La Farisea

Fernán Caballero


Novela


Índice

La Farisea
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo

Prólogo

No se te entrará por debajo de la puerta de tu casa, lector benigno, este tomo de novelas, nuevo fruto de la fecunda pluma de Fernán Caballero. Ese modo furtivo de penetrar en el sagrado del hogar doméstico no cuadra bien con el propósito elevado y generoso que inspira todas las obras de este afamado novelista andrógino. No es propio de caballeros de noble alcurnia que saben mantener su decoro y conservar incontaminado el lustre de su casa, el mendigar relaciones buscando pretextos para introducirse en el trato y familiaridad de la gente de valía, y menos amoldarse a las mañas rastreras de la gente baladí para lograr por cansancio o por sorpresa lo que cara a cara se les niega. ¿Es por aristocrático orgullo y por desprecio de los hábitos generales por lo que el hombre bien nacido se desdeña de pordiosear de casa en casa, y más aún de introducirse clandestinamente en la morada ajena, como el malhechor que se propone robar o asesinar al dueño desapercibido? No por cierto: la decencia, la moral, la ley, se lo prohíben; sírvanse tenerlo presente los autores de buenos libros que sin dar importancia al antiguo recato literario, y acomodándose al uso tan generalizado de propagarse por mano de los repartidores, se dejan ir de puerta en puerta en compañía con la pestífera falange de publicaciones ilustradas y baratas, o silenciosamente se ingieren y deslizan con ellas dentro de las casas sin permiso de los padres de familia.

Los editores de las dos novelas que este volumen contiene lo han comprendido así, y han querido que su publicación no se confunda con esas obras de baja ralea que una especie de soplo diabólico nos introduce todos los días por las rendijas de nuestras habitaciones para emponzoñar la atmósfera que respiran nuestras mujeres y nuestros hijos. Demos, pues, las gracias en nombre de Fernán Caballero a tan galantes editores por no haberle descuartizado en entregas estos dos hilos de su preclaro ingenio, arrastrándolos por los suelos de los recibimientos; y admítelas tú también, oh lector sensato, porque en obsequio al morigerado novelista, campeón denodado y heroico de nuestras antiguas costumbres religiosas, monárquicas y caballerescas, no te has desdeñado de ir a la librería en busca de este libro,—o lo que es lo mismo, has ido a buscar la púdica doncella a la casa honrada del padre, despreciando a la cortesana que sin ser llamada se te entraba por las puertas.

Merced a este vértigo de incontinente publicidad que se ha apoderado de la moderna Europa, y que ha hecho sacrificar su pudorosa reserva a todas las creaciones que sin ella pierden la mitad de sus encantos, el cuadro o la estatua, el poema y la mujer, ya no ejercen sobre nuestros corazones su primitivo ascendiente. Parece paradoja y no lo es: la reproducción del objeto artístico por medio del grabado o la fotografía, no difunde en la masa social aquel sentimiento de la belleza vivo e intenso que en el recóndito lugar para donde fue ejecutado producía en cada individuo. Los dramas, los cancioneros y romanceros, impresos un número infinito de veces y vulgarizados en ediciones sin cuento con el atractivo de preciosas láminas y elegantes caracteres, no encienden ya en las almas aquel fuego santo que mantenían penosamente leídos en borrosos manuscritos o malamente recitados por los cómicos ambulantes y los trovadores, ennobleciendo el patriotismo, la fe y el amor. La mujer que ostenta y prodiga sus seducciones, y hace alarde de ellas en el sarao, en el teatro, en los paseos, en las procesiones, en las Cuarenta Horas, en los sermones, en la corte y en todas partes, hasta el punto de que la tengan siempre a la vista el que madruga para solazarse por las mañanas en las poéticas umbrías del Retiro, y el que centinela voluntario de las tiendas o del Casino pasea ocho horas al día la Carrera de San Jerónimo y las calles del Cármen o de la Victoria, y el que por la noche antes y después del baile, del concierto o de la ópera, hace su visita obligada al café Suizo o a la Iberia; no ejerce hoy sobre el hombre aquel predominio que ejercieron la púdica Theodolinda sobre Agilulfo el Longobardo, y la fervorosa Inganda sobre el apasionado visigodo Hermenegildo; ni adquiere con la despreocupación de que blasona aquel templo heroico que demostraron siendo unas sencillas y muy cristianas criaturas Griselda en el retiro de Saluzzo, y Juana de Arco en los campos de Palay. No es paradoja, no: las más bellas creaciones de la naturaleza y del ingenio humano se deslustran, casi diríamos que se envilecen, sacadas al público mercado. La gran publicidad moderna solo favorece al arte de malas tendencias, —a los libros malos,— y a las malas mujeres.

Son en general las novelas que salen a luz por entregas como pobres vergonzantes que no se atreven a descubrir de un golpe toda su miseria, y por lo curtidas y baqueteadas a fuerza de sofiones desde su primer asomo por el intersticio que en cada una de nuestras viviendas tiene a su disposición la publicidad, vienen a ser como los gitanos de la inteligencia. Suben y bajan las escaleras de todas las casas de esta coronada villa, manoseadas, asendereadas y tratadas con desprecio, pero nunca corridas de recibir los escobazos de las criadas y los pisotones de los aguadores. Y entre ellas, sin embargo, las hay muy dignas de otra suerte;—como entre los infinitos periódicos que se titulan órganos de la opinión pública (y que son con harta frecuencia los organillos con que se anuncia el hambre privada), los hay que por irreflexión o por descuido prostituyen la toga magistral dejándose arrastrar por esos intersticios a manera de asquerosos insectos o venenosos reptiles.—¿No es un verdadero dolor que hayamos tenido que recoger a veces de entre las barreduras de nuestros recibimientos, capítulos de la Santa Biblia y páginas preciosas de las Tardes de la Granja y de otras excelentes novelas, que por un error de cálculo de sus editores han recibido puntapiés y desgarrones de la servidumbre ignorante, la cual, seducida por las viñetas y los colorines, deposita benévola sobre los veladores los inmundos plagios y las imitaciones de Eugenio Sue y de Paul de Koek?

Cada cosa en su lugar: aguanten, si tal es su gusto, los escobazos, las pisadas, los estregones y refregones, las rociadas de las regaderas y la afrenta de las salivas, los que bajo cualquier forma y con cualquier pretexto, en periódicos, en entregas de novelas, en folletos, en prospectos de sociedades anónimas y anuncios de toda especie de métodos maravillosos para enriquecerse sin trabajar, ejercen la satánica misión de negar la existencia de Dios y de la justicia eterna, de inspirar en los corazones el odio a toda autoridad divina y humana y la sed de los goces materiales, y de hacer triunfar en la ciencia social, en la literatura y en las artes, un naturalismo pagano y grosero sobre las santas tradiciones del mundo cristiano. Pero que se respete la reserva, el recogimiento y el pudor del libro que no se escribe para la tumultuosa plebe adoradora del dios Oro y de la diosa Prostitución.

Un padre amante de sus hijos y solícito guardador de una hija que tenía muy hermosa, de muy precoz entendimiento, muy alegre y feliz en su virginal extrañeza de toda idea impura, cuidaba con el mayor esmero de que esta preciosa flor que embalsamaba su existencia no perdiese el celestial perfume de su candor. Escogía con el mayor estudio sus amigas, cuidaba de que no leyese libros que él no hubiera previamente examinado; en la dura necesidad de consentir que su hija fuese algunas veces a los teatros para no pasar por raro y misántropo, elegía los espectáculos a que había de asistir; procuraba en suma no omitir medio alguno de preservar a aquella linda e interesante criatura de toda sombra de mancha moral: —empresa que hasta los diez y seis años había logrado ir sosteniendo a fuerza de vigilias y sudores en medio de esta sociedad sensual y pervertida que llamamos sociedad culta;— verdadero milagro, nada menos maravilloso que el de conservar una camelia con toda la frescura del tiesto dentro de un horno encendido.

Solo en una cosa se había descuidado el buen padre; tocado de la politicomanía que hoy aqueja a los hombres en toda Europa, y acostumbrado a saborear diariamente la dosis de bilis que le administran los periódicos todas las mañanas después de tomar chocolate (¡y criticamos que los chinos tomen sus dosis de opio, menos ofensivo!), no había tenido la precaución de hacer poner en su puerta un buzón para recibir los diarios y demás papeles, y consentía que se los introdujesen por debajo de la misma puerta los repartidores. Por este portillo inadvertido, siempre abierto y franco en nuestras casas, reciben aun los más acérrimos defensores del sistema prohibitivo y proteccionista todas las malas drogas que expenden los librecambistas de las ideas, y por el suyo se infiltró en el hogar pacífico e incontaminado del pobre padre, en forma de entrega de una publicación recreativa… (tentaciones tengo de nombrarla, denunciándola a la execración y a la justa cólera de los hombres decentes y sensatos, enemigos de soeces bufonadas), una funesta ponzoña que hasta hoy está produciendo en aquella familia terribles estragos. La mano en mal hora oficiosa de una doncella llevó la bien vestida y elegante entrega al velador de la desapercibida señorita. Con el halago de la hermosa impresión y del arrasado papel, máscara aristocrática de un ser plebeyo, empezó la niña a hojear aquel impreso. Debo suponer que tardó mucho en entrever el significado de los inmundos epigramas que devoraba engolosinada por el encanto de un ritmo juguetón y sonoro, y seducida por la voz secreta del Mefistófeles que lleva siempre a su lado toda Margarita. Pero debo suponer también que alguna criada con mal entendida generosidad se atrevió a descifrarle lo que ella no hacía más que presentir. ¡El caso es que la pobre víctima de tan villana sorpresa, de tan criminal alentado, comenzó a recatarse de su padre para entregarse a aquella lectura, y que gracias a esta ha perdido la fe, en la benéfica vigilancia del autor de sus días, la alegría de su carácter, el arrebol de sus mejillas, la inocencia de su alma!

Este fruto ha producido en aquel hogar, hoy triste y antes tan feliz, el funesto laissez faire, laissez passer que hoy rige para las más depravadas ideas, cuando ponemos cerrojos y cerraduras, y penas en el Código, para los ladrones de menos valiosa propiedad. ¡Contradicción manifiesta! al que nos arrebata una parte de nuestra hacienda, le condenamos a presidio; y al que nos roba el candor y la dicha de una hija querida, y asesina su alma, ¡le permitimos que se pasee indemne y nos insulte con su procaz y triunfadora sonrisa!

La publicidad exagerada que hoy prevalece en todo, es producto genuino de ese vago deseo de innovar, desarrollarse y disfrutar, que ha invadido a la antes sobria y recatada España. Como el niño que al soltar los andadores corre libre, más por necesidad de moverse que por deseo de dirigirse a un objeto determinado, así la sociedad española en su ansia de lograr un bien aun no definido, se agita y se conmueve más que para progresar en el camino de la verdadera civilización, para hacer alarde de una libertad de que antes no había gozado. Todo el mundo experimenta la comezón de echar sus gracias naturales al aire y de contemplar las ajenas. El naturalismo a su vez nos ha hecho sensualistas, y esto ha originado una trasformación radical en las costumbres públicas y privadas (si hay ya algo que sea privado) de los en otro tiempo ascéticos y severos españoles. No importa que a la actividad se dé o no un objeto final, ni que este objeto sea malo o bueno; el caso es desarrollar medios y recursos extraordinarios. Si el producto es bueno o bello, tanto mejor; si por resultado de nuestro esfuerzo obtenemos un cuento inmoral, un cuadro obsceno, una doctrina sediciosa, o una dislocación como las de Pietrópolis, en cuya virtud el hombre se trasforma en repugnante reptil o en espantable demonio, no por eso faltará público numeroso que lo aplauda. El buen gusto, el sentido moral y estético es el único que sale perdiendo.

Los períodos de transición como el que vamos atravesando ofrecen un estudio más curioso que útil, porque si bien entretiene el ánimo el contraste entre lo que viene y lo que se va, es lo nuevo demasiado reciente para exigirle sazonados frutos y comparar estos con los que produjo lo pasado. En las épocas de trasmutación social, las almas apegadas excesivamente a lo antiguo desfallecen de melancolía, y las que suspiran por lo nuevo pierden la fe viendo que su ídolo vacila y amenaza con frecuencia caer y hacerse polvo antes de afirmarse en su pedestal.

Fernán Caballero, cuya última producción nos sugiere estas consideraciones, se declara resueltamente por lo pasado, y con tanta elocuencia y fuerza de imaginación defiende su causa, que no podemos menos de declararnos seducidos. No es precisamente en la Farisea donde campea la apología de la España que va acabando: la generala Campos, llamada la Farisea, es la personificación de uno de los más monstruosos enemigos de la caridad cristiana desde los mismos tiempos de su ejemplar divino. Más adelante te la pondremos de manifiesto, lector amigo. Ahora nos ceñimos a desentrañar el espíritu de la otra preciosa novela que lleva el título de Las dos gracias.

Del seno de una familia noble, honrada y pobre, que se extingue y sucumbe en la prueba suprema de la miseria y de las pesadumbres, brotan dos seres en que se personifican el espíritu del progreso puramente material e incompleto de nuestro siglo, travieso, emprendedor y poco aprensivo, y el espíritu del progreso moral cristiano, todo abnegación y amor, que abrazado al sacrificio voluntario e infundiendo su vital aliento en los corazones que convirtió el egoísmo en sepulcros llenos de podredumbre, lucha sin descanso por el triunfo del bien y en su modesta forma de legionario de la caridad ha de concluir por regenerar el mundo. El representante de nuestra España moderna, sedienta de placeres, afanosa, calculadora, intranquila, nada escrupulosa en la elección de los medios para conseguir su fin, que es enriquecerse y gozar, es Ramón Vargas. La que representa aquel otro ideal de la abnegación sencilla y modesta, de la caridad eficaz y serena, de la belleza creyente y púdica, es Gracia Vargas. Excusado es decir que en el poema de Fernán Caballero, el bizarro y temerario personificador de nuestro progreso a medias, queda al final muy mal parado. ¿Debía salir triunfante en su empresa? Creemos que no.

El decantado progreso material de nuestro siglo, si bien se considera, no ha hecho a los hombres ni mejores ni más sensibles a los estímulos innatos de lo justo, de lo bueno y de lo bello. Porque hoy gocemos de más comodidades que gozaron nuestros padres, no somos más probos que ellos, ni tampoco más sabios legisladores o más hábiles artistas. ¿Contamos, acaso hoy muchos magistrados incorruptibles como Tomás Moro, muchos héroes de la caridad como San Vicente de Paul, y muchos cultivadores de lo bello en sus diversas manifestaciones, como el Tasso, Garcilaso y Rafael? ¿Produce la civilización moderna muchas almas del temple de las de Guzmán el Bueno y de Bayardo? Pues veamos de qué nos sirve nuestra cultura. Si no nos sirve para ser más virtuosos o para levantar los corazones de los demás a la pura región de lo Infinito por medio del arte o de la poesía, o para administrar con más acierto la justicia, o para defender mejor en los días supremos a la patria amenazada de muerte o servidumbre, ¿nos servirá al menos para ser más felices? Supongamos que el vapor, la electricidad, las modernas conquistas de la ciencia y las artes que Bacon comprende en la denominación genérica de voluptuaria, hayan multiplicado el número de nuestros goces; ¿ha aumentado por eso nuestra felicidad? La generalidad responde que sí: nosotros nos atrevemos a asegurar que no.

Si la felicidad no fuera entre los hombres cosa esencialmente relativa, la humana sociedad sería un horrible sarcasmo. Si fuera realmente el poderoso tan feliz como el vulgo le cree, y el pobre obrero o el olvidado campesino tan desgraciado como el rico se le figura, la prosperidad del primero sería un insulto continuo a la Providencia que rige el mundo, y el infortunio del segundo una acusación permanente contra el amor y el poder de Dios.

¿Quién será capaz de demostrarle que es en efecto tan feliz como se le supone, a ese lord de Inglaterra que hace viajes de recreo a Nínive y a Abisinia; que a las dotes naturales de juventud, belleza y talento, reúne bienes de fortuna infinitos, haciendas que no recorrería un gamo escapado en quince días, yeguadas que le producen los caballos más buscados por los sportmen de Hay—Market, palacio en Escocia con parques y lagos, y soberbias galerías de cuadros y estatuas; que visita en su yacht las islas del Archipiélago, y reúne en su mesa las más hermosas mujeres, las más raras flores, los más exquisitos vinos y los manjares más costosos de las cuatro partes del mundo? Tal vez ese hombre, a quien consideráis como al hijo predilecto de la dicha, emprende esos largos viajes para librarse del tedio y del hastío que do quiera le persigue, y tiene que acudir al opio para conciliar el sueño. Háblale de la infelicidad del pobre irlandés que labra una mínima parte de sus estados, y que después de las rudas faenas del campo se tumba a dormir a pierna suelta al lado de la marmita en que cuecen las patatas, cuyas migajas repartirá después con los perros y los pájaros; y te contestará con una sonrisa que quiere decir: más feliz es él que yo.

Cuando se me probase, que la febril industria del hombre, madre de la riqueza, ensancha el cuadro en que Dios tiene circunscrita y encerrada nuestra existencia; que para el habitante de Londres o de Nueva York trascurren más lentas las horas del día que para el beduino errante en el Desierto, que nunca las cuenta con afán y ve con la misma indiferencia al sol dorar a la madrugada los celajes del oriente y teñir a la tarde de púrpura el aduar que cae al ocaso; cuando se me convenciese de que disfrutan de más larga vida los hombres que viajan en ferrocarriles y almuerzan en Burdeos y comen en París, que los que hacen sus jornadas en mulos o borricos; todavía podría yo plantear el problema de si entre dos hombres, uno civilizado a la moderna y otro montado a la antigua española, es más dichoso el primero porque en un tiempo dado hace mayor número de evoluciones y se agita y afana más que el segundo.

¿Por ventura es otra cosa esto que decoramos con los nombres retumbantes de civilización, progreso y perfeccionamiento humano, que un modo como cualquier otro de pasar el tiempo mientras dura esta tragicomedia de la vida? Acaso por dar más vueltas la ardilla dentro de su jaula, varían las dimensiones de esta y la condición del inquieto animalejo?

* * * *

D. Ramón Vargas, con quien nuestro novelista nos ha puesto ya en contacto, puede servirme en el paralelo que voy a bosquejar como el tipo de lo que llamamos un hombre de su siglo. Fernán Caballero nos le representa con bastantes pormenores en el cuadro de su vida privada. Recibe visitas de la aristocracia del mejor tono; su talento y travesura le han proporcionado pingües negocios; vive muy atareado porque ha abarcado muchas especulaciones a la vez; cometió la ligereza de casarse con una buena moza de baja extracción y de educación descuidada, pero al principio se avergonzó de tenerla a su lado en la corte, y luego, cuando cediendo a los buenos consejos del marqués de Benalí la trajo a su casa juntamente con sus hijos, disfrutó algunos años de esa aparente felicidad que consiste en no carecer de medios para satisfacer los caprichos que sugiere la holgazanería a una mujer vulgar lanzada en el vértigo de los placeres.

Pero nada se nos dice de cómo vive en público este matrimonio, y he aquí lo que yo me atrevo a adivinar. Ramón, desde luego, es un bullebulle que figura en todas partes, en los ministerios, en las embajadas, en la bolsa, en las casas de los principales personajes y banqueros, en los teatros, en los cafés, en los campos Elíseos y en el Casino; su mujer, Gracia López, consagra principalmente su tiempo a las tiendas de novedades, a las modistas y floristas: es rara la semana en que no compra o una alhaja a los Saboyanos, o un corte de vestido a Mme Pérat, o un sombrero a la inteligente Irma, o unos encajes a Bruguera. Todas estas costosas superfluidades le son necesarias como el pan. Tiene abono de platea en el teatro Real, no por la ópera italiana en si, sino por ver, imitar o criticar los tocados y trajes de las más aristocráticas bellezas; y también su turno de Zarzuela, porque le deleitan los recuerdos de las tonadas andaluzas que de vez en cuando animan las composiciones de Barbieri y Gaztambide. Los veranos, si no contribuye con su hermosa presencia a realzar el brillo de las reuniones de bañistas en Deva, San Juan de Luz o Biarritz, los pasa, quejándose de la monotonía y seccatura de la vida de Madrid, repartiendo las horas diurnas y nocturnas entre el baño, las visitas, el paseo, los campos Elíseos y el Suizo, donde a guisa de oración de la noche para pedir al Todopoderoso fuerzas con que llegar al siguiente día, suele zamparse, con apetito digno de un miliciano nacional en día de jarana, una cena compuesta de un par de huevos fritos o una tortilla con espárragos, una ración de jamón en dulce, un chocolate y un sorbete. ¡La pobrecita ha logrado despojarse de aquel necio encogimiento que a las mujeres incultas de Carmona les impide mascar a dos carrillos en público, y devora los blancos panecillos del café Suizo que es una bendición! Como a esta criatura, que el vulgo juzga feliz, se le van como el agua los días en engalanarse para lucir, y las noches descansando de su continua comedia para volver a ella, claro es que no ha tenido tiempo de leer, de orar y meditar, y de pensar en los pobres y afligidos. Su entendimiento por lo mismo ha quedado tan vacío de buenas ideas como su corazón de buenas obras… Ramón Vargas, que no se cuida de lo que dice o hace su mujer, primeramente porque su conversación no le entretiene, y en segundo lugar porque sus negocios mantienen su ánimo constantemente preocupado, a punto de no permitirle el menor sosiego y de obligarle a tener siempre su cartera de apuntes en la mano, en la mesa, en el teatro y en el carruaje; apenas advierte que Gracia López va insensiblemente reconcentrando toda la energía de su ser inculto en la adoración de sí misma y en el odio a toda ajena perfección.

Pues mientras este matrimonio nada a sus anchas en el mar de los supuestos goces materiales, un mayorazgo de provincia, joven, noble y rico como Ramón, pero más sensato que él, es con su sencilla y modesta esposa la pareja más acabada para formar contraste con la que le acabo de describir. Sugiérenos esta pareja el mismo Fernán Caballero en la primera novela de este tomo, La Farisea. El cuadro en que nos la presenta es un delicioso interior de Terbourg o de Meissonier.

José Villareza y Feliciana Fajardo viven en un pueblo de Extremadura, llamado Hinojosa, que debe su sosiego a la circunstancia de estar apartado de las pocas carreteras que cruzan aquella provincia. La casa solar de Villareza con su escudo de armas; la cruz de piedra que a su frente lleva el caserío en señal de cristiano; la fuente allí cercana que recuerda los tiempos patriarcales de Rebeca cuando en torno de ella se apiñan las alegres doncellas del pueblo; la dehesa de encinas que brinda en el estío con su sombra, y la era inmediata donde se canta y se baila en las noches de luna; todo constituye una escena adecuada para un perfecto idilio de doméstica tranquilidad.

Villareza cree que vive feliz, contento y tranquilo, retirado del servicio de las armas, consagrado a aumentar para sus hijos el patrimonio adquirido con el caudal que llevó en dote su mujer, sirviéndole de distracción y recreo las caricias de sus dos niños, la caza, y supongo yo también que las buenas obras en que se ejercita y en que le acompaña Feliciana. Esta por su parte se estima dichosa en el cumplimiento de sus quehaceres de madre y ama de casa, sin echar de menos para nada las galas que tiene arrinconadas hace años, y cifrando todo su placer en ejercitar con sencillas canciones religiosas el labio de rosa de su Mariquita, en sorprender a su marido con sabrosos platos al regreso del monte, y en conversar con él al amor del fuego sobre los lances de la batida, las ocurrencias del vecindario y los planes sobre el porvenir. Paréceme lógico deducir del aspecto que aquel tranquilo hogar ofrece, que Villareza halla tiempo sobrado para todo: que tiene perfectamente ordenados los papeles de su casa; que contesta con puntualidad cuantas cartas se le escriben, al paso que Ramón Vargas tiene constantemente sobre su bufete una porción de cartas atrasadas sin abrir; que, sin hacer en un solo día tantas cosas como hace Ramón, las pocas que hace son todas buenas; y que mientras el día de fiesta trascurre para el ocupado y civilizado vecino de Madrid tratando de negocios y agotando deleites, sin haberse hecho siquiera la señal de la cruz al levantarse, ese mismo día lo invierte el desocupado y semi—bárbaro propietario de Hinojosa en visitar de madrugada a los pobres que socorre, en oír con todo sosiego la misa mayor de la parroquia, y en hacer después las obras meritorias que puede, inclusas, si ocurren, la de transigir desavenencias y pleitos, la de conciliar ánimos enemistados, y otras por el estilo. Es evidente que Ramón Vargas ha hecho muchas más cosas que José Villareza en un día: que se ha agitado más, que ha gastado mucho más dinero, y que ha sido en toda la plenitud de la expresión un hombre de su siglo; pero también es cierto que Villareza pudo a las diez de la noche recogerse a su lecho contento y tranquilo, mientras que Vargas se acostó a las tres de la madrugada, rendido, hastiado y lleno de cavilaciones. Y sin embargo, la generalidad seguirá creyendo que aquel es un ser poco envidiable porque vive en un poblachón y usa calzones de gamuza, y que éste es un hombre culto y feliz porque va a las carreras de caballos, y pasando a nuestro lado como una flecha en su carruaje a la Daumont, se hunde en la perfumada sombra de los bosques de la Casa de Campo.

* * *

No es mucho, me dirás tal vez, hombre de tu siglo, que en la clase acomodada disfruten todavía de mayor felicidad los que retirados del movimiento de la época hacen la vida del antiguo señor feudal, que los que en el torbellino de las grandes poblaciones cooperan a la trabajosa gestación de la humanidad que pugna por encontrar la nueva fórmula del sumo bien en la tierra. No suele ser el soldado que más sufre en la batalla el que disfruta la paz de la victoria. Pero no porque hoy padezca errores y contratiempos, debe la civilización desconfiar de un porvenir más dichoso que su presente y su pasado. ¡Adelante, pues, adelante! Aunque la ciencia moderna sea hasta ahora de protestas y negaciones, demasiado concienzuda para establecer afirmaciones salvadoras, o ineficaz para asegurarnos a cada uno de nosotros nuestra dicha individual; no se negará al menos que ha logrado mejorar la suerte del mayor número, y que la pobre gente de condición humilde, el sirviente, el bracero, el proletario, todo el que vive de su salario, tiene más comodidades, más placeres, y es menos desdichado en los grandes centros del progreso, en París, en Londres, en Berlín, que en Peralejos o en Vitigudino.

Créelo tú así en buen hora; yo por mi parte me atengo a la experiencia, que me enseña lo contrario.

Era Magdalena R** una pobre criada de un villorrio, cuyo nombre no hace al caso; vestía satisfecha su pardo sayal, mal urdido y peor tramado en el telar de su pueblo; había llegado a los diez y ocho años sin gastar más ropa que los desechos de su madre; trabajaba contenta; brillaban sus carrillos tersos y colorados como la manzana olorosa; sabía leer lo preciso para comprender un Catón cristiano de letra gorda, y oía con frecuencia la palabra de Dios explicada con lisura y sencillez por el celoso cura de su parroquia. Había aprendido a practicar el bien y a repartir su mezquino salario con los pobres: vivía tranquila porque sabía amar con pureza, rezar, pensar y sufrir.—No se crea que el pobre lugareño no piensa: en el tránsito de la aldea a la fuente del camino, y de la noria al establo, y de la era al granero, recogen a veces la aldeana y el gañan flores espontáneas que nunca brotan en la senda del afanoso mercenario de las ciudades.—No se piense que es contradictorio eso de sufrir y vivir en paz: el dolor, muy elocuentemente lo ha dicho una inspirada escritora de nuestros días, es una necesidad de nuestra naturaleza, un elemento indispensable de nuestra perfección moral; es un amigo triste que ha de acompañarnos siempre en la senda de la vida. El que como tal sepa considerarle y tratarle, no perderá la calma interior, la paz del espíritu, por hacer la jornada en su compañía.

Pues acertó a parar en aquel lugar una encopetada dama de la corte, que prendada de las cualidades de la muchacha, la propuso traerla consigo a Madrid. Aceptó la sencilla lugareña después de tomar consejo de su madre y de su confesor, alucinados con los títulos que a sus ojos desplegó la señora, la cual era presidenta de varias asociaciones filantrópicas, de esas que hacen las obras de caridad a son de bombo y platillos y de pomposas gacetillas en los periódicos,… y a los dos años de trato con las doncellas de las amigas de su protectora, cambió de ideas, de carácter, y hasta de figura.

Hoy su crecido salario no le alcanza para cuellos y puños; esencias, pomadas y cosméticos: se pone el cabello empinado como los cuernos de la cabra montés, lleva por detrás arrastrando dos metros de trapo pulverulento, acepta los días de salida de cualquier adorador improvisado y cursi un convite para la fonda o para el teatro; santifica las fiestas bailoteando hasta la media noche en el Ariel, en la Camelia, en la Azucena; ha perdido las rosas de aquella su tez virginal, el coral de sus labios, la tersura de su frente, la alegría de sus ojos, la paz de su corazón, y en la casa donde sirve lo hace todo con mal gesto y de mala gana. Destroza cada mes un vestido de rica estofa de París o de Lyon, desecho de su rumbosa y mundana señora; y bajo las enramadas que iluminan los farolillos de colores y las bengalas de los fuegos artificiales, bailó la otra noche doce americanas y diez polkas, y le acariciaron el talle, nunca en su pueblo profanado por hombre alguno, más de cuatro horteras, entre cuya sórdida tenaza desplegó más desenvoltura, más arranques y más fogoso arrebato que una bacante poseída del furor del dios libre.

¿Se me dirá que la palurda se ha civilizado? Por Dios, no nos burlemos así del común seso con un estéril juego de palabras! El buen sentido, superior a todo sofisma, ha dictado un fallo que ella con su conducta ha hecho ejecutorio: —«Magdalena se ha pervertido,» dicen en el pueblo el cura, el alcalde, el boticario, el barbero, todos los ancianos y ancianas, los mozos y mozas, cuando su pobre madre se queja a ellos del olvido absoluto en que la tiene su hija.

Yo he visitado algunos de los grandes centros de la industria moderna, a la que principalmente fían los partidarios del progreso indefinido la futura trasformación del mundo. ¿Quién no los ha visitado, hoy que en menos de veinticuatro horas puede cualquiera reunir en su camisa tiznones de hollín de las fábricas de Bruselas, París y Strasburgo?—He sido testigo de los tremendos dolores físicos y morales del pobre obrero belga, cuya vivienda es como una fétida sentina sumergida en el cieno de los canales; y de los que sufre el miserable canut de Lyon; artífices uno y otro de maravillas industriales que constituyen el encanto de la más vaporosa aristocracia. Infelices partículas de un gran monstruo que devora y trasforma la materia, pero de un monstruo exigente, brutal, incansable y despiadado (que no es otra cosa una fábrica en nuestros días), viven sin más reposo que el de un sueño tasado por el inexorable déspota que beneficia aquella mina de sangre y vida humana, sin más tregua al rugido del vapor que el tiempo en que estalla otro rugido aun más imponente… el rugido de las sediciones y motines (grèves).

Siempre que me hablan de los milagros de la industria y de la feliz trasformación, que ella está produciendo en las naciones de mayor progreso material, recuerdo involuntariamente las elocuentes páginas que siendo yo escolar en país extranjero veía escribir sobre el pauperismo y sobre la triste condición de la clase obrera, a tantos y tantos ilustres publicistas de la vecina Francia, y las sublimes conferencias del P. Félix sobre el Progreso. Él, a mi juicio, mejor que otro alguno ha sabido ponernos de manifiesto el cuadro terrífico de los desengaños que la religión del progreso proporciona, y lo que vale para la felicidad del mayor número una prosperidad que multiplica en proporción de su desarrollo la generación de los que nada poseen: generación inmensa que se propaga con formidable fecundidad en el seno mismo de la miseria, y que el día menos pensado ha de colocarse en frente de los nuevos señores del mundo, descorazonados y crueles, con la doble desesperación de la envidia por las delicias de que solo ellos disfrutan, y de la venganza por el egoísmo con que la insultan.

¡Qué contraste forma con la vida del infeliz obrero de Lieja o de Manchester la de cierto pobre zapatero de Arcos de la Frontera, que Parcerisa y yo conocimos en aquellos pasados años en que peregrinábamos por la provincia de Cádiz cosechando bellezas arquitectónicas y recuerdos históricos.

Bajo una parra que sombreaba con sus anchas hojas una rinconada inmediata a la casa del anciano y bondadoso párroco de Santa María, se situaba entonces un viejo zapatero remendón, con quien nos hizo nuestra buena suerte trabar un día una tranquila plática. Todos los primores mecánicos que producen en un año, utilizadas por una población de esclavos de nueva especie, las ciegas fuerzas motrices distribuidas en las oficinas del inmenso establecimiento que tiene Cockerill en Seraing, dicen menos al espíritu del hombre pensador, y traen menos enseñanzas a su contemplación que la media jornada de trabajo, interrumpido, imperfecto, bíblicamente libre, que invirtió aquel pobre remendón en la obra de que voy a darte noticia si me asistes con tu paciencia.

Habíamos albergado en su casa aquel buen párroco de Santa María. De resultas de una caprichosa y larga correría, ya en calesa, ya a pie, ora con sol picante, ora diluviando, correría digna de la estrambótica veleidad de un tourist inglés, mi calzado estaba descosido, y ni podía remudarlo porque nuestras maletas habían quedado en la calesa, que muy a pesar nuestro dejamos incrustada en los barrizales de la vega del Guadalete, ni me era posible demorar su reparación. En semejante apuro, acudí al único remedio de que podía echar mano. El hospitalario párroco me prestó sus chinelas, y yo entregué al zapatero de la rinconada aquel mutilado ejemplar de la obra prima salida de los talleres de Reynaldo.

El remendón de Arcos, a quien llamaban el tío Pipa por su costumbre de fumar a la francesa, puso con gran cachaza manos a la obra. Tratábase solo de contener con una hebra de cáñamo y pez el deplorable y vergonzoso divorcio que se había declarado entre el cuero y la suela, y que amenazaba dejarme todo un lado del pie sin más abrigo que la media. Pero en sacar del bolsillo las gafas, probarlas, limpiar los vidrios, volverlas a colocar en el caballete de la nariz y dejarlas con un gesto de descontento sobre el banquillo; en afirmar los pies de éste con unos tejos, tirar del cajón, tomar un pelotón de cáñamo para hacer la hebra, buscar la pez y encerar al cabo; y en los demás preliminares precursores del acto solemne de empuñar la lezna, invirtió el tío Pipa cerca de una hora. Yo empezaba a dar muestras de impaciencia, y él que lo notó,

—Esta misma tarde le dejo a usted apañada la bota, me dijo en tono de satisfactorio anuncio.

—¿Cómo esta misma tarde? observé yo con asombro. ¿Acaso no puede hacerse esa pequeñez en un cuarto de hora?

—Allá en Francia, repuso él sonriendo con gran calma, dicen que se ha discurrido un artificio para coser la tela o el cuero en tan poco tiempo como aquí gastamos en cortarlo. No se desespere usted, señor, que yo no he de echar más en hacerle su costura que lo que requiera la torpeza de mis manos, y será excusado que le engañe con palabras que la experiencia ha de desmentir. Ea, tome usted asiento en ese poyo, y sea usted testigo así de la pobreza de mis medios como de la grandeza de mi voluntad.

Yo, sin saber qué responderle, me acomodé, en el rústico asiento que me señaló. La criada del párroco puso a este tiempo delante de mí una mesilla de blanco pino cubierta con un mantel todavía más blanco, y en ella una enorme fuente de bien sazonado gazpacho andaluz, que me dispuse a saborear a la sombra del emparrado. Parcerisa, poco aficionado como buen catalán a los usos de Sierra Morena allende, estaba ya en marcha hacia la casa del conde del Aguila, precedido de un muchacho que conducía al hombro su daguerrotipo y su cartera, para tomar apuntes del precioso ajimez que decora su fachada. Y el tío Pipa continuaba tomando sus medidas para la obra magna que yo le había confiado.

¡Manchester, Birminghan, Glasgow, Liverpool, Lyon, Bruselas, París, Berlín, centros privilegiados de la moderna industria y del humano progreso, donde en breves instantes se consuman las trascendentales trasformaciones de la materia; donde hubiera podido nuestra madre Eva penetrar una mañana con el compendioso traje con que fue expulsada del Paraíso, llevando bajo su brazo un lío de algodón en rama, y salir a la tarde con ese mismo lío hilado, tejido, pintado y convertido en airoso vestido de griseta, que la hubiera hecho desconocida a los ojos de su propio marido Adán; ¡ciudades productoras de toda riqueza, yo saludo reverente y humillado vuestras majestuosas frentes coronadas de hierro y ennegrecidas con el vapor y el hollín! ¡Cariátides robustas que sustentáis la complicada mole del porvenir del mundo, yo me inclino ante vuestra omnipotencia! ¡Cuán felices los que pueden cada día y a cada hora echar mano de vuestra fuerza titánica y de vuestra actividad, solo comparable con la de la fiebre perniciosa! y ¡cuán desgraciados los que tenemos que soportar la ignorancia, la desidia, la rusticidad de medios y las eternas dilaciones de nuestros indisciplinados industriales! Así blasfemaba yo en un arrebato de indignación al observar que el tío Pipa, media llora después de concluido mi gazpacho, aun no había hecho la mitad de la costura de mi bota, teniendo que quitarse, limpiar y volver a ponerse los anteojos para cada puntada que daba en ella; pero pronto me hizo refrenar mi enojo y cambiar de ideas la consideración del horizonte moral que abrió a mi vista aquel anciano, a quien hasta entonces solo había yo mirado como un viejo perezoso y marrullero.

De una ventana que caía sobre el emparrado, salía una voz argentina entonando un motete religioso que llegó a mis oídos como un refrigerante recuerdo de los felices tiempos en que siendo estudiante oía embelesado los cánticos de la gran basílica toledana.

—Baja acá, Currito, y tráeme esos anteojos nuevos, dijo el tío Pipa levantando la cara hacia la ventana.

Cesó la linda voz, y al minuto se presentó trayendo unas gafas de plata flamantes, un niño como de diez a once años, que con cuidadoso cariño y alegre naturalidad nos saludó a ambos y puso aquellas sobre la nariz al anciano remendón.

—Anteojos y sombrero, por mano de su dueño, dijo éste haciéndole una caricia y acomodándose las antiparras a su sabor.

—Ignoraba yo que tuviese usted un paje tan galán. ¿Es cosecha de casa el mocito?

—Me quiere como si lo fuese.

—¿Y de dónde tan precioso hallazgo?

—Eso sería largo de contar.—Y dando un último toque a las gafas, añadió el tío Pipa: ahora si que podré acabarle a usted esta tarde la costura.—Y volvió a tomar el cabo y la lezna.

Pronto tuvo que interrumpir de nuevo su obra.

Venía por la calle arriba, implorando la pública caridad al son de su campanilla, la tía Asunción, muda y perlática, que traía en brazos a su nietecita, huérfana de padre y madre, niña de dos años fresca como una rosa en un tiesto de barro cascado.—¿Quién de nosotros tendrá que llevarse esa hermosa criatura el día que falte su abuela? se decían unos a otros cada tarde los vecinos del barrio, llenos de compasión y recelo al mirarla.

Daba la infeliz tantos traspiés a pesar del palo en que venía apoyada, que causaba pena el verlo. Las vecinas caritativas acostumbraban salir a la calle a socorrerla con sus mendrugos de pan y sus ochavos.

Si estuviera esa infeliz mujer en la culta Bruselas o en el civilizado Madrid, pensaba yo, daban con ella en la Cambre o en San Bernardino, de donde no salía en su vida, y por la desgracia de ser indigente la castigaban con más rigor que si fuera criminal.

Los pobres de Jesucristo no son perseguidos como delincuentes en las pequeñas poblaciones de la caritativa Andalucía; pero aquella pobre perlática estaba de continuo por su mismo padecimiento amenazada de una desgracia peor que la detención en un asilo de mendicidad.—Tantas veces va el cántaro a la fuente que al fin se quiebra: sus piernas se habían cansado de llevarla. Conoció la desdichada que le iban a faltar los pies y que iba a dar en el suelo con su amada carga si no encontraba un alma compasiva que, apiadada de la suerte de la niña, acudiera a sostenerla. Pero la caridad es una flor muy sensible al soplo helado del egoísmo, que en cuanto la toca la destruye; y todos los que leían aquella tarde en el demudado semblante de la tía Asunción una próxima catástrofe, retrocedían acobardados.—Cuando ella sucumbiera, su nietecita iba a quedar sola en el mundo, sin más amparo que la Providencia. Si aquella criatura fuera un niño, menos malo: a un chico se le cría a poca costa, se le enseña de balde, se le puede dar una carrera… Pero la crianza de una niña es cosa mucho más engorrosa y delicada, su educación más costosa, y establecerla sin dote, casi imposible. Verdad es que Dios desde el cielo vela por todas sus criaturas; pero ¿quién tendrá valor para ofrecerse como su instrumento?—Esto quizá decían aquella tarde los mismos que habitualmente le demostraban su compasión.

La mísera abuela, arrimada ya a la pared, había dejado caer su palo y su campanilla. Una indecible angustia se pintaba en su semblante; clavaba en vano sus ávidos y desencajados ojos en todas las ventanas sin hallar quien la socorriese. Con ambas manos estrechaba convulsa contra su pecho a la inocente huérfana…

Al ver aquel cuadro el zapatero, lleno de generosa angustia dejó su banquillo; corrió a la desgraciada, le quitó la niña de los brazos, y en el instante cayó al suelo desplomada la anciana, lanzando un prolongado quejido y sonriendo dolorosamente a su bienhechor. Al pronunciar éste las palabras: Yo seré su padre, la pobre Asunción cerró con un suspiro los ojos a la luz.

El párroco que salía de rezar sus oraciones, y que sabedor del caso corrió apresuradamente por la sagrada unción para administrar a la infeliz moribunda los últimos auxilios espirituales, la encontró cadáver cuando llegó donde yacía. Dispuso que la condujeran a la parroquia, que era cabalmente la iglesia de la Virgen de su nombre, para decirle al día siguiente una misa de cuerpo presente antes de darle sepultura, y en seguida fue a reclamar del compasivo tío Pipa la preferencia en la buena obra de amparar a la abandonada niña.

Esta triste peripecia había hecho interrumpir por tercera o cuarta vez la compostura de mi calzado; pero ahora ya pude soportarlo sin impaciencia. El honrado zapatero de allí a una hora volvió tranquilamente a su tarea, que al cabo de otra media me entregó concluida.

Y cuando por la noche en casa del digno párroco ponderaba yo con frases de sincera admiración el noble y cristiano proceder de aquel rústico anciano, el mismo cura me refirió lo que sumariamente consignaré aquí.

El tío Pipa, por su verdadero nombre Francisco Garrido, era natural de Arcos: había sido de niño cantor en la colegiata de Jerez; la ocupación de España por los franceses cortó su carrera de músico, en la cual se hallaba bien cimentado, y lo llevó con otros muchos españoles a servir a Napoleón en la campaña de Rusia cuando contaba ya veintinueve años de edad. Trabó en aquella sangrienta jornada de Borodino que le valió a Ney el título de príncipe de la Moskova, estrecha amistad con un joven francés que tuvo la suerte de salvarle la vida, y cuando después de la desastrosa batalla de Leipzig empezó a oscurecerse el astro del emperador, obtuvo su licencia juntamente con su amigo y compañero de armas, Enrique Girard, y ambos se retiraron a vivir a Realmont, pueblecito del departamento del Tarn, donde el licenciado francés tenía su familia y no escasos bienes de fortuna.—Francisco Garrido, cuya madre, mesonera en Arcos, vivía con estrechez consumiendo con otros dos hijos que en su compañía habían quedado, imbécil el uno y siempre enfermo el otro, la miserable rentilla que le producía una pequeña haza de tierra heredada de sus padres fuera de Puerta Matrera, estuvo viviendo en Realmont del oficio de zapatero, que aprendió en el regimiento, y no volvió a su país natal hasta el año 30, en que recibió la noticia de la muerte de su madre; y en que la caída de la rama primogénita de Francia determinó a expatriarse al padre de Girard, satélite en su modesta posición de una noble familia de Alby, gravemente comprometida en una infructuosa tentativa de los partidarios de la rama destronada. Girard, el padre, su hijo y su nuera, y sus nietos, pues ya Enrique llevaba muchos años de casado y tenía familia, entraron en España con su amigo Francisco Garrido, que siempre permaneció soltero, y a quien los muchachos, aficionados a motes, distinguieron pronto con el gráfico apodo de tío Pipa. Este siguió su viaje a Andalucía, y aquellos se establecieron en tierra de Valladolid, empleando el capital de la hacienda que habían realizado al dejar el suelo nativo, en la compra de un gran molino harinero orillas del Duero. Los dos antiguos conmilitones mantuvieron frecuente y cordial correspondencia epistolar, viviendo el Garrido en Arcos muy tasadamente con la exigua renta heredada de su madre, y el Girard en Tordesillas con prosperidad creciente, que sin embargo no entibió aquellas relaciones de entrañable amistad.—La fortuna, siempre instable, tenía dispuesto que el más próspero tuviese que recurrir a la protección del más necesitado.—Después de once años de tranquila existencia en su patria adoptiva, vieron un día los Girard envuelto en llamas su molino, y la voraz hoguera que convertía en pavesas toda su hacienda, les arrebataba además tres hijos y el anciano abuelo, salvando milagrosamente la vida Enrique y su mujer, la cual por otro milagro escapó de aquella tremenda catástrofe sin accidente particular a pesar de hallarse en cinta. Sabedor Garrido de esta desgracia, no tornando consejo más que de su buen corazón, vendió la baza que constituía su única hacienda, reservándose solo la ruin casucha que habitaba: llamó a su lado al desvalido matrimonio; fueles manteniendo sin descubrirles jamás el Sacrificio que para ello había hecho, para no agravar en el uno la ceguera que le amenazaba y la profunda melancolía que le sobrevino, y en la otra los accidentes que empezó a padecer; y el tío Pipa volvió, no ya resignado, sino satisfecho, cumplidos los cincuenta y nueve años, a la antigua vida de zapatero.—La mujer de su desgraciado amigo dio a luz por singular arcano de la naturaleza un niño hermoso y robusto, que el día 1 de Febrero de 1842 fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción con el nombre de su padrino, el heroico amparador de aquella familia. La madre recobró la salud con el parto; pero Enrique Girard falleció dos años después, y la pobre viuda quedó con su prole, según lo había estado antes con su marido, bajo el amparo del generoso zapatero, que desde entonces los tuvo como hijos suyos.—Cuando el caritativo anciano veía agotarse el capital con que los había mantenido, y sus fuerzas para ganar el sustento, empezó a enseñar la música a su ahijadito; el cual tan buena maña se dio en aprender el canto, y tan bellas facultades empezó a manifestar, que a los diez años fue admitido de seise en la catedral de Sevilla, con una pensioncita que le obtuvieron del arzobispo las fervorosas instancias del párroco de Arcos.—Este niño era el que me había hecho oír su argentina y afinada voz desde la ventana encima del emparrado, y el que había traído las gafas de plata al ya para mí respetable tío Pipa, que aunque septuagenario, demostraba todavía en la noble abnegación que acababa de usar con la pobre muda y su nieta, tan incomparable ardor en el santo ejercicio de la caridad.

Hable el que quiera de las maravillas que produce la industria fabril moderna; yo le rogaré que recuerde los portentos de verdadera civilización y fraternidad que realizó el viejo remendón de Arcos de la Frontera.

Análogo al del tío Pipa en la esfera moral, es el bellísimo tipo que Fernán Caballero nos ofrece en Gracia Vargas, apellidada por las gentes de Carmona la buena Gracia. En él se realizan los tres distintivos de la verdadera civilización cristiana: la elevación de la mente, la expansión del corazón, la fortaleza del ánimo.

Cuando el autor me la presenta en el abril de sus años, hermoso aunque triste, como el del prado erial que no pudiendo engalanarse con rosas produce sin embargo margaritas y amapolas, toda consagrada al cariño y cuidado de su madre postrada y de su hermanito apocado y enfermizo, sin más desahogo y esparcimiento que el salir por las tardes a la puerta de su casa cargada con aquel pobre niño, y sentarse en un poyo para entretenerle con alegres cuentos o para esperar la luz de la primera estrella, que se revela a su alma creyente y pura como la primera palabra del símbolo de la fe;—cuando la veo después sufrir paciente y sin acrimonia las groseras punzadas de su vecina la mala Gracia;—cuando la contemplo por fin víctima de la implacable envidia de esta, perder por un vil y calumnioso anónimo su honor inmaculado y la felicidad que se prometía del casto amor que había inspirado al marqués de Benalí, y volver entonces con nuevo afán sus aspiraciones al amor que nunca se extingue y que nunca es ingrato, para consagrarse llena de caridad a la conversión de la misma que la calumnió y deshonró, con aquella máxima divina: «Es necesario despojarse de las cosas que envenenan y martirizan nuestra existencia, como de una túnica de Dejanira, y vestir la túnica del sacrificio para poder devolver la paz al alma y curar las heridas del corazón»; todas las brillantes promesas del progreso indefinido que hoy seduce al mundo, me parecen una verdadera burla del buen sentido y del candoroso afán con que la humanidad persigue una civilización que, semejante al espejismo de las arenas en el desierto, la incita a correr, mientras en rigor se la deja a la espalda.

¿Negaréis que Gracia Vargas y Francisco Garrido realizan, cada cual en su esfera de acción, el ideal de la fraternidad humana? ¿Les negaréis, a aquella por humilde Hermana de la Caridad, y a éste por viejo remendón, el calificativo de civilizados? Pues ambos progresaron en la misma escuela: no en la disipación del corazón y del entendimiento, no en el vértigo de los placeres y de una agitación infecunda, sino en la tranquila y reflexiva aceptación del dolor y del sacrificio.

—Pero vuestros personajes son puras sugestiones de vuestra imaginación y de un determinado propósito.

—¡Qué error! No hay personaje en este estudio, me escribía poco ha Fernán Caballero citando a Ernesto Feydeau, y ahora puedo yo repetirlo, que no sea un retrato, ni escena que no haya pasado casi ante mis ojos; así que estas páginas, escritas con ánimo reposado para edificación de las gentes de buena fe, en su conjunto son menos una obra de invención que un trazo de historia.

Lector amigo, preveo la conclusión que van a sacar de mis paralelos los que no hayan querido penetrar con sinceridad su espíritu.—El autor de este prólogo, dirán, es un retrógrado, un oscurantista, un neo. Si la felicidad de los hombres está en la bondad, o lo que es lo mismo, en la santidad, las humanas sociedades deberán abandonar toda cultura material, y las naciones convertirse en Tebaidas y Yermos, o cuando menos en vastos monasterios benedictinos.

No acepto la consecuencia: y diré con toda lealtad mi credo y mis temerarias aspiraciones en cuanto a eso que ampulosamente se llama progreso indefinido de las naciones, y que es según la feliz expresión de un gran pensador de nuestros días, la grande moquerie contemporaine.

Creo que el progreso material por sí solo no produce ni fomenta, ni menos supone el progreso humano, y que éste puede muy bien existir sin aquél, entendido como la generalidad lo entiende hoy. Creo que mucho de lo que en Europa se tiene por progreso, es pura y neta barbarie, y que no podrá haber progreso social, ni material siquiera, a pesar de las maravillosas trasformaciones que los sabios impongan al Proteo del mundo físico, donde se prescinda del sentido moral en el uso de la libertad, del sentido estético en el empleo de la inventiva, y del sentido racional en las prácticas usuales de la vida pública y privada.

Creo que las tareas de los hombres de negocios que producen, cuando no cosas muy malas, los empréstitos para conjurar las crisis pecuniarias y atender al desarrollo de los intereses materiales, los cómodos ferrocarriles, los lujosos hoteles, los suntuosos teatros, todos los caprichosos ardides ofrecidos como cebo al vulgo que se imagina con ellos esquivar los dolores y penalidades de la vida terrestre, son de una importancia muy secundaria para la cultura de un país, comparadas con las elevadas especulaciones del moralista, del literato y del artista; y que la nación desgraciada donde las clases que dan el impulso prefieran los deleites corporales al casi divino contentamiento que en el alma engendran un acto de insigne justicia, un hermoso poema, o un cuadro de edificante idea; y donde esas mismas clases antepongan, v. gr., las naumaquias de Domiciano, los banquetes de Trimalchion, las delicias de Capri, de Kufah y de Bagdad, el confuso sincretismo de principios, todos materialistas, tomados de la vida asiática, de la griega y romana, de la vandálica y de la musulmana, al espectáculo grandioso y armónico de la civilización cristiana, reconquistando a fuerza de ciencia, de sentimiento y de virtudes, la primitiva nobleza del alma racional; es una nación que la cólera de Dios hará pronto desaparecer del cuadro de las razas vivas y fecundas para oscurecerse en las tinieblas de los pueblos difuntos.

Creo que los hombres nos agitamos estérilmente por no estar conformes acerca del objeto final de nuestras especulaciones; que sobre las palabras libertad, progreso y felicidad, no hay ni puede haber acuerdo mientras unos admitamos y otros no la enseñanza bíblica de la degradación del hombre por el pecado, y de la necesidad de su rehabilitación; que de aquellas tres ideas solo una es la meta a que tienden los humanos esfuerzos; que la libertad es un medio para progresar, y el progreso un medio para lograr la felicidad o el bien, porque antes de usar de la libertad para marchar, es preciso saber a dónde se va, y discernir si el movimiento conduce a aquel fin o aparta de él, esto es, si se progresa o se anda inútilmente.—No progresa el perro que corre y corre sin dirección fija solo para librarse de la maza que lleva prendida, ni el pollino a quien con un latigazo dejó suelto en la pradera, y que salta y corre en todas direcciones. Si el cangrejo va derecho a su charca, aunque ande hacia atrás y perezosamente, el cangrejo progresa, y no el asno que divaga retozando por los campos.

Creo, finalmente, que aquel país progresa más y es más civilizado, que sabe mejor armonizar con el desarrollo de los intereses materiales la práctica de las virtudes evangélicas. Ese país habrá comprendido el verdadero progreso humano, y en él florecerán hombres en quienes se marcarán los inequívocos caracteres de la mayor civilización que sea dado alcanzar a la criatura; la elevación de las facultades intelectuales en la región de la verdad, esto es, en la investigación de lo bueno y de lo bello; la expansión del sentimiento en la región del amor, es decir, en la práctica de la caridad y de la fraternidad; y la entereza del ánimo en los trances supremos, para los cuales se reclaman el patriotismo, la independencia, todo sacrificio grande y heroico.

Deseo para mi patria el progreso material unido al intelectual y moral: deseo entre ambas aspiraciones el equilibrio y balance que debe reinar entre el cuerpo y el espíritu, para que la ciencia humana no se corrompa faltándole la sal de la fe. Ansío que domine siempre en España aquel antiguo seso que tanto la encumbró en el siglo de Isabel, de Colon y de Cisneros; que evite las dos vías, por desgracia harto accesibles, que aunque aparentemente opuestas, conducen al precipicio de la barbarie: el sensualismo pagano que hace a los pueblos egoístas y convierte las naciones en greyes de tiranuelos, esclavos y eunucos; y el quietismo supersticioso que empequeñece los espíritus y trasforma el culto de Dios en grosera idolatría, el culto de la patria en terca odiosidad a todo lo extranjero, y la vida doméstica y social en un insufrible castigo.

La España que Fernán Caballero aspira a hacernos amar y reverenciar, es la que conserva todavía las reliquias de aquella digna, fuerte, honrada y creyente república, cuyos últimos fulgores, perpetuados hasta cerca de nuestros días, brillaron en la triste noche de la decadencia española, en estadistas como Jovellanos, en jurisconsultos como Campomanes y Floridablanca, en héroes como los de Trafalgar, Gerona y Zaragoza.

Hoy que nos hemos vuelto un poco bufones, un poco ateos, un poco sediciosos y un poco libertinos, se dirá que las mujeres como Gracia Vargas y Feliciana Fajardo, los militares como el general Campos, el teniente Luciano Encina y el coronel D. Ramón Vargas de Toledo, y los curas como D. Manuel (con los cuales vas dentro de poco a entrar en relaciones), son producto de cualesquiera tiempos de ignorancia y esclavitud.

¡Nunca haga madurar otros frutos entre nuestros hijos el sol deslumbrador del progreso y de la libertad!

Julio de 1865

Pedro de Madrazo

Capítulo 1

A mi amigo el Excmo. Señor don Antonio Cabanilles.

Para demostrar con un obsequio su amistad, su aprecio y su gratitud, el que tiene jardín, ofrece un ramo de las más bellas flores que en él se crían; el que tiene vergel, brinda los mejores frutos que en él maduran. Yo no poseo este recurso; y para lograr el placer de ofrecer a V. una expresión en testimonio de aquellos sentimientos, no tengo sino esta novelita, sencilla flor de mi corazón, pobre fruto de mi entendimiento, que le suplico reciba teniendo presente este lindo pensamiento que tan bien expresa una frase popular:

Quien esto da, os diera
cosa mejor si la tuviera.

Paseaban por el campo que une al continente de la Isla la ciudad de Puerto Rico, el brigadier D. Agustín Campos, coronel de un regimiento recientemente llegado de la madre patria, y un joven teniente, su ayudante. El entusiasta cariño que este joven demostraba a su anciano jefe, había sido y era el tema de burlas y censuras poco benévolas entre sus compañeros; los que no pudiendo comprender que un joven de brillantes prendas, formado para agradar y sobresalir en cualquier reunión, prefiriese a todas ellas la sociedad de un austero anciano, atribuían esta preferencia, el uno a baja adulación, el otro a orgulloso desdén, otros en fin a extravagancia; en vista de que no hay intolerancia más acerba que la de la medianía hacia la superioridad. Pero todos estos desahogos de la malignidad se ceñían a sonrisas burlonas, a indirectas y chistes embozados: tal era el respeto que la conducta digna, cortés e intachable del joven teniente había sabido inspirarles.
—Todas las galas de la naturaleza se aglomeran en esta isla para hacer de ella un Edén, decía el referido teniente Luciano Encina al brigadier. Como raudales de líquida plata de una cueva de esmeraldas, salen sus límpidos ríos por entre esos árboles gigantes que están siempre verdes y llenos de savia como la lozana juventud; serpentean entre prados que nunca se ven secos ni exhaustos, como los corazones ricos de amor; se deslizan entre las cañas, que son dulces y flexibles, como unidas lo son la condescendencia y la bondad; y cual claros espejos reproducen, embelleciéndolos, los objetos que a su paso encuentran. Los bejucos que todo lo unen, enredan y alegran con la inimitable gracia de los niños, enriquecen aún esta poderosa y frondosa y vegetación, sobre la que descuellan las altas palmeras, buscando espacio para abrir sus brazos al cielo.
—Luciano, hijo mío, repuso el brigadier, a veces me quiere parecer que te han dado una enseñanza por demás literaria para la carrera que sigues, a la que basta un código, el del honor; y un manual, la ordenanza. Esta enseñanza ha hecho de ti un poeta, y si la poesía se sobrepone a la realidad, todo lo desbarajusta. Más valiera que en lugar de entusiasmarte con la naturaleza, te afligieses por el mal efecto que causa el clima de esta isla a nuestra tropa. ¿Cuántas bajas tiene el regimiento?
—¡Ciento cuatro, mi brigadier! contestó el teniente. No creáis que porque mi corazón se impresione por lo que es poético, desatienda mi mente lo que por obligación debe ocuparla. Creer a la poesía incompatible con la vida práctica, es una preocupación de cerebros estrechos, indigna de vuestro imparcial y elevado juicio, señor.
—¿Qué quieres, Luciano? repuso el brigadier; no es este mi sentir hijo de una prevención hostil; es la consecuencia de mi vida de acción. Sabes que desde soldado que fui en la guerra de la Independencia, he subido por grados, y sin nunca descansar, la escala que me ha traído al puesto en que me ves, y que considero inmerecido.
—No sé, exclamó el teniente, lo que sea más de admirar; si el que la fortuna, sin ser solicitada, premie el mérito callado y modesto, o el que consideréis inmerecidos sus justos premios.
El brigadier calló un rato, como fluctuando entre su habitual y digna reserva y la honrada sinceridad que era la base de su carácter; pero venciendo esta última a la primera, dijo a su joven interlocutor:
—Repugna a mi delicadeza dejarte en lo que es en parte un error; a ti, Luciano, que aun siendo tanto más joven que yo, miro como a mi mejor amigo, o más bien como a hijo. He tenido un generoso protector, Luciano, el que mientras vivió, y notoriamente cuando fue ministro, no dejó de alargarme nunca su protectora mano y de darme pruebas de aprecio, siendo la última el haberme encargado en su lecho de muerte a su hijo. Este protector, Luciano, fue tu padre; conoce, pues, la verdad contenida en uno de esos refranes, frutos sazonados de la experiencia: no hay hombre sin hombre.
—Cierto es señor, que no hay hombre sin hombre, contestó Luciano; es esta una verdad que cada día confirman los hechos, como una gran lección de Dios, que así nos enseña la fraternidad cristiana. Yo os referiré otro suceso que confirma y prueba igualmente esta verdad; atendedme. Un joven tan noble como bondadoso, tan bizarro como tierno, había entrado a servir en un regimiento, en el que a poco fue querido de todos, pero en particular de su asistente, que era el mejor, el más honrado y más aventajado soldado del regimiento. Vivía aquel unido con otro alférez, su íntimo amigo y su pariente.
Aun no se habían hallado estos primos en ninguna acción, y ambos animados y llenos de aquel santo patriotismo que defiende su fe, su Rey, su país, su hogar y la independencia nacional, aguardaban con impaciencia esta ocasión de gloria.
El gran día , por el que con tanta impaciencia y entusiasmo anhelaban, era llegado. Batíanse ya las primeras filas, cuando recibió su compañía la orden de avanzar: así se ejecutó. El asistente, que no perdía de vista a su alférez, notó con zozobra la lívida palidez de su rostro, que denotaba una profunda emoción, y lo extraviado de su mirada que indicaba el trastorno de su mente; no obstante, seguía avanzando; pero al llegar al punto de la refriega, lo ve pararse, estremecerse;—¡a sus pies yacía en una laguna de sangre, desencajado el rostro por una dolorosa agonía, el cadáver de su primo!—La compañía seguía avanzando, y aquel joven permaneció inmóvil y petrificado ante el cadáver que a sus pies tenía.
El brigadier se había parado, y seguía con ávido y creciente interés el relato de su ayudante, fijos en él sus asombrados ojos.
—Ya en la confusión de la refriega, prosiguió el narrador, volvió el fiel asistente con imponderable angustia la vista. Su alférez ya no estaba allí, pero tampoco se hallaba entre los combatientes, el corazón del hombre leal y valiente se oprimió.—¡Se pierde! pensó con dolor; trastornado su ánimo juvenil y aun tierno por la pena y por el horror, una impresión del momento, un vértigo, se ha apoderado de él y ha subyugado su grande y noble corazón.—No lejos de allí había unas ruinas; el generoso asistente, guiado por el instinto de su corazón, corre hacia ellas; allí encuentra al que busca, llorando sobre el cadáver de su compañero.—¡Allí se baten!—le grita sacudiéndole por el brazo que le había agarrado como para despertarle de un letargo. El alférez despierta, se sacude, alza su caída cabeza, empuña la espada, corre como ebrio a lo más encarnizado de la pelea; se porta como un Cid, gana aquel día una cruz de honor; y llega con los años a ser uno de los jefes más bizarros y entendidos del ejército, Aquel joven, que el horror paralizó por un momento, era mi padre. Aquel leal amigo que por un brazo le sacó del precipicio en que iban a hundirse su vida y su honor… ¡erais vos!—Ya veis, señor, añadió el joven, por cuyas mejillas corrían abundantes lágrimas, echándose en los brazos del brigadier, ya veis cuán cierto es que no hay hombre sin hombre.
—¡Y tu padre te ha contado esto, que solo él y yo sabíamos! dijo el brigadier con voz trémula por la fuerza de su emoción; ¡oh, qué imperdonable imprudencia!…
—Decid más bien ¡qué gran lección dio a su hijo, repuso Luciano, enseñándole a desconfiar de sí propio, a menospreciar la arrogancia y a dar hereditario culto a la gratitud!

Capítulo 2

D. Claudio Fajardo pasaba por uno de los propietarios más ricos de aquella colonia. Era viudo y tenía tres hijos.

La mayor, que se llamaba Bibiana, había pasado de los treinta años sin haber amado a nadie, ni haber tenido pretendiente alguno para su mano. Lo primero consistía en tener Bibiana uno de esos egoísmos, que tan comunes se van haciendo, y que enfrían a la criatura para todo amor que no sea el de sí mismo: es esto sin duda un antídoto eficaz para las pasiones del corazón. ¡Lástima grande que el remedio sea peor que el mal! por la sencilla razón de que los daños del egoísmo no tienen cura. Lo segundo, esto es, permanecer soltera, consistía en que ninguno de los pretendientes que se habían presentado había satisfecho su altivo orgullo, que era el digno compañero que con el egoísmo formaba todo el ser moral de la hija mayor del señor de Fajardo. Fuese por indiferencia, dejadez o desdén, Bibiana rara vez se alteraba, y no sabía interesarse en nada ni por nadie. Las personas frías, o aquellas que guardan todo el calor que tienen para sus intereses individuales, suelen adquirir la fama de prudentes, reservadas y sensatas, formándose esta opinión sobre los efectos, y no sobre la causa que los produce. Así sucedía que Bibiana pasaba en su casa y fuera de ella por una mujer de madurez anticipada, de excelente carácter, de buenos sentimientos y de intachable conducta: ella admitía este incienso como merecido, y es dable que lo creyese así. ¿Quién se conoce?—Nadie. El amor propio pinta a gran parte de las criaturas lo negro blanco, como la cal de Morón.

Bibiana no era bonita: su tez era biliosa y no tenía frescura; sus marcadas facciones tenían algo de fuerte y de varonil poco ameno; en sus ojos negros había algo, no de altivo, sino de seco y descortés que repelía, y desde luego se notaba que aquella mujer no estaba satisfecha, no iluminando nunca su impasible rostro ni un rayo de satisfacción, ni un reflejo de contento interior, ni un destello de simpatía. Ella, que conocía su falta de belleza, no se curaba de su rostro, contentándose con alisar su cabello, y desdeñando todo peinado o tocado de cabeza. En cambio cuidaba con esmero de su talle, y siendo alta y bien formada, tomaba aires y porte de princesa con admirable propiedad.

El segundo de los hijos de D. Claudio, que se llamaba como su padre, era un inculto jibaro (así denominan allí a los campesinos), que pasaba su vida, o a caballo, o tendido en una hamaca, fumando y bebiendo café, ya en sus ingenios, ya en sus cafetales.

La tercera, que se llamaba Feliciana, era una niña bastante bonita, sin vicios ni virtudes, criada a su amor, y sin más ideas que aquellas que unas a otras se trasmiten las vacías cabezas de las niñas desocupadas y sin educación, sobre modas, sobre flores, sobre novios, y sobre chismes. ¡Qué no resultaría de semejantes entes superficiales, si no tuviesen las niñas de esta especie, que son muchas, dos grandes maestros en la vida, que son el amor de esposa y el amor de madre! Así vemos que niñas insufribles para todos los que no sean pollos, se hacen amantes y ejemplares madres de familia, las cuales dicen de corazón y enseñan a sus hijos la santa palabra de Dios que antes repetían como papagayos. Abolid, abolid la familia, vosotros que osáis apellidaros regeneradores, que con ella desaparecerán las virtudes religiosas, morales y sociales de que son la fuente, y que tan noblemente se oponen a vuestro desenfreno.

Pocos días después de la conversación que hemos referido en el anterior capítulo, tenía lugar esta otra entre las dos hermanas, que acabará de darlas a conocer:

—¿Con que, dijo la hermana mayor a la menor, decididamente has autorizado a Villareza para que te pida?

Villareza era un capitán del regimiento que mandaba el brigadier, y paisano suyo, y era novio de la interpelada.

—Sin hacerme de rogar sino lo necesario para dar valor a mi consentimiento, contestó esta: así, pues, aunque no tenga el tuyo, puede darse mi casamiento por hecho.

—O no, opinó Bibiana.

—¿Que no?… ¿Y por qué?

—Porque puede que el sí del padre, no sea tan fácil de conseguir como lo ha sido el de la hija.

—Pues ¿qué es lo que puede oponer padre a Villareza, que es español, que es tan bueno, y a quien su mismo jefe celebra tanto?¿Sobre qué fundaría su negativa?

—Sobre que no es más que un alférez poca ropa, un triste capitán.

—¿Y sería alegre por ser coronel? Preguntó con impaciencia Feliciana.

—Su boda, al menos, no sería una triste boda.

—Las bodas de los que bien se quieren, nunca son tristes, repuso Feliciana.

—Te aconsejo por tu bien y por el lustre de la familia, que no te cases, dijo en tono grave Bibiana. Cumplo con mi deber de hermana mayor aconsejándote que no insistas con poco seso en hacer un disparate.

—¿Para que me suceda lo que a ti, que te has quedado para vestir santos?

Prefiero vestir santos en mi esfera, a no descender de ella, repuso Bibiana: además, me parece que tú te apresuras más de lo que lo hace el tiempo en colocarme entre las solteras incasables.

—¡Con treinta y cinco años acuestas! exclamó la niña.

—Tengo treinta, repuso Bibiana; no tengo la mezquina vanidad de negar mi edad, como la tendrás tú en breve.

—Pues aparentas más, respondió Feliciana; será a causa de tanto estar soltera o impaciente de que no llegue un infante de España a sacarte del infeliz estado. Por mi estoy en que así que te mires esa cana sobre la sien, te arrepientes ya de no haberte casado con el cirujano mayor que estaba muy enamorado de tu dote. ¡Ojalá hubiese cargado con ambos, contigo y con el dote!

—De otra suerte hablabas, repuso Bibiana sin alterarse, en los momentos en que me necesitabas a tu cabecera, cuando estuviste tan mala; lo has olvidado, según parece.—No he olvidado que cuando agradecida te quise abrazar, pensando que iba a morir, me rechazaste por temor de que te pegase el mal.

—No era necesario abrazarte para cumplir con mis deberes de hermana.

—¡Deberes! ¡Deberes! Yo no agradezco nada de lo que se hace por deber.

—Y yo nada hago para que me lo agradezcan.

—Y lo logras.

—Pues si no agradeciste mis cuidados, menos agradecerás mis consejos, y me excuso de darlos, dijo Bibiana levantándose erguida y encaminándose hacia la puerta.

—Eso se llama un porte de Reina… dijo Feliciana, y añadió riéndose: ¡Reina sin vasallos! ¡Qué dolor! ¡Toda esa majestad en vano!

En aquel momento entró un negro y anunció al brigadier coronel del regimiento recién llegado.

—¿El viejo? exclamó Feliciana: por fin viene a esta casa que se le ofreció desde su llegada. Mira, Bibiana, ese Matusalén es un jefe, y por lo tanto, digno de tratar contigo de igual a igual. Ve de conquistar ese torreón, y serás coronela y brigadiera; te podrás poner galones en una manga y entorchados en la otra. Por lo que a mí hace, que voy a ser subalterna, me alejo respetuosamente de este estado mayor.

Diciendo esto, desapareció.

Capítulo 3

Tres meses después de esta primera visita en casa de don Claudio Fajardo, se hallaba el brigadier con Luciano en su despacho. El primero estaba preocupado; el segundo estaba triste.

Después de un rato de silencio, dijo el primero con algún embarazo al segundo:

—¿Qué te parece Bibiana Fajardo, Luciano?

—No me gusta, señor, contestó éste sin titubear, como si hubiese estado preparado a la pregunta.

—¿Y por qué? preguntó el brigadier.

—Por instinto, señor, contestó el interrogado.

—Atrevido es fijar nuestros juicios sobre semejante base, repuso el brigadier.

—No lo creáis, señor. El instinto es la vista del alma, la inspiración del corazón

—No se juzga a una persona por inspiraciones, Luciano, sino por hechos y por realidades.

—Tampoco, señor, se clasifica a una mujer como a un quinto.

—Convenido, hijo mío. Entre ambas apreciaciones hay un medio término, que es el que te debe servir para asentar tu opinión sensatamente. Bibiana Fajardo es una señorita de juicio: ¿no es verdad?

—Es la fama que tiene, y cierta será, si es favorable.

Tiene talento, prudencia y compostura.

—Todo el mundo le reconoce esas ventajas.

—Es buena hija.

—¿En qué lo ha demostrado?

—Su padre lo pregona.

—En ese caso, cierto será, repuso con una media sonrisa Luciano.

—Es amable, prosiguió el brigadier.

—Puede que con vos lo sea.

—¿Y por qué no sería amable con otros? y sí conmigo, que soy un hombre de edad, y que no soy ni petimetre ni galante?

—¡Oh, vos sois brigadier!

—Excelente recomendación para una muchacha, dijo riéndose el brigadier.

—La mejor para la que quiera ser brigadiera, repuso el ayudante.

—Luciano, dijo el brigadier, formula de una vez y claramente los motivos que te inducen a tener esa prevención contra una persona que no puedes dejar de conocer que me interesa.

—En ese caso debo callar.

—De ningún modo, cuando como prueba de amistad exijo de ti que no lo hagas.

—En ese caso, señor, os diré que esa mujer nunca me agradó; y ahora que he visto todos los hilos puestos en juego para haceros caer en el lazo, añado que me es antipática.

—¡Ella poner en juego hilos para formar un lazo!… Luciano, ¡qué poco conoces la nobleza y dignidad del carácter de Bibiana!

Si la araña urde su tela, es porque no tiene hilandera que la teja por ella; no es este el caso de la señorita de Fajardo, que tiene amigos que saben prevenir sus deseos, y más si les tiene cuenta. Tales son el cirujano mayor, que en un tiempo pretendió con poca fortuna la mano de Bibiana, y piensa ofrecer la de su hija a D. Claudio cuando casadas las suyas le pese la soledad; y el compañero de negocios del padre, que desea alejar a la hija, que es un perspicaz vigilante de sus intereses.

—Aunque esto fuese, nada probaría en disfavor de Bibiana.

—Lo que no le hace favor es no tener bajo su estrecho y emballenado corpiño un corazón que sienta y lata, y que en su lugar solo haya un absorbente egoísmo, exclamó el ayudante.

—Creo lo que dices un juicio aventurado, Luciano, repuso el brigadier; pero caso que fuese cierto, nadie, y yo menos que nadie, puede aspirar a hallar una mujer perfecta; y puesto que todas han de tener alguna falta, ¿crees tú que la del egoísmo sea una de las capitales? ¿Piensas que pueda sobrepujar en la balanza sobre otras mil buenas prendas esenciales? ¿Abrigas la persuasión de que no se pueda vivir feliz con una persona egoísta, aunque posea mil otras virtudes?

—Creo que nadie, y menos que nadie vos, respondió Luciano, puede hallar la felicidad unido a una persona orgullosa y egoísta. ¿Qué liga pueden hacer lo que atrae y lo que repele?… ¿Un corazón abierto como una iglesia, y otro cerrado como una cárcel? El egoísmo es un mal crónico que no sale a la cara, pero que no tiene cura y crece siempre. El egoísmo es la caja de Pandora, señor; son innumerables los males que de él proceden; y a su lado, bajo su estéril sombra, no puede florecer ninguna noble y generosa virtud.

—¡Cómo te exaltas, Luciano! dijo con bondadosa sonrisa el brigadier. Casi me hace sospechar tu inconcebible encono si habrá en todo esto, sin tú mismo conocerlo, algún despecho amoroso, algún despecho de joven al ver a una muchacha inclinarse a un anciano.

—Señor, repuso sentido Luciano, tengo veinticuatro años; desde que salí del colegio estoy por disposición de mi difunto padre a vuestro lado; ¿dónde, pues, habría aprendido la falsía que se necesita para hablar mal de aquello de que bien se piensa?

Poco tiempo después, era Bibiana la señora brigadiera Campos.

El cariño y los cuidados que tenía con su anciano marido, eran tanto más naturales y desembarazados, cuanto que eran sinceros, y que Bibiana se gloriaba de ellos.

Triunfaba del público, de sus hermanos y de sus compañeras, que habían predicho que el brigadier no se casaría; y triunfaba, sobre todo, de Luciano, cuya enérgica oposición al casamiento del brigadier no le había quedado oculta. Sabía que el ayudante, cuya adhesión a su jefe le era bien conocida, no la había creído capaz de apreciarle en lo que valía, ni de amarle como lo merecía, y hallaba un vanaglorioso placer en probar lo contrario. Nunca nombraba a su marido sin anteponer la tierna pero poco usada calificación de mí; para su Campos todos los elogios eran escasos; para su Campos todos los mimos y cuidados eran pocos. Sus más pequeños gustos eran estudiados y satisfechos por Bibiana, que era rica, con el mayor esmero, y sin reparar en gastos; a tal punto, que hubiera sido empachoso este perseverante sistema, a no haber recaído en un hombre tan bondadoso, a quien difícilmente había incomodado nunca la hostilidad, y al que por lo tanto nunca podía incomodar lo que dimanase de afecto.

Habíase establecido una extraña rivalidad de querer entre la mujer y el amigo del brigadier, los que no podían disimular su mutua antipatía. Bibiana sabía que tenía en Luciano un competidor en el afecto y aprecio de su marido. No podía disimularse a sí misma la nobleza, la altura y superioridad del cariño de Luciano, tanto más profundo y desinteresado cuanto que el ayudante pertenecía a una gran familia, y tenía parientes en la corte, harto más propios a poderlo proteger en su carrera que no aquel hombre modesto y sin conexiones, de influencia nula, y que nunca había sabido pedir ni para sí.

Luciano, por su lado, llegaba a veces a reprocharse el instinto que le llevaba a mirar con hastío y a graduar de moneda de moneda de poco valor intrínseco, aquellas ostensibles y recalcadas demostraciones de cariño con que Bibiana abrumaba a su marido; pero los esfuerzos de su razón no alcanzaban a vencer los instintos de su sentir, ni lograba que la franqueza de su carácter los disimulase.

Bibiana, que había adquirido, sin que lo pareciese, un gran ascendiente sobre su marido, intentó en vano alejar a Luciano, o al menos impedir que fuese su comensal. Su marido, que a todos sus deseos cedía por bondad y por cariño, en cosas que se rozasen con su honra, su lealtad o sus sentimientos, era inamovible como lo son las rocas, contra las que en vano se estrellarían todas las olas que pudiese levantar el mar.

Capítulo 4

En lo que sí pudo influir Bibiana fue en la determinación que tomó el Brigadier de hacer lo que nunca había hecho antes; escribir al ministro, que era un antiguo subalterno suyo, pidiendo su relevo y traslación a la Península. Era este el vehemente deseo de su mujer, así como el hacer escala en París. Por lo cual, algunos años después hallamos a Bibiana, a la sazón generala Campos, más feliz, más sobre sí y más orgullosa que nunca, en una tertulia de la corte, sentada en un sofá, siendo objeto de las atenciones de la señora de la casa, de los obsequios de algunos militares de graduación que hacía años conocían y apreciaban a su marido, y de la curiosidad de todos.

Bibiana, recién llegada de París, traía su cabello con la misma poco graciosa sencillez de siempre; vestía un traje alto de raso negro, estrictamente ceñido a sus buenas formas, con un rico cuello de encaje de Malinas; una gruesa cadena de oro caía sobre sus hombros y venía a sujetar un reloj en su cintura. No hablaba sino con personas escogidas, y tenía el arte de no mirar a nadie sino a las personas que conceptuaba dignas de esa merced, sin afectar por eso tener la vista distraída, ni fija en algún objeto indiferente.

Bibiana, que había visto desde su llegada el afecto y el respeto con que era tratado su marido, aumentado a la sazón por la notoriedad de sus relaciones de amistad con el ministro; Bibiana, que conocía igualmente que las deferentes atenciones que ella misma recibía eran debidas a ser la mujer del agasajado, se deshacía en ternura, y realzaba los elogios de su marido prodigando hasta la saciedad el indefectible mi: lo que las señoras hallaban muy tierno, pero de muy mal gusto.

Cuando entró en la tertulia el general acompañado de varios amigos, aunque al punto que entró fijó en su mujer sonriendo su benévola y cariñosa mirada, ella desde luego conoció que venía contrariado.

—¿Qué trae mi Campos? preguntó a uno de los antiguos compañeros de su marido que se había acercado a saludarla.

—Sus cosas, sus cosas, contestó el interrogado: el Ministro le quiere dar la Capitanía general de Madrid.

—¿Y bien? exclamó Bibiana, en cuyo poco expresivo semblante brilló como un fuego fatuo una ráfaga de ansioso orgullo.

—¡Y bien! no quiere admitir el cargo, contestó el amigo.

Las gruesas cejas de Bibiana se contrajeron con indecible desasosegado coraje: pero reprimiéndose instantáneamente, dijo con la mayor moderación:

—Sus razones tendrá; nunca hace cosa mi Campos que no sea inspirada por las más loables y honrosas causas.

Como muchas mujeres, comprendía Bibiana por instinto arcanos de fisiología y ardides diplomáticos que, expresados por Maquiavelo y por La Rochefoucauld, han dado tanto renombre a sus poco simpáticos autores. Comprendía por tanto que un pedestal, sea el que sea, alza a la persona colocada en él.

—Loable y honrosa es la modestia, pero si se exagera, llega a propia desconfianza y degenera, repuso el amigo. Señora, las virtudes exageradas pueden volverse defectos.

—Nunca he visto las de mi Campos llevadas hasta ese extremo, dijo Bibiana. ¿Y en qué se funda para negarse a admitir el honroso puesto que se le ofrece?

—En que ni el cargo es para él, ni él para el cargo: ¿lo concebís?

—El que así sea, no; pero que así lo piense él, sí, respondió Bibiana.

—En lugar de admitir, prosiguió el amigo, pide uno de los mandos que se van a dar en la división que se está organizando para ir a sofocar la rebelión de Cataluña; os debéis oponer a esto, señora, pues si se lo diesen, os tendríais que separar del marido que tanto amáis.

—¡Yo!… ¡Yo separarme de mi Campos! exclamó Bibiana con aquella tranquila sonrisa con que se afirma una cosa que no admite duda; no señor. Nunca lo he hecho desde que tengo la suerte de ser su mujer, y siempre le seguiré a todas partes; pero donde pueda necesitar de mis cuidados, con más motivo, aunque fuese vestida de vivandera.

—Sois el modelo de las buenas esposas, señora, dijo el amigo.

—No señor; él sí es el modelo de los esposos, como lo es de todo lo bueno. Para poder afirmar esto con la convicción con que lo afirmo yo, es necesario conocerle a fondo, vivir a su lado y en su intimidad, como mi buena suerte me lo ha proporcionado: solo así se puede apreciar en lo que vale ese mérito que oculta su modestia como las blancas nubes el esplendor del sol; esa honradez y buena fe quijotesca, si quijotesco es llevar las virtudes a su apogeo; esa caridad que no se contenta con socorrer con las manos, si el corazón no consagra con lágrimas el socorro; ese apego a las personas que le rodean, que toma todas las formas, la de protector, la de amigo, la de padre, y señaladamente la de esposo, en que las reúne todas; de manera que si el profundo cariño que le tengo no fuese de esposa, sería de agradecida.

—¡Esto es saber elogiar! dijo el amigo.

—No; es saber hacer justicia, dijo Bibiana.

—Debéis ser muy feliz.

—A tal punto, que no cambiaría mi suerte por la de mujer alguna, y que al lado de mi Campos preferiría una choza a un palacio en el que no le tuviese por compañero.

Bibiana sentía lo que decía; las chozas en hipótesis son otras que las chozas en realidad.

La persona a quien iban dirigidas estas palabras, que era tío de Luciano, dijo a este al separarse de Bibiana:

—Tu general, hijo mío, tiene una media naranja como una tortolita que arrulla cariñosamente con el sonoro dejito americano.

El franco semblante de Luciano se veló con una nube de disgusto o contrariedad, y no respondió.

—Noto que no te electriza este modelo de amor conyugal, prosiguió su tío; no te piache la generala, según parece.

—Ni es, ni parece; yo aprecio y venero cuanto pertenece al hombre a quien miro como a mi segundo padre, contestó Luciano.

Capítulo 5

Fácil es conjeturar los esfuerzos que haría Bibiana para disuadir a su marido de su propósito de ir al teatro de la guerra, y para determinarle a que aceptase el brillante puesto que le había sido ofrecido: esfuerzos tanto más francos y apremiantes, cuanto que en esta ocasión podían gastar el mismo lenguaje el interés del cariño y el interés de la ambición.

A la mañana siguiente, hallándose en el almuerzo discutiendo sobre este punto con su marido, entró Luciano.

Este, después de la salida del general de Puerto Rico, había pedido su traslación a la Península, y se hallaba con licencia en Madrid. Cuatro años habían pasado, y ahora unía Luciano al entusiasmo del joven la sensatez del hombre hecho.

Bibiana sintió al verle entrar la más violenta contrariedad. Un secreto instinto le decía que nunca estarían de acuerdo en aquello que concerniese al general, y una latente pulsación de la conciencia le murmuraba que el interés de Luciano por aquel que llamaba su segundo padre, era más puro, más noble y más lleno de abnegación que el suyo.

En breves palabras enteró el general a su joven amigo del asunto de que trataban, acabando por pedirle su parecer, o por mejor decir, su apoyo para el suyo. Luciano, empero, permaneció callado.

Bibiana, que no había hablado una palabra, sintió encenderse sus mejillas por el coraje al notar el silencio que guardaba Luciano.

—Quien calla, otorga, dijo con acerbo tono. La decantada amistad por vuestro segundo padre, como llamáis a mi marido, va hasta desear para él la muerte de los héroes.

¡Es claro! Para su infeliz y abandonada viuda sería esta muerte una desgracia sin consuelo. Vos que sois poeta, os consolaríais con componerle una elegía.

Luciano sentía hacia Bibiana tal desvío, separaba a sus almas tan inmensa distancia, que los tiros de sus ataques nunca le alcanzaban. Así es que contestó con la mayor sangre fría:

—Señora, creo la suerte de los militares tan eventual y tan rodeada de peligros en todas circunstancias, que me abstengo de aconsejar en lo que es ciertamente un juego de la suerte; pero no tengo por qué negar que si me diesen a escoger, preferiría figurar en la lucha de la espada y no en la de los partidos políticos. El general me enseñó desde niño que los militares no tienen sino un código: el del honor; y un solo manual: la ordenanza.

—¿Lo ves, Bibiana? exclamó el general.

—Veo, contestó esta, que se arrostran fácilmente las balas en cabeza ajena.

—Señora, repuso Luciano, mi primera súplica al general sería, y lo es desde ahora, la de que en caso de ir a la guerra me lleve consigo de ayudante.

El general miró a Luciano con su bondadosa y apacible mirada, y le alargó la mano.

—¡Desgraciada la mujer, dijo Bibiana en tono que quiso hacer melancólico, pero que solo fue áspero y desabrido; desgraciada la mujer que halla interpuesta entre sí y el marido a quien ama, la influencia de una persona extraña!… y ¿con qué derecho? ¿Con el que puede prestar la amistad? Y ¿qué es la amistad para querer competir con el cariño de esposa? cariño tan profundo, tan entretejido en la vida, tan único, tan absoluto, que a su lado son todos los demás como la luciérnaga comparada con esa estrella, que es a la vez Venus y Véspero, la estrella de la mañana y la estrella de la tarde, para el hombre.

—¡Qué injusta eres! exclamó con dolor el general Campos. ¡Perdona, Luciano!

—Señor, no me quejo, ni me puedo quejar de una injusticia que es solo debida al cariño que os profesa la generala. El exclusivismo es, según veo, la órbita de aquella estrella.

El general salió con Luciano y fue al Ministerio a pretender el mando que apetecía, y a pedir se le nombrase a Luciano por ayudante.

—No quiero rehusar un puesto sin pedir otro, dijo a Luciano, para que nunca se puedan interpretar de un modo desfavorable las causas que me llevan a no admitir el primero.

—Os comprendo, señor, repuso Luciano; nada hay más lógico y más consecuente que el recto sentir.

Y no obstante, cuando salió don Agustín Campos de casa del ministro, era capitán general de Madrid; y cuando Luciano le demostró su sorpresa, el general le contestó en voz queda:—«Mañana estalla una revolución en Madrid.» —Luciano calló.—La renuncia no era posible.

Bibiana recibió la noticia de la aceptación de su marido y de su desistimiento de la ida a Cataluña, con un alborozo y un aire de triunfo que enternecieron al general, que vio en ellos sólo el contento de la buena esposa, tanto como chocaron a Luciano, que vio en ellos solo la vanagloria y el orgullo satisfechos.

Capítulo 6

Lo que se había anunciado, se verificó a los pocos días. La población de Madrid, encerrada en sus casas, oía con angustia y horror el toque de los tambores, el galope de los caballos, las descargas de fusilería y artillería, y veía todo ese lúgubre y atroz aparato que levantan las pasiones de los hombres en este siglo que se precia de culto, de humanitario y de progresista en sus instituciones.

El capitán general, teniendo a su lado a Luciano, daba acertadas disposiciones, y se veía siempre en donde era mayor el peligro.

La rebelión había sido vencida; solo un numeroso grupo resistía aún. El general, para evitar la efusión de sangre, mandó hacer alto a sus tropas, y dio unos pasos adelante para proponer a los amotinados la rendición. Uno de estos se adelantó y apuntó su fusil al general. Luciano, cual el rayo, se echó sobre el villano, y aunque no pudo impedir el disparo, desvió su dirección, y el general recibió en la rodilla el tiro destinado a su pecho. Las balas silbaron cual fantásticos áspides alrededor de Luciano: pero ninguna le tocó, como si la suerte hubiera querido premiar su bella acción.

Cuando Bibiana vio entrar en parihuelas a su marido, las muestras de su dolor y de su asombro fueron imponderables. Día y noche veló a su cabecera con completa abnegación, sin permitir que nadie la relevase por un momento en su incansable asistencia; no se cuidaba de su alimento ni de su vestir, ni aun apenas de las personas que se apresuraban a tributar homenajes al héroe de aquel memorable día, contándose entre estas las más notables de la corte.

Hasta el tercer día no recobró el herido el conocimiento: quedose algunos momentos callado, y como si la luz de su memoria fuese poco a poco despabilándose y alumbrando sus recuerdos. De pronto exclamó:

—¿Y Luciano?

—Aquí estoy, contestó este acercándose con pasos quedos y reprimiendo su emoción.

—Cedo el puesto, dijo Bibiana apartándose de la cabecera de la cama.

—¡Bibiana, hija mía, le debo la vida! exclamó el paciente.

¡A él sí!… a mí no me debes nada, replicó Bibiana, con esa propiedad que tiene el egoísmo de anteponer lo propio a lo ajeno en todas las circunstancias de la vida.

—Señor, observó Luciano, a los asiduos y esmerados cuidados de la generala es a los que se debe la conservación de vuestra preciosa vida.

El paciente hizo a ambos seña de que se acercasen a él, y tomando en las suyas una mano de Bibiana y otra de Luciano, las unió y dijo enternecido:

—Sois los dos ángeles de mi vida; y puesto que me amáis, amaos por amor mío. Confiesa tú, Bibiana, que hay amistades que no necesitan, para ser tipos de cariño y de abnegación, de los vínculos de la sangre, ni tampoco que los enaltezca y arraigue un sagrado lazo; y tú, Luciano, conoce que el apego de una mujer propia es bien sincero y profundo, cuando se siente y demuestra como lo hace el de Bibiana.

—Bástame, dijo esta, con que tú reconozcas mi cariño; en cuanto a mí, estoy tan exclusivamente satisfecha con el tuyo y con el que te tengo, que no cabe en mí otro sentimiento alguno.

Diciendo estas palabras, se alejó.

Entonces Luciano se echó al cuello del general, y murmuró en su oído:

—Padre mío, con nada puedo pagar la deuda del que me la dejó en respetada herencia.

A medida que el general se iba restableciendo, Luciano se iba retirando de su casa, fuese a causa del desvío cada día más marcado de Bibiana hacia él, o del que, justa o injustamente, sentía Luciano hacia ella. Sucedió, pues, que el excelente general vio con dolor que se apartaba de su intimidad. En vano buscó Bibiana los medios de indemnizarle de esta para ella tan grata pérdida; en vano reunió en torno del convaleciente su más apetecible sociedad, esto es, sus antiguos compañeros de armas. Nada bastó para consolarle de la ausencia de aquel que miraba como su hijo. Era por cierto extraña, aunque no única en su género, la triste situación en que las rivalidades de dos tan distintos cariños ponían al pobre general, que era tan pacífico, tan confiado, tan tolerante. Atormentar por amor, era para él una faz incomprensible de este sentimiento que para él y en él era todo dulzura, condescendencia y abnegación.

Un día entró Luciano con paso acelerado y demudado semblante.

—Estáis depuesto, dijo al general.

—¡Depuesto! exclamó con tanta indignación como asombro Bibiana.

—Mucho lo celebro, hijo mío, dijo el general.

—Es que estáis desterrado, prosiguió Luciano.

—¿Desterrado? exclamaron a un mismo tiempo, el general con dolorosa sorpresa, y Bibiana con pálidos y trémulos labios.

—Así es: el partido contrario ha triunfado en otro terreno. El ministerio ha caído, y con él todos sus adictos, sin consideración a sus méritos y servicios.

—Yo no era adicto a partido alguno, dijo el general.

—Pero erais amigo del ministro, repuso Luciano.

—Y a mucha honra, exclamó el honrado anciano. ¿Y esto me hace reo político?

—Ya lo estáis viendo, señor.

—¿Debí acaso rehusar un puesto en el que había peligro? Esto no era solo contra la disciplina: era contra la honra.

—Decís bien; mas esto no alza vuestro destierro. Os enviaban a Palma; mi tío ha conseguido, a instancias mías, que se os señale para cuartel Hinojosa, que es vuestro pueblo.

—¡Cuánto se lo agradezco, Luciano! le dijo el general.

—¡A Hinojosa!… ¡Un villorro cerril en el riñón de Extremadura! exclamó Bibiana; ¡asombroso trueque!… ¡Agradecidos debemos estaros! ¿Quién os sugirió tan peregrina idea?

—El deseo de complacerme, y ha acertado, respondió a esta pregunta el general.

—En lo que te complace, repuso con disimulada amargura su mujer, parece que poco tomas en cuenta lo que pueda complacerme a mí.

—Nunca pudiéramos pensar ni Luciano ni yo, dijo el general, que pudieses preferir a mi pueblo otro que te fuese igualmente desconocido.

—El señor, replicó Bibiana, que no es ni tan anciano, ni tan modesto, ni tan… oscuro como tú, por demás pudo pensarlo.

El general levantó la cabeza, miró sorprendido a su mujer, y no contestó.

—Señora, exclamó Luciano, ¿cómo había yo de figurarme que para un destierro que necesariamente ha de ser corto, no eligieseis el pueblo de vuestro marido en la Península, que lo es igualmente de vuestro cuñado, donde está establecido con vuestra hermana?

—No había de elegir para mi residencia un pueblo de campo, porque vivan en él oscuros parientes de mi marido, a los cuales no conozco, y de los que quizás apenas se acuerde Campos; ni había de querer habitar un mal pueblo a causa de estar condenada a vivir en él una hermana descastada, con la que no me trato por haber casado a disgusto mío.

—Voy a ver a mi tío para que rectifique la instancia, dijo Luciano tomando su sombrero.

—De modo alguno, exclamó el general.

—¿Por qué? preguntó impaciente Bibiana.

—Lo uno, porque nada quiero pedir, contestó su marido; lo otro, porque esta segunda petición después de la primera, sería ridícula; pero si tanta oposición sientes a venir a Hinojosa, añadió con bondad, permanece en Madrid, hija mía. Mi destierro no puede ser largo, y levantado que sea, volveré a tu lado.

Bibiana vaciló un instante; pero creyendo notar una imperceptible sonrisa en los labios de Luciano, contestó con solemnidad:

—Verdad es que mi permanencia aquí podría serte útil; pero no: ¡nada, ni nadie nos separará nunca, sino la muerte!

Dos días después partieron el general y su señora, sin que hubiese consentido este que la herida en la pierna, que no estaba aún del todo curada, le sirviese, como era justo, de motivo para diferir el viaje.

Capítulo 7

Hinojosa es un pueblo de Extremadura, grande, tranquilo y triste, asentado en una llanura; sus horizontes los forman montes que lo encierran en su llano y hacen difíciles todas las comunicaciones. Apartado de las pocas carreteras que cruzan a España, puede que deba su sosiego a su aislamiento.

Al salir de una dehesa de encinas, se atraviesa un llano o prado, en el que en verano se disponen las eras, y se llega a una gran cruz de piedra que sobre su frente lleva el pueblo en señal de cristiano: álzase sobre gradas, que sirven de asiento a los paseantes. A la entrada. del pueblo se ve el pilar de la abundante fuente, a la que van las mujeres por agua: ocupación que da siempre un aire patriarcal a los pueblos que escapan del sacudimiento de lo que llaman adelantos.

En una de las calles del pueblo, nombrada Corredera de San Diego, se veía una casa de poca apariencia, y de un solo piso como lo son todas. Sobre la puerta tenía unas grandes armas, toscamente esculpidas, y que cubría por partes una capa de ese verdín o musgo negro y amarillo, que crean unidos el tiempo y la intemperie.

Entrábase en esta casa por un vasto zaguán, el cual a ambos lados tenía grandes puertas que comunicaban a dos salas, las que no se abrían sino en las grandes solemnidades de la vida humana, esto es, cuando acontecía un nacimiento, una boda o un entierro:—tres divisiones de la vida del hombre, principio, objeto y fin, que tan solemnes son, y en las que llama éste a la religión para que las presida, aun cuando en otras ocasiones la olvide.

Al frente del zaguán había otra puerta, por la que se entraba en una gran pieza denominada cuerpo de casa, que al frente tenía otra que daba a una rústica galería o techadizo, el cual precedía a un espacioso corral en que estaban las cuadras, la tahona, el horno, los pajares: en fin, las oficinas todas de la labor, con entrada separada.

A ambos lados de esta puerta, en el cuerpo de casa, había dos grandes piezas; era una la cocina de los señores, y la otra la de los criados. En la primera, en la que no se guisaba, y que más propiamente se hubiera podido llamar comedor, había una enorme chimenea, cuya campana ocupaba todo el testero; ardía en ella de continuo en invierno un fuego magno, en el que se echaban árboles enteros.—A ambos lados había, arrimadas a las paredes laterales, tarimas cubiertas de cojines de lana, que serían tan admitidas y elegantes como lo son en las ciudades modernizadas las banquetas, si en lugar de la de tarimas, llevasen aquella elegante denominación. En huecos practicados en la pared, nombrados vasares, había colocados en simetría grandes cántaros llenos de agua, con exquisito aseo; sobre estos, en tablas, se ostentaba bien dispuesta una colección de búcaros de Salvatierra, de diferentes tamaños y hechuras.

En la embaldosada cocina de los criados estaba el tráfago de la casa y una escalera de piedra que subía a los doblados, esto es, a los graneros y desvanes, que se hallaban entre el tejado y los techos de las habitaciones. A ambos lados del cuerpo de casa daban las puertas de las salas y alcobas, que tenían ventanas, unas a un jardín, las otras a un huertecito, en los que se criaban flores, yerbas medicinales y las legumbres más precisas. Estas habitaciones interiores que comunicaban con las salas, tenían en sus ventanas cristales, mientras que las de las salas que daban a la calle tenían encerados. Consistía esto en que las mal inclinadas esperanzas de la Patria, esto es, la generación que ha de suceder a la actual, había jurado odio mortal y exterminio a los cristales; la muchachería, pues, que ha sido soberana antes de ahora, se había amotinado contra los cristales, y había triunfado sin barricadas, con su acostumbrado proyectil.

En la cocina de los señores, que hemos descrito, se veía una tarde sentada cómodamente ante el fuego en una excelente butaca americana, a una mujer joven, primorosa, pero sencillamente vestida. Tenía en brazos un hermoso niño al cual criaba; una negra, sentada en el suelo, se ocupaba en arreglar los preciosos rizos de una niña de tres años, y un muchacho de cinco corría hacia la puerta al encuentro de un hombre joven. Vestía éste un traje de fino atezado de ciervo, que consistía en una chaqueta y unas calzonas que caían sobre unas polainas de lo mismo.

—Taita, Taita, ¿y Cimarrón?

—¿Pues qué, no ha entrado? respondió el cazador, que dio un silbido, precipitándose en seguida en la cocina un hermoso perro de caza, hacia el cual, después de besar la mano a su padre corrió el niño, poniéndose ambos, el perro y el niño, a acariciarse mutuamente. La niña de los rizos se desprendió de las negras manos que la retenían, y corrió hacia el cazador, que la recibió en sus brazos, y la criatura que mamaba soltó el pecho para sonreírle.

—Una liebre y dos perdices te traigo, Feliciana, dijo el cazador, dirigiéndose a la joven sentada en la butaca.

—Y yo en cambio te aguardo para darte una noticia tan grande y sorprendente como inesperada.

—Si es de política, guárdala y échale llave.

—¿Me ocupo yo de política? Es una noticia de familia, muy grata.

—¿Que han salido bien hechos los chorizos?

—Nada de cosas de comida, glotón; es cosa de más monta; es que vienen aquí mi hermana Bibiana y el general.

—¡Qué me cuentas!… ¿Te lo ha escrito ella?

—No: ella se acuerda poco de mí, y no ha contestado a mi carta en que le preguntaba por su marido cuando lo hirieron. Lo ha dicho el primo del general, el tío Miguel, a quien se lo ha escrito encargándole casa.

—¡Tu hermana la parisiense, la capitana generala de la corte… en Hinojosa! ¿Cómo es eso?

—Parece, que al general no sólo le han depuesto, sino desterrado.

—¿Al general Campos?

—Al mismo.

—No puede ser.

—Puede ser, puesto que es. ¡Ay, Pepe, qué de gracias tenemos que dar a Dios mis hijos y yo, de que te retirases del servicio!

—Tú lo quisiste; tú deseaste que se asegurase en fincas tu caudal.

—No el mío, Pepe: el nuestro, el de nuestros hijos. No te habrá pesado, pues has tenido tan buena mano, que has aumentado el patrimonio de tus hijos, y que vives aquí en tu pueblo, entre los tuyos, feliz, contento y tranquilo.

—No me ha pesado, no, y tú has contribuido a ello, haciéndome grata nuestra posición porque a ti te lo era. ¡Cuánto mejor es esto que no invertir uno su patrimonio en vana pompa, como lo ha hecho tu hermana! que tanto se preciaba de razón y de superioridad!

—Como no tiene hijos… dijo disculpando a la acusada, su hermana.

—Tampoco los deseaba.

—Eso lo diría para ocultar su desconsuelo a su buen marido.

—Te engañas, Feliciana. El egoísmo en su apogeo no quiere sino a su propio individuo; no ama a padres, marido ni hijos.

—No seas injusto: Bibiana quería a Campos.

—Quería al general que la hacía generala.

—Amaba a padre.

—Amaba en él su dinero. Si hubiese quebrado, puede que ese decantado amor hubiese descendido a la más completa indiferencia.

—¡Qué cosa tan fea estás diciendo! exclamó Feliciana en tono de reconvención.

—Lo que no impide que sea una verdad como un Evangelio.

—Nunca has querido tú a Bibiana.

—Esa es una verdad como una Epístola: no he hecho más que pagarla en la misma moneda.

—Niñada mía fue repetirte que se oponía a nuestro casamiento.

—Y ahora que eres mujer, ¿serías más disimulada?

—No; pero sería más prudente.

—Para recibir a tu gran señora de hermana, dijo Villareza recostado en la tarima y calentándose los pies en la hermosa candelada, espero que te quitarás ese vestido de percal catalán, y ese pañuelo de la India que llevas al cuello; pues aunque por cierto te sientan muy bien, es necesario que te pongas corsé, vestido de seda, cuello de encaje, adorno en la cabeza…

Feliciana interrumpió a su marido con una alegre carcajada, y exclamó:

—¿Te estás burlando? ¿Criando… corsé? ¿Para ver a mi hermana, sacar mis descoloridas y ajadas galas? Ya soy vieja para moños.

—Ya verás cómo se presentará ella, dijo el marido.

—Ella es esclava de su alta posición y del gran mundo en que vive. Yo, hijo mío, soy libre en mi tranquilo círculo, independiente en mi dulce vida privada.

—¡Tanto clamar por la libertad! dijo alegre Villareza, y quien menos la aclama, más la disfruta. Pero ello es que cuando nos vea su excelencia pensará: «¡qué gansos!»

—Sí, repuso Feliciana; pero cuando nos trate pensará: «¡qué felices!»

La conversación fue interrumpida por la madre de Villareza, que era viva, dispuesta, buena y algo gansa, y que entró diciendo:

—Vamos a merendar, hijos: tú, Feliciana, que es necesario te alimentes para satisfacer las agallas de ese robusto extremeño. Tú, hijo, que has estado cazando, y traerás la comida en los talones: y estos niños, que tienen movimiento y apetito perpetuo.

—Madre abuela, dijo el niño, Cimarrón también tiene hambre.

—Pues comerá, hijo mío, repuso la abuela. En la casa que Dios bendice, hay para todos: para sus dueños, sus allegados, sus criados, para los pobres y para los animales de Dios.

Capítulo 8

Poco tiempo después llegaron el general y su mujer a Hinojosa. Esta última venía tan en extremo displicente, que ni aun deseos demostró de disimular su displicencia. No notó ni quiso notar el completo cambio de su hermana, aquella niña mal criada y voluntariosa; cambio que habían producido, sobre un buen fondo, los años, la suave y buena dirección de un marido de talento y buen juicio, y el amor a sus hijos. Así sucedió que la cordial acogida que recibió de Feliciana, fue fríamente rechazada. En cuanto a los parientes de su marido, a los que el excelente hombre recibió con los brazos abiertos, tuvo el dolor de verlos recibidos por ella con tal desvío y altivez, que siendo el pundonor tan susceptible y arrogante en el pueblo español, ninguno de ellos volvió a pisar la casa de la parienta, que parecía menospreciar su trato. El general reconvino con su natural bondad a su mujer; pero no solo fueron desatendidas sus observaciones, sino agriamente combatidas, opinando ella que los deberes de la mujer podían obligar a la que cumplía estrictamente con ellos a seguir a su marido a un villorro, pero que no se extendían a obligarla a vivir en la intimidad de toda una soez parentela.

El general extrañó la proposición, y aun más el tono perentorio, seco y arbitrario con que fue emitida. Sus respectivas posiciones se habían trocado de repente, y sin transición. Del hombre tan encumbrado por su mujer, no quedaba ya sino un inválido, apartado del mando; un desterrado, sin salud, nervio, medios ni voluntad para reconquistar su posición; una hoja de servicios brillante, pero inútil, y una excelencia sin pedestal. Sucedía, pues, que el hombre inútil para su ambición y su enaltecimiento, había caído de un golpe de la cumbre de la adulación a la sima del desprecio. El egoísmo, que no se abrigaba ya bajo el manto del amor conyugal, aparecía en su acerba y brutal desnudez. El general, a pesar de su falta de mundo, y de su carácter sencillo y bondadoso, entrevió la verdad que tan patente y ostensiblemente se le mostraba; pero cerró los ojos para no ver.

Bibiana se dignó, pasado algún tiempo, devolver las visitas a las pocas personas notables del pueblo que la habían ido a ver, y en esta ocasión se hacía indispensable ir a casa de su hermana. Ataviose, pues, como lo hubiera hecho en la corte en igual ocasión de hacer visitas. Vestía sobre su emballenado corsé un rico traje de seda, hecho en París y guarnecido desde el cuello hasta el fin de la falda de riquísimos adornos de pasamanería y graciosos caireles; cuello y mangas de un precio fabuloso, y velo de encaje; y sólo había omitido las joyas, que en aquellas circunstancias la hubiesen puesto en ridículo. El general, que andaba con suma dificultad, la acompañó, no apoyado en el brazo de ella, sino en el de su asistente. Cuando llegaron a casa de Villareza, la madre de éste quiso llevarlos a la sala; pero su hijo y su nuera, que estaban, como solían, en la pieza llamada cocina, rodeados de sus hijos, quisieron recibirlos allí.

Bibiana entró con su consabido aire de reina. Feliciana se levantó para ofrecerle su butaca; pero ella no quiso admitirla, y se sentó en una silla, después de haberla sacudido con su rico pañuelo de olán y de encaje.

—Señora, le dijo picada la madre de Villareza, que era una extremeña muy viva y aseada; aquí todo podrá ser tosco, pero todo está limpio.

—Difícil es eso en una cocina, repuso Bibiana: y si no, ved, añadió señalando con el pie unas cáscaras de castaña que sobre la silla había puesto el niño.

—Villareza, dijo el general para cortar la contienda, no recordaba bien vuestra casa, pero por las armas la conocí.

Esta observación que ponía en relieve la nobleza del marido de su hermana, en ocasión en que se veía rodeada de la plebeya parentela de su marido, mortificó en sumo grado el orgullo de Bibiana, que dijo en desquite:

—Esas armas tan grandes al frente de esta casa tan chica y mezquina, me recuerdan un letrero que pusieron en la grandiosa portada erigida por su dueño en una pequeñísima finca, y fue este: compra huerta o vende puerta.

Las armas no aluden a la casa, señora, dijo Villareza; aluden a la familia.

—Y esa merece todo lo grande, intervino el general; aún recuerdo el refranete que corría en boca del pueblo:

Los señores de Villareza, Chico caudal y grande nobleza.

—La nobleza la tienen ellos más aún en el corazón que en la sangre, que es lo que importa, añadió Feliciana.

Un fuerte grito de Bibiana, que fue el de ¡aparta! sobrecogió a todos, pero principalmente al niño, que admirado de la guarnición, y en particular de los caireles que adornaban el vestido de su tía, había ido poco a poco acercándose a ella, hasta tomar con la mano, en que poco antes tenía la castaña, uno de los caireles: lo que notado por su dueña le había arrancado aquel grito de indignación.

El angelito dio una huida atrás, se puso muy encendido, y puesta su manita sobre el lado izquierdo del pecho, se refugió al lado de su madre, a la que dijo:

—¡Jesús… Madre! ¡Qué aparta! Hasta el corazón me se menea.

Su madre lo cogió en sus brazos riendo, besándolo y chillándolo.

—¡Chillar una travesura a un niño! dijo con amarga sonrisa Bibiana; educación modelo!… como de y para Hinojosa.

—No es la travesura, es la gracia, repuso su abuela.

—¿Y no sabe otras? preguntó con la misma sonrisa Bibiana.

—Sí sabe, contestó su madre; sabe cantar. Canta, hijo mío, para que te oigan tus tíos.

El niño se encogió de hombros, y sin dejar de apoyarse en la butaca, pasó a un lado, en el que mirando a la lumbre permaneció callado.

—Déjenle ustedes, dijo el general; los pájaros y los niños cantan solo cuando quieren, no comprenden el canto, sino con la alegría que lo inspira.

—No solo el cantar, sino todo, lo hacen los niños consentidos, por su voluntad, Y no por obediencia, opinó Bibiana.

—Canta, Paco, le dijo su padre, en tono suave, pero decidido.

El angelito miró a su madre con cara triste; esta se sonrió con cariño, lo cogió de un brazo, lo trajo al frente de ella y le dijo:

—Canta, hijo mío, que lo manda padre.

El niño con la cara enfurruñada, cantó con bien entonada vocecita:

La mañana de San Juan
llevé mi caballo al mar;
mientras mi caballo bebe
echó mi niña un cantar.
Dicen la aves del campo
que se ponen a escuchar
mientras que canta la niña:
«¡Qué serenito está el mar!»

—¡Qué preciosa vocecita tiene! dijo el general; ¡qué gracioso, y, lo que vale aún más, qué obediente es!—Ven, ángel mío, que te acaricie; voy a mandar por un sablecito para regalártelo.

—Ahora, dijo la madre, que estaba tan hueca y satisfecha como lo hubiese podido estar la madre de Rubini oyendo cantar a su hijo, ahora dirá con Mariquita la relación que ha aprendido en la amiga, para que vean que ella también es obediente.

La niña, que no era corta, y sí dócil, se puso en pie delante de su madre, que hacía de apuntador, y dijo sin acabar de pronunciar algunas palabras, y desfigurando otras con esa dulce algarabía de los niños, que comprenden las personas que los aman:

¿Quién era aquella Señora
Que por la sierra venia?
Era la Virgen María
que traía un niño en brazos;
abierto por los costados,
agua y sangre le corría.
¿Con qué lo limpia María?
Con su pañuelo bordado.
En llegando San Miguel
con su espada y su broquel,
su plumero de colores,
pregunta por los pastores:
estos van de romería.
Santa Ana parió a María,
y María parió a Dios:
diga usté, ¿cual de las dos
parió con más alegría?
Unos dicen que Santa Ana,
y otros dicen que María.

Con la última palabra de la relación se puso Bibiana en pie.

—Vámonos, Campos, dijo. No tenemos tiempo de entretenernos oyendo relaciones de niños, tenemos que ir a otras casas, y aquí se come elegantemente a la una en todas partes.

—En cada país hay sus usos, replicó el general; a mí me gusta comer temprano. Las cenas que ahora se llaman comidas, no me caen bien; pero a Bibiana le gustan!…

Apenas se hubieron ido, exclamó la madre de Villareza:

—¡Jesús, y qué manojo de abulagas! ¡Feliciana! ¡mentira parece que sean ustedes hermanas!

—Las desgracias agrian repuso esta.

—A los soberbios, añadió su marido; ve cómo no está agriado el general.

—Ese es angelical, repuso Feliciana.

—Sí, sí, opinó su suegra; se conoce que a él se le caen los calzones de hombre de bien; pero… ella!… ella, hija mía, está con un pie aquí y otro en el infierno.

Capítulo 9

Varios meses habían pasado. Volvía la primavera, Hebe de la naturaleza, con todas sus alegrías, que encantan, resplandecen, embalsaman y vivifican los días, y que quitan a las noches su lobreguez. El cielo sacudía sus nubes como la pura fe sus dudas; el viento trocaba sus tristes amenazas en suaves arrullos, y el hombre veía brotar, verdes como la esperanza, las mieses que sembrara repitiendo la oración que su mismo Criador le enseñó:—Danos, señor, el pan nuestro de cada día. Era una noche callada y de calma: la luna, en su lleno, no resplandecía, pero alumbraba, como lo hace en nuestra mente el buen sentido. Esparcíase su modesta luz perpendicularmente sobre el llano en que se extiende Hinojosa, que aparecía como el rodezno de una enorme rueda en el centro del llano.

Dirigíase hacia ella un viajero joven con su guía. Este viajero era Luciano Encina, en cuyo semblante resplandecía uno de esos goces que buscan su complemento en que otros participen de ellos.

Apenas hubo llegado al mesón, y entregado su caballería, cuando tomó las señas y se dirigió a la casa del general.

Sentada estaba Bibiana a una mesa de tresillo, en la que la acompañaban con el debido respeto algunos individuos de la numerosa falange de administradores que pululan en toda la Península, donde no hay pueblo, por insignificante, que sea, en que no se encuentren. Dignábase censurar ásperamente una jugada del más torpe de ellos, cuando con sorpresa vio entrar al antiguo ayudante del general.—Nunca su tedio hacia el consagrado amigo de su marido fue más violento en su corazón ni más patente en su semblante; nunca exaltó más el despecho que contra él sentía su mala conciencia.

—¿Usted por acá?—Con esta frase, desabridamente pronunciada, correspondió la dueña de la casa al saludo de Luciano.

—Sí señora, contestó este, y es porque tengo que hablar con el general; pero no le veo.

—No es extraño, repuso mezclando los naipes Bibiana; mi sociedad no le agrada tanto como la de mi hermana, en cuya casa pasan su vida.

Luciano disimuló una desdeñosa y amarga sonrisa, y salió para inquirir de los criados las señas de la casa de Feliciana; pero lo que supo fue que el general ya hacía mucho tiempo que había vuelto de allí, y que se hallaba en su aposento.

Luciano corrió apresuradamente hacia la habitación que le indicaron; abrió la puerta y se precipitó en ella; pero al entrar se quedó inmóvil al ver el cuadro que se le presentaba. Sentado el general en aquel desnudo y desabrigado albergue sobre una tosca silla, desprovisto hasta de la más sencilla y usual comodidad, tenía extendida sobre un banquillo una pierna horrorosamente hinchada y cubierta de llagas, sobre las que, con buena voluntad y torpe mano, aplicaba parches y ceñía vendajes su fiel asistente. Había adelgazado el anciano en tales términos, que su pierna abultaba más que su cuerpo; su semblante estaba de tal manera caído, marchito y doliente, que Luciano creyó ver en estos estragos los precursores de una cercana muerte. Su corazón se oprimió; su sobresalto le impidió moverse ni pronunciar una palabra.

—¡Luciano! ¡hijo! exclamó con alborozo el general abriendo los brazos.

Luciano se echó en ellos, y permaneció con el rostro oculto sobre el hombro de aquel que amaba como a padre, dando libre curso a sus lágrimas.

—Porqué lloras, hijo mío? dijo con paternal y bondadosa voz el anciano.

—De alegría, señor, repuso Luciano incorporándose y haciendo por sonreír; vengo a deciros que está levantado vuestro destierro, y que podéis volver a Madrid.

—¿Se lo has dicho a Bibiana?

Esta pregunta fue la expresión del efecto que produjo en el general la inesperada nueva que le traía Luciano.

—No, señor, respondió el interrogado; no he hecho más que llegar y buscaros.

—Avisa a la señora que deseo verla, para comunicarle una noticia que le será grata, mandó el general al asistente, que salió a cumplir su cometido.

—Señor, dijo Luciano cuando estuvieron solos, ¿cómo se ha exacerbado vuestra herida hasta el punto de poneros en el estado en que os encuentro?

—Los fríos, hijo mío; la vida sedentaria a que no estoy acostumbrado.

—Unidos a la falta de cuidados y de asistencia para prevenir estos malos efectos, le interrumpió con dolor Luciano. ¿Quién os asiste?

—El cirujano de aquí, respondió el general, y creo que no es muy diestro.

—!Y qué! ¿no se ha mandado a la próxima capital por un profesor consumado en su ciencia? exclamó Luciano.

—No ha querido, dijo al entrar en el cuarto Bibiana, que había oído la pregunta de Luciano: los señores de la edad de Campos, se hacen tercos, y no escuchan consejos.

El mí había quedado suprimido, lo cual, después de lo que había visto, no pudo sorprender a Luciano, que exclamó con amargo dolor:

—Señora, estas cosas se hacen sin el consentimiento del paciente.

—Nunca he hecho yo nada sin consentimiento de mi marido, repuso en tono de severa dignidad Bibiana; un celo exagerado solo sirve para contrariar a un enfermo.

Luciano, cuya sangre hervía de indignación, iba a contestar; pero el excelente general le previno diciendo:

—Dice bien Bibiana, hijo mío; no he querido dar más importancia a mi dolencia de la. que realmente tiene. Sabes que no soy aprensivo, y que por el contrario soy enemigo de andar con médicos y botica; y mira que si tanta importancia das a este mi padecer, que la sola primavera con su suave aliento curará, me vas a infundir aprensión.

—No me pesará, si esto contribuye a que os pongáis finalmente en cura, repuso Luciano.

—Me alegraré que consigáis vos lo que no he podido conseguir yo, dijo Bibiana; pero a todo esto, ¿cuál es el motivo porque se me ha obligado a dejar mi partida? ¿Es para oír al señor censurar sin datos, y solo movido por el afán de ostentar un celo y un interés por tu salud, superior a todos los demás, oírle, digo, condenar el método curativo del cirujano que te asiste?

—No hija mía, no, repuso el general; es para decirte que, gracias sin duda a las activas gestiones de Luciano, está levantado mi destierro y obtenida la licencia para volver a Madrid.

—Al fin te hicieron justicia, repuso fríamente Bibiana, que supo disimular la inmensa alegría que le causó esta noticia; nos pondremos, pues, añadió, inmediatamente en camino.

—Cuando tú dispongas, respondió su marido.

—Y si el facultativo os halla capaz de emprender tan largo y molesto viaje, opinó Luciano.

—El cirujano de aquí, que no tiene la ventaja de merecer vuestra confianza, no puede ser voto en la materia, repuso Bibiana.

Luciano no contestó, pero sin decir a dónde iba, partió a la madrugada; y a la noche del día siguiente estaba de vuelta, trayendo consigo al mejor facultativo de Córdoba, que está a catorce leguas de Hinojosa.

El profesor, después de examinar al paciente, declaró la cura completamente errada; opinó que falta de tono la naturaleza del paciente por la dicta, las evacuaciones de sangre y la vida sedentaria, habían perdido los humores su natural equilibrio, habíanse hecho sus llagas crónicas, y, lo que era aún peor, causado un principio de hidropesía de humores. Como único medio de salvación propuso los cercanos baños de Aguas—Calientes.

Esta perentoria ordenanza, que destruía de un todo los planes de Bibiana, fue muy mal acogida por ella, que no creía a su marido de tanta gravedad, y que se figuró ver al médico cohibido por las alharacas de Luciano; así que, sin atreverse a desecharla positivamente, la combatió con cuantas objeciones pudo formular, las que cayeron todas ante los claros y patentes argumentos del facultativo.

Luciano, que conocía cuanto pasaba por la fría y egoísta mente de aquella mujer, callaba indignado. El general, que comprendió que lo que deseaba su mujer era volver a la capital, dijo al cirujano, con aquella abnegación de sí mismo y aquel sincero cariño hacia su mujer que le eran propios:

—Señor, yo no tengo ninguna fe en esos baños; los tomaría con suma repugnancia, y estoy persuadido de que un remedio que se toma sin fe, no aprovecha.

—Esa es la suerte de los charlatanes, repuso el profesor, el inspirar más fe y confianza que nosotros. Por mí no puedo ni debo sino insistir en mi dictamen, y suplicaros encarecidamente que lo sigáis, aun sin tener confianza en él. El axioma moral de que la fe salva, no lo es físico, y solemos salvar a enfermos por medios que les repugnan y que combaten.

—Mi presencia sería conveniente y necesaria en Madrid donde se me destina, objetó el general.

—Pero tenéis para no ir la más válida de las disculpas, repuso el médico.

—¿Disculpa? ¡Si supieseis qué mal se aviene la palabra disculpa con la de disciplina! dijo el veterano; en toda mi vida he hallado una para interponer entre mi deber y mi conducta.

—Lo que decís, señor, exclamó el cirujano, es o una exageración o un pretexto.

—Lo que dice mi marido no es lo uno ni lo otro, dijo sentenciosamente Bibiana; obra en esta ocasión como lo ha hecho toda su vida, acertadamente.

—El general yerra, exclamó sin poder contenerse por más tiempo Luciano; yerra llamando deber a lo que no lo es; yerra llamando disculpa a lo que no lo es tampoco. Señor, prosiguió dirigiéndose al general, tomaréis los baños que os han de devolver la salud. Doloroso es decirlo, pero estáis más malo de lo que pensáis, e insensato sería no poner en práctica los medios de curación indicados por la ciencia. ¡Qué escándalo sería, añadió con creciente exaltación, el que las personas que os aman, no os hiciesen cariñosa violencia para que tratéis de conservar vuestra preciosa vida! En cuanto a mí, no tendré nunca que reprocharme el no haber contribuido a ello con todas las fuerzas de mi razón, de mi corazón y de mi alma.

—Siendo así, está decidido el viaje a los baños, porque sabemos la influencia que sobre mi marido tenéis, dijo con aparente calma Bibiana. Si no le sentasen bien, yo me lavo las manos.

—Es que yo no respondo de la cura, dijo exasperado el facultativo; de lo que sí respondo, señora, es de que si hace el general el proyectado viaje a Madrid, si llegase en vida, será para perderla a los pocos días. Forzoso es, en vista de la oposición que hacéis a mi dictamen, que hable con esta claridad, que poco conmoverá al general, porque es un valiente.

—¡Padre! ¿os opondréis aún? exclamó Luciano estrechando con vehemente súplica la demacrada mano del general entre las suyas.

—No, hijo mío, no, repuso el general: la propia conservación es el deber del cristiano.

Iré a los baños, estaré un mes. Tú, Bibiana, partirás, para Madrid; me disculparás con la autoridad y con mis amigos, y cuidarás de establecerte convenientemente y a tu gusto, para que cuando, mediante Dios, vuelva a tu lado, te halle ya sosegada y fuera de todos los embarazos de la instalación.

—¿Pero quién te acompañará a los baños? dijo con dulcificada voz Bibiana.

—Juan mi asistente, que está hecho a mis mañas.

—Os acompañaré yo, señor, exclamó Luciano.

—¿Tú, hijo? preguntó enternecido el general.

—Sí, yo, vuestro hijo; que un hijo no desampara a un Padre, respondió Luciano.

Capítulo 10

Quince días después hallábase instalada Bibiana en el lucido estrado de la casa que había tomado y montado con todo lujo en Madrid.

El lujo, cual la luz a las mariposas, había atraído allí a un crecido círculo de gentes ociosas; y el buen recuerdo del general, que tenía muchos amigos, había reunido al rededor de su mujer militares de graduación y de categoría; por lo cual Bibiana vio con indecible satisfacción a su tertulia mencionada en las gacetillas de los periódicos.

Estaba intrigando y esperaba conseguir el ser convidada a un banquete que debía darse en Palacio; así, pues, había llegado esta mujer al apogeo de su constante afán de figurar, y de su anhelo por la pompa vana. En la embriaguez que le causaban sus satisfacciones y sus lauros, leía con distracción las cartas que recibía de su marido, y con impaciencia las postdatas que solía añadir Luciano, al que encargaba el general que cerrase las cartas. En ellas le decía que el estado del general empeoraba por días, y que éste, solo por lo sufrido que era, y por no alarmarla se lo ocultaba en sus cartas.

—Quiere asustarme, pensaba Bibiana; estará aburrido y querrá venirse, y que le releve yo; pero se engaña: él que con tanta bambolla de cariño se ofreció a acompañarle, que cumpla lo ofrecido.

Entre tanto veía Luciano con dolor que los baños, que meses antes hubieran podido restablecer al general, ya no alcanzaban a salvarle. Inseparable del paciente, ponía en juego en lo material todos los recursos de su entendimiento, y en lo moral todos los de su corazón, para endulzar al noble y excelente anciano los últimos días de su vida.

Mucho sufría Luciano, porque, triste es decirlo, pero ello era que la postración de las fuerzas físicas había traído consigo, a pesar de la varonil serenidad del general, un gran decaimiento de ánimo. Una profunda melancolía al presentir la muerte se había apoderado de aquel que tantas veces la había mirado cara a cara sin pestañear; y lo que más contribuía a aumentarla, era la ausencia de aquella compañera a la que Dios dio por misión ocupar con el Ángel de la guarda la cabecera del compañero moribundo.

La cercanía de la muerte estrecha los lazos de nuestras afecciones, esperando quizá por ambas partes que no se atreverá la cruel a desatarlos. ¡Vana ilusión!—¡Lugar a los venideros! dice la implacable aposentadora: a vos la mansión eterna y sin límites, en la que hay sitio para todos.

—Vendrá? decía una noche que más postrado que otras se hallaba el general.

Luciano, que desde luego comprendió que una vez lanzada en las grandezas y honores aquella mujer de corazón vano y seco, no vendría, contestó:

—Señor, como siempre le escribís que seguís sin novedad, es de creer que no piense en hacer este penoso viaje, y que os aguarde allí.

—Verdades que no he querido alarmar su cariño, pero me siento hoy muy grave, y tanto que no me es posible escribirle; hazlo tú en mi nombre, hijo mío, y dile que antes de morir quiero verla.

Luciano quiso contestar; pero no pudo, porque las lágrimas ahogaron su voz, y se levantó para cumplir los deseos de general.

Pasaron algunos días sin que llegase respuesta de Bibiana.

Una tarde le dijo el médico al general:

—Tenéis una buena esposa, señor; hoy he recibido una carta suya, en la que, llena de interés y de cuidado, me pregunta por el estado en que os halláis, queriendo, si no hubiese mejoría, trasladarse a vuestro lado. Por lo visto le habéis ocultado que desgraciadamente estas aguas no han surtido el deseado efecto.

—No he querido darla esa pena, contestó el excelente hombre.

—Luciano dijo el general cuando el facultativo se hubo ido; toma este reloj, que fue de tu padre, y que me legó a su muerte. Él ha señalado una por una muchas de las horas de nuestra vida, y entre estas horas no hay una cuyo recuerdo haya podido despertar un remordimiento, ni hacer sonrojar nuestra serena frente. Sean las horas de tu vida que señale de aquí en adelante, como las anteriores, puras, honradas y felices; y cuando hagas la elección de la compañera de tu vida, deja a la aguja dar muchas vueltas antes de fijarla.

—Por fin conocéis… exclamó involuntariamente Luciano.

—Que eres el mejor de los amigos y el más tierno de los hijos, le interrumpió el general; por lo cual te dejo mi último y secreto encargo.

—Decid, señor, exclamó Luciano.

—¡Dile que la perdono!—y ahora, hijo mío, manda llamar al padre Cura.

—¡Señor!… repuso consternado Luciano.

—Compláceme, hijo. Las disposiciones religiosas no apresuran la muerte y tranquilizan el espíritu.

Algunos días después de esta escena, estaba Bibiana enajenada de placer y radiante de orgullo satisfecho. Había sido convidada al banquete regio.

Ostentando un traje magnífico, aunque, según su costumbre, serio, estaba delante de su tocador colocándose las últimas joyas de su rico joyero, cuando le fue entregada una carta.

—No me puedo detener a leerla, dijo contrariada. La marquesa de F., con la que voy a Palacio, me está aguardando.

—Es que viene de Aguas—Calientes, repuso la doncella.

—¡Cómo! si no es la hora de la llegada del correo.

—La trae un propio.

Bibiana se detuvo y quedó un momento pensativa.

—Alguna nueva alarma de Luciano, pensó; pero sea lo que fuere… ¿qué puedo yo hacer a esta hora? Nada. Si acaso contiene la carta alguna cosa grave, lo que no creo, que necesitase tomar disposiciones, sean de la clase que sean, hasta mañana nada se podría hacer: un instante después que hubiese llegado, me habría encontrado fuera de casa. ¿Qué hago con leerla? Dado caso que traiga alguna mala noticia, que pida alguna consulta o algún medicamento, nada se podría hacer a estas horas. Leerla sería, pues, proporcionarme inútilmente una mala noche, que me impidiese corresponder a la honra que me ha hecho la reina.

Bibiana guardó la carta sin leerla, se puso su abrigo, y partió.

Cuando entró a la madrugada siguiente, abrió la carta y la leyó.

Era la respuesta del cirujano, que Luciano enviaba con un propio, añadiendo dos renglones en que le decía que su marido iba a ser administrado.

Al leer esta carta Bibiana, sintió uno de esos terribles sacudimientos con que a veces se ablandan los corazones más empedernidos; porque el sentimiento del deber, sofocado, desoído, menospreciado, combatido y al parecer vencido por los sofismas del amor propio, existe en todo aquel que haya oído la palabra de Dios, o siquiera haya sentido la influencia de la cultura moral.

—¡Morir! ¡Morir!… Jesús! repitió con creciente angustia; ¡morir! ¡yo ausente! ¡Qué se dirá!

Bibiana mandó apresuradamente por una silla de postas. Escribió a un facultativo de fama para que la acompañase: se vistió, lo arregló todo con admirable tino y precisión, de manera que pocas horas después todo estaba pronto, y ella lista para partir;… cuando al dirigirse a la puerta para verificarlo, abriose ésta de repente, y en ella se presentó Luciano.

—Es tarde, señora, dijo con voz solemne.—¿Tarde? !Cómo!… ¿Y Campos?

—Ya no os aguarda.

—¡Es decir que ha muerto!

—Como os lo previne.

—Llegó tarde la carta.

—¿Y las anteriores?

—¡Dios mío! ¡No os creí!

—Como yo nunca os he creído a vos.

—¿Venís a insultarme?

—No, señora, vengo a entregaros esta llave.

—¿Qué llave?

—Con esta llave encerré en su féretro, después de haberle cerrado los ojos, al abandonado esposo, al desatendido compañero.

Bibiana cayó sobre un sofá, convulsa y deshecha en lágrimas.

—¡Sabéis llorar? ¡Sabéis llorar? dijo con amarga ironía Luciano. Preciso era que de la tumba se alzase el remordimiento, cual la vara de Moisés, para hacer brotar fuentes de las rocas.

—Advertid, repuso Bibiana levantándose erguida, que me habéis visto atribulada, pero no arrepentida. ¿De qué pudiera yo estarlo?

—De haber merecido el perdón que os traigo: ese último suspiro de aquel que no quiso creerme cuando en su día le dije: «creo que nadie, pero menos que nadie vos, puede hallar la felicidad unido a una persona fría, orgullosa y egoísta.» Ahora, señora, añadió con amargo desdén Luciano, cubríos con vuestro luto, ostentad vuestras tocas de viuda; no os las volváis a quitar; persuadid al mundo que sois la perfecta viuda, como le persuadisteis de que erais la perfecta casada, engañándole con vuestro dolor como le habéis engañado con vuestro cariño

—Ahora, como antes, apareceré y me tendrá el mundo por lo que he sido y soy, repuso Bibiana disimulando con un aire altanero su furor y su humillación.

—A veces, replicó Luciano, se asientan los juicios del mundo, y aun descansa nuestra propia percepción, sobre un colchón de viento, cuyo vacío asombraría al que llegase a palparlo.

—No turbará vuestra constante e incalificable malignidad mi conciencia, dijo Bibiana con altivez.

—No lo dudo, contestó alejándose Luciano; cuando el egoísmo paraliza el corazón… la conciencia está inerte!

Epílogo

—La casa de la viuda del general Campos es reputada como el santuario de la austeridad digna, ejemplar y piadosa; como el santuario de los recuerdos, y la mansión del luto eternal. El orgullo puede tomar todas las formas, y hasta fingir los bellos sentimientos del corazón para obtener el lauro que estos alcanzan.

En la sala de la viuda se ostentaba un magnífico retrato de cuerpo entero del general, de grande uniforme, en un suntuoso marco. Sobre la chimenea, en un cajón de terciopelo cubierto con un fanal, estaba su espada. Sobre el sofá estaba colgado un hermoso cuadro en el que se representaba el cementerio de Aguas—Calientes, y en él el suntuoso mausoleo de mármol levantado allí por la Semiramis, que en no interrumpido luto presidía la grave reunión de personas que simpatizaban, las unas con sus recuerdos, las otras con sus virtudes, otras con su gravedad.

Un día que salia de aquella casa el tío de Luciano, que hemos mencionado en otra ocasión, encontró a su sobrino, y le dijo:

—Luciano, ¿sabes que a pesar de aquel disonante y ridículo mi, y de aquellas recalcadas celebraciones que tanto me chocaban antes, me he convencido de los nobles sentimientos de la generala Campos, así como del profundísimo cariño que tuvo a su excelente marido?

El interpelado no contestó.

—Me parece, Luciano, añadió su tío con alguna extrañeza, que hay poca consecuencia de tu parte en el extraordinario cariño que tuviste a Campos y en el ostensible desvío que tienes a su mujer.

Luciano abrió los labios para contestar, pero se retuvo, y permaneció callado.

—No hallo, prosiguió el tío, razón alguna que motive o disculpe esta inconsecuencia, que llama mucho la atención. No podrás negar lo que es notorio y está a la vista de todos, esto es, que la generala es un dechado de virtudes y de méritos.

—Hay virtudes que solo tienen de tales la corteza, esto es, lo exterior, repuso Luciano.

—Hijo, esa es una sutileza que no alcanzo, aplicada a una mujer como Bibiana, que es austera…

—Sin virtud, repuso impaciente Luciano.

—Devota…

—Sin religiosidad.

—Limosnera…

—Sin caridad…

—Dadivosa…

—Sin generosidad…

—Perfecta viuda.

—Sin haber sido buena casada.

—De manera que la generala es a tus ojos un ente anómalo, un tipo nuevo, dijo sonriendo su tío.

—No señor, es muy antiguo.

—¿Y cómo lo denominas?

—La Farisea, señor, contestó Luciano.


Publicado el 17 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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