La Última Fada

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Índice

La Última Fada
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8

Capítulo 1

Cuando Tristán de Leonís, Caballero de la Tabla redonda, e Iseo la Morena, reina del país de Cornualla, hubieron exhalado a un tiempo el último suspiro (siendo muy ardua faena el desenlazar sus cuerpos estrechamente abrazados), al pie de un espino cubierto el año todo de blanca flor, en las landas de Bretaña, país de encantamiento, se celebró un conciliábulo de fadas para tratar de la suerte del hijo que habían dejado los dos amantes.

No vierais, por cierto, cosa más linda que el tal espino. La albura que cubría enteramente sus ramas estaba rafagueada de un rosa muy sutil, y el viento, al agitar su follaje, hacía caer una lluvia de pétalos siempre olorosos. No era un arbusto, sino un árbol grande, y su mole de plata parecía que alumbraba todo el bosque, el cual se extendía casi una legua en derredor. Y le tenían miedo los labriegos a aquel bosque, sabiendo que lo poblaban trasgos y brujas, y, sobre todo, que en el grueso tronco del espino se hallaba preso nada menos que el sabio Merlín, protobrujo y mago en jefe.

Contábase que le había encerrado en tal cárcel su discípula y amada Bibiana, a quien el brujo, senilmente enamorado, dio cierto y que se sirvió de él para jugarle una mala pasada. Las crónicas, que no entienden de achaques del corazón, aseguran que Bibiana sufrió, al encerrar a Merlín, una equivocación fatal, de la cual le pesó mucho, y bien quisiera deshacerlo; mas yo os digo que las largas guedejas, más blancas que las flores del espino, de Merlín, no atraían a la maga, y al darle prisión, quiso librarse del peso y enojo de sus ternezas tardías.

Fuese, lo que fuese, ello es que Merlín, en el aniversario de su prisión, a las doce de la noche, exhalaba un grito espantoso y lúgubre que se oía en toda Bretaña. Y los labriegos del terruño y los pescadores de la costa, al oír resonar desgarradora queja, se santiguaban devotamente, encomendándose a Nuestra Señora y a Santa Ana, patrona de aquella región.

Era la misma Bibiana la que había convocado a sus hermanas las fadas, a las pocas que iban quedando, en aquel sitio misterioso, a la luz de la luna, amiga de encantamientos. Fueron presentándose las fadas, ya caducas y enfermizas, que se arrastraban con aire doliente y se agrupaban en derredor del espino cárcel.

Ya estaba Bibiana allí viendo reunidas a sus hermanas, relató la historia de Tristán e Iseo, que, habiendo bebido el filtro, sin poderlo remediar, se adoraron y de amor murieron, noticia que no creyeron las fadas todas porque iban haciéndose viejas; pero que a muchas enterneció y hasta hizo derramar piadoso llanto. Entonces Bibiana les explicó que existía una prenda de aquella insensata pasión, y era un niño, a quien ella misma, por sus manos, había salvado de morir de frío, en la landa donde fue abandonado adrede por la esposa de su padre, Iseo la Rubia, celosa y vengativa.

—Ampararle debemos las fadas —imploró Bibiana— porque somos las protectoras de todo el que ama de veras. Ese niño debe ser, de hoy más, nuestro ahijado; haremos de él el más valiente caballero de su tiempo, y ni Lanzarote, ni el galo Perceval, ni el mismo Tristán que lo engendró, podrán ser comparados a Isayo de Leonís, que dejará de su valor y altos hechos eterna memoria.

Con chocheces de abuelitas las fadas aprobaron, y sólo la de los estanques, llamada Ranosa, se opuso a los propósitos manifestados por Bibiana.

—Pensad, hermanas —les dijo— que ese niño ha nacido ya bajo mala estrella. Los que intentaron dejarle morir de frío entre las retamas, le perseguirán rabiosos apenas sepan que se salvó. El amor de sus padres anduvo fuera del orden y de la ley, y ese estigma ha de llevarlo Isayo de Leonís en la frente hasta su última hora. ¿Qué blasón puede ostentar el espúreo? Su escudo estará pintado de negro.

No produjo buen efecto la obsesión de Ranosa. Hasta pareció que nacía de un espíritu mezquino y encharcado. Las fadas no conocían al niño; pero se lo figuraban ya una delicia con sus bucles negros, como los de su madre, por sobrenombre la Morena. No por ser fada se carece de ese sentimiento maternal que en toda hembra existe. Y, apretadas en derredor de Bibiana, prometieron que Isayo de Leonís sería el ahijado de todas, y si faltase blasón a su escudo de caballero, ellas se lo darían, poniendo en él la figura de una fada bretona, y denominándole «el Caballero de la Fada». Así lo juraron, a la plateada claridad que caía de lleno sobre el espino; y supieron con gozo que el infante se encontraba recogido en una pobre ermita, al cuidado de un santo varón llamado Angriote. Allí podían verle cuando quisiesen, y visitar la ermita, extendiendo sobre ella su protección. Y fue grande el regocijo de las fadas, pensando que conocerían a la criatura y le llevarían presentes y le ampararían contra los malandrines, si hiciese falta.

—Puesto que lo tenemos acordado —dijo Bibiana entonces— salgamos sin tardanza de aquí. Va a ser la media noche, y, no lo ignoráis, hoy se cumplen años de mi desgracia, al encerrar a mi maestro, Merlín el sabidor, en ese espino. No quiero oír su horrible queja…

Aun no había acabado de decirlo y ya sonaba, aterrador, el baladro del viejo nigromante. Era algo tan siniestro, tan sobrenatural, que las fadas sintieron helarse su sangre y entrechocarse de miedo sus dientes.

—¡Oh Bibiana! —pudo al fin articular Ranosa, la fada prudente—, ¿por qué no sueltas a tu anciano amigo? ¿Por qué no le desencantas y le pides perdón? Te amaba tanto, que de seguro no te castigará.

—No le encanté a propósito —balbuceó sin convencimiento Bibiana—. Fue una fatalidad. Ahora, no conozco la fórmula para desencantarle. Es decir, ¡conozco una!, pero es espantosa… Nadie me exigiría que la emplease. A nadie la diré. Dejad al mísero viejo en este árbol, que ha de ser su tumba, y pensemos en el infante, que es el porvenir, que es la esperanza. No os opongáis al decreto del Destino.

Y las fadas se alejaron, y Bibiana también; pero aún no había traspuesto la linde del bosque cuando sonó otra vez el hórrido baladro de Merlín. Era como si toda la selva se quejase con gritos de alma en pena, preñados de amenazas y maldiciones; y la luna, de súbito, se cubrió de un nubarrón negro, y un viento glacial, sacudiendo las ramas del espino, le arrancó flores hasta formar a su alrededor tapiz espeso.

Capítulo 2

Y he aquí que el infanzón Isayo de Leonís iba haciéndose la más bella criatura que pueda imaginarse. Cumplidos los siete años era la admiración de cuantos visitaban la ermita. Los devotos, al acudir a la misa del ermitaño, llevaban al chicuelo tortas de miel, sartas de conchas, pajarillos vivos o nidos con sus huevos. Isayo atraía por una expresión angelical y unos ojos verdes y claros como el mar en calma, que resaltaban sobre la piel morena, tan morena como la de su madre. El pelo caía en largos tirabuzones sobre su cuello robusto ya. En la ermita no había sastres, y el buen Angriote vestía a su pupilo con una pellica de oveja que le hacía parecer un San Juan Bautista niño.

Sin embargo, sus madrinas las fadas, de tiempo en tiempo y cada vez con menos frecuencia, pues iban muriendo de vejez, traían para él camisas de tela tejida con lino hilado en rueca de oro entre mágicas canciones. Y jamás la tela se rompía ni gastaba, ya hasta parecía estirar al medrar el chiquillo, que, según crecía en estatura, revelaba fuerzas y vigor extraordinario.

El virtuoso ermitaño pedía diariamente a la bienaventurada Santa Ana que Isayo no saliese jamás de la ermita y, recibiendo la consagración sacerdotal, viviese vida sobria, humilde y penitente, espiando así las faltas de sus padres. Pero la fada Bibiana, que en figura de mendiga iba a menudo a ver a su ahijado, le hablaba de justas, torneos, proezas y grandezas humanas, y argüía al solitario diciéndole:

—Angriote, tus años son ya muchos, y tu hora no puede tardar… Pero este infantín no ha probado los sabores de la vida, y viene de reyes, paladines y señores, y se esperan de él grandes obras. ¡Y fuera malo impedir que cumpla su destino el hijo del de la Tabla redonda!

Sacudía la cabeza el ermitaño, pensando que la figura del mundo pasa pronto, y es como las imágenes de un sueño, quedando sólo la verdad de la muerte, y tras ella, el infierno o, al menos, el purgatorio, donde arderían, de cierto, los infelices padres de aquel niño… Pero, andando los días, pudo convencerse de que el muchacho, doncel ya, no iba camino de cantar misa. Escapábase con los pescadores a desafiar la mar brava; recorría las gándaras a caza de salvajinas, y habiendo un día desembarcado ciertos piratas, con el fin de saquear un monasterio que colgaba al borde de una escollera, Isayo juntó a los aldeanos, y con horquillas, flechas y cuchillos dieron buena cuenta de los invasores. Isayo mató al jefe, de un saetazo asestado a un ojo, y desde aquel punto y hora, fue famoso y popular en la comarca. Aun cuando Angriote le hizo rezar varios responsos por el alma de los piratas difuntos, el rapaz, a solas, recordaba, con estremecimiento de orgullo, el instante en que había visto caer a su adversario como acogotada res, dando una vuelta y desplomándose sin vida.

—Esforzado es mi brazo —pensaba— impávido mi corazón. Quisiera correr aventuras, pero he aquí que no sé quién soy, ni de qué sangre procede la mía. Sólo los caballeros pueden combatir con los caballeros. Sin ser caballero no debo esperar gloria. —Y le contristaba el alma el pensamiento de su ignorado origen. Dio en preguntar a Angriote, pero el ermitaño que sabía la verdad, bajo secreto de confesión, no la dijo nunca. Y el mozo resolvió averiguarla a toda costa.

Decían las consejas del país que la noche de San Juan se reunían las fadas en un paraje extraño. Era al borde del mar, en lo más salvaje y abrupto de la costa, un vasto descampado donde no asomaba un árbol, ni una mata, ni una yerba. El río, seco y estéril, estaba sembrado de una arena pedregosa y era llano como si lo hubiese nivelado la mano del hombre. Alrededor de la dilatada extensión se alineaban hiladas de piedras, puestas en círculo, altas, enormes; en algunas el rudo granito remedaba groseramente la forma humana. Se aseguraba que aquellos monolitos, colocados de pie y describiendo un círculo, no eran sino los famosos Gigantes, traídos de Irlanda a América por Merlín el mago, en homenaje a los héroes muertos, y que algunas veces los Gigantes danzaban una danza solemne, en memoria de los que lucharon por la independencia de su patria. Y durante el plenilunio, al encenderse sobre todas las montañas las hogueras rituales, las fadas se juntaban allí, a fin de consolar a los espíritus de los luchadores vencidos y de los bardos ya sin arpa, eternamente callados.

La noche era serena y radiante, y el corazón de Isayo palpitaba al avistar desde lejos el temeroso corro de los Gigantes de piedra. Al intentar penetrar en el círculo, se interpuso una mujer de larga cabellera rubia, vestida con la túnica blanca de las druidesas, y llevando al cinto su hoz de oro, y la detuvo extendiendo la mano.

—¡Ahijado mío! —gritaba—, lindo ahijado, ¡detente! ¿No sabes que, en tal fecha como la de hoy, quien penetre en el círculo de los Gigantes, sin falta morirá al amanecer? Apártate, y vamos hasta el crucero, que algo te diré de lo que saber te interesa.

Isayo se paró estático, contemplando a la Fada, que no era si no Bibiana, única de sus hermanas que, gracias a las enseñanzas y brujerías de Merlín, resistía aún el paso del tiempo, y a los progresos del Cristianismo, enemigo de las viejas religiones de los bosques, las fuentes y las piedras de los Druidos. La hermosura ideal de la amada de Merlín, las ondas fluidas de la cabellera magnífica, le asombraban. Estaba en la primera juventud, y nunca sus ojos se habían posado complacidos, ni en las rudas aldeanas ni en las pescadoras olientes a mariscada y yodo, en cuyos brazos las escamas relucían. Isayo temblaba; no se atrevía a acercarse a la criatura maravillosa.

—Sé —dijo ésta— que vienes a preguntar quiénes fueron tus padres. Yo te lo diré, pero no hasta que estés armado caballero.

—¡Ay de mí! —suspiró el muchacho— y ¿quién ha de armar caballero a un desconocido, a un espúreo?

—Quien le conozca, quien le ame —contestó la fada—. No temas que poco falta para que recibas la Orden de caballería. Esperame aquí, mañana, al caer la tarde, fuera del círculo. Y ahora desvíate. ¿Nadie asoma por aquí? Este sitio es aterrador. Traes armas, pero espada no. Yo he de dártela.

—Madrina —murmuró dulcemente Isayo—, no me iré si no me dejas besar la orilla de tu vestidura. Ni la bienaventurada Santa Ana me ha infundido tal veneración. Las horas que faltan para volver a verte he de pasarlas pensando en ti. Si esto que digo es malo, no me hables con severidad, que al fin soy un niño.

Bibiana le miró, sonriendo al ruego. Sus pupilas se buscaron. Él, arrodillado, cogía ya la orilla del cándido ropaje, y ponía en ella unos labios fervorosos y devoradores.

Capítulo 3

Al otro día se provistó el doncel de algunas armas, y Angriote —lamentando que quisiese salir a correr aventuras, cuando allí poseía la paz, la pureza de la conciencia— bendijo sobre su pecho una santa reliquia, encerrada en relicario de nácar y plata, ofrenda de marinos venidos de lueñes tierras orientales. Y al ir a trasponer el sol, con paso ligero, acudió a la cita, ansioso de volver a ver a la Fada.

Ella le esperaba ya. Un capuchón gris cubría sus dorados cabellos; la sacra hoz de oro brillaba en su cintura.

—No temas, lindo ahijado —susurró, en voz cristalina, semejante a la del agua al caer en el pilón de las fuentes encantadas.

—¡Oh madrina! —protestó el doncel.— ¿Temer? No sé lo que es. Vamos pronto al castillo del poderoso señor, o a la corte del Rey, que ha de conferirme la orden de Caballería.

—Vamos a donde la has de recibir —contestó Bibiana; y se adelantó, con ligero paso. Leguas y leguas anduvieron. Seguían la orilla del mar, bordeando peñascales y playas arenosas, y oyendo el ronco tumbo del Océano, que se quebraba contra los acantilados gimiendo pavorosamente.

Al fin llegaron a un puentecillo, que se asentaba sobre un promontorio, dominando una bahía. A la entrada del puerto alzábase el fantasma de un vasto castillo feudal. Y hay que decir el fantasma, porque era una ruina de desmantelados muros y rotas puertas, de arrancados goznes. Nadie debía de habitarlo. La yedra, colgando sus pintorescas guirnaldas de los torreones, ocultaba un tanto el destrozo, que más era resultado de la incuria que culpa del tiempo. Por algunas partes se veía la renegrida huella del fuego: sin duda habían querido abrasar el edificio. Sobre el escudo blasonado, rudimentario, que dominaba aún la puerta de honor, el jaramago y la zarza confundían su ramaje.

—Madrina —dijo el doncel— este castillo está desierto. ¿Quién ha de armarme caballero ahí?

—Lo sabrás muy pronto. Ahora, lo primero, vas a velar tus armas en el salón, y a la media noche vendré a decirte lo que tienes que hacer.

Obedeció el mancebo, y guiado por la Fada entró, no sin trabajo, en el salón, cuyo acceso estaba obstruido de escombros. Dentro se conservaban las paredes, y aparecía intacto el artesonado a la morisca; de los muros colgaban aún girones de tapicería, y en las ventanas vidriería de colores rota. Isayo dejó sus armas en el poyo del ventanal, al través de cuyos arcos pasaban los rayos lunares.

Bibiana ya no estaba a su lado. Parecíale al doncel que sombras fugaces cruzaban por el aire y se movían a su alrededor. Y también hubiese jurado que estas sombras emitían sonidos, débiles como los murmullos del viento, al agitar los árboles de la selva. El ambiente estaba poblado de suaves quejas, de balbuceos misteriosos, de palabras entrecortadas por la emoción, que no acababan de formarse.

—Encantado debe de estar este castillo —pensó Isayo— Duendes habrá en él. Por si es cosa del Malo, rezaré a Santa Ana.

Así lo hizo, sacando su reliquia, y los hálitos de fuego y las interrumpidas palabras halagüeñas que creía oír se acallaron. Veló pacientemente, y era por filo de media noche cuando entró Bibiana, tapada con su capuchón, y con dos antorchas en la mano. Dio a Isayo una de ellas, y advirtió:

—Ánimo… ¡Vas a ver cosas que estremecen el corazón! —Dispuesto estoy —declaró el muchacho.

Silenciosos, se enhebraron por pasadizos estrechos, bajaron escalones de piedra, resbaladizos por la humedad, caracoles pendientes que no se acababan nunca, y al fin se detuvieron ante una fuerte y muy historiada reja de hierro. Isayo vio con asombro que en las filigranas de la reja se enredaban las ramas de un rosal, y asaltó sus sentidos penetrante fragancia. Nunca había respirado olor semejante; era algo que se subía a la cabeza, trastornando el conocimiento. Volviose, y miró intensamente a Bibiana.

—¡Madrina! —gimió suplicante. Ella luchaba consigo mismo, palpitando.

—Lindo ahijado —mandó por fin—, toma mi hoz y corta el rosal. No hay otro medio de abrirnos paso.

Él titubeaba. Le daba lástima herir con el filo aquella masa verde, donde, a la luz de las antorchas, brillaban como enormes granates las rotas flores. Y habiendo contemplado un momento el cuadro, exclamó atónito:

—¡Madrina, son dos los rosales! ¡Y están abrazados! ¡Abrazados, inseparables!

Bibiana se puso la mano en el pecho, y arrancando de él un suspiro, balbuceó:

—¡Corta, corta!

Ya resuelto, Isayo cortó sin piedad, como en un acceso de cólera. Volaban las ranas y caían al suelo, encendidas y vertiendo el pomo de sus olores, las rosas encarnadas. Y notó Isayo lo vigoroso de los troncos, y que se entrelazaban y enclavijaban con tal ahínco y furia, que sólo segándolos juntos se podían destruir. Y tanto habían crecido, en aquel lugar sombrío y oculto, los dos rosales, que llegaban a la bóveda, y abriéndose paso por entre los sillares los habían desquiciado haciendo caer a alguno de ellos, y sacando al aire libre sus ramas, triunfantes de la fuerza opresora.

—¡Cómo enloquece el olor de estas flores, madrina! —murmuró Isayo.

Y ella, con una especie de angustia, mandó:

—¡Písalas, písalas! ¡Abre, abre!

Hizo el mozo esfuerzos violentísimos. Corría por su frente el sudor, y su pecho jadeaba. Al fin, giró sobre sí misma la pesada reja, y se vio que cerraba un recinto oscuro y profundo. La Fada, que había tomado en sus manos las dos antorchas, las agitó, y se descubrió que el recinto era una cripta sepulcral. La sostenían macizos pilares, y en el fondo, bajo un lucillo fúnebre, se alzaba el sarcófago. Sobre su cubierta, dos bultos de piedra labrada representaban a un caballero y una dama unidos en el eterno sueño. Él sujetaba sobre el pecho la espada, ella alzaba las manos como para implorar misericordia.

—¿Quiénes son, madrina? —interrogó Isayo.

—Son —explicó la Fada— dos que se amaron mucho y murieron juntamente, yaciendo ahí sus restos. Él fue herido con arma envenenada de traidores, y ella espiró de dolor al verle sucumbir a él. Era él un paladín de los más esforzados que se han conocido en el mundo, uno de los pares de Carlomagno, los de la Tabla redonda, y se llamaba (su nombre no lo han olvidado las dueñas y doncellas de Cornualla, ni los que trovan de amor) Tristán, ¡porque en triste hora vino al mundo!

Isayo contemplaba el sarcófago lleno de una conmoción violenta, como el que anhelaría vengar un agravio, castigar una injusticia.

—Haz lo posible —ordenó la Fada— por levantar la cubierta de ese sepulcro.

Parecía empresa loca, sin herramientas, ni más instrumento que los brazos; pero apenas Isayo se acercó al sarcófago y comenzó a empujar la losa que sustentaba las dos figuras yacentes, imaginó que algún ser sobrenatural le ayudaba, pues blandamente se alzó la cubierta de granito, y, desviada con facilidad a un ángulo del sepulcro, Isayo contempló dos momias estrechamente unidas, entre girones polvorientos de sudarios.

Al ver la Fada lo que quedaba de los amantes, tartamudeó:

—¡Hasta más allá de la muerte!

Metió las antorchas en los soportes; hizo a Isayo arrodillarse de espaldas al sarcófago; recogió la espada herrumbrosa de Tristán de Leonís, y poniéndola en el seco puño del esqueleto más grande, alzó el brazo momificado, e hizo de modo que descargase el espaldarazo sobre los hombros del doncel.

—Levántate —ordenó en seguida.— Has recibido la orden de Caballería. Te ha armado caballero Tristán de Leonís, uno de los de la Tabla redonda, tu padre.

Temblando de orgullo, se irguió el neófito. Inclinándose sobre el sepulcro, besó los rostros denegridos de las momias, cuyos carcomidos labios descubrían, en callada sonrisa beatífica, los dientes blancos, completos: ¡la juventud en la tumba!

—¡Padre mío! ¡Madre! —no se cansaba de repetir, para ver a vuestro hijo!

—Si viviesen, Isayo —declaró la Fada— puede que ni se ocupasen de ti.

Y viendo al mancebo absorto en la contemplación de los dos amantes, le llamó:

—Tenemos que irnos de aquí sin tardanza. Vuelve a cubrir la sepultura y llévate la espada del paladín.

En el momento en que nuevamente cruzaron la verja, notó maravillado el doncel que los rosales estaban brotando luengas ramas y nuevos capullos. Movió la hermosa cabeza.

—En triste sitio, madrina, he recibido la orden. Triste es mi origen. Quiero ser llamado el «Caballero Triste».

Así será —aseguró la Fada.— Y mira, lindo ahijado, que todo lo sublime y bello es triste, y tristes las historias en que hay altos hechos, y triste la Pasión de vuestro Redentor, y no digo «nuestro», porque ya sabes que las Fadas no hemos recibido el agua bautismal. Tú ahora, pues, Caballero Triste, ve por el mundo enderezando tuertos, protegiendo al huérfano y a la viuda, exterminando monstruos y guardando la pureza de tu corazón para que no te hiera ponzoña como a tu noble padre. No entres, como él, en el ajeno cercado. A la puerta de este castillo, que es el tuyo, pues de tu padre fue, hallarás caballo holgado y fogoso, la mejor pieza que come avena en el mundo, y hallarás también escudero leal, con otra montura, y bastimento; de la espada que a tu padre sirvió no te apartes jamás.

—¿Me dejas, madrina? —imploró el muchacho.

—Mi amparo no ha de faltarte nunca, pero no me llames sino en caso extremo.

—¡Ay de mí! —plañó Isayo.

La Fada se desvaneció entre la sombra. En el aire sonó una queja débil. Diríase que se iba llorando, también ella, la separación. Isayo, entonces —¿hizo mal, oh devotos de las fadas?— cogió una de las rosas de los rosales que había cortado, la acercó a sus labios, y la deslizó, por la abertura del jubón, en su pecho. Y le pareció que, donde estaba la rosa, un calor singular quemaba la carne.

Capítulo 4

Al salir al patio de armas vio Isayo una contrahecha figura, que tenía del diestro a dos caballos enjaezados para jornada, sobre cuya grupa pendían repletas alforjas. Porque todo eso de que los caballeros andantes no comían y no se preparaban a las caminatas por riscos y breñas llevando alguna refacción y reparo en el estómago, es fantasía. Por mucho que las fadas protegiesen a Isayo, él no era un espíritu puro, sino un arrogante y viril mancebo, y no sería buen comienzo de fazañas morirse de hambre.

Uno de los caballos era de magnífica estampa; el otro, menos gallardo pero recio y fuerte.

—Caballero, amo mío —dijo el contrahecho—, aquí tienes a tu escudero fiel y a tu corcel de batalla, que se llama Azor, como yo he por nombre Tronco. Y me llaman así porque soy un tronco mal formado, y me adorna una joroba doble. Pero cata que de entendimiento no soy corcobado, y sé donde el zapato me aprieta. Cabalga, pues, caballero, y los ángeles caminantes nos guíen.

Un momento quedó suspenso Isayo. No sabía de cierto adonde dirigirse. Arrancó entonces una hoja de la rosa que había guardado, y soltándola al aire, marchó en la dirección que tomó la hoja, siguiéndole su escudero, paso a paso.

Cabalgaron algunos días, recorriendo la tierra de Bretaña, sin encontrar aventura digna de referirse. Las calzadas eran áridas y pedregosas, las florestas intrincadas y salvajes; en algunas las musgosas piedras consagradas a Teutates se erguían aún. Los aldeanos, greñudos y con anchas bragas, sembraban, araban, destripaban terrones; niños de cabellos embrollados jugaban a la puerta de las chozas; las mujeres, de cofia blanca, hilaban lentamente; y, a la hora de ponerse el sol, caballero y escudero pedían hospitalidad en alguna granja, y cenaban leche y pan de centeno, o la frugal sopa de coles. Tronco, que era en verdad ingenioso y fértil en recursos, entretenía la velada, hablando a los aldeanos de las fadas que antaño vivían en los estanques y en los arroyos, y del corro de los Gigantes, que un día habrán de ser desencantados, y de Armórica y de Caledonia harán los países más poderosos del mundo.

En las pobres viviendas admiraban la belleza del joven caballero y la rara figura y el despejo de Tronco. Este tenía un semblante avispado y picaresco; cortejaba en broma a las granjeras y recitaba «lais» a las mozas; refería las vidas de los santos y las penitencias y virtudes de los eremitas y cenobitas; hacía cruces de caña y caballos de palo para los chiquillos. Y atizaba el fuego y hasta preparaba el pote, picando las berzas del país. En todas partes hubiesen querido que los andantes se quedasen un par de días siquiera; pero Isayo sentía una inquietud, un ansia roedora, ansiaba saber la historia detallada de sus padres, y quién era el malsín que había herido con espada envenenada a Tristán de Leonís flor de la Caballería.

Había mandado a Tronco que puliese la espada encontrada en el sepulcro, y al verla tan brilladora, soñaba con aventuras extraordinarias en que servirse de ella. La quería teñir inmediatamente de sangre de follones y malandrines, y descabezar con ella a algún jayán descortés, o a una tarasca enorme, un cocodrilo como el de Santa Marta.

Por fin, una tarde, cuando fatigados de la jornada buscaban amo y escudero albergue donde pasar la noche, divisaron la mole de un monasterio. Era un edificio grandioso, y lo rodeaba bien cultivada vega, huerta y bosque, pues los monjes fueron los primeros que entendieron de estas cosas, y practicaron y enseñaron la agricultura y hasta la jardinería; pero como los tiempos eran de hierro, y los piratas se metían tierra adentro a saquear, habíase convertido el monasterio en una fortaleza, y lo guarnecían muros recios, con troneras y cubos. Tampoco esto del monasterio tenía nada de singular aventura; pero Tronco dijo a su joven amo que convenía reposar un poco allí, siquiera para lavarse la ropa, y dormir en buen aposento lo menos un par de noches.

Recibió a los viandantes el mismo abad, anciano y afable, que les condujo a espaciosa celda, y les ofreció para su servicio cuanto el monasterio contenía.

—Yo —dijo, cuando hubo repuesto sus fuerzas Isayo con parte del contenido de un olifante de vino generoso y el costillar de un puerco, asado delicadamente— te he conocido, caballero Isayo, por el semblante. Eres vivo retrato de tu incomparable padre, el jamás vencido Tristán de Leonís, sobrino del rey de Cornualla, y uno de los tres príncipes bretones. ¡Ay, hijo mío! ¡Sólo la brujería y las artes del infierno pudieron hacer que cayese en tan graves pecados, que acaso se haya perdido su pobre alma! Mucho le exhorté cuando te vi herido, de mala herida, por la villanía de un traidor. Pero no conseguí apartar un instante su pensamiento del recuerdo y el anhelo de tu infortunada madre, y en verla por última vez se cifraba su afán. El filtro que le corría por las venas seguía ejerciendo sus efectos malditos. Y como esperaba, en el patio del castillo, que el vigía le anunciase la llegada de la nave donde venía Iseo, siendo la señal una bandera blanca, hubo una persona que, extraviada por los celos, ¡perdónela Dios!, ordenó que dijesen a Tristán que el barco traía bandera negra, y tu padre expiró desesperado de no ver a Iseo la postrera vez… Momentos después, Iseo, que no le encontró vivo, murió abrazada al pobre cuerpo. He aquí, joven caballero de Leonís, la tristísima historia de los Amantes. El mismo esposo de Iseo no tuvo valor para separarlos, y juntos los hizo enterrar.

Isayo escuchaba estremecido el relato del venerable monje. Inclinándose, besó las manos que habían querido absolver a su padre, y no pudieron hacerlo porque los sortilegios lo impedían. Una idea germinaba en su mente. Por el monje lograría saber nombre del felón que hirió a Tristán con arma enherbolada cuya herida es incurable. Se llamaba Moriote, ¡hijo mío!, y tu padre, al sentirse herido, le atravesó con su lanza. Aparta de tu corazón la idea vengadora que estoy leyendo en tus ojos. Más altas empresas te están reservadas. Ya no puedes vengarte de nadie: el traidor ha muerto; la esposa legítima de tu padre, Iseo la Rubia, ha entrado en el claustro arrepentida, y el rey Marco, esposo de tu madre, ha sido tan noble, que mandó enterrar unidos a los que se amaron. Piensa en otros hechos que ilustren tu nombre.

—Es mi mayor deseo —exclamó con entusiasmo Isayo—. Dime cuáles son esas empresas, y aquí está mi brazo para ir en su demanda.

—Pues bien, hijo mío, ya que todo el ardimiento de tu padre se ha trasmitido a ti, y ya que vas a empezar tu vida de novel caballero, oye lo que un pobre viejo te aconseja… Guárdate, lo primero, de entregar tu alma a un amor impuro. Conserva como la azucena tu corazón. Dícese que han de ser enamorados los caballeros, pero con honesto enamoramiento, que puedan publicar en todas partes. Teme al filtro que a tu padre dieron a beber, porque yo sé, yo aseguro, que del filtro y no del herida vino a morir. Esa era la verdadera ponzoña que discurría por sus venas. Pon tu pensamiento más arriba, y sabe que los moros de la Península quieren asaltar a Francia y hacernos esclavos de la detestable secta de Mahoma. Si el rey de Castilla no los derrota, una vez más, aquí les tendremos. No faltará quien le resista, pero tú debes ir a la cabeza. Y aún hay otra empresa digna de ti: acabar con el poder de la magia, enemiga de Cristo, desencantando al sabio Merlín, encerrado por una mala fada en el tronco de un espino, y que desde allí exhala alaridos horribles, una vez al año, en el aniversario de su encarcelamiento.

—Por cierto, que he oído el baladro de Merlín —declaró Isayo—, y es cosa que cuaja la sangre… Pero, o mucho me engaño, o ese anciano Merlín, a su vez, es un nigromante de tomo y lomo, un brujo peor que los restantes, y a más un bellaconazo que, a pesar de sus años, andaba en tratos con la fada Bibiana, que dicen es la misma que le encerró en el árbol, en pena de sus muchas picardías.

—Cierta es la historia —repuso el prior—, y Merlín ha cometido pecados graves, y ejercido cual ninguno los sortilegios; pero cuando fue preso en el árbol, se arrepintió sinceramente, y, si a nadie se lo dices, te contaré que se me ha aparecido en sueños, una noche de esas en que exhala su baladro, y me ha pedido que implore del cielo su libertad, pues desea bautizarse y finar como cristiano, renegando de sus ídolos y olvidando sus antiguos poemas de bardo, en que cantaba la idolatría.

—Siendo así —declaró Isayo—, yo haré cuanto esté de mi parte para desencantar al sabio Merlín y rescatar su alma. Y en cuanto a la guerra con los sarracenos, dispuesto estoy a ella; pero deseo saber dónde están y quiénes son los principales cristianos que se disponen a defender la misma santa causa para ir en su compañía; porque si sienta bien al caballero andante realizar sus proezas solo y cubrirse solo de gloria; nunca se habrá visto que un caballero nada más venza a todo un ejército; y por eso, si he de escarmentar a los infieles, díganme donde están las banderas que he de seguir.

—Has hablado con cordura que supera a tus años, hijo mío —declaró afectuosamente el abad—. Voy a responderte. A pocas leguas de aquí hay una ciudad fuerte y torreada que se llama Camalón, y es corte del rey de Bretaña, el tantas veces insigne Artús. ¿No ha llegado a tus oídos su nombre?

—Mi ayo Angriote —respondió el doncel— me habló del rey Artús como se habla de los héroes. Me dijo que era el defensor de la libertad de Bretaña, el caudillo de nuestra gente, nuestro defensor.

—Así es, y por él los sajones no son ya nuestros amos. Ha vencido a los siluros y a otros invasores también muy feroces, los caledonios y los pictos; por cierto que llegaron hasta este monasterio con ánimo de quemarlo, pero nos resistimos con la ayuda de Dios; y, después el rey Artús, en campo raso, los hizo polvo. Él también restableció el culto, porque esos invasores eran idólatras, y preparó a toda Bretaña para la resistencia, caso de necesidad. Todos los monasterios se han convertido en fortalezas por mandato del buen rey. A su corte debes dirigirte, hijo mío. Así que traspongas la selva que ves, al Oeste de esta santa casa, hallarás una calzada, construida también por el rey. Siguiéndola, llegarás a la ciudad; yo te daré unas letras para el Mayordomo de palacio que te sirvan de recomendación. Ahora te bendigo, para que el Señor te libre de las tentaciones propias de la mocedad y no sufras lo que sufrió tu padre. Mira que en las cortes hay mucho engaño y no poca malicia, y los sentidos halagados arrastran a los abismos del mal. El palacio del rey está lleno de peligros. La reina Ginebra es hermosa y gusta de danzar y divertirse. Encomiéndate a Santa Ana y piensa que la virtud del alma acrecienta la fuerza del brazo.

Y como el doncel refiriese esta conversación a su escudero Tronco, el corcobado se echó a reír donosamente, y dijo en son de mofa:

—Doncel, deja a Merlín en su árbol, que bien se está allí y bien merecido lo tiene, y no imagines que en los palacios está especialmente el demonio. ¡En todas partes se cuela el muy truhán!

Siguió el Caballero Triste las instrucciones del abad; traspuso la selva (la más espesa de las siete de Bretaña) y entró en la calzada, donde ya vio señales de la grandeza de la capital de Artús. Aldeanos y aldeanas llevando provisiones, gallinas, huevos, verduras; señores que salían de caza, halcón en puño, grandes carretas de bueyes, cargadas de paja y de avena, para pienso de caballos; viviendas apiñadas a la orilla del camino, y de trecho en trecho algún castillo que servía de avanzada para casos de invasión. A la puerta de estas atalayas, los soldados jugaban al cubilete con jarros de vino gris sobre la mesa, y tazas de barro, para apurarlo alegremente. Isayo sentía una impaciencia que le obligaba a espolear a Azor, aunque el generoso bruto no lo había menester.

Divisaron al fin las murallas, sólidas y anchas, pobladas de centinelas, que guardaban los cubos y el larguísimo tramo del reducto, y entraron en la ciudad populosa, animada, en que resonaban las campanas de los templos llamando a misa, y el griterío de las mujeres que vendían en el mercado las cosas más heterogéneas: herramientas, rejas de arado, cedazos para la harina, zuecos, hortalizas y algún ganado para el matadero. Aunque estaban acostumbrados los burgueses de Camalón a ver pasar cada día caballeros que iban a visitar a Artús y ofrecerle su espada, el gentil continente de Isayo y la soberbia estampa de su corcel arrancaban frases de admiración y simpatía a las hembras, y la rara catadura de Trono provocaba carcajadas y cuchufletas, a las cuales el escudero contestaba con mordaces dichos.

Isayo se internó en el corazón de la ciudad, asentada en una colina; en lo más alto se divisaban los palacios del Rey formando como otra fortaleza, porque los cercaban murallas y los defendían cubos, previsto, sin duda, el caso de que, rendida la ciudad, hubiere que sostenerse allí como último refugio. Inmensos silos y bodegas aseguraban los víveres, y dentro del mismo recinto manaban fuentes; no era fácil atacar a Artús por la sed.

Isayo hizo presentar al Mayordomo de palacio, el conde Norandel, las letras del abad, y sin tardanza salió a las almenas un enano que tocó tres veces un largo cuerno, anuncio de que se abrían las herradas puertas y se alzaba el puente levadizo. Recibió el Mayordomo muy cortésmente a Isayo y le hizo pasar a unas salas bajas, donde se agrupaban doncellas ataviadas con primor, y suelto el cabello, que ceñía a las sienes estrecho aro de oro. Y las cabelleras, muy perfumadas, eran de los colores de la endrina, la miel y el trigo; pero al verlas, acudió a la memoria del doncel otra cabellera desatada, luenga, de suaves ondulaciones, que flotaba sobre una blanca túnica, a la luz lunar, y comprendió que tenía demasiado vivo el recuerdo de su fada madrina. Su corazón se agitó. ¿Cuándo volvería a verla? Sólo podía llamarla en un caso extremo…

Las doncellas cuidaron del doncel con solicitud, mientras los palafreneros acomodaban a los caballos, y Tronco era acogido con regocijo sumo en las regias cocinas por la hueste de marmitones. Fue Isayo lavado, inundado de perfumes, peinados sus rizos, pulidas sus uñas y manos, que esto se hizo en todo tiempo en las cortes, donde tiene su asiento el cuidado y policía de la persona. Y ya bien atildado y atusado el mancebo, le introdujeron a la presencia de los Reyes, que le recibieron con agasajo, y le preguntaron, ante todo, su nombre y familia.

—Ilustre es mi linaje— respondió el Triste—, pero no lo quisiera revelar hasta que pueda poner empresa en mi escudo por haber realizado alguna fazaña. Varias hice, cuando aún no estaba recibido en la Orden de caballería; pero tú bien sabes, oh noble Rey, que lo hecho por hombre que no esté armado caballero es como raya en el agua o pisada en la arena, y no merece archivarse en la memoria de los hombres.

Artús escuchaba pensativo. Era de edad ya madura, cabello y barba grises; pero respiraba toda su persona energía y vigor, y se veía en él, desde el primer momento, al monarca que funda los destinos de una raza, que levanta a los pueblos a la dignidad de la Historia.

—Doncel —murmuró al fin—, toda acción heroica, ejecútela caballero o villano, debe recordarse y ensalzarse. Cuanto más, que ni el señor rey Alejandro el Magno, ni el señor Darío, ni ninguno de los famosos paladines de la antigüedad estaban, que sepamos, armados caballeros, ni aun se conocían en su tiempo las leyes de la andante caballería. Los héroes son anteriores a la andante caballería, según se me alcanza.

—No en balde dicen que eres un gran sabio, buen Rey —contestó el mozo inclinándose—, y yo reconozco que he errado de medio a medio. No obstante, hoy son los caballeros los que sostienen las demandas, y yo vengo aquí resuelto a auxiliarte en la que tienes emprendida contra los moros de Iberia, que se aprestan a caer sobre estos reinos francos.

—Bien habla el doncel —opinó melosamente la reina doña Ginebra, que desde que había entrado el apuesto garzón, no le quitaba ojo—. Y con tal ayuda como la suya, me parece ¡oh gran Rey!, que tienes segura la victoria.

Isayo la miró agradecido. La Reina estaba en la edad en que los frutos se sazonan y los dora esplendoroso el sol, no poniente aún. Su hermosura, de las más espléndidas que conoció Bretaña, no decaía, y la sostenían, y hasta la aumentaban, hábiles artificios de sus esclavas orientales, diestras en aplicar a la cabellera mixturas que encubren la indiscreción de las canas, y a la tez afeites que la hacen fresca como la flor con rocío. Sobre el escote cuadrado del traje de velludo verde aforrado de armiño, caían, realzando lo blanco de la pechuga, sartas de perlas preciosas. Al responder a la mirada de gratitud del caballero con otra prolongada y cálida, la Reina sonreía, y sus dedos acariciaban los sartales, como desearía entrejugar con los rizos del Triste.

—Doncel —advirtió el Rey—, pues piensas ayudarme en tal empresa, y quieres ganar prez antes que eches barba, te confiaré una peligrosa misión. Irás a España a llevar un mensaje mío al rey Juan, que estará en Sansueña o en Burgos. El Rey me ha prometido que marchará contra los moros, juntando un ejército formidable, y que, escarmentados allí, no podrán asomarse aquí. Este mi deseo es útil, ante todo, al rey Juan y a la cristiandad de España, y el rey Juan es valeroso campeador, pero remiso en activar campañas. Esto, para tu gobierno te lo digo. En un pliego llevarás mis instrucciones y la recomendación de tu persona.

—Esposo mío —interrumpió Ginebra—, ¿no fuera mejor conservar a vuestro lado al Caballero Triste, que con su valiente espada puede acorreros tanto?

—Bien sabemos lo que hacemos, esposa mía —decidió severamente Artús, que había notado siempre en su mujer inclinación a que permaneciesen en la corte los caballeros apuestos y gentiles, y andaba muy barba sobre el hombro y con ojos hasta en la nuca—. Y vos, doncel, descansad a vuestro talante esta noche, y mañana, al rayar la aurora, venid a pedirme la venia y el pliego.

Con esto salieron a esparcirse por los jardines, y las damas y doncellas de la Reina, así como los pajes, le llevaron a unas espesuras de arbustos muy olorosos, y entretuvieron las horas que faltaban para la cena cantando canciones y endechas de amor y tocando la vihuela y el laúd blanda y deliciosamente. Isayo sentía deslizarse por sus venas una dulce molicie, una onda de juventud vibrante. Las damas de Ginebra eran fembras placenteras y de gauda condición, y sus dichos y agudezas disipaban la melancolía, a la cual el doncel era inclinado. Cuando más entretenidos se hallaban en coplas y músicas, se presentó el Rey y llamó a Isayo, llevándosele hacia la soledad de un camino cubierto, practicado bajo la línea del reducto. Sin manto ni corona, vestido sólo de ligeras mallas, inspiraba más confianza Artús.

—Doncel Triste —murmuró el Rey cuando estuvieron donde nadie podía oírles—, al pronto no había reparado en los rasgos de tu faz; pero ahora he caído en cierta semejanza con alguien a quien he conocido mucho… Y ya no puedo dudar: tienes el mismo semblante del gran paladín Tristán de Leonís, cuando era mancebo como tú. Eres, sin duda, el desdichado niño a quien la esposa de tu padre hizo abandonar en la linde de un bosque para que lo devorasen las fieras. Eres la única sangre que resta en Bretaña de aquel héroe y príncipe.

—Su hijo soy, en efecto —balbuceó Isayo.

—Pues sufre que quien es tan mayor que tú en años te recomienda que imites a tu padre en sus encumbrados hechos; pero no en lo que causó su desventura y temprana muerte. Guárdate del dragón de las pasiones, que ronda buscando presa. Y no te digo más, que tu discreción ha de igualar a tu valentía y a lo ilustre de tu estirpe.

Aquella noche, después de la cena, de exquisitos manjares y añejos y ardientes vinos, se retiró Isayo a su aposento, no sin haber besado con respeto la mano de la Reina y del Rey. A su puerta, sobre pérsica alcatifa, se tendió Tronco, el escudero, puñal en cinto.

—Aquí no has menester guardarme, buen Tronco —declaró Isayo—. Ningún peligro me amenaza.

—Más peligros se corren a veces en los palacios, señor, que en los despoblados —afirmó Tronco—. Bien se ve que eres nuevo en estas andanzas. Pero duerme tranquilo hasta el alborear, que Tronco está aquí para que nada malo te ocurra, y para despertarte cuando sea hora de que te ciñas la espada y calces las espuelas.

Sería por filo la media noche, cuando Tronco, que dormía con sólo un ojo, como las liebres, oyó a la puerta del aposento un ruidito muy suave, como de pasos tácitos y femeniles, y el arañar de una manecita con uñas finas, al mismo tiempo que una fingida tos. Se puso en pie y entreabrió la puerta, detrás de la cual estaba una mujer, cubierta la faz con espesos cendales, que le hizo seña de guardar silencio.

—Buen escudero —dijo en voz tan queda que parecía un susurro—, di a tu amo, el Doncel Triste, que una dama desea confiarle el secreto de su pecho afligido y ferido de punta de pena… Que ha menester que la acorran en su cuita, y que sólo el Doncel Triste puede poner remedio a una gran desventura.

La faz maliciosa de Tronco adquirió una expresión digna de ser reproducida por los imagineros que tallaban en piedra y en madera las faces muequeras y burlonas de monos y sabandijas. Iniciando una reverencia irónica, declaró:

—Noble dama, volveos a vuestro camarín, que mi amo, rendido de la fatiga de todo el día, ha menester reposo. Horas son estas impropias para que tan honestas dueñas como vos acudan al dormitorio de los caballeros. Si lo supiese nuestra reina y señora Ginebra, de tan buena fama, tenida por más casta que la Lucrecia de los romanos, os hubiera de costar caro, de fijo, tendeos otra vez en vuestras holandas, que aguardan el dulce peso de vuestras carnes. Es un consejo bueno, y agradecérmelo heis.

Fuese corrida la dama, pero minutos después sintió, en efecto, verdadera gratitud, pues se hizo en palacio una ronda, al frente de la cual iba el mismo rey Artús, con espada y rodela, para ver si todo estaba en orden, cada cual en su lecho, y ningún malhechor en el palacio. Y al rayar la aurora, Isayo, tranquilo e inocente, dándole Artús pliego y venia, salió de la mansión real.

Capítulo 5

Cabalgaron el Doncel y su escudero, y guiándose por las noticias recién sabidas, cruzaron toda la tierra de Francia, hasta los Pirineos, y entrando por las gargantas de Roncesvalles, se fueron llegando a Pamplona. En el largo trayecto no faltaron lances peligrosos, y se anunciaron no pocas aventuras que prometían honra singular a un caballero novel; pero Isayo no quiso seguirlas, aunque el cuerpo le hirviese en deseos de probar sus fuerzas. No tenía el derecho de exponerse a una herida grave o a ser muerto, sin entregar antes el mensaje del rey de Bretaña al Monarca castellano, y acordar con él que deshiciese los formidables aprestos de los moros, resueltos a acabar con la cristiandad de Castilla, para volverse después contra Francia. Isayo iba derecho a su fin, y no se detenía. Al avistar a Pamplona tuvo, sin embargo, un momento de vacilación, porque se le ofreció una aventura que, sin nota de cobarde, no había manera de dejar atrás. A la boca de un puente le salieron al paso tres figuras armadas de punta en blanco, cuyo rostro tapaba la visera, y que, a grandes voces, gritaban:

—¡No se pasa, no se pasa por aquí! Quien quiera que seáis, atrevido caballero, sed servido de volver grupas, vos y ese contrahecho y ridículo escudero que os acompaña. Buscad caminos más desviados, vadead el río si así os place, gire a bien que va medio seco; pero este puente lo guardan tres Alderetes, caballeros de este lugar, y a nadie consienten que pase sin que primero sean con ellos en singular batalla.

Y he aquí que Tronco, con su fisga maligna, ofendido quizás de haberse oído llamar ridículo, metió su cucharada, exclamando:

—¡Si son tres los Alderetes, el combate no puede ser singular!

A lo cual respondieron fieramente los armados:

—Aunque no es cosa guisada para nos el contestar a escuderos, has de entender que tu amo se habrá con nosotros Alderete por Alderete.

—Con los tres a la vez quisiera haberme, y es favor que pido por cortesía, puesto que soy extranjero y andante.

Se lo concedieron los Alderetes, y revolviendo su bridón, Isayo dio sobre ellos, con tal empuje y brío, que al uno lo echó abajo de su montura, al otro le metió la lanza por la juntura de la visera, hiriéndole gravemente en el entrecejo, por lo cual empezó a pedir confesión, y el tercero, viendo tan mal parados a sus hermanos, se detuvo refrenando a su tordo, y confesando que el andante había conseguido la victoria, y de buen grado no teniendo otro remedio, los Alderetes le dejaban el paso libre.

Por atajos muy rústicos, fuese acercado a la provincia de Burgos el Triste, y llegó a la corte del rey don Juan. No era tan pulida y refinada como la de Artús, y desde el primer momento pudo comprender Isayo que allí se vivía en pie de guerra, y ni un momento se perdía de vista la amenaza inminente del moro que trataba de apoderarse de la capital de Castilla, hiriendo así en el corazón a los que reconquistaban a España. Al presentar Isayo las letras que llevaba del rey Artús, el de Castilla le acogió como a un hermano. El auxilio que se le prometía era lo que más podía desear en tales momentos, porque amagaba la avance de los moros, y no se hablaba de otra cosa en el país.

El rey de Castilla era fuerte, enjuto y de fieras pupilas. En cambio su hermana, la infanta doña Mayor, teníalas tan flecheras y cariciosas, que fueron lo primero en que de su persona reparó el doncel de Bretaña. Eran además sus ojos grandes, negros y guarnecidos de muy tupido pestañaje; y los labios de la Infanta hacían competencia a las moriscas arracadas de coral que colgaban de sus orejas menudas. No era la infanta de Castilla una belleza deslumbradora, como la esposa de Artús, sino una graciosa flor de juventud, una morena de tez de trigo maduro. Se embelesaba Isayo mirándola, y el Rey, que notó la mutua afición que parecieron cobrarse desde el primer instante Infanta y caballero, fue gustoso en que se cortejasen, y, alterando la severidad de aquella corte militarmente organizada, dispuso justas, torneos y fiestas de cañas y bohordar tablado, a fin de que luciese el mensajero de Artús su destreza y agilidad, rompiendo lanzas con los caballeros burgaleses y de Castilla toda, que iban reuniéndose en Burgos, para aprestarse a resistir el empuje de los infieles.

Isayo, en efecto, justó y corrió cañas y sortijas, y el premio de su destreza fue una banda carmesí, que la Infanta misma, con sus manos chiquitas y torneadas, le ciñó al talle. Y así en los banquetes como en el sarao, todos cedían a Isayo el lugar al lado de doña Mayor, y ésta atendía al caballero, regalándole ramillos de alecrín, pañizuelos de olán, y otras menudencias significativas. Las damas de la Infanta no cesaban de preguntar al Caballero Triste detalles acerca de la corte de Artús, de cómo se adornaba y aderezaba la reina Ginebra, y un día, la propia Infanta preguntó por la suerte desdichada de los dos amadores, Tristán de Leonís e Iseo de Cornualla, y por el rosal que, según fama, crecía abrazado en su sepulcro. En mala hora fue hecha la pregunta, porque, como si el filtro volviese a ejercer su virtud misteriosa, desde aquel punto Tristán empezó a encontrar que la Infanta era demasiado morenucha, y que sus ojos se parecían a los de muchas aguadoras que iban a llenar sus cántaros a las fuentes de la ciudad, y que no sabia vestir sus galas de princesa con la gracia y aire de la reina Ginebra de Bretaña, y de las damas de su séquito; y que, en fin, todo lo de Bretaña era más bello y digno de atraer a un corazón elevado, que lo de la ruda corte de don Juan, donde, por no hacer, ni la guerra se hacía. Y no era principalmente la reina Ginebra lo que encadenaba la mente del Triste. Fue allí, en la misma corte del monarca castellano, entre una gente que no sabía de conjuros, ni de encantamientos, como no lo supo nunca el Cid Ruy Díaz, cuyo recuerdo estaba vivo en Burgos y en su iglesia juradera, y en sus muros grises y recios, donde el Triste comprendió que su alma era distinta de las almas de aquellos campeadores sin complicaciones, sin melancolías; que si su espada no estaba fadada lo estaba su corazón, y que la única imagen grabada en él era la de la fada de rubios cabellos que plateaba la luna, y de ojos verdes como el mar tranquilo. Y por desahogar su corazón, como quiera que el escudero le había dado mil pruebas de lealtad y le había sacado de más de un aprieto, le confió aquel estado de su espíritu, aquellas ansias que él mismo no comprendía bien. El escudero le oía, cambiada la expresión burlona de su faz por otra de intenso sentimiento.

—Señor —opinó al cabo— todo eso… ¿yo qué sé? Paréceme que son unos fermentos o fervores que te ha dejado dentro la sangre que llevas; rezagos del filtro que perdió a tus padres que les costó la vida en lo mejor de su floreciente mocedad. No en vano te encargó el rey Artús que huyeses de las pasiones; y yo te digo que en lo poco que se me alcanza, los sueños son peores que las pasiones todavía. Las pasiones se satisfacen, pero los sueños jamás. —Al decir así la voz de Tronco temblaba, y parecía como si hubiese en ella lágrimas que pugnaban por abrirse cauce.

—Cásate —añadió Tronco en un arranque de sinceridad— con la Infantina, que te eleva a la altura casi de un Rey. Vive con ella como fiel esposo. ¡Echa fuera el veneno del filtro! Por tu vida ¡no vuelvas a cavilar en la fada bretona! Los días de las fadas se han concluido… Su hora pasó.

Mientras Isayo, indeciso, escuchaba a su escudero, entró despavorida doña Jerónima Torrente, dama favorita y confidente de la Infanta, gritando: ¡Favor, favor!, Los moros habrán robado a su señora.

—¡No lo sabe aún el señor Rey! La Infanta fue esta mañana a recrearse en el huerto real, a media legua de Burgos, y cátate que el espantable morazo Almilihacen Quevir ha sorprendido a la guardia que la Infanta siempre lleva y la ha pasado a cuchillo, y a estas horas galopan con la Infanta en la grupa, camino de Nájera, donde tres días ha lograron entrar a sangre y fuego.

No quiso oír más Isayo. De repente, toda la indiferencia que por la Infanta sentía se trocó en viva ilusión de salvarla y castigar a sus inicuos raptores, y acercándose al Rey le pidió permiso para atacar a Nájera y restituir a doña Mayor a su palacio de Burgos.

Ya se colige que el Rey se lo dio de buen grado. Isayo no admitió, de las tropas que el Rey le ofrecía, sino unos veinticinco hombres, al mando de tres valientes caballeros, llamados Velasco, Guzmán y Mendoza. Poco antes de que la pequeña tropa avistase a Nájera, el escudero Tronco pidió que hiciesen alto, y entre la sombra de unas encinas se despojó de sus vestiduras y apareció disfrazado de mendiga vieja y corcobada, con tal propiedad, que apenas si su amo le reconocía. Luego rogó a Isayo que aguardasen allí ocultos hasta la noche, pues él con su disfraz entraría en la plaza y se la abriría cuando estuviesen bien metidos en sueño los moros. Así lo hicieron los de Isayo, y, descansando primero, a cosa de la media noche, avanzaron sigilosamente, envueltos en cerros los pies de los caballos, hacia la villa. Llegados casi al pie de los muros, se detuvieron y esperaron. Al poco tiempo se abrió una poterna semi oculta, y dejando sus monturas al cuidado de uno de ellos, los de Castilla se metieron calladamente y a la deshilada en la villa. Tronco, abandonando el disfraz, los guiaba. En la revuelta de una calle sombría, Tronco abrió la puerta de una casucha, y de ella salieron dos cristianos que repartieron antorchas a la tropa, y antes de que nadie pudiese enterarse tenían Isayo y sus burgaleses pegado fuego a más de veinte casas que empezaban a arder. Entre la confusión, los castellanos podían avisar a los moradores de Nájera, de oreja a oreja, para que les ayudasen; y así pudieron concentrarse en el monasterio de San Benito, donde Tronco les había dicho que Almilihacen había instalado su residencia, y encerrado a la Infanta cautiva. Las puertas las hallaron francas, porque la guarnición mora, desnudo el alfanje, salía en tropel a ver qué era aquello del incendio; y no fue difícil a Isayo penetrar en la cámara donde la Infanta estaba arrodillada rezando, tomarla en brazos, echándole encima el velo de una esclava mora, y salir con ella a cuestas, repitiendo: «¡Al fuego! ¡Agua, agua!». Corrió a la poterna por donde habían entrado; lleva a la Infanta al bosquecillo, y allí se la confió a Tronco, que la puso a la grupa y salió echando chispas, camino de Burgos. Y entonces el Caballero Triste y su pequeña hueste volvieron, ya a caballo, a Nájera, envuelta en llamas y humo, donde sólo se oían lamentos y gritos; y entraron como diablos sueltos, sin dejar moro a vida, hasta que el doncel pudo encararse con el propio Almilihacen Quevir y medir con él sus armas; pero aunque bien quisiera despacharle como cuentan las crónicas que despachó Galaor al desemejado gigante señor de la peña de Gáltares, el morazo logró huir a favor de la confusión; sus tropas, no sabiendo con quién combatían, faltándoles jefe, se rindieron, y Nájera quedó por los cristianos otra vez.

Capítulo 6

Ya se deja entender qué regocijo habría en Burgos con haber recobrado a la Infanta, y también la villa de Nájera. Con la tazaña del Caballero Triste, y el regocijo que en Burgos siguió a ella, cobraron ánimos los cristianos de todas partes, y en tropel, armado cada cual como pudo, se dirigieron a la ciudad para ofrecerse al Rey, rogándole que marchase sobre los infieles hasta arrojarles de astilla y darles un buen escarmiento.

Estaba el Rey más inclinado a celebrar con festines el fausto acontecimiento del rescate de su hermana y cobro de la villa que a salir a padecer las incomodidades de una campaña que podía ser larga y hasta acabar en mal suceso para las armas de los castellanos. Y no juzgue nadie por esto que el rey Juan fuese cobarde. Al contrario: había dado señales claras de no estimar en mucho la vida y realizado sus correspondientes proezas. Pero si no temía a la de la guadaña, temía en cambio a las molestias y privaciones, y diera cuanto hay en el mundo por no sufrirlas. Sin embargo, como Isayo le animase y hasta le reprendiese respetuosamente su pereza, el rey Juan acabó por resolverse a la campaña, y, resuelto ya, demostró un celo y un entusiasmo realmente laudables.

Antes de emprender la jornada, anunció a condes y caballeros y a sus buenos burgaleses, por pregones de heraldo, cómo el caballero Isayo de Leonís llevaría en su escudo, desde hoy más, la figura de una Infantina, y a sus pies muchas testas de moros cortadas, y que, al volver vencedores de los sarracenos, se celebrarían en Burgos grandes fiestas para solemnizar las bodas del caballero Isayo, Príncipe de Bretaña, y la Infanta doña Mayor de Castilla.

Isayo escuchó el pregón de mal talante, pues cada día estaba más convencido de que no era por la Infanta por quien ardía su corazón, sino por la misteriosa Fada, la de los cabellos de luz. No obstante, se consoló pensando que aún no estaba hecho el desposorio y que ahora sólo importaba dar fin de los moros, en servicio de Dios y también, indirectamente, del Rey Artús.

Empezaron, pues, los aprestos, y la buena ciudad de Burgos ofreció golpe de escudos de oro para armar convenientemente a tantos como acudían a alistarse para la común empresa. Isayo organizó la caballería, y el rey Juan se puso al frente de arqueros y peones. Los herreros no cesaban de forjar lanzas y hierros de flechas, rodelas y capacetes. Las mujeres confeccionaban, con cerro y telas de estopa, unas como corazas, defensivas de los dardos y viras agudas. Los monjes enviaron a sus novicios más fornidos y alentados para combatir, con provisiones de medicamentos y yerbas salutíferas, toneles de vino y grandes cargas de tocinos y cecinas. Iban llegando de muy lejos los señores y condes, con sus pendones y calderas, y sus mesnadas, impacientes de pelear.

Salidos no se sabe de dónde, algunos franceses acudieron a presentarse a Isayo ofreciendo su espada.

Burgos estaba lleno de ruido, de actividad, de marcial alegría. En la Catedral, que no se cerraba de día ni de noche, ardían centenares de cirios, y la salmodia de los rezos remedaba el zumbido profundo de los enjambres.

Y por fin, una mañana se puso en marcha el ejército. Las campanas volteaban, y entre la multitud se oían lloros y también exclamaciones de esperanza y aliento. Las mujeres alzaban en brazos a los niños para que los padres y hermanos los viesen todavía una vez. Dos abades mitrados bendecían a las tropas. El arzobispo no bendecía porque iba, en su mula bien engualdrapada, al lado del Rey, dispuesto a lidiar como cualquiera. En el arzón de su silla, una virgen de marfil iba guardada en su caja de tafilete, y en un saquillo el cáliz, a fin de poder decir misa.

La Infantina, desde el balcón de palacio, agitaba, deshecha en lágrimas, su pañizuelo orlado de randas ricas. Isayo hacía corbetear a su bridón. Franqueó las puertas de la ciudad el torrente de hombres y caballos y se derramó por el campo amarillo, donde el trigo acababa de ser segado recientemente. Los villanos salían a la calzada, en fila doble, a ver pasar a los que habían de salvar para siempre sus cosechas y sus vidas. Un labrador, mozo y bien formado, corrió al pueblo a pedir prestada una lanza herrumbrosa, y se incorporó a la tropa, cantando alegremente.

Caminaron tres jornadas arreo, hasta que las avanzadas y descubiertas avisaron que se divisaba el ejército de los moros. Era tan numeroso, decían, que cubría toda la llanura en incontables huestes de a pie y de a caballo. Tronco, ligero como un jimio, se adelantó y pudo traer nuevas animadoras.

—Muchos son ¡oh Rey! —vino a decir—, pero tantas son las espigas y el segador las siega juntas. Muchos son, pero veremos a la hora del ataque cuántos permanecen, porque son gente allegadiza, y hay no pocos judíos.

En efecto, los infieles habían realizado un esfuerzo decisivo para dominar Castilla de una vez, y aprovechando la victoria, volverse contra Francia, país rico, que despertaba su codicia. Don Juan se encomendó a Nuestra Señora; Isayo pensó en la rosa que llevaba oculta y que no se marchitaba jamás; y la muchedumbre cristiana gritó electrizada: «¡Santiago, y a ellos!».

Al nombre de Santiago, Isayo se estremeció. Le había referido Angriote la leyenda del Apóstol gallego, y no ignoraba que en las formidables batallas donde corre peligro la Cruz no se desdeñaba el mártir de pelear por los suyos.

Metió espuelas a Azor, diciendo que quería ser el primero en retar a los infieles. Y hallándose ya buen trecho a campo raso, dio voces, y lanzó su guantelete, gritando que retaba a singular batalla al telón Almilihacen Quevir, raptor de doncellas, y que allí no lograría escapársele, según en Nájera había hecho. Y como los moros no ignoraban las leyes de caballería, y las practicaban también a veces, he aquí que Almilihacen Quevir en persona, rigiendo un potro cordobés, enjaezado con ricos arreos, salió al frente, y su escudero recogió el guante que había arrojado el cristiano, en señal de que aceptaba el desafío.

Los dos ejércitos suspendieron la marcha, y se estableció maravilloso silencio. Salieron a un tiempo ambos desafiados, al galope de sus monturas, bajas las lanzas; y al encontrarse, dieron con ella en los escudos sonoro golpe. Pudo ver Isayo que su adversario era membrudo y alto, con ojos de fuego y cara grave, barbuda. Distraído en contemplarle, no previno el segundo bote de lanza, tan recio, que le quebró el escudo en dos, y a poco más le pasa el costado. Tiró entonces el Triste de la espada, y con rapidez asombrosa, descargó un tajo sobre el yelmo del moro, tal que le hendió; y entrando el acero hasta el cráneo, y descubriendo los sesos, cayó de su caballo el infiel, con los brazos abiertos, como buzo que se arroja al mar. Isayo, con no vista rapidez, saltó entonces de su montura y, despojando al moro de la gola, segó la cabeza, la levantó en alto, destilando sangre, la colgó del arzón y, cabalgando otra vez, volvió grupas, perseguido ya por una nube de flechas; porque la multitud no entiende de caballerías, y aun cuando no era cortés atacar al que en buena lid había vencido, lo que deseaban era acabar con él, en venganza de la cruda muerte de su jefe Almilihacen Quevir. Y, a su vez, el ejército cristiano, indignado, y engreído por la victoria del que ya llamaban el Caballero de la Infanta, se arrojó con ímpetu sobre la morisma. Eran uno contra cinco los de la Cruz, pero sentían algo misterioso que parecía anunciarles ya el triunfo completo, esplendente.

La pelea duró hasta que el sol declinaba. Prodigios de valor se hicieron por una y otra parte, y en el campo seco y en rastrojo, reflorecieron a miles las inmensas amapolas de la sangre. Los caballos tenían rojas las patas, y a muchos les llegaba hasta el vientre. Las espadas estaban melladas de tanto hundirse en la carne y cortar hasta el hueso. Todavía, sin embargo, no se había decidido definitivamente la victoria. Había momentos en que la superioridad del número desconcertaba a los cristianos. El rey Juan, herido de flecha en un hombro, desmayado con lo agudo de los dolores, había sido retirado a distancia a su tienda, y los físicos, le aplicaban ungüentos a la llaga, después de haberle arrancado la aguda punta. Isayo tomó el mando y se metió una vez más entre las haces moras realizando supremo esfuerzo. Las abría como la proa del barco abre las olas, pero, como ellas, volvían a cerrarse. Tronco, a su lado, cubriéndole con su deforme cuerpo, manejando un puñalete de seguro golpe, se le acercó al oído.

—¡Isayo de Leonís! ¡Llama al Señor Santiago! Yo no puedo. ¡No he recibido el bautismo!

Isayo llamó, en efecto, al Apóstol tres veces, en voz suplicante. Sus huestes secundaron el grito.

—¡Señor Santiago! ¡Señor Santiago! ¡Ejeya! ¡Válenos, que somos los tuyos!

Y allá donde el poniente se teñía de flamígeros arreboles, entre las nubes de rosa y rubí, un blanco corcel pasó, llevando por jinete a un peregrino de manto también blanco, con espada desenvainada que blandía sobre los moros. El cielo resplandecía más, con claridad deslumbradora, por donde el corcel pasaba, y se veían detrás de la figura del Santo como abismos de luz, y en el suelo las haces de moros, de pronto, caían segadas como mies, mientras otros, en tropel, huían despavoridos. Los cristianos gritaban locos de gozo:

—¡Santiago! ¡Santiago! ¡Victoria!

Isayo, atónito, no apartaba los ojos de la aparición, visible sólo para él, adivinada por los demás… Echó pie a tierra, se arrodilló en el sangriento suelo e hizo voto de ir en peregrinación a Compostela, tan pronto cumpliese la otra oferta de desencantar al sabio Merlín para que fuese bautizado. Vestiría la esclavina, cosería a ella las conchas, empuñaría el bordón, humildemente, e iría a dar gracias al gran Caballero andante de los aires, al que vuela sobre los campos de batalla y recoge las almas de los que mueren defendiendo a la Patria y a Dios.

Cerraba la noche cuando el ejército cristiano empezó a darse cuenta de lo que había sido la jornada. Millares de moros yacían en montones. Un botín inmenso sería recogido al día siguiente y distribuido según justicia. Los moros que huían a la desbandada, heridos y con el alma afligida, eran muy pocos. Tal triunfo, no visto desde los días del Campeador, era de capital importancia para la seguridad de Castilla, y no de Castilla sólo. Así se lo dijo al Rey el Caballero Triste al pedirle licencia para partir al día siguiente muy temprano.

—¿Y cómo quieres partir ahora, anunciado tu enlace con la Infanta, cuando vamos a festejar en Burgos el triunfo señalado, en tanta parte, obra tuya?

—Mía, no —declaró Isayo—. El Señor Santiago y Santa María lo hicieron. Y respecto a mis bodas, has de saber que yo no merezco a la Infanta.

Envenenada mi sangre, desde el nacer por el mismo filtro que perdió a mis padres, amo a una mujer… que ni mujer es siquiera; que acaso no pertenece a la humanidad. No puedo explicar mejor lo que me pasa. Te ruego pidas a la señora Infanta que me otorgue su perdón, y piense alguna vez con bondad en su caballero, que la libró del moro y pugnó por ella, y que rece frecuentemente por Isayo de Leonís. Y ahora considera también ¡oh gran rey de Castilla! (que desde hoy eres más grande), cómo estoy obligado a llevar a mi señor Artús la respuesta al mensaje con que me despachó, y cómo tengo un voto que cumplir en Bretaña, y es el desencanto del sabio Merlín. No sienta bien a los andantes sumergirse en las delicias del matrimonio, y mira cómo al Cid, por sus hijas le vino afrenta. El andante, suelto y señero. Adiós, rey don Juan… No desaproveches la victoria. ¡Adelante!

Capítulo 7

Salió Isayo, en efecto, temprano, oída misa de acción de gracias, que dijo el arzobispo con sublime fervor, y caballero y escudero desanduvieron el camino, no sin algunos encuentros con rezagados y dispersos moros, en que pudo Isayo probar una vez más su arrojo invencible. Ya en tierra francesa, notó que empezaba a correr (a pesar de no conocerse entonces los radiogramas), la noticia de su señalado triunfo; y era grande el júbilo, pues tan amenazada pudo verse entonces Francia como Castilla. Al llegar, por fin, a la Corte de Artús, le recibieron con singulares demostraciones de cariño y de entusiasmo. La gente, en la calle, besaba sus estribos, y las doncellas le sembraban el camino de flores. En su ilusión, suponían que era Isayo, y nadie más, quien había destruido el poder de los mahometanos, como otro Carlos Martel.

Las protestas del doncel no bastaban para impedir los extremos de idolatría. El Rey, aunque más reflexivo, y enterado de la parte que las huestes castellanas tuvieron en la empresa, también le acogió como acogería a un hijo, abrazándole y dándole en el banquete la silla más alta. Ginebra le devoraba con los ojos; y esto fue parte a que el caballero, antes que anocheciese, pidiese licencia al Rey para seguir jornada e irse a dormir al monasterio.

—Empeñada está mi palabra, señor —alegó respetuosamente—, y he de desencantar al sabio Merlín, lo cual redundará en gran beneficio de la cristiandad, y de estos reinos particularmente. Al bautizar al Sabidor se habrán acabado la idolatría y las viejas supersticiones. Con los consejos y ciencia de Merlín, tu reinado, ya tan glorioso, llegará al esplendor sumo. No me permite mi conciencia desatender un instante en esta demanda, ni malograrla por lentitud. Así pues, ¡oh Rey!, déjame besar, en señal de despedida, tu valerosa mano.

El Rey le dio los brazos; la Reina le clavó una vez más los ojos, como si quisiera beberle el semblante, y el doncel salió a rienda suelta, momentos después, hacia el monasterio. El prior le recibió también poco menos que bajo palio; la comunidad se puso en doble fila para saludarle a su llegada, y un viejo, tenido en olor de santidad, murmuraba palabras de misterio. Aquel era el que había vencido a los moros, ¡el protegido del Apóstol de Compostela!

Diéronle la mejor celda, al lado de la abacial; destaparon en su honor frascos de vino añejo, que conservaban para agasajar a los monarcas, y a la mañana siguiente, el abad despidió a su huésped, bien provistas las alforjas, y aun el bolsillo, pues Isayo, a fuer de buen caballero andante, no quería cuidar de tales minucias. Pero antes de que subiese sobre Azor, pidió consejo al abad acerca de la empresa que iba a acometer.

—En Dios y en mi ánima —dijo—, que ignoro por completo cómo he de valerme para el tal desencanto. He orado, por si Nuestra Señora quiere inspirarme, y parece que noto instinto de ir hacia allá, hacia el bosque donde crece el espino mágico; pero es todo lo que se me ocurre, y no sé palabra de lo que tengo de hacer allí. Si de pelear se tratase, sería cosa fácil, y ojalá que se trate de descabezar a algún dragón.

—Hijo mío —declaró el abad—, yo, que me he pasado la noche en oración para que Dios me iluminase tampoco sé qué responderte. No por eso pierdas la fe, ni desmayes, ni temas. Encamínate derecho al blanco espino, y si otro medio no hallas, córtalo por el pie, ya que el sabio está encarcelado dentro.

—Eso haré —exclamó el caballero, y poco después, al trote largo de Azor, se dirigía con Tronco, siguiendo siempre la orilla del mar, hacia el encantado bosque.

—¿Tronco amigo? —preguntó cuando hicieron alto para reparar sus fuerzas—, he visto por experiencia que, además de valeroso y leal, eres de sutil ingenio. Tú no ignoras lo que me lleva hacia el bosque de las Fadas. Quiero desencantar al sabio Merlín, libertarle de la cruel prisión en que la malignidad de Bibiana le ha recluido.

—Cepos quedos —respondió Tronco—. Antes de suponer malignidades, entérate bien de esa historia. Yo he oído decir que Bibiana hizo perfectamente en sujetar a eterna prisión al brujo. Mientras el brujo estuviese libre, la religión cristiana no adelantaría terreno en el país bretón. Y, además, su amor insensato por Bibiana era piedra de escándalo para todos.

—No importa —contestó el Caballero.— He ofrecido al rey Artús el rescate del brujo, y rescatarlo he. Pon en juego tu vivo entendimiento, Tronco, y sácame de este apuro en que me hallo.

Sorprendió a Isayo la pena que manifestaba el semblante, siempre animado de malicia, de su escudero. Era visible que le repugnaba inmensamente la idea del desencanto, aunque no fuese fácil adivinar el por qué.

Caminaron, pues, al borde de la costa brava, durmiendo otra vez en las humildes granjas o en las chozas de los pescadores, adonde no había llegado la noticia de las proezas de Isayo, pero que reconocían en él, con afecto, al caballero de antes, al que un día compartió su frugal pitanza y se hospedó bajo su techo. Los niños le acogían con risas inocentes, y las viejas, dejando la rueca, salmodiaban cosas dulces. Y el Caballero de la perenne tristeza la sentía dispararse al contacto de aquellas almas sencillas, que no le habían olvidado.

Por fin, una tarde, llegaron al paraje en que la Fada madrina dio cita, a su ahijado, un día memorable. Era, ya se recordará, el sitio llamado de la Danza o Corro de los Gigantes, donde se alzaban las enormes piedras que se creían traídas del país de Gales por Merlín, en antiguos días. La vista del extraordinario monumento causó en el Caballero impresión profunda. Los recuerdos se le agolparon. Era allí donde se le apareció, en su radiante belleza, la Fada madrina, suelta la cabellera de fino y cendrado oro, que la vestía de pies a cabeza, y flotaba sobre el candor de su túnica. Y una vez más sintió que sólo a ella podía amar con un amor sin consuelo, un amor de embrujamiento también, de esos que no conocen remedio ni se sujetan a lo que la reflexión puede dictar. Y, concentrando su pensamiento en la memoria adorada, extendió la mano hacia el círculo de las espantosas piedras, y las conjuró a que, pues estaban colocadas allí por artes y hechicerías de Merlín, le sugiriesen el modo de desencantarle, siquiera por ley de gratitud.

Era ya noche cuando formuló este deseo Isayo. La luna acaba de asomar, como ligera hoz druídica, pronta a cortar, del árbol del Dios sanguinario, el sacro muérdago de los celtas. Y a su claridad débil vio un extraño espectáculo el Caballero. Las piedras del Corro de los Gigantes, que conmemoraban la gloria de los guerreros muertos, empezaron a oscilar ligeramente, con acompasado ritmo. Era la trepidación que acompaña a los primeros momentos en que tales piedras enormes se animan y ejecutan su baile terrible. Poco a poco, los colosales monolitos adquirieron velocidad, como si saliesen de un secular sueño y quisiesen recobrar la vida que yacía oscuramente en sus entrañas de piedra. Cabeceaban ya, sobre su base hondamente enterrada, y algunas veces se entrechocaban en el cabeceo, produciendo ruido como el de los escudos heridos por las lanzas, o como el fragoroso rumor de los ejércitos que uno contra otro se precipitan. Al fin, a fuerza de trepidaciones violentas, en que se inclinaban hasta el suelo, lograron las piedras arrancarse y soltarse totalmente, libres para la danza, que emprendieron con furia. Isayo, helado de terror, las vio correr como si fuesen ligeros corzos, y notó además que adquirían forma humana, rudimentaria y tosca. Parecían guerreros, armados de mazas, lanzas y espadas disformes, coronados sus cascos de laureles, mayores que arbustos, y, bajo los laureados yelmos, el rostro era una calavera de huecas pupilas. Los heroicos gigantes se habían convertido en esqueletos, como Tristán de Leonís, y el amor y la gloria se resolvían en eso, en huesos secos, tal vez en almas condenadas. Así pensó Isayo, mientras los gigantes danzaban furiosos, blandiendo las armas y estrechando su corro alrededor de Isayo espantado de lo que veía. Sí, los gigantes iban rodeándole, juntándose cada vez más. Parecían sus faces (como las de toda calavera) reír sarcásticamente, mientras sus descomunales brazos amenazaban. La espantosa pared de esqueletos se unía, el corro estaba ya tan junto, que el doncel se veía estrujado por las piedras vueltas hombres, y sentía correr el sudor por su rostro, y entrechocarse de pavor sus dientes. Hay casos en que, por muy caballero andante que se sea, y muy impávido que se tenga el corazón, se siente el desmayo ante una fuerza sombría que nos subyuga. Isayo no pudo ver con tranquilidad cómo se le echaba encima el Corro de los Gigantes, y gritó, con la angustia del que se ahoga:

—¡Madrina mía! ¡Madrina de mi alma! ¡Acórreme!

Cesó como por encanto el ruido; cada piedra volvió a su lugar; la luz de la luna alumbró el reposo eterno de los enormes postes de granito, y de unos copos de vapor surgió la Fada, suelto el pelo, flotante la blanca túnica, al cinto la hoz tradicional.

Si Isayo estuviese menos conmovido observaría que su escudero Tronco faltaba de allí. Pero no tenía ojos ni corazón sino para la madrina, dudando aún de la felicidad de tenerla al alcance de sus brazos.

Capítulo 8

Con un grito de ansiedad infinita, de pasión insensata, Isayo atrajo a sí a la Fada, que se dejó ir.

—¿No me conociste? —balbucía ella, envolviéndole en el manto de seda de la cabellera luminosa.— ¿No me conociste, di, amor mío? Yo era quien bajo el nombre y la figura de Tronco, te acompañaba, te defendía, trataba de que el camino te fuese menos largo y las horas menos difíciles. Yo no me separé de ti ni un instante. Yo era Tronco, tu escudero… Y ahora, cumpliendo mi promesa, acudo cuando me llamas… Pero ¿por qué me has llamado? Nuestra pasión es fatal, y te pido, Isayo, que la olvides, como olvidarás la impresión tremenda del baile de los gigantes. En mal hora y con mal sino cuidé de ti; en mal hora también te llevé al castillo de tu padre, a que, desde el seno de la muerte, te armase caballero.

—No digas eso, amada mía, —murmuraba, vibrante de ansiedad y de locura, el paladín. En buen hora te encuentro, en buen hora has vuelto a aparecérteme con tu seductora forma de mujer. Mujer serás para mí, y te amaré como el caballero galaico Mariño amó a la Sirena y vivió con ella largos años de felicidad. Aquí, en esta orilla del mar donde ha transcurrido mi niñez, o en el castillo de mis padres, que reedificaré para ti, habitaremos los dos, olvidados del mundo, en medio de tanta dicha.

—Isayo, sueñas. Tu estás destinado a fazañas mayores que las realizadas aún. Y yo… Yo, en fin, pudiera ser feliz un corto tiempo contigo, pero… era necesario que renunciases el empeño que traes aquí; que renunciases a desencantar a Merlín el protobrujo.

—No puedo, alma querida, —contestó el Triste devorándola a caricias, deshaciéndola contra su corazón. —No puedo… He dado mi palabra, he adquirido ante Dios el compromiso de libertar a Merlín para que sea bautizado. Tengo que salvar su alma, y también la tuya; porque en mi castillo te bautizaré, como el caballero Mariño, en tierras del apóstol Santiago, diz que bautizó a su hermosa Sirena.

La Fada calló. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, su cara palidecía y se marchitaba visiblemente como azucena que acaban de tronchar.

—¡Es el Destino —murmuró— el Destino, que lo ordena! ¡Cúmplase, pues, el Destino!

—¡Sí, tiene que cumplirse! —afirmó Isayo, que ciego de amor no veía la dolorosa y fúnebre calma que la Fada comenzaba a mostrar. —¡Sí, yo debo desencantar a Merlín; pero, mi bien, no sé cómo! De ti espero lo que yo no acierto a encontrar: la fórmula. ¿Qué debo hacer, dímelo tú? Si no lo sabes, busca a la malvada Bibiana, que no tuvo reparo en tratar así a su amante y maestro, y logra de ella que te comunique el secreto y el talismán. Cuanto sea preciso hacer lo haré, aunque hubiese que pasar al través de una hoguera encendida más alta que el faro, o combatir a los gigantes que acaban de rodearme, todos juntos.

Un gemido desesperado se escapó del pecho de la Fada, y halagando con las manos sutiles el cabello rizoso de Isayo, dijo en voz flébil:

—¿Ves la rama que avanza hacia el lado del Norte? En ella suele posarse una tórtola, que arrulla con tono dolorido, tal que rompe las telas del corazón. Si das muerte a la tórtola, cuando entone su amorosa elegía, con su sangre quedará desencantado Merlín. Ya lo sabes. Y déjame que me aleje, doncel mío, porque no quiero ver morir a un ave tan enamorada, tan tierna, tan fiel, tan infeliz…

—¿Volverás? ¿No me dejarás solo mucho tiempo? —imploró Isayo, ciñéndola y atrayéndola a sí.

—Volveré sin tardar —pronunció la Fada con acento inexplicable, en que el misterio de su alma se traslucía. —Cuando hieras mortalmente al ave y desencantes a Merlín, ¡me verás!

Isayo cerraba los ojos para mejor sentir el espíritu de la Fada, a flor de boca. Cuando los abrió, la Fada no estaba allí, y en las ramas del espino se oía, saudoso, el arrullo de la tórtola. El mismo Isayo, que iba a ser su matador, se conmovió de lástima, y hubiera dado algo bueno porque el desencanto de Merlín consistiese en obra digna de un caballero, como pelear con un jayán desmedido, o bajar al fondo de los mares o de una pavorosa sima, y no en herir a mansalva, sin defensa, a un avecilla inocente. Sin embargo, como era preciso resolverse a hacerlo, preparó el arco, que consigo llevaba siempre, provisto de flechas cortas, y guiándose por el canto, pues a la tórtola no se la veía, lanzó certeramente la saeta. Un quejido lastimero se escuchó, no en el árbol, sino a sus pies, y sin intervalo resonó clamoroso, sobrehumano, el tremendo baladro de Merlín.

El blanco espino se había abierto en dos, y el brujo salía, espantable con su cabellera y su barba, blancas como el ampo de la nieve, que le llegaban a los pies, y cubrían su desnudez senil por completo. Apenas se entreparecía el rostro, y las secas manos emergían de las espesísimas envedijadas canas. Era una aparición temerosa y espectral, así a la luz de la luna. Y como el espino hubiese quedado desnudo de la vegetación y la flor que lo cubría, Isayo comprendió que la florescencia del árbol encantado no era sino las canas de Merlín, que salían afuera, como un ruego y una lamentación constante del cautiverio del brujo.

Y cuando Isayo pensó que iba el viejo a darle gracias por su libertad, por el servicio incalculable, he aquí que le ve furioso, esgrimiendo las uñas que medían casi un palmo, crecidas desmedidamente, como la barba y el cabello, y queriendo arrancar los ojos a su bienhechor.

—Miserable, bastardo de Leonís, ¿qué has hecho? —gritaba— ¡La has matado! ¡La has matado! ¡A la última Fada, al genio de Bretaña, a la celeste Bibiana, mi amor, mi estrella!

—¿Yo? —repetía Isayo sin saber lo que pasaba—. ¿Yo? ¡Sí, he lanzado mi saeta contra una tortolilla!

—¡Contra Bibiana, contra la que fue el encanto de mis cansados años, contra Bibiana, la de los cabellos de oro!— repetía frenético el espectro—. ¡Ella me encerró en el espino; pero ella me hubiese soltado al fin, y entonces, con sólo mirarla, hubiese sido más dichoso que el rey Artús en su corte! ¡Oh, Bibiana, hechizo mío, ven, que yo recoja tu postrer mirada!

Y bajándose al suelo, Merlín levantó en sus brazos esqueléticos el cuerpo de la Fada madrina, en cuyo corazón, aún palpitante, estaba clavada la saeta del doncel.

Y al ver éste que, en efecto, era su ídolo, su adorada, la que yacía sin vida por su culpa, exhaló un alarido de espanto, y se arrojó sobre la moribunda, queriendo reanimarla. Y no pudiera hacerlo ni Merlín con su mágico poder, pues el Destino, superior a toda magia, así lo había dispuesto. La última Fada bretona expiraba, y sus ojos verdes se volvían hacia el matador, con luz de pasión inextinguible.

Todavía sus labios parecieron murmurar: —¡Isayo! ¡Isayo!— Y después, sus párpados se cerraron, su aliento cesó.

Merlín lloraba… Resbalaba el llanto por el árida faz, y rodaban por la selva de la barba fluvial, espesa como vedija de carnero, las lágrimas ardientes. Y volviéndose por última vez hacia Isayo, le lanzó la maldición:

—Comido de grajos te veas… Se te vuelva hiel la bebida, y ceniza los manjares… Seas vencido por villanos… Se convierta contra ti cuanto emprendas de bueno… Nombren todos a tus padres para deshonrarlos… Y Artús, que te envió a desencantarme, sea afrentado y convertido después en cuervo…

Isayo huía, perseguido por la cavernosa voz del sortilegio y por el propio horror de su acto. ¿De qué servía la voluntad de hacer bien, de qué el amor puro y santo, de qué la virtud, de qué el valor heroico? Una fuerza desconocida nos lleva y nos guía a pesar nuestro; creemos hacer el bien, y hacemos el daño; vamos a tientas, en la oscuridad, y enviamos la muerte como se envía la caricia, en un instante de error de los sentidos. Pensamos ser nobles paladines, y la mancha de la bastardía y del pecado nos sale a la frente…

Toda la noche vagó Isayo por la gándara desierta, por la costa brava, con impulsos de dejarse caer de lo alto de una roca, al mar que mugía y retumbaba sordamente… Oía dentro de su cráneo como galope de caballos, y su corazón producía un ruido de fragua. Creía ver salir de cada retama la figura ideal de la Fada última, y resonaban en sus oídos las palabras de amoríos y arrullos de tórtola de la hechicera. Pero la gándara estaba desierta, las piedras de los Gigantes inmóviles, y ninguna aparición turbaba la serenidad doliente y árida del paisaje. Con la Fada habían muerto las apariciones, los recuerdos de una edad más romántica, perdida en las nieblas primitivas, cuando Cristo aún no había venido al mundo. Y sentándose en una peña, Isayo lloró como un niño, llamando inútilmente a Bibiana, y hasta invocándola para que apareciese, al menos, en la ridícula figura del escudero Tronco. Nadie contestó a sus gritos. Ya alboreaba, y lentamente se encaminó a la ermita de Angriote.

El ermitaño le dio pan, leche, consuelo. Isayo, se confesó sin ocultar nada, y arrepentido, y más que nunca triste, partió a pie a cumplir su voto de visitar el sepulcro del Apóstol Santiago, en Compostela.


Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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