El Tic

Guy de Maupassant


Cuento



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Los comensales entraban lentamente en la gran sala del hotel y se sentaban en sus sitios. Los criados empezaron a servir lentamente para dar tiempo a los que llegaban con retraso y no tener que traer de nuevo los platos; y los antiguos bañistas, los habituales, aquellos que llegaban antes de la época, miraban con interés la puerta cada vez que se abría con el deseo de ver aparecer nuevos rostros.

Esta es la gran distracción de las villas termales. Se espera la hora de la cena para inspeccionar las llegadas del día, para adivinar quienes son, lo que hacen, lo que piensan. Un deseo ronda nuestro espíritu, el deseo de los reencuentros agradables, de conocer gente amable, tal vez, de amores. En esta vida de codo con codo, de vecinos, los desconocidos, adquieren una importancia extrema. La curiosidad se pone en guardia, la simpatía en espera y la sociabilidad a trabajar.

Hay antipatías de una semana y amistades de un mes, se mira a la gente con ojos diferentes bajo la óptica especial del conocimiento de la villa termal. Se descubre a los hombres, súbitamente, en una conversación de una hora, por la tarde, después de cenar, bajo los árboles del parque donde borbotea el manantial curativo, una inteligencia superior y con méritos sorprendentes, y, un mes más tarde hemos olvidado completamente estos nuevos amigos, tan encantadores los primeros días.

Allí también se forman lazos duraderos y serios, más rápido que en cualquier otra parte. Uno se ve todo el día, nos conocemos muy aprisa, y entre el afecto que empieza se mezcla algo de dulzura y del abandono de viejas intimidades. Más tarde queda el recuerdo querido y enternecedor de las primeras horas del amistad, el recuerdo de las primeras conversaciones mediante las que se llega al descubrimiento del alma, de las primeras miradas que preguntan y responden a las cuestiones y pensamientos secretos que la boca todavía no ha pronunciado, el recuerdo de esta primera confianza cordial, el recuerdo de esta sensación encantadora de abrir tu corazón a alguien que también parece abrirnos el suyo.

Y la tristeza de la estación de los baños, la monotonía de los días iguales, hacen más completa , a medida que las horas pasan, esta eclosión de afecto.

Así que, aquella tarde, como todas las tardes, esperábamos la entrada de figuras desconocidas.

Solo vinieron dos, pero muy extraños, un hombre y una mujer: padre e hija. e dieron la sensación, enseguida, de personajes de Edgar Allan Poe, y sin embargo había en ellos un algo especial, un halo de desgracia. Yo me los imaginé como víctimas de la fatalidad. El hombre era muy grande y delgado, un poco encorvado, con el pelo todo blanco, demasiado blanco para su fisonomía todavía joven. Había en su aspecto y en su persona algo grave, un porte austero que caracteriza a los protestantes. La hija, de 24 o 25 años, era pequeña, muy delgada también, muy pálida, con aire cansado, fatigado, agotado. Nos encontramos así personas que parecen demasiado débiles para los trabajos y necesidades de la vida, demasiado débiles para moverse, para andar, para hacer todo lo que hacemos diariamente. Esta chiquilla era bastante hermosa, de una belleza de apariencia diáfana; y comía con una lentitud extrema, como si fuera incapaz de mover sus brazos.

Era ella seguramente la que venía a tomar las aguas.

Se colocaron en frente de mi, al otro lado de la mesa; y yo me di cuenta inmediatamente de que el padre tenía un tic nervioso muy singular.

Cada vez que quería coger un objeto, su mano describía un rápido gancho, una especie de zig-zag enloquecido, antes de llegar a tocar lo que buscaba. Al cabo de unos instantes ese movimento me cansó tanto que giraba la cabeza para no verlo.

Me dí cuenta también que la joven tenía , para comer, un guante en la mano izquierda.

Después de cenar , fui a dar una vuelta por el parque del complejo termal. Todo esto tenía lugar en una pequeña estación de Auvergne, Chatel-Guyon, escondida en una garganta, a los pies de la alta montaña, de esta montaña de donde emanan tantas fuentes termales, llegadas del hogar profundo de ancianos volcanes. Allá abajo, bajo nosotros, los domos, cráteres extinguidos, levantaban sus cabezas truncadas por debajo de la larga cadena montañosa. Ya que Chatel-Guyon está al principio del país de los domos.

Más lejos se extiende el pais de las cumbres; y, más abajo, todavía, el pais de las cortaduras.

El monte Dome es el más alto de los domos, el pico de Nancy el más alto de los picos y la cortadura de Chantal la más grande de las cortaduras.

Hacía mucho calor aquella tarde. Yo iba a lo largo y ancho de la sombría avenida, sobre el mamelón que dominaba el parque, escuchando la emisión de las primeras canciones del Casino.

Y percibí, acercándose a mi, con un paso lento, al padre y la hija. Los saludé como saludanos en las villas termales a los compañeros de hotel; y el hombre, parándose enseguida, me preguntó:

—No podría, señor, indicarnos un paseo corto, fácil y bonito, si es posible; y perdone mi indiscreción.

Yo me ofrecí a conducirlos al pequeño valle por donde fluye el riachuelo, el valle profundo de garganta estrecha entre dos grandes pendientes rocosas y cubiertas de árboles. Ellos aceptaron.

Y hablamos, naturalmente, de la virtud de las aguas.

—Oh— decía él —mi hija tiene una extraña enfermedad, cuyo origen ignoramos. Sufre de ataques nerviosos incomprensibles. Tan pronto la creemos afligida por una enfermedad de corazón, tan pronto por una de hígado, tan pronto por una enfermedad de médula espinal. Hoy día se la atribuyen al estómago, que es la gran caldera y el gran regulador del cuerpo, ese mal proteico con mil formas y mil ataques. Por eso estamos aquí. Yo creo más bien que son los nervios. En todo caso, es muy triste.

El recuerdo del violento tic de su mano me vino enseguida y le pregunté:

—Pero, ¿eso no es hereditario? ¿No está usted también enfermo de los nervios?

El respondió tranquilamente:

—¿Yo?. ¡Que va! Siempre he estado bien de los nervios...

Luego, de repente, después de un silencio, volvió:

—¡Ah!, usted se refiere al espasmo de mi mano cada vez que quiero coger algo? Eso se debe a una terrible emoción que he sufrido. Figúrese usted, ¡que esta chiquilla ha sido enterrada viva!

Yo no encontré nada más que decir que un "¡Ah!" de sorpresa y emoción.

El siguió:

—Esta es la historia. Es sencilla. Juliette tenía desde hacía algún tiempo graves problemas en el corazón. Nosotros creíamos en una enfermedad de este órgano y nos esperábamos de todo.

La trajeron un día fría, inanimada, muerta. Acababa de caer en el jardín. El médico constató el deceso.

Velé a su lado un día y dos noches; la puse yo mismo en el ataúd que acompañé hasta el cementerio, donde fue depositado en nuestro panteón familiar. Esto sucedía en pleno campo, en Lorraine.

Yo había querido que fuera enterrada con sus joyas, brazaletes, collares, anillos, todos los regalos que ella conservaba míos y con su primer vestido de baile.

Imagínese usted cómo era el estado de mi corazón y de mi alma volviendo a mi casa. Solo la tenía a ella, mi mujer había muerto hacía mucho tiempo. Yo volví solo, medio loco, extenuado, a mi habitación y me dejé caer en mi sillón, sin pensamientos, sin fuerza ahora para hacer un movimiento. Ya no era más que una máquina dolorosa, vibrante, un despellejado: mi alma parecía una herida abierta.

Mi viejo ayuda de cámara, Prosper, que me había ayudado a depositar a Juliette en el ataúd y a prepararla para su último sueño, entró sin hacer ruido y preguntó:

"¿Señor, quiere usted tomar algo?"

Yo hice un "no" con la cabeza, sin responder.

El añadió:

"El señor está equivocado. El señor va a enfermar. ¿El señor, quiere pués, que yo lo meta en la cama?"

Yo dije:

"No, déjame".

Y él se retiró.

Cuántas horas transcurrieron, no lo sé, ¡Oh! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Hacía frío; el fuego se estaba apagando en la gran chimenea; y el viento, un viento de invierno, un viento helado, un fuerte viento completamente gélido, golpeaba las ventanas con un ruido siniestro y regular.

¿Cuántas horas transcurrieron?. Yo estaba allí, sin dormir, hundido, abatido, los ojos tristes, las piernas estiradas, el cuerpo debilitado, muerto y el espíritu embotado de desesperación. De repente, la gran campana de la puerta de entrada, la gran campana del vestíbulo, sonó.

Sufrí tal sacudida que mi asiento crujió. El sonido grave y pesado vibraba en el castillo vacío como en una tumba. Me giré para ver la hora en mi reloj. Eran las dos de la mañana. ¿Quien podía venir a esta hora?

Y bruscamente la campana sonó de nuevo dos veces. Los sirvientes, sin duda no osaban levantarse. Cogí un candelabro y descendí. Estuve a punto de preguntar:

"¿Quien está ahí?"

Después tuve vergüenza de esta debilidad; y saqué lentamente los gruesos cerrojos. Mi corazón latía; tenía miedo. Abrí bruscamente la puerta y percibí en la sombra una forma vestida de blanco, algo como un fantasma.

Me eché hacia atrás, baldado por la angustia, balbuciendo:

"¿Quién..quien...quién eres tú?"

Una voz respondió:

"Soy yo, padre"

Era mi hija.

Ciertamente, creí que estaba loco; y retrocedí a trompicones delante de este espectro que entraba; yo me iba hacia atrás, haciendo con la mano, como para espantarla, este gesto que usted ha visto a todas horas; ese gesto que ya no me ha abandonado.

La aparición siguió:

"No tengas miedo, papá, no estaba muerta. Han querido robarme mis anillos y me han cortado un dedo; la sangre empezó a fluir y eso me ha reanimado."

Y me di cuenta, en efecto, de que estaba cubierta de sangre.

Caí de rodillas, sofocado, sollozando, agonizante.

Luego, cuando hube recobrado un poco la razón, tan enajenado todavía que entendía mal la terrible suerte que me venía, la hice subir a mi habitación, la hice sentarse en mi sillón; después llamé a Prosper con golpes precipitados para que volviera a encender el fuego, que preparara algo para beber y fuera a buscar ayuda.

El hombre entró, miró a mi hija, abrió la boca con un espasmo de espanto y de horror, luego cayó tieso de espaldas muerto.

Era él quien había abierto el féretro, quien había mutilado y después abandonado a mi niña, ya que no podía borrar las huellas del robo. Ni siquiera había tenido cuidado en volver a colocar el ataúd en su nicho, seguro, como estaba por otra parte, de no ser sospechoso para mí, ya que gozaba de toda mi confianza.

—Ve usted, señor, nosotros somos personas muy desgraciadas.

Él se calló.

La noche había llegado, envolviendo el pequeño valle solitario y triste y una especie de misterioso miedo me oprimía al sentirme al lado de estos seres extraños, de esta muerta vuelta a la vida y de este padre con gestos horribles.

Yo no encontraba nada qué decir. Murmuré:

—¡Qué cosa más horrible!

Después, un minuto después, añadí:

—¿Y si entráramos?, me parece que hace fresco.

Y regresamos hacia el hotel.


FIN


Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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