El Tributo del Éxito

O. Henry


Cuento



Twitter Facebook Google+


Hastings Beauchamp Morley iba paseando lenta y apaciblemente por Union Square con una mirada de compasión dirigida a los cientos de personas que se encontraban reclinadas en los bancos del parque. Formaban una colección variopinta: los hombres, con rostro estólido, animal y sin afeitar; las mujeres, inquietas y cohibidas, cruzando y descruzando los pies que les colgaban a cuatro pulgadas de distancia de la gravilla.

Si yo fuese el señor Carnegie o el señor Rockefeller me metería unos cuantos millones en el bolsillo interior y convocaría a todos los guardias del parque (a la vuelta de la esquina, si fuese preciso), y ordenaría que se pusieran bancos en todos los parques del mundo, lo suficientemente bajos para que las mujeres pudiesen sentarse apoyando los pies en el suelo. Una vez hecho esto, tal vez me dedicase a abastecer de bibliotecas las ciudades que quisieran pagar por ello, o a construir sanatorios para profesores chiflados, y llamarlos luego universidades, si así me placía.

Las asociaciones en defensa de los derechos de la mujer llevan muchos años luchando por conseguir la igualdad con el hombre. ¿Y con qué resultado? Cuando se sientan en un banco se ven obligadas a entrelazar los tobillos y a girar incómodamente sus más altos tacones franceses, exentos de todo apoyo terrenal. Señoras, no empiecen la casa por el tejado. Pongan primero los pies en el suelo y luego elévense a las teorías sobre la igualdad mental.

Hastings Beauchamp Morley iba pulcra y cuidadosamente vestido, lo cual se debía a un instinto innato del que le habían dotado su cuna y educación. No nos está permitido mirar el pecho de un hombre más allá de su pechera de almidón; así que lo único que nos queda es observar sus andares y su conversación.

Morley no llevaba ni un centavo en los bolsillos, pero iba sonriendo compasivamente a los cientos de seres mugrientos y desdichados que no tenían más dinero que él, y que tampoco lo tendrían cuando los primeros rayos del sol tiñesen de amarillo el alto edificio en forma de abrecartas que se alzaba al oeste de la plaza. Morley, sin embargo, sí tendría dinero suficiente por entonces. En muchas otras ocasiones le había sorprendido el ocaso con los bolsillos vacíos, pero la luz del alba los había visto siempre nuevamente forrados.

Primero se dirigió a casa de un cura cerca de Madison Avenue y le entregó una carta falsificada de presentación que muy santamente pretendía proceder de un obispado de Indiana. Aquello le hizo sacar en limpio cinco dólares una vez que hubo apoyado la historia con un cuento muy realista sobre el retraso de un giro postal.

A veinte pasos de la puerta del cura, un hombre pálido y gordo lo abordó bruscamente en la acera blandiendo el rojo puño, al tiempo que le exigía con una voz de campanario el pago de una antigua deuda.

—Pero hombre, Bergman —dijo Morley con voz suave y cantarina—, ¿eres tú? Precisamente me dirigía ahora mismo a tu casa para pagarte. El giro de mi tía no me ha llegado hasta esta mañana. Todo ha sido culpa de un error en las señas. Sube conmigo hasta la esquina y te saldaré la deuda. Me alegro mucho de verte; así me has ahorrado una caminata.

Cuatro copas aplacaron al emocional Bergman. Había un aplomo en Morley, cuando se sentía respaldado por dinero en el bolsillo, que habría logrado retrasar el pago de un préstamo al contado en casa del mismísimo Rothschild. Cuando estaba sin monedas, sus faroles bajaban medio tono, pero pocos son los hombres competentes para detectar las diferencias de notas.

—Tú venir a mi pasa para pagarrme mañana por la mañana, Morley —dijo Bergman—. Disculpa mi forrma de actuar antes en der calle. Pero tres meses hacerr que no te veo. Pros't!

Morley se alejó con una sonrisa aviesa en su pálido y afable rostro. El crédulo alemán, suavizado por el alcohol, le divertía. De ahora en adelante tendría que evitar la calle Veintinueve. No había caído en la cuenta de que Bergman volvía siempre a casa por aquella ruta.

Al llegar a la puerta de una casa sombría, dos plazas más al norte, Morley llamó con una determinada secuencia de golpecitos. La puerta se abrió las seis pulgadas que permitía la cadenita, y el negro rostro pomposo e imponente de un guardián africano se plantó en la rendija. Morley fue admitido.

En una habitación de un tercer piso, envuelto en una atmósfera opaca por el humo, Morley pasó diez minutos colgado de una mesa de ruleta. Luego se escurrió escaleras abajo, donde fue despedido con premura por el imponente negro, mientras hacía tintinear en el bolsillo los cuatro centavos de plata que le quedaban de su capital de cinco dólares. Al llegar a la esquina vaciló indeciso.

Al otro lado de la calle había una farmacia bien iluminada, que lanzaba destellos de plata y cristal alemán desde la fuente de soda y las vitrinas. Un chico de cinco años se dirigía hacia allí, directo al dispensario, sintiéndose importante por la seria misión que le habían encomendado, debida tal vez a que su edad aventajada le había supuesto un ascenso. Llevaba en la mano algo fuertemente apretado, de un modo público, orgulloso y notorio.

Morley lo detuvo con su encantadora sonrisa y su suave voz.

—¿Yo? —dijo el chico—. Voy a la farmacia para mamá. Me ha dado un dólar para que le compre una botella de medicina.

—¡Vaya, vaya, vaya! —se admiró Morley—. ¿Tan mayor eres ya para andarle haciendo recados a tu madre? Tengo que acompañar a mi hombrecito y cuidar de que no lo pille un tranvía. Y por el camino compraremos una chocolatina. ¿O prefieres caramelos de limón?

Morley entró en la farmacia con el chiquillo cogido de la mano. Enseñó la receta que envolvía el dinero.

En su rostro había una sonrisa rapaz, paternal, política, profunda.

—Agua pura, medio litro —le dijo al farmacéutico—. Y diez gramos de cloruro sódico. En solución legalizada autorizada. Y no intente timarme, porque lo sé todo acerca del número de galones de H2O en el embalse de Croton, y en cuanto al otro ingrediente lo uso siempre para las papas:

—Son quince centavos —dijo el farmacéutico, con un pestañeo, después de preparar el pedido—. Veo que entiende usted de farmacia. El precio normal es un dólar.

—Para los pardillos —comentó Morley sonriente. Colocó cuidadosamente la botella envuelta entre los brazos del niño, lo acompañó hasta la esquina y deslizó en su propio bolsillo los ochenta y cinco centavos que acababa de ganarse gracias a sus conocimientos de química.

—Ten cuidado con los tranvías, hijito —recomendó cariñosamente a su pequeña víctima.

Dos de tales tranvías aparecieron de repente en direcciones opuestas lanzándose hacia el pequeño. Morley se precipitó entre ambos y agarró al infantil mensajero por el cuello, poniéndolo a salvo. Luego, desde la esquina de su calle lo puso en camino, estafado, feliz y pegajoso a fuerza de viles caramelos baratos comprados en el puesto de fruta italiano.

Morley fue a un restaurante y pidió un chuletón y media botella de Cháteau Breuille barato. Se echó a reír sin ruido, pero con tal convicción que el camarero se aventuró a preguntarle si había tenido buenas noticias.

—No, qué va —respondió Morley, quien raramente entablaba conversación con nadie—. No es eso. Lo que me divierte es otra cosa. ¿Sabe usted qué tres grupos de personas son los más fáciles de aventajar en cualquier tipo de transacción?

—Claro que sí —dijo el camarero, calculando la magnitud de la propina que prometía el esmerado nudo de la corbata de Morley—; están los compradores de mercería en el Sur durante el mes de agosto, y los recién casados en luna de miel por Staten Island, y…

—¡Falso! —le interrumpió Morley, chasqueando la lengua gozoso—. La respuesta es simplemente: los hombres, las mujeres y los niños. El mundo… bueno, digamos Nueva York y sus alrededores hasta donde alcanzan nadando los turistas veraniegos desde Long Island, está lleno de pardillos. Dos minutos más en la parrilla habrían hecho de esta chuleta algo digno de un caballero, François.

—Si cree usted que no está en su punto —dijo el camarero—. Lo puedo arreglar…

Morley levantó la mano con gesto de protesta, una protesta con un ligero toque de sacrificio.

Déjelo, puede pasar así —dijo magnánimo—. Y ahora sírvame un Chartreuse verde, frappé y una taza de café.

Morley salió del restaurante pausadamente y se apostó en una esquina en la que se cruzan dos bulliciosas arterias de la ciudad. Estaba de pie sobre el bordillo, con una solitaria moneda de diez centavos en el bolsillo como todo capital, contemplando con ojos cínicos, seguros y sonrientes las corrientes de gente que pasaban junto a él. En aquel fluir podría arrojar la red y sacar peces para cubrir su inmediato sustento y necesidades. El bueno de Izaak Walton no tenía ni la mitad de su confianza en sí mismo y de su sabiduría popular.

Un festivo grupo de cuatro personas —dos hombres y dos mujeres— cayeron sobre él con gritos de gozo. Habían preparado una fiesta con cena, ¿dónde se había metido los últimos quince días? ¡Qué suerte haberse encontrado con él así! Lo rodearon y lo acorralaron: tenia que unirse a ellos, y tra—la—la, y todas esas cosas.

Una de las mujeres, con un penacho blanco en el sombrero que le volaba sobre los hombros, le cogió de la manga y lanzó una mirada a los demás como diciendo: «¡Miren lo que puedo hacer con él!» y así reforzar su dominio como reina del convite.

—Pueden imaginar —dijo Morley con voz patética—cuánto lamento rehusar la invitación a la fiesta. Pero mi amigo Carruthers, del Yatch Club de Nueva York, va a venir a buscarme aquí en su automóvil a las ocho en punto.

El blanco penacho iba ondeando visiblemente a medida que el cuarteto se alejaba calle abajo bailando como un grupo de enanitos traviesos en torno a un arco de luz. Morley se quedó allí de pie, dándole vueltas y más vueltas a la moneda que tenía en el bolsillo y riéndose con júbilo para sus adentros.

«Fachada —recító para sus adentros—, fachada es lo que hace falta. Es un triunfo en el juego. ¡Cómo pican! Hombres, mujeres y niños, con engaños y mentiras de agua con sal, ¡hay que ver cómo pican!»

Un hombre viejo con un traje que le sentaba muy mal, una barba gris descuidada y un aparatoso paraguas surgió de un salto de la aglomeración de taxis y tranvías para ir a parar al mismísimo lugar de la acera donde se encontraba Morley.

—Forastero —dijo—, discúlpeme sí le molesto, pero ¿conoce usted a alguien, aquí en esta ciudad, llamado Solomon Smothers? Es mi hijo y acabo de llegar de Ellensville para visitarlo. Me gustaría saber dónde diablos he podido meter sus señas.

—No lo sé, señor —respondió Morley, entrecerrando los ojos para velar la alegría que a ellos asomaba—, Será mejor que acuda a la policía.

—¿A la policía? —exclamó el viejo—. ¡No he hecho nada para tener que llamar a la policía. He venido simplemente a ver a Ben. Me escribió que vivía en una casa de cinco pisos. Si conoce usted a alguien con ese nombre y puede…

—Ya le he dicho que no —repuso fríamente Morley—. No conozco a nadie que se llame Smithers, y lo que le aconsejo es que…

—Smothers, no Smithers —interrumpió el viejo, esperanzado—. Es un hombre de complexión robusta, aunque desgarbado, de unos veintinueve años, con los incisivos salientes, de unos cinco pies de…

—¡Ah, Smothers…! —exclamó Morley—. ¿Sol Smothers? ¡Pero si vive al lado de mi casa! Había entendido Smithers.

Morley miró el reloj. Hay que tener reloj. Por un dólar es posible. Más vale pasar hambre que privarse de un reloj de bronce de cañón o de esos de noventa y ocho centavos por los cuales —según los relojeros— se rigen los horarios de los trenes.

—El obispo de Long Island —dijo Morley— había quedado aquí conmigo a las ocho para que cenásemos juntos en el Kingfishers Club. Pero no puedo permitir que el padre de mi amigo Sol Smothers ande solo por las calles. ¡Por san Swithin, señor Smothers, hay que ver cómo trabajamos los hombres de Wall Street! ¡Decir hasta el agotamiento es quedarse corto! Estaba a punto de cruzar a la otra esquina para tomarme una copa de ginger ale con unas gotítas de jerez cuando se ha acercado usted. Va usted a permitirme que le acompañe a casa de Sol, señor Smothers, pero antes de coger el tranvía me gustaría mucho que viniese conmigo a tomar…

Una hora después, Morley estaba sentado en el extremo de un banco tranquilo en Madison Square, con un puro de veinticinco centavos entre los labios y ciento cuarenta dólares en billetes, doblados y bien metidos dentro del bolsillo interior. Satisfecho, alegre, irónico, vivamente filosófico, estaba contemplando la luna que entraba y salía de entre un laberinto de nubes errantes. Un hombre viejo y andrajoso con la cabeza gacha se encontraba sentado al otro extremo del banco.

De repente el viejo se agitó y miró a su compañero de asiento. En el aspecto de Morley le pareció reconocer algo superior a los habituales ocupantes nocturnos de los bancos.

—Amable caballero —gimió—, si pudiese usted gastarse diez centavos o incluso unos pocos centavos en alguien que…

Morley cortó tajantemente su estereotipada súplica entregándole un dólar.

—¡Que Dios se lo pague! —dijo el viejo—. He estado buscando trabajo y…

—¡Trabajo! —repitió Morley con su risa cantarina—. Es usted tonto, amigo mío. La vida para ti es un erial, no me cabe la menor duda, pero tienes que ser un Aarón y golpearla con tu barra. Y entonces cosas mejores que el agua brotarán de ella para ti. Para eso está el mundo. A mí me concede todo lo que deseo de él.

—Dios le ha bendecido a usted —dijo el viejo—. Yo lo único que he conocido es el trabajo. Y ahora ya no me dan ninguno.

—Tengo que marcharme a casa —anunció Morley, levantándose y abotonándose la chaqueta—. Me he sentado aquí sólo para fumarme un purito. Espero que encuentre usted el trabajo que busca.

—Es muy posible que su amabilidad le sea recompensada esta misma noche —dijo el viejo.

—No tiene importancia —sonrió Morley—, ya tiene usted lo que deseaba. Y yo estoy satisfecho. Creo que la buena suerte me persigue como un perro. Voy a pasar la noche en ese hotel luminoso que ve usted allí. ¡Y vaya luna que hace esta noche, alumbrando toda la ciudad! Creo que no hay nadie que disfrute de la luz de la luna y de esas cosillas tanto como yo. Bien, que tenga usted una buena noche.

Morley anduvo hasta la esquina desde la cual cruzaría hacia su hotel. Iba soltando lentas bocanadas de humo que se elevaban desde su cigarro hasta el cielo. Un policía, al pasar, respondió con un saludo a su afable inclinación de cabeza. ¡Qué luna tan bonita hacía!

El reloj empezó a dar las nueve en el mismo instante en que una muchacha, apenas recién convertida en mujer, se detuvo en la esquina a la espera del tranvía que se estaba acercando. Iba apresurada como si volviese del trabajo o llegara tarde a casa. Tenía unos ojos claros y puros, iba vestida sencillamente de blanco, y miraba con impaciencia hacia el tranvía, sin volver la vista ni a derecha ni a izquierda.

Morley la reconoció. Ocho años antes había estado sentado junto a ella en el mismo banco del colegio. No había existido nada entre los dos, nada que no fuese la amistad de los días inocentes.

Pero Morley bajó por la bocacalle hasta llegar a un lugar tranquilo y apoyó su rostro súbitamente ardiente contra el frío hierro de una farola, y dijo sordamente:


Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
Leído 0 veces.