En un Vuelo

Arturo Robsy


Cuento



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Wenceslao daba besos a las ranas. En realidad daba besos a todos los batracios, pues no distinguía muy bien a las ranas de los sapos. Los perseguía infatigablemente y, una vez acorralados, los cogía con cuidado y los besaba en su boca de buzón, sumidero de libélulas.

De todas formas, no eran muchas las ranas ni muchos los sapos que conseguía besar, pues Wenceslao era ente de ciudad. Aún así había pillado a varios de vez en cuando.. El primero, a los siete años, cuando estaba con la reciente impresión del cuento aquel en que la rana resultaba príncipe encantado.

El bichejo quedó quieto y perplejo a los pies del niño Wenceslao después del tratamiento por osculación. Desde entonces Wenceslao creyó tener mano con las ranas y consideró que esta práctica del boca a boca era una suerte de quiniela en la que —¿quién sabe?— podía ganar una princesa, un castillo o, al menos un caballo blanco.

Veinticinco años después no había cambiado de opinión, aunque era, en todo lo demás, un hombre normal, es decir, normalizado, redactado en vulgata, con márgenes muy pequeños en el blanco folio de los sueños. Prefería que la gente no supiera que besaba sapos y ranas porque hoy a todo se le da un giro sexual.

Así estaban las cosas el verano en que Wenceslao atrapó a su decimotercer sapo, que no fue sapo ni rana, pero tampoco princesa, hada o caballo blanco. Era un enano, un Puk de Shakespeare o de Kipling, gnomo, elfo, geniecillo o cosa así. Desnudo como una fruta y agradecido como conviene a la tradición:

—No sé —le dijo— cómo tienes estómago para besar a un sapo, pero gracias de todas formas.

Wenceslao también estaba muy contento porque, de repente, el mundo mercantil y político, el mundo industrial y encadenado, era menos real o, quizá no era toda la realidad creíble. Si le había salido un enano del batracio, nada se oponía a que, a la próxima, le tocara una princesa doncella con castillo o, al menos, el caballo blanco, cartujano a ser posible.

—Debes de ser un buen hombre. —dijo el enano después de observarle un rato.— Los malvados tienen caprichos menos inocentes, de manera que te voy a hacer un don mágico, pero tiene que ser A).— Algo que no te sirva para comercial. B).— Algo que no te sirva para destruir. Y, C).— Algo que tenga que ver con tus sueños.

A Wenceslao le dio no sé qué pedir una princesa, cosa del pudor o de la timidez, aunque también pensó que un enano tan pequeño difícilmente las tendría en existencia. El caballo, en cambio, sí que serviría para comerciar, y no digamos un castillo. Se acordó de un sueño en el que él nadaba por el aire y se decidió:

—Quiero volar,. —dijo.

—Bueno. —respondió el enano. Y se escondió definitivamente entre unos matorrales.

Luego resultó que le habían concedido unas alas de tercera, de chico de los recados, y que no volaba más que a quince o dieciséis kilómetros por hora, pero Wenceslao se conformaba con poco y estuvo encantado de revolotear como un jilguero, cuidando de no subir muy alto por si en algún momento fallaba el sortilegio.

Casi todos los hombres han volado, como demuestra el número de agencias de viajes, pero todo los hombres han soñado con volar de otra manera, como quien nada, riéndose y sorprendiendo a los amigos, explicándoles que es muy fácil, que basta con mover así las manos. Después de lo del enano era, en efecto, muy fácil, como si el aire todo fuera un ligero plumón o un mar respirable y seco. A barlovento convenía cerrar la boca pero, volando a sotavento, todo era calma y silencio y se podía cantar muy bien.

Alegremente enredado en sus experimentos, Wenceslao se echaba en el aire como en su cama o se ponía al pairo con los ojos cerrados, meciéndose en la brisa al mismo compás que unos chopos cercanos. Así jugueteando, se encontró en las proximidades de la ciudad, a ocho o diez metros por encima de otros mortales que empezaban a saludarle en alta voz y a señalarle con el dedo. Un niño trató de acertarle de una pedrada pero, gracias a Dios, la piedra era muy chica y el brazo muy corto aún.

El pito de un guardia terminó de volverle a la realidad. Dio varios bandazos al descubrir a tantos cara al cielo, cara al sol, con las manos por visera y las bocas abiertas en la sombra.

—¿Qué hace usted ahí? —le gritó el guardia, como si no lo viera.

—Vuelo. —respondió Wenceslao con precisión.

Aquí empezó su calvario, porque el guardia se puso a tocar el pito, empeñado en que bajara para enseñarle su documentación, incluido el permiso de conducir.

—Esto no basta. Usted vuela, de manera que, ¿dónde está su título de piloto?

—No tengo. No conduzco ningún avión: sólo vuelo.

—¿Ah, sí? ¿Y me quiere hacer creer que vuela sin ningún aparato?

—Habrá descubierto la antigravedad. —dijo uno de los curiosos, lector de ciencia ficción.

No llegó a mencionar al sapo besado ni al enano de las mercedes, porque una cosas es ir a parar a la comisaría y otra muy distinta es dar con los huesos en el manicomio.

El guardia llamó al cabo, el cabo al policía nacional, el sargento nacional al inspector, éste al subcomisario y, al final, el comisario tuvo que atender al negocio del hombre volador, que ya tomaba proporciones de tumulto.

—Usted no es piloto. Hasta para volar alas delta hace falta el título de vuelo sin motor. Todo legal. Además, hay zonas especiales donde hacerlo: carreteras aéreas, pasillos... ¿Por qué cree que existen los controladores? ¿Quién le dice que no estaba en el camino de algún avión, a punto de provocar una catástrofe?

Wenceslao decía que él no, que él era un recién llegado a la aviación, lo cual excusaba su ignorancia. Simplemente creyó inofensivo volar tan bajito.

—¿Qué clase de aparato usaba? ¿Quién se lo vendió? ¿Dónde lo había dejado?

El guardia del pito y los testigos dijeron que no llevaba aparato visible y el de antes volvió a mencionar la antigravedad.

—Tiene que ser el cinturón. —indicó otro policía.

Pero el cinturón era una tira de cuero negro y algo sobado, descolorido ya, que pocas virtudes parecía esconder. Las sospechas no tuvieron más remedio que tomar otro camino:

—¿Está usted seguro de que este hombre volaba? —preguntó el comisario al municipal.

El tumulto que siguió, entre juramentos y desconfianzas, lo tuvo que solucionar el propio Wenceslao, revoloteando por la sala mientras explicaba, como en sueños, lo fácil que era aquello. A gritos le obligaron a aterrizar, porque el comisario era hombre que no escribía según qué cosas en las declaraciones y siempre presumió de mente sólida:

—No veo que haya cometido falta alguna ni menos un delito, de manera que puede irse. Sin embargo le aconsejaría que fuera discreto con esa... habilidad suya. La gente (y algunos guardias municipales) es muy bestia, los campos están llenos de cazadores que regresan a casa sin una sola pieza, de avionetas y de microligeros.

A la salida le esperaba una ambulancia, porque alguien pensó que era necesario, por el bien de la ciencia, hacerle un reconocimiento a fondo: T.A.C., análisis y todas esas modernas torturas.

—Puede tener usted la clave de algo trascendental para la humanidad —le dijeron entre pinchazos— Y también hemos de averiguar cómo son sus cromosomas, porque podría ser una extraordinaria mutación.

Wenceslao huyó dos días después, echándose a volar desde la ventana de su cuarto. Pero, cuando iba a entrar en su casa, vio a dos policías que esperaban y, humilde como era, prefirió darse a la fuga.

Los periódicos, como siempre, no sabían de la misa la media, pero contaban una historia espeluznante sobre alguien volador que podía ser lo mismo un extraterrestre que un electrónico aficionado. El "Volador" había huido de quienes le custodiaban y las autoridades temían por su vida.

Como estas eran palabras mayores, Wenceslao se concentró en la lectura que explicaba cuales eran sus más inmediatos riesgos: los espías de todas partes, cuadrillas multinacionales a la caza del secreto de la antigravedad. La Segunda Bis, el Cesid y todo eso, también dispuestos a que él, con clarísimas aplicaciones militares, no traspasara las fronteras. La mafia, decidida a explotar las virtudes del hombre pájaro en el contrabando de droga. Los terroristas, interesados en él como arma más económica y silenciosa que los bombarderos. Y los biólogos, que no pararían hasta hacerle la autopsia.

Solo como estaba, y buen hombre como era, acabó en una iglesia, y lo que mejor vio del Cristo al que se acercó fueron las lágrimas terribles. En el confesionario le dijo al cura:

—Creí que volar sería hermoso.

—Vuela mejor el pensamiento que todas las aves del cielo, incluidos los buitres. —le respondió el sacerdote, que era filósofo a su manera.— No tengo reparos en creerte la historia de la rana y el enano, pues mi fe me hace creer en la resurrección de los muertos, que es cosa más difícil todavía, pero, ¿has pensado lo que vas a hacer en adelante, hijo mío?

Como no le ayudara el confesor, él se declaraba vencido.

—¿Y qué tal si fueras a buscar al enano? Si él te dio el poder, él te lo podrá quitar.

No era buena idea, aunque fuera la única. A Wenceslao le gustaba volar, le encantaba la sensación de libertad y ligereza y no veía por qué renunciar a su fortuna.

Wenceslao vive ahora en unos peñales grises que dan al sol del mediodía., sobre el mar que es muy hermoso. La colonia de gaviotas ha acabado aceptándole, aunque algunas le miran con relativa desconfianza. Aún así, le han enseñado la técnica del planeo y él, a cambio, trata de explicarles cómo pescar con caña.

Es relativamente feliz y vuela tanto como quiere. Según le explican las gaviotas más viejas, para alcanzar la perfección sólo necesita que le nazcan plumas. Incluso hay una, casi una polluela, que le mira con buenos ojos, amarillos de oro, y le trae alguna sardina que otra a la covacha. Los ecologistas ornitólogos de su lugar secreto estuvieron a punto de traicionar su escondrijo, pero al final todo se solucionó y lo han anillado, igual que a su enamorada, y ha sido como una alianza de un alado matrimonio.


Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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