El "rosier" de la señora Husson

Guy de Maupassant


Cuento



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Acabábamos de pasar por Gisors donde me había despertado al oír el nombre de la ciudad gritado por los empleados e iba a adormecerme de nuevo cuando una sacudida horrorosa me lanzó sobre la gruesa dama que se encontraba sentada frente a mí.

Una rueda se le había roto a la locomotora que yacía atravesada en la vía. El ténder y el vagón de equipajes, también descarrilados, se habían acostado al lado de esta moribunda que roncaba, gemía, silbaba, soplaba, escupía, parecía uno de esos caballos caídos en la calle, cuyo flanco se mueve, cuyo pecho palpita, cuyos ollares humean, y cuyo cuerpo completo tiembla, pero que no parecen capaces de hacer el menor esfuerzo para levantarse y volver a caminar. No había muertos ni heridos, sólo unos cuantos contusionados, pues el tren no había alcanzado aún mucha velocidad, y mirábamos desolados, el grueso animal de hierro lisiado, que ya no podría transportarnos y que bloqueaba la vía por mucho tiempo quizá, pues sería necesario sin duda traer un tren de socorro desde París.

Eran las diez de la mañana, y me decidí de inmediato a regresar a Gisors para almorzar allí. Mientras caminaba por la vía me preguntaba: «Gisors, Gisors, yo conozco a alguien aquí. Pero ¿quién? ¿Gisors? Veamos, yo tengo un amigo en esta ciudad.» Y de pronto, un nombre surgió de mi memoria: «Albert Marambot». Era un antiguo compañero de colegio, que no había vuelto a ver desde hacía doce años por lo menos, y que ejercía en Gisors la profesión de médico. Con frecuencia me había escrito invitándome; yo le había prometido venir, pero sin cumplir mi promesa. Esta vez, por fin, aprovecharía la ocasión. Pregunto al primer transeúnte que encuentro:

—¿Sabe usted dónde vive el doctor Marambot?

Me respondió sin vacilar, con el acento lento de los normandos: «En la calle Dauphine» Vi, efectivamente, sobre la puerta de la casa indicada, una gran placa de cobre donde estaba grabado el nombre de mi antiguo compañero. Llamé; pero la criada, una chiquilla de cabellos amarillos y gestos lentos, repetía con una entonación estúpida:

—Él no está, él no está.

Escuché un ruido de tenedores y de vasos y grité: «¡Eh! Marambot». Una puerta se abrió y un hombre grueso con patillas salió, con expresión descontenta, y una servilleta en la mano. Desde luego, no lo habría reconocido. Se le habrían calculado por lo menos cuarenta y cinco años y, en un segundo, toda la vida de provincia me pasó por la cabeza como algo que entorpece, engorda y envejece. En un solo impulso de mi pensamiento, más rápido que mi gesto de tenderle la mano, conocí su existencia, su manera de ser, su clase de espíritu y sus teorías acerca del mundo. Adiviné las largas comidas que habían redondeado su vientre, las somnolencias después de las comidas en el torpor de una pesada digestión regada con coñac, y las vagas miradas echadas sobre los enfermos mientras se piensa en la gallina que da vueltas en el asador. Sus conversaciones sobre la cocina, sobre la sidra, el aguardiente y el vino, sobre la manera de cocer ciertos platos y de bien ligar determinadas salsas me fueron revelados sólo con observar el empaste rojo de sus mejillas, la pesadez de sus labios, el brillo opaco de sus ojos. Le dije:

—¿No me reconoces? Soy Raoul Aubertin.

Abrió los brazos y estuvo a punto de asfixiarme, y su primera frase fue:

—No has comido, espero.

—No.

—¡Qué suerte! Voy a sentarme a la mesa y tengo una excelente trucha.

Cinco minutos más tarde me encontraba almorzando frente a él. Le pregunté:

—¿Estás soltero?

—¡Pardiez!

—¿Y te diviertes aquí?

—No me aburro, estoy ocupado. Tengo pacientes y amigos. Como bien, tengo buena salud, me gusta reír y cazar. Estoy bien.

—¿La vida no es demasiado monótona en esta pequeña ciudad?

—No, amigo mío, cuando uno sabe entretenerse. Una ciudad pequeña es, a fin de cuentas, como una grande. Sólo que los acontecimientos y los placeres son aquí menos variados, pero se les concede más importancia; las amistades son menos numerosas, pero uno las encuentra con más frecuencia. Cuando se conocen todas las ventanas de una calle, cada una de ellas te ocupa y te intriga más que una calle entera de París. Una ciudad pequeña es muy divertida ¿sabes? Muy divertida, muy divertida. Mira, ésta, Gisors, la conozco de memoria desde sus orígenes hasta hoy. No te imaginas hasta qué punto es simpática su historia.

—¿Eres de Gisors?

—¿Yo? No. Soy de Gournay, su vecina y rival. Gournay es respecto a Gisors lo que Lúculo era respecto a Cicerón. Aquí, todo está hecho para la gloria, dicen: «Los orgullosos de Gisors». En Gournay, todo está hecho para el vientre, dicen: «Los tragones de Gournay». Gisors desprecia a Gournay pero Gournay se ríe de Gisors. Este pueblo es muy cómico.

Me di cuenta de que estaba comiendo algo exquisito, huevos pochados envueltos en un forro de gelatina de carne aromatizada a las finas hierbas y ligeramente cuajada en hielo. Dije chasqueando la lengua para adular a Marambot: «Esto está bueno». Sonrió.

—Se necesitan dos cosas: buena gelatina, difícil de conseguir, y buenos huevos. ¡Oh! los buenos huevos con la yema un poco rojiza, bien sabrosos, son muy escasos. Yo, yo tengo dos gallineros, uno para los huevos y otro para la carme. Alimento a mis gallinas ponedoras de manera muy especial. Tengo mis teorías. En el huevo, como en la carne de pollo, de ternera o de cordero, en la leche, en todo, se encuentra y debe saborearse el jugo, la quintaesencia de lo que anteriormente ha comido el animal. ¡Podríamos comer mejor si nos ocupáramos más de esta cuestión!

Yo me reía. «¿Eres pues un glotón?»

—¡Pardiez! Sólo los imbéciles no son glotones. Uno es glotón como es artista, culto o poeta. El gusto, amigo mío, es un órgano delicado, perfectible y respetable como el ojo o el oído. Carecer de gusto es estar privado de una facultad exquisita, de la facultad de discernir la calidad de los alimentos, como se puede estar privado de la de discernir las cualidades de un libro o de una obra de arte; es estar privado de un sentido esencial, de la parte de la superioridad humana; es pertenecer a una de las innumerables clases de inválidos, de lisiados y de tontos de las que se compone nuestra raza; es, en una palabra, tener la boca bruta, como se tiene el espíritu bruto. Un hombre que no distingue una langosta de un bogavante, un arenque —el admirable pescado que lleva en sí todos los sabores, todos los aromas del mar— de una caballa o de una pijota, y una pera bergamota de una pera duquesa, es comparable a alguien que confundiera a Balzac con Eugène Sue, una sinfonía de Beethoven con una marcha militar del director de la banda del regimiento, y el Apolo del Belvedere con la estatua del general de Blanmont!

—¿Y quién es el general de Blanmont?

—¡Ah! es verdad, tú no lo sabes. ¡Se ve bien que no eres de Gisors! Amigo mío, te he dicho hace un momento que a los habitantes de esta ciudad los llaman «los orgullosos de Gisors» y jamás hubo un epíteto más merecido. Pero almorcemos primero, y luego te hablaré de nuestra ciudad, al tiempo que hago que la visites.

Dejaba de hablar de vez en cuando para beberse lentamente medio vaso de vino que contemplaba con ternura al reposarlo sobre la mesa. Con la servilleta atada la cuello, con las mejillas encendidas, los ojos excitados, las patillas extendidas en torno a su boca que trabajaba, era divertido verlo. Me hizo comer hasta sofocar. Luego, cuando quise regresar a la estación, me agarró por un brazo y me llevó a ver las calles. La ciudad, de un bonito carácter provinciano, dominada por su fortaleza, el más curioso monumento de la arquitectura militar del siglo VII que queda en Francia, domina desde su torre un largo y verde valle donde las pesadas vacas normandas pacen y rumian en los pastizales.

El doctor me dijo:

—Gisors, ciudad de 4.000 habitantes, en los confines del Eure, mencionada ya en los Comentarios de César: Caesaris ostium, luego Caesartium, Caesortium, Gisortium, Gisors. No te llevaré a visitar el campamento del ejército romano cuyas huellas son aún visibles.

Yo reía y contesté:

—Amigo mío, creo que padeces una enfermedad especial que tú, que eres médico, deberías estudiar, y que se llama «espíritu de campanario».

Se detuvo de repente.

—El «espíritu de campanario», amigo mío, no es sino un patriotismo natural. Amo mi casa, mi ciudad y mi provincia por extensión, porque encuentro en ellas las costumbres de mi pueblo; pero si amo la frontera, si la defiendo, si me enfado cuando el vecino pone un pie en ella, es porque entonces me siento amenazado en mi casa, porque la frontera que no conozco es el camino que conduce a mi provincia. Yo soy normando, un auténtico normando; pues bien, pese a mi rencor por el alemán y mi deseo de venganza, no lo detesto, no lo odio instintivamente como odio al inglés, el verdadero enemigo, el enemigo hereditario, el enemigo natural del normando, porque el inglés entró en este suelo habitado por mis antepasados, lo pilló y destruyó veinte veces, y porque la animadversión hacia ese pueblo pérfido me fue transmitida con la vida, por mi padre... Mira, ahí está la estatua del general.

—¿Qué general?

—¡El general de Blanmont! Necesitábamos una estatua. ¡Por algo somos los orgullosos de Gisors! Entonces descubrimos al general de Blanmont. Mira pues el escaparate de esa librería.

Y me llevó hacia el escaparate de una librería donde una quincena de volúmenes amarillos, rojos o azules atraían la mirada. Al leer los títulos, me dio un ataque de risa; eran: Gisors, sus orígenes, su porvenir, por el señor X..., miembro de numerosas asociaciones científicas; Historia de Gisors, por el padre A...; Gisors, desde César hasta nuestros días, por M.B..., propietario; Gisors y sus alrededores, por el doctor C.D...; Las glorias de Gisors, por un investigador.

—Amigo mío —continuó Marambot—, no pasa un año, estás oyendo bien, un año, sin que aparezca aquí una nueva historia de Gisors; ya tenemos veintitrés.

—¿Y las glorias de Gisors? —pregunté.

—¡Oh! No te las mencionaré todas, te hablaré sólo de las principales. Primero tuvimos al general Blanmont, luego al barón Davillier, el célebre ceramista que exploró España y las Baleares y reveló a los coleccionistas las admirables cerámicas hispano—árabes. En el ámbito de las letras, un periodista de gran mérito, hoy ya fallecido, Charles Brainne, y entre los que aún viven el eminentísimo director del Nouvelliste de Rouen, Charles Lapierre... y otros muchos, otros muchos más...

Íbamos por una calle larga, ligeramente inclinada, calentada de un extremo al otro por el sol de junio que había obligado a resguardarse en sus casas a los habitantes. De repente, al otro extremo de la calle apareció un hombre, un borracho que titubeaba. Avanzaba, con la cabeza hacia delante, los brazos colgando, las piernas flojas, por períodos de tres, seis o diez pasos rápidos, seguidos de una pausa. Cuando aquel impulso enérgico y reducido lo llevó hasta la mitad de la calle, se detuvo de repente y se balanceaba sobre sus pies, dudando entre la caída y una nueva crisis de energía. Luego echaba a andar bruscamente en cualquier dirección. Entonces golpeó una casa a la que parecía estar pegado, como si quisiera entrar a través del muro. Luego se dio la vuelta en una sacudida y miraba hacia delante, con la boca abierta, guiñando los ojos por el sol, luego, con un esfuerzo de riñones separó la espalda de la muralla, y volvió a echar a andar. Un pequeño perro amarillo, un perro famélico lo seguía ladrando, deteniéndose cuando él se detenía, y echando a andar cuando él lo hacía.

—Mira —dijo Marambot— ahí está el rosier de la señora Husson.

Me quedé muy sorprendido y pregunté:

—El rosier de la señora Husson, ¿qué quieres decir con eso?

El médico se echó a reír.

—¡Oh! es una manera de llamar a los borrachos que tenemos aquí. La expresión procede de una historia antigua que ha pasado ya a la categoría de leyenda, aunque sea completamente cierta.

—¿Es divertida esa historia?

—Muy divertida.

—Entonces, cuéntamela.

—Con mucho gusto. En otros tiempos había en esta ciudad una dama muy virtuosa y bienhechora que se llamaba señora Husson. Te estoy diciendo nombres auténticos ¿sabes?, no inventados. La señora Husson se ocupaba en particular de las buenas obras, de socorrer a los pobres y de animar a los que tenían méritos. Menuda, andando a pasitos cortos, adornada con una peluca de seda negra, ceremoniosa, educada, en muy buena relación con el buen Dios representado por el padre Malou, sentía horror profundo, un horror instintivo del vicio, y sobre todo del vicio que la Iglesia llama lujuria. Los embarazos antes del matrimonio la sacaban de sus casillas, la exasperaban hasta hacerle abandonar su buen carácter.

Era la época en la que, en los alrededores de París, coronaban a las rosières y a la señora Husson se le ocurrió la idea de tener una rosière en Gisors. Lo comentó con el padre Malou quien inmediatamente elaboró una lista de candidatas. Pero la señora Husson tenía una criada, una vieja criada llamada Françoise, tan intratable como su ama. Tan pronto como se marchó el cura, la señora llamó a la criada y le dijo:

—Mira Françoise, éstas son las chicas que el señor párroco me propone para el premio a la virtud; intenta saber qué se piensa de ellas en el pueblo.

Y Françoise inició su campaña. Recogió todos los chismes, todas las historias, todas las opiniones, todas las sospechas. Y para no olvidar nada, lo escribía junto a la relación de gastos en su libro de cocina y se lo entregaba cada mañana a la señora Husson, quien, después de haberse calado las gafas en su fina nariz, podía leer:

Pan 20 céntimos

Leche 10 céntimos

Mantequilla 40 céntimos

Malvina Levesque se ha descarriado el año pasado con Mathurin Poilu.

Una pierna 1,25 francos

Sal 5 céntimos

Rosalie Vatinel fue encontrada en el bosque Ribouet con Césaire Piénoir por la señora Onésime, planchadora, el veinte de julio al anochecer.

Rábanos 5 céntimos

Vinagre 10 céntimos

Sal de acederas 10 céntimos

Joséphine Durdent que no se cree que haya faltado aunque mantiene correspondencia con un hijo de Oportun que está de servicio en Rouen y que le envió un gorro como regalo en la diligencia.

Ni una sola salió intacta de esta escrupulosa encuesta. Françoise interrogaba a todo el mundo, a los vecinos, a los tenderos, al maestro, a las monjas del colegio y anotaba los más mínimos comentarios. Como no hay una sola chica en el mundo de la que las comadres no hayan comentado algo, no se encontró en la comarca ni una sola chica que estuviera al abrigo de la maledicencia.

Y como la señora Husson quería que la rosière de Gisors, como la esposa de César, ni siquiera levantara sospechas, se quedaba confundida, desolada, desesperada ante el libro de cocina de su criada. Se amplió el círculo de pesquisas hasta los pueblos circundantes, pero no se encontró nada. Se consultó al alcalde, pero sus protegidas fracasaron. Las del doctor Barbesol no tuvieron más éxito, pese a la precisión de sus garantías científicas. Entonces, una mañana al volver de unas compras, Françoise dijo a su ama:

—¿Sabe una cosa, señora? Si usted quiere coronar a alguien, en toda la comarca no hay nadie más virtuoso que Isidore.

La señora Husson se quedó pensativa. Conocía bien a Isidore, el hijo de Virginie la frutera. Su castidad proverbial producía risa en Gisors desde hacía ya unos años, servía de tema jocoso en las conversaciones de la ciudad y de diversión a las chicas que se entretenían haciéndole bromas. Con veinticinco años cumplidos, alto, torpe, lento y temeroso, ayudaba a su madre en la tienda y pasaba los días limpiando la fruta y las verduras, sentado en una silla delante de la puerta. Tenía un miedo enfermizo a las faldas que le hacía bajar los ojos tan pronto como una clienta lo miraba sonriendo, y esta timidez bien conocida, lo convertía en el juguete de todos los bromistas de la comarca. Las palabras atrevidas, las bromas soeces, las alusiones obscenas lo ruborizaban con tanta rapidez que el doctor Barbesol lo había apodado «el termómetro del pudor». ¿Sabía o no? se preguntaban los vecinos, los maliciosos. ¿Era el simple presentimiento de los misterios ignorados y vergonzosos, o bien la indignación por los viles contactos ordenados por el amor lo que parecía conmover tan intensamente al hijo de Virginie la frutera? Los chiquillos descarados del pueblo corrían delante de la tienda lanzando a voz en grito cochinadas sólo por verle bajar los ojos; las chicas se divertían pasando una vez y otra delante de él susurrando charranadas que le hacían entrar de nuevo en la casa. Las más atrevidas lo provocaban abiertamente, para reír, para divertirse, le daban citas y le proponían cosas abominables.

La señora Husson se había quedado, pues, pensativa. Ciertamente, Isidore era un caso de virtud excepcional, notoria, incuestionable. Nadie, entre los más escépticos, entre los más incrédulos, habría podido, se habría atrevido a sospechar que Isidore hubiera cometido la menor infracción a cualquiera de las leyes morales. No lo habían visto jamás en un café, no lo habían encontrado de noche por las calles. Se acostaba a las ocho y se levantaba a las cuatro. Era alguien perfecto, una joya.

Sin embargo la señora Husson dudaba aún. La idea de sustituir una rosière por un rosier la perturbaba, la inquietaba un poco, y resolvió consultarlo con el padre Malou. El padre Malou le contestó:

—¿Qué es lo que usted, señora, desea recompensar? La virtud, ¿no es cierto? Sólo la virtud. ¡Qué importa, pues, que sea macho o hembra! La virtud es eterna, no tiene patria ni sexo: es la Virtud.

Animada por estas palabras, la señora Husson fue a visitar al alcalde, que aprobó la decisión:

—Organizaremos una hermosa ceremonia —dijo—. Y si otro año encontramos a una mujer tan digna como Isidore, coronaremos a una mujer. Es incluso un buen ejemplo que ofrecemos a Nanterre. No seamos exclusivos y aceptemos todos los méritos.

Cuando se lo comunicaron a Isidore se ruborizó mucho y pareció contento. La coronación fue fijada pues para el día 15 de agosto, fiesta de la Virgen María y del emperador Napoleón. El municipio había decidido darle gran solemnidad a este evento y había dispuesto que el estrado se colocara en los Couronneaux, la encantadora prolongación de las murallas de la antigua fortaleza, donde te llevaré dentro de nada. Por una natural revolución del espíritu público, la virtud de Isidore zaherida hasta entonces, se había convertido de repente en respetable y envidiada desde el momento en que iba a ganar 500 francos, más una libreta de ahorros, una montaña de consideración y gloria para dar y tomar. Ahora las chicas lamentaban su ligereza, sus risas, sus comportamientos libres; e Isidore, aunque siempre modesto y tímido, había adquirido un aire de satisfacción, que ponía de manifiesto su alegría interior.

Desde la víspera del 15 de agosto, toda la calle Dauphine estaba adornada con banderas. ¡Ah! he olvidado contarte a consecuencia de qué acontecimiento esta calle recibió el nombre de Dauphine. Al parecer, la Delfina, una delfina, no sé muy bien cuál de ellas, de visita en Gisors, había sido retenida durante tanto tiempo en ceremonias por las autoridades que, en mitad de su paseo triunfal por la ciudad, detuvo el cortejo ante una de las casas de esta calle y exclamó: «¡Oh! ¡qué casa tan bonita, cómo me gustaría visitarla! ¿A quién pertenece?» le dijeron el nombre del propietario que fue buscado, encontrado y conducido, confuso y satisfecho, ante la princesa. Ésta descendió del carruaje, entró en la casa, quiso conocerla de arriba abajo e incluso permaneció encerrada sola durante unos minutos en una de las habitaciones. Cuando salió, el pueblo, honrado por el honor que se le hacía a un ciudadano de Gisors, gritó: «¡Viva la Delfina!» Pero algún gracioso compuso una cancioncilla y la calle conservó el nombre de su Alteza real porque:

La princesa apresurada,
Sin campana, cura, ni pertiguero,
Con un poco de agua
La había bautizado.

Pero, vuelvo a Isidore. Habían lanzado flores a todo lo largo del recorrido del cortejo, como se hace en las procesiones del Corpus Christi, y la guardia nacional estaba formada, a las órdenes de su jefe, el comandante Desbarres, un robusto veterano de la Grande Armée, que enseñaba con orgullo, junto al cuadro que contenía la Cruz de honor concedida por el Emperador en persona, la barba de un cosaco arrancada de un solo sablazo del mentón de su propietario por el comandante, durante la retirada de Rusia. El cuerpo que mandaba era, por otra parte, un cuerpo de élite célebre en toda la provincia, y la compañía de granaderos de Gisors era invitada a todas las fiestas memorables en un radio de quince o veinte leguas. Se cuenta que el rey Luis Felipe, cuando pasaba revista a las milicias de Eure, se detuvo maravillado ante la compañía de Gisors y exclamó:

—¡Oh! ¿Quiénes son estos hermosos granaderos?

—Los de Gisors —respondió el general.

—Tenía que haberlo adivinado —murmuró el rey.

El comandante Desbarres vino pues con sus hombres, con la música al frente, a buscar a Isidore a la tienda de su madre. Después de un pequeño fragmento musical interpretado bajo sus ventanas, el rosier en persona apareció en el umbral. Estaba vestido de dril blanco de los pies a la cabeza y cubierto con un sombrero de paja que llevaba, a título de escarapela, un ramito de flores de azahar.

El asunto del atuendo había inquietado bastante a la señora Husson, que dudó mucho entre la chaqueta negra de los que hacen la primera comunión, y el traje completamente blanco. Pero Françoise, su consejera, le hizo decidirse por el traje blanco al hacerle ver que así el rosier tendría el aspecto de un cisne.

Detrás apareció su protectora, su madrina, la señora Husson triunfante. Tomó su brazo para salir y el alcalde se colocó al otro lado del rosier. Los tambores resonaron. El comandante Desbarres ordenó: «¡Presenten armas!». El cortejo se puso en marcha hacia la iglesia, en medio de un inmenso gentío, llegado de todos los pueblos vecinos.

Tras una corta misa y una alocución conmovedora del padre Malou, se dirigieron hacia los Couronneaux donde se había servido un banquete bajo una tienda. Antes de sentarse a la mesa, el alcalde tomó la palabra. Éste es textualmente el discurso. Lo aprendí de memoria porque es muy hermoso:

Joven, una mujer de bien, amada por los pobres y respetada por los ricos, la señora Husson, a quien el pueblo entero da las gracias por mi voz, tuvo la idea, la feliz y bienhechora idea, de crear en esta ciudad un premio a la virtud que fuera un preciado estímulo ofrecido a los habitantes de esta bella comarca. Usted, joven, ha sido el primer elegido, el primer coronado de esta dinastía de prudencia y castidad. Su nombre se conservará al comienzo de esta lista de los más meritorios; y será necesario que su vida, compréndalo bien, que su vida entera responda a este feliz comienzo. Hoy, ante esta noble dama que recompensa su conducta, ante estos soldados—ciudadanos que han tomado las armas en su honor, ante esta población emocionada, reunida para aclamarlo, o más bien, para aclamar en usted a la virtud, contrae el solemne compromiso ante la ciudad, ante todos nosotros, de dar hasta su muerte el excelente ejemplo que dio en su juventud. No lo olvide nunca, joven. Usted es la primera semilla arrojada en el campo de las esperanza, denos los frutos que esperamos de usted.

El alcalde dio tres pasos, abrió los brazos y apretó contra su corazón a Isidore que sollozaba. El rosier sollozaba sin saber por qué; de confusa emoción, de orgullo, de enternecimiento vago y feliz. Luego el alcalde le puso en una mano una bolsa de seda donde sonaban las monedas de oro, ¡500 francos de oro! y en la otra una libreta de ahorros. Y a continuación pronunció con voz solemne: «¡Homenaje, gloria y riqueza a la virtud!». El comandante Desbarres exclamó: «!Bravo!». Los granaderos vociferaban y el pueblo aplaudía. La señora Husson, a su vez, se limpiaba las lágrimas.

Luego se sentaron en torno a la mesa en la que estaba servido el banquete. Fue interminable y magnífico. Unos platos seguían a otros; la sidra amarilla y el vino tinto confraternizaban en los vasos vecinos y se mezclaban en los estómagos. El choque de los platos, las voces y la música que tocaba suavemente formaban un rumor continuo, profundo, se dispersaba por el cielo claro donde volaban las golondrinas. La señora Husson reajustaba por momentos su peluca de seda negra que se le había inclinado hacia una oreja, y hablaba con el padre Malou. El alcalde, exaltado, hablaba de política con el comandante Desbarres, e Isidore comía, Isidore bebía, como jamás había bebido y comido. Tomaba y repetía de todo, percatándose por primera vez de que es agradable sentir cómo el estómago se llena de cosas sabrosas que antes causan placer al pasar por la boca. Había desabrochado hábilmente el cierre del pantalón que le apretaba por la presión creciente de su panza, y silencioso, algo inquieto no obstante por una mancha de vino caída sobre su chaqueta de dril, paraba de masticar para llevarse a la boca el vaso y retenerlo allí lo más posible, pues saboreaba con lentitud.

Llegó la hora de los brindis. Fueron muchos y muy aplaudidos. Empezaba a anochecer. Estaban sentados a la mesa desde mediodía. Ya flotaba en el valle la bruma fina y lechosa, ligero camisón de arroyos y praderas; el sol llegaba al horizonte; las vacas mugían a lo lejos en los brumosos pastizales. Terminaron e iniciaron el descenso hacia Gisors. El cortejo, ahora fraccionado, marchaba en desbandada. La señora Husson había tomado del brazo a Isidore y le hacía numerosas recomendaciones, exigentes, excelentes.

Se detuvieron ante la puerta de la frutera y el rosier fue dejado en casa de su madre. Ella no había regresado aún. Invitada por su familia para celebrar también el triunfo de su hijo, había almorzado en casa de una hermana, después de haber acompañado el cortejo hasta la tienda del banquete. Por lo tanto, Isidore permaneció solo en la tienda en la que penetraba ya la oscuridad. Se sentó en una silla, nervioso por el vino y el orgullo y miró a su alrededor. Las zanahorias, las coles, las cebollas exhalaban en la habitación cerrada su fuerte olor de verdura, sus aromas huertanos y rudos, con los que se mezclaba un suave y penetrante olor a fresas y el perfume ligero, el perfume huidizo de una cesta de melocotones. El rosier cogió uno y se lo comió a bocados pese a tener el vientre redondo como una calabaza. Luego, de pronto, loco de alegría, se puso a bailar; algo sonó en su chaqueta.

Se sorprendió, hundió las manos en los bolsillos y sacó la bolsa con los 500 francos de la que, por su embriaguez, se había olvidado. ¡500 francos! ¡qué fortuna! Volcó los luises sobre el mostrador y los extendió con una lenta caricia de su gran mano abierta, para verlos todos a la vez. Había veinticinco, veinticinco monedas redondas, y ¡de oro! ¡todas de oro! Brillaban sobre la madera en la densa oscuridad y él las contaba y las recontaba poniendo el dedo sobre cada una de ellas susurrando: 1, 2, 3, 4, 5: cien; 6, 7, 8, 9, 10: doscientos; luego las volvió a meter en la bolsa que ocultó de nuevo en el bolsillo.

¿Quién sabrá y quién podría describir el terrible combate librado en el alma del rosier entre el mal y el bien; el ataque tumultuoso de Satanás, sus argucias, las tentaciones que desplegó en el seno de aquel corazón tímido y virgen? ¿Qué sugestiones, qué imágenes, qué apetencias inventó el maligno para emocionar y perder a este elegido? El elegido de la señora Husson, cogió su sombrero, un sombrero en el que aún seguía el pequeño ramo de azahar y, saliendo por la calleja trasera de la casa, desapareció en la noche.

* * *

Virginie, la frutera, avisada de que su hijo había regresado, volvió casi inmediatamente después, pero encontró la casa vacía. Esperó en un primer momento sin extrañarse; luego, al cabo de un cuarto de hora, preguntó. Los vecinos de la calle Dauphine habían visto entrar a Isidore pero no lo habían visto volver a salir. Entonces se pusieron a buscarlo pero no lo encontraron. La frutera, inquieta, corrió a la alcaldía, pero el alcalde no sabía nada, sólo que habían dejado al rosier delante de su puerta. La señora Husson acababa de acostarse cuando vinieron a avisarle de que su protegido había desaparecido. Volvió a colocarse de inmediato la peluca, se levantó y fue personalmente a la casa de Virginie. Virginie, cuyo alma popular tenía una emoción rápida, lloraba desconsolada en medio de sus coles, sus zanahorias y sus cebollas.

Temían un accidente. Pero ¿cuál? El comandante Desbarres avisó a la gendarmería que hizo una ronda por los alrededores de la ciudad y encontraron, en la carretera de Pontoise, el ramito de flores de azahar, que fue colocado sobre la mesa en torno a la cual deliberaban las autoridades. El rosier debía haber sido víctima de algún engaño, de una maquinación, de una envidia; pero ¿cómo? ¿Qué medio se habían empleado para secuestrar a aquel inocente, y con qué fin?

Cansadas de buscar sin encontrar, las autoridades se acostaron. Sólo Virginie pasó la noche entre lágrimas.

Y, al día siguiente por la tarde, cuando pasó de regreso la diligencia de París, todo Gisors supo con estupor que su rosier había detenido el coche a doscientos metros del pueblo, había subido en él, había pagado el billete con un luis de oro del que le dieron la vuelta, y que se había bajado tranquilamente en el corazón de la gran ciudad.

La emoción fue grande en el pueblo. Se intercambiaron cartas entre el alcalde y el jefe de la policía parisina, pero no condujeron a ningún descubrimiento. Unos días siguieron a otros, y transcurrió una semana.

Y, una mañana, el doctor Barbesol, que había salido muy temprano, divisó, sentado sobre el quicio de una puerta, a un hombre vestido de tela gris, que dormía con la cabeza apoyada en el muro. Se acercó y reconoció a Isidore. Quiso despertarlo, pero no lo consiguió. El ex rosier dormía con un sueño profundo, invencible, inquietante, y el médico, sorprendido, fue a pedir ayuda con el fin de transportar al joven a la farmacia de Boncheval. Cuando lo levantaron, apareció debajo de él una botella vacía que después de haberla olido, el doctor declaró que había contenido aguardiente. Era un indicio que sirvió para darle los remedios adecuados. Remedios que dieron buen resultado.

Isidore estaba borracho, borracho y embrutecido por ocho días de borrachera, borracho y sucio hasta el punto de no ser tocado ni por un trapero. Su hermoso traje de dril blanco se había convertido en un guiñapo gris, amarillo, grasiento, encenagado, desgarrado, innoble; y su persona desprendía todo tipo de olores de desagüe, de arroyo y de vicio. Lo lavaron, lo sermonearon, lo encerraron, y durante cuatro días no salió. Parecía avergonzado y arrepentido. No llevaba encima ni la bolsa de los 500 francos, ni la libreta de ahorro, ni siquiera el reloj de plata, herencia sagrada que le había dejado su padre, el frutero.

El quinto día se aventuró a salir a la calle Dauphine. Las miradas curiosas lo seguían y él iba a lo largo de las casas con la cabeza baja y los ojos huidizos. Lo perdieron de vista a la salida del pueblo con dirección al valle; pero dos horas más tarde reapareció, bromeando y golpeándose con las paredes. Estaba borracho, completamente borracho.

Nada pudo corregirlo. Expulsado de casa por su madre, se hizo carretero y condujo los carros de carbón de la casa Pougrisel, que aún existe. Su reputación de borracho se hizo tan grande, se extendió hasta tan lejos, que hasta en Évreux se hablaba del rosier de la señora Husson, y los borrachos de la comarca han conservado ese mote.

Un acto caritativo no se pierde nunca.

El doctor Marambot se frotaba las manos al concluir su historia. Yo le pregunté:

—¿Conociste al rosier?

—Sí, tuve el honor de cerrarle los ojos.

—¿De qué murió?

—De un ataque de delirium tremens, naturalmente.

Habíamos llegado cerca de la vieja fortaleza, montón de murallas destruidas que dominaban la enorme torre de Saint—Thomas de Cantorbéry y la torre llamada del Prisionero. Marambot me contó la historia de ese prisionero que, valiéndose de un clavo, cubrió de esculturas los muros de su mazmorra, siguiendo los movimientos del sol a través de la grieta estrecha de una tronera.

Luego supe que Clotario II había dado el patrimonio de Gisors a su primo san Romain, obispo de Rouen; que Gisors dejó de ser la capital de todo el Vexin tras el traslado de Saint—Clair—sur—Epte; que la ciudad fue el primer punto estratégico de toda esta parte de Francia y que, a consecuencias de esta ventaja, fue tomada y reconquistada en innumerables ocasiones. Por orden de Guillermo el Rojo, el célebre ingeniero Roberto de Bellesme construyó allí una poderosa fortaleza atacada más tarde por Luis el Gordo, luego por los barones normandos, defendida por Roberto de Candos, cedida al fin a Luis el Gordo por Geoffroy Plantagenet, retomada por los ingleses tras una traición de los Templarios, disputada entre Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León, quemada por Eduardo III de Inglaterra que no pudo conquistar el castillo, tomada de nuevo por los ingleses en 1419, devuelta más tarde a Carlos VII por Ricardo de Marbury, tomada por el duque de Calabria, ocupada por la Liga, habitada por Enrique IV, etc., etc., etc.

Y Marambot, convencido, casi elocuente, repetía:

—¡Qué miserables esos ingleses! y ¡Qué borrachos, amigo mío; todos rosiers, esos hipócritas!

Luego, tras un silencio, tendiendo el brazo hacia el delgado río que brillaba en la pradera:

—¿Sabías que Henry Monnier fue uno de los pescadores más asiduos de las orillas del Epte?

—No, no lo sabía.

—Y Bouffé, amigo mío, Bouffé, fue aquí pintor vidriero.

—¡Venga!

—Que sí. ¿Cómo puedes ignorar esas cosas?


Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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