Entre Naranjos

Vicente Blasco Ibáñez


Novela



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Índice

PRIMERA PARTE
I
II
III
IV
V
VI
SEGUNDA PARTE
I
II
III
IV
V
VI
VII
TERCERA PARTE
I
II
III

PRIMERA PARTE

I

—Los amigos te esperan en el casino. Sólo te han visto un momento esta mañana: querrán oírte; que les cuentes algo de Madrid.

Y doña Bernarda fijaba en el joven diputado una mirada profunda y escudriñadora de madre severa que recordaba a Rafael sus inquietudes de la niñez.

—¿Vas directamente al Casino?...—añadió.—Ahora mismo irá Andrés.

Saludó Rafael a su madre y a don Andrés, que aún quedaban a la mesa saboreando el café, y salió del comedor.

Al verse en la ancha escalera de mármol rojo, envuelto en el silencio de aquel caserón vetusto y señorial, experimentó el bienestar voluptuoso del que entra en un baño tras un penoso viaje.

Después de su llegada, del ruidoso recibimiento en la estación, de los vítores y música hasta ensordecer, apretones de manos aquí, empellones allá, y una continua presión de más de mil cuerpos que se arremolinaban en las calles de Alcira para verle de cerca, era el primer momento en que se contemplaba solo, dueño de sí mismo, pudiendo andar o detenerse a voluntad, sin precisión de sonreír automáticamente y de acoger con cariñosas demostraciones a gentes cuyas caras apenas reconocía.

¿Qué bien respiraba descendiendo por la silenciosa escalera, resonante con el eco de sus pasos! ¡Qué grande y hermoso le parecía el patio con sus cajones pintados de verde, en los que crecían los plátanos de anchas y lustrosas hojas! Allí habían pasado los mejores años de su niñez. Los chicuelos que entonces le espiaban desde el gran portalón, esperando una oportunidad para jugar con el hijo del poderoso don Ramón Brull, eran los mismos que dos horas antes marchaban agitando sus fuertes brazos de hortelanos, desde la estación a la casa, dando vivas al diputado, al ilustre hijo de Alcira.

Este contraste entre el pasado y el presente halagaba su amor propio, aunque allá en el fondo del pensamiento le escarabajease la sospecha de que en la preparación del recibimiento habían entrado por mucho las ambiciones de su madre y la fidelidad de don Andrés con todos los amigos unidos a la grandeza de los Brull, caciques y señores del distrito.

Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, después de algunos meses de estancia en Madrid, permaneció un buen rato inmóvil en el patio, mirando los balcones del primer piso, las ventanas de los graneros—de las que tantas veces se había retirado de niño, advertido por los gritos de su madre;—y al final, como un velo azul y luminoso, un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha de oro los racimos de inflamadas naranjas.

Le parecía ver aún a su padre, el imponente y grave don Ramón, paseando por el patio, con las manos atrás, contestando con pocas y reposadas palabras las consultas de los partidarios que le seguían en sus evoluciones con mirada de idolatras. ¡Si hubiera podido resucitar aquella mañana, para ver a su hijo aclamado por toda la ciudad!...

Un ligero rumor semejante al aleteo de dos moscas turbaba el profundo silencio de la casa. El diputado miró al único balcón que estaba entreabierto. Su madre y don Andrés hablaban en el comedor: se ocuparían de él como siempre. Y cual si temiera ser llamado, perdiendo en un instante el bienestar de la soledad, abandonó el patio, saliendo a la calle.

Las dos de la tarde. Casi hacía calor, aunque era el mes de Marzo. Rafael, habituado al viento frío de Madrid y a las lluvias de invierno, aspiraba con placer la tibia brisa que esparcía el perfume de los huertos por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

Años antes había estado en Italia con motivo de una peregrinación católica: su madre le había confiado a la tutela de un canónigo de Valencia, que no quiso volver a España sin visitar a don Carlos, y Rafael recordaba las callejuelas de Venecia, al pasar por las calles de la vieja Alcira, profundas como pozos, sombrías, estrechas, oprimidas por las altas casas, con toda la economía de una ciudad que, edificada sobre una isla, sube sus viviendas conforme aumenta el vecindario y sólo deja a la circulación el terreno preciso.

Las calles estaban solitarias. Se habían ido a los campos los que horas antes las llenaban en ruidosa manifestación. Los desocupados se encerraban en los cafés, frente a los cuales pasaba apresuradamente el diputado, recibiendo al través de las ventanas el vaho ardiente en que zumbaban choques de fichas y bolas de marfil, y las animadas discusiones de los parroquianos.

Rafael llegó al puente del Arrabal, una de las dos salidas de la vieja ciudad edificada sobre la isla. El Júcar peinaba sus aguas fangosas y rojizas en los machones del puente. Unas cuantas canoas balanceábanse amarradas a las casas de la orilla. Rafael reconoció entre ellas la barca que en otro tiempo le servía para sus solitarias excursiones por el río, y que, olvidada por su dueño, iba soltando la blanca capa de pintura.

Después se fijó en el puente; en su puerta ojival, resto de las antiguas fortificaciones; en los pretiles de piedra amarillenta y roída como si por las noches vinieran a devorarla todas las ratas del río, y en los dos casilicios que guardaban unas imágenes mutiladas y cubiertas de polvo.

Eran el patrono de Alcira y sus santas hermanas; el adorado San Bernardo, el príncipe Hamete, hijo del rey moro de Carlet, atraído al cristianismo por la mística poesía del culto, ostentando en su frente destrozada el clavo del martirio.

Los recuerdos de su niñez, vigilada por una madre de devoción crédula e intransigente, despertaban en Rafael al pasar ante la imagen. Aquella estatua desfigurada y vulgar era el penate de la población, y la cándida leyenda de la enemistad y la lucha entre San Vicente y San Bernardo, inventada por la religiosidad popular, venía a su memoria.

El elocuente fraile llegaba a Alcira en una de sus correrías de predicador y se detenía en el puente, ante la casa de un veterinario, pidiendo que le herrasen su borriquilla. Al marcharse le exigía el herrador el precio de su trabajo, e indignado San Vicente por su costumbre de vivir a costa de los fieles, miraba al Júcar exclamando:

Algún día dirán: así estaba Alsira.

No mentres Bernat estiga,—contestaba desde su pedestal la imagen de San Bernardo.

Y, efectivamente; allí estaba aún la estatua del santo como centinela eterno, vigilando el Júcar para oponerse a la maldición del rencoroso San Vicente. Es verdad que el río crecía y se desbordaba todos los años, llegando hasta los mismos pies de San Bernat, faltando poco para arrastrarle en su corriente; es verdad también que cada cinco o seis años derribaba casas, asolaba campos, ahogaba personas y cometía otras espantables fechorías, obedeciendo la maldición del patrón de Valencia; pero el de Alcira podía más, y buena prueba era que la ciudad seguía firme y en pie, salvo los consiguientes desperfectos y peligros cada vez que llovía mucho y bajaban las aguas de Cuenca.

Rafael, sonriendo al poderoso santo como a un amigo de su niñez, pasó el puente y entró en el Arrabal, la ciudad nueva, anchurosa y despejada—como si las apretadas casas de la isla, cansadas de la opresión, hubiesen pasado en tropel a la ribera opuesta, esparciéndose con el alborozo y el desorden de colegiales en libertad.

El diputado se detuvo en la entrada de la calle donde estaba el Casino. Hasta él llegaba el rumor de la concurrencia, mayor que otros días, con motivo de su llegada. ¿Qué iba a hacer allí? Hablar de los asuntos del distrito, de la cosecha de la naranja o de las riñas de gallos, describirles cómo era el jefe del gobierno y el carácter de cada ministro. Pensó con cierta inquietud en don Andrés, aquel Mentor que por recomendación de su madre, si se despegaba de él alguna vez, era para seguirle de lejos... Pero, ¡bah!, que le esperasen en el Casino. Tiempo le quedaba en toda la tarde para abismarse en aquel salón lleno de humo, donde todos al verle se abalanzarían a él mareándole con sus preguntas y confidencias.

Y embriagado cada vez más por la luz meridional y aquellos perfumes primaverales en pleno invierno, torció por una callejuela, dirigiéndose al campo.

Al salir del antiguo barrio de la Judería y verse en plena campiña, respiró con amplitud, como si quisiera encerrar en sus pulmones toda la vida, la frescura y los colores de su tierra.

Los huertos de naranjos extendían sus rectas filas de copas verdes y redondas en ambas riberas del río; brillaba el sol en las barnizadas hojas: sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de las máquinas del riego, la humedad de las acequias, unida a las tenues nubecillas de las chimeneas de los motores, formaba en el espacio una neblina sutilísima que transparentaba la dorada luz de la tarde con reflejos de nácar.

A un lado alzábase la colina de San Salvador con su ermita en la cumbre, rodeada de pinos, cipreses y chumberas. El tosco monumento de la piedad popular parecía hablarle como un amigo indiscreto, revelando el motivo que le hacía abandonar a los partidarios y desobedecer a su madre.

Era algo más que la belleza del campo lo que le atraía fuera de la ciudad. Cuando los rayos del sol naciente le despertaron por la mañana en el vagón, lo primero que vio, antes de abrir los ojos, fue un huerto de naranjos, la orilla del Júcar y una casa pintada de azul, la misma que asomaba ahora, a lo lejos, entre las redondas copas de follaje, allá en la ribera del río.

¡Cuántas veces la había visto en los últimos meses con los ojos de la imaginación!...

Muchas tardes en el Congreso, oyendo al jefe que desde el banco azul contestaba con voz incisiva a los cargos de las oposiciones, su cerebro, como abrumado por el incesante martilleo de palabras, comenzaba a dormirse. Ante sus ojos entornados desarrollábase una neblina parda, como si espesara la penumbra húmeda de bodega en que está siempre el salón de sesiones; y sobre este telón destacábanse como visión cinematográfica las filas de naranjos, la casa azul con sus ventanas abiertas, y por una de ellas salía un chorro de notas, una voz velada y dulcísima cantando lieders y romanzas que servía de acompañamiento a los duros y sonoros párrafos del jefe del gobierno. De repente, Rafael despertaba con los aplausos y el barullo. Había llegado el momento de votar, y el diputado, viendo todavía los últimos contornos de la casa azul que se desvanecían, preguntaba a su vecino de banco:

—¿Qué, votamos? ¿Sí o no?

La misma visión se le presentaba por las noches en el teatro Real, allí donde la música sólo servía para hacerle recordar la voz del huerto extendiéndose por entre los naranjos como un hilo de oro, y en las comidas con los compañeros de comisión, cuando con el veguero en los labios y retozándoles la alegría voluptuosa de una digestión feliz, iban todos a acabar la noche en alguna casa de confianza donde no corriera peligro su dignidad de representantes del país.

Ahora volvía a ver con intensa emoción aquella casa y marchaba hacia ella, no sin vacilaciones; con cierto temor que no podía explicarse y que agitaba su diafragma, oprimiéndole los pulmones.

Pasaban los hortelanos junto al diputado, cediéndole el borde del camino, y él contestaba distraídamente a su saludo.

Todos ellos se encargarían de contar dónde le habían visto. No tardaría su madre en saberlo. Por la noche tempestad en el comedor de su casa. Y Rafael, siempre caminando hacia la casa azul, pensaba con amargura en su situación. ¿A qué iba allá? ¿Por qué empeñarse en complicar su vida con dificultades que no podía vencer? Recordaba las dos o tres escenas cortas, pero violentas, que meses antes había tenido con su madre. El furor autoritario de aquella señora tan devota y rígida de costumbres, al enterarse de que su hijo visitaba la casa azul y era amigo de una extranjera a la que no trataban las personas decentes de la ciudad y de la que sólo hablaban bien los hombres en el Casino cuando se veían libres de la protesta de sus familias.

Fueron escenas borrascosísimas. Por aquellos días le iban a elegir diputado. ¿Es que quería deshonrar el nombre de la familia comprometiendo su porvenir político? ¿Para eso había arrastrado su padre una vida de luchas, de servicios al partido, realizados muchas veces escopeta en mano? ¿Una perdida podía comprometer la casa de los Brull, arruinada por treinta años de política y de elecciones para los señores de Madrid, ahora que su representante iba a tocar el resultado de tanto sacrificio consiguiendo la diputación y tal vez el medio de salvar las antiguas fincas, abrumadas por el peso de embargos e hipotecas?...

Rafael, anonadado por aquella madre enérgica que era el alma del partido, prometió no volver más a la casa azul, no ver a la perdida, como la llamaba doña Bernarda, con una entonación que hacía silbar la palabra.

Pero de entonces databa el convencimiento de su debilidad. A pesar de su promesa, volvió. Iba por caminos extraviados, dando grandes rodeos, ocultándose como cuando de niño marchaba con los camaradas a comer fruta en los huertos. El encuentro con una labradora; con un chicuelo o con un mendigo, le hacía temblar, a él, cuyo nombre repetía todo el distrito, y que de un momento a otro iba a conseguir la investidura popular, el eterno ensueño de su padre. Y al presentarse en la casa azul tenía que fingir que llegaba por un acto libre de su voluntad, sin miedo alguno. Así, sin que lo supiera su madre, siguió viendo a aquella mujer hasta la víspera de su salida para Madrid.

Al llegar Rafael a este punto de sus recuerdos, preguntábase qué esperanza le movía a desobedecer a su madre, arrostrando su temible indignación.

En aquella casa sólo había encontrado una amistad franca y despreocupada, un compañerismo algo irónico, como de persona obligada por la soledad a escoger entre los inferiores el camarada menos repulsivo. ¡Ay! cómo veía aún las risas escépticas y frías con que eran acogidas sus palabras, que él creía de ardorosa pasión. ¡Qué carcajada aquella, insolente y brutal como un latigazo, el día en que se atrevió a decir que estaba enamorado!

—Nada de romanticismo, ¿eh, Rafaelito?... Si quiere usted que sigamos amigos, sea con la condición de que me trate como a un hombre. Camaradas y nada más.

Y mirándole con sus ojos verdes, luminosos, diabólicos, se sentaba al piano y comenzaba uno de aquellos cantos ideales, como si quisiera con la magia del arte levantar una barrera entre los dos.

Otro día estaba nerviosa; la molestaban las miradas de Rafael, sus palabras de amorosa adoración, y le decía con brutal franqueza.

—No se canse usted. Yo ya no puedo amar: conozco mucho a los hombres, pero si alguno me hiciese volver al amor, no sería usted, Rafaelito.

Y él allí; insensible a los arañazos y desprecios de aquel terrible amigo con faldas; indiferente ante los conflictos que la ciega pasión podía provocar en su casa.

Quería librarse del deseo y no podía. Para arrancarse de tal atracción pensaba en el pasado de aquella mujer: se decía que a pesar de su belleza, de su aire aristocrático, de la cultura con que le deslumbraba a él, pobre provinciano, no era más que una aventurera que había corrido medio mundo, pasando de unos a otros brazos. Resultaba una gran cosa el conseguirla; hacerla su amante; sentirse en el contacto carnal camarada de príncipes y célebres artistas; pero ya que era imposible, ¿a qué insistir comprometiéndose y quebrantando la tranquilidad de su casa?

Para olvidarla rebuscaba el recuerdo de palabras y actitudes, queriendo convertirlas en defectos. Saboreaba el goce del deber cumplido, cuando tras esta gimnasia de su voluntad pensaba en ella sin sentir el deseo de poseerla, una satisfacción de eunuco que contempla frío e indiferente, como pedazos de carne muerta, las desnudas bellezas tendidas a sus pies.

Al principio de su vida en Madrid se creyó curado. Su nueva existencia, las continuas y pequeñas satisfacciones del amor propio, el saludo de los ujieres del Congreso, la admiración de los que venían de allá y le pedían una papeleta para las tribunas; el verse tratado como compañero por aquellos señores, de muchos de los cuales hablaba su padre con el mismo respeto que si fuesen semidioses; el oírse llamar señoría, él, a quien Alcira entera tuteaba con afectuosa familiaridad, y rozarse en los bancos de la mayoría conservadora con un batallón de duques, condes y marqueses, jóvenes que eran diputados como complemento de la distinción que da una querida guapa y un buen caballo de carreras, todo esto le embriagaba, le aturdía, haciéndole olvidar, creyéndose completamente curado.

Pero al familiarizarse con su nueva vida, al perder el encanto de la novedad estos halagos del amor propio, volvían los tenaces recuerdos a emerger en su memoria. Y por la noche, cuando el sueño aflojaba su voluntad en dolorosa tensión, la casa azul, los ojos verdes y diabólicos de su dueña, y la boca fresca, grande y carnosa con su sonrisa irónica que parecía temblar entre los dientes blancos y luminosos, eran el centro inevitable de todos sus ensueños.

¿Para qué resistir más? Podía pensar en ella cuanto quisiera; esto no lo sabría su madre. Y se entregó a unos amores de imaginación, en los cuales la distancia hermoseaba aún más a aquella mujer.

Sintió el deseo vehemente de volver a su ciudad. La ausencia y la distancia parecían allanar los obstáculos. Su madre no era tan temible como él creía. ¡Quién sabe si al volver allá,—ahora que él mismo se creía cambiado por su nueva vida,—le sería fácil continuar aquellas relaciones y preparada ella por el aislamiento y la soledad le recibiría mejor!

Las Cortes iban a cerrarse, y obedeciendo las continuas indicaciones de los partidarios y de doña Bernarda que le pedían que hiciese algo—fuese lo que fuese—algo beneficioso para la ciudad, una tarde, a primera hora, cuando en el salón de sesiones no estaban más que el presidente, los maceros y unos cuantos periodistas dormidos en la tribuna, se levantó con el almuerzo subido a la garganta por la emoción, para pedir al ministro de Fomento más actividad en el expediente de las obras de defensa de Alcira contra las invasiones del río; un mamotreto que contaba unos sesenta años de vida y aún estaba en la niñez.

Después de esto ya podía volver con la aureola de diputado práctico, «celoso defensor de nuestros intereses materiales», como le titulaba el semanario de la localidad, órgano del partido. Y aquella mañana, al bajar del tren, entre los apretones de la muchedumbre, el diputado, sordo a la Marcha Real y a los vivas, se levantaba sobre las puntas de los pies, buscando ver a lo lejos, entre las banderas, la casa azul con sus masas de naranjos.

Al llegar a ella por la tarde la emoción erizaba su epidermis y oprimía su estómago. Pensó por última vez en su madre, amante de su prestigio y temerosa de las murmuraciones de los enemigos; en aquellos demagogos que por la mañana se asomaban a la puerta de los cafés burlándose de la manifestación; pero todos sus escrúpulos se desvanecieron al ver la cerca de altas adelfas y punzantes espinos, las dos pilastras azules en que se apoyaba la puerta de verdes barrotes, y empujando esta entró en el huerto.

Los naranjos extendíanse en filas, formando calles de roja tierra, anchas y rectas como las de una ciudad moderna tirada a cordel, en la que las casas fuesen cúpulas de un verde obscuro y lustroso. A ambos lados de la avenida que conducía a la casa, extendían y entrelazaban los altos rosales sus espinosas ramas. Comenzaban a brotar en ellas los primeros botones anunciando la primavera.

Entre el rumor de la brisa agitando los árboles y el parloteo de los gorriones que saltaban en torno de los troncos, Rafael percibió una música lejana, el sonido de un piano apenas rozado con los dedos, y una voz velada, tímida, como si cantase para si misma.

Era ella. Rafael conocía la música; un lieder de Schubert, el favorito de aquella época; un maestro que «aún tenía lo mejor por descolgar», según decía la artista en el argot aprendido de los grandes músicos, aludiendo a que sólo se habían popularizado las obras más vulgares del melancólico compositor.

El joven avanzaba lentamente, con miedo, como si temiera que el ruido de sus pasos cortase aquella melodía que parecía mecer amorosamente el huerto, dormido bajo la luz de oro de la tarde.

Llegó a la plazoleta, frente a la casa, y vio de nuevo sus palmeras rumorosas, los bancos de mampostería con asiento y respaldo de floreados azulejos. Allí había reído ella muchas veces escuchándole.

La puerta estaba cerrada. Al través de un balcón entreabierto veíase un pedazo de seda azul ligeramente curvado: la espalda de una mujer.

Los pasos de Rafael hicieron ladrar a un perro en el fondo del huerto; huyeron cacareando las gallinas que picoteaban en un extremo de la plazoleta y cesó la música, oyéndose el arrastrar de una silla, como si alguien se pusiera en pie.

Apareció en el balcón una amplia bata de color celeste. Lo único que vio Rafael fueron los ojos, el relámpago verde que pareció llenar de luz todo el hueco del balcón.

¡Beppa! ¡Beppina!—gritó una voz firme, sonora y caliente de soprano.—Apri la porta.

E inclinando su cabeza rubia obscura, cargada de gruesas trenzas, como un casco de oro antiguo, dijo sonriendo con confianza amistosa y burlona:

—Bien venido, Rafaelito. No sé por qué, le esperaba esta tarde. Ya nos hemos enterado de sus triunfos: hasta este desierto llegaron la música y los vivas. Mi enhorabuena, señor diputado. Pase adelante su señoría.

II

Desde Valencia hasta Játiva, en toda la inmensa extensión cubierta de arrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vago título de la Ribera, no había quien ignorase el nombre de Brull y la fuerza política que significaba.

Cual si no se hubiera realizado la unidad nacional, y el país siguiera dividido en taifas o waliatos como cuando existía un rey moro en Carlet, otro en Denia y otro en Játiva, el régimen de elecciones mantenía una especie de señorío inviolable en cada distrito, y al recorrer en el gobierno de la provincia el mapa político, siempre que se fijaban en Alcira, decían lo mismo.

—Ahí estamos seguros. Contamos con Brull.

Era una dinastía que venía reinando treinta años sobre el distrito, cada vez con mayor fuerza.

El fundador de la casa soberana había sido el abuelo de Rafael, el ladino don Jaime, que había amasado la fortuna de la familia con cincuenta años de lenta explotación de la ignorancia y la miseria. Comenzó de escribiente en el ayuntamiento; después había sido secretario del juzgado municipal, pasante del notario y ayudante en el Registro de la propiedad. No quedó empleo menudo de los que ponen en contacto a la ley con el pobre que él no monopolizase, y de este modo, vendiendo la justicia como favor y valiéndose de la arbitrariedad o la astucia para dominar al rebelde, fue haciendo camino y apropiándose pedazos de aquel suelo riquísimo que adoraba con ansias de avaro.

Charlatán solemne que a cada momento hablaba del artículo tantos de la ley aplicable al caso, los pobres hortelanos tenían tanta fe en su sabiduría como miedo a su mala intención, y acudían a solicitar su consejo en todos los conflictos, pagándole como a un abogado.

Cuando hizo una pequeña fortuna, continuó en las modestas funciones para conservar en su persona ese respeto supersticioso que infunde a los labriegos todo el que está en buenas relaciones con la ley, pero en vez de ser un pedigüeño, solicitante eterno del ochavo de los pobres, se dedicó a sacarles de apuros, prestándoles dinero con la garantía de las futuras cosechas.

Dar dinero a préstamo le parecía una mezquindad. Las angustias de los labradores eran cuando moría el caballo y había que comprar otro. Por esto don Jaime se dedicó a vender a los hortelanos bestias de labor más o menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia y que él colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid. Nada de venta a plazos. Dinero al contado; los caballos no eran de él—según afirmaba con la mano puesta en el pecho—y sus dueños querían cobrarlos en seguida. Lo único que podía hacer, obedeciendo a su gran corazón, débil ante la miseria, era buscar dinero para la compra, pidiéndolo a cualquier amigo.

Caía en la trampa el infeliz labriego impulsado por la necesidad y se llevaba el caballo después de firmar con toda clase de garantías y responsabilidades el préstamo de una cantidad que no había visto, pues el don Jaime, representante de un ser oculto que facilitaba el dinero, la entregaba al mismo don Jaime, representante del dueño del caballo. Total: que el rústico adquiría una bestia sin regateo por el duplo de su valor, habiendo además tomado a préstamo una cantidad con crecido interés. En cada negocio de estos, don Jaime doblaba el capital. Después venían inevitablemente los apuros de la víctima; los intereses amontonándose; las nuevas concesiones, más ruinosas todavía, para amansar a don Jaime y que diese un mes de respiro.

Todos los miércoles, día de mercado en Alcira y de gran aglomeración de hortelanos, la calle donde vivía don Jaime era un jubileo. Se presentaban a pedir prórrogas entregando algunas pesetas como donativo gracioso que no influía en la rebaja del débito; solicitaban otros un préstamo humildemente, con timidez, como si vinieran a robar al avariento rábula; y lo extraño del caso era que, según notaban los vecinos, toda aquella gente después de dejar allí cuanto tenía, marchaba contenta, con rostro de satisfacción, como si acabara de librarse de un peligro.

Esta era la principal habilidad de don Jaime. La usura sabía presentarla como un favor; hablaba siempre en nombre de los otros, de los ocultos dueños del dinero y los caballos, hombres sin entrañas que le apretaban a él haciéndole responsable de las faltas de los deudores. Aquellos disgustos los merecía por tener buen corazón, por meterse a hacer favores, y tal convicción sabía infundir a sus víctimas el demonio del hombre, que cuando llegaba el embargo y la apropiación del campo o de la casita, aún decían con resignación muchos de los despojados:

—El no tiene la culpa. ¿Qué había de hacer el pobre si le obligaban? Son los otros; los otros que se chupan la sangre del pobre.

Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquiría un campo aquí, luego otro más allá, después un tercero que unía a los dos, y a la vuelta de pocos años formaban un hermoso huerto de naranjos, adquirido con más trampas y malas artes que dinero efectivo. Así iba agrandando sus propiedades, y siempre risueño, las gafas sobre la frente y el estómago cada vez más voluminoso, se le veía entre sus víctimas, tuteándolas con fraternal cariño, dándolas palmaditas en la espalda cuando llegaban con nuevas peticiones y jurando que le haría morir en la calle como un perro aquella manía de hacer favores.

Así fue prosperando, sin que las burlas de la gente de la ciudad le hicieran perder la confianza de aquel rebaño de rústicos que le temían como a la Ley y creían en él como en la Providencia.

Un préstamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueño del caserón señorial que desde entonces pasó a ser de la familia Brull. Comenzó a frecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que aunque despreciándole, le abrieron un hueco entre ellos con esa instintiva solidaridad de la masonería del dinero. Para adquirir mayores respetos, se hizo devoto de San Bernardo, pagó fiestas de iglesia y estuvo siempre al lado del alcalde, fuese quien fuese. Para él no hubo ya en Alcira otras personas, que las que al llegar la cosecha recogían miles de duros; los demás eran la canalla.

Por entonces, emancipado de los bajos oficios que había desempeñado y dejando los negocios de usura en manos de los que antes le servían de intermediarios, comenzó a preocuparse del casamiento de su hijo Ramón. Era su único heredero, una mala cabeza que alteraba con sus genialidades el bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull descansando de sus rapiñas.

El padre sentía una satisfacción animal al verle grande, fuerte, atrevido e insolente, haciéndose respetar en cafés y casinos, más aún por sus puños que por la especial inmunidad que da el dinero en las pequeñas poblaciones. ¡Cualquiera se atrevería a burlarse del viejo usurero teniendo a su lado tal hijo!

Quería ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchacho hacía referencia a lo que llamaba su vocación. ¿Para eso había trabajado él haciéndose rico? Recordaba la época en que, pobre escribiente, tenía que halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildemente con el espinazo doblado. No quería que a su único hijo lo llevasen de aquí para allá como una máquina.

—¡Mucho dorado!—exclamaba con el desprecio del que no se siente atraído por las exterioridades,—¡mucho galón, pero al fin un esclavo!

Quería a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de la ciudad, completando la grandeza de la familia iniciada por él, apoderándose de las personas, como él se había apoderado del dinero.

Sería abogado; la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehemente deseo de antiguo rábula; ver a su vástago entrando con la frente alta en el vedado de la ley donde él se había introducido siempre cautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con una cadena al pie.

Ramón pasó algunos años en Valencia, sin que pudiera saltar más allá de los prolegómenos del Derecho, por la maldita razón de que las clases eran por la mañana y él tenía que acostarse al amanecer, hora en que se apagan los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Además tenía en su cuarto de la casa de huéspedes una magnífica escopeta, regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacía pasar muchas tardes en el tiro del palomo, donde era más conocido que en la Universidad.

Aquel hermoso ejemplar de belleza varonil, grande, musculoso, bronceado, con unos ojos imperiosos, endurecidos por pobladas cejas, había sido creado para la acción, para la actividad; era incapaz de enfocar su inteligencia en el estudio.

El viejo Brull, que por avaricia y por prudencia, tenía a su hijo a media ración—como él decía—sólo le enviaba el dinero justo para vivir; pero víctima a su vez de aquellas malas artes con las que otro tiempo explotaba a los labriegos, había de hacer frecuentes viajes a Valencia, buscando arreglo con ciertos usureros que hacían préstamos, al hijo en tales condiciones, que la insolvencia podía conducirle a la cárcel.

Hasta Alcira llegaba el rumor de otras hazañas del príncipe, como le llamaba don Jaime al ver la despreocupación con que gastaba el dinero. En las tertulias de familias amigas se hablaba con escándalo de las calaveradas de Ramón; de una riña por cuestión de juego a la salida de un casino; de un padre y un hermano, gente ordinaria, de blusa, que juraban matarle si no se casaba con cierta muchacha a la que acompañaba de día al taller y de noche al baile.

El viejo Brull no quiso tolerar por más tiempo las calaveradas de su hijo y le hizo abandonar los estudios. No sería abogado: al fin no era necesario un título para ser personaje. Además, se sentía achacoso; le era difícil vigilar en persona los trabajos de sus huertos, y necesitaba la ayuda de aquel hijo que parecía nacido para imponer su autoridad a cuantos le rodeaban.

Hacía tiempo que había fijado su atención en la hija de un amigo suyo. En la casa se notaba la falta de una mujer. Su esposa había muerto poco después de retirarse él de los negocios, y el viejo Brull se indignaba ante el descuido y falta de interés de las criadas. Casaría a su Ramón con Bernarda, una muchacha fea, malhumorada, cetrina y enjuta de carnes, que heredaría de sus padres tres hermosos huertos. Además, llamaba la atención por lo hacendosa y económica, con una parsimonia en sus gastos que rayaba en tacañería.

Ramón obedeció a su padre. Educado en los prejuicios de la riqueza rural, creía que una persona decente no podía oponerse a la unión con una hembra fea y arisca, siempre que tuviese fortuna.

El suegro y la nuera se entendían perfectamente. Enternecíase el viejo viendo a aquella mujer seria y de pocas palabras indignarse por el más leve despilfarro de las criadas, gritar a los colonos cuando notaba el menor descuido en los huertos y discutir y pelearse con los compradores de naranja por un céntimo de más o menos en la arroba. Aquella nueva hija era el consuelo de su vejez.

Mientras tanto el príncipe cazaba por la mañana en los montes cercanos, y se pasaba la tarde en el café; pero ya no le satisfacía el aplauso de los que se agrupaban en torno de la mesa de billar, ni visitaba la partida del piso superior. Buscaba la tertulia de las personas serias, era amigo del alcalde y hablaba de la necesidad de que todas las personas pudientes estuviesen unidas para meter en un puño a la pillería.

—Ya le pica la ambición—decía el viejo alegremente a su nuera.—Déjale, mujer; él se abrirá paso... Así le quiero ver.

Comenzó por entrar en el ayuntamiento y pronto adquirió notoriedad. La menor objeción en el consistorio era para él una ofensa personal; terminaba las discusiones en la calle con amenazas y golpes; su mayor gloria era que los enemigos se dijeran:

—Cuidado con Ramón... Mirad que ese es muy bruto.

Y junto con su acometividad, mostraba para captarse amigos, una esplendidez que era el tormento de su padre. Hacía favores, mantenía a todos los que por su repulsión al trabajo y su mala cabeza eran temibles; daba dinero a los que servían de heraldos de su naciente fama en tabernas y cafés.

Su ascensión fue rápida. Los viejos que le protegían y guiaban, se vieron postergados. Al poco tiempo fue alcalde; su influencia, encontrando estrecha la ciudad, se esparció por todo el distrito y encontró firmes apoyos en la capital de la provincia. Libraba del servicio militar a mozos sanos y fuertes; cubría las trampas de los ayuntamientos que le eran adictos, aunque merecieran ir a presidio; lograba que la guardia civil no persiguiera con mucho encono a los roders que, por un escopetazo certero en tiempo de elecciones, iban fugitivos por los montes; y en todo el contorno nadie se movía sin la voluntad de don Ramón, al que los suyos llamaban con respeto el quefe.

Su padre murió viéndole en el apogeo de su gloria. Aquella mala cabeza realizaba su sueño: la conquista de la ciudad, el dominio de los hombres completando el acaparamiento del dinero. Y también antes de morir vio perpetuada la dinastía de los Brull con el nacimiento de su nieto Rafael, producto de los encuentros conyugales instintivos e insípidos de un matrimonio al que sólo unía la costumbre y el deseo de dominación.

El viejo Brull murió como un santo. Salió de la vida ayudado por todos los últimos sacramentos; no quedó clérigo en la ciudad que no empujase en alma camino del cielo, con nubes de incensario en los solemnes funerales, y aunque los pillos, los rebeldes a la influencia del hijo recordaban aquellos días de mercado en los cuales el rebaño de los huertos venía a dejarse esquilar en su despacho de rábula, toda la gente sensata que tenía que perder, lloró la muerte del hombre digno y laborioso que, salido de la nada, había sabido crearse una fortuna con su trabajo.

En el padre de Rafael aún quedaba mucho de aquel estudiantón que tanto había dado que hablar. Sus gustos de libertino rústico le hacían perseguir a las hortelanas, a las muchachuelas que empapelaban la naranja en los almacenes de exportación. Pero tales devaneos quedaban en el secreto; el miedo al quefe ahogaba la murmuración y como además costaban poco dinero, doña Bernarda no se daba por enterada.

No amaba a su marido: tenía el egoísmo de la señora campesina que considera cumplidos todos sus deberes con ser fiel al esposo y ahorrar dinero.

Por una anomalía notable, ella, tan avara, tan guardadora, capaz de palabrotas de plazuela cuando había que defender el dinero de la casa, disputando con jornaleros o con los compradores de la cosecha era tolerante con los despilfarros del esposo para mantener su soberanía sobre el distrito.

Cada elección abría una brecha en la fortuna de la casa. Don Ramón recibía el encargo de sacar triunfante a tal señor desconocido, que apenas si pasaba un par de días en el distrito. Era la voluntad de los que gobernaban allá en Madrid. Había que quedar bien, y en todos los pueblos volteaban corderos enteros sobre las hogueras; corrían a espita rota los toneles de las tabernas; se distribuían puñados de pesetas entre los más reacios o se perdonaban deudas, todo por cuenta de don Ramón; y su mujer, que vestía hábito para gastar menos y guisaba la comida con tal estrechez que apenas si dejaban algo para los criados, era la más espléndida al llegar la lucha, y poseída de fiebre belicosa, ayudaba a su marido a echar la casa por la ventana.

Era esto un cálculo de su avaricia. El dinero esparcido locamente, era un préstamo que cobraría con creces en un día determinado. Y acariciaba con sus ojos penetrantes al pequeñín moreno e inquieto que tenía sobre sus rodillas, viendo en él al privilegiado que recogería el resultado de todos los sacrificios de la familia.

Se había refugiado en la devoción como un oasis fresco y agradable en medio de su vida monótona y vulgar, y experimentaba una sensación de orgullo cuando algún sacerdote amigo la decía a la puerta de la iglesia:

—Cuide usted mucho de don Ramón. Gracias a él la ola de la demagogia se detiene ante el templo y los malos principios no triunfan en el distrito. El es quien tiene en un puño a los impíos.

Y cuando tras una declaración como esta que halagaba su amor propio, dándole cierta tranquilidad para después de la muerte, pasaba por las calles de Alcira con su hábito modesto y su mantilla, no muy limpia, saludada con afecto por los vecinos más importantes, le perdonaba a su Ramón todos los devaneos de que tenía noticia y daba por bien empleados los sacrificios de fortuna.

¡Si no fuera por ellos, qué ocurriría en el distrito!... Triunfarían los descamisados, aquellos menestrales que leían los papeles de Valencia y predicaban la igualdad. Tal vez se repartirían los huertos y querrían que el producto de las cosechas, inmensa pila de miles de duros que dejaban ingleses y franceses, fuese para todos. Pero para evitar tal cataclismo, allí estaba su Ramón, el azote de los malos, el campeón de la buena causa, que la sacaba adelante dirigiendo las elecciones escopeta en mano, y así como sabía enviar a presidio a los que le molestaban con su rebeldía, lograba conservar en la calle a los que con varias muertes en su historia, se prestaban a servir al gobierno sostenedor del orden y de los buenos principios.

Bajaba la fortuna de la casa de Brull, pero aumentaba su prestigio. Las talegas recogidas por el viejo a costa de tantas picardías, se desparramaban por el distrito sin que bastasen a reemplazar su hueco algunas distracciones de fondos municipales. Don Ramón contemplaba impávido aquel derroche, satisfecho de que hablasen de su generosidad tanto como de su poder.

Todo el distrito miraba como una bandera sagrada aquel corpachón bronceado, musculoso, que arbolaba en su parte superior unos enormes mostachos en los cuales comenzaban a brillar muchas canas.

—Don Ramón: debía usted quitarse esos bigotes—le decían los curas amigos con acento de cariñoso reproche.—Parece usted el propio Víctor Manuel, el carcelero del Papa.

Pero aunque don Ramón era un ferviente católico (que casi nunca iba a misa) y odiaba a los impíos verdugos del Santo Padre, sonreía acariciándose los mostachos, muy satisfecho en el fondo de tener alguna semejanza con un rey.

El patio de la casa era el solio de su soberanía. Sus partidarios le encontraban paseando de un extremo a otro, por entre los verdes cajones de los plátanos, con las manos cruzadas en la espalda anchurosa, fuerte y algo encorvada por la edad: una espalda majestuosa, capaz de sostener a todos sus amigos.

Allí administraba justicia, decidía la suerte de las familias, arreglaba la vida de los pueblos; todo con pocas y enérgicas palabras, como un rey moro de los que en aquella misma tierra gobernaban siglos antes a sus súbditos a cielo descubierto. En los días de mercado se llenaba el patio. Deteníanse los carros ante la puerta, todas las rejas de la calle tenían cabalgaduras atadas a sus hierros, y dentro de la casa sonaba el zumbido de la rústica aglomeración.

Don Ramón les escuchaba a todos, gravo, cejijunto, con la cabeza inclinada, teniendo a su lado al pequeño Rafael, apoyándose en él con un ademán copiado de los cromos, donde él había visto a ciertos reyes acariciando al príncipe heredero.

Las tardes de sesión en el Ayuntamiento, el cacique no podía abandonar su patio. En la casa municipal no se movía una silla sin su permiso, pero le gustaba permanecer invisible como Dios, haciendo sentir su voluntad oculta.

Toda la tarde se pasaba en un continuo ir y venir de concejales desde la casa del pueblo al patio de don Ramón.

Los escasos enemigos que tenía en el municipio, gente de oficio—como decía doña Bernarda—devoradora de papeles contrarios al rey y la religión, atacaban al cacique, censuraban sus actos, y todo el rebaño de don Ramón se estremecía de cólera e impotencia. ¡Había que contestar! A ver: uno que fuese a consultar al quefe.

Y salía un regidor corriendo como un galgo, y al llegar a la casa señorial echando los bofes, sonreía y suspiraba con satisfacción viendo que el quefe estaba allí, paseando como siempre por su patio, dispuesto a sacarles del apuro como inagotable Providencia. «Fulano había dicho esto y lo otro». Deteníase en sus paseos don Ramón, meditaba un rato y acababa diciendo con fosca voz de oráculo; «Bueno; pues contestadle aquello y lo de más allá». El partidario salía desbocado como un caballo de carreras; todos sus compañeros se agrupaban ansiosos para conocer la sabia opinión y se establecía un pugilato entre ellos, queriendo cada uno ser el encargado de anonadar al enemigo con las santas palabras, hablando todos a la vez como pájaros que de repente ven la luz y rompen a cantar desaforadamente.

Si el enemigo replicaba, otra vez la estupefacción y el silencio; nueva corrida en busca de la consulta, y así transcurrían las sesiones con gran regocijo del barbero Cupido—la peor lengua de la ciudad—el cual, siempre que se reunía el municipio, decía a los parroquianos:

—Hoy es día de fiesta: corrida de concejales en pelo.

Cuando las exigencias del partido le hacían abandonar la ciudad, era su esposa, la enérgica doña Bernarda, la que atendía las consultas, dando respuestas, en concepto del partido, tan acertadas y sabias como las del quefe.

Esta colaboración en el sostenimiento de la autoridad de la familia era lo único que unía a los esposos. Aquella mujer, falta de ternura, que jamás había experimentado la menor emoción en su roce conyugal y se prestaba al amor con la pasividad de una fiera amansada y fría, enrojecía de emoción cada vez que el jefe admitía como buenas sus ideas. ¡Si ella dirigiera el partido!... Ya se lo decía muchas veces don Andrés, el amigo íntimo de su esposo, uno de esos hombres que nacen para ser segundos en todas partes, y fiel a la familia hasta el sacrificio, formaba con los dos esposos la santa trinidad de la religión de los Brull esparcida por todo el distrito.

Allí donde don Ramón no podía ir, se presentaba don Andrés, como si fuese la propia persona del jefe. En los pueblos le respetaban como vicario supremo de aquel dios que tronaba en el patio de los plátanos, y los que no se atrevían a aproximarse a éste con sus súplicas, buscaban a aquel solterón de carácter alegre y familiar que siempre tenía una sonrisa en su cara tostada cubierta de arrugas y un cuento bajo su bigote recio tostado por el cigarro.

No tenía parientes y pasaba casi todo el día en la casa de Brull. Era como un mueble que interceptaba el paso en las habitaciones, y acostumbrados todos a él, resultaba indispensable para la familia. Don Ramón le había conocido en su juventud de modesto empleado en el ayuntamiento, y le enganchó bajo su bandera, haciéndole al poco tiempo su jefe de estado mayor. Según él, no había en el mundo persona de más mala intención y con más memoria para recordar nombres y caras. Brull era el caudillo que dirigía las batallas; el otro ordenaba los movimientos y remataba a los enemigos cuando estaban divididos y deshechos. Don Ramón era dado a arreglarlo todo con la violencia, y a la menor contrariedad hablaba de echar mano a la escopeta. De seguir sus impulsos, la gente de acción del partido hubiera hecho cada día una muerte. Don Andrés hablaba con seráfica sonrisa de enredarle las patas al alcalde o al elector influyente que se mostraba rebelde y arrojaba un chaparrón de papel sellado sobre el distrito, promoviendo procesos complicados que no terminaban nunca.

Despachaba la correspondencia del jefe; tomaba parte en los juegos de Rafael, acompañándole a pasear por los huertos y cerca de Bernarda, desempeñaba las funciones de consejero de confianza.

Aquella mujer arisca y severa, únicamente se mostraba expansiva y confiada con don Andrés. Cuando esté la llamaba su ama o la señora maestra, no podía evitar un movimiento de satisfacción, y con él se lamentaba de los devaneos del marido. Era un afecto semejante al de las antiguas damas por el escudero de confianza. El entusiasmo por la gloria de la casa les unía con tal familiaridad, que los enemigos murmuraban, creyendo que doña Bernarda, despechada por las infidelidades del cónyuge, se entregaba al lugarteniente. Y don Andrés que sonreía con desprecio cuando le acusaban de aprovechar la influencia del jefe en pequeños negocios, indignábase si la maledicencia se cebaba en su amistad con la señora.

Lo que más íntimamente unía a las tres personas era el afecto por Rafael, aquel pequeño que había de ilustrar el apellido de Brull, realizando las ilusiones del abuelo y el padre.

Era un muchacho tranquilo y melancólico, cuya dulzura parecía molestar a la rígida doña Bernarda. Siempre pegado a sus faldas. Al levantar los ojos, encontraba fija en ella la mirada del pequeño.

—Anda a jugar al patio—decía la madre.

Y el pequeño salía inmediatamente triste y resignado, como obedeciendo una orden penosa.

Don Andrés era el único que le alegraba con sus cuentos y sus paseos por los huertos, cogiendo flores para él, fabricándole flautas de caña. El fue quien se encargó de acompañarle a la escuela y de hacerse lenguas de su afición al estudio.

Si era serio y melancólico, es porque iba para sabio, y en el casino del partido les decía a los correligionarios:

Ya veréis lo que es bueno, así que Rafaelito sea hombre. Ese va a ser un Cánovas.

Y ante aquella reunión de gente tosca, pasaba como un relámpago la visión de un Brull jefe del gobierno, llenando la primera plana de los periódicos con discursos de seis columnas y al final Se continuará; y todos ellos nadando en dinero y gobernando a su capricho España, como ahora manejaban el distrito.

Jamás príncipe heredero creció entre el respeto y la adulación que el pequeño Brull. En la escuela los muchachos le miraban como un ser superior que por bondad descendía a educarse entre ellos. Una plana bien garrapateada; una lección repetida de corrido, bastaban para que el maestro, que era del partido para cobrar el sueldo sin grandes retrasos, dijera con tono profético.

—Siga usted tan aplicado, señor de Brull. Usted está destinado a grandes cosas.

Y en las tertulias a que asistía su madre, le bastaba recitar una fabulita o lanzar alguna pedantería de niño aplicado que desea introducir en la conversación algo de sus lecciones, para que inmediatamente se abalanzasen a él las señoras cubriéndole de besos:

—¡Pero cuánto sabe este niño!... ¡Qué listo es!

Y alguna vieja añadía sentenciosamente:

—Bernarda, cuida del chico; que no estudie tanto. Eso es malo. ¡Mira qué amarillento está!...

Terminó sus estudios superiores con los padres escolapios, siendo el protagonista de los repartos de premios; el primer papel en todas las comedias organizadas en el teatrito de los frailes. El semanario del partido dedicaba un artículo todos los años a los sobresalientes y premios de honor del «aprovechado hijo de nuestro distinguido jefe don Ramón Brull esperanza de la patria que ya merece el título de futura lumbrera».

Cuando Rafael volvía a casa con el pecho cargado de medallas y los diplomas bajo el brazo, escoltado por su madre y media docena de señoras que habían asistido a la ceremonia, besaba a su padre la vellosa y nervuda mano. Aquella garra le acariciaba la cabeza e instintivamente se hundía en el bolsillo del chaleco por la costumbre de agradecer del mismo modo todas las acciones gratas.

—Muy bien—murmuraba la bronca voz.—Así me gusta... Toma un duro.

Y hasta el año siguiente, rara vez se veía el muchacho acariciado por su padre. En ciertas ocasiones, jugando en el patio, había sorprendido la mirada del imponente señor fija en él, como si quisiera adivinar el porvenir.

Don Andrés se encargó de su instalación en Valencia al comenzar los estudios en la Universidad. Se cumpliría el deseo del abuelo abortado en el padre.

—¡Este sí que será abogado!—decía doña Bernarda poseída del mismo afán que el viejo por aquel título que era el ennoblecimiento de la familia.

Y temiendo que la corrupción de la ciudad despertase en el hijo las mismas aficiones del padre, enviaba con frecuencia a don Andrés a la capital y escribía cartas y más cartas a los amigos de Valencia y en especial a un canónigo de su confianza, para que no perdiese de vista al muchacho.

Pero Rafael era juicioso; un modelo de jóvenes serios según decía a su madre el buen canónigo. Los sobresalientes y premios del colegio de Alcira continuaban en Valencia, y además, don Ramón y su esposa se enteraban por los periódicos de los triunfos alcanzados por su hijo en la «Juventud jurídico escolar», una reunión nocturna en un aula de la Universidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendo temas tan originales como si la «Revolución Francesa había sido buena o mala», o «el socialismo, comparado con el cristianismo».

Algunos muchachos terribles, que habían de entrar en casa antes de las diez, so pena de arrostrar la indignación de los padres, se declaraban rabiosos socialistas y asustaban a los bedeles, maldiciendo la propiedad sin perjuicio de proponerse—tan pronto como terminasen la carrera—conseguir una notaría o un registro. Pero Rafael, siempre mesurado y correcto no era de estos; figuraba en la derecha de la docta asamblea, y en todas las cuestiones sostenía el criterio sano, pensando con santo Tomás y otros sabios que le señalaba el canónigo encargado de su dirección.

Estos triunfos no tardaban en ser propalados por el semanario del partido, que para aumentar la gloria del jefe y que los enemigos no le tachasen de parcialidad, comenzaba siempre: «Según leemos en la prensa de la capital»...

—¡Qué muchacho!—decían a doña Bernarda los curas de la población.—¡Qué pico de oro! Ya lo verá usted, será otro Manterola.

Y la devota señora, cuando Rafael por fiestas o vacaciones volvía a casa, cada vez más alto, con modales que a ella se le antojaban la quinta esencia de la distinción y vistiendo con arreglo al último figurín, se decía con una satisfacción de madre fea:

—Será un real mozo. Todas las chicas ricas de la ciudad le desearán. No habrá más que escoger.

Doña Bernarda sentíase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, las manos finas y fuertes, los ojos grandes, aguileña la nariz, la barba rizada y cierta gracia ondulante y perezosa en su cuerpo que le daba el aspecto de uno de esos jóvenes árabes de blanco alquicel y ricas babuchas que forman la aristocracia indígena en las colonias de Africa.

Cada vez que volvía a su casa el estudiante, era recibido por su padre con la misma caricia muda. El duro había sido reemplazado por billetes de Banco, pero la garra poderosa que se posaba sobre su cabeza, acariciábale cada vez con mayor flojedad; pesaba menos.

Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los demás el estado de su padre. Estaba enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave, imponente, hablando apenas; pero adelgazaba, se hundían los fieros ojos, sólo quedaba de él el macizo esqueleto, marcábanse en aquel cuello, que antes parecía la cerviz de un toro, los tendones y arterias entre la piel colgante y flácida, y los arrogantes mostachos, cada vez más blancos, caían con desmayo como una bandera rota.

Al estudiante le sorprendió el gesto de ira, la mirada fiera empañada por lágrimas de despecho con que acogió la madre sus temores:

—Que se muera cuanto antes... ¡Para lo que hace!... Que el señor nos proteja llevándoselo pronto.

Rafael calló, no queriendo ahondar en el drama conyugal que se desarrollaba junto a él, oculto y silencioso.

Aquel sombrío vividor de insaciables apetitos, entregado a una crápula obscura y misteriosa, atravesaba el último torbellino de sus tempestuosos deseos. La virilidad, al sentir la cercanía de la vejez, antes de declararse vencida, ardía en él con más fuerza, y el poderoso jefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Era una puesta de sol que incendiaba su vida.

Siempre grave y con gesto sombrío, corría el distrito como un sátiro loco, sin más guía que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos de autoridad, llegaban como un eco doloroso a la casa señorial, donde su amigo don Andrés intentaba en vano consolar a la esposa.

—¡Pero ese hombre!—rugía iracunda doña Bernarda.—Ese hombre nos va a perder; no mira que compromete el porvenir de su hijo.

Era un apetito loco que, en su furia, se abalanzaba sobre la fruta verde, sin sazonar. Caían anonadadas y temblorosas ante su ardor senil, en las frondosidades de los huertos, en los almacenes de naranja, o al anochecer, al borde de un camino, las vírgenes apenas salidas de la niñez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho liso y los miembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las sucias faldas de la miseria. Por la noche salía de casa pretextando necesidades del partido y le veían entrar en los arrabales buscando jornaleras de formas desbaratadas por la maternidad, a cuyos maridos enviaba con antelación a trabajar en sus huertos. Compraba a docenas zapatos de mujer; pagaba en las tiendas pañuelos y refajos que al día siguiente eran ostentados en las afueras de la ciudad. Los más entusiastas correligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendo de sus debilidades, y señalaban un sinnúmero de arrapiezos del arrabal morenotes, fuertes y ceñudos, como si fueran una reproducción del quefe. Por la noche, cuando don Ramón, rendido por la lucha con el insaciable demonio que le arañaba las entrañas, roncaba dolorosamente con un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de baba en los tristes bigotes, doña Bernarda, incorporada en la cama, los flacos brazos sobre el pecho, le miraba ceñuda, con unos ojos que parecían apuñalarle y rogaba mentalmente:

—¡Señor! ¡Dios mío! ¡Que se muera pronto este hombre! ¡Que acabe tanto asco!

Y el Dios de doña Bernarda debió oírla, pues su marido marchaba rápidamente hacia la muerte, pero como un convencido, sin retroceder ni sentir miedo, impulsado por aquella llama que le consumía; sin preocuparse de la pérdida de sus fuerzas y de la tos que sonaba como un trueno lejano, arrastrándose pavorosamente por las cavernas de su pecho.

—Cuídese usted, don Ramón,—decían los curas amigos, únicos que osaban aludir a los desórdenes de su vida.—Va usted haciéndose viejo y a su edad, vivir como un joven, es llamar a la muerte.

Sonreía el cacique, orgulloso en el fondo de que los hombres conocieran sus hazañas, y volvía a sumirse en su rabiosa hidropesía, sintiendo que cada trago de placer le quemaba con nuevos deseos.

Aún acarició a su hijo el día que le vio entrar en el patio, escoltado por don Andrés, con el título de abogado. Le regaló su escopeta, una verdadera joya, admirada por todo el distrito, y un magnífico caballo. Y como si sólo esperase ver cumplido el deseo del viejo Brull, que él no supo realizar, a los pocos días lanzó su última tos, sonaron quejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, salió con una orla negra de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito llegó la gente como en procesión, para ver si el cadáver del poderoso don Ramón Brull, que sabía detener o acelerar el curso de la justicia en la tierra, se pudría lo mismo que los despojos de los demás hombres.

III

Cuando doña Bernarda se vio sola y dueña absoluta de su casa, no pudo ocultar su satisfacción.

Ahora se vería de lo que era capaz una mujer.

Contaba con el consejo y experiencia de don Andrés, más unido a ella que nunca y con la figura de Rafael, el joven abogado sostenedor del nombre de los Brull.

El prestigio de la familia seguía inalterable. Don Andrés, que con la muerte de su patrón había adquirido en la casa una autoridad de segundo padre, se encargaba de mantener las relaciones con las autoridades de la capital y los señorones de Madrid. En la casa, se atendían lo mismo las peticiones: encontraban igual acogida los partidarios fieles y se hacían idénticos favores, sin que desmayara la influencia en los lugares que don Andrés llamaba «las esferas de la administración pública».

Llegó una elección de diputados, y como siempre, Doña Bernarda sacó triunfante al individuo que le designaron desde Madrid. Don Ramón había dejado la máquina ajustada y montada perfectamente; sólo faltaba el engrase para que siguiera marchando, y allí estaba su viuda, siempre activa, apenas notaba el más leve chirrido en los engranajes.

En el gobierno de la provincia se hablaba del distrito con la misma seguridad que en otros tiempos.

—Es nuestro. El hijo de Brull tiene igual fuerza que su padre.

La verdad era que a Rafael no le interesaba mucho el partido. Mirábalo como una de las fincas de la familia cuya legítima posesión nadie le podía disputar, y se limitaba a obedecer a su madre:—«Ve con don Andrés a Riola. Nuestros amigos se alegrarán de verte». Y emprendía el viaje para sufrir el tormento de una paella interminable, en la cual los partidarios le acongojaban con su regocijo alborotado y los obsequios ofrecidos entre los rústicos dedos.—«Convendría que dejases descansar al caballo unos días. En vez de pasear ve por las tardes al casino. Los correligionarios se quejan porque no te ven». Y abandonando aquellos paseos que eran su único placer, se hundía en un ambiente denso, cargado de gritos y humo, donde había de contestar a los más ilustrados del partido que, llenando de ceniza los platillos del café, querían saber quién hablaba mejor, Castelar o Cánovas, y en caso de una guerra entre Francia y Alemania, cuál de las dos naciones vencería; asuntos que provocaban disputas y enfriaban amistades.

La única relación entablada voluntariamente con el partido era cuando cogía la pluma y fabricaba para el semanario algún artículo sobre «El Derecho y la Moral», o «La Libertad y la Fe», resabios de estudiante aprovechado y laborioso; largas tiradas de lugares comunes con fragmentos de lecciones de Metafísica, que nadie entendía y excitaban por lo mismo la admiración de los correligionarios, los cuales decían a Don Andrés guiñando los ojos:

—¡Qué plumita! ¿eh? Cualquiera discute con él... ¡Qué profundo!...

Cuando su madre no le obligaba por las noches a visitar la casa de algún pudiente, al que convenía tener contento, leía; no ya como en Valencia los libros que le prestaba el canónigo, sino obras que compraba siguiendo las indicaciones de los periódicos; volúmenes que respetaba su madre con la santa veneración que la inspiraba el papel cosido y encuadernado, sólo comparable al desprecio que sentía por los periódicos, dedicados casi todos ellos a insultar las cosas santas y favorecer los instintos de la pillería.

Aquellos años de lectura al azar y sin los escrúpulos y temores de estudiante, abatían sordamente muchas de sus firmes creencias; rompían la horma que los amigos de la madre habían metido en su pensamiento; le hacían soñar con una vida grande, de la que no tenían ni noticias los que le rodeaban.

Las novelas francesas le trasladaban a aquel París que obscurecía el Madrid apenas conocido en su época del doctorado; los relatos de amores despertaban en su cuerpo de joven y virtuoso, sin otros deslices que los vulgares desahogos de la crápula estudiantil, un ardor de aventuras y de complicadas pasiones en el que latía algo del intenso fuego que había consumido a su padre.

Vivía en el mundo ideal de sus lecturas, rozándose con mujeres elegantes, perfumadas, espirituales, de cierto arte en el refinamiento de sus vicios.

Las hortelanas tostadas por el sol que enloquecían a su padre como brutal afrodisíaco, causábanle la misma repugnancia que si fuesen mujeres de otra raza; seres de una casta inferior. Las señoritas de la ciudad, parecíanle campesinas disfrazadas, con los mismos instintos de egoísmo y economía de sus padres, conociendo el precio a que se vendía la naranja, sabiendo el número de hanegadas con que contaba cada aspirante a su cariño, ajustando el amor a la riqueza y creyendo que la honradez consistía en ser implacable con todo el que no se amoldaba a su vida tradicional y mezquina.

Por esto le causaba hondo tedio su existencia monótona y gris, separada por ancho foso de aquella otra vida puramente imaginativa que le envolvía como un perfume exótico y excitante, surgiendo de entre las páginas de los libros.

Algún día se vería libre, levantaría las alas; y esta liberación había de realizarse cuando le eligiesen diputado. Deseaba su mayoría de edad, como el príncipe heredero ansía el momento de ser coronado rey.

Desde niño le habían acostumbrado a esperar este suceso que dividiría su vida en dos, presentándole nuevos caminos para marchar rectamente a la gloria y la riqueza.

—Cuando mi niño sea diputado—le decía la madre en sus raros arrebatos de expansión cariñosa—como es tan guapo, se lo disputarán las chicas y se casará con una millonaria.

Y esperando con impaciencia esta edad, iba transcurriendo la vida de Rafael, sin alteración alguna; una existencia de aspirante, seguro de su destino, que aguarda el paso del tiempo para entrar en la vida. Era como los niños nobles de otros siglos, que, agraciados en la cuna por el monarca con un título de coronel, aguardaban jugando al trompo la hora de ir a ponerse al frente de su regimiento. Había nacido diputado y lo sería; ahora esperaba entre bastidores.

Su viaje a Italia, en la peregrinación papal, fue lo único que alteró la monotonía de su existencia. Guiado por el canónigo, visitó más iglesias que museos: teatros sólo vio dos, aprovechándose de la flojedad que las peripecias del viaje causaban en el carácter austero de su guía. Pasaban indiferentes ante las famosas obras artísticas de los templos y se detenían a venerar cualquier reliquia acreditada por absurdos milagros. Pero aún así pudo ver Rafael confusamente y como de pasada, un mundo distinto al de su país, donde fatalmente debía arrastrarse su existencia. Sintió el roce de la misma vida de placer y pasión que absorbía en los libros como vino embriagador; y aunque de lejos, admiró en Milán la dorada y aventurera bohemia de los cantantes; en Roma, el esplendor de una aristocracia señorial y artista en perpetua rivalidad con la de París y Londres, y en Florencia, la elegancia inglesa emigrada en busca del sol, paseando sus canotiers de paja, las cabelleras de oro de las misses y sus parloteos de pájaro por los jardines donde meditaba el sombrío poeta y relataba Bocaccio sus alegres cuentos para alejar el miedo a la peste.

Aquel viaje, rápido como una visión cinematográfica, dejando en Rafael una confusa maraña de nombres, edificios, cuadros y ciudades, sirvió para dar a sus pensamientos más amplitud y ligereza, para hacer mayor aún el foso que le aislaba dentro de su vida vulgar.

Sentía la nostalgia de lo extraordinario, de lo original; le agitaba el ansia de aventuras de la juventud, y dueño de un distrito heredero de un señorío casi feudal, leía con el respeto supersticioso de un patán, el nombre de un escritor, de un pintor cualquiera; «gente perdida que no tiene sobre qué caerse muerta», según declaraba su madre, pero que él envidiaba en secreto, imaginándose una existencia llena de placeres y aventuras.

¡Cuánto hubiera dado por ser un bohemio como los que encontraba en los libros de Mürger, formando regocijada banda; paseando la alegría de vivir y el fiero amor al arte por ese mundo burgués, agitado por la calentura del dinero y las manías de clases! ¡Talento para escribir cosas hermosas, versos con alas como los pájaros, un cuartito bajo las tejas, allá en el barrio Latino; una Mimi pobre pero sentimental, que le amase hablando entre dos besos de cosas elevadas y no del precio de la naranja como aquellas señoritas que le seguían con ojos tiernos; y a cambio de esto daría la futura diputación y todos los huertos de su herencia, que aunque gravados por el padre con hipotecas y trampas, todavía le proporcionaban una renta deshonrosa para sus ensueños de bohemio!

El continuo contacto con estas fantasías le hacía intolerable su vida de jefe obligado a intervenir en los asuntos de sus partidarios, y a riesgo de enfadar a su madre, huía del casino, buscando la soledad del campo. Allí se desarrollaba con más soltura su imaginación, poblando de seres fantásticos el camino y las arboledas, conversando muchas veces en voz alta con las heroínas de unos amores ideales, arreglados conforme al patrón de la última novela leída.

Una tarde, al finalizar el verano, subía Rafael la pequeña montaña de San Salvador, inmediata a la ciudad. Le gustaba contemplar desde aquella altura el inmenso señorío de la familia. Toda la gente que habitaba la rica llanura—según decía don Andrés describiendo la grandeza del partido—llevaba el apellido de Brull como un hierro de ganadería.

Rafael, siguiendo el camino pedregoso de rápidos zigzags, recordaba las montañas de Asís que había visitado con su amigo el canónigo, gran admirador del santo de la Umbría. Era un paisaje ascético. Los peñascos azulados o rojos asomando sus cabezas a los lados del camino; pinos y cipreses saliendo de sus hendiduras, extendiendo sobre la yerma tierra sus raíces tortuosas y negras como enormes serpientes; a trechos, blancas pilastras con tejadillo, y en el centro, ocupando un hueco, azulejos con los sufrimientos de Jesús en la calle de Amargura. Los cipreses agitaban su puntiagudo gorro verde como queriendo espantar las blancas mariposas que zumbaban sobre los romeros y las ortigas; los pinos extendían arriba su quitasol, proyectando manchas de sombra sobre el camino ardiente, en el cual, la tierra endurecida por el sol, crujía bajo los pies.

Al llegar Rafael a la plazoleta de la ermita, descansó de la ascensión, tendiéndose en el banco de mampostería que formaba una gran media luna ante el santuario.

Reinaba allí el silencio de las alturas. Los ruidos de abajo, todos los rumores de vida y labor incesante de la inmensa llanura, llegaban arrollados y aplastados por el viento, cual el susurro de un lejano oleaje. Entre la apretada fila de chumberas que se extendía detrás del banco, revoloteaban los insectos, brillando al sol como botones de oro, llenando el profundo silencio con su zumbido. Unas gallinas—las del ermitaño—picoteaban en un extremo de la plazoleta, cloqueando y moviendo rudamente sus plumas.

Rafael se abismaba en la contemplación del hermoso panorama. Con razón le llamaban paraíso sus antiguos dueños, aquellos moros cuyos abuelos, salidos de los mágicos jardines de Bagdad y acostumbrados a los esplendores de Las mil y una noches, se extasiaron sin embargo al ver por primera vez la tierra valenciana.

En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado; las cercas y vallados de vegetación menos obscura, cortando la tierra carmesí en geométricas formas; los grupos de palmeras agitando sus surtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar el cielo cayendo después con lánguido desmayo; villas azules y de color de rosa, entre macizos de jardinería; blancas alquerías casi ocultas tras el verde bullón de un bosquecillo; las altas chimeneas de las máquinas de riego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada; Alcira, con sus casas apiñadas en la isla y desbordándose en la orilla opuesta, toda ella de un color mate de hueso, acribillada de ventanitas, como roída por una viruela de negros agujeros. Más allá, Carcagente, la ciudad rival envuelta en el cinturón de sus frondosos huertos; por la parte del mar, las montañas angulosas, esquinadas, con aristas que de lejos semejan los fantásticos castillos imaginados por Doré, y en el extremo opuesto los pueblos de la Ribera alta, flotando en los lagos de esmeralda de sus huertos, las lejanas montañas de un tono violeta, y el sol que comenzaba a descender como un erizo de oro, resbalando entre las gasas formadas por la evaporación del incesante riego.

Rafael, incorporándose, veía por detrás de la ermita toda la Ribera baja; la extensión de arrozales bajo la inundación artificial; ricas ciudades, Sueca y Cullera, asomando su blanco caserío sobre aquellas fecundas lagunas que recordaban los paisajes de la India; más allá la Albufera, el inmenso lago como una faja de estaño hirviendo bajo el sol; Valencia cual un lejano soplo de polvo, marcándose a ras del suelo sobre la sierra azul y esfumada; y en el fondo, sirviendo de límite a esta apoteosis de luz y color, el Mediterráneo; el golfo azul y temblón, guardado por el cabo de San Antonio y las montañas de Sagunto y Almenara que cortaban el horizonte con sus negras gibas como enormes cetáceos.

Mirando Rafael en una hondonada las torres del ruinoso convento de la Murta, casi ocultas entre los pinares, evocaba la tragedia de la reconquista; lamentaba la suerte de aquellos guerreros agricultores cuyos blancos alquiceles aún parecían flotar entre los naranjos, los mágicos árboles de los paraísos de Asia.

Era un cariño atávico. La herencia mora que llevaba en su carácter melancólico y soñador, le hacía lamentar—contrariando sus creencias religiosas—la triste suerte de los creadores de aquel edén.

Se imaginaba los pequeños reinos de los walís feudatarios; señoríos semejantes al de su familia, sólo que en vez de estar cimentados en la influencia y el proceso, se sostenían con la lanza de aquellos jinetes que así labraban la tierra como caracoleaban en juntas y encuentros con una elegancia jamás igualada por caballero alguno. Veía la corte de Valencia con sus poéticos jardines de Ruzafa, donde los poetas cantaban versos melancólicos a la decadencia del moro valenciano, escuchados por las hermosas, ocultas tras los altos rosales. Y después sobrevenía la catástrofe. Llegaban como torrente de hierro los hombres rudos de las áridas montañas de Aragón, empujados al llano por el hambre; los almogávares desnudos, horribles y fieros, como salvajes; gente inculta, belicosa e implacable, que se diferenciaba del sarraceno no lavándose nunca. Varones cristianos arrastrados a la guerra por sus trampas; los míseros terrenos de su señorío empeñados en manos del israelita; y con ellos un tropel de jinetes con cascos alados y cimeras espantables de dragón; aventureros que hablaban diversas lenguas, soldados errantes en busca de la rapiña y el saqueo bajo la cruz; «lo peor de cada casa», que apoderándose del inmenso jardín, se instalaban en los palacios, y se convertían en condes y marqueses para guardar con sus espadas al rey aragonés aquella tierra privilegiada que los vencidos seguirían fecundando con su sudor.

«¡Valencia, Valencia, Valencia! Tus muros son ruinas; tus jardines cementerios, tus hijos esclavos del cristiano»... gemía el poeta cubriéndose los ojos con el alquicel. Y como banda de fantasmas, encorvados sobre sus caballos pequeños, nerviosos, finos, que parecían volar con las patas rectas, arrojando humo por las narices, Rafael veía pasar al pueblo valenciano, a los moros, vencidos y debilitados por la abundancia del suelo, huyendo al través de los jardines, empujados por los invasores brutales e incultos para ir a sumirse en la eterna noche de la barbarie africana.

Y siguiendo con la imaginación la fuga sin término de los primeros valencianos que dejaban olvidada y perdida una civilización cuyos últimos vestigios resucitan hoy en las universidades de Fez, Rafael sentía el mismo disgusto que si se tratara de una desgracia de su familia o su partido.

Mientras en aquella soledad evocaba las cosas muertas, la vida le rodeaba con su agitación. En el tejado de la ermita revoloteaba una nube de gorriones; en la falda de la montaña pastaba un rebaño de ovejas de rojizos vellones, las cuales, al encontrar entre los peñascos alguna brizna de hierba, se llamaban con melancólico balido.

Rafael oyó voces de mujeres que subían por el camino, y tendido como estaba vio aparecer sobre el borde del banco e ir remontándose poco a poco dos sombrillas; una de seda roja, brillante, con primorosos bordados como la cúpula de afiligranada mezquita, la otra de percal rameado, modesta y respetuosamente rezagada.

Dos mujeres entraron en la plazoleta, y al incorporarse Rafael, quitándose el sombrero, la más alta, que parecía la señora, contestó con una leve inclinación de cabeza, y se dirigió al otro extremo, volviéndole la espalda para contemplar el paisaje.

La otra se sentó a alguna distancia de Rafael, respirando penosamente con la fatiga de la ascensión.

¿Quiénes eran aquellas mujeres?... Rafael conocía toda la ciudad y jamás las había visto.

La que estaba cerca de él, era indudablemente una servidora de la otra; la doncella, la acompañante. Vestía de negro, con cierta gracia sencilla, como una de esas soubrettes francesas que él había visto en las novelas ilustradas.

Pero el origen campesino, la rudeza nativa, se revelaba en las manos cortas, con las uñas anchas y aplastadas, y el dorso afeado con ligeras manchas amarillas; en los pies gruesos y pesados, a pesar de mostrarse cubiertos por unas elegantes botinas que delataban con su finura haber pertenecido antes a la señora. Era bonita, con la frescura de la juventud. Tenía unos ojos grises, grandes, crédulos, de cordero sencillo y retozón: el pelo lacio, de un rubio blanquecino, colgaba en desmayadas mechas sobre la cara tostada y rojiza, sembrada de pecas. Manejaba con torpeza la cerrada sombrilla, y de vez en cuando miraba con ansiedad la doble cadena de oro que descendía del cuello a la cintura, como si temiese la desaparición de un regalo largamente solicitado.

Rafael dejó de examinarla para fijarse en su señora. Su vista recorría aquella nuca rematada por la apretada cabellera rubia, como una cimera de oro; el cuello blanco, redondo, carnoso; la espalda amplia y esbelta, oculta, bajo una blusa de seda azul, adelgazando sus líneas rápidamente en el talle y ensanchándose después, para marcar el contorno de las caderas bajo la falda gris ajustada en armónicos pliegues como los paños de una estatua, y por cuyo borde asomaban los sólidos tacones de unos zapatos ingleses, encerrando el pie pequeño, ágil y fuerte.

La señora llamó a su doncella. Su voz sonora, pastosa, vibrante, lanzó unas palabras de las que apenas pudo Rafael alcanzar las principales sílabas. El rumoroso silencio de la altura pareció plegarlas y confundirlas; pero el joven estaba seguro de que no había hablado en español. Era sin duda una extranjera...

Mostraba admiración y entusiasmo ante el panorama; hablaba rápidamente a su doméstica, señalándole las principales poblaciones que desde allí veía, citándolas por sus nombres, que era lo único que llegaba claramente a los oídos de Rafael. ¿Quién era aquella mujer nunca vista que hablaba en idioma extranjero y conocía el país? Tal vez la esposa de algún exportador francés o inglés de los que se establecían en la ciudad para la compra de la naranja. Y obligado por el aislamiento y la vulgaridad de su vida a una dolorosa continencia, devoraba con sus ojos los contornos de aquella mujer, el dorso soberbio, opulento y elegante que parecía desafiarla con su indiferencia.

Vio Rafael cómo cautelosamente salía de su casa el ermitaño, un rústico que vivía de las personas que visitaban aquellas alturas. Atraído por el aspecto de la desconocida señora se presentaba a saludarla ofreciéndola agua de la cisterna y descubrir en su honor la milagrosa virgen.

Volviose la señora para contestar al ermitaño, y entonces pudo contemplarla Rafael con toda tranquilidad. Era alta, muy alta, tal vez tenía su misma estatura, pero amortiguada por curvas que delataban la robustez unida a la elegancia. El pecho opulento y firme y sobre él una cabeza que causó honda impresión en Rafael. Le parecía ver a través de una nube—del cálido vapor de la emoción—los ojos verdes, grandes, luminosos, la nariz graciosa, de alillas palpitantes y rosadas, y aquel cabello rubio que caía sobre la tez blanca, con transparencias de nácar, surcada de venas débilmente azules. Era un perfil de hermosura moderna, graciosa y picante. Rafael creía encontrar en aquellos rasgos la huella de innumerables artistas. La había visto antes. ¿Dónde?... no lo sabía. Tal vez en los periódicos ilustrados, en los álbums de bellezas artísticas; era posible que en las cajas de fósforos que reproducen las beldades de moda. Lo cierto era que ante aquel rostro visto por primera vez, sentía en su memoria la misma impresión que al encontrar una cara amiga tras larga ausencia.

El ermitaño, excitado por la esperanza de la propina, llevábalas hacia la ermita, a cuya puerta se asomaban curiosas su mujer y su hija, deslumbradas por los enormes brillantes que centelleaban en las orejas de la desconocida.

—Entre usted, señoreta—decía el rústico.—Le enseñaré la Virgen ¿sabe usted? la Virgen del Lluch, la legítima, la que vino ella sola desde Mallorca hasta aquí. Allá en Palma creen tener la verdadera, ¿pero qué han de decir ellos? Les hace rabiar la idea de que Nuestra Señora prefiere a Alcira, y aquí la tenemos, probando que es la verdadera con los portentosos milagros que realiza.

Abría la puerta de la pequeña iglesia fresca y sombría como una bodega, mostrando en el fondo, metida en un altar barroco de oro apagado, la pequeña imagen con el manto hueco y la cara negra.

El buen hombre, recitaba a toda prisa, como quien la sabe de memoria, la historia de la imagen. Era la Virgen del Lluch, la patrona de Mallorca. Un ermitaño vino huyendo de allá, no se sabía por qué: tal vez por alguna sarracina de las de aquella época de guerras y atropellos, y para salvar a la Virgen de profanaciones, se la trajo a Alcira, edificando aquel santuario. Llegaron después los de Mallorca para restituirla a su isla, pero como la celestial señora les había tomado ley a Alcira y a sus habitantes, volvió volando sobre el mar sin mojarse los pies, y los baleares, para ocultar este suceso, labraron una imagen igual. Todo era cierto, y como prueba allí estaba el primer ermitaño enterrado al pie del altar, y allí la Virgen con su carita negra a consecuencia del sol y la humedad del mar que la ennegrecieron en su milagroso viaje.

La señora escuchaba al buen hombre sonriendo ligeramente; su doncella aguzaba el oído con el miedo de perder alguna palabra de un idioma comprendido a medias, y sus ojazos de campesina crédula, iban de la imagen al narrador, expresando admiración por tan portentoso milagro. Rafael las había seguido dentro de la ermita, y se aproximaba a la desconocida que afectaba no verle.

—Esta es una tradición—se atrevió a decir cuando el rústico acabó su relato.—Ya comprenderá usted, señora, que aquí nadie acepta tales cosas.

—Así lo creo—contestó gravemente la hermosa desconocida.

Traición o no, Don Rafael—gruñó el ermitaño con descontento—así lo contaba mi abuelo y todos los de su época, y así lo cree la gente. Cuando tanto se ha dicho, por algo será.

En la mancha de sol que proyectaba el hueco de la puerta sobre las baldosas, se marcó la sombra de una mujer.

Era una hortelana pobremente vestida. Parecía joven, pero su cara pálida y flácida como de papel marcando los salientes y cavidades de su cráneo, los ojos hundidos y mates y las mechas de cabello sucio que se escapaban por bajo el anudado pañuelo, dábanla aspecto de enfermedad y miseria. Caminaba descalza, con los zapatos en la mano, balanceándose penosamente, con las piernas abiertas, como si experimentara inmenso dolor al poner las plantas en el suelo.

El ermitaño la conocía mucho, y mientras la infeliz, jadeante por la ascensión, y el dolor de sus pies desnudos, se dejaba caer en un banquillo, contaba él su historia en pocas palabras a la señora y a Rafael.

Estaba muy enferma; una dolencia de la matriz que acababa con ella rápidamente. No creía en los médicos que, según ella, «la engañaban con palabras»; además repugnaba a su pudor de buena mujer, cristianamente educada, prestarse a vergonzosas exhibiciones de los órganos enfermos. Conocía el único remedio: la Virgen del Lluch acabaría por curarla. Y todas las semanas, descalza, con los zapatos en la mano, subía la penosa cuesta, ella que en su huerto apenas podía moverse de la silla y necesitaba que el marido la arrease para cuidar la casa.

El ermitaño se aproximó a la enferma, tomando una pieza de cobre que llevaba en la mano. Quería unos gozos como siempre, ¿eh?

—¡Visanteta, uns gochos!—gritó el rústico asomando a la puerta.

Y entró en la iglesia su hija, una mocetona morenota y sucia, con ojos africanos: una beldad rústica que parecía escapada de un aduar.

Se acomodó en un banco, volviendo la espalda a la virgen con el gesto de mal humor del que se ve obligado a hacer todos los días la misma cosa, y con una voz bronca, desgarrada, furiosa, que hacía temblar las paredes del santuario, comenzó una melopea lenta, cantando la historia de la imagen y sus portentosos milagros.

La enferma, arrodillada ante el altar sin soltar los zapatos, mostrando por entre las faldas las plantas de los pies amoratadas y sangrientas por los arañazos de las piedras, repetía el estribillo al final de cada estrofa, implorando la protección de la Virgen.

Su voz sonaba débil, triste, como un vagido de niño enfermo. Tenía los macilentos ojos fijos en la imagen con una expresión dolorosa de súplica, y se cubrían de lágrimas mientras la voz sonaba cada vez más trémula y lejana.

La hermosa desconocida mostraba cierta emoción ante el espectáculo. La doncella arrodillándose y siguiendo con movimientos de cabeza el sonsonete del canto, rezaba en un idioma que al fin conoció Rafael; era italiano. La señora miraba a la enferma con ojos de conmiseración.

—¡Qué gran cosa es la fe!—murmuró con suspirante voz.

—Sí, señora; una cosa hermosa.

Y Rafael hubiera añadido alguna frase retórica y brillante de las muchas que había leído en los autores sanos, sobre las grandezas de la fe; pero en vano rebuscó en su memoria; no había nada: aquella mujer turbaba profundamente su timidez de solitario.

Terminaron los gozos. Con la última estrofa desapareció la cerril cantante, y la enferma se incorporó trabajosamente, poniéndose en pie tras varias tentativas dolorosas.

El ermitaño se acercó a ella con la obsequiosidad de un tendero que ensalza los géneros del establecimiento.—¿Iba aquello mejor? ¿Probaba la visita a la Virgen?... La pobre enferma, cada vez más pálida, revelando con una mueca de dolor las terribles punzadas que sufría en sus entrañas, no se atrevía a contestar por miedo a ofender a la milagrosa señora. «¡No sabía!... Sí... realmente debía estar mejor... ¡Pero aquella subida!... Esta promesa no había dado tan buen resultado como las anteriores, pero tenía fe: la Virgen sería buena para ella y la curaría».

A la salida de la iglesia, mientras revelaba su esperanza con palabras entrecortadas, fue tanto el dolor, que casi se tendió en el suelo. El ermitaño la colocó en su silla y corrió después a la cisterna para traerla un vaso de agua.

La doncella italiana, con los ojos desmesuradamente abiertos por el susto, quedó ante la pobre mujer consolándola con palabras sueltas que le arrancaba la lástima «¡Povera! ¡poverina!... ¡coraggio!» Y la hortelana, en medio de su desfallecimiento, abría los ojos para mirar a la extranjera, no comprendiendo las palabras, pero adivinando su ternura.

La señora salió a la plazoleta. Parecía hondamente impresionada por aquel dolor. Rafael la seguía fingiéndose distraído, algo avergonzado de su insistencia, y deseando al mismo tiempo una oportunidad para reanudar la conversación.

Respiró con amplitud la señora al verse en aquel espacio abierto, inmenso, donde la vista se perdía en el azul del horizonte.

—¡Dios mío!—dijo como si hablase con ella misma.—¡Qué tristeza y qué alegría al mismo tiempo! Esto es muy hermoso. ¡Pero esa mujer!... ¡esa pobre mujer!

—Hace ya años que la veo así,—dijo Rafael, fingiendo conocerla mucho, a pesar de que hasta entonces rara vez se había fijado en la pobre hortelana.—Todos los de su clase son gente muy especial. Desprecían a los médicos, no les atienden, y se matan con estas bárbaras devociones, de las que esperan la salud.

—¡Quién sabe si lo suyo es lo mejor! El mal es invencible, y la ciencia puede contra él tanto como la fe. A veces, menos aún... ¡Y pensar que reímos y gozamos mientras el mal pasa por nuestro lado rozándonos sin ser visto!...

A esto no supo Rafael qué contestar. ¿Pero qué mujer era aquella? ¡Qué modo de expresarse, caballeros! Acostumbrado el pobre muchacho a las vulgaridades y soseces de las amigas de su madre, y bajo la impresión de aquel encuentro que tan profundamente le turbaba, creía estar en presencia de un sabio con faldas, un filósofo venido de allá lejos, de alguna sombría cervecería alemana, para turbarle bajo el disfraz de la belleza.

La desconocida quedó en silencio, con los ojos fijos en el horizonte. En su boca, grande, de labios sensuales y carnosos, por entre los cuales asomaba la dentadura espléndida y luminosa, parecía apuntar una sonrisa acariciando el paisaje.

—¡Qué hermoso es esto!—dijo sin volverse hacia su acompañante.—¡Cómo deseaba volver a verlo!

Por fin llegaba la ocasión para hacer la ansiada pregunta: ella misma se la ofrecía.

—¿Es usted de aquí?—preguntó con voz trémula, temiendo que su curiosidad fuese repelida por el desprecio.

—Sí, señor—se limitó a contestar la señora.

—Pues es particular. Nunca la he visto a usted...

—Nada tiene de extraño. Llegué ayer.

—¡Ya decía yo!... Conozco a todas las personas de la ciudad. Me llamo Rafael Brull, y soy hijo de don Ramón, que fue muchas veces alcalde de Alcira.

Ya lo había soltado. El pobre muchacho sentía la comezón de revelar su nombre, de decir quién era, de hacer sonar aquel apellido famoso en el distrito, para que su personalidad adquiriera realce ante la desconocida. Influida ella por el ejemplo, tal vez dijese quién era. Pero la hermosa señora se limitó a acoger su declaración con un ¡ah! de fría extrañeza, que no revelaba siquiera si su nombre le era conocido. Pero al mismo tiempo, le envolvió en una rápida mirada investigadora y burlona que parecía decir:

—Este muchacho tiene buena presencia, pero debe ser tonto.

Rafael enrojeció, adivinando que había cometido una simpleza al revelar su nombre sin que nadie se lo preguntara, con la misma prosopopeya que si estuviera en presencia de un rústico del distrito.

Se hizo un silencio penoso. Rafael quería salir de esta situación, le molestaba ver a aquella mujer glacial, indiferente; tratándole con cortesía desdeñosa, sosteniendo con gran corrección las distancias para evitar la familiaridad. Pero puesto ya en la pendiente, se atrevió a seguir preguntando:

—¿Y piensa usted permanecer mucho tiempo en Alcira?...

Rafael creyó que se hundía el suelo bajo sus pies. Una nueva mirada de aquellos ojos verdes: pero esta vez fría, amenazadora, algo así como un relámpago lívido, reflejándose en el hielo.

—No sé...—contestó con una lentitud que parecía subrayar su desdén.—Yo acostumbro a abandonar los sitios cuando me fastidio en ellos.

Y tras una nueva pausa, miró a Rafael de frente, para saludarle con un frío movimiento de cabeza.

—Buenas tardes, caballero.

Rafael quedó anonadado. Vio cómo se dirigió a la portalada del santuario llamando a la doncella. Cada uno de sus pasos, cada balanceo de las arrogantes caderas, parecía levantar un obstáculo entre ella y Rafael. La vio cómo inclinándose cariñosamente sobre la hortelana enferma, abría un pequeño saco de raso que le presentaba su doncella; y rebuscando entre brillantes baratijas y bordados pañuelos sacaba la mano llena, brillando la plata entre sus dedos. La vació sobre el delantal de la asombrada campesina, dio algo también al ermitaño, que no manifestaba menos sobresalto, y abriendo la sombrilla roja emprendió la marcha seguida por la doncella.

Al pasar frente a Rafael, contestó al sombrerazo de éste con una inclinación elegante, casi sin mirarle, y comenzó a bajar la pedregosa pendiente de la montaña.

La seguía el joven con la mirada, al través de los pinos y los cipreses, viendo empequeñecerse aquel cuerpo soberbio de mujer fuerte y sana.

En torno de él parecía flotar aún su perfume, como si al alejarse le dejara envuelto en el ambiente de superioridad, de exótica elegancia que emanaba de su persona.

Vio Rafael aproximarse al ermitaño, ganoso de comunicar su admiración.

¡Quina señora! decía poniendo los ojos en blanco para expresar su entusiasmo.

Le había dado un duro, una rodaja blanca de las que hacía muchos años, por culpa de la poca fe, no subían a aquellas alturas. Y allí estaba Visanteta, la pobre enferma, sentada en la puerta de la ermita mirando fijamente su delantal, como hipnotizada por el brillo del puñado de plata; duros, pesetas dobles y sencillas, monedas de cincuenta céntimos; todo el contenido del bolso; hasta un botón de oro que debía ser de algún guante.

Rafael participaba del asombro. ¿Pero quién era aquella mujer?

¿Yo qué sé?—contestaba el rústico. Y guiándose por las palabras incomprensibles de la doncella, añadía con gran convicción:—Será alguna fransesa... Una fransesa rica.

Volvió Rafael a seguir con la vista las dos sombrillas que descendían la pendiente como insectos de colores. Disminuían rápidamente. Ya no era la grande más que un punto rojo: ya se perdía abajo en la llanura entre las verdes masas de los primeros huertos... ya había desaparecido.

Y al quedar solo, completamente solo, Rafael sufrió una gran explosión de ira. Le parecía odioso aquel lugar donde tan tímido y tan torpe se había mostrado. Le molestaba ver aún allí el relampagueo de aquella mirada fría, repeliéndole, evitando la aproximación. Le avergonzaba el recuerdo de sus estúpidas preguntas.

Y sin contestar al saludo del ermitaño y su familia, se lanzó monte abajo con la esperanza de volver a encontrarla, no sabía dónde. Rodaban las rojas piedras bajo sus pies. El heredero de don Ramón, esperanza del distrito, iba furioso; agitaba sus manos con nervioso temblor, como si quisiera abofetearse. Y con acento agresivo, como si hablase con su yo que abandonando la envoltura del cuerpo caminase delante de él, gritaba:

—¡Imbécil!... ¡estúpido!... ¡¡Provinciano!!

IV

Doña Bernarda no llegó a sospechar el motivo por el cual su hijo se levantó al día siguiente pálido y ojeroso como quien ha pasado una mala noche. Tampoco sus amigos políticos adivinaron por la tarde la razón por la que Rafael, haciendo buen tiempo, fuese a encerrarse en la atmósfera densa del Casino.

Los más bulliciosos correligionarios le rodearon para hablar una vez más de la gran noticia que hacía una semana traía revuelto al partido. Iban a ser disueltas las Cortes; los diarios no hablaban de otra cosa. Dentro de dos o tres meses, antes de finalizar el año, nuevas elecciones, y con ellas el triunfo ruidoso y unánime de la candidatura de Rafael.

Don Andrés y los más graves de sus adeptos, andaban preocupados recordando fechas y haciendo cuentas con los dedos, como cortesanos que forman sus cálculos en vísperas de la declaración de mayor edad del príncipe.

El íntimo amigo y lugarteniente de la casa de Brull, era el más enterado. Si las elecciones se verificaban en la fecha indicada por los periódicos, a Rafael le faltarían unos cuantos meses, cinco o seis, para cumplir los veinticinco años. Pero él había escrito a Madrid consultando a los personajes del partido; el ministro de la Gobernación se mostraba conforme, había precedentes, y aunque a Rafael le faltase el requisito de la edad, el distrito sería para él. Ya no enviarían de Madrid más cuneros. Se acabaron los señorones desconocidos. Y toda la grey brullesca, se preparaba para la lucha con el entusiasmo ruidoso del que sabe que el triunfo está asegurado de antemano.

Todas estas manifestaciones dejaban frío a Rafael. El, que tanto había deseado la llegada de las elecciones para verse libre, allá en Madrid, permanecía insensible aquella tarde como si se tratara de la suerte de otro.

Miraba con impaciencia la mesa de tresillo donde don Andrés con otros tres prohombres jugaba su diaria partida, y esperaba el momento en que viniera cual de costumbre a sentarse junto a él, para que le contemplasen en sus funciones de Regente, cobijando bajo su autoridad y sabiduría de maestro al príncipe heredero.

Bien mediada la tarde, cuando el salón del casino estaba menos concurrido, la atmósfera más despejada, y las bolas de marfil quietas sobre el paño verde, don Andrés dio por terminada la partida, aproximándose a su discípulo, rodeado como siempre por los partidarios más pegajosos y aduladores.

Rafael fingía escucharles mientras preparaba mentalmente la pregunta que desde el día anterior deseaba hacer a don Andrés.

Por fin se decidió:

—Usted que conoce a todo el mundo. ¿Quién es una señora muy guapa que parece extranjera y que encontré ayer en la montañita de San Salvador?

Comenzó a reír el viejo, echando atrás la silla para que su vientre estremecido por la ruidosa carcajada, no chocase con el borde de la mesa.

—¿También tú la has visto?—dijo entre los estertores de su risa.—Pues señor, ¡que ciudad esta! Llegó anteayer, y todos la han visto ya, y no hablan de otra cosa. Tú eres el único que faltaba a preguntarme... ¡Jo! ¡jo! ¡jo! ¡Pero qué ciudad esta!

Después, extinguida su risa, que asombraba a Rafael, continuó más tranquilo:

—Pues esa señora extranjera, como tú dices, es de aquí, y ha nacido en la misma calle que tú. ¿No conoces a doña Pepa, la del médico, como la llaman; una señora pequeña que tiene un huerto junto al río y vive en una casa azul que se inunda siempre que sube el Júcar? Era dueña de la casa que tenéis un poco más arriba de la vuestra, y se la vendió a tu padre; la única compra que hizo don Ramón, ¿no te acuerdas?

Sí, creía conocerla. Poniendo en tensión su memoria salía de los más remotos rincones una señora vieja, arrugada, con la espalda algo curva, y una cara de simpleza y bondad. La veía con el rosario al puño, la silla de tijera al brazo y la mantilla sobre los ojos, como cuando pasaba por frente a su puerta saludando a su madre, la cual decía con aire protector:—Esa doña Pepa es muy buena; un alma de Dios... La única persona decente de su familia.

—Sí; sé quien es; la conozco,—dijo Rafael.

—Pues esa señora extranjera—continuó don Andrés—es sobrina de doña Pepa. La hija de su hermano el médico, una muchacha que hasta ahora ha ido por el mundo cantando óperas. Tú no te acordarás del doctor Moreno, que tanto dio que hablar en sus tiempos...

¡Vaya si se acordaba! No necesitó poner en tortura su memoria. Aquel nombre aún se conservaba fresco entre los recuerdos de la niñez. Representaba muchas noches de sueño alterado por el miedo; de súbitas alarmas en las cuales ocultaba bajo las sábanas la cabeza temblorosa; de amenazas, cuando negándose a dormir porque le acostaban temprano, su madre le decía con voz imperiosa:

—Si no callas y duermes, llamaré al doctor Moreno.

¡Terrible y sombrío personaje! Rafael recordaba como si las hubiera visto al entrar en el casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas; los ojos grandes y ardientes, mirando siempre con exaltación, y el cuerpo alto, con una grandeza que aún parecía mayor al joven Brull, evocándola desde los recuerdos de su infancia. Tal vez era una buena persona; así lo creía Rafael cuando pensaba en aquel lejano período de su vida; pero aún tenía presente el susto que experimentó siendo niño, al encontrar en una calleja al terrible doctor, que le miró con sus ojos de brasa acariciándole las mejillas bondadosamente, con una mano que al arrapiezo le pareció de fuego. Huyó despavorido, como huían casi todos los chicuelos cuando les acariciaba el doctor.

¡Qué horrible fama la suya! Los curas de la población hablaban de él con terribles aspavientos. Era un impío, un excomulgado. Nadie sabía ciertamente qué alta autoridad había lanzado sobre él la excomunión; pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentes y cristianas. Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lo tenía lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todos conteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y en la autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, que sostenía que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a la indignada doña Bernarda, haciéndola repetir todos los chistes que a costa de esta locura soltaban sus amigos los curas los domingos en el púlpito. Y lo peor era que con tales brujerías, no había enfermedad que se resistiera al doctor Moreno. Hacía prodigios en los arrabales, entre la tosca gente de los huertos que le adoraba con tanto afecto como temor. Devolvía la salud a los que habían declarado incurables los viejos médicos de larga levita y bastón con puño de oro, venerables sabios, más creyentes en Dios que en la ciencia, según decía en su elogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se valía de nuevos medicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas y libracos que recibía de muy lejos. A los enemigos les desconcertaba en su murmuración la manía del doctor por curar gratuitamente a los pobres, añadiendo muchas veces una limosna; e indignábales la testarudez con que se negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanos principios que habían tenido que solicitar el permiso de su confesor para ponerse en tales manos.

—¡Pillo! ¡Hereje!... ¡Descamisado!...—exclamaba doña Bernarda.

Pero lo decía en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiempos eran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padre mostrábase por entonces más sombrío que nunca, y apenas salía del patio.

A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y el entrecejo tempestuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros... todos menos la casa de Brull.

La monarquía se la había llevado la mala trampa; legislaban en Madrid los hombres de la revolución de Septiembre. Los industrialillos de la ciudad, rebeldes siempre a la soberanía de don Ramón, tenían fusiles en las manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo a los que antes les habían tenido bajo el pie. Se daban en las calles vivas a la República, faltaba poco para que se encendieran cirios ante la estampa de Castelar; y entre este torbellino de discursos, aclamaciones, Marsellesa a todas horas y percalina tricolor, destacábase el fanático médico, predicando en las plazas, hablando en las eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre en las veladas nocturnas del casino republicano de la ciudad; entusiasta hasta el lirismo, repetía con diversas palabras las mismas odas oratorias del tribuno portentoso que en aquella época corría España de una punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al son de sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de la historia.

La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada al cielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un meeting, pasaba por su calle con banderas al frente, para detenerse un poco más allá, ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo.—«¿Hasta cuándo iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen?» Y aunque nadie la insultaba ni la pedía un alfiler, hablaba de la necesidad de trasladarse a otro punto. Aquellas gentes pedían la República, eran de la Repartidora, como ella decía; al paso que marchaban las cosas, no tardarían en triunfar, y entonces vendría el saqueo de la casa; tal vez el degüello de ella y su hijo.

—¡Déjalos, mujer!—decía el caído cacique con burlona sonrisa—No son tan malos como crees. Que sigan cantando su Marsellesa y dando vivas, ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traerá. Los carlistas se encargarán de hacer triunfar a los nuestros.

Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre. «Un excelente chico, al que los libros habían trastornado». Le conocía mucho; habían ido juntos a la escuela, y jamás quiso unirse al coro de maldiciones contra Moreno. Lo único que pareció molestarle, fue que a raíz de la proclamación de la República, los entusiastas del doctor quisieran enviarle diputado a la Constituyente del 73. ¡Diputado aquel loco, cuando él, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no había osado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que le inspiraba! ¡Aquello era el fin del mundo!...

Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, ¿qué sería del triste rebaño que encontraba en él salud y protección? Además, él era un sedentario. Se sentía ligado a aquella vida de estudio y soledad, en la que cumplía sus gustos sin obstáculo alguno. Sus convicciones le arrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares públicos, provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte en las organizaciones de partido, y después de una reunión pública, pasaba días y días encerrado en casa entre sus libros y revistas, sin más compañía que la de su hermana, dócil devota que le adoraba, aunque lamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una niña rubia que Rafael recordaba apenas, pues la antipatía que inspiraba el padre a las principales familias, obligaba a la pequeña a un forzoso aislamiento.

El doctor tenía una pasión: la música. Todos admiraban su habilidad. ¿Qué no sabría aquel hombre? Según doña Bernarda y sus amigas, aquel talento portentoso era adquirido con malas artes, fruto de su impiedad. Pero esto no impedía que por las noches, cuando hacía sonar el violoncello, acompañado por ciertos amigotes de Valencia que venían a pasar con él algunos días,—todos gente greñuda y estrambótica, que hablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tanta unción como si fuese San Bernardo, el patrón de Alcira,—la gente se agolpase en la calle, siseando para que caminasen más quedo los que poco a poco se aproximaban, y abríanse cautelosamente balcones y ventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.

—Sí, don Andrés—dijo Rafael;—recuerdo perfectamente al doctor Moreno.

El miedo que le había inspirado en la niñez, y las diabólicas melodías que por la noche llegaban hasta su camita, estaban aún frescos en su memoria.

—Pues bien—continuó el viejo;—esa señora es la hija del doctor. ¡Qué hombre aquel! ¡Cómo nos hacía rabiar a tu padre y a mí en el 73! Ahora que todo aquello está tan lejos, te digo que era un buen sujeto. Algo sorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chiflado completamente por la música. Tenía cosas graciosísimas. Se casó con una hortelana muy guapa, pero pobre. Decía que el casamiento era... para perpetuar la especie: éstas eran sus palabras; para echar al mundo gente fuerte y sana. Por esto lo de menos era preocuparse de la posición de la esposa, sino de su caudal de salud. Así se buscó él aquella Teresa, fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le valió a la pobre. Tuvo la niña, y a consecuencia del parto murió a los pocos días, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperados esfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un año.

Los compañeros de Rafael escuchaban con tanta atención como éste. Les agitaba la malsana curiosidad de las pequeñas poblaciones donde el ahondar de la vida ajena es el más vivo de los placeres.

—Y ahora viene lo bueno—continuó don Andrés,—El loco del doctor tenía dos santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas las habitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si no lo sabéis), es un italiano o inglés, no lo sé cierto, de esos que se sacan la música de la cabeza para que la toquen en los teatros o se diviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvo preocupado con el nombre que había de ponerla. Quería llamarla Emilia para hacer así un homenaje a su ídolo Castelar; pero le gustaba más Leonora, (¡fijáos bien! no digo Leonor), Leonora, que según nos dijo él, era el título de la única función escrita por Beethoven, una ópera que leía él a ratos perdidos, como yo leo el periódico. El recuerdo del extranjero pudo más, y envió a su hermana a la iglesia con unas cuantas vecinas pobres a bautizar la niña, con el encargo de que le pusieran por nombre Leonora. Figuráos qué contestaría el cura después de buscar en vano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del ayuntamiento y tuve que intervenir. Era antes de la Revolución; mandaba González Bravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo del orden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Póo. Y sin embargo, ¡floja zambra armó aquel hombre! se plantó en la iglesia, donde no había entrado nunca, empeñado en que bautizasen a la pequeña a su gusto. Después quiso llevársela sin bautizar, diciendo que le tenía sin cuidado este requisito y que sólo lo cumplía por dar gusto a su hermana. En la disputa llamaba con gran retintín a los curas y acólitos reunidos en la sacristía, cuadrilla de bramantes...

—Les llamaría brahamantes—interrumpió Rafael.

—Sí, eso es: y también bonzos; así, por chunga; de esto me acuerdo bien. Por fin, dejó que el cura la bautizase con el nombre de Leonor. Pero como si nada. Al marcharse le dijo al párroco:—«Será Leonora por razones que le placen al padre y que no comprendería usted aunque yo se las explicase». ¡Qué tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padre y yo para amansar a los buenos curas: querían formarle un proceso por sacrilegio, ultrajes a la religión y qué se yo cuántas cosas más. Nos dio lástima. ¡Ay, hijo mío! en aquel tiempo una causa así era más de cuidado que hacer una muerte.

—¿Y cómo ha seguido llamándose?—preguntó un amigo de Rafael.

—Leonora, como quería su padre. Esa muchacha salió idéntica al doctor; tan chiflada como él: su mismo carácter. No la he visto aún; dicen que es muy guapa; se parecerá a su madre, que era una rubia, la más buena moza de estos contornos. Cuando el doctor vistió a su mujer de señora, no era gran cosa como finura, pero nos dejó asombrados a todos...

—Y Moreno ¿qué se hizo?—preguntó otro.—¿Es verdad, como se dijo hace años, que se había pegado un tiro?

—Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. ¡Quién sabe! ¡se marchó tan lejos!... Cuando al caer la República volvió el tiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor aún que al morir su Teresa. Vivía encerrado en su casa. Tu padre era respetado más que nunca; mandábamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid, daba orden a los gobernadores de que abriesen la mano, dejándonos en completa libertad para barrer lo que quedaba de la revolución, y los que antes aclamaban al doctor, huían de él para que nosotros no les tomásemos entre ojos. Alguna tarde salía a pasear por las afueras; iba al huerto de su hermana, junto al río, llevando siempre al lado a Leonora, que ya tenía unos once años. En ella concentraba todo su afecto... ¡Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que toda su banda de amigotes se agarraba a tiros con la tropa en las calles de Alcira, dando vivas a la Federal... Su soledad y la tristeza de la derrota, le hicieron entregarse más que nunca a la música. Sólo tenía una alegría en medio de la desesperación que le causaba el fracaso de sus perversas ideas. Leonora amaba la música tanto como él. Aprendía rápidamente sus lecciones; acompañaba al piano el violoncello del papá, y así se pasaban los días toca que toca, revolviendo todo el inmenso montón de solfas que guardaban en el granero, junto con los libros malditos. Además, la pequeña mostraba cada día una voz más hermosa y sonora. «Será una artista, una gran artista», decía el padre entusiasmado. Y cuando algún arrendatario de sus tierras o uno de sus protegidos entraba en la casa y permanecía embobado ante la chicuela, que cantaba como un ángel, decía el doctor con entusiasmo: «¿Qué os parece la señorita?... Algún día estarán orgullosos en Alcira de que haya nacido aquí».

Se detuvo don Andrés para coordinar sus recuerdos y añadió tras larga pausa:

—La verdad es que no puedo deciros más. En aquella época, como ya mandábamos, apenas si me trataba con el doctor. Le perdimos de vista; no le hacíamos caso. La musiquilla oída al pasar frente a su casa, era lo único que nos le traía a la memoria. Supimos un día, por su hermana doña Pepa, que se había ido con la niña, lejos, muy lejos, a aquella ciudad donde estuviste tú, Rafael: a Milán, que, según me han contado, es el mercado de todos los que cantan. Quería que su Leonora fuese una gran tiple. Ya no le vimos más. ¡Pobre hombre!... La cosa debió marchar bien. Cada año escribía a su hermana para que vendiese un campo, y en unos cuantos voló toda la fortunita que el doctor había heredado de sus padres. La pobre doña Pepa, siempre tan buena, hasta vendió la casa que era de los dos hermanos, para enviarle el último dinero y se trasladó al huerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarenta horas. Después... después ya no he sabido nada cierto. ¡Dicen tantas mentiras! Unos, que el pobre Moreno se pegó un tiro al verse abandonado por su hija, que ya cantaba en los teatros; otros que murió en un hospital solo como un perro. Lo único cierto es que murió el infeliz y que su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido la maldita. ¡Qué modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado con reyes. Y de dinero no digamos. ¡Qué modo de ganarlo y de tirarlo, hijos míos! Esto quien lo sabe es el barbero Cupido. Como se cree artista porque toca la guitarra, y además, figura entre los de la cáscara amarga y le tenía gran simpatía al padre, es el único de la ciudad que ha seguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer. Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre más sonoro y raro, un apellido extranjero. Como es tan métomeentodo ese Cupido y en su barbería se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alquería de doña Pepa a saludar a la eminente artista, como él dice. Cuenta que no acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener una casa; de trajes de seda... ¡la mar!; sombreros, no sé cuantos; estuches sobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todavía la maldita encargó a Cupido que avisara al jefe de estación para que envíe, así que llegue, lo que falta por venir; el equipaje gordo, un sinnúmero de bultos que llegan de muy lejos, del otro rincón del mundo, y cuestan un capital por su traslado... ¡Y, eche usted!... ¡Claro! ¡Para lo que le cuesta de ganar!

Guiñaba los ojos maliciosamente y reía como un fauno viejo, dándole con el codo a Rafael, que le escuchaba absorto.

—¿Pero se queda aquí?—preguntó el joven.—¿Acostumbrada a correr el mundo, le gusta este rincón?

—Nada se sabe de eso—contestó don Andrés;—ni el mismo Cupido pudo averiguarlo. Estará hasta que se canse. Y para aburrirse menos se ha traído la casa encima como el caracol.

—Pues es fácil que se aburra pronto—dijo un amigo de Rafael.—¡Si cree que aquí la van a admirar y mimar como en el extranjero!... ¡La hija del doctor Moreno! ¡del médico descamisado, como le llama mi padre! ¿Han visto ustedes qué personajes?... Y luego, ¡con una historia! Anoche se hablaba de su llegada en todas las casas decentes y no hubo señor que no prometiese abstenerse de todo trato con ella. Si cree que Alcira es como esas tierras donde se baila el can can y no hay vergüenza, se lleva chasco.

Don Andrés se reía con una expresión de perro viejo.

—Sí; ¡hijos míos! se lleva chasco. Aquí hay mucha moral, y sobre todo, mucho miedo al escándalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, pero no queremos que nadie se entere. Me temo que esa Leonora se pase la vida sin más sociedad que la de su tía, que es tonta, y la de una criada franchuta que dicen ha traído... Aunque ella ya se lo recela. ¿Sabéis lo que le dijo ayer a Cupido? Que venía aquí únicamente por el deseo de vivir sola, de no ver gente, y cuando el barbero le habló del señorío de Alcira, hizo un gesto burlón como si se tratara de gente despreciable de poco más o menos. Esto es lo que más se comentaba anoche por las señoras. ¡Ya se ve: acostumbrada a ser la querida de grandes personajes!...

Por la arrugada frente de don Andrés pareció pasar una idea provocando su risa.

—¿Sabes lo que pienso, Rafael? Que tú que eres joven y guapo, y has estado en aquellos países, podías dedicarte a conquistarla, aunque sólo fuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aquí también hay personas. Dicen que es muy guapa y ¡qué demonio! la cosa no será difícil. ¡Cuando sepa quién eres!...

Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulación, convencido de que el prestigio de su príncipe era tal, que forzosamente había de turbar a toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, después de la escena de la tarde anterior, le parecían una crueldad.

Don Andrés se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una pavorosa visión y añadió con tono respetuoso:

—Pero no: fuera bromas. No hagas caso de lo que digo. Tu madre sufriría un gran disgusto.

El nombre de doña Bernarda, representación de la temible virtud, al caer en medio de la conversación puso serios a todos los del corro.

—Lo que más extraño—dijo Rafael que deseaba desviar la conversación—es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han pasado años y más años, sin que nadie pronunciase su nombre.

—Estas son cosas de aquí—contestó el viejo.—Los de vuestra edad no la habíais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija, han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversación a esa mujer, que, como dice tu madre es la deshonra de Alcira. De vez en cuando se sabía algo; una noticia que Cupido pescaba en los periódicos y propagaba por ahí; una revelación de la tonta doña Pepa, que contaba a los curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras que se inventaban no se sabe dónde ni por quien. Todo esto quedaba oculto como el fuego bajo la ceniza. Si a esa muchacha no se le hubiera ocurrido volver a Alcira... nada. Pero ha venido, y de pronto todos hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando las noticias de muchos años. ¿Queréis creerme, hijos míos? Yo la he considerado siempre una pájara de cuenta, pero aquí se miente mucho... mucho; se le levanta un mal testimonio al mismo verbo divino; y no será tanto como dicen... ¡Si fuese uno a hacer caso! ¿No era el pobre don Ramón el más grande hombre de esta tierra? ¿Y qué cosas no decían de él?...

Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuanto deseaba. Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació; sus infancias habían transcurrido casi juntas y, sin embargo, en el primer encuentro de su vida, se habían sentido separados por la frialdad de lo desconocido.

Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad, vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y la ciudad no iría a ella.

¿Cómo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde, paseando sin rumbo por las calles de buscar en su tienda al barbero Cupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa. Pero lo detuvo el miedo a su lengua murmuradora.

A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella barbería empapelada con láminas de El Motín y presidida por el retrato de Pí y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, donde jamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquella mujer, sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?

Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sin atreverse a poner la mano en el picaporte, y acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul, que nunca había llamado su atención, y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

Por entre la arboleda veía el balcón de la casa y con él una mujer desdoblando ropas brillantes, de finos colores; faldas que sacudía para borrar los pliegues de la opresión en las maletas.

Era la doncella italiana; aquella Beppa de pelo rojizo que había visto en la tarde anterior, acompañando a su señora.

Creyó que la muchacha le miraba, que le reconocía por entre el follaje, a pesar de la distancia, y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que se ve sorprendido en plena travesura, volvió la espalda y se alejó rápidamente hacia la ciudad, experimentando después cierta satisfacción, como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora, sólo con llegar a las inmediaciones de la casa azul.

V

Las primeras lluvias del invierno caían con insistencia sobre la comarca. El cielo gris, cargado de nubes, parecía tocar la copa de los árboles. La tierra rojiza de los campos obscurecíase bajo el continuo chaparrón; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos de los huertos, convertíanse en barrancos; paralizábase la vida laboriosa del cultivo y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encogíanse bajo el diluvio, como protestando de aquel cambio brusco en el país del sol.

El río crecía. Las aguas rojas y gelatinosas, como arcilla líquida, chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montones removidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas al Júcar seguían con mirada ansiosa el curso del río y plantaban en la orilla cañas y palos para convencerse de la subida de su nivel.

¿Munta?...—preguntaban los que vivían en el interior.

Sí que munta—contestaban los ribereños.

El agua subía con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente había echado raíces en medio de su curso.

Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban más allá de una alarmada curiosidad. Nadie sentía miedo ni abandonaba su casa para pasar los puentes, buscando un refugio en tierra firme. ¿Para qué? Aquella inundación sería como todas. Era inevitable de vez en cuando la cólera del río: hasta había que agradecerla, pues constituía diversión inesperada; una agradable paralización de trabajo. La confianza moruna daba tranquilidad a la gente. Lo mismo había hecho en tiempo de sus padres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llevó la población: algunas casas la vez que más. ¿Y había de sobrevenir ahora la catástrofe?... El río era el amigo de Alcira: se guardaban el afecto de un matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevase seis o siete siglos de vida común. Además, para la gente menuda, estaba allí el padre San Bernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y único capaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos de olas rojizas.

Llovía día y noche, y sin embargo, la ciudad, por su animación, parecía estar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el mal tiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad de la corriente, o descendían por las callejuelas vecinas al río para colocar señales, aguardando que la lámina de agua, ensanchándose, llegase hasta ellas.

La gente de los cafés se deslizaba por las calles al abrigo de los grandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, y después de mirar al río, bajo el débil abrigo de sus paraguas, volvían muy ufanos, parándose en todas las casas, para dar su opinión sobre la crecida.

Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecías, que agitaban la ciudad de un extremo a otro, con el calor y la vehemencia de la sangre meridional. Se disputaba, se enfriaban amistades, por si en media hora el río había subido cuatro dedos o uno solo; y faltaba poco para venir a las manos por si esta riada era más importante que la anterior.

Y mientras tanto el cielo, llorando incesantemente por sus innumerables ojos; el río hinchándose de rugiente cólera, lamiendo con sus lenguas rojas la entrada de las calles bajas, asomábase a los huertos de las orillas y penetraba por entre los naranjos, después de abrir agujeros en los setos y en las tapias.

La única preocupación era si llovería al mismo tiempo en las montañas de Cuenca. Si bajaba agua de allá, la inundación sería cosa seria. Y los curiosos hacían esfuerzos al anochecer por adivinar el color de las aguas, temiendo verlas negruzcas, señal cierta de que venían de la otra provincia.

Cerca de dos días duraba aquel diluvio. Cerró la noche y en la obscuridad sonaba lúgubre el mugido del río. Sobre su negra superficie reflejábanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casas ribereñas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.

En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de las puertas. Las mujeres y los chicos refugiábanse en los graneros, y los hombres, arremangados de piernas, chapoteaban en el líquido fangoso, poniendo en salvo los aperos de labranza, o tirando de algún borriquillo que retrocedía asustado, metiéndose cada vez más en el agua.

Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de la noche, con la casa inundada, perdió la calma burlona de que había hecho alarde durante el día. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscaba con infantil ansiedad una protección, un poder fuerte que atajase el peligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ¿Quién sabe si serían ellos los destinados a perecer con las últimas ruinas de la ciudad?... Las mujeres gritaban asustadas al ver las míseras callejuelas convertidas en acequias.

¡El pare San Bernat!... ¡Que traguen al pare San Bernat!

Los hombres se miraban con inquietud. Nadie podía arreglar aquello como el glorioso patrón. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para que hiciese el milagro.

Había que ir al ayuntamiento: obligar a los señores de viso, gente algo descreída, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.

En un momento se formó un verdadero ejército. Salían de las lóbregas callejuelas, chapoteando en el agua como ranas, vociferando su grito de guerra: ¡San Bernat! ¡San Bernat! Los hombres, remangados de piernas y brazos, o desnudos, sin otra concesión al pudor que la faja, esa prenda que jamás se despega de la piel del labriego; las mujeres con las faldas a la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas de bestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropas mustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo, iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscaban crepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre la vociferante multitud.

¡San Bernat! ¡San Bernat!... ¡Viva el pare San Bernat!

Pasaban por las calles con el estrépito y la violencia de un pueblo amotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de los aleros. Abríanse puertas y ventanas, uniéndose nuevas voces a la delirante aclamación, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosaba la negra avalancha.

Iban todos al ayuntamiento, furiosos y amenazantes como si solicitaran algo que podían negarles, y entre la muchedumbre veíanse escopetas, viejos trabucos y antiguas pistolas de arzón enormes como arcabuces. Parecía que iban a matar al río.

El alcalde, con todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de la casa de la ciudad. Habían llegado corriendo, seguidos de alguaciles y gente de la ronda, para hacer frente al motín.

¿Qué voleu?—preguntaba el alcalde a la muchedumbre.

¡Qué había de querer! El único remedio, la salvación; llevar al santo omnipotente a la orilla del río para que le metiera miedo con su presencia; lo que venían haciendo siglos y siglos sus ascendientes, gracias a lo cual aún existía la ciudad.

Algunos vecinos que eran mal mirados por la gente del campo, a causa de su incredulidad, sonreían. ¿No sería mejor desalojar las casas cercanas al río? Una tempestad de protestas seguía a esta proposición. ¡Fuera! ¡Querían que saliese el santo! ¡Que hiciera el milagro, como siempre!

Y acudía a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios, aprendidos en la niñez sobre las faldas de la madre; las veces que en otros siglos había bastado asomar a San Bernardo a un callejón de la orilla, para que inmediatamente el río se fuera hacia abajo, desapareciendo como el agua de un cántaro que se rompe.

El alcalde, fiel a la dinastía de los Brull, estaba perplejo. Le atemorizaba el populacho y quería acceder, como de costumbre, pero era grave falta no consultar al quefe. Por fortuna, cuando la gran masa negra comenzaba a revolverse indignada por su silencio y salían de ella silbidos y gritos hostiles, llegó Rafael.

Doña Bernarda le había hecho salir al primer asomo de la popular manifestación. En aquellas circunstancias era cuando se lucía su marido, dando disposiciones que de nada servían. Pero al volver el río a su normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebaño admiraba sus sacrificios, llamándole el padre de los pobres. Si el milagroso santo había de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las elecciones de diputados estaban próximas; la inundación no podía llegar con más oportunidad. Nada de imprudencias, ni de darla un susto; pero debía hacer algo, para que la gente hablase de él como hablaba de su padre en tales casos.

Por esto Rafael, después de hacerse explicar por los más exaltados el deseo de la manifestación ordenó con majestuoso ademán:

—Concedido: que saquen a San Bernat.

Entre un estrépito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha se dirigió a la iglesia.

Había que hablar con el cura para sacar el santo, y el buen párroco, bondadoso, obeso y un tanto socarrón, se resistía siempre a acceder a lo que él llamaba una tradicional mojiganga. Le complacía poco salir en procesión, bajo un paraguas, con la sotana remangada, perdiendo a cada paso los zapatos en el barro. Además, cualquier día, después de sacar en rogativa a San Bernardo, el río se llevaba media ciudad, ¿y en qué postura,—como decía él—quedaba la religión por culpa de aquella turba de vociferadores?

Rafael y sus acólitos del ayuntamiento se esforzaban por convencer al cura, pero éste sólo contestaba a su petición preguntando si venía agua de Cuenca.

—Creo que sí—dijo el alcalde.—Ya ve usted que con esto aumenta el peligro y se hace más precisa la salida del santo.

—Pues si viene agua de allá—contestó el párroco,—lo mejor es dejarla pasar, y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos se han de tocar con mucha discreción, créanme ustedes... Y si no acuérdense de aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes. Sacamos el santo, y poco faltó para que el río se lo llevara agua abajo.

La muchedumbre inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era una escena extraña ver al hombre de iglesia protestando en nombre del buen sentido; pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas por varios siglos de fanatismo.

—Puesto que ustedes lo quieren, sea—dijo por fin.—Saquen el santo y que Dios se apiade de nosotros.

Una aclamación inmensa de la muchedumbre, que llenaba la plaza de la iglesia, saludó la noticia. Seguía cayendo la lluvia y sobre las apretadas filas de cabezas cubiertas con faldas, mantas y alguno que otro paraguas, pasaban las rojizas llamas de los hachones tiñendo de escarlata las mojadas caras.

Sonreía la gente bajo aquel temporal con la confianza del éxito; gozándose por adelantado con el terror del río apenas entrase en él la bendita imagen. ¿Qué no podría San Bernardo? Su historia portentosa, como un romance de moros y cristianos, inflamaba todas las imaginaciones. Era un santo de la tierra: el hijo segundo del rey moro de Carlet. Por su talento, su cortesía y su hermosura, obtuvo tanto éxito en la corte del rey de Valencia, que llegó a ser su primer ministro, y cuando su señor tuvo que andar en tratos con el rey de Aragón, envió a Barcelona a San Bernardo, que entonces se llamaba el príncipe Hamete.

En su viaje, llega una noche a las puertas del monasterio de Poblet. Los cánticos de los cistercienses, difundiéndose místicos y vagorosos en la calma de la noche al través de las ojivas, conmueven el alma del joven sarraceno, que se siente atraído a la religión de los enemigos por el encanto de la poesía. Se bautiza, toma el blanco hábito de San Bernardo de Clairveux y vuelve algún tiempo después al reino de Valencia para predicar el cristianismo. Le respeta la tolerancia con que los monarcas sarracenos acogían todas las doctrinas religiosas, y convierte a sus dos hermanas, dos hermosas moras que toman los nombres de Gracia y María, e inflamadas de santo entusiasmo quieren acompañar al hermano en sus predicaciones.

Pero el viejo rey de Carlet había muerto. En el mando del pequeño estado feudatario, especie de jefatura de kabila militar, le había sucedido su primogénito, el arrogante Almanzor, un moro brutal y orgulloso, que se afrenta de que individuos de su familia vayan por los caminos rotos y miserables, predicando una religión de mendigos, y con unos cuantos jinetes sale en persecución de sus hermanos. Los encuentra junto a Alcira ocultos en la orilla del río; con un revés de su espada, corta el cuello a las dos hermanas y San Bernardo es crucificado y le taladran la frente con un clavo enorme. Así pereció el santo patrón, adorado con fervor por los pequeños; el príncipe hermoso, convertido en vagabundo y pordiosero, sacrificio que halagaba a los más pobres de sus devotos.

La muchedumbre recordaba esta historia, repetida de generación en generación, sin más crédito que las tradiciones ni otros documentos justificantes que la fe popular, y daba vivas al padre San Bernardo, convencida de que era el primer ministro de Dios como lo había sido del rey moro de Valencia.

Se organizaba rápidamente la procesión. Por las estrechas calles de la isla corría la lluvia formando arroyos, y descalzos o hundiendo sus zapatos en el agua, llegaban hombres con hachones y trabucos; mujeres guardando sus pequeñuelos bajo la hinchada tienda que formaban las sayas subidas a la cabeza. Presentábanse los músicos con las piernas desnudas, levita de uniforme y emplumado chacó, semejantes a esos jefes indígenas que adornan su desnudez con casacas y tricornios de deshecho.

Frente a la iglesia brillaban como un incendio los grupos de hachones, y al través del gran hueco de la puerta veíanse, cual lejanas constelaciones, los cirios de los altares.

Casi todo el vecindario estaba en la plaza, a pesar de la lluvia cada vez más fuerte. Muchos miraban al negro espacio con expresión burlona. ¡Qué chasco iba a llevarse! Hacía bien en aprovechar la ocasión soltando tanto agua; ya cesaría de chorrear tan pronto como saliese San Bernardo.

La procesión comenzaba a extender su doble cadena de llamas entre el apretado gentío.

¡Vítol el pare San Bernat!—gritaban a la vez un sinnúmero de voces roncas.

¡Vítol les chermanetes!—añadían otros corrigiendo la falta de galantería de los más entusiastas.

Porque las hermanitas, las santas mártires Gracia y María, también figuraban en la procesión. San Bernardo no iba solo a ninguna parte. Era cosa sabida hasta por los niños, que no había fuerza en el mundo capaz de arrancar al santo de su altar si antes no salían las hermanas. Juntas todas las caballerías de los huertos, y tirando un año, no conseguirían moverle de su pedestal. Era éste uno de sus milagros acreditados por la tradición. Le inspiraban las mujeres poca confianza—según decían los comentadores alegres—y no queriendo perder de vista a sus hermanas, para salir él de su altar, habían de ir éstas por delante.

Asomaron a la puerta de la iglesia las santas hermanas, balanceándose en su peana sobre las cabezas de los devotos.

¡Vítol les chermanetes!

Y las pobres chermanetes, goteando por todos los pliegues de sus vestiduras, avanzaban en aquella atmósfera casi líquida, obscura, tempestuosa, cortada a trechos por el crudo resplandor de los hachones.

Los músicos probaban los instrumentos preparándose a soplar la Marcha Real. En el hueco iluminado de la puerta se marcó algo que brillaba sobre las cabezas como un ídolo de oro. Avanzaba pesadamente, con fatigoso cabeceo, como movido por las olas de un mar irritado.

La multitud lanzó un rugido. La música rompió a tocar.

¡Vítol el pare San Bernat!

Pero la música y las aclamaciones quedaron ahogadas por un estrépito horripilante, como si la isla se abriera en mil pedazos, arrastrando la ciudad al centro de la tierra. La plaza se llenó de relámpagos. Era una verdadera batalla, descargas cerradas, arcabuzazos sueltos, tiros que parecían cañonazos. Todas las armas del vecindario saludaban la salida del santo. Los viejos trabucos cargados hasta la boca, tronaban con fogonazos que quitaban la vista, chamuscando a los más cercanos; disparábanse los pistolones de arzón entre las piernas de los fieles; repetían sus secas detonaciones las escopetas de fabricación moderna, y la muchedumbre aficionada a correr la pólvora, arremolinábase gesticulante y ronca, enardecida por el excitante humo mezclado con la humedad de la lluvia y por la presencia de aquella imagen de bronce, cuya cara redonda y bondadosa de frailecillo sano, parecía adquirir palpitaciones de vida a la luz de las antorchas.

Ocho hombres forzudos y casi en cueros encorvábanse bajo el peso del santo. Las oleadas de gente estrellábanse contra ellos, haciendo vacilar las andas. Dos atletas despechugados, admiradores del santo, marchaban a ambos lados, conteniendo el gentío.

Las mujeres, sofocadas por la aglomeración, empujadas y golpeadas por el vaivén, rompían a llorar con la vista fija en el santo, agitadas por un sollozo histérico.

¡Ay, pare San Bernat! ¡Pare San Bernat, salveumos!

Otras sacaban chiquillos de entre los pliegues de sus faldas, y levantándoles sobre sus cabezas, buscaban los brazos de los dos poderosos atletas.

¡Agárralo! ¡Qu' el bese!

Y el atleta, por encima de la gente, agarraba al chiquillo con una mano que parecía una garra. Le asía del primer sitio que encontraba; elevábale hasta el nivel del santo para que besase el bronce y lo devolvía como una pelota a los brazos de su madre. Todo con rapidez, automáticamente, dejando un chiquillo para coger otro, con la regularidad de una máquina en función. Muchas veces el impulso era demasiado rudo; chocaban las cabezas de los niños con sordo ruido, aplastábanse las tiernas narices contra los pliegues del metálico hábito, pero el fervor de la muchedumbre parecía contagiar a los pequeños; eran los futuros adoradores del fraile moro, y rascándose los chichones con las tiernas manecitas, se tragaban las lágrimas y volvían a adherirse a las faldas de sus madres.

Detrás del glorioso santo marchaban Rafael y los señores del ayuntamiento con gruesos blandones; el cura, bufando al sentir las primeras caricias de la lluvia, bajo el gran paraguas de seda roja con que le cubría el sacristán; y la muchedumbre de hortelanos confundidos con los músicos, que más atentos a mirar donde ponían los pies que a los instrumentos, entonaban una marcha desacorde y rara. Seguían los tiros, las aclamaciones delirantes a San Bernardo y sus hermanas, y rodeado de un nimbo rojo por el resplandor de las antorchas, saludada en cada esquina por una descarga cerrada, iba navegando la imagen sobre aquel oleaje de cabezas azotado por la lluvia que, a la luz de los cirios, tomaba la transparencia de hilos de cristal. Y en torno del santo, los brazos de los atletas siempre en movimiento, subiendo y bajando chiquillos que babeaban el mojado bronce del padre San Bernardo. En balcones y ventanas aglomerábanse las mujeres con la cabeza resguardada por las faldas. El paso del santo provocaba profundos suspiros, dolorosas exclamaciones de súplica. Era un coro de desesperación y de esperanza.

¡Salveumos, pare San Bernat!... ¡Salveumos!...

La procesión llegó al río, pasando y repasando el puente del arrabal. Reflejáronse las inquietas llamas en las olas lóbregas del río, cada vez más mugientes y aterradoras. El agua todavía no llegaba al pretil como otras veces. ¡Milagro! Allí estaba San Bernardo que la pondría freno. Después la procesión se metió en las lenguas del río que inundaban los callejones.

Era un espectáculo extraño ver toda aquella gente empujada por la fe, descendiendo por las callejuelas convertidas en barrancos. Los devotos, levantando el hachón sobre sus cabezas, entraban sin vacilar agua adelante hasta que el espeso líquido les llegaba cerca de los hombros. Había que acompañar al santo.

Un viejo temblaba de fiebre. Había cogido unas tercianas en los arrozales, y sosteniendo el hachón con sus manos trémulas, vacilaba antes de meterse en el río.

Entre, agüelo—gritaban con fe las mujeres.—El pare San Bernat el curará.

Había que aprovechar las ocasiones. Puesto el santo a hacer milagros se acordaría también de él.

Y el viejo, temblando bajo sus ropas mojadas, se metió resueltamente en el agua dando diente con diente.

La imagen iba entrando con lentitud en los callejones inundados. Los robustos gañanes, encorvados bajo el peso de las andas, se hundían en el agua; sólo podían avanzar ayudados por un grupo de fieles que se cogían a la peana por todos lados. Era una confusa maraña de brazos nervudos y desnudos saliendo del agua para sostener al santo; un pólipo humano que parecía flotar en la roja corriente sosteniendo la imagen sobre sus lomos.

Detrás iban el cura y los mandones a horcajadas sobre algunos entusiastas que para mayor lustre de la fiesta, se prestaban a hacer de caballerías, llevando ante las narices el cirio, de los jinetes.

El cura, asustado al sentir el frío del agua cerca de la espalda daba órdenes para que el santo volviera atrás. Ya estaba al final de la callejuela, en el mismo río; se notaban los esfuerzos desesperados, el recular forzado de aquellos entusiastas que comenzaban a sufrir el impulso de la corriente. Creían que cuando más entrase el santo en el río más pronto bajarían las aguas. Por fin el instinto de conservación les hizo retroceder y salieron de una callejuela para entrar en otra, repitiendo la misma ceremonia. De pronto cesó de llover.

Una aclamación inmensa, un grito de alegría y triunfo sacudió a la muchedumbre.

¡Vítol el pare San Bernat!... ¿Y aún dudaban de su inmenso poder los vecinos de los pueblos inmediatos?... Allí estaba la prueba. Dos días de lluvia incesante, y de repente, no más agua; había bastado que el santo saliera a la calle.

E inflamadas por el agradecimiento las mujeres lloraban, abalanzándose a las andas del santo, besando en ellas lo primero que encontraban, los barrotes de los portadores o los adornos de la peana; y toda la fábrica de madera y bronce sacudíase como una barquilla entre el oleaje de cabezas vociferantes, de brazos extendidos y trémulos por el entusiasmo.

Aún anduvo la procesión más de una hora por las inmediaciones del río, hasta que el cura que chorreaba por todas las puntas de su sotana y llevaba cansados más de doce feligreses convertidos voluntariamente en cabalgaduras, se negó a pasar adelante. Por voluntad de aquella gente, el paseo de San Bernardo hubiese durado hasta el amanecer. Pero lo que respondía el cura:—«¡Lo que al santo le tocaba hacer ya lo ha hecho! ¡A casa!»

Rafael, dejando el cirial a uno de los suyos, se quedó en el puente entre un grupo de conocedores del país, que lamentaba los daños de la inundación. Llegaban a cada instante, no se sabía cómo noticias alarmantes de los daños causados por el río. Tal molino estaba aislado por las aguas, y sus habitantes refugiados en el tejado, disparaban las escopetas pidiendo auxilio. Muchos huertos habían desaparecido bajo las aguas. Las pocas barcas que había en la ciudad iban como podían por aquel inmenso lago salvando familias, expuestas a estrellarse contra los obstáculos sumergidos, teniendo que librarse con desesperados golpes de remo de la veloz corriente.

Y a pesar del peligro, la gente hablaba con una relativa tranquilidad. Estaban habituados a aquella catástrofe casi anual, la inundación era un mal inevitable de su vida y lo acogían con resignación. Además, hablaban de los telegramas recibidos por el alcalde con expresión de esperanza. Al amanecer tendrían auxilio. Llegaría el gobernador de Valencia con los marineros de guerra y se llenaría de barcas la laguna. No quedaban más que unas cuantas horas de espera. Lo importante era que no subiese el nivel del agua.

Y se consultaban las señales puestas en el río, promoviéndose terribles discusiones. Rafael vio que aún seguía subiendo, aunque con lentitud.

Los hortelanos no querían convencerse. ¿Cómo había de crecer el río después de entrar en él el pare San Bernat? No, señor; no subía: eran mentiras para desacreditar al santo. Y un mocetón de ojos feroces hablaba de vaciarle el vientre de una cuchillada a cierto burlón que aseguraba que el río subiría sólo por el gusto de dejar mal parado al milagroso fraile.

Rafael se acercó al grupo, y a la luz de una linterna reconoció al barbero Cupido, un maldito guasón de rizadas patillas y nariz aguileña, que tenía gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gente sencilla.

Brull conocía mucho al barbero. Era una de sus admiraciones de adolescente. El miedo a su madre fue lo único que le impidió de muchacho el frecuentar aquella barbería, refugio de la gente más alegre de la ciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos y romanzas amorosas que ponían en conmoción a toda la calle. Además, aquel Cupido era el excéntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado y mordaz a quien todo se toleraba; el hombre que se permitía tener cosas y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era el único que podía burlarse de la tiranía de los Brull, sin que esto le impidiese la entrada en el Casino del partido, donde los jóvenes admiraban sus chistes y sus trajes estrambóticos.

Rafael le quería, aunque su trato con él no fuese muy íntimo. Entre la gente solemne y conservadora que le rodeaba, aparecíasele el barbero como el único hombre con quien podía hablar. Casi era un artista. Iba a Valencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios, y en un rincón de su tienda tenía montones de novelas y periódicos ilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por el continuo roce de los parroquianos.

Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no había de ver con buenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; le tuteaba por haberle conocido niño, y decía de él en todas partes.

—Es el mejor de la familia; el único Brull que tiene más talento que malicia.

No ocurría suceso en Alcira que él ignorase; todas las debilidades y ridiculeces de los personajes de la ciudad, las hacía públicas en su barbería para regocijo de los de la cáscara amarga que se reunían allí a leer los órganos del partido. Los señores del ayuntamiento temían al barbero más que a diez periódicos, y cuando en alguno de los discursos que los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madrid leían algo sobre la «hidra revolucionaria», o «el foco de la anarquía», se imaginaban una barbería como la de Cupido, pero mucho más grande, esparciendo por toda la nación una atmósfera venenosa de burlas crueles y perversas insolencias.

No ocurría en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigo al barbero. Bien podía desarrollarse en lo último del arrabal o en algún huerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese allí Cupido para enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenir entre los contendientes y relatar después con mil detalles todo lo ocurrido.

Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianos les servían dos mancebos, tan locos como su maestro: dos chicuelos a los que Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor, según los ingresos repartidos entre los tres fraternalmente. Y si el maestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno con traje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitábanse la cabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas de billar, con gran alborozo de la ciudad, que acudía a ver los «chinos de Cupido».

Una inundación era para el barbero un gran día. Cerraba la tienda y se establecía en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante un gran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones y mentiras, dando noticias que, según él, acababa de remitirle el gobernador por telégrafo y con arreglo a las cuales, antes de dos horas no quedaría en la ciudad piedra sobre piedra y hasta el milagroso San Bernardo iría a parar al mar.

Cuando Rafael le encontró en el puente después de la procesión, estaba próximo a venir a las manos con unos cuantos rústicos, indignados por sus impiedades.

Separándose de los grupos hablaron los dos de los peligros de la inundación. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le habían dicho que el río se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido en un huerto. No sería esta la única desgracia. Caballos y cerdos habían pasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojos remolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.

EL barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael le oía, mirándole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que no se atrevía a indicar. Por fin se decidió:

—Y en la casa azul, en ese huerto de doña Pepita, donde tú vas algunas veces, ¿no ocurrirá algo?

—La casa es fuerte—contestó el barbero—y no es esta la primera inundación que aguanta... Pero está cerca del río y el huerto será un lago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobre sobrina de doña Pepa tendrá un buen susto... ¡Mira que venir de tan lejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!...

Rafael pareció reflexionar un rato, como si acabara de ocurrírsele la proposición que danzaba en su cabeza desde mucho antes.

—Si fuéramos allá... ¿Qué te parece Cupido?

—¡Ir allá!... ¿Y cómo?

Pero la proposición, por su audacia, forzosamente había de agradar a un hombre como el barbero, el cual acabó riendo, como si la aventura fuese graciosísima.

—Es verdad; podríamos ir. Tendrá chiste que la célebre diva nos vea llegar como unos venecianos para darla una serenata en medio de su susto... Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra.

—No, Cupido del demonio: fuera guitarras. ¡Qué cosas se te ocurren! Lo que importa es prestar auxilio a esas señoras. Ya ves, ¡si ocurriera una desgracia!...

El barbero, atajado en su proyecto novelesco fijó sus ojos en Rafael.

—Tú te interesas también por la ilustre artista... ¡Ah pillo! También te ha dado golpe por guapa... Pero ya recuerdo; tú la has visto: me lo dijo ella.

—¡Ella!... ¿ella te ha hablado de mí?

—Algo sin importancia. Me dijo que te había visto en la ermita una tarde.

Y Cupido se calló lo demás. No dijo que Leonora, al nombrarle, había añadido que le parecía «un muchacho tonto».

Rafael mostrábase entusiasmado por la noticia. ¡Había hablado de él! ¡No olvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!... ¿Qué hacía aún allí, inmóvil, en el puente, cuando allá abajo estarían necesitando la presencia de un hombre?

—Oye, Cupido; ahí tengo mi barca; ya sabes; la que mi padre encargó a Valencia para regalármela. Costillaje de acero; madera magnífica; más segura que un navío. Tú entiendes el río... más de una vez te he visto remar; yo no soy manco... ¿Vamos?

—Andando—dijo el barbero con resolución.

Buscaron una antorcha, y ayudados por varios mocetones, trajeron la barca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.

El río mugía con sordo hervor en torno del bote, pugnando por arrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda, manteniéndolo junto a la orilla.

Arriba en el puente, entre los grupos corría la noticia de la expedición, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba de salvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, mísera gente que iba a perecer de un momento a otro. Lo había sabido Rafael y allá iba a salvarles exponiendo su vida; él tan rico, tan poderoso. ¡Qué hombres todos los de la familia de Brull!... ¿Y aún había quien hablaba contra ellos? ¡Qué corazón! Y los pobres huertanos seguían el movimiento de la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre las aguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoración a Rafael, encorvado en la popa para sujetar bien el timón. De la obscuridad partían ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fieles entusiastas que querían acompañar al quefe; ahogarse con él si era preciso.

Cupido protestaba. No; para aquella empresa cuanto menos gente mejor; la barca había de estar ligera: él se bastaba para los remos y don Rafael para el timón.

—¡Solteu! ¡solteu!—ordenó el hijo de doña Bernarda.

Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, después de algunos cabeceos, partió como una flecha, arrastrada por la corriente.

Encajonado el brazo del río entre la ciudad vieja y la nueva, las aguas altas y veloces arrastraban el bote como una rama. El barbero sólo había de mover los remos para desviar la barca de la orilla. Los obstáculos sumergidos producían grandes remolinos que sacudían la embarcación, y a la luz de la antorcha que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veíanse pasar troncos de árboles, cadáveres de animales, objetos informes que apenas si asomaban una punta negra en la superficie, y hacían pensar en ahogados, cubiertos de barro, flotando entre dos aguas. Arrastrados por la vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del río como si mascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael se creía en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de su audacia. De las casas inmediatas al río partían gritos. Se iluminaban las ventanas. En sus huecos algunas sombras saludaban con brazos que parecían aspas, aquella llama roja que resbalaba sobre el río, marcando la línea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidos en sus asientos. Había corrido la noticia de la expedición por toda la ciudad y la gente gritaba saludando el rápido paso de la barca: ¡Viva don Rafael! ¡viva Brull!

Y el héroe que causaba admiración exponiendo su vida por salvar una familia pobre, hundido en la obscuridad, en aquella atmósfera pegajosa y pesada de tumba, pensaba únicamente en la casa azul, donde iba a penetrar por fin, pero de un modo extraño y novelesco.

De vez en cuando un crujido, un salto de la barca, le volvían a la realidad.

—¡Ese timón!—gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de las aguas.—¡Atención Rafaelito! Evita los choques.

Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus sólidas maderas y su costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazos con los sumergidos obstáculos.

Daban rápidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se veían casas con ventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias; inabordables riberas de barro y cañaverales sumergidos; un poco más allá el río libre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudad y unían sus corrientes extendiéndose como inmenso lago.

Los dos hombres iban a la ventura. Carecían, para guiarse, de las señales normales. Habían desaparecido las riberas, y en la obscuridad, más allá del círculo rojo de la antorcha, sólo se veía agua y más agua, una inmensa sábana que se desarrollaba en incesante movimiento, arrastrándoles en sus ondulaciones. De vez en cuando, a ras de la líquida superficie, surgía una mancha negra; las crestas de los cañaverales inundados; las copas de los árboles; vegetaciones extrañas y monstruosas que parecían enroscarse en la sombra.

El silencio era absoluto. El río, libre de la opresión de la ciudad, no mugía ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos los vestigios de la tierra. Los dos hombres se creían náufragos abandonados en un mar sin límites, en una noche eterna, sin otra compañía que la llama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetaciones sumergidas que aparecían y desaparecían como los objetos vistos desde un tren a gran velocidad.

—Boga, Cupido—dijo Rafael.—La corriente es muy fuerte; aún estamos en el río. Vamos hacia la derecha; a ver si nos metemos en los huertos.

El barbero se encorvó sobre los remos, y la barca, siempre impelida por la corriente, comenzó a torcer su proa con lentitud, buscando aquella vegetación que asomaba a flor de agua como los sargazos del Océano.

La barca comenzó a tropezar con obstáculos invisibles. Eran capas crujientes que parecían aprisionarla por debajo; invisibles telarañas que se agarraban a la quilla y se abrían trabajosamente después de muchos golpes de remo. Continuaba el lago obscuro y sin límites; pero la corriente era menos ruda, más dulces las ondulaciones, y los dos tripulantes sentían la sensación del que navega en aguas muertas.

La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aquí y allá, gigantescos hongos obscuros, grandes paraguas, cúpulas barnizadas que brillaban reflejando la roja llama. Eran naranjos sumergidos. Estaban en los huertos. ¿Pero en cuáles? ¿Cómo guiarse en la obscuridad? De vez en cuando chocaba la barca con algún árbol invisible; conmovíase el bote, como si fuese a estallar, y había que retroceder, dar un rodeo, buscando otro paso.

Deslizábanse lentamente por temor a los choques; iban de un lado a otro, evitando los obstáculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya a qué lado estaba el río. Por todas partes obscuridad y agua. Los naranjos sumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicados callejones, un dédalo en el que se enredaban cada vez más, vagando sin dirección.

Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrábase pesadamente en aquella agua fangosa, llena de marañas vegetales que se agarraban a la quilla.

—Esto es peor que el río—murmuraba.—Rafael, tú que vas de frente. ¿No ves ninguna luz?

—Nada.

El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas que asomaban sobre el agua o se hundía en el espacio, ahogado por las húmedas y pesadas tinieblas.

Así vagaron algunas horas por la campiña inundada. El barbero no podía más; había entregado los remos a Rafael, que también desfallecía de fatiga.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Iban a quedarse allí para siempre? y embotado su pensamiento por la fatiga y el vértigo de la desorientación, creían que la noche no iba a terminar nunca, que se apagaría la antorcha y la barca se convertiría en negro ataúd, sobre el cual flotarían eternamente sus cadáveres.

Rafael, que iba de espaldas a la proa, vio una luz a su izquierda. La dejaban atrás, se alejaban de ella: tal vez estaba allí la casa tan penosamente buscada.

—Puede que sea—afirmó Cupido.—Tal vez hemos pasado cerca sin verla y vamos abajo, hacia el mar... Y aunque no sea la casa azul, ¿qué? Lo importante es que allí hay alguien y vale más eso que errar en la obscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doña Pepita, al menos sabremos dónde estamos.

Viró la barca, y por entre el dédalo de árboles sumergidos, fue poco a poco deslizándose hacia la luz. Chocaron con varios obstáculos, cercas tal vez de huerto, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz iba agrandándose; era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negras siluetas. Marcaba sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.

La luz de la barca comenzó a trazar en la obscuridad el contorno de una casa ancha y de techo bajo que parecía flotar sobre las aguas. Era el piso superior de un edificio invadido por la inundación. El piso bajo estaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a las habitaciones superiores. Los balcones y ventanas podían servir de embarcaderos en aquel lago inmenso.

—Me parece que hemos acertado—dijo el barbero.

Una voz sonora y ardiente, voz de mujer en la que vibraba una intensa dulzura, rasgó el silencio.

—¡Ah de la barca!... ¡Aquí, aquí!

Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emoción.

—¡No lo dije!...—Exclamó el barbero.—Ya tenemos lo que buscábamos. ¡Doña Leonor!... ¡Soy yo!

Una carcajada sonora animó con sus interminables ondas la tétrica obscuridad.

—¡Si es Cupido! ¡el amigo Cupido!...le conozco en la voz. Tía, tía; no llores más, ni te asustes ni reces; aquí viene el dios del Amor en una barquilla de nácar a prestarnos auxilio.

Rafael se sentía intimidado por aquella voz ligeramente burlona que parecía poblar la obscuridad de mariposas de brillantes colores.

Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del balcón, entre las otras figuras negras que iban y venían curiosas y alborozadas por el inesperado arribo.

Se aproximaron al balcón. Puestos de pie tocaban los hierros del antepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuerte para amarrar la barca.

Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta cabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante que permanecía sentado y encogido junto al timón.

—¡Pero qué buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Esta es una atención de las que no se olvidan... ¿Pero quién viene con usted?...

El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta pregunta.

—Es don Rafael Brull—contestó con lentitud.—Un señor al que creo ha visto usted otra vez. A él debe agradecerle la visita. La barca es suya, y él es quien me metió en la aventura.

—Gracias, caballero—dijo Leonora saludando con una mano que al moverse lanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos de sortijas.—Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante y perdone el modo extraño con que le hago entrar en la casa.

Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza, agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y le siguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.

Realmente no se dio cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones en una noche; primero la vertiginosa marcha por el río a través de la ciudad, entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento verse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; después la confusión, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por las tortuosidades de la campiña inundada, y ahora, de repente, el piso firme bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que parecía embriagarle con su perfume y cuyos ojos no podía mirar de frente, dominado por una invencible timidez.

—Pase usted, caballero—le decía.—Necesitan reponerse después de esta locura. Están ustedes mojados... ¡pobres! ¡cómo van!... ¡Beppa!... ¡tía! Pero pase usted.

Y casi le empujaba, con cierta superioridad maternal; como una mujer bondadosa que cuida a su hijo después de una travesura que le llena de orgullo.

Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montones de muebles rústicos que contrastaban con otros alineados junto a las paredes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos, subido al comenzar la inundación. Un labrador viejo, su mujer trémula de espanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, se habían refugiado arriba, con las señoras, al ver que el agua penetraba en su modesta casa.

Rafael entró en el comedor y allí vio a doña Pepita, la pobre vieja, apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lágrimas y las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretendía distraerla haciendo chistes sobre la inundación.

—Mira, tía, este caballero es el hijo de tu amiga doña Bernarda. Ha venido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, ¿verdad?

La vieja parecía imbécil por el terror. Miraba con ojos sin expresión a los recién llegados, como si hubieran estado allí toda su vida. Por fin pareció enterarse de lo que le decían.

—¡Es Rafael!—exclamó admirada,—Rafaelito... ¿y has venido con este tiempo? ¿Y si te ahogas? ¿qué diría tu madre?... ¡Qué locura, Señor!

Pero no era locura, y si lo era resultaba muy dulce. Se lo decían a Rafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que le acariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como osó levantar la vista. Leonora se fijaba en él: le examinaba a la luz de la lámpara de la habitación, como si buscase la diferencia con aquel otro muchacho que había conocido en el paseo a la ermita.

La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba del peligro. Ya no subía el agua; hasta podía afirmarse que comenzaba a descender lentamente. Y la vieja, con su supremo esfuerzo de voluntad, se decidió a abandonar su silla para ver la inundación.

—¡Cuánta agua, Dios y señor nuestro!... ¡Qué de desgracias se contarán mañana! Esto debe ser castigo de Dios... un aviso por nuestros muchos pecados.

Mientras los dos hombres oían a la vieja, Leonora iba de una parte a otra dando prisas a su doncella y a la hortelana. Aquellos señores no podían estar así con las ropas impregnadas de humedad, cansados y desfallecidos por una noche de lucha. ¡Pobrecitos, bastaba verles! Y colocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron; todo lo que podía encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillos rusos con boquilla dorada que la hortelana miraba con escándalo.

—Déjalos, tía—decía a la pobre vieja.—No les entretengas ahora. Que coman y beban un poco. Necesitan entrar en calor... Dispensen ustedes si les ofrezco tan poca cosa. ¿Qué les daré, Dios mío, qué les daré?

Y mientras los dos hombres se veían impulsados por un cariño un tanto despótico a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entraba en la habitación inmediata, poniéndola en revolución con un retintín de llaves y ruidoso abrir de cofres.

Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron, mientras el barbero mascaba a dos carrillos, bebía copa tras copa y con la cara cada vez más roja, hablaba y hablaba, la boca llena de pasta.

Apareció Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos un lío de ropas.

—Ya comprenderán ustedes que aquí no hay trajes de hombre. Pero en la guerra se vive como se puede y aquí estamos sitiados.

Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellas mejillas; la luminosa dentadura, que parecía temblar en su estuche de rosa.

—A ver, Cupido; fuera pronto ese traje; no quiero que por mí pille usted una pulmonía que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aquí tiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.

Y ofrecía al barbero una bata magnífica de peluche azul, con grandes cascadas de encajes en el pecho y las mangas.

Cupido se retorcía de risa en su asiento. ¡Pero qué gracioso era aquello!... ¿Iba él a vestirse con tal preciosidad? ¿Y sus patillas?... ¡Cómo reirían los de Alcira si le viesen! Y halagado por la extravagancia del disfraz, se apresuró a meterse en la inmediata habitación para ponerse la bata.

—Para usted—dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa—sólo he encontrado esta capa de pieles. Vamos, quítese usted esa chaqueta que está chorreando.

El joven se resistió ruboroso y avergonzado como una doncella. Estaba bien así; no le ocurriría nada; otras veces se había mojado más.

Leonora, siempre sonriente, parecía impacientarse. Bien sabían en la casa que ella no admitía réplicas.

—Vamos, Rafael, no sea usted tonto. Habrá que tratarle como a un niño.

Y cogiéndole por una manga, como si se tratara de un chiquitín, comenzó a tirarle de la chaqueta.

El joven, en su turbación, no sabía lo que le pasaba. Le parecía marchar por un horizonte sin fin, con más velocidad que horas antes se deslizaba por el río. Oía su nombre en la boca de aquella mujer, se veía agasajado en una casa cuya entrada no sabía antes cómo franquear, y ella, Leonora, le llamaba niño y le trataba como a tal, cual si la intimidad datase desde el principio de su vida. ¿Qué mujer era aquella? Estaba en un mundo nuevo y las mujeres de la ciudad, aquellas que él trataba en las tertulias caseras, le parecían seres de otra raza, viviendo lejos, muy lejos, en otro extremo de la tierra, de la que le separaba la inmensa sábana de agua.

—Vamos, señor testarudo; habrá que tratarle a usted como a un bebé.

Le hablaba a poca distancia de su rostro; sentía en sus mejillas el aleteo de aquella boca, su respiración tibia, que le cosquilleaba con intensos estremecimientos. Y al mismo tiempo sus manos, finas y ágiles, le empujaban cariñosamente, quitándole con rapidez la chaqueta y el chaleco.

Sintió sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Una preciosidad; un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, como fabricado con plumas de fantásticas aves. Era de pieles de zorro azul, y a pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El joven comprendió que le habían echado sobre los hombros unos cuantos miles de francos, y tímido, con temblorosa mano, recogía el borde, temeroso de pisarlo.

Leonora reía de su timidez.

—No se encoja usted; no importa que lo estropee. ¡Parece que lleva usted un velo sagrado por el respeto con que lo trata! No vale la pena. Yo sólo uso esta capa en los viajes. Me la regaló un gran duque en San Petersburgo.

Y para asegurar más su desprecio por el rico manto, embozó al joven en él, golpeando sus hombros para que amoldara más a su cuerpo.

Lentamente volvían a la sala donde estaba el balcón, mientras en el comedor sonaban carcajadas saludando la aparición del barbero, envuelto en su lujosa bata. Cupido sacaba partido de la situación para provocar la risa, y recogiéndose la cola y atusándose las patillas, braceaba cual una tiple en una romanza dramática cantando de falsete. Los hortelanos reían como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa abría desmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones de aquel señor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hasta la pobre doña Pepa se retorcía en su silla, admirando al barbero, que según ella, era el más gracioso de todos los demonios.

Rafael estaba en el balcón, junto a Leonora, con la mirada perdida en la obscuridad, arrullado por la música de aquella voz, que con marcado interés le hacía preguntas sobre el desesperado viaje por el río.

La finura de aquella capa que le envolvía, dábale la sensación de una epidermis satinada y tibia. Parecíale que aún quedaba en aquella suavidad algo del calor de los hombros desnudos; creía estar envuelto en la piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que sentía junto a él, aumentaba esta ilusión.

Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.

—Lo que usted ha hecho—decía la artista—merece honda gratitud. Es un arranque caballeresco digno de otros tiempos. Lohengrín, llegando en su barquilla para salvar a Elsa. Sólo falta el cisne... a no ser que el barbero se contente con este papel... Hablando en serio, no creía que aquí hubiese un hombre capaz de portarse así.

—¡Y si usted hubiese muerto!...—exclamó el joven para justificar su aventura.

—¡Morir!... Le confieso a usted que al principio tuve algún miedo; no de morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de la vida; ya se convencerá usted de ello cuando me conozca más. Pero morir ahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no me hacía gracia. ¡Si al menos fuese el agua verde y transparente de los lagos suizos!... Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo de la última postura como los romanos y temía perecer aquí como una rata sitiada en la alcantarilla... Y, sin embargo, ¡si supiera usted lo que he reído viendo el terror de mi tía y de esas pobres gentes que nos sirven!... Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte, no hay más molestia que la de verse sitiados y espero el día para ver. Debe ser muy hermoso el espectáculo de toda esa hermosa campiña convertida en un lago. ¿Verdad, Rafael?

—Usted habrá visto cosas más interesantes—dijo el joven.

—No digo que no; pero a mí, lo que más me impresiona es la sensación del momento.

Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba la ligera alusión al pasado.

Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó la conversación.

—La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramos agradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; ¿por qué ha venido usted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí a quien apenas conoce?

Rafael enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigiera una confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su pensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquellos días, pero se contuvo y se asió a un pretexto.

—Mi entusiasmo por la artista—dijo con timidez.—Yo admiro mucho el talento de usted.

Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.

—¡Pero si usted no me conoce! ¡Si usted no me ha oído nunca!... ¿Qué sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchín de Cupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy conocida fuera de aquí.

Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.

—Vamos, Rafael—continuó cariñosamente la artista—no sea usted niño ni pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para engañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no le han visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes, apostándose en el camino como un espía? Está usted descubierto, señor mío.

El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies. Temblaba de miedo, arrebujábase en el manto de pieles, sin saber lo que hacía y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones de Leonora.

—¿Conque no es verdad, embusterillo?—dijo ésta con cómica indignación.—¿Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita, su paseo de todas las tardes son estos alrededores? ¡Dios mío! ¡qué monstruo de falsedad es este chico! ¡con qué aplomo miente!

Y Rafael, vencido por aquella alegría franca, acabó riéndose, confesando con una carcajada su delito.

—Usted se extrañará de mis actos y palabras—continuó Leonora aproximándose más a él, apoyando un hombro en el suyo, con un abandono fraternal, como si estuviera junto a una amiga.—Yo no soy como la mayoría de las mujeres. ¡Bueno fuera que con la vida que llevo me mostrara hipócrita!... Mi pobre tía me cree una loca, porque digo las cosas como las siento: en mi vida me han querido mucho o me han aborrecido, por esta manía de no ocultar la verdad... ¿Quiere usted que se la diga?... Pues bien, usted ha venido aquí porque me ama, o al menos cree amarme; el defecto de todos los muchachos de su edad apenas encuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.

Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; sentía en su nuca la mirada de aquellos ojos verdes que parecían registrarle el alma.

—A ver; levante usted esa cabeza; proteste un poquito como antes. ¿Es verdad o no lo que digo?

—¿Y si fuera?...—se atrevió a suspirar Rafael, viéndose descubierto bruscamente.

—Como sé que es cierto he querido provocar esta explicación para que usted no viva en el engaño. Después de lo de esta noche deseo que seamos amigos; amigos nada más; dos camaradas unidos por el agradecimiento. Pero para evitar la confusión, había que marcar nuestras respectivas situaciones. Seremos amigos, ¿eh?... Esta es su casa, yo le consideraré como un camarada simpático; con lo de esta noche ha ganado usted en mi ánimo más que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que no reincidirá en esas tonterías de admiración amorosa que han sido siempre el tormento de mi vida.

—¿Y si no puedo?...—murmuró Rafael.

—La cantinela de siempre—dijo riendo Leonora, remedando la voz y la expresión del joven.—¿Y si no puedo? ¿Por qué no ha de poder usted? ¿Por qué ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que ve usted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventan ustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han oído cantadas por nosotras en las óperas. Invenciones de poeta que los muchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, no comprendiendo que los que estamos en el secreto nos reímos de su necedad. Con que ya lo sabe usted; a ser formal, a no ponerse pesado con miradas tiernas y frases entrecortadas. Así seremos amigos y esta será su casa.

Se detuvo Leonora, y amenazándole graciosamente con el índice, añadió:

—De lo contrario, seré todo lo ingrata y cruel que usted quiera; pero a pesar de la hermosa acción de esta noche, usted no entrará más aquí. No quiero adoradores: he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad... ¡El amor! ¡hermosa y cruel patraña!...

Dijo estas últimas palabras con acento grave, y quedó inmóvil mucho rato, con la vista perdida en la inmensa sábana de agua.

Ahora la miraba Rafael. Había levantado la cabeza y contemplaba a Leonora pensativa. Su hermoso rostro se teñía de una luz azulada que parecía envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer y los plomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar, transparentando una claridad lívida.

Leonora se estremeció, como si sintiera frío, apretándose instintivamente contra Rafael. Pareció sacudir con un movimiento de cabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendiéndole la mano:

—¿Qué resolvemos? ¿Amigos o indiferentes? ¿Promete usted no incurrir en niñerías y ser un camarada formal?

Rafael estrechó con avidez aquella mano suave y fuerte, sintiendo en sus dedos como cariñosa mordedura, el contacto de las sortijas.

—¡Amigo!... me resignaré ya que no hay otro remedio.

—Se resignará usted y encontrará dulce y tolerable eso que cree un sacrificio; usted no me conoce, pero créame a mí que me conozco bien. Aunque llegase a amarle (y esto no será nunca), saldría usted perdiendo. Yo valgo más como amiga que como amante. Hay en el mundo más de uno y de dos que lo saben bien.

—Seré un amigo dispuesto a hacer por usted mucho más que esta noche. También espero yo que usted llegará a conocerme.

—Déjese usted de promesas. ¿Qué más ha de hacer usted por mí? El río no se desborda todos los días, ni son posibles a cada momento estas hazañas novelescas. Me basta con lo de esta noche. No sabe usted cuánto se lo agradezco. Ha sido un paso decisivo en mi corazón de amiga... ¿Quiere usted que siga siendo franca? Pues cuando le encontré allá en la ermita, me pareció usted uno de esos señoritos lugareños que, acostumbrados a triunfar en el pueblo, miran como de su dominio cuantas mujeres encuentran. Después, al verle rondando esta casa, se aumentó mi desprecio y mi rabia. «¿Pero ese señoritín qué se habrá figurado?» ¡Lo que hemos reído a costa de usted Beppa y yo! Ni siquiera me había fijado en su cara y su figura: no me había dado cuenta de que es usted guapo...

Leonora reía recordando sus cóleras contra Rafael, y éste, anonadado por su franqueza, sonreía también para ocultar su turbación.

—Pero después de lo de esta noche, le quiero a usted... como un buen amigo. Estoy sola: la amistad de un muchacho bueno y noble como usted, capaz del sacrificio por una mujer a la que apenas conoce, resulta grata. Además, esto no compromete. Yo soy ave de paso: he venido porque estoy cansada, enferma no sé de qué, pero profundamente quebrantada en mi espíritu. Necesito reposo, vida animal, sumirme en una dulce imbecilidad, olvidarlo todo, y acepto con reconocimiento su mano amiga. Después, el día que menos lo piense usted, levantaré el vuelo; la primera mañana que despierte alegre y me cante dentro de la cabeza el pájaro travieso que tantas locuras me ha aconsejado, hago las maletas y ¡a mover las alas! Le escribiré; le enviaré periódicos que hablen de mí y usted verá como tiene una amiga que no le olvida y le saluda desde Londres, San Petersburgo, o Nueva York, cualquiera de los rincones de este mundo que muchos creen grande y en el cual no puedo revolverme sin tropezar con el fastidio.

—¡Que tarde ese momento!—dijo Rafael.—¡Que no llegue nunca!

—¡Loco!—exclamó Leonora.—Usted no sabe cómo soy. Si estuviera aquí mucho tiempo, acabaríamos por reñir y pegarnos. En el fondo odio a los hombres; he sido siempre su más terrible enemiga.

Oyeron a sus espaldas el roce de la bata que arrastraba Cupido con grotescos contoneos: se aproximaba al balcón con doña Pepita para contemplar el amanecer.

Comenzaba a desplomarse del cielo una luz gris, cernida por el denso celaje: la inmensa sábana de agua tomaba un color blancuzco de ajenjo. Flotaban en la corriente, como escobazos de miseria, los despojos de la inundación; árboles arrancados de cuajo, haces de cañas, techumbres de paja de las chozas; todo sucio, pringoso, nauseabundo. Estas almadías del desastre, se enredaban entre los naranjos y formaban barreras que, poco a poco iban engrosándose con nuevos despojos de la corriente.

Allá lejos, en el límite de la laguna, movíanse con regularidad algunos puntos negros, agitando sus patas como moscas acuáticas, en torno de las casas, que apenas asomaban sus techumbres sobre la inmensa lámina de agua. Eran los socorros que llegaban de Valencia; los botes de la Armada, traídos en ferrocarril hasta el límite de la inundación.

Iban a llegar a Alcira las autoridades; la presencia de Rafael era indispensable. El mismo Cupido, con repentina gravedad, le aconsejaba salir al encuentro de aquellas barcas.

Mientras el barbero recobraba su traje, Rafael se despojó con gran disgusto de su capa de pieles.

Le parecía que abandonándola, iba a perder el calor de aquella noche de dulce intimidad, el contacto del hombro suave y carnoso que había estado horas enteras apoyado en él.

Mientras se ajustaba al cuerpo las prendas de su traje ya secas, Leonora le miraba fijamente.

—Quedamos entendidos, ¿eh?—preguntó con lentitud.—Amigos, sin esperanza de más. Si rompe usted el pacto, no entrará aquí, ni aun por el balcón como esta noche.

—Sí; amigos y nada más—murmuró Rafael con sincero acento de tristeza que pareció conmover a Leonora.

Sus ojos verdes se iluminaron; brilló el polvo de oro que moteaba sus pupilas y avanzó hacia Rafael, tendiéndole la mano.

—Buen muchacho; así me gusta: resignado y obediente. Por esta vez y en premio a su cordura, habrá extraordinario. No nos despidamos así... Como en la escena. Bese usted.

Y puso su mano al nivel de la boca del joven. Rafael la agarró ávidamente y besó, besó, hasta que Leonora, desasiéndose con un brusco movimiento que demostraba su extraordinario vigor, le amenazó con su mano.

—¡Ah, tunante!... ¡Bebé travieso! ¡Qué manera de abusar! ¡Adiós! ¡adiós! Cupido llama... Hasta la vista.

—Y le empujó al balcón, a cuyos hierros estaba agarrado el barbero sosteniendo la barca.

—Salta, Rafael—dijo Cupido.—Apóyate en mí; el agua desciende y la barca está muy baja.

Rafael se deslizó en su bote blanco, manchado por el agua rojiza. El barbero movió los remos; comenzaron a alejarse.

—¡Adiós! ¡adiós! ¡muchas gracias!—gritaban desde el balcón la tía, la doncella y toda la familia del hortelano.

Rafael, abandonando el timón, con el rostro vuelto a la casa, sólo veía aquella arrogante figura, que agitaba un pañuelo saludándoles. La vio mucho tiempo, y cuando las copas de los árboles sumergidos le ocultaron el balcón, inclinó la cabeza, entregándose al silencioso placer de saborear la dulzura que aún sentía en sus labios.

VI

Las elecciones pusieron en movimiento a todo el distrito. Había llegado el momento solemne para la casa de Brull y todos sus fieles, no seguros aún de la omnipotencia del partido, como si temieran a ocultos enemigos que podían presentarse inesperadamente, se agitaban en la ciudad y los pueblos lanzando cual grito de victoria el nombre de Rafael.

Pocos se acordaban de la inundación. El sol bienhechor había secado los campos; los huertos se mostraban más hermosos que nunca, como si el río, al invadirlos, les hubiese fecundado con nueva vida; se anunciaba una cosecha magnífica, y sólo como recuerdo de la catástrofe quedaba algún seto aplastado, alguna cerca desmoronada, algún camino hondo con los ribazos destruidos.

Todo se reparaba con relativa rapidez y la gente mostrábase contenta hablando del pasado peligro con desprecio. ¡Hasta la otra!

Además, se había repartido mucho dinero. Llegaron socorros de la capital de la provincia, de Madrid, de toda España, gracias al trompeteo lastimoso de la prensa, y los hortelanos, con la credulidad del devoto que atribuye todos sus bienes a la protección del santo patrono, agradecían la limosna a Rafael y su madre, proponiéndose ser cada vez más fieles a la poderosa familia. ¡Viva el padre de los pobres!

Doña Bernarda, viendo próximos a realizarse sus ensueños de ambición, no se daba un momento de reposo. Indignábase ante la indiferencia y frialdad de su hijo. El distrito era suyo, pero no había que dormirse. ¿Quién sabe lo que a última hora podían hacer los enemigos del orden, que eran bastantes en la ciudad? Había que ir a tal pueblo para decir cuatro palabras a los electores ricos; visitar al alcalde del otro para que viera que se le hacía caso; moverse mucho, que toda la gente se preocupara de su persona.

Y Rafael obedecía, pero evitando que le acompañase don Andrés, pues a la ida o a la vuelta pasaba unas cuantas horas en la casa azul o suprimía por completo el viaje para quedarse allí temblando al volver a casa por si su madre se enteraba de tales distracciones.

Doña Bernarda conocía aquella nueva amistad. Sin otra preocupación que la salud y los actos de Rafael, y ayudada por el chismorreo de una ciudad curiosa, nada hacía su hijo que no lo supiera a las pocas horas. Hasta tenía noticias, por una indiscreción de Cupido, de aquel arriesgado viaje de noche y a través de los peligros de la inundación, para ir a presentarse a la cómica, como ella decía con rabioso acento de desprecio.

Entonces ocurrieron las tormentosas escenas que habían de dejar en Rafael una profunda impresión de amargura y miedo.

La dureza del carácter de doña Bernarda quebrantó al joven, haciéndole comprender con cuánta razón había temido siempre a su madre. La áspera devota, con su coraza de virtud y sanos principios, le aplastó desde las primeras palabras. ¿Se había propuesto deshonrar la casa? Ahora que tras muchos años de trabajos iba a alcanzar el fruto de tantos sacrificios ¿quería, por su afición a una cómica, ponerse en ridículo dando motivos de burla a los enemigos? E indignada, no vaciló en rasgar brutalmente el velo de prudencia tras el cual se habían desarrollado misteriosamente sus desventuras y sus rabias conyugales; no dudó en volcar sobre la cabeza del hijo todas las miserias ocultas de su matrimonio.

—Lo mismo que tu padre—exclamó iracunda doña Bernarda.—No puedes negar su sangre: mujeriego, amigo de las perdidas, capaz por una cualquiera de comprometer la suerte de la casa... ¡Y yo, grandísima tonta, trabajando por ellos! ¡olvidando la salvación de mi alma, para lograr que llegues donde no llegó tu padre!... ¡Y cómo me lo agradeces!... ¡Lo mismo que aquél! con un disgusto a cada momento.

Humanizándose después, sintiendo la necesidad de comunicar sus proyectos para lo porvenir, pasó de la ira a la amistosa confidencia, y comenzó a revelar a Rafael el estado de la casa. Ocupado él en hojear librotes y en las cosas del partido, no sabía cómo marchaban los asuntos. Ni necesitaba saberlo: para eso estaba ella. Pero quería que conociera las brechas que en su fortuna habían abierto a última hora las locuras de su padre.

Ella hacía milagros de economía. Muchas deudas estaban pagadas ya; llevaba levantadas algunas hipotecas; gracias a su buena administración, ayudada por el fiel don Andrés; pero la carga era grande y en muchos años no conseguiría librarse de ella.

Además (y al llegar aquí doña Bernarda se mostraba más tierna y con voz insinuante), ya que era el primer hombre del distrito, debía ser el más acaudalado; lograrlo no resultaba difícil. Todo consistía en ser buen hijo, en dejarse guiar por ella, la que mejor le quería en el mundo... Ahora diputado y después, cuando volviera de Madrid, a casarse. No faltarían buenas muchachas, educadas con el temor de Dios, y además millonarias que se darían por contentas siendo su mujer.

Rafael la atajó con una débil sonrisa. Ya sabía de quién hablaba su madre; de Remedios, la hija del más rico de la ciudad, un rústico de suerte loca que inundaba de naranja los mercados de Inglaterra, ganando por instinto, a despecho de todas las combinaciones comerciales.

Por esto le recomendaba su madre con tanto interés que visitase aquella casa, enviándole a ella con cualquier pretexto. Además, doña Bernarda llevaba a Remedios a la suya con frecuencia, y rara era la tarde que al entrar en su casa Rafael no encontraba a aquella muchacha tímida, torpe y de una belleza insignificante, vestida con trajes que aprisionaban cruelmente su soltura de chicuela criada en los huertos, transformada rápidamente en señorita por la buena suerte del padre.

—Pero mamá—dijo Rafael sonriendo—¡Si yo no pienso casarme!... ¡Si eso, cuando llegue, ha de ser a gusto mío!

La madre y el hijo quedaron moralmente separados después de la borrascosa entrevista. Era una situación que recordaba a Rafael su infancia, cuando después de una travesura encontraba la miraba fiera y el rostro ceñudo de su madre. Pero ahora, esta seriedad agresiva se prolongaba días y días.

Al entrar en casa por las noches se veía interrogado durante la cena en presencia de don Andrés, que no osaba levantar la cabeza ante la poderosa señora. ¿Dónde había estado? ¿A quién había visto?... Rafael sentía el espionaje, siguiéndole en sus paseos por la ciudad y el campo.

—Hoy has estado en casa de la cómica... ¡Cuidado, Rafael! ¡me vas a matar!

Y Rafael, para ir a casa de la cómica, se ocultaba como en su época de niño, cuando robaba fruta en los huertos; marchaba por sendas y ribazos al abrigo de los setos, y la vista de una hortelana o de un muchacho le obligaba a pesados rodeos. Y el hombre que hacía esto era el mismo que en aquel instante llenaba con su nombre todo el distrito; aquel de quien los alcaldes y prohombres decían con plena convicción.—«Aquí no hay más diputado que don Rafael. Ese procurará por nosotros».

Don Andrés se esforzaba por consolar a su ama. Todo aquello era un capricho de muchacho. Había que dejarle que se divirtiera. Al fin era un joven guapo y de buena casa. En su cinismo de viejo acostumbrado a las fáciles conquistas del arrabal, guiñaba sus ojos maliciosamente, creyendo que Rafael había conseguido un triunfo completo en la casa azul. Sólo así podía explicarse su asiduidad en las visitas, la mansa rebeldía a la autoridad maternal.

—Esas cosas, por dulces que sean, acaban por cansar, doña Bernarda—decía el viejo sentenciosamente.—La cómica levantará el vuelo cualquier día; además, deje usted que Rafael vaya como diputado a Madrid y vea aquel mundo; a la vuelta no se acordará de esa mujer.

El fiel lugarteniente de los Brull se hubiera asombrado al ver lo poco que conseguía Rafael.

Leonora no era la misma de la noche de la inundación. Pasado el encanto del peligro, la novedad de la aventura, lo extraordinario de aquella entrevista, trataba a Rafael con amistosa calma, como a uno de los muchos que en la vida habían girado en torno de ella. Le miraba como un mueble más de su casa que todas las tardes venía a colocarse ante su paso; un autómata que se presentaba para pasar horas y horas contemplándola, pálido y emocionado, con el encogimiento de la inferioridad, contestando sus palabras muchas veces con simplezas que la hacían reír. Su ironía y aquella franqueza de que hacía gala, le herían cruelmente.

—Hola, Rafaelillo—le decía muchas tardes al verle llegar.—¿Pero por qué viene usted con tanta frecuencia? Nos van a tomar por novios. ¿Qué dirá su mamá?

Y Rafael sufría cruelmente; se avergonzaba de sí mismo, pensando en lo que ocurría en su casa; en las iras que arrastraba para llegar allí. Pero le era imposible librarse de la atracción que sobre él ejercía Leonora.

Además, ¡qué tardes aquellas en que quería ser buena; cuando cansada de pasear por el huerto, fastidiada en su carácter ligero y voluble por la monotonía de los naranjos y las palmeras, se refugiaba en el salón poniendo sus manos en el piano! Rafael, con el recogimiento de un devoto, se sentaba en un rincón, y contemplando los soberbios hombros sobre los cuales ondeaban como plumas de oro los rizados bucles de la nuca, oía aquella voz hermosa que sonaba dulce y velada, mezclándose a los desmayados acordes del piano, mientras que por las abiertas ventanas entraba la respiración del huerto rumoroso bajo la dorada luz del otoño, el perfume sazonado de las naranjas maduras que asomaban sus caras de fuego entre los festones de hojas.

Era Schubert, con sus melancólicas romanzas, el músico preferido; la dominaba en aquella soledad el encanto de la música triste. Su alma pasional y tumultuosa parecía desmayarse, enervada por el perfume de los naranjos. Algunas veces, de repente, venía a morderle el recuerdo de sus triunfos escénicos, la gloria artística conquistada sobre las tablas, y golpeando el piano con la sublime furia de la cabalgada de las walkirias, lanzaba el ¡hojotoho! de Brunilda, el grito de guerra impetuoso y salvaje de la hija de Wotan; relincho armónico con el cual había puesto en pie a muchos públicos y que en aquella soledad estremecía a Rafael, haciéndole admirar a su amiga como una divinidad extraña; cual una diosa rubia de ojos verdes, acostumbrada a cabalgar sobre los hielos, entre los torbellinos del huracán, y que en el país del sol se resignaba a ser mujer.

Otras veces, echando atrás su hermoso busto, como si contemplara con la imaginación salones festoneados de rosas, en los que danzasen huecas faldas, pelucas empolvadas y tacones rojos, rozaba las teclas, haciendo sonar un minuetto de Mozart, vagoroso como un perfume elegante, cual la sonrisa de una boca de princesa, pintada y con lunares postizos.

Rafael no olvidaba la noche de amistad; la mano entregada a sus labios en aquel mismo salón. Una vez intentó repetir la escena, e inclinándose sobre las teclas, quiso besar la diestra de Leonora.

La artista se estremeció, como si despertase. Relampaguearon sus ojos con ira, y sin dejar por esto de sonreír, levantó amenazante la mano, con todo su fantástico brillo de pedrería, como si fuese a abofetearle:

—Cuidado, Rafael: es usted un chiquillo y le trataré como a tal. Ya sabe que no gusto de que me molesten. No le despediré; pero si sigue así ¡va usted a llevarse cada bofetada!... ¡Qué pegajoso! Eso sólo se permite una vez, y no olvide usted que cuando yo quiero que me besen la mano, comienzo por darla voluntariamente... Ya no hay más música; se acabó. Vamos a entretener al niño para que esté quietecito.

Y comenzó una de aquellas revistas de equipaje que entusiasmaba a Rafael; una exhibición de recuerdos de su vida artística que al joven le parecían nuevos avances en su intimidad con Leonora.

Contemplaba sus retratos en las diversas óperas por ella cantadas; una numerosa colección de hermosas fotografías, llevando al pie el nombre del gabinete en casi todos los idiomas de Europa; en alfabetos raros que hacían parpadear a Rafael. La Elisabeta, pálida y mística, del Tanhäuser, había sido retratada en Milán; la Elsa, ideal y romántica de Lohengrín, era de Munich; había una Eva, cándida y burguesa de Los maestros cantores, fotografiada en Viena, y una Brunilda soberbia, arrogante, de mirada hostil y centelleadora, que llevaba al pie el sello de San Petersburgo. Esto sin contar un sinnúmero de otras fotografías, recuerdo de temporadas en el Convent-Garden de Londres, el San Carlos de Lisboa, los grandes coliseos de toda Italia, y los teatros de América, desde el de Nueva York al de Río Janiero.

Rafael, manejando aquellas cartulinas enormes sentía la impresión del que pasea por un puerto y percibe el perfume de países lejanos y misteriosos, contemplando los barcos que llegan. Cada retrato parecía envolverle en el ambiente de su país, y desde el tranquilo salón, impregnado de la respiración del silencioso huerto, creía pasear por toda la tierra.

Las fotografías representaban siempre los mismos personajes: las heroínas de Wagner. Leonora, adoradora rabiosa del genio alemán, hablando de él con intima confianza, como si le hubiera conocido, no quería cantar otras óperas que las suyas, y con el afán de abarcar la obra del maestro, no vacilaba en comprometer su prestigio de artista fuerte y vigorosa, interpretando los personajes delicados.

Rafael se fijaba en los retratos uno por uno: aquí parecía más esbelta y triste, como si acabara de salir de una enfermedad; allí fuerte y arrogante, como si desafiara la vida con su hermosura.

—¡Ay, Rafael!—murmuraba ella pensativa.—No todo son alegrías. Yo he pasado mis tempestades como todos. He vivido mucho, y estos pedazos de cartón son capítulos de mí existencia.

Y mientras ella soñaba saboreando el pasado, entusiasmábase Rafael contemplando el retrato de Brunilda, una hermosa fotografía en cuyo robo había pensado más de una vez.

Aquella era Leonora; la walkiria arrogante, la hembra fuerte y valerosa, capaz de darle de bofetadas al más leve atrevimiento y de manejarle como un niño. Bajo el casco de acero brillante como un espejo, con sus dos alas de blancas plumas, caían los rubios bucles, brillaban con salvaje furor los ojos verdes y parecían palpitar las aletas de la nariz con indomable fiereza. El manto colgaba del cuello, redondo, carnoso y fuerte; la coraza de escamas de acero hinchábase con la presión del pecho mórbido de arrogante dureza, y los brazos desnudos, revelando el vigor del músculo bajo la suave curva de la grasa femenil, se apoyaban, uno en la lanza y otro en el escudo brillante y luminoso, como una lámina de cristal. Estaba allí con la majestad de la diosa; era una Palas de la mitología septentrional, hermosa como el heroísmo, terrible como la guerra. Rafael comprendía el enardecimiento loco, la conmoción eléctrica de los públicos al verla aparecer entre las rocas de lienzo pintado, haciendo temblar las tablas con su paso vigoroso, elevando con rudeza sobre las blancas alas del casco la lanza y el escudo y lanzando el grito de la walkiria, el ¡hojotoho! que, repetido en el tranquilo huerto, parecía estremecer las calles de follaje con una corriente de entusiasmo.

Aquella mujer caprichosa, aventurera y alocada, de cuya vida de artista tantas cosas se contaban, había paseado por el mundo la arrogancia de la virgen guerrera soñada por Wagner consiguiendo inmensos triunfos. En un libro abultado, de desiguales hojas, donde guardaba con minuciosa puerilidad de cantante todo lo que habían dicho de ella los periódicos del mundo, encontraba Rafael un eco de las estruendosas ovaciones. Miraba los recortes de papel impreso, muchos de ellos amarillos ya por el tiempo, y pasaba ante sus ojos la visión de teatros llenos de elegantes descotes y pecheras rígidas y brillantes como corazas; ambientes caldeados por la luz y el entusiasmo, donde centelleaban ojos y joyas, y en el fondo, con su casco y su lanza, ella, la walkiria dominadora, saludada con aplausos y gritos de admiración.

En aquellas hojas encontraba grabados de ilustraciones reproduciendo los retratos de la artista, biografías y artículos de crítica relatando los triunfos de la célebre diva Leonora Brunna—que éste era el nombre de guerra de la hija del doctor Moreno,—retazos y más retazos de papel impreso en castellano puro y americanizado; columnas de letra apretada y clara de los periódicos ingleses, párrafos sobre el papel basto y sutil de la prensa francesa e italiana; compactas masas de caracteres góticos que turbaban los ojos de Rafael, e ininteligibles garabatos rusos que parecían caprichos de una mano infantil. Y todos alabando a Leonora, rindiendo un tributo universal al talento de aquella mujer, mirada con desprecio por los burgueses de Alcira. Rafael admiraba a su amiga con la misma emoción que si se hallase en presencia de una divinidad y sentía odio y desprecio ante la grosera y áspera virtud de los que hacían el vacío en torno de ella. ¿Por qué había venido allí? ¿qué motivo la había impulsado a abandonar un mundo de triunfos donde todos la admiraban, para meterse en una vida estrecha para un corral?

Después venía la exhibición de recuerdos más íntimos; joyas hermosísimas, costosos juguetes, relatos de las seratas d'onore presentados en el camerino, mientras el público aplaudía delirante, y ella, bajando su lanza, saludaba en las candilejas, bajo una lluvia de talco y flores, rodeada de lacayos que sostenían grandes ramos. Rafael contemplaba un medallón con el retrato venerable de don Pedro del Brasil; el emperador artista que saludaba a la cantante en una dedicatoria trazada con brillantes; planchas de oro y pedrería, recuerdo de entusiastas que tal vez comenzaron por desear la mujer y se resignaron admirando la artista; pintarrajeados diplomas de sociedades dándola las gracias por su concurso de funciones benéficas; un abanico de la reina Victoria con la fecha de un concierto en el palacio Windsor; una pulsera regia de Isabel II, como recuerdo de varias veladas en París en el palacio Castilla, y un sinnúmero de costosas chucherías, de caprichos riquísimos, presentes de príncipes, grandes duques y presidentes de repúblicas americanas. Hasta había carteras con áureas dedicatorias, y la piel gastada por el roce y el tiempo, conteniendo enormes papelotes, acciones de ferrocarriles a través de países salvajes, títulos de propiedad de territorios sobre los cuales habían de levantarse ciudades; valores de empresas locas que se desarrollaban en las praderas yankees o las pampas argentinas regalados en noche de beneficio, como testimonio del afecto práctico de los americanos que al entusiasmo unen siempre la utilidad.

La arrogante walkiria, al pasear por el mundo su guerrero manto, había barrido entre aplausos y vítores aquellos ricos testimonios de adoración. Rafael sentía orgullo por ser su amigo; y al mismo tiempo reconocía su pequeñez; se asustaba de su atrevimiento amoroso, exagerando en su imaginación la diferencia que les separaba.

Al final de estas deliciosas rebuscas en el pasado, venía lo más interesante, lo más íntimo, el álbum de ella sólo le permitía hojear de prisa, obligándole a no mirar ciertas páginas. Era un volumen modestamente encuadernado en cuero negro con broches de plata, pero Rafael lo contemplaba como un prodigioso fetiche, con la adoración que inspiran los grandes hombres.

Veía el mundo entero inclinándose ante aquella diosa. No sólo la saludaban los potentados; los poderosos del arte estaban allí, pasaban de hoja en hoja, dedicando una palabra de afecto, un verso, una frase musical a la hermosa cantante. Rafael contemplaba como un bobo la firma del viejo Verdi y la de Boito; venían después los jóvenes maestros de la nueva escuela italiana, ruidosa y triunfante, con el estrépito de la belleza puesta al alcance del vulgo; los franceses Massenet y Saint Saëns saludaban a la feliz intérprete del primero de los músicos; los grandes libretistas italianos dedicaban a la artista versos que deletreaba Rafael, percibiendo su suave perfume, a pesar de que apenas conocía el idioma; había un soneto de Illica que le hacía llorar; y luego venían los ininteligibles para él, unos cuantos renglones de Hans Keller, el gran director de orquesta, el discípulo y confidente de Wagner, su testamentario artístico, encargado de velar por la gloria del maestro, aquel Hans Keller de que hablaba Leonora a cada instante, con cariño de mujer y admiración de artista, sin perjuicio de añadir a continuación que era un bárbaro. Estrofas en alemán, en ruso y en inglés, que al ser releídas por la cantante la hacían sonreír satisfecha, como si aspirase un perfume favorito, con gran desesperación de Rafael, que no podía conseguir que las tradujese.

—Son cosas que no entiende usted. Adelante, adelante. No quiero que se ruborice.

Y tratándole como a un niño, le hacía volver las hojas sin dar explicación.

Unos versos italianos, escritos con mano trémula y en torcidas líneas, llamaban la atención de Rafael. Los entendía a medias, pero Leonora nunca le permitía acabar la lectura. Era un lamento amoroso, desesperado; un grito de pasión rabiosa, condenada a la soledad, revolviéndose en el aislamiento como una fiera en su jaula. Luigi Maquia.

—¿Pero éste quién es?—preguntaba Rafael.—¿Por qué estaba tan desesperado?

—Un muchacho de Nápoles—contestó por fin una tarde Leonora con voz triste, parpadeando, como si quisiera ocultar sus pupilas, en las que asomaban lágrimas.—Un día le encontraron bajo los pinos de Posilippo con la cabeza atravesada de un balazo. Quería morir y se mató... Pero recoja usted todo eso y bajemos al jardín. Necesito aire.

Pasearon por la avenida orlada de rosales y transcurrieron algunos minutos, sin que se cruzara entre los dos una palabra. Leonora se mostraba pensativa, con las cejas contraídas y los labios apretados, como si sufriera la mordedura de penosos recuerdos.

—¡Matarse!—dijo por fin.—¿No le parece, Rafael, que es una tontería? ¡Y matarse por una mujer! ¡Como si las mujeres tuvieran la obligación de amar a todos los que creen amarlas!... ¡Qué imbécil es el hombre! Hemos de ser sus siervas; hemos de quererle forzosamente, y si no, se mata por fatuidad.

Calló unos instantes.

—¡Pobre Maquia! Era un muchacho bueno, digno de ser feliz, ¡pero si fuera una a creer en todos los juramentos de desesperado!... Ese lo hizo tal como lo decía... ¡Qué loco! Y lo peor es que como él he encontrado otros en el mundo.

Ya no dijo más. Rafael respetó su silencio. La miraba, queriendo adivinar en vano los pensamientos que se revolvían tras sus ojos verdes y dorados como el mar bajo el sol de mediodía. ¡Qué aventuras debían ocultarse en el pasado de aquella mujer! ¡Qué novelas dormirían ocultas en el tejido de su vida!...

Así transcurrieron los días, hasta el momento de la elección de Rafael. Olvidado éste de sus trabajos políticos y en pasiva rebeldía contra su madre, que apenas si le hablaba, llegó el domingo de su elección. Triunfo completo. Ya era diputado. Pasó la noche estrechando manos, recibiendo plácemes, aguantando serenatas, y a la mañana siguiente corrió a la casa azul par recibir la irónica enhorabuena de Leonora.

—Lo celebro mucho—dijo la artista.—Así saldrá usted pronto de aquí; le perderé de vista, que bien lo necesito; porque usted, apreciable niño, ya iba resaltándome pesado con sus asiduidades de adorador y su muda admiración de pegajoso. Allá en Madrid se curará de tales tonterías... No me diga usted que no; no haga juramentos. ¡Si sabré lo que son los jóvenes! Usted es igual que todos. Cuando volvamos a vernos llevará usted en el pensamiento otras imágenes. Yo seré su amiga nada más; es lo que deseo.

—¿Pero la encontraré aquí cuando vuelva?—preguntó Rafael con ansiedad.

—Quiere usted saber más que todos los que me han conocido. ¿Qué sé yo si estaré aquí? Nadie en el mundo ha estado seguro de tenerme. Ni yo misma sé dónde estaré mañana... Pero no—continuó con gravedad;—si viene usted en primavera aquí me encontrará. Pienso permanecer hasta entonces. Quiero ver cómo florece el naranjo; volver a mis recuerdos de niña, la única memoria de mi pasado que me ha seguido a todas partes. Muchas veces he ido a Niza, gastando un dineral para ver florecer cuatro naranjos de mala muerte; ahora quiero embriagarme en la inundación de azahar de estos campos. Es el único deseo que me sostiene aquí... Estoy segura. Si vuelve usted para entonces, me encontrará y nos veremos por última vez, porque después irremisiblemente levanto el vuelo, aunque llore y rabie la pobre tía... Por ahora estoy bien aquí. ¡Qué cansada me encuentro! Esto es una cama después de un largo viaje. Sólo un gran suceso me obligaría a saltar.

Se vieron aún muchas tardes en el jardín, saturado de olor de las naranjas maduras. El inmenso valle azuleaba bajo el sol de invierno; las naranjas, asomaban sus caras de fuego entre las hojas, como ofreciendo a las manos laboriosas que las arrancaban de las ramas. En los caminos chirriaban los ejes de los carros balanceando sobre los baches sus montones de dorados frutos; sonaban en los grandes almacenes los cánticos de las muchachas encargadas de escoger y empapelar las naranjas; retumbaban los martillos sobre los cajones de madera, y en oleadas de tráfico salían hacia Francia e Inglaterra las hijas del Mediodía, aquellas cápsulas de piel de oro, repletas de dulce jugo que parecía miel del sol.

Leonora, de pie junto a un viejo naranjo, volviendo la espalda a Rafael, buscaba entre las apretadas ramas, empinándose sobre las puntas de los pies, balanceando las arrogantes y graciosas curvas de su robustez esbelta.

—Mañana me voy—dijo el joven con desaliento.

Leonora se volvió. Había cogido una naranja y abría su piel con las sonrosadas y largas uñas.

—¿Mañana?—dijo sonriente.—Todo llega por fin... Que tenga usted grandes éxitos, señor diputado.

Y acercando a su boca el perfumado fruto, clavaba en la dorada carne sus dientes blancos y brillantes. Cerraba los ojos con delicia, como embriagada por la tibia dulzura del jugo. Crujían los gajos entre sus dientes, y el líquido de color de ámbar rezumaba, cayendo a gotas por la comisura de los labios carnosos y rojos.

Rafael estaba pálido y tembloroso como si le agitase un propósito criminal.

—¡Leonora! ¡Leonora!... ¿Y he de marcharme así?

Le enloquecía aquella boca impregnada de miel, y de repente, disparándose en él la pasión contenida y sujeta por el miedo, se abalanzó sobre la artista, la agarró las manos y buscó ávido sus labios, como si pretendiera beber el zumo que se deslizaba hasta la redonda barbilla.

—¡Eh! ¿Qué es esto, Rafael?... ¿Qué atrevimientos se permite usted?

Y con sólo un impulso de sus soberbios brazos envió al tembloroso joven contra el naranjo, haciéndole vacilar sobre sus pies. Quedó el joven cabizbajo y como avergonzado.

—Ya ve usted que soy fuerte—dijo Leonora con voz algo temblona por la ira.—Nada de juegos o saldrá usted perdiendo.

Después de una larga pausa, Leonora pareció reponerse de aquella impresión y acabó riendo ante el aspecto avergonzado del joven.

—¡Pero qué niño este!... ¿Es manera de despedirse de los amigos la que usted usa?... Tonto, fatuo; ¡cuán poco me conoce usted! Querer tomarme a mí por la fuerza, ¡a mí! la mujer inexpugnable cuando no quiero, por quien se han muerto los hombres, sin poder conseguir ni un beso en la mano. Márchese usted mañana, Rafael. Seremos amigos... Pero por si hemos de volver a vernos no olvide usted lo que le digo. Acabemos de una vez con todas estas tonterías. No se fatigue; yo no puedo ser suya. Estoy cansada de los hombres; tal vez los odio. Yo he conocido a los más hermosos, a los más elegantes, a los más ilustres. He sido hasta reina; reina de la mano izquierda, como dicen los franceses, pero tan dueña de la situación, que a haber querido meterme en tales vulgaridades, hubiese cambiado ministerios y trastornado países. Hombres famosos en Europa por su elegancia y sus locuras, han caído a mis pies y los he tratado como chiquillos. Me han envidiado y odiado las damas más célebres, copiando mis trajes y mis gestos. Y cuando cansada de este Carnaval brillante le he dicho ¡adiós! para venir a esta soledad como a un convento, ¡había de entregarme a un señorito de pueblo, capaz únicamente de entusiasmar a las lugareñas!... ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!...

Y reía con una risa cruel, con carcajadas incisivas y sardónicas que parecían penetrar en las carnes de Rafael, estremeciéndole con su frialdad. El joven bajaba la cabeza; agitábase su pecho con un penoso estertor, como si le ahogase el llanto al no encontrar salida en aquel cuerpo varonil. La emoción de Rafael, abrumado por aquella crueldad, enterneció a Leonora, haciéndola cambiar de tono.

Se aproximó al joven, casi se pegó a él, y agarrándole la barba con sus finas manos, le obligo a levantar la cabeza.

—¡Ay! ¡Cuán mala soy! ¡Qué cosas le he dicho a este pobre niño! A ver, levante usted la cabeza; míreme de frente; diga que me perdona... ¡Esta maldita manía de no callarme nada! Le he ofendido... no diga usted que no le he ofendido; pero no haga usted caso; lo que he dicho sólo son tonterías. ¡Qué modo de agradecer lo que usted hizo por mí aquella noche!... No: ¡pero si usted es muy guapo... y muy distinguido... y hará usted una gran carrera política!... Será usted un personaje y se casará en Madrid con una muchacha elegantísima. Se lo aseguro... Pero hijo; en mí no piense usted; seremos amigos, nada más que amigos... ¿Pero llora usted? Vamos... béseme la mano, se lo permito... como en aquella noche: así. Yo sólo podría ser de usted por el amor, pero ¡ay! nunca llegaré a enamorarme del atrevido Rafaelito. Soy vieja ya: en fuerza de gastar el corazón, creo que no le tengo... ¡Ay, pobrecito bebé mío! Lo siento mucho... pero ha llegado usted tarde.

SEGUNDA PARTE

I

En la plazoleta que formaban frente a la casa azul los altos y tupidos rosales, erguíanse cuatro palmeras que, abandonadas muchos años, dejaban colgar las secas ramas como miembros muertos debajo de las palmas nuevas, arrogantes y rumorosas. Hundidos en el follaje de los rosales, a la entrada de la plazoleta, había dos bancos antiguos de mampostería, blanqueados con cal, con el asiento y el respaldo de viejos azulejos valencianos de una transparencia aterciopelada, en la que resaltaban los floreados arabescos, los caprichos multicolores de una fabricación heredada de los árabes.

Eran bancos con la elegancia de líneas de un sofá del pasado siglo, frescos y de saludable dureza, en los que gustaba sentarse Leonora por las tardes, cuando las palmeras extendían su sombra en la plazoleta.

En uno de ellos leía la sencilla doña Pepita la historia del santo del día, ayudada por unas antiguas gafas con montura de plata. Beppa la doncella, escuchábala atenta para comprender todas las palabras, con una admiración respetuosa de muchacha de la campiña romana familiarizada con la devoción desde sus primeros años.

En el otro banco estaban Leonora y Rafael. La artista, con la cabeza baja, seguía el movimiento de sus manos, ocupadas en la confección de una de esas labores que sólo sirven para pasar más fácilmente el tiempo engañando la atención.

Rafael la encontraba cambiada por los meses de ausencia. Vestía con sencillez, como una señorita de la ciudad; su cara y sus manos, tan blancas antes, habían tomado con la continua caricia, del sol una transparencia dorada de trigo maduro; los dedos mostrábanse en toda su esbeltez libres de sortijas, y en el lóbulo sonrosado de las orejas, los sutiles agujeros no soportaban el peso como otras veces de la gruesa masa de brillantes.

—Estoy hecha una campesina, ¿verdad?—dijo como si leyera en los ojos de Rafael el asombro por aquel cambio.—La vida del campo obra estos milagros: un día un adorno, mañana otro, va una despojándose de todo lo que antes era como una parte del cuerpo. Me siento mejor así... ¿Creerá usted que hasta tengo abandonado mi tocador y allí se pierden cuantos perfumes traje? Agua fresca, mucha agua... eso es lo que me gusta. ¡Cuán lejos está ya aquella Leonora que había de pintarse todas las noches como un payaso para mostrarse al público! Míreme usted bien: ¿cómo me encuentra? ¿No es verdad que parezco una de sus vasallas? De seguro que si salgo esta mañana a darle vivas en la estación, no me reconoce entre los grupos.

Rafael intentó decir que la encontraba más hermosa que antes, y así lo creía de buena fe. La veía más cerca de su persona: era como si descendiese de su altura para aproximarse a él. Pero Leonora, adivinando sus palabras y queriendo evitarlas, se apresuró a seguir hablando.

—No diga usted que le gusto más así. ¡Qué disparate! ¡ahora que viene usted de Madrid, de ver un mundo que no conocía!... Pero en fin; a mí me gusta esta sencillez y lo que me importa es agradarme a mí misma. Ha sido una transformación lenta, pero irresistible: el campo me ha saturado con su calma; se me ha subido a la cabeza como una embriaguez mansa y dulce, y duermo y duermo, siguiendo esta vida animal, monótona y sin emociones, deseando no despertar nunca. ¡Ay Rafaelito! Como no ocurra algo extraordinario y el diablo tire de la manta, me parece que aquí me quedo para siempre. Pienso en el mundo como un marino piensa en el mar cuando se ve en su casa; después de un viaje de continuos temporales.

—Sí, quédese usted—dijo Rafael.—No puede usted figurarse el miedo que he pasado en Madrid, pensando si la encontraría o no al volver.

—No mienta usted—dijo sonriendo Leonora dulcemente con cierta expresión de gratitud.—¿Cree usted que por aquí no nos hemos enterado de lo que hacía en Madrid? Usted que nunca tuvo grandes relaciones de amistad con el bueno de Cupido, le ha escrito con frecuencia contándole tonterías; todo para al final, como posdata importantísima, encargar saludos a la ilustre artista, tranquilizándose al recibir en la respuesta la noticia de que esa ilustre artista aún estaba aquí. ¡Poco que he reído leyendo esas cartitas!

—Eso le demostrará a usted que yo no mentía el día que le aseguré cierta cosa. Le demostrará que no la he olvidado en Madrid. No, Leonora, no olvido. Esta ausencia ha agrandado más mi afecto.

—Gracias, Rafael—dijo la artista con gravedad, como si en ella no fuese ya posible la ironía de otros tiempos.—Estoy convencida de ello, y me entristece, pues es inútil. Ya sabe usted que no puedo corresponderle... Hablemos de otra cosa.

Y apresuradamente, queriendo desviar con su charla el curso de la conversación, que le parecía peligroso, comenzó a hablar de sus rústicos placeres.

—Tengo un gallinero que es un encanto. ¡Si me viera usted por las mañanas rodeada de plumas y cacareos, arrojando el maíz a puñados, teniendo a raya a los gallos que se meten bajo mis faldas y me pican los pies! Me parece mentira que sea yo la misma de otros tiempos, que blandía la lanza e interpretaba, así regularmente, los ensueños de Wagner. Ya verá usted a mi gente. Tengo gallinas de una fecundidad asombrosa, y como un ratero, revuelvo todas las mañanas la paja para sorberme los huevos todavía calientes... El piano lo tengo olvidado. Hace más de una semana que no lo había abierto; pero esta tarde, no sé por qué, sentí el deseo de rozarme con los genios. Tenía sed de música... algo de los caprichos melancólicos de otros tiempos. Tal vez el presentimiento de que usted vendría: los recuerdos de aquellas tardes en que usted estaba arriba, sentadito e inmóvil como un bobo, escuchándome... Pero no vaya usted a creer, señor diputado, que todo es aquí juego con las gallinas y pereza campestre. Han entretenido mi soledad de este invierno cosas más serias. He hecho en la casa grandes obras. Un cuarto de baño que escandaliza a mi pobre tía y hace que le diga a Beppa que es pecado pensar tanto en las cosas del cuerpo. Aunque olvidadas mis antiguas costumbres, yo no podía pasar sin el baño; es el único lujo que conservo, y mandé venir de Valencia artesanos con mármoles y maderas finas para que arreglasen una preciosidad. Ya lo verá usted; cosa buena. Si algún día me da el arrechucho de huir y levanto el vuelo, ahí quedará eso para que mi pobre tía se indigne a cada instante viendo que su loca gastó tanto dinero en tonterías pecaminosas, como ella dice.

Y reía mirando a la inocente doña Pepa, que allá en el otro banco explicaba por centésima, vez a la italiana, los portentosos milagros del patrón de Alcira, con el anhelo de que la extranjera pusiera su fe en el santo, dando de lado a todos los bienaventurados de su país.

—No crea usted—continuó la artista—que yo le he olvidado en este tiempo. Soy su amiga y lo de usted me interesa. He sabido por Cupido, que de todo se entera, lo que usted hacía en Madrid. También he figurado entre sus admiradores. ¡Lo que puede la amistad!... Yo no sé qué será esto; pero tratándose del señor Brull, me trago las mayores mentiras, aun sabiendo que lo son. Cuando usted habló en el Congreso sobre eso del río, envié a Alcira a comprar el periódico y lo leí no sé cuántas veces, creyendo ciegamente cuanto allí decían en su honor. Yo he hablado con Gladstone en un concierto de la reina en Windsor; he conocido a hombres que llegaron por su palabra a presidentes de República; y no digamos de los políticos de España: a la mayoría de ellos los tuve como cadetes de mi camerino, una vez que canté en el Real. Y a pesar de esto, yo tomé en serio por unos días los elogios disparados con que le incensaban sus correligionarios. En mi imaginación aparecía usted al mismo nivel que todos esos señores solemnes y poderosos que he conocido. ¿Por qué será esto? Tal vez el aislamiento y la calma que agrandan las cosas; tal vez el ambiente de esta tierra, en la que es imposible vivir sin ser súbdito de Brull... ¿Si me iré enamorando de usted sin saberlo?

Y volvía a reír con la risa regocijada y francamente burlona de otros tiempos. Le había recibido grave y sencilla, influida por el cambio que la soledad, la vida campestre y el deseo de descanso producían en ella. Pero al contacto de Rafael, al ver en sus ojos aquella expresión amorosa que ahora se marcaba con más atrevimiento, reaparecía la mujer de antes y reía con la misma carcajada irónica que penetraba como acero en las carnes del joven.

—¿Y qué de extraño tendría eso?—preguntó audazmente Rafael, imitando la sonrisa burlona.

—¿No podría ser que usted, compadecida de mí, acabase por amarme? ¿No se han visto cosas más imposibles?

—No—dijo rotundamente Leonora.—No le amaré a usted nunca... Y si llegase a amarle—continuó en un tono dulce y casi maternal—se lo ocultaría piadosamente para evitar que usted se exaltara viéndose correspondido. Toda la tarde estoy evitando esta explicación. He hablado de mil cosas, me he enterado de su vida en Madrid hasta en detalles que nada me importan; todo para impedir que llegásemos a hablar de amor. Pero con usted es imposible; hay que abordar la materia más pronto o más tarde. Ya que usted lo quiere, sea... Yo no le amaré nunca; yo no debo amarle. Si le hubiera conocido lejos de aquí, aproximados por las circunstancias, como en aquella noche de la inundación, no digo que no. ¿Pero aquí?... Serán escrúpulos de los que puede usted reírse, pero me parece que amándole, cometería un delito; algo así como si entrase en una casa y agradeciera la hospitalidad robando un objeto.

—¿Pero qué disparates son esos?—exclamó Rafael.—¿Qué quiere usted decir?... Crea que no la entiendo.

—Como usted vive aquí no se da cuenta del ambiente que le rodea. ¡Amarse sólo por el amor! Eso puede ser en ese mundo del cual vengo; donde la gente no se escandaliza; donde la virtud es ancha y no pincha, y cada uno, por egoísmo, porque respetan sus debilidades, procura no censurar las ajenas. ¡Pero aquí!... Aquí el amor es un camino recto que forzosamente ha de conducir al matrimonio; y vamos a ver, ¿sería usted capaz de mentir asegurando que se casaría conmigo?...

Miraba de frente al joven con sus grandes ojos verdes, luminosos y burlones, con tal franqueza, que Rafael inclinó la frente tartamudeando.

—No se casaría usted, y haría muy bien. ¡Como que resultaría una solemne barbaridad! Yo no soy de las mujeres que sirven para eso. Muchos me lo han propuesto en mi vida, acreditándose con ello de imbéciles. Más de una vez me han ofrecido sus coronas de duque o de marqués, creyendo que con esto me aprisionaban, me podían conservar, cuando yo sintiendo fastidio pretendía levantar el vuelo. ¡Casada yo! ¡Qué disparate!...

Reía como una loca con una risa que hacía daño a Rafael. Era una carcajada sardónica, de inmenso desprecio, que recordaba al joven la risa de Mefistófeles en su infernal serenata a Margarita.

—Además—continuó Leonora serenándose,—usted no se da cuenta de lo que soy aquí. ¿Cree usted que ignoro lo que de mí se dice en la ciudad?... Me basta ver los ojos con que me contemplan las señoras las pocas veces que voy allá. Y también conozco lo que le ocurría a usted antes de ir a Madrid. Aquí se sabe todo, Rafaelito; el chismorreo de esa pobre gente es tan grande que llega hasta esta soledad. Conozco perfectamente el odio que la madre de usted me tiene y hasta he oído algo de disgustos domésticos, por si usted venía o no venía aquí. Si han de repetirse esas cosas tan enojosas, le ruego que no vuelva; seré siempre su amiga; pero no viéndonos, ganaremos usted y yo.

Rafael se sentía avergonzado al ver que Leonora conocía sus secretos. Se creía en ridículo, y para salir del pasó afirmó con petulancia:

—No crea usted tales cosas; son chismes de enemigos. Yo soy mayor de edad, y me figuro que sin miedo a mamá puedo ir donde mejor me parezca.

—Sea así; siga viniendo, ya que tal es su gusto; pero no me negará usted que existe contra mí una hostilidad declarada. Y si yo llegase a amarle, ¡Dios mío! ¿qué dirían entonces de mí? Creerían que había venido únicamente para seducir a don Rafael, y ya ve usted cuán lejos estoy de ello. Con esto perdería la tranquilidad que tanto me gusta. Si ahora hablan contra mí ¡figúrese lo que sería entonces!... No: yo deseo permanecer quieta. Que me muerdan cuanto quieran pero que sea sin motivo; por pura envidia. Ya ve usted el caso que hago.

Y mirando hacía el punto donde estaba la ciudad oculta tras las filas de naranjos, reía desdeñosamente.

Volvía otra vez aquella franqueza regocijada, de la que se hacía ella la primera víctima, y continuó bajando el tono de voz con su acento confidencial y cariñoso:

—Y luego, Rafaelito, usted no se ha fijado bien en mí. ¡Si soy casi una vieja!... Ya lo sé; no necesito su advertencia: tenemos la misma edad, pero la diferencia de sexo y de vida aumentan considerablemente la mía. Usted es hombre y casi comienza ahora a vivir. Yo voy desde los dieciséis años rodando por el mundo, de escenario en escenario, y este maldito carácter, este afán de no ocultar nada, de no mentir, ha contribuido a hacerme peor de lo que soy. Yo tengo en el mundo muchos enemigos que a estas horas se creerán felices con mi inexplicable desaparición. En nuestra vida de artistas es imposible avanzar un paso sin despertar el odio del camarada, la más implacable de las pasiones. Y ¿sabe usted lo que han dicho de mí esas buenas gentes? Pues que soy una mujer galante más bien que una artista; una especie de cocotte que canta y se exhibe en el escenario como en un escaparate.

—Eso es una infamia—dijo Rafael con arrogancia.—Quisiera que alguna vez lo dijesen delante de mí.

—¡Bah! No sea usted niño. Será una infamia, pero no carece por completo de fundamento. He sido algo de eso que dicen; pero a los hombres les corresponde más culpa que a mí... He sido una loca sin freno en mis caprichos, dejándome tentar unas veces por el esplendor de la riqueza, otras por la hermosura o por el valor; huyendo tan pronto como me convencía de que no había de encontrar nada nuevo, sin importarme la desesperación de los hombres al ver su ensueño interrumpido. Y de toda esta carrera loca, desesperando a unos, enloqueciendo a otros, trastornando la vida en muchos puntos de Europa, he sacado una consecuencia: o eso que los poetas llaman amor no existe y es una invención agradabilísima, o yo no he nacido para amar y soy inmune, puesto que después de una vida tan agitada, cuando recopilo el pasado, reconozco que mi corazón no ha sentido de verdad... ni esto.

Y hacía chasquear entre los dientes la uña sonrosada y aguda de su pulgar.

—A usted se lo digo todo—continuó.—Después de su larga ausencia, en la que alguna vez me he acordado de usted, siento el deseo de que me conozca bien y para siempre. A ver si así vivimos tranquilos. Comprendo que ansíen confesarse esas buenas mujeres de los huertos, que van en busca del cura caminando bajo el sol o la lluvia. Esta tarde necesito yo decirlo todo. Tengo aquí dentro un diablillo que empuja y empuja para echar afuera todo mi pasado.

—Pues hable usted. Si soy su confesor y merezco su confianza, algo voy adelantando.

—¿Para qué quiere usted adelantar en mi corazón si está vacío? ¿Cree usted que haría una gran cosa conquistándome? ¡Si no valgo nada! No ría usted: no valgo nada. Aquí en esta soledad, puedo examinarme detenidamente y lo reconozco: nada. ¿El físico?... sí: confieso que no soy fea, y aunque lo negase con ridícula modestia, ahí está mi historia, para probar que he gustado mucho. Pero ¡ay, Rafaelito! eso es el exterior, la fachada, y con unos cuantos inviernos que lluevan sobre ella quedará despintada y llena de grietas. Pero interiormente créame usted, soy una ruina. Con tantas fiestas y alborotos los tabiques se caen, los pisos se bambolean. He corrido muy aprisa; me he quemado las alas por arrojarme de cabeza en la llama de la vida. ¿Sabe usted lo que soy? Una de esas barcas viejas, caídas en la playa, que vistas de lejos aún conservan el color de sus primeros viajes, pero que sólo piden el olvido para ir envejeciendo y pudriéndose sobre la arena. Y usted que empieza ahora, ¿se presenta pidiendo un puesto en la peligrosa carroña que al volver al oleaje perecería llevándoselo a fondo?... Rafael, amigo mío, no sea usted tonto. Yo soy buena para amiga; no puedo ser ya más... aun cuando le amase. Somos de diferente casta. Le he estudiado a usted y veo que es sensato, honrado y tímido. Yo soy de la casta de los locos, de los desequilibrados; me alisté para siempre bajo las banderas de la bohemia, y no puedo desertar. Cada uno por su camino. Usted encontrará fácilmente una mujer que le haga feliz... Cuanto más tonta, mejor... Usted ha nacido para padre de familia.

Rafael creyó que se burlaba de él como otras veces. Pero no: su acento era sincero, su rostro no estaba contraído por la sonrisa irónica; hablaba con ternura, como amonestando a un hijo que sigue torcidos derroteros.

—Sea usted como es. Si el mundo se compusiera de gente como yo resultaría imposible la vida. También tengo mis ratos en que quisiera transfigurarme, ser ave de corral como toda la gente que me rodea. Pensar en el dinero y en lo que comeré mañana, comprar tierras, discutir con los labriegos, estudiar los abonos, tener hijos que me preocupen con sus resfriados y los zapatos que rompen; no llevar mis aspiraciones mundanales más allá de vender bien la cosecha. Hay momentos en que quisiera ser gallina. ¡Qué bien! Un cercado de cañas por todo mundo, la comida al alcance del pico, y pasar horas y más horas al sol, inmóvil sobre una caña... ¿Se ríe usted? Pues esta vida he comenzado a ensayarla y me va muy bien. Voy todos los miércoles al mercado, compro pollos y huevos, discuto por gusto con las vendedoras para acabar dándolas lo que piden, convido en la chocolatería a las hortelanas de este contorno, y vuelvo a casa escoltada por todas ellas, que se admiran al oírme hablar con Beppa en un lenguaje extraño. ¡Si viera usted lo que me quieren!... En sus ojos leo el asombro al reconocer que la señoreta no es tan mala como dicen las de la ciudad. ¿Recuerda usted la pobre hortelana enferma que vimos en la ermita aquella tarde? Pues viene por aquí con frecuencia y siempre la doy algo. También esa me quiere... Todo esto es muy agradable, ¿verdad? Paz; cariño de los humildes; una anciana inocente, mi pobre tía, que parece haberse rejuvenecido teniéndome aquí. Sin embargo, cualquier día esta corteza rústica, formada por el sol y el aire de los huertos, se romperá en mil pedazos y volverá a aparecer la de siempre, la walkiria. ¡A caballo en seguida! ¡A galopar otra vez por el mundo, entre la tempestad de placeres, aclamada por el coro del deseo brutal!... Presiento que esto va a ocurrir. Hasta la primavera he jurado estar aquí y ya comienza a aletear sobre este suelo. Mire usted estos rosales; mire esos naranjos... ¡Ay! me da miedo la primavera; ha sido siempre para mí la estación fatal.

Quedó pensativa algunos minutos. Doña Pepa y la italiana se habían metido en la casa. La buena vieja no podía pasar mucho tiempo lejos de la cocina.

Leonora había dejado caer su labor sobre el banco y miraba a lo alto, marcándose la suave curva de su garganta en tensión. Parecía sumida en un éxtasis, como si pasase ante sus ojos la visión del pasado. De pronto se incorporó con un estremecimiento.

—Creo que estoy enferma, Rafael. No sé qué tengo hoy. Tal vez la extrañeza de verle; de seguir esta conversación que evoca mi pasado después de tantos meses de calma... No hable usted; no diga nada, por favor. Usted tiene la rara habilidad, sin saberlo, de hacerme hablar, de recordarme lo que deseo tener olvidado... A ver, deme usted el brazo, paseemos por el jardín: esto me sentará bien.

Se levantó Leonora apoyándose en el brazo de Rafael, y comenzaron a pasear por las ancha avenida que conducía a la plazoleta desde la verja de entrada. Al alejarse de la casa, por entre las tupidas copas de los naranjos, la artista sonrió maliciosamente, moviendo una mano en actitud de amenaza.

—Confío en que usted habrá vuelto de su viaje más serio y respetuoso. Nada de juegos y atrevimientos, ¿eh? Ya sabe usted que soy fuerte y cómo las gasto.

II

Toda la noche la pasó Rafael despierto y revolviéndose en su cama.

Los partidarios le habían obsequiado con una serenata hasta más de media noche. Los más notables se mostraban ofendidos por haber pasado toda la tarde en el casino esperando en vano al diputado. Este, apareció allí al anochecer, y después de estrechar de nuevo manos y contestar saludos como por la mañana, volvió a su casa sin atreverse a levantar la cabeza ante su madre.

Tenía miedo a aquellos ojos iracundos, en los que podría leer seguramente el relato de cuanto había hecho por la tarde; pero al mismo tiempo abrigaba el propósito de desobedecer a su madre, oponiendo a su energía una resistencia glacial.

Apenas terminó la serenata, se metió en su cuarto, huyendo de toda explicación con doña Bernarda.

Hundido en la cama y apagada la luz, sentía una intensa voluptuosidad recordando todo lo ocurrido aquella tarde. El cansancio del viaje, la mala noche pasada en el vagón, no le daban sueño, y con los ojos abiertos en la obscuridad iba reconstituyendo lo que la artista le había contado a última hora paseando por el jardín. Era casi toda la historia de su vida, confesada en desorden, como impulsada por el ansia de descargar en alguien sus secretos, con lagunas y saltos que Rafael rellenaba haciendo esfuerzos de imaginación.

Los recuerdos de su viaje por Italia volvían a él vivos y latentes, como refrescados por las revelaciones de Leonora.

Veía en la densa obscuridad la Galería Víctor Manuel, de Milán, con su inmenso arco triunfal, boca gigantesca que parece querer tragarse la catedral; el Duomo, que se alza a pocos pasos, coronado por un bosque de estatuas y caladas agujas.

La doble galería cortándose en forma de cruz, con sus muros cubiertos de columnas, perforados por cuatro filas de ventanas soportando la gran techumbre de cristales. Los pisos bajos, casi sin pared exterior, todos de cristal; escaparates de librerías y almacenes de música, vidrieras de cafés y cervecerías, tiendas de joyeros y sastres deslumbrantes de lujo.

A un extremo el Duomo; al otro el monumento a Leonardo de Vinci, y el teatro famoso de la Scala: y en los cuatro brazos de la Galería, un continuo movimiento de gente, un incesante ir y venir de grupos que se confunden y se separan, de manos que se estrechan, de gritos que expresan la sorpresa del reconocimiento; cuádruple avalancha que afluye al centro de la cruz, a la replaza donde el café Biffi, conocido en todos los teatros del mundo, extiende sus filas de veladores de mármol. Los pasos suenan en las galerías como en un claustro inmenso, los gritos se confunden y la alta montera de cristales parece palpitar con el zumbido de las hormigas humanas que abajo se agitan día y noche.

Allí está el mercado de los artistas; la lonja de la música, el banderín reclutador de voces. De allí salen para la gloria o para el hospital todos los que un día se tocaron la garganta, reconociendo que tenían algo, y arrojaron la aguja, la herramienta o la pluma, corriendo a Milán desde todos los extremos del mundo. Allí se reúnen para digerir los macarrones de la trattoría esperando que el mundo les haga justicia, sembrando de millones el camino de su vida, todos los reclutas infelices del arte: los que empiezan, y para entrar en la gloria buscan una contrata en cualquier teatrillo municipal del Milanesado y un suelto en el semanario de la localidad, enviándolo a su país para que amigos y parientes crean en sus grandes triunfos. Y mezclados con ellos, abrumándoles con la importancia de su pasado, los veteranos del arte, los que hicieron las delicias de una generación casi desaparecida: tenores con canas y dientes postizos; viejos fuertes y arrogantes que tosen y ahuecan la voz para hacer ver que aún conservan la sonoridad del barítono; gente que pone en movimiento sus ahorros, con esa tacañería italiana comparable únicamente a la codicia de los judíos y presta dinero o abre tienda después de haber arrastrado sedas y terciopelos sobre las tablas.

Las dos docenas de eminencias universales que cantan en los primeros teatros del mundo, al pasar por la Galería despiertan el mismo rumor de admiración que los reyes cuando se dejan ver de sus súbditos. Los parias del arte, siempre en espera de contrata, saludan con veneración y hablan del castillo del lago de Como comprado por el gran tenor, de las deslumbrantes joyas de la eminente tiple, del modo gracioso con que se coloca el sombrero el aplaudido barítono, y en sus palabras de admiración hay un sabor de amargura contra el destino, un estremecimiento de envidia, la convicción de ser tan dignos como ellos de tales esplendores, la protesta contra la mala suerte a la que atribuyen su desgracia.

La esperanza revolotea ante ellos, deslumbrándoles con el reflejo de sus escamas de oro, manteniéndoles en la miserable pasividad del hambriento que espera y confía sin saber ciertamente por donde llegarán la gloria y la riqueza. Y por entre estos grupos de juventud que se consume en la impotencia, destinada tal vez a morir de pie en la Galería, pasa con menudo y ligero paso el otro rebaño de la quimera; las muchachas que con el spartito bajo el brazo van a casa de los maestros; inglesitas rubias y flacuchas que quieren ser tiples ligeras; rusas regordetas y peliblancas que saludan con ademán de soprano dramática; españolas de atrevido mirar y valiente garbo que se preparan a ser sobre las tablas la cigarrera de Bizet, pájaros frívolos y sonoros que tienen el nido a muchos centenares de leguas y levantaron el vuelo deslumbrados por los espejuelos de la gloria.

Al terminar la temporada de Carnaval, aparecen en la Galería los artistas que han pasado el invierno en los principales teatros del mundo. Llegan de Londres, de San Petersburgo, de Nueva York o de Melbourne en busca de nuevas contratas; han corrido el globo con la indiferencia del que tiene todo el mundo por casa; han pasado una semana en el tren o meses en el vapor, para volver a su rincón de la Galería, sin que el viaje les haya reformado, reanudando sus enredos, maledicencias y envidias, como si hubiesen salido de allí el día anterior. Se agrupan ante los grandes escaparates con aire desdeñoso, como príncipes que van de incógnito y no saben ocultar su elevado origen; hablan de las estruendosas ovaciones, tributadas por públicos exóticos; exhiben con satisfacción infantil, brillantes en los dedos y la corbata, insinúan con estudiada reserva los arrebatos de las grandes damas, que locas de amor querían seguirles a Milán; exageran las cantidades ganadas en su viaje y fruncen el ceño con altivez cuando algún camarada desgraciado les pide un refresco en el inmediato café Biffi.

Y cuando llegan las nuevas contratas, los mercenarios ruiseñores levantan otra vez el vuelo, indiferentes, sin importarles dónde van; y de nuevo los trenes y los steamers los distribuyen por toda la tierra con sus ridiculeces y manías para recogerles meses después y devolverles a la Galería, su legítima casa, el escenario fijo en el cual han de arrastrar su vejez.

Mientras tanto, los parias, los que nunca llegan, los bohemios de Milán, al quedar solos, se consuelan hablando mal de los compañeros famosos; mienten contratas que nadie les ha ofrecido, fingen una altivez irreductible con empresarios y compositores, para justificar su inacción; y con el filtro garibaldino en el cogote, enfundados en el ruso que casi barre el suelo, ruedan las mesas de Biffi desafiando la fría ventolera que sopla en el crucero de la Galería, hablan y hablan para distraer el hambre que les muerde las entrañas, y despreciando el trabajo vulgar de los que se ganan el pan con las manos, siguen impávidos en su miseria, satisfechos de su calidad de artistas, haciendo cara a la desgracia con una candidez y una fuerza de voluntad que conmueven, iluminados por la Esperanza, que les acompaña hasta el último instante para cerrarles los ojos.

Rafael recordaba este mundo extraño, visto ligeramente en los pocos días que permaneció en Milán. Su acompañante, el canónigo, había encontrado allí un antiguo niño de coro de la catedral de Valencia, sin otra ocupación ahora que estar día y noche plantado en la Galería. Con él había conocido Brull la vida de aquellos jornaleros del arte, siempre de pie en el mercado, esperando el amo que no llega.

Se imaginaba la adolescencia de Leonora en aquella gran ciudad, formando parte del innumerable rebaño de muchachas que trota graciosamente por las aceras con la partitura bajo el brazo o anima los estrechos callejones con sus trinos y gorgoritos al través de las ventanas.

La veía pasando por la Galería al lado del doctor Moreno: ella rubia, flacucha, angulosa, con el desequilibrio de un exagerado crecimiento, mirando asombrada con sus ojazos verdes aquella ciudad fría y tumultuosa tan distinta de los cálidos huertos de su niñez; el padre, barbudo, cejijunto, enérgico, irritado todavía por el fracaso de sus adoradas creencias; un espantable ogro para los que no conocieran su sencillez casi infantil. Los dos marchaban como desterrados que habían encontrado un refugio en el arte; se agitaban en el vacío de aquella vida, entre maestros avaros que querían prolongar indefinidamente la enseñanza y artistas incapaces de hablar bien hasta de sí mismos.

Vivían en un cuarto piso de la vía Pasarella, estrecha, sombría y de altas paredes, como las calles de la vieja Alcira; un callejón habitado por editores de música, agencias teatrales y artistas retirados. El portero era un antiguo cabo de coros; el principal estaba ocupado por una agencia donde de sol a sol no se hacía otra cosa que poner voces a prueba; los demás pisos los habitaban cantantes que al saltar de la cama comenzaban a hacer ejercicios de garganta conmoviendo la casa del tejado a la cueva como si fuese una caja de música. El doctor y su hija ocupaban dos habitaciones en casa de una antigua bailarina que había conseguido grandes triunfos amorosos en las principales cortes de Europa, y era ahora un esqueleto apergaminado, andando casi a tientas por los pasillos, entablando con las criadas disputas de avara matizadas con juramentos de carretero, sin otros vestigios de su pasado que los trajes de crujiente seda y los brillantes, esmeraldas y perlas que iban reemplazándose en sus orejas acartonadas.

Quería a Leonora con el cariño del inválido por el recluta que entra en filas. Todos los días el doctor Moreno iba a un café de la Galería, donde encontraba una tertulia de viejos músicos que habían peleado a las órdenes de Garibaldi, y jóvenes que escribían libretos para la escena y artículos en los periódicos republicanos y socialistas. Aquel era su mundo: lo único que le hacía simpática su permanencia en Milán. Después de su aislamiento allá abajo en su patria, le parecía un paraíso aquel rincón del café lleno de humo, donde en trabajoso italiano, matizado de españolas interjecciones, podía hablar de Beethoven y del héroe de Marsala, y permanecía horas enteras en delicioso éxtasis, viendo a través de la densa atmósfera la camisa roja y las melenas rubias y canosas del gran Giuseppe mientras sus compañeros le relataban las hazañas del más novelesco de los caudillos.

Cuando él estaba en el café, Leonora permanecía al cuidado de la patrona, y la niña tímida, encogida y como asombrada, pasaba las horas en el salón de la antigua bailarina, rodeada de las amigas de ésta, ruinas del pasado, adoraciones ardientes de grandes señores que hacía muchos años pudrían la tierra; brujas requemadas por el amor, que miraban a cada instante sus vistosas joyas, como temiendo ser robadas, y fumando cigarrillos contemplaban a la pequeña, discutiendo su hermosura, profetizándola que iría muy lejos si sabía vivir.

—Tuve excelentes maestras—decía Leonora al recordar aquel período de su juventud.—Eran buenas en el fondo, pero con ellas nada quedaba por aprender. No recuerdo cuándo abrí los ojos. Creo que no he sido nunca inocente.

Algunas noches la llevaba el doctor a su tertulia del café o a la galería alta de la Scala si algún músico le regalaba billetes. Así fue conociendo a los amigos de su padre; aquella bohemia en la que la música iba unida siempre a un ideal de revolución europea; mezcla confusa de artistas y conspiradores; viejos profesores calvos, miopes, con la espalda encorvada por toda una vida de inclinación ante el atril; jóvenes morenos de ojos de brasa con erizadas melenas y corbata roja, que hablaban de destruir la sociedad, haciéndola responsable de que su ópera no fuese admitida en la Scala o de que ningún gran maestro quisiera echar una mirada a sus dramas líricos. Uno de ellos llamó la atención de Leonora. Le contemplaba horas enteras hundida en el diván del café, casi oculta por los brazos, siempre en movimiento, de su padre. Era un joven extremadamente delgado y rubio. Su estrecha perilla y las finas melenas cubiertas por el desmesurado fieltro, recordaban a Leonora el Carlos I de Inglaterra, pintado por Van Dik, y visto por ella en las ilustraciones. En la reunión le llamaban el poeta, y según murmuraban, una gran artista retirada y vieja se encargaba de su manutención y entretenimiento, hasta que sus versos le hiciesen célebre.

—Aquel fue mi primer amor—decía riendo Leonora, al recordar el pasado.

Amor de niña, pasión de colegiala que nadie adivinó, pues aunque la hija del doctor pasaba las horas con sus ojos verdes y dorados puestos en el poeta, éste nunca se dio cuenta de la muda adoración, como si la protectora y vieja diva le abrumase hasta el punto de hacerle insensible para las demás mujeres.

¡Cómo recordaba Leonora aquella época de estrechez y ensueños!... Poco a poco iban devorando la pequeña fortuna que al doctor le restaba allá abajo. Había que vivir y pagar a los maestros. Doña Pepa, apremiada por las cartas de su hermano, vendía campo tras campo; pero aun así en muchas ocasiones se retrasaba el envío de dinero, y en vez de comer en la trattoría, cerca de la Scala, entre alumnas de baile y artistas de reciente contrata, se quedaban en casa, y Leonora, olvidando sus partituras, cocinaba valerosamente, aprendiendo las misteriosas recetas de la vieja bailarina. Pasaban semanas enteras condenados a los macarrones y el arroz cargado de manteca que repugnaba al buen doctor: muchas veces había de fingirse éste enfermo para evitarse la visita al café; pero estas rachas de estrechez y miseria las aguantaban padre e hija en silencio, sosteniendo ante los amigos su condición de gentes que tenían en su país de qué vivir.

Leonora se transformaba rápidamente. Había ya pasado el período del crecimiento, esa iniciación de la adolescencia, en la cual las facciones se remueven antes de adquirir su definitiva forma y los miembros se prolongan y adelgazan. Ya no era la muchacha zanquilarga, con movimientos de pilluela que parecían querer arrojar lejos las faldas. Sus ojos adquirían el brillo misterioso de la pubertad; los trajes parecían estrecharse con el impulso de las formas cada vez más llenas y redondeadas y las faldas bajaban hasta los pies, cubriendo algo distinto de aquellas tibias infantiles, secas y nerviosas, vistas tantas veces por la gente de la Galería.

El signor Boldini, su maestro de canto, estaba admirado de la hermosura de su discípula. Era un antiguo tenor que había tenido su hora de éxito allá por los tiempos del Statuto, cuando Víctor Manuel era todavía rey del Piamonte y los austríacos gobernaban Milán. Convencido de que no podría alzar más el vuelo, se había tendido en el surco, dejando pasar a los que venían detrás, y se dedicó a explotar su experiencia escénica como maestro de numerosas muchachas a las que manoseaba bondadoso y paternal. Su blanca barbilla de chivo viejo estremecíase de entusiasmo al acariciar aquellas gargantas vírgenes que, según él, le pertenecían. «¡Todo por el arte!» Y esta divisa de su vida le hacía simpático al doctor Moreno.

—Ese Boldini quiere a mi Leonora como a una hija—decía el médico cada vez que el maestro elogiaba la belleza y el talento de su discípula, profetizándola triunfos inmensos.

Y Leonora seguía sus lecciones acariciada por las manos ardorosas y húmedas del viejo cantante, permaneciendo horas enteras a solas con él, gracias a la inmensa confianza del doctor, hasta que una tarde, en mitad de una romanza, el tembloroso sátiro que todo lo hacía por el arte, cayó sobre ella. Fue una escena odiosa: el maestro, haciendo valer su derecho feudal, cobrándose a viva fuerza las primicias de la iniciación en el mundo del teatro. Y entre lágrimas y desesperados gritos, que nadie podía oír, la muchacha conoció las torturas del amor, sin placer alguno, con una profunda impresión de asco, pareciéndole el más horrible de los tormentos aquel acto misterioso vagamente adivinado en sus curiosidades de joven educada en un ambiente libre de escrúpulos.

Calló por miedo a su padre, temiendo su explosión de cólera al ver engañada la ciega confianza que tenía en el maestro. Se sumió en una pasividad de bestia resignada y siguió acudiendo todos los días a casa de Boldini, sufriendo aquellas lecciones que se interrumpían con acometidas de valetudinario ardoroso o pegajosos halagos de refinada corrupción.

La pobre Leonora entró en el vicio por la puerta grande. De un golpe se sumergió en todas las vilezas aprendidas por aquel vejestorio en su larga carrera por camerinos y bastidores. Boldini hubiera querido conservar eternamente a su discípula; nunca la encontraba suficientemente preparada para hacer su debut. Pero de allá abajo, apenas si venía dinero. La pobre doña Pepa, vendido ya todo lo de su hermano y gran parte de lo suyo, sólo a costa de penosos ahorros podía enviarle cantidades insignificantes. El doctor, valiéndose de sus amistades con directores errantes y empresarios de aventura, lanzó a su hija, y Leonora comenzó a cantar en los teatrillos municipales de los pueblos del Milanesado, en las representaciones por dos o tres noches organizadas con motivo de las ferias. Eran compañías formadas en la Galería, al azar, la víspera misma de la función; tropas como las antiguas de la legua que partían casi a la ventura, en vagón de tercera, con la terrible perspectiva de volver a pie, si no vigilaban al empresario, pronto siempre a escapar con los fondos.

Leonora comenzó a oír aplausos, a repetir romanzas ante un público endomingado, de propietarios rurales y señoras cargadas de sortijas y cadenas falsas, y sonrió por primera vez como mujer, al recibir ramos y sonetos de los tenientes de las pequeñas guarniciones. En todas sus correrías la seguía el tirano, el maestro, que enloquecido por una pasión que tal vez era la última, abandonaba sus lecciones para salir a su encuentro. ¡Todo por el arte! Quería gozarse en la contemplación de su obra, presenciar los triunfos de su discípula. Y apenas el padre, agradecido por tanto afecto, se separaba un poco, caía sobre ella imponiéndola su esclavitud.

Por fin salió de aquella bohemia artística, cantando en Padua todo un invierno. Allí conoció al tenor Salvatti, un gran señor que trataba desdeñosamente a los compañeros y era tolerado por el público en consideración a su pasado.

Por su figura arrogante había triunfado muchos años sobre la escena. En torno de su cabeza retocada por la tintura y el colorete, parecía flotar con un nimbo aquella leyenda de triunfos galantes que evocaba su nombre. Las grandes damas disputándosele con sorda guerra; una reina escandalizando a sus súbditos con su ciega pasión por él; dos divas eminentes vendiendo sus diamantes por conservarle fiel en fuerza de regalos. La envidia de los compañeros exageraba prodigiosamente esta leyenda, y Salvatti, cansado, pobre, conservando de su pasado una belleza fatigada y ademanes de gran señor, vivía de los públicos de provincia que le aplaudían bondadosamente, con la misma satisfacción de amor propio que si socorrieran a un príncipe destronado.

Leonora, al cantar frente a aquel hombre famoso, al agarrar en pleno dúo aquellas manos que habían besado las reinas del arte, sentíase profundamente turbada. Era el mundo soñado en su cuartito de Milán, las grandezas aristocráticas que llegaban hasta ella en el ambiente fuertemente perfumado que envolvía a Salvatti. Este no tardó en comprender la impresión que causaba en aquella joven que prometía ser una belleza y con su frialdad de amante egoísta se propuso sacar partido de la pequeña. ¿Fue el amor lo que empujó a Leonora hacia los brazos de Salvatti? La artista, cuando examinaba su pasado, protestaba enérgicamente. No era amor; Salvatti era incapaz de inspirar una pasión verdadera. Su egoísmo, su corrupción moral se revelaban en seguida. Era un entretenido, capaz únicamente de explotar a las mujeres. Pero fue una alucinación que la cegó, que la hizo sentir en los primeros días la dulce turbación, el voluptuoso abandono de un amor verdadero. Fue la esclava del arruinado tenor, voluntariamente, como lo había sido por miedo del maestro. Y tanto llegó a dominarla el imperioso amante, tal embriaguez produjo en su naturaleza sensual aquel primer amor, que obedeciendo a Salvatti, se fugó con él al terminar la temporada, abandonando a su padre.

Este era el hecho más terrible de su vida. Ella, tan valerosa con el pasado, que no se arrepentía de nada, parpadeaba conteniendo las lágrimas al recordar tal locura.

Era mentira lo que contaba la gente sobre el fin de su padre. El pobre doctor Moreno no se había suicidado. Tenía demasiada altivez para revelar, dándose la muerte, el inmenso dolor que le había causado aquella ingratitud.

—No me hable usted de ella—dijo con fiereza a su patrona de Milán cuando intentó hablarle de Leonora.—Yo no tengo hija: fue una equivocación.

Ocultándose de Salvatti, que al verse en decadencia era terriblemente avaro, Leonora envió a su padre algunos centenares de francos desde Londres y desde Nápoles. El doctor devolvió los cheques a su procedencia sin añadir una palabra, a pesar de hallarse en la miseria. Entonces Leonora envió todos los meses algún dinero a la vieja bailarina, encargándola que no abandonase a su padre.

Bien necesitaba el pobre de cuidados. La patrona y sus viejas amigas lamentaban el estado del povero signor espagnuolo. Pasaba los días como un maniático, encerrado en su cuarto, el violoncello entre las rodillas, leyendo a Beethoven, su único pariente—según él decía,—el que jamás le había engañado. Cuando la vieja Isabella, cansada de oírle, le empujaba a la calle con pretexto de velar por su salud, vagaba como un espectro por la Galería, saludado de lejos por los antiguos amigos que huían del contagio de su negra tristeza, y temían las explosiones de furor con que acogía las noticias de su hija.

¡Qué modo de hacer carrera! Las viejas carroñas reunidas en el saloncito de la bailarina, comentaban con admiración los adelantos de la pequeña y hasta se indignaban un poco contra el padre, por no aceptar las cosas tales como eran. Aquel Salvatti era el apoyo que necesitaba; un piloto, experto conocedor del mundo, que la dirigía sin tropezar en escollos ni perder bordada.

Había organizado sabiamente una reclame universal en torno de su joven compañera. La belleza de Leonora y su entusiasmo artístico conquistaban los públicos. Tenía contratas en los primeros teatros de Europa, y aunque la crítica encontrara defectos, el respeto a la hermosura se encargaba de olvidarlos, exaltando a la joven artista. Salvatti, amparado de aquel prestigio que cuidaba religiosamente, se sostenía como artista. Despedíase de la vida a la sombra de aquella mujer, la última que había creído en él y que toleraba su explotación.

Aplaudida por públicos famosos, cortejada en su camerino por grandes señores, Leonora comenzaba a encontrar intolerable la tiranía de Salvatti. Lo veía tal como era; avaro, petulante, habituado a que le prestasen adoración; arrebatándole (para ocultarlo Dios sabe dónde) cuanto dinero llegaba a sus manos. Deseosa de vengarse y seducida al mismo tiempo por el esplendor de aquel mundo elegante con el que se rozaba sin penetrar en él, tuvo aventuras y engañó muchas veces a Salvatti, experimentando con ello un diabólico placer. Pero no; después de transcurridos los años, al examinar el pasado con la frialdad de la experiencia, comprendía los hechos. La engañada era ella. Recordaba la facilidad con que se alejaba Salvatti, en el momento oportuno; la rara casualidad con que se combinaban los sucesos para facilitar sus infidelidades; comprendía que aquel hombre era un rufián que cautelosamente preparaba sus aventuras con hombres poderosos presentados por él mismo, para sacar provechos que quedaban en el misterio. Después se mostraba cruel y susceptible durante muchos días; era su amor propio de antiguo buen mozo perseguido por las mujeres, que se sentía lastimado: la rabia de traicionarse a sí mismo para ahorrar una pequeña fortuna; y buscaba cualquier pretexto para armar querella a su amante, promoviendo escenas borrascosas en las que la abofeteaba, jurando como en su juventud cuando descargaba las barcazas del Tíber.

A los tres años de esta vida, estando Leonora en todo el esplendor de su belleza, fue en Niza la mujer de moda una primavera completa. Los periódicos de París, en sus crónicas del gran mundo, hablaron de la pasión de un anciano rey, un monarca democrático que abandonando su estado partía en villegiatura para la Costa Azul, como un fabricante de Londres o un bolsista de París. Leonora sentíase intimidada por aquel señor alto, robusto, de barba patriarcal—el tipo de los reyes bondadosos de las leyendas,—que orgulloso de mostrar cierto verdor a sus años, no temía presentarse en público con la hermosa artista.

Aquello pasó, dejando como rastro en Leonora una marca de distinción, algo de ese vago ambiente que tienen los objetos hermosos cuando se sabe que han sido usados por personajes históricos. Todo el rebaño masculino que con la flor en el ojal y el monóculo hundido en la ceja bailaba y aventuraba luises en la ruleta, desde Niza a Monte Carlo, la miraba con avidez y respeto, como un caballo de raza que acabase de ganar el Gran Premio en las carreras.

—¡Ah! ¡La Brunna!—decían con entusiasmo.

—La querida del rey Ernesto... una gran artista.

E intentaban abrirse paso hasta ella, entre el tropel de adoradores que continuamente la asediaban bajo la mirada inteligente y voraz de Salvatti.

Por entonces murió su padre en un hospital de Milán. Un final tristísimo, según le explicaba en sus cartas la antigua bailarina. ¿De qué había muerto?... Isabella no sabía explicarlo. Cada médico había dicho una cosa; pero la bailarina resumía claramente su pensamiento: el povero signor espagnuolo había muerto porque estaba cansado de vivir. Un desplome general de aquel cuerpo fuerte y poderoso, en el que influían con ímpetu irresistible los afectos morales. Estaba casi ciego al entrar en el hospital; parecía idiota, sumido en inquebrantable silencio; Isabella no podía conservarle en su casa, por su estado de inconsciencia. Pero lo raro fue que al aproximarse la muerte, reapareció de un golpe en su memoria todo el pasado, y los enfermeros le oyeron gemir noches enteras, murmurando en español, con una tenacidad de maniático:—¡Leonora! ¡pequeña mía!, ¿dónde estás?...

Lloró la artista oculta en su hotel más de una semana, con gran enfado de Salvatti, que no gustaba de la desesperación dolorosa porque agostaba la hermosura.

¡Sola!... Con su locura había causado la muerte de su padre; ya sólo le quedaba en el mundo aquella buena tía que vegetaba lejos como una planta sin más vida que la devoción. Miró a Salvatti con odio. El la había inducido a abandonar a su padre, turbándola con una embriaguez voluptuosa. Sintió el deseo de vengarse, de recobrar su libertad, y abandonando a Salvatti, huyó con el conde Selivestroff, un ruso de varonil belleza, rico y capitán de la Guardia Imperial.

Su suerte estaba echada; pasaría de brazo en brazo. Su vida era el canto y dejarse adorar por los hombres. Sería en su lecho como en la escena: de todos y de ninguno.

Aquel Apolo rubio, de músculos duros y blancos como el mármol, de ojos grises, bondadosos y acariciadores, la amaba de veras.

Leonora, recorriendo el pasado, confesaba que Selivestroff había sido su mejor amante. Se enroscaba a sus pies sumiso y adorador, como Hércules ante Ariadna, acariciándola las rodillas con su hermosa barba de oro. Se acercaba todos los días con timidez, cual si la viese por vez primera y temiese ser rechazado; la besaba con adoración y recogimiento como una joya frágil que pudiera romperse bajo sus caricias.

¡Pobre Selivestroff! Era el único amante cuyo recuerdo conmovía a Leonora. Habían vivido un año en su castillo, en plena campiña rusa con la fastuosidad del boyardo, paseando su amor fresco, insaciable y sin cesar renovado, por entre los embrutecidos mujiks que contemplaban a aquella mujer hermosa, envuelta en pieles blancas y azules, con la misma devoción que si fuese una virgen despegada del fondo dorado del icona.

Pero Leonora no podía vivir lejos de la escena; las grandes damas huían de ella en el campo, y Leonora quería que la aplaudiesen y festejasen. Decidió a Selivestroff a trasladarse a San Petersburgo y cantó en la ópera todo un invierno, como una gran señora, convertida en artista por entusiasmo.

Volvió a ser la mujer de moda. La juventud rusa, todos aquellos aristócratas que tenían grados en la Guardia Imperial o altos puestos en la administración, hablaban con entusiasmo de la hermosa española y envidiaban a Selivestroff. El conde recordaba con melancolía la soledad de su castillo, guardadora de tantos recuerdos amorosos. En el bullicio de la capital volvíase huraño, receloso y triste por la necesidad de defender su amor. Adivinaba el asedio oculto de los innumerables adoradores de Leonora.

Una mañana saltó la artista de su lecho para ver al conde tendido en un diván, pálido, con la camisa ensangrentada, rodeado de varios señores vestidos de negro, que acababan de bajarle de un carruaje. Un duelo al amanecer y una bala en el pecho. La noche anterior, a la salida del teatro, el conde había subido un momento a su círculo. Algunas palabras cogidas al vuelo sobre Leonora y él; rompimiento con un amigo; bofetadas y el encuentro concertado a toda prisa, esperando la primera luz del día para cruzar las balas.

Selivestroff murió sonriendo entre los brazos de su amante, buscando por última vez con su boca sanguinolenta aquellas manos de nácar delicadas y fuertes. Leonora lloró como una viuda, le fue odiosa la tierra donde había sido feliz con el primer hombre amado, y abandonando gran parte de las riquezas que le había cedido el conde, se lanzó en el mundo, corriendo los principales teatros, en su fiebre de aventuras y viajes.

Tenía entonces veintitrés años y se consideraba vieja. ¡Cómo había cambiado!... ¿Amores? Al recordar aquel período de su historia, Leonora sentía un estremecimiento de pudor, un remordimiento de vergüenza. Era una loca que paseaba la tierra como una bandera de escándalo, prodigando su hermosura, ebria de poder, haciendo el regio regalo de su cuerpo a cuantos la interesaban un instante.

Daba el cuerpo, como sobre las tablas daba la voz, con el desprecio de quien está seguro de su fuerza indestructible. Era en su lecho como en la escena; de todos y de ninguno, y al quedarse a solas con sus pensamientos, comprendía que algo se ocultaba en ella, todavía virgen: algo que se replegaba con vergüenza al sentir los estremecimientos y apetitos monstruosos de la envoltura, y tal vez estaba destinado a morir sin nacer, como esas flores que se secan dentro del capullo. No podía recordar los nombres de los que la habían amado en aquella época de locura. ¡Eran tantos los arrastrados por su ruidoso revuelo al través del mundo! Volvió a Rusia y fue expulsada por el Czar en vista de sus escándalos públicos con un Gran Duque, quien loco de rabia amorosa, quería casarse con ella, comprometiendo el prestigio de la familia imperial. En Roma se desnudó ante un joven escultor de escaso renombre, al que había hecho el regalo de una noche, apiadada de su muda admiración. Le dio su cuerpo para modelo de una Venus y ella mismo lo hizo público, buscando que el escándalo mundano diese celebridad a la obra y a su autor. Encontró a Salvatti en Génova, retirado de la escena, dedicado a comerciar con sus ahorros. Le recibió con amable sonrisa, almorzó con él, tratándole como a un camarada, y a los postres, cuando le vio ebrio, enarboló un látigo y vengó su antigua servidumbre, los golpes recibidos en la época de timidez y encogimiento, con una ferocidad encarnizada que manchó de sangre su habitación y atrajo la policía al hotel. Un escándalo más y su nombre en los tribunales, mientras ella, fugitiva y orgullosa de su hazaña, cantaba en los Estados Unidos, aclamada locamente por el público americano que admiraba a la amazona más aún que a la artista.

Allí conoció a Hans Keller, el famoso director de orquesta, el discípulo de Wagner. El maestro alemán fue su segundo amor. Con el cabello duro y rojizo, sus gruesas gafas y el enorme mostacho cayendo a ambos lados de la boca y encuadrando la mandíbula, no era ciertamente hermoso como Selivestroff, pero tenía la magia irresistible del arte. Después de oprimir entre sus brazos los músculos del Apolo ruso, blancos y fuertes, necesitaba quemarse en la llama inmortal que tiembla sobre la frente del Arte, y adoró al músico famoso. Ella, tan solicitada, descendió por primera vez de su altura para buscar al hombre, y con sus insinuaciones amorosas turbó la plácida calma de aquel artista, embebido en el culto del sublime maestro.

Hans Keller, al ver la sonrisa que caía como un rayo de sol sobre sus partituras, las cerró, dejándose arrastrar por el amor.

La vida de Leonora con el maestro fue un rompimiento absoluto con el pasado. Quería amar y ser amada, que su vida se deslizase en el misterio y se avergonzaba de sus aventuras. Turbaba con su pasión al músico y se sentía a su vez conmovida y transfigurada por el ambiente de fervor artístico que rodeaba al ilustre discípulo de Wagner.

Las revelaciones de él, del Maestro, como decía con unción Hans Keller, fulguraban ante los ojos de la cantante, como el relámpago que transformó a Pablo en el camino de Damasco. Ahora veía claro. La música no era un medio para deleitar a las muchedumbres, luciendo la hermosura y llevando por todo el mundo una vida de cocotte célebre; era una religión, la misteriosa fuerza que relaciona el infinito interior con la inmensidad que nos rodea. Sentía la misma unción que la pecadora que despierta arrepentida y en su fervor religioso no duda en hundirse en el claustro. Era Magdalena, tocada en medio de una vida de frivolidades galantes y de locos escándalos por la sublimidad mística del arte y se arrojaba a los pies de El, del Maestro soberano, como el más victorioso de los hombres, señor del sublime misterio que turba las almas.

La imagen del gran muerto parecía presenciar todos los arrebatos de aquel amor, mezcla de pasión carnal y misticismo artístico: sus ojos azules, sumidos en la inmensidad, atravesaban los muros de la casita de los alrededores de Munich, donde se arrullaban pensando en él, el discípulo y la entusiasta devota.

—Háblame de El—decía Leonora frotando su cabeza en el duro pecho del músico alemán, con el dulce abandono de la pasión saciada.—¡Cuánto daría por haberle conocido como tú!... Todavía le vi en Venecia: eran sus últimos días... estaba moribundo.

Y evocaba aquel encuentro, uno de sus recuerdos más firmes y bien delineados. La caída de la tarde animando con reflejos de ópalo las aguas obscuras del Gran Canal, una góndola pasando junto a la suya en dirección contraria, y en ella unos ojos azules, imperiosos, brillantes, unos ojos de esos que no pueden confundirse, que son ventanas tras cuyos vidrios fulgura el fuego divino del escogido, del semidiós y que parecieron envolverla en un relámpago de luz cerúlea. Era él, se sentía enfermo, iba a morir. Su corazón estaba herido, traspasado tal vez por misteriosas melodías, cómo esos corazones de virgen que sangran en los altares erizados de espadas.

Leonora le vio más pequeño de lo que realmente era; encogido y quebrantado por el dolor, inclinando su enorme cabeza de genio sobre el pecho de su esposa Cósima. Le veía aún como si le tuviera delante. Se había quitado el negro fieltro para sentir mejor el fresco de la tarde, que agitaba sus lacios cabellos grises. De una mirada abarcó Leonora su frente espaciosa y abombada, que parecía pesar sobre todo su cuerpo como un cofre de marfil cargado de misteriosas riquezas; los ojos glaucos e imperiosos brillando con la frialdad azul del acero bajo el pabellón de las pobladas cejas, y la nariz arrogante, fuerte como el pico de un ave de combate, buscando por encima de la hundida boca la mandíbula sensual y robusta encuadrada por una barba gris que corría por el cuello arrugado y de tirantes tendones. Fue una rápida aparición, pero le vio, y su figura dolorida y pequeña, encorvada por la vejez y la enfermedad, quedó en su memoria como esos paisajes entrevistos a la luz de un relámpago. Le vio cuando llegaba a Venecia para morir en el silencio de los canales, en aquella calma únicamente turbada por el golpe del remo, donde muchos años antes había creído perecer mientras escribía su Tristán, el himno a la muerte, pura y libertadora. Le vio casi tendido en la negra barca, y el choque del agua contra el mármol de los palacios resonó en su imaginación como las trompas plañideras y espeluznantes del entierro de Sigfrido, y le pareció contemplar al héroe de la Poesía marchando al Walhalla de la inmortalidad y la gloria, sobre un escudo de ébano, inerte como el joven héroe de la leyenda germánica: seguido por el lamento de la humanidad, pobre prisionera de la vida que busca ansiosa un agujero, un resquicio por donde penetre el rayo de belleza que alegra y conforta.

Y la cantante, enternecida por el recuerdo, contemplaba con ojos lacrimosos la ancha boina de terciopelo negro, un mechón de cabellos grises, dos plumas de acero gastadas y corroídas, todos los recuerdos del maestro, guardados piadosamente en una vitrina por Hans Keller.

—Tú que le conociste, dime cómo vivía. Cuéntamelo todo: háblame del poeta... del héroe.

Y el músico, no menos conmovido, evocaba sus recuerdos sobre Wagner. Lo describía tal como le había visto en su época de salud, pequeño, estrechamente envuelto en su paletó; de fuerte y pesada osamenta a pesar de su delgadez; inquieto como una mujer nerviosa, vibrante como un paquete de resortes y con una sonrisa amarga, contrayendo sus labios sutiles y sin color. Después venían sus genialidades, sus caprichos que habían constituido una leyenda. Su traje de trabajo, de satín de oro con botones que eran flores de perlas; su apasionado amor por los suntuosos colores, las telas que se extendían como olas de luz en su gabinete de trabajo, los terciopelos y las sedas con reflejos de incendio desparramados sobre los muebles y las mesas sin ninguna utilidad, sin otro fin que su belleza, para animarle los ojos con el acicate de sus matices. Y las ropas del maestro, todas las brillantes estofas de esplendor oriental, impregnadas de esencia de rosa; frascos enteros derramados al azar, saturado el ambiente de un perfume de jardín fabuloso, capaz de marear al más fuerte y que excitaba al monstruo en su lucha con lo desconocido.

Y Hans Keller describía después al hombre, siempre inquieto, estremecido por misteriosas ráfagas, incapaz de sentarse como no fuese ante el piano o la mesa de comer; recibiendo de pie a los visitantes, yendo y viniendo por su salón, con las manos agitadas por nerviosa incertidumbre, cambiando de sitio los sillones, desordenando las sillas, buscando una tabaquera o unos lentes que no encontraba nunca; removiendo sus bolsillos y martirizando su boina de terciopelo, tan pronto caída sobre un ojo como empujada hacia el extremo opuesto y que acababa por arrojar a lo alto con gritos de alegría o estrujaba entre sus dedos crispados por el ardor de una discusión.

El músico cerraba los ojos, creyendo escuchar aún en el silencio la voz cascada e imperiosa del maestro. ¡Oh! ¿dónde estaba? ¿Desde qué estrella seguía atentamente esa inmensa melodía de los astros, cuyos ecos sólo podía percibir su oído? Y Hans Keller, para ahogar su emoción, se sentaba al piano mientras Leonora, sugestionada, se aproximaba a él, rígida como una estatua, y con las manos perdidas en la áspera cabellera del músico, cantaba un fragmento de la inmortal Tetralogía.

La adoración al gran muerto la convertía en una mujer nueva. Adoraba a Keller como un reflejo perdido de aquel astro apagado para siempre; sentía la necesidad de humillarse, la dulzura del sacrificio como el devoto que se prosterna ante el sacerdote, no viendo en él al hombre, sino al elegido de la divinidad. Quería arrodillarse ante sus plantas para que la pisara, para que hiciese alfombra de sus encantos: quería servir como una esclava a aquel amante que era el depositario del pensamiento de El, y parecía agigantado por tal tesoro.

Cuidábale con exquisitas dulzuras de sierva enamorada; le seguía en sus excursiones a Leipzig, a Ginebra, a París, en primavera, época de los grandes conciertos; y ella, la famosa artista, permanecía entre bastidores sin sentir la nostalgia de los aplausos, aguardando el momento en que Hans, sudoroso y fatigado, abandonaba la batuta entre las aclamaciones de la muchedumbre wagneriana, para enjugarle la frente con una caricia casi filial.

Y así corrían media Europa, propagando la luz del maestro; ella, obscurecida voluntariamente, como una de aquellas patricias que, vestidas de esclavas, seguían a los apóstoles ansiosas por los progresos de la buena nueva.

El maestro alemán se dejaba adorar; recibía todas las caricias del entusiasmo y del amor con la distracción de un artista que, preocupado con los sonidos, acaba por odiar las palabras. Enseñaba su idioma a Leonora para que algún día pudiese cantar en Bayreuth, realizando su más ferviente deseo, y la infundía el pensamiento que había guiado al maestro al trazar sus principales protagonistas.

Por esto cuando Leonora se presentó sobre las tablas un invierno con el alado casco de walkiria, tremolando la lanza de virgen belicosa, prodújose aquella explosión de entusiasmo que había de seguirla en toda su carrera. El mismo Hans se estremeció en su sillón de director, admirando la facilidad con que su amante había sabido asimilarse el espíritu del maestro.

—¡Si El te oyese!—decía con convicción—tengo la certeza de que se mostraría satisfecho. Y así corrieron el mundo los dos. En primavera contemplándole ella desde lejos, con la batuta en la mano, haciendo surgir alada y victoriosa la gloria del maestro de las masas de instrumentación que se ocultaban en la bávara colina de Bayreuth, en el foso llamado el Abismo Místico. En invierno era él quien se entusiasmaba escuchando unas veces su ¡hojotoho! fiero de walkiria que teme al austero padre Wotan; viéndola otras despertar entre las llamas, ante el animoso Sigfrido, héroe que no teme nada en el mundo, y se estremece ante la primera mirada de amor.

Pero las pasiones de artista son iguales a las flores por su intenso perfume y su corta duración. El rudo maestro alemán era un ser infantil, voluble y tornadizo, pronto a palmotear ante un nuevo juguete. Leonora, consultando su pasado, se reconocía capaz de haber llegado hasta la vejez sumisa a él, obediente a todos sus caprichos y nerviosidades. Pero un día Keller la abandonó como ella había abandonado a otros; se fue arrastrado por el marchito encanto de una contralto tísica y lánguida, que tenía el enfermizo perfume, la malsana delicadeza de una flor de estufa. Leonora, loca de amor y de despecho, le persiguió, fue a llamar a su puerta como una criada, sintió una amarga voluptuosidad viéndose por primera vez despreciada y desconocida, hasta que una reacción de carácter hizo renacer en ella su antigua altivez.

Se acabó el amor. ¡Adiós a los artistas! Gente muy interesante, pero nada quería ya con ellos. Eran preferibles los hombres vulgares que había conocido en otros tiempos; y cuanto más imbéciles, mejor. No volvería a enamorarse.

Y cansada, perdidas las ilusiones, volvió a lanzarse en el mundo. La molestaba aquella leyenda galante de sus tiempos de locura; la furia con que corrían hacia ella los hombres, ofreciéndola riquezas a cambio de una pasividad amorosa. La locura volvió a cogerla entre sus engranajes. Los hombres hablaban de matarse si ella resistía, como si su deber fuese entregarse al primero que apeteciese su cuerpo y la negativa resultase una traición. El melancólico Maquia se suicidó en Nápoles al verla insensible a sus tristes sonetos; en Viena se batieron por ella y murió uno de sus admiradores; un inglés excéntrico la seguía a todas partes, proyectando sobre su cabeza una sombra de árbol fatal y jurando matar a todo el que ella prefiriese... ¡Ya había bastante! Estaba cansada de aquella vida; sentía náuseas ante la voracidad varonil que le salía al paso en todas partes. Se veía quebrantada por la tempestad de pasión que desencadenaba su nombre.

Quería sumergirse, desaparecer, descansar entregada a un sueño sin límites, y pensó como en un blando y misterioso lecho, en aquella tierra lejana de su infancia, donde estaba su único pariente, la tía devota y simple que la escribía dos veces por año, recomendándola que pusiera su alma en regla con Dios, para lo cual ya ayudaba ella con sus devociones.

Creía también, sin saber por qué, que aquel regreso a la tierra natal amortiguaría el recuerdo doloroso de la ingratitud que había costado la vida a su padre. Cuidaría a la pobre vieja, alegraría con su presencia aquella vida monótona y gris que se había deslizado sin la más leve ondulación. Su voz y su cuerpo necesitaban reposo. Y bruscamente una noche, después de ser Isolda, por última vez ante el público de Florencia, dio la orden de partida a Beppa, la fiel y silenciosa compañera de su vida errante.

A la tierra natal y ¡ojalá encontrara allí algo que la retuviera, no dejándola volver a un mundo tan agitado!

Era la princesa de los cuentos que desea convertirse en pastora; y allí permanecía adormecida, a la sombra de sus naranjos, sacudida algunas veces por el recuerdo; queriendo gozar eternamente aquella calma, repeliendo con fiereza a Rafael, que intentaba despertarla como Sigfrido despierta a Brunilda atravesando el fuego.

No: amigos nada más. No quería amor: ya sabía ella lo que era aquello. Además, llegaba tarde.

Y Rafael revolvíase insomne en su cama, repasando en la obscuridad aquella historia cortada a trozos, con lagunas que rellenaba su adivinación. Sentíase empequeñecido, anonadado por los hombres que le habían precedido en la adoración a aquella mujer.

Un rey, grandes artistas, paladines hermosos y aristocráticos como el conde ruso, potentados que disponían de grandes riquezas. ¡Y él, pobre provinciano, diputado obscuro, sometido como un chicuelo al despotismo de su madre y sin dinero casi para sus gastos, pretendía sucederles!

Reía con amarga ironía de su propia audacia; comprendía el acento burlón de Leonora, la energía con que había repelido todos sus atrevimientos de zafio que intenta poseer una gran dama por la fuerza. Pero a pesar del desprecio que a sí mismo se inspiraba, faltábanle fuerzas para retirarse.

Estaba cogido en la estela de seducción, en aquel torbellino de amor que seguía a la artista por todas partes, aprisionando a los hombres, arrojándoles al suelo quebrantados y sin voluntad, como siervos de la belleza.

III

—Temprano nos vemos hoy: buenos días, Rafaelito... Madrugo por ver el mercado. De niña era para mí un acontecimiento la llegada del miércoles. ¡Cuánta gente!

Y Leonora, olvidada ya de las aglomeraciones de las grandes ciudades, se admiraba ante la confusión de gente que se agita en la plaza llamada del Prado, donde todos los miércoles se verificaba el gran mercado del distrito.

Llegaban los labradores, con la faja abultada por los cartuchos de dinero, a comprar lo que necesitaban para toda la semana allá en su desierto, rodeado de naranjos; iban de un puesto a otro las hortelanas, elegantes y esbeltas cual campesinas de opereta, peinadas como señoritas, con faldas de batista clara que, al recogerse, dejaban al descubierto las medias finas y los zapatos ajustados. El rostro tostado y las manos duras era lo único que delataba la rusticidad de aquellas muchachas a quienes un cultivo riquísimo hacía vivir en la abundancia.

A lo largo de las paredes cloqueaban las gallinas, atadas en racimos; amontonábanse las pirámides de huevos, de verduras y frutas y en las tiendas portátiles de los pañeros extendíanse las fajas de colores, las piezas de percal e indiana y el negro paño, eterno traje de todo ribereño. Fuera del Prado, los labriegos buscaban en Alborchí el mercado de los cerdos, o probaban caballerías en el Hostal Gran. Era la compra de todo lo necesario para la semana; el día destinado a los negocios; la llegada en masa de la población de los huertos, para pedir dinero a los prestamistas o devolvérselo con creces; repoblar el gallinero, comprar el cerdo, cuya creciente obesidad había de seguir con ansia la familia o adquirir a plazos el rocín, motivo de inquietud y de desesperado ahorro.

La muchedumbre, oliendo a sudor y a tierra, agitábase en el mercado, bajo la luz de los primeros rayos del sol. Se abrazaban las hortelanas al encontrarse, y con la cesta en la cadera metíanse en la chocolatería a celebrar el encuentro; los labriegos formaban corro, y de vez en cuando iban a beber una copa de aguardiente dulce para tomar fuerzas. Y por entre medio de esta invasión rústica, pasaba la gente de la ciudad; los burguesillos de arregladas costumbres con una capa vieja y un enorme capazo, en el que metían las provisiones, después de regatearlas tenazmente; las señoritas que veían en el mercado de los miércoles algo extraordinario que alegraba la monotonía de su existencia; los desocupados que pasaban horas enteras de pie, junto al puesto de un vendedor amigo, curioseando lo que cada cual llevaba en su cesta, murmurando de la avaricia de unos y de la generosidad de otros.

Rafael contemplaba con asombro a su amiga. ¡Qué guapa estaba!... ¡Cualquiera podía adivinar en ella a la artista de inmenso renombre!

Parecía una hortelana, vestida de fresco percal, como anunciando la primavera; al cuello un pañolito rojo y la rubia cabellera al descubierto, peinada con artístico descuido, anudada rápidamente sobre la nuca. Ni una joya, ni una flor. Su estatura y su elegancia era lo único que la hacía destacar sobre la muchedumbre. Y bajo la curiosa y ávida mirada de todo el mercado, Rafael sonreía frente a ella, admirándola fresca, sonrosada, con la viveza de la ablución matinal, esparciendo un perfume indefinible de carne sana y fuerte que embriagaba al joven.

Hablaba riendo, como si quisiera cegar con el brillo de su dentadura a todos los papanatas que la contemplaban de lejos. Por todo el mercado extendíase un rumor de curiosidad, un zumbido de admiración y escándalo, al ver frente a frente, a la faz de toda la ciudad, hablando con sonrisa de buena amistad al diputado y la cantante.

Los amigos de Rafael, los principales personajes del municipio que rondaban por el mercado, no podían ocultar su satisfacción. Hasta el último alguacil sentía cierto orgullo. «Hablaba con el quefe. Le sonreía». Era un honor para el partido que una mujer tan hermosa tratase amablemente a Don Rafael, aunque, bien considerado, merecía esto y algo más. Y aquellos hombres, que en presencia de sus esposas tenían buen cuidado de callarse cuando éstas hablaban con indignación de la extranjera, admirábanla con el fervor instintivo que inspira la belleza y envidiaban a su diputado.

Las viejas hortelanas envolvían a los dos en una mirada cariñosa. «Formaban buena pareja; ¡qué matrimonio tan guapo podrían hacer!»

Y las señoras fingían no verles al pasar por su lado; se alejaban torciendo la boca con un gesto de altivez, y al encontrarse con una amiga, decían con acento irónico: «¿Ha visto usted?... Ahí está esa echándole el anzuelo, delante de todos, al hijo de doña Bernarda». Aquello era escandaloso: las señoras decentes tendrían que quedarse en casa.

Leonora, insensible a la curiosidad, sin reparar en los centenares de ojos fijos en ella, seguía hablando de sus asuntos. Beppa se había quedado con la tía, y ella con su hortelana y otra mujer, que aguardaban a pocos pasos con grandes cestas, había venido a comprar un sin fin de cosas, cuya enumeración la hacía reír. Ahora era persona formal; sí señor. Sabía el precio de lo que comía; podría indicar, céntimo por céntimo, el coste de su vida; creía haber retrocedido a aquella dura época de Milán, cuando con la partitura bajo el brazo, entraba en casa del especiero por los macarrones, la manteca o el café. ¡Cómo la divertía aquello!... Y no queriendo prolongar por más tiempo la expectación escandalizada de la gente que interpretaba sus sonrisas y su voluble charla del peor modo, dio su mano a Rafael despidiéndose. Se hacía tarde; si permanecía allí charlando, no encontraría nada; lo mejor del mercado se lo habrían llevado otros.

—A la obligación: hasta la vista, Rafaelito.

Y el joven la vio cómo se abría paso entre el gentío, seguida de las dos campesinas; como se detenía ante los puestos, acogida por una sonrisa amable de los vendedores cual parroquiana que no regateaba jamás; cómo se interrumpía en sus compras para acariciar los niños sucios y aulladores que las pobres mujeres llevaban al brazo, sacando de su cesta las mejores frutas para dárselas.

La admiración de todo el mercado la seguía a través de los puestos. ¡Así, señoreta! gritaban las vendedoras. ¡Vinga, doña Leonor! decían otras llamándola por su nombre para demostrar mayor intimidad. Y ella sonreía, hablaba con todos familiarmente, echaba mano a cada instante al bolso de piel de Rusia que colgaba de su diestra y, como una nube de moscas, agitábanse en torno de ella, tullidos, ciegos y mancos, avisados de la generosidad de aquella señora que daba la calderilla a puñados.

Rafael la seguía con la vista, acogiendo con forzosa sonrisa los cumplimientos de los notables que le felicitaban por su buena suerte. El alcalde—un hombre que, según decían los enemigos temblaba en presencia de su esposa—afirmaba con los ojos chispeantes, que por una mujer así era él capaz de hacer toda clase de locuras. Y todos unían su voz al coro de alabanzas envidiosas, considerando como hecho indiscutible que Rafael era el amante de la artista, mientras este sonreía con amargura recordando sus explicaciones con Leonora.

Ya no la veía. Estaba en el otro extremo del mercado, oculta por el oleaje de cabezas. De vez en cuando distinguía por un instante su casco de oro por encima de las demás mujeres.

Deseaba ir allá, pero no podía. Estaba a su lado don Matías, el afortunado exportador de naranja, aquel ricachón cuya hija Remedios pasaba el día junto a su madre como discípula sumisa.

Aquel señor, de palabra pesada y tardo pensamiento, enmarañábale en su charla sobre el comercio de la naranja. Le daba consejos; un plan entero que había discurrido y le ofrecía para presentarlo al Congreso; medidas de protección para los exportadores de naranja. La riqueza de la ciudad; todos nadando en dinero: lo garantizaba él con la mano sobre el corazón.

Y Rafael, con la vista perdida en el fondo del Prado, espiando las rápidas apariciones de la cabellera de oro para convencerse de que Leonora aún estaba allí, oía como en un sueño a aquel hombre que, según afirmaban los maliciosos, estaba destinado a ser su segundo padre. De todo el lento chorrear de palabras, sólo algunas llegaban hasta su cerebro, clavándose en él con la persistencia de la obsesión «Glasgow... Liverpool... necesarios nuevos mercados... abaratar las tarifas de ferrocarriles... los agentes ingleses son unos ladrones...»

«Bueno, que los ahorquen», contestaba mentalmente Rafael. Y sin cesar de mostrar su asentimiento a lo que no oía, con movimientos afirmativos de cabeza, miraba allá abajo ansiosamente, temiendo que Leonora se hubiese marchado. Se tranquilizó al abrirse un claro en la muchedumbre y ver a la artista sentada en una silla que le había cedido una vendedora, con un niño sobre las rodillas, hablando con una mujercita pequeña, miserable, enfermiza, que a Rafael le pareció la hortelana que encontraron en la ermita.

—¿Qué opina usted de mi plan?—preguntaba en aquel mismo instante don Matías.

—Excelente; un plan grandioso, digno de usted que conoce a fondo la cuestión. Ya hablaremos detenidamente cuando vuelva a las Cortes.

Y para evitar una segunda exposición de lo que no había oído, acariciaba al afortunado patán, daba palmaditas en su espalda de oso, asombrado como siempre de que la buena suerte hubiera escogido como amante a aquel hombre.

Toda la ciudad le había conocido calzando alpargatas, cultivando como arrendatario un pequeño huerto. Su hijo, un mocetón casi imbécil, que aprovechaba el menor descuido para robarle y llevar en Valencia una vida alegre con toreros, jugadores y chalanes de caballos iba descalzo en aquella época, correteando por los caminos con los chicuelos de los gitanos acampados en el Alberchí; su hija, aquella Remedios tan modosita y tímida que se pasaba los días en complicadas labores de aguja bajo la dirección de doña Bernarda, se había criado como una bestezuela en el campo, repitiendo con escandalosa fidelidad las interjecciones de los carreteros, con los cuales bebía su padre.

«Pero no hay como ser bruto para llegar a rico», según decía el barbero Cupido al hablar de don Matías.

Poco a poco fue lanzándose en la exportación de la naranja a Inglaterra. Compró a crédito las primeras partidas y comenzó a soplar para él la racha de loca suerte que todavía duraba. Su fortuna fue cosa de pocos años. Donde los más poderosos navíos, naufragaban, aquella barcaza ruda y pesada, navegando a la ventura del instinto, no sufría el menor perjuicio. Sus envíos llegaban siempre con prodigiosa oportunidad. La rica naranja de otros comerciantes, cuidadosamente escogida, llegaba a Liverpool o Londres cuando los mercados estaban atestados y bajaban los precios escandalosamente. El afortunado palurdo enviaba cualquier cosa, lo que le convenía por su baratura, y siempre se arreglaban las circunstancias de modo que encontraba el mercado vacío, los precios por las nubes, sin reparar en la calidad del género, y realizaba fabulosas ganancias. Se burlaba de las sabias combinaciones de todos aquellos exportadores que leían periódicos ingleses, recibían boletines y comparaban las cotizaciones de unos años con otros para hacer cálculos que daban por resultado salir del negocio con las manos en la cabeza. El no sabía ni quería saber nada; fiaba en su buena estrella. Cuando mejor le parecía, embarcaba el género en el puerto de Valencia, y, ¡allá va! Siempre se concertaban las cosas de modo que su naranja arribaba sin concurrencia y con precios altos. Más de una vez era el mar el que, causando averías al buque, retrasaba su llegaba y daba tiempo a que el mercado quedase limpio, colaborando de este modo en el buen éxito de la expedición.

A los dos años vivía en la ciudad como un personaje y afirmaba riendo que «no se dejaría colgar» por ochenta mil duros. Después, siempre hacia arriba, su fortuna llegó a una altura loca. Las gentes, asombradas, se decían al oído con cierto respeto supersticioso los miles de duros que ganaba en limpio al final de cada campaña. Tenía en los alrededores de Alcira almacenes enormes como iglesias, donde ejércitos de muchachas empapelaban cantando las naranjas, y cuadrillas de carpinteros martilleaban día y noche en la blanca madera de las cajas de exportación. Compraba con un solo golpe de vista la cosecha de huertos enteros, sin equivocarse más allá de algunas arrobas. En cuanto al pago; la ciudad estaba orgullosa de su millonario. Ni en el Banco de España había la formalidad y la confianza que en su casa. Nada de empleados ni mesas; todo a la pata llana; pero ya se podían pedir miles de duros que, como él quisiera, no tenía más que meterse en su alcoba, y de misteriosos escondrijos sacaba cada fajo de billetes que metía miedo.

Y este rústico afortunado, al verse rico, sin más mérito que el capricho de la suerte, se daba aires de inteligente con la petulancia que proporciona el dinero y acosaba a Rafael, a su diputado, con una reforma de tarifas de ferrocarril para esparcir la naranja por el interior de España. ¡Como si él hubiese necesitado de planes para hacerse rico!

De su pasado miserable sólo quedaba en él un vestigio: el respeto a la casa de los Brulls. Trataba con cierta altanería a toda la ciudad, pero no podía ocultar el respeto que le inspiraba doña Bernarda, al cual iba unida una gran gratitud por la amabilidad con que le distinguía al verle rico y el interés que mostraba por su pequeña. Tenía muy presente al padre de Rafael, el hombre más eminente que había conocido en su vida y le parecía verle aún como cuando se detenía ante su casita de hortelano, sobre su enorme rocín y con aire de gran señor le ordenaba lo que debía hacer en las próximas elecciones. Sabía el mal estado en que aquel grande hombre había dejado sus negocios al morir, y más de una vez había dado dinero a doña Bernarda, orgulloso de que ésta en sus apuros le dispensase el honor de buscarle; pero para él la casa de los Brulls, pobre o rica, era siempre la casa de los amos, la cuna de aquella dinastía cuya autoridad no podía abatir poder alguno. Si él tenía dinero, los otros ¡ah! los otros tenían allá lejos, en Madrid, poderosas amistades; llegaban cuando querían hasta el trono; eran de los que tenían la sartén por el mango; y si en su presencia se murmuraba que la madre de Rafael pensaba en su hija para nuera, don Matías enrojecía de satisfacción y murmuraba modestamente:

—No sé; creo que todo son habladurías. Mi Remedios sólo es una muchacha de pueblo y el diputado querrá una señorona de Madrid.

Rafael hacía tiempo que conocía el designio de su madre. El no quería a aquella gente. El padre, a pesar de pegajosa afición a ofrecerle planes, le era simpático por el respeto que mostraba hacia su familia. La hija era un ser insignificante, sin otra belleza que la frescura de su juventud, morena, ocultando tras la mansedumbre servicial una inteligencia más obtusa que la del padre, sin otras manifestaciones que la devoción y los escrúpulos en que la habían educado.

Aquella mañana pasó por dos veces junto a Rafael, seguida de una vieja sirvienta, con toda la gravedad de una huérfana que tiene que ocuparse del gobierno de su casa y hacer las veces de señora mayor. Apenas si le miró. La mansa sonrisa de futura sierva con que le saludaba otras veces había desaparecido. Estaba pálida y apretaba los labios descoloridos. Seguramente le había visto de lejos hablando y riendo con Leonora. Pronto sabría su madre el encuentro. Aquella muchacha parecía mirarle como cosa suya, y su gesto de mal humor era ya el de la esposa que se prepara para una escena, de celos a puerta cerrada.

Como si le amagase un peligro se despidió de don Matías y sus amigos y evitando un nuevo encuentro con Remedios, salió del mercado.

Leonora aún estaba allí. La esperaría en el camino del huerto; había que aprovechar la mañana.

El campo parecía estremecerse bajo los primeros besos de la primavera. Cubríanse de hojas tiernas los esbeltos chopos que bordeaban el camino; en los huertos, los naranjos calentados por la nueva savia abrían sus brotes, preparándose a lanzar como una explosión de perfume la blanca flor del azahar; en los ribazos crecían entre enmarañadas cabelleras de hierba las primeras flores. Rafael se sentó al borde del camino, acariciado por la frescura del césped. ¡Qué bien olía aquello!

La violeta, asustadiza y fragante, debía andar por allí cerca, oculta bajo las hojas. Sus manos buscaron a lo largo del ribazo las florecillas moradas, cuyo perfume hace soñar con estremecimientos de amor. Formaría un ramito para ofrecérselo a Leonora cuando pasase.

Sentíase animado por una audacia que nunca había conocido y sus manos ardían de fiebre. Tal vez era la emoción que le producía su propio atrevimiento. Estaba resuelto a decidir su suerte aquella misma mañana. La fatuidad del hombre que se cree en ridículo y desea realzarse a los ojos de sus admiradores le excitaba, dándole una cínica audacia.

¿Qué dirían sus amigos, que le envidiaban como amante de Leonora, al saber que ésta le trataba como un amigo insignificante, como un buen muchacho que la distraía en la soledad de su voluntario destierro?

Unos cuantos besos en la mano, cuatro palabras agradables; algunas bromas crueles de camarada que tiene conciencia de su superioridad... todo esto había conseguido después de muchos meses de asidua corte, de resistir a su madre, viviendo en su casa como un extraño, sin cariño y bajo miradas de indignación; de entregarse por entero a la maledicencia de los enemigos que le suponían liado con la artista y hacían aspavientos en nombre de la moral.

¡Cómo se burlarían, si conocieran la verdad, aquellos calaveras que en el Casino relataban sus aventuras amorosas teniendo siempre por prólogo el repentino empujón, la lucha, la posesión violenta a brazo partido al borde de una senda, bajo un naranjo o en el rincón más obscuro de una casa!

Y Rafael, perturbado por el miedo a parecer ridículo, se decía que aquellos brutos estaban tal vez en lo cierto, que así se triunfaba, y que él sufría por su culpa, por contemplar a Leonora respetuosamente, de lejos, como un idólatra sumiso. ¡Cristo! ¿No era él el hombre y por tanto el más fuerte? Pues a hacer sentir la autoridad del sexo. Le gustaba y había de ser suya. Además, cuando ella le trataba con tanto cariño, seguramente le quería. Los escrúpulos eran lo único que les mantenía separados y él se encargaba de allanarlos violentamente en la primera ocasión propicia.

Cuando acababa de surgir entera e imperiosa la brutal decisión entre las continuas fluctuaciones de su carácter débil e irresoluto, oyó voces en el camino, e incorporándose vio venir a Leonora seguida de las dos labriegas con el busto encorvado sobre las pesadas cestas.

—¡También aquí!—exclamó la artista con una risa que hinchaba su garganta de suaves estremecimientos.—Usted es mi sombra. En el mercado, en el camino, en todas partes me sale al encuentro...

Y tomó el ramito de violetas que le ofrecía el joven, aspirándolo con delicia.

—Gracias, Rafael: son las primeras que veo este año. Ya está aquí mi fiel amiga, la primavera; usted me la trae, pero hace ya días que adivinaba su llegada. Estoy contenta, ¿no lo nota usted? Me parece que he sido durante el invierno un gusano de seda apelotonado en el capullo, y que ahora me salen alas y voy a volar por ese inmenso salón verde que exhala sus primeros perfumes. ¿No siente usted lo mismo?

Rafael afirmaba con gravedad. También él sentía el hervor de la sangre, los pinchazos de la vida en todos sus poros.

Y contemplaba con ojos extraviados aquella garganta desnuda, de tentadora nitidez, realzada por el rojo pañuelo; el pecho robusto, sobre cuya tersa morbidez descansaban sus violetas.

Las dos hortelanas al ver a Rafael cambiaron una sonrisa maliciosa, un guiño significativo, y pasaron delante de la señora con el propósito marcado de no estorbarla con su presencia.

—Sigan ustedes—dijo Leonora.—Nosotros iremos despacio hasta casa.

Se alejaron las dos mujeres con vivo paso, hablando en voz baja. Leonora adivinaba la sonrisa de sus rostros invisibles.

—¿Ha visto usted a esas?—dijo señalándolas con su cerrada sombrilla.—¿No se ha fijado usted en sus sonrisas y guiños al verle en el camino?... ¡Ay, Rafael! Usted está ciego y resulta terrible. Si yo tuviera que guardar mi fama, aviada estaba con un amigo como usted. ¡Qué cosas suponen por ahí!

Y reía con una expresión de superioridad, considerándose muy por encima de cuanto pudieran decir las gentes de su amistad con Rafael.

—En el mercado me hablan de usted todas las vendedoras como si esto fuese para mí el más irresistible de los halagos; aseguran que formamos una soberbia pareja. Mi hortelana aprovecha todas las ocasiones para decirme que es usted muy guapo. Dele usted las gracias... ¿Qué más? Hasta mi tía, mi pobre tía que vive en el Limbo, ha salido de él para decirme el otro día: «¿Sabes que Rafaelito viene mucho por aquí? ¿si querrá casarse contigo?» Ya ve usted; casarse ¡já! ¡já! ¡já! ¡casarse! La pobre señora no ve más que esto en el mundo.

Y seguía arrojando a la cara de Rafael, sombrío por sus malos pensamientos, aquella risa franca y burlona que parecía el parloteo de un pájaro travieso satisfecho de su libertad.

—¡Pero qué mala cara tiene usted hoy! ¿Está usted enfermo?... ¿Qué le pasa?

Rafael aprovechó el momento. Estaba enfermo, sí; enfermo de amor. Comprendía que toda la ciudad hablase de ellos; él no podía ocultar sus sentimientos. ¡Si supiera lo que le costaba aquella adoración muda! Quería arrancar de su pensamiento la devoción por ella, y no podía. Necesitaba verla, oírla; sólo vivía para ella. ¿Leer? imposible. ¿Hablar con sus amigos? Todos le repugnaban. Su casa era una cueva en la que entraba con gran esfuerzo para comer y dormir. Salía de ella tan pronto como despertaba y abandonaba la ciudad, que le parecía una cárcel. Al campo; y en el campo la casa azul donde ella vivía. ¡Con qué impaciencia esperaba la llegada de la tarde, la hora en que por una tácita costumbre, que ninguno de los dos marcó, podía él entrar en el huerto y encontrarla en su banco bajo las palmeras!... No podía vivir así. La pobre gente le envidiaba al verle poderoso, diputado tan joven; y él quería ser... ¿a qué no lo adivinaba? ¡qué cosas tan absurdas! ¡que no se burlara Leonora! El daría cuanto era por ser aquel banco del jardín, abrumado dulcemente por su peso las tardes enteras; por convertirse en la labor que giraba entre sus dedos delicados; por transfigurarse en una de las personas que la rodeaban a todas horas, de aquella Beppa, por ejemplo, que la despertaba por las mañanas, inclinándose sobre su cabeza dormida, moviendo con su aliento la cabellera deshecha, esparcida como una ola de oro sobre la almohada y que secaba sus carnes de marfil a la salida del baño, deslizando sus manos por las curvas entrantes y salientes de su suave cuerpo. Siervo, animal, objeto inanimado, algo que estuviera en perpetuo contacto con su persona, eso ansiaba él: no verse obligado con la llegada de la noche a alejarse tras una interminable despedida prolongada con infantiles pretextos, al volver a la irritante vulgaridad de su vida, a la soledad de su cuarto, en cuyos rincones obscuros, como maléfica tentación, creía ver fijos en él unos ojos verdes.

Leonora no reía. Abríanse desmesuradamente sus ojos moteados de oro; palpitaban de emoción las alillas de su nariz, y parecía conmovida por la sinceridad elocuente del joven.

—¡Pobre Rafael! ¡Pobrecito mío!... ¿Y qué vamos a hacer?

En el huerto, Rafael jamás se había atrevido a hablar con tanta franqueza. Le cohibía la proximidad de los allegados de Leonora; le intimidaba el aire superficial y burlón con que ella recibía sus visitas; la ironía con que le desconcertaba apenas apuntaba él una frase de amor. Pero allí, en medio del camino, era otra cosa; se sentía libre, quería vaciar su corazón. ¡Qué tormentos! Todos los días iba hacia la casa azul trémulo de esperanza, agitado por la ilusión. «Tal vez sea hoy», se decía. Y le temblaban las piernas, y la saliva parecía solidificarse en su garganta, ahogándole. Y horas más tarde, al anochecer, la vuelta desesperada al hogar, marchando desalentado a la luz de las estrellas, haciendo eses en el camino como si estuviera ebrio, sintiendo que las lágrimas le escarabajeaban en los párpados, queriendo morir, como el que necesita pasar adelante y se rompe los puños contra un muro inmenso de bloques de hielo. ¿No se fijaba en él? ¿no veía los inmensos esfuerzos que hacía para agradarla?... Ignorante, humilde, reconociendo la inmensa diferencia que separaba a ambos por su distinta vida, ¡qué de esfuerzos para llegar a su altura; por colocarse al nivel de aquellos hombres que la habían poseído por unos días o por años enteros! Ella debía haberlo notado. Si le hablaba del conde ruso, modelo de elegancia, al día siguiente Rafael, con gran asombro de los de su casa, sacaba su mejor ropa, y sudando bajo el sol, oprimido por el alto cuello, emprendía aquel camino que era su calle de Amargura, andando como una señorita para que el polvo no amortiguase el brillo de sus botas. Si el músico alemán cruzaba por el recuerdo de Leonora, él repasaba sus libros, y afectando el exterior descuidado de aquellos artistas vistos en las novelas, llegaba allá con el propósito de hablar del inmortal maestro, de Wagner, al que apenas conocía, pero al que adoraba como a una persona de su familia... ¡Dios mío! Todo esto resultaba ridículo, bien lo sabía él; mejor era presentarse sin disfraz, con toda su pequeñez. Reconocía que era imposible aquella lucha para igualarse con los mil fantasmas que llenaban la memoria de Leonora; ¡pero qué no haría él por despertar aquel corazón por ser amado un momento, un día nada más, y después morir!

Y había tal sinceridad en esta confesión de amor, que Leonora, cada vez más conmovida, se aproximaba a él, caminaba pegada a su cuerpo sin darse cuenta y sonreía levemente, repitiendo su frase, mezcla de afecto maternal y de lástima.

—¡Pobre Rafael!... ¡Pobrecito mío!

Habían llegado a la verja que daba entrada al huerto. La avenida estaba desierta. En la plazoleta, frente a la cerrada casa, correteaban las gallinas.

Rafael, abrumado por el esfuerzo de aquella confesión, en la que daba curso a las angustias y ensueños de muchos meses, se apoyó en el tronco de un viejo naranjo. Leonora estaba frente a él escuchándole con la cabeza baja, rayando el suelo con la contera de su roja sombrilla.

Morir, sí; él había leído esto muchas veces en las novelas sin poder contener una sonrisa. Ahora ya no reía. Había pensado algunas noches, en la turbación del delirio, terminar aquel amor de un modo trágico. La sangre de su padre, violenta y avasalladora, hervía en él. Si llegaba a convencerse de que nunca sería suya, ¡matarla para que no fuese de nadie, y matarse él después! Caer los dos sobre la tierra empapada de sangre, como sobre un lecho de damasco rojo; besarla él, en los labios fríos, sin miedo a que nadie le estorbara; besarla y besarla hasta que el último soplo de vida fuese a perderse en la lívida boca de ella.

Lo decía con convicción, vibrando todos los músculos de su cara varonil, ardiendo como brasas sus ojos de moro veteados por la pasión con venillas de sangre. Y Leonora le miraba ahora con apasionamiento, como si viese un hombre nuevo. Estremecíase con una emoción nueva al oír los bárbaros ensueños, las amenazas de muerte. Aquel no se mataba melancólicamente como el poeta italiano viendo perdido su amor: moría matando, destrozaba el ídolo, ya que no atendía sus súplicas.

Y dulcemente conmovida por la expresión trágica de Rafael, se dejaba llevar por éste, que la había cogido un brazo y la atraía lejos de la avenida entre las copas bajas de los naranjos.

Permanecieron los dos en silencio mucho rato. Leonora parecía embriagada por el perfume viril de aquellas amenazas de pasión salvaje.

Rafael, al ver cabizbaja y silenciosa a la artista, creyó que la habían ofendido sus palabras, y se arrepintió de ellas.

Debía perdonarle, estaba loco. Se exasperaba ante su resistencia inexplicable. ¡Leonora! ¡Leonora! ¿A qué empeñarse en estorbar la obra del amor? El no era indiferente para ella, no le inspiraba antipatía ni odio; de lo contrario, no serían amigos ni le permitiría las continuas visitas. ¿Amor?... Estaba seguro de que no lo sentía por él, pobre infeliz, incapaz de inspirar una pasión a una mujer como ella. Pero que no se resistiera; ya le amaría con el tiempo; él lograría conquistarla en fuerza de cariño y de adoración. ¡Ay! con sólo su amor, había para los dos y para todos los amantes famosos en la historia. Sería su esclavo, la alfombra en que pondría sus pies; el perro, siempre tendido ante ella, con la mirada ardiente de la eterna fidelidad, acabaría por quererle, si no por amor, por gratitud y por lástima.

Y al hablar así, acercaba su rostro al de Leonora, buscando su imagen en el fondo de los ojos verdes; oprimía su brazo con la fiebre de la pasión.

—Cuidado, Rafael... me hace usted daño, suélteme usted.

Y como si despertara en pleno peligro después de un dulce sueño, se estremeció, desasiéndose con nervioso impulso.

Después comenzó a hablar con calma, repuesta ya de la embriaguez con que le habían turbado las apasionadas palabras de Rafael.

No, lo que él deseaba era imposible. La suerte estaba echada, no quería amor... La amistad les había llevado algo lejos. Ella tenía la culpa, pero sabría remediarlo. Era ya un barco viejo que no podía cargar con el peso de una nueva pasión. Si le hubiera conocido años antes, tal vez. Reconocía que hubiese llegado a quererle; le creía más digno de su amor que otros hombres a los que había amado. Pero llegaba tarde; ahora sólo quería vivir. ¡Qué horror! ¡las emociones de la pasión en un ambiente mezquino, en aquel mundo pequeño de curiosidades y maledicencias! ¡Ocultarse como criminales para quererse! ¡Ella, que gustaba del amor al aire libre, con el sublime impudor de la estatua que escandaliza a los imbéciles con su desnuda hermosura! ¡Verse roída a todas horas por la murmuración de los tontos, después de haber dado su cuerpo y su alma a un hombre! ¡Sentir en torno el desprecio y la indignación de todo un pueblo que la acusaría de haber corrompido una juventud, separándola de su camino, alejándola para siempre de los suyos! No, Rafael, mil veces no; ella tenía conciencia, ya no era la loca de otros tiempos.

—Pero ¿y yo?—suspiraba el joven agarrando de nuevo su brazo con ansiedad infantil—usted piensa en sí misma y en todos, olvidándome a mi. ¿Qué voy a hacer yo a solas con mi pasión?

—Usted olvidará—dijo gravemente Leonora.—Hoy he visto que es imposible mi estancia aquí. Los dos necesitamos alejarnos. Huiré antes que termine la primavera; iré no sé dónde, volveré al mundo, a cantar, donde no encuentre hombres como usted, y el tiempo y la ausencia se encargarán de curarle.

Leonora se estremeció al ver la llamarada de salvaje pasión que pasó por los ojos de Rafael. Sintió junto a los labios el ardoroso resuello de aquella boca que buscaba la suya, murmurando con apagado rugido:

—No, no te irás; quiero que no te vayas.

Y se sintió enlazada, conmovida de cabeza a pies por unos brazos nerviosos a los que la pasión daba nueva fuerza. Sus pies se despegaron del suelo, se sintió elevada; un impulso brutal la hizo caer de costado al pie de un naranjo, al mismo tiempo que en sus ropas se agitaban unas manos convulsas, estremecidas, que herían las carnes con caricias de fiera.

Fue una lucha brutal, innoble que duró unos instantes. La walkyria reapareció en la mujer vencida. Su cuerpo robusto vibró con un supremo esfuerzo, incorporose sofocando con su peso a Rafael, y al fin Leonora se irguió, poniendo su pie brutalmente, sin misericordia, sobre el pecho del joven, apretando como si quisiera hacer crujir la osamenta de su pecho.

Su aspecto era terrible. Parecía loca, con su rubia cabellera deshecha y sucia de tierra. Sus verdes ojos brillaban con reflejos metálicos como agudos puñales, y su boca, descolorida por la emoción, contraíase, lanzando, por la fuerza de la costumbre, por el instinto del esfuerzo, su grito de guerra, un ¡hojotoho! desgarrado, salvaje, que conmovió la calma del huerto, estremeciendo a las aves de corral, que corrieron asustadas por los senderos.

Blandía con furor la sombrilla cual si fuese la lanza de las hijas de Wotan, y varias veces apuntó con ella a los ojos de Rafael como si quisiera sacárselos.

El joven parecía abatido por su esfuerzo, avergonzado de su brutalidad, inerte en el suelo, sin protesta, como si deseara no levantarse jamás; morir bajo aquel pie que le asfixiaba iracundo.

Leonora se serenó, y lentamente fue retrocediendo algunos pasos, mientras Rafael se incorporaba, recogiendo su sombrero.

Fue una escena penosa. Los dos sentían frío, no veían luz, como si el sol se hubiera apagado y sobre el huerto soplase un viento glacial.

Rafael miraba avergonzado al suelo; tenía miedo de verla, miedo de contemplarse con las ropas en desorden, sucio de tierra, batido y golpeado como un ladrón al que sorprende un amo fuerte.

Oyó la voz de Leonora, hablándole con la despreciativa familiaridad que se usa con los miserables.

—¡Vete!

Levantó los ojos y vio los de Leonora irritados y altivos, fijos en él.

—A mí no se me toma—dijo con frialdad;—me entrego, si es que quiero.

Y en el gesto de desprecio y rabia con que despedía a Rafael, parecía marcarse el recuerdo odioso de Boldini, aquel viejo repugnante, el único en el mundo que la había tomado por la fuerza.

Rafael quiso excusarse, pedir perdón, pero aquel recuerdo de la adolescencia evocado por la escena brutal, la hacía implacable.

—¡Vete, vete, o te abofeteo!... Jamás vuelvas aquí.

Y para dar más fuerza a estas palabras cuando Rafael, humillado y sucio, salió del huerto, Leonora cerró tras él la verja de madera con tan brutal ímpetu, que casi hizo saltar los barrotes.

IV

Doña Bernarda mostrábase contenta de su Rafael. Se acabaron las miradas feroces, los gestos severos, las mudas escenas entre madre e hijo, que presenciaban con temor los íntimos de la casa.

Ya no iba a la casa azul; lo sabía con gran certeza, gracias al espionaje gratuito con que la servían las gentes afectas a la familia. Apenas salía de casa; un rato al casino por las tardes, y el resto del día en el comedor con ella y los amigos, o encerrado en su cuarto, a vueltas sin duda con sus libros, que la austera señora miraba con el respeto supersticioso de su ignorancia.

Don Andrés, el consejero, se mostraba triunfante al comentar aquel cambio. ¿Qué había dicho él, siempre que doña Bernarda, en las íntimas confidencias de aquella amistad que casi tomaba el carácter de una pasión senil, tranquila y respetuosa, se quejaba de la rebeldía del muchacho? Aquello pasaría: era un capricho de la edad; había que dar a la juventud lo suyo. Rafael no había estudiado para cartujo. ¡Otros a su edad y aun con más años eran peores!... Y el viejo señor pensaba sonriendo en sus fáciles conquistas de los almacenes, entre el rebaño despeinado, miserable y de sucios zagalejos que empapela la naranja. La buena doña Bernarda, después de sufrir tanto de su marido era demasiado exigente con su hijo. ¡Que se divirtiera! ¡que gozara! Ya se cansaría de la artista con ser tan hermosa, y entonces sería fácil volverle a la buena senda.

Doña Bernarda admiraba una vez más el talento del consejero, viendo cumplidas sus predicciones, hechas con un cinismo que enrojecía a la devota señora.

Ella también lo creía acabado todo. Su hijo era menos ciego que el padre. Se había cansado del amor de una mujer perdida como aquella; no quería reñir con su madre por tan poca cosa, ni que los enemigos le desacreditasen y volvía a su deber con gran alegría de la buena señora que le rodeaba de solícitas atenciones.

—¿Y de aquello?—le preguntaban misteriosamente sus amigas.

—Nada—respondía con una sonrisa de orgullo.—Han pasado tres semanas, y ni asomos de querer volver allá. Mi Rafael es bueno. Lo ocurrido no fue más que una distracción de muchacho. ¡Si le vierais por las tardes haciéndome compañía en la sala! Un ángel, un verdadero ángel. Se pasa las horas hablando conmigo y con la hija de Matías.

Y añadía, extremando su sonrisa y con ojos maliciosos:

—Creo que hay algo.

Algo había, sí; o por lo menos apariencia de haberlo. Rafael, cansado de vagar por la casa fatigado de los libros ante los cuales pasaba horas enteras volviendo hojas, sin darse cuenta de lo que decían, refugiábase en el salón donde cosía su madre, vigilando un complicado bordado de la hija de don Matías.

Rafael gustaba de la mansa sencillez de aquella muchacha. Su simplicidad producía en él una impresión de frescura y descanso. La veía como una cuevecita angosta y oculta en la cual dormitaba tranquilo después de una tempestad. La sonrisa satisfecha de su madre le animaba a permanecer allí. Jamás la había visto tan bondadosa y comunicativa. El goce de tenerle otra vez seguro y sumiso modificaba su carácter austero hasta la rudeza.

Remedios, con la cabeza inclinada sobre su bordado, enrojecía intensamente cada vez que Rafael alababa su obra o la decía que era la muchacha más bonita de Alcira. La ayudaba a enhebrar las agujas; con las manos extendidas servía de devanadera a las madejas que ovillaba la joven, y más de una vez la pellizcaba por debajo del bastidor, con la confianza de haberla conocido niña, lo que no evitaba sus gritos escandalizados.

—Rafael, no seas loco—decía la madre amenazándole bondadosamente con sus secas manos.—Deja trabajar a Remedios; si te portas tan mal no te permitiré entrar en la sala.

Y por la noche, a solas en el comedor con don Andrés, cuando llegaba la hora de las confidencias, doña Bernarda olvidaba los asuntos de la casa y del partido para decir con satisfacción:

—Eso marcha.

—¿Se enamora Rafaelito?...

—Cada día más. La cosa va a todo vapor. Ese chico es en esto el vivo retrato de su padre. Crea usted que conviene que no les pierda de vista. Si no estuviera yo aquí, ese diablillo sería capaz de una locura que desacreditase la casa.

Y la buena señora, estaba segura de que para Rafael no existía ya la hija del doctor Moreno, criatura abominable, cuya belleza había sido su pesadilla durante algunos meses.

Sabía por sus espías que una mañana de mercado se habían encontrado los dos en las calles de Alcira. Rafael volvió la mirada como si buscase un sitio por donde huir; ella palideció y siguió adelante fingiendo no verle. ¿Qué significaba esto?... La ruptura para siempre. Ella, la buena pieza, palidecía de rabia, tal vez porque no podía atrapar de nuevo a su Rafael, porque éste, cansado de inmundicia, la abandonaba para siempre. ¡Ah, la perdida! ¡la ramera!

¿Pues qué no había más que educar un hijo en las más sanas y virtuosas creencias y hacer de él un personaje, para que después llegase una correntona peor mil veces que las que por dinero hacen porquerías en un callejón para llevársele con sus manos sucias? ¿Qué había creído la hija del descamisado?... ¡Rabia! ¡Palidece de pena, al ver que se te va para siempre!

En la alegría de su triunfo, comenzaba a pensar en la boda de su hijo con Remedios, y levantando una punta de su reserva de gran señora, trataba a don Matías como de la familia, ensalzando el afecto cada vez más vivo que unía a los chicos.

—Pues si se quieren—decía el burdo ricachón,—por mí que sea la boda cuanto antes. Remedios hace mucho papel a mi lado: una mujercita como hay pocas para el gobierno de la casa; pero esto que no sea obstáculo para el casorio. Muy satisfecho, doña Bernarda, de que seamos parientes. Sólo siento que don Ramón no pueda ver estas cosas.

Y era verdad que lo único que empañaba la alegría del rústico millonario, era que no viviese el alto e imponente señor para darse el gusto de tratarle como un igual, coronando así el éxito de su asombrosa fortuna.

Doña Bernarda también veía en aquella unión la cúspide de sus ensueños; el dinero unido al poder; los millones de un comercio cuyos éxitos maravillosos parecían golpes de juego, viniendo a vivificar con savia de oro el árbol de los Brulls, algo resquebrajado y viejo por largos años de lucha.

Comenzaba la primavera. Algunas tardes doña Bernarda llevaba los chicos a sus huertos o a las ricas fincas del padre de Remedios. Había que ver con qué aire de bondad vigilaba a la joven pareja, gritando alarmada si en sus correrías permanecían algunos minutos ocultos tras los naranjos.

—¡Este Rafael!—decía a su consejero con aquella confianza que le había hecho relatar más de una vez las tristezas de la intimidad con su esposo.—¡Qué pillo es! ¡De seguro que la estará besando!

—Déjelos usted, doña Bernarda. Cuanto más se meta en harina, menos peligro de que vuelva a la otra.

¿Volver?... No había cuidado. Bastaba contemplar a Rafael cómo cogía las flores y las colocaba riendo en la cabeza o el pecho de Remedios, que se resistía débilmente, con un rubor de colegiala, conmovida por tales homenajes.

—Quieto, Rafaelito—murmuraba con una voz que parecía un balido suplicante.—No me toques; no seas atrevido.

Y su emoción la traicionaba de tal modo, que parecía estar pidiendo que el joven volviese a poner en su cuerpo aquellas manos que la trastornaba desde los pies a la raíz de los cabellos. Se replegaba por educación, huía de él porque este es el deber de una joven cristiana y bien educada; escapaba como una cabrita con graciosos saltos por entre las filas de naranjos, y el señor diputado salía detrás a todo galope con las narices palpitantes y los ojos ardorosos.

—¡Que te coge, Remedios!—gritaba la mamá, riendo.—¡Corre; que te coge!

Don Andrés contraía su cara arrugada con una sonrisa de viejo fauno. Aquellos juegos le rejuvenecían.

—¡Hum, señora! Sí que va la cosa a todo vapor. Está que arde. Cáselos usted pronto; mire que si no, podemos dar mucho que reír a Alcira.

Y todos se engañaban. Ni la madre ni el amigo veían la expresión de desaliento y tristeza de Rafael cuando quedaba solo, encerrado en un cuarto en cuyos obscuros rincones seguía viendo aquellos ojos verdes y misteriosos de que había hablado a Leonora.

¿Volver a ella? Nunca. Duraba en él la vergüenza y el anonadamiento por lo de aquella mañana. Se veía en toda su trágica ridiculez, apelotonado en el suelo, oprimido por el pie de la viril amazona, manchado de tierra, humilde y confuso como un delincuente que no acierta a disculparse. Y después la palabra terrible como un latigazo: «¡Vete!»; como a un lacayo que osa atreverse a su señora, y la verja, cerrándose a sus espaldas con estrépito cayendo como una losa de tumba entre él y la artista.

No volvería: le faltaba valor para arrostrar su mirada. La mañana en que la encontró casualmente cerca del mercado, creyó morir de vergüenza; le temblaron las piernas, vio que la calle se obscurecía como si repentinamente llegase la noche. Había desaparecido ella, y todavía le zumbaban los oídos y buscaba apoyarse en algo, como si el suelo se balanceara bajo sus pies.

Necesitaba olvidar su vergonzosa torpeza aquel recuerdo tenaz como un remordimiento, y, se aturdía cerca de la protegida de su madre. Era una mujer, y sus manos, que parecían desatadas desde aquella mañana dolorosa, iban a ella; su lengua libre, después de la vehemente confesión de amor a la puerta del huerto, hablaba ahora con ligereza, expresando una adoración que parecía resbalar sin huella alguna por la cara inexpresiva de Remedios, yendo lejos, muy lejos, donde permanecía oculta y ofendida la otra.

Se aturdía cerca de Remedios para caer en una estúpida tristeza apenas se veía sólo. Era una embriaguez de espuma que se evaporaba en la soledad. Remedios le parecía uno de esos frutos sin sazonar, sanos, con la película de la virginidad, limpios de picaduras y manchas, pero sin el sabor que deleita ni el perfume que embriaga.

En su extraña situación, viviendo durante el día de jugueteos infantiles con una muchacha que no despertaba en él más que el regocijo de la camaradería fraternal y durante la noche de tristes recuerdos, lo único que le placía era la confianza de su madre, la tranquilidad de la casa, el poder ir y venir sin sentir fijos en él unos ojos irritados y escuchar palabras de indignación ahogadas entre dientes.

Don Andrés y los amigos del casino le preguntaban cuándo sería la boda; su madre hablaba en presencia de los chicos de las grandes trasformaciones que se tendrían que hacer en la casa. Ella, con las criadas abajo, y todo el primer piso para el matrimonio, con habitaciones nuevas que habían de ser asombro de la ciudad, y para cuyo adorno vendrían los mejores decoradores de Valencia. Don Matías le trataba familiarmente, como cuando se presentaba en el patio a recibir órdenes, y le veía niño, jugueteando en torno del imponente don Ramón.

—Todo cuanto tengo, para vosotros será. Remedios es un ángel, y el día que yo muera tendrá más que el pillo de mi hijo. Sólo te ruego que no te la lleves a Madrid: ya que abandona mi casa, al menos que la pueda ver todos los días.

Y Rafael oía todas estas cosas como en sueños. Realmente él no había manifestado ningún deseo de casarse; pero allí estaba su madre que lo arreglaba todo, que le imponía su voluntad, que aceleraba aquel afecto tenue y ligero, empujándole hacia Remedios. Su boda era cosa decidida, un tema de conversación para toda la ciudad.

Sumido en su tristeza, agarrotado por la tranquilidad que ahora le rodeaba y que temía romper, débil y sin voluntad, encontraba un consuelo pensando que la solución preparada por su madre era la mejor.

Su amistad con Leonora se había roto para siempre. Cualquier día levantaría ella el vuelo; lo había dicho muchas veces, se marcharía pronto, cuando terminase la primavera. ¿Qué le quedaba a él?... Obedecer a su madre; se casaría y tal vez esto le distrajese. Poco a poco iría creciendo su afecto por Remedios y tal vez llegase a amarla con el tiempo.

Estas reflexiones le daban un poco de tranquilidad; le sumían en una inconsciencia agradable. Quería ser como de niño; que su madre se encargase de todo, él se dejaría llevar sin resistencia ni movimiento por la corriente de su destino.

Pero esta resignación se rasgaba a veces con arranques de protesta, con palpitaciones violentas de pasión.

Comenzaban a florecer los naranjos. La primavera hacía densa la atmósfera. El azahar como olorosa nieve, cubría los huertos y esparcía su perfume por los callejones de la ciudad. Al respirar se mascaban flores.

Rafael no podía dormir. Por las rendijas de las ventanas, por debajo de las puertas, al través de las paredes parecía filtrarse el perfume virginal de los inmensos huertos; aquel olor que evocaba la visión de carnales desnudeces, acosaba con agudas punzadas su joven virilidad. Era el aliento embriagador que venía de allá abajo, después de haber pasado tal vez por los pulmones de ella agitando su mórbido pecho.

¡Ah, los terribles recuerdos! Rafael se revolvía en la cama, creyendo sentir todavía en sus manos el contacto sedoso de las misteriosas interioridades tanteadas ávidamente en la fiebre de la lucha; se imaginaba tener ante sus ojos aquella rápida visión de nieve sonrosada, entrevista como a la luz de un relámpago, mientras el iracundo pie le oprimía el pecho... y revolviéndose furioso entre las sábanas rugía de pasión, mordiendo la almohada:

—¡Leonora! ¡Leonora!

Una noche, a fines de Abril, Rafael se detuvo en la puerta de su cuarto con el mismo temor que si fuese a entrar en un horno. Estremecíase al pensar en la noche que le esperaba. La ciudad entera parecía desfallecer en aquel ambiente cargado de perfume. Era un latigazo de la Primavera, acelerando con su excitación la vida, dando mayor potencia a los sentidos.

No soplaba ni la más leve brisa; los huertos impregnaban con su olorosa respiración la atmósfera encalmada; dilatábanse los pulmones como si no encontrasen aire, queriendo aspirar de un golpe todo el espacio. Un estremecimiento voluptuoso agitaba la ciudad, adormecida bajo la luz de la luna.

Rafael, sin darse cuenta de lo que hacía, bajó a la calle y poco después, se vio en el puente, donde algunos noctámbulos, con el sombrero en la mano, respiraban con avidez, contemplando el haz de reflejos sueltos, como fragmentos de espejo, que la luna proyectaba sobre las aguas del río.

Siguió adelante Rafael por las calles del arrabal, solitarias, silenciosas, resonantes bajo sus pasos con una hilera de casas blancas y brillantes bajo la luna, y la otra sumida en la sombra. Se sentía subyugado por el misterioso silencio del campo.

Su madre dormía descuidada; él estaba libre hasta el amanecer y seguía adelante, como atraído por aquellos caminos, serpenteantes entre los huertos, donde tantas veces había soñado y esperado.

Para Rafael no era una novedad el espectáculo. Todos los años presenciaba la germinación primaveral de aquella tierra, cubriéndose de flores, impregnando el espacio de perfume, y, sin embargo, aquella noche, al ver sobre los campos el inmenso manto de nieve del azahar blanqueando a la luz de la luna, sintiose dominado por una dulce emoción.

Los naranjos, cubiertos desde el tronco a la cima de blancas florecillas con la nitidez del marfil, parecían árboles de cristal hilado: recordaban a Rafael esos fantásticos paisajes nevados que tiemblan en la esfera de los pisapapeles. Las ondas de perfume, sin cesar renovadas, extendíanse por el infinito con misterioso estremecimiento, transfigurando el paisaje, dándole una atmósfera sobrenatural, evocando la imagen de un mundo mejor, de un astro lejano donde los hombres se alimentasen con perfumes y vivieran en eterna poesía. Todo esto transfigurado por aquel ambiente de gabinete de amor iluminado por un inmenso fanal de nácar. Los crujidos secos de las ramas sonaban en el profundo silencio como besos; el murmullo del río le parecía a Rafael el eco lejano de una de esas conversaciones sostenidas con voz desfallecida, susurrando junto al oído palabras temblorosas de pasión. En los cañaverales cantaba un ruiseñor débilmente como anonadado por la belleza de la noche.

Se deseaba vivir más que nunca; la sangre parecía correr por el cuerpo más aprisa, los sentidos se afinaban y el paisaje imponía silencio con su belleza pálida, como esas intensas voluptuosidades que se paladean con un recogimiento místico. Rafael seguía el camino de siempre, iba hacia la casa azul.

Aún duraba en él la vergüenza de su torpeza; si hubiese visto a Leonora en medio del camino, habría retrocedido con infantil terror; pero la seguridad de que a aquella hora no podría encontrarla, le daba fuerzas para seguir adelante. A sus espaldas, sobre los tejados de la ciudad, habían sonado las doce. Llegaría hasta las tapias de su huerto, entraría en él si le era posible y permanecería algunos minutos recogido y silencioso al pie de la casa, adorando las ventanas tras las cuales dormía la artista.

Era su despedida. Un capricho de romántico sentimentalismo que se le había ocurrido al salir de la ciudad y ver los primeros naranjos cubiertos de aquella flor cuyo perfume había retenido en paciente espera a la artista durante muchos meses. Leonora no sabría que había estado cerca de ella, en el huerto silencioso inundado de luna, adorándola por última vez, despidiéndose con el dolor mudo con que se dice adiós a la ilusión que se pierde en el horizonte.

Vio ante él la verja de verdes barrotes, aquella que se había cerrado a sus espaldas con el estrépito de una injuriosa despedida. Buscó en la cerca de espinos una brecha que conocía de la época en que rondaba la casa. La pasó, y sus pies se hundieron en la tierra fina y arenisca de las calles de naranjos. Sobre las copas de estos aparecía la casa blanquecina bajo la luna, brillando como plata las canales del tejado y los antepechos de las ventanas. Todas estaban cerradas: la casa dormía.

Al ir a avanzar, saltó de entre dos naranjos un bulto negro, cayendo junto a él con sordo rugido. Era el perro de la alquería, un animal feo y torvo que mordía antes de ladrar.

Rafael dio un paso atrás, sintiendo el vaho de aquella boca anhelante y rabiosa que buscaba hacer presa en sus piernas, pero se tranquilizó al ver que el perro, tras una corta indecisión, movía bondadosamente la cola y se limitaba a husmear los pantalones para convencerse de la identidad de la persona. Le había conocido: agradecía sus caricias; recordaba la mano pasada automáticamente por el lomo, mientras conversaba con Leonora en el banco de la plazoleta.

Le pareció un buen presagio aquel encuentro, y siguió adelante mientras que el perro volvía a agazaparse en la sombra.

Avanzaba tímidamente, al amparo de la ancha faja de obscuridad que proyectaban los naranjos, casi arrastrándose, como un ladrón que teme caer en una emboscada.

Salió a la avenida cerca de la plazoleta, y cuando entró en ella experimentó una impresión de sorpresa al ver la puerta entreabierta, al mismo tiempo que cerca de él sonaba un grito.

Se volvió, y en el banco de azulejos, envuelta en la sombra de las palmeras y los rosales, vio una figura blanca, una mujer que al incorporarse quedó con el rostro en plena luz: Leonora.

El joven hubiera querido desaparecer, que se lo tragara la tierra.

—¡Rafael! ¿Usted aquí?...

Y los dos quedaron silenciosos frente a frente; él avergonzado, mirando al suelo; ella contemplándole con cierta indecisión.

—Me ha dado usted un susto que no se lo perdono—dijo por fin:—¿A qué viene usted aquí?...

Rafael no sabía qué contestar. Balbulceaba con una timidez, que impresionó a Leonora, pero a pesar de su turbación, notó un brillo extraño en los ojos de la artista, una veladura misteriosa en la voz, que la transfiguraba.

—Vamos—dijo Leonora bondadosamente;—no busque usted esas excusas tan raras... ¿Que venía usted a despedirse sin querer verme? ¿Qué galimatías es ese? Diga usted sencillamente que es una víctima de esta noche peligrosa; yo también lo soy.

Y abarcaba con sus ojos de un brillo lacrimoso, la plazoleta blanca por la luna; los nevados naranjos y los rosales y palmeras que parecían negros, destacándose sobre el espacio azul, en el que vibraban los astros como granos de luminosa arena. Su voz temblaba, tenía una opacidad suave; acariciaba como terciopelo.

Rafael, animado por aquella tolerancia, quiso pedir perdón, habló de la locura que le había expulsado de allí; pero la artista le atajó.

—No hablemos de aquella infamia, me hace daño recordarla. Queda usted perdonado, y ya que cae aquí como llovido del cielo, quédese un momento. Pero... nada de audacias. Ya me conoce usted.

Y recobrando su viril apostura de amazona, segura de sí misma, volvió al banco, indicando a Rafael que se sentara al otro extremo.

—¡Qué noche!... Estoy ebria sin haber bebido. Los naranjos me emborrachan con su aliento. Hace una hora sentía que mi habitación daba vueltas, que la cabeza se me iba; la cama me parecía un barco en plena tempestad. He bajado como otras veces y aquí me tiene usted hasta que el sueño pueda más que la hermosura de la noche.

Hablaba con languidez, abandonándose, con temblores de voz y estremecimientos del pecho, como si la angustiase aquel perfume, comprimiendo su poderosa vitalidad. Rafael la veía a corta distancia, blanca, escultural, envuelta en el jaique en que se cubría al pasar de la cama al baño; lo primero que había encontrado a mano al bajar al huerto.

Y bajo la fina lana, delatábanse las tibias redondeces con un perfume de carne sana, fuerte y limpia que, atravesando la tela, se confundía con la virginal respiración del azahar.

—He tenido miedo al verle—continuó con voz lenta y apagada,—un poco de miedo nada más; la natural sorpresa, y, sin embargo, estaba pensando en usted en aquel momento. Se lo confieso. Me decía: «¿Qué hará aquel loco a estas horas?»; y repentinamente se presenta usted aquí como un aparecido. No podría usted dormir excitado por ese ambiente, y ha venido a tentar de nuevo la suerte con la misma esperanza que le guiaba otras veces.

Hablaba sin su ironía habitual, quedamente, como si conversase con ella misma. Descansaba con abandono su busto en el respaldo del banco con un brazo cruzado tras la cabeza.

Rafael quiso hablar otra vez de su arrepentimiento, de aquel deseo de arrodillarse ante la casa para pedir mudamente perdón a la que dormía arriba, pero Leonora le atajó de nuevo.

—Cállese usted; habla muy fuerte y podrían oírle. Mi tía duerme al otro lado de la casa, tiene el sueño ligero... Además, no quiero oír nada de remordimiento y perdón. Eso me trae a la memoria la vergüenza de aquella mañana. ¿No le dice a usted bastante que yo le permita estar aquí? De nada quiero acordarme... ¡A callar, Rafael! En silencio se paladea mejor la belleza de la noche; parece que el campo habla con la luna y el eco de sus palabras son estas olas de perfume que nos envuelven.

Y quedó inmóvil y silenciosa con los ojos en lo alto, reflejándose en sus córneas la luz de la luna con una humedad lacrimosa. Rafael veía de vez en cuando agitarse su cuerpo con misteriosos estremecimientos, extenderse sus brazos, cruzándose tras la dorada cabellera con desperezos que hacían crujir la blanca envoltura, poniendo en voluptuosa tensión todos sus miembros. Parecía trastornada, enferma, su respiración anhelante tomaba a veces el estertor del sollozo; inclinaba la cabeza sobre un hombro y desahogaba su pecho con suspiros interminables.

El joven callaba obediente, temiendo que el recuerdo de su torpe audacia surgiera de nuevo en la conversación, sin ánimo para acortar la distancia que les separaba en el banco. Ella, como si adivinase el pensamiento de Rafael, hablaba con lentitud del estado anormal en que se hallaba.

—No sé qué tengo esta noche. Quiero llorar sin saber por qué; siento en mí una inexplicable felicidad, y sin embargo prorrumpiría en sollozos. Es la primavera; ese maldito perfume que es un latigazo para mis nervios. Creo que estoy loca... ¡La primavera! ¡Mi mejor amiga y no le debo más que rencores! Si alguna locura he hecho en mi vida, ella ha sido la consejera... Es la juventud que renace en nosotros; la locura que nos hace la visita anual... ¡Y yo, fiel siempre a ella; adorándola; aguardando su llegada cerca de un año en este rincón para verla aparecer con su mejor traje, coronada de azahar como una virgen, una virgen malvada que paga mi cariño con golpes!... Mire usted cómo me ha puesto. Estoy enferma no sé de qué: enferma de exceso de vida; me empuja no sé dónde; seguramente donde no debo ir... Si no fuese por mi fuerza de voluntad, caería tendida en este banco. Estoy como los ebrios que hacen esfuerzos por mantenerse sobre las piernas y marchar rectos.

Era verdad, estaba enferma. Cada vez sus ojos aparecían más lacrimosos; su cuerpo, estremecido, parecía encojerse, desplomarse sobre si mismo, como si la vida, cual un fluido dilatado, buscase escape por todos los poros.

Calló de nuevo por mucho rato con la mirada vaga y perdida en el infinito, y de pronto murmuró como contestando a sus recuerdos:

—Nadie como él conoció esto. Lo sabía todo, sentía como nadie el misterio de las ocultas fuerzas de la Naturaleza, y cantó la primavera como un dios. Hans me lo dijo muchas veces y es verdad.

Y añadió sin volver la cabeza, con la voz vaga de una sonámbula.

—Rafael, usted no conoce La Walkyria, ¿verdad?; no ha oído el canto de la primavera.

No; el diputado no sabía lo que le preguntaban. Y Leonora, siempre con los ojos en la luna, la nuca apoyada en sus brazos, que escapaban nacarados, fuertes y redondos de las caídas mangas, hablaba lentamente, evocando sus recuerdos, viendo pasar ante su imaginación la escena de intensa poesía, la glorificación y el triunfo de la Naturaleza y el amor.

La cabaña de Hunding, bárbara, con salvajes trofeos y espantosas pieles, revelando la brutal existencia del hombre apenas posesionado del mundo, en lucha perpetua con los elementos y las fieras. El eterno fugitivo, olvidado de su padre; Sigmundo, que así mismo se da por nombre Desesperación, errante años y años a través de las selvas, acosado por los animales feroces, que le creen una bestia al verle cubierto de pieles, descansa por fin al pie del gigantesco fresno que sostiene la cabaña, y al beber el hidromiel en el cuerno que le ofrece la dulce Siglinda conoce por primera vez la existencia del Amor, mirándose en sus cándidos ojos.

El marido, Hunding, el feroz cazador, se despide de él al terminar la rústica cena «Tu padre era el Lobo y yo soy de la raza de los cazadores. Hasta que apunte el día mi casa te protege, eres mi huésped; pero así que el sol se remonte, serás mi enemigo y combatiremos... Mujer, prepara la bebida de la noche y vámonos al lecho».

Y el desterrado queda solo junto al fuego, pensando en su inmensa soledad. Ni hogar, ni familia, ni la espada milagrosa que le prometió su padre el Lobo. Y cuando apunte el día, de la cabaña que le cobija, saldrá el enemigo que ha de darle muerte. El recuerdo de la mujer que apagó su sed, la chispa de aquellos ojos cándidos, envolviéndole en una mirada de piedad y amor, es lo único que le sostiene... Ella llega, después de dejar dormido al feroz compañero. Le enseña en el fresno la empuñadura de la espada que hundió el dios Wotan: nadie puede arrancarla; sólo obedecerá a la mano de aquel para quien la ha destinado el dios.

Y mientras ella habla, el salvaje errante la contempla extasiado, como blanca aparición que le revela la existencia en el mundo de algo más que la fuerza y la lucha. Es el amor que le habla. Lentamente se aproxima; la abraza, la estrecha contra su pecho, y la puerta se abre a impulsos de la brisa, y aparece la selva verde y olorosa a la luz de la luna, la primavera nocturna, radiante y gloriosa, envuelta en su atmósfera de rumores y perfumes.

Siglinda se estremece, «¿Quién ha entrado?» Nadie, y sin embargo, un nuevo ser acaba de penetrar en la cabaña, abatiendo la puerta con su invisible rodillazo. Y Sigmundo, con la inspiración del amor, adivina quién es el recién llegado. «Es la Primavera que ríe en el aire en torno de tus cabellos. Se acabaron las tempestades; terminó la obscura soledad. El luminoso mes de Mayo, joven guerrero con armadura de flores, se presenta a dar caza al negro invierno, y en medio de la fiesta de la Naturaleza regocijada, busca a su amante: la Juventud. Esta noche, en que te veo por vez primera, es la noche de bodas infinita de la Primavera y de la Juventud».

Y Leonora se estremecía, escuchando internamente el murmullo de la orquesta al acompañar el canto de ternura inspirado por la Primavera; la vibración de la selva agitando sus ramas entumecidas por el invierno, al recibir la nueva savia como torrente de vida; y en medio de la iluminada plazoleta, creía contemplar a Sigmundo y Siglinda, estrechándose en eterno abrazo, formando un solo cuerpo como cuando los veía desde los bastidores, vestida de walkyria, esperando la hora de despertar el entusiasmo del público con su alarido ¡Hojotoho!

Sentía la misma tristeza de Sigmundo en la cabaña de Hunding. Sin familia, sin hogar, errante, buscaba algo en que apoyarse, algo que estrechar cariñosamente, y sin darse cuenta de sus movimientos, era ella la que se aproximaba a Rafael, la que había puesto una mano entre las suyas.

Estaba enferma. Sollozaba quedamente con una timidez suplicante de niña, como si la intensa poesía de aquel recuerdo artístico hubiese quebrantado el débil resto de voluntad que la había mantenido dueña de sí.

—No sé qué tengo... Me siento morir... pero con una muerte ¡tan dulce! ¡tan dulce!... ¡Qué locura Rafael! ¡qué imprudencia haberme visto esta noche!...

Y abarcaba con una mirada suplicante, como pidiendo gracia, la noche majestuosa, en cuyo silencio parecía agitarse la vibración de una nueva vida.

Adivinaba que algo iba a morir en ella. La voluntad yacía inánime en el suelo, sin fuerzas para defenderse.

Rafael también se sentía trastornado. La tenía apoyada en su pecho, una mano entre las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz de resistencia, y, sin embargo, no sentía el ardor brutal de aquella mañana, no osaba moverse por el temor de parecer audaz y bárbaro. Le invadía una inmensa ternura; sólo ambicionaba pasar horas y horas en contacto con aquel cuerpo, estrechándolo fuertemente, cual si quisiera abrirse y encerrar dentro de él a la mujer adorada, como el estuche guarda la joya.

La hablaba misteriosamente al oído, sin saber casi lo que decía; murmuraba en su sonrosada oreja palabras acariciadoras que le parecían dichas por otro y le estremecían al decirlas con escalofríos de pasión.

Sí, era verdad; aquella noche era la soñada por el gran artista: la noche de bodas del arrogante Mayo con su armadura de flores y la sonriente Juventud. El campo se estremecía voluptuosamente bajo la luz de la luna; y ellos, jóvenes, sintiendo el revoloteo del amor en torno de sus cabellos estremecidos hasta la raíz, ¿qué hacían allí, ciegos ante la hermosura de la noche, sordos al infinito beso que resonaba en torno de sus cabezas?

—¡Leonora! ¡Leonora!—gemía Rafael.

Se había deslizado del banco: estaba casi sin saberlo, arrodillado ante ella, agarrado a sus manos y avanzaba el rostro, sin atreverse a llegar hasta su boca.

Y ella, echando atrás el busto con desmayo, murmuraba débilmente con un quejido de niña:

—No, no: me haría daño... me siento morir.

—Los dos en uno—continuaba el joven, con sorda exaltación,—unidos para siempre; mirándose en los ojos como en un espejo; repitiendo sus nombres con la entonación de una estrofa; morir así si era preciso para librarse de la murmuración de la gente. ¿Qué les importaba a ellos el mundo y sus opiniones?

Y Leonora, cada vez más débil, seguía negándose.

—No, no;... tengo vergüenza. Un sentimiento que no puedo definir.

Y así era. El dulce estertor de la naturaleza bajo el beso primaveral, aquel intenso perfume de la flor emblema de la virginidad, la transfiguraba. La loca, la aventurera de accidentada historia, entrada en el placer por el empujón de la violencia, sentía por primera vez rubor en los brazos de un hombre; experimentaba la alarma de la virgen al contacto del macho, la misma agitación que impulsa a la doncella a entregarse entre estremecimientos de miedo a lo desconocido. La naturaleza, al embriagarla abatiendo su resistencia, parecía crear una virginidad extraña en aquel cuerpo fatigado por el placer.

—¡Dios mío! ¿qué es esto?... ¿Qué me pasa? Debe ser el amor; un amor nuevo que no conocía... Rafael... ¡Rafael mío!

Y llorando dulcemente, oprimía entre sus manos la cabeza del joven, apretaba su boca contra la suya, echándose después atrás, con los ojos extraviados, enloquecida por el contacto de los labios.

Estrechamente abrazados habían caído sobre el banco. El jardín rumoroso les servía de cámara nupcial: la luna les dejaba en la discreta sombra.

—¡Por fin!—murmuró ella—lograste tu deseo. Tuya... pero para siempre. Te quería antes, pero ahora te adoro... Por primera vez lo digo con toda mi alma.

Rafael, impulsado por la dicha, tuvo un arranque de generosidad. Necesitaba darlo todo.

—Sí; mía para siempre. No temas entregarte, hacerme feliz... Me casaré contigo.

En medio de su embriaguez vio cómo la artista abría con extrañeza sus ojos, cómo pasaba por su boca una sonrisa triste.

—¡Casarnos! ¿y para qué?... Eso es para otros. Quiéreme mucho, niño mío, ámame cuanto puedas... Yo sólo creo en el Amor.

V

—Pero bebé, ¿cuándo llegamos a la isla?... Me fatiga estar en este banco, lejos de ti, viendo esos bracitos míos, cómo se cansan de tanto darle a los remos. ¡Un beso!... ¡aunque te enfades! Eso te refrescará.

Y poniéndose en pie, Leonora dio dos pasos en la blanca barca, imprimiéndola un fuerte balanceo, y besó varias veces a Rafael, que soltando los remos se defendía entre risas.

—¡Loca! Así no llegaremos nunca. Con descansos como estos se hace poco camino, y yo te he prometido llevarte a la isla.

Volvió a encorvarse sobre los remos bogando por el centro del río, sobre las aguas que temblaban reflejando la luna, como si quisiera que la arboleda de ambas orillas gozase por igual en la contemplación de la amorosa escapatoria.

Había sido un capricho de la artista, un deseo repetido en sus visitas a la casa azul, unas veces por la tarde en presencia de doña Pepa y la doncella, y todas las noches pasando por la brecha de la cerca, donde ya le esperaban en la obscuridad los desnudos brazos de Leonora, aquella boca fresca que se adhería con furor a la suya como si quisiera absorberle.

Llevaba más de una semana de dulce embriaguez. Jamás había creído que la vida fuese tan hermosa. Vivía en una dulce inconsciencia. La ciudad no existía para él. Le parecían fantasmas todos los que le rodeaban; su madre y Remedios eran como seres invisibles a cuyas palabras contestaba sin tomarse el trabajo de levantar la cabeza para verlas.

Pasaba los días agitado por el vehemente deseo de que llegase pronto la noche, que terminase la cena en familia, para subir a su cuarto y salir después cautelosamente, apenas quedaba silenciosa la casa, con la calma del sueño.

No adivinaba la extrañeza que esta conducta debía producir en su madre, al ver cerrado su cuarto toda la mañana mientras él dormía con la fatiga de una noche de amor. No se fijaba en el rostro ceñudo de doña Bernarda, cansada ya de preguntarle si estaba enfermo y de oír la misma respuesta:

—No, mamá; es que trabajo de noche; un estudio importante.

La madre tenía que contenerse para no gritar: ¡Mentira! por dos noches había subido a su cuarto, encontrando cerrada la puerta y obscuro el ojo de la cerradura. Su hijo no estaba allí. Le vigilaba, y todos los días poco antes del amanecer, escuchaba cómo abría suavemente la puerta de la calle y subía las escaleras quedamente, tal vez descalzo.

La austera señora callaba amontonando en silencio su indignación, lamentándose ante don Andrés de aquel retoñamiento de locura que trastornaba sus planes. El consejero vigilaba al joven por medio de sus numerosos devotos que le seguían cautelosamente por la noche hasta la casa azul.

—¡Qué escándalo!—exclamaba doña Bernarda.—¡De noche también! ¡Acabará por traerla a esta casa! ¿Pero es que esa boba de doña Pepita no ve nada de esto?

Y Rafael, insensible al ambiente de indignación que se formaba en torno de él; sin dignarse siquiera dirigir una palabra, una mirada a la pobre Remedios que, cabizbaja como una cabrita enfurruñada, parecía llorar el recuerdo de aquellos paseos regocijados bajo la vigilancia de doña Bernarda.

El diputado no veía nada fuera de la casa azul; le cegaba su felicidad. Lo único que le molestaba era tener que ocultarla, no poder hacer pública su dicha para que se enterasen de ella todos sus admiradores.

Hubiera querido transportarse de un golpe a la decadencia romana, donde los amores de los poderosos tomaban la majestad de la pública adoración.

—¡Qué me importa lo que murmuren!—decía una noche en el dormitorio de Leonora a donde subía cautelosamente todas las noches.—Mira si te quiero, que desearía ver a toda esa gente prestándote adoración. Quisiera poder cogerte en brazos así como estás, casi desnuda, y en pleno mediodía presentarme en el puente del Arrabal ante la muchedumbre embobada por tu belleza: «¿Soy o no soy vuestro jefe? Pues si lo soy, adorad a esta mujer que es mi alma y sin la cual no puedo vivir. El afecto que me tengáis a mí, partidlo para que también sea de ella». Y lo haría, a ser posible, tal como lo digo.

—Loco... nene adorable—decía ella cubriéndole la cara de besos, acariciando la negra barba con su boca suave y estremecedora.

Y en una de estas entrevistas, donde las palabras se interrumpían con repentinos impulsos de pasión y las frases se cortaban con un salto de bestia en celo, ahogándose entre las bocas juntas y los pechos oprimidos por el abrazo, fue cuando Leonora manifestó su capricho.

—Me ahogo aquí dentro. Me repugna acariciarte entre cuatro paredes, junto a una cama vulgar, como un amante de momentáneo capricho. Esto es indigno de ti. Eres el amor que vino a buscarme en la más hermosa de las noches. Al aire libre me gusta más; el amor es fresco y puro en medio del campo. Te veo más hermoso y yo me siento más joven.

Y recordando las expediciones río abajo que tantas veces le había relatado Rafael en sus conversaciones de amigo, aquella isleta con sus cortinas de juncos, los sauces inclinándose sobre el agua y el ruiseñor cantando oculto, le preguntaba, ansiosa:

—¿Qué noche me llevas? Es un capricho, una locura; pero ¿para qué existe el Amor, sino para hacer alegres disparates que endulcen la vida?... Llévame en tu barca; ella que te condujo aquí nos trasladará a esa isla encantada; nos amaremos toda una noche al aire libre.

Y Rafael, que se sentía halagado por la idea de pasear su amor río abajo, al través de la campiña dormida, desamarró su barca a media noche bajo el puente del Arrabal, llevándola hasta un cañar inmediato al huerto de Leonora.

Una hora después atravesaban la brecha, cogidos del brazo, riendo de aquella escapatoria de colegiales traviesos, estrechándose el uno contra otro, turbando con besos ruidosos e insolentes el majestuoso silencio del campo.

Se embarcaron, y la lancha, impulsada por la corriente, guiada por los remos de Rafael, comenzó a descender el Júcar arrullada por el susurro de las aguas al deslizarse por las altas riberas de barro, cubiertas de cañaverales que se inclinaban formando misteriosos escondrijos.

Leonora palmoteaba de alegría. Se echaba sobre la nuca la blonda con que había cubierto su cabeza, desabrochaba su ligero gabán de viaje y aspiraba con delicia el airecillo húmedo y algo pegajoso que rizaba la superficie del río. Su mano se estremecía acariciando el agua.

¡Qué hermosa resultaba la escapatoria! Solos y errantes, como si el mundo no existiera; como si toda la naturaleza fuese para ellos; pasando por cerca de las alquerías dormidas, dejando atrás la ciudad, sin que nadie se diera cuenta de aquel amor que, en su entusiasmo, se desbordaba, saliendo del misterioso escondrijo para tener por testigos el cielo y el campo. Leonora hubiese querido que la noche no terminase nunca; que aquella luna menguante, que parecía partida de un sablazo, se detuviera eternamente en el cielo para envolverles en su luz difusa y mortecina; que el río no tuviese fin y la barca flotase y flotase hasta que anonadados ellos de tanto amar, exhalasen el resto de su vida en un beso tenue como un suspiro.

—¡Si supieras cuánto te agradezco este paseo!... Rafael, estoy contenta. Nunca he tenido una noche como esta. ¿Pero dónde está tu isla? ¿Nos hemos extraviado como en la noche de la inundación?

No; llegaban a la isla donde muchas veces había pasado las tardes Rafael, oculto en los matorrales, aislado por el agua, soñando con ser uno de aquellos aventureros de las praderas vírgenes o de los inmensos ríos americanos, cuyas peripecias seguía en las novelas de Fenimore Cooper y Maine Reid.

Un pequeño río tributario se unía al Júcar desembocando mansamente bajo una aglomeración de cañas y árboles; un arco triunfal de follaje. Y en la confluencia de las dos corrientes emergía la isla, una pequeña extensión de terreno casi al ras del agua, pero fresca, verde y perfumada como un ramillete acuático, con espesos haces de juncos sobre los cuales zumbaban de día los insectos de oro, y unos cuantos sauces que inclinaban sobre el agua sus finas cabelleras formando bóvedas sombrías, bajo las cuales se deslizaba la barca.

Los dos amantes entraron en la obscuridad. La cortina de ramas les ocultaba el río; la luna apenas si podía filtrar alguna lágrima de luz por entre el ramaje de los sauces.

Leonora se sintió intimidada por aquel ambiente de cueva lóbrego y húmedo. Invisibles animales caían en el agua con sordo chapoteo al sentir la proa de la barca cabeceando sobre el barro de la ribera. La artista se agarraba nerviosamente al brazo de su amante.

—No tengas miedo—murmuró Rafael.—Apóyate y salta... Poco a poco. ¿No querías oír al ruiseñor? Ahí le tenemos, escucha.

Era verdad. En uno de los sauces, al otro lado de la isla, el misterioso pájaro oculto lanzaba sus trinos, sus vertiginosas cascadas de notas, deteniéndose en lo más vehemente del torbellino musical, para filar un quejido dulce e interminable como un hilo de oro que se extendía en el silencio de la noche sobre el río que parecía aplaudirle con su sordo murmullo.

Los amantes avanzaban entre los juncos, encorvándose, titubeando antes de dar un paso, temiendo el chasquido de las ramas bajo sus pies. La continua humedad había cubierto la isla de una vegetación exuberante. Leonora hacía esfuerzos por contener su risa de niña, al sentirse con los pies apresados por las marañas de juncos y recibir las duras caricias de las ramas que se encorvaban al paso de Rafael, y recobrando su elasticidad la golpeaban el rostro.

Pedía auxilio con apagada voz, y Rafael, riendo también, la tendía la mano, arrastrándola hasta el pie del árbol donde cantaba el ruiseñor.

Calló el pájaro adivinando la presencia de los amantes. Oyó sin duda el ruido de sus cuerpos al caer al pie del árbol, las palabras tenues murmuradas al oído.

Reinaba el gran silencio de la naturaleza dormida, ese silencio compuesto de mil ruidos que se armonizan y funden en la majestuosa calma: susurro del agua, rumor de las hojas, misteriosas vibraciones de seres ocultos, imperceptibles, que se arrastran bajo el follaje o abren pacientemente tortuosas galerías en el tronco que cruje.

El ruiseñor volvió a cantar con timidez, como un artista que teme ser interrumpido. Lanzó algunas notas sueltas con angustiosos intervalos, como entrecortados suspiros de amor; después fue enardeciéndose poco a poco, adquiriendo confianza, y comenzó a cantar, acompañado por el murmullo de las hojas agitadas por la blanda brisa.

Embriagábase a sí mismo con su voz; sentíase arrastrado por el vértigo de sus trinos; parecía vérsele en la obscuridad hinchado, jadeante, ardiente, con la fiebre de su entusiasmo musical. Entregado a sí mismo; arrebatado por la propia belleza de su voz, no oía nada, no percibía el incesante crujir de la maleza, como si en la sombra se desarrollara una lucha, los bruscos movimientos de los juncos, agitados por misterioso espasmo, hasta que un doble gemido brutal, profundo, como arrancado de las entrañas de alguien que se sintiera morir, hizo enmudecer asustado al pobre pájaro.

Un largo espacio de silencio. Abajo despertaban los dos amantes estrechamente abrazados en el éxtasis todavía de aquel canto de amor.

Leonora apoyaba su despeinada cabeza en el hombro de Rafael. Acariciaba su cuello con la anhelante y fatigada respiración que agitaba su pecho. Murmuraba junto a su oído frases incoherentes, en las que aún vibraba la emoción.

¡Qué feliz se sentía allí! Todo llega para el amor. Muchas veces en su época de resistencia, al contemplar por la noche desde su balcón aquel río que serpenteaba a través de la campiña dormida, había pensado con delicia en un paseo por el inmenso jardín del brazo de Rafael, en deslizarse por el Júcar, llegando hasta la isla.

—Mi amor es ya antiguo—murmuraba al oído de Rafael.—¿Crees tú que sólo te quiero desde la otra noche? Te adoro desde hace mucho tiempo, mucho... ¡Pero no vaya usted a ponerse por esto orgulloso, señorito mío!... No sé como comenzó: creo que fue cuando estabas en Madrid. Al verte de nuevo comprendí que estaba perdida. Si me resistí, es porque estaba en mi sana razón; porque veía claro. Ahora estoy loca y lo he echado todo a rodar. Dios sea con nosotros... Pero aunque venga lo que venga, quiéreme mucho, Rafael; júrame que me querrás. Sería una crueldad huir después de haberme despertado.

Y se apretaba con cierto terror contra el pecho de Rafael, hundía las manos en el cabello del joven, echaba atrás su cabeza para pasear su boca ávida por toda la cara, besándole en los ojos, en la frente, en la boca, mordiéndole la nariz y la barba suavemente, pero con una vehemencia cariñosa que arrancaba ligeros gritos a Rafael.

—¡Loca!—murmuraba sonriendo.—¡Que me haces daño!

Leonora le miraba fijamente con aquellos ojazos que brillaban en la sombra con el fulgor de una fiera en celo.

—Te devoraría—murmuraba con voz grave que parecía un rugido lejano.—Siento impulsos de comerte, mi cielo, mi rey, mi dios... ¿Qué me has dado, di, niño? ¿cómo has podido enloquecerme, haciéndome sentir lo que nunca había sentido?

Y de nuevo caía sobre él agarrando su cabeza, oprimiéndola con furia sobre su robusto y firme pecho, en cuyas desnudeces se perdía la anhelante boca de Rafael, poseído también de avidez rabiosa.

—Ya no canta el ruiseñor—murmuraba el joven.

—¡Ambicioso!—decía riendo quedamente la artista.—¿Ya quieres oírle de nuevo?...

Callaban los dos, estrechamente abrazados, formando un solo cuerpo, trastornados por el ambiente de poesía con que les rodeaba la noche.

Otra vez comenzaron a resonar entre las altas ramas las notas sueltas, los lamentos tiernos del solitario pájaro, llamando al amor invisible. Y familiarizado con los extraños rumores que aquella noche poblaban la isla y que llegaban de nuevo hasta él como bocanadas de lejano incendio, se lanzó en una carrera loca de trinos, cual si se sintiera espoleado por la voluptuosidad de la noche y fuese a reventar de fatiga, cayendo del árbol su envoltura de pluma como un saco vacío después de haber derramado su tesoro de notas.

Rafael se estremeció en los brazos de su amante como si despertase.

—Debe ser tarde. ¿Cuántas horas estamos aquí?

—Sí, muy tarde—contestó Leonora con tristeza.—Las horas de placer van siempre al galope.

La obscuridad era densa: había desaparecido la luna. Cogidos de la mano, guiándose a tientas, llegaron a la barca y el chapoteo de los remos comenzó a sonar río arriba sobre la negra corriente.

El ruiseñor cantaba en el sauce melancólicamente, como saludando una ilusión que se aleja.

—Mira, mi vida—dijo Leonora.—El pobrecito nos despide. Oye como nos dice adiós.

Y súbitamente, en su fatigado desaliento, anonadada y muelle por la noche de amor, sintió la llama del arte, estremeciéndola de pies a cabeza.

Venía a su memoria el himno que en Los Maestros Cantores entona el buen pueblo de Nuremberg viendo en el estrado del certamen a Hans Sachs, su cantor popular, bondadoso y dulce como el Padre Eterno. Era la canción que el poeta menestral, el amigo de Alberto Durero, escribió en honor de Lutero al iniciarse la gran revolución: y la artista, puesta de pie en la popa, saludando con su sonrisa al ruiseñor, comenzó a cantar:

Sorgiam, che spunta il dolce albor,
Cantar ascolto in mezzo ai fior
Voluttuoso un usignuol
Spiegando a noi l'amante vol!...

Su voz ardorosa y fuerte parecía hacer temblar la negra superficie del río; se extendía en ondas armoniosas por los campos, perdíase en la frondosidad de la lejana isla, desde donde contestaba como un suspiro lejano el trino del ruiseñor. Imitaba, esforzándose, la majestuosa sonoridad del coro wagneriano; remedaba con murmullos a flor de labio el rumoroso acompañamiento de la orquesta, y Rafael batía el agua con sus remos al compás de la melodía piadosa y entusiasta con que el gran maestro había impetrado el favor de la poesía popular, saludando la aparición de la Reforma.

Iban río arriba, luchando contra la corriente. Rafael se doblaba sobre los remos, moviendo sus brazos nerviosos como resortes de acero. Llevaba la barca por cerca de la orilla, donde la corriente era menos viva y las ramas rozaban las cabezas de los amantes, mojando la cara de la artista con el rocío depositado en sus hojas. Muchas veces se hundía la barca en una de aquellas bóvedas de verdura, abriéndose paso lentamente entre las plantas acuáticas, y el follaje temblaba con el impulso armonioso de aquella voz vibrante y poderosa como gigantesca campana de plata.

Aún no llegaba el día, no spuntaba il dolce albor de la canción de Hans Sachs, pero se adivinaba que de un momento a otro comenzaría a clarear en el cielo la faja sonrosada del amanecer.

Rafael hacía esfuerzos para llegar cuanto antes, animado por la voz de Leonora, que marcaba el compás a los remos. Su canto sonoro parecía despertar la campiña. En una alquería se iluminaba una ventana. Rafael creyó varias veces oír en la ribera, a lo largo de los cañaverales, ruido de cañas tronchadas, pasos cautelosos de gente que les seguía.

—Calla, alma mía. No cantes; te van a conocer. Adivinarán quién eres.

Llegaron al ribazo donde habían embarcado. Leonora saltó a tierra; quería ir sola hasta casa; se separarían allí. Y la despedida fue dulce, lenta, interminable.

—Adiós, amor; un beso. Hasta mañana... no, hasta luego.

Se alejaba algunos pasos ribazo arriba, y volvía de repente buscando los brazos de su amante.

—Otro, príncipe mío... el último.

Era la eterna despedida de amor; arrancarse con nervioso impulso de los brazos para volver al momento con la angustia de la separación.

Comenzaba a clarear el día. No cantaba la alondra, como en el jardín de Verona anunciando el alba a los amantes de Shakespeare; pero comenzaba a oírse el chirrido lejano de los carros en los caminos de la campiña, y una canción perezosa y soñolienta entonada por una voz infantil.

—Adiós, Rafael... Ahora sí que es el último. Nos van a sorprender.

Y recogiéndose el abrigo subió de un salto al ribazo, saludándole por última vez con el pañuelo.

Rafael remó río arriba hacia la ciudad. Aquel viaje a solas, cansado y luchando contra la corriente, fue lo peor de la noche.

Cuando amarró su barca cerca del puente era ya de día. Se abrían las ventanas de las casas vecinas al río; pasaban por el puente los carros cargados de vituallas para el mercado y las filas de hortelanas con grandes cestas en la cabeza. Toda aquella gente miraba con interés al diputado. Vendría de pasar la noche pescando. Se lo decían unos a otros, a pesar de que en la barca no se veía ningún útil de pesca. Envidiaban a la gente rica que puede dormir de día y entretener su tiempo como mejor le parece.

Rafael saltó a tierra molestado por la curiosidad de los grupos. Pronto estaría enterada su madre.

Al subir al puente con paso tardo y perezoso, muertos los brazos por sus esfuerzos de remero, oyó que le llamaban.

Don Andrés estaba allí mirándole con sus ojillos de color de aceite que brillaban entre las arrugas con una expresión de autoridad.

—Me has dado la gran noche, Rafael. Sé dónde has estado. Vi anoche cómo te embarcaste con esa mujer, y no han faltado amigos que os han seguido para saber dónde ibais. Habéis estado en la isla toda la noche; esa mujer cantaba sus cosas como una loca... Pero ¡rediós! ¿es que no hay casas en el mundo? ¿es que os divertís así más, paseando a cielo abierto vuestro enredo para que todo Cristo se entere?

Y el viejo se indignaba de veras, como libertino rústico y ducho que adoptaba toda clase de precauciones para no comprometerse en sus debilidades con la chiquillería de los almacenes de naranja. Sentía furor y tal vez envidia al ver aquella pareja sin miedo a la murmuración, inconsciente ante el peligro, burlándose de toda prudencia, ostentando su pasión con la insolencia de la dicha.

—Además, tu madre lo sabe todo. Estas noches ha sorprendido tus escapatorias, ha visto que no estabas en tu cuarto. La vas a matar de un disgusto.

Y con la severidad de un padre, hablaba de la desesperación de doña Bernarda; el porvenir de la casa en peligro, el compromiso con Don Matías, la palabra dada, la hija esperando la prometida boda.

Rafael callaba, caminando como un autómata, irritado por aquella charla que le traía a la memoria todas las obligaciones molestas de su vida. Sentía el enojo del que se ve despertado por un criado torpe en mitad de un dulce ensueño. Aún llevaba en sus labios la huella de los besos de Leonora; todo su cuerpo estaba impregnado de su dulce calor; ¡y aquel viejo venía a hablarle del deber, de la familia, del qué dirán, sin acordarse para nada del amor! ¡como si el amor no fuese nada en la vida! Aquello era un complot contra su dicha, y sentía que un impulso de lucha y de revuelta agitaba su voluntad.

Habían llegado frente a la gran casa de Brull. Rafael buscaba con su llave la cerradura.

—Y bien—dijo el viejo irritado,—¿qué dices tú a todo esto? ¿Qué piensas hacer? Contesta; pareces mudo.

—Yo—repuso el joven con energía—yo haré lo que mejor me parezca.

Don Andrés se estremeció. ¡Ay, cómo le habían cambiado a su Rafael!... Aquella chispa agresiva, arrogante, belicosa, que brillaba en sus ojos, no la había visto nunca.

—Rafael, ¿así me contestas? ¡A mí, que te he visto nacer! ¡A mí, que te quiero como te quería tu padre!

—Soy ya mayor de edad. No quiero tolerar más esta comedia de ser personaje en la calle y un chiquillo en casa. Guárdese los consejos para cuando los pida. Buenos días.

Al subir la escalera vio en el primer rellano en la penumbra de la casa cerrada, sin otra luz que la de las rendijas de las ventanas, a su madre, erguida, ceñuda, tempestuosa, como una imagen de la justicia.

Pero Rafael no vaciló. Siguió subiendo los peldaños, sin recatarse, sin temblar cual otras veces; como el señor que ha estado ausente mucho tiempo y entra arrogante en la casa que es suya.

VI

—Dice usted bien, Andrés. Rafael no es mi hijo; me lo han cambiado. Esa perdida ha hecho de él otro hombre. Peor, mil veces peor que su padre. Loco por esa mujer; capaz de pasar por encima de mí si le separo de ella. Usted se queja de su falta de respeto; ¿pues y yo?... Se hubiera avergonzado usted viéndole. La otra mañana al entrar en casa me trató igual que a usted. Pocas palabras, pero buenas. El hará lo que quiera, o lo que es lo mismo, seguirá con esa mujer hasta que se canse o reviente de una indigestión de pecados como su padre... ¡Dios mío! ¿y para esto he sufrido yo? ¿para esto me he sacrificado años y más años queriendo hacer de él un grande hombre?

La austera doña Bernarda, vencida en su autoridad por la rebeldía tenaz del hijo, lloraba hablando con su íntimo confidente. En sus lágrimas de dolor maternal había también algo del despecho de mujer autoritaria, al ver en la propia casa una voluntad que se rebelaba, colocándose por encima de la suya.

Relataba a don Andrés entre suspiros la vida de su hijo en aquellos días, desde que había adquirido su independencia. Ya no se recataba para pasar la noche fuera de casa. Volvía después de amanecer, y por la tarde con el bocado en la boca, como ella decía, emprendía de nuevo el camino de la casa azul apresuradamente, como si le faltase el tiempo para ver a aquella condenada.

La misma fiebre de su padre, el mismo ardor loco que consumiría rápidamente su cuerpo. No había más que verle, descolorido, con una palidez amarillenta, tirante la piel de la cara como si fuese a marcar con fidelidad enfermiza los relieves del hueso; sin más animación que aquel fuego que brillaba en sus ojos como una chispa de loca alegría. ¡Oh familia desgraciada! ¡todos iguales!...

La madre hacía esfuerzos para ocultar la verdad a Remedios. ¡Pobre muchacha! Triste, cabizbaja, sin poder explicarse el repentino alejamiento de Rafael.

Convenía ocultar el suceso, y esto es lo que limitaba la cólera de doña Bernarda en sus rápidas entrevistas con el hijo.

Tal vez podría sobrevenir un arreglo, algo inesperado que deshiciese aquella maléfica influencia sobre Rafael, y con esta esperanza hacía esfuerzos para que Remedios y su padre no se dieran cuenta de lo que ocurría; fingía contento en presencia de ellos, inventaba mil pretextos de estudios, preocupaciones y hasta enfermedades para justificar la conducta de su hijo.

Pero la desconsolada señora temía a la gente que la rodeaba; aquella curiosidad de ciudad pequeña, aburrida en su monotonía, siempre alerta, a la caza de un nuevo suceso para gozar el placer de la murmuración.

Se esparcía rápidamente la noticia de aquellos amores: circulaba de boca en boca, considerablemente aumentado, el relato de la expedición por el río, los paseos por entre los naranjos; las noches que pasaba Rafael en la casa de doña Pepita, entrando a obscuras y descalzo como un ladrón; las siluetas de los amantes, destacándose en la ventana del dormitorio, abrazados por el talle, contemplando la noche: todo visto por gentes dedicadas por voluntad al espionaje, para poder decir «yo lo he presenciado» y que pasaban la noche ocultos en un ribazo, emboscados tras una cerca para sorprender al diputado, a la ida o la vuelta de sus citas de amor.

Los hombres, en los cafés o en el casino envidiaban a Rafael, comentando con ojos brillantes su buena suerte. Aquel chico había nacido de pie. Pero luego en sus casas unían su voz severa al coro de mujeres indignadas. ¡Qué escándalo! ¡Un diputado, un personaje que debía dar ejemplo! Aquello era burlarse de la ciudad. Y cuando el general rumor de protesta llegaba hasta doña Bernarda, ésta elevaba las manos con desesperación. ¿Dónde irían a parar? Su hijo quería perderse.

Don Matías, el rústico millonario, callaba, y en presencia de doña Bernarda fingía ignorarlo todo. Su interés por emparentar con la familia Brull le hacía ser prudente. El también esperaba que pasaría aquello, una ceguera de joven, y creyéndose investido de la autoridad de padre, intentó dar algunos consejos a Rafael al encontrarle en la calle. Pero tuvo que desistir a las pocas palabras, intimidado por la mirada altiva del joven. Creyó por un momento que aún era el pobre cultivador de naranjos de otro tiempo y que se hallaba en presencia de aquel Don Ramón majestuoso como un gran señor.

Rafael se defendía con el silencio y la altivez. No necesitaba consejos, pero ¡ay! cuando llegaba por la noche a la casa de su amada, cuando se veía en aquel dormitorio que parecía exhalar el mismo perfume de Leonora, como si hubiera absorbido en sus muebles y cortinas la esencia de su cuerpo, sentía los efectos de aquella murmuración encarnizada, de la curiosidad de toda una población fija en ellos.

Eran solos los dos contra mucha gente; se abandonaban con el plácido impudor de los antiguos idilios en medio de la monotonía de una vida estrecha, en la que la murmuración era el más apreciado de los talentos.

Leonora estaba triste. Sonreía como siempre, le halagaba con la misma adoración que si fuese un ídolo, se mostraba juguetona y alegre, pero en los momentos de calma, cuando creía no ser observada, sorprendía Rafael en su boca una contracción de amargura, veía pasar por sus ojos obscuros relámpagos, como reflejo de penosos pensamientos.

Una noche le habló con regocijo de lo que la gente decía de ellos. Todo se sabía en aquella ciudad. Hasta la casa azul llegaba el eco de las murmuraciones. La hortelana la había recomendado bondadosamente que no pasease mucho por el río: podía pillar unas tercianas. En el mercado sólo se hablaba de aquel paseo nocturno por el Júcar; el diputado, sudoroso, encorvado sobre los remos, y ella despertando con sus canciones extrañas a la gente de las alquerías. ¡Lo que decían aquellos maldicientes!... Y ella reía, pero con risa ruidosa, agitada por estremecimientos nerviosos; con una risa que sonaba a falsa; sin una palabra de queja.

Rafael sufría recordando que ya había adivinado ella esta situación cuando se resistía a su amor. Admiraba su resignación viendo que no profería ninguna palabra de queja, que fingía regocijo, ocultando lo que la gente decía. ¡Ah, los miserables! ¿Qué mal les había hecho aquella mujer? Amarle, entregarse a él haciéndole la regia limosna de su cuerpo. Y el diputado comenzaba a odiar su ciudad, viendo que devolvía con infames insultos el bien y la felicidad que él gozaba.

Otra noche Leonora le recibió con una sonrisa que daba miedo. Se esforzaba por parecer alegre, intentaba aturdirse, abrumando a su amante con una charla graciosa y ligera; pero de repente se abandonó, no pudo más, y en mitad de una caricia rompió a llorar, cayó en un diván agitada por los sollozos.

—¿Qué tienes? ¿Qué ocurre?...

Pero ella no podía contestar, sofocada por el llanto, hasta que por fin, con las palabras sacudidas por un hipo doloroso, comenzó a hablar, abatida, inerte, ocultando en un hombro de su amante su rostro bañado en lágrimas.

No podía más; el martirio resultaba abrumador, le era imposible fingir por más tiempo. Conocía como él lo que hablaban en la ciudad de aquellas entrevistas. Les espiaban tal vez a todas horas; en los caminos inmediatos al huerto había gente emboscada con la esperanza de ver algo nuevo. Su amor, tan dulce, tan joven, era motivo de risa, tema de diversión para las malas lenguas que la escarnecían como a una mujerzuela de la acera, porque había sido buena con él, porque la había faltado crueldad para presenciar impasible las torturas de una juventud apasionada... Pero con ser tan molesto este odio de la gran masa escandalizada, ella no sentía miedo ni indignación: lo despreciaba. ¡Ay!, pero quedaban los otros, los íntimos de Rafael, sus amigos, su familia... su madre.

Leonora calló un momento, como esperando el efecto de sus últimas palabras, intimidada un poco al hablar a Rafael de su familia, mezclándola en sus lamentaciones. El joven temblaba, presintiendo algo terrible. Doña Bernarda no era capaz de permanecer inactiva y resignada ante la rebeldía de su hijo.

—Sí; mi madre—dijo sordamente.—Adivino que algo habrá hecho contra nosotros. Habla, no temas. Tú estás para mí por encima de todo el mundo.

Leonora habló de su tía, aquella pobre señora resignada y casi imbécil, que al ver a Rafael en su casa con tanta asiduidad, creía en el probable casamiento de su sobrina. Por la tarde una escena dolorosa entre Leonora y ella. Doña Pepa había ido a la ciudad por sus devociones, y a la salida de la iglesia encontró a doña Bernarda. ¡Pobre vieja! Sus ojos aterrados, su cabeza temblorosa, delataban la intensa emoción que en su alma simple había sabido despertar la madre de Rafael, a quien ella respetaba mucho. Su sobrina, su ídolo yacía por el suelo, despojada de aquella fe entusiasta y cariñosa que hasta entonces la había inspirado. Todas las historias pasadas, los ecos de su vida de aventuras, llegados hasta ella débilmente y que jamás quiso creer considerándolos obra de la envidia, se los repitió doña Bernarda con su autoridad de señora formal y buena cristiana, incapaz de mentir. Y a continuación, el escándalo con que conmovían a toda la ciudad su sobrina y su hijo; las entrevistas nocturnas, los paseos a través de los campos con una audacia del demonio, haciendo gala de su pecado; todos los atrevimientos y locuras que convertían su santa casa, la casa de doña Pepa, en un antro de vicios, en una mancebía del diablo.

Y la pobre vieja lloraba como una niña en presencia de su sobrina, se esforzaba en convencerla para que «abandonase la mala senda del pecado»; estremecíase de horror pensando en su inmensa responsabilidad ante Dios. «Toda una vida de devoción para tener limpia el alma, creerse casi en estado de gracia y despertar de repente en pleno pecado sin comerlo ni beberlo, por causa de su sobrina, que convertía su santa casa en una sucursal del infierno, haciéndola vivir rodeada del pecado». Y el miedo de la pobre señora, el escrúpulo y el terror de aquella alma sencilla, eran lo que más profundamente hería a Leonora.

—Me han robado mi única familia—murmuraba con desaliento.—Me han quitado el cariño del único ser que me quedaba. Ya no soy para ella la niña de antes; no hay más que ver cómo me mira, cómo se aparta temiendo mi contacto... Y todo por ti, por amarte, por no haber sido cruel. ¡Ay, aquella noche! ¡cómo la he de llorar!... ¡cómo presentía yo estas tristezas!...

Rafael estaba aterrado. Sentía vergüenza y remordimiento viendo lo que sufría aquella mujer por haberse entregado a él. ¿Cómo remediarlo? Se sentía humillado; quería ser hombre fuerte, la mano enérgica que protege en el peligro a la mujer amada. Pero ¿sobre quién había de caer para defenderla?...

Leonora abandonó el hombro de su amante, se desasió de sus brazos; limpiaba sus lágrimas y se erguía con la firmeza del que ha adoptado una resolución irrevocable.

—Estoy decidida a todo. Me hace mucho daño lo que voy a decirte, pero no retrocederé: será inútil que protestes. Ya no puedo estar bajo este techo; comprendo que he acabado para mi tía: ¡pobre vieja! Mi ilusión era verla morir entre mis brazos como una lucecita que se apaga; ser para ella lo que no fui para mi padre... Pero la venda ha caído de sus ojos; yo no soy más que una pecadora que con mi presencia turbo su vida... Me voy, pues. Ya he dicho a Beppa que mañana arregle los equipajes... Rafael, dueño mío, esta es la última noche... Pasado mañana ya no me verás.

El joven retrocedió asombrado, como si repentinamente acabasen de herirle en medio del pecho.

—¿Irte? ¿Y lo haces con esa frialdad?... ¿Irte tú, así, así, en plena dicha?

Se tranquilizaba a los pocos momentos. Aquello no era más que la resolución momentánea en un arranque de indignación. No se iría, ¿verdad? Debía reflexionar, ver con claridad las cosas. ¡Qué disparate! ¡partir abandonando a su Rafael! Nunca: era imposible.

Leonora sonreía con tristeza. Aguardaba aquellas protestas. También ella había sufrido mucho, mucho, antes de decidirse a adoptar tal resolución.

Sentía frío hasta en la raíz de los cabellos al pensar que antes de dos días se vería sola, vagabunda por Europa, cayendo de nuevo en aquella vida agitada y loca a través del arte y del amor. Después de haber gozado la dulzura de la pasión más fuerte de su existencia, lo que ella creía su primer amor, resultaba cruel lanzarse de nuevo en una navegación sin rumbo a través de las tempestades. Le quería más que nunca: le adoraba con nuevo ardor, ahora que iba perderle.

—¿Entonces por qué te vas?—pregunta el joven.—Si me amas ¿por qué me dejas?

—Porque te quiero, Rafael... Porque deseo tu tranquilidad.

Quedarse allí era perderle. Para defenderla a ella, para seguir a su lado, tendría que luchar con su madre, que era el más encarnizado enemigo, perder su cariño, atropellarla tal vez. ¡Oh, no! ¡qué horror! Ya había bastante con aquella crueldad filial que entenebrecía su pasado. ¿Era acaso un ser funesto, nacido para corromper con su nombre lo más santo, lo más puro?

—No, resígnate, corazón mío. Es preciso que parta; es imposible que sigamos amándonos aquí. Yo te escribiré, te daré cuenta exacta de mi vida... todos los días sabrás de mí aunque esté en el polo; pero quédate, no desesperes a tu madre, cierra los ojos ante sus injusticias, que al fin obedecen a lo mucho que te quiere... ¿Crees que yo no sufro al dejarte? ¿Te imaginas que es poco huir dejando aquí la mayor felicidad de mi existencia?...

Y para dar más fuerza a sus ruegos se abrazaba a Rafael, acariciaba su cabeza caída y pensativa, dentro de la cual se agitaban tempestuosas las ideas, removiendo profundamente su voluntad.

Instintivamente, las manos del joven recorrían la desnudez de su amante, marcando sus tesoros bajo la tela blanca y fina; sentía el suave calor, la palpitación misteriosa de aquella carne que había infiltrado en su cuerpo algo de su propia vida en los espasmos de la pasión, en el dulce arrobamiento de la comunión amorosa. Y los lazos que él creía eternos ¿iban a romperse? ¿tan fácilmente podía perder aquel cuerpo admirado por el mundo y cuya posesión le hacía considerarse el primero de los hombres? Ella le hablaba del amor a distancia, persistente a través de los viajes y los azares de una existencia errante, le prometía escribirle todos los días... ¡escribirle! tal vez al mismo tiempo que su cuerpo divino sentiría el contacto de otra mano que no fuese la suya... No; él no perdía aquello; estaba resuelto.

—No te irás, Leonora—afirmaba con energía.—Un amor como el nuestro no puede terminar de este modo. La fuga sería una ofensa para mí, huir como afrentada por la tristeza de haberme amado.

Sentía en su ánimo un afán de protesta caballeresco: se avergonzaba de pensar que ella huyese por haberle querido y que él quedase allí, triste e inerte como una doncella a la que abandona su amante convencido de que con su amor la causa grave daño. ¡Ira de Dios! El era un hombre y no podía tolerar que aquella mujer le abandonase en un arranque de abnegación, por devolverle la tranquilidad de la familia, la calma dentro de su casa, la sonrisa satisfecha de su madre. Huían muchas veces las muchachas, olvidando padres y hogar, cuando se sentían dominadas por el amor; y él, un hombre, un personaje ¿había de quedarse allí, viendo como se alejaba Leonora, triste y llorando, todo porque no perdiese él el respeto de aquella ciudad en la que se ahogaba, y el afecto de una madre que jamás había sabido bajar hasta su corazón con una sonrisa de cariño? Además, ¿qué amor era el suyo que retrocedía ante una resolución enérgica; siempre cobarde e indeciso cuando se trataba de conservar una mujer por la cual se habían muerto o arruinado hombres más ricos, más poderosos, ligados a la vida por atracciones que él jamás había gozado en su monótona existencia?...

—No te irás—repetía con sorda firmeza.—Yo no pierdo mi felicidad tan fácilmente... Y si te empeñas en irte, partiremos juntos.

Leonora se irguió estremecida. Esperaba aquello; se lo decía el corazón. ¿Escapar juntos los dos? ¿aparecer ella como una aventurera que se lleva tras si a Rafael después de enloquecerle de amor arrancándole de los brazos de su madre? ¡Oh, no! muchas gracias. Ella tenía conciencia; no quería cargar su vida con la execración de todo un pueblo. Le suplicaba a Rafael con calma; le rogaba que arrastrase valientemente la desgracia. Debía partir sola; después, más adelante ya vería; buscarían ocasión para verse; tal vez podría ser en Madrid, cuando abiertas las Cortes estuviera allá solo, ella cantaría en el Real gratuitamente si era preciso.

Pero Rafael se revolvía furioso contra su resistencia. ¡No verla! ¡transcurrir meses y meses en mortal espera! Una sola noche sin sentir su cuerpo confundido con el suyo, sería la desesperación. Acabaría por entregarse a la mortal tristeza de Maquia; se pegaría un tiro como el poeta italiano.

Y lo decía con convicción, mirando al suelo con ojos extraviados, como si se viera ya sobre el pavimento, inerte, ensangrentado, con el revólver en la crispada diestra.

—¡Oh, no! ¡qué horror! ¡Rafael! ¡Rafael mío!—gemía Leonora abrazándose a su cuello, colgándose de él, estremecida por la sangrienta visión.

El amante seguía protestando. Era libre. Si fuese casado, si dejara tras su fuga una mujer que llorase su traición, hijos que le llamaran en vano, aún comprendería aquella resistencia; la repugnancia de un corazón bueno que no quiere que su amor deje tras sí la maldición de una familia dispersa. Pero ¿a quién abandonaba en su fuga? A su madre nada más, que se consolaría al poco tiempo sabiendo que estaba sano y era feliz. A su madre, que se oponía con ese ciego cariño maternal que no quiere encontrar rivalidades en el amor al hijo y por celos estorba muchas veces su felicidad. El mal que causase siguiéndola a ella no sería irreparable. Huirían juntos; pasearían su amor por el mundo.

Y Leonora, cabizbaja, repetía débilmente:

—No; estoy resuelta. Partiré mañana sola. No tengo fuerzas para arrostrar el odio de una madre.

Rafael se indignaba.

—Entonces di que no me amas. Te has cansado de mí. Quieres levantar las alas; te impulsa la locura de otros tiempos; deseas volar de nuevo locamente por tu mundo.

La artista fijaba en él sus grandes ojos empañados por las lágrimas. Su mirada era de ternura y de lástima.

—¡Cansarme de ti!... ¡Cuando jamás me he sentido tan triste como esta noche!... Crees que ansío mi antigua vida, y al alejarme siento lo mismo que si entrase en un lugar de tormento... ¡Ay, dueño mío, mi alma!... Tú no comprenderás nunca hasta donde he llegado en mi amor.

—¿Pues entonces?

Y en su afán irresistible de decirlo todo, de no perdonar el relato de ninguno de los peligros que sobrevendrían tras la separación, Rafael habló de su madre, de lo que ocurriría al quedar solo con ella sumido en la monotonía de la ciudad. ¿Creía ella que todo era cariño en la indignada oposición de su madre? Le quería, sí; era su hijo único; pero en sus cálculos entraba por mucho la ambición, aquel afán por el engrandecimiento de la casa, que había ocupado toda su existencia. Le tenía destinado, sin consultar su voluntad, a servir de rehén en la alianza que meditaba con una gran fortuna. Quería casarle: y si ella partía, si se veía solo, abandonado, la tristeza y el tiempo que todo lo pueden, morderían su voluntad, hasta hacerle caer inerte, entregándose como una víctima que en su aturdimiento no abarca la importancia del sacrificio.

Ella le escuchaba estremecida; con los ojos desmesuradamente abiertos por el terror. Acudían en tropel a su memoria palabras sueltas que en días anteriores habían llegado hasta ella y la demostraban ahora la certeza de lo que decía su amante... ¡Rafael destinado por su madre a otra mujer!... ¡encadenándose para siempre si ella partía!...

—Y yo no quiero, ¿sabes Leonora?—continuó el amante con tranquila firmeza—Yo sólo soy tuyo, sólo te amo a ti. Prefiero seguirte por el mundo, aunque no quieras; ser tu criado, verte... hablarte, mejor que enterrar aquí mi desesperación bajo millones.

—¡Ah, niño! ¡niño mío!... ¡Cómo me quieres! ¡Cómo te adoro!

Y cayó sobre él frenética de pasión, impetuosa, loca, apresándole entre sus brazos como una fiera. Rafael se sintió acariciado con un ardor que casi le dio miedo; envuelto en una espiral de placer que no tenía fin. Estremeciose empujado, descoyuntado, arrollado por una ola tan voluptuosa, tan inmensa que le hacía daño. Creyó morir desmenuzado, hecho polvo sobre aquel cuerpo que le agarrotaba, absorbiéndole con la fiera voracidad de esas simas lóbregas donde desaparecen de un golpe los torrentes sin dejar una gota de su avalancha tumultuosa. Y desfalleciendo sus sentidos en aquel tembloroso ofuscamiento, cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos vio la habitación en la obscuridad, sintió en sus espaldas la blandura del lecho y bajo su nuca un brazo mórbido que le sostenía cariñosamente. Leonora le hablaba al oído con la lentitud del cansancio.

Convenidos. Huirían juntos, irían a continuar su dúo de amor donde nadie les conociera, donde la envidia y la vulgaridad no turbasen su dulce existencia. Leonora conocía todos los rincones del mundo. Nada de Niza ni de las otras ciudades de la Costa Azul, bonitas, coquetas, empolvadas y pintadas como una dama que sale del tocador. Encontrarían en ellas demasiada gente. Venecia les convenía más. Pasearían por los estrechos canales, solitarios y silenciosos, tendidos en la camareta de la góndola, acariciándose entre risas, compadeciendo a los que pasasen los puentes sin adivinar que por bajo de sus pies se deslizaba el amor...

Pero Venecia es triste; cuando la lluvia se decide a caer, no se cansa nunca. Mejor era Nápoles; sí, Nápoles. ¡Viva! Y Leonora agitaba las manos como queriendo aplaudir su idea. La vida al sol, la libertad, amarse con el mismo impudor sublime de los lazaronis que viven desnudos y se reproducen en la acera. Ella tenía allá en el Posilippo una pequeña casa, un villino de color de rosa, una bicoca con un jardín de higueras nopales y pinos parasoles, que bajaba en rápida pendiente desde el promontorio hasta el mar. Pescarían en el golfo terso y azul como un inmenso espejo, y a la caída de la tarde, mientras él volviese los remos, ella cantaría mirando el mar inflamado por el sol al hundirse en las aguas, el penacho del Vesubio de tonos morados, la inmensa ciudad blanca con sus infinitas vidrieras como placas de oro, reflejando el crepúsculo.

Corretear como dos bohemios por los innumerables pueblecillos blancos de la ribera del golfo; besarse en pleno mar entre las barcas pescadoras, de las que salen romanzas apasionadas; pasar la noche al aire libre, abrazados sobre la arena, oyendo a lo lejos la risa de perlas de las mandolinas como aquella noche escuchaban al ruiseñor... ¡Dios mío! ¡qué hermoso!

Y hasta el amanecer estuvieron fantaseando sobre el porvenir, arreglando todos los detalles de la fuga.

Ella partiría cuanto antes; él iría a su encuentro dos días después cuando hubiese renacido la confianza y todos la creyeran lejos, muy lejos. ¿Dónde se encontrarían? Primero pensaron en Marsella, pero era demasiado lejos. Después en Barcelona. Regateaban las horas y los minutos. Les parecía intolerable pasar varios días sin verse. Cuanto antes se reuniesen, mejor, lo importante era salir de la ciudad. Y acabaron por decidir que se reunirían lo más cerca posible: en Valencia. El amor gusta de la audacia.

VII

Acababan de almorzar entre las maletas y las cajas, que ocupaban una gran parte de la habitación de Leonora en el hotel de Roma.

Por primera vez se sentaban en la mesa juntos en familiar intimidad, sin otro testigo que Beppa, la fiel doncella, acostumbrada por la azarosa vida de su señora a toda clase de sorpresas, y que contemplaba a Rafael con respetuosa sonrisa, como un ídolo nuevo con el que debía compartir la devota sumisión que sentía por Leonora.

Era el primer momento de tranquilidad y alegría que había tenido el joven en algunos días. El antiguo hotel con sus habitaciones grandes, de alto techo; sus corredores en discreta penumbra y su calma conventual, le parecía un lugar de delicias, un ameno retiro en el que se consideraba libre ya de las murmuraciones y luchas que le habían oprimido como un círculo infernal. Además, sentía allí ese viento exótico que parece soplar en los puertos y las grandes estaciones de ferrocarril. Todo le hablaba de la fuga, de la incógnita y deliciosa ocultación en aquel país tan calurosamente descrito por Leonora, desde los macarrones del almuerzo y el Chianti en empajada y ventruda redoma, hasta el castellano defectuoso y musical de los dueños del hotel, carnosos hombretones con enormes bigotes que recordaban los tradicionales mostachos de la casa de Saboya.

Leonora le había citado allí, en el refugio predilecto de los artistas, que aislado de la circulación, ocupa todo un lado de una plaza solitaria, señorial y tranquila, sin más ruidos que los gritos de los cocheros de alquiler y las patadas de los caballos.

Había llegado en el primer tren de la mañana, sin equipaje alguno, como un colegial que se fuga con solo lo puesto. Los dos días transcurridos desde que Leonora abandonó la ciudad, habían sido de tormentos para él. La gente comentando la huida de la cantante; escandalizándose de su inmenso equipaje que, agrandado por la imaginación de los murmuradores, llenaba no se sabía cuántos carros.

Esto quien lo sabía bien era el barbero Cupido, que, cual de costumbre, había corrido con todo el servicio del equipaje. Sabía a dónde había dirigido su vuelo aquella mujer peligrosa, y lo decía a todos. Volvía a Italia. El mismo había facturado para la frontera todo el equipaje grueso, mundos enormes como casas, cajones donde podía ocultarse cómodamente él con sus pelados mancebos. Y las mujeres, oyéndole, celebraban aquella huida como si las librase de un gran peligro. ¡Vaya bendita de Dios!

Rafael, después de la partida de su amante, apenas salió a la calle. Le molestaba la curiosidad de la gente, la conmiseración burlona de los amigos que envidiaban su pasada felicidad y permaneció dos días en su casa, seguido por la mirada interrogante de su madre. Doña Bernarda mostrábase más tranquila al verle libre de la maléfica influencia de la artista, pero sin abandonar por esto su gesto ceñudo, como avisada por el instinto maternal que aún presentía el peligro.

El joven estaba agitado por la impaciencia de la fuga. Le parecía intolerable permanecer allí mientras ella estaba sola, aislada en un cuarto de hotel, aguardando con igual impaciencia el momento de la reunión.

¡Qué amanecer el de la partida! Rafael se avergonzaba viéndose descalzo; caminando de puntillas, como un ratero, por la sala donde su madre recibía a los hortelanos y ajustaba las cuentas del cultivo. Avanzaba a tientas, sin otro guía que los luminosos resquicios de las cerradas ventanas. Su madre dormía en una habitación inmediata: oía su respiración, el fatigado estertor de un sueño pesado, con el que se reponía de aquellas noches en vela espiando su regreso de las citas de amor. Creía aún sentir el estremecimiento que le producía el suave tintineo de las llaves, abandonadas con la confianza de una autoridad sin límites en la cerraja de un mueble antiguo donde guardaba Doña Bernarda sus ahorros. Así ocultó con mano trémula en sus bolsillos todos los billetes guardados en los pequeños cajones.

Temblaba de emoción al consumar el acto audaz. Se llevaba lo suyo; no había pedido nada de la herencia de su padre. Leonora era rica; con una delicadeza admirable había rehuido hablar de dinero al discutir los preparativos del viaje; pero él no iba a ser un entretenido, no quería vivir como aquel Salvatti que explotó la juventud de la artista. Estos pensamientos le dieron fuerzas para llevarse el dinero y abandonar la casa; pero en el tren aún duraba su inquietud, y el personaje, el diputado experimentaba un miedo instintivo al ver en las estaciones los tricornios de la guardia civil. Palidecía pensando en el despertar de su madre si casualmente se daba cuenta del despojo.

La confianza y la alegría renacieron al entrar en el hotel como si entrase en un lugar de asilo. La encontró en la cama, la cabellera esparcida sobre la almohada como una ola de oro, los ojos entornados, la boca sonriente como si la sorprendiera en mitad de un ensueño saboreando sus recuerdos de amor. A medio día se levantaron para almorzar en el cuarto, pálidos, fatigados, proponiéndose emprender su viaje cuanto antes. No más locuras; sensatez hasta que se viesen fuera de España. Al anochecer saldrían en el correo de Barcelona hacia la frontera. Y tranquilamente como un matrimonio que discute en la calma placentera del hogar los detalles de la vida material, pasaban revista de los objetos necesarios para el viaje.

Rafael no tenía nada. Había huido como quien escapa de un incendio, con el traje que primero encontró al saltar de la cama. Necesitaba muchas cosas indispensables y pensaba salir a comprarlas: asunto de un momento.

—¿Pero vas a ir tú?—preguntaba Leonora con cierta angustia, como si su instinto femenil adivinase en el peligro.—¿Vas a dejarme sola?...

—Un momento nada más. No te haré esperar mucho.

Se despidieron en el corredor con la ruidosa y descuidada alegría de su pasión; sin fijarse en los camareros que iban y venían al otro extremo del largo pasadizo.

—Adiós, Rafael... Uno; uno nada más.

Y cuando él salió a la plaza, con el sabor en los labios del último beso, todavía le saludó desde un balcón una mano cubierta de pedrería.

El joven andaba apresuradamente. Quería volver cuanto antes, y pasó con rapidez por entre la nube de cocheros que le ofrecían sus servicios frente al gran palacio de Dos Aguas, cerrado, silencioso, dormido como los dos gigantes que guardan su portada, desarrollando bajo la lluvia de oro del sol la suntuosidad recargada y graciosa del estilo rococó.

—Rafael, Rafael...

El diputado volviose al oír su nombre, y palideció como en presencia de una aparición. Era don Andrés quien le llamaba.

—¿Usted aquí?

—He llegado en el correo de Madrid. Hace dos horas que te busco por todas las fondas de Valencia. Ya sabía que estabas aquí... Pero vámonos, tenemos que hablar; este no es buen sitio.

Y lanzaba una intensa mirada de odio al hotel, como si quisiera aniquilar al enorme caserón con todos los seres que encerraba.

Se alejaron, caminando lentamente sin saber dónde iban, errando a la ventura, doblando esquinas, pasando varias veces por la misma calle, con el pensamiento concentrado, los nervios estremecidos, prontos a gritar y haciendo esfuerzos por que su voz fuese débil, apagada, y no llamase la atención de los transeúntes que pasaban rozándoles por las estrechas aceras.

Don Andrés comenzaba, como era de esperar.

—¿Te parece bien lo que has hecho?

Al ver que él, cobardemente intentaba mostrarse asombrado, asegurando que nada había hecho, que había venido a Valencia por un asunto insignificante, el viejo se indignó.

—No mientas: o somos hombres o no lo somos. Tú debes sostener lo hecho, si te figuras haber obrado bien. No creas que vas a engañarme para echar a correr con esa señora, Dios sabe dónde. Te he encontrado y no te dejo. Quiero que lo sepas todo: tu madre en cama; yo, avisado por ella de lo ocurrido, saliendo en el primer tren a encontrarte; toda la casa en revolución, creyendo en el primer instante en un robo, y la ciudad llevándote en lenguas tal vez a estas horas. Qué... ¿estás contento? ¿deseas matar a tu madre? Pues la matarás... ¡Dios mío! ¡y estos son los hombres de talento! ¡los señoritos con carrera! Cuánto mejor que fueses un bruto como yo o como tu padre; sin estudios, pero sabiendo vivir y divertirse sin compromiso.

Después relataba minuciosamente lo ocurrido. La madre teniendo que visitar su viejo mueble para hacer un pago a los jornaleros; el grito de horror y alarma que puso en conmoción la casa; la llegada de Don Andrés, avisado apresuradamente; la sospecha contra la fidelidad doméstica, pasando revista a todas las sirvientes, que lloraban protestando con indignación, hasta que doña Bernarda cayó en una silla, casi desmayada, murmurando al oído de su consejero:

—Rafael no está en casa. Se ha ido... tal vez para no volver. Lo adivino; él tiene el dinero.

Y mientras metían en la cama a la madre sollozante y avisaban al médico, él salía hacia la estación para coger el tren, y leía en las miradas curiosas el presentimiento de lo ocurrido, la prontitud con que los maldicientes unían aquella agitación sorda en la casa de Brull con la subida de Rafael en el primer tren, presenciada por algunos, a pesar de sus precauciones.

—Rafael; señor diputado, ¿está usted contento?... ¿Quiere usted dar que reír más aún a sus enemigos?

El viejo hablaba con voz temblona; parecía próximo a llorar. La obra de toda su vida, las grandes victorias ganadas al lado de Don Ramón, aquel poder político tan cuidadosamente pulido y aguzado, todo iba a quebrarse y perderse por culpa de un chiquillo ligero, vehemente; que al adorar a una mujer arrojaba a sus pies lo suyo y lo de los demás.

Rafael, que en el primer momento se sentía agresivo, dispuesto a contestar con la violencia si el viejo camarada extremaba la reprensión, mostrábase ablandado y un tanto conmovido por el sincero dolor de aquel hombre, sin otro sentimiento que la dominación, semejante a su padre, como el gato se parece al tigre, y casi sollozante al ver en peligro el prestigio de la casa.

Cabizbajo, aterrado por la imagen de aquella escena, después de su huida, Rafael no sabía por dónde marchaban. Le sorprendió de pronto un perfume de flores. Atravesaban un jardín, y al levantar la cabeza vio brillando al sol la arrogante figura del conquistador de Valencia sobre su nervudo caballo de guerra.

Siguieron adelante. El viejo hablaba con acento plañidero de la situación de la casa. Aquel dinero que tal vez llevaba en el bolsillo, más de treinta mil pesetas, representaba los últimos esfuerzos de su madre para sacar a flote la fortuna de la familia, puesta en peligro por las genialidades de don Ramón. Suyo era el dinero, nada tenía él que decir; podía derrocharlo por el mundo: pero no hablaba a ningún niño, hablaba a un hombre que tenía corazón y sólo le pedía como preceptor de su infancia, como su más antiguo amigo, que pensase en los sacrificios de su madre, en su exagerada y ruda economía, en las privaciones que se había impuesto, vestida de hábito en todo tiempo, peleándose por un céntimo con las criadas, a pesar de sus aires de gran señora, privándose de esas golosinas y regalos que tanto gustan en la vejez, todo para que su señor hijo se gastara alegremente con una mujer aquella cantidad de la que hablaba don Andrés con respeto, pensando en lo que había costado reunir. ¡Vamos, hombre, que era para morirse el ver tales cosas!...

¿Y si el padre, si don Ramón levantase la cabeza? ¿Si viese cómo su hijo por un amor destruía de golpe lo que tantos años había costado levantar?...

Pasaban un puente. Abajo, en el seco cauce, se destacaban las manchas rojas y azules de un grupo de soldados y sonaba el redoble de los tambores como el zumbido de una enorme colmena. Aquel estrépito belicoso acompañaba dignamente la evocación del padre hecha por el viejo. Rafael creía ver delante de sus pasos aquel enorme cuerpo de hombre de lucha, sus grandes bigotes, su fiero entrecejo de conquistador, de aventurero nacido para guiar hombres e imponerles su voluntad.

—¡Si don Ramón viese esto!... El era capaz de dar toda su fortuna por una mujer, pero no hubiera tomado juntas las más hermosas del mundo a cambio de perder un solo voto.

Y su hijo, aquel retoño en el que había puesto sus esperanzas, el destinado a elevar la casa a su mayor gloria, el que había de ser personaje en Madrid, y al nacer encontraba el camino hecho, arrojaba por la ventana todo el trabajo del padre con el fácil abandono con que se pierde lo que no costó nada de ganar. ¡Bien se veía que no había conocido los tiempos malos! La época de la Revolución, cuando estaban caídos y había que hacerse respetar escopeta en mano; las desesperadas batallas electorales, en las que se alcanzaba el triunfo pasando sobre algún muerto; los galopes audaces en víspera de escrutinio, a través de los campos, envueltos en la sombra de la noche, sabiendo que por cerca estaba emboscado el roder de carabina certera, que había jurado su muerte; los procesos interminables por coacción y violencias que hacían vivir en perpetua angustia, esperando de un momento a otro la catástrofe final, el presidio con la pérdida de los bienes. Todo esto lo había arrastrado su padre por él; por labrarle un pedestal, por crearle un distrito propio, abriéndole camino para llegar lejos, muy lejos. Y él lo perdía todo, se despojaba para siempre de un poder formado a costa de años y peligros, si aquella misma noche no volvía a casa, destruyendo con su presencia las suposiciones de la gente escandalizada.

Rafael movía la cabeza negativamente, conmovido por el recuerdo de su padre, convencido por las razones del viejo, pero resuelto a resistir. No, y no; la suerte estaba echada; él seguiría su camino.

Estaban bajo los árboles de la Alameda. Pasaban los carruajes formando una inmensa rueda en el centro del paseo; brillantes los arreos de los caballos y los faroles del pescante con el reflejo del sol; viéndose a través de las ventanillas los sombreros de las señoras y las blancas blondas de los niños.

Don Andrés se indignaba ante la tenacidad del joven. Enseñábale aquellas familias, de exterior tranquilo y feliz, paseando dentro de sus carruajes, con la plácida calma de una abundancia sedentaria y exenta de emociones. ¡Cristo! ¿Tan mala era aquella vida? Pues así podía vivir él si era bueno, si no volvía la espalda al deber; rico, influyente, respetado, envejeciendo rodeado de hijos; lo único que en este mundo puede desear una persona honrada.

Todo esto del amor sin trabas ni leyes, del amor que se hurta de la sociedad y sus costumbres, bastándose a si mismo y, despreciando el que dirán, eran mentiras de poetas, músicos y danzantes, gente perdida y loca como aquella mujer que le arrebataba lejos, muy lejos, rompiendo para siempre sus lazos con la familia y con su país.

El viejo parecía animarse con el silencio de Rafael. Creía llegado el momento de atacar su amor audazmente.

—Y luego, ¡qué mujer! Yo he sido joven como tú; es verdad que no he conocido señoras como esa, pero, ¡bah! todas son iguales. He tenido mis debilidades; pero te digo que por una mujer como esa no hubiese perdido ni una uña. Cualquier muchacha de las que tenemos por allá vale más. Mucho traje, mucha palabra, polvos y pinturas a puñados... No es que yo diga que sea fea, no señor; ¡pero hijo, poco necesitas para volverte loco; las sobras de los demás!...

Y habló del pasado de la artista; de aquella historia galante y tormentosa, exagerada por la leyenda; los amantes a docenas, su cuerpo desnudo reproducido en estatuas y cuadros; la mirada de toda Europa corriendo sobre su belleza, con la confianza del que entra en su casa, conociendo hasta el último rincón. ¡Vaya una virginidad para volverse loco! ¿Y por esa conquista lo iba a perder todo?

El viejo sintió miedo al ver la punta de brasa que la ira encendió en los ojos de Rafael. Acababan de pasar otro puente; entraban de nuevo en la ciudad, y don Andrés en su miseria de viejo malicioso y cobarde, retrocedió como si quisiera ocultarse tras la casilla de los guardias de consumos, librándose de la bofetada que ya veía cortando el aire.

El diputado, tras breve indecisión, siguió adelante, desalentado, cabizbajo, sin fijarse en el viejo que había vuelto a colocarse a su lado.

¡Ah, el maldito! ¡Qué bien había sabido herirle! El pasado de Leonora; su amor repartido con loca generosidad por los cuatro puntos de la tierra; todos los pueblos pasando sobre su cuerpo, domándola un instante con el atractivo de la elegancia o el encanto del arte; sus entrañas estremeciéndose hoy en un palacio y mañana en un cuarto de hotel; su boca repitiendo en diversos idiomas aquellas mismas frases de amor, entrecortadas por el espasmo, que le enardecían, como si fuese el primero en oírlas. ¿Y por estos restos que aún sobrevivían milagrosamente después del loco derroche, iba él a perderlo todo, a huir dejando a sus espaldas el escándalo, el descrédito y tal vez el cadáver de su madre? ¡Ah, terrible don Andrés! ¡Y cómo después de herirle metía los dedos en el sangriento desgarrón agrandando la herida! La lógica llana y vulgar del viejo había desvanecido su ensueño. Aquel hombre, había sido el Sancho rústico y malicioso que aconsejaba a su quijotesco padre, y ahora seguía su misión cerca del hijo.

Recordaba de un golpe toda la historia de Leonora, las francas confidencias de su época de pura amistad, cuando se lo contaba todo para impedir que la siguiese deseando. Por mucho que ella le adorase no sería más que un sucesor del conde ruso, del músico alemán, o de alguno de aquellos amantes de pocos días, apenas mencionados, pero que algo habían dejado en su memoria. ¡Un sucesor! ¡el último que llega con algunos años de retraso y se contenta mordiendo en la cálida madurez que ellos conocieron con la frescura y la suave película de la juventud! Los besos que tan profundamente le turbaban tenían algo más que la caricia de la mujer: era el perfume embriagador y malsano de todas las corrupciones y locuras de la tierra; el olor concentrado de un mundo que había corrido loco hacia su belleza como los pájaros nocturnos se agolpaban a la luz del faro.

¡Abandonarlo todo por ella! ¡Correr la tierra, libres y orgullosos de su amor!... Y en ese mundo encontraría a muchos de sus antecesores contemplándole con mirada curiosa e irónica; sobrevivientes de las pasadas aventuras que, en su presencia, la desnudarían con la mirada, adivinando de antemano las frases entrecortadas que ella había de decir por la noche, los extravíos de su pasión nunca satisfecha.

Lo extraño era que nada de esto se le había ocurrido antes. La ceguera de la felicidad jamás le había dejado pensar que no era él el primero que pasaba por sus brazos, que aquellas palabras que le mecían como dulce música podían haber sido oídas por otros y otros antes que él...

¿Cuánto tiempo iban por las calles de Valencia?... Le temblaban las piernas, estaba desfallecido, apenas veía. Los aleros de las casas aún estaban bañados de sol, y a él le parecía andar a tientas en la penumbra del crepúsculo.

—Tengo sed, Don Andrés. Entremos en cualquier sitio.

El viejo le encaminaba al café de España, su refugio favorito. Tenía la mesa al pie de los cuatro relojes que sustenta el ángel de la Fama en el centro del gran salón cuadrado, con sus enormes espejos de fantásticas perspectivas y sus dorados, obscurecidos por el humo y la luz crepuscular que desciende por la alta linterna como una inmensa cripta.

Rafael bebió, sin saber ciertamente el contenido del vaso; un veneno tal vez que le helaba el corazón. Don Andrés contemplaba sobre el mármol de la mesa el recado de escribir; la cartera de roto hule y el mísero tarro de tinta, golpeándolos con el rabo de la pluma, una pluma de café, engrasada, torcida de puntas, instrumento de tortura para desesperar la mano.

—Falta una hora para el tren. Rafael, sé hombre; aún es tiempo. Vente y remediaremos esta chiquillada.

Y le tendía la pluma, a pesar de no haberse mencionado en la conversación el propósito de escribir a persona alguna.

—No puedo, don Andrés. Soy un caballero, tengo mi palabra dada y no retrocedo venga lo que venga.

El viejo sonreía con sarcasmo.

—Sé todo lo caballero que quieras. Lo serás para esa mujer. Pero cuando rompas con ella, cuando te deje o la abandones tú no vuelvas a Alcira. Tu madre no existirá: yo estaré no sé dónde, y los que te hicieron diputado te mirarán como un ladrón que robó y mató a su madre... Enfurécete, pégame si quieres; ya nos miran de las otras mesas... da un escándalo en el café; no por esto dejará de ser verdad lo que te digo...

Mientras tanto Leonora se impacientaba en su cuarto del hotel. Habían transcurrido tres horas. Para calmar su inquietud se sentó en el balcón, tras la verde persiana, siguiendo con distraídos ojos el paso de los escasos transeúntes que atravesaban la plaza.

Encontraba en ella un recuerdo de las plazoletas de Florencia, rodeadas de mansiones señoriales, cerradas e imponentes, con su pavimento de guijarros ardientes por el sol, entre los cuales crece la hierba y que despiertan de su modorra al paso tardo de una mujer, de un cura o un viajero, repitiendo sus pisadas cuando ya están lejos.

Miraba los viejos caserones de la plaza, un ángulo del palacio de Dos Aguas, con sus tableros de estucado jaspe entre las molduras de follaje de los balcones; escuchaba las conversaciones de los cocheros, agrupados en la puerta del hotel, en torno de los dueños y los criados, todos aquellos italianos bigotudos que sacaban sillas a la acera como en una calle de pueblo. De vez en cuando miraba los tejados de enfrente, de los cuales iba retirándose la luz del sol, cada vez más pálida y dulcificada.

Miró su reloj. Las seis. ¿Pero dónde se había metido aquel hombre? Iban a perder el tren, y para aprovechar hasta el último minuto, daba órdenes a Beppa, queriendo que todo estuviese en orden y dispuesto para la marcha. Recogía sus objetos de tocador, cerraba las maletas después de pasear su mirada interrogante por todo el cuarto con la inquietud de una partida rápida, y colocaba en una butaca, junto al balcón, el abrigo de viaje, el saco de mano, el sombrero y el velo para arreglarse sin tardanzas ni vacilaciones, apenas se presentase Rafael, jadeante y cansado por el retraso.

Y el amante sin venir... Sintió impulsos de salir en su busca; pero ¿dónde encontrarle? Desde niña no había estado en la ciudad, desconocía sus calles, podía cruzarse, sin saberlo, con Rafael, vagar errante mientras él la esperase en el hotel. Mejor era aguardar.

Acababa el día. En el cuarto extendíase la sombra del crepúsculo, confundiendo los objetos. Volvió al balcón trémula de impaciencia, triste, como la luz violeta que se difundía por el cielo, con vetas rojas que reflejaban el sol poniente. Iban a perder el tren; tendrían que aguardar hasta el día siguiente. Un contratiempo que trastornaba la seguridad de su huida.

Volviose con nervioso movimiento al oír que la llamaban desde la puerta de la habitación:

Signora, una lettera.

¡Una carta para ella!... La tomó febril de la mano del camarero, ante la mirada vaga y sin expresión de la doncella, sentada sobre las maletas.

Le temblaban las manos. El recuerdo de Hans Keller, el artista ingrato surgió repentinamente en su memoria. Buscó una bujía en su alcoba y acabó por volver al balcón, examinando la carta a la luz del crepúsculo.

Su letra en el sobre; pero portentosa, penosa, como arrancada con esfuerzo. Sentía toda su sangre replegarse en el corazón; leía con el ansia del que quiere apurar de un golpe toda la amargura y saltaba renglones, adivinándolos.

«Mi madre muy enferma... voy allá por unos días nada más... mi deber de hijo... pronto nos veremos»; y las cobardes excusas de costumbre para suavizar la rudeza de la despedida; la promesa de reunirse con ella tan pronto como le fuese posible; los juramentos apasionados, afirmando que era la única mujer que amaba en el mundo.

Pasó como un relámpago por su voluntad el propósito de salir en seguida para Alcira aunque fuese a pie; quería avistarse con Rafael, arrojarle al rostro aquella carta, abofetearle, batirse.

—¡Ah, el miserable! ¡el infame!—rugía.

Y la doncella, que acababa de encender luz, vio a su señora pálida, con una blancura mate, los ojos desmesuradamente abiertos, los labios lívidos, andando erguida con dolorosa tensión, como si no moviese los pies, como si la empujara una mano invisible.

—Beppa—gimió.—¡Se ha ido! ¡me deja!...

La doncella, insensible ante la fuga del señorito, sólo atendía a Leonora, adivinando la próxima crisis, contemplando con sus ojos de vaca mansa el desencajado rostro de la señora.

—¡El miserable!—rugía yendo de un lado a otro de la habitación.—¡Cuán loca he sido! ¡Entregarme a él, creerle un hombre, confiarme a su amor, perder la tranquilidad y la única familia que me resta!... ¿Por qué no me dejó marchar sola? Me hizo soñar en una primavera eterna de amor y me abandona... Ha jugado conmigo... se burla de mí... y no puedo aborrecerle. ¿Por qué me despertó cuando yo estaba allá abajo recogida, tranquila, insensible, en un egoísta aislamiento?... Embustero, miserable... ¿Pero por qué lloro?... Se acabó. Alégrate, Beppa; otra vez a cantar, correremos el mundo; jamás volverás a este rincón de todos, donde he querido educar niños. ¡A vivir! ¡A tratar a puntapiés al hombre! ¡así! ¡así! ¡como el peor de los animales! Me río al pensar en mi estupidez; ¡qué locura, creer en ciertas cosas! ¡Ja, ja, ja!

Y desde la plaza se oyeron las carcajadas. Una risa loca, aguda, acerada, que parecía rasgar las carnes y puso en conmoción todo el hotel, mientras la artista, con los labios espumeantes caía al suelo y se revolvía furiosa, volcando los muebles, hiriéndose con las metálicas aristas de sus maletas.

TERCERA PARTE

I

—Don Rafael; los señores de la Comisión de Presupuestos aguardan a usía en la sección segunda.

—Voy al momento.

Y el diputado siguió inclinado sobre su pupitre en el gabinete de escritura del Congreso, terminando su última carta, añadiendo un sobre más al montón de correspondencia que se apilaba en el extremo de la mesa, junto al bastón y el sombrero de copa.

Era la tarea diaria, la pesada corbea de la tarde, que junto a él cumplían con gesto aburrido un gran número de representantes del país. Contestar peticiones y consultas, ahogar las quejas y entretener las locas pretensiones que llegaban del distrito, el clamoreo sin fin del rebaño electoral, que no tropezaba con el más leve obstáculo sin acudir inmediatamente al diputado como el devoto apela al milagroso patrón.

Recogió sus cartas, entregándolas a un ujier para que las llevase a la estafeta, y contoneando su cuerpo voluminoso, con una falsa gallardía juvenil, salió al pasillo central, prolongación del gran mentidero del salón de Conferencias.

El Excmo. Sr. D. Rafael Brull sentíase como en su propia casa al entrar en aquel corredor; lóbrega garganta cargada de humo de tabaco, llena de trajes negros que se agolpaban en corrillos o se movían abriéndose paso trabajosamente con los codos.

Ocho años estaba allí. Casi había perdido la cuenta de las veces que le declararon el acta limpia en el caprichoso vaivén de la política española, que da a los parlamentos una vida fugaz. Los ujieres, el personal de secretaría, todos los dependientes de la casa le miraban con respetuosa confianza, como un compañero superior, unido cual ellos para siempre a la vida del Congreso. No era de los que pescan milagrosamente un acta en el oleaje de la política y no repiten la suerte, quedando adheridos por toda la vida a los divanes del salón de Conferencias, tristes, con la nostalgia de la perdida grandeza, siendo los primeros todas las tardes a entrar en el Congreso para conservar su carácter de exdiputados, deseando con vehemencia que vuelvan los suyos para sentarse otra vez allá dentro en los escaños rojos. Era un señor con distrito propio: llegaba con su acta pura e indiscutible, lo mismo si mandaban los suyos que si el partido estaba en la oposición. A falta de otros méritos decían de él los de la casa: «Ese es de los pocos que vienen aquí de verdad». Su nombre no figuraba gran cosa en el extracto de las sesiones, pero no había empleado, periodista o tertuliano de la clase de caídos que al ver el apellido de Brull invariablemente en la lista de todas las comisiones que se formaban, no dijera «¡Ah! sí: Brull el de Alcira».

Ocho años de servicios al país; de vivir en una mediana casa de huéspedes, teniendo allá abajo su aparatoso caserón adornado con una suntuosidad que había costado una fortuna a su madre y a su suegro. Largas temporadas de alejamiento de su mujer y sus hijos, aburriéndose con la vida monótona del que no quiere gastar mucho para que la familia ausente no suponga locuras y olvidos del deber. ¡Qué de sacrificios en los ocho años de diputación! El estómago estragado por la incalculable cantidad de vasos de agua con azucarillo apurados en la cantina del Congreso; callos en los pies por los interminables plantones en el pasillo central, rompiendo distraídamente con la contera del bastón el barniz de los azulejos del zócalo; una cantidad incalculable de pesetas gastadas en coches de punto por culpa de los entusiastas del distrito que le hacían ir todas las mañanas de ministerio en ministerio pidiendo la luna, para contentarse al fin con algunos granos de arena.

Hacía su carrera con lentitud, mas según los maldicientes del salón de Conferencias, era un joven serio y discreto, de pocas palabras, pero seguras, que acabaría por llegar a alguna parte. Y él, satisfecho del papel de hombre serio que le asignaban, reía pocas veces, vestía fúnebremente, sin el menor color disonante sobre sus negras ropas; prefería oír pacientemente cosas que no le importaban a aventurar una opinión, y estaba contento de engordar prematuramente, de que su cráneo se despoblara, brillando con venerable luz bajo las lámparas del salón de sesiones, y de que en el vértice de sus ojos se fuera marcando la pata de gallo de la vejez prematura. Tenía treinta y cuatro años y parecía estar más allá de los cuarenta Al hablar se calaba los lentes con un movimiento de altivez cuidadosamente imitado del difunto jefe del partido, y nunca manifestaba su opinión sin decir antes: «Yo entiendo»... o «sobre ese asunto tengo mis ideas particulares y propias»... ¡Lo que había aprendido en aquellos ocho años de abono parlamentario!...

El nuevo jefe del partido, viendo en él a un compañero seguro que se buscaba por sí mismo la entrada en el Congreso, le tenía alguna consideración. Era un soldado que no faltaba a la lista. Llegaba puntualmente al formarse un nuevo parlamento; presentábase con su acta limpia, lo mismo si el partido ocupaba los amplios bancos de la derecha con la insolencia del vencedor, que si se apelotonaba en la izquierda, reducido, recortado, con la rabiosa ansia de volver a sentarse enfrente y el loco deseo de encontrarlo todo mal. Dos legislaturas pasadas en la izquierda del salón, le habían hecho adquirir cierta confianza con el jefe; le permitían esa franca camaradería de la oposición, donde desde el leader hasta el que calla, todos viven igualados por su cualidad común de simples diputados. Además, en aquellas temporadas de desgracia; para ayudar a la obra destructora de los suyos, podía permitirse sus preguntitas al gobierno a primera hora de las sesiones, y más de una vez escuchó de la boca sonriente y descolorida del jefe: «Muy bien, Brull; ha estado usted intencionado». Y la felicitación llegaba hasta el distrito, agrandada por el popular asombro.

Junto con esto, los honores parlamentarios, la gran cruz que le habían dado como esas gratificaciones que se conceden por años de servicios y el formar en todas las comisiones encargadas de representar el poder legislativo en las solemnidades públicas. Si había que llevar a Palacio la contestación del Mensaje, él era de los designados y temblaba de emoción pensando en su madre, en su mujer, en todos los de allá al verse en los carruajes de gala, precedido de brillantes jinetes y saludado por las trompetas que entonaban la regia marcha. También era él de los que salían a la escalinata del Congreso a recibir las reales personas en la sesión inaugural, y en una legislatura fue de la comisión de gobierno interior, lo que le dio gran realce ante los ujieres.

—Ese Brull—decían en el salón de Conferencias—será algo el día en que suban los suyos.

Ya habían subido; ocupaba su partido el poder en uno de aquellos cambios de rumbo previstos y ordenados a que vivía sometida la nación por la política de balancín, y Rafael era de la Comisión de Presupuestos, para que se soltase a hablar con algo más que preguntas. Había que hacer méritos; justificar su llegada a uno de aquellos puestos, que según decían, le guardaba el jefe.

Los diputados nuevos (la juventud, que componía la mayoría, escogida y triunfante desde el ministerio de la Gobernación) le respetaban y atendían como los alumnos atienden a un pasante que recibe directamente las órdenes del maestro. Era la supeditación de los novatos ante el discípulo viejo habituado a los usos de la casa.

Cuando llegaba una votación y se agitaban las oposiciones creyendo en la posibilidad de la victoria, el ministro de la Gobernación le buscaba en los bancos con mirada ansiosa:

—A ver, Brull, traiga usted a esa gente; somos pocos.

Y Brull, orgulloso del mandato, salía como un rayo entre el estrépito de los timbres que llamaban los diputados a votar y las correrías de los ujieres. Pasaba por entre los pupitres del gabinete de escritura, se asomaba a la cantina, subía a las comisiones, deshacía a codazos los grupos de los pasillos y ensoberbecido con la autoridad conferida, empujaba rudamente el rebaño ministerial hacia el salón, refunfuñando con el enfado de un viejo, asegurando que en sus tiempos, cuando él comenzaba, había más disciplina. Al ganarse la votación, suspiraba satisfecho como quien acaba de salvar al gobierno y al país.

Muchas veces, lo que quedaba en él de sincero y franco, un resto del carácter de la juventud, le sorprendía, levantando una duda cruel en su pensamiento. ¿No estaban allí representando una comedia engorrosa y sin brillo? Realmente, ¿le importaba al país cuanto hacían y decían?

Inmóvil en el corredor, sentía en torno de él el revoloteo nervioso de los periodistas, aquella juventud pobre, inteligente y simpática, que se ganaba el pan duramente, y desde su tribuna les contemplaba como los pájaros miran desde el árbol las miserias de la calle; riendo ante los disparates de las solemnes calvas, como ríe en los teatros el público sano y alegre de la galería. Parecían traer con ellos el viento de la calle a una atmósfera densa y viciada por muchos años de aislamiento; eran el pensamiento exterior, la idea sin padre conocido, el estremecimiento de la gran masa, que se introducía como un aire colado en aquel ambiente denso semejante al de una habitación donde agoniza, sin llegar a morir, un enfermo crónico.

Su opinión era siempre distinta de la de los representantes del país. El excelentísimo señor Tal, era para ellos un congrio; el ilustre orador Cual, que ocupaba con su prosa más de una resma de papel en el Diario de Sesiones, era un percebe; cada acto del parlamento les parecía un disparate, aunque por exigencias de la vida dijeran lo contrario en sus periódicos, y lo más extraño era que el país, con misteriosa adivinación, repetía lo mismo que ellos pensaron en el primer impulso de su ardor juvenil.

¿Tendrían que bajar de su tribuna a los bancos para que por primera vez se dejase oír allí la opinión nacional?

Y el diputado acababa por reconocer que también estaba la opinión entre ellos, pero como la momia está en el sarcófago; inmóvil, dormida, agarrotada por duras vendas, ungida con el ungüento de la retórica y el correcto bien decir que considera como pecados de mal gusto el arrebato de la fe, el tumulto de la indignación.

En realidad, todo iba bien. La nación callaba, permanecía inmóvil; luego estaba contenta. Terminada ya para siempre la era de las revoluciones, aquel era el sistema infalible de gobernar, con sus crisis concertadas y sus papeles cambiados amistosamente por los partidos, marcando con toda suerte de detalles lo que cada cual había de decir en el poder y en la oposición.

En aquel palacio, de extravagante arquitectura, adornado con el mismo mal gusto que la casa de un millonario improvisado, debía pasar Rafael su existencia para realizar el sueño de los suyos, aspirando una atmósfera densa, cálida y entorpecedora, mientras afuera sonreía el cielo azul y se cubrían de flores los jardines. Debía pasar gran parte del año lejos de sus naranjos, pensando melancólicamente en el ambiente tibio y perfumado de los huertos, mientras se subía el cuello del gabán o se envolvía en la capa, saltando de un golpe del ardor de los caloríferos del Congreso al frío seco y cruel del invierno en las calles de Madrid.

Nada notable había ocurrido para él durante aquellos ocho años. Su vida era un río turbio, monótono, sin brillantez ni belleza, deslizándose sordamente como el Júcar en invierno. Al repasar su existencia, la resumía en pocas palabras. Se había casado; Remedios era su mujer, don Matías su suegro. Era rico, disponía por completo de una gran fortuna, mandando despóticamente sobre el rudo padre de su esposa, el más ferviente de sus admiradores. Su madre, como si los esfuerzos para emparentar con la riqueza hubiesen agotado la fuerza de su carácter, había caído en un marasmo senil rayano en la idiotez, sin más manifestaciones de vida que la permanencia en la iglesia hasta que la despedían cerrando las puertas, y el rosario, continuamente murmurado por los rincones de la casa, huyendo de los gritos y los juegos de sus nietos. Don Andrés había muerto, dejando con su desaparición árbitro y señor absoluto del partido a Rafael. El nacimiento de sus tres hijos, las enfermedades propias de la infancia, el diente que apunta con rabioso dolor, el constipado que obliga a la madre a pasar la noche en vela y las estúpidas travesuras de su cuñado—aquel hermano de Remedios que le temía a él más que a su padre, influenciado por el respeto que infundía su majestuosa persona—eran los únicos sucesos que habían alterado un poco la monotonía de su existencia.

Todos los años adquiría nuevas propiedades; sentía el estremecimiento del orgullo contemplando desde la montaña de San Salvador—aquella ermita ¡ay! de tenaz recuerdo—los grandes pedazos de tierra aquí y allá, cercados de verdes tapias, sobre los cuales extendíanse los naranjos en correctas filas. Todo era suyo; la dulzura de la posesión, la borrachera de la propiedad subíansele a la cabeza.

Al entrar en el antiguo caserón, rejuvenecido y transformado, experimentaba idéntica impresión de bienestar y poder. El viejo mueble donde su madre guardaba el dinero estaba en el mismo sitio; pero ya no ocultaba cantidades amasadas lentamente a costa de sacrificios y privaciones para alzar hipotecas y suprimir acreedores. Ya no llegaba a él de puntillas; palpando en la sombra; ahora lo abría a raíz de la cosecha y sus manos se perdían con temblores de felicidad en los fajos de billetes entregados por su suegro a cambio de las naranjas, y pensaba con fruición en lo que este guardaba en los Bancos y algún día vendría a su poder.

El ansia de la riqueza, el delirio de la tierra se había apoderado de él como una pasión deleitosa, la única que honestamente podía tener en su vida monótona, siempre igual, marcándose por la noche hora por hora todo lo que haría al día siguiente. En aquella pasión por la riqueza había algo de contagio matrimonial. Ocho años de dormir juntos, en casto contacto de cabeza a pies, confundiendo el sudor de sus cuerpos y la respiración de sus pulmones, habían acabado por infiltrar en Rafael una gran parte de las manías y aficiones de su esposa.

La cabrita mansa y asustadiza que correteaba perseguida por él, y le miraba con ojos tristes en sus días de alejamiento, era una mujer con toda la firmeza imperiosa y la superioridad dominante de las hembras de los países meridionales. La limpieza y el ahorro tomaban en ella el carácter de intolerables tiranías. Reñía a su marido si con sus pies trasladaba la más leve pella de barro de la calle al salón, y revolvía la casa haciendo ir de cabeza a todos los domésticos apenas descubría en la cocina unas gotas de aceite derramadas fuera de la vasija o un pedazo de pan abandonado en un rincón.

—Una perla para la casa: ¿no lo decía yo?—murmuraba el padre satisfecho.

Su virtud era intolerable. Rafael había querido amarla en los primeros tiempos de su matrimonio. Deseaba olvidar; sentía los mismos arrebatos apasionados y juguetones de aquellos días en que la perseguía por los huertos. Pero ella, pasada la primera fiebre de amor, satisfecha su curiosidad de doncella ante el misterio del matrimonio, opuso en adelante una pasividad fría y grave a las caricias del marido. No era una mujer lo que encontraba; era una hembra fríamente resignada con los deberes de la procreación.

Sobre esto tenía ella sus «ideas particulares y propias» como su marido allá en las Cortes. El querer mucho a los hombres no era de mujeres buenas; eso de entregarse a la caricia con estremecimientos de pasión y abandonos de locura, era propio de las malas, de las perdidas. La buena esposa debía resignarse para tener hijos... y nada más; lo que no fuese esto eran porquerías, pecados y abominación. Estaba enterada por personas que sabían bien lo que se decían. Y orgullosa de aquella virtud rígida y áspera como el esparto, se ofrecía a su esposo con una frialdad que parecía pincharle, sin otro anhelo que lanzar al mundo nuevos hijos que perpetuasen el nombre de Brull y enorgulleciesen al abuelo don Matías, que veía en ellos un plantel de personajes, destinados a las mayores grandezas.

Rafael vivía envuelto en aquel mismo ambiente tibio y suave del hogar honrado, que una tarde, paseando por Valencia, le mostró don Andrés como esperanza risueña si quería volver la espalda a la locura. Tenía mujer e hijos; era rico. Sus escopetas las encargaba el suegro a los corresponsales de Inglaterra; en la cuadra tenía cada año un caballo nuevo, encargándose el mismo don Matías de comprar lo mejor que se encontraba en las ferias de Andalucía. Cazaba, galopaba por los caminos del distrito, distribuía justicia en el patio de la casa lo mismo que su padre; sus tres pequeños, intimidados por sus largos viajes a Madrid y más familiarizados con los abuelos que con él, colocábanse cabizbajos en torno de sus rodillas, aguardando en silencio el beso paternal; todo cuanto le rodeaba estaba al alcance de su deseo, y, sin embargo, no era feliz.

De vez en cuando surgía en su memoria el recuerdo de aquella aventura de la juventud. Los ocho años transcurridos le parecían un siglo. Rafael se sentía alejado de aquellos sucesos por toda una vida. El rostro de Leonora se había esfumado poco a poco en su memoria hasta perderse. Sólo recordaba los ojos verdes, la cabellera brillante como un casco de oro. Hacía tiempo que había muerto la tía, aquella doña Pepita, sencilla y devota, dejando sus bienes para la salvación del alma. El huerto y la casa azul eran ahora de su suegro, que había trasladado a su domicilio todo lo mejor, los muebles y los adornos comprados por Leonora en su época de aislamiento, mientras Rafael estaba en Madrid y soñaba ella en quedarse allí para siempre.

Rafael evitó con gran cuidado volver a la casa azul. Temía despertar cierta susceptibilidad de su esposa. Bastante le pesaba en ciertos momentos el silencio de ella; su prudencia extraña que jamás le permitió hacer la más leve alusión al pasado, mientras que en su mirada fría y en la entereza con que abominaba de las locuras del amor adivinábase el recuerdo tenaz de aquella aventura que todos habían querido ocultar y que turbó profundamente los preparativos de tu matrimonio.

Cuando el diputado estaba solo en Madrid, libre, como en su época de soltero, el recuerdo de Leonora surgía en su memoria con entera libertad, sin aquella coacción que parecía turbarle allá abajo, en el ambiente de la familia.

¿Qué sería de ella? ¿A qué locuras se habría entregado después de aquel rompimiento que aún hacía enrojecer a Rafael, como si en su oído murmurasen atroces insultos? Los periódicos españoles hablan poco de las cosas de fuera de casa, y sólo dos veces encontró en ellos el nombre de guerra de Leonora, al dar cuenta de sus triunfos artísticos. Había cantado en París, como una artista francesa, asombrando la pureza de su acento; había estrenado en Roma una ópera de un joven maestro, preparada por el reclamo editorial como un gran acontecimiento. La obra había gustado poco, pero la artista había sido aclamada por el público, enloquecido y lacrimoso ante su patética desesperación en el acto final, al llorar el amor perdido.

Después nada: ninguna noticia; se había eclipsado, impulsada, sin duda, por el amor, dominada, por aquella vehemencia que le hacía seguir al hombre preferido como una esclava. Y Rafael, al pensar en esto, sentía celos, cual si tuviera algún derecho sobre aquella mujer, olvidando la crueldad con que le había dicho adiós. Aquella despedida era su remordimiento. Comprendía que Leonora había sido para él la única pasión; el amor que pasa una sola vez en la vida al alcance de la mano. Y él en vez de apresarle, lo había espantado para siempre con un acto villano, con una despedida cruel, cuyo recuerdo le avergonzaba.

Coronado del azahar de los huertos, el amor había pasado ante él, cantando el himno de la juventud loca, sin escrúpulos ni ambiciones, invitándole a ir tras sus pasos, y él le había contestado con una pedrada en las espaldas.

Ya no volvería a pasar, lo presentía. Aquel ser misterioso, risueño y juguetón sólo se presentaba una vez en el camino. Había que cerrar los ojos y seguirle agarrado a la mano de la mujer que ofrecía. Si era una virgen, bueno; si era una mujer como Leonora, bien; había que conformarse ciegamente, y el que se detenía como él, el que retrocedía estaba perdido; veía en torno una noche sin fin, y jamás volvía a pasar ante sus ojos el risueño amor coronado de flores, entonando esa canción que sólo se oye una vez en la vida.

Eran vanos todos sus esfuerzos por salir de la monomanía de su existencia, por rejuvenecerse sacudiendo la vejez de ánimo. Se convencía con tristeza de que era imposible la repetición de la aventura.

Por dos meses fue el amante de Cora, una muchacha popular en los entresuelos de Fornos; una gallega alta, esbelta y fuerte (¡ay, como la otra!) que había pasado algunos meses en París y al volver de allá con el pelo teñido de rubio, recogiéndose el vestido con la misma gracia que si hiciera el trottoir en los boulevares, mezclando con dulzura en la conversación palabras francesas, llamando mon cher a todo el mundo y dándosela de entendida en la organización de una cena, brillaba como una gran cocotte entre sus amigas, sin más alardes que el lamentable flamenco y la palabra desvergonzada de brutal gracia.

Pero se cansó pronto de aquellas relaciones. El labio superior de Cora, sudoroso bajo los polvos de arroz, siempre cubierto de un rocío de salud, le disgustaba como el hocico de una hermosa bestia de grosera vitalidad; su empalagosa charla, siempre girando sobre las modas, los apuros pecuniarios o las ridiculeces de las amigas, acabó por causarle náuseas. Además, en aquello no había amor, ni capricho siquiera. Le costaban dinero y no poco tales relaciones, y él se alarmaba en sus mezquindades de rico; pensaba con remordimiento en el porvenir de sus hijos como si estuviera arruinándoles, en lo que diría ante los gastos considerablemente aumentados aquella Remedios tan económica, tan dispuesta a la defensa del céntimo, sin otros despilfarros que el manto nuevo para la virgen o la fiesta estruendosa con gran orquesta y bosques de cirios.

Rompió sus relaciones con la gallega del boulevar, sintiendo un dulce descanso al no tener que comparar sus recuerdos de la juventud con aquella pasión mercenaria en la que terminaban los arrebatos de amor con la presentación de alguna cuenta que había que pagar a la mañana siguiente.

Terminó la vergonzosa alianza de la que se afrentaba Rafael, justamente cuando su partido ocupaba de nuevo el poder y volvía él a sentarse en los escaños de la derecha, cerca del banco ministerial, en su calidad de diputado antiguo. Había llegado el momento de trabajar; a ver si de un buen empujón lograba abrirse paso. Le nombraron de la Comisión de presupuestos y tomó sobre sí la obligación de contestar a varias enmiendas presentadas por las oposiciones al presupuesto de Gracia y Justicia. El ministro era amigo suyo: un marqués respetable y solemne que había sido absolutista y cansado de platonismos, como él decía, acabó por reconocer el régimen liberal aunque conservando sus antiguas ideas.

Le agitaba el temblor del muchacho en vísperas de exámenes. Estudiaba en la biblioteca lo que habían dicho sobre la materia innumerables generaciones de diputados en un siglo de parlamentarismo.

Sus amigos del Salón de Conferencias, todos aquellos derrotados y caídos, la bohemia parlamentaria, que le quería a cambio de papeletas para las tribunas, animábale profetizando un triunfo. Ya no se aproximaban a él para decirle: «Cuando yo era gobernador...» embriagándose a sí mismos con el esplendor de sus glorias muertas; ya no le preguntaban sobre lo que pensaba don Francisco de esto o de aquello, para sacar locas deducciones de sus respuestas.

Le aconsejaban, dábanle indicaciones con arreglo a lo que ellos habían dicho o pensado decir al discutirse el presupuesto en tiempos de González Bravo, y acababan por murmurar con una sonrisa que le causaba escalofríos:—Allá veremos: que quede usted bien.

Y todo aquel rebaño de malhumorados que esperando un acta jamás llegada, corrían como viejos caballos al olor de la pólvora a aglomerarse en dos masas al lado de la presidencia, apenas en el salón se armaba bronca con campanillazos, no podían imaginarse que el joven diputado muchas noches interrumpía su lectura con la tentación de arrojar contra la pared los gruesos tomos de las sesiones, y acababa pensando con escalofríos de intensa voluptuosidad en lo que habría sido de él corriendo el mundo tras unos ojos verdes cuya luz dorada creía ver temblar entre los renglones de la amazacotada prosa parlamentaria.

II

—Orden del día: continúa la discusión del presupuesto de obligaciones eclesiásticas.

En el salón de sesiones se marcó un movimiento de fuga; el mismo pánico que desbanda los ejércitos y disuelve las multitudes. Se levantaban los más resueltos para escapar y les seguían en su huida grupos enteros, aclarándose por momentos los escaños.

La Cámara estaba llena desde primera hora. Era día de emociones: una discusión entre el jefe del gobierno y un antiguo compañero que ahora estaba en la oposición; un antagonismo de viejos compadres, en el que salían a luz los secretos de la intimidad, todas las antiguas artimañas en común para sostenerse en el poder. Y el silencioso público que se deleitaba con este pugilato, los diputados que llenaban los escaños, las dos masas que se estrujaban a ambos lados de la presidencia, emprendieron la fuga al ver terminado el incidente, sabiéndoles a poco las dos horas de alusiones y punzantes recuerdos.

El nombre del orador que iba a hablar sobre las obligaciones eclesiásticas, contuvo un poco aquella fuga; produjo el efecto de un gran recuerdo histórico lanzado en medio de una dispersión. Algunos diputados volvieron a sus asientos, mirando a los bancos más extremos de la izquierda, donde asomaba tras el rojo respaldo una gran cabeza blanca, en la que brillaban las gafas con luz semejante a la de una sonrisa dulcemente irónica.

Púsose en pie el anciano. Era tan pequeño, tan débil de cuerpo, que aún parecía estar sentado. Toda la fuerza de su vida se había concentrado en la cabeza, enorme, de nobles líneas, sonrosada en la cúspide, entre los blancos mechones echados atrás. Su cara pálida tenía esa transparencia de cera de una vejez sana y vigorosa, a la que añadían nueva majestad las barbas plateadas, brillantes, luminosas como las que el arte da siempre al Todopoderoso.

Aguardaba con los brazos cruzados a que cesase el rumor de colmena revuelta que zumbaba en el salón y los últimos fugitivos hubiesen traspuesto las puertas de salida. Por fin, comenzó a hablar ante la Cámara casi vacía, entre los siseos de los periodistas, que asomados a su tribuna como un gran racimo de cabezas, imponían silencio para no perder palabra.

Era el patriarca de la Cámara. Representaba la revolución no sólo política, sino social y económica; era el enemigo de todo lo existente; sus teorías causaban profunda irritación como una música nueva e incomprensible que alterase el oído adormecido. Pero se le escuchaba con respeto, con la veneración que inspiraban sus años y su historia irreprochable. Su voz tenía el sonido débil y dulce de una lejana campanilla de plata; y en el silencio del salón se desarrollaba su palabra con cierta unción evangélica, como si al hablar pasase ante sus ojos la visión de un mundo mejor, de la sociedad perfecta del porvenir sin opresión ni tristezas, tantas veces soñadas en la soledad de su gabinete de estudio.

Rafael estaba a la cabeza del banco de la comisión, algo separado de sus compañeros. Le dejaban espacio libre como los toreros al camarada que va a matar. Había apilado en su asiento legajos y volúmenes por si le ocurría citar textos en su contestación al venerable orador.

Le contemplaba en silencio, admirándole. Aquel sí que era fuerte, con la dureza y la frialdad del hielo. Habría tenido sus pasiones como todos; en ciertos momentos se escapaba a través de su exterior inmutable y tranquilo un arranque de vehemencia. Sus ardores de poeta perdido en la política delatábanse algunas veces, como esos volcanes ocultos bajo una sima de nieve se revelan con lejano trueno. Pero había sabido ajustar su existencia al deber, y sin creer en Dios, sin otro apoyo que la filosofía, la fuerza de su virtud era tal, que desarmaba a los más apasionados enemigos.

¡Y a un hombre así había de contestarle él!... Comenzaba a sentir miedo, y para recuperar el ánimo, paseaba su mirada por el salón. Lo que llamaban una media entrada los familiares de la casa. En los escaños veíanse esparcidos algunos grupos de diputados; la tribuna pública llena de gente popular quieta y en recogimiento, como si bebiese la palabra del viejo republicano. En las otras tribunas, poco antes repletas de curiosos para contemplar el pugilato de primera hora, sólo quedaban los forasteros, mirando abajo con expresión de asombro, deslumbrados por los fantásticos trajes de los maceros y con el propósito firme de no moverse hasta que los despidieran. Algunas señoras de la clase de parlamentarias, que acudían todas las tardes de bronca, rumiaban caramelos y miraban con extrañeza a aquel viejo de terrible fama, cuyo nombre jamás se pronunciaba en sus tertulias, admirando su aspecto bondadoso y la natural distinción con que llevaba la levita. ¡Parecía imposible!... En la tribuna diplomática sólo quedaba una señora lujosamente vestida, con un gran sombrero de plumas negras, tras el cual casi desaparecía un joven rubio, peinado en bandós, correcto y estirado. Sería alguna extranjera. Rafael la tenía frente a su banco y veía su mano enguantada apoyándose en el antepecho de la tribuna, agitando el abanico con escandaloso crujido. El resto de su cuerpo se confundía en la penumbra de la tribuna al echarse atrás para cuchichear y reír con su acompañante.

Distraído por aquella revista, Rafael apenas atendía al orador. Había adivinado todo lo que estaba diciendo y esto le satisfacía. Así no quedaba desbaratado el andamiaje de la larga contestación que traía preparada.

Aquel hombre era inflexible e inmutable. Llevaba treinta años diciendo lo mismo. Aquel discurso lo había leído Rafael un sinnúmero de veces. Estudiando atentamente los males nacionales, los abusos imperantes en el país, había formulado una crítica completa y despiadada, en la que resaltaban los absurdos por el efecto del contraste. Con la convicción de que la verdad sólo es una y nada tan nuevo como ella, venía repitiendo su crítica todos los años en un estilo puro, conciso, sonoro, que parecía esparcir en el ambiente el maduro perfume de los clásicos.

Hablaba en nombre de la España del porvenir, de un pueblo que no tendría reyes, porque se gobernaría por sí mismo; que no pagaría sacerdotes, porque respetando la conciencia nacional permitiría todos los cultos sin privilegiar alguno. Y con sencilla amenidad, como si construyese y juntase versos, emparejaba cifras, haciendo resaltar la manera absurda con que la nación se despedía de un siglo de revoluciones, durante el cual todos los pueblos habían conseguido más que el nuestro.

En el mantenimiento de la casa real se gastaba más que en enseñanza pública. El sostenimiento de una sola familia resultaba de más valía que el despertar a la vida moderna de todo un pueblo. En Madrid, en la capital, a la vista de todos ellos, las escuelas instaladas en inmundos zaquizamíes; iglesias y conventos surgiendo de la noche a la mañana como palacios encantados en las principales calles. En veintitantos años de restauración, más de cincuenta edificios religiosos completamente nuevos, estrechando la capital con una cintura de construcciones flamantes; y en cambio una sola escuela moderna como la de cualquier población pequeña de Inglaterra o Suiza. La juventud débil, apagada, egoísta y devota, contrastando con sus padres, que adoraban los generosos ideales de la libertad y la democracia y hacían revoluciones. El hijo, envejecido, con el pecho lleno de medallas, sin más vida intelectual que las reuniones de cofradía, confiando su porvenir y su voluntad al jesuita introducido en la familia por la madre, mientras el padre sonríe amargamente, reconociendo que es de otro mundo, de una generación que se va: la que logró galvanizar la nación por un momento con la protesta revolucionaria.

La iglesia cobrando todos sus servicios a los fieles y cobrando al mismo tiempo del Estado. La Hacienda demandando economías, mientras se crean nuevos obispados y las obligaciones eclesiásticas aumentan en provecho del alto clero, sin beneficio alguno para el populacho de sotana, para los de abajo, que necesitan entregarse a la más despiadada codicia, explotando sin escrúpulos la casa de Dios. Y mientras tanto, sin dinero para las obras públicas, poblaciones sin caminos, regiones enteras sin haber oído jamás el silbato del ferrocarril que resuena en regiones salvajes de Asia y Africa, campiñas pereciendo de sed mientras los ríos pasan junto a ellas llevando al mar sus inútiles aguas.

El estremecimiento de la convicción pasaba por la Cámara silenciosa, anhelante para no perder nada de aquella voz débil, lejana, como salida de una tumba. Todos sentían en el ambiente el paso de la verdad, y cuando terminó con una invocación al porvenir, en el cual no existirían absurdos ni injusticias, se hizo más profundo el silencio, como si un viento glacial, una brisa de muerte hubiese aleteado sobre aquellas cabezas que creían estar deliberando en el mejor de los mundos.

Al terminar el venerable orador se levantó Rafael, pálido, tirando de los puños de la camisa, dejando pasar algunos minutos para que se calmara la agitación de la Cámara, ansiosa de expansionarse, de murmurar después del largo recogimiento a que la había obligado la palabra tenue y concisa del anciano.

Si a Rafael le había de animar la benevolencia del auditorio, buen principio tenía. El salón se vaciaba por momentos. Era la fuga prevista apenas se levantaba el señor de la comisión a contestar a las oposiciones, teniendo al lado un rimero de papeles. Una lata, ¡huyamos! Y pasaban por enfrente de Rafael, atravesando el hemiciclo, los grupos de compañeros; mientras arriba en las tribunas la dispersión era general, como si el edificio se incendiase. Las señoras, mascando el último caramelo y viendo terminado por aquel día el desfile de hombres ilustres, abandonaban las tribunas. Abajo las aguardaba el coche para dar un paseo por la Castellana. Aquella extranjera de la tribuna diplomática también se movía para irse. Pero no; daba la mano a su acompañante, le despedía y se quedaba, moviendo aquel abanico que con su revoloteo turbaba a Rafael. Muchas gracias, señora. Aunque él, por su gusto, hubiera querido que se marchasen todos, que no quedasen en el salón otras personas que el presidente y los maceros para hablar con menos miedo. Le atemorizaba la tribuna pública, donde no se había movido nadie, aguardando sin duda la rectificación del venerable orador: toda aquella aglomeración de blusas blancas y pecheras sin corbata, rematadas por cabezas morenas que le miraban con fija frialdad como diciendo:—Ahora veremos lo que contesta ese tío.

Rafael comenzó por un elogio a la historia intachable, a la consecuencia política, a la sabiduría de aquel venerable septuagenario que todavía tenía fuerzas para batallar por los ideales de su juventud. Era de rúbrica un exordio como este; así lo hacía el jefe. Y al hablar, su vista se fijaba angustiosamente en el reloj. Quería ser largo, muy largo. Si no hablaba hora y media o dos horas, estaba deshonrado. Era el tiempo que correspondía a un hombre de su importancia. Había visto a los jefes de partido, a los caudillos de grupo, hablar toda una tarde, desde las cuatro hasta las ocho, roncos y congestionados, sudando como cavadores, con el cuello de la camisa hecho un trapo sucio y mirando el gran reloj del salón con angustia de condenados. «Aún falta una hora para levantar la sesión», decían los amigos. Y el gran orador, como un caballo cansado, pero de buena sangre, sacaba nuevas fuerzas y emprendía otra vez la carrera, falto de espacio para galopar, volviendo sobre sus pasos, repitiendo lo que ya había dicho un sinnúmero de veces, resumiendo la media docena de ideas desenvueltas en cuatro horas de sonora charla. Los buenos discursos se apreciaban reloj en mano. El rey de la casa era un señor rubio que desde los bancos de la oposición se divertía molestando al jefe del gobierno: un diputado eterno con fuerzas para hablar tres días seguidos.

Rafael había oído ponderar la concisión y la claridad de la oratoria moderna en los parlamentos de Europa. Los discursos de los jefes de gobierno en París o Londres llenaban media columna de un periódico. También el venerable orador a quien iba a contestar, por ser original en todo, hablaba con esta concisión: cada período encerraba tres o cuatro ideas. Pero él no se dejaba tentar por la austeridad oratoria; creía que el peso y la medida sin tasa eran cualidades indispensables en la elocuencia, y deseando llenar todo un cuaderno del Diario de sesiones para que allá en su distrito se asombraran ante el interminable batallón de columnas impresas, hablaba y hablaba sin más preocupación que no soltar idea alguna; guardándolas todas con avaro celo, con la certeza de que cuanto más las conservara prisioneras, más larga y solemne resultaría su oración.

Llevaba hablando un cuarto de hora sin contestar a nada del anterior discurso, llenando de flores al ilustre personaje. «Su señoría era respetable por esto o aquello, había hecho lo otro y lo de más allá... pero», y al llegar por fin al pero comenzó a soltar algo de lo que traía preparado. Su señoría era un ideólogo de inmenso talento, pero siempre fuera de la realidad; quería gobernar los pueblos con arreglo a las teorías adquiridas en los libros, sin atenerse a la práctica, al carácter propio e indestructible que tiene cada nación.

Y había que oír con qué ligero tono de desprecio marcaba aquello de ideólogo y lo de sabiduría adquirida en los libros y lo de vivir fuera de la realidad.

Muy bien; así, así,—le decían los compañeros de comisión, moviendo sus cabezas peinadas, lustrosas e indignadas contra todos los seres que quisieran vivir fuera de la realidad. Había que cantarles las verdades a los ideólogos.

Y el ministro, amigo de Rafael, el único que ocupaba el banco azul, abrumando con su enorme tronco el pupitre, volvía su cabeza de búho gordo, pelado y con agudo pico para sonreír benévolamente al joven.

El orador continuaba cada vez más sereno, fortalecido por aquellas muestras de aprobación. Hablaba de los detenidos y profundos estudios que la comisión había hecho de los presupuestos. El era el más modesto, el último, pero allí estaban sus compañeros—todos aquellos señores con levita inglesa y pe lo partido de la frente a la nuca,—jóvenes estudiosos que le habían ilustrado con sus profundas apreciaciones, y cuando ellos no habían hecho más economías, era porque resultaba imposible.

Y las cabezas de la comisión se movían para murmurar el optimismo del agradecimiento:—¡Pero este Brull habla muy bien!...

El gobierno estaba dispuesto a cuantas economías fuesen prudentes y factibles, sin menoscabo de la dignidad y del país; pero era el gobierno de una nación eminentemente religiosa; favorecida por Dios en todos sus trances, y no tocaría un céntimo de las obligaciones eclesiásticas. ¡Jamás! ¡Jamás!

Su voz resonaba con ese triste eco que conmueve las casas vacías. Miró el reloj con angustia. Media hora; ya llevaba media hora hablando y aún no había comenzado de veras el discurso. Ahora lamentaba que la Cámara estuviese vacía. ¡Tan bien que marchaba aquello!... Frente a él, en la penumbra de la tribuna diplomática, seguía moviéndose el abanico, distrayéndole con su aleteo. ¡Diablo de señora! Bien podía estarse quieta.

El presidente, siempre con la campanilla en la mano, inquieto y vigilante cuando hablaba alguien de las oposiciones, descansaba ahora con los ojos entornados y la cabeza en el respaldo del sillón, dormitando con la confianza de un director que no teme desafinaciones. Los vidrios de la claraboya tomaban un tinte acaramelado con los rayos del sol, pero abajo solo descendía una luz verde y difusa, una claridad de bodega, discreta y dulce, que parecía sumir la Cámara en una calma monástica. Por las ventanas del techo, encima de la presidencia, veíanse pedazos de cielo azul impregnados de la suave luz de una tarde de primavera. Un palomo blanco revoloteaba a lo lejos en estos cuadros azules.

Rafael sintió un desmayo de la voluntad, una invasión de entorpecedora pereza. Aquella sonrisa dulce de la naturaleza asomando a los tragaluces de la lóbrega cripta parlamentaria le hizo pensar en sus campos de naranjos, y por un capricho de la imaginación vio praderas cubiertas de flores, damas vestidas de pastoras como en los abanicos antiguos bailando sobre la punta de sus tacones al son de juguetones violines, y sintió un impulso de acabar en cuatro palabras, de tomar el sombrero y huir para perderse en las arboledas del Retiro. Existiendo el sol y las flores ¿qué hacía allí, hablando de cosas que no le importaban?... Pero se repuso pronto de aquella rápida crisis. Cesó de buscar entre los legajos amontonados en el escaño, de hojear papeles para disimular su turbación, y tremolando el primer pliego que encontró a mano, continuó su discurso.

No se le ocultaba la intención que guiaba a su señoría al combatir aquel presupuesto. Sobre este punto tenía él ideas particulares y propias. «Yo entiendo que su señoría, proponiendo economías, busca también combatir las instituciones religiosas, de las que es enemigo».

Y al llegar a este punto Rafael se lanzó en loca carrera, pisando terreno firme y conocido. Toda esta parte del discurso la tenía preparada, párrafo por párrafo; una apología del catolicismo, de la fe religiosa unida íntimamente a la historia de España, con arranques líricos y estremecimientos de entusiasmo, como si predicase una nueva cruzada.

Veía en los bancos de enfrente el brillo irónico de unas gafas, el estremecimiento de una barba blanca sobre los brazos cruzados, como si una sonrisa bondadosa e indulgente saludase el desfile de tantos lugares comunes, mustios y descoloridos como flores de trapo. Pero Rafael no se intimidaba. Ya le faltaba poco para llegar a una hora de discurso. Adelante, adelante, a soltar todos sus arranques líricos sobre la gran epopeya nacional y cristiana. Y desfilaban por el oratorio cinematógrafo, la cueva de Covadonga; un árbol fantástico de la Reconquista «donde el guerrero colgaba su espada, el poeta su arpa, etc., etc.», pues todos acudían a colgar cualquier cosa; los siete siglos de batallas por la cruz, plazo algo largo, mediante el cual fue expulsada del suelo español la impiedad sarracena. Y a continuación los grandes triunfos de la unidad católica. España dueña de casi todo el mundo, el sol obligado a alumbrar eternamente la tierra española; las carabelas de Colón llevando la cruz a las tierras vírgenes; la luz del cristianismo saliendo de entre los pliegues de la bandera nacional para esparcirse por toda la tierra.

Y como si hubiera sido una señal aquel himno a la luz cristiana entonado por el orador casi invisible en la penumbra del salón, comenzaron a encenderse las lámparas eléctricas, saliendo de la obscuridad los cuadros, los dorados, los escudos, las figuras duras y chillonas pintadas en la cúpula.

Rafael se sentía trémulo, fuera de sí, embriagado por la facilidad con que desenvolvía su discurso. Aquella ola de luz que se derramaba por el salón, en plena tarde, mientras en la claraboya aún brillaba el sol, parecíale la repentina entrada en la gloria que venía hacia él, para darle el espaldarazo del renombre.

Arrebatado por su verbosidad seguía soltando cuanto había almacenado aquellos días en su pensamiento. «En vano se cansaba su señoría: España era profundamente religiosa, su historia era la del catolicismo: se había salvado en todos sus conflictos abrazada a la cruz». Y abarcaba todas las grandes luchas nacionales; desde las batallas en que la piedad popular veía a Santiago en su caballo blanco, cortando las cabezas de la morisma con alfanje de oro, hasta el levantamiento de los pueblos contra Napoleón, tras el pendón de la parroquia y con el escapulario al pecho. No hablaba una palabra del presente: dejaba en pie aquella crítica despiadada del viejo revolucionario, despreciándola como un sueño de ideólogo, y se enfrascaba en su canto al pasado, afirmando por centésima vez que habíamos sido grandes por ser católicos, que en el momento no lo fuimos, todos los males del mundo cayeron sobre nosotros, y hablaba de los excesos de la revolución, de la tormentosa república del 73, cruel pesadilla de las personas sensatas, y del Cantón de Cartagena, el supremo recurso de la oratoria ministerial, una verdadera fiesta de caníbales, un horror jamás conocido en la tierra de los pronunciamientos y guerras civiles. Se esforzaba por hacer sentir al auditorio el terror de aquellas revoluciones, cuyo principal defecto era no haber revolucionado nada... Y a continuación una apología entusiasta de la familia cristiana, del hogar católico, nido de virtudes y dulzuras, con tal fervor, que no parecía sino que en los países donde no imperaba el catolicismo, eran todas las casas repugnantes lupanares u horrorosas cuevas de bandidos.

—Muy bien, Brull muy bien—mugía el ministro, de bruces en su pupitre, oyendo con delicia sus propias ideas en la boca del joven.

El orador descansó un instante, paseando su mirada por las tribunas, iluminadas ahora por las lámparas. La dama de la tribuna diplomática había cesado de abanicarse, mirándole fijamente.

Faltó poco para que Rafael se sentara de golpe, anonadado por la sorpresa. ¡Aquellos ojos!... ¡tal vez una asombrosa semejanza! Pero no; era ella, le sonreía con la misma sonrisa burlona de los primeros tiempos.

Sentía la turbación del pájaro que se revuelve en el árbol sin poder librarse de la mirada magnética de la serpiente encogida junto al tronco. Aquellos ojos que se burlaban de él trastornaban todas sus ideas. Quiso acabar; callarse pronto: cada minuto le parecía un suplicio; creía oír los mudos chistes que aquella boca estaría haciendo a costa suya.

Miró otra vez el reloj; con quince minutos más redondeaba el discurso. Y emprendió una carrera loca, con voz precipitada, olvidando su economía de ideas para prolongar la peroración, soltándolas todas de golpe, con el deseo de terminar cuanto antes. «El Concordato... obligaciones sagradas con el clero... sus antiguos bienes... compromisos de estrecha amistad con el Papado, padre generoso de España... en fin, que no podían hacerse economías ni por valor de un céntimo y que la comisión sostenía el presupuesto sin reforma alguna».

Al sentarse, sudoroso, conmovido, restregándose con fuerza el congestionado rostro, los compañeros del banco le felicitaron, tendiéndole las manos. «Era todo un orador; debía lanzarse; hablar más; tenía condiciones».

Y del banco de abajo venía el mugido del ministro:

—Muy bien, muy bien. Ha dicho usted lo mismo que hubiera dicho yo.

El viejo revolucionario se levantaba para hacer una corta rectificación, repitiendo las mismas afirmaciones de antes que no habían sido contestadas.

—Me he cansado mucho—suspiraba Rafael contestando a las felicitaciones.

—Salga usted si quiere—dijo el ministro.—Yo pienso contestar la rectificación. Es un deber de cortesía con un diputado tan antiguo.

Rafael levantó la cabeza y vio vacía la tribuna diplomática. Aún creyó distinguir en su lóbrego fondo las grandes plumas del sombrero.

Salió del banco apresuradamente y se lanzó al pasillo, donde le detuvieron muchos para felicitarle.

Ninguno le había oído, pero todos le daban la enhorabuena, le estrechaban la mano, impidiéndole avanzar.

De nuevo creyó ver al extremo del corredor, al pie de la escalera de las secciones, destacándose sobre la vidriera de salida, aquellas plumas negras y ondulantes.

Se abrió paso entre los grupos, sordo a las felicitaciones, empujando a los que le tendían la mano y tropezó en la cancela de cristales con dos compañeros que miraban hacia fuera con ojos de entusiasmo.

—¡Qué hembra! ¿eh?

—Parece extranjera. Será mujer de algún diplomático.

III

Al salir del palacio la vio en la acera, disponiéndose a subir en una berlina. Un ujier del Congreso sostenía la portezuela con el respeto que inspira el coche oficial, el galón de oro brillante en el sombrero de los cocheros.

Rafael se aproximaba, creyendo todavía a la vista de aquel carruaje en una asombrosa semejanza. Pero no, era ella; la misma; ¡como si no hubiesen transcurrido ocho años!

—¡Leonora! ¡Usted aquí!...

Ella sonrió como si aguardara el encuentro.

—Le he visto y le he oído. Muy bien, Rafael: acabo de pasar un rato delicioso.

Y estrechando su mano con un franco apretón de amistad, entró en el carruaje, con estrépito de sedas y finos lienzos.

—Vamos, ¿no sube usted?—preguntó sonriendo.—Acompáñeme; daremos un paseo por la Castellana. La tarde es magnífica; un poco de oxígeno sienta bien después de ese ambiente tan pesado.

Rafael subió, seguido por la mirada de asombro del ujier, admirado al verle en tan seductora compañía.

Comenzó a rodar la berlina; los dos, en íntimo contacto, sintiendo el calor de sus cuerpos, chocando dulcemente con el suave movimiento de los muelles.

Rafael no sabía qué decir. Le turbaba la sonrisa irónica y fría de su antigua amante; sentíase avergonzado por el recuerdo de su brutal despedida. Quería hablar, y sin embargo, no sabía qué decir; le pesaba aquel usted ceremonioso con que se habían tratado al subir al coche. Por fin se atrevió a decir tímidamente, hablando en tercera persona:

—Encontrarnos aquí, ¡qué sorpresa!

—Llegué ayer, mañana salgo para Lisboa. Una corta detención: hablar dos palabras con el empresario del Real; tal vez venga el próximo invierno a cantar La Walkyria. Pero hablemos de usted, ilustre orador... más bien dicho de ti, porque nosotros creo que aún somos amigos.

—Sí: amigos, Leonora... yo no he podido olvidarte.

Pero el entusiasmo con que dijo estas palabras, se desvaneció ante la fría sonrisa de la artista.

—Amigos; eso es—dijo con lentitud:—amigos nada más. Entre nosotros hay un muerto que nos impide aproximarnos.

—¿Un muerto?—preguntó Rafael no comprendiendo a la artista.

—Sí; aquel amor que mataste... Amigos nada más; camaradas unidos con la complicidad del crimen.

Y reía con su irónica crueldad, mientras el carruaje corría por una de las avenidas de Recoletos. Leonora miraba distraídamente el paseo central; sus filas de sillas de hierro, llenas de gente; los grupos de niños, que vigilados por las criadas, corrían alborozados bajo la luz dorada y dulce de la tarde primaveral.

—Leí esta mañana en los periódicos que don Rafael Brull, de la comisión, se encargaría de contestar en eso de los presupuestos, y rogué a un antiguo amigo, el secretario de la embajada inglesa, que viniese a recogerme para acompañarme al Congreso. Este coche es el suyo... Pobre muchacho; no te conoce, pero apenas vio que te levantabas, emprendió la fuga... Una injusticia, porque tú no has estado mal. Estoy asombrada. Y di, Rafael, ¿de dónde sacas todas esas cosas?

Pero Rafael no aceptaba el elogio, mirando con inquietud aquella sonrisa cruel. Además, ¿qué le importaba su discurso? Creía estar años enteros dentro de aquel coche; le parecía haber transcurrido toda una vida desde que salió del Congreso: el recuerdo de la sesión se borraba de su memoria. La contemplaba con admiración, paseando una mirada de asombro por su rostro y su cuerpo.

—¡Qué hermosa estás!—murmuró con arrobamiento.—La misma que entonces. Parece imposible que hayan transcurrido ocho años.

—Sí; reconozco que no estoy del todo mal. El tiempo no me muerde. Un poco más de tocador, he ahí todo. Yo soy de las que mueren de pie, sin sacrificar a la edad nada de su exterior. Antes que entregarme me mataría. Quiero eclipsar a Ninon de Lenclos.

Era verdad. Los ocho años no habían marcado su paso por ella. La misma frescura, igual esbeltez, robusta y fuerte; idéntico fuego de arrogante vitalidad en sus ojos verdes. Parecía que al arder en incesante llama de pasión, en vez de consumirse se endurecía, haciéndose más fuerte.

Su mirada abarcaba al diputado con una curiosidad irónica.

—¡Pobre Rafael! siento no poder decirte lo mismo. ¡Cuán cambiado estás! Pareces un señor casi venerable. En el Congreso me costó trabajo reconocerte. Grueso, calvo, con esos lentes que trastornan tu antigua cara de moro de leyenda. ¡Pobrecito mío! ¡Si ya tienes arrugas!...

Y reía, como si le causara intenso gozo el placer de la venganza, ver a su antiguo amante anonadado y cabizbajo por el retrato de su decadencia.

—No eres feliz, ¿verdad? y sin embarga debías serlo. Te habrás casado con aquella muchacha que te ofrecía tu madre; tendrás hijos... no intentes negarlo para hacerte el interesante: lo adivino en tu persona, tienes el aire de padre de familia; a mí no se me escapan estas cosas... ¿Y por qué no eres feliz? Tienes todo el aspecto de un personaje y lo serás muy pronto; de seguro que usas faja para disimular el vientre; eres rico, hablas en esa cueva lóbrega y antipática; tus amigos de allá se entusiasmarán leyendo el discurso del señor diputado, y estarán ya preparando los cohetes y la música para recibirte. ¿Qué te falta?

Y con los ojos entornados, sonriendo maliciosamente, esperaba la respuesta, adivinándola.

—¿Qué me falta? El amor; lo que tenía contigo.

Y con la vehemencia de otros tiempos, como si aún estuvieran entre los naranjos de la casa azul, el diputado daba salida a sus melancolías de ocho años.

La ofrecía la imagen inspirada por su tristeza. El amor, que pasa una sola vez en la vida coronada de flores con su cortejo de besos y risas. Quien le sigue obediente, encuentra la felicidad al fin de la dulce carrera. El que por orgullo o egoísmo se queda al borde del camino, ese llora su torpeza, la expía con una existencia de tedio y dolor. El había pecado, lo reconocía e imploraba su perdón; había purgado su falta con ocho años monótonos, abrumadores como una noche sofocante y sin fin: pero ya que volvían a encontrarse, aún era tiempo, Leonora, aún podía hacer retoñar la primavera de su vida, obligar al amor a que volviese sobre sus pasos, a que pasase de nuevo, tendiéndoles sus dulces manos.

La artista le escuchaba sonriendo, con los ojos cerrados, reclinada en el fondo del carruaje, con un gesto de placer, como si paladease con fruición aquel fuego de amor que aún ardía en Rafael y que era su venganza.

Los caballos marchaban al paso por la Castellana. Pasaban junto a ellos otros carruajes en los que brillaban curiosas miradas, sondeando el interior de la berlina y admirando aquella mujer hermosa y desconocida.

—¿Qué contestas, Leonora? Aún podemos ser felices. Olvida mi falta, el tiempo pasado; imagínate que ayer fue nuestra despedida en aquel huerto, que hoy nos encontramos para vivir eternamente unidos.

—No—dijo fríamente la artista.—Tú lo has dicho, el amor sólo pasa una vez en la vida. Lo sé por cruel experiencia y he procurado olvidarlo. Para nosotros pasó ya, y es una locura pretender que nos busque de nuevo. Ese no retrocede nunca. Si le buscásemos, sólo a costa de esfuerzos encontraríamos su sombra. Le dejaste escapar; llora tu culpa como yo lloré tu torpeza... Además, tú no te das cuenta de la situación. Acuérdate de lo que hablábamos en nuestra primer noche a la luz de la luna: «El arrogante mes de Mayo, el joven guerrero con armadura de flores busca a su amada la Juventud». ¿Y dónde está en nosotros la juventud? La mía búscala en mi tocador; se la compro al perfumista, y aunque sabe disfrazarme bien, oculta una vejez de ánimo, un desaliento en el que no quiero pensar porque me asusta. La tuya ¡pobre Rafael! no existe ya, ni aun exteriormente. Mírate bien: estás muy feo ¡hijo mío! Has perdido aquella esbeltez interesante de la juventud. Me haces reír con tus ensueños. ¡Una pasión a estas horas! ¡el idilio de una jamona retocada y un padre de familia calvo y con abdomen! ¡Ja, ja, ja!

¡Cruel! ¡Cómo reía! ¡cómo se vengaba! Rafael irritábase ante aquella resistencia punzante e irónica; se exaltaba al hablar de su pasión... Nada importaban los desgastes del tiempo. ¿No podía obrar milagros el amor? El la amaba más aún que en otros tiempos; sentía hambre loca por su cuerpo; la pasión les daría el fuego de la juventud. El amor era como la primavera que vivifica los troncos aletargados por el invierno, cubriéndolos de flores. ¡Que ella dijera , y vería al instante el milagro, la resurrección de su vida entumecida; el despertar de su alma a la vida del amor!

—¿Y la mujer? ¿y los hijos?—preguntó Leonora brutalmente, como si le quisiera despertar con este recuerdo, cruel como un latigazo.

Pero Rafael estaba ebrio de pasión. Le trastornaba el contacto tibio de aquel cuerpo tantas veces deseado en su aislamiento; las emanaciones perfumadas de voluptuosidad con que impregnaba el interior del carruaje.

Todo lo olvidaría por ella; familia, porvenir, posición. El sólo la necesitaba a ella para vivir y ser feliz.

—Huiré contigo; todos me son extraños cuando pienso en ti. Tú sola eres mi vida.

—Muchas gracias—contestó Leonora con gravedad.—Renuncio a ese sacrificio... ¿Y la santidad de la familia de que hace poco hablabas en aquel salón? ¿Y la moral cristiana sin la cual sería imposible la vida? ¡Cómo reía yo escuchándote! ¡Qué de mentiras decís allí para los bobos!...

Y volvía a reír cruelmente, regocijada por el contraste entre las palabras del discurso y aquella loca proposición de abandonarlo todo para seguirla en su correría por el mundo. ¡Ah, farsante!

Ya había presentido ella en su solitaria tribuna que todo eran mentiras, convencionalismos, frases hechas; que el único que hablaba allí con la firmeza de la virtud, era aquel viejecito, al que contemplaba con veneración por haber sido de los ídolos de su padre.

Rafael se sentía avergonzado. La rotunda negativa de Leonora; la burla despiadada de su hipocresía le hacían darse cuenta de la enormidad de su deseo. Se vengaba haciéndole revolcarse en la abyección de su amor loco y desesperado, capaz de las mayores vergüenzas.

Comenzaba el crepúsculo. Leonora dio orden al cochero para volver a la plaza de Oriente. Vivía en una de las casas inmediatas al teatro Real, que sirven de alojamiento a los artistas. Tenía prisa; había de comer con aquel joven de la embajada y dos críticos musicales cuya presentación le había anunciado.

—¿Y yo, Leonora? ¿No nos veremos más?

—Tú me dejarás en la puerta, y ¡hasta que volvamos a encontrarnos!

—Quédate unos días. Al menos que te vea; que tenga el consuelo de hablarte, de sentir el amargo placer de tus burlas.

¡Quedarse!... Tenía sus días contados; iba de un extremo a otro del mundo, arreglando su vida con la exactitud de un reloj. De allí a dos días cantaría en el San Carlos de Lisboa tres representaciones de Wagner nada más; y después de un salto a Stokolmo y luego no sabía con certeza donde; a Odessa o al Cairo. Era el Judío Errante, la walkyria galopando entre las nubes de una tempestad musical, pasando a través de las más diversas temperaturas, saltando sobre los más distintos países, arrogante y victoriosa, sin sufrir el más leve menoscabo en su salud y su hermosura.

—¡Ah, si tú quisieras! ¡Si me permitieses seguirte! ¡Como amigo nada más! ¡Como criado, si es preciso!

Y la cogía una mano, oprimiéndola con pasión; hundía sus dedos en la manga, acariciando el brazo por debajo del guante.

—¿Lo ves?—decía ella sonriendo con frialdad.—Es inútil; ni el más leve estremecimiento. Para mí eres un muerto. Mi carne no despierta a tu contacto; se encoge como al sentir un roce molesto.

Rafael lo reconocía así. Aquella piel que en otros tiempos se estremecía locamente bajo sus caricias, era ahora insensible; tenía la frialdad indiferente con que se acoge lo desconocido.

—No te esfuerces, Rafael. Esto se acabó. El amor que dejaste pasar está lejos, tan lejos que aunque corriéramos mucho, nunca le daríamos alcance. ¿A qué cansarnos? Al verte ahora, siento la misma curiosidad que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo fueron nuestra alegría. Veo fríamente los defectos, las ridiculeces de la moda pasada. Nuestra pasión murió porque debía morir. Tal vez fue un bien que huyeses. Para romper después, cuando yo me hubiese amoldado para siempre a tu cariño, mejor fue que lo hicieses en plena luna de miel. Nos aproximó el ambiente, aquella maldita primavera, pero ni tú eras para mí, ni yo para ti. Somos de diferente raza. Tú naciste burgués, yo llevo en las venas el ardor de la bohemia. El amor, la novedad de mi vida te deslumbraron; batiste las alas para seguirme, pero caíste con el peso de los afectos heredados. Tú tienes los apetitos de tu gente. Ahora te crees infeliz, pero ya te consolarás viéndote personaje, contemplando tus huertos cada vez más grandes y tus hijos creciendo para heredar el poder y la fortuna del papá. Esto del amor por el amor, burlándose de leyes y costumbres, despreciando la vida y la tranquilidad, es nuestro privilegio, la única fortuna de los locos a los que la sociedad mira con desconfianza desdeñosa. Cada uno a lo suyo. Las aves de corral a su pacífica tranquilidad, a engordar al sol; los pájaros errantes a cantar vagabundos, unas veces sobre un jardín, otras tiritando bajo la tempestad.

Y riendo de nuevo como arrepentida de estas palabras dichas con gravedad y convicción, en las que resumía toda la historia de aquel amor, añadió con expresión burlona:

—Qué parrafito, ¿eh? ¡Qué efecto hubiese hecho al final de tu discurso!

El carruaje entraba ya en la plaza de Oriente: iba a detenerse ante la casa de Leonora.

—¿Subo?—preguntó el diputado con angustia, con la entonación del niño que implora un juguete.

—¿Para qué? Te aburrirías; seré la misma que aquí. Arriba no hay luna ni naranjos en flor. Es inútil esperar una borrachera como la de aquella noche. Además, no quiero que te vea Beppa. Se acuerda mucho de aquella tarde en el hotel de Roma al recibir tu carta, y me creería una mujer sin dignidad al verme contigo.

Le invitaba a bajar con un gesto imperioso. Cuando partió el carruaje, los dos quedaron un momento en la acera, contemplándose por última vez.

—Adiós, Rafael. Cuídate, no envejezcas tan aprisa. Cree que he tenido un verdadero gusto en volver a verte; el gusto de convencerme de que aquello acabó.

—¡Pero así te vas!... ¡Así acaba para ti una pasión que aún llena mi vida!... ¿Cuándo volveremos a vernos?

—No sé: nunca... tal vez cuando menos lo esperes. El mundo es grande, pero rodando por él como yo ruedo, hay encuentros inesperados, como este.

Rafael señalaba al inmediato teatro.

—¿Y si vinieras a cantar ahí?... ¿Si yo volviera a verte?...

Leonora sonreía con altivez, adivinando su pregunta.

—Si vuelvo, serás uno de mis innumerables amigos; nada más. Y no creas que soy ahora una santa. La misma que antes de conocerte; pero de todos, ¿sabes? del portero del teatro, si es preciso, antes que de ti. Tú eres un muerto... Adiós, Rafael.

La vio desaparecer en el portal, y permaneció aún mucho rato en la acera dominado por el anonadamiento; abstraído en la contemplación de los últimos resplandores del crepúsculo que palidecían más allá de los tejados del Palacio real.

Las bandadas de pájaros piaban sobre los árboles del jardín, estremeciendo las hojas con sus aleteos juguetones como enardecidos por la primavera que llegaba para ellos fiel y puntual como todos los años.

Emprendió la marcha hacia el interior de la ciudad, lentamente, con desaliento, pensando morir; diciendo adiós a todas las ilusiones que aquella mujer parecía haberse llevado consigo al volverle implacable la espalda. Sí; era un muerto que paseaba su cadáver bajo la luz triste de los primeros faroles de gas que comenzaban a encenderse. ¡Adiós, amor! ¡adiós juventud! Para él ya no había primavera. La alegre locura le rechazaba como un desertor indigno; su porvenir era engordar dentro del hábito de hombre serio.

En la calle del Arenal oyó que le llamaban. Era un diputado, un camarada de banco que volvía de la sesión.

—Compañero; deje usted que se le felicite: estuvo usted archimonumental. El ministro ha hablado con gran entusiasmo de su discurso al presidente del Consejo. Cosa hecha; a la primera combinación es usted director general o subsecretario. ¡Mi enhorabuena, compañero!

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia).
Julio-Septiembre de 1900.


Publicado el 19 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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