes

Cuando se vio padre de un niño, el hombre de los cuarenta escudos creyó que eso tenía alguna importancia para la nación y se propuso dar diez vasallos por lo menos, al rey. El hombre sabía tejer canastos y su mujer era excelente costurera. Había nacido ésta en un pueblecillo inmediato a una abadía que daba 50.000 escudos de renta. El hombre preguntó un día al geómetra por qué razón siendo estos señores tan pocos disfrutaban tantas rentas, es decir, se engullían tantas porciones de 50 escudos.

—¿Son acaso más útiles que yo a la patria?

—No, querido vecino.

—¿Contribuyen como yo al aumento de la población del reino?

—No, a lo menos manifiestamente.

—¿Labran la tierra? ¿Defienden al Estado cuando hay guerra?

—No; pero ruegan a Dios por usted.

—Perfectamente, pues yo rogaré a Dios por ellos, y en paz.

—¿Cuántos individuos útiles de uno y otro sexo cree usted que hay en los conventos?

—El siglo pasado, había cerca de 90.000.

—Pues a razón de 40 escudos cada uno, no deben tener más de 4.500.000 escudos.

—¿Y cuánto tienen?

—Cosa de 200.000.000, contando las misas y los ingresos de los frailes mendicantes que reciben verdaderamente una contribución enorme del pueblo. Un fraile de cierto convento de París ha declarado públicamente que sacaba de limosna 1.000 onzas de oro todos los años.

—200.000.000 de escudos, repartidos entre 90.000 frailes y monjas dan 2.222 escudos.

—Fuerte suma es y más para una colectividad en la que los gastos se simplifican; porque gastan mucho menos 10 personas que viven juntas, que si mantuvieran cada una mesa y casa aparte.

—Entonces los ex jesuitas, a quienes se les pasa una pensión de 1.600 reales, ¿han salido perdiendo?

—Creo que no, porque casi todos se han retirado a casa de parientes que los ayudan; muchos cobran por decir misa, cosa que no hacían, antes; otros son preceptores; a otros los mantienen las beatas; todos se las arreglan bien. En fin, pocos habrá a estas horas que después de haber disfrutado del mundo y la libertad, quisieran volver a sus antiguas cadenas. Digan lo que quieran, la vida monástica nada tiene de envidiable; y como afirma el dicho popular, los frailes son hombres que se reúnen sin conocerse, viven sin quererse y mueren sin llorarse.

—¿Cree usted que se les haría un favor desfrailándolos a todos?

—Mucho ganarían, sin duda, y todavía más el Estado. Se restituirían a la patria ciudadanos y ciudadanas que han hecho el temerario sacrificio de su libertad en edad en que no permiten las leyes que disponga uno de un peculio propio. Se sacarían estos cadáveres de la sepultura, como en una verdadera resurrección. Los conventos se convertirían en hospitales, escuelas públicas o fábricas; crecería la población y el cultivo de las artes. Cuando menos disminuiría el número de esas víctimas voluntarias y tendría la patria más servidores útiles y menos desventurados. Tal es la opinión de las personas cultas y el deseo unánime del pueblo, desde que las gentes son más instruidas.

Prueba evidente de la necesidad de esta reforma es el ejemplo de Inglaterra y de muchas otras naciones. ¿Qué haría hoy la Gran Bretaña con 40.000 frailes, en vez de 40.000 marinos? Cuanto más se desarrollan las artes, más se necesitan hombres laboriosos. Es seguro que existen enterrados en los claustros muchos hombres de talento que pierde el país. Para que un reino prospere, necesita tener el menor número posible de eclesiásticos y el mayor número de artesanos. En vez de hacer lo que en su ignorancia hicieron nuestros padres, debemos procurar lo que ellos hubieran hecho si hubiesen vivido cuando nosotros y tenido nuestras luces. No es menester suprimir los frailes por el odio que se les profese, sino por lástima hacia ellos, y por amor a la patria.

—Lo mismo pienso yo. Sentiría tanto que fuese fraile un hijo mío, que si creyese que criaba hijos para el claustro no me acostaría nunca con mi mujer.

—Efectivamente, ¿qué buen padre de familia no se lamenta de ver a su hijo o a su hija perdidos para la sociedad? Hay quien dice que de esa manera se evita el peligro, pero ¿no castigan al soldado que huye de la pelea? Todos somos soldados de la patria; todos nos debemos a la sociedad, y cuando la abandonamos, somos desertores. ¿Qué digo? Los frailes son parricidas que aniquilan a toda una posteridad; 90.000 eclesiásticos que berrean o ganguean en latín, podrían dar dos vasallos uno con otro, al Estado, es decir, 180.000 hombres que perecen en germen. Al cabo de cien años es la pérdida inmensa. Esta es una verdad indiscutible.

—¿Pues cómo ha podido subsistir el monaquismo?

—Porque desde Constantino fueron casi siempre absurdos y detestables los gobiernos; porque después de hacerse cristianos los caudillos de las naciones bárbaras para consolidar su poder ejercieron la más horrorosa tiranía, y las gentes se metían en tropel en los claustros, huyendo de la furia de estos bandidos; aceptaban una esclavitud por evitar otra más dura; porque al multiplicarse las órdenes religiosas, el Papa tenía más súbditos en los estados católicos; porque el labriego prefiere que le llamen reverendo padre y echar bendiciones, a manejar el arado, ignorando que el arado es más digno que el hábito monacal, y porque cree que es más cómodo vivir a costa de los tontos que trabajan honradamente. Además, porque no advierte que la vida del claustro es miserable y colmada de pesares y aburrimiento.

—Vamos, señor, no más frailes, por su dicha y por la nuestra. Un señor de mi pueblo, padre de cuatro hijos y tres hijas, decía que no sabía qué hacer con tanta familia, si no metía a las chicas en un convento.

—Ese argumento, tantas veces repetido, es inhumano, antipatriótico, antisocial. Aquel estado o situación del que pueda decirse que si lo adoptase todo el mundo se acabaría la humanidad, debe condenarse, y, quien lo adopte causa a la especie a que pertenece, el mayor mal que puede hacerle. Es evidente que si todos los mancebos y todas las doncellas, se recluyesen en los conventos, se acabaría el mundo; luego, la frailería por su propia condición y naturaleza, es enemiga de la humanidad.

—¿Y no se puede decir otro tanto de los soldados?

—No, por cierto; porque si toma las armas a su turno cada ciudadano, como antiguamente hacían todas las repúblicas, y particularmente en la de Roma, el soldado resulta luego excelente labrador. El soldado, convertido en ciudadano se casa y se afana por su mujer y por sus hijos. ¡Ojalá hubiesen sido militares todos los labriegos! Pero un fraile, en cuanto fraile, no es bueno sino para vivir a costa de sus compatriotas. Esto es evidente.

—Sin embargo, las doncellas, las hijas de los hidalgos pobres que no se pueden casar ¿qué han de hacer?

—Ya se ha dicho mil veces: lo que hacen en Inglaterra, en Escocia, en Irlanda, en la Suiza, en Holanda, en la mitad de Alemania, en Suecia, en la Noruega, en Dinamarca, en Tartaria, en Turquía, en África y en casi todo el resto del mundo. No es necesario tener dote para ser buena madre de familia. En Alemania, se casan los hombres con mujeres que no tienen dote. Una mujer económica y trabajadora aprovecha más en una casa que la hija de un millonario, que más gasta en cosas superfluas que la dote que a su marido le trajo. En cuanto a los asilos, bien está que haya instituciones que den albergue a la vejez y a los enfermos y a los deformes; pero por un abuso detestable, en esos establecimientos religiosos no admiten más que a los jóvenes y a las personas bien constituidas. Lo primero que en los conventos hacen es poner en cueros a los novicios de ambos sexos, contra toda ley de decencia y examinarlos atentamente por detrás y por delante. Si se presenta para tomar el hábito una vieja jorobada, la despiden sin la menor consideración, a menos que pague una cuantiosa dote. ¿Qué digo? Toda monja ha de pagar su dote si no quiere ser la criada del convento. Nunca hubo más intolerable abuso.

—Eso es muy cierto. Yo le aseguro que jamás serán mis hijas religiosas, y que aprenderán a hilar, a coser, a hacer punto, a bordar, en una palabra, a ser útiles. Dígame ¿cómo podrá sostener un amigo mío —sin duda por llevar la contraria a todo el mundo— que los frailes son útilísimos para el Estado sin admitir otra razón que la de que sus conventos están muy limpios y bien conservados, más que las casas señoriales y perfectamente cultivados sus huertos?

—¿Quién es ese amigo de usted que sostiene afirmación tan peregrina?

—El amigo de los hombres, o por mejor decir, de los frailes.

—Pues se burla, sin duda. Porque no puede ignorar que diez familias que poseen cada una dos mil escudos de renta en tierras, son 100 veces y 1.000 veces más útiles que un monasterio que disfruta de 20,000 escudos, además de poseer su tesoro secreto. El que los frailes edifiquen espléndidos conventos, es precisamente lo que más irrita al pueblo y de lo que se protesta en toda Europa. El voto de pobreza es incompatible con vivir en palacios, como lo es la soberbia con la humildad, y como el hecho de no propagar la especie es contrario a la ley natural.

—Veo que lo mejor es fiarse poco de los libros.

—Hay que saberlos escoger, leerlos y desde luego no creer más que en la evidencia.

IX. De las contribuciones que se pagan al extranjero

Un mes hace —dice el geómetra— que me vino a ver el hombre de los cuarenta escudos; entró reventando de risa y de tan buena gana reía, que sin saber por qué me eché yo también a reír; que así de imitador ha nacido el hombre y tanto nos domina el instinto y tan contagiosos son los grandes movimientos del ánimo.

Ríen con el que ríe los humanos;

con el que llora, lloran.

Cuando se hubo reído muy a su sabor, me dijo que acababa de dar con un hombre que se decía protonotario de la Santa Sede, y que enviaba el tal una gran cantidad de dinero a un italiano que residía a 600 leguas de París, en nombre de un francés a quien había concedido el rey un pequeño feudo, y que nunca podría disfrutar, el tal francés, de su propiedad si no le daba al italiano el primer año de renta.

—Es muy cierto —le dije—, pero no es cosa de risa. En derechos de esta especie, paga Francia más de millón y medio de escudos al año, y en los dos siglos y medio de que data esa costumbre, hemos entregado a Italia más de 365.000.000 de escudos.

—¡Dios de mi alma! —exclamó—. ¡Cuántas veces 40 escudos! ¿De modo que ese italiano nos sojuzgó hace dos siglos y medio y nos impuso ese tributo?

—Exacto —le respondí—. Y antes nos imponía otros más gravosos, porque el de ahora es una friolera en comparación de lo que por espacio de muchos siglos sacaba de nuestra pobre nación y de las otras pobres naciones de Europa.

Contéle entonces de qué modo se habían establecido estas santas usurpaciones, y como sabe algo de historia y tiene buen sentido, vio claro que habíamos sido galeotes y que todavía llevábamos arrastrando un trozo de nuestra cadena. Habló con energía y largamente contra estos abusos. ¡Pero qué respeto profesaba a la religión! ¡Qué reverencia a los obispos! ¡Cómo deseaba que tuviesen muchos miles de escudos para gastarlos en sus diócesis en obras de caridad! También quería que todos los curas de pueblo ganasen 40 escudos, para que pudiesen vivir con holgura.

—Es lamentable —afirmaba— que un cura se vea obligado a pleitear con un feligrés suyo por medio celemín de trigo y que no le pague lo suficiente el Estado; siempre están litigando con los municipios. Estas contiendas eternas, por imaginarios derechos y por los diezmos, quebrantan el respeto que se les debe. El infeliz labrador que ya ha pagado al rey el diezmo, las primicias y el rescate de alojamiento de tropa, sin que le eximan de alojar tropa, etc., etc.; este desventurado, digo, que ve que el cura viene después a llevarse el diezmo de lo que le queda, ya no le mira como a su pastor, sino como a un carnicero que le acaba de desollar el poco pellejo que le resta; si la cosecha de diez celemines, le ha costado el valor de nueve y el derecho divino le lleva lo que vale el otro celemín ¿qué le queda para sí y para su familia? Llanto, hambre, desesperación y morir de fatiga y miseria. Si el Estado pagara bien al cura, consolaría al labrador y nadie miraría al cura como a un enemigo público.

El buen hombre se emocionaba al decir estas cosas porque amaba a su patria y ansiaba verla bien gobernada.

—¡Qué nación la francesa, si quisiera! —decía con frecuencia.

Fuimos a ver a su hijo, a quien la madre, estaba dando el pecho, un seno muy blanco y turgente. La criatura era preciosa.

—¡Ah! —murmuró su padre—. ¡No vivirá más que veintitrés años, ni tendrá más capital que cuarenta escudos!

X. De las proporciones

El producto de los extremos es igual al producto de los medios, pero dos costales de trigo robados no son, respecto al ladrón, como la pérdida de la vida de éste es al interés de la persona robada.

El prior de... a quien dos de los trabajadores de su huerto, le habían robado dos fanegas de trigo, acaba de hacer ahorcar a los dos delincuentes. La ejecución le ha costado más de lo que valía toda su cosecha y desde entonces, no halla ningún jornalero que quiera trabajar en el convento.

Si hubieran mandado las leyes que los que roban el trigo de su amo labrasen el campo del robado toda su vida con un grillete al pie y una campanilla al cuello atada a una argolla, hubiera ganado mucho el tal prior. Sin duda, es preciso escarmentar al delincuente, pero más que la horca, le intimidan el trabajo forzado y la vergüenza duradera.

Hace algunos meses, un malhechor fue condenado en Londres a trabajar en América, con los negros, en los ingenios de azúcar. En Inglaterra, como en otros muchos países, tienen derecho los delincuentes a presentar un memorial al rey, pidiendo el perdón absoluto o la conmutación de la pena. Este presentó un memorial para que le ahorcasen, diciendo que aborrecía el trabajo y que prefería que le ahorcasen en un minuto a que le obligaran a cortar caña toda su vida. No todos piensan así; los gustos son diferentes; pero ya se ha dicho y nunca se repetirá bastante, que un ahorcado para nada sirve, y que las penas han de servir de ejemplo.

Algunos años hace que en la Tartaria condenaron a empalar a dos mancebos por haber tenido el bonete en la cabeza mientras pasaba una procesión de lamas. El emperador de la China, hombre de mucho talento, dijo que él los hubiera condenado a ir delante de las procesiones con la cabeza descubierta, por espacio de tres meses. «Proporcionad las penas a los delitos», dice el marqués de Beccaria. Pero los que han hecho las leyes no eran geómetras.

Si escribe unos libelos miserables el abate Guyon o Cegé, o cualquiera otro ex jesuita o clerizonte, ¿le habremos de ahorcar como ha hecho el prior de... con sus dos gañanes, considerando que los calumniadores son más delincuentes que los ladrones? ¿Hemos de sacar a la vergüenza pública al señor Larcher, porque es un escritor indigesto que acumula errores sobre errores, nunca supo graduar los valores, y afirma que en una grande y antigua ciudad, famosa por su civilización, y por los celos de los maridos, iban las princesas al templo a conceder en público sus favores a los extranjeros? A este escritor se le podría enviar a esa ciudad a ver si era tan agasajado. Debemos procurar ser ecuánimes y debemos proporcionar las penas a los delitos.

Las leyes de Dracon, que castigaban por igual los crímenes y las leves faltas, la perversidad y la locura, me parecen odiosas. No trataremos al jesuita Nonotte, que no ha cometido más delito que escribir calumnias y disparates, como trataron a los jesuitas Malagrida, Oldecorne, Garnet, Guignard, Gueret y cómo debieran haber tratado al jesuita Le Tellier, que engañó a su rey y llenó de duelo y confusión a Francia. En todo pleito, en toda contienda, en toda disputa, distingamos el agresor del agraviado y el opresor del oprimido. La guerra ofensiva es infame, pero la defensiva es justa.

Engolfado me hallaba yo —dice el geómetra—, en estas reflexiones, cuando me vino a ver, deshecho en llanto el hombre de los cuarenta escudos. Pregúntele muy alterado si se había muerto su hijo, que debía vivir veintitrés años.

—No —me dijo—, mi hijo está bien, lo mismo que mi mujer; pero me llamaron a declarar contra un molinero al que han impuesto la prueba del tormento, y que es inocente; le he visto desmayarse en las horribles torturas, he oído crujir sus huesos y todavía perduran en mi oído sus aullidos y sus gritos. ¡No lo puedo olvidar, lloro de lástima y tiemblo de horror!

Yo, que soy de un natural muy compasivo, no pude menos de echarme también a llorar y de estremecerme.

Representóseme entonces a la memoria la espantosa aventura de los Calas: una virtuosa madre encarcelada, sus hijas fugitivas y poseídas de la mayor desesperación, saqueada la casa, un honorable padre de familia enloquecido por la tortura, agonizando en una rueda y expirando en una hoguera; su hijo cargado de cadenas, llevado a rastras ante los jueces, y uno de éstos diciéndole: «Hemos destrozado a tu padre y a ti también te destrozaremos.» Recordé la familia de Sirven, que encontró uno de mis amigos en plena montaña, cubiertos de nieve, huyendo de la persecución de un juez tan inicuo como ignorante.

—Este juez —dijo mi amigo—, ha condenado a morir en el cadalso a toda esa inocente familia, suponiendo, sin la más leve apariencia de prueba, que el padre y la madre, con ayuda de sus dos hijas, habían ahogado a la tercera para evitar que fuese a misa. La conducta de semejante juez me mostraba hasta dónde pueden llegar la estupidez, la injusticia y el salvajismo humanos.

El hombre de los cuarenta escudos y yo nos dolíamos de tales crímenes. Llevaba yo en el bolsillo el discurso de un fiscal del Delfinado, que en parte trataba de esta clase de asuntos; lo saqué del bolsillo y leí los siguientes párrafos:

«Los gobiernos deben estar formados por hombres que por hacer felices a los pueblos y a los individuos, acepten como premio la ingratitud y que por querer proporcionar el sosiego a sus gobernados renuncien al suyo propio. Han de colocarse entre la Providencia y los humanos para llevar a éstos una ventura, que aquélla parece negarles...» «Cuando un juez se encuentra solo en su gabinete, ¿no se estremece de horror y lástima al pasar la vista por los legajos que le rodean, monumentos del crimen y de la inocencia? ¿No le parece que oye salir gemidos de estos escritos fatales que le recuerdan lo que fue de un ciudadano, un esposo, un padre, una familia? ¿Qué juez, si no es un desalmado, puede pasar por una cárcel sin ponerse pálido? ¡Soy yo, se dice a sí mismo, quien encierra en este horrible lugar a mis semejantes, acaso a mi igual, a ciudadanos, a hombres, en fin! Yo los encadeno y los sepulto aquí. Muchos desesperados me maldecirán pidiendo al Juez Supremo mi castigo, a esa Providencia que ha de juzgarnos a todos...» «Horroroso espectáculo el que tengo que contemplar. El reo no quiere confesar sus culpas. Él juez, ya fatigado de inútiles requerimientos y acaso irritado por ello, recurre al suplicio. Aparecen cadenas y palancas, teas encendidas y todos los instrumentos que para atormentar fueron inventados. El verdugo acude a cumplir su oficio para arrancar por la violencia, las declaraciones que voluntariamente no fueron hechas. ¡Oh, tú, dulce filosofía!, tú que sólo con paciencia y reflexión indagas la verdad, ¿concibes que en tu siglo se utilicen, para descubrirla, instrumentos semejantes? ¿Es cierto que aprueban nuestras leyes tan incomprensibles métodos y que las costumbres los consagran...?» «Tan viles son los suplicios de la justicia como los crímenes del delincuente, y no son menos crueles que los actos de sus pasiones los de su sentencia. ¿Cuál es el motivo de esta situación? El desequilibrio entre nuestras viejas supersticiones y nuestro moderno sentido moral; la escasa confianza en las ideas y el mucho apego a la rutina. En realidad, preferimos no detenernos a reflexionar sobre las cosas, y más si ello perturba nuestra tranquilidad y la comodidad de nuestras costumbres, que si no son buenas, son gratas. Somos cultos, pero poco humanos.»

Estos fragmentos, dictados por la bondad y la razón, fueron gran lenitivo para el ánimo de mi amigo. Estaba maravillado y conmovido.

¡Por lo visto, también en provincias se escriben cosas buenas! —decía absorto—. Me había dicho que no había más que un París en el mundo.

—No hay más que un París —repliqué—, donde se hagan óperas cómicas. Pero ¿por qué no ha de haber en provincias personas honorables, magistrados íntegros? Antiguamente los oráculos de la justicia y los de la moral eran igualmente ridículos; el doctor Balonar era farsante en el foro y grotesco en el púlpito. El buen sentido recomienda que no se hable en público más que cuando se tiene algo útil y nuevo que decir. Pero ¿y si no tenemos nada que decir? preguntan los charlatanes. Entonces, guardad silencio, aconseja la razón. La garrulería palabrera es como las hogueras de la noche de San Juan, superfluas porque no hace frío.

Lea Francia libros buenos. En realidad, leemos muy poco, y la mayor parte de los que se quieren instruir leen muy mal. Hay mucha gente entre la cual no faltan personas honradas y aun muchas que se tienen por sensatas que preguntan severamente para qué sirven los libros. Habría que decirles que con libros se gobierna. No otra cosa que libros son las ordenanzas civiles, los códigos y el Evangelio. La lectura fortalece el alma cuanto la conversación la dispersa y el juego la enerva.

—Yo tengo muy poco dinero —me respondió el hombre de los cuarenta escudos—, pero cuando lo consiga compraré muchos libros en casa de Marc Michel Rey, de Amsterdam.

XI. Del gálico y las bubas

Vivía el hombre de los cuarenta escudos en un pueblo pequeño, donde desde hacía ciento cincuenta años no habían entrado militares, por lo que las costumbres eran tan puras como el aire que respiraba. Nadie sabía que se podía envenenar el amor en sus fuentes mismas, corromperse en su germen las generaciones, negándose a sí propia la naturaleza, el afecto convertirse en odio y en suplicio el deleite. Pero entraron unas tropas en el pueblo y todo varió.

Dos tenientes, el capellán del regimiento, un cabo y un recluta, que acababa de salir del seminario conciliar, bastaron para envenenar ese pueblo y otros doce en menos de tres meses. Dos primas del hombre de los cuarenta escudos se llenaron de costras de pies a cabeza; se les cayeron sus luengos y rubios cabellos; se les enronqueció la voz; hincháronse sus ojos y apenas podían mover brazos y piernas, atenazados por el dolor; los huesos comenzaban a ser roídos por una secreta carcoma, como los del árabe Job, aunque nunca adoleció Job de semejante achaque.

El cirujano mayor del regimiento, hombre de consumada experiencia, se vio obligado a pedir a la Corte que enviaran muchos médicos para curar a todas las mujeres del país, y como el ministro de la Guerra era protector declarado del bello sexo, le envió una leva de practicantes, que con una mano echaban a perder lo que con la otra curaban.

Estaba entonces el hombre de los cuarenta escudos leyendo la historia filosófica de Cándido, del doctor Ralph, traducida del alemán, en la cual se prueba que todo ocurre para bien de todos y que el mundo en que vivimos es el mejor de los mundos posibles. Así pues, las bubas, la peste, la estrangurria, los lamparones y la Santa Inquisición son encantos del universo creado únicamente para el hombre, rey de los animales a imagen y semejanza de Dios.

En la verídica historia de Cándido, leyó que debido a la enfermedad el doctor Pangloss había perdido un ojo y una oreja.

—¡Ah! ¡Pobres primas mías! —clamaba el hombre de los cuarenta escudos—. Se van a quedar tuertas y desorejadas.

—No, señor —le dijo el mayor consolándole—. Los alemanes son otra cosa. Nosotros sabemos curar y curaremos a esas muchachas pronto, sin grandes molestias y para siempre.

Efectivamente, sus dos lindas primas no sintieron más molestias que la cabeza hinchada como una tinaja durante seis semanas, escupir la mitad de los dientes y muelas con un palmo de lengua fuera, y morirse tísicas al cabo de seis meses. Mientras se trataba de curar a las muchachas, tuvieron el cirujano y el primo la conversación siguiente:

El hombre de los cuarenta escudos:

—¿Es posible, señor, que la naturaleza rodee de tales tormentos un placer tan necesario, de tantos duelos tan suaves glorias, y que sea cosa más peligrosa hacer un chiquillo que matar a un hombre? ¿Es cierto, a lo menos, para nuestro consuelo, que disminuye algo esta plaga en la tierra y cada día es menos peligrosa?

El cirujano mayor:

—Todo lo contrario. Cada día cunde más en toda la Europa cristiana y ya se extiende hasta Siberia. Más de 50 personas he conocido que de ella han muerto, entre otras un bizarro general y un sagaz hombre de Estado. Las personas débiles no resisten la enfermedad ni el remedio. Las bubas y las viruelas se han conjurado, todavía más que los frailes, para acabar con el género humano.

El hombre de los cuarenta escudos:

—He aquí otro motivo para acabar con los frailes o para que, volviendo a su condición de hombres, reparen en algo el daño que causan esas dos enfermedades. Le ruego que me diga si tienen bubas los animales.

El cirujano:

—Ni bubas, ni viruelas, ni frailes.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Pues confesemos que son más felices y más cuerdos que nosotros en este inmejorable mundo.

El cirujano:

—Nunca lo he dudado. Adolecen de menos achaques que nosotros; su instinto es menos falible que nuestra razón, y nunca los atormenta ni el tiempo pasado ni el venidero.

El hombre de los cuarenta escudos:

—Usted ha sido cirujano de un embajador de Francia en Turquía. Dígame, ¿hay muchas bubas en Constantinopla?

El cirujano:

—Los franceses las llevaron al arrabal de Pera, donde ellos viven. Allí conocí a un capuchino que estaba roído de bubas como Pangloss; pero no han invadido el interior de la ciudad. Casi nunca duermen los franceses en ella, y apenas hay rameras en esta inmensa capital. Todos los turcos ricos tienen mujeres esclavas de la Circasia, guardadas y vigiladas siempre, y cuya hermosura no puede ser peligrosa. A las bubas las llaman los turcos el mal cristiano, y eso contribuye no poco a aumentar el desprecio profundo que sienten por nuestra teología. Para desquitarse disfrutan de la peste, enfermedad de Egipto, de la cual no hacen caso, y que no se toman el trabajo de precaver.

El hombre de los cuarenta escudos:

—¿Y en qué tiempo cree usted que empezó esta plaga en Europa?

El cirujano:

—A la vuelta del primer viaje de Cristóbal Colón a pueblos inocentes que ni la avaricia ni la guerra conocían, el año de 1494. Desde tiempo inmemorial padecían este achaque aquellas buenas gentes, así como existía la lepra en la Arabia y la Judea, y la peste en Egipto. El primer fruto que sacaron los españoles de la conquista del Nuevo Mundo fueron las bubas, que se esparcieron con mucha más prontitud que la plata de Méjico, la cual no circuló en Europa hasta mucho tiempo después. En todos los países existían entonces magníficos establecimientos, llamados mancebías, autorizados por los soberanos para preservar el honor de las damas. Los españoles envenenaron estas casas privilegiadas, de donde extraían los príncipes y los obispos las mozas que necesitaban. En Constanza había 718 para abasto del clero que con tanta devoción mandó quemar a Juan Hus y a Jerónimo de Praga, y ya se supondrá con cuánta rapidez cundió la enfermedad en todo el país. El primer magnate muerto por ella fue el ilustrísimo y reverendísimo obispo virrey de Hungría, en 1499, a quien no pudo curar Bartolomé Montanagua, célebre médico de Padua. Gualtieri afirma que Bertoldo de Henneberg, arzobispo de Maguncia, acometido de las bubas, entregó su alma a Dios en 1504. Sabido es que nuestro rey Francisco I murió de ellas; Enrique III se contagió en Venecia, pero Jacobo Clemente, fraile dominico, anticipó el efecto del mal.

Siempre celoso del bien público el Parlamento de París dictó severas medidas contra las bubas, prohibiendo, en 1497 a todos los bubosos vivir en París so pena de horca; mas como no era fácil probar el delito, la disposición no fue más eficaz que la que posteriormente tomó contra el emético; y contra la voluntad del Parlamento de París fue aumentando sin cesar el número de reos. Verdad es que, si en vez de mandarlos ahorcar los hubieran exorcizado ninguno andaría hoy por el mundo, pero quiso la mala ventura que no pensaran en ello.

El hombre de los cuarenta escudos:

—¿Es cierto lo que en Cándido he leído que cuando marchan en orden de batalla dos ejércitos de treinta mil hombres cada uno, puede apostarse que hay veinte mil bubosos de cada parte?

El cirujano:

—Certísimo; y lo mismo sucede con los cursantes de teología de la Sorbona. ¿Qué quiere usted que hagan unos estudiantes mozos, en quien la naturaleza se explica con más vigor y voz más alta que la teología? Puedo jurar a usted que en proporción, más clérigos jóvenes curamos mis colegas y yo que militares.

El hombre de los cuarenta escudos:

—¿No habrá medio para extirpar ese morbo contagioso que destroza a Europa? Ahora que el veneno de las viruelas se atenúa ¿no podría contrarrestarse el otro veneno?

El cirujano:

—Un solo remedio habría, y es que se alíen, para ello, todos los príncipes de Europa, como hicieron en tiempo de Godofredo de Bouillon. Cierto que una cruzada contra las bubas sería más razonable que las que antiguamente se hicieron contra Melecsala, Saladino y los albigenses, y que tan funestas fueron. Más valiera concertarse para exterminar al enemigo del linaje humano que no hacerlo para asolar países y cubrir los campos de cadáveres. Hablo aquí contra mis intereses, porque la guerra y las bubas aumentan mis ingresos; pero antes de ser cirujano mayor soy hombre.

De este modo fue aprendiendo el de los cuarenta escudos a discurrir, y a sentir. No sólo heredó a sus dos primas, que murieron en espacio de seis meses, sino también a un pariente lejano que fue abastecedor de los hospitales militares y se hizo rico a costa del hambre de los soldados heridos. Era soltero, tenía un harén, nunca hizo caso de su familia, vivió siempre en plena crápula y murió de un hartazgo. Como se ve, era un ciudadano útil a su patria...

Viose obligado nuestro nuevo filósofo a ir a París a recoger la herencia de su pariente, que le disputaban los asentistas de rentas reales; pero tuvo la dicha de ganar el pleito, y la generosidad de dar a los pobres del lugar, que no tenían su renta de cuarenta escudos, parte de los dineros del ricacho. Después quiso satisfacer el deseo, que siempre había tenido, de poseer una biblioteca.

Por las mañanas leía y por las tardes consultaba a los doctos para saber en qué lengua había hablado la serpiente a nuestra madre Eva; si reside el alma en el cuerpo calloso o en la glándula pineal; si San Pedro había estado veinticinco años en Roma y por qué tienen los negros las narices aplastadas. No quería mezclarse en política ni escribir folletos contra las comedias nuevas. Llamábanle el señor André, que era su nombre de pila; cuantos le conocían elogiaban su modestia y sus buenas prendas naturales y adventicias. El señor André se mandó construir una casa en su antiguo predio de cinco fanegas; su hijo tendrá, muy en breve, edad para ir al colegio; pero su padre no quiere que vaya al de Mazarino, porque sabe que allí está el profesor Cogé, que escribe libelos, y un profesor no debe escribir libelos.

En cuanto a la señora André dio a luz una muchacha muy linda, a la que andando el tiempo casarán sus padres con un covachuelista de Hacienda, con tal que éste no adolezca del mal que quiere extirpar el cirujano mayor en toda Europa.

XII. Contienda reñida

Mientras estaba el señor André en París se suscitó una polémica muy importante. Tratábase de saber si Marco Antonio era hombre de bien y si estaba en el infierno, en el purgatorio o en el limbo, mientras llega el día de la resurrección. Todas las personas distinguidas defendían a Marco Antonio; Marco Antonio, decían, fue siempre sobrio, justo, casto, benéfico. Verdad es que no ocupa un lugar tan alto en el cielo como el bendito San Junípero, porque en todo hay categorías; pero, el alma de Marco Antonio no debe estar quemándose en las calderas de Pedro Botero, y si se halla en el purgatorio, no hay más que sacarle de él a fuerza de misas: ahí están los jesuitas que nada tienen que hacer. Ellos pueden decir tres mil misas por el descanso del alma de Marco Antonio, que a tres reales la pieza valdrían 9.000. Marco Antonio no puede estar en el infierno porque a un monarca no se le mete en el infierno así como así.

Los adversarios a estos argumentos decían que no se podía dar cuartel a Marco Antonio; que era un hereje; que había muerto sin confesión; que era necesario hacer un escarmiento; que convenía enviarle al infierno para que supieran a qué atenerse los emperadores de China y del Japón, los de Persia, Turquía y Marruecos, los reyes de Inglaterra, Suecia, Dinamarca y Prusia, el estatuderl de Holanda y la aristocracia de Berna, los cuales así se confiesan como el emperador Marco Antonio; finalmente, que es una satisfacción inefable fulminar decretos contra los soberanos muertos, cuando no puede uno lanzarlos contra los vivos, por miedo a que le corten las orejas. Tan seria llegó a ser la polémica, como antiguamente la de las monjas de Santa Úrsula con las del convento de la Anunciación, acerca de quién de las dos órdenes llevaría más tiempo, entre las nalgas, huevos pasados por agua sin cascarlos. Temióse un cisma, cosa horrible, porque cisma quiere decir diferencia de opinión, y hasta este fatal momento, todos los humanos habían pensado de un mismo modo.

El señor André, excelente ciudadano, convidó a cenar a los directores de ambos partidos. Era un hombre jovial, alegre sin bullicio, y de corazón en la mano, sin afectar nunca aquella especie de ingenio que no deja lucir el de los demás. Sabía hacerse simpático y conciliar en él la autoridad y la confianza. Era un hombre que hubiese logrado que cenaran en paz un genovés y un corso, un muflí y un arzobispo. En la cena a los polemistas el señor André mostró gran habilidad, conduciendo la conversación de modo que no hubiese lugar a la discusión entre los adversarios a quienes hizo reír con sus frases ingeniosas.

Después, cuando el vino comenzó a hacer sus efectos, logró que conviniesen en que el alma del emperador Marco Antonio permanecía in statu quo, esto es, entre el cielo y la tierra como los duendes, hasta el día del Juicio Final. Volviéronse luego a sus limbos respectivos los espíritus de los doctores, apenas terminada la cena. Esta reconciliación proporcionó tanto prestigio al hombre de los cuarenta escudos, que más tarde, cuando surgía alguna disputa entre literatos o no, las personas neutrales aconsejaban a los contendientes que fuesen a cenar a casa del señor André.

De dos facciones sé yo, muy encarnizadas, que por no haber cenado en casa del señor André se han causado mutuamente daños inmensos.

XIII. Pícaro echado a la calle

La reputación de que gozaba el señor André, de reconciliar a los enemigos dándoles bien de cenar, le trajo cierto día una visita muy extraña. Un hombre vestido de negro, de muy mal aspecto, encorvado de espaldas, la cabeza torcida hacia el hombro izquierdo, los ojos aviesos y las manos sucias, fue a suplicarle que le convidase a cenar en unión de sus enemigos.

—¿Pero quiénes son sus enemigos, y quién es usted? —le preguntó el señor André.

—¡Ay! —respondió—. Confieso a usted, señor, que se me tiene por uno de esos bellacos que escriben libelos a cambio de un pedazo de pan, y van gritando por ahí: «¡Dios, Dios! ¡Religión, religión!», con lo que suelen conseguir alguna prebendilla o beneficio simple. Me acusan de haber calumniado a muchos hombres de bien, sinceramente religiosos. Verdad es, que en el fuego de la inspiración, a los escritores se nos escapan palabras imprudentes, afirmaciones inexactas o apasionadas, que luego califican los demás de injurias y cínicas mentiras. Los autores de mi cuerda solemos pasar por pícaros, y en tanto nos aplauden las viejas beatas, somos objeto del desprecio de cuantos hombres de bien saben leer. Mis enemigos son gentes que pertenecen a las principales academias de Europa, escritores ilustres y ciudadanos honestos. Ahora he publicado una obra titulada Antifilosofía. Está hecha con la más sana intención; pero nadie ha querido comprar mi libro; y aquellos a quienes se lo he regalado lo han tirado al fuego, diciéndome que no solamente era antifilosófico, sino antidecente y anticristiano.

—Perfectamente —le dijo el señor André—, pues haga usted lo que esos a quienes ha regalado su obra: tírela al fuego y no se hable más de ello. Celebro su arrepentimiento, pero no le puedo invitar a cenar con personas inteligentes, quienes, por otra parte, nunca han leído ni leerán sus obras.

—¿No podría usted, por lo menos —insistió el libelista—, ponerme a bien con la familia del difunto presidente Montesquieu, cuya memoria agravié para glorificar al reverendo padre Routh? Como usted sabe, el padre Routh amargó los últimos instantes del moribundo y fue arrojado de la casa a puntapiés.

—Sí, lo recuerdo —respondió el señor André—. Ya hace mucho tiempo que murió también el reverendo padre Routh; váyase a cenar con él.

El señor André es hombre que no aguanta a esta clase de granujas tontos; de sobra sabía que lo que quería el visitante era que le presentase a escritores y filósofos conocidos para espiarlos, hacerles hablar y luego disparar sobre ellos injurias y calumnias. Así que prefirió echarlo de su casa, ni más ni menos que a Routh le habían arrojado de la del presidente Montesquieu.

No era fácil engañar al señor André. Todo cuanto tenía de ingenuo y sencillo cuando era el hombre de los cuarenta escudos, lo tuvo después de avisado y despierto, que no en balde conocía ya el mundo.

XIV. La sana razón del señor André

¡Cuánto se ha vigorizado la sana razón del señor André desde que tiene una biblioteca! Vive con los libros como con los hombres; elige entre ellos y nunca se deja alucinar por los nombres. ¡Qué satisfacción tan grande le produce saber y ampliar los horizontes del espíritu sin salir de su casa!

Se felicita por haber nacido en el siglo en que empieza a adquirir todo su valor la razón humana. ¡Qué desgracia hubiera sido la mía, exclamaba, si hubiera nacido en el siglo del jesuita Garasse, del jesuita Guignard, del doctor Boucher, del doctor Aubri, del doctor Guincestre, o en aquel en que condenaban a galeras a los que escribían contra las categorías de Aristóteles!

La miseria había aflojado los muelles del ánimo del señor André, y la riqueza les restituyó su elasticidad. Muchos hay por el mundo como el señor André, a quienes una vuelta de la rueda de la fortuna bastó para transformarse en hombres de gran mérito. El señor André está al tanto de todos los asuntos políticos de Europa, pero especialmente se interesa por los progresos del entendimiento humano.

Hace poco decía:

—Me parece que la razón viaja a jornadas cortas, del Norte al Mediodía, con sus dos amigas íntimas, la experiencia y la tolerancia, y en compañía de la agricultura y el comercio. Se presentó en Italia, pero la ha repelido la congregación del Index, y no ha podido conseguir otra cosa que despachar allá algunos de sus agentes secretos, lo que no deja de ser útil. Dentro de pocos años el país de los Escipiones no será el de los polichinelas con sayal. De cuando en cuando se suscitan contra ella enemigos encarnizados en Francia; pero tiene tantos amigos, que al fin llegará a ocupar la jefatura del gobierno en este país. Cuando llegó a Baviera y Austria se encontró con dos o tres sujetos de gran peluca que la miraron entontecidos con ojos de asombro: «Señora, aquí nunca hemos oído hablar de usted —la dijeron—, ni sabemos quién es.» «Señores —les respondió—, con el tiempo ustedes me conocerán y sabrán amarme. En Berlín, en Moscú, en Copenhague, en Estocolmo, soy muy bien vista y hace muchos años que Locke, Gordon, Trenchard, milord de Shaftesbury y otros, me establecieron en Inglaterra. Yo soy la hija del tiempo y todo lo espero de mi padre. Cuando pasé por la raya de España y Portugal, di gracias a Dios al ver que no se encendían con tanta frecuencia las hogueras de la Inquisición, y concebí lisonjeras esperanzas cuando vi echar de ambos reinos a los jesuitas.»

Si la razón entra de nuevo en Italia, comenzará seguramente por establecerse en Venecia y luego en el reino de Nápoles, pues que posee un secreto infalible para desprender los cordones de una corona que se halla enredada, sin saber cómo, en los de una tiara, y para impedir que los caballos se sometan a las mulas.

La conversación del señor André me agrada mucho, y cuanto más le trato más le quiero.

XV. Una buena cena en casa del señor André

Ayer cené en su casa, en compañía de un doctor de la Sorbona; del señor Pinto, judío célebre; del capellán de la capilla reformada; del embajador bátavo; del secretario del señor príncipe de Gallitzin, del rito griego; de un capitán suizo, calvinista; de dos filósofos y algunas señoras de mucho talento. Durante la cena, que fue larga, no se habló nada de religión, ni más ni menos que si ninguno de los comensales la tuviese. ¡Tan corteses nos hemos hecho y tanto tememos incomodar a los que cenan con nosotros! No sucede así con el regente Cogé, ni con el ex jesuita Nonotte, ni con el ex jesuita Patouillet, ni con el ex jesuita Rotallier, ni con todos los animales de esta ralea; que estos bellacos más villanías dicen en un par de hojas, que cosas instructivas y agradables puede decir en cuatro horas la gente de trato más fino de París. Desde luego no se atreverían a decir a nadie cara a cara lo que tienen la vileza de imprimir.

Al principio de la conversación se trató de un chiste de las Cartas persas, en el cual, fundándose en la autoridad de varones muy graves, se afirma que no solamente va el mundo a peor, sino que se despuebla, con lo que a los reyes puede llegar a sucederles lo que al guardián del convento que se quedó sin prior por falta de frailes. El doctor de la Sorbona dijo que efectivamente el mundo marcha hacia su fin próximo. Y citó al padre Petau, quien, refiriéndose a los tiempos bíblicos, demostró que uno solo de los hijos de Noé o de Sem o de Jafet había procreado tantos hijos, que en el año 285 después del diluvio universal sus descendientes eran 623.612.358.000. El señor André le preguntó por qué en tiempo de Felipe el Hermoso, esto es, cerca de trescientos años después de Hugo Capeto, no había ya 623.000.000.000. «Porque ha disminuido la fe», contestó el doctor de la Sorbona.

Se habló también de Tebas con sus cien puertas, y del millón de soldados, con 20.000 carros de guerra, que salían por ellas.

—Yo creo —dijo el señor André— que antiguamente se escribía la historia con la misma pluma que nos ha dejado La Sergas de Esplandián.

—Lo cierto es —dijo uno de los presentes— que Tebas, Menfis, Babilonia, Nínive, Troya, Seleucia, eran ciudades populosas que ya no existen.

—Así es la verdad —respondió el secretario del príncipe Gallitzin—; pero también eran páramos entonces Moscú, Constantinopla, Londres, París, Amsterdam, Lyon y otras que valen más que Troya, y todas las ciudades de Francia, Alemania, España y el Norte de Europa.

El capitán suizo, sujeto muy ilustrado, nos confesó que cuando quisieron sus ascendientes abandonar sus montañas y precipicios para ir a apoderarse, como era lógico, de otro país más ameno, César, que contó con sus propios ojos a estos emigrantes, halló que ascendían a 368.000, incluyendo ancianos, niños y mujeres.

—Hoy día, en el solo cantón de Berna, que no es la mitad de Suiza, hay otros tantos, y puedo asegurar a ustedes que la población de los trece cantones pasa de 720.000 almas, sin contar con los suizos que se hallan en el extranjero. Luego, ilustres señores, hagan cálculos y establezcan sistemas y verán cuan fácil es caer en error con unos y con otros.

Tratóse después la cuestión de si los vecinos de Roma en tiempo de los Césares eran más ricos que los de París en tiempo de Luis XV.

—A mí me toca responder a eso —dijo el señor André—, que he sido mucho tiempo el hombre de los cuarenta escudos. Creo que los ciudadanos romanos eran más ricos; estos ilustres salteadores de caminos habían saqueado los países más hermosos de África, Asia y Europa, y gozaban con ostentación del fruto de sus robos; no obstante, abundaban los mendigos en Roma. Seguramente entre aquellos vencedores del orbe, había algunos limitados a sus cuarenta escudos de renta como yo lo he estado.

—¿Sabe usted —intervino un doctor de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras— que cada cena que daba Lúculo en su salón de Apolo le costaba 157.489 reales de nuestra moneda, y que Ático, el célebre epicúreo Ático, no gastaba en cambio en su mesa más de 940 reales al mes?

—Sí, así es. También yo he leído en Floro eso que usted dice, pero sin duda Floro nunca cenó en casa de Ático, o los copistas han alterado ese texto como otros muchos. Nunca me convencerá Floro de que no gastaba en comer más de mil reales al mes el amigo de César, Pompeyo, Cicerón y Antonio, quienes muchas veces cenaban en su casa.

XVI. Es así, cabalmente, como se escribe la Historia

La cena de aquella noche en casa del señor André costó tanto como treinta de las de Ático, y las señoras dudaron mucho de que fuesen más divertidas las de Roma que las de París. Fue muy amena la conversación, aunque algo científica, y no se trató ni de las modas últimas, ni de las ridiculeces del prójimo, ni de los sucesos escandalosos más recientes.

Pero sí del tema del lujo. Preguntaron si fue debida al lujo la caída del Imperio Romano, y se probó que ambos imperios, el de Oriente y el del Occidente, fueron destruidos por la teología y los monjes. Efectivamente, cuando se apoderó Alarico de Roma, no encontró allí más que disputas teológicas, y cuando atacó Constantinopla Mahomet II, defendían los frailes con más energía la eternidad de la luz del Tabor, que en su ombligo veían, que la ciudad de los turcos. Uno de los comensales hizo observar que mientras ambos imperios habían perecido, todavía subsisten los escritos de Horacio, Virgilio y Ovidio.

Del siglo de Augusto pasaron de un vuelo al de Luis XIV. Una señora preguntó por qué los autores del día, aun cuando tengan mucho talento, no producen obras de tanto valor. Respondió el señor André que era porque ya las habían producido los de siglos pasados. Esta idea audaz, pero exacta, dio que pensar a los circunstantes, quienes se burlaron luego cruelmente de un escocés que se ha metido a regulador del buen gusto y a crítico de Racine, sin saber una palabra de francés. Con más rigor todavía fue tratado un italiano llamado Denina, el cual censuró El espíritu de las leyes, sin entender la obra, atacando lo mejor que ella tiene. Esto trajo a la memoria de todos, el afectado desdén en que Boileau tenía al Tasso. Alguien manifestó que con todos sus defectos, Tasso era tan superior a Homero, como con todos los suyos, todavía mayores, es Montesquieu al aburrido Grocio. Se censuraron los prejuicios entre nación y nación y se trató al señor Denina como merecía, y como tratan las personas inteligentes a los pedantes.

También hubo de hacerse la observación sagaz de que son las obras maestras del siglo pasado las que más ocupan la atención de los literatos actuales. Nuestra tarea se reduce a examinar sus méritos. Parecemos hijos desheredados, que hacen la cuenta del caudal de su padre. En lo que todos coincidieron fue en admitir que la filosofía había adelantado mucho, pero que el estilo y el idioma se empobrecían.

Norma es de todas las conversaciones saltar de un asunto a otro. En breve desaparecieron todos estos temas de amenidad, ciencia y gusto, para señalarse el magnífico espectáculo que estaban dando al mundo la emperatriz de Rusia y el rey de Polonia, quienes acababan de enaltecer a la humanidad abatida, estableciendo la libertad de conciencia en territorios mucho más extensos que nunca lo fue el Imperio Romano. Celebróse, como era debido, tamaño servicio hecho al mundo, y ejemplo tal dado a gobiernos que se tienen por ilustrados. Brindóse a la salud de la emperatriz, del rey filósofo y a la de los que los imitasen. Hasta el doctor de la Sorbona les colmó de elogios; porque ha de saberse que en ese gremio se encuentran a veces, sujetos razonables, como se encontraban hombres de talento en la Beocia.

El secretario ruso dejó a todos maravillados al hablarles de los progresos que en Rusia se hacían. Nadie supo decir por qué gustaba más la historia de Carlos XII, que se pasó la vida destruyendo, que la de Pedro el Grande, que pasó la suya en crearlo todo. Supusimos que la razón de esta preferencia era nuestra frivolidad y falta de juicio, y convinimos en que Carlos XII fue el Don Quijote, y Pedro, el Solón del Norte; en que los entendimientos superficiales prefieren a fe los grandes planes del legislador, el extravagante heroísmo del soldado, y les agrada menos la narración circunstanciada de la fundación de una ciudad que la temeridad de un capitán que con unos cuantos hombres se enfrenta a diez mil turcos. Ciertamente, la mayor parte de los sectores sólo buscan el pasatiempo, no la instrucción. Por eso, de cada cien mujeres, noventa y nueve leen ridículos novelones y sólo una un capítulo de Condillac.

¡De cuántas cosas se habló en esta cena que no olvidaré en mucho tiempo! Al fin fue indispensable tocar la tecla de los cómicos y cómicas, eterno asunto de las conversaciones de sobremesa en Versalles y en París. Nadie negó que tan raro era un buen autor como un buen poeta, y se concluyó la cena cantando algunas coplas, que un comensal había escrito dedicadas a las damas. Confieso, por lo que a mí toca, que no me hubiera parecido más grato el banquete de Platón que el del señor y la señora André.


Publicado el 4 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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