El Huevo Rojo

Anatole France


Cuento



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El doctor N. depositó su taza de café sobre la chimenea, arrojó su cigarro al fuego y me dijo:

—Querido amigo, hace tiempo contó usted el extraño suicidio de una mujer atormentada por el terror y los remordimientos. Su naturaleza era fina y su cultura exquisita. Sospechosa de complicidad en un crimen del que había sido testigo mudo, desesperada por su irreparable cobardía, agitada por continuas pesadillas en las que veía a su marido muerto y descompuesto señalándola con el dedo a los curiosos magistrados, era la víctima inerte de su exacerbada sensibilidad. En este estado, una circunstancia insignificante y fortuita decidió su suerte. Su sobrino pequeño vivía con ella. Una mañana, como de costumbre, estaba haciendo sus deberes en el comedor. Ella estaba presente. El chiquillo se puso a traducir palabra por palabra unos versos de Sófocles. Iba pronunciando en voz alta los términos griegos y franceses a medida que los iba escribiendo: «La cabeza divina de Yocasta está muerta… arrancándose la cabellera, llama a Laïs muerto… vimos a la mujer ahorcada». Hizo una rúbrica con tal fuerza que agujereó el papel, sacó la lengua manchada de tinta y luego cantó: «Ahorcada, ahorcada, ahorcada». La desgraciada, cuya voluntad estaba destruida, obedeció sin defensa a la sugestión de la palabra que había escuchado por tres veces. Se levantó, sin voz, sin mirada, y entró en su habitación. Varias horas después, el comisario de policía requerido para constatar la muerte violenta, hizo esta reflexión: «He visto a bastantes mujeres suicidadas, pero es la primera vez que veo a una ahorcada».

Se habla de sugestión. De la más natural y creíble. Yo desconfío un poco, pese a todo, de la que se prepara en las clínicas. Pero que un ser en el que la voluntad está muerta obedezca a todas las excitaciones externas, es una verdad que la razón admite y la experiencia demuestra. El ejemplo que usted aporta me recuerda otro bastante similar. El de mi infortunado compañero Alexandre Le Mansel. Un verso de Sófocles mató a su protagonista. Una frase de Lampride perdió al amigo del que quiero hablarle.

Le Mansel, con el que realicé mis estudios en el instituto de Avranches, no se parecía a ninguno de sus compañeros. Parecía a la vez más joven y más viejo de lo que era en realidad. Menudo y flacucho, a los quince años tenía miedo de todo aquello de lo que se asustan los niños pequeños. La oscuridad le producía un pavor invencible. No podía encontrarse, sin echarse a llorar, con uno de los empleados del instituto que tenía un grueso lobanillo en la parte superior del cráneo. Pero, por momentos, cuando se le veía de cerca, tenía aspecto de viejo. Su piel seca, pegada a las sienes, nutría deficientemente sus escasos cabellos. Su frente estaba despejada como la de algunos hombres maduros. Por lo que respecta a los ojos, carecían de mirada. En numerosas ocasiones, las personas que no lo conocían lo tomaron por ciego. Solo la boca le daba expresión al rostro. Sus labios móviles expresaban alternativamente alegría infantil o misteriosos sufrimientos. El timbre de su voz era claro y encantador. Cuando recitaba las lecciones, le daba a los versos el número y el ritmo, lo que nos hacía reír mucho. Durante el recreo, compartía los juegos y no era torpe en ellos, pero aportaba un ardor febril y unos gestos de sonámbulo que, a algunos de nosotros, le inspiraban una antipatía insuperable. No era querido; lo habríamos convertido en nuestro hazmerreír si no nos hubiera impuesto por no sé qué arrogancia salvaje y por su fama de alumno aventajado. Aunque desigual en su trabajo, era con frecuencia el primero de la clase. Decían que hablaba por la noche en el dormitorio y que incluso se levantaba dormido. Pero esto es algo que ninguno de nosotros había observado con sus propios ojos, pues estábamos en la edad del sueño profundo.

Durante mucho tiempo, me inspiró más sorpresa que simpatía. Nos hicimos amigos de repente en una excursión que realizamos toda la clase a la abadía del Mont—Saint—Michel. Habíamos caminado descalzos por la arena llevando nuestros zapatos y nuestro bocadillo en la punta de un bastón y cantando a pleno pulmón. Pasamos por debajo de la poterna y luego, tras haber arrojado nuestro paquete a los pies de las Michelettes, nos sentamos uno al lado del otro sobre una de esas viejas lombardas de hierro que la lluvia y la bruma descascarillan desde hace cinco siglos. Allí, paseando su vaga mirada desde las viejas piedras hasta el cielo y balanceando sus pies descalzos, me dijo:

—Me habría gustado vivir en el tiempo en que sucedieron estas guerras y haber sido caballero. Habría conquistado las dos Michelettes, habría conquistado veinte como ellas, habría conquistado cien; le habría arrebatado a los ingleses todos los cañones. Habría combatido solo delante de la poterna, y el arcángel san Miguel habría permanecido por encima de mi cabeza como una nube blanca.

Aquellas palabras y el tono con el que las decía me estremecieron. Entonces le dije:

—Me gustas, Le Mansel, ¿quieres ser mi amigo?

Y le tendí la mano que él estrechó con solemnidad.

Tras una orden del profesor, nos pusimos los zapatos y todo el grupo subió por la estrecha rampa que conduce a la abadía. A mitad del trayecto, cerca de una higuera trepadora, vimos la casita en la que Tiphaine Raguenel, la viuda de Bertrand du Guesclin, vivió junto al mar. Aquella vivienda era tan estrecha que parece mentira que hubiera sido ocupada por alguien. Para vivir en ella hacía falta que la buena de Tiphaine hubiera sido o una huraña viejecilla o una santa que llevara una existencia absolutamente espiritual. Le Mansel abrió los brazos como para abrazar aquella bicoca angélica; luego, tras haberse arrodillado, se puso a besar las piedras sin prestar atención a las risas de sus compañeros que, divertidos, empezaban a lanzarle quijarros. No narraré nuestro paseo por los calabozos, el claustro, las salas y la capilla. Le Mansel parecía no ver nada. Además solo he contado este episodio para mostrarle cómo había nacido nuestra amistad.

A la mañana siguiente, en el dormitorio, fui despertado por una voz que me decía: «Tiphaine no está muerta». Me froté los ojos y vi a mi lado a Le Mansel en camisón. Lo invité bruscamente a que me dejara dormir y no pensé más en esta extraña confidencia.

A partir de aquel día, comprendí el carácter de nuestro condiscípulo mucho mejor de lo que lo había hecho hasta entonces, y descubrí en él un inmenso orgullo que no había sospechado. No le sorprenderé si le digo que a los quince años era un mediocre psicólogo, pero el orgullo de Le Mansel era demasiado sutil como para que uno lo percibiera de inmediato, pues abarcaba lejanas quimeras y no tenían una forma tangible. No obstante, inspiraba todos los sentimientos de mi amigo y le concedía una especie de unidad a sus ideas barrocas e incoherentes.

Durante las vacaciones que siguieron a nuestra excursión al Mont—Saint—Michel, Le Mansel me invitó a pasar un día en casa de sus padres, agricultores y propietarios en Saint—Julien. Mi madre me lo permitió no sin cierta reticencia. Saint—Julien está a seis kilómetros de la ciudad. Con mi chaleco blanco y una hermosa corbata azul, fui un domingo desde bien temprano.

Alexandre me estaba esperando en el umbral, sonriendo como un niño pequeño. Me tomó de la mano y me hizo entrar en la «sala». La casa, mitad rústica, mitad burguesa, no era pobre ni estaba descuidada. Sin embargo, al entrar se me oprimió el corazón hasta tal punto reinaba allí el silencio y la tristeza. Cerca de la ventana cuyas cortinas se encontraban un poco levantadas como por una tímida curiosidad, vi a una mujer que me pareció vieja. No aseguraría que lo fuera entonces tanto como me lo pareció. Era delgada y de tez amarillenta; sus ojos brillaban en sus órbitas negras bajo párpados rojizos. Aunque estuviéramos en verano, su cuerpo y su cabeza desaparecían bajo oscuras ropas de lana. Pero lo que la hacía completamente extraña era un aro de metal que rodeaba su frente como una diadema.

—Es mamá —me dijo Le Mansel—. Tiene jaqueca.

La señora Le Mansel me hizo un cumplido con voz doliente y observando sin duda mi mirada sorprendida fija en su frente.

—Mi joven señor —me dijo sonriendo— lo que llevo en las sienes no es una corona, es un aro magnético para curar el dolor de cabeza.

Estaba intentando responder de la manera más correcta cuando Le Mansel me arrastró hasta el jardín donde encontramos a un hombre menudo y calvo que se deslizaba por los paseos como un fantasma. Era tan delgado y ligero que podía temerse que el viento se lo llevara. Su aspecto tímido, su largo cuello flacucho que tendía hacia delante, su cabeza del tamaño de un puño, sus miradas de reojo, su andar dando saltitos, sus brazos cortos y levantados como alones le daban, todo lo que es posible y más de lo que es razonable, el aspecto de un ave de corral desplumada.

Mi amigo Le Mansel me dijo que era su papá y que había que dejarle que se fuera al gallinero, porque solo vivía con sus gallinas y que, en compañía de estas, había perdido la costumbre de hablar con las personas. Mientras hablaba, el señor Le Mansel desapareció de nuestra vista, y pronto oímos felices cloqueos elevarse en el aire. Había llegado al gallinero.

Le Mansel dio conmigo unas cuantas vueltas por el jardín y me advirtió que, dentro de un rato, en la comida, vería a su abuela; que era una buena mujer, pero que no debería hacer mucho caso a lo que dijera porque, en ocasiones, no regía muy bien. Luego me condujo a un bonito cenador donde, ruborizándose, me dijo al oído:

—He compuesto unos versos en honor de Tiphaine Raguenel; otro día te los recitaré. ¡Ya verás! ¡Ya verás!

La campanilla avisó para la comida. Entramos en la sala. El señor Le Mansel llegó después que nosotros con una cesta llena de huevos.

—Esta mañana hay dieciocho —dijo con un voz que parecía cloquear.

Nos sirvieron una tortilla deliciosa. Yo me encontraba sentado entra la señora Le Mansel, que gemía bajo su diadema, y su madre, una vieja normanda de mejillas regordetas que, al no tener ya dientes, sonreía con los ojos. Me pareció absolutamente afable. Mientras saboreábamos el pato asado y el pollo a la crema, la buena señora nos estuvo contando historias muy agradables, y no observé en absoluto que su cabeza estuviera trastornada como su nieto me había dicho. Al contrario, me pareció que era la alegría de aquella casa.

Después del almuerzo pasamos a un saloncito en el que los muebles estaban tapizados con terciopelo de Utrech amarillo. Un reloj decorativo brillaba sobre la chimenea entre dos candeleros. Sobre el pedestal negro del reloj se apoyaba, protegido por el fanal de cristal que lo recubría, un huevo rojo. No sé por qué, tan pronto como vi aquel huevo me puse a contemplarlo atentamente. Los chiquillos tienen a veces esas curiosidades inexplicables. Debo decir también que aquel huevo era de un color extraordinario y magnífico. No se parecía en nada a esos huevos de Pascua que, sumergidos en jugo de remolacha, adquieren ese tono vinoso que admiran los niños en el escaparate de las fruterías. Estaba teñido con un color de púrpura real. No pude reprimir hacer la observación con la indiscreción propia de mi edad. El señor Le Mansel me contestó con una especie de quiquiriquí que mostraba su admiración:

—Mi joven señor, este huevo no está teñido como usted parece creer. Fue puesto tal como lo ve por una gallina ceilandesa de mi gallinero. Es un huevo fenomenal.

—No hay que olvidar decir, amigo mío —añadió la señora Le Mansel con su voz doliente— que ese huevo fue puesto el mismo día en que nació nuestro Alexandre.

—Así es —dijo el señor Le Mansel.

Mientras tanto, la abuela me miraba con ojos burlones y repulgando sus labios flojos me hacía gestos de que no me creyera nada.

—¡Hum! —dijo en voz baja— las gallinas a veces incuban lo que no han puesto y si algún taimado vecino ha deslizado en su nidal un…

Su nieto la interrumpió con violencia. Estaba pálido, sus manos temblaban.

—No la escuches —me gritó—. Ya sabes lo que te he dicho. No la escuches.

—Así es —repetía el señor Le Mansel mirando de reojo el huevo púrpura.

La continuación de mi amistad con Alexandre Le Mansel no ofrece nada que merezca ser contado. Mi amigo me habló con frecuencia de los versos dedicados a Tiphaine, pero no me los enseñó jamás. Además, pronto lo perdí de vista. Mi madre me envió a París para terminar mis estudios. Allí hice los dos bachilleratos y la licenciatura de medicina. Durante el período en el que estaba preparando mi tesis doctoral recibí una carta de mi madre en la que me anunciaba que el pobre Alexandre había estado muy enfermo y que como consecuencia de una terrible crisis, se había puesto muy temeroso y desconfiado hasta el extremo, pero que era inofensivo no obstante y que pese a la perturbación de su salud y de su razón, mostraba una aptitud extraordinaria para las matemáticas. Aquellas noticias no me sorprendieron. Muchas veces, al estudiar los trastornos de los centros nerviosos, había pensado en mi pobre amigo de Saint—Julien y, en contra de mi voluntad, había pronosticado la parálisis general que amenazaba a aquel hijo de una jaquecosa y de un microcéfalo reumático.

Las apariencias no me dieron la razón en un primer momento. Alexandre Le Mansel, de acuerdo con lo que me comunicaban desde Avranches, alcanzó en la edad adulta una salud normal y dio pruebas evidentes de su inteligencia. Profundizó en sus estudios matemáticos; incluso remitió a la Academia de Ciencias la solución de varias ecuaciones no resueltas hasta entonces que fue considerada tan elegante como acertada. Enfrascado en sus trabajos, solo de tarde en tarde encontraba tiempo para escribirme. Sus cartas eran afectuosas, claras, bien ordenadas; no se encontraba en ellas nada que pudiera resultarle sospechoso al neurólogo más suspicaz. Pero pronto nuestra correspondencia cesó por completo y permanecí diez años sin oír hablar de él.

El año pasado, me quedé muy sorprendido cuando mi criado me remitió la tarjeta de visita de Alexandre Le Mansel diciéndome que aquel señor me estaba esperando en el recibidor. Me encontraba en esos momentos en mi despacho tratando con uno de mis compañeros un asunto profesional de cierta importancia. Pese a ello, le rogué a mi compañero que me esperara un minuto y corrí a abrazar a mi antiguo amigo. Lo encontré muy envejecido, calvo, pálido y excesivamente escuálido. Lo tomé del brazo y lo conduje al salón.

—Estoy muy contento de volver a verte —me dijo—, tengo muchas cosas que contarte. Soy el blanco de unas persecuciones inauditas. Pero tengo valor, lucharé valientemente y triunfaré de mis enemigos.

Aquellas palabras me inquietaron como habrían inquietado a cualquier otro médico neurólogo que se encontrara en mi lugar. Descubrí en ellas un síntoma de la afección de la que mi amigo estaba amenazado por las leyes fatales de la herencia, que había parecido controlada hasta entonces.

—Querido amigo, hablaremos de todo ello —le dije—. Espérame aquí unos minutos. Voy a terminar un asunto. Coge un libro para distraerte mientras esperas.

Usted sabe que tengo muchos libros y que mi salón contiene, en tres estanterías de caoba, alrededor de seis mil volúmenes. ¿Por qué tuvo que ocurrir que mi infortunado amigo cogiera exactamente el libro que podía hacerle daño y lo abriera por aquella funesta página? Permanecí hablando con mi colega alrededor de veinte minutos luego, después de haberlo despedido, volví al salón donde había dejado a Le Mansel. Encontré al desventurado en un estado lamentable. Estaba golpeando un libro que tenía abierto ante sí y que reconocí inmediatamente como la traducción de la Histoire Auguste. Recitaba en voz alta esta frase de Lampride: «El día en que Alejandro Severo nació, una gallina perteneciente al padre del recién nacido puso un huevo rojo, presagio de la púrpura imperial que el niño revestiría». Su exaltación llegaba hasta el furor. Echaba espuma por la boca. Gritaba:

—¡El huevo, el huevo rojo del día en que nací! ¡Soy emperador! Sé que quieres matarme. ¡No te acerques, miserable!

Se desplazaba por el salón. Luego volvía hacia mí con los brazos abiertos y decía:

—Amigo mío, mi antiguo compañero, ¿qué quieres que te conceda?… Emperador… Emperador… Mi padre tenía razón… El huevo púrpura… Emperador… ¡Infame! ¿Por qué me ocultabas este libro? Castigaré este crimen de alta traición… ¡Emperador! ¡Emperador! Tengo que serlo. Sí, es un deber. Vamos, vamos…

Salió. En vano traté de retenerlo. Se me escapó. Ya conoce usted el resto. Todos los periódicos contaron cómo, al salir de mi casa, compró un revólver y le levantó la tapa de los sesos al guardia que le impedía entrar en el Elíseo. Así, una frase escrita en el siglo IV por un historiador latino, ocasionó mil quinientos años después la muerte de un infortunado soldado de infantería de nuestro país.

¿Quién podrá desenredar algún día la madeja de las causas y los efectos? ¿Quién puede presumir de decir al realizar un acto cualquiera: «Sé lo que hago»?

Mi querido amigo, esto es todo cuanto tenía que contarle. El resto solo interesa a las estadísticas médicas y puede decirse en dos palabras. Le Mansel, encerrado en un psiquiátrico, pasó quince días presa de una locura furiosa. Luego cayó en una imbecilidad completa durante la cual su glotonería era tal que se comía hasta la cera para frotar el parquet. Se asfixió hace tres meses al tragarse una esponja.

El doctor enmudeció y encendió un cigarrillo. Tras un momento de silencio dije:

—Doctor, acaba usted de contar una historia horrorosa.

—Es horrorosa, pero real —respondió el doctor—. Me tomaría con mucho gusto una copita de coñac.


Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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