Elda y Angotea

Aleksandr Grin


Cuento



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Índice

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Cuando el ensayo había terminado, Gotorn llegó a los camerinos del teatro Bishop. Parado en el pasillo entre la utilería y las lámparas, Gotorn entregó su tarjeta de presentación al mozo para que la hiciera llegar a Elda Silvano.

Después, ya dentro del camerino de Elda, le volvió a impresionar su parecido con la fotografía que tenia Férguson.

Elda llevaba un vestido negro que dirigía toda la atención a la cara de esta pequeña, talentosa actriz, la cual todavía no había podido hacer carrera por falta de un amante influyente.

Era de mediana estatura con una cara nerviosa y dispareja. Su pelo negro, sus grandes ojos negros, a los cuales las pestañas largas le daban una expresión de ternura al mismo tiempo seria y coqueta, su frente limpia y la línea de su cuello eran bellos. Solamente mirando con mucha atención el observador notaba la dureza punzante de las pupilas que valoraban con la cautela de un negociante todo lo que miraban.

Su postura libre —estaba sentada encorvada con las piernas cruzadas— y su forma casi masculina de expulsar con fuerza el humo de cigarro liberaron a Gotorn de la timidez que acompaña cualquier asunto delicado.

—Querida —dijo él—, seguro que usted ya ha visto muchos tipos raros, por eso me apunto de antemano en sus filas. Vine a proponerle un trabajo de actuación, pero no es en la escena sino en la vida.

—Es un poco atrevido de su parte —contestó Elda con indiferente hospitalidad—, atrevido para un primer encuentro, pero no tengo inconvenientes para conocerlo mejor. Mi única condición: no me lleve al campo. Me encanta el restaurante “Alfa”.

—Por desgracia, pequeña, el asunto es mucho más serio —contestó Gotorn—. Ya verá que el hecho de elegirla a usted se debe a una causa extraordinaria.

La actriz, sorprendida y al mismo tiempo acentuando su sorpresa con la expresión de su cara como si estuviera en la escena, declaró que estaba dispuesta a escuchar.

—Durante uno de mis paseos conocí a un tal Fergus Férguson: entré a su casa a tomar agua. La casa se encuentra en las montañas de Terincur. Férguson vive de la pensión que le dejó el esposo de su hermana. Tiene unos 45 años, su servidumbre se ha marchado por lo difícil que es convivir con un enfermo. Él está loco y ahora se está muriendo. El punto principal de su locura es la desaparición de su esposa, la cual nunca existió, está comprobado oficialmente. Es posible que, al no poder aguantar su soledad, él se inventara una esposa y creyera en su propia fantasía. Como quiera que sea, la fotografía de Angotea —así él llama a su esposa— se parece asombrosamente a usted, la vi en la escena y en la tienda de Estrem. Este sorprendente parecido me dio la idea de ayudar a Férguson a encontrar a la esposa perdida. No se sabe dónde él consiguió la foto. Pienso que a lo mejor un día la compró.

—¿Cómo? —se indignó Elda—. ¡¿Me va a casar sin mi permiso y además con un loco?!

—Paciencia —interrumpió Gotorn—. Férguson se está muriendo, ya se lo dije. Tengo poco tiempo, pero hay que terminar la historia. El día de la boda Angotea caminó sola por el sendero que pasa por un hueco. Es un orificio ovalado en una delgada pared de roca que interrumpe el camino. La parte del sendero después del óvalo se parece tanto a la que llega que en la imaginación de Férguson el orificio ovalado se ha convertido en un espejo encantado. Está convencido de que Angotea entró al espejo y se ha perdido adentro. Según el médico, le quedan unas doce horas de vida. Me gustaría que muriera sin tristeza. Que viera a Angotea.

—¡Que bien! —dijo Elda, después de guardar un corto silencio como una persona educada—. Muy gracioso. Un raro tonto sentimental. Lo siento, no me gustan los tipos así. Pero dígame ¿para qué toda esta historia?

—El asunto es este —contestó Gotorn con expresión grave— ¿pudiera usted ser Angotea por media hora? Porque él la está evocando. Es una persona de gran corazón que merecía otro destino. Si acepta, ponga un precio.

Con las últimas palabras de Gotorn el rostro de Elda se puso rígido, como si no respirara; las pupilas estaban calculando.

—¿Qué tengo que decir? —preguntó ella rápido.

—Lo anoté aquí —Gotorn le tendió una hoja de papel.

Elda empezó a leer, moviendo los labios.

—Extraordinario —dijo, bajando el papel—. Tengo la cabeza revuelta. ¿Usted, por casualidad, no será siquiatra?

—No —se lamentó Gotorn tranquilamente—, soy patólogo.

—¡Ah! —musitó ella con confianza—. Espere, voy a probar. Salga un momento.

Gotorn salió y empezó a caminar al lado de la puerta. Dentro de poco la puerta se abrió y Elda le hizo una seña para que entrara.

—Bueno, pienso que la cosa va —dijo la actriz expulsando el humo de cigarro con fuerza y apartándolo con la mano de los ojos, que estaban estudiando a Gotorn con celosa frialdad—. Antes que todo, el dinero. ¿Cuánto se propone usted pagarme?

—Diez mil —dijo Gotorn para impresionarla.

—¿Cómo?

—Dije, diez mil.

—Me inclino ante usted —dijo Elda, inclinándose con un gracioso ademán que le pareció desagradable a Gotorn, porque le resultó adulador—. Por menos que esto no lo hubiera aceptado —agregó con una lastimosa avaricia, aunque había pensado solo en la décima parte de esta suma—. Una última condición: en caso de que su Férguson se recuperara, no estoy obligada a seguir el juego.

—Por supuesto —aceptó Gotorn—. El carro está afuera, recoja y vamos.

2

Salieron después de ponerse de acuerdo; se montaron en el automóvil y se dirigieron a las montañas de Terincur. Durante el viaje, que duró solamente hora y media, Elda estaba callada; no le interesaba nada fuera de los límites que trazó Gotorn, y que ella consideraba que era técnicamente suficiente. Tenía la vista fija en el camino, inmersa en sus pensamientos. Cuando el carro avanzaba por la carretera que corría por el borde de un precipicio con un bosque abajo y los arroyos cayendo lentamente, Gotorn iba a atraer su atención a la ruda belleza de este paisaje. De pronto ella dijo:

—¿Tengo que decir exactamente lo que usted escribió? No concuerda bien. Tiene que ser algo más sencillo: aunque él la había visto solamente en sus delirios, lo que va a pasar no será exactamente un delirio.

—Quizás —dijo Gotorn; para él este caso era al mismo tiempo un experimento y un gesto de compasión—. Es suficiente con su cara, con su parecido con la imaginaria Angotea.

—No, es muy poco.

—Haga lo que quiera, pero siempre con sentido de una gran responsabilidad.

Y después, indicando con la mano, agregó:

—Mire, otro precipicio. ¿Ve aquellas sombras en la niebla? Una linda danza del vacío.

—Sí —contestó Elda, distraída—. Quiero preguntarle ¿el dinero me lo entregarán al momento?

—Sin duda.

—Se lo agradezco.

De nuevo se sumergió en sus pensamientos hasta que Gotorn la devolvió a la realidad indicándole un sendero que serpenteaba entre los arbustos.

—Me parece —dijo él—, que usted debería ver el supuesto “espejo”, el orificio en la roca a donde, según Férguson, se fue Angotea.

—Sí, para captar el ambiente —asintió Elda—. Al buen ladrón todo le viene bien. ¿No es muy lejos?

Gotorn la tranquilizó, mandó a parar el carro y salieron caminando por el sendero. El sendero iba por el borde de un abismo y al fin apareció aquel orificio del que él le había hablado: alto, ovalado, de una forma muy regular, atravesaba una roca que cruzaba el camino. En realidad, antes y después del orificio todo era muy parecido —la simetría de los arbustos y las piedras, de las sombras y las luces— todo, claro, sin entrar en detalles, se repetía casi exactamente.

Después de observar el hueco Elda cruzó el óvalo, caminó unos diez pasos y regresó corriendo.

—En realidad esto no me da nada —le explicó a Gotorn—. ¿Podemos seguir?

Ya estaban cerca. Regresaron al automóvil, le dieron vuelta a una gran roca y se bajaron. En el medio del bosque se divisaban el techo y una pared de una modesta casa de ladrillos. Después de enseñarle a Elda el sendero que llevaba a casa, Gotorn quedó en regresar dentro de media hora y se alejó indeciso, dudando si había hecho bien en traer a una mujer con un alma que se podía asomar involuntariamente y convertir todo este complicado y peligroso asunto de compasión en una pesada broma.

Cuando Gotorn se había ido, Elda fue a cambiarse de ropa detrás de los arbustos, espantando a las impertinentes moscas y maldiciendo la hierba que pinchaba sus pies descalzos. Pero el dinero —¡y qué dinero!— la inspiraba. Sin embargo, en algún lugar de esta alma —negra y dura— ya iba caminando por un sendero de piedra la dulce y frágil Angotea y Elda la estaba estudiando deprisa.

3

Antes de entrar al cuarto del paciente, Gotorn le pidió a la enfermera que llamara al médico, un hombre grande y desgreñado; cuando aquel llegó, lo llevó a una habitación alejada del enfermo y empezó a preguntar.

—Él está muy tranquilo —dijo el doctor—, callado; a veces toma la fotografía y la mira; las fuerzas lo están abandonando con la misma rapidez con que se seca al sol una toalla mojada. Por ratos queda inconsciente, cuando vuelve en sí pregunta por usted.

—La traje —dijo Gotorn—. ¿Ya puedo hacerla entrar?

—Mi posición es muy difícil —respondió el doctor acercándose a la ventana junto con Gotorn y observando las cimas de las montañas—. Sé que él morirá antes del anochecer. Pero no sé si será prudente correr el riesgo de una recuperación repentina que puede ocurrir en un maniático trastornado bajo un fuerte estímulo nervioso. Quiero decir que el resultado puede ser contrario a lo deseado.

—¿Qué hacemos?

—No lo sé.

—Tampoco yo —dijo Gotorn.

Quedaron en silencio. Gotorn buscaba respuestas en su conciencia. Las sombras de las montañas estaban mostrando los abismos. Dejó al doctor y caminó hacia la habitación de Férguson pero regresó diciendo:

—No sabía, pero ahora ya sé. Estoy seguro de nuevo. Pero usted y yo, doctor, no entraremos. Lo observaremos desde la habitación de al lado.

Gotorn salió por la terraza, se dirigió decidido al lugar donde lo esperaba Elda y la encontró sentada en una piedra.

Su seguridad se afirmó cuando la vio, lista para interpretar el papel. Su atrevido peinado había desaparecido, cediendo el lugar a un pesado moño que descubría la frente. La cara de Elda, sin polvo ni maquillaje, con los labios pálidos, parecía demacrada y curtida por el aire. Descalza, con una saya corta y desflecada, una blusa de cuello abierto y un pañuelo oscuro colgando en el brazo, era tan parecida a su idea inconsciente de la mujer imaginaria, que solo pudo decir:

—Estoy satisfecho, Elda. Veo que la adivinó.

—¿Adiviné? Deja eso —respondió Elda, frotando sus dientes con extracto de manzana para quitar el olor a tabaco—. Son seis años en la escena. ¿Llegó la hora?

—Sí, vamos. Elda —le apretó fuerte las manos—, confío en usted. Sé que entiende. Es mujer.

Ella se encogió de hombros y esquivó la mirada. Deseaba terminar con esta historia fúnebre lo más rápido posible y regresar. Llegaron en silencio a la casa y después de pasar por tres desordenadas y sucias habitaciones quedaron frente a una puerta semiabierta por donde se veía el adelgazado rostro de Férguson con su barba canosa recostado sobre las almohadas.

Gotorn divisó la figura del doctor que ya estaba sentado, encorvado en su silla, situada de forma tal que desde esta habitación con las persianas cerradas se veía claramente el cuadro de la puerta abierta.

Elda respiró hondo.

—Tengo miedo —murmuró, pero enseguida, empezando a cambiar sutilmente, se acercó tanto a la luz de la puerta que su cara se iluminó.

Su pie movió los dedos tres veces, ella contó en silencio: uno, dos y tres. Después, con la cara bañada en lágrimas, llorando y sonriendo, corrió hasta la cama.

El doctor se levantó sin darse cuenta, con un escalofrío, igual que Gotorn, liberado de la tensión de la espera por la transformación perfecta de Elda. El peso había desaparecido. Férguson estaba en buenas manos, expertas y hábiles.

—¡Al fin estoy aquí! —oyó maravillado el sonido, vivo y exacto, de la voz de Elda, lleno de un apasionado consuelo—. ¡Ha pasado un siglo! Recibe a tu andariega, mi amigo. ¿No me has olvidado? ¡Si no me olvidaste, perdóname!

Férguson se sentó y, apoyando la cabeza en la pared, estiró los brazos. Tenía mirada de espanto, como quien cae al vacío. Pero alrededor de sus húmedos dientes rodeados de los labios enflaquecidos, ancha y aguda, resplandecía una sonrisa. No podía hablar ni gritar, le faltaba el aire, solo arqueaba el pecho y levantaba la cara. Al fin gritó y este grito —“¡Angotea!”— fue tan horrible que el doctor y Gotorn corrieron a la habitación. El enfermo se estremecía riéndose y llorando. Aguantando sus manos, Gotorn se dio cuenta de que Férguson no veía nada además de Elda: la estaba mirando con sus últimas fuerzas.

—Angotea —murmuró— ¿no te vas a ir más sola?

—Nunca —dijo Elda—. Estaba muy lejos, pero nunca te olvidé. Estaba hambrienta y asustada, mis pies cansados y heridos. ¡Todo era tan feo, tan extraño! Paredes por todos lados, un ronroneo de abajo. No podía salir de las rocas. Pero aquel espejo… ya está roto.

Gotorn estaba oyendo asombrado con qué facilidad ella transformaba sus apuntes.

—Rómpelo —dijo Férguson— ¡abajo el maldito cristal!

—Lo rompí con una piedra —confirmó Elda. Tapó con la colcha los pies de Férguson, puso una almohada entre su cabeza y la pared, se arrodilló ante la cama y cogió la mano del enfermo. Frotó la cara contra su rodilla para secarse las lágrimas. La otra mano de Férguson se liberó de la mano del doctor, se estiró y tocó su frente con las puntas de los dedos temblorosos.

—Tonta… —dijo Férguson, cerró los ojos y empezó a morir. Su cabeza convulsionó primero fuerte, después más suave, hasta caer lentamente sobre la almohada con el rostro ya silencioso. Solamente sus costillas hinchadas temblaban ligeramente.

El doctor abrió los párpados de Férguson y tomó el pulso.

—Está agonizando —dijo muy bajito.

Elda se levantó del piso. Miró al moribundo con la cara asustada, se frotó la rodilla entumida y salió corriendo a cambiarse de ropa.

Cuando regresó el difunto ya estaba tapado con la sábana. El doctor y Gotorn estaban sentados a la mesa en la otra habitación, revisando sus papeles.

Cuando Elda entró ellos se levantaron y Gotorn le dio las gracias; agregó que solamente el carácter del caso le impedía honrar su talento, que ella había empleado para una causa quizás un poco extraña pero muy humana.

—¿Y a usted qué le pareció? —le preguntó ella al doctor.

—Bien —respondió el médico— pero me es muy difícil hablar de esto ahora.

Elda se le acercó a Gotorn y dibujó una extraña figura en el piso con la punta de la sombrilla.

—Bueno —dijo ella con una expresión infantil en sus grandes y directos ojos—. ¿Me pagará con cheque o en efectivo? Sabe que mañana los bancos no abren.

—En efectivo —dijo Gotorn, entregándole el paquete con cincuenta billetes que tenía preparado.

Enrojecida de satisfacción, Elda se llevó el paquete a la esquina desocupada de la mesa. Allí se sentó a contar. El doctor se quedó mirando cómo ella contaba el dinero, después se ensombreció y cerró los ojos.

Ella terminó de contar, movió los labios y miró a Gotorn con duda.

—Faltan setenta y cinco —dijo ella—. Conté dos veces. Cuente usted mismo si no me cree.

—Le creo y le ruego que perdone mi distracción —dijo Gotorn entregándole el faltante—. Vaya al automóvil. Ya di órdenes para que la lleven de regreso.

—Se lo agradezco —dijo ella, feliz, cansada y emocionada con su éxito—. Bueno, hasta luego… De mi parte, un poco de flores para su chiflado. Pero solo dos letras: la E y la S.

Después de despedirla y mirar su nuca en el carro que se alejaba, Gotorn regresó junto al doctor, quien dijo:

—Ella está mal en matemática.

—Lo hice a propósito porque sabía que iba a contar el dinero. Lo hice para separar definitivamente a Elda de Angotea…


Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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