El Paraíso Perdido

John Milton


Poesía



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Índice

Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Libro V
Libro VI
Libro VII
Libro VIII
Libro IX
Libro X
Libro XI
Libro XII

Libro I

Canta Musa celestial, la primera desobediencia del hombre y el fruto de aquel árbol prohibido, cuyo gusto mortal trajo al mundo la muerte y todas nuestras desgracias, con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre más grande nos rehabilitó y reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. Desde la cumbre solitaria de Oreb o del Sinaí, donde inspiraste al pastor, que fue el primera en enseñar a la raza escogida cómo salieron el cielo y la tierra del Caos, o desde la colina de Sión y las fuentes de Siloé si te placen más, invoco tu ayuda para mi atrevido canto; porque no pretendo remontarme con tímido vuelo sobre los montes de Aonia al intentar referir cosas que nadie ha narrado hasta ahora, ni en prosa ni en verso.

Y Tú, ¡oh Espíritu!, que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, instrúyeme, puesto que sabes; Tú estabas presente en el primer instante; desplegando como una paloma tus poderosas alas, cubriste el inmenso abismo y los hiciste fecundo. Ilumina lo que en mí es oscuro, eleva y sostén lo que está abatido, para que desde la elevación de este gran asunto puede defender a la Divina Providencia y justificar ante los hombres las miras del Señor.

Dime, desde luego, ya que ni el cielo ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista: di cuál fue la causa que obligó a nuestros primeros padres, tan felices en su estado y tan favorecidos por el Cielo, a separarse de su Creador, a transgredir su única prohibición cuando eran soberanos del resto del mundo. ¿Quién los indujo a tan vergonzosa rebelión? La Serpiente infernal, cuya malicia, animada por la envidia y por la venganza, engañó a la madre del género humano: su orgullo la había precipitado desde el cielo con todo su ejército de espíritus rebeldes, con cuya ayuda aspiraba a sobrepujar en gloria a sus semejantes, lisonjeándose de igualarse al Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Dominado aquel espíritu por este ambicioso proyecto contra el trono y la monarquía de Dios, suscitó en el cielo una guerra impía y un combate temerario: más sus esfuerzos fueron vanos.

La Potestad suprema le arrojó de cabeza, envuelto en llamas, desde la bóveda etérea, repugnante y ardiendo, cayó en el abismo sin fondo de la perdición, para permanecer allí cargado de cadenas de diamante, en el fuego que castiga; él, que había osado desafiar las armas del Todopoderoso, permaneció tendido y revolcándose en el abismo ardiente, juntamente con su banda infernal, nueve veces el espacio de tiempo que miden el día y la noche entre los mortales, conservando, empero, su inmortalidad. Su sentencia, sin embargo, le tenía reservado mayor despecho, porque el doble pensamiento de la felicidad perdida y de un dolor perpetuo le atormentaba sin tregua. Pasea en torno suyo sus ojos funestos, en que se pintan la consternación y un inmenso dolor, juntamente con su arraigado orgullo y su odio inquebrantable.

De una sola ojeada y atravesando con su mirada un espacio tan lejano como es dado a la penetración de los ángeles, vio aquel lugar triste, devastado y sombrío; aquel antro horrible y cercado, que ardía por todos lados como un gran horno. Aquellas llamas no despedían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan sólo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza, ¡la esperanza que dondequiera existe! Pero sí suplicios sin fin, y un diluvio de fuego, alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

Tal es el sitio que la justicia eterna preparó para aquellos rebeldes, ordenando que estuviesen allí aprisionados en extrañas tinieblas y haciéndolo tres veces tan apartado de Dios y de la luz del cielo cuanto lo está el centro de la creación del polo más elevado. ¡Oh cuán distinta es esta morada de aquella donde cayeron!

Pronto divisa allí el arcángel a los compañeros de su caída, sepultados en las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Uno de ellos se agitaba entre llamas a su lado; era el primero después de él, así en poder como en crimen, mucho tiempo después conocido en Palestina con el nombre de Belcebú; El Gran Enemigo, llamado Satanás en el cielo, quien rompiendo el horrible silencio con altaneras palabras empezó a decir:

¡Si tú eres aquél... Pero cuán decaído, cuán diferente del que, revestido de un brillo deslumbrado en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendor a millares de resplandecientes espíritus!... Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un solo pensamiento, un mismo dictamen, una esperanza igual e idéntico peligro en una empresa gloriosa unieron conmigo en otro tiempo, y a quien hoy une también una misma desgracia en igual ruina, contempla desde qué altura y en qué abismo hemos caído: ¡tan poderoso se mostró Él con sus rayos! Pero ¿quién hasta entonces había conocido el efecto de sus armas terribles? No obstante, a pesar de sus rayos, y a pesar de todo cuando el Vencedor, en su cólera, puede hacer contra mí, no me arrepiento ni varío; por más que haya cambiado mi brillo exterior, nada podrá alterar este carácter obstinado, este soberano desdén, hijo de la conciencia del amor propio ofendido; este espíritu me indujo a levantarme contra el Omnipotente, arrastrando al furioso combate innumerables fuerzas de espíritus armados que osaron despreciar su dominio, prefiriéndome a Él y oponiendo a su poder supremo un poder contrario, hasta que en una batalla indecisa, dada en las llanuras del cielo hicieron oscilar su trono.

"¡Qué importa la pérdida del campo de batalla! Aún no está perdido todo. Conservando todavía una voluntad inflexible, una sed insaciable de venganza, un odio inmortal y un valor que no cederá ni se someterá jamás, ¿puede decirse que estamos subyugados? Ni su cólera ni su poder jamás podrán arrebatarme esta gloria; no me humillaré, no doblaré la rodilla para implorar su perdón, ni acataré un poder cuyo imperio acaba de poner en duda mi terrible brazo. ¡Eso sería una bajeza, eso sería una vergüenza y una ignominia más humillantes aún que nuestra caída! Ya que según lo dispuesto por el Destino, la fuerza de los dioses ni la sustancia celeste pueden perecer: ya que con la experiencia de este gran suceso nuestras armas, no debilitadas han ganado mucho en previsión, podemos, con esperanza de mejor éxito, determinarnos a hacer bien, sea por medio de la fuerza o por medio de la astucia, una guerra eterna, irreconciliable, a nuestro gran enemigo, que ahora triunfa, y que, en el exceso de su gozo, reina como absoluto, ejerciendo en el cielo toda su tiranía".

Así habló el ángel apóstata, aunque sumido en el dolor, vanagloriándose en alta voz, pero desgarrado por una profunda desesperación. Su orgulloso compañero le replicó:

"¡Oh príncipe! ¡Oh jefe de tantos tronos, que condujiste a la guerra bajo tu mando a los serafines ordenados en batalla! Tú, que sin espanto y en distintas acciones formidables pusiste en peligro al Rey perpetuo de los cielos ya prueba su poder supremo, ya proceda éste de la fuerza, de la casualidad, o del hado, ¡oh jefe! Bien veo y maldigo el suceso fatal de una triste derrota y una vergonzosa pérdida, que nos ha arrebatado el cielo. Todo este poderoso ejército se ve por ello sumido en una horrible destrucción, en cuanto pueden ser destruidos los dioses y las esencias divinas, porque el pensamiento y el espíritu quedan invencibles, y el vigor renace pronto, por más que se haya extinguido toda nuestra gloria y sumido aquí en una miseria infinita nuestro feliz estado. Pero ¿y si nuestro Vencedor, a quien empiezo a creer Todopoderoso, pues que sólo un poder como el suyo es capaz de domar otro como el nuestro, nos hubiese dejado por completo nuestro espíritu y nuestro vigor para que podamos sufrir y soportar con fortaleza nuestras penas, para bastar a su vengativa cólera o para prestarle aquí, como esclavos suyos por derecho de conquista, un servicio más rudo, según sus necesidades, o el corazón del infierno para trabajar en el fuego o servirle de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza o la eternidad de nuestro ser para soportar un castigo eterno?"

El Gran Enemigo respondió con precipitación:

"Querubín caído, mengua es mostrarse débil, ya en las obras, o ya en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestra misión no consistirá nunca en hacer el bien; nuestra única delicia será siempre hacer el mal, por ser lo contrario de la alta voluntad de Aquel a quien resistimos. Si su providencia procura sacar el bien de nuestro mal, debemos trabajar para malograr este fin y hasta para encontrar en el bien medios que conduzcan al mal, lo cual podremos lograr con frecuencia de modo que quizá lleguemos a apesadumbrar al enemigo, y, ni no me equivoco, a distraer sus más profundos designios del fin a que se encaminan."

"Pero, ¡mira!, el vencedor, irritado, ha convocado otra vez en las puertas del cielo a sus ministros de persecución y de venganza: la lluvia de azufre lanzada sobre nosotros en la tempestad pasada ha allanado la ola ardiente que desde el principio del cielo nos ha recibido al caer. El trueno, con sus alas de encendidos relámpagos y sus impetuosa rabia, ha agotado quizá sus rayos y cesa ahora de mugir a través del abismo vasto y sin límites

No dejemos escapar la ocasión que nos proporciona el desdén o el furor satisfecho de nuestro enemigo. ¿Ves a lo lejos esa llanura seca, abandonada y agreste, morada de la desolación, privada de luz, a excepción de la que, pálida y espantosa, le comunica el fulgor de esas llamas lívidas y negras? Pues procuremos salir del hervidero de estas oleadas de fuego y descansemos allí, si es que allí puede existir el reposo. Reuniendo nuestras legiones afligidas, examinemos de qué modo podremos ofender a nuestro enemigo, de qué modo podremos reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a esta espantosa calamidad, que consuelo podremos sacar de la esperanza, o bien la resolución que nos dice nuestra desesperación".

Así habló Satanás a su más próximo compañero con la cabeza fuera de las olas, los ojos centelleantes y los demás miembros de su cuerpo, prolongados y corpulentos, flotando en un espacio de mucha extensión. Su estatura era tan enorme como la de aquel a quien llama la fábula, a causa de monstruoso cuerpo, Titán, o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, o como las de Briareo o Tifón, que habitaba la caverna próxima a la antigua Tarso. Satanás se parecía también a Leviatán, ese monstruo marino, a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en el Océano; monstruo que duerme muchas veces sobre las espumosas aguas noruegas y a quien el piloto de alguna pequeña embarcación extraviada en medio de las tinieblas toma por una isla, según refieren los marinos, y fija el ancla en su escamosa piel, amarrando a su costado mientras la noche envuelve el mar y retarda la deseada aurora. De una longitud tan enorme era el jefe enemigo que yacía encadenado en el lago ardiente; jamás habría podido levantarse ni sostener su cabeza sin la voluntad y el supremo permiso del Regulador de todos los cielos no le hubiera dejado en libertad de llevar a cabo sus negros designios, para que, con sus reiterados crímenes fuera amontonando sobre sí la condenación al buscar el mal de los otros, y a fin de que pudiera ver en su furia que toda su malicia no le habría servido más que para hacer brillar la infinita bondad, la gracia, la misericordia, en el nombre seducido por él y para traer sobre sí mismo un triple castigo de confusión, cólera y venganza.

De repente, el arcángel alzó sobre el lago su poderoso cuerpo y separó hacia atrás con sus manos las agudas puntas de las llamas que, rodando en forma de olas, dejaron descubierto en medio un horrible valle. Entonces, con las alas desplegadas, dirige hacia arriba su vuelo, gravitando sobre el aire sombrío, que siente un peso inusitado, hasta que aquél desciende sobre la tierra árida, si así puede llamarse la que siempre está ardiendo con un fuego sólido, como el lago arde con fuego líquido. Tales parecen por su color, cuando la violencia de un torbellino subterráneo ha derrumbado una colina arrancada del Peloro o de los abiertos costados del mugiente Etna, las entrañas combustibles e inflamantes que, concibiendo allí el fuego, son lanzadas al cielo por la energía del choque de los minerales y con la ayuda de los vientos, dejando un fondo ardiente, rodeado de corrompidos miasmas y de humo, tal fue la tierra de descanso que tocó Satanás con las plantas de sus pies malditos. Belcebú, su más cercano compañero, le sigue, vanagloriándose ambos de haber escapado como dioses de las aguas de la Estigia por su propias fuerzas recobradas y no por la tolerancia del Poder supremo.

¿Es ésta la región, el país, el clima — dijo el arcángel caído—: es ésta la mansión que debemos trocar por el cielo, esta triste oscuridad por la luz celeste? Sea, puesto que el que ahora es Soberano puede disponer y decidir lo que le parezca justo. Lo que más nos aleje de Él será lo mejor; de Él, que, igual en razón, se ha elevado por medio de la fuerza contra sus iguales. ¡Adiós campos afortunados, dono existe una felicidad eterna! ¡Salud, horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo infierno, recibe a tu nuevo señor, que llega a ti con un ánimo que no podrán cambiar el tiempo ni el lugar. El espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede en sí mismo hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo. ¿Qué importa el sitio donde yo resida si soy siempre el mismo y el que debo ser: si lo soy todo, aunque menor que Aquel a quien el rayo ha hecho más grande? Aquí, por lo menos, estaremos libres. El Todopoderoso no ha formado este sitio para envidiárnoslo, y no querrá, por tanto arrojarnos de él. Aquí podemos reinar con seguridad, y, según mi parecer, reinar es digno de ambición, aunque sea en el infierno; vale mas reinar en el infierno que servir en el cielo.

Pero, ¿abandonaremos a nuestros fieles amigos, a nuestros compañeros, a los que han participado de nuestra ruina, tendidos y anonadados en el lago del olvido? ¿No los llamaremos para que con nosotros compartan esta triste mansión o para que, uniendo de nuevo nuestras fuerzas, intentemos una vez más si hay algo que ganar en el cielo o perder en el infierno?"

Así habló Satanás y Belcebú le respondió:

"Jefe de los brillantes ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos: si una vez más llegan a oír esa voz, la prenda más segura de su esperanza en medio de los temores y de los peligros; esa voz que ha resonado tantas veces en los más apurados trances y en el mismo peligro de la batalla cuando ésta rugía; esa voz, la más tranquilizadora señal en todos los asaltos, recobrarán de improviso un nuevo valor, y se reanimarán, aunque ahora, languidecen, gimientes y postrados en el lago de fuego, y tan desfallecidos y estupefactos como lo estábamos nosotros no ha mucho; pero ¿qué tiene de extraño, cuando hemos caído desde tan funesta altura?"

Apenas cesó Belcebú de hablar, cuando ya el Gran Enemigo se adelantaba hacia la orilla; llevaba echado hacia atrás su pesado escudo, de etéreo temple, macizo, ancho y redondo, cuya vasta circunferencia pendía de sus espaldas como la luna cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cumbre de Fiesole o de Valdrán, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satanás, a cuyo lado el más alto pino cortado en las montañas de Noruega para servir de mástil a algún navío almirante no sería más que una pequeña rama, le sirve para sostener sus inseguros pasos sobre aquel suelo ardiente; ¡pasos muy diferentes de los que había dado sobre el azulado firmamento! Aquella zona abrasada, de ígnea bóveda, le causa nuevas heridas; sin embargo, él lo soporta todo hasta que llega a la orilla de aquel mar inflamado, donde se detiene.

Llama a sus legiones, formadas de ángeles caídos, que yacen tan amontonados como las hojas de otoño, que cubren los arroyos de Valleumbrosa, donde las umbrías etrurianas describen elevados arcos de follaje, o como flotan los espesos juncos cuando Orión, armado de impetuosos vientos, ha azotado las costas del mar Rojo, en cuyo mar las olas derribaron a Busiris y a la caballería de Menfis, mientras perseguía con pérfido odio a los extranjeros de Gessen, los cuales vieron desde más segura orilla las aljabas flotantes y las ruedas de los destrozados carros; de igual suerte, esparcidas, abyectas, perdidas, yacían las legiones, cubriendo el lago, asombradas del afrentoso cambio que habían experimentado.

Satanás elevó tanto la voz, que retumbó todo el ámbito del infierno:

"Príncipes, potestades, guerreros, esplendor del cielo que fue vuestro en otro tiempo y que ahora habéis perdido: ¿es posible que semejante estupor pueda apoderarse de unos espíritus eternos? ¿O es que habéis escogido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar algún reposo a vuestro extenuado valor, movidos por el deleite que experimentáis al dormir aquí como en las llanuras del cielo? ¿Acaso habéis jurado adorar al Vencedor en esa abyecta postura? El contempla ahora a los querubines y serafines revolcándose en ese lago, con las armas y las banderas destrozadas, hasta que en breve sus rápidos ministros, descubriendo su ventajosa posición desde las puertas del cielo bajen y nos pisoteen al vernos tan postrados o no sepulten con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertaos, levantaos o permaneced caídos para siempre!

Oyéronle, y avergonzados, se levantaron sobre un ala, como los centinelas que sorprendidos por el sueño se levantan a la voz del jefe, a quien temen, y se ponen de nuevo alerta antes de haber disipado el sueño por completo. Y aun cuando no ignoraban aquellos espíritus el infeliz estado a que se veían reducidos, ni dejaban de sentir sus espantosas torturas, obedecieron, sin embargo, presurosos y unánimes, a la voz de su general.

Así como al extender su poderosa vara el hijo de Amram en un día funesto para Egipto, describió un círculo por la costa y atrajo sobre las alas de viento de Oriente una espesa nube de langostas, que se extendieron como el manto de la noche por el reino del impío faraón y anublaron todo el país del Nilo, del mismo modo la innumerable muchedumbre de aquellos ángeles malditos cubrió la bóveda del infierno entre las llamas que por todas partes los rodeaban, hasta que a una señal de la lanza elevada de su gran jefe, que les indicaba el curso que debían seguir, descendieron con un movimiento uniforme e inundaron la llanura, formando tan inmensa multitud cual no salió jamás de las heladas comarcas del populoso Norte para atravesar el Rin y el Danubio, cuando sus bárbaros hijos cayeron como un diluvio sobre el mediodía y se extendieron más allá de Gibraltar, hasta las arenas de la Libia.

Los jefes y guías de cada escuadrón y de cada hueste acudieron inmediatamente al sitio donde se había detenido su general; eran semejantes a los dioses por su estatura y por sus formas, que sobrepujaban a las de la naturaleza humana; príncipes majestuosos, potestades que ocupaban en otro tiempo su trono en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserva ahora la memoria de sus nombres, borrados del libro de la Vida a consecuencia de su rebelión. Aún no habían adquirido sus nuevos nombres entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra para atormentar al hombre con el permiso de Dios, hubieron corrompido a fuerza de imposturas, a la mayor parte del género humano, persuadieron a las criaturas a que abandonasen a Dios, su Creador, a que transformase a menudo la gloria invisible del que los había formado en la imagen de un bruto, a quien tributaban cultos varios y adornaran pomposamente de oro, y a que adorasen a los demonios como a divinidades, entonces fueron conocidos por los hombres con nombres diferentes y bajo la forma de diversos ídolos, en el mundo pagano.

Repíteme, ¡oh Musa, esos nombres entonces conocidos!, quién fue el primero y quién el último que despertó de su sueño en aquel lecho de fuego a la voz de su gran emperador; cuáles fueron los jefes que, más próximos a él en dignidad acudieron uno a uno al sitio donde se encontraba sobre la desierta playa, mientras la confusa multitud se mantenía aún apartada.

Estos jefes fueron lo que, salidos del abismo del infierno y vagando por la tierra para apoderarse de su presa, tuvieron mucho tiempo después la audacia de fijar su trono junto al de Dios, sus altares al lado de su altar, dioses adorados por las naciones comarcanas; que se atrevieron, además, a morar cerca de Jehová, cuya voz resonaba en Sión, teniendo su trono en medio de los querubines en el mismo Santuario, y con sus abominaciones y sus malditas obras profanaron sus sagrados ritos, sus fiestas solemnes, osando poner sus tinieblas a la luz de aquél.

Adelantóse primeramente Moloc, horrible rey, manchado con la sangre de los sacrificios humanos y con las lágrimas de los padres y de las madres, si bien, a causa del ruido de los tambores y timbales, apenas se oían los clamores de los hijos cuando, arrojados al fuego, se ofrecían a aquel execrable ídolo. Los amonitas le adoraron en Rabba y en su húmeda llanura, en Argob y en Bassan, hasta las más remotas corrientes del Arno; y no satisfecho de tan extensos dominios, indujo, por medio de la astucia, al sabio Salomón, a construirle un templo enfrente del templo de Dios, sobre el monte del Oprobio, dedicándole como bosque sagrado el risueño valle de Hinnom, llamado desde entonces Tofet, y la negra Gehena, verdadero tipo del infierno.

Tras Moloc siguió Camos, el obsceno terror de los hijos de Moab, que habitaban desde Aroer hasta Nebo y hasta más allá de la parte meridional del desierto de Abarim: en Hesebom y Heronaim, en el reino de Sión, y más allá de los florecientes valles de Sibma, tapizados de viñas, y en Eelalé hasta el lago Asfaltites. Camos se llamaba también Pehor, cuando en Sittim incitó a los israelitas durante su marcha por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantos males acarrearon. Desde allí extendió sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cerca del bosque del homicida Moloc, estando así la concupiscencia al lado del odio, hasta que el piadoso Josías los arrojó en el infierno.

Con estas divinidades acudieron aquellas que, desde las riberas que bañan las aguas del antiguo Eufrates hasta el torrente que separa a Egipto de la tierra de Siria llevan los nombres generales de Baal y Astarot, éstos tenidos por femeninos y aquellos por masculinos, porque los espíritus se revisten a su antojo, de uno u otro sexo o de ambos a la vez, tan tenue y sencilla es su pura esencia, que no está sujeta ni encadenada por coyunturas ni miembros, ni apoyada en la frágil fuerza de los huesos, como la pesada carne, sino que en la forma que eligen, corta o larga, brillante u oscura, pueden ejecutar resoluciones aéreas y llevar a cabo sus acciones de amor o de odio. Por estas divinidades, los hijos de Israel abandonaron muchas veces su fuerza viva y dejaron de frecuentar su altar legítimo, prosternándose vilmente ante los ojos de los dioses, animales, por cuya razón sus cabezas inclinadas del mismo modo en las batallas, se humillaron ante la lanza del más despreciable enemigo.

Vióse avanzar también, entre esta turba de divinidades a Astore, llamada por los fenicios Astarté, reina del cielo, que ostentaba por corona una media luna: las vírgenes de Sidón rendían tributo, con sus botos y sus cánticos a su brillante imagen, al resplandor de la luna. También fue reverenciada en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la Iniquidad, construido por aquel rey amigo de las esposas cuyo corazón, aunque grande, seducido por bellas idólatras, se postró ante sus infames ídolos.

Tras Astarté vino Tanmuz, cuya anual herida atrae al monte Líbano a las jóvenes sirias, para lamentar su destino con tiernas endechas, durante todo un día de verano, mientras que el tranquilo Adonis escapándose de su roca nativa hacia correr hacia el mar sus ondas, que suponen enrojecidas con la sangre de Tanmuz, herido todos los años. Esta amorosa historia inflamó con el mismo ardor a las hijas de Sión, cuya muelle voluptuosidad fue vista por Ezequiel bajo el sagrado pórtico, cuando, guiado por su visión, descubrieron sus ojos las negras idolatrías de la infiel Judá.

En pos de Tanmuz acudió el que lloró amargamente cuando el Arca cautiva mutiló su fea imagen y cayeron rotas, hasta las puertas del mismo templo, su cabeza y sus manos, dejando avergonzados a sus propios adoradores. Dragón es su nombre, monstruo marino, elevado con grandiosidad en Azot; fue temido en las costas de toda la Palestina, en Gath y en Ascalón y hasta en los confines de Gaza.

Siguió Rimmón, cuya deliciosa morada era la encantadora Damasco, sobre las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, límpidas corrientes. También éste se atrevió contra la casa del Señor, una vez perdió a un leproso y conquistó a un rey, Acaz, su imbécil conquistador, a quien indujo a despreciar el altar del Señor y a colocar en su lugar otro de forma siria, sobre el cual Acaz quemó sus odiosas ofrendas y adoró a los dioses a quienes venció.

Después de estos demonios llegó la numerosa muchedumbre de aquellos conocidos en otro tiempo bajo diferentes nombres: Osiris, Isis, Orus y su sequito, monstruosos en sus formas y en sus sortilegios, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, que se hicieron divinidades errantes, ocultas bajo formas de animales más bien que bajo formas humanas.

Israel no se libró de este contagio cuando, con un oro prestado, construyó el becerro de Oreb. El rey rebelde repitió este pecado de Betel y en Dan, asimilando a su Creador a un buey que pace; pero Jehová, a atravesar el Egipto, exterminó en una noche a todos sus primogénitos y a sus dioses mugidores.

Belial, fue el último que apareció; desde el cielo no ha caído un espíritu más impuro ni más groseramente inclinado al vicio por el vicio mismo. No tenía templos, ni se le ofrecieron sacrificios en ningún altar, y sin embargo, nadie está con más frecuencia que él en los templos y en los altares cuando el sacerdote se vuelve ateo, como los hijos de Elí, que llenaron de prostituciones y de violencias la casa de Señor. Reina también en los palacios y en las cortes, y en las ciudades disolutas, donde el ruido del escándalo, de la injuria y del ultraje se eleva sobre las más elevadas torres y cuando la noche oscurece las calles, entonces vagan los hijos de Belial, llenos de insolencia y de vino; testigos de ello son las calles de Sodoma y aquella noche en que en una puerta hospitalaria en Gaaba se expuso una matrona para evitar un rapto más odioso.

Aquellos demonios eran los primeros en categoría y en poder; en cuanto al resto, sería prolijo enumerarlo, aunque hubo algunos entre ellos que fueron célebres en remotas comarcas, dioses de Jonio, a quienes la posteridad de Javán consagró altares, pero reconocidos como dioses más recientes que el Cielo y la Tierra, sus ensalzados padres. Titán, primer hijo del cielo, con su numerosa prole y su derecho de progenitura usurpado por Saturno, más joven que él; Saturno, tratado del mismo modo por Júpiter, su propio hijo e hijo de Rea, más poderoso que él; de modo que Júpiter reinó como usurpador. Aquellos dioses conocidos desde luego en Creta y en la Ida luego en la nevada cumbre del frío Olimpo, gobernaron la región media del aire, que fue su más elevado cielo, o sobre la roca de Delfos o en Dodona y en todos los límites de la tierra dórica. Uno de ellos, con el viejo Saturno huyó por el Atlántico hasta los campos de la Hesperia, y más allá de la céltica anduvo errante por las más remotas islas.

Todos esos dioses y otros muchos acudieron en tropel, y aunque con los ojos bajos y llorosos, descubríase, sin embargo, en ellos un oscuro fulgor de gozo por haber encontrado a su jefe no desesperado todavía y por haberse encontrado ellos mismo, sin perderse, reflejaban también en el dudoso rostro de Satanás; pero recobrando en breve su acostumbrado orgullo, reanimó poco a poco, con elevadas palabras que tenían, no la realidad, sino la apariencia de la dignidad, su abatido valor y disipó sus temores.

Inmediatamente ordena que, al bélico clamor de los clarines y de las trompetas, se eleve su poderoso estandarte. Azazel, gran querubín, reclama como un derecho tan preciado honor, despliega del asta brillante la enseña imperial, que, adelantada, extendida y agitada al viento, brilla como un meteoro, con las perlas y el rico brillo del oro que dibujaban en ella las armas y los trofeos seráficos. Durante todo este tiempo, el metal sonoro dejaba escapar belicosos sonidos, a que contestó el ejército universal con un grito que desgarró la concavidad del infierno y llevó el espanto hasta más allá del imperio del Caos y de la vieja Noche.

En un momento, y a través de las tinieblas, se ven diez mil banderas que se elevan al aire ostentando sus colores orientales. Con ellas se eleva también un bosque enorme de lanzas, aparecen los cascos apiñados y los escudos se reúnen en una espesa línea de una profundidad inconmensurable. En breve se mueven los guerreros formando una falange perfecta, a los sonidos dóricos de las flautas y de los suaves oboes, sonidos que, en lugar de furor, inspiraban a los antiguos héroes, armados para el combate, un valor prudente, firme, incapaz de dejarse arrastrar, por el temor de la muerte, a una huída o a una retirada vergonzosa. Semejante armonía no carece de poder para atemperar y apaciguar con sus religiosos acordes los pensamientos tumultuosos, para ahuyentar la angustia, la duda, el espanto, el pesar y el sufrimiento de los espíritus mortales e inmortales.

Animados así por una misma fuerza, con un designio fijo, marchaban en silencio los ángeles caídos, al sonido del dulce caramillo, que hacía grato sus dolorosos pasos sobre aquel suelo abrasador, y cuando llegaron a ponerse al alcance de la vista se detuvieron, desplegando su horrible frente de una espantosa longitud, centelleante de armas; semejantes a los guerreros de otro tiempo, alineados con su escudos y lanzas, esperaban la orden que su poderoso general atuviese a bien dictarles. Satanás clava su experta mirada en las filas armadas, y bien pronto ve, a través de toda aquella legión, el aspecto ordenado de sus guerreros, sus rostros y sus tallas, como las de los dioses, y, finalmente, calcula su número.

Entonces se dilató su corazón, lleno de orgullo y, confiando más y más en su poder se glorificó, porque desde que el hombre fue creado jamás llegó a verse reunida una fuerza semejante, en cuya comparación cualquiera otra sería tan despreciable como aquella pequeña infantería combatida por las grullas, aun cuando se añadiera la raza gigantesca de Flegra, la raza heroica que luchó ante Tebas e Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares, aun cuando se agregara lo que la novela o la fábula cuenta respecto al hijo de Utero rodeado de caballeros bretones y armoricanos, aun cuando se reunieron todos los que después, bautizados e infieles, brillaron en Damasco, Marruecos, o Trebisonda, o los que Bizerta envió desde la playa africana cuando Carlomagno fue derrotado con todos sus pares, cerca de Fuenterrabia.

Aquel ejército de espíritus, que no admitía comparación con ninguna fuerza mortal respetaba, sin embargo, a su temible jefe. Este sobrepujándolos en estatura y continente y en su soberbio y dominador aspecto se elevaba sobre una torre. Su forma no había perdido aún su resplandor primitivo, y no parecía un arcángel caído, sino un exceso de gloria oscurecido; era semejante al sol naciente que rodeado de espesos vapores se ve a través del aire brumoso, o cuando, colocado tras la luna en un sombrío eclipse esparce un crepúsculo funesto sobre la mitad de los pueblos y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones; oscurecido de esta suerte, brillaba aún, el arcángel sobre todos sus compañeros.

Pero su rostro se ve surcado por las profundas cicatrices del rayo y la inquietud está pintada en su marchita mejilla; bajo sus cejas se retratan un valor indomable, un orgullo paciente y una ardiente sed de venganza. Su mirada era cruel; sin embargo, se escapaban de ellas señales de remordimientos y de compasión cuando contemplaba a los que participaron o, más bien, a los que siguieron su crimen, y que habiéndolos visto en otro tiempo diferentes en la bienaventuranza, estaban ahora condenados para siempre a tener su parte en el sufrimiento; millones de espíritus, puestos por su culpa bajo la dirección vengadora del Cielo, lanzados lejos de su eternos esplendores en castigo de su rebelión y que a pesar de haber mancillado le permanecían fieles. Así se ve a las encinas del bosque y a los pinos de la montaña cuando el fuego del cielo les ha privado de su corteza y verdor, sostener aún su tronco majestuoso, aunque desnudo, sobre abrasado páramo.

Satanás se prepara a hablar, por lo cual las dobles filas de los batallones forman un arco desde una a otra ala y le rodean sus pares, imponiéndoles silencio la atención. Tres veces intenta comenzar, y otras tantas, a despecho de su orgullo, exhala un llanto como sólo pueden derramarlo los ángeles. Por fin, entre entrecortados suspiros, pudieron abrirse paso estas palabras:

"¡Oh millares de espíritus inmortales! ¡Oh potestades a quienes sólo puede igualarse el Todopoderoso! Aquel combate no careció de gloria, por más que su resultado fuera desastroso, como lo atestiguan esta mansión y este terrible cambio que me es odioso expresar. Pero ¿qué facultad de espíritu, aun la más conocedora del presente y del pasado, hubiera podido prever y temer que la fuerza unida de tantos dioses y dioses como éstos, fuese rechazada? Y ¿quién puede creer, aun después de tal derrota, que todas estas legiones poderosas, en cuyo destierro ha quedado el cielo desierto, dejarán de alzarse de nuevo y de reconquistar la mansión donde han nacido? En cuanto a mí, todo el ejército celeste es testigo de que ni por los consejos distintos del mío ni por los peligros que haya procurado evitar han sido destruidas nuestras esperanzas. Pero el Monarca que reina en el cielo había permanecido hasta entonces sentado con seguridad en su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o por la costumbre, hacía plena ostentación ante nosotros de su fausto real; mas nos ocultaba su fuerza, lo que nos decidió a nuestra tentativa y causó nuestra caída.

De hoy más, ya conocemos su poder como conocemos el nuestro, de modo que no provoquemos ni rehuyamos con temor cualquier guerra a que se nos provoque. El mejor partido que nos queda es el de emplear nuestras fuerzas en un secreto designio: el de obtener por medio de la astucia y del artificio lo que la fuerza no ha alcanzado, a fin de que en adelante sepa por lo menos que un enemigo vencido por la fuerza, sólo es vencido a medias.

El espacio puede producir nuevos mundos; sobre este particular se decía en el cielo que antes de mucho tenía el Todopoderoso la intención de crear y colocar en esta creación una raza a quien favorecería con preferencia y al igual de los hijos del cielo. Allí tendrá lugar nuestra primera irrupción, aun cuando sólo sea con el objeto de explorar; porque este antro infernal no retendrá nunca cautivos a los espíritus celestiales ni el abismo los envolverá por más tiempo con sus tinieblas. Pero estos proyectos deben ser examinados en pleno consejo. No hay que esperar ya en la paz, porque, ¿quién ha de pensar en la sumisión? ¡Guerra, pues; guerra abierta u oculta es lo que debemos resolver!".

Así dijo y dos millones de querubines desenvainando sus flamígeras espadas, las agitan al aire en muestra de aprobación: el fulgor que despedían iluminó a todos los ámbitos del infierno; los demonios lanzaron gritos de rabia contra el Altísimo, y furiosos y con sus armas empuñadas, las chocaron contra sus sonoros escudos, produciendo un belicoso estrépito, y , enviando, rugientes, una especie de reto a la bóveda celeste.

A corta distancia se elevaba una colina, cuya terrible cima lanzaba por intervalos fuego y negras espirales de humo; el resto brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en las entrañas de aquella colina estaba oculta una sustancia metálica, producida por el azufre. En aquella dirección se precipita, llevada en alas del viento, una numerosa hueste, semejante a los exploradores de un ejército que, armados de picos y azadones, se adelantan al campo real para atrincherar una llanura o elevar un parapeto.

Mamón los guía; Mamón el menos elevado de los espíritus caídos del cielo, porque en el cielo mismo sus miradas y sus pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando más la riqueza del pavimento del cielo, donde los pies huellan el oro, que cualquier otra cosa divina o sagrada de que allí goza la vista de los bienaventurados. El fue el primero que enseñó a los hombres a saquear el centro de la tierra, como así lo hicieron extrayendo de las entrañas de su madre unos tesoros que valdría más quedasen ocultos para siempre. La banda de Mamón abrió en breve una ancha herida en la montaña y extrajo de su ceno grandes lingotes de oro. Nadie debe admirarse de ver tantas riquezas encerradas en el fondo del infierno, pues, precisamente, su suelo es el más a propósito para tan precioso veneno. Sepan los que se vanaglorian de las cosas mortales y perecederas y que con admiración hablan de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan ahora cuán fácilmente eclipsan estos espíritus réprobos los más grandes monumentos humanos, famosos por la fuerza o el arte, ellos llevan a cabo en una hora lo que los reyes apenas acaban en un siglo con trabajos incesantes e innumerables brazos.

Cerca de allí, en la llanura, una nueva banda fundía el macizo mineral con un arte prodigioso, en muchos crisoles preparados al efecto, bajo los cuales pasa una vena de fuego líquido que salía del lago y separa cada especie, purificando de sus escorias al oro. Una tercera banda forma en la tierra, con la misma prontitud, diferentes moldes y por medio de una sorprendente desviación, llena cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los hirvientes crisoles; del mismo modo que un soplo de viento repartido entre las diferentes series de tubos de una órgano pone en movimiento todo su armonioso juego.

De improviso, se elevó de la tierra como una exhalación un inmenso edificio a los dulces acordes de una grata música y de plácidas voces; edificio construido como un templo, rodeado de pilastras y de columnas dóricas sobrepuestas de un arquitrabe de oro; no faltaban allí ni cornisas, ni frisos con admirables bajorrelieves; el techo era de oro cincelado. Ni Babilonia ni Menfis, cuando estaban en todo su esplendor, llegaron a igualar semejante magnificencia para rendir culto a Belo y a Serapis, sus dioses, o para entronizar a sus reyes, cuando Egipto y Asiria rivalizaban en lujo y en riquezas.

Aquella mole ascendente se detuvo en cuanto fijó su majestuosa altura, e inmediatamente las puertas, abriendo sus hojas de bronce, dejaron ver interiormente un anchuroso espacio cuyo pavimento era nivelado y terso. Del arco de la bóveda pendían con sutil magia muchas hileras de lámparas luminosas y brillantes fanales, que, alimentados con asfalto y nafta, producían una luz igual a la del cielo.

La presurosa multitud penetra en él llena de admiración: unos, alaban la obra; otros, el artista. La mano del arquitecto fue conocida en el cielo por la construcción de muchas y elevadas torres, donde residían como reyes los ángeles y disfrutaban de todos los honores de príncipes: el Monarca supremo los elevó a tal poder, y les encargó el gobierno de las milicias celestiales según su respectiva jerarquía.

No fue menos conocido ni careció de adoradores en Grecia, el mismo arquitecto, y en la tierra de Ausonia los hombres le llamaron Mulciber. La fábula refiere cómo fue precipitado desde el cielo, arrojado por el irritado Júpiter por encima de sus cristalinos muros: rodando desde la mañana hasta el mediodía, y desde el mediodía hasta la noche de un día de estío, al ponerse el sol fue a parar desde el cenit, como una estrella caída a Lemnos, isla de la Egea; así lo referían los hombres, equivocadamente, porque la caída de Mulciber, con esta banda rebelde, tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le sirvió entonces haber elevado altas torres en el cielo; no pudo salvarse con ayuda de artificios, pues se vio precipitado a la cabeza de su horda industriosa para trabajar en los infiernos.

Los alados heraldos, obedeciendo la orden emanada de su poderoso soberano, anuncian a todo el ejército con un formidable aparato y al sonido de las trompetas la convocación de un consejo solemne que debía celebrarse inmediatamente en el Pandemónium, la gran capital de Satanás y de sus pares. A este consejo son llamados los más dignos en categoría y en mérito de cada hueste y de cada legión, los cuales acuden en seguida, en grupos de cien y de mil, con su correspondiente séquito. Todas las avenidas viéronse obstruidas, inundáronse las puertas y los anchos vestíbulos, pero más especialmente la inmensa sala, que se asemejaba a aquellos campos cerrados, en donde los valientes campeones solían cabalgar armados, desafiar a la flor de la caballería pagana a un combate a muerte o correr una lanza. Aquel numeroso enjambre, que hormiguea a la vez en la tierra y en el aire, deja oír a lo lejos una especie de silbido producido por el movimiento de sus alas. Así como en la primavera, cuando el Sol sigue su curso por el signo del Toro, las abejas hacen salir en grupos y en torno de las colmenas a su numerosa progenie y revolotean aquí y allá entre el fresco rocío y las flores o se pasean sobre una tabla unida, que forma como en antemural de su ciudadela de paja, recientemente perfumada de aromas, discurriendo y deliberando sobre sus asuntos de Estado, del mismo modo y tan espesa como ellas era la turba aérea que allí hormigueaba y se mantenía unida hasta el momento en que se dio la señal convenida.

Pero, ¡oh asombro!, los que hasta entonces parecían sobrepujar a los gigantes, hijos de la Tierra se apiñan ahora, más pequeños que los más diminutos enanos y en considerable número, en un espacio estrecho; parécense a la raza de los pigmeos, que existen más allá de las montañas de la India o más bien a las hadas reunidas en su nocturna orgía, a la orilla de un bosque o de una fuente, que ve o sueña ver un campesino extraviado, mientras la Luna que distinguía antes sobre su cabeza declina más hacia la Tierra su pálido curso; entretenidos aquellos espíritus ligeros en sus danzas o en sus juegos, halagan con una música agradable los oídos del campesino, cuyo corazón late a la vez de gozo y de espanto.

De esta suerte, aquellos espíritus incorpóreos redujeron a la menor proporción su inmensa estatura y se fueron colocando, innumerables siempre, por la sala de aquella coste infernal. Pero en un departamento retirado, conservando sus propias dimensiones, esto es, permaneciendo como antes eran, los grandes señores seráficos y los querubines se reunieron en secreto conclave y mis semidioses sentados en sillas de oro, formaron un consejo numeroso y completo. Después de un corto silencio y leída la convocatoria, dio principio la gran deliberación.

Libro II

Elevado sobre un trono de regia magnificencia, que sobrepujaba en esplendor a las riquezas de Ormuz y de la India o a las de las comarcas del espléndido Oriente, cuya mano pródiga hacía llover sobre sus bárbaros reyes las perlas y el oro, vese sentado a Satanás, a quien su mérito había hecho merecedor de tan funesta preeminencia. A pesar de que su desesperación le había exaltado aún más de lo que podía esperar, aspiraba todavía a mayor elevación, empeñado en alcanzar una vana gloria contra los cielos, y sin que le hubieran servido de experiencia los sucesos pasados, su soberbia imaginación le dictó estas palabras:

"¡Potestades y dominaciones! ¡Divinidades del cielo!: Ya que no hay profundidad que pueda contener en sus abismos nuestro vigor inmortal, por más que estemos caídos y oprimidos, no considero todavía perdido el cielo para nosotros. Después de esta humillación, las virtudes celestiales, levantándose de su caída, se elevarán con más gloria y más formidables y en adelante no tendrán que temer una nueva catástrofe. Un justo derecho y las leyes fijadas por el Cielo me han designado de antemano para jefe vuestro; después, vuestra libre elección me ha confirmado este puesto, así como también lo he adquirido con mi valor y mis consejos; nuestra desgracia, por tanto, ha logrado hasta aquí una buena reparación puesto que merced a ella me veo establecido con seguridad en un trono no envidiado por nadie y cedido con pleno consentimiento. El favor del Cielo y las gracias que distribuye a sus elegidos, en diferente grado, excitan, naturalmente, entre ellos una secreta envidia, pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el puesto más elevado, se halla más expuesto a los rayos del Tonante y está condenado por lo mismo a tener la mayor parte en nuestros interminables tormentos? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede originarse querella alguna entre las facciones porque es seguro que nadie reclamará la preeminencia en el infierno: nadie, a quien haya cabido una pequeña parte en nuestra actual desgracia, deseará, por ambicioso que sea, una desgracia mayor. Contando, pues, a favor nuestro con la ventaja de la unión, con esta fidelidad constante y con esta concordia más firme que la puede existir en el cielo, venimos a reclamar la justa herencia que antes poseíamos, más seguros de prosperar que si la misma prosperidad nos lo asegurara. Ahora bien; ¿qué camino es el mejor? ¿La guerra abierta o la oculta? Esto es lo que hemos de discutir. Hable, pues, el que se considere suficientemente capaz de emitir un dictamen".

Calló Satanás y Moloc que estaba cerca de él con el cetro en la mano, se levantó: Moloc, el más fuerte, el más furioso de los espíritus que combatieron en el cielo, y ahora más furioso todavía por su desesperación.

Tenía la audaz pretensión de juzgarse igual en fuerza al Eterno, y, antes que ser menos que él preferiría no existir; no cuidando de su existencia, se creía libre de todo temor. No tenía para nada en cuenta a Dios, ni al infierno, ni a otra cosa peor que el infierno, así es que, en tal disposición, pronunció estas palabras:

Mi dictamen está a favor de la guerra abierta; tengo muy poca experiencia en los ardides, pero tampoco me vanaglorio de ello. Conspiren los que tengan necesidad de hacerlo; pero cuando sea preciso, no en la ocasión presente, porque mientras ellos estén fraguando tranquilamente sus planes, ¿han de verse millones de espíritus, que permanecen de pie, armados y suspiran por oír la señal de marcha, languideciendo aquí, fugitivos del cielo, y aceptando por morada esta sombría, infame y vergonzosa caverna, prisión de una tiranía que reina por nuestra negligencia? No: antes armados con el furor y las llamas del infierno, y, estrechamente unidos, abrámonos un paso irresistible a través de las murallas del cielo, transformando nuestras torturas en armas terribles para el autor de ellas. Entonces oirá el trueno infernal, respondiendo al estridor de su rayo omnipotente, y en vez de relámpagos verá un fuego negro mezclado de horror, lanzado con igual furor entre sus ángeles y su mismo trono envuelto por el azufre del Tártato y por una llama extraña, tormentos todos inventados por él mismo. ¡Pero quizá parezca demasiado áspero y rudo el camino para llegar con seguro vuelo hasta un enemigo tan elevado! Los que así lo crean pueden recordar, si es que el soporífero brebaje de este lago de olvido no les entorpece aún más, que nos elevamos por nuestro propio impulso hacia nuestro asiento natal, y que el descenso y la caída son contrarios a nuestra esencia. Cuando nuestro orgulloso enemigo perseguía no ha mucho a nuestra destrozada retaguardia, insultándonos, y acordándonos a través del abismo, ¿quién de vosotros no ha experimentado con qué violencia y con qué trabajoso vuelo descendíamos hasta tan abajo? El ascenso, pues, es fácil.

"Se teme por el éxito y, por tanto, habrá tal vez quien vacile en provocar al que es más fuerte que nosotros por miedo de que adopte en su cólera el peor miedo que puede encontrar para nuestra destrucción, si es que en el infierno puede existir el temor de vernos más destruidos. Pero ¿qué cosa habrá peor que habitar aquí, privados de la felicidad, condenados en este abismo odios a una eterna desgracia, en este abismo en donde los ardores de un fuego inextinguible deben afligirnos sin esperanza de ver su fin, a nosotros los vasallos de la cólera, cuando el inexorable laguito y la hora de la tortura nos llamen al castigo? Ninguna fuerza creada podría soportar tormentos mayores que nos aniquilarían del todo, y, por consiguiente, deberíamos expirar. ¿Qué tememos, pues? ¿Por qué hemos de titubear en excitar su mayor enojo, que, llegado al último límite de su furor, nos consumiría, reduciendo al mismo tiempo a la nada nuestra sustancia? Mucho más dichosos podríamos entonces considerarnos que siendo, como ahora, miserables, al par que eternos? De otra suerte, si nuestra naturaleza es realmente divina y no puede dejar de serlo, no s vemos en la peor condición de la nada; pero tenemos la prueba de que nuestro poder basta para turbar su cielo y para extender la alarma con nuestra perpetuas incursiones en torno de su trono fatal, aunque inaccesible: si esto no es victoria, por lo menos nos habremos vengado".

Terminó su discurso frunciendo el entrecejo y brillando en sus ojos una venganza desesperada una guerra peligrosa para todo lo que fuera menos que los dioses. De lado opuesto se levantó Belial, con su continente más gracioso y humano.

Los cielos no han perdido criatura más hermosa: parecía haber sido creado para las dignidades y los más grandes hechos: pero en él todo era ficción y vanidad, por más que su lengua destilase maná y por más que hiciera pasar el peor dictamen por el mejor, embrollando y desconcertando los planes mejor concebidos, porque sus pensamientos eran bajos; ingenioso para el vicio, pero temeroso y lento para las acciones más nobles; sin embargo de esto, halagaba los oídos, y con un acento persuasivo, empezó de esta suerte:

"Me decidiría, ¡oh príncipes!, por la guerra abierta, porque a nadie cedo en cuestión de odio, si lo que se ha alegado como principal razón para resolvernos a una guerra inmediata no fuera lo más a propósito para disuadirme de ello y no me pareciera de muy mal agüero para cualquier éxito: el que más sobresale en hechos de armas, lleno de desconfianza en aquello que aconseja y en lo que sobresale, funda su valor en la desesperación y en un aniquilamiento como el único objeto que distingue tras una cruel revancha. Ahora bien, ante todo decidme: ¿qué desquite podemos tomar? Las torres del cielo están llenas de guardias armados, que hacen imposible todo acceso. Sus legiones acampan con frecuencia al borde mismo del abismo, y con un vuelo ligero exploran en toda su extensión los reinos de la noche, sin temor de ser sorprendidos. Aun cuando por medio de la fuerza nos abriéramos un camino, aun cuando todo el infierno se lanzara tras nosotros en la más negra insurrección para oscurecer la luz pura del cielo, nuestro gran enemigo permanecería incorruptible sobre su trono inmaculado, y la sustancia etérea, incapaz de mancha alguna, sabría en breve reparar el mal que la hiciéramos y victoriosa purificar el cielo del fuego interior.

Rechazados de esta suerte, nuestra última esperanza consistiría en una cobarde desesperación.

¿Deberemos, pues, excitar al vencedor Todopoderoso a agotar su rabia y a acabar con nosotros? ¿Deberemos cifrar nuestro anhelo en dejar de existir? ¡Triste anhelo!, porque ¿quién querría perder, por más que estén llenos de dolor, esta sustancia intelectual, estos pensamientos errantes a través de la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las anchurosas entrañas de una noche increada, privados de sensación y movimiento? Y ¿quién sabe, si por más que esto nos conviniera, nuestro irritado enemigo puede y quiere anonadarnos? Que lo pueda, es dudoso; que no lo querrá nunca, es seguro. ¿Consentirá siendo tan sabio, en renunciar a la vez a su ira, al parecer por impotencia o distracción, para conceder a sus enemigos lo que desean y para aniquilar en su cólera a los que su cólera salva con objeto de castigarlos sin tregua?

¿Quién nos detiene?, dicen los que aconsejan la guerra. Estamos juzgados, reservados y destinados a una desgracia eterna. Por más que hagamos, ¿qué podemos sufrir, qué sufrimiento será, peor que éste?

¿Es, acaso la peor de las condiciones estar sentados como estamos deliberando y armados? ¡Ah! cuando huíamos con todo nuestro vigor, perseguidos y abrasados por el aflictivo rayo del cielo, y cuando suplicábamos al abismo que nos diese un abrigo, este infierno nos parecía un refugio contra nuestras heridas, y cuando nos vimos encadenados en ese lago ardiente, ¿no era mucho peor nuestro estado? ¿Qué sucedería si despertase de nuevo el hálito que encendió esas pálidas llamas, y comunicándoles una séptubla rabia, nos arrojara de nuevo en ellas, o si allá arriba la interrumpida venganza armara de nuevo su encendida diestra con los rayos que nos han causado tan profundas heridas? ¿Qué sería de nosotros si todos los tesoros de su cólera se abrieran y si el firmamento que cubre el infierno derramara sus cataratas de fuego; horrores suspendidos sobre nuestras cabezas, que nos amenazan con caer un día sobre nosotros? Mientras que proyectamos o aconsejamos una guerra gloriosa, arrastrados quizá por una ardiente tempestad, cada uno de nosotros se verá arrojado e incrustado sobre una roca, siendo juguete y presa de desgarradores torbellinos, o sepultado para siempre y encadenado en ese océano hirviente. Una vez allí, conversaremos con nuestros eternos suspiros, sin reposo, sin misericordia, sin descanso, durante siglos, cuyo fin no podemos esperar; nuestra condición entonces sería peor.

Mi voz os disuadirá de una guerra abierta, lo mismo que de una oculta, porque ¿qué pueden contra Dios la fuerza o la astucia, o quién puede engañar el espíritu de Aquel cuyos ojos lo abarcan todos con una sola mirada? Desde la altura de los cielos, nos ve y se ríe de nuestras vanas deliberaciones, no menos omnipotente para resistir a nuestras fuerzas que hábil para burlar nuestras astucias y complots.

Pero ¿hemos de vivir envilecidos de esta suerte? ¿La raza del cielo permanecerá hollada de este modo, desterrada, condenada a soportar aquí estas cadenas y estos tormentos?... Según mi parecer, esto es preferible a cualquier otra cosa peor, puesto que nos vemos subyugados, por el inexorable hado y sus omnipotentes decretos, a la volunta del vencedor. Nuestra fuerza es igual, tanto para sufrir como para obras: la ley que así lo ha ordenado no es injusta; así debíamos haberlo comprendido desde el principio si al combatir contra tan gran enemigo y cuando lo que había de suceder era dudoso, hubiéramos obrado con prudencia.

Yo me río cuando aquellos que son atrevidos y hábiles en el manejo de la lanza, se abaten al faltarles ésta, y temen soportar lo que demasiado deben haber previsto: esto es, el destierro, o la ignominia, o las cadenas, o los castigos a que, en uso de sus derechos, los condena el vencedor.

Tal es en la actualidad nuestra suerte y si podemos someternos a ella y soportarla, nuestro supremo Enemigo podrá, con el tiempo mitigar su cólera y, quizá, estando tan lejos de su presencia y no ofendiéndole más, no pensará en nosotros, satisfecho con el castigo que hemos experimentado. Entonces se templará ese fuego abrasador, si su aliento no aviva la llama y nuestra sustancia, purificada ya, soportará ese vapor insoportable, o acostumbrada a él, no lo percibirá; o más bien, alterada con el tiempo y amoldándose a estos sitios en temperamento y en naturaleza, se familiarizará con ese punzantes ardor que carecerá de pena; el horror se convertirá en dulzura y la oscuridad en luz. Debemos esperar, además, en lo que el infinito vuelo de los días venideros puede traernos y fijar nuestra atención en los cambios de probabilidades que sobrevengan, ya que nuestra suerte actual puede pasar por dichosa, aunque sea mala, y que de mala no llegará a ser peor, si nosotros mismos no nos procuramos mayores desgracias".

De este modo aconsejaba Belial, con palabras disfrazadas bajo el manto de la razón, un innoble reposo, una bajeza indigna, pero no la paz. Después de él, Mamón dijo:

"Hacemos la guerra, si la guerra es el mejor partido, o para destronar al Rey del cielo, o para reconquistar nuestros derechos perdidos. Podemos alimentar la esperanza de destronar al Rey del cielo, cuando el Destino, de eterna duración, ceda su puesto al inconstante Acaso, y cuando el Caos dirima la contienda. En vano es que esperemos el primer caso, prueba de que el segundo es también vano; porque ¿existe acaso para nosotros un puesto en toda la extensión del cielo, a menos que subyuguemos a su Monarca supremo? Supongamos que se apiade de nosotros, que nos perdone bajo la promesa de una nueva sumisión: ¿con qué rostro podríamos permanecer humillados en su presencia, recibir la orden, estrictamente impuesta, de glorificar su trono, murmurando himnos, cantando a su divinidad, aleluya, forzados, mientras él ocupe imperiosamente su trono envidiado y mientras su altar exhale perfumes de ambrosía y flores de ambrosía, serviles ofrendas nuestras? Esa será nuestra misión en el cielo, ésas nuestras delicias. ¡Oh, cuán enojosa debe de ser una eternidad empleada en ofrecer adoraciones a quien se odia!

No intentemos alcanzar por medio de la fuerza lo que, aun obtenido por el consentimiento, sería inaceptable, hasta en el cielo: el honor de un espléndido vasallaje. Busquemos con preferencia nuestro bien en nosotros mismos y vivamos en este vasto retiro para nosotros mismos, libres, sin tener que dar cuenta a nadie de nuestras acciones, prefiriendo una dura libertad al ligero yugo de una pompa servil. Entonces se echará más de ver nuestra grandeza, cuando hagamos salir lo útil de los nocivo, un estado próspero de una fortuna adversa; cuando, doquiera que sea, luchemos con el mal y consigamos nuestro bienestar por medio del trabajo y de la paciencia.

¿Tomaremos por ventura ese mundo profundo de oscuridad? ¡Cuántas veces se ha complacido el Soberano Señor del cielo en residir entre negras y densas nubes sin oscurecer su gloria, en rodear su trono con la majestad de las tinieblas, donde rugen los profundos truenos con reconcentrada rabia, de tal modo que el cielo entonces se asemeja al infierno! Así como imita nuestra noche, ¿no podemos nosotros imitar su luz cuando nos plazca? Este desierto suelo no carece de tesoros ocultos, de oro y de diamantes; no carecemos tampoco de habilidad o de arte para utilizarnos de su magnificencia; ¿qué más puede ofrecernos el Cielo? Nuestros suplicios, por el transcurso de los tiempos, pueden llegar a ser nuestro elemento; estas ardientes llamas parecernos tan benignas como crueles hoy; nuestra naturaleza puede convertirse en la suya, lo cual debe, necesariamente, alejar de nosotros el sentimiento del dolor. Todo nos invita, pues, a que adoptemos una resolución pacífica ya a que establezcamos un orden duradero; examinemos con detenimiento cómo podemos dulcificar mejor nuestros males presentes, atendido lo que somos y el sitio en que nos encontramos, renunciando enteramente a toda idea de guerra. Este es mi parecer".

Apenas había cesado de hablar, cuando se elevó un murmullo en la asamblea, semejante al que se oye cuando las concavidades de los vientos tumultuosos, que después de haber agitado el mar durante la noche, adormecen con su ronca cadencia a los marinos extenuados de fatiga, cuya barca no ha podido, afortunadamente, echar el ancla después de la tempestad en una bahía llena de escollos; del mismo modo resonaron los aplausos cuando Mamón acabó su discurso, que aconsejaba una resolución agradable y pacífica, porque los espíritus rebeldes temían más encontrarse en otra vez en el campo de batalla que en el infierno; tanto era el miedo que les infundía el rayo y la espada de Miguel. Además, deseaban fundar aquel imperio inferior, que podría ser con la política y el largo transcurso del tiempo rival del Imperio del cielo.

Cuando Belcebú advirtió esta disposición (nadie excepto Satanás, ocupa una categoría tan elevada como él), se levantó con grave ademán y al levantarse parecía una columna del Estado. Los cuidados públicos y la reflexión se veían profundamente grabados en su frente, y en sus facciones majestuosas, aunque desfiguradas, se leían las sabias decisiones de un rey. Arrogante y severo, mostraba sus hombros de Atlas capaces de soportar el peso de las más poderosas monarquías. Su mirada domina al auditorio, y mientras habla permanece todo él tan tranquilo y silencioso como la noche o como el aire del mediodía en la calurosa estación.

"Tronos y potestades imperiales, hijos de cielo, virtudes etéreas, ¿debemos renunciar a nuestros títulos y cambiando de estilo, llamarnos príncipes del infierno? Sin duda habrá de ser así, pues según veo, el voto popular se inclina a permanecer aquí y fundar en este sitio un imperio creciente; pero mientras incurrimos en tal error, ¿sabemos por ventura si el Rey del cielo nos ha designado este lugar, este calabozo, no como un retiro seguro, fuera del alcance de su brazo poderoso, para vivir en él exentos de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga formada contra su trono, sino para permanecer aquí y fundar en este sitio un imperio creciente; pero mientras incurrimos en tal error, ¿sabemos por ventura si el Rey del cielo nos ha designado este lugar, este calabozo, no como un retiro seguro, fuera del alcance de su brazo poderoso, para vivir en él exentos de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga formada contra su trono, sino para permanecer en la más dura esclavitud, aunque apartado de Él y bajo el yugo ineludible reservado a esta cautiva multitud? En cuanto a Él, tened por cierto que, tanto en la altura de los cielos como en la profundidad del abismo, reinará el primero y el último como único Rey, no habiendo perdido por nuestra rebelión la más mínima parte de su majestad soberana. Extenderá aún más su Imperio sobre el infierno y nos gobernará aquí con un cetro de hierro, como gobierna a los habitantes del cielo con un cetro de oro.

¿A qué viene, pues, permanecer aquí deliberando sobre la paz o la guerra? Nos determinamos por ésta, y hemos sido destrozados con una pérdida irreparable. Nadie ha pedido o implorado aún condiciones de paz, porque ¿cuál sería la que se concediese a esclavos cómo nosotros, sino duros calabozos, y golpes y castigos arbitrariamente impuesto? Y ¿qué paz podemos dar a cambio sino la que de nosotros debe esperarse, es decir: hostilidades y odio, repugnancia invencible, y venganza aunque tardía, conspirando siempre para buscar los medios de impedir que el Conquistador se aproveche de su conquista y pueda recrearse en los tormentos que sufrimos y no sentimos más? No nos faltará la ocasión: no tendremos necesidad de emprender una expedición peligrosa para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen sitios ni asaltos, ni las emboscadas del infierno.

¿No nos sería posible encontrar otro medio más fácil? Si la antigua y profética tradición del cielo no es falsa, existe una región, un mundo, morada dichosa de una nueva criatura llamada Hombre. En estos tiempos, a poca diferencia, ha debido ser creada semejante a nosotros, aunque inferior en poderío y en excelencia, pero más favorecida por aquel que lo dirige todo allá arriba. Tal ha sido la voluntad del Todopoderoso declarada ante los dioses, y confirmada por un juramento que conmovió la vasta extensión del cielo. Hacia este sitio deben dirigirse todos nuestros pensamientos, a fin de saber qué criaturas habitan aquel mundo; que forma y qué sustancia son las suyas; cuál es su poder y su debilidad, y si debemos atacarlas más bien por la astucia que por la fuerza. Aunque el cielo esté cerrado para nosotros y su soberano Arbitro resida en él con seguridad, confiado en su propias fuerzas, la nueva morada puede estar abierta en los confines más remotos del reino de ese Monarca y abandonada a la defensa de los que la habitan, allí podríamos quizá llevar a cabo alguna aventura provechosa por medio de un imprevisto ataque, ya devastando con el fuego del infierno su creación entera, ya apoderándonos de ella como de nuestro propio bien y arrojando, del mismo modo que hemos sido arrojados, a sus débiles poseedores, o si no los arrojamos, podremos atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios se convierta en su enemigo y con mano arrepentida destruya su propia obra. Esto sería mucho mejor que una venganza ordinaria, porque acibaría el placer que nuestra confusión causa al vencedor: de su turbación nacería nuestro gozo, cuando viera que su hijos queridos, precipitados en este sitio para sufrir con nosotros, maldecirían su frágil ser y su dicha, tan pronto marchita. Reflexionad si este proyecto vale la pena de intentarse o si debemos más bien permanecer aquí rodeados de tinieblas, pensando en fundar vanos imperios"

Tal fue el diabólico consejo que dio Belcebú, consejo imaginado de antemano y propuesto en parte por Satanás. Porque ¿de quién sino del autor de todo mal, podía preceder la perversa idea de herir en su raíz a la razón humana, de mezclar y confundir a la Tierra con el infierno, y todo esto sólo para contristar al Creador? Pero la malicia infernal no servirá más que para aumentar su gloria. Tan atrevido proyecto agradó sobre manera a aquellas potestades infernales y el gozo brilló en todos los ojos, por consiguiente, la aprobación fue unánime. Belcebú tomó de nuevo la palabra:

"¡Habéis discutido y terminado bien este largo debate, sínodo de los dioses! Habéis resuelto una cosa tan grandes como vosotros mismos, una cosa que, desde lo más profundo del abismo nos elevará de nuevo, a despecho de la suerte, a nuestra antigua morada. Quizá a la vista de aquellas fronteras brillantes, con nuestras armas preparadas y una incursión oportuna, tengamos probabilidades de entrar en el cielo, o por lo menos de habitar con seguridad en una zona templada, sin dejar de ser visitados por la hermosa luz del día: el brillante rayo del esplendoroso Oriente nos librará de esta oscuridad y exhalará su balsámico aliento el aura dulce y deliciosa para curar las heridas que nos causa este fuego corrosivo.

Pero ante todo, ¿a quién juzgaremos capaz de semejante empresa? ¿Quién sondeará con paso vacilante el abismo sombrío, infinito, sin fondo y encontrará un camino salvaje a través de la palpable oscuridad? O ¿quién desplegará su aéreo vuelo sostenido por infatigables alas, sobre el precipicio vacío e inmenso, antes de llegar a la dichosa isla? ¿Qué fuerza, qué arte pueden bastarle entonces? ¿Qué secreta evasión le hará pasar con seguridad a través de los apiñados centinelas y las infinitas avanzadas de ángeles vigilantes en derredor? Preciso le será entonces valerse de toda su prudencia y preciso nos será a nosotros sufragios, porque todo el peso de nuestra última esperanza descansará sobre el que enviemos".

Dicho esto, se sentó y la expectación mantuvo en suspenso su mirada aguardando que se presentara alguno para secundar, combatir o emprender la peligrosa aventura; pero todos permanecieron sentados y mudos, pesando profundamente en su imaginación los riesgos que se correrían y leyendo cada cual con asombro su propio desaliento en el aspecto de los demás. Entre los más escogidos campeones que combatieron contra el Cielo, no se pudo encontrar uno solo bastante atrevido para reclamar o aceptar para sí solo tan terrible expedición, hasta que, por último, Satanás, a quien una gloria trascendental coloca ahora muy por encima de sus demás compañeros, con un orgullo regio y lleno de la conciencia de su elevado mérito, habló sin inmutarse de esta suerte:

"¡Oh progenio del cielo, tronos empíreos! Con razón hemos quedado silenciosos y mudos de asombro, aunque no intimidados. El camino que desde el infierno conduce a la luz es largo y escabroso; nuestra prisión es fuerte; esta enorme bóveda de fuego, violento y devorador, nos rodea nueve veces y las puertas, de encendido diamante, reforzadas contra nosotros, nos prohíben toda salida. Una vez atravesados sus umbrales, si hay alguien que pueda atravesarlos, el vacío profundo de una noche informe le recibe en sus entreabiertas fauces y amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso antro. Si desde allí el explorador logra escapar a un mundo cualquiera, o a una región desconocida, ¿qué le queda sino peligros desconocidos o una evasión difícil? Pero no merecería yo el honor de sentarme en ese trono, ¡oh pares!, sería indigno de esta soberanía imperial, rodeada de esplendor y armada de tal poder, si la dificultad o el peligro que ofrezca una cosa propuesta o calificada de utilidad pública pudiera disuadirme de emprenderla. Puesto que asumo en mí las dignidades regias y no me niego a reinar, tampoco debo negarme a aceptar una parte tan grande de peligros como de honores, parte igualmente debida al que reina, y que se le debe tanto más cuanto más elevado es el lugar que ocupa entre todos.

Id, pues, tronos poderosos, que, aunque caídos, sois todavía terror del Cielo, id a inquirir lo que en nuestra morada (en tanto que este lugar lo sea) mejor puede aliviar la miseria presente, y hacer más soportable el infierno, si es que existe algún medio o algún encanto para suspender, desviar o calmar los tormentos de esta horrible mansión. No ceséis en vuestra vigilancia contra un enemigo que vela, en tanto que, recorriendo yo las apartadas playas de la negra desolación, busco la libertad de todo. Nadie tomará parte conmigo en esta empresa."

Al decir estas palabras, el monarca se levantó previniendo así toda respuesta; en su sagacidad, teme que los demás jefes, animados con su resolución, vengan ahora a ofrecer (seguros de una negativa) lo que antes les había inspirado temor, pues de estas suerte podrían llegar a ser rivales en la opinión, comprando a bajo precio la gloria que él debía conquistar a costa de inmensos peligros.

Pero los espíritus rebeldes temían tanto aquella aventura como la voz que prohibía tomar parte en ella y dejaron su asiento al mismo tiempo que Satanás; el ruido que produjeron al levantarse todos a la vez fue como el del trueno, percibido desde lejos. Se inclinaron ante su general con una veneración respetuosa y le ensalzaron como a un dios igual al Altísimo, que es el más elevado del cielo. No dejaron de expresar, por medio de sus alabanzas, cuánto apreciaban al que por la salud general, despreciaba la suya, porque los espíritus réprobos no pierden toda su virtud, como los malvados que se envanecen en la Tierra, de aquellas acciones especiosas que excitan a una vanagloria o que una secreta ambición cubre con cierto barniz de celo.

De esta suerte terminaron las sombrías y dudosas deliberaciones de los demonios, que se regocijaban al tener tan incomparable jefe; del mismo modo, cuando al esparcirse las nubes tenebrosas desde la cumbre de las montañas, mientras el aquilón duerme, y después de cubrir la risueña faz del cielo, derraman sobre el oscurecido paisaje la nieve o la lluvia, si por casualidad el sol brillante, antes de ocultarse, prolonga uno de sus rayos de la tarde, las campiñas reviven, las aves renuevan sus cantos y las ovejas, con sus balidos demuestran su alegría, que resuena en las colinas y en los valles. ¡Vergüenza para los hombres! El demonio se unió al demonio condenado en una firme concordia y los hombres, únicas criaturas racionales de todas las creadas no pueden entenderse, a pesar de esperar en la gracia divina, a pesar de que Dios proclama la paz, viven alimentando entre ellos el odio, la enemistad y las querellas; se declaran guerras crueles y devastan la Tierra para destruirse unos a otros, como si (lo que debería establecer entre nosotros la concordia) el hombre no tuviera bastantes enemigos infernales que velan noche y día por su destrucción.

Disuelto aquel consejo estigiano, los poderosos próceres infernales salieron en buen orden: en medio de ellos iba su gran soberano, que parecía, por su aspecto, el único antagonista del cielo, no menos que el emperador formidable del infierno; en torno suyo, y con una pompa suprema y una majestad a imitación de la de Dios, le encierra un globo de ardientes querubines, con blasonados estandarte y terribles armas. Entonces mándase proclamar al sonido de las trompetas reales el gran resultado de la sesión que acaba de terminar, y cuatro rápidos querubines, aplicando a su boca el sonoro metal, dirigen a los cuatro vientos sus sonidos, que explica la voz de un heraldo; el profundo abismo los oye hasta una gran distancia, y todas las huestes del infierno contestan con atronadores gritos y grandes aclamaciones.

Más tranquilizados ya los espíritus y reanimados en parte por una falsa y presuntuosa esperanza, disuélvense los formados batallones; cada demonio toma a la aventura diferente camino según que por él le conduce a la incertidumbre o a una triste elección, dirigiéndose donde con más verosimilitud cree poder dar tregua a sus agitados pensamientos y pasar las enojosas horas hasta la vuelta del gran jefe.

Unos corriendo en rápida carrera por la llanura o elevándose por los aires con raudo vuelo, luchan como en los juegos olímpicos o en los campos píticos; otros refrenan sus corceles ardientes, o evitan las metas con sus ruedas rápidas, o alinean el frente de los escuadrones; de mismo modo suele representar el cielo en las turbadas nubes, para aviso de las ciudades orgullosas, la imagen de la guerra, figurando ejércitos que se precipitan unos contra otros; los caballeros aéreos de cada vanguardia avanzan lanza en ristre, hasta confundirse las espesas legiones, mientras que de un extremo a toro del Empíreo, se ve ardiendo el firmamento con estos hechos de armas.

Otros espíritus más crueles, con una inmensa rabia, propia de Tifeo, arrancan colinas y peñascos y se lanzan en torbellinos por el aire; el infierno apenas puede contener tan horrible tumulto. Del mismo modo, Alcides, al volver de Escalia, coronado por la victoria, y al sentir el efecto de la envenenada túnica, arrancó en su dolor los pinos de la Tesalia y arrojó a Lícas en el mar de Eubea desde la cumbre del Eta.

Otros espíritus más tranquilos, retirados a un valle silencioso y acompañándose de arpas que producen angelicales sonidos, cantan sus propios combates heroicos y la desgracia de su caída debida a la suerte de las batallas, quejándose de que el Destino someta el valor independiente a la fuerza o la Fortuna. Su concierto era parcial: pero la armonía (¿podía operar distinto efecto siendo espíritus inmortales lo que cantaban?), tenía arrobado al infierno y en suspenso el ánimo de aquella agitada multitud.

Con discursos más suaves todavía (porque la elocuencia encanta al alma, así como la música a los sentidos), otros, sentados aparte en una montaña, emitían pensamientos más elevados acerca de la Providencia, la presencia, la voluntad y el Destino; del Destino inmutable, de la voluntad libre, de la presencia absoluta, sin poder hallar solución a estas cuestiones, en cuyos tortuosos laberintos se perdían. Sus principales argumentos se fijan en el mal y en el bien, en la felicidad y la miseria final, en la pasión y en la apatía, en la gloria y la infamia: ¡vano saber! ¡falsa filosofía, la cual, sin embargo, puede calmar un tanto con su agradable prestigio, su dolor o su angustia, excitar su falaz esperanza o armar su endurecido corazón de una paciencia tan tenaz y resistente como un triple acero.

Otros, formando escuadrones y numerosas compañías, procuran descubrir, por medio de atrevidas exploraciones, si en lo más apartado de aquel mundo siniestro existe alguna comarca que pueda ofrecerles una morada más soportable; dirigen su alada marcha por cuatro caminos a lo largo de las orillas de los ríos infernales, que sepultan sus lúgubres ondas en el lago ardiente: el detestable Stix, río del odio mortal; el triste Aqueronte, profundo y negro río del dolor; el Cocito, llamado así por los grandes lamentos que se oyen en su contristada onda; el ardiente Flegetón, cuyas olas se inflaman con rabia como un torrente de fuego.

Lejos de estos ríos, una larga y silenciosa corriente, la del Leteo, río del olvido desarrolla su húmedo laberinto. Quien bebe de su agua olvida inmediatamente su primitivo estado y su existencia: olvida a la vez el gozo y el dolor, el placer y la pena.

Más allá del Leteo, se extiende sombrío y salvaje un continente helado, combatido por tempestades perpetuas, por huracanes y por un espantoso granizo que no se derrite en la tierra firme, sino que se aglomera en montones, semejantes a las ruinas de un antiguo edificio. En todo su alrededor no se ve más que nieve espesa y hielo, abismo profundo, parecido a las lagunas de Serbonian, que hay entre Damieta y el viejo monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros. Un aire seco, aunque helado, abrasa y el frío produce el mismo efecto que el fuego.

Todos los ángeles malditos son conducidos allí, arrastrados en ciertas épocas por las furias de garras de arpía, y allí sufren alternativamente la brusca y amarga transición de tan crueles extremos, que hace más cruel este cambio. Transportados desde un lecho de fuego abrasador al hielo adonde se extingue su dulce calor etéreo, permanecen algún tiempo transidos e inmóviles fijos y yertos, y desde allí vuelven a ser arrojados al fuego. Atraviesan en una barca el estrecho de Leteo al ir y al venir; su suplicio aumenta por lo mismo, desean y se esfuerzan por alcanzar cuando pasan el agua tentadora; quisieran, con una sola gota, perder en un grato olvido sus padecimientos y sus desgracias, todo en un momento y tan cerca de la corriente. Pero el Destino los aparta de ella, con el aspecto terrorífico de una Gorgona, guarda el vado y el agua huye por sí misma del paladar de toda criatura viviente, como huía de los labios de Tántalo.

Errantes y abandonadas de esta suerte en su tumultuosa marcha, las hordas aventureras, pálidas y temblorosas de horror, y con los ojos extraviados, contemplan por vez primera su lamentable destino, y no encuentran un momento de reposo: atraviesan numerosos valles sombríos y desiertos, muchas regiones dolorosas, muchos Alpes de hielo y muchos Alpes de fuego: rocas, grutas, lagos, pantanos, cuevas, antros y sombras de muerte, que Dios en maldición, creó malo, y bueno únicamente para el mal: universo donde toda vida muere y donde toda muerte vive; en donde la Naturaleza perversa engendra cosas monstruosas, cosas abominables, prodigiosas, inexplicables; perores aún que las inventadas por la fábula o concebidas por el terror: Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.

Entre tanto Satanás, el adversario de Dios y del hombre, con la imaginación exaltada por los designios más elevados, apresta sus alas rápidas y dirigiéndose hacia las puertas del infierno, explora su ruta solitaria: unas veces recorre la costa hacia la derecha; otras hacia la izquierda; tan pronto roza con sus alas niveladas la superficie del abismo, como remontándose al punto más elevado dirige su impulso hacia la ardiente bóveda. Como cuando en el mar se descubre a lo lejos una flota que parece suspendida en las nubes e impelida por los vientos del equinoccio, dirige su rumbo hacia Bengala o hacia las islas de Ternate y Tidor, de donde los negociantes traen las drogas y, recorriendo éstos las aguas protectoras del comercio a través del vasto océano de Etiopía hasta El Cabo, navegan hacia el polo, a pesar de las mareas o de la noche; tal parecía a los lejos el vuelo del enemigo alado.

Alcanza, por fin, los límites del infierno, que se elevan hasta la horrible bóveda y aparecen sus tres veces triples puertas, formadas por tres hojas de bronce, tres de acero y otras tres de diamantina roca, impenetrables y resguardadas por una llama que gira en torno suyo y no se consume nunca.

A uno y otro lado de ambas puertas están sentadas dos formidables figuras: la una se parece, hasta la cintura, a una mujer joven y hermosa; pero su cuerpo termina de un modo repugnante en forma de cola de serpiente, armada de un aguijón mortífero y cubierta de pliegues escamosos, voluminosos y extensos. Rodeada su cintura una traílla de perros infernales, que no cesan de ladrar con sus anchas fauces de Cerbero, produciendo un horrible alboroto. Cuando alguna cosa nueva llegaba a turbar el ruido de aquellos canes, podían a su antojo entrar de nuevo, y, arrastrándose en las entrañas del monstruo establecer allí su perrera; pero aún allí continuaban ladrando y aullando sin ser vistos. Menos odios éstos eran los perros que atormentaban a Escila cuando se bañaba en el mar que separa la Calabria de la mugiente costa de Trinacria; un séquito menos repugnante acompaña a la Maga nocturna, cuando, llamada en secreto, acude cabalgando por el aire, atraída por el olor de la sangre de un niño, a bailar con las brujas de la Laponia, mientras la luna se eclipsa penosamente por la fuerza de sus encantos.

La otra figura, si es que así puede llamarse a una mezcla confusa de miembros, coyunturas y articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que parecía una sombra (porque cada una de ellas se asemejaba a lo uno y a lo otro), la otra figura es negra, como la noche, feroz como diez furias; terrible como el infierno; blandía un espantoso dardo y llevaba en su cabeza una cosa que tenía la apariencia de corona real.

Aproximábase ya Satanás, cuando el monstruo, levantándose de su sitio, salió a su encuentro, dando descomunales pasos, que hicieron estremecer al infierno. El indomable enemigo contempló con asombro lo que podía ser aquello, y, aunque se admiraba no temía, pues excepto a Dios y a su Hijo, ni ama ni teme cosa alguna creada, y con una mirada desdeñosa, tomó el primero la palabra, diciendo:

"¿De dónde sales y quién eres, forma execrable, que, aunque disforme y terrible, te atreves a atravesar en mi camino y en estas puertas tu hedionda presencia? Intento pasarlas, y ten por seguro que lo haré sin pedirte permiso. Retírate, o pagarás cara tu locura, como hija del infierno, debes saber por experiencia que no se puede contrariar a los espíritus del cielo".

A lo cual respondió el espectro lleno de cólera:

"¿Eres tú ese ángel traidor, el ángel que fue el primero el alterar la paz y la fe del cielo, no turbadas hasta entonces; el que empuñando las armas y en orgullosa rebelión, arrastró consigo a la tercera parte de los hijos del cielo, conjurados contra el Todopoderoso, por cuyo hecho, lanzados ellos y tú del lado de Dios, os veis condenados a pasar eternos días entre tormentos y miseria? ¡Y te cuentas entre los espíritus del cielo, cuando eres la presa del infierno! ¿Y prorrumpes en bravatas y desdenes, aquí donde soy yo el soberano, y lo que debe aumentar tu rabia, sonde soy tu señor y tu rey? ¡Atrás! ¡Vuelve a tu suplicio, falaz fugitivo! Añade alas a tu velocidad, si no quieres que con azote de escorpiones acelere tu lentitud, o como un solo golpe de este dardo te haga sentir un extraño horror y angustias que aún no has sufrido".

Así dijo el pálido Terror, y mientras de esta suerte hablaba y amenazaba, su aspecto se volvió diez veces más deforme y terrible. Satanás, por su parte, ardiente en cólera le escuchaba impávido semejante a un encendido cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme Ofiucos en el Polo Ártico, que desprende de su cabellera la horrible peste y la guerra. Los dos adversarios amenazan con descargar sobre sus respectivas cabezas un golpe mortal, no creyendo que sus fatales manos tengan necesidad de secundarlo, y cambian en sí espantosas miradas, como cuando dos negras nubes, conductoras de la artillería celestial se adelantan mugiendo sobre el mar Caspio, y se detienen un momento suspendidas frente a frente, hasta que el viento con su soplo les da la señal de su negro encuentro en medio de los aires. Los poderosos campeones se miran con ojos tan sombríos, que el infierno se vuelve cada vez más oscuro ante el fruncimiento de su entrecejo. ¡Tan semejantes eran ambos rivales! Jamás debían encontrar uno y otro, excepto una sola vez a otro enemigo tan grande como ellos. En esta ocasión habrían llevado a cabo hechos terribles, que hubieran resonado en el infierno si la hechicera de cola de serpiente, que estaba sentada cerca de la puerta infernal, y que guardaba su fatal llave, levantándose al mismo tiempo que exhalaba un espantoso grito, no se hubiese lanzado entre los combatientes.

"¡Oh padre! ¿Qué intenta tu mano contra tu único hijo? ¡Oh hijo! ¿Qué furor te arrastra a volver tu dardo cruel contra la cabeza de tu padre? ¿Y sabes por quién? Por aquel que está sentado allá arriba y que se ríe de ti; por aquel de quien eres esclavo destinado a ejecutar lo que te ordene su cólera, a la que llama justicia, su cólera que un día os destruirá a los dos".

Dijo y a estas palabras se detuvo el pestífero fantasma infernal. Satanás respondió entonces de esta manera:

"Tu inusitado grito y tus palabras no menos inusitadas no han separado de tal modo, que mi mano, detenida de improviso, consiente en no decirte, por ahora, con sus hechos cuáles son sus intentos. Pero, ante todo, quiero saber quién eres tú, qué me ocultas bajo esa doble figura, y por qué encontrándome por primera vez en este valle del infierno, me llamas tu padre y a ese espectro mi hijo. No te conozco ni hasta ahora he visto objetos más detestables que él y tú".

La portera del infierno le replicó:

"¿Por ventura me has olvidado, y tan horrible parezco a tu ojos, cuando en toro tiempo me consideraban tan hermosa en el cielo? Recuerda que en medio de la asamblea de los serafines, que contigo formaron parte de la atrevida conspiración contra el Rey del cielo, te viste de improviso acometido de un color cruel, tus ojos, esclarecidos y extraviados, erraron en las tinieblas, mientras que tu cabeza lanzaba llamaradas densas y rápidas, hundiéndose extensamente por el lado izquierdo; entonces salí yo de ella como una diosa armada, semejante a ti en la forma y en lo brillante de tu aspecto, resplandeciente aun en aquel tiempo de divina belleza. El asombro se apoderó de todos los guerreros del cielo; retrocedieron en un principio atemorizados, y me llamaron Culpa, mirándome como un mal presagio; pero familiarizados en breve conmigo, les agradé y mis gracias seductoras se granjearon la voluntad de los que más aversión habían mostrado hacia mí: tú el primero. Contemplando con frecuencia en mí tu perfecta imagen, te apasionaste de mí y gustaste en secreto conmigo tales goces, que mis entrañas concibieron un peso creciente.

La guerra estalló entre tanto y se combatió en los campos del cielo. Nuestro poderoso enemigo consiguió una victoria brillante y a nuestro partido le cupo la pérdida de la derrota en todo el Empíreo. Nuestras legiones cayeron debajo, siendo precipitadas de cabeza desde los más alto del cielo a este abismo, y yo caí también confundida con ellas. Entonces vino a parar a mis manos esta llave poderosa, previniéndoseme que mantuviera eternamente cerradas las puertas, a fin de que nadie las atraviese si yo no las abro.

Me senté pensativa y solitaria, pero no permanecí mucho tiempo sentada; mi seno fecundado por ti y entonces excesivamente abultado, sintió movimientos prodigiosos y los agudos dolores del alumbramiento. Por último, abriéndose paso con violencia, ese odioso vástago que ves ahí, engendrado por ti, desgarró mis entrañas retorcidas por el terror y los tormentos, adquieran esta deformidad toda la parte de mi cuerpo, pero él mi enemigo y mi hijo al propio tiempo, salió de mi seno blandiendo su dardo fatal, hecho sólo para destruir. Yo fui gritando: "¡Muerte!" El infierno se estremeció a tan horrible nombre, suspiró desde lo más profundo de todas sus cavernas, y repitió: "¡Muerte!". Yo huía, pero el espectro me perseguía, si bien, por lo que calculé más inflamado de lujuria que de rabia; mucho mas rápido que yo, me alcanzó a mí, a su madre, sobrecogida de espanto. Entre impuros y desenfrenados abrazos concebí de él, y de aquel rapto salieron esos monstruos ladradores que me rodean lanzando como ves, un aullido continuo, concebidos de hora en hora, y de hora en hora dados a luz entre infinitos dolores. Cuando les parece vuelvan a entrar en el seno que les alimenta; aúllan y roen mis entrañas que constituyen su banquete; después, saliendo de nuevo, me asedian con tan vivos terrores, que no hallo tregua ni descanso.

La espantosa Muerte, mi hijo y mi enemigo a la vez, sentada ante mí, excita a esos perros, y me hubiera devorado, a falta de otra presa, a mí, a su madre, si no supiera que yo sería para ella un manjar muy amargo, un veneno; pero esto no sucederá nunca, porque sí lo ha dispuesto el Destino. Pero tú, ¡oh padre mío!, créeme, evita su flecha mortal, no te lisonjees vanamente de ser invulnerable bajo de esa armadura brillante de temple celestial, porque nada ni nadie puede resistir su mortífera punta, excepto el que allá arriba reina".

Así dijo, y el sutil enemigo se aprovechó en seguida de la lección, porque dulcificando su aspecto, respondió con calma:

"Querida hija, puesto que me reconoces por padre tuyo, y me presentas un hijo tan bello, amada prenda de los placeres que hemos tenido juntos en el cielo, de esos goces entonces dulces, hoy tristes recuerdos a causa del cambio cruel que se ha operado en nosotros de un modo imprevisto y en el que no habíamos pensado, hija querida, sabes que no vengo aquí como enemigo, sino con el objeto de libraros a ambos de esta triste y espantosa mansión de las penas, a mi hijo y a ti, y a toda la muchedumbre de espíritus celestes que, habiendo tomado las armas a favor de nuestras justas pretensiones, cayeron en nosotros. Enviado por ellos, emprendo solo este rudo viaje, exponiéndome yo solo por todos, voy a encaminar mis paseos solitarios hacia el abismo sin fondo, buscando en mi errante exploración, a través del inmenso vacío, si existe un lugar predicho, el cual a juzgar por el concurso de muchas señales, debe de haber sido creado ya en un forma vasta y redonda. Ese lugar es una mansión de delicias, colocada en el límite del cielo, habitada por una raza de criaturas recientemente creadas y destinadas, quizá, a ocupar los puestos que hemos dejado vacantes; pero el Cielo las ha colocado lejos de él, temeroso sin duda, de que al inundarle una poderosa multitud se suscitaran nuevos disturbios. Bien sea con este objeto o con otro, cuyo secreto se procure guardar, corro a averiguarlo y, una vez conocido, volveré en seguida y os transportaré a ti y a la Muerte, a una morada adónde podáis permanecer a vuestro placer volando silenciosamente, sin ser vistos y en todas las direcciones por un aire embalsamado de perfumes. Allí dispondréis de un alimento tan abundante, que os dejará satisfechos, allí todo será presa vuestra".

Guardó silencio, porque aquellas dos formas parecieron altamente satisfechas, y la Muerte hizo un gesto horrible al querer dar paso a una sonrisa espantosa, cuando supo que su hambre iba a verse saciada, y bendijo sus dientes reservados para aquella hora feliz de abundancia. Su infame madre no quedó menos satisfecha y dirigió a su padre este discurso:

"Guardo la llave de este antro infernal en virtud del derecho que para ello me asiste y por orden del Rey omnipotente del cielo, que me ha prohibido abrir estas puertas diamantinas; la Muerte está pronta a interponer su dardo contra toda violencia, sin temor de ser vencida por ningún poder viviente, pero ¿qué obediencia debo prestar a las órdenes emanadas de allá arriba, a los mandamientos del que me odia y que me ha arrojado entre las tinieblas del profundo Tártaro, para permanecer sentada ejerciendo un empleo odioso aquí confinada, yo, habitante del cielo e hija del cielo, sumida en una perpetua agonía, rodeada de los errores y gritos de mi propia progenie, que se alimenta de mis entrañas? Tú eres mi padre, mi autor: tú me has dado el ser: ¿a quién sino a ti, debo obedecer? ¿A quién debo seguir? Tú me transportarás pronto a ese nuevo mundo de luz y de felicidad, entre los dioses que viven tranquilos, y donde, sentada a tu derecha voluptuosamente, como conviene a tu hija y a tu amor, reinaré sin fin".

Dijo y tomó de su lado la llave fatal, triste instrumento de todos nuestros males, y arrastrando hacia la puerta su monstruosa cola levantó sin dilación el enorme rastrillo que únicamente ella podía levantar y que todo el poder estigiano no hubiera podido mover. Inmediatamente hizo girar en la cerradura la llave de guardas complicadas y quitó sin ningún trabajo las barras y los cerrojos, de hierro macizo o de sólida roca. Las puertas infernales vuelan de improviso abiertas con un impetuoso retroceso y un sonido estridente, sus goznes produjeron un horrísono y prolongado estampido, que conmovió las mas profundas simas del Erebo.

La Culpa las abrió, pero su poder no alcanzaba a cerrarlas de nuevo, por lo cual permanecieron totalmente abiertas, un ejército con sus alas extendidas y marchando a banderas desplegadas hubiera podido atravesarlas con sus caballo y sus carros formados en buen orden sin tener que estrecharse; tan anchas son dichas puertas, que semejantes además a la boca de un horno, vomitan enormes torbellinos de humo y rojas llamas.

Ante los ojos de Satanás, y de los dos espectros aparecieron de improviso los secretos del viejo abismo; océano sombrío y sin límites, de dimensiones, donde desaparecen la longitud, la latitud, la profundidad, el tiempo y el espacio, donde la Noche primogénita y el Caos, abuelos de la Naturaleza mantienen una perpetua anarquía en medio del rumor de eternas guerras, sosteniéndose con el auxilio de la confusión.

El calor, el frío, la humedad, la sequía, cuatro terribles campeones se disputan allí la superioridad y conducen al combate sus embriones de átomos, que, agrupándose en torno de la enseña de sus legiones, y reunidos en diferentes tribus, armados ligera o pesadamente, agudos, redondeados, rápidos o lentos, hormiguean tan innumerables como las arenas del Barca o las de la ardiente playa de Cirene arrastrados para tomar parte en la lucha de los vientos y para servir de lastre a sus alas veloces. El átomo a quien mayor número de átomos se adhiere domina por un momento. El Caos gobierna como árbitro, y sus decisiones vienen a aumentar cada vez más el desorden, merced al cual reina; después de él el Acaso lo dirige todo, como juez supremo.

Ante aquel abismo salvaje, cuna de la Naturaleza, y quizá su tumba, ante aquel abismo que no es mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino que está formado de todos estos elementos, que, confusamente mezclados en sus causas fecundas, deben compartir del mismo modo siempre, a menos que el Creador omnipotente disponga de sus negros materiales para formar nuevos mundos, ante aquel abismo salvaje, Satanás, el prudente enemigo, detenido sobre el borde del infierno, permanece atento durante algún tiempo y reflexiona en su viaje, pues no es un pequeño estrecho lo que se verá obligado a atravesar. Sus oídos están ensordecido por estrépitos atronadores y destructores, no menos violentos (comparando las grandes cosas con las pequeñas) que los de las tempestades que produce Belona cuando pone en acción sus fulminantes máquinas para arrasar alguna gran ciudad; menos sería el estruendo si toda la armazón del cielo se derrumbase o si los elementos sublevados hubieran arrancado de su eje a la tierra inmóvil. Por último, Satanás despliega sus alas iguales a extensas velas para emprender su vuelo y remontándose en el humo ascendente, rechaza el suelo con el pie.

Sigue subiendo audazmente durante muchas leguas, llevado como sobre un carro de nubes; pero faltándole en breve este apoyo, encuentra un inmenso vacío, sorprendido entonces y agitando en vano sus alas, cae como un plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún continuaría cayendo si por una desgraciada casualidad no le hubiera lanzado otras tantas millas hacia arriba la fuerte explosión de alguna nube tumultuosa, impregnada de fuego y de nitro. Detúvose aquella tormenta apagada en una sirte esponjosa, que ni era mar ni tierra seca. Satanás, casi hundido, atravesó aquella sustancia movediza, unas veces a pie y otras ayudado de su vuelo, pues para ellos necesitaba remos y velas. Como grifo que desde el desierto persigue con una carrera alada por las montañas o por los valles pantanosos al Arimaste que sustrae sutilmente a su vigilante custodia el oro que conserva, del mismo modo el enemigo continúa con ardor su camino a través de los pantanos, los precipicios, los estrechos, a través de los elementos ásperos, densos o rarificados; nada se sumerge, vadea, arrástrase y vuela, con su cabeza, sus manos, sus alas y sus pies.

Por fin un extraño y universal rumor de ruidos sordos y voces confusas nacido de lo más profundo de aquellas tinieblas, hiere los oídos de Satanás con la mayor vehemencia. Con su intrepidez acostumbrada, dirige su vuelo hacia aquella parte para encontrar la potestad o el espíritu del profundo abismo que reside entre aquel ruido a fin de preguntarle hacia qué lado se encuentra el límite de las tinieblas más próximas a la luz.

De improviso descubre del trono del Caos y su negro e inmenso pabellón, que ondea desplegado en aquel antro de ruinas. La Noche, vestida de negras pieles de marta cibelina, se sienta en el trono al lado del Caos; primogénita de todos los seres es también la compañera de su reino. Cerca de ellos están Orco y Ades y Demogorgon el del temible nombre, siguen después del Rumor, el Acaso y el Tumulto y la Confusión muy descompuesta y la Discordia de mil bocas diferentes. Satanás se dirige audazmente al Caos y le dice:

"¡Oh vosotros, potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua Noche, no vengo aquí de intento a espiar o turbar los secretos de vuestro reino, sino que, obligado a errar por este desierto sombrío, el camino que sigo en busca de la luz me ha conducido a través de vuestro vasto imperio, solo, sin guía, medio extraviado, procuro encontrar el sendero mas corto que se dirija al punto en que vuestras oscuras fronteras tocan el cielo, viajo por estas profundidades a fin de averiguar si el rey etéreo ha invadido y ocupado en estos últimos tiempo alguna otra parte de vuestro dominios. Guiad mis pasos, que bien dirigidos reportarán a vuestros intereses una más que mediana recompensa, si logro arrojar de esa perdida región al usurpador y volverla a sus tinieblas primitivas, poniéndola otra vez bajo vuestro cetro y plantando en ella nuevamente el estandarte de la antigua Noche: tal es el objeto de mi excursión. Para vosotros todas las ventajas, para mí, la venganza!".

Tales fueron las palabras de Satanás, y el viejo anárquico, con voz entrecortada y el semblante descompuesto, le respondió:

"Te conozco extranjero, tú eres el poderoso jefe de los ángeles que no ha mucho hizo frente al rey del cielo y fue vencido. Yo vi y oí, porque tan numerosa milicia no pudo huir sin silencio a través del abismo aterrorizado, ruina sobre ruina, derrota sobre derrota, confusión aún peor que la confusión; las puertas del cielo dieron paso a millones a sus bandas victoriosas, que iban en vuestra persecución. Yo he venido a residir aquí, en mis fronteras; todo mi poder apenas basta para salvar lo poco que me queda por defender y en donde me hacen sentir aún vuestras divisiones intestinas, debilitando el cetro de la antigua Noche. Primeramente, el infierno, vuestro calabozo, se ha extendido en todas direcciones bajo mis pies; después, el cielo y la Tierra, otro mundo, penden sobre mi reino, ligados por una cadena de oro, a la parte del cielo, de donde cayeron vuestras legiones. Si vuestra marcha os conduce por este camino, lo encontraréis muy cerca de aquí, así como también el peligro que está más próximo. Id, apresuraos: exterminio, despojos, ruinas, son mi botín".

Así dijo y Satanás no se detuvo en contestarle, sino que, lleno de gozo por haber encontrado una playa en su océano, se lanzó cual pirámide de fuego, y con un nuevo ardor y un vigor creciente en aquel inmenso espacio, continuó su camino a través del choque de los elementos que luchan entre sí rodeándolo por todas partes, cada vez más estrecho y mucho más expuesto que el navío Argo cuando pasó el Bósforo por en medio de peñascos que chocan entre sí, más en peligro que Ulises, cuando por evitar a Caribdis su misma maniobra le arrastraba hacia otro vértice.

Satanás, por tanto, avanzaba con dificultad y a cosa de un inmenso trabajo y con dificultad y trabajo seguía avanzando. Pero cuando logró pasar adelante, y luego, apenas cayó el hombre ¡qué rara alteración hubo! La Culpa y la Muerte, siguiendo de cerca las huellas del enemigo (tal fue la voluntad del cielo) construyeron un camino ancho y apisonado sobre el tenebroso abismo, cuya hirviente inmensidad sufrió con paciencia que se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Merced a esta fácil comunicación los espíritus perversos van y vienen para tentar o castigar a los mortales, excepto a los que Dios y los santos ángeles guardan por una gracia especial.

Pero, en fin, la influencia sagrada de la luz empieza a dejarse sentir, y un rayo y de ésta refleja a los lejos desde las murallas del cielo, a través de la oscura noche, un trémulo albor. En este punto comienza la extremidad más apartada de la Naturaleza; el Caos se retira de sus trincheras avanzadas, como un enemigo vencido, haciéndolo, sin embargo, con menos confusión que éste y sin tan belicoso estruendo. Satanás, con menor fatiga, y hasta con comodidad, después, guiado por una luz dudosa, se desliza sobre las tranquilas ondas; y semejante a un buque azotado por la tempestad, que entra gozoso en el puerto, si bien desmantelado, y con sus jarcias y obenques destrozados, se balancea el arcángel con sus alas desplegadas en un triste espacio vacío, parecido al aire, para contemplar desde lejos y a su placer el cielo empíreo, cuya extensión es tan grande que no le permite determinar si es cuadrada o redonda. Descubre sus torres de ópalo con las almenas adornadas de brillantes zafiros, su morada natal en otro tiempo; distingue también, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido, semejante a una estrella de pequeña magnitud colocada cerca de la luna. Allí Satanás, inflamado por una perniciosa venganza blasfemó y en hora maldita prosiguió con rapidez su marcha.

Libro III

¡Salve luz sagrada, hija primogénita del cielo, o del eterno rayo coeterno! ¿Acaso no puedo, sin exponerme a ser censurado, calificarte de este modo? Puesto que Dios es luz y por toda eternidad no habitó más que en una luz inaccesible, habitó por tanto, en ti brillante efusión de una brillante esencia increada! ¿Prefieres oírte llamar arroyo de puro éter? ¿Quién indicará entonces tu origen? Existías antes que el sol, antes que los cielos y la voz de Dios cubriese como un manto al mundo, que se elevó de entre las aguas profundas y tenebrosas y desde el fondo de un vacío infinito e informe.

Ahora vuelvo a visitarte con más atrevido vuelo, escapado de la laguna Estigia, en cuya oscura mansión he estado mucho tiempo detenido. Cuando en mi raudo vuelo, me veía conducido a través de las tinieblas exteriores e intermedias, he cantado al Caos y a la eterna Noche, con acordes muy diferentes a los de la lira de Orfeo. Una musa celestial me enseñó a aventurarme en la negra pendiente y a subir a ella: ¡cosa rara y penosa! Libre ya, te visito de nuevo y siento la dulce influencia de tu llama vivificadora y soberana. Pero tú no vuelves a visitar estos ojos que giran en vano para encontrar tu rayo penetrante y no encuentran ni la más tenue aurora: ¡hasta tal punto ha extinguido la gota serena sus órbitas, o las ha velado un sombrío tejido!

A pesar de esto, no ceso de vagar por los sitios frecuentados por las Musas, claras fuentes, bosquecillos umbrosos, colinas doradas por el sol, arrastrado por mi amor hacia los sagrados cantos. Pero a ti, sobre todo, ¡oh Sión! A ti y a los floridos arroyuelos que bañan tus pies santos y se deslizan murmurando, os visito durante la noche, sin olvidar por eso a aquellos dos mortales, iguales a mí en desgracia, (ojalá pudiera igualarle en gloria), el ciego Tamiris y el ciego Meónides y a los antiguos profetas Tiresias y Fineo. Entonces me alimento de los pensamientos que por sí mismos producen armoniosos acordes, como el pájaro que veía y canta en la oscuridad, y, oculto entre el follaje más espero, suspira sus nocturnas endechas.

Con los años vuelven las estaciones; pero el día no vuelve nunca para mí, no veo ya los gratos crepúsculos de la mañana y de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del verano, ni los rebaños, ni la faz divina del Hombre; tan sólo me rodean nubes y tinieblas que nunca se disipan. Separado de las agradables sendas que frecuentaban los humanos, el libro de los hermosos conocimientos tan sólo me ofrece un blanco universal, en donde están borradas para mí las obras de la Naturaleza: la sabiduría encuentra totalmente cerrada en mí una de sus entradas.

Brilla pues, en mi interior, ¡oh luz celestial! con tanta mayor intensidad cuanto más penetrada de tus rayos estén todas las potencias de mi espíritu: pon ojos en mi alma; dispersa y aparta de ella todas las tinieblas, a fin de que me sea dable ver y decir cosas invisibles a los ojos de los mortales.

Ya el Padre omnipotente, desde lo alto del cielo, desde el puro Empíreo, donde está sentado sobre un trono que excede en elevación a toda altura, había inclinado su mirad para contemplar sus obras al par que las obras de sus obras. Todas las santidades del cielo se agrupaban en torno suyo como estrellas, y recibían de su vista una beatitud que excede a toda expresión; a su derecha estaba sentada la radiante imagen de su gloria, su Hijo único. Vio primeramente en la Tierra a nuestros dos primeros padres, los dos únicos seres de la especie humana, colocados en el jardín de las delicias, gustando frutos inmortales de gozo y amor; gozo no interrumpido, amor sin rival, en una dichosa soledad. Vio también el infierno y el abismo que mediaba entre el infierno y la Creación; vio a Satanás deslizándose a lo largo de las murallas del cielo hacia el lado de la Noche y en el aire sublime y sombrío, próximo a dejarse caer con sus fatigadas alas e impaciente planta, sobre la superficie árida de aquel mundo, que le parece una tierra firme, redonda y sin firmamento, el arcángel permanece en la incertidumbre de si lo que ve es el Océano o el aire. Observándolo Dios con aquella penetrante mirada que descubre el pasado, el presente y el porvenir, habló de esta suerte a su único Hijo, previendo este mismo porvenir:

"Hijo único, por mí engendrado, ¿ves el furor de que se halla poseído nuestro adversario? Ni lo límites prescritos, ni las vallas del infierno, ni todas las cadenas amontonadas sobre él, ni aun la inmensa interrupción del profundo Caos han bastado a contenerle: tan ansioso se halla, al parecer, de una venganza desesperada, que recaerá sobre su cabeza rebelde. Después de haber roto todas sus ligaduras, vuela ahora cerca del cielo por los límites de la luz, en dirección del mundo nuevamente creado y hacia el hombre colocado allí, con el designio de intentar si podrá destruirle por medio de la fuerza o lo que será peor, pervertirle, valiéndose del cualquier falaz artificio; y le pervertirá: el hombre escuchará sus halagüeñas falsedades y violará fácilmente la única orden, la única prenda de su obediencia: caerán él su raza infiel.

¿De quién será la culpa? ¿De quién sino de él solo? ¡Ingrato! Poseía de mí todo cuanto podía poseer; le había hecho justo y recto, capaz de sostenerse, aunque libre de caer. Del mismo modo creé todas las potestades etéreas y todos los espíritus, tanto los que se sostuvieron como los que cayeron; libremente se han sostenido y caído los que han caído. A no ser libres ¿qué prueba sincera me habrían podido dar de su verdadera obediencia prestada de ese modo, cuando la voluntad y la razón (razón que es libre albedrío) inútiles y vanas, despojadas ambas de libertad, ambas pasivas, hubiesen atendido a la necesidad y no a mí?

Creados de este modo, como debía ser, no pueden acusar justamente a su Creador, a su naturaleza o a su destino, como si la predestinación, dominando su voluntad, dispusiera de ella por un decreto absoluto o por una presciencia suprema. Ellos mismos han decretado su propia rebelión, no yo; y si bien la preví, mi presencia no ha ejercido ninguna influencia sobre la falta, que aunque no hubiera sido prevista, no dejaría por eso de ser menos cierta. Así es que pecan sin la menor excitación, sin la menor sombra de destino o de otra cualquier cosa inmutablemente prevista por mí, siendo autores de todo por sí mismos, así en lo que juzgan como en lo que escogen; porque de este modo los he creado libres, y en libertad deben continuar hasta que ellos mismo se encadenen.

De otra suerte me sería preciso cambiar su naturaleza, revocar el alto decreto irrevocable, terreno, que ordenó su libertad, ellos solos han ordenado su caída.

Los primeros culpables cayeron por su propia sugestión, tentados por sí mismos, por si mismos pervertidos, el hombre cae seducido por aquellos. El hombre, merced a esto, encontrará gracia; los otros no la encontrarán. Mi gloria triunfará en el cielo y en la tierra de este modo por la misericordia y por la justicia, pero la misericordia brillará con más esplendor, por ser la primera y la última de las virtudes".

Mientras hablaba Dios, un perfume de ambrosía llenaba el cielo y esparcía entre los bienaventurados espíritus elegidos el sentimiento de un nuevo e inefable gozo. El Hijo de Dios mostrábase entre una gran gloria, excediendo a toda comparación, y brillando en el su Padre sustancialmente expresado. Una divina compasión se dejó ver en su rostro, con una amor sin fin y una gracia sin medida, que confirmó por estas palabras dirigidas a su Padre:

"¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosas han sido las palabras con que has terminado tu suprema decisión: El hombre encontrará gracia! Por estas palabras, el cielo y la tierra publicarán en alta voz tus alabanzas con sus innumerables conciertos de himnos y cánticos sagrados, que rodeando tu trono harán resonar en él tu nombre para siempre bendito. Pero el hombre, ¿se verá perdido al fin? El hombre, tu hechura, a quien no ha mucho amabas tanto, el más joven de tus hijos, ¿caerá sorprendido por la astucia, por más que la secunde su propia locura? ¡Ah! Lejos de Ti ese pensamiento; aléjalo de Ti ¡Padre mío! Tú que eres el Juez de todas las cosas y el único que las juzga equitativamente. ¿Será posible que el enemigo lleve a cabo sus proyectos y frustre los tuyos? ¿Conseguirá lo que desea su perfidia, reduciendo tu bondad a la nada? ¿O se volverá lleno de orgullo, aunque pesando sobre él una condenación más terrible, con su venganza satisfecha y arrastrando consigo al infierno a toda la raza humana corrompida por él? ¿En qué quieres anonadar por Ti mismos tu Creación y deshacer a favor de este enemigo lo que has hecho para tu gloria? Si esto fuera así, se dudaría de tu bondad y de tu grandeza y se blasfemaría de ellas sin que nadie las defendiese".

El Supremo Creador le respondió:

"¡Oh Hijo mío, en quien ha cifrado mi alma sus principales delicias; Hijo de mi seno, mi único verbo, mi sabiduría y mi efectivo poder! Tus palabras han sido como son mis pensamientos y como lo que mi eterno designio ha decretado: el hombre no perecerá enteramente; el que quiera se salvará, aunque no por su propia voluntad, sino pro la gracia que en mi reside y que le concederé libremente. Renovaré, una vez más, en el hombre su decaído poder, aunque envuelto y sujeto por el pecado a impuros y violentos deseos. Levantado por Mí se sostendrá, una vez más, y podrá defenderse contra su moral enemigo; lo levantaré otra vez, a fin de que conozca lo frágil de su condición degradada, y a fin de que sólo a mi y a nadie más que a mi atribuya su libertad.

He escogido algunos a quienes por gracia particular he preferido a los demás; tal ha sido mi voluntad. Los otros oirán mi llamamiento; se les advertirá muchas veces que piensen en su estado criminal y aplaquen sin demora a la Divinidad irritada, mientras a ello les invita la gracia ofrecida. Iluminaré sus sentidos tenebrosos de un modo eficaz y ablandaré su empedernido corazón, con objeto de que puedan orar, arrepentirse y prestarme la obediencia debida: mi oído no permanecerá sordo ni cerrados mis ojos a su oración o a su arrepentimiento, a su obediencia debida, cuando ésta sea hija de un celo sincero. Pondré en ellos, como guía, a mi árbitro, la conciencia; si quieren escucharla, alcanzarán luz tras luz: y si la emplean bien y son perseverantes hasta el fin, llegarán con seguridad a su salvación.

Los que descuiden o desprecien mi tolerancia o mi día de gracia, no los disfrutarán jamás; antes al contrario, el empedernido será más empedernido; el ciego, mas ciego, a fin de que tropiecen y caigan a mayor profundidad. A nadie más que a éstos excluyo de mi misericordia. Y no está dicho todo: el hombre desobediente rompe deslealmente su fe y peca contra la alta supremacía del Cielo, ultrajando a la Divinidad y perdiéndolo todo por esta causa, no le queda nada para expiar su traición, sino que, consagrado y destinado a las destrucción, deberá morir él y toda su posteridad. Es preciso que muera él o la justicia, a menos que haya alguno que sea capaz de ponerse en su lugar, ofreciéndose voluntariamente para dar tan rígida satisfacción: muerte por muerte.

Decidme, potestades selectas: ¿dónde encontraremos semejante amor? ¿Quién de vosotros se hará mortal para redimir el crimen mortal del hombre? ¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en el cielo tan sublime caridad?

Ante estas preguntas todo el coro divino permaneció mudo, reinando en el cielo el más profundo silencio. No aparecía a favor del hombre ningún patrono, ningún intercesor, y mucho menos quien osara traer sobre su cabeza la proscripción mortal y pagar el rescate, de suerte que, privada la redención, la raza humana entera se habría perdido, destinada por una sentencia severa a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside en toda su plenitud el amor divino, no hubiese interpuesto su más cara mediación de esta manera:

"Padre mío, tu palabra está dicha: El hombre encontrará gracia. Y la gracia, ¿no hallará algún medio de salvación ella que, siendo la más rápida de sus mensajeros alados, se abre paso para visitar a todas tus criaturas y acude a todas sin ser prevista, implorada ni solicitada? ¡Dichoso el hombre a quien así acorre! Una vez perdido y muerto en el pecado, el hombre no la llamará nunca en su ayuda; deudor insolvente y arruinado, no puede prestar por sí ni expiación ni ofrenda.

Heme aquí, pues en s lugar: vida por vida; yo me ofrezco; deja que caiga tu cólera sobre mí; tenme por hombre. Por amor hacia él, abandonaré tu seno, y me despojaré voluntariamente de esta gloria que comparto contigo: por él moriré satisfecho. Que la muerte ejerza sobre mí todo su furor; no permaneceré mucho tiempo vencido bajo su poder tenebroso. Tú has depositado para siempre tu vida en mí; por Ti vivo, aunque ahora me someta a la muerte: soy su deuda en todo lo que puede morir en Mí. Pero una vez satisfecha esa deuda no permitirás que Yo sea su presa en la impura tumba: no tolerarás que mi alma inmaculada habite para siempre con la corrupción, sino que resucitaré victorioso y subyugaré a mi vencedor, despojado de sus ponderados despojos. La muerte recibirá entonces un golpe mortal, y se arrastrará sin gloria, desarmada de su dardo mortal. En tanto Yo, a través de los aires, y en medio de un gran triunfo, conduciré al infierno cautivo a pesar del infierno, y mostraré las potestades de las tinieblas encadenadas. Regocijado Tú con este espectáculo, dirigirás desde el cielo una mirada y te sonreirás, mientras que, exaltado por Ti, confundiré a todos mis enemigos, dejando para lo último la muerte, quien, expirando a mis golpes, llenará el sepulcro con su cadáver. Entonces, rodeado de la multitud redimida por Mí, entraré de nuevo en el cielo tras una larga ausencia; volveré a él, ¡oh Padre mío!, para contemplar tu faz, en la que no quedará ni una nube de cólera, sino que se verá en ella la paz afirmada y la reconciliación; dejará de existir en adelante la ira, y un gozo universal reinará para siempre en tu presencia".

Sus palabras cesaron aquí; pero su silencioso y dulce aspecto hablaba aún, y respiraba un amor inmortal hacia los hombres mortales, sobre el cual brillaba solamente la obediencia filial. Contento con ofrecerse en sacrificio espera la voluntad de su Padre. El asombro se apodera del cielo entero, que se admira de la significación de estas cosa y no sabe dónde convergen. El Todopoderoso replicó en seguida en estos términos:

"¡Oh Tú, única paz hallada en el cielo y en la tierra para el género humano expuesto a mi cólera! Oh Tú, único objeto de mi complacencia! Tú sabes cuán queridas me son todas mis obras: el hombre, aunque creado el último, no lo es menos, puesto que por él te apartaré de mi seno y de mi derecha, a fin de salvar, aunque perdiéndote por algún tiempo a toda la raza perdida. Reúne, pues, ya que eres el único que pueda redimirla, la naturaleza humana a tu naturaleza; sé Hombre entre los hombres sobre la tierra; hazte carne, cuando se cumpla el tiempo y sal de seno de una virgen por medio de un nacimiento milagroso. Sé el jefe del género humano en lugar de Adán. Como perecerán en él todos los hombres, renacerán en Ti, cual de una segunda raíz, todos los que deben renacer; sin Ti nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; tu mérito que les será aplicada, absolverá a los que, renunciando a sus propias acciones, justas o injustas, vivan trasplantados a Ti y reciban de ti nueva vida. Así el hombre, como es justo, satisfará la deuda del hombre, será juzgado y morirá; pero al morir se levantará, y al levantarse, levantará con él a todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el odio infernal será vencido por el amor celeste, al ofrecerse éste a la muerte, al morir por rescatar, con tan fervoroso anhelo, todo lo que el odio infernal ha destruido con tanta facilidad, como lo continuará destruyendo en los que no aceptan la gracia pueden.

Hijo mío, al descender hasta la naturaleza humana, no aminoras ni degradas la tuya. Tu misma humillación elevará contigo a tu humanidad hasta este trono; porque, aunque sentado sobre él en la más elevada beatitud, igual a Dios, participando asimismo de la felicidad divina, lo has abandonado todo por salvar a un mundo de su total perdición; porque tu mérito, más bien que los derechos de tu nacimiento, Hijo de Dios, te han hecho digno de ser su Hijo, brillando más en bondad que en grandeza y poderío, y porque el amor ha abundado en Ti más que la gloria. Te sentarás aquí encarnado; aquí reinarás a la vez como Dios y como Hombre: Hijo de Dios y del Hombre a la vez, serás ungido por mi voluntad Rey del universo.

Te concedo todo poder; reina para siempre, y revístete de tus méritos; te someto como Jefe supremo los tronos, los principados, las potestades y las dominaciones; todas las rodillas se doblarán ante Ti; lo mismo las de los que habitan en el cielo o sobre la Tierra, que las de los que gimen bajo la Tierra en el infierno. Rodeado de tu glorioso séquito, aparecerás sobre las nubes cuando envíes a los arcángeles, tus heraldos a anunciar tu formidable juicio, y cuando por los cuatro vientos sean llamados los vivos y los muertos de todos los siglos para que se apresuren a comparecer ante el Juicio universal, el ruido que se dejará oír será tan grande, que despertarán de su sueño. Entonces, en la asamblea de los santos, juzgarás a los malos, así hombres como ángeles, quienes convencidos de sus faltas, se precipitarán en el abismo al oír tu sentencia. El infierno, atestado con su muchedumbre, quedará cerrado para siempre. El mundo será también consumido; pero de sus cenizas surgirá un nuevo cielo, una nueva tierra, donde habitarán los justos. Después de sus largas tribulaciones, verán días de oro, fértiles en acciones de oro, con el gozo y el triunfante amor, y la hermosa verdad. Entonces depondrás tu cetro real, porque no habrá ya necesidad de él; Dios estará por completo en todos. Y ahora, vosotros, ángeles, adorad al que muere por llevar a cabo todo esto, adorad al Hijo y honradle como a Mí".

Apenas había cesado de hablar el Todopoderoso, cuando la multitud de los ángeles con una aclamación inmensa como la de una muchedumbre innumerable, y dulce como la procedente de voces santas, dio libre paso a su alegría; el cielo entero resonó con sus bendiciones y los más armoniosos hosanna inundaron las regiones celestiales. Los ángeles se inclinaron reverentemente ante los dos tronos y, con una solemne adoración, depositaron en el pavimento sus coronas entretejidas de oro y de amaranto; ¡amaranto inmortal! Esta flor que ostentó por primera vez sus vivos colores cerca del árbol de la vida, en el paraíso terrestre, y que, por el pecado del hombre, fue trasplantada al cielo, su suelo natal, crece ahora y florece allí, dando sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del río de la felicidad que desliza en medio del cielo, sus ondas de ámbar sobre las flores elíseas. Con estas flores de amaranto, nunca marchitas, sujetan los espíritus elegidos sus esplendorosas cabelleras, entrelazadas de rayos.

Desprendidas ahora aquellas guirnaldas, fueron esparcidas por el pavimento resplandeciente, que brillaba como un mar jaspe y sonreía con la púrpura de las rosas celestiales. Colocando de nuevo las coronas sobre su cabeza, los ángeles toman sus arpas de oro, siempre afinadas, que pendían brillantes de sus lados, a manera de aljabas, y dan principio a su sagrado cántico con el dulce preludio de una encantadora sinfonía, que excitó su entusiasmo sublime. Ni una voz guarda silencio; ni una sola voz deja de ajustarse fácilmente a la melodía, tan perfecto es el acuerdo que reina en el cielo.

A Ti, ¡oh Padre!, dirigieron su primer cántico; a Ti, ¡oh Padre todopoderoso!, inmutable, inmortal, infinito, Rey eterno, autor de todos los seres, fuente de luz, invisible entre los gloriosos esplendores donde te sientas sobre un trono inaccesible, y que, aun cuando velas la abundante efusión de tus rayos y te rodeas de una nube ceñida en torno tuyo, cual radiante tabernáculo, dejas entrever la orla de tus vestiduras, oscurecidas por su excesivo brillo, quedando, no obstante, el cielo deslumbrado, y sin que puedan aproximarse a Ti los más esplendentes querubines, sino cubriendo sus ojos con sus dos alas.

A Ti dedicaron después su cántico, a Ti, el primero de toda la Creación, Hijo engendrado, semejanza divina en cuyo transparente rostro brilla el Padre Omnipotente, visible sin intermedio de nube alguna, y a quien de otro modo no podría contemplar ninguna criatura. En Ti reside impreso el esplendor de su gloria y habita, transfundido en Ti, su vasto espíritu. Por Ti creó el cielo de los cielos y todas las potencias que contiene, y por Ti precipitó a las ambiciosas dominaciones. En aquel día no economizaste el terrible rayo de tu Padre; no detuviste las ruedas de tu ígneo carro, que conmovían la estructura eterna del cielo, mientras pasabas sobre el cuello de los ángeles rebeldes dispersados. Al regresar de su persecución, tus santos te exaltaron con inmensas aclamaciones a Ti, único Hijo de la potestad de tu Padre, ejecutor de su tremenda venganza sobre sus enemigos. ¡Pero no hiciste lo mismo con respecto al hombre! Tú no condenaste con tanto rigor al hombre, caído por la malicia de los espíritus rebeldes, ¡oh Padre de gracia y misericordia!, sino que te inclinaste mucho más a la piedad. Apenas tu querido y único Hijo hubo conocido tu resolución de no condenar con tanto rigor al hombre frágil, sino de endulzar, por el contrario, ese mismo rigor, cuando, para apaciguar tu cólera, para poner un término al combate entre la misericordia y la justicia que se retrataban en tu rostro, tu Hijo, sin tener en cuenta la felicidad de que gozaba a tu lado, se ofreció por sí mismo a la muerte para expiar la ofensa del hombre. ¡Oh amor sin igual, amor que sólo podía hallarse en el amor divino! ¡Salve, Hijo de Dios, Salvador de los hombres! ¡Tu nombre será en adelante el fecundo objeto de mi canto! Mi lira no olvidará jamás tus alabanzas, ni las separará de las que debe tributar a tu Padre.

De este modo transcurrían para los ángeles las horas en el cielo, sobre la estrellada esfera, en medio de la agradable y placentera armonía de los conciertos. Habiendo descendido Satanás, entre tanto, sobre el opaco y sólido globo de este mundo esférico, recorría la primera convexidad de la antigua Noche. Esta convexidad parecía desde lejos un globo, y desde cerca, un continente sin límites, sombrío, desolado y salvaje, expuesto a las tristezas de una noche sin estrellas y a las amenazadoras tempestades del Caos, que ruge alrededor, cielo inclemente, excepto por el lado de las murallas del cielo, que aunque muy lejanas, dan paso a un pequeño reflejo de una tenue claridad, menos azotado por la mugidora tormenta.

El enemigo caminaba libremente por aquel campo espacioso semejante a un buitre que, elevado sobre el Imaus, cuya nevada cadena encierra al Tártaro vagabundo, se lanza desde una región desprovista de pasto para cebarse en la carne de los tiernos corderos o de los cabritos, sobre las colinas que alimentan a los rebaños, y vuela hacia las fuentes del Ganges o del Hidaspes, ríos de la India, dejándose caer de paso sobre las áridas llanuras de Sericaso por donde los chinos conducen sus ligeros carretones de mimbres con ayuda del viento y de las velas. De igual suerte, el Enemigo marchaba solo, buscando acá y acullá su presa por aquel océano azotado por el viento; solo, porque ninguna criatura viviente, o sin vida poblaba aquel sitio todavía, pero después, cuando el pecado hubo llenado de vanidad las obras de los hombres, subieron allí desde la tierra, como aéreos vapores, todas las cosas vanas y transitorias.

Allí volaron simultáneamente las cosa vanas y los que en ellas fundan su más confiadas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad en esta vida o en la otra. Todos lo que tienen en la tierra su recompensa, fruto de una superstición penosa o de un obcecado celo, y que buscan únicamente las alabanzas de los hombres, encuentran en aquel sitio una retribución adecuada, vacía, como sus acciones. Todas las obras imperfectas de la Naturaleza, todas las obras abortivas, monstruosas, caprichosamente barajadas, huyen a aquel lugar después de haberse disuelto en la tierra, y vagan allí vanamente hasta la disolución final. No se dirigen hacia la cercana luna, como han soñado algunos; los habitantes de aquellos campos argentinos son más verosímilmente santos transportados o espíritus que ocupan el puesto intermedio entre la especie humana y la naturaleza angélica.

A este lugar llegaron en un principio desde el antiguo mundo, los hijos de los hijos e hijas mal unidos; aquellos gigantes, con sus vanas hazañas, por más que entonces fueran muy celebradas; en pos de ellos llegaron los constructores de la torre de Babel, en Senar, quienes dominados por su vano proyecto construirían todavía nuevas Babeles si tuvieran medios para ello. Después llegaron otros, uno a uno: tales como Empédocles, que se precipitó contento entre las llamas del Etna, para que lo tuviesen por un dios; Cleombroto que se arrojó al mar para gozar del Elíseo de Platón. Sería prolijo enumerar los demás, los embriones, los insensatos, los ermitaños, los monjes blancos, negros, grises, con todas sus supercherías. Allí vagan los peregrinos, que fueron tan lejos a buscar muerto en el Gólgota al que vive en el cielo: allí se encuentran los hombres que, para tener seguro el paraíso, se visten al morir el hábito de un dominico o de un franciscano, y creen entrar en él disfrazados de este modo. Atraviesan los siete planetas, atraviesan las estrellas fijas y aquella esfera cristalina cuyo balanceo produce la trepidación de que se ha hablado tanto, y atraviesan el cielo que fue el primero que se puso en movimiento. Ya San Pedro, en el postigo del cielo, parece aguardar a los viajeros con sus llaves; ya en las primeras gradas del cielo, levantan el pie para subir, cuando un viento impetuoso y cruzado, soplando a la vez por una y otra parte, los arroja a diez mil leguas de distancia, derribados en la vaga región del aire. Entonces se ven las cogullas, tocas y hábitos, con los que los llevan, sacudidos y hechos pedazos: reliquias, indulgencias, rosarios, dispensas, bulas, todo es juguete de los vientos. Todo va dando vueltas por el aire y vuela a larga distancia, por encima de la espalda del mundo, en el limbo vasto y ancho, llamado después el Paraíso de los locos, lugar que, andando el tiempo, han desconocido muy pocas personas, pero que entonces no estaba poblado ni frecuentado.

El Enemigo, al pasar, encontró aquel globo tenebroso; lo estuvo recorriendo largo tiempo, hasta que el resplandor de una luz naciente atrajo hacia ella sus investigadores pasos. Descubrió a lo lejos un gran edificio, que se eleva hasta la muralla del cielo por medio de magníficas gradas. En la última de éstas veíase, aunque mucho más rica, una obra parecida al pórtico de un palacio real, embellecido por un frontispicio de diamantes y de oro. El pórtico brillaba con deslumbrantes piedras orientales, que no tienen igual en la tierra, ni pueden ser imitadas por pincel. Las gradas eran semejantes a aquella por las que Jacob vio subir y bajar a los ángeles, cohorte de guardianes celestiales, cuando, para huir de Esaú, yendo a Padan—Arán, tuvo un sueño durante la noche en los campos de Luza, bajo el cielo abierto, y al despertar exclamó alborozado: "Aquí está la puerta del cielo".

Aquella inmensa escalera, cada uno de cuyos peldaños encerraba un misterio, no estaba siempre allí; algunas veces permanecía retirada e invisible en el cielo; debajo de ella corría un brillante mar de jaspe o de perlas líquidas, sobre el cual navegaban los que más tarde acudieron desde la tierra, conducidos por ángeles o volaban sobre el lago, arrebatados en un carro tirado por caballos de fuego. Los peldaños descendían entonces hasta abajo, ya para tentar al Enemigo, con la facilidad de su ascensión, ya para agravar su triste exclusión de las puertas de la beatitud.

Frente por frente de aquellas puertas, y precisamente encima de la feliz mansión del Paraíso, se abría un camino que daba paso a la tierra, camino ancho, mucho más ancho de lo que fue, andando el tiempo aquel que descendía espacioso sobre el monte Sión y sobre la tierra prometida, tan predilecta de Dios. Los ángeles, portadores de órdenes supremas, pasaban y repasaban frecuentemente por este camino para visitar las dichosas tribus; el mismo Altísimo las contemplaba bondadoso desde Paneas, manantial del Jordán, hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina con Egipto y con las playas de Arabia. Tal parecía aquella vasta abertura, donde se habían puesto límites a las tinieblas, semejantes a las barreras que detienen las olas del océano. Llegado Satanás al peldaño inferior de la escalera que conduce por escalones de oro hasta las puertas del cielo, miró hacia abajo y quedó poseído de admiración ante la vista repentina del universo.

Cuando, rodeado de peligros y a través de sendas oscuras y desiertas, algún explorador ha marchado toda una noche y consigue llegar a la cumbre de alguna colina áspera y elevada al despertar la risueña aurora, ofreciéndose entonces inopinadamente a sus ojos la agradable perspectiva de un país desconocido, visto por primera vez, o de una metrópoli famosa, adornada de pirámides y torres resplandecientes, doradas por los rayos del sol naciente, no queda tan admirado como a la sazón quedó el del Espíritu maligno, por más que hubiera visto otra vez el cielo; pero su admiración fue menor que su envidia al aspecto de todo aquel mundo que tan bello parecía.

Miraba en torno suyo el espacio (y podía fácilmente hacerlo, estando colocado a tanta altura sobre el pabellón circular de la vasta sombra de la noche) desde el punto oriental de la Balanza hasta la estrella lanuda que transporta a Andrómeda lejos de los mares atlánticos, al otro lado del horizonte; después contempló la latitud de un polo al otro polo, y sin detenerse más, tendió su precipitado vuelo hacia abajo en dirección a la primera región del mundo. Siguió con facilidad y a través del puro mármol del aire, su ruta oblicua, entre innumerables estrellas, que brillaban cual astros desde lejos, pero que de cerca eran semejantes a otros mundos o a islas dichosas, como los jardines de las Hespérides, famosos en la antigüedad; ¡campos afortunados, selvas y valles floridos, islas tres veces dichosas! Pero ¿qué ser feliz habitaba en ellas? Satanás no se detuvo a averiguarlo.

Sobre todas las estrellas, atrae sus miradas el sol de oro, igual a los cielos en esplendor; hacia este astro dirige su carrera a través del tranquilo firmamento; pero será difícil manifestar si la dirigió por arriba o por abajo, por lo céntrico o lo excéntrico, o por su longitud. Adelántase hacia el sitio donde la gran antorcha envía desde lejos su claridad a las numerosas y vulgares constelaciones que se mantienen a una distancia conveniente del ojo de su Señor. Estas forman en su marcha su danza estrellada en números que miden los días, los meses y los años; se apresuran a ejecutar sus variados movimientos hacia su vivificante llama, o bien giran impulsadas por su rayo magnético, que esparce un grato calor por el universo, y que con benigna penetración, aunque inadvertido, comunica una visible virtud hasta el fondo del abismo. ¡Tan maravillosamente fue escogido el sitio resplandeciente del astro de la luz!.

Allí se dirige el Enemigo; el astrónomo, ayudado de su óptico cristal, no habrá quizá observado nunca una mancha semejante en la esfera resplandeciente del sol. Parecióle a Satanás este sitio mucho más esplendoroso de cuanto decirse pueda, y sin que haya en la tierra cosa alguna que pueda comparársele, bien sea metal o piedra. No eran semejantes todas sus partes, pero todas estaban penetradas por igual de una luz radiante, como el hierro candente lo está por el fuego; como metal una parte parecía de oro, otra parte de plata; como piedra, una parte parecía carbunclo o crisolito, y otra, rubí o topacio, semejantes a las doce piedras que brillaban en el pectoral de Aarón, o más bien, a la piedra tantas veces imaginada y nunca vista; piedra que los filósofos de aquí abajo han buscado en vano tanto tiempo, por más que valiéndose de su arte poderosa, hayan fijado el volátil Hermes y evoquen del mar bajo aspectos diferentes al viejo Proteo, reducido a través de un alambique a su forma primitiva.

¿Qué asombro debe causarnos, pues, el que aquellos campos, aquellas regiones exhalen un elixir puro; que aquellos ríos lleven el oro potable, cuando, por la virtud de su simple contacto, el gran alquimista, el sol, tan apartado de nosotros, produce tan preciosas cosas de tan vivos colores y de unos efectos tan raros, aquí en la oscuridad, mezcladas con los humores terrestres?

Allí, el demonio, sin verse deslumbrado, encuentra nuevos motivos de admiración: su vista percibe los objetos a larga distancia porque allí no encuentra obstáculo ni sombra, sino que todo es sol, como cuando a mediodía el astro lanza verticalmente sus rayos sobre el ecuador, pues entonces no puede proyectarse la sombra en derredor de ningún cuerpo opaco.

Una atmósfera tan límpida como no existe en parte alguna, contribuía a que la mirada de Satanás fuera más penetrante para los objetos apartados: así es que pronto descubre a la simple vista un ángel glorioso que estaba en pie, al mismo ángel que también vio San Juan en el sol. Aunque vuelto de espaldas, no se ocultaba su gloria. Una tiara de oro, formada por los rayos del sol, coronaba su cabeza; su cabellera no menos brillante, flotaba ondulando sobre sus espaldas, provistas de alas: parecía dedicado a una grave ocupación, o sumida en una meditación profunda. El Espíritu impuro se sintió gozoso, con la esperanza de encontrar un guía que pudiera encaminar su vuelo errante al Paraíso terrenal, mansión feliz del hombre, fin del viaje de Satanás y sitio donde empezaron nuestros males.

Pero el Enemigo piensa primero en cambiar su propia forma, porque de los contrario podría ocasionarle un peligro o una demora; por lo cual se transforma de improviso en un querubín adolescente, y aunque no de los de primer orden, tal, sin embargo, que en su rostro brillaba una juventud celestial y en todos sus miembros se difundía una gracia inefable: ¡tan bien sabía fingir! Los bucles flotantes de sus cabellos sujetos por una pequeña corona, caían sobre sus mejillas: iba provisto de alas, cuyas plumas, de variados colores, estaban sembradas de oro; su vestidura corta era a propósito para una marcha rápida y con una varita de plata parecía sostener sus pasos, llenos de gracia y decencia.

No se acercó sin ser sentido: el ángel refulgente avisado por su oído, volvió su radiante rostro cuando aquél se adelantaba e inmediatamente se conoció que era el arcángel Uriel, uno de los siete que están en presencia de Dios y de los más próximos a su trono, prontos a ejecutar sus órdenes. Estos siete arcángeles son los ojos del Eterno: recorren todos los cielos o conducen aquí abajo, a este globo, sus rápidos mensajes, sobre lo húmedo o sobre lo seco, sobre la tierra y sobre el mar.

Satanás se acerca a Uriel y le dice:

"Uriel, puesto que eres uno de los siete espíritus gloriosamente brillantes que están en pie ante el elevado trono de Dios, y acostumbrado como fiel intérprete de su gran voluntad, a ser el primero en transmitirla al más alto cielo, donde todos sus hijos esperan tus embajadas, aquí obtienes, sin duda, el mismo honor por decreto supremo y visitas frecuentemente, como uno de los ojos del Eterno, esta nueva creación. Un deseo indecible de ver y conocer las obras de Dios, pero particularmente el hombre, objeto principal de sus delicias y de su predilección; el hombre, en cuyo favor ha dispuesto tan maravillosas obras, me ha hecho abandonar el coro de querubines errando sólo por aquí. ¡Oh tú, el más brillante de los serafines! Dime en cuál de esos orbes tiene designada el hombre su residencia, o si, no teniendo morada fija, puede habitar a su antojo todos esos orbes esplendentes; dime dónde podré encontrar, dónde podré contemplar, con un secreto asombro, o con una ostensible admiración a aquel a quien el Creador ha prodigado mundos y a quien ha dotado de todas las gracias, a fin de que en esta nueva criatura como en todas sus obras, podamos ambos, como debemos alabar al Creador universal, que ha precipitado justamente en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos y que, a fin de reparar esta pérdida, ha creado esa nueva y dichosa raza de hombres para servirle mejor. ¡Todas sus determinaciones son sabias!"

Así habló aquel impostor, sin ser conocido, porque ni el hombre ni el ángel pueden distinguir la hipocresía, único mal que en el cielo y en la tierra pasa invisible para todos menos para Dios, y por permisión de Dios, pues muchas veces, aunque la Sabiduría vele, la Sospecha duerme a la puerta de la Sabiduría y confía su cargo a la Sencillez; la Bondad no cree que exista el mal allí donde no parece haberlo. Esto es lo que entonces engañó a Uriel, por más que rigiera el sol y fuera tenido como el espíritu celeste dotado de más penetrable mirada y por eso respondió con sinceridad al impuro y pérfido impostor:

"Hermoso ángel, tu deseo, que tiende a conocer las obras de Dios, a fin de glorificar de este modo al gran Artista, no conduce a ningún exceso digno de censura; por el contrario, cuanto más excesivo parezca ese deseo, más alabanzas merece, puesto que desde tu morada empírea te conduce solo aquí para asegurarte por el testimonio de tu vista de lo que algunos se han contentado quizá con saber solamente de referencia en el cielo. ¡Maravillosas son por cierto las obras del Altísimo, agradable su conocimiento y dignas de que se conserven para siempre y plácidamente en la memoria! ¿Qué espíritu creado puede calcular su número o comprender la Sabiduría infinita que las dio a luz, pero que ocultó sus profundas causas?

Yo le he visto; ante El estaba yo, cuando a su voz la masa informe, la mole material de este mundo, se reunió en un montón: La Confusión oyó su voz, el feroz Tumulto se sometió a reglas dadas, y el vasto Infinito quedó limitado. A su segunda palabra, huyeron las tinieblas, brilló la luz, el orden nació del desorden. Los elementos groseros, la tierra, el agua, el aire y el fuego se apresuraron a ocupar rápidamente sus diferentes puesto: la quinta esencia etérea del cielo voló al punto más elevado; animada bajo diferentes formas, extendióse orbicular y se convirtió en estrellas sin número, como ves; cada una tuvo su sitio designado, según su impulsión, cada cual su curso, el resto como una muralla circular, rodea el universo.

Baja tus miradas hacia ese globo, que brilla por esta parte con la luz reflejada que recibe de aquí: ese lugar es la Tierra, morada del hombre. Esta luz es el día de la Tierra, sin la cual la noche invadiría esa mitad del globo terráqueo, como invade el otro hemisferio. Pero la vecina Luna (así se llama ese hermoso planeta opuesto) interpone a propósito su socorro; y traza un circulo mensual, terminando siempre y siempre renovando en medio del cielo, merced a una luz prestada, su triforme faz. De esta luz se inunda y se despoja alternativamente para iluminar a la Tierra, su pálida dominación detiene la noche. Esa mancha que te designo es el Paraíso, la morada de Adán, esa gran sombra es su asilo, no puedes equivocar tu camino, el mío me reclama".

Así dijo y se volvió. Satanás, inclinándose profundamente ante un espíritu superior, como es costumbre en el cielo, donde nadie olvida prestar el respeto y el homenaje debidos, se despide y se lanza desde la eclíptica hacia la convexidad de la tierra; adquiriendo más agilidad con la esperanza de un buen éxito, precipita su vuelo perpendicular girando como una rueda aérea y no se detuvo hasta posarse sobre la cumbre del monte Nifates.

Libro IV

¡Oh! ¿Por qué no se dejo oír aquella voz tutelar que hirió los oídos del apóstol que vio el Apocalipsis, cuando el Dragón derrotado por segunda vez, acudió furioso para vengarse de los hombres; voz que gritaba con fuerza en el cielo: "¡Ay de los moradores de la Tierra!" Entonces, mientras aún era tiempo, nuestros padres hubieran tenido aviso de la llegada de su enemigo secreto, y quizá se habrían librado de su lazo mortal. Porque Satanás, inflamado ahora de rabia, desciende por primera vez sobre la tierra: tentador antes que acusador del género humano, viene para hacer sufrir el castigo de su primera batalla perdida, y de su huída al infierno, al hombre inocente y frágil. Sin embargo, aunque temerario y sin miedo, no se goza en su velocidad, al empezar su horrible empresa, no tiene motivos para enorgullecerse. Su designio, próximo a manifestarse, oscila y hierve en su seno tumultuoso, y, semejante a una máquina infernal, retrocede sobre sí mismo. El horror y la incertidumbre desconciertan sus turbados pensamientos y sublevan hasta el fondo todo el infierno en su seno, porque lleva el infierno en sí y en torno suyo, y no puede huir de él un solo paso, como no puede huir de sí mismo cambiando de sitio. La conciencia despierta a la desesperación que dormitaba y aviva en el arcángel el recuerdo amargo de lo que fue, de lo que es y de lo que debe ser, cuando peores acciones produzcan mayores suplicios. Algunas veces fija tristemente su infeliz mirada sobre el Edén, que se ostenta ahora agradable ante su vista; otras la fija en el cielo y en el sol, que resplandece sobre su trono del mediodía. Después de haberlo repasado todo en su imaginación, se expresó de esta suerte entre suspiros:

"¡Oh tú, que coronado de una gloria incomparable, miras desde lo alto de tu imperio solitario, como si fueras el Dios de este mundo nuevo! ¡Tú, ante cuya vista todas las estrellas ocultan sus cabezas empequeñecidas! A ti es a quien llamo, pero no con una voz amiga, no pronuncio tu nombre, ¡oh Sol!, sino para manifestarte todo el odio que me inspiran tus rayos. Ellos me recuerdan el estado de que he descendido y cuán glorioso me elevaba otras veces sobre tu esfera.

El orgullo y la ambición me han precipitado: he declarado la guerra en el cielo al Rey del cielo, que no tiene igual. ¡Ah! ¿Y por qué? No merecía de mí semejante pago, cuando me había creado tal cual era en una categoría eminente: no me reprochaba ninguno de sus beneficios: su servicio no era nada duro. ¿Qué menos podía yo hacer que prodigarle alabanzas, homenaje bien fácil por cierto? ¿Qué otra cosa que tributarle acciones de gracias, cuando le eran debidas? A pesar de esto, toda su bondad sólo ha producido en mí el mal, la malicia. Encumbrado a tal alto puesto, he desdeñado la sujeción, he pensado que, subiendo un grado más, llegaría a ser el Altísimo, que en un momento satisfaría la deuda inmensa de una gratitud eterna; deuda bien pesada, puesto que siempre se paga, y siempre se debe. Olvidaba también lo que diariamente recibía de Él, no comprendía que un corazón agradecido aunque deba, no debe, sino que paga sin cesar, siendo a la vez deudor y pagador. ¿Tan pesada era esta carga? ¡Ah! ¿Por qué su poderoso destino no me creó ángel inferior? Aún me contemplaría feliz: una desenfrenada esperanza no habría hecho nacer en mí la ambición. ¿Y por qué no? Alguna otra potestad tan grande hubiera podido aspirar al trono, y a pesar de mi corta valía, me habría arrastrado a su partido. Pero otras potestades tan grandes no han caído, sin embargo; han permanecido firmes, armadas interior y exteriormente contra toda tentación. ¿No tenías tú, por ventura, la misma voluntad libre, e idéntica fuerza para resistir? La tenías, ¿a quién, pues y de qué podrás acusar, si no es al libre amor del cielo, que en todos se hace sentir por igual?

¡Maldito sea, pues, ese amor, puesto que el amor o el odio, que para mí son los mismo, me acarrean la eterna desgracia! No: ¡Maldito seas tú mismo, ya que por tu voluntad contraria a la de Dios has elegido libremente aquello de que hoy te arrepientes con tan justo motivo!

¡Ay de mí, miserable! ¿Por qué camino podré huir de la cólera infinita y de la infinita desesperación? Por cualquiera que lo intente, iré a parar al infierno: el infierno soy yo mismo; y en el abismo más profundo existe dentro de mí un abismo más profundo que, anchamente abierto, sin cesar amenaza devorarme, en comparación de este antro, el infierno en que sufro es parecido al cielo. ¡Oh, modera tus golpes! ¿No hay ningún lugar reservado al arrepentimiento, a la misericordia? Ninguno; para ello es necesaria de antemano la sumisión; pero mi orgullo y el temor de avergonzarme no me permiten pronunciar esta palabra en presencia de los espíritus inferiores a mí, cuando yo soy quien los ha seducido con otras promesas, con seguridades muy diferentes de la sumisión, alabándome de sojuzgar al Todopoderoso. ¡Ah, cuán desgraciado soy! ¡Cuán poco saben lo costosamente que estoy pagando mi vana jactancia, y los tormentos que me hacen gemir interiormente, mientras me adoran sobre el trono del infierno! ¡Yo, el más elevado con el cetro y la diadema, he caído más abajo que ellos, siéndoles únicamente superior en miserias! Esa es la recompensa que halla la ambición.

Pero aun cuando me fuera posible arrepentirme, obtener gracia y volver a mi primitivo esplendor, ¡ah! lo elevado de mi estirpe haría renacer en breve lo elevado de mis pensamientos, y ¡cuán pronto me retractaría de lo que una fingida sumisión me hubiera hecho jurar! El alivio del mar rechazaría como nulos y arrancados por la violencia unos votos pronunciados en medio del dolor. Jamás puede renacer una verdadera reconciliación allí donde las heridas de un odio mortal han penetrado tan profundamente. Esto tan sólo me conduciría a infidelidad peor y a más horrible caída: compraría cara un corta intermisión pagada con un doble suplicio. Harto lo sabe el que me castiga y por lo mismo está tan lejos de concederme la paz como yo de mendigarla. Alejada toda esperanza en lugar de nosotros, arrojados, proscritos, ha creado al hombre, su nueva delicia, y para el hombre, este mundo. Así pues, ¡adiós esperanza, y con la esperanza, adiós temor, adiós remordimientos! Puesto que todo bien está ya perdido para mí, ¡oh Mal!, sé mi bien, merced a ti compartiré a los menos el imperio con el Rey del Cielo, merced a ti, reinaré quizá sobre más de la mitad del Universo, como lo conocerán en breve el hombre y este nuevo mundo".

Mientras hablaba de esta suerte, las pasiones oscurecían su rostro, alterado tres veces por la pálida cólera, la envidia y la desesperación; pasiones que desfiguraban su mentido semblante, y que habrían descubierto su disfraz si algún ojo le hubiera visto; porque los espíritus celestiales están siempre exentos de tan vergonzosos desórdenes. Satanás se acordó de ello en breve, y cubrió la alteración de su rostro con una exterioridad de calma: como artista hábil en todo fraude, él fue el primero que practicó la falsedad bajo una apariencia santa, a fin de ocultar su profunda malicia encerrada en la venganza. No era, sin embargo, lo suficientemente experto en su arte para lograr engañar a Uriel, una vez prevenido; la mirada de este arcángel le había seguido por el camino que emprendiera; le vio sobre el monte Asirio más alterado de lo que convenía a un espíritu bienaventurado; y observó sus gestos furiosos, su extraviado continente, mientras él se creía solo, no observado, no visto.

Satanás continuó su camino y se acercó al límite del Edén. El delicioso Paraíso más próximo ahora, corona con su verde cercado, cual un muro campestre, la cumbre aplanada de una escarpada soledad: las enhiestas laderas de aquel desierto, erizadas de espesas breñas, caprichosas y salvajes, impiden toda entrada. Sobre su clima crecían hasta una elevación inconmensurable, las más altas arboledas de cedros, pinos, abetos y palmeras, que formaban un agreste conjunto; y como sus largas hileras sobreponían follaje, componían un anfiteatro de bosques del más majestuoso aspecto. Más elevada aún que sus cimas, ascendía la verde muralla del Paraíso, ofreciendo a nuestro primer padre una vasta perspectiva sobre las comarcas que rodeaban su imperio. Más alto que aquella muralla, que se extendía circularmente en torno suyo, descollaba un círculo de los más preciados árboles, cargados de los más hermosos frutos. Las flores y los dorados frutos formaban un rico esmalte de entremezclados colores; el sol esparcía en ellos sus rayos con más placer que en una hermosa nube vespertina o en el húmedo arco que aparece cuando Dios rocía la tierra.

Tal era aquel encantador paisaje. A medida que Satanás se acercaba a él, pasaba de un aire puro a otro más puro, que inspiraba al corazón delicias y goces primaverales, capaces de extirpar toda tristeza, excepto la de la desesperación. Blandas brisas, batiendo sus odoríferas alas, esparcían perfumes naturales, y revelaban los sitios donde adquirían aquellos embalsamados despojos. Así como a los marinos que han doblado el cabo de Buena Esperanza y han pasado ya de Mozambique, sorprenden en alta mar los perfumes de Sabá, que desde la aromática costa de la Arabia Feliz les llevan los vientos del Nordeste, por lo cual, encantados con la calma, procuran detener aún más su marcha, y durante muchas leguas se sonríe el viejo Océano halagado por tan agradables perfumes, del mismo modo acogían las suaves emanaciones del Paraíso al Enemigo, que iba a él para envenenarlas. Mostróse más satisfecho que lo pareció Asmodeo ante el humo del veneno que, aunque enamorado, le hizo apartarse del lado de la esposa del hijo de Tobías, obligándole la venganza a huir desde la Media hasta Egipto, donde fue encadenado.

Pensativo y lento, ascendió Satanás por la colina escarpada y salvaje, pero en breve le faltó el camino para ir más lejos; de tal modo las espinas, entrelazadas como una valla continua, y la exuberancia de los zarzales, cierran el paso a l hombre o a la bestia que sigan este camino. El Paraíso sólo tenía una puerta que miraba al Oriente por el lado opuesto; pero el gran criminal, a pesar de haberla visto, desdeñó de introducirse por la entrada verdadera, y por desprecio, traspasó de un rápido salto todo el cercado de la colina y de la más alta muralla y cayó de pies en el interior.

Como el lobo merodeador, que obligado por el hambre a buscar las recientes huellas de una presa acecha el sitio donde los pastores han encerrado de noche sus rebaños en recintos seguros en medio de los campos y salta fácilmente por encima de las cercas del aprisco; o como un ladrón, ávido de apoderarse del tesoro de un rico ciudadano, cuyas macizas puertas, provistas de barras y cerrojos, no temen ningún asalto, así el primero y el mayor de los ladrones escaló el redil de Dios, del mismo modo que escalaron después su Iglesia los impuros mercenarios.

Satanás desplegó en seguida su vuelo y se posó semejante a un cuervo marino, sobre el árbol de la vida, el árbol del centro del Paraíso y también el más elevado. No recobró en el la verdadera vida, sino que meditó allí la muerte de los que vivían; no pensó en la virtud del árbol que da vida, y cuyo buen uso hubiera sido prenda de inmortalidad, sino que se sirvió solamente de él para extender a lo lejos sus miradas: Tan cierto es que nadie, excepto Dios, conoce el justo valor del bien presente, y que se pervierten las mejores cosas por el más abominable abuso o por el uso más vil.

Satanás tendió sus miradas por el suelo que le rodeaban y con nueva sorpresa vio contenidas en un estrecho espacio y para las delicias de los sentidos del hombre, todas las riquezas de la Naturaleza; mejor dicho, vio un cielo en la tierra, porque este bienaventurado Paraíso era el jardín de Dios, plantado por Él mismo al Oriente del Edén. El Edén se extendía al Este, desde Auran hasta las torres reales de la gran Seleucia, fundada por los reyes griegos, o hasta el sitio que los hijos del Edén habitaron mucho tiempo antes, llamado Telessar. Sobre este suelo agradable trazó Dios su más encantador jardín; hizo salir de la tierra fecunda los árboles de mejor especie para recreo de la vista, el olfato y el gusto. En medio de ellos estaba el árbol de la Vida, alto, elevado, ostentando sus frutos de ambrosía y de oro vegetal. No lejos de la vida, crecía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, ciencia del bien, comprada a tanta costa por el conocimiento del mal.

Por el lado del Mediodía, y a través del Edén, pasaba un anchuroso río, que no variaba su curso, sino que se sepultaba bajo la escarpada montaña. Dios había colocado aquella montaña, como el suelo de su elevado jardín, sobre la rápida corriente. La onda atraída hacia lo alto por la dulce sed de la tierra porosa, brotaba de sus venas como límpida fuente y se desparramaba por el jardín, formando innumerables arroyuelos, que, reuniéndose caían desde una rampa escarpada y volvían a encontrar el río, que salía de su oscuro pasaje; dividido éste entonces en cuatro brazos principales, emprendía diferentes caminos, errando por países y reinos famosos, de que es inútil hacer mención aquí.

Digamos más bien, si es que el arte puede hacerlo cómo corrían los tortuosos arroyos de aquella fuente de zafiro sobre perlas orientales y arenas de oro; cómo formando sinuosos laberintos y bajo risueños follajes, esparcían el néctar, visitaban cada planta y nutrían flores dignas del paraíso. Aquellas flores no han sido ordenadas en capas regulares, ni en curiosos ramilletes, por el refinamiento del arte, sino que la generosa Naturaleza las ha distribuido con profusión sobre la colina, por el valle, por la llanura, allí donde el sol de la mañana comunica su primer calor al campo abierto, y allí donde el follaje impenetrable, sombrea los bosquecillos al Mediodía.

Tal era aquel lugar: asilo feliz y campestre de variado aspecto: bosquecillos, cuyos ricos árboles lloran lágrimas de bálsamo y de gomas perfumadas; vergeles cuyos frutos de doradas y tersas pieles y exquisito gusto, penden incitantes, sitio en que se realiza la fábula de las Hespérides, si es cierto este prodigio. Entre aquellos bosquecillos se interponen algunos espacios descubierto y risueños prados, donde los rebaños pacen la fresca hierba, o bien se elevan colinas plantadas de palmeras, o despliega sus tesoros el florido recinto de algún húmedo valle, lleno de flores de todos colores y de rosas sin espinas.

Hacia otro lado se abren umbrosas grutas y cavernas, que convidan al reposo con su frescura: la vid envolviéndolas con su manto, ostenta sus purpúreos racimos y se encarama elegantemente rica. Al mismo tiempo caen aguas susurrantes por los declives de las colinas, dispersándose o yendo a unir sus corrientes en un lago, que refleja en su cristalino espejo sus orillas desiguales y coronadas de mirtos. Los pájaros cantan en coro, y las brisas primaverales, esparciendo los perfumes de los campos y de los vergeles unen su suave armonía a la de las temblorosas hojas, mientras que el universal Pan, danzando con las Gracias y con las Horas, lleva consigo una primavera eterna. Ni la deliciosa campiña de Enna donde Proserpina fue arrebatada por el sombrío Plutón, mientras cogía flores, cuando ella era la flor más preciada, haciendo que la desolada Ceres la buscase por toda la Tierra, ni el agradable bosque de Dafne, cerca del Oronte, ni la inspirada fuente de Castalia pueden compararse al paraíso del Edén; y mucho menos la isla Nisa, rodeada por el río Tritón, donde el viejo Can, llamado Amón y Júpiter Líbico por los gentiles, ocultó a Amaltea y al joven Baco, para alejarlo de la vista de Rea, su madrastra. El monte Amar donde los reyes de Abisinia guardan sus hijos y donde algunos han supuesto que estaba el verdadero paraíso, monte colocado bajo la línea etiópica y cerca de las fuentes del Nilo, rodeado de brillantes rocas, para cuya ascensión se necesita un día entero, está muy lejos de aproximarse en semejanza al jardín de Asiria, donde el Enemigo vio sin placer todos los placeres, todas las criaturas vivientes, nuevas y extrañas a sus ojos.

Dos de entre ellas, dotadas de una forma mucho más noble, de continente erguido y elevado como el de los dioses, vestidas con su dignidad natal en una desnuda majestad, parecían los señores de todo, y se mostraban dignas de serlo. En sus miradas divinas brillaba la imagen de su glorioso autor, con la razón, la sabiduría, la santidad severa y pura, severa, pero colocada en esa verdadera libertad filial que constituye la verdadera autoridad entre los hombres. Aquellas dos criaturas no eran iguales, como tampoco eran iguales sus sexos: Él estaba formado para la contemplación y el valor; Ella, para la dulzura y la gracia seductora. Él, para Dios solamente; Ella, para Dios en Él. La hermosa y ancha frente del hombre y su mirada sublime anuncian la autoridad suprema; sus cabellos de jacinto divididos por delante, caen formando bucles de una manera varonil sobre sus fuertes hombros, pero sin pasar de ellos. La mujer lleva como un velo su cabellera de oro, que desciende esparcida y sin adorno hasta su delgada cintura, enroscándose en caprichosos anillos, como la vid repliega sus flexibles sortijas, símbolo de la dependencia, pero de una dependencia demandada con dulce autoridad, concedida por la mujer, recibida por el hombre; otorgada con una sumisión ingenua, y un orgullo modesto, una tierna resistencia y una amorosa demora. Entonces no estaba oculta ninguna parte misteriosa de sus cuerpos; entonces no existía la culpable vergüenza, desconocían esa decencia impúdica y ese honor deshonroso que desdora las obras de la Naturaleza. ¡Oh vergüenza, hija del pecado, cuánto has turbado a la raza humana, con puras apariencias de pureza! ¡Has alejado de la vida del hombre su vida más dichosa, la sencillez y la inmaculada inocencia!

De este modo vivía la desnuda pareja, sin evitar la vista de Dios ni la de los ángeles, porque no pensaba en el mal, así vivía, con las manos entrelazadas, la más hermosa pareja que se haya unido con los lazos del amor: Adán, el mejor de los hombres que fueron sus hijos; Eva, la más bella de las mujeres que nacieron hijas suyas.

Bajo una umbrosa enramada, que murmuraba dulcemente sobre el verde césped, se sentaron junto a una límpida fuente. El cultivo de su hermoso jardín les había ocupado tan sólo lo necesario para que gustaran más a su sabor de la frescura del céfiro, para hacerles más apacible el reposo y más saludables el hambre y la sed. Allí cogieron los frutos que debían servirles para su colación; frutos deliciosos que les decían las complacientes ramas, mientras ellos reposaban inclinados sobre la blanda alfombra de un lecho cubierto de flores. Gustaban las sabrosas pulpas, y a medida que tenían sed, bebían en la corteza de las frutas el agua que se deslizaba en torno suyo.

En este banquete no faltaban ni los dulces coloquios, ni las tiernas sonrisas, ni las juveniles caricias naturales a tan bellos esposos, enlazados por el dichoso vínculo nupcial, y que se encontraban solos. En su derredor triscaban alegremente los animales de la Tierra, que, transformados después en fieras, son perseguidos en los bosques o en los desiertos, en las selvas o en las cavernas. El león se encabritaba jugando y mecía la cabritillo entre sus garras; los osos, los tigres, los leopardos, las panteras, saltaban y luchaban inocentemente en su presencia, el informe elefante, para entretenerlos hacía gala de su fuerza y enroscaba con destreza los anillos de su flexible trompa; la astuta serpiente, insinuándose cerca de ellos, entrelazaba como un nudo gordiano su replegada cola, y daba una prueba de su fatal malicia, no comprendida entonces. Otros animales tendidos sobre el césped, hartos de pasto miraban a uno y otro lado, o rumiaban medio dormidos. El sol, próximo a su ocaso, apresuraba su carrera inclinada hacia las islas del de Océano y en la escala ascendente del cielo se elevaban las estrellas introductoras de la noche. El triste Satanás, que no había salido aún de su anterior asombro, apenas pudo recobrar su voz desfallecida:

"¡Oh infierno! ¿Qué es lo que mis ojos ven con dolor? ¡En lugar nuestro y a tan alto grado de felicidad se han elevado criaturas de otra sustancia, nacidas quizá de la tierra, y aunque no espíritus puros, poco inferiores, sin embargo a los espíritus celestiales! Mis pensamientos se fijan en ellas con asombro, yo podría amarlas, en atención a la divina semejanza que en ellas resplandece, y a tantas gracias como ha derramado en su forma la mano que las creó.

¡Ah pareja encantadora, no te imaginas el cambio que vas a sufrir en breve; todas tus delicias van a desvanecerse, y a entregarte a la desgracia; desgracia tanto mayor cuanto más placer estás disfrutando ahora! Pareja dichosa pero mal guardada para continuar por mucho tiempo en tan feliz estado: esta mansión elevada, vuestro cielo, está mal fortificada para serlo, y para impedir el paso a un enemigo tal como el que ahora ha entrado. No es decir que yo sea vuestro enemigo decidido; pues ahora podría tener piedad de vosotros al veros abandonados por más que no la hayan tenido de mí.

Pretendo celebrar con vosotros una alianza, una amistad mutua, tan íntima, tan estrecha, que en adelante habite yo con vosotros o vosotros habitéis conmigo. Mi morada no es parecerá sin duda tan agradable como este risueño paraíso; aceptadla, sin embargo tal cual es, porque es también la obra de vuestro Creador; Él me la ha dado, y yo, no menos generoso, os la cedo a mi vez. El infierno abrirá sus anchas puertas para recibiros a ambos y enviará todos sus reyes a vuestro encuentro. Allí dispondréis del espacio de que en estos reducidos límites careceríais, para aposentar vuestra numerosa posteridad. Si aquel lugar no es mejor, agradecérselo al que me ha obligado a pesar de mi repugnancia, a tomar en vosotros venganza del ultraje que me infirió, aunque por vuestra parte no me hayáis hecho ningún daño. Y aun cuando me enterneciese como lo hago, en vista de vuestra inofensiva inocencia, una justa razón pública, el honor, el imperio que mi venganza ensanchará con la conquista de este nuevo mundo, me obligarían a hacer lo que, sin estas razones, me parece aborrecible, a pesar de ser un condenado".

Así habló en Enemigo, procurando justificar con la necesidad pretexto de todos los tiranos, su diabólico proyecto.

Desciende desde la elevada copa del árbol donde se había posado, y se dirige hacia la juguetona multitud de los cuadrúpedos, convertido ya en uno, ya en otro, según la forma de ellos que cuadra mejor a su designio.

Contempla desde más cerca su presa; espía sin ser descubierto, cuanto puede averiguar aún acerca del estado de los dos esposos por sus palabras o por sus acciones. Tan pronto da vueltas en torno suyo cual león de chispeantes ojos, como les sigue cual tigre que ha descubierto por casualidad dos tiernos cervatillos jugando en el lindero de un bosque, agachándose, levantándose y cambiando con frecuencia de emboscada, como un enemigo que escoge el terreno desde donde, lanzándose sobre su presa, pueda cogerla entre sus garras. Adán, el primero de los hombres, al dirigir estas frases a Eva, la primera de las mujeres, hizo que Satanás aguzara los oídos para escuchar las palabras de aquella nueva lengua:

"¡Oh mi dulce compañera, única quien comparto todos estos placeres y a quien amo más que a ellos! Preciso es que el poder que nos ha hecho, y que ha hecho para nosotros este vasto mundo, sea infinitamente bueno, tan generoso como bueno, y asimismo tan liberal en su bondad como infinito. Él nos ha sacado del polvo y nos ha colocado aquí, en medio de toda esta felicidad, cuando por nuestra parte no hemos merecido nada de su mano, ni podemos hacer nada de que pueda Él tener necesidad. No exige de nosotros otra cosa que un solo deber, una fácil obligación, que de todos cuantos árboles producen en el paraíso frutos variados y deliciosos, nos abstengamos únicamente de tocar el árbol de la ciencia, plantado cerca del árbol de la vida. ¡Tan cerca de la vida crece la muerte! Y ¿qué es la muerte? Alguna cosa terrible sin duda; porque, como tú no ignoras, Dios ha dicho que tocar el árbol de la ciencia es lo mismo que morir. Esta es la única prueba de obediencia que nos ha impuesto entre tantas facultades de poder y de soberanía como nos ha conferido, y después de habernos dado un dominio absoluto sobre todas las criaturas que existen sobre la tierra, en el aire y el mar. No debemos pues, tener por penosa tan libera prohibición, cuando por lo demás disfrutamos del libre y amplio uso de todas las cosas, y la elección ilimitada de todos los placeres. Alabemos, sí, para siempre a Dios, glorifiquemos su bondad, continuemos en nuestra tarea deliciosa de podar esos árboles y cultivar esas flores, tarea que, aunque fuera fatigosa, contigo sería dulce".

Eva le respondió:

"¡Oh tú para quien y de quien he sido formada carne de tu carne, y sin quien no tendría objeto mi existencia! ¡Oh guía y jefe mío! Lo que acabas de decir es justo y razonable. Debemos en verdad, alabanzas y diarias acciones de gracias a nuestro Creador; y principalmente yo, que disfruto de la mayor parte de nuestra dicha poseyéndote a ti, que eres superior a toda comparación y que no puedes hallar otro igual a ti.

Recuerdo con frecuencia el día en que salí por primera vez de mi sueño me encontré muellemente reposada a la sombra sobre flores, no sabiendo en mi sorpresa lo que era, dónde estaba, ni de dónde y cómo había sido llevada allí. No lejos de este sitio se escapaba de una gruta el dulce murmullo de las aguas, que se extendían como un brillante espejo, quedando luego tranquilas y puras como la superficie del cielo. Me dirigí a aquel sitio con un pensamiento inexperto y me tendí sobre la verde orilla, para contemplar el verde y transparente lago, que me parecía otro firmamento. Cuando me inclinaba para mirar, apareció ante mí una forma en el cristal del agua, inclinándose también para contemplarme, retrocedí estremeciéndome y ella retrocedió estremeciéndose: complacida volví a adelantarme y ella hizo lo mismo, mirándonos con amorosa empatía. Aún estarían fijos mis ojos en aquella imagen y yo me habría consumido en un vano deseo, si una voz no me hubiera avisado de esta suerte:

"Lo que ves, hermosa criatura, lo que ves ahí es a ti misma: ese objeto va y viene contigo, pero sígueme, yo te conduciré a un sitio donde alguien que no es una sombra espera tu llegada y tus dulces caricias. Gozarás inseparablemente de aquel de quien eres imagen, le darás una multitud de hijos semejantes a ti misma y serás llamada madre del género humano"

¿Qué otra cosa podía yo hacer sino seguir a mi invisible guía? Bajo un plátano te vi entonces, gallardo y hermoso, es cierto, pero, sin embargo me pareciste menos bello, de una gracia menos atractiva, de una dulzura menos amable que aquella bella imagen de las aguas. Volví hacia atrás mis pasos, me seguiste y exclamaste: "¡Vuelve hermosa Eva! ¿De quién huyes? Del que huyes has nacido; tú eres su carne, sus huesos. Para darte el ser te he prestado de mi propio costado, del sitio más próximo a mi corazón, la sustancia y la vida a fin de que permanezcas para siempre a mi lado, y de que seas mi caro e inseparable consuelo. ¡Parte de mi alma, yo te busco! Reclama mi otra mitad". Con tu dulce mano cogiste la mía, cedí y desde entonces he visto cuánto sobrepuja a la belleza la gracia varonil y la sabiduría, que es la única verdaderamente hermosa".

Así habló nuestra madre común, y con miradas llenas de un encanto conyugal no rechazado, con un tierno abandono se apoyó en nuestro primer padre, medio abrazándole, la mitad de su seno, palpitante y desnudo, oculto bajo el oro flotante de sus trenzas esparcidas, fue a encontrar el seno de su esposo. Adán seducido por su belleza y por sus sumisos encantos, se sonrió con un amor superior, como Júpiter se sonríe mirando a Juno cuando fecundiza las nubes que esparcen las flores de mayo, y depositó un beso puro en los labios de la madre de los hombres. El demonio volvió la cabeza con envida, a pesar de lo cual continuó mirándolos de reojos con malignos celos, quejándose consigo mismo de esta suerte:

¡Vista odiosa!, ¡espectáculo atormentador! De ese modo esos dos seres, endiosados uno en brazos del otro, y formándose un Edén más feliz, acumularán dicha sobre dicha, mientras yo me veo sepultado en el infierno, donde no existe el placer, ni el amor, sino que arde un violento deseo, que no es por cierto el menor de nuestros tormentos, deseo que, no viéndose nunca satisfecho se consume en el suplicio de la pasión!

"Pero no olvidaré lo que he sabido de su propia boca, según parece, no todo se halla bajo tu dominio, aquí se eleva un árbol fatal, llamado el árbol de la ciencia, cuyo fruto les está prohibido tocar. ¡Prohibida la ciencia! Esto es sospechoso e irracional. ¿Por qué les habría de envidiar su Señor, la ciencia? ¿Es un crimen saber? ¿Es acaso la muerte? ¿Existe tan sólo merced a la ignorancia? ¿Estará fundada su felicidad en esta prueba de obediencia y de fidelidad? ¡Oh! ¡qué afortunado cimiento para labrar su ruina! Por este medio excitaré en su alma un deseo más grande de saber y de rechazar un mandato envidioso, inventado con el designio de tener humillados a los que, gracias a la ciencia, se verían exaltados hasta la altura de los dioses, con la esperanza de llegar a serlo, gustarán y morirán. ¿Qué cosa más verosímil? Pero ante todo recorramos este jardín, examinándolo minuciosamente y no dejemos de registrar ningún rincón La casualidad tan solo la casualidad puede conducirme al sitio donde me encuentre con algún espíritu del cielo, vagando a la orilla de una fuente, o en la espesura de una enramada, y entonces sabré por él lo que aún me falta averiguar. ¡Vive en tanto que puedes, afortunada pareja! ¡Goza hasta que yo vuelva, de esos cortos placeres, que en pos de ellos vendrán prolongados sinsabores!"

Así diciendo encamina desdeñosamente hacia otra parte sus pasos soberbios, pero con una circunspección artificiosa y da principio a sus investigaciones a través de los bosques y de las llanuras, por las colinas y los valles. El sol descendía entre tanto hacia el extremo del Occidente en que el cielo se confunde con el Océano y la Tierra, y hería horizontalmente con sus rayos vespertinos la puerta oriental del paraíso. Esta puerta era un roca de alabastro, que llegaba hasta la nubes, y que se descubría desde lejos. Un sendero tortuoso, accesible por el lado de la Tierra, conducía a una entrada elevada, el resto era un pico escarpado que se inclinaba hacia delante a medida que iba descendiendo, y por el que era imposible trepar.

Entre los dos pilares de la roca estaba sentado Gabriel, el jefe de los guardias angélicas, esperaba la noche, en torno suyo se ejercitaba en nobles juegos la juventud del cielo, desarmada; pero no lejos de ella, las armaduras divinas, las corazas, los escudos y las lanzas, suspendidas en forma de haces, brillaban con los destellos del oro y del diamante. Allí descendió Uriel sobre un rayo de sol, atravesando la dudosa claridad del crepúsculo y rápido como una estrella que cae durante una noche de otoño, cuando los vapores inflamados surcan el aire anunciando al marinero hacia qué punto de la brújula debe resguardarse de los vientos impetuosos. Uriel dirigió a Gabriel estas precipitadas palabras:

"Gabriel tu alcurnia te ha hecho obtener el empleo de vigilar cuidadosamente a fin de que no pueda acercarse o penetrar ninguna cosa nociva en esta dichos morada. Sabe, pues, que hoy, en pleno mediodía, ha llegado a mi esfera un espíritu, deseoso, en la apariencia de conocer un número mayor de obras del Todopoderoso, y especialmente al hombre, la última imagen de Dios. Le he enseñado el camino corto: he observado con atención su marcha aérea, y cuando se ha detenido en la montaña que se eleva al norte del Edén, descubrí en él miradas extrañas al cielo, oscurecidas por malas pasiones. Le seguí con la vista pero lo perdí en las sombras. Temo que alguno de la banda proscrita se haya aventurado a salir fuera del abismo, para suscitar nuevos disturbios: tuyo es el cuidado de encontrarle".

El guerrero alado respondió:

Uriel, no me admira que, residiendo en el círculo brillante del sol se extienda tu visa perfecta en todas direcciones. Por esta puerta donde tiene su asiento la Vigilancia no pasa nadie que no sea conocido como procedente del cielo: desde mediodía se ha presentado ninguna de sus criaturas. Si un espíritu de otra especie ha traspasado estos límites terrestres con algún intento, difícil es, como sabes, detener una sustancia espiritual con una barrera material, pero si en el recinto de estos paseos se ha deslizado ese que dices, yo lo sabré mañana al rayar el día, sea cualquier la forma bajo que se oculte".

Tal fue la promesa de Gabriel. Uriel se volvió a su puesto sobre el mismo rayo luminoso cuya punta elevada ahora, le conduce en rápido descenso hacia el sol, que se dirigía al ocaso por debajo de las Azores; ya sea porque el primer orbe, con una rapidez increíble, hubiese rodado hasta allí en su revolución diurna, o porque la tierra menos rápida y con una fuga más lenta hacia el Este, hubiera dejado allí al sol, matizado con reflejos de púrpura y oro las nubes que sirven de séquito a su torno occidental.

La noche avanzaba tranquila y el pardo crepúsculo escoltado por el silencio, había cubierto todos los objetos con su grave manto; los brutos y las aves se habían retirado: aquellos a sus lechos de hierba, éstos a sus nidos. Sólo el ruiseñor velaba, toda la noche estuvo cantando sus amorosas endechas, que tenían embelesado al silencio.

Pronto fulguró el firmamento con los más vívidos zafiros. Héspero, al frente de la milicia estrellada, se adentraba más resplandeciente, hasta que la luna, elevándose con una majestad nebulosa, se ostentó regiamente desplegando su luz de perlas y extendiendo su manto de plata sobre la sombra.

Adán, dirigiéndose a Eva, le dijo:

"Hermosa compañera, la hora de la noche, el reposo a que se ha entregado la Naturaleza entera, todos nos invita a reposar también. Dios ha hecho el trabajo y el descanso, como el día y la noche, para que alternen a favor del hombre; el rocío del sueño, cayendo a propósito con su dulce y adormecedora pesadez, cierra nuestros párpados. Las demás criaturas vagan durante el día ociosas, sin ocupación, y tienen menos necesidad de reposo: el hombre tiene asignada su cotidiana tarea corporal o espiritual; lo cual patentiza su dignidad y la atención que el cielo presta a todas su miras. Los animales, por el contrario, vagan a la ventura desocupados, y Dios no tiene en cuenta lo que hacen. Mañana, antes que la fresca aurora anuncie por el Oriente la primera aproximación de la luz, será preciso que nos levantemos para emprender de nuevo nuestros agradables trabajos. Tenemos que podar esos floridos vergeles, esas verdes alamedas, nuestro paseo del mediodía, embarazadas con el exceso de sus ramas: se ríen de la insuficiencia de nuestro cultivo y solicitan más brazos que las alivien de su exuberante crecimiento. También debemos recoger esas flores, y esas gomas que caen y permanecen en el suelo, sucias y desagradables a la vista, si queremos caminar con desahogo: ahora, según la voluntad de la Naturaleza, la noche nos prescribe el reposo".

Eva adornada de una belleza perfecta le respondió:

"Mi autor y mi soberano, manda, que yo te obedezco. Dios lo ordena así, Dios es tu ley y tú eres la mía. La gloria de una mujer y su ciencia más dichosa se cifra en no saber más. Hablando contigo olvido el tiempo, las horas y sus cambios me son igualmente gratos. Dulce es el soplo de la mañana, dulce el despuntar del día con los primeros cantos de los pajarillos, agradable el sol cuando despliega en este delicioso jardín sus primeros rayos sobre la hierba, el árbol, el fruto y la flor brillante de rocío; embalsamada la fértil tierra después de una dulce lluvia, encantadora la proximidad de un crepúsculo vespertino, apacible y delicioso, halagüeña la noche silenciosa con su ave solemne y esa luna tan bella, y esas perlas del cielo que forman su estrellada corte, pero ni el fresco hálito de la mañana ni el dulce canto de los pájaros, ni el sol que se eleva sobre este delicioso jardín, ni la hierba, ni el fruto, ni la flor que brilla con el rocío, ni el perfume que exhala la tierra después de la lluvia, ni la tarde silenciosa y apacible, ni la noche con su ave solemne, ni el paseo a la luz de la luna o al trémulo fulgor de las estrellas, tienen para mí atractivo sin ti. Pero ¿por qué brillan esas estrellas durante toda la noche? ¿Quién disfruta de ese glorioso espectáculo, cuando el sueño ha cerrado todos los ojos?"

Nuestro común antepasado respondió:

"Hija de Dios y del hombre, Eva perfecta, esos astros tienen que recorrer su curso alrededor de la tierra, desde la noche hasta la mañana, aparecen y desaparecen de comarca en comarca, a fin de dispensar la luz destinada a las naciones que no han nacido todavía, porque sería de temer que las tinieblas totales volviesen a ocupar durante la noche su antiguo dominio y extinguiesen la vida en la Naturaleza y en todas las cosas. No tan sólo alumbran esos moderados fuegos, sino que por medio de un amistoso calor de diversa influencia, fomentan, atemperan, alimentan o comunican una parte de su virtud estelar a todas las especies de seres que crecen sobre la tierra y les dan mas aptitud para recibir la perfección del rayo del sol, más poderoso que ellas. Aunque esos astros pasen inadvertidos en la profundidad de la noche, no brillan en vano. No creas que, aunque el hombre no existiese, carecería el cielo de espectadores, y Dios de alabanzas; mientras velamos, mientras dormimos, millones de criaturas espirituales marchan invisibles por el mundo alabando con cánticos sin fin las obras del Altísimo que contemplan noche y día. ¡Cuántas veces, desde lo alto de una colina, donde se repiten los ecos, o desde un bosque, hemos oído a medianoche voces celestiales, ya solas, ya contestándose mutuamente, cantando al sublime Creador! A menudo los ángeles, en sus nocturnas rondas, y al sonido de instrumentos divinamente pulsados, mezclan sus cantos con la más perfecta armonía, cantos que dividen la noche y elevan al Cielo nuestros pensamientos".

Hablando de esta suerte, y asidos de la mano, entran solitarios en su afortunado retiro; era éste un lugar escogido por el Plantador soberano, al disponer todas las cosas para el uso delicioso del hombre. La techumbre estaba formada por un tejado de laurel y mirto, y lo que sobresalía era un follaje compacto y aromático. Por uno y otro lado, el acanto y otras plantas espesas y olorosas elevaban un muro de verdura: bellas flores, lirios de todos matices, las rosas y el jazmín erguían sus frondosos tallos formando un mosaico. Bajo sus pies, la violeta, el azafrán, el jacinto, cual rica tapicería, bordaban la superficie de la tierra, comunicándole un colorido más brillante que el de la piedra más costosa y mejor esmaltada.

Ninguna otra criatura, ya fuese cuadrúpedo, pájaro, insecto o reptil, osaba penetrar en aquel recinto; tal era su respeto hacia el hombre. Jamás, ni aun en las ficciones de la fábula, durmieron Pan y Silvano ni habitaron Fauno y Ninfa en un lugar de tan apacible sombra, tan solitario y tan sagrado. Allí, en aquel retiro cercado de flores, de guirnaldas y de hierbas de un olor suavísimo, Eva, unida por vez primera a su esposo, embelleció su lecho nupcial, y los coros celestes cantaron su epitalamio. Aquel día, el ángel del himeneo condujo a Eva a la presencia de nuestro primer padre, más adornada en su belleza desnuda, más hermosa que Pandora a quien los dioses dotaron con todos sus dones, ¡ah! y muy semejante a Eva por el triste resultado que produjo, cuando conducida por Hermes, ante el imprudente hijo de Jafet, fascinó a la especie humana con sus seductoras miradas, a fin de vengar a Júpiter del que le había robado el fuego auténtico.

Llegados a esta suerte a su umbroso retiro, Eva y Adán se detuvieron, volviéronse ambos y adoraron bajo el cielo abierto al Dios que hizo a la vez el cielo, el aire, la tierra; el cielo que veían, el globo resplandeciente de la luna y el polo estrellado.

"La noche también ha sido obra tuya, ¡oh Creador omnipotente! Y has hecho el día que acabamos de emplear en el trabajo que tenemos prescrito, felices con nuestra asistencia mutua y con nuestro mutuo amor, corona de toda esta dicha ordenada por Ti. Tú has formado este sitio encantador, demasiado vasto para nosotros; tus dones harto abundantes caen sobre el suelo sin que encuentren manos que los recojan y participen de ellos. Pero nos has ofrecido una raza salida de nosotros, que llenará la Tierra, que con nosotros glorificará tu bondad infinita, lo mismo al despertar, que al buscar, como ahora, este sueño, otro de tus dones".

Tal fue la oración que pronunciaron ambos, unidos por un mismo pensamiento, y sin observar más ritos que una pura adoración, la mas grata a Dios. Entraron asidos de la mano en el sitio más secreto de su retiro y sin que tuvieran la molestia de desembarazarse de la incómodas ropas que nos cubren, se acostaron uno junto a otro. Adán no se apartó de su bella esposa, según creo, ni Eva rechazó los ritos misteriosos del amor conyugal, a pesar de todo cuanto dicen austeramente los hipócritas, acerca de la pureza del paraíso, de la inocencia, difamando como impuro lo que el mismo Dios ha declarado puro, lo que ordena a algunos, lo que permite a todos. Nuestro Creador mandó que se multiplicasen, quien prescribe una ley contrario a la suya es nuestro destructor, el enemigo de Dios y del hombre.

¡Salve amor conyugal, ley misteriosa, verdadero origen de la posteridad humana, única propiedad en el paraíso, donde todos los demás bienes eran comunes! Por ti fue lanzado de los hombres el ardor adúltero y relegado a las caprichosas inclinaciones de los brutos; tú eres quien da a conocer por la primera vez y purifica, consagra y estrecha, esos dulces vínculos de la sangre, esos títulos sagrados de padre, hijo y hermano, fundados en una razón leal, justa y pura. Lejos de mí, ¡oh casto himeneo!, la idea de ver en ti un pecado o una vergüenza, o de creerte indigno de penetrar en el sitio más sagrado, a ti, manantial perpetuo de goces domésticos, a ti, cuyo lecho ha sido declarado casto y puro por el presente y por el pasado, y en el cual han entrado los santos y los patriarcas. En él se arma el amor de sus doradas flechas, enciende su antorcha duradera, agita sus purpúreas alas, reina y se deleita, no en la mercenaria sonrisa de impúdicas beldades sin pasión, sin placeres, y que ningún cariño inspiran, el verdadero amor no existe en esos goces pasajeros, como tampoco entre las favoritas de la corte, ni en una danza confusa, ni bajo la lasciva máscara, ni en el baile nocturno, ni en la serenata que dedica un frenético amante a su altanera beldad, cuyo orgullo merecería un desdeñoso abandono.

Mecidos por el canto de los ruiseñores, dormían los dos esposos abrazados; sobre sus desnudos miembros iban lloviendo rosas desde la florida bóveda que los cobijaba, rosas que renacían en su tallo a los primeros albores del día. ¡Duerme dichosa pareja, mucho más dichosa, si no buscas un estado más feliz y si sabes no saber más!

Ya había medido la noche con su cono tenebroso la mitad de su carrera hacia el punto más alto de esta vasta bóveda sublunar, y los querubines saliendo de sus puertas de marfil a la hora acostumbrada, se habían armado para sus rondas nocturnas con marcial continente, cuando Gabriel dijo al que le seguía en poder:

"Uriel, toma la mitad de estos guerreros, y costea el Mediodía con la más exquisita vigilancia, la otra mitad dará la vuelta por el Norte y nuestra ronda, se reunirá hacia el Occidente".

Parten ligeros como la llama, los unos dirigiéndose hacia el lado del escudo y los otros hacia el de la lanza. Gabriel llama a dos espíritus sagaces y valientes que estaban cerca de él y les da esta orden:

"Ituriel y Cefón, recorred este jardín con toda la velocidad de vuestras alas, no dejéis sin examinar rincón alguno y sobre todo el sitio donde habitan esas dos hermosas criaturas que quizá duermen ahora, creyéndose al abrigo del mal. Esta tarde, al declinar el sol, ha llegado uno asegurándome que ha visto un espíritu infernal dirigiendo su marcha hacia este sitio y escapado de las barreras del infierno con mala intención sin duda, en cualquier punto donde lo encontréis, apoderaos de él y traedle aquí".

Dicho esto, se puso en marcha a la cabeza de sus radiantes filas, que eclipsaban a la luna. Ituriel y Cefón se encaminaron directamente al retiro de nuestros padres, para descubrir al que buscaban. Allí le encontraron agachado como un sapo, junto al oído de Eva, intentando con su arte diabólica insinuarse hasta en el organismo de su imaginación y forjar en él a su capricho ilusiones, fantasmas y sueño, o bien comunicándole su veneno, trataba de infectar los espíritus vitales, que semejantes a los ligeros vapores emanados de una límpida corriente, se exhalan de la sangre más pura. Esperaba, al corromperlos, infiltrar en el espíritu de Eva esos pensamientos desarreglados y descontentadizos, esas vanas esperanzas, esos proyectos vanos, esos deseos desordenados, henchidos de opiniones altaneras, que engendran el orgullo.

Ocupado se hallaba de esta suerte, cuando Ituriel le tocó ligeramente con su lanza, la impostura no puede resistir al contacto de un temple celestial, y se ve forzosamente obligado a volver a su propia forma. Satanás descubierto y sorprendido, se estremeció, y así como cuando cae un chispa sobre un montón de pólvora nitrosa preparada para llenar los barriles, a fin de pertrechar un almacén hasta la eventualidad de una guerra, el negro grano dispersado por una repentina explosión, inflama el aire, del mismo estalló en su propia forma el enemigo. Los dos hermosos ángeles retrocedieron un paso, casi admirados de ver tan súbitamente al terrible monarca. Sin embargo no cabiendo en ellos el espanto, se le acercaron en seguida:

"¿Cuál de aquellos espíritus rebeldes entregados al infierno eres tú? ¿Has venido escapado de tu prisión? ¿Por qué estás aquí, transformado y como enemigo en acecho, velando a la cabecera de los que duermen?"

"¿Acaso no me conocéis? — repuso Satanás con desdeñoso acento— ¿No me conocéis a mí? Pues bien: me habéis conocido en otro tiempo, no como compañero vuestro sino sentado donde no es atrevíais a dirigir vuestro vuelo; no conocerme es confesaros desconocidos vosotros mismos, y declararos los más ínfimos de vuestra banda. Y si me conocéis, ¿a qué viene interrogarme y dar principio a vuestra misión de un modo tan superfluo como vano será el fin?"

Cefón, devolviéndole desprecio por desprecio, le contestó:

"No creas, espíritu rebelde, que se te pueda reconocer y que tu forma sea la misma y no haya disminuido el esplendor que te rodeaba cuando estabas en el cielo erguido y puro. Esa gloria se apartó de ti, cuando dejaste de ser fiel: ahora te pareces a tu pecado y a la mansión impura y tenebrosa de tu condenación. Pero ven, porque es preciso, tenlo por seguro que des cuenta de tus acciones al que aquí nos ha enviado, y cuyo cargo es el de custodiar este sitio inviolable, y el de preservar a éstos de todo mal."

Así habló el querubín; su grave reprensión, severa en medio de una belleza juvenil, le imprimió una gracia irresistible. El demonio quedó confundido, pues conocía cuán imponente es la virtud en su forma, lo veía y gemía por haberla perdido, pero sobre todo, al advertir que había observado la alteración sensible de su esplendor. A pesar de esto, mostróse todavía intrépido.

"Si debo combatir — dijo—, que sea jefe contra jefe; contra el que envía, no contra el enviado, o contra todos a la vez; de este modo será mayor la gloria que adquiera, o menor la que pierda."

"Tu espanto —le contestó el atrevido Cefón— nos ahorrará la prueba de lo que el más pequeño de nosotros puede hacer solo contra ti, que siendo malo eres, por consiguiente débil".

El Enemigo ahogado por la cólera, no replicó una palabra, sino que se puso en marcha con la cabeza erguida, cual orgulloso y enfrenado corcel que tasca el freno, combatir le pareció tan inútil como huir, su corazón, que ninguna otra cosa podía ablandar, estaba dominado por el temor que le inspiraba el Cielo. Aproximábase hacia el punto del Occidente, donde los escuadrones de ángeles, después de haber descrito su ronda semicircular, llegaban y se reunían prontos a recibir nuevas órdenes.

Gabriel, su jefe, colocado al frente de ellos, exclamó:

"Amigos. Percibo el rumor de un pie ágil que se adelanta rápido por ese camino y a través de la oscuridad distingo ahora a Ituriel, a Cefón. Con ellos viene un tercero de regio aspecto, pero de un esplendor pálido y marchito, por su porte y su feroz continente parece ser el príncipe del infierno, que probablemente no saldrá de aquí sin resistencia. Estad firmes, porque sus miradas se ofuscan y nos desafían".

Apenas hubo concluido de hablar, cuando Ituriel y Cefón se le reúnen: le refieren brevemente quien es su cautivo, dónde le han encontrado y la ocupación en que le han sorprendido, bajo qué forma y la postura en que estaba tendido.

Gabriel le dirigió de este modo la palabra con mirada severa:

"Satanás, ¿por qué has traspasado los límites prescritos a tus rebeliones? ¿Por qué vienes a turbar en su ministerio a los que no quieren seguir tu ejemplo, rebelándose y que tienen la potestad y el derecho de interrogarte sobre tu audaz entrada en este sitio, donde te dedicabas, según parece, a violar el sueño y a inquietar a aquellos cuya morada ha colocado Dios en esta felicidad?"

Satanás respondió frunciendo las cejas con desprecio:

"Gabriel, en el cielo gozabas reputación de cuero, y yo te tenía por tal; pero la pregunta que me diriges me hace dudar de ello. ¡Que viva en el infierno el que ame sus suplicios! ¿Quién, si encuentra medios para ello, no escapará del infierno, por más que esté condenado en él? Tú mismo, tú, lo harías sin duda; tú te aventurarías audazmente hacia cualquier lugar, el que más lejano estuviese del dolor, donde tuvieras esperanzas de cambiar la pena en placer, y de trocar lo más pronto posible el sufrimiento por el gozo; eso es lo que he buscado en este sitio. Pero tú no tendrás por suficiente esta razón, porque conociendo únicamente el bien, no has padecido mal alguno. ¿Me objetarás la voluntad del que nos encadenó? ¿Por qué no ha reforzado sólidamente sus férreas puertas, si es que pretendía retenernos para siempre en aquella tenebrosa prisión? Ya he respondido con exceso a tu pregunta. En cuanto a lo demás, todo es verdad: me han encontrado donde dicen, pero esto no implica violencia ni engaño".

Así dijo con el mayor desdén. El ángel guerrero sorprendido, le replicó casi sonriéndose, con desprecio:

"¡Ah, qué juez tan apto para apreciar lo que es o no cuerdo ha perdido el cielo, desde que Satanás cayó derribado por su propia locura! Ahora vuelve escapado de su prisión, poniendo gravemente en duda si debe o no tener por cuerdos a los que le preguntan qué audacia le ha conducido aquí sin ningún permiso, fuera de los límites del infierno que le han sido marcados; ¡tan cuerdo juzga que es esquivar la pena, no importa cómo y evadirse de su castigo! Sigue opinando así, presuntuoso, hasta que la cólera que has provocado al huir te vaya a encontrar siete veces en tu huída, y vuelva a conducir al infierno a latigazos esa cordura que no te ha enseñado aún suficientemente que ninguna pena puede igualar a la en que se incurre provocando la cólera divina. Pero ¿por qué estás solo? ¿Por qué no ha venido contigo todo el infierno desencadenado? ¿Tienes menos premura por huir de él, o es que tú eres más débil que ellos para soportarlo? ¡Qué jefe tan animoso, que es el primero en sustraerse a los tormentos! Si hubieras alegado a tu ejército, cobardemente abandonado por ti, ese motivo de fuga, de seguro, que no habrías sido el único fugitivo."

A lo cual respondió el Enemigo con feroz entrecejo y terrible aspecto:

"Bien saber, ángel provocador, que para soportar los tormentos, mi valor no cede a nadie, y que no retrocedo ante ellos, he desafiado tu mayor furor, cuando en el combate acudió en tu ayuda precipitadamente el negro rayo y secundó a tu lanza, poco temible por sí misma. Pero tus palabras, lanzadas al azar, demuestran como siempre tu inexperiencia con respecto a lo que debe hacer un jefe fiel, según las duras pruebas y los malos resultados del pasado, un buen jefe no debe aventurarlo todo en las sendas peligrosas que no ha reconocido por sí mismo. Así es que me he decidido a volar solo a través del abismo desolado y a descubrir este mundo creado recientemente cuya existencia no ha dejado divulgar la Fama en el infierno. He venido aquí con la esperanza de encontrar una mansión mejor, y de establecer en la tierra o en medio del aire a mis potestades afligidas, aunque para adquirir su posesión nos viésemos obligados a probar una vez más lo que tú y tus elegantes legiones intenten contra nosotros. Para vosotros es misión más fácil la de servir a vuestro Señor allá en el cielo, cantar himnos en derredor de su trono e inclinaros a distancias marcadas, que la de combatir".

El ángel guerrero respondió inmediatamente:

"Decir y contradecirse, pretender primeramente que es cordura huir del castigo, para dedicarse después al espionaje, no da a conocer a un gran jefe, sino a un impostor avezado, Satanás. ¿Y te atreves a darte el título de fiel? ¡Oh nombre, nombre sagrado de fidelidad, profanado por ti! ¿Fiel tú? ¿Y a quién? ¡A tu banda rebelde, ejército de perversos, digno cuerpo de tan digna cabeza! ¿Consistía vuestra disciplina, vuestra fe jurada y vuestra obediencia militar en romper el juramente que os ligaba con el Poder Supremo reconocido? Y tú, astuto hipócrita, campeón hoy de la libertad, ¿quién como tú aduló, se inclinó y adoró más servilmente en otro tiempo al formidable Monarca del cielo? ¿Por qué lo hiciste así, sino por la esperanza de desposeerle y de reinar tú mismo? Escucha ahora el consejo que voy a darte: ¡Vete lejos de aquí! Torna al lugar de donde has huído; si de ahora en adelante te vuelves a aparecer en estos límites sagrados, te arrastraré encadenado a la sima infernal, y te sujetaré allí de modo que no vuelvas a despreciar jamás las fáciles puertas del infierno, harto ligeramente reforzadas".

De este modo le amenazó el arcángel; pero Satanás no hizo ningún caso de sus amenazas, antes por el contrario, con rabia creciente replicó:

"Cuando esté cautivo en tu poder, podrás hablarme de cadenas, orgulloso querubín fronterizo; pero antes que llegue este caso, prepárate a sentir el peso de mi potente brazo, por más que el Rey del cielo cabalgue sobre tus alas y por más que con tus compañeros, avezados al yugo, arrastres las ruedas de su carro triunfal en su marcha por el camino del cielo, empedrado de estrellas".

Mientras así hablaba, los escuadrones angélicos cambiaron su esplendor en rojo fuego y aguzando en forma de media luna los extremos de sus falanges, empezaron a rodearle con las lanzas preparadas; de igual modo que en un campo de Ceres, en la época de la recolección, se balancea un bosque erizado de espigas, inclinándose hacia doquiera que las impulsa el viento, mientras el labrador las contempla con inquietud, temeroso de ver reducidas a paja las gavillas, su única esperanza. Por su parte, Satanás, alarmado y reuniendo todas su fuerzas, se eleva grandioso, indestructible como el pico de Tenerife o el Atlas. Con su cabeza toca el cielo, sobre su casco se asienta el horror como un penacho, y en su mano llevaba algo parecido a una lanza y un escudo.

Se habrían consumado hechos terribles y en esta conmoción, no sólo el Paraíso, sino también la estrellada bóveda del cielo, o por lo menos todos los elementos, habrían volado hechos jirones, confundidos y destrozados por la violencia de semejante combate, si el Eterno para prevenir tan horrible tumulto, no hubiese suspendido al momento sus balanzas de oro, que se ven aún entre Astrea y el signo del Escorpión. En ellas pesó primero el Creador todas las cosas creadas, la tierra redonda y suspendida con el aire por contrapeso; ahora pesa los sucesos, las batallas y los reinos. Pudo dos pesos en los platillos, en el uno la partida de Satanás, en el otro el combate; el último platillo subió rápidamente, y fue a dar contra el fiel de la balanza. Observándolo Gabriel, dijo al Enemigo:

"Satanás, conozco tu fuerza, así como tú conoces la mía; ninguna de las dos nos es propia, sino que nos ha sido dada. ¿No es pues una locura que nos vanagloriemos de los que pueden hacer las armas, cuando tu fuerza y la mía son tan sólo lo que permite el Cielo, si bien la mía se ha duplicado al presente, para poder hollarte como fango a mis pies? En prueba de lo que te digo, mira allá arriba, lee tu destino en ese signo celeste donde has sido pesado y ve cuán ligero eres, cuán débil, si intentas resistir.

El Enemigo levantó los ojos, y reconoció que su platillo era el más elevado. Cedió; huyó blasfemando y con él huyeron las sombras de la noche.

Libro V

Ya la aurora, adelantando sus rosados pasos por las regiones del Este, sembraba la tierra de perlas orientales, cuando Adán, siguiendo su costumbre, se despertó; porque su sueño ligero como el aire, favorecido por una digestión pura y por vapores dulces e hijos de la templaza, se disipaba insensiblemente al solo murmullo de los humeantes arroyuelos, al rumor de las hojas agitadas, abanico de la aurora, y al cántico matutino y animado de los pájaros sobre todas las ramas; y quedó sumamente admirado al ver que Eva no había despertado aún, y que demostraba en su cabellera desordenada y en sus mejillas encendidas la inquietud de su reposo. Adán, incorporándose y apoyado en un codo, se inclina amorosamente sobre ella, y contempla con miradas de un amor cordial la belleza que, despierta o dormida, brilla con tan singulares gracias. Entonces con dulce voz, como cuando Céfiro acaricia a Flora, tocando ligeramente la mano de Eva, murmura estas palabras:

"¡Despierta hermosa mía, esposa mía; último bien que he recibido, el último y mejor presente del cielo, mi delicia siempre nueva, despierta! La aurora brilla y la fresca campiña nos reclama, estamos perdiendo las primicias del día, el momento de observar cómo crecen esas plantas cultivadas por nuestros cuidados; cómo florece el bosquecillo de limoneros, de dónde mana la mirra y lo que destila el balsámico junquillo; cómo se reviste la Naturaleza de sus colores, y cómo se posa la abeja sobre la flor para libar en ella su dulce miel."

Con tan suave murmullo la despierta, y ella fijando en Adán sus espantados ojos, y abrazándole, le dice así:

"¡Oh tú, único en quien mis pensamientos encuentran reposo, mi gloria, mi perfección! ¡Cuánto gozo diento al ver tu rostro y el nuevo día! Esta noche soñaba, sí soñaba, y en no en ti, como lo hago con frecuencia, ni en los trabajos del día transcurrido, ni en los proyectos para el siguiente, sino en ofensas y turbaciones que mi espíritu no había conocido jamás hasta esta noche abrumadora; me ha parecido que una voz llena de dulzura, insinuándose junto a mi oído me llamaba y me invitaba a pasear; yo creí que era tu voz que me decía: ¿Por qué duermes, Eva? Esta es la hora placentera, fresca y silenciosa, en que el silencio sólo cede a la armoniosa ave de la noche, que, despierta ahora, suspira su más dulce canción, enseñada por el amor. La luna llena esparciendo desde su elevado solio la claridad más agradable, hace resaltar sobre la sombra la faz de los objetos. Espectáculo vano, sino hay quien lo contemple. El cielo vela con todos sus ojos, y ¿para qué, sino para contemplarte a ti, ¡oh deseo de la Naturaleza!?

A tu vista se regocijan todas las cosas, atraídas por el irresistible anhelo de admirar enajenadas tu belleza.

Me he levantado a tu llamado, pero no te he visto. A fin de encontrarte, emprendí entonces mi paseo, y me ha parecido que paseaba sola por sendas que me han conducido de improviso ante el árbol prohibido de la ciencia: me pareció hermoso y mi imaginación lo vio mucho más hermoso que durante el día. Mientras lo contemplaba con sorpresa, advertí que cerca de él estaba una figura alada, semejante a las que vemos con frecuencia descender del cielo, de sus cabellos húmedos de rocío se exhalaba la ambrosía; estaba también contemplando el árbol y decía:

"¡Oh hermosa planta de abundante fruto! ¿No hay quien se digne aliviarte de tu peso y gustar de tu dulzura, ni Dios ni el hombre? ¿Tan despreciada es la ciencia? ¿Será acaso la envidia o alguna injusta reserva lo que prohíba tocarte? Prohíbalo quien quiera, nadie me privará por más tiempo de los bienes que ofreces, y si no, ¿por qué estás aquí?"

Así dijo y no se detuvo más, sino que con mano temeraria arrancó el fruto y lo gustó. Un horror glacial heló mi sangre al oír tan osadas palabras, confirmadas por tan atrevida acción. Pero él, enajenado de gozo, exclamó:

"¡Oh fruto divino, dulce por ti solo, y mucho más dulce cogido de esta suerte, estando prohibido, al parecer, como reservado únicamente para los dioses, y siendo, sin embargo, capaz de convertir en dioses a los hombres! ¿Y por qué no han de serlo? El bien aumento cuanto más se comunica, y su autor, lejos de perder en ellos, adquiriría más alabanzas. Acércate dichosa criatura, bella y angelical Eva, participa de este fruto conmigo, aun cuando ahora te consideres feliz, puedes serlo más aún, si bien no puedes ser más digna de la felicidad. Gusta este fruto, y desde luego serás una divinidad entre los dioses; tu imperio no se limitará a la tierra, sino que tan pronto estarás en el aire como subirás al cielo por tu propio mérito, y verás la existencia de que gozan los dioses, y pasarás un vida igual a la suya".

Hablando de esta suerte, se acercó a mí y aproximó a mis labios una parte de aquella misma fruta arrancada por él, que había conservado; su agradable y sabroso perfume excitó de tal modo mi apetito, que me pareció imposible dejar de probarla. Inmediatamente me remonté con el espíritu hasta las nubes y vi desplegada a mis planta, la inmensa superficie de la tierra, que me ofreció una extensa y variada perspectiva. Estando en tan extraordinaria elevación, admirada de mi vuelo y del cambio operado en mí, mi guía desapareció de improviso, y yo, según creo, caí precipitada a la tierra, y quedé dormida. Mas, ¡oh cuán feliz fui al despertar y al ver que todo había sido sólo un sueño!"

De este modo refirió Eva su visión nocturna, y Adán le respondió contristado:

"¡Oh mi imagen más perfecta, y mi más cara mitad! La turbación de los pensamientos que has tenido esta noche durante tu sueño me afecta tanto como a ti; ese sueño desordenado me importuna, y temo que sea obra del mal. Pero el mal ¿de dónde puede proceder? En ti no puede existir, siendo una criatura tan pura. Escucha, sin embargo: en el alma existen algunas facultades interiores que se someten a la razón, como a su soberana. Entre éstas, la imaginación desempeña el principal papel; con todas las cosas exteriores que perciben los cinco sentidos cuando están despiertos, se forja fantasías, formas vagas y aéreas, que la razón reúne o repara, y con las cuales compone todo lo que afirmamos y negamos, y lo que llamamos nuestra ciencia o nuestra opinión. Cuando la naturaleza reposa, la razón se retira a su secreta celda, muchas veces durante su ausencia, la imaginación que se complace en contrahacerlo todo, vela por imitarla; pero uniendo confusamente las formas, produce a menudo una obra extraña, sobre todo en los sueños, acomodando mal las palabras y las acciones recientes o remotas.

Así es que hallo en tu sueño ciertas reminiscencia de nuestra última conversación de anoche, pero con extrañas adiciones. Sin embargo, no estés triste, el mal puede ir y venir por el espíritu de Dios o del hombre sin su beneplácito, y sin dejar en él mancha ni censura, y esto me infunde la esperanza de que jamás consentirás en hacer despierta lo que te parecía odioso soñar mientras dormías. Desecha, pues toda inquietud, que no oscurezca la más ligera nube esos ojos, cuyas miradas suelen ser más radiantes y serenas que lo es para la tierra, la primera sonrisa de un hermosa mañana. Levantémonos para dedicarnos a nuestras apacibles ocupaciones entre los bosquecillos, las fuentes y las flores que entreabren ahora su seno inundado de los perfumes más exquisitos, preservados de la noche y guardados para ti".

De esta suerte reanimaba a su bella esposa, y ella, por su parte, se sentía reanimada; pero sus ojos derramaron silenciosamente un dulce llanto, que enjugó con sus cabellos. Otras dos preciosas lágrimas iban a brotar de su cristalino manantial, y Adán las recogió con un beso antes que cayeran, mirándolas como señal de un tierno remordimiento y de un piadoso temor de haber ofendido.

Libres ya de toda inquietud, se apresuraron a marchar al campo. Pero en el momento en que salín de debajo de la bóveda de su enramado asilo, se ofreció a sus ojos de improviso en todo su esplendor la luz del día naciente y del sol, apenas elevado, que desfloraba con las ruedas de su carro la extremidad del Océano, y lanzaba paralelamente sobre la tierra sus rayos cubiertos de rocío, iluminando en una vasta extensión todo el Oriente del Paraíso y las afortunadas llanuras del Edén; se inclinaron profundamente, adoraron y dieron principio a su habituales oraciones, que elevaban al cielo cada mañana, pero variando siempre la expresión de sus votos; porque no carecían de un cariado estilo ni de un santo entusiasmo para alabar a su Creador, por medio de justos acordes cantados o pronunciados sin preparación alguna. Una rápida elocuencia manaba de sus labios, ya en prosa, ya en versos numerosos, tan llenos de armonía, que no tenían necesidad de laúd ni del arpa para aumentar su dulzura.

He aquí tus gloriosas obras, Padre del bien. ¡Oh Todopoderoso! ¡Tuya es esa estructura del universo, tan maravillosamente bella! ¡Y qué maravilla no eres tú mismo, Ser inefable! Sentado sobre los cielos, eres para nosotros o invisibles o confusamente entrevisto entre tus obras más inferiores, que a pesar de ellos hacen brillar mucho más allá de donde alcanza el pensamiento tu bondad y tu poder divino.

"Hablad vosotros que podréis expresarlo mejor, ¡oh ángeles hijos de la luz! Porque vosotros le contempláis y con cánticos y coros de sinfonías rodeáis su trono en el cielo, en un día sin noche, llenos de gozo.

Que todas las criaturas le glorifiquen en la tierra, como el primero y el último, como el medio y el eterno.

Oh, tú, la más bella de las estrellas, la última del séquito de la noche, si no es que perteneces más bien al de la aurora, prenda segura del día; tú cuyo círculo brillante corona la risueña mañana, celebra al Señor en tu esfera, cuando aparece el alba en esta primera hora del naciente día!

Tú, ¡oh sol! Ojo y alma a la vez de este gran universo, reconócele como más grande que tú; haz resonar sus alabanzas en tu eterna carrera, ya cuando te remontes por el cielo, ya cuándo alcances la altura del mediodía y cuando desciendas.

Luna que tan pronto te encuentras al sol en el Oriente, como huyes de él con las estrellas fijas, fijas en su movible órbita, y vosotros fuegos errantes que entre los cinco formáis una danza misteriosa, pero no sin armonía, cantad las alabanzas de aquel que sacó la luz de las tinieblas.

Oh aire, y vosotros elementos, primogénitos de las entrañas de la Naturaleza!, vosotros cuya cuádruple esencia recorre un círculo perpetuo bajo formas infinitas, mezclando y nutriendo todas las cosas; en vuestras constantes metamorfosis, dirigid a nuestro supremo Creador loores siempre variados, siempre nuevos.

Y vosotros, nieblas, vapores, exhalaciones, que en este momento, formando torbellinos grises o incoloros, os remontáis desde la colina o desde el humeante lago hasta que el sol dora vuestras lanudas franjas, elevaos en honor del gran Creador del mundo, y ya cubráis de nubes el cielo sin color, ya mitiguéis la sed del ardoroso suelo, con abundantes lluvias, al subir o al bajar, esparcid siempre sus alabanzas.

Llevad con dulzura o con fuerza en vuestros suspiros su alabanza, ¡oh vientos que sopláis por las cuatro partes del mundo! Vosotros, pinos, inclinad vuestras cabezas, y vosotras plantas de cada especie, balanceaos en señal de adoración.

Fuentes y arroyos, que corréis en armonioso murmullo, que vuestro dulce murmullo repita sus alabanzas.

Unid vuestras veces unánimes, almas vivientes, pájaros que subís cantando hasta las puertas del cielo, elevad en vuestras alas y en vuestros himnos sus alabanzas.

Vosotros, lo que os deslizáis por las aguas; vosotros, los que recorréis la tierra los que halláis con majestad, o los que os arrastráis por ella humildemente, sed testigos de que yo no guardo silencio, ni por la mañana ni por la tarde, presto mi voz a la colina o al valle, a la fuente o la fresca umbría, y mi canto les enseña a repetir sus alabanzas.

¡Salve, Señor universal! Sé siempre liberal en el bien que nos concedas, y si la noche ha dado asilo u ocultado alguna cosa mala, disípala, como la luz dispersa ahora las tinieblas".

De esta suerte oraron, llenos de santa inocencia y sus pensamientos recobraron en breve una paz firme y de la acostumbrada calma. Se apresuraron a dar principio a sus matutinos trabajos entre el rocío y las flores, allí donde algunas hileras de árboles sobrecargados de fronda, ostentaban demasiado sus espesas ramas, y tenían necesidad de una mano que reprimiera sus infecundos abrazos; se dedicaron también a enlazar la vid al olmo, cuyo tronco ciñe, cual desposada, con su núbiles brazos y le lleva en dote sus racimos, que él acepta para adornar con ellos su follaje estéril. Viendo el poderoso Rey del cielo con compasión a nuestros primeros padres ocupados de este modo, hace venir a su presencia a Rafael, espíritu sociable, que se dignó viajar con Tobías y aseguró su enlace con la virgen siete veces casada.

Rafael, —le dijo—, ya sabes el desorden que ha introducido Satanás en el paraíso, después de haberse escapado del infierno a través del tenebroso abismo, sabes la turbación que ha causado esta noche a la pareja humana y sus proyectos de perder con ella y de un solo golpe a la raza del hombre. Ve pues, habla durante la mitad de este día con Adán como un amigo con otro amigo; le encontrarás en algún vergel o bajo alguna enramada, al abrigo del calor del mediodía, para reponerse un momento de su trabajo cotidiano, por medio del alimento o del reposo. Dirígele palabras que contribuyan a recordarle su feliz estado, la dicha de que goza, confiada a su propia y libre voluntad que, aunque libre, es variable, adviértele que tenga cuidado en no extraviarse por un exceso de seguridad. Dile sobre todo el peligro que le amenaza y de quién procede, dile qué enemigo, caído recientemente del cielo, intenta ahora derribar a los otros desde semejante estado de felicidad, pero no por violencia, pues sería rechazado, sino por medio del fraude y del engaño. Hazle conocer todo esto para que, si delinque voluntariamente, no pueda alegar que ha sido sorprendido por no haber sido prevenido ni avisado.

Así habló el Padre eterno, y obró con toda justicia. El santo alado no se detiene después de haber recibido esta orden, sino que desde el centro de mil celestes ardores en que permanecía velado por sus magníficas alas, se remonta con celeridad y vuela a través del cielo. Los coros angélicos, aparándose a uno y otro lado, dejan franco el paso a su rapidez por todas las vías del Empíreo, hasta que, llegado a las puertas del cielo, se abren completamente por sí misma, girando sobre sus goznes de oro: obra divina del Soberano arquitecto. No impidiendo su vista la más ligera nube ni estrella alguna interpuesta, divisa la tierra, a pesar de su pequeñez, sumamente parecida a los demás globos luminosos, descubre el jardín de Dios, coronado de cedros, más elevado que todas las colinas; del mismo modo, si bien con menos seguridad, durante la noche observa el anteojo de Galileo tierras y regiones imaginarias en la luna; del mismo modo, el piloto viendo aparecer a Delos o Samos entre las Cíclades, las toma, desde luego por una nebulosidad. Rafael dirige su vuelo precipitado hacia allá abajo y a través del vasto firmamento etéreo, boga entre mundo y mundos. Ora se transporta hacia las regiones polares con ala inmóvil, ora, ésta, cual abanico viviente agita el aire elástico, hasta que, llegado, por fin, a la altura del vuelo de las águilas, es mirado por toda la familia volátil como un fénix, y contemplado por todos con admiración, como cuando aquella ave única volaba hacia la Tebas de Egipto para depositar sus reliquias en el resplandeciente templo del Sol.

De repente se posa sobre la cumbre oriental del paraíso y se reviste de su propia forma de serafín alado. Lleva seis alas, para dar sombra a sus miembros divinos, las dos que cubren sus anchos hombros van a caer sobre su pecho, como un manto real; las dos del medio rodean su cintura, cual estrellada zona, y cubren sus riñones y sus muslos con un plumón de oro y de vivos colores preparados en el cielo; las dos últimas sombrean sus pies y se unen a sus talones; sus esmaltadas plumas brillan con el color del firmamento; parecido al hijo de Maya, se mantiene en pie y sacude sus plumas, llenando de un perfume celestial el vasto recinto que le rodea.

Las cohortes angélicas que allí vigilaban le conocieron inmediatamente y se levantaron para honrar su alcurnia y su misión suprema, porque presintieron que estaba encargado de algún importante mensaje. Rafael atraviesa por entre sus brillantes tiendas y entra en el campo afortunado, a través de los bosquecillos de mirra, de olorosas flores de casia, nardo y bálsamo, que forman un desierto de perfumes. La Naturaleza, en su infancia, juguetea allí y gozaba a su antojo en sus virginales caprichos, destilando abundantemente su dulzura; beldad agreste que estaba por encima de toda regla y de todo arte. ¡Oh inmensidad de delicias!

Rafael avanzaba hacia la aromática selva. Adán le divisó; estaba sentado a la puerta de su fresco retiro, mientras el sol lanzaba a plomo desde el cenit sus abrasadores rayos para comunicar su calor a la tierra hasta en sus más profundas entrañas, calor más fuerte del que necesitaba Adán. Retirada Eva al interior de su morada y atenta a la hora en que estaban, preparaba para la comida los frutos más sabrosos, cuyo gusto agradaba al verdadero apetito, sin que dejaran de excitar por intervalos el deseo de apagar la sed con el néctar que les proporcionaba la leche o el agradable zumo de varios racimos. Adán llamó a Eva y le dice:

"Ven aquí, Eva; mira una cosa digna de ser vista; contempla en que forma tan gloriosa avanza entre esos árboles, por Oriente. ¡Parece una nueva aurora nacida en mitad del día! Ese mensajero nos trae quizá algún gran mandato del cielo, y se dignará ser hoy nuestro huésped. Pero apresúrate y tráele lo que contengan sus provisiones; prodiga una abundancia conveniente para recibir y honrar a nuestro divino extranjero. Bien podemos ofrecer sus propios dones a los que nos los dispensan, y presentar liberalmente lo que con liberalidad se nos concede, aquí donde la Naturaleza multiplica sus fértiles productos, siendo más fecunda cuanto más se desembaraza de ellos, lo cual nos enseña a no ser avaros.".

Eva le responde:

"Adán, modelo santificado de una tierra animada por el Eterno: pocas provisiones son necesarias en donde se sazonan en todas las estaciones, suspendidas de las ramas, si se exceptúan aquellos frutos que, ofreciendo un alimento menos agradable en el momento de ser cogidos, requieren que el tiempo evapore su humedad superflua o lo haga más sabrosos. Pero me apresuraré, y de cada planta, de cada rama, de cada vástago suculento, presentaré a nuestro angélico huésped lo más escogido, para que, al verlo, no pueda menos de confesar que Dios ha derramado sus bondades así en la tierra como en el cielo".

Dijo, y partió apresuradamente, dirigiendo solícitas miradas y absorta en sus pensamientos hospitalarios. ¿Cómo escoger lo más delicado? ¿Qué orden seguir para no mezclar los gustos, para ordenarlos con delicadeza y hacer que un sabor suceda a otro sabor distinto, por medio de una agradable transición? Eva corre, y de cada tierno tallo arranca lo que la tierra, esa madre fecunda y rica, produce en la India oriental y occidental, y en las comarcas que están en el centro, en el Ponto, en la costa púnica o en las riberas que vieron reinar a Alcinoo; frutos de toda especie, de áspera corteza o de piel lisa, encerrados en una cáscara o en una vaina: amplio tributo que Eva recoge y amontona sobre la mesa con mano pródiga. De los racimos exprimidos entre sus dedos hace salir un vino dulce e inofensivo; estruja diferentes granos y con las almendras que machaca forma una sustanciosa crema, sin que carezca de vasos limpios y a propósito para contener aquellas bebidas. Después esparce por el suelo rosas y perfumes extraídos de los arbustos sin la acción del fuego.

Entre tanto, nuestro primer padre sale de su morada para ir al encuentro de su huésped celestial, sin más acompañamiento que el de sus propias perfecciones; toda su corte residía en él; corte más solemne, sin embargo que toda la enojosa pompa que sigue a los príncipes cuando con su rico e interminable séquito de pajes recargados de oro y de caballos llevados de la brida deslumbran a los espectadores y les dejan asombrados. En cuanto Adán estuvo en la presencia del arcángel, con ademán sumiso y respetuosa dulzura, pero sin manifestar timidez, le dijo, inclinándose profundamente, como ante una naturaleza superior:

"Hijo del cielo, porque ¿qué otra región más que el cielo pude contener tan gloriosa forma? pues que, descendiendo de los altísimos tronos, has consentido en privarte un momento de aquellas felices mansiones para venir a honrar éstas, dígnate reposar un momento a la sombra de este humilde retiro con nosotros, que no somos aquí más que dos, y que, sin embargo, por un don soberano, poseemos toda esta tierra; ven a sentarte para probar todo lo más escogido que ofrece este jardín, hasta que haya pasado el calor del mediodía y decline, menos ardiente, el sol."

La angélica virtud respondió con dulzura:

"Adán, ése es el objeto de mi venida, un ser tal como tú, creado por Dios, dueño de un sitio tan bello es digno de que los mismos espíritus del cielo vengan a visitarle. Condúceme, pues, a tu frondoso retiro, porque puedo disponer de todas las horas que han de transcurrir desde la mitad del día hasta el principio de la noche.

Llegaron a la rústica morada, que, semejante a la de Pomona sonreía adornada de flores del más grato aroma. Eva, cuyo adornos consistía únicamente en sus naturales gracias, más hermosa, más encantadora que una ninfa de los bosque, o que la más bella de las tres diosas de la Fábula, que lucharon desnudas sobre el monte Ida, permaneció en pie para servir a su celeste huésped, cubierta con su virtud, no tenía necesidad de velo, ningún pensamiento impuro alteraba el color de sus mejillas. El ángel la saludó con la santa salutación empleada mucho tiempo después para bendecir a María, segunda Eva.

"¡Salve, madre de los hombres, cuyas fecundas entrañas llenarán el mundo con tus hijos, más numerosos que esos variados frutos con que los árboles de Dios han cubierto esta mesa!"

Su mesa consistía en un césped elevado y espeso, rodeado de asientos de musgo. Sobre su ancha superficie cuadrada se amontonaba de un extremo a otro todo el otoño, aunque entonces el otoño y la primavera, siempre inseparables, danzaban cogidos de la mano. Adán y el ángel se entretuvieron algún tiempo en sabrosos coloquios, sin temor de que se enfriasen los manjares. Nuestro padre empezó de esta manera:

"Celestial extranjero, dígnate gustar estas bondades que nuestro sustentador, de quien emana todo bien perfecto, sin tasa ni medida, ha ordenado a la tierra que nos cediera para este alimento sea insípido para las naturalezas espirituales; pero lo que sé es que un Padre celestial lo da a todos".

El ángel respondió:

"Cierto es que lo que El (resuene para siempre su alabanza) da al hombre, en parte espiritual, no puede parecer un alimento ingrato a los espíritus puros. Las sustancias intelectuales requieren su alimento como vuestras sustancias racionales; unas y otras tienen en sí mismas la facultad inferior de los sentidos, por medio de la cual oyen, ven huelen, tocan y gustan; el gusto refinado digiere, asimila y transforma los jugos materiales en esencias incorpóreas. Debes saber que todo lo que ha sido creado tiene necesidad de ser sustentado y nutrido, entre los elementos el más grosero alimenta al más puro; la tierra y el mar alimentan al aire; el aire alimento a a su vez a esos fuegos etéreos. La luna, astro el más próximo a la tierra, es el primero que recibe de ella su alimento, cuya superabundancia forma esas manchas que se distinguen en su redonda faz, que no son otra cosa sino vapores no purificados que aún no se han convertido en sustancia. La luna, desde su húmedo continente, exhala también el alimento a los orbes superiores. El sol, que dispensa la luz a todos, recibe de todos en húmedas emanaciones sus nutritivas recompensas, y durante la noche se alimenta con las aguas del Océano. Aunque en el cielo los árboles de la vida produzcan un fruto de ambrosía y las vides destilen el néctar; aunque cada mañana recojamos de las plantas un rocío de miel y encontremos el suelo cubierto de granos semejantes a perlas, aquí ha querido Dios variar su bondad con delicias tan nuevas, que se puede comparar este jardín al cielo, y no creo ser tan delicado de gusto que no pueda probar estos dones.

Se sentaron y empezaron a probar aquellos manjares; el ángel comió, no en la apariencia, o vaporosamente, como lo suponen los teólogos, sino con la viva premura de un verdadero apetito, y su alimento, transformado por el calor digestivo, se identificó con su sustancia celeste, lo superfluo transpira fácilmente a través de los espíritus. No debemos pues, extrañar que por medio del fuego del negro carbón, el empírico alquimista pueda transformar o por lo menos crea que es posible transformar los metales más groseros en oro tan perfecto como el extraído de la mina.

Eva, entre tanto servía desnuda a la mesa y llenaba de un agradable licor las copas a medida que se iban vaciando. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Si alguna vez los hijos de Dios hubieran podido tener excusa para amar, habría sido entonces, en presencia de tal espectáculo. Pero en aquellos corazones reinaba el amor más púdico, pues desconocían los celos, ese infierno del amante ultrajado.

Cuando estuvieron satisfechos de manjares y bebidas sin sobrecargar la naturaleza asaltóle de improviso a Adán el pensamiento de no dejar escapar la ocasión que le proporcionaba tan prolongada conferencia, para saber cosas superiores a su esfera, para tener conocimiento de los seres que habitan en el cielo, cuya excelencia veía tan superior a la suya, y cuyas radiantes formas, esplendor divino y elevado poder sobrepujan de tal modo las formas y el poder humanos. Así es que dirigió estas frases circunspectas al ministro del Empíreo:

"Tú que habitas con Dios me das un prueba de tu bondad en este honor que dispensas al hombre, bajo cuyo humilde techo te has dignado entrar y gustar esos frutos de la tierra, que, no siendo alimento de los ángeles, has aceptado sin embargo con tanta complacencia, que no parece sino que nunca hayas disfrutado de los grandes festines del cielo, siendo así que no admiten comparación".

El príncipe alado replicó:

"¡Oh Adán! Hay un solo Todopoderoso, de quien proceden todas las cosas y a quien todas las vuelven, si no ha sido pervertida su bondad, todas ellas han sido creadas semejantes en perfección, todas formadas de una sola materia primitiva aunque dotada de diferentes formas de diferentes grados de sustancia y de vida entre las cosas que viven. Pero estas sustancias se refinan, se espiritualizan, se purifican más a medida que más próximas están de Dios, o que tienden a aproximarse más, obrando en la propia esfera que les está designada, hasta que el cuerpo llega a espiritualizarse en los límites proporcionados a cada especie.

Así es como de la raíz brota más ligero el verde tallo; de éste salen las hojas más ligeras aún y por fin la flor perfecta exhala sus perfumadas esencias. Las flores y su fruto, alimento del hombre, volatizados en una escala gradual, se convierten en espíritus vitales, animales, intelectuales y dan a la vez la vida y el sentimiento, la imaginación y el entendimiento, de donde el alma recibe la razón.

La razón discursiva o intuitiva es la esencia del alma; la discursiva os pertenece por lo común, la intuitiva pertenece principalmente a nosotros; difiriendo más que en grados, en especie son las mismas. No debéis por tanto admiraros de que yo no rehuse lo que Dios ha visto que era buena para vosotros, pues, al contrario, lo convierto como vosotros en mi propia sustancia. Un tiempo vendrá quizá en que los hombres se nutran de un alimento celestial que no considerarán demasiado sutil para ellos. Alimentados con esos manjares corporales, tal vez vuestros cuerpos podrán ser más espirituales y perfeccionados con el transcurso del tiempo, y como nosotros, remontarse al éter con sus alas; o bien podrán habitar a su elección aquí o en Paraíso celeste, si se ve que habéis sido obedientes, si conserváis inalterablemente un amor eterno y constante hacia Aquel cuya progenie sois. Mientras tanto, gozad de la felicidad que os permite este dichoso estado, puesto que no estáis en aptitud de gustar otro mayor".

El patriarca del género humano replicó:

"¡Oh espíritu favorable, huésped propicio, cuán bien nos ha enseñado el camino que puede seguir siendo nuestro saber, y esa inmensa escala que va desde el centro de la naturaleza a su circunferencia! Sólo contemplando sus sublimes creaciones podremos, de grado en grado, elevarnos hasta Dios. Pero dígnate explicarme lo que significa esa advertencia: "si se ve que habéis sido obedientes" ¿Podemos acaso faltar a la obediencia que le debemos? ¿Será posible que nos separemos del amor hacia el que nos formó del polvo y nos colocó aquí, colmándonos de una felicidad sin límites, que excede a todo lo que los deseos humanos pueden buscar o concebir?"

El ángel repuso:

"¡Hijo del cielo y de la tierra, escucha! Tu felicidad presente la debes a Dios; la duración de esta misma felicidad te la deberán a ti mismo, es decir, a tu obediencia; continúa, pues, siendo obediente. Tal es el aviso que te he dado, no lo olvides. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno pero te ha dejado dueño de perseverar en tu bondad, te ha dotado de una voluntad libre por naturaleza, que no puede ser esclava de la inflexible necesidad ni del inevitable destino. Desea que nuestro homenaje sea voluntario, pero no forzado, pues si así fuera, no sería ni podría ser aceptado por Él; porque no siendo libres los corazones, ¿cómo asegurarse de si obraban voluntariamente o no, cuando sólo desearan lo que el Destino les obligue a querer y carecieran la de la facultad de elegir? Mi feliz estado y el de todo el ejército de los ángeles que están en pie delante del trono de Dios sólo dura, como el vuestro, en tanto que dura nuestra obediencia; no tenemos otra garantía. Servimos libremente, porque amamos libremente; dado que es obra de nuestra voluntad el amar o no amar; y de ahí pende que nos mantengamos o caigamos. Algunos han caído porque han incurrido en la desobediencia, y por esto desde lo alto del cielo se han visto precipitados en el profundo infierno; ¡oh terrible caída, desde la más elevada beatitud a la mayor miseria!"

Nuestro progenitor repuso:

"¡Oh divino maestro! Tus palabras causan a mi oído atento más placer que el canto melodioso de los querubines que no s envían por la noche las montañas vecinas, envuelto en un aérea armonía. Yo no ignoraba que había sido creado libre de voluntad y acción, no nos olvidaremos nunca de amar a nuestro Creador, de obedecer al que nos ha impuesto un solo y justo mandato; mis pensamientos me lo han confirmado siempre así, y me lo confirmarán eternamente. Sin embargo, lo que acabas de indicarme acerca de lo ocurrido en el cielo ha hecho nacer en mi alguna duda y un vivo deseo de oír la narración entera de ese suceso, si es que consientes en ello, pues debe de ser extraño y digno de escucharse con religioso silencio. Podemos aún disponer de mucho tiempo, porque el sol apenas termina ahora la mitad de su carrera y apenas empieza la otra mitad en la gran zona del cielo".

Tal fue la petición de Adán, en la que consintió Rafael; quien después de una corta pausa habló de esta manera:

"¡Qué asunto tan grande me propones, oh el primero de los hombres! ¡Triste y difícil tarea! Porque ¿cómo podré poner al alcance de los espíritus humanos los invisibles hechos de los espíritus guerreros? ¿Cómo referir sin afligirme la ruina de tan considerable número de ángeles, gloriosos y perfectos mientras permanecieron fieles? ¿Cómo, por último levantar el velo que cubre los secretos de otro mundo, que no es dado quizá revelar? Sin embargo, por tu bien, todo permiso queda concedido. Procuraré expresar del mejor modo posible lo que está fuera del alcance de la inteligencia humana, asimilando las formas espirituales a las corporales; si la tierra es la sombra del cielo, ¿no puede existir más semejanza de la que se cree entre las producciones de una y otro?

Cuando este mundo no existía aún, el Caos informe reinaba donde ahora giran los cielos, y donde permanece ahora la tierra en equilibrio sobre su centro; un día (porque, hasta en la eternidad, el tiempo aplicado al movimiento mide todas las cosas que tienen alguna duración por el presente, el pasado y el porvenir), uno de esos días que componen el gran año del cielo, los ejércitos celestiales de ángeles, llamados desde todas las extremidades del cielo por acuerdo soberano, se reunieron en incalculable número ante el trono del Omnipotente, al mando de sus jefes en brillante orden. Diez mil banderas desplegadas avanzaron; flotaban al aire los estandartes y guiones entre la vanguardia y la retaguardia, y servían para distinguir las jerarquías, las alcurnias y las categorías, o llevaban pintados en sus resplandecientes tejidos santos recuerdos, actos eminentes de celo y de amor dignos de memoria. Cuando en los círculos de una circunferencia inconmensurable quedaron inmóviles las legiones, orbes en orbes, el Padre infinito, cerca del cual estaba sentado el Hijo en el seno de la beatitud, hizo resonar su voz que parecía salida desde la cima de una montaña de fuego cuyo resplandor la hubiera hecho invisible.

Escuchad todos, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, escuchad mi decreto que será irrevocable: hoy he engendrado al que declaro mi único Hijo y sobre esta santa montaña he consagrado al que ahora veis a mi derecha. Le he designado como jefe vuestro y he jurado por mí mismo que todas las rodillas se doblarían en el cielo ante él, y le reconocerían como Señor: Permaneced unidos, como una sola alma indivisible y sed para siempre felices bajo el reinado de este gran vicegerente. Quien le desobedezca me desobedece, rompe la unión, aquel día, arrojado de la presencia de Dios y de la contemplación de la bienaventuranza, caerá profundamente abismado en las tinieblas exteriores, donde tendrá reservado su puesto, sin redención, sin fin.

Así dijo el Todopoderoso, todos parecieron quedar satisfechos con estas palabras; todos lo parecieron, pero no todos lo estaban.

Emplearon aquel día, como los demás días solemnes, en cánticos y danzas alrededor de la colina sagrada; danzas místicas, que la cama estrellada de los planetas y de las estrellas fijas, en todas sus revoluciones, imita más aproximadamente por medio de sus laberintos tortuosos, excéntricos, entrelazados, más regulares cuanto más irregulares parecen; aquella divina armonía regula de tal modo sus movimientos y modula tan bien sus encantadores acordes, que hasta el mismo oído de Dios los escucha halagado.

Se acercaba la noche; después de las danzas, los espíritus se mostraron deseosos de una dulce colación. Como permanecían todos en circulo, aparecieron en el centro algunas mesas cargadas de manjares propios para el alimento de los ángeles. El néctar de color de rubí, fruto de las deliciosas viñas que crecen en el cielo, se escancia en copas de perlas, de diamantes y de oro macizo. Tendidos sobre flores y coronados de frescas guirnaldas, saborean los alimentos y las agradables bebidas y en amigable consorcio beben sin tasa la inmortalidad y el júbilo. Ningún exceso es perjudicial allí donde una completa plenitud es el solo límite opuesto al exceso en la presencio del Dios de toda bondad, que les colma de todos sus dones con mano prodiga, regocijándose en sus placeres.

Entre tanto la noche de ambrosía, exhalada con las nubes desde la alta montaña de Dios, de donde salen la luz y la sombra, había cambiado la faz brillante del cielo en un gracioso crepúsculo y un rocío perfumado de rosa invitó a todas las cosas al descanso, excepto a los ojos de Dios, que no duermen jamás. En una vasta llanura, mucho más vasta que lo que sería el globo terráqueo si se desplegara formando una superficie plana, se acampó el ejército angélico, dispersado por bandas y por filas, a lo largo de los vivos arroyos que fertilizan los árboles de la vida; pabellones innumerables, elevados repentinamente; celestes tabernáculos donde dormitaban los ángeles acariciados por frescas brisas, excepto los que alternaban durante el transcurso de la noche en sus himnos melodiosos alrededor del trono supremo.

Pero Satanás no velaba como ellos. Él, uno de los primeros, si no el primer arcángel, grande en poder, a favor, en preeminencia, se vio, sin embargo, dominado por la envidia hacia el Hijo de Dios, honrado aquel día por su Padre y proclamado Mesías y ungido Rey; su orgullo no pudo soportar aquel espectáculo, y se creyó degradado, concibiendo por ellos un despecho y una malicia profunda: en cuanto la medianoche trajo consigo la hora oscura más amiga del sueño y del silencio, resolvió retirarse con todas sus legiones, y menospreciando el trono supremo, dejarlo desobedecido y sin adoración. Despertó a su primer subordinado y le dijo en voz baja:

"¿Duermes, querido compañero? ¿Qué sueño puede cerrar tus párpados? ¿Por ventura no te acuerdas del derecho de ayer, con tanta tardanza salido de los labios del Soberano del cielo? Estás acostumbrado a comunicarme tus pensamientos, como yo a participarte los míos; despiertos, no somos más que uno; cómo, pues, sería posible que tu seño te separase ahora de mí? Nos han impuesto, según ves, nuevas leyes; las nuevas leyes del que reina pueden producir en nosotros, que le servimos, nuevos sentimientos y nuevas determinaciones, a fin de examinar las consecuencias que de ellas pueden resultar fácilmente; pero en este sitio no es prudente decir más.

Reúne los jefes de todos esos millares de ángeles a cuya cabeza estamos; diles que, en buen orden y antes de que la oscura noche haya plegado su velo sombrío, debo apresurarme a tender el vuelo, con todos los que bajo mi mando hacen ondear sus banderas, hacia el sitio donde están nuestros cuarteles del Norte, para hacer los preparativos convenientes a la recepción de nuestro Rey, el gran Mesías, y recibir sus nuevos mandatos, pues tiene intención de atravesar prontamente en triunfo por entre todas las jerarquías y dictarles leyes"

Así habló el pérfido arcángel, derramando un maligno influjo en el corazón inconsiderado de su compañero; éste convoca uno después de toro, o todos a la vez, a los jefes que tiene a sus órdenes. Les manifiesta, según el encargo que había recibido, que por orden del Altísimo, el gran estandarte jerárquico debe marchar adelante antes que la sombría noche abandone el cielo; les manifiesta la supuesta causa de esta marcha y desliza al mismo tiempo palabras ambiguas y envidiosas, a fin de sondear y corromper su integridad. Todos obedecieron la señal acostumbrada y a la voz superior de su gran potentado; porque era en verdad grande su nombre y elevada su jerarquía en el cielo, su continente, semejante al del lucero de la mañana que guía el rebaño de las estrellas, les sedujo y sus imposturas arrastraron en pos de él a la tercera parte de las huestes celestiales.

Sin embargo, el ojo del Eterno, cuya mirada descubre los más secretos de sus pensamientos, vio sin necesidad de luz, desde lo alto de su santa montaña y entre las lámparas de oro que arden durante la noche ante él, la rebelión naciente; vio quiénes la formaban, que se extendía entre los hijos de la mañana, y la multitud que tomaba parte en ella para oponerse a su augusto decreto. Y sonriéndose, dijo a su Hijo único:

"Hijo, en quien veo mi gloria en todo su esplendor, heredero de todo mi poder, una cosa nos toca ahora de cerca: se trata de nuestra omnipotencia, de las armas que debemos emplear para sostener lo que desde la eternidad poseemos en divinidad e imperio. Levántase un enemigo con intención de erigir su trono al igual del nuestro en todo el vasto Septentrión. No contento con esto, ha pensado en experimentar en una batalla hasta dónde alcanza nuestra fuerza o nuestro derecho. Meditemos, pues, en ello, y en tal peligro, reunamos con prontitud las fuerzas que nos quedan; utilicémosla en nuestra defensa, ante el temor de perder por descuido nuestro elevado puesto, nuestro santuario, nuestra montaña"

El Hijo respondió con tono sosegado y puro, inefable, sereno y brillante de divinidad:

"Padre omnipotente con razón desprecias a tus enemigos, en tu seguridad de ríes de sus vanos proyectos, de sus vanos tumultos, motivo de gloria para Mí, que realzará el exceso de su odio, cuando vean todo el poder real que se me ha dado para domar su orgullo y para que por el resultado conozcan si es hábil mi brazo para reprimir a los rebeldes, o si debo ser mirado como el último en el cielo"

Así habló el Hijo.

Entre tanto Satanás, había avanzado ya con sus fuerzas en alada carrera, ejército innumerable como los astros de la noche o como esas gotas de rocío, estrellas de la mañana, que el sol convierte en perlas en cada hoja y en cada flor. Atravesaron vastas regiones y poderosas regencias de serafines, de potestades, y de tronos en sus triples grados de dignidad, regiones ante las cuales, tu imperio ¡oh Adán!, sólo sería lo que este jardín en respecto de toda la tierra y todo el mar, o del globo entero extendido a lo largo.

Después de haber pasado por aquellas regiones, llegaron a los confines del Norte, a su real morada colocada en la cumbre de una colina, que resplandecía a lo lejos como una montaña elevada sobre otra montaña, con erguidas pirámides y torres talladas en canteras de diamantes y rocas de oro; palacio del gran Lucifer, que Satanás, afectando en todo su igualdad con Dios y a imitación de la montaña donde el Mesías fue proclamado a la vista de todo el cielo, llamó poco después Montaña de la Alianza, porque allí fue donde reunió a todo su séquito, pretendiendo que había recibido orden al efecto para que deliberaran sobre la gran recepción que debían hacer a su Rey, próximo a llegar. Con aquel arte calumnioso que disfraza la verdad, cautivó sus oídos con estas palabras:

"¡Tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, si es que estos magníficos títulos se conservan aún, y no son puramente nombres vanos, desde que por un decreto se ha revestido otro de todo poder, y nos ha eclipsado con su título de Rey consagrado! Por su causa hemos hecho a toda prisa esta marcha durante la noche, y nos hemos reunido aquí desordenamente, tan sólo para deliberar con qué clase de honores podremos recibir mejor al que viene a recibir de nosotros el tributo de doblar la rodilla, no satisfecho todavía, que es una vil prosternación. Pagarlo a uno solo, era ya demasiado; pero ¿cómo hemos de consentir en pagarlo doblemente? ¡Pagarlo al primero, y a su imagen ahora proclamada! Y, sin embargo ¿qué importa esto, si nuestro espíritus, ilustrados con mejores consejos, nos enseñan a sacudir este yugo? ¿Queréis inclinar la cerviz? ¿Preferís doblar una rodilla dócil? No, no lo preferiréis, si es que os conozco según creo, o si es que os tenéis por oriundos e hijos del cielo que nadie poseyó antes que nosotros. Aunque no todos seamos iguales, somos, sin embargo libres, igualmente libres; porque las alcurnias y las categorías no son contrarias a la libertad, sino que se armonizan con ella. ¿Quién puede introducir leyes y decretos entre nosotros cuando, aun sin leyes, no cometemos nunca un error? Con mucha menos razón puede ser aquél nuestro señor y pretender nuestra adoración en detrimento de esos títulos imperiales, que atestiguan que nuestro estado se ha hecho para gobernar, no para servir".

Hasta aquí su audaz discurso fue oído sin contradicción, cuando de entre los serafines levantóse Abdiel, el adorador más ferviente de Dios y el más obediente a sus divinos preceptos e inflamado de un celo severo, opuso estas palabras al torrente de la furia de Satanás:

¡Oh argumento blasfemo, falso y orgulloso, palabras que ningún oído podía esperar que se escuchasen en el cielo y menos de ti que de todos los demás, ingrato, de ti. ¿Te atreves con una doblez impía a condenar ese justo decreto pronunciado y jurado por Dios? Ha jurado que toda alma que exista en el cielo doblará la rodilla ante su Hijo único, investido por derecho con el cetro real, reconociéndose por medio de este honor, debido como a su legítimo Rey. Es injusto, según dices, sobre manera injusto someter por leyes al que es libre, y dejar que el igual reine sobre sus iguales, uno sobre todos con un poder en el que nadie sucederá. Pero ¿quieres imponer leyes a Dios? ¿Pretendes discutir sobre puntos de libertad con el que te ha hecho lo que eres, con el que ha formado las potestades del cielo como mejor le ha cuadrado, con el que ha circunscrito su ser? Sin embargo, aleccionados por la experiencia, sabemos cuán bueno es, cuán atento está siempre a nuestro bien y a nuestra dignidad, cuán lejos de su pensamiento empequeñecernos y que se inclina más bien a exaltar nuestro dichoso estado, uniéndonos más estrechamente bajo un mismo jefe. Pero, aun concediéndole que sea injusto que el igual reine como un monarca sobre sus iguales, ¿piensas tú, aunque eres grande y glorioso, que tú o todas las naturalezas angélicas reunidas en una sola llegaríais a igualar a su Hijo engendrado? Por Él, como su por su Verbo, el Padre omnipotente ha formado todas las cosas y aun a ti y a todos los espíritus del cielo, creados por Él en sus brillantes órdenes, los ha coronado de gloria, y en su gloria les ha llamado tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades; potestades esenciales, inseparables de nuestra naturaleza, que lejos de ser oscurecidas por el reino del Hijo de Dios, se hacen más ilustres, puesto que Él, nuestro jefe, reducido a serlo llega a ser uno de nosotros. Sus leyes son nuestras leyes, todos los honores que se le tributan recaen en nosotros mismos. Cesa pues, en tu rabia impía y no tientes a éstos; apresúrate a calmar al Padre irritado y al Hijo irritado, mientras puedes alcanzar el perdón, si lo imploras a tiempo".

Así habló el fervoroso ángel, pero su celo no secundado fue tenido por inoportuno, o singular, o temerario. El apóstata se regocijó por ello y le replicó con altanería:

"¿Conque, según tu, hemos sido creados y somos obra de una segunda mano, cuyo cuidado ha transferido el Padre al Hijo? Desearíamos saber donde has aprendido semejante doctrina. ¿Cuál fue el tiempo, quiénes los testigos de esta creación? ¿Recuerdas tú haber sido creado y cuándo te dio el ser el Creador? En cuanto a nosotros, no conocemos el tiempo en que no éramos lo que somos ahora; a nadie conocemos anterior a nosotros: engendrados por nosotros mismos, salidos de nosotros mismos por nuestra propia fuerza, cuando el curso de la fatalidad describió toda su órbita y estuvo en su madurez nuestro nacimiento, salimos como hijos etéreos de nuestro cielo natal. Nuestro poder procede de nosotros, nuestra diestra nos aleccionará en los hechos más famosos para conocer al que es nuestro igual. Entonces verás, si pretendemos dirigirnos a él con ruegos y si deseamos rodear su trono supremo como suplicantes o como sitiadores. Pues llevar este dictamen, estas noticias al Ungido del Señor, y huye antes que venga a impedir tu fuga alguna desgracia".

Dijo y un ronco murmullo semejante al ruido de las aguas profundas, respondió a estas palabras aplaudidas por la innumerable hueste. A pesar de ellos, el resplandeciente serafín no experimentó temor alguno, aunque se veía solo y rodeado de enemigos, sino que replicó con intrepidez:

¡Oh abandonado de Dios, espíritu maldecido, despojado de todo bien!, preveo tu próxima caída y tu desgraciada banda, envuelta en esta perfidia, siente ya el contagio de tu crimen y de tu castigo. De hoy más no te esfuerces en saber cómo sacudirás el yugo del Mesías de Dios; no se invocarán más sus indulgentes leyes, pues ya se han lanzado contra ti otros decretos que no admiten apelación. Ese cetro de oro que rechazas, es ahora una vara de hierro para castigar y aniquilar tu desobediencia. Me has aconsejado bien: huyo, pero no por seguir tu consejo, ni ante tus amenazas; huyo de estas tiendas criminales y réprobas, temeroso de que, al estallar la inminente cólera en súbita llama, no haga distinción de ninguna clase. Prepárate a sentir en breve sobre tu cabeza su rayo, fuego que devora. Entonces aprenderás a conocer, entre gemidos, al que te ha creado, cuando conozcas al que puede aniquilarte".

Así habló el serafín Abdiel, el único que permaneció fiel entre una multitud de infieles, conservando su lealtad, su amor y su celo, inmutable, inquebrantable, incorrupto e impávido, entre tantos impostores. Ni el número ni el ejemplo pudieron obligarle a separarse de la verdad, o alterar, a pesar de verse solo, la constancia de su espíritu. Se retiró de en medio de aquel ejército; durante un largo trecho atravesó por entre los desdenes de sus enemigos afrontándolos, mostrándose superior a la injuria, y sin temer nada de la violencia, y con igual desprecio volvió la espalda a aquellas orgullosas torres condenadas a una próxima destrucción.

Libro VI

Durante toda la noche, el intrépido ángel prosiguió su camino a través de la vasta llanura del cielo, sin ser perseguido, hasta que la mañana, despertada por las horas que marchan en círculo, abrió con su mano de rosa las puertas de la luz. Bajo el monte de Dios y muy cerca de su trono hay un gruta que habitan y deshabitan alternativamente la luz y las tinieblas en perpetua sucesión procurando al cielo la agradable variedad del día y la noche. La luz sale, y por la otra puerta entran obedientes las tinieblas, esperando la hora marcada para envolver al cielo con su velo; si bien las tinieblas de allí parecen el crepúsculo de aquí.

"La aurora se elevaba tal como es en el más alto cielo, vestida de oro del empíreo; ante ella se desvanecía la noche atravesada por los rayos del Oriente; cuando de improviso se muestra a la vista de Abdiel todo el campo cubierto de brillantes y compactos escuadrones, formados en batalla, de carros, de armas centelleantes y fogosos corceles, reflejando entre sí su mutuo fulgor, descubrió la guerra con todo sus aparato y vio que ya era sabida la noticia que creía llevar. Reunióse lleno de júbilo con aquellas potestades amigas, que recibieron con alegría y con inmensas aclamaciones al único que entre tantos millares de ángeles perdidos volvía salvo. Le condujeron con grandes aplausos a la montaña sagrada, y le presentaron ante el trono supremo, donde se oyó una voz dulce que, saliendo de en medio de una nube de oro, decía así:

"Servidor de Dios has obrado bien; has combatido bien en el mejor partido, siendo el único que ha sabido sostener contra innumerables rebeldes la causa de la verdad, haciéndote más temible por tus palabras que los enemigos lo son por sus armas. Y para sostener la verdad, has afrontado el reproche universal, más terrible de soportar que la violencia; porque tu único deseo era que tu conducta fuera aprobada por la mirada de Dios, aunque los mundos te juzgasen perverso. Ahora, ayudado por un ejército de amigos, te resta un triunfo más fácil, que consiste en volver contra tus enemigos más glorioso que despreciado fuiste cuando te separaste de ellos, y en combatir por medio de la fuerza a los que rechazan la razón, y por su rey al Mesías, que reina por el derecho del mérito. Parte, Miguel, príncipe de los ejércitos celestiales, parta también, Gabriel, tú que le sigues en belicosas hazañas, conducid a esos mis invencibles hijos al combate, conducid a mis santos escuadrones, ordenados por millares y millones para la batalla, iguales en número a esa multitud rebelde y sin Dios. Atacadles sin temor con el fuego y las armas ofensivas, persiguiéndolos hasta los confines del cielo; arrojadlos de donde está Dios y la felicidad para lanzarlos al sitio de su castigo, al abismo del Tártaro, cuyo ardiente Caos se abre ya ampliamente para recibirlos en su caída"—

Así habló la voz soberana y las nubes empezaron a oscurecer toda la montaña, y las llamas, luchando con violencia por escaparse, hicieron brotar las ondulantes espirales de una negra humareda, señal de que despertaba la cólera divina. No menos terrorífica resonó en la cima la ruidosa trompeta etérea; y a este mandato las potestades guerreras del cielo forman un potente cuadro con una unión irresistible y sus brillantes legiones avanzan en silencio al son de armoniosos instrumentos, que les comunicaban el heroico ardor de arriesgadas empresas, y al mando de jefes inmortales, defensores de la causa de Dios y de su Mesías. Adelantan con firmeza y compactos; ni la alta colina, ni el estrecho valle, ni bosque, ni río, nada, en fin divide sus perfectas filas porque marchan elevadas sobre el suelo, y el aire, obediente, sostiene su paso ágil, en un orden semejante volaron los innumerables pájaros que acudieron al Edén para recibir su nombre de tu boca. ¡Oh Adán! Y del mismo modo las legiones celestiales atravesaron inmensos espacios en el cielo, numerosas provincias diez veces más grandes que la longitud de la tierra.

Al fin, allá lejos, en el horizonte septentrional, apareció una región de fuego, que desde un extremo a otro se desenvolvía bajo la forma de un ejército. En breve se descubrieron las potestades adictas a Satanás, erizadas de los rayos innumerables de sus lanzas rectas e inflexibles; por todas partes se veían apiñados cascos, diversos escudos en que estaban pintados insolentes emblemas; aquellas tropas avanzaban con una precipitación furiosa, pues se vanagloriaban de apoderarse aquel mismo día por combate o por sorpresa, del monte de Dios y de sentar sobre su trono al soberbio pretendiente, envidioso de su imperio, pero a la mitad de camino reconocieron lo vano y loco de sus pensamientos. Nos pareció desde luego extraordinario que el ángel hiciera la guerra al ángel; que llegaran unos y otros a chocar en una furiosa hostilidad, cuando estaban acostumbrados a encontrarse con tanta frecuencia unidos en las fiestas de gozo y de amor como hijos de un solo señor, cantando himnos al eterno Padre, pero resonó el grito de la guerra y el atronador estrépito del ataque destruyó todo pensamiento apacible.

El apóstata, elevado como un dios en medio de los suyos, estaba sentado sobre su carro de sol, parodiando una majestad divina y rodeado de ardientes querubines y de escudos de oro. No tardó en descender de su trono fastuoso, pues no quedaba ya entre los dos ejércitos más que un corto espacio y presentaban inmóviles frente a frente una terrible línea de espantosa longitud. Satanás, cubierto de una armadura de oro y diamante, a la cabeza de su tenebrosa vanguardia y sobre la línea de las legiones prontas a embestirse, avanzó a grandes pasos, erguido como una torre. Abdiel no pudo soportar su vista; colocado entre los más valientes, se preparaba a llevar a cabo las más gloriosas acciones y animó de este modo su corazón intrépido:

¡Oh Cielo! ¿Puede existir tal semejanza con el Altísimo en donde ya no existe la fe y la realidad? ¿Por qué no se extingue el poder donde ha desaparecido la virtud, o por qué no ha de ser más débil el más presuntuoso? Aunque al verle, Satanás parezca invencible, confío, sin embargo en el auxilio del Todopoderoso, e intento poner a prueba la fuerza de aquel cuya razón falsa y corrompida he podido ya conocer; ¿no será justo que el que ha vencido en la lucha de la verdad consiga vencer con las armas y que salga igualmente vencedor en ambos combates? Si el combate es rudo y vergonzoso cuando la razón mide sus armas con la fuerza, tanto más justo es que la razón consiga la victoria.

Reflexionando de esta suerte, Abdiel sale de entre las filas de sus compañeros armados y encuentra a la mitad del camino su audaz enemigo, que viéndose prevenido, se muestra más furioso; Abdiel le reta con aplomo de esta manera:

"¡Temerario! Ya puedes ver cómo salen a tu encuentro. Fundabas tu esperanza en alcanzar sin oposición la altura a que aspirabas y en encontrar el trono de Dios abandonado y a sus defensores dispersos por el terror de tus armas o por la violencia de tus palabras.

¡Insensato! No han considerado cuán en vano es levantarse en armas contra Dios; contra el que puede hacer surgir de las cosas más pequeñas un sinfín de innumerables ejércitos para humillar tu loco atrevimiento contra Dios; cuya mano solitaria que alcanza más allá de todo límite, puede, de un solo golpe y sin auxilio de nadie, anonadarte y sepultar a tus legiones en las tinieblas. Pero ya lo vez, no todos te siguen, hay muchos que prefieran la fe y la piedad para con Dios, por más que no los vieras cuando entre los tuyos parecía ser yo el único equivocado, el único que se separaba de la unión de todos. Cuenta ahora los que pertenecen a mi secta; conoce, aunque tarde, que la verdad puede residir en un corto número, al paso que la multitud puede errar".

El gran Enemigo, mirándolo de reojo y con desdén, le respondió:

"En mala hora para ti, pero en hora propicia para mi venganza, vuelves de tu fuga, ángel sedicioso, tú el primero a quién yo buscaba para darte la recompensa merecida y hacer de ti el primer ensayo del peso de mi diestra que has provocado, pues que con tu lengua, inspirada por la contradicción, has sido el primero en oponerte a la tercera parte de los dioses reunidos en sínodo para asegurar su divinidad. Los que sienten en sí un vigor divino, no pueden conceder la omnipotencia a nadie. Tú te adelantas a tus compañeros, ganoso de arrebatarme algunas plumas, para que tu hazaña pueda hacer creer a tus guerreros en mi ruina; pero si detengo un momento mi venganza es para que no te jactes de haberme reducido al silencio. Oye, pues, lo que voy a decirte: he creído desde luego que libertad y cielo no era más que una sola cosa para las almas celestes; pero ahora veo que muchos, por bajeza, prefieren servir; ¡espíritus domésticos, arrastrados por fuerza a las fiestas y a las canciones!...Tales son los que tú has armado; mercenarios del cielo, esclavos para combatir la libertad; este día pondrá de manifiesto lo que valen sus hechos comparados a los nuestros".

El severo Abdiel respondió brevemente:

"Apóstata, sigues equivocado, alejado del camino de la verdad, nunca cesarás de errar. Pretendes mancillar injustamente con el nombre de servidumbre la obediencia que Dios y la Naturaleza ordenan. Dios y la Naturaleza prescriben lo mismo cuando el que gobierna es el más digno y sobresale entre aquellos a quines gobierna. La servidumbre sólo existe cuando se sirve al insensato o al que se rebela contra uno más digno que él, como te sirven ahora los tuyos a ti, que no eres libre, sino esclavo de ti mismo. ¡Y te atreves descaradamente a insultar nuestro deber! Reina en el infierno, tu verdadero reino, déjame servir en el cielo a Dios por siempre bendito, y obedecer su divino mandato, que es el que merece más obediencia; pero no esperes encontrar reinos en el infierno, sino cadenas. Ahora, al regresar de mi huída, como decías hace poco, recibe este saludo sobre tu crestón impío".

Al decir estas palabras, descarga un rudo golpe que no se perdió en el aire, sino que cayó como la tempestad sobre el orgullos crestón de Satanás, ni la vista, ni el movimiento del rápido pensamiento y mucho menos el escudo pudieron prevenir tan horrible choque. Retrocedió diez enormes pasos, al décimo se inclinó sobre una rodilla apoyándose en su maciza lanza, semejante a una montaña, que impelida con todos su pinos y bosques por la violencia de los vientos subterráneos o de las olas impetuosas, quedara oblicuamente derribada y medio sumergida en el abismo. Apoderóse de los rebeldes Tronos la más viva sorpresa; pero aún fue mayor su rabia cuando vieron caído de aquel modo al más poderoso de entre ellos. Los nuestros, llenos de gozo y de ardiente deseo de combatir, lanzaron un grito présago de la victoria. Miguel mandó tocar la angélica trompeta, que resonó en la vasta extensión del cielo y los ejércitos fieles cantaron Hosanna al Altísimo. Por su parte las legiones contrarias no se entretuvieron en contemplarnos; no menos terribles que las nuestras se precipitaron en horrible choque.

Entonces se elevó una tempestuosa furia y un clamor tal como hasta entonces no se había oído en el cielo. Las armas chocando contra la armadura producen un sonido horrible y estridente; las ruedas furiosas de los carros de bronce rugen iracundas; ¡el estrépito de la batalla es terrible! Sobre nuestras cabezas se oyen los silbidos agudos de los inflamados dardos, que se cubren con una bóveda de fuego entre ambas huestes. Bajo esta cúpula ardiente se lanzan al combate los cuerpos de ejército, acompañados en tan funesto asalto de un furor inextinguible; todo el cielo retumbó con su estruendo y si la Tierra hubiera existido entonces, habría temblado hasta en su centro. Pero, ¿debe causarnos esto admiración, cuando de una y otra parte combatían cual fieros adversarios millones de ángeles, el más débil de los cuales podía manejar los elementos y armarse con la fuerza de todas su legiones? ¡Cuánto más poder no tendrían, pues, aquellos dos ejércitos, combatiendo uno contra otro, para encender la espantosa combustión de la guerra, y para derribar, ya que no para destruir, su afortunada morada natal, si el Rey omnipotente y eterno sujetando el cielo con mano firme no hubiera dominado y limitado su fuerza! Cada legión parecía por su número un considerable ejército; por su fuerza, cada mano armada equivalía a una legión; en medio del combate cada soldado parecía un jefe y cada jefe un soldado: todos sabían avanzar y retroceder a tiempo, variar los ataques y abrir y cerrar las filas de la odiosa guerra. Entre ellos no existía ninguna debilidad, ni la más mínima apariencia de temor; cada cual contaba consigo mismo como si fuera su solo brazo el que decidiera la victoria.

Se llevaron a cabo innumerables hechos de fama eterna; el combate ocupando un inmenso espacio, variaba a cada momento de formas y de combinaciones; tan pronto daban impulso a sus poderosas alas y atormentaban todo el aire, haciéndole entonces semejante a un fuego belicoso. La batalla permaneció indecisa durante mucho tiempo, hasta que Satanás, que en todo el día había dado muestras de una fuerza prodigiosa y no encontraba quien le igualara en las armas, corriendo de fila en fila a través de la espantosa confusión de serafines puestos en desorden, vio por fin el sitio en que la espada de Miguel hendía y derribaba escuadrones enteros.

Miguel tenía asida con ambas manos aquella espada que blandía con una fuerza enorme; al caer, su horrible filo introducía el estrago en cuanto alcanzaba. Satanás para detener semejante destrucción se precipita y pone al acero de Miguel su ancho escudo, orbe impenetrable, recubierto con diez placas de diamantes. A su llegada, el gran arcángel da por un momento tregua a su guerrera tarea, halagado con la esperanza de terminar aquí la guerra intestina del cielo, venciendo a su enemigo o arrastrándole entre cadenas; frunce el formidable entrecejo, y con el rostro inflamado fue el primero en hablar de esta manera:

"Autor del mal, del mal desconocido y sin nombre en el cielo hasta tu rebelión y que ahora abunda en él, merced a una guerra odiosa, odiosa a todos, aunque por una justa medida, su horror recae más sobre ti y tus partidarios; ¿cómo has osado turbar la dichosa paz del cielo y traer a la Naturaleza la miseria increada antes del crimen de tu rebelión? ¡Cuántos millares de ángeles, en otro tiempo rectos y fieles y hoy convertidos en traidores, has emponzoñado con tu malicia! Pero no creas que conseguirás desterrar de aquí el santo reposo; el cielo te rechaza de todos sus límites; el cielo, mansión de la felicidad no soporta las obras de la violencia y de la guerra. ¡Ea! ¡lejos de aquí! Vaya contigo el mal, tu hijo, a la morada del mal, al infierno, contigo y con tu perversa banda; fomenta allí tus sediciones; pero evita que esta espada vengadora empiece tu sentencia, o que alguna venganza más rápida, a quien Dios de alas, te precipite con dolores redoblados".

Así habló el Príncipe de los ángeles. Su adversario replicó:

¡No pienses aterrar con el viento de tus amenazas al que no puedes aterrar por medio de las acciones! ¿Has hecho, por ventura, huir al menor de mis guerreros? En caso de que los hayas derribado, ¿no se han vuelto a levantar invencibles? ¿Esperas triunfar de mí con más facilidad? ¿Crees, en tu arrogancia, que me harán huir tus amenazas? No te engañes; no concluirá así el combate, al que tú llamas mal, y que nosotros llamamos combate de gloria. O conseguiremos la victoria o transformaremos este cielo en ese infierno del que nos cuentas tanta patraña. Si no reinamos por lo menos habitaremos aquí libres. A pesar de todo, no huiré de tu mayor fuerza, aun cuando el que se llama Omnipotente venga en tu ayuda; te he buscado siempre, tanto de lejos como de cerca".

Cesaron de hablar y ambos se prepararon a un combate indescriptible; ¿quién podría referirlo, aun con el lenguaje de los ángeles? ¿A qué cosas podría compararse en la tierra, que fuesen bastante notables para elevar la imaginación humana hasta la altura de un poder semejante al de un dios? Porque aquellos dos jefes ya anduvieran, ya permanecieran inmóviles, parecían dioses por su estatura, por sus movimientos, por las armas, por los propios que eran para decidir del Imperio del gran cielo. En aquel momento sus centelleantes espadas ondean y describen en el aire espantosos círculos; sus escudos, como dos anchos soles, resplandecen uno frente a otro, mientras que la ansiedad hace que todos queden inmóviles de horror. Por una y otra parte se retira precipitadamente la inmensa multitud de ángeles del sitio donde antes era mayor la refriega y deja un vasto campo donde no había seguridad en el aire, agitado por tamaña conmoción.

Para hacer comprender las cosas grandes por medio de las pequeñas, semejantes a los dos combatientes serían dos planetas que, si se rompiera la concordia de la Naturaleza, o si se declarara la guerra entre las constelaciones, precipitados bajo la influencia maligna de la oposición más violenta, combatieran en medio del firmamento y confundieran sus esferas enemigas.

Los dos jefes levantan simultáneamente sus brazos, que casi alcanzan en poder al del Todopoderoso, y amagan un golpe que pudiera terminarlo todo de una vez y que, dispensándoles de secundarlo, no dejara la victoria indecisa. Ambos parecen iguales en vigor y agilidad; pero la espada de Miguel, sacada de la armería de Dios, estaba templada de tal suerte que ninguna otra, por más acerada y penetrante que fuese, podía resistir a su filo. Encuentra la espada de Satanás y descendiendo para herir con una fuerza precipitada, la corta totalmente por la mitad, después de esto no se detiene, sino que por medio de rápido revés penetra profundamente en el costado derecho del arcángel y se lo hiende enteramente.

Satanás reconoció entonces por primera vez el dolor y se retorció convulsivamente hacia uno y otro lado; ¡tan cruelmente le atravesó de parte a parte aquella cortante espada, ocasionándole una herida continua! Pero su sustancia etérea no podía permanecer mucho tiempo dividida; volvióse a unir y de la herida salió un río de néctar, color de sangre, de esa sangre que sólo los espíritus celeste pueden derramar, y manchó su armadura, tan brillante hasta entonces. Inmediatamente corrieron en su ayuda de todas partes un gran número de ángeles vigorosos, que se interpusieron en su defensa, mientras le conducían sobre sus escudos a su carro, donde permaneció retirado lejos de las filas belicosas. Así le colocaron rechinando los diente de dolor, de despecho y de vergüenza al ver que otro le igualaba; su orgullo había quedado humillado con semejante revés, que tan distante estaba de su pretensión de igualar a Dios en su poder.

Sin embargo, curó pronto, porque los espíritus que son todo vida, existen por en completo en cada una de sus partes (no como el hombre frágil que la tiene en las entrañas, en el corazón o en la cabeza, en el hígado o en los riñones) y sólo podrían morir anonadados, no pueden recibir ninguna herida mortal en su líquido tejido, así como tampoco la recibe el aire fluido; son todo corazón, cabeza, ojos, oídos, inteligencia, sentidos; según su voluntad, se adaptan miembros y toman el color, la forma y el volumen dilatado o comprimido que les sugiere su deseo.

Entre tanto ocurrían hechos parecidos, y que serían dignos de memoria, en donde estaba combatiendo el poderoso escuadrón de Gabriel, con sus soberbios estandartes hendía los profundos batallones de Moloc, rey furioso que le desafiaba y que le amenazaba con arrastrarle atado a las rueda de su carro, la lengua blasfema de este ángel no respetaba siquiera la unidad sagrada del cielo. Pero de improviso, henchido de la cabeza a la cintura, con sus armas rotas y presa del más horrible dolor, huye lanzando rugidos.

En cada ala, Uriel y Rafael vencieron a sus insolentes enemigos, Adramalec y Asmodeo, por más que éstos fueran enormes y estuvieran armados con rocas de diamantes, eran dos poderosos tronos que se desdeñaban de ser menos que dioses, y cuya fuga les comunicó pensamientos más humildes al verse acribillados de terribles heridas, a pesar de su coraza y de su cota de mallas. Abdiel no se descuidó en perseguir a la tropa atea, y a su redoblados golpes cayeron Ariel y Arioc, destrozando y abrazando además al violento Ramiel.

Podría hablar aún de otro mil y eternizar sus nombres aquí en la tierra; pero aquellos ángeles escogidos, contentos con la fama de que gozan en el cielo, no solicitan la aprobación de los hombres. En cuanto a los otros, si bien son admirables por su poder, por sus acciones de guerra y sobre todo por su deseo de fama, como por un justo decreto están borrados de la sagrada memoria del cielo, dejémoslos habitar sin nombre el negro olvido. Cuando la fuerza se separa la verdad y de la justicia es indigna de alabanza y no merece más que baldón e ignominia; y sin embargo vana y arrogante, aspira a la gloria y procura hacerse famosa por la infamia; ¡sea pues, su galardón un silencio eterno!

Derrotados ya sus principales y más poderosos jefes, el ejército se replegó deshecho por nuestras repetidas cargas, enfrentando en él la derrota informe y el vergonzoso desorden; el campo de batalla estaba sembrado de armas rotas; los carros y sus conductores, los corceles, arrojando espumosas llamas, tendidos en confuso montón. Cuanto queda en pie retrocede extenuado de fatiga a través del ejército satánico, que, postrado, apenas se defiende; sorprendidos por el pálido espanto, por primera vez sorprendidos por el terror y por el sentimiento de dolor, huyen aquellos ángeles ignominiosamente conducidos a este mal por el pecado de la desobediencia; hasta entonces no habían estado sujetos ni al temor, ni a la huída, ni al dolor.

Muy diferente era el estado de los inviolables santos, con paso seguro avanzaron formados en falange cuadrangular, completos, invulnerables, armados impenetrablemente; tal era la inmensa ventaja que les daba su inocencia sobre sus enemigos; por no haber pecado por no haber desobedecido, continuaron combatiendo sin fatiga, sin exposición de recibir heridas, aunque separados de sus filas por la violencia.

La noche que empezaba su carrera, difundió su silencio y una dulce tregua al odioso estruendo de la guerra; a su nebuloso abrigo se retiraron vencedores y vencidos. Miguel y sus ángeles, dueños del campo de batalla, establecieron en él sus reales y pusieron en torno centinelas de querubines, agitando llamas. De la otra parte, Satanás desapareció con sus rebeldes, retirado a los lejos en la sombra. Privado de reposo, reúne durante la noche en consejo a sus potestades; en medio de ellas y sin mostrarse abatido, les habló así:

"¡Oh vosotros, a quienes ha acrisolado ahora el peligro y a quienes el reciente combate ha dado a conocer como invencibles; queridos compañeros, dignos no tan sólo de libertad, que es demasiado débil pretensión, sino de lo que más nos importa de honor, de imperio, de gloria y de fama! Habéis sostenido durante un día un combate dudoso y si durante uno, ¿por qué no durante días enteros?, habéis resistido el ataque de todo lo más poderoso que el Señor del cielo podía lanzar desde el rededor de su trono contra nosotros, de lo que había creído que bastaba para someternos a su voluntad, y, sin embargo, no ha sucedido así... Por lo cual me parece que podemos mirarle como falible cuando se trate del porvenir, aunque hasta aquí se haya creído en su omnisciencia. Es cierto que nosotros, peor armados, hemos tenido algunas desventajas y soportado algunos dolores desconocidos hasta ahora; pero también es verdad que, apenas conocidos, los hemos despreciado: pues ahora sabemos que, no pudiendo sufrir ningún golpe mortal, nuestra forma empírea es imperecedera; y que, aunque se vea acribillada de heridas, éstas se cicatrizan pronto, gracias a su natural vigor. Podéis, pues, ver cuán fácil es el remedio para un mal tan leve. Sin duda, que con armas más fuertes, con armas más impetuosas, lograremos mejorar nuestra posición en el primer encuentro, empeorar la de nuestros enemigos, o igualar lo que entre ellos y nosotros establece esa disparidad que no existe en la Naturaleza. Si ha influido en su superioridad alguna otra causa oculta, pronto la descubriremos por medio de una madura deliberación y una indagación activa, en tanto que conservemos nuestro pleno espíritu y nuestro entendimiento sano".

Sentóse y del medio de la asamblea se levantó Nisroc, el feje de los principados; se levantó como un guerrero escapado de un combate cruel; cubierto de heridas, rotas y destruidas sus armas y contestó de este modo con aire sombrío:

"¡Libertador! Tú que nos emancipaste del yugo de nuevos señores y nos conduces al libre goce de los bienes que se deben a nuestra jerarquía divina, asaz duro es para nosotros que, a pesar de nuestra calidad de dioses, seamos ahora accesibles al dolor y tengamos que combatir con armas desiguales a enemigos exentos de él e impasibles. De esta desigualdad debe resultar forzosamente nuestra ruina, porque ¿de qué sirven el valor y la fuerza incomparables si se ven dominados por el dolor, que lo subyuga todo y hace caer desfallecidos los brazos más formidables? Quizá podríamos borrar de la vida sin quejarnos el sentimiento del placer, y vivir satisfechos, que es lo que hace más dulce la vida; pero el dolor es el colmo de la miseria; el peor de los males, y si se hace excesivo, no hay intrepidez ni paciencia que puedan soportarlos. Así, pues, el que pueda inventar alguna cosa más eficaz para causar heridas a nuestros enemigos aún invulnerables, o el que sepa armarnos con armas defensivas iguales a las suyas, merecerá de mi parte las mismas alabanzas que aquel a quien debemos nuestra libertad".

Satanás respondió con tranquilo y mesurado aspecto:

"Ese socorro, no inventado aún y que con razón consideras tan esencial para nuestro buen éxito, yo te lo traigo. Cualquiera de nosotros que contemple la brillante superficie de este terreno celeste sobre el que vivimos, este espacioso continente del cielo, adornado de plantas, de frutos, de flores, de ambrosía, de perlas y de oro, ¿mirará tan superficialmente estas cosas para no comprender que germinan profundamente bajo la tierra, cual negros y crudos materiales de una espuma espirituosa e ígnea, y que merced al influjo y penetración de un rayo de los cielos, brotan, crecen y se ostentan tan bellas a la luz del ambiente?

Pues bien, el abismo nos cederá esas materias en su negro origen, fecundadas por una llama infernal. Comprimiéndolas en anchos, huecos y redondos tubos, les aplicaremos fuego por un orificio abierto en una de sus extremidades, inflamadas de repente, dilatadas y estallando con el estruendo del trueno, enviarán a larga distancia contra nuestros enemigos tales elementos de destrucción que derribarán y harán pedazos todo cuanto se les oponga, de suerte que nuestros adversarios temerán que hayamos desarmado al dios tonante de su solo dardo temible: Nuestro trabajo no será de larga duración; antes que nazca el día se cumplirá nuestro intento. Entre tanto, tranquilizaos, desechad todo temor, pensemos que nada hay difícil y mucho menos desesperado, para la fuerza y habilidad reunidas"

Dijo y sus palabras hicieron brillar los rostros abatidos y reanimaron en los corazones la perdida esperanza.— Todos admiraron la invención y cada cual se asombra de no haber sido el inventor, tan fácil parece, una vez hallada la cosa que antes de descubierta se hubiera tenido por imposible. Si por acaso en los días futuros llegase a reinar el mal en la tierra, alguno de tu raza, ¡oh Adán! Hábilmente perverso, o inspirado por el espíritu diabólico, imaginará un instrumento semejante, a fin de desolar a los hijos de los hombres, arrastrados por el pecado a la guerra o al crimen.

Los demonios se dirigieron sin demora desde el consejo a poner por obra lo propuesto por Satanás, ninguno tiene objeciones que oponer; innumerables manos están prontas y en un momento revuelven una inmensa extensión del suelo celeste y descubren los rudimentos de la Naturaleza hasta en su tosco germen. Encuentran espumas sulfurosas y nitrosas que amalgaman, y con rara habilidad las reducen por medio del fuego a granos negros que van amontonando aparte con cuidado.

Los unos registran las ocultas vetas de los minerales y de las rocas (las entrañas del cielo se parecen a las de la tierra) para extraer de ellas sus máquinas y sus balas, mensajeras de la ruina; otros se proveen de teas incendiarias perniciosas por el solo contacto del fuego. De este modo, antes de que despuntase el día dieron fin en silencio a su tarea, sin más testigos que la misma noche, y se reunieron de nuevo en orden con una cautelosa circunspección y sin ser vistos.

En cuanto la bella y matutina aurora apareció en el cielo, se levantaron los ángeles victoriosos y la trompeta de Diana llamó a las armas. Ocuparon sus filas cubiertos con sus armaduras de oro, y en breve estuvo formada toda aquella hueste resplandeciente. Algunos tienden la vista en derredor desde lo alto de las colinas que reciben los primeros reflejos del naciente día; los exploradores, ligeramente armados, van en descubierta por todas partes para divisar al distante enemigo, para saber en qué sitio ha acampado o huído, si se ha puesto en marcha para combatir o si está parado. Bien pronto lo descubren adelantándose con sus banderas desplegadas, con lento paso y en compactos batallones. Con extremada celeridad retrocede Zofiel, el querubín de más rápido vuelo y se dirige hacia nosotros volando y gritando desde el aire:

"¡A las armas, guerreros; a las armas, al combate! El enemigo está cerca; los que creemos fugitivos van a ahorrarnos hoy una larga persecución; no temáis que huyan, pues vienen tan compactos como un nublado, y veo retratada en su semblante la ceñuda resolución y la confianza. Que cada cual se ciña bien su coraza de diamante; que cada cual se cubra perfectamente con su casco y embrace fuertemente su ancho escudo, elevado o bajo, porque hoy, según mis conjeturas, no será un llovizna lo que nos lancen, sino una terrible tempestad de inflamadas flechas"

De esta surte avisó Zofiel a los que ya estaban de antemano sobre aviso, y que acudieron al grito de alarma, adelantándose en batalla, ordenados, libres de todo lo que pudiera entorpecer su marcha y acelerándola sin confusión. No tardaron en descubrir a corta distancia al enemigo, que con pesados pasos y formando un apiñado y basto ejército, se adelantaba arrastrando dentro de un espacio cuadrado sus máquinas diabólicas, encerradas por todos lados, entre profundos escuadrones que ocultaban el fraude. Al divisarse, los dos ejércitos se detuvieron algún tiempo; pero en breve apareció Satanás a la cabeza de sus guerreros y se oyó que les dirigía en alta voz estas órdenes:

"¡Vanguardia! Desplegad vuestro frente a derecha e izquierda, a fin de que todos los que nos odian puedan ver como solicitamos la paz y la conciliación, cuán pronto estamos a recibirlos con los brazos abiertos, si acogen nuestras proposiciones y no nos vuelven la espalda con perversidad, como lo temo. Sin embargo séame testigo el Cielo, ¡oh Cielo, sé testigo de que por nuestra parte les abrimos con franqueza nuestro corazón! Vosotros que habéis sido designados y que permanecéis firmes, cumplido vuestra misión; manifestad brevemente lo que proponemos y bien alto, para que todos puedan oírlo"

Apenas hubo pronunciado estas palabras ambiguas e irónicas cuando se abrió el frente de su ejército a derecha e izquierda, replegándose sobre uno y otro flanco; entonces apareció a nuestro vista una triple hilera de columnas de bronce, de hierro y de piedra, colocadas sobre ruedas, que hubiéramos tenido por tales, o bien por troncos vacíos de encinas o de abetos derribados en los bosques o en la montaña, si el horrendo orificio de su boca ampliamente abierto en nuestra dirección, no pronosticara una tregua insidiosa. Detrás de cada pieza estaba en pie un serafín, en cuya mano oscilaba un caña encendida, mientras que nosotros permanecíamos absortos, junto y distraídos en nuestros pensamientos.

Esta indecisión no duró mucho tiempo, porque de repente todos los serafines extienden sus cañas a la vez y las aplican a una imperceptible abertura que tocan ligeramente. Al punto se inflamó todo el cielo y en seguida se oscureció con los torrentes de humo que vomitan aquellas máquinas de su profunda garganta, cuyo rugido hendía el aire con un estruendo furioso y desgarraba todas sus entrañas, descargando en superabundancia infernal una lluvia de rayos encadenados y una granizada de globos de hierro. Dirigidos éstos contra la hueste victoriosa, la hieren con tan impetuosa furia, que aquellos a quienes alcanzan no pueden permanecer en pie, siendo así que en otro caso habrían permanecido firmes como rocas. Caen a millares, el ángel rueda amontonado sobre el arcángel, con más motivo a causa de sus armas, que a no ser por ellas habrían podido como ágiles espíritus, contrayéndose o desviándose rápidamente, escapar de tan horrible desorden. Pero entonces sufrieron una vergonzosa dispersión y una inevitable derrota. De nada les sirvió abrir sus compactas filas: ¿qué podían hacer? ¿Adelantar intrépidos, afrontar la tempestad y verse rechazados por segunda vez e ignominiosamente derribados? Su valor sólo serviría para renovar la causa de su vergüenza y para escarnio de sus enemigos; pues se veía una segunda fila de serafines en disposición de hacer estallar nuevamente sus rayos; sin embargo, retroceder abatidos era lo que más repugnaba a los ángeles leales. Viendo Satanás su apurada situación, dijo a los suyos con insultante sarcasmo:

"Amigos, ¿cómo es que esos soberbios vencedores no siguen adelante? Hace poco avanzaban orgullosos y cuando, para recibirlos con rostro y corazón descubiertos les proponíamos las bases de un arreglo, cambian repentinamente de idea, huyen y se entregan a extrañas locuras, como si quisieran danzar. Sin embargo, para un danza parecen algo extravagantes y salvajes: quizá sea por efecto del gozo que les causa la paz que les ofrecemos. Pero me parece que, si oyen una vez más nuestra proposiciones, podemos obligarles a una pronta resolución".

Belial le respondió con el mismo tono sarcástico:

"General, las bases del arreglo que les hemos enviado son de un gran peso de un contenido sólido y de una fuerza irresistible. Son tales, según podemos ver, que a todos han divertido, y aun aturdido a muchos; el que las recibe de frente se ve en la necesidad de comprenderlas bien de pies a cabeza, y si no son comprendidas, tienen por lo menos la ventaja de darnos a conocer cuándo no andan derechos nuestros enemigos".

De este modo, rebosando de gozo, se burlaban entre sí, estando muy distantes de pensar siquiera en la incertidumbre de la victoria; presumían que era tan fácil igualar con sus invenciones el poder eterno, que despreciaban sus rayos y se reían de su ejército mientras reinaba en él la confusión. Pero esto no duró mucho tiempo; el furor reanimó en fin a las legiones fieles y les dio armas que oponer a aquella infernal malicia.

Inmediatamente la fuerza de Dios arroja lejos de sí sus armas; los ángeles rápidos como el surco que describe el rayo, corren, vuelan a las colinas, las conmueven sacudiéndolas en todas direcciones hasta sus cimientos, arrancan las montañas con todo su peso, sus rocas, ríos y selvas, y asiéndolas por sus cabelludas crestas, las transportan en sus manos. Figúrate la admiración, el terror de los espíritus rebeldes, cuando vieron venir las montañas vueltas hacia arriba y precipitarse su base sobre ellos, sepultando la triple hilera de sus odiosas máquinas, de sus cilindros infernales y con ella toda su confianza. Los mismos enemigos, postrados, sintieron llover sobre sus cabezas rocas enormes, vastos promontorios cuya impetuosa masa oscurecía el aire y aplastaba legiones enteras. Las armaduras aumentaban sus padecimientos; aprisionada en ellas su sustancia, veíase aplastada y magullada, causándoles implacables tormentos y haciéndoles exhalar dolorosos gemidos. Por espacio de mucho tiempo lucharon con esta masa antes de poder evaporarse de semejante prisión, porque aunque los espíritus de la más pura luz, la más pura en otro tiempo, ahora se había trocado en grosera por su pecado.

Imitándonos el resto de sus compañeros, echó mano de iguales armas y arrancó los collados vecinos. Lanzados los montes de una y otra parte con una proyección funesta, se encuentran en el aire y chocan entre sí, de suerte que se combate bajo una bóveda de tierra en una oscuridad espantosa y con estrépito infernal. Las más terribles guerras comparadas con estas batallas, parecerían festejos públicos. Por doquiera reina el desorden, a la confusión se añade una confusión mayor y en aquel momento todo el cielo se habría derrumbado hecho pedazos y ruinas si el Padre omnipotente que está sentado invisible en su inviolable santuario de los cielos, calculando las consecuencias de las cosas, no hubiese previsto este tumulto y no lo hubiera permitido todo para llevar a cabo su gran designio: honrar a su Hijo consagrado, vengarle de sus enemigos y declarar que se le había transferido todo poder. Se dirigió, pues, en estos términos a su Hijo, inmortal compañero de su torno:

"¡Esplendor de mi gloria, Hijo amado, Hijo en cuyo rostro aparece visiblemente lo que yo tengo de invisible en la divinidad; tú, cuya mano ejecuta mis decretos, segunda omnipotencia! Han pasado ya dos días, dos de los días que nosotros contamos en el cielo desde que Miguel ha partido con sus potestades para someter a esos rebeldes. El combate ha sido tan violento como era de esperar que lo fuese, cuando miden sus armas semejantes enemigos; porque los he dejado entregados a sí mismos, y bien sabes que en su creación los hice iguales y que sólo el pecado ha podido desigualarlos; pero los efectos de éste son todavía insensibles porque suspendo su sentencia, sería, pues, vergonzoso que permanecieran entregados a un combate perpetuo y sin fin, y no se encontraría solución alguna.

La fatigosa guerra ha hecho todo cuanto podía hacer: ha soltado las riendas de un furor desordenado, haciendo que se sirvieran de montañas en vez de armas, obra extraña en el cielo y peligrosa para toda la Naturaleza. Han transcurrido dos días, a ti te toca el tercero; a ti lo he destinado y he tenido paciencia hasta ahora a fin de que sea tuya la gloria de terminar esta gran guerra, pues nadie más que tú puede ponerle término. Te he transferido tan alta virtud, tan inmensa gracia, que todos, así el cielo como el infierno, puedan conocer tu fuerza incomparable; apaciguada así esta conmoción perversa, quedará patente que eres el más digno de ser heredero y Rey ungido por tu derecho y por tus méritos. Ve, pues, ¡oh tú, el más poderoso en el poder de tu Padre!, sube en mi carro y guía sus ruedas rápidas que conmueven el cielo en su base; lleva contigo toda mi guerra, mi arco y mi rayo; revístete con mis omnipotentes armas, lleva suspendida mi espada de tu fuerte muslo, persigue a esos hijos de las tinieblas y arrójalos de todos los límites del cielo hasta el abismo exterior. Que aprendan allí, ya que eso les place, a despreciar a Dios y al Mesías, su consagrado".

Dijo, y sus rayos lanzados directamente sobre su Hijo se reflejan en él deslumbradores; el Hijo recibió de un modo inefable y por completo sobre su rostro la entera efusión de su Padre, y la Divinidad filiar respondió así:

"¡Oh Padre! ¡Oh Soberano de los tronos celestiales, el Primero, el Altísimo, el Santísimo, el Mejor! Siempre has procurado glorificar a tu Hijo, y Yo, siempre glorificarte, como es justo. Toda mi gloria, mi elevación y mi felicidad se cifran en que, complaciéndote en mí, declares que se ha cumplido tu voluntad; pues el cumplimiento de ésta es toda mi dicha. Acepto el cetro y el poder, como dones tuyos, y los pondré de nuevo y con más gozo en tus manos cuando al fin de los tiempos lo seas todo en todo. Yo en Ti, para siempre y en Mi todos los que tú amas.

Pero aquellos a quienes aborreces los aborrezco también, y puedo revestirme de tus terrores, así como me revisto de tus misericordias, imagen tuya en todas las cosas. Armado de tu poder, no tardaré en dejar libre el cielo de esos rebeldes, que serán precipitados en la horrible mansión que les está preparada; serán sujetos con cadenas de tinieblas y entregados al gusano que nunca muere, esos malvados que han podido rebelarse contra la obediencia que te es debida, cuando la felicidad suprema consiste en obedecerte. Entonces, esos santos que se han conservado sin mancha, separados de los impuros rodearán tu montaña sagrada, cantarán aleluyas sinceras e himnos de alabanzas en tu honor y Yo el primero, como jefe suyo".

Así dijo e inclinándose sobre su cetro se levantó de la derecha de la gloria, donde se sienta; cuando empezaba a brillar, a través del cielo, la tercera aurora sagrada. Inmediatamente se lanza el carro de la divinidad paternal con el ruido de un torbellino, arrojando espesas llamas y con ruedas en medio de ruedas, este carro no iba tirado, sino animado por un espíritu y escoltado por cuatro formas de querubines. Cada una de estas figuras tiene cuatro rostros sorprendentes; todo su cuerpo y sus alas están sembrados de ojos semejantes a estrellas; también las ruedas, que son de berilo, tienen ojos y al girar despiden por todas partes densas llamaradas. Sobre sus cabezas se ve un firmamento de cristal, donde hay un trono de zafiro moteado de ámbar puro con los colores del arco iris.

El Hijo subió a este carro, armado con la panoplia celeste del radiante Urín, obra divinamente elaborada. A su derecha está sentada la Victoria con sus alas de águila, de su costado penden su arco y su carcaj lleno de tres órdenes de rayos, y en torno suyo giran furiosas oleadas de humo, de llamas belicosas y de terribles centellas.

Avanza acompañado de diez mil santos; el resplandor anuncia desde lejos su llegada y se ven a uno y otro lado veinte mil carros de Dios. En alas de los querubines es transportado sublime por el cielo de cristal, sobre un trono de zafiro que resplandece a larga distancia. Los suyos fueron los primeros en divisarlo y sintieron un gozo inesperado cuando ondeó el gran estandarte del Mesías, celestial enseña llevada por los ángeles. En breve reunió Miguel bajo este estandarte sus batallones, extendidos en las dos alas y no formaron ya más que un solo cuerpo a las órdenes de su jefe.

El poder divino allanaba ante su Hijo el camino del triunfo; a su voz, las desarraigadas montañas se retiraron a su primitivo asiento; la oyeron, y se encaminaron a él obedientes; el cielo recobró su aspecto acostumbrado y la colina y el calle reaparecieron rientes con sus frescas flores.

Los desdichados enemigos vieron en vano estos prodigios, porque continuaron endurecidos como antes y reunieron de nuevo sus fuerzas, preparándose a un combate decisivo. ¡Insensatos! ¡Fundaban su esperanza en la desesperación! ¿Puede existir tanta perversidad en espíritus celestes? Mas para convencer al orgullos, ¿de qué sirven los prodigios? ¿Ni de qué maravillas pueden hacer que ceda el obcecado? Aquello mismo que debía obligarles aumentó su obstinación; irritados con la gloria del Hijo, se apoderó de ellos la envidia al contemplarla; y aspirando a elevarse hasta él, se forman audazmente en orden de batalla, resueltos a triunfar por la fuerza o por la astucia y a prevalecer al fin contra Dios y su Mesías, o a precipitarse en una postrera y universal ruina. Mientras se preparaban al combate, teniendo a menos huir o retirarse vergonzosamente, el gran Hijo de Dios se dirigió a su ejército, formado a derecha e izquierda, y le habló en estos términos:

"Permaneced, ¡oh santos!, tranquilos en tan brillante orden; quedaos aquí vosotros, ángeles armados, descansad hoy de las fatigas de la batalla. Fiel ha sido vuestra vida guerra y acepta a los ojos de Dios, lo que de Él habéis recibido lo habéis empleado invenciblemente y sin temor en pro de su santa causa. Pero el castigo de esa banda maldita corresponde a otro brazo, la venganza es de Dios o del único a quien Él se la ha confiado. Ni en el número ni en la multitud está el cumplimiento de la obra de este día; permaneced tan sólo atentos, y contemplad la indignación de Dios, descargada por mis manos sobre estos impíos. No ha sido a vosotros, sino a Mí a quien han despreciado, a quien han envidiado, toda su rabia se dirige contra Mí, porque el Padre, a quien pertenecen la omnipotencia y la gloria en el supremo reino del cielo, me ha honrado según su voluntad. Por esta razón me ha confiado en encargo de juzgarlos; y pues que desean la ocasión de probar por medio del combate quién es el más fuerte, si todos ellos contra Mí, o Yo sólo contra todos, ya que la fuerza es todo para ellos, ya que no ambicionan otra superioridad ni les importa que se les sobrepuje de otro modo, consiento en que la fuerza decida entre ellos y Yo".

Así habló el Hijo, con un aspecto tan terrible, que nadie se atrevió a sostener su mirada; lleno de cólera, marchó contra sus enemigos. Las cuatro figuras despliegan a la vez sus alas estrelladas, produciendo una sombra formidable y continua. Las ruedas de su carro de fuego giran con un estruendo semejante al de un caudaloso torrente o al de un numeroso ejército. Tenebroso cual la noche, se lanza directamente contra sus impíos adversarios. El inmóvil empíreo tembló en toda su extensión bajo sus ardientes ruedas; todo se estremeció, excepto el trono de Dios. Pronto llega en medio del enemigo, armada la diestra con diez mil rayos y los arroja ante él de tan suerte, que cubren de dolorosas heridas las almas de los rebeldes. Dominados por el asombro y el espanto, cesan en su resistencia, pierden todo su valor, y dejan caer sus inútiles armas. El Mesías pasa sobre los escudos y los cascos, sobre las cabezas de los tronos y de los poderosos serafines prosternados, que entonces hubieran deseado que continuaran lanzándose montañas sobre ellos para que les sirvieran de abrigo contra su cólera. No menos tempestuosos partes por ambos lados sus dardos centelleantes de las cuatro figuras de cuatro rostros sembrados de ojos, y son lanzados por las ruedas vivientes, asimismo sembradas de multitud de ojos. Un espíritu dirigía aquellas ruedas; cada ojo despedía relámpagos y arrojaba entre los malditos una perniciosa llama, que paralizaba toda su fuerza, los despojaba de su vigor acostumbrado y los dejaba extenuados, sin alientos, desolados y caídos. Y, sin embargo, el Hijo de Dios no empleó siquiera la mitad de su fuerza y contuvo su rayo, pues no era su designio destruirlos, sino desarraigarlos del cielo. Levantó a los que estaban caídos y los arrojó ante sí, como una manada de machos cabríos, o como un tímido y apiñado rebaño, anonadados, perseguidos por los Terrores y por las Furias hasta los límites de la muralla de cristal del cielo. Este se abrió, ser replegó hacia dentro y dejó en descubierto, por medio de una brecha espaciosa, el devastado abismo. Su monstruoso aspecto los deja como petrificados de horror: retroceden, pero otro horror mucho más grande los empuja; con la cabeza inclinada se precipitan por sí mismos de arriba abajo, desde el borde del cielo, y la cólera eterna, ardiente, apresura su caída en el abismo sin fondo.

El infierno oyó es espantoso ruido que produjeron; el infierno vio al cielo derrumbándose del cielo y este espectáculo le habría hecho huir aterrado si el inflexible Destino no hubiese echado profundamente sus cimientos tenebrosos, ligándole a ellos fuertemente.

Durante nueve días estuvieron cayendo: rugió el Caos, confundido, y sintió una confusión duplicada, mientras, al caer, atravesaban su feroz anarquía; ¡tantas fueron las ruinas que amontonó aquella enorme derrota! Por fin el abierto infierno los recibió a todos y se cerró tras ellos; el infierno, la mansión que les convenía, el infierno, asilo de dolores y de penas, donde arden con furor en medio de llamas inextinguibles. El cielo, libre de su peso, se regocijó, y desplegando la parte que antes habían replegado la unió y reparó la brecha de su muralla.

El Mesías, único vencedor con la expulsión de sus enemigos, regresó en su carro triunfal. Todos sus santos, que en silencio habían sido testigos oculares de sus acciones omnipotentes, salieron a su encuentro llenos de júbilo, y marchando sombreadas de palmas las brillantes jerarquías, cantaban su triunfo y le aclamaban Rey victorioso, Hijo, Heredero y Señor. ¡ A Él se le ha dado todo poder: Él es el más digno de reinar!ª

Acompañado de aclamaciones pasa triunfante por mitad del cielo, y llega al templo y al santuario de su Padre todopoderoso, elevado sobre un trono; su Padre le recibe en la gloria, donde ahora está sentado a la derecha de la Beatitud.

De este modo comparando las cosas del cielo a las de la tierra y accediendo a tu demanda, ¡oh Adán! Para que lo pasado te haga precavido y cauto, te he revelado lo que de otro modo hubiera podido permanecer oculto a la raza humana, esto es, la discordia sobrevenida en los cielos, la guerra entre potestades angélicas y la profunda caída de aquellos que, aspirando a elevarse demasiado, se sublevaron con Satanás, el rebelde, que celoso ahora de tu estado, intenta separarte también de la obediencia, a fin de que, desheredado, como él, de toda felicidad, participes asimismo de su castigo y de su miseria eterna. Todo su consuelo y su mayor venganza consistirían en hacerte su compañero de infortunio, por creer que con ello ocasiona una pena al Altísimo. No des, pues, oído a sus tentaciones, aprovéchate del terrible ejemplo que ya conoces para estar cierto de la recompensa que espera al desobediente; hubieran podido permanecer firmes y, sin embargo, cayeron, recuérdalo y teme incurrir en una desobediencia".

Libro VII

¡Desciende del cielo, Urania, si es que llevas ese nombre con justicia! Animado por tu voz divina, sigo mi raudo vuelo más allá del Olimpo y más allá de donde llegó el alado Pegaso. No es un nombre vano a quien invoco, sino a ti misma; porque tú no estás entre las nueve musas; tú no moras en la cumbre del antiguo Olimpo; nacida en el cielo antes que se elevaran las colinas, antes que corriera la fuente, mezclaste tus cantos a la voz de la eterna Sabiduría, de la Sabiduría tu hermana, con la que conversabas en presencia del Padre omnipotente, a quien halaga tu canto divino. Llevado por ti al cielo de los cielos, he penetrado en ellos temerariamente yo, huésped terrestre, y he respirado el aire empíreo, templado por ti; guíame del mismo modo cuando descienda; vuélveme a mi elemento natal, pues temo caer en los campos de la Licia y vagar por ellos, perdido y abandonado, derribado por ese corcel que vuela sin freno, cual Belerofonte lo fue en otro tiempo, aunque no desde tan elevada región.

Aún me queda por cantar la mitad de mi asunto, pero debo mantenerme para ello en los más estrechos límites de la esfera diurna y visible. Colocado en la tierra y sin verme, arrebatado más allá del Polo, cantaré con más seguridad y con voz mortal, que no ha enronquecido ni enmudecido, aunque hayan llegado para mí días nefastos, sí, días nefastos y me vea rodeado de malas lenguas, sumido en las tinieblas y en la soledad, y cercado de peligros. Pero no estoy solo cuando de noche me visitas en sueños o cuando la aurora cubre con su púrpura el Oriente.

Inspira y dirige siempre mis cantos, Urania; concédeme un auditorio favorable, aunque poco numeroso; pero aparta de mí la bárbara disonancia de Baco y de su bullicioso séquito; progenie de aquella horda desenfrenada que destrizó sobre el monte Rodope al bardo de Tracia cuyo acento atraía los bosques y las peñas, hasta que con salvajes clamores ahogaron su voz y su lira, la Musa no pudo salvar a su hijo, pero tú no abandonarás así al que te implora, Urania, porque ella no era más que un seño vano, y tú eres un sueño celestial.

Refiere, ¡oh diosa!, lo que sucedió después que Rafael, el afable arcángel advirtió a Adán que se guardase del perjurio con el terrible ejemplo de los apóstatas del cielo, temeroso de que alcanzara en el Paraíso tan terrible suerte a Adán y a su raza, una vez advertidos de que no debían tocar al árbol prohibido, si despreciaban, si traspasaban este solo mandato, tan fácil de observar, cuando podían elegir entre el inmenso número de objetos creados para satisfacer sus deseos, por extraordinarios que éstos fuesen.

Adán y su compañera habían escuchado esta historia con oído atento; permanecían llenos de admiración y sumidos en una meditación profunda, causada por el relato de cosas tan elevadas y extraordinarias y, según sus ideas, tan poco imaginables, pues no podían concebir que hubiera existido el odio en el cielo, la guerra al lado de la paz divina y tan cruel confusión en medio de la misma felicidad. Pero, al propio tiempo, conocieron que, una vez rechazada la maldad caía como un diluvio sobre aquellos de quienes había salido, incompatible para siempre con la Beatitud.

Adán reprimió no obstante, las dudas que se despertaban en su corazón, aún inocente, y se dejó llevar tan sólo por el deseo de conocer lo que más de cerca le tocaba; esto es, como empezó este mundo visible, el cielo y la tierra, en qué tiempo y de qué principio fueron creados; por qué causa y qué cosas había en el Edén y fuera de sus límites antes de la época hasta donde alcanza su memoria. Semejante al hombre que apenas ha satisfecho su ardiente sed sigue con la vista la corriente del arroyuelo, que haciendo llegar hasta él su murmullo la enciende nuevamente, así Adán se atreve a interrogar a su huésped de este modo:

"Divino intérprete, has revelado a nuestros oídos grandes cosas, fecundas en maravillas y muy diferentes a las de este mundo, el favor de Dios te ha hecho descender del Empíreo para advertirnos a tiempo de lo que hubiera podido ocasionar nuestra ruina, siéndonos desconocido el peligro y no alcanzando a preverlo la inteligencia humana. Debemos, pues, eterna gratitud a la Bondad infinita, y recibimos sus advertencias con una solemne resolución de observar inmutablemente su Voluntad soberana, que es el fin y objeto de nuestra existencia. Pero ya que para instruirnos te has dignado revelarnos con tanta complacencia cosas que están muy por encima del pensamiento humano y que tienen un gran importancia para nosotros, según lo ha juzgado la suprema Sabiduría, dígnate descender más aún, y refiérenos lo que quizá no nos es menos útil saber, en primer lugar cuando comenzó ese cielo que vemos tan distante y elevado y adornado de innumerables y movibles luminarias; qué es ese aire que envuelve o llena todo el espacio, ese aire tan ampliamente extendido y que rodea el orbe de esta florida tierra, qué causa fue la que movió al Creador, en medio del santo reposo que le rodeaba por toda una eternidad a construir después de tanto tiempo en el Caos, y cómo es que su obra, una vez empezada, se acabó en tan breve espacio. Si es que no la prohibido, revélanos lo que deseamos saber, no con objeto de investigar los secretos misteriosos de su Empíreo eterno, sino para glorificarle mucho más cuando conozcamos mejor sus obras.

Aún tiene mucho espacio que recorrer la gran antorcha del día para acabar su carrera por más que se incline ya a su ocaso ese sol suspendido en los cielos detenido por tu voz, por tu potente voz, te escuchará, disminuirá la rapidez de su carrera, a fin de oírte referir su nacimiento y cómo pudo salir la Naturaleza de las entrañas del confuso abismo; y aunque la estrella vespertina y el astro de la noche se den prisa para oírte, la noche traerá consigo el silencio; el mismo Sueño velará escuchándote, o haremos que se aleje hasta que tus cantos terminen y te permitan regresar antes que brille la mañana.

Así rogó Adán a su ilustre huésped y el ángel le respondió con divina dulzura:

"Consiente en acceder a tu súplica, expresada con tanta prudencia; pero ¿qué palabras, qué lenguaje seráfico podrá ser bastante para referirte las obras del Todopoderoso, ni qué inteligencia humana podrá llegar a comprenderlas? Sin embargo no se ocultará a tu penetración nada de cuanto pueda enseñarte a glorificar al Creador y aumentar su felicidad. He recibido de lo alto la misión de responder a tus deseos de saber, siempre que están contenidos en justos límites, traspasados los cuales, abstente de manifestarlos, no alimentes en tu imaginación la esperanza de llegar a las cosas impenetrables, ocultas, que el invisible Rey, el solo omnisciente, conserva sepultadas en un profunda noche, e inaccesibles a todo ser que exista en la tierra o en el cielo. Aparte de esto, aún tienes mucho que investigar y conocer. Pero la ciencia es como el alimento y es necesaria la templanza para regular el apetito de ella, para determinar la medida que puede soportar fácilmente el espíritu: de otro modo el exceso lo debilita y transforma la ciencia en locura, así como el alimento en humo.

Sabe, pues que luego que Lucifer fue precipitado desde el cielo a través del abismo con sus brillantes legiones hasta su sitio infernal, habiendo regresado el Hijo victorioso y rodeado de sus santos, el Omnipotente, el Padre Eterno contempló desde lo alto de su trono a la multitud que iba en pos de él, y habló así a su Hijo:

"Por lo menos nuestro envidioso enemigo se ha equivocado, al suponer que todos serían rebeldes como él; auxiliado por ellos, se vanagloriaba de deponernos, apoderándose de esta elevada e inaccesible fortaleza, solio supremo de la divinidad. En pos de su rebelión ha conseguido arrastrar una multitud, cuyo puesto ya no se conoce aquí. Veo, sin embargo, que la mayor parte de los ángeles ocupan fielmente su lugar: el cielo está poblado aún, conserva suficiente número de habitantes para llenar sus reinos, a pesar de los vastos que son y bastantes ministros para frecuentar este elevado templo con las observancias debidas y los ritos solemnes. Más, para que el enemigo no se llene de orgullo con el mal que ha causado despoblando el cielo, y con creer neciamente que me ha hecho sufrir un gran daño, si es que así puede llamarse el perder lo que está perdido por sí mismo, quiero reparar este daño. En un momento crearé otro mundo, de un solo hombre produciré una innumerable raza de hombres: habitarán ese mundo, no estos lugares, hasta que probados por una prolongada obediencia y elevándose gradualmente según su mérito, se abran por sí mismos un camino para llegar hasta aquí, entonces la tierra se convertirá en cielo, y el cielo en tierra; no existirá más que un solo empíreo, unido en ventura y en eterna concordancia.

Entre tanto potestades celestiales, id, extendeos más ampliamente por esta mansión, y Tú, mi Verbo, Hijo engendrado, Tú llevarás a cabo mi obra: ¡habla y quedará hecha! Contigo envío mi poder y mi espíritu, que lo cubre todo con su sombra. Ve y ordena al abismo, cuyos límites vas a circunscribir, que se convierta en cielo y tierra. El abismo no tiene límites ni vacío, porque Yo soy: lo infinito está lleno de Mí. Pero Yo, a quien nada puede contener, me retiro y no extiendo por todas partes mi bondad, que es libre de obrar o de no obrar; el hado ni la necesidad en Mí no influyen: mi voluntad es el Destino".

Así habló el Altísimo, y su Verbo, su divinidad filial ejecutó lo que había ordenado: Los actos de Dios son inmediatos y más rápidos que el tiempo y el movimiento, mas para referirlos al oído humano es preciso que la sucesión lenta de las palabras los haga descender al alcance de la inteligencia terrestre.

Grande fue el triunfo, grande el regocijo en los cielos, cuando se declaró y fue conocida la voluntad del Todopoderoso.

¡Gloria al Altísimo! Cantaron las voces celestiales. ¡Buena voluntad a la futura raza de los hombres, y paz en su morada! ¡Gloria a Aquel cuya justicia y cuya vengadora cólera han arrojado a los malos de su presencia y de la mansión de los justos!

¡Gloria y alabanza a Aquel cuya sabiduría ha mandado salir el bien del mismo mal, y ocupar por una raza mejor el sitio que habían dejado vacío los espíritus perversos! Su bondad eterna se extenderá por mundos y siglos sin fin!

Así cantaban las celestes jerarquías.

Entre tanto se presentó el Hijo preparado para su gran misión, ceñido de la omnipotencia, coronado de los rayos de la majestad divina, la sabiduría, el amor inmenso, todo su Padre, en fin, resplandece en Él. Se ve en derredor de su carro un innumerable séquito de querubines, serafines, potestades, tronos, virtudes, espíritus alados, carros de vastas alas sacados del arsenal de Dios, carros prontos siempre a volar, y que colocados a millones desde la más remota antigüedad entre dos montañas de bronce esperaban un día solemne: moviéndose entonces espontáneamente, porque en ellos mora una espíritu de vida, para acompañar a su Señor. El cielo abrió por completo sus puertas eternas, que giraron sobre sus goznes de oro, produciendo un sonido armonioso, para dejar pasar al Rey de la Gloria, que, en su potente Verbo, en su Espíritu, se adelantaba para crear nuevos mundos.

Pero al llegar a los límites del cielo se detuvieron todos, y contemplaron el abismo inconmensurable, tempestuoso como un océano, tenebroso, devastado, salvaje, trastornado hasta en sus profundidades por furiosos huracanes, y elevando sus olas como montañas para asaltar la cima de los cielos y confundir el centro con los polos.

"¡Ondas tumultuosas, silencio! ¡Y tú, abismo, paz, cesad en vuestras discordias!— dijo entonces el Verbo Creador, potente." Y todo se calló.

No se detuvo aquí, sino que, llevado de alas de los querubines, avanzó, revestido de la gloria de su Padre, hasta entrar en el Caos y en el mundo que aún no había nacido. El Caos oyó su voz: los ángeles le seguían en brillante procesión, para ver la creación y las maravillas de su poder. Entonces detuvo las ardientes ruedas de su carro y tomó en su mano el compás de oro, preparado en el tesoro eterno de Dios, para describir la circunferencia de este universo y de todas las cosas creadas. Apoyó una de sus puntas en el centro, e hizo girar la otra en la vasta profundidad de las tinieblas y dijo: "Extiéndete hasta aquí: éstos son tus límites y tu circunferencia exacta, ¡oh mundo!"

De este modo creó Dios el cielo y la tierra, materia informe aún y vacía. Espesas tinieblas cubrían el abismo, pero extendiendo entonces sus alas paternales sobre la tersa superficie de las aguas, el espíritu de Dios infundió la virtud y el calor vital a través de la inmensidad del fluido, y precipitó en las profundidades el légamo negro, tartáreo, frío, infernal, enemigo de la vida. Finalmente, reuniendo, aglomerando las partes homogéneas, dispersó el resto en diferentes sitios y esparció el aire entre los objetos: la tierra, equilibrándose por sí misma, quedó asentada en su centro.

"¡Sea hecha la luz!" —dijo Dios.

Y brotó del abismo la luz etérea, la primera de todas las cosas, la esencia más pura que saliendo de su oriente natal, empezó su carrera a través de las tinieblas aéreas, encerrada en una nube esférica y radiante, en este nebuloso tabernáculo permaneció algún tiempo, porque el sol no existía aún, Dios vio que la luz era buena y la separó de las tinieblas, dividiéndolas por hemisferios. A la luz le dio el nombre de día, y a las tinieblas el de noche, y de la tarde y de la mañana se formo el primer día que no transcurrió sin que lo celebraran y cantaran los coros celestiales. Cuando en aquel día del nacimiento del cielo y de la tierra vieron que la luz oriental se exhalaba de las tinieblas llenaron con sus conciertos de alegría el orbe universal, pulsaron sus arpas de oro, glorificando con sus himnos al Eterno y sus obras y lo proclamaron Creador cuando llegó la primera tarde y cuando brilló la primera aurora.

Dios dijo luego: "Sea hecho el firmamento en medio de las aguas y divida aguas de aguas".

Y Dios hizo el firmamento, extensión de aire elemental, fluido, puro, transparente que se extiende circularmente hasta la convexidad más apartada de su gran círculo; división firme y segura, que separa las aguas inferiores de las que están en las regiones superiores. Porque lo mismo que la tierra, Dios creó el mundo sobre tranquilas aguas, que lo rodea un ancho Océano cristalino, y muy apartado del tumultuoso desorden del Caos, a fin de que la proximidad de sus rudos confines no ocasionara algún perjuicio a la vasta estructura de este mundo. Dios dio el nombre de cielo al firmamento. Y los coros celestiales celebraron en sus cantos de la tarde y la mañana del segundo día.

La tierra estaba ya creada; pero sumergida, cual embrión incompleto, en las entrañas de las aguas, no se mostraba aún: las olas del inmenso Océano se extendían y no en vano, sobre toda su superficie, porque su humedad tibia y prolífica ablandaba todo el globo de la tierra y hacía fermentar a esta madre universal para que pudiera concebir, saturándola de un humor vivificante.

Dios dijo entonces: "Júntense las aguas que están debajo del cielo en un solo lugar, y descúbrase el suelo seco".

Y las montañas enormes, desprendidas de las olas se elevan, sus espaldas vastas, peladas, desnudas, tocan las nubes y sus cabezas llegan hasta el firmamento. Cuanto más se levantaban hacia los cielos aquellas masas hinchadas, tanto más espacioso, vasto y profundo se abrió el lecho de las aguas, que corren con una gozosa precipitación, aglomerándose como las gotas que toman una forma esférica cuando se desprenden sobre el árido polvo. Una parte de esta agua se eleva como una muralla de cristal o como una montaña cortada a pico: tal fue la rapidez que el gran mandato imprimió a las impetuosas olas: del mismo modo que los ejércitos se agrupan bajo sus estandartes a los sonidos de las trompetas, así se reunió aquella turba líquida, rodando ola sobre ola por dondequiera que encontraba un paso, con la impetuosidad del torrente en la pendiente escarpada como apacible río en la llanura. Ni las rocas, ni las montañas pueden detener a las olas, que, ya infiltrándose bajo la tierra, ya siguiendo en prolongados circuitos sus sinuosas revueltas, se abren paso a través de profundos canales en el suelo cenagoso; cosa fácil antes de que Dios ordenase a la tierra que se afirmara y secara, excepto en los parajes donde hoy recibe a los ríos, que arrastran en pos de sí su perpetuo y húmedo séquito.

Dios llamó tierra al elemento árido y mar al gran receptáculo donde se aglomeraban las aguas. Vio que esto era bueno y dijo:

"Produzca la tierra hierba verde y la hierba, simiente, y los árboles frutales den fruto, cada uno según su género, cuya simiente esté en ellos mismos sobre la tierra".

Apenas hubo acabado de hablar, cuando la tierra desnuda hasta entonces, desierta y calva, sin adorno, de aspecto desagradable, se revistió de tiernas hierbas, que cubrieron toda su superficie de una risueña verdura. Las plantas engalanadas con tan diferentes follajes, desenvolviendo el esplendor de sus flores, y desplegando sus colores variados, regocijaron el seno de la tierra deliciosamente perfumado. Apenas se hubieron abierto, cuando floreció la viña y se cargó de numerosos racimos; la calabaza se redondeó sobre sus enroscados tallos, las cañas de trigo se formaron en batalla por la llanura, el humilde zarzal y el delgado arbusto enlazaron su erizada cabellera, y, finalmente, los majestuosos árboles elevándose cadenciosamente, extendieron sus ramas, enriquecidas de frutas y adornadas de flores. Las colinas se coronaron de altas florestas y frondosos bosquecillos sombrearon los valles, las orillas de las fuentes y de los ríos. La tierra se mostró semejante al cielo y digna de ser habitada por los dioses, pues podía ofrecerles sus deliciosos paseos o hacerles amar el abrigo de sus sagradas umbrías.

Dios, sin embargo, no había hecho caer aún la lluvia sobre la tierra, ni existía tampoco en ella hombre alguno para labrar los campos; pero de sus suelo se elevaba un vaporoso rocío que la humedecía y humedecía todas las plantas que Dios había creado antes de que brotaran, y todas las hierbas antes de que hubiesen crecido sobre su verde tallo. Y Dios vio que esto era bueno, y fue la tarde y la mañana el día tercero.

Dijo también el Todopoderoso:

"Sean hechas lumbreras en la alta extensión del cielo, a fin de que separen el día de la noche, y sirvan de señales para las estaciones, y para los días, y el curso de los años, y sean como antorchas puestas en el firmamento del cielo para dar luz a la tierra". Y fue hecho así.

Y Dios formó dos grandes cuerpos luminosos, grandes por su utilidad para el hombre el mayor para que presidiese al día y el menor para que presidiese a la noche. E hizo las estrellas y las puso en el firmamento del cielo para que luciesen sobre la tierra y para que regulasen el día y la noche en sus vicisitudes y separasen la luz de las tinieblas. Y vio Dios contemplando su gran obra que esto era bueno, porque el sol, el primero de los cuerpo celestes que formó, esfera poderosa, inmensa, no fue luminoso desde luego, aunque sí de esencia etérea. En seguida formó el globo de la luna y las estrellas de todas magnitudes, y sembró el cielo de estrellas como un campo. Después tomando de su nebuloso tabernáculo la mayor parte de la luz, la trasplantó y la colocó en el orbe del sol, que, siendo poroso, atrae y bebe el luciente líquido y siendo compacto retinen sus innumerables rayos absorbidos, orbe que ahora es el gran palacio de la luz. En él, como en su manantial, se alimentan los demás astros y recogen la luz en sus urnas de oro, y en él es donde dora sus cuernos el planeta de la mañana. Por impresión o por reflexión, estos astros aumentan su débil claridad, si bien parecen pequeños a causa del inmenso espacio que los separa de la vista humana.

Por primera vez apareció en su Oriente el glorioso luminar regulador del día, cubrió el horizonte entero con sus rayos resplandecientes y se encaminó gozoso hacia sus Occidentes por la grande y sublime ruta de los cielos. El pálido crepúsculo y las Pléyades le precedían danzando, y esparcían ante él su benigna influencia.

Menos esplendente que el astro del día, y opuesta hacia Occidente, en el mismo nivel apareció suspendida la luna, espejo del sol, cuya luz prestada recibe en su faz plena, bajo este aspecto no necesita ninguna otra lumbrera y guardó aquella distancias hasta la noche. Entonces brilló a su vez en Oriente, después de haber descrito su revolución sobre el gran eje de los cielos y reinó compartiendo su imperio con otros mil luminares más pequeños, con millares de estrellas, que aparecieron sembrando de lentejuelas el hemisferio, al que adornaban por primera vez sus radiantes luces, saliendo unas mientras otras se ponían. Y la alegre tarde y la alegre mañana coronaron el cuarto día.

Y dijo Dios:

"Engendren las aguas los reptiles, abundantes en freza, que sean criaturas vivientes, y vuelen las aves sobre la tierra, desplegando sus alas bajo el firmamento del cielo".

Y Dios creó las enormes ballenas y todos los animales dotados de vida, todos los que se deslizan en las aguas y que éstas producen en abundancia, cada cual según especies; creó también las aves provistas de alas, cada cual según su especie, y vio que esto era bueno y los bendijo diciendo:

"Creced y multiplicaos y henchid las aguas del mar, de los lagos y de los ríos, y las aves multiplíquense sobre la tierra".

Y al momento los estrechos y los mares, cada golfo y cada bahía, bullen con el desove innumerable de una multitud de peces, que cubiertos de brillantes escamas y desplegando sus aletas, surcan las verdes ondas, aglomerándose con frecuencia en tan grande multitud, que forman bancos en el seno de los mares. Solos o seguidos de sus compañeros, unos buscan en las algas su alimento, ya vagan entre los laberintos de coral, ya jugando y deslizándose rápidos como el relámpago, ostentan al sol su ondulante ropaje esmaltado de gotas de oro; otros, plácidamente aprisionados en su concha de nácar, esperan su húmedo alimento, o bien cubiertos de una armadura, espían bajo las rocas su presa. Las focas y los encorvados delfines juguetean sobre la tranquila superficie de las aguas; otros peces de un tamaño prodigioso, se revuelcan pesadamente produciendo tempestades en el océano. Allí, Leviatán, la mayor de todas las criaturas animadas, extendido sobre el abismo como un promontorio duerme o nada, parecido a una isla flotante, con sus agallas atrae hacia dentro un mar de agua que vuelve a arrojar por sus narices.

Entre tanto, las templadas cavidades, los pantanos, las riberas, empollan una numerosa cantidad de huevos, cuyo cascarón, roto en breve, deja escapar a los hijuelos desnudos: muy luego se revisten de plumas y despliegan enteramente sus alas, dispuestos a volar, prorrumpiendo en gritos de triunfo, hienden el aire sublime y se alejan desdeñosos de la tierra, que sólo divisan en perspectiva y a través de las nubes. Sobre las escarpadas rocas y las copas de los cedros anidan el águila y la cigüeña.

Algunas de estas aves se mecen indolentemente en la elevada región del aire; otras, más cautas, siguen reunidas su camino formando una figura especial, conocedoras de las estaciones, disponen sus caravanas aéreas, que vuelan sobre la tierra y los mares y facilitan su marcha, prestándose mutua ayuda con las alas; de este modo, las prudentes cigüeñas, dejándose llevar a impulso del viento, dirigen su viaje anual, agítase el aire durante su paso y cede a los esfuerzos de sus innumerables plumas.

Las aves mas pequeñas, saltando de rama en rama alegran los bosquecillos con sus cantos, desplegando sin cesar sus pintadas alas hasta que llega la noche; y aun entonces, el solemne ruiseñor no cesa de cantar, pues durante ella exhala sus tiernas endechas. Otros pájaros bañan su aterciopelado plumaje en los plateados lagos y en los ríos. El cisne, irguiendo su cuello arqueado entre sus alas de alabastro, extendidas como un rico manto, nada majestuoso, sirviéndose de sus patas a guisa de remos. A veces abandona el húmedo alimento, y tendiendo sus alas, se eleva hasta la región media del aire. Otros caminan con seguridad sobre la tierra, como el encrestado gallo, cuyo canto anuncia las horas silenciosas y como el ave de brillante cola, enriquecida con los vivos colores del arco iris y llena de ojos estrellados. Así, pobladas las aguas de peces y el aire de aves, la mañana y la tarde solemnizaron el quinto día.

El sexto y último día de la Creación lució por fin entre el son de las arpas de la tarde y de la mañana, cuando Dios dijo:

"Produzca la tierra, animales vivientes, cada uno en su género; ganados y reptiles y bestias de la tierra, cada cual según su especie".

La tierra obedeció y entreabriendo sus fecundas entrañas inmediatamente dio a luz de un solo alumbramiento, innumerables criaturas vivientes, perfectas en sus formas y provistas de miembros completamente desarrollados. Del suelo, como de su propio lecho, alzóse la bestia feroz y en los sitios donde suele estar, en la selva desierta, en la maleza, entre los helechos o en la caverna, y apareció cada cual con su pareja debajo de los árboles: todos se pusieron en movimiento, los rebaños en los campos y en las verdes praderas, uno, pocos numerosos, solitarios; otros, reunidos en gran número, paciendo a la vez y brotando del suelo en manadas inmensas. Ora, un montón de tierra crasa produce un becerro; ora sale hasta la mitad del cuerpo un león rojo, que para dar libertad a sus restantes miembros escarba el suelo y como escapado de sus lazos, se pone erguido, salta y sacude la erizada melena. El leopardo, la onza, el tigre, aparecen, como aparece a su vez el topo, arrojando en torno suyo montoncitos de tierra removida. El rápido ciervo levanta de debajo del suelo su enramada cabeza, y el mayor de los hijos de la tierra, Behemont, consigue desprender su cuerpo inmenso de la greda que lo cubre. Las laníferas y baladoras ovejas brotan como plantas, el hipopótamo y el cocodrilo escamoso quedan indecisos entre la tierra y el agua.

A la vez fue producido todo lo que se arrastra sobre la tierra, insectos o gusanos, los unos agitan a manera de alas sus flexibles abanicos y ostentan sus más delicados rasgos decorados con todas las libreas del orgulloso Estío, salpicados de oro, púrpura azul y verde; los otros prolongando, como una línea su extensa forma, marcan en el suelo un sinuoso surco. Y no todos son la obra más pequeña de la Naturaleza, pues algunos de ellos de la especia de las serpientes asombrosos por su volumen y longitud entrelazan sus anillos replegados, añadiéndoles alas.

Marcha al frente de todos la económica y previsora hormiga; en cuyo débil cuerpo se encierra un gran corazón, modelo quizá en lo futuro de la equitativa igualdad, asociando en comunidad a sus tribus populares. En seguida aparece por enjambres la abeja que alimenta deliciosamente a su holgazán compañero y que construye con cera sus celdillas llenas de miel. El resto es innumerable, tú no ignoras la diversidad de su naturaleza: tú le diste nombres que ahora te repetiría en vano. No te es desconocida la serpiente, el animal más sutil de los campos, y que a veces adquiere una longitud considerable, tiene ojos de bronce, terribles e hirsutas crines, aunque no te haga daño alguno y se someta a tu mandato.

Resplandecían ya los cielos con toda su gloria y giraban según los movimientos que la mano de su grande y primer motor había impreso desde el principio a su curso. Terminada la tierra y cubierta con todas su galas, sonreía encantadora: el aire, las aguas y la tierra estaban poblados por el ave que vuela, por los peces que nadan y por los brutos que andan, pero aún no estaba completa la obra del sexto día.

Faltaba la obra maestra, el fin de todo lo que se había hecho, un ser que no anduviese encorvado, ni fuese irracional como las demás criaturas, sino que, dotado de la santidad de la razón pudiera erguir derecha su estatura y elevar su frente serena, un ser conocedor de sí mismo y digno de gobernar a los demás, un ser, en fin, magnánimo que desde estos lugares pudiera corresponderse con el cielo, pero que, lleno de gratitud reconociese de dónde procede su felicidad, y dirigiendo devotamente su corazón, su voz, sus miradas a aquel punto, adorase y reverenciase al supremo Dios que le hizo jefe de toda su obra. Por esta razón el Padre todopoderoso y eterno que se halla presente en todas partes, habló distintamente a su Hijo en estos términos:

Hagamos ahora al hombre a nuestra imagen y semejanza, y tenga dominio sobre los peces de la mar, y sobre las aves del cielo y sobre las bestias, y sobre toda la tierra y sobre todo reptil que se mueve en la tierra.

Y dicho esto, te formó a ti, ¡oh Adán, a ti hombre, polvo de la tierra e inspiró en tu faz un hálito vital, te creó a su propia imagen, a la imagen exacta de Dios y te convertiste en un alma viviente. Te creó varón y creó hembra a tu compañera para perpetuar tu raza. Entonces bendijo al género humano y dijo:

Creced y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla y tened señorío sobre los peces de la mar y sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra, doquiera hayan sido creados pues ningún lugar ha sido designado aún por su nombre.

Desde allí, como sabes te trasladó a este delicioso vergel, a este jardín, donde estaban plantados los árboles de Dios, tan deleitables a la vista como al gusto, y te dio liberalmente todos sus frutos para tu alimento. Aquí están reunidas todas las especies de la tierra entera, ¡variedad infinita!; pero debes abstenerte del fruto del árbol cuyo sabor produce el conocimiento del bien y del mal, el día en que comas de él, morirás, porque la muerte es la pena que se te ha impuesto. Guárdate, pues y ordena con prudencia tus apetitos, si no quieres que te sorprendan el Pecado y la Muerte, su horrible compañera.

Aquí terminó Dios su obra y miró todas las cosas que había hecho y vio que eran muy buenas. Y fue la tarde y la mañana del día sexto, pero no terminó éste antes de que el Creador, cesando en su trabajo, aunque no fatigado, volviera arriba, al cielo de los cielos, su morada sublime a fin de contemplar desde allí este mundo recientemente creado, adición de su imperio y ver desde su trono cómo se presentaba en su perspectiva, y si en los bueno y en lo bello correspondía a su gran idea.

Ascendió al cielo, seguido de aclamaciones y a los melodiosos acordes de diez mil arpas que despedían una angélica armonía. En la tierra y en el aire resonaron los cielos y todas las constelaciones los repitieron y los planetas se detuvieron en su estación para escuchar, mientras aquella pompa brillante ascendía con gran júbilo cantando de este modo:

"¡Abríos puertas inmortales! ¡Abrid, oh cielos vuestras puertas vivientes; dejad entrar al supremo Creador que vuelve con gran magnificencia de su obra, de su obra de seis días, un mundo! Abríos y en adelante abríos a menudo, porque Dios se dignará visitar muchas veces con placer las moradas de los hombres justos, y con frecuente comunicación enviará a ellos sus alados mensajeros, que serán portadores de su gracia suprema"—

Así cantaba el brillante y glorioso séquito en su ascensión y a través del cielo, que abrió de par en par sus resplandecientes puertas, siguió el Verbo el camino recto hasta llegar a la mansión eterna de Dios, camino prolongado y ancho cuyo polvo es de oro y el pavimento de estrellas, semejante a la aglomeración de astros que ves en la Galaxia, esa vía láctea que descubres por la noche como una zona polvoreada de estrellas.

Entonces apareció la séptima tarde sobre la tierra del Edén, porque el sol se había ocultado y el crepúsculo precursor de la noche venía de Oriente, cuando el Poder filial llegó al santo monte, elevada cima del cielo, trono imperial de la divinidad, eternamente fijo, firme y seguro, y se sentó al lado de su Padre. Porque éste si bien había permanecido en el mismo sitio, había asistido también, aunque invisible, a la obra ordenada por ser el principio y fin de todas las cosas. Y descansando entonces del trabajo, bendijo y santificó el séptimo día, porque durante él se dedicó al reposo. Pero no se celebró aquella fiesta con un silencio sagrado, sino que el arpa laboriosa no descansó un momento: la grave flauta, el tímpano, los órganos de melodioso teclado, todos los vibrantes sonidos que producen las cuerdas o los hilos de oro se confundieron en dulces acordes, mezclados de voces que cantaban en coro o aisladas. Nubes de incienso se elevaron de los incensarios de oro y velaron la montaña. Aquellos coros dedicaron sus cantos a la creación y a la obra de lo seis días.

¡Grandes son tus obra, oh Jehová, infinito tu poder! ¿Qué pensamiento alcanza a medirte? ¿Qué lengua a narrarte? Mucho más grande te has mostrado a tu regreso que después del combate con los ángeles gigantes. Tus rayos te engrandecieron aquel día, pero es mucho más grande crear que destruir lo ya creado. ¿Qué poder igualará al tuyo, oh sublime Rey? ¿Quién imitará tu imperio? Has rechazado fácilmente la orgullosa empresa de los espíritus apóstatas y disipado sus vanos proyectos cuando, en su impiedad, se imaginaron poder aminorar tu poder y apartar de tu lado la multitud de tus adoradores. El que procura empequeñecerte sólo consigue, contra su intento , patentizar mucho más tu poder; haces uso de la malignidad de tu Enemigo, pero es para sacar de ella un nuevo bien; testigo de ellos es ese universo nuevo, ese otro cielo colocado no lejos de la puerta del cielo fundado a nuestra vista sobre el puro cristalino, sobre el mar de vidrio, y ese cielo, de una extensión casi inmensa, está sembrado de innumerables estrellas, cada una de las cuales quizá sea un mundo destinado a ser habitado, pero cuyo tiempo conoces Tú sólo. ¡Dichosos tres veces los hombres y los hijos de los hombres, a quien Dios ha favorecido tan plenamente! ¡Los hombres que ha creado a su imagen para habitar esos lugares adorarle y reinar sobre todas sus obras, sobre el mar, la tierra, los aires y multiplicar una raza de adoradores santos y justos! ¡Dichosos tres veces si conocen su felicidad y perseveran en la virtud!

Tal fue su canto y las aleluyas resonaron en el Empíreo, así fue santificado el día del sábado.

Creo, Adán haber satisfecho plenamente la demanda que me hiciste con objeto de saber cómo este mundo y la faz de las cosas comenzaron y lo que existía desde un principio y antes del tiempo a que alcanza tu memoria, a fin de que la posteridad, instruida por ti pudiese saberlo. Si quieres conocer alguna otra cosa que no exceda de los límites de la inteligencia humana, habla".

Libro VIII

El ángel cesó y su voz comunicó tal encanto al oído de Adán, que durante algún tiempo permaneció éste inmóvil, escuchándole, creyendo que hablaba todavía. Por último, como si despertara de un sueño reciente le dijo con efusión:

"¿Qué gracias serán bastantes o qué recompensa proporcionada podré ofrecerte, divino historiador, que tan cumplidamente has saciado la sed que tenía de conocer y que con tan amistosa condescendencia me has referido cosas inescrutables para mí, cosas que he oído con asombro, pero también con delicia y cuya gloria atribuyo como es debido al soberano Creador? Me quedan sin embargo algunas dudas que únicamente tus palabras pueden resolver.

Cuando contemplo esta maravillosa fábrica, este mundo, compuesto del cielo y de la tierra y calculo su magnitud, esta tierra es una mancha, un grano, un átomo, comparada con el firmamento y con los innumerables astros que parecen recorrer espacios incomprensibles. Y, por ventura, ¿esos orbes giran únicamente para distribuir la luz durante el espacio de un día y una noche en derredor de esta tierra opaca, de esta mancha de un punto, siendo por lo demás, inútiles en toda su vasta misión? Cuando reflexiono en ello, me causa admiración muchas veces cómo la sobria y sabia Naturaleza ha podido cometer tales desproporciones, cómo ha podido, con mano pródiga, crear los cuerpo más hermosos, multiplicar los mayores para este único uso, según parece, e imponer a sus orbes tales revoluciones, sin reposo, un día y otro repetidas. Y entre tanto, la sedentaria tierra, que podría moverse mejor en un círculo mucho menor, servida por lo que es más noble que ella, cumple su misión sin el menor movimiento y recibe el calor y la luz como tributo de un curso incalculable, prestado con una rapidez incorpórea; rapidez tal que no podría apreciarse ni aun con la reunión de todos los números".

Así habló nuestro primer padre, absorto a juzgar por su semblante en estudiosos y abstractos pensamientos, lo cual, visto por Eva, desde el sitio en que estaba sentada en su presencia, pero un tanto apartada, se levantó con una modestia majestuosa y una gracia que inducía al que la miraba a desear que continuase allí. Fuese a visitar su frutos y sus flores, a examinar cómo prosperaban el capullo y la flor, sus discípulos que brotaron a su llegada y que, tocados su hermosa mano, crecieron más gozosamente. Eva no se retiró porque le fueran indiferentes aquellos discursos, o porque su oído careciese de aptitud para tan elevado asunto, sino porque quería reservarse el placer de escucharlos de boca de Adán y de ser la única que los escuchase; ella prefería que su marido fuera el narrador más bien que el ángel y le gustaba mas interrogarle; sabía que su compañero interpolaría agradables digresiones y resolvería las más arduas dificultades con caricias conyugales, en una palabra, no era sólo la elocuencia lo que esperaba de los labios de su esposo. ¡Oh! ¿Dónde se encuentra ahora una pareja semejante, unida mutuamente en dignidad y amor? Eva se alejó con el continente de una dios, no carecía de acompañamiento, porque llevaba siempre consigo, como una reina un séquito de gracias atractivas y en las miradas de todos los ojos que la rodeaban brotaban los vivísimos deseos de contemplar incesantemente su presencia.

Rafael, en tanto, bondadoso y complaciente, contestó de este modo a las dudas propuestas por Adán:

"No repruebo tus deseos de instruirte, porque el cielo es cual libro de Dios abierto ante ti, en el que puedes leer sus maravillosas obras y adquirir el conocimiento de sus estaciones, sus horas, sus días, sus meses o sus años, poco debe importarte para alcanzar este objetivo que el cielo o la tierra se muevan, con tal que seas exacto en tus cálculos. El gran Arquitecto ha obrado sabiamente en ocultar lo demás al hombre o al ángel; en no divulgar sus secretos para que los escudriñen aquellos que más bien deben admirarlos; si acaso quieren aventurarse en conjeturas. Dios ha abandonado el edificio de los cielos a sus vanas disputas, tal vez con el objeto de reírse de sus opiniones vagas y sutiles cuando lleguen, andando el tiempo a modelar el cielo y a calcular el número y magnitud de las estrellas. ¡Cómo manosearán la poderosa estructura del universo! ¡Cómo construirán, derribarán y se ingeniarán para salvar las apariencias! ¡Cómo ceñirán la esfera de círculos concéntricos y excéntricos, de ciclos y epiciclos, de orbes en orbes mal trazados sobre ella! Lo adivino así por tu razonamiento, pues tú, debes guiar a tu posteridad, supones que los cuerpos mayores y luminosos no deberían servir a otros más pequeños que carecen de luz ni recorrer semejantes espacios en el cielo, mientras que la tierra, tranquila en su asiento es la única que recibe el beneficio de este movimiento.

Considera en primer lugar que la grandeza o el brillo no suponen excelencia, y si bien la tierra, comparada con el cielo es muy pequeña y sin luz, puede, en cambio contener cualidades sólidas en más abundancia que el sol, que brilla estéril y cuya virtud no opera ningún efecto en el mismo, sino en la tierra fecunda, en ella es donde, recibidos primeramente sus rayos inactivos en otra parte, adquieren su vigor. Y, además, no es a la tierra a quien sirven esas resplandecientes luminarias sino a ti, habitante de la tierra.

En cuanto al inmenso circuito del cielo, en él está proclamada la magnificencia del Creador, que le ha construido de tan vasta extensión y trazado sus límites tan apartados para que el hombre pueda conocer que su morada no le pertenece, y que es demasiado grande para que pueda ocuparla, cuando le basta una pequeña porción de ella, el resto está destinado a usos conocidos tan sólo del soberano Señor. Atribuye la celeridad de esos innumerables círculos a la omnipotencia de Dios, que puede dotar a las sustancias materiales de una rapidez casi espiritual. Bien conoces mi propia velocidad, pues, habiendo salido mañana de la altura del cielo, donde Dios reside he llegado al Edén antes del mediodía, recorriendo una distancia que no se podría expresar con todos los guarismos conocidos.

Pero yo me expreso así, admitiendo el movimiento de los cielos, para demostrarte cuán poco calor tiene lo que te hace dudar, no es que yo afirme que existen esos movimientos, por más que desde la tierra donde resides te persuadan tus ojos del curso de los astros. Dios ha colocado el cielo tan lejos de la tierra para que la inteligencia humana no pueda llegar hasta sus particulares miras, y para que, si la vista del hombre se aventurase tanto, se pierda sin fruto al intentar penetrar en tan sublimes misterios.

Pero, ¿y si el sol es el centro del mundo y otros astros incitados por la virtud atractiva de aquél y por la suya propia, giran en torno de él en diferentes círculos? Estás viendo el curso incierto de seis planetas, ya alto, ya bajo, ya oculto, progresivo, retrógrado o estacionario, ¿qué sería el séptimo planeta, la tierra, que tan inmóvil parece, obedeciera insensiblemente a tres movimiento distintos? De otra suerte, o tendrías que atribuirlos a diferentes esferas movidas en sentido contrario y cruzándose en sus rutas oblicuas, o eximir al sol de tan inmenso trabajo, lo mismo que a ese rápido rombo, que supones diurno y nocturno, invisible, sobre todas las estrellas, y del que haces la rueda de los días y de las noches. Podrías abandonar esa creencia, si la tierra, industriosa por sí misma, fuese en busca del día dirigiéndose hacia Oriente, y si encontrara la noche en su hemisferio opuesto a los rayos del sol mientras que en el otro hemisferio brillara aún la luz del día. Y ¿qué sería, si esa luz reflejada por la tierra a través de la vasta transparencia del aire, fuera como la luz de un astro con respecto al globo terrestre de la luna, y si la tierra iluminara a la luna durante el día y como ésta ilumina a aquélla durante la noche? Habría entonces una reciprocidad de servicios, suponiendo que la luna tuviera una tierra, campos y habitantes. Tú ves en ella manchas que parecen nubes; esas nubes; esa nubes pueden resolverse en lluvia, y la lluvia puede producir frutos en el suelo reblandecido por la luna, para que sirvan de alimento s los que allí estén colocados.

Tal vez descubras otros soles acompañados de sus lunas comunicando la luz masculina y femenina; porque esos dos grandes sexos fecundizan el universo, lleno quizá en cada uno de sus orbes de seres vivientes. Porque el que tan vasta extensión de la Naturaleza esté privada de almas vivientes; o que esté desierta, desolada, hecha solamente para brillar, para pagar apenas a cada orbe una débil chispa de luz enviada a tanta distancia, a este orbe habitable que le devuelve otra vez su luz, todo esto será motivo de eterna controversia.

Pero que estas cosas sean o no así, que el sol dominando en el cielo se eleve sobre la tierra, o que la tierra se eleve sobre el sol, que el sol empiece en Oriente su abrasadora carrera, o que la tierra avance desde Occidente su silenciosa marcha, con inofensivos pasos, mientras que durmiendo su eje suave se traslade blandamente con la atmósfera tranquila que la rodea, nada de esto debe darte cuidado, ni tienes para que fatigar tu pensamiento con cosas tan ocultas, déjalas para el Dios de las alturas, sírvele y témele. Que disponga a su placer de las demás criaturas, dondequiera que estén colocadas. Goza con lo que te ha dado: este paraíso y tu hermosa Eva. El cielo está por demás elevado con respecto a ti para que puedas saber lo que en él pasa. Sé humildemente sabio: piensa tan sólo en lo que os concierne a ti y a tu ser; no sueñes con otros mundos, ni con criaturas que en ellos vivan según su estado, su condición o su grado, y conténtate con lo que te ha sido revelado hasta aquí, no sólo acerca de la tierra, sino también acerca del más alto cielo".

Adán, aclaradas ya sus dudas, le respondió:

"¡Cuán plenamente me has satisfecho, pura inteligencia del cielo, ángel sereno! Tú me has librado de innumerables inquietudes: me has mostrado el camino más fácil para vivir; me has enseñado a no interrumpir con mis vacilantes ideas las dulzuras de una vida de la que Dios me ha alejado todas las inquietudes, ordenándoles que habitaran lejos de nosotros y que no turbaran nuestro sosiego, a menos que nosotros fuéramos en su busca con erróneos pensamientos y vanas nociones! Pero el espíritu, o más bien la imaginación, está siempre predispuesta a extraviarse si no hay quien la sujete, y se entrega a errores interminables, hasta que advertida y aleccionada por la experiencia, reconoce que las mayor sabiduría no consiste en conocer ampliamente las materias oscuras, sutiles o apartadas del uso, sino en el estudio de las cosas que se han puesto a nuestro alcance merced a un unos diario: lo demás es humo, o vanidad, o loca extravagancia, que nos hace inhábiles, ciegos en la práctica de los objetos más interesantes, y nos deja inciertos e inquiriendo sin cesar. Así pues, bajemos de esta altura, abatamos nuestro vuelo y hablemos de cosa útiles que nos atañen; pues quizá el tratar de ellas encuentre ocasión para dirigirte algunas preguntas que no tendrás por superfluas, y que acogerás con tu complacencia y tu favor acostumbrados.

Te he oído referir lo que ha sucedido antes del tiempo a que alcanzan mis recuerdos: ahora escucha a tu vez mi historia, que quizá ignores. Aún no ha disipado el día toda su luz y como ves, busco sutiles pretextos para detenerte aquí, invitándote a oír mi narración. Esto sería por mi parte una locura, si no me moviera la esperanza de oír tus respuestas, pues sentado junto a ti, me creo transportado al cielo, tus palabras son más dulces a mi oído que lo son al paladar los frutos más agradables de la palmera para aplacar el hambre y la sed después del trabajo del día, a la hora de la grata colación: éstos satisfacen en breve y cansan por más que sean sabrosos, pero tus palabras llenas de atractivo y de una gracia divina destilan una suavidad que nunca cansa".

Rafael replicó con dulzura celestial:

"No carecen tus labios de gracia, ni de elocuencia tu lengua padre de los hombres, porque Dios ha derramado en ti todos sus dones, así exterior como interiormente, en ti que eres su brillante imagen; y ya hables, ya calles, la nobleza y la gracia te acompañan y forman cada uno de tus discursos, cada uno de tus movimientos. En el cielo te consideramos como nuestro compañero de servicio en la tierra y con placer indagamos las miras de Dios con respecto al hombre; porque Dios, bien lo vemos, te ha colmado de honor, y su amor es tan igual hacia el hombre como hacia nosotros.

Habla pues, porque precisamente el día en que naciste estaba yo ausente, ocupado en un viaje difícil y tenebroso, en una lejana excursión hacia las puertas del infierno. Con toda mi legión formada en cuadro —tal era la orden que habíamos recibido— vigilábamos para que ningún espía o ningún enemigo saliese de allí, mientras Dios estaba dedicado a su obra, no fuese que, irritado por tan atrevida irrupción, mezclara la destrucción con la Creación. Y nos envió, no por temor de que los espíritus rebeldes osaran intentar nada sin su permiso, sino para proclamar sus altos mandatos como soberano Monarca, y para acostumbrarnos a la obediencia.

Encontramos herméticamente cerradas las horribles puertas, herméticamente cerradas y fuertemente barreadas; pero mucho antes de llegar oímos en el interior un ruido muy diferente al de la danza o el canto; ¡ruido de tormentos, grandes alaridos, furiosa rabia! Cumpliendo la orden que teníamos, regresamos contentos a las playas de la luz antes de la tarde del sábado. Ahora deseo oír tu narración: estoy pronto a escucharte, que si te son gratas mis palabras, no lo son menos para mí, las tuyas".

Así habló aquel poder semejante a un dios; y entonces nuestro primer padre empezó de esta manera:

"Es muy difícil para el hombre decir cómo ha empezado la vida humana; porque ¿quién puede tener un conocimiento, perfecto de su origen? Sin embargo, el deseo de prolongar mi coloquio contigo me induce a hablar: Como si acabase de despertar del sueño más profundo, me encontré tendido muellemente sobre la florida hierba empapado en balsámico sudor, que secaron en breve los rayos del sol absorbiendo su vaporosa humedad. Volví mis asombrados ojos hacia el cielo, y contemplé durante algún tiempo el espacioso firmamento, hasta que, llevado por un rápido e instintivo impulso, di un salto, como si mi intención fuera llegar hasta él, y quedé firme sobre mis pies.

Divisé en torno mío una colina, un valle, bosques umbríos, llanuras en que se reflejaban los rayos del sol y una líquida cascada de arroyuelos bulliciosos, en esos sitios distinguí criaturas que vivían y se movían que andaban o volaban, pajarillos que gorjeaban en las ramas: todo sonreía, mi corazón estaba inundado de gozo y de deleite.

Entonces me recorrí a mí mismo con la vista y me examiné miembro por miembro; unas veces andaba, otras corría, poniendo en juego mis flexibles coyunturas, según me impulsaba un vigor animado; pero ignoraba quién era yo, dónde me encontraba y por qué causa estaba allí. Intenté hablar y hablé inmediatamente, mi lengua obedeció y pudo nombrar en el acto todo lo que yo veía.

¡Oh sol, dije, hermosa luz! ¡Y tú, tierra a quien ilumina, tan fresca y sonriente! ¡Oh vosotros, colinas y valles! ¡Oh vosotros, ríos, bosques y llanuras! Y vosotras, bellas criaturas que vivís y os movéis, decid, decid, si es que lo habéis visto, ¿cómo he venido así, cómo es que estoy aquí? No he venido indudablemente por mí mismo, sino merced a algún gran Creador preeminente en bondad y en poder. Decidme cómo podré conocerle, cómo adorar a Aquel por quien me muevo, vivo y siento que soy más dichoso de lo que puedo apreciar.

Mientras hablaba de este modo, andaba errante no sé por dónde, lejos del sitio donde por primera vez había respirado el aire y visto esa luz afortunada; y no obteniendo respuesta alguna a mis preguntas, me senté pensativo sobre un verde banco, al que prestaban su sombra los árboles y sus armas las flores. Allí se apoderó de mí por la primera vez un agradable sopor que infundió una dulce opresión en mis sentidos adormecidos, aunque no turbados, si bien entonces me figuré volver a mi primitivo estado de insensibilidad y disolverme.

De improviso acudió a mi cabeza un ensueño, cuya aparición interior inclinó dulcemente mi imaginación a creer que aún conservaba el ser y que vivía. Me pareció que alguno con forma divina se aproximaba a mí y me dijo:

"Tu morada te espera, Adán: ¡levántate, primer hombre y padre futuro de innumerables hombres! Llamado por ti, acudo para guiarte al jardín de la beatitud, donde se halla preparada tu mansión"

Diciendo así, me tomó de la mano y me levantó, y deslizándose dulcemente, sin andar por los campos y por las aguas, como pudiera hacerlo por el aire, me transportó a una montaña frondosísima, cuya cima era una meseta; vasto recinto cerrado, plantado de árboles excelentes y magníficos, de alamedas y de bosquecillos; tales que lo que antes había visto sobre la tierra parecía apenas agradable comparado con ellos. Los hermosos frutos de que estaba cargado cada árbol y que pendían de ellos incitantes, excitaban en mí un repentino deseo de cogerlos y comérmelos. Entonces me desperté y descubrí realmente ante mis ojos lo que el sueño me había representado vivamente en imagen. Hubiera vuelto a emprender de nuevo mi curso errante, si el que era mi guía en aquella montaña, no se hubiese aparecido entre los árboles. ¡Oh presencia divina! Lleno de gozo, pero con respetuoso temor, caí poseído de admiración a sus plantas. Entonces me levantó, y...

"Yo soy el buscas — me dijo con dulzura—: Yo soy el autor de todo cuanto ves sobre ti, en derredor tuyo o debajo de ti. Te doy este Paraíso, mírale como tuyo para cultivarle y cuidarle y comer de sus frutos. Come libremente y cuanto quisieres de cada árbol que crece en el jardín, no temas la escasez, pero guárdate de tocar al árbol que opera y transmite el conocimiento del bien y del mal, árbol plantado por mí cerca del de la Vida, en medio del jardín, como prueba de tu obediencia y fidelidad: acuérdate de mi advertencia, y procura evitar los amargos resultados; porque debes saber que el día que comas de él, el día en que quebrantes mi único mandato, morirás inevitablemente, perderás tu dichosa situación y serás arrojado desde aquí a un mundo de desgracia y miseria"

Pronunció severamente esta rigurosa sentencia, que aún resuena terrible en mis oídos, por más que sólo dependa de mí el no incurrir en ella. Pero, recobrando en breve su aspecto sereno, prosiguió de esta suerte su agradable discurso:

"No tan sólo este hermoso recinto, sino también la tierra os doy a ti y a tu raza. Poseedla como señores, y con ella todas las cosas que tienen vida ya en la misma, ya en la mar, ya en el aire, animales, peces y aves. Como prueba de ellos, he aquí los brutos y las aves, cada cual según su especie, te los presento para que reciban su nombre de ti, y para que te rindan fe y homenaje con una sumisión profunda. Lo propio debes entender con respecto a los peces que ven su acuática morada, y que no comparecen aquí porque no pueden cambiar su elemento para respirar un aire más sutil"

Mientras hablaba, iban acercándose de dos en dos los cuadrúpedos y las aves: aquellos doblaban las rodillas con una cariñosa humildad, éstas se inclinaban batiendo dulcemente las alas. Yo iba nombrándolos a medida que pasaban y distinguía su naturaleza: ¡tan grande era la penetración de que Dios había dotado a mi repentina inteligencia! Pero, entre todas aquellas criaturas no vi lo que parecía faltarme aún, y me dirigí en estos términos a la celestial visión:

¡Oh! ¿Qué nombre te daré a Ti, que eres superior a todas esas criaturas, superior a la especie humana, superior a lo que está más elevado que la especie humana, así como a todo cuanto puedo nombrar? ¿Cómo podré adorarte, Autor de este universo, y de todo este bien dado al hombre, por cuyo bienestar tan amplia y liberalmente has prodigado todas las cosas? Pero no veo a nadie que pueda participar de ella conmigo. ¿Consiste la dicha en la soledad? ¿Quién pude gozar estando solo? Y aunque se disfrute de todo, ¿qué contento se puede hallar?

Así hablaba yo presuntuoso, y la visión celeste, cuyo resplandor vino a realzar una sonrisa, replicó de este modo:

"¿A qué llamas soledad? No están llenos el aire y la tierra de diversas criaturas vivientes y no están todas ellas sometidas a tus órdenes para contribuir a tus placeres? ¿No conoces su lenguaje y sus costumbres? También ella tienen conocimiento y están dotadas de un instinto que no es, por cierto despreciable. Proporciónate con ellas un pasatiempo y gobiérnalas: tu reino es vasto"—

Tales fueron las palabras del Señor universal, palabras que me parecieron órdenes. Yo, implorándole con humilde ruego el favor de hablarle aún repliqué:

"No te ofendan mis frases, ¡oh Poder celestial! Creador mío, séme propicio mientras hablo. ¿No me has hecho aquí tu representante? ¿No has ordenado que esas criaturas estuvieran colocadas en una categoría muy inferior a la mía? Entre seres desiguales, ¿qué sociedad, qué armonía, qué verdadera delicia puede existir? Todo lo que ha de ser mutuo debe darse y recibirse en justa proporción; pero faltando esta igualdad, si el uno está muy elevado y el otro siempre rebajado, no pueden concertarse mutuamente, sino, por el contrario, llegan a hacerse igualmente molestos entre sí. Yo quiero hablar de una sociedad tal cual la busco, capaz de participar de toda delicia racional, que no puede encontrarse entre el hombre y el bruto. Todo animal se deleita con los de su especie, como el león con la leona, por esa razón los has unido convenientemente de dos en dos. El pájaro no puede conversar con el cuadrúpedo, ni el pez con el pájaro, ni el mono con el buey, con más razón le será imposible al hombre asociarse con la bestia, siendo de entre todos el que menos puede lograrlo"

A esto respondió el Todopoderoso sin enfado:

"Te propones por lo que veo una felicidad delicada y pura en la elección de tus asociados, Adán; de modo que en el seno mismo del placer no gozarás placer alguno si permaneces solitario. ¿Qué piensas pues de Mí y de mi estado? ¿Crees o no que poseo bastante felicidad, encontrándome solo por toda una eternidad? Porque Yo no me conozco segundo, ni semejante, ni mucho menos igual. ¿Con quién podré conversar, si no es con las criaturas que he hecho y éstas son inferiores a Mí, y están infinitamente más alejadas de Mí que las demás criaturas lo están de ti?"

Se calló y yo respondí humildemente:

"Todos los pensamientos humanos son cortos para llegar a la altura y profundidad de tus miras eternas. Soberano de todas las cosas, tú eres perfecto en ti mismo, y en ti no se encuentra nada defectuoso, no sucede lo mismo con respecto al hombre, que sólo se perfecciona gradualmente: esta es la causa de su deseo de asociarse con su semejante para buscar un consuelo o un alivio en su insuficiencia. Tú no tienes necesidad de propagarte, puesto que eres Infinito y completo en número, por más que sólo seas Uno. Pero el hombre debe manifestar por el número su singular imperfección, y ha de producir el semejante de su semejante, multiplicando su imagen defectuosa en la unidad, lo cual exige una tierna amistad y un mutuo amor. En el secreto de tu grandeza, tú aunque solo, estás superiormente acompañado de ti mismo, y no necesitas de comunicación social: sin embargo, a ser ése tu beneplácito, podrías divinizar a tu criatura y elevarla hasta el punto de unión o comunicación que quisieras, al paso que yo, para conversar no puedo levantar a esos brutos encorvados sobre la tierra, ni hallar mi complacencia en sus costumbres.

Usando de la libertad que se me había concedido me expresé de esta suerte; mis palabras encontraron grata acogida, y obtuvieron esta respuesta de la graciosa voz divina:

"Hasta ahora, Adán, me he complacido en experimentarte, y he visto que no sólo conocías a los diferentes animales, al darles sus propios nombres, sino que te conocías a ti mismo, demostrando suficientemente ese espíritu libre de que te he dotado, como a imagen mía, y que no he concedido a los brutos, por cuya razón no podía convenirte semejante compañía. Tenías razón para manifestarlo así francamente: piensa siempre de ese modo. Ya sabía Yo, antes de que hablases que no es bueno que el hombre esté solo; la compañía que entonces viste no era la que yo te había destinado, te la he presentado tan sólo como una prueba, para ver cómo juzgarías tú respecto de lo justo y conveniente. Lo que ahora voy a traerte será de tu agrado, puedes estar seguro de ello, porque es tu semejanza, el auxiliar que te conviene, será otro tú, exactamente conforme a todo lo que desea tu corazón"

Cesó de hablar o yo cesé de oírle, pues entonces mi naturaleza terrestre, agobiada bajo el peso de su naturaleza celestial, ante la cual me había exaltado mucho tiempo hasta la altura de un coloquio divino y sublime; mi naturaleza ofuscada y postrada como cuando un objeto excede a la penetración de nuestros sentidos, languideció y buscó el reparo del sueño, que cayó al instante sobre mí: llamado en mi auxilio por la Naturaleza, acudió y cerró mis ojos.

Se cerraron mis ojos, pero quedó abierta la celdilla de mi imaginación, mi vista interior por medio de la cual, como arrobado en éxtasis, vi, según me pareció aunque dormido como estaba, la siempre gloriosa forma ante la cual había estado despierto; la cual inclinándose hacia mí, me abrió el costado izquierdo y sacó de él una costilla impregnada del calor espirituoso del corazón y goteando una sangre fresca, origen de la vida, ancha era la herida, pero llena al instante de carne, se cicatrizó.

Aquella forma amoldó y arregló esta costilla entre sus manos; entre sus manos creadoras se formó una criatura semejante al hombre, pero de diferente sexo, tan agradablemente bella, que lo que antes me había parecido bello en todo el mundo, ahora parecía raquítico, o más bien, que estuviese reunido en ella, contenido en ella y en sus miradas, que desde aquel momento han derramado en mi corazón una dulzura no experimentada hasta entonces: su presencia inspiró a todas las cosas un espíritu de amor y una amable delicia. Aquella criatura desapareció y me dejó en las tinieblas, desperté resuelto a encontrarla o a deplorar para siempre su pérdida rechazando todos los demás placeres.

Cuando ya iba perdiendo la esperanza, la divisé no lejos de mi, tal cual la había visto en mi sueño, adornada de todo cuanto la tierra o el cielo podían prodigar para hacerla amable. Venía conducida por su celestial aunque invisible Creador, cuya voz la guiaba. No ignoraba la santidad nupcial ni los ritos del matrimonio, la gracia se veía en todos sus pasos, el cielo en sus ojos, en cada uno de sus movimientos, la dignidad y el amor. Arrebatado de gozo, no pude menos de exclamar en voz alta:

"¡Oh! Esta vez has colmado todos mis deseos: has cumplido tu promesa, Creador generoso y lleno de benignidad, dispensador de tantos beneficios, pero éste es el más bello de todos tus presentes y no me lo has envidiado. Ahora veo los huesos de mis huesos, la carne de mi carne, mi yo ante mi mismo. Será llamada Varona, porque del varón mismo fue sacada, por ella dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán una sola carne, un corazón y una sola alma.

Mi compañera me oyó, y aunque divinamente atraída, sin embargo, la inocencia y la modestia virginal, su virtud y la conciencia íntima de su valor y para decirlo de una vez la misma naturaleza, aunque pura de todo pensamiento pecaminoso, obró en ella de tal modo, que al verme se desvió. Yo la seguí, conoció ella lo que era honor y con una condescendencia majestuosa, aprobó las razones que alegué. La conduje a nuestro retiro nupcial, sonrosada cual la aurora, todas las constelaciones afortunadas derramaron sobre aquella hora su más benéfica influencia; la tierra y sus colinas dieron señales de congratulación, los pájaros de su alegría, las frescas brisas, los dulces céfiros murmuraron esta unión en los bosques, y al agitar sus alas, esparcieron entre nosotros los perfumes de los balsámicos arbustos, hasta que el ave enamorada de la noche cantó las bodas y ordenó a la estrella de la tarde que apresurara sus pasos por la cumbre de la colina para encender la antorcha nupcial.

Con lo dicho te he dado cuenta de toda mi condición y he llegado en el curso de mi historia al colmo de la felicidad terrestre de que disfruto, debo confesar que en todas las demás cosas encuentro a la verdad placer, pero un placer tal que, ya lo siento o deje de sentirlo no excita en mi alma mudanza alguna o vehementes deseos, tales son esas sensaciones del gusto, de la vista, del olfato, de las hierbas, frutas, flores, vergeles y de la melodía de las aves. Pero aquí es muy diferente, veo con deleite, todo con arrobamiento. ¡Aquí sentí por la primera vez el amor, conmoción extraña! Superior y tranquilo en todos los demás goces, me siento débil únicamente ante de el encanto de la poderosa mirada de la beldad. O la Naturaleza se ha mostrado escasa conmigo, y ha dejado alguna parte de mí mismo no bastante capaz de resistir a un objeto tan encantador, o al arrancarme una porción de mi costado me arrebató quizá más de lo que debía; por lo menos se ha concedido demasiado adorno a la mujer, completa en sus formas exteriores, aunque interiormente menos acabada. Comprendo bien que, según el primer designio de la Naturaleza es inferior en espíritu y en las facultades interiores que sobresalen, y aun en su formas exteriores se parece menos a la imagen del que nos ha hecho a entrambos, y lleva menos impreso ese carácter de dominación que tanto nos realza sobre las demás criaturas. Sin embargo, cuando me acerco a sus hechizos, me parece tan perfecta y en sí misma tan cumplida, tan conocedora de sus derechos, que cuanto quiere decir o hacer parece lo más cuerdo, lo más virtuoso, lo más discreto, lo mejor, en fin. La más alta conciencia cae humillada en su presencia, la sabiduría, discurriendo con ella, queda desconcertada y parece locura. La autoridad y la razón la siguen, como si hubiera sido la primera en salir de manos del Creador y no creada la segunda accidentalmente: Para terminar la grandeza de su alma y la nobleza establecen en ella su más deliciosa morada y la rodean como de una guardia angélica, de un respeto mezclado de temor"

El ángel frunciendo el entrecejo, le respondió:

"No acuses a la Naturaleza, que ha llenado su cometido; llena tú el tuyo, y no desconfíes de la sabiduría que no te abandonará nunca si no la rechazas de tu lado cuando tengas más necesidad de ella, cuando des mucho valor a cosas menos excelentes, como tú mismo, has llegado a conocer. Ahora bien: ¿qué es lo que admiras? ¿Qué es lo causa tu arrobamiento? Exterioridades hermosas sin duda y muy dignas de tu ternura, de tu homenaje y de tu amor, pero no de su sujeción. Mídete con la mujer y compara luego, las más de las veces nada es tan provechoso como un amor propio bien entendido y fundado en la justicia y la razón. Cuánto más conozcas esta ciencia, más te reconocerá como jefe tu compañera, y todas sus apariencias cederán ante las realidades. Formada tan bella para agradarte más, es al mismo tiempo tan imponente, a fin de que puedas amar honrosamente a tu compañera, que no deja de advertir cuando abdicas una parte de tu prudencia.

Pero si el sentido del tacto, por medio del cual se propaga la especie human, te parece un placer más grato que cualquiera otro, piensa que también ha sido otorgado a todos los animales y no les hubiera sido revelado y hecho común si en él existiera alguna cosa digna de subyugar el alma del hombre o de inspirarle pasión.

Consagra siempre tu amor a lo más elevado, atractivo, dulce y razonable que encuentres en la sociedad de tu compañera, haces bien amar, pero no en apasionarte en la pasión. El amor purifica los pensamientos y ensancha el corazón; tiene su asiento en la razón, es juicioso, es la escala por la cual puedes llegar hasta el amor celeste, como no te sumerjas en el placer carnal; esta es la causa por que no se ha encontrado ninguna compañera entre las bestias".

Adán repuso algún tanto avergonzado:

"No; lo que más me encanta de ella no es la forma exterior, a pesar de su belleza, ni nada de cuanto se refiere a la procreación, común a todas la especies, lo que me agrada más en mi compañera es la gracia que acompaña a todas sus acciones, son esos mil honestos atractivos que brotan sin cesar de todas sus palabras, de todos sus movimientos impregnados de amor, de dulce complacencia, irrecusable testimonio de la íntima unión de nuestros pensamientos que hace de ambos una sola alma; armonía de dos esposos, más agradable a la vista que lo es al oído, la más suave melodía.

Sin embargo nada de esto me domina; te descubro lo que siento en mi interior, sin por eso declararme vencido, pues que los diversos objetos que encuentro ejercen en mí su natural influencia y siempre libre, escojo el mejor, y hago lo que apruebo. Tú no repruebas que yo ame, porque, según dices, el amor nos eleva al cielo, del cual es a la vez camino y guía; perdóname pues, que te haga una pregunta, si es que me está permitido: ¿No aman los espíritus celestiales? ¿Cómo demuestran su amor? ¿Con sus miradas solamente? ¿O mezclan su refulgente luz por medio de un tacto, virtual o inmediato?"

El ángel le respondió con una sonrisa que animaba el carmín de las rosas celestiales, color propio del amor:

"Que te baste saber que somos felices, y que sin amor no hay felicidad. Todo el placer puro de que gozas en tu sustancia corpórea lo gozamos también en un grado más eminente; nosotros no encontramos los obstáculos de la carne, de las coyunturas, ni de los miembros, que son barreras exclusivas. Cuando los espíritus se abrazan, se identifican más fácilmente que el aire con el aire, deseando el que es puro la unión con el puro; no necesitan un medio de transmisión limitado, como la carne para unirse a la carne, o el alma al alma.

Pero no puedo ya detenerme más: el sol va ocultándose por más allá de las tierras de Cabo Verde y de las islas floridas de la Hesperia; ésa es la señal de mi partida. Sé firme, vive feliz y ama, pero ama a Dios sobre todo; obedecerle es amarle. Observa su gran mandato; pon mucho cuidado en que la pasión no arrastre tu juicio a hacer lo que de otro modo no admitiría tu libre voluntad. En ti estriba tu desgracia o tu felicidad y la de tus hijos. Obra con prudencia, que yo y todos los espíritus bienaventurados nos regocijaremos con tu perseverancia. Mantente firme, pues de tu libre albedrío depende que caigas o continúes en pie. Siendo perfecto interiormente, no busques auxilio exteriores y rechaza toda tentación de desobediencia".

Dijo, y se levantó. Adán le siguió bendiciéndole.

"Pues es preciso que partas, ¡ve huésped celestial, mensajero divino, enviado de Aquel cuya bondad soberana adoro! Tu condescendencia ha sido dulce y afable para mí, por lo cual la honraré eternamente y como merece en mi agradecida memoria. ¡Sé siempre el protector, el amigo del género humano y vuelve con frecuencia!

De este modo se separaron; el ángel regresó al cielo desde la frondosa enramada y Adán a su retiro.

Libro IX

Cesen ya los coloquios con Dios o con el ángel, huéspedes del hombre; ya no acudirán éstos a sentarse a su mesa, cual amigos íntimos para participar de sus campestres refrigerios con familiaridad e indulgencia, y permitirle, sin reconvención, sus excusables discursos. En adelante debo trocar estos acentos trágicos; por parte del hombre, vergonzosa desconfianza y ruptura desleal, rebelión y desobediencia; por parte del cielo, ahora ofendido, alejamiento y disgusto, cólera y reprensión justa, y sentencia terrible, la cual introdujo en este mundo un mundo de calamidades, el pecado y su sombra inseparable, la muerte y la miseria, precursora de la muerte.

¡Triste asunto! Lúgubre, sin duda, pero no menos elevado y más heroico que la cólera del implacable Aquiles, cuando persiguió tres veces alrededor de los muros de Troya a su fugitivo enemigo, más heroico que la ira de Turno al ver rota su unión con Lavinia, o que el furor de Neptuno y el de Juno, que por tanto tiempo persiguió al Griego y al hijo de Citerea. Pero por grande que sea lo que me propongo, procuraré cantarlo si obtengo de mi celeste protectora un estilo adecuado a él; de esta protectora que se digna visitarme durante la noche sin esperar mis ruegos y que preside a mis sueños o me inspira fácilmente versos que no he meditado.

Este asunto me agradó siempre para un canto heroico, fijé mi elección hace mucho tiempo y lo comencé muy tarde. La Naturaleza no me ha dotado de suficiente aptitud para referir los combates, mirados hasta aquí como el único asunto digno de un poema heroico. ¡Qué obra maestra la de relatar largamente el enojoso estrago de fabulosos caballeros en batallas fingidas, mientras que nadie se ocupa de un valor más noble, de la paciencia, de la constancia sublime del martirio! Describir carreras y juegos, aprestos bélicos, escudos blasonados, divisas ingeniosas, caparazones y lujosos arneses, ricas gualdrapas y toda la pompa caballeresca de las justas y torneos; y luego los banquetes magníficos servidos bajo bóvedas suntuosas por coperos y senescales! En cuanto a mí, no creo que esa habilidad del arte, consagrada a una obra mezquina, pueda dar fama justa y heroica al autor o al poema.

Yo, que ni estoy instruido en esas cosas ni me cuido de ellas, me propongo un asunto más elevado, bastante por si mismo para inmortalizar mi nombre; a no ser que un siglo demasiado tardío, la frialdad del clima o los años entorpezcan mi humilde vuelo, como podrían conseguirlo si toda esta obra fuera exclusivamente mía, y no de la Divinidad, que cada noche acude a confiar sus cantos a mi atento oído.

El sol se había ocultado, y en pos de él Héspero, astro cuya misión es la de conducir a la tierra al crepúsculo, conciliador de un momento entre el día y la noche. El hemisferio nocturno había huído del Edén ante las amenazas de Gabriel, volvió a él perfeccionado en el fraude y en la malicia, más deseoso que nunca de la destrucción del hombre, y sin temor a nada de cuanto pudiera sucederle que agravara su situación. De noche huyó, y regresó a la hora de medianoche, después de haber dado la vuelta a la tierra, evitando la luz del día, desde que Uriel, conductor del sol, descubrió su entrada en el Edén y dio aviso a los querubines que lo custodiaban. Arrojado de allí lleno de angustia, rodó con las sombras durante siete noches continuas. Giró tres veces en derredor de la línea equinoccial; cuatro veces cruzó el carro de la noche de polo a polo, atravesando cada coluro. Volvió a la octava noche y penetró furtivamente en el Paraíso por un punto opuesto a su entrada y al en que vigilaban los querubines, punto que éstos no podían sospechar.

Había allí un sitio que ya no existe en donde el Tigris se precipitaba desde la falda del Paraíso en una cavidad profunda, haciendo refluir parte de sus aguas, que brotaban como una fuente cerca del árbol de la vida. Satanás se sumergió con el río en aquel antro y volvió a salir con él, envuelto en húmedo vapor. Buscó en seguida un lugar donde ocultarse; había explorado el mar y la tierra desde el Edén hasta el Ponto Euxino y el Palo Meótides y hasta más allá del río Obi, desde donde descendió al polo antártico; había ido también hacia Occidente desde el Oronte hasta el océano que separa el istmo de Darien y desde allí hasta el país que riegan el Ganges y el Indo. Recorriendo de este modo el globo con minuciosa atención y considerando con una inspección profunda cada criatura a fin de hallar la que fuera más apta para servir a sus artificios, descubrió que la serpiente era el más astuto de todos los animales de la tierra. Después de largas reflexiones, irresoluto y vacilando en sus pensamientos, Satanás se decidió por fin a escoger el asiento más a propósito para el engaño, el receptáculo más conveniente en que pudiera penetrar y ocultar sus negras sugestiones a las miradas más penetrantes; porque todo lo artificioso que intentara la serpiente, lejos de causar sospechas, sería mirado como nuevo testimonio de su sagacidad de su natural sutileza; mientras que, si se notara en otros animales, podía engendrar la sospecha de un poder diabólico desarrollado en ellos, superior a los que permite la inteligencia animal. Satanás tomó esta resolución; pero no pudiendo contener por más tiempo el sufrimiento que le desgarraba interiormente, dejó estallar su pasión, que se exhaló en estas quejas:

¡"Oh Tierra, cuánto te pareces al cielo, si no eres preferible al él! ¡Morada mucho más digna de los dioses, como formada por una segunda idea que ha reformado lo que ya era viejo! ¿Qué Dios, después de haber elevado tan hermosos monumentos, intentaría construir otros menos perfectos? ¡Terrestre cielo, en torno del cual se mueven otros cielos que brillan, derramando con sus lámparas oficiosas luz sobre luz y concentrando para ti solo todos sus preciosos rayos, penetrados de una influencia sagrada! Así como en el cielo Dios es el centro y, sin embargo se expande por todas partes, del mismo modo eres tú aquí el centro de esos orbes cuyos tributos recibes; en ti, no en ellos, aparece productiva toda su virtud en la hierba, en la planta y en la más noble formación de los seres animados de una vida gradual, siendo la vegetación, el sentimiento, la razón, dones reunidos en el hombre.

¡Con cuánto placer habría dado yo la vuelta a la tierra si existiese aún algún goce para mí! ¿Qué agradable sucesión de colinas, de valles, de ríos, de bosques y de llanuras! ¡Tan pronto tierra como mar; unas veces riberas coronadas de selvas; otras rocas, antros, grutas! Yo, sin embargo, no he encontrado en ella asilo ni refugio, y cuántos más objetos de felicidad veo en torno mío, mayores son los tormentos que sufro, como si yo fuera el odioso asiento de las contrariedades, todo bien se convierte en veneno para mí y hasta en el cielo sería peor aún mi condición.

Pero yo no pretendo permanecer aquí ni en el cielo, a no ser que dominara en él como su Soberano Señor. No espero tampoco que lo que intento me haga menos miserable; tan sólo anhelo convertir a otros en lo que soy, aunque por ello redoblen mis males, pues, únicamente en la destrucción encuentran algún lenitivo mis inquietos pensamientos. Si consigo destruir al hombre, para quien ha sido creado todo esto, o le induzco a consumar su perdición entera, todo lo que le rodea le seguirá también como encadenado a él en su dicha o en su desdicha. ¡Sea, pues, en su desdicha! ¡Qué la destrucción se extienda a todo! A mí, sólo a mí, entre todos los espíritus infernales, me cabrá la gloria de haber corrompido en un solo día lo que el llamado Todopoderoso construyó con un continuo trabajo de seis días y seis noches. ¿Y quién sabe cuánto tiempo antes lo había estado meditando? Aunque tal vez concibió esta idea, después que yo hube libertado en una sola noche de una servidumbre ignominiosa a la mitad próximamente de las razas angelicales, reduciendo la multitud de sus adoradores.

El quiso vengarse, sin duda y reparar sus legiones disminuidas, pero ya sea que su virtud, ha tiempo extinguida, le faltase ahora para crear nuevos ángeles, suponiendo que éstos sean obra suya, o que para mayor afrenta nuestra se determinase a reemplazarnos con una criatura formada de tierra y concederle, a pesar de lo abyecto de su origen, una categoría tan elevada, enriqueciéndola con nuestros despojos celestiales, lo que decretó, lo ha llevado a cabo; hizo al hombre, y construyó para él este mundo magnífico, declarándole señor de su mansión de la tierra. ¡Oh indignidad! Sometió al servicio del hombre las alas del ángel y obligó a unos ministros celestiales a velar por él y a cumplir esta terrestre misión. Temo la vigilancia de éstos; para evitarla me he envuelto en la niebla y en el vapor de la medianoche; me deslizo oscuro, registro cada mata, cada helecho para ver si encuentro alguna serpiente dormida a fin de ocultarme en sus tortuosos pliegues y conmigo que negra intención que abrigo.

¡Oh vergonzosa humillación! Yo, que en otro tiempo luché contra los dioses para hacerme superior a ellos, me veo hoy reducido a unirme a un animal, a identificarme con tan impuro lodo, a encarnar en él mi esencia y a embrutecer por último al que fijaba sus aspiraciones en llegar al más alto grado de la Divinidad! Pero ¿hasta dónde no son capaces de descender la ambición y la venganza? El que quiere subir ha de arrastrarse tanto más profundamente cuanto más ha remontado su vuelo y resignarse tarde o temprano a ejercer los oficios más viles. La venganza dulce en un principio, se vuelve amarga muy pronto, y recae sobre sí misma. ¡Sea pues! Poco me importa, con tal que acierte a herir; y pues no puedo asestar mis tiros a mayor altura, los dirigiré sobre el segundo que provoca mi envidia, sobre ese nuevo favorito del cielo, ese hombre de barro, ese hijo del despecho, cuyo autor le ha hecho salir del polvo para mayor afrenta nuestra; el odio con el odio se paga mejor".

Dijo y arrastrándose como un negro vapor a través de los áridos o húmedos matorrales, continuó sus nocturnas pesquisas, para encontrar lo más pronto posible a la serpiente. No tardó en hallarla profundamente dormida, enroscada sobre sí misma en un laberinto de círculos, descansando en medio de ellos su cabeza llena de sutiles ardides. El reptil no se escondía aún en una madriguera horrible ni en retiros espantosos, ni era tampoco nocivo, sin temer ni ser temido, dormía tranquilamente sobre la espesa hierba. El demonio se introdujo por su boca, y apoderándose de su instinto brutal en la cabeza o en el corazón, le inspiró una activa inteligencia, pero no turbó su sueño, y esperó encerrado en aquel modo la llegada de la aurora.

Ya la luz sagrada empezaba a despuntar en el Edén, entre las húmedas flores que exhalaban sus inciensos matutinos, en el momento en que todas las cosas que respiran en el gran altar de la tierra elevan hacia el Creador silenciosas alabanzas y un aroma que le es tan grato; la pareja humana salió de su retiro y unió la adoración de su boca al coro de las criaturas privadas de voz. Hecho esto, nuestros padres saborean aquella hora deliciosa en que circulan los más dulces perfumes y las brisas más suaves. En seguida consultan entre sí acerca del modo cómo se dedicarían aquel día a su trabajo, siempre creciente; porque excedía en mucho a la actividad de las manos, crecerá la obra a medida de nuestro trabajo; pródigo por necesidad, todo lo que durante el día hemos sujetado, atado, reprimido o cortado por exuberante, se mofa de nuestros cuidados en una noche o dos, merced a un rápido desarrollo, y tiene a volver a su interior estado silvestre. Piensa en esto ahora, o escucha las primeras ideas que se me ocurren.

"Dividamos nuestros trabajos: tú dirígete a donde mejor te parezca, o hacia el sitio que reclame mayor cuidado, ya para enredar la madreselva en derredor de nuestra morada ya para dar dirección a la hiedra trepadora, y entre tanto, yo encontraré allá abajo, en aquel plantel de rosas entrelazado de mirtos, bastantes cosas que arreglar. Porque si durante todo el día nos ocupamos en la misma tarea sin separarnos un momento uno de otro, interrumpida ésta por sonrisas, miradas, conversaciones causadas por nuevos objetos, no es sorprendente que vaya reduciéndose nuestro trabajo diario, y que a pesar de emprenderlo muy temprano hagamos poco. Entonces llega la hora de tomar nuestro alimento sin que lo hayamos ganado".

Adán le contestó con extremada dulzura:

¡Mi única Eva, mi sola compañera, incomparablemente más querida para mí que todas las criaturas vivientes! Tus ideas son justas y razonables con respecto al modo de cumplir mejor la tarea que nos ha sido designada aquí por el Altísimo. No dejaré de alabarte por ello, porque nada es más amable en la mujer que estudiar los deberes de familia e inclinar a su marido hacia las buenas acciones. Sin embargo, nuestro Señor no nos ha impuesto tan rigurosamente la ley del trabajo, que nos prive del reposo necesario, ya para tomar alimento, ya para nuestros coloquios, ya para ese dulce cambio de miradas y de sonrisas, porque éstas emanan de la razón; negadas al bruto, son el alimento del amor, y el amor no es fin menos noble de la vida humana. Dios no nos ha hecho para un trabajo penoso, sino para el placer, y para el placer unido constantemente a la razón. Nuestras manos juntas no lo dudes, defenderán fácilmente contra la invasión del desierto a esas florestas en toda la extensión que necesitamos para nuestros paseos, hasta que dentro de poco vengan a ayudarnos manos más jóvenes.

Pero si acaso llega a cansarte nuestra incesante conversación, podría consentir en una corta ausencia, porque la soledad es a veces la mejor sociedad y una corta separación excita el deseo del regreso. Me asedia, sin embargo, otra inquietud, temo que te sobrevenga algún daño cuando estés separada de mí, porque debes acordarte de la advertencia que se nos ha dado, sabes que un maligno enemigo, envidioso de nuestra felicidad y desesperado de recobrar la suya, pretende causar nuestra ruina y nuestra miseria, valiéndose de un ataque artificioso; nos acecha sin duda en algún sitio no lejos de aquí, con la ávida esperanza de lograr el objeto de su deseo y su mayor ventaja consistiría en encontrarnos separados, no se atrevería a atacarnos reunidos, porque nos prestaríamos un rápido y mutuo socorro; y ya sea que su principal designio estribe en apartarnos de la fe que debemos a Dios o que intente turbar nuestro amor conyugal, que excita quizá su envidia más bien que toda la dicha de que gozamos, sea, por fin, otra cosa peor, no abandones el fiel costado que te ha dado el ser, que te abriga aún y te protege. La mujer a quien persigue el peligro o acecha el deshonor, siempre está más segura y con mayor decoro al lado de su esposo, que la defiende o soporta con ella todas las desgracias".

Entonces la majestad virginal de Eva, como un persona que ama, pero que se ve importunada por algún rigor, le respondió con aspecto dulce al par que austero:

¡"Hijo del cielo y de la tierra, soberano de la tierra entera! He sabido por ti y por el ángel que tenemos un enemigo que procura nuestra ruina, pues sorprendí las palabras pronunciadas por aquél al marcharse, mientras permanecía algún tanto apartada en esa frondosa arboleda, al regresar aquí, precisamente se cerraban las flores de la noche. Pero que pongas en duda mi constancia para con Dios o para contigo porque tenemos un enemigo que pueda tentarla, eso es lo que no esperaba de oír. Tú no temes la violencia del enemigo, pues siendo, tales como somos, inaccesibles a la muerte o al dolor, no debemos temer una ni otro, y podemos rechazarlos. Solamente con engaños te dan miedo; y de ahí se infiere claramente que temes también ver quebrantados o seducidos por su astucia mi amor y mi felicidad constante. ¿Cómo has podido dar entrada en tu ánimo a semejantes pensamientos, Adán? ¿Es posible que pienses mal de la que te es tan querida?"

Adán le replicó con estas palabras a propósito para tranquilizarla:

"Hija de Dios y del hombre, Eva inmortal, puesto que lo eres por no haberte contaminado aún ni la falta ni el pecado; no es desconfianza hacia ti lo que me obliga a disuadirte de que te apartes de mi lado, sino más bien el deseo de evitar las asechanzas de nuestro enemigo. El tentador, aunque no logre su objetivo, deja las huellas del deshonor en que ha tentado, en el mero hecho de haber supuesto que su fe no era incorruptible, que no resistiría la prueba de la tentación. Tú misma te mostrarías indignada, agraviada por la injuria que se te habría querido inferir por más que hubiera quedado sin efecto. No te enojes, pues, si pretendo desviar semejante afrenta de ti sola, afrenta que, por más audaz que fuese el enemigo, apenas osaría intentar contra los dos a la vez, o si a tanto se atreviera su principal ataque se dirigiría contra mí; no te burles tampoco de su malicia o de su pérfida astucia, pues debe ser muy hábil en sus artificios el que ha podido seducir a los ángeles. Ni tengas por superflua la ayuda de otro.

El influjo que en mi ejercen tus miradas me hace capaz de todas las virtudes; ante tu vista me siento más prudente, más vigilante, más fuerte; y si fuera necesario el empleo de la fuerza exterior, con sólo que me miraras, la vergüenza de verme vencido o engañado animaría mi valor y me comunicaría un vigor irresistible. ¿Por qué no has de sentir en tu interior la misma impresión cuando estoy a tu lado, y no has de preferir ser puesta a prueba estando conmigo, que soy el mejor testigo de tu acrisolada virtud?"

De esta suerte habló Adán, inspirado por su solicitud doméstica y por su amor conyugal; pero Eva, pensando que no daba entero crédito a la sinceridad de su fe, renovó su réplica con sentido acento:

"Si nuestra condición es la de habitar así en un reducido espacio — dijo— estrechados por un enemigo sutil o violento; si ha de abandonarnos la fuerza para resistirle en el momento que nos separemos, ¿cómo hemos de ser felices, puesto que viviríamos siempre agitados por el continuo temor del mal? Pero no, el mal no es el precursor del pecado, y aunque nuestro enemigo al tentarnos, nos infiera una afrenta por el vergonzoso desprecio que hace de nuestra integridad, su mismo desprecio no logrará imprimir el deshonor en nuestra frente sino que recaerá vergonzosamente sobre él.

¿Por qué, pues, hemos de temerle y esquivarle, cuando, por el contrario, alcanzaremos doble honor al dejar burlada su falsa presunción y ganaremos a la vez la paz interior y el favor del Cielo, nuestro testigo? ¿Y qué suponen la felicidad, el amor, la virtud, cuando no se les ha puesto a prueba asiladamente y sin el auxilio de un socorro extraño? No debemos acusar a nuestro sabio Creador de haber dejado tan imperfecto nuestro feliz estado, que no esté al abrigo de todo peligro, bien nos hallemos juntos o separados. Si así fuese, ¡cuán efímera sería nuestra dicha! Expuesta de esta suerte, el Edén dejaría ser Edén".

Adán replicó con ardor:

"¡Oh mujer! Todo se halla aquí en el estado más perfecto, según lo ha dispuesto la voluntad de Dios. Su mano creadora no ha dejado nada defectuoso o incompleto en todo cuanto ha creado, y mucho menos en el hombre o en la que puede asegurar su condición feliz; el hombre está al abrigo de la fuerza exterior; su peligro está en él mismo, pero también reside en él la facultad de rechazarlo. Jamás puede recibir mal alguno contra su voluntad; pero Dios ha dejado libre la voluntad, porque el que obedece a la razón es libre, y Dios ha hecho recta la razón, aunque ordenándole que permanezca siempre vigilante, siempre en pie, no sea que, sorprendida por alguna bella apariencia del bien, aconseje e informe mal a la voluntad para obligarla a hacer lo que Dios tiene expresamente prohibido.

"No es pues, desconfianza, sino un tierno amor lo que me impone el deber de velar por ti, así como a ti el de velar por mí. Aunque firmes, podríamos sucumbir; porque no es imposible que la razón se extravíe por algún especioso pretexto, y que engañada por el enemigo y dejando adormecer la rígida vigilancia que le fue prescrita, caiga al fin en un lazo imprevisto. No provoques, pues, la tentación, que es mejor evitarla, y la evitarás probablemente si no te separas de mí; la prueba llegará sin que la busquemos. ¿Quieres probar tu constancia? Prueba primero tu obediencia. Pero ¿quién conocerá la primera si no has sido tentada? ¿Quién la atestiguará? Sin embargo, si crees que un ataque imprevisto nos hallaría a los dos, aunque unidos, menos preparados a la defensa que si estuvieras sola y avisada, vete; porque no siendo libre aquí tu presencia, te alejaría más de mí: Ve, pues, con tu nativa inocencia, apóyate en toda tu virtud, reúnela por completo, y puesto que Dios ha cumplido su deber con respecto a ti, cumple tuyo con respecto a Él."

Así habló el patriarca del género humano; pero Eva persistió, y aunque sumisa, fue la última en replicar de esta manera:

"Con tu permiso, pues y animada por la sabia y prudente reflexión que me ha dirigido al decirme que cuanto menos intentada fuera la prueba nos encontraría quizá menos preparados, me alejo con mayor gusto. No debo presumir que tan orgulloso enemigo se dirija a la parte más débil; pero si así lo hiciese, sólo conseguiría mayor vergüenza al verse derrocado".

Diciendo así, retira dulcemente su mano de entre las de su esposo y como una ninfa ligera de los bosques, Oréada, o Dríada, o del séquito de la diosa de Delos, vuela a la floresta. Aventajaba a la misma Delia en su porte y en su gracioso aspecto, aunque no estuviera armada como ésta del arco y del carcaj, sino de esos instrumentos propios para el cultivo de las flores y tales como los había formado el arte sencillo aún y sin el auxilio del fuego, o como los habían llevado allí los ángeles. Adornada como Pales o Pomona, se parecía a ellas: a Pomona cuando huía de Vertunio, a Ceres en la flor de su juventud, cuando aún estaba virgen de Proserpina, a quien tuvo de Júpiter. Adán estaba encantado, sus ojos la siguieron por largo rato, dirigiéndole ardientes miradas, pero había preferido mucho más que permaneciera a su lado. Encargóle varias veces que regresara pronto y ella le prometió a su vez, volver al mediodía a su morada, para poner todas las cosas en el mejor orden y para invitar a Adán a la comida del mediodía o al reposo de la tarde.

¡Oh cuán equivocada, cuán engañada vas, infeliz Eva, con respecto a tu próxima vuelta! ¡Oh funesto acontecimiento!... A contar desde este instante no encontrarás ya en el Paraíso ni dulce alimento ni apacible reposo! Entre esas flores y esas enramadas se te ha tendido una infame asechanza; el odio infernal te espera, ese odio que amenaza interceptar tu camino, o hacer que vuelvas despojada de inocencia, de fidelidad, de dicha!...

Desde los primeros albores del día, el Enemigo oculto bajo la apariencia de una serpiente, había salido de su retiro buscando el sitio donde más probablemente pudiera encontrar a los dos únicos seres de la especie humana, y en ellos, a toda su raza, que era su prometida presa. Recorre los sotos y las praderas, en todos los parajes donde algún vergel o alguna parte del jardín, objeto de su cuidados o de sus plantaciones, se muestra más agradable por sus delicias; los busca a los dos, pero desea con preferencia encontrar a Eva separada de Adán; lo deseaba, aunque no con la esperanza de alcanzar lo que tan rara vez sucedía; cuando, según su deseo y contra su esperanza, descubre a Eva sola, velada por una nube de perfumes, medio oculta entre las numerosas y espesas rosas que enrojecían el espacio en torno suyo, e inclinándose frecuentemente para enderezar las flores de un débil tallo, cuya extremidad aunque revestida de los sembrados de oro, pendía sin apoyo; las sujetaba airosamente con un vástago de mirto, sin pensar que ella misma, la flor más bella, carecía de sostén, hallándose tan lejos su mejor apoyo y la tempestad tan próxima.

La serpiente se acercaba a través de las sendas a que daban sombras los elevados cedros, pinos y palmeras, ya ondulante y atrevida, ya oculta, ya dejándose ver por entre los arbustos enlazados y las flores que formaban orladura por ambos lados, obra de las manos de Eva; retiro más delicioso que los fabulosos jardines de Adonis resucitado; o del famoso Alcinoo, el huésped del hijo del viejo Alertes, y mucho más aún que aquel jardín no creado por la Fábula, en que el sabio Rey cambiaba tan dulces caricias con la bella egipcia su esposa.

Satanás queda admirado al ver aquel sitio, pero más admiración le causa la persona de Eva. Así como un hombre encerrado durante largo tiempo en una ciudad populosa, cuyas apiñadas casas y cuyas cloacas corrompen el aire, al salir en una mañana de estío a respirar el aire puro por las risueñas aldeas y las granjas circunvecinas, encuentra una nuevo placer en todas las cosas que se ofrecen a su vista, recreándole el olor de los trigos o de la hierba segada, el de las vacas o el de las lecherías, cada objeto rústico, cada ruido campestre, y sí por ventura llega a pasar una hermosa doncella de continente de ninfa, lo que antes agradaba a aquel hombre, le agrada ahora doblemente a causa de ella, por encontrar todas las delicias reunidas en sus ojos; así la serpiente sentía un placer semejante al ver aquel plantel florido, dulce retiro de Eva, tan madrugadora, tan solitaria. Su forma angélica y suave y más femenil, su graciosa inocencia, todo el atractivo de sus actitudes, de sus menores movimientos, intimidan la malicia de Satanás, y causándole un dulce arrobamiento, despojan a su violencia del fiero intento que allí le había conducido. El príncipe del mal se ve un momento alejado por su éxtasis fuera del mal; en este corto intervalo experimenta tan sólo una bondad estúpida, pues queda desarmado de enemistad, de picardía, de odio, envidia y venganza. Pero el abrasador infierno, que arde siempre en él aun estando en un semicielo, pone breve término a sus delicias y le tortura tanto más cuanto más cerca ve el placer que no le está destinado. Entonces recobra todo su odio y acariciando sus desastrosos pensamientos, se anima de esta suerte:

"Pensamientos, ¿adónde me habéis conducido? ¿Qué dulce emoción me cautiva obligándome a olvidar el proyecto que nos trajo aquí? El odio es lo que traigo y no el amor, ni la esperanza de alcanzar el Paraíso para el infierno, ni la de gustar aquí algún placer, sino la de destruirlos todos, excepto el que se siente destruyendo; todo lo demás está perdido para mí. No dejemos pues, escapar la ocasión que me sonríe ahora; he aquí la mujer, sola, expuesta a todos los ataques; que lo distinguen todo a gran distancia, no le descubren, así es mejor, pues evito su inteligencia más elevada y su fuerza; dotado de un valor altivo y de miembros heroicos, aunque construidos de tierra, no es un enemigo despreciable; él está exento de heridas, y yo no: ¡tanto es lo que me ha degradado el infierno, tanto es lo que el dolor me ha hecho decaer de mi primitiva alcurnia! Eva es bella, divinamente hermosa, hecha para el amor de los dioses; no tiene nada de terrible, aunque sean temibles el amor y la belleza, cuando ésta no tiene junto a sí un odio más fuerte; odio tanto más implacable cuanto mejor disfrazado está bajo la apariencia del amor; y ése es el camino que intento seguir para causar la ruina de Eva".

Así habló el enemigo del género humano, huésped maligno de la serpiente, en la que se había encerrado y continuó su marcha en dirección a Eva. No se arrastraba entonces sobre la tierra en odas desiguales como lo hace hoy, sino que se erguía sobre su parte posterior, base circular formada de repliegues superpuestos, que subían en forma de torre, acumulando contornos sobre contornos, cual laberinto creciente; coronaba su elevada cabeza una orgullosa cresta; sus ojos eran carbunclos; su cuello era de un verde oro bruñido, se mantenía erguida en medio de sus redondas espirales, que ondulaban flotantes sobre el césped. Su forma era agradable y vistosa; jamás se han visto después serpientes tan hermosas, ni la en que fueron convertidos en Iliria Hermione y Cadmo, ni la que fue el dios de Epidauro ni la en que se vieron transformados Júpiter Amón y Júpiter Capitolino, el primero con Olimpias, el segundo con la que dio a luz a Escipión, el esplendor de Roma.

Recorrió su camino oblicuamente, como el que quiere acercarse a una persona y teme molestarla; semejante al buque gobernado por un hábil piloto a la desembocadura de un río o cerca de un cabo, que vira de bordo y cambia sus velas tantas veces cuantas se muda el viento; del mismo modo cariaba Satanás sus movimientos, formando en presencia de Eva caprichosos anillos con la cola para atraerse sus miradas.

Eva, enteramente dedicada a su trabajo, oyó el ruido que producían las hojas agitadas, pero no le prestó atención alguna, porque estaba acostumbrada a ver solazarse en el campo y ante ella a todos los animales más sumisos a sus voz de lo que fue a la voz de Circe el rebaño metamorfoseado.

Más atrevida entonces, la serpiente se presenta ante Eva sin ser llamada, pero queda como inmóvil de admiración. De un modo cariñoso inclina frecuentemente su soberbia cresta y sus cuello esmaltado y brillante, lamiendo la tierra que Eva ha hollado con sus plantas. Su muda al par que gentil expresión hace por último que las miradas de aquélla se fijen en sus evoluciones. Gozoso Satanás por haberle llamado la atención, con la lengua orgánica de la serpiente o por medio de la impulsión del aire vocal empezó su astuta tentación de esta suerte:

"No te maravilles, soberana señora, si es que a ti, que eres la sola maravilla, puede algo causártela, ni revistas de desprecio tus miradas, cielo de dulzura, mostrándote irritada porque me atreva a acercarme a ti y a contemplarte insaciable, sin temor hacia tu imponente aspecto, mucho más imponente cuando te hallas sola. ¡Oh tú, la más bella semejanza de tu hermoso Creador! Todas las cosas que te pertenecen como un don, contemplan extasiadas y adoran tu celestial belleza. Cuanto más universalmente admirada es la belleza, mayor estimación alcanza, pero aquí en este recinto silvestre, entre estos animales, groseros espectadores, incapaces de distinguir la mitad de tu hermosura, ¿quién te ve a excepción de un hombre? ¿Y qué supone un solo admirador cuando se te debiera ver como una diosa entre los dioses, adorada y servida por una corte diaria de innumerables ángeles?

Tales eran las lisonjas del tentador, tal fue el tono de su preludio, sus palabras se abrieron paso hasta el corazón de Eva, aunque quedara sumamente sorprendida al oir la voz de la serpiente; así que, sin cesar su sorpresa le respondió de este modo:

"¿Qué oigo? ¿El lenguaje del hombre, el pensamiento humano, expresado por la lengua de un bruto! Yo estaba en la creencia de que no se había concedido la palabra a los animales y de que Dios los había hecho mudos el día de su creación, impidiéndoles la articulación de los sonidos. Bien, es verdad que en cuanto al pensamiento tenía mis dudas, porque a menudo, se perciben destellos de razón en las miradas y en las acciones de las bestias. A ti, serpiente te conocía como el más sutil de los animales de los campos, pero ignoraba que estuvieses dotada de la voz humana. Repite, pues, ese milagro, y dime cómo es qué, siendo antes muda, hablas ahora y en qué consiste que me demuestres más afección que el resto de la especie irracional que se ofrece diariamente a mi vida. Dímelo, porque semejante maravilla llama, como es natural, toda mi atención".

El astuto tentador replicó de esta suerte:

"¡Emperatriz de este hermoso mundo! ¡Eva resplandeciente! Me es sumamente fácil decirte cuanto me ordenas, justo es también que seas obedecida.

En un principio era yo como las demás bestias que pacen la hierba hollada con sus pies; mis pensamientos eran abyectos y tan bajos como mi pasto; únicamente podía discernir el alimento y el sexo, y no comprendía nada que fuera elevado; hasta que un día vagando a la ventura por el campo, descubrí a los lejos un hermoso árbol cargado de frutas matizadas de los más bellos colores de púrpura y oro. Me acerqué a él para contemplarle y noté que sus ramas despedían un olor excitante y agradable al apetito; este olor halagó mis sentidos mucho más que el que despide el dulce hinojo, más que la ubre de la oveja o de la cabra, que deja escapar por la noche la leche no mamada por el cordero o por el cabrito ocupados en sus juegos.

Resolví satisfacer en el mismo instante el vivo deseo que sentía de probar aquellas hermosas manzanas; el hambre y la sed, persuasivas consejeras, aguijoneadas por el olor de tan seductora fruta, me impulsaban vivamente a ello. Inmediatamente me levanto y enrosco mis anillos en el musgoso tronco de aquel árbol, porque para llegar a las ramas sería necesaria tu gallarda estatura o la de Adán; en torno del árbol estaban los demás animales, contemplándome y excitados por el mismo deseo, me envidiaban porque no podían alcanzar la fruta. Cuando conseguí tan próxima y tentadora la abundancia, no me descuidé en coger y comer hasta la saciedad, porque jamás había experimentado un placer semejante, ni en el pasto, ni en la fuente.

Satisfecha al fin, no tardé en observar en mi un cambio extraño con respecto al grado de razón de mis facultades interiores; en breve obtuve la facultad de hablar, aunque conservaba mi forma acostumbrada. Desde aquel momento, mis pensamientos se fijaron en reflexiones profundas o elevadas y consideré con grandeza de ánimo todas las cosas visibles en el cielo, en la tierra, o en el aire; todas las cosas buenas y bellas. Pero en tu divina imagen, en el rayo celestial de tu belleza encuentro reunido todo lo bello y lo bueno, pues no existe hermosura que pueda igualar o secundar a la tuya; y ello me ha obligado, aunque quizá pecando de importuna, a venir a contemplarte, a adorarte, ¡a ti, que por derecho eres reconocida como la soberana de las criaturas, como señora universal!"

Así habló el artificioso espíritu oculto en el reptil, y Eva, todavía más sorprendida, le replicó imprudentemente:

"Serpiente, tus desmedidas alabanzas me hacen dudar de la virtud de esa fruta que has sido la primera en experimentar. Pero dime: ¿dónde crece ese árbol? ¿está lejos de aquí? Dios ha llenado este Edén de árboles, cuyas especies son tan variadas y tan numerosas, que muchos de ellos no son todavía desconocidos; en tanta abundancia se ofrecen a nuestra vista, que dejamos intacto un gran tesoro de frutos, que permanecerán suspendidos e incorruptibles hasta que nazcan hombres para cogerlos y más numerosas manos nos ayuden a aliviar a la Naturaleza de su prodigiosa fecundidad."

La insidiosa culebra, gozosa y satisfecha contestó:

"Emperatriz el camino no es penoso ni largo. Está más allá de una alameda de mirtos, en un prado, cerca de una fuente, y después de haber atravesado un bosquecillo que exhala el perfume de la mirra, y del bálsamo. Si me aceptas por guía, te conduciré pronto hasta él".

— Guíame, pues —dijo Eva.

La serpiente enrolla con presteza sus anillas, la rapidez de su sinuosa carrera la hacía parecer erguida; tan dispuesta estaba para el crimen. La esperanza la eleva y el júbilo ilumina su cresta. Semejante a un fuego fatuo formado de un vapor untuoso que, condensándose por la noche y rodeado de frío, se inflama por efecto del movimiento, cuyo fuego suele ir acompañado, según dicen, de algún espíritu maligno, y que, revoloteando y reluciendo con fulgor engañoso, atrae al viajero nocturno, le alucina, le extravía a través de los pantanos y de los bosques le conduce hacia los lagos y los profundos abismos, en donde, alejado de todo socorro, se precipita y parece sepultado; así brillaba la pérfida serpiente mientras iba guiando a nuestra crédula madre hacia el árbol prohibido, origen de todas nuestras desgracias. En cuanto Eva lo vió, dijo a su guía:

"Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos esta marcha infructuosa para mí, por que sean abundantes los frutos de este árbol. El beneficio de su virtud será sólo para ti, verdad maravillosa, en verdad, si tales efectos produce. Pero nosotros ni podemos tocar a ese árbol ni probar su fruto; así lo ha dispuesto Dios y esta prohibición que nos ha dejado es la única que ha salido de su boca; en cuanto a lo demás, nosotros vivimos con arreglo a nuestra ley y esta ley consiste en nuestra razón".

El tentador, lleno de dolo, replicó:

— ¿Será cierto? ¿Conque Dios ha dicho que no habéis de comer del fruto de todos los árboles de este jardín, a pesar de haberos declarado señores de todo cuanto hay en la tierra y en el aire?

Eva contestó inocentemente:

— Podemos comer del fruto de cada árbol de este jardín, pero al mostrarnos el de ese hermoso árbol, Dios nos dijo: "No comeréis de él, no le habéis de tocar, o, de contrario, moriréis".

Apenas pronunció Eva estas breves palabras, cuando el tentador, redoblando su audacia y mostrándose lleno de celo y de amor hacia el hombre y des indignación por el ultraje que se le infería, empezó a representar un nuevo papel. Como si estuviera movido a compasión, se balancea turbado, aunque con gracia, y se asienta erguido sobre sus anillas, como si se dispusiera a trata algún asunto importante. Antiguamente, cuando en Atenas florecía la elocuencia, que enmudeció después, al presentarse un orador famoso, encargado de alguna gran causa, permanecía en pie, como recogido en sí mismo, mientras que cada parte de su cuerpo, cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos, atraía la atención antes que su palabra, y a veces daba principio a su discurso con entereza, no permitiéndole su celo por la justicia la lentitud de un exordio; del mismo modo, el tentador, fijo, agitándose, irguiéndose altanero, prorrumpió, al fin, con acento apasionado:

"¡Oh planta sagrada sabia y dispensadora de sabiduría, madre de la ciencia! Yo siento ahora dentro de mí tu poder que me ilumina y no sólo me da a conocer las causas primitivas de las cosas, sino también me descubre las miras de los agentes supremos, tenidos por sabios. ¡Reina del universo!, no creas en esas rigorosas amenazas de muerte; no moriréis, no. ¿Cómo podríais morir? ¿Por causa de ese fruto? El os dará la vida de la ciencia. ¿Por el autor de la amenaza? Miradme a mí; a mí, que he tocado y gustado y, sin embargo, vivo y hasta he conseguido una vida más perfecta que la que me había destinado la suerte, atreviéndome a elevarme sobre mi condición. ¿Estará cerrado al hombre el camino abierto a todos los animales? ¿Se inflamará la cólera de Dios por tan leve ofensa? ¿No alabará más bien vuestro indomable valor que ante la amenaza de la muerte, consista ésta en lo que quiera, no ha vacilado en llevar a cabo lo que podía conducir a una vida más dichosa, al conocimiento del bien y del mal? ¡Del bien! ¿Qué cosa más justa? Del mal, ¡ah! si es que existe, ¿por qué no conocerlo, pues así se le podría evitar más fácilmente? Dios no puede herirnos y ser justo al mismo tiempo; si no es justo, no es Dios; y entonces no debe temérsele ni obedecérsele. Vuestro mismo temor aleja el temor de la muerte.

Mas, ¿para qué os había de imponer tal prohibición? ¿Para qué, sino para amedrentaros? ¿Para qué, sino para teneros sumidos en la abyección y en la ignorancia, a vosotros, sus adoradores? Él sabe que el día en que comáis del fruto, vuestros ojos que ahora parecen tan claros y que, no obstante, están turbados, quedarán perfectamente abiertos e iluminados, y seréis como dioses, conociendo a la vez como éstos el bien y el mal. Que vosotros seáis cual dioses, así como yo soy cuál un hombre interiormente, es una proporción muy justa; porque si yo, de bruto me he convertido en hombre, vosotros de hombres, debéis convertiros en dioses.

Así pues, quizá muráis al despojaros de vuestra humanidad para revestiros de la divinidad; pero será una muerte apetecible, por más que haya sido anunciada con amenazas, puesto que es es lo peor que puede suceder. Y ¿qué son los dioses para que el hombre no pueda llegar a ser lo que ellos haciendo uso de una manjar divino? Los dioses fueron los primeros que existieron, y se prevalen de esta ventaja para hacernos creer que todo procede ellos, pero lo dudo; porque al paso que veo esta hermosa tierra, que con el calor de los rayos del sol produce tantas cosas, ellos no producen nada. Si lo producen todo, ¿quién ha encerrado la ciencia del bien y del mal en ese árbol, de tal suerte que el que come de su fruto adquiere al momento la sabiduría sin su permiso? ¿Cuál sería la ofensa del hombre por alcanzar ese conocimiento? ¿En qué podría perjudicar a Dios vuestra ciencia, o qué es lo que este árbol podría comunicar contra su voluntad, si todo procede de Él? ¿Obrará, acaso movido por la envidia? ¿Puede habitar ésta en los corazones celestiales? Estas razones, estas y otras muchas, prueban la necesidad que tenéis de ese hermoso fruto. Divinidad humana, coge y gusta libremente."

Dijo; y sus palabras henchidas de malicia, encontraron una entrada demasiado fácil en el corazón de Eva. Con los ojos fijos contemplaba aquel fruto, cuyo solo aspecto era incitante; en sus oídos resonaba aún el eco de aquellas palabras persuasivas, que le parecían llenas de razón y de verdad. Además, era ya cerca de mediodía y se despertaba en Eva un ardiente apetito, que estimulaba, aún más el olor tan sabroso de aquel fruto, inclinada como estaba ya a cogerle y probarlo, fijaba en él con ansia sus ávidas miradas. Sin embargo se detiene un momento y hace interiormente estas reflexiones:

"Grandes son tus virtudes, sin duda, ¡oh, el mejor de los frutos! Por más que estés vedado al hombre, eres digno de admiración, tú, cuyo jugo, harto tiempo despreciado, ha concedido desde el primer ensayo la palabra al mudo y ha enseñado a una lengua incapaz de discurrir a proclamar tu mérito. El que nos ha vedado tu uso no nos ha ocultado tampoco este mismo mérito al llamarte el árbol de la ciencia, ciencia a un tiempo del bien y del mal; es cierto que nos ha prohibido probarte, pero su misma prohibición te hace más recomendable, porque ella se deduce el bien que comunicas y la necesidad que de él tenemos. El bien que no se conoce no se posee, o sí se posee, como continúe desconocido, es lo mismo que no si no existiera.

En resumen ¿qué es lo que nos prohíbe conocer? ¿nos prohíbe el bien, nos prohíbe ser sabios?...Semejantes prohibiciones no deben ligarnos... Pero si la muerte nos rodea con las últimas cadenas, ¿de qué nos servirá nuestra libertad interior? El día en que lleguemos a comer de ese hermoso fruto moriremos; tal es nuestra sentencia... ¿Ha muerto por ventura la serpiente? Ha comido, y vive y conoce y habla y raciocina y discierne, cuando hasta aquí era irracional. ¿No habrá sido inventada la muerte más que para nosotros solos? ...¿O será que ese alimento intelectual que se nos niega está reservado solamente a las bestias? Pero el único animal que ha sido el primero en probarlo, en lugar de mostrarse avaro de él, comunica con gozo el bien que le ha cabido, cual consejero no sospechoso, amigo de hombre e incapaz de toda decepción y de todo artificio. ¿Qué es, pues, lo que temo? ¿Acaso sé lo que debo hacer en la ignorancia en que me encuentro del bien y del mal, de Dios o de la muerte de la ley o del castigo? Aquí crece el remedio de todo; ese fruto divino, de aspecto agradable, que halaga el apetito y cuya virtud comunica la sabiduría. ¿Quién me impide, pues, que lo coja y alimente a la vez el cuerpo y el alma?

Esto diciendo, su mano temeraria se extiende en hora infausta hacia el fruto, ¡lo arranca y come! La tierra se sintió herida; la Naturaleza conmovida hasta en sus cimientos, gime a través de todas sus obras y anuncia por medio de señales de desgracia que todo estaba perdido.

La culpable serpiente se oculta en una maleza y bien pudo hacerlo, porque Eva, embebecida completamente en la fruta no miraba otra cosa. Le parecía que hasta entonces no había probado nada tan delicioso, ya porque su sabor fuera realmente así, o porque se lo imagina en su halagüeña esperanza de un ciencia sublime; su divinidad no se apartaba de su pensamiento. Ávidamente y sin reserva devoraba la fruta, ignorando que tragaba la muerte. Satisfecha, al fin, exaltada cual si lo fuera por el vino, alegre y juguetona, plenamente satisfecha de sí misma habló de esta suerte:

"¡Oh rey de todos los árboles del Paraíso, árbol virtuoso, precioso, cuya bendita operación es la sabiduría! Árbol ignorado hasta aquí, despreciado, y cuyo hermoso fruto permanecía pendiente, como si no hubiera sido creado con ningún objeto! De hoy más, mis cuidados matutinos serán para ti; vendré a verte cada aurora, no sin hacer resonar en mis cantos tus justas alabanzas; aliviaré tus ramas del fértil peso que ofreces liberalmente a todos, hasta que, nutrida por ti, llegue a la madurez de la ciencia, como los dioses, que saben todas las cosas, aunque envidien a los demás lo que no les es dado concederles; si ellos hubieran sido el origen de los dones que tú dispensas de seguro que no crecerías aquí.

¡Qué no te debo oh experiencia, guía inmejorable! De no haberte seguido, hubiera continuado sumida en la ignorancia, tú abres el camino de la sabiduría, y tú le das libre acceso a pesar del secreto en que se oculta.

Y yo ¿permaneceré también oculta? El cielo es alto, alto, y está muy remoto para ver desde distintamente cada cosa sobre la tierra; otros cuidados más importantes pueden haber distraído, quizá la continua vigilancia de nuestro Ordenador, tranquilo en medio de todos los espías que le rodean... pero ¿cómo me presentaré ante Adán? ¿le comunicaré mi cambio? ¿le haré o no partícipe de mi felicidad? ¿guardaré para mí todas las ventajas de la ciencia, sin compartirlas, a fin de la mujer adquiera lo que le falta para lograr mayor amor por parte de Adán, para igualarme más a él y, lo que sería de desear, superior quizá? Porque, siendo inferior, ¿quién es libre? Todo esto bien puede ser... Pero ¿y si Dios me ha visto? ¿Y si a esto siguiera la muerte? Entonces yo no existiría y Adán, casado con otra Eva, viviría feliz con ella después de mi muerte. ¡Sólo pensarlo es morir! No hay que dudarlo, estoy resuelta, Adán compartirá conmigo la felicidad o la desgracia. Le amo tan tiernamente, que con él puedo sufrir todas las muertes; vivir sin él no es vivir"—

Diciendo así, se apartó del árbol, pero antes de alejarse de él le hizo una reverencia profunda como si fuera dirigida al poder que lo habitaba y cuya presencia infundiera en la planta una savia de ciencia destilada del néctar, la bebida de os dioses.

Entre tanto, Adán, que esperaba impaciente su regreso había entretejido una guirnalda de las flores más delicadas para adornar su cabellera y premiar sus trabajos campestres, como suelen hacerlo muchas veces los segadores para coronar a la reina de la siega. Prometíase en su imaginación un vivo gozo, un dulce consuelo en su regreso, por tanto tiempo diferido. Sin embargo, a veces, desfallecía su corazón con desiguales latidos, presintiendo alguna cosa funesta; por fin, va en busca de Eva y se adelante por el camino que aquélla había seguido por la mañana en el momento en que se separaron.

Adán debía pasar cerca del árbol de la ciencia y encontró a Eva, que acababa de separarse de él, llevando en la mano una rama recientemente cogida de la hermosa fruta, cubierta de aterciopelado vello, que exhalaba el olor de la ambrosía. Al divisar a Adán corrió hacia él, la disculpa que se leía en su semblante fue el prólogo de su discurso y su demasiado pronta apología, le dirigió cariñosas palabra, siempre dispuestas en su voluntad.

"¿No te ha causado extrañeza mi demora, Adán? ¡Cuánto te he echado de menos, y cuán largo me ha parecido el tiempo privada de tu presencia! Agonía de amor, no sentida hasta el presente, y que no volveré a sentir, porque nunca más tendré la idea que hoy, temeraria e inexperta, he tenido de probar la pena de la ausencia, lejos de tu vista. Mas la causa de mi retraso es extraña y digna de ser oída.

Ese árbol no es, como se nos ha dicho, un árbol cuyo fruto peligroso abre una senda de males desconocidos al que lo gusta, sino que, por el contrario, su efecto es divino: abre los ojos y transforma en dioses a los que lo prueban, como se ha patentizado. La sagaz serpiente, no estaba sometida a la misma restricción que nosotros, o desobedeciéndola ha comido de ese fruto y no ha encontrado la muerte con que se nos ha amenazado, sino que desde aquel momento, dotada de voz humana, de sentidos humanos y de un admirable raciocinio, ha sabido persuadirme de tal modo, que he gustado y he visto también que sus efectos respondían a lo que era de esperar: mis ojos, antes turbados, están ahora más abiertos, mi espíritu más despejado; más amplio mi corazón, me elevo a la divinidad, que he buscado principalmente por ti, por que sin ti la desprecio, pues la felicidad en que tú tienes parte es para mí la verdadera felicidad; dicha de que no gozas conmigo me es enojosa e insufrible en breve. Prueba, pues, este fruto, a fin de que estemos unidos por igual suerte, como por un mismo amor; porque temo que, si te abstienes de gustarlo, nos separe nuestra condición desigual y me vea obligada a renunciar por ti a la divinidad demasiado tarde y cuando la suerte ya no lo permita".

De este modo refirió Eva su historia, con animación creciente, pero con rubor y un desorden que iban subiendo y enrojeciendo sus mejillas. Por su parte, Adán, en cuanto tuvo conocimiento de la fatal desobediencia de Eva, palideció sobrecogido y confuso, mientras un horror glacial circulaba por sus venas y descoyuntaba todos sus huesos. Cayó de su desfallecida mano la guirnalda que había entretejido para Eva, y se dispersaron sus rosas marchitas; permaneció lívido y sin voz, hasta que, por último rompió el silencio interior, dirigiéndose a sí mismo la palabra:

"¡Oh, ser el más bello de la Creación, la última y la mejor de todas las obras de Dios, criatura en quien descollaba, para encantar la vista y el pensamiento, todo cuanto ha sido formado santo, divino, bueno, amable y dulce! ¿Cómo te has perdido? ¿Cómo te has quedado tan pronto decaída, marchita, deshonrada, entregada a la muerte? ¿Cómo has cedido a la tentación de quebrantar el estricto mandato, de violar el sagrado fruto prohibido? Algún maldito ardid, fraguado por un enemigo desconocido para ti, te ha hecho caer y a mí me ha perdido también, porque mi resolución es la de morir contigo. ¿Cómo podría yo vivir sin ti? ¿Cómo renunciar a tu dulce compañía y a nuestro amor, tan tiernamente unido, para sobrevivir abandonado en estos bosques salvajes? Aunque Dios creara una nueva Eva y yo proporcionase otra costilla mi corazón lamentaría eternamente tu pérdida. ¡No, no! Los vínculos de la Naturaleza me atraen hacia ti, tú eres carne de mi carne, hueso de mis huesos, mi suerte no se separará de la tuya, ya sea feliz o miserable".

Después de hablar así, como quien sale de un profundo estupor, y calmando sus agitados pensamientos, se conforma con lo que parece irremediable; volviéndose hacia Eva le dijo estas palabras con sosegado acento:

"¡Qué acción tan audaz has cometido, temeraria Eva! Has provocado un gran peligro, no sólo atreviéndote a codiciar con la vista ese fruto sagrado, objeto de santa abstinencia, sino también lo que es mayor atrevimiento, probándolo, a pesar de la prohibición de tocarlo. Pero ¿quién puede revocar lo pasado y deshacer lo hecho? Nadie, ni el Destino, ni el mismo Dios omnipotente. Sin embargo, quizá no mueras; quizá no sea tan punible tu acción, habiendo sido gustado y profanado aquel fruto por la serpiente, que lo ha convertido en un fruto común, privado de santidad, antes de que nosotros hayamos llegado a tocarlo. La serpiente no ha notado ningún efecto mortal; la serpiente vive todavía; vive, según dices y se ha visto exaltada a la vida human, grado mucho mayor que el que tenía. ¡Poderosa inducción para nosotros de que, al gustar ese fruto, alcanzaremos igualmente una elevación proporcionada, que no se puede ser otra que la de llegar a ser dioses, ángeles o semidioses!

No puedo creer que, aunque nos amenace Dios, el sabio Creador quiera efectivamente destruirnos a nosotros, sus primeras criaturas, cuya dignidad ha encumbrado tanto, colocándonos por encima de todas sus obras; las cuales, creadas para nosotros, deben caer necesariamente envueltas en nuestra ruina, pues fueron puestas bajo nuestra dependencia. De otra suerte, Dios, de creador se convertiría en destructor, veríase frustrado su designio, haría y desharía y perdería su trabajo; todo lo cual no podría concebirse en Dios, pues si bien su omnipotencia puede hacer una nueva Creación, le repugnaría sin embargo, destruirnos, a fin de que el Adversario no triunfara y dijera: "Deleznable es, por cierto, el estado de los más favorecidos por Dios... ¿Quién será el que consiga su agrado durante mucho tiempo? Ha causado mi ruina primeramente; después, la de la especie humana. ¿A quién le tocará ahora? " Motivo de mofa que no debe darse a un enemigo. Sea lo que quiera, he ligado mi suerte a la tuya y estoy resuelto a arrostrar la misma sentencia. Si la muerte me une a ti, la muerte es para mí como la vida; tan indisoluble siento en mi corazón el lazo de la naturaleza, que me atrae poderosamente hacia mi propio bien, hacia mi propio bien en ti; porque lo que tú eres me pertenece; nuestro estado no puede separarse, los dos no formamos más que uno, una misma carne; perderte es perderme yo mismo".

Así habló Adán y Eva le replicó de esta suerte:

"¡Oh prueba gloriosa de un excesivo amor! ¡Ilustre testimonio, noble ejemplo, que me obliga a imitarlo! Pero tan apartada de tu perfección, ¡Oh Adán! ¿cómo podría conseguirlo yo, que me vanaglorio de haber salido de tu precioso costado y que te oigo hablar gozoso de nuestra unión, de un solo corazón, de una sola alma entre ambos? Este día nos ofrece una buena prueba de esa unión, pues que declaras que antes que la muerte u otra cosa más terrible separe, unidos como estamos por tan tierno amor, estás resuelto a cometer conmigo la falta, el crimen, si es que en esto lo hay, de probar este hermoso fruto, cuya virtud ha proporcionado tan dichosa prueba a tu amor, que sin esto quizá no se hubiera manifestado nunca ten eminentemente.

Si pudiera creer que la muerte anunciada debería seguir a mi temeraria tentativa, soportaría yo sola el peor destino y no procuraría disuadirte; antes preferiría morir abandonada que obligarte a una acción funesta para tu reposo, sobre todo después de haberme asegurado de un modo tan notable de la verdad de tu amor, tan fiel, tan sin par. Mas espero diferentes efectos de este suceso; no, no es la muerte lo que siento en mí, sino la vida aumentada, la vista mas penetrante, nuevas esperanzas, nuevos goces, un sabor tan divino, que todas las dulzuras que antes halagaban mis sentidos me parecen ahora, comparadas con él, ásperas e insípidas. En vista de lo que experimento, puedes gustar libremente, Adán y dar al viento el temor de la muerte".

Diciendo esto, le abraza y llora de ternura. Su victoria era grande, pues había conseguido que Adán ennobleciera su amor hasta el punto de arrostrar por ella el desagrado divino o la muerte. En recompensa le entrega con mano generosa el fruto incitante y bello que pendía de la rama. Adán no tuvo ningún escrúpulo en comer, a pesar de lo que sabía, no fue engañado, sino locamente vencido por el encanto de una mujer.

La tierra tembló hasta en sus entrañas, como si se renovasen sus tormentos y la Naturaleza lanzó un segundo gemido. El cielo se oscureció, dejó oír un trueno sordo y derramó algunas tristes lágrimas cuando se consumó el mortal pecado original.

Adán no reparó en ello, ocupado enteramente en saciarse de aquella fruta. Eva no tuvo inconveniente en reiterar su primera trasgresión a fin de animar a su esposo con su dulce compañía. Ambos nadaban entonces en el placer, como si estuvieran embriagados con un vino nuevo; imagínanse sentir en sí mismos los efectos de la divinidad, que les presta alas para elevarse lejos de la tierra que desdeñan. Pero aquel fruto pérfido ejerció diferente influjo, encendiendo en ellos pro primera vez el apetito carnal. Adán empezó a dirigir a Eva miradas lascivas; Eva se las devolvió impregnadas de voluptuosidad; la concupiscente lujuria los envolvió a ambos en su llama. Adán excitó a Eva de esta suerte a las amorosas caricias:

— "Ahora conozco Eva, la exquisita delicadeza de tu gusto, que no es la parte menos excelente de la sabiduría; pues a cada uno de nuestros pensamientos le aplicamos la palabra sabor y llamamos juicioso a nuestro paladar; te felicito por ella, porque nada iguala a los deliciosos manjares que me has dado a conocer hoy. ¡Cuántos y cuán grandes placeres hemos perdido durante nuestra abstinencia de este fruto delicado! Hasta ahora no habíamos conocido el verdadero gusto. Si tal es el placer que proporcionan las cosas prohibidas, sería de desear que en vez de un árbol, se nos hubiesen prohibido diez. Pero ven, y ya que estamos tan bien alimentados solacémonos como conviene después de tan delicioso refrigerio; porque nunca, desde el día en que te vi por primera vez y en que me desposé contigo, colmada todas las perfecciones, nunca excitó tu belleza en mis sentidos tanto deseo de gozarla; ahora estás más encantadora que nunca. ¡Oh bondad de ese árbol lleno de virtud!"

Mientras pronunciaba estas palabras, no escaseó sus miradas, ni sus caricias, que revelaban su intención amorosa. Eva, cuyos ojos despedían llamas contagiosas, le comprendió. Adán tomó su mano y condujo a su esposa que no opuso ninguna resistencia, hacia un muelle césped, cubierto y sombreado por una bóveda de espejo follaje. Su lecho era de flores, pensamientos, violetas, jacintos y asfódelos; el más fresco y suave tapiz de la tierra. Allí se hartaron de amor y de amorosos deportes, timbre de su mutuo crimen, consuelo de su pecado, hasta que el rocío del sueño se posó sobre ellos, cansados ya de sus voluptuosos placeres.

Tan luego como se hubo disipado la virtud de aquel fruto falaz, cuyo embriagador y dulce perfume, apoderándose de sus espíritus había hecho divagar sus facultades internas, y en cuanto los abandonó el sopor más grosero, producido por malignos vapores y atestados de ensueños rememorativos, se levantaron como si despertaran de una profunda pesadilla, y se miraron mutuamente. ¡Pronto conocieron cuán abiertos estaban sus ojos y cuán oscurecidas sus almas! La inocencia que les había ocultado como un velo el conocimiento del mal, había desaparecido. La justa confianza, la rectitud natural y el honor no existían ya en torno suyo, y los habían entregado desnudos a la vergüenza, culpable hija del crimen; ésta los cubrió con su manto, pero en vez de conseguirlo, los descubría más aún. Así como el fuerte Danita, el hercúleo Sansón se levantó del regazo prostituído de Dalila, la filistea y despertó privado de su fuerza, Adán y Eva se despertaron desnudos y despojados de sus virtudes. Silenciosos y confusos, estuvieron contemplándose por largo tiempo, sentados frente a frente, hasta que Adán, menos avergonzado que su compañera dio libre curso a estas entrecortadas palabras:

"¡Oh Eva! En hora desgraciada diste oídos a ese engañoso reptil, de quien quiera que haya aprendido a fingir la voz humana, ha dicho la verdad al anunciarnos nuestro cambio, pero ha mentido al prometernos nuestra elevación; pues, en efecto se han abierto nuestros ojos y conocemos a la vez el bien y el mal. ¡El bien perdido y el mal ganado! ¡Triste fruto el de la ciencia, si la ciencia consiste en conocer lo que nos revela nuestra desnudez, demostrándonos que estamos privados de honor, de inocencia, de fe, de pureza, nuestros usuales adornos, ahora manchados y corrompidos, y lo que imprime a nuestros rostros las señales evidentes de una infame voluptuosidad, origen de todos los males y de la vergüenza, el último de ellos! Ten por segura la pérdida del bien... ¿Cómo podré contemplar en adelante la faz de Dios o de su ángel, que hasta había visto tantas veces con júbilo y arrobamiento? Esas formas celestiales deslumbrarán ahora mi sustancia terrestre con sus rayos de un brillo insoportable. ¡Ah, ojalá pudiera ocultar mi vida salvaje aquí, en la soledad, en el fondo de algún oscuro retiro, donde la inmensa altura de los árboles, impenetrables a los rayos del sol y de los astros, desplegaran su vasta sombra, oscura como la noche! ¡Cubridme, pinos! ¡Cedros, cubridme con vuestras innumerables ramas. Ocultadme donde no pueda ver jamás a Dios ni a su ángel! Pero en el estado deplorable en que nos hallamos debemos deliberar sobre el mejor medio de ocultarnos ahora el uno al otro lo que parece más sujeto a la vergüenza y más indecente a la vista. Las hojas anchas y flexibles de algún árbol, unidas entre sí y ceñidas alrededor de nuestros lomos, pueden cubrir en redondo las partes medias, a fin de que la vergüenza nuestra nueva compañera, no se fije y nos acuse de impureza".

Tal fue el consejo de Adán y ambos se internaron en la espesura de los bosques, donde fijaron su elección en la higuera; no en el árbol, que es hoy conocido entre nosotros por la excelencia de su fruto, sino el que conocen los indios del Malabar y del reino de Decán, que extiende sus brazos y cuyas hojas se desarrollan tan anchas y largas que sus tallos encorvados echan raíces, cual hijos que crecen en derredor del árbol madre; monumento de sombra de elevada bóveda, de paseos llenos de ecos, donde acude con frecuencia el pastor indio, huyendo del calor, para buscar el fresco y vigilar mientras pace su ganado por entre las hendiduras abiertas en lo más espeso del ramaje.

Adán y Eva cogieron aquellas hojas anchas como un escudo de amazona y ayudados por su maña particular las cosieron para ceñírselas a los lomos. ¡Vano tejido para cubrir su crimen y su vergüenza! ¡Oh! ¡Cuánto diferían de su primera y gloriosa desnudez! Como los americanos que halló Colón en estos últimos tiempos, ceñidos de un cinturón de plumas y desnudo el resto del cuerpo, vagando errantes por los bosques, por las islas y las umbrías márgenes de los ríos; del mismo modo iban cubiertos nuestros primeros padres y velada en parte su vergüenza, según creían; pero no pudiendo hallar su espíritu descanso ni sosiego se sentaron en el suelo rompiendo en llanto.

No sólo desbordaron de sus ojos torrentes de lágrimas, sino también empezaron a elevarse en su interior grandes tempestades. La cólera, el odio, la desconfianza, la sospecha, la discordia, todas las pasiones más tumultuosas conmovieron con violento choque el estado interior de su espíritu, región tranquila poco antes y llena de paz, hoy turbulenta y agitada; porque el entendimiento no gobernaba ya, y la voluntad se mostraba rebelde a sus órdenes; veíanse ambos sometidos al apetito sexual, que, a pesar de ser tan abyecto, usurpaba la soberanía de la razón, y se elevaba sobre ella como un tirano.

Con el corazón turbado, con feroz mirada y entrecortadas frases, Adán continuó de esta suerte su interrumpido discurso:

"¿Por qué no escuchaste mis palabras ni permaneciste a mi lado, como te lo suplicaba, cuando al despertar este infortunado día te viste poseída de ese extraño deseo, cuya procedencia desconozco, de vagar sola y errante? Continuaríamos aún siendo dichosos, y nos veríamos, como ahora, despojados de todo bien, avergonzados, desnudos, miserables. ¡Oh ¡Nadie busque en adelante una inútil razón para justificar la fidelidad debida, cuando se busca con ardor semejante prueba, debe deducirse que aquélla empezaba a flaquear."

Eva, ofendida por tan amargo reproche, contestó inmediatamente:

"¿Qué severas palabras han pronunciado tus labios, Adán? ¡Achacas nuestra desgracia a mi debilidad, a lo que llamas mis deseos de vagar! ¿Quién sabe lo que hubiera podido suceder en tu presencia y aun a ti mismo quizá? Aunque el ataque se hubiera efectuado ante ti, aquí o allá, no habrías podido descubrir el artificio de la serpiente, hablando como hablaba. No siendo conocida ninguna causa de enemistad entre ella y nosotros, ¿cómo pensar que me aborreciese y que procurase mi daño? ¿Acaso no había de separarme nunca de tu lado? Tanto hubiera valido crecer en él siempre, como una costilla inanimada. Siendo yo lo que soy, y tú el jefe, ¿por qué no me impusiste la orden terminante de no alejarme, puesto que iba, según dices, a arrostrar semejante peligro? Lejos de oponerme una prudente resistencia, te mostraste muy condescendiente conmigo, me diste tu permiso, aprobaste mi determinación y me despediste contento. Si hubieses tenido más firmeza y persistieras en tu negativa, ni yo hubiera faltado a mi deber, ni tú faltaras conmigo".

Adán irritado por primera vez, le replicó:

"¿Es ése tu amor? ¿Es ésa la recompensa del mío, Eva ingrata; de mi amor, que te he declarado inmutable cuando ya estabas perdida, y cuando aún no lo estaba yo, que hubiera podido vivir y gozar de una felicidad eterna y he preferido, sin embargo, la muerte con tal de morir contigo? ¡Y me echas en cara haber sido la causa de tu desobediencia! Te parece que no te detuve con bastante severidad... ¿Qué más podía hacer? Te amonesté, te exhorté, te predije el peligro, te avisé que un enemigo emboscado te estaba acechando. Después de todo esto, sólo me faltaba emplear la fuerza, y la fuerza no cabe donde hay una voluntad libre. Pero la confianza en ti misma te ha arrastrado por estar cierta de que no tropezarías con el peligro, o que encontrarías en él materia para una gloriosa prueba. Puede ser también que yo me haya equivocado al prestar una admiración tan excesiva a lo que creía en ti tan perfecto, figurándome que el mal no intentaría nada contra ti; pero ahora maldigo este error, que es mi crimen, y por el cual me acusas. Otro tanto le sucederá al que, fiando demasiado en el mérito de la mujer, deje que sea la voluntad de ésta la que gobierne: al verse contrariada, la mujer no sufrirá ninguna violencia, pero si se la abandona a sí misma, y acaece algún daño, entonces lo achacará a la débil indulgencia del hombre."

Adán y Eva consumían de este modo infructuosamente las horas en sus mutuas querellas, pero no reconociéndose culpables ni uno ni otro, parecían dispuestos a no poner término a su vana disputa.

Libro X

Entre tanto, la acción odiosa y pérfida que Satanás había cometido en el Edén era ya conocida en el cielo; se sabía cómo había seducido a Eva, oculto en la serpiente, obligándola a gustar el fruto fatal. ¿Qué es lo que puede ocultarse a la mirada de Dios, que lo ve todo, o engañarle siendo omnisciente? Sabio y justo en todas las cosas, el Eterno no impidió que Satanás tentara el ánimo del hombre dotado de toda su fuerza y de una voluntad libre, perfectas ambas para descubrir y rechazar los ataques de un enemigo o de un amigo falso. Adán y Eva conocían y debían recordar siempre la importante prohibición de no tocar al fruto, cualquiera que fuese el que los tentara. No obedeciendo, arrostraban la pena: ¿qué otra cosa podían esperar? Cómplices ambos en el pecado, merecían su caída.

Los guardas angélicos del Paraíso se apresuraron a subir al cielo tristes y abatidos, pensando en el hombre, porque tenían ya por él mismo conocimiento de su suerte, y asombrados de que el sutil enemigo hubiera burlado su vigilancia entrando en el Edén sin ser visto.

Apenas llegaron tan fatales nuevas de la tierra al cielo, todos los que las oyeron quedaron consternados. Una sombría tristeza se retrató en aquel instante en todos los semblantes divinos; tristeza que, mezclada de compasión, no llegó a velar su beatitud. El pueblo etéreo acudió presuroso en torno de los recién llegados, para oír y saber cómo había sido aquel acontecimiento; pero éstos se acercaban con presteza al trono supremo, como responsables que eran, para exponer en una justa defensa su extrema vigilancia, fácilmente aprobada; cuando el Altísimo, el Eterno Padre, desde el fondo de su misteriosa nube, hizo oír de esta suerte el trueno de su voz:

— "Ángeles aquí reunidos, potestades que volvéis de una comisión infructuosa, no os mostréis desanimados ni conturbados por esas noticias de la tierra, que no podía prevenir vuestro más exquisito cuidado. Había predicho ya lo que sucedería, cuando el tentador, saliendo por vez primera del infierno, atravesó el abismo. Os anuncié que prevalecería, poniendo por obra sin dilación su mal consejo; que el hombre sería seducido, perdido por la lisonja, y que daría crédito a la mentira contra su Creador. Mis decretos no han concurrido en la necesidad de su caída, ni tocado con el más leve movimiento de impulsión su voluntad libre, abandonada a su propia inclinación en un justo equilibrio. Pero el hombre ha caído, y ahora ¿qué resta, sino pronunciar la sentencia mortal contra su desobediencia, la muerte anunciada para este día? El hombre la presume ya vana y nula, porque aún no se le ha infligido, según temía, por algún golpe repentino; pero bien pronto, antes que termine el día conocerá que una prórroga no es una absolución: no se verá desdeñada la justicia como lo ha sido la bondad.

— Pero ¿a quién enviaré para juzgar a los culpables? ¿A quién, sino a Ti, vicerregente, mi Hijo? A Ti, a quien he transferido todo juicio en el cielo, en la tierra y en el infierno. Se verá fácilmente que me propongo unir la misericordia a la justicia enviándote a Ti, el amigo del hombre, su mediador, designado para servirle a la vez de rescate y de redentor voluntario, destinado a ser hombre para que pueda juzgar al hombre caído"

Así habló el Padre, que entreabrió brillante la diestra de su gloria, e irradió sobre su Hijo su divinidad descubierta. El Hijo, rodeado de esplendor, y manifestándose como un reflejo vivo de su Padre, le respondió con una dulzura celestial:

— ¡Eterno Padre! A Ti te corresponde mandar; a Mi cumplir en el cielo y en la tierra tu voluntad suprema, a fin de que siempre puedas cifrar tu complacencia en Mí, tu Hijo amado. Voy a juzgar en la tierra a esos rebeldes a tu ley; pero ya lo sabes, cualquiera que sea al fallo, sobre Mi debe recaer el mayor castigo cuando llegue el tiempo. A eso me he comprometido en tu presencia: no me arrepiento de ellos; y eso es lo que me da el derecho de dulcificar su sentencia, que cae de rechazo sobre Mí; mitigaré el rigor de la justicia por la misericordia, de modo que entrambas sean más glorificadas, quedando plenamente satisfecha y aplacada tu cólera. Para esta misión no tengo necesidad de ir acompañado: no quiero séquito alguno, pues nadie debe asistir al juicio, excepto los dos que serán juzgados: el tercer culpable está ausente y condenado por lo mismo, su fuga le declara convicto y rebelde a todas las leyes: la convicción de la Serpiente no importa a nadie".

Dijo y se levantó de su solio, radiante de una alta gloria colateral: los tronos, las potestades, los principados, las dominaciones, ministros suyos, le acompañaron hasta la puerta del cielo, desde donde se ve el Edén y toda su comarca en perspectiva: parte e inmediatamente se encuentra en él: el tiempo no alcanza a medir la rapidez de los dioses, por más que tenga veloces minutos por alas.

El sol, inclinado al Occidente, se alejaba ya del Mediodía, las apacibles brisas se despertaban a la hora señalada para dirigir su soplo a la tierra, e introducían en ella la tranquila frescura de la tarde. En tal momento llegó el Intercesor y dulce Juez, con una cólera más tranquila, para pronunciar la sentencia del hombre. La voz de Dios, que discurría por el jardín fue llevada por las suaves brisas a oídos de Adán y Eva, a la caída de la tarde; la oyeron y se ocultaron entre los árboles más frondosos. Pero Dios, avanzando, llamó a Adán en alta voz:

— Adán, ¿dónde estás, tú, que siempre salías gozoso a mi encuentro, apenas me divisabas desde lejos? No me place tu ausencia. ¿Por qué te entretienes en la soledad, cuando antes te presentabas solícito a mi vista sin necesidad de ser buscado? ¿Vengo ahora, por ventura, con menos esplendor? ¿Qué cambio causa tu ausencia? ¿Qué es lo que te detiene?

Se presentó Adán, y Eva con él, pero titubeando al hacerlo, por más que hubiera sido la primera en ofenderle. Los dos se aproximaron abatidos, inmutados, en sus miradas no brillaba ya ni el amor hacia Dios, ni su mutuo amor; sólo se veía en ellas el crimen, la vergüenza, la turbación, la desesperación, la cólera, la obstinación, el odio y la falacia. Adán largo tiempo balbuciente, respondió con estas lacónicas palabras:

"Te he oído en el jardín y he tenido miedo a tu voz, porque estaba desnudo: ésa es la razón que he tenido para ocultarme.

Su misericordioso Juez le replicó sin reconvenirle:

"Muchas veces has oído mi voz, y no te ha causado miedo, sino que, por el contrario, te ha regocijado siempre. ¿Cómo es qué hoy se ha convertido en tan terrible para ti? ¿Quién te ha dicho que estás denudo? ¿Has comido el fruto del árbol que yo te había prohibido tocar?

Adán abrumado de tormentos, contestó:

"¡Oh cielo! ¡En cuán estrecha senda me encuentro hoy ante mi Juez, ya sea que tome sobre mí todo el crimen, o bien acuse de él a mi otro yo, a la compañera de mi vida! Yo debería ocultar su falta, en tanto que me queda su fidelidad, y no exponerla a la censura por mi queja, pero una rigurosa necesidad, un lamentable deber me obligan a hablar, no sea que refluyan a la vez sobre mi cabeza el pecado y su castigo, ambos insoportables. Aun cuando guardara silencio, descubrirías lo que yo te ocultara.

Esta mujer que creaste para que me ayudara, y que me habías ofrecido como el más perfecto de tus dones; esta mujer tan buena, tan llena de gracia, tan encantadora, tan divina, a quien no podía suponer capaz de mal alguno y que, por la nobleza de sus acciones parecía justificar todo cuanto hacía, esta mujer me ha presentado el fruto del árbol y yo lo he comido".

La soberana Presencia replicó de este modo:

¿Era ella por ventura, tu Dios para prestarle más obediencia que a la voz de tu Creador? ¿Había sido hecha acaso para ser tu guía, tu superior ni aun tu igual, para que ante ella depusieses tu virilidad y la categoría superior a la suya de que Dios te había dotado; ante ella, que fue formada de ti y para ti, cuando tus perfecciones excedían en tan alto grado a las suyas en verdadera dignidad?. Es cierto que estaba rodeada de gracias y encantos para atraerse tu amor; pero no tu dependencia. Sus cualidades eran tales, que si bien parecían buenas para ser gobernadas, no lo eran para dominar: la autoridad te pertenecía como un atributo de tu persona, si hubieras sabido comprenderlo bien.

Habiendo Dios hablado así, dirigió a Eva estas pocas palabras:

— Di mujer. ¿Por qué has hecho eso?

La triste Eva casi anonadada por la vergüenza y pronta a confesar su falta, sin ser locuaz ni atrevida en presencia de su Juez, respondió confusa:

— La serpiente me engañó y comí.

Lo cual, oído por el Señor Dios, procedió sin más tardanza a pronunciar la sentencia de la serpiente acusada, a pesar de la irracionalidad de ésta, y ser, por tanto incapaz de hacer recaer el crimen que se la imputaba sobre el que la convirtió en instrumento del mal y la degradó obligándola a ejercer un empleo tan opuesto al fin de su creación: fue, pues, justamente maldecida como viciada en su naturaleza. Al hombre no le importaba saber más; pues aunque algo más supiera, esto no habría disminuido su falta. Sin embargo, Dios aplicó la sentencia a Satanás, el primero en el pecado, pero con frases misteriosas que juzgó entonces las más a propósito y dejó caer así su maldición sobre la serpiente:

— Por cuanto has hecho esto, maldita eres entre todos los animales y bestias del campo. Sobre tu vientre andarás arrastrándote, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar.

Así fue pronunciado el oráculo, que se verificó cuando Jesús, Hijo de María, segunda Eva, vio caer como un rayo desde el cielo a Satanás, príncipe del aire. Entonces, aquél, saliendo de la tumba, cargado con los despojos de los principados y potencias infernales, manifestó ostensiblemente su triunfo, y en una ascensión gloriosa, llevó cautiva a la cautividad a través de los aires, a través del mismo imperio, largo tiempo usurpado por Satanás. El que predijo en aquel día tan fatal quebranto, será el que huelle finalmente a Satanás bajo nuestros pies.

Después dirigiéndose a la mujer, pronunció así su sentencia:

— Multiplicaré tus dolores durante tu preñez, con dolor parirás los hijos y estarás bajo la potestad de tu marido y él tendrá dominio sobre ti.

La sentencia de Adán fue la última que pronunció:

— Por cuanto oíste la voz de tu mujer y comiste del árbol, del cual te ordené diciéndote: "No comerás de él", maldita será tierra a causa de lo que has hecho: con afanes comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, de la fuiste tomado, porque polvo eres, y en polvo te convertirás.

Así juzgó al hombre aquel que fue enviado a la vez como Juez y como Salvador, desviando de su cabeza el golpe repentino de la muerte anunciado para aquel día, Compadeciéndose luego de los que estaban desnudos ante él, expuestos a la influencia del aire, que iba a sufrir grandes alteraciones, no se desdeñó de empezar a tomar la forma de un servidor, como cuando más adelante lavó los pies a sus servidores, sino que, cual un buen padre de familia, cubrió su desnudez con piles de bestias muertas, o que habían mudado su piel como la Serpiente. No tuvo que pensar mucho para vestir a sus enemigos; y no sólo cubrió su desnudez con pieles de animales, sino también su desnudez interior, mucho más ignominiosa, envolviéndola con su manto de justicia y desviándola de las miradas de su Padre. Después se elevó rápidamente hacia él, en cuyo venturoso seno fue acogido, entrando en la gloria como otras veces, y refirió a su Padre, apaciguado, por más que nada le esté oculto, lo que había pasado con el hombre acompañando su relato de una piadosa intercesión.

Entre tanto, antes de haberse cometido y juzgado pecado alguno sobre la tierra, la Culpa y la Muerte estaban sentadas una frente a otra en el umbral de la puerta del infierno, que había quedado abierta vomitando a los lejos en el Caos una llama impetuosa, desde que el Enemigo pasó por ella cuando la abrió la Culpa. Esta rompió el silencio hablando así a la Muerte:

"Hija mía, ¿por qué permanecemos aquí ociosas, mirándonos mutuamente, mientras Satanás, nuestro gran autor, prospera en otros mundos, y procura proporcionarnos, a nosotras, su progenie querida, una mansión más dichosa? No hay duda que habrá obtenido un feliz éxito, pues de lo contrario, ya hubiera regresado antes de ahora, acosado por la furia de sus perseguidores, porque ningún otro lugar puede ser tan adecuado como éste para su castigo o para la venganza de ellos.

En este momento creo que se eleva en mí un poder nuevo, que me nacen alas y que se me concede un vasto dominio más allá del abismo. No sé si es simpatía o más bien una poderosa fuerza connatural, lo que me incita a unir, a través de una inmensa distancia, y en una secreta amista, las cosas de la misma especie por las vías más secretas. Tú, mi sombra inseparable, debes acompañarme, porque ningún poder puede separar a la Muerte del Pecado. Pero como temo que nuestro padre se halle detenido, cómodo y llano hasta el infierno. Si las cosas pequeñas pueden ser comparadas con las grandes, algo parecido hizo Jerjes; el cual, abandonando su gran palacio memnoniano, acudió al mar desde Susa, para encadenar la libertad de Grecia, y por medio de un puente se hizo un paso a través del Helesponto, unió Europa a Asia y azotó con varas las ondas indignadas.

La Muerte y la Culpa, con maravilloso arte, lograron construir su obra, que consistía en una cadena de rocas suspendidas sobre el tumultuoso abismo, en la misma dirección que había llevado Satanás, hasta el sitio en que éste plegó sus alas y descendió, al salir del Caos, sobre la árida superficie de este mundo esférico. Allí la sujetaron, reforzándola con clavos y cadenas de diamante: ¡cuán sólida y cuán duradera la hicieron! Desde allí contemplaron, separados por un espacio de poca extensión, los confines de este mundo y los del cielo empíreo; a la izquierda estaba el infierno, pero con vastísimo abismo interpuesto; tres diferentes caminos conducían a aquellas tres regiones. Los monstruos se dirigen por el de la tierra y encaminan sus primeros pasos hacia el Edén; cuando he aquí se les presenta Satanás bajo la figura de un ángel de luz, elevándose hacia el cenit entre el Centauro y Escorpión, mientras el sol iba saliendo por Aries. Avanzaba disfrazado, pero a pesar de sus disfraz, en breve le reconocieron sus queridos hijos.

Satanás, después de haber seducido a Eva, se había internado cautelosamente en el bosque contiguo, y cambiando de forma para observar las consecuencias del suceso, vio que Eva repetía su acción criminal con su marido, aunque sin mala intención, y vio que ambos buscaban un velo inútil para ocultar su vergüenza; pero cuando observó que el Hijo de Dios, descendía para juzgarlos, huyo atemorizado, no porque esperara sustraerse al castigo, sino con intención de retardarlo, y temeroso en culpabilidad de lo que pudiera infligirle de súbito la cólera del Hijo. Pasado el peligro, volvió por la noche y acercándose al lugar donde estaban sentados los dos infortunados esposos, escuchó sus tristes palabras y sus diferentes quejas, por las cuales tuvo noticia de su propia sentencia; comprendió que la ejecución de ésta no era inmediata, sino aplazada para tiempos venideros y lleno de gozo con aquellas noticias, regresó entonces al infierno. Encontró inesperadamente en los bordes del Caos, junto al pie de aquel nuevo y maravilloso puente, a sus queridos vástagos, que iban en su busca. Al reunirse con ellos sintió una gran alegría, que vino a aumentar la vista del prodigioso puente; permaneció largo rato contemplándolo con admiración, hasta que la Culpa, su encantador hija, rompió así el silencio:

"¡Oh padre mío! He aquí tus magníficas obras, tuyos son los trofeos que estás contemplando como si no lo fueran, tú eres su autor y su primer arquitecto, porque apenas hube adivinado en mi corazón, apenas hube adivinado el feliz éxito de tu empresa, como me lo manifiestan ahora tus miradas, cuando a pesar de los mundos que nos separaban, me sentí atraída hacia y conmigo está tu hija; tan fatal es el Destino que nos une. No era posible que el infierno nos detuviera por más tiempo y en sus límites, ni ese abismo intransitable y tenebroso podía impedirnos ya que siguiéramos tus ilustres huellas. Tú has dado cima a nuestra libertad; relegadas hasta ahora detrás de las puertas del infierno, nos ha comunicado la fuerza necesaria para llevar a cabo esta inmensa fábrica, para echar este enorme puente sobre el sombrío abismo.

De hoy más te pertenece todo este mundo; lo que no ha edificado tu mano, lo ha conseguido tu virtud, tu saber ha recobrado con ventaja lo

que habías perdido en la guerra, y ha vengado plenamente nuestra derrota en el cielo. Aquí reinarás como monarca; allí no reinabas, que domine, pues allí tu vencedor, como lo ha decidido el combate, pero que se retire lejos de este mundo nuevo que acaba de enajenarse por su propia sentencia. Que compartía en adelante contigo la monarquía de todas las cosas divididas por las fronteras del Empíreo, quédese El con la ciudad de forma cuadrada, y tú con el mundo orbicular o que intente provocarte de nuevo, ahora que eres más peligros para su trono".

El príncipe de las tinieblas le respondió con alegría:

Hija encantadora, y tu mi hija y nieta a la vez habéis dado hoy una gran prueba de que pertenecéis a la raza de Satanás, habéis merecido, bien de mí y de todo el imperio infernal, cuando tan cerca de la puerta del cielo habéis respondido a mi triunfo con un acto triunfal, a mi gloriosa obra con esa obra gloriosa, y habéis hecho del infierno y de ese mundo un solo reino, el nuestro, un solo continente de fácil comunicación.

Así, pues, mientras yo desciendo cómodamente por vuestro camino a través de las tinieblas en busca de los compañeros de mi poder, para noticiarles y celebrar con ellos estos acontecimientos, seguid vosotras ese otro en dirección al Paraíso, por entre esos orbes numerosos que ya son vuestros y habitad allí, reinando en medio de la felicidad. Desde allí ejerced vuestro dominio sobre la tierra y sobre el aire, y principalmente sobre el hombre, declarado señor de todo, convertidle primero en vuestro esclavo y matadle después. Os envío en mi reemplazo y os nombro en la tierra plenipotenciarios de un poder sin igual emanado de mí. Ahora, de la unión de nuestras fuerzas depende mi soberanía en ese nuevo reino entregado a la Muerte por el pecado merced a mis esfuerzos. Mientras prevalezca vuestro poder reunido, los intereses del infierno no deben temer ningún detrimento. Id, pues, y sed fuertes".

Dicho esto, las despidió. Emprenden su marcha velozmente a través de las constelaciones más espesas, diseminando por ellas su ponzoña; las estrellas infectadas, palidecieron y los planetas heridos por una maligna influencia emanada de ellos mismos, sufrieron un verdadero eclipse. Siguiendo Satanás el camino opuesto, descendió por la calzada hasta la puerta del infierno. El Caos lanzó un gemido por los dos lados en que le había dividido aquel puente, y azotó con sus imponente olas los costados de aquel dique que se burlaba de su indignación.

Satanás atravesó la puerta del infierno, que estaba abierta y descuidada, y vio que la soledad reinaba en torno, porque los que tenían el encargo de permanecer allí habían abandonado su puesto y volado hacia el mundo superior. Los demás se habían retira al interior, en torno de los muros del Pandemónium, corte y asiento soberbio de Lucifer, que fue llamado así por alusión a esta estrella brillante comparada con Satanás. Allí vigilaban las legiones, mientras los grandes reunidos en consejo, mostraban inquietud por los azares que podían ocasionar la tardanza de su emperador, enviado por ellos, tal era la orden que éste les había dado al partir y que cumplían fielmente.

Con el tártaro que, huyendo del ruso, su enemigo, se retira hacia Astracán, atravesando nevadas comarcas; o como el sofí de la Bactriana que, al huir de la turca media luna, deja devastado a su paso todo cuando se extiende más allá del reino de Aladula en su retirada hacia Tauris o Casbin, así la hueste últimamente desterrada del cielo dejó desiertas muchas leguas de tinieblas y se retiró a lo más apartado del infierno, concentrándose como guardia vigilante en derredor de su metrópoli, y esperando de hora en hora al gran aventurero de regreso de su exploración por mundos desconocidos.

Este atravesó por en medio de la multitud sin ser notado, bajo la figura de un ángel del último orden de la milicia plebeya; desde la puerta de la sal Plutoniana subió invisible sobre su alto trono, el cual estaba colocado en la parte más elevada bajo un dosel del más rico tisú y ostentando una magnificencia regia. Permaneció sentado algún tiempo y vió sin ser visto cuanto había en torno suyo; por último como si se abriera paso a través de una nube, dejóse ver su cabeza radiante y su forma de estrella resplandeciente; o con más brillantez aún, revestido de la gloria tolerada, del falso esplendor que conservó después de su caída. La muchedumbre estigiana, sumamente sorprendida con tan repentino brillo, dirigió hacia él sus miradas y conoció al que deseaba, a su poderoso jefe, que había vuelto. Inmensa fue la aclamación en que todos prorrumpieron, los pares abandonando sus deliberaciones, se levantaron precipitadamente de su sombrío diván y se dirigieron a felicitar a Satanás, poseídos de igual júbilo. Este impuso silencio con un ademán y llamó la atención general con estas palabras:

"Tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, porque así quiero llamaros y como tales os declaro ahora, no sólo por derecho, sino también por posesión. Después de un éxito que ha excedido a todas mis esperanzas, vuelvo para sacaros triunfantes de este abismo infernal, abominable, maldito, mansión de miseria y cárcel nuestro tirano. Ahora poseéis como señores un mundo espaciosa poco inferior a nuestro cielo natal y que, mediante mi ardua empresa, he adquirido para vosotros a costa de grandes peligros.

Sería prolijo referir lo que he hecho, lo que he sufrido, las penas con que he viajado por la vasta profundidad de la horrenda confusión sin límites, sin realidad, sobre la que la Culpa y la Muerte acaban de construir una ancha vía para facilitar vuestra gloriosa marcha, pero yo he tenido que abrirme con un inmenso trabajo un paso desconocido; he tenido que remontarme por el indomable abismo y sumergirme en las entrañas de la Noche sin origen y del feroz Caos, que, celosos de sus secretos, se opusieron violentamente a mi extraño viaje con furiosos clamores, protestando ante el Destino supremo.

Tampoco os diré cómo he encontrado ese mundo recientemente creado, cuya fama ha tiempo había resonado en el cielo, maravilloso edificio de una perfección acabada, en donde el hombre, colocado en un paraíso gracias a nuestro destierro, fue creado feliz. Por medio de mi astucia, he apartado al hombre de su Creador; le he seducido y para mayor admiración vuestra, ¡le he seducido, con una manzana! Ofendido por esto el Creador, ha entregado a su amado hombre y todo el mundo al Pecado y a la Muerte, y por consiguiente a nosotros, que lo hemos ganado sin riesgo, sin trabajo ni alarmas, para recorrerlo, habitarlo y dominar sobre el hombre, como sobre todo lo que él habría dominado.

Verdad es que Dios me ha juzgado también, o mejor dicho, no me ha juzgado a mí, sino a la Serpiente, a ese animal bajo cuya forma he seducido al hombre. Lo que me alcanza de esa sentencia es la enemistad que establecerá entre mí y el género humano, al que he de morder el talón y cuya raza quebrantará mi cabeza, aunque no se dice cuándo. ¿Quién no compraría un mundo en cambio de una herida y aun a mayor precio todavía? Os he hecho ya la revelación de mi empresa ¿Qué otra cosa os queda que hacer, ¡oh dioses!, sino levantaros y entrar en posesión de la beatitud que os he preparado".

Después de haber hablado de esta suerte, permaneció inmóvil un momento, esperando las aclamaciones universales y los grandes aplausos que debían halagar su oído; pero en contra de lo que se prometía, oyó por todos lados un silbido unánime y siniestro producido por innumerables lenguas, señal inequívoca del desprecio público. Quédase asombrado, pero su admiración duró un breve instante, porque al punto hubo de admirarse más de sí mismo; sintió que su rostro se reducía y se afilaba, que sus brazos se pegaban a sus costados, sus piernas se enroscaban entre sí y finalmente, privado de sus pies, caía convertido en una monstruosa serpiente, arrastrándose sobre su vientre, quiere resistir, más en vano, porque domina sobre él un poder mayor, que, según su sentencia le castiga bajo la figura con que había pecado. Quiere hablar, pero su lengua, hendida en forma de horquilla, responde con silbidos a los silbidos de las lenguas hendidas que le rodean, porque todos los demonios sufrieron la misma transformación, cómplices de su audaz atentado, todos se convirtieron en serpientes. Terrible fue el estridor de los silbidos en aquella sala llena de un espeso hormiguero de monstruos, que confundían sus repugnantes pliegues y mezclaban en sus movimientos sus colas y sus terribles cabezas, como el escorpión, el áspid, el cruel anfisbena, la cerasta armada de cuernos, la hidra, el dipsa y el siniestro elope; jamás se vieron tantos ni tan numerosos enjambres de reptiles en la tierra regada con la sangre de la Gorgona, ni en la isla de Ofiusa.

Entre todos descollaba Satanás, transformado en dragón, excediendo en tamaño a la enorme serpiente Pitón, engendrada por el sol en el fango del valle pítico y conservando aún de este modo su imperio sobre los demás. Todos le siguieron cuando salió para dirigirse al campo abierto; estaban allí los que quedaban de las bandas rebeldes caídas del cielo, apostados o formados en orden de batalla, gozando de antemano con la esperanza de ver aparecer en triunfo a su príncipe glorioso; pero contemplaron un espectáculo muy diverso, una multitud de horror y sometidos a una horrible simpatía, se veían; cayeron sus brazos, sus lanzas y sus escudos y cayeron con igual prontitud ellos mismos, repitiendo los espantosos silbidos y tomando la horrible y contagiosa forma de sus compañeros, iguales en el castigo como lo fueron en el crimen. Así es que los aplausos que tenían preparados se trocaron en una explosión de silbidos, triunfo de la afrenta, que de su propia boca refluía sobre ellos mismos.

Cerca de allí había aparecido un elevado bosque en el momento mismo de su transformación y por orden del que reina allá arriba; para agravar su pena, las ramas de los árboles estaban cargadas de un hermoso fruto semejante al que crecía en el Edén, y que el tentador había elegido para seducir a Eva. En tan extraño objeto fijaron los demonios sus ardientes miradas, imaginándose que, en vez de un árbol prohibido, había crecido una multitud de ellos para multiplicar su vergüenza o sus tormentos. Devorados, sin embargo, por una sed ardiente y un hambre cruel, enviada por Dios para atraerlos a aquel lazo, no pueden contenerse, y se precipitan a montones, trepan a los árboles y se enroscan en sus ramas, más apiñados que los nudos de serpientes que formaban bucles en la cabeza de Megera. Arrancan con avidez la fruta que tan hermosa le parecía, semejante a la que crece cerca de aquel lago bituminoso donde pereció Sodoma abrasada, pero el fruto infernal, más seductor todavía, engaña al gusto y no al tacto. Los perversos espíritus, esperando neciamente aplacar su hambre, mascan en vez de fruta amargas cenizas, que su ofendido paladar arroja en medio de ruidosas contorsiones. Obligados por el hambre y la sed, intentan probarla de nuevo, pero aquella acre aspereza, aquella invencible repugnancia, les obliga sin cesar a retorcer sus mandíbulas, llenas de hollín y ceniza. Muchas veces cayeron en el mismo engaño, difiriendo en ello del hombre, que no cayó más que una vez. De este modo continuaron atormentados por el hambre y por un largo y continuado silbido, mientras no alcanzaban el permiso de recobrar su perdida forma. Y es fama que fue decretado que los años sufran, durante cierto número de días, aquella humillación, para quebrantar su orgullo y su contento por haber seducido al hombre. A pesar de esto, esparcieron por el mundo pagano alguna tradición con respecto a su conquista y refirieron la fábula de que la serpiente llamada por ellos Ofión en compañía de Eurynoma, que quizá usurpó el nombre de Eva en remotos tiempos, fue la primera que reinó en el alto Olimpo de donde fue arrojada por Saturno y por Ops, antes de que naciera Júpiter Dicteo.

Entre tanto la pareja infernal llegó en breve al Paraíso. La Culpa había estado antes en él como potencia después en acción; ahora iba a él en persona para residir como perpetuo habitante. La Muerte la seguía de cerca paso a paso no montada todavía en su pálido caballo. La Culpa le dijo:

"Segundo vástago de Satanás, ¡oh Muerte! Que debes conquistarlo todo: ¿qué piensas de nuestro nuevo imperio, que no sin gran trabajo hemos adquirido? ¿No vale mucho más estar aquí que vigilar sentadas todavía en el umbral del negro infierno, sin nombre, sin ser temidas, y tú misma medio muerta de hambre?"

El monstruo nacido de la Culpa le respondió inmediatamente:

"Para mí, que desfallezco de una eterna hambre, infierno, tierra o cielo, todo es igual; me hallo mejor donde más presa encuentro, y ésta, si bien aquí es abundante, parece demasiado pequeña para saciar este estómago, este vasto cuerpo que no cubre piel alguna".

La incestuosa madre replicó:

"Aliméntate desde luego con esas hierbas, esos frutos y esas flores, y luego, con cada bruto, pez o ave, que no son manjares despreciables, devora sin tasa las cosas que vaya segando la guadaña del Tiempo, hasta el día en que, después de haber residido yo en el hombre y en su raza, después de haber contaminado sus pensamientos, sus miradas, sus palabras, sus acciones te lo haya preparado y sazonado para ser tu última y más sabrosa presa".

Diciendo esto, los dos monstruos se dirigieron por diferentes caminos a fin de destruir o desinmortalizar a las criaturas y prepararlas para una destrucción mas o menos próxima, viendo lo cual el Todopoderoso desde lo alto de su trono sublime, en medio de los santos, hizo oír de esta suerte su voz a aquellas brillantes jerarquías:

"Ved con que ardor se adelantan esos perros del infierno para desolar ese mundo, que había creado yo tan bueno y tan hermoso, y que aún permaneciera en tal estado si la locura del hombre no hubiese abierto el camino a esas furias devastadoras que me imputan semejante necedad. Así obran el príncipe del infierno y sus partidarios, porque soporto con facilidad que se apoderen y posean tan celestial morada creyendo que una ciega connivencia me asocia a los proyectos de mis insolentes enemigos, los cuales se ríen, como si arrebatado por la cólera lo hubiera abandonado todo a su discreción y a sus desórdenes. Ignoran que he llamado y traído aquí a esos mis perros infernales para que laman la suciedad y la inmundicia que el impuro pecado del hombre ha esparcido sobre todo lo que era puro en la tierra hasta que, satisfechos, ahítos y próximos a reventar con las sobras de todo cuanto hayan chupado y tragado, sean por fin precipitados a través del Caos, el Pecado, la Muerte y la abierta tumba al solo impulso de tu brazo vencedor, ¡oh mi Hijo amado!, quedando cerrada para siempre la boca del infierno y selladas sus voraces mandíbulas. Entonces, renovados el cielo y la tierra, serán purificados, para santificar lo que ya no recibirá mancha alguna. Pero hasta que llegue ese momento es preciso que se cumpla la maldición pronunciada contra los dos culpables.

Calló y el celeste auditorio entonó aleluyas semejantes al fragor de los mares, y la multitud cantó:

"¡Justas son tus miras, equitativos en todas tus obras tus decretos! ¿Quién será capaz de debilitar tu poder?"

En seguida dedicaron sus cánticos al Hijo, Redentor predestinado de la raza humana, por quien un nuevo cielo y una nueva tierra se levantarán en las edades venideras o descenderán del Empíreo.

Tal fue su canto, y llamando después el Creador por sus nombres a los más poderosos de entre sus ángeles, les confió diferentes comisiones que convenían al mejor estado de las cosas. El sol fue el primero que recibió la orden de modificar su curso, y de brillar de modo que hiciera sufrir a la tierra un frío un calor apenas soportables, de llamar desde el fondo del Norte al decrépito invierno, y traer desde el Mediodía el calor del solsticio estival. Los ángeles prescribieron a la blanca Luna sus funciones, y a los otros cinco planetas sus movimientos y sus aspectos en sextil, cuadrado, trino y opuesto de una eficacia nociva; les enseñaron cuándo debían reunirse en una conjunción desfavorable, y a las estrellas fijas cómo debían derramar su maligna influencia, y cuáles de entre ellas serían las que, saliendo u ocultándose con el sol, habían de promover tempestades. Designaron a los vientos sus cuadrantes, y les indicaron cuándo habían de turbar con fragor el mar, el aire y la playas, y por último, enseñaron al trueno a rodar con estruendo en las salas tenebrosas del aire.

Unos dicen que el Todopoderoso ordenó a sus ángeles que inclinaran los polos de la tierra dos veces diez grados y más sobre el eje del sol, a cuyo efecto empujaron oblicuamente y con gran esfuerzo este globo central; otros pretenden que se ordenó al sol volver sus riendas en una latitud igualmente distante de la tierra dos veces diez grados y más sobre el eje del sol, a cuyo efecto empujaron oblicuamente y con gran esfuerzo este globo central; otros pretenden que se ordenó al sol volver sus riendas en una latitud igualmente distante de la línea equinoccial, entre el Toro, las siete hermanas Atlánticas y los Gemelos de Esparta elevándose hacia el Trópico de Cáncer y que descendiera desde éste al de Capricornio por los signos del León, la Virgen y la Balanza a fin de llevar a cada clima las vicisitudes de las estaciones. A no ser por esto, una eterna Primavera, siempre adornada de flores, habría sonreído a la tierra, siendo iguales sus días y sus noches, menos para los habitantes que estuvieran más allá de los círculos polares; para éstos el día hubiera brillado sin noche, mientras que el sol indemnizándoles de su inmensa distancia habría girado a su vista alrededor del horizonte, sin que conocieran Oriente ni Occidente, y ni el helado Estotiland, al Norte, ni las tierras australes que hay más allá de la de Magallanes, se verían cubiertas por la nieve.

En cuanto fue probado el fruto fatal, el sol desvió su curso, como si hubiera presentido el banquete de Tiestes. De otro modo, ¿cómo el mundo habitado, aunque estuviera sin mancilla, habría podido evitar más que hoy día el intenso frío y el calor ardiente? Aquellos cambios en los cielos produjeron, a pesar de su lentitud, otros cambios parecidos en la tierra y en el mar, tales como las tempestades sidéreas, los vapores, las nieblas y las exhalaciones abrasadoras corrompidas y pestilenciales.

Ahora, desde el septentrión de Norumbega y desde las costas de los Samoyedos, Bóreas y Coecias, el ardiente Argestes y Tracias, forzando su cárcel de bronces y armados de nieve, de hielo, de granizo, de tempestuosas ráfagas y de torbellinos, desgarran los bosques y los mares trastornados, que también lo son por los vientos contrarios del Mediodía, por el Noto y el Afer, ennegrecidos con las nubes tronadoras de Sierra Leona. A través de éstos, pero con menos fuerza, se precipitan de Levante y de Poniente el Euro y el Céfiro, y sus turbulentas colaterales, Siroco y Libecchio. De esta suerte empezó la violencia en las cosas sin vida; después la Discordia, primera hija del Pecado, introdujo a la Muerte entre las cosas irracionales, valiéndose de la furiosa Antipatía; entonces el bruto hizo la guerra al bruto; el ave, al ave: el pez, al pez; todos los animales vivientes, dejando de pacer la hierba se devoraban mutuamente, y sólo tuvieron hacia el hombre un temor mezclado de respeto, pero huyeron de él o le miraron cuando pasaba cerca de ellos con feroz aspecto.

Tales era exteriormente las crecientes miserias que Adán iba entreviendo en parte, a pesar de estar oculto en la más tenebrosa sombra y entregado al pesar. Pero en su interior su mal era mucho mayor; juguete de un tempestuoso mar de pasiones, procuraba aliviar su corazón con estas tristes quejas:

"¡Oh cuánta miseria, después de tan gran felicidad! ¿Era éste el fin de un mundo nuevo y tan glorioso? Y yo, que hace poco era la gloria de esta gloria, ¡me veo ahora maldecido, cuando antes estaba colmado de beneficios; obligado a sustraerme a la presencia de Dios, cuya vista era entonces el colmo de la felicidad! Y si al menos se redujera a eso mi infortunio, puesto que lo he merecido, soportaría mi propio demérito, pero de poco o de nada me serviría. Todo cuanto coma o beba, todo cuanto engendre es una maldición propagada. ¡Oh palabras oídas en otro tiempo con delicia: Creced y multiplicaos, palabras que ahora traen consigo la muerte! Porque, ¿qué es lo que puedo hacer crecer y multiplicarse, sino las maldiciones sobre mi cabeza? ¿Quién será el que, en las edades venideras, al sentir los males que le habré legado, no maldecirá mi memoria? "¡Perezca la memoria de nuestro impuro antepasado! —exclamarán—. ¡Esta es, Adán, la gratitud que te debemos!" Y un agradecimiento semejante será un execración.

"A la maldición que llevo conmigo vendrán a añadirse como por un violento reflujo todas las que proceden de mí; en mi se reunirán como en su centro natural, y aunque ocupen el puesto que les corresponde, me doblegarán bajo su peso. ¡Oh goces fugaces del Paraíso, cuán caros os he comprado a costa de desgracias infinitas! Cuando permanecía en el polvo, ¿te pedí acaso, ¡oh creador!, que me transformaras en hombre? ¿He solicitado que me sacaras de las tinieblas o que me colocaras en este delicioso jardín. Como mi voluntad no ha concurrido en mi ser, es justo y equitativo que me reduzcas otra vez al polvo del que nací, ya que deseo resignar, devolver lo que he recibido, pero me siento incapaz de cumplir tus durísimas condiciones, por las cuales debía alcanzar un bien que no he solicitado. ¿Por qué has añadido a la pérdida de este bien, que ya es bastante castigo el sentimiento de una desdicha sin fin? Tu justicia parece inexplicable...

Sin embargo, lo confieso, es ya demasiado tarde para protestar de este modo, porque yo hubiera debido rechazar las condiciones, cualesquiera que fuesen, cuando me fueron propuestas. Tú has aceptado, Adán; ¿pretenderás, no obstante, gozar del bien, al paso que no te parecen aquéllas convenientes? Dios te ha hecho sin tu permiso, según dices; pero si te desobedece un hijo tuyo, y al ser reprendido por ti te contesta: ¿Por qué me has engendrado? Yo no te lo he pedido", ¿admitirías en tu menosprecio tan orgullosa respuesta? A ser tuya la elección, no le hubieras engendrado, es cierto; pero debió su ser a un enlace necesario de las leyes de la Naturaleza. Dios te ha hecho por su propia elección, y de su propia voluntad para servirle, tu recompensa procedía de su gracia, tu castigo de su justa voluntad. Pues bien: sea así, me someto; su sentencia es equitativa: polvo soy y polvo me he de volver.

¡Oh, momento feliz, venga cuando quiera! ¿Por qué tarda la mano del Todopoderoso en ejecutar lo que su decreto fijó para este día? ¿Por qué he de sobrevivir? ¿Por qué se ríe de mí la muerte y por qué se ha conservado para sufrir un tormento inmortal? ¡Con qué placer soportaría la muerte, mi sentencia, convirtiéndome en tierra insensible! ¡Con cuánto gozo me recostaría como en el seno de mi madre! Allí reposaría y dormiría con seguridad. La terrible voz de Dios no retumbaría en mis oídos; el temor de un mal peor para mi posteridad no me atormentaría con una cruel expectativa...

"Sin embargo, una duda me persigue: ¿Y si me fuera imposible morir del todo? ¿Y si el puro soplo de la vida, el espíritu del hombre que Dios le inspiró no pudiera perecer con esta corporal arcilla? Entonces, ya fuese en la tumba o en cualquier otro sitio funesto, ¿viviría aún después de muerto? ¡Oh pensamiento horrible, suponiendo que sea cierto! Pero ¿por qué ha de serlo? Ese soplo de la vida no es el que ha pecado. ¿Qué puede, pues, morir, sino lo que tuvo vida y pecó? El cuerpo no ha tenido propiamente parte en la vida ni en el pecado; todo morirá, pues, conmigo; esta idea debe calmar mis dudas, ya que a más allá no alcanza el pensamiento humano.

Y por que el Señor de todas las cosas sea infinito, ¿lo será también su cólera? El hombre no lo es, luego es mortal. ¿Cómo ejercerá el Altísimo una cólera sin fin sobre el hombre a quien debe poner término la muerte? Puede el Señor hacer inmortal a la muerte? Eso sería caer en una extraña contradicción imposible en Dios, porque argüiría debilidad y no poder. Por amor hacia su cólera, ¿extendería lo finito hasta lo infinito en el hombre castigado, para satisfacer su rigor nunca satisfecho? Eso sería llevar su sentencia aún más allá del polvo y de la ley de la Naturaleza, por la cual todas las causas obran según la capacidad de los seres en los que opera la materia, y no según la extensión de su propia esfera. Pero ¿y si la muerte no extingue de un solo golpe el sentimiento, como yo he supuesto, y desde hoy se convierte en una miseria interminable, tal como la empiezo a experimentar a la vez dentro y fuera de mí, y esto sigue perpetuamente del mismo modo?...¡Ah! De nuevo se apodera de mí este temor, que pesa como una tormenta terrible sobre mi cabeza indefensa.

La muerte y yo somos eternos e incorpóreos juntamente. Pero no soy el único que participa de esta suerte, sino que conmigo está maldecida toda mi posteridad. ¡Qué hermoso patrimonio os lego, hijos míos! ¡Oh! ¿Por qué no lo habré de consumir todo entero y no dejaros nada de él? Desheredados de este modo, me bendeciríais, en vez de maldecirme. ¡Ah! ¿Por la falta de un solo hombre ha de verse condenada toda la raza humana, por más que sea inocente? Pero, ¿lo será? ¿Qué puede salir de mí que no sea corrompido, de un espíritu y de una voluntad depravados, y que no esté dispuesto, no sólo a hacer lo mismo que yo he hecho? Y siendo así, ¿cómo podrían permanecer libres de responsabilidad en presencia de Dios?

Después de todas estas reflexiones me veo obligado a absolver al Señor. Todos mis vanos subterfugios, todos mis razonamientos me conducen a través de sus laberintos a mi propia convicción. En primero y último lugar, sobre mí, sobre mí solo, autor y origen de toda corrupción, debe recaer justamente todo vituperio; ¡así pudiera recaer también toda la cólera! ¡Deseo insensato! ¿Te sería acaso posible soportar esa carga fatal, mucho más pesada que la tierra, mas aún que el universo, aunque esté repartida entre ti y esa infame mujer? Pero lo que deseas y lo que temes destruye igualmente toda esperanza de refugio, y te declara más miserable que todo ejemplo pasado y futuro, semejante tan sólo a Satanás en crimen y en castigo. ¡Oh conciencia! ¡En qué abismo de inquietudes y horrores me has precipitado! No encuentro ningún camino para salir de él; porque al intentarlo caigo de un abismo en otro más profundo!".

Así se lamentaba Adán en alta voz durante el silencio de la noche; noche que ya no era, como antes de la caída del hombre, sana, fresca y apacible, sino rodeada de una atmósfera sombría y envuelta en húmedas y espesas tinieblas, que presentaban todas las cosas ante la culpable conciencia de nuestro primer padre con un doble terror. Tendido sobre la tierra, sobre la fría tierra, maldecía con frecuencia su creación, y acusaba por su tardanza a la muerte, pues que, según se le había anunciado, debía sorprenderle el mismo día de la ofensa.

¿Por qué no acude la muerte —decía— y me libra de mí mismo con un golpe tres veces dichoso? ¿Faltará la verdad a su palabra? ¿No se apresurará a ser justa la Justicia Divina? Pero la muerte no acude a mi llamamiento; la Justicia Divina no acelera su lento paso a pesar de mis súplicas o mis lamentos. Bosques, fuentes, colinas, valles, florestas, ¡con qué diferentes ecos enseñaba yo en otro tiempo a vuestras umbrías a responderme, y a repetir a los lejos otro canto semejante al mío!"

Cuando la triste Eva vio la aflicción de Adán desde el sitio en que permanecía sentada y desolada, se acercó a él, y procuró aliviar su violento dolor con dulces palabras; pero él la repelió con severa mirada, diciéndole:

"¡Lejos de mí, serpiente!... Ese es el nombre que mereces, por haberte ligado a ella, haciéndote tan falsa y tan aborrecible como ella. Sólo te falta tener una forma y un color semejantes a los suyos, para revelar tu interior insidioso, y hacer que todas las criaturas venideras se precavan de ti por temor de que tu demasiado celestial figura, encubriendo una falsedad infernal, les haga caer en el lazo. Sin ti yo habría continuado siendo feliz, sin tu orgullo y tu vanidad vagabunda no hubieras desechado mis amonestaciones cuando estabas menos segura, y rechazado con desdén mi justa desconfianza. Ardías en deseos de ser vista por el mismo demonio, a quien en tu presunción creías dejar burlado; pero habiéndote encontrado con la Serpiente, has sido burlada y engañada, tú por ella, y yo por ti, por haber confiado en ti, que saliste de mi costado. Te creí prudente, constante, circunspecta, a prueba de todo ataque, sin comprender, que en ti todo era apariencia más bien que sólida virtud, que no eras más que una costilla torcida por la naturaleza, y según veo, más inclinada hacia el lado izquierdo, de donde fue sacada. ¡Ah! ¡Si a lo menos hubiese sido desechada por exceder del número de las debía tener mi cuerpo!

¡Oh! ¿Por qué Dios, el sabio Creador, que pobló los altos cielos de espíritus masculinos, creó al fin esta novedad en la tierra, esta hermosa imperfección de la Naturaleza? ¿Por qué no ha llenado de una vez el mundo de hombres, así como llenó el cielo de ángeles, sin mujeres? ¿Por qué no ha recurrido a otro medio para perpetuar la especie humana? Si así fuese, no hubiera acaecido esa desgracia ni las que vendrán en pos de ella, ni ocurrirían en la tierra los innumerables disturbios ocasionados por los artificios de las mujeres y por íntimo consorcio con su sexo; porque, o el hombre no encontrará jamás la compañera que le conviene, sino que la tendrá tal cual se la depare el infortunio o el error; o la que más desee será la que menos obtenga por su perversidad, y verá que la alcanza otro menos acreedor que él; si, por el contrario ella le ama, estará contrariada por sus padres, o se le presentará otra elección más ventajosa, cuando ya sea demasiado tarde, y está unido por los vínculos del matrimonio a una cruel enemiga, su odio o su vergüenza. De todo esto resultará una calamidad infinita para la especie humana, que turbará la paz del hogar doméstico".

Adán no pronunció una palabra más y se desvió de Eva; pero ésta sin desanimarse, bañada en llanto que no cesaban de derramar sus ojos, y con los cabellos desordenados, cayó humildemente a sus pies y abrazando sus rodillas, imploró su perdón y exhaló así sus quejas:

"No me abandones de ese modo, Adán; el cielo es testigo del amor sincero y del respeto que hacia ti siente mi corazón. ¡Te he ofendido sin intención, engañado desgraciadamente! Suplicante, mendigo tu misericordia y abrazo tus rodillas. No me prives de lo que me da aliento para vivir, de tus dulces miradas, de tu apoyo, de tus consejos, que en tan extrema necesidad son mi sola fuerza y mi amparo. Abandonada por ti, ¿dónde me retiraré? ¿Dónde subsistiré? Mientras vivamos, y quizá dure nuestra existencia algunas horas rápidas, reine la paz entre nosotros. Ya que hemos estado unidos para la ofensa, unámonos en nuestra enemistad contra el enemigo que nos ha sido designado expresamente por nuestra sentencia, contra la cruel serpiente. No me hagas sentir el peso de tu odio por esa desgracia que nos ha acontecido, porque yo estoy ya perdida y soy la más miserable de los dos. Hemos pecado juntos; pero tú contra Dios solamente y yo contra él y contra ti. ¡Volveré al mismo sitio donde Dios ha pronunciado su fallo, y allí importunaré al Cielo con mis lamentos, a fin de que, apartada la sentencia de tu cabeza, caiga sobre mí, que soy para ti la causa única de toda esta miseria! ¡Yo, tan sólo yo, debo ser el justo objeto de la cólera del Señor!

Terminó estas frases entre abundantes lágrimas y su humilde postura, en la que continuaba inmóvil hasta obtener el perdón por su falta reconocida y deplorada, excitó la conmiseración de Adán. En breve se enterneció su corazón por la que antes había sido su vida y su única delicia, y que ahora veíase sumisa a sus pies, presa de la mayor desolación; por una criatura tan bella, que solicitaba la reconciliación, el consejo y el apoyo de aquel en cuyo desagrado había incurrido. Adán vio desvanecida toda su cólera, semejante a un hombre desarmado: levantó a su esposa y le dirigió estas palabras pacíficas:

"Imprudente, deseosa, tanto ahora, como antes, de lo que no conoces, anhelas que todo el castigo caiga sobre ti. ¡Ah! Sufre primeramente tu propia pena, porque serías incapaz de soportar la cólera entera de Dios, de la que sólo sientes una pequeña parte, cuando tan mal arrostras mi resentimiento. Si los ruegos pudieran cambiar los decretos del Altísimo, me apresuraría a trasladarme antes que tú al sitio donde se ha pronunciado nuestra sentencia, y me haría oír con más fuerza, a fin de que mi cabeza fuese la única castigada, y de que Dios perdonara tu fragilidad y tu sexo más débil que el mío, confiado a mi cuidado y tan neciamente por expuesto.

Levántate, pues: no disputemos más; no nos dirijamos mutuos vituperios, que bastante recaen ya sobre nosotros. Esforcémonos con mutuo amor en aliviar, repartiéndolo entre ambos, el peso de la desgracia, ya que no ha de llegar tan pronto, según preveo, ese día de nuestra muerte que nos ha sido anunciado, sino que vendrá como un mal de tardío paso, como un día que muere lentamente, a fin de aumentar nuestra miseria; miseria transmitida a nuestra raza. ¡Oh raza infortunada!"

Eva, reanimando su abatido espíritu contestó:

Adán, sé por una triste experiencia el escaso valor que deben tener para ti mis palabras, hasta aquí tan llenas de error, y que por un desgraciado suceso han sido tan fatales; sin embargo, ya que me acoges de nuevo y me rehabilitas a tus ojos, a pesar de lo indigna que soy de ello, con la esperanza de reconquistar tu amor, único contento de mi corazón tanto en vida como en muerte, no te ocultaré los pensamientos que se agitan en mi inquieto seno; pensamientos que tienden a aliviar nuestros males o a terminarlos, y que, aunque sean punzantes y tristes, son, sin embargo, tolerables, comparados con nuestros sufrimientos, y de elección más fácil.

Si la inquietud con respecto a nuestra posteridad es lo que más nos atormenta; si esta posteridad debe nacer destinada a una desgracia cierta, y ser devorada finalmente por la Muerte, sería muy criminal por nuestra parte que diésemos lugar a la miseria de otros, de nuestros propios hijos; que hiciésemos salir de nuestro seno a este mundo maldito una raza infortunada, la cual, después de una vida deplorable, debe ser pasto de un monstruo tan impuro. En tu poder está suprimir, por lo menos antes de la concepción, la raza no bendecida, y que no ha sido aún engendrada. Sin hijos estás ahora, quédate sin hijos; de este modo la Muerte verá burlada su hambre insaciable, y sus voraces entrañas no tendrán más remedio que contentarse con nosotros dos. Pero si piensas que es duro y difícil, mientras nos hablamos, nos miramos y nos amamos, abstenerse de los deberes del amor y de los dulces lazos nupciales, languidecer en el deseo sin esperanza en presencia del objeto amado, a quien el mismo deseo hace languidecer a su vez, tormento y miseria no menores por cierto que cualquiera de los que ahora sufrimos, entonces, a fin de librar a un tiempo a nuestra raza y a nosotros mismo de lo que tenemos para los dos, busquemos el medio más pronto, busquemos la muerte y si no la encontramos, que nuestras manos ejerzan en nosotros mismos su oficio. ¿Por qué hemos de estar por más tiempo siendo víctimas de esos temores que no presentan otro término que la muerte, cuando está en nuestra mano, escogiendo el camino más corto de los varios que para ello se nos ofrecen, destruir la destrucción por medio de la destrucción?"

Con estas palabras dio fin a su discurso, o, por mejor decir, lo cortó en su vehemente desesperación. De tal modo le habían penetrado los pensamientos de muerte, que tiñeron sus mejillas de una palidez mortal. Pero Adán, que no se dejaba arrastrar por semejante consejo, y cuyo espíritu más elevado alimentaba mejores esperanzas le respondió:

Eva, tu desprecio hacia la vida y el placer parecen demostrar en ti algo más sublime y excelente que lo que tu alma desdeña; pero la destrucción de sí mismo, en el hecho de ser buscada, destruye la idea de tal excelencia supuesta en ti, e implica, no tu desprecio, sino tu angustia y tu sentimiento por perder la vida y con ella sus anhelados goces. Si ansías la muerte como el último fin de la miseria, creyendo evitar de este modo el castigo que te ha sido impuesto, te equivocas, porque Dios ha armado muy sabiamente su ira vengadora, para que así pueda ser sorprendido. Mucho más temeraria, por mi parte, que una muerte así arrebatada no nos eximiese de la pena que nos condena a cumplir nuestra sentencia y que tales actos de contumacia provocasen al Eterno a hacer vivir la muerte en nosotros. Busquemos, pues, una resolución más saludable, que ya creo percibir, al meditar atentamente en esta parte de nuestra sentencia: "Tu raza quebrantará la cabeza de la serpiente" Mísera reparación, si esto no debiera referirse, como conjeturo, a nuestro gran enemigo, a Satanás, que, encerrado en la serpiente, ha llevado a cabo su engaño en contra nuestra. Quebrantar su cabeza sería, en efecto, una venganza; pero la perderíamos si atentáramos contra nuestra vida, o si transcurrieran los tiempos sin que tuviésemos hijos, según me propones, de esta suerte nuestro enemigo escaparía al castigo que se le ha impuesto, al paso que nosotros sufriríamos doblemente el que pende sobre nuestra cabezas.

Por consiguiente no tratemos de cometer ningún género de violencia contra nosotros mismos, ni de imponernos una esterilidad voluntaria, que nos privaría de toda esperanza, que solo haría germinar en nosotros el rencor y el orgullo, la impaciencia y el despecho, la rebelión contra Dios y contra el justo yugo que nos ha impuesto. Recuerda con qué dulce y graciosa bondad nos escuchó y nos juzgó sin cólera ni reconvención. Esperábamos una disolución inmediata, y creíamos, según su amenaza que la muerte debía sorprendernos en aquel mismo día. Pues bien, a ti te predijo únicamente los dolores de la preñez y del alumbramiento, brevemente recompensados por el goce del fruto de tus entrañas, en cuanto a mí, su maldición, rozándome apenas, ha ido a descargar sobre la tierra. Debo ganar el pan con mi trabajo: ¿qué mal hay en esto? Peor hubiera sido la ociosidad, mi trabajo me alimentará. Temeroso de que el frío o el calor nos perjudicase, nos ha provisto de lo necesario en su solicitud y sin implorar su auxilio, y sus manos nos han vestido compadeciéndose de nosotros, que somos indignos de compasión, en el mismo instante en que nos juzgaba. ¡Oh cuánto más, si le rogamos, abrirá sus oídos, y se inclinará su corazón a la piedad! Él nos enseñará además los medios de evitar la inclemencia de las estaciones, la lluvia, el hielo, el granizo, la nieve, que el cielo, variando su faz, ha empezado ahora a mostrarnos sobre aquella montaña, mientras los vientos soplan furiosos y húmedos, maltratando la hermosa cabellera de esos gallardos árboles que extienden sus ramas. Esta mudanza nos impone el deber de buscar algún abrigo mejor, algún calor más a propósito para reanimar nuestros miembros entumecidos antes que el astro del día de lugar al frío de la noche; veamos como podemos animar una materia seca por medio de esos rayos recogidos y reflejados, o bien cómo haciendo girar rápidamente dos cuerpos, puede su frotación inflamar el aire; hace poco, las nubes chocando entre sí o impelidas por el viento, en su rudo choque han despedido el relámpago oblicuo, cuya llama, al caer serpenteando, ha abrasado la corteza resinosa del pino y del abeto, y esparcido a lo lejos un agradable calor que puede sustituir al del sol. Si rogamos y solicitamos el perdón de nuestro Juez, quizá conseguiremos que éste nos instruya en el modo de usar de ese fuego, y en todo lo que puede aliviar o poner un término a los males que nos han ocasionado nuestras faltas; no debemos pues, abrigar el temor de que las incomodidades aquejen nuestra vida, sí Él nos presta su amparo, hasta que nos confundamos en el polvo, nuestro último reposo y nuestra morada natal.

¿Qué otra cosa mejor podemos hacer que volver al sitio donde nos ha juzgado, caer reverentemente prosternados ante Él, confesar humildemente nuestras faltas, implorar nuestro perdón, regando la tierra con nuestras lágrimas y llenando el aire de suspiros exhalados por nuestros corazones contritos, en señal de un amor sincero y de una humillación profunda, que calmará sin duda y disipará su enojo? Cuando parecía más irritado y severo, ¿acaso brillaba en su mirada serena otra cosa más que favor, gracia y piedad".

Así habló nuestro padre arrepentido; iguales remordimientos sintió Eva, y en seguida se encaminaron al sitio donde Dios los había juzgado, cayeron prosternados reverentemente ante él y confesaron humildemente su falta, implorando su perdón, regando la tierra con sus lágrimas y llenando el aire de suspiro exhalados por sus corazones contritos, en señal de un dolor sincero y de una humillación profunda.

Libro XI

Penetrados de un profundo arrepentimiento, permanecían arrodillados rogando nuestros padres en la más humilde postura; porque habiendo descendido desde el alto trono de la misericordia, la gracia anticipada había disipado el endurecimiento de sus corazones y hecho crecer en su lugar una nueva carne regenerada, que exhalaba ahora inexplicables suspiros; los cuales, inspirados por el espíritu de la oración, subían al cielo llevados por alas de más rápido vuelo que el de la más impetuosa elocuencia. Sin embargo, la actitud de Adán y Eva no era la de viles postulantes; su petición debió de ser tan importante como la de la antigua pareja de las fábulas antiguas compuesta de Deucalión y de la casta Pirra, cuando para renovar la raza humana sumergida, se prosternaron religiosamente ante el santuario de Temis.

Las súplicas de Adán y Eva volaron en derechura al cielo, sin desviarse de su camino, sin que el soplo de los vientos envidiosos las hiciera vagar o disiparse, con su esencia espiritual, pasaron los umbrales divinos, y envueltas allí por su gran Mediador en el incienso que ardía en el altar de oro, llegaron ante tu trono. El Hijo, lleno de gozo, al presentárselas, empieza a interceder de esta manera:

— "Ve, Padre mío, los primeros frutos que ha producido en la tierra tu gracia depositada en el hombre, considera esos suspiros, esos ruegos que, mezclados con el incienso en este incensario de oro, te presento yo, tu sacerdote; frutos debidos a la simiente arrojada por la contrición en el corazón de Adán; frutos de un sabor más agradable que los que, cultivados por las manos del hombre, hubieran podido producir todos los árboles del Paraíso, antes que el hombre perdiese su inocencia. Presta ahora atento oído a sus súplicas; escucha sus suspiros, aunque mudos, ignorantes como están de las palabras con que deben rogarte, permite que las interprete por ellos, yo que soy su abogado, su víctima propiciatoria. Trasplanta en mí todas sus obras buenas o malas, mis méritos perfeccionarán las primeras; mi muerte expiará las segundas. Acepta mi intercesión y recibe de estos infortunados, por mi conducto, un perfume de paz favorable a la especie humana. Que a lo menos viva el hombre, reconciliado contigo los días que le restan, aunque tristes, hasta que la muerte a que, está sentenciado le haga pasar a una vida mejor, en la que todo mi pueblo redimido pueda habitar conmigo en el gozo y la beatitud, no formando conmigo más que uno, así como yo no formo más que uno contigo".

El Padre a quien no rodeaba ninguna nube, le respondió con sereno rostro:

— "Todas tus demandas a favor del hombre, Hijo agradable, están concedidas; todas tus demandas eran otros tantos decretos míos. Pero la ley que he dado a la Naturaleza prohíbe al hombre habitar por más tiempo en el Paraíso. Esos elementos puros e inmortales que no conocen nada que sea material, ninguna mezcla manchada e inarmónica, rechazan ahora al hombre contaminado; quieren purgarse de él como de una sucia enfermedad, enviarlo a respirar un aire más grosero, a nutrirse de un alimento mortal como el que puede disponerle mejor a la disolución operada por el pecado que fue el primero en alterar todas las cosas, haciéndolas corruptibles de incorruptibles que antes eran.

— En un principio había yo creado al hombre dotado de dos hermosos presentes: la dicha y la inmortalidad; el primero lo ha perdido neciamente; y como el segundo sólo hubiera servido para eternizar su miseria, le he destinado a la muerte, por lo cual se ha convertido ésta en su remedio final. Después de una vida puesta a prueba por una cruel tribulación, purificada por la fe y por sus obras, el hombre, llamado a una segunda vida el día de la renovación del justo, será elevado por la muerte hasta mi con el cielo y la tierra renovados.

— Convoquemos ahora en los vasto recintos del cielo a todos los bienaventurados, no quiero ocultarles mis juicios, que vean como procedo contra la especie humana, así como han visto últimamente mi modo de obrar con los ángeles pecadores; porque aunque mis santos sean inmutables en su estado, se afirmarán más en él"

Dijo y el Hijo dio la gran señal al brillante ministro que velaba cerca del trono, éste hizo resonar en seguida su trompeta, que quizá fue la que después se oyó sobre el Horeb cuando Dios descendió y que tal vez resonará nuevamente en el juicio final. El soplo angélico llenó todas las regiones; los hijos de la luz salieron precipitadamente de sus afortunados bosquecillos, sombreados por el amaranto; de las orillas de las fuentes y manantiales de la vida, de todos los sitios en fin, en que descansaban asociados en sus placeres y acudieron a la imperiosa llamada y ocuparon sus puestos, hasta que desde lo alto de su trono supremo, anunció el Todopoderoso su soberana voluntad en estos términos:

— "Hijos míos, el hombre es ya como uno de nosotros; conoce a la vez el bien y el mal desde que ha gustado el fruto prohibido; pero sólo puede vanagloriarse de conocer el bien perdido y el mal ganado; mucho más feliz sería si le hubiera bastado conocer el bien por sí mismo, y de ningún modo el mal. Ahora está afligido, arrepentido, y ruega contrito: mi gracia que le acompaña es la que produce esos impulsos, más duraderos que él, pues yo sé que su corazón, abandonado a sí mismo, es variable y vano. Siendo de temer que ahora con mayor osadía, ponga su mano en el árbol de la vida, que coma de él y viva para siempre, o al menos crea vivir eternamente, he decidido alejarlo, enviarlo fuera del jardín a cultivar la tierra de donde fue sacado, el suelo que más le conviene.

— Miguel, encárgate de cumplir mi orden, elige para que te acompañen algunos flamígeros guerreros de entre los querubines, no sea que el Enemigo promueva algún nuevo disturbio, declarándose a favor del hombre, o pretendiendo ocupar su morada vacante. Apresúrate y arroja sin piedad del Paraíso de Dios a la pareja pecadora; expulsa de la tierra sagrada a los profanos, y anúnciales, así como a toda su posteridad, su perpetuo destierro de ese sitio. Sin embargo, para que no desmayen al oír su triste sentencia rigurosamente pronunciada, pues los veo afligidos y deplorando sus excesos con lágrimas, no les infundas terror. Si obedecen pacientemente tu mandato, no los despidas desconsolados: revela a Adán lo que debe suceder en los días futuros, según las luces que te suministraré; mezcla en tu narración la noticia de que he renovado mi alianza con la raza de la mujer; así podrás despedirlos, aunque afligidos, en paz.

— Al Oriente del jardín, por donde es más fácil la entrada en el Edén coloca una guardia de querubines con una espada que haga ondear anchurosamente su llama, a fin de atemorizar a lo lejos a quien intente aproximarse, e impedir todo acceso al árbol de la Vida, para evitar que el Paraíso se convierta en el receptáculo de impuros espíritus, que todos mis árboles sean su presa y que roben su fruto para seducir más al hombre"

Se calló, el arcangélico poder se prepara a un descenso rápido, y con él la brillante cohorte de los vigilantes querubines. Cada uno de ellos, cual un doble Jano, tenía cuatro rostros: todo su cuerpo estaba sembrado de ojos como lentejuelas, más numerosos que los que se adormecieron a los seductores sonidos de la flauta arcádica con el encanto producido por el caramillo de Hermes, o por su varita soporífera.

Entre tanto, para saludar de nuevo al mundo con la luz sagrada, Leucotea despertaba y embalsamaba a la tierra con un fresco rocío, cuando Adán y Eva, nuestra primera madre, terminaban su oración y sentían que su fuerza recibía de arriba nuevo aliento: observaba que surgía de su desesperación una nueva esperanza, un nuevo gozo, pero mezclado todavía de espanto. Adán dirigió de nuevo a Eva frases tan cariñosas como éstas:

"Eva, por medio de la fe podemos admitir fácilmente que todo el bien de que gozamos procede del cielo; pero es mucho más difícil creer que alguna cosa emanada de nosotros pueda llegar hasta él, y que sea bastante preciosa para que merezca llamar la atención de Dios soberanamente feliz, o capaz de inclinar su voluntad. Creo, sin embargo, que esta ferviente oración, estos suspiros que se exhalan del pecho del hombre, deben remontarse hasta el trono de Dios; porque desde que he procurado aplacar a la Divinidad ofendida por medio de la oración, desde que me he prosternado y humillado mi corazón ante Dios, me parece verle más asequible atendiéndome con dulzura. Siento nacer en mí la persuasión de que he sido escuchado favorablemente. La paz se ha hecho lugar de nuevo en el fondo de mi corazón, y en mi memoria la promesa de que tu raza aplastará a nuestro enemigo. Esta promesa de que en mi pavor no podía acordarme, me da ahora la seguridad de que ha pasado la amargura de la muerte y de que viviremos. Salve, pues, Eva, llamada con justicia la madre del género humano, la madre de todas las cosas vivientes, puesto que el hombre ha de vivir por ti y todas las cosas vivirán para el hombre".

Eva, cuyo aspecto era dulce y triste, respondió:

"Soy poco digna de semejante título, pecadora de mí, que estando destinada para ser tu ayuda, me he convertido en tu celada; por lo cual sólo merezco reprensión, desconfianza y desprecio: pero mi Juez ha sido tan infinito en su misericordia, que de todos, se me califica de fuente de vida; y tú le imitas en bondad al dignarte llamarme de ese modo, cuando he merecido un nombre muy distinto. Mas los campos nos llaman al trabajo, impuesto ahora con sudor, aunque hayamos pasado la noche sin dormir; por que, ¡mira!, la aurora, indiferente a nuestro insomnio, comienza sonriente su sonrosada carrera. Vamos, pues; en adelante no me apartaré jamás de tu lado, sea cualquiera el sitio de nuestro trabajo diario, y aun cuando ahora se nos haya prescrito más penoso que antes hasta la caída del día. Mientras permanezcamos aquí, ¿puede haber nada que sea fatigoso en estas frondosidades placenteras? Por tanto vivamos aquí contentos, aunque en un estado abatido".

Tales fueron las palabras, tales los deseos de Eva, profundamente humillada; pero el Destino no sancionó sus votos. La Naturaleza lo declaró bien pronto con diversas señales manifestadas por el ave, el bruto y el aire: éste se oscureció repentinamente después del corto albor de la aurora; a la vista de Eva, el ave de Júpiter se lanzó desde la altura de su vuelo sobre dos pájaros del más brillante plumaje y les hizo huir ante ella; el animal que reina en las selvas, y que fue el primer cazador, descendiendo de la colina, persiguió a la más graciosa pareja de todo el bosque, al corzo y la corza, que dirigieron sus furtivos pasos hacia la puerta orienta. Adán los observó y siguiendo esta caza con la vista, dijo conmovido a Eva:

"¡Oh Eva! Pronto nos espera otro cambio: el cielo, por medio de mudas señales operadas en la Naturaleza nos muestra los precursores de sus designios, o nos advierte que confiamos demasiado en la remisión de nuestro castigo, por que la muerte haya retardado su golpe algunos días. ¿Quién sabe lo que durará nuestra vida, y lo que será hasta entonces? ¿Sabemos acaso más sino que somos polvo y que dejaremos de existir? Si así no es, ¿a qué viene ese doble espectáculo que se ofrece a nuestra vista, esa persecución en la tierra y en el aire, hacia un mismo sitio y simultáneamente? ¿Por qué esa oscuridad en el Oriente antes que el día haya llegado a la mitad de su carrera. ¿Por qué la luz de la mañana brilla más en aquella nube de Occidente, que despliega en el azul del firmamento una blancura radiante y desciende con lentitud llevando alguna cosa celestial?

Adán no se equivocaba, porque en aquel instante las cohortes angélicas descendían al Paraíso en una nube jaspeada, y se posaron en una colina: ¡aspiración gloriosa para Adán, si la duda y el temor humanos no hubieran oscurecido aquel día sus ojos! No fue más gloriosa la visión que se ofreció a Jacob cuando en Mahanaim le salieron al encuentro los ángeles y vio el campo cubierto con las tiendas de sus brillantes guardianes, ni la que apareció sobre el monte inflamado de Dotán, cuando se vio un campo de fuego pronto a devorar al rey sirio que para sorprender a un solo hombre había puesto un ejército en campaña y dado principio a la guerra como un bandolero sin declararla.

El príncipe de las jerarquías dejó en la colina, en su brillante puesto, a sus guerreros para que tomaran posesión del jardín, y se adelantó solo para encontrar el sitio donde Adán se había refugiado; pero no sin que fuera divisado por nuestro primer padre, que dijo a Eva mientras el gran mensajero se acercaba:

"Eva, prepárate ahora a grandes acontecimientos, que quizá decidirán en breve de nuestra suerte, o nos impondrán la observancia de nuevas leyes; porque descubro allá abajo uno de los ángeles de la milicia celeste, descendiendo de la nube resplandeciente que vela la colina, y que, a juzgar por su porte, no es de los inferiores, sino un gran prócer o uno de los tronos de arriba, según su majestuoso continente. No tiene, sin embargo, un aspecto terrible que mi inspire temor, ni, como Rafael, ese aire sociable y dulce que me permita confiar mucho en él, pero es solemne y sublime. Es preciso, para que no se ofenda, que me acerque a él respetuosamente y que tú te retires".

Al decir esto, el arcángel llegó presuroso como un hombre vestido para ir en busca de otro hombre. Sobre sus armas brillantes ondulaba una cota de mallas de una púrpura más viva que las de Melibea o de Sarra, que llevaban los reyes o los héroes antiguos en los tiempos de tregua; Iris había tejido su trama. El casco estrellado que el arcángel llevaba con la visera levantada dejaba ver en él los primeros rasgos de la virilidad que siguen a la juventud. Del costado de Miguel pendía como un resplandeciente zodíaco, la espada, terror de Satanás, y en su mano llevaba una lanza. Adán le hizo una profunda reverencia: Miguel en su regio continente, no se inclinó, sino que explicó desde luego su venida de esta suerte:

"Adán, ante la orden suprema de los Cielos, es superfluo todo preámbulo; que te baste saber que han sido escuchados tus ruegos y que la muerte que debías sufrir, según la sentencia, en el momento mismo de tu falta, se verá privada de apoderarse de ti durante los muchos días que se te conceden para que puedas arrepentirte y resarcir por medio de buenas obras un acto culpable. Entonces será posible que, aplacado tu Señor te redima completamente de las avaras reclamaciones de la muerte. Pero no permite que habites por más tiempo este Paraíso; he venido para hacerte salir de él y enviarte fuera de este jardín a labrar la tierra de la que fuiste sacado y el suelo que más te conviene".

El arcángel no dijo nada más, porque Adán, herido en lo íntimo del corazón por tales noticias, fue presa de la glacial congoja del dolor que le privó de sus sentidos. Eva, que lo había oído todo sin ser vista, se descubrió por un desgarrador gemido en el sitio donde estaba oculta.

"¡Oh golpe inesperado, peor que la muerte! ¡Conque he de abandonarte, oh Paraíso! ¡Abandonaros de esta suerte, a ti. ¡Oh suelo natal, y a vosotras alamedas encantadoras, florestas dignas de ser frecuentadas por los dioses! Yo esperaba pasar aquí tranquila, aunque triste, el plazo concedido hasta el día de nuestra muerte. ¡Oh flores que no creceréis jamás bajo otro clima, que recibíais por la mañana mi primera y por la tarde mi última visita. Flores que cuidé con mano cariñosa desde que se entreabrió el primer capullo y a las que di nombre, ¿quién os expondrá ahora a los rayos del sol, quién os ordenará en tribus y os regará con el agua de la fuente de ambrosía? Y tú, retiro nupcial, adornado por mí con todo cuanto puede ser agradable al olfato o a la vista, ¿cómo separarme de ti? ¿Dónde hallaré otro igual en un mundo interior, que, comparado a éste, será oscuro y salvaje? ¿Cómo podremos respirar otro aire menos puro, estando acostumbrados a frutos inmortales?"

El ángel la interrumpió dulcemente, diciéndole:

"Eva, no te lamentes así; antes bien, resígnate con paciencia a la pérdida que has sufrido justamente; no dirijas tan apasionadamente los deseos de tu corazón a lo que ya no te pertenece. Además, no te alejas completamente sola, tu marido va contigo. Estás obligada a seguirle; piensa que el sitio en que él habite debe ser tu país natal.

Adán, volviendo entonces de su repentino y glacial estupor, coordinó sus ideas confusas y dirigió a Miguel estas humildes palabras:

"Ser celestial ya ocupes un lugar entre los tronos o ya seas el primero entre ellos, porque una forma como la tuya puede parecer la de un príncipe superior a los príncipes; nos has transmitido con dulzura este mensaje que, anunciado de otro modo, hubiera podido herirnos y, cumpliéndose, causarnos la muerte. Sin embargo, todo el pesar, todo el abatimiento y la desesperación que puede soportar nuestra flaqueza se encierran en tus palabras, en el destierro de esta mansión dichosa, nuestro apacible retiro, nuestro único consuelo, con el que nos habíamos familiarizado. Todos los demás lugares de la tierra nos parecerán inhospitalarios y desolados, y seremos tan desconocidos para ellos como ellos lo son para nosotros.

¡Ah! si me atreviese a esperar que una súplica incesante cambiara la voluntad del que lo puede todo, no cesaría de importunarle con mis asiduos lamentos; pero contra su decreto absoluto, la oración no tiene más fuerza que nuestro aliento contra el huracán, el cual lo rechaza sofocante contra el mismo que lo exhala.

Me someto pues, a su gran mandato. Lo que más me aflige es que, al alejarme de aquí, me veré privado de contemplar su faz, privado de su protección sagrada. Aquí, hubiera podido tributarle adoración en los sitios en que se dignó mostrar su divina presencia y habría dicho a mis hijos: "En esta montaña se me apareció, bajo este árbol se presentó visiblemente, entre estos pinos oí su voz, aquí, a la orilla de esta fuente, conversé con Él.

Mi agradecimiento le habría elevado muchos altares de césped, yo hubiera amontonado las pulidas piedras de los arroyos, como un recuerdo o como un monumento para las edades venideras, en esos altares le habría ofrecido los dulces perfumes de las olorosas gomas, frutos y flores. En el mundo inferior, allá abajo, ¿dónde podré ver sus brillantes apariciones, y las huellas de sus pies? Porque, aunque debo huir de su cólera, estando, sin embargo, destinado a una larga vida, y habiéndome sido prometida una posteridad, contemplo ahora con gozo la extremidad de la orla de su gloria y adoro desde lejos los vestigios de sus pasos".

Mirándole con suma benignidad, le respondió Miguel:

"Adán, bien sabes que tanto el cielo como la tierra entera pertenecen a Dios y no este monte solamente; su omnipresencia llena la tierra, el mar, el aire y todas las cosas, a quienes fomenta y comunica un dulce calor con su poder virtual. Te ha dado toda la tierra para poseerla y gobernarla; no debe despreciarse semejante don. No te imagines, pues, que su presencia esté confiada a los estrechos límites de este Paraíso o del Edén. El Edén hubiera sido quizá tu principal asiento, de donde habrían salido todas las generaciones y adonde habrían acudido de todas las extremidades de la tierra para celebrarte y reverenciarte como a su gran autor, pero esta preeminencia la has perdido por haber descendido ahora a habitar la misma tierra que habitarán tus hijos.

A pesar de esto, no dudes que Dios deje de hallarse presente en la llanura y en el valle, lo mismo que aquí, las señales de su presencia te seguirán todavía; aún te verás rodeado de bondad, de su amor paternal, de su imagen expresa y de la huella divina de sus pasos. A fin de que puedas creerlo y estar seguro de ello antes de salir de aquí, has de saber que he sido enviado para revelarte lo que debe acontecer a ti y a tu raza en los tiempos futuros. Prepárate a oír el bien y el mal; a ver la gracia sobrenatural luchando con la maldad de los hombres; esto te enseñará a tener verdadera paciencia y a templar la alegría con el temor y con una santa tristeza, acostumbrado por la moderación a soportar cualquier mudanza, bien sea próspera o adversa. De este modo dirigirás con más seguridad tu vida y estarás mejor preparado para arrostrar tu tránsito a la muerte cuando ésta llegue. Sube a esa colina; deja a tu esposa, cuyos párpados he cerrado, que duerma aquí abajo, mientras tú velarás para contemplar el provenir, así como dormiste el día en que Eva fue formado para la vida".

Adán, lleno de gratitud le contestó:

"Sube, por cualquier sendero que me conduzcas te seguiré, guía seguro, inclinándome bajo el brazo del cielo por más que me castigue. Me armaré de paciencia para soportar el mal, y de bastante sufrimiento para vencer y lograr el reposo a costa del trabajo, si es que de esta suerte puedo alcanzarlo.

Ambos subieron a la visión de Dios. Esta era una montaña, la más alta del Paraíso, desde cuya cima se ofrecía a la vista extensamente y hasta la más lejana perspectiva el hemisferio de la tierra. No era más alta, ni desde ella se descubría en torno mayor espacio, la montaña sobre la cual el tentador transportó por motivo diferente a nuestro segundo Adán en el desierto para mostrarle todos los reinos de la tierra y todas sus glorias.

Desde allí, la mirada de Adán podía dominar, en cualquier parte donde estuviesen situadas las ciudades de fama antiguas o moderna, las capitales de los imperios más poderosos, desde los muros destinados para Cabalu, residencia del Kan de Catay, y desde Samarcanda, trono de Temir, cerca del Osus, hasta Pekín, capital de los reyes de China; y desde allí, hasta Agra y Lahora, del Gran Mogol, descendiendo hasta el Quersoneso de oro, o bien hacia el sitio que el Persa habitaba en otro tiempo en Ecbatana, o en Ispahán después, o hacia Moscú, ciudad del zar de Rusia, o hacia Bizancio, sometida al sultán oriundo del Turquestán. Sus ojos podían ver también el imperio de Negus hasta Ercoco, su puerto más distante y los reducidos estados marítimos de Mombaza, Quiloa, Melinde y Sófala, que se cree sea Ofir, hasta el reino de Congo y de Angola, el más distante hacia el Sur; desde allí podía divisar, entre el río Níger y el monte Atlas, los reinos de Almanzor, de Fez, de Sus, de Marruecos, de Argel y de Tremecén y en seguida Europa, los sitios donde Roma debía dominar el mundo. Quizá vio también representada en su espíritu la rica Méjico, asiento de Moctezuma y en el Perú, a Cuzco, morada más rica aún de Atabalipa y la Guyana, no despojada aún, y cuya gran ciudad fue llamada El Dorado por los hijos de Gerión.

Mas para proporcionarle espectáculos más nobles, Miguel disipó la nube formada sobre los ojos de Adán por el fruto falaz que le había prometido una vista más penetrante.

El ángel le limpió el nervio óptico con eufrasia y ruda, porque había de ver muchas cosas y dejó caer en sus ojos tres gotas de agua de la fuente de la vida. La virtud de aquel colirio penetró tan profundamente aun en la parte más interior de la vista mental, que Adán, obligado entonces a cerrar los ojos, cayó y todos sus sentidos se entorpecieron; pero el precioso ángel le levantó, cogiéndole de la mano, y llamó de este modo su atención:

"Adán, abre ahora los ojos y contempla desde luego los efectos que tu pecado original ha operado en algunos de los que deben nacer de ti, y que ni han tocado jamás al árbol prohibido, ni conspirado con la serpiente, ni pecado con tu pecado. Y, sin embargo, de este pecado procede la corrupción que debe producir las más violentas acciones".

Adán abrió los ojos y vio un campo, en una parte de aquel campo, ya cultivada, se veían gavillas segadas recientemente; en la otra, praderas y dehesas de ganados; en el centro, como sirviendo de límite, se elevaba un rústico altar de césped. En aquel momento, un segador, cubierto de sudor, depositó en él las primicias de su trabajo, la verde espiga y la amarilla mies, amontonadas confusamente. Después de éste acudió un amable pastor con los más tiernos. Los mejores y más escogidos corderos de su rebaño; los sacrificó en seguida y extendió sus entrañas y su grasa, salpicadas de incienso, sobre la pira preparada y practicó todos los ritos debidos. Al punto un fuego propicio del cielo consumió su ofrenda con una llama rápida y un humo agradable; la otra ofrenda no fue consumida, porque no era sincera, por lo cual, el labrador se sintió poseído de una rabia tal, que mientras hablaba con el pastor, le hirió en mitad del pecho con una piedra que le arrancó la vida; cayó y cubierto de una palidez mortal, exhaló su alma entre gemidos y un torrente de sangre que inundó el suelo.

Adán sintió su corazón sobrecogido de espanto ante aquel espectáculo y dijo apresuradamente al ángel:

"¡Oh maestro! ¿Qué terrible desgracia ha sucedido a ese hombre amable, que había ofrecido dignamente su sacrificio? ¿Alcanzan tal recompensa la piedad y la devoción más puras?"

Miguel conmovido también, le contestó:

"Esos dos son hermanos, Adán y ambos saldrán de tus riñones; el injusto ha dado la muerte al justo por envidia de que el Cielo hubiese aceptado la ofrenda de su hermano. Pero tan sanguinaria acción será vengada y la fe del justo, que ha merecido aceptación no dejará de tener su recompensa, por más que le veas morir aquí, revolcándose en el polvo y en la sangre coagulada".

Nuestro primer padre replicó:

"¡Ah, por qué acción y por qué motivo! Pero ¿es la muerte lo que acabo de ver? ¿Debo volver por ese camino a mi polvo natal? ¡Oh terrorífico espectáculo! ¡Cuán disforme y horrible se presenta la muerte a mi vista! ¡Cuán espantoso es pensar en ella y tenerla que sufrir!"

Miguel le dijo:

"Has visto ya la muerte bajo la primera forma en que se ha mostrado al hombre, pero sus formas son muy variadas, así como numerosos los caminos que conducen a su horrorosa caverna, todos a cuál más funestos. Sin embargo, ese antro es para los sentidos más terrible a su entrada que en el interior. Algunos morirían, como acabas de ver, bajo la acción de un golpe violento; otros varios por el fuego, el agua, el hambre; la mayor parte por su intemperancia en la comida y bebida, que producirá en la tierra enfermedades crueles, cuya monstruosa muchedumbre va a presentarse ahora mismo ante ti para que no puedas conocer las miserias que legará a los mortales la incontinencia de Eva".

Inmediatamente apareció a su vista un lugar triste, infecto, oscuro, semejante a un lazareto. En aquel sitio había multitud de enfermos, aquejados de todas las dolencias que causan horribles espasmos, torturas desgarradoras, desfallecimientos y agonía del corazón, fiebres de toda especie convulsiones, epilepsias, catarros crueles, cálculos urinarios, úlceras, agudos cólicos, frenesí de endemoniados, la pensativa melancolía, la demencia lunática, la aniquiladora atrofia, el marasmo, la peste, las hidropesías, los asmas y los reumatismos que descoyuntan los miembros. Crueles eran los sacudimientos, hondos los gemidos. La Desesperación iva solícita de lecho en lecho visitando a los enfermos, y la Muerte blandía triunfante sobre ellos su dardo; pero difería herirlos con él, por mas que la invocaran frecuentemente como su primer bien y su última esperanza.

¿Qué corazón de piedra hubiera podido contemplar por largo rato, con los ojos secos, semejante espectáculo? A Adán no le fue posible y lloró, aunque no era nacido de mujer, la compasión se apoderó de lo mejor que tiene el hombre, y durante algunos instantes se entregó al llanto, hasta que, al fin, algunos pensamientos más firmes moderaron su exceso y recobrando apenas la palabra, renovó sus lamentos:

"¡Oh desgraciada especie humana, en que degradación has caído! ¡A que estado tan miserable te ves reducida! Más valdría no haber nacido. ¿Por qué se nos ha dado la vida, si se nos ha de quitar de ese modo? O, más bien: ¿por qué así se nos ha impuesto? Si conociéramos lo que recibimos, ¿quién había de aceptar la vida que se le ofrece sin aspirar a verse libre de ella en breve, contento con ser despedido en paz de este mundo? ¿Cómo es posible que la imagen de Dios creada en un principio en el hombre tan bella y elevada, aunque después culpable llegue a ser víctima de espantosos dolores de torturas inhumanas? ¿Por qué, observando el hombre un resto de la semejanza divina, no se ha de ver libre de esas deformidades? ¿Por qué no se ha de ver libre de ellas, por consideración siquiera a la imagen de su Creador?".

"La imagen de su Creador, respondió Miguel— se ha apartado de ellos en el momento en que ellos mismos se han envilecido por satisfacer sus apetitos desordenados, entonces se revistieron de la imagen de aquel, a quien servían, del vicio brutal, que indujo principalmente a Eva al pecado. Por eso es tan abyecto su castigo, no desfiguran la semejanza de Dios, sino la suya; o se es borrada por ellos mismos esta semejanza cuando pervierten las reglas sanas de a pura Naturaleza, convirtiéndola en asquerosas enfermedades, se ven sometidos a un condigno castigo, pues que no han respetado en sí mismo la imagen de Dios".

"Reconozco que el castigo es justo y lo acato —dijo Adán—, pero ¿no hay otra vía más que esos penosos senderos para llegar a la muerte y mezclarnos con nuestro polvo consustancial?"

"Hallarás una —dijo Miguel— si observas la regla: en nada demasiado; regla aconsejada por la templanza en cuanto comes bebes, buscando un alimento necesario y no las delicias de la gula; de este modo pasarán numerosos años sobre tu cabeza; así podrás vivir hasta el momento en que, semejante a un fruto maduro, caigas en el seno de tu madre, de este modo no serás arrancado de la vida con violencia, sino cogido con facilidad, cuando estés sazonado para la muerte; tal es la edad senil. Pero entonces sobrevivirás a tu juventud, a tu fuerza, a tu hermosura ya marchita, y débil y encanecida; entonces tus sentidos embotados, serán insensibles a todos los gustos, a todos los placeres. En vez de ese soplo de juventud, de alegría y de esperanza, circulará por tu sangre un vapor melancólico, frío y estéril, que entumecerá tu espíritu y consumirá por último la savia de tu vida".

Nuestro gran antepasado, replicó:

"En adelante, no huiré ya de la muerte, ni desearé prolongar mucho mi vida, sino que procuraré buscar los medios más suaves, los fáciles para lanzar de mi esta pesada carga que me veo obligado a llevar hasta el día fijado para restituirla y esperar con paciencia mi disolución".

Miguel repuso:

"No ames ni aborrezcas la vida; pero procura hacer transcurrir bien los días que te conceda el Cielo. Por lo demás, deja que éste se ocupe de la duración de aquélla. Ahora prepárate a presenciar otro espectáculo".

Adán miró y vio una llanura espaciosa; cerca de algunas de ellas pacían numerosos ganados. Del interior de otras muchas se elevaba el sonido de los acordes producidos por el arpa y el órgano, veíase al que hacía mover las teclas y las cuerdas, su mano ligera recorría inspirada todos los tonos y modulaba, recorriendo también el instrumento de uno a otro lado, una sonora fuga.

En otro lugar estaba un hombre trabajando en una fragua, el cual había fundido dos macizos lingotes de hierro y de cobre; el hombre vertió el mineral líquido en moldes expresamente preparados; formó de él primeramente sus propias herramientas, y luego que podía ser obrado por medio de la fundición o tallando el metal.

Después de estos personajes, y hacia el sitio más próximo al que se encontraban viéronse bajar a la llanura algunos hombres de diferente especie desde la cumbre de las montañas donde tenían su habitual morada: a juzgar por sus modales, parecían hombres justos y todo su afán se cifraba en adorar a Dios, en conocer sus obras manifiestas y todas las cosas que pueden conservar la libertad y la paz entre los hombres.

Aún no habían caminado mucho por la llanura, cuando se vio salir de las tiendas una multitud de mujeres hermosas, ricamente adornadas de pedrerías y voluptuosas galas, iban cantando, acompañadas del arpa, dulces y amorosas baladas y se adelantaban danzando. Los hombres las miraron a pesar de su gravedad, y dejaron vagar sus ojos sin freno, cogidos desde luego en las redes del amor, las amaron y cada cual escogió la que amaba entreteniéndose en coloquios de amor, hasta que apareció la estrella de la tarde, precursora de la noche. Entonces, llenos de ardor, encendieron la antorcha nupcial e invocaron al Himeneo, llamado en aquel día por primera vez para asistir a las ceremonias del matrimonio; los ecos de la fiesta y de las músicas resonaron en todas las tiendas.

Tan feliz entrevista, tan encantador encuentro de amor y de juventud no perdida, aquellos cantos, aquellas guirnaldas, aquellas flores, aquellas agradables melodía cautivaron el corazón de Adán sumamente propenso a entregarse al deleite, inclinación de nuestra naturaleza y descubrió de este modo sus sentimientos:

"¡Oh, tú que me has abierto verdaderamente los ojos, primer ángel bendito!

Esta visión me parece mucho mejor y me infunde más esperanza de mejores días que las dos visiones precedentes, aquéllas era visiones de odio y de muerte o de tormentos peores, aquí, la Naturaleza parece realizar todos sus fines".

Miguel le contestó:

"No juzgues de las cosas por el placer que puedan causar, aun cuando parezcan conformes a la Naturaleza, tú has sido creado para un fin más noble, más santo y puro y de una conformidad más divina.

"Esas tiendas que te parecen tan hermosas son las tiendas de la maldad, bajo las cuales habitará la raza del matador de su hermano. Esos hombres parecen ingeniosos en las artes que hacen agradable la vida y en sus raros inventos se olvidan de su Creador, y aunque su espíritu les ha comunicados esos conocimientos, no reconocen ninguno de sus dones, pues esa hermosa reunión de mujeres que has visto y que parecen divinidades, tan festivas, seductoras y gentiles, carecen sin embargo de ese bien en que estriba el honor doméstico de la mujer y su principal gloria y se han nacido y se han formado tan solo para satisfacer lascivos apetitos, para cantar, bailar, adornarse y tener en continuo movimiento su lengua y sus ojos. Esta escasa raza de hombres, cuya vida religiosa le había conquistado el título de hijos de Dios, sacrificará innoblemente toda su virtud, toda su gloria, ante los incentivos y las sonrisas de estas bellas ateas; ahora nadan en un mar de delicias, pero dentro de poco nadarán en un abismo más vasto, ríen y a consecuencia de su risa, la tierra verterá antes de mucho un mundo de lágrimas".

Adán, privado de su breve contento, exclamó:

"¡Oh lástima! ¡Oh vergüenza! Que los que dieron principio tan perfectamente a su vida se desvíen tan pronto del bueno camino, sigan tortuosos senderos o desfallezcan a la mitad de su carrera! Pero aquí, como en todo, vero que la desdicha del hombre procede de la misma causa: ¡su origen es la mujer!"

"Tiene su origen —repuso el ángel— en la molicie afeminada del hombre que hubiera debido conservar su linaje por medio de la prudencia y de los dones superiores que había recibido. Pero ahora prepárate a contemplar otra escena".

Adán miró y vio desplegado ante sus ojos un vasto territorio, por el cual había desparramadas aldeas y campestres construcciones, ciudades llenas de hombres, con puertas y torres elevadas, reuniones de gente armada, rostros audaces amenazando con la guerra, gigantes corpulentos y de una audacia emprendedora. Unos manejan sus armas, otros doman espumosos corceles, tantos jinetes y peones, aislados o formados en orden de batalla, no se encuentran allí ciertamente par un vano simulacro.

Por un lado aparece un destacamento de tropas escogidas conduciendo forraje y empujando ante sí una manada de hermosos bueyes y vacas, separados de su pasto, o un gran número de ovejas y baladores corderos, recogidos como botín en la llanura. El pastor llama gente en su socorro, y de ahí resulta un sangriento choque. Los escuadrones se embisten con terrible furia; los rebaños se dispersan confusamente mezclados con loas armas y los cadáveres, en el mismo sitio dónde antes pacían tranquilamente y cuyo suela ensangrentado ahora se ha convertido en un yermo.

Otros guerreros acampados ponen sitio a una fuerte ciudad: la asaltan con ayuda de sus baterías, sus escalas y sus minas: los situados se defienden desde lo alto de sus muros con el dardo y la jabalina con piedras y combustibles sulfurosos, por doquiera sólo se contempla carnicería y hechos gigantescos.

Más allá de los heraldos, con el cetro en la mano, convocan a consejo en las puertas de una ciudad; inmediatamente ser reúnen los hombres vulnerables y cubiertos de canas, confundidos con los guerreros; óyense arengas, pero pronto estalla una oposición facciosa; levántase por último un personaje de mediana edad, eminente por su aspecto que revela la ciencia, habla de derechos y de culpas, de equidad, de religión, de verdad y de paz, y del juicio de Dios. Viejos y jóvenes lo escarnecen, y hubieran puesto sobre él sus manos violentas, si, descendiendo una nube no lo hubiera arrebatado sin ser visto de entre la muchedumbre. De tal fuerza procedían la violencia, la opresión y la ley del más fuerte en toda la llanura, sin que nadie encontrara un refugio.

Adán lloraba amargamente; se volvió lleno de tristeza hacia su guía y le dijo:

"¿Quiénes son esos? Ministro de la muerte sin duda, y no hombres, cuando tan inhumanamente distribuyen la muerte a los demás hombres, multiplicando diez mil veces el pecado del que mató a su hermano. Por que ¿en quienes cometen tales matanzas sino en sus hermanos? ¡Son hombres contra hombres! Pero, ¿quién era ese varón justo que, a no haberle el cielo, habría perecido víctima de su rectitud?"

Miguel le contestó:

"Ese es el fruto de los desproporcionados enlaces que has visto antes, en los que el bueno se ha unido al malo, a pesar de aborrecer ellos mismos semejante unión; confundidos imprudentemente entre sí, han engendrado esos seres monstruosos en cuerpo y en espíritu. Tales serán esos gigantes, hombres que alcanzarán elevado renombre, porque en estos días sólo será admirada la fuerza a la que se llamará valor y virtud heroica; vencer en los combates, subyugar a las naciones, recoger los despojos de una infinidad de hombres asesinados, serán los timbres que considerará como de mayor gloria la especie humana, gloria de que se mostrarán ávidos esos triunfadores, a quienes se prodigarán los títulos de grandes conquistadores de patronos de la Humanidad, de dioses e hijos de los dioses, cuando con más justicia debería llamárseles destructores y azote de los hombres. De este modo alcanzarán la reputación, la fama en la tierra, al paso que el que merezca verdaderamente la gloria, yacerá sepultado en el olvido. Pero ese que has visto y que será el séptimo de tus descendientes, el único justo en medio de una mundo perverso, aborrecido y rodeado de enemigos por eso mismo, porque se ha atrevido a ser el solo justo a anunciar la odiosa verdad de que Dios vendría a juzgarlos con sus santos, ése ha sido arrebatado por el Altísimo en una nube perfumado, tirada por corceles alados. Dios lo ha recibido en su seno para que marche con él por la elevada vía de la salvación, por las regiones benditas, exento de la muerte. Dirige ahora hacia aquí tus miradas, a fin de que contemples la recompensa que está destinada a los buenos y el castigo que espera a los malos.

Adán miró y vio que había cambiado por completo la faz de las cosas; las bronceadas fauces de la guerra habían cesado de rugir, todo se había convertido en fiestas y juegos; lujuria y crápula en diversiones y danzas, en casamientos o prostituciones, en rapto y adulterio, al azar y por dondequiera que pasara una mujer hermosa atrayendo a los hombres, de la copa del placer rebosaban las discordias civiles. Un personaje venerable apareció por último entre ellos; les manifestó la grande aversión que le inspiraban sus acciones y protestó contra su proceder. Frecuentaba asiduamente sus reuniones, donde tan sólo encontraba triunfos y orgías y les predicaba la conversión y el arrepentimiento, como almas que se hallaban bajo el inmediato golpe de sentencias inminentes; pero todo en vano. Cuando así lo conoció, cesó en sus amonestaciones, y trasladó sus tiendas lejos de ellos.

Entonces, cortando en la montaña corpulentos árboles, empezó a construir un barco de rara magnitud, que midió por codos en longitud, latitud y altura. Lo calafateó con pez, puso una puerta en uno de sus costados y lo llenó de cierta cantidad de provisiones para el hombre y para los animales. En seguida, ¡oh raro prodigio!, de cada especie de animales, pájaros e insectos, llegaron siete y siete, macho y hembra, y entraron el arca según la orden que habían recibido. El padre y sus tres hijos y sus cuatro mujeres entraron los últimos, y Dios cerró la puerta.

Al propio tiempo se levantó un viento del Sur y desplegando por el horizonte sus negras alas, reunió todas las nubes que había debajo del cielo. Las montañas enviaron vigorosamente en su auxilio sus vapores y sus sombrías y húmedas emanaciones, y entonces apareció el denso firmamento como una oscura bóveda: la lluvia se precipitó impetuosamente desde allí y continuó así hasta que desapareció la tierra. El flotante bajel iba elevándose con seguridad y luchando con su aguda proa contra el embate de las olas. La inundación subió por encima de todas las demás moradas del hombre, que fueron rodando con toda su pompa hasta el fondo de las aguas. El mar cubrió al mar, mar sin orillas, y en los palacios donde poco antes reinaba el lujo buscaron un abrigo y fijaron su asiento los monstruos marinos. Todo cuanto había quedado del género humano, antes tan numeroso, flota ahora embarcado, en un frágil leño.

¡Cuánto sufriste entonces, Adán, al ver el desastroso fin de tu posteridad, la despoblación de la tierra! Sumido tú mismo en otro diluvio de pesares y lágrimas, también te viste ahogado y abismado como tus hijos, hasta que, socorrido dulcemente por el ángel, te pusiste en pie, si bien desolado, como cuando un padre llora a sus hijos que han sido destruidos ante sus ojos, apenas te quedó aliento para dirigir al ángel tus lamentos de este modo:

"¡Oh funestas previsiones! ¡Cuánto más me valiera haber vivido en la ignorancia del porvenir! Así tan sólo sufriría mi parte de mal, que harto grande es la que he de soportar cada día. Ahora, merced a esta revelación anticipada, pesan a la vez sobre mi las desgracias que deben acaecer una tras otras en muchos siglos, pues obteniendo una existencia prematura, me atormentan aun antes de ser, con la idea de lo que serán. Ningún hombre procure en adelante saber lo que ha de sucederle a él o a sus hijos, porque adquirirá el convencimiento de un mal que su misma previsión no podrá evitar; y el mal futuro, conocido de esta suerte, no será para él menos doloroso que si en realidad existiera. Pero este cuidado es ahora inútil, porque no hay ya hombres a quienes prevenir. El corto número de ellos que ha quedado se verá consumido más o menos tarde por el hambre y la angustia, errando por ese desierto líquido. Me había atrevido a esperar que, en cuanto hubieran cesado sobre la tierra la guerra y la violencia, iría entonces todo bien, y que la paz coronaría a la especie humana con una prolongada serie de días venturosos. ¡Cuánto me he engañado! Ahora lo veo: ¡la paz es tan corruptora como devastadora la guerra! Y ¿por qué ha de suceder así? Dímelo, guía celestial, y dime también si la raza de los hombres debe terminar ahí."

Miguel le dijo:

"Aquellos que has visto últimamente en triunfo y en medio de una lujuriosa opulencia son los mismos que viste antes llevando a cabo actos de eminente proezas y grandes hazañas, pero en cuyo interior no existía la verdadera virtud. Después de haber derramado mucha sangre, después de haber causado muchos estragos para subyugar a las naciones y de haber adquirido a consecuencia de esto una gran fama por el mundo, pomposos títulos y rico botín, se han lanzado en la carrera del placer, de la comodidad, de la pereza, de la licencia y de la crápula, hasta que, por último su incontinencia y su orgullo han engendrado, en el seno mismo de la amistad, hostiles acciones en medio de la paz.

Los vencidos y los que han quedado reducidos a la esclavitud por la tiranía de la guerra, perdida su libertad, perderán también toda virtud y todo temor de Dios, su hipócrita piedad le implora en la ansiedad de las batallas, pero Dios les rehúsa su auxilio contra el invasor. Entibiado su celo por esta razón, no pensarán ya más que en vivir tranquilos, en posesión de lo que su amo les abandone, mundanos o disolutos, porque la tierra será siempre más que suficientemente fecunda para poner a prueba la templanza. Así es que todo degenerará, todo se pervertirá. La justicia y la templanza, la verdad y la fe, serán olvidadas por todo, excepto por un solo hombre, hijo único de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los ejemplos, a pesar de los incentivos, de las costumbres y de un mundo irritado. Sin temor al reproche, al desprecio a la violencia, dirá a los hombres que se aparten de sus inicuas vías, trazará ante ellos los senderos de la rectitud, mucho más seguros y pacíficos que los que siguen anunciándoles que la cólera omnipotente está próxima a visitar su impenitencia, y se retirará de ellos insultado, pero apareciendo ante los ojos de Dios como el único justo existente.

Por orden suya construirá un arca maravillosa, tal como la has visto, para salvarse él y su familia en medio de un mundo destinado a un naufragio universal. Apenas se habrá refugiado en el arca y puesto a cubierto con los hombres y los animales escogidos para propagar la vida, cuando abriéndose todas las cataratas del cielo, derramarán la lluvia día y noche sobre la tierra; todos los depósitos del abismo reventarán y yendo a aumentar las aguas del Océano, harán que éste se desborde hasta que la inundación se eleve por encima de las más altas montañas.

Entonces este monte del Paraíso será arrastrado por la fuerza de las olas fuera de su sitio, impelido por el doble desbordamiento, despojado de todo su verdor y sus árboles entregados a la corriente, descenderá hacia el gran río hasta la boca del golfo, donde se arraigará y formará una isla inmunda y desierta, retiro de las focas, de las orcas y de las gaviotas de estridente grito. Esto debe enseñarte que Dios que no aplica la santidad a lugar alguno si no es llevada a él por los hombres que lo frecuentan o habitan. Mira ahora lo que debe suceder en seguida".

Adán miró y vio el arca flotando sobre la masa de agua que iba disminuyendo, porque las nubes habían huído impelidas por un fuerte viento norte, cuyo seco soplo arrugaba la superficie de la inundación a medida que ésta descendía. El claro sol lanzaba sus ardientes miradas sobre su líquido espejo, y como si tuviera sed, bebía ampliamente las frescas olas. En breve, aquella inmensa cantidad de agua que durante mucho tiempo había permanecido inmóvil como un lago, retirándose por un decrecimiento semejante al del reflujo, desapareció con rápido paso en las profundidades del abismo, que había echado sus vastas esclusas, así como el cielo había cerrado sus cataratas.

Dejó de flotar el arca, pero pareció como si estuviese encallada y fija en la cima de una montaña. Las cumbres de las colinas iban apareciendo como rocas; las rápidas corrientes conducían con fragor su furiosa marea hacia el mar, que se retiraba. A poco rato sale volando del arca un cuervo y tras él una paloma, enviada como más segura mensajera una y otra vez para descubrir algún verde árbol o alguna tierra donde pudiera posarse; al volver de su segunda excursión, trajo en el pico un ramo de olivo en señal de paz. En breve apareció la tierra seca, y el antiguo padre descendió del arca con todo su séquito. Entonces, lleno de gratitud, elevando sus manos y sus piadosas miradas hacia el cielo vio sobre su cabeza una nube de rocío y en aquella nube un arco notable por tres fajas de brillantes colores, anunciando la paz de Dios y una nueva alianza. Ante aquel espectáculo, el corazón de Adán, antes tan triste, se inundó de júbilo, y dio paso a su gozo de esta suerte:

"¡Oh tú, celestial instructor, que puedes mostrar las cosas futuras como si fueran presentes! Me siento renacer ante esta última visión, seguro de que ya el hombre vivirá con todas las criaturas y de que su raza será conservada. Ahora es menor el pesar que me causaba la destrucción de un mundo entero de hijos criminales, por el gozo que siento al encontrar un hombre tan perfecto y tan justo, y al ver que Dios se ha dignado hacer salir otro mundo de ese hombre y olvidar su cólera. Pero dime: ¿qué significan esas fajas de colores en el cielo, que aparecen dibujadas en él como si fueran la ceja de Dios apaciguado? ¿Sirven quizá como un florido lazo para atar los bordes fluidos de esa nube llena de agua, evitando que se disuelva de nuevo e inunde la tierra?"

El arcángel le respondió:

"Has discurrido ingeniosamente; en efecto, Dios ha querido aplacar su cólera, aunque se hubiese arrepentido últimamente de haber creado al hombre depravado; sintió afligido su corazón cuando al dirigir sus miradas sobre la tierra la vio completamente dominada por la violencia, y que toda carne había corrompido sus vías. Exterminados, sin embargo, los perversos, ha encontrado un hombre justo tal gracia a sus ojos que se ha aplacado y no ha raído del mundo al género humano, le ha hecho la promesa de no destruir la tierra con un nuevo diluvio, de no permitir que el Océano salga de sus límites, ni que la lluvia ahogue el mundo con el hombre y los animales que contenga; pero cada vez que haga aparecer las nubes sobre la tierra, colocará en ellas su arco tricolor, a fin de que represente y recuerde su prometida alianza. El día y la noche, el tiempo de las siembras y de la recolección, el calor y las blancas heladas seguirán su curso, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, con el cielo y la tierra donde morará el justo".

Libro XII

Como un viajero que se detiene a la mitad de la jornada, aunque deseoso de llegar al término, así el arcángel hizo una pausa entre el mundo destruido y el mundo restaurado, suponiendo que quizá Adán tendría alguna observación que dirigirle. En breve continuó su relato por medio de una suave transición.

"Acabas de ver el principio y el fin de un mundo y al hombre saliendo como de un segundo tronco. Aun te queda mucho que ver, pero observo que tu vista mortal desfallece. Los objetos divinos deben por necesidad debilitar los sentidos humanos por eso ahora me limitaré a referirte lo que debe acaecer; escucha, pues, con la debida solicitud y está atento.

Mientras esta segunda raza de hombres sea poco numerosa, y mientras se conserve fresco en su memoria el recuerdo del reciente y terrible juicio, temiendo a la Divinidad y respetando lo que es recto y justo, llevarán una vida arreglada y se multiplicarán rápidamente. Labrarán la tierra, recogerán abundantes cosechas de trigo, vino, aceite y sacrificando a menudo un toro, un cordero, un cabrito de su rebaño con abundantes libaciones de vino, instituirán fiestas sagradas y pasarán sus días en medio de un gozo inocente; habitarán en paz durante largo tiempo, divididos en tribus y en familias bajo el cetro paternal, hasta que salga un hombre de corazón soberbio y ambicioso que, no satisfecho con tan bella igualdad, con tan fraternal estado, pretenderá arrogarse una dominación injusta sobre sus hermanos, y despojar enteramente a la concordia y a la ley de la Naturaleza de la posesión de la tierra. Se dedicará a la caza; su presa serán los hombres y no los animales, y hará cruda guerra y preparará hostiles emboscadas a los que se resistan a someterse a su imperio tiránico. Por esto será llamado forzudo cazador delante del Señor, pretendiendo haber obtenido del Cielo, a pesar del mismo Cielo, esta segunda soberanía. Su nombre se derivará de rebelión, aunque acusará de rebelión a los demás.

Este hombre seguido de una multitud unida a él por una ambición semejante, o puesta a sus órdenes para participar de su tiranía, encontrará en su marcha desde el Edén al Occidente una llanura, donde hierve, saliendo de la tierra, una boca del infierno, antro negro y bituminoso. Con la materia que de él se escapa y con ladrillos, se preparan aquellos hombres a construir una ciudad y una torre cuya cúspide pueda llegar al cielo y eternizar su nombre, temerosos de que, al dispersarse por extrañas tierras, llegue a dispersarse por extrañas tierras, llegue a perderse su memoria, pero sin cuidarse de que su fama sea buena o mala. Mas Dios, que sin ser visto desciende con frecuencia a visitar a los hombres y que circula por sus moradas a fin de examinar sus obras, al verlos, baja para observar la ciudad antes de que la torre ofusque a las torres del cielo, y distribuye por irrisión en sus lenguas cierto espíritu de variedad, con objeto de disipar desde luego su lenguaje nativo, reemplazándolo con un discordante rumor de palabras desconocidas. Inmediatamente se sigue una repugnante algazara entre los arquitectos, se llaman los unos a los otros sin entenderse, hasta que, roncos ya y furiosos, creyéndose escarnecidos, llegan a las manos, grandes carcajadas resonaron en el cielo al oír el ruido y al ver el aspecto de aquel extraño tumulto. Por último, fue abandonada la ridícula construcción de esta obra que se llama Confusión",

Entonces Adán, como padre, afligido, exclamó:

"¡Oh hijo execrable! ¡Aspirar a elevarse sobre sus hermanos, atribuyéndose una autoridad usurpada, que no le ha sido concedida por Dios! El Eterno nos otorgó tan sólo un dominio absoluto sobre el bruto, el pez y el ave; este derecho es un don suyo; pero no ha hecho al hombre señor de los hombres, sino que, reservando semejante título para sí mismo, ha dejado lo humano libre de lo que es humano. Mas ese usurpador no se limita en su orgullo a dominar al hombre, sino que con su torre pretende desafiar y asaltar al Eterno. ¡Oh miserable! ¿Cómo podrá llevar a tanta altura los elementos necesarios para él y para su temerario ejército? ¿Cómo podrá elevarse sobre las nubes, donde el aire sutil hará desfallecer sus groseras entrañas, y le hará padecer hambre de respiración, si no de pan?"

Miguel le respondió:

"Con justicia aborreces a ese hijo, que introducirá tal turbulencia en el estado tranquilo de los hombres, esforzándose en subyugar la libertad racional. No obstante, debes saber también que, desde el pecado original se ha perdido la verdadera libertad, hermana gemela de la recta razón que habita siempre con ella y que fuera de ella no tiene motivos de existencia; porque en cuanto la razón se oscurece en el hombre o no es obedecida por él, los deseos desordenados y las tumultuosas pasiones se apoderan del imperio de la razón y reducen a la esclavitud al hombre, libre hasta entonces. Por consiguiente ya que el hombre permite que reinen en su interior indignos ascendientes sobre la razón libre, Dios, por un justo decreto, la somete exteriormente a violentos tiranos, que con frecuencia esclavizan a su vez indebidamente su libertad exterior; así, pues es preciso que la tiranía exista, aunque el tirano no tenga excusa para serlo; y sin embargo, a veces las naciones decaerán tanto de la virtud (que es la razón), que se verán privadas de toda libertad, no por la injusticia, sino por la equidad y por alguna maldición fatal que pese sobre ellas, después de la pérdida de su libertad interior. Testigo de ello es el insolente hijo del constructor del arca, que expiando la afrenta que infirió a su padre, oyó tronar contra su raza esta abrumadora maldición: "Tú serás siervo de los siervos".

De esto se concluye que, así este último mundo como el primero irán de cesar mal en peor, hasta que Dios cansado al fin de sus iniquidades se retire de en medio de los hombres y aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a abandonarlos para siempre en sus propias vías de corrupción, y a escoger entre todas las naciones un pueblo de quien sea invocado, un pueblo del que nazca un hombre lleno de fe, y que, residiendo aún en las riberas del Eufrates, haya sido criado en la idolatría.

¿Podrás creer que los hombres, aun en vida del patriarca salvado del Diluvio, han de llegar a ser tan estúpidos que abandonen al Dios vivo y se rebajen a adorar como dioses sus propias obras de madera y de piedra? A pesar de esto, el Todopoderoso se dignará mandar a aquel hombre por medio de una visión que salga de la casa de su padre, del seno de su familia y de entre los falsos dioses y se dirija a un país que le indicará, hará proceder de él un poderoso pueblo, y derramará sobre él sus bendiciones, de modo que en su raza todas las generaciones serán bendecidas.

Este hombre obedece puntualmente, y aunque no conoce la tierra adonde se encamina, cree, sin embargo, firmemente. Veo, aunque tú no puedas verlo, con qué fe abandona sus dioses, sus amigos, su suelo natal, Ur de Caldea ya pasa el vado en Harán, siguiéndole una muchedumbre incómoda de rebaños, acémilas y numerosos servidores; no camina con pobreza, pero confía toda su riqueza a Dios, que le llama a una tierra desconocida. Ahora llega a Canaán; veo sus tiendas levantadas en los alrededores de Siquén, y en la vasta llanura de Moreh, allí recibe la promesa de que será concedida a su posteridad toda la tierra que hay desde Hamat, que está al Norte, hasta el desierto que está al Sur, llamo a estos lugares por sus nombres, a pesar de que ahora carecen de ellos; desde Hermon al Levante, hasta el gran mar occidental. Aquí el monte Hermon, allí, el mar. Mira cada sitio en perspectiva conforme voy indicándotelos con la mano; junto a la plaza, el monte Carmelo, aquí, el río que nace en dos fuentes, el Jordán, verdadero límite oriental, pero los hijos de aquel hombre habitarán en Senir, esa larga cadena de colinas.

Considera además, que todas las naciones de la tierra, serán bendecidas en la raza de este hombre, que es la designada para que salga de ella tu gran Libertador, el que que quebrantará la cabeza de la serpiente, cuyo suceso te será pronto rebelado con más claridad.

Este bendito patriarca, que en un tiempo determinado será llamado el fiel Abrahán dejará un hijo y de este hijo un nieto, igual a él en fe, en sabiduría y en renombre. El nieto, con sus doce hijos, partirá de Canaán para una tierra que será llamada Egipto andando el tiempo y está dividida por el río Nilo. Míralo cómo corre por ese lado y se precipita en el mar por siete bocas. El padre va a morar en aquel país por un tiempo de escasez, invitado a ello por uno de sus hijos más jóvenes, cuyas dignas acciones le han elevado al segundo puesto en aquel reino de Faraón.

Muere dejando una posteridad, que llega a formar en breve una gran nación. Esta nación, cada vez más numerosa, causa inquietudes a un nuevo rey que procura detener el rápido crecimiento de aquellos extranjeros importunos, y dando al olvido los deberes de la hospitalidad, convierte en esclavos a sus huéspedes y condena a la muerte a sus hijos varones hasta que dos hermanos, Moisés y Aarón, son enviados por Dios para arrancar a aquel pueblo de la cautividad y volverlo a conducir con gloria y cargado de botín hacia su tierra prometida.

Pero antes que suceda esto, aquel tirano sin ley, que se niega a reconocer a su Dios o a respetar su mensaje, debe verse obligado a ello con señales y juicios terribles; los ríos deben convertirse en sangre que no se habrá derramado, las ranas, los insectos y las moscas invadirán el palacio del monarca, y llenarán todo el país con su asquerosa invasión. Los rebaños del rey deben morir de la peste; las úlceras y los tumores deben hinchar su carne y la de todo su pueblo. El trueno acompañado de granizo y el granizo acompañado del fuego deben desgarrar todo el cielo de Egipto y caer en torbellinos sobre la tierra, devorando todo cuanto encuentren. La hierba, fruta o grano que no devoren, deben ser comidos por una nube de langostas aparecidas como un inmenso hormiguero, sin dejar nada verde sobre la tierra. Las tinieblas palpables deben borrar todos los límites y hacer desaparecer tres días: por último, durante una noche, deben ser simultáneamente heridos de muerte todos los primogénitos de Egipto.

Domado de este modo por diez plagas el Dragón del río consiente al fin en dejar marchar a los extranjeros y su obstinado corazón se humilla varias veces, pero es como el hielo, que se endurece más después del deshielo. Persiguiendo en su furor a los mismos a quienes había dado permiso para partir, se ve sepultado con todo su ejército en el mar, que deja paso a los extranjeros como sobre un terreno seco entre dos muros de cristal, las olas contenidas por respeto a la vara de Moisés, permanecen divididas de esta suerte, hasta que el pueblo emancipado consigue ganar la orilla opuesta. Tal es el prodigioso poder que Dios prestará a su profeta, aunque, sin embargo, estará siempre presente en su ángel que marchará delante de esos pueblos en una nube y una columna de fuego; durante el día, en la primera y durante la noche en la segunda, a fin de guiarlos en su camino, o de colocarse entre ellos y el monarca obstinado que los persigue. El rey los perseguirá toda una noche, pero se interpondrán las tinieblas y los defenderán de su encuentro hasta que nazca el día; entonces Dios, mirando por entre la columna de fuego y la nube, romperá las ruedas de sus carros, en seguida Moisés, por orden suya, extenderá otra vez su poderosa vara, caerá sobre los batallones del Egipto, sepultando en el abismo todo su bélico aparato.

La raza escogida y libertada se adelanta desde la playa hacia Canaán, a través del inhabitado desierto, pero no toma el camino más corto, para evitar que, en su inexperiencia de la guerra, se acobarde al entrar en el país de los cananeos alarmados y que el pavor la induzca a volverse a Egipto, prefiriendo arrastrar una vida sin gloria reducida a la esclavitud, porque la vida pacífica es más dulce al noble y al que no es noble cuando no se ven impelidos por la temeridad.

Su larga permanencia en el desierto no dejará de ser provechosa a ese pueblo, que echará en él los cimientos de su gobierno, y elegirá entre las doce tribus su gran senado, encargado de mandar a tenor de las leyes prescritas. En el monte Sinaí, cuya oscura cumbre temblará cuando el Señor descienda a ella, el mismo Dios, en medio del trueno, de los relámpagos y del estrepitoso clamor de las trompetas, dará leyes a ese pueblo. Una parte de ellas estará consagrada a la justicia civil, la otra a las ceremonias religiosas de los sacrificios; estas ceremonias darán a conocer por medio de tipos y de figuras misteriosas al que está destinado de entre aquella raza para quebrantar a la serpiente, y los medios de que se valdrá para llevar a cabo la redención del género humano.

Pero la voz de Dios es terrible para el oído mortal; las tribus escogidas le suplican que haga conocer su voluntad por conducto de Moisés y que haga cesar el terror; Él les concede lo que le suplican, haciéndoles saber que no se puede llegar hasta Dios sin mediador, de cuyo elevado carácter se reviste entonces Moisés, a fin de preparar el camino a otro Mediador más grande, cuya llegada predecirá fijando el día, y todos los profetas, que le sucederán de edad en edad, cantarán el tiempo del gran Mesías.

Establecidas ya las leyes y los ritos, serán tan agradables a los ojos de Dios aquellos que le obedezcan de buena voluntad, que se dignará colocar en medio de ellos su tabernáculo, para que el Santo y el Único habite con los hombres mortales. Se fabricará un santuario de cedro revestido de oro, en la forma que Él ha prescrito. En este santuario habrá un arca, y en aquel arca, su testamento, el título de su alianza. Sobre ella se eleva el trono de oro de la misericordia sostenido por las alas de dos brillantes querubines. Ante el trono arden siete lámparas representando, como en un zodíaco, las antorchas del cielo. Sobre la tienda descansará una nube durante el día, y un rayo de fuego durante la noche; y conducidas por el ángel del Señor, llegarán por último a la tierra prometida a Abrahán y a su descendencia.

Lo demás sería muy prolijo de referir, sangrientas batallas, reyes vencidos y reinos conquistados; el sol deteniéndose inmóvil en medio del cielo durante un día entero y demorando el curso ordinario de la noche, a la voz de un hombre que diga: "Sol, detente sobre Gabaón; y tú, luna, sobre el valle de Ayalón, hasta que haya vencido Israel" Así se llamará el tercer descendiente de Abrahán, hijo de Isaac, y ese nombre pasará de él a su posteridad, que se establecerá victoriosa en Canaán"

Aquí Adán interrumpió al ángel, diciéndole:

"¡Oh enviado del cielo, antorcha de mis tinieblas, cuán bellas cosas me has revelado, en particular las que se refieren al justo Abrahán ya su raza! Ahora observo por vez primera que mis ojos están verdaderamente abiertos y consolado mi corazón. Antes me tenía dolorosamente perplejo la idea de lo que podía acontecerme a mí y a todo el género humano; pero ahora veo su día, el día de Aquel, en quien todas las naciones serán bendecidas, favor que no he merecido, yo, que buscaba la ciencia prohibida valiéndome de medios prohibidos. Sin embargo, hay algo que no comprendo bien: ¿por qué no se han dado tantas y tan distintas leyes a aquellos entre quienes Dios se dignará habitar en la tierra? Tantas leyes suponen otros tantos pecados, y siendo así, ¿cómo es posible que Dios resida entre semejantes hombres?"

"No dudes —respondió Miguel—, que el pecado, como engendrado por ti, reinará entre ellos, y por esta razón se le ha dado la ley para atestiguar su depravación natural, que excita sin cesar al pecado a luchar contra la ley, si bien puede descubrir el pecado no es capaz de oponerle más que débiles y figuradas sombras de expiación, tales como la sangre de los toros y de los machos cabríos, deducirán que alguna sangre más preciosa debe pagar la deuda humana, la del justo por el justo, a fin de que en esta justicia que les será aplicada por la fe, encuentren su justificación para con Dios y la paz de la conciencia, que la ley no puede calmar con sus ceremonias, pues que al hombre no le es posible cumplir la parte moral de la ley, y no cumpliéndola, no puede vivir.

Así es que la ley parece imperfecta y dictada solamente para disponer a los hombres en la plenitud de los tiempos, a una alianza mejor, para hacerles pasar, disciplinados ya, desde las sombras simbólicas a la verdad, de la carne al espíritu, de la imposición de estrechas leyes a la libre aceptación de una alta gracia, del temor servil al respeto filial, de las obras de la ley a las obras de la fe.

Por esta razón, Moisés, aunque tan particularmente amado de Dios, no siendo más que el ministro de la ley, se verá privado de conducir al pueblo a Canaán: el que lo conduzca será Josué, llamado Jesús por los gentiles, Jesús, que llevará el nombre y ejercerá el cargo del que debe domar a la serpiente enemiga y conducir con seguridad al eterno paraíso del reposo al hombre, largo tiempo sumido y extraviado en la soledad del mundo.

Los israelitas, colocados en su Canaán terrestre, morarán en él y prosperarán durante mucho tiempo, pero cuando los pecados de la nación hayan alterado la paz general, obligarán a Dios a suscitarles enemigos, de quienes los librará tantas veces cuantas se muestren penitentes, primero por medio de los jueces, después por los reyes, el segundo de éstos, célebre por su piedad y por sus grandes acciones, recibirá la promesa irrevocable de que su trono subsistirá para siempre. Todas las profecías anunciarán igualmente que de la estirpe real de David, saldrá un Hijo, el Hijo de la raza de la mujer, que te ha sido predicho, que será predicho a Abrahán como aquel en quién esperan todas las naciones, el que ha sido predicho a los reyes, como el último de ellos, porque su reinado no tendrá fin.

Pero antes habrá una larga sucesión de reyes, el primero de los hijos de David, célebre por su opulencia y su sabiduría, colocará en un templo soberbio el arca de Dios cubierta con una nube, arca que hasta entonces habrá vagado de tienda en tienda. Una parte de los que sucederán a este príncipe será inscrita en el número de los buenos reyes y la otra en el de los malos: la lista más larga será la de los malos. Las vergonzosas idolatrías y demás pecados de estos últimos, sumados con las iniquidades del pueblo, irritarán a Dios de tal modo, que se apartará de ellos, abandonará su tierra, su ciudad, su templo, su arca santa con todas las cosas sagradas, las cuales serán entregadas al desprecio y convertidas en botín de aquella orgullosa ciudad cuyas altas murallas has visto abandonadas en la confusión, por cuyo motivo será llamada Babilonia.

Allí deja Dios a su pueblo, que gime cautivo por espacio de setenta años, en seguida le libra del cautiverio, movido por su misericordia y por la alianza que juró a David, invariable como los días del cielo. Vueltos de Babilonia con el beneplácito de los reyes, sus señores, a quienes Dios predispondrá a favor de los israelitas, se dedicarán desde luego a reedificar la casa de Dios. Durante algún tiempo vivirán en la moderación y en una justa medianía, pero al acrecentarse su opulencia y su número se dividirán en facciones: la primera disensión nacerá entre los sacerdotes, hombres destinados al culto, y que por lo mismo deberían ser los que más se esforzaran en mantener la paz: su discordia será causa de que entre la depravación hasta en el mismo templo: se apoderarán por fin del cetro, sin miramiento a los hijos de David; pero este cetro, que perderán en seguida, pasará a manos de un extranjero, a fin de que el verdadero Rey Ungido, el Mesías, pueda nacer despojado de su derecho.

A su advenimiento, una estrella, que jamás había sido vista en el cielo, proclama su venida, y guía a los sabios de Oriente que van en busca de su morada, para ofrecerle oro, incienso y mirra. Un ángel solemne manifiesta el lugar de su nacimiento a unos sencillos pastores, que velan durante la noche. Acuden presurosos llenos de júbilo y oyen el himno de la Natividad cantado por un coro de ángeles. Un virgen es su Madre, pero su Padre es el poder del Altísimo. Subirá sobre el trono hereditario y extenderá los confines de su reino por los anchos limites de la tierra y su gloria por los cielos".

Miguel se detuvo, reparando que Adán estaba dominado por un gozo tan vivo que se parecía al dolor; bañado en llanto, sin respiración y sin palabras, al fin pudo exhalar estas:

"¡Oh profeta de agradables noticias, que colmas mis más gratas esperanzas! Ahora comprendo claramente lo que mis profundas meditaciones en vano han procurado muchas veces indagar: porque el objeto de nuestra gran expectación será llamado la raza de la mujer. ¡Yo te saludo, oh Virgen Madre, que tan alta está en el amor de los cielos! Sin embargo saldrás de mis riñones, y de tus entrañas saldrá el Hijo del Dios Altísimo, uniéndose Dios de este modo con el hombre. Ahora es forzoso que la serpiente espere con mortal pena el quebrantamiento de su cabeza. Pero dime: ¿Cuándo y dónde será el combate? ¿Qué golpe herirá el talón del vencedor?"

Miguel le contestó:

"No te imagines que su combate será lo mismo que un duelo ni pienses en heridas locales en el talón o en la cabeza, el Hijo no reúne a la humanidad a la divinidad para vencer a tu enemigo con más fuerza, ni tampoco será dominado de esta suerte Satanás, a quien su caída del cielo, herida la más mortal que podía recibir, no le impedido herirte de muerte. El Salvador que acude a ti, ése será el que te cure; pero no destruyendo a Satanás, sino a sus obras en ti y en tu raza; lo cual no puede suceder sino cumpliendo lo que tú no has cumplido, la sumisión a la ley de Dios, impuesta bajo la pena de muerte y sufriendo esta muerte debida a tu desobediencia y a la desobediencia de los que deben nacer de ti.

Únicamente de este modo puede quedar satisfecha la soberana justicia. Tu Redentor cumplirá exactamente a la ley de Dios, por obediencia y por amor a la vez, aunque el amor sólo baste para cumplir la ley. Sufrirá tu castigo ofreciéndose en carne humana a una vida llena de ultrajes y a una muerte maldita, anunciando la vida a todos los que tenga fe en su redención y crean que la obediencia del Salvador les será imputada, que ésta se ha hecho suya por la fe y que serán salvados por los méritos de Él, y no por sus propias obras, aunque éstas estén conformes con la ley. Por esto será aborrecido, blasfemado, detenido con violencia, juzgado, condenado a muerte como infame y maldito, enclavado en una cruz por su propia nación y muerto por haber dado la vida. Pero enclavará en su cruz a tus enemigos; la sentencia dictada contra ti y los pecados de todo el género humano serán crucificados con Él, y nada podrá dañar en adelante a los que confíes justamente en su satisfacción.

Muere, pero revivirá en breve. La muerte no ejercerá sobre Él un prolongado dominio; antes que aparezca la tercera aurora, las estrellas de la mañana le verán levantarse de su tumba, fresco, como la luz naciente y pagado ya el rescate que redime de la muerte al hombre. Su muerte salvará al hombre, siempre que no descuide una vida ofrecida de tal modo y aprecie todo su mérito con una fe no desprovista de obras. Este acto divino anula tu sentencia, esa muerte que deberías sufrir envuelto en el pecado, borrado para siempre del libro de la vida, este acto quebrantará la cabeza de Satanás, aniquilará su fuerza con la derrota del Pecado y de la Muerte sus principales armas cuyo aguijón se hundirá en su cabeza mucho más profundamente que no herirá la muerte temporal el talón del vencedor o de los redimidos por Él, porque esta muerte es como un sueño, un dulce tránsito hacia la vida inmortal.

Después de la resurrección, no permanecerá en la tierra más tiempo que el suficiente para aparecerse a sus discípulos, hombres que le siguieron siempre durante su vida. Les encargará que enseñen a las naciones lo que de Él aprendieron, bautizando en la corriente de las aguas a los que crean, cuya señal, lavándolos de la mancha del pecado para una vida pura, los preparará en espíritu, si así fuere necesario a una muerte semejante a la del Redentor. Aquellos discípulos instruirán a todas las naciones; porque a partir de este día, se predicará la salvación, no tan sólo a los hijos salidos del tronco de Abrahán, sino también a los hijos de la fe de Abrahán, por todo el mundo, de ese modo, todas las naciones serán benditas en la raza de Abrahán.

En seguida, el Salvador subirá victorioso al cielo de los cielos, triunfante de sus enemigos y de los tuyos, atravesará los aires, sorprenderá en ellos a la serpiente, príncipe del aire, la arrastrará encadenada a través de todo su reino y la dejará en él confundida. Entonces entrará en la gloria, volverá a ocupar su puesto a la diestra de Dios, altamente exaltado sobre cuanto hay más elevado en el cielo. Cuando esté próxima la disolución de este mundo, vendrá desde allí, rodeado de su gloria y de su poder, a juzgar a los vivos y a los muertos, pero a recompensar a los fieles y a recibirlos en su beatitud, sea en el cielo o en la tierra, porque entonces, la tierra será toda un paraíso, una mansión mucho más dichosa que la del Edén, y en la cual transcurrirán días infinitamente más felices".

Así habló el arcángel Miguel e hizo una pausa, como si hubiese llegado ya el gran período del mundo. Nuestro primer padre, lleno de gozo y admiración, exclamó:

"¡Oh bondad infinita, bondad inmensa que el del mal hará salir todo este bien y cambiará en bien el mal! ¡Maravilla mucho grande que la que en el principio de la Creación hizo salir la luz de las tinieblas! Estoy lleno de dudas, no sé si debo arrepentirme ahora del pecado que he cometido y ocasionado o alegrarme más bien de él, pues que será causa de un bien mayor; a Dios le dará más gloria, a los hombres mejor voluntad de parte de Dios y la gracia superabundante reinará donde antes abundaba la cólera. Pero dime: si nuestro Libertador ha de subir otra vez a los cielos, ¿qué será del corto número de sus fieles abandonados entre la muchedumbre de infieles, enemigos de la verdad? ¿Quién guiará entonces a su pueblo? ¿Quién lo defenderá? ¿No serán tratados sus discípulos peor de lo que Él mismo lo ha sido?"

"Ciertamente, lo serán —dijo el ángel—, pero desde el cielo Él enviará a los suyos un Consolador, la promesa del Padre, su Espíritu que habitará en ellos y escribirá en su corazón la ley de la fe, empleando tan sólo el amor para guiarlos por la senda de la verdad. Además, los revestirá de una armadura espiritual, capaz de resistir a los ataques de Satanás y de embotar sus dardos de fuego. No les atemorizará nada de cuanto el hombre pueda intentar contra ellos, ni aun la misma muerte. Se verán recompensados de aquellas crueldades con consuelos interiores y muchas veces, confortados hasta el punto de que su firmeza cause admiración a sus más fieros perseguidores; porque el Espíritu descendiendo primero sobre los apóstoles, que el Mesías enviará a evangelizar a las naciones, y después sobre todos los bautizados, llenará a aquéllos de maravillosos dones para hablar todas las lenguas y hacer todos los milagros que el Señor hacía en su presencia. Inducirán de este modo a una gran multitud en cada nación a recibir con delicia las nuevas traídas del cielo, y por último, cumplida su misión, terminada su carrera y escrita su doctrina y su historia morirán.

Pero en su puesto y conforme a sus predicciones, los lobos sucederán a los pastores, lobos voraces, que harán servir los sagrados misterios del cielo en provecho de sus viles designios de codicia y ambición, y que, valiéndose de supersticiones y tradiciones falsas corromperán la verdad que se depositó pura únicamente en aquellos libros sagrados, pero que sólo el Espíritu puede comprender.

Se esforzarán entonces en prevalecerse de títulos, nombres y alcurnias y en unir a éstos el poder temporal, si bien, fingiendo que ejercen únicamente el poder espiritual, apropiándose el Espíritu de Dios, prometido y dado a todos los fieles. En tal pretensión, se impondrán por la fuerza carnal leyes espirituales a cada conciencia, leyes que nadie encontrará escritas entre las que se han confiado a los libros santos o que el Espíritu graba interiormente en el corazón.

¿Qué pretenderán sino violentar el Espíritu de las misma gracia y encadenar la Libertad, su compañera? ¿Qué querrán más que demoler los templos vivos de Dios, construidos duraderos por la fe, su propia fe, no la de otro? Porque en contra de la fe y de la conciencia, ¿quién puede ser considerado en la tierra como infalible? Sin embargo, muchos tendrán semejante presunción, y de aquí se originará una opresora persecución contra los que perseveren en adorar en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número, creerá dejar satisfecha a la religión con ceremonias exteriores y formalidades especiosas. La verdad se retirará, traspasada por los dardos de la calumnia y apenas podrán hallarse las obras de fe.

Así marchará el mundo, funesto para los buenos, favorable para los malos, y gimiendo bajo su propio peso hasta que aparezca el día de reposo para el justo y de venganza para el malo; día del regreso de Aquel que hace poco te ha sido prometido en tu ayuda, del Hijo de la Mujer, entonces anunciado vagamente, ahora más ampliamente conocido como tu Salvador y tu Maestro.

Finalmente, descenderá del cielo sobre las nubes para ser revelado en la gloria de su Padre y para disolver a Satanás con su mundo perverso. Entonces, de esa masa abrasada, purificada y refinada por medio del fuego, han de salir nuevos cielos, una nueva tierra, edades interminables, fundadas sobre la justicia, la paz, el amor y cuyos inmediatos frutos serán la alegría y la felicidad eterna".

El ángel terminó y Adán le replicó por última vez:

"¡Bienaventurado profeta! ¡Cuán rápidamente has explorado este mundo fugitivo y el curso del tiempo hasta el día en que se detendrá inmóvil! Más allá, todo es abismo, eternidad, cuyo fin no puede alcanzar mirada alguna. Partiré de aquí sumamente instruido y con una completa tranquilidad de pensamiento, pues he recogido en el vaso de mi mente cuantos conocimientos podían caber en él; en aspirar a más ha consistido mi locura. Por esto deduzco que lo mejor es obedecer, amar a Dios, sólo con temor y caminar como si presenciara todos nuestros pasos, reconocer sin cesar su providencia, no depender de nadie más que de Él, que es misericordioso en todas sus obras, haciendo que el bien triunfe del mal, llevando a cabo con las cosas más pequeñas las más grandes, derribando la fuerza del mundo con los medios que se tienen por más débiles y al sabio del mundo, con la sencillez del humilde. En adelante sabré que sufrir por la causa de la verdad es elevarse con valor a la más alta victoria y que para el fiel, la muerte es la puerta de la vida. Descubro todo esto por el ejemplo de Aquel a quien reconozco ahora como mi Redentor para siempre bendito".

El ángel replicó de este modo a Adán por la última vez:

"Sabiendo esas cosas, has alcanzado la mayor suma de sabiduría; deshecha la esperanza de elevarte más, aun cuando conocieras todos los astros por su nombre y todos los poderes etéreos, todos los secretos del abismos, todas las obras de la Naturaleza o todas las obras de Dios en el cielo, en el aire, en la tierra o en el mar; aun cuando gozaras de todas las riquezas de este mundo y le gobernaras como un solo imperio. Añade únicamente a tus conocimientos acciones que les correspondan, añada la fe, añade la virtud, la paciencia, la templanza, añade el amor, que en el porvenir será llamado caridad, alma de todo lo demás. Entonces tendrás menos sentimiento por haber salido de este Paraíso, pues llegarás a poseer en ti mismo un paraíso mucho más feliz.

Descendamos ahora de esta cumbre de especulación, pues ha llegado la hora fijada para que salgas de este lugar. ¡Mira! Esos guardas que he apostado sobre esa colina esperan la orden de ponerse en marcha; ante ellos ondea con violencia una espada centelleante en señal de destierro. No podemos permanecer aquí por más tiempo. Ve, despierta a Eva: también la he tranquilizado, valiéndome de dulces ensueños presagios del bien y he preparado todos sus sentidos a una humilde sumisión. En tiempo oportuno le participarás cuanto has oído, sobre todo lo que es importante que conozca su fe, la gran redención del género humano, que debe proceder de su raza, de la raza de la mujer. Así podáis vivir unidos en la fe, pues vuestros días serán numerosos, y aunque tristes, a causa de los pasados males, os servirá, sin embargo, de gran consuelo la meditación de un fin dichoso".

Concluyó, y ambos descendieron de la colina. Cuando llegaron al pie de ella, Adán se adelantó presuroso hacia el sitio donde se había dormido Eva, pero la encontró despierta, y ella le recibió con estas palabras, que ya no rebelaban tristeza alguna:

"Sé de dónde vienes y adónde has ido, porque Dios está también en los sueños y los preside; los que me ha enviado cuando caí adormecida, abrumada por el pesar y lleno de angustia el corazón, han sido propicios anuncios de un gran bien; pero ahora guíame, que por mí no habrá ya demora, ir contigo es estar aquí, quedar aquí sin ti es salir de aquí involuntariamente. Tú eres para mi todo cuanto existe bajo el cielo, tú representas para todos los lugares, tú que por crimen voluntario te ves expulsado de aquí. Sin embargo, al alejarme de este sitio, llevo conmigo el tranquilizador consuelo de que, si bien todo se ha perdido por mi culpa, se ha concedido un favor, a pesar de mi indignidad: el de que de mí saldrá la raza prometida que lo reparará todo."—

Así habló Eva, nuestra madre y Adán la escuchó lleno de gozo, pero no respondió una palabra; el arcángel estaba muy cerca y los querubines descendían en un orden brillante, desde la otra colina, hacia el sitio designado; se deslizaban casi resplandecientes meteoros sobre la tierra, lo mismo que se desliza sobre un pantano una neblina que, al caer la tarde, se eleva sobre un río e invade rápidamente el suelo, siguiendo los pasos del labrador que vuelve a su cabaña. Avanzaban de frente; ante ellos centelleaba furiosa, como un cometa, la espada fulminante del Señor; el tórrido calor que se desprendía de aquella espada y su vapor semejante al aire abrasado de Libia, empezaban a secar el clima templado del Paraíso; entonces el ángel dando prisa a nuestros lentos padres, los tomó de la mano y los condujo en derechura hacia la puerta oriental; desde allí los siguió apresuradamente hasta el pie de la roca, en la llanura inferior y desapareció.

Volvieron la vista atrás y contemplaron toda la parte oriental del Paraíso, poco antes su dichosa morada, ondulando bajo la tea centelleante; la puerta estaba defendida por figuras temibles y armas ardientes.

Adán y Eva derramaron algunas lágrimas naturales, que enjugaron enseguida. El mundo entero estaba ante ellos para que eligieran el sitio de su reposo y la Providencia era su guía. Asidos de las manos y con inciertos y lentos pasos, siguieron a través del Edén su solitario camino.


Publicado el 6 de octubre de 2016 por Edu Robsy.
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