El Niño de Guzmán

Emilia Pardo Bazán


Novela


Índice

El Niño de Guzmán
Capítulo 1. Frontera
Capítulo 2. Personal
Capítulo 3. Centellitas
Capítulo 4. Regreso de las contrabandistas
Capítulo 5. La opinión de las trufas
Capítulo 6. Los porqués de Arcángela
Capítulo 7. Los porqués de Pedro
Capítulo 8. El destino
Capítulo 9. Aventurilla
Capítulo 10. Mauricio cree ver
Capítulo 11. Proyectos
Capítulo 12. La leyenda del Cristo
Capítulo 13. Terremoto

Capítulo 1. Frontera

Al divisar desde lejos el río, cuya corriente separa la tierra francesa de la española, Pedro, de pechos en la ventanilla, experimentó extraordinario impulso de júbilo insensato, un rapto, un vértigo. Desde Bayona presentía la emoción, latente en el alma. ¡El momento de cruzar la frontera… ! ¡España por fin!… Así y todo, se sorprendió de la violencia de aquel ímpetu, y procuró dominarse, pues le venían ganas de saltar del coche, de besar el suelo, de llorar y de reír, todo junto.

El fresquecillo de la rauda columna de aire, mezclado con humo y partículas de carbón, que levanta el tren —aire que ya era español—, aumentó la excitación de Pedro. Género de embriaguez bien disculpable, tumulto de la sangre generosa en un cuerpo mozo y sano, robustecido por el deporte, no gastado por hábitos viciosos. Dimanaba de algo muy íntimo; de cosas pegadas al corazón. ¡Esto de entrar en la patria! «España, España… ». Repetía en voz baja el nombre, como se repite el de una mujer en los balbucientes transportes del amor dichoso. Sus ojos se espaciaban por el paisaje, algo sorprendidos de encontrarlo idéntico al que quedaba atrás y a Francia pertenecía. La misma naturaleza agreste, los mismos vallecillos alternando con parduzcas laderas… Caserío idéntico… Igual estructura… Encogiose de hombros. ¿Qué tenía de extraño? ¿Qué realidad física implica una frontera?

Para no seguir empolvándose, metiose adentro y subió el cristal. Costumbres de pulcritud le mandaron abrir el saco de flexible tafilete que ostentaba en plata sus iniciales —P.N.G.— y sacar un cepillo que pasó reiteradamente por el cuello y los hombros de su elegante ulster: La impaciencia, la tensión de sus nervios, no le permitían sentarse y enfrascarse de nuevo en el volumen de la colección Tauchnitz, que momentos antes le había entretenido. De pronto, sobresaltose de alegría: acababa de oír vocear periódicos en lengua castellana. ¡El Siglo Futuro, Imparcial, Liberal, El Correo Español! Abrió la portezuela, buscó moneda de cobre en el bolsillo, sueldos franceses aún, y compró todos los diarios, carlistas y republicanos… en montón. No tuvo tiempo ni de escoger uno, pues recordó que allí registraban. La noción de la frontera patria se definía concretamente: era el vejamen del fisco.

Si alguien quiere convencerse de que Pedro es persona de encumbrada posición social y refinados gustos, asista a la operación del registro de sus baúles y maletas, curioseando el contenido sin necesidad de calzarse los toscos guantes verdes de los carabineros. No hay revelación más elocuente de las aficiones y el modo de ser íntimo que un equipaje: el equipaje es la casa en abreviatura, y la personalidad imperiosamente expresada por cierto número de objetos. Ricas, sólidas y del más reciente modelo, eran las maletas que Pedro fue abriendo con llavecillas de acero brillante; y en su seno contenían, amén de mucha ropa blanca como la nieve y de holanda exquisita, y no poca de color, que delataba la maestra tijera de algún sastre de Piccadilly, buen golpe de libros, cinco o seis armas primorosas, una caja de acuarela, un pocket completísimo, con surtido de películas y placas, algunos cachivaches bonitos, bronces japoneses, recado de escribir de ágata y oro, y hasta un crucifijo de marfil, antiguo, en estuche de terciopelo. La fila de los bagajes de Pedro, que ocupaba buen trecho de la banqueta destinada al registro, y acaso también el aspecto del mozo, llamaron la atención a dos señoras que en aquel momento cruzaban de un lado a otro de la estación —sin duda para dirigirse al tren formado— y que se detuvieron haciéndose disimulada seña. A su vez Pedro, volviendo la cabeza, reparó en las viajeras, y solicitador por la singularidad provocativa de su vestir, entretuvo en ellas la vista. En vez de los sencillos y masculinos trajes de viaje que usan las damas, lucían atavíos de exagerada elegancia y lujo, caprichosos y vistosos, y sombreros recargados de plumas, de forma original y atrevida. La suposición más probable cruzó por la mente de Pedro. «Palomas torcaces». Y, a renglón seguido, sus pocos años gritaron allá dentro: «¡La rubia… qué guapa!».

Lo era en verdad. Más bien pequeña, blanca, de menudas e infantiles facciones, sus ojos color de avellana, flechadores y picarescos, reían al par que la descolorida y fresca boca, de dientes nacarinos, húmedos, diminutos. La semejanza de tono de la tez, del pálido cabello y de las pupilas claras, hacía el conjunto armónico y fundido —la deliciosa unidad de color de las pinturas al pastel—. Al levantar un tanto la crujiente falda de seda verde, rebordada de encaje rojizo, lucía una mano chiquita delatada por el guante de Suecia, y enseñaba el pie calzado con puntiagudo zapato y preso en la media de seda negra, casi transparente, rielando sobre el empeine curvo, de española. Embelesado la miraba Pedro, sin fijarse en la compañera, más alta, trigueña, ni fea ni hermosa, de busto gallardo, empaquetado en una original cotilla de terciopelo naranja, recamada de turquesas falsas y lentejuelillas de acero. «El caso es —discurría Pedro— que, no fijándose en lo insolente de la toilette, cualquiera las toma por damas principales. Pero ¡quia! Con ese avío… Y me miran; se fijan en mí; se sonríen… Se dan al codo… ».

La voz aguardentosa y ruda del carabinero, obligó a Pedro a despreocuparse de las viajeras. «¿Tiene usted algo que declarar?». «Sí», respondió con lisura. «No algo, sino bastante. La ropa blanca del baúl grande es nueva casi toda… Hay ahí armas sin probar… También algunos objetos… El tintero… el cartapacio… Y de la ropa de paño, yo diré qué prendas no se han usado aún… ».

—¡Ah! —exclamó con extrañeza el carabinero, que en aquel punto descubría el baúl alzando torpemente su bandeja, con movimientos apelmazados—. Pues la ropa blanca… si usted no lo dice… Como ya viene planchadita…

—No la he puesto nunca —respondió el mozo—, y por consecuencia… Además, petacas y bastones…

El buen hombre alzó las cejas y meneó la cabeza.

—Vamos, es un cargamento lo que se trae usted… Voy a llamar al vista, y tendremos adeudo largo. Haga el favor de aguardar…

—¿Cómo adeudo largo? —protestó vivamente Pedro—. Agradecería a ustedes que abreviasen. Tengo que coger el tren y ya falta poco para la señal. Pago lo que corresponda, cerramos las maletas, y andando.

—¿Y se figura usted que eso puede ser por los aires? Media hora lo menos se gastará en adeudar… —declaró el carabinero solemnemente.

—¿Pero no hay aquí —exclamó impaciente el joven— algún empleado racional que se haga cargo y me despache en un vuelo? A ver, yo indico los objetos; ustedes conocerán la tarifa…

—Ch, ch, ch… —articuló el carabinero con desesperante flema y descortés familiaridad—. Si tenía prisa… no traer tanta divina cosa, señor.

—¡O no declararlas!… —añadió un acento irónico y suave a la vez, acompañando el dicho con una inteligente carcajada, seguida de otras, en escala, como gorjeos de ave canora y alegre.

Volviose Pedro: eran las viajeras que se burlaban de él. Bajo los velitos de moteado tul, que envolvían en cándida niebla los rasgos de la fisonomía, la risa mofadora descubría los dientecillos, cavaba en las mejillas hoyuelos tentadores. La impresión estética no disminuyó la mortificación y el enojo de Pedro. Es más: el consejo que le daban tales risas le pareció propio de gente equívoca y baja. «¡No declarar! ¿Soy algún contrabandista?». El sentido de su educación inglesa, basada en el respeto al convenio legal, influía en él. «Lo que creí: palomas torcaces. Lo prueba esta misma confianza que se toman con un desconocido… ». Les lanzó una ojeada desdeñosa, creyendo así paliar lo ridículo de su situación. Las risas continuaban, plateadas y cortantes; y fustigado por ellas, a pesar suyo volvió Pedro a fijarse en la rubia, a distinguirla: estaba encantadora; un lunar de terciopelo del velito traveseaba en su sien, levemente sonrosada por la animación de la broma, y sus facciones ofrecían el movido de una terracotta nerviosamente modelada.

Sin apresurarse acudió el vista, y su primer pregunta a Pedro tuvo la entonación desapacible y glacial de una reprimenda: «¿Es usted el que quiere aduanar género?». La rubia, por lo bajo, dijo a la trigueña: «Ese, de seguro, estaba en sus glorias almorzando, y ahora el milord le chafa los postres… ¿Será memo?». «¡Pobrecillo!… », repuso la trigueña. «Ahí tienes, por portarse como un caballero… ». «Pues ya se ve —afirmó la rubia guiñando un ojo—. Para caballerías estamos… Ea, vámonos, hija; ya tiene para rato tu don Quijote… A buscarnos un rinconcito cómodo… ». Volviendo la cabeza atrás, como el que sale mal de su grado de un teatro donde se divertía, las dos viajeras se encaminaron al andén, pasando tan cerca de Pedro que casi le rozaron con sus ruge ruges de seda y sus volanderas garzotas. «Pues no huelen a perfumería —discurrió el mozo— ni gastan afeites ni arreboles… Género de primera… ». Al producirse el contacto, la rubia murmuró con retrechería, no tan bajo que no se oyese: «Si este bobalicón de extranjis suelta a tiempo un par de duros… coge el tren; ¡vaya si lo coge!». Dejando a Pedro atónito, apretaron el paso, desaparecieron por la puerta de cristales… Quedose el mozo de plática con el vista, el cual, positivamente malhumorado, fuese por los motivos que suponía la rubia o por otros imposibles de averiguar, mostraba una sequedad y tiesura de mal agüero. Fue inútil que Pedro, primero afablemente y después en tono más apremiante y firme, le suplicase rapidez en la aplicación del formulario del adeudo. El tren se ponía en marcha trepidando, se quedaba sorda y solitaria la estación, cuando el empleado, con insufrible lentitud, empezó a desempeñar su cometido. Miró Pedro el reloj; eran las doce y veinte. Buscó después la guía y la hojeó: el primer tren utilizable, a las seis de la tarde. Otro se descompondría, juraría, pronunciaría frases de acre censura y despecho. Pedro tenía, por virtud de ciertas enseñanzas recibidas, la costumbre de no gastar energías en balde; repugnábale además dar proporciones desmedidas a contrariedades pequeñas. Recobró su adquirida flema y se consagró tranquilamente a la tarea de desdoblar, desempaquetar y desenfundar su ropa, trastos y armas, auxiliando con la mejor voluntad aparente y la más estricta cortesía al empleado. Quería acabar lo antes posible para almorzar y aprovechar las horas sobrantes, contrapeso de la vida, en recorrer a pie las cercanías de Irún. Y fue el carabinero el que, apiadado, trocando la aspereza en benevolencia, aprovechó una vuelta del vista para susurrar a Pedro confidencialmente:

—Usted se hará cargo… Lo que está mandado… Nosotros… lo que nos ordenan hacemos… Pero, si quisiesen, ya podían haberle despachado antes…

Capítulo 2. Personal

El hotel nuevecito, flamante, de los duques de la Sagrada —que representan dentro de la grandeza española la preclara estirpe de los Noroñas y Sahagunes, enlazada con la no menos ínclita de los Cachupines de Laredo, ya linajudos en tiempo de Miguel de Cervantes Saavedra— no se eleva en la misma Concha de San Sebastián, sino pueblo afuera, camino de la residencia regia de Miramar —gozando de aires puros y de grato silencio semicampestre—. «Siempre me encontrarán cerca de la monarquía», suele decir el Duque, aficionado a discretear y a jugar del vocablo, sobre todo cuando no le rendían los años ni le abrumaban los achaques. Tiene el hotel delante su verja negra y oro, cerrando una escalinata; su jardín de canastillas de grass, con las indispensables musas y las eternas coníferas, bien regadas y charoladitas; a la derecha del jardín las cuadras y cocheras, de estilo británico, amplias, suntuosas; a la izquierda un invernáculo reducido, de plantas de hoja rara, pintorreada y velluda, que el jefe de comedor saquea para armar sus centros de mesa, y la camarera mayor para poblar las jardineras de los tocadores.

Interiormente, la mansión ducal —sin lujo asiático ni maciza suntuosidad— es coquetona, atractiva, decorada con acierto y gusto. Ha madrugado allí la moda de las telas claras, de colorido armonioso, y de los mobiliarios blancos y ligeros; la proscripción del bibelot barato y el buen sentido de la colocación agradable y de las líneas graciosas, sin exageradas pretensiones artísticas. Hay una sala Luis XV, un gabinete María Antonieta, una galería y un comedor Imperio —todo sencillo, caracterizado únicamente por algunos muebles fielmente reproducidos, pero que no aspiran a engañar a ningún conocedor, y por la discreta elección de adornos y cortinajes—. Diríase que han querido los Sagrada desquitarse durante la época del veraneo del empaque y tiesura señoril de su caserón en la Corte. Verdad que el mobiliario del caserón proviene de los padres y abuelos del Duque, mientras el cuco hotel de San Sebastián se ha arreglado a gusto de su nuera, la joven y mundana condesa de Lobatilla.

Sentados a la mesa sorprendemos a los varones de la familia de la Sagrada y a varios íntimos comensales; las señoras faltan; se almuerza sin ellas. Ocupa la presidencia el Duque, don Gaspar María de Noroña Sahagún Mendoza y Zurita de los Canes, acentuado tipo español, cabeza goyesca, de manolo de 1808, que guarnecen pobladas patillas grises; de enarcadas cejas, nada alegre de ojos, fisonomía grave, semitriste, de las que tan frecuente es encontrar en hombres chuscos y donairosos en la conversación, que subrayan el chiste y la bufonada con una seriedad imperturbable y no celebran jamás sus propias ocurrencias. A la diestra del Duque se sienta, en ausencia de su pupila Rafaela Seriñó, el capellán, don Domingo, a quien el Duque llama don Cuotidiano —porque la misa es diaria en el exiguo oratorio del hotel—. A no ser por los latines del santo sacrificio, y los de la bendición y acción de gracias a las horas de comer, las ondas sonoras del aire ignorarían la existencia de don Cuotidiano, «la menor cantidad de capellán posible» en opinión de la nuera del Duque, que no dejaba de añadir: «el bello ideal del capellán, por consiguiente».

En la presidencia frontera se arrellana la oronda humanidad de don Servando Tranquilo, eminencia política un tanto borrosa en punto a principios, y en cambio perfectamente definida tocante a personales aspiraciones. Los historiadores venideros se darán de calabazadas si pretenden inquirir qué representó don Servando en la existencia de la patria, desde 1885 a 1897, y por qué esa patria manirrota y bonachona le prodigó cuantos honores, distinciones y cargos bien retribuidos pueden simultáneamente recaer en un ciudadano. Amaga ahora su cuello el borrego de oro, conquistado harto más descansadamente que ganó Jasón el vellocino de la Cólquida, y don Servando espera a que pase el animalito para meterlo en el redil. El atracón de brevas —la fiase es del Duque— no altera las plácidas digestiones de Tranquilo. «Con las brevas, vino bebas», murmuraba don Gaspar al servirse el rancio Borgoña. Y Tranquilo, recogiendo la alusión plácidamente, respondía: «Mire usted, aunque sea sin vino… las brevas no hacen mal estómago».

A la siniestra de don Servando, el segundón, de la Sagrada, Carlos Borromeo, en quien ha recaído por cesión del primogénito el título de vizconde de la Gentileza, título muy viejo en linaje, muy histórico en Andalucía, pero… La cabeza de Borromeo Noroña, sentado y todo, apenas llega a los hombros del corpulento don Servando; su rostro, caricatura del moreno y castizo semblante paternal, es verdoso, consumido, y tiene ese sello de ansiedad que se observa en los gibosos; la deformación de su pecho y su espalda es bastante visible. Borromeo tiene, a pesar de todo, dos cosas buenas: los ojos, árabes, de terciopelo, y las manos largas, inteligentes, de marfil.

Al otro lado de Tranquilo, el mayor, sucesor en el Ducado: Mauricio, conde de Lobatilla. La raza ibérica no es muy escultural de formas, ni muy pura; africana en su origen, no ha recibido acaso —hay que irse con tiento en tan arduas cuestiones— bastantes elementos indoeuropeos para descollar por hermosa, y sólo excepcionalmente produce un ejemplar comparable al primogénito de Noroña Sahagún. «Estampa así, ni el caballo de bronce», afirmaba el Duque. Proporcionada la estatura, el rostro tan simpático que hacía perdonar algo más imperdonable que los defectos —a saber, la excesiva corrección y pureza de las facciones—; los cabos, de intenso y rico tono castaño obscuro, abundantes, a maravilla dispuestos y como trazados por mano de diestro pintor, en arcos de cejas y pestañas, en arranques y picos vigorosos y delicados a la vez, de barba y pelo; la palidez mate, blanca en la frente, azulada en las sienes, casi dorada en las mejillas; el tronco revelando, aun bajo la vestimenta de nuestro siglo, que parece discurrida adrede para encubrir imperfecciones y tapar grotescas formas, rara perfección y viril gallardía; todo este conjunto de prendas físicas que había debido hacer de Mauricio, a los veinticinco, un guapísimo joven, hacía ahora, a los treinta y cuatro, algo más interesante aún: una figura de novela, expresiva, con huellas de un sentimiento profundo, que así podía ser pasión como desengaño. Estas señales de combate interior quitan a un rostro hermoso la vulgaridad, lo afinan, lo alumbran con luz sentimental, lo elevan a lo sublime. Además, Mauricio, calumniado por su incorregible padre, que le comparaba a un corcel, y de metal, no era un buen mozo basto; poseía también la nativa distinción, el aire, el señorío; y cuando en alguna arcaica ceremonia de las órdenes cruzaba el templo, arrastrando su blanco planto de santiaguista, tocada la cabeza con el romántico birrete, lo que en otros parecía grotesco disfraz o traje de ópera, en él era como legítima restitución de ambiente, como fondo natural de la apuesta y aristocrática figura. Cualquier movimiento de Mauricio —su modo de dejar el cigarro en el cenicero— decía a gritos: «Soy bien nacido; tengo quinientos años de raza».

Ver juntos a los dos hermanos, Mauricio y Borromeo, hacía presentir un drama, de esos que tienen por escenario el corazón —si es que en el corazón radican efectivamente los sentimientos de cariño, y los de odio por consecuencia—. Sin saber lo que luchaba en los espíritus, los cuerpos contrastaban de tan violento modo, que era trágico. Hermanos tales no podían vivir bajo el mismo techo, sin que la continua herida del amor propio vertiese negra sangre. Dos circunstancias hicieron imposible que se cerrase un momento: las inconsideradas agudezas del Duque y la malhadada coincidencia del título que Borromeo llevaba. Don Gaspar era capaz de esgrimir el puñalico de su ingenio contra sí mismo, y no sabía envainarlo para no traspasar a Borromeo; el estribillo de sus crueles humoradas, era el retruécano basado en el título. «Gentileza, pareces un mochuelo… Gentileza, a ver si puedes enderezarte… ». ¡Si se supiese lo que encierran las breves sílabas de un nombre! ¡Si se conociese el alcance mortal de la ironía que va envuelta en su sonido! Por borrar para siempre del aire el rastro fugacísimo de aquel vocablo que era una mueca, una sardónica burla —¡Gentileza!— daría Borromeo toda su sangre, la mitad de los años que aún le quedaban de arrastrar la vida… Hay gente que sería buena, tierna, generosa, sensata, si no hubiese oído nunca resonar ciertas risas. La risa destila veneno de áspides.

Dos comensales más; un amigote de Mauricio, Leoncio Boltaña —a quien un cronista de provincia calificó, incurriendo en bárbaro galicismo, de hombre de caballo—, y Celso Colmenar, familiarísimo del Duque. ¿Quién no conoce a ambos en el Madrid ocioso, y en esa prolongación estival de Madrid, que el mismo cronista designa con el nombre de bella Easo? Boltaña es el doctor admirable en cuestiones ecuestres, Colmenar el doctor irrefragable en puntos de tauromaquia. No obstante, la privanza de Colmenar en casa de Noroña no se deriva del placer que sentía el Duque, inteligentísimo también en cuanto se refiere a la fiesta nacional, al ocupar su contrabarrera en tan sabia compañía. Origen más alto y trascendental tiene, hay que reconocerlo; remóntase a tiempos anteriores a la Restauración, en que el taurófilo iba y venía a París con misiones y encargos reservados, que le daban entrada franca en las más inaccesibles mansiones de la grandeza. Si Colmenar nació o no nació en las pajas; si su madre ejercía el oficio de pupilera; si su padre era un honrado veterinario; si él mismo, en los albores de su colaboración a la historia de España, llevaba aún los dedos pringados de vender butifarra, en una tienda de ultramarinos… puntos son que ni quitan ni ponen. Hoy Colmenar pisa las alfombras de Palacio, es gentilhombre de casa y boca, y se sabe de memoria las precocísimas espontaneidades del gracioso reyecito, lo mismo que antes repetía y comentaba las felices salidas y los oportunos juicios del malogrado monarca a quien había servido activamente en la penumbra. Para un almuerzo de confianza, otros convidados menos agradables que Colmenar se han visto. Como que estaba al tanto de la vida y milagros de toda la corte no celestial, y de bastantes menudencias político—chismográficas. Un solo defectillo se advierte en Colmenar, defecto que al aire libre no molesta, pero que, bajo techado, es un castigo. «La verdad —exclama el Duque así que Colmenar vuelve la espalda—, a este no digo yo que no le hiciese gentilhombre de casa; pero de boca… ¡como primero no fuese a dragársela y a limpiarse los fondos con el mejor dentista… !». Y apenas Colmenar aparece, ya está don Gaspar sacando del bolsillo un amplio pañuelo con gotas de Rimmel, y ofreciendo al taurófilo una fuerte pastilla de menta, en tono coercitivo.

Capítulo 3. Centellitas

La conversación prorrumpió con ciertas observaciones, entre encomiásticas y críticas, que hizo el Duque a la lista de platos. Sin meterse en si es o no elegante consultar esa cartulina —golosos y glotones de altísima escuela afirman que conocer la lista de antemano es cohibir el ensueño gastronómico y además poner en duda la infalibilidad del jefe—, don Gaspar nunca perdonaba el menú: servíale de guía para hacer ciertas concesiones al método que los facultativos le mandaban seguir, temerosos de que la gota subiese de las extremidades a los focos de la vida. Cuando se quejaba —con efusión y verbosidad de egoísta, que impone a los demás lo que a él solo interesa—, don Servando Tranquilo, siempre chancero, citaba con énfasis:

Ya me comen, ya me comenpor do más pecado había…

Bien había pecado por el estómago el Duque, merecedor de largo ayuno en el círculo dantesco. Mientras ponía en las nubes los huevos a la rusa, revueltos con caviar —receta de Mirovitch, el secretario de la Embajada—. Boltaña se descolgó protestando de que ni con caviar ni con gloria divina tragaba él a las rusas; y como, efectivamente, las diplomáticas moscovitas de la colonia veraniega no eran cosa de gusto, rió Colmenar y sonrió benévolamente don Servando. Mauricio, ceñudo, desganado, ni atendió ni quiso servirse. Procedía su mal humor de que él prefería esperar a su mujer aunque fuese hasta las dos de la tarde; no era comilón, y la impaciencia le quitaba el ya escaso apetito. El Duque le interpeló:

—Porque te dejes morir de hambre, cabeza de estudio, no añade carbón el maquinista… Pues si fuésemos a sujetarnos a las horas del tren… esta casa sería la fonda de la estación. Las señoras, hace más de una semana en Biarritz, a vueltas con los trapos; el sobrinito siempre amagando llegar y no llegando nunca…

—¿Has tenido carta, papá? —preguntó con interés Borromeo.

—Desde la última de París… ¡Una quincena de fecha! ¡Bah! Que venga cuando le dé la ventolera… Así como así…

—La mía es más reciente —dijo Borromeo—. Del 11, y estamos a 16… No fijaba día.

—¡Naturalmente! —declaró el hípico, que en sacándole de su especialidad, no decía sino patochadas—. ¡Que suelten en París a un muchacho con guita y al momento se recoge al hogar paterno de su tío!

—Estará en París como el ratón en el queso —corroboró don Servando.

—Tan ricamente —asintió Colmenar.

—Pues no saben ustedes lo que se pescan —replicó Borromeo, que generalmente desestancaba la bilis disputando con los convidados, ninguno santo de su devoción—. Confunden ustedes a Pedro con los niños de la goma. Se les figura que estraga en París la vida y despabila el dinero, como harían los monines que conocemos todos. Lo menos creen ustedes que se pasa las horas muertas admirando el rabo de un potro, o tirando de la oreja a Jorge en algún club…

Al hablar así, Borromeo fijó en la cara de su hermano los ojos negrísimos, y recogió y saboreó rápida expresión de sufrimiento.

—Pedro —continuó con vehemencia— les va a dejar a ustedes turulatos. Les parecerá un bicho raro… Van ustedes a presumir que viene de otro planeta. No acertarán a comprenderle… , porque es… ¡un hombre!

Con entonación insolente Boltaña profirió:

—¿Y qué somos los demás, sabandijas?

—Tú… eres centauro —repuso prontamente, Borromeo—. Para encontrarte cabal necesitas cuatro patas y cola.

—¡Anda, venenoso! —refunfuñó el gentleman ridder entre dientes, sin saber si debía enojarse de veras.

—Clasifíqueme usted, Vizconde —suplicó reposadamente don Servando Tranquilo.

—¿Usted… ?, pero si ya estaba usted clasificado, ¡y por Linneo! Es usted rana… de brillantes y esmalte verde ¡Qué honor! En la colección zoológica del guardajoyas de una dama, que tiene un arca de Noé de pedrería, figura usted entre los batracios… Algunos aseguran que usted no es rana; pero la mayoría está conteste en que sí. No ha ascendido usted a lagarto. Se espera que antes le promuevan a borrego…

Después de andanadas por este estilo, Gentileza se quedaba algo aliviado; en cambio el Duque, que se creía único poseedor del derecho de arañar, y realmente no arañaba tan sangriento, lanzaba a su hijo una ojeada fulminante, y cambiaba el giro de la conversación, generalmente en tono desdeñoso para Borromeo.

—A ver, sabiondo —articuló remedando el cadencioso tonillo de los actores que representan papeles de chulos—, entéranos de por qué el Niño es todo un hombre y los demás, por lo visto, bichos del Museo… Señores —añadió, recobrando su natural pronunciación, castellana fina y correcta—, la verdad es que mi sobrino, con tanto estudiar y tantos requilorios y exquisiteces, de juro tendrá la cabeza lo mismo que un bombo americano. Sabe Dios si a fuerza de libros me le han vuelto tonto de remate… (Estos de la tontería pegada por los libros era para don Gaspar artículo de fe.) De cuantos sabios conozco, sólo no es pedante Cánovas… En fin, no es culpa mía si el Niño… Debe de venir lleno de aprensiones y de manías contra todo lo de su tierra.

—Error craso… —interrumpió Borromeo.

—Error obeso se dice. Sé bien parlado —advirtió Boltaña, con una risotadita.

—Obeso, adiposo o como te dé la gana, Cervantes… Entérense de que Pedro, al contrario, siempre me escribe que sueña con España, que es su mayor ilusión vivir aquí, y que se creerá en el quinto cielo cuando lo realice.

—¿Y por qué no lo ha realizado ya? —objetó don Servando—. Supongo que no está sentenciado a extrañamiento…

—Pues lo estaba —advirtió el Duque—. ¿Qué quieren ustedes? Cosas de mi hermana Anita, que fue mujer de gran talento, ¡eso sí!, pero rara… Dios nos asista si el chico sale a su mamá. Como ella y yo quedamos huérfanos tan chicos, Anita cayó en poder de una famosa aya irlandesa, que vino recomendada a O’Donell y que él nos metió en casa… Se alababa de parienta del General: familia antigua. Pues mi Anita tanto se encariñó con la Odónela, que al casarse con don Pedro Arbués Niño de Guzmán y Leiva —de la misma pata derecha del Cid, y rico, pero señorón ya talludo—, se llevó a Sevilla a su miss ¡Miau! indispensable y allí la tuvo consigo como tendría a una madre, hasta que se murió de vieja… Nace este chico y, ¡claro!, la papilla debió de dársela miss ¡Miau! que también le zagalearía.

Riéronse todos, excepto Mauricio, que no quitaba ojo al característico reloj de bronce y mármol, donde el Tiempo, inflexible, alzaba su guadaña y empuñaba su clepsidra. Las dos menos veinte, y el tren llegaba a las dos y cinco… ¡Todavía, entre unas cosas y otras, media hora lo menos!

—Anita— prosiguió don Gaspar—, así que se quedó viuda, se marchó con el unigénito a Inglaterra. Claro: ¡aquel clima infernal! Casi inmediatamente una pleuresía… y al otro mundo. Yo iba a hacer lo natural, señores; traerme a casa al chico, que estaría en sus nueve años… Cátate que se abre el testamento de mi hermana, y nos encontramos unas disposiciones perentorias, que el nene se educase fuera de España hasta los veinticinco y que dirigiese su educación un cuñado de la Odónela, un irlandés estrafalario que por poca entra jesuita… Cumplimos religiosamente los deseos de la madre. Entre colegios británicos y universidades germánicas y ese ayo tan elevado a la raíz cuadrada de lo sublime, buena le habrán puesto la chola a mi sobrino. Eso sí, dicen que rema, que boxea, juega al foot y al polo y hace todas esas hazañas de mozo de cuerda, que ahora son moda. Aquí, si tiene puños, le enseñaremos a derribar; ¡por vida de los apóstoles! A los veintitrés podía haberse venido ya; era dueño de su caudal y de su personita… Se lo escribí. No quiso. Había de cumplir el programa de su madre… Diga lo que diga ese termómetro sin azogue —añadió el Duque, señalando a Borromeo—, las ganas de venir a España no deben de sobrarle. En julio hizo los veinticinco; estamos ya en septiembre… Se ha entretenido en Bélgica y Holanda, después en París. ¡Vendrá por la Pascua… o por la Trinidad!

—¿Qué apuestan ustedes a que no tarda ni ocho días? —porfió Borromeo.

—¿Te lo ha escrito? Porque entonces, no apuesto…

—No; repito que no señalaba fecha… Tengo presentimiento. Veremos si me engaño.

Encogiose de hombros Boltaña, que no creía en presentimientos ni cosa que se parezca; alzó más las melancólicas cejas el Duque; y don Servando —rompiendo el pasajero silencio que coincidía con la aparición gloriosa del jamón en salsa de trufas al madera, dulce y cruel tentación para don Gaspar, que solía expiar la flaqueza de disfrutarlo con rabiosas dentelladas en las articulaciones de los pies— preguntó en el tono que en sociedad se emplea para aparentar interés por lo que realmente nos tiene sin cuidado:

—¿Y el Niño… va a vivir con ustedes?

No fue el Duque, sino Mauricio, quien, desde lo alto de su entrecejo, se apresuró a decidir:

—Imposible… Aquí en San Sebastián, no digo; pero en Madrid, ya ve usted; para un muchacho, la vida de familia sería una sujeción…

—¡Bah! ¡La vida de familia que se hace en casa!… —objetó malignamente Borromeo.

—¿Querías que nos pasásemos las noches alrededor de la camilla, jugando a la lotería de cartones? —saltó Mauricio.

—No, si ya sé que esos juegos no te divierten —replicó incisivamente Gentileza.

Esta vez, la ojeada sombría del padre fue para el primogénito. La alusión del menor le despertaba desagradables reminiscencias de pagos recientes. A fin de consolarse condescendió con la gula, sirviéndose firme ración del aromático plato, cuyas emanaciones le cosquilleaban voluptuosamente en la nariz y le humedecían y estremecían el paladar; y, trinchando despacio, murmuró:

—Yo no me opongo a tener conmigo al hijo de Anita; pero realmente, estando en casa Gelita… Además, Pedro ha de querer arreglarse en Madrid su garzonera, como ustedes le llaman… con aquello inevitable del trofeo en la pared, y del diván ancho para fragilidades y soponcios…

El ¡puff! que ahogó con la servilleta Boltaña, el malicioso guiño de don Servando hacia el capellán —el cual, impasible, ni parecía que se enterase de la libre conversación, y únicamente bajaba los ojos y comía más aprisa—, avisaron al Duque, que se dio, con chuscada mejor infantil que senil, una palmadita en los labios.

—¡Empeño de dibujar en caricatura un Pedro que no existe! —exclamó el sobrio Borromeo tomando la ampolleta, mientras los demás, excepto Mauricio, se entregaban al jamón—. Pedro es otra cosa distinta; Pedro no viene a pintar la cigüeña en Madrid, ni a armar panoplias cursis con espaldas de zinc y corazas de lata… Quiere estudiar a España, recorrerla, registrar, como él dice, el solar de sus antepasados; no de los antepasados de su linaje, sino de los antepasados nacionales —nuestras glorias… —. ¿A que se ríen ustedes de esto? No esperen que se pague de futilidades y vanistorios. Le importa un rábano la vida smart. Otros son sus gustos, y así que venga, las primeras palabras que diga y las primeras acciones que ejecute, van a estar en abierta contradicción con lo que otros harían si se viesen en su caso. No entiende él, de seguro, las diversiones como mi hermano y mi cuñada; ni la política como usted, Tranquilo; ni los negocios como usted, Colmenar; ni siquiera los caballos como tú Boltañita… Ese ayo que llevó el timón de la educación de Pedro, y que aquí le pintan chiflado, era en realidad un hombre de gran mérito, religioso, ferviente, místico, artista… Tomó a Pedro cariño entrañable, y Pedro le miró como se mira a un padre, cuando es padre del alma y del cuerpo a la vez…

El acento estridente y punzante de Borroneo distrajo al Duque de sus delicias gastronómicas y le hizo exclamar:

—Si ese O’Neal educó mal a mi sobrino… ¡como ya está en el otro mundo, vaya usted a pedirle cuentas!

—A Dios las habrá rendido —contestó seriamente el giboso.

—Y si nos ha formado un Niño apestoso o insufrible —declaró don Gaspar haciendo imperceptible seña para que volviesen a pasarle la fuente del jamón— se las ajustaremos nosotros a su sombra. ¡No faltaba más! Que no nos envíe el difunto mister O’Neal un lila, que aquí ya hay bastantes… Que nos mande un muchacho vivo, despabilado, alegre, poco gazmoño… Como el rey Alfonso, que ¡por vida de los moros!, tenía más talento que todos los irlandeses juntos, y la sal de Torrevieja…

Colmenar asintió:

—¡Aquél sí! —repetía—, ¡aquél sí! No era para el mundo…

Capítulo 4. Regreso de las contrabandistas

La conmemoración del augusto muerto cerró la discusión sobre el Niño, y otra cuestión más actual volvió a agitarse. Los ojos de Mauricio seguían clavados en la esfera del reloj, y no ciertamente por admirar sus auténticas cinceladuras del Imperio. Marcaba las dos y diez y ocho… Y Borromeo, sintiendo renovarse el prurito de atormentar, antes calmado por su efusión al hablar del primo Pedro, insinuó como al descuido:

—Pero, Mauricio, ¿qué le pasará a tu señora? ¿Rusia y otras potencias extranjeras la tendrán cautiva en Biarritz?

—No seas plomo —respondió alzando los hombros el mayor—. Ya poco tardará tu futura, tu Gelita. Nadie te la roba…

—Y si alguien quisiese robármela —replicó Borromeo—, no creas que perdería horas en tirar al blanco… ¿Sabe usted, Tranquilo, un hecho curioso? En las salas de tiro suelen comparar cartones… Y el record pertenece, no a los galanes buscarruidos, sino a los maridos celosos.

Mauricio crispó los labios, contrajo la frente. El ataque era directo. Aun creía percibir el olorcillo a pólvora quemada de que impregnan la ropa los ejercicios a que había dedicado hora y media, según reciente costumbre… El despecho le dictó una réplica brutal.

—Estás mal informado, hermano… Tú no sabes lo que es un marido celoso, y… es natural que no lo sepas. ¡Si casi te sostengo que no los hay! El que lo fuese con fundamento y no hiciese lo que debe hacerse… sería, no ya un celoso, un bellaco, ahí veras tú, nada más que un bellaco… Esos cartones no pertenecerán a maridos celosos, criatura, sino a hombres prevenidos que, sin tener celos, se preparan a no consentir que los demás insinúen siquiera que los tienen…

La copa de agua que Borromeo alzaba se inclinó, y unas gotas cayeron sobre el mantel. Hubo en la mesa otro silencio tormentoso, difícil. Don Servando echó por los cerros de Úbeda, a trueque de variar de asunto.

—Duque, este Jerez tan fragante me parece una cara conocida… ¡Bah! ¡Tonto de mí! Pero si debe de ser Niño de Guzmán… De las bodegas del sobrino…

—Por cierto, y de la cosecha del año que murió el pobre Rey… ¡Cómo pasa el tiempo! Ya es un Jerez rancio… No hay otro como el Niño de Guzmán, de la célebre solera Carcamala… la más veneranda de las soleras andaluzas. El Jerez acabado de fermentar y trasegado a la Carcamala, echa canas en el acto… Esto es néctar… Con sherry por el estilo Pedro, puede darse tono en Inglaterra —añadió el Duque poniendo al trasluz la copita muselina llena de líquido topacio.

Chasqueaba la lengua Tranquilo y pedía más Jerez, con la libertad propia de un almuerzo en que no había otras faldas sino las del capellán, cuando estremeció los vidrios el rodar de un coche; se oyó bullicio en el vestíbulo, taconeo fuerte en la escalera, risas en la antesala, puertas empujadas con vivacidad, y dos señoras hicieron irrupción en el comedor. Mauricio se levantó de un salto, los convidados se deshicieron en saludos y bienvenidas; Tranquilo, galante, cedió su presidencia a la más bajita de las dos damas, que vino así a quedar a la derecha de su esposo, pues las recién llegadas eran Bernarda Zárate, condesa de Lobatilla y Rafaela Seriñó Zurita, pupila y sobrina no muy cercana de don Gaspar —para sus amigos, Narda y Arcangelita, o Gelita, más sucintamente.

No por tomar asiento cesó su alborozo; venían de evidente buen temple, y lo traían de fuera, como las brisas del primer mes del verano traen el olor de las abiertas flores. «¿Pero no les hacemos a ustedes tilín?», parecía decir con su actitud y sus parleros ojos claros, la rubia Narda. Antes de separarse dirigió a cada uno de los presentes una retrechería zalamera, zarpadita de gata blanca de aterciopelada piel. Echó a su suegro un beso volado; hizo a don Servando un gestecillo truhanesco, remozador; sonrió, como sonreiría un camarada en sport, a Leoncio Boltaña; y hasta a don Domingo, el clérigo mudo, le lanzó un «felices, Padre capellán», que animó un instante vagamente aquella faz de yeso. Pero la caricia verdadera de la actitud y de la voz, la coquetería suprema, reservola Narda ¡quién lo duda!, para su marido. Halagüeña dulzura ablandaba su voz cuando susurró:

—Hola, Mauricio mío… ¿Qué tal lo has pasado? ¡Si vieses qué mal se almuerza en Irún! Por caridad, vas a darme una tacita de té, servida por ti, azucarada por ti…

Interrumpió este meloso cuchicheo don Gaspar, que poniéndose la diestra delante de los ojos, a guisa de pantalla, exclamó enfáticamente dirigiéndose a las dos jóvenes:

—¡Pero, micas—monas! —(solía llamarlas así)—. ¡Cómo venís! Me deslumbráis.

Lucían, en efecto, aquellos trajes de exagerada elegancia con que las hemos conocido en la estación de Irún. Narda, de seda color agua marina, con larga estola flotante de encaje rojizo, y orlado de oleaje espumoso de plumas verdes el tocado de paja de Manila; Gelita, con su cotilla naranja bordada de turquesas y su sombrero azul, colores favorables a su trigueña tez.

—Venimos de Carnaval —confesó Gelita—. Por eso nos reíamos al subir la escalera. «¿Qué dirán?», pensábamos nosotras. «¡Vaya un pergeño para camino!».

—Bueno dejaréis a Biarritz… ¡Cómo tendrá el cuerpo la franchuta!

—Loca la hemos vuelto a la pobre madame Panache… —asintió Narda—. Ya no sabía cómo echarnos. Todo se le volvía: «Donc, madame la comtesse… ». ¿Te acuerdas, Gelita? El último día, cuando bajábamos la escalera, la oímos que decía dejándose caer en la butaca: «Ouf! J’en ai plein le dos!».

—Y no hay más remedio que marearla así —exclamó Gelita—, porque, mientras conserva la sangre fría, no se hace carrera de ella. Esta coraza que veis… si no son los pases de muleta de Narda, me cuesta cuarenta duros más.

—Anda, que tú eres una infeliz… O sueltas redondamente lo que te piden, o te largas resignada, pian pianino…

—La verdad —reconoció Gelita—, me cansa tanto regateo, tanta triquiñuela… Si no fuese por los Mirovitch y los Santa Elvira, que nos acompañaron y nos llevaron en coche al Refuge, a ver las monjas cartujas… ¡La francesa dirá que la mareábamos, pero yo traigo una jaqueca… ! Luego, venir de esta facha así, en ferrocarril… Borromeo, hijo, ¿me prestarás una dosis de antipirina?

—¿Qué antipirina? —respondió el mal configurado, que desde la aparición de Gelita había cambiado de aspecto, y mostraba no disimulado regocijo—. Ya nadie usa eso; es muy dañoso… Si continúa te daré otra cosa mejor, la lactofenina… Pero, ¿por qué os vinisteis así, de máscara?

—¡Bonita pregunta! Para aprovechar el viaje…

—¿Aprovechar? —repitió Borromeo.

—¡Qué pasmarotes! No entienden… —gorjeó alegremente Narda.

—No lo dirá usted por mí —advirtió Colmenar—. Yo soy un sabueso de la frontera, la he cruzado más veces que canas peino, y sé lo que aprovechar significa. Aprovechar… es pasar por alto todo el taller de madame Panache…

Un guiño adorable de la Lobatilla dio la razón al ex—viajante en conspiraciones.

—El caso es que parecíamos mascarones… , ¡si es que no parecíamos otra cosa peor… ! Nos miraban… ¡Jesús, y cómo nos miraban! Hasta los carabineros…

La algazara de la concurrencia, en general, se redobló con este detalle; sólo Mauricio, nervioso, atormentó su barba de seda y arrugó la frente, y Borromeo hizo un gesto de contrariedad.

—¿Te acuerdas, Arcángela —prosiguió la loquilla recreándose calaverescamente en su aventura— de aquel inglesito de la estación de Irún? Vamos, que aquél… nos tragaba con los ojos.

—Hija del alma —objetó tranquilamente Gelita—, el pobre muchacho nos miraba con envidia, porque el registro le hacía perder el tren, y mientras a él le estaban armando un tinglado de adeudo que espantaba, nosotras paseábamos nuestro contrabando y llegábamos a tiempo… ¡Bonita idea formaría de nosotras!

—Perdió el tren porque quiso, ¡el mentecato!

—No; seamos justos… Por conducirse decentemente.

—Vamos, don Servando, ¿no tengo razón? ¡Un cuitado de un inglés que se empeña en declarar nuevo lo que iba a pasar como usado!

—Merecía su suerte por badulaque el inglés —declaró risueño el personaje político.

—Pues ni era inglés —afirmó Gelita— ni le creo badulaque, con permiso de usted, don Servando… ¿Manda o no manda la ley que se paguen los derechos? ¿Es bonito pasar matute? No me convenzo. Yo estuve por apretarle la mano a aquel caballero cumplido y decirle: «Muy bien; si todo el mundo fuese como usted… ».

—¡Adiós, Cabriñana! —dijo Narda rebosando risa—. ¡Mire usted que puritanismos con el Estado! El que roba a un ladrón… Lo que dirían los empleados al ver la terquedad del inglés: ¿te gusta pagar y perder el tren? Pues, monín, paga y pierde…

Borromeo, entretanto, había preparado a Gelita, amén del medicamento una taza de té, y a pretexto de que la tomase en paz, se llevó a la joven desde el comedor a la galería que dominaba el jardín y formaba una reducida estufa, sostenida por columnitas jónicas y decorada con guirnaldas de dorado laurel, palmas y rosetas egipcias. Una vez allí, puesta la taza sobre un velador, al amparo de un ligero biombo de bambú, el segundón de Noroña aplicó un dedo sobre sus labios, y sacó del bolsillo ancha cartera, de la cartera una fotografía. Los ojos obscuros y dulces de la trigueña brillaron; sus mejillas se encendieron, su pecho se agitó.

—¿Es el retrato?

—¡Vaya! Por fin… ¡De París me lo envía, nena! ¡Y espero pronto al original! Me lo da el corazón… ¿Y esa jaqueca?

Gelita avanzó, se inclinó sobre el hombro de Borromeo para mirar la tarjeta… Un grito leve se abogó en su garganta…

—¡El de Irún… ! ¡El de la estación! ¡María Santísima! —balbuceó, aturdida de sorpresa.

—¿De veras? ¿Estás segura? —articuló Borromeo, no menos atónito.

—¡Vaya!, ¡el mismo… el mismo! Ya ves tú… ya ves si me fijé en él. ¡Es el que perdió el tren, el que nos miraba!

—¿Y te fue simpático, nenita mía… ?

Carmín más vivo tiñó las morenas mejillas, y el corazoncico, bajo la cotilla de terciopelo de bizantinos recamos, brincó un poco… Borromeo y Arcángela permanecieron así, uno frente al otro, irradiando un mismo afán, un mismo deseo: su mutua sonrisa misteriosa fue como enérgica seña recomendando cautela suma. Gelita cogió aprisa la taza de té y se quemó con la primer cucharada…

Mientras en la galería se conspiraba, otra escena íntima y curiosa se representaba en el comedor. Los convidados, ya de pie, decididos a fumar, dejaban solo a Mauricio, ocupado en servir a su esposa. Al principio lo hizo con material cortesía, pero con cierta bronca esquivez; así que Bernarda, aprovechando el momento, se le acercó, rozándole casi, embriagándole con el sutil aroma de su ropa, acariciándole las sienes con el plumaje aéreo de su capotita y el imperceptible y suave flotar de sus ricillos rubios, ligero movimiento de despecho del marido delató la victoria de la mujer. La mirada de Mauricio se enturbió; la respiración se hizo afanosa: todo indicó que actuaba el poderoso filtro. Cuando, al inclinar la tetera de plata repujada, el chorro de la cálida infusión cayó en la taza de porcelana china, los dedos del rendido Mauricio buscaron los de Narda, y eléctrico roce fijó e inmovilizó las dos palmas estrechamente unidas, como palmas de enamorados que por primera vez logran una caricia furtiva, deleitándose en prolongar el apretón, olvidándose de todo. Los rayos de las pupilas también se confundieron: el varón no se cansaba de detallar la seductora figura de la mujer, y esta, a su vez, subyugada, se complacía en aquella notable hermosura varonil. No había ternura ni piedad en las ojeadas que se cruzaban como floretes deseosos de herir la carne; había sólo, en Narda, delectación, que por ser conyugal era lícita, y en Mauricio una especie de extravío, forma del amor violento cuando no lo sanciona el alma y cuando los celos lo encienden con su tizón infernal…

Don Servando dio un codazo a Boltaña, diciendo: «¡Qué idilio!». Y el hípico se encogió de hombros, con desdén de persona superior a ciertas debilidades: «Lo de siempre… lo de siempre… Pues Mauricio estaba furioso… ».

Capítulo 5. La opinión de las trufas

Al salir del hotel Colmenar y don Servando, el político de fuste y el agente subalterno, anverso y reverso de la medalla española, comentaron a su sabor, con libertad y malicia —según piadosa costumbre social—, no sólo la actitud de la pareja Lobatilla, sino el estado presente de la egregia casa donde acababan de refocilarse. Serían próximamente las tres y media, y a tales horas, en una ciudad como San Sebastián, no es fácil encontrar empleo al tiempo; pero Tranquilo, que no olvidaba los consejos de su médico Sánchez del Abrojo y tenía particular interés en conservarse como una manzana, propuso al gentilhombre un paseíto higiénico, cara a Miramar. Aceptó el palaciego, y pegaron la hebra, don Servando con optimistas apreciaciones, Colmenar con ensañamiento —lo cual se explica teniendo en cuenta que este último es dispépsico, y don Servando, con tal que la comida sea fina y selecta, goza de una beata digestión.

—Le digo a usted que viven de milagro, que están arruinados, que todo eso pega cualquier día un estallido —repetía con acre fruición Colmenar—. ¡Nuestra aristocracia! Vanistorio y tronitis… Nada, uno menos.

—¡Por Dios! —objetó Tranquilo—. No diré que estén boyantes; pero con las migajas y las rebañaduras de estas grandes familias históricas, se podría redondear un burgués como nosotros. Cuando están hundidos, les queda para deslumbrarnos. La casa de la Sagrada tiene entretelas.

Hizo un gesto Colmenar al oírse llamar burgués. Había tomado por lo serio lo de su punzón y su cargo palatino, y no podía perdonar a la gente de sangre azul que lo echase a risa.

—¿Dónde están esas entretelas? —exclamó—. Las deudas mansas, que son las peores, se han ido comiendo la enjundia. Estas casas se parecen a los mueblánganos antiguos, que a primera vista imponen con sus dorados y sus incrustaciones y sus herrajes; los registra usted… vacíos; polilla y cucarachas. Bobería, don Servando; desde la desvinculación… A bien que Lobatilla no tiene hijos, y Gentileza… me parece a mí que no se precipitará al abismo del matrimonio, ¿eh? Así y todo, más va a durar el día que la romería. Hemos de verles solicitando una administración ajena por no saber administrar lo propio… Hace cuatro generaciones que cada duque de la Sagrada se esmera en ir royendo el caudal un poco más que su antecesor. Viene el abuelo de don Gaspar, y, enfermo de mal de piedra, se gasta un caudal en una residencia princiére, la Chopera, que, como no está a orillas del mar, ni en las provincias del Norte, no fue del gusto de los descendientes, quienes primero la hipotecaron y después por un plato de lentejas la vendieron. Sigue el tío de don Gaspar, metiéndose en no sé qué negocio de minas y de Sociedades anónimas… cosas que él no entendía… , y de ahí viene la grieta magna del edificio. El padre de don Gaspar, don Pedro Noroña, ya lo recogió cuarteado… ¡y con su tino para rodearse y aconsejarse de los mayores pillos de España y arrabales, lo puso en situación de que lo derribasen por orden del Ayuntamiento! Y por si se necesitaba el último golpe de la demoledora piqueta… entraron en escena mi señor don Gaspar y su consorte la difunta señora condesa de Lobatilla… Dos pies para un banco. Nunca supieron privarse de un capricho. Ella, con su afición a aplastar a las otras devotas costeando fundaciones y obras de beneficencia; él, con sus exigencias de vida regalona, la mesa de Lúculo a diario… Como decía quien yo me sé (esta fórmula era la que usaba Colmenar para atribuir a Alfonso XII frases más o menos auténticas): «Gaspar no le hace gatuperios a Serafina, porque nunca ha tropezado con una cocinera francesa… ».

—Pero, amigo Colmenar —dijo sonriendo el personaje—, si las cosas fuesen como usted las pinta, en San Bernardino habitaría ya don Gaspar, no en su palacio de Madrid ni en su hotel de aquí. Yo veo que gasta, que triunfa y que nos da unos almuerzos de patente…

Hizo Colmenar un guiño plebeyo y bajuno, reminiscencia quizás de sus tiempos horteriles, y castañeteó los dedos.

—¡Vaya un milagro! Don Servando… Usted se hace el inocente con mucha sal. Como si no supiésemos… En primer lugar, la munificencia de la Señora sacó de un atroz pantano al Duque, en París, poco antes de la Restauración… Allí hube de conocerle, acosado, acosadísimo… Después, vinieron las ollas de Egipto, la tutela de dos capitalazos: el de Pedro Niño de Guzmán, y ahora el de Rafaela Seriñó. Este sobre todo… Ni él ni ella van a exigirle cuentas al tío, y aunque se las exigiesen, al que no tiene… ¿Pues se figura usted que lo que puede quedarle a la casa de la Sagrada alcanzaría para tres meses de la vidita que llevan? ¿Y dónde me deja usted los pingos de Bernarda, el jugar desenfrenado de Lobatilla a fin de satisfacer los antojos de su esposa? ¿Que pueden con eso… ? ¡Pamplina para los canarios!

—No me resuelvo a creer que el Duque abuse así de sus pupilos… Es usted una lengua viperina, Colmenar.

—Pues usted se encargará de descifrar el enigma… —replicó él, sonriendo como si le dirigiesen un elogio—. Son habas contadas. Diez o doce mil duros anuales que conserven, no llegan ni para intereses de hipotecas y préstamos… Pero allí estaban las viñitas de Jerez del sobrino, las dehesas extremeñas y los olivares cordobeses y el papel del exterior y las inscripciones en el gran libro de la sobrina… y a vivir. ¡Y si le hubiese salido la martingala de la boda de Mauricio… ! Entonces la casa se rehacía.

—Indudable, indudable… ¡Lástima de negocio! En aquella ocasión fui yo el paño de lágrimas del Duque. Estaba lo que se dice afligido, achicado, cosa rara en él. Había acariciado el sueño de que Mauricio, con su buena facha… porque no hemos de negarlo, ¿eh? Arrogante mozo, eso sí…

—Pero de aquí, ni chispa —objetó Colmenar, tocándose la frente.

—¡Bah! Tratándose de bodas… Ha sido un contratiempo; porque Rafaela Seriñó, que si por su madre es una Mendoza, por su padre no tiene más cuarteles que el de la Montaña, está al frente de un capital de millones: Seriñó fue laborioso y afortunado… ¡Ese había nacido para negociante! Arcangelita ponía el guano, Mauricio los blasones… Una combinación. Y ella, según decían, prendadísima de Mauricio. Pero Mauricio se empeñó en dar su blanca mano a Bernarda Zárate. ¡Lo comprendo! Bernarda es monísima. ¡Aquel gancho! ¡Aquella manera de trastear… !

—Sí, sí —apoyó el gentilhombre con entonación sardónica—. En el pecado va la penitencia. ¡Buena alhaja la tal Nardita!

—¡Todo lo ha de ver usted negro! ¿Qué hace de malo Narda? Arrullarse con su esposo… ¡Si eso no es santo… !

Volviose Colmenar de frente a don Servando, posición en la cual su hálito impuro parecía una especie de símbolo, el olor que despide la sentina de la maledicencia. Don Servando se colocó prudentemente de perfil, mientras el agente desfogaba.

—Tortolear con su esposo y timarse con los que no lo son. Si le parece a usted diremos, en vez de timarse, flirtear: Una palabrita inglesa dulcifica lo más agrio. Los tortoleos con el marido, no desconozcamos que son inconvenientes… Dicen en Méjico: herradura que chacolotea, clavo le falta… A Nardita le faltan todos los clavos. ¡Se caerá! ¿Usted cree que son tan tontos Manolito Lanzafuerte, Tomás Garcilaso, Fadrique las Navas, Íñigo Santa Elvira y otros caballeritos que forman la corte de la Lobatilla? No van a humo de pajas, no. En Madrid le han puesto a Nardita señá Bernarda la castañera, porque dicen que dio la castaña a dos o tres que ya se juzgaban dueños del campo; pero el oficio de vender castañas es peligrosillo; el mejor día se abrasa los dedos… ¡Ja, ja! Y si tanto quiere a su marido la Bernardita, ¿por qué anda siempre rodeada de un zaguanete? Ni crea usted que Mauricio vive en paz. ¿Ha oído usted lo de los blancos en el tiro? Es una cabeza ligerilla… ¡Ya lo saben en Palacio! —Cuando Colmenar decía «Ya lo saben en Palacio», era como si dijese: «Está escrito en el Evangelio».

—Lo que noto —respondió don Servando— es que el pobre Duque ha dado un bajón. El diez veces siete le pesa. Le falta aquel esprit, aquella chispa a que estábamos habituados. Gentileza ahora dice más ingeniosidades que él…

—Nada, que desde la boda se ha puesto muy pachucho. Y ahora debe de acosarle otra preocupación: si Gelita se casa y recoge sus caudales, ¿a qué se agarra el Duque? Por algo le digo a usted que eso va a estallar. ¡Y a mí que se me ha puesto entre ceja y ceja que el inglés recogerá lo que Mauricio desechó y pretenderá la blanca mano de Gelita! Me alegraré; porque esa explotación es indigna, francamente. ¡Comerse a su pupila, ahí tiene usted el oficio del noble Duque! A bien que está amagado: la naturaleza, que es muy sabia, le avisa, y él haciéndose el desentendido… ¿Y sabe usted lo gracioso? Pues tiene un miedo cruel a morir… Delante de él no se puede hablar de nada que huela a difunto… No acompaña un entierro, no hace una visita de pésame, no oye una misa de cuerpo presente así lo emplumen… Cree que escondiendo bajo el ala la cabeza, como hacen los avestruces, no le verá la muerte… Y no es sólo a la muerte a quien teme, sino… ¡adivine usted!

Sonriose don Servando, y deteniéndose para respirar, murmuró con indiferencia:

—¡Pts! ¿Qué sé yo? Según usted, a los acreedores…

—¡Quia!, no es eso… Agárrese usted: ¡el miedo del duque de la Sagrada es… al infierno! ¡Al mismo infierno de los condenados!

Don Servando soltó la carcajada… ¡Hombre, no! Bromas de aquel famoso de Colmenar…

—Tan cierto como que estamos aquí… —repitió el gentilhombre… —. Haga usted alguna alusión a las calderas de Pedro Botero, y le verá demudarse…

El político encontró que el tal miedo era «un sainete»; Colmenar siguió burlándose de él largo rato. La sabrosa conversación les había llevado sin sentirlo bastante lejos del centro, a una barriada humilde; a la puerta de modesta casita divisaron buen golpe de gente del pueblo, los hombres con la boina en la mano, las mujeres compungidas, graves y respetuosas. Antes que los dos comensales del duque de la Sagrada pudiesen abrirse paso, salió de la casa lo que explicaba el grupo: un acólito agitando la campanilla, un sacerdote revestido, apretando contra el pecho la Forma. El concurso hincó rodilla en tierra, y al punto le imitaron el político y el gentilhombre. Formose después el acompañamiento que había de escoltar al Santo de los Santos, pero entonces los dos burgueses se apartaron de la plebe: sin previa consulta sabían que si entraba en su programa saludar a Jesucristo, no así seguirle a pie hasta la iglesia. Y el Viático emprendió la vuelta carretera abajo, oyéndose, en la hermosa paz de la tarde, un comprimido murmullo de oraciones y el ligero claqueo de las alpargatas de los pescadores, carreteros, bañeros y sardineros, que no querían apartarse del Señor. Colmenar y Tranquilo prosiguieron su paseo, al cual convidaba la hermosura de la tarde; velada de gris —el tiempo más lindo del Norte—; sólo que, como suele suceder, la impensada interrupción había desviado el curso de la plática. Trataban ahora de asuntos más generales y de más alto vuelo: de política. Colmenar rabiaba por echarlas de enterado, y lo estaba en efecto, si bien no tanto como pretendía demostrar. Tranquilo, al contrario, afectaba cierta reserva, que siempre sienta bien en un alto personaje, aun cuando sólo pueda reservar nada entre dos platos.

—¡Qué caramba! —exclamaba el palaciego—. No sé cómo viven ustedes tan confiados. El horizonte es color de tinta china… La aparente tranquilidad de España es engañosa, la aparente prosperidad, engañosísima; las economías, un mito; el orden, mito y medio… En realidad estamos mal, muy mal, y al menor soplo de aire se lo lleva todo la trampa. En Palacio…

—¡Déjeme de Palacio! —murmuró don Servando algo impaciente—. ¿Qué dice usted? ¿Que aquí hay cuestiones, problemas, amenazas, puntos negros? ¡Eso pasa en todas partes! No sé de ningún país que lo haya resuelto todo por ensalmo. Las demás naciones, ¿no tienen sus jaquecas? ¿Qué me dice usted de Francia, con su Panamá y su desdichadísimo Tonkin? ¿Cree usted que a Inglaterra no le escuece Egipto? ¿Pues y los italianos en Abisinia y Turquía con Creta? El hueso de las colonias lo han de roer todos.

—A nosotros nos va a costar la dentadura —objetó Colmenar—. ¡Y es por cobardes, por apocados! ¡Por lo que hemos degenerado, porque no hay sangre! Este hombre —y la manera de pronunciar la frase indicaba que no era necesario añadir otra designación para saber de quién se trataba— está engreído, está ciego, no ve más allá de su voluntad omnímoda… Por sus pasteladas con los Estados Unidos, nos va a dejar en una vergüenza. ¿Por qué no declara la guerra enseguida? ¡Parece mentira que seamos españoles! Ya vería usted donde se esconderían esos tocineros si tosiésemos gordo… ¡Una gente que no sabe lo que es un cañón ni un barco de guerra! Pero este hombre, a trueque de seguir ejerciendo el verdadero poder absoluto, porqué aquí, ante su soberbia y su altanería, parece que no hay más Roque ni más Rey…

—Eche usted por esa boca —repuso don Servando, enarcando resignadamente las cejas—. Así como así, la retahíla me la sé de memoria. Que es un tal y un cual, y un esto, y un aquello; que no se le puede sufrir, que nos tiene aherrojados, que aquí no se respira ni se estornuda sin su permiso. Bueno, hombre, bueno. Chiquillos que se quejan del ayo, estudiantes que reniegan del profesor… Bonita estaría esta tribu a no ser por él… tribu, sí, con pretensiones… como dijo no sé quien… No permita Dios que suceda, pero si sucediese que ahora, al volver a San Sebastián, oyésemos vocear un extraordinario con la noticia de que le ha dado una congestión, verbi gracia… ¡trate usted de figurarse lo que iba a pasar aquí!

—No pasaría nada… Descansaríamos en paz. ¡Afuera la gran rémora! Mire usted que yo tengo olfato, y al fin, al fin, sabe uno muchas cosas… Usted, naturalmente: la querencia… Es como la porfía de antes; defender a nuestra aristocracia, sostener que no está podrida y llamada a desaparecer… ¡a hundirse para siempre!

Empezaba a caer la tarde, y los resplandores de fuego del Poniente recortaban sobre su ardiente fondo la mole del Palacio que allá a lo lejos se descubría. Don Servando se detuvo un momento, pensativo.

—No hay cosa que no se hunda alguna vez… Hoy la nobleza y las más históricas instituciones, mañana será la burguesía, o el ejército, o las dos cosas juntas… Y todo cae, y todo vuelve, al cabo de mucho tiempo… Lo único indiscutible es que la Sagrada nos ha dado un almuerzo de p. y p… . Volvámonos, que ya pronto anochecerá.

Capítulo 6. Los porqués de Arcángela

Sola en su cuarto, Rafaela Seriñó fue a sentarse junto a la ventana, desde donde se veía la graciosa ensenada y el enhiesto y pintoresco monte que la cierra, frente a la cortadura de la Concha. Su mirada, al fijarse en un cuadro tan conocido que ya no la impresionaba por hermoso, tenía la vaguedad y la abstracción del que contempla dentro de sí mismo. Y, efectivamente, el alma de Rafaela ofrecía entonces, para la propia Rafaela, algo en qué recrearse, más bello que ningún paisaje, aunque lo bañase la luz entre rosada y cenicienta de una tarde tan dulce, que siendo todavía de verano, parecía de otoño.

Apoyando la cabeza en el respaldo de la mecedora, cruzando las manos como para sujetarse el corazón, Rafaela decía entre sí: «De esta vez… me parece que se ha roto el hielo». Y el descubrimiento del vasto mundo sentimental, que suele causar sobresalto, en Rafaela sólo determinaba, en aquel instante, infinita alegría. ¿No deseaba el momento desde hacía seis años? ¿No solía creer casi imposible que se produjese en ella el misterio divino?

Para explicarse cómo Rafaela había llegado a aspirar con tanta fuerza, no a ser querida, sino por el contrario, a querer; es preciso decir qué serie de circunstancias concurrieron a formar su carácter, influyendo decisivamente en esa vida interior que toda soltera joven se arregla allá en su capilla virginal, el santuario de sus ensueños a la vez puros y ardorosos… Rafaela quedose huérfana a los quince años: su padre y su madre murieron con pocos meses de diferencia, la madre de tifoidea, el padre de un padecimiento crónico del corazón que la pena reveló y condujo a rápido desenlace. Se hizo cargo de la niña su tío y tutor el duque de la Sagrada: desde el primer día fue cosa resuelta casarla con su primo Mauricio. Los amigos, los mismos criados, el capellán, el médico, el aya, aludían sin rebozo a un suceso que consideraban seguro cuando Rafaela cumpliese la edad adecuada al matrimonio. Prometida Rafaela, a nadie se le ocurrió rondarla, aun cuando sabían que era, no una semi—rica, una millonaria en posesión de sus millones. Argüiría, por otra parte, necia vanidad el tratar de insinuarse con la futura de Mauricio Lobatilla, el muchacho más guapo, de tipo más aristocrático, el más interesante y apuesto de la Corte. Suplantar a Mauricio en un corazón de diez y seis años, se juzgaba imposible.

A Rafaela los proyectos de boda ni la parecieron bien ni mal, como no nos parece bien ni mal el respirar y vivir —funciones naturales—. No sólo se habituó a pensar que Mauricio sería su esposo, sino muy especialmente a creer que don Gaspar era su padre y Gentileza su hermano. ¡Su hermano del alma! El generoso corazón de Rafaela se apegó desde el primer día a Borromeo, porque le vio deforme, raro, misántropo, y adivinó exquisitamente cuánto dolor y sensibilidad escondía aquella alma magullada y lacerada. Notó la desavenencia y repulsión de los dos hermanos, y se propuso reconciliarlos y unirlos en la comunión del cariño. Por instintiva delicadeza, manifestó más afecto y expansión que a Mauricio a Borromeo, y consiguió desencoger y calentar el espíritu aterido del contrahecho e infundirle una especie de culto.

Poseyó así Rafaela, en casa del Duque, ese arraigo y bienestar que sólo proceden de lazos de amor atados firmemente, de una comunidad de intereses afectivos. Es costumbre social, y costumbre que tiene su razón de ser, que los prometidos, especialmente si viven bajo el mismo techo, no estén juntos a todas horas, mientras no se fija la época de su enlace. Por esto, y más aún por sus aficiones algo disipadas —Mauricio siempre se inclinó al juego y a ciertas aventurillas— sólo veía a su novia a las horas de almorzar y comer —cuando almorzaba y comía en casa, que era pocas veces—. En cambio, Borromeo, retraído, encerrado, sedentario, allí estaba siempre, deseoso de la compañía de Rafaela, de charlar con ella, de convertirse en maestro y ayo de la joven: aun cuando no estuviese prometida al mayor, la deformidad del menor eximía esta intimidad de toda sospecha. No sólo hizo Borromeo estudiar a Rafaela muchas cosas que las mujeres en general ni de nombre conocen, sino que la prestó libros, la familiarizó con poetas y novelistas del género casto y sentimental —los más propios para encender la fantasía de una muchacha—. Y estas lecturas de Promessi sposi, de Los amantes de Teruel, de algunas novelas de Walter Scott, de Fabiola fueron como dorada luz que reveló a Rafaela un mundo fértil en maravillosas perspectivas —el mundo del amor—. En una mujer pura y vehemente, pueden darse unidas la mayor inocencia y las ilusiones más volcánicas. Lo singular fue que estas ilusiones hicieron erupción en el vacío. No tuvieron a Mauricio ni siquiera por pretexto. ¿En qué se parecía la proyectada boda de Arcángela a aquellas encantadoras historias de los libros? ¿En qué se asemejaba a las inflamadas frases de Diego de Marsilla el protector «Adiós, hija… ¿Cómo lo pasas, Gelita?» que le dedicaba el futuro a quien veía dos veces por semana?

No había fascinado a Gelita la gallarda estampa de Mauricio. A una virgen —sirvámonos de esta palabra aunque haga sonreír— no suele cautivarla la belleza física. La impresión de la hermosura, que es o refinamiento estético o cálculo de felicidades sensuales, pide conocimiento, malicia, experiencia, egoísmo, una fisiología muy material. Rafaela no estaba versada en arte, era limpia en su pensar como el agua, profundamente romántica en su espíritu. El perfectísimo cuerpo de Mauricio no la subyugaba poco ni mucho. Quizá si Mauricio la hablase de amor o suspirase bajo su ventana, sería otra cosa. Pero, ¿qué turbación íntima iban a causarla dichos como éste: «Que te lleven a ver a los excéntricos musicales del Circo, chica; hay para desternillarse con su orquesta de cacerolas… »; o: «Mira, Boltaña te ha visto en el picadero. No te tienes nada bien. A Hidalgo que te dé la jaca cierva, la andaluza, en vez de la torda, y acuérdate que dice Boltaña que vas como un saco». Rafaela empezó, pues, a vivir en las regiones del sentimiento distanciándose de Mauricio, acercándose a un ser que no existía. Así llegó a cumplir los dieciocho. Un día, Borromeo, que andaba desde tiempo atrás fosco y de mal humor, hizo una seña a Gelita, se la llevó a su cuarto de estudio, donde por las tardes solían leer y conversar, y soltó a boca de jarro:

—Gelita, prométeme no disgustarte… Ten valor… El infame de Mauricio ha tomado otra novia y pretende casarse con ella.

Gelita, sorprendida, pestañeó; viva curiosidad se retrató en su semblante; pero sus mejillas, que la pubertad y el ensueño habían empalidecido suavemente, no perdieron el tono mate; sus ojos no se humedecieron ni se nublaron.

—¿Otra novia? —repitió—. Y ¿es guapa? —A las muchachas, indiferentes tal vez a la belleza varonil, las preocupa siempre la femenil.

—Menos que tú —respondió con apasionada sinceridad Borromeo—. Es Bernardita Zárate, esa coquetuela, hija de unos tronados…

—¡Nardita! Pues es muy mona, preciosísima; ¿cómo dices que no? —respondió Gelita—. Y además muy chic.

—¡Me gusta la flema! Pues en casa no creas que esto se quedará así… Papá está hecho un león…

Al oír del enojo de su tío, Gelita creyose en el caso de ponerse grave; pero pocos días después, en un pequeño raout de los Lanzafuerte, la casualidad la colocó al lado de Nardita, y esta, con el expansivo aturdimiento, más que de sus años —ya frisaba en los veintidós— de su carácter, se confió a su presunta rival, la aturdió con el relato de sus esperanzas y anhelos, se apoderó de ella y la hizo su cómplice desde el primer instante, abusando de esa generosidad caballeresca de la juventud, que se exalta en las cuestiones de sentimiento. Este episodio fue para Narda un derivativo: consagró a la novela ajena el entusiasmo que antes dedicaba a meditar la propia. Apasionose por los amoríos de Mauricio, los escudó, los amparó, estuvo al corriente de ellos, puesta de acuerdo y secreteando con su ex—novio. Borromeo, persuadido de que Gelita se sacrificaba, la miraba con mayor adoración y se prometía vengarla de la injusticia. Nardita, maliciosamente, repetía: «Borromeo está enamorado de ti, monina; no lo dudes». La casa, durante los dos años que tardó Mauricio en conseguir llevar al altar a la de Zárate, presentó una vida dramática intensa: conspiraciones de Mauricio y su prima, confidencias de esta a Borromeo, iras del Duque, sarcasmos de este a su hijo, escenas penosas que preceden a trascendentales sucesos, tempestades que presagian naufragios. Casose Mauricio al fin; pero el Duque, pocos días antes de la boda, propuso a Rafaela que los novios se fuesen a vivir en un piso, como pudiesen, «porque aquí, bajo unas tejas, ellos y tú… ». Arcángela se abrazó al cuello de su tío.

—Papá —le dijo—, no veo razón ninguna para que se vaya nadie, ni los demás, ni yo tampoco. Usted es mi padre, Mauricio y Borromeo mis hermanos: Bernarda será mi hermana también. No tengo otra familia. Viviremos reunidos, y ya verá usted cómo hacemos buenas migas.

Realizose el programa, con alivio y descanso del Duque, que no podía sostener decorosamente fuera de casa a su primogénito. El único que vio el arreglo con insuperable disgusto fue Gentileza. No podía sufrir a Narda y a Mauricio; no comprendía la existencia a su lado; sufría físicamente con verles, con el eco de sus voces frescas y vibrantes y, sobre todo, no concebía la manzana sana al lado de la agusanada; Gelita acompañada por la Lobatilla continuamente. Su imaginación empezó a trabajar forjando planes, preparando defensas, organizando el salvamento de Gelita. Fue entonces cuando esta, que había llevado tan alegremente la deserción de su prometido, que con tal desprendimiento había renunciado a proyectos que ya podían ser ilusión de felicidad —lícita ilusión— fue entonces, repito, al regresar los novios de su viaje de luna de miel, cuando dio señales de un abatimiento y melancolía que la gente atribuyó a lo que parecía más natural: al desengaño amoroso. Los que están de la parte de afuera difícilmente interpretan ciertas cosas sutiles y delicadas del alma. La complicación de un espíritu fino, sólo puede verse al microscopio. Formose acerca de Rafaela una leyenda tan verosímil como tosca y burda: la supusieron abandonada, celosa, sentenciada bárbaramente por su tutor al espectáculo de la dicha de dos enamorados a quienes envidiaba… Y lo que precisamente sucedía a Rafaela era lo contrario: sentimientos los suyos de un orden tan extraño y peregrino, que la confundían como el más raro enigma: ella misma los encontraba enrevesados y peliagudos. Es el caso que, al verse compadecida por todo el mundo, sacó en limpio que había causa para la compasión, y que el no haberse afligido por el desaire de su primo, era indicio clarísimo de insensibilidad, de atrofia, de sequedad afectiva; y recordando la indignación del Duque, asediada por la indignación de Borromeo; notando la mal encubierta indignación de algunas amigas y amigos de la casa, dedujo que, pues ella no se indignaba a su vez, es que no existían en su alma ciertas cuerdas que debían existir, y que así como otras mujeres son estériles del vientre, ella era estéril y seca del corazón, incapaz de querer, de sufrir, de palpitar. El ver a Mauricio tan loco y embriagado en los primeros meses de matrimonio, robusteció esta convicción y, acrecentó la pena. No podía dudar del cambio que la pasión había obrado en el joven Conde; no podía desconocer que el mozo calaverilla, soso y frívolo, era ahora otro hombre, más hombre —un hombre, con un mundo propio suyo, de alegrías y de penas hondas; de penas, porque casi desde el altar nacieron sus ocultos y crueles celos; de alegrías, porque había instantes en que se abolía todo menos la ventura de poseer. Y Gelita, al comprobar en sí misma una indiferencia, o más bien una repulsión profunda hacia los pretendientes que empezaban a afluir en compacto escuadrón, atraídos por una fortuna magnífica; al notar que se deshojaba la pálida flor de sus sueños y no maduraba el rojo fruto de la realidad, tuvo una crisis de melancolía depresiva, que tomó forma de vaga tristeza religiosa, porque Borromeo, persuadido de que su amiga necesitaba consuelos, la hizo leer libros místicos, y para desviarla de Narda, la impulsó a la devoción. Pensó la pupila del Duque en convento, sin saber en cuál —un convento de novela, de los de fuertes rejas y cerrada huerta donde se marchitan las rosas… Era sin embargo Rafaela un ser fuerte, sano, apegado a la alegría, y reaccionó humorísticamente contra sí misma, al cabo de un año de postración. Entonces empezó otra etapa: declarose resuelta a vivir soltera siempre, y se divirtió en asociar a Borromeo a sus egoístas planes.

—Tú y yo —le decía— cerraremos a papá los ojos, y, el día en que nos falte —que ya empezaremos a ser talludos—, construiremos un hotel y allí nos meteremos; ¡tú harás el plano! Nos daremos vida de príncipes. No nos faltarán nuestros viajecitos por el extranjero. Como tú eres tan instruido, me explicarás lo que yo no comprenda. Pasaremos meses en el campo, en un país de clima a propósito para ti, y allí fundaremos una casa—asilo para los niños huérfanos. Haremos bien al prójimo, para que Dios tolere que nos lo hagamos a nosotros mismos. Nos pondrán en solfa. Bueno. ¿Qué nos importa? A mí me dan broma contigo, Borromeo… ¿y sabes lo que se me ocurre contestar? Que ojalá fuese cierto que yo pudiese quererte a ti… o a otro. Pero este corazón se ha momificado. Mira, realmente ¡mejor! El querer da disgustos…

Estas frases, que pronunciadas por una niña de diecinueve años, hacían sonreír, empezaron a tener seria significación cuando las dijo una mujer de veinticuatro, en quien la madurez empezaba ya a notarse en los rasgos de la fisonomía. No obstante, Borromeo, desesperado, observaba que Narda, poco a poco, adquiría sobre Gelita cierto ascendiente, y que eran inseparables. Aturdida por la bulliciosa atmósfera que creaba su amiga, Gelita la acompañaba: no acertaba a separarse de ella. ¡Peligro inmenso! Gentileza, preocupadísimo, empezó a tramar una intriga, basada en la correspondencia que activamente sostenía con Pedro Niño de Guzmán. A cada nueva carta, las misteriosas esperanzas de Borromeo crecían, se precisaban y definían con el relieve de lo probable. Rafaela, a su vez, empezaba a dar consistencia al ensueño. Aquel galán que tan discreto ponía la pluma, que tan bien razonaba, que tantas cualidades revelaba en las páginas de su epistolario, iba infiltrándose en su fantasía ansiosa de ventura. El ideal difuso de los diez y seis años adquiría contornos, se encarnaba la esperanza mesiánica de la mujer. Lo más peligroso y seductor para Rafaela era no saber cómo tenía la cara el Niño: —así le llamaban Borromeo y ella en sus coloquios—. Pedro, o por descuido o por esa repugnancia a retratarse que algunas personas sienten, no quería enviar una fotografía a Borromeo, que se la pedía con reiteradas instancias. No hay nada más temible, para los espiritualistas, que ver o creer ver la faz de un espíritu sin conocer la forma de un cuerpo. En una mujer secretamente tan exaltada como Rafaela, el sortilegio de la correspondencia tenía que ser invencible. Por eso —al saber que Pedro llegaba, que le había visto en la estación hacía poco, sin conocerle— Rafaela se oprimió el pecho murmurando: «Ahora sí… ».

Capítulo 7. Los porqués de Pedro

Mientras Rafaela Seriñó pensaba en el que venía, este entretenía el tiempo que la contrariedad del retraso le obligaba a pasar en Irún, dándose uno de esos largos paseos a pie que son una pica en Flandes para las gentes sin educación física, y para las habituadas al ejercicio un juego. Dejando en la estación su equipaje, sacando del rollo de mantas un bastón, emprendió la caminata a campo traviesa, en dirección a Rentería, internándose, por instinto, en el territorio español. Contento de estirar las piernas, más contento aún de pisar tierra ibérica, andaba con ligereza de ave y se detenía frecuentemente, sentándose en algún vallado, para soñar.

La casualidad, o mejor dicho, el juego de fuerzas morales que prepara los dramas de la vida íntima provocando sentimientos y actos determinados por ellos, había colocado, mediante circunstancias bien distintas, en situación asaz semejante a Rafaela y al héroe de esta historia. A la edad de veinticinco años, Pedro Niño de Guzmán no se había iniciado en la vida pasional, ni la concebía sino al través del ensueño.

El hombre de escogidas aficiones, de exquisita idealidad, de vasta cultura y profundamente religioso que dirigió su educación, hacinó sin querer materias inflamables en el alma de su alumno. Para comprender los efectos de la educación de Pedro, habría que conocer a Roberto O’Neal, y convendría recordar el sino de la raza irlandesa, a quien las condiciones de su existencia obligan a ser injusta con Inglaterra, a detestar la civilización sajona, a poner el ideal, no sólo fuera de ella, sino contra ella, y a identificar la causa de sus anhelos autonómicos con la de la verdad y el bien. No pudiendo refugiarse en la historia patria —la de Irlanda casi no existe—, O’Neal se desquitó empapándose en la de España, donde a cada paso estalla con brío magnífico el sentimiento de independencia. O’Neal visitó su tierra predilecta poco después de la guerra de África —destinada a cerrar sin fruto, pero con brillantez, nuestros anales de gloria—, y en su viaje, por recomendación de su cuñada, la miss a que aludía el Duque, conoció a Fernán Caballero (que ya no era niña entonces), llevándose la suave imagen de la gran narradora impresa en la fantasía, y sosteniendo por bastantes años con ella una correspondencia basada en un culto ardiente a todo lo español. Obligado por la escasez y por el deber de educar a sus hermanos a desempeñar el profesorado en un colegio de Londres, el roce continuo e irritante del espíritu práctico inglés despegó cada vez más a O’Neal de la vida británica. Las funciones de ayo de Pedro vinieron a redimirle de la servidumbre obscura en que vegetaba, y a endulzar el otoño de su existencia. Cobró al muchacho español ciego cariño. Por gusto, más que por conciencia y deber, le habló de España sin cesar; de una España vista al través de la leyenda, la tradición y el recuerdo; con su entusiasmo, que al fin encontraba empleo, infundió al Niño devoción por su patria, semejante a la de los musulmanes por la Meca. Hablole en frases poéticas —O’Neal era poeta, no tanto por haber escrito versos en su juventud, sino por la forma especial de su espíritu— de la mujer española, complaciéndose en evocar el angélico rostro y la casta sensibilidad de aquella Cecilia Böhl a quien sin darse cuenta de ello había adorado el irlandés rendidamente, y a quien por lo mismo no nombraba. Pedro sintió de rechazo el calor amoroso que encerraban las frases de O’Neal, y se formó la convicción de que sólo en España conocería la felicidad.

Otros motivos contribuyeron a que permaneciese largo tiempo sin pagar tributo a un sentimiento al cual todo le llamaba, todo le atraía, todo le destinaba fatalmente. Ya se sabe que la educación británica prolonga la niñez, y el discípulo de O’Neal, a pesar de su meridional sangre, merced al sport y a la atmósfera de pureza de que le rodeaba su ayo, cruzó la peligrosa edad de quince a veintiuno sin patullar en lodazales, sin recibir los estigmas del vicio, sin manchar su imaginación con imágenes vergonzosas. Las prácticas religiosas a que O’Neal le habituaba, y que no degeneraron nunca en formalismo vano; el ejercicio de la caridad con los pobres, que visitaban juntos; la poesía, que enciende, pero eleva, preservaron al Niño de Guzmán. Y cuando ya la edad gritaba imperiosamente, cuando su cuerpo se estremecía y su imaginación se inflamaba al roce de un traje femenino —delatando el temperamento de la raza, que bullía bajo la superficie helada y serena de la educación—, vino una grave preocupación a distraerle: la enfermedad de O’Neal, a quien quería como a padre, mentor y amigo, a quien veneraba por sus raras cualidades, tan sugestivas para un alma juvenil.

Minado por la afección que producen los climas fuertes en las organizaciones muy finas —la consunción—, O’Neal decaía poco a poco, perdiendo cada día terreno, sin que las recetas de los mejores médicos de Londres atajasen los progresos del padecimiento. Desde que Pedro pudo darse cuenta del verdadero estado de su amigo, solicitó del duque de la Sagrada, su tutor, remesa de fondos, y se llevó a O’Neal al continente, en busca de aires benignos y templados. El deseo secreto de O’Neal era morir en España; pero se oponía a ello la voluntad de la madre de Pedro, que ordenaba a su hijo permanecer fuera de la patria hasta cumplir los veinticinco, y fue preciso contentarse con Italia y con la costa meridional francesa. Durante la peregrinación —que se prolongó bastante, porque aquel cuerpo, al parecer tan inmaterial, resistió mucho—, la mente inspirada del irlandés brilló con más claros fulgores, y sus elevadas ideas irradiaron de un modo más atractivo. Apareciose a su alumno, al que ya llamaba hijo amado, con el prestigio y la aureola de la santidad. Persuadido desde el primer momento de que su mal no tenía cura, sólo aspiró a hacer la muerte ejemplar y bella, grabando en la imaginación de Pedro representación indeleble de cómo se muere sin miedo y sin tristeza, aristocráticamente, pero con fervor de cristiano. Católico apasionado, O’Neal no conocía sin embargo el negro fanatismo, y aun en los últimos instantes, cuando ya la calentura abrasaba sus tejidos y le clavaba en un sillón, no perdió los hábitos de delicadeza, de pulcritud física y moral, que había sabido conservar en sus años de estrechez y lucha. Ni un minuto dejó de ser el poeta y el caballero, y Pedro le dio una de sus postreras alegrías llenándole el cuarto y la cama de violetas de Parma y narcisos, cuando recibía el Viático de los moribundos. En la batalla con la muerte, en las alternativas inevitables de pavor y esperanza, estremecido de filial ansiedad, escuchando y bebiendo con respeto y ternura las palabras de un hombre que tiene ya un pie en el sepulcro —cuyas enseñanzas revisten solemnidad misteriosa—, exaltose la religiosidad de Pedro. Estos hondos accesos de fe, cuando todavía no se ha vivido, no se han navegado tormentosos mares, ni se han sufrido desengaños, son violentos y abrasadores como una fiebre, y predisponen al vértigo y a la caída. La crisis del espíritu de Pedro, aunque tan noble, entrañaba peligros, agravada por el abandono en que iba a quedar así que le faltase O’Neal, así que se encontrase solo consigo mismo, cara a cara con su intacta juventud.

Por contradicción aparente, pero que se explicaba conocidos los antecedentes y el carácter de aquellos dos hombres a quienes unía lazo tan estrecho, O’Neal, en los últimos meses de su vida, al sentir —como suele sucederles a los tísicos— que reverdecían sus ilusiones más ocultas, habló de España con redoblada efusión, y obedeciendo a un espejismo bastante frecuente en los extranjeros que nos admiran, olvidó por completo que hubiese una España actual, para no recordar sino la España romántica —la única que tiene existencia real, decía el pobre enfermo—. El papel providencial de España, el mágico talismán que tanto tiempo llevó en la mano, fue asunto de las conversaciones de maestro y discípulo: y cuando a Roberto le faltaban las fuerzas y no podía hablar, hacía que Pedro le leyese los libros en que se ve el reflejo del áureo nimbo de la Santa España —los Cuentos de la Alhambra, por Washington Irwing, la Peregrinación a la tierra del Cid, por Ozanam, La Bahía de Cádiz, por Latour, o el Don Juan de Mañara, del mismo devoto hispanófilo—, intercalado con las narraciones de Fernán, entre las cuales Pedro prefería la terrible y sugestiva Familia de Alvareda. Leían también la historia por buscar en ella la leyenda; y Suero de Quiñones en el puente del Orbigo, el Castellano leal, los Infantes de Lara, Guzmán el Bueno, los héroes del Romancero y del teatro, los que inmortalizó la popular fantasía, los reales y los inventados —mejor estos últimos—, desfilaban confundidos con relatos de proezas recientes, lauros que aún, al decir de O’Neal, mostraban fresca la sangre que copiosamente los había regado: hazañas épicas contra Napoleón, tragedias de las guerras civiles.

Al embeberse eu sucesos que a veces parecían sacados de un libro de caballería, las demacradas mejillas de O’Neal se sonrosaban un poco al fuego de la fiebre, y sus ojos verdosos próximos a cerrarse para el eterno sueño, brillaban con extraño fulgor entre los párpados de marchita seda y las claras pestañas. «¡Oh tierra del cielo! —murmuraba tratando de incorporarse en la silla—. ¡Dichoso tú que allí vivirás, hijo mío! Ya no queda en el mundo otra nación donde un alma cristiana, altiva y noble, pueda respirar su natural ambiente. España es el último asilo de la lealtad, de la caballerosidad, del honor. ¿Sabes tú lo que es el honor castellano? Lo que, a falta de religión, bastaría para que no perdiésemos nunca el camino recto. Si alguna vez tuvieses la desgracia de dudar, Pedro, agárrate al áncora de tu honor castellano, y no te irás a fondo. En el código de ese honor está proscripto todo lo bajo, todo lo indigno, todo lo vil y miserable. Allí se aprende la moral altanera del armiño. Y se aprende, sobre todo, que la vida no vale ciertas miserias, ni la dicha consiste en los bienes materiales. De este noble desprecio de la vida y de los goces de los sentidos se engendra el heroísmo. Así como en ciertos cuentos de hadas se lee que las calles están empedradas de oro, en España el suelo está empedrado de corazón. Toda España es un corazón enorme, un gigantesco corazón que Europa ve latir desde lejos, como los compañeros de Hernán Cortés veían, en la Noche triste, palpitar sobre el platillo del sacrificador el de sus compañeros acabado de arrancar del pecho. Donde hay un español hay un héroe, ante el cual son flor de cantueso los de la Iliada. Por algo Schlegel comparó a la Iliada el Romancero castellano. No extrañes —insistía apoyando su palma sudorosa en la de Pectro, trasmitiéndole el calor de su hermoso delirar— que yo me exprese así. El odio a la fuerza bruta y al bestial dinero está encarnado en mi ser. Hay parentescos de raza entre Irlanda y ciertas provincias españolas y, al través del mar que los separa, los celtas irlandeses y los ibéricos no han cesado de sentir que corre por sus venas la misma sangre. Y nota una diferencia que caracteriza a España: mientras Inglaterra no ha conseguido que los irlandeses olvidemos la servidumbre en que nos tiene, España ha fundido de tal manera los intereses de la rama céltica con los de las demás ramas peninsulares en el crisol del honor y de la fe, que se han identificado para las empresas más grandes de que existe memoria… No todo se logra por medio de la codicia y de la violencia. ¡El espíritu obra milagros… !».

Al acercarse el desenlace, O’Neal dio en una peregrina manía: empeñose en afirmar rotundamente que era español. «Ya sé —repetía— que no de nacimiento, pero sí por la voluntad: y sólo deploro que, en vez de sucumbir porque ciertas partes de mi organismo funcionan mal y están dañadas, no sucumbo en el campo de batalla peleando por esa nación entre todas sublime, donde las mujeres son ángeles de candor y honestidad, y los hombres leones. Ojalá corriesen ahora los días de Zaragoza y Bailén, ya que no los de las Navas o los que vieron a la inefable reina Isabel la Católica, la augusta y santa, para que yo besase la señal de sus pasos y contemplase el rostro de la que entregó a Colón sus joyas —¡porque se las entregó sin duda alguna, digan lo que quieran los escépticos!—. Ya que no me es posible a mí morir en España, ¿quién sabe si tú lo conseguirás? Al heroísmo te inclina la estirpe de que procedes. Los Niños de Guzmán y los Noroñas se hombrean con el rey. Yo espero que al menos hagas tu nido de familia en el único país donde las creencias perfuman y santifican el hogar, donde el becerro de oro no tiene una piara de adoradores, y el grosero positivismo y el desalmado mercantilismo no han secado las fuentes de la poesía».

Tales fueron las lecciones del maestro en quien Pedro tenía que fiar, porque su autoridad intelectual se fundaba en una autoridad moral innegable y poderosa. El Niño se dejó impregnar de ilusión y recogió gérmenes que tarde o temprano brotan. El tránsito de O’Neal, su conmovedora despedida, aquellas horas postrimeras en que el moribundo, sin soltar la mano de su discípulo, sin desviar de él los ya casi vidriados ojos, repetía las protestas de fe, los consuelos dulcísimos, la solemne cita para la inexplorada costa del más allá; los dos días que Pedro veló el cuerpo, mirando al través de sus lágrimas la faz inmóvil, bañada por una especie de serenidad misteriosa, fueron uno de esos períodos que, si no determinan vocación monástica y lanzan a un joven al retiro, por lo menos desequilibran sus nervios y le dejan inerme ante la pasión, porque al herir las fibras más íntimas del dolor afinan la sensibilidad y predisponen a la emoción dramática. Pedro cumplió filialmente sus deberes con el maestro; le dio sepultura provisional en Cannes, resuelto a dársela con el tiempo en España; y después de una temporada en que oyó misa diariamente y cada semana comulgó, en que se creyó dominado por incurable melancolía, el deseo de venir a España resurgió vivo y ardiente. No olvidaba, sin embargo, la voluntad maternal, y quiso esperar en París los meses que faltaban para repatriarse sin contradecirla. Al mes de residir en París, habiendo encontrado allí a algunos ingleses, amigos de colegio, que viajaban, y dejádose arrastrar por ellos al club, a los teatros, a los restaurants, el mosto de la juventud fermentó. Pasajeros extravíos le subyugaron. El hervor fue breve, y trajo consigo la prevista crisis de tedio y remordimiento. El muerto O’Neal estaba aún vivo; su voz resonaba todavía en los oídos de Pedro, persuasiva, afectuosa: «El amor es muy bello; pero no lo manches, no lo marchites de antemano con el libertinaje», parecía repetir la sombra amiga evocada por la memoria. Y así sucedió que las disipaciones de París, groseras redes tendidas al dinero; las mujerzuelas pedigüeñas, ávidas, socarronas o bobaliconas, de falsa alegría, de ajado y barnizado cutis, infundieron a Pedro, por contraste entre la impura realidad y sus divinas fantasías, mayor deseo de hollar el suelo bendito español, la Meca de su alma.

Capítulo 8. El destino

Estos pujos de romanticismo con que venía a España Pedro, le impulsaron a no fijar día de llegada, a no avisar a nadie —ni a aquel primo Carlos Borromeo, con quien sostenía activa correspondencia, y a quien debía comunicación intelectual y cariñosa de que la muerte de O’Neal por algún tiempo le había privado—. Disfrutaba misterioso goce pensando que llegaría a San Sebastián como a país extranjero, y que así, de incógnito, penetraría en el Casino, dejando en la estación su malaventurado equipaje, primer piedra en que había tropezado, primer causa de desilusión. Puede ser que entre la concurrencia se encontrase Borromeo… Rozaría su traje, y no le conocería.

Llevábale la casualidad al Casino una de las noches en que se organiza allí el cotillón, después de haberse reunido en la terraza la gente a ver los fuegos artificiales. El cielo estaba estrellado, era suave la temperatura, habíase dormido el mar, y ni un hálito de brisa se solazaba en las copas del denso arbolado del Parque, alumbrado por el reflejo de las luces del suntuoso edificio, que derramaba claridad alrededor. En la terraza, donde Pedro acababa de deslizarse, hervía la multitud, con blando susurro de río y zumbido de poblada colmena; bajo las farolas se aislaban corros, se formaban tertulias, se dividía aquella masa social en núcleos, agrupados bajo la ley de la costumbre o el instinto, delatando hábitos adquiridos, simpatías, afectos. Pedro, solitario, reclinándose en la balaustrada de piedra, miraba el espectáculo —el primer espectáculo mundano que le ofrecía su patria.

La impresión era de extrañeza, al notar la identidad de aquel Casino con los de otros puntos de veraneo elegante del extranjero. A no ser porque dominaba, en lugar del mosconeo suave de las conversaciones francesas, el recio y categórico sonido del habla castellana, y el alto diapasón que los españoles nunca moderan, creyérase Pedro en Baden, en Cannes o en Niza. La misma promiscuidad, el mismo evidente codeo de mujeres alegres, finas damas y grandes señoras, el mismo carácter internacional, el mismo lujo violento y excesivo, sin sobriedad y casi de mal tono, igual ansia de lucir y aturdirse, que se exacerba en esos sitios adonde la gente no va por ningún fin útil y donde la competencia aguza apetitos y vanidades. El edificio del Casino, a pesar de las reminiscencias del Renacimiento español que quiso introducir en él el arquitecto, sólo ofrecía el carácter de las que el ayo de Pedro llamaba severamente catedrales del moderno Baal; una suntuosidad más aparente que efectiva, un lujo sin amor, sin la irradiación de alma que en otro tiempo convirtió en relicarios las iglesias. Este juicio que formó Pedro desde el primer instante, se confirmó cuando pudo recorrer las salas de juego. A fuer de hombre de nutrida existencia intelectual, el juego no había tenido nunca para Pedro atractivos: esa sensación rápida, brutal y seca —el alternar de la pérdida y la ganancia— no llegaba hasta sus nervios. Las austeras censuras de O’Neal acudían a su memoria, escuchando el retintín del dinero y las voces entrecortadas, roncas, estridentes de ansiedad, que corean los incidentes de la lucha: «¿No va más?». «Hagan el juego… ». Había acentos nasales, acentos irónicos, otros que timbraba sofocada angustia. Al pronto se detuvo Pedro en los caballitos, ruleta disfrazada de juguete, que tanto se presta a la iniciación del vicio en chanza, y en que lo insignificante de la pérdida posible —¡bah!, dos o tres mil pesetas a lo sumo— familiariza con el abismo. Alrededor de la amplia mesa donde, caballeros en sus monturas, galopaban como insensatos los diminutos jockeys de varios colores, aglomerábase un racimo de señoras, de señoritas, de criaturas, cabecitas rubias y morenas, mejillas frescas enrojecidas por tempranas fiebres de codicia y sacudidas por rachas de alegre despilfarro. Las muchachas de quince a veinte, desdeñosas del baile que se prepara allá arriba —¡bah!, el baile, ¡cosa anticuada ya!— repetían estremeciéndose de emoción los clásicos gritos: «¡al rojo!, ¡al verde!». En aquella diminuta timba corría el dinero que era una bendición: había exhibiciones de lindas bolsas de raso, de portamonedas y carteras de flexible tafilete, cifradas y blasonadas con brillantes: el ruge—ruge sedoso de los billetitos de veinticinco y cincuenta acompañaba el retintín de la plata —el oro ya es como el baile, una tradición—. Todo parecía gritar allí al que traía la ilusión de una España empobrecida y noble: ¡Qué demonio, la moneda se hizo redonda para que ruede!… Aquí no hemos notado escasez de tan precioso artículo. Nos rebosa, nos sale por los poros, nos brota por las narices, como el vino a los borrachos. Estornudando rociamos dinero. Ya ves el paso que le damos. ¿Pues y lo que costaron los trapitos que llevamos encima? Y lo mejor es la expansión con que perdemos. No verás una cara compungida. España está de buen humor. Dicen algunos que tiene pendiente una guerra allá no sé en qué colonias, pero no piensa en ella… y para los idealistas, aquello en que no se piensa, igual que si no existiese… ».

De la sala de los caballitos, donde los perfumes fuertes le atosigaban, pasó Pedro a otra en que se jugaba más formal. La greguería de los caballitos, la convertían el baccarrat y el treinta y cuarenta en relativo silencio y expectación casi solemne. Algunos rostros de jugadores, aunque trataran de aparecer indiferentes, estaban hasta crispados; comprendíase que no se moverían de allí aun cuando el techo amenazase desplomarse. La atención de Pedro se concentró en uno de los puntos; verdad que era de esos hombres que no pasan inadvertidos; en todas partes se distingue su gallarda y noble figura. Al verla, involuntariamente pensamos: «Si yo pudiese escoger mi envoltura la escogería así».

La contemplación de Pedro fue un homenaje al conde de Lobatilla, que reunía las perfecciones atribuidas a los héroes de novela y la fuerte expresión de las cabezas de Velázquez. Y al mismo tiempo que Pedro le admiraba le compadecía. La ansiedad y la zozobra daban a la cara de Mauricio líneas casi trágicas. En sus ojeras que acusaba la proyección de luz; en sus sienes, donde los combates de la vida empezaban a señalar depresiones, y en el nacimiento de su pelo, donde se divisaban no pocos hilos blancos, reconoció Pedro los estigmas que graba el vicio, y le embargó una piedad involuntaria, observando cómo se estremecía el jugador a cada vuelta de la fortuna, que en aquel momento le era decididamente adversa.

Sin duda se encontraba en una de esas horas que tanto temen los jugadores —pues la mala racha o serie negra existe, y lo mismo que el marino conoce la venida de la tempestad, los puntos presienten el ramalazo de la contraria—. Cuando Pedro fijó los ojos en Mauricio, sin sospechar quién era, el hijo del duque de la Sagrada se pasaba, con ademán convulsivo, la mano por la frente, sin duda impregnada de sudor, y arrojaba las cartas con un extravío tan vehemente que no se podía menos de compadecer a aquel guapísimo condenado. La mirada de simpatía del Niño se cruzó con la hosca mirada del perdidoso, y este, dominándose y sonriendo altanero, cogió las cartas otra vez. «Quince mil pesetas pierde», oyó Pedro que pronunciaban a su espalda. El jugador, de pronto, volvió a cruzar la visual con el forastero, cual si buscase en ella esperanza y vigor. Fue un choque eléctrico. Mauricio se enderezó, se reanimó —porque la energía del jugador va y viene en un soplo. Y con lo repentino del conjuro mágico se inició el fenómeno singular de la buena vista. Las puestas de Mauricio salían todas; ganaba a cada vuelta; delante de él iban amontonándose billetes, que ya compensaban lo perdido, que en breve lo superaron.

Pedro notaba con pueril gozo los efectos de su influencia. Latía su corazón, estremecíanse sus nervios; no disfrutaría así si fuese él mismo quien ganase. Y, en cierto respecto, era sin duda él, pues coincidía con su entrada, con su presencia, el súbito cambio de la suerte, y lo oía murmurar a su lado, a sus espaldas, con entonaciones de asombro: «¡Caramba con el extranjero! Este es el de la buena vista… Desde que llegó… ¡Bonito copo! ¿Y cómo se llamará? Va a llevarse lo perdido, y encima doce mil… ». Los hermosos ojos de Mauricio daban las gracias a su mascoto; llenos de luz, casi húmedos, sonreían, pagaban el favor con expresión tan elocuente y viva, que Pedro se acortó, se encontró desazonado, y temeroso de que la suerte se cansase, optó por retirarse lo más disimuladamente posible, saliendo de nuevo a la terraza.

Apenas sentó en ella el pie, le acarició el oído una risa melodiosa, un bisbiseo de voces femeniles que le parecieron conocidas, y vio de frente, al pie de una farola, a las dos burlonas de la estación de Irún. Eran ellas, ellas mismas, con el propio atavío, lujoso, atrevido y elegantísimo, que ahora estaba como en su natural ambiente. Acababan de llegar; hallábanse solas; Pedro interpretó aquella soledad como nuevo síntoma de una posición equívoca y de costumbres libres. A un tiempo advirtieron las dos damas que tenían delante al de la estación, y a Rafaela una honda campanada, algo que era a la vez terror y gozo, la inmovilizó, suspendió sus potencias. A la maliciosa seña de Narda, contestó balbuciente:

—¿Pero no sabes quién es? ¿No te has enterado?

—Si tú me lo dices…

—¡Vuestro primo Pedro!… Pedro Niño de Guzmán.

Narda espantó los ojos, batió suavemente las enguantadas manos y apretó el brazo de su compañera. Una racha de animación y placer, de semi—locura, de las que eran tan frecuentes en su carácter, acababa de envolverla en rosada atmósfera, presentando a su imaginación un cuadro de deliciosas perspectivas. Convendrá saber desde luego que la nota esencial de la mujer tan diversamente juzgada por Colmenar y por Tranquilo, el resorte de su elástica y feliz organización, era vivir con tal intensidad en el momento presente, que suprimía por completo la noción de lo pasado y de lo futuro. Cuando Narda Zárate hacía un gasto, no se metía a indagar si la quedaría de reserva un céntimo; cuando concebía un propósito, no calculaba consecuencias. Ninguna mujer respondió mejor al concepto que del sexo en general forman los que lo asimilan al niño. Sus palabras eran tan impremeditadas como sus acciones —pero diez minutos después casi no se acordaba de haberlas dicho—. Había algo de infantil y algo a la vez de ingenuamente perverso en el modo de ser de aquella criatura, que sin embargo semejaba, a ratos, tierna y dulce; que nunca alardeaba de personalidad, y que, mimosa e insinuante, era un ser instintivo bajo apariencias refinadas, un alma en que todo pasaba rápidamente, pero quemando. Había que ver con qué monería dijo a la formal Rafaela:

—Gelita, paloma sin hiel… ¿sabes que se me ocurre una cosa magnífica? Vamos a divertirnos como no nos hemos divertido en nuestra vida toda… ¡A divertirnos para veinte años! Nosotras sabemos que ese es el Niño, ¿verdad?, y el Niño no sospecha que somos nosotras. Esta mañana nos tomó por pajarracas… como nos encontró de aquella facha… ¡de esta facha misma! ¡Ay qué encanto! ¡Es divino! Tú no hagas sino lo que me veas hacer… Tú confirma lo que yo diga… ¡Anda, vente!…

Hendiendo un grupo de gente de la colonia francesa, abriéronse paso las dos damas, aproximándose a Pedro. Rafaela, aturdida, se dejaba arrastrar por Narda, dócil al impulso que la acercaba a Pedro, a la realidad de su sueño secreto y celeste. Sin embargo, aún repetía: «Pero, hija… Pero, Narda… ». Fue todo obra de un minuto, una cosa de esas que no dan tiempo a pensarlas —lo que Narda prefería, un vértigo—. Antes que pudiese Rafaela ni sospechar el desenlace de la historia, hallábase tan próxima a Pedro, que podía sentir el calor de su aliento, el roce de su cuerpo. A la claridad de los faroles, pudo la enamorada detallar minuciosamente el rostro que amaba antes de haberlo visto. Pedro no se parecía a Mauricio, ni a nadie de la familia Sagrada: se asemejaba a su padre; tenía los rasgos del tipo meridional; no era alto, no era guapo —aunque la dulcísima turbación de Gelita demostrase que sin serlo podía impresionar muy favorablemente—. La tez aceitunada, los ojos color de café, la cara enjuta, el negro pelo liso, el bigote juvenil, fino, bien puesto y acentuando con viril energía, con doble trazo sombrío, las líneas de la limpia boca, la cintura quebrada, las carnes escasas, no explicaban cómo pudo aquel hombre pasar por inglés —tan español era, hasta la médula, en su exterior.

La segunda naturaleza de la educación sin embargo, había injertado sobre el patrón ibérico y andaluz cierta energía física, propia de las razas que ejercitan el músculo, y dado a las actitudes de Pedro un vigor especial. Poseía más agilidad, más soltura, una robustez esbelta, que sólo por raro caso muestran los señoritos del Mediodía de España, a no ser que pertenezcan a esa colonia recostada de Málaga y Jerez, en que ya hay infusión de sangre británica. Sólo con ver la actitud de Pedro, recostado en el mástil de la farola; sólo con observar cómo le caía la ropa, cómo acusaba sus hombros y sus caderas, adivinábase en su organismo un fondo de fuerza, un intacto depósito de esa riqueza vital que prepara la longevidad y la sana vejez. No hacía estas reflexiones Arcángela, porque las mujeres, y sobre todo las de delicado sentir, no disecan, no anatomizan; sólo miran al rostro, y en el rostro sólo buscan los ojos, y de los ojos la mirada, o, más bien, la ventana que abre sobre el alma el mirar. Anegábase Arcángela con transporte en las pupilas del Niño, al través de las negras y curvas pestañas pobladísimas que les prestaban intensidad y brillo aterciopelado. Entre tanto, Pedro, absorto, contemplaba a Narda. Acababa de reconocer a sus dos diablesas de Irún, y mentalmente decía: «Aquí, en esta atmósfera, se parecen más aún a verdaderas señoras de calidad estas muchachas. Pero están solitas… y me miran tanto, y me provocan tanto… que ya no cabe la duda».

Y el descubrimiento, que creía definitivo, lejos de producir en Pedro el humorismo retozón que suelen determinar averiguaciones de esa clase, le causó una especie de pena, que se tradujo en un movimiento para alejarse, para perderse entre la multitud que se apiñaba en la terraza. La intención no pasó inadvertida para Nardita, la cual dijo radiante de buen humor:

—Quieres escabullirte… Aguarda, aguarda…

Con redoblado ímpetu se lanzó en seguimiento de la presa. Entre el gentío tropezaron con Manolo Lanzafuerte, uno de los asiduos del zaguanete de Bernarda, y esta, temerosa de que se les pegase, le hizo con la mano una seña, que expresivamente significaba: «En este momento te deseo a cien leguas de aquí». Quedose el gomoso sorprendido; su olfato le dijo que algo extraordinario ocurría. Subió de punto la curiosidad, acompañada de cierta mortificación, al notar que las dos jóvenes se dirigían a un desconocido: y en el mismo instante vinieron a prestar auxilio a Lanzafuerte y a estorbar el propósito de las dos damas el camastrón de Perico Gonzalvo, e Íñigo Santa Elvira, llegado de Biarritz por el mismo tren que el Niño, atraído por aquella Narda tan prometedora y tan guasona, que se entretenía en tenerles boquiabiertos en espera del maná del pecado. Narda recibió a Íñigo como a perro en juego de bolos. «Te llamaban por ahí… Careo que haces falta arriba… », díjole en tono incisivo y concluyente. Se detuvieron indecisos los tres rondadores, y Lanzafuerte, escamado ya, vio que las jóvenes se dirigían a cortar el camino al forastero. Este, al pronto, cuando se las encontró cara a cara, pareció contrariado; después, a las primeras palabras de Narda —¿qué le diría?— desfrunció gradualmente el entrecejo, se animó, y por último, contestó con vivacidad galante. El diálogo no fue muy largo, y ni una sílaba pudo llegar a oídos de los tres curiosos intrigados, y, como suele decirse, con la mosca en la oreja. Su extrañeza subió de punto cuando Narda y Gelita, acompañadas ya del forastero, llevándole medio a remolque, comenzaron a efectuar una retirada, dirigiéndose a la escalera de la terraza que baja al Parque. La animación de Bernarda, la emoción de Gelita, la actitud del desconocido, que iba con la cabeza caída, algo turbado también, eran sobrado asunto de cavilaciones. La sociedad escogida encierra tan poco de imprevisto, son tan contados en ella los azares, se sabe de antemano con tal precisión quién es todo el mundo, lo que hace y por qué lo hace —aun dentro de las más irregulares situaciones—, que la aparición de un desconocido se presta a comentarios. Las miradas que cruzaban Gonzalvo, Lanzafuerte y Santa Elvira, significaban interrogación curiosísima. ¿Quién era el bólido? Y cuando le vieron bajar la escalinata en compañía de las dos —sin ofrecer el brazo a ninguna— prorrumpieron en frases como estas:

—¿Has visto, Íñigo?

—¿Con quién se va la Lobatilla?

—¿Qué será? —subrayó Gonzalvo—. Aquí hay gato, señores.

Capítulo 9. Aventurilla

En las alamedas del Parque, donde ya la sombra encubría, Pedro se decidió a ofrecer el brazo, ambos brazos; colgáronse de ellos las damas —a quien él tenía por cosa tan diferente. Los sentimientos del alumno de O’Neal en aquel instante eran de naturaleza asaz extraña.

La profunda impresión del ingreso en la patria para él desconocida, uniéndose a la crisis sentimental, que sigue en ciertas organizaciones elevadas a las flaquezas y caídas materiales, habían infundido en Pedro esa plenitud de espíritu que generalmente precede al despertar de la pasión. En aquel instante diera él por una aventura —pero aventura poética, teñida de matices amorosos—, el dedo meñique. La calentura de la juventud le abrasaba. Entre el compacto gentío donde no le conocía nadie, complacíase en fantasear, sin figurarse que el sueño pisase a la realidad los talones, que latía por él un corazón, que unos ojos le llamaban, que una mujer se le acercaba trémula. Cuando sus gentiles enemigas de la estación de Irún se pusieron al habla con él, encogiose de hombros, reconociendo el contraste de sus anhelos con las circunstancias. ¡Ahí está la aventura que el Casino puede ofrecer! ¡Estas son las que hoy se encuentran! ¡Desear la reja enramada de jazmines, la luna, el peligro, y encontrar por conquista dos criaturas venales! Sin embargo, el aura peculiar a la alta señora en la Lobatilla, a la mujer honrada y pura en Arcángela, esparcían un delicado y exquisito aroma que el alma de Pedro percibía. Aquello era bien distinto de lo de París, y no se necesitó más para que la imaginación de Pedro floreciese y le impulsase a crear lo que suponía que allí faltaba —lo espiritual, lo romancesco—. En lo más recóndito de su ser reinaba victorioso el sortilegio de Nardita. Érale desagradable tiznar con el negror del vicio aquella miniatura seductora, y quería, aunque sólo fuese un instante, rodearla de brillantes y perlas, darla un marco de oro cincelado, respetarla y adorarla. Convertir a Narda en dama pulcra y noble le halagaba mucho, y con el idealismo de la raza, su yo inventaba y creaba el mundo divino del sentimiento.

Fue esto, más que reflexionado, instintivo, como los movimientos que dicta la necesidad de la conservación. Propúsose sacar de sí mismo, cortar de la tela de sus sueños la aventura e inclinándose hacia Nardita la dijo con afabilidad, acordándose sin querer de un pasaje del Quijote mil veces leído:

—Como no tengo el gusto de conoceros ni de saber qué sois en el mundo, os pido un señalado favor: permitidme que os considere y tenga por señoras muy principales, honestas y recatadas. Este capricho creo que no os molestará ni pizca. Figuraos que habéis dado con un inglés estrambótico… Así como así, noto en vuestro aire y porte dignidad, finura y señorío… Para mí sois princesas disfrazadas.

Nardita y Gelita trocaron un guiño. Ocurrióseles la natural sospecha de que el primo las conocía y se había prestado a la broma con la certeza de interrumpirla cuando le acomodase. Esta suposición les infundió —a Gelita especialmente— confianza y tranquilidad. Lo atrevido e incorrecto de la escapatoria se atenuaba; los peligros estaban conjurados ya; sólo quedaba el encanto de escaparse a aquella hora, por la arboleda o por las calles, del brazo de Pedro. La emoción la hizo enmudecer. Narda, en cambio, se despachaba a su gusto, esmerándose en expresarse a la flamenca.

—Convenido, seremos unas señoras, filadelfia, lo que se te antoje… Sólo que no debías tutearnos, chaval. Digo… a no ser que convengamos en que somos parientas tuyas, verbigracia, primas. Entonces…

Riose Pedro, a quien hacía feliz la idea, y le acompañó Narda, que se divertía a todo trapo.

—Tienes razón; primos seremos… ¡Ese parentesco es tan socorrido! ¿Me dejáis bautizaros, primas? A ti, la rubia, te llamaré… te llamaré Zoraida, estrella de la mañana, sultana de las flores. Y a ti la morena… Zulima. Porque me gustaría que os asomaseis a verme pasar a uno de esos ajimeces calados que existen en la Alhambra… ¡La Alhambra! Pero ¿qué vale un ajimez, si no sale de él una mano blanca agitando un paño o lanzando una flor de granado recién cogida?

Y al hablar así, Pedro apretó a hurto, despacio, la diestra enguantada de Nardita.

—¿Y a dónde nos llevas, Mustafá? —interpeló ella con desenvoltura.

—Si no tenéis miedo, ni frío… os llevo a dar un paseo en bote.

—¿En bote a estas horas? Estás más loco… que una cesta de gatos. En seguida encuentras embarcación, marineros ni cosa que lo valga. Sé práctico, sé formal, y llévanos al bodegón de Quebrantas.

—Mal me secundáis —murmuró Pedro deteniéndose un instante—. Comida no debería ni nombrarse. Os mantengo un año, si ayunáis esta noche… Quiero creer que nunca cenáis acompañadas.

—¡Cómo que no cenamos! ¡Mira este! —declaró Narda con la elocuencia de la verdad—. ¿No ves, lipendi, que somos señoras del moño al tacón? Precisamente por eso, lo que nos seduce, lo que nos hipnotiza, es correrla, ya que nunca volveremos a tener ocasión semejante…

Entre sorprendido y convencido, Pedro se echó a reír.

—Tienes razón, Zoraida mía —dijo sencillamente—. Quedamos en que no conoces ese bodegón, ni sospechas que es un restaurant, ni lo que se hace en él.

—Conozco alguno de París, a donde me ha acompañado, como es natural, mi marido, tu señor primo. ¿Qué te figurabas?

—Eres muy donosa. Y Zulima, la mudita, ¿no ha cenado en restaurant tampoco?

—No por cierto —respondió Gelita—. Yo soy soltera, y disfruto aún de menos libertad que mi amiga… ¡Tú no conoces las costumbres de la gente smart!

Pedro, con viveza amistosa, la estrechó el brazo. Empezaba a encontrar deliciosa la broma, por lo bien que la llevaban las dos discretas hembras. Iban a buen paso, alborozados los tres, y Nardita, a media voz, tarareaba un couplet francés humorístico:

Conduisez moi au restaurant,sous le pin, sur le vent, sur le piti—piti—pon…

Habían salido del Parque, y atravesaban las calles, anchas y tiradas a cordel —y a tal hora casi completamente desiertas— de la ciudad. Animado por aquel silencio, Pedro se explayó:

—¡Qué fastidio! Me gustaría ahora llevaros por callejas intrincadas y estrechísimas, sin más alumbrado que el farolillo que cuelga delante de un Cristo, y que fuésemos a parar a algún palacio destartalado y viejo, con un escudo tamaño así… También me agradaría rondaros la reja, que salieseis a ella, pelar la pava, rasguear la guitarra, cantar… ¿Se hace esto en algún punto de España? Allá emigramos. Os llevo conmigo.

—Pero, ¿querías rondar a las dos? —objetó Narda, maestra en preguntitas capciosas.

—¡No, a una sola! —exclamó el Niño, apretando otra vez, sin ser visto, con rápida y ligera presión, la mano de la Lobatilla—. Veo que os reís de mis tonterías… Es decir, que seguís riéndoos… porque ya esta mañana, en la estación, os hice felices con mi candidez de declararlo todo… Gozad, no me importa… Vuestra risa es fina, está llena de ingenio, de humorismo, de donaire. Lo único que exijo… ya sabéis, ¡eh! —añadió alzando el dedo como en son de alegre amenaza—. Que respetéis mi chifladura o mi antojo; que me parezcáis señoras, perfectas señoras, todo el tiempo que con vosotras pase…

Volvieron a trocar otra ojeada las dos damas. Si las conocía, y era broma, hay que confesar que el primo la manejaba con originalidad y travesura. Narda hubiese preferido, sin embargo, que el Niño no las conociese. ¡Era tan picante, tan chusco ser confundida con las pájaras! Gelita, en cambio, a cada alarde de respeto del Niño, respiraba mejor. Llegaban ya a los soportales, ante la puerta de Quebrantas, que no era bodegón, sino buen restaurant, y vertía luz y despedía tufo de cocina francesa. Desde hacía tiempo tenía la Lobatilla capricho de cenar con Mauricio allí; pero no se le había logrado. Pedro se adelantó, pidió la mejor habitación reservada, y por angosta escalera les llevaron a un saloncito, el eterno saloncillo de los figones caros —piano, divanes, plantas, decorado vulgarísimo—. Sintió el Niño cierta repugnancia, porque aquel sitio recordaba otros de París: memorias antipáticas, enfriadoras. «No he salido de Francia», pensó con tedio; y abriendo el balcón y asomándose a él, dejó a sus compañeras que soltasen los abriguillos, que se quitasen los velitos, los guantes; que se diesen una atusadura frente al espejo, rayado por los diamantes de las sortijas. Ellas aprovecharon la ocasión para conferenciar.

—Nos conoce —allanó Gelita— y se chancea…

—Ojalá te equivoques… Y te equivocas, hija. La diversión está en que no nos conozca… Nos cree individuas de la benemérita… sólo que muy finolis, triple extracto…

—Debemos desengañarle —advirtió Gelita, contrariada y descontenta.

—¡Boba! Lo que debemos es confundirle más. ¡Tú gastas un pavo… ! El caso es que se quede atónito cuando oiga: «Señor don Pedro Niño de Guzmán y otras hierbas… le presentamos a sus parientas doña Bernarda y doña Rafaela… pues».

—Narda —repitió Gelita, sofocándose mucho—, esta es una locura insigne. ¿Qué van a decir? ¿Qué pensará Mauricio?

—¡Mauricio! Estará rezando a san treinta y cuarenta… Y hoy le tengo como un corderito… ¡La ausencia suaviza de un modo… !

—¿Y si tuviese celos? —interrogó Gelita, gravemente.

—¡Anda, anda! Por fas o por nefas los ha de tener… Si no los tuviese, no me querría… ¡Celos! Son la sal y la pimienta… ¡Pobretines celosos! —añadió aquella peregrina criatura—. ¡No conocer Mauricio que él es el único hombre que me gusta! Me gusta… como si fuese pecado el que me gustase. Y a él le gusto yo también… como un pecado mortal… —Narda entornó los claros ojos—. Al Niño —prosiguió— te lo cedo… Es para ti, pichona… ¡Adelante las combinas de Borromeo! ¡Y tú, sosa, engatúsale!

Pedro, dejando el balcón, cruzó el gabinete y salió a encargar dos ramos de flores. Mientras tanto, el mozo —francés por más señas, y que no conocía a las damas— presentaba, con sonrisa de inteligencia que hizo a Narda feliz, la lista. Escogieron los clásicos langostinos, un helado, salmón, Graves, Champagne frío. Pedro entró otra vez: las flores tardarían: eran muy difíciles de encontrar a tales horas. Sentose al piano desafinado, y le arrancó varios desacordes —así los calificó Nardita—. O’Neal le había enseñado música; su voz era fresca, de tenor, y Gelita, de codos sobre el piano, le oyó, encantada, entonar la Siciliana, de Cavalleria. Pero las pupilas de Pedro, al exhalar aquellos acentos de sensual y quemante pasión, se clavaban lucientes en el rostro de Narda, en sus cabellos de oro descolorido, en su boquita fresca y sinuosa, iluminada por el nácar de los dientecillos. Persuadido de que era una criatura fácil e indigna, no por eso la miraba con menos ilusión, resuelto como estaba a tratarla de tal manera, con tan ideal galantería, que la bonita imagen llegase a idealizarse en su alma con la pureza del sacrificio. «Quiero —pensaba— representarme que tengo cerca a una inaccesible virtud, rodeada de dificultades, de obstáculos, de vallas sociales. Quiero creer que para venir aquí, a favorecerme con su presencia, ha burlado la vigilancia, no sólo de un esposo, de una familia, de la servidumbre, sino de toda la sociedad, que rodea a la mujer y la acordona y sujeta a rigurosa inspección. Quiero creer que no sólo debo respetar su decoro, sino reconciliarla consigo misma a fuerza de cortesía, y resguardar su buen nombre, su fama intacta, con el más inviolable secreto. ¡Qué hermosa es! ¡Qué infantil gracia, qué cándido reír el suyo! Y lo que más me seduce: ¡qué divinamente se presta a mi capricho! Nadie dirá sino que ha vivido siempre en las más altas esferas sociales».

Entretanto, el mozo cubría la mesa con manteles blanquísimos, y la guarnecía de platos, cristalería, conchitas, menudos saleros. Un grueso ramo de rosas apareció por ensalmo. La esperanza de pingüe propina estimulaba. Sentáronse, empezando a despachar los entremeses. Narda dirigía preguntas a Pedro acerca de su nacionalidad, su condición, sus antecedentes, sus planes al venir a España. «A mí se me ha puesto en la cabeza —decía— que tú te propones buscar novia. Te presento a Zulima, que está a merecer. Se me antoja que la has dado flechazo… ». Una ojeada angustiosa de Arcángela contuvo a Narda. «¿No te dejas allá, en París o en Londres, ningún trapicheo?».

—Ninguno. Yo soy muy raro, y en esto del querer aún más… No me preguntes, hermosa Zoraida —tartamudeó Pedro—; adivíname, descíframe… Soy un loquito. Háblame sólo del momento presente. Tú eres española, ¿verdad? ¿Madrileña? Sírveme una copa de rosé…

Tomó Narda la garrafa donde reposaba el espumoso ya helado, y colmó la copa de Pedro, sirviéndose después otra, y llenando la de Gelita. Era el Niño, a pesar de sus viñas jerezanas, muy sobrio. O’Neal, que profesaba horror a la intemperancia inglesa, había acostumbrado a su discípulo al agua pura. Sólo toleraba bebidas ligeras, apenas graduadas, vinos poéticos, claros, blancos, que fluidifican y doran la imaginación. En su cerebro el picor del Champagne despertaba siempre un bullir de ideas grandes y hermosas; y el poquillo de borrachera —si tan feo nombre mereciese— exteriorizaba sus ensueños, sus quimeras, la belleza íntima de sus ideales. Con el Champagne, la palabra de Pedro era afluente, su acción caballeresca, su galantería apasionada. El vino no transforma: delata y nada más.

—Oye —le decía Narda—. Estamos enteradísimas de ti. Si hubieses mentido, te cogíamos infraganti. Nos llamaste la atención en Irún, y preguntamos aquí quién serías. Manolo Lanzafuerte nos dijo que eras un sobrino del fósil duque de la Sagrada, y que te llamas Pedro Niño de Guzmán… Por eso te diremos siempre Niño… ¡Nene, si te gusta!

—Magnífico —replicó Pedro—. Niño soy, y me parece que hasta la fecha no había empezado a vivir. Vosotras no podéis entender esto. Dentro de un rato, cuando nos hayamos despedido para no volver a vernos nunca…

—¿Tan mal nos quieres? ¿Tanto te estorbamos? —exclamó Narda.

—No, Zoraida mía, no… Porque me has arrebatado el corazón… porque me lo tienes entre tus deditos, por eso, por eso, desde mañana no he de acercarme más a ti. ¡Me matarías, tirana! Otra copa de rosé… Con ella me siento animado, capaz de deciros mil cosas. Compréndeme; interpreta mis manías; no te espantes de mis chifladuras. Has de saber, Zoraida, que yo todavía no he querido. Tengo bien cumplidos veinticinco años, y aún no puede alabarse ninguna mujer de costarme lágrimas… de quitarme el sentido como me lo quitas tú. Habré suspirado… sin saber por quién; por algo que yo me figuraba muy alto, ¿sabes?, en las mismas nubes… a los pies de la Virgen María. No creas que pienso yo que la vida no tiene más fin que enamorarse; pero ¡voto a… !, el que no se enamora nunca, es un pedazo de alcornoque. ¿Verdad, Zulima? Los ojillos negros de Zulima me dicen que tengo razón… Voy a servirte, Zulima; no quiero que estés tristona porque hago más caso a tu compañera… No seas envidiosa. Esto del querer…

Zoraida rió picarescamente.

—Consuélala, Niño, haces bien… Ésa es de la casta de los celosos…

—Yo también lo soy —declaró el Niño—. Es decir, lo sería si llegase a perderme… Y te participo, Zoraida, que o he de perderme, o no he de mirar más a ninguna. Porque, ¿van a parecerse a ti las demás? Imposible… Como tú señora de mis pensamientos, sólo hay una. Tú eres la que bajó de allí.

—¿De la roseta del techo?

—De la gloria… Por eso no he de verte más… Pero cree que siempre, siempre te conservaré agradecimiento… Siempre, cuando me acuerde de mi llegada a España… Bebe, Zulima, ¿te sirvo?

—No —respondió la joven lentamente—. Me duele la cabeza un poco. Ya me dolía hoy en el tren…

Un pisotoncillo de Narda quiso advertir a su prima: «No hagas caso. Si todo esto es guasa viva, mujer… ¿Vas a tomarlo por donde quema?». Pero Gelita, abatida, rechazó la copa de rosé.

—Sultana Zoraida —prosiguió Pedro—; yo tenía un depósito de amor que al verte… Créelo, vale más que no te vea. En el Casino he sentido encontrarte otra vez. Porque tú me sorprendiste indefenso; me cogiste descuidado… Pero ¿qué estoy diciendo? ¿Qué mayor honor, señora, que caer a tus pies? Como que eres la misma, la mismita que yo venía deseando descubrir… ¡Gracias, gracias por haberte aparecido!

—Efectos del Champagne… ¡Qué sandunguero!

—No lo creas, los meridionales nos embriagamos con agua. Maldita la falta que nos hace el vino. ¿Pero tú comprendes lo que digo, Zoraida? Puede que sí; puede que te expliques mis rarezas mejor que se las explicaría… una señorona. A ella no podría decirle así, con confianza: «Niña, al salir de aquí, si te he visto no me acuerdo». Esto es un sueño, el sueño de una noche de verano. Yo conservaré tu sombra… y… y huiré de tu cuerpo. Mañana dejas de ser Zoraida; eres… ¿qué sé yo? No me lo cuentes… Prefiero ignorarlo. Ahora… ahora, me vas a hacer un favor… que te pido rendidamente… ¿ves? —Y Pedro apoyó en el suelo una rodilla—. Da un beso a esta rosa… y después deshójala en mi copa de Champagne. No solicitaré otra cosa de ti. ¿Qué regalo más alto y suave se ha de pedir a una dama castísima e ilustre?… Es que esto es serio… muy serio, ¡vaya! ¡No concibo cosa más seria en el mundo!…

Capítulo 10. Mauricio cree ver

Mientras en el restaurant de Quebrantas pasaban estos lances poco verosímiles, en el Casino sucedía algo vulgar en la vida social, moneda corriente: un curioso arrimaba la mecha al montón de pólvora.

Era Gonzalvo de los infinitos investigadores de afición, amigos de saber y oler. En nada se parecía su curiosidad a aquella generosa y casi santa que impulsa al hombre de ciencia, al sabio, a chamuscarse las cejas y secarse el meollo por alzar una punta del velo que cubre los arcanos de la naturaleza. Ni menos era la curiosidad despierta y semicientífica del dilettante literario, a quien interesan el arte, la historia y de rechazo, como documento, las costumbres. Lo más pernicioso de la curiosidad de Gonzalvo es que degeneraba en erotomanía. Pertenecía al número de los que por sistema «buscan la mujer» y no conciben que exista mujer ni hombre sin intriga o lío más o menos complicado. Este tipo, en la Península Ibérica, es representativo de la raza. La pasionalidad africana y el epicureísmo latino se juntan para engendrarlo. No le hablasen a Perico Gonzalvo de móviles que no fueran sexuales; no le insinuasen siquiera que puede haber horas del día, sitios y personas libres del erótico duendecillo. Sin él no se explicaba Gonzalvo la política, la hacienda, la guerra, el arte… Verdad dije con él… tampoco se explicaba estas altas cosas.

No se crea que hombres como Gonzalvo son más enamorados que el resto del género humano; al contrario: no aman nunca; son enfermos, obsesos, maniáticos a su modo. Cree, por otra parte, este linaje de hombres que la preocupación incesante de la contravención al sexto mandamiento les da una autoridad, una malicia y experiencia respetabilísimas, y que, sabuesos del pecado, acreditan la finura de su nariz olfateándolo donde nadie lo sospecha. Tenía siempre Gonzalvo en estudio, como él decía, a una beldad de la Corte, y a imitación del inglés que seguía a Blondín para no perder la impresión de verle desnucarse, Gonzalvo, mariposón cítrico y terco, giraba alrededor de las que estaban en ocasión próxima de fragilidad, hasta que la caída se consumase y pudiese decir satisfecho: «Ya ha sucedido. A otra… ».

Desde un año hacía —desde que la Lobatilla patinaba con airosas vueltas sobre resbaladiza superficie—, Gonzalvo formaba parte de su corte, lo cual, mirado en cierto respecto, suponía especie de homenaje indirecto a la honradez de Narda —pues implicaba que no era todavía ángela caída— frase de Gonzalvo mismo. Divertíase este en presenciar el asedio de Íñigo Santa Elvira y Manolo Lanzafuerte, en oír los requiebros tártaros con salsa francesa de Mirovitch; pero sobre todo, le entretenían los recelos de Mauricio —recelos altivos, que no le impulsaban a coartar la libertad de su mujer, que ardían por dentro, en alternativas de rabia y de felicidad ciega; suplicio cruel cuyos estragos se le leían en el rostro—. «Ese buen mozo ya está estropeado… », decía Gonzalvo con la secreta complacencia de una inconfesable envidia. —Los hombres, entre sí, se perdonan la belleza menos que las mujeres—. Así es que cuando Narda y Gelita salieron del Casino colgadas del brazo de Pedro, Gonzalvo, al oír a Manolo y a Íñigo —los dos aspirantes— preguntarse con inquietud: «¿Con quién va la Lobatilla?», les sugirió instantáneamente esta diabólica idea:

—Puede que lo sepa il marito… Vamos a ver cómo le trata hoy el crimen.

Recordárase que «el crimen» había tratado a Mauricio primero rematadamente mal, después con benignidad portentosa, coincidiendo con la presencia de Pedro Niño en la sala. Mauricio, poseído de la honda superstición de los jugadores, llegó a fijar con vivos rasgos indelebles en su recuerdo la figura del que impensadamente le trajo aquel puñado de billetes, que no tardaría Narda en reclamar para derrocharlo. El casi satánico amor de Mauricio a su esposa era —no se engañaba Colmenar en esto— el móvil de su jugar desenfrenado. Parecíale amargo y humillante tener que rehusar a su Narda un capricho, una fruslería, una satisfacción vanidosa. Noches enteras se pasaba el desdichado ideando combinaciones para que saltase pronto una riqueza fantástica, y arrojarla a los diminutos pies de su mujer; porque creía —y esta terrible y triste creencia minaba su corazón y roía su alma— que el día en que no pudiese darla a manos llenas dinero, se verificaría aquello, el horror que era el fin de todo, el desquiciamiento de la bóveda celeste; aquello después de lo cual no quedaba nada, nada, sino los arranques de la desesperación… Como todos los que sufren a menudo profundas emociones, Mauricio tenía el alma elástica, y fácilmente recobraba el equilibrio, reaccionando y, saboreando el respiro que le daba la suerte. Hallábase —cuando sus amigos subieron a buscarle— en uno de esos raros momentos dichosos, y acrecentaba su goce el mismo esfuerzo realizado para contener el júbilo que le aligeraba y le hacía hervir la sangre en las venas. Sólo con mirarle conoció Gonzalvo que había ganado Mauricio, ganado mucho, lo cual redobló la trastienda de su picaresca malicia, sugiriéndole aquello de «desgraciado en el juego… ». Con festivo acento le interpeló:

—Buena racha, ¿eh?

—No ha sido mala… —respondió el conde de Lobatilla—. No he querido seguir, porque los pelaba demasiado. Y, ¿a que no sabéis en qué ha topado la suerte? ¡Si esto del juego es lo más raro!… Me ha traído la fortuna un extranjero, es decir, extranjero no parece… Uno a quien no conozco.

—Aprensiones… —murmuró Santa Elvira.

—No por cierto… Yo perdía un horror… Y viene aquel sujeto, y lo mismo es entrar él que volverse la suerte. ¡Un copo de trece mil, un bonito golpe!

—¿Era jorobado? —preguntó Lanzafuerte.

—Derecho y esbeltísimo… Moreno, un bigotito negro… Me gustaría saber cómo se llama…

—Y a nosotros también —respondió intencionadamente Gonzalvo—. ¿Vestía complet a cuadritos? ¿Una perla en la corbata? ¿Guantes de gamuza?

—Justo… ¿Le habéis visto? ¿Anda por ahí?

—Hace un momento sí andaba —advirtió Íñigo—. Pero ha salido del Casino en compañía de dos señoras.

—Hombre… ¿cuáles? Porque por el hilo…

—Sacarás el ovillo… —repuso Gonzalvo— ¡Y vaya si lo sacarás! Como que las señoras a quienes acompaña el forastero son muy conocidas para ti… Una de ellas se llama doña Bernarda Zárate de Noroña.

La expresiva fisonomía de Mauricio reveló vivo asombro, y casi instantáneamente, notando la expresión sarcástica de Íñigo, se veló con sombra de temor. Uno de los caracteres de la cruel enfermedad de los celos más innobles, pero más rabiosos —los celos materiales—, es la instantaneidad con que el celoso admite cualquier hipótesis denigrante y ofensiva. A uno de estos celosos le decís que la mujer que acaba de despedirse de él con el velo puesto, el rosario a la muñeca, para ir a misa, ha entrado derechamente en una taberna de los barrios bajos para encontrar allí a un torero a quien no conoce —y lo creerá sin titubear—. No hay para el infortunado celoso de esta clase valla entre la posibilidad y el hecho; la falta absoluta de la estimación en que otros amores se basan le hace concebir como natural lo absurdo, y concebido como natural, verlo realizado ya, con todos sus infames y repulsivos pormenores—. Mauricio sufría ataques agudos con triste frecuencia. Lo único que tranquilizaba un poco su enferma imaginación, era saber que Narda iba acompañada de Gelita. ¡Extraño caso! Como si el ser de Mauricio se hubiese partido en dos, quedando a un lado las buenas y nobles cualidades, a otro los instintos de la fiera pasional, había llegado a sentir por su ex novia cierta ternura, aunque a veces, excitado por las pullas de Borromeo, tuviese para ella frases satíricas y deprimentes; y el amor a Nardita, cada vez más infiltrado en la sangre, iba mezclado con un ulterior menosprecio imposible de definir, desprecio que era furia, y que hacía más frenética, más ardiente y devoradora la dicha maldita… La primer palabra del esposo fue preguntar a Íñigo:

—Y Gelita, ¿iba también?

—También… A las dos te las ha robado el forastero —respondió el rondador de Narda, asociándose tácitamente a la supuesta ofensa conyugal.

Mauricio se calmó. Poco había de durar el alivio. Lo extraño del caso volvió a soliviantarle, y fue rejón clavado diestramente esta frase del curioso Perico:

—¿De modo que tú no conoces poco ni mucho al que trajo la suerte y te sopla las damas?

—No… no atino… —tartamudeó Mauricio, que momentos después, practicando hábil maniobra, separose de sus amigos y huyó, bajando precipitadamente las escaleras de la terraza.

—Lleva la mosca en la oreja —dijo Gonzalvo—. Va a seguir a su mujer… Realmente es raro… ¿A dónde habrán ido? Porque, a estas horas…

En efecto, las dos señoras —cogidas en el engranaje inflexible de la vida desordenadamente metódica que se hace en esos centros donde todo el mundo se conoce y vive, por decirlo así, en colmena— de no estar en el Casino, tenían que estar en su casa; y ¿era lógico que Nardita se hubiese ido a su propio domicilio con un hombre a quien no conocía su esposo? Si no fuese porque Mauricio no era ningún pelele con quien impunemente se jugase, Gonzalvo se arriesgaría a seguirle a su vez… Pero Mauricio tenía dientes y uñas, y era suspicaz como un árabe cuando de su mujer se trataba; y la gran curiosidad de Perico Gonzalvo estaba templada, justo es decirlo, por la más exquisita prudencia y un discretísimo cariño al propio pellejo… Adoptó la sabia resolución de no moverse de la terraza, fiado en que a la postre todo se sabe, desde los tiempos de Lampuga, en que el diablo dio en chismoso…

Mauricio, libre ya de la opresión de la gente, detúvose un instante para rehacerse, para discurrir. Su primera hipótesis fue que alguna de las damas se habría indispuesto, y aceptaría, como sucede en casos tales, el brazo de un desconocido. Pero descartó este supuesto la certeza de que Nardita había echado con cajas destempladas a los de su zaguanete. Si hubiese indisposición, natural era que reclamase el auxilio de sus habituales acompañantes. Quitada la suposición de la enfermedad, volvió a presentarse la otra, la primera; aquel extranjero era alguien a quien Narda había conocido en Biarritz, y con quien tenía intrigas, coqueteos, inteligencia. ¡Dios sabe qué! Pero, ¿y Gelita? ¿Qué papel representaba en toldo ello Gelita? Con la rapidez y versatilidad de impresiones propias de los desatados nervios del celoso y del jugador, en un instante pasó Mauricio del mayor aprecio a Gelita a la suposición que más la infamaba. Es de advertir que por un lado la incorregible fatuidad del varón —mucho más fatuo que la hembra, por razones que sin esfuerzo se comprenden, porque las victorias fáciles engendran vanagloria—; por otro la muletilla de salón, que consistía en declararle verdugo a él y a ella víctima, habían engendrado en Mauricio un convencimiento íntimo y profundo de que Gelita, rencorosa allá en el fondo de su alma como toda mujer desairada, ni había podido resignarse al desaire, ni a que otra llevase el nombre de su antiguo novio. En ciertos momentos creía que Gelita, al mostrarse su aliada, disimilaba por orgullo femenil; y en otros la suponía dispuesta a una venganza, a gozarse en el desquite… El ascendiente de Borromeo sobre la joven era lo que prestaba odioso fundamento a tales sospechas. En un instante, la fantasía de Mauricio edificó sobre esta base el Alcázar de una presunción horrible. La ofensa a su honor venía tramada desde Biarritz, y Gelita se prestaba a encubrirla satisfaciendo así de una vez la atrasada cuenta de sus agravios…

Fue la primer providencia del celoso dirigirse a su casa. Era preciso comprobar que no estaban allí las dos señoras. Y no estaban, en efecto; el portero dio detalles: «Han pedido el coche, señorito, en el Casino, a las doce y media… ». El reloj de Mauricio señalaba las once. La estupefacción de ver confirmada su sospecha, la especie de vértigo que le producía el no inferir ni remotamente dónde podría esconderse Narda, le clavaron un instante en el umbral; y tan desencajado le vio el portero, que preguntó respetuosamente:

—¿Está malo Vuecencia?

Hizo Mauricio una señal negativa y salió a paso agitado, a la ventura… ¿Cómo había de ocurrírsele a él buscar a Narda en Quebrantas? Instintivamente se dirigió, sin embargo, al único sitio en que, fuera del Casino, podía encontrarse quien de su mujer le diese razón. Hacia los soportales de la Plaza fue sin darse cuenta de ello. Y la casualidad —extraña cómplice, o, más bien, enemiga jurada de los locos pasionales— le hizo tropezarse de manos a boca con el vejezuelo Ardoain, politiquillo local, recriado a la sombra protectora de don Servando Tranquilo, y educado en su escuela de servicialidad solícita y de calma chicha inalterable. Divisar a Mauricio y precipitarse a su encuentro, fue todo uno.

—Felices, señor Conde… Tanto bueno, señor Conde… Ya sabía yo que por aquí había de aparecer el señor Conde sin tardanza…

—¿Que lo sabía usted? —dijo Mauricio, aguzando el oído.

—¡Claro! Estando ahí la Condesa y Rafaelita… Porque me encontraba, como todas las noches, entretenido con mi taza de café y mis terroncillos de azúcar y mis periódicos… cuando llegan la Condesa y su prima… y un caballero muy fino… Iban tan aprisa, que ni tiempo me dieron a saludarles, a ofrecerme… Pero yo calculé: «¡Bah, van a refrescar a Quebrantas!», y ahora, al verle a usted, lo más lógico; viene usted a recogerlas…

—¿Que han entrado en Quebrantas? ¿Está usted seguro?

Y Mauricio, sin esperar respuesta, sin despedirse del viejo, se lanzó al restaurant como una bala. El corazón le estallaba, las sienes eran dos fuelles de fragua, doblábansele las rodillas… Un mozo quiso detenerle, pero él le arrolló, profiriendo interjección brutal. Y subió, y entró en el saloncillo —en el crítico momento en que Narda, entornando los ojos, entreabriendo los labios, deshojaba la rosa a petición de Pedro.

En momentos tales, casi siempre la violencia del sentimiento contiene la acción. Rara vez el celoso que cree haberse cerciorado de su desventura empieza por entregarse a extremos terribles. Hay un período de inmovilidad, que hasta remeda la calma, la sangre fría. Y aquél de los actores del drama que conserva suficiente lucidez, aprovecha el momento rapidísimo para dominar la situación. Esta persona, hay que decirlo, fue Narda. Mientras Gelita se ponía más blanca que el mantel y se levantaba sugestionada poe el espanto; mientras Pedro, atónito, se ponía en actitud defensiva esperando lo que hiciese el aparecido, en quien reconocía a su jugador; mientras Mauricio era estatua, Nardita, dirigiéndose a la puerta y llegando hasta casi rozar a su esposo, sin miedo a que, despertándose de repente, la hiciese trizas, le interpeló con el aire más natural y la más afable dulzura:

—¡Gracias a Dios! Nos faltabas para la partie carrée… Ahora sí que vamos a pasarlo bien, Mauricio… Ven, ¡que te presente a nuestro primo Pedro Niño de Guzmán!…

Y volviéndose hacia Pedro, cuya fisonomía expresaba asombro, confusión, vergüenza:

—Pedro, este es mi marido… ¿A que no pensaste conocerle así?

Capítulo 11. Proyectos

A la mañana siguiente, muy temprano, despertó a Pedro —que bahía dormido mal, con sueño agitado, en su cuarto de la fonda— la visita de Borromeo, el cual se fue derecho a su cama y le soltó un cariñoso abrazo. Cuando el Niño pudo mirar a su madrugador visitante, costole trabajo refrenar un movimiento de pena. ¿El Borromeo Noroña, el misántropo que tan bien escribía, que tanta inteligencia revelaba, era aquel ser enteco y contrahecho, lastimosa caricatura de hombre? Creyó ver uno de los enanos de Velázquez; pero la mala impresión transformose al punto en generosa lástima. Borromeo advirtió lo que pasaba por el espíritu de mi primo, y quiso echar a broma la aflictiva realidad.

—Veo que mi facha te enamora… No hagas caso… ¡Ya sabes que me llamo Gentileza! La naturaleza ha sido madrastra conmigo. Con Mauricio derrochó y ya no quedó migaja para el segundo. ¿Piensas que no me conozco? ¿Pero qué más da? Periquín querido, hermano mío verdadero, ¿qué ha pasado anoche? ¿Con qué pie entraste en España y en nuestra familia?

—El pie izquierdo —respondió Pedro saltando de la cama, vistiéndose pantalón y un ligero batín, y correspondiendo a las afectuosas demostraciones de Borromeo con expansiva cordialidad—. Lo sucedido es algo que no me explico todavía. Para broma la encuentro pesada; para veras sería incalificable… ¿Qué te diré? Lo cierto es que, en veras o en broma, he desempeñado un papel ridículo: verdad que empecé desde la frontera misma… Ya he resuelto marcharme enseguida de aquí, así que visite a tu padre, cumpla mis deberes de cortesía y arregle cierto asunto…

—¿Estás loco? —exclamó Borromeo… —. No te exaltes… Yo he venido a abrirte los ojos, a que veas claro, a que comprendas… Soy tu amigo, soy el que te esperaba… ¿Por qué no me avisaste anoche para recibirte en la estación? Se hubiese evitado todo…

—Té diré… Ha sido puro capricho… Romanticismos, tonterías… Me gustaba hacer contigo lo que tú haces ahora conmigo; sorprenderte. Al acercarme a España, me pedía el alma cosas imprevistas, libertad en el proceder, extravagancias si se quiere… A eso se debe mi grotesca aventura de anoche.

—No te acuerdes más de ella. No tiene importancia, y te lo demostraré —declaró Borromeo—. ¿Llamo para que te sirvan el desayuno?

El Niño dijo que no con la cabeza, y desnudando el torso y tomando una esponja, la saturó de agua fría y se la echó por la nuca y por el pelo, secándose después reiteradamente. Lavose con cuidado las manos, y más despejado y fortalecido por las abluciones, volvió a sentarse frente a su primo que le contemplaba cariñoso, impaciente por hablar.

—Ríete de esa emboscada en que caíste— repitió apenas se encontró Pedro dispuesto a oír—. Una locuela y un insensato no deben echarte a perder la venida a España. Aquí te esperan novedades… Ya verás… ¡Ya hablaremos largo y tendido!

—No culpo a nadie, sino a mí —respondió el Niño con cierto abatimiento—. Lo que en la esposa de Mauricio fue inocente y graciosa humorada, en mí constituyó sandez y desatino. ¿Cómo pude tomarla por… por lo que la tomé? ¿Quién no veía en ella a la dama, a la mujer fina? Sólo un mozo sin experiencia ni mundo, como yo soy…

Borromeo, enarcando las cejas, volvió a protestar.

—¡Pero, hijo! —exclamó—. ¿Es posible que digas eso? Tú no tienes de culpa ni tanto así. La tiene Narda, que te conocía perfectamente y se complacía en representar esa farsa indecorosa, llevando de comparsa a un angelito de Dios, a Rafaela, que habrá sufrido todo el tiempo clavos, azotes y cruz. A bien que, por su mismo candor, Rafaela no entendía la trascendencia de la broma estúpida… ¡No me hables, porque la indignación me rebosa! La chanza ha sido género Narda puro y neto, estilo de los botarates que la rodean y de las casquivanas con quienes se junta en Biarritz y en Madrid… Gente sin pudor ni decoro, hampa aristocrática, que se llama la crema y debiera llamarse el queso con gusanos… ¡Qué peste! ¡Remedar el descoco, jugar a la sinvergüenza, divertirse en parecerse a la hez de la sociedad!… ¡Cuando pienso! ¡Y ese hermano mío que no la mete en las Arrepentidas, que no se va con ella a la dehesa de Fonrubia, a encerrarla donde no escandalice! ¡Cómo dominan las pasiones, cómo fascina una mujer artificiosa! ¡Pensar que Mauricio, un Noroña, se pasa la noche jugando para satisfacer los antojos de esa calamidad!

Escuchaba Pedro impaciente, con visible estremecimiento colérico. Al fin notó Borromeo, y se detuvo. Los ojos del Niño ardían.

—No me gusta —dijo conteniéndose— oírte hablar así de tu hermano y de su mujer. No me presto a tal conversación. No te creo. Estás ciego; estás exaltado. Repito que yo he tenido toda la culpa de lo ocurrido anoche.

—Veo que me equivoqué, al creer que podía usar contigo franqueza de hermano…

El acento triste de Borromeo produjo su efecto. Esta vez fue Pedro quien echó el brazo al cuello de su amigo.

—Háblame como a un hermano, sí —respondió con uno de esos bellos movimientos de alma, espontáneos, que sólo tiene la juventud—. Yo también estoy aislado y carezco de verdaderos afectos. Una de las cosas que me han traído a España, ha sido el deseo de verte. Nuestras cartas… tus cartas, son mi único alimento desde hace algunos meses. La persona a quien quise más… la he perdido.

Conmoviose Borromeo, y por disimularlo bromeó.

—Verme, no es plato de gusto… Oírme, por lo visto, tampoco… En fin, Pedro, yo aspiro a que se borre de tu memoria el suceso de ayer; que vengas a mi casa, que estés en ella como en la tuya propia. Hay allí algo que puede compensar todos los desencantos; algo que es tu felicidad segura. Ya adivinarás que hablo de Arcángela. ¡Alma purísima, de otros tiempos distintos de estos infelices en que nos tocó vivir! La fatalidad, la mala compañía, la arrastra a veces; pero, ¡cómo lucha! Lo habrás notado anoche; la habrás visto en un potro… De seguro —no la he hablado aún—, de seguro padeció agonías mortales.

El Niño, a estas palabras de Borromeo, se dio cuenta por primera vez de que, en efecto, Arcángela parecía a ratos agobiada de pena. Había reparado tan poco en ella… Casi nada. Le sorprendió comprobarlo.

—Puede ser —respondió—; no me enteré. Como no sabía que se trataba de Arcángela…

—Fíjate en ella… —repuso Borromeo—. Y no porque la encuentres al lado de quien la encuentras y en remolinos sociales contrarios a su índole y modo de ser, juzgues injustamente a esa criatura. Rafaela es en mi casa iris de paz… Si no fuese por Rafaela, yo ya no viviría bajo las mismas tejas que mi padre. No tendría estómago ni paciencia para sancionar… En fin, pues no permites que hablemos de esto…

—Mejor será —declaró Pedro, volviendo a ponerse tosco.

—Pedro de Rafaela me permitirás que te diga…

—Tampoco me gusta esa conversación… Carlos, dejémonos de mujeres. ¿No te parece que un español que vuelve aquí después de educarse allá tiene otros problemas a que dedicar su atención? He sido castigado por caer en la vulgaridad de buscar en España, ante todo, la aventura, el enredo, la comedia de capa y espada. Mi patria debe ofrecerme algo más, algún empleo para mis fuerzas, algún objeto para mi actividad de hombre joven y de buena intención. Dejemos a la suerte que me depare, cuando llegue el caso, la mujer, si es que debe deparármela… En este momento —y el Niño se levantó y empezó a pasear como león enjaulado—, si sueño con alguien es con España. ¿Qué haré para conocer, y servir a la que desde ahora declaro señora de mis pensamientos? Y digo para conocerla, porque, a la verdad, por ahora se me figura que no estoy en ella todavía. Este pueblo, el Casino que vi anoche, el maldito restaurant… no corresponden a la idea que de España he solido formarme.

—Te sobra razón —declaró Borromeo—. Este es un pueblo ridículo, snob, afrancesado hasta las cachas. Trapos, vanistorio, holgazanería… por lo menos durante el verano…

—¿Y Madrid? —preguntó el Niño—. ¿Madrid será una ciudad neta y castiza?

—¡Quia! —respondió Borromeo—. ¡Madrid! ¡Buen hato de perdularios está Madrid! En aquella anárquica confusión vienen a juntarse los chupones políticos, las sanguijuelas flacas y gordas, todos los que pintan figura, los perdidos al alta escuela y las perdidas almizcladas. Aquello es el pandemónium de las miserias del país. El pueblo achulado, el señorío encanallado… Ahí tienes a Madrid. Me siento Nerón para aplicarle un fósforo, después de rociarlo bien con petróleo.

—Según eso, ¿tampoco Madrid es España? —preguntó Pedro de buena fe.

—Tampoco… España hay que buscarla… en otro lado. Sobre todo, en provincias… Verdad que también estas van perdiendo su carácter y su fisonomía tradicional e histórica, poética por consiguiente. Sin embargo, internándose bien… penetrando en los lugares, en las aldeas, huyendo de la parte fabril e industrial, de todo lo que la manoseada civilización y el ordinariote e infernal progreso han contaminado… podríamos llegar al corazón de España. ¡Aún están en pie las murallas de Ávila, las agujas de la catedral de Burgos, los claustros de Salamanca, el templo del Pilar!

Pedro, dando tormento a su juvenil bigote, reflexionaba.

—¿De manera —preguntó— que lo único vivo en España son los muertos?

No respondió al pronto el fogoso apologista de la España vieja: le había sonado a crítica objeción lo que el Niño decía con sorpresa, pero sin malicia alguna, sin intención polémica —ajena enteramente a su espíritu leal—. Por otra parte, aquel modo de ver de Borromeo, aunque le extrañaba, en el fondo le era simpático. Parecíase bastante al de O’Neal, con la única diferencia de venir más impregnado de pesimismo. De todas maneras, era el concepto romántico de España —su concepto propio.

—Los vivos —declaró Borromeo por fin—, los vivos están difuntos, por no parecerse a los muertos, por no imitar sus virtudes y su fe. ¡Por haberse disfrazado de mamarrachos al estilo moderno!

—Y ese disfraz a la moderna —insistió Pedro—, ¿en qué consiste? ¿Se conserva debajo del disfraz la España de otros días, o ha desaparecido? Comprendo que por muchas explicaciones que me hagas, no voy a entender si yo mismo no me cercioro. Hay un problema que me da infinito en qué pensar. Si España se ha modernizado, ¿cómo es que no tiene carácter ni condición de nación europea, en el sentido progresivo de la frase? Si está como antes, ¿de qué os quejáis los que la deseáis inmutable y fija?

—Está como antes… y no esta —repuso, no sin algún embarazo y dificultad, Borromeo—. Han penetrado aquí las cursilerías, las malas artes, las soflamas y las corruptelas de afuera: los imbéciles tan pronto piensan en francés, como se guillan y se vuelven anglófilos…

—Pero la cultura real, profunda, intensiva de esos países, ¿ha logrado comunicarse a España? —preguntó Pedro—. Sería lo único que importase. La nata, la médula de ciertas grandes naciones ¿se ha importado aquí? ¿Se sabe siquiera en qué consiste?

—No, por fortuna —respondió secamente Borromeo—. La nata ajena no nos conviene. ¡La nuestra era mejor que todas!

—Y aquel sentimiento antiguo, tan bello, del honor castellano, ¿se acabó… o dura? ¿Anima a los españoles todavía?

Soltó Borromeo una carcajada sardónica, acerba.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué sé yo dónde estará!

—¿No lo conservan las altas clases?

El pesimista se encogió de hombros.

—Las altas clases… lo peorcito de la casa, Niño. Yo puedo decirlo, porque… ¡porque no nací detrás de un mostrador! Teníamos el deber de servir de modelo… y servimos de piedra de escándalo. En nosotros una acción baja es doblemente censurable y afrentosa. ¿Qué obliga, si no obliga la nobleza?

—Tienes razón —dijo el Niño—. Nos incumben grandes deberes… Por eso yo quiero servir de algo, hacerme útil, ayudar a que España recobre su puesto…

—Pues dilo, y te pondrás en evidencia, y serás un bicho raro, un ser caído de la luna. Antaño, de las altas clases salían las dos profesiones más elevadas por su fin: el clero y la milicia. Hoy, los nobles redimen sus hijos a metálico, consideran a sus capellanes menos que al jefe de cuadra o de cocina, y después se quejan de que ni el ejército ni el clero calcen los puntos que deben calzar. Esas dos profesiones quieren ideal. Ni fe ni amor patrio: ahí tienes el cuadro en fondo negro.

—Entonces, aquí lo único sano será la clase media.

Carcajada de Borromeo, con sabor a hiel.

—¡La clase media! ¡Pues si de ahí viene la podredumbre! Enriquecida por el expolio de los bienes de la Iglesia; engreída ridículamente con los títulos nobiliarios que prodigaron a banqueros y mercachifles los políticos, con anuencia de los reyes; idólatra del dinero, pervertida y prevaricadora… ¡Santo Dios! ¡La clase media! Yo creo que ahí está la fuente de todos nuestros males!

—¿No queda entonces sino el pueblo?

—¡Ah! —exclamó Borromeo con llamarada de entusiasmo—. ¡El pueblo, sí! Los sencillos, los idiotas, los infelices… de ahí, de ahí esperamos que surjan de nuevo las energías, las creencias, la sinceridad, el patriotismo. ¡El pueblo! ¡Que nos invadan, y se verá de lo que el pueblo es capaz! Oro puro de conciencia, acendrado por el temor de Dios; resignación, virilidad… ese es el pueblo de España.

—¿Vives tú mucho con el pueblo? —preguntó el Niño con esa lógica directa que sólo los verdaderos niños gastan.

—No… Yo salgo poco de mi casa… Yo, por mi género de vida…

No se atrevía a decir el pobre contrahecho, sobrecogido por la franca pregunta, el verdadero motivo de que jamas se rozase con sus ensalzados humildes. Y era que ese pueblo, al cual falta la educación social, que suple a la generosidad, suele mofarse sin rebozo o compadecerse a voces de los defectos físicos. Precisamente porque vivía tan lejos del pueblo tenía de él esa idea optimista.

—Pues es preciso que nos acerquemos al pueblo, que lo estudiemos —declaró el Niño—. Acaso en ese protoplasma encontremos los residuos, las formas primitivas del varonil honor, que creó los héroes castellanos. Quizás en él sorprendamos las raíces de los sentimientos que engendraron aquellas figuras de santos españoles, tan admirables, tan heroicas. Dime, Carlos —preguntó con misteriosa emoción el Niño—, ¿crees tú que hay ahora santos?

—Santas, sí. Arcángela lo es —respondió convencido Borromeo.

Pero el Niño sonrió. No concebía la santidad con casaca de terciopelo anaranjado, riendo y bromeando en la estación de Irún. Después de una pausa, dijo vivamente:

—Apenas cumpla mis deberes con tu padre, nos iremos a viajar por España. La recorreremos toda. Buscaremos dónde late su corazón y nos reclinaremos en él. Tú te vendrás conmigo; tú harás el favor de acompañarme. ¿Verdad que sí?

Borromeo, sofocado de placer, aceptó.

Capítulo 12. La leyenda del Cristo

La resolución de partir sosegó algún tanto a Pedro. Vistiose, salieron y fueron derechos al palacete de la Sagrada. Sólo encontró visible al Duque. Mauricio sin duda descansaba de las violentas impresiones de la víspera; ni él ni Bernarda habían asomado la cabeza fuera de sus habitaciones, y Arcángela, quejándose de una recrudescencia de la jaqueca, tampoco se presentaba, ni pensaba almorzar en el comedor. Mostrose el tutor con su pupilo sumamente expansivo y paternal: ¿por qué no se traía las maletas? ¿Por qué, a lo menos, no comía allí? Que no hiciese caso de chiquilladas; que no se amostazase por una broma… Menos había que tomar en serio a Mauricio… —y afincando el dedo índice en mitad de la frente, quiso significar que su primogénito tenía vena de loco—. No sabía el Niño qué responder. Confuso y avergonzado, sintiendo que el rostro se le enrojecía, limitose a abreviar la entrevista cuanto permitió el respeto, y a rogar a su tío que considerase aprobadas las cuentas de la tutela sin examen. A los reiterados convites de don Gaspar, que estaba transportado de gozo, sólo respondió con cierta sequedad involuntaria:

—Gracias, tío. Soy, muy raro yo; me gusta andar solo… o casi solo. Si usted me lo permite, hoy me llevaré a Borromeo para que me acompañe. También le he suplicado que se venga conmigo a un viaje que pienso hacer.

Al salir del palacete, Pedro, asaltado por los recuerdos de la víspera, se detuvo un instante al pie de la escalinata. Impulso que no sabía definir le hizo fijar los ojos en las ventanas del piso alto. En una de ellas, al través de las cortinas, se divisaba un bulto, como figura de mujer. Cortósele la respiración al Niño, y se verificó en él un fenómeno que, si por usual y frecuente no llama la atención, merecería análisis: y fue que los sueños que había tenido durante toda la noche, y olvidado completamente al despertar, se evocaron entonces, precisándose y tomando cuerpo. Las brumas adquirían forma, lucidez repentina iluminaba la conciencia del mozo; el blanco fantasma que sus brazos habían estrechado afanosamente en medio de la inconsciencia y vaguedad del ensueño, era sin duda el mismo que ahora, con latido súbito del corazón, entreveía al través del bordado y espeso tul del cortinaje… Corría aún por sus venas el calor de su alucinación nocturna. Hizo un movimiento de cólera, de indignación contra sí mismo, y corriendo, más que andando, huyó de aquel jardín y de aquella casa. «Me iré cuanto antes de este pueblo —pensó— y es para mí ley, punto de honra, apartarme para siempre de la mujer que ejerce sobre mí tal atractivo». Y sin el falso escepticismo, sin la estólida risilla que el solo pensamiento de acto semejante hubiese producido en cualquier mozo educado en España, añadió para sí Pedro: «Y a la primera ocasión me confesaré… ».

Almorzaron Borromeo y él juntos, y a la hora del café, después de haber tomado el fresco en la terraza, convinieron en que al día siguiente emprenderían su viaje por los andurriales en busca de España —de la genuina y auténtica—. Trazaron itinerarios, estudiaron guías, discutieron, formaron planes humorísticos, gratos, originales… Gentileza, sin embargo, a veces se quedaba ensimismado y absorto; no podía dejar de pensar en Rafaela, sabiendo que estaba enferma y encerrada en su cuarto, y no habiendo conseguido cruzar palabra con ella desde el incongruente y mal deslindado suceso del restaurant. La viva simpatía que entre el Niño y su primo había creado la correspondencia, afirmose más en aquel segundo coloquio; Pedro ya no advertía la yerta sensación del aislamiento; las singulares ideas de Borromeo, sus teorías peregrinas a veces, le deleitaban como deleita un espectáculo nuevo, fresco, raro. Guiado en sus juicios, sin poder evitarlo, por las contadas pero fuertes emociones sufridas desde su reciente llegada a tierra española, Pedro daba la razón a su primo: lo dañado, lo corrompido aquí, son sin duda alguna las altas clases, la gente acaudalada, la aristocracia, la plutocracia, los poderosos de la tierra. Hay que buscar a España en el pueblo —en lo que llamaron los griegos idiotas—. Linda descripción hizo Gentileza del español humilde, tomando por asunto la pureza de costumbres y la fe recogida y noble, austera y cristiana, de la raza éuskara. Empapado en la lectura de Trueba, pintó la paz, el amor, la inocencia, la castidad de los hogares, lo sincero y elevado de las creencias, todo embellecido por la poesía ambiente, las graciosas costumbres, el paisaje con sus valles repuestos y sus montes bravíos y sombrosos, el blanco campanario, la casa agazapada al pie del venerable árbol, como zurita en su nidal… «Aquí residen en paz, aquí tranquilos sueñan su vida», repetía con entusiasmo, sonroseándose sus demacradas mejillas, Borromeo. «Y no necesitan para nada el progreso; son enemigos de novedades, por lo mismo que son sanos y robustos, y saben que en el mundo, como dijo el sabio del Eclesiastés, no existe cosa nueva que no sea vanidad de vanidades. Su ignorancia es la suma ciencia; su sueño no es embotamiento ni modorra; es intensa corriente como de agua, que va más honda allí donde parece más dormida. Déjenles a estos pobres de espíritu su calma, su sosiego; no les rompan la cabeza con reformas, innovaciones, adelantos… Créelo, mi querido Pedro; la gran fuerza de la gente española consiste en haber sido constantemente refractaria al culto de los Baalines del progreso y no haber consentido que mezclen al bálsamo que le conforta veneno de paganismo… No supongas —añadía Borromeo— que estas ideas son tan estrafalarias, ni que sólo las profeso yo. Bastantes piensan de esta suerte, y si nos reuniésemos los que no queremos que España cambie, los que la deseamos estacionaria y en su perenne hermosura de estatua enterrada a varios metros de profundidad en el suelo y velando su pudor bajo una capa de tierra, seríamos mayoría, no lo dudes… Conozco gente de talento, de muchísimo talento, que ha estampado y defendido elocuentemente esto mismo, y a quien nadie supo rebatir. ¡Ojalá pudiésemos volvernos a aquella hermosa Edad Media, llena de consoladoras visiones, tiempos áureos para el pueblo que trabaja, ora, cree, espera y duerme! Sí, Niño mío; el progreso… una superstición como las demás que se han combatido en su nombre. ¡Progresar! Cuando se ha llegado a la meta del bien y de la felicidad posible, como este vigoroso pueblo vasco, progresar sería retroceder, sería caer en el abismo.

Nació en Pedro el deseo de recorrer, por la tarde, paseando en compañía de su amigo, algún trozo de campo, poblado de seres que atesoran la perfección moral posible y no apagan nunca la lámpara de la fe. Convínose en que el objeto de la excursión fuese el santuario de Lezo, al cual se llega tomando el tranvía hasta Rentería, y caminando después corto trecho por bien cuidada carretera. Al dejar el tranvía que tan pintoresco camino recorre, salió al encuentro de los dos primos un viejecillo, que se bajaba en el mismo punto y reconoció a Gentileza y le saludó con efusión extremada, incorporándose al grupo. Era aquel Ardoain, de la mesnada de don Servando, que bajo los soportales de Quebrantas, la noche anterior, había dado a Mauricio nuevas del paradero de Nardita. La extrañeza que podría haberle causado la actitud de Lobatilla en tal momento, se disipó al reconocer, al lado de Borromeo, al mismo joven forastero que acompañaba a las dos señoras «Sin duda pariente o amigo íntimo de la familia del Duque», pensó el servicial tranquilista.

—¿Van a Lezo? —preguntó—. ¿A que el señor vea el famoso Cristo? Me junto a ustedes… y no me lo agradezcan, porque es mi camino; a Lezo iba yo también; tengo que hablar con el cura y con varios amigos de allí, a cansa de una trapisonda ocasionada por las últimas elecciones… No pueden figurarse lo duros de pelar que son los indígenas. Batallo con ellos a brazo partido, y ni por esas… En fin, hemos de ir reduciéndoles.

—Pero, ¿se preocupan de política mucho? —interrogó Pedro sorprendido.

—¡Pchs! —repuso Ardoain— de alta política, no; de la menuda, sí, a toda hora. Cada casa es un foco de intriguillas… Quién por Nocedal, quién por don Carlos, quién por la República, quién por el Gobierno… o mejor dicho, por los intereses particulares que para cada uno representan estos nombres. Y no crea usted; en el fondo, si descarta usted los fueros, no se les da pizca de nada… Pero las elecciones son reñidísimas en todas las Provincias, y reñidísimas tienen que ser porque se dispara con bala de oro. Hay elección aquí que cuesta cientos de miles de duros, y algunas vidas humanas. ¿A usted le parece que esto es un paisajito de abanico? Arañe usted, arañe usted y lo verá convertirse en cuadro de batallas… ¡No es oro todo lo que reluce!…

Pedro, atónito, miró a Gentileza; el contraste casual entre la descripción de Ardoain y el idilio de Borromeo era tan fuerte, que se diría que el adicto de don Servando lo había oído y quería presentar al forastero el reverso de la medalla optimista, la vulgarísima realidad…

—¿Van ustedes a ver el Cristo? —preguntó, variando de tema al observar el silencio de los dos primos—. No sé si a estas horas encontraremos al tuno del sacristán, pero si no se halla en la iglesia, yo haré que le busquen aunque sea en los profundos. El Cristo merece la pena; es una escultura preciosa.

Al llegar al atrio de la iglesia, viéronse confirmadas las previsiones de Ardoain: el sacristán no estaba allí. Precipitadamente, en su afán de hacerse útil, disparose Ardoain a traer al rapavelas, como él decía, y Pedro y Borromeo, sentados en el pretil del atrio, esperaron a que la puerta de la iglesia se franquease. Llegó el sacristán en volandas, era un mozalbete flaco, consumido, que abrió con familiaridad y con el mismo indiferente desparpajo echó un fósforo y encendió las dos velas del altar y una palmatoria, elevándola para que los visitantes pudiesen contemplar a gusto la veneranda efigie.

Pedro, desde el primer instante, se sintió fascinado. Sus ojos se clavaron, atraídos por magnética fuerza, en el Cristo. Parécese este, como un hermano a otro hermano, a los demás Cristos milagrosos de España, que ya en las espléndidas catedrales, ya en los recónditos santuarios, imponen la oración y sugieren una especie de terror misterioso. Pero Pedro no había contemplado ninguno; desconocía esa representación tan típica de la fe ibera; los grabados y las fotografías —si llegaron a sus manos— no pudieron revelarle cómo se unen las líneas y el color para prestar a los Cristos españoles la acción terrible que ejercen sobre los sentidos, y al través de ellos sobre el espíritu. La escultura fuertemente realista, el colorido expresivo y sombrío, dan por resultado una impresión que, sin ser estética a lo pagano, engendra la belleza del sentimiento profundo y del romanticismo religioso. El Niño, embargado de terror, cayó de rodillas ante el Cristo, cuya lívida faz, crispada por la agonía, medio velaban con denso manchón los negrísimos cabellos naturales, lacios, finos —cabellera de mujer ofrecida en exvoto—. A la amarillenta luz de los cirios, que luchan con la escasa claridad del día, el Cristo aparece semivivo; sus miembros, contraídos por el dolor, dijérase que van a desprenderse, en supremo esfuerzo, de la cruz. Sus labios cárdenos se entreabren; sus mejillas hundidas relucen al humedecerlas el llanto y el sudor de la congoja; su pecho se alza y deprime en imperceptible angustiosa respiración… Tal se le figuraba a Pedro, que aterrado ante la tragedia de Jesús en el patíbulo, permanecía en la misma postura, sin fuerzas ni para murmurar el rezo… Borromeo, acostumbrado a ver Cristos, estaba respetuoso, pero de pie; Ardoain, familiarizado con la santa efigie, daba órdenes, hacía elevar más por medio de una escalerilla a que el sacristán trepaba, la palmatoria, a fin de que se viese mejor el divino y afrentado rostro… Y cuando Pedro, no sin esfuerzo, se hubo incorporado, díjole confianzudamente:

—Aquí le tienen mucha devoción a este Cristo. Veo que usted le ha rezado, ¿eh? Supongo que le ha pedido alguna cosa… ¡Los jóvenes!

—¿Los jóvenes? —repitió con extrañeza Pedro.

—¡Ah! —intervino Borromeo—. Te lo explicaré: a los pies de este Santo Cristo, ¡verás qué cosa más poética y bonita!, vienen los enamorados, trayendo velas de cera, a solicitar verse unidos antes de un año con la persona a quien prefieren. En el país es tradición que el Cristo nunca deja de cumplirles el deseo. Se considera como una especie de pacto entre la efigie y los que la imploran. Los incrédulos llamarán a esto superstición, porque no comprenderán lo que tiene de hermoso poner las aspiraciones más íntimas bajo el patrocinio de lo que se venera más, y ligar, por decirlo así, la voluntad divina a un impulso extraordinario y vehemente de la pasión humana…

El Niño escuchaba a su primo temblando. Bajo el influjo de la impresión que la vista de la efigie le causaba; leía en sí mismo, y conseguía interpretar lo no descifrado antes. ¡También él, al caer de rodillas ante la imagen, esperaba, sin saber qué, pero algo extraordinario, de lo que no puede realizarse natural y humanamente, y requiere l a intervención de una fuerza desconocida!… Ligero escalofrío recorrió las venas de Pedro. Ardoain, completando las noticias de Borromeo, tomó la ampolleta.

—No le diga usted a esta gente que puede fallar la palabra del Cristo. Es cuestión en que llegan al extremo de la lógica… absurda, de ellos; allá de sus maneras de ver, que son rarísimas… El señor Vizconde, mi amigo, todo lo pinta muy hermoso tratándose de aldeanos; pero vamos, que si anduviese entre ellos por necesidad, como un servidor de ustedes… acaso mudase de parecer. Más dura tienen la cabeza que un guijarro, y como se les meta en la chola una barbaridad… Vamos, ¿quieren ustedes oír un caso reciente, que se relaciona con el Cristo? Pues sepan que un mocetón de una parroquia muy próxima a Lezo estaba enamorado de una mujer casada… y ella le correspondía al mozo… con platonismo. Persuadidos de que el amor todo lo alcanza y todo lo excusa, no se les ocurrió nada mejor que venirse al Cristo con su provisión de cera, y dirigirle la acostumbrada súplica; pretendían verse unidos al cabo de un año, y disfrutar después otro año de felicidad. Salieron de la iglesia con tales ilusiones, que al día siguiente, entre los dos, dieron muerte al marido, sorprendiéndole en un monte cuando regresaba a su casa. Y, en efecto, al año se casaron, y vivieron un año casados, sin asomo de remordimiento. ¡Como que les parecía haber hecho la cosa más natural! ¡Vaya! ¡Suponían que estaban de acuerdo con Dios! Y lo que les confirmó en tal creencia, fue que transcurrido el año cabal, la justicia, no se sabe cómo, olfateó quiénes eran los verdaderos autores del crimen, y les echó el guante y los envió a cadena perpetua… Aceptaron el castigo sin protesta, diciendo que, pues el Cristo había cumplido su palabra concediéndoles un año de ventura, justo era que lo pagasen.

La horrible leyenda dejó mudos a los que la oían. Pedro, turbado, volvió a fijarse en el rostro del Cristo, velado por la melena de cabello natural, que tan violenta ilusión de vida causaba. Los labios del Crucificado, amoratados, entreabiertos, tenían expresión de suprema piedad y de dolor infinito… Borromeo, rompiendo el silencio, exclamó no sin cólera y disgusto:

—¿Sabe usted que la historia me parece una patraña?

—Pues no lo es —replicó con calma Ardoain—. Si desea usted pormenores y enterarse de los incidentes de la causa… cuando guste. El señor Vizconde —añadió dirigiéndose al absorto Pedro— nunca quiere creer nada malo de los destripaterrones. ¡Si tuviese que lidiar con ellos! Los siete pecados capitales no se inventaron para los señores. ¡Esta gente, además, vive esclava de la superstición!

Mientras decía esto el práctico y sagaz vejete, hacía seña al sacristán para que corriese la cortina de tafetán bermejo que cubría la efigie. Pedro, que no apartaba de ella la vista, vio desaparecer tras una especie de nube roja el semblante divino, la negra cabellera, el cuerpo martirizado, la efigie patética del Redentor. Su fantasía le sugirió que se velaba de sangre, y una alucinación le mostró rojas las paredes, rojo el altar, rojo el pavimento de la sencilla iglesia… Salió precipitadamente al atrio; quería respirar, sacudir la extraña pesadilla. Al apoyarse en el pretil siguió viendo la misma niebla sangrienta: era el Poniente que se incendiaba y se vestía de una púrpura obscura, listada de plomo; una de esas puestas de sol de las regiones del Norte, que se dejan atrás a las del Mediodía en dramático esplendor. A tal hora del día, los menos propensos a la contemplación sienten algo que penetra el alma. El Niño recostó la frente en una mano y meditó: se miró por dentro, estremeciéndose de lo que creía notar. En la leyenda del Cristo había encontrado, insidiosa y violenta, la fórmula de su propia tentación.

Capítulo 13. Terremoto

La satisfacción de don Gaspar Noroña al escuchar que su sobrino Pedro aprobaba sin dificultad alguna las cuentas de la tutela, en las cuales bien podía un observador minucioso e impertinente encontrar reparos a docenas y hasta a cientos, tuvo de allí a pocas horas contrapeso cruel.

Hallábase precisamente el Duque en un momento feliz. La entrevista con Pedro le había quitado de encima el peso de un recelo fundado; y sea por efecto de la grata impresión o por mera virtud natural, sentíase aliviado de sus achaques y dolencias, ágil y de buen humor, lo mismo que cuatro o seis años antes. Maligna satisfacción le hacía sonreírse a solas, pensando en el chasco de la víspera, más bien adivinado que conocido por las frases embozadas y desabridas de Mauricio y las desenfadadas indicaciones de la propia Bernarda. No había sabido el Duque perdonar a su primogénito la mala elección de esposa, y cada hora de sufrimiento del hijo era para el padre silencioso desquite. «Él se lo ha querido. Peor para él», repetía frotándose las manos y probando con un paseo alrededor del despacho la sanidad de sus piernas, libres del hormigueo y de la pesadez gotosa.

Las tres serían —hora en que Borromeo y Pedro emprendieron la excursión a visitar al Cristo de los enamorados— cuando entró en el despacho de su tío Rafaela, que no se había presentado a almorzar, excusándose con una intolerable jaqueca. No debía de ser supuesto el padecimiento de la señorita, pues lo delataban las azuladas y hondas ojeras, el descompuesto semblante y la nerviosa agitación. Al gritarle su tío familiarmente «acércate, mica—mona», señalando a una silla, Rafaela se sentó al lado del sillón, tomó la mano de don Gaspar y la besó con maquinal reverencia. Antes de que el Duque correspondiese a esta demostración con otra más franca, besando a su pupila en el carrillo, Rafaela se incorporó, desvió algo la silla y la acomodó frente al asiento de su tío, diciendo sin preámbulos:

—Vengo a pedirle a usted autorización para marcharme de esta casa.

Quedose el Duque como quien ve visiones. Abrió los ojos de a cuarta, la boca de a tercia, se enderezó y no supo sino exclamar:

—¿Qué mosca te ha picado? ¿Te has vuelto loca?

—No señor —contestó Rafaela con vehemencia y firmeza, pesando y destacando cada palabra—. Estoy en mi juicio. Deseo vivir sola. He cumplido veinticuatro años; mi resolución nada tiene de prematura ni de irreflexiva.

El Duque hirió el aire con las manos. Su cara se inyectó, primero de rojo, de violeta después. El golpe era tremendo: el mundo se le caía encima. Con Rafaela desaparecía en un instante todo: no sólo el lujo, sino el bienestar; no sólo el bienestar, sino la vida: al entregar forzosamente a su pupila lo que la pertenecía de derecho, no le quedaba al jefe de la casa de Noroña ni con qué pagar los réditos de sus hipotecas. ¡Había pensado tantas veces en aquel instante terrible, de consecuencias fatídicas! Pensado, sí —pero jamás había creído que llegase—. Porque don Gaspar, con su penetración superficial y maliciosa, o por mejor decir, maligna, no acertaba a descifrar el arcano del alma de Rafaela; y al verla rehusar pretendientes, apegarse cada día más al hogar y a la familia de Noroña, creía como artículo de fe en la explicación del vulgo: Gelita resignada, secretamente apasionada de Mauricio, satisfecha con verle y tenerle cerca de sí, con respirar su atmósfera, con aquella sombra y apariencia de fraternidad que a veces encubre pudorosamente la pasión. Para la psicología elemental del Duque, la causa del amor era la belleza, y de haber perdido a un novio tan guapo como Mauricio, jamás podría consolarse una mujer. ¿Ahondaremos más? Tal vez el Duque no se había confesado a sí mismo una recóndita esperanza… ¡Aquella Nardita casquivana; aquel Mauricio celoso como un Otelo! ¡Tan fácil que el día menos pensado se tirase los trastos a la cabeza el matrimonio, que carecía del lazo de unión de los hijos… ! Y entonces… ¿Quién sabe? Era este quién sabe una de esas nebulosas que se forman en la conciencia del vapor de los deseos irrealizables, a los cuales, sin embargo, se aferra tenacísima la voluntad… aspiraciones doblemente violentas, por lo mismo que son inconfesables y que no se ponen jamás en contacto con el aire exterior. No, don Gaspar no reconocía que él deseaba aquello, y que no sólo lo deseaba sino que lo hubiese escudado y amparado con toda su respetabilidad social, con todo el prestigio de sus canas y su alta jerarquía, con toda la defensiva fuerza de su agudeza y su ingenio a la vez popular y patricio… No lo reconocía sino a esas contadas horas en que el hombre se mira frente a frente, con valor, con estoicismo o con cinismo absoluto… Pero la hipótesis extraña de que volviesen a enlazarse ilegalmente, ya que legalmente no había podido ser, los destinos de Mauricio y Arcángela, era el clavo ardiendo a que todos los desesperados se agarran, y el Duque, al oír las palabras de su sobrina, se vio de pronto rodeado de olas verdes, altas, amenazadoras; náufrago hundido sin remedio en el abismo de su ruina, consumada lentamente por tantos errores, despilfarros y torpezas… Y Arcángela, más resuelta después de haber formulado en alta voz su pensamiento, prosiguió:

—No tema usted que yo cometa ninguna falta, ningún acto censurable. Quiero vivir sola, para arreglarme a mi manera; pero sin hacer nada malo. Ya que por desgracia no tengo padres, aspiro a disfrutar de mi libertad, único bien que poseo. Así y todo, ya sabe usted que no soy una ingrata… Mi cariño no le faltará a usted nunca.

—Pero, miquilla —tartamudeó don Gaspar—, ¿quién te quita libertad aquí? ¿Quién te impide hacer tu santo gusto? Yo te considero como a verdadera hija… como a una reina. Manda, y serás obedecida. Pajaritos de la China que pidieses… Te estorba ese par de calamidades: ¿no te lo decía yo? Pues que se vayan a vivir ellos donde y como les dé la gana… Ya conozco que se trata de eso, golondrina mía… Claro; se te ha acabado la paciencia; no has podido resistir más… Tu situación era intolerable… Allá ellos se las compongan. Nos quedamos aquí tú, Borromeo y yo… Vamos a pasarlo divinamente.

Arcángela escuchaba a su tío, pálida, con el entrecejo fruncido y ardiente y fijo el mirar. Al final del discurso del Duque, una llamarada de indignación y de bochorno pasó por sus mejillas. ¡Ah! Desde la noche anterior se habían roto muchos velos de ilusión, quizás voluntaria, en el alma de la pupila de don Gaspar Noroña. Las súplicas de aquel viejo, los ofrecimientos de despedir a sus propios hijos por conservarla a ella, parienta lejana, una extraña en cierto modo, se aparecían a la desengañada criatura en su desnudez impúdica de codicia y de egoísmo. Su renta sostenía la casa, su dinero era el puntal del lujo y del boato que disfrutaba en sus últimos años el tutor… y por eso, nada más que por eso, temblábanle las manos y se le ponía amoratado el rostro al oír que la mina podía agotarse. Arcángela tuvo un movimiento de repulsión, de náusea moral. ¿Cómo no se le había ocurrido, en tantos años, analizar el papel que desempeñaba en aquella casa y en aquella familia? ¿Qué extraña y amarguísima lucidez, qué claridad de rayo había alumbrado sus ojos, secos por la cólera, por la vigilia entumecidos? Sintió asco, desprecio, casi odio contra el Duque, y con mayor decisión y fuerza, con la dureza del que se cree burlado y frustrado por largos años de la felicidad, de la consideración a que tenía derecho, insistió:

—Muchas gracias por todo, y usted dispense si no acepto. Mi determinación es irrevocable. La ley me autoriza. No he de estar en esta casa ni una noche más. He mandado a mi doncella que me arregle un baulillo, y salgo esta tarde para Madrid, donde buscaré vivienda y me instalaré a mi gusto. Repito que no he de hacer nada que merezca censura; sólo quiero disfrutar de mi independencia y ser dueña de mí. Se me figura que esto es bien lícito, y no me importaría que nadie se opusiese.

El Duque, ante el eco de voz y la actitud de su sobrina, comprendió que el trance era decisivo, que no había medio de evitar aquella gran catástrofe. Tambaleándose se levantó del sillón y dio algunos pasos alrededor de la mesa, aturdido, amargado de accidente. Al fin, reaccionando un poco, recobrando el habla, parose frente a su sobrina, y furioso, la interpeló:

—Al menos me dirás qué es lo que ha pasado anoche. A perro viejo no hay tus tus… Por lo de anoche quieres marcharte.

Arcángela reunió todo su valor, y erguida y rencorosa pronunció lentamente:

—Es cierto. Me voy por lo de anoche. Debí hacerlo mucho antes, y así no hubiese llegado el caso…

El Duque cerró los puños. ¡De qué buena gana los dejaría caer como mazas de acero, en golpe mortal, sobre la cabeza vacía y hermosa de su primogénito! Porque don Gaspar no acusaba a Nardita, la cual ya sabemos que era así, sino a Mauricio, al funesto Mauricio, causa de la decadencia y ya inminente desastre de la casa ducal. Lo acaecido anoche —y que el Duque no se explicaba bien, ni acaso podría explicárselo nunca por falta del dato principal, las secretas esperanzas de Arcángela, el lugar que Pedro ocupaba en la imaginación y en el alma de su pupila—, ¿qué era en resumen?: una consecuencia de aquel desastroso matrimonio, último golpe a la estirpe de los Noroñas… Sin embargo, el Duque, con el pueril afán que sentimos por conocer la hechura del arma que nos hiere, se acercó a su pupila, cruzó las manos y preguntó ya en tono suplicante:

—Pero, ¿qué Satanás ha sido lo de anoche? No lo puedo entender… Sí, lo entiendo; gracias de Narda… ¡Ya sabes que no tiene atadero! ¡Haz con ella como se debe hacer con los insensatos, con los dementes, hija mía!

Arcángela, que encontraba dificultad en articular, movió la cabeza enérgicamente, negando. No quería perder su vigor y su resolución, y sentía que iba quebrantándola aquella escena penosa y humillante. La piedad, el mismo rubor que la infundía la conducta del Duque la turbaban, robándola el ánimo para llevar a efecto su determinación. En el trastorno inmenso de su espíritu, en la desolación de su alma, sólo prevalecía un deseo; un impulso maquinal e instintivo: el de huir. No sabía que Pedro también iba a poner en práctica el mismo recurso desesperado: creía, al contrario, que el primo volvería, que acaso se estableciese allí como familiar comensal, y que le vería al lado de Narda, mirándola de aquella manera, hablándola con aquel tono de voz. Las quejas que no proferían los labios, atropellábanse en el corazón y en la mente, hirviendo a borbotones —lava encendida, devoradora—. «¿Quedarme yo aquí? Nunca. No es por celos; no me digno tenerlos de esa mujer. Lo que no quiero es que otra vez me hagan representar el papel de… Me sofoca la rabia. Si Pedro ha formado de mí el concepto más horrible… ¡será natural… ! Me ha visto con el disfraz ignominioso… No, no me quedaría aquí ni atada con cadenas de hierro».

El Duque ensayó otro recurso.

—¿No piensas lo que darás que decir? Reflexiona, Arcángela, por Dios… Mira que se va a alzar una tempestad de cuentos, de historietas, de mentiras. Tu misma reputación padecerá. Yo por ti lo digo, ¡principalmente por ti!

—¡Mi reputación! —contestó amargamente Arcángela, con ironía desdeñosa—. ¡Buen caso hacían anoche de mi reputación! Maledicencia más o menos… Le juro a usted que me es perfectamente igual. Mi conciencia está tranquila… Cuanto usted me diga es tiempo perdido. Lo he pensado. Estas resoluciones no hay que dejarlas enfriar; en frío cuestan más y hasta se prestan a más comentarios. A la gente cuéntela usted lo que quiera… Que tengo asuntos; que desde ahora yo misma dirigiré mis negocios… y que me ha sido indispensable marchar a Madrid para arreglar ciertos detalles. Invente usted… —añadió con tedio—. A mí me tiene sin cuidado. Lo pondría en carteles. Que hablen. Ya callarán. Adiós, tío; hasta Madrid. Me voy en el tren de las seis…

Y dando la vuelta, Arcángela empujó la mampara y desapareció. El Duque se quedó de mármol. ¡Era cosa hecha! Le abandonaba el dinero —la sangre social, el aceite con que brilla y arde la lámpara—; se marchaban las dulzuras, las comodidades de la vida, el descanso de los años caducos; ¡todo, todo! A pique estuvo don Gaspar de caer sollozando de rodillas, pero ya Arcángela había traspuesto la mampara, y se alejaban sus firmes pasos. En aquellas olas verdes y fieras que momentos antes creía ver el Duque rugiendo a su alrededor, hundíase la casa de la Sagrada entera, con fragor de barco al cual se traga la vorágine.

Aturdido como el buey por el mazazo mortal, dio el Duque una vuelta sobre sí mismo. Cuando pudo recobrar la conciencia de la feísima y dura realidad, una cólera desmedida se alzó en su alma; un impulso de odio violento, homicida casi, le movió a desear tener allí a Mauricio, para desahogar en él la ira que le sofocaba; a Mauricio, verdadero culpado del desastre, por su imperdonable error. ¡Si no hubiese traído a su hogar tal esposa; si ella no hubiese provocado la noche anterior un incidente cuyos detalles exactos aún desconocía el Duque, pero cuyos resultados tocaba, Rafaela no pensaría en apartarse de su tutor, y este seguiría disfrutando la manteca y la miel del pingüe caudalazo, que en horas de optimismo había llegado a considerar propio!

Lanzose don Gaspar al botón eléctrico, lo oprimió con violencia… Un criado apareció, correcto e impasible.

—Que baje el señor Conde… A prisa, que venga…

Cuando se abrió la mampara dando paso a Mauricio Lobatilla, el padre y el hijo, al pronto, no supieron qué decirse. Cruzado de brazos el Duque, miró a su primogénito fijamente, reprimiendo las ganas de abofetearle. Y Mauricio, ante la mirada paternal, fue poco a poco bajando los ojos y palideciendo más de lo que estaba, que ya era bastante… La actitud del padre la traducía el desdichado hijo según la ley de su pasión: creía que el Duque le pedía cuentas de honor, solicitando explicaciones del extraño suceso de la víspera. Acalladas, pero no dormidas, las sospechas; aturdido aún por las emociones de una reconciliación en que los sentidos envolvieron en red de fuego al discurso, Mauricio se sintió tan aplastado, que cruzó las manos con angustia, para implorar de don Gaspar el silencio. Y don Gaspar, hecho un áspid, escupió al rostro de su hijo cláusulas despreciativas.

—¡Majadero! Te luciste… Alégrate… Por las… ¡genialidades! de tu mujer, Rafaela se larga… Ve buscando empleo de modelo en el taller de algún pintor, que es lo único para que sirves… ¡No nos queda ni para comer, entérate!

Mauricio, atolondrado, dio dos o tres pasos… Lo único que en la marcha de Rafaela veía aquel maniático pasional, no era el quebranto de la fortuna, la necesidad apremiante, la ruina cierta… No… Rafaela, al partir, le decía con elocuencia y claridad meridiana: «No quiero autorizar lo que autoricé anoche… Doy ejemplo de lo que debe hacerse en estos casos… ». Y, rendido, debilitado por las sensaciones de muy diferente género que venía experimentando hacía algunas horas; física y moralmente vencido, el desventurado avanzó, abriendo los brazos para arrojarse en los de su padre. Estaba entregado, más débil que niño o mujer; sus ojos se humedecían, sus labios palpitaban para pedir perdón, compasión, el consuelo apiadado, aunque inútil, que se busca en las horas supremas. El Duque, adivinando sus intenciones, hirviendo en furor, se preparaba sañudo a rechazarle y a reiterar la injuria a tiempo que, empujada de nuevo la mampara, hizo irrupción en el aposento don Servando Tranquilo —a quien ni poco ni mucho le cuadraba su apellido entonces—. Venía desencajado, corriendo, encasquetado el sombrero, la respiración congojosa, y sólo acertó a balbucear, ahogándose:

—¿No saben ustedes? ¿No saben ustedes? Ahora mismo… ¡un extraordinario… !

—¿Qué pasa? ¿Qué trae usted? —preguntaron a la vez el padre y el Hijo.

—Un extraordinario… ¡Le han matado… ! ¡Le han matado… !

—¿A quién?

El glorioso nombre, tartamudeado por el personaje, despertó en Mauricio, sacándole de la absorción en el drama de sus celos, de su amor y de su honra… Y el Duque, llevándose las manos al cuello, rompiendo con sobrehumano esfuerzo la corbata, cayó recostado en el pecho de su primogénito. La sorpresa, el terror, el golpe de la noticia, produjeron el abrazo involuntario de dos generaciones.


Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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