Misterio

Emilia Pardo Bazán


Novela



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Índice

Parte 1. El visionario Martín
Capítulo 1. Los enamorados
Capítulo 2. Memorias
Capítulo 3. El atentado
Capítulo 4. Amelia
Capítulo 5. Primeros hilos de la trama
Capítulo 6. El esbirro
Capítulo 7. Epicúreo
Capítulo 8. El visionario
Parte 2. El cofrecillo
Capítulo 1. La miniatura
Capítulo 2. El aviso
Capítulo 3. El féretro vacío
Capítulo 4. María
Capítulo 5. Un hombre cortés
Capítulo 6. La operación
Capítulo 7. El agujero negro
Capítulo 8. Fusilamiento
Capítulo 9. La evasión
Capítulo 10. El pasaporte
Capítulo 11. Dorff
Capítulo 12. La muralla
Capítulo 13. El incendio
Parte 3. Los Caballeros de la Libertad
Capítulo 1. En acecho
Capítulo 2. El zorro en la trampa
Capítulo 3. Renato espera
Capítulo 4. Mina y contramina
Capítulo 5. El crujido
Capítulo 6. El perdón
Capítulo 7 A la luz del farol
Capítulo 8. El capitán
Capítulo 9. La goleta
Parte 4. Picmort
Capítulo 1. La llegada
Capítulo 2. Mala noticia
Capítulo 3. Horizonte oscuro
Capítulo 4. Nocturno
Capítulo 5. El niño
Capítulo 6. La boda
Capítulo 7. Juan Vilain
Parte 5. La hermana
Capítulo 1. Indicios
Capítulo 2. Plantéase el problema
Capítulo 3. Razón de Estado
Capítulo 4. El consejo del pagano
Capítulo 5. Idilio conyugal
Capítulo 6. Ella
Capítulo 7. Los antecedentes de Luis Pedro
Capítulo 8. La entrevista
Capítulo 9. Giacinto

Parte 1. El visionario Martín

Capítulo 1. Los enamorados

En uno de los barrios de Londres próximos al río, no muy concurridos de día y casi enteramente solitarios de noche, todavía existe hoy una casa con minúsculo jardín, situada frente a una plaza bastante espaciosa, en cuyo centro el square ostenta grupos de árboles centenarios, de esos árboles del viejo suelo inglés que la humedad nutre y desarrolla y convierte en colosos. El recuerdo inherente a esta casa podría, bien conocido, valer algunas propinejas a quien la enseñase al turista; pero la historia, no siempre cimentada en la realidad, suele poner en las nubes lo que no significa gran cosa y no volver siquiera su rostro de bronce cuando pasa por donde se desarrollaron dramas intensamente patéticos, ahogados y silenciosos. El que por algún tiempo guardaron las paredes de la angosta casita, eternamente permanecerá sumido en tinieblas; así lo quiso el destino, o por mejor decir, así lo quisieron los poderosos del mundo.

Al comenzar este relato, que aspira a proyectar un rayo de luz en las lobregueces históricas por medio de la lámpara caprichosa de la fantasía, un hombre joven, esbelto y robusto, vestido de camino, envuelto en un abrigo gris que no ocultaba lo gallardo de su figura, se acercaba a la verja del jardín, por la parte opuesta a la plazuela, a espaldas de la casa, y golpeaba con su bastón los hierros de la verja, a intervalos iguales, cuatro veces. Aunque ya el largo crepúsculo de Londres en primavera no derramaba sus vagas claridades boreales y había anochecido por completo, en medio de las espesuras del jardincillo podría verse blanquear una falda, y detrás de los hierros aparecer un rostro juvenil. Una mano diminuta pasó por entre dos barras, y el hombre se apoderó de ella estrechándola con ardor.

Transcurridos los primeros instantes, cambiadas las primeras demostraciones, calmada un tanto la agitación que hacía palpitar a la mujer como azorada paloma, vinieron las ansiosas preguntas que después de una ausencia revelan el deseo de cobrarle al tiempo los atrasos.

—¿Has llegado hoy mismo?

—Di ahora mismo —murmuró él—. Ni esperé a cambiar de traje. El billete que te avisó me precedía media hora: lo indispensable para arreglarme un poco.

—¿Saben allá tu venida?

—La ignoran. Me creen cazando en mis posesiones de Picmort. Hubo un momento de silencio. La mujer —casi podríamos decir la niña, pues no representaría arriba de diez y seis años— frunció el arco de sus perfectas cejas.

—No me gustan esos tapujos. Si me quieres, Renato, me confesarás. Amarme no es un delito.

Él también enmudeció al pronto, como si no acertase a dar respuesta. Al fin, con esfuerzo, balbuciendo, comenzó a explicarse.

—Escucha, Amelia del alma… Es que… Justamente he emprendido el viaje para que hablemos. ¡Llevamos ocho meses de incomunicación! Te he escrito poco y con recelo, en primer lugar porque afirmas que la correspondencia dirigida a los tuyos llega abierta o no llega, y, en segundo, porque hay cosas… ¡que sólo pueden decirse de palabra y apretando tu mano adorada! ¡Valor, Amelia, valor!… ¿Quién sabe si mañana las circunstancias cambiarán? No me aborrezcas; consérvame tu fe; yo te vinculo la mía… y esperaremos. En la actualidad, cuanto intentásemos sería inútil… ¡Créelo, Amelia, inútil enteramente!

Ella, en su afán de oír, quería filtrarse por la reja; las pupilas del enamorado, acostumbradas ya a la oscuridad, reconstruyeron su fisonomía, de singular belleza, semejante a un retrato de museo. La frente era espaciosa, lisa, marfileña; de delicado dibujo la nariz; los ojos de párpado ancho, ya lánguidos y voluptuosos, ya dominadores; las cejas arqueadas prestaban energía al semblante; la boca, de púrpura, tenía el labio inferior algo saliente, desdeñoso. En aquel momento toda la linda cara respiraba resolución.

—¿Inútil? ¿Tú, un hombre, dices eso? —pronunció con extrañeza—. ¿Qué obstáculo puede separarnos si nos une la voluntad? ¿Mentías al jurarme que eran inseparables nuestros destinos?

—Por Dios, Amelia —suplicó él—, escúchame serena y no empieces ya a acusarme. Venía a pedirte un inestimable favor: que me creyeses bajo palabra y no me obligases a revelarte lo que puede separarnos ahora, aunque la voluntad siga uniéndonos. ¿Me lo concedes? ¿Me permites que calle?

—No —repuso impetuosamente la niña—. Tengo derecho a tu sinceridad. Exijo la verdad, sea cual sea.

Renato se cubrió los ojos con las palmas. Se adivinaba por su actitud la lucha que sostenía. Al cabo de un minuto rompió a hablar, como si le arrancasen las palabras mal de su grado.

—Amelia, si dudas de mi amor, duda de que el sol alumbra el cielo. Desde que nos conocimos en el molino de Adhemar, para ti no más he vivido. La impresión que me causaste fue tan decisiva que cambió mi ser. Era un muchacho disipado, frívolo, calavera; me convertí en un hombre serio y casto. No pensaba sino en mis diversiones parisienses y en mis cacerías campestres; de todo prescindí; me cansaba y aburría el bullicio. Mi madre había buscado para mí un enlace brillante por varios estilos —ya sabes, Germana de Marigny, una casa cuyos ascendientes estuvieron con San Luis en las Cruzadas—; lo rompí sin contemplaciones de ningún género. Ni te he preguntado de dónde venías ni adónde ibas; me dijiste que tu padre ejercía oficio de mecánico en Londres y que habíais sufrido miserias sin cuento; no me importó: eras tú… bastaba. Si me acordé de tu nacimiento y de mi hacienda fue para complacerme en pensar que iba a rodearte de consideración social y de esplendor. Me hice cargo de que me maldeciría mi madre y de que mi tío, a quien respeto como a padre, me desheredaría… Y no obstante, me hallaba decidido a saltar por cima de cuanto me infunde veneración y a que se realizase nuestro matrimonio. Pero…

—Pero… lo has pensado mejor y has reconocido que cometías una insigne locura —articuló en tono glacial Amelia—. Te doy la razón y me despido de ti —añadió haciendo ademán de desviarse de la reja. Renato la retuvo por la manga y luego por la diestra, que besó con delirio.

—No, no —repetía suplicante—. No es eso; no nos separaremos así. ¡Ya que te empeñas, nada te ocultaré! Me ofendes al suponer en mí un cálculo mezquino, y ahora estás obligada a escuchar mi defensa. ¿Qué me hubiese importado cualquier obstáculo? Cuando mi madre, a quien debí por lo menos escuchar, aunque no asintiese a su opinión, me dijo que no le era lícito a un de Brezé mezclar su sangre con la de una extranjera de humilde origen, le respondí la verdad: que a tu lado las damas más ilustres parecen nacidas para servirte y descalzarte, y que la hermosura y la honradez inmaculada son también dones divinos, merecedores de la más alta fortuna.

—Y tu madre —murmuró con ironía Amelia— habrá adivinado que esas son hipérboles de poeta y de amante fino y se habrá reído de lo que obceca la ilusión. Acabemos. Renato: esta situación, prolongándose, me hace sufrir cruelmente. Déjame que me retire para llorar mis ensueños disipados. ¡Adiós, nunca sabrás cuánto te quería!…

—¡Un cuarto de hora más! —insistió él desesperadamente—. Si no es eso, Amelia… Tú exiges de mí sinceridad, yo de ti atención.

Vio ella que Renato temblaba.

En su semblante, de rasgos varoniles acentuados, de tipo galo, de una blancura mate, con bigotes dorados y azules ojos, se leían la consternación y una especie de decisión trágica y fatal.

—Espero —declaró Amelia—. Te escucho… tardes lo que tardes en sacarme de dudas. Ya sabes que me sobran ánimos. ¡No seas cobarde tú!

—Pues bien, Amelia mía… permíteme que empiece por recordarte que soy por nacimiento y por instinto un caballero, y que para un caballero, por ley natural, lo más santo, aquello cuya falta no puede conllevarse, es el honor. Ignoro quién fue el dios que estableció en la tierra el código del honor; ignoro cómo se formó ese dogma que anteponemos a las mismas creencias religiosas, a la misma fe. Hay en el honor, como en los dogmas, mucho que la razón sola no acierta a explicarse… pero no sé si por eso cabalmente domina más nuestro espíritu. Pecamos cien veces al día… y no nos resignaríamos a faltar al honor una sola. ¡Ya ves si el honor ejerce señorío en nosotros; la vida y la felicidad valen mucho menos que el honor, Amelia!

—Continúa —ordenó la niña con aparente calma, desmentida por su respiración turbulenta.

—Continúo… Perdón, mi bien, de antemano. ¡Qué daño voy a causarte!… Mi madre, que desde hace algún tiempo parecía haber renunciado a combatir mi pasión por ti, me llamó anteayer y se encerró conmigo en su gabinete. «Ante tu tenacidad, Renato, me dijo, he reflexionado, temerosa de ser a mi vez una terca temeraria. Ningún empeño tengo en hacerte infeliz, y si la persona en quien te has fijado lo mereciese, no porfiaría en disuadirte. ¡Al fin eres libre y estás en posesión de tu herencia paterna! ¡Al fin has cumplido veintisiete años! Así es que, resuelta ya a transigir, he procurado tomar informes exactos acerca de la familia de tu ídolo. Si fuesen gente intachable… habría que resignarse a la mesalianza. He escrito, pues, a Spandau… Allí residió algunos años el padre de esa joven… y allí… ».

Renato se paró, como si le apretasen la garganta.

—Adelante, adelante —ordenó Amelia.

—¡Dios mío! «Y allí —es mi madre la que habla— fue encausado por dos graves delitos… ».

—¿Cuáles? No te detengas…

—«Por… por incendiario y monedero falso… Y la condena que en él recayó, veinte meses de trabajos forzados, la cumplió en Alstadt, en Silesia. Aquí tengo los documentos oficiales que lo confirman», agregó mi madre, presentándome un abultado sobre.

Amelia, inmóvil detrás de la reja, cumplía su compromiso: escuchaba hasta el fin.

—¿Has acabado? —interrogó.

—Sí… ¿Qué más puedo añadir? ¿No basta para desventura?

—Basta y sobra —replicó la joven con helada entereza—. Jamás volverás a verme, marqués de Brezé. Son las últimas palabras que cruzamos. ¡Hasta nunca!

Y desprendiéndose de las manos de Renato, corriendo a todo correr, lanzose Amelia hacia la casa, desapareciendo su vestido claro detrás de los macizos del jardín.

Capítulo 2. Memorias

Renato permaneció más de veinte minutos asido a la reja, murmurando con ahínco el nombre de Amelia, aunque no consintiese esperanza alguna aquella retirada en que se traslucían a la vez la indignación y el desprecio. Sintiendo que el corazón se le partía, se determinó por fin a marcharse, andando despacio, y su fiebre le impulsó a vagar por las calles próximas, sin objeto, distrayendo involuntariamente los sentidos. En el grado de exaltación en que se encontraba, imposible le era recogerse al Hotel Douglas —fonda escocesa de cuarto orden, elegida expresamente para evitar que le descubriese algún compatriota—; más imposible acostarse y conciliar el sueño. Sin saber hacia dónde se encaminaba, vino a parar a las márgenes del río, a la confusa hilera de muelles con embarcadero, solares cercados de vallas de tablas y extraviadas callejuelas por donde se accedía a los malecones que encierran la negruzca corriente del Támesis. No hacía niebla, y las estrellas de que comenzaba a poblarse el firmamento se reflejaban centelleantes en la oscura superficie. Renato seguía la orilla, a trechos erizada de mástiles de embarcaciones.

Refrescaba su imaginación —herida por el dolor que le había causado la despedida de Amelia— escenas de la historia de aquella pasión, de su ciego desvarío por una mujer desconocida, tenida quizás en concepto de aventurera despreciable. Cerca del vetusto castillo de Brezé, cuyo parque y dominios se extienden por una de las comarcas más feraces y ricas de Francia entera, álzase el molino de Adhemar, antigua dependencia, así como la granja que le rodea, del castillo. Cuando lo incendiaron los revolucionarios, sobráronles teas y estopas embreadas para pegar fuego al molino también, porque los Adhemar, leales a sus amos, pasaban por legitimistas acérrimos. El marqués de Brezé y el conde de Lestrier, padre y tío respectivamente de Renato, hallábanse entre los emigrados, en compañía de los príncipes. Eloy Adhemar, el molinero, se había internado en Suiza, de donde volvió muy experto en su oficio; había servido de mozo en un gran molino de Berna. La efervescencia revolucionaria se calmaba rápidamente, Adhemar compuso su molino, y esperó allí a que los de Brezé, con la Restauración, retornasen a su castillo triunfadores. La familia la representaba Renato; su padre quedaba sepultado en tierra extraña. La madre de Renato, la duquesa de Roussillón, hacía reedificar el castillo con inusitada magnificencia, y Renato, encerrado en la aldea en lo mejor de su juventud, tomaba la costumbre al volver de la caza de beber un vaso de sidra en el molino de Adhemar.

La clave de estas aficiones del joven Marqués podía ser la consideración que merecía el molinero, el fiel Eloy, que bajo el Imperio no cesaba de conspirar, susurrándose que en el molino había vivido oculto el famoso general de Frotté, el que acabó su vida alevosamente fusilado a pesar de llevar un salvoconducto de Napoleón sobre el pecho. Sin embargo, sería preciso ignorar lo que son veinticinco años para asombrarse de que Renato fuese al molino atraído por la rústica coquetería de Genoveva Adhemar, la hija menor del molinero. Era esta una beldad de aldea, fresca, trigueña, de abultado seno y dientes blanquísimos, y en la comarca se murmuró algo y se contentó no poco cierta cancilla, cerca de la presa, que se abría a las altas horas y no se cerraba hasta el amanecer, así que había salido por ella un apuesto cazador. Esto sucedía en junio, pero en julio apareció en el molino otra muchacha a quien Adhemar llamaba señorita Amelia, y que venía, según noticias, a reponer su salud respirando aire puro. Y al llegar a este incidente, los recuerdos afluían como enjambre de doradas mariposas a la memoria de Renato.

¡Qué estremecimiento hondo y repentino, qué flojedad de nervios, qué súbita emoción de verdadero amor había causado en él la presencia de la niña! Una repugnancia profunda a sus relaciones con Genoveva fue la primer señal. No sabría decir si Amelia era o no más hermosa; sabía que ante ella, ideas del género de las que Genoveva despertaba no podían producirse. No sólo era Amelia distinta de las dos molineritas, sino de todas las mujeres. Únicamente en camafeos y medallones de miniatura, en ricas cajas de oro cincelado con pedrerías y esmaltes, en cuadros al pastel que su madre conservaba religiosamente, había admirado Renato un tipo parecidísimo a Amelia; un tipo que era el ideal de la hermosura femenina, realzado por la suprema dignidad del rango y la desgracia. Así es que Amelia, desde el primer momento, ejerció sobre el marqués de Brezé inexplicable dominio; el menor movimiento de sus labios, la mirada de sus ojos imperiosos y tiernos a la vez, le esclavizaban, reduciéndole a la humildad de la adoración.

La prueba de su cautiverio era que ni había tratado de averiguar de dónde Amelia procedía. Para él caía del cielo. Un detalle notó, sin embargo, con alguna extrañeza; mientras las hijas de Adhemar trataban a Amelia como se trata a una compañerita, Adhemar la demostraba cierto respeto, una deferencia peculiar constante. «Es hija —decía excusándose— de personas que me protegieron durarte la emigración».

¡Qué días tan dulces para Brezé los primeros del idilio! Recordaba todavía el delicioso ensueño: los paseos de las tardes de verano por las orillitas del río, orladas de espadañas y lirios y sombreadas por el lánguido follaje de los sauces; el brazo de Amelia enlazado al suyo; el compás de su andar medido por el de ella, con un ritmo que tenía algo de musical; la subida a los árboles para coger la fruta y dejársela caer a Amelia en el regazo: las noches de luna en que regresaban por los senderos respirando el aroma de las madreselvas y las mentas silvestres. Su embriaguez era tal, que ni le permitía observar las miradas siniestras y rencorosas de Genoveva, sus envenenadas y satíricas observaciones cuando les encontraba juntos. Vivía absorto en Amelia, la cual, delicada al principio lo mismo que una blanca azucena, iba recobrando salud y alegría, el brillo de una tez deslumbradora, el nácar húmedo de los ojos, la gallardía de entreabierto capullo de rosa lozana. Lo que más encantaba a Renato era la distinción suprema de Amelia, aquel aire suyo, aquel andar de diosa, aquel tono de voz, aquel estilo de gran señora, inexplicable en una niña de familia modesta. Renato tenía que confesarse a sí propio que su madre, la altanera y arrogante Duquesa, era, comparada con Amelia, una mujer vulgar y ordinaria.

Poco tardó en cundir por el país la nueva de que el heredero de la casa de Roussillón, el mejor partido de la comarca, el señorito por excelencia, andaba seriamente prendado de una joven extranjera de posición humildísima, acogida punto menos que por caridad en el molino. Casualmente la Duquesa no estaba entonces allí: la habían llamado a París asuntos relacionados con la devolución de sus bienes confiscados bajo el Terror, y que aspiraba a que la Restauración le restituyese íntegros y sahumados. Una mañana, cuando más tranquilo dormía Renato, soñando tal vez delicias amorosas, le despertaban en el lecho la voz y la mano de su madre, sacudiéndole violentamente y enseñándole una carta. Era un anónimo, en el cual reconoció el Marqués la letra basta y el estilo ponzoñoso de Genoveva. Se avisaba a la Duquesa de que el Marqués proyectaba casarse con una advenediza, a quien el molinero Adhemar mantenía de limosna.

—Supongo —dijo con desdén la dama— que esto es sólo media verdad. Que tengas aventurillas con esa muchacha o con otra, es cosa que no me interesa; allá tú; no son asuntos en que intervenga yo. Lo único que pregunto a tu lealtad es esto: ¿encierra alguna sombra de verdad lo relativo a planes de matrimonio?

Interpelado así, Renato se incorporaba en la cama y respondía categóricamente:

—Encierra verdad completa. Si Amelia consiente, nos casaremos.

La tempestad que siguió a esta declaración, los días de combate que sobrevinieron, aun parecerían, presentes a la memoria del marqués de Brezé, los más amargos de su vida. Momento especialmente cruel fue el de la ida de la Duquesa al molino de Adhemar con objeto de conocer a Amelia. Circunstancias extrañas se relacionaron con esta visita. Renato no pudo menos de fijarse en ellas. La mañana del día en que la visita al molino se realizó llegó de la Corte un correo con un pliego para la Duquesa, la cual, después de leerlo, mostrose agitada y alterada; luego mandó enganchar su calesa a toda prisa y se hizo conducir al molino, donde preguntó por Amelia. La niña salió tranquila, sin alterarse; al verla, la Duquesa se quedó como petrificada: parecía la imagen del asombro. Corta fue la entrevista, y en ella no se trató de nada relativo a Renato; la Duquesa pretextó el deseo de ver por sus ojos a una muchacha tan bonita, y al retirarse la madre de Renato, volviéndose hacia Amelia, como involuntariamente, se inclinó; parecía, a pesar de su aplomo, subyugada y confusa. En la misma calesa que había traído a la señora hizo esta subir a Eloy Adhemar; apenas llegaron al castillo se encerró con el molinero, durando más de dos horas la encerrona. Al salir Adhemar de la habitación iba trastornado, tropezando en las paredes, y la Duquesa apretaba los dientes y daba vueltas en el gabinete como una leona en su jaula.

Aquella tarde se dispusieron dos viajes: Adhemar salió del molino con Amelia para acompañarla hasta Calais; la Duquesa, desplegando toda su fuerza moral y su autoridad materna, se llevó a su hijo a París.

¡Qué nostalgia la de Renato en los primeros días de la separación! Encerrado en sus habitaciones, ni aun a los amigos que siempre le acompañaban quería recibir. Su aspiración era marcharse a Londres para reunirse con Amelia; pero ignoraba todavía sus señas, y comprendía lo difícil que es descubrir en la populosa capital británica a una persona no conociendo su domicilio. Al fin una carta de Amelia, recibida por conducto de Eloy Adhemar, le enteró de lo que saber necesitaba. Quiso ponerse en camino inmediatamente y se lo impidió una lenta fiebre que le tuvo postrado tres meses entre cama y convalecencia. No quiso decírselo a Amelia por no alarmarla; escribió breves epístolas, mensajeras de una fe inquebrantable. Recobrada ya la salud, renovada la pasión con la sangre que se agolpaba a las venas impetuosa y juvenil, decidió proceder abiertamente, anunciar a su madre sus propósitos, la persistencia del cariño que le impulsaba a tomar a Amelia por compañera de su vida. Y entonces, como una bomba que estallase a su lado y le dejase en el suelo hecho trizas e inerte, retumbaron las fatídicas palabras de la Duquesa:

—Siempre sería una locura en el marqués de Brezé dar su nombre a la hija de un oficial mecánico, de un vagabundo que no tiene abolengo conocido, que ni siquiera podría probar limpieza de sangre y que ha rodado aventurero por Europa, mantenido, en sus primeros años, a expensas de una mujer de edad madura, a la cual no sabemos qué lazos le unían. Sabía yo bien estos antecedentes, pobre hijo mío, y hazte cargo de si constituirían un torcedor para mí. Con todo, la dignidad y la moralidad pueden existir en la clase más baja, y me consolaba suponiendo que esa… ¡gente! las poseyese. Sin embargo, como los que no estamos locos de amor debemos enterarnos bien, he escrito, he indagado, para enterarme aún mejor. Al decirte que conozco la verdad, añado que poseo los documentos que la establecen… Ya ves que no era obstinación caprichosa la mía. El padre de tu ídolo, ese Dorff, que según indicios debe de ser de estirpe judía, tiene un pasado mancilladísimo por delitos feos y no leves. Aquí te presento el atestado del burgomaestre de Spandau, las cartas e informaciones de las autoridades prusianas, un protocolo entero. Es un incendiario: pegó fuego al teatro del pueblo. Es un monedero falso: se le cogió con las manos en la masa, arrojando un saco de escudos de plomo al Sprée para desembarazarse del cuerpo del delito. Purgó su culpa en el correccional de Alstadt, donde cumplió la condena impuesta por los tribunales… Ya estás al cabo. Si es ése el blasón que quieres reunir al tuyo, limpio y glorioso desde la cruzada de San Luis en la historia de la patria… eres libre, Renato; yo no puedo encadenarte, ¡que si pudiera lo haría! Mi deber queda cumplido; ya no alegarás ignorancia. Adiós, hijo mío; pronto sabré si el heredero de Roussillón vive o debemos vestir luto por él.

Este discurso era el que, muy suavizado en la forma aunque idéntico en la esencia, había repetido Renato a Amelia hacía pocos momentos. Y ahora, al reflexionar, a la luz de las estrellas, en su destino, Renato comprendía dos cosas: la primera, que entre Amelia y él se había abierto un abismo; la niña, en su orgullo, no le perdonaría nunca; y la segunda, que él no podía vivir sin Amelia, y que el mismo honor caballeresco, el culto sagrado de los antepasados, de los muertos ilustres, la adoración del Santo Grial —donde se encierra la sangre pura y redentora— era impotente contra aquel amor insensato.

Capítulo 3. El atentado

Al convencerse de que le subyugaba un sentimiento reprobado por su conciencia, al sentirse tan débil y tan incapaz de resistir, Renato miró instintivamente al río, cuya corriente oscura habrá ocultado más de una desdicha suprema y sin remedio humano. Un vértigo le deslumbró; un frío sutil serpeó por su médula. El Támesis le atraía y fascinaba.

En tales situaciones, la circunstancia más insignificante basta para romper el círculo de brujería. El marqués de Brezé se detuvo sorprendido al notar que dos hombres, salidos de una calleja fétida y miserable, conversaban en francés. En el extranjero siempre prestamos oído cuando resuena el idioma natal. Este instinto se aguza si en el diálogo aparece un nombre conocido: Renato creyó soñar al oír dos veces, distintamente, el del padre de Amelia. Entonces, apagando el ruido de las pisadas y buscando la sombra de los edificios y de los barcos anclados en el río, púsose a seguir a los desconocidos a distancia prudente.

Aunque no lograba sorprender el asunto de la conversación, estudiaba los tipos, asaz sospechosos. El uno, rasurado, de corta estatura, pero membrudo y recio; el otro, bien barbado, alto, huesoso, sepultado en luengo capotón, con sombrero que le tapaba la parte superior de la cara. Ambos iban poco a poco, haciendo tiempo, y de rato en rato miraban alrededor cautelosamente. En una de estas ojeadas hubieron de columbrar a Brezé, y se dieron al codo; la traza elegante del Marqués era extraña en aquel lugar y a tales horas, cuando sólo discurrían por allí marineros ebrios y meretrices de ronca voz y ademanes impúdicos. Callaron los sujetos, y diez minutos después, como movidos por un resorte, torcieron rápidamente a la derecha y se engolfaron en el laberinto de callejuelas torcidas, mal olientes y peor alumbradas. Encontrose el Marqués desorientado al pronto, pero tenía piernas y olfato de cazador y siguió el rastro de sus compatriotas. ¿Por qué tal espionaje? Apurado se vería, caso de que se lo preguntasen. Aquello caía por fuera del raciocinio.

Adivinando más que acertando la dirección de los dos individuos apretó el paso y no tardó en divisar, bajo el farol amarillento de una tabernucha, las siluetas de ambos. Violes entrar en el sucio recinto, pedir unas copas de gin y atizárselas al cuerpo como si fuesen genuinos ciudadanos de Londres. Emboscado aguardó la salida, y ya prevenido, les siguió de lejos acechando. Después de media hora de recorrer calles menos angostas, más claras y donde ya rodaban algunos cabs y se encontraban transeúntes, hicieron otra vez una ese caprichosa, descendieron en el sentido del río y desembocaron en aquella misma plaza donde se encuentra la casa del reducido jardín, cuya verja trasera había presenciado el coloquio de Amelia y Renato.

El corazón del Marqués golpeó contra su pecho al notar esta coincidencia, y más aún al avizorar desde lejos que los equívocos individuos se emboscaban detrás de los árboles centenarios del square, al amparo del rugoso tronco. Relacionando el nombre oído en el diálogo de los malhechores, que ya por tales les tenía, y el sitio adonde habían venido a detenerse, tuvo la percepción consciente de que iba a suceder algo que a Amelia le importaba, algo en que él intervendría, conducido por la suerte o la fatalidad. A su vez, se agazapó en la zona de sombra proyectada por la vegetación del jardinillo; su abrigo gris contribuía a ocultarle; era del mismo tono que los muros.

Así transcurrió algún tiempo, imposible de calcular. La plaza permanecía solitaria, la noche era a cada paso más tenebrosa. Sólo rasgaba el velo pálido del silencio el son pausado de algún reloj de iglesia y el paso impaciente de algún trabajador que regresaba a su hogar, cumplida la faena del día. Acababa el reloj de desgranar en el aire nueve campanadas, cuando por el extremo de la plaza opuesto al que guardaba Renato asomó un hombre. Su andar era mesurado, tranquilo, y al aparecer él, los dos que acechaban a un tiempo salieron del escondite. Con movimiento coordinado y hábil, describiendo un semicírculo, vinieron a colocarse uno a su derecha, otro a su izquierda. Fue momentáneo; apenas pudo Renato darse cuenta de lo que pasaba, cuando los malhechores acometieron. El alto, del capotón, describió un molinete con el garrote que llevaba escondido y amagó a la cabeza; al volverse la víctima para evitar el golpe, el rechoncho esgrimió la afilada hoja de un cuchillo. De un salto se interpuso Brezé; agarró de la muñeca al rechoncho y apretó, paralizándole; entretanto, el garrotazo caía al sesgo y sin fuerza sobre el brazo derecho del asaltado —que por instinto había rehuido el palo en la frente— cuando acudió al quite Brezé, y sin más armas que su bastón, pero con vigor y rabia, descargó un diluvio de bastonazos sobre el del capote, que se dio a la fuga con más prisa que coraje. Volviose vivamente Renato hacia el rechoncho, le echó las manos a la garganta y la apretó gradualmente, como apretaría la de un lobo, hasta que le vio con los ojos salientes, fuera la lengua y el rostro violáceo. Entonces aflojó. Apenas lo hubo hecho sintió en la espalda algo frío; precipitose de nuevo, volvió a apretar y el bandido se desplomó inerte, soltando el arma. El asaltado, asiendo el brazo al Marqués, le arrastró vivamente hacia la casa del jardincillo, diciéndole en voz conmovida y persuasiva y en lengua francesa hablada con acento alemán:

—Venga usted… Dese prisa… Escapemos… Si acude la policía, ¡ay de nosotros!

—No puedo —balbució Renato, que se desvanecía—. Se me doblan las piernas… Creo que me han herido…

Cogiendo a Renato por el cuerpo y sosteniéndole en vilo el asaltado se dirigió a la casa, donde llamó de un modo especial, tres veces seguidas. La puerta se abrió: una mujer como de treinta y siete años, hermosa aún, de esculturales formas, alumbraba con una lámpara de aceite. Lanzó un grito al ver el grupo.

—Es un herido, Juana, y herido por defenderme —advirtió el asaltado con autoridad—. Cierra bien, ayúdame a echarle, y veamos qué le han hecho.

Obedeció la mujer, dejando la lámpara en un mueble y cargando con Renato por los pies, hasta depositarle sobre un ancho sofá, en la salita que comunicaba con la entrada de la casa y que servía de recibidor. Sólo entonces se atrevió a murmurar tímidamente:

—¿Y tú? ¿Y tú, Carlos Luis mío? ¿Te ha pasado algo?

—¡Nada!… un insignificante trastazo en este codo; ni vale la pena de hablar de ello. A ver, inmediatamente: éter, agua, el bálsamo, tafetán aglutinante, vendas… Llama a Amelia por si hace falta. Ya sabes que es valerosa.

Mientras Juana corría a buscar todo lo que le encargaban, el llamado Carlos Luis desabrochaba el largo gabán de viaje de Renato, se lo quitaba y le despojaba también de la entallada levita, del chaleco de casimir, abriendo y bajando la camisa de holanda con encajes, empapada en sangre, para descubrir la herida. Hallábase esta sobre el omoplato izquierdo, y a poco más que el puñal penetrase sería peligrosísima, porque alcanzaría el pulmón; afortunadamente, por hallarse el bandido semiasfixiado, había profundizado poco; el desvanecimiento de Renato debía atribuirse únicamente a la abundante hemorragia que seguía fluyendo y dejando un surco pegajoso en la blanca piel.

Terminaba el reconocimiento cuando acudió Juana con el éter, pero ya abría los ojos Brezé y sonreía como tranquilizando a la señora. Carlos Luis empapaba en agua mezclada con bálsamo un trapito, y sosteniendo la cabeza de Brezé empezaba a lavar cuidadosamente la herida. Una joven, vestida de claro, entraba en la habitación trayendo en la diestra un candelero con una bujía encendida, y al reconocer a Renato, pálido, desnudo de cintura arriba, con la ropa manchada de sangre, un grito de pavor se ahogó en su garganta, su mano temblona soltó la luz.

—¿Qué es eso, Amelia? —preguntó el padre—. No te asustes: no es nada, hija mía; gracias a Dios, este amigo desconocido no corre peligro. Acércate, alumbra. Así… bien. La venda ahora. Baja una de mis camisas; trae mi levita verde. Un vaso de cognac… o un poco de café, para que recobre fuerzas.

—Ya estoy muy bien —declaró el herido—. Por Dios, no se molesten ustedes más. En el Hotel Douglas tengo mis maletas con ropa…

Al hablar así, los ojos de Renato buscaban apasionadamente los de Amelia, que dilatados de terror no se apartaban de él.

—Es tarde para enviar a nadie al Hotel Douglas; las calles, como usted ha podido comprobar, ofrecen peligros. Acepte usted por un momento la ropa de un modesto artesano, señor…

—Renato de Giac, marqués de Brezé.

—Carlos Luis Dorff —contestó el artesano a la presentación del Marqués—. Mi esposa, mi hija —añadió señalando a Juana y Amelia—. ¿Querrá usted creer que adiviné que era usted francés desde que le vi o le entreví lanzándose a protegerme con su cuerpo?

Al oír decir a su padre que Renato le había protegido, Amelia se acercó al doliente y le envolvió en una mirada que era toda fuego, toda arrebato de un alma entregándose sin condiciones. Duró un segundo la mirada, que a durar más se derretiría de ventura el corazón del enamorado, del que momentos antes pensaba en arrojarse al Támesis de cabeza.

—Francés y héroe por capricho y gusto es uno todo —prosiguió Dorff sonriendo con simpatía—. Usted no me conoce; usted no tiene motivo alguno para arriesgar la vida por mí. Doble es mi reconocimiento, doble la deuda con usted contraída.

Amelia acababa de presentar a Renato una taza de café, que apuró, y reanimado ya, más por la alegría que por la bebida confortadora, exclamó vivamente:

—Hacía media hora que estábamos emboscados en la plazuela los bandidos y yo; hacía una hora que iba siguiéndoles y presintiendo lo que maquinaban.

—¿Es posible? —exclamó Dorff.

—Y tan posible. Verá usted cómo… Yo paseaba sin objeto por las orillas del río; oí hablar francés a dos hombres de malísima traza; les seguí la pista; pronunciaron su nombre de usted repetidamente; al ver que yo iba detrás huyeron; apreté el paso les alcancé y fui tras ellos con más disimulo; se dirigieron aquí, se colocaron en acecho… Lo demás, usted no lo ignora.

Dorff miraba atento al herido, que acababa de cubrirse rápidamente, por cima de la venda colocada ya, con la ropa traída por Juana, y buscaba en su rostro la clave del enigma.

—¿Según eso, usted me conocía?

—Sí, señor… le conocía de nombre… y es una cosa rara; ahora que le puedo mirar despacio, me parece que también de vista. Tiene usted, por lo menos, una de esas figuras que nos son familiares y que hasta van unidas a nuestros recuerdos; no sé dónde ni cuándo, pero afirmaría que le había visto a usted no una sola vez, mil veces. Cuando abrí los ojos y la lámpara iluminó su cara de usted, me parecía la de un conocido muy antiguo. Es raro, pero es así.

En efecto, de Brezé había experimentado esa impresión en presencia del padre de su amada y volvía a experimentarla ahora. Aunque el amor confisca los sentidos y fija la atención en una sola persona. Renato prescindía de Amelia en aquel momento y sólo tenía ojos para Carlos Luis. Este parecía frisar en los treinta y seis o treinta y ocho años; su cabeza era grande, su frente espaciosa y descubierta, sus cejas arqueadas; su cabellera de un rubio ceniza, con algunos hilos de plata, rizada en naturales bucles. En su barba un hoyo recordaba la niñez; su esternón era alto y saliente, su talle empezaba a desfigurarse con un poco de obesidad, pero delataba aún contornos esbeltos; sus manos eran de exquisita finura. La expresión de su cara consistía en una mezcla de dignidad, amargura y desconfianza honda. Grandes desdichas habrían caído sobre aquel ser, pues sus facciones estaban como devastadas por el paso de un torrente de lágrimas. La semejanza con Amelia consistía más bien en eso que se llama aire de familia que en verdaderas similitudes físicas; diferenciábanse bastante el padre y la hija, y sin embargo Renato no podía aislar las figuras de los dos; unidas se le presentaban, inseparables. Así es que cavilaba, con una especie de angustia:

—Pero ¿donde he visto yo a este hombre, hace tiempo? ¿Dónde su rostro junto al de Amelia?

Capítulo 4. Amelia

Dorff se había quedado pensativo, sentado en un sillón al lado del sofá, en el cual ya se incorporaba Renato; sus pupilas continuaban interrogando gravemente. El Marqués no sabía qué decir, pero su cortesía le ordenaba poner término a aquella situación.

—Ya me siento muy firme… Con licencia de mi bondadoso huésped voy a retirarme; tomando un cab ahí cerca, en Willington Street, llegaré a mi hotel en veinte minutos… y mañana, si la calentura no me postra, me permitirán ustedes que venga a saludarles y a saber cómo siguen. Sólo me resta preguntar a usted, señor Dorff, si le parece que demos parte de esta agresión, para que echen el guante a los dos pillastres, a uno de los cuales hemos dejado tendido allí y acaso todavía roncará estrangulado sobre el césped del square.

Esta proposición, muy natural, produjo en Dorff explosión de susto…

Su boca se crispó al objetar:

—¡Dar parte! No, no; todo antes que la justicia humana. Déjela usted en sus antros, déjela usted en sus cubiles. ¡Prefiero a los malvados que estuvieron a punto de acabar con nosotros! Al menos —añadió con exaltación que sacudía sus nervios y enronquecía su voz antes pastosa—, al menos esos descargarían pronto el golpe y nos matarían de una vez: nada de lentos martirios, nada de destrozar nuestras carnes fibra por fibra. ¡El fin rápido, el descanso después: la justicia de Dios certera, infalible, vengadora! ¡La única, la que reparará en el cielo los crímenes y las iniquidades de la tierra!

Al oírle hablar así, levantose Amelia y se arrojó en sus brazos, escondiendo la cara en su seno. Juana, conmovida, se tapaba con un pañuelo los ojos para ocultar el llanto; sin embargo, Renato observó que la esposa era menos allegada, por decirlo así, que la hija; Amelia y su padre formaban el verdadero grupo psicológico de seres afines, las almas unidas por una misma vibración. Cuando deshicieron el abrazo, después de haber besado Dorff la tersa frente de la niña, esta se volvió hacia Renato y le dijo serenamente:

—Caballero marqués de Brezé, no podrá usted decir que en esta casa no se han cumplido con usted los deberes de la hospitalidad y del agradecimiento. Tenemos con usted una deuda eterna y sagrada. Cuando se retire irá armado con las pistolas de mi padre, que por desgracia nunca quiere llevar consigo, a pesar de tantas pruebas como posee de la infamia de los hombres, y podrá usted defenderse contra cualquier asechanza. Pero antes de que usted se vaya… deseo hablar con usted y con un padre de algo que importa que aclaremos, porque será la base de nuestra conducta y de nuestra relación en lo futuro. Aguarde usted, pues, unos minutos… si quiere otorgarme este nuevo favor.

Al hablar así Amelia hizo una seña a Carlos Luis.

—Juana de mi vida —dijo dulcemente Dorff a su esposa—, ve a ver cómo duermen los niños. Y si es posible, ¡que nunca lleguen a sospechar lo ocurrido esta noche!

Juana comprendió la orden categórica y se retiró sumisa y sonriente. Solos ya el padre y la hija con el Marqués, Amelia volvió a tomar la palabra con el mismo singular aplomo:

—Sin mengua del agradecimiento, Marqués, permítame usted decirle que el trato se funda únicamente en la estimación. Si usted no estima a mi padre como él merece ser estimado; si usted, al salvarle la vida por un arranque de nobleza, no le profesa el respeto que está obligado a profesarle… le quedaremos siempre reconocidísimos, pero no volveremos a vernos más en la tierra, a no ser que usted nos llame para sacrificarle nuestra vida en justo pago. Yo pienso así… y mi padre piensa igual.

—¿Qué estás diciendo, hija mía? —intervino Dorff—. ¿Qué significa todo esto?

—El Marqués lo sabe —repuso Amelia bajando los ojos—, y le consta que ejercito un derecho y cumplo un deber.

Dorff, atónito, miró un instante a su hija y al extranjero. El rubor de ambos le respondió.

—¿Conocía usted a Amelia, señor Marqués?

—He tenido ese honor en Francia —declaró Renato—. En el molino de Adhemar, que forma parte de mis tierras patrimoniales.

—¿Qué clase de relación has tenido con el Marqués? —preguntó Dorff volviéndose hacia Amelia—. A ti no necesito encargarte que respondas la verdad.

—No por cierto. Mi relación con Renato de Giac fue de amor, en que mediaba compromiso de matrimonio. Es —advirtió Amelia como si esta indicación fuese importantísima— un hidalgo de la primer nobleza de Francia.

—Calma, hija mía —ordenó Dorff observando que la voz de la niña indicaba angustia—. No te avergüences; ¿qué has hecho de malo? También tu padre amó tiernamente, y el hombre que has elegido acaba de revelar que es digno de ti.

—Eso es lo que justamente está por averiguar —articuló Amelia con severidad, irguiendo su cabeza altiva—. Eso es lo que el señor marqués de Brezé va a demostrar sin tardanza. Esperamos…

Oía Retrato, admirado de tanta intrepidez, y al llegar a este punto exclamó con sentida vehemencia:

—La señorita Amelia me lastima, pero no me ofende, porque ella no puede ofender, y a mí menos que a nadie. A su vez ella reconocerá, es demasiado verídica para negarlo, que he respetado su honra y su decoro como cosa propia, como respetaría a mi madre y a mi hermana si la tuviese, y por si fuese necesaria una prueba de lo que afirmo —añadió levantándose—, aprovecho esta ocasión, quizás no muy oportuna, para dirigir a su padre un ruego: Señor Dorff, el marqués de Brezé pide la mano de la señorita Amelia.

Sorprendido al pronto, después rebosando emoción y alegría, volviose hacia su hija Dorff, consultándola con la mirada.

—No se la concedas, padre mío —dijo ella con calma—, mientras no haga confesión y una retractación.

Renato comprendió al fin; su lealtad ingénita le enseñaba el camino que debía pisar. De pie, como se había puesto para formular su demanda de matrimonio, se inclinó hasta el suelo y pronunció resueltamente.

—Confieso y me retracto, no porque Amelia lo pide, sino porque mi conciencia lo impone. En Francia me aseguraron, señor Dorff, que usted había sido encausado como incendiario y falso monedero, y que había cumplido en Silesia una condena a trabajos forzados por esos delitos. Se lo dije a Amelia hace dos horas, y en aquel instante, si no lo creía, al menos lo dudaba. Desde que le he visto a usted no lo creo. Perdóneme y permítame que le estreche la mano.

Nube de inmensa desesperación veló el semblante de Dorff; sus rasgos se descompusieron, sus ojos se cubrieron como de una humareda, en que se transparentaba el cristal del llanto. Se tambaleó un instante cual un hombre borracho, y sin poder contenerse gritó:

—¡No me estreche usted la mano! Lo que le han dicho a usted en Francia es verdad. He sido llevado a los tribunales bajo la acusación de quemar un teatro y fabricar moneda falsa, y he molido yeso en el presidio de Alstadt. No podrá usted alegar engaño, Marqués.

Amelia, sollozando arrodillada, besaba el borde de la levita de su padre; le cubría de caricias, agarrándose a él con una especie de frenesí.

Renato dudó un instante, pero el instinto, prevaleciendo sobre la razón, le dictó un arranque sublime.

—La mano, señor Dorff. No me la rehúse usted o creeré que es usted quien duda de mí. Tengo la certidumbre de que esas acusaciones y esas condenas no son más que una trama infame, del mismo género que la asechanza que tuve la suerte de ayudar a desbaratar hace poco. Mi corazón me lo dice. Mi corazón no miente. El marqués de Brezé, con su honor inmaculado, responde del de Dorff.

No fue la mano, fueron los brazos lo que Dorff presentó a su nuevo amigo, estrechándole impetuosamente. Renato correspondió con igual efusión.

—No sólo es usted inocente de todo delito —repuso—, sino que es usted un perseguido, un calumniado, una víctima. Desde hoy tiene usted a su lado a un defensor incondicional. Yo haré brillar su reputación tan clara como el sol: fíe usted en mí. Dorff sacudió la cabeza con melancolía.

—No está en manos de usted, no está sino en las de Dios cambiar mi suerte… Cansado de tanto sufrir, había resuelto entregarme a la fatalidad. Viviendo oscuro, pobre, humilde, creía que me olvidarían, dejándome siquiera por único bien el descanso. ¿Qué daño les hice; qué pretenden? ¿No podré ni aun disfrutar en calma el amor de los míos, la paz de mi hogar de trabajador? No; han decretado mi asesinato como antes decretaron mi deshonra. Hoy me has salvado tú, hijo mío… —exclamó tuteando de pronto a Brezé— pero no estarás siempre cerca. Y si intentas colocarte entre el destino y yo… ¡ay de ti! Una voz espantosa y profética me ha dicho un día, entre las tinieblas de un calabozo: «Tus amigos perecerán».

Desplomada en un sillón. Amelia sollozaba.

—No llores, rosa del cielo —balbuceó Dorff cogiéndola y obligándola a aproximarse a Renato—. La misericordia divina permite que al menos tú, mi preferida, seas dichosa. Mi sueño era verte esposa de un noble francés. Este a quien quieres es dos veces noble: por el alma y por la cuna. ¡Amaos, Carlos Luis os bendice!

—No —protestó Renato—, no le abandonaremos a usted para gozar egoístamente nuestra dicha. Amelia no lo consentiría; yo tampoco. Ignoro quién es usted; ignoro qué telaraña de iniquidades se ha ido formando para envolverle en ella. Pero no sólo me inspira usted afecto, sino un respeto indecible, cuya razón desconozco. Amelia y yo no nos casaremos sino después de que usted sea rehabilitado; después de que se declare su inocencia; después de que el universo entero…

Amelia aprobó, tendiendo la mano.

—Bien, Renato, así te comprendo. No nos casaremos hasta que mi padre recobre su nombre y su honor. No seríamos felices.

—Hágase vuestra voluntad —murmuró Dorff—. Una vez más pelearé contra la fatalidad, aunque sé de antemano que caeremos vencidos…

Hizo una seña al Marqués, y este, siguiéndole, penetró en la otra habitación de las dos que formaban el piso bajo de la casita. Era una especie de taller, a la sazón alumbrado por la claridad mortecina de un reverbero pendiente de la ahumada pared. Sobre mesas y mostradores hallábanse esparcidos menudos utensilios y chismes de relojería; resortes, pinzas, muelles, alambres, tenacillas diminutas, relojes desmontados, otros en sus cajas, cerraduras, máquinas de toda clase, hasta armas de fuego, pistolas de arzón incrustadas de plata, confundíanse con los instrumentos del trabajo. Dorff cerró la puerta con doble vuelta de llave, y bajándose, movió una de las mesas, contó los ladrillos, a partir de la pared, y levantó con una palanqueta el que hacía el número quince. Apareció un escondrijo de forma rectangular, del cual tomó un objeto oblongo, una funda de cuero amarillo, como las que sirven de estuche a los anteojos de larga vista, y un cofrecillo cuadrado, que tenía alrededor un bramante del cual pendía una llave dorada.

—Renato de Giac —dijo Dorff solemnemente—, confío a tu acrisolado honor este depósito. Ahí va mi existencia, ahí los últimos destellos de esperanza para mí y para mis desgraciados hijos. A nadie quise entregar este manuscrito y cofre, porque mis desdichas han hecho que desapareciesen todos mis verdaderos amigos, cumpliéndose el vaticinio horrible de la prisión. Hubo momentos en que hasta pensé lanzar los documentos que te entrego a las llamas… ¡Si de nada servían!… Los sucesos de esta noche han cambiado mi propósito. Puesto que con vivir retirado no logro que me perdonen; puesto que de todas maneras el puñal se esgrime contra mí y hasta mis infortunios recaen sobre la cabeza de mi Amelia, de mi predilecta, la única que conoce mi secreto, porque su espíritu es varonil y su inteligencia precoz y admirable… puesto que el hado me empuja a pesar mío, volveré a la lucha. Pasaré a Francia secretamente, y allí, si tú crees que los papeles contenidos en ese cofre pueden servir de fundamento a mis reclamaciones ante los tribunales… o al menos ante la Humanidad, reclamaré, gritaré; no podrán ya suprimirme calladamente. Y escucha una advertencia, hijo mío. Desde el mismo momento en que recojas este cofre y este rollo de papel que guarda el estuche, no te creas seguro en parte alguna. Vigila, teme, no duermas sosegado, de nadie fíes. En todas partes te espiará la traición; los esbirros seguirán la huella de tus pasos para despojarte del tesoro. Veo que me miras asombrado y acaso dudas de si estoy cuerdo… ¡Piensa en la asechanza reciente! No dudarás así que leas el manuscrito enrollado. Ese manuscrito está dirigido a una mujer… a la que más quise después de mi madre; ¡a una mujer de quien Dios tenga piedad! Cuando lo hayas leído juzgarás de si puedes y debes ponerlo en manos de ella… y serás tú el encargado de hacerlo. ¡Que jamás pueda decir esa mujer que pecó de ignorante! En cuanto al cofre, que encierra documentos importantísimos, ocúltalo, busca para él un escondrijo, en Francia, en las entrañas de la tierra… Hora y día llegará en que lo necesitemos. Entretanto, ¡que tu mano izquierda ignore dónde lo ha enterrado la derecha!

—Juro —dijo Brezé—, que nadie podrá saberlo. ¡Nadie!

—Cambia de ser, hijo mío. El que se me acerca, el que se me ofrece como verdadero amigo, debe ponerse el antifaz, sepultarse en la sombra, vivir en el misterio. Como que yo soy todo misterio, misterio profundo… Aquí tienes mis pistolas: están cargadas. Y… hasta tu vuelta, porque supongo que en primer lugar querrás poner a salvo este depósito, que ya en mi poder corre riesgo. O mejor dicho, hasta Calais, donde estaremos sin falta dentro de una semana, en la posada del Pez Rojo, Amelia y yo. No volvamos a reunirnos en Londres; es probable que nos espían.

—Donde yo guarde ese cofre en Francia no lo descubrirá un zahorí —respondió Renato—. Antes de marcharme, que me sea permitido besar la mano de mi novia.

—Ve y habla con ella libremente.

Las once de la noche serían cuando Renato cruzó otra vez la plaza solitaria. Acercose al square, curioso de ver si quedaban rastros de la lucha. Estaba desierto, pero al pie de un árbol vio relucir algo y lo recogió: era el cuchillo, un cuchillo ancho y corto, de los que usan los marineros para destripar el pescado. Al bajarse para alzar del suelo el arma, el cofre que llevaba apoyado contra el pecho cayó a tierra y botó en el tronco. Asustado Renato lo guardó dentro de la levita, abotonándola, y lo apretó con la mano para asegurarse de que no volvía a caer.

Al pasar la esquina para dirigirse a Willington Street, con objeto de tomar un cab, no vio a dos hombres, los mismos de antes, guarecidos a la sombra de una enorme puerta cochera, y registrando desde ella todo lo que en la plaza sucedía.

—Ahí va el aprietagorjas —dijo el rechoncho con rencoroso acento, llevándose las manos a la nuez llena de equimosis y respirando mal todavía.

—Lleva un cofre —contestó el alto—. Sonó a metal… No irá vacío. ¿Se lo quitamos y le dejamos tieso?

—¡Majadero!, también llevará armas. Si no, no le hubiesen permitido salir.

—Va hacia Willingtons.

—Sigámosle como nos siguió él. Hay que saber quién es este mocito caído del cielo a mezclarse en lo que no le importa.

Y los dos bandidos, pegados a las casas, se deslizaron en pos del marqués de Brezé hasta que saltó en el cab y dio sus señas, por cierto en alta voz. Los perseguidores no necesitaron ni hacer el gasto de otro cab. Renato aún no sabía lo que es envolverse en el misterio. Iba embriagado de su larga plática con Amelia, y sólo pensaba en su dicha.

Capítulo 5. Primeros hilos de la trama

Antes que el incauto marqués de Brezé, cruzaremos nosotros el Estrecho y nos trasladaremos a Francia y a París. Estamos en el despacho del ministro superintendente de policía, barón Lecazes; salón severa y ricamente amueblado al estilo más puro del Imperio. El poder del gran Corso, definitivamente hundido después del efímero paseo de los Cien días, sobrevivía en el mobiliario y el arte en general; sólo en las letras lo había destronado el joven romanticismo, con su espíritu a la vez apasionado, rebelde, diabólico y religioso.

¿Cómo no habían de estar amuebladas al gusto del Imperio las habitaciones de Lecazes, si eran las mismas de Fouché, el célebre ministro de policía de Napoleón, el segundo poder, y quién sabe si tras la cortina el primero de aquel vertiginoso período en que la policía llegó a su apogeo, el único hombre que realmente conoció la historia de su época? Lecazes, según fama, aprovechó la ingeniosa instalación de su predecesor, maraña laberíntica de pasillos, puertas secretas, escaleras excusadas, cuartitos ocultos en el espesor de las murallas y hasta verdaderos calabozos, donde un sujeto peligroso esperaba a oscuras, trabado de esposas y grillos, ser llevado a la presencia del todopoderoso Superintendente. Había tocadores, armarios y roperos que contenían los elementos de toda suerte de disfraces, y hasta se susurraba que existía un arsenal de tortura muy completo, con ruedas dentadas a la portuguesa, cuñas de acero a la austriaca, erizos de púas a la inglesa, pesas de plomo en cuerda a la española, cascos de metal a la prusiana y, otros artefactos no menos terroríficos. No hallando manera de comprobar estos rumores, no podremos responder de su veracidad; sólo diremos que los difundían los Carbonarios que entonces pululaban; y tampoco nos atreveremos a afirmar que en efecto existiese en los dominios de Fouché cierto laboratorio de química, donde un enigmático doctor, venido de Oriente según decían, prestado por el Gran Turco, confeccionaba licores y zumos de hierbas que destilaban en las venas el letargo, la insania o la muerte. Todo ello tiene corte de leyenda. No queremos adquirir grave compromiso ante los eruditos que no dan crédito sino a lo constante en documentos —olvidando que precisamente las cosas más transcendentales y dramáticas son aquellas de las cuales se procura y suele conseguirse que no quede ni rastro.

Lo que ahora vemos no es sino el despacho, precedido de una antecámara o saleta y una antesala, y al parecer sin más puerta de entrada que la del fondo, que da a la saleta y guarnece un cortinaje de seda verde brochada con palmas amarillas, plegado con simetría en clásicos tubos. Viste las paredes seda igual a la del cortinaje, distribuida en recuadros de madera incrustada con filetes de dorado bronce. El pavimento es de mosaico de maderas raras y variadas, que con la alternativa de sus colores naturales dibujan alrededor primorosa greca y en el centro una cabeza de Medusa, de envedijada guedeja de víboras. Los canapés, recordando la figura de un cisne o rematados en garras de tigre; los sillones, las sillas, los taburetes, lucen bronces artísticos, procesiones de ninfas de moños airosos, gráciles cuellos y encintadas sandalias, o racimos de cupidines con teas en la mano. Alrededor del amplio escritorio corre una barandilla de labor delicada y menuda; la escribanía, de bronce también, representa a Laocoonte retorciéndose entre las roscas de las serpientes. El Laocoonte y la Medusa son lo único que allí despierta ideas de martirio y desesperación. Sobre el sillón del Ministro, un doselete protege al retrato del Rey.

Hallábase el Ministro sentado, y aunque delante de él se alzaba ingente montón de papeles, no trabajaba: su actitud era meditabunda; su cabeza se reclinaba en la palma de la mano izquierda, y su diestra, negligentemente, jugaba con una pluma de plata con pico de acero, novedad que principiaba a abrirse camino, venida de Inglaterra. Difícil sería, a primera vista, distinguir esta meditación de un polizonte de la de un filósofo. El rostro del Ministro era inteligente, y en público tenía estereotipada cierta voluntaria franqueza, una afabilidad sobrado constante para ser sincera, una sonrisa entre distraída y melosa. A solas, un pliegue de voluntad astuta y perseverante la reemplazaba; la expresión del hombre que marcha recto a sus fines. El Superintendente del monarca restaurado tenía que desplegar más vigor que el del Corso. Este iba guiado por una inspiración superior; aquel inspiraba y dirigía; estaba detrás de la cortina para salvar al régimen, hasta de sí mismo. «¿Qué sería de ellos sin mí?», solía decirse Lecazes después de practicar alguno de los que llamaba juegos de manos. «Es preciso proceder sin consultar. Hay cosas que no se preguntan. Aquí yo soy el tejedor y lanzo la naveta. Ellos presencian… y gracias si no intervienen para romper la trama, o si no la destrozan sus partidarios, los celosos vengadores, esos furiosos del Mediodía». Su meditación no era la incertidumbre de la conciencia que busca senda entre espinos y abrojos, sino un cálculo de probabilidades para acertar mejor cómo se realizaría lo que tenía determinado con tranquila resolución. De pronto se puso a registrar papeles; ató algunos con una cinta, formando un paquetito; antes entresacó una carta, la releyó dos veces y la guardó cuidadosamente en su cartera.

Algo de importancia debía de bullir en su mente, porque la mano, al jugar de nuevo con la pluma, tenía sacudidas nerviosas y en el entrecejo se había fijado honda arruga. Dos relojes de sobremesa, a derecha e izquierda, sustentados en bellas consolas, acoplaron con rara precisión su voz de cristal; eran las dos de la tarde. El Ministro hizo ese movimiento que revela el paso de la reflexión a la acción; oprimió un timbre, y al presentarse respetuoso el ujier en la encortinada puerta, le preguntó:

—¿Quién está ahí?

—El señor profesor Beauliège espera en la antesala.

—Que pase.

Momentos después presentábase ante el Ministro uno de esos tipos de proletarios de la ciencia y de las letras que solemos encontrar aún hoy en los muelles de París, revolviendo el mostrador de los puestos de libros viejos que allí se venden a precios inverosímiles. Sombrero grasiento; largas melenas grises desordenadas; el cuello del levitón sembrado de caspa y mugre; las manos metidas en guantes raídos, cuyos dedos dejaban asomar las sucias uñas; bajo el brazo una cartera desflorada, rellena sin duda de papelotes; la cara rasurada, la nariz puntiaguda, los ojos miopes, como entelarañados por el polvo —tal era la catadura del señor Beauliège—. El Barón, casi sin mirarle, le indicó que se sentase; industrial y práctico por naturaleza, profesaba a los literatos y escritores un desdén que apenas se tomaba el trabajo de disimular.

—¿Cómo va ese libro? —preguntó después del saludo.

—Señor Barón —murmuró el pobre diablo—, no adelanto mucho, porque, como le consta a su señoría, carezco absolutamente de base. Fáltanme todos los comprobantes para establecer la defunción del niño; ignoro lo que sucedió durante los últimos tiempos de su encierro, y es harto difícil mi labor, ahora que, gracias al espíritu del siglo, la historia parece renovarse en sus mismas fuentes y aspira a apoyarse siempre en irrecusables datos. Cuando Su Señoría me mandó llamar, mi corazón latió de júbilo: supuse que era para comunicarme algunos papeles de importancia.

—Señor Beauliège —contestó no sin ironía el Superintendente—, si poseyésemos la cáfila de documentos que usted solicita… no le necesitábamos a usted, ¡qué diantre! Con publicarlos en el Monitor… Lo que esperábamos de su ciencia y de su docta pluma era una reconstrucción, ¿me comprende usted?… una reconstrucción, vamos… conjetural y verosímil, y sobre todo tierna y conmovedora, muy bonita, de la existencia del infortunado Príncipe dentro de su prisión. El asunto es precioso; tiene usted allí campo abierto, horizontes amplios. No se trata de una novela, ¡cuidado!; ¡eso no!; se trata de una relación con todo el aspecto de historia; algo que forme la opinión de los tiempos venideros. Este trabajo, sobre todo si la gente supone que la idea de realizarlo ha partido de usted espontáneamente, le valdrá honra y provecho. El sillón de la Academia no parecerá premio excesivo para tan original y simpático trabajo.

Al oír el nombre de la Academia, el sabio proletario se levantó de un brinco y después se agarró a la barandilla de la mesa escritorio para no caerse. Era la realización de un sueño creído fantástico, y el exceso de la dicha le abrumó; un deslumbramiento le hizo cerrar los ojos. El Superintendente estudiaba estos síntomas previstos. Sabía que a aquel infeliz no se le ganaba con dinero: era un esparciata vanidoso.

—Una obra escrita por usted —añadió— no necesita tanta balumba de documentación, señor profesor. Su autoridad de usted basta. Si usted fuera uno de esos locos que imaginan narraciones sin pies ni cabeza… Pero por lo mismo que es usted un estudioso, un documentado, el nombre de usted presta seriedad a cuanto produzca. El toque está en hacer algo formal sin mucha base… que desgraciadamente no poseemos.

—Me han dicho —indicó el profesor— que existe en el Hospital de Incurables una mujer que podría darnos luz en esa historia. Es la viuda del malvado zapatero que atormentó al Príncipe. He pensado dirigirme a ella.

Un airado golpe de la palma del Ministro sobre la mesa interrumpió a Beauliège.

—¿Cómo he de meterle a usted en la cabeza, pardiez, que no se dirija a nadie, sino a quien yo le indique? ¿Va usted a escribir cuentos de viejas o un libro digno de respeto?

Bajó la cabeza el erudito: la mágica perspectiva de la Academia le dictaba una sumisión perruna. Sin embargo, tímidamente, aún murmuró:

—Lástima que no exista siquiera el original del acta de defunción del 24 de pradial. Con sólo ese documento, el libro descansaría en cimientos de diamante. Bastaría para confundir definitivamente a los viles impostores —al zuequero de Rouen, al lacayuelo de Versalles, al mecánico de Prusia.

El Barón adaptó a la cara aquella sonrisa suya peculiarísima; sonreía por no descalabrar con el Laocoonte a tamaño imbécil de sabio, empeñado en pedir cotufas en el golfo. Sonriendo, murmuró:

—Decídase usted a pasarse sin eso… o renuncie al libro y al sillón del Instituto. Ya sabe que el original de esa partida de defunción no ha podido hallarse por más gestiones que se hicieron… y que no ha sido posible ni legalizar la copia. Bagatela para un erudito como usted. —Deslizando la mano en un cajón, el Superintendente sacó un rollo de monedas de oro—. Este pequeño adelanto —advirtió— no es pagarle a usted nada; es para cubrir los gastos que ya tiene usted hechos… plumas, papel, escribiente… Dentro de quince días espero aquí el manuscrito, ¿eh? Parte del manuscrito al menos.

Una seña autoritaria completó el discurso y despachó al sabio, que se retiró subyugado, cavilando en el tema de su arenga de ingreso en el Instituto. El Ministro echó una ojeada a la esfera del reloj: eran las tres menos veinticinco.

«Volpetti ya habrá llegado», pensó, y levantándose y recogiendo el paquetito que había hecho con varias cartas, apoyó el dedo en la moldura de un recuadro situado detrás del sillón; el recuadro giró calladamente, se abrió un hueco estrecho y el Ministro se enhebró por él, encontrándose en un oscuro y corto pasadizo, a cuya extremidad le detuvo una puerta de láminas de hierro. El Ministro la hirió ligeramente con los nudillos; la puerta subió recogiéndose como si fuese un rollo, y una voz de hombre pronunció bajito:

—Aquí estoy, Excelencia.

El aposento en que el Barón acababa de entrar tenía por muebles sillas de caoba, una mesa escritorio, un par de butacas; las paredes pintadas al temple, el piso cubierto de alfombra barata y raída. Carecía de ventanas; recibía algún aire por el hueco del cañón de una estufa, y lo iluminaba un quinqué de cuerda, que trataba de arreglar para que no atufase el individuo que acababa de dar fe de su presencia allí.

—Incomunica —ordenó brevemente el Ministro.

Obedeció el hombre, haciendo que la puerta bajase otra vez a encajarse en su puesto.

—La copa y la bandeja —añadió Lecazes.

El individuo sacó de una alacenilla una profunda copa de bronce, cuyas asas eran dos sirenas de retorcida cola y seno protuberante. Destapando una botella, vertió el contenido en la copa, y sacando chispas de un eslabón, encendió una mecha y la aplicó al líquido. Luego acomodó la copa en el hueco de la estufa. Alzose azulada llama; el Ministro desató el paquetito y fue inflamando uno por uno los papeles que contenía, y que dejaba consumirse sobre la enorme bandeja de metal. Al mirar cómo invadía el fuego las blancas hojas, cómo las volvía finísima telilla negra encogida que se deshacía en cenizas impalpables, al percibir el olor del lacre consumido en los sellos de la correspondencia, el Ministro se estremecía imperceptiblemente. Saboreaba su poder: era la historia misma lo que destruía y borraba con firme dedo. Lo que ha pasado no dejando pruebas —como si no hubiera sido nunca—. Al terminarse el auto de fe respiró, mirando al montón de ceniza en la bandeja, y volviéndose al hombre, dijo apaciblemente:

—Cuando estás aquí… será que todo queda cumplido.

Capítulo 6. El esbirro

El individuo a quien se dirigían estas palabras, y a quien el Barón llamaba Volpetti, tenía el aspecto del que regresa de un largo viaje; denso polvo blanquecino cubría su ropa y calzado, y su cabellera negra, abundante, estaba en desorden. Representaba treinta y pico de años: era un tipo meridional, de tez cetrina, de barba poblada que le comía los ojos. Su respuesta fue categórica.

—Eso se cumplirá esta noche.

—¿Seguro?

—¡Infalible! ¡En buenas manos queda el pandero! Llego de allá ahora mismo, en compañía de dos cajas de objetos de acero, tijeras, cuchillería, que han servido de comprobante a mi personalidad comercial. Más allá del Estrecho fui Alberto Serra, catalán, que compra en Londres para introducir contrabando por Gibraltar. Ni el mismo diablo adivinaría…

—Al caso —ordenó el Ministro—. Ya sé tu habilidad para disfraces. ¡Apenas te conozco con esas barbas y esa zalea de pelo!

—He procedido así. Excelencia, porque al fin aquí los Carbonarios y mucha gente política me tienen entre ojos: sospechan varias cosas. Y sería malo que yo apareciese preso en Londres por complicación en una jugarreta a ese personaje enigmático. Hay que preverlo todo. Escogí, pues, a dos mocitos de cuenta, que no se han enterado del asunto más que lo necesario para cumplir bien. Además, la cosa es tan sencilla como sorberse un huevo. El personaje vive en un barrio poco concurrido, y ante su casa se extiende una plaza desierta desde que anochece. Uno de los lados de la plaza lo forma una iglesia metodista; otro, un colegio de niños. En el centro un square con árboles gigantescos, que proyectan sombra… como si se lo mandásemos. El personaje sale todas las tardes a dar un paseo, así que su labor termina. Le han dicho que si no pasea se quedará ciego de tanto mirar con la lupa a las ruedecillas pequeñísimas de los relojes y maquinas que compone. ¿Que cómo he averiguarlo estos pormenores? ¡Ahí está mi mérito, Excelencia! Sé de aquella casa todo cuanto se me pregunte… El personaje, después de recorrer algunas calles y de visitar a su amigo el mecánico prusiano Hartzenbaume, regresa al hogar fijamente a una misma hora; es puntualísimo. Con esperar en el square un rato, de fijo se le pueden dar las buenas noches.

El Ministro meneó la cabeza. La ligera arruga de su entrecejo se marcó sombríamente.

—¿Y si les atrapan? —murmuró.

—Si les pillan en la ratonera, Excelencia… ¡que no les pillarán!, tienen instrucciones y son capaces de aplicarlas. Se trata de un robo, de un atraco vulgarísimo, que ha acabado mal… porque el robado se defendía. Y en el peor caso, aun cuando nombrasen a Alberto Serra, el instigador, ¿qué? La policía inglesa buscará a un contrabandista catalán… y no a mí. Repito que ellos no están enterados sino a medias, lo suficiente para que no puedan ocasionarnos desazones. La trampa quedó bien armada. ¿Tiene algo más que ordenar Su Excelencia?

—Que me aguardes aquí —contestó el Superintendente—. Transfórmate… y espera. Vuelvo.

Inclinose el esbirro, y a una seña alzó la puerta de tiras de hierro, dando paso al Ministro, que regresó a su despacho. Después de tentar bajo el paño de su frac la carta sustraída a la destrucción, hirió el timbre y preguntó al ujier:

—¿No ha venido la señora duquesa de Roussillón?

—Hace un rato que espera en la saleta.

—Que tenga la bondad de entrar.

Adelantose el Ministro galantemente para ofrecer a la dama un canapé. Ella avanzó erguida, queriendo sonreír, pero se leían en su cara descolorida y en las cárdenas ojeras que rodeaban sus ojos azul oscuro, tan semejantes a los del marqués de Brezé, hondas preocupaciones. Muy bella debía de haber sido la Duquesa, y su atavío decía a las claras que no había abdicado aún el cetro de la elegancia. Vestía, sobre una funda de tafetán listado con menudos volantes, primorosa dulleta de rico paño verde, que realzaban orlas de cisne y ligeros bordados de canutillo y oro; la gran capota inglesa de calesín, de seda, encuadraba su rostro, dejando sólo escapar a cada lado dos racimos insubordinados de tirabuzones todavía rubios; una sombrilla exactamente igual a la última que había lucido Madama, duquesa de Berry, de raso blanco con violetas salpicadas, acompañaba al traje, y de la muñeca izquierda colgaba el retículo, de malla de perlitas sobre raso, con cierre de pedrería. Hizo una reverencia de corte a Lecazes y se instaló en el asiento ofrecido con la soltura que da el hábito del más alto trato social.

—¿En qué puede servirla este su mejor amigo? —preguntó el Ministro acercando una silla al canapé que ocupaba la dama.

—¡Si supiese usted lo que ocurre! —empezó ella en voz ahogada, reveladora de la fatiga del espíritu. Y al ambiguo gesto del Ministro, continuó—: Usted me había citado hoy para que hablásemos de la cuestión de las minas de Montereux, que deben formar parte de lo restituido a la casa ducal de Roussillón que injustamente me disputa el Ayuntamiento de Montereux so pretexto de que antes las poseía… Aunque este asunto no es de su competencia de usted, en usted fío para salir adelante. ¡Feliz casualidad! Si usted no me cita… acudo yo a pedir urgentemente audiencia.

El Barón percibía, al hablar la señora, la congoja de su respiración, el tilinteo de los dijes preciosos que colgaban de su cuello al anhelar de su pecho.

—Serénese usted —indicó tomando afectuosamente una de las enguantadas manos y dando en ellas suaves golpecitos—. Todo no será nada…

—¿Me cree usted capaz de apurarme por poco? —exclamó la Duquesa—. Sepa usted que mi hijo se ha marchado a Londres.

—¿A Londres? —repitió el Superintendente botando en el asiento.

—¡Hola! Ya no le parece a usted grano de anís, ¿eh? Sí, señor, a Londres, y secretamente, engañándome, asegurándome que iba a una cacería en Picmort. Pero, como soy algo suspicaz, tuve sospechas, registré sus habitaciones después de su marcha, y vi que se había llevado ropa muy impropia de una cacería, mientras los fusiles y las alforjas de caza allí estaban muriéndose de risa. Entonces corrí a casa de nuestro banquero y le dije con el aire más natural del mundo: «Renato me dejó encargado que le envíe usted más fondos». «Me extraña, señora Duquesa, porque hemos proporcionado al señor Marqués un crédito muy extenso sobre una de las mejores casas de Londres». ¡Londres! ¡Ya pareció aquello!… ¡Ah, mis presentimientos!

—¿Cuándo ha sido eso? La marcha del Marqués, quiero decir.

—Dará unos cuatro días. Llegará a Londres esta tarde.

El Barón no era capaz de soltar ternos; ejercía gran dominio sobre sí mismo; sólo una crispación de la boca delató su profunda contrariedad.

—Ya sabe usted —prosiguió la dama— que ella está allí… Desde que le hice la revelación, ofreciéndome a mostrar los papeles que usted me había facilitado, relativos a la vida pasada de Dorff, a su condena como incendiario y falso monedero, a su estancia en presidio, mi hijo había caído en una tristeza constante; yo lo atribuía a la rutina de sus ilusiones, pero le creía curado, por el cauterio, de la mordedura de su funesto y ridículo amor… Esta escapatoria me indica lo contrario… ¡La pasión le arrastra!…

El Ministro acusó a la dama algo ásperamente:

—¡Qué torpeza, señora! ¿Por qué no me avisó usted el mismo día en que habló de irse a Picmort?

—Hice mal —dijo apurada la Duquesa—. Olvidé que todo cuidado es poco cuando tenemos que habérnoslas con intrigantes de esa laya. ¡Qué hombre! ¿Por qué no le envían ustedes otra vez a presidio? ¡A la sombra, que allí no molesta! Me encomiendo a usted, amigo Barón, para que Su Majestad comprenda que yo no intervengo en este embrollo: que soy leal, que deploro la ceguedad de mi desventurado hijo, que me vuelvo loca de rabia. ¡Qué maldad, explotar así un parecido, un capricho de la Naturaleza! Parecido a la verdad sorprendente; cuando vi a esa mozuela, al pronto quedé aturdida: era todo el aire, toda la fisonomía, los ojos, la boca, el andar de la augusta mártir. Esos impostores siempre logran prosélitos. Por ejemplo: Adhemar lo cree a pies juntillas. Le echaré del molino, le castigaré… ¡Sálveme usted, salve a Renato! Ese chico es capaz de erigirse en defensor de la impostura, y yo no podría vivir si supiese que había incurrido en el desagrado de Su Majestad. Si me demostrasen frialdad en palacio, ¡qué vergüenza! El palacio de mis Reyes es lo único que me importa. El Duque, mi marido, solía repetir: «Matilde, por encima de todo agradar al Rey».

—No se trata de eso, señora Duquesa —contestó con sequedad el Ministro—. Su fidelidad de usted es bien conocida. ¡Pero qué torpeza, repito, no advertirme a tiempo!

—¿Teme usted lo mismo que yo? ¿Un matrimonio clandestino… uno de esos enlaces…

—Como el de Su Ateza con la sentimental Amy Brown, ¿verdad? —preguntó incisivamente Lecazes.

—¡Jesús! No he dicho tal —protestó la Duquesa—. Son calumnias de los malos.

—En fin, señora, voy a tratar de arreglar lo que usted ha estropeado. Serénese… Retírese y perdóneme la falta de cortesía, pero necesito tiempo para tomar medidas y evitar a usted disgustos. Descanse en mí y no se altere prematuramente. El marqués de Brezé ha de mirarse antes de unirse a la hija de un presidiario. Esas cosas no se hacen en una hora, no se improvisan como en las óperas de Cimarosa. Tendremos, así lo espero, medios de evitar cualquier acción impremeditada del Marqués.

La dama se levantó, y sacando del retículo un perfumado pañuelo de encaje se lo pasó por los ojos.

—Es usted mi único salvador —dijo al estrechar, según la nueva costumbre inglesa, la mano del ministro de policía. Y, para sí, pensaba la dama—: ¡Trapacero! ¡Noble hecho aprisa! ¡Bonapartista renegado!

Así que la ondulación de las cortinas reveló que la Duquesa había traspuesto la puerta, el Ministro, apretando los puños, la hizo una colérica demostración. Volvió después a apoyar el dedo sobre el recuadro, se deslizó al pasillo y, poniendo en movimiento el resorte de la puerta de láminas de metal, penetró en la habitación donde había quemado las cartas. Cogiendo una bocina que colgaba de la pared, aplicó a ella la boca y pronunció bajito el nombre de Volpetti.

Minutos después presentábase el esbirro. Quien le hubiese visto antes difícilmente le reconocería ahora. Venía pulcrísimo, correctamente vestido de frac azul con botones dorados, calzones de nankín barquillo, botas de montar, y jugaba con un latiguillo de puño de cornalina. Sobre su corbata de vueltas, de muselina blanca, su cara pálida, que adornaban patillas castañas, se encuadraba en un peinado de sortijas castañas también; a la izquierda se alborotaba el tupé romántico, el peinado de Chateaubriand. Y realmente, en tal atavío, era al insigne autor de El Genio del Cristianismo a quien se parecía Volpetti.

—Me alegro de tu diligencia asombrosa en disfrazarte —dijo el Barón—. Así sólo necesitas un abrigo de camino. Toma dos pasaportes: usa el que más te convenga. Corre la posta con generosidad, y encuéntrate sin demora en Londres, donde haces falta con urgencia. ¡No pierdas un minuto!

—Dígnese el señor Barón explicarme algo. ¿Es para vigilar la labor de mis dos sabuesos?

—¡Buena estará la labor! Para averiguar dónde se aloja, qué hace, qué piensa, qué come y de qué lado respira el marqués de Brezé. Este caballero está prendado de la hija mayor de Dorff y llega a Londres hoy por la tarde. Así que llegue, su primer pensamiento será rondar la casa de su amada. Es quizás para Dorff un aliado; es de cierto un testigo importunísimo. No necesito decirte más. El Marqués puede ser, en esta ocasión, la malla suelta por la cual se deshace el tejido entero. No contábamos con su presencia allí; nos complica nuestros negocios. En casos impensados, Volpetti, no cabe dar instrucciones. Tú conoces mi intención…

El esbirro saludó y se retiró. Cuando el Superintendente se vio solo, desabrochó su frac, buscó la carta reservada del fuego, la desdobló lentamente y otra vez se enfrascó en su lectura, como si quisiera aprendérsela de memoria.

Capítulo 7. Epicúreo

Si se nos ocurriese comparar el despacho del Superintendente con el gabinete particular del Monarca, diríamos que el primero reviste mayor ostentación oficial; pero si nos detuviésemos a considerar despacio el segundo, encontraríamos en él mucho que admirar y que demuestra las aficiones cultísimas de su dueño.

Las ventanas se abren sobre el jardín real, que tiende como un tapiz sus cuadros de césped esmaltados de canastillas, y expone al sol, tibio aún, de mayo, el dorso alabastrino de sus estatuas de paganas divinidades. Dentro, cubren las paredes cuadros modernos y antiguos, y trofeos de espléndidas armas de Oriente. Ninguno de los cuadros es de asunto religioso ni histórico: hay un nacarado desnudo del Tiziano, una bacanal de Rubens, unas odaliscas de Delacroix, un grupo de Júpiter y Ganimedes de Prudhón. En cristaleras de concha y bronce se guardan libertinas porcelanas de Sajonia, profanas estatuillas griegas, bajo relieves donde la elegancia del trabajo compite con la nefanda crudeza del asunto; platos de plata magníficamente relevados, medallas, monedas, barros, joyas, el tesoro de un anticuario en extremo inteligente. Un obsceno lampadario de bronce, sacado de Pompeya, crispa en un ángulo las nervudas patas de cabra en que reposa.

El fondo del gabinete —detrás del sillón y del escritorio, que son dos maravillas la época Luis XV— lo forma una bibliotequita con ricas tallas, que encierra libros todos raros, de bibliófilo, ediciones de Plantino y Aldo Manucio, encuadernadas en tafiletes y cueros españoles y árabes de lo más bello. A la derecha, tras un biombo que lo tapa, un órgano—clave, decorado con esmaltes sobre vidrio, inestimable joya para un museo, espera, bajo su cubierta de seda bardada de apagados tonos, a que una mano inteligente lo hiera y arranque de él deliciosa música. La bella e inteligente favorita, madama du Cayla, pasea a veces sus dedos torneados por el teclado amarillento.

Ante el escritorio y bajo los pies del sillón está extendida una muelle piel de oso blanco, sobre la cual, hecho una rosca, dormita un animal hechicero: un perro poco mayor que una paloma, de hociquito negro, húmedo, de sedas grises, con reflejos perlinos; uno de esos grifones hoy tan de moda, y que entonces, en Francia, eran desconocidos: un regalo de la condesa du Cayla.

Serían las cinco de la tarde cuando la puerta lateral se abrió y dio paso al Rey, sostenido bajo el sobaco por dos servidores, a cuyo cuello rodeaba un brazo y que le llevaban casi en peso. El grifón brincó de alegría y fue a deshacerse en caricias alrededor de una de las piernas del coronado inválido. Este se acomodó, suspirando, en otro sillón, cerca de la ventana. Había sido el tormento de toda su existencia aquel padecimiento cruel que ataba su cuerpo, dentro del cual se agitaba un espíritu tan activo, y al verle se comprendía el dicho del marqués de Semonville, uno de los hombres más agradables al Rey por su amena y aguda charla: «¡Cómo es posible que el Rey perdone a su hermano el que ande!».

Ya sujeto en el sillón, con varios cojines donde apoyar sus vendadas piernas y sus hinchados pies, el Rey tomó de preciosa cajita una pulgarada de tabaco y dio una orden:

—Que venga el barón Lecazes.

Mientras la orden se cumplía, el Rey espaciaba su mirada, con gusto, en la vista encantadora que se abarcaba desde la abierta vidriera. Hacia el poniente el cielo era de color de oro derretido, y las masas sombrías de los árboles ingentes relieves de bronce sobre aquel fondo ardiente y glorioso. Los surtidores de agua, desflecándose en el aire, semejaban flores de diamantes deshojadas incesantemente por suave brisa: mi frescura hacía cristalino y puro el ambiente. Una paz dulce y voluptuosa entraba por la ventana con el olor del césped húmedo y de las canastillas donde se abrían los narcisos y los jacintos primaverales. Una oleada de placer se derramó en el espíritu del Rey; su naturaleza sensual acogía con vivacidad e intensidad las sensaciones gratas, y las saboreaba plenamente, sin desperdiciar un átomo, aquilatándolas intelectualmente, repitiendo entre sí: «Es una hora amable; sepamos paladearla y amarla».

Dimanaba este modo de sentir de una convicción melancólica. «La vida es breve —pensaba el monarca— por larga que sea. Un soplo, un hálito… y después, ¿quién sabe? Eterna sombra, eterno enigma… ». Detrás de sí, a su alrededor y ante su mirada, dilatándose por interminable serie de siglos, creía el Rey escuchar, resonante como el Ponto de los trágicos griegos, el oleaje profundo, sin límites, de la Historia, que arrastra tronos, dinastías, grandezas, conquistas y magníficas epopeyas. Percibía que a él también le envolvía ese oleaje, arrebatándole como a una brizna de paja, y antes de sepultarse en el negro abismo, quisiera haber vivido, sentido, en cuanto hombre. ¡Vivir! ¡Burlar la destrucción encerrando lo eterno en un minuto!

—¡Si yo fuese robusto y ágil! —exclamaba con rabia a veces aquel lisiado que ceñía corona—. ¡Si yo pudiese amar, sufrir, entretejer los hilos de una bella aventura! ¡Cuerpo miserable, tristeza de la carne morbosa y doliente! ¡Envejecer! ¡Envejecer! ¡Y envejecer abrazado a la enfermedad, compañera fea y estúpida!

Sus ojos vagaban de la perspectiva del jardín a la contemplación de los objetos de arte. Mirábalos con fruición, experimentando el delicioso cosquilleo de la belleza artística en los sentidos. Salvadas de la voracidad del tiempo, aquellas obras maestras le sonreían, eran suyas, amigas fieles, odaliscas dóciles. Allí tenían, en los libros y en las estatuas, su distracción y su regocijo. «Soy un ateniense o un romano contemporáneo de Horacio», pensaba, enorgulleciéndose de aquel goce íntimo, vedado a los profanos, patrimonio de privilegiados espíritus. Las líneas puras, las labores exquisitas, la majestad de lo hermoso, le causaban un arrobamiento durante el cual creía, en loca esperanza, que iba a recobrar la salud y a sentir correr por sus venas la sangre viril y rica de las edades estéticas. Las perspectivas del jardín se le figuraban entonces más amplias, más señoriales —imagen de la grandeza que rodea a la corona.

De pronto cambió de expresión la fisonomía del Rey; su cabeza cayó con desaliento en el respaldo del ancho sillón; una nube cubrió su semblante borbónico, semejante al de Carlos IV que copian las onzas peluconas de España —y parecido también al de su hermano el degollado—, aunque sin la expresión de bondad plácida y como rumiadora que hay en esas dos cabezas encuadradas por los bucles y rematadas por la coleta clásica, y reemplazando a la bondad un tinte de desengañada indiferencia, una luz de ironía cáustica en las inquietas e inyectadas pupilas. Lo que había causado el desfallecimiento del Rey era la vista de un hombre colocado frente a la ventana, en el jardín, de pie, arrimado al pedestal de una estatua de Luchador preparándose al pugilato.

Aquel hombre —cuya mirada no se apartaba un instante de la vidriera, detrás de la cual encontrábase el Rey— representaba esa extrema senectud, esos ochenta y pico de años que lo mismo pueden ser noventa, pues más allá de cierto límite ya no marca el tiempo visibles huellas. Su cabeza, descubierta al sol y que envolvía copiosa melena ondeada, ardía en un incendio de plata refulgente. Sus cejas hirsutas, erizadas, y sus pestañas canas, coronaban dos ojos verdes, gatunos, fatídicos. Sus manos cruzadas, sarmentosas, descansaban en un palo o báculo recio, y en ellas apoyaba la barbilla. Era su traje el de los aldeanos de las provincias donde la tradición y la superstición tienen asiento, donde los druidas bajo el árbol afilaron la segur: anchas bragas, los pies calzados con zuecos, faja de lana, una chaqueta de paño bordada, abierta sobre un chaleco blanco. Componía todo ello un conjunto extremadamente pintoresco, y la gente que pasaba volvíase para contemplar a aquel anciano, modelo ideal para un pintor que quisiese simbolizar al pasado en una figura humana.

El monarca, atraído y preocupado a la vez por aquel extraño viejo, le miraba aún, estremeciéndose involuntariamente, cuando abrió la puerta el galoneado ujier, y se presentó el ministro de policía, haciendo la más profunda reverencia. El Rey le indicó una silla; Lecazes se apresuró a ocuparla.

—¿Se encuentra mejor Vuestra Majestad? —interrogó con bien aderezada solicitud.

—¡Pch! El buitre que me roe a todas horas no se cansa de esgrimir el pico —declaró el Rey señalando a sus piernas envueltas en franela—. Crea usted, Barón, que el destino de todos los hombres no se diferencia en una línea. Reinar con las piernas inútiles y doloridas o partir piedra en una carretera con las piernas ágiles… allá se va. Es decir, ¡no! Los que parten piedra son más dichosos. Al terminar el trabajo abrazan con fe y vigor a sus amigas, mientras que un inválido como yo… ¡Pobre Zoe! ¡Pobre Condesa! Verdad es que ella y yo idolatramos el ingenio y el talento… ¿Y quién nos quita esos goces?

—¿Y el doctor inglés? —preguntó.

—¡Bah!… ¡El doctor inglés!… Otro caso de esa anglomanía furibunda que nos corrompe. ¿Ha visto usted necedad igual a esa racha de imitación servil? ¿Y la manía de que son los ingleses quienes han traído al mundo la noción del aseo y de la higiene, el reinado del agua? ¡No parece sino que eso no procede de los griegos y los romanos, con sus abluciones, su culto de la salud, sus hermosas Termas! ¿Y la ocurrencia de comer la carne sangrienta y cruda? El día en que se les antojó que yo había de probar el beefsteak, se me alborotó la gota… Los ingleses no tienen de bueno sino que dieron el papirotazo al Corso. En fin, dejémonos de eso. ¿Qué hay de nuevo, señor Superintendente de policía?

—Algo muy bueno, señor… Hemos podido recoger los últimos papeles dispersos que quedaban de la criolla y les hemos dado fuego inmediatamente, cumpliendo las instrucciones de Vuestra Majestad. Vuestra Majestad sabe que allí había mucho… Cartas del Emperador de Rusia, cartas de Barras acerca del consabido asunto del impostor… Puro veneno.

—¿Y qué papel no es ponzoña, excepto los versos buenos? —murmuró el Rey con desdén—. Una hoguera debía funcionar constante para hacer desaparecer todos los papeluchos. ¡Adelante el auto de fe! Mi aspiración, ya lo sabe usted, es que no queden detrás de mí sino los documentos estrictamente oficiales; pero nada de confidencial, nada íntimo, nada que pueda ayudar a embrollar la Historia y a forjar novelones. ¡Todo ceniza! En cambio, los versos de los grandes poetas… de los latinos especialmente, ¡que tesoro encierran! Ayer mismo he podido hacerme con un Petronio magnífico de viñetas antiguas, un poquillo crudas… ¿eh? Ya sabe usted que entonces… ¡ah diablo!, no se andaban con chiquitas…

Sonreía Lecazes, porque a su memoria acudía la frase de Talleyrand: «El Príncipe lee a Horacio cuando le ven y libros verdes cuando está solo».

—Vuestra Majestad —dijo alto— siempre con esas invencibles aficiones intelectuales y artísticas…

—¡Siempre! ¡Siempre! —repitió el Rey lisonjeado—. Es lo único —añadió en tono confidencial— que me hace sobrellevar el peso de la corona… Porque pesa… ¡vaya si pesa! No estoy en una cama de rosas, Lecazes. Si uno no se distrajese rimando madrigales… ¿eh? El más bonito que le hicieron a mi cuñada fue obra mía… ¿se acuerda usted? Aquello del cefirillo y los amores… Voltaire no tuyo nunca idea tan linda. ¡Yo hubiese sido un poeta! Y no que ahora he de reñir con las Musas para atender a esos demontres de emigrados, que vuelven como fueron: nada han olvidado, nada han aprendido… ¡Qué recua! Los malditos quieren dejarse atrás al Terror rojo con el blanco: volverlo todo al año 86, degollar, ahorcar, ahogar, ¡vengarse!, ¡vengarse! ¡Qué estupidez! Se venga uno de un individuo, nunca de una nación. ¿Sabe usted qué digo, Lecazes? ¡Que esos necios son más realistas que el rey!

El Ministro rió la ingeniosa frase, que oía por primera vez.

—Es preciso contenerles —advirtió—. Entre ellos y los Carbonarios comprometen el porvenir de la dinastía.

Alzó el Rey la cabeza. Un destello burlón pasó por sus pupilas.

—Lecazes —murmuró—, usted sueña. ¿Cree usted que vamos a durar tanto? ¿Cree usted en el porvenir? Aquí es el caso de repetir con mi bisabuelo: Después de mí… el diluvio. Si yo hubiese sido ambicioso, que ya sabe usted cuán lejos anduve de serlo…

Nuevamente impuso el Ministro expresión melosa a su fisonomía. Y de nuevo acudió a su memoria Talleyrand cuando, muchos años atrás, antes de soñarse en revoluciones, decía: «El príncipe quiere la corona».

—Si yo hubiese sido ambicioso —repitió el Rey— podría estar satisfecho: pero ¡qué diablo, Lecazes!, la ambición es una tontería. Yo no nací para rey; sí para artista, para refinado artista, a quien la belleza enamora por encima de todo. El arte llenaría mi vida como no han podido llenarla los privilegios del rango supremo. Usted, que es artista también, artista psicólogo, me comprende. ¿No es mejor poner el objeto de la existencia en delicados placeres que en la jerarquía? ¡Reinar! ¿Y qué memoria quedará de mi reino? He tenido que desprenderme de lo conquistado por la nación; he entrado en escena cediendo treinta y seis plazas fuertes con diez mil cañones. La gloria huye de mí. ¿Es culpa mía?

Y como el Barón callase, el Rey añadió:

—Usted aún no me conoce bien. No sabe usted qué goce el mío al descubrir un camafeo antiguo, una edición rara, un vaso italogriego que complete mi colección de la Iliada. El ejercicio del poder no siempre me permite disfrutar de estos deleites con la tranquilidad apetecible. Mire usted, puede suceder que algún día desease yo reinar. Lo indudable es que hoy anhelo retirarme a una quinta, como la del Venusino, donde únicamente me rodeasen mis colecciones y viniesen a hacerme la tertulia unos cuantos amigos, eruditos, sabios, poetas sobre todo. Esos jóvenes melenudos que adoran a la luna en las torres de Nuestra Señora serían muy divertidos si no fuesen tan irrespetuosos con los clásicos… En fin, yo allí me encontraría muy dichoso. Créalo usted, Barón. Me seducen la vida pastoril, la égloga y el idilio. He nacido para conversar con los filósofos paganos bajo el cielo de la Grecia. Ahí tiene usted cómo he errado la vocación… Compadézcame usted, soy un desgraciado.

—¿Molestan demasiado a Vuestra Majestad sus dolencias? —preguntó con interés admirablemente simulado el ministro de policía.

—Horriblemente: padezco como un condenado al andar, al acostarme. ¡Ah, qué suplicio! Lo dicho, Barón… ¡Partir piedra! Y además…

Bajando la voz, añadió:

—Ya sabe usted que una de las especies que hacen correr por allí a fin de desconceptuarme, es que soy un volteriano escéptico, que me río y me burlo de todo. Eso se inventó porque admiré sin reserva el talento del señor Voltaire, escritor exquisito y ático, lo cual asustaba a los ñoños de la Quotidienne… Pero, en el fondo de mi alma, ¡si supiese usted qué restos de ilusiones y de creencias palpitan! ¡No es fácil ser pagano, no hay medio de serlo, Lecazes! Vea usted un ejemplo…

Y señalando con la mano, la extendía en la dirección del viejo que, inmóvil, recostado en el pedestal, no apartaba su mirada fosforescente de la vidriera.

—Ese hombre…

—Y bien, señor… ¿qué hombre? —contestó Lecazes, cuyo entrecejo tendía a fruncirse—. ¿Un pordiosero? ¿Vuestra Majestad desea que se le socorra?

—No, Barón… ¿Cómo es que usted, que todo lo sabe, ignora quién es ese hombre y a qué viene?

El Ministro hizo un desdeñoso movimiento de hombros.

—Señor, lo sé. Desde que ese viejo puso los pies en París se le vigila; pero es inofensivo; no creemos que traiga intenciones siniestras. Debe de estar chocho. Reza mucho, y en voz alta. Es un pobrecito, un infeliz aldeano, que, según dicen, se contó antaño entre los partidarios de la buena causa y que ahora se ha venido a París a profetizar a Vuestra Majestad no sé qué cosas. ¡Hay tantos visionarios en estos tiempos de trastornos políticos! Si se les atendiese a todos, ¡frescos estaríamos! Lo que vendrá es a pedir alguna gracia, a conseguir cualquier favor o limosna.

—No, Barón, se engaña su sagacidad de usted. En ese hombre hay algo especial: se me ha puesto entre ceja y ceja que debo verle y oírle… y si es aprensión, conozco que es aprensión incurable, mientras no la contraste la realidad. ¿No ve usted qué perseverancia la suya? Todos los días, apenas me asomo a alguna ventana de palacio, le hallo enfrente, plantado como está ahora, con los verdes ojos fijos en mí, imperioso, suplicante… Ha llegado a producirme un efecto análogo a esos de que hablan los sectarios de Mesmer. Sus pupilas me marean desde lejos. Llámele usted, si gusta, un capricho… pero deseo que ese hombre suba aquí, hable conmigo y salgamos de dudas. Lleva quince días de centinela; es un pobre, quiere ver a su rey… Véale y acábese la porfía.

—¿Vuestra Majestad me consulta o me da una orden? —dijo tranquilamente el Ministro.

—Una orden —declaró el Rey.

—En ese caso voy a transmitirla. —Y el Barón se levantó.

—No, espere usted… Yo mismo dispondré que hagan subir a ese viejo. Usted estará presente a la audiencia. Me dará usted su parecer. Si es un loco nos divertiremos; será entrevista original.

—Él solicitará, de seguro, hablar con Vuestra Majestad a solas —advirtió el Ministro.

—¡Es fácil! Pues se coloca usted detrás de ese biombo que tapa el piano y oye usted la conversación. La pobre condesa du Cayla suele aprovechar ese escondrijo y está en sus glorias oyendo tonterías… Ahí, Barón… Y a menos que me maten, no aparezca usted sin que yo le llame, suceda lo que suceda.

Capítulo 8. El visionario

Quince minutos después se abría la puerta de la cámara regia y se incrustaba en el marco la imponente figura del viejo. Hízole el Rey una seña bondadosa, invitándole a acercarse. Avanzó el hombre con paso automático; moribundo rayo de sol alumbró su cara, y sobre su pecho creyó el monarca distinguir una sangrienta herida. Era la aplicación, en franela roja, del Corazón de Jesús, con la mística leyenda: Reinaré.

—Adelante, buen hombre, pídanos lo que desee; le hemos visto tan fijo frente a palacio, que nos agradaría poder complacerle. No tenga cortedad; tome asiento —ordenó el Rey señalando a un taburete. El aldeano no hizo caso de la indicación; tendió por el gabinete la mirada, y como sus ojos tropezasen con el obsceno lampadario de Pompeya, los volvió indignado y los fijó en el monarca relumbrantes y casi amenazadores.

—¿Qué pretende usted, qué viene a solicitar? —insistió este, un poco confuso sin saber por qué.

—No solicito cosa alguna —declaró el anciano con entera voz. No vengo a pedir al Rey empleos ni honores; vengo, de parte de Dios, a decirle varias cosas, a recordarle lo pasado, a revelarle lo venidero. No procede de mí la idea: acato órdenes. ¿Quién soy yo para presentarme ante el Rey? Un gusano, un pequeñuelo, el más humilde labriego de Francia. Me llamo Martín. Mi aldea es un lugar de doce vecinos. Soy cristiano, creo en la santa religión y en la sagrada monarquía. Cuando los malvados se conjuraron contra Dios y su imagen en la tierra, que es el Rey, yo no descolgué la escopeta porque entiendo que derramar sangre está vedado, pero coloqué sobre mi pecho este Corazón, a fin de que conociesen mis opiniones y me matasen si querían.

—¿Pero por qué no se sienta usted, buen hombre? —insistió el monarca.

—Por respeto, señor. No debo sentarme, y más bien debo arrodillarme. Aunque no estoy en presencia del monarca, estoy ante su tío, su heredero.

—¿Cómo es eso? ¿No soy yo el Rey? —Esta interrogación fue acompañada de una sonrisa indulgente, de condescendencia a la ancianidad. El epicúreo se sentía subyugado.

—Bien lo sabe Vuestra Alteza —contestó apaciblemente Martín—. Lo dicho, señor, yo nada valgo; mi existencia se reduce a obedecer y callar, a llevar la yunta y pagar la renta. Trabajando sin descanso cumplí esta avanzada edad, y jamás hice daño a nadie… Mi cabeza aún está firme, mis brazos activos; todavía soy yo mismo quien ara mis tierras. Un mes hace que las tengo abandonadas, que he dejado mi casa y mi familia, exponiéndome a la burla de los ignorantes y al desprecio de los poderosos. La gente se mofa de mí; Vuestra Alteza me ha tenido por demente…

—Buen hombre —advirtió severamente el Rey—, si no se dispensasen muchas cosas a la ancianidad…

—Señor, si falto es porque no conozco los usos de la Corte. Que se me castigue. Hagan de mí lo que quieran después que diga lo que debo decir.

—Diga Martín lo que guste —articuló el Rey retrepándose en la butaca—. Le escuchamos.

—No es Martín quien va a hablar, señor —insistió el aldeano sin turbarse—. Martín solo no se atrevería. Alguien habla por su boca. Mis palabras vienen del cielo.

—¿Del cielo? —repitió con delicada ironía el admirador de Voltaire—. ¿De Dios mismo tal vez?

—Alabado sea por siempre su santo nombre —repitió el aldeano—. Empezaré por lo que sucedió primero. Sepa, pues, Vuestra Alteza que el 16 de enero, congo estuviese yo distraído abriendo un surco en la heredad de trigo que labro, noté que los bueyes se asustaban sin saber de qué; me extrañó su inquietud; pensé: «¡algo hay!», y volviendo la cabeza vi a mi lado a un jovencillo muy hermoso, vestido como los caballeros de la Corte. ¿Por dónde había venido? Un minuto antes no se veía a nadie en todo el raso de la llanura. Llevaba el pelo crecido, que le caía en bucles por la espalda. Me quedé frío, señor. El jovencito me tocó en el hombro y me dijo: «Martín, ve a ver al Rey». Y sin otra palabra desapareció. Todo fue tan rápido, señor, que la verdad: supuse que era desvarío de mi imaginación, debilitada por los años. Hacía niebla y dije en mis adentros: «¡Bah! ¡La niebla remeda tantas cosas!». Pero cátate que el 18 —iba a anochecer y regresaba a mi casa, rendido de la labor—, junto al crucero del camino estaba apoyado el joven. Repitió la orden: «Martín, ve a ver al Rey»; yo me persigné y caí de rodillas al pie del crucero. Al levantarme busco al joven. ¡Disipado! Sin embargo, no se había despedido de mí. El 20 le vi entre los sauces, a orillas del río; el 21 y el 24 apareció en el lindero del bosque, apoyado en el tronco de una encina que llaman en el país el árbol de las brujas. Fue, sobre todo, el 21, señor, cuando me habló despacio. Su voz era triste, su acento solemne. Me dijo infinitas cosas que sobrepujan a mi entendimiento, y de las cuales, sin embargo, no he olvidado ninguna. Las conservo como en una caja, y después de que las repita me parece que se borrarán de mi memoria. Pero mientras no se las comunique a Vuestra Alteza, grabadas como con hierro candente las tengo aquí —y señaló a su frente.

La fecha del 21 de enero había hecho estremecerse al Rey. Un ligero escalofrío recorrió su cuerpo.

—Explíqueme sin miedo cómo era ese joven —murmuró.

—Miedo no lo tengo —declaró el aldeano—. ¿Qué pueden hacerme? ¿Quitarme la vida? He cumplido ochenta y cinco años. Soy un tronco seco que aguarda el golpe del hacha. La sepultura abierta me llama a sí. Pues la aparición, señor, era una figura hermosísima, y excepto el traje, igual a la efigie del arcángel San Rafael, que existe en la iglesia de mi parroquia. Por esto y por serenar mi conciencia consulté al señor cura. El señor cura no acertó a aconsejarme y me envió a monseñor el arzobispo. Este me dijo que eran fantasías y chocheces, y yo mismo resolví callar… Pero la aparición se presentó otra vez, pálida, terrible… repitió la orden: «Martín, Martín». Era de noche, dentro de mi choza… Entonces cogí el zurrón y el báculo, y andando, andando y pidiendo limosna, aquí me vine…

—Siga, siga… El Rey espera las revelaciones de Martín.

—Mis revelaciones… ¡ahí van!, Señor. Vuestra Alteza ocupa un lugar que no le corresponde.

—¿Cómo es eso? —Y el Rey sonreía, queriendo chancearse, acordándose de Lecazes emboscado tras del biombo—. Habiendo perecido mi hermano y su hijo, ¿no soy acaso el legítimo heredero del trono? ¿No cree Martín en el derecho divino de los reyes?

—La aparición, señor, me ha mandado que cuando me respondieseis eso os contestase yo: «¡No todos los muertos están en sus tumbas!».

El efecto de estas palabras fue fulminante en el Rey. Si sus enfermas piernas se lo consintieran, hubiese saltado del sillón. Impedido y todo, medio se incorporó; sus manos hirieron el aire; dilatáronse sus pupilas; se inyectó de sangre su cara.

—¿Necesita Vuestra Alteza pruebas de lo que acabo de decir? —exclamó el aldeano, cuyos verdes ojos de brujo echaban chispas, y que parecía obedecer al influjo de algo extraño, visible sólo para él—. Pues óigame… voy a recordar a Vuestra Alteza lo que nadie sabe. ¿Se acuerda Vuestra Alteza de un día en que fue a cazar con el Rey su hermano? ¿De aquella espantosa tentación? Era en la selva de San Huberto; el Rey llevaba de delantera una docena de pasos… nadie del séquito andaba por allí… y acudió a Vuestra Alteza la idea de tirar sobre él. Ya tenía Vuestra Alteza el dedo en el gatillo… Lo estorbó la rama de un árbol.

El Rey temblaba, ocultando entre sus manos la cabeza.

—Desde los primeros años, señor, Vuestra Alteza codició el trono. El obstáculo era aquel desventurado monarca, y Vuestra Alteza quiso suprimirlo. ¡Fratricidio de cada instante! Para eso no vaciló en transigir y en halagar a los impíos, a los enemigos del altar del trono. ¡Vergüenza eterna para la legítima monarquía, señor! Ella no puede, ¡nunca!, sin negar su propia esencia, pactar con los que hacen escarnio de la autoridad y cierran los templos. Si la Providencia lo ha permitido, es porque su eterna justicia decretó que la monarquía desaparezca… y desaparecerá; tengo orden de anunciarlo. Desaparecerá… ¡No la matan los enemigos, es ella misma la que se mata! ¡Si la institución resistiese, alta, noble, incapaz de concesiones cobardes, nunca hubiese triunfado la revolución!

Detrás del biombo se percibió un ligero ruido, como un chasquido insistente de la madera; pero el Rey seguía silencioso, aterrado, incapaz de hablar ni de moverse.

—El primo de Vuestra Alteza, el señor duque de Orleans, se interpuso entre la candidatura de Vuestra Alteza y los impíos. ¡Otro delito, otra felonía, señor! Vuestra Alteza siguió preparando la caída de su hermano y el deshonor de la Reina. ¿Se acuerda Vuestra Alteza de quién escribía ciertos versos escandalosos, de dónde se forjaban los libelos? ¿Se acuerda de lo que Vuestra Alteza dijo en el bautizo de la hija del Rey? ¿Se acuerda de lo que escribió al duque de Fitz—James? ¿Se acuerda de la alegría feroz que le causó la muerte del primer Delfín? ¿Se acuerda de quién avisó a la Convención para que detuviese a la familia real en la frontera? ¿Se acuerda de la misión de Valory? ¿Por quién fue sacrificado el mísero Favras? ¿De la quema de sus papeles? Pero las cenizas hablan… ¡Cuánta sangre, señor, cuánta sangre… y no son más que las primeras gotas!

Al hacer una pausa Martín, no se oía en el gabinete más que el castañeteo de los dientes del Rey, cuya frente humedecía un sudor frío, y el chasquido insistente tras el biombo, que avisaba y apremiaba. Pero el mutismo del Rey no permitió a Lecazes salir del escondrijo, y casi inmediatamente el labriego proseguía implacable:

—Vuestra Alteza no tuvo el valor de arrostrar la revolución que había ayudado a desencadenar, y huyó, a pesar de haber prometido compartir la suerte del mártir. Desde el extranjero, poco a poco, desatendiendo las instrucciones de su rey, preparó la intervención y la invasión de la patria, que fue alzar el patíbulo de su hermano. Vuestra Alteza no habrá olvidado la carta del mártir al príncipe de Condé. El buen monarca no quería ser acusado de la invasión ni de las represalias. ¡Nada de guerra!, repetía, ¡nada de guerra, mi cabeza primero! Y hubo la guerra, y su cabeza cayó… ¡Cuánta sangre! Un mar de sangre… Sangre en el suelo, sangre en charcos, sangre en el cadalso, sangre en el aire; lluvia de sangre, ardiente, abrasadora… ¿No la siente Vuestra Alteza? Gotea del techo; me está empapando los vestidos…

Y el viejo, con creciente exaltación, seguía viendo algo que los demás no veían. Su mano se extendió, su dedo índice casi tocó la frente del Rey…

—La infeliz prisionera, la degollada, habla por mi boca… Oigo su voz que repite: ¡Caín! ¡Caín!

El biombo crujió más fuerte; el Rey, pronto a desplomarse, articuló algunas palabras, que cubrió Martín con su acento rudo. El perrillo, asustado, después de exhalar un ladridito fino y cómico, se escondió bajo la piel de oso, entre los vendados y fajados pies de su amo.

—Por mucho tiempo el crimen fue estéril, la estrella del Corso brillaba en el cielo… Entretanto el inocente huía, vivía desconocido, oculto… Y Vuestra Alteza ¡era la esperanza de tantos que ignoraban la verdad! Yo mismo, señor, fiaba en Vuestra Alteza. Creíamos que el coloso tenía los pies de barro y que pronto se hundiría el soberbio. Y se hundió, rodó al mar, se lo tragó el abismo… Vuestra Alteza se apoderó de la corona… Y ahora, señor, ahora… ¿por qué poner asechanzas al huérfano?, ¿por qué armar con puñales a los inicuos?

El Rey, cruzadas las manos suplicantes, parecía un reo pidiendo misericordia; vaivén violento agitaba su cabeza, anhelosa respiración alzaba y deprimía su pecho. Martín, antes erguido frente a él, acusador, de pronto cambió de actitud completamente. Con movimiento patético se hincó de rodillas, y exclamó con fervor de plegaria:

—Señor, el Arcángel dice que se arrepienta Vuestra Alteza, que aún es tiempo… pero que dejará de serlo muy pronto. ¡Que no se atreva Vuestra Alteza a hacerse ungir… a derramar sacrílegamente sobre su cabeza el aceite de la Santa Ampolla! ¡Que no ose celebrar en las iglesias el servicio fúnebre por los que no han muerto, por los que no están en la tumba! ¡El sacrilegio, señor, es el mayor de los crímenes! ¡La copa de la cólera divina está llena; una gota más, y rebosara! ¡La raza es culpable, y si colma la medida terrible, será raída de la haz de la tierra!

Y Martín, incorporándose otra vez, con una especie de delirio profético, pronunció:

—Será raída. Raída en Italia, raída en España, raída aquí, en todas partes. Ya el dedo providencial secó el tronco de la usurpación. El castigo es inminente; veo sangre… veo después el oprobio, el baldón, la flaqueza de la mujer… ¡Qué rumor de oleaje! ¡Cómo se estrella el mar contra la playa! Otra revolución, más revoluciones… toda Europa es un volcán. Pero Vuestra Alteza no verá la erupción. Encomiéndese a Dios, la enfermedad crece… la gangrena, la gangrena horrible sube desde las piernas al corazón… La carne se pudre, cae inerte en pedazos… ¡Qué fetidez! Job tenía a Dios consigo…

El Rey ya no escuchaba. Caída la cabeza sobre el respaldo del sillón, violeta el rostro, en los labios un poco de espuma, era presa sin duda de un síncope de los que solían atacarle. Volviose entonces el labrador hacia el biombo, y con énfasis articuló:

—Zorro oculto, ven a auxiliar a tu amo.

Y a paso lento dirigiose a la puerta, mientras el Barón, aturdido, corría a desatar la corbata del monarca, dándole aire con un papel de música, lo primero que en su precipitación encontró. El Rey entreabrió los ojos, en los cuales se veía aún el extravío del espanto, y cogiendo la muñeca a su Ministro, tartamudeó:

—Que dejen ir en paz a ese hombre… ¡Que nadie le haga daño ninguno!

Parte 2. El cofrecillo

Capítulo 1. La miniatura

En la larga plática de Amelia y Dorff con el inesperado amigo que se les deparaba se adoptó un acuerdo de importancia suma: un viaje a Francia, una tentativa de aproximación que podía influir poderosamente en su suerte. Para mayor cautela, convinieron en no verse más en Londres y reunirse en Dower, en fecha concertada de antemano.

Antes de separarse de Dorff, el joven marqués de Brezé se atrevió a manifestar un deseo. En la pared, sobre el sofá donde le habían extendido para curarle la herida, veíanse dentro de un solo marco varios medalloncitos de miniatura, rodeados de diminutas crisólitas, piedra muy usada en el siglo XVIII, que imita de un modo sorprendente el brillo del diamante. Uno de los medallones atrajo las miradas de Renato, y cuando ya se despedían, al reiterar Dorff sus protestas de gratitud, suplicó el Marqués:

—Si quiere usted ofrecerme una generosa recompensa por un leve servicio… regáleme ese retrato.

—¿Cuál?

—El de Amelia.

El medallón a que Renato señaló representaba a una dama de altiva hermosura, con el pelo en erizón; dos anchas baterías asomaban detrás de la oreja; gruesos bucles caían por los hombros; un tocado de rosas y plumas inclinado hacia la izquierda coronaba el peinado; la abertura de un jubón y un fichú blanco de muselina y encajes descubrían fresca garganta, prolongada y torneada como una columna de marfil, y el nacimiento de un seno ideal. Dorff descolgó la miniatura gravemente; puso en ella con devoción sus labios, y ofreciéndola a Brezé, en voz que velaban la emoción y la ternura:

—No es de Amelia este retrato —dijo—. Es de su abuela; de mi infeliz, de mi santa, de mi adorada madre…

Y como Renato hiciese el movimiento de rehusar por delicadeza, el mecánico añadió:

—No me desprendería de él por nadie, excepto por el marqués de Brezé, a quien ya miro como a hijo, llegue o no llegue a formar parte de mi familia, pues los sucesos de mi vida pertenecen a la fatalidad. Ahí va ese medallón de miniatura que ha descansado tantas veces sobre mi pecho. Casi me alegro de separarme de él. ¿Quién sabe si en el momento menos pensado vuelven a registrar por centésima vez mi casa, despojándome de lo último que me resta para documentar mi personalidad, de mis más caros recuerdos, de lo que constituye mi vida afectiva y moral? Más seguro tengo lo que deposito en otras manos honradas. Consérvalo también, como lo demás que te he entregado. Te recordará a Amelia; la semejanza es tal —a pesar de la diferencia de traje y peinado— que no extraño tu error.

Oculto llevaba Brezé sobre su corazón el medalloncito cuando llegó al Hotel Douglas, donde se alojaba. Su primer movimiento fue sacar la miniatura del amoroso escondrijo y cubrirla de besos, contemplándola detenida y apasionadamente a la luz de la lámpara, y a pesar de la semejanza, en verdad asombrosa, al notar que el retrato representaba una dama de hacia 1780, no pudo menos de exclamar:

—¿Cómo diablos la he tomado por Amelia? Si es a la infeliz Reina a quien se parece de un modo extraordinario.

La observación dejó a Renato pensativo, pero no tuvo tiempo de sacar consecuencias de ella; encontrábase mal, abatidísimo; su cabeza se desvanecía. La pérdida de sangre empezaba a hacer su oficio; Renato se desnudó y se dejó caer en el lecho. Su curiosidad misma se extinguía; no se sentía con fuerzas ni para hojear el manuscrito que le habían confiado. Un instinto de prudencia le movió a agasajarlo, junto con el cofrecillo, bajo el cochón de su cama. El retrato lo guardó cerca de su pecho tiernamente. El cuchillo lo dejó a su alcance.

Apenas se hubo acostado apoderose de él la calentura. Un agitado sueño, en que bullían representaciones incoherentes y fantásticas, embargó su cerebro. En medio de la postración que le dominaba, los raros sucesos de la noche anterior se reproducían desfigurados, exagerados, con el carácter peculiar de la semirrealidad de lo que soñamos, cuando las impresiones verdaderas son anormales y sobrecogen el espíritu. Veía a Amelia, vestida de blanco, rompiendo la verja del jardín para precipitarse en sus brazos, rogándole que huyesen, y sin tardanza, de Londres; a la duquesa de Roussillón, que ceñuda y airada se erguía ante la puerta de la casa de Dorff y le vedaba entrar, obligándole a que pasase por encima de su cuerpo; a Dorff, lívido, acribillado de puñaladas, caído sobre el césped del square, que se enrojecía rápidamente, extendiéndose la sangre hasta bañar la plaza entera y cundir lentamente por las calles, formando un arroyo silencioso que se derramaba en el Támesis con gorgoteo siniestro; y, por último, se veía a sí propio, luchando ansioso con la corriente del río que le arrastraba y agarrándose a un garfio fijo en el ojo del gran puente para salvar la vida. Pasados breves instantes sentía en el pecho la mordedura de un perro furioso, que laceraba su carne, causándole con sus agudos dientes dolor horrible. Instintivamente Brezé llevó la mano a la tetilla izquierda y arrancó algo que, elevado allí, era lo que le causaba el dolor. Por una mala postura, el cerco de crisólitas y el lazo de pedrería igual que formaba el copete del medallón se le habían incrustado en la carne viva.

Secas la garganta y la lengua, devorado de sed, dando vueltas, pasó Renato la noche y vio alborear el día a través de las cortinas de la ventana. Quiso levantarse, pero comprendió que no era capaz de ello. La cabeza se le iba, las piernas se negaban a sostenerle. La herida, desbaratado el vendaje, también le mortificaba; la sangre había vuelto a correr, manchando la ropa. Cuando entró el stewart a prepararle el baño —costumbre de los hoteles ingleses más modestos—, el joven Marqués le ordenó que llamase a un médico sin tardanza. Vino este al cabo de dos horas; curó la herida, que Brezé explicó, no apartándose mucho de la verdad, por un ataque nocturno de salteadores; ordenó dieta, limonadas, silencio, reposo y prometió volver mañana y tarde. Cuatro días pasaron así, en que Brezé se consumía, atado al lecho por la creciente calentura, que en algunos momentos revestía forma de delirio. Sin embargo, aun en los momentos en que perdía la razón persistía en él, oscuramente, un instinto de precaución y alarma. Deslizando la mano bajo el colchón, sentía allí el bulto del cofrecillo y del estuche de cuero; alargándola hasta el cajón de la mesita donde el stewart colocaba el jarro de limonada fresca, tocaba el vidrio del medallón, y un suspiro de alivio se exhalaba de sus pulmones. A veces, en divagaciones delirantes, soñaba que los mismos bandidos que le habían herido en la plaza le acometían para robarle el precioso depósito, y en la imaginaria lucha presentaba el pecho, creyendo así defender cofre y estuche.

El quinto día amaneció Brezé más aliviado. La cabeza se despejaba, la ardorosa sed disminuía, un sueño tranquilo cerraba sus párpados. Sucedía esto justamente al punto en que delante del hotel se paraba un coche de camino, en cuyo asiento delantero se acomodaban una rica maleta y un saco de cuero finísimo, con cerraduras y remates brillantes, blasonados por heráldica corona condal. Delante iba un ayuda de cámara grueso y rechoncho; detrás arrellanábase negligentemente un caballero de trazas muy en armonía con tan suntuoso equipaje; su capote de camino, de quíntuple esclavina, era del mejor corte, y su sombrero de felpa gris, de ala abarquillada y copa que rodeaba una cinta de cabos flotantes, merecía el epíteto de fashionable, que por entonces principiaba a aplicarse a todo lo distinguido y sellado por la alta moda.

—Atended al gentleman, recoged sus bultos —ordenó con apresuramiento el dueño del hotel, cuya clientela de pobretones lairds escoceses y de zafios negociantes de Glasgow y Edimburgo no solía adornarse con gente de tan alto fuste como el francés enfermo y el otro señor que ahora se presentaba atildado y pulcro, cual si no acabase de pasar el mar y de recorrer muchas leguas de jornada. Pidió el irreprochable viajero un departamento; no le bastaba una habitación. De descargar el equipaje se encargó el ayuda de cámara, truhán con rostro amoratado, patillas rojas y amplísima corbata de vueltas que le hacía tener la cabeza muy erguida. Apenas se encontraron solos amo y mozo en el dormitorio del primero, después de cerciorarse de que nadie escuchaba a la puerta del saloncillo que con la alcoba constituía el famoso departamento, se acercaron y dijo el servidor:

—Tenemos al pájaro en la jaula. ¿Qué se hace?

—Enterarte ahora mismo, enjaretándote con cualquier pretexto en la cocina, de cuanto le sucede al Marquesito. Desplega habilidad, ya que tan torpe anduviste en el negocio del square.

El patilludo ayuda de cámara tomó de encima del lavabo una gran jarra de loza, y con ella en la mano salió a cumplir la orden. Pedir agua caliente le serviría de natural introducción en la cocina.

Entretanto Volpetti —pues nadie sino él era el recién llegado— se quitaba el sombrero de felpa gris, se arreglaba con un cepillo el tupé a lo Chateaubriand, se miraba al espejo y abriendo el saco extraía de él una variada colección de chismes de tocador y aseo: limas, pinzas, tijeras, navajas de barba, frascos, mil cachivaches procedentes sin duda del alijo que el catalán Alberto Serra había de introducir por alto en Gibraltar.

Sobre veinte minutos estuvo ausente el ayuda de cámara, que se había presentado a sí mismo en la cocina bajo el nombre significativo de Brosseur. Traía en la diestra la jarra humeando, y para mayor verosimilitud su amo le gritó desde la puerta con acento de enojo:

—Bribón, granuja, escuerzo, ¿qué modo es este de tardar? He de romperte una pata.

Así que Brosseur se vio dentro, echada la llave al saloncillo, soltó la jarra y se frotó las manos.

—Grandes noticias. ¡Ya me lo figuraba yo! No fuimos torpes, pero muy desgraciados. El Marqués está herido y desde hace cuatro días guarda cama. No ha venido a verle sino el médico. ¡Si ya me parecía a mí que le había dado!

—¿Eso es seguro?

—Segurísimo.

—¿No ha recibido tampoco cartas?

—Nada. Me consta. He sabido preguntar haciéndome el bobo y he tropezado con un stewart que es una joya por lo necio y lo parlanchín.

—¿Y la herida ofrece gravedad?

—Creo que no. Le ha producido un poco de fiebre; pero, ¡pcht!, el diablo, que todo lo añasca, desvió el cuchillo medio centímetro del pulmón. Un rasguño; como que le vimos abandonar por su pie la casa de Dorff y tomar un cab en Wellington street.

—Bien; ahora me vas a detallar perfectamente lo que sucedió al salir el Marqués de la casa.

—Después de estarse allí dentro mucho tiempo, salió; le alumbraron hasta la puerta; había mujeres. Llegó a la mitad del square y recogió el cuchillo, que se nos olvidó allí; al hacerlo se le cayó un objeto que llevaba oculto bajo el brazo, que alzó luego del suelo; tenía la forma de una caja y produjo un sonido como de choque metálico al rebotar contra el tronco de árbol.

—Y cuando… cuando se defendió… ¿sabes si llevaba esa misma caja?

—Juraría que no la llevaba. Sus movimientos no hubieran sido entonces tan libres. No; esa caja debieron de entregársela en casa de Dorff.

Al oír esto tuvo Volpetti que reprimirse para ocultar la intensidad de su júbilo. Aquello era como si una estrella asomase en negro cielo o como viva claridad de luna que rasga los nubarrones e ilumina el paisaje enseñando el camino al indeciso viajero. Acariciando con la mano bien cuidada su romántico tupé, a lo ráfaga de aire. Volpetti señaló hacia el lavabo y las maletas y ordenó con aparente serenidad:

—Prepara todo para que me arregle y me cambie de ropa. Saca una camisa bordada, unos calcetines de seda, el frac violeta, los calzones grises. Y… con mucha cautela… mientras das vueltas por los pasillos, toma el número de la habitación del Marqués y trázame un planito de este piso principal del hotel. Estudia bien sus entradas y salidas. ¿No te han alojado aún? Trata de obtener para ti la habitación más próxima a la del enfermo, y mejor si no le falta chimenea. Hace demasiado frío aún en este diablo de Londres para prescindir de cosa tan indispensable. Ya te completaré instrucciones. Discreción y diligencia.

El satélite dejó ver una chispa de malignidad en sus pupilas y se apresuró a obedecer.

Capítulo 2. El aviso

Renato, al sentir que mejoraba, que iba recobrando fuerzas, resolvió leer el manuscrito, el cual despertaba, no su curiosidad, sino su interés: un interés ardiente, devorador. El enigma de la vida de Dorff, la razón del incomprensible atentado del square, por poco le cuesta la vida a él mismo, la explicación de mil indicios y coincidencias, incluso la del sorprendente parecido del medallón, estaba en aquel rollo de papeles que, cerrado y lacrado, cobijaba un estuche cilíndrico de cuero natural.

Autorizado por el doctor, Renato se levantó, almorzó frugalmente té y tostadas, y fortalecido y resuelto, pero deseoso de extremar la prudencia, requirió las pistolas, dejándolas al alcance de su mano; se tendió en el canapé ante el velador, y con emoción muy honda rompió el hilo de roja seda y la nema de lacre que representaba una azucena brotando de un sarcófago, simbólico emblema que un instante le hizo reflexionar. Después de aplanar el rollo para mejor leer, vio que en la primer hoja había esta dedicatoria: «A ella».

—¿Se tratará de una historia amorosa? —pensó recordando la bella fisonomía, el atractivo indefinible de Dorff y sus palabras al confiarle el depósito. Con febril ansiedad volvió la hoja y comenzó a leer:

«Esta es la relación de mis infortunios, que tú sola en el mundo puedes aliviar. Piensa en Dios, y acuérdate de que un día hemos de comparecer en su terrible presencia».

La letra era clara, gruesa y firme; el texto estaba dividido en capítulos que correspondían a otros tantos episodios principales, y si no miente la copia que todavía se guarda en el archivo secreto del castillo de Picmort, he aquí el texto de la relación:

«Puesto que mis infatigables enemigos y la encarnizada fatalidad se asocian para que yo muera bajo un nombre prestado y privado de cuantos derechos el nacimiento me había conferido; ya que tú misma, en quien tuve fe porque me parecía monstruoso no tenerla, me niegas tres veces como negó a su Maestro el Apóstol, quiero presentarte entera la verdad reflejada en el espejo de estas memorias, para que tu remordimiento sea mayor si tu corazón no se ablanda y continúas anteponiendo la vanidad y la soberbia del mundo a la voz de la sangre y a los categóricos mandatos del deber.

Hora vendrá, Teresa, en que la posteridad se asombre de mi desamparo; de que los poderes legítimos de la tierra no se hayan opuesto a la inmensa iniquidad perpetrada conmigo. Pero el historiador que de ello se admire, piense cómo dejaron a nuestros padres —¡a los tuyos, acuérdate!— subir a un cadalso después de haber sufrido el más amargo viacrucis y la irrisión más completa de lo que representaban; cómo permanecieron indiferentes ante tal espectáculo los que —no ya por humanidad, no por cariño, por egoísmo bien entendido— debieron quemar el último cartucho hasta salvar a las víctimas. ¡Ah, Teresa! Es vana la ilusión que te has forjado creyendo que podrías restaurar ese Principio, que fue cimiento de la gloria de nuestra patria, eje de nuestra historia. Su propia debilidad es la condenación de ese Principio.

Yo podré pasar ante la gente por un soñador o un loco, y sin embargo, yo soy quien, a la fatídica luz de mis nunca oídas desgracias, leo en el porvenir. El Principio se ha suicidado, la institución tiene contados sus días; ya no podrá sino arrastrar vida vergonzosa y raquítica, aherrojada por sus adversarios, humillada, escarnecida, amarradas las manos por cuerdas, con una caña por cetro, ceñida irrisoria corona de espinas, las mejillas cubiertas de salivazos, hecho jirones el manto de púrpura, hasta que la crucifiquen y entierren, no para resucitar gloriosa, sino para reducirse a polvo en el flordelisado panteón.

Insensato quien no lo vea, quien intente construir sobre el desatado torrente. No te goces, Teresa, con la esperanza de que has salvado algo sacrificándome a mí. Jesucristo no es un Moloch para aceptar holocaustos tales. Como si quisiese avisarte, ha hecho estéril tu vientre y te reserva otras lecciones tremendas… ¡Ojalá su misericordia te las perdone! La desdicha me presta sagacidad. Soy profeta. De nuestra familia sólo mi descendencia quedará oscurecida, perdida en el montón anónimo, dedicada a oficios más humildes aún que el que me sirve para ganar el pan. Así se cumplirá por los siglos de los siglos la ley expiatoria.

¡Qué singular es mi destino, Teresa! Vivo, respiro, pero no existe mi personalidad; la han enterrado en un ataúd vacío, en el ángulo de una pared de cementerio. A veces dudo de mí propio y estoy por creer si habré soñado cuanto voy a recordarte y referirte. Pero no cabe sueño tan largo ni en que tanto se padezca. Por el dolor me he persuadido de la realidad de mi ser. Ordenando mis recuerdos me convenzo de que no soy un miserable iluso. Ha habido un médico, allá en Alemania, que al consultarle yo mis dudas, al decirle que por instantes me creo otro y pienso si será mero desvarío de una cabeza enferma y trastornada toda mi historia anterior a los últimos años, me aseguró que mi temor no era vano, que recuerda casos así y que debo emplear todos los medios para serenarme y ver claro en mi alma.

‘Han aparecido impostores de buena fe que no mentían, pero se engañaban’, me dijo el doctor envolviéndome en una mirada analítica y glacial. ¡Recurro a ti, Teresa, para adquirir el pleno convencimiento de que no se verifica en mí este espantoso fenómeno!

Y puesto que estoy abriéndote mi corazón —el corazón que debe de constarte que aún palpita, cuando no quisiste recibir el que te entregaban afirmándote haber sido arrancado del pecho de mi cadáver —, puesto que nada te oculto, escucha, Teresa: mi mayor felicidad, mi sumo deseo, sería que me convencieses, pero positivamente, de que soy un pobre diablo a quien aturdió la resonancia de la historia hasta el punto de tomarse a sí mismo por otro. ¡Qué dichoso hubiese sido, Teresa, naciendo de muy humildes padres, trabajando para los míos, sin que nadie me aborreciese, oscuro, ignorado, libre! ¡Ah! ¿Por qué no se me prueba que he perdido la razón? ¡Pruébamelo tú, Teresa; dame esa señal, si no de cariño, al menos de lástima!

Loco o cuerdo, evoco mi vida desde los primeros días de la niñez.

Véome en el incomparable palacio de verano, donde residíamos antes de que los acontecimientos, atropellándose, nos obligasen a restituirnos a la capital. Paréceme estar aún en aquellos aposentos decorados por elegantes artistas, en aquellos suntuosos jardines donde agotó su habilidad Le Nôtre; y más presentes aún que las umbrías solemnes, en que las huellas del poderío de mis abuelos infunden al ánimo frío respeto, tengo otra campiña sencilla y graciosa, con diminutos lagos, kioscos rústicos, bosquetes de lilas y una especie de granja, donde nuestra madre, vestida de finos percales (¡qué hermosa era entonces!), se complacía en beber leche recién ordeñada, coger flores por su propia mano y dar de comer a una colección de aves de corral, que hacían nuestras delicias. ¡Qué alegría cuando nos era permitido a ti y a mí tomar parte en estos solaces, tan conformes a las tiernas leyes que la Naturaleza dictó, tan libres de los enfados de la etiqueta! ¡La paz estaba allí, en aquel idílico retiro! Llevábamos sombrerillos de paja a la moda inglesa y holgados trajes blancos de fresca muselina; un día una pintora, a quien distinguía nuestra madre y que tenía un rostro encantador, nos retrató así, y como yo no quería estarme quieto, nuestra madre me dijo dulcemente: ‘Carlos Luis, voy a saber si me quieres’.

Ante este ruego quedé como de piedra, porque nuestra madre ejercía sobre mí sugestión poderosa, y sólo el oírla cantar me hacía prorrumpir en llanto de emoción.

Pronto hubo que renunciar a los goces de la vida campestre: la tormenta empezaba a rugir antes de desatarse por completo.

Nuestro pobre padre no se daba todavía cuenta del peligro; no podía convencerse de que le aborreciesen; esperaba siempre reconciliarse con su pueblo; pero nuestra madre, espíritu varonil en cuerpo delicado, vio clara la situación desde el primer instante y comprendió que se jugaba en la partida empeñada, no sólo el reino, sino la cabeza. Sin explicarme las causas, que por mi edad no podía ni presumir, sentí que todo había cambiado, que la existencia se nos había vuelto angustiosa y triste, que alrededor de mí y en el espíritu de cuantos me querían flotaba una bruma de lágrimas y pesares. Acostumbrado a ser objeto de las atenciones, a no mirar sino caras sonrientes, a que mis salidas de chiquillo provocasen tanta alegría y se celebrasen y repitiesen, percibí que ya no tenía nadie tiempo ni humor de hacerme mimos, y que preocupaciones muy graves, que excedían al alcance de mi comprensión, eran causa de que hasta en olvido se me echase. Alarmas repentinas; continuos cuchicheos; cambios de habitación rápidos y azorados; despertares a las altas horas; momentos en que, de pronto, nuestra buena tía, la hermana de nuestro padre, nos hacía arrodillarnos, juntar las manos e implorar al cielo… Todo esto, aun en el alma de un niño, despierta la conciencia de un terror vago e inmenso y la opresión de la amenazadora proximidad de un espectro que se nos aparecerá cuando menos se le aguarda. Una noche, turbas furiosas rodearon el castillo. No se borra de mi memoria el blanco peinador de encajes que nuestra madre se quitó para envolverme en él, cuando me arrebataron desnudo de la cama a fin de ocultarme. Allí estabas tú, trémula, llorosa, preparada a esconderte también.

Después de este episodio realizamos el espantoso viaje a la capital desde el castillo adonde ya no debíamos volver. Entre vociferaciones de la ebria multitud avanzaba nuestro coche lentamente; el calor y el polvo nos asfixiaban, la sed nos abrasaba; pero, ¿quién se atrevía a pedir una gota de agua siquiera? Ante el coche iban de batidores dos jayanes membrudos, aullando y blandiendo sus picas, en cuya punta ¡Teresa, qué horror!, se erguía una cabeza humana destilando sangre. Uno de ellos, de abundante barba desaliñada, de abierta boca que me pareció un abismo negro, se acercó a la ventanilla. Espantado oculté la cara en el seno de nuestra madre, y no fue posible ya arrancarme de allí en todo el camino.

Después de este viaje —no sé precisar cuánto tiempo transcurrió entre los dos— hicimos aquel otro funesto y malogrado que decidió nuestra suerte. Con motivo de este acontecimiento surge por primera vez en mi espíritu la figura de nuestro tío, el hermano de mi padre, a quien veíamos poco, pues desde que la suerte nos era tan contraria andaba alejado y buscaba popularidad halagando a nuestros detractores y enemigos. En aquella ocasión, sin embargo, se mostró solícito y quiso cooperar a los planes de fuga. Nuestra madre deseaba que todo se combinase en el mayor secreto, pero nuestro confiado padre nada ocultó a su hermano. ¿Cabía que recelase de él? No sólo no recelaba, sino que admitió para correo que fuese delante preparando relevos de posta a aquel Valory que pertenecía al conde de Provenza en cuerpo y alma.

Trazose un programa muy detallado; al parecer podíamos contar con resaltado feliz. ¿De qué sirvieron tantas minuciosas y candorosas precauciones? ¿De qué haberme disfrazado de niña, encargándome que cuando me preguntasen mi nombre dijese que me llamaba Amelia, nombre inolvidable que he impuesto a la primer hija de mi alma? Piensa bien en los incidentes de aquel viaje siniestro; calcula a quién aprovecha el delito, y fíjate en una frase de un drama inglés: ‘La serpiente que mordió a tu padre ciñe hoy su corona’.

Siempre creeré que nuestra madre sospechaba cuál fue la mano que nos detuvo. Valory, que nos precedía, era el instrumento de quien, con beso de traición, nos entregó maniatados. La asechanza se preparó de un modo infernalmente hábil la detención fue poco antes de la frontera, a fin de hacer más odiosa a nuestra familia que si la sorprendiesen a las puertas de la capital. Corría a caballo Valory delante de nuestro coche de camino, y guardó tan escaso disimulo, que en el último relevo se adelantó y desapareció, causando mortal alarma a nuestra madre, que temblaba nerviosamente. Comunicó a nuestro padre sus sospechas; él, enojado y apenado, las reprobó. Ni aun después de la farsa realizada por el célebre Drouet, que hoy, lejos de ser castigado, goza protección y favores del usurpador, logró nuestra madre comunicar su lúcido convencimiento.

¿Cómo has podido tú aceptar el amparo de ese hombre? La historia la hacemos nosotros. No creas, no, en revoluciones ni en movimientos de ideas; cree siempre en las pasiones humanas, en las ambiciones de los grandes, a las cuales obedece ciegamente el pueblo cándido y engañado. Cree también en la justicia divina, que tarde o temprano castigará; cree en la expiación. Los más inocentes hemos sido designados para borrar con nuestro martirio los pecados ajenos.

Ya sabes cómo terminó la escapatoria. A nada conduciría que repitiese aquí lo que mil veces ha narrado la pluma de los historiadores, lo que divulgó la fama. Mi relación es íntima; en ella insisto en lo que nadie conoce, y figuran particularidades que sólo podemos saber tú y yo. A la vuelta, la primera noche que pasé en París, recuerdo que me encontraba cansadísimo y molestado además por mi disfraz femenil, que no me habían quitado aún, y que me desnudó el fiel ayuda de cámara, colocándose alrededor de mi camita para custodiarme varios oficiales de la guardia nacional, los cuales habían estado conmigo bastante cariñosos, haciendo por tranquilizarme y encargándome bondadosamente que reposase sin miedo. Mientras yo conciliaba el sueño, ellos fumaban y charlaban, y oía sus voces susurradoras como oiría en un navío el tumbo del oleaje; el choque de sus sables contra los muebles era apagado, casi dulce. Un letargo suavísimo se apoderó de mí. No sé hasta cuándo lo disfruté; sé que de pronto me pareció que abría los ojos y que se producía un fenómeno singular. Veía ahora clara y distintamente a los oficiales de la guardia; me rodeaban riendo y pronunciando palabras que yo no entendía. Poco a poco noté que iba borrándose de ellos la figura humana; que sus cuerpos se poblaban de vello, sus manos se prolongaban en garras y uñas, su rostro se estiraba en forma de hocico, sus ojos eran dos ardientes brasas, su acento un aullido lúgubre. ¡Lobos! ¡Lobos! ¡Una manada entera, famélica, furiosa! Relucían sus blancos dientes agudos; sentía un resuello de fuego sobre mi cara, comprendía que iban a devorarme…

Debí de gemir, debí de agitarme desesperado, porque desperté arrancado de la cama por nuestra madre, que me prodigaba caricias… Bien presentes tengo sus besos, el movimiento apasionado con que me estrechaba para calmar mis terrores, y presente también en lo más hondo la expresión terrible de su rostro empalidecido y marchito ya por las penas, cuando a mi manera infantil le referí aquel sueño profético, aviso de nuestra suerte».

Capítulo 3. El féretro vacío

«Sigo mi relato, Teresa. Te consta cómo fuimos conducidos a la Asamblea, cómo pasamos allí el día en una tribuna enrejada y como después, mirando las hojas secas que aquel año tan temprano cayeron, fuimos trasladados a una prisión, cuyo nombre ignoraba yo entonces, y después a otra de aspecto más tétrico aún.

¡Ah, el torreón donde nos encerraron! ¡Cuánto, a pesar de mi corta edad, quedó grabado en mi memoria, marcando esa huella imborrable que jamás abren los sitios donde se ha gozado y casi siempre aquellos en que se ha sufrido! ¿Y en cuál, respóndeme, oh tú que compartiste allí mi cautiverio, en cuál el sufrimiento moral habrá sido mayor; en cuál se ha derramado más llena el ánfora del dolor humano? Si aquellas paredes presto derribadas (porque cuanto se refiere a mi historia se ha hecho desaparecer), si aquellos sillares tuviesen voz, sería un sollozo; si pudieran retorcerse, chorrearían lágrimas. Sólo su nombre ya suena a gemido. No hay elegía como ese torreón.

Las penas de nuestra familia, ¿no las sabes lo mismo que yo? ¿No las has compartido? ¿Hay abrojo que no pisases? Lo que desconoces es lo que sufrí yo solo, separado del regazo materno; y aunque no quieras oírlo, te lo referiré brevemente, condensando, suprimiendo; de otra suerte no acabaría jamás. ¡Me quedan tantas desventuras que referir!

Para que veas que sólo yo puedo haber atesorado estas reminiscencias de nuestra cárcel, voy a decirte cómo era. ¿Qué detalle olvidaré del recio torreón, flanqueado por cuatro torrecillas, con sus cuatro pisos abovedados, de los cuales el primero estaba sostenido en el centro por grueso pilar; sus puertas de fuertes tablas tachonadas de clavos y resguardadas por cerrojos; la otra interior, de hierro toda ella; el empapelado gris y negro, figurando las losas de una bóveda carcelaria; el papelón blanco con orla tricolor, donde podían leerse los Derechos del hombre, único adorno de la ahumada sala desde la cual gente grosera y malévola nos espiaba continuamente? Desde que en el torreón pusimos los pies se fijó en mi mente una convicción, que a veces renace, y fue la de que todo aquello era otra pesadilla, un mal sueño del cual aguardaba despertar. Sin duda se originaba esta idea mía del contraste entre mi vida anterior y la presente. Repito que mi niñez había resbalado tan dulce y plácida; mi vista, mi oído, mis sentidos todos habían sido afectados por objetos tan bellos, ricos, finos y elegantes; la época a que mi madre imprimió su gusto era tan amable, poética y artística; los jardines en que jugué tan lindos; el nido en que crecí se hallaba tan entapizado de pluma de cisne, y además encontré, no sólo en los objetos materiales, sino en las personas, tal idolatría, tal afán de prevenir mis deseos, que mis ojos no conocían más que sonrisas; el acercarse a mí, el tomarme en brazos era un favor. Así es que el cambio de decoración de la horrible torre afectó mis nervios y me impuso, para toda la vida ya, la idea extraña de ser dos personas: la anterior a la prisión, diferente de la segunda.

El encierro soy capaz de describirlo al pie de la letra; no faltará quien lo haya examinado despacio; pronto me encuentro a confrontar mis recuerdos con los suyos. Puedo decirte exactamente dónde estaba tu cama, la mía, la de nuestros padres; detallarte hasta el sillón verde con madera pintada de blanco en que nuestro padre descabezaba una siesta antes de comer. Otras menudencias te convencerían más. Préstate a recibirme, a consentir que te hable, y ¡me abrirás los brazos!

Tendrás bien presente que me separaron de nuestro padre infeliz, condenado a muerte, y luego también me arrebataron de los brazos de la madre, igualmente destinada al suplicio, entregándome a dos seres que no me parecían de nuestra misma especie; gente soez y brutal, que acaso habían recibido orden de volverme idiota a fuerza de crueldades. La verdad, sin embargo, debe decirse: malos fueron conmigo mis guardianes, pero no tanto como se suele repetir. La inhumanidad de aquel zapatero y su mujer se ha exagerado mucho, tal vez para justificar mi supuesta defunción. A ser exacta la leyenda que corre, yo no hubiese podido sobrevivir: ninguna criatura de mi edad resiste un martirio continuo, hambre, borrachera, golpes, desnudez, privación de sueño incesante. Algo hubo de todo ello, pero con intervalos de bonanza. Marido y mujer se diferenciaban: él beodo, ruin, de negras entrañas; ella groseramente bonachona, con uno de esos corazones populares que bajo cáscara rugosa ocultan un núcleo de generosidad. ¡Desdichada! Como a tantos, la arrastré al abismo. Por el delito de afirmar que yo no había muerto, por atestiguar mi evasión, sé que ha sido declarada loca, encerrada en un asilo de dementes. A su manera tosca y bajuna, me había cobrado ley, y más de una vez, a escondidas de su marido, me regaló dulces, me trajo un pajarillo y juguetes baratos, los humildes entretenimientos de los niños pobres.

Al ser despedida la pareja y hallarme encerrado solo en la habitación que había ocupado el ayuda de cámara de nuestro padre, me sentí aún más huérfano. Entonces conocí por primera vez el abandono y el embrutecimiento del fatalismo. Las ventanas, siempre cerradas, interceptaban la luz y el aire; las puertas sólo se abrían para dar paso a los que silenciosos me presentaban el sustento o a los que gritaban para llamarme y cerciorarse de que yo estaba allí; el mobiliario se reducía a una mesa, un cántaro con agua, una tarima y otro repugnante mueble, cuya fetidez me causaba náuseas y lentamente emponzoñaba mi sangre. También se ha divulgado mi martirio de aquella época, y si es cierto que era espantoso, lo han recargado de fantásticos pormenores, que rebasan del límite en que las fuerzas físicas aún luchan para conservar la existencia.

Mientras yo me pudría en la triste celda seguía desatándose fuera la tormenta de la revolución, pero ya en dirección distinta; el período delirante había pasado y llegaba aquel en que se deja sentir la necesidad de un orden establecido y una autoridad reconocida, aunque transitoriamente. Míseros restos de lo que parecía eternamente proscrito a ti y a mí nos olvidaba mucha gente, pero no poca se acordaba y nos compadecía, y los amigos a toda prueba que habían tratado en vano de salvar a nuestra madre meditaban cómo darme libertad. La que más pensaba en mí y de mayores recursos disponía para favorecerme era la encantadora criolla, legitimista en secreto, aunque esposa de un soldado de la revolución, y a la cual una negra, allá en la Martinica, había vaticinado grandezas y dolores sin número: la diadema, el abandono y el asesinato. Para comprender cómo pudo tramarse el complot enlazado con mis destinos es preciso recordar el desorden y anarquía en que después de las convulsiones había quedado nuestra patria, la irregularidad en todos los servicios, la irresponsabilidad con que procedían aquellos gobernantes de ocasión, libertinos y sin fe —porque los escépticos habían sustituido entonces a los fanáticos y la voz pública nombraba a los del Directorio los podridos—. La primer señal que tuve yo de haberse cerrado el período de las hienas y tigres fue que me dieron ropa limpia, abrieron las ventanas de mi cuarto, mataron los inmundos insectos que bullían en él y mejoraron mi alimento, reducido antes a un potaje de lentejas.

No era así y todo cosa fácil consumar mi evasión, pues nadie se atrevía a asumir la entera responsabilidad; se temía aún que el acceso de ferocidad volviese. Mi prisión era segura: no se podía llegar a mí sino por un solo camino perfectamente custodiado. Nadie salía de allí sin ser visto, y ¿cómo sobornar o persuadir a una guardia que se remudaba incesantemente por sorteo entre todas las secciones de París sin que de antemano pudiese preverse quién la formaría? A la entrada y salida de la torre, registro por el Consejo municipal; dentro, vigilancia infatigable, estimulada por los diarios rumores de complots a cual más audaces, ya imaginarios, ya no sin fundamento; tú no lo ignoras, porque de alguno has tenido noticias. Era, pues, tan arduo problema el que tenían que resolver mis libertadores.

¡Ah! Preciso es confesarlo; si, como otras veces, sólo se tratase de heroicos esfuerzos de algunos nobles partidarias de nuestra causa, puede jurarse que se estrellarían contra obstáculos invencibles. Y ojalá. Teresa: morir entre aquellas negras paredes sería lo mejor. Allí quedaba aún algo del aliento de nuestra madre; allí me hubiese extinguido, cayendo, según dijisteis después, cual la tronchada azucena. Por mi mal, a las abnegaciones ocultas en la sombra vinieron a sumarse los más complicados cálculos políticos, la combinación más maquiavélica, la cual hizo factible mi inverosímil salida de la tumba. La narración de mi fuga apenas se cree, y como yo era niño y estaba tan débil y tan extenuado, sus episodios se confunden a veces en mi memoria, contribuyendo a llenar de incertidumbre mi espíritu. Aun realizada en tiempos novelescos —cuya historia secreta estoy convencido de que no se sabrá jamás, porque una especie de oligarquía como la de Venecia borró y suprimió cuanto le convino—, sus páginas suscitarán eternas desconfianzas. No poseo documentos en que fundar este episodio de mi martirio. Ahí va lo poco que sé.

Las previsoras ambiciones interesadas en mi evasión eran de distintos géneros. Como la inflamación del volcán revolucionario principiaba a decrecer, los más exaltados no dudaban que la república viviría poco y sería sustituida en breve por un régimen de fuerza, monarquía o dictadura. Alrededor de estas contingencias se formaban ya cábalas y nacían esperanzas sin freno. Nuestro tío —tu amigo y señor, Teresa—, tomando mi nombre, agrupaba en torno suyo, en la frontera, los elementos restauradores, a la vez que paralizaba los esfuerzos dirigidos a sacarme de mi cautiverio, daba largas, desanimaba a los resueltos —porque con el régimen a que sabía que yo estaba sometido comprendía que se acercaba el desenlace—. Pero si él ansiaba doblar los cerrojos de mi puerta y hubiese apoyado el cuerpo en ella para impedir abrirla, dentro de la capital, un hombre que había asumido momentáneamente el poder, sin vigor ni prestigio para afianzarlo, sin verdadera ambición alta y enérgica; un voluptuoso que buscaba en el mando riquezas y goces, ideó tener en mí una prenda con que imponerse: realizar mi evasión en el mayor misterio, haciéndome pasar por muerto, matándome en efecto civilmente, pero pudiendo resucitarme si le convenía, para manejar con este resorte a todos, incluso a nuestro tío, con quien estaba —a ejemplo de otros revolucionarios tenidos por incorruptibles— en ocultos tratos, a fin de verificar una restauración tolerante que concediese a la revolución lo ya adquirido.

Yo, el prisionero, sacado del torreón y oculto, sería un arma de doble filo: amenaza para el ambicioso que se titulaba Regente; promesa para las tropas leales que en el Oeste combatían. He aquí la treta que ideó aquel hombre ingenioso y de bajo vuelo; por instrumentos eligió a dos militares adictos a mi causa y a la compasiva criolla, esposa del aventurero que después subyugó al mundo.

Gentes eran que, en medio de la anarquía y el caos administrativo y gubernativo de aquellos momentos, tenían en sus manos todos los rescates del poder, sin ninguna de sus responsabilidades. Con arte y libertad relativa pudieron tejer la complicada maraña de mi evasión verdadera y mi ficticia muerte. Si por obstáculos materiales no se me podía hacer salir de la fortaleza, en cambio era sencillo esconderme en el desván, sobre mi encierro. A nadie se le ocurría vigilar por allí. Para que no se advirtiese mi falta colocarían en mi lecho a otro niño de mi edad que entraría oculto en el canasto de ropa limpia. El niño debía ser sordomudo; así no podría venderme e imitaría bien el silencio obstinado que yo guardaba, única protesta contra mi espantoso destino y contra un interrogatorio que aún me ruboriza.

Quiso la casualidad que en una familia adicta a nosotros existiese esta criatura, y su padre se prestó a ofrecerla en sacrificio. ¿No encuentras, Teresa, algo de monstruoso en semejante abnegación? ¿Verdad que esto recuerda a aquel ídolo de Moloch en cuyo pecho candente metían a los hijos sus padres? ¿Qué tiene de extraño que la cólera divina se cebe en nosotros?

No guardo conciencia de cómo se hizo la traslación. Me habían dado a beber un vaso de agua azucarada con una dosis de opio, y durante mi sopor fue cuando, envuelto en una manta, me subieron al desván, donde tenían dispuesta una cama improvisada rellena de papeles, pues por no excitar sospechas no llevaron colchones. Al recobrar el sentido, mis salvadores —dos individuos que se me figura que reconocería si volviese a verlos, por más que nunca he logrado saber su nombre— me encargaron, con mil súplicas, absoluto silencio; ni moverme, ni gritar, ni llamar, aun en caso de peligro. Lo prometí y lo cumplí; temblando de frío, desfallecido de hambre, nunca se me ocurrió acercarme a la puerta para pedir socorro. A horas intempestivas y sin regularidad me traían de comer; devoraba mi ración y volvía a agazaparme. Mientras permanecía allí, en el escondrijo, se hizo correr la voz de mi fuga; esbirros sin cuento se diseminaron, apostándose en las fronteras para cazarme; era esto obra de los gobernantes que no estaban en autos, y entretanto Barras se frotaba las manos sonriendo, porque tenía en su poder los hilos de la intriga. Para mejor engañar al público redoblaron las precauciones en la prisión, por lo cual mi evasión efectiva fue cada día más dificultosa. Como pájaro herido que se refugia palpitante bajo un alero y no se atreve a piar, yo tiritaba en mi glacial refugio.

Única solución del conflicto fue la que ideó Barras: hacer creer que yo no existía; echar, al menos por algún tiempo, sobre mi nombre la losa de una sepultura. Para realizarlo tenía que morir el que ocupaba mi sitio. No se atrevieron a sacrificarle; recelaron que el padre, compelido por el natural amor, se quejase, fuese indiscreto, descubriese la maraña. ¿Y cómo sacarle de allí para sustituirle con otro sentenciado? Barras hizo por entonces una visita al torreón y dio ciertas órdenes que cambiaron el método de vigilancia. Se pudo llevar al mudito enrollado en un colchón y traer a un escrofuloso moribundo del montón anónimo de un hospital. Aquel desdichado hijo del vicio, aquel desheredado de la plebe, vino a sucumbir por mí; para él cantaron los poetas, por él se velaron de crespón las reinas y las princesas, por él se elevó la hostia mil veces en el santo sacrificio. ¡Cuánto he pensado en él, Teresa; qué de ideas me ha sugerido esta sustitución! ¡Vanidad criminal la del hombre que se cree superior a otro hombre por haber nacido entre mayores vanidades!

Para aparentar cuidar a aquel desahuciado se buscaron médicos que jamás me habían visto. Poco tardó en consumarse su triste suerte, que había de ser la señal de mi libertad. Yo, con nombre de vivo, no debía evadirme; era una fuerza que podía volverse contra mis libertadores. Apenas murió el infeliz, ya lo sabes, se le hizo la autopsia, y el médico le sacó aquel corazón que te fue enviado y tú rehusaste. ¿Miento acaso, Teresa? Si creías que yo era el muerto, ¿por qué no aceptar el corazón de tu pobre hermano? ¿Había llegado ya entonces a oídos tuyos el relato del entierro secreto? ¡Qué de hipótesis, qué misterio profundo en el hecho histórico del ataúd vacío!

Sábelo: de aquel ataúd fueron quitados los restos del miserable que me sustituía; enterrose su cuerpo de noche en el jardín del torreón —no ignoras que años después apareció allí el esqueleto en su lecho de cal—, y el ataúd fue el vehículo siniestro donde yo salí de mi cárcel.

Cargaron el féretro en un coche; camino del cementerio me extrajeron y, para hacer peso, metieron aquellos viejos papelotes; lo único que en él apareció cuando se han querido exhumar mis restos. Enterraron la vacía caja sin la menor publicidad, a manera de quien esconde la prueba de algún horrendo crimen; y como la voz pública, iluminada por esa singular presciencia que tienen las colectividades, repitiese que no era mi cuerpo el que yacía en aquel aislado cementerio, el Gobierno, para mayor precaución, envió de noche en un carruaje a sus agentes y a obreros, que ignoraban la tarea que habían de desempeñar, a desenterrar el ataúd, a clavarlo fuertemente y a sepultarlo en otro cementerio, a gran distancia del primero y con el mayor sigilo. Esta parte de mi relato nadie la ignora. La historia, en este caso bien enterada, la confirma».

Capítulo 4. María

«A mí me habían puesto a buen recaudo en casa de una señora viuda de un suizo degollado el 10 de agosto. Vivía la infeliz retirada en el campo, y en aquella soledad contribuyó a resguardarme de miradas indiscretas una enfermedad de languidez que me postró en el lecho largos meses. No atreviéndose a llamar a un médico (¡los niños desconocidos inspiraban entonces tales sospechas!, ¡me buscaba con tal empeño en las fronteras la policía!), la viuda me cuidó a su manera con leche, aire puro y reposo. Fue lo suficiente; pero al levantarme advertí más que nunca la rara aprensión, de que jamás he podido curarme: para mí la existencia anterior era un delirio de la fiebre; en mi pasado ni había palacios ni torreones; mi vida se encerraba allí, entre las cuatro paredes del huerto. Como mi enfermera, nacida en uno de los cantones helvéticos, apenas hablaba francés, conversábamos siempre en alemán, idioma que era también el de mi madre, y el mismo a que recurríamos en la prisión, para que no nos entendiesen los carceleros. Así me habitué a esta lengua, que las circunstancias después me obligaron a emplear casi siempre.

Cuando empezaba a restablecerme, a deleitarme en la serenidad del campo, la policía supo mi paradero, y a pesar de influencias complejas y subterráneas para defenderme, fui sorprendido de noche por guardias armados, que me arrancaron del lecho y llevaron a una prisión. ¿Dónde? ¿Cuál? No lo sé. Con igual secreto me sacaron de ella (buenos oficios de mi constante protectora la criolla) y me condujeron a un castillo, residencia de una familia noble, que me alojó dándome muestras de un respeto religioso, sagrado. Era el dueño de la casa el marqués de Bray, adicto a nuestra causa. Allí, por vez primera de mi vida logré un amigo, mayor que yo en edad, pero mozo: el conde de Montmorín, que también se ocultaba, disfrazado de cazador. La vida que Montmorín había salvado por milagro en una de las atroces carnicerías que precedieron a la caída de nuestros padres —uno de esos degüellos en las prisiones que innovaron el verbo septembrizar— a mí la consagró aquel héroe. Bajo mil disfraces, hecho un duende, como lo había sido el célebre Batz trabajó en proteger mi evasión, mi libertad, mi seguridad… Y bien mirado, ¿acaso la existencia y la felicidad de Montmorín no valían tanto como las mías propias? Sin embargo, desde antes de conocerme, por ser yo quien soy, me las tenía ofrecidas en holocausto.

Bajo la protección de Bray y Montmorín corrió para mí la existencia tanto más venturosa cuanto que la quimera de la ambición no la turbaba. Comprendieron mis amigos que, dado el giro de los asuntos políticos y el creciente poderío del aventurero, el suelo de la patria ya no era seguro para mí, y salimos de ella, dirigiéndonos a Italia y Austria. Algún tiempo residimos en Venecia, otro poco en Trieste, y luego pasamos a Roma, donde bajo cuerda nos amparaba el buen Pío VI, un santo Pontífice, ajeno a las intrigas políticas y a la servil aceptación del yugo que su sucesor impuso al clero francés. Entretanto, mi enfermera y guardiana, la viuda del suizo, había contraído segundas nupcias con un paisano suyo, relojero y oficial mecánico. Yo he heredado de nuestro padre, cuya singular aptitud para esos trabajos recordarás, la afición a ellos. Por instinto me encantaba su labor prolija y paciente, y aprendí el oficio, siguiendo las doctrinas que predicó en su Emilio Juan Jacobo. Encantábame, por instinto, acatar la ley del trabajo, sujetarme a una labor diaria y ser un obrero, un humilde.

Un familiar del Pontífice nos facilitó una quinta cerca de Roma. Jamás olvidaré su jardín poblado de limoneros, higueras y adelfas; su roto pilón de mármol que coronaba una estatua de ninfa, erguida allí desde los tiempos del Imperio Romano. Una etapa de mi existir, la más íntima y deliciosa, se desarrolla a la perfumada sombra de los árboles de aquel jardín. Yo me acercaba a la pubertad; mis bucles rubios habían crecido, mis mejillas se sonroseaban, sangre nueva bullía en mis venas. Residía en la quinta, con nosotros, una criatura encantadora, cuatro o cinco años mayor que yo; María, hija del marqués de Bray y novia de Montmorín. Aunque estaba allí su novio, María me dedicaba sus más tiernos cuidados, y puede decirse que no se apartaba de mí; compañera de mis juegos y esclava de mis caprichos, por mí lo abandonaba todo. Su mano fina peinaba y lustraba mis rizos, abrochaba mi cuello de blanca tela, se apoyaba en mi hombro al pasear entre los viñedos y ofrecerme la fruta madura que tentaba mi precoz golosina. Montmorín, al verme con María, se retiraba, tomaba su escopeta y salía de caza, volviendo con algún ave fría de las lagunas, que figuraba después en la cena. Desde hacía tanto tiempo, era el de María el único rostro de mujer linda y dulce en que mis ojos se posaban. Mi niñez había sido tan arrullada y mecida por voces y brazos femeninos, y se había deslizado de tal suerte entre mimos y adoraciones de damas, que el ideal de la felicidad para mí era la compañía de la mujer aristocrática, suave, exquisita, como María de Bray. En ella creía volver a gozar el tibio agasajo, la blandura de nido de nuestra madre, de nuestra buena tía… ¡el tuyo también, el tuyo!, ¡nuestras venturosas chanzas, nuestros amantes juegos! El seno de María, donde recostaba mi frente, me prestaba calor delicioso que dilataba mi espíritu. Vivir así, cerca de María, ¿qué dicha mayor?

Una de las tardes en que nos entreteníamos en el jardín, trayéndola yo violetas con las cuales formaba un ramo, acudió a mi mente un recuerdo lleno de nostalgia: el de una escena parecida entre nuestra madre y yo, en el retiro idílico de aquella granja donde, libre de la etiqueta, se complacía en triscar y correr por el césped, vestida con ligero traje de indiana y pamela de paja de flotantes cintas. También allí era mi oficio descubrir y juntar las moradas flores húmedas de rocío; tú me ayudabas, y cosechábamos centenares. Nuestra madre, sembrada la falda de violetas, parecía un cielo con su sombrero pajizo, sus cabellos sueltos en tirabuzones sin empolvar y su gracioso fichú de muselina que descubría la garganta. En momentos así perdía su continente de soberana altivez y se convertía en una niña risueña, traviesa, loca. A cada puñado de violetas que llevábamos nos amenazaba, nos arrojaba al rostro unas cuantas flores, nos besaba idolátricamente. Y como María, por casualidad, también me tirase a la cara una violeta, el recuerdo fue tan vivo que creí tener a nuestra madre delante y me arrojé en brazos de la prometida de Montmorín. Nuestras respiraciones se mezclaron, nuestros labios se tropezaron sin querer. El sentimiento se despertó en mí con tal vehemencia, que instantáneamente dejé de ser niño, y estrechando violentamente a María, como estrecha un hombre a su amada, pregunté:

—María, ¿qué ha sido de mi madre? ¿Dónde está mi madre? Quiero saberlo. ¡Obedece! ¡Dímelo!

En efecto, desde el acerbo día en que me habían separado de ella, ni volví a verla ni tuve la menor noticia acerca de su suerte. Los que me hablaban evitaban con sumo cuidado pronunciar su nombre. Y mi imaginación se la representaba prisionera aún, demacrada, triste, soñando conmigo, rezando, de mil maneras —menos la verdadera, la espantosa—. ¡Nunca la imagen inconcebible de su cabeza cortada y su sangre vertida había cruzado por mi mente! Esperé con loca ansiedad la respuesta de María; si nuestra madre continuaba prisionera, ultrajada, sola, era mi deber correr a su lado, arrostrar todos los peligros, pelear hasta salvarla. Esta forma tomaba el primer hervor de la virilidad en mis venas, mi transformación de niño en adolescente. Pero María callaba, bajaba los ojos, de los cuales fluían lentas lágrimas, y su cuerpo, preso en mis brazos, se estremecía con temblor de angustia, mientras sus manos hacían violentas señales negativas. Insistí y la estreché sin darme cuenta de mis actos. ‘¡Mi madre!… ¿dónde se encuentra mi madre?’. Y entonces la joven, acariciándome, trastornada de dolor, balbuceó un ‘¡ha muerto!’ que aún resuena en mi corazón. ‘¡Madre!, ¡madre!’, grité; y caí al suelo presa de un síncope.

Al recobrar el sentido María estaba a mi cabecera llorando. ‘Quiero morir también —la dije—. Quiero reunirme con mamá. Pero no quiero separarme de ti. Muramos juntos. María, mi vida no ha de ser más que larga cadena de amarguras. Me lo ha dicho una voz mientras estaba aparentemente desmayado. No me abandones. Después de mi madre no he encontrado a nadie a quien quiera como a ti. Vámonos abrazados al cielo; allí la encontraremos y seremos felices’. Ante mis insensatos ruegos, la joven María, que debía de adivinar toda mi perturbación, no hacía más que suspirar y estrechar mi mano helada, que calentaba con su aliento. Al verla allí, cuidándome y consolándome con el mejor consuelo, que es la participación del dolor, llegué hasta experimentar repentinos accesos de gozo y a desear que se prolongase el estado de postración enfermiza en que caí. Con efecto, apenas principié a recobrar alguna tranquilidad, y, aunque muy abatido, a levantarme y pasearme como antes acostumbraba, noté que María, con diferentes pretextos, me evitaba, se alejaba cuanto podía de mí. Ya no recorríamos juntos los bosquecillos embalsamados de nuestra quinta; ya no nos parábamos asidos del brazo a ver cómo las palomas metían su pico de rosa y su tornasolado cuello cambiante en el pilón de mármol que coronaba la antigua estatua de la ninfa. Y yo, en cambio, advertía un deseo infinito de acercarme a mi amiga, una necesidad creciente de recostar mi cabeza en su seno; a todas horas la buscaba, la llamaba; la veía pensativa, seria, como si experimentase una especie de cortedad injustificada, un recelo sin motivo, y al mismo tiempo, cuando no la miraba, sentía sus ojos fijos en mí; mil veces la sorprendí contemplándome con una especie de adoración, y al percibir que yo lo había notado sus mejillas suaves se enrojecían como la nieve al resbalar sobre ella la aurora.

Acompañó a estos fenómenos una recrudescencia de intimidad con Montmorín; los novios, que antes no lo parecían, pasábanse ahora las tardes juntos hablando debajo del emparrado que cubría una de las fachadas del villino. No obstante, María disimulaba mal una tristeza continua, y Montmorín, que los primeros días rebosaba placer, empezaba a dar también señales de preocupación al hallar triste a su novia. No queriendo interrumpir el coloquio de los prometidos, celoso, con amarga melancolía, me apartaba de ellos, y vagaba solitario por la campiña, acercándome sin temor a las lagunas cubiertas de verdosa vegetación, cuyos miasmas, en ciertas épocas del año, producen el paludismo que se llama aria cattiva. Me sentía tan indiferente a vivir, tan deseoso de reunirme con nuestra madre, que me exponía casi por gusto al peligro, deleitándome en pensar que si yo enfermase, María, dejándolo todo, volvería a instalarse a mi cabecera, y que expiraría entre sus brazos, sintiendo su hálito, su olor a violeta fresca, acabada de cortar.

Mi aire taciturno y mis paseos sin objeto llamaron la atención a Montmorín; puesto ya en el camino de la observación, fijose también en la languidez que minaba a María, en la especie de afectuosa frialdad que demostraba en las pláticas de amor; su leal y generoso corazón adivinó, y un ruego que semejaba una orden salió de sus labios. He aquí lo que dijo a María: ‘No te apartes de Augusto (me llamaban así) un momento. Nuestra unión no ha de realizarse mientras él no recobre el lugar que le corresponde en el mundo. Entretanto hagámosle dichoso. He sido un miserable egoísta y te pido perdón. Siempre me pesará el tiempo que te he distraído del deber que tienes de cuidarle, acompañarle y alegrar su espíritu. Para no seguir sujetándote, emprendo un viaje; me embarco para Francia; necesito saber cómo marchan allí nuestros asuntos. No temas; disfrazado de marinero bretón, ni el diablo podrá conocerme. Adiós, María’. Nuestras súplicas fueron inútiles: partió, dejándonos libres y reunidos. Piensa en esta acción, Teresa, y considera cómo los principios que nuestra estirpe representa y simboliza pueden elevar la tensión de un alma a lo sublime… y a lo absurdo. Montmorín adoraba a María, pero me la entregaba sin vacilar, como me entregó más adelante su existencia. Y María, viendo en mí, no al pobre niño proscripto, sino a la encarnación de esos principios para ella divinos como la fe, me elevaba un altar en su fantasía; después de haber luchado inútilmente para idealizar a su novio, era a mí a quien idealizaba, llena de orgullo y de remordimientos, cual otra Lavallière.

Al día siguiente de la marcha de Montmorín volvíamos embriagados de ventura a oír juntos los arrullos de las palomas que bebían en el pilón. No sabíamos dar nombre a lo que sentíamos; éramos dichosos, sencillamente, sólo con la inmensa alegría de no apartarnos. Como dos hermanos inocentes de toda malicia, reíamos y corríamos; yo mismo propuse a María paseos más largos, a fin de que ni un momento se interrumpiese nuestro coloquio, en que el marqués de Bray terciaba alguna vez. En nuestro descuido no recelamos aproximarnos a la orilla de aquellas charcas tan poéticamente revestidas de verdura y orladas de florecillas, en una de las cuales un ara pagana rota, con inscripciones que borraba el musgo, se elevaba a la sombra de un árbol seco, añoso, herido por el rayo. Agitada de correr, María se sentó al pie del ara, y yo cerca de ella, transportado. Sin decirnos nada comprendíamos nuestra situación y nuestros ojos se prometían inextinguible cariño. Nuestros dedos se enclavijaban, nuestros cuerpos se acercaban, mi frente se reclinaba sobre su corazón palpitante.

Al volver a la quinta, María se quejó de frío; al día siguiente no pudo salir de su habitación, escalofriada, trémula. La marisma había hecho su oficio; la calentura palúdica abrasaba y secaba sus venas ya. Mi sino la había herido decidiendo de su suerte. Aquella muerte que yo había buscado llegaba para María. Vi sus claras pupilas enturbiarse, sus ojos rodearse de cárdeno livor; vi enflaquecerse sus lindas manos, secarse la primavera de sus mejillas, decaer sus fuerzas hasta el punto de que la era imposible dar un paso sin apoyarse en mí, y pronto ni aun apoyada lo consiguió; pasaba los días al lado de la ventana que caía al jardín, extendida en un canapé, con su diestra febril entre las mías. Después tuvo que renunciar a levantarse, y reclinada en almohadas, que yo colocaba estudiando el modo de proporcionarla algún alivio, pasaba las horas del día tiritando del frío peculiar de la malaria. Casi ni ánimos para incorporarse la quedaban cuando llegó Montmorín —sabedor de la enfermedad de María, ansiaba verla antes de que se cumpliese el fatal plazo—. Era la víspera del día de Nuestra Señora: las campanas del Convento de Capuchinos, a poca distancia de nuestra quinta, balanceaban en el aire sus lentos sones. Montmorín entró, y arrodillándose al pie del lecho besó la mano ardorosa que amarilleaba sobre la blancura de la sábana. La enferma abrió los ojos, y viendo al que antes fue su prometido, una expresión de dolor se retrató en sus facciones demacradas; retiró la mano, cruzó ambas y con voz desgarradora exclamó:

—Álzate, Eugenio, hermano de mi alma… y perdóname. No quiero morir sin tu perdón.

Montmorín, por toda respuesta, se volvió hacia mí, y tomando también mi mano, selló en ella otro beso largo y respetuoso. Yo me arrojé a sus brazos, y permanecimos así buen espacio de tiempo confundiendo nuestros sollozos.

—Eugenio —repitió María apenas nos separamos—, muero contenta. ¡Vivir era más difícil!… Pero acuérdate siempre, hermano mío, de lo que te encargo. Vela por él, líbrale de todo peligro, hazle triunfar de sus enemigos… ¿Me lo prometes?

Entre lágrimas y ternezas Montmorín juró lo que deseaba la moribunda, y a su cabecera pasamos la tarde y la noche. A la mañana, cuando los pájaros del jardín gorjeaban el amanecer, llamamos a María, pero no respondió: Había expirado».

Capítulo 5. Un hombre cortés

Aquí llegaba de su lectura Renato cuando se detuvo sofocado por la emoción que en él producía. Era tan extraordinaria la revelación, que sin poderlo evitar la duda se alzaba en su alma, alternando con ráfagas de convencimiento repentino, que procedían más que de la lectura de los recuerdos del atentado y de la impresión que la presencia de Dorff había causado en su espíritu.

—¿Soy juguete del frenesí de un loco? —preguntábase con ansiedad el joven Marqués—. ¿Leo un relato novelesco o una sincera y noble confesión autobiográfica? ¿Sueño aún las febriles representaciones que sugiere la pérdida de sangre o estoy despierto y me entero de una iniquidad inmensa? Ea, Renato, calma y reflexión. Tienes en tu mano el medio de cerciorarte, de ver claro en este hondo misterio. ¿No eres depositario del cofre de los documentos? ¿No existen allí las pruebas fehacientes de lo que narra el manuscrito? Es preciso que la verdad ilumine tu conciencia; que no quede en ella ni una partícula de duda, ni siquiera sombra de recelo, cuando te consagres a la causa de este hombre… ¿Y Amelia?… Si es cierto todo lo que acabo de leer, ¿quién soy yo para Amelia? ¡Dios mío, luz y calma!…

Al pensar el concepto de «luz» diose cuenta Renato de que en aquella habitación de un piso principal, con ventanas a una calle de Londres, en que la niebla espesaba sus grisáceos algodones húmedos, ya apenas se veía para la lectura. Y cuando iba a tirar del cordón de la campanilla y ordenar que trajesen una lámpara, el camarero, después de llamar discretamente a la puerta, se presentaba ya con el quinqué de cuerda, diciendo al colocarlo sobre el velador:

—Sir, otro gentleman francés, que ha llegado hará hora y media, me manda preguntar si puede pasar a hacerle una visita.

Renato, que tenía abierto sobre el velador el cuaderno del manuscrito, instintivamente tendió la mano y lo escondió bajo el almohadón del sofá.

—¿Un caballero francés? —dijo tratando de no aparecer alarmado—. ¿Y quién es y cómo sabe que me encuentro aquí?

Por toda respuesta el stewart presentaba una tarjeta, donde se leía:

El conde de Keller.

Hizo el Marqués uno de esos movimientos inequívocos que significan: «no le conozco», y después, calculando que la negativa inspiraría sospechas, encogiéndose de hombros, volviose hacia el camarero y añadió:

—Que pase.

Al salir el criado apresurose Renato a ocultar el manuscrito donde ahora tenía el cofrecillo —en su maleta—, y prevenido esperó. Las advertencias de Dorff se le presentaban en caracteres de fuego: «Has sido confiado, hazte receloso; has sido franco, disimula». Dos minutos después la puerta se abría y entraba un caballero elegantemente vestido, de frac de paño violeta con botones de oro y ajustados calzones de casimir gris. Las mil vueltas de la gran corbata de muselina le hacían enderezar la cabeza, y sobre su bien modelado muslo derecho jugueteaban, resplandecientes, la cadena y los dijes del sullivan, último precepto de la moda. Producía una impresión favorable y recordaba el tipo distinguido del gran Chateaubriand.

—He llegado esta mañana al hotel, que me parece bastante malo, dicho sea en confianza, caballero —declaró el Conde inclinándose ante de Brezé—, y no sé en qué pensaría mi amigo el capitán Mac Gregor para recomendarme este figón. Al quejarse del servicio mi ayuda de cámara, le respondieron que había aquí otro caballero francés y que se encontraba contento. El galopín me lo contó, y extrañándome yo del hecho pregunté y me dijeron su nombre de usted, bien conocido en todas partes. Añadieron que se encontraba usted enfermo o herido, no sé cuál de las dos cosas, y me apresuré a venir a ofrecerme por si necesita a un compatriota; en el extranjero es un deber, y lo cumplo muy gustoso.

Renato, que había indicado un asiento a su visitador, contestó con reserva:

—Mil gracias. Por suerte ya me siento muy mejorado y creo que de nada necesito. Su título de usted, caballero, es nuevo para mí.

—Es un título alemán —respondió el Conde obsequiosamente—: un hermano de mi padre, residente en Munich, habiendo prestado servicios al rey de Baviera, recibió de él esa distinción. No todos tenemos la suerte de llevar títulos que se remontan a las Cruzadas, señor marqués de Brezé.

—Vamos, un fatuo que busca modos de relacionarse —pensó Renato tranquilizado, reprimiendo una sonrisa. Y como nada dijese en alta voz, insistió Keller:

—¡Pero qué detestable alojamiento hemos escogido! Nos ha tentado el demonio de seguro. Vamos a ver —añadió recorriendo detenidamente con la mirada el cuarto de Renato—, ¿es éste modo de amueblar una habitación? No tiene usted un pupitre; no tiene usted ni una cómoda, ni un armario; nada más que una mísera percha, la cama y este canapé… ¡Qué Miseria! Si parece esto una lodging house, alguna posada de marineros, cerca de Whitechapel. Era cosa de largarse… A no ser porque se encuentra usted enfermo, aunque nadie lo diría… ¿Qué ha sido, caballero?

—Nada —explicó Renato—. Unos ladrones que me quisieron quitar la cartera, y como incurrí en la tontería de resistirme, en vez de entregarles lo poco que tenía, uno de ellos me hizo un rasguño en el hombro. Si no anda cerca la policía me escabechan allí.

—¡Oh! —exclamó Keller—. Aquí es preciso, sobre todo en ciertas calles y barrios, soltar lo que a uno le piden y paciencia. Yo conozco bien a Londres: con mi tío pasé aquí un año. No tengo perdón de Dios al caer en el Hotel Douglas, pero me felicito, porque así he logrado el honor de saludar a usted y brindarle lo poco que soy y valgo. ¿Continúa usted aquí o piensa cambiar de alojamiento? Porque, si no es pecar de indiscreto, me permito recomendar a usted el de La Corona, adonde pienso mudarme esta misma noche. Allí se encuentra a toda la gentry: estaremos en nuestro elemento.

—No sé lo que haré —contestó políticamente Renato—. He venido para asuntos de intereses, a gestionar unos pagos que importan a mi madre, la duquesa de Roussillón, y acaso me sea preciso volverme inmediatamente a Francia. Si me detengo, aprovecharé sus amables y útiles indicaciones. Y discúlpeme usted de antemano que no le pague la visita, pues quizás me falte tiempo.

Acompañó Renato hasta la puerta al conde de Keller, o sea el esbirro Volpetti, a quien tomaba por un majadero inofensivo, y volvió a reclinarse en su canapé.

Al entrar Volpetti en sus habitaciones halló a Brosseur muy ocupado en inspeccionar la chimenea, donde ardía un vivo fuego de cok. Volviose el supuesto ayuda de cámara, y sacando del bolsillo un papel cubierto de líneas se lo presentó a su cómplice.

—Aquí está —dijo— el plano. Este es el número 23, la jaula de nuestro pajarito. Usía ocupa el 13 y el 15, salón y dormitorio. Hay, pues, cuatro habitaciones por medio en este lado; pero como yo no me chupo el dedo, hallándose desocupada la número 21, la he exigido para mí. No querían: esta gente respeta la jerarquía, y se empeñaban en relegarme al piso tercero. «Bueno se pondrá el señor Conde —exclamé— si no me tiene cerca para estarme mareando con órdenes e impertinencias… », y al cabo han accedido.

—Perfectamente —asintió Volpetti con satisfacción, sacando su tabaquera de esmalte y tomando un polvo—. Tanto mejor, ¿esa habitación tendrá chimenea?

—Ya lo creo.

—Pues la del Marqués… acabo de registrarla con la mirada. No encierra un sólo mueble donde sea factible guardar bajo llave cosa alguna. Sólo en dos sitios puede estar el cofrecillo: o dentro de la maleta del Marqués o bajo los colchones de la cama. Para cerciorarte de lo primero poco tiempo necesitas: para lo segundo un instante ha de bastar. Si la maleta está cerrada, te la llevas entera; si abierta, sólo el cofre. Hay que proceder con un cuidado exquisito y no incurrir en torpezas como en el último lance. No tengo ganas de que la policía inglesa meta la nariz en lo que no le concierne. Todo se arregla por fin, pero cuesta mucho trabajo que el dogo suelte la presa. Ya tienes instrucciones suficientes: si te cogen con las manos en la masa, sabes lo que has de decir. Eres un vulgar ladronzuelo: robaste… por robar; me robaste a mí también. ¡Entrégate tú, que ya te libraremos… y sálvame a mí! Yo desaparezco; oficialmente voy al Hotel de la Corona, pero en realidad, cuando hayas dado el golpe, si no hay fracaso, me buscas donde sabes, donde estuvimos esta mañana. Salgo ahora mismo; tú te quedas aquí, dedicado a recoger mis efectos, a arreglar para el traslado mis maletas. Prudencia… y maña. Esta no es cuestión en que te autorice a proceder de un modo violento.

Brosseur hizo una seña de inteligencia y conformidad, y mientras su amo se cubría con un elegante gabán hasta los pies se encasquetaba el sombrero abarquillado, calzándose los guantes, se dedicó al complicado arreglo de los chismes de limpieza y tocador.

Entretanto Renato, olvidado ya de la visita, extraía afanoso de la maleta el manuscrito y reanudaba la lectura, por la cual lo olvidaba todo, tal era la atención y la concentración con que absorbía los renglones.

Capítulo 6. La operación

«Después de la muerte de María me quedé como estúpido; embotado el sentimiento, todo me era indiferente; mi única aspiración hubiese consistido en reunirme con la joven muerta bajo aquel césped donde Montmorín y yo plantábamos flores, regándolas con una especie de piedad religiosa. Para sacarme de este estado de entumecimiento moral fue necesario que otra vez la desventura y la humana maldad me lanzasen a un nuevo período de torturas, más crueles que las pasadas. Imposible creerás, Teresa, que me estuviesen reservados tormentos al lado de los cuales parecían leves los anteriores; sólo voy a referirte lo esencial, y si el orgullo y la ambición no te han petrificado, acaso derramarás sobre estas hojas una lágrima.

Invadida Italia por los ejércitos de la revolución que capitaneaba el Corso, el Papa cayó prisionero, y nuestra quinta, perteneciente a un conocido familiar del Pontífice, fue asaltada, saqueada, reducida a cenizas, en una sola noche. Montmorín y yo habíamos conseguido huir antes de que se derramase bullendo, como torrente de lava, la furia de la soldadesca. Llevábamos por viático un poco de dinero y documentos interesantísimos, que después oculté (no debo decirte dónde a ti, estrechamente ligada a mis mayores enemigos, que sé por experiencia que no tienen escrúpulos). En un carro de vendimiadores nos trasladamos a Roma, y de allí a Civita Vecchia; un bergantín mercante nos recibió a bordo, con rumbo a las costas de la Gran Bretaña. Creíamos que era el mejor asilo, y que desde allí no nos sería difícil reunirnos con el marqués de Bray, el cual, a fuer de constante agitador realista, encontrábase oculto en Francia.

Nos hicimos a la mar con tiempo revuelto, pero no podíamos elegir otro mejor. Grueso era el oleaje; el viento silbaba en las cuerdas con quejido estridente y lúgubre. Golpes de mar incesantes azotaban a la embarcación y barrían la cubierta, y a las pocas horas de navegación, habiendo roto uno de los palos una racha furiosa, nos encontramos a merced de la deshecha tempestad, que nos empujaba despiadadamente hacia Francia, cuya tierra veíamos, con peligro de estrellarnos en los arrecifes. Sin embargo, Montmorín, más aterrado ante la idea de la arribada a un puerto, rogó y suplicó al capitán que no torciésemos el rumbo. Fue inútil. No podíamos explicar a aquel marino el por qué preferíamos encallar o naufragar a desembarcar en nuestra patria. Primero nos escuchó indiferente; después dijo con ruda franqueza que algo tendríamos que ocultar cuando mostrábamos tal empeño en evitar un país determinado. Estuvimos imprudentes y nuestra terquedad nos perjudicó. No sólo puso en guardia al capitán, sino que llamó la atención de algún pasajero; desde aquel instante nos hicimos sospechosos. Después de una noche en que creímos ser tragados por el abismo, llegamos de arribada forzosa a Dieppe, maltrechos y con mil averías; fuimos señalados por el vigía, visitados por la Sanidad y la Comandancia de Marina, y como no traíamos peste y los papeles iban en regla, nos permitieron desembarcar. Aprovechamos el permiso Montmorín y yo, con determinación de ocultarnos en cualquier posada de mala muerte, en espera de la primer embarcación que a Inglaterra o a España pudiese conducirnos. También saltaron a tierra pasajeros y marineros, y sin duda alguna conversación de taberna, fiscalizada por la policía, ojo avizor desde la arribada del buque, nos vendió.

Un inspector y dos agentes se presentaron en la posada. Hallábame solo. Montmorín había salido a indagar, en el puerto, qué barcos se disponían a salir desafiando el temporal. Tuve tiempo de deslizar unas monedas en la mano de la criada, muchacha linda y excelente, que me miraba con gran compasión y me ofreció ponerse de centinela a la vuelta de la esquina y prevenir a mi amigo para que no cayese en la trampa. Condujéronme a la Delegación de policía y me sometieron a un interrogatorio capcioso, exigiéndome detalles exactos sobre mis antecedentes. Era yo todavía un niño; a pesar de mis desdichas, no estaba hecho aún a prevenir celadas; debí de responder de un modo que me comprometía. He sabido después que en aquel entonces se ejercía activa vigilancia en puertos y fronteras, y se prendía a los muchachos de mi edad y de mi tipo; se me buscaba, en resumen. Acaso involuntariamente me delaté, remachando en un instante la cadena de las infinitas persecuciones que sobre mí cayeron y seguirán cayendo toda la vida.

Después del interrogatorio, con las mayores precauciones, de noche, fui embarcado en un brick guardacostas y desembarcado en un puertecillo, cuyo nombre desconozco. En el muelle esperaba un coche, que escoltaban soldados a caballo. Cuatro días duró aquel viaje mortal. Represéntate mi estado de ánimo, Teresa. Solo en el mundo, entregado a una fuerza hostil y sombría, que se preparaba a romperme como una caña entre sus duras manos; separado del único y leal compañero, ignorando si por lo menos había conseguido salvarse, iba hacia la fatalidad; ni aun me era dado presumir qué clase de males se me prevenían. He oído hablar, Teresa, de voluntad, de libertad humana. ¡Qué amarga risa juega en mis labios al escribir estos renglones! ¡Voluntad! Por encima de nosotros, en regiones adonde no llega ni aun nuestro curioso pensamiento, fórjase el rayo que nos ha de pulverizar, gira la rueda bajo la cual somos mísero grano de trigo. Un sutil miasma de la campiña de Roma me había arrebatado en María a mi único bien, a la consoladora; una palabra, dicha tal vez por un marinero ebrio en una taberna del muelle de Dieppe, volvía a entregarme como un cordero atado a la fuerza oculta y formidable que me prohibía ser yo mismo y me negaba hasta el derecho a existir.

Al cuarto día pasé del coche a una prisión. Debía de hallarse aquel calabozo en algún pueblo de los alrededores de París. Era mi mansión un cuarto embaldosado, frío, húmedo, que recibía luz de una reja tupida por espesas telarañas. ¡Quién me dijera que había de recordar con nostalgia aquel calabozo! Dejáronme en él seis días como olvidado; servíanme un plato de sopa a la mañana, y nada más en las veinticuatro horas; se diría que ex profeso, sin matarme enteramente de hambre, se proponían reducirme a un estado de postración profunda. Al séptimo día, cuando ya se nublaban mis ojos, entró en mi calabozo un hombre joven aún, de maneras relativamente afables, de astuta fisonomía, a quien después oí que llamaban señor Volpetti. Yo estaba tan débil, que trabajo me costó responder cuando me interrogó en alemán: ‘Óigame usted atento —dijo—. Sabemos de dónde viene usted, a dónde se dirige; conocemos toda su historia. Posee usted amigos imprudentes que le perderán, impulsándole a representar un papel que la Providencia le ha vedado. Han cultivado en usted la cizaña de la ambición y el delirio de las grandezas. Le han trastornado el seso; usted está loco. Sálvese; vengo a proponer a usted un pacto que cambiará su suerte. Si desea usted vivir tranquilo, libre, renuncie a sueños vanos, resuélvase a abrazar un estado pacífico que le aleje de luchas insensatas. Empéñenos usted su palabra de honor, por la memoria de su madre, de no regresar a Francia, de no moverse del convento donde le depositaremos, y no volveremos a molestarle. Le llevaremos a una abadía católica de Bélgica o de Italia, y allí, bajo el santo hábito, vivirá usted sereno y dichoso; si no, usted y sus amigos ¡infaliblemente! perecerán’. Oía yo estas proposiciones, Teresa, como oye el navegante el cantar de la sirena que le embriaga. Mi fatiga, mi extenuación, me hacían desear más aún el descanso. La idea de vestir un sayal, rezar por María, cultivar un huerto, no pensar ni sentir, era en aquel instante para mí infinitamente grata y dulce. Pero de pronto, la sangre —esta sangre que corre por nuestras venas, Teresa, que por algo es diferente de la de los demás mortales, y que aun empobrecida y agotada se rebela indómita contra injuriosas exigencias—, ardiendo en altivez, me puso la respuesta en los labios:

—Pueden ustedes hacer de mí lo que gusten. ¡No acepto tratos ni condiciones! Me matarán —pensaba—, y género de libertad es también el morir.

El policía meneó la cabeza. Sin duda le contrariaba tener que recurrir a medios violentos. Volvió a insistir desarrollando razonamientos, empleando formas corteses, siempre en lengua alemana. Repetí mi altanera negativa, no con la voz, sino con la cabeza, y hasta recuerdo que hice ademán de volverme de cara a la pared. Entonces Volpetti se levantó; grave y preocupado se acercó a la puerta y dio muy bajo una orden. Entraron en la prisión dos hombres de rudo aspecto, fornidos; supuse que traían encargo de asesinarme. Encomendé a Dios mi alma, y el nombre de mi madre, el de María, ¡el tuyo!, se mezclaron en mi fervorosa oración.

Los dos jayanes me sacaron del mísero camastro; me arrancaron las ropas y me ataron a una silla, con cuerdas que se hincaban en mi carne. Un sudor frío brotó de mi frente; creí que iban a someterme a la tortura. Resignado a morir, el miedo al dolor me vencía y estuve a punto de gritar: ‘Perdón, haré cuanto quieran, pero no me atormenten’. Al verme temblar, Volpetti se acercó insinuante. ‘¿Quiere usted que le desatemos?’. En mis ojos debió de brillar una chispa orgullosa… y entonces (óyelo, Teresa, y piensa que era yo mismo quien estaba ligado a aquel potro) me aplicaron a los labios una mordaza, al rostro un instrumento que pasearon lentamente en todos sentidos: por frente, mejillas, nariz, párpados, labios. El dolor, no muy intenso, sin embargo enloquecía: era como si millares de puntas de agujas cortas y finas se me clavasen en la piel. Hacía esfuerzos por gritar, por soltarme; la silla crujía; uno de los jayanes me afianzó de la cintura; sus dedos duros se imprimieron como tenazas en mi carne; la violenta presión en las costillas y sobre el hígado me causó un desvanecimiento; y volví en mí al sufrir la sensación de ardiente quemadura: estaban pasándome una esponja embebida en un líquido abrasador por la cara toda. Quise exhalar mi dolor en clamores; la mordaza cortó mi aliento; nuevamente me desmayé.

No recobré el sentido hasta pasado bastante tiempo. Como no veía luz, creí que era de noche. Estaba tendido en el camastro, sin mordaza ni ligaduras; mi cuerpo magullado, mi escocido y desollado rostro me martirizaban horriblemente. Llevé las manos a los ojos; no los encontré; en su lugar tenía dos enormes tumefacciones, dos montañas de hinchada carne. Transcurrieron horas; me trajeron un caldo; a tientas lo bebí, y pregunté al carcelero si había amanecido. ‘Son las doce del día —respondió— y hace un sol esplendente’. Ronca exclamación se ahogó en mi garganta. ¡Ciego! ¡Me habían dejado ciego!

¿Qué dices de esto, hermana mía? ¿Imaginas lo que es encontrarse ciego, a mi edad, en una cárcel? La alegría del cielo azul; la majestad de las montañas; la serenidad o la cólera de los mares; el suave rostro de la mujer; cuanto Dios hizo para que el hombre lo disfrute; todo, todo me lo habían arrebatado en un momento, y ya mi vida se deslizaría, si no en eterno cautiverio, en eterna sombra. Fue aquel el primer instante en que comprendí claramente lo que después he visto confirmado: que tales cosas no pueden suceder sin expresa voluntad del cielo; que era forzoso expiar grandes pecados, iniquidades infinitas, largos siglos de maldad, y yo el señalado para ese oficio. ‘Fuerzas para beber el cáliz’, murmuré, mientras las lágrimas que no podían brotar afuera escandecían interiormente mis pupilas. Crucé las manos, y gimiendo pedí al carcelero, por caridad, un poco de agua tibia. Me la trajo; bañé en ella mi rostro, se moderó algo el fuego que lo devoraba y el ligero bienestar me hizo caer en un sueño profundo».

Capítulo 7. El agujero negro

«Quince días pasé en tinieblas absolutas; al cabo de ellos, la inflamación de mis párpados comenzó a bajar, y un rayo de luz llegó, no digo a mis ojos, a mi corazón, donde se desbordó como un torrente de alegría. ¡Ver! ¡No estar ciego para siempre! ¡Ver! ¿Y qué veía yo, Teresa? El calabozo, de mugrientas y desnudas paredes, de telarañoso tragaluz, y el espectáculo más encantador, la contemplación de la obra de arte más sublime no me hubiesen causado aquel mágico transporte.

Me levanté loco de gozo; me aproximé a la ventana para beber mejor la luz; apenas lo hube hecho, exhalé un chillido de espanto. La ventana tenía, por delante de la reja, unas vidrieras que no se cerraban jamás, y cuyos vidrios, por lo general sucios y empañados del polvo, había limpiado uno la lluvia, acompañada de granizo, de la víspera. Sobre los vidrios irradiaba en aquel instante el sol, y por un momento se reflejó en ellos mi rostro. Después de gritar, el espanto me inmovilizó; pensé convertirme en piedra, cual los que ven la cabeza de Medusa. Mi cara era, en efecto, una horrenda monstruosidad: las costras que en ella se habían formado, arrancadas por mis uñas que impulsaba el prurito, obligándome a desgarrarme, habían desaparecido para convertirse en otra costra única, inmensa; ni huella de las facciones se descubría: no me hubiese podido conocer yo mismo. ¡Habían resuelto desfigurarme, borrar las líneas de mi fisonomía, en la cual Dios imprimió el sello indeleble de mi linaje, lo típico de mi familia y de mi raza!

Bajo la impresión de la rabia y vergüenza de verme así sentí una humillación tan profunda, que entonces se me imprimió la idea de ocultarme —si alguna vez recobrase la libertad— en un claustro, lejos de las miradas del mundo. Pero ¿lograría nunca ser libre? Cuando la inflamación se redujo; cuando mi rostro, a fuerza de aplicarle compresas de agua tibia, perdió algo aquel aspecto elefantino y adquirió forma humana, una madrugada entraron en mi cárcel soldados, me ataron como si temiesen resistencia, me metieron otra vez en un coche cerrado y a las pocas horas de marcha me hicieron bajarme ante una fortaleza terrible, rodeada de anchos fosos, defendida por cuadradas y macizas torres, guarnecida por puentes levadizos como en la Edad Media —uno de esos edificios formidables que hielan la sangre en las venas—: Vincennes. Allí habían decretado mis perseguidores que terminase mi azarosa vida. Desfigurado y todo, algún recelo les inspiraba, y era tan sencillo dejar que me pudriese, que ellos mismos debieron de asombrarse de no discurrir antes tan fácil solución.

¿Qué hacía, mientras tanto, mi constante protectora, la compasiva criolla a quien la bruja había pronosticado un trono? ¡Ah! Corrían para ella los días deslumbradores, aquellos en que la fortuna, con sus alas de oro y pedrería, acaricia la frente y confunde en un vértigo la razón. Detrás del Consulado surgía el Imperio, ¡y qué Imperio! Como el de Roma, pero más a prisa, aquel régimen extendía sobre el Universo su poderío. Lo único que en aquellos instantes amenazaba la dicha de la criolla era el no sentir agitarse en su seno el germen de un soberano del mundo; pero eran tales los tiempos y tales las circunstancias, Teresa, que tú lo sabes: si la criolla hubiese soñado para el hijo de su primer matrimonio la diadema imperial, nadie creería que eran locas ilusiones de la grandeza. ¡Miseria de miserias el poder! ¡Teresa! ¿Verdad que no vale la pena de ofender a Dios ni de agitarse en los crueles brazos del remordimiento una corona? Si fueseis capaces de haber aprendido algo con las lecciones de la historia, eso sería, y tú jamás hubieses prevaricado, cegada por ambiciones cuya vanidad has visto tan de realce.

Mientras por Europa resonaban trompetas y tambores, clarines y choque de lanzas y corazas; mientras se bordaba con abejas de oro un manto imperial de púrpura, destinado a adornar los redondos hombros y el talle todavía fino de la criolla, he aquí cómo vivía tu hermano; he aquí el palacio que le servía de morada, y los cortesanos respetuosos y solícitos que acudían a su llamamiento, a servir su mesa y a poblar sus salones, atentos a las menores órdenes que saliesen de sus labios.

Lee, Teresa, lee… ¡y que tu espíritu se incline ante las venganzas inexorables de lo alto!

Cuando salté del coche, al pie de la vetusta y recia fortaleza, hiciéronme entrar por una poterna blindada de hierro y cruzar tres puertas, y después dar vueltas y revueltas por un largo pasillo de muros elevados, grises y húmedos. Bajamos una escalera; encontramos otro pasadizo; los soldados me acompañaban; el carcelero alumbraba con una linterna sorda. Al extremo del pasadizo abrieron una puerta también chapeada; me empujaron, cerraron con llave y cerrojos y me quedé solo y a oscuras en una mazmorra, especie de in pace donde no existía ventana. Era el calabozo conocido por el agujero negro, antesala de la sepultura, que no se diferencia de ella sino en que encierra un cuerpo vivo, capaz de sufrimiento.

Allí quedé anonadado. No me atrevía a rebullirme, porque temía que mi encierro contuviese un pozo o un precipicio, al cual infaliblemente me despeñaría si no permaneciese inmóvil. El silencio era completo; sólo oía yo el latir apresurado de mis arterias y el golpe irregular de mi corazón, que el miedo a veces paralizaba. Al cabo de un tiempo que me pareció interminable rechinaron los cerrojos y entró en el calabozo un hombre —mi carcelero—. Era un tuerto, de fisonomía inmóvil y brutal; llevaba colgada del cuello la linterna y en la mano un plato de comida, de esa repugnante bazofia carcelaria con la cual ¡ay de mí!, ya me encontraba familiarizado. Mi primer mirada fue para la prisión: no contenía pozo alguno; era una reducida tumba, negra y verdosa de humedad; un poco de paja en un rincón, una sucia manta, un banco, un cántaro; una argolla con una cadena y sus esposas, fija en la pared en una esquina: he aquí los muebles. ¡Vulgar decoración de las prisiones de Estado, que ya ni aun despierta sentimientos de compasión! Mi segunda ojeada se fijó en el carcelero. Su rostro revelaba estúpida indiferencia; su roja barba, al reflejo de la linterna, parecía rodearle la cara de una aureola de sangre. Me mandó comer por señas; obedecí. Mi temor —no hay mal que no pueda ser más grande— era que me echase la cadena a los puños o al tobillo. No lo hizo. Sin duda, viéndome joven, resignado y obediente, no apeló a aquel recurso, destinado a amansar a los presos que sufren accesos de furor y pueden hasta atentar a la vida de sus guardianes.

Extenuado, agotadas mis fuerzas, disipado el recelo de caerme al pozo, me eché en el rincón y me dormí profundamente. La naturaleza tiene de estos supremos consuelos: concede el sueño al miserable sobre su paja podrida como al rey sobre sus sábanas de holán. Mi esperanza era el amanecer; juzgaba imposible que me hubiesen metido en un calabozo enteramente sin luz, y soñaba verla entrar por algún tragaluz o ventanillo; con esto sólo me contentaba. ¡Un rayo de luz… y disuelta en él la santa resignación!

Al despertar y encontrarme cercado de la misma sombra creí haber dormido un día entero. El carcelero volvió con su linterna, siempre silencioso; en vez de traerme el mal rancho que mi hambre anhelaba, dejó sobre el banco un pan redondo, un cántaro lleno de agua, llevose el vacío y retirose. Empecé el pan, bebí un sorbo de agua y me dormí otra vez amodorrado. Creo que me despertó la debilidad; me levanté, y a tientas me dirigí al banco. Con asombro noté que el pan había desaparecido.

Es imposible que yo diga lo que sentí. Fue una mezcla de asombro y horror frío, un erizamiento del pelo, un estremecimiento de la carne toda. ¿Quién estaba allí, quién me acompañaba en mi tumba? ¿Cómo el pan, traído por el carcelero, del cual sólo había yo cortado un mendrugo, podía haber sido arrebatado durante un sueño? ¿Compartía alguien mi prisión? Después he comprendido todo lo absurdo de esta hipótesis, pero en aquel instante mi debilitado cerebro no la repugnaba. Me parecía que el alguien era un ser sin cuerpo, maligno y fantástico como los duendes. El terror también el hambre me tuvieron, no sólo despierto, sino en estado de singular excitación, hasta que otra vez se presentó el carcelero con su característico chirrido de llaves cerrojos, siniestro no obstante consolador para el infeliz que se halla recluido en el fondo de una cámara sepulcral. Me traía pan y agua, siempre con el mismo extraño silencio.

Le pregunté si sabía quién se había llevado mi pan. No obtuve respuesta alguna. Devoré la mitad del pan, bebí el agua y me eché otra vez sobre la paja fétida. ¿Qué hacer en las tinieblas? Mi único anhelo era dormir, dormir sin interrupción, huir de mí mismo en la transitoria muerte del sueño.

Por desgracia no se duerme siempre. Al abrir los ojos sentí de nuevo las torturas del hambre. Busqué mi pan: tampoco estaba allí. Renováronse las sensaciones de espanto. Ruidos singulares, inexplicables, se producían a mi alrededor. Entonces resolví averiguar —no lo sospechaba todavía— quién me robaba el sustento. Así que tuve pan lo escondí entre la paja y me acosté encima, fingiéndome dormido. Apenas simulé la quietud y la respiración igual, volví a escuchar los ruidos: eran carreritas menudas, chillidos agudísimos, la agitación turbulenta de una hueste de gnomos entre la sombra. De pronto, un cuerpo peludo pasó sobre mi cara; alargué instintivamente la mano para defenderme, y lancé un grito: dos dientes acababan de atarazar mi dedo de parte a parte.

Frío sudor mojó mis sienes. Mis ojos se dilataron. ¡Ya comprendía… tiempo era!… Ningún ser invisible, ningún brujo me arrebataba el alimento, no; era un ejército de inmundas y feroces ratas el que me acompañaba en mi mausoleo.

Teresa, entre las reminiscencias de la niñez, que deben de estar presentes en tu memoria, acaso se cuente la repulsión que nos infundía el solo nombre de estos asquerosos animalejos. Jamás se nos acercó ninguno; en el mismo torreón que sirvió de prisión a nuestros padres, ¿te acuerdas de cómo te asustaste, qué gritos diste porque saltó a los pies de nuestra madre un ratoncillo? Era aquel un inofensivo bichejo que huía asustado de nosotros.

Ahora yo, en un espacio de doce pies, sin luz, tenía que sufrir el contacto y las mordeduras de cientos de enormes ratas. Las sentía trepar por mi cuerpo, compartir mi lecho, deslizarse bajo mi cabeza rebuscando el pan, mi única comida; percibía en las mejillas, marcadas aún por el cruel suplicio de las agujas, el roce frío de su cola, parecida a la de un reptil, o el asqueroso calor de su piel espesa; oía sus gruñidos de satisfacción al zamparse las migajas de mi alimento y sus agrios chillidos al disputárselas, y de vez en cuando, en medio del sueño febril a que se rendía mi exhausto organismo, los dientes menudos y penetrantes me desvelaban, hincándose en mis pies o agarrándose a mis orejas, anunciándome que corría el peligro de morir devorado…

Créelo o no lo creas, hasta aquel instante, aun en medio de los dolores de mi primer cautividad, no había llegado más que a desear ardientemente morir; pero ante la nueva espantosa situación pensé en otra cosa: pensé en que podría yo mismo… ¡Dios misericordioso, perdóname! No poseía allí en mi poder ni un cuchillo, ni un trozo de vidrio aguzado siquiera, para abrirme las venas o seccionarme el cuello, pero tenía la cadena sujeta a la pared. Rodeándomela a la garganta, dando vueltas sobre mí mismo… loco, furioso de terror y de repugnancia, intenté realizar el crimen. No lo conseguí. La cadena me lastimaba, pero no llegaba a asfixiarme.

Gimiendo, espumando, caí al suelo, y un río de lágrimas brotó de mis ojos. Una voz parecida a la de mi madre, a la tuya, a la de María, resonó en mis oídos —voz sin cuerpo, voz de mi fantasía exaltada—. La voz murmuraba:

—¡Valor! ¡Paciencia!».

Capítulo 8. Fusilamiento

«¡Paciencia! Debía la voz añadir: ‘Expiación’. Sí, Teresa; yo expiaba… Pero ¡oh insondable Providencia! ¿Por qué fui yo, yo precisamente, el designado para expiar? ¿Quién guió tu mano, oh arcángel vengador, cuando la apoyaste sobre mi cuna abrasándola como el rayo? Tú habrás oído decir, Teresa, que sufrimos mucho, que fuimos mártires. ¡Mártires! No; víctimas rescatadoras. No bastó el suplicio cruel de nuestros padres: era poco —perdóname si blasfemo—. Padecieron, murieron; pero al cabo habían reinado, habían vivido, habían conocido los goces que son la sal y el sabor gustoso de la existencia. Yo, Teresa, yo, ¿qué hice, qué disfruté, cuándo ni cómo delinquí? Esto confunde la razón. ¿Qué inmensas iniquidades fueron las que pagué con un inconcebible martirio?

En la obscuridad de mi tumba, mientras esperaba el pedazo de pan duro y el cántaro —sostén de mis fuerzas ya exhaustas—, ¡qué mundo moral se me reveló, Teresa! La historia me abrió un libro de bronce, y en él vi patentes las leyes de esa compensación total que demuestra la acción reparadora de una justicia tremenda. ¡Sábelo: ante la mirada del Eterno, no son reos solamente aquellos a quienes sentencian los jueces, a quienes el Código prende en sus mallas; lo son en mayor grado, porque gozan inmunidad y se apoderan libremente del fruto del crimen, los grandes de la tierra, los que hacen padecer a sus semejantes opresión, humillación, despojo, obligándoles a dudar de esa misma justicia que debiera regir los actos humanos!

En aquel in pace donde yo sentía que mi alma se anegaba en desesperación insensata, en aquel agujero negro, ¿fui acaso el primer cautivo? ¿No me habían precedido otros, hombres igualmente, hombres nacidos de mujer? ¿No respiraba yo en el aire el vapor de sus lentas lágrimas? Y aquella prisión de Estado, ¿era la única? ¿No existían otras innumerables en mi patria, fuera de ella, donde muertos vivos se consumían en ataúdes que ni aún garantizaban la paz y el reposo del más allá, la calma de la muerte en fin? Pagando la deuda de mis antecesores, yo me retorcía en un infierno que era invención y obra de los de mi raza. Había llegado la hora del vencimiento. Dios presentaba las cuentas atrasadas y quería cobrarse, cobrarse en mí… ¡Ah! No sólo en mí… Voy a referirte un episodio extraño, que parece dispuesto por un hábil dramaturgo.

Según corrían iguales, sombríos, los días y las noches de mi cautiverio, mis sentidos —el hombre es animal de costumbre— iban adaptándose a las condiciones de aquella mazmorra subterránea, cuyos muros formaban parte del escarpe del foso. De día, por las grietas de las piedras donde faltaba el cemento, discernían ya mis ojos claridad vaga y confusa: primero conseguí ver mis manos, y no sabré decir qué júbilo me entró ante aquel poco de blancura después de tan impenetrable sombra. Dilatada ya mi pupila como la de las aves nocturnas fui poco a poco naciendo, viéndome, distinguiendo mi cuerpo —divisando la luz cual filtrada a través de una botella de agua sucia—. A compás de la vista se adaptó el oído, y cruzando el sudario de piedra en que me envolvían las graníticas murallas, oía yo a gran distancia los pasos del carcelero, el tilinteo de sus llaves, el alerta de los centinelas, y como lejano trueno, el redoble del tambor, los pasos de la patrulla. Ahora bien; una noche primaveral —hallándome desvelado, a las altas horas en que ya el tambor calla y en que sólo los centinelas ocupan su puesto y se llaman y responden— escuché distintamente a la parte exterior, opuesta a la puerta, en el foso, voces de hombres, y luego, azadonazos. Una voz dijo: ‘Más hondo y más ancho, que si no no va a caber el cuerpo’. Los azadones prosiguieron su tarea. Mi sangre dio un vuelco… Era evidente que cavaban una fosa. Apliqué el oído a la pared, escuché con ansia, con angustia. Los pasos del pelotón, acompasados, se dejaron sentir; sobre el suelo cayeron las culatas de los fusiles. ¡Se trataba de una ejecución!

Estaban allí, enteramente contra el grueso muro que me aislaba de los vivientes sin impedir que llegasen hasta mí los ruidos de la vida. ¿De la vida? En esta ocasión, lo que escuché fue la lectura de una sentencia capital… La voz ronca y dura que la leía, con cierta timidez avergonzada, resonaba fúnebre y solemne… El nombre del sentenciado me hizo creer a mí si estaría siendo juguete de pesadilla infernal: ‘Luis Antonio Enrique de Borbón Conde’… Era nuestra sangre la que iba a salpicar aquellos muros construidos por nuestros abuelos… Otra voz sonó entera y dulce. Era el reo el que hablaba por última vez. Suplicaba a un oficial entregándole algo. ‘Para la princesa de Rohan’… Después he sabido que era pelo, una sortija, una carta… El oficial dijo: ‘No será fácil acertar para apuntar… Colgadle del cuello esa linterna’. Siguió un minuto eterno, cruel… y después… la formación del pelotón, las espaciadas voces de mando, el pavoroso eco de las descargas cuyas balas vinieron a rebotar contra el muro, casi contra mi oído; el ruido sordo y mate de la caída de un cuerpo; luego pasos, órdenes, exclamaciones, juramentos, comentarios ahogados; después, los azadones resonaron de nuevo en la abierta fosa; oí cómo depositaban el cadáver, cómo le echaban encima paletadas y paletadas de tierra. Apisonaron; el pelotón se alejó. Haciéndome eterna compañía, sepultado lo mismo que yo… estaba allí, pared por medio, mi primo el duque de Enghien…

Aquella escena que sin verla reconstruí temblando en todos sus pormenores me dejó como hundido en un abismo de terror y de locura. A cada instante me despertaba bañado en sudor frío, dando diente con diente, oyendo el estampido de los fusiles, el caer de la tierra sobre la fosa. A esta miseria moral se unió la miseria física más absoluta. No me daban ropa; pronto la mía se convirtió en asquerosos andrajos. Tiritando, me pasaba las horas envuelto en la agujereada manta de mi cama. A la rabia, al furor, a la desesperación que me impulsaban al suicidio, había reemplazado una especie de embrutecimiento; me convertía en piedra. Mi cabello, que no podía cortar, crecía enredado en largos bucles; y habiendo entrado imberbe en la prisión, tocaba atónito una barba poblada que me cubría ahora el rostro. Mis uñas habían crecido tanto que se rompían a pedazos; para evitar el dolor, las roía con los dientes. Así iba desarrollándose, entre aquellas paredes, mi interminable agonía.

Cuando pienso en esta época de mi vida —¿vida puede llamarse?— sólo un asombro me queda: el de que se resista un estado semejante sin caer hecho trizas. Los febriles sueños calenturientos, cruzados por visiones horrendas, próximas al delirio; la vigilia con estupor invencible o accesos frenéticos que en vano quería reprimir; la gradual petrificación del cerebro que se opone a funcionar, porque la razón es un clavo que se hinca en el alma; el ansia de la disolución de mi ser, ansia infinita como mis tormentos, cosas son que se resisten a la pluma. Ignoraba el tiempo transcurrido; ¿cómo contarlo? Había entrado en el primer albor de la juventud, sentía que estaba gastando allí la flor de la edad, los días que para todo ser humano deben tener algo de sonrientes y venturosos. Acordábame de María, y llamándola con sollozos la pedía que me llevase a su lado, sacándome de aquel horrible agujero negro —tal es, en la historia del dolor humano, el nombre espantoso de mi mazmorra—. Y entre estos sentimientos sobresalía uno extrañísimo, que no acertaba a desterrar: la envidia, una envidia tenaz e invencible que me inspiraba el fusilado. Él dormía tranquilo, a mis pies, bajo la tierra del glacis. ¡Dichosa suerte!

A fuerza de pensar en él, en aquel pariente a quien no conocía, o mejor dicho no recordaba, pues acaso le hubiese visto en mi niñez; a fuerza de sentir y volver a sentir la impresión de su tragedia, los pormenores de sus últimos instantes, el eco de su voz sonora y tranquila momentos antes de caer traspasado por las balas; a fuerza de meditar en su último novelesco encargo: ‘Para la princesa de Rohan’ —aquel encargo que hablaba de amor y de felicidades infinitas que a mí me vedaba el aciago destino—, caí en el desvarío más extraño, pero que teniendo en cuenta todo lo que me había sucedido se explica. Di en creer que el fusilado era yo; que me había despertado en el otro mundo, y que estaba purgando mis culpas y las de los míos en un purgatorio especial, construido sólo para mí. En mi cabeza y en mi pecho creía percibir los agujeros de las balas; en mi cuerpo, la frialdad de la muerte: ‘Compasión, Señor’, repetía, pidiendo salir del lugar en que se cumplía mi condena. ‘Ya me han fusilado. Ya he muerto. ¿No es bastante? ¿Para qué más?’

Así, cuando el tuerto entraba con el pan y el cántaro, empecé a decirle que su labor era inútil; que a los fusilados, a los difuntos no se les trae comida; y al aferrarme a esta idea comprendí que no debía comer, y rehusé todo alimento: acurrucado en la paja, dejábame morir poco a poco. Tres días llevaba así cuando sentí descorrerse a hora desacostumbrada, un rato después de haberme traído el pan, los cerrojos, y el tuerto entró a prisa, balanceando la linterna, locuaz por primera vez acaso. ‘Arriba —me dijo rompiendo su silencio habitual y despreciativo—, y fuera de aquí’. En vez de saltar, de lanzarme en su seguimiento por la escalera, me quedé inmóvil: no concebía que a mí se dirigiese el mandato. ¿No era yo un cadáver? Tuvo que sacudirme el carcelero, levantarme a viva fuerza, y ayudarme por bajo el sobaco para subir la escalera. Entonces conocí que vivía, pero supuse que iban a fusilarme al fin, y sentí una paz profunda, un bienestar inmenso, algo que se derramaba como una onda de consuelo por todo mi ser. Arrastrándome crucé pasillos, subí un sinnúmero de escaleras, y a cada instante me hubiese caído si no me sostiene rudamente aquel hombre. La claridad me cegaba, el aire me sofocaba y aturdía como un licor fuerte, y cuando el carcelero abrió una puerta y me dijo: ‘aquí’, caí redondo, presa de un síncope».

Capítulo 9. La evasión

«Volví en mi acuerdo rociado con agua y vinagre, y me encontré en una cama no muy mullida, pero cama verdadera; un grupo de dos o tres personas la rodeaba.

El carcelero tuerto me presentaba una taza de caldo caliente, que me hizo beber; sus modales ya eran distintos: me trataba con consideración. Cerré los ojos y sentí que alguien alzaba la manta que me cubría y registraba mi cuerpo desnudo bajo los andrajos inmundos, contaminados, mi única vestidura. Después supe que buscaban la curiosa señal que llevo en el muslo… bien sabes, Teresa, aquella que en mi niñez se llamaba el signo del Espíritu Santo. Una voz, cuyo acento no olvidaré nunca, exclamó:

—¡Es él, es él! ¡Él mismo! ¡Bendito sea Dios!

Unos brazos me rodearon, unos labios cubrieron de besos mis manos esqueletadas, sentí la efusión de un cariño loco… ¡Oh Dios mío! ¡Lo permitíais al cabo! ¡Había terminado mi suplicio, mi soledad; había resucitado de entre los muertos!

Otra voz —la del gobernante de la fortaleza, según averigüé luego— dijo afablemente:

—Le dejo a usted con el prisionero. Descuide usted, desde hoy será atendido; nada le faltará. Que lo sepa la señora…

Creí escuchar pasos que se alejaban; mis párpados se abrieron lentamente; la luz los calcinaba aún, pero ya su benéfica acción se dejaba sentir en mí; en mis venas se deshelaba la sangre. Un hombre se encontraba de pie ante mi cama. Al notar que yo recobraba el conocimiento se arrodilló, y con acento trémulo murmuró a mi oído:

—¡Por fin! ¡Alabado sea el misericordioso Corazón de Jesús! ¡Monseñor… ánimo… ánimo… !

Como si un deslumbramiento repentino volviese a cegar mis débiles pupilas advertí que tenía a mis pies, casi en mis brazos, a mi leal, a mi amado Eugenio Montmorín. Entonces, dilatado por vez primera mi corazón después de tanto tiempo, prorrumpí en sollozos, me deshice en llanto, estreché a mi amigo, dije mil locuras.

Cuando pudimos explicarnos, pronunció Montmorín:

—Ante todo, monseñor…

—No me llames así —contesté afectuosamente—; ni es prudente, ni es racional. Yo soy un pobrecillo abandonado de todos, menos de ti; yo soy el último, el más infeliz de los hombres. Quiero arrancarme esta fatal personalidad de ilustre y de grande que me hace mártir; anhelo ser pueblo, ser cualquiera. Llámame Carlos no más, y háblame de tú. ¡Si es preciso, te lo mando!

—Pues bien, Carlos… —articuló trabajosamente Eugenio— hace cuatro años que te busco.

—¡Cuatro años! —exclamé espantado—. ¡Cuatro años he pasado en el agujero negro!

Y como si el conocimiento del tiempo transcurrido fuese nueva y más cruel desventura, se renovaron mis lágrimas: lloré los años de juventud; lloré la cólera del destino cebada en mí; lloré mi suerte, y pedí cuentas una vez más al Poder incomprensible que desde lo alto se complacía en anonadarme.

Así que mi convulsiva agitación se apaciguó algo, prosiguió Montmorín:

—No existía rastro de ti. Por ninguna parte se podía encontrar tu huella. Te creí muerto; había muerto María también… y comprendí que ni tenía objeto ni finalidad mi vida. Quise reunirme con vosotros y me alisté en el ejército del Corso. Le prefería a tu tío, el fratricida. Me he batido, anhelando sucumbir, y sin lograrlo. Poco después de la conspiración de Cadoudal —ya te la referiré— y de la trágica muerte del duque de Enghien, fusilado en este foso, resolví dejar el servicio; aunque no había conspirado, aborrecía al verdugo del joven príncipe, a su gloria manchada de sangre; pero cuando iba a realizar mi propósito, la criolla, tu constante protectora, me llamó a su palacio y me dijo que sospechaba que aún vivías, sepultado en una mazmorra de Vincennes, y que apelaba a mí para que te descubriese. La mano de la criolla ha apartado todos los obstáculos y me ha conducido hasta ti.

Antes de darme estas explicaciones, Eugenio se había cerciorado de que nadie nos escuchaba.

—Bendiga Dios a la criolla —murmuré.

—No, Carlos —pronunció Montmorín—, no malgastes el agradecimiento. La criolla hoy mira a su interés. Siente pesar sobre sí la amenaza del destino. No sería imposible que su señor, que es al mismo tiempo el amo del mundo, la relegase a un rincón, repudiada y desdeñada, en pena de no haberle dado su cesión directa para este fastuoso y babilónico imperio, que un día se desmoronará de golpe —todos lo presienten—. La criolla ve en ti un arma terrible que, en el momento oportuno, puede servirla para defensa y ofensa. Es una trama perfectamente concertada. El Corso se ha olvidado de tu existencia; jamás conoció entera tu historia; no tiene tiempo, en medio de sus vertiginosas conquistas, de pensar en ti. Tu nombre, si es que lo supieron al encarcelarte, ha sido borrado: aquí no fuiste sino el número 86. La criolla pudo sin temor valerse de la policía para encontrarte y justificar su interés por ti, diciendo que eres sobrino de un antiguo amigo suyo de la Martinica. No ha obtenido tu libertad, porque desea tenerte a mano para servirse de ti, pero yo prepararé tu evasión así que recobres fuerzas; en tu estado actual, nada puede intentarse.

Aquel mismo día, entre Montmorín y Armanda, la hija del carcelero tuerto, piadosa criatura a quien tanto debí, procedieron a restaurarme, a borrar las huellas de mi suplicio. Aseado y vestido de limpio, con comida abundante y sana, que me otorgaban por disposición de la criolla, deseosa de que nada me saltase, empecé a recobrarme rápidamente; a mi edad es increíble la fuerza y vigor que guarda el organismo para resistir los destrozos de las influencias más nocivas. Me cortó Montmorín el cabello y la barba, y al mirarme por primera vez a un espejo vi que de la atroz operación realizada para desfigurarme no quedaban más huellas que unas señales o picaduras semejantes a las de la viruela, y que según desaparecía mi extremado enflaquecimiento y recobraba carnes apenas se notaban. Supe después que la misma barbarie de mis enemigos en esto había frustrado sus propósitos: al privarme de la luz, me habían evitado el agente que podría convertir mis pústulas en indelebles cicatrices.

Yo renacía: Armanda, encargada de servirme, me cuidaba tiernamente; se complacía en verme volver a la vida, como planta pisoteada que se rocía y riega. Y no tardé mucho en sentirme lozanear, con todas las energías naturales en mis años. La sangre pura de la casa de Austria y Lorena, que corre por mis venas, me ha permitido luchar siempre contra circunstancias mortíferas para cualquiera, y Montmorín —que por cautela no había venido a verme sino dos veces—, al hallarme sólido, animoso, con la cabeza firme y las piernas robustas, me inspiró lo que debía hacer para evadirme de la fortaleza sin riesgo de la vida. Mi nueva prisión era un aposento del segundo piso de una de las cuatro torres que guarnecen y defienden el histórico castillo. Las ventanas, que caían al baluarte, muy cerca del puente, no se encontraban a gran altura; una vez limada la reja, no era obra de romanos descolgarse y llegar sano y salvo al puentecillo de tablas arrojado sobre el foso y del cual se servían los soldados (por una corruptela que el gobernador toleraba), a fin de salir fuera sin necesidad de bajar el rastrillo ni el puente. No existiendo este frágil camino de madera, sería incomprensible mi evasión; pero con él presentábase fácil y segura, teniendo cuidado de elegir la hora de la noche en que nadie aprovechaba la pasarela. Así que me descolgase a él y lo cruzase, me encontraría en el baluarte y en la linde de la inmensa selva, donde Montmorín me esperaría con dos caballos ensillados.

En mi poder se encontraba ya la lima inglesa para atacar los hierros de la reja, garfios, cuerdas, un puñal. Lo ocultaba todo en mi cama de noche y sobre mi cuerpo de día. Contaba ansiosamente los que habían de transcurrir hasta el señalado para la fuga, y poco a poco, a la vez que ensayaba mis fuerzas ejercitándome dentro de la prisión en hacer movimientos gimnásticos, limaba cada noche un hierro de la ventana. Mi temor —un temor que adquiría las proporciones de vértigo— era que Armanda, mi actual guardiana, tan dulce y solícita como era duro y brutalmente indiferente su padre, se diese cuenta de la clase de labor que yo estaba realizando, viese las cuerdas, viese algo que infundiese alarma y me delatase. A fin de ganar su voluntad, traté de insinuarme con dulzura; la hablé galantemente, la manifesté lo que más lisonjea a la mujer —la impresión causada por su presencia, por su belleza—. Al hacerlo, noté que realmente Armanda era graciosa y ejercía seducción. Sus cabellos, rojos como los de su padre, parecían seda con reflejos de cobre; su tez, blanca y fina, era raso brillante; sus labios las mitades de una guinda, que ocultaban los trozos de hielo de la dentadura. La savia de la juventud fermentaba en mí; el fingimiento era casi verdad, y cuando advertí que Armanda correspondía, turbada y conmovida, a mis halagos, me contagié y llegué a sentir tener que dejar allí por siempre a un corazón que para mí se había ablandado, un espíritu que al mío respondía. Sé, Teresa, que tu austera virtud, rígida y puritana, no comprende los desfallecimientos del corazón. Pero tus sufrimientos no pueden equipararse a los míos; yo he tenido que sentir más que tú, infinitamente; el precio del cariño, el valor de la gota de agua que refresca los labios y apaga la calentura. Mi sensibilidad es enfermiza: necesito querer y ser querido. Me hace falta un seno donde reposar la frente. ¡Aquella pobre hija del carcelero me amó por la piedad femenina, sentimiento sublime, créelo, Teresa: me amó desde que me vio escuálido, moribundo, con el pelo hasta los hombros, arrancado del agujero negro donde me pudría! Y al observar en mis caricias tristeza, díjome en tono divinamente compasivo: ‘Sé que tratas de evadirte. Yo te ayudaré; confía en mí. Antes me matarían que revelar tu secreto’.

Desde aquel instante tuve un auxiliar y un cómplice y di por segura la fuga. La misma Armanda acabó de limar algunos barrotes; me trajo más cuerda, ganchos fuertes; me provistó de cuanto necesitase. El último día, el concertado con Montmorín, no acertaba a separarse de mí la carcelerita. Una y otra vez me abrazaba, y cuando la pregunté: ‘¿Serás perseguida a causa de mi evasión?’, contestó echando atrás la cabeza con desprecio y arrojo: ‘Así me maten. Cuando el cañón anuncie que escapaste, metería un cuerpo a través de la puerta para retrasar un instante a tus perseguidores’.

No pude convencerla de que se fuese antes de la hora de descolgarme por la ventana. Quería presenciar y ayudarme, si cabía. Oyose a media noche la señal de Montmorín, el grito del mochuelo, y ella fijó el gancho, ella se encargó de darme cuerda. Mojado el rostro por sus lágrimas empecé a descender por el muro, que me rozaba con sus asperezas las manos, y llegué felizmente al pie de la poterna, descansando en el camino de tablones. Desde allí hice una señal de despedida a Armanda y creí escuchar que murmuraba un adiós muy hondo y bajo. Fuera ya del baluarte, eché a correr como un loco. ¡La libertad! ¡Palabra que es trasunto del cielo! Y al encontrarme en la linde del bosque, al oír la voz de Montmorín, al saltar sobre el caballo que me aguardaba, loco de veras creí volverme. Salieron a galope nuestras monturas; el viento azotó mi rostro; en mi corazón se desbordó el reconocimiento».

Capítulo 10. El pasaporte

Aquí llegaba de su lectura Renato, cuando tosió reiteradamente: sentía un cosquilleo ligero en la garganta y en las fosas nasales y picor en los ojos. Miró por instinto hacia la chimenea: ardía perfectamente; a las ventanas: estaban cerradas; no se advertía nada anormal. Creyó que aquella impresión singular era la emoción producida por la lectura, que ya dos o tres veces le había hecho detenerse sofocado y presa de un vértigo de horror y compasión. A pesar de la profunda simpatía que el autor del manuscrito le inspiraba, sus dudas no se habían disipado del todo; el manuscrito le parecía a veces patética novela, obra de un hombre que soñando y sugestionándose a sí propio había llegado a creerse de buena fe héroe real y efectivo de cuanto refería. ¡Era aquel caso tan extraordinario!

Al ocurrírsele estas incertidumbres, volviose hacia la maleta donde había encerrado el cofrecillo de los papeles.

—Ahí —pensó— está la solución del enigma. Los documentos son lo único que puede demostrar si este hombre es un orate, un visionario, un falsario o un mártir como no han existido dos en el mundo. No tengo aún derecho para registrar el cofrecillo: depósito sagrado, mi misión se reduce a custodiarlo. Pero cuando el caso llegue, en mi mano está la prueba…

Y tranquilizado por esta reflexión continuó leyendo, no sin haber entreabierto la ventana para que el aire disipase la sofocación. La página donde reanudó la lectura decía así:

«Cuando he podido calcular el tiempo que he estado preso en mi vida, he visto que fueron diez y siete años de cautiverio más o menos riguroso, pues aun después de mi primer evasión en el féretro encontrábame recluso sin poder mostrarme entre las gentes. Así es que, tan pronto como refrenamos el galope de nuestros caballos para buscar el sendero que debía conducirnos a una choza de leñador desierta, preparada a fin de que en ella pasáramos la noche, dije a Montmorín:

—Amigo mío, hermano… voy a pedirte el favor supremo. Llévame a un país donde sea yo como los demás hombres que no han cometido delito alguno y viven libres. Llévame adonde pueda salir, entrar, ver el sol, saborear la existencia. Es lo único a que aspiro. Llévame adonde pierda mi nombre fatal y me convierta en otro; otro completamente diverso, en quien nadie pueda reconocer al último retoño del árbol secular y magnífico. ¿Lo harás, Montmorín? Olvida las quimeras de la esperanza política; no sueñes luchas ni reivindicaciones imposibles. No te pido sino un poco de vida; unas horas que sean mías y en que la pesadilla del calabozo no oprima mi pecho. Prométeme que saldremos de Francia.

—Lo prometo —respondió el leal Eugenio estrechándome entre sus brazos.

Dormimos en la cabaña a pierna suelta, y al otro día, emprendimos el camino de la frontera sin ser perseguidos y viajamos a pie humildemente. Montmorín se había provisto de pasaportes, y sin dificultad la atravesamos encontrándonos en Prusia. Mis pulmones se dilataban. ¡Por fin! ¡Ilusiones nuevas! Ya verás en qué pararon.

En la primer aldeíta prusiana donde hicimos noche nos detuvimos en un mesón, rendidos, pues habíamos forzado las jornadas. Principiábamos a conciliar el sueño cuando nos despertó el golpe de las culatas y las voces y juramentos de la tropa. Un oficial penetró en nuestro camaranchón y nos dijo que tenía orden de arrestarnos como a espías. Indignados, pero no pudiendo resistir, le seguimos, e incorporados al cuerpo de ejército que en la frontera combatía a las órdenes del duque de Brunswick, corrimos la suerte de aquella pequeña masa de hombres, mandada por el mayor Schill. Poco tardó en verse envuelta por tropas francesas tres veces superiores en número. Considera, Teresa, la ironía de mi suerte. El primer combate que me fue dado presenciar, la vez primera que se desarrolló ante mí el cuadro de la guerra, con todo lo que en él puede excitar el entusiasmo de un alma joven y estremecer sus más íntimas y generosas fibras… yo formaba en las filas de los enemigos de mi patria, y las tropas de mi patria eran las tropas de nuestro enemigo, del que fundó su poder y nuestra ruina sobre el sangriento montón de cabezas de la revolución. ¿Qué hacer? Me avine a mi extraña suerte, o mejor dicho lo rápido de los acontecimientos no me dio tiempo a reflexionar; fui compelido, atacado de golpe y con ímpetu por fuerzas tan superiores en número, que se alzó el instinto natural de la defensa y peleamos. Nos habían cortado la retirada y nos gritaban: ‘No hay cuartel’. Llevaba Montmorín un buen caballo, mientras que a mí me habían dado uno viejo y matalón, que apenas podía conmigo. ‘Cambiemos’, gritó Eugenio, pero no hubo tiempo de realizar el trueque: el enemigo nos cerraba ya con cerco de hierro y fue preciso revolverse, no para salvar la vida, sino para morir matando. Entonces vi a Montmorín, olvidándose por completo de sí mismo, acudir a parar los golpes que a mí se dirigían, colocarse a manera de escudo delante de mí. Con agilidad sorprendente, revolviendo el caballo, metíase entre la tropa y ofrecía su pecho por blanco a las balas, su torso al corte de los sables, para impedir o mejor dicho retrasar mi fin. Las balas me perdonaban todavía; pero una dio en el vientre de mi jaco, atravesándole los intestinos, y el pobre animal, arrojando un caño de sangre, hincó en tierra el cuarto trasero, mientras sus patas delanteras herían el aire agitándose en el vacío. Arrastrome en su caída: mi pie izquierdo quedó sujeto por el estribo, y en vano quise desenredarme; mi montura, en las convulsiones de su agonía, me clavaba contra el suelo. Aprovecháronse los enemigos de esta circunstancia y se precipitaron sobre mí; entonces Montmorín, apeándose para mejor socorrerme, se abrió paso a sablazos y con el arma probó a cortar la correa del estribo que sujetaba mi pie. Al bajarse para realizarlo, un soldado, por detrás, a traición, aprovechándose de que había perdido su chacó y tenía descubierta la noble frente, le descargó un sablazo terrible. Partida la cabeza hasta la masa encefálica, mi amigo, mi hermano, cayó como el buey bajo la maza del carnicero; al tambalearse creí que sus ojos aún me miraban, que sus labios murmuraban el nombre de María. No tuve tiempo de inclinarme sobre él: sentí como si me echasen encima la cúpula de una catedral inmensa; chispas de colores danzaron ante mis ojos; me pareció que la tierra giraba a mi alrededor, y me desplomé sin sentido. Acababa de recibir, en la cabeza también, hacia la nuca, un culatazo descargado a dos manos, con todo el vigor de un granadero francés rabioso y anhelando cubrirse de gloria.

Recobré el sentido en el hospital de sangre. A mi alrededor gemían otros heridos, con heridas atroces, muchos en el estertor de la agonía; a mí no me hacían caso: mi avería carecía de importancia; me lavaron la magulladura con vinagre, me cortaron el pelo y me dejaron en mi camastro a la buena de Dios. Honda debía de ser, sin embargo, la conmoción que había sufrido mi cerebro, porque recuerdo que las gentes que me rodeaban parecíanme colosos, mis dedos se me antojaban largos como troncos de pinos y mis piernas pesadas y enormes cual toneles. Las dimensiones del hospital se me figuraban infinitas, sin límites; acercarme a una de sus paredes, empresa superior a las humanas fuerzas.

Te confieso, Teresa, que al llegar aquí se me renueva una impresión ya muchas veces sentida: la de que mis infortunios son tan continuos, se eslabonan de tal manera, que se hacen monótonos e insufribles; que te costará trabajo leerlos y se fatigará tu espíritu como se fatiga el mío, con inmensa fatiga, al recordarlos. Mi destino carece de ese claro oscuro que hace interesante el relato de una vida humana; experimento la necesidad (como la experimentarás tú) de abreviar y condensar mi historia, encerrando en dos palabras parte de ella y evitando la morosa delectación de enseñar mis llagas. En mi via crucis no ha faltado ni una sola estación dolorosa.

Resumiendo, pues, te diré que en un carro lleno de paja fui trasladado a la fortaleza de Wessel, donde nos hacinaron a los prisioneros de guerra de las tropas del duque de Brunswick y del cuerpo de ejército de Schill, para someternos a una suerte indigna y contraria al derecho de gentes: para enviarnos al presidio de Tolón. En vano alegué que yo era francés, que se me llevaba preso, que no formaba parte del ejército prusiano; no se oyeron mis reclamaciones, ni casi había a quien dirigirlas, ni aun cuando hubiese existido allí una persona que me escuchase érame posible ponerla en antecedentes que acaso hubiesen empeorado mi suerte, al saberse que era yo un reo de Estado escapado de Vincennes. Sin embargo, prefería hasta ser reintegrado en el agujero negro antes que soportar la ignominia del presidio. Como no tenía la facultad de elegir, me resigné a cuanto la voluntad divina, no colmada aún la copa de su ira, quisiese disponer. Las circunstancias de mi vida, obligándome a largo silencio en que no empleé mi lengua patria y familiarizándome con la alemana, quitaban verosimilitud a mi afirmación de ser francés. No hubo pues, recurso, y mis manos, las mías, ¿lo entiendes, Teresa?, se ofrecieron al grillete del forzado»…

Renato, interrumpiendo la lectura, dejó caer la cabeza sobre el pecho. Después de unos instantes de penosa meditación, prosiguió leyendo:

«De prisión en prisión volví a cruzar la tierra francesa. No tenía un céntimo; mis pies sangraban. Más que las miserias físicas me hacía sufrir el recuerdo del leal amigo sacrificado, el único que yo tenía en el mundo. ¡Ah! ¡Por qué no me abandonó a mi destino! Insensible ya a la existencia, a las privaciones, a la vergüenza misma, rodaba como la piedra, coma la hoja que arrebata el viento. Al cruzar pueblos y ciudades, la muchedumbre nos injuriaba; atroces maldiciones resonaban a nuestro alrededor. La naturaleza se rindió; se vio claramente que yo no podía continuar la ruta. La escolta no tuyo otro remedio sino abandonarme desmayado en una aldeíta del camino. Una buena mujer me socorrió con leche. De allí me llevaron al hospital de la ciudad próxima. Un compañero de infortunios, húsar de la escolta de Schill, a quien llamaban Fritz, me invitó a que desertásemos juntos. Así que recobré fuerzas aprovechamos una noche tormentosa y fuimos rompiendo vidrios, saltando al foso y dislocándome yo un pie. El buen Fritz me llevó a hombros hasta que nos vimos en salvo, ocultándonos en un campo de trigo, ensopados en agua hasta el cuello. Diez horas pasamos así, echados en el fango. Nuestro aspecto no era de hombres: parecíamos dos alimañas inmundas. Y atiende a esta revelación, Teresa, tú que restituida por la suerte a las más altas esferas de la sociedad y de la vida no concibes que los miserables tienen a veces necesidades horribles, imperiosas como la fatalidad: aquel día, careciendo de todo recurso, atenaceado por el hambre, tu hermano hizo eso que llamáis robar: entró en un cercado ajeno y se apoderó de los frutos de los árboles, devorándolos. ¡Ah! ¡Si alguna vez por caso imposible llegase yo a sentarme donde la usurpación se sienta, cuán distinto había de ser mi concepto de los hombres y las cosas! ¡Cuán diversa mi concepción moral del mundo!

No teníamos pasaporte. Caminábamos de noche, ocultándonos. ¡Pedíamos —presta oído, Teresa, en las regias estancias donde arrastras tu ropaje de seda, y desde cuyas ventanas miras como desde un Olimpo a la Humanidad—, pedíamos limosna; la mendicidad y el robo son dos medios de vivir que guardan tales afinidades! Pedíamos limosna, implorando, gimiendo; así he vivido más de un mes, recibiendo en una cabaña pan negro y tocino, a la puerta de un castillo una escudilla de sopa, aquí una moneda, allí la mordedura de un perro que nos azuzaban para ahuyentarnos. Huyendo del nuevo peligro de ser cogidos y arcabuceados por desertores, buscábamos otra vez la frontera de Alemania. La alcanzamos por fin, y mi compañero, dejándome en prenda su saco, se echó solo a buscar, como él decía, la vivienda: gallinas, frutas, quesos… Era aquel merodeador una especie de filósofo comunista, y de su boca escuché teorías muy originales y curiosas aplicadas, no a nuestra suerte actual, sino a la de todos los hombres. ‘Hacemos muy en pequeñito —me repetía—, y por necesidad estricta, lo que los reyes, conquistadores y poderosos de la tierra hacen muy en grande y sin necesidad ninguna. Somos, no solamente unos infelices dignos de piedad, sino unos santos, merecedores de recompensa’.

A veces dormíamos en el hueco de los árboles, a veces en el cobertizo de los leñadores. Así atravesamos la tierra de Westfalia. Un día, habiéndose Fritz separado de mí, según costumbre, para mejor ocultarse, fue preso por los célebres caballeros de la cuerda: nueva especie de guardia o gendarmería que llamaban en alemán strickreiter. Un viejo aldeano, al darme la noticia, ofreciome asilo en memoria de su hijo que se encontraba en el ejército sufriendo tal vez penalidades no menores que las nuestras. A tanto llegó su caridad, la caridad ilimitada del pobre, que después de tenerme en su casa varios días para que me repusiera un poco, al despedirme con buenos consejos me entregó unas monedas de plata, amén de pan y salchichas. Volví a lanzarme al mundo sin compañero; llegué a Sajonia, donde ya no eran temibles los strickreiter, y empecé a pensar qué haría de mí. No teniendo donde reposar la cabeza, ni recurso alguno; careciendo de estado civil, perseguido en mi patria, expulsado de ella, rechazado de la vida, resolví lo único que podía resolver: sentar plaza en el ejército prusiano. Era el de una nación en guerra con Francia… ¿pero acaso tenía patria yo? Con este propósito dirigime a Berlín.

Conservaba la mochila de Fritz, depósito del pobre vagabundo. Creí que sólo contenía trapos; pero habiéndola registrado descubrí en ella, bajo los andrajos, cosidos en el forro, mil seis cientos francos en oro, una fortuna. Al mismo tiempo que hice este descubrimiento encontré otro amigo improvisado. Le conocí en la diligencia que se dirigía a Wittenberg; intimamos pronto; se me figuraba haberle visto ya. Al llegar a Treinpretzen, donde debíamos pasan la frontera propiamente dicha del reino de Prusia, comprendió mis apuros y me facilitó su propio pasaporte. ‘Yo no lo necesito —declaró—. A mí no me exigen esa formalidad’. Tenía empaque de hombre acomodado, y a más inteligente; me acompañó en silla de posta hasta Potsdam, y de allí continuamos a Berlín. No sé por qué me parecía que estaba disfrazado, y que era más joven de lo que a primera vista representaba. Desde Wittenberg era imposible reconocer en mí al desertor y al mendigo: vestido decorosamente, limpio, hasta elegante, mis pocos años brillaban en toda su frescura. Y cuando en compañía de mi protector pasé la barrera y entré en la capital de Prusia, cuando vi su magnífica avenida de tilos, sus palacios, sus plazas, sus estatuas, el movimiento de transeúntes y coches en sus principales calles, sentí un minuto de éxtasis, de enajenación profunda; mi cabeza dio vueltas, mi organismo se estremeció… ¡Estaba libre; creía no tener enemigos allí: iba a vivir, a gustar por vez primera el néctar de la existencia, para mí desconocido!

El nombre escrito en el pasaporte que conservaba como oro en paño, este nombre que he llevado y llevo como se lleva una túnica de plomo cerrada hasta el cuello… era el de Guillermo Dorff».

Capítulo 11. Dorff

Y continuaba el relato:

«Uno de los hondos arcanos de mi destino es el que se relaciona con la personalidad de aquel Dorff, en cuya piel entré sin casi advertirlo, y que a pesar de verme tan derrotado, tan miserable de aspecto, tan sospechoso; hallándome indocumentado y no pudiendo —al menos así lo creí— suponer quién era yo ni remotamente, me facilitó sitio y lado en su coche, me hizo advertencias, me dio consejos y llegó al extremo de entregarme su propio pasaporte… como si él no lo necesitase, allí donde tanto vigilaba la policía. ¿Qué nuevo misterio encierra este episodio de mi azarosa existencia? Mi homónimo parecía hombre de experiencia y muy ducho; representaba unos cuarenta y pico de años, y sólo dijo de sí llamarse Guillermo Dorff y ser natural de Weimar. ¿Ocultábase bajo apariencias corteses y humanitarias un polizonte? ¿Me seguía la pista, pronto a influir en mí para imponerme un estado civil que me sujetase como una cadena? Si ningún interés le movía, ¿se explica que se despojase de su pasaporte en favor de un desconocido? ¿A qué atribuir la lenidad de la policía permitiendo que el pasaporte de un hombre calvo y de cuarenta años sirviese para mí que tenía veinticinco y el cabello abundante, ensortijado y rubio? ¿Cómo es que, cuando más adelante traté de descubrir en Weimar a mi bienhechor, no sólo no encontré rastro de él, sino que me dijeron que de ningún sujeto de ese apellido constaba que existiese en la ciudad ni en el registro de las parroquias?

Todo esto lo vi después, fui reflexionando acerca de ello poco a poco; pues entonces, en pos de tantos y tan horribles males, lo único que me dominaba era la embriaguez de verme suelto, dueño de mis acciones por primera vez en la vida. ¡Ah!, ¡si hubiese estado en mi mano correr el velo del porvenir, si presintiese mi suerte futura, qué impulsos de morir me acometerían! Pero el velo tupido y dorado de la ilusión, el velo de Maya, envolvía mis ojos, y unos cuantos días —Teresa, asómbrate— viví y fui feliz.

Unos cuantos días, repito, porque mis recursos se agotaban y urgía buscar una solución. La policía vino al Hotel del Águila Negra, donde me alojaba, a enterarse de mis propósitos y si contaba detenerme más tiempo en Berlín. Alegué mi pasaporte entregado a la autoridad cuando entré en la capital: así reconocí aquel documento y acepté la personalidad ajena que había venido a ingerirse en la mía. No me era dado hacer otra cosa; el destino me arrastraba. La policía se conformó, y me entregaron una cédula autorizando mi residencia en Prusia. Quise entonces poner por obra mi resolución de sentar plaza. Pero cuando me dirigí al comandante del regimiento que había elegido, encontré la repulsa más fría: ‘Su Majestad el rey de Prusia —me contestaron— no admite en las filas extranjeros’.

Humillado y desalentado, en el trance de no tener para subsistir, recordé mis únicos estudios y me establecí de relojero. Ahí tienes las señas de mi relojería, Teresa: Schützenstrasse, 52. No me faltaron parroquianos; pude aletear. Pero el corregidor de Berlín, a pretexto de no haberme autorizado, me llamó a su presencia; me dirigió mil preguntas, en un interrogatorio de criminal; averiguó si pensaba establecerme en Berlín y por cuánto tiempo, y me exigió mi partida de bautismo y un certificado de buena conducta de la última residencia. Era gravísimo apuro: ninguno de esos documentos poseía. La vida en las ciudades tiene sus luchas y sus conflictos, diferentes de los que había conocido en la errante y vagabunda. Se parecen en que, para quien se halla en mi situación, las reglas morales y las preocupaciones de corrección y dignidad que rigen la conducta de los seres que se encuentran dentro de la ley son letra muerta, forzosamente, sin que valgan a remediarlo los dictados del honor ni los esfuerzos de la voluntad. Cuando se ve un hombre en las circunstancias en que yo me vi, créelo, Teresa, se olvidan esas leyes convencionales que la inmensa mayoría acata. ¡El honor! El honor es un lujo para ricos y poderosos; el pobre, así como ha de contentarse con un vestido sucio, roto, grasiento, que ha estado sobre el cuerpo de otra persona, ha de avenirse a mil transacciones en ese capítulo del honor y acomodar su vida al molde de la necesidad, diosa de bronce que nos aplasta.

Así, pues —¡oh ilustre Princesa, vástago de la rama real tronchada por el huracán!—, conviene que sepas como yo, tu hermano, tuve que resignarme —¡qué digo resignarme!—, creerme afortunado porque cierta mujer, amiga de aquel Dorff que me había facilitado mi pasaporte, a la cual él me había presentado dándole nombre de hermana, y que no lo era, me salvó no sólo poniéndose al frente de mi casa y administrando con orden y desinterés mis escasísimos recursos, sino sugiriéndome la idea de que, para poder vivir al amparo de la ley en Berlín, debía dirigirme al señor Le Coq, que era francés y desempeñaba el puesto de Superintendente general de policía en el reino de Prusia. Así lo hice: escribí a Le Coq; le enteré de todo, de mi origen, de mis luchas, de mis vicisitudes, de cuanto había de terrible y dramático en mi historia. Vino él a verme, me sometió a intencionadas preguntas y me pidió pruebas de mi identidad. Yo poseía dos tesoros, dos grupos de documentos y testimonios que eran mi vida. El uno, acaso el más importante, oculto, nunca sabrás dónde; porque esos documentos son mi última esperanza, mi postrer áncora, y mientras los posea ¡seré yo mismo! El otro, cosido por Montmorín en el interior del cuello de una levita raída, mi único vestido durante el tiempo de mi vagancia. Presenté estos, que eran cartas de nuestra madre, el sello de nuestro padre, y el polizonte, asombrado —al menos creí advertirlo— me dijo que el asunto era de suyo tan grave, que él necesitaba recibir instrucciones superiores, consultar despacio con el mismo Rey. Al otro día volvió y pidió que le confiase mis documentos para enseñárselos al monarca. Se oprimió mi corazón de miedo; me arrepentí de haber hablado, pero hube de acceder: me desprendí de los papeles, en aquel instante mi única salvaguardia, y sólo conservé un trozo del sello de nuestro padre, cortado en zigzag, que guardé como reliquia. ¡Inadvertencia funesta! Desde que me descubrí, volvió una especie de fatalidad, un poder siniestro y oculto —la policía— a no apartar de mí sus ojos inquisidores. Jamás pude recobrar los documentos; jamás logré ni conjeturar qué opinión formaba de ellos el rey de Prusia, y, saliendo de la sombra, un dedo de hierro me señaló la ruta; una fuerza incontrastable me empujó robándome toda iniciativa, diciéndome: ‘de ahí no pasarás’; confinándome, moralmente, en otro agujero negro donde me pudriese sin dicha, sin paz, sin honra, sin gloria y hasta sin nombre.

Empezaron por expulsarme de Berlín. ‘Corre usted peligro aquí —díjome Le Coq—. En la capital, los magistrados no pueden cerrar los ojos si usted no produce documentos justificantes en relación con su pasaporte. Establézcase usted en algún pueblecito de las cercanías, pero precisamente, ¿lo oye usted?, bajo el nombre de Dorff’. ¿Entiendes, Teresa? ‘Bajo el nombre de Dorff’… Otro calabozo, otro ataúd, otro nombre ajeno, de un desconocido, ¡acaso de nadie! Y para envolverme en el sudario y clavarme en este nuevo féretro todo se me facilitó: se me dio un resguardo, se me entregó un rollo de oro, se me encargó muchísimo que me embozase y arrebujase bien en el prestado nombre, a fin de sustraerme al poder del Corso, cuyo enojo en modo alguno se atrevía a arrostrar el gobierno de Prusia. ‘Cuando pidan a usted sus papeles diga siempre lo mismo: que han quedado en manos del Superintendente de policía de Berlín, y que a él debe dirigirse la autoridad municipal’. Con esta consigna me trasladé a Spandau, el pueblo de la ceñuda fortaleza cuyos muros lame el Spree… Allí retirado esperaba encontrar la paz. ¿Qué menos cuando se renuncia a todo, cuando se abdica?

Al interrogarme el burgomaestre de la pequeña ciudad respondile con arreglo a lo que se me había ordenado.

Pobre despojo que apenas respira y sólo tiene el instinto animal de ocultarse, yo mismo soldaba la argolla de mi cadena. ¡Si viviese el leal Eugenio no me lo hubiese consentido! La respuesta obró como un talismán: sin otras indagaciones (a pesar de que allí se practicaban bien minuciosas) se me confirió el derecho de burguesía, se me inscribió con mi nombre postizo en los registros de la silla y bajo la garantía de un sencillo certificado de buena conducta expedido por el Superintendente de policía Le Coq; así, a espaldas de la ley, realmente indocumentado (pues el derecho de burguesía no puede ser conferido sino después de diez años de residencia y mediante presentación de la partida de bautismo), yo, a quien habían matado civilmente al enterrar un féretro vacío, resucité civilmente convertido en otro, de un modo tan irremisible que a veces se me figura, como ya te habré dicho, que lo demás era sueño y que sólo ha existido, con real existencia, el mecánico Guillermo Dorff. No se recuerda en Prusia otro caso de derecho de burguesía conferido de orden superior, ¡sin justificantes!

Eché, pues, el ancla en Spandau, creyendo aplacada la tormenta. Aquí —pensaba— vegetaré lejos de todo; aquí expiaré en silencio, en las filas del pueblo, trabajando. La voluntad que nos guía y dirige, sin que lo advirtamos, ha decretado que esta sea mi penitencia: confundido entre los pobres, ganando el pan con mi sudor. Obedezcamos.

Instalé mi modesta tienda de relojero y me dediqué al oficio. Días tranquilos se deslizaron para mí. No sólo había heredado el nombre del supuesto o efectivo Dorff, de Weimar, sino también el incondicional afecto de aquella mujer a quien él hizo pasar por su hermana y a quien yo, para prevenir curiosidades y habladurías, atribuí el mismo estrecho parentesco. Así vivía, melancólico, resignado, avergonzado, misántropo, sin más aspiraciones que la paz. ¡La paz! Europa ardía en guerra. Sin cesar; por aquella plaza fuerte que sólo dista 14 kilómetros de Berlín, pasaban regimientos franceses dirigiéndose a la frontera. Al oír el ruido de mis pasos, el choque de sus armas, un temblor interno me sacudía. Presentía que ya iba declinando el formidable poder del Corso, y entonces… ¡oh, Providencia!, ¿quién conoce tus designios? La traidora esperanza, el secreto anhelo de recobrar mi nombre y mi puesto en el mundo, agitaban otra vez mi espíritu, no obstante la visita que por entonces me hizo Le Coq, y en la cual volvió a encargarme reiteradamente, bajo amenazas, inviolable secreto. Bien pronto la realidad me llamó con voz dura. Fue la ciudad asediada por los rusos, sosteniéndola un refuerzo de tropas polacas que trajeron el contagio de la fiebre amarilla. Debilitado por las privaciones, el azote cayó sobre mí; a mi cabecera se instaló resuelta la pobre mujer que me servía de única familia en el mundo. Mientras yo me consumía de calentura, las bombas devastaban la villa abrasándola por los cuatro costados. Milagrosamente se detuvo el fuego en la casa que habitaba. Digo milagrosamente, porque ardieron todos los edificios, absolutamente todos, que la circundaban. Cuando después de haber pisado los umbrales de la muerte recobré el conocimiento y me consideré fuera de peligro; cuando los atemorizados habitantes de Spandau pudieron pensar en reedificar sus casas, de las cuales sólo quedaban calcinados escombros; cuando me reanimaron las noticias de cómo se eclipsaba la estrella del Corso y la ilusión me llevaba a fantasear un porvenir, creyéndome perdonado por la implacable fortuna, vinieron a caer sobre mi cabeza como doble golpe de férrea maza de armas dos sucesos: el primero, Teresa, fue la subida al trono de nuestro tío, el usurpador, el hombre de la traición y del fratricidio; el otro… el otro, aún más cruel… ¡tu boda con nuestro primo el Duque; boda que te acercaba al trono, que te hacía cómplice, interesada y dócil sierva de las voluntades de nuestro tío! ¡Y sin embargo, ni él ni tú ignorabais mi evasión, mis desdichas y mi existencia: de todo debíais hallaros informados por mil conductos, por el rumor público, por los papeles sorprendidos en las casas de los revolucionarios franceses, por Barras, por Josefina, por Pichegru, por documentos pertenecientes a los papeles secretos del mismo Corso! A fin de que no pudieseis alegar ignorancia os escribí entonces: a nuestro tío una carta breve, a ti una tierna y fraternal. Un francés que pasaba se encargó de depositarlas en el correo en sitio seguro. Supongo que llegaron a su destino las dos. No podrás negarlo en la divina presencia de Dios, a quien de continuo invocas y que te exige como primer señal de respeto la santa verdad».

Capítulo 12. La muralla

«Ocurrió entonces un suceso que ninguna importancia hubiese tenido para mí si me encontrase en el palacio de nuestros padres, porque la muerte de alguien que es adicto apenas abre surco en la memoria de los poderosos, acostumbrados a cobrar su tributo de abnegaciones como el risco el de dinero. Y fue que aquella pobre mujer, legado del Dorff auténtico o ficticio, del enigmático personaje en cuya piel vivía, apenas recobré la salud cayó postrada en el lecho, no sé si rendida por la fatiga o contagiada por el insidioso mal. El médico al verla movió la cabeza y frunció el entrecejo, y sólo entonces comprendí que me había apegado a ella, a la degradada, con ese género de cariño que no es amor en lo que este sentimiento tiene de poético y ardoroso, pero que obedece a la ley del alma agradecida y lleva en sí elementos (¡perdón, madre mía!) de ternura casi filial.

¡Pobre mujer! ¡No era ciertamente una dama, una princesa como tú; no era tampoco la intachable matrona que cobijada a la sombra de su hogar tranquilo levanta la frente confesando en alta voz sus amores legítimos, sancionados por la ley y la sociedad. No; en su pasado había días precarios, horas de zozobra y de vergüenza, de abatimiento y de martirio. Como yo había sufrido, y la continuidad del sufrimiento secaba sus lágrimas. El infortunio hizo confluir nuestros destinos, uniendo mi juventud a su madurez; rechazada por todos, ella no tenía a nadie más que a mí, yo a nadie más que a ella. Lo que puedo decir es que su corazón valía más que sus antecedentes; que bajo el fango encontré oro; que supo compadecerme y darme un poco de ese calor de seno sin el cual no concibo la vida.

Cuando expiró en mis brazos, bendiciéndome porque la cuidaba, me encontré en soledad profunda, dominado por tal acceso de melancolía, que ya pesaroso de haberos escrito determiné recogerme a mi oscuridad, ser eternamente el relojerito de Spandau. Vegetar y morir allí me propuse, fatigado como el pájaro que no encuentra nido. Y como me sentía tan solitario, tan abandonado, planta arrancada de raíz, decidí interponer la realidad ante mis aspiraciones ambiciosas, casándome y fundando un hogar en la modesta esfera a que me relegaba el destino. En casa de unos artesanos no menos humildes que yo, solía hablar y bromear con una niña de extraordinaria belleza y de purísimas costumbres: era hacendosa, trabajadora, religiosa, y se consagraba, como la Carlota de Werther, a las labores domésticas; siempre la encontraba ocupada en repasar ropa, en limpiar, en atender a la cocina. Sin embargo, cuando me presentaba yo, el trabajo parecía repugnarla: cruzaba las manos, se sentaba y me miraba y escuchaba tímidamente, con una especie de fascinación que excluía la confianza, pero no otro sentimiento. Creíame un pobre relojero, y no obstante se conducía como si, a pesar de la atracción involuntaria y fuerte, existiese una valla entre nosotros y fuésemos seres de especie distinta. Mucho trabajo me costó ir triunfando de su cortedad, establecer con ella amorosa comunicación, arrancar a sus inocentes labios la confesión de un apasionado sentir que bien pronto pude conocer que era inmenso, profundo, de esos que dominan con irresistible señorío la existencia entera. Su emoción al acercarse a mí nunca disminuía; temblaba; sus ojos se llenaban de lágrimas; tratábame en todo y por todo como trataría a un semidiós una mortal; sus ojos se iluminaban al aprobar yo algo que ella dijese, y si desaprobaba la vi en cien veces próxima a desmayarse de pena.

¿Sabes, Teresa, lo que se me ocurrió al observarlo? No es justo que oculte mis propios errores, mis debilidades, mis faltas. Al ver la adoración de Juana resurgió en mí el orgullo hereditario de la sangre. ‘Soy —pensé— algo superior a los demás hombres, y aun privado de todo cuanto puede revelar mi superioridad y prestarme aureola, conservo en mi cuerpo, llevo en mis venas los privilegios del nacimiento, la consagración de la ampolla. Ella no lo sospecha, pero lo presiente, y por eso está ante mí como la paloma ante el milano’. Y a la vez que así pensaba renació el ansia de recobrar mi nombre y experimenté por Juana una especie de frialdad. Volví a escribirte, escribí a nuestro tío y a nuestro primo, diciendo que si no me otorgaban el lugar que de derecho me corresponde estaba resuelto a confundir nuestra raza con la de una burguesa de Spandau, a contraer un enlace desigual y que ante Dios habrían de responder de este acto mío. Esperé ansioso, rabioso, indignado. No me contestaron ellos; guardaste silencio tú… Como el que se ahorca, en venganza, delante de la casa de su enemigo, transcurrido el plazo que a mí mismo me había fijado, me decidí a consumar lo que, en mi soberbia involuntaria, juzgaba decadencia. Claras veía las consecuencias de tal matrimonio; con él se remachaba en mi ser la postiza personalidad de Dorff; con él me enajenaba las simpatías que hubiese podido obtener en lo futuro si volviese a Francia a reivindicar derechos; mi novia era protestante, hija del pueblo… mi unión baja, y en concepto de muchos seguramente indigna. ¿Qué importaba que Juana fuese una virgen púdica y celestial, su alma cristal más limpio que el hielo invernal del Spree, su espíritu el de un ángel vestido de carne humana? ¿Qué valían su hermosura, célebre en la comarca; su salud, que prometía descendencia vigorosa y numerosa; su dignidad nativa, sus infinitas virtudes y cualidades? Yo iba con ella al altar como se va a un precipicio: avergonzado y frenético, gozándome en rebajarme para rebajaros a vosotros.

Ahora me doy mejor cuenta de mis sentimientos, y leyendo en mi propio corazón comprendo que erraba y pecaba. Habiendo encontrado en mi camino, por segunda vez después de la muerte de María, esa rara flor del amor honesto, absoluto, natural y desinteresado, debí estimarla y mimarla, debí saborear mi dicha, entregarme a ella olvidando lo demás, desdeñando las vanidades y las preocupaciones del mundo. Venturas así han de agradecerse a Dios: son como perlas únicas de oriente sin igual; merecen engarzarse, custodiarse como un tesoro. Y el amor de Juana debía parecerme más lisonjero aún que el de María, porque esta conocía mi origen y mi condición, que acaso la fascinaban con el brillo de la majestad, aun caída, mientras Juana me quería como se quiere, obedeciendo sencillamente a la sublime ley de la Naturaleza que enlaza y funde en uno los corazones. Era o debía ser el de mis bodas el momento más dulce de mi vida; ¿por qué envenenarlo? Pues bien: lo envenené; marchité su frescura idílica. Floreció la primavera las orillas del Spree; el campo embalsamado convidaba a divinas efusiones. Juana tímidamente me decía: ‘¿No quieres salir?’. Yo movía la cabeza preocupado; callaba; horas enteras conservaba la actitud del que siente mal humor y no lo disimula ni aun por cortesía. Así malogré aquella dicha exquisita, completa, soñada, y cuando arranqué del seno de mi trémula novia el ramillete de rosa y mirto, sólo pensé en que ejercitaba a distancia la única venganza que podía ejecutar, llevando la sangre de San Luis a mezclarse con la sangre de una humilde criatura, descendiente de trabajadores, ¡quién sabe si de mendigos! Ya ves que la confesión es entera. Por desdicha, esos sentimientos bastardos prevalecieron siempre en mí. ¿Qué digo? Prevalecen aún a pesar mío; no he sabido descender, no he logrado ponerme de acuerdo con la Providencia, que me manda desechar el necio orgullo del origen y el sueño de las grandezas humanas. En medio de las mayores adversidades, en el fondo del agujero negro, ese sentimiento, de pronto, me ha causado impulsos de altivez, que reprimo como tentación infernal; y entre las intimidades de mi luna de miel con la más cándida y enamorada de las criaturas parecíame, después de haberla dado un nombre —el ajeno—, de haber unido mi suerte a la suya, que se elevaba entre nosotros un alto muro de piedra secular. ¡Miseria la nuestra, miseria profunda, no ser como los demás hombres; reconocernos algo aparte, lejos y fuera de la Humanidad, a manera de ídolos de algún bárbaro culto! ¡Extraña condición la de nuestra sangre, que detesta confundirse con sangre que no sea la de familias y linajes que han ejercido autoridad sobre pueblos y razas! Yo no podía vencerme; no lograba acercarme, moralmente, a Juana; faltábame la plena comunicación espiritual con mi esposa. Ella, ignorante de mi historia, creyéndome sencillamente el relojerito, un artesano afinado, parecido a los señores, sospechaba sin embargo que en mí podía haber algo más de lo que aparecía al exterior: frases truncadas, reticencias que no pude evitar, la habían persuadido de que existía algo extraño, cosas pasadas, historia, un misterio. Pero no se atrevía a preguntar ni indirectamente; permanecía ante mí como el idólatra ante su ídolo, en contemplación, postrada, obediente y silenciosa; diríase que me pedía perdón de haber llegado a ser mi compañera. Y yo, a pesar de mis esfuerzos, siempre lejos, siempre en la cumbre: imposibilidad de abandono; solo, solo como antes, solo en el alma, guardando mi temible, abrumador y glorioso secreto…

Un día, con alegría y terror juntamente, supe que iba a ser padre, a tener la dicha que nunca gozarás. Vino a mi hogar una niña y la puse el nombre que llevabas tú, ¿te acuerdas?, en el viaje frustrado que costó a nuestros padres el reino y la vida. En memoria de aquel episodio decisivo se llamó Amelia la criatura cuyo nacimiento fue para mí una bendición, porque en ella resucitó, en cuerpo y en espíritu, nuestra madre; y así llegué a creer que la decadencia no se había realizado, y que un verdadero retoño de nuestra estirpe, una Borbón—Lorena, protestaba contra la fusión imposible del pueblo y la regia línea mayor, a la cual… ».

Capítulo 13. El incendio

El ansioso afán con que leía el marqués de Brezé se había duplicado al llegar a este párrafo, relacionado con su predilecta, donde aparecía el nombre siempre dulce para un enamorado. Sin embargo, el mismo movimiento que reveló su interés y la involuntaria pausa que hizo para concentrar la atención le obligaron a darse cuenta de que la habitación, positivamente, se encontraba llena de humo, y la luz de la lámpara ya no era suficiente a permitirle descifrar con rapidez el manuscrito. La humareda crecía, espesa, acre, insufrible; Renato tosió, se llevó la mano a la garganta. Un calor intenso le molestaba, y alarmado se levantó, a tiempo que por el hueco de la chimenea entraron lenguas de llama y el espejo colocado sobre la repisa de la misma estufa hízose pedazos con estallido formidable. Ya en el pasillo se oía tropel y alboroto de gente y resonaban voces asustadas. Fue todo ello tan repentino, tan pronto, que no tuvo lugar Renato sino para recoger el manuscrito, enrollarlo, deslizarlo en el estuche de cuero y meterlo en el pecho, abrochando su levitón; precauciones en armonía con la importancia de aquellos papeles. Súbitamente la puerta se abrió pegando tremendo castañazo, y un hombre rechoncho, de patillas rojas, vestido como los ayudas de cámara, asomó gritando con todas sus fuerzas:

—¡Fuego! ¡Al fuego! ¡Socorro!

A estas voces, Renato se lanzó precipitadamente fuera de su cuarto. Encontrose entre el grupo azorado de sirvientes y huéspedes del Hotel Douglas, camareros, marmitones, el cocinero, atlético mozo, y también gente desconocida que acudía de la calle para prestar ayuda, pues el humo se veía ya por las ventanas y el barrio se había alborotado. Empezaban a subir de la cocina cubos de agua, y en medio del desorden muchos hablaban de correr a avisar a los bomberos de la villa, cuerpo recientemente organizado en Londres; pero no existían entonces los rápidos medios de comunicación que hoy poseemos, y alguien dijo que si el hotel no se remediaba a sí mismo, cuando los bomberos llegasen sería un montón de cenizas.

—Calma —advirtió Renato al aparecer en el pasillo, imponiéndose—. Nada de precipitación. El fuego no ha tomado gran incremento. ¡No asustarse, no aturdirse! Cerrar las ventanas, interceptar las corrientes de aire… y a mojar las mantas de todas las camas y a traérmelas empapadas, chorreando. ¡A sofocar el incendio!

La orden era acertada, y en momentos de confusión todo el que habla mostrando sangre fría se impone. Renato fue obedecido instantáneamente. Los huéspedes se dispersaron, dirigiéndose a empapar las mantas de sus camas y a traerlas en seguida. Serenamente Renato se enteraba de dónde y cómo había empezado el fuego. Respondiéronle que justamente en la habitación al lado de la suya, un cuartucho de segundo orden que solía dedicarse a guardar baúles y a alojar a los servidores de los huéspedes, y donde habían colocado al ayuda de cámara del señor conde de Keller, que estaba allí aturdido y desesperado. La chimenea, que no funcionaba hacía tiempo, al atestarla de carbón el criado del señor francés se había inflamado, comunicándose el fuego a las ropas y los muebles. ¡Valiente idiota y qué estrago había hecho en el hotel! En fin, a tratar de remediar la barbaridad cometida. En aquellos momentos no podía pensar se en otra cosa.

Inconsolable por el siniestro parecía el torpe de su autor, aquel regordete Brosseur que en su afán de calentarse no había sabido calcular la cantidad de combustible, y además se había ausentado a atender a los bagajes de su amo, dejando que el fuego creciese. Daba lástima el pobre diablo, que se tiraba del pelo y de las rojas patillas. «Mi amo me despedirá —sollozaba— ¡Un amo tan bueno y tan generoso!». Sin duda para reparar hasta donde fuese posible el daño ocasionado Brosseur empezó a agitarse, a ayudar, menudeando los ruegos de que nada supiese su amo.

—Por fortuna acaba de largarse a otro hotel —repetía—: pero si casualmente se enterase, puedo contar con que me deshace la rabadilla a puntapiés. ¡Bonito genio tiene el señor Conde! Es un ángel, pero con botas muy recias. ¡Ay Dios mío, qué desgracia! ¡En qué estaría yo pensando!

Al oír la orden de Renato de traer las mantas empapadas en agua Brosseur, se precipitó, y deslizándose en la propia habitación del marqués volvió a poco cargado con la manta chorreante. Oíanse ansiosas exclamaciones, ruido como de un tropel que se lanza por un despeñadero; el hotel se llenaba de gente; torbellinos de humo empezaban a salir por las ventanas, cuyos vidrios habían estallado. Un marmitón, armado de un hacha, encaramado a una escalerilla, cortaba las vigas del techo que principiaban a arder, y así impedía que el fuego se comunicase al piso de arriba. Por su parte, Renato no estaba ocioso: iba y venía, tranquilizaba, penetraba intrépido en el mismo foco del incendio aplicando con sus manos las mantas, señalaba hacia dónde convenía lanzar el chorro de los cubos; era el jefe, era el alma del salvamento. Por instinto, como sucede en los casos de peligro y de angustia extrema, todos acataban a Renato: habíase convertido en dictador espontáneo, y la conciencia de su misión le envanecía un poco; creía ver en aquel lance la medida de sus aptitudes.

—¡Agua! —repetía su hermosa voz, varonil y enérgica—. ¡Cubos de agua aquí! ¡Vengan de la despensa los sacos de harina; colocadlos a la boca de la estufa, ante el foco, a aislarle! ¡Esa manta dejadla caer ahí en la esquina, que salen llamaradas muy fuertes! ¡Sin miedo, con orden, con mucho orden! ¡A ver, más agua, un cordón de gente en la escalera y en la puerta para traerla rápidamente del pozo del patio!

Gracias a la actividad disciplinada de todos, el incendio se dio por vencido. Se redujo la hoguera; los maderos carbonizados, inundados, dejaron de humear; en vez de aquel horno siniestro se vio una habitación destrozada, ennegrecida, encharcada, pero que ya no ardía. El dueño del hotel, el señor Mac Renties, enjugándose el sudor de la frente y las sienes, encarnado, exaltado, vino a dar vigoroso apretón de manos al french lord que tanto había contribuido a salvarle del desastre y de la ruina. Empeñose en que habían de trincar con la mejor cerveza negra de Escocia a la extinción del incendio, y aunque Renato se resistía, no tuvo más remedio que humedecer los labios en el bock y recibir nuevos shake hand y felicitaciones del personal de la casa. Con ellas iban mezcladas imprecaciones y dicterios contra el otro bruto de frenchman, autor del desaguisado. Ahora, pasado el peligro, la indignación remanecía, y el atlético cocinero que había manejado con tal vigor el hacha cerraba sus puños del boxeador, jurando que desharía la jeta al french dog a cuya torpeza se debía que hubiese estado a pique de abrasarse el hotel enterito. Y en efecto, para cumplir la amenaza se echó en busca del pillastre para cobrarle la cuenta de puñetazos poniéndole un ojo a la manteca negra. Poco tardó en volver, sofocado, reventándole la sangre por la epidermis, bufando y gritando:

—¡Ah! ¡El tuno ese! ¡Asno malicioso! ¡El diablo que lo encuentre ya! No parece. Se ha escabullido, dejándose la maleta.

Renato aguzó el oído. Sin saber por qué este suceso le llamaba la atención. Un involuntario estremecimiento, una opresión indefinible, le sobrecogieron al instante.

—¿Qué ocurre? —preguntó al dueño del hotel.

—Nada —dijo este encogiéndose de hombros—, lo natural: que el bestia del ayuda de cámara no ha querido trabar conocimiento con los puños de Mathew. Se ha evaporado.

Apresurándose a librarse del obstinado agradecimiento del fondista, de Brezé alegó cansancio y el deseo de comprobar si también en su habitación había causado estragos el incendio.

Al entrar en ella, hubo de llamarle la atención el desorden en que se encontraba: vio la cama deshecha, las ropas por el suelo, volcados los muebles. Temblando, agobiado por un presentimiento que se precisaba más a cada minuto, Brezé corrió a la maleta donde había encerrado el precioso cofrecillo. Frío sudor bañó sus sienes al notar que la maleta se encontraba abierta, forzada la cerradura, cuya chapa aún pendía arrancada de las doradas tachuelas que la adherían al cuero.

Las manos febriles de Renato se hundieron en el interior de la maleta; allí tenía también algún dinero, y sus dedos tropezaron con los rollos de moneda ocultos bajo las ropas. ¡Pero en vano buscaron la cubierta metálica del cofrecillo! Cogiéndose las sienes, temeroso de ser víctima de una alucinación, de Brezé deshizo toda la maleta, sacó prenda por prenda; miró en el suelo, sobre la papelera, aunque estaba bien seguro de haber guardado allí el inestimable cofre… ¡Nada, nada, nada! Ni señal del cofrecillo, ni rastro.

—¡Robado! —tartamudeaba de Brezé sin aliento—. ¡Robado! ¡Infames! ¡Infames!

La vergüenza y la desesperación le clavaban en el sitio, tembloroso, presa de un acceso de frenesí interior, hasta tal punto que se reprimía para no lanzarse contra la pared estrellándose la cabeza. Ahora se explicaba el incendio, el lazo en que había caído como un niño insensato; ahora se daba cuenta de porqué al ver a aquel ayuda de cámara de las patillas rojas le había parecido conocerle, sin que le fuese posible recordar dónde.

—¡Desgraciado de mí! ¡He asesinado a Amelia! —repetía Renato.

El sentimiento de su responsabilidad le abrumaba. Con su falta de precaución, con su descuido, acababa de perder a Dorff, de arrebatarle lo último que le quedaba, su áncora salvadora. En vez de custodiar el sagrado depósito que habían confiado a su capacidad y a su celo se lo había dejado quitar como el imbécil de los imbéciles, olvidando las advertencias de Dorff, aquellos encargos tan reiterados y decisivos: «Desde el mismo momento en que recojas este cofre y este rollo de papel que guarda el estuche no te creas seguro en parte alguna, vigila, teme, no duermas sosegado y de nadie fíes. En todas partes te acecha la traición… ».

—¡Desgraciado de mí! —repetía mesándose los espesos cabellos—. ¡Miserable de mí que todo lo he olvidado, que he destruido el porvenir en un instante!

Sus manos febriles tocaron el estuche del manuscrito sobre su pecho; respiró un poco más libremente, pues temía haberlo dejado también a merced de los ladrones. Aquello le devolvió algún valor y fuerza. En la maleta estaban las pistolas, las que debía a Dorff; las tomó, examinó la carga, metiolas en los bolsillos de su capote, se lo puso, así como el sombrero, y apretando los dientes, con la energía del que adopta una resolución mortal, dijo casi en voz alta:

—A recobrar el cofrecillo. ¡Ah, seor conde de Keller, o seor polizonte, o quien quiera que fueses… cuidado!, porque no he de descansar mientras no recupere lo que me sustrajiste y no te dé de paso una lección. Ahora tengo la fe que no tenía, ahora creo a pies juntillas que Dorff no es soñador ni loco. ¡Guárdate, conde de Keller! He aprendido mucho en un cuarto de hora. Aprendizaje cruel, pero ¡ay de ti si te encuentro!

Parte 3. Los Caballeros de la Libertad

Capítulo 1. En acecho

Frente al muelle de Dower, en el punto más cercano al embarcadero, existía en aquella época, en que todavía no abundaban los buenos hoteles, uno entre figón y hospedería, que ostentaba en su muestra enorme cetáceo pintado de almazarrón con este letrero: The Red Fish (El Pez Rojo).

La concurrencia a este establecimiento, que pronto se cerró por haber hecho fortuna su dueño, el rollizo John Sympdale, el cual se retiró a cultivar una granja en el condado de Kent, se componía de marineros y cargadores, parroquianos del figón en el piso bajo, y de capitanes de barco, pilotos, negociantes de toda suerte, que allí descansaban de una travesía o esperaban el buque que había de llevarles a su destino. También solían detenerse en el Red Fish viajeros que al ir a Londres o regresar a Francia se reponían de las molestias del mareo, porque la travesía del Canal no se realizaba sin tales inconvenientes.

Era, pues, el Red Fish establecimiento de mayor importancia de lo que prometían su aspecto exterior y su tradicional muestra. Sus cervezas y whiskys gozaban fama de excelentes, y asimismo su bacalao fresco, su salmón ahumado y sus sopas de avena a la escocesa. Hallábase la cueva provista como pocas lo estarían aun en el mismo Londres; sabía el rollizo Sympdale que nada atrae a la clientela de gente de mar como el aromático olor de los rancios vinos portugueses y españoles y el estrépito de los espumosos franceses, anzuelo de la bien lastrada bolsa de los marinos y de su cuerpo ávido de sensaciones, de apurar mil goces en una hora. Así es que las estanterías de la bodega del Pez Rojo se honraban con vinos de a media guinea la botella y algunos de a guinea, y no les faltaban consumidores.

Cuando ingresamos en la extensa pero ahumada y oscura sala baja del Pez Rojo, a hora en que está casi desierta —pues son las once de la mañana y los borrachos de la víspera se han ido a dormir la mona—, sólo hay dos o tres mesas ocupadas y les presta servicio, solícitamente, la roja Kate, sobrina del hostelero. Escotada y de manga corta, enseñando las frescachonas carnazas, Kate escancia la cerveza y deposita sobre el tablero sin mantel fuentes de salmón ahumado cocido con patatas, bañado en manteca y fuertemente sazonado con moscada y jengibre. Ante una de las mesas está sentado un hombre joven, tan preocupado que de fijo ni sabe lo que engulle; viste traje de camino y sin duda espera a alguien, pues sus miradas se dirigen con frecuencia hacia el trozo de muelle visible a través de la vidriera, no muy limpia, no obstante la fama de la inglesa pulcritud.

El observador es a su vez observado por dos individuos, situados a bastante distancia, emboscados, por decirlo así, en el punto más oscuro de la sala, entre una penumbra que no permite distinguir sus rostros desde lejos; pero acerquémonos y será otra cosa. Veremos primero a un hombre como de treinta y pico de años, de baja estatura, delgado cual si le consumiese fuego interno desecando sus carnes, de color bilioso y pálido, de duro mirar, de labios contraídos, de cabeza pequeña, de recelosa actitud y al parecer siempre emocionado, siempre vibrando a impulsos de una idea. Quien se fijase en sus movimientos notaría que apenas tocaba a la comida y que su gran bock estaba todavía colmado de la primer cerveza que le habían servido y cuya espuma se hallaba ya disipada del todo.

Al lado de este personaje hay otro que, por el contrario, despacha con excelente apetito su trozo de salmón y lo riega, no con cerveza, sino con tragos de Chianti color de granate, que escancia de un fiasco enfundado en paja. Es un joven de hermosa figura, algo vulgar, sin distinción, pero escultural y formado como un Apolo, robusto, de tez morena y negra barba. Sus ojos brillantes, sus dientes blancos revelan salud, vigor y alegría; su mirada es directa y a veces difícil de sostener.

Conversan los dos individuos en voz tan baja que sería imposible a los demás parroquianos de Sympdale sorprender jota de su conversación. Cada vez que se aproxima Kate, el gallardo mozo se aprovecha para soltarla un puñado de requiebros y aun se propasa a sujetar un instante la mano de la gentil servidora sobre el borde del tablero o a rodear su cintura mientras se inclina para servir la cerveza. Pero apenas Kate desaparece el diálogo sotto voce se anima. Hablan en italiano.

—Sí que le conozco —afirma el primero, refiriéndose al caballero que miraba al muelle—. Le he visto en París y no me engaño; es un señor perteneciente a la alta sociedad, el marqués de Brezé. Su familia es ultramonárquica. Les han devuelto sus bienes; les han enriquecido. Su lealtad tiene contrapeso de oro.

—¿Y crees que su presencia aquí se relacione poco o mucho?…

—¡Qué sé yo! Giacinto, cuando se está en nuestro caso, el descuido sería necedad; siempre conviene pensar lo peor. Que se halle aquí un viajero francés en espera de barco, ¡pch!, cosa insignificante, máxime si nos consta que no es ningún moscón de la policía. Pero el hecho de ser de allá ya nos obliga a suspicacia; además, percibo en él algo que me sorprende: su actitud no es tranquila; ese hombre parece acechar.

—Cierto —contestó el llamado Giacinto—. Eso me ha dado en la nariz desde que se sentó a la mesa. Espera o teme. ¡Bah! Un noble, un elegante… Cuestión de faldas.

—¡O de política! —repuso obstinadamente el otro—. No le perdamos de vista; a veces por el hilo se saca el ovillo. En esta hostería donde suele parar nuestro Volpetti —y recalcó la palabra nuestro— debe sernos sospechoso hasta el aire. Si ese petimetre espera a una mujer bonita ¡buen provecho! ¡Pero si no!…

—Yo juraría que el amor danza en el asunto afirmó Giacinto, que se explicaba difícilmente el modo de ser de su compañero, indiferente a la hermosura.

—¡Ello dirá! Vamos a lo que importa. Si los informes de nuestros hermanos de la Venta de Londres son exactos, Volpetti llega aquí hoy sin falta. ¿Estás seguro de conocerle bajo cualquier disfraz que adopte? Ya sabes que ese zorro se transforma como el más consumado actor.

—¡Que se me despinte a mí Volpetti! —exclamó Giacinto, por cuya expresión fisionómica cruzó, descomponiéndola, un lívido y repentino relámpago de odio—. Aunque se meta en el pellejo del diablo, su compadre. ¡Si somos de un mismo país y de un mismo pueblo: sicilianos de Catania! ¡Si le recuerdo desde que andaba descalzo, atrayendo gente a los garitos! ¡Si luego se entró de novicio en los Camaldulenses! ¡Si le vi empezar su profesión de esbirro a las órdenes de un gobernador, hechura de la reina Carolina! Tiene el genio de su profesión y ha llegado en ella al grado sumo. Nació espía y polizonte y goza en ejercer ese vil oficio. Es un dilettante apasionado. Es el más peligroso de cuantos empleó Fouché y emplea Lecazes. ¡Ah! Pero a cada cual le llega su hora… ¡Tengo tantas cuentas atrasadas con Volpetti! El largo encierro de mi pobre hermano Rafael; la desesperación de Grazia, su prometida; la horca en que se balanceó el cuerpo del honrado Romeldi; el descubrimiento de la conspiración del 19 de agosto… ¿Pues por qué se me ha designado para esta misión, por qué? ¡Porque saben que Volpetti… de mí… no se libra!

Dijo esto Giacinto rechinando sus blancos dientes, transfigurado por la ira que centelleaba en sus ojos de fuego.

—¡Chisst! —indicó Luis Pedro—. Calma y disimulo. Para estas cosas, ser de hielo al exterior.

—No te apures —repuso Giacinto—. Ya sabré moderarme.

—¿Te conoce él?

—Como a su propia camisa. Y sin jactancia, me tiene un miedo regular. Si cuando llegué de Trieste a París no me protegen tan eficazmente los hermanos, me echa la zarpa. A bien que contra treta, retreta y a espía, espía y medio. Aquí, en Inglaterra, ¿qué puede hacer? De hombre a hombre…

—En Inglaterra misma advirtió Luis Pedro— los esbirros ayudan a los esbirros, los poderes inicuos al inicuo poder. Es preciso, Giacinto, reformar vuestra estrategia; y no digo nuestra, porque de lo que personalmente y sin acuerdo con los demás haga cada cual responderá ante su conciencia… y basta. Es preciso, lo repito, que la Venta Suprema reconozca que con la caballerosidad no iremos a ninguna parte. ¡Qué diablo! A fe que Lecazes se anda con escrúpulos. La guerra es la guerra; hoy no se pelea en los campos de batalla como en tiempo del Otro, pero se ha trabado un duelo a muerte entre la revolución y la reacción, y bajo apariencias de legalidad existe una salvaje lucha. Si hemos de contentarnos con hojalatear, ¿a qué esa organización por veintenas donde nadie conoce a los de otra veintena, sino el que los ha de organizar, esa vasta red que alguien comparó a las ramificaciones madrepóricas, a los corales, y a qué, sobre todo —dímelo, Giacinto, por tu vida—, esta resurrección de los antiguos Caballeros de la Libertad? ¿Ha de quedarse todo ello en platonismos, en aspiraciones para cuando los acontecimientos, en su curso natural, nos regalen el triunfo? ¿No hemos de tomar un desquite? ¿Uno solo?

—¡Corpo di Dio! —exclamó el italiano— el platonismo ha muerto. Dígalo nuestra presencia aquí. ¿Venimos a recrearnos? «La policía necesita una lección —se nos ha dicho— y hay que dársela. El infame Volpetti lleva a Londres alguna misión secreta para el Gobierno, cuyos efectos conocerán muy pronto todos los carbonarios ingleses. Que la suerte de Volpetti sirva de escarmiento al Superintendente de policía y a los que están más arriba que él». ¡Ah! Se preparan sucesos…

—¿Qué sabes? —preguntó Luis Pedro afanosamente.

—Olfateo. Sospecho. La exaltación crece. Los acontecimientos nos arrastran a todos. Conozco hombres tras de cuya frente se genera un mundo de ideas y de resoluciones. ¡Ah, caro mío! Las asociaciones son sin duda muy fuertes, pueden mucho; pero a veces un individuo aislado que obedece, no a la consigna, sino a la pasión, puede y hace más en un minuto… En fin, no me ha comunicado sus secretos la Gran Venta, pero están en la atmósfera; se sienten y se respiran. Pronto hemos de ver notables cosas.

—Parece una profecía —murmuró el otro interlocutor.

—Bien… El tiempo corre. Ahora ¡cumplamos nuestra misión!

—¡Sin duda! —declaró el italiano—. Y nuestra misión no es grano de anís. Volpetti llegará aquí para embarcarse. O viene solo o acompañado. En el primer caso somos dos para meternos como bombas en su propia habitación, ahogar sus gritos y despabilar el asunto en un santiamén. Tenemos la retirada segura; el Poliphéme nos aguarda; su capitán, nuestro hermano, nos ocultará, nos cubrirá la retirada, nos desembarcará donde nos acomode. En el segundo caso, el negocio se complica, pero ¡tanto mejor! Prefiero uno para uno y cuerpo a cuerpo.

—Pues pidamos al cielo que venga solo. ¿Pundonor con los perros? ¿Cortesía con los esbirros? ¿No valen en la guerra las emboscadas? ¿Es cosa de que nos prendan y saquen por el hilo el ovillo de los hermanos y en especial el de los caballeros? ¡Bah! Se le despacha como a un can maldito… y abur. Vidas más importantes que la suya se extinguen en un soplo si al destino le place.

Proseguiría Luis Pedro si Giacinto no le diese al codo de una manera significativa.

—¿No decía yo que era cosa de amor? Ahí tenemos a la damisela —bisbiseó alborozado.

El joven que comía solo acababa de incorporarse con ímpetu, yendo al encuentro de dos personas que aparecían en la puerta: un hombre en la fuerza de la edad y una jovencita. Vestía esta pareja muy modestamente de telas grises y raídas, y parecían, por el corte y color de su ropa, dos irlandeses de los que pasan a Francia en busca de la vida, tan difícil en su menesteroso país. Pero bajo el limpio calesín de paja adornado con una pobre cintita de terciopelo negro de la joven se adivinaba un perfil tan arrogante como gracioso, y el ancho levitón del hombre no ocultaba una apostura distinguida y llena de dignidad. El marqués de Brezé, deshecho en atenciones con los recién venidos, buscaba con su mirada la de la viajerita, la cual le sonreía con divina dulzura desde la penumbra en que envolvía su rostro el ala del sombrerón. Luis Pedro, apoyó violentamente la mano sobre el brazo de Giacinto.

—¿No ves qué cosa más extraña?

—¿Cuál?

—¡El parecido!

—¿Qué parecido? No entiendo.

—¡El de esa muchacha y ese hombre con la familia del penúltimo rey, del degollado! Él es el monarca, ella la austriaca…

—No les conozco sino por retratos —dijo el italiano—; pero, en efecto… ¡cuerpo de Dios! Me parece, me parece que sí…

Y los dos carbonarios, estupefactos, se miraron como si acabaran de ver salir a los muertos de la sepultura.

Capítulo 2. El zorro en la trampa

Breves momentos hablaron las tres personas; casi inmediatamente, Dorff y Amelia —parece excusado decir si eran ellos— se encaminaron, guiados por el marqués de Brezé, hacia la sombría escalera de caracol que comunica el figón con los pisos altos de la posada del Pez Rojo. Al efectuar este movimiento de retirada hubieron de pasar muy cerca de los dos hombres que comían salmón ahumado y lo regaban con cerveza y Chianti; pero estos metieron en el pecho la quijada, absortos en su gastronómica ocupación.

Renato, precediendo a los viajeros, les condujo a una amplia sala con techo artesonado de madera, detrás de la cual había dos cuartitos destinados al padre y a la hija. Antes registró las habitaciones; se aseguró de que no tenían armarios secretos, nada sospechoso; sacudió las cortinas; dio vuelta a la llave; pasó el cerrojo, y seguro ya de hallarse al abrigo de ojos y oídos indiscretos, repentinamente se postró de rodillas, con las manos cruzadas, ante Dorff.

—¡Perdón! —exclamó— ¡Perdón! Es preciso que confiese mi delito, mi enorme culpa.

—Pues ¿qué hay, hijo mío? ¿Qué sucede?… ¿Por qué no me das los brazos?… —articuló el mecánico, pugnando por levantar del suelo al marqués de Brezé.

—Porque no lo merezco; he sido un miserable —respondió el marqués—. Sólo el confesarlo, señor, me proporcionará algún alivio, dará algún desahogo a mi conciencia. ¡Como un imbécil, como un estúpido, me he dejado sustraer el cofrecillo!

Dorff palideció y se tambaleó. El golpe era terrible. Con el cofrecillo desaparecía la última esperanza. Era el cofrecillo como la raíz de su ser moral, la chispa lumínica que todavía, entre brumas y sombras, alumbraba su destino. Al apagarse esta chispa, la negrura de la nada caía sobre él. Se recostó en la pared, cerrando los ojos, y permaneció así un instante, durante el cual se escucharon los sollozos de Renato, que anonadado lloraba como un niño.

Dorff fue el primero que recobró el dominio de sí mismo, la dignidad ante la catástrofe.

—¡Qué le hemos de hacer, hijo mío! —murmuró con esfuerzo—. Cúmplase una vez más la voluntad suprema, ante la cual somos átomos los mortales. Has salvado mi vida y has perdido mi nombre: resignémonos. El que dispone de ti y de mí sabe más que nosotros. Hágase lo que Él quiere.

Y estrechó a Renato, ya en pie, contra su pecho, calurosamente, en un rapto de abnegación. Amelia, silenciosa, pálida como una muerta, dejaba fluir de sus ojos dos gruesas lágrimas.

—¿Y el manuscrito? —interrogó Dorff.

—El manuscrito… está en mi poder.

—Dime cómo ha sucedido la desgracia del cofrecillo —ordenó el mecánico desplomándose en ancho sillón y cuero y señalando el canapé a su hija y a Renato.

De Brezé refirió minuciosamente los episodios del Hotel Douglas, la visita del supuesto conde de Keller, el incendio, la sustracción. Palpitaba Amelia de triste curiosidad. Dorff se abismaba en meditaciones.

—Ese conde de Keller no era sino un esbirro —declaró Dorff al terminar el relato—, y por las señas que me das de él le reconozco; es mi mal genio, es el que ha intervenido e influido en buena parte de mis infortunios. Tras de mí viene, siniestro y perseguidor, y no parará hasta aniquilarme. Él era sin duda el que me dio el pasaporte allá en la frontera prusiana. Nuestra batalla está perdida.

Ese bandido es personificación de la policía, fuerza oculta y fatal que me envuelve. Ella guiaba el brazo de los asesinos de que milagrosamente me libraste tú, y nótalo, Renato: desde el mismo instante en que interveniste en mi destino, esa fuerza actúa sobre ti. No intentes luchar, hijo mío; temo por tu vida, por tu seguridad, por tu honra. Ya me pesa haber accedido a este viaje. ¿Cómo realizarlo? ¿Cómo intentar siquiera sin documentación, sin pruebas de mi existencia, entrar en mi patria, remover el fuego sagrado de los recuerdos y de la lealtad en los que han conocido a mis infelices padres y acaso conservan en su corazón el culto de mi trágico nombre? Renunciemos, Renato; volvamos, yo al destierro, tú a tu país; olvidemos; no sepan que eres mi amigo, porque siempre escucho resonar en mis oídos la siniestra profecía del calabozo… «¡Tus amigos perecerán!». Aun en Londres no me creo seguro. Me trasladaré a Holanda, y allí, en tierra de libertad y justicia, vegetaré entre los corazones que son míos, bajo la mirada de la Providencia.

Mientras hablaba así Dorff, Renato no apartaba los ojos del semblante de Amelia. Secas ya las lágrimas, el bello rostro expresaba intrepidez y resolución; sus ojos azules centelleaban, su nariz se dilataba impetuosamente. Renato, al mirarla, sentía, en vez del pesimismo que infundían las palabras del padre, viril afán y propósito de combatir a ultranza. Animado por este estímulo moral y por el dulce contacto del cuerpo de la joven que palpitaba a su lado, exclamó:

—¡Señor! Nada de desaliento. He resuelto pedir desquite al destino. O muero o triunfo; lo que no concibo es rendirme antes de apurar las contingencias de la lucha. ¿No bastó mi intervención para frustrar el inicuo atentado del square? ¿Quién sabe si soy yo el enviado de la Providencia? ¿Se me ha de negar el derecho a vengarme del ladrón que me embaucó y me burló? ¿Ha de ir riéndose? Confundido me vea si tal sufro. He de recobrar el cofrecillo, así lo defienda Belcebú con garras y uñas. Me he jurado —y un de Brezé cumple todas las palabras y en especial las que se da a sí propio— que esta maldad no quedará impune. El corazón me dice que estoy próximo a cobrar mi deuda y rescatar el cofrecillo. Escuchen… Sé que el esbirro se dirige aquí. ¿Que cómo lo he averiguado? ¡Ah!, todo se aprende, hasta el vil oficio de espía, y yo, en veinticuatro horas, bajo el influjo de la rabia y la vergüenza, he sabido indagar, derramar dinero, hacer lo imposible. La pista del supuesto conde de Keller está encontrada; no se me escapará.

—¡Bien, Renato mío! —gritó Amelia, presentándole su mano y permitiendo que el enamorado la cubriese de besos locos.

—¡Amelia! —exclamó en tono meditabundo Dorff— tú has heredado la incontrastable resolución de mi madre y de mi abuela María Teresa; yo la resignación y el pasivo estoicismo de mi infortunado padre. Cuando estoy a tu lado me comunicas tu arrojo; mi sangre gira más activa y rauda; creo fácil lo imposible; mis dudas se disipan; mi angustiosa dualidad desaparece; me convenzo de que no soy un pobre iluso, un pobre loco… ¡Dios te bendiga!

—Padre —exclamó la niña—, pero ¿no conoces que tenemos el deber de no entregarnos sin defensa? ¿Es lícito renunciar a derechos que son los de tus hijos? ¿Concibes que la obra de iniquidad pueda durar eternamente? ¿No confías algo en esa Providencia de que siempre hablas y que a tantas y tan duras pruebas te ha sometido? ¿No has comprado ya tu perdón con un infinito de dolores? ¿No has visto caer torres muy altas? ¿No has visto al gigante, al Leviatán, al Corso terrible, rodar por tierra hecho añicos? ¿No está en el trono la usurpación? Ten más fe. Yo veo —y al decir esto parecía Amelia una sibila hermosa y joven—, yo veo levantado el brazo de Dios dispuesto a herir, pero no sobre ti, sobre los otros, sobre ellos. ¡La hora se aproxima! ¡La medida está colmada!

Al hablar así, transfigurábase: sus mejillas se inflamaban, sus ojos fulguraban como los de un arcángel vengador e irritado, sus labios tenían un temblor de espléndida cólera, un estremecimiento de indignación sublime.

—Amelia… me asustas —balbuceó Dorff.

—¡Afuera miedo pueril! Renato nos salvará: y si él no bastase para salvarnos, hasta de la tierra surgirán defensores. Ánimo, padre mío; valor y calma, Renato, mi futuro esposo. Celebremos una especie de consejo de guerra. ¡A deliberar!

Dorff, inclinándose, besó la frente de su hija.

—Contigo, al último límite de la energía humana —respondió, fascinado, como siempre, por la intrepidez de aquella criatura.

—Atiéndame el general en jefe —murmuró Amella sonriendo seductoramente—. Aquí nos proponemos dos fines: primero, recobrar el cofrecillo; segundo, entrar en Francia secreta y seguramente. ¿No es eso? ¿Qué probabilidades tenemos de conseguir ambas cosas?

—Respecto a lo primero —contestó Brezé— hay probabilidades, pero no planes; procederé con arreglo a las circunstancias. Sólo de la voluntad estoy seguro: quiero recuperar el cofre… y malo será que no lo consiga. Cuando a fuerza de dinero y de astucia —¡ah!, ¡ahora yo también soy astuto!— logré saber que el ladrón se encaminaba aquí, me propuse adelantarme y que no se embarque sin recibir noticias mías. He venido a uña de caballo. Y no hay cuidado, no me expondré neciamente; ya sabré guardarme. La prudencia que tan tarde aprendí, la cautela que no debí olvidar un momento, ahora me acompañan. He multiplicado estratagemas. Para despistar, en Londres, me mudé ostensiblemente del Hotel Douglas a otro hotel, de allí a una posada, de esta a una casa particular, hasta que hice perder por completo mi rastro. ¡Y en cambio encontré el del espía! No se embarcará en paz, como sin duda piensa, para llevar a Francia el fruto de su robo. Él de cierto ha elegido este punto de la costa, por la seguridad de que aquí se encuentran a cualquier instante buques dispuestos a hacerse a la vela para Francia. ¡Ah, zorro! ¡La trampa está armada y no te librarás!…

Y el rostro del joven Marqués adquirió expresión sombría.

—El cofrecillo se recobrará, señor —añadió colocando la mano sobre el pecho y volviéndose hacia Dorff, como si prestase juramento solemne.

—A condición de que no se derrame sangre —suplicó el mecánico—. ¡Bastante se ha derramado por mi causa y por la de los míos! Oye —murmuró bajando la voz—, no creas que es piedad: es una especie de presentimiento. Si por mí se vierte más sangre, Dios no me perdonará, y cuanto intentemos será estéril. Lo adivino…

Las manos de Renato y Amelia se estrecharon bajo la mesa; los ojos de la niña despedían llamas.

—Procuraré evitar la violencia —contestó evasivamente el Marqués—, pero importa sobre todo recuperar los documentos. Y en fin, señor, esto es cuenta mía. Para cazar al esbirro tengo dos medios: primero, recorrer todos los hoteles y posadas, que no son muchos; segundo, y mejor, vigilar las embarcaciones prontas a hacerse a la vela para Francia. No ha de escaparse el ladrón e incendiario. ¡Ah! El señor conde de Keller me ha dado una lección severa, pero útil; encontrará en mí digno discípulo suyo.

—Bien —dijo Amelia—. Y respecto a nuestro viaje secreto y seguro a Francia ¿qué opina el general en jefe?

—Opino —contestó Renato— que eso está más enlazado de lo que parece con la solución del asunto del cofrecillo. No podemos pisar el suelo francés mientras no evitemos que pueda delatarnos ese esbirro. Si él llega casi al mismo tiempo que nosotros, al entrar en Francia seremos detenidos y probablemente sepultados en una mazmorra. No nos forjemos ilusiones, ello es así. Suspendamos, pues, la resolución hasta ver qué sucede, y entretanto, que el padre y la hija permanezcan aquí encerrados, para no ser vistos. Su personalidad es la de dos irlandeses necesitados, mister Edward O’Ranleigh y su sobrina miss Bess O’Ranleigh, que pasan al continente en busca de subsistencia: él como escribiente de música y ella como profesora de harpa. Mi ilusión de que va a cambiarse la suerte podría confirmarla una casualidad feliz. Próximo a hacerse a la vela, quizá dentro de algunas horas, se encuentra aquí un barco mercante francés, el brick—corbeta Poliphéme. Es el capitán un bretón, hijo de un protegido de mi padre; hoy temprano, apenas llegué, le tropecé en el muelle; le indiqué que le necesitaría, y creo que podemos fiarnos en su gratitud y en su lealtad de marino.

—¿Lo ves, padre? —exclamó Amelia—. La fortuna empieza a cambiar, el cruel sino a quebrarse. ¿No es providencial el encuentro de ese capitán del Poliphéme, amigo y obligado de Renato? ¡Ah! ¡Era demasiado rigor! ¡Era demasiada injusticia! No hay plazo que no se cumpla.

—¡Ojalá! —murmuró con tétrico fatalismo Dorff, reclinando la cabeza en el hombro de su hija.

—Mirad allí el Poliphéme —dijo Renato, arrastrando a Amelia y a su padre hacia la ventana, desde donde se veía la línea de los muelles y el mar, en el cual se balanceaban las embarcaciones sobre una superficie en aquel instante tranquila y sólo orlada de espuma en los escollos.

Al mismo tiempo Renato señalaba hacia el brick—corbeta francés, que se columpiaba graciosamente. De pronto su diestra, que asía la de Amelia, tembló y se enfrió, su rostro se demudó, su boca tuvo una contracción violenta.

—¡Ah! —balbuceó— ¡ahí viene!…

En efecto, en aquel mismo instante Volpetti o el conde de Keller, según queramos denominar al esbirro, vestido de viaje, con su aspecto aristocrático, tipo Chateaubriand, adelantaba hacia la posada del Pez Rojo; detrás de él, portador del neceser y la maleta, se contoneaba Brosseur, el rechoncho ayuda de cámara, tan torpe para encender chimeneas.

—¡Dios mo! —articuló Renato— ¡Dios bondadoso, aquí se dirigen! —Empujó casi violentamente a Amelia y a Dorff, obligándoles a apartarse de la ventana, y oculto tras la cortina siguió atisbando.

—¡Aquí, sí! ¡Para en esta misma fonda! Le acompaña el perillán a quien yo tuve la torpeza de no reconocer, el que me hirió en el square. ¡Lo que es ahora no me lo negarán ustedes! ¡La justicia divina me lo entrega!

Capítulo 3. Renato espera

No fue menor que la emoción de Renato la de los dos individuos apostados en la sala baja al divisar a Volpetti, que con su equipaje se dirigía hacia el Pez Rojo.

Conteniendo el alborozo se hicieron vivas señas, pisándose los pies.

—Ahí le tenemos —susurró Giacinto.

—Y acompañado —comentó Luis Pedro.

—Y el compañero parece forzudo.

—Me encargo de él —declaró fríamente el sombrío caballero de la Libertad.

A tiempo que dialogaban así, el hostelero del Pez Rojo encomendaba a Kate que buscase habitaciones para el señor recién llegado y su fámulo. Kate echó a correr, y como una exhalación la siguió Giacinto, bromeando, pellizcándola el talle, sin que mostrase gran indignación la mozallona roja, nada esquiva y hecha a esta clase de chanzas con los huéspedes.

Volpetti y su criado habíanse detenido un instante en el bodegón a beber dos copas de Málaga con bizcochos. Giacinto, emprendedor, acercábase a Kate más de lo necesario, acorralándola en cada rellano de la escalera.

—Déjeme en paz —repetía Kate riendo—. ¡Qué humor gasta! ¡Vaya una manía de andar tras de mí!

—No es manía, es buen gusto —contestó galantemente el italiano—. ¡Hermosa! —añadió en suplicante voz—. ¿Por qué tanto rigor conmigo?

—He de hacer mi obligación —protestó Kate—. He de elegir aposento para ese señor que acaba de llegar y su criado, y no es tarea fácil, porque está la casa llena como un huevo. Ea, ¡a soltarme, sir!

—No seas ingrata. Déjame que te acompañe por los pasillos. Buscaremos juntos… ¿En eso hay mal? Te escolto; soy tu servidor, tu paje, lo que quieras…

No era posible rehusar oferta tan cortés, aun cuando en ella fuese envuelta bastante malicia. Porque, al entrar juntos en un cuarto desocupado, Kate se cercioraba de que el gallardo siciliano era un solemne truhán, amigo de no desperdiciar ocasiones.

Por fortuna, Kate, muchacha digna y seria en el fondo, aunque chancera en la superficie, sabía lo que debía a su decoro, y además tenía manos listísimas para contener a los desmandados, aunque fuese por el tradicional sistema de los mojicones, sistema que al italiano le hacía suma gracia, a juzgar por las risotadas con que lo celebraba relamiéndose. Acabó Kate por reírse también, pues no había modo de formalizarse con aquel perdido gracioso.

—No están libres sino el 10, el 39 y el 43 —decía la muchacha—. ¡Qué lástima! No son buenas habitaciones, y además el amo estará a cien leguas del criado; pero… ¿qué me importa? Yo no tengo la culpa…

—¿Cuáles les das por fin, oh aposentadora celestial?

—El 10 y el 39. Para el amo, el 10.

Estas noticias no parecieron interesar a Giacinto. Al pasar por delante de la puerta del 8, contiguo al 10, preguntó como al desdén:

—¿Y quién se aposenta ahí?

—¿Ahí? Los dos irlandeses, tío y sobrina, que llegaron hoy a medio día. ¡Sucia gente, los irlandeses! ¡Hato de mendigos! Y la chiquilla me parece a mí que ha de ser buena pieza; encerrado está con ella y con el tío un caballero francés muy guapo, que sin duda vino a esperarles aquí… ¡Adelante! Algún lío…

—Déjales que se amen —respondió fatuamente Giacinto—. También nos amamos tú y yo.

Kate le soltó un soplamocos.

Cuando Giacinto bajó otra vez tras la moza a la gran sala ahumada donde había dejado a su compañero evitó ser visto por Volpetti que ya subía la escalera, y encontró instalado a su mesa, despachando una copa de ron, a un hombre de cetrino cutis, de verdes ojos, de fisonomía simpática, que no era sino el capitán del Poliphéme.

—¿Es para esta noche? —preguntaba el capitán.

—O para el amanecer —contestó Luis Pedro—. Que el brick esté dispuesto a levar anclas y la chalupa nos aguarde al pie del muelle toda la noche, con un solo marino, un hombre seguro.

El capitán parecía indeciso. Rascábase la frente, como quien tiene algo que objetar y busca la fórmula.

—Es el caso —balbuceó— que…

—¿Qué? Capitán Soliviac, hable usted claro. No ignora usted que, ocurra lo que ocurra, usted no puede negarse.

—¡Negarme! Imposible. Pero… hay aquí, en esta misma posada del Pez Rojo, personas que también desean pasar a Francia, y a las cuales me sería penoso rehusar este favor. ¿Cabe conciliar ambas cosas? Eso es lo que dudo.

—¿Y quiénes son esas personas que tanto interesan a usted, capitán?

—Para decir verdad… mi compromiso es con una tan sólo: el marqués Renato de Brezé.

Estremeciéronse los dos carbonarios.

—¿Y qué vínculo le liga a usted a ese joven, de familia adicta al gobierno?

—Nada de política. Vínculo de gratitud. Mi padre fue amparado, sacado de la miseria por el del señor Marqués. Sentiría en extremo no poder pagar mi deuda, pues el Marqués tiene especial empeño en que el Poliphéme le lleve a Francia.

—¡Hum! —exclamó meneando la cabeza el coronel—. ¡El marqués de Brezé! ¡El hijo de la Roussillón! ¡Mal compañero!

—¡Bah! —respondió el capitán— el Marqués no se mezcla en lo que a nosotros nos preocupa. Sin cuidado le tiene. Es un brillante cortesano, dedicado a galanterías y a la caza. Vendrá de alguna magnífica quinta inglesa, donde habrá tirado a los faisanes, y ahora tendrá prisa de regresar a París si allí le espera una linda rubia. Y todavía es más probable que la linda rubia esté aquí mismo y le acompañe en la travesía, porque me ha advertido que con él entrarían a bordo una joven irlandesa y su tío.

Los dos carbonarios se miraron consultándose. Giacinto hizo una señal tranquilizadora: sabía que estas noticias andaban acordes con la verdad.

—Capitán Soliviac —contestó el itialiano—, aunque lo primero es el servicio de los caballeros, que hasta excluye cualquier otro, por esta vez conciliaremos los términos. Avise usted al marqués de Brezé que tiene pasaje.

—Otra solicitud me han dirigido —añadió satisfecho el marino—, pero esa creí que debía desatenderla.

—¿Quién era?

—Un señor que se parece algo a mi paisano, el vizconde de Chateaubriand. Debe de ser persona de viso. Lleva un criado gordo, rechoncho…

No fue mirada, fue un relámpago lo que se cruzó entre los dos carbonarios, cuyos corazones botaron contra las paredes del pecho.

—¿Ese ha solicitado pasaje, capitán? ¿Está usted seguro de no equivocarse?

—¡Que si estoy seguro! Hace un momento saltaba yo de la chalupa al muelle y veo que se me acerca. ¡Si no hay medio de confundirle con nadie! ¡Viste largo levitón de camino y sombrero de copa ladeado, abarquillado, última moda, que no habrá otro igual, de fijo, en Dower! Me hace un saludo y me dice: «¿Es usted el capitán del brick Poliphéme? —Servidor de usted. —¿Vuelve usted a Francia? —Es probable. —¿Cuándo? —Aún no lo sé. —¿Querría usted llevarme? —Dispénseme, ya tengo el pasaje completo»…

—Pues ahora mismo —ordenó Giacinto— subirá usted al número 10, que es donde ese caballero se aloja, y afectando rudeza le dirá usted que acaban de avisarle de que dos pasajeros que habían de embarcar ya no embarcarán, y que puede usted brindarle un par de camarotes. Pida usted caro; aparezca codicioso. Sepa usted disimular. ¡Cuidado! Ese hombre lee en las caras los pensamientos.

—¿Y si me pregunta dónde hará la primer arribada el barco? —preguntó el capitán.

—Dígale usted que en Dieppe; pero que si le interesa que sea en Calais, el Havre o Cherburgo, esa es cuestión de dinero. Haga usted porque se figure que se trata de explotarle —añadió Giacinto, cuya sonrisa era siniestra y sardónica al pronunciar estas palabras.

—¡Ah! —añadió—, todavía no están completas las instrucciones. Si el viajero acepta, le advertirá usted que la hora fijada para la salida es la de la marea de media noche; que a cosa de las once la chalupa esperará en el muelle, y que conviene ser puntual, so pena de perder el viaje…

—Así se hará. ¿Hay más?

—¡Ya lo creo que hay más!… Capitán, ¿está usted seguro de su tripulación?

—¿En qué sentido? —exclamó admirado Soliviac.

—En el de que le obedezcan a usted pasivamente y guarden silencio sobre lo que ocurra a bordo por orden de usted.

—¡Vive el cielo! —declaró el marino con orgullo—. ¡A mi gente la conozco! La he llevado a más de una empresa ardua, cuando el otro hacía temblar a Inglaterra. Hemos dado caza a los malditos ingleses… Mis gentes callarán como piedras y obedecerán como cadáveres.

—Pues entonces… —dijo Luis Pedro— es preciso que uno de nosotros, yo, embarque antes secretamente, a la hora en que la niebla que suele levantarse al caer la tarde confunda ya los objetos. Así que llegue a bordo me proporcionará usted un traje de marinero, y seremos nosotros quienes tripularemos la chalupa que venga a buscar a ese individuo y a su compañero. Usted nos acompañará, aunque no sea costumbre de los capitanes…

—Convenido —repuso el capitán.

—¿Está usted determinado a todo?… —interrogó Giacinto con significativo acento.

La faz simpática y franca del capitán se nubló ligeramente. Corsario bajo disfraz de mercante, era capaz de las más arriesgadas empresas; pero sabía que la ejecutiva justicia de los caballeros era terrible, y que sus fallos debían cumplirse sin preguntar la causa. Fue instantánea la duda. Se rehízo al punto, y contestó:

—A todo.

—Capitán —dijo Giacinto, que leía en su cara—, ese hombre a quien seguimos los pasos es peor que un lobo rabioso. Ha merecido mil muertes, y nuestra misión es darle su merecido. Si usted vacila, no importa; desde este mismo instante cesamos de considerarle como hermano y como caballero de la libertad. Trabajaremos por nuestra cuenta y esperamos de su honor que no nos delate.

—No —insistió Soliviac—; soy bretón tozudo y firme, y no he ingresado en las filas de los caballeros para retroceder como un chiquillo a la primera prueba. Incondicionalmente para lo que dispongan. Y de los otros pasajeros, ¿qué dicen?

—Es indispensable que ingresen a bordo antes o después, pero con bastante diferencia de hora del pasajero también que va a emprender el viaje. No conviene ni que sepan que embarca.

Soliviac inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

Mientras esto pasaba abajo, arriba, en el número 8, Renato de Brezé anhelante tenía aplicado el ojo y el oído a la cerradura de la delgada puerta que servía de comunicación con el cuarto donde la risueña Kate había instalado a Volpetti. A oscuras el 8 e iluminado el 10, veíase perfectamente cuanto en este ocurría.

El esbirro, sin desconfianza, procedía a atusarse; a un lado tenía la maleta cerrada, a otro el saco neceser de tocador abierto. Brosseur sacaba de él objetos varios. La mirada ardiente de Renato se sepultaba en el neceser, pero allí no podía guardarse el cofrecillo.

—Estará en la maleta —pensó.

Poco tardó en desengañarse.

Brosseur abrió la maleta, extrayendo de ella prendas de ropa, y como casi la vació, pudo verse que no contenía sino equipajes. Renato tembló al escuchar que Volpetti decía a Brosseur:

—¿Está bien seguro aquello?

—No hay cuidado —contestó el otro esbirro—, no se aparta de mí.

Y señaló a un saquito algo abultado que llevaba pendiente de una correa cruzándole el cuerpo.

El marqués de Brezé se mordió los labios para no gritar. Empezaba a entrever su desquite; no sólo la apetecida venganza, sino el rescate del precioso depósito. Tuvo que ahogar suspiros de alegría.

Su ojo derecho se pegaba a la cerradura; contenía su anhelante respiración, y el temblor de su cuerpo sacudía imperceptiblemente la hoja de la puerta. Amelia, inmóvil detrás de él, le tendió la mano, y Renato la apretó convulsivamente.

Capítulo 4. Mina y contramina

Otro menos escarmentado que Renato, creyendo saber cuanto necesitaba, se retiraría de allí; pero el joven Marqués tenía sobrexcitadas sus facultades y no se movió. Y bien le avino: al poco rato la puerta del cuarto de Volpetti se abría, y entraba el capitán Soliviac, que venía a anunciar al señor conde de Keller cómo tenían pasaje él y su criado a bordo del Poliphéme y cómo el brick se dirigía a Dieppe, a menos que el señor Conde tuviese especial interés en arribar a otro punto, en cuyo caso…

Soliviac desempeñaba a las mil maravillas su papel. Volpetti cayó en el lazo; ajustó, ofreció una suma regular… Le interesaba mucho desembarcar en el Havre, desde donde era fácil y breve el viaje a París.

—¡El Poliphéme! —repetía para sí Renato—. ¡La Providencia no puede decirme con mayor claridad que ha resuelto entregarme a ese hombre!

Acorde ya con Soliviac y señalada para embarcar la hora de la marea de media noche, Volpetti seguía tranquilamente arreglándose, sin sospechar qué formidables enemigos se agitaban a su alrededor. Tan natural es en el hombre la confianza, que hasta quien nació para espía, como aquel siciliano, alguna vez se ha de entregar a ella. Hay un instante fatal en que el resorte de la voluntad se afloja. Volpetti, dueño de los codiciados papeles, asegurado el regreso a Francia, creyó hallarse en vacaciones, y las órdenes que dio a Brosseur se refirieron a la lista de una comida suculenta, servida en su propia habitación. Por rutina tomó la precaución de añadir:

—¡Cuidadito con lo que se habla en la cocina!

Entretanto, los dos carbonarios conferenciaban con Soliviac y le encargaban que embarcase, mucho antes de la hora fijada, a Volpetti, a los irlandeses y al marqués de Brezé. El primer viaje de la chalupa, ya anochecido, debía llevar a estos y a Luis Pedro; el segundo sería para Giacinto y Volpetti. Soliviac mismo buscó al marqués de Brezé en su habitación, y le avisó que debían estar dispuestos él y las dos personas para quienes había solicitado pasaje.

—Convenido, capitán —respondió Renato—, por lo que respecta al señor y a la señorita O’Ranleigh; pero tocante a mí, iré, si es que voy, en un bote que fletaré a la hora más conveniente. Digo si es que voy, porque aún no estoy seguro. Quizás convenga a mis intereses no salir de Inglaterra por ahora.

Estas palabras de Renato, transmitidas por Soliviac a los carbonarios, hicieron fruncir el entrecejo a Luis Pedro, cuya suspicacia se despertó nuevamente.

—No es amor sólo el que danza ahí —repitió, viendo sonreír a Giacinto—. Apuesto a que tiene su busilis la conducta del Marqués.

—Le he manifestado —advirtió Soliviac— que el Poliphéme no le aguardará, y que se expone a quedarse sin embarcación, y me ha respondido que supone que el brick no se hará a la mar antes de la marea de la media noche.

Sobresaltados los dos carbonarios cruzaron una mirada. Giacinto, a pesar suyo, principiaba a compartir la inquietud de Luis Pedro. Hay situaciones en que cualquier incidente inesperado alarma.

—Bien, pues dejarle que haga lo que quiera y no perderle de vista. Nuestra tarea se distribuye así: tú, Giacinto, quedas en tierra y acompañas a Volpetti y a su fámulo hasta la chalupa; en ella estaremos el capitán y yo. Si Brezé quiere embarcarse al mismo tiempo no le recibiremos, porque no cabe. Se quedará en tierra y… nada más. No hacen falta testigos. Ahora… cada uno a su lugar.

Cosa de media hora después bajaba Renato de Brezé la escalera, dando el brazo a la supuesta miss Bess O’Ranleigh, cuyo rostro cubrían el sombrero de paja y el velo y cuyo cuerpo elegante envolvía ancho tartán de grandes cuadros negros y verdes. Dorff, que venía atrás, también había subido el cuello de su capote y aplanado el ala del sombrero, y así y todo, cuando Luis Pedro les vio, cuando percibió otra vez confusamente el singular parecido, un movimiento que no supo definir, mezcla de antipatía y de atracción, se produjo en su alma.

—¡Raza maldita! —pensó para sí—. ¡Raza que nos ha traído y nos traerá siempre la vergüenza, la invasión, el bofetón en las mejillas de la patria!… ¡Ah, si algún día puedo!… Y esta extraña semejanza, ¿a qué se debe? ¿Va la casualidad a jugar una carta en nuestra partida?… ¿Qué significa el respeto con que les trata ese aristócrata?

Cerca ya del muelle, comunicó estos recelos el sombrío carbonario a su optimista compañero Giacinto.

—Cada vez me convence menos lo de la aventura amorosa. Aquí hay algo que no entendemos… ¡Vigilancia! Ahí quedas tú para asegurar el golpe.

Momentos después los irlandeses, Luis Pedro y el capitán se acomodaban en la chalupa del Poliphéme. Giacinto, puesto ya en alarma, fijose en los detalles de la despedida; notó la angustia, la emoción de la joven, al estrechar de un modo peculiarísimo la mano del marqués de Brezé, y el ademán que este hizo, involuntariamente, y que en todas partes significa:

—No hay cuidado. Se hará lo que corresponda.

—¿Tendrá razón Luis Pedro? —meditaba el siciliano camino del Pez Rojo—. ¿Será ésta una contramina, un hilo que pueda enredar nuestra trama?

Desde el embarcadero siguió con disimulo a Renato. La niebla, que comenzaba a espesarse, le favorecía. Por otra parte nada tenía de sospechoso el hecho, toda vez que iban en la misma dirección. Al llegar a la posada, Renato, en vez de entrar en el bodegón, echó precipitadamente escalera arriba. Giacinto se detuvo en el rellano, atando cabos.

—La habitación contigua a la de Volpetti es la que estos irlandeses acaban de dejar vacía —pensó, recordando la distribución del piso, estudiada so pretexto de retozar con Kate—. No es verosímil que otros viajeros la hayan ocupado. Esperaré a que el Marqués entre en el cuarto inmediato, que es el suyo, y después trataré de deslizarme ahí a oscuras; milagro será que el ojo de la llave esté tapado con un papel. Volpetti aquí no debe de andar precavido. Se creerá libre de toda asechanza…

Mientras echaba estas cuentas Giacinto, acababa Brezé de subir la escalera y empujaba la puerta de su cuarto. Ya iba el siciliano a deslizarse en el de los irlandeses; sólo tuvo tiempo de hacerse atrás y ocultarse en las tinieblas del ángulo del pasillo. Renato había vuelto a salir… sin botas, descalzo, andando furtivamente, mirando alrededor… y abriendo con suavidad la puerta de la habitación en que se había alojado miss O’Ranleigh, metiose en ella.

—¡Lo que yo me proponía!… —murmuró para sí, estupefacto, el caballero de la libertad.

Tan inesperado era aquello que Giacinto, resuelto como pocos, sintió una especie de miedo. El matemático o el astrónomo que descubre en su cálculo más importante un error transcendental; el ladrón que al introducirse en una casa, creyendo hallar a los dueños dormidos, ve luz y oye ruido de voces; el general que se encuentra envuelto por fuerzas enemigas, deben advertir algo análogo a lo que nuestro siciliano experimentaba. Cerca de quince años hacía que, impulsado por un odio hirviente como la lava del Etna, se proponía consumar su venganza y cobrar a Volpetti la sangre y los sufrimientos de seres muy queridos. La vida especial del esbirro, sus múltiples disfraces, sus viajes repentinos y secretos, le habían defendido; Giacinto, solo, pobre, obligado a luchar para ganarse la vida como pintor adornista al temple, no hallaba ocasión favorable de encararse con su enemigo. Al trabar amistades con Luis Pedro, al afiliarle este en la Venta, el italiano sólo vio una perspectiva: vengarse de Volpetti. Sus esperanzas crecieron cuando ingresó en el grupo de los caballeros de la libertad, núcleo individualista dentro de la asociación de los Carbonarios. Los caballeros auxiliaban todos a cada uno, siempre que no se tratase de empresas contrarias a los fines y resoluciones de la Venta. En cambio de esta ventaja personal, los caballeros eran siempre elegidos para trances peligrosos. Sin conocer esta especial organización de las fuerzas entonces revolucionarias no se comprendería la situación de Giacinto. Un poder formidable le ayudaba, transformándole de homicida por venganza en ejecutor de sentencia secreta. Y próximo ya a lograr cumplida satisfacción de sus añejos y perseverantes rencores, ¿cómo no al armarse ante la impensada complicación cuyo alcance no podía medir?

Media hora permaneció emboscado, aguardando a que Brezé saliese. Pero no acababa de salir, y el puesto era un extremo peligroso; podían pasar Kate, o los camareros, o algún huésped; extrañarían encontrarle acurrucado en aquel rincón. Giacinto se enjugó la húmeda frente y se decidió a bajar al bodegón, donde pidió otro frasco de Chianti y un trozo de carne fría. Necesitaba restaurar sus fuerzas; comprendía que sus piernas flojeaban, que saltaba locamente su pulso. A medida que corrían las horas era mayor la alteración de su espíritu. Kate se acercó a servirle la roja lonja de buey y el empolvado fiasco, y al ponerlo sobre la mesa, maravillada del silencio de su adorador, le llamó la atención con una sonrisa provocativa y una frase picante.

—¿Qué tiene usted? ¿Se le ha muerto algún pariente cercano? ¿Ha visto sobre el tejado la sombra del gato negro? —añadió aludiendo a una superstición local.

Giacinto, de mala gana, acarició distraídamente la gruesa mano de la moza.

—Oye —la dijo—, ¿sabes tú si se marcha ahora ese caballero francés que aposentó a los irlandeses?

—¿Y a usted qué le importa? —respondió amoscada Kate, a quien no se le ocultaba la frialdad del gallardo siciliano.

—Más de lo que piensas —contestó Giacinto en voz a que procuró dar apasionados tonos—. Si él se va es que se marcha el buque que nos ha de llevar a los dos… y entonces, con gran desesperación mía, Kate… no pasaré la noche aquí. ¡Una noche bajo el mismo techo que tú, gloria divina! —añadió apoderándose del extremo de la trenza roja de Kate y deshaciéndola entre sus dedos.

La alegre muchacha se puso más encendida aún que de costumbre; jadeó un poco su aliento. El italiano la gustaba más de lo que ella misma creía, y subyugada no tuvo valor sino para murmurar, como quien se rinde:

—El caballero francés se marcha a media noche, y lo mismo el señor que ocupa el 10 y que ha traído su criado. Ya han pedido la cena y la cuenta. Pero… aquí no faltan embarcaciones. Si está usted cansado y deseoso de dormir tranquilamente… mañana encontrará las que quiera.

Giacinto, para mejor engañar a Kate, trocó con ella una expresiva mirada sin interrumpir la operación de desflecar la trenza, cuyos hilos cobrizos, olorosos a aceite de macasar, se le enredaban en las uñas. Luego, apurado el Chianti, subid a su cuarto, riéndose de la vanidad de las mozuelas; se cebó el capote, se ciñó una faja y en ella aseguró dos pistolas; se terció la cartera, empuñó un bastón de estoque, caló el sombrero y, saliendo por la puerta de la calle, se perdió entre la niebla.

Capítulo 5. El crujido

La cual era infinitamente más densa y húmeda que por la tarde, y envolvía como panal de gris algodón las calles de Dower, cuando a eso de las once y media Volpetti, seguido de Brosseur, tomó el camino del embarcadero, en demanda de la chalupa del Poliphéme. El criado cargaba la maleta y el necessaire; el asno, incapaz de fiar ya a Brosseur tal tesoro, oprimía contra el pecho, bajo las esclavinas del capotón, su precioso latrocinio, el cofrecillo que encerraba los documentos de Dorff.

Pisaba Volpetti con precaución el terreno fangoso de la línea de muelles que no conseguían iluminar, rasgando el espesor de la niebla, los amarillentos reverberos del alumbrado, semejantes a redondas pupilas de algún búho enorme. Sus botas, llenas de barro, pesaban, y a través de las suelas sentía penetrar el frío de la encharcada tierra. Brosseur le seguía difícilmente, a tientas, agobiado por el peso de los dos bultos y gruñendo entre sí:

—¿Dónde aguardará esa maldita chalupa? Ya podían habernos enviado un marinero que nos guiase…

Para no apartarse de su amo, dirigíase Brosseur por el ruido de las pisadas y el crujido del cuero nuevo de las altas botas de campana. Hubo un momento en que sonó débil; luego cesó de oírlo; desorientado, se detuvo; entonces resonó otra vez y más recio que antes; se acercó lo más que pudo; el de las botas iba a prisa. De improviso el de las botas se volvió, y el supuesto ayuda de cámara sintió cual si se le desplomase encima del cráneo una masa pesadísima; vaciló, y, soltando las maletas, cayó faz contra tierra, sin proferir más que una especie de ronco quejido, análogo al estertor del buey, cuando lo acogotan de un mazazo. El estrépito de la caída lo amortiguó la capa de lodo blando que revestía el suelo.

El marqués de Brezé —pues no era otro el que acababa de atacar a Brosseur— se inclinó sobre su víctima, descubriendo una linterna sorda y acercándosela al rostro, por el cual, fluyendo del abierto cráneo, se deslizaba un hilo de sangre. Tentó, desabrochó, registró afanosamente el pecho del polizonte; en el bolsillo del lado izquierdo encontró un manojo de llaves. Con ellas abrió las maletas. No contenían sino ropa y objetos de tocador. Entonces, con precipitación febril, después de menear a Brosseur para cerciorarse de que estaba sin sentido y no daba señales de recobrarlo, Renato se incorporó y apresuró el paso hacia el embarcadero, hacia el cual se dirigía sin duda Volpetti.

Momentos después, un hombre de arrogante apostura, que se deslizaba a paso de fantasma a través de la niebla, tropezó con el cuerpo inerte de Brosseur y masculló una exclamación.

—¿Qué es esto? —murmuró—. ~¿Un cadáver?

Sacando chispas de su eslabón, encendió mecha, y pudo reconocer al esbirro, que respiraba todavía.

—¡Famoso golpe! —exclamó el italiano— y es obra del Marqués. Le ha partido la cabeza como quien parte una sandía. Lo que no sabe ese caballero que nos coge la delantera es rematar la suerte. Si pasa cualquiera y encuentra aquí a ese can, y sus maletas abiertas, y todo desparramado, da la alarma al vecindario, creyendo que se trata de un robo. ¿Y por qué realiza el Marqués estas proezas? ¡Dios mío! ¡Qué razón tenía Luis Pedro! ¡Qué bien adivinó que no se trataba solamente de amores! En fin, al caso… Ea, amigo esbirro… bueno es que los precavidos vengan después de los inexpertos.

Durante este monólogo, revelador de lo mucho que todavía le faltaba al marqués de Brezé para habérselas con gente ducha en golpes de mano, Giacinto, medio a oscuras, recogía en las maletas los objetos esparcidos y las cerraba con sus hebillas. Luego, con precauciones —porque la niebla era tan compacta que exponía al peligro de un paso en falso el acercarse al malecón resbaladizo—, columpió las maletas en el aire y las arrojó al mar, que rugía con tumbo ensordecedor, azotando las negras piedras y enviando su espuma a romperse y desmoronarse sobre la línea del dique. Acercose en seguida al esbirro, que, embargadas sus facultades, continuaba sufriendo los efectos del porrazo, y trató de hacerle rodar hasta el borde mismo del malecón.

—¡Cómo pesa el tunante! —suspiró Giacinto—. ¡Y qué fortuna, esta niebla y esta marejada ruidosa y ensordecedora! ¡No faltaría sino que algún vecino desocupado nos atrapase con las manos en la masa!

Al mismo tiempo bregaba para mover el cuerpo rechoncho, pesadísimo, cuya cabeza ensangrentada se balanceaba y se hundía en el fango. Aunque el siciliano era robusto y forzudo, un sudor de angustia inundó su piel al notar que no conseguía alzar del suelo, donde se había atascado en el barro desleído y pegajoso, aquella masa humana. Hizo un esfuerzo supremo y la sintió que cedía, que se ponía en movimiento por decirlo así; animado redobló el impulso, y arrastró a Brosseur hasta la orilla. Pero no había contado con la velocidad adquirida, inevitable: presa de un vértigo, se vio precipitado a las olas. Giacinto era italiano, y a pesar de carbonario, católico y gran devoto de la Madona; se encomendó fervorosamente a ella y cejó hacia atrás. Sus pies se hincaron en el cieno; esto le salvó. El tronco semivivo de Brosseur, cediendo a su propio peso, se deslizó lentamente por el filo del malecón, y con pesada caída hizo rebotar el agua, que llegó a cubrir de salpicaduras de espuma a Giacinto…

El siciliano, con el corazón palpitante, se persignó. ¡El peligro había pasado! En su frente, la salpicadura de agua de mar se mezclaba con el sudor de la congoja.

—Santa Madona, ¡gracias! —balbuceó respirando ampliamente, libre de sus terrores.

Entonces se acordó de lo que durante la brega había olvidado. ¿Y qué sucederá en el embarcadero? ¿Qué será del Marqués? ¿Qué de Volpetti?

Como aguijado por la incertidumbre, Giacinto se hundió en la niebla, siguiendo la línea del muelle. Renato le llevaba delantera. El crujido de sus botas, que había engañado a Brosseur, puso a Volpetti desde el primer instante sobre aviso. La honda cautela del esbirro, olvidada algunas horas, habíase despertado de súbito, merced a ese instinto profesional que forma segunda naturaleza. Su exquisita suspicacia pareció avisarle, de un modo vago, que tenía cerca el peligro. No le sería fácil explicar por qué, pero, al apretar el cofrecillo contra el pecho, cerciorose de la presencia de un puñal, y, en el cinto, del bulto de las pistolas, compradas, por cierto, en Londres.

Aunque el instinto tuviese en esto mucha parte, también la razón velaba en Volpetti y le advertía de dos hechos: primero, la desaparición de Brosseur, a quien no se atrevía a llamar, pero a quien buscaba en medio de la niebla. No encontrarle inquietó al esbirro; pero aumentó su preocupación oír detrás crujido insistente de cuero, que respondiendo al de sus propias botas sonaba de continuo, a pesar del ruido formidable de la marejada. Volpetti presentía que alguien le iba a los alcances; que era seguido, hasta acosado. Lo solitario del lugar, lo tardío de la hora, lo intranquilo de su conciencia, todo contribuía a infundir en el ánimo del esbirro temor indefinible.

—¡Brosseur! —se atrevió a silabear—. ¡Eh, Brosseur, galopín!

Nadie le contestó; el crujido proseguía cada vez más cerca, al lado casi de Volpetti… Una especie de resuello ardiente, de amenaza y odio, abriose paso por entre las gasas tupidas y frías de la niebla, y antes que el esbirro tuviese tiempo de ponerse en guardia, un choque violento, un palo en un hombro le alcanzó. Sin embargo, hallábase prevenido; oprimió con el brazo izquierdo el cofrecillo y con la diestra sacó una pistola que montó, tratando de dirigir el cañón del arma hacia donde supuso que su agresor podría encontrarse. Sin darle tiempo a apuntar, ni siquiera a disparar a bulto, un hombre joven, ágil como un leoncillo, surgió, se abrazó a él y le estrechó violentamente, oprimiéndole las costillas hasta quitarle el respiro. Anhelante, Volpetti se defendía y procuraba hurtar el cuerpo y resguardar el cofre. Había reconocido, sin verle, al marqués de Brezé, y comprendía, en medio del aturdimiento y el vértigo de la lucha, que el objeto del ataque no era sino recobrar los documentos. El vigor de Renato, al fin, prevaleció, y el mozo, arrancando al esbirro la pistola, se la apoyó en la sien, diciéndole con voz ronca:

—Suelta el cofre que has robado, bandido, o te abraso los sesos —Volpetti aparentó hallarse subyugado. Había caído sobre una rodilla; al golpearle Renato para apoderarse del cofre, la mano del esbirro, deslizándose hacia el pecho, sacó de su vaina el puñal. Mas ya no era Brezé el de antes; sus astucias de cazador las aplicaba a la lucha con el hombre, y procedía con Volpetti como si fuese una alimaña. Atenaceó el brazo que le amenazaba y lo retorció hasta casi dislocar la muñeca. Volpetti, torturado, exhaló un grito, pero el pavoroso mugido del mar cubrió su voz. Y Renato entonces, con espasmos de alegría que casi le embargaban el sentido, logró arrancar la correa y con ella el cofrecillo, y soltó al esbirro anonadado.

Era en aquel mismo instante cuando, habiendo atracado al embarcadero la chalupa y quedándose dentro de ella el capitán Soliviac, Luis Pedro, vestido de marinero, saltaba a tierra empuñando un farol. El ruido de la lucha, el apagado grito de Volpetti, le guiaron, y con gran asombro suyo, al aproximar el farol, en vez de encontrar a Volpetti enzarzado con Giacinto, vio en el suelo al esbirro y en pie al Marqués.

Precisamente Giacinto se acercaba entonces al grupo. Ni uno ni otro caballero de la libertad se metieron en averiguaciones. Luis Pedro llevaba una cuerda enrollada a la cintura; la desenrolló rápidamente y se arrojó sobre el esbirro, atándole de pies y manos a pesar de su desesperada resistencia. Giacinto ayudaba, y riendo de gozo repetía:

—¡Caíste! ¡Has caído! ¡Ahora sí que no te escapas! ¿Me conoces? Soy Giacinto Palli, tu amigo… ¿Por qué no le echamos al mar inmediatamente?

—¿Aquí? —contestó Luis Pedro—. Estás loco. Podría salvarse.

—¡Bah!, con una cuarta de fierro sobre la tetilla izquierda…

—¿Y el criado? —dijo Luis Pedro.

¿Ese?… ya se lo está contando a los peces.

—¿Son ustedes enemigos de este hombre? —preguntó el Marqués.

—¡A muerte! —exclamó Giacinto, mientras aplicaba a Volpetti por mordaza su pañuelo.

—Yo también. Me había robado lo mejor que tenía. ¡Recíbanme ustedes en la chalupa y llévenme a bordo, porque después de lo hecho no puedo quedarme en Dower!

—¿Es usted capaz de guardar silencio sobre lo que vea y oiga? —interrogó en tono solemne Luis Pedro.

—Silencio absoluto. Palabra de caballero.

—Pues ayúdenos a cargar con este miserable y a la chalupa.

Renato obedeció, y levantando por brazos y piernas al esbirro los tres hombres bajaron las escaleras del embarcadero.

Capítulo 6. El perdón

Cuando tendían a Volpetti en el fondo de la chalupa, amordazado y reciamente atado, a bordo del Poliphéme, sobre cubierta, un hombre y una mujer intentaban el imposible de rasgar con la mirada la densa bruma que ocultaba el puerto; a los dos les latía el corazón muy fuerte; los dos levantaban el pensamiento a la esfera de lo divino. Se mantenían estrechamente abrazados, pendientes del desenlace de aquel episodio en que se jugaba su destino y en que además corría tamaño peligro su valeroso defensor. Desde la del embarque, las horas habían transcurrido con desesperante lentitud, aumentando la ansiedad del padre y la hija.

El mar, que era de fondo, batía los costados del Poliphéme y hacía cabecear al ligero brick, no obstante la sujeción del ancla.

El segundo de a bordo, envuelto en amplio abrigo de hule, manifestaba cierta inquietud; sabía que el capitán había resuelto emprender el viaje, y no encontraba que fuese favorable el tiempo, tan metido en niebla, con navegación entre dos costas y las profundas corrientes del Estrecho.

Cuando Amelia, calada hasta los huesos por la glacial bruma, empezaba a tiritar de frío, el vigilante de cuarto avisó que la chalupa se acercaba.

—¡Dios mío! —murmuró Dorff—. ¡Qué nos traerá! ¡Tened piedad de nosotros!

Momentos después, una voz juvenil, alegre, triunfadora, dominando el eco imponente del mar, gritó:

—¡Amelia! ¡Amelia!

Precipitose la niña… Ya trepaban por la escalera de cuerda los tripulantes de la chalupa, y podía verse que izaban una forma rígida, que a primera vista se tomaría por un cadáver. Depositaron la carga sobre el puente, y el capitán Soliviac ordenó que la arrimasen a un rollo de cordaje y la dejasen allí, cerciorándose antes de que estaba el sujeto bien atado. Giacinto, loco de alegría, no cesaba de repetir:

—¡Gran noche! ¡Gran jornada!

Retrato, por su parte, cogió una mano de Amelia y la besó con delirante gozo; después, precipitándose hacia Dorff; abrió su capotón y sacó y presentó el cofrecillo.

El capitán ordenó:

—¡Levar el ancla!

No se atrevió el segundo a manifestar recelos, y minutos después el Poliphéme se alejaba de las costas de Inglaterra.

En la reducida cámara que servía al Poliphéme de sala y de comedor reuniéronse los dos carbonarios, Amelia, Dorff, Renato y el capitán. Este ordenó a un marinero que trajese lo necesario para hacer ponche; todos estaban empapados, y necesitaban algo que les confortase. La fantástica luz del ron ardiendo, que vacilaba a los vaivenes del brick, iluminó los rostros, y al primer sorbo de la caliente bebida se estableció una especie de confianza repentina entre los que horas antes ni se habían visto. Con su resolución y su iniciativa de costumbre fue Amelia quien tomó la palabra para dar satisfacciones a Soliviac y a los dos carbonarios.

—Es hora de explicarnos, señores, y de decir la verdad. No somos irlandeses; somos unos pobres proscritos que buscan refugio en Francia y que necesitan no ser conocidos, porque la policía nos persigue y los poderes de la tierra nos aplastan. El hombre que han traído ustedes maniatado y su digno compañero nos habían sustraído, con infames ardides, un cofre que contenía los documentos que acreditan nuestra personalidad y nos autorizan a reclamar nombre y fortuna, la herencia de nuestra desdichada familia. Mi prometido —y Amelia dirigió al marqués de Brezé una sonrisa encantadora— se propuso recuperar esos papeles: veo que los ha recuperado, pero indudablemente ustedes han sido sus auxiliares. ¿Me equivoco?

—No, señorita —exclamó Giacinto—, la casualidad más rara ha unido nuestros intereses. El novio de usted pega fuerte, pero no sabe rematar. Si no es por mí, el pillastre del polizonte disfrazado de ayuda de cámara a estas horas habría divulgado en Dower lo que tanto nos conviene que permanezca secreto. Me vi obligado a ponerle en remojo. Ya están seguros: el uno en el fondo del mar; el otro aquí, esperando que le demos la licencia absoluta. ¡Rico ponche! Me vuelve el alma al cuerpo.

—El otro —dijo Luis Pedro— correrá la misma suerte, pero antes le interrogaremos; no es cosa de que se lleve sus secretos al otro mundo añadió con sonrisa sardónica—. Así que estemos en alta mar —por precaución— le arreglaremos en forma y le lanzaremos al agua. ¿No es cierto, señores? ¿Qué opina usted, capitán?

—No hay otro remedio, hermano —contestó Soliviac gravemente.

—Es una triste necesidad —confirmó de Brezé.

—¡No, es una ligera compensación! —exclamó Giacinto.

Amelia guardó silencio, pero su mirar centelleante de arcángel vengador refrendaba la sentencia.

Pero Dorff se levantó. Al vacilante reflejo del ponche parecía agigantarse su estatura. En honda voz habló suplicando:

—¡Nada de sangre, señores! ¡Nada de crímenes! ¡Perdón, perdón!

—¿Que le perdonemos? Ha servido ciegamente a la tiranía —contestó Luis Pedro.

—Ha perseguido a la inocencia —afirmó Soliviac.

—Ha hecho morir a mi hermano en un patíbulo —declaró Giacinto rechinando los dientes.

—Ha organizado el asesinato de mi padre —confirmó Amelia.

—Me ha engañado, me ha despojado, ha pegado fuego a mi habitación —alegó Brezé.

Y a la vez, cinco voces repitieron:

—¡Debe morir!

Un silencio imponente pesó sobre la cámara, interrumpido sólo por las ululaciones del viento y la queja del mar.

El capitán Soliviac sirvió otra ronda de vasos de estaño colmados de ponche y coronados de azules llamitas, y dijo señalando a Dorff y Amelia:

—Ustedes son nuestros huéspedes. No teman mientras estemos a su lado. Les defenderemos, pero exterminaremos sin misericordia a los malos y a los injustos.

Instintivamente, al sentirse reanimados por la confortante bebida, Amelia y el Marqués se aproximaron, entablando una plática muy dulce.

A su vez, los tres caballeros de la libertad agrupáronse, celebrando una especie de consejo, deliberación exigida por las circunstancias. Giacinto era partidario de un sistema: rodear a Volpetti los pulgares con un bramante lino, introducir en el nudo una cañita y dar vueltas, vueltas… hasta que el esbirro contase varias cosas que convenía saber. Después, una bala a los pies, otra al cuello, los brazos bien amarrados para evitar ejercicios de natación… y el baño de agua salada, a que se reuniese con su ayuda de cámara en el país de las sardinas.

Entretenidos con estos planes, no se hicieron cargo de que Dorff ya no se encontraba en la cámara. Sólo Amelia notó la retirada de su padre, y la atribuyó al deseo de descansar o de protestar, con la ausencia, de lo que allí se decidiese. Tambaleándose a causa del movimiento del barco, agarrándose al balaustre de cuerda de la escalera que conducía al puente, Dorff salió al aire libre, alzó los ojos al cielo, y después se aproximó al esbirro, que continuaba arrimado al rollo del cable, entre dos barricas. Le contempló un instante: el farol de cuarto, oscilando, tan pronto iluminaba como dejaba en sombra el rostro de Volpetti, lívido de pavor y de rabia. Al fin se inclinó hacia él. El esbirro ni aun intentaba moverse: comprendía que era llegada la hora del desquite, la hora de pagar cuentas y deudas. Dorff, en voz baja, casi al oído, le dijo con un género de extraña dulzura:

—Vengo a libertarte.

Volpetti no podía hablar, pero sus ojos revelaron sorpresa infinita.

—Oye —insistió Dorff, principiando a atacar con un cortaplumas las ligaduras que sujetaban las manos del esbirro—, te perdono para que Dios me perdone y te mando, de parte suya, que no vuelvas a pecar. Tu vida es una cadena de maldades; me has hecho sufrir tanto, que he cometido el delito de dudar de la justicia divina. Si salvas, haz penitencia. Así que te desate, escapa: aquí te matarían; arrójate al mar, y mejor para ti si la casualidad pone en tu camino un barco que te recoja. No te incorpores; ¡quieto!, aguarda.

Ya tenía Volpetti libres las manos. Dorff deshizo los nudos que sujetaban pies y piernas. El esbirro continuaba guardando silencio, experimentando la emoción del que al borde de un precipicio se siente sujeto por un brazo vigoroso. De los sentimientos que despierta el beneficio inmediato —gratitud, efusión—, ni rastro hubo en Volpetti. Endurecido por su oficio, habituado a respirar entre lágrimas, dolores y agonías, aquel hombre sólo advertía, respecto a Dorff, un desprecio irónico. «¡Valiente insensato! ¡Pues no me suelta!», pensaba. En tan crítico instante recordó su vida entera. ¡Cambiar él! ¡Imposible! Era espía por vocación. En la escuela espiaba y delataba a sus condiscípulos; novicio en los Camaldulenses, espiaba a sus compañeros de hábito; arrojado del convento por la revolución, espió a los revolucionarios; sus aptitudes, su temperamento a eso le inducían, y encontró el ambiente más propicio, porque desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX, y sobre todo bajo el primer Imperio y la Restauración, han corrido los tiempos áureos de la policía secreta, y nadie escribirá la verdadera historia de ese período, porque unos cuantos polizontes geniales se la llevaron consigo al sepulcro. Cuando Volpetti ingresó en la hueste sostenida por los fondos de aquel Ministerio de policía que creó el Directorio, y cuyas vicisitudes marcan las etapas históricas sucesivas, desarrolló sus condiciones excepcionales de esbirro, infernalmente hábil para provocar a conspiradores, enredarles más y más en los hilos de su propia trama, sorprenderles, aniquilarles. Casi con desinterés, pues obedecía a las íntimas necesidades de su naturaleza, Volpetti fue, según la frase enérgica de un historiador, los ojos y los oídos y a veces el brazo del Gobierno. La lúcida ojeada de Vidocq había discernido inmediatamente las cualidades de Volpetti, su arte para introducirse donde le acomodaba bajo pretextos y disfraces, para intimar con las gentes del servicio o los amigos, y averiguar así lo más oculto de combinación novelescopsicológica, red de malla dina que envolvía al más precavido y cauto. Y es que Volpetti tenía el sello del espía natural, que trabaja por amor al arte, a todas lloras, entusiasta, con pasión maniática de coleccionista. En las esferas de la alta policía se le proporcionaron medios de acción, poniendo a sus órdenes una brigada de agentes y facilitándole dinero; a sus mañas se debía ya el descubrimiento de infinitos complots, la captura de bastantes agitadores peligrosos y el desenlace trágico de episodios como la conspiración del general Doyenne, que se suicidó en la cárcel por no arrostrar el fuego del piquete.

Compréndese que en el alma de Volpetti no cabía gratitud ni remordimiento. Al contrario, existía en el agente la convicción de que el bien es debilidad y el perdón cosa muy necia. ¡Perdonarle Dorff! ¡Con tantos años como llevaba de perseguirle! La persecución de Dorff era uno de los títulos de siniestra gloria del esbirro: era su especialidad… Nunca había sentido como en aquel momento el menosprecio invencible del hombre de acción sin escrúpulos hacia el hombre de conciencia que procede movido por impulsos éticos. Tan satánico desdén hervía en el alma de Volpetti ínterin Dorff le quitaba la mordaza y acababa de deshacer los nudos de las recias cuerdas.

Lo único en que Volpetti creía —con mezcla de superstición italiana y de ese indiferentismo estoico que surge en las almas de los que acostumbran violentar al destino y saben que el destino tarde o temprano rechaza la violencia— era en el destino mismo, en la fatalidad. Esa fatalidad acababa de percibirla desde Londres como flotando en la atmósfera; desde el fracaso, absolutamente debido al azar, del atentado contra Dorff en el square. Volpetti tenía fe en sí mismo, y suponía que cuanto malo hubiese de sucederle se originaría de descuidos o errores suyos propios: algo de que él fuese responsable. Cuando se vio sorprendido entre la niebla, paralizado su brazo, echado a tierra, vencido, dominado, amarrado sobre la cubierta del Poliphéme y esperando muerte cierta, acaso cruel, pues había reconocido, sobrado tarde, a su implacable enemigo Giacinto, se echó la culpa, por haberse entregado, en el Pez Rojo, al descuido, cuando debiera vigilar asiduamente. «¡Estúpido de mí! —pensaba—. ¡El Marqués, los carbonarios, Dorff, su hija, todos rodeándome, atisbándome… y yo sin sospecharlo siquiera… ¡Ah, Volpetti… lo que te sucede te está bien empleado, de sobra lo tienes merecido!». Esta idea era la que le hacía estremecerse de rabia mientras comprobaba la imposibilidad física de romper las ligaduras. Al libertarle Dorff cruzó por su mente un relámpago. «La fatalidad no está contra mí. Está contra él, y yo debiera saberlo. ¿No lo he comprobado mil veces? Este hombre es la demostración más clara de la fuerza del sino».

Dorff, entretanto, repetía con solemnidad la fórmula regia de los indultos.

—¡Te perdono para que me perdone Dios, que está sobre ti, sobre mí, sobre todos! De Dios que nos ve y sabe cuáles son tus delitos y el momento en que extenderá la mano para reducirte a la nada. ¡Te perdono… porque mi destino es perdonar y expiar y a ello estoy pronto! ¡Pero también te advierto que si no te enmiendas y arrepientes, ay de ti, ay de ti! No tientes más al poder sumo. ¡No creas que te librarás de él!

Sintió el agente que no le sujetaba ninguna ligadura y que su sangre empezaba a circular. Se desnudó poco a poco. Dorff le cubría con su cuerpo. Incorporándose, medio agachado, se acercó a la borda. Con rápido movimiento se lanzó a las irritadas olas. El vigilante de cuarto profirió el clásico grito:

—¡Hombre al agua!

Capítulo 7 A la luz del farol

Tiene este clamor la virtud de poner en movimiento instantáneamente a cuantos van en un barco. Como por magia aparecieron en la cubierta del Poliphéme pasajeros y tripulantes; la niebla empezaba a disiparse; aturdía el ruido del oleaje, rompiéndose contra los costados. En la confusión de los primeros momentos nadie acertaba a explicarse lo sucedido.

Sin embargo, el segundo de a bordo hizo una indicación al capitán Soliviac.

—El prisionero se ha fugado, y fue ese pasajero —añadió señalando a Dorff— quien le desató. Nos descuidamos, porque nadie podía sospechar…

Profirió el capitán una imprecación airada, y, estupefacto, interrogó al mecánico.

—¿Cómo se ha atrevido usted? ¡Rayo! ¡Por vida de la Custodia! ¿Está usted seguro, Pernies, de que en efecto el señor?… ¡Bien!, ya ajustaremos esta cuenta. Sujetármele y no perderle de vista. Ahora preparad las carabinas, y si veis al tunante, si se acerca al buque… un tiro a la cabeza.

Inclináronse los marineros sobre la borda, tratando de distinguir a lo lejos la blancura del cuerpo zarandeado por la resaca, a cada paso más furiosa. El viento, que ya saltaba por rachas huracanadas, barría el nublado, y una claridad vaga alumbraba la superficie del mar; orlas de espuma corrían desatadas por la cresta de las olas.

Uno de los marineros bretones, especie de gato montés, de verdes ojos, que veía de noche, creyó divisar al náufrago bastante cerca, y casi a un tiempo cuatro disparos partieron en aquella dirección.

Dos mocetones, Yvón y Hoel, arriaban la chalupa y se disponían a tripularla, lanzándose en persecución del fugitivo. Todo fue obra de diez minutos.

Dorff, custodiado, casi prisionero, esperaba tranquilo, cruzado de brazos. Renato y Amelia se habían colocado lo más cerca posible de él, con el propósito de defenderle, pero no pudieron menos de revelar terror y pena ante la fuga del esbirro.

—Nos has perdido, padre —dijo Amelia consternada, en voz temblorosa.

—Señor, es inútil cuanto luchamos —agregó con desaliento el Marqués—. ¡Si ese hombre consigue salvarse, que el mar nos trague a nosotros!, porque nos espera algo cien veces peor que la muerte. No tendremos descanso en ningún país del mundo. ¡Este es el último golpe de la desdicha! ¡De qué me ha servido recobrar el cofrecillo, a costa de hacer yo, un de Brezé, un Giac, el oficio de los que hieren por la espalda!

Y Renato, desesperado, dejó caer la cabeza sobre el pecho. Dorff seguía callando.

Entontces resonó a bordo alborotado clamoreo; el vigilante el timonel gritaban:

—¡Embarcación a babor!

Siempre reviste importancia para un barco el paso de otro con el cual va a cruzarse en la ruta del Océano; en aquellos tiempos, fresca aún la memoria de los lances y empeños entre corsarios ingleses, franceses y españoles, podía encerrar amenazas. Mas para el capitán del Poliphéme, en tal momento, significaba algo más grave: la probable salvación del fugitivo, cuyo cuerpo se había visto blanquear otra vez a través del agua de una ola.

—¿A que recogen a ese maldito? —rugió Soliviac furioso, sin divisar todavía la embarcación.

No tardaron en verla todos. Volaba sobre las olas, como un ave negra, ya rasándolas, ya hundiéndose. Era una goleta poco mayor que el Poliphéme, lo que los holandeses llaman un schooner. La columbraban perfectamente, porque ya la noche era entre clara, y luego notaron cómo las voces del náufrago eran oídas y la goleta recogía velas para moderar su marcha y poder echar un cabo al cual se agarrase el esbirro. Los marineros del Poliphéme iban a disparar otra vez con carabinas, pero Soliviac les contuvo: era seguro que no harían blanco, y en cambio alarmarían a los de la goleta. Impotentes, desesperados, los caballeros de la libertad presenciaron el salvamento de Volpetti; vieron la blancura del desnudo cuerpo sobre la negrura de los costados del buque.

—¡Se ha salvado! —exclamaron.

—¡Se ha salvado! —repitieron con la misma dolorosa entonación Amelia y de Brezé.

—¡Le recogen! —profirieron entre juramentos los tripulantes del Poliphéme. Sin saber quién era el esbirro, compartían ciegamente los sentimientos del capitán.

Todos aquellos puños crispados que amenazaban inútilmente al fugitivo se volvieron, con impulso unánime, que parecía concertado, contra Dorff. El más airado era el capitán Soliviac; agarrando violentamente al mecánico del cuello del largo capotón de viaje que le cubría y sacudiéndole con ira:

—¿Quién es usted? —gritó el marino—. ¿Quién es usted para soltar a los malhechores prisioneros en mi buque bajo mi jurisdicción? ¿Es usted cómplice de ese bandido? Pues sufrirá, ¡rayo de condenación!, la misma suerte que a él le reservábamos.

—Y la merece —apoyaron el italiano y Luis Pedro—. Este sujeto sospechoso, a quien no conocemos, nos ha desbaratado todos nuestros planes. Mal hicimos en fiar de nadie; nuestros asuntos debiéramos despacharlos nosotros mismos, sin consentir intervención.

Amelia, aterrada, se colocó delante de su padre, escudándole resueltamente. La misma actitud tomó de Brezé; pero a una orden de Soliviac los marineros se arrojaron sobre el Marqués y le sujetaron, no sin trabajo, pues era robusto y se defendía con alma.

Dorff, hasta entonces, había permanecido silencioso, como resuelto a no dar explicación alguna de su conducta y a arrostrar las consecuencias. Al ver cómo maltrataban a Renato, se adelantó entregándose.

—Capitán, estoy pronto a responder de mis hechos… Deje usted al Marqués, no tiene la menor culpa. Ruego a usted que me escuche, pero en la cámara, delante de estos señores tan sólo.

Y señalaba a Giacinto y a Luis Pedro.

Soliviac hizo una seña a los marineros, que soltaron a Renato, y, quedándose atrás, señaló a Dorff la escalera que a la cámara conducía.

Dorff bajó; le siguieron Amelia, Renato y los tres carbonarios. Apenas se encontraron en la cámara, estos se agruparon y se colocaron como formando un tribunal: Soliviac en el centro, a los lados Luis Pedro y Giacinto. A tal hora y en sitio tal, la escena era dramática.

—Es usted —dijo Soliviac dirigiéndose a Dorff— un acusado. En mi barco yo administro justicia y a nadie tengo que rendir cuentas sino a Dios. Se ha hecho usted cómplice de un criminal reo de muerte y debe usted sufrir igual pena, ya que él, gracias a usted, se encuentra libre y que su libertad nos costará a nosotros la vida. Sin embargo, antes de imponer a usted castigo, escucharemos su defensa. ¿Que tiene usted que decir en disculpa de su conducta?

—Yo diré… —intervino Renato.

—Usted no. Estoy interrogando al señor —declaró con firmeza Soliviac.

—No pretendo disculparme —declaró Dorff con énfasis—. Lo que hice lo hice a conciencia, porque tenía el derecho de hacerlo.

—¿El derecho? —exclamaron con extrañeza los carbonarios, dudando si se las habían con un loco.

—Sí, el derecho —insistió Dorff—; el derecho de perdonar corresponde al más ofendido, y a nadie de ustedes hizo ese hombre el daño que a mí. Si refiriese lo que por él he padecido, verían ustedes a dónde puede llegar la maldad humana y cuáles son los límites del dolor y del sufrimiento. La palabra no es suficiente para expresar mis martirios. Me torturó, me sepultó en calabozos donde consumí la juventud, me robó nombre y ser, y todavía, no ha muchos días, él guió la mano de los asesinos que quisieron acabar con mi triste existencia. Yo, y no otro, era quien podía perdonarle. Porque además, sépalo el capitán Soliviac, si el perdón desapareciese de la superficie de la tierra… en mi alma debía encontrarse. Mi oficio es perdonar; mi deber, impedir, aun a costa de toda la mía, que se vierta una gota de sangre. Hagan ustedes de mí lo que gusten… He dicho todo cuanto tenía que decir en mi abono.

Los carbonarios se miraron; a pesar suyo, les dominaba la palabra de Dorff, infundiéndoles respeto extraño.

—¡Qué demonios! —exclamó por fin Soliviac. —Todo eso estará muy bien y será muy lindo, pero hay ocasiones en que no se puede perdonar, porque el perdón para uno es castigo para otros. El haberse salvado ese hombre es nuestra muerte.

—Y la mía… y tal vez la de mis hijos —contestó con sencillez Dorff, por cuyas mejillas rodaban dos lágrimas.

—¡Ya lo ve usted! —gritó Giacinto—. Ea, basta ya de escuchar los desvaríos de un insensato. Lo siento mucho por esta señorita… pero es preciso concluir.

Soliviac aprobó y añadió dirigiéndose a Dorff:

—Después de todo, le creemos cuanto nos está contando… por exceso de buena fe. ¿Quién nos responde de que no es usted otro esbirro hábilmente disfrazado? Los hechos son que a usted debe su libertad ese infame.

Dorff retrocedió un paso, y con lentitud majestuosa se arrancó el sombrero, que conservaba encasquetado y bajo sobre las sienes, y se despojó del capote, cuyo cuello casi le cubría el rostro.

Descolgando después el farol de la cámara, aproximó a su semblante la luz. Los tres carbonarios lanzaron una exclamación y se juzgaron víctimas de una alucinación retrospectiva: tal era la singular semejanza. Y con veneración involuntaria, se descubrieron a su vez.

Capítulo 8. El capitán

Una después, en la cámara del Poliphéme la escena había cambiado por completo. Dorff estaba sentado y le rodeaban los tres carbonarios, que acababan de escuchar una relación sucinta de la historia de aquel hombre. El asombro y la lástima inundaban sus corazones. Luis Pedro en especial, a pesar de su habitual y taciturno mutismo, parecía como fuera de sí; tal era la agitación que su actitud revelaba, tal el sombrío fuego encendido en sus ojos, que relucían como dos ascuas vivas. Sobre la mesa estaba abierto el cofrecillo, del cual Dorff había extraído algunos papeles comprobantes de su relato; pero no se necesitaban: los caballeros de la libertad habían tenido fe desde el primer momento.

—¡Qué golpe para los tiranos! —exclamaba Luis Pedro—. ¡Clavarles un puñal sería hacerles menos daño! ¡Visible es aquí la mano de la Providencia! ¡Ellos trajeron al suelo de la patria la invasión; ellos abrevaron en el Sena las monturas de los cosacos… y ahora les vamos a sellar en la frente la vergüenza de la usurpación y del fraude!… ¡Cuando yo soñaba con imponerles un castigo ejemplar y terrible… no creía que Dios pudiese tenérselo reservado tan completo, tan universal! ¡Y menos que me tomase por instrumento a mí… a nosotros!

—Nosotros —confirmó Giacinto—, que somos una fuerza, hacemos nuestra la causa de Dorff el mecánico y la defenderemos por todos los medios… hasta contra él mismo si por exceso de generosidad quisiese perderse otra vez. ¿No es cierto, Soliviac? ¿No es cierto, Luis Pedro? Nuestras energías enteras se consagraran a este asunto. Nuestros hermanos vendrán en ayuda nuestra incondicionalmente, y casi me atrevo a sospechar que no serán ellos solos… ¡Ah! ¡Llevamos en el Poliphéme una revelación a la patria! Para los convencidos, la fe; para los escépticos, la prueba —añadió señalando al cofrecillo.

La voz cristalina de Amelia se alzó entonces, algo velada por la inmensa emoción.

—Señores, si me atreviese… les haría una observación, les daría un consejo de mujer. No formen planes, no alimenten esperanzas, porque desgraciadamente nos encontramos en situación crítica. ¿Creen ustedes que podemos desembarcar en Francia? Vivo y libre el esbirro, que conoce los hilos de esta maraña, no tendremos acaso, en Europa entera, un instante de seguridad y sosiego.

—¡Bien dice la señorita! —declaró Giacinto, que por puro amor al arte la contemplaba extasiado, admirando aquella altiva hermosura, aquel brioso continente, aquel imponente señorío.

—El peligro es mayor de lo que parece —prosiguió Amelia—, porque, hasta el día, nadie en el mundo tenía conocimiento de la existencia de estos documentos preciosos, por un milagro salvados y que pueden cambiar el curso de la historia. Mi padre los conservaba, sin pensar hacer uso de ellos. Quería deberlo todo a la espontaneidad del cariño de su hermana. Todavía espera en él. Pero el esbirro está enterado, el esbirro hará que se pongan en movimiento hasta las piedras para quitarnos nuestra única garantía. No se reparará en medios: cuantos hemos intervenido en este episodio desapareceremos; la tierra guardará el secreto mejor que lo guardábamos nosotros… En vez de pensar en ruidosos desquites y espléndidas victorias, ¡pensemos en ocultarnos, pensemos en resguardarnos de la tormenta que nos amenaza! ¡Tuerza el capitán Soliviac el rumbo, vire de bordo hacia Dunquerke! No podemos dirigirnos a las costas de Francia; Francia sería nuestra sepultura. Llévenos lejos, lejos. Tal vez ni en Holanda hallaremos seguridad.

Dorff escondió la cabeza entre las manos. El reproche indirecto que se encerraba en la objeción de Amelia le dolía como agudo clavo que le pasase el alma. Él estaba cierto de haber hecho bien; allá en su interior había algo que aprobaba su arranque de insensata magnanimidad. Sin embargo, no podía desconocer que era cierto, que al soltar a Volpetti se había cerrado la puerta de Francia y el camino hasta la persona a quien especialmente deseaba convencer y obligar a que le tendiese los brazos.

—Nuestra suerte y nuestra causa están en manos de Dios, Amelia —respondió con ademán inspirado—; ten confianza. He dado libertad al esbirro, pero está bajo una mirada sobrehumana.

—Por lo pronto, monseñor —dijo Giacinto con humorístico alarde—, lo que ese poder sobrehumano hizo fue disponer que pasase una goleta cuando el esbirro batallaba para no ahogarse, y la goleta le ha recogido y hacia las costas francesas le lleva en este momento. Dios es muy bueno, pero de tejas abajo quiere que nos ayudemos nosotros… y nos ayudaremos; ¡vientre de la Madona! —añadió el italiano entre risueño y furioso—. Lo que es ahora, listos tenemos que andar si hemos de valernos. ¡Aquí del ingenio! ¿Digo bien, hermanos? —añadió con solemnidad inesperada, dirigiéndose nuevamente a Luis Pedro y Soliviac.

—Señores —insistió Amelia—, secreto por secreto, tengan la bondad de enterarnos de quiénes son ustedes y qué fuerza es esa de que disponen.

—No nos es lícito —contestó Giacinto— entregar a nadie la clave de nuestro ser. Conténtese con oír que somos zapadores minadores de lo presente, constructores de lo futuro. Nos dirigimos al porvenir. Pigmeos, casi invisibles, en la sombra, atacamos las columnas en que se apoyan los gigantes. Nada nos complace como defender al débil contra el fuerte. No tenemos nombre, o si lo tenemos es nombre que no resuena, nombre sordo mudo.

Renato escuchaba frunciendo el entrecejo, con expresión de inquietud.

—Somos —confirmó Pedro— la reacción vital, que se manifiesta a veces por medio de espasmos y convulsiones. Destruyendo creamos. Derrumbando erigimos. Nuestro programa es deshacer lo hecho.

—¡Programa satánico! —murmuró Dorff como a su pesar.

—Nadie dirá eso con menos razón, monseñor —contestó Luis Pedro—; pues monseñor ha declarado y reconocido aquí, hace un instante, que en los sacudimientos más terribles se realiza la justicia y la reparación. ¿No hablaba monseñor de expiación, de martirio? ¿No reconocía las culpas y las iniquidades del pasado?

—¡Ah! Sí —contestó Dorff—, yo purgo los pecados de una raza, sus abusos, sus crueldades, su indiferencia ante el sufrimiento.

—Y también, padre —dijo Amelia—, purgamos sus transacciones, sus debilidades, sus apostasías. Nosotros no podemos contemporizar ni vacilar en momentos dados. ¿No lo comprendes? Ahora la justicia estaría de nuestra parte si pudiésemos atacar sin misericordia a la usurpación.

—A servir a esa causa estamos dispuestos añadió Giacinto—. Somos los que viajan de noche, por el camino cubierto, en las entrañas de la tierra. Somos los que llevan los zapatos forrados de corcho para que no hagan ruido nuestras pisadas. Somos los que tienen un alma sola en muchos cuerpos. Cuenten con nosotros Dorff el mecánico y su hija. Capitán Soliviac, a bordo usted dispone. ¿Qué rumbo tomamos?

Soliviac se enderezó. Su curtido rostro respiraba audacia y brillaban sus verdes ojos célticos. Hasta entonces no había tomado parte en la discusión; escuchaba, con el pliegue de la reflexión en la frente, cerrados los puños. Ahora, la resolución adoptada se leía en sus viriles facciones. Su voz resonó con el acento de mando de los instantes supremos, aquellos en que peligra el buque.

—Dispongo que demos caza a la goleta en que han recogido al criminal hasta recobrarle. No desembarcará en tierra francesa mientras Camilo Soliviac sea capitán del Poliphéme.

Callaron todos. Lo arriesgado de la empresa no se les ocultaba. No eran tiempos de guerra; el Corso y la piratería estaban severamente reprimidos.

—¿Sabéis otro medio, hermanos? —interrogó Soliviac volviéndose hacia los carbonarios.

—Ninguno —contestaron Luis Pedro y Giacinto.

—En ese caso… —Y el capitán se dirigió hacia la escalera de la cámara.

—Capitán —observó Luis Pedro—, esa goleta es más velera y más fina que nuestro brick. Le lleva una ventaja enorme.

—No —respondió Soliviac—. Van descuidados y a velocidad normal. Hasta se diría que retrasan desde hace rato. Nosotros apretamos desde que aplacó la tormenta. Así que esté al alcance de nuestros cañoncitos y la saludemos veremos qué pasa. Entretanto van a traer otro ponche, porque necesitamos fuerzas; esta señorita se retirará a su camarote y rezará por nosotros, ¡y sea lo que Dios quiera!, pero habremos cumplido nuestro deber.

—¿Yo al camarote? —respondió Amelia, cuyas mejillas parecían dos rosas de Bengala y cuyas pupilas lucían con radiante fulgor—. Capitán, no soy de esa madera. No sólo no tendré miedo alguno y no estorbaré nada, sino que tal vez ayude. Que no me impidan estar cerca del peligro.

Mientras Amelia se expresaba así, Dorff agarraba con fuerza una manga de la anguarina de Soliviac y casi arrodillándose le suplicaba:

—Capitán… ¡No, no haga usted eso! ¡Déjelos usted a su suerte, déjelos usted en poder de la Providencia! ¡Tengo el presentimiento, tengo la convicción de que su mirada vengadora está fija en ellos! Si renunciamos a toda violencia, si prescindimos de la fuerza, si nos resignamos —que es el secreto de la vida… — será nuestro triunfo; la justicia de lo alto se encargará de él, porque ha dicho Dios: «Tomé en mis manos tu causa y vengué tu agravio». No atentemos a la vida humana, no derramemos una gota de sangre… No, nunca.

El capitán, entre enojado y respetuoso, se apartó de Dorff.

—No nos queda otro recurso —dijo encogiéndose de hombros.

—Pero, ¿con qué derecho, capitán, atacaréis a esa embarcación, que ha practicado una buena obra recogiendo a un náufrago?

—¿Con qué derecho? —respondió el bretón—. Con el mismo que han ejercitado los que atormentaron al niño mártir, al inocente; con el derecho que tuvieron para enterrar en el agujero negro de Vincennes a monseñor. Cuando esa goleta y sus tripulantes duerman en el fondo del mar nadie vendrá a hablarme de derechos. ¡Ea! A lo que importa.

Y Soliviac se lanzó por la escalera, seguido de Brezé y de los carbonarios, para mandar la maniobra y disponer una especie de zafarrancho de combate. Por los vidrios de la cámara penetraba ya la azulada luz del amanecer, tragándose la de los faroles; un primer rayo de sol se deslizó sobre el agua, como un beso amoroso del cielo al mar, tiñéndolo de finas tintas de nácar y rosa. Amelia, palpitante, echó los brazos al cuello de su padre; este cayó de rodillas y, cruzando las manos, imploró a alguien en cuyo poder está el destino de los hombres.

Capítulo 9. La goleta

Empezaba a subir al zenit aquel sol puro y claro, anuncio de un hermoso día, cuando el Poliphéme, que desplegado todo el trapo y aprovechando el viento favorable navegaba con rapidez asombrosa cortando graciosamente las olas, divisó la goleta, todavía a bastante distancia.

—Es extraño —dijo Soliviac a su segundo, asestando el catalejo de múltiples tubos hacia el punto del horizonte en que la embarcación se divisaba—. Es extraño. ¡Cualquiera creería que está al pairo la goleta!

Tomó el segundo el catalejo a su vez y meneó la cabeza, confirmando la observación del capitán.

—Al pairo está y hasta creo que ahora recogen velas. La línea blanca desaparece.

—¿Qué será? —exclamó el caballero de la libertad preocupado.

—Alguna avería.

—Sea lo que sea, ¡rayos!, nos conviene. Antes de un cuarto de hora la goleta estará al alcance de nuestra batería, y sin preguntar si la gustan los fuegos artificiales la saludaremos con una andanada. Lo que es en este instante tendrá avería o no la tendrá; pero después espero, Lekernic, que sí ha de tenerla. ¡Atención, pues! Y por si acaso, como ninguna necesidad tenemos de dar un cuarto al pregonero en este asunto, por si aparece en escena un tercer barco… que arríen el pabellón francés y enarbolen el de Holanda.

Cumpliéronse las órdenes del capitán entre el más religioso silencio. La tripulación del Poliphéme adoraba a Soliviac con una especie de idolátrico fanatismo; no examinaba las causas de sus acciones. Por otra parte, habituados en las largas campañas contra Inglaterra al Corso, a las emociones de la lucha y a las alegrías del botín, mal avenidos con la normalidad del transporte regularizado, nada les podía ser tan grato como un lance del género del que se preparaba. En los rostros ennegrecidos y duros de los marineros leíase un regocijo mudo, y los preparativos del combate se hicieron en un momento, con celeridad y entusiasmo.

Hallábanse ya no muy lejos de la goleta y podían ver bien su forma elegante y esbelta, sus dos mástiles inclinados y el pabellón inglés que ondeaba en su proa. Hasta distinguían sobre cubierta a la tripulación, que parecía hormiguear confusamente.

—Capitán —exclamó el piloto—, atención. La avería es segura. Nos han visto. Nos hacen señales. ¿Ve usted? Un cohete acaban de disparar.

—¿Conque un cohete? —refunfuñó Soliviac irónico—. Ahora verán qué cohetes gastamos aquí.

—¿No nos entregarían al reo si lo reclamásemos? —preguntó en voz baja Giacinto.

—¿Estás loco? —intervino Luis Pedro—. ¡Para que el esbirro les deje un pliego o una carta con encargo para enviarla a las autoridades; algo que nos delate, algo que nos pierda! Nada, nada de eso. ¡El barco en que ha sido recogido Volpetti debe desaparecer! ¿Tembláis ahora? ¿Se os han pegado los escrúpulos del que en la cámara reza arrodillado? Yo también creo en la justicia divina… pero creo que sus instrumentos somos nosotros.

—¡Capitán! —insistió el piloto—. ¡Si ya me parecía a mí!

—¿Qué sucede?

—¿Ve usted una columnita de humo que asoma al costado derecho de la goleta? ¿La ve usted?

Soltó los tubos Soliviac; sus ojos, a aquella distancia, ya le servían mejor que el catalejo, y en efecto, acababa de divisar la imperceptible nube que empezaba a envolver el barco.

—¡Tienen luego a bordo! ¡La goleta arde!

—¡La goleta arde! —repitieron los tres carbonarios, que trocaron una mirada llena de ideas y de pensamientos.

—¡La justicia divina de que hablaba Dorff! —dijo Renato, que formaba parte del grupo.

—Pues por si no estuviese bien prendido el fuego —advirtió Luis Pedro irónicamente—, por si con unos cuantos cubos de agua se arreglase el asunto… y sobre todo, para que no se figuren que nos acercamos con el caritativo fin de ayudarles… ¡un saludo al pabellón inglés, capitán!

Soliviac dio una orden, y cinco minutos después, los cuatro cañoncitos del Poliphéme, a un tiempo, con precisión que revelaba el hábito, enviaban su carga al costado de la goleta.

—¡Cargar otra vez! ¡A la arboladura! —mandó Soliviac.

En la goleta, el inesperado ataque del Poliphéme, con cuyo auxilio contaban, había producido evidente sorpresa y terror. Se veía a la tripulación agitarse despavorida; el humo era ya más denso y pronto cubriría enteramente a la embarcación.

—¡Luis Pedro! —exclamó Giacinto con alegría feroz—. ¡Mira, mira! ¡Sobre cubierta veo al esbirro!

La segunda andanada del Poliphéme fue a tronzar el mástil de mesana de la goleta, que al caer sobre la popa cogió debajo a dos marineros. Pero el humo ascendía, y desde aquel momento no fue posible ver lo que pasaba; era evidente que la goleta, al detener su marcha, había obedecido a la alarma del incendio.

—¿Dónde nos hallamos? —preguntó al piloto Soliviac.

—Frente a la isla de Jersey, pero más cerca de la costa. Tienen mal pleito los que caigan al mar y quieran salvarse a nado —respondió el piloto.

—¡Atención a los esquifes! —ordenó el bretón—. Ahora van a intentar el salvamento. ¡Ojo! Hemos dicho que de ese barco no escapa nadie…

Amelia, sobre cubierta, como ya lo estaban todos, menos Dorff, fijaba sus bellos ojos azules en el barco que ardía, en el humo por entre el cual principaban a verse de vez en cuando reflejos rojos, llamaradas que indicaban el incremento del incendio, contra el cual luchaban, sin duda en vano, los tripulantes. El viento nordeste, cada vez más vivo y fresco, avivaba las llamas, y dos o tres veces barrió el humo y permitió que se viesen los costados de la goleta, en uno de los cuales habían abierto las balas de los cañones del Poliphéme un formidable boquete.

—¡Otro saludo! —mandó el capitán—. ¡A la línea de flotación! ¡A ver si les metemos dentro agua para apagarles ese fuego!

Por tercera vez los cañones del brick, apuntados a la goleta, le enviaron su carga con la misma seguridad con que tiraría el cazador al ciervo atado. Érale imposible a la fina y velera embarcación huir del enemigo mejor alojado en sus entrañas, el incendio, la paralizaba. Con sus dos cañoncitos, pero sobre todo desplegando velas, hubiera podido intentar defenderse y salvarse la goleta; pero un barco ardiendo está perdido. Una de las balas del Poliphéme dio en el casco, casi al nivel del agua, y el mar penetró rugiendo por la abertura.

Dentro, un estallido anunció que se rompían tablas y pañoles.

—¡A pique! —exclamaron locos de júbilo Luis Pedro y Giacinto.

En el mismo momento pudo verse cómo en la goleta arriaban el esquife; cómo caía al mar la diminuta embarcación, balanceándose a manera de cáscara de nuez, y cómo se lanzaban a ella varias personas en confuso remolino. Dos tomaron los remos, y con sorpresa de los tripulantes del Poliphéme se dirigieron hacia él. Los marineros apuntaban ya a la leve embarcación para barrerla de la superficie de las olas, pero Luis Pedro intervino:

—Capitán, que les dejen acercarse.

Llegó el esquife a ponerse al habla con el Poliphéme y a que se viese que en él venían dos hombres, una mujer y un niño como de cinco años, que hacían desesperados ademanes de terror y súplica.

—¡Salvadnos! —gritaban—. ¡No tiréis! ¡Perdón! ¡No os hemos causado mal alguno! —gritaba la mujer.

Amelia, temblando, se cogió al brazo del capitán.

—¡Piedad para ellos! —intercedió.

—¡No puede ser!

—¡Al menos el niño!

Soliviac frunció las cejas. Era para los carbonarios, y especialmente para el marino, una cuestión de vida o de muerte; no debía quedar ningún testigo de aquel drama. Pero la voz de Amelia expresaba tan ardiente súplica…

—Hoel —dijo a un marinero—, lárgales un cabo e iza al chico.

—¿Y a los otros?

Una ojeada, un ademán de Soliviac, dieron clara respuesta. El esquife se aproximaba; momentos después era ascendido a bordo del brick un niño medio muerto de espanto y cuyo traje chorreaba agua de mar. Amelia le cogió en brazos y le cubrió de besos.

—¡Madre! ¡Madre! —gritaba en lengua inglesa la pobre criatura.

A pesar de todo su valor, Amelia se refugió en un rincón junto al rollo de cuerdas, abrazada estrechamente al niño. No quería ver. No quería oír. Las voces de los que desde el esquife pedían misericordia resonaban dentro de su corazón como tañido fúnebre. A pesar de que bajaba la cabeza y se tapaba los oídos, percibió estruendo de fusilería; los marineros del brick tiraban sobre el esquife. Clamores de náufragos, gemidos de moribundos siguieron a la descarga. Amelia apretaba más a la criatura desconocida, que representaba allí la compasión, contra su pecho. De pronto lanzó un chillido agudo; acababa de sentir temblar todo el barco como si diese a hundirse en el abismo, y un estrépito horrible, un trueno compuesto de centenares de truenos la había aturdido, ensordeciendo sus oídos y llenando de involuntario pavor su espíritu animoso. El niño, a fuerza de miedo, no lloraba… Era que en la goleta el fuego se había comunicado al pañol de la pólvora, y la embarcación, ya invadida por el agua, acababa de saltar por los aires.

A la detonación siguió un silencio supremo, inmenso, que todo lo envolvió, semejante a un sudario; sobre el mar flotaban trozos de madera, mástiles rotos, cuerpos mutilados que se desangraban o ardían; era lo único que restaba del lindo y rápido velero que la noche anterior había recogido a Volpetti…

Y Dorff, precipitándose sobre cubierta, alzó del suelo el cuerpo de su hija medio exánime delante de la cual se había arrodillado Brezé, y dijo en voz honda y profética:

—¡Por nosotros se ha derramado sangre!… ¡Dios está contra nosotros!…

Parte 4. Picmort

Capítulo 1. La llegada

Al pie de una estribación de la cordillera que atraviesa en sentido longitudinal a Bretaña y se prolonga por Normandía para morir en Cherburgo; en el punto más cercano a la abrupta costa, punto que podríamos fijar —si se nos exigiese gran exactitud geográfica— entre Saint Brieuc y Dinán, pero mucho más cerca de Saint Brieuc, se encuentra, enclavado en plena tierra baja bretona, el castillo de Picmort. Rodéale una de las frondosas y seculares selvas que caracterizan a este país y contribuyeron a que pudiese desarrollarse en él la memorable guerra de guerrillas conocida por chuanería; y apenas traspuestos los últimos matorrales que sirven de lindero a los bosques, empieza la melancólica región de las landas, las mornas y las dunas, envueltas en nieblas, salpicadas de negruzcas piedras que se confunden con los monumentos megalíticos, y terminando, donde ya puede oírse el fragor del mar y verse la línea de los escollos, en extensiones infinitas de movediza arena.

El castillo de Picmort pertenece al marquesado de Brezé, por el feudo de Guyornarch, que permite tan ilustre casa preciarse de descender de los antiguos reyes soberanos de Bretaña desde el noveno siglo de nuestra era. Y a decir verdad, no obstante las vicisitudes políticas y la invasión de las nuevas ideas, continúan los marqueses de Brezé, cuando ocurre lo que va a saberse, ejerciendo efectiva soberanía en aquel rincón del mundo. No hay en el angosto valle que dominan los vetustos torreones de Picmort, fundados, según tradiciones locales, sobre el palacio del rey Erispol, que yace bajo tierra, sepultado en los cimientos de la Bastilla, un pastor envuelto en pellejas de cabra, ni un aldeano de luenga cabellera, bordada chaquetilla, amplias bragas y sombrerón de fieltro, que no acate el señorío de la casa de Brezé, respetándolo cual se respeta a la divinidad, y cuando, atraído por la abundancia de aves frías en las marismas y de corzos en la floresta, el último Brezé pone el pie en sus dominios, recoge a cada instante pruebas de este extraño y decidido amor del bretón a sus señores.

Una tarde, a la hora en que el sol se pone y sus murientes rayos doran el liquen de los rudos pedruscos célticos, dirigíanse hacia la extremidad de la selva, viniendo de las dunas, una mujer y un hombre, el cual llevaba un niño en brazos. Caminaban trabajosamente, con evidentes señales de fatiga, sobre todo la mujer, que alzaba a duras penas los piececitos diminutos, calzados con los zuecos correspondientes al traje de aldeana que vestía y a la blanca cofia bretona que encubría sus rubios cabellos. Al fin, exhalando un suspiro, dejose caer en un ribazo. Su compañero entonces se acercó a ella solícito.

—Señora —advirtió en tono de singular respeto—, va a anochecer; no llegaremos, y será preciso dormir al raso con la criatura. ¡Un esfuerzo! Detenernos a tal hora es peligroso.

—Son los zuecos que me han magullado los pies —murmuró la mujer, que era joven y encantadora—, pero no importa. ¡Arriba!

Y se incorporó, mordiéndose los labios para reprimir el dolor, e intentando volver a andar; pero a los tres pasos palideció y declaró con desaliento:

—¡No puedo! ¡No puedo! ¡Qué va a ser de nosotros!

El hombre —que no era sino nuestro conocido Luis Pedro— movió la cabeza, pero no se atrevió a insistir.

Depositó al niño dormido sobre el suelo y se enjugó el sudor con nerviosa mano.

Ladridos lejanos interrumpieron el silencio del bosque, y pronto un enorme perrazo, un soberbio mastín de guarda, saltó de entre la maleza. El niño, despertándose, rompió a llorar; la mujer, a pesar de su abatimiento, se incorporó. El trote de un caballo, que se aproximaba, acababa de resonar sobre la seca tierra.

—Aquí, Silvano. ¡Santas y buenas tardes! —exclamó el jinete echando pie a tierra con agilidad.

Era un mozo aldeano, alto, bien formado, de hermosa cara imberbe y abundante melena.

—¿Son las personas que aguardamos en Picmort? —preguntó.

—Las mismas —apresurose a contestar Luis Pedro—. ¿Y tú eres Juan Vilain?

—Juan Vilain soy, para servir a Dios y a mi señor el marqués de Brezé… En el aviso que he recibido se me dice que llegarán una mujer, un niño y dos hombres.

—Nuestro compañero se ha quedado en la costa —respondió evasivamente Luis Pedro—. Se nos reunirá más tarde.

—Cuando llegue será bien venido —contestó Vilain con grave cortesía—. Entretanto cumplamos lo que el señor ordena. Es su voluntad que nadie en la comarca sepa que ustedes se encuentran en el castillo. Prepárense a hacer lo que yo les diga.

—Se hará punto por punto, Juan Vilain. Sé que eres un servidor fiel y de casta de valientes.

El bretón no pestañeó ante el elogio. Tomó en peso a la fatigada jovencita y la sentó cómodamente en el albardón del jaco. Cogió luego al niño, y, acariciándole para tranquilizarle, se lo echó al hombro izquierdo. Con la diestra agarró la brida del caballejo, y, guiando, retrocedió hacia el bosque.

Necesitábase conocer el terreno palmo a palmo para tal caminata a tales horas. Se acercaba la noche; dentro del bosque se espesaban las tinieblas. El caballejo, a no dirigirle la experta mano de Juan Vilain, y a no precederle, moviendo la cola, Silvano —cuyo infalible instinto le decía que se necesitaban allí batidores—, hubiese hocicado mil veces en los cepos de árboles cortados, que apenas sobresalían de la tierra, ocultos bajo la vegetación y la capa de hojas secas ya convertidas en humus. Iban muy despacio, para evitar el riesgo y para que Luis Pedro, más cansado de lo que él mismo creía, pues era de débil complexión y miembros raquíticos, pudiese seguirles. El niño se agarraba confiadamente a Juan Vilain, con quien había hecho buenas migas, y de tiempo en tiempo le dirigía la eterna pregunta infantil:

—¿Falta mucho?

No debía de faltar poco más de tres horas anduvieron así, a través de los árboles de alto fuste y copa anchurosa, vestidos de musgo y de muérdago. Por fin desembocaron en un claro, especie de glorieta natural, y allí Vilain paró al jaco y ayudó a Amelia a bajarse de él, cogiéndola por la cintura. Puso en tierra al niño; ató luego la cabalgadura a un roble y sacó del bolsillo de sus bragas una pequeñísima linterna, que encendió con la mecha del eslabón, y alzando la luz para que se proyectase sobre la cara de Luis Pedro, dijo con tono cauteloso, que revelaba la rústica desconfianza del cazador y del guerrillero:

—¿El santo y seña?

—Giac y Santa Ana —apresurose a articular la delicada voz de la joven.

—¡Bien! —contestó el mozo—. Ahora ya estamos seguros de que somos amigos. Mi señor me ha escrito una carta, con detalladas instrucciones, que trajo un arrendatario suyo de Matignon, y me ordena que queme la carta. Obedezco.

Diciendo así, sacó de la faja un papel doblado, y encendiendo la mecha de su eslabón, la acercó a una punta del papel. Prendió el fuego y ardió la carta, que Vilain sostuvo entre sus dedos hasta que estuvo cierto de que se reducía a cenizas completamente. Después se orientó, guiado por el mastín, y registrando la espesura a la izquierda, más allá de la glorieta, apartó matorral y desvió un grueso pedrusco, que cubrían zarzas y carrascas. Quitado el pedrusco apareció patente un hueco, especie de agujero en declive, semejante a la boca de la cueva de alguna alimaña. Ensanchó y despejó Vilain lo mejor que pudo aquella boca, y con una señal indicó a Luis Pedro que era forzoso pasar por allí, dando ejemplo con el niño en brazos. Y como este, asustado, lloraba, la joven se le acercó, le sosegó con palabras cariñosas, le impuso el silencio, exclamando:

—Baby Dick, si gritas, vendrá un hombre malo que nos hará a todos mucho daño y que me separará de ti. ¿Quieres que te lleven adonde yo no esté o quieres venir conmigo?

—Contigo, contigo —repitió el pequeñuelo, abrazándose apasionadamente al cuello de la hija de Dorff.

—Pues ve ahora con este, que es muy bueno y no nos separa —repuso ella sonriendo de una manera seductora a Juan Vilain.

El aldeano, pon un momento, se quedó mirándola embebecido. Después se enhebró por el agujero, y tras él Amelia y Luis Pedro siguieron resueltamente. Amelia, descalzándose los zuecos que la mortificaban y que Juan Vilain guardó en los bolsillos de la chaquetilla, caminó sin otro calzado que sus gruesas medias de lana.

En los primeros instantes tuvieron que deslizarse casi a gatas, pues la entrada era angostísima; a poco, el pasadizo subterráneo, de gredosas paredes, se ensanchó y pudieron enderezarse. Pronto alcanzaron un salón circular, sustentado por postes de granito y cuyo suelo estaba alfombrado de seca hierba. Al llegar allí, Vilain soltó al niño; volvió atrás, y se dedicó a esconder con maleza la entrada. Hecho esto se reunió con sus protegidos, se dirigió a un ángulo del salón y les presentó una cesta con provisiones. Pan, vino agrio, queso y leche eran el refrigerio; el hambre de los viajeros lo encontró exquisito. Sentados en el heno seco, bebieron y comieron; Juan Vilain no pronunció palabra. De vez en cuando, sus ojos de cambiante color se fijaban en Amelia con una especie de admiración. La cofia blanca bretona, de austeras líneas monacales, realzaba la hermosura de la niña.

Consumida la frugal merienda, Vilain dirigió la luz de la linterna a la pared; descubrió una reja de hierro y la abrió con mohosa llave. Detrás de la reja apareció otro pasadizo más angosto, pero elevado y en cuesta, que torcía a la derecha de pronto y por el cual ascendieron cosa de veinte minutos. El término de aquella galería eran los primeros peldaños de una escalera ascendente de piedra caliza, y el final de la escalera otra galería ya abovedada, que tenía trazas de obra arquitectónica. La galería formaba un recodo, y luego la cerraba fuerte puerta de roble bardada de hierro. Juan Vilain, valiéndose de la misma llave, la hizo jugar en la cerradura. La recia puerta giró fácilmente; era el ingreso en una sala octógona; enfrente otra puertecilla, y por esta franco el camino para una escalera más, escalera de pesadilla, pendiente, inacabable. Amelia, aunque ya exhausta, ascendía con resolución, sacando fuerzas de la energía de su espíritu. Hubo un momento, sin embargo, en que desfalleció; la falta de aire, en aquellas lobregueces subterráneas, la causaba una tortura indefinible, ansia de muerte. Juan Vilain, al verla próxima a caer al suelo, sin soltar al niño, se precipitó a sostenerla y la ayudó, con infinita delicadeza instintiva, a salvar las escaleras que restaban.

En lo alto, una ráfaga de aire fresco la consoló. Hallábanse en el fondo de un aljibe sin agua; arriba, en el trecho de negro cielo que descubría la boca del pozo, brillaban las estrellas. Era aquello una nueva precaución militar; por una escalera de mano, el pozo, previniendo nuevos recursos, ofrecía salida a los sitiados para evadirse cuando no les fuese posible la defensa. Se podía descender a la mina por el pozo, aun cuando la otra comunicación se interceptase, y al pozo podía también llegarse por un reducto cubierto.

El soplo de aire vivo reanimó a Amelia; en sus sienes se congeló el sudor. Pudo avanzar por la sombría mina. De improviso, creyeron que por ensalmo se colaba al través de la pared Juan Vilain. El bretón había apoyado el cuerpo en el muro y este pareció ceder suavemente, dejando franca una entrada reducidísima, por la cual pasaron de costado los demás, saliendo a un gran patio, al pie de altos torreones grises, invadidos por la yedra. Cuando Amelia y Luis Pedro miraron hacia atrás, la abertura no existía. Juan Vilain sonreía silenciosamente del asombro de los dos.

Apoyó luego un dedo sobre sus labios; hizo señal a Luis Pedro, que llevaba la linterna, de que no la apagase, y acercándose al torreón de la derecha empujó una poterna baja, que cedió. Subieron una escalera de caracol; cruzaron una antesala; pasó delante Juan Vilain, y con cierta solemnidad franqueó la puerta de un salón, brillantemente iluminado por centenares de bujías, en candelabros de porcelana y aplicaciones de tallado cristal.

Era aquella estancia un ejemplar perfecto del estilo refinadísimo de la época de Luis XV; el capricho de una marquesa de Brezé en quien su marido adoraba, pero a quien por desesperados celos arrebató de la Corte y confinó en el solitario castillo de Picmort para separarla eternamente de un galán emprendedor y atrevido, y que, enferma de languidez, quiso rodearse de los primores y exquisiteces de la vida en Versalles, hasta que la muerte la sorprendió entre sedas, encajes y flores… Y se había quedado vacío el salón con sus mitológicas pinturas, sus dorados biombos, sus sofás voluptuosos, sus jarrones de azul celadón, los mil dijes y monerías de plata, marfil y, esmalte, indispensables al tocador de una dama de calidad. Hasta el pañuelo de encaje de la señora de Brezé permanecía donde por última vez lo había arrugado la mano febril de la moribunda.

—Dice mi amo —pronunció Juan Vilain dirigiéndose a Amelia— que esta habitación es para usted. Pero le advierto que las ventanas de este que llaman en el país el tocador de la marquesa se han conservado siempre cerradas. Hay una conseja que corre entre los aldeanos, y es que, cuando estas ventanas se abran, la muerte volverá a visitar el castillo. Verlas abiertas despertaría extrañeza y daría lugar a hablillas. Puede usted dormir aquí, pero de día será mejor haga usted uso de las habitaciones altas del torreón. Aunque los pastores y los labriegos vean cruzar la figura de una mujer por las ventanas del último piso creerán que es alguna criada, o una de mis hermanas que se ha venido de Saint Brieuc.

—Tienes razón a fe, Juan Vilain —dijo el sombrío Luis Pedro.

—Eres prudente —añadió Amelia dirigiendo al bretón dulce sonrisa—. Bien hace el Marqués al fiar en ti.

Vilain no contestó. Amelia, con aquel dominio natural que sabía ejercer, añadió, dejándose caer en una butaca:

—Ahora, Vilain, aloja a mi acompañante; dale habitación y cama. Yo veo ahí la que se me destina. Tráeme un colchoncito para acostar al niño, que no se aparta de mí —añadió acariciando al pequeñuelo, que miraba atónito el iluminado y brillante salón, después de tantas oscuridades y tanta escalera lóbrega—. Y ahora, durmamos, descansemos… ¡Falta nos hace!

Los dos hombres se retiraron. La luz del alba blanqueaba ya la cima de las torres de Picmort.

Capítulo 2. Mala noticia

Al otro día, en la habitación más alta de la torre, cuyo piso principal era el tocador de la marquesa, Amelia y Luis Pedro conferenciaban.

—Creo —decía la hija de Dorff— que no se quejará Renato; he obedecido pasivamente, cosa en mí difícil; he seguido sus instrucciones al pie de la letra, sin darme cuenta de las razones que las dictaban. Pero ahora exijo saber: ¿Por qué, en pez de acompañar a mi padre a París, gozando la alegría suprema de ver cómo le reconocen los fieles servidores de nuestra casa y se ven obligados a confesar su rango y su jerarquía los mayores enemigos, en lugar de hallarme al lado de mi prometido esposo y saborear la felicidad de su compañía, se me recluye en este torreón como a cuitada prisionera, se borran tan cuidadosamente las huellas de mi paso, se me viste de aldeana y hasta se me priva de abrir las ventanas de mi dormitorio, y para tomar aire se me hace subir a esta estancia que domina el valle a tan pavorosa altura?

Luis Pedro al pronto no respondió. Permaneció un instante en aquella actitud de meditación tétrica que le caracterizaba y que daba a su rostro expresión hosca y dolorida.

—Señora… —murmuró al cabo con esfuerzo—. ¡Valor!…

—Hable usted —mandó Amelia imperiosamente—. ¿Me toma usted por alguna débil criatura? A nada temo; ante nada retrocederé. ¡La verdad, sea cualquiera!

Y sus ojos irradiaron tal fuego, tal poder, que habló de un modo más explícito de lo que acostumbraba el caballero de la libertad.

—No son las circunstancias —dijo— las que suponíamos. No hemos desembarcado en Francia ignorados, libres, dueños de nuestras acciones, al menos por algún tiempo. Si así fuese, nos dirigiríamos reunidos a París y se pondría en práctica cualquiera de los sistemas propuestos o ambos a la vez, pues no son incompatibles; su padre de usted se dirigiría a su hermana, única en quien confía y de quien se obstina en esperar un arranque de sinceridad y cariño y con él la salvación, y el Marqués, por su parte, recorrería las casas de los antiguos servidores y de los adictos amigos para preparar los ánimos y crear una atmósfera favorable a las reivindicaciones del derecho. En este caso su presencia de usted sería una ayuda inestimable. Viendo juntos al padre y a la hija, nadie puede dudar. La impresión que nos produjeron a Giacinto y a mí en la posada del Pez Rojo se la producirían a cuantos les viesen. Pero cabalmente, si es cierto lo que tememos… esa misma asombrosa semejanza, ese sello de familia que la Naturaleza les ha estampado a ustedes en el rostro y en el cuerpo, sería su condena.

Amelia fijaba sus grandes y luminosos ojos en el encapotado semblante del carbonario.

—Acabe usted —insistió—. ¡Creo que adivino o al menos presiento!

—Presienta lo peor y acertará —contestó él.

—¿Se… ha salvado Volpetti?

Y al preguntarlo, Amelia sintió correr por sus venas un escalofrío.

—¡Tememos… que sí! —articuló Luis Pedro en apagada voz—. Por lo menos, algunos tripulantes del schooner escaparon con vida.

—Y… ¿cómo ha sido posible? El incendio, la explosión, el naufragio, nuestros disparos…

—Raro es, señora, que al perderse un buque sucumban cuantos iban en él. Muchos se arrojaron al mar; no todos se ahogaron.

Amelia ocultó entre las manos la cara. Por un momento su alma grande quedó anonadada bajo el paso de la fatal suerte. Pronto, sin embargo, volvieron a su natural tensión los resortes de aquella voluntad de acero.

—Y… ¿cómo se ha averiguado eso? —interrogó—. La salvación de algunos, quiero decir.

—Después de nuestro feliz desembarco en San Malo, ya sabe usted que, por exceso de precaución, acordamos no salir directamente de allí mismo, sino desorientar, dirigiéndonos disfrazados a algún punto próximo de la costa, donde, en días diferentes, tomaríamos la diligencia. Su atavío de irlandesa de usted era tan extraño… Fue idea y consejo del capitán Solviac, y él nos proporcionó la ropa que llevamos puesta… Salimos de San Malo hacia Dinán, donde pasamos la noche…

—Bien —interrumpió Amelia—. Al otro día, de madrugada, al despedirse de mí, Renato me dijo: «Amelia del alma, nos vamos tu padre y yo a París… pero tú no puedes seguirnos por ahora. No me preguntes… Asilo seguro e inviolable te espera en Picmort. Está el castillo al cuidado de un servidor incomparable, Juan Vilain, una especie de perro que se hará matar antes de consentir que toquen a un pelo de tu cabeza. De padres a hijos los Vilain sirven a los Brezé, y el padre de este actual administrador fue fusilado por su adhesión a la causa del altar y el trono. Encierra el castillo rincones y escondrijos tales, sólo conocidos de mí y de Juan, que allí nació y es como el duende de las viejas torres, que, en el peor caso, aunque supiesen que estás allí y quisiesen apoderarse de tu persona, les desafío a que lo logren mientras Vilain aliente en el mundo… Hoy aviso a Vilain para que te aguarde en sitio oportuno; el niño y nuestro amigo Luis Pedro te acompañarán; Vilain no sabe quién eres; le digo que eres una joven desgraciada que tiene conmigo un remoto parentesco y a quien su familia quiere encerrar en un convento… No me preguntes, no te niegues… Todo es por tu bien y el de tu padre… ». ¡Ahora empiezo a explicarme el sentido que encerraban las palabras de Renato!

—La noche que pasamos en Dinán —repuso el carbonario—, mi compañero Giacinto, que es muy comunicativo y muy pesquisidor, recorrió bodegones y tabernas, habló con marineros y sardineros y supo detalles de la catástrofe del barco incendiado, que le refirieron sin sospechar la parte que él había tomado en el acontecimiento. Se le puso —son palabras suyas— carne de gallina cuando supo que se habían salvado, logrando arribar a una playa, allá en Pleneuf; aunque cubiertos de heridas, dos o tres de los náufragos, a quienes caritativos pescadores dieron acogida en sus cabañas y están curando…

—Pues si nos hay más que eso, y mientras ignoremos si entre los salvados se cuenta Volpetti, sería pusilanimidad alarmarse mucho. Lo verosímil es que el esbirro, que se arrojaría al mar quebrantado por sus anteriores aventuras, sea a estas horas sabrosa comida de los peces.

—¡Dios la oiga a usted! —murmuró Luis Pedro—. Aun los demás supervivientes pueden originarnos daño, sembrando la alarma y denunciando los hechos; pero Volpetti… Recuerde la influencia de ese malvado en los destinos de su padre de usted. Otra semejante ejerció contra la familia de Giacinto.

Los bellos ojos de Amelia imploraron de Luis Pedro algo que la consolase.

—Pero Giacinto y usted han venido a contrarrestar ese maligno influjo —dijo con entonaciones de dulzura infantil—. Yo tengo un corazón que me avisa si debo desconfiar… y fío en ustedes… ¡no se admire!, casi tanto como en Renato, mi prometido… casi tanto como en mi padre. No sé por qué me protegen usted y Giacinto; no sé qué sentimiento les mueve; hasta creo que representan ustedes algo muy diferente, tal vez opuesto a lo que mi padre significa… y, sin embargo, ni un momento he dudado de ustedes, y dormiré bajo su custodia como bajo la del ángel de mi guarda. ¿Verdad que hago bien, Luis Pedro? —añadió tendiéndole la diestra.

El rostro del carbonario se transformó: su opresión recelosa y torva se cambió en una especie de beatitud, y sin atreverse ni a estrechar ni a besar la mano que Amelia le ofrecía, cruzó las suyas y pronunció en tono solemne, profético:

—La hija de Francia hace muy bien en fiarse del revolucionario, del enemigo de su estirpe, de las instituciones en esa estirpe simbolizadas. ¡Nadie como Luis Pedro aborrece a los Borbones, reos del crimen de lesa patria, causa de que el suelo francés se haya visto profanado por los cascos de los caballos que montaban, látigo en puño, los cosacos del Don! Odio inextinguible, eterno, mortal, les había jurado Luis Pedro. Este odio ha guiado sus pasos, motivado sus viajes, inspirado sus acciones hasta hace pocos días… Ahora veremos si las lecciones de la adversidad las aprovecharon, si son capaces de un rasgo de justicia, si se arrepienten de la iniquidad, si la usurpación baja voluntariamente del solio, si no reniegan de su sangre porque se haya mezclado con la sangre generosa y pura del pueblo… ¡Ah! Si hacen esto, si la hermana abre al hermano los brazos, ¡lo juro! ¡Luis Pedro depondrá su encono! ¡Luis Pedro perdonará a los Borbones!

Aquellas peregrinas frases, que hasta podían parecer risibles, no hicieron sonreír a Amelia; por el contrario, imprimieron una expresión de gravedad a su lindo y altanero rostro.

—¿Y quién duda, Luis Pedro —murmuró con cariñosa efusión—, que esa es la misión de mi padre? Su historia de desventuras inauditas, su atroz calvario, las circunstancias que le forzaron a vivir como el pueblo, a ser pueblo, a engendrar en el seno del pueblo los hijos de su amor, ¿no han de influir en él cuando llegue a recuperar su verdadero puesto ante el mundo? ¡Ah! ¡Demasiado ha visto y padecido la miseria humana para que no se compadezca del dolor ajeno y no trate de remediar los males de los pequeños y de los humildes! ¡Le está reservado el sublime oficio de reconciliar al pueblo con la monarquía, dando a los antes oprimidos paz y libertad bajo un cetro firme y justiciero!

Al hablar así, las mejillas de Amelia se encendieron; sus pupilas irradiaron fulgor.

—¡Bendito el día en que tan hermosa aurora luzca en el horizonte! —murmuró fervorosamente el carbonario.

—Próxima está a lucir… —declaró Amelia—. Por más que se esfuercen los malvados, el triunfo es nuestro. Mi padre, bajo la protección de Renato, nada tiene ahora que temer, y las pruebas que lleva consigo, los documentos a tanta costa rescatados son tales que, si llegase el caso de acudir a la justicia, venceríamos desde el primer instante. ¡Oh! Aunque el esbirro haya vuelto del infierno —y sería el colmo de la mala suerte—, ¿qué puede hacer?

—¡Qué puede hacer! —repitió Luis Pedro—. ¡Todo! ¡Todo, señora! No se forje ilusiones. Si ese hombre vive, ¡ay de nosotros! Muerto él, mudos sus labios por el candado del eterno silencio, tenemos tiempo de revelar de un modo seguro la personalidad de su padre de usted; pero si resucitó y se nos adelanta, él, único que tiene en sus manos los hilos de este enredo y la historia entera del mecánico de Dorff, como que es él quien le ha impuesto el nombre que usa y le ha envuelto en ese nombre como en un sudario, entonces, ¡ay de su padre de usted, ay de nosotros, ay del capitán del Poliphéme, que nos ha prestado tan inestimable ayuda! Es cuestión de vida o muerte… y no pensamos dormirnos… No nos dormiremos, señora —añadió en tono significativo y profundo.

—¿Qué quiere usted decir, Luis Pedro? —preguntó Amelia—. Hable claro; no soy apocada ni medrosa.

—Quiero decir, señora… ¡ea, la verdad!, que por algo se ha quedado atrás nuestro compañero Giacinto… Por algo se ha separado de nosotros en Dinán, y no por capricho regresó a San Malo para reunirse con el capitán del Poliphéme, que se sabe de memoria los rincones de la costa, donde no hay escollo, cabo ni ensenada que no tenga explorados, ni pescador, marinero o sardinera que no estén a su devoción. Él y Giacinto se dirigen a Pleneuf… Su expedición podrá dar mucho juego…

El retintín con que pronunció estas palabras Luis Pedro era para alarmar a Volpetti si las hubiese escuchado.

Capítulo 3. Horizonte oscuro

Mal de mi grado hubo de resignarse la hija de Dorff a tener paciencia y esperar noticias. Y como la vida propende a normalizarse cualesquiera que sean las condiciones en que se desenvuelve, Amelia arregló la suya lo mejor posible para combatir las alternativas de fastidio y fiebre de una situación tan extraña.

Por las mañanas, en compañía de Juan Vilain y de Baby Dick, recorría el castillo, enterándose de sus rincones, subiendo a las torres y bajando a los subterráneos, examinando las salas o complaciéndose en limpiar y adornar la capilla. No habitaban la vetusta construcción feudal sino el administrador, Amelia, Luis Pedro, el niño y dos mozas de labor, de las cuales una atendía a la cocina; pero desde el alba salían a coger en el huerto fresas y legumbres, a pastar las vacas o a comprar en Saint Brieuc comestibles, y así podía Amelia, libre de miradas importunas, espaciarse un poco. Las mozas, aunque muy picadas de curiosidad y deseosas de ver a la supuesta parienta del marqués de Brezé que ocupaba la torre del Norte y dormía en el famoso tocador de la marquesa, no se atrevían a cometer indiscreción alguna por miedo a Juan Vilain, único que servía y atendía a la huéspeda.

Por la tarde, Luis Pedro, alojado en la torre del Mediodía, se reunía con Amelia y conversaban, jugando al dominó y al chaquete, formando planes y pesando esperanzas.

El carbonario no carecía de instrucción; había leído mucho, y en su cabeza exaltada ciertas lecturas habíanse grabado con caracteres indelebles, como bajo la acción de un corrosivo. Tenía algo de visionario, mucho de místico y soñador: pertenecía a la secta de los teofilántropos; se creía señalado por el cielo para alguna misión extraordinaria, que exigiese valor y abnegación suprema, y manifestaba siempre —nota simpática para Amelia— un gallardo y positivo desprecio de la vida.

Con Juan Vilain, Amelia hablaba menos, pero lo hacía en tono de afectuosa bondad. Amelia era mujer, muy mujer, y sabía advertir el efecto que producía en las almas. No podía llamarse coquetería la que desplegaba Amelia con aquel rústico, pues en nada se asemejaba a los artificios femeniles encaminados a excitar vulgares pasiones y apetitos. El homenaje que Amelia gustaba de recoger y saborear era el del rendimiento del espíritu, de la adoración como la que se tributa a una imagen; algo parecido a lo que las ilustres y desventuradas reinas, las María Estuardo, las María Antonieta, infundieron a hombres que por una mirada verterían gustosos toda su sangre. La devoción de Juan Vilain, casta día más marcada, tenía algo de infantil, algo de la ingenuidad con que los bárbaros, al principiar la Edad Media y convertirse al Cristianismo, veneraban las santas reliquias. Así es que Amelia le traía siempre pendiente de sus antojos. Cuando hacía calor y quería respirar el aire fresco de la selva, Vilain la escoltaba por el camino subterráneo, y aprovechando las primeras horas de la noche, la hija de Dorff daba largos paseos, que devolvían la elasticidad a sus miembros y el rosado color de la salud a sus mejillas. Aquella salida oculta, que el primer día la pareció tan medrosa, llegó a serla familiar; viendo en el camino secreto la garantía de su libertad y seguridad, dio en llamarle el amigo, nombre que adoptó Juan Vilain igualmente.

Pero la distracción principal, preferida de Amelia, la que le ayudó a sobrellevar su vida de reclusa, fue el niño, el pobrecillo salvado del naufragio y que de los brazos de su verdadera madre, momentos antes de que a esta se la tragasen las olas, había pasado a los de Amelia. Al preguntar al pequeño su nombre y apellido, no fue posible arrancarle otra respuesta que la siguiente:

—Me llamo Baby, Baby.

—¿Nada más que Baby? —insistió Amelia, que no se conformaba, sabiendo que Baby se le dice a todos los niños ingleses.

Y el chico, fijando en Amelia sus ojos azules, llenos de candor y de asombro, dijo al cabo:

—Baby Dick.

—Ricardo es su nombre de pila —pensó Amelia—. Ya es algo… —Hubo que contentarse con tan poco. El niño o ignoraba o había olvidado su apellido; de su padre nada sabía; de su madre sólo recordaba que vivía en un cottage, cerca de una playa, y que allí tenían muchas flores y un perro tan grandón como Silvano, el mastín del castillo. Amelia llegó a creer que Baby Dick era algún hijo del amor, y se sintió aún más dispuesta a amparar a la criatura, la cual, desde el primer momento y espontáneamente, trató a Amelia de madre. «Mamá Meli» la llamaba. Amelia le vestía, le desnudaba, le enseñaba a rezar las oraciones de los católicos —el pequeñuelo era sin duda de familia protestante—; le colgó al cuello una medalla de Nuestra Señora, y se propuso bautizarle a la primera ocasión. De todos estos cuidados iba naciendo en su alma un cariño apasionado a la criatura. «Es nuestro hijo —pensaba refiriéndose a Renato—. No tiene más madre que yo», añadía, y sus ojos se cuajaban de lágrimas, recordando la tragedia del naufragio del schooner el remordimiento anublaba su mente.

Una tarde, hallándose Amelia en el último piso de la torre con el niño sentado en sus rodillas, mientras Luis Pedro leía en alta voz el Emilio de Juan Jacobo, se presentó Juan Vilain.

—Acaba de llegar —dijo lacónicamente— un hombre que trae el santo y seña de mi amo. Viene por el camino de Saint Brieuc. ¿Le doy paso?

—¿Es —preguntó Luis Pedro, trocando rápida ojeada con Amelia, que había saltado del asiento— un mozo moreno, guapo, de pelo rizado y negrísimo, que viste de marinero?

—Así es. Viene rendido.

—Pues admítele. Pero será prudente que, a pesar de su cansancio, le traigas por la entrada subterránea. No conviene que las criadas del castillo vean entrar aquí a un desconocido. Más vale prevenir…

Obedeció el mayordomo. Era ya noche cerrada cuando, cubierto de polvo, desencajado de fatiga, se presentaba Giacinto ante Amelia, que le recibió en el tocador, ordenando a Vilain que se retirase. No era necesario preguntar; el aspecto del carbonario lo decía todo, y con terrible elocuencia.

—¿Malas nuevas? —interrogó, sin embargo, Luis Pedro.

—Las peores —declaró el siciliano.

—¿Volpetti en salvo?

—En salvo y camino de París.

Un rugido de furor brotó de la garganta del caballero de la Librertad.

Medió después un intervalo de expresivo, de desesperado silencio. Amelia, antes que nadie, se sobrepuso y dijo a sus anonadados protectores:

—¡Ánimo! Hablemos. ¿Cómo se ha salvado el esbirro? ¿Puede saberse?

—A dado, en unión de tres marineros; pero el oleaje, al lanzarles contra los arrecifes, les causó a todos heridas y contusiones de alguna gravedad; uno de los náufragos ha sucumbido; otros dos yacen postrados en una cabaña de pescadores: cerca de Pleneuf, y el único —¡habrá desdicha!—, el único que sólo sufrió magulladuras y despellejaduras, pero nada que le impidiese recobrar muy pronto fuerzas y escribir varias cartas, otras tantas puñaladas para nosotros… ¡ha sido ese perro, ese compadre de Satanás!

Y el siciliano, agarrándose a puñados sus rizos negros, se los mesaba.

—La fatalidad —repitió Luis Pedro sombríamente—. ¡Ah! Nuestra lucha es vana. El demonio, el ángel exterminador, las brujas, la jettatura de que tú sueles hablar… ¡quien quiera que sea, llámese como se llame, está contra nosotros! ¿Y Soliviac?

—Soliviac y el Poliphéme… mar adentro. Dando bordadas en dirección a Cherburgo… y aun así no va seguro el pobre capitán. Se alejaría de muy buena gana con rumbo a Hamburgo si no fuese caballero de la Libertad y tuviese que andar cerca por si le necesitamos… que será probable. Soliviac se juega el pescuezo.

Luis Pedro reflexionaba, cuando sintió la mano de Amelia que buscaba la suya, estrechándola con significativa presión. El carbonario entendió.

—Y… ¿no has podido hacer nada? —preguntó a Giacinto.

—¡Nada! Desde que el esbirro logró comunicarse con el prefecto, la tropa vigiló su asilo… ¡Gracias si no me trincaron a mí! He sido perseguido, cazado como una alimaña montés. Una bala ha agujereado mi gorra. Estoy aquí por milagro. ¡El desquite del polizonte! ¡Y que no le tengo yo ganas a ese pajarraco! ¡Si algún día le cojo… no le valdrá ni la Madona!

—Es indispensable —observó Luis Pedro— que salgas hacia París también. Mejor dicho, que salgamos los dos; si detienen o matan a uno, que llegue el otro. Iremos separados y nos adelantaremos al esbirro, si es posible, para avisar al padre de esta señorita y al dueño de este castillo.

—Bien. Con caballos y dinero…

—Y sobre todo no nos queda otro recurso. ¡Es el último cartucho que vamos a quemar!… —murmuró el carbonario dirigiéndose a Amelia—. Usted queda segura, ¡el peligro no está aquí! Vendrán noticias tan pronto podamos. Juan Vilain se haría matar por usted. A no ser así, no nos atreveríamos a dejarla… Pero, además de la adhesión incondicional de ese buen servidor, el camino que sale al bosque asegura a usted la retirada en caso de que la policía rodease el castillo. Aquí desafía usted a todos los esbirros de todos los gabinetes europeos; aquí puede usted reírse de las asechanzas de un Volpetti. Hasta tal punto estoy de ello convencido, que si su padre de usted viese amenazada su seguridad y no consiguiésemos embarcarle en el Poliphéme, intentaría traerle a Picmort. Para defender los preciosos documentos voy a intentar lo imposible. Pero… ya no estamos en Dower, en la posada del Pez Rojo, ni sobre la cubierta del barco de nuestro amigo Soliviac. ¡Carta jugada no vuelve a salir! Ahora el esbirro dispone de incalculable recursos: gendarmería, tropa, jueces, magistrados, espías y esos que se llaman partidarios del orden. ¡Perdonar la vida a Volpetti fue insigne locura! ¡Nosotros no podemos bañarnos en la leche del perdón! ¡Si mirásemos a nuestra seguridad tan sólo al barco nos volveríamos, alejándonos para siempre de las costas de Francia!

Amelia se incorporó y tendió una mano a Luis Pedro, a Giacinto la otra.

—Defensores a quienes hace poco tiempo ni conocía —murmuró con encantadora tristeza y afecto—; defensores generosos, que hoy sois árbitros de mi suerte, único amparo de este último retoño de una raza histórica, ¡gracias, gracias! Suceda lo que quiera, no os olvidaré: sois mis hermanos, sois mis amigos… Y si por la imprevisión de mi padre al dar libertad a Volpetti os sucede algo malo… ¡perdonadle, perdonadle! ¡Os lo pido de rodillas! —añadió la altiva joven haciendo ademán de hincarlas en el suelo.

Los dos caballeros de la Libertad se precipitaron a alzarla; apoyaron los labios, como si fuesen verdaderos y galantes señores, en sus manos blancas y finas, y sin poder contestar, tan conmovidos se encontraban, salieron del aposento. Amelia les vio marchar con opresión en el pecho, afligida. No podía creer que aquellos hombres, para ella casi extraños, se le hubiesen metido en el corazón tan adentro.

Después de la marcha de Luis Pedro, con quien tenía tan largas conversaciones, cayó en un abatimiento impropio de su animoso carácter. Sola en el vasto castillo, en cuyas estancias artesonadas retumbaban los pasos y cuyos polvorientos retratos antiguos de paladines y damas parecían mirarla con frío desdén, privada de escribir y de recibir cartas, peles por medida de precaución se había convenido entre los caballeros de la Libertad y el marqués de Brezé que no se fiaría nada al papel ni menos al correo. Amelia empezó a sentir el efecto inevitable del aislamiento, que consiste en forjarse fantasmas y en torturarse con miedos vagos. Su imaginación trabajaba incesantemente, representándose trágicos sucesos; veía a su padre arrebatado por la policía, sepultado en horrible mazmorra, muerto quizás; a Renato, víctima de alguna asechanza, retorciéndose desesperadamente para librarse de ella; a los carbonarios, presos por el crimen de piratería, sentenciados, con cuatro balas en la cabeza… El fuerte espíritu de Amelia, aunque exaltado por la soledad, no había dejado de darse cuenta de la significación de los hechos. Todo dimanaba de la absurda bondad de Dorff. Quien siente bullir en sus venas sangre real no puede renunciar a ejercer justicia. La crueldad cometida con los náufragos del schooner inglés, negándoles el socorro, crueldad inútil, ya que al fin varios se habían salvado, lo verosímil de una catástrofe inminente… todo, por oponerse a la acción de la justicia, por ser débil, por ser piadoso.

El único consuelo de Amelia era la compañía de Baby Dick. Aquella criatura de cinco años no vivía sin ella.

Horas y horas pasábanse la joven y el niño sentados al pie de la ojival ventana que domina el profundo foso. Amelia hacía labor, y la interrumpía para acariciar la sedosa cabellera de Dick y enredar los dedos en sus rizos rubios. El niño abrumaba a Amelia a preguntas, y cuando Amelia, preocupada, guardaba silencio, la cubría de besos, la hacía reír con alguna salida viva y graciosa, mientras Silvano, el perrazo de Juan Vilain, venía a apoyar en las rodillas de la joven su enorme cabezota, fijando en la cara de Amelia sus ojos inteligentes; y Amelia pensaba: «No querría yo más a este pequeño si le hubiese llevado en mis entrañas y le hubiese criado a mis pechos. La Providencia me ha concedido este bien en hora tan crítica».

Capítulo 4. Nocturno

En medio de la constante ansiedad de Amelia, a quien devoraba la calentura al pensar qué estaría sucediendo allá en París, un nuevo cuidado empezó a inquietarla, después de la marcha de Luis Pedro y Giacinto: la transformación que iba verificándose en su único actual defensor, Juan Vilain. No era que el bretón se permitiese ninguna demasía; su actitud exageraba el respeto; como el devoto ante la imagen, aparecía prosternado. Pero el devoto tenía ojos, y los ojos le rebrillaban y se iluminaban, a semejanza del mar bajo el rayo de la luna, al fijarse en el rostro de Amelia; el devoto tenía manos, y las manos le temblaban al presentar a Amelia la comida; el devoto tenía cuerpo, y ese cuerpo se estremecía visiblemente al hallarse cerca de la hija de Dorff. Sin género de duda, aquello era amor; un amor fanático e insensato, dominado por la voluntad, pero capaz de desbordarse al menor pretexto.

Amelia, al percibir el estado de ánimo del bretón, por instinto aumentó la distancia moral que de él la separaba. No más salidas al bosque por el camino subterráneo, el amigo; no más correrías por las salas, pasadizos y desvanes empolvados del castillo de Picmort, con tanta curiosidad registrados antes. Un miedo mal definido se había apoderado de Amelia. Temía encontrarse a solas con Vilain en el imponente salón de retratos o en la perfumada penumbra, oliente a humedad y a cera, de la capilla. La fuerza hercúlea del mozo, sus pupilas chispeantes, la asustaban. Se redujo a no salir de las habitaciones que llamaba suyas: el tocador de la marquesa, siempre cerrado; el gabinetito contiguo, donde jugaba y se lavaba y vestía Baby Dick, y el piso alto del torreón, al cual se subía por una escalera de caracol bastante empinada con el tocador mismo.

—Esta desgracia —pensaba Amelia, que en tal concepto tenía la pasión de Juan Vilain— nace de mi disfraz, de mi traje de aldeana. Si me hubiese visto con ropas de señora no se atrevería a pensar en mí… ¡Dios mío, protegedme! ¡En este vasto edificio, con un niño por toda compañía, a merced de un hombre cuya mirada despide relámpagos cuando se fija en mí! ¡Y es preciso que él no adivine mis recelos! Como el domador ante el león, tengo que conservar la sangre fría. Si desfallezco, esta fiera me echará la zarpa. No debo inmutarme, no debo saber siquiera que está ahí, rondando mi puerta, envolviéndome con su aliento abrasado…

Y así era en efecto. De noche, Amelia escuchaba —entre el silencio denso, mezclado con ruidos raros, casi imperceptibles, que envuelve a las caducas torres— pasos furtivos, un resuello agitado, a veces el golpe mate de la caída de un cuerpo. Era Juan Vilain, que se echaba en la antecámara, al través de la puerta, guardándola con apasionada voluntad, y no se apartaba de allí hasta que la luz del día asomaba dorando las copas de los árboles y haciendo brillar a lo lejos el tapiz de oro de los retamares en flor. Y tal custodia y tal vigilancia, en vez de tranquilizar a Amelia, impedíanla conciliar el tranquilo sueño de la juventud, en el cual se refresca el alma.

Con tal desasosiego yacía una noche Amelia en la dorada cama Pompadour, de tableros decorados con lindas mitologías, donde tampoco había reposado venturosa aquella marquesa de Brezé cuya sombra enferma de nostalgia parecía vagar por el aposento. Oíase la dulce respiración del niño, acostado en su camita baja, detrás del magnífico biombo de bordada seda chinesca. Una lamparilla, cobijada por un globo de vidrio azul, proyectaba luz incierta, que sólo servía para agigantar los reflejos y las sombras, para acrecentar el miedo en quien lo padeciese. Encontrábase la hija de Dorff desvelada y tirantes por demás sus nervios. Cerrados los ojos, una alucinación de los sentidos hacía transparentes sus párpados, y veía animarse y desprenderse de los recuadros del biombo los fantásticos dragones, las pálidas damiselas de oblicuos ojos y los mandarines de colgantes bigotes. Cuando desaparecían aquellos mamarrachos asiáticos, eran las diosas y ninfas género Watteau las que, animándose y descendiendo de los tableros, danzaban sobre el fresco césped riendo, haciendo crujir sus chapines de raso, de taconcito rojo, y enseñando blancos senos y tobillos elegantes. Aquella risa, en el cerebro de Amelia, sonaba con estallido irónico. Las ninfas se desvanecían, esfumándose en el aire cristalino, y en un fondo de selva, ruda y añosa, se destacaba la figura de Juan Vilain, con su pintoresco traje, su tostado rostro y sus largas melenas de un rubio de miel. El aldeano sujetaba con nervudos brazos a una de aquellas ninfas, que era Amelia en persona; ella rechazaba indignada la violencia del jayán, y él la ceñía el cuello con sus duras manos y la ahogaba lentamente hasta soltarla muerta… Para cerciorarse de que todo aquello era un desvarío de la mente, Amelia abrió los ojos. Un reloj de esmalte y bronce dorado tocó la media noche con sonido argentino.

Hizo la joven un esfuerzo para dormir; dio media vuelta y se tapó la cara con la almohada. Parecíale escuchar en el siempre silencioso castillo cierto movimiento inexplicable. Hubiese jurado que por la antesala andaba gente, que se notaba algo desusado, rumores de vida. Una loca esperanza la conmovió. ¿Si era que había triunfado su padre y que venían a noticiárselo? ¿Si estaba allí su Renato portador de felices nuevas? Incorporose de codos sobre el almohadón, palpitante… Ya no podía dudar: andaban en antesalas, antecámara y gabinete; cruzaba por la rendija de la puerta el reflejo de las luces. Aquella puerta y las demás las había cerrado con llave Amelia; pero fuerza brutal la empujó, saltó la cerradura y la hija de Dorff vio penetrar en su habitación, a paso rápido, a una dama vestida de viaje. Detrás de ella, dos criados, con libreas de los colores de Brezé, sostenían candeleros con encendidas bujías de cera.

Amelia enmudeció de asombro. Sentada en la cama, dilatadas las pupilas, miraba a la dama fijamente. La dama, a su vez, clavaba en Amelia una ojeada hostil, fría, terrible. Ambas se habían reconocido. Amelia recordaba aquella arrogante hermosura, ya algo marchita; la cara, de extraordinaria semejanza con las queridas facciones de Renato, y de expresión tan diferente. Y la dama, en el rostro de Amelia, sofocado antes por el calor del lecho, ahora pálido, cercado por los rizos rubios en desorden, veía una vez más, como había visto en el molino de Adhemar, el fiel trasunto de aquella histórica faz que en miniaturas, pasteles, cuadros al óleo, grabados, litografías, cajas de rapé, estaba donde quiera, en manos de todos, asunto de compasión general, objeto de adoración para muchos. El parecido, en aquel momento, era tan patente, que la duquesa de Roussillón se detuvo, dominada por involuntario respeto. Después, recobrando la sangre fría:

—¡Levántese usted! —ordenó imperiosamente a la joven.

—¿Por qué, cómo ha venido usted aquí? —contestó Amelia, que empezaba a serenarse—. ¿Puedo saber por qué adopta usted ese tono de mando, después de introducirse en mi cuarto de este modo y a esta hora?

La dignidad del acento de la niña desconcertó momentáneamente a la dama, pero no tardó en soltar una carcajada desdeñosa.

—Yo sí que podría preguntar por qué peregrina razón la encuentro a usted alojada en mi castillo.

—Este castillo, señora —articuló Amelia—, Pertenece a Renato de Giac, marqués de Brezé.

—Soy su madre —respondió la Duquesa—. Y vengo en su nombre y con plenos poderes suyos. Y si no quiere usted que crea que ha perdido toda noción del decoro, levántese usted, vístase y hablaremos de un modo más conveniente.

—Renato no ha dado a usted poderes contra mí —protestó Amelia—. Eso es falso.

—Ya verá usted si tengo o no poderes. La resistencia es inútil.

—¡Juan Vilain! —gritó la niña—. ¡Juan Vilain!

—Juan Vilain es mi siervo. No vendrá. No se moleste usted y levántese, yo se lo ruego, que valdrá más que si la sacan de la cama mis criados.

—Para que me levante, señora —declaró Amelia—, ordéneles que se retiren. No acostumbro a vestirme en presencia de hombres.

La Duquesa, subyugada, hizo una seña; los de la librea dejaron sobre la chimenea los candeleros; se marcharon, y Amelia, ágil y honestamente, saltó al suelo y empezó a ponerse la ropa y a calzarse. La Duquesa, en pie, esperaba, muda y glacial. Cuando Amelia hubo terminado de cubrirse, se encaró con la dama y reiteró su pregunta:

—Bien, señora, ¿podrá usted ahora decirme con qué objeto ha venido a interrumpir mi descanso, forzando mi puerta e invadiendo mi habitación?

Con arrebato de repentina cólera, la Duquesa se abalanzó a la joven.

—¡Ya lo puedes adivinar! —contestó ásperamente, dando despreciativa entonación al tuteo—. He venido a romper la trama en que teníais envuelto a mi pobre hijo tú y el impostor de tu padre. La venda ha caído de los ojos de Renato; afortunadamente se encuentra desengañado, pesaroso; él mismo es quien me informó de que te hallabas refugiada aquí, y de su parte vengo.

—¡Eso no es verdad, señora! —gritó con suprema indignación Amelia—. Ignoro cómo ha podido usted averiguar que este castillo me servía de asilo, pero no se atrevería a jurar por la salvación de su alma que Renato es quien la envía. Renato no sabe que usted viene. Renato se interpondría entre usted y yo para preservarme de todo ultraje.

—Ilusiones de chiquilla necia, de intrigantuela a quien se le arranca la máscara —contestó la de Roussillón—. Cree lo que gustes… es igual. Disponte a obedecerme, que lo demás… pamplina.

—Ignoro —dijo Amelia luchando para conservar la calma— lo que tiene usted que mandarme, pero no obedeceré si no es cosa buena, y ruego a usted que, si no me tutea por considerarme la prometida de su hijo, cese de tutearme; el tuteo no lo autorizan sino el cariño o la superioridad, y ni usted me quiere ni es superior a mí.

—A eso del tratamiento no le doy importancia —murmuró la Duquesa con ironía—. En cuanto a que sea usted la prometida de mi hijo… tiene mucha gracia y prueba su ingenio. ¡La prometida de mi hijo! Paréceme, señorita, demasiado honor para nuestra estirpe… ¡Los Brezé enlazarse con el relojero presidiario! Hablemos formalmente; usted está prometida, sí, a un hombre honrado, que la ama muy de veras: mi administrador Juan Vilain; le tiene usted dispuesto a casarse ahora mismo.

—¿Qué? —gritó Amelia—. ¿Qué dice usted de Juan Vilain?

—Que va usted a tener en él un marido excelente. Como que al pobre muchacho le había usted hecho perder la chaveta, y está lelo de alegría desde que sabe que conmigo, en mi silla de posta, ha venido el capellán para echar a la parejita las santas bendiciones. No se haga usted la remisa, que bien se ha entendido con Juan Vilain aquí solitos los dos. Seré madrina. ¿Qué más puede usted pedir? La doto a usted; a Juan Vilain le doy la granja de Plouaret; en fin, todo está arreglado para que usted se consuele de no ser marquesa de Brezé, sino feliz esposa de un mozo honrado y guapo que la idolatra. No dirá usted que he resuelto labrar su desventura…

—¡Dios mío! ¿Es esto una pesadilla? —gritó Amelia, y volviéndose a la madre de Renato—: Duquesa de Roussillón —dijo con inmenso desdén—, ni el mismo Renato conseguiría de mí lo que usted me propone. Máteme; estoy en su poder. Es venganza más fácil. Puede usted ejercitar contra mí toda clase de violencias, ya que viene a ensañarse con la mujer a quien ama su hijo, a quien tiene empeñada su palabra; ya que no respeta usted en mí la raza de que procedo. Lo que no podrá lograr es vencer mi voluntad. Pruebe usted, pruebe. Corte mi cuerpo en pedacitos o atenacéeme; diré que no en el mismo altar, si me lleva usted a él arrastrando. No tenemos más que hablar, señora.

La negativa era tan categórica que la Duquesa quedó indecisa. Veíase que no era la madre de Renato sino una mujer orgullosa y casquivana, a quien habían enseñado un papel y que lo representaba torpemente; pero ante el obstáculo no acertaba a proseguir la comedia. Hizo un gesto seco y displicente, y volviendo las espaldas entró en el gabinete contiguo. Se oyó un leve cuchicheo, una conferencia en voz baja. Diez minutos después volvía a entrar la Duquesa acompañada de sus dos criados, de los cuales uno miró a Amelia de una manera singular. Ambos se dirigieron a la camita en que reposaba Baby Dick y le sacaron de ella. La criatura, despertándose asustada, rompió a llorar. Amelia se precipitó hacia el pequeño, pero se lo arrebataron y desaparecieron con él.

—Si profesa tanto afecto a ese niño —advirtió la Duquesa— se lo restituiremos cuando dé usted mano de esposa a Juan Vilain, que consiente en prohijarle. Entretanto no extrañe que el chico lo pase mal; le tiene usted muy mimado y la echará de menos… En fin, usted verá si quiere que la devuelvan la criatura… ¿Es de usted o no? Ahora se sabrá. Hasta mañana; duerma usted bien, señorita.

Capítulo 5. El niño

No era el hecho de que la encerrasen lo que podía apocar a la hija de Dorff. Resuelta se encontraba a arrostrar la muerte, mil muertes, antes que rendirse a ninguna imposición de su enemiga. Sólo eran para ella grandes inquietudes la suerte de su padre y de su prometido, y la que iba a tocar a Baby Dick.

La venida de la duquesa de Roussillón al castillo de Picmort significaba mucho. A no estar descubierto todo, en movimiento la policía, no se hubiese explicado aquella aparición de la dama. ¿Quién la había enterado de lo que sucedía en el castillo? «Si mi padre —pensaba Amelia mientras se deslizaban las horas lentas del insomnio— fuese acogido por su hermana con abiertos brazos, si sus derechos fuesen reconocidos, ¿intentaría esta aventura y me trataría de este modo la Duquesa? ¡Al contrario! Vendría rebosando adulaciones, llamándome hija; la acompañaría Renato… Él no puede tener ni sospechas de lo que aquí sucede. ¿Estará preso? ¿Estará… ? ¡No! ¡Vive! Si no viviese, ¿qué interés tenía su madre en casarme con Vilain? No perdamos el juicio… Aquí intervino, de seguro, la mano de Volpetti… ¿Y si el mismo esbirro la acompañase disfrazado? ¡Locura! ¿Locura? No; les importa mucho acabar conmigo… y no atreviéndose a matarme, han ideado casarme bajamente; así la Duquesa libra a su hijo, ellos crean una imposibilidad más a la causa de mi padre… ¡Y el niño! ¿Qué va a ser del niño?».

Azorada y con el pecho oprimido, Amelia empezó a pasear por la sala; no se había desnudado. ¡El niño! En aquel momento comprendió hasta qué punto se había apegado al débil ser con quien, desde hacía corto tiempo, jugaba a la maternidad. El desvalimiento de la inocente criatura, el pesar de haber contribuido a dejarle huérfano por modo tan cruel, las caricias que Baby Dick la prodigaba, su belleza, sus monerías, todo acudía a la mente de Amelia, borrando las demás preocupaciones. «¿Qué es esto? —pensaba—. ¡Valiente tontería! Nada sé de mi padre; está acaso en inminente riesgo mi amor… Y lo que más me desvela es la suerte de un niño con quien no me une ningún lazo. La casualidad me lo deparó, la casualidad me lo quita… ¡Qué le voy a hacer! ¿Es acaso, como insinuaba esa víbora, hijo mío, nacido de mi seno?».

Al despuntar la mañana sin que Amelia hubiese podido descansar un minuto, envolvió su espíritu esa oleada de calma que suele acompañar a la aparición del día, y como ya no tenía por qué ocultarse, corrió a las ventanas, y, sin acordarse de la conseja, las abrió de par en par. Entró la claridad en el tocador de la marquesa, y todo aquel lujo caprichoso, enfermizo, afeminado, apareció como una decoración de ópera, contrastando con la desolada magnificencia del paisaje y la sombría mole de los torreones que empezaba a iluminar la aurora. Amelia se asomó y echó fuera el cuerpo.

«¿Qué podrán hacer al niño? —pensó—. ¿Qué se le hace a un niño? ¿Separarle de mí? ¡Me duele… estaba tan encariñada con él!… Pero no por eso doblegarán mi ánimo ni me compelirán al vergonzoso enlace que me proponen… ¡Yo mujer de Juan Vilain!… ¿Qué significa esto? Y él ¿cómo se ha prestado a tales proyectos? ¿Cómo permitió que la Duquesa entrase en Picmort? ¡Ah! Está enamorado de mí… ¡Qué repugnancia, qué asco! ¡Morir, morir antes!».

Amelia registró la habitación con la mirada y buscó por todas partes medios de resistencia. No vio sino los ricos muebles, las gentiles baratijas, los encajes rancios y las sedas de colores amortiguados de aquel mágico aposento, en cuyos espejos de dorada cornucopia la muerta había contemplado sus demacradas facciones. De pronto, sobresaltada, prestó oído. En el gabinete contiguo, del cual la separaba una puerta, escuchábase el llanto de una criatura. Sin duda Baby Dick se había despertado.

—¡Mamita, mamita Meli! —gorjeaba el pequeño—. ¡Ven! ¿Dónde estás? Dame las sopas. Es hora.

Con arrebato del cual ella misma se sorprendió, con un ímpetu de ternura que le vino de las entrañas, Amelia se lanzó a la puerta y la sacudió con furia, exclamando:

—Amor mío, no puedo ir… ¡No puedo abrir, Baby, corazón! Ten paciencia, aguarda…

—Mamita guapa, ¿por qué no vienes? —insistió Baby—. Estoy solo. Aquella señora tan mala de anoche me encerró aquí. ¡Rompe la puerta!

—¡Si no puedo, Baby! —gimió desconsolada la hija de Dorff, pugnando por abrir.

Pero la evidente imposibilidad llenó sus ojos de lágrimas; cruzó las manos y se dejó caer en un sofá. Por primera vez el abatimiento la dominó. El lado flaco de la mujer, la maternidad, ficticia, tal vez más exaltada por lo mismo —por ser cosa ideal y soñada—, daba al traste con las energías de la prisionera.

Baby Dick, desde su cama, lloraba emberrenchinado, sin cesar de llamar a Amelia con dulce pío infantil. Ella corrió a refugiarse en un rincón del tocador, para no oír aquellos llamamientos; pero los oía, aunque débiles, por lo mismo más lastimeros, y le cortaban el corazón. Desesperada, se arrojó sobre la cama, cubriéndose con la colcha. Pero seguía oyendo, a través del flexible damasco, y gemía ella a compás de los gemidos de Baby. ¡Parecíale en tal momento que, por franquear la puerta maldita, estrechar el cuerpecillo y cubrir de besos los rubios bucles, era capaz de renunciar a las ilusiones ambiciosas, a las altivas reivindicaciones, a los ensueños de felicidad al lado de Renato, a todo, a todo! ¡Tal fuerza ejercía la sugestión de piedad, tal era el efecto de la voz de un pequeñuelo!

A cosa de las ocho entráronle a Amelia el desayuno; se lo traía uno de aquellos hombres vestidos de librea que la víspera acompañaban a la duquesa de Roussillón. Intentó Amelia interrogarle, pero el criado, o lo que fuese, se limitó a apoyar sobre los labios el dedo y a menear negativamente la cabeza. Las súplicas ansiosas de la prisionera respecto al niño fueron inútiles. Transcurrió, con lentitud desesperante, la mañana. A medio día repitiose la escena: en una bandeja presentó el de la librea pan fresco, una botella de vino, un pollo asado; retiró el servicio del desayuno, y no hubo otro incidente. Pero el llanto del niño penetraba, casi continuo, a través de la puerta, y Amelia no tuvo ánimos para comer; bebió un sorbo de Burdeos y mal atravesó un bocado de pan. Por no renovar el desconsuelo de Baby no se atrevía a acercarse a la puerta; al cabo pudo más su inquietud, y dando golpecitos en la madera murmuró amorosamente:

—¡Baby Dick! ¡Baby Dick! ¿Cómo estás? Soy yo, tu mamita, tu madre Meli…

—Tengo hambre, mamá —gimió el niño.

—¿Hambre, alma mía? —exclamó la joven herida por horrible presentimiento—. ¡Qué! ¿No te han dado de comer? ¿No te han llevado la susú?… (El pequeñuelo solía llamar así a la sopa.) Mira, sé muy bueno, y aunque yo no te tenga en brazos, tú come bien… come de todo… Desde aquí te hablo, mi vida, y te acompaño; tú me oyes; es igual que si estuviese contigo.

—¡Pero, mamá Meli, si no me han traído nada! —contestó Baby—. ¡Ni leche ni susú! Dame tú de comer, anda… ¡Tengo hambre!

El frío del espanto corrió por las venas de Amelia. ¿Estaba delirando? ¿Eran capaces de eso? ¿Cabía en lo humano tal crueldad? ¿Se podía hacer uso de armas tales? No; ¡imposible! ¡Desvarío, fiebre! Se trataba de un olvido; no se deja a una criatura, por deliberado propósito, sin comer. ¡Era distracción, era casualidad, cosa de gente que no ama a un niño y le encierra y no piensa más en él; pero no intento, no propósito! Y al hacerse estas reflexiones, Amelia tiritaba de congoja. ¡Un día entero así! ¡Un día entero sin alimentarse Baby, cuyo quejoso y dolorido llanto oía pasar por las insensibles hojas de madera! La hija de Dorff se paseaba como enjaulada leona; hería el suelo con el pie; reprimía explosiones de frenesí vano; volvía a sacudir la puerta, aun convencida de que sus fuerzas no alcanzaban para estremecer sus goznes. Lo había olvidado todo, excepto al niño, que pedía de comer. Hubo instantes en que sintió que sus sienes estallaban; un vértigo confundía sus impresiones; por momentos se creía ya loca. ¡Matar de hambre a un niño! De improviso acordose del encierro de su padre, de los crímenes de la historia… ¡Todo cabe! ¡La maldad es infinita! ¡El mayor monstruo, la Humanidad!

El día transcurrió así; amargo, interminable, de esos que hacen salir canas. A la caída de la tarde, otra vez allí el servidor, con la bandeja donde humeaba el caldo y amarilleaba un pastel frío. Amelia se arrojó a aquel irritante mudo, y sin dejarle soltar lo que traía le increpó.

—¡Tienen sin comer al niño! ¡Que den de comer al niño que han encerrado! ¡El pobrecito llora! ¡Si son personas y no tigres, que le lleven su comidita! ¡Él no tiene culpa de nada! ¡Que me maten de hambre a mí!

Y el servidor, por única respuesta, se encogió de hombros; volvió a apoyar el dedo en los labios y se retiró, dejando en una mesa de mosaico la apetitosa cena.

Las horas de la noche se desvanecieron como negros copos de humo. La queja del niño seguía escuchándose algo debilitada. Amelia, arrodillada delante de la puerta, ni se atrevía a respirar. El monótono «tengo mucha hambre»… de Baby se volvía a oír de tiempo en tiempo; pero a veces reinaba un silencio fatídico: sin duda el cansancio y la falta de fuerzas le aletargaban. Ráfagas de insensato furor pasaban por el cerebro de Amelia. Cuando blanqueó los vidrios la claridad del amanecer, la hija de Dorff se asomó, y a voces pidió socorro. «¡Juan Vilain! —repetía—, ¡Juan Vilain! ¿Es así como me ayudas? Infame, ¿así cumples las órdenes de tu señor?… ». No contestaba a sus gritos sino el silencio vasto, solemne, religioso, de la indiferente Naturaleza, «¡Renato, Renato! ¡Luis Pedro! ¡Amigos míos!… ¡Piedad!». Llamó hasta al perro: «¡Silvano, aquí!». Y ni del hondo foso que rodeaba el castillo, ni allá abajo, del valle, ni de las reconditeces del bosque, salía un eco de vida humana. Picmort, el muerto gigante, no respondía.

Fascinada por el mismo horror, volvió a pegarse a la puerta detrás de la cual gemía Baby Dick. «Una criatura —pensó— resiste muy poco tiempo la privación de comida… Va a morir… Se extinguirá como una velita que se consume… ». En efecto, el acento del niño, quebrantado y enflaquecido, delataba la falta de fuerzas; ya casi ni podía gemir.

—¡Misericordia! —pensó Amelia—. ¡Qué hice yo para tal castigo! ¡Qué me importa el niño, vive Dios! ¿Soy quizá su madre? ¡Ya le salvé la vida una vez… ahora que le salve la Virgen María! ¿He de renunciar para siempre a mi Renato?… ¡No, no! ¡Perezca el mundo entero; no se reirán de mí estos bandidos! ¡Quieren explotar mi corazón, quieren vencerme por la piedad! ¡Pues no será! ¡Me vuelvo de piedra!… Tal vez tenía razón mi padre… ¡Dios está contra nosotros! Hemos derramado sangre… ¡Ah! ¡Nuestra falta fue no verter la que debía ser vertida! ¡Padre mío! ¡Débil fuiste… y me mataste a mí! ¡Y ahora tengo que ser débil como tú! Ahí va mi alma, allí va mi cuerpo… ¡Que los pisoteen!

Amelia rompió en desesperados sollozos. Un lamento del niño, una quejita tenue, cruzó la madera. Baby repetía: «¡Mamá!». Amelia se incorporó con automático movimiento. Acercose a la puerta y llamó tiernamente a Baby.

—Paciencia, mi cielo —le dijo—. Dentro de poco te darán de comer y vendrás junto a mí. ¡Paciencia!

Como se anda en sueños, así anduvo Amelia toda la mañana, lavándose, atusándose, arreglándose. De cuando en cuando se reía sola, de un modo estridente, rechinando la dentadura. Otras veces un diluvio de lágrimas bañaba sus mejillas, frías y consumidas como marchitas rosas blancas.

Cuando a las doce en punto entró el criado mudo con la bandeja y los manjares. Amelia le ordenó:

—Diga usted a la señora duquesa de Roussillón que ahora mismo abra esa puerta y me reúna con el niño, y que haré su voluntad.

Capítulo 6. La boda

Sobre una hora después, habiendo Amelia cubierto de caricias y dado a beber leche y caldo a la criatura, casi exánime, a quien amaba con mayores extremos desde que había consentido por ella en sacrificar cosas más importantes que la vida, se abrieron de par en par las puertas de la estancia y entró la duquesa de Roussillón triunfante.

Los dos criados de librea, que como siempre la escoltaban, traían en azafates ropa y joyas, las galas de la boda, la cofia de encajes, el aderezo de filigrana de oro. Amelia ni levantó los ojos. Dos muchachas, las mozas de labor, que nunca habían conseguido verla de cerca, se aproximaron llenas de curiosidad, y por orden de la Duquesa, retirados los servidores, empezaron a engalanar a su manera a la novia. Amelia, inerte, no resistió. Trenzaron sus rubios cabellos; la mudaron la camisa, vistiéndola una randada y calada; la ciñeron el justillo; la pusieron las sayas de paño, las arracadas, la cofia, el ramillete; la convirtieron en la más linda de las desposadas bretonas.

Hecho esto, la Duquesa llamó a Juan Vilain, que se presentó ataviado también con el pintoresco traje de los días de fiesta, y ostentando en el pecho el ramo de flores silvestres, del cual colgaban multicolores cintas. El mozo estaba descolorido de emoción: literalmente no sabía lo que le pasaba. ¡Había sido tan repentino aquello! Llegar la Duquesa; invocar sus títulos de madre y señora para que le fuese franqueada la puerta del castillo; encerrarse con Vilain, y anunciarle que por orden del Marqués iba a unirse a la joven reclusa, que había sufrido desgracias, a la cual protegían todos y querían asegurar hacienda y nombre… Y como Vilain, loco de ventura, hiciese sin embargo alguna objeción, la Duquesa le había contestado: «No quieras saber nada. Obedece a tus amos, que te piden este servicio. Esa muchacha no es en realidad parienta nuestra; es de tu misma clase, pobre y humilde como tú… De nada careceréis. Sé para ella un buen marido, para el niño un padre… te doy la granja de Plouaret… ». No era la granja lo que influía en la decisión del mozo… Era el amor desatentado, salvaje, que en su taciturno espíritu se había encendido desde que vio a la hermosa refugiada. Un temblor de gozo sacudía su cuerpo; no creía aún en la realidad de lo que ya sucediéndole estaba; tal vez las hadas le tenían embrujado; tal vez, disipándose el conjuro, aparecería la verdad, una burla, una diablura de las hechiceras malditas… ¡El marido de Amelia! Su mirada, por momentos envolvía a su novia como una ola de fuego, y después, intimidado por el mismo bien que anhelaba, los volvía, fijándolos en cualquier objeto o consultando el rostro de la Duquesa.

Conducida por esta, salió Amelia de la cámara. En el salón de retratos aguardaban el capellán y dos arrendatarios de la casa de Brezé, llamados para servir de testigos. Uno de los supuestos criados de librea cambiaba con la Duquesa ojeadas que Amelia sorprendió, porque la misma tensión violentísima de sus nervios aguzaba sus facultades perceptivas. Desde el primer instante había llamado su atención el rostro de aquel criado, que traía a su mente vagas reminiscencias de algo muy conocido. No era un servidor. ¡Era un cómplice, el cómplice más peligroso y sañudo que podía tener la Duquesa en su odio a la hija de Guillermo Dorff!…

Dirigiéronse a la capilla, que esperaba abierta, iluminada por múltiples encendidos cirios, y adornado el altar con grandes jarrones, donde lucían flores de papel de plata. El capellán se había adelantado y esperaba ante el ara, revestido para la ceremonia. La nave aparecía desierta, porque la gente de las cercanías no tenía noticia de que allí iba a verificarse tal solemnidad. Sólo las dos mozas pastoras, que habían ayudado a engalanar a la desposada, la seguían, representando esa numerosa comitiva de solteras que va tras las novias bretonas procurando aproximarse a ellas, porque una superstición las hace creer que la más próxima se casará antes de un año…

Amelia, callada, yerta, con paso de estatua que camina, se adelantó hacia el altar. Punzante recuerdo desgarraba su alma en aquel instante crítico. De la capilla de Picmort habían tratado mil veces Renato y ella en sus coloquios. «Allí —decíale Brezé— están las sepulturas de mis antepasados, las cenizas de mi padre; allí recibí el agua bautismal, y allí ha de caer sobre nosotros la bendición del cielo, sancionando nuestro amor». ¡Cuántas veces en sus sueños, y aun muchos días de su reclusión en Picmort, se había ella representado la ceremonia nupcial en la capilla que se complacía en cuidar y adornar por sus manos! ¡Qué efecto grandioso la producía, con su hilera de arcos sepulcrales a derecha e izquierda; con las sepulturas sobre cuyas losas dormían, rígidas, las estatuas yacentes de los paladines del tiempo de las Cruzadas, o se arrodillaban, cruzadas las manos, erguida por la golilla la noble cabeza, los caballeros de la época de la liga; con su severo altar, sobre el cual campeaba un crucifijo de talla soberbio; con sus dos ojivas prolongadas, de vidriería de colores, que derramaban irisada luz!… Y era la misma capilla donde debía unirse a Renato de Giac, y a su lado, en vez del elegido, veía a aquel aldeano, a aquel siervo de la casa de Brezé, humillante sustitución que la mortificaba como si la hubiesen abofeteado, no en la cara, en el espíritu.

—No hay remedio… Moriré después —pensaba Amelia— si es necesario, pero ahora tengo que cumplir mi compromiso… He ofrecido esto por la vida de la criatura…

Cuando subió las gradas del presbiterio y comprendió que ningún milagro, ningún azar providencial, evitarían aquel sonrojo, estuvo a punto de gritar: «Socorro, me violentan; no quiero, no quiero casarme». Alzó la vista hacia el crucifijo, como implorando la intervención del cielo; pero la martirizada imagen pareció contestar: «Sufre, ahora es tuya la expiación». Se arrodillaron los novios. El capellán empezó a celebrar el rito; formuló las preguntas, a las cuales Juan Vilain contestó con ahínco, Amelia con voz desfallecida… Y cuando se enderezó, bañada en sudor frío, próxima a desmayarse… era esposa de Juan Vilain.

Regresó al salón la comitiva. La Duquesa, madrina de aquel singular enlace, se acercó a Amelia, intentando hacerla una demostración afectuosa y prenderla en el pecho una joya de diamantes que acababa de quitarse del suyo. La joven se echó atrás como el que ve salir de entre la hierba venenoso reptil, rehusando el beso de Judas que la dama quería imprimir en su frente. Esta, imperturbable, sonrió de un modo que insultaba por lo equívoco de la simpatía y por el alarde del triunfo. ¡Ya estaba unida Amelia a un hombre del pueblo, oscuro y humilde, y tenía un rasgo más de inverosimilitud la novela del pretendiente Dorff! Y el criado de librea, que asistía al acto, sonreía también de un modo imperceptible, con solapado regocijo de victoria diabólica. La dama, dirigiéndose a Juan Vilain, pronunció una especie de arenga:

—Ahijado mío: eres un servidor leal, y me ha complacido adivinar tus deseos y darte la esposa que anhelabas. Es de tu clase: su padre y su madre, pobres artesanos; él, oficial mecánico; ella, costurerita. Haz feliz a tu compañera y Dios os conceda larga prole. A tu custodia sigue confiado el castillo de Picmort, propiedad de mi hijo, el alto y poderoso marqués de Brezé, con cuya autoridad me encuentro momentáneamente revestida y a quien rogaré que jamás os quite el cargo que aquí ejercéis. Y si tal sucediese, ya sabéis que la granja de Plouaret es vuestra.

Amelia escuchaba y creía soñar; tanto dolor, tanta falsía hipócrita, la aturdían. Dos veces la protesta indignada asomó a sus labios y otras tantas la reprimió el exceso mismo del desprecio. Envolvió a la Duquesa en una ojeada regia, de esas que aniquilan, y sin mirar a nadie ni despedirse de nadie, ni besar a sus compañeras, según la costumbre bretona, volvió la espalda y se dirigió al célebre tocador de la marquesa.

Poco tardó la silla de posta de la madre de Renato en detenerse, enganchada para el viaje, ante la puerta de honor del castillo, y la Duquesa, siempre acompañada de su capellán y de sus dos inseparables criados de librea, subió al coche, rodeada de todas las maletas, sacos y cajas que este género de elegantes viajeras suele carretear. Juan Vilain ayudó a cargar la impedimenta y despidió a su ama con la reverencia más profunda. Amelia se había encerrado en su aposento, y estrechando al niño daba rienda suelta al dolor y a la amargura. Ahora comprendía la situación. ¿Era aquello posible? ¿Mujer ella de Juan Vilain? ¿Casada, obligada a querer a su marido, a vivir con él? ¡Absurdo! El cielo no podía permitir iniquidad tamaña. ¡No! Primero por la ventana al foso.

Baby Dick, viéndola triste, la hartaba de besos y de mimosos halagos, que consolaban a Amelia; porque el haberse sacrificado tanto al desvalido ser había puesto el sello definitivo a su ternura, que creía imposible fuese sobrepujada por el amor de verdadera madre. La tarde caía, envolviendo en sus crespones la estancia, derramando la ceniza gris del crepúsculo. La hija de Dorff se determinó a acostar a la criatura, no sin hacerla antes rezar y trazando sobre su frente la señal de la cruz, y no sin haber antes procurado atrancar bien las puertas y colocar delante de ellas muebles a manera de barricada. Cuando la sábana cubrió a medias el rostro del niño, Amelia percibió un ruido insignificante, pero continuado, que la sobresaltó en gran manera. Procedía de uno de los recuadros con pinturas mitológicas, con marco de guirnaldas de dorarla talla, que decoraban el tocador; se diría que un ratón arañaba en él. Aumentó el chirrido, cesó luego, y de súbito, lentamente, el recuadro giró, descubriendo una puertecilla disimulada entre las molduras, Amelia, aterrada, vio ante sí a Juan Vilain, vestido aún con su traje de fiesta y prendido su nupcial ramo de flores al lado izquierdo.

Realmente, para quien no le mirase como le miraba Amelia, era Juan Vilain un apuesto mozo, el más gallardo de los gars de muchas feligresías a la redorada, y la expresión de éxtasis y enajenamiento de su morena cara la hermoseaba de veras. Pero la hija de Dorff le arrojó una mirada impregnada de tal desdén que el mozo se quedó inmóvil, como si sus pies estuviesen atornillados al suelo.

—¿A qué vienes aquí, Juan? —preguntó avanzando sobre él, agresiva, la hija de Dorff— ¿Cómo te atreves, sin que yo te lo permita ni te haya llamado, a presentarte en mi cámara? ¿No has visto que me encerré por dentro? ¿Vienes como un ladrón, utilizando entradas secretas que conoces? ¡Miserable! Sal de aquí ahora mismo y no vuelvas jamás. ¿Lo has entendido? ¡Jamás!

Juan Vilain, a su vez, avanzó dos pasos. Su rostro expresaba la mayor, la más sincera sorpresa.

—Señorita —balbuceó—, ¿qué dice usted?… ¿No acabamos de casarnos? ¿No somos marido y mujer? Conozco el secreto de esa puerta desde niño, y nunca me cruzó por el pensamiento usarla; segura estaba usted de ningún atrevimiento… Pero ¡ahora!, ¡voto a Dios y a Santa Ana de Auray!, el sacerdote nos ha unido…

Amelia, creciéndose al ver la moderación, casi la timidez del lenguaje de Juan, le increpó más duramente:

—¿Que nos ha unido? ¡Desdichado de ti! ¿Pero atribuyes algún valor a esa indigna ceremonia? ¿Finges ignorar o ignoras realmente? ¿Eres un taimado o eres un infame? ¿Estás de acuerdo con la Duquesa o te ha engañado con sus artificios? ¿No conoces los medios de que se han valido para forzarme a que te diese el sí? ¿También tú querrás asesinar a ese pobre niño?

Juan Vilain al pronto no contestó, tal era su asombro. Amelia vio claramente que aquel hombre no estaba iniciado en los misterios de iniquidad del drama, y al comprenderlo respiró con mayor libertad.

—Señorita —manifestó el aldeano recobrando el habla—, no entiendo lo que me dice usted. Juan Vilain ni es asesino ni hipócrita.

—¿Por qué te has casado conmigo entonces, malsín?

Los cambiantes ojos de Juan Vilain, color del agua del mar que bate los escollos de la costa bretona, irradiaron fosfórica lumbre.

—¡Porque te quería y te quiero! —gritó, tuteando por fin a Amelia y acercándose más, hasta hacerla sentir el calor de su aliento—. Porque mi ama, al llegar aquí, me dijo que no existía tal parentesco tuyo con la casa de mis señores; que eras una pobre como yo, que has sufrido mil reveses, sido abandonada por un malvado, vivido hasta hoy en la miseria y el abandono, y que ese niño es probablemente hijo tuyo… Y ya lo ves, así y todo… te adoré, me volví loco cuando me ofrecieron casarme contigo.

—¡Calumniadora vil! —gritó Amelia, cuyas mejillas enrojeció el fuego de la vergüenza y de la rabia.

—Y añadió después la señora Duquesa: «Juan Vilain, el padre de esa muchacha ha prestado en la emigración servicios a mi esposo… Por eso he consentido que se la diese acogida en el castillo; por eso mi hijo te ha mandado recibirla aquí y tratarla bien, y guardarla todo género de consideraciones, y hasta darla las mejores habitaciones y no revelar a nadie su presencia… Y yo he deseado completar la obra de mi hijo, proporcionando a esa muchacha desventurada un defensor, un esposo, un porvenir, y al niño un padre… ¿Estás dispuesto a casarte con ella, Juan Vilain? Porque entonces te aseguro, en nombre de mi hijo, la administración de este castillo y la granja de Plouaret… Además doto a la novia en tres mil libras: es mi regalo de madrina». Y yo acepté… no por la administración, ni por la granja, ni por la dote, ¡así Dios me confunda y mande un rayo sobre mí si miento!, sino porque te quería más que a las telas del corazón, porque desde que llegaste al castillo no he dormido una noche, porque si cerraba los ojos soñaba contigo, porque mis venas ardían, porque estaba como aquellos a quienes las brujas de la fuente encantada roban el sentido y queman la sangre.

Y Juan Vilain, cayendo de rodillas ante Amelia, rompió a sollozar como un chiquillo.

Amelia sintió un movimiento de piedad.

—Juan Vilain, ya lo veo, también tú has sido engañado por la serpiente. ¡Escucha la verdad! Me he casado contigo por fuerza, por la fuerza más brutal, porque iban a matar de hambre… de hambre, ¿lo oyes?, a ese niño, que no es hijo mío, pero es un inocente, es una criatura indefensa. Y como me he casado contigo violentada, nuestra boda es, a los ojos de Dios, un sacrilegio, y tú no debes creerte mi marido o pecarás mortalmente y condenarás tu alma. Juan. ¡Mira lo que haces!

El mozo se incorporó, cruzó los brazos sobre el pecho y movió la cabeza.

—Eso será cierto, aunque me repugna y me cuesta trabajo creerlo de mi ama y madrina; pero, sea por la causa que sea, casados estamos; soy tu marido, eres mi mujer; ningún poder divino ni humano basta a deshacer lo hecho. Que el niño sea tuyo o ajeno, no me importa… ¡No pregunto nada! ¡Tu vida anterior a este día tuya es… para mí has nacido hoy y naciste vestida de blanco, más pura que el agua del manantial! ¡Te quiero tanto!… ¡Si alguien intentase haceros daño a ti o a la criatura conmigo se las habrá! ¡Mía es Amelia y sabré defenderla! Desde hoy perteneces a Juan Vilain… Que sea Dios o el diablo quien te ha traído a mí, te acepto, porque te idolatraba de tal manera, que no podía pegar los ojos ni atravesar bocado; era como una especie de maleficio. ¡Era enfermedad, era una cosa de esas que no caben en el pecho!… ¡Si no viene mi ama y me casa contigo… una noche soy capaz, no de profanarte, pero de darte la muerte! Mucho te respetaba, pero se vuelve uno loco! ¡Ya eres mi mujer! ¡Alegría!

Y el bretón echó los nervudos brazos al cuello de Amelia…

Capítulo 7. Juan Vilain

La hija de Dorff se hizo atrás de un salto, dispuesta a una lucha que, por la fuerza muscular del bretón, era estéril, cuando en el reloj de esmalte y bronce dorado sonó la hora, y el recuadro con pinturas mitológicas, que había vuelto a encajarse de suyo y sin ruido en la pared, giró de nuevo, y en la estancia penetró un hombre.

Juan Vilain dejó a Amelia y se volvió atónito.

El que acababa de entrar avanzó, se encaró con Juan y preguntó en voz terrible:

—¿Qué es esto? ¿Qué sucede aquí, en mi casa?

—¡Renato de mi vida! —gritó Amelia precipitándose hacia el recién venido.

Y como si no estuviese nadie delante, los dos enamorados se estrecharon pecho a pecho, sin cuidarse de Juan Vilain, cuyos ojos fulguraban de un modo que causaba espanto, pero cuyo cuerpo permanecía inmovilizado por la veneración a su señor.

—¡Ven aquí! —le gritó Renato—. ¡A ver! ¡Juan, criado mío! Dame cuenta de lo que te confié. ¿Estoy o no estoy en mi castillo señorial? ¿Qué ha pasado en él? ¿Cómo me respondes, siervo infiel, del tesoro que encargué a tu custodia? ¿Cómo has cumplido mis instrucciones?

El mocetón se tambaleó y se prosternó ante el grupo que formaban Renato de Giac y Amelia.

—¡Señor! ¡Amo mío! —balbuceó—. Yo… La señora Duquesa… La madre de mi amo… Las órdenes que me trajo, en nombre del señor…

—¿Órdenes? ¿No las tenías de no dejar entrar aquí a nadie sin el santo y seña? ¿Te ha dado mi madre el santo y seña, imbécil? ¡Qué digo imbécil! ¡Malvado debo decir, porque te encuentro tratando de abusar de esta mujer, que debía serte tan sagrada como la Virgen!

—Señor… Era la Duquesa, era la esposa de mi último amo, cuyas cenizas descansan en la capilla —tartamudeó Vilain—. ¿Debí rechazarla? ¿Debí cerrar la puerta?

—¡Naturalmente… bruto! —rugió Renato de Giac, perdiendo el freno de la educación y sintiendo espasmos de fiera—. ¡A mí, a mí solamente debes obediencia, hasta morir si es preciso!

Y avanzó, cerrando los puños, dispuesto a descargarlos sobre la cabeza del siervo, que esperó resignado el golpe.

Instantáneamente, con el impulso generoso de su recto carácter, Amelia se interpuso.

—¡Renato, no seas injusto! ¡No te rebajes, no te faltes a ti mismo! Juan Vilain no tiene culpa. Ha respetado a tu madre, y al respetarla te respetaba a ti. Al darle instrucciones, no previste ese caso ni podía preverse. ¿Cómo imaginar que tu madre viniese aquí a ejercitar venganzas? La finalidad la trajo; la fatalidad, y no Juan Vilain, que es honrado, originó esta desventura. ¡La única persona a quien Vilain no podía pensar que cupiese cerrar la puerta de Picmort es la que ha penetrado en el castillo a destrozarme el alma!

Al eco de aquella amada voz persuasiva reprimiose el marqués de Brezé. La incertidumbre, la zozobra se reflejaban en su actitud. Una duda extraña, algo que le parecía monstruoso, germinaba en su mente.

—Bien, Amelia —murmuró con ronco acento—, dejemos en paz a Vilain; pero, ¿qué ha sucedido aquí?, repito la pregunta. ¿A qué vino a este castillo mi madre, cometiendo la bajeza de mentir, de fingirse mi mensajera? No habrá venido, de seguro, a perder tres días de su vida frívola en contemplar el paisaje, la belleza de esas gándaras desiertas y de esos retamares en flor. Cuando yo —que ya voy siendo espía de oficio— supe en París que ella había salido camino de Bretaña, me precipité, porque los presentimientos decíanme que era en Picmort donde abatiría el vuelo, para clavarte sus garras, para consumar su obra inicua. Me he cruzado con ella en la carretera; he podido pasar sin que me viese; he entrado por el camino secreto, del cual tengo doble llave; he utilizado esa entrada, la del Marqués celoso, porque algo me aconsejaba sorprenderte… ¿Qué ha pasado? ¡Venga la verdad!

Amelia, abrumada, guardaba silencio. Sólo entonces se daba cuenta de su situación, de la confesión tremenda que era preciso hacer a Renato… Su valor reconocido desfallecía.

—Renato… —balbuceó—. ¡No me acuses; perdóname! ¿Por qué no viniste antes? ¿Por qué me has dejado sola aquí, indefensa, a merced de una asechanza? ¿Por qué has desamparado a tu Amelia?

—¿Sola? ¿Indefensa? ¿Pues… y ese? —gritó señalando a Vilain—. Orden tenía de morir por ti. Ea… pronto… Sepa yo lo que pasa. ¡Responda cada cual de sus hechos!

Amelia se cubrió la cara con las manos, y arrimándose a la pared rompió a llorar amargamente. Avanzó Renato; cogió a Juan Vilain por el cuello, y, sacudiéndolo con violencia, repitió su interrogación:

—¿Qué ha sucedido, traidor? Contesta o te ahogo.

Pálido y con los ojos extraviados, Juan Vilain, mediante un ligero esfuerzo que probaba su vigor muscular, muy superior al de Renato, se desasió. Cruzó los brazos sobre el pecho, y dijo con calma:

—Pues ha sucedido, señor y amo mío, que la señora Duquesa se ha presentado aquí, en su silla de posta, acompañada de dos criados y un capellán; que yo, al verla, he abierto de par en par la puerta de honor, por donde, desde tiempo inmemorial, entran los señores de Picmort; que la he besado la mano en señal de vasallaje; que ha estado tres días mandando y siendo obedecida, y que al tercero ha dispuesto que yo me casase con esta mujer…

Renato saltó; un rugido se exhaló de su garganta.

—¿Y… lo hiciste? —preguntó fijando en Vilain una mirada de asesino.

—Sí, señor… lo hice.

—¿Cuándo? ¿Cuándo?

—Hoy, a las cuatro de la tarde, nos ha desposado el capellán en la capilla de Picmort.

—¡Maldito seas, maldito! —gritó Renato—. Pero tú, Amelia… tú… , ¿qué es esto?, ¿has pronunciado el sí?, ¿has consentido?

—He pronunciado el sí, he consentido —gimió Amelia a su vez.

—¡Magnífico! ¡Soberbio! —Y Renato soltó una carcajada de furioso—. Explícate ahora, ya te mataré después —repitió con helada tranquilidad repentina—. ¿Es que este hombre… te inspiraba amor?

—¡Renato!… —imploró la hija de Dorff medio arrodillada ante su amigo—. No me atormentes más; ¡compasión! Consentí porque… óyelo bien, ¡me repugna referirlo!, ¡pero es necesario!, tu madre y los que con ella venían, que sospecho eran esbirros disfrazados de lacayos, hicieron conmigo una cosa espantosa… una cosa que no tiene nombre, que no la hicieran verdugos ni caníbales. Consentí porque… ¡tú lo exigiste!, ¡mira que no miento!… empezaron a matar de hambre, ¡de hambre!, ante mi vista a ese pobre pequeño, a Baby Dick… al que yo salvé en el naufragio, ¿no recuerdas? ¡Ah, Renato, Renato!… ¡Tu madre… tu madre!… ¡No se lo llames más!… ¡Nunca la des ese nombre!

—¿Eso… han querido hacer? —tartamudeó Renato cruzando las manos.

—¡Eso han hecho! —repitió solemnemente Amelia—. ¡Ah, Renato! Mi padre tiene razón; los crímenes de los grandes de la tierra traen las reivindicaciones de los míseros oprimidos y los castigos de la historia. ¿Comprendes tú que se oiga llorar de hambre a un niño y se le deje perecer? ¡Y… ahora… compasión, Renato!… ¡Sí, he ido al altar; soy la esposa de tu administrador!

—¡Maldito! —repitió Renato volviéndose hacia el bretón—. ¿Por qué te has casado con esta mujer?

—Obedecí a la duquesa de Roussillón, a quien creí autorizada por mi amo y señor —respondió torvamente el mozo.

—¿Sabías el martirio del niño?

—No lo sabía. ¡Por estas cruces! Pero haciéndolo mis amos, lo respetaría también. Los amos son los amos y mi deber la obediencia.

—¿Querías a esta mujer tú?

—Desde que la vi —contestó el aldeano con sinceridad impetuosa.

—¡Ah! ¡Vamos! ¡Obediencia aparte! ¡Por eso, por eso! —espumó Renato, bramando de ira.

—No, señor. Por eso, no —declaró firmemente Vilain—. Mi frenesí, mi locura, nada importaban en este caso. Repito que no pensaba en bodas; ¡quién soñaba en eso! A no disponerlo la madre de mi señor…

—¡Tu señor soy yo, perro! —repitió Renato—. Yo tan sólo.

—Cierto —repitió Vilain entre humilde y rebelde—; pero aquí, en esta aldea, no estamos acostumbrados a diferenciar lo que ordena el señor de lo que ordenan sus padres. Nuestros padres, mientras viven, mandan, y son la imagen de Dios sobre la tierra.

—¡Juan Vilain es inocente, no ha delinquido! —insistió Amelia—. Cualquiera, en su caso, procede como él. ¡La justicia ante todo!

Vilain arrojó a la joven una mirada de infinita, de intensa gratitud.

—Aquí —prosiguió la hija de Dorff— no hay más reo que tu madre… y esa extraña fatalidad que nos persigne, que persigue a cuantos apoyan nuestra causa. ¡Llevamos la desventura con nosotros! Hubiese sido mejor enterar de todo a Vilain desde el primer día: tratarle, no como a servidor, sino como a confidente y amigo. Así no podrían engañarle los malvados. Pero, ¿cómo suponer que tu madre tendría soplo de mi presencia aquí? ¿Cómo creer que iba a venir, trayendo maquinado un complot tan pérfido? ¡Renato! ¡De malas entrañas has nacido!… ¡Entrañas de hiena!

—Amelia —gimió el Marqués—, no intento defender a mi madre… Ha sido criminal… ¡Pero de seguro que las ideas satánicas que realizó no proceden de ella; no han podido germinar en su cerebro, donde sólo la vanidad hace estragos! Esa trama es policíaca, tiene el sello peculiar de cuantas nos envuelven. Mi madre obedece a un poder superior, cuyos actos no examina. ¡Amelia! Nuestros padres son los que nos matan. El tuyo ha dado libertad al esbirro. La mía te ha entregado a otro hombre… ¡A otro hombre! ¡Si esto es un delirio de la calentura! ¡Tú eres mía… lo demás no existe!

Diciendo así, Renato se había acercado a Amelia y estrechaba sus manos, y hacía extremos a que apasionadamente correspondía la hija de Dorff. Habían olvidado la presencia de Juan Vilain, y este, inmóvil y derecho como las piedras druídicas, se mantenía allí mirando su afrenta. Al fin recordó Renato aquella presencia importuna, y extendiendo la mano ordenó:

—Vete.

—¿Que me vaya? —contestó Vilain saliendo de su estupor y desatándose como un torrente—. No puede ser. ¡Si me voy, se vendrá mi mujer conmigo!

—¡Tu mujer! —repitió Renato con risa burlona—. Esta no es tu mujer, necio.

—¿Que no es mi mujer? Lo es, señor… lo es. Nos ha unido el sacerdote.

—Por un engaño, por una maldad.

—Por lo que sea. Ella ha pronunciado el sí; el capellán nos ha bendecido… Marido y mujer somos ante Dios, como es mi amo el marqués de Brezé.

Renato volvió a avanzar amenazante sobre el aldeano, amagándole con los puños en ristre.

Vilain bajó la cabeza; la idea de resistir a su amo no cruzaba por su mente, pero tampoco la de conceder que no fuese Amelia su esposa. ¡Lo era! El mundo podía desquiciarse, la bóveda del cielo desplomarse… Aquella sería siempre su mujer. Él pertenecía a Brezé, pero Amelia le pertenecía a él, a Vilain.

Renato, al ver que Vilain no se defendía, se contuvo. Antes ya Amelia se había precipitado, interponiéndose entre su marido y su amante, pero colocándose resueltamente al lado de Vilain.

—¡También en esto tiene razón! —suplicó—. Renato, este hombre efectivamente es ya mi esposo… La felicidad ha muerto, el amor también. Como tú he pensado en el primer instante romper de cualquier modo este yugo, pero ¡no podemos, Renato! Lo impuso Dios… ¡Conformidad a los decretos de su voluntad santa! ¡Paciencia! ¡Es la expiación!

Amargas lágrimas fluían, cuando así se expresaba, por las mejillas, ya enflaquecidas, de Amelia. Juan Vilain la devoraba con la vista, y un entusiasmo casi salvaje encendía sus ojos, agitaba sus nervios, hacía saltar alocadamente su corazón joven, regado por fresca sangre. Tan pronto se le ocurría arrodillarse ante ella como sentía impulsos frenéticos de arrebatarla en sus brazos, y tenía que clavarse las uñas en el pecho para no ceder a la tentación. En voz honda preguntó a Renato:

—¿Esta mujer era la que mi señor quería?

—¡Era mi prometida, mi novia! —contestó de Brezé con infinito dolor—. ¡La desventura de toda mi vida es obra tuya, Juan Vilain!

El siervo no contestó. Su entrecejo fruncido, su boca contraída, sus apretados dientes, eran la manifestación de la resistencia a dejarse robar aquel bien que le pertenecía de derecho. Sufría, pero no cedía. ¿Qué significaba lo pasado? Al presente Amelia era suya… ¡sólo suya! ¡Él, Juan Vilain, propiedad del marqués de Brezé; pero Amelia, tesoro de Juan Vilain!… ¡La muerte tan sólo podía apartarla de él!

Renato se acercó al aldeano y le asió de la muñeca, apretándosela con los dedos como tenazas que se imprimían en la carne y hacían crujir los huesos. El bretón permaneció impasible.

—¿Lo oyes? —articuló Renato—. ¡La desgracia de mi vida, mi condenación… a ti la deberé! ¡Pero tú —añadió con vehemente acento—, tú tampoco te salvarás, Juan Vilain, tú darás cuenta estrecha del mayor delito! ¿Conque no quieres dejar a Amelia, tunante? ¿Te resistes a devolverme lo mío, tú, tú? Pues óyelo. ¿Sabes quién es la mujer que consideras esposa? ¿Sabes que es sagrada, inaccesible para ti, pobre pechero, átomo de polvo de tierra? ¡Apréndelo! Esta mujer es de la raza de nuestros reyes… ¿lo oyes bien?, ¡de nuestros reyes!

La fisonomía de Juan Vilain se descompuso de admiración y terror. Fijó en Amelia una mirada atónita, supersticiosa. Todo aquello sobrepujaba a su comprensión.

—La sangre del Rey martirizado por los revolucionarios y los impíos corre por sus venas —continuó Renato—. Del Rey por el cual tu padre empuñó las armas y luchó cuerpo a cuerpo tantas veces, y anduvo oculto en los bosques y en los matorrales, y después, un día… ¿te acuerdas, Juan Vilain?, le fusilaron contra un seto, y allí permaneció su cadáver siete días insepulto… ¡Ah! ¡Si tu padre resucitase y viese a su hijo profanando a la hija de sus reyes! ¡Ese es el crimen a que te prestaste, Juan Vilain!

—¿Es verdad eso? —preguntó a Amelia el bretón, cuya cara daba espanto.

—Verdad es, Juan Vilain, por el alma te lo juro —respondió con acento de bondad y compasión Amelia.

—Y por su honor de caballero te lo asegura el marqués de Brezé —añadió sañudamente Renato—. ¡Goza el fruto de la iniquidad de que te hicieron cómplice! Ahí te dejo a tu esposa. ¡Adiós! ¡Ya no tienes amo! ¡El marqués de Brezé se irá lejos, muy lejos… para siempre!

—¡No! —gritó Vilain—. ¡Antes yo, antes!

Al hablar así se persignó y besó las reliquias y amuletos que al cuello llevaba colgados. Después se acercó a Amelia, y con irresistible impulso la besó también en la frente; sus labios quemaban; Amelia dio un chillido de terror y de repulsión.

El aldeano salió de la estancia. Sus pasos fuertes resonaron un momento en la antecámara; luego se pudo oír que crujían bajo sus pies los peldaños de la retorcida y angosta escalera que ascendía al piso más alto de la torre. Parecían las pisadas de un hombre de piedra. Amelia, impresionada, se echó en brazos de Renato; luego los dos, instintivamente, corrieron detrás de Vilain.

Cuando llegaron al último piso del torreón, vieron abierta la ojival ventana, y tapándola, cubriendo la luz del Poniente, una masa oscura, que desapareció. Horrorizados, asomáronse. El cuerpo de Juan Vilain, detenido un momento por la cornisa, cuyas piedras desgastadas le servían de almohada, volvía a rodar y se desplomaba recto, ya sin vida probablemente, al foso, entonces seco. Y el bretón quedó allí, la faz vuelta al cielo, extendidos los brazos, los ojos vidriosos y la cara entre el marco de sus largos cabellos de siervo, enmarañados y rubios. Silvano, a su lado, aullaba desesperadamente.

Parte 5. La hermana

Capítulo 1. Indicios

Las estancias del palacio real donde vamos a sentar el pie son las más alejadas del bullicio y del movimiento de la Corte. Diríase que se les ha comunicado la perenne severidad del carácter de la augusta persona que en ellas reside. Y es que las cosas se parecen a sus dueños; es que el alma humana, donde quiera, marca su huella peculiar, luminosa o sombría.

Lo primero que sobrecoge a quien pisa esos salones es un silencio absoluto. No parece sino que el ruido es algún delincuente, y que al respirar fuerte o hablar en tono natural se infringen las leyes de la etiqueta. Servidores, palaciegos, los pocos que piden audiencia —porque la alta y constante tristeza intimida hasta a los solicitantes—, tratan de ahogar las pisadas en las alfombras, de apagar y ensordecer el eco de la voz, de reprimir hasta la sonrisa, de velar hasta el brillo de los ojos, cuando se dirigen a la ilustre Duquesa, en otro tiempo Madama por antonomasia, y cada día más parecida a esas rígidas figuras orantes que velan sobre los sepulcros.

Atravesemos una fila de salas, cuyos cortinajes tasan la claridad, cuyos muebles están colocados con tal simetría solemne que parece que no han de moverse jamás de su sitio; crucemos el tocador de la Duquesa, su despacho, su dormitorio, y levantando una portera de tapicería, pasemos al reducido aposento que de oratorio sirve.

Sólo alumbra el lugar rica lámpara de plata, donde arden dos mechas empapadas en aceite aromático, y a su escasa luz se ve encima de un paño de terciopelo negro un gran Cristo de marfil, en el momento de expiar, cuando deja caer la cabeza sobre los hombros, como si balbuciese: «Todo está consumado». Al pie del altar, arrodillada en un reclinatorio sobre almohadones de terciopelo carmesí, una mujer reza fervorosamente, fijos los ojos en el Cristo.

Es la Duquesa; el reflejo de la lámpara cae de plano sobre su rostro y nos permite verlo.

Hermoso ha sido aquel rostro en la adolescencia, pero ya casi borró las huellas de los encantos el padecer.

Los cabellos, un tiempo rubio mate —el color de la familia— y tan copiosos, que se creía que Madama gastaba peluca, son ahora de un tono cenizoso, como entelarañado; la tez es amarillenta, y algunos pliegues ajan su seda fina; los ojos aparecen resecos, abrasados por llanto que no corre. Los labios los forma un trazo estrecho, amoratado: son labios que no besan ni ríen. Las manos, entrecruzadas por la actitud de la oración, algo demacradas, tienen la macilenta blancura de la cera. No es la edad la que causó tal estrago: deben de ser las melancolías y los pensamientos amargos como absintio que cobija la pálida frente.

Aún podría revestirse aquel semblante de peculiar belleza si irradiase en él la aceptación de la voluntad divina, esa confianza sublime con que los justos se dirigen al Salvador. Lejos de eso, lo que la fisonomía revela es un género de angustia especial, en que parece delatarse el torcedor de la conciencia, el remordimiento. La duda más cruel, la incertidumbre más penosa, descomponían las facciones de la dama arrodillada; se leía en ellas el terror de la fe, sin ninguno de sus celestiales consuelos. Los dedos de cada mano se hincaban en la otra; en los labios bullían entrecortadas palabras congojosas, insumisas… La admirable efigie del Cristo, sobre su negro fondo, creeríase que iba a alzar la caída cabeza, y la luz fugitiva y dudosa de la lámpara, al quebrarse en la escultura, contribuía a este efecto imponente.

Al fin, exhalando hondo suspiro, la dama se levantó; descruzó las manos y se pasó la derecha por la frente, como el que quiere desechar con un ademán molestos pensamientos. Acercose después a la lámpara, y desabrochando dos corchetes de su corpiño extrajo del seno un papel enrollado, una carta sin sobre. Miró alrededor, como para cerciorarse de que estaba sola, y desenrollando la carta, empezó a releer sus cláusulas elegíacas, empapadas en llanto de ternura y de humildad.

«Hermana muy amada mía: Perdóname si, dejando a un lado toda cortesana etiqueta, el cariño de un hermano que no te ha olvidado jamás dicta estas líneas, porque, sábelo: existo, soy yo, soy tu verdadero hermano… ».

Aquí llegaba la dama de su lectura, cuando a la puerta del oratorio resonaron dos tímidos golpecitos, y una voz respetuosa murmuró:

—Señora…

La Duquesa se apresuró a volver a deslizar el papel entre los dos corchetes, que abrochó con mano insegura; dominó por un esfuerzo de la voluntad su turbación, y adaptó a su faz la máscara impenetrable que la cubría de ordinario.

Después, con lentitud, abrió la puerta y se presentó, manifestando fría extrañeza, ante la camarera, que empezaba a disculparse. ¡Era tan grave el continente de la Duquesa y tan atrevida la acción de interrumpir el recogimiento de sus rezos!…

—Su… Su alteza Real el señor Duque ha deseado ver con urgencia a Vuestra Alteza Real… y me ha ordenado que…

La Duquesa no movió un músculo del rostro; inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y con andar de autómata salió al encuentro de su marido, que la esperaba de pie en el despacho, llamado así porque contenía un escritorio y estanterías con libros de devoción en su mayor parte, pero entre los cuales figuraban los clásicos franceses.

Al ver entrar a su esposa, el Duque hizo un saludo reverente, propio de alguna ceremonia oficial; al sentarse la dama, todavía se inclinaba el consorte, alto, de gentil y marcial apostura. Ella le dirigió una interrogación muda. Se comprendía inmediatamente la falta de expansión entre los esposos.

—Señora —dijo él, empleando el ceremonioso vos acostumbrado en su país entre gentes de su esfera, aunque las uniese el lazo más íntimo—, vengo a molestaros y lo siento mucho… Pero es indispensable… Vengo a hablar de política… al menos, de cosas que guardan con la política estrecha relación… Hace tiempo que rehuimos esta conversación, señora… porque no solemos andar acordes; vos me encontráis un poquillo… ¿cómo diré?, ¡liberal!, yo a vos un tanto… reacia, enemiga de concesiones y cerrada a las inevitables exigencias del siglo… Yo me inclino a pensar como el Rey y como Fernando; vos como nuestro buen padre… Pero, señora, pensemos como pensemos, queremos lo mismo. En el fondo existe armonía; suponer otra cosa me sería penoso…

—La concordia es efectiva —respondió al fin la Duquesa—. Tampoco yo podría sobrellevar la pesadumbre de un desacuerdo completo en materia tal. Para nosotros y para toda nuestra familia no hay ni puede haber más política que la restauración del bien, la pelea contra el dragón del infierno, la impiedad y la soberanía revolucionaria. Vos peleáis con armas ocultas; yo soy menos hábil, lucho de frente… o por mejor decir no lucho: ¡resisto! Resisto cruzada de brazos, de frente, y no retrocedería aunque viese avanzar sobre mí todo el poder del abismo.

—No en balde —advirtió con alarde cortés el esposo— dijo el Corso que erais el único hombre de la familia.

—Monseñor —protestó la Duquesa—, no repitáis semejante absurdo. El Corso mentía: la verdad hubiese abrasado sus labios. Aquí no hay príncipe que no sea un hombre, un paladín digno de su raza. Bien lo ha probado a expensas suyas aquel luciferino usurpador. Ni vos ni nuestro hermano Fernando ¡a pesar de sus debilidades!, habéis desmentido la sangre que corre por vuestras venas. Yo no soy más que una pobre mujer, cuyo único consuelo, en horas terribles, fue la religión, y a quien la religión enseñó a sufrir resignadamente, pero a no ceder, cuando el deber habla, aunque se arrostre el martirio. Mucho padecí… y no me engañan mis presentimientos: he de padecer mucho más —añadió alzando los ojos al cielo y con imperceptible temblor de su cuerpo todo, enfundado en la seda violeta del traje de medio luto, bordado de negro canutillo.

El Duque puso nublado gesto. El carácter tétrico de su esposa actuaba sobre él, cortando toda alegría, desde los primeros días de su boda de conveniencia, realizada con fines políticos y por obedecer a la última voluntad de los padres de Madama. Un poco de calor, un poco de ternura humana, hubiesen fundido aquellas almas, pero el encogimiento en el terreno afectivo era característico de ambos.

—Señora —respondió él—, en toda vida hay su fondo de amargura. Creemos tal vez que nuestro cáliz es el que más hiel contiene, pero cada cual conoce el suyo. Dios nos ha probado, es cierto… Valor, y sobre todo calma. ¡Mucha calma! Sangre fría y razón. Lo que hoy necesitamos debatir es una prueba más para ese corazón, ya tan coronado de espinas. Vuestra energía sabrá sobreponerse.

—¿De qué se trata? —preguntó la dama, trepidante de emoción bajo la capa de hielo.

—De algo muy penoso para todos… ¡Me refiero a los impostores que de algún tiempo acá pululan y, explotando circunstancias fatales que nadie ignora, pretenden hacerse pasar por el desventurado Príncipe que falleció en el cautiverio!

El rostro de la Duquesa se contrajo, y una palidez térrea se extendió por él, dándole semejanza con la mascarilla de una muerta.

—¿Era eso? —murmuró débilmente.

—Eso —articuló el Duque—. Eso; esa vil comedia, esa farsa reprobable, que puede, noble amiga, ser explotada de una manera peligrosísima por los adversarios de la buena causa y del trono.

—Deseo explicaciones completas —advirtió la dama, que empezaba a recobrar su presencia de ánimo.

—Sí, a eso vengo… Mi propósito es preveniros. No os oculto que el Rey en persona, y nuestro padre también, me han dado esta comisión, pues recelan los efectos de la sorpresa, favorable a los intrigantes. No quiere, Su Majestad, ni quiere nuestro buen padre, que sufráis el menor disgusto; ansían evitaros preocupaciones, y que este incidente no provoque sino vuestra indiferencia y vuestro desdén.

La Duquesa sacó del bolsillo un pañuelo y se lo pasó por los ojos y la seca boca, donde revolvía la lengua con sabor a acíbares.

—Sin género de duda —prosiguió su marido y primo—, la historia y la suerte del infeliz Príncipe han trastornado algunas cabezas. La ambición y el delirio de grandezas se despertaron en varios individuos, empeñados en hacerse pasar por él. Un tamborcillo austríaco, para que no le castigasen, declaró ante el Consejo de guerra que era vuestro hermano; otro mísero, después de recibir una herida en la cabeza que le privó del juicio, dio en igual manía, y tales extravagancias ha cometido, que fue preciso encerrarle en Bicêtre. Un mozo de este mismo hospital, llamado Fontolive, le ha disputado ese honor, y no faltaron incautos que le facilitasen dinero. Un jorobado, ex—pasante de notario, le sigue, y en compañía de otro insensato, ex—diplomático, va a parar a Bicêtre igualmente. Hay un Dufresne que enseña en el muslo derecho el tatuaje de una flor de lis. Hay otros innumerables, incluso uno que viste de mujer… Recontarlos sería como recontar las arenas de una playa. ¡A veces, locuras epidémicas contagian a toda una generación! Pero sólo hablaré de los más audaces y que tratan de dar mayor verosimilitud a su ridícula comedia. Existe un cierto Fruchard, hombre inteligente y resuelto; el hijo de un sastre, Hervagault, mozo de cuenta, que sabe lo que se hace; un Maturino Bruneau, zuequero en Vezins, impostor muy popular… y un supuesto barón de Richemont, más peligroso todavía, porque ha recibido educación, tiene buenos modales, está versado en historia, y conozco caballeros y realistas sincerísimos que se han puesto de su parte resueltamente…

La Duquesa, que escuchaba con sostenida atención, fijó en su marido los inquisidores ojos, cuyo mirar de acero cortaba cual la hoja de un cuchillo.

Al ver que el Duque se detenía, como si recelase continuar, ella murmuró:

—Y… ¿qué más?, ¿se acabó la lista de falsarios?

—No —repuso el Duque, haciendo un esfuerzo—. Otro hay, que sale a la superficie estos días… Le protegen ¡es increíble, señora!… le protegen y le patrocinan gentes de quienes yo nunca lo hubiese creído a no verlo. Por ejemplo: ¡Renato de Giac… un joven a quien juzgábamos tan leal, tan caballero… tan adicto! Su madre, la Roussillón, está inconsolable, y ya ni le ve ni le trata. Un Larochefoucauld… madama de Rambaud, la que mecía la cuna de vuestro hermano… los Marco de Saint—Hilaire… el marqués de la Feuillade… la marquesa de Broglio Solari… Una legión.

—Pero, en fin —insistió con voz incisiva la Duquesa—, ¿quién es ese impostor? ¿De dónde viene?

—Viene de Inglaterra. Se ha criado en Prusia. Es un oficial mecánico, llamado Guillermo Dorff…

Los dientes de la Duquesa castañetearon. Sus labios se agitaron como si volviese a rezar, como si se dirigiese al Cristo y le viese destacarse, a la luz de la lámpara, sobre el negro paño. Echó atrás la cabeza, que osciló en el respaldo del sillón, y el esposo, asustado, se inclinó para socorrerla con un frasquito de sales inglesas, pues parecía próxima a desvanecerse.

Capítulo 2. Plantéase el problema

Por medio de un esfuerzo de la voluntad, más que por los efluvios de las sales, la Duquesa se repuso y miró a su esposo con aire interrogador.

—¿Por qué —dijo viendo que el Duque no proseguía— quiere el Rey que yo esté prevenida en este asunto? Decídase allá, en las esferas donde el rayo político se fragua, todo lo que a política se refiera, y déjenme a mí, triste despojo de un naufragio, vivir en el retiro y la oración.

—Señora —contestó con deferencia el Duque—, es natural que acudamos a vos cuando se trata de desplegar energía. Fiamos en vuestro carácter firme y en la rectitud de vuestra conciencia. Sabemos además que para vos es sagrado el Principio que representamos; que en tal capítulo podríais darnos a todos lecciones, porque ninguno tiene tan robusta convicción de la dignidad suprema del solio…

—Es que nadie sino yo ha sufrido por el solio un calvario —respondió la Duquesa con patético acento—. La mujer más desventurada de la tierra es la que veis aquí… Lo escribí en las paredes de mi cárcel… y era verdad.

—¡Qué recuerdos! ¡Qué dramas! —suspiró el Duque.

—¡Ah! —dijo la Duquesa—. En aquella horrible prisión… mientras recorríamos el via crucis de los ultrajes… como una estrella más hermosa y más luciente, porque asoma entre negras nubes y alumbra precipicios y cadalsos, he visto alzarse, envuelto en sus alas de arcángel, el sacrosanto Principio… Él solo vale y significa algo; los individuos ¡nada! Nuestra vida, nuestros dolores, ¿qué son ante el Principio, eje de la Historia? De toda la sangre que se vertió, de cuantas cabezas cayeron, ¡una, una sola, la que encarnaba el Principio, ha gritado ante la vengadora Providencia!

Al hablar así un luego extraño ardía en las marchitas pupilas, un jadeo seco alzaba y deprimía el pecho, donde podía escucharse el leve crujir sedoso del papel oculto. El Duque se aproximó a ella, aunque no se resolvió a tomar y estrechar cariñosamente las manos de su mujer. Jamás el dulce transporte verdaderamente amoroso había fundido en uno a aquellos dos seres.

—Mucho me agrada veros así —murmuró—. ¿De dónde han podido inferir Su Majestad y nuestro padre que pensabais de otro modo?

—El Rey —contestó ella gravemente—, como no ha sufrido, no siente el Principio. Yo rezo mucho por el Rey. Necesita de mis oraciones y de las de todos los honrados. ¡El Rey no es buen cristiano!… ¡El Rey es poco rey!

—En esta ocasión, no, señora —apresurose a contestar el Duque—. Su Majestad tiene aficiones y gustos que acaso riñen con los vuestros… con los nuestros —corrigió inmediatamente—; pero cuando ve amenazada el arca santa… entonces, señora, recobra el tino… mejor dicho, no es que lo hubiese perdido, es que lo antes mirado con indiferencia de artista, y de pensador, y de filósofo empapado de… de ciertas doctrinas que tampoco a mí me son simpáticas… recobra para él su significación verdadera. Hay momentos, sí, en que la imaginación le domina… pero sóbrale talento para que no sean pasajeras tales impresiones. ¿Os acordáis del episodio reciente de aquel viejo visionario, aquel Martín, que logró ser admitido a presencia de Su Majestad y le dijo mil locuras y chocheces? Pues al pronto el Rey quedó muy preocupado. Creía próximo su fin…

—Y lo está —contestó categóricamente la Duquesa—. La enfermedad se ha acentuado. Su Majestad decae a ojos vistas.

—Razón de más advirtió el Duque— para vivir prevenidos. La agravación de Su Majestad puede acarrear complicaciones…

—¿Y qué relación existe entre eso y la cuestión de… de los impostores? —preguntó la dama.

—Estrecha relación… Como que el viejo alucinado quería traer al ánimo del Rey la convicción de que uno de los impostores era realmente el Príncipe, vuestro hermano. ¡Líbrenos Dios de que el Rey cayese en lazo tal! Los impostores serán despreciables mientras nosotros, con algún paso inadvertido, no les prestemos fuerza. El ser tantos y de tan diverso origen y procedencia les roba todo prestigio, y aunque la credulidad humana es infinita, difícil o imposible me parece que logren mover hondamente a la opinión ni causar recelos fundados en ningún gabinete extranjero. Esto último, señora, es de la más alta importancia. Europa está contra Francia, pero la Santa Alianza nos ha sostenido, nos ha amparado, nos ha afianzado en el vacilante trono, porque somos el Principio. A oídos de los soberanos de Europa llegaron, ¡quién lo duda!, los insidiosos rumores de la evasión de vuestro hermano; no faltó quien les comunicase notas afirmando que aún vive. A poco que el interés y la razón de Estado se lo aconsejasen, no habría gabinete que no encontrase ahí socorrido pretexto para abrumarnos y abrumar a nuestro país con exigencias y amenazas de intervención, que hoy acarrearían los más funestos resultados… No podemos prestarnos una vez más a traer aquí los ejércitos extranjeros. ¿Cómo evitarlo si cayese sobre nosotros el baldón de usurpadores?

Mientras el Duque se expresaba así en voz contenida, la Duquesa escuchaba abismada. Sus ojos vagaban por las rosetas del tapiz que cubría el suelo.

—Demos gracias a Dios —continuaba el Duque— de que entre esa cohorte de aventureros, de falsarios y de alucinados que se alzan en cada departamento no exista ninguno… que por arte o por casualidad… logre destacarse de entre los restantes… e imponerse a la atención de Europa… porque la consigna contra nosotros ¡sería el triunfo definitivo de la impiedad y de la revolución que hemos dominado, pero que ruge ansiosa de desatarse! Señora, en apariencia pisamos un sendero llano y florido; en realidad… a cada paso que damos advertimos la agitación volcánica. Los tiempos han cambiado; tenemos que proceder con exquisito tino, pesar cada uno de nuestros actos, el más insignificante. ¡Nos miran, nos acechan! Hombres y mujeres de la casa reinante de Francia, nuestra conducta debe ser clara como la luna de un espejo y recta y templada como la hoja de una espada de combate. Tenemos hasta que transigir un poco, ¡lo indispensable!, con el empuje de los nuevos tiempos, y por eso yo, señora, en mi proclama de San Juan de Luz, hablaba de romper cadenas y de quebrantar tiranías. Por eso, en el Mediodía, he puesto coto al celo de nuestros partidarios, que pretendían ensangrentar con venganzas y represalias nuestro triunfo. El Principio nos manda ser cautos como la serpiente y mansos como la paloma… Por eso nuestros padres —llamemos así también al Rey, que de padre nos ha servido en el destierro— desean que os prevenga en tiempo, a fin de que un mal paso, una inadvertencia, un movimiento generoso, pero imprudente, de vuestro bondadoso corazón…

—¿Tanto peligro ven en mí? —preguntó con displicencia altiva la Duquesa, acentuando la frialdad de su actitud.

—¡Un peligro inmenso! El de vuestra sensibilidad. Aquella sensibilidad de que hablabais en los versos que dirigisteis a madama de Chanterenne… El de vuestra excesiva… excesiva no… en fin, muy grande cristiandad y escrupulosidad… Señora… es tan fácil que nos dejemos engañar por nuestra honradez misma… ¿Lo creeríais? Nuestro hermano Fernando, nuestro propio hermano, en quien ciframos la esperanza de la sucesión al trono, pues aunque hasta el día sólo hembras ha tenido, el varón podrá venir… Fernando, digo, está… ¡admiraos!, inclinado a una… tolerancia inverosímil… con esos impostores… Con todos, no; con alguno… ¡con uno, en especial!

La dama hizo un gesto penoso. Nada agravaba sus melancolías como cualquier alusión a su esterilidad. Supersticiosas aprensiones hincaban más la espina de aquel dolor; alimentaba la idea de que, en castigo de alguna secreta culpa, la voluntad del cielo la negaba tan dulce y soberana alegría, secando en sus entrañas las fuentes de la maternidad.

—¡Fernando! —repitió maquinalmente.

—Fernando; él… él… Extraviado por su generosidad… o acaso movido por… por otros impulsos… que… En una palabra: Fernando no puede sentir ni pensar enteramente como nosotros… porque ha vivido… se ha dejado arrastrar a flaquezas… Su historia ofrece puntos de contacto con la de ese impostor a quien patrocina… vivió también en Londres oscuramente, y contrajo relaciones, lazos inferiores a su alta jerarquía… Bien os acordaréis de Amy Brown y de los frutos de tales amores. En fin, que ciertos antecedentes falsean el carácter, vuelven el alma del revés… No así nosotros, señora. En buen hora lo digamos, podemos alzar la frente… Nuestra vida no encierra una mancha. No cabe en nosotros condescendencia culpable. Fernando, lo repito, ha dado en creer en la evasión… en la supervivencia de vuestro pobre hermano. ¡Y, por consiguiente, está pronto a recibir a cuantos se presenten tomando su nombre, porque afirma que alguno de ellos puede ser el propio Carlos Luis!

La Duquesa seguía pareciendo de mármol, pero a ratos el mármol se estremecía.

—Nuestros padres, asustados de su actitud, han hablado con él seriamente, sin convencerle, pero logrando que al menos se reprima un poco, que no deje salir al público nada de lo que bulle en su cerebro… Y vos, señora, con el justo ascendiente que ejercéis sobre Fernando y Carolina, ¡amonestadles! Hacedles entender que es indispensable, en una familia como la nuestra, en asunto tan delicado y serio, la unidad de miras más absoluta. ¡Qué interpretación recibirá el menor desliz de nuestra parte!… ¿No me contestáis? —interrogó el esposo con ahincada súplica, viendo que la dama continuaba en su mutismo.

—Sí, sí, voy a contestar… —articuló por fin la Duquesa cruzando las manos—. Y contestaré la verdad… porque es ya demasiado luchar, demasiado suplicio; porque a mi cabecera vela un fantasma, y en mi pecho se retuercen las serpientes, y el sueño no desciende a mitigar un poco mi tortura. ¡Porque llevo tres días en oración casi continua y tres noches de ver en la sombra cosas horribles! Contesto… contesto que si entre esos desventurados que toman el nombre de mi hermano hay alguno que presente pruebas ¿lo oís?, pruebas claras, fehacientes… ese no tenemos por qué decir que sea un impostor. Si en apoyo de sus pretensiones exhibe datos, si trae en la mano irrefutables documentos… ¿podemos dudar? ¿No recordáis que su partida de defunción, el original de ella, no ha podido encontrarse? ¿Que sólo existe una copia y no legalizada?

Bajando más la voz, aunque sabía que estaban solos, que nadie se atrevería a acercarse a la cerrada puerta ni a interrumpir el coloquio de la pareja real:

—¿No os acordáis —añadió— de mi entrevista con la viuda del zapatero? ¿No sabéis que fui secretamente al Hospital de Incurables, vestida del modo más sencillo, a fin de que no me conociese aquella… aquella desventurada? ¿No sabéis que, a pesar de todo, me conoció? ¿Habéis echado en olvido lo que respondió a mis preguntas? «¡Vive el niño… vivo salió del encierro! ¡Yo estoy cuerda… me encierran para que lo calle!».

El Duque se levantó y paseó agitado por la estancia.

—Hay mil testimonios, hay aseveraciones de gente sincera, leal, que en estos días habla con él y le reconoce… Hay dichos que sólo él pudo decir; hay recuerdos, pormenores, circunstancias que sólo él puede evocar… Y ya que ha llegado la hora de la sinceridad… ¡me ha escrito! Aquí guardo su carta, tres días hace, y me quema, lo mismo que un ascua, los dedos y el corazón.

Desabrochando otra vez los corchetes de su corpiño de seda pensamiento, todo rígido, de negro canutillo, la Duquesa extrajo el enrollado papel y lo puso ante los ojos del Duque.

—¡Aquí está, señor! Yo creía no poder verter lágrimas, porque mis lagrimales se han vuelto áridos; ¡no cabe llorar toda la vida! Y al leer esta carta, el manantial ha fluido otra vez… ¡Me dice tales cosas Luis! Está enterado de lo que no pensé que nadie pudiera estar en el mundo. Me ofrece enviarme un manuscrito, relato de sus desventuras, pero preferiría narrármelas él. Lo único que solicita es eso: una entrevista, un coloquio… Y afirma que posee tales pruebas, que no una hermana, los tribunales de derecho habrían de rendirse a la evidencia que en ellas resalta. Pero desea que sólo un corazón me guíe, que no exija documentación como exigirían los magistrados. Y eso es verdad, ¿qué lograremos con rechazarle?

El Duque, al escuchar el relato de su mujer, se sobresaltaba cada vez más. Visible perturbación nerviosa le obligaba a levantarse a medias del sillón, en cuyos brazos clavaba las uñas involuntariamente.

—Señora… —pronunció al fin—. Yo creo que conocen vuestras ilusiones y vuestra inagotable ternura hacia el hermano que perdisteis… y pretenden abusar de ella. ¡Pensad lo que hacéis! ¡Acordaos que de una acción impremeditada vuestra depende el porvenir de la dinastía, de la patria, nuestra humillación o nuestra exaltación! ¡Vos, y nadie más que vos, habéis traído este conflicto que nos amenaza y que va a perdernos ante Europa!

—¿Yo? —exclamó aterrada la Princesa—. ¿Yo? ¿Por qué?

—¡Vos! —insistió él con dureza enérgica—. ¿Por qué no quisisteis recibir el corazón momificado que os enviaba el médico que hizo la autopsia al… al niño muerto en la torre? Fue una imprudencia… una imprudencia terrible. La voz corrió…

—¡Admitir yo ese envío! —clamó indignada la Duquesa—. ¡Ese corazón que no había latido en el pecho de mi hermano! ¿Y por qué se me echa en cara tal incidente? Si es yerro el mío, ¿qué nombre dar a la conducta del Rey, que jamás se ha decidido a consagrarse? ¿Y cómo calificar al Padre Santo, que nos prohíbe celebrar honras fúnebres por el desgraciado Carlos Luis? ¿Se ha olvidado ya aquel hecho singularísimo: la iglesia entapizada de negro, el clero esperando… y a última hora la orden de suspender el servicio? ¿Y la frase atribuida al Nuncio, «La Iglesia no reza las preces mortuorias sino por los muertos»?

El Duque no sabía qué contestar. Se le habían agotado los argumentos, sugeridos sin duda por el Rey.

—Oye —murmuró la Duquesa, tuteándole por primera vez en toda la plática—, esta noche, en medio del insomnio, me ha parecido que resonaba en mis oídos la voz de mi madre… ¡tan triste!, ¡tan empapada en lágrimas! Nada me decía respecto a mi hermano… Sólo murmuraba mi nombre, ¡tan bajito!, ¡con tan plañidero tono! «María Teresa —repetía—, María Teresa»…

Un gemido desgarrador completó la frase, y la Duquesa dejó caer la cabeza entre las manos.

—Hay que beber este cáliz hasta la última gota —agregó—. No bastó aquello; estamos sentenciados a esto… Hay que confesar la usurpación; hay que bajar del trono mal poseído… Fernando tiene razón. ¿A qué vendría sostener una lucha imposible? Las pruebas existen, y ante ellas será preciso ceder. ¿Decís que soy el único hombre de la familia? En esta ocasión soy la única persona que mira una situación frente a frente. Adviérteselo al Rey. Ahora es cuando se ha de demostrar el valor. Porque para nosotros no existe más solución que esa: ¡desposeernos y restituir!

El Duque intentó levantarse. Se tambaleaba; apenas podía andar. Inclinose ante su mujer con igual respeto que al principio, pero al salir su rostro expresaba la decepción más profunda y el más depresivo terror. Vacilaba como un beodo. Se diría que se le había venido encima la balumba del edificio de la Historia.

Capítulo 3. Razón de Estado

La escena pasa en el gabinete del Rey, aquella especie de museíto donde una mano inteligente ha reunido algo de lo más bello en que cada época marca su sello especial, sobre todo de las edades, tan estéticas, de Grecia y Roma. No cabe imaginar contraste más vivo que el de este museíto pagano con el ascético despacho de la Duquesa y su oratorio.

Encuéntranse reunidos allí el ministro de policía y el mismo Rey, tendido en su ancha poltrona de inválido, sostenido y apoyado por todas partes el cuerpo en almohadas, almohadones y cojincitos de pluma, y envueltas y cubiertas las piernas —a pesar del calor que se dejaba sentir en aquella cerrada habitación, donde aún ardía suave fuego de leña en la chimenea— por una manta acolchada de seda con ribete de piel de cisne. Todo ello había sido mullido, arreglado y dispuesto por las manos cariñosas de la joven condesa de Cayla.

Percíbese a las claras el estrago hecho por el padecimiento en la real persona desde el día de su entrevista con el viejo Martín. La cara, aunque siempre respira esa intelectual y desengañada malicia y esa penetración reflexiva, característica de las faces rasuradas del siglo XVIII, y bajo la cual se advierte una especie de reprimido entusiasmo, tiene los rasgos principiados a borrar por el edema, la pálida hinchazón de los tejidos. Los ojos, amortiguados, se esconden entre el bulto de los párpados. Todo descubre, en aquel semblante, la marcha invasora de una descomposición de la sangre, inútilmente combatida por los paseos rapidísimos en coche abierto que para el Rey sustituyen al ejercicio. Cuando se mueve, un olor a drogas medicinales se esparce por el ambiente del elegante museíto, a pesar de las flores raras que sobre la mesa refrescan sus tallos en pompeyana copa de alabastro, con dos palomas en las asas, maravilla del arte antiguo. Aquellas flores, era también la Cayla quien las traía de Saint—Ouen al regio amigo achacoso.

El Rey economizaba conversación, contestando sólo cuando no tenía otro remedio, y entonces, en cambio, era afluente y oportuno. Una reflexión melancólica nublaba su frente al escuchar lo que el Ministro le decía.

—Peligro más grande nunca lo han corrido la monarquía y el régimen. Y no será que yo no lo hubiese previsto, y no viniese desde hace años, lo mismo que mis antecesores, ¡hagámosles esa justicia!, y que Le Coq, en Berlín, adoptando medidas y tendiendo hilos para evitar que un día sucediese lo que ahora amaga suceder. ¡No nos hemos descuidado un minuto; no hemos perdonado medio!

Abrió Lecazes, después de este párrafo, la tabaquera y respiró una pulgarada, como para esclarecer sus ideas tormentosas; después, sacando el pañuelo bordado, se sonó con ruido casi de llanto; un trompeteo que delataba el detestable humor, reprimido por el cortesano respeto.

—Creo que Vuestra Majestad no dudará de ello, conociendo mi celo y mi consagración absoluta a la causa del orden y de la autoridad, y mi convicción de que hay momentos en que es criminal una vacilación, un descuido, un acto de flaqueza… Señor, ¡se ha hecho todo!, o mejor dicho, ¡se ha querido hacer todo!, pero una serie de casualidades inconcebibles ha desbaratado los mejor combinados planes y las previsiones más exquisitas…

Viendo la atención que el Rey prestaba. Lecazes prosiguió:

—No había pensado hablar de esto con Vuestra Majestad por evitarle preocupaciones inútiles, pero hoy necesito el auxilio de Vuestra Majestad… Yo, solo, no alcanzo a parar el golpe. No viví desprevenido. Desde hace años, un sabueso mío, el más fino de todos, el hombre más útil que conozco y que mejor me secunda —un siciliano llamado Jácome Volpetti, que estuvo algún tiempo al servicio de la reina de Nápoles—, sigue como la sombra al cuerpo los pasos de ese… sujeto peligroso, y va lentamente, con golpes de destreza, de audacia y de fortuna, poniéndole en situación de no hacer daño o de hacer el menos posible, si el caso llegase… Heredé de Fouché este sabueso, y venía llenando la misión que hoy ejerce… Ya se había dedicado a no perder de vista al individuo, y cuando todavía imperaba el Corso le tuvo a buen recaudo en Vincennes; pero la primer esposa del Corso, con fines que sospecho, viendo en él un arma terrible que poder esgrimir, se consagró a seguir protegiendo al sujeto y le proporcionó la libertad. Esta parte de la historia sería larga de referir puntualmente… Y además, ¿qué nos importa? Vengamos a lo actual. El sujeto, después de salir de Vincennes, emigró a Prusia; desde allí podía dar bastante que hacer. Pero no tenía estado civil; no era nadie, y a Volpetti se le ocurrió una idea excelente. Se hizo amigo suyo, no sé cómo (artimañas de mozo listo), y afectando prestarle servicios, le proporcionó un pasaporte que, apremiado por las circunstancias, aceptó; el pasaporte llevaba un nombre cualquiera… Bajo ese nombre le inscribieron, le autorizaron para residir en Spandau… y trabajo le mando si ha de desasirse de él. ¡Un nombre! ¡No hay cárcel como esa!

—Sin embargo —objetó el Rey—, cuando se poseen otros documentos que prueban la identidad…

—A eso voy, señor —respondió Lecazes haciendo con la mano extendida la seña que en todas partes significa «calma»—, falta lo más importante. Esos documentos cuya existencia y conservación al través de tantas vicisitudes es para mí un enigma, son precisamente el nudo de esta maraña. ¿De dónde proceden? Ni el armario de hierro, ni el escondrijo abierto por el desgraciado monarca en la pared de su prisión, lograron librarse de las pesquisas revolucionarias. Mi sospecha, señor, es que los fatales papeles se los entregó Barras, que fue muy coleccionista de documentación, a la criolla, y esta al amigo leal del sujeto, a aquel Montmorín que le ayudó a evadirse de Vincennes, muerto después en una escaramuza. Sea cono sea, tales papeles eran una máquina infernal cargada de pólvora, que podía hacer explosión a cada instante. Volpetti no descuidó un momento el grave asunto, pero los papeles estaban bien escondidos. Tuvo el arte de colocar al lado del sujeto a una mujer que, de buena fe, creyendo servirle, le aconsejó que se pusiese en relación con Le Coq, el Superintendente de policía, y le confiase los documentos que acreditaban su personalidad…

—¿Y… se los confió? ¡No me asombraría! ¡La mujer lo consigue todo! —dijo el Rey con gracia.

—¡Ah, señor! ¡Sí; le confió unos cuantos, de bastante interés… pero reservó, el diablo sabe dónde, los mejores, los más graves! Y en medio de mil peripecias ha logrado conservarlos encerrados en un cofrecillo…

—Después de la mujer, el mayor peligro para el hombre son los papeles —añadió el monarca siempre sonriente.

—Prosigo… Al persuadirse del fracaso de sus gestiones con Le Coq, y vista la imposibilidad de recobrar los papeles que le había remitido, el sujeto se aquietó. No es de los más revoltosos, y su tendencia natural le lleva a la inacción y al retiro… pero hoy tiene a su lado una hija que es la misma inquietud. A no ser por ella… Bien; el caso es que nuestro sujeto pareció sosegado. Dejose de ambiciones, se enamoró, se casó y se dedica a trabajar la relojería, que lo hace primorosamente…

—Es de familia —dijo con fino sarcasmo el Rey.

—Así vegetó algún tiempo… La fortuna quiso que más adelante fuese acusado de incendiario y monedero falso y sentenciado a trabajos forzados en Silesia…

—¿La fortuna?… —articuló el Rey no sin picardía—. La fortuna… o más bien… ¡Ea, Lecazes, hijo mío —solía llamarle así—, aquí no jugamos a engañarnos!

—¡Señor… cuando los sucesos se arreglan y combinan como podría desearse que se combinasen, ni debemos quejarnos ni perdernos en investigaciones ociosas! ¡Esa condena nos sería tan favorable, si llegase el momento de tener que ventilar ante los tribunales las disparatadas pretensiones del odioso sujeto! ¡Incendiario, monedero falso, presidiario! Sólo eso es capaz de perder a cualquiera ante la opinión pública… y de retraer a los nobles que pudieran tener el capricho de seguirle. ¿Vamos a quejarnos si nos llueve un torrezno en la bocal? ¡A esa cuenta nos quejaríamos también de la nube de impostores y alucinados que han aparecido por todas partes, y que han creado ya tal escepticismo entre la gente que uno más que parezca tiene mucho adelantado para que no le haga caso nadie!

Nuevamente sonrió el Rey. Diríase que se complacía en desbaratar los cortesanos artificios en que iba envuelta la explicación del ministro de policía.

—Vamos, reconozco que no debemos quejarnos… tanto más cuanto que en la aparición de la nube de falsos delfines me parece que ha intervenido no poco un Júpiter bastante conocido nuestro… ¿Eh? ¡Bien, hijo mío: hablemos como hablan las personas de entendimiento, que han sabido vencer sus virtudes, anularlas, relegarlas adonde se relegan los estorbos!… Como que tenemos demasiado buen gusto para ser pedantes moralistas…

Lecazes sonrió a su vez.

—No creo que me confunda usted —prosiguió el Rey invalido, cuya cabeza irradiaba intelectualidad y malicia— con mi sobrino Fernando, que sólo ansía el momento de abrazar a su resucitado primo. ¡Pobre Lecazes! Haga usted dimisión el día en que yo falte, que pronto será…

—Vuestra Majestad —dijo el Ministro— está, por fortuna, más fuerte de lo que él mismo supone. Mientras su elevado espíritu vea las cosas tan claras y no se deje subyugar por augurios como los que le trajo aquel viejo, aquel Martín… ¡largo reinado le espera!

Y después de esta bocanada de incienso, continuó:

—Alguna vez habíamos de tener buenas cartas en nuestro juego… La causa principal de la condena a presidio de ese sujeto fue la indignación que produjo en los jueces su impostura —así consta en autos—. Le condenaron, no por los delitos, que eran difíciles de probar, sino porque al tomarle declaración dijo haber nacido príncipe… Lo que yo hallé de erróneo en esa condena fue… su brevedad. Encerrar algún tiempo en presidio a un hombre es exaltar sus convicciones, y soltarle luego más decidido a dañar; porque si Vuestra Majestad me pregunta el juicio especial que he formado de ese sujeto, diré que, a mi ver, no es tanto un impostor como un sincero maniático. Sin duda por torpeza de la policía prusiana ha sido imposible descubrir rastros de la verdadera familia de ese hombre, del verdadero sitio donde nació, y esto ha acrecido su locura, porque afirma que no hay medio de probar que él sea otro de lo que dice ser. En lo cual, a fe mía, está en lo firme.

—¡Y tanto! —declaró el rey.

—Pues nuestro… alucinado —continuó Lecazes— salid del presidio más furioso, con renovados ímpetus de afirmar sus soñados derechos. A cada hijo que le nacía, poníale un nombre histórico: Amelia, a la mayor, en recuerdo del viaje a Varennes; a otra, María Antonieta; a otra, María Teresa; a los varones, Carlos, Eduardo… Todo ello parece inofensivo y no lo es, señor, porque con la tenacidad de la idea fija, ese hombre iba envolviéndose en una especie de jirón de púrpura real… El cetro era de caña, pero ¡tenía aureola de perseguido y de mártir!… ¡Fíjese bien Vuestra Majestad en todo ello y comprenderá cómo este personaje no es asimilable a los otros que han aparecido y a quienes hemos envalentonado, para que sirviesen de parapeto contra alguno que pudiese surgir revestido de mayor seriedad y basado en superchería mejor fraguada!

—¡Ah! ¡Por supuesto, mi buen Lecazes, que este… es otra cosa!

—Cualquiera pensaría que yo lo ignoro… Esa aureola de martirio despierta abnegaciones y entusiasmos. Por ejemplo: cuando el sujeto, al volver de presidio, se estableció en Crossen, sin un maravedí, encontró allí un magistrado que le socorrió, que le regaló fuertes sumas y que se erigió en defensor de su causa; otra especie de maniático, que escribía a todo el mundo en defensa de los imaginarios derechos y en solicitud de que el proceso se revisase… Tanto, que el secretario del príncipe de Carolath tuvo que decirle a aquel mentecato dañino: «¡Hay en Prusia fortalezas donde encerramos a los que se meten en lo que no les importa!». ¡Créalo Vuestra Majestad, los tales redentores son una peste! ¡A bien que el redentor poco tardó en ascender al lugar que le correspondía: al cielo… !

—¿Murió? —preguntó no sin sobresalto el Rey.

—¡Ay! Sí, señor… Una indisposición repentina… Y tenemos razones para creer que él y no otro era el depositario de los verdaderos papeles, de esos papeles malditos… de ese reguero de pólvora… Porque, al expirar en brazos de un hermano suyo, todo se le volvía repetir: «Ahí… en ese bufete… papeles… papeles del Príncipe… ».

—¿Y por qué no se aprovechó tal coyuntura? —preguntó el Rey con ironía.

—¡No estaba yo allí, por desgracia! La policía tuvo soplo de los detalles de la muerte del iluso magistrado, y… al punto en que este subió al Empíreo, fueron confiscados todos sus papeles, pero ya o el hermano o el mismo sujeto habían puesto en salvo los de verdadera transcendencia. La policía alemana tiene de plomo los pies y la cabeza de estopa, porque ¿no es donosa ocurrencia buscar pruebas de tal fuste en la casa de aquel a quien interesan? ¡Muy necio ha de ser si las tiene allí, y sobre todo si las tiene de manera que un registro pueda descubrirlas!… No bajarán de diez las veces que en una o en otra forma, legal o ilegal, a pretexto de incendio, simulando robo, ¡Dios sabe cómo!, ha sido registrada y vuelta patas arriba la morada del sujeto: se le ha cogido mucho papelón, pero los de fondo… claro es que en otras manos habían de encontrarse. ¡Excepto últimamente, en Londres, donde consta que los conservaba él, en escondrijo inaccesible! Como en Inglaterra no es fácil manejar las cosas a nuestro gusto…

—¿Él residía en Inglaterra?

—Sí, señor. Allí se trasladó desde Prusia, convencido de que le convenía un país cuyo Gabinete no estuviese en tan buenas relaciones con el nuestro y donde se alardee de legalidad y de respeto al domicilio… Allí el sujeto, cansado de escribir cartas a todo bicho viviente y de que nadie le haga caso, vivió algún tiempo tranquilo, entre la relojería y la química, a la cual es muy aficionado: ¡como que dicen que ha inventado una granada explosiva nueva!

—Y en ese caso —murmuró el Rey— ¿por qué no haberle dejado en paz? Cuando la gente no busca ruidos…

—Sí, señor; en paz le dejábamos… Es decir, ¡en una paz relativa!, porque tratándose de esos lunáticos hay que temer siempre la reaparición de la manía con caracteres agudos. Nuestra suspicacia tuvo que despertarse al saber que había enviado a Francia a su hija mayor, y que esta muchacha, que ya no es lunática, sino una intrigante muy temible, parecida a aquella célebre madama de La Mothe que tanto dio que hacer a la última e infeliz reina de Francia, había preso en sus redes a un noble francés que ostenta un nombre tan respetado como el marqués de Brezé, Renato de Giac.

—¡Ya tenemos en campaña a Eva! —articuló con picardía el Rey.

Capítulo 4. El consejo del pagano

—Vuestra Majestad comprenderá —prosiguió el ministro de policía— que esto era serio. Los fines de la niña no podían estar más claros: armarnos aquí el alboroto. Traté de barrer la telaraña, haciendo que la duquesa de Roussillón; la mamá del galán…

—Valiente pava rellena —dijo el Rey—. ¿Qué iba usted a conseguir por medio de esa ave de corral?

—Encargarla de enterar a su hijo de que el padre de la señorita Amelia es un presidiario… Pero el amor es ciego, y el marqués de Brezé se nos marchó a Londres… adonde llegó con tal oportunidad que… que salvó la vida a su futuro suegro…

—¡La vida! —preguntó el Rey—. ¿Y quién amenazaba su vida?

—Lo natural en Londres… un ataque nocturno de ladronzuelos, de malhechores vulgares —contestó negligentemente Lecazes, cuya mirada, por un instante, evitó la del soberano—. No se fije Vuestra Majestad en ese episodio sin importancia; estamos llegando a lo transcendental… Como yo me figuraba, la niña ¡Dios nos libre de niñas!… no había echado el anzuelo al Marqués sino para preparar, en el seno mismo de la nobleza adicta al trono, una campaña a favor de su padre. Desde el primer momento, los documentos graves —la verdadera granada explosiva de ese hombre— fueron confiados al Marqués… y se acordó un viaje a Francia, conviniendo en reunirse todos en Dower…

—¿Y cómo supo usted eso, Barón?

—¡Pues lucidos estaríamos, señor, si yo ignorase algo! Mi oficio es saberlo todo… ¿No he dicho a Vuestra Majestad que el mejor de mis sabuesos, Jácome Volpetti, sigue al sujeto como al cuerpo la sombra? ¡Y lo que Volpetti no descubra! ¡Verá Vuestra Majestad qué episodios tan novelescos! Volpetti, que es de oro, apenas enterado, se las ingenió para alojarse en el mismo hotel donde paraba el marqués de Brezé, y valiéndose de una estratagema muy hábil, logró hacerse dueño del cofrecillo donde se guardaban los documentos.

A pesar de sus piernas inútiles, el Rey medio brincó en la poltrona.

—¡Entonces, estamos salvados! —dijo—. ¡Porque en el mismo instante de echarles la zarpa los habrá reducido a cenizas!

—¡Señor! —articuló Lecazes—. ¡Gran idea, por cierto! ¡Pero cuyos inconvenientes, así al pronto, no adivina Vuestra Majestad! ¡Jamás me he fiado yo completamente de los instrumentos que empleo! ¡A mis espías los espío! ¡Tienen orden de entregarme a mí mismo, a mí sólo, cuanto recojan! Porque figúrese Vuestra Majestad que se les ocurra la diabólica idea de decirme que lo inutilizaron y quedarse con todo o parte en las uñas… y equivaldría a una pistola cargada y puntada a mi pecho. No; prohibición absoluta de inutilizar nada…

—Lo cual significa —murmuró el incorregible Rey— que todas las pistolas cargadas y todas las armas y todos los secretos ha de poseerlos solito mi niño Lecazes.

Riose el ministro de policía, pero había en su risa algo de forzado.

—¡Cuánto me place el buen humor de Vuestra Majestad! —respondió en tono afable—. Por desgracia el asunto no es jocoso.

—¿Pues no dice usted que Volpetti se apoderó de los temibles documentos?

—Sí… A eso vamos. Desde este momento la intriga se complica de modo inesperado y grave… Aparece en escena una fuerza que jamás había actuado en los asuntos del sujeto; azar extrañísimo, la más rara de las casualidades pone al servicio del impostor Dorff… ¿a quién cree Vuestra Majestad?

—¡A los Carbonarios, como si lo viese!

—¡Exactamente! ¡A los Carbonarios; a esa asociación que nos está minando el suelo, que tantas inquietudes nos cuesta, que continúa bajo tierra la revolución que hemos logrado abozalar en las calles y en la plaza pública y que se prepara a convertir a Francia en un volcán! ¡A los que han escrito en sus estatutos: «Los Borbones han sido traídos por el extranjero, y los Carbonarios se asocian para restituir a la nación francesa el libre ejercicio de su derecho!». ¡A los que tienen ramificaciones en la Cámara, Vuestra Majestad no lo ignora; que las tienen más profundas aún en el ejército, donde no podemos borrar el recuerdo del Corso; que mantienen viva, incesante, la protesta contra el régimen establecido!

—¿Y cómo diantres, Barón, han llegado los Carbonarios a meter la nariz?…

—Una contramina, señor. En Dower hallábanse apostados dos enviados de la Venta de París, de los más resueltos, uno de ellos italiano, acechando el paso de Jácome Volpetti, a quien detestan, porque allá en Italia ha debido de hacerles algunas jugarretas inolvidables…

—Y ahí, hijo mío, se demuestra que al sujeto, como usted le nombra, debió ponérsele un esbirro especial, que no tuviese por enemigos a los Carbonarios.

Lecazes sintió el alfilerazo de esta observación, que probablemente no llevaba más objeto que mortificarle, pero continuó:

—Debido a eso, y por una serie de incidentes largos de referir, unieron sus intereses los emisarios de la Venta y el marqués de Brezé, y entre todos, después de haber asesinado a otro agente de policía de los dos que acompañaban, para mayor precaución, a Volpetti, y uno de los cuales se había quedado en Londres; después, repito, de asesinar y echar al mar al agente —y observe Vuestra Majestad si se paran en barras esos mocitos— amarraron a Volpetti, le sustrajeron el cofrecillo de los documentos y le transportaron a bordo de un barco francés, mandado también por un carbonario, para ejecutarle allí… Pero Volpetti, que es el demontre, logró huir, arrojándose a nado; recogiole un schooner inglés; el buque francés dio caza al schooner, y a cañonazos le echó a pique sin combate; el barquito no podía defenderse porque llevaba fuego a bordo…

—Lecazes, novelista —murmuró el Rey.

—Es la historia, señor, la que en estos pícaros tiempos, de conspiraciones y defensa social por la policía, se deja tamañita a la novela —respondió el Ministro—. ¡Y llegamos a lo más novelesco! A pesar del incendio del buque y del acto de piratería del carbonario, Volpetti logró escapar con vida. Fue arrojado por las olas a la costa bretona, cerca de Pléneuf, mientras, ignorantes de estas circunstancias, desembarcaron de Brezé, Dorff y su hija, acompañados y protegidos por los emisarios de la Venta.

—¿Cómo se explica la alianza de los Carbonarios y del sujeto?

—Vuestra Majestad no ignora que, trabajando contra el régimen, tienen los Carbonarios independencia para hacerlo según les acomode. A esa idea responde la ramificación carbonaria llamada de los Caballeros de la Libertad, donde al individuo se le concede la mayor iniciativa para que proceda por su cuenta y riesgo. ¡A esos únicamente temo, señor! ¡Ahí pueden germinar toda clase de atentados!… Donde haya cómplices, yo indagaré, sabré y descubriré las tramas; pero el pensamiento que oculta un hombre solo… Dios únicamente lo rastreará. Recelo —no puedo afirmarlo— que los carbonarios que esperaban a Volpetti en Dower pertenecen a esa rama. Por pronto que quiso Volpetti prevenirse y girar algunas órdenes para evitar que los viajeros llegasen aquí y se pusiesen en comunicación con la mucha gente que ya han visto era tarde. El sujeto está en París, señor… bajo el ala protectora de la Venta, que tiene olfato y prepara el escándalo europeo. Los papeles deben de hallarse a buen recaudo. Sería inútil cuanto hoy se hiciese para apoderarse de ellos mediante violencia… No tengo ni la más mínima sospecha de dónde pueden haberlos ocultado.

—¿De Brezé ha venido con el sujeto?

—Y uno de los carbonarios, el italiano.

—¿Y la joven? ¿La Eva?

—A esa, para mejor resguardarla, la alojaron secretamente en el castillo de Picmort, que es de los Brezé y se encuentra en Bretaña. La escoltaba el otro carbonario; pero este ya salió de allí para alguno de esos viajes sospechosos que ellos emprenden.

—¿No cree usted que la niña podrá ser la depositaria de los papeles?

—No lo creo. En primer lugar, por caballerosidad —y Brezé las da de paladín—; nunca la fiarían a ella el cargo de mayor peligro, y además, donde esos papeles les conviene es aquí.

—Entonces, bien está la niña en el castillo —advirtió el Rey.

—¡Muy bien! Y más en atención a que la pava rellena, como dice donosamente Vuestra Majestad, me ha asegurado que hay un guapo gars bretón, administrador de los marqueses de Brezé, que, valiéndose de la favorable ocasión, trata de desbancar al Marqués y acaso lo consiga.

—De seguro —dijo el Rey con su risa volteriana—. ¡Un aldeano! ¡Un pastorcillo! ¡Una égloga! ¡Qué mejor para un corazón tierno! ¡Felices los pastores!

Y se puso a canturrear:

 

En el regado de Filis Damón,

desde que amanece, 

 ramos de flores ofrece, 

 con rocío matinal…

—Viniendo a lo de los papeles, señor, eje de nuestra ya larga plática, que temo moleste a Vuestra Majestad —dijo Lecazes sin hacer caso de aquella poética interrupción—, sostengo que están aquí, porque, entre otras razones, el sujeto podrá necesitarlos para convencer a Madama, la señora Duquesa, que es la persona en quien confía…

—Y a mi sobrino Fernando…

—Ese… ese ¡ya está convencido! ¿Acaso ignora Vuestra Majestad que pretende que reconozcamos al sujeto? Pero esto es nada al lado de la posibilidad de que la Duquesa, la hermana, la compañera de prisión, pueda amparar al quídam a quien la fortuna hizo dueño de tan decisivos testimonios. ¡Ante todo, lo que importa es disponer el ánimo de la Duquesa con suprema habilidad, para que no sea fatal su ya inminente intervención en este asunto!

—Venga ese plan, hijo mío. Yo, desde que se trata de hacer bueno de una mujer, me declaro inepto.

—He aquí lo que he pensado, señor, sobre tan capital asunto. Si lográsemos que la señora Duquesa recibiese al sujeto…

—¿Cómo? —interrogó asombrado el Rey.

—Que le recibiese… —insistió Lecazes— secretamente… de un modo reservado… y exigiéndole, para adquirir plena certidumbre de su identidad, la presentación y comunicación de los famosos papeles…

Lo mismo que si se encontrase en una representación y ocupase el «asiento de espectador» —único que declaraba pertenecerle en el teatro— el Rey aplaudió; un aplauso sonoro, franco, homenaje al talento.

—¡Comprendido! ¡Basta! —exclamó gozoso.

—¿De modo que Vuestra Majestad adivina el resto?

—¡Adivinado, criatura! Pero…

Y el Rey se rascó ligeramente el lóbulo de la oreja, mientras Lecazes, radiante, absorbía una dedadita de aromático rapé; afición que, adquirida primero por halagar al monarca, había llegado a ser en él vicio favorito.

—Pero ¿quién le pone el cascabel al gato?… ¿Quién decide a mi sobrina?…

—La señora Duquesa, probablemente, se encuentra inclinada a hacerlo. Y si no, se encargará su esposo de decidirla.

—¿Su esposo? Lecazes, ¡usted y yo ya no somos chiquillos! ¡Estamos de vuelta! Mi buen sobrino Luis no ha tenido arte para ejercer ascendiente sobre su mujer. La ha tratado con un respeto tan profundo que… ¡naturalmente!, no se han entendido ni pizca. Yo no sé a quién sale esta segunda generación tan torpe con el bello sexo… Luis, en ese punto, me avergüenza… ¡Es verdad que Fernando me honra! Y además, querido Lecazes, ¿no le hemos encargado a Luis, justamente, que convenciese a su esposa de que haga como si tal aventurero no existiese en el mundo?

Antes de que replicase el Ministro se oyó llamar a la puerta interior que comunicaba con las habitaciones particulares del Rey.

—O Fernando o Luis —dijo este—. ¡Cuidado!

En efecto, momentos después, la marcial y elegante figura del Duque se encuadraba en el marco de la puerta, y el sobrino del monarca entraba y besaba respetuosamente la mano de su tío.

—Llegas a tiempo; siéntate y damos noticias. ¿Qué dice María Teresa?

—Señor… —exclamó el Duque, cuyo semblante se oscureció— las nuevas que puedo dar a Vuestra Majestad no son gratas. He encontrado a la Duquesa bajo el influjo de una exaltación penosa. Ha recibido una carta de ese… sujeto y la guarda sobre su corazón…

—¡No tengas celos!… —dijo el Rey con fina burla.

—Tengo tristeza… —repuso sinceramente el Duque—. Porque la Duquesa sufre y me ha hecho sufrir. Tres noches hace que no duerme, tres días que apenas come… y sus rodillas están doloridas, pues se pasa horas y horas en oración…

—Todo esto es culpa tuya —declaró el Rey.

—¿Mía, señor?

—¡Pues claro, Luisillo! Cuando una mujer… como la tuya, una mujer, ¡que moriría de asco si pensase en otro que en su marido!, se pone así, es que el marido peca de frío y de negligente. Mira, ha llegado la hora de que te lo diga: has procedido siempre con tu esposa como un inocentón. No has sabido apoderarte de su alma. ¡Has tomado ante ella la actitud de la timidez y de una veneración buena para las santas de palo!…

—Señor, es mi carácter, ya lo sabe Vuestra Majestad —contestó con matiz melancólico el Duque—. Mejor me entiendo al frente de un cuerpo de ejército que ante las damas.

—No, ¡qué diablos! —respondió el Rey—. Es la maldita generación tuya, que se diría que nació ya cansada y vieja, sin entusiasmos ante lo más hermoso que existe en el mundo, que es la mujer. Mira, por eso me es simpático tu hermano Fernando: tiene el corazón en su sitio y la sangre le circula. Parece un retrato vivo de lo que fue antaño Enrique IV, el del blanco plumero. ¡Siento debilidad por él! ¡Cuando pienso que los ñoños de los ultras se alarman de su historia con la inglesita! ¡Pues qué, si nos faltase la ilusión, seríamos un pedazo de yeso, cal apagada! ¡Yo he conservado siempre el corazón en su sitio, a pesar de que toda la vida he sido un pobre enfermo, un inválido!… ¡No se me podrá acusar de haberme entregado a los goces de la materia… pero la ilusión, Luis! ¡Si hasta a la divinidad nos acercamos por medio de esa exaltación deliciosa que la presencia de la mujer suscita! ¿No sabes tú que la Condesa es la Medianera de la fe para mí? Y ya ves, aquí no hay sospecha de nada grosero… Un anciano enfermo… ¡sólo ilusión!

El Duque escuchaba con el rostro contraído, el ceño fruncido y la cara pálida. Se veía luchar en él la consideración que profesaba a su tío y Rey con la repugnancia a las teorías que exponía este.

—En fin, Luis —dijo el monarca, advirtiendo el efecto de sus palabras—, ¿qué puedo decirte? Yo estoy con mis doloridos pies ya en el sepulcro; no creas que ignoro la gravedad de mi mal. He hecho lo posible por defender las instituciones que a mi cargo tengo; he vencido y subyugado hasta mis propias convicciones, mi razón, mi escepticismo… todo, para ser fiel al depósito que me está confiado. Con la mano derecha he contenido la revolución; con la izquierda, los excesos de una reacción imbécil y sanguinaria, que nos perdería… Lecazes me ha ayudado y sigue ayudándome… Pero Luis… si tú desmayas, tú, el hijo mayor de mi hermano y heredero… ¡no lucho más! Suceda lo que quiera; húndase definitivamente la monarquía… ¡En vano te habrás batido como un héroe en el paso de Ivón, en Ravenheim y después al lado del infeliz Eugenio… del fusilado de Vincennes! ¡Bah! ¡Las peores batallas son estas, hijo amado mío!

El Duque se conmovió. Cuando el Rey deponía el tono de burla y sensualismo sabía desplegar majestad verdadera. Subyugado, arrodillose al pie del sillón del enfermo.

—¿Qué puedo hacer, señor, por la monarquía, por Dios, por mi patria? ¡Haré cuanto se me pida, aunque sea morir!

—¡Oh! ¡Mucho menos! —respondió cariñosamente el Rey—. Mucho menos; lo que debe hacer un buen y leal esposo: galantear a su esposa, mostrarse rendido, apasionado…

—¿Y el objeto, señor?

—¡El objeto… Lecazes te enterará! ¡Porque yo me siento estropeadísimo con tanta charla… y quiero cuidarme un poco!… ¡Mañana es miércoles… la condesa de Cayla vendrá a traerme una limosna de alegría! ¡Que no me encuentre muy abatido!

Capítulo 5. Idilio conyugal

Aquella misma tarde, a la hora en que empezaban a encenderse las lámparas en todos los aposentos de palacio, vieron, no sin algún asombro, las camareras de Su Ateza la Duquesa, hija política del hermano del Rey, que al volver del comedor, donde había cenado reunida la familia real, el Duque y la Duquesa se retiraban juntos, en vez de recogerse él, según costumbre, a su cámara, en que reunía una pequeña tertulia de antiguos amigos y compañeros de emigración, de oficiales del ejército de los príncipes, y ella al oratorio, a la plegaria prolongada, última. Viendo venir tan allegados a los augustos esposos retiráronse discretamente los servidores, no sin encender las bujías de los candelabros en la chimenea y dar cuerda a la lámpara en el despachito. La Duquesa señaló a su marido un sitial; pero el Duque, con alarde de intimidad, se sentó a su lado en el canapé, y con la precipitación característica de los poco duchos en materias de insinuación cariñosa, la tomó las manos y la tuteó desde el primer instante.

—Teresa —dijo—, recuerda la fecha que es mañana: ¡10 de junio!… ¡Aniversario de nuestra boda!

—¡Verdad! —repitió pensativa la Duquesa—. Cuánto tiempo ha pasado!

—Para mí, como si hubiese sido ayer mismo. ¿Te acuerdas? En la capillita de Mittau… Mira, Teresa, tengo aprensión de que no has sido feliz conmigo. ¿Me engaño? Te veo siempre tan ensimismada…

—He sido… feliz —contestó titubeando ella—. Ya sabes que en mi corazón no puede tener cabida la dicha bulliciosa.

—¿Por qué? —respondió él besando galantemente sus luengas y aristocráticas manos—. Los malos tiempos han pasado ya; ¡no volvamos atrás la vista! Quien tanto ha sufrido tiene derecho, al contrario, a gozar de la existencia.

A la demostración del esposo, la tez de la Duquesa se había coloreado instantáneamente, como si el reflejo de una hoguera la iluminase.

—¡Gozar, vivir! —suspiró—. ¡No es ese mi destino; no es ese nuestro destino, Luis! Nos están reservadas aún pruebas y desventuras, lo presiento; ya sabes que esta mañana te lo dije; no hemos expiado lo bastante.

—¡Teresa mía, tú, tan buena cristiana, dudas de la misericordia de Dios! Con bien dolorosos martirios has aplacado su cólera. ¿No es justo que respires? ¿No respiras, por ejemplo, ahora, que tienes a tu lado a tu esposo? ¿Es que las altas razones que dictaron nuestro enlace no iban de acuerdo con tu sentir? ¿Volverías a preferirme si fuese libre tu elección? ¿Puedo lisonjearme de que me quieres?

Ella palpitó al escuchar palabras tan desusadas, aunque sinceras. Era un espectáculo sublime; se diría que una montaña cubierta de nieve y repentinamente bañada, inundada de sol, se deshelaba, cubriéndose de murmuradores arroyuelos, de florescencias primaverales. La emoción transformaba otra vez a la austera Duquesa en la joven cautiva que un tiempo cantó, en versos candorosos, los hechizos de la sensibilidad, «cuyo dulce fuego calienta el alma». Veinte años acababan de borrarse. La respiración agitada y los ojos humedecidos de Madama dieron la respuesta.

—¡Luis! —murmuró con noble sencillez—. ¡No he querido, después de mis desventurados padres, más que a ti en el mundo! ¡Si Dios me castiga es porque alimenté demasiado ese cariño, al fin puesto en una criatura!

—Prima, hermana, esposa —contestó él briosamente—, al amarnos cumplimos la voluntad de Dios. ¡Si algo puede desagradarle es vernos desviados; pero tú no ignoras que yo, aunque parezca tibio o distraído, jamás soy desleal! ¿Tienes, Teresa, alguna queja de mí? ¿He incurrido nunca en indignas bajezas que te ofendiesen?

—Creí —balbuceó la Duquesa— que no me amabas, pero nunca dudé de ti. Si hubiese dudado ¡me moriría!

Él la estrechó contra sí sonriendo.

—Y puesto que reconoces el culto que te he consagrado —le murmuró al oído—, ¿tendré derecho a pedirte algo, a aconsejarte algo, a influir en esa voluntad íntegra, formada por la desventura? Dímelo, Teresa. ¿Serás capaz de un sacrificio, de un gran sacrificio, por mí?

La Duquesa, instintivamente, se echó atrás; pero su marido la retuvo, y ella permaneció en sus brazos, dejándose hacer deliciosa violencia.

—Mira, esposa mía —insistió—, yo veo claro, tú te hallas bajo el influjo de algo que te trastorna. Esta mañana estabas como fuera de ti. ¡Cuánto me mortificaste! No, es preciso que hablemos con absoluta confianza ¿no somos dos en una carne? Yo temo… hasta por tu razón si continúas atormentando la fantasía y creyendo sin examen consejas y fábulas dictadas por la ambición o las manías de un insensato. Óyeme, pero óyeme serena: tu inteligencia se ha ofuscado un instante; ya recobrarás la lucidez. Tú pareces persuadida de que hay una víctima donde yo sólo veo un impostor más atrevido, más diestro y mejor documentado que los demás…

—¿Entiendes realmente que el autor de esta carta es un impostor? —insistió la dama, tocando sobre su seno el papel que allí continuaba.

—Tal vez no sea un impostor, Teresa. Acaso se trate de un alucinado, de un perturbado, que juzga de buena fe ser el que asegura. Este caso es frecuentísimo. Nuestra pobre razón se encuentra sometida a tales vaivenes que llegamos a perder la conciencia de nuestra personalidad y a entrar en la piel ajena, engañándonos a nosotros mismos. Acuérdate, en España, del caso de aquel pastelero que se tenía por el rey don Sebastián; acuérdate, en Rusia, de Pugatchef, de los falsos Demetrios, uno de los cuales llegó a ceñirse la corona…

—¿Y los documentos a que se refiere esta carta, documentos ante los cuales habrán de rendirse los tribunales de justicia?… —articuló la Duquesa con angustioso apremio, como el que desea ser convencido y no lo logra.

—¿Los documentos?… ¡Poco a poco!… En primer lugar, no estamos seguros de que existan. ¿Los has visto tú? ¿Los has tenido en tus manos? Pues mientras no los veas, mientras no te los entreguen para examinarlos, duda de su realidad, duda de que, aun existiendo, sean tan irrecusables, tan luminosos y tan fehacientes como tú… tu corresponsal asegura. Y vamos a ponernos en lo peor, Teresa; vamos a conceder que realmente esos documentos son probantes y claros como la luz del día. ¿Se deduce de allí que quien los presenta es quien tiene derecho a presentarlos? ¡Los acontecimientos se han atropellado aquí de tal manera bajo el desorden revolucionario; tales personas han ejercido el poder sin restricciones, sin cortapisas, sin responsabilidades; han sido tan profanados todos los secretos de nuestra familia, que nada tendrá de extraño que en manos de cualquiera se encuentren depositados documentos preciosos!

La Duquesa guardaba silencio, pero aquella amada voz poco a poco abría brecha en su ánimo.

—Reflexiona —añadió su esposo—. Documentos de gran valor han podido ser dispersados por el huracán. En documentos ajenos se han apoyado a veces grandes falsarios. Pero, ¡bah! Lo seguro es que se trata de una pura invención, de un medio de llegar hasta ti impresionándote. Y si no, Teresa, ¡haz la prueba!

—Luis —exclamó la señora cruzando las manos—, no sabes cuánto sufro. Cuando te oigo mi razón vacila. ¿Qué debo hacer? ¡Dios mío, iluminadme! ¿No te has opuesto a que reciba a ese… infeliz? ¿No me lo repetías esta mañana?

—He meditado, Teresa, y cambiado de opinión. Debes recibirle, pero en secreto… Debes cerciorarte de lo que son esos documentos famosos… Exigir que te los presente… ¿Vas a creerle bajo su palabra? ¡No faltaría más! Las pruebas de lo que afirma… y entonces podrás decidir. Y antes de que le admitas a tu presencia, para que te des cuenta exacta de la gravedad que envuelve cualquier paso impremeditado, de la reserva absoluta y el misterio impenetrable en que todo esto debe envolverse, entérate de algunos pormenores. ¿Conoces la historia de ese… sujeto que se dirige a ti y que desea precipitarse en tus brazos? ¿La conoces? ¿No? ¿Todavía no te ha entregado la relación manuscrita que anuncia? Pues yo te anticiparé algo. Ese hombre pertenece a la última clase del pueblo; es hijo de un oficial mecánico, nieto de un calderero, y él ha ejercido hasta poco hace el oficio de su padre. No es esto lo peor; podría ser un hombre del pueblo y un hombre honrado. ¡Ni aun la honradez le abona! Estuvo procesado por dos feos delitos: incendiario y monedero falso, y cumplió condena en un presidio de Silesia. ¿Qué dices de un hombre que reclama el trono de San Luis llevando en sus piernas y brazos las marcas del grillete infamante?

La Duquesa miró espantada a su esposo.

—¿Te horrorizas? ¡Pues estamos empezando! Ese hombre era víctima de la miseria y del abandono, acaso por resultado de sus vicios y de sus locuras, y le redimió una mujer. Esta mujer, de mucha más edad que él, fue largo tiempo su… ¡No me atrevo, Teresa; aun en este momento de efusión, el respeto que mereces me impide pronunciar la palabra! ¡Y hay algo más difícil aún de decir… o por lo menos que suena peor para mí que te venero! Este hombre, afortunadamente, no es nada tuyo, no lleva en sus venas gotas de tu sangre. Pero figúrate que la llevase… ¿qué dirías de él si a fin de encubrir torpezas y pecados hubiese dado largo tiempo a esa mujer con quien vivía el título de hermana?

El golpe iba bien asestado; el Duque observó que la Duquesa se ponía roja, que se agitaba con movimientos de indignación, y la acarició para consolarla.

—Hay más todavía. Después de ese vergonzoso episodio contrajo matrimonio; su compañera es también mujer de baja extracción, vulgar, insignificante. En cambio tiene una hija ambiciosa; un fenómeno, porque la ambición, en esa edad, es extraña. A los diez y ocho o diez y nueve años no suelen preocupar las grandezas…

—Las grandezas tal vez no —respondió Teresa pensativa—, pero que a los diez y ocho años existe perfecta conciencia de lo que debemos hacer, de la línea de conducta que debemos seguir, noción de cosas que parecen increíbles…

—Es que a ti te había madurado la desgracia, Teresa…

—¿Y a esa niña no? —exclamó la dama.

El esposo guardó un instante de silencio. No le agradaba el giro que había tomado la conversación; temía ir por mal camino y despertar la piedad al querer provocar el enojo. Cambió de dirección inmediatamente.

—Lo más curioso de ese mecánico prusiano que quiere hacerse pasar por hermano tuyo —murmuró— es que aspira a fundar una religión nueva. Es un hereje, por lo cual debe estar excomulgado, privado de los Santos Sacramentos de la Iglesia.

Tal noticia produjo en la Duquesa extraordinario efecto; era ferviente católica, timorata, y la revolución y las persecuciones habían exaltado su religiosidad.

Sus mejillas se encendieron; un relámpago de santa cólera cruzó por sus pupilas. Al notarlo, el Duque insistió, dando explicaciones.

—No sólo profesa la herejía, sino que la divulga y propala. Ha escrito un libro titulado La doctrina celeste, plagado de manifiestos errores. En él se contienen acusaciones a la Iglesia, interpretaciones arbitrarias de las Escrituras; ha abandonado la fe, despechado al ver que Su Santidad no le reconocía. Se ha casado según el rito protestante, y no sólo es hereje sino supersticioso. Dicen que tiene por santo a ese viejo visionario, a ese Martín, que pretende habérsele aparecido el arcángel San Rafael.

—¡El Rey ha recibido a ese viejo! —exclamó la Duquesa—. Cuentan que le profetizó cosas terribles. ¡La mano del Señor pesa sobre nosotros!

—Teresa, no es digno de un entendimiento claro preocuparse por patrañas. Ese viejo, a no ser por bondad extrema del Rey, estaría ya en una casa de locos…

—Bien —dijo ella haciendo sobrehumano esfuerzo—. ¿Debo negar o debo otorgar la entrevista que se me pide?

—¡Otorgarla, Teresa! Tu espíritu quedaría siempre turbado y la duda te atormentaría si te negases. El Rey cree también que conviene a tu reposo concedérsela. La luz disipa los fantasmas. ¿No habla ese hombre de documentos? Pues vengan, exhíbalos; condición sine qua non para que a tu presencia le admitas. Y como medida preventiva, por si es lo que debe de ser, un farsante, que la entrevista se celebre con el mayor secreto, donde nadie pueda sospecharla; donde, si te convences luego de que se trata de un impostor, quepa hasta desmentir que tal entrevista fue concedida nunca. Es preciso proceder con cautela para desorientar a nuestros eternos enemigos… Yo he extendido el brazo, trato de sostener el trono; pero perderé la confianza y el valor si tú, mi Teresa, no me auxilias… ¿Tendré en ti una aliada? ¿Puedo contar contigo? ¡Qué triste sería el desacuerdo entre tú y yo!

Al formular esta pregunta, roto el hielo, el Duque estrechó en sus brazos a su esposa, pronunciando palabras halagüeñas, que susurraban una promesa de nuevos días más luminosos, más íntimos que los pasados. La Duquesa oía enajenada aquellas frases que fluían como río de dulzura de los labios del compañero que le habían dado la Iglesia y la familia. Creía soñar: su juventud ahogada, asfixiada, ahora hervía en las venas. Comprendía entonces que la glacial actitud en que insensiblemente habían ido colocándose ella y su esposo era el verdadero pesar que la minaba, era el dolor de cada minuto, era lo que antes de tiempo había encanecido sus cabellos y marchitado su tez blanca y suave. Cerró los ojos y se reclinó en el pecho varonil del Duque. Él se incorporó y la condujo, por el talle, a las habitaciones interiores. Ella se dejó llevar. Penetraron en el dormitorio de la Duquesa y llegaron hasta la puerta del oratorio. El Duque la abrió, y siempre guiando a su mujer hizo de suerte que se arrodillasen juntos en el mismo almohadón, y asiendo fuertemente la mano de la dama, pronunció con solemnidad:

—¡Delante de Dios que nos escucha… Teresa, única mujer que existe en el mundo para mí, y Él sabe que no miento, prométeme que no perderás a la casa de Francia, que no regocijarás a los impíos, a los enemigos de nuestra causa santa!… ¡Que no serás culpable por impremeditación de que aparezca revestido de la aureola real y ungido con la Ampolla el falsario, el incendiario, el degradado, el luterano!… Si es impostor, por impostor… y si por caso imposible no lo fuese, ¡porque debemos acatar los decretos de la Providencia, que no ha querido encomendarle la misión de encauzar las pasiones desbordadas y de reconstruir el derruido templo! ¡Promete! ¡Jura, Teresa!

La Duquesa levantó los ojos. El Cristo de marfil se destacaba, con nitidez de líneas, sobre el negro paño de terciopelo, y su faz, llena de sublime melancolía, se inclinaba para insinuar: «Padre mío, perdónales… ». Teresa tembló; el juramento se detuvo en sus labios.

—¡Jura, Teresa mía, mi amor, mi esposa! —repitió el Duque.

—¡Juro… juro… Dios mío! —balbuceó ella cruzando las manos y deshaciéndose en lágrimas; llanto nervioso, mujeril.

El esposo, triunfante, la alzó del suelo, y unidos salieron del oratorio.

Capítulo 6. Ella

En la salita de una fonda que lleva al frente de su fachada, en letras negras, el rótulo Hotel de Orleans, encontramos reunidas a las cinco personas que el Poliphéme trajo a Francia desde Inglaterra. ¡Cuán variada una de ellas! Amelia no es ya aquella niña radiante de frescura y juventud que, bajo el disfraz de irlandesa, deslumbraba. Su rostro está desencajado, lánguidos sus ojos como lirios marchitos; viste de luto riguroso de pies a cabeza: el luto de su marido, Juan Vilain, que encontró la muerte precipitándose desde lo alto del torreón de Picmort al foso. Este suceso había producido en Amelia impresión profundísima, y más de una vez Renato de Brezé, que no podía soportar verla así, murmuró a su oído quejándose:

—¿Cuándo te veré de color, Amelia? ¡Envidio al muerto! Desde allá me roba algo de ti.

—Era un corazón, era todo un hombre Juan Vilain —solía responder la niña, incapaz de disimular sus sentimientos—. ¿Qué menos he de hacer que guardar su luto? Me considero su viuda… ¡No lo extrañes, Renato!

Y Renato resignábase, pero celos de ultratumba le mordían el alma.

Sobre la fisonomía de Dorff, en cambio, advertíase una transformación opuesta a la de Amelia. Diríase que le habían quitado de encima veinte años, con todo su lastre de penas y decepciones.

La alegría borraba las huellas de tanto sufrimiento, el regocijo abrillantaba los ojos y fijaba en los labios gozosa sonrisa.

—Amigos míos, mis fieles protectores —decía—, me arrepiento de haber dudado, no de la justicia divina, pero sí de la bondad humana. ¡Tarde o temprano, el corazón se inclina al bien, como el cuerpo se inclina a la tierra! ¡Hoy es el día más venturoso de mi pobre vida! Voy a recibir el consuelo supremo. Y bien lo necesitaba, porque al llegar a París todas mis heridas se abrieron. ¡Volver aquí después de tantos años y con antecedentes tales! He ido a ver la prisión de mis padres… Sí, me he atrevido. Yo soy el hombre de los recuerdos; respiro en ellos como en mi elemento natural. ¡Ya derribaron la torre! ¡Qué afán de borrar mi historia! En la parte que resta se ha establecido un convento… del cual me han negado la entrada. He rondado los palacios, y hasta he tenido el valor de pisar la sangrienta plaza en que mi madre…

Amelia se levantó y ciñó sus brazos al cuello de Dorff.

—En fin, ¿qué importa ya? —contestó él volviendo a mostrarse radiante de júbilo—. Mi destino ha cambiado. A pesar de todas las angustias de nuestro viaje, y sobre todo de tus sufrimientos, hija mía, ¡bendita la hora en que me vine de Londres! ¡Bendita mi inspiración de salvar a aquel malvado! Arriba me lo han tenido en cuenta. ¡Bendita mi idea de dirigirme a la única persona cuyo pecho debe latir a mi nombre!

Y Dorff, cruzando fervorosamente las manos, se recogió como si rezase.

—Es mi deber —añadió— que conozcáis primero que nadie mi dicha, y por eso os he convocado, amigos. Para vosotros no hay secretos. Habéis jugado por mi vida y honra, y todavía la arriesgáis, aunque creo, en vista de lo que sucede, que ya tampoco vosotros tenéis nada que temer. El sol luce en el cielo, la niebla se disipa; el mal sueño, la horrenda pesadilla se desvanece. ¡Soy dichoso! ¡Oh, qué palabra tan extraña en mí! ¡Soy dichoso!

Uno de los carbonarios, Luis Pedro, que escuchaba atentamente, fijó en el proscrito una mirada de esas que calan hondo y encierran un mundo de pensamientos.

—Esperamos, monseñor, saber en qué consiste esa dicha…

—¡Escuchad, escuchad!… Esta mañana, a cosa de las once, vino a preguntar por mí un caballero muy afable y distinguido, que tenía encargo de verme y de responder verbalmente a la carta que yo dirigí, ¿a quién diréis?

Concentrando su alma en unas palabras, Dorff añadió:

—¡A mi hermana! ¿Oís bien? ¡A mi hermana! ¡A ella!

Hubo un instante de silencio; nadie resollaba… hasta que la voz de Amelia se elevó… algo estridente:

—Según eso, ¿la señora Duquesa no sabe escribir?

—Hija mía —dijo tristemente Dorff—, ¿qué más puede hacer ella? Me envía a decir que consiente en verme…

—¿En vernos? —insistió Amelia.

—No, en verme a mí solo… ¡Hazte cargo, haceos cargo todos! ¡A ti no te conoce, de ti nada sabe; eres, en cierto modo, para ella una extraña… mientras que yo soy el compañero de su niñez, el que con ella sufrió y lloró en el duro cautiverio, soportando los ultrajes! Consiente en verme… ¿Te parece poco? ¡Yo no pido más! ¡Como que apenas me haya visto me reconocerá y me abrazará! ¡Ah, ese abrazo!

—¿Y dónde te cita? ¿En palacio?

—No… en palacio no…

—Vamos, se trata de algo clandestino…

—¡Dios mío! —gimió Dorff—. ¡Cómo me estáis envenenando este primer sorbo de agua pura! ¡No podéis leer en mi atormentado espíritu! Yo no aspiro a reivindicar mi puesto. La ambición, ¡qué necedad! Yo quiero tan sólo que se me abran unos brazos donde dormí de pequeñito. ¿Qué importa reinar? Esa ilusión no me ciega… Yo quiero, sobre todo, recobrar mi nombre; quiero que, al calor de los besos de mi hermana, desaparezcan los espectros que llevo aquí, bajo la frente… ¿Soy un mísero loco? ¿He soñado todo cuanto pienso que me ha sucedido? Ella, ella me lo dirá.

—Pero, padre —objetó Amelia—, ¿cómo es posible que te acometan tales dudas? ¿No tienes en tu poder las pruebas, los papeles? ¿No eres el primero en evocar memorias, a multiplicar testimonios, a enlazar hechos? ¿No te han reconocido ya, llorando, los fieles servidores, esa madama Rambaud que meció tu cuna? ¿No fuiste tú mismo quien recordó a esta señora que el traje de terciopelo azul que estrenaste en Versalles te venía estrecho en las mangas y por eso te lo quitaste en seguida? ¿Y al oírlo, no exclamó ella sollozando y arrodillándose: «¡Aquí está mi príncipe, aquí está mi rey!»?

—Pues con todo eso, Amelia —balbuceó Dorff—, yo, yo, yo mismo no tengo fe. Mi historia me parece demasiado novelesca para caber en los dominios de la realidad. ¡Puedo ser un pobre iluso, un insensato más entre esa cohorte de falsos delfines que por doquiera pululan en Francia! Hay los papeles, sí… pero pueden haberlos depositado en mis manos con un fin que no se me alcanza; al propio Montmorín, aquel héroe de la lealtad, pudieron engañarle. Los papeles auténticos… ¡y yo, un miserable!… Es la terrible idea fija que, no siempre, pero por momentos, cuando menos lo quisiera, vuelve a mí.

Amelia cruzó con Luis Pedro y con Renato de Brezé una mirada de indefinible inquietud.

—Lo único que me curará, con la medicina de la certidumbre —continuó Dorff—, es ella, es su presencia, de la cual tengo sed toda la vida: porque ella es lo que resta de mi verdadero pasado, de la primera parte de mi existencia, en abierta contradicción con la segunda. Que la oiga yo gritar una sola vez: ¡hermano mío! y de mi mente se borrarán los fantasmas y creeré en mí mismo firmemente.

—¿De suerte, monseñor —intervino Renato de Brezé asustado por la agitación nerviosa del mecánico—, que, no siendo para palacio la cita, vendrá aquí Su Alteza?

—No… ¡aquí no! ¡Hemos concertado reunirnos en el parque de Versalles, el sitio donde tantas veces habremos jugado juntos! Según parece, mi hermana acostumbra, desde que empezó la primavera, ir de vez en cuando a Versalles a pasar una semana rezando y haciendo bien. ¡Ah, mi hermana es un ángel; yo digo que, a pesar de las influencias que la rodean, es un ángel! ¡Han querido degradarla, endurecerla, falsear su recto juicio… pero no lo han logrado! Sí, en Versalles es donde nos abocaremos dentro de seis días… el jueves próximo. Yo entraré por la parte exterior de la tapia: la encontraré en el bosquecillo de Apolo, siempre reservado para el público, que, además, sólo puede visitar el parque los días de fiesta. De todo me han enterado bien. ¡Tengo fiebre y seguiré teniéndola! ¡Ya sé que el primer movimiento será confundir nuestros alientos y mezclar nuestras lágrimas! ¡Todavía no hemos llorado juntos por nuestra madre!

Amelia se cubrió el rostro con el pañuelo, Luis Pedro, a su vez, contraídos los delgados labios por una mueca amarga, tomó parte en la conversación.

—Y… ¿nada más, monseñor? —preguntó—. ¿Todo se reducirá a ese abrazo fraternal?

—¡No! Ella misma —dijo Dorff— quiere enterarse de los papeles que acreditan mi personalidad y que llevaré allí, en unión del manuscrito…

Si una bomba hubiese caído en la estancia no harían movimiento de terror más acentuado los circunstantes ni saldría de sus gargantas la voz más ronca por el susto.

—¡Los papeles! —repitieron los cuatro— ¡Los papeles!

—¡Los papeles, nunca! —protestó Amelia.

—¡Eso es una celada indigna! —afirmó Luis Pedro.

—¡Una ratonera! —exclamó Giacinto—. ¡Ah, bandidos, ya saben lo que se nacen!

—¡Señor, esos papeles, esos inestimables documentos, que tanto nos han costado, sólo deben exhibirse ante la justicia, en un tribunal público! —imploró de Brezé—. ¡Señor, sospecho que lo único que se persigue y busca son esos papeles! ¡Y cuando los tengan nada podremos contra ellos! ¡Cuando los tengan, el mecánico Dorff no poseerá prueba alguna indiscutible de su verdadero ser!

—No indiquéis siquiera que mi hermana es capaz de tal infamia, porque creeré que vosotros y sólo vosotros sois los malvados —exclamó Dorff rojo de cólera y trémulo de pena—. ¡En esta cuestión no recibo consejos ni lecciones de nadie! ¡De nadie! ¡Es asunto entre Dios y yo! ¡Entre el huérfano y la Providencia! ¿Lo oís? ¡Nada con los hombres! ¡Nada con los que se dejan guiar por la necia sabiduría del mundo! ¡Me impongo, mando; ahora soy rey! ¿Os enteráis? Los papeles me pertenecen, como me pertenece mi vida. Si mi hermana, al verme, prescinde de pruebas materiales… ¡ah, cuán feliz seré! Pero si duda, si niega, entonces ¡qué dicha también, qué amarga y satánica dicha!, poder arrojarla al rostro esos testimonios y decirla: «¡Adiós para siempre, nuestra madre te maldice!».

Y Dorff prorrumpió en una risa acerba, de esas que acaban en ataque nervioso, mientras los testigos de esta escena bajaban la cabeza subyugados y resignándose ya.

—¡Renato de Brezé, hijo, espero que tú me obedecerás gustoso!… El jueves por la mañana han de estar en poder mío esos papeles. ¡Si no me los devuelves, me empujarás a la desesperación!

Y Dorff, levantándose, abandonó la salita. Los cuatro interlocutores, al verse solos, desahogaron sus impresiones funestas.

—Renato —suplicó Amelia—, ¡sálvale a pesar suyo! No se los entregues; que permanezcan en el sitio segurísimo donde los habrás ocultado.

—¡Y tan seguro! —suspiró de Brezé, cuya consternación era evidente—. Mi amigo Gontrán de Lorne los guarda en el cofrecillo, creyendo que se trata de una correspondencia amorosa muy comprometedora e ilícita. ¿Hay polizonte que tal adivine? ¿Quién piensa en ese calavera, en ese aturdido amable, que es, sin embargo, hombre reservado y de honor? ¡Respondo de los documentos mientras se hallen en poder de Gontrán de Lorne! Pero si tu padre los reclama, Amelia de mi alma, ¡yo no puedo negárselos! ¡Árbitro es de su suerte y de la nuestra también! Aquí los tendrá el día en que los exige.

Los dos caballeros de la Libertad, entretanto, hablaban en voz baja. Después de una viva conferencia, adelantose Luis Pedro:

—Caballero de Brezé —dijo el carbonario—, sepa usted que yo he nacido en Versalles, que me he criado en el castillo, pues estuve algunos años empleado en las caballerizas. Vive aún en Versalles una hermana mía, hija también de la pareja de pobres buhoneros revendedores que allí acabaron por fijar su trashumante comercio. Digo todo esto, porque Giacinto y yo acabamos de formar un plan que tal vez pueda ser útil en las circunstancias que a atravesar vamos. ¡No es cosa de que nos quedemos así, cruzados de brazos, en el momento, a mi ver, de mayor peligro!

—¡Bondadosos amigos!… —exclamó Amelia, tendiéndoles ambas manos.

—No, señorita —contestó Giacinto, a quien las amabilidades en una mujer hermosa trastornaban siempre—, ¡no tenemos de bondadosos ni pizca! Si lo fuésemos, usted todo se lo merecería, porque es usted una criatura bajada del cielo, y eso de vestir el luto de un pobre aldeano la honra a usted tanto, que yo soy capaz de dejarme atenacear por usted. Pero el caso es que no se trata de eso, ¡quia! Miramos por el pellejo propio; en el momento en que se apoderen de los papeles y no tengan que temer cosa alguna, ¡verá usted nuestros pescuezos! Luis Pedro y yo, por medida de prudencia, vamos a tratar de contrarrestar los deplorables efectos de esa borrachera de perdón, de ese… acceso de generosidad que le ha entrado a monseñor, su padre de usted. Y además, ¡todo se ha de decir!, también nosotros, señorita, tenemos pendientes nuestras cuentas con gente que de seguro danza en este nuevo episodio. ¡Especialmente yo! No conviene jurar… pero juro que la mano de aquel a quien le he jurado que morirá a las mías es la que ha enmarañado los hilos entre los cuales se enreda su padre de usted… que ojalá tuviese de desconfiado lo que tiene de cándido, después de tanta y tanta prueba como posee de que el mundo está lleno de fieras y de malos bichos.

—En eso no estamos conformes —objetó Luis Pedro—. Las manos que han enredado estos hilos son más blancas y más aristocráticas que las del esbirro, por mucho que se las lave, pula y enjabone. ¡Complot hay aquí y complot inicuo, tal vez tramado a espaldas de la misma Duquesa, cuyo nombre puede servir de añagaza y cebo para sacar a la luz los papeles; pero el complot viene de arriba, de muy alto! A hacer lo que podamos… a prevenir, si cabe, y si no, ¡por lo menos a castigar!

Y el amarillento y fosco semblante del carbonario adquirió de repente una expresión que varias veces había notado en él Amelia, y que le prestaba cierta trágica hermosura.

Capítulo 7. Los antecedentes de Luis Pedro

Los que no conocen los parques y jardines de Versalles no tienen idea de cómo puede manifestarse, con elementos campestres, la dignidad nobiliaria, realzada por una nota de elegancia artística.

La impresión no es la de esa dulce melancolía que infunde la tranquilidad del campo, sino la de una altivez majestuosa que pesa sobre el espíritu y que a veces se transforma en solemne aburrimiento, nacido de la misma regularidad y magnificencia de aquel sitio real, donde aún parece que van a desfilar las damas de empolvada cabeza y los caballeros de bordada chupa.

No hay nadie que no experimente cierto respeto al ver en el gran patio erguirse la estatua de bronce del Rey Sol, o al mirar con asombro extenderse la interminable línea del palacio dominando los jardines.

Los domingos permitíase al público que se solazase en el parque, pero durante la semana entera estos permanecían solitarios; únicamente los recorría la brigada de jardineros, limpiando y rastrillando, enarenando, recortando los solemnes mirtos, y unos cuantos guardias, carabina en bandolera, velando por la seguridad de las reales personas, cuando se las ocurría espaciarse por allí, y los días festivos, evitando que el público estropease los jardines. Extrañeza causó a Nazario Pantín, sargento de los guardias de Versalles, el recibir del conservador administrador del real sitio orden perentoria de retirar la fuerza el jueves, en la parte que corresponde a la gran avenida del Tapiz verde, al estanque de Latona, al bosque de la Columnata y al bosque de Apolo, y después otra no menos categórica de recoger durante el día la fuerza a la sala que servía de cuerpo de guardia. Quien manda, manda —pensó para su uniforme Nazario Pantín—. De allí a poco supo que también se había dispuesto dar asueto a los jardineros y que no pareciesen por el castillo. Como el miércoles por la tarde había llegado la señora Duquesa, sobrina de Su Majestad, Nazario se echó a discurrir.

—Quiere pasearse sola, meditar, no ver rostro humano. ¡Es tan aficionada al retiro! Pero quitar la guardia… ¡hum!, no lo considero prudente.

Otros comentarios haría a poder notar circunstancias aún más singulares.

La misma tarde en que se había prohibido a los guardias poner el pie en el parque, cuatro hombres, que vestían el sencillo uniforme de aquel cuerpo y llevaban igualmente terciada la carabina y en la cintura el cuchillo de monte, llegaron por el camino de Ville d’Avray y se acercaron a una de las puertecillas que dan acceso al parque, hacia los Trianones, y por las cuales solía dirigirse, sin pompa cortesana, a su predilecto recreo María Antonieta.

Con recato y sigilo abrieron la puerta, sirviéndose para ello de una llave que traía el que al parecer capitaneaba el grupo, y ya dentro, en voz baja, cual si temiesen despertar a los pájaros en la arboleda, conferenciaron. Era el que mandaba el grupo hombre como de treinta y pico de años, de barba cerrada, color cetrino y abundante cabellera negra; su tipo meridional hubiese recordado, a quien estuviese muy al corriente de todas las peripecias de esta historia, el de aquel contrabandista catalán Alberto Serra, que conocimos en los dominios de Lecazes, de vuelta de Londres, confesándose autor de la introducción de un alijo de cuchillería. De los múltiples disfraces de Volpetti, este es el que suele adoptar cuando se propone representar un hombre de baja clase y ocultar bien sus facciones, semejantes a las del autor del Genio del Cristianismo. Los que le acompañaban también lucían frondosas barbas negras y tenían la tez morena de la gente a quien curten el sol y el aire en oficio como el de guardar los reales parques y perseguir a los cazadores furtivos.

—¡Cuidado! —dijo el jefe—. Atended bien y ejecutad mejor; el asunto es de interés y una torpeza se pagaría cara. Tú, Lestrade, te encargas de guiar e introducir en los jardines al personaje; trae el mismo camino que nosotros, y viene a pie desde más acá de Le Chesnay. Vosotros, Sec y La Grive, estaréis de la parte de afuera, cerca de la puerta; dentro del parque no queda nadie sino yo. Cuando el personaje vuelva a salir, yo iré detrás de él; si os hago una seña alzando el brazo, arrojaos sobre él, amordazadle, maniatadle, cacheadle. Cuanto lleve consigo es para entregar al señor Ministro en persona. Si sucede cualquier cosa, ¡salvad lo primero el botín! ¡Huid con él, a París, al gabinete de Su Excelencia! ¿Me habéis entendido? No importan vuestras vidas, no importa la mía; importa lo que ese sujeto lleva, los papeles en especial. ¡Al que llegue con ellos en presencia del Ministro no le pesará a fe mía!

Hicieron señas de asentimiento, y la pequeña partida se desgranó en la forma indicada. Con tal cuidado apagaban el eco de sus pasos que sólo se oía el vago murmullo del follaje, agitado por una brisa aleteadora, la última de la primavera expirante. Una gran paz difusa envolvió al parque, por cuyos senderos se adelantaba ya, haciendo rechinar la arena bajo su andar lento, la Duquesa en persona, vestida casi de luto, de seda negra bordada de canutillo y pasamanería, y apoyada la mano sobre el corazón para contener sus latidos, que resonaban allá dentro con jadear hondo de fragua.

Al mismo tiempo que la dama se aproximaba al lugar señalado para la cita, el sargento Nazario Pantín, en vista de que no se necesitaban aquel día sus servicios ni los de la guardia que tenía a sus órdenes, había salido del castillo y se dirigía a la morada de cierta comadre suya, Rosa Lecaut, planchadora de fino, hembra de arranque y de larga historia, en cuya casa afirmaba la malicia que no faltaba jamás, para un sargento de buena facha, gustoso palique y sabrosa cena. Nazario procuraba envolver en mil cendales esta flaqueza por altas razones, entre las cuales figuraba el cerrado criterio de la Duquesa, que no entendía de irregularidades en ningún terreno y no consentía escándalos ni aun entre gente tan subalterna.

Vivía la planchadora en una casa de la calle de los Reservoirs, en el segundo piso.

Aquel día, al subir el sargento, no pudo menos de fijarse en una mujer joven que del tercero bajaba, vestida de luto riguroso, que parecían iluminar con reflejos solares sus cabellos de un rubio ceniza, peinados en tirabuzones al estilo de la época. Nazario, picado de curiosidad, se hizo atrás y dejó pasar a aquella niña, murmurando:

—¡Parecido como él! ¡Si es el retrato de la infeliz reina que se ha desprendido del lienzo!

Minutos después, sentado ya ante la mesa donde la planchadora encañonaba detenidamente una camisa de dormir, el sargento se propuso averiguar lo que no le importaba.

—¿Quién es una muchacha rubia, de negro, que acabo de ver salir de casa de tu vecina?

La planchadora, interrumpiendo la delicada operación a que se consagraba, respondió en ese tonillo confidencial, pero dramático, que insinúa grandes cosas:

—No sé… No la conozco… Pero, hijo del alma, ¡sospecho que hay ahí algún lío muy especial! ¡Gato encerrado, o mejor dicho, varios gatos! ¡Tú a mi vecina bien la conoces! ¡Por supuesto!…

—¡Vaya! —respondió el sargento—. ¿No la he de conocer? De toda la vida, y lo mismo a su hermano Luis Pedro Louvel, de quien no se tienen noticias desde que se llevó pateta a su adorado emperador. ¡Porque era el tal Louvel un bonapartista fanático! ¡Y hombre más retraído y más socarrón! ¿Dónde andará aquel mochuelo?

—¿Dónde? —repitió Rosa—. ¿Que dónde anda, dices? ¡Pues aquí, chiquillo, aquí!, desde hace dos días. Y con él, y a casa de su hermana igualmente, ha venido esa señorita rubia a quien acabas de encontrar, y pocas horas después, recatándose mucho, un gentil mozo de ojos negros… Y yo juraría ¡hum!, que a rezar no han venido… Porque el que no tiene que ocultar, ¿verdad?, entra y sale y hace la vida de todo el mundo; pero a esa gente, desde que llegó y se metió ahí como el conejo en la madriguera, no se la ha visto más, aun cuando me parece que de noche salen a dar sus vueltas… Yo, por casualidad, desde una de las ventanas que caen al patio atisbé… y a favor de un descuido he reconocido a Luis Pedro, el cual no se me despinta. ¡Tipo más antipático! También he visto al buen mozo, que, por señas, es un truhán…

—¿A que ha querido engatusarte? —exclamó Nazario con celos muy aparatosos, que le valieron un moquete de su comadre y le distrajeron un momento de las indefinibles sospechas que empezaba a concebir.

La planchadora insistió:

—Tengo buen olfato; juraría que esos conspiran. ¡Ahora no se oye hablar sino de conspiraciones! No es natural que se escondan de día como los murciélagos…

—¡Mujer! —articuló Nazario—. ¡Estás soñando! ¡Pues si ella ahora mismo iba camino de la calle!… Deben de ser fantasías tuyas. ¿Qué tiene de extraño que un hermano viva en casa de su hermana?

—Que un hermano venga a casa de su hermana no tiene nada de particular, pero hay hermanitos especiales y hay modos de venir… —porfió Rosa—. ¿Querrás creer que la hermana, a quien vi ayer en el mercado, me negó a mí misma que estuviese aquí Luis Pedro? Como noté que compraba mucha carne, y manteca, y legumbres para cuatro o cinco personas, le dije: «¡Hola!, ¡huéspedes tenemos!», y la muy descarada respondió: «No, mujer, ¿de dónde saca usted eso? Es que ahora gasto yo mejor apetito».

—¡En efecto! —dijo el sargento pensativo—. ¡Eso es raro!

—¡Y tan raro! Luis Pedro Louvel a mí no me gusta. ¡Es capaz de todo!

—Bien, Rosita, ¿y qué nos importa? —contestó el sargento, que era en el fondo algo pancista—. Del parque de Versalles para fuera yo no toco ni pito ni flauta. Allí dentro no ha de ir a hacer fechorías conspirador alguno; ni el Rey ni los Príncipes están ahora, y la señora Duquesa es una bendita, con quien no se mete nadie… Dejémonos de historias. ¡Hay que hacerse el tonto una hora todos los días! ¡Lo que más me llama la atención de todo esto es la semejanza de esa chica de luto tan guapa con la infeliz Reina!

—Valiente pájara será —indicó, algo escamada, la planchadora.

Mientras sostenían este diálogo, la joven de luto, que había bajado el velo de crespón de su capotita, salvaba algunas calles de las más concurridas y llegaba a una plaza desierta, sombreada por altos olmos. A los dos minutos de esperar en ella apareció por la parte opuesta un elegante caballero, que, sin decir palabra, se colocó al lado de la joven. Caminaron en silencio, aunque trocando miradas, hasta salir del pueblecillo e internarse en las cercanías del parque por un sendero que rodeaba la tapia.

Guiaba el caballero, y de tiempo en tiempo se orientaba consultando un plano dibujado con rasgos de lápiz. Anduvieron bastante tiempo; la joven acabó por apoyarse en el brazo del galán, el cual de pronto se detuvo: acababan de encontrar una brecha en la tapia.

—Tenía razón Luis Pedro —dijo él.

Con un poco de agilidad podía penetrarse en el parque salvando aquella brecha. Él saltó primero, y ya asegurado en lo alto tendió los brazos a la mujer, y ella, gateando por el semiderruido muro, subió hasta donde la esperaban. El galán la cogió por la cintura y un instante la retuvo contra su pecho, balbuceando palabras confusas en un transporte de amor. Volvió luego él a saltar, pero hacia el parque, y la ayudó a descender. Y se hallaron bajo los árboles centenarios, en la soledad sugestiva, que embriaga a los que bien se quieren.

—¡Amelia! —murmuró Renato—. ¡Amelia mía! Creo que nunca te he adorado como hoy. Este es un día decisivo, y cuando sepamos lo que va a ser de tu padre y de nosotros espero que también fijarás el plazo para que unamos nuestra vida.

—Sí, Renato —murmuró Amelia—. En este momento lo deseo tanto como puedes desearlo tú. Pero ¡ay!, ¡no sé qué me pasa! ¡Tengo presentimientos tristísimos! He llegado a creer que mi padre, bajo el influjo de tantas desgracias, padece una especie de vértigo suicida. Su razón, por momentos —¡Renato, cállalo!, ¡no se lo digas a nadie!— se nubla, se confunde. Si en la entrevista de hoy su hermana no le demuestra incondicional cariño, ¡ay de nosotros, ay de él! ¡Y yo estoy convencida de que su hermana no le paga tanta ternura ni nunca se la pagará, y bajo todo esto se ocultan maquinaciones para desposeernos de lo único en que estriban nuestras esperanzas!…

—¡Amelia, también lo temo! ¡Pero ni yo ni nuestros amigos Luis Pedro y Giacinto hemos de dormirnos esta tarde! ¡Y somos tres, tres hombres resueltos, Luis Pedro conoce el terreno a palmos; mira cómo nos ha indicado esta entrada… y tenemos armas y el corazón en su sitio! No temas, se hará lo imposible. Sólo siento que te hayas empeñado en venir. Más valdría que nos hubieses aguardado allá, en casa de la hermana de Luis Pedro.

—Renato —pronunció la niña dulcemente, con entonación de dulzura infinita—, puede que tengas razón, pero ¡deseaba tanto no separarme de ti! No sé darme cuenta de la causa, y es extraña la coincidencia: yo también hoy te quiero de un modo especial; estoy como enloquecida. Si en estos días te manifesté acaso alguna frialdad, no creas que era sincera. Es que me parecía un deber rendir tributo de respeto a la memoria del desventurado… ¡Víctima inocente fue; víctima de lo que jamás pudo él sospechar, porque aquel aldeano era grande y generoso como los paladines; víctima de las bajas intrigas, de las maldades ajenas; víctima de su propia lealtad! ¡Era el pueblo, el pueblo de impulsos sublimes, que se sacrifica! Pero, Renato mío, no por eso dudes… ¡Tú eres la ilusión, tú eres el amor… el amor verdadero!

—Tenía celos, Amelia —respondió el enamorado estrechando con delirio el talle de su prometida—. Celos de un recuerdo, de una admiración, de un agradecimiento tuyo. ¡He ansiado morir también! He soñado ser el muerto por quien llevas negra ropa. Repíteme lo que me has dicho… Y si fuese yo el que se hubiese arrojado al foso, ¿qué harías?

—Morir para la vida, Renato —contestó ella—. Sin ti todo se acabaría. ¿No lo crees?

Él se inclinó y puso los labios en los ojos de Amelia. Un instante permanecieron así, enlazados, fundidos por irresistible impulso.

El sol salpicaba la arena con estrellas luminosas, llovidas de la fronda de los árboles; el manso murmullo del follaje parecía entonar un himno de ventura.

Capítulo 8. La entrevista

Los que no conocen los parques y jardines de Versalles no tienen idea de cómo puede manifestarse, con elementos campestres, la dignidad nobiliaria, realzada por una nota de elegancia artística.

La impresión no es la de esa dulce melancolía que infunde la tranquilidad del campo, sino la de una altivez majestuosa que pesa sobre el espíritu y que a veces se transforma en solemne aburrimiento, nacido de la misma regularidad y magnificencia de aquel sitio real, donde aún parece que van a desfilar las damas de empolvada cabeza y los caballeros de bordada chupa.

No hay nadie que no experimente cierto respeto al ver en el gran patio erguirse la estatua de bronce del Rey Sol, o al mirar con asombro extenderse la interminable línea del palacio dominando los jardines.

Los domingos permitíase al público que se solazase en el parque, pero durante la semana entera estos permanecían solitarios; únicamente los recorría la brigada de jardineros, limpiando y rastrillando, enarenando, recortando los solemnes mirtos, y unos cuantos guardias, carabina en bandolera, velando por la seguridad de las reales personas, cuando se las ocurría espaciarse por allí, y los días festivos, evitando que el público estropease los jardines. Extrañeza causó a Nazario Pantín, sargento de los guardias de Versalles, el recibir del conservador administrador del real sitio orden perentoria de retirar la fuerza el jueves, en la parte que corresponde a la gran avenida del Tapiz verde, al estanque de Latona, al bosque de la Columnata y al bosque de Apolo, y después otra no menos categórica de recoger durante el día la fuerza a la sala que servía de cuerpo de guardia. Quien manda, manda —pensó para su uniforme Nazario Pantín—. De allí a poco supo que también se había dispuesto dar asueto a los jardineros y que no pareciesen por el castillo. Como el miércoles por la tarde había llegado la señora Duquesa, sobrina de Su Majestad, Nazario se echó a discurrir.

—Quiere pasearse sola, meditar, no ver rostro humano. ¡Es tan aficionada al retiro! Pero quitar la guardia… ¡hum!, no lo considero prudente.

Otros comentarios haría a poder notar circunstancias aún más singulares.

La misma tarde en que se había prohibido a los guardias poner el pie en el parque, cuatro hombres, que vestían el sencillo uniforme de aquel cuerpo y llevaban igualmente terciada la carabina y en la cintura el cuchillo de monte, llegaron por el camino de Ville d’Avray y se acercaron a una de las puertecillas que dan acceso al parque, hacia los Trianones, y por las cuales solía dirigirse, sin pompa cortesana, a su predilecto recreo María Antonieta.

Con recato y sigilo abrieron la puerta, sirviéndose para ello de una llave que traía el que al parecer capitaneaba el grupo, y ya dentro, en voz baja, cual si temiesen despertar a los pájaros en la arboleda, conferenciaron. Era el que mandaba el grupo hombre como de treinta y pico de años, de barba cerrada, color cetrino y abundante cabellera negra; su tipo meridional hubiese recordado, a quien estuviese muy al corriente de todas las peripecias de esta historia, el de aquel contrabandista catalán Alberto Serra, que conocimos en los dominios de Lecazes, de vuelta de Londres, confesándose autor de la introducción de un alijo de cuchillería. De los múltiples disfraces de Volpetti, este es el que suele adoptar cuando se propone representar un hombre de baja clase y ocultar bien sus facciones, semejantes a las del autor del Genio del Cristianismo. Los que le acompañaban también lucían frondosas barbas negras y tenían la tez morena de la gente a quien curten el sol y el aire en oficio como el de guardar los reales parques y perseguir a los cazadores furtivos.

—¡Cuidado! —dijo el jefe—. Atended bien y ejecutad mejor; el asunto es de interés y una torpeza se pagaría cara. Tú, Lestrade, te encargas de guiar e introducir en los jardines al personaje; trae el mismo camino que nosotros, y viene a pie desde más acá de Le Chesnay. Vosotros, Sec y La Grive, estaréis de la parte de afuera, cerca de la puerta; dentro del parque no queda nadie sino yo. Cuando el personaje vuelva a salir, yo iré detrás de él; si os hago una seña alzando el brazo, arrojaos sobre él, amordazadle, maniatadle, cacheadle. Cuanto lleve consigo es para entregar al señor Ministro en persona. Si sucede cualquier cosa, ¡salvad lo primero el botín! ¡Huid con él, a París, al gabinete de Su Excelencia! ¿Me habéis entendido? No importan vuestras vidas, no importa la mía; importa lo que ese sujeto lleva, los papeles en especial. ¡Al que llegue con ellos en presencia del Ministro no le pesará a fe mía!

Hicieron señas de asentimiento, y la pequeña partida se desgranó en la forma indicada. Con tal cuidado apagaban el eco de sus pasos que sólo se oía el vago murmullo del follaje, agitado por una brisa aleteadora, la última de la primavera expirante. Una gran paz difusa envolvió al parque, por cuyos senderos se adelantaba ya, haciendo rechinar la arena bajo su andar lento, la Duquesa en persona, vestida casi de luto, de seda negra bordada de canutillo y pasamanería, y apoyada la mano sobre el corazón para contener sus latidos, que resonaban allá dentro con jadear hondo de fragua.

Al mismo tiempo que la dama se aproximaba al lugar señalado para la cita, el sargento Nazario Pantín, en vista de que no se necesitaban aquel día sus servicios ni los de la guardia que tenía a sus órdenes, había salido del castillo y se dirigía a la morada de cierta comadre suya, Rosa Lecaut, planchadora de fino, hembra de arranque y de larga historia, en cuya casa afirmaba la malicia que no faltaba jamás, para un sargento de buena facha, gustoso palique y sabrosa cena. Nazario procuraba envolver en mil cendales esta flaqueza por altas razones, entre las cuales figuraba el cerrado criterio de la Duquesa, que no entendía de irregularidades en ningún terreno y no consentía escándalos ni aun entre gente tan subalterna.

Vivía la planchadora en una casa de la calle de los Reservoirs, en el segundo piso.

Aquel día, al subir el sargento, no pudo menos de fijarse en una mujer joven que del tercero bajaba, vestida de luto riguroso, que parecían iluminar con reflejos solares sus cabellos de un rubio ceniza, peinados en tirabuzones al estilo de la época. Nazario, picado de curiosidad, se hizo atrás y dejó pasar a aquella niña, murmurando:

—¡Parecido como él! ¡Si es el retrato de la infeliz reina que se ha desprendido del lienzo!

Minutos después, sentado ya ante la mesa donde la planchadora encañonaba detenidamente una camisa de dormir, el sargento se propuso averiguar lo que no le importaba.

—¿Quién es una muchacha rubia, de negro, que acabo de ver salir de casa de tu vecina?

La planchadora, interrumpiendo la delicada operación a que se consagraba, respondió en ese tonillo confidencial, pero dramático, que insinúa grandes cosas:

—No sé… No la conozco… Pero, hijo del alma, ¡sospecho que hay ahí algún lío muy especial! ¡Gato encerrado, o mejor dicho, varios gatos! ¡Tú a mi vecina bien la conoces! ¡Por supuesto!…

—¡Vaya! —respondió el sargento—. ¿No la he de conocer? De toda la vida, y lo mismo a su hermano Luis Pedro Louvel, de quien no se tienen noticias desde que se llevó pateta a su adorado emperador. ¡Porque era el tal Louvel un bonapartista fanático! ¡Y hombre más retraído y más socarrón! ¿Dónde andará aquel mochuelo?

—¿Dónde? —repitió Rosa—. ¿Que dónde anda, dices? ¡Pues aquí, chiquillo, aquí!, desde hace dos días. Y con él, y a casa de su hermana igualmente, ha venido esa señorita rubia a quien acabas de encontrar, y pocas horas después, recatándose mucho, un gentil mozo de ojos negros… Y yo juraría ¡hum!, que a rezar no han venido… Porque el que no tiene que ocultar, ¿verdad?, entra y sale y hace la vida de todo el mundo; pero a esa gente, desde que llegó y se metió ahí como el conejo en la madriguera, no se la ha visto más, aun cuando me parece que de noche salen a dar sus vueltas… Yo, por casualidad, desde una de las ventanas que caen al patio atisbé… y a favor de un descuido he reconocido a Luis Pedro, el cual no se me despinta. ¡Tipo más antipático! También he visto al buen mozo, que, por señas, es un truhán…

—¿A que ha querido engatusarte? —exclamó Nazario con celos muy aparatosos, que le valieron un moquete de su comadre y le distrajeron un momento de las indefinibles sospechas que empezaba a concebir.

La planchadora insistió:

—Tengo buen olfato; juraría que esos conspiran. ¡Ahora no se oye hablar sino de conspiraciones! No es natural que se escondan de día como los murciélagos…

—¡Mujer! —articuló Nazario—. ¡Estás soñando! ¡Pues si ella ahora mismo iba camino de la calle!… Deben de ser fantasías tuyas. ¿Qué tiene de extraño que un hermano viva en casa de su hermana?

—Que un hermano venga a casa de su hermana no tiene nada de particular, pero hay hermanitos especiales y hay modos de venir… —porfió Rosa—. ¿Querrás creer que la hermana, a quien vi ayer en el mercado, me negó a mí misma que estuviese aquí Luis Pedro? Como noté que compraba mucha carne, y manteca, y legumbres para cuatro o cinco personas, le dije: «¡Hola!, ¡huéspedes tenemos!», y la muy descarada respondió: «No, mujer, ¿de dónde saca usted eso? Es que ahora gasto yo mejor apetito».

—¡En efecto! —dijo el sargento pensativo—. ¡Eso es raro!

—¡Y tan raro! Luis Pedro Louvel a mí no me gusta. ¡Es capaz de todo!

—Bien, Rosita, ¿y qué nos importa? —contestó el sargento, que era en el fondo algo pancista—. Del parque de Versalles para fuera yo no toco ni pito ni flauta. Allí dentro no ha de ir a hacer fechorías conspirador alguno; ni el Rey ni los Príncipes están ahora, y la señora Duquesa es una bendita, con quien no se mete nadie… Dejémonos de historias. ¡Hay que hacerse el tonto una hora todos los días! ¡Lo que más me llama la atención de todo esto es la semejanza de esa chica de luto tan guapa con la infeliz Reina!

—Valiente pájara será —indicó, algo escamada, la planchadora.

Mientras sostenían este diálogo, la joven de luto, que había bajado el velo de crespón de su capotita, salvaba algunas calles de las más concurridas y llegaba a una plaza desierta, sombreada por altos olmos. A los dos minutos de esperar en ella apareció por la parte opuesta un elegante caballero, que, sin decir palabra, se colocó al lado de la joven. Caminaron en silencio, aunque trocando miradas, hasta salir del pueblecillo e internarse en las cercanías del parque por un sendero que rodeaba la tapia.

Guiaba el caballero, y de tiempo en tiempo se orientaba consultando un plano dibujado con rasgos de lápiz. Anduvieron bastante tiempo; la joven acabó por apoyarse en el brazo del galán, el cual de pronto se detuvo: acababan de encontrar una brecha en la tapia.

—Tenía razón Luis Pedro —dijo él.

Con un poco de agilidad podía penetrarse en el parque salvando aquella brecha. Él saltó primero, y ya asegurado en lo alto tendió los brazos a la mujer, y ella, gateando por el semiderruido muro, subió hasta donde la esperaban. El galán la cogió por la cintura y un instante la retuvo contra su pecho, balbuceando palabras confusas en un transporte de amor. Volvió luego él a saltar, pero hacia el parque, y la ayudó a descender. Y se hallaron bajo los árboles centenarios, en la soledad sugestiva, que embriaga a los que bien se quieren.

—¡Amelia! —murmuró Renato—. ¡Amelia mía! Creo que nunca te he adorado como hoy. Este es un día decisivo, y cuando sepamos lo que va a ser de tu padre y de nosotros espero que también fijarás el plazo para que unamos nuestra vida.

—Sí, Renato —murmuró Amelia—. En este momento lo deseo tanto como puedes desearlo tú. Pero ¡ay!, ¡no sé qué me pasa! ¡Tengo presentimientos tristísimos! He llegado a creer que mi padre, bajo el influjo de tantas desgracias, padece una especie de vértigo suicida. Su razón, por momentos —¡Renato, cállalo!, ¡no se lo digas a nadie!— se nubla, se confunde. Si en la entrevista de hoy su hermana no le demuestra incondicional cariño, ¡ay de nosotros, ay de él! ¡Y yo estoy convencida de que su hermana no le paga tanta ternura ni nunca se la pagará, y bajo todo esto se ocultan maquinaciones para desposeernos de lo único en que estriban nuestras esperanzas!…

—¡Amelia, también lo temo! ¡Pero ni yo ni nuestros amigos Luis Pedro y Giacinto hemos de dormirnos esta tarde! ¡Y somos tres, tres hombres resueltos, Luis Pedro conoce el terreno a palmos; mira cómo nos ha indicado esta entrada… y tenemos armas y el corazón en su sitio! No temas, se hará lo imposible. Sólo siento que te hayas empeñado en venir. Más valdría que nos hubieses aguardado allá, en casa de la hermana de Luis Pedro.

—Renato —pronunció la niña dulcemente, con entonación de dulzura infinita—, puede que tengas razón, pero ¡deseaba tanto no separarme de ti! No sé darme cuenta de la causa, y es extraña la coincidencia: yo también hoy te quiero de un modo especial; estoy como enloquecida. Si en estos días te manifesté acaso alguna frialdad, no creas que era sincera. Es que me parecía un deber rendir tributo de respeto a la memoria del desventurado… ¡Víctima inocente fue; víctima de lo que jamás pudo él sospechar, porque aquel aldeano era grande y generoso como los paladines; víctima de las bajas intrigas, de las maldades ajenas; víctima de su propia lealtad! ¡Era el pueblo, el pueblo de impulsos sublimes, que se sacrifica! Pero, Renato mío, no por eso dudes… ¡Tú eres la ilusión, tú eres el amor… el amor verdadero!

—Tenía celos, Amelia —respondió el enamorado estrechando con delirio el talle de su prometida—. Celos de un recuerdo, de una admiración, de un agradecimiento tuyo. ¡He ansiado morir también! He soñado ser el muerto por quien llevas negra ropa. Repíteme lo que me has dicho… Y si fuese yo el que se hubiese arrojado al foso, ¿qué harías?

—Morir para la vida, Renato —contestó ella—. Sin ti todo se acabaría. ¿No lo crees?

Él se inclinó y puso los labios en los ojos de Amelia. Un instante permanecieron así, enlazados, fundidos por irresistible impulso.

El sol salpicaba la arena con estrellas luminosas, llovidas de la fronda de los árboles; el manso murmullo del follaje parecía entonar un himno de ventura.

Capítulo 9. Giacinto

Cuando Dorff abandonó la glorieta en que se había verificado la entrevista, y donde quedaba la Duquesa siguiéndole con los ojos, un hombre, oculto en la espesura más próxima, se le adelantó cautelosamente y llegó a la puertecilla antes que él, conferenciando allí un instante en coz baja con el esbirro La Grive.

—Trae un cofrecillo —murmuró— y a toda costa hay que apoderarse de él. Repito mis instrucciones; ese cofrecillo es lo que nos importa. ¿Dónde están Sec y Lestrade?

—A dos pasos. ¿Les llamo?

—No, evitad el ruido… Y a propósito: no se ha de hacer nada con las carabinas. Y si no se resiste, no le hagáis daño. Deslízate, búscales reconcentraos aquí. ¡Ya se acerca!

—Entendido —dijo La Grive.

Los dos esbirros, disfrazados de guardias, se separaron. Volpetti esperó detrás de la puertecilla, para cerrarla cuando asomase Dorff. No tardó este en aparecer, caminando absorto en las impresiones lacerantes y dulces de su diálogo con la Duquesa. Salvó la puertecilla, y ni siquiera miró al guardia que se la franqueaba solícito. Aunque le mirase no le reconocería con tal disfraz, bajo las barbas y el moreno color de Alberto Serra. Alrededor del hombre, que ni pensaba, a pesar de su triste experiencia, en las traiciones, las celadas y las maldades, iban a confluir en aquel momento los enemigos y los protectores; Volpetti estaba allí, pero no andaban lejos Brezé y los caballeros de la Libertad…

El movimiento del grupo de polizontes disfrazados de guardias del parque se verificaba de manera que envolviesen a Dorff y los defensores —que ya habían advertido la maniobra de sus enemigos, teniendo sobre ellos la ventaja incalculable de no ser sospechosa su presencia— resolviéronse a atacarles por la espalda.

La pequeña fuerza que componían Brezé y los dos carbonarios se ocultaba detrás de una espesa cortina de árboles, en un altozano, desde el cual se dominaba el sendero.

En un pormenor habían coincidido con los esbirros: también ellos estaban resueltos a no emplear armas de fuego sino en caso de extrema, de última necesidad. Comprendían el peligro de atraer gente: ni unos ni otros querían ser sorprendidos en su faena. Aunque el lugar era del todo solitario y adecuado a lo que se preparaba, ¡quién sabe lo que puede ocurrir! Pasos más recatados nunca hollaron aquel césped… Parecía que llevaban los zapatos suelas de fieltro.

Iba el mecánico, al salvar la puerta, tan abismado, que, como hemos dicho, ni observó quién se la franqueaba. Parecíale un sueño cuanto acababa de sucederle. La voz de su hermana le zumbaba en los oídos; sus rápidas y como forzadas caricias las volvía a saborear con ardiente gozo. La duda rara, la incertidumbre acerca de su propio ser, padecida tan a menudo, ya no le mortificaba: ya se reconocía, tranquilo y firme. Desposeído… ¡bien! Impostor o maniático… ¡nunca! Y avanzaba con ese andar de autómata que revela las preocupaciones intensísimas, con la vista fija en el suelo y con una especie de oscilación de la cabeza propia de la edad avanzada, pero en aquel caso debido a un pueril transporte de felicidad. Salió, cruzo la puerta del parque y adelantó por el sendero, sin darse cuenta de lo que hacía, pues ni aun sospechaba el camino que iba a emprender. Acordose de Amelia; le era penoso tener que confesar a la niña el compromiso adquirido, la renuncia a todos sus derechos. Y cuando llegó cerca de un bosquecillo que a aquella hora, puesto el sol, formaba un rincón de sombra densa, de improviso dos manos prontas y expertas le echaron por detrás un pañuelo que le tapó la boca, mientras otras dos le sujetaban los brazos y se los fijaban a lo largo del cuerpo con fuerza incontrastable. Dorff no pudo ni gritar ni resistirse. Segura la presa, Volpetti, en un abrir y cerrar de ojos, registró al mecánico, tropezó con el cofrecillo y se apoderó de él con risa de triunfo. Al tenerlo ya en su poder, el esbirro hizo una señal: ningún objeto tenía el violentar a Dorff. Por exceso de precaución creyó que tan sólo convenía reducirle algún tiempo a no gritar ni moverse, y una seña de Volpetti bastó para que le atasen bien las manos y le aplicasen a la boca, en vez del pañuelo, una mordaza.

Todo esto se había realizado con suma celeridad, sin lucha, sin brega. Por pronto que quisieron acudir los defensores de Dorff, estaba este reducido a la inmovilidad y reclinado en el vallado que servía de lindero a la floresta, cuando el grupo de Brezé y los carbonarios cayó sobre los esbirros.

Tres nada más eran, pero valían por un ejército, según su denuedo y la furia que les poseía. La indignación ante tan cobarde emboscada centuplicaba sus bríos.

Giacinto y el marqués de Brezé, que eran los fuertes, los musculosos, esgrimían bastones de emplomado puño, y favorecidos por la sorpresa de los esbirros, de los dos primeros molinetes aturdieron a uno, Lestrade, y derrengaron al otro, La Grive. Desembarazados así momentáneamente de la mitad de sus enemigos, Renato pudo ocuparse de Sec, que había desenvainado su cuchillo de monte, y Giacinto, atraído por el odio, como a otros les atrae el amor, se dirigió contra Volpetti, que ya le hacía cara.

El esbirro conservaba aún el cofrecillo en la mano: no quería soltarlo por nada del mundo, y le estorbaba para manejar el cuchillo de monte, arma terrible, pero que exige desembarazo y agilidad. Pudo, pues, el siciliano, que no tenía tiempo de emplear sino el bastón emplomado, pues el cuchillo lo llevaba envainado en la cintura, asestarle un golpe que alcanzó al esbirro en la clavícula, con vigor violento. La fuerza del dolor le obligó a suspender toda acción agresiva: sus ojos se nublaron; ante ellos danzaron círculos rojos y lucecitas chispeantes. Soltó el cofrecillo, que rodó a tierra, pero conservó empuñado el cuchillo de monte. Y recobrando instantáneamente el sentido, aprovechándose de que Giacinto acababa de bajarse para recoger el precioso cofre, el esbirro le descargó tal cuchillada que, a no haberse el siciliano, instintivamente, desviado el golpe, le rebana el cuello por detrás, con tajo de muerte. El movimiento de Giacinto tuvo la instantaneidad fulmínea de los que realizan las fieras para defenderse en mortal combate. Fue una especie de salto de tigre. El aborrecimiento, la rabia, duplicaban en aquel momento el arrojo natural del siciliano, las energías de su cuerpo joven, bien formado y robusto. Por ley psicológica, la memoria del daño que Volpetti había causado a su familia reemplazó a la idea de lo que importaba a la causa de Dorff. Para ser útil a este convenía apoderarse del cofrecillo y poner inmediatamente pies en polvorosa, desaparecer sin mirar atrás, salvar lo primero los papeles inestimables, capaces de cambiar el curso de la Historia. Pero Giacinto era hombre, tenía carne y sangre, y aquel esbirro, con quien se encontraba empeñado en personal lucha, había sido causa de que su hermano se balancease en la horca.

Giacinto no acertó a sobreponerse a las vengativas tradiciones de su raza, al inveterado y cruento rencor, que es en Sicilia obligación de honrados. Rechinando los blancos dientes y echando lumbres por los negrísimos ojos se incorporó como si le tendiese un resorte, y después del brinco salvaje con que evitó el corte de la hoja de su adversario de otro arrechucho y de un violento empuje, aprovechándose de que Volpetti estaba aún bajo la impresión dolorosa del golpe recibido en la clavícula, derribó al esbirro y le arrancó de la mano el arma, de la cara las barbas postizas. Volpetti era diestro y no carecía de frío valor, pero era más bien la inteligencia que combina que la fuerza que ejecuta. Giacinto le vencía en este terreno, y acrecentaba sus arrestos el sentimiento profundísimo por tantos años almacenado dentro de su corazón: el ansia de venganza siempre despierta, inextinguible. Un vértigo homicida se apoderó de él. Volpetti estaba en el suelo, tratando de incorporarse sobre una rodilla. Giacinto, con la mano izquierda, le inclinó lentamente la cabeza; con la rodilla pesó sobre el tronco, y despacio, entre accesos de gozo feroz, riendo, empezó a seccionar la garganta del esbirro, dándole el fin que él trataba de dar a los demás y repitiendo, con retahílas de atroces juramentos, en los cuales danzaba la Madona:

—¡Compadre! ¡Compadre de Satanás!…

Medio degollado, revolcándose en las convulsiones de la agonía, se extendió en la hierba el esbirro. La sangre, caliente y roja, que brotaba a caños de la atroz herida, chorreaba entre las manos del siciliano, que la sentía con fruición empapar mis dedos, y que, inclinándose sobre el moribundo, cuyos vidriados ojos ya nada volverían a ver en la tierra, repetía rugiendo, con espasmos de ventura:

—¡Compadre del diablo! ¡Herético! ¡Al fin! ¡Al fin!

Mientras Giacinto se despachaba a su gusto, de los dos esbirros que en el primer instante quedaron fuera de combate, el uno, el derrengado La Grive, habíase recobrado y luchaba a brazo partido con Luis Pedro. No era este ningún atleta ni ningún jayán, y el esbirro llevaba la mejor parte, en términos que pudo desembarazarse del caballero de la Libertad, dejándole aturdido a puñetazos, sin dar a pie ni a pierna, y correr hacia donde Giacinto acababa con Volpetti. De una ojeada, La Grive, que era listo de más, apreció la situación. Volpetti yacía sin vida, y a su lado, a la orilla de un charco de sangre, brillaba el cofrecillo. Recordaba La Grive el encargo apremiante y reiterado de Volpetti: ¡El cofrecillo lo primero! Y aprovechando la distracción de Giacinto, que recreaba sus ojos en el espectáculo del agonizar de su enemigo, La Grive tendió la mano, asió el cofrecillo y emprendió loca, desatada carrera, perdiéndose entre los árboles. Le espoleaba, no sólo el deber profesional, sino la ilusión de las albricias que le daría el ministro de policía, Su Excelencia el señor Lecazes. Y con aquel polizonte que huía como alma que lleva el diablo desapareció el último rastro del misterio encarnado en el proscrito Dorff.

Era la derrota definitiva; era el desenlace fatal del largo drama iniciado en una cárcel, desarrollado en Londres, Dower y el castillo de Picmort, y en cuya postrer escena un velo negro, impenetrable, envolvía, como envuelve la sombra toda una cara de la luna, un aspecto de la Historia.

Nadie pudo oponerse a la acción de La Grive. Luis Pedro, anonadado por la paliza, yacía en tierra; Giacinto, fascinado aún, contemplaba el cadáver de Volpetti, y en cuanto a Renato de Brezé, acababa de desembarazarse del otro esbirro, el huesudo y brutal Sec —aquel mismo a quien en Londres cubría un capotón azul—, y, movido por el respeto, dedicábase a cortar las ligaduras de Dorff. Sec no estaba, sin embargo, inutilizado aún, Renato habíale quitado el cuchillo de monte y enviádole a rodar de varios bastonazos firmes; pero el esbirro, fingiéndose desvanecido, acechaba; sus párpados entornados no cubrían sus ojos. Vio muy bien la derrota de sus compañeros: Volpetti degollado, Lestrade medio muerto, La Grive que huía, y resolvió huir también, pero no sin desquite. Deslizándose hacia el bosque con sutileza de reptil se situó a distancia, seguro tras los árboles, y desde allí, fríamente —a pesar del encargo del jefe, que ya no podía repetirlo—, echose a la cara la carabina, apuntó con calma, disparó… y el marqués de Brezé, dando una voltereta, se desplomó a tierra… La bala le había atravesado el corazón.

Sin sospechar lo que ocurría en el sendero que rodeaba el parque, la Duquesa, todavía inmóvil en el banco de piedra, no se resolvía a recogerse al castillo. Mil veces estuvo a punto de correr a la puertecilla, de llamar, de gritar: «¡Carlos Luis! ¡Hermano! ¡Hermano!». Insondable remordimiento envolvía su alma. El sol ya no enrojecía el horizonte. Un soplo helado, nocturno, agitaba las hojas… De pronto se oyó un ruido seco, que parecía detonación. La señora tembló, pero permaneció allí, agitada por contradictorios sentimientos. El ramaje crujía la arena rechinaba, percibíanse pasos… ¡La aparición!… Era una joven vestida de negro, sueltos y desordenados los rizos, de un rubio ceniza. Sus manos, que alzaba amenazando, estaban ensangrentadas, soltaban gotas rojas. En sus pupilas resplandecía un fulgor extraño, de demencia. A la Duquesa la paralizó el terror. Aquella mujer era el retrato de su madre… Y avanzaba muda, fatídica, señalando con el índice, hasta que llegó a tocar en la frente a la dama, imprimiendo allí, con el goteo de la sangre, una señal. Los ojos de la niña eran luego, el fuego tétrico del infierno; su boca, lívida, apretada, expresaba el desprecio que maldice. Y la Duquesa rodó del banco, se retorció en la arena agitando de un modo que aterraba:

—¡Madre! ¡Madre mía! ¡Perdón!

Epílogo: Luis Pedro

El destino de Giacinto

—¡Atracad! —mandó el capitán Soliviac con voz sonora; y obedecido por los remeros, saltó con presteza al muelle del puertecillo. Firmemente estribado el pie en las losas, resbaladizas por la capa de algas minúsculas que verdeaba en ellas, el marino tendió ambas manos a Luis Pedro y Giacinto; luego se descubrió respetuosamente ante Amelia y Dorff, y acarició al niño, a quien su madre adoptiva llevaba de la mano.

Si el saludo no lo impusiese la cortesía, pudiera dictarlo la piedad. El mecánico y su hija la inspiraban, y muy profunda. Amelia, siempre de luto, pero luto severo, fúnebre, de esos que trasudan dolor, no era ya más que la sombra de sí misma. Demacrada, consumida, azulada a fuerza de palidez, con los ojos hundidos y a veces extraviados, rodeados de un halo cárdeno, se parecía aún a los retratos de la Reina infeliz, pero no a los del erizón, el gracioso fichú y la coronita de menudas rosas, sino a los del período de encierro, ultrajes y antesala de la muerte. Y, como la Reina, también Amelia conservaba o más bien había acentuado la altivez y dignidad de la actitud, el porte enhiesto de la cabeza; y cuando presentó la mano al capitán, que la besó, en ninguna corte se pudiera ver movimiento más regio.

Dorff, en cambio, abrió los brazos, y el capitán sintió en sus mejillas la humedad de las lágrimas del proscrito.

—¿Embarcamos? —preguntó este afanosamente, como si experimentase ansia insaciable de ausencias y lejanías.

—Ahora mismo, si gusta monseñor.

—No me llame usted monseñor… ¡Se acabó, capitán! He vuelto a ser y seré toda la vida el trabajador, el mecánico, el químico. No tentaré más a la Providencia. ¡Qué favor tan grande va usted a hacer a este ejemplo de los rigores de la suerte! ¡Llevarme a una tierra de libertad y de paz! En Holanda, donde ya me aguardan mi santa mujer y mis pobres hijos, espero encontrar el olvido de insensatos sueños, que costaron tantas desdichas. Por no aceptar la voluntad divina he sido castigado en lo que más amo, ¡en esta criatura! —añadió señalando a Amelia—. Viuda dos veces, sin haber sido esposa, su existencia se ha tronchado; jamás volverá la alegría a su corazón… ¡Qué severos son los fallos de arriba! «Tus amigos perecerán»… ¡No mentía aquella voz agorera y maldita que me lo anunció entre las sombras de un calabozo!

Amelia, que no lloraba, echó un brazo al cuello de su padre, como para dar por bien empleado todo sufrimiento que de él viniese.

—Desmentid vosotros el augurio, amigos del alma —añadió volviéndose a los carbonarios—. Puesto que ya no me acosan y nuestros perseguidores se dan por satisfechos con haberme arrebatado las pruebas de mi ser; puesto que se hacen los muertos y prefieren echar tierra sobre el horrible desenlace de mi entrevista con… ¡con la mujer… a quien he absuelto!… ¡y así la absuelva desde el cielo mi madre!… aprovechad esta situación y volved a la vida normal; no conspiréis, no luchéis, y sobre todo… no imaginéis vengaros. En este momento, una luz más clara que la de ese amanecer de un espléndido día, que dora las olas, ilumina mi conciencia y mi razón. No hay que resistir al mal; no hay que devolver daño por daño. A quien deshace vallado, le morderá culebra, dice la eterna sabiduría. Perdonad para que os perdonen.

Luis Pedro, al cual estas palabras parecían dirigirse más especialmente, volvió a otro lado la cara, a fin de que Dorff no viese la expresión singular de sus pupilas, en que había relumbrado un destello de voluntad agudo y cortante como la hoja de un arma.

—¡Adiós, adiós! —insistió el proscrito—. Soy un humilde como vosotros, un proletario como vosotros; ya no tengo más título que mi condición de hombre. Voy a ganarme el pan con mi sudor y a morir oscuramente. Abrazadme otra vez.

Los dos carbonarios se precipitaron a un tiempo: Giacinto, que era un emotivo, sollozando; Luis Pedro, trepidando por dentro, por fuera grave y sin alardes de pena. Desde la tragedia de Versalles apenas sí se le había oído el metal de voz. Dorff les estrechó con fuerza, con particular ternura, murmurando:

—¡Gracias por todo! ¡Gracias, gracias! ¡Que la paz descienda sobre vosotros! ¡Olvidad, retiraos, callad, no cobréis deudas! Y tú, Giacinto… ¡haz penitencia, porque llevas las manos manchadas de sangre!

Involuntariamente, el siciliano las miró; pero, al punto en que realizaba este movimiento, sintió que alguien se las cogía, se las apretaba con nerviosa violencia, y escuchó la voz de Amelia a su oído, baja, pero estridente e incisiva:

—Giacinto, ¡no tengas remordimientos! ¡Hiciste bien!… ¡Fue justicia! ¡Oye, Giacinto!… la que preparó la emboscada también saldrá de Francia al destierro. ¡Si no, no habría Dios!

Momentos después, la chalupa del Poliphéme se alejaba blandamente del embarcadero. Al timón iba Soliviac; dos marineros remaban; el niño enviaba besos con los dedos, y Amelia, agitando su pañuelo, derecha, majestuosa, como una soberana destronada que, mal de su grado, recurre a la fuga, se despedía aún de los caballeros de la Libertad para siempre.

Giacinto y Luis Pedro permanecieron como magnetizados en aquel muelle de puertecillo de la costa normanda, que empezaba a poblarse de gentuza, de sardineras, marineros, pilluelos de playa, vendedores y compradores de lenguado fresco para enviar a París. Sus ojos estaban fijos en la chalupa, y no se apartaron de ella hasta que atracó al costado del buque, fondeado a regular distancia. No se distinguían sino confusamente sobre cubierta el bulto negro de Amelia y la grave figura de su padre. El Poliphéme levó el ancla, desplegó su velamen y, poco después, ligero, gallardo, empezó a cortar las olas, matizadas aún del rosicler auroral.

El sol subía ya por el cielo, derramando una claridad que raras veces ostenta en aquella región; el agua era una placa de esmalte azul turquesa, que a lo lejos irisaba tonos nacarados; la escama de sardina pegada a las losas del puerto relucía como pétalos de alguna flor de plata, y los alegres gritos de la gente pescadora, que esperaba la llegada de las primeras lanchas cargadas de pesca o llevaba al almacén de salazón, en cestas, la de la víspera, componían un cuadro tan gozoso que Giacinto, a pesar de todos los recuerdos que debieran atribularle y de la tristísima escena en que acababa de intervenir, sintió aquellos efluvios de vida y su corazón se dilató. Miró a su compañero; la cara de este expresaba tan tétricas ideas, era de tal modo la cara de un precito, que el siciliano percibió un frío sutil y volvió a la realidad.

—¡Allá van, Luis Pedro! —murmuró por decir algo—. ¡Allá va un personaje de quien no hablarán las historias! Nunca volveremos a verles. ¡Esta página queda borrada!

—¡Sí por cierto! —contestó el taciturno carbonario—. Pero tú, Giacinto, debiste acompañarles a Holanda, establecerte allí y no pensar más en esta tierra. ¡Consejo de amigo! Porque tengas en Versalles una querida muy bella, que le soplaste a un guarda —la que vive en nuestra casa, ya comprendes que estoy bien informado—, no es razón para arriesgar el pescuezo. No te fíes de la tregua que nos dan. Había interés en que ellos se alejasen, sin revolver más el cotarro, y la policía finge habernos olvidado, dormir a pierna suelta… Es la consigna. Pero ahora se despertará… y el que le ajustó las cuentas a Volpetti y le envió a casa de su compadre Lucifer no se engreirá mucho tiempo de su hazaña… ¡Eres un chiquillo! ¡A ti te se lleva donde se quiera amarrándote con la cinta de unas enaguas!…

—¡Bah! —contestó riendo el siciliano—. Si no fuesen las enaguas, ¿qué sabor tendría la vida? Y la planchadorcita de ahora me tiene loco; ¡el sargento rabia!… ¿Creerás que aquí también, en estas pocas horas, he descubierto una hembra principal? Vive frente a mi posada: la hija de un calderero. O poco he de poder o esta noche…

—¿De modo que te quedas? ¡Mal hecho, Giacinto! Pero allá tú. ¡Cualquiera te convence! Yo me voy; yo soy, desde ahora, un elemento aislado: trabajo por mi cuenta. Y aunque me busquen, no me encontrarán; y aunque me encuentren, no me cogerán; y aunque me cojan, me soltarán. ¡Te lo afirmo!

Su voz tenía un sonido metálico, parecía que cortaba.

—¿Por qué crees eso, amigo? —preguntó Giacinto, que se sintió impresionado, dada su naturaleza supersticiosa.

—Porque a nadie le inutilizan mientras no hace lo que debe hacer —contestó secretamente el caballero de la Libertad—. ¿Han inutilizado al Otro mientras tuvo que sojuzgar a Europa? Las coaliciones eran entonces inútiles. Hoy le sujeta a Santa Elena el negro, árido y montuoso peñón, donde le torturan, no la fuerza de sus enemigos, sino el hado; porque ya cambió su destino, ya arraigó la grandeza de la revolución por medio de la gloria militar. Ya sólo podía afianzar el despotismo… y eso no lo permitieron allá.

—Nosotros no somos el Otro —respondió Giacinto.

—El Otro es un hombre. Todo hombre puede ser llamado a cambiar el curso de los acontecimientos… si cuenta consigo mismo y no más.

—¡Bah! —respondió el siciliano—. Nosotros, pobres diablos, fuimos comparsas en el gran drama. Ya hemos desempeñado nuestro secundario papel. ¿Pero qué me importa que fuese o no secundario? He enviado a casa de su compadre al que causó la muerte de mi hermano… y lo demás, pamplina. ¡Qué bien corría la sangre! ¡Qué calor daba en las manos!

Y al cruento recuerdo, las alas de la nariz de Giacinto se dilataron; chasqueó la lengua, y salvaje fruición se reflejó en su cara guapa, de un moreno mate, y en sus ojos negrísimos, aterciopelados. La agonía de su enemigo se le presentaba de relieve; percibía el estertor, las convulsiones, el entrar del cuchillo en lo blando de la carne.

—Sí —murmuró como proféticamente Luis Pedro—. Tú ya hiciste lo que tenías que hacer; el fin de tu vida está realizado. Teme ahora, Giacinto, ya eres una concha vacía… ¡Mira cómo el infame esbirro, al punto mismo en que ejecutó el acto culminante de su existencia —apoderarse de los papeles y que se los llevasen a ese funesto Lecazes, que sin duda en pago de tan eminente servicio ejerce el poder y es más que nunca el favorito del Rey inválido, ¡del que hizo armas contra su país!—, mira, te lo repito, y fíjate en ello, cómo en ese mismo instante tú le suprimiste! Por eso yo andaré seguro. Mi historia está todavía en blanco, nada hay escrito en ella.

—Y nada escribirás —respondió el siciliano—. ¡Dos infelices como nosotros! ¡Y ahora que ya ni protegemos ni acompañamos al personaje!

—Soy un hombre —volvió a manifestar enérgicamente Luis Pedro—. ¡Un hombre! ¿Sabes tú lo que un hombre solo puede y vale? Giacinto, el nacimiento de un ser humano es un suceso de incalculable transcendencia. ¡Acuérdate del que nació en Judea! ¡Piensa lo que sería el nacimiento de un varón en la casa real de Francia! ¡Esa vieja dinastía caduca, y que nos han vuelto a imponer porque la trajo un cosaco a la grupa de su caballo, reverdecería de golpe; habría el heredero, la esperanza! ¡Todo por nacer un hombre!

Acercábanse ya a su posada los dos carbonarios. Subieron a su angosta habitación. Luis Pedro tomó el hatillo y dio a Giacinto un beso en la mejilla, según la costumbre francesa.

—¿No quieres que almorcemos juntos?

—A la hora del almuerzo he de estar lejos de aquí… Tú deberías hacer otro tanto.

—¿Y la hija del calderero? ¿Qué pensaría de su galán? Cinco veces se ha asomado a la ventana a verme; me hizo señas, me tiró una flor de su maceta… Me quedo hasta mañana…

Nada objetó Luis Pedro, fatalista. Cargó su ligero equipaje y bajó la carcomida escalera. La cuenta estaba pagada por Dorff: podía marcharse sin ver al hospedero. Volvió un instante el rostro; destellaron sus ojos. Después, su raquítica figura se perdió en las calles del puertecillo y en dirección al campo.

Hora y media más tarde, cuando Giacinto se instalaba ante una fritura de peces, chirriante y olorosa, y la sirviente le presentaba, espumoso y fresco, el pichel de sidra, oyéronse pasos en la escalera, el ruido característico de las culatas; alrededor de la posada se había formado un grupo de gente llena de curiosidad. Y el cabo que mandaba el pequeño destacamento dijo, echando mano al cuello de la chaqueta de Giacinto:

—Date preso. ¡Atarle las manos!…

Un nieto de Enrique IV

Hay en toda existencia humana un momento decisivo: aquel en que las más hondas aspiraciones se realizan, en que la realidad se adapta al patrón del ideal soñado. La evolución de los sucesos y el tejer y destejer de la subterránea política de aquel período de eternas conspiraciones habían elevado al pináculo al barón Lecazes. La policía estaba en el apogeo: en sus manos hallábanse reunidos los hilos de la tela cuyo reverso eran el espionaje, la provocación, la delación, el suplicio, y cuyo anverso lo formaban las brillantes ceremonias de la Corte, las borrascosas discusiones de las Cámaras y las luchas camarillescas en palacio, donde el partido de transacción y el de reacción luchaban sordamente. Y, dominando desde su gabinete estas tormentas, el polizonte genial acababa por erigirse en árbitro de los destinos de la nación. Su ambición madrugadora —Lecazes no era todavía viejo— podía darse por satisfecha. Él era el verdadero amo; él guiaba a su arbitrio, por disimulados medios, al Rey, a la familia real, a los hombres políticos atentos a complacerla y a extremar la lealtad monárquica.

Sin embargo, cuando volvemos a encontrar al Ministro, en febrero, en pleno invierno, en aquel mismo despacho donde había recibido a la duquesa de Roussillón, una niebla triste envolvía su semblante, marcando en él esa huella y señalando esa garra de león que caracteriza el rostro de los ambiciosos cuando están a solas nadie puede observarles: el típico ceño de Napoleón, severo y meditabundo. Lo que así preocupaba a Lecazes era, sin duda, una carta que acababa de destacarse de entre el montón de su formidable correo diario, y que le parecía escrita con trazos ígneos. Innumerables escritos, avisos y hasta burlas recibía el Ministro; su vida transcurría envuelta en humareda de papel, y era el papel su mayor enemigo. «A un hombre se le quita de en medio más fácilmente que a un papel», solía repetirse a sí propio. Salvo los que él conservaba para escudarse en caso de necesidad, rompía los insignificantes y, como sabemos, quemaba en persona los graves, con fruición infinita. Aquel le estaba mordiendo, al través de los dedos, el alma.

Era un anónimo, y sólo contenía estas palabras breves y fatídicas:

«Despojaron a Dorff. Mataron a Brezé. Fusilaron a Giacinto. Serán vengados. Cuidad del tronco; las ramas se desprecian».

No solía alarmarse por menudencias de tal índole el Superintendente; conocía el lenguaje de los Carbonarios de última fila y de los charlantes hojalateros que en todo tiempo han florecido, y rompía, con ligera sonrisa maquiavélica los inocentes escritos. Este, no obstante, dábale en qué pensar. No era el único; otros varios le habían precedido periódicamente, sin que se pudiese sospechar el autor de aquellas cartas siempre lacónicas, al parecer sin objeto, hasta contrarias al objeto que podía llevarse quien las escribiese, pues ponían en guardia a los que le convenía hallar descuidados.

—Nada se trama, sin embargo, en las Ventas que yo ignore —discurría Lecazes—. Estoy al corriente de cuanto maquinan. ¡No se piensa allí, ciertamente, en vengar a Brezé ni a Dorff… ni siquiera a ese oscuro carbonario italiano… a quien ha sido preciso fusilar!… ¡Como no pensé yo, cuando tal hice, en vengar a Volpetti… y eso que le echo de menos! No encuentro, para determinados asuntos, quien le sustituya: era mis manos y mis pies… Pero ¡bah!, en política nos dejamos de venganzas y vamos a nuestro fin… ellos a derribar el trono restaurado, a sostenerlo yo… Por sostenerlo hice lo que hice, y si no recobramos el legajo maldito de papelones que destruí… ¡ay de la dinastía! Fue un servicio, y hay que conformarse a que nos costase el resuello de Volpetti.

Releyó Lecazes el anónimo y se fijó en una frase.

—¡Cuidad del tronco! —murmuró—. ¿Quién es el tronco? Yo, por mucho que me engría, no puedo considerarme tronco en este caso… ¿Sera el Rey? Pobre tronco podrido, que presto cortará el hacha de la gran leñadora. ¿Será su hermano?… ¡Tronco hueco! ¡Retrógrado incorregible! Ese es el mejor auxiliar de los Carbonarios, y no sé lo que va a suceder aquí cuando la gota acabe con el Rey, el cual es lo mejor de la casa… ¿Será el Duque?… ¡Tronco estéril! No, si lo adivina cualquiera. El tronco es Fernando, el llamado a continuar la raza. Vamos a ver, Lecazes, suponte conspirador: ¿a quién herirías? ¡A Fernando! ¡Al simpático, al bien amado, al que engendra sucesores! Puede ser este anónimo el desahogo de un loco inofensivo, pero ¿y si fuese un rasgo de esa nobleza romántica que les entra a los criminales políticos y les mueve a dar avisos y a delatarse? Prevengamos al Príncipe y vigilemos su persona. Él es el mismo descuido, el heroísmo temerario y alegre, como el de su abuelo Enrique IV, a quien le dicen que se parece para halagarle… Además, su mujer y él son tan aficionados a divertirse, a ir a todas partes sin precaución alguna. En una de esas humoradas… ¡Ah!, los reyes no pueden vivir como los demás hombres. ¡Son unos esclavos! No sabe Dorff el gran favor que le hice a él y a toda su familia alejándole del trono… incluso a la ambiciosilla que ahora, no pudiendo urdir marañas, aprenderá a fabricar encaje flamenco.

Estas reflexiones dormitaban en el cerebro del Ministro cuando aquella misma tarde fue introducido en el gabinete del Rey, a quien su penosa enfermedad parecía dejar entonces algún respiro, que se revelaba en cierta actividad, continuos paseos en coche y no pocas agudezas fluyendo incesantemente de sus labios. Sin embargo, las inusitadas dimensiones del tapete de terciopelo de la mesa, bajo el cual se ocultaban las hinchadas piernas del soberano, revelaban los progresos del mal.

Al ver entrar a Lecazes, el valetudinario sonrió picarescamente, como quien va a poner en un brete a alguien muy avisado, y le presentó una carta, idéntica en el tipo de letra a la que tanto preocupaba a Lecazes.

—¿Qué es esto, señor Barón? —interrogó con vehemencia el Rey—. Aquí se me pide una audiencia; se me dice que existe una persona que puede hacerme importantes revelaciones acerca de asuntos de mi familia, y que, si no la recibo, se seguirá perjuicio a mí y a los que más quiero. ¡Hay, por lo visto, quien anda mejor enterado de mis propios negocios que yo! Ahí tiene usted un caso humillante.

Iba Lecazes a responder cuando entró en la cámara regia, sin anunciarse, con fueros de confianza, un hombre en la fuerza de la edad, animado, impetuoso. Era el hijo segundo del heredero del trono, el príncipe Fernando, muy preferido del Rey, única esperanza de perpetuidad directa de la raza, como dice felizmente un historiógrafo. No se le podía llamar buen mozo, pero su presencia prevenía favorablemente: tenía esa sencillez franca y esa gracia comunicativa que algunos individuos de la familia de Borbón han poseído y poseen en altísimo grado, y que les capta las simpatías de cuantos les ven de cerca, creando para ellos, aun en los momentos en que menos aura popular gozó su familia, atmósfera de popularidad. Cuando el príncipe Fernando apareció, y la luz de la amplia vidriera que caía a los jardines le iluminó enteramente, pudo verse que era de corta estatura, anchos hombros e irregulares facciones; pero el atractivo de su expresión, la irradiación peculiar de su mirada, la vida que de él emanaba, por decirlo así, eran como una oleada de envolvente júbilo. Sentimientos generosos y cordiales, fácilmente elevables al heroísmo, se reflejaban en aquel semblante, nada hermoso, pero realzado, en aquel mismo momento, por la energía de la bondad.

—Señor —dijo besando la mano del Rey—. perdonará Vuestra Majestad esta irrupción que hago en su gabinete… Vengo a comunicarle algo que me urge, que no puedo aplazar un minuto.

Discretamente hizo ademán de retirarse Lecazes.

—No, no, Barón, quédese usted —pronunció Fernando—. No ignoraba, al venir, que aquí le encontraría. Ya sé que para usted no guarda secretos Su Majestad… y sospecho que ha de estar mejor enterado aún que yo de esta maraña, cuyos hilos tiene, de fijo, entre sus hábiles manos.

—¿Pues de qué se trata, monseñor? —articuló ya muy sobre sí el Ministro.

—De cartas que vengo recibiendo… —contestó Fernando prontamente—. ¡Cartas que me dan mucho en qué pensar y me han quitado el sueño más de una noche!…

—¿Serán amorosas, monseñor? —indicó con fina ironía Lecazes—. Vuestra Alteza posee numerosas apasionadas y lo hallo natural; lo que admiro es su amabilidad al tomarnos por confidentes.

La noble fisonomía del Príncipe se nubló; sus cejas se fruncieron, y repuso, no sin un matiz de desdén:

—¡Barón, no acostumbro en tales asuntos dar participación a nadie… y menos a la policía! Se trata… ¡bah!, ¡a quién se lo cuento!, de… ea, de una persona de nuestra familia a la cual, no sé si con o sin conocimiento de Su Majestad, se ha desposeído de sus papeles y se ha obligado a expatriarse para evitar vejámenes aún más injustos.

—¡Vamos! —articuló Lecazes—. ¿Y cómo se llama ese pariente desconocido de Vuestra Alteza?

—Usted lo sabrá mejor que nadie —respondió el Príncipe—, puesto que es usted quien le birló su documentación y le hizo otras varias jugarretas que no son del caso.

—¿Quién ha dicho eso a Vuestra Alteza? —interrogó Lecazes poniéndose lívido.

—Quien escribe la verdad y no se muerde la lengua —contestó Fernando sacando del bolsillo de su frac varias cartas en manojo.

—Pero tú —intervino el Rey—, Fernando, hijo de mi vida, ¿por qué das crédito a patrañas?

—¡Señor, esta no es patraña!… y si lo fuese, el modo de demostrarlo sería exhibirla a la luz del sol, no envolverla en tinieblas, enredos y tapadijos. ¡No es patraña! Para afirmar que no lo es me basta ver la cara del señor Lecazes, la de vuestra Majestad mismo, la de mi hermana y prima la Duquesa, a quien me he dirigido y a quien he visto desfallecer al solo nombre de ese individuo y de esa historia, cuyos episodios más trágicos ocurrieron en los comienzos del verano pasado en Versalles… ¿Estoy bien informado? Como que le costearon la vida a un amigo mío, un caballero de veras, Renato de Giac, hijo de uno de los mejores oficiales de nuestro valeroso ejército de Condé…

—Fernando —tartamudeó el Rey, cuya tez había ido inyectándose y cuyo rostro descubría profunda contrariedad—, en cualquiera sería atrevimiento lo que haces, pero en ti es algo más: raya y toca en insensatez y en delirio. ¿Eres tú el llamado a sostener tales fábulas? ¿Sabes lo que significaría lo que te has tragado como un bendito? Pues significaría, ¡ahí es nada!, que somos un usurpador, que lo que creímos restauración fue un robo y que, como ese impostor tenía hijos, nuestro lugar es el del que hurtó y devuelve lo hurtado y se retira entre la befa, el escarnio y probablemente la intervención armada de Europa, que vendría a poner orden y limpiar una cueva de bandidos.

—No se trata de un impostor —repitió Fernando impávido.

—¿Entonces nosotros somos los que detentamos lo ajeno? —gritó descompuesto el Rey.

La sonrisa de Lecazes era un derrame de hiel, una crispación del infierno.

—En efecto, señor… —insistió con arranque el Príncipe—. Por desgracia, es verdad… Y yo, por mi parte, no quiero… ¡Sobre todas las cosas del mundo de Dios abajo, sobre el poder y el trono me importa el honor, la religión de los caballeros! ¡Seré o no seré Alteza Real, pero soy de fijo un soldado, y, a pesar de algunas ligerezas, un cristiano también; no ejercito la virtud, como mi hermano Luis, pero no despojaré a nadie! Y no puedo, no puedo vivir así. He querido despreciar estas misteriosas epístolas, y ¿sabe Vuestra Majestad por qué? Porque en todas ellas resuena una amenaza y sentiría que me creyesen cobarde. Arrostro al fin esa contingencia; ya demostraré, si Dios me da vida y a Francia guerras, que vista cara a cara no temo a la muerte. Por eso quise decir a Maestra Majestad que si esto no se arregla como piden la justicia, el derecho y nuestra dignidad, yo escribiré a… nuestro pariente… y si es menester emprenderé el viaje a Holanda y me pondré a disposición de ese infortunado, por si puedo reparar el daño que se le infirió.

—Y no me extrañarán tus bizarros arrestos, sobrino —respondió el Rey, ya colérico, con ironía—. Serán propios del que no ha meditado las consecuencias de sus actos jamás; del que no tuvo reparo en enlazarse en Londres con la plebeya Amy Brown; del que se jacta de desdeñar la etiqueta y las costumbres palaciegas y, plagiando al Corso, a fin de halagar a la populachería de los cuarteles, alardea de ideas incompatibles con lo que representamos. Tu desvarío me autoriza a hablarte en estos términos; tú te lo has buscado y lo has querido. Más te importaría el porvenir del trono si, en vez de conseguir en tal esposa legítima sólo hijas, hubieses tenido la fortuna de darnos el heredero varón que tanto ansiamos. Pero, en castigo, te lo niega la Providencia…

Fernando, lejos de anonadarse ante este ataque del Rey, mostró en la cara una expresión de gozo íntimo, que Lecazes sorprendió.

—No creo —articuló serenamente— que Dios me castigue por lo único bueno y honrado que tengo ocasión de hacer. ¡Señor, respeto mucho a Vuestra Majestad… pero cumplo mi deber! Me creí en el caso de participárselo a Vuestra Majestad, por si quería secundar mi resolución. Si fundamos nuestro poder en la iniquidad, mal porvenir tiene el trono. Que sea de quien deba ser… Yo sólo reclamaré mi puesto militar, el del soldado de fila, pues aunque Vuestra Majestad me acusa de parodiar glorias, busco únicamente la que se consigue con un brazo duro y un corazón que no ha sabido palpitar de miedo.

—¿Es cuanto tenías que manifestarme, sobrino? —murmuró el Rey, amoratado y balbuceando.

—¿Vuestra Majestad me despide? ¿Vuestra Majestad queda enojado conmigo?

—El estado de la salud del Rey —intervino Lecazes— no le permite soportar impresiones como las que Vuestra Alteza le está ocasionando.

—Señor Barón —dijo el Príncipe—, entiendo… Basta; me retiro. De hoy más, Fernando de Borbón no tiene otro juez ni otro guía sino su conciencia.

Y saludando al Rey con veneración y al Ministro de un modo ambiguo, el Príncipe salió tan a prisa como había entrado.

Lecazes le siguió con la mirada. Después de que los pliegues de la portera se aquietaron, encogiose de hombros levemente.

—¿Qué le parece a usted, Lecazes? —preguntó sofocado el monarca.

—Que es preciso dejar al Príncipe, señor; no ponerle trabas, no excitarle… no acordarse de él… Este conflicto se resolverá de suyo. La mayor parte de las cosas en esta vida se arreglan así… ¡Yo… no pienso mezclarme en los asuntos de Su Alteza!

Y el Ministro dio a esta frase insignificante imperceptible relieve especial. En su fantasía estaba representándose un tronco joven, lleno de savia, pero cortado de golpe.

El destino de Fernando

Dos días después de este incidente, la tumultuosa alegría del Carnaval se desbordaba en las calles de París. El gentío se empujaba en las vías céntricas para admirar la procesión del Buey Gordo, al cual llevaban coronado de flores, doradas las astas, entre risas y dicharachos de las frescachonas lavanderas, que, vestidas caprichosamente, se empingorotaban en triunfal carroza. Una de aquellas mozas de rompe y rasga, planchadora en Versalles, descollaba por su hermosura insolente y el rubio encendido de sus cabellos. Al pasar cerca de la puerta de San Dionisio vio la mujer a un hombre pequeño, de raquítica facha, de tipo bilioso, parado mirando el desfile, e interpelole jovialmente:

—¡Eh, Luis Pedro! ¡Lechuza! ¡Cara de De profundis! ¿Quieres cenar esta noche con la gente de buen humor en el bodegón de la Mariscada?

El interpelado, en vez de responder, se apresuró a sumirse entre el remolino de máscaras zarrapastrosas y estudiantes que cantaban a grito pelado. Fuese por haber permanecido de pie sobrado tiempo o por causas más íntimas, sentía una debilidad, un desfallecimiento orgánico, deseos de dormir, de extenderse allí mismo, aunque le pisoteasen. Lentamente, abatido, se retiró a su posada. Era hora de comer, y comió con ansia violenta, puramente animal, extraña en él, que era sobrio. Reconfortado ya, volvió a salir y se dirigió, entre el gentío, a apostarse ante las puertas del teatro de la Ópera, por cuyas vidrieras se veía la brillante iluminación del recinto. Aquella noche había fiesta, representación extraordinaria; el programa anunciaba El Carnaval de Venecia y Las bodas de Camacho. Rodar de coches, claridad de antorchas, tropel de gente, anunciaban ya que la Corte venía. Luis Pedro sintió el deslumbramiento de un vértigo. «Ahora, ahora», zumbaba una burlona voz, apremiante, en sus oídos. Y a pesar de tal mandato, el carbonario permanecía inerte. No podía. La acción no brotaba de sus nervios a sus músculos… «¿Qué es esto? —pensó—. ¿Es miedo? ¿Es que no debo? ¿Tengo derecho o voy a cometer un crimen? ¿No les he avisado varias veces sin que me hagan caso? Para exagerar la lealtad sólo me ha faltado entregarme… ».

Mientras fluctuaba así, el príncipe Fernando y su esposa se bajaban de la carroza, dándola él la mano, y entraban en el teatro por la puertecita que sólo usaba la familia real.

—Otra ocasión perdida… ¡Vacilaciones, incertidumbres, escrúpulos, perplejidades necias! ¡Son culpables… trajeron a los cosacos… oprimieron, despojaron al inocente!… ¡Horcas, fusilamientos… la sangre de Brezé, la de Giacinto… todo grita! ¡Y ese pueblo estúpido que se embriaga en la orgía carnavalesca! ¡Y las Ventas que también duermen! Pero Bruto vela… —añadió acordándose de una de sus lecturas de historia romana—. A pesar de mis reiteradas cartas no me han preso… A pesar de mis antecedentes no se me vigila siquiera… Es que tengo de mi parte el destino. Yo nací tan sólo pata ejecutar hoy lo que he determinado… ¡Esperemos! ¡Al tronco!

Alejose de allí y vagó sin rumbo por los jardines del Palacio Real, próximos a la Ópera. Iba ensimismado, tropezando a cada paso con grupos que cantaban estribillos báquicos y lascivas coplas de Beránger. Mujeres procaces, pintadas, arreboladas, le dirigían cínicas bromas. Un beodo le injurió. Él no atendía. Respiraba con ansia el aire frío de la noche, que refrescaba sus sienes ardorosas de calentura. En su cráneo percibía el rodar sordo de un trueno, y sílabas incoherentes se enlazaban, por mágica operación, formando palabras, palabras persuasivas, para aconsejar el irrevocable acto. «Es preciso obedecer. Después el descanso. Se acabaron las indecisiones y torturas», calculaba con afán pueril. «Y tiene que ser hoy. Si mañana vuelvo a Versalles, obligado por la necesidad, porque allí tengo mi modo de vivir, ¿cuándo se presentará la ocasión nuevamente?».

Iba y venía del jardín al teatro y del teatro al jardín, acechando. Las horas de la noche transcurrían; el jardín se despoblaba; vaciábanse las fondas y los bodegones; el gran reloj dio, después de las once, la media, y Luis Pedro observó que llegaban y se apostaban ante la puertecilla los coches de la casa real. Entonces, por la solitaria calle de Louvois, enhebrose el carbonario hasta deslizarse entre el bureo del grupo de lacayos. Su mísera facha, su traza humilde, le hacían pasar inadvertido. Tomaríanle por un pobre cochero simón, o más bien por uno de esos ayudantes ocasionales que los simones dedican a cuidar del caballo cuando quieren entretenerse en la taberna. El sitio era sombrío; Luis Pedro se inmovilizó, se pegó a la pared.

No fue larga la espera. Justamente el príncipe Fernando bajaba acompañando a su esposa, que, fatigada de un baile a que había asistido la noche anterior, lastimada por el golpe de la puerta de un palco, deseaba retirarse. Él pensaba quedarse un rato aún, sabe Dios con qué fines calaverescos, y para no causar celosas inquietudes, al asomarse a la puerta y ayudarla a subir al estribo, díjola sonriendo: «Nos veremos pronto». Era, sin poderlo remediar, ardorosa, apasionada y suspicaz la italiana; era él, involuntariamente asimismo, galante, perdido y rendido al encontrarse con una mujer hermosa, sin dejar por eso de querer y cortejar a la suya más como enamorado que como legítimo dueño, por lo cual ella, a su vez, le amaba mucho. Con el dedo le había amenazado al salir del palco, entre burlas y veras, diciéndole al oído, de modo que nadie se enterase: «Me voy porque tengo miedo si trasnocho de hacer daño a nuestro chiquitín… a nuestro secreto… al varón que llevo en las entrañas… A no ser por eso, no me iría. No te se ocurra quedarte hasta el amanecer». Él la tranquilizó solícito, tierno, con insinuante presión, ejercida sobre el redondo brazo desnudo que en el suyo descansaba, y al despedirse la dirigió la frase de conyugal cariño que ha recogido la Historia…

Ágil a pesar del embarazo por nadie advertido aún, la dama subió al coche; los lacayos alzaron el estribo. Inclinose ella a la portezuela, para ver todavía al esposo, que volvía al interior del teatro y que en aquel punto se encontraba todavía en la acera de la calle de Rameau, bajo la marquesina pintada imitando tela… Luis Pedro acababa de insinuarse entre el remolino de lacayos, centinelas y cortesanos que bullía en el vestíbulo. Él mismo no se explicaba —cuando después, en la yerta soledad del calabozo, antesala del cadalso, revivió los trágicos momentos de la breve aventura, volvió a cometer el crimen mil veces por medio del pensamiento—, él mismo no se explicaba, repito, la repentina decisión y la destreza admirable que desplegó para realizar lo que media hora antes le parecía imposible de intentar siquiera. En efecto, al contrario de lo que suele suceder, que la fantasía todo lo facilita y la realidad presenta de bulto los imprevistos obstáculos, Luis Pedro, mientras paseaba en el jardín del Palacio Real, ni aún concebía cómo transformar en hecho lo que tenía determinado en lo más hondo de su conciencia, y creía su empresa algo quimérico, algo irrealizable, y ahora, en el momento supremo, diríase que invisible mano le guiaba y suprimía cuanto estorbarle pudiese. Iba recto, como la bala, cortando sin esfuerzo el aire, va al corazón. Aquel hombre joven, poderoso, fuerte, rodeado de cortesanos y de amigos, a quien los centinelas, colocados a ambos lados de la puerta, presentaban las armas; aquel hombre cuya robustez se adivinaba bajo la elegante vestimenta, hecho a la vida militar, capaz con un capirotazo de tumbar por tierra al enemigo raquítico y endeble que le acechaba, sentía Luis Pedro que era físicamente suyo, que la suerte se lo entregaba en las manos, como una presa descuidada, inerme. Ya no subyugaba a Luis Pedro la impresión de su pequeñez, ya no se creía átomo en el mundo; dentro de él se desarrollaba una especie de embriaguez lúcida, un rapto de orgullo de esos que transportan. «Llegó el instante. El oscuro, el mísero, el plebeyo, el obrero guarnicionero va a escribir su página de historia. Mi vida, hasta hoy, nada significaba. Era una narración insulsa, un cuento sin sentido, contado por un idiota. Voy a darle su verdadero valor; voy a desahogar lo que dormitaba y latía en mí. Satisfacerse destruyendo a un esbirro, ¡qué miseria! Eso era bueno para Giacinto, naturaleza inferior, vulgar». Y los ojos altaneros y doloridos de Amelia, su boca plegada por amargo desdén, su rubio y terrible ceño de arcángel exterminador, acudieron a la memoria del carbonario. Era la cantidad de sugestión femenil que hay en toda tragedia. «Las almas superiores son solitarias: quieren lo que quieren y no perdonan. Del perdón de un débil han venido las desdichas». Creía Luis Pedro que le iluminaba el fulgor de las brillantes pupilas de la hija del mecánico, cuando, sin ocultarse, sin tomar precaución alguna, como camina el sonámbulo en medio de los mayores peligros y al borde de los precipicios o por la cresta de las nubes, se dirigió a encontrar al Príncipe. Púsole en el hombro la mano izquierda, y con la derecha, que ya llevaba empalmado el puñalito, descargó el golpe, maravillosamente certero, vivo y rápido. Fernando no sintió nada, ni aun el frío del hierro; se figuró que le empujaban, y que iba a dar, por efecto del empujón, contra uno de sus cortesanos. Ninguno entre los acompañantes de Fernando se había hecho cargo de la verdad. El criminal, todavía sostenido por la fiebre semiheroica y la visionaria lucidez que le dictaban en aquel instante lo más acertado, sin que la reflexión interviniese, había desaparecido; al llegar a la esquina de la calle de Richelieu, con serenidad absoluta refrenó el paso y se dirigió lentamente a perderse en la sombra de las arcadas hoy derruidas y cuyos arranques se ven aún, frente al amplio edificio de la biblioteca. Un minuto más y estaba en salvo, fuera del alcance de los que hubiesen podido perseguirle. Nadie le había visto; nadie le conocía de los que en el vestíbulo del teatro casualmente le hubiesen visto antes. Estaban su suerte y su vida en el filo del cuchillo. Respiraba a dos pasos de allí, ejerciendo en un café el oficio de servir a los parroquianos, otro hombre cuya existencia, hasta entonces, no había ofrecido sino vulgarísimos incidentes. Quiso la suerte que en aquel punto saliese del café llevando una bandeja de sorbetes. Luis Pedro apresuró el paso y tropezó con el mozo. Los sorbetes cayeron. El mozo, enfurecido, dio tras el bruto que le estropeaba la mercancía. Corrió, siguió su pista, y al divisarle entre la oscuridad, se arrojó a su cuello, le sujetó, le detuvo… ¡Era tan débil el carbonario! Además, pasado el decisivo episodio, ya oía la voz burlona, la voz infernal de antes, que repetía dentro de su cráneo: «Tú ya hiciste… Ahora es este que te prende quien hace».

Y mientras tanto, en el vestíbulo, Fernando, por instinto, llevaba la mano al costado, a la herida ignorada aún, y encontraba allí, saliente, un estorbo: el mango del puñal. La hoja había entrado toda entera. Un grito cruel; un movimiento más cruel aún, el de arrancar aquel arma fina, triangular, que no perdona. Y la Princesa, volviendo a bajarse del coche, precipitábase ya ciñendo el cuerpo de su marido; a borbotones la sangre empapaba su traje fresco salpicaba sus brazos torneados, desnudos. Empezaba aquella serie de escenas tristes, tiernas, bellas, de una belleza romántico—cristiana; la larga despedida de un moribundo que en todo piensa, que a todos llama a su cabecera, que revela lo que tenía en su corazón, lo que se va de sus venas por el portillo de la herida mortal: el ansia de gloria, el patriotismo, la fe cristiana, el amor conyugal, el paternal, la confesión humilde de pasadas flaquezas… y, por encima de todo, la constante, la ardiente súplica del perdón a su asesino… Cuando el Rey se inclinaba sobre el lecho en que agonizaba Fernando, el lecho que también tenía su historia, los labios ya cárdenos del moribundo murmuraron con ahínco:

—¡Que le perdonen! ¡Que sea perdonado! ¡Todos necesitamos perdón! ¡Somos culpables… muy culpables! Tío y señor… el sí. ¡Ah, Dios mío!… —suspiró ante el silencio regio—. ¡Si perdonasen a ese hombre, comprendo que mis últimos instantes serían más dulces! ¡No llevo ese consuelo a la tumba!…

Y entre los postreros gemidos, entre la febril accesión que turbaba su cerebro, hasta que el ritmo del aliento no levantó ya su noble pecho traspasado, pudo oírse que el nieto de Enrique IV, tan semejante al glorioso antecesor —por lo menos en la muerte—, repetía:

—¡Perdón para él… perdón para él!…

Lecazes entretanto, sorprendido de la prontitud con que caía el tronco, se había acercado al criminal, a quien, en una sala baja, dirigían el primer interrogatorio.

Llevándoselo a una esquina, en voz que de nadie más podía ser oída, le dijo:

—¿Tienes cómplices? ¿Hiciste esto por dinero?

Luis Pedro miró al Ministro despreciativamente y contestó:

—¿Se hacen por dinero estas cosas? Soy el vengador de mi patria, y también de Dorff y de su hija. La dinastía muere. Ya no habrá heredero…

—¡Miserable! —exclamó el Ministro, gozando en torturar aquel alma de sombra—. ¡La Princesa queda encinta!

Palideció Luis Pedro; lo inútil del crimen cayó sobre él como una losa.

—Bien, ya está hecho y lo haría de todas suertes —pensó momentos después, rehaciéndose para conservar aquella sangre fría de la cual dio tan singulares pruebas hasta en el mismo instante en que subía al patíbulo.

El diálogo confidencial y secreto de Lecazes y el asesino se notó, se comentó y fue base de las acusaciones de complicidad que provocaron la caída del Ministro. «Resbaló en la sangre», dijeron del favorito los que le juzgaban complicado en la sombría tragedia.


Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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