El Lazarillo de Manzanares

Juan Cortés de Tolosa


Novela



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Índice

El Lazarillo de Manzanares
Aprobaciones
Dedicatorias
Capítulo 1. En que cuenta dónde nació; cómo Felipe Calzado y Inés del Tamaño, su mujer, le prohijaron de la piedra, con algunas de sus costumbres.
Capítulo 2. Cómo cuando su padre salió de la cárcel se halló sin hacienda por habérsele quemado la casa, cómo adquirió más y cómo él se fue a Alcalá.
Capítulo 3. Cómo se fue a Alcalá y se acomodó con un pastelero.
Capítulo 4. En que cuenta lo que en casa del pastelero le sucedió y cómo la venida de la madre de su ama le echó del lugar.
Capítulo 5. Cómo se fue a Guadalajara y asentó con un sacristán. Cuenta lo que en su casa pasaba.
Capítulo 6. Cómo dio vuelta a Madrid. Cuenta lo que en una casa donde asentó le pasaba
Capítulo 7. Cómo se acomodó con un santero. Cuenta su vida y costumbres
Capítulo 8. Cómo fueron los dos a ver un auto a Toledo, cómo salió su madre en él, por cuya causa se partieron para Madrid, y lo que en él les sucedió
Capítulo 9. En que el ermitaño cuenta quién es y qué causas le trajeron a aquel estado
Capítulo 10. En que por divertir al ermitaño le cuenta algunas cosas graciosas. Cómo llegaron a la ermita y por su muerte se ausentó della
Capítulo 11. Cómo se fue a Sevilla para pasar a las Indias, para lo cual asentó con un oidor de Méjico. Cuenta lo que en su casa le sucedió
Capítulo 12. En que cuenta cómo asentó con un canónigo y le hizo ayo de sus sobrinos, por cuyas travesuras se quiso despedir. cuenta algunas dellas
Capítulo 13. Cómo se enamoró y cómo de esta causa nació despedirle su amo
Capítulo 14. Cómo el canónigo le despidió de su casa, cómo determinó irse tras las mujeres. Cuenta los infortunios que le sucedieron y cómo olvido los amores
Capítulo 15. Cómo puso escuela de muchachos. Cuenta lo que entre un médico y un valiente pasó
Capítulo 16. Cómo le quisieron casar. Pinta la novia y cómo se fue por ello huyendo de Sevilla
Capítulo 17. Cómo se fue a Madrid huyendo de aquellos bellacos en cuyo camino halló quien le hizo volver. Cómo hizo casar al casamentero con la novia que a él le traía, con otras cosas
Capítulo 18. En que cuenta un sueño y cómo pasó a las Indias

Aprobaciones

He visto este libro intitulado Lazarillo de Manzanares y aunque es libro de entretenimiento no tiene cosa que ofenda las buenas costumbres, antes debajo de los cuentos y novelas que en él se refieren enseña a desengañarse de los engaños deste mundo, y ansí me parece se le puede dar licencia que pide para imprimirle.

En este convento de Nuestra Señora de la Merced de Madrid, a 27 de abril de 1619.

FRAY ALONSO RAMÓN

He hecho ver este libro intitulado Lazarillo de Manzanares y en él no se halla cosa contra nuestra santa fe católica y buenas costumbres, antes muchas cosas morales y agudas para el común desengaño, y ansí se le puede dar la licencia que pide.

En Madrid, a 13 de mayo de 1619.

EL LICENCIADO DON JUAN DE GÓMARA Y MEJÍA

Por comisión y mandamiento de Vuestra Alteza he visto un libro intitulado Lazarillo de Manzanares compuesto por Juan Cortés de Tolosa y en él no hallo cosa contra la fe y buenas costumbres, antes debajo de los cuentos y novelas descubre muchas para el desengaño del mundo y aviso para los que tienen poca experiencia dél; y siendo Vuestra Majestad servido, le puede hacer la merced que pide.

Madrid, a 9 de mayo de 1619.

EL MAESTRO VICENTE ESPINEL

Suma del privilegio

Este libro intitulado Lazarillo de Manzanares tiene privilegio del Rey nuestro señor para que, por tiempo de seis años, ninguna otra persona lo pueda imprimir ni vender, so las penas en el privilegio contenidas.

Fecha en Lisboa, a catorce días del mes de julio de 1619 años.

Despachado por Diego González de Villarroel, escribano de Cámara.

Tasa

Yo, Diego González de Villarroel, escribano de Cámara de Su Majestad, de los que en su Consejo residen, doy fee que habiéndose visto por los señores dél un libro intitulado Lazarillo de Manzanares compuesto por Juan Cortés de Tolosa, que con licencia de los dichos señores fue impreso, tasaron cada pliego del susodicho libro a 4 maravedís, y a este precio mandaron se vendiese, y no a más, y que esta tasa se ponga al principio de cada libro de los que se imprimiere, y para que dello conste, de mandamiento de los dichos señores del dicho Consejo y de pedimiento de la parte del susodicho, doy esta fe.

En Madrid, a 5 días del mes de diciembre de 1619.

DIEGO GONZÁLEZ DE VILLARROEL

Dedicatorias

A Don Juan Ibáñez de Segovia, caballero del Orden de Calatrava y tesorero general de su Majestad

Para salir a luz este trabajo ha necesitado de la protección de vuesa merced, en quien, como a todos es notorio, concurren loables partes; por cuya causa, cuando no haya acertado en él, lo habré hecho en la dirección, particularmente mostrándome agradecido a los beneficios que de vuesa merced recibí con circunstancia tan noble como no serle pedidos, y en alguna manera quedan pagados, y él también lo queda más que su sujeto merece, pues elegí para honralle a quien para mayores cosas eligió su Majestad. Servidor de vuesa merced que sus manos besa.

JUAN CORTÉS DE TOLOSA

Al lector

Cristiano lector o lo qu'eres, ¿quién me mete a mí en enfadarte con un Prólogo que me tenga más costa que el mismo libro, disculpándome en unas cosas y dándote a entender otras, que si tú las quieres condenar no importa gaste yo todo el papel de Génova en defenderlas? ¡No me pasa por el pensamiento! Si te parece bien, págale y llévale, y si no, de balde te puedes ir sin él. Vale.

Capítulo 1. En que cuenta dónde nació; cómo Felipe Calzado y Inés del Tamaño, su mujer, le prohijaron de la piedra, con algunas de sus costumbres.

Ansí que sabrá vuesa merced que dicen haber nacido yo en Madrid, Corte del Rey don Felipe nuestro señor, Tercero de este nombre, villa digna del título no sólo Real, sino Imperial, la más insigne del mundo, tanto por el respecto dicho, cuanto porque en ella nunca es de noche. En esta, pues, Noruega de claridad, me parece que Felipe Calzado y Inés del Tamaño, padres de aquellas mujeres que aunque compran el manto entero no se sirven más que del medio, tuvieron devoción de criar un niño de los expósitos o de la piedra. Y como el día que en Madrid sale la procesión de las amas se fuesen los dos a la calle Mayor, donde mi suerte quiso que yo les agradase más que los otros —tanto por ser varón y haberme soltado del andador, cuanto porque era blanco y les agradó los buenos trozos de mis brazos y piernas, prometedores de no mala persona en los tiempos futuros—, me llevaron consigo a la casa de los dos mayores ladrones que en España ha habido. A cuya mi ya putativa madre servía de guión en todas las más de sus acciones una punta de hechicera —como vuesa merced adelante verá—, no obstante que los dos tenían sus devociones, que es muy de la frutera haber asalariado el ciego para que la rece, y aun derramar lágrimas oyendo el paso de los azotes, y dar con el dedo para que el peso supla lo que en él no ha puesto.

En ésta, pues, fui creciendo alegre y vinoso, porque aquellas hijas, a cuya mayor parte por su edad cae mejor madres, me hicieron un cimiento en el estómago de sopas de vino; fuera de que aquellos rufos, o como los dicen, me ahogaron en él. Y digo bien, porque si el que algunas veces llevaba en el estomaguillo pudiera salir fuera, ocupara más que la misma personilla.

Diéronse tan buena negociación mis putativos padres, que antes de once años me llevaron al estudio, donde no permanecí, tanto por lo que vuesa merced sabrá, cuanto porque si veía hurtar a mi padre, ser hechicera mi madre, el mal trato de sus hijas, ¿cómo había de aprovechar en cosa virtuosa?

En ser bueno entre buenos no se hace poco, llevándose consigo cualquiera su natural, que el que mejor le tuviere por lo menos le vendrá de sus primeros padres, y hará harto en tenérselas tiesas a la mala inclinación: ¡Mire qué será teniéndole malo!

Y desde esta edad haré a vuesa merced partícipe de mi vida y milagros, altos y bajos, próspero y adverso dello. Que si vuesa merced no lo tiene por enojo, es como se sigue.

Sí que no se le hará cuesta arriba decirle yo que el señor mi padre tenía por costumbre no tenerlas buenas. Hacía a aquellas desventuradas mujeres tantas molestias, y tanto las hurtaba sus dineros, que después de haberle preso muchas veces por ello, viendo que no se enmendaba, le dio por su dinero un verdugo zurdo docientos azotes derechos Digo por su dinero porque después pagan la caridad, y si no hay con qué, dejan o ropilla o calzón o herreruelo en prenda. El nuevo modo con que mi padre salió a recebirlos no lo he de pasar en silencio; y así digo, señor, que mi madre se levantó una mañana, no martes, que también dan azotes en viernes, muy melancólica y me mandó fuese a saber qué se hacía de mi padre, porque entre su corazón y unas habas andaban no sé qué sospechas. En cuya ejecución me detuve algo más que debiera por ser andador del seminario, de que no se me seguía poco interés.

Halléle en un aposentillo, que debía ser calabozo, muy desfigurado, tanto que parecía estar en los umbrares de la muerte, y entre algunos que le consolaban diciéndole: «¡Buen ánimo, buen ánimo, que para los hombres se hicieron los trabajos!», y como por tener los ojos en el suelo y estar divertido no me hubiese visto, alzándolos, dijo que me llegasen a él, y poniendo las manos y clavándolos en el cielo me bendijo.

Yo que tal vi, creyendo que le querían ahorcar, partí de carrera para mi casa, donde llegué tan presto como aquel que llevaba malas nuevas. Y diciéndole a mi madre, ayudado de acciones que significasen bien lo que la lengua decía mal, la di a entender cómo querían ahorcar a su marido. Ella cayó luego en lo que era, porque el delicto no amenazaba horca, sino afrenta o azotes por haber reincidido muchas veces.

Ansí fue, porque yendo los dos camino de la cárcel nos le traían ya azotándole por la causa dicha, el cual repetía el pregón diciendo: «Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a estos hombres por ladrones.» Mi madre se cubrió el rostro y entró en una casa, y yo con ella, aunque no pude dejar de volver a la puerta a informarme si venía más que él, pues le oí decir «a estos hombres». Y es el caso como diré: cuando yo fui a la cárcel ya mi padre estaba borracho, porque como torreznos y vino sea general consuelo en semejantes trabajos, llegaba uno con un mollete y un torrezno dentro y un jarro, y le decía: «¡Ea hermano, ánimo, que más pasó Cristo!» Y otro tras él, y luego otro. Tantos «más pasó Cristo» le dieron que le libraron de lo que había de pasar; y como el que está borracho uno considera en la persona y otro en la sombra, ansí él repetía el pregón volviendo la cabeza a la que al lado llevaba y decía: «Esta es la justicia… », etc.

Capítulo 2. Cómo cuando su padre salió de la cárcel se halló sin hacienda por habérsele quemado la casa, cómo adquirió más y cómo él se fue a Alcalá.

Pues no paró aquí la desventura, porque en el tiempo que estuvimos fuera se nos quemó la casa. Y pasó desta manera: nosotros habitábamos dos aposentos obscuros, por cuya causa teníamos de contino luz en ellos, en uno de los cuales habíamos recogido nuestro ajuar y cantidad de lino para echar telas o vendello hilado. Y como un perro de casa viniese ya a los alcances al gato, que traía un pedazo de carnero, y tanto por huir dél cuanto por comerle seguro se entrase por la gatera que la puerta de nuestro tesoro tenía y se subiese sobre una alacena de la cual estaba colgado el candil, le derribó sobre un tercio de lino, de manera que se quemó el aposento.

Y aquí entra cuán llana verdad sea que lo bien ganado se pierda, y lo mal ello y su dueño. Porque, como echasen la puerta en el suelo, subieron muchos gatos que acabaron lo que el de casa empezó.

He aquí perdido lo uno, pues lo otro ya lo estaba, si le azotaron como dije. Quién duda sino que habrá vuesa merced dicho: «¡Ah, pobre hombre sin hacienda y sin honra!»

Pues crea que no le fue de ninguna importancia, ansí la quema como la vergüenza, porque ¿qué deshonra le puede venir a quien fue padre de quien he dicho? Luego entonces no fue la pérdida della, que antes lo estaba, y si ésta no fue perdida, ¿por qué razón no les habían de sobrar dineros a quien les faltaba honra, siendo verdad ser ella grillos del que la profesa? O si no, vea lo que pasa.

Salido que fue de la cárcel, como no hallase hacienda, hizo que mi madre vendiese menudo, y no hubo día que no entrasen en casa treinta o cuarenta reales de ganancia. Y él compró unos cuantos pollinos, con los cuales ganó muy largo de comer y de cenar.

La compasión no se les debe a ellos, sino a unos pobres honrados con respectos de caballeros. A estos sí, que viven muriendo, compañeros siempre en la pena de Tántalo y Sísifo.

Heme aquí vuesa merced, hijo del azotado y sin honra para con muchos, y el día breve para dar satisfación a tantos, y mucho peor en lengua de muchachos. Dios nos defienda, porque en su mano está quitar el juicio a quien ellos quisieren Y ansí dijo bien aquel loco en responder, preguntándole en qué tanto tiempo lo sería un hombre, que: «Según le diesen la priesa ellos.» Gente cruel, porque saben la infamia y no admiten la disculpa.

Ya yo estaba enfadado de tanto «daca los azotes, toma los azotes», y mi padre de que con tantas veras defendiese no ser su hijo, porque decía: «Muy bueno es serlo para comer y vestir, y no lo ser para ayudarme a llevar el infortunio.»

Si él me lo dijera en estos tiempos, respondiérale yo que si por confesarle por tal se eximiera de la infamia, que entonces de buena voluntad lo hiciera, pues nos estaba bien a los dos, mas que no caer della y quedar yo con la propia, que era acrisolada necedad.

Tanto, pues, dieron en agotarme la paciencia, y a tal tiempo me dijo uno «daca los azotes», que se los envié con un mensajero que desde que le despedí hasta que se llegó al oído a darle el recaudo, no parece hubo medio entre mí y él. Abríle la cabeza y todos dijeron: «Muerto le ha.» Y como los demás huyesen tuve lugar de entrarme en la Victoria, de donde, por ser tan muchacho, uno de aquellos religiosos me descolgó por una de las tapias de los corrales en casa de un su amigo, el cual me tuvo en ella hasta que habló a mis padres y les dijo el peligro que corría mi persona si la justicia daba conmigo, porque el muchacho estaba herido de muerte, que me diese con qué me ausentase hasta ver lo que Dios hacía dél.

Replicó que de buena voluntad lo hiciera si por defenderle a él hubiera sido, más que siendo por lo contrario, que no le llamaba ninguna obligación. A lo cual el hombre le respondió lo que yo dije le respondiera ahora.

Al fin vinieron los dos a la casa donde estaba y me hicieron un vestido de paño verdoso y me dieron diez ducados, y con muchas lágrimas nacidas de amor me sacaron hasta la puerta de Alcalá, donde muchas veces me abrazaron llorando tiernamente y mi madre me besó infinidad dellas mostrando mayor sentimiento, porque las mujeres de ordinario son más compasivas. Y como mi padre volviese la cabeza, me dio un Agnusdéi de oro y un rosario con muchas medallas, encargándome me fuese a Alcalá, donde, pues había guiado por el camino de las letras, estudiase, que ella me acudiría con todo lo que pudiese, y sería, no madre putativa, sino natural.

Yo la agradecí mucho el ofrecimiento y le acepté, y besándolos la mano a cada uno me dejaron y yo empecé a caminar hasta que los perdí de vista, donde me senté a aguardar el carro o coche que me llevase, y aquí tuvieron principio mis peregrinaciones.

Capítulo 3. Cómo se fue a Alcalá y se acomodó con un pastelero.

Considere vuesa merced qué sentiría un muchacho solo y que dejaba su tan amada patria, cuando menos la Corte. Tanto lloré, tanto me afligí y tan desconsolado estuve, que a no llegar el carro llegara mi fin. ¡Oh pecador de mí, era quien quiera lo que yo perdía! Mis padres habían de ser muy ricos, porque los dos eran mayores ladrones que antes y ella muy gran hechicera, y esto la valía muchos ducados, y según lo que me querían toda la hacienda había de venir a parar en mí. Subíme en él y al otro día busqué por aquellas calles algún estudiante a quien servir para estudiar. Sucedióme mejor, porque como llegase a una pastelería, cerca de la cual pregunté a uno si había menester un criado, me encaró la pastelera y yo a ella, y llamándome me dijo si tenía quién me conociese.

—¿Para qué?

—Para recibirte yo.

Dije que sí.

—Y ¿fiarte ha?

—También me fiará.

—¿Dónde vive?

—En Madrid.

—¡Y hallarás comodidad en breve teniendo el fiador tan cerca! ¡Miren que al cabo de la calle era su casa!

Yo la respondí: «Señora, claro es que quien busca comodidad en Alcalá que no anda avisado en decir que tiene el fiador en Madrid», mas que había respondido conforme a su pregunta, porque oírme buscar por dónde fuese estudiante y quererme hacer pastelero, era de las donosas cosas que en mi vida oiría.

Entonces volvió a mí toda la cara, que antes no tuvo más que la media, porque el breve coloquio pasó entre los dos metida la media pala en el horno y ella de un lado, y me dijo:

—Que no tan sólo te quiero hacer pastelero, antes ayudar para que seas tan gran estudiante como de tu natural fío. ¿Sabes leer?

—Sé leer, escribir y contar, y algo de los principios de la latinidad.

—Entra pues; almorzarás.

Hícelo, y subiendo arriba bajó un par de huevos. Aderezóme con ellos un pastel, hízome traer vino, preguntándome si quería otra alguna cosa; tanto la cuadró lo que de la fianza le dije y el hallarme hábil para lo que ella había menester.

Ya vino el marido y se le dijo cómo me había recibido con condición que me diese estudio, y que el demás tiempo gastaría en cobrar cosas que se les debía, en escribirles lo que fuese menester en casa y hacer la cuenta de muchas cosas que por falta de solicitador y de quien supiese contar estaban perdidas, y que no había de entrar ni salir en el oficio.

Ansí fue; diéronme el hueco de debajo de un escalera, un cofre con mi llave y la del aposentillo. Luego escribí a mis padres la buena fortuna que me había corrido y ellos me respondieron muy contentos, en particular mi madre, prometiéndome cumplir lo prometido.

Yo empecé mi obra acudiendo a lo concertado. Teníalos locos de contento porque les leía en un libro, y todas las coplas nuevas que salían. Regalábanme, queríanme y dábanme muchas cosas, y después de bien ganada la voluntad me dijo si la quería escribir un papel para un su primo, familiar de cierto colegio. Dije que sí, y en el discurso dél conocí que era primo carnal. Y es el caso que mi ama quería bien al familiar y mi amo a una hermana suya. Llevésele y fui en él muy encomendado, y tanto que, leído, me llevó a su aposento donde me hizo mil regalos, dándome confites y dineros y ofreciéndome encomendarme al preceptor de la gramática para que tuviese particular cuidado conmigo. Y a todo esto no cesaba yo de mirarle, y era ocasionado para ello, porque no he visto yo hombre más alto ni más cerrado de barba, más negra ni tan apretada; tanto, que parecía de las escobillas con que nos limpiamos la cabeza. Era tan negro como mis culpas, y como los dientes fuesen muy blancos y los labios colorados y lo demás tan negro, parecía, riéndose, Ganasa. Era carirredondo todo lo que vuesa merced mandare, y las narices tan romas que parecía tenerlas derramadas por la cara. Tenía una gran vara de medir de espalda y otra de pecho y dos de cintura. ¡Dejaba de comer por mirarle!

Ya me respondió al papel y me fui a casa, donde tampoco me hartaba de mirar a mi ama, porque, como sea verdad que tras lo hermoso se suelan despeñar las voluntades, me admiró mucho que una mujer de sus partes se pagase de las del familiar.

Era blanca, ni muy flaca ni muy gruesa. Tenía lindas figuras y hermosísimas manos; lindos ojos, gran donaire. Y finalmente, era muy dama, y toda ella rebuena.

Que solenizó el papel pensará vuesa merced, holgándose con él. Antes se mostró enfadada, propia paga del diablo. Valióme dos reales dél y uno della, los cuales guardé con los demás que había llegado y con los diez escudos que mi madre me dio. Porque los amigos favorecen tal vez y el dinero de ordinario. De ellos se dice ser otro yo, mas, si se entendiere del dinero, no se habrá puesto en mal lugar, porque si yo haré por mí lo que pudiere, ¿quién mejor que él hará otro tanto?

Capítulo 4. En que cuenta lo que en casa del pastelero le sucedió y cómo la venida de la madre de su ama le echó del lugar.

Estuvieron las cosas en este estado cerca de tres meses, acudiendo así a lo que mi amo me mandaba, como a lo que ella quería —digo en materia de sus amores—, temeroso con bastante razón, porque si nadie puede servir a dos amos ¿cómo podrá a cuatro?, al cabo de los cuáles me vinieron en un día dos nuevas trabajosas: la una fue que a mi madre había preso la Inquisición y la otra que la madre de mi ama venía de con otra hija que seis leguas de allí estaba.

Cuál fuese el sentimiento de la prisión de mi madre podrá vuesa merced considerar, pues por ella me faltaban dineros y regalos y lo peor, dejar de ganarlos, que para en adelante me importaba mucho. ¡Y qué sería decirme venía la suegra, mujer más temida que las bajadas del Turco! Ya llegó mi señora la mayor y todos nos armamos de paciencia. Mudó luego la casa al contrario de como al presente estaba, y de tal manera dio en perseguirme y yo en callar, que dos estremos no se han de ver tan presto. Vi casi derribado el monte de mi paciencia, porque muchas destas mujeres suelen ser suegras para sus yernos, mas ésta éralo para todos, y con todo, salí con la mía callando y anduve muy cuerdo.

Si a costa de lo que he dicho tenía en pie comodidad que importaba mucho interés; ¿por qué razón no había de poner de mi parte todo lo posible para no perderla, particularmente no habiendo menester pedir nada a nadie para ello? Que de su cosecha puede cada uno consigo, y es de muy grandes necios decir: «No puedo más.» Digo otra vez que salí tan buen maestro de paciencia que pudiera casarme, porque ninguna mujer había de ser tan recia que me obligase a gastar toda la que adquirí.

Con esto pues, y con tragarme muy buenos dichos, tuve amigos, comodidad y dineros, que preciaba más no perderle que decirle, pues caudal para él ya me le tuve, y no sabía si para adquirir otro o volver el perdido tendría habilidad, fuera de que para esto el tiempo es enemigo, porque, ansí como para ir entrando más en la voluntad del amigo es él el medio, ansí para que con el perdido se deslicen otros es él el medio y el principio, luego callar, que no está nada escrito.

Dél allá dijo un filósofo que el día que no traía ganado algún amigo de la plaza venía muy descontento. Si esto es ansí, ¿no es mejor callar un buen dicho que perderle? Y es desventurada cosa que a cualquier parte que vaya un hombre halle enemigos y todos se huelguen con sus infortunios y de nadie esté seguro, y gaste su hacienda en agentes que le defiendan en las conversaciones y sean ellos los primeros que digan mal dél.

Digo, pues, señor, que tanto nos pudrió a todos la vieja, más valiente por su condición que el Gran Capitán por sus puños, que, luciéndosele más, o pagando su hija por todos, la dio un tabardillo, ayudando a ello un viernes de una estación a las cruces, diré mejor, de estación a poner a su marido una cruz.

¡Sal acá familiar!, que en ser diablo en cara y costumbres más pareces familiar de redoma o sortija. ¿No es ansí esto, afligido y fingido amante? ¿No es también verdad que del colmado sentimiento apostaban a correr por esa cara de plato mocos y lágrimas de tinta? Y si vuesa merced dijere: «Si no quería, ¿cómo lloraba?», respondo que ya digo fingido lo que al principio sería verdadero, que esto es muy común en los más de los amantes.

Aquí fue cuando mi amo el pastelero gozó espléndidamente de la hermana del familiar, que fue como gozarle a él en hábito de mujer. ¡No vi yo en todo cosa tan parecida en mi vida! Hube de aquí también algunos dineros, y los que se me pagaron la vez que me quedaba en la tienda. Y para todo se hurtaba en ella, porque si de un pastel se sabe la ganancia señalada no se sabe de qué es el tal pastel, y yo lo sabía, como el que ayudó a alguna empresa, y pasa ansí.

Vuesa merced habrá de saber que había en casa un muchachuelo que tenía cuidado de correr el lugar para que supiese si moría en él alguna cabalgadura, y sabido, informarse dónde quedaba, porque luego íbamos él y yo a darla mate, para que de la carne se hiciesen pasteles. Y como nos diesen parte de un difunto que casi un cuarto de legua de allí quedaba, nos fuimos mano a mano después de comer los dos, cada uno con un cuchillo y una espuerta. Yo no porque tuviese obligación a ello, antes por esa misma causa, por valer más, que ése es el trato de los criados: dar gusto en todo a sus dueños.

Hallamos que cuatro o cinco perrazos le estaban descarnando, por lo cual, de miedo no nos atrevimos a llegar. Mas ellos con más que distinto, nos concedieron llegásemos y desampararon el cuerpo, por cuya vacación con lindo aire le quitamos lo que dentro de pocos días había de ser dineros. Mas volvieron presto por haber ido a beber a un arroyo que cerca estaba, y como olían a carne otros muchos con ellos. Quisimos huir y escusónoslo la cortesía con que se llegaron sólo a entretenerse con la poca carne que debajo la barba hay, como los tan satisfechos. Los demás devanaban las tripas, cosa que a nosotros no nos era de importancia, de manera que entre ellos y después estotros, entre nos y el romance de don Álvaro de Luna dejamos el rocín en calzas y jubón; con que nos volvimos a casa a boca de noche, muertos de hambre, cansados y con calor por ser primavera.

Díjoseme a mí, como privado, que merendase lo que me diese gusto y a mi compañero que tomase un pastel: convite bien enfadoso por ser ordinario y porque el que los come no los vee hacer como nosotros. Yo digo que los que pisan la uva y los que los hacen corren parejas, porque si aquellos escupen y hacen allí cosas de más consideración, a estotros no les rasca nadie, cómales donde les comiere, fuera de que su merced del señor oficial mayor tenía algunos veninos preñados y otros paridos, por cuya razón despachaba en el cuarto bajo, que era el entresuelo.

No le apeteció el muchacho, y abriendo una alacena dentro de la cual había carnero o cecina fiambre halló una jarra tapada con un papel: «¿Qué tesoro es éste?», dijo, y destapándola puso el dedo dentro y halló que era dulce. Considerólo miel rosada o otra cosa deste género y era una ayuda para mi ama. Mojó un poco de pan y súpole bien, mojó otra vez y súpole rebién. Tomó un plato y entrándose donde no le viesen se la comió a sopas, y como lo dulce le provocase a beber, bebió agua de la cueva fresca y se fue a acostar, porque en días de semejantes trabajos tenía licencia para ello. Durmióse luego, y de tal manera sin ir a escuelas cursó, que se pudo graduar de licenciado.

Cuando yo me recogí a mi aposentillo, que cerca del suyo estaba, le oí decir: «¡Jesús, qué sudado estoy!» Entré dentro y preguntéle si estaba indispuesto. Díjome que había sudado mucho, mas a mí me pareció que el sudor había pasado por mal puerto, y como le tentase el rostro y le sintiese frío le dije: «Mira no te hayas orinado.» Él respondió: «¿Por detrás me había de orinar?» Entonces confirmé lo coligido y le dije ansí: «Hermano, pues ese sudor límpiatele tú», y entréme en mi cuarto, y él como tan cansado se volvió a dormir.

¡Aquí fue ello!, porque como a la mañana voltease la madre toda la casa y diese en el aposentillo del muchacho y viese desconcierto tal, nos atormentó a todos y desolló a él a azotes, buscando tormentos nuevos para mejor satisfacerse.

A otro día cenó nuestro amo el pastelero unas albondiguillas de la presa que la noche antes tuvimos, porque la mala vieja hizo eso para no degenerar de suegra. ¡Vea vuesa merced cuál era, que para él fueron de la que he dicho y para la demás gente, ya que no de carnero, de vaca! Lo que con ella pasábamos, si a muchos será fácil de creer, a mí será difícil de decir, porque, si la respondíamos recio cuando nos llamaba, decía éramos desvergonzados y hundía la casa; si quedo, que hacíamos burla della. Éstas son de las condiciones que dan higas a la prudencia de los que con ellas tratan, como los males viejos a las medicinas que se les aplican.

Esta tal vieja y acudir al servicio de cuatro amos me tenían bien disgustado, porque esperaba mal fin dellos, o de mí por ellos, ya que yo me fuese a la mano con la vieja. Deseaba salirme de su casa y cumplióme el tiempo este deseo, trayéndome nuevas de que a mi madre la habían penitenciado por el Santo Oficio.

Capítulo 5. Cómo se fue a Guadalajara y asentó con un sacristán. Cuenta lo que en su casa pasaba.

Puse, pues, mis cosas en orden y, cosiendo en el jubón los dineros que tenía, me fui a Guadalajara, porque tuve siempre deseo de verla. Parecióme tan bien que traté de quedarme allí, y, buscando comodidad, la vine a hallar con un sacristán tuerto. Éste se contentó presto de mí, porque le dije que tenía natural cómodo para aprender con facilidad cualquier cosa. Llevóme a casa, y apenas hube visto a la mujer, cuando dije:

—Vuestro marido tuerto es, mas si vos pisáis derecho, que lo pague yo. Ojos que, si despide la lengua, ellos convidan, negros y dormidos, ¡ello dirá!

Pues vea vuesa merced si dijeron presto.

Luego que me llevó a casa me dijo en lo que había de entender, ansí en ella como en la iglesia. Recibióme bien mi ama y preguntándome cómo me llamaba la respondimos a una mi amo y yo que Lazarillo. Ella se rió y, partiendo de la sala para la alcoba, andando como a primera intención de bailar, me dijo:

—Marido tuerto y Lázaro por criado, ¡muy trabajoso negocio fuera a no estar tan seguro el partido de su dueño!

Él dijo:

—¡Ea habladora, siempre has de mostrar la buena voluntad que tienes a no perder ocasión! —y entrándose a donde iba me dijo—: ¡Buena mujer me ha dado Dios!

Y dijo bien, que Él muy buena se la dio, pero ella muy mala se había hecho. Al fin, señor, que yo entendí aquel día en las cosas domésticas y el siguiente en las de la iglesia. Puse recaudo para decir misa, almorcé media docena de veces y a las diez subimos al coro para oficiar la misa mayor.

Empezaron el introitu mi amo y otros dos clérigos, y yo me apercibí para entonar el órgano, como antes se me había ordenado. Tocó mi amo de suerte que pudiera desazonar a un viudo, ¡véase si era el tañido como quiera, porque el que disgusta quien he dicho, excelentemente sabe el cómo! Acabó con la tecla y fue al facistol, y yo tras él, donde no pude sufrir dejar de cantar, y satisfaciéndome en mi deseo gateé por un quirie arriba. ¡Considérese cuál cantaban ellos, pues no conocieron cómo cantaba yo!, pues fuera de no saber de canto más que tirarle, parecía cuando cantaba tener la boca llena de ochavos. Pero entonaba muy bien el órgano, y no más. Al alzar, cantó mi amo a ello acostumbrado como puntual sacristán, porque se podía tomar a ello con el más estirado del oficio, no en hacerlo mejor, sino en porfiar más.

Acabado esto di vuelta a casa una hora antes que mi amo, donde hallé a la huéspeda la cara hinchada y con muchos cardenales y el brazo en una banda. Miréla alazarilladamente, y como la lengua me dijese que había rodado las escaleras y yo desde que la vi me entendiese mejor con los ojos, les dije:

—«Ojos, decídmelo vos.»

—«Mojicones han sido, me parece —respondieron ellos.»

Partí a hacer sabidor a mi amo de la caída de mi señora la sacristana, y ya no estaba en la iglesia, porque como era costumbre, se venía por la plaza de donde traía alguna fruta o lo que al tiempo era anejo. De manera que cuando volví le hallé en ella, y metiéndole en un abujero sobre que era tan desgraciada y tan sin ventura, que había de ser ama y criada, pues por haber subido a la cocina, que estaba en alto, cayó a la bajada en uno de tantos hoyos como tenía y rodó desde el primero hasta el postrero escalón.

—¡Que no pueda yo con este hombre —repetía muchas veces—, me mude desta casa donde siquiera tenga una vecina con quien conversar y a quien volver los ojos, o si no, hombre del diablo, ved si he tenido quien me vaya a llamar el barbero para sangrarme!

Él estaba temblando y tan cortado que tenía más hundido el ojo con vista que el que estaba sin ella. Fue a llamarle y, asomándose a la ventana, le dijo que trajese el que tenía la tienda al cabo de su misma calle. Él fue a ello, mas no quiso venir, y volviendo a decirlo a casa dio en que no se había de sangrar con otro. Y desde aquí le aplazo a vuesa merced para un cuento, a mi parecer agudo, y pasa de la manera que diré.

La sacristana, mi señora, tenía perdida toda la mala querencia al barbero, el cual, como la sintiese enferma de la voluntad, hallándola sola la derramó los celos por el rostro y cuerpo en cantidad de mojicones, aprovechándose después de la pretina, con que la desconcertó un brazo y acardenaló todo el cuerpo, jurando una y otra vez de no volver para siempre a su amistad, y que dello daba por testigo al tiempo, de que ella estaba harto más sentida que de los golpes recebidos. Y ésta era la causa porque quería que fuese él y no otro el que la sangrase.

Volvió pues el marido a persuadirle fuese a sangrar a su mujer, y salió con ello, cuya paga fue quedarse a comer con mis amos. Y para este convite nos fuimos los dos a la plaza, de donde se trajo un ave, un conejo y más fruta, con lo cual todo yo me vine adelante para que con brevedad se aderezase. Púsose la mesa, comimos todos y fue regalado de los dos. Comióse las pechugas, casi los lomos del conejo y muy poquita fruta, pero menudeaba en lo del bienaventurado que partió la capa con el pobre a más y mejor, de manera que conforme a lo que mis amos bebían, parecía que echaba él el contrapunto, porque ansí como los que le cantan por uno, que dicen los del canto llano, forman siete o ocho puntos estotros, ansí nuestro barbero: por una que bebían ellos, bebía él cuatro. Acabóse la comida tan tarde que yo hube de ir a tañer a vísperas, y tras mí mi amo a cantarlas, o por decir como ello era, a llorarlas.

Lo que yo comía en todas las ocasiones era cosa increíble, porque a estas horas ya había muchachos aguardándome; y porque les dejase probar la mano en las campanas me daban lo que podían haber de sus casas. La campanilla, cuando salía el Santísimo Sacramento, estaba puesta muy cara. Pues, ¿qué me pasaba con las viejas? El pan bendito me pagaban a oro, y al mismo precio que las abriese la iglesia temprano. De manera que, ansí como el otro fue Lazarillo de no comer, fui yo Lazarillo que pude morir de ahíto.

¿Qué le tengo que decir a vuesa merced? No pasaron ocho días que mi ama no me mandase que fuese a visitar al barbero, satisfecha del caudal que en mí halló y usando de la prudencia común en mujeres; trájele a cuestas desde entonces hasta que un día sucedió lo que diré, con lo cual di de mano a la casa del sacristán, porque era grande la desdicha que me seguía en esta materia, siempre negociador de ajenas holguras.

Pasa pues desta manera: mi barbero estuvo algunos días sin ver a mi ama por la necesidad de llegarse a un lugarcillo no lejos de Guadalajara, y como volviese con algunos regalos y se los llevase casi a la hora que mi amo volvía a casa, por poco diera con ellos, por venir ya a comer, a no verle yo antes y avisarlos. Entróse detrás de la cama con harto miedo, tanto por saber vivía ya con algunas sospechas, cuanto porque no era el más animoso del mundo.

Subió mi amo, sentóse en una silla junto a la mesa poniendo en ella un pañuelo con agraz en cuyos brazos mi ama puso las manos brindándole para que jugase con ella, y como él lo hiciese le dijo:

—Mas que te tengo de hacer tuerto de esotro ojo.

Cogió bonitamente un grano grueso y, sin que lo viese, se le reventó en él, de manera que, como le tapó luego con la mano, quedó a escuras. Y yo cogí mi pusilánime barbero y di con él en la sala para que se bajase por las escaleras abajo, que podía muy bien, a no ser tan cobarde que, puesto en ella, se volviese detrás de la cama, de que mi ama y yo quedamos como difuntos, y más cuando me preguntó:

—Lázaro, ¿quién estaba ahí ahora contigo?

Y aquí entra mi papel.

—Nadie, señor —respondí yo—, sino que cuando hay pasión en un ojo, una cosa parecen dos, o si no, dése vuesa merced un pequeño golpe en él y conocerá esta verdad abriéndole después.

Íbalo a poner por ejecución y, para que tuviese más efecto, se llegó mi ama y dijo:

—Mira bobo, no te has de dar recio, sino desta manera —y diole ella que pudiera dejarle a buenas noches, y él se sintió tanto que lo mostró bien con un gran grito.

Entonces cogí mi retraído y le encaminé por las escaleras abajo.

Y él dijo que tenía yo mil razones, porque jurara que había salido por la sala un hombre. Yo le respondí:

—Es lo que le he dicho a vuesa merced, y ansí nadie se ha de arrojar a hacer juicios temerarios porque aunque tengan apariencia de verdad puede ser engañarse; o sino, dígame vuesa merced, le ruego, ¿el que se echa de pechos sobre una tinaja de agua, es el propio que en ella se figura?

—Sí es —respondió él.

—Pues vea cómo se engaña, porque el que estaba arriba se halló boca abajo, y el de abajo boca arriba; luego, no era el propio.

—Digo, hijo Lazarillo, que cada día voy descubriendo en ti que debes serlo de buenos padres, porque veo que sabes leer, escribir y contar, algo de latín y, sobre todo, que tienes muy buenos respectos.

—Vuesa merced me honra y pone de su casa lo que dice, que en mí no hay nada dello —respondí.

Y cierto que tuvo razón en lo que dijo por saber yo esas cosillas, de manera que cuando no hay otros testigos, éstos son casi fidedignos, porque ¿qué padre deja de enseñar sus hijos a leer y escribir? Por lo menos acuérdome ahora que el tiempo que fui agente de aquel miserable colegio de que mi padre fue rector, no hubo mujer en ellas que no fuese parienta de las mejores casas de España, cuyos padres eran el día de entonces grandes señores, sino que una voluntad, y un engaño después, las trajo… , etc.

Mas probáronlo mal, porque queriéndome regalar con unas valonas no hubo entre todas ellas quien supiera hacer las vainicas.

Capítulo 6. Cómo dio vuelta a Madrid. Cuenta lo que en una casa donde asentó le pasaba

Mi intento, como antes de ahora he dicho, nunca fue vivir de asiento en éste o en otro lugar alguno de los de España, antes dar conmigo en las Indias, donde hombres bajos vienen de ordinario ricos, aunque vayan sin oficio, porque, llevando consigo el poderse aplicar a mercaderes de cosas bajas, nunca se vienen sin dineros; y la razón de detenerme en algunos lugares era llevar caudal a Sevilla para ensayarme en ella. Y como la patria sea a todos amable —tanto que, sabiendo el desterrado que si quebranta el destierro le han de azotar por ello, se pone, a trueco de verse en ella, en contingencia de que lo que le amenaza le suceda—, me volví a Madrid a donde serví seis meses sin que mis contrarios supiesen estaba en él, que como es tan grande y hay tanta diversidad de gente, los que viven al barrio de Santo Domingo están con los del de la puerta de Toledo como los que habitan los dos Caramancheles, Alto y Bajo.

Hallé muy buena comodidad con un estranjero casado, cuyo oficio ya he dicho, pues era más valiente por su paciencia que el Cid por sus puños. Su mujer era una muy buena moza, de las que se tapan de puntería y dan una estocada en una bolsa que la pasan de parte a parte. Bizarra, y tan larga de talle que yo creí siempre que orinaba por encima del cartón. Y su madre era una muy mala vieja. Aquí comí más que en todas las casas juntas que estuve, porque lo enviaban muchos y porque lo callaba mi amo, de suerte que por él y por ello se debió de decir: «Quien calló venció y vido lo que quiso.»

¡Libre Dios de la procesión de lechuzas las bolsas de todo fiel cristiano el día que mi señora y otras cuatro amigas salían determinadas a chuparlas en chapines bajos, y la mayor de la mano con la madre de otra de las amigas! ¡Allí era ello! En las mangas llevaban ensanchas, y las viejas unas fratiqueras que se andaban alrededor como tornos, y yo y Mariquilla, criada de casa, íbamos a longe, como discípulos, encubiertos con unas cestas en los brazos porque si acaso sus respetos diesen con ellas, no las sacasen por nosotros.

No había entre todas quien no tuviese su gracia o su habilidad. Mi señora la mayor sanaba mancos, pues al que lo fuese de natividad le hacía meter la mano en la bolsa. Su hija y las demás amigas excedían a los jugadores de manos, trampa para ellos, porque si el más hábil saca por la boca cincuenta o cien varas de cinta, ellas por unas bocas como unos piñones sacaban un jubón, una ropa y una basquiña, que lo mismo era pedirlo y todo a un tiempo.

Tenían mis amos un niño de siete o ocho años, tan hijo de padres que podía disputar unas ferias o un aguinaldo con el mayor estudiante, y le concluía siempre. Éste conocía ya el que era fácil de faldriquera, y en viniendo, aunque su padre estuviese arriba, le decía no estaba en casa por sacarle algo, que toda la gente della estaba fundada en engaño, y ansí cuando algún oficial de aquella obra contaba algún lastimoso suceso, se lloraba a cinco voces y se sentía a ninguna; y si mi amo se hallaba presente llevaba el canto llano. De manera se vivía con el interés que, si pidiendo a alguno de los sobredichos oficiales cosa para su vestir o comer ofrecía música o otros entretenimientos, era reputado por obrero de la torre de Babilonia, y a toda priesa volaba de casa; porque para este género de mirones, el marido, que era símbolo de la mansedumbre, era significado por un león, y subía desde la puerta de la calle metiendo mano y miraba hasta el desván. Si era avisado buscaba dineros por saber que por su falta le descartaban, y en teniéndolos volvía, y antes que entrase les daba el aire de que le acompañaban, y no es esto milagro, que los perros querían hacer pedazos al que no daba. Salían a recebirle todos en procesión, y mi sosegado señor a la postre echándole los brazos al cuello y metiéndole los ojos en la bolsa, que ellos no estaban mal con la persona, sino con el defeto della; si no era cuerdo temía, y por uno o el otro camino salían con su intento.

Luego se sabía en casa que había melero en ella y acudían los mosquitos, que éramos los criados, que los moscones presentes estaban. Empezaba la oración mi señora la mayor, orador insigne, y decía:

—¡Válgasele Dios!, ¿qué se ha hecho que nos ha tenido con grandísimo cuidado? Y ansí yo vea a ésta con remedio, que he dicho a mi yerno que le busque y nos le traiga acá, porque en casa no hay quien no le quiera como si fuera hijo della.

—¡Juro a Dios —decía el yerno— que me habíais tenido con notable pesadumbre!, porque ni os he hallado en casa ni el amigo con quien solíades andar me lo ha sabido decir.

Luego se llegaba Mariquilla al oído y le decía que su señora Dª Francisca, hermana de mi ama, le había mandado fuese a buscarle, porque ya sabía cuán su apasionada era, y ella lo había hecho muchas veces, y la habían respondido que ya no vivía allí.

Y por esta orden iban diciendo los demás, con lo cual le quitaban el dinero, pidiéndole que con el bocado en la boca volviese a la tarde, y mucho antes ya estaban fuera; y cuando a la mañana las hallaba le contaban las desgracias que desde que salió en aquella casa habían sucedido, y que no estaban aún para verse a sí mismas. Y él cogía las escaleras muy satisfecho de que todo era mentira, porque el avisado sabe que las mujeres sin maestro saben llorar, mentir y bailar.

Teníamos un escudero con obligación de acompañar las fiestas, y todos los días la tuvo, por no pasar ninguno que para ellas no lo fuese. Éste era hombre que no se le caían de las manos los Concetos de Ledesma ni los antojos, o de las narices o de las orejas; y tan insigne que si acaso entraba alguno sin que él lo supiese, se iba por las calles y por el olfato entraba en su casa, y aunque fuese hombre de cuatro anas de caída se le comía de sopas en vino. Fue zapatero en un tiempo y según decían mis amas estaba perdido por ser demasiado bueno, y para volver en sí ganaba descosiendo lo que mal cosiendo perdió.

Era en esta casa el logro de peor condición que todos los que se usan, porque el que más suelto vive en eso gana con cien ducados otros ciento, mas aquí con un faldellín se ganaban doce, y si todas las veces no sucedía para que esto se hiciese —porque si es verdad que Ovidio no dio arte a los ricos, como él mismo dijo, y se le dio a los pobres, y no hay necesitado que no tome lo que le dan—, y a fuerza de habilidades, buen talle y cara con algunas promesas —cosas que aun a las más interesables tal vez ciegan— llevan éstos lo que otros con muchos dineros.

Eran estas damas como los que venden y juegan barquillos, que aunque pierdan una cesta, con una mano que acierten quedan aún mejor que ellos, si quedan con ganancia cuando los otros desquitos.

Sucedió pues que mi amo murió de no orinar, ¡y lo que hay en ello es que él se orinaba, sino que el orinal estaba quebrado! No derramé ni una lágrima, porque pocos días antes, entrando de fuera, la estaban probando un vestido a su mujer y allí el que se le había dado, que era el que tenía a cuestas toda la casa, muy pariente de mi señor por parte de su mujer, y le dijo:

—¿Qué le parece a vuesa merced, señor Fulano? No se case si no le dan cincuenta mil ducados, porque este vestido me cuesta dos mil reales.

O si no, vea vuesa merced si fueran justamente derramadas por hombre tan infame.

Las cosas todas que en el mortuorio hubo no contaré por no ser enfadoso, mas no le privaré de las esenciales. Digo, señor, que se hallaron a la cabecera de mi amo las amigas de mi ama y cantidad de yernos de mi señora la mayor. Éstas tenían las caras en ayunas y las bocas secas de rezar, porque en muerte de marido de amiga es una de las condiciones de la amistad que no se la han de lavar. Llevóse Dios al callado varón un lunes a las diez de la noche. Despojaron las amigas a la viuda de una basquiña y faldellín de seda que tenía puesto, trájose un manto de anascote y unas tocas para el día siguiente; y para cenar la presente noche a dos o tres empanadas por barba, porque ninguno de los que presentes se hallaron se tuviera por buen moro si no enviara como si el compañero no hubiera enviado.

Lo que aquellas mujeres a un tiempo lloraron, comieron y bebieron se creerá en decirlo dellas. Hízose hora de recogerse y porque no se quedasen solas sin algún hombre, se quedaron de buena conformidad todos. Dónde o con quién yo no lo sé, porque un pariente de una de aquellas damas, llamadora de la cofradía, Marica y yo, nos comimos ciertas resultas que sobraron, y luego nos dormimos, mas sé que ninguno salió fuera.

A la mañana fue el entierro y la representación del papel de la viuda y la ayuda a todo de las buenas compañeras. Pasó aquel día y el siguiente vino una dellas con una manga llena de ciruelas de Génova y bizcochos, porque tuvo nuevas que mi señora estaba con desmayos, y fueran más verdaderas, que estaba ahíta. Ésta puso cada desmayo a ciruela, y en viéndola que se quería trasponer ponía ella la mano en la manga y sacando una della y diciéndola: «¡Ea, ea, boba! ¿Hemos de tener en qué entender?», la entraba una dentro. Ella mostraba sentirlo, mas nunca escupió la ciruela y siempre el hueso.

Ésta cuidó entonces de dos cosas: la una de cebar el pichón y la otra de que se tuviese cuenta si venía el dueño, de quien no diré quedó en quieta posesión, pues siempre lo estuvo, para lo cual preguntaba a Mariquilla si había subido arriba; y era el caso que la tal iba a la azotea en vida del señor a atalayar, si venía, para avisarle a él si entraba o no, y a ella si estaba con otro para que le ascondiese. Respondía entonces la viuda:

—Ahí ha estado, que poco ha se fue. ¡Déle al diablo, que no estoy para tomar más penas, y ese hombre me pudre! ¡Ah —repetía en aconsejándola que no hiciese tantos estremos— que no sabía nadie cuán bueno era mi marido!

Y decía muy bien, que aunque todos entendían que era bueno, ninguno llenaba todo lo que se le debía dar.

Pasaron días, fuese hoy aliviando un poquito la viuda y mañana otro poquito, tanto que vino a parar en saya grande de gorgorán de Toledo, y debajo los faldellines de cuando casada. Pasaban en aquella casa cosas que ni son dignas de escribirse ni de que se sepan, mas diréle a vuesa merced una que a mi parecer es donosa.

Averiguó nuestro dueño cierto peso falso un día que non debiera, y viniendo a casa determinado de echarla toda por la ventana abajo, entró sin hablar palabra y calado el sombrero. Ella, que estaba no con poco temor, le dijo, viendo lo mucho que callaba, si traía alguna indisposición, y él, no responder. Ya reventó y la dijo aún no lo que merecía, y que le diese su ropa blanca, que no había de entrar más en su casa. Ella dijo que estaba presta de lo hacer con tal que viniese allí primero la amiga que la cebó con ciruelas de Génova. Él que ni se había de detener ni había de venir. Ella que se desengañase, que no lo hacía por no perderle, sino porque ya que se fuese quedase con la opinión que con él injustamente había perdido.

Al fin fue por la amiga un criado del ofendido reñidor, la cual, así ella como la criada Marica y yo, sabíamos lo que se había de decir. Llegó la amiga sin alcanzar la respiración y diciendo: «¿Qué hay por acá que me sale el corazón del cuerpo?», contósele lo que pasaba y levantándose la recién venida y sentándose en la silla que al lado del mesurado estaba, le dijo:

—Amigo, no será cristiano si no me cree. Esta pobrecita tenía algunas cosillas de oro que ya no ha menester porque su hábito no las permite y porque no se quiere volver a casar, y fue a la platería a deshacerse dellas porque dice, si quiere que se lo diga, que querría aliviarle de muchas cosas, que la llega al alma verle gastar en ellas.

—Deje eso, amiga —dijo mi ama—, y vaya a lo que hace al caso, que yo no estimo la hacienda en comparación de lo que quiero la honra.

—De allí fuimos en casa de un letrado, grande amigo del que pudre, a pedirle que viniese a ver unos papeles, y junto con eso a darla parecer en el pleito que la han puesto, y a eso estuvo aquí ayer y había estado a esotro, y si no me quiere creer, sal acá, Inés, di aquí lo que ayer hicimos como si te confesases para dar el alma a Dios.

Decía lo propio, luego llamaba a Mariquilla y decía como la que se lo habían preguntado algunas veces porque no errase. Tras ésta venía yo, y también: «Como si te confesases Lazarillo.» Yo ponía las manos jurando que unos frailes descalzos no hicieran lo que mi señora y su madre de la que estaba presente hicieron; y yo sólo me confesaba bien, porque era verdad que los que he dicho no hicieran lo que ellas hicieron. Era cosa muy para provocar a risa oírla repetir a menudo en el discurso del cuento: «¡Ah, este mi corazón tan leal!»

Luego que yo acabé de firmar se levantó mi ama y llegándose a él le dijo:

—Sepa que soy honrada, señor Fulano. Sepa que soy honrada y váyase agora con Dios y bendito sea el que me ha sacado de tan gran tormento. ¿Ello no se había de acabar? Pues mientras más presto mejor para los dos.

Dicho esto se entró en un aposento y el criado cargó con la ropa. Al bajar le dijo nuestra amiga:

—Déjemela acá, llevaréla a mi casa, porque en la suya no digan que ha estado en la de alguna sucia, pues la envía sin lavar, quede para eso en buen hora.

Cogió la ropa ella y a él del brazo, que estaba ya como unas martas, y diciéndole:

—Venga acá, ¿por qué ha de ser tan terrible que todo lo ha de atribuir a mal convirtiendo la triaca en veneno? Estáse estotra desvelando en cómo le dará gusto y él en cómo se le quitará. Mire que no se han de apretar tanto las mujeres de bien, entre allí y desenójela.

Hízolo él como un buen Juan y enojóse ella entonces, y todo vino a parar en condenarle en costas por haber mostrado satisfacerse de la recebida información, y era muy más que razonable bellaco.

Ara, ¿no se reirá vuesa merced de que un hombre se persuada a que las amigas y gente de casa han de condenar a quien deben amistad, particularmente siendo todos cómplices en el delito? La amiga digo, que nosotros los criados no teníamos culpa, pues habíamos de hacer lo que se nos mandaba.

Por aquella vez y aún por otras pasó por lo que se le decía, que ya estaba tan sujeto que le vendían ella y las demás amigas. Pero enfadado tanto desto cuanto de gastar tan largo, se concertaron él y los demás pagotes de las otras, y llevándolas a una huerta sola y apartada de que ellos tenían la llave, ansí a ellas como a sus madres y a la gente menuda de casa, nos desnudaron a todos en carnes, y atándolas de dos en dos, muñeca con muñeca y pie con pie, nos dieron azotes de tres en tres. Yo casi me escapé dellos porque dije:

—Señores, suplico a vuesas mercedes me oigan. Nosotros los criados ¿qué culpa tenemos si somos mandados y debe un buen sirviente en fee de lealtad procurar que, con razón o sin ella, vivan los suyos cuanto mejor, pues es menos hacer lo que se le mandare? Estas señoras padezcan lo que pecaron, que yo, es Dios buen testigo, que soy virgen y según veo a vuesas mercedes de enojados espero ser mártir. Y vosotras, madres, que aunque en carnes, no estáis como las vuestras os parieron, porque entonces era con un solo pecado en que vosotras no consentistes y ahora estáis con muchos en que de voluntad habéis venido, ¿no cae aquí bien, os prometo, la trova que dice?:

Digádesme, aleves condes,

¿qué fallastes en mis fijas?

Lo cual dije cantado. Consolóme mucho verlos reír, porque me pareció que me libraría de la nube de azotes que me amenazaba. Fue ansí, porque diciendo uno dellos:

—Pésame que a éste hayamos dado ningún azote, porque además de tener razón en lo que alega le quiero para mi criado —lo cual no acepté, y no era de las peores comodidades del mundo por ser hombre ocupado en papeles de la contaduría, cuyo menester es antídoto para la necesidad, porque ansí como los enfermos cobran salud con el agua de aquella planta en que Dios habló con Moisén, más por necesitar della que por este milagro, ansí viene a ser esa ocupación agua de zarza contra la mala ventura.

Desatáronnos a mí y a la dicha Marica, que conmigo lo estaba, la cual, ansí ella como las demás criadas grandes y pequeñas, tenían mejores caras que sus amas, porque siempre en semejantes pupilajes es común esto, de donde salen para quedarse dentro, y importa más una dellas en una casa que un despensero, porque él va a buscar lo que muchas veces no halla, mas ellas en tiempo de falta de pan, carne o otro mantenimiento tienen media docena de primos bodegoneros, cocineros, despenseros y otro género de gente que se lo traen a casa.

No me pasó por el pensamiento estar con quien me ofrecía la suya, ni con ellas, ni en Madrid, y en mirándolas dije:

—Este pago merece quien sirve a… —y volviendo a ellas, dije—: La boca tengo llena de pees.

—¡Échalas —me aconsejó uno—, que te ahogarás!

Yo lo hice, y como la tengo tan grande hubo pees para todas y para las que de ellas fueren y serán.

Azotáronlas cruelísimamente, y es tal la ira de la mujer que, con verse en aquel estado, ninguna blandeó, antes les dijeron tantas bellaquerías que, cuando yo no las hubiera conocido, viniera por oírlas en quién eran. Merendaron muy bien ellos y miráronlo ellas hechas un infierno de cólera, y acabada la fiesta les tomaron los vestidos y joyas y las dejaron de aquella manera, y se fueron ellos a sus posadas; y yo desde allí camino de Cigüenza, de donde salí a otro día de como llegué, por hallar la comodidad que vuesa merced verá.

Capítulo 7. Cómo se acomodó con un santero. Cuenta su vida y costumbres

Parece ser que cierto santero o ermitaño que habitaba una ermita doce leguas de allí, vino a un negocio que ya tenía concluido y se volvía de mala gana sin un mozo que le aliviase de muchas cosas a que no podía acudir, y que le importaban dineros si a quien encomendárselas hallase. Viome junto al Carmen y echáme cuatro ojos y yo a él dos, porque no tenía entonces más antojos que de salir de con aquellas mujeres de quien venía huyendo. Llegóse a mí y díjome:

—Paréceme que nos hemos mirado los dos tiernamente y que no nos hallaríamos mal si nos conviniésemos en habitar una misma posada.

—Ansí es —respondí yo—, a no impedirlo no tener voluntad de ser ermitaño.

Él me asió del brazo y riéndose me dijo:

—Este hábito, hijo, aunque no es de seglar, puedo cada y cuando que quisiere dejarle, porque yo tengo a mi cargo una ermita de que no sólo soy señor, más aún de todos los lugares circunvecinos a ella; y tanto es verdad que el tiempo que estoy ausente de mi reinillo —si conforme a como en él me va he de hablar—, está la gente que he dicho desconsolada, ansí que te podías venir conmigo donde puesto otro hábito como éste que yo traigo, si te hallares bien te quedaras, y sino, yo te prometo desde ahora para entonces ayudarte en cualquier cosa que intentares, como si lo hicieses.

Vine en lo que me pedía y salióme tan bien que hoy lo echo menos. Compróme sayal para hacerle y, acabado, nos fuimos en nombre de Dios a dar principio a la mejor vida que después acá tuve; y aquí tuvo fin el diminutivo de mi nombre.

Partimos, y por el camino me dijo en lo que había de entender y las horas que había de ocupar en ello y las que había de descansar, porque como él me dijo entonces:

—¿De qué momento son las prosperidades si no hay tiempo para gozarlas, si ya no es que los favorecidos de la fortuna en las mismas ocupaciones le gozan? Como que me llama mi amo cuando he de comer, pues gozo en esa inquietud el favor de que sea a tal hora, porque soy yo el electo para privar y no otro, que no duermo, que es el día un soplo para mí, porque todo lo he de ocupar en mi dueño, pues gozo en eso lo que valgo, si por ello me han menester muchos.

Ansí que, dejando la moral aparte, digo que mi buena suerte me encaminó a este hombre o a esta piedra imán, que con tan dulce beneplácito de los atraídos se llevaba a una regalos, dineros y voluntades. Y pasa de la manera que diré: él tenía devociones para las casadas que deseaban hijos, oraciones para diversas cosas, remedios para mil enfermedades y algunas veces hacía algo por acabarse el humor o porque la que no paría hizo menos remedios para parir y se le atribuía a él el efecto, fuera de que todo lo que daba era santo y bueno; concertaba los mal casados y era casamentero.

Mi ocupación cotidiana era ir a los lugares con un pollinejo a recoger huevos, pan, carne, pescado, hornazos de aceite y todo lo que podía traer; no difícil de ser creído si he dicho que eran suyas las voluntades. Y como fuese ansí que nos sobrase tanto, regalábamos a otras personas pobres de otros lugares, con lo cual traíamos de los ricos más que lo que dábamos, y esto se vendía.

Lo que los dos comimos es vergüenza referillo, porque como mi buen compañero supiese de cocina, teníamos los más días sopa, y muchos dellos dorada, y un pedazo de buen tocino, perdices o ganso relleno —que también era hijo de casa y lo hacía él por excelencia—, y tal vez algún guisadillo con ello; y la olla con la fruta según el tiempo, de que comía poco. A la noche poníamos al fuego un asador tan corto de talle que apenas había por dónde le tomar para darle vueltas, o un gran pedazo de carnero de que solía hacer un gigote. Y con todo esto prometo a vuesa merced que era buen hombre, cosa que a mí me causaba no poca admiración, porque un cuerpo tan bien comido y mejor bebido, como luego diré, suele ser travieso.

Ara pues, cenábamos los dos solos y bebíamos como si estuviéramos acompañados. De lo caro era lo de las cenas, porque decía que a tales horas había de ser lo mejor, pues faltaba el sol en ellas; y a mediodía otro, sino tan bueno poco menos. Los segundos postres eran decir luego cosas que hicieran reír a un hombre que no tiene dineros. Mire vuesa merced qué graciosas eran, es verdad cierto que el día de hoy estoy sentido de las noches que me dormí, pues por el sueño dejé de gozar lo que he dicho.

Acuérdome que una noche que me piqué de reír y estuve en vela, dio en que había de salir a recibir a una su hermana que yo nunca supe que la tuviese, para lo cual abrió la puerta, y como diese la luna cerca della dijo que venía el río crecido, y se descalzó para pasalle encomendándose a Santiago; y no le había dos leguas de allí, mas tal creciente llevaba él consigo que le hizo parecer río lo que era luna, y tan caudaloso que le forzó a desnudar y echarse a nado. Yo salí tras él y también me descalcé y desnudara a no mudar de intento, porque era verano y dentro de breve tiempo lo había de hacer. Entramos en casa y cuando pensé que estaba en declinación la enfermedad vi que aún no había llegado al aumento; y dice que su hermana es una gran señora y que la ha de poner la casa como a tal, y el primer oficio que había de señalar en ella había de tener nombre de inconvenientes, que éste fuese a la mano o advirtiese que no se diesen a uno las cosas que pertenecían a otro, y para ello diese causas, porque era terrible cosa premiar quizá a alguno inmérito sin saber quién era este tal.

Era tanta mi risa que no le pude preguntar nada, porque mirar un hombre con una barba muy larga, largo también el cabello, con antojos y en carnes, ¿a quién no provocará a la que he dicho? Yo me privé por mi mano de aquel buen rato porque echándole agua fría en el rostro y cuerpo volvió en su acuerdo, y si entonces se detuvo más que otras veces fue porque no despojó el estómago como solía, con lo cual se libraba del daño, que aquella noche no. Otras veces quedaba devoto, estábase mi elevado como el que dormita, que está tan despierto como dormido, y entonces decía sentencias; y como fuese aquel día uno de las tales noches, me dijo:

—Lázaro, estoy discurriendo entre mí en cuán grande es la providencia de Dios y cuán grande la malicia de los hombres. Al paso que se acuerda de nosotros cría para su servicio tanta diversidad de cosas, y porque los pobres no pueden comprar perdices, críales vaca, porque un pedazo de la pierna della tiene tan buen sabor como una perdiz. Pues llega el rico glotón a quien sobran los regalos que al pobre faltan y dice: «Regalo es un pedazo de vaca de la pierna, pues enviemos por ella.» Va el criado y porque es para él, dánselo, y quedan las faldas y costillas para el pobre.

—No me parece mal el discurso —dije.

—Ansí Lázaro, pues, mira hijo que estés muy bien con los borricos, no los trates mal.

—¿Y por qué, señor? —respondí yo.

—Porque si faltaran en el mundo tú y yo y otros pobres habíamos de hacer lo que ellos hacen, o si no, mira si habiéndolos, por ser más suave que su andar, llevan dos pobres en una silla a un rico.

—Mucha razón tenéis —decía entonces viendo cuán bien probaba su intención.

Luego que esto había pasado quedaba tan vivo en todas sus acciones que se podía dar mucho interés por su compañía, porque de ella, como he dicho, se medraba saber y comer, y cómo se había de ganar para en adelante. Y yo medré eso y esotro y latín, que muy bien me enseñó. Y porque conozca vuesa merced cuán buen gusto tenía, le quiero presentar un plato regalado de una premática que una noche hizo, y yo, como tan aficionado a su ingenio, escribí y guardé, ofreciéndole otro para en adelante, volviendo después dellos a seguir lo empezado.

PREMÁTICA

Que ninguna persona de cualquier estado o condición sea tenida por cuerda si dijere hará con cólera cualquier disparate, y que sin ella es como un cordero.

Que cualquier persona de alta o baja calidad pueda, mientras no hallare enmienda en ellos, reñir los descuidos domésticos, sin ser tenido por de mala condición, mas que si corregidos, los repitiere algunas veces, que sea desde luego condenado ya que no es bien entendido, a que curse por una semana el lado de un hablador, y que beba toda ella caliente.

Que sea tenida por necia toda persona que pudiendo consolar al necesitado con obras, le consolare con palabras.

Que el que llegare a dar consejo a otro, mientras no se le pidiere, le haya de dar primero cierta cantidad de dinero, conforme a la calidad de la persona a quien se da; y donde no pueda, querellar dél.

Que ninguna persona no se atreva a decir: «No se ha de llorar lo que no tiene remedio», pues para ello son las lágrimas.

Que ningún hombre se atreva a salir de casa con ojos azules.

Que el que los tuviere, y junto con ellos fuere blanco y rubio, anduviere menudito y hablare con afecto, no pueda traer daga ni espada, sino muchas cadenitas, un cabestrillo y banda, y que pueda decir: «Tengo jaqueca» y «Enconado el vientre».

Iten, que si sintiere cuchilladas en la calle se pueda abrazar de su mujer y decir: «Amiga, aquellos están borrachos.»

Iten más, que pueda decir: «Voy a hacer aguas», y las haga como las mujeres se ponen para ello, y responder enojado: «¡Por vida de mi madre, que le tire un canto!»; y es nuestra voluntad que puedan ser devotos de monjas.

Iten, mandamos que si el susodicho de los ojos celestes fuere moreno, que se meta a diablo.

Que no sea tenido por galán el que no tuviere buenos pies y piernas.

Que, atento que hay muchos hombres que olvidados del oficio y opinión de sus antepasados, viven soberbios, haya otros que de cuando en cuando se lo acuerden.

Que, el que tuviere espesura de barba y cantare falsetes, se vaya a la cárcel y se meta en la capilla.

Que ninguna persona de alta o baja calidad sea osada decir que ha hecho más en haber pedido que otro en haberle dado.

Que los letrados mozos hagan algunas cositas de sus manos de que coman.

Que los rocines de los caballeros de primeras tonsuras no puedan tener más de tres varas de largo y dos y media de alto.

Que no haya bobos.

Que todo comisionario sea chiquito, carirredondo, alto de cintura, tenga los ojos pequeños y los pies anchos.

Que ninguna persona se atreva a ponerse montera y ropa mientras no fuere gangoso o maestro de escuela.

Que el salmo de Benedictus, que se acostumbra decir al echar en la sepultura al difunto, si fuere hembra, le diga el viudo con gran devoción puestas las manos, como el que ha recibido tan gran beneficio.

Que nadie diga que no se ha de reñir por mujeres ni por comer.

Que los graciosos puedan emborracharse sin que se les tenga a mal, pues también es del oficio, y se hacen por ese camino calientes, siendo ellos fríos.

Que todo músico de cítara no pueda comer más que fideos y almendradas, y que se vista de oropel.

Que todo casamentero que quisiere disponer de su persona se entienda haya de ser con comadre, porque frisa lo uno con lo otro.

Que haya diputados que recojan los escribanos y los lleven al sermón.

Iten, que no puedan jurar más de ansí: «¡Dios me saque de pecado!».

Tocante a las mujeres, mandamos que no sea tenida por dama, aunque se quiebre por la cintura, la que bebiere vino, salvo hipocrás, y cocido, porque entonces es golosina y no costumbre.

Iten, que traigan en lugar de chapines, pantuflos o zapatos de cuatro suelas, que no puedan traer cartón, ni decirse don, ni largo el talle, ni jugar con barros, ni estar opiladas, ni tener horadadas las orejas, ni traer puños grandes; y mandamos que en la ocasión que se ofreciere digan: «No quitando lo presente.»

Que, atento que estamos informados que a las discretas graduadas por los sermones de antes que amanezca, no se les guardan sus preeminencias, mandamos se les guarden, so graves penas.

Iten, que presidan en las conversaciones, guardándose la antigüedad las unas a las otras.

Iten más, que traduzcan y hagan libros; a las cuales concedemos, por el continuo estudio, beban un poquito de vino aguado.

Que si las susodichas se cartearen con sultán Solimán no puedan entrar en licencia de dotoras, porque eso se ha de quedar para cuitadoras.

Que se permitan las terceras, pues evitan de mayores daños.

Que toda dueña haya de usar debajo del monjil calza entera y traer botas.

Que ninguna mujer pueda decir parió de trece años y que se le cayeron los dientes del primer parto.

Que si el marido riñere por el mal gobierno de casa no pueda responder la mujer: «Soy honrada», pues en ello se encierra lo uno y lo otro, y no se casó para lo contrario.

Que solas las que pasaren de cuarenta años puedan jurar: «Por el siglo de mis padres» y decir: «Tomo y vengo y, ¿qué hago?»

Iten, que empiecen la carta diciendo: «La de vuesa merced recebí.»

Que toda mujer con estremo roma bese con trompeta, por el defeto de sus narices.

Iten más, que si fuere con esto boquihundida, haya de dar un real y un cuartillo a quien la mirare.

Que ninguna mujer viva hasta más de treinta años, y si fuere casada solos veinte, aunque se haya casado seis días antes del cumplimiento dellos.

Que la mujer que probare no haber abierto su boca para dar tan gran pesadumbre como es pedir, ni su criada por ella, viva, si no fuere casada, los treinta años y veinte días más, y si lo fuere, los veinte años y veinticuatro días sobre ellos.

Que toda mujer limitada de carne sea tenida por vaso penado.

Que las busconas se contenten con lo que se les diere, pues vienen ellas a rogar.

Que las monjas estafen cuanto pudieren.

¿Quién duda sino que habrá vuesa merced reparado en qué quiere decir que no haya bobos? Pues hágole saber que no ganará las albricias, porque trasladándola, yo hice lo propio, y preguntándoselo al dueño me dio esta respuesta:

—Has de saber, hijo Lázaro, que no valiendo cuanto traen a cuestas muchos hombres años ha seis reales, ni los que al presente traen los vale, nos cuentan grandes cosas de importancia, todo lo cual quieren sea ansí, con la débil capa de un don, y a este paso otros en otras materias, los cuales son, bobos o nos tienen por bobos.

Y parecióme había respondido bien.

Capítulo 8. Cómo fueron los dos a ver un auto a Toledo, cómo salió su madre en él, por cuya causa se partieron para Madrid, y lo que en él les sucedió

Estando las cosas en el estado que a vuesa merced he dicho, sucedió que hubiese un auto en Toledo, y como nos hallásemos en todas las holguras que en los lugares que hasta diez o doce leguas de distancia hubiese, fuimos a él. Llegó el día del auto y puestos en la calle mirándolo con gran atención, y yo en particular como cosa que deseaba y no había visto en mi vida, oigo una voz que parecía salir debajo de tierra y que me dice: «¡Hijo mío!». Alcé los ojos y conocí a mi putativa madre que la llevaban en él para azotarla después de leídas las sentencias, como es costumbre, por haber reincidido en la hechicería y otras cosas. Luego que me vio dijo a los familiares que a sus lados iban que me dejasen llegar a ella; abrazóme, y sacando de los pechos un papel me dijo que rezase aquella oración cada día, porque ella se había librado por ello de muchos males y peligros, pues no esperaba verme ya más en su vida.

Yo la respondí:

—Por cierto, madre, a vos se os ha lucido bien poco, ¿no os decía yo que las habas no eran buenas más que para hacer dellas cazuelas?

Abrazóme segunda vez, y como me doliese haberle llamado madre, la dije volviese por mi honra, pues sabía que no lo era.

Ella entonces dijo cómo me había criado de la piedra y por eso me llamaba hijo, con lo cual y muchas lágrimas nos apartaron, y caminó adelante, quedando yo consolado de lo que me había sucedido con la declaración hecha, y mi compañero con gran gusto, porque en la perdida color conocí su sentimiento, el cual me quería tanto que aunque vio a lo concebido el desengaño me dijo que habíamos de ir a Madrid donde se haría información de la verdad para en adelante, que no dañaría llevármela conmigo donde quiera que fuese, particularmente habiéndome llamado hijo la que iba penitenciada por el Santo Oficio, y habiéndolo oído tanta gente que era fácil a alguno dellos destruirme en algún tiempo.

Fuimos, pues, a Madrid donde nos sucedió lo que a vuesa merced contaré, no dificultoso de ser creído, porque como hay tanta diversidad de gente, no es milagro que mucha parte della sea de depravadas costumbres, y pasa desta manera.

Aposentámonos en una casa de posadas, donde la huéspeda hizo de suerte que no nos saliese de balde y pagámosla tan bien como esto, porque era de las que el diablo empeñó. A medio andar en los años, flaquilla, afeitada, unos ojuelos dormidos y despierta ella en todas sus acciones; y tenía, para decirlo de una vez, arrendado el mesón; y antes había sido ventera, y al presente lo era en el trato. Tenía demás desto una niña de hasta diez y seis años, en todo única heredera de su madre, no fea ni desaliñada; y como mi compañero trajese debajo del saco de sayal una cadena que llamábamos la Luz, que pesaba docientos escudos, y la huéspeda se entrase a departir con él las más noches y se la viese, estudió cómo quitársela.

Salió con ello la bendita mesonera, que nos trató como a moros, circuncidándonos la carne que la dábamos que nos cociese y guisase, y fue este el cómo:

Ella estaba amigada con un alguacil, por cuya causa tenía fáciles las salidas a cantidad de maldades, y concertaron entre los dos que una noche se quedase la hija con él a solas y que hiciese lo que, como la que lo era de su madre, sabría, y que entrase después el alguacil y un escribano, como fue. El cual los halló a escuras y sentados sobre una cama. Traza de la mozuela, porque como él lo estuviese sin saber que entraba, se sentó en ella. No fue menester más para que él hubiese sido, en lo que se puede entender, el malhechor. Recibiéronla a ella su declaración y dijo que desde que aquel hombre entró en su casa la había solicitado y perseguido, y que ella siempre huyó dél, y que aquella noche, yéndose a acostar, la llamó para que le trajese un poco de agua, y que llevándosela cerró la puerta y la forzó, y que ella no pudo dar gritos por haberla tapado la boca; lo cual decía con tantas lágrimas como si fuera verdad, y no había hecho la madre más que salir del aposento y entrar el alguacil, en cuyo tiempo se acostó para salir mejor con su intento. Con este dicho asió un corchete de mi compañero para llevarle a la cárcel, el cual no se defendió ni dijo nada contra ello, porque como tan entendido sabía que ellos sentían lo contrario y que aunque mucho hablase no había de servir de nada.

Llevábanme mi buen amigo, a quien por hacerme bien sucedió lo presente, y a mí el alma, mas lo uno y lo otro volvió: la cadena a él —a su aposento— y a mi cuerpo lo que he dicho. El cómo fue ellos lo saben, y vuesa merced lo sabrá después, como los que otras veces lo debieron de hacer, que a mí no me permitieron que estuviese presente. De manera que nos hizo de daño por entonces la venida a Madrid docientos escudos de oro de la cadena y docientos reales para el alguacil y el escribano, con ocho reales más para el corchete.

La prudencia con que él llevó este infortunio y la pesadumbre mía corrían parejas, y tanto que di en que la cadena había de volver a su tronco, para lo cual hice tres cosas: la una, que no nos fuésemos tan presto ni mudásemos posada, y la otra, hacerme muy familiar con hija y madre, y hacerme hiciesen otra de alquimia, como el que tan bien sabría informar el tamaño della porque algunas veces se la dejaba su señora madre.

Hízose ansí y un día de fiesta que la niña, arcaduz por donde vino la joya, se vistió el terno rico, fue ella el principal adorno; y como en el portal la viese me llegué a ella y la dije:

—¡Oh, qué linda estás! ¿Qué parecería yo con esta cadena sobre este hábito?

—¡Póntela!, veamos —dijo ella.

Echámela al cuello y yo empecé a pavonearme y a hacer como los caballos briosos a salir de casa, con cuya carrera me entré en la caballeriza, donde en un instante que volví a salir traía ya en la manga la fina y al cuello la falsa, porque no era razón que habiéndosela sacado ellos a mi compañero teniéndola él en su poder, no la sacase del suyo teniéndola yo en el mío.

—Daca mi cadena, hermano, que harto te has holgado con ella —me dijo.

Y yo me la quité y echándosela al cuello la dije que no tan sólo aquella la quisiera volver, mas junto con ella otra de diamantes. ¡Tal salud la venga como yo dije verdad!

Luego fui al aposento y dije a mi hermano que aquella noche no habíamos de dormir en Madrid; hizo lo que yo quise y por el camino me fue contando el caso y cómo apenas se hubo salido del aposento la madre y entrado la hija, cuando, sin tener el lugar de tomarla la mano —aunque tuviera intento dello—, les echó la justicia a cuestas.

—¿Y cómo os sacaron la cadena?

—Bajó llevándome a la cárcel el vecino que vivía sobre nuestro aposento y habló con ellos aparte y díjoles que qué parecería en la calle un pleito como aquél, particularmente en un hombre de mi hábito. «Y aun eso hace mayor el delicto» decía la madre. «Calle, señora» respondió a esto el honrado concertador, «que es mujer y no tiene prudencia. ¡Vive Dios que no venga nadie a posar a su casa! ¿Qué quiere ahora?» Y todo esto lo oía yo muy bien, aunque estaba aparte, porque ellos me pusieron para ese efecto donde me fuese fácil. Llegóse el algibista vecino que concertaba lo que yo no desconcerté ni por el pensamiento me pasó, y díjome cuánto me importaba no parecer en la cárcel por hábito y reputación, y porque los jueces tomarían muy mal el negocio y podría ser, además de costarme muchos ducados, que me desterrasen por ocho o diez años, si ya no era que me hacían casar con ella; que su parecer era que la diese algo para ayuda a su dote, y que a él no le movía más que serme aficionado y quererme librar del mal que me amenazaba. Decía verdad en todo lo demás, si mentira en que era mi amigo, porque la cama estaba tan bien mullida que sin mucha gana se podía dormir en ella, y cualquier juez me condenara aunque no tuviera mucha voluntad a ello. Por cuya causa, después de dadas gracias por la recebida merced, le pregunté qué sería bueno darla, sin decille no tenía parte en el pecado que me imputaban, porque lo sabían ellos mejor que yo, y era gastar tiempo en balde, que eran mesonera y hija, vecino concertador, alguacil y escribano unos muy grandes ladrones. Díjome que una cadenilla que me había visto al cuello le parecía estar bien; yo me la quité sin replicar y se la di, y a Dios mil gracias en verme libre de sus manos. Ansí, hijo Lázaro, que de aquí podrás conocer los engaños del mundo y abrir el ojo para en adelante.

Yo le dije:

—Pues, ¿es posible que a un hombre tan sabio le sucediese tal y que no hallásedes modo con que desvanecer su traza?

—No, hijo —me respondió él—, porque a las esechanzas no se estiende la prudencia ni la hay tan grande como atajar males en que por fuerza se pierde en que se sepan, porque cuando fuera delante del juez, ¿qué pudiera decir que deshiciera lo escrito, ni qué dijera tan bueno como no decirlo allí? Que es lo más cierto no acertar y cortarse el que más alcanza, que aquellos señores engendran miedo háyase cometido o no el delito.

Acuérdome que visitándose en la cárcel de corte una moza de servicio porque habían faltado de en casa de su amo unos platillos de plata, dijeron: «Ésta lo ha hecho, mirad cómo se ha puesto colorada.»

Respondió ella: «No por esto entienda vuesa señoría que soy la agresora del delito, que delante vuesas señorías, no la color, mas aún los dientes se deben mudar.» Dijo bien, y siente mal el que dice que no come la cárcel, pues come ella la honra y los menores ministros la hacienda.

—Por cierto, señor, que cuando vos entráredes en ella que importaba poco, que viendo vuestro buen talle y persona, no se había de presumir que haríades cosa tan sin acuerdo y os echaran por la puerta afuera.

—Hijo Lázaro, en cuanto a que en viéndome se presumiera lo contrario, digo que eso agravaría más mi delito, y no es considerable que un hombre de mis partes y edad no haría cosa que no debiese, que ya yo he conocido vivir en un cuerpo viejo vicios muy mozos que pretenden encubrir con la autoridad y años que tú dices, y no me echaran por la puerta afuera con información tan bastante para castigarme. Al fin, Lázaro, yo estoy muy contento y ellas muy pagadas.

Respondí:

—Y eso había de ser cuando vos hubiérades llevado algo, que entonces siquiera pagárades con oro fino cosa falsa, pues es cierto que en aquel puesto, como lo imagino, sería.

—Digo otra vez que estoy ganado con esta pérdida y alegre por la razón que tú estás disgustado, que carecer de culpa es muy gran consuelo.

—Ara, señor —le dije—, ¿conoceríades vuestra cadena?

—Como el que la ha criado tanto tiempo a sus pechos —dijo él.

—Pues ved si es ésta —y enseñésela.

Tomóla y mirándola me dijo:

—¿Qué es esto, Lázaro?

—Una cadena.

—Pues, ¿cómo la tienes tú habiéndosela yo dado a las otras?

—No teniéndola ellas.

—¡Hasme concluido!

Entonces le hice sabidor de lo que a vuesa merced he contado. Estimó mucho el cuidado y diligencia, y díjome que nunca a él le engañaba el ojo, porque halló verdad lo que en el rostro me había leído. Yo me mostré obligado prometiendo serle fiel amigo por todo el tiempo de mi vida, y que para ayuda de costa del camino me contase quién eran sus padres, dónde nació y qué infortunios habían traído a hombre de sus partes al estado presente.

Él me respondió:

—Lázaro, yo te quiero como a hijo, y para que con efecto veas ansí en lo que me acabas de pedir como en lo que hasta aquí he hecho cuánta verdad sea, quiero darte gusto en ello, aunque en el discurso las lágrimas verifiquen la verdad de lo que te cuento, que nunca en hombres fueron mentira ansí como en ningún tiempo verdad en mujeres.

Capítulo 9. En que el ermitaño cuenta quién es y qué causas le trajeron a aquel estado

—Yo, hijo Lázaro, nací en Barcelona, ciudad antigua y noble, ansí por sus muchos y soberbios edificios cuanto por los hijos, que tanto en letras y armas la han ilustrado. A ésta hermosea la bella playa de quien, aunque tan muchacho, tantas veces habrás oído hablar, en donde de ordinario se veen castillos de diversas colores, cuya marina es apacible sitio para las pocas tardes de invierno y agradable paseo para las de verano, donde cuando el sol se esconde, diversidad de coches muestran muchos por uno que por entonces se encubre. Allí, Lázaro, verás tantos Narcisos a caballo discretos y corteses con las damas, diestros y entendidos en las demás acciones. El gobierno que en esta insigne ciudad siempre haya habido se conocerá por la tranquilidad de que sus moradores han gozado, a que ha sido compañera una recta justicia, causa principal de la tranquilidad que he dicho.

De sus fiestas no hablaré con encarecimiento, pues ansí las humanas como divinas se han exaltado con decir que se celebraron en Barcelona, a donde en particular los días de Nuestra Señora, Corpus Christi y Jueves Santo devotamente se arden de noche las calles, de día los templos, y con tanto exceso que para que pueda entrar la gente sacan los blandones fuera. De sus fiestas te diré o no te diré nada, ¿nunca oíste decir las carnestolendas de Barcelona? Mas porque sepas dellas algo digo que desde Navidad empiezan. Allí los caballeros muestran que son tan hábiles para las burlas cuanto determinados para las veras. Salen los que te he dicho, y la demás gente ordinaria que dello gusta, de máscaras con diversidad de invenciones: cual saca tres o cuatro carros que parecen los del sol, con diferentes músicas y graciosas apariencias; cual a caballo vestido de moro con costosas y nunca vistas invenciones, tirano de las voluntades que le miran; cual vestido de viejo, reprimiendo los bríos de mozo, acompaña cuatro o seis damas y a cada una dellas cuarenta corazones. Éstas van más de ordinario en coche y sin más invención que una máscara margenada del mismo rostro, pero muy bizarras. Otras veces van a pie y entonces se goza mejor de su mucho entendimiento, porque llegándose a ellas se les puede decir lo que cada uno gustare, como sea honesto, a que ellas responden con agudeza.

A la noche hay sarao en diversas partes: los señores en la casa de uno dellos, los que no lo son en otra de otro, y desta manera por los demás días de las semanas, porque allí, Lázaro, cada uno es estimado por lo que es, y en diciéndosedon es señor, y en esto no hay que poner duda. Puestos pues en la sala, viene una copia de menestriles y otros instrumentos, y todos juntos empiezan el sarao, danzando después dos o cuatro solos, galán y dama. Allí verás la primavera reducida a pequeño sitio, o para decirlo como ello es, creo que cuando la gozamos vistosa ha sacado de allí la muestra, o que es aquella sala su recámara. Las invenciones de los tocados, la cantidad de diamantes y otras joyas, con ser tanto y tan rico, no llega a la excelencia del arte con que está puesto. Danzan ellos con gravedad y buen aire, y ellas con tal gracia y bizarría que parece que el arte y natural pusieron allí el non plus ultra.

Acábase el sarao y empiezan los cuidados de los amantes hasta que el importuno día les traiga con su vacante el alivio de sus penalidades. Allí es procurador en su causa propia el que honestamente y para buen fin pretende; cuál desesperado maldice su poca suerte; y destas dos causas nace un torneo para el día siguiente. Allí verás diversidad de galas: cuál se viste de verde, cuál de negro, cuál de leonado y cuál de pajizo, conforme al estado en que su pretensión está.

Con la valentía que aquellos caballeros se muestran te lo daré a entender en decirte que son españoles y enamorados. No parecen burlas, Lázaro, y muchas veces suele venir a veras, porque la sangre española al son del parche se viste de ira, como otras naciones al de la vigüela de mujeriles acciones, sin haber para ello más razón que la valentía que nuestra España reparte a sus hijos. De allí o de otra noche resulta una justa real: hácenlo tan bien como los que a menudo se ejercitan en ello, y cada año dan cuatro o seis veces cuenta de lo que en él han estudiado y de la ventaja que al pasado hicieron. Hacen otras cincuenta invenciones con lo cual se hallan en el domingo de carnestolendas. Lo que en aquél y en los dos restantes días hay en la ciudad es imposible contártelo si no lo ves. Pónense en aquellas calles a trechos unos candilones, de manera que se arde toda ella, y por ellas va todo el lugar y seis mil máscaras, y en las más calles bailes diferentes.

Acábanse las carnestolendas con alguna invención gustosa. Empiézase la Cuaresma con la devoción que aquellos tres días se han mostrado alegres y regocijados. Los templos sumptuosos que en este lugar hay, la cantidad de gente, la riqueza, no he de gastar tiempo en decirte, pues lo oirás a la fama, a quien se debe mayor crédito.

En ésta, pues, nací, si no de los más nobles, no de los más populares. Hubo en casa de mis padres alguna hacienda, cuyos nombres, pues a ti no te revelo, me podrás creer. No me está bien decir, sólo que no es su apellido el que al presente tengo, ni el propio, ni apelativo. En aquella ciudad, Lázaro, viví veinte años —quiera Dios que darte gusto en lo que me has pedido no me cueste alguna enfermedad a mí—, y desde los siete quise, entonces como niño y adelante como hombre, o para decirlo bien, siempre como hombre, a una señora de mi misma edad que conmigo igualmente, ansí en años como en afectos amorosos, iba creciendo. La igualdad de nuestras voluntades, la posibilidad de nuestras haciendas, la de nuestras calidades, eran causa que sus padres ni los míos no se disgustasen que a cualquier hora entrase en su posada, porque los unos y los otros venían en ellas y nos criaban para casarnos.

Su casa estaba más arriba de la mía y tan pegada que, abierta una puerta que en un tabique hicimos, eran las dos una. Por allí se comunicaban sus padres y los míos, o nos comunicábamos todos. Qué noches, Lázaro, me quedé vestido hablando con ella por la tronera de la llave, que aunque nunca se me vedó hablarla ni entrar en su casa por la razón que he dicho, es en tales pasiones más gustoso el rato que se hurta que el que se concede. ¡Oh, cuánto más amable era para mí la obscuridad de la noche que la claridad del día! Ella con su manto negro vestía de luz mi enamorado pecho, él con su desenvoltura ofendía mis favores ¡Mal hayan, Lázaro, todos mis cuidados, si no estimé en más sus esperanzas que la mejor posesión del lugar!

Oh, qué necio andaría en hablarte más de la persona sin decirte las partes hermosas de que era dotada, que, cuando no las tuviera, bastaba para mí ser de mi gusto, fuera de que era hermosa por tener las figuras todas en proporción, y en esta conformidad lo restante del cuerpo. Y si la pasión no me ciega, no ha acertado naturaleza a hacer otros ojos como los suyos, costosos para mí si bellos para ella. Negros eran, y tan honestamente traviesos que el día de hoy me trae inquieto su viveza. El pelo se crió a esta devoción, y el rostro contrario a lo que he dicho. La frente era espaciosa y no sin acuerdo, que se había de encerrar mucha traición en ella. La nariz, tuvo el artífice por bien, que por ella no se perdiese lo ganado, porque suele de contino ser la que quita quilates a la hermosura. La boca pequeña, los labios gruesos y colorados, con dos claveles que, si se hubieran de marchitar cuando la fee faltó a su dueño, gozara poco de buena boca. Los dientes no eran perlas, que nunca llegaron las de más estimación a serlo de tanta que pudiesen competir con ellos, y para esta parte no sabré epítecto, que todo le viene bajo. En la barba tenía un hoyo o una sepultura de libertades. El rostro era aguileño, a quien de su cosecha, el pelo, enamorado dél, cada día adornaba con sortijas. Lavábase con agua y con unas manos largas, blancas y gordas, a quien ni el calor lisonjeaba ni el hielo ofendía.

A ésta serví trece años, sin los siete que como niños entonces nos gorjeábamos, como los que están ya cerca de hablar, y recíprocamente me amó los mismos. Catorce sirvió Jacob y llevó a Lía y a Rachel, si la una a su disgusto, la otra a todo su querer. Mas yo, a cabo de trece, llevé la mayor ingratitud, el mayor engaño, la mayor traición que en pecho de mujer forjarse pudo.

¿Quién llegó a mis fortunas? ¿Quién pasó de mis agravios? ¿Eras tú la que me dijiste, asida de mis manos, que te viese más a menudo porque añadieses a la vida lo que sin mí todo era muerte y faltaba de tu presencia el día que más cuatro horas? ¿Eras tú la que para llamar al criado decías mi nombre? ¿Eras la que tu dormir era el desvelo, hablando conmigo todas las noches? ¿Eras la que tus fiestas eran estar donde me vieses? ¿Qué día te cansé? ¿Cuántas noches pasábamos en claro? ¿Soy yo el que vivo? ¡No, el que muero sí! ¡Oh, qué de días a solas hablando conmigo y contigo no me acusaba de haberte ofendido con el pensamiento! ¿Cuándo no seguí tus pisadas? ¿Cuándo no adoré tus umbrales? ¿Quién mejor que a ti puedo presentar por testigo desta verdad?

—Teneos, que si bien quiero me deis parte de sucesos tan lastimosos, no por eso quiero que sea tan a vuestra costa —le dije cuando vi que el hábito estaba ya corriendo agua de la que de sus ojos había recibido.

Él volvió en sí y me dijo:

—Prométote, Lázaro, que son heridas que siempre están vivas en mí y que el remedio será la muerte.

—No os puedo responder mientras no supiere qué es lo que lloráis, sólo digo que debe ser cosa de mucho momento la que a un hombre que tan bien sabe, tanto aflige.

—Digo pues, Lázaro, que gozando de esta tranquilidad conocí en ella algún tanto de tibieza, que si la vida no me acabó fue por decirme que sus padres se desgustaban que tan a menudo entrase en su casa. Creílo yo ansí sin que otra cosa me pasase por el pensamiento, y era la verdad del caso que en una principal que enfrente de la nuestra estaba, se había aposentado cierto título, el cual trajo a ella un paje, ni más galán que yo ni más bien entendido, salvo que tañía una guitarrilla y decía a ella unos mal cantados tonos. Éste mudó al aposentillo que su amo le señaló su pobre ropa, y ella en él la voluntad que en mí tenía, a quien la criada que a mí trajo recaudos y papeles se los llevaba ya a él, y tan a salvo de la tercera como la que miraba desde la ventana cuando era hora.

Cantábala o encantábala de noche y lucíasele de día, y aunque yo lo oyese ni formaba dello celos ni aunque los concibiese lo podía impedir, por estar a una ventana baja de su casa. Íbame desfavoreciendo al paso que ponía al otro en las cumbres, y yo atribuyéndolo siempre a no gustar sus padres de la continuación de mis visitas, bien sea verdad que ya se me hacía cuesta arriba. Tan astuto fue el paje y tan bien se le avisó lo que había de hacer, que jamás fue a la iglesia donde ella iba ni a la ventana miró, que no es menester diligencias algunas cuando las fortunas se vienen entrando por las puertas adentro.

Sucedió pues, en este tiempo —y aquí es donde no me queda de hombre más que el tener figura dello—, que matasen en la calle a uno, y como hallase ocasión para gozar de lo que yo cuidaba, la había de impedir; juró ansí ella como la criada que fui yo el que le maté. Estuve por ello dos años en prisión y ocho también estuviera si al cabo dellos no me dijeran que se había casado con el paje. Yo que tal oí, considerando la hacienda por lo menos que tiene que perder el que ha perdido el gusto, me llegué con necia determinación al carcelero, a quien amenazando con una daga, me hizo patente la puerta, y como fuese bien de noche y obscuro busqué un barril de pólvora y metiéndole en el portal, informado que estaba el novio en casa, volé no sólo a ellos y a ella,, mas aún parte de la mía, no por los dos años padecidos, sino porque no quedase en el mundo simiente de agresores de maldad tan atroz.

—Digo, señor, que no os entiendo, porque si sentís la ofensa, ya no está en el mundo quien la cometió y no os quedaron a deber nada, antes vos sois el deudor, pues os la pagó quien no os la había hecho. Si la queríades bien y eso lloráis, ¿para qué la matastes? Vengo a pensar que lloráis el día de hoy que falte del mundo; y decidme, os ruego, si es verdad que sus padres gustaban de haceros su yerno, ¿a cuándo aguardaban los vuestros a dárosla a vos por mujer, supuesto que desde los trece hay ya muchas casadas?

—Has preguntado agudamente —me dijo—, y dando respuesta digo que yo estudiaba la facultad de cánones y leyes, y que era gusto de los míos que no me casase hasta haber pasado y graduádome de licenciado, porque decían que en casándose no se estudiaba; y yo venía en ello de voluntad, porque cosa que tanto amaba no tuviese algún conque que me sisase parte del gusto.

—Dígoos pues —le dije—, de verdad, entrando en la consideración de la cosa, que cuando no matárades esa mujer, debíades quedar pagado en no haberos casado con ella, porque basilisco que tal ponzoña encerraba, ¿qué fuera de vos si la entrárades en casa? ¿Ser por ventura vos el muerto después de quedarlo la honra?

—Por cierto, Lázaro, tú hablas en este particular no como mozo ni como viejo, sino como hombre que no ha tenido lugar de querer bien. ¿Razón hallas al amor?

—Pues señor, decidme, si eso sabíades, ¿por qué pusistes vuestra determinación por obra?

—¡Y eso es lo que lloro! Y tan de veras lo siento que pospongo a ello lo que debo a mis padres, que acabaron su vejez en la cárcel, como si ellos tuvieran culpa en el delito. Mas, ¿cuándo no fue común en el mundo perseguir al que empieza a caer y desamparar al que va faltando la hacienda?

Eran tantas las lágrimas que segunda vez derramaba, que le dije para divertirle:

—Ara vos no me habéis de pedir que os diga quién soy y quién fueron mis padres, porque ya lo sabéis. Quiero pagaros la merced recebida con dos cuentos con que pienso, por estar tan próximos, llegaremos al lugar.

Capítulo 10. En que por divertir al ermitaño le cuenta algunas cosas graciosas. Cómo llegaron a la ermita y por su muerte se ausentó della

—Érase pues que se era, que en hora buena sea, etc., érase un padre, y este padre tenía un hijo, y este hijo era médico, y este médico era un asno…

—¡Ten, Lázaro, que lo quise decir y en ninguna parte cae tan bien como ahí!

—… a quien el padre diversas veces había dicho cuán poco era para el oficio, no por entender que su hijo no supiese, sino porque no era audaz, entremetido ni hablaba en latín cuando con los enfermos había mujeres, ni las daba en las barbas con Galeno y Avicena. Aconsejábale como el que deseaba ver próspero a su hijo, diciéndole: «Cuando entrares a visitar algún enfermo baja los ojos al suelo y mira lo que hay en él, si hallares huesos de cerezas, di en tomándole el pulso: "¡oh, qué de cerezas ha comido vuesa merced!"; que, cuando no hayan sido muchas, entenderán por lo menos que se lo conociste en él; y a este paso todas las veces que hallares ocasión para poderlo decir, que, si empiezas a cobrar fama no tendrás dónde echar el dinero, y sólo consiste en que las mujeres digan que eres gran médico.»

Sucedió, pues, que queriendo burlarse la gente de casa dél, recogiesen en un orinal los orines de un pollino, y puesto en la misma cama al lado del doliente porque no se embotasen, entró él como tenía de costumbre mirando al suelo, en el cual vio unas pajas que poco antes se cayeron de una cestilla en que le habían traído de un lugar unas peras regaladas. Echólas él el ojo y, tomándole el pulso, pidió el orinal, el cual visto, dijo: « ¡oh, qué de albardas ha comido vuesa merced!». La gente que presente estaba, particularmente las mujeres, dijeron: «¿Burláos con él? ¿No hemos dicho siempre nosotras que no por hablar poco sabía menos? Él es muy gran estudiante», con lo cual se llevó las más de las visitas del lugar y ganó muchos ducados.

No ayudó poco para ello otro consejo que su padre le dio, que, errado, fue útil, lo que si se hiciera como le dijo no aprovechara. Y es que como le dijese: «Mira, hijo, di siempre tu parecer con elegante lenguaje y con buena oración.» Aprendióla de un ciego y, en acabando de tomar el pulso decía:

«Madre del Verbo humanado,

del mundo remediadora,

dadme favor cada hora

contra el demonio malvado.»

Su padre no le dijo tal, sino que gastase buen lenguaje y elegante, y por no entenderlo ganó opinión de un santo hombre; tanto que decían que no era menester más que tomar él el pulso para que sanase el doliente, porque siempre ponía por intercesora a Nuestra Señora. Y éste es el un cuento.

—Gustado he dél, Lázaro, porque le has contado con gracia y agudeza, y aunque a la postre de los que me has ofrecido te los interpretaré, quiero, porque entonces no se me olvide, avisarte que no digas más «érase que se era», porque eso se ha de quedar para viejas y para ignorantes.

—Doctrina es que padres y todos los hijos la guardan mientras no tienen quien les industrie en otra, y recibo la vuestra como de quien tan buena la tiene. Sea pues, el otro: que yo serví en una casa honrada cuyo dueño no orinaba y su mujer sí…

¡Oh, qué mal he empezado el cuento! Pues aunque vos me habéis instruido en el modo que en contarlos he de guardar, digo que esta vez había de ser diciendo como la primera, porque según la verdad de la dolencia de mi dueño y la contraria salud de su mujer «érase que se era» sería como el que por ser cierta una cosa la afirma diciendo: «Yo estuve presente», y digo otra vez que me hallé allí, luego por la verdad que afirmo, licencia tengo de decir «érase que se era».

En ésta me acompañaba al servil trabajo una muchacha llamada Marica, mujer de humildes narices. Esta tal, confesándose como los muchachos suelen, que hacen notorios todos los pecados de los vecinos, debió de decir las desenvolturas de su ama, y como el confesor viese que para sí pasaba de largo el sexto mandamiento la advirtió si tenía algo que decir cerca de la lujuria. Ella preguntó que qué era lujuria; cayó él en ello y volviendo a deshacer lo hecho dijo:

—Si hay algo cerca de la lejía.

—¿Qué lejía? —preguntó ella.

—Si cuando te lavas la cabeza la has probado alguna vez.

—No, en mi conciencia —respondió.

Mas no se lo dijo a sorda, pues según me dijo sin ser menester una olla de ello y metió el dedo dentro dos o tres veces, y llevándole a la boca la supo a azúcar. Tuvo el demonio tan buen cuidado en poner en la lejía tal sabor, que la obligó a hacer un plato de sopas y comérselas, cosa que no se puede poner en parangón con el malo que una purga tiene.

—Digo, Lázaro, que siempre entendí de tu buen natural, que las figuras del rostro me pronosticaron lo que con las manos toco, y porque te prometí la moral de esos cuentos, sabrás que los dos primeros nos enseñan que cuando un hombre ha de ser próspero, las mismas diligencias en contrario le ayudan, y cuando no, las favorables no le son de momento. El segundo, cuán dañoso sea abrir a nadie los ojos en lo que le puede dañar, porque como sea nuestro natural tan inclinado a saber, a trueco de experimentar qué cosa sea esta nueva que yo no sé, harán algunos lo que acertado no sea; y por eso dijeron muchos, Lázaro, que era mejor la ignorancia que la resistencia, porque esto postrero no sé cómo lo haré, y en lo que no alcanzo no tengo que batallar conmigo.

Divirtiéronme tus cuentos, si es ansí que al afligido de veras algún entretenimiento por breve espacio le lisonjea, si sabe el cuidado ser tan acerbo que, si algo omite entre día, se lo vuelve a restituir de noche, pues durmiendo el cuerpo, vela la imaginativa, y éste es mayor tormento, porque con los grillos del sueño se toma entero lo que de día llevara sisado.

—Lastimáisme, os prometo —respondí yo, aconsejándole hiciese por vivir todo lo que en sí fuese, pues para estar muerto quedaba harto tiempo, y valía más una hora de vida que cuatro millares de ducados.

Con esto, señor, llegamos al aldea que tres cuartos de legua estaba de nuestra habitación, donde fuimos tan bien recibidos como los que éramos muy deseados. No se tuvo por poco afortunado el que alcanzó el sí de que seríamos sus huéspedes. Estuvimos allí aquél día y otro, y el siguiente casi todo el lugar nos llevó al acostumbrado nuestro, donde vivimos en buena conformidad cuatro años, al cabo de los cuales unas calenturas le llevaron a dar cuenta de sesenta y seis.

Los aprovechamientos que en él tuve, las ventajas que a todos los cómodos el mío hizo, no será razón encarecérselo segunda vez a vuesa merced, sólo diré que viví espantado que en vida que todo es trabajos, tuviese yo tantos gustos.

Dejóme la cadena que llamábamos Luz, y báculo le llamo yo, pues no hay cosa a que un hombre se pueda arrimar seguramente como a éste. Dejóme no sé cuántos documentos: que no fiase a nadie, uno; que no fuese a las Indias, otro; el tercero, que me acordase que no por haber comido aquel día, el que viene tras él dejaría de hacer lo propio. Que no fiase me dijo, por las tan conocidas ruinas que dellos suelen nacer; que no fuese a las Indias —porque le dije yo que mi natural me inclinaba a ellas—, porque hay allá cantidad de perdidos a que es causa valer de balde la comida y no haber menester trabajar para ella, y por esta causa son más que en España, y el que quiere aplicarse en ella halla lo que otros van a buscar a ellas; y el tercero, de que me acordase de mañana, fue un sabio consejo, pues por no hacerlo muchos han venido a parar en servir pudiendo ser ellos servidos.

Bien me parece a mí que me dejaran en la ermita, tanto por lo mucho que me querían los que aquella prebenda —si su nombre le he de dar— señalaban, cuanto por ser cosas del difunto a quien todos amaban, mas como mi inclinación me llevase a las Indias, determiné seguirla.

Capítulo 11. Cómo se fue a Sevilla para pasar a las Indias, para lo cual asentó con un oidor de Méjico. Cuenta lo que en su casa le sucedió

Cosí pues, para poner este intento por obra, ciento y cincuenta escudos en el jubón. Hice un vestido de paño verdoso obscuro en cuya pretina metí la cadena y caminé a Sevilla para acomodar me con tiempo con quien me llevase a donde deseaba. Mas sucedióme mal, porque como cayese en casa de un oidor proveído para Méjico, cuyo enamorado hijo me llevaba a rondar su dama, sucedió que una noche tenebrosa, llena de confusión y amarga, encubriese de mi norte la luz, que era mi cadena, un sólo hombre o diablo, que ahora le sueño, y es el cómo desta manera:

Mi amo el mozo se ponía para ir a rondar la dama un coleto encima de la camisa y otro encima del jubón, un casco y una rodela con una espada dos palmos mayor de marca, y a mí me daba una guitarra para que hasta la posada de la dama se la llevase; y advierta vuesa merced que yo iba muy sin pesadumbre aunque no llevaba las defensas que él, porque tenía determinado ponerme detrás de una tapia si algo sucediese. Cantaba o cansaba sentado en el suelo enfrente de sus ventanas tan mal como hacía versos, que de todo se picaba, y yo cogía la rodela y haciendo almohada della me dormía junto a él.

Sucedió pues, que aquella noche me vino el sueño más pesado que otras, tanto que llegó este diablo que he dicho y le rompió la guitarra en la cabeza, y él se bajó al suelo y me quitó de la mía la rodela y no desperté ¿Sabido para qué?, para tener más que le llevasen. ¿Hay hombre tan bárbaro que sabiendo que había de huirse, cargase de cosas que se lo impidiesen? Ansí fue, mas alcanzándole, con pocas amenazas, les dio todo lo que llevaba vestido hasta quedar en camisa, que era lo que ellos querían.

A esto, ya yo había despertado, y como echase menos mi rodela creí que por burlarse de mí me la quitó, viéndome tan vencido de sueño, para que aquella noche la pasase en la calle, pues por no saber la posada habría de ser ansí, cuando veo venir un bulto negro, a mi parecer desnudo, y que se me acercaba. Erizáronseme los cabellos y tuve el mayor miedo que hombre en semejante paso puede tener, y mucho mayor cuando le vi tan cerca que casi me pudo tocar con las manos. Pues, ¿qué sería nombrándome? Fue que aposté correr, y él tras mí, llamándome y diciendo que era mi amo. Yo no lo creí, antes tuve por cierto que era algún ánima de purgatorio venida por la parte de cierta limosna para misas que, cuando habité la ermita, se me dio y me quedé con ella sin hacerlas decir. Las necesidades dos, de huir la mía y de alcanzarme la de mi amo, eran iguales, porque si él esperaba remedio en mi alcance, yo le había considerado en que no me alcanzase. Los dos corríamos de buena manera y ninguno sabía las calles. ¡Ayude Dios al peor juego!

Viendo, pues, que tanto corrió tras mí y que nunca me alcanzaba hice un breve discurso que fue: «Si ésta fuera ánima en pena luego hubiera dado conmigo, porque como espíritu, aunque yo volase, me daría alcance. Pues no lo ha hecho, no lo es», y vuelta la cara a lo que era le dije:

—Quien quiera que seas, ¿qué me quieres?

Él me respondió:

—No huyas de mí, Lázaro, que yo soy el desafortunado de tu amo.

Dejéle llegar cerca porque la voz me pareció suya y por estar con menor miedo conocí que era verdad. Quitéme la capa y echándosela a cuestas le pregunté qué trabajo había sido aquel. Él me respondió:

—Sabrás, Lázaro, que en el tiempo que tú dormías bajó una criada de mi dama y me dijo que subiese donde ella me llevase; yo lo hice ansí, y como hubiese determinado darme el fruto —si no de tan largos años, de tantos servicios—, me desnudé para ello, cuando a su padre se le antojó mirar la casa y empezar desde el aposento donde yo estaba. La criada, que le vio encaminar los pasos a él, adelantándose, me cogió por la mano habriéndome una ventana baja que cerca de la calle había, por la cual me dejé caer y casi su padre tras mí. Considera tú, Lázaro, en cuánto trabajo estará aquella pobre doncella, si ya no es que esté sin ninguno por haberla muerto, que sé de lo que estima el honor que lo hará.

—De suerte, señor —le respondí yo—, que por eso se debió de decir: «Amor ciego, amor desnudo.» Ciego por haber entrado donde vuesa merced no fue poco afortunado en salir, desnudo porque viene en camisa. Dígame vuesa merced ahora, le suplico, dónde hemos de pasar esta noche, supuesto que no acertaremos a casa, que temo no nos suceda algún gran trabajo.

Cuando, al volver de una esquina, pusieron mano a las espadas a mi parecer unos treinta hombres, mas ellos no fueron sino cuatro ladrones, es a saber, los camareros de mi amo, los que poco antes, digo, le habían desnudado; y aquí es donde no fuimos iguales en miedo, porque él no tenía qué le quitasen y yo sí. Dijeron que les diésemos lo que llevábamos y entonces vieron a mi caro señor en pelota. Conociéronle y echándole mano dijeron:

—¿No es éste el que nos prestó los coletos? ¿Cómo bueno?

—¡Y cómo si es! —respondió otro.

—Pues el hierro que allí se hizo soldaremos ahora. ¡Caminen por ahí adelante!

Él respondió:

—Adviertan vuesas mercedes que me tienen no por el que soy.

—Ansí lo creo yo —dijo uno dellos—, por lo menos le tenemos por el que es menester, y si por el que no es le juzgamos, ¿no me dirá cómo viene desnudo? ¿No conoce también estos coletos?

—Yo —dijo él—, estaba en casa de cierta dama principal, y como su padre gustase de mirar la casa más aquella que otras noches, me fue forzoso, por venirme a los alcances, echarme por una ventana abajo.

—¿De manera que es enamorado? Y se conoció harto bien en la prisa con que se desnudó, que se abrasaba. Caminen ahora por lo que deben al oficio o por lo que le deberán, seguros de que no se les hará ningún daño.

Echáronnos delante y por el camino le dije:

—¿Ésta fue la caída de la ventana? ¡A fe que vamos buenos!

—Luego, ¿crees lo que dicen?

Con esto no le hablé por entonces más palabra. Lleváronnos no sé dónde, salvo a que les ayudásemos en un hurto que iban a hacer a la misma casa donde mi amo tenía sus amores. Llegamos pues allá y luego el ya desenamorado señor la conoció. Dijéronme a mí que me desnudase. ¡Qué palabra fuese ésta para un pobre mozo que llevaba todos sus bienes consigo, podrá vuesa merced considerar! Allí hallé presentes todos los trabajos, allí eché la bendición a la cadena que en la pretina de los grigüescos llevaba cosida, allí lloré la muerte de mis ciento y cincuenta escudos que en el jubón llevaba, allí di al diablo a Sevilla y a mi amo y a quien a su casa me llevó, allí me acordé de que si yo hubiera cumplido el consejo del difunto ermitaño que no me sucediera el mal que al presente trabajaba, y allí, finalmente, me despojé del bien y apoderé del mal, como el que se veía pobre.

Dejé, pues, caer en el suelo mis vestidos y tomándolos uno dellos los puso en el umbral de una puerta. No me consoló nada aquello, porque era cierto haberlos de mirar después, cuando no fuera más que por curiosidad. Quedé en camisa, y poniéndome un lienzo en la cabeza y otro a mi amo, nos dijeron lo siguiente:

—Vosotros habéis de entrar por esta puerta que os abriremos y después abriréis las demás con esta llave, que es cierto hace a todas, y puestos que estéis arriba en la sala, entrará uno y se quedará otro a la puerta della, y con lindo desenfado dará al compañero de uno en uno, dos o tres escritorios que al lado del estrado están, para que nos los vaya bajando, lo cual puede hacer seguramente, porque como el marido duerma en la sala y la mujer en la alcoba, él pensará que es ella y ella pensará que es él.

No nos atrevimos a replicar temiendo perder las vidas.

—Lo que de no hacer lo que os decimos ganaréis será que entrando nosotros os mataremos Si llamáredes a la gente de casa, primero que os oigan vuestra disculpa lo han ellos de hacer, de manera que es lo más sano ponerlo por obra, y dello llevaréis mayor parte que nosotros.

Abriéronnos la puerta, subimos la escalera y abriendo nosotros otra y dejando la llave dentro porque ellos no pudiesen entrar, nos sentamos en el suelo. Considere vuesa merced con qué miedo y con qué peligro. Allí le dije a mi amo:

—Señor, pues vuesa merced dice que ha estado acá otra vez, camine al aposento de la criada, que ella nos tendrá allí hasta que quiera amanecer, y pues tiene acá sus vestidos, darme ha uno de los dos coletos y, un par de medias, pues trajo dos, y con los calzones de lienzo me acomodaré, que vuesa merced bueno quedará, pues tiene jubón, otro coleto, medias y calzones, herreruelo y sombrero. Si saliéremos a tiempo, que haya gente no importa, supuesto que no nos conocen, antes habremos de pedir nos lleven a casa.

—¡Ah, Lázaro! —respondió él—, por todos caminos estamos al umbral de la muerte, que yo no sé dónde la criada duerme, y si despiertan y nos hallan aquí, harán los dueños lo que abajo se nos notificó antes que nos disculpemos, de manera que es lo más seguro estarnos como nos estamos y al amanecer bajar al portal, que cuando nos hallen en él, viendo que no les falta nada creerán lo que les dijéremos.

—¡Bueno está eso! —le dije.

¿Qué había él de responder si en su vida subió a donde al presente estábamos, ni tales vestidos tenía allá, que se los dio a los ladrones que abajo quedaban? Consolóme algún tanto y la fortuna no quiso llevar adelante aprieto tan grande, pues envió por allí unos bellacos que tirando piedras a la ventana y dando todos juntos gritos, dijeron, nombrando al dueño della, que se quemaba la casa. Despertó él y toda la gente, porque dormía como rico, con el corazón en los dineros.

Luego que lo tal oímos, viendo que la gente de casa se alborotaba, nos bajamos al portal donde teníamos por cierto estar seguros de la gente della, porque diríamos que oído el ruido del fuego venimos a favorecerle, y se pudiera presumir ser ansí viéndonos en camisa; de la de fuera, porque creerían ser de casa y bajar en busca de agua. Salimos pues y no hallamos a nadie, ni a los ladrones, porque les dañó a ellos lo mismo que a nosotros aprovechó y se fueron llevándonos los vestidos y mi hacienda que en ellos tenía.

Henos aquí en la calle que parecíamos volteadores, y yo tan contento como el que había escapado con la vida de borrascas tan grandes, y no se me acordaban los infortunios padecidos quedando con ella. Y deseosos de alguien que nos guiase, nos deparó Dios un aguador que, aunque huyó al principio de nosotros por imaginarnos locos, nos llevó a nuestra posada. Allí fuimos recibidos de mi ama como de la que había llorado su hijo por muerto, y viéndonos desnudos dijo que no andaba ella fuera de camino en llorarle, o sino que le viesen cuál venía. Preguntónos qué trabajos habíamos padecido, a que nosotros satisfacimos con decir que más de veinte ladrones nos salieron y robaron, y que fue milagro quedar con la vida. El padre lo sintió como hombre y lo disimuló como tal, pues le riñó y dijo muchas pesadumbres.

La soga vino, al fin, a quebrar por lo más delgado, que fue despedirme a mí y que buscase qué vestirme. Tampoco me dio esto pena porque me veía con la vida y en tierra de cristianos, fuera de que los ojos de mi señora me dijeron: «Yo te vestiré.» Diome con qué cubrir las carnes, y por el gusto de su marido me dijo que buscase, y que en el ínterin que hallaba podía venir a dormir y comer a su casa sin que él lo supiese.

Yo se lo agradecí mucho, y cargando el pensamiento en buscar alguna cosa que me soldase la pérdida pasada, hallé una famosa, hija del escuela de aquel buen viejo que me destetó de los pañales de la puericia, y fue pedir por Dios para ayuda a descasarme. Unos se reían, otros se burlaban de mí o entendían que yo de ellos, y todos al fin me daban. Si alguno me preguntaba por qué o cómo me quería descasar, daba por respuesta que en Madrid me armó el lazo una vieja de tal suerte que, forzado, me hizo casar antes de salir de su casa, de que tenía testigos suficientes, y que por falta de hacienda con que pleitear pedía por Dios para ello. Con esto llegué el dinero que se me había quitado y algo más.

Capítulo 12. En que cuenta cómo asentó con un canónigo y le hizo ayo de sus sobrinos, por cuyas travesuras se quiso despedir. cuenta algunas dellas

No me pareció ir a las Indias por cumplir, ya que no en todo, en parte, lo que mi amo me ordenó, porque como él me dijo, el ingenioso en España las tiene. Y si en algún tiempo había de ir era en éste, porque en él me hallaba pobre, mas un canónigo que iba a Madrid me ofreció llevarme a él y ayudarme en mi fingido negocio, y si después gustaba me volvería a Sevilla, teniéndome no por su criado, sino por su compañero.

Acepté lo uno y lo otro, porque me pareció había hallado otra fortuna como la del ermitaño. En esta casa me debieron de dar hechizos, porque yo me sentía bueno, comía y bebía bien y dormía mejor, y no tenía gana de trabajar. Estaba en compañía de mi amo una señora viuda hermana suya y dos sobrinos, hijos suyos, traviesos más que cuantos muchachos yo vi en mi vida. Estos me encomendó su tío para que los llevase al estudio y repasase las liciones. Hacíanme perder el juicio, mas con tan buen ingenio y tan graciosamente que muchas veces me entretenían. Su madre era muy buena mujer, y su hermano hombre que trataba de hacer la piedra filosofal, para lo cual le ayudaba un portugués, grandísimo bellaco, como adelante se verá. La ida a Madrid se quedó por entonces y yo empecé a alicionar los muchachos.

Sucedió pues, que como no dejasen en casa cosa que no hurtasen ni vendiesen, de cuyas travesuras venían luego a mí las quejas, determiné de azotarlos, para lo cual los entré en un aposento. Luego que ellos se vieron apretados para ello, y que no eran criaturas, asiéndome de los brazos y sacando unos cuchillos largos me amenazaron con ellos, y me dio el uno con el dedo tan cruel puñalada que creí me había muerto y que había sido con el cuchillo.

Caí en el suelo pidiendo confesión y ellos cogieron la puerta. ¿Sabido para qué?, para enviar un criadillo que con ellos iba al estudio por un cirujano que me tomase la sangre. Éste fue un pastel de a real y una azumbre de vino. Entraron danzando los matachines, el uno con el jarro y el otro con el pastel. Llegáronse a mí diciéndome:

—Levántese vuesa merced, que no tiene nada, que con el dedo le dio mi hermano, y no cuide de azotar a nadie, particularmente a andaluces, porque ¡voto allijo!, que no hay ningún estudiante de cuantos vuesa merced ve cada día que no vaya hecho un estuche. Vuesa merced podrá comer y holgarse sin meterse en otras dificultades.

Yo cogí el pastel y el vino y me animé lo mejor que pude, y subiendo al cuarto de mi amo le dije que me diese licencia para irme de su casa. Él se espantó mucho de tal novedad y yo no le dije la causa, sólo que me hallaba mal en Sevilla y que no era bueno para ayo. Entendióme él, porque conocía sus sobrinos, y asiéndome del brazo me dijo que sólo quería que entendiese en curar de su hacienda y ser señor de toda la casa, con lo cual me quedé en ella.

¡Dios nos defienda de ser pedagogo! Tendría por mejor que el que tal menester ha de ejercitar se entrase fraile, porque si ha de hacer penitencia, hágala donde le aproveche. ¿Quién no vee uno destos pobres hombres con una ropa y un bonete en casa midiendo los pasos y hablando a pausas y un poquito por las narices, diciendo a los niños: «¡Diga Jesús cuando bebe! ¡No masque con los dos lados! ¡Cállese que habla mucho! ¡Póngase bien la capa! ¡Lleve a su hermano a la mano derecha, que es mayor que él!»? Y no tan malo esto, que sale la madre de los niños y dice al licenciado: «Por cierto, que parece que no tengo en casa quien dotrine estos muchachos; cada día saben menos, si ansí lo ha de hacer el licenciado no tengo para qué gastar en ayo.»

Y a la noche cuando el padre viene de fuera se entra por su aposento y en viéndole, el pobre pedante se pone en pie y descubre la cabeza, temblando lo que espera oír. Éste le dice: «Por cierto, licenciado, que en casa se le procura dar todo el gusto posible y ansí lo he mandado yo. No veo con ningún aumento estos muchachos, creo debe de ir en su mal natural. Prométole que no saben hacer una oración primera de activa, y mucho peor que eso, que no saben los artículos, o si no, pregúnteselos.»

«¿Cuántos son?» dice el sin ventura. Aciertan en que catorce y yerran en la orden con que los han de decir, porque muchachos, por la mañana toman de memoria y a la tarde olvidan.

« ¡Ah!, ¿no le digo yo, licenciado?», y sálese con esto hablando entre dientes. Llegado al cuarto de su mujer la dice: «He estado en el aposento de vuestros hijos y es verdad cierto que saben cada día menos, este barbón que tenemos en casa… » et reliqua. ¡Cuál quedará el pobre hombre, discurra vuesa merced sobre ello!; de mi sé decir que si me dieran cada día un doblón, que no lo fuera, porque ¿de qué momento me era el oro si venía ponzoña con ello?

Digo, señor, que luego que dejé el tal oficio, que me iba tras ellos, porque más ingeniosos hurtos y burlas en su casa yo no he oído en mi vida, y juzgue vuesa merced en éste si me engaño:

Pues sucedió que a mi amo le encargaron de su iglesia, como a hombre más curioso, que hiciese hacer una imagen de bulto de la Anunciación con su ángel. Habló al escultor para ello encargando a los muchachos que lo solicitasen, y aquí fue donde ellos hallaron ocasión para dejar boqueando un talego, porque como una tarde se hubiese ido fuera toda la gente de casa y no quedase en ella más que el muchacho que me trajo el pastel, y mi amo hubiese ido con otros canónigos a una huerta de donde no había de volver hasta la noche, buscaron dos picarones a quien pagaron bien, diciéndoles que cada uno había de coger el suyo envuelto en una sábana como que eran figuras de bulto, y irse con quien los guiase.

Hízose ansí, y trayendo un recaudo un estudiantico, tan gran bellaco como ellos, los entraron en el aposento donde estaba el dinero, en el cual no podrán verse ellos de otra manera, porque dijo el niño que el señor canónigo se había pasado por en casa del escultor y que decía que pusiesen aquellas dos figuras en el aposento donde estaba el secreto, y que no llegasen a ellas hasta que él viniese, porque eran de goznes y venían sin armar.

Era la hermana una santa mujer, y cumpliendo lo que se le ordenaba no los descubrió, ni tan fácilmente pudiera, porque venían cosidas las sábanas. Hincó las rodillas y puestas las manos dijo:

—Virgen María, benditísima Señora, pues soy tan afortunada que os he tenido en mi casa, acordaos de mí y de toda ella, y en particular de mis hijos. Hacédmelos humildes, mansos y amadores de la virtud, que temo de sus malos naturales que por su s pecados y por castigo de los míos no hagan alguna travesura en que me vea y me desee, y finalmente, tales cuales vuestro Hijo quiere que sean; y vos, ángel San Gabriel, interceded para ello.

Con esto se fue y cerró el aposento, y saliendo ellos dieron un porrazo al pestillo de un escritorio, con lo cual quitaron el hierro que pasa por medio dél, y otro al talego, como de quien le tenía deseado y esperaban verse con él de tarde en tarde.

La orden que el que trajo el recado de su tío había de tener era que dentro de una hora volviese diciendo que venía por ellas para armarlas, porque el día siguiente, que era de fiesta, se habían de llevar a la iglesia y no habría lugar si no se hacía aquella tarde, y que ansí lo mandaba el señor canónigo. Ella las dio, haciéndolas muchas reverencias. Salieron los mozos con ellas hasta el primer portal, donde dejaron las sábanas y, tomaron sus herreruelos.

A la noche dijo mi ama a su hermano que por qué razón había enviado tan presto por las hechuras, sin dejárselas siquiera ver primero.

Él dijo luego:

—¡Bueno está!, yo apostaré que hay enredo nuevo de los niños.

Ella no pudo encubrir lo que una vez empezó a hacer notorio, de manera que lo hubo de contar, y si el tío no se rió mucho en público fue porque no se lo dijesen a ellos y fuesen peores de allí adelante, si es que podía ser; mas conmigo no se hartaba de reírlo y contarlo.

¿Quién le sisará a vuesa merced un casamiento que en aquellos tiempos contrajo un hombre, ayo que fue de mi dueño, que ya por sus muchos días no trataba más que de irse y venirse a la iglesia, comer y acostarse, llamado Maldonado, de edad de setenta años, el cual para irse a ella de una vez se desposó con María la Buena, mujer de pocos menos años que él, virgen, y según lo que con la gente de casa pasaba por entonces, mártir, tan negra y arrugada que si por esto parecía Sarra, por lo otro parecía sarracina?

Yo le dije muchas veces que me holgaba que en mis tiempos hubiese casado que no se quejase que llevaba cruz pesada, porque al cabo de tantos años carcoma había de haber entrado en ella; y decía bien, pues podíamos pedir por Dios para tripas a la novia, aunque según el talento de ambos mejor diríamos para juicio a los novios. También di, al parecer de muchos, inteligencia al casamiento en edad decrépita, porque luego que supe que fue cuando mozo distraído, dije:

—Cuerdo, pues no quiere que le coja la muerte sin haber hecho penitencia.

Capítulo 13. Cómo se enamoró y cómo de esta causa nació despedirle su amo

Heme aquí, vuesa merced, que gozo tranquilidad de vida sin cuidar más que de comerme lo mejor que a las manos podía haber. Pues sepa ahora que el diablo del portugués cayó en desgracia de mi dueño por haber entendido que sólo servía tratar de los polvos filosofales, consumir su hacienda y quedarse él con parte della, aunque en el hábito no lo mostró, porque si supiera de la piedra que intentaban lo que de estudiar un jubón de ajedrez, a ser de color los remiendos que le echaba, diera muy presto con ella; pues ya cerca de las medias tenían tantos puntos que nos sucedía a los que las mirábamos lo que a un hombre ciego con su mujer, hermosa pero corcobada, que era tentarla el defeto y no verla el buen rostro, porque lo que veíamos estaba tan puntuoso como he dicho, y bueno lo que cubría el herreruelo.

Este tal hombre o diablo, más astuto que Ulises, me olió los dineros, y procurando entrar en mi voluntad para por allí soldar la pérdida que el salir de en casa de mi amo le trajo, dio conmigo en la de unas damas de buenos talles y caras, cuyas salas estaban tan bien aderezadas que yo creí servía en ella, y era el dueño.

Luego que entré se levantaron, y haciéndome más cortesía de la que una sotanilla y herreruelo de bayeta merecían, me sentaron dentro de la tarima en un taburete bajo, en medio de las dos puedo decir, porque si al principio no se me puso más que la una al lado luego vine a estar con la otra al otro. Sentóse él al de uno dellas y empezaron a combatir mis dineros, que a eso miraba ofrecerme posada, hacienda y personas, y esto asiéndome las manos la que a mi lado izquierdo estaba, porque era la que mejores las tenía, por cuya razón la tocaba hacer aquel papel. Eran tan blancas que me deslumbraban, pues me sacaron mis dineros, y tan largas que alcanzaron desde su posada hasta la mía, donde estaba mi baúl.

Tenían las dos buenas caras, y la que no tan buenas manos, rebuena; de manera que no sabía a dónde volverme, y me lo conocieron ellas, y que habían negociado, porque como quiera que el interés había de quedar en casa, no importaba viniese más por la una que por la otra.

Dijéronme tantas cosas que yo no las sabré referir, mostrándose enamoradas y celosas la una de la otra, a cuya música, sirviendo mi fratiquera de tecla y de fuelles mis cascos, echaba el bellacón una voz por defuera, por defuera digo, siguiendo la metáfora, que por de dentro fue, pues metió en casa el dinero. Éste me decía que era yo hechicero para cuantos me trataban, y que era sin duda tener piedra imán conmigo, y ellas que había muchos días que estaban enamoradas de oídas, porque las habilidades, buen término y mejor persona que se les había pintado obligaba a ello. No tan sólo me pidieron, antes dándome de merendar me bailaron como rascándose un baile endemoniado cuyas mudanzas me atestaron en el alma, porque el garabato y el aire con que lo hacían era mejor que lo que hacían.

Yo me puse bueno para ellas, mas muy bellaco para mí. Enamoréme a fuer de discreto de manos blancas y ojos negros. Y que hice lo que digo lo conocí en que poniendo los ojos en el dinero que tenía que gastar, me pareció poco, como en realidad de verdad para aquella casa lo era. Y dije entre mí: «¡Enamoradito estoy!, pues yo haré cómo no gastar mi dinero bobamente.» Y fue el cómo comprando una cadena que pesase el que yo tenía; fui un asno, porque determiné esto, mas no dejar de acudir allá.

Despedíme, bajaron conmigo hasta la puerta de la calle pidiéndome no las olvidase y haciéndome mil monerías. Prometílas volver y a mí me prometí cumplirlo. Compré luego la cadena como determiné, porque teniendo docientos y cincuenta ducados empleados en ella, me parecía a mí que estaban en sagrado, y que cincuenta que me quedaban eran muy suficientes para pleitear, según la voluntad que me mostraban; y a esto me persuadí a los postreros tercios de la conversación, viendo las veras con que me hablaba la de las manos blancas, la cual me dejó tan a puertas como vuesa merced veía.

¿Viendo las veras dije? ¡Fui un asno! Y no es milagro, pues los muy socarrones no se persuaden a que lo que se les dice es mentira, ni a que lo que gastan es más de por ser ellos hombres de bien y reconocidos; y si se descuidasen los pondrían de pies en la calle con un rótulo a las espaldas que dijese su nombre y a dónde vive, más por echar della a quien no tiene qué dar, que por hacerle buena obra.

Dije veras; las palabras dulces he de decir, pues éstas puede conocer cualquiera, no las veras, que ésas están guardadas para Aquel ante quien todas las cosas van a registrar. ¡Oh, gran maestro, mi amo y mi compañero que días ha fuiste alimento de gusanos! ¿Dónde estás?, o ¿dónde estuve yo pues tan presto olvidé tu dotrina? Mas como sea ansí que la plática es distante de la teórica, si ésta me pudo enseñar lo que había de hacer, por faltarme la otra, no cómo lo había de hacer, si para salir bien desta había de haber probado en otra.

Compréla como he dicho, y una sotanilla de gorgorán para con el herreruelo de bayeta que era nuevo; y puesto con muy lindo cuello bajo con sus vueltas y la cadena encima del jubón, me fui allá, donde me lisonjearon y enseñaron lo que había de hacer con ellas si fuera querido, aunque me lo advirtieron para con otras. Y fue la doctrina que huyese de mujercillas, porque a una me acabarían vida y hacienda, y que pues tenía buen entendimiento me sería muy fácil conocer quién me quería a mí o a mis dineros; y a todo esto ayudaba mi amigo el portugués valientemente.

Pasé, como he dicho, que yo compré la cadena por no darla el dinero y fue ella lo primero que me quitaron, porque las ocasiones y el salir mal dellas obligan a lo que un hombre no piensa; y que la di más la resta de los cincuenta ducados, y que más la di la sotanilla, que lo mismo fue darla el dinero que me dieron por ella, y que más todo lo que pude adquirir por aquí o por allí, y que muchas cosas que en casa tomé con la salida de que los hijos lo hacían. Porque jugador o enamorado pobre no andan entre la cruz y el agua bendita, porque estas cosas huyen del diablo y él anda cargado de ellos, y es infalible que el que a una destas dos pasiones se sujetó, que se manchará si no saca pies.

Capítulo 14. Cómo el canónigo le despidió de su casa, cómo determinó irse tras las mujeres. Cuenta los infortunios que le sucedieron y cómo olvido los amores

Mi amo me quería bien, entendióme el juego y en fee desto no hizo más que despedirme, aun sin decirme el porqué. Anduve vagando algunos días, tan muerto de hambre como se puede entender de un hijo pródigo, que se fue de en casa de su padre la razón. Y como uno dellos me hallase necesitado más de un pedazo de pan que de su carne, me fui a su posada, a donde se me vedó la entrada, es a saber porque estaba dentro cierto pájaro con plumas; y como el dar críe soberbia y osadía, di un puntapié a la criada que me lo impidió y me entré dentro, adonde hallé un caballero muy galán y muy lleno de botones de oro, con un bravo cadenote.

Luego que dellas fui visto me dijeron:

—Venga en hora buena, Lázaro.

Y a él:

—Es un criado que ha servido en casa más de cuatro años; tiene tan buen humor como vuesa merced verá.

Lo cual se me dijo ansí para prevenir lo que yo había de responder. Pocos días antes no tan sólo era yo el señor don Lázaro, sino que para decírmelo más a menudo de lo que era menester buscaban palabras que a ello forzasen, como los no buenos corteses las rodean para huir de un vuesa merced. ¡Qué sentiría un pobre hombre que pocos días antes había sido señor de trecientos escudos, y ésos y casi otros tantos la había dado, júzguelo vuesa merced!

Metíme el sombrero en la cabeza y sentándome dije:

—¡Juro a Dios que mi nombre es D. Lázaro y que yo no he servido a nadie en mi vida, y que en esta casa he gastado más de quinientos escudos!

—¿No le dije yo a vuesa merced que tenía lindo humor?

—Digo que es muy gran picardía lo que conmigo se ha usado, y que a no estar este caballero delante yo enseñara cómo se me había de tratar, y que estos ardides son de mujercillas de mal vivir.

—¿No gusta vuesa merced del pícaro? —repitieron segunda vez.

—Pues a fee que puede, porque fingir un enojo desta manera y con tanta propiedad no lo hace nadie en el mundo. A fee de caballero, que es bueno el pícaro —dijo él.

Yo me volvía loco, y tanto lo sentí que por entonces se me quitó la hambre.

—¡Ea, ea, desenójate, Lazarillo, que el señor don Francisco te dará para un sombrero!

—Sí, daré, de muy buena gana —dijo él, y sacando un doblón me le dio.

Yo le tomé confirmando con ello lo que antes habían dicho, mas como la necesidad sea tan gran monstruo, por redimir su vejación quise aquel breve rato acreditar su dicho.

Salíme con él sin despedirme y ellas quedaron combatiendo aquel torreón, que a mi parecer estaba ya casi ganado, y al medio de la calle hallé a mi portugués que había días le echaba menos, vestido como flamenco, y lo parecía. Yo me llegué a él desvalido y, yéndole a abrazar, se apartó hablándome en lengua diferente de la suya y de la mía; y aunque no entendí lo que me dijo, sus acciones me mostraron que se estrañaba de mí como de hombre a quien no conoció. Yo me retiré espantado y quedándomele mirando y él dio vuelta a la calle y no entró por entonces en su casa hasta de allí a media hora, y yo lo aceché sin que me viese.

Lo que con el caballero se hizo fue pedirle los botones que llevaba para aderezar una ropa, porque había de ser una dellas madrina de un bateo. Él los ofreció, y la cadena si era necesario o de provecho, con lo cual todo se acogieron sin que dellas ni dél se supiese jamás, aunque según me dijeron, no habían salido del lugar.

Es el caso que aquel portugués era amigo de una dellas y un grandísimo bellaco que las traía por el mundo a ganar, como quien lleva títeres o otras invenciones, y él entendía en coger los dineros del que le daba crédito a saber de la piedra filosofal. ¡Ah, mi buen maestro, qué de veces me dijiste que uno entre los defectos grandes que el mundo tenía era escarmentar cada uno en su propia cabeza, pudiendo en la ajena! Que se ahogue un hombre en el vado no habiendo visto pasar a otro primero, vaya; mas que vea que pereció el que fue delante y que pase él, caso fuerte. Por ventura, ¿antes que me sucediese ignoraba yo algo dello? No. ¿No sabía mucho cerca de los engaños del mundo? ¿Pues cómo me dejé engañar?

No tengo que responder, pues peor que esto fue que a un mismo tiempo me vi sin dineros, muy roto y muy enamorado, de manera que si la verdad he de decir, no lloraba el engaño pasado, sino no tener qué darla. Y de aquí vengo a pensar que los que hicieron grandes estremos por haberles dicho mal el naipe, fue por la mayor parte por no haberles quedado dineros para volver a jugar ni saber de dónde haberlos; y los que lloran los disfavores de sus damas —el haberles dejado, dijo— son los que no tienen posibilidad para conquistar otra o volver a la amistad de la misma; porque a un hombre que tiene nada le ofende, que como sea verdad ser la variación hija de la naturaleza, habiendo con qué, presto se consuelan.

De manera que me vi como he dicho. Yo querría preguntar cuál trabajaba mayor mal, el que era afligido con celos o yo, que lo era con ausencia. No sé si me responderá vuesa merced como yo lo siento; mi parecer es que los demos a los dos por buenos, porque si el uno tiene ausente lo que quiere bien, estotro averiguó los celos y allí finieron las amistades. De manera que en estos dos andaba el enemigo dentro y fuera: dentro para consumir pensando, fuera para no hallar remedio. Pues eso y esotro tenía yo, porque si estaba ausente me consumían celos, y tan enamorado que el verme roto no me desenamoró. Y no era necio y de aquí vengo a entender también que los celos no son más que envidia, y de ahí viene celosía, porque ella se pone para que no se vea lo que en casa hay.

Pues éstos me consumían viéndome sin posibilidad, y creo cierto que ellos raras veces habitan la posada del poderoso, sino la del que todo es deseos o del que tiene en su persona algunos defectos, que ese en cierta manera no tiene qué dar —hablando de los bienes de naturaleza, digo—. Cuán grande mal sean no sólo ellos, mas aún recelos, lo diré de esta manera, no hablando de celo, porque no es de esta cuadrilla, supuesto que este nombre no se estiende a más que a un respecto, debido a la persona o casa donde la virtud mora.

Hay cosas que aunque son insufribles tienen cierta limitada mejoría, como es un hombre mendigo, hombre —para decirlo más claro— que capa sobre que caer muerto no tiene. Éste, quedando no sólo necesitado sino muy necesitado, ¿podrá tener mejoría? Sí señor, subiendo a pobre, que entonces quiere decir hombre que tiene, pero limitadísimamente y con gran aprieto.

Pues eso no alcanza el que padece de celos, porque si los averigua y se aparta muere, que no por acabar las amistades este conocimiento se dice que trajo consigo consuelo para el que quiere y constancia para no volver a ellas; si no las averiguó quedóse celoso, ¡diera en mayor despeñadero si hallara verdad su sospecha! Luego, grande mal, pues en cualquiera acontecimiento daña y no aprovecha. Si no tiene celos, sino recelos, ansí como el otro, de hombre sin ninguna cosa a que volver los ojos puede venir a tener algo. Estotro de receloso puede dar en celoso, pues fuera desto, ¿esotro por qué será peor? Y lo que antes dije de la necesidad, ansí de vestido como de comer, tuve.

Estando en este desasosiego arrimado a la portada de una casa veo pasar la criada que me vedó entrase en la de su ama. Abriéronseme los ojos que de melancólicos estaban como muertos y llamándola vino a mí diciéndome que por un solo Dios no tratase de hacerla ningún daño, porque ella no tenía culpa alguna. Yo la aseguré del miedo y pedí me diese lengua de adónde iban. Díjome que camino de Osuna.

—¿Y cómo lo sabes?

—Como la noche antes lo trataron no pensando que los oía yo; porque como servía por mi salario y no me habían de llevar, se guardaban no los oyese.

Creílo como si me lo dijera un evangelista, y si vuesa merced no lo ha por enojo, ¿qué hice?, tomé y fuime tras ellos. —Ojo al discreto: «tomé» y «enojo» digo adrede, y si tuviese yo las capas de los que piensan que rompen el pelo en el aire y lo dicen y aun lo acompañan con «avezado», por «enseñado», pudiera tener herreruelos para de aquí a la fin del mundo si hasta él se alargase mi vida.

¿Quién habrá que no diga que merecí hallarlos? Como respondió un agudo a un hombre que había cuatro años que buscaba su mujer por las partes más principales del mundo porque se le había ido: «Por cierto, hermano, vos merecéis que os venga a las manos.» Dijo bien, porque hombre que se desvelaba por semejante mujer era justo que diese con ella para que se le fuese otra vez. Y era justicia, por el consiguiente, que yo hallase a quien en el estado presente me había puesto para que acabase con la persona, pues acabó con la hacienda.

Caminé cosa de cuatro leguas casi desnudo y pidiendo limosna, al cabo de las cuales me hallé un hombre que me ofreció su compañía, tan desvalijado como yo. Éste me preguntó dónde iba. Respondíle que a Osuna. Díjome que allí mismo iba él, y llegándose me dijo:

—Vos no debéis de llevar mil ducados.

—Ni dos cuartos —respondí yo.

—Ansí pues vamos con bien, que no reñiremos sobre el partir de las tierras, porque a mí no me acompaña moneda de rey, y con todo no estoy el peor del mundo, porque tengo muy gentil gana de comer; y fuera más pobre si me faltara lo uno y lo otro, supuesto que la comida se puede buscar y la gana para comerla no. Buen ánimo —me dijo asiéndome la mano— que no nos ha de faltar, y desta daga nos ha de venir sin ofender a nadie con ella.

Y yo tan enamorado que iba llorando, tales cosas tenía entre manos. Dejo aparte la desnudez y hablo del amor y los celos, que lo uno es terrible como la muerte y lo otro penoso como el infierno.

Llegamos pues a Osuna, ocho leguas de Sevilla, y luego preguntamos por la casa donde se daba de comer. Dijéronnos dónde era, fuimos allá, salió el dueño, preguntámosle qué tenía que darnos, respondiónos que había perdices, capones, lindo carnero, mejor tocino y cosas de pescado frescas con el mejor vino que en treinta leguas alrededor se hallaba.

—Pues de todo nos sacad —dijo mi compañero, y de todo comimos espléndidamente.

Yo me espanté que a gente que mostraban tan poca sustancia tanto se les diese. Leyómelo en los ojos el que traía al lado y díjome que con pasajeros no se guardaba la regla de: «Roto y a pie viene, luego no trae», porque como los caminos sean peligrosos suelen ir desnudos y llevar muchos doblones.

Acabada que fue la comida se levantó y llegándose al hosterero le dijo:

—¿Cuánto cuesta aquí una puñalada?

Él respondió que no le podía satisfacer a ello por no saber lo que quería decir.

—Pues no es muy difícil —dijo él—, pregúntoos, señor, cuánto vale aquí una puñalada, que es cuánto paga aquí el que la da a otro.

—Ahora sí que preguntasteis de suerte que merecéis respuesta. Digo que conforme es, porque si le mata della y él era hombre de consideración, con toda su hacienda; si no murió y le faltaba calidad le paga la cura y le da después algunos y tal vez muchos dineros; y si queda manco le da de comer el tiempo que vive. En fin, que hay puñalada de dos mil ducados y de mil y de trecientos y de ciento.

—No señor, no anda por ahí la que yo busco.

A todo esto vea vuesa merced cuál estaría yo, colgado de un hilo, aguardando con qué había de salir aquel hombre, porque aunque me dijo que no llevaba dineros no me persuadí a ello hasta que preguntó de las puñaladas, cuyas preguntas atribuí a que quería ganar tierra con ellas para ponerse enfrente de la puerta de la calle y mostrarle luego el buen aire con que corría. Para lo cual yo no me descuidaba en moviéndose él —porque desde allí hasta media legua del lugar no me alcanzara si no es una mala suerte, que ésta siempre llega antes aunque parta después—, cuando oyó decir al que nos dio de comer que era hombre de buena flema:

—También hay otras puñaladas baratas como es en una mano o brazo o en otra parte del cuerpo, cosa de tan poca consideración que en ocho días y menos curaron, y éstas cuestan cien reales.

—¡Ah! —dijo él—, ¡esa es la que yo he menester! Tomad señor esta daga y dádmela. Haréisos pagado de lo que hemos comido y volverme heis lo demás, porque otra no la hay.

Aquí es donde yo me vi determinado a huir, mas escusómelo un hombre que se puso a la puerta y muy atentamente nos miró a los dos, a cuyo paso mi compañero perdía la color cuando él y otros entraron de tropel y nos asieron. ¿Sabido por qué?, por ladrones, porque como mi camarada lo fuese creyeron que yo lo era también.

Pusiéronnos en la cárcel con dos pares de grillos a cada uno y en un calabozo, hasta que a otro día nos pusieron en dos cabalgaduras y nos llevaron a Sevilla. Los trabajos que por el camino pasamos le será muy fácil a vuesa merced creer sabiendo por qué íbamos presos y que era hombre el que tomaba venganza como si le hubiéramos ofendido, cuya crueldad siempre fue mayor que la del más feroz animal. Aquí no tan sólo se me olvidaron los amores, sino que de acordarme dellos trasudaba.

Y pues me ha venido a las manos hablar del socorro o medicina del tiempo, no he de pasar adelante sin hacerlo, no apartándome del asumpto, antes moralizándole; para lo cual nos ha de servir de objecto una muerte, que es la cosa que ocupa todo el sentimiento que una persona de ancho corazón tiene acaudalado el tiempo, de quien se dice que lo cura o lo enferma. ¿En qué espacio olvidará este dolor? Respondo así: o este difunto era amado sólo por amarle o por el interés. Si por esto postrero, a la noche no hubo memoria dél si le enterraron a la mañana, y ansí lo que se llora no va encaminado a él, sino a ello: «¡Oh, cuál quedo!, ¡oh, lo que he perdido!» Si por lo primero, no lo olvidó nunca, sino que lo templó, y esto cuando no hubo lágrimas que llorar, porque lo que de veras se quiere ninguna cosa lo contrasta para que la memoria, y junto con ella el sentimiento, falte. Témplalo como he dicho, que a no ser ansí, mientras más claro, el juicio quedará más a escuras, y fuera peor que ejecutarle la muerte. Y esto es el socorro o medicina del tiempo.

Y si no todas las veces desta manera, en otros casos —pues con el sentimiento de lo que faltó que se quería bien no se compara nada— envía tras un trabajo grande o pequeño otro mayor. Olvídase el primero, porque en comparación de lo que es el segundo aquello no era nada. Y éstas son las amistades del tiempo, como la que a mí me hizo, que me vi tan apretado como el que estaba sin dineros, preso por ladrón y sin hombre.

Determiné escribir a mi amo el canónigo, que no me quería mal y conoció que las travesuras que de su casa me enviaron no fueron obradas por naturaleza sino por accidente. Vino a la cárcel, habló al que en la presente desdicha me había puesto y acabó con que él dijese cuán sin culpa estaba en ella; con lo cual me dieron libertad y para que la gozase me envió una sotanilla y herreruelo.

Valióme la prisión el ser hombre porque escarmenté y entendí los engaños del mundo, las mentiras y falsedades de las mujeres de aquella data, cuyos labios destilan miel con las palabras dulces que dellas despiden, mas lo encubierto, amargo como los ajenjos. ¡Oh, los peligros que le cercan al que anda por el mundo! Allí me vi a pique de morir afrentosamente si Dios no fuera servido de mover el corazón de aquel hombre.

Capítulo 15. Cómo puso escuela de muchachos. Cuenta lo que entre un médico y un valiente pasó

Heme aquí, vuesa merced, gracias a Dios fuera de la cárcel, desenamorado, con algunos dineros que me dio el canónigo, entendido en las cosas del mundo y con intento de escarmentar, que es lo mejor. Deseará saber qué camino seguí luego, pues dígosele: yo sabía leer y escribir muy bien y contar mejor, y latín más que medianamente, porque como he dicho, me lo enseñó con curiosidad el ermitaño. Díjele a mi amo que me ayudase para poner una escuela; hízolo; alquilé una casa en la parrochia de San Pedro, entre la de un valiente y un médico, puse encima un rótulo que decía mi nombre y cómo enseñaba también latín, y a lo uno y a lo otro iba a sus casas. Y como me hiciesen otras grandes ventajas en todo lo que yo quería enseñar, me acordé de aquel mi antiguo maestro que me dijo que Ulises no fue valiente, sino astuto, y que cualquier hombre había de mostrar su ingenio no en igualar al que le hacía ventajas, sino en echalle el pie delante en la medra, por cuya lición hize un hábito de tercero y me puse un rosario al cuello, con lo cual y con no ser del lugar me llevé todos los muchachos de Sevilla.

Ahora, ¿no es donoso engaño y en general en todos que crean que los naturales de sus tierras ignoran lo que profesan?, y por lo menos, ¿han visto que si han errado en algo han acertado en mucho, y que los estranjeros que vienen a ellas las aciertan todas sólo con sus dichos dellos? Y ansí las fortunas son para estraños, particularmente casamientos, y más si un hombre habla algarabía y nació en Génova o Italia, ¡allí es ello! Todos se despeñan con sus hijas y haciendas, y más si el concierto ha de pasar por mano de las madres, que creen lo que ellos las dicen como si el hacienda que prometen viniese en lo prometido.

Al fin que, como digo, empecé a alicionar mis muchachos; y ahora digo que cuando respondió un loco preguntándole en qué tanto tiempo lo sería otro, que según le diesen ellos la priesa, que no habló del que con éstos trata, porque éste, desde el día que intentó el tal menester ya lo está. El dinero que ganaba casi es cosa increíble, porque como mis trazas eran más, era el augmento muchísimo, ansí que no se concertaba conmigo nada, ni yo recebí ningún muchacho igualándole primero, antes por la mesma causa no quedaba en mi casa; y éste era uno de los valientes ardides, porque cuando mucho me dieran por cada uno cuatro reales al mes, y si lo contase de espacio los interesaba yo doblados cada semana; fuera de que no se tenía por buen padre el que no me regalaba, que era otra ganancia aparte.

Díjele a vuesa merced que puse escuela entre la casa de un valiente y un médico; pues no le quiero privar de un cuento a mi parecer si no el más gracioso de los que en este discurso hubiere leído, no el más frío, y pasa ansí:

Presentaron al dicho médico un cuero de vino muy bueno, de cuyos amores el criado vivía con mucho desasosiego, y como no hallase modo para darle siquiera un beso le halló para sacar a quien dar muchos, si sus intentos llegaran al fin deseado, porque como el sobredicho cuero tuviese de aposento el que la cebada ocupaba —en el cual estaba el pozo—, se entró por ella con la herrada en el brazo, y llenándola de vino salió a tiempo que su amo entraba.

—¿Qué llevas ahí? —le preguntó.

Y él dijo que la comida y bebida de la mula.

—Ansí, pues anda, que gustaré de verla comer.

Llegó el mozo al pesebre, puso en él la herrada, bebió lo que en ella había y salióse luego el dueño diciendo:

—Ensíllamela en comiendo, que he de ir fuera.

Salió, y entonces creí que había mulas que bailaban la zarabanda, porque como se le hubiese subido el calor al celebro, empezó a poner por obra los efectos de la embriaguez. Iba a caerse y apeóse el médico, que no fue poca fortuna poder antes, creyendo que la mula se moría, a quien el criado, como quien tan bien sabía la causa del accidente, dijo que no tuviese pena, que a otra mula del dueño a quien antes había servido la sucedió lo propio, y que aunque era mal de muerte escapó por acudir con brevedad con la medicina, y que lo mismo sería de la suya si no tardasen en aplicársela.

—Parte corriendo a buscarle —dijo el médico, y poniéndolo por ejecución el lacayo se vio con el valiente, de quien era muy apasionado, y contándole lo que pasaba habló a otro conocido suyo que, fingiéndose el que la curó dijo que haría lo propio con aquélla, mas que había de ser dándole cien reales ante todas cosas.

Dióselos él y trecientos también diera, porque la mula era la mejor que se hallaba en la ciudad y él estaba muy apasionado; llevósela poco a poco aunque cayéndose, y entrándola en una caballeriza la regaron la barriga con agua fresca y dieron a beber, con lo cual pudo volver luego a su dueño, y si se dejó de hacer fue porque la cura tuviese calidad.

A la noche fue el lacayo por la parte de sus dineros y no tan sólo no los llevó sino que burlaron dél, de que enfadado y colérico dio parte a su amo del caso, y él ante la justicia una querella del valiente, por lo cual fue preso. Y visitándose salieron a plaza interlocutores, mula, médico, lacayo y valiente.

Sentencióse no con poca risa el negocio mandando que se le volviesen los dineros, de cuya querella el valiente estuvo muy sentido, y entendiéndolo el médico le dijo que no había sido buen término el que con él se había usado, y que si le hizo poner en la cárcel para que le volviese sus dineros, que mucho más pudiera haber hecho por el modo con que se los sacaron y que hablase bien dél en ausencia, porque no le había menester para nada y le disgustaba mucho que le viniesen a decir las libertades que dél hablaba.

El valiente respondió a todo, particularmente a que no le había menester desta manera:

—Que no me ha menester ucé no necesita de que lo acredite, porque el tan valiente, ¿para qué ha menester otros?, supuesto que yo tal vez doy un estocada y no tan sólo mato, sino que no hiero, mas ucé ¿cuándo erró o no obró? De manera que me atengo más a sus dos dedos de papel de ucé que a mis cinco palmos de espada; y tan valiente es ucé que temo que ha de hacer con este lugar lo que con el trigo la oruga, que si no consume el grano le deja vacío. Dígolo, so doctor, porque si ucé no derribare esta ciudad, quitarla ha la gente. Por ucés se debió de decir: «La que a nadie no perdona.» En mucha obligación le están a ucé la mula y la muerte: la mula en que hizo ucé por ella lo que por sí pudiera hacer, por cuyas amistades se dirá con propiedad: «Mi amigo es otro yo»; la muerte porque los demás valientes, para matar, déjanle que se venga él, pero ucé va a buscarle.

Y como esto pasase en la calle y los viese mudados de color, me fui a ellos más por cumplir con el hábito y vecindad que por entender era necesario, porque creí que se burlaban, supuesto que un hijo del médico —que también era ministro de la muerte— estaba allí, y desde el principio tuvieron empuñadas las espadas, diciéndose el uno al otro: «Yo soy, yo soy», y éste a él: «Tú eres, tú eres.»

Lleguéme y dije:

—Est, aquel es.

Dos leones desatados ni dos onzas no se pudieron comparar con ellos en sacando las hojas. El alboroto que los dos metieron y la tierra que en medio hubo, aunque no tenga testigos, tengo para mí que vuesa merced lo creerá. En menos del tiempo que se puede gastar en decir la oración del Padrenuestro vinieron una muchedumbre de valientes que riñeron a dos coros, pregonando y diciendo: « ¡Aquí!, ¡aquí!». «¡Hele!, ¡hele!, ¡hele!»

Yo me puse en medio porque me dejaron suficiente lugar, y sacando el rosario les dije que no por mí, sino por el respecto que a tan santa insignia se debía, se amansasen. Fui obedecido, y envainando las hojas me cogieron en brazos y me llevaron a donde pagué el haber hecho las paces, porque es allí costumbre; con lo cual, después de haber visto muchos que entraron ovejas, lobos, me vine a mi posada quedando todos en paz.

En fin, que yo proseguí en mi menester cada día con mayor aumento y con beneplácito y voluntad de toda la gente del lugar, porque mi amo el canónigo me hacía mil favores y, por su intercesión, otros, muchos. Y no menor pensaba hacérmele un hombre que por amigo se me dio, cuya compañía era muy a propósito para enseñarse a sufrir adversidades, ansí del tiempo como de las gentes; porque el que conversa con un necio, ¿qué infortunio le puede venir de que no salga bien?

Y ansí no dijo mal un docto y gracioso fraile que, como estuviese en un negocio de importancia con cierto caballero, le envió su prelado un estudiante para que le examinase para darle el hábito. Llamó y dijo lo que se le había mandado, a quien dio por respuesta que se esperase un poco, que en breve acabaría. Hízolo así el mozo y como aguardase a la puerta de la celda y acertase a pasar por ella el que le había enviado le preguntó cómo no entraba. Díjole lo que había respondido.

—Ansí —dijo él—, pues entrad segunda vez y decid que os examine.

Respondióle que se esperase un momento, con lo cual se salió a donde antes estuvo, y como el prelado le viese salir tan presto le dijo:

—Volved a entrar y decid que digo yo que deje lo que hace y que os examine.

Volvió entonces a él el rostro y preguntóle:

—¿Sabréis sufrir un prior necio?

—Sí, sabré —respondió él.

—Pues decid que os den el hábito, que más sabéis que yo.

Dijo muy bien, porque saber cómo se han de haber con él no se lee en escuelas.

Capítulo 16. Cómo le quisieron casar. Pinta la novia y cómo se fue por ello huyendo de Sevilla

Ara pues, mi bueno de mi amigo me trató un casamiento cuyos lances, plática y partes de la novia son del tenor siguiente: yo tenía por costumbre todas las mañanas llevar mis muchachos a San Pedro, que cerca de mi posada estaba, y oír misa con ellos haciendo que cada uno trajese rosario y le rezase, y no era de los peores arbitrios, de donde volvíamos a casa y cada uno se sentaba a su labor.

Pues como un sábado fuese a lo que los días atrás acostumbraba, me hallé mi bueno de mi hombre con cara de casamentero, que es más feroz que de león, el cual me dijo:

—A vuestra posada iba yo y me lo habéis escusado.

¡Vaya vuesa merced notando las necedades! ¡Ir a tratar cosa de tanta importancia a un hombre tan ocupado a aquellas horas que lugar de rascarse la cabeza no tenía!

—Pues éste, señor, no es ni tiempo ni lugar de negociar.

—No importa —respondió—, que mientras la misa hablaremos los dos.

—¡Y daré buen ejemplo a mis discípulos! En la misa o en la iglesia no se ha de negociar más que con Dios. Suficiente tiempo queda para con los hombres.

—¡Ea!, pues entremos y oigámosla.

En fin, que no me dejó de la mano hasta que me volvió a casa, y en acabando de cortarles las plumas y dar a cada uno lo que había menester, me dijo:

—Yo creo que vos estaréis satisfecho de lo mucho que os deseo servir y cuán vuestro amigo soy.

Yo respondí:

—No tan sólo estoy cierto, mas aún muy cierto.

—Pues sabed que os quiero casar de mi mano.

«¡Oh dedos —dije yo entre mí— que escribistes la sentencia al rey Baltasar!»

—¿Pues sabéis vos, señor, si tengo yo intento de casarme?

—Tal es la prenda —dijo él— que puede hacer se vuelva el pie atrás en el intento que seguís.

—Prenda dijiste, ¡y qué cierto es ello, y qué a las veces da un hombre por ella más de lo que vale, pues da la libertad!

—Y para que vais entendiendo las veras con que os amo, esta señora no es niña.

«¡Ojo a la margen! », dije yo entre mí.

—Pues qué, ¿es vieja?

—No señor, mujer de su casa.

«Yo se lo juro a Dios que no lo sea de la mía.» Y deste coloquio la mayor parte me le había conmigo mismo.

—Tendrá treinta y ocho años.

«Ojo —dije— a la margen», «ojos —digo ahora— a los años.»

—Muy discreta, bien nacida y gran regaladora.

—¿Y es doncella?

—No fuera ese buen casamiento, es viuda.

En realidad de verdad él vino por el fruto de su sementera que, aunque había de ser —pues él sembró necedades— necedad, no fue sino paciencia; y si había de ser yo para quien fuese, también participó él dél, pues no arrimé la modestia y le metí las narices en los sesos.

—¿No será pobre?

—Y sobre todo lo dicho, es tercera como vos.

—Yo, señor —le respondí—, por ahora no tengo intención de casarme; si della mudare yo os avisaré, que quedo agradecidísimo a la memoria que de mí tenéis y a la merced que me hacíades en quererme honrar con esa señora, de cuyas partes creo no tan sólo lo que me decís, mas aún mucho más.

Con lo cual quise roer el cabestro, mas dañóme mucho el decir «por ahora», porque me respondió que si en algún tiempo me había de determinar, que no dejase pasar el presente, pues en él se me ofrecía cosa tan para vivir contento que tenía por sin duda no la hallase en otro alguno. Pidióme la viese, ya que no para efetuarlo, para que me enterase de que no me había informado con pasión, y que no la diría a ella cosa alguna cerca del intento con que la iba a ver, como tampoco lo hizo cuando me vino a hablar a mí, pues él de oficio se vino sólo por hacerme buena obra; que podía ir allá cuando gustase, pues era tercera y hermana de su orden. Yo lo prometí hacer como me lo pedía, con lo cual le eché de mí.

Vuesa merced habrá de saber que yo era lampiño. Pues de prometido me salieron barbas desde que le dejé hasta otro día que la fui a ver. Consideré qué me sucediera si llevara intento de casarme. Saliéranme —digo yo— ya canas, como los muchachos agudos que nacen vivido del vientre de sus madres el tiempo que para venir a aquella agudeza era menester, y por eso se dice: «Mucho sabe este niño, no se logrará», aunque pocos dan la razón.

Digo, señor, que fui a ver a mi tercera, tan flaca que más parecía prima, y entrando con la salutación más devota y recibiéndome con la misma, se levantó una mujer negra todo lo que vuesa merced mandare, y tan alta que fatigué la vista dos veces: una en mirarla y otra en ser ella la que miraba.

La cara de la prenda que el casamentero me encaminaba era tan ancha de frente y tan angosta de barba que parecía empezada en un punto, como las cofias que las mujeres para sí hacen. Los ojos eran azules y la cara del color que he dicho. ¡Vea vuesa merced qué buena estaría mi novia! La boquita, si no era como un piñón, era como una piña: pasábale, a mi parecer, cuatro dedos de cada oreja. Saludable, si no hermosa cosa, por que si las enfermedades se yerran por no saber dónde han hecho asiento, abriéndola ella se viera estómago, hígado, bazo y las demás partes del cuerpo. ¡Oh, qué tal era para un día de fiestas en la corte! ¡Alquilárase aquel balcón muy caro porque cabían muchos en él!

Los dientes eran buenos para ella, porque a quien lo tenía todo tan malo, le estaba bien, supuesto que no tenían nada que echar a perder. Parecían pan de santo, porque como ellos no lo comen está por unas partes negro, por otras azul y amarillo por otras. Pues quizá eran pocos, nunca entendí que había Sierra Morena de dientes hasta entonces, según estaban unos sobre otros y tantos como he dicho.

Tampoco entendí hasta que la hube visto que había narices de hábito corto como sotanilla y herreruelo. Hacía un pucherillo cuando hablaba que más parecía cacharro; no era poco, pero no valía nada. Viuda era de un barbero no poco dichoso en morirse por salir de con ella.

Despedíme y vínose conmigo el que a su casa me había llevado, preguntándome qué me pareció della, mas yo no le respondí cosa alguna hasta que otras tres veces me lo preguntó. Entonces alcé los ojos y dije:

—Estoy haciendo memoria si os he ofendido en algo y paréceme que no, y también tengo por sin duda que mis padres no os hicieron ningún agravio; y con todo no me puedo persuadir a que vos no tengáis alguna gran ojeriza conmigo, porque una mujer como ésta no se pudiera haber encaminado sino a un hombre de quien se quisiese tomar entera venganza, estoy por decir mayor que en matarle, porque entonces le mataba muchas veces, si quitándole la vida, una.

—¿Qué queréis decir? —dijo él—, ¿que no es muy hermosa? Pues no fuera buen casamiento si eso no faltara. ¿Nunca oístes, decir: «Dios te dé mujer que todos te la codicien y ninguno te la alcance»?

—Sí he oído —respondí.

—Pues esa mujer os traía.

—¿Cómo me dábades mujer que todos me la codiciasen si pueden espantar los niños con ella?

—¡Ah, señor, la hermosura del alma es mucho mayor que la del cuerpo!

¿No dije que fuese vuesa merced atendiendo a las necedades del casamentero? ¡Pues vea cuál es ésta!

—Ser la hermosura del alma mayor que la del cuerpo —respondí yo— cualquiera lo conocerá, mas no ha habido en el mundo hombre que della se enamore para el apetito sensual. Siendo esto ansí, no tiene que ver reinar en ella honestas costumbres con enamorarse del cuerpo, que por desesperado que sea habrá otro que le haga ventajas; y cuando esto no fuese, da la fea y recibe la hermosa. De manera que lo que se ha de buscar es un buen natural, que con ese es fácil —poniendo un hombre poco de su parte— gozar una honrada mujer.

—Vos miraréis cuán bien os está y yo acudiré por la respuesta mañana.

—Si no habéis de venir a otra cosa no tenéis para qué cansaros, porque yo no me he de casar, que me quiero hacer beato, pues hay beatas.

En fin, se fue y me dejó; pero a otro día, si no él, fue ella la que vino a traerme unos papeles por donde le pertenecía cierta cantidad de hacienda que un su deudo la usurpaba por falta de hombre, el cual estaba en las Indias. ¿No vee vuesa merced qué buen dote traía la que todas ellas con ella no eran nada? Entróseme por las puertas, al parecer, porque el traidor del casamentero no tan sólo la dijo nada de lo que yo le dije, sino que la aconsejó viniese ella misma a traerme los papeles, que gustaba yo dello, porque siendo los dos de una orden podíamos tratárnoslo nosotros. ¡Vea vuesa merced qué brindis éste para hacer el juicio a teja vana! Si bien es verdad que hombre ninguno podía hacer tan gran yerro, porque si pusiera la mira en cogerla algún dinero o cosa que lo valiese, no tenía qué; si en gozarla, tampoco, porque aquella mujer no tan sólo provocaba, antes era efecto de pecado ya cometido.

Hablóme como casi marido y yo la respondí no como casi enfadado, antes como muy enfadado. Pensará vuesa merced que se fue, pues en lugar dello se quitó el manto para hacerme la cama. No es bueno, que me acordé de mi maestro cuando le quitaron la cadena por aquel engaño, y que no las tuve todas conmigo. ¡Válgate el diablo la mujer si me metieses en cosa que me trastornase el juicio! Y esto se podía temer, que casarme yo, ¡ni por pienso!, porque cuando una mujer toda es defectos y es pobre no se ha de temer otra cosa. Yo llamé a Dios, y suplicándole pusiese los ojos en mi inocencia le pedí me librase del mal hombre, el casamentero; de mala mujer, la presente; de poder de justicia, por la que me amenazaba por medio de algunos testigos falsos.

Hecho esto me bajé a mi escuela, y como hallase en ella algunos muchachos —porque viéndola bajar no perdiese con ellos lo ganado— volví arriba a pedirla se quedase por entonces, de manera que hube de tener por convidada a la culebra que engañó a Eva. Cuál estaría yo considérelo vuesa merced y junto con eso, aquél estaría ella, porque cómo fuese tan necia como el casamentero, creyera que ya estaba hecho el negocio. ¡Oh valentía de una pesadumbre!, pues desde que aquel hombre quiso inquietar mi sosiego hasta que la mujer salió de mi casa, debí de vivir doce años, el semblante a lo menos ansí lo mostró.

¡Válgate la malaventura por modo de tratar casamiento! Pues, abrir el ojo, no diré que asan carne, que no la hay, sino que amenazan huesos. Y pues que he dicho huesos, le quiero cumplir lo prometido en un discurso cerca de la mujer flaca, volviendo después al estado en que éste quedó.

DISCURSO CERCA DE LA MUJER FLACA

Ser flaca no es pecado, como no sea en lo que quita opinión, mas es disgusto, porque una mujer en agudos como erizo, tan angosta de cara que apenas la caben los dedos para persignarse, no puede ser buena más que para hacer penitencia con ella, como quien se pone rallos a raíz de las carnes. ¿Quién podrá negar que no sacó de la puja, su padre desta dama, a los que pesan carne? Que si aquellos dan contrapeso del hueso, fue más la carne que dieron, mas su padre de la carne hizo contrapeso al hueso.

Yo la aconsejaría que cuando saliese de casa con aire se echase unas bolas de bronce o hierro en las mangas, como cuando hay en la mar borrasca que se echan áncoras, porque no se la lleve a otro lugar.

Para una cosa es muy buena esta dama: para llevarla un hombre a su lado, porque como haya pena para el que pone mano a la espada, poniéndola a su brazo quedará esento della y podrá defenderse y ofender, porque un estoque mejor es que una espada. Las armas de las mujeres oí decir siempre que eran la lengua, más esta dama mayor obligación tiene a naturaleza, pues le dio lo uno y lo otro, y tanto que la considero metidas las carnes en un estuche: ellas la herramienta y él las basquiñas. Sin duda ninguna que la hicieron para probar y que la dejaron con la armadura sola, como las figuras en bosquejo.

Si a esta mujer la vinieren buenas fortunas, noble se mostrará en no ensancharse; consuélese, si tuviere dineros, con que una de las honras que a los santos se les hace en esta vida es guarnecerles sus huesos con oro, y si a ella por eso no, por afortunada sí. No sé yo quién como ella por su muerte no tenga necesidad de que la embalsamen, porque si no tiene tripas, por ser mujer es bien cierto que no tiene sesos.

¡Oh, qué dieran los griegos por cuatro mil soldados como ella para su caballo, porque fueran muchos y ocuparan poco! ¿De quién como de la tal se le puede hacer menor cargo a la muerte? Porque si nació sin carne no hubo más que los huesos. Si anduvo el cielo escaso o estimó la que puso en ella, no es mío responder a ello, sólo digo que parece que se la pusieron con algodón, como cuando doran las camas.

¡Buena venía la novia! ¡Qué rostro mostró tan hermoso para que me cegase! Es cierto verdad que las mujeres propias han de ser muy queridas para poder sufrirlas tantas imperfecciones como, quitadas la tara, tienen. Y esto ¿cómo puede ser, no siendo sino muy lindas, que parezcan bien? Porque es llano que son de noche verdad de la ficción de todo el día. Considero yo por tara los chapines: ya queda una mujer media; sin ropa, basquiña y faldellín, ya no queda nada, y más si se pone un capillo de lienzo en la cabeza y otro lienzo apretado por la frente, con unos guantes por amor de la muda, que parece que va a castrar colmenas con las demás cosas que a todas les son comunes. De manera que el ponerse que he dicho, quitarse es, luego bien digo que es menester quererlas mucho para sufrirlas.

Ser una mujer lindo animal, ¿quién habrá que lo niegue? Mas ¡ay lo que hemos asentado para quien lo tiene en casa! Y por esta razón dijo bien un hombre a otro que estaba muy enamorado de su mujer: «Vos, señor, no la habéis visto como yo la veo.» Pues en eso consiste no desenamoraros, y es decir, que siendo esto como queda dicho se persuadirán a que las cosas que a todos nos son comunes a ellas no desdora lo lindo con que se imaginan, antes, por ser suyo, ha de tener otro nombre.

«Denos licencia para ir a hacer campo» me decían los muchachos de mi escuela, significando con aquel término sus necesidades, más ellas estas propias llaman flores; y ansí, cuando habité la casa del canónigo mi señor, vi muchas dellas asidas de las manecillas venir a hacer flores debajo de las ventanas de mi amo, y tantas y tan a menudo que le habían hecho un jardín tal cual de semejantes jardineros se puede entender. Mudóse de allí por mejorar de sitio y de casa, y como el que aquella ocupase fuese más descuidado, hallé que de jardín se había vuelto alameda.

Pensará vuesa merced que me dejó por esto el casamentero y la mujer. Pues antes, me persiguieron de suerte que me fue forzoso dar parte a mi señor el canónigo, el cual conoció a la gente y me dijo que me guardase dellos, porque eran personas que me arrimarían dos testigos falsos por cuyo medio les sería fácil hacer de mí lo que quisiesen.

Yo me fatigué de modo con esto que demás de no comer, no dormía, pensando cómo me eximiría dellos; y hallé que era lo más seguro preguntarle qué le podía valer si me casase. Respondióme que lo que yo le quisiese dar, y entonces creí ser verdad lo que dellos se me había dicho. Díjole:

—Pues señor Antonio, si yo me casara os diera una sortija de veinte escudos. Yo os la quiero comprar de treinta y no es poco para un pobre maestro de escuela. Vos os servid della, mas ha de ser con condición que no me habéis de tratar más de aquí adelante de esa mujer, ni ella ha de venir a mi casa.

Lo cual prometió cumplir como yo se lo pedía. No supe lo que me hice —y no es de maravillar, porque el negocio era suficiente a que el más entendido se hallase alcanzado— porque a la mañana vino ella y en su compañía todos mis males y todos mis bienes. Todos mis males: los cuidados que de hacerme suyo la desvelaban; todos mis bienes: los que a éstos se oponían. Díjome que el diablo del hombre a quien di la sortija la enviaba allá.

Si se ha visto tal desventura, gozo parezca a todos mi desvelo. ¡Que no le bastase a un pobre maestro de escuela trabajar con trecientos muchachos, sino que había de traer a cuestas a aquel picarón y a la otra bellacona!

No me atreví a disgustarla por tener en la memoria lo que mi amo me dijo y ellos en las caras mostraban. Enviéla, o por mejor decir, fuese ella cuando la dio gusto, y yo partí a dar parte a mi amo de desventura la mayor que a hombre le siguió. Allí, llorando, me lamenté de mi suerte y no hice estremos, porque el caso era tal que lo que he dicho: aunque lo parecían, no lo eran.

Él me dijo:

—Yo os prometo que me da no pequeño cuidado vuestro desasosiego y que me desvela cómo os sacaré dél, porque por todas las partes lo hallo áspero. Si los consentís, ahí os han de comer lo que tuviéredes; si los disgustáis, os han de arrimar dos testigos falsos que digan que la habéis dado palabra; si yo doy parte a un alcalde y los hago castigar, en el tiempo que estuvieren ellos en la cárcel os han de matar otros amigos suyos. No sé qué me diga.

—Pues yo sé qué me haga —dije—. ¿Todo eso no se acaba con ausentarme? Pues yo doy palabra a vuesa merced de no estar en Sevilla el sábado, y hoy es miércoles.

En este tiempo vendí el ajuarillo que tenía y me fui huyendo de unos ladrones de quien se dirá, con propiedad, «de libertades», pues la mía querían cautivar sin dejarme por dónde poder rescatarla. «¡Aquí de Dios, que me casan!», no lo debe decir aquel que viene en el concierto, yo sí, que sin quererlo me casaban.

Capítulo 17. Cómo se fue a Madrid huyendo de aquellos bellacos en cuyo camino halló quien le hizo volver. Cómo hizo casar al casamentero con la novia que a él le traía, con otras cosas

En fin, tomé la derrota para Madrid después de pedido de mi amo, el cual me dijo que para quererme como a hijo no era defecto no estar en Sevilla, que me prometía tenerme en su memoria presente y que conocería esta verdad en todas las ocasiones que le hubiese menester. Llegando pues a Tocina, nos hallamos en una posada un hidalgo de Sevilla, rico y poderoso, en ella, que me regaló mucho, cuyo hijo fue mi discípulo, que venía de adonde yo iba.

Éste me preguntó que adónde caminaba. Yo le dije que a Madrid.

—¿Y cuándo será la vuelta?

—Antes, pienso quedarme en él.

Y porque iba tan apasionado que se lo conté todo, y queriendo volver por mí —supuesto que naturaleza sea tan inclinada al mal— cuando le hube de contar el miedo que de la mujer tenía —porque no se persuadiese a que yo había incurrido con ella en algún pecado—, me dijo:

—No, no. No tenéis que acreditaros, que ya conozco a los dos y sé su trato y cuán mala gente son; y por ella os digo que hicistes bien en determinaros en lo que veo ponéis por ejecución, porque la gente es tal que os armarán muy bien el lazo. Mas, ¡por vida, de los dos!, que os habéis de volver conmigo donde ha de sucederle a él lo que a Amán con Mardoqueo, que teniéndole aparejada la horca para quitarle en ella la vida, vino en la misma a morir Amán quedando con vida Mardoqueo; porque si quería casaros con esa mujer, vos le habéis de ver casado con ella. Y contra esto no hay que responder cosa alguna, porque os estoy muy agradecido y quiero que conozcáis que el haberme doctrinado un hijo, de suerte que de un demonio me le habéis vuelto en un ángel, os lo he de servir toda mi vida. En mi posada estaréis regalado y servido sin que os cueste un cuarto, ansí la comida como el juntarle los procesos que en Granada, Málaga y otras partes tiene; y no os dé cuidado que en algún tiempo se sepa esto, que cuando ellos tengan libertad —si es que se la darán— será en parte donde a vos no os importe ni dañe.

Él lo hizo como me lo prometió, pues viendo ella el pleito mal parado y que estaba preso y en tanto aprieto dijo que aquel hombre había años que la traía engañada diciéndola que sería su marido, y que no le diesen libertad hasta que lo cumpliese. Dijo él que estaba llano a ello, pensando por aquel camino librarse del daño que le amenazaba. Casáronlos, y a otro día de la boda le volvieron a la cárcel de donde le sacaron para darle docientos azotes, con diez años de galeras, y ella desterrada por el mismo tiempo.

Yo me espanté cuando vi la negociación de mi hospedador y en tan breve, y creí entonces que mi amo el canónigo no se quiso meter en lo que estotro acabó, o por miedo o por no hacerse malquisto. Y no anduvo errado, pues para enemigo cualquiera es fuerte, y ésa es una de las infelicidades que al hombre acompañan: poder cualquiera quitarle la vida y no estar en su mano el volvérsela.

¿Qué le contaré a vuesa merced? No pasaron diez días que a mi negociador no le viniese el premio de la buena obra, porque dentro dellos enviudó. Y no he visto mujer tan de su palabra en mi vida, porque a seco y sin llover dio en decir más «que me muero antes de un mes» y se salió con ello. De suerte se amaban, o a lo menos si no era ansí lo daban a entender, que tuve por sin duda ir él tras ella, cuando le oigo decir:

—¡Oh, qué de desventuras hay en el mundo! ¡Bienaventurados aquellos que desde la pila donde los bautizaron fueron a la sepultura! ¡Pobres de la madre y hermanos desta señora difunta!

—Pobre de vos —dije yo—, que es quien más lo ha perdido, que esos señores si tienen que sentir, no es junto con haber perdido una hija buscar otra, mas vos habéis perdido tan honrada mujer, como todos saben, y tenéis que sentir el haber de buscar otra que no sabéis lo que será.

¡Donoso sentimiento de viudo, piérdela él y pone los ojos en lo que sentirán otros! Vea vuesa merced qué maldiciones se echaba:

«¡Grandes son los trabajos del mundo, dichoso el que va desde la pila a la sepultura! ¿Qué mal le estaba irse al cielo sin hacer venta en el camino?»

Paréceme esto al sentimiento de un pastor, que como fuese llorando a su mujer —que le llevaba a la tina— diciendo que quien no se había visto en tal trabajo no podía deponer de ningunos, decía exagerándolo desta manera: «¡Barrabás lleve hombre que tal trabajo no le ha sucedido! ¡Desventurado de todo el mundo! ¡Perezcan todos los vecinos de mi lugar!»

Vea vuesa merced qué bien llorado infortunio. El alcalde, que a su lado iba, le dijo: «Consolaos hermano, y no hagáis esos estremos; y pues Dios se la ha llevado, ¡vaya con todos los diablos!» Ansí le pudiera yo decir a mi viudo: «Consolaos señor, y no hagáis esas demasías; y pues Dios se la ha llevado, ¡vaya con todos los diablos!», para que consolador y desconsolado concertásemos en género, número y caso, y porque es al mundo tan necesario.

El modo con que esta mujer le dejó le escribiré en el capítulo siguiente para los menesterosos dél, y algunos con tanta razón. Y dél infirió que no la quería como mostraba, supuesto que halló traza tan válida y tan libre de que contra él se hallase acción alguna.

RECETA PARA ENVIUDAR SIN DAGA, VENENO O BEBEDIZO, O OTRO INSTRUMENTO ALGUNO

Récipe la mano de su mujer todo hombre que desee la estimada libertad y verse en el estado que antes estuvo —y mucho más aprovechado, pues se hallará más docto— con gran disimulo cuando va a salir de casa y dígala: «Amiga, por vida mía que te desayunes, que una mujer que ha entrado en edad no es bien que esté tanto tiempo sin comer», y váyase luego, que apenas habrá puesto los pies fuera de los umbrales de la puerta, cuando diga rascándose la cabeza a dos manos: «¡Por el bien de Dios, que dijo mujer entrada en edad!», sacará el rosario de la manga y pedirá el espejo; el rosario para hacer por él la cuenta de los años, y el espejo para preguntarle si sabe lo que dice su marido.

Está sin lavarse la cara y con la pesadumbre recibida; no es la que el día antes fue, y todo es oro. No la contenta la luz de la sala y menos de la alcoba; ya se halla con arrugas la que no había ocho días se decía a sí mesma estaba mejor que cuando se casó. Déjale y toma el rosario. Unas veces, según está de turbada, se halla de once años, y otras de cuarenta. «Muchacha —dice—, llámame al primer hombre que pasare por la calle.» Sube el primer hombre, pídela la haga una cuenta: propone de suerte que no la sacara el que inventó la Aritmética. Despídele diciendo la perdone. Bájase él y queda ella hecha un infierno de cólera, y es todo oro. ¡Oh, lo qué diera porque Juan de Leganés no hubiera muerto!

En esto entra el marido. Está ella en un aposento detrás del alcoba. Llámala a comer. Dice no tiene gana, y es verdad. Llámala segunda vez. Dice no está buena. Ya revienta y dice: «¡Mal hombre! ¿En edad he entrado? ¡Pues advertid, mal hombre, yo fui la menor de mis hermanas! La que nació antes que yo tenía… » Levántese entonces el marido y diga: «¡Justicia de Dios! ¿Que porque aconsejo a esta mujer no esté en ayunas no me puedo averiguar con ella? Tengo de salir al patio a que sepan los vecinos lo que padezco», y haga que va a ello, que ella se pondrá en pie y asiéndole del brazo le dirá: «¿Dónde vas bobo, no ves que me burlo contigo?»

Esto todo porque nadie entienda lo de los años, y lo mismo hará la mujer más recia del mundo, y cuando tanto lo fuese que les obligase a entrar, tendrá él sentencia en favor, tanto porque el negocio va fundado en caridad cuanto porque no se defenderá ella, porque a ningunos negocios echan ellas tierra como a los tocantes a la edad.

Comerán los dos juntos. Si llegare viva al otro día, no la diga nada hasta pasados algunos, al cabo de los cuales añada el enviudando este compuesto: hágala poner el terno rico y que vaya a alguna visita donde están las que decimos bravas, hállese él en ella y traiga a conversación la fama que de hermosas algunas mujeres tienen y diga luego consecutivamente: «Todas cuantas la han tenido y la tienen grande, son feas para lo que doña Fulana fue. Ya está acabada, pero no ha habido más linda cosa en el mundo.»

Con esto se puso fin al negocio, haya Dios su ánima que ya es muerta. Y él no tiene más que irse de allí, que lo mismo hará ella, y hacer que le traigan los sacramentos y que le corten el capuz, que ya está graduado.

Ser ésta la enfermedad de que murió consta por lo general, y porque gozaba de buena salud y de muchos regalos y nunca se halló sin gana dellos, hasta que el marido Ulises cegó los ojos a su mujer, que nunca trató de ser con él Polifemo, mas según lo que pasó después bastábale vivir ella.

Puestas las cosas en este estado le pedí al cabo de algunos días licencia para volverme a mi ejercicio, y no me la dio porque dijo me quería ocupar en cosa de más interés y de mayor estimación. Yo se lo agradecí y me estuve quedo sin preguntarle en qué, satisfecho de que no me engañaría en nada.

Y pues no tenemos ahora cosa de que hablar por no haber sucedido en su casa, le quiero hacer a vuesa merced sabidor de un sueño que una noche tuve, procedido de lo que diré. Sí que no se habrá vuesa merced olvidado de que yo traía el hábito de tercero, como también entonces le traje; pues sepa que en fee dello me hallaba en muchas conversaciones de damas medio santas, donde casi a una se rezaba, reía, merendaba y jugaba, tanto por lo que he hecho cuanto porque sabía astrología y me dieron opinión algunos juicios que hize y muchas cosas que decía por la mano; lo cual todo aprendí de aquel que me crió en la ermita.

Capítulo 18. En que cuenta un sueño y cómo pasó a las Indias

Pues sepa vuesa merced que mi viudo se animó un poquito y dio conmigo una noche en casa de unas damas que, luego que me vieron, no hallaron lugar donde sentarme por la golosina de las cosas que he dicho. Hablamos allí y entretuvímonos un rato, al cabo del cual una dellas me preguntó qué quería decir soñar que la llamaban a juicio y que la llevaba el diablo, a quien yo respondí que no era Josef ni éste el tiempo en que se daba respuesta a tales preguntas, mas que aunque creer en sueños era gravísimo pecado, que la daba licencia que cuando lo tal soñase lo creyese y a la mañana se confesase, pues de nadie se podría decir se curaba en salud.

¡Ah verdad compuesta siempre con zumo de ajenjos! ¡También aquí tuviste mala posada!, pues mostrando el rostro agrio me dijo:

—Que me interpretéis el sueño os pido, no que me deis consejo, y esto burlándome os lo pregunto; como por pasar tiempo os lo he referido.

—Ara pues va de interpretación, ¿en qué habéis entendido estos días?

—He ido a la comedia de allí en un coche, y hémonos juntado mis amigas y yo a merendar y holgarnos.

—Pues digo, señora —la dije—, que justamente sueña que la lleva quien vos decís, a la que en tantos ejercicios se ha ocupado; y para esta interpretación no es menester la habilidad de Josef, pues cualquiera oyendo vuestro dicho os condenara a lo que yo. Fuera de que cuando las conversaciones no hayan sido de más peligro que ésta, soñastes jurídicamente, porque sueño es representación de algún objecto en la imaginativa mediante la especie sensible.

—¡Jesús qué cansado hombre! —me dijo apartándose de mí.

Acordéme entonces de la fábula del león, que preguntando él mismo si tenía mal olor en la boca mataba a quien le decía que sí. Experimentó este efecto el perro, pues de buenas a buenas le dijo que le olía muy mal. Ansí, señor perro, no haréis vos casas con azulejos, aprended de la zorra, que dice que no huele porque está con romadizo.

Con esto nos fuimos y yo dando y tomando en el sueño aún mientras cenábamos, y como aquellos días anduviese melancólico, tanto por haber visto morir a la señora de casa cuanto por el mal suceso de aquella pobre gente, y me acostase con esto, me dormí luego, porque había mucho que hacer. A cuyo cerebro me subieron unos flatos que por pasar por el corazón y tenerle tan melancólico como he dicho, soñé triste uno y ridículo otro, de cuya variedad de cosas se me representó la que más tuve entre las manos y más me importó salir bien della. Y tras ésta, luego inmediatamente, un donoso disparate, y fue que venía un comisario de la otra vida con pleno poder para castigar y hacer mercedes, el cual puso su supremo tribunal en la plaza, a cuya audiencia acudió multitud de gente: bien sea verdad que éstos fueron los que traían causas legítimas para que se les hiciese merced, que los que habían de ser castigados por fuerza vinieron.

Sentado que fue el juez en su tribunal, sin estar presentes más que la Muerte, el Desengaño y la Verdad —porque para ello se hizo un apartado a cuya puerta había porteros—, fueron entrando por su orden.

El primero que se visitó fue un hombre mozo, de no mal talle. Éste dijo:

—Señor, yo soy casado y vivo con gran tormento y muchas pesadumbres, de que es causa mi suegra, y yo no tengo madre en estos reinos. No se puede reñir con armas dobles, suplícoos mandéis que muera.

—¡Oh, la Muerte, llevaos esa suegra! Y para aliviar de gente, supuesto que la mayor parte viene a eso, todas las que hubiere en este lugar.

Cuando se oyó una voz que dijo:

—Señor, suplícoos que no muera la mía, que yo no me hallo mal con ella.

—¿Qué dice aquel hombre? —preguntó.

—Pide que no muera la suya —dijo un portero.

—Pues llevalde al infierno.

Y saliendo la Muerte a ejecutar la sentencia y pasando por junto a mí, me dijo:

—¿No sois vos Lázaro de Manzanares?

Espeluzáronseme los cabellos, y sin acertar a pronunciarlo, dije que sí, y junto con ello pregunté de qué me conocía.

Ella me respondió:

—¿Pues no queréis que conozca a quien estuvo a pique de casarse? Vení conmigo, que seguramente podréis ya.

Almorzóse a mi parecer en un cuarto de hora más de diez mil suegras, y si el almuerzo fue éste, ¡cuál sería la comida! Copiosísima, es cierto, a no impedirlo un portero que la vino a llamar. Fue, y yo con ella, a quien el comisario dijo que mirase lo que pedía un pobre hombre y que lo hiciese.

Era su petición que él estaba examinado de zapatero y que por falta de dientes con que tirar del cordobán no usaba el oficio y padecía extrema necesidad, que de la gente que ya no los había menester se le diesen unos. Fuimos a ello los tres y entre todas no se hallaron dientes que poderle dar. Yo me admiré en ver qué de tiempo habían vivido. Volvimos con la respuesta y él también se admiró y dijo que era imposible dejarlos de haber buenos entre las que faltaban, que si los diese entonces ansí había de ser ello. Mas, viendo ellas el daño que tan en casa tenían, se conjuraron y haciendo un escuadrón pusieron a la Muerte de manera que no quedó de provecho, y tan escarmentada que, si había de ejecutar alguna sentencia, preguntaba primero si era en suegra.

Al fin llevó buenos dientes, y como mi ya amiga la Muerte se cansase de estar en pie —por la gran flaqueza que consigo tiene— y se sentase en el suelo, donde se hallaba por la causa dicha tan mal, la dije que si no se nos tuviese a descortesía que, doblada mi capa, nos podríamos sentar sobre ella. Aceptó ella porque dijo saber no enojarse el comisario por ello.

La primera en número que por fuerza vino, y segunda en visita, fue una recién casada muy linda, a quien el comisario preguntó por su madre. Dijo cómo fue una de las que el día antes habían muerto.

—¿Y qué edad tendría?

Respondió que setenta y seis años.

—Ansí, viejos son vuestros pecados, pero ya venís sin ellos. Sírvaos ahora de castigo la vergüenza que aquí padecéis.

De manera que según lo que me pareció, la moza era forzada della en lo malo que hacía, cuyo rostro salió vertiendo —diré en propios términos— salud en las colores que dél se partían. Y bien digo salud, y que aunque la vertía, mejor se quedaba con ella.

—¿Cómo no entran unos hombres que he enviado a llamar?

—Porque no lo son en sus cosas.

—¿Y, pudiendo haber escarmentado, se están tan mozos como de antes? Y vengo determinado a castigarlos.

—Algunas viudas están aquí —dijo un portero—, que por no haberlos hallado las he traído.

—Daldas acá.

Pusiéronselas delante; venían con sus tocas de Cambray y con una vueltas junto a los codos y unos guantes de media legua de andadura. Luego que las vio el comisario dijo:

—¡Bueno, bueno! Esto quiero yo. Traedme aquí luego los hombres que os he dicho.

Vinieron y mandó se casasen con ellas: cruel castigo.

Allí entró luego un hombre, a su parecer satisfecho de que volvería bien despachado, que el juez le desconoció, y, diciéndole que no era él el que había visto hasta entonces, le dio por respuesta que sí era, salvo que por entrar antes que otros había tenido cierta pesadumbre en que perdió la cabellera.

—Y bien, ¿por qué os la ponéis?

—Porque parezco muy mal calvo.

—¿Y queréis volver a la edad en que tuvistes pelo para holgaros, como si ahora amaneciese? Pues sabed que ya es de noche. Y, ¿qué queréis?

—Suplicaros sane de un corrimiento que a las narices me viene, porque las tengo postizas y me ocupa mucho entrarme tan a menudo en un portal a limpiarlas; y podéis dármele en otra parte, cuando la merced no me hagáis cumplida.

—En fin, ¿que sois calvo y tenéis las narices de metal?

—Sí señor, y también tengo dos fuentes.

—Y con todo, los ojos cerrados —le dijo—. Pues el haceros merced es no hacer lo que me pedís, bástaos lo malo que sois sin daros ocasión a que lo seáis más.

Muchas veces dijo: «¡Entradme acá esos gruesos, entrádmelos acá!», cuando veo entrar cuatro o cinco que por fuerza llevaban un hombre muy hinchado, mirando con gran gravedad.

—¿Quién sois? —se le preguntó.

Respondió muchos títulos.

Ansí, dijo:

—Llamadme acá algunos de los que están ahí fuera. ¿Qué oficio tenéis? —fue preguntando.

Dijo el primero que gentilhombre de una señora.

—¡Vos tenéis harta mala ventura!

En fin, entre cantidad dellos el que mejor comodidad tuvo fue comer en casa de un hermano suyo.

Volvióse al hinchado y díjole:

—Hermano, he mirado todos estos hombres y veo que no tenéis más que ellos. Compuesto de las partes que ellos están, véolos sin tener en qué se ocupar, y a vos muy cargado de oficios. Id dando a esa gente hasta lo que alcanzare y quedaos vos con uno sólo, y no trabajéis más de por uno si no habéis de vivir más que por vos sólo.

Hízolo con tan grandes lástimas y tanto sentimiento que al paso que se iba desposeyendo se iba secando.

Tras éste entró una vieja y dijo que ella era ama de un cura medio sordo, muy mal acondicionado, y que ella era balbuciente y su amo reñía muy a menudo, y que por meterse en cólera no podía dar cuenta de sí, y andaba siempre la casa como si fuese de locos; que le suplicaba la hiciese merced de quitarla aquel defecto, pues naturaleza la hizo menesterosa de que hubiese de servir para comer, que la pusiese en estado que sin tanto trabajo lo ganase.

—¿Dónde está el cura? —dijo el comisario.

—Está aquí fuera.

—Pues, ¿por qué no entró?

—Dijo que aguardaba a ver mi despacho para entrar él luego.

Mandó entrase, hízole llegar cerca y díjole:

—¿Es esta criada de vuestra casa, amigo?

No se lo dijo en el tono que solía responder a propósito, y dijo:

—Si ella lo ha dicho miente, que no sé si es hombre o mujer.

—Ta, ta —dijo el comisario—, yo apostaré que hay sobrino en casa.

—Sí, señor —dijo la vieja—, un sobrino grandecito, gloria al Señor, tiene su merced.

—Ansí pues, Muerte, llevaos ama y cura y todos los demás que tuvieren sobrinos.

Tras éstos entró luego una mujer llorando muy amargamente, mas muy compuesta con su beca, lindos puños, muy bien aderezada toda ella y no menos la cara, muchas sortijas, lindo apretador de diamantes y muy buen cabestrillo. Y esto ya era a otro día muy de mañana.

Luego que el juez la vio dijo:

—¿Pues trayendo beca venís tan llorosa? Pensé yo que una de estas estolas alegraba toda una calle. ¿Qué es lo que tenéis que os ha obligado a madrugar tanto?

Ella dijo:

—¡Son grandes mis males!

—¡En verdad que no lo mostráis! No he visto yo venirlos a contar tan compuesta. Veníslo tanto que parece habéis salido de una caja. ¿Qué es lo que queréis?

—Señor —dijo—, ya que naturaleza me dio el parecer que veis y fortuna con que le adornase, son tan infernales los celos que de mí tiene mi marido que en el mes no se deja de reñir un día, y en ése dos veces cuando menos; de suerte que es mi casa un infierno sin darle yo ocasión para ello.

—¿No le dais ocasión —dijo— y parecéis diosa de las Indias, compuesta tan de mañana? Mas, ¿que no habéis mandado aderezar la casa?

—Es ansí, señor, mas fue por venir temprano a la vuestra.

—Pues, ¿el tiempo que gastastes en eso no fuera mejor gastarlo en esotro, y más no habiendo de poner vos de vuestra parte más que mandarlo? ¿En qué se ocupa vuestro marido?

—Hace negocios, y desde antes que yo viniese aquí está él fuera ocupado en ellos.

—¡Está bien, él trabajando y vos tan cuidadosa en engalanaros! ¡Llámenmele! —dijo.

Cuando puso los pies en los umbrales entró sentido de que le hubiese su mujer ganado por la mano. Traía la abertura del cuello enfrente de la oreja y muchos papeles en la pretina.

—¿Por qué sois —le dijo— tan celoso que aguáis los gustos a vuestra mujer?

Respondióle:

—Señor, yo la traigo de la suerte que veis y ella me trae de la que aquí vengo; no la pido más de que deje la amistad de ciertas amigas, cuya conversación será muy buena, mas yo no la quiero.

—¿Qué os parece? —la preguntó.

Ella dijo:

—Son unas viudas muy honradas y muy buenas cristianas que están rezando en la iglesia desde la mañana hasta mediodía.

—Digo, señor, que yo me entiendo y que quiero que rece mi mujer en casa.

—¿No le dais causa para que tenga celos? —dijo vuelto a ella, y a él mandó no hablase más, diciendo conocía a las viudas, a quien, poco ha, hizo langostas de unos hombres a quien venía a castigar, casándolos con ellas—. Vos, señora, venistes por remedio y fuera bien llevárades castigo, mas usando de clemencia por vuestro marido, que le hallo hombre de bien: ¡Desengaño, Muerte y Verdad, encargaos della!

Luego la asió el Desengaño, que más cerca estaba. Levantóse de mi lado la Muerte y todos tres cargaron con ella —a quien yo seguí, fiado en mi amiga—, los cuales dieron con ella en el infierno, a cuya puerta hallé multitud de hombres que yo conocía muy bien. Tenían los más sus hijos de las manos, y luego que vieron la Muerte al ojo se hincaron de rodillas y empezaron a gemir.

Yo llegué hasta la puerta y puse la cabeza por ver si hallaría allí ciertas personas cuyo desordenado camino me olió a tal paradero. No pude ver nada, tanto por el mucho humo cuanto porque luego que entró la Muerte cerraron, y la gente que antes estaba tiró de mí para ganarme el lugar. Yo me quité de muy buena gana, y poniéndome de los postreros pregunté a uno:

—¿Qué es lo qué aquí hacéis?

Él me respondió:

—¡Oh, qué bueno es eso! Sois tan afortunado, que pusistes aquí los pies y preguntáis qué es lo que hacemos. ¿No sabéis que allí dentro dan lindos oficios o sino, mucho dinero?

Yo le respondí:

—Luego, ¿por eso van entrando tan por contadero que casi no está abierta la mitad cuando todos se abalanzan a hacer diligencia?

—Sí señor, y cuando toda no se abre, por un resquicio que haya entra el que está cerca su hijo.

Yo le respondí:

—Pues, ¿cómo tardan tanto los que desde que vine han entrado?

Respondióme:

—Hay otra puerta por donde salen.

Entonces, lastimado, con voces que lo mostraban, les dije:

—Hombres, mirad que entráis en el infierno y que os tiene tan cerca dél el trato ilícito y la hacienda ajena. No os engañéis a vosotros propios, que no hay qué dar allá, sino pena eterna. Mirad que no hay más que esa puerta por donde vuestros compañeros han entrado y no han vuelto. Mirad también que una vez allá no hay redempción.

Esto acabé de decir, cuando el que me había informado dijo tan recio como yo:

—¡Oh, qué gracioso está el hombre! ¡Por ganar buen lugar lo hace!

Yo respondí:

—Pues, ¿no estuve a la puerta? ¿Quién me impedía entonces la entrada? Y ya que vosotros queréis ir allá, no llevéis vuestros hijos.

No sé si cuando me asomé a ella me conoció alguno que dentro estaba o por las voces que di vino en quién fuese, porque, abriéndola de repente dijeron: «¡Ah, hermano Lázaro!»,esto con una voz lastimosa diferente de las del siglo. Apenas hubo sonado cuando tras ella salió un diablo tan contento, haciendo cabriolas, que pareció no le doler nada, y preguntando:

—¿Quién se llama aquí Lázaro?

Luego que yo le vi dejé el sermón y me encomendé a mis pies. No sabía, por haber entrado a escuras, por dónde me iba, y por no despeñarme me senté con grandísimo miedo, diciendo:

—Conocidos tengo aquí yo. ¡Ah, Muerte amiga, si vinieses!

No salió por entonces, antes, oí unos gritos que sonaban, a mi entender, por más de ocho leguas alrededor, los cuales daba la que dentro entraron los ministros con quien yo vine.

Lo que en aquellas cortes se juraba era lo siguiente: «No usaré más de la amistad de aquellas amigas; no iré a todas las comedias; no saldré fuera tan a menudo; no pediré galas superfluas ni afligiré a mi marido por ellas, ni le daré ya mala vida.» A todo lo cual estaba yo tamañito, porque cuando mis muchachos asentaban conmigo cosas de aquel jaez, no estaban los más contentos del mundo. Y entonces me pasó por el pensamiento si aquel gentilhombre que salió en mi busca me quería para preguntarme algo cerca del caso.

¿Quién creerá que se haya oído en algún tiempo en el infierno cosa que sonase bien?, porque con lo que la atormentada mujer dijo, el tono más bien cantado no se puede comparar. Admiróme mucho una cosa, y fue que con haber prometido tanto, aún se quejaba con las ansias que al principio, señal de que el tormento aún no había cesado; cuando la oigo decir: «Yo despediré las criadas que al presente tengo», con cuya promesa luego luego fue libre del tormento.

Y entonces salieron todas, y ella tan doméstica —así por lo padecido cuanto por haber visto allá tantas damas que en el siglo fueron sus amigas— que, como una Magdalena se despojó del vestido; cuyo marido no se hartaba de dar gracias a quien tanto bien le hizo. Diéronse las manos diferentemente que otros casados se las suelen dar; llevaba los ojos en el suelo y la beca en la manga. Entonces conocí había alcanzado el marido lo que deseaba, no por gastar menos sino por no gastar su salud viendo el cuidado de su mujer en componerse.

Yo conté a mi amiga lo que me pasó, por cuya causa le aguardaba tan lejos. Respondióme:

—No teníades que tener pena, que los que padecieron en el purgatorio que vos los días atrás no van al infierno.

—¡Vea vuesa merced cuál era la tercera que por esposita el amigo me daba! alegréme y causáronme admiración tres cosas: la una, que para que pudiese vivir aquel hombre con su mujer, fue menester llevarla al infierno; la otra, que ganasen lugar los otros con tantas veras para irse a él; la tercera, que en el tiempo que allí estuve vi caer muchos, unos forrados en felpa y otros no tan solamente forrados, mas aún sin capa.

Al fin nos volvimos a nuestro puesto, donde nos sentamos de la misma manera que antes estuvimos, y entró una doncella que tomaba el acero y entonces venía de hacer el acostumbrado ejercicio, sirviéndola de escudero un primo suyo estudiante, la cual traía en el sombrero muchas flores de almendro.

Luego que la vio dijo:

—Yo seguro que ésta que no viene a pedir, que trae flores, aunque la otra vino a ello y tampoco lo parecía. ¿Qué es lo que mandáis y de dónde venís?

Ella dijo:

—Tomo el acero, que estoy muy opilada. Venimos de andar y sírveme mi primo de escudero.

—¡Y venís bien florida! Pues dígoos que no todas las flores hallastis en el jardín, que de casa salís siempre con alguna; y si ellas vienen en el sombrero, el fruto traéis en el vientre, porque de semejantes jarabes tomados por mayo, se suele gozar la operación por enero.

Heláronse los dos y sin preguntarla lo que quería, mandó a la Muerte se llevase a su madre, que era su pretensión y que se casasen ellos. Justos dos castigos: el uno, que se hiciese lo que pedía, porque falta de la madre, aunque esté decrépita, enferma y enfadosa como aquella, gran castigo es; y el otro, que se casase quien tal pedía.

La Muerte, que a mi lado estaba, y entonces divertida, creyó que era suegra, y volviendo a mirarme me hizo un gesto tan feo que me espantó; y desperté privándome de otras muchas cosas que allí se verían. De manera que en cuatro o cinco horas que soñé, pasaron dos años por lo menos. Halléme en mi cama, mentira todo lo imaginado como lo son todos los sueños, mas con gran temor del gesto de la Muerte.

Pasados que fueron algunos días, me dijo mi negociador de la voluntad que aquellos bellacos me querían prender.

—Ya vos, señor, sabéis mi ocupación, que es tratar ansí en asegurar navíos como en enviar cosas a las Indias. Pues dadme acá el dinero que tuviéredes y dejad de ser maestro de niños, que en este trato podéis tener tal fortuna que en breve tiempo intereséis gran cantidad dellos. Cuando mal os dijese vuestra habilidad, os queda en pie para poderos volver a ella, y mi amistad para siempre.

Aceptélo yo y dile mil escudos en oro, sin ningún temor de que por su parte me vendría mal alguno, con lo cual empezamos nuestra obra. Y compradas que tuvimos muchas cosas le dije que tenía intento de pasar a ellas, y que pues todos los años iba un criado suyo, que yo iría en su lugar o que fuésemos los dos, y que si era su parecer me quedase yo con el fator que en Méjico tenía para ayudarle en la administración y venta de las cosas que de España se le enviaban.

Él me respondió que desde que me trajo a su casa había propuesto hacer todo aquello que bien me estuviese y dello gustase, que no lo había de mirar una vez sino muchas y, que si me importaba para mayor utilidad mía, que fuese en buen hora; donde no, que me quedase en su casa, pues en ella se me servía con voluntad sin que por ello se le hubiese de dar interés alguno; y que mirase también que si se perdía el navío en que mi hacienda iba quedaba yo para poder ganar otra tanta, mas que si me perdía, que todo se acababa entonces.

Yo se lo agradecí y como estuviese determinado me embarqué dentro de muy pocos días, donde me sucedió lo que a vuesa merced prometo en la segunda parte, prosiguiendo hasta que ya por mi mucha vejez no me pude contar entre los vivos.


Publicado el 9 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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