Flor de Mayo

Vicente Blasco Ibáñez


Novela, Novela corta, Cuento



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Índice

FLOR DE MAYO
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
CUENTOS VALENCIANOS
¡Cosas de hombres!...
La apuesta del esparrelló
Noche de bodas
Guapeza valenciana

FLOR DE MAYO

I

Al amanecer cesó la lluvia. Los faroles de gas reflejaban sus inquietas luces en los charcos del adoquinado, rojos como regueros de sangre, y la accidentada línea de tejados comenzaba á dibujarse sobre el fondo ceniciento del espacio.

Eran las cinco. Los vigilantes nocturnos descolgaban sus linternas de las esquinas, y golpeando con fuerza los entumecidos pies se alejaban después de saludar con perezoso ¡bòn día! á las parejas de agentes encapuchados que aguardaban el relevo de las siete.

Á lo lejos, agrandados por la sonoridad del amanecer, desgarraban el silencio los silbidos de los primeros trenes que salían de Valencia. En los campanarios, los esquilones llamaban á la misa del alba, unos con una voz cascada de vieja, otros con inocente balbuceo de niño, y repetido de azotea en azotea vibraba el canto del gallo con su estridente entonación de diana guerrera.

En las calles desiertas y mojadas, despertaban extrañas sonoridades los pasos de los primeros transeuntes. Por las puertas cerradas escapábase, al través de las rendijas, la respiración de todo un pueblo en las últimas delicias de un sueño tranquilo.

Aclarábase el espacio lentamente, como si arriba fuesen rasgándose una por una las innumerables gasas tendidas ante la luz. Penetraba en las encrucijadas, hasta en los últimos rincones, una claridad gris y fría, que sacaba de la sombra los pálidos contornos de la ciudad; y como un esfumado paisaje de linterna mágica con el foco de luz fija lentamente en sus perfiles, aparecían las fachadas mojadas por el aguacero, los tejados brillantes como espejos, los aleros destilando las últimas gotas y los árboles de los paseos, desnudos y escuetos como escobas, sacudiendo el invernal ramaje, con el tronco musgoso destilando humedad.

La fábrica del gas lanzaba sus postreros estertores, cansada del trabajo de toda la noche. Los gasómetros caían con desmayo entre sus férreos tirantes como estómagos fatigados por la nocturna indigestión, y la colosal chimenea de ladrillo lanzaba en lo alto sus últimas bocanadas negras y densas, que se esparcían por el espacio con caprichoso serpenteo, cual un borrón resbalando sobre una hoja de papel gris.

Junto al puente del Mar, los empleados de consumos paseaban para librarse de la humedad, escondiendo la nariz en la bufanda; tras los vidrios del fielato, los escribientes recién llegados mostraban sus soñolientas cabezas.

Esperaban la entrada de los vendedores, chusma levantisca, educada en el regateo y agriada por la miseria, que por un céntimo soltaba la compuerta al caudal inagotable de injurias, y antes de llegar á sus puestos del mercado sostenía un sinnúmero de riñas con los representantes de los impuestos.

Ya habían pasado en la penumbra del amanecer los carros de las verduras y las vacas de leche con su melancólico cencerreo. Sólo faltaban las pescaderas, el rebaño revuelto, sucio y pingajoso que ensordecía con sus gritos é impregnaba el ambiente con el olor de pescado podrido y el aura salitrosa del mar, conservada entre los pliegues de sus zagalejos.

Llegaron cuando ya era de día, y la luz cruda y azulada de una mañana de invierno recortaba vigorosamente todos los objetos sobre el fondo gris del espacio.

Oíase, cada vez más próximo, un indolente cascabeleo, y una tras otra fueron entrando en el puente del Mar cuatro tartanas, arrastradas por horribles jamelgos, que parecían sostenerse por los tirones de riendas de los tartaneros, encogidos en sus asientos y con el tapabocas arrollado hasta los ojos.

Eran negros ataúdes, que saltaban sobre los baches como barcos viejos y despanzurrados á merced de las olas. El toldo con cuero agrietado y tremendos rasguños, por donde asomaba el armazón de cañas; pegotes de pasta roja cubriendo las goteras; el herraje roto y chirriante, atado con hilos; las ruedas, guardando en sus capas de suciedad el barro del invierno anterior, y todo el carruaje, de arriba abajo, hecho una criba, como si acabase de sufrir las descargas de una emboscada.

En la parte anterior lucían, como adorno coquetón, unas cortinillas de rojo desteñido, y por la abertura trasera mostrábanse revueltas con los cestos las señoras de la Pescadería, arrebujadas en sus mantones de cuadros, con el pañuelo apretado á las sienes, apelotonadas unas con otras, y dejando escapar un vaho nauseabundo de marisma corrompida que alteraba el estómago.

Así iban adelantando las tartanas en perezosa fila, cabeceando, inclinadas á un lado, como si hubiesen perdido el equilibrio, hasta que de pronto, en el primer bache, se acostaban sobre la otra rueda con la violencia de un enfermo fatigado que muda de posición.

Detuviéronse ante el fielato y fueron descendiendo por sus estribos zapatos en chancla, medias rotas, mostrando el sucio talón, y faldas recogidas que dejaban al descubierto los zagalejos amarillos con negros arabescos.

Alineábanse ante la báscula los cestones de caña, cubiertos con húmedos trapos, que dejaban entrever el plomo brillante de la sardina, el suave bermellón de los salmonetes y los largos y sutiles tentáculos de las langostas, estremecidas por el estertor de la agonía. Al lado de las cestas, las piezas mayores: los meros de ancha cola, encorvados por la postrera contracción, con fauces circulares desmesuradamente abiertas, mostrando la obscura garganta y la lengua redonda y blancuzca como una bola de billar, y las rayas, anchas y aplastadas, caídas en el suelo como un trapo de fregar húmedo y viscoso.

La báscula estaba ocupada por unos panaderos de las afueras, guapos mozos, con las cejas enharinadas, cuadrado mandil y brazos arremangados, descargando sobre el peso sacos de pan caliente y oloroso que parecía esparcir una fragancia de vida en el ambiente nauseabundo del pescado. Y aguardando su turno, las pescaderas charlaban con los empleados y los papanatas que contemplaban embobados los grandes peces. Otras iban llegando á pie, con cestas en la cabeza y los brazos, engrosando el grupo; la línea de banastas extendíase hasta cerca del puente. Los empleados enfadábanse ante la insolente algarabía de aquellas malas pécoras que les aturdían todas las mañanas.

Hablábanse á gritos, mezclando entre cada palabra ese inagotable repertorio de interjecciones que únicamente se adquiere en un muelle de Levante. Al verse juntas recrudecíanse los sentimientos del día anterior, la cuestión sostenida al amanecer en la playa; contestábanse los insultos con soeces ademanes; acompañábanse las palabras con cadenciosas palmadas en los muslos ó enarbolando las manos con expresión amenazante; y á lo mejor, estos furores trocábanse en risas, semejantes al cloquear de todo un gallinero, si á alguna se le ocurría una frase capaz de hacer mella en sus paladares fuertes.

Enardecíalas la tardanza de los panaderos en dejar libre la báscula; llovían insultos sobre aquellos mocetones, que no se mordían la lengua; y en el derroche de indecencias que se cruzaban con acompañamiento de amigables risas, enviábanse á tocar lo otro y lo de más allá, barajando con inocente tranquilidad las blasfemias más monstruosas con los distintivos del sexo.

En este hervidero de risotadas é insultos, la que llamaba la atención era Dolores la del Retor, una buena moza mejor vestida que las otras, que se apoyaba con cierta negligencia en una pilastra del fielato, con los brazos atrás, arqueando la robusta pechuga y sonriendo como un ídolo satisfecho cuando los hombres se fijaban en sus zapatos de amarillo cuero y el soberbio arranque de las pantorrillas, cubiertas con medias rojas.

Era una morena cariancha, con el rubio y alborotado pelo como una aureola en torno de la pequeña frente; ojos verdes que tenían la obscura transparencia del mar, y en los cuales, en ciertos momentos, reflejábase la luz, haciendo brillar un círculo de puntos dorados.

Reía como una loca, entreabriendo sus mandíbulas poderosas de muchacha de sólida osamenta; y los labios carnosos, de un rojo tostado, mostraban al separarse una dentadura igual, fuerte y tan brillante, que parecía iluminar la cara con pálida claridad de marfil.

Guardábanla consideraciones como á moza de buenos puños é insolencia agresiva. Influía además en tal respeto el ser mujer de Pascualo el Retor, un buenazo que la obedecía en todo y no chistaba dentro de casa; pero que fuera, en el mar, sabía ganarse la vida mejor que otros, y tenía, según opinión general, un gato enorme de duros oculto en los pucheros de la cocina; todo ganado, peseta por peseta, en pescas afortunadas.

Por esto se daba ella sus airecillos de reina entre la turba desvergonzada, y miserable de la Pescadería, y apretaba los labios con satisfacción cuando admiraban sus pendientes de perlas, los pañuelos de Argel ó los refajos de Gibraltar regalados por el Retor.

Únicamente tratábase de igual á igual con cierta tía suya, la agüela Picores, una veterana de la Pescadería, enorme, hinchada y bigotuda como una ballena, que hacía cuarenta años tenía aterrados á los alguaciles del Mercado con la mirada de sus ojillos insolentes y las palabrotas de su boca hundida, centro al que convergían como rayos todas las arrugas de su cara.

¡Recristo! ¿cuánt acabeu?—gritó Dolores con los brazos en jarras, dirigiéndose á los panaderos.

Y éstos, que ya retiraban de la báscula su último saco, contestaban con soeces bromas á las mujeres que, con las manos cruzadas bajo el delantal, aumentaban el volumen de sus vientres, presentando un aspecto grotesco.

Comenzó el peso del pescado; surgieron las riñas de todos los días sobre á cuál le tocaba ir delante. Amenazábanse sin llegar nunca á las manos; la tía Picores intervenía con su vozarrón cascado, que disparaba los insultos como cañonazos; pero Dolores no atendía y dejaba pasar su turno, mirando fijamente al puente, por encima de cuyas barandas veíase avanzar el busto de una rezagada con los brazos en jarras, encorvada bajo el peso de las cestas.

La buena moza reía con expresión diabólica, y cuando aquella mujer estuvo cerca del fielato, rompió en una carcajada insolente, tocando en un brazo á la agüela Picores.

¡Mírela, tía! ¡Siempre llegaba tarde! ¡Claro! ¡con aquella pachorra!... Cualquier día iba á caérsele lo que llevaba bajo del delantal.

La mujer palideció, y con ademán de cansancio dejó en el suelo las pesadas cestas. Miraba á Dolores con expresión de odio, como si á su vista renaciesen terribles resentimientos, y las dos se midieron de arriba abajo con ojos iracundos.

Dolores se pasaba una mano por bajo la nariz, aspirando con fuerza, como si tomara rapé. Podía sentarse. Debía estar cansada y chorreando por la caminata.

Estos insultos á media voz irritaron á la rezagada... ¿Sentarse? ¿Habráse visto desvergonzada? Ella no podía gastar tartana, pero iba á pie con remuchísima honra; no era como otras que engañaban al marido, dándose buena vida.

¿Por quién decía eso?... ¿Por ella?... Y la insolente pescadera, con los hermosos ojos verdes moteados de oro por la ira, avanzó algunos pasos. Pero allí estaba la tía para intervenir, agarrándola con sus arrugadas manazas.

Acababan de pesar sus cestas. Ella no quería líos ni escándalos. ¡Á la tartana! Que se matasen otro rato. Ahora era tarde, y en la Pescadería aguardaban los pescadores. ¡Mirad que les estaba bien, siendo cuñadas!

Y empujando á Dolores con el blanducho vientre, la condujo á su tartana, donde ya estaban las cestas y las otras pescaderas.

La buena moza se dejaba conducir como una niña, pero le temblaban los labios, y al mover el destartalado carromato, lanzó la última amenaza:

Tú, Rosario, ya se vorem.

¿Verse? Cuando ella quisiera. No tardarían mucho. Y Rosario, mujercita flaca y nerviosa, temblaba también de ira; sus pobres brazos levantaron como si fuesen una paja los pesados cestos que tanto la habían abrumado, arrojándolos con fuerza sobre la báscula.

Comenzaba el día en la ciudad. Pasaban los tranvías repletos de madrugadores; trotaban por parejas los caballos del relevo, dirigidos por muchachos que los montaban en pelo, y por ambos lados del camino desfilaban á la conquista del pan los rebaños de obreros, todavía adormecidos, camino de las fábricas, con el saquito del almuerzo á la espalda y la colilla en la boca.

Rasgábase en densos jirones el vapor gris que entoldaba el espacio, y el sol hacía su aparición triunfal como deslumbrante custodia, casi á ras del suelo, convirtiendo en oro líquido los charcos de lluvia y reflejándose en las fachadas de las casas con rojizo fulgor de incendio.

En las calles comenzaba el movimiento. Iban por las aceras con paso ligero las criadas con sus blancas cestas; los barrenderos amontonaban el barro de la noche anterior; andaban por el arroyo con lento cencerreo las vacas de leche; abríanse las puertas de las tiendas, empavesándose con multicolores muestras, y en su interior sonaba el áspero roce de las escobas arrojando á la calle nubes de polvo, que adquiría una transparencia de oro al filtrarse entre los rayos del sol.

Cuando las tartanas llegaron á la Pescadería, acudieron solícitas las viejas mandaderas á descargar las cestas, ayudando á bajar con servil respeto á las que su miseria hacía considerar como señoras.

Fueron entrando una tras otra, arrebujadas en su mantón, por las puertas angostas, obscuras como rastrillos de cárcel: bocas fétidas que exhalaban el húmedo tufo de la Pescadería.

Ya estaba el mercadillo en movimiento; bajo los toldos de cinc, que todavía goteaban la lluvia de la noche anterior, vaciaban las vendedoras sus cestas en las mesas de mármol, alineando los peces sobre un lecho de verdes espadañas. Las enormes rodajas de los grandes pescados mostraban su carne sanguinolenta; salía de los toneles el género del día anterior, conservado entre hielo, con los ojos turbios y las escamas flácidas, y la sardina amontonábase en democrática confusión junto al orgulloso salmonete y á la langosta de obscura túnica, que agitaba sus tentáculos como si diese bendiciones.

Otras vendedoras ocupaban el lado opuesto del mercadillo: mujeres vestidas de igual modo que las del Cabañal, pero de aspecto más mísero, de rostro más repulsivo.

Eran las pescaderas de la Albufera; las mujeres de un pueblo extraño y degradado que vive en la laguna sobre las barcas chatas y negras como ataúdes, entre espesos cañares, en chozas hundidas en los pantanos, y que en las fangosas aguas encuentra la subsistencia. Eran las hembras de la miseria, con el rostro curtido y terroso, los ojos animados por el extraño fulgor de eternas tercianas y oliendo sus ropas, no al salobre ambiente del mar, sino al tufo del légamo de las acequias, al barro infecto de la laguna que al moverse despide la muerte.

Vaciaban sobre las mesas enormes sacos que palpitaban como seres vivientes, arrojando por sus bocas la rebullente masa de las anguilas contrayendo sus viscosos y negros anillos, enroscándose por la blancuzca tripa é irguiendo su puntiaguda cabeza de culebra. Junto á ellas caían inanimados y blanduchos los pescados de agua dulce: las tencas de insufrible hedor, con extraños reflejos metálicos, semejantes á los de esas frutas tropicales de obscuro brillo que encierran el veneno en sus entrañas.

Entre estas míseras mujeres existían también categorías, y algunas más infelices sentábanse en el suelo húmedo y resbaladizo, entre las filas de mesas, ofreciendo largos juncos, en los que estaban ensartadas las ranas, patiabiertas y con los brazos levantados como bailarinas desnudas.

La Pescadería entraba en movimiento. Comenzaba la afluencia de los compradores, y entre las vendedoras cruzábanse señas misteriosas, gritos de un caló especial que avisaban la llegada de los alguaciles y hacían desaparecer con rapidez de prestidigitación, bajo los delantales y zagalejos, las libras cortas de peso.

Con viejas y mohosas navajas iban abriendo el plateado vientre de los pescados; caían las hediondas entrañas bajo los mostradores, y los perros vagabundos, después de husmearlas, lanzaban un gruñido de asco, huyendo hacia los inmediatos pórticos, donde estaban los puestos de los carniceros.

Las pescaderas, que una hora antes se amontonaban amistosamente en la misma tartana ó ante la báscula del fielato, mirábanse desde sus mesas con hostilidad, cruzando provocativas ojeadas cada vez que se arrebataban un parroquiano.

Una atmósfera de lucha, de ruda competencia, se extendía por el lóbrego mercadillo, que rezumaba humedad y hedor por todas sus baldosas. Gritaban las pescaderas con voces desgarradas; golpeaban sus sucias balanzas por atraer compradores, invitándoles con palabras cariñosas, con ofrecimientos maternales. Y momentos después, las bocas melosas convertíanse con el regateo en orificios de retrete, que arrojaban la inmundicia del lenguaje sobre el rebelde parroquiano, con acompañamiento de insolentes carcajadas de todas las vendedoras, unidas con instintiva solidaridad para insultar al comprador.

La tía Picores mostrábase majestuosa en la alta poltrona, con su blanducha obesidad de ballena vieja, contrayendo el arrugado y velloso hocico y mudando de postura para sentir mejor la tibia caricia del braserillo, que hasta muy entrado el verano tenía entre los pies, lujo necesario para su cuerpo de anfibio, impregnado de humedad hasta los huesos. Sus manos amoratadas no estaban un momento quietas. Una picazón eterna parecía martirizar su arrugada epidermis, y los gruesos dedos hurgaban en los sobacos, se deslizaban bajo el pañuelo, hundiéndose en la maraña gris, y tan pronto hacía temblar con sus tremendos rascuñones el enorme vientre que caía sobre las rodillas cual amplio delantal, como con un impudor asombroso remangábase la complicada faldamenta de refajos para pellizcarse en las hinchadas pantorrillas.

Tenía de antiguo sus parroquianos, y no se esforzaba gran cosa en atraer nuevos compradores, pero gozaba diabólicamente cuando torciendo el ceño podía escupir alguna terrible palabrota á las señoras regañonas que acompañaban á sus criadas al mercado.

Su vozarrón cascado era siempre el que decía la última palabra en las disputas de la Pescadería, y todas reían sus chistes horripilantes, las sentencias de filosofía desvergonzada que pronunciaba con aplomo de oráculo.

Frente á ella vendía su sobrina Dolores, arremangados los hermosos brazos, jugueteando con los brillantes y dorados platos de su balanza, mostrando su deslumbrante dentadura con sonrisa coquetona á todos los parroquianos, buenos burgueses que hacían la compra por sí mismos y acudían con el limpio capazo ribeteado de rojo, atraídos por la gracia de la buena moza.

Separada de la tía Picores por dos mesas, estaba Rosario, ocupada en arreglar su pescado de modo que el más fresco quedase á la vista. Las dos cuñadas se miraban frente á frente. Torcían el gesto afectando desprecio; volvíanse las espaldas, pero sus miradas se buscaban para cruzarse con expresión iracunda.

Faltaba el pretexto para entablar el diario combate, y pronto lo hubo, cuando la soberbia moza, con sus sonrisas y repiqueteos de balanza, se atrajo á un parroquiano que estaba en regateos con Rosario.

¿Podía sufrirse aquello? ¡Miren la mala piel! Á una mujer honrada le quitaba sus más antiguos parroquianos. ¡Ladrona, más que ladrona!

Y Rosario, la mujercilla enjuta, nerviosa y enfermiza, encrespábase como un gallo flaco, con las huesudas mejillas lívidas de rabia y los ojos brillantes de fiebre.

¿Y la otra?... Había que verla haciéndose la reina, sorbiendo viento por su nariz corta y graciosa... ¿Quién era la ladrona? ¿Ella?... No había para irritarse tanto, hija mía. Allí todas se conocían; la gente sabía quién era cada una.

La Pescadería se animaba. Las vendedoras comunicábanse su entusiasmo con maliciosos guiños, y olvidando la venta avanzaban el busto sobre sus pescados para ver mejor. Los compradores formaban grupos y sonreían complacidos por el espectáculo; un alguacil que acababa de entrar en el mercadillo, escurríase prudentemente como hombre experto, y la tía Picores miraba á lo alto, como escandalizada por aquella rivalidad que no tenía término.

—Sí; una ladrona—continuaba Rosario—. Bien público era. Tenía la manía de quitarle todo lo suyo. Se lo podía probar. En la Pescadería le robaba los parroquianos, y allá en el Cabañal le robaba otra cosa... otra cosa; ya lo entendía ella... ¡Como si la gran mala piel no tuviese bastante con su Retor, un lanudo más ciego que un topo, incapaz de saber dónde tenía la frente!

Pero este vómito de insultos no conseguía desvanecer la calma desdeñosa de Dolores. Veía cómo apretaban todos los labios para contener la risa que les causaban las alusiones á ella y á su marido, y por lo mismo se mostraba serena, no queriendo divertir á la Pescadería.

¡Calla, loca!—decía con acento despreciativo—. ¡Calla, envechosa!

Pero Rosario replicaba.

¿Envidiosa ella? ¿Y de quién? ¿De una tirada que tenía la peor fama en el Cabañal? Muchas gracias; ella era una mujer honrada, incapaz de quitarle á ninguna su hombre.

Y á continuación la desdeñosa respuesta de Dolores. «¿Qué has de quitar tú?... ¿Con esa cara de sardina?... Eres demasiado fea para eso, hija mía.»

Y así seguía el tiroteo de insultos; Rosario, cada vez más lívida, enarbolando al hablar sus manos crispadas; y la otra, puesta en jarras, soberbia y sonriente, como si por su fresca boca saliesen lindezas.

Una fiebre belicosa invadía el mercadillo. Habíanse formado grupos en las puertas, y todas las vendedoras echaban fuera de las mesas sus bustos de furias desgreñadas, chasqueando las lenguas como si azuzasen perros, celebrando con carcajadas las cínicas respuestas de Dolores y golpeando las balanzas con las pesas para acompañar con un metálico retintín la rociada de insultos.

La buena moza apeló á su supremo argumento de desprecio.

¡Mira!... ¡parla en éste!

Y volviéndose de espaldas con vigorosa rabotada, dióse un golpe en las soberbias posaderas, temblando bajo el percal la enorme masa de robusta carne con la firme elasticidad de los cuerpos duros.

Aquello tuvo un éxito loco. Las pescaderas caían en sus asientos, sofocadas por la risa; los tripicalleros y atuneros de los puestos cercanos, formados en grupo, sacaban las manos de los mandiles para aplaudir, y los buenos burgueses, olvidando su capazo de compras, admiraban aquellas curvas atrevidas de tan sonora robustez.

Pero su triunfo duró poco. Al volver el sonriente rostro recibió en los ojos y las narices dos puñados de sardinas que le arrojó Rosario, ciega de furor... ¿Á ella tal insulto? Que saliera aquel pendón; quería verle la cara.

Y Dolores se echó fuera de su puesto, remangándose aun más los brazos, con los ojos moteados por el extraño fulgor de sus puntos de oro.

Allá iba la otra: con la cabeza baja, mascullando las más atroces palabrotas; temblando de pies á cabeza por la rabia y atropellando á cuantos intentaron detenerla.

Se agarraron en medio del pasadizo húmedo y pegajoso, entre las dos filas de mesas.

La mujercita nerviosa y débil chocó con ímpetu contra la buena moza sin lograr abatirla. Eran el nervio chocando contra el músculo; la ira azotando á la fuerza, sin causarla la menor emoción.

Dolores esperó á pie firme, acogiendo á su rival con una lluvia de bofetadas que enrojecieron lívidamente las enjutas mejillas de Rosario; pero de pronto lanzó un alarido, llevándose ambas manos á una oreja.

Por entre los dedos brotaban hilillos de sangre... ¡Ah, la grandísima perra! La había desgarrado la oreja tirando de uno de aquellos pendientes de gruesas perlas que admiraba la Pescadería entera.

¿Era este un modo digno de reñir? ¿No resultaba propio de quien tiene el alma atravesada? ¡En la galera estaban muchas con menos motivo!

Y la hermosa pescadera lloriqueaba, agarrándose la oreja con graciosa expresión de niña dolorida.

El choque sólo había durado unos segundos.

Dos manotadas de la tía Picores bastaron para separar á las feroces combatientes; y mientras la vieja increpaba á Rosario, pálida y asustada por lo que había hecho, un grupo de pescaderas consolaba á Dolores y la contenían, pues la gallarda moza, al sentir los agudos pinchazos del desgarrado lóbulo, intentaba arrojarse de nuevo sobre su enemiga.

Por encima del gentío asomaban los kepis de los municipales, pugnando por abrirse paso... La vieja dio órdenes. Todas á sus puestos, y mutis. No era cosa de dar gusto á aquellos vagos para que las fastidiasen con citaciones y juicios. Allí no había pasado nada.

Dolores vió su cabeza cubierta con un pañuelo de seda que le tapaba la ensangrentada oreja; las pescadoras ocuparon sus mesas con cómica gravedad, pregonando el pescado á todo pulmón, y los municipales fueron de puesto en puesto entre la algarabía infernal sin merecer otra respuesta que airadas palabras.

¿Qué buscaban allí? En otra parte estaba su ocupación. Allí nada había ocurrido. Siempre acudían donde no les llamaban.

Y tuvieron que salir de la Pescadería con las orejas gachas, perseguidos por el vozarrón cascado de la tía Picores, indignada ante la oficiosidad de tales mequetrefes y por el irónico retintín de las balanzas, que parecían darles una cencerrada.

Se restableció la calma. Las pescaderas sólo pensaron en atraer compradores. Rosario quedó erguida en su asiento, con los brazos cruzados, la mirada torcida é inmóvil, sin preocuparse de vender, como una esfinge irritada, marcándose cada vez más en sus mejillas las huellas violáceas de las bofetadas recibidas, mientras Dolores, volviéndole la espalda, hacia esfuerzos para contener las lágrimas que le arrancaba el dolor.

La tía Picores mostrábase preocupada; hablaba en voz alta, como si sostuviera un diálogo con los yertos pescados que tenía delante... ¿Pero iban á estar así las grandísimas arrastradas toda su vida? ¿Siempre mátame ó te mataré?... Y todo por cuestión de hombres... ¡Animales! Como si no los hubiera de sobra en este mundo. Ella debía evitarlo; vaya si lo evitaría. Y si se resistían, las emprendería á bofetadas, pues le sobraban agallas para ello.

A las once se zampó el almuerzo que le trajo la mandadera: un rollo de pan moreno con dos chuletas chorreantes, que despachó en unos cuantos bocados, y después, limpiándose con el mugriento delantal la profunda estrella de arrugas, relucientes de grasa, fué á plantarse ante la mesa de su sobrina, sermoneándola agriamente.

Aquello se había de arreglar. No le gustaba que la familia fuese en lenguas, dando que reír á toda la Pescadería. ¡Se había de arreglar! ¿Entiendes? Ella tenía empeño, y cuando ella se empeñaba en algo, se hacía por encima de la cabeza de Dios, aunque tuviera que ir á bofetadas con medio mundo. ¡Bonita era cuando se enfadaba! Lo de antes no valía nada comparado con lo que ocurriría si ella se echaba el alma atrás.

—No, no—gimoteaba Dolores, cerrando los puños y moviendo la cabeza con enérgica negativa.

¿Cómo que no?... Pues aunque su sobrina no quisiera, había de acabar una enemistad tan escandalosa. Eran cuñadas, y lo que había ocurrido no resultaba irremediable... ¿Que le había desgarrado la oreja? Anda, hija mía, que buenas bofetadas la había largado ella antes. Váyase lo uno por lo otro, y haya paz. Lo dicho; mucho mutis y á obedecer á la tía.

Y de allí pasó á la mesa de Rosario, á la que habló aun más fuerte. Era una fiera de mala baba, sí señor; una perra rabiosa. Y que no le replicara ni la mirase con tanta cólera, porque le tiraría una libra á la cabeza. Ya era sabido cómo las gastaba ella, y además, para haber sido amiga de su madre, la tenía muy poco respeto. Aquello había de acabar. Lo decía ella, y basta. Allí estaba la pobre Dolores llorando de dolor. ¿Era aquella manera de reñir? ¿Le parecía decente estirar así las orejas? Eso era propio de un mal bicho. Para reñir se procedía con más nobleza; pegar fuerte y donde no salta sangre. Allí estaba ella, que había ido á la greña con todas las de su época. La que más podía le remangaba los zagalejos á la otra, y allí... en lo blando, zurra que te zurra, para que tuviera que sentarse de lado durante una semana; y después, tan amigas, á jurar la paz en la chocolatería. Así procedían las personas decentes, y así sería ahora, porque ella lo decía... ¿Que no? ¿Que Dolores le quitaba el marido?... ¡Cordones con el marido! No parecía sino que su sobrina era la que iba á buscarle.

Los hombres son los que buscan; y si ella quería tener seguro el suyo, que no fuese boba y se pusiera bien las enaguas en su casa. Cuando se quiere guardar un hombre hay que tener muchas agallas, ¡recordones! y sobre todo arreglarlo de tal modo que antes que salga de casa no le queden ganas de buscar nada en la del vecino. ¡Ay qué chicas las de ahora! ¡Y qué poco saben! En la piel de Rosario debía estar ella, y ya vería si su hombre cumplía la obligación... Nada; lo dicho. La cosa se arreglaría. Ella y la otra tenían que obedecerla y respetarla, ó de lo contrario...

Y mezclando amenazas con rudas expresiones de cariño, la tía Picores volvió á su puesto á continuar la venta.

Aquél día terminó pronto. La gente deseaba pescado, y á mediodía comenzaron á vaciarse las mesas. La pesca sobrante fue metida en toneles entre capas de nieve y trapos mojados, y comenzaron los tartaneros á recoger cuévanos y banastas, apilándolos en las traseras de sus desvencijados carromatos.

La tía Picores se arreglaba el mantón de cuadros en medio de la Pescadería, rodeada de algunas amigachas de su época, fieles compañeras que le ayudaban á pagar á escote al tartanero.

Había que arreglar lo de las chicas. Y cuando estuvieron ya en la tartana todas las cestas, fué á las mesas de las dos rivales, sacándolas á pellizcos y á empujones.

Dolores y Rosario, vencidas por la tenacidad terrible de la vieja, estaban una junto á otra con la cabeza baja, como avergonzadas y pesarosas por el contacto, pero sin atreverse á chistar.

Espéramos en la chocolatería—ordenó la vieja al tartanero.

Y el respetable grupo de mantones á cuadros y faldas de insufrible tufo salió de la Pescadería, conmoviendo las losas con su rudo chancleteo.

Iban una tras otra á la desfilada por la plaza del Mercado, donde se estaban realizando las últimas ventas. La tía Picores al frente, abriendo paso á empujones; detrás sus viejas amigas, de hocico arrugado y ojos amarillentos; Rosario, que como había venido á pie iba cargada con sus cestas vacías, y Dolores, que á pesar de su dolorida oreja sonreía por costumbre al oir los chicoleos que provocaba su rostro moreno asomando bajo el pañuelo de pita.

Tomaron posesión de la chocolatería, como antiguas parroquianas, dejando sobre las mesitas de mármol las cestas de Rosario, que apestaban, mezclando su olor de podredumbre con el perfume de chocolate barato que salía de la cocina inmediata.

La tía Picores bufaba de satisfacción al verse en la fresca sala que constituía su mayor lujo, contemplando todos los detalles, que le eran tan conocidos: el zócalo de pintarrajeada esterilla; las paredes de blancos azulejos; la mampara de cristales helados con cortinillas rojas; en la puerta las heladoras, inmóviles, con la panza enfundada en corcho y puntiaguda caperuza de metal; más adentro el mostrador, con sus dos urnas de cristal para los bizcochos y los azucarillos, y tras él la dueña dormitando, moviendo perezosamente la caña con su cabellera de rizados papeles para espantar el enjambre de moscas.

¿Qué iban á tomar? ¡Lo de siempre!... eso no se pregunta. Jícara de á onza por barba y vaso de refresco.

Con este eran cuatro chocolates los que había engullido la tía Picores en la mañana; pero su estómago y el de sus amigas estaban á prueba del Caracas falsificado, que sorbían con sibarítico placer. ¿Había cosa mejor en el mundo? Aquello alargaba la vida. Y las arrugadas narices de las viejas contraíanse con expresión ansiosa, aspirando el humillo azulado que exhalaban las blancas jícaras.

Salían los pedazos de ensaimada chorreando obscura pasta para sumirse en las bocas desdentadas, mientras que las dos jóvenes apenas si comían, permaneciendo con la cabeza baja para no cruzar sus miradas.

Pero como ya la jícara de la tía Picores estaba casi vacía, intervino su vozarrón en el penoso silencio.

¡Pero qué tontas eran! ¿Aun les duraba el disgusto? Había que reconocer que las pescaderas de ahora eran muy diferentes á las de antes. ¡Qué morros se ponían! ¡Qué rencores se guardaban! ¡Ni que fuesen señoritas! Antes la gente tenía mejor corazón. Y si no, vamos á ver: ¿no se había tirado ella del moño con todas las de su edad que estaban presentes? (Aquí un movimiento afirmativo de las seis amigas de la vieja loba.) De seguro que si se arremangasen los zagalejos, aun encontrarían tal vez más abajo de la espalda la señal de algún taconazo traidor; y sin embargo, tan amigas, tan dispuestas á hacerse un favor, á remediarse en una desgracia. Y así debe ser la gente, ¡recordones! Todas tenemos un pronto, pero después que nos pasa se olvida, como hacen las gentes de buen corazón. Las rabietas se dejan á la puerta de la chocolatería, y aquí dentro buenas amigas. Lo que decía su madre y se ha dicho siempre en la Pescadería. Los pesares no han de pasar de la garganta.

Pesar, d' así no has de pasar.
Chocolate, bollet y gòt de quinset.

Y aunque el vaso no fuera de quinset, por no ser aún época de helados, todas las viejas, aprobando la filosofía de su compañera, se sorbieron los vasos de tisana dulce, expresando algunas su satisfacción con ruidosos eructos.

Pero la tía Picores iba indignándose ante la silenciosa reserva de las dos rivales. ¡Qué! ¿Iban á estarse así toda la vida? ¿Es que sus palabras no valían nada? Á ver: Rosario, que era la más culpable.

Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando de los flecos de su mantón, masculló algo confusamente sobre su marido, y al fin dijo con lentitud:

Yo... si esta me promet... ferli mala cara...

Dolores saltó inmediatamente, irguiendo su soberbia cabeza.

¡Hacer mala cara! ¿Era ella acaso algún coco, algún butòni para asustar á las personas? Además, Tonet, el dichoso marido de la otra, era hermano de su hombre, y á un cuñado no se le puede cerrar la puerta ni recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin... ella era buena; ella no tenía ganas de ruidos; ella quería vivir en santa paz y no le gustaba tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran líos, mentiras de la gente que no sabe cómo enguerrar á los buenos matrimonios. ¡Que ella había sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!... ¿y qué? ¿Era la primera vez que ocurría esto? ¿Y qué otro motivo había para que la armasen tales calumnias?... Lo volvía á repetir: quería paz y tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometía que si alguna confianza se tomaba con Tonet, como á cuñado que era, no volvería á repetirla para que las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.

La tía Picores estaba radiante. Así le gustaban á ella las personas. Buen corazón ante todo. ¡Qué! ¿estaba contenta Rosario? ¿No era bastante? Ahora un abrazo y todo se acabó.

Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las dos cuñadas se abrazaron sin levantarse de las sillas.

La tía, satisfecha de su triunfo, hablaba por los codos. Era una locura que las mujeres riñesen por un hombre. Lo que ella decía. ¿No había de sobra hombres en el mundo? Eso es lo que querían los muy granujas; que riñesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.

La mujer debía tener agallas, sí señor; muchas agallas. Ser como ella, que cuando su difunto le hacía una, sabía traerlo al orden, y hasta si era preciso, obligarle á que le pidiese perdón.

Además, buenos eran ellos para tenerles celos. ¿Para qué mayor infierno? ¿Sabía una siempre dónde pasaba las horas el marido al salir de casa? No; por lo mismo era una tontería enrabietarse por sus pilladas y no darse buena vida. Cuanto más fiera es una, más la quieren. Lo que hacía ella con el difunto cuando sospechaba algo. ¡Fuera de la cama; y donde has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de mimos ni cucamonas; así la respetan á una.

Dolores, seria y estirada, contraía los labios como si contuviera la risa que le escarabajeaba en el paladar.

Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con la tía Picores. Vivía honradamente con su marido y tenía derecho á que Tonet la imitara. No le gustaban líos ni enredos.

La vieja la interrumpió. Todo aquello eran músicas, hipocresías que la daban asco. Había que tomar á los hombres tal como eran. ¿Verdad, chicas?...

Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus cabezas de indio viejo.

La tía Picores continuó. Todos los hombres eran unos bestias, que cuanto más mal los trata una, mejor la siguen como perros. Además, la que quisiera tener seguro á su hombre, que lo atase á una pata de la cama con las cintas de las enaguas... Y no decía más.

El tartanero había asomado su cabeza varias veces. Esperaba impaciente y manifestaba su prisa con un gran acompañamiento de interjecciones contra aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza propia.

¡Aguárdat, cara de palleta!—gritó la ronca vieja—. ¿Qué no te paguem?...

Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus bolsas, extendió su brazo majestuosamente. Allí no pagaba nadie, ¡recordones! La fiesta era cosa suya. Había que celebrar la reconciliación de las chicas.

Poniéndose en pie, se arremangó falda y zagalejo, buscando sobre las enaguas una gran bolsa ceñida á la cintura, de la que fue sacando unas tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja mohosa, y por fin un puñado de calderilla, que arrojó sobre la mesa.

Algunos minutos pasó contando y recontando las piezas pegajosas, saturadas de olor de marisco, y por fin dejó el montoncito sobre el mármol, saliendo de la chocolatería cuando ya todas las amigachas se habían encaramado en la vieja tartana.

Rosario, con sus cestas vacías, estaba en la acera, frente á Dolores, mirándose las dos y sin saber qué decirse.

La tía Picores la invitó á subir en la tartana. Se apretarían un poco y la llevarían hasta casa.... ¿Que no? Bueno, pues ya sabía lo dicho: mucha paz y tranquilidad.

Adiós, Rosario—dijo Dolores sonriendo graciosamente—. Ya saps que som amigues.

Y saludándola con amistoso ademán, subió seguida de su tía, inclinándose quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos soberbias moles.

Se alejó el carromato con suspiros de desvencijamiento y chirridos de hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al brazo, quedó inmóvil en la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en la realidad de una reconciliación con su rival.

II

Habían pasado muchos años, y sin embargo, unos por referencia y otros como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabañal de lo ocurrido un martes de Cuaresma.

El día fué de los más hermosos. El mar estaba tranquilo, terso como un espejo, sin la más ligera ondulación, reflejando el inquieto triángulo de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.

Vendíase el pescado como una bendición de Dios. La demanda era mucha en el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes frente al cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al Cabañal, en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.

Á mediodía cambió el tiempo. Sopló el viento de Levante, tan terrible en el golfo de Valencia; el mar se rizó levemente; avanzó el huracán, arrugando la tersa superficie, que tomaba un color lívido, y un montón de nubes corriéronse desde el horizonte, cubriendo al sol.

En la playa fué grande la alarma. Aquel viento anunciaba para las pobres gentes, duchas en las desgracias del mar, una tempestad de las que dejan rastro en los hogares de los pescadores.

Alborotábanse las pobres mujeres, y con las faldas azotadas por el viento corrían por la playa sin saber dónde ir, dando espantosos alaridos y encomendándose á todos los santos de su devoción, mientras que los hombres, pálidos, ceñudos, chupando sus cigarrillos y poniéndose al abrigo de las barcas varadas en la arena, examinaban el horizonte, cada vez más obscuro, con la mirada concentrada y poderosa de las gentes del mar, y se fijaban con inquietud en la entrada del puerto, en la avanzada escollera de Levante, rojos pedruscos sobre los cuales comenzaban á romperse las primeras moles de agua, cubriéndolos de hirvientes espumarajos.

La suerte de tantos padres á quienes la tempestad habría sorprendido ganándose el pan, hacía temblar á la gente de la playa; y á cada mugido del viento, todos, bamboleándose sobre la arena, pensaban en los robustos mástiles, en las triangulares velas que tal vez en el mismo momento se hacían trizas.

Á media tarde en el horizonte, cada vez más obscuro, comenzó a marcarse una línea de velas, como inquietos copos de espuma, que tan pronto se remontaban como desaparecían.

Llegaban como rebaño asustado y en dispersión, dando tumbos sobre las lívidas olas, perseguidas siempre por el mugido feroz, que parecía divertirse arrancándolas en cada papirotazo una vela, un trozo de mástil ó el timón, hasta que levantando una montaña de agua verdosa, cogía de través á la desmantelada barca y se la sorbía.

La última y más terrible lucha fué á la entrada del puerto. En las barcas que consiguieron entrar, los tripulantes, mojados de pies á cabeza, recibían los abrazos de sus familias con ojos de idiota, como resucitados que se asombran al verse de pronto en plena vida. Aquella noche dejó memoria en el Cabañal.

Grupos de mujeres desmelenadas, frenéticas de dolor, roncas de gritar sus aclamaciones al cielo, corrían por el muelle de Levante, expuestas á ser devoradas por las olas que escalaban los peñascos, mojadas por el polvo de amarga agua que escupía la furiosa marea, y miraban ansiosas el horizonte, como si en la sombra pudieran distinguir la lenta y horrible agonía de las últimas barcas.

Faltaban muchas á llegar. ¿Dónde estarían? ¡Ay Dios!... ¡qué felices eran las mujeres que estaban en el puerto abrazando á sus maridos é hijos, mientras los otros, más infortunados, corrían dentro de un ataúd al través de la noche, saltando de ola en ola, rodando á lo más hondo de hirvientes simas, sintiendo bajo los pies el crujir de las quebrantadas tablas y sobre la cabeza la lívida montaña de agua próxima á desplomarse!

Llovió durante toda la noche, y muchas mujeres esperaron el amanecer en el muelle, combatido por el oleaje, envueltas en el calado mantón, en cuclillas sobre el barro negruzco del carbón de piedra, rezando á gritos para ser oídas mejor por los sordos de arriba, é interrumpiendo algunas veces su oración para tirarse de los revueltos pelos, lanzando á lo alto, en un arranque de odio y resentimiento, las terribles blasfemias de la Pescadería.

¡Hermoso amanecer! El sol asomó su hipócrita cara tras la tranquila línea del mar, matizada á trechos por las espumas de la noche anterior; extendió sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados é inquietos, embelleciéndolo todo; allí no había pasado nada; y lo primero que doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fué el casco destrozado de un bergantín noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena, mostrando á flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y los palos rotos tremolando todavía jirones de velas.

Su cargamento era madera del Norte; y mansamente empujados por los suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las enormes vigas, los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de puntos negros que pululaba en la playa, desaparecían como tragados por la arena.

Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era la tempestad. Y por los caminos de la huerta de Ruzafa deslizábanse arrastradas las hermosas maderas del Norte, que habían de convertirse en techumbres de nuevas barracas.

Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballerías como legítimos poseedores del botín, sin pensar que tal vez estaba salpicado con la sangre de los infelices extranjeros que dejaban á sus espaldas tendidos sobre la arena.

En la playa, los carabineros y la muchedumbre inactiva formaban corros más curiosos que aterrados en torno de unos cuantos cadáveres tendidos entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y fornidos, mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de blancura femenil, mientras sus ojos azules, turbios é inmóviles, miraban al cielo con misteriosa expresión.

El naufragio del bergantín noruego fué lo más notable de la tempestad. Los periódicos hablaron de la catástrofe. Acudió la gente de Valencia como en romería para ver de lejos el buque náufrago hundido hasta la borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras, acogiendo con gestos de extrañeza las lamentaciones de aquellas mujeres que no veían volver á los suyos.

La desgracia no era tan grande como en un principio se creyó. Al serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas, á las que se tenía por perdidas.

Habíanse refugiado huyendo de la tempestad en Denia, en Gandía ó en Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto, provocaba alaridos de alegría, exclamaciones de gozo, votos de gracias á todos los santos encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la subsistencia.

Una sóla no volvió: la barca del tío Pascualo, un vividor de los más tenaces que se conocían en el Cabañal, siempre rabiando por conquistar la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orán, á las que llamaba con familiaridad la còsta d’afòra, como si se tratase de la acera de enfrente.

Su mujer, Tona, pasó más de una semana esperándole en el puerto, siempre con un arrapiezo al pecho y otro más talludo y gordinflón agarrado a sus faldas. Esperaba á su Pascual, y á cada nuevo informe que la daban, prorrumpía en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando á gritos á María Santísima.

Los pescadores no se expresaban con claridad, pero al hablarla ponían el gesto fosco. Habían visto la barca corriendo el temporal frente al cabo de San Antonio; le faltaban las velas; no pudo ganar tierra, y hasta alguno creía haberla visto al pie de una ola enorme, hinchada, verdosa, que la cogió de lado, no pudiendo asegurar si reapareció ó fué engullida por el agua.

Y la infeliz mujer, siempre esperando en el puerto con sus dos hijos, tan pronto desesperada como animándose con extraña esperanza, hasta que por fin, á los doce días, una escampavía que costeaba persiguiendo el contrabando, condujo á la playa la barca del tío Pascualo con la quilla al aire, negra, lustrosa con la viscosidad del mar, flotando lúgu-bremente como gigantesco ataúd y rodeada de un enjambre de extraños peces, pequeños monstruos que parecían atraídos por un cebo que husmeaban á través de las quebrantadas tablas.

Sacaron la barca á la orilla. El mástil estaba roto á ras de la cubierta, la cala llena de agua; y cuando los pescadores pudieron bajar á ella para acabar de vaciarla á fuerza de cubos, sus pies hundidos entre las cuerdas y cestones que aun estaban allí revueltos, tropezaron con algo blando y viscoso que les hizo gritar con instintivo horror. Era un muerto. Y hundiendo sus brazos en el agua que quedaba en el fondo de la bodega, sacaron un cuerpo hinchado, verdoso, con el vientre enorme próximo á estallar, la cabeza destrozada como repugnante masa, y en todo el cuerpo mordeduras de voraces pececillos que, no soltando su presa, erizábanse sobre el cadáver, comunicándole espeluznantes estremecimientos.

Era el tío Pascualo; pero tan horrible, que la viuda prorrumpió en lamentos, sin atreverse á tocar la masa repugnante. Algún golpe de mar le había arrojado al fondo de la cala antes que la barca se perdiese, y allí se quedó con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el armazón de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de economías amasadas ochavo sobre ochavo.

Las comadres del Cabañal prorrumpían en lamentos al ver cómo dejaba el mar á los hombres que tenían el valor de explotarlo, y con sus alaridos de plañidera acompañaron al cementerio la caja que contenía el cadáver roído y aplastado.

Durante una semana se habló mucho del tío Pascualo; después la gente sólo se acordó de él al ver á su viuda, siempre suspirando, con un arrapiezo de la mano y otro al pecho.

Algo más que la pérdida del marido lloraba la pobre Tona. Veía acercarse la miseria; pero no una miseria tolerable, sino la que espanta á la misma pobreza acostumbrada á privaciones; la carencia de hogar, la necesidad de tender la mano en las calles para conseguir el ochavo ó el mohoso mendrugo.

Cuando aun estaba reciente su desgracia encontró protección; y las limosnas, las suscripciones entre el vecindario, pudieron sostenerla durante tres ó cuatro meses; pero la gente es olvidadiza. Tona ya no fué la viuda del náufrago, sino una pobre más que importunaba á todos con lamentaciones pedigüeñas, y al fin vió cerrarse muchas puertas y volverse con desvío caras amigas que siempre habían tenido para ella cariñosas sonrisas.

Pero no era mujer para amilanarse ante el desvío general. ¡Ea! ya había llorado bastante. Llegaba el momento de ganarse la vida como una buena madre que tiene magníficos puños y dos bocas que la piden pan.

No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de mosquitos.

Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía plantear su industria. La tumba del padre serviría de sustento para ella y los hijos.

Un primo hermano del difunto Pascual, el tío Mariano, solterón que iba para rico y parecía tener algún cariño á los dos sobrinos, fue, a pesar de su avaricia, el que ayudó á la viuda en los primeros gastos.

Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo, formando una puerta con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse algunos tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué sustituida por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el lóbrego tabuco; á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse dos agujeros á modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para los niños, y sobre la puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el cual mostrábanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media docena de taburetes de esparto.

La fúnebre barca convirtióse en cafetín de la playa, cerca de la casa donde están los toros para el arrastre de las embarcaciones, en el punto en que se descarga el pescado y es mayor la afluencia de gente.

Las comadres del Cabañal estaban asombradas. Tona era el mismo demonio. ¡Miren qué bien sabía ganarse la vida! Toneles y botellas se vaciaban que era una bendición de Dios; los pescadores sorbían allí sus copas sin necesidad de atravesar toda la playa para ir á las tabernas del Cabañal, y bajo el tinglado, en las cojas mesillas, echaban sus partidas de truque y flor, esperando la hora de hacerse à la mar y amenizando el juego con sendos tragos de caña que Tona recibía directamente de la misma Cuba, según su formal juramento.

La barca en seco navegaba viento en popa. Cuando saltando de ola en ola arrastraba las redes, jamás había producido tanto al tío Pascual como ahora, que vieja y con el costillaje quebrantado, la explotaba la viuda.

Pruebas eran de esto las sucesivas transformaciones que iba experimentando la original instalación. Los agujeros de los dos camarotes cubríanse con vistosas cortinas de sarga; y cuando éstas se levantaban, veíanse colchones nuevos y almohadas de blanca funda; sobre el mostrador brillaba como un bloque de oro la reluciente cafetera; la barca, pintada de blanco, había perdido el fúnebre aspecto de tumba que recordaba la catástrofe, y junto á sus costados iban extendiéndose cercas de cañas, conforme aumentaba la prosperidad del establecimiento. Corrían con gracioso contoneo sobre la ardiente arena más de veinte gallinas, capitaneadas por un gallo matón y vocinglero que se las tenía tiesas con todos los perros vagabundos que correteaban la playa; al través de los cañizos oíase el gruñido de un cerdo atacado del asma de la obesidad, y frente al mostrador, bajo el sombrajo, flameaban á todas horas dos fogones, donde las paellas de arroz burbujeaban su caldo substancioso o el pescado chirriaba, dorándose entre el azulado vapor del aceite frito. Había allí prosperidad y abundancia. No era para hacerse ricos, pero se vivía bien. La Tona sonreía con satisfacción pensando que nada debía y viendo el techo empavesado de morcillas secas, sobreasadas lustrosas, tiras de negra mojama y algún jamón espolvoreado con pimiento rojo: los tonelitos llenos de líquido, las botellas, escalonadas, luciendo licores de color variado, y las sartenes de diversos tamaños colgadas de la pared, prontas á chillar sobre el fogón con su cavidad repleta de cosas substanciosas.

¡Y pensar que había pasado hambre en los primeros meses de su viudez! Por eso, harta y satisfecha, repetía ahora tantas veces la misma afirmación. Por más que digan, Dios no desampara á las buenas personas.

La abundancia y la falta de cuidados la rejuvenecieron. Engordaba dentro de su barca con cierto lustre de carnicera ahita; siempre á cubierto del sol y la humedad, no tenía el color seco y tostado de las que esperaban en la orilla de la playa, y se presentaba tras el mostrador luciendo sobre la voluminosa pechuga una colección interminable de pañuelos de tomate y huevo, complicados arabescos rojos y amarillos tejidos en la sólida seda.

Permitíase lujos de decorado. En el fondo de su tienda, sobre las maderas blanqueadas, alternaban con los toneles una colección de cromos baratos con rabiosos colorines que apagaban los de sus vistosos pañuelos; y los pescadores, mientras bebían bajo el sombrajo, miraban por encima del mostrador la Cacería del león, La muerte del justo y la del pecador, La escala de la vida, media docena de santos, entre los cuales no faltaban San Antonio y el comerciante flaco y el gordo representando al que fía y al que vende al contado, con la consabida leyenda: «Hoy no se fía aquí, mañana sí

Había para estar satisfecho viendo cómo se criaba la familia sin grandes privaciones. La tienda siempre adelante, y poco á poco se llenaba de duros ahorrados una media vieja que ella guardaba en su camarote, entre el piso de tablas y el grueso colchón.

Algunas veces no podía contenerse, y deseosa de apreciar en conjunto su fortuna, salía hasta la orilla de la playa. Desde allí contemplaba con ojos enternecidos el cercado de las gallinas, la cocina al aire libre, la anchurosa pocilga donde roncaba el sonrosado cerdo, y la barca, que asomaba entre la aglomeración de cercas y cañares sus dos puntas de deslumbrante blancura, como embarcación fantástica que, arrastrada por un huracán, hubiese ido á caer en el corral de una granja.

No por esto se hallaba libre de incomodidades. Dormía poco, levantábase al amanecer, y muchas veces, á media noche, aporreaban la puerta de la barca y había que levantarse para servir á los pescadores recién llegados á la playa, que descargaban su pescado y tenían que hacerse á la mar antes del alba.

Estas francachelas nocturnas eran las más productivas y las que mayor cuidado inspiraban á la tabernera. Conocía bien á aquella gente, que después de pasar una semana sobre las olas, quería en las pocas horas de holganza gozar de un golpe todos los placeres de la tierra.

Abalanzábanse al vino como mosquitos; los viejos quedábanse dormitando sobre la mesa con la pipa apagada entre los secos labios; pero los jóvenes mozetones fornidos, excitados por la vida trabajosa y casta del mar, miraban á la siñá Tona de modo tal, que ella torcía el gesto con enfado y se preparaba á rechazar los brutales cariños de aquellos tritones de camiseta rayada.

Nunca había valido gran cosa; pero su naciente obesidad, los ojazos negros, que parecían aclarar su rostro moreno y lustroso, y más que todo la ligereza de ropas con que en verano servía á los nocturnos parroquianos, hacíanla hermosa para los muchachos rudos que, al poner la proa hacia Valencia, pensaban con regocijo en que iban á ver á la siñá Tona.

Pero ella era una hembra brava que sabía tratarlos. Jamás se rendía; las proposiciones audaces las contestaba con gestos de desprecio; los pellizcos con bofetones, y los abrazos por sorpresa con soberbias patadas, que más de una vez hicieron rodar por la arena á un mocetón tieso y fuerte como el mástil de su barca.

Ella no quería líos como muchas otras, ni permitía que le faltasen en tanto así. Además, era madre, los dos chicos dormían á poca distancia, separados de ella por un tabique de tablas, al través del cual oía sus poderosos ronquidos, y sólo estaba para pensar en mantener á la familia.

El porvenir de sus chicos comenzaba á preocuparla. Se habían criado en la playa como dos gaviotas, anidando en las horas del sol bajo la panza de las barcas en seco ó correteando por la orilla en busca de conchas y caracoles, hundiendo sus piernecitas de color de chocolate en las gruesas capas de algas.

El mayor, Pascualet, era un retrato vivo de su padre. Grueso, panzudo, carilleno; tenía cierto aire de seminarista bien alimentado, y los pescadores le llamaron el Retor, apodo que había de conservar toda su vida.

Tenía ocho años más que su hermano Antonio, un muchacho enjuto, nervioso y dominante, cuyos ojos eran iguales á los de Tona.

Pascualet fue una verdadera madre para su hermano. Mientras la siñá Tona atendía á la taberna en los primeros tiempos, que fueron los más penosos, el bondadoso muchacho cargaba con el hermanito como niñera cuidadosa, y jugaba con los pilletes de la playa, sin abandonar nunca al arrapiezo rabioso y pataleante que le martirizaba la espalda y le pelaba el cogote con sus pellizcos.

Por la noche, en el camarote estrecho de la barca-taberna, para Tonet era el mejor sitio, y su cachazudo hermano se apelotonaba en un rincón para dejar espacio á aquel diablejo que, á pesar de su debilidad, le trataba como un déspota.

Los dos muchachos, arrullados por el sordo oleaje, que en los días de marea llegaba hasta la misma taberna, y oyendo como el viento del invierno silbaba al querer introducirse por entre los tablones, dormíanse estrechamente abrazados bajo la misma colcha. Algunas noches despertábanse con el ruido de los pescadores, que celebraban su fiesta de tierra; oían las palabrotas que su madre profería en momentos de indignación, el sonoro choque de alguna bofetada, y más de una vez el tabique de su camarote conmovíase con el sordo golpe de un cuerpo falto de equilibrio; pero volvían á dormirse, poseídos por una ignorancia inocente, libre de sospechas y alarmas.

La siñá Tona tenía injustas debilidades tratándose de sus hijos. Al principio de su viudez, cuando por las coches les veía dormir en el angosto camarote, con las cabecitas juntas, rozando tal vez la misma madera en que se había aplastado el cráneo de su padre, sentía profunda emoción y lloraba como si fuera á perderlos dentro del fúnebre armazón de tablas, como ya había perdido á su Pascual. Pero cuando llegó la abundancia y el tiempo fué borrando el recuerdo de la catástrofe, la siñá Tona comenzó á mostrar predilección por su Tonet, criatura de gracia felina, que trataba á todos con sequedad é imperio, pero que tenía para su madre cariños de gatito travieso.

La viuda entusiasmábase por su Tonet, vagabundo de la playa, que á los siete años pasaba casi todo el día fuera de la barcaza, correteando con la granujería y volviendo al anochecer con las ropas rotas y agua y arena en los bolsillos. Mientras tanto, el mayor, relevado ya de cuidar á su hermano, pasaba el día en la taberna limpiando vasos, sirviendo á los parroquianos, dando de comer á las gallinas y al cerdo y vigilando con grave atención las sartenes que chirriaban en los fogones de la cocina.

Cuando su madre, soñolienta tras el mostrador en las horas de sol, se fijaba en Pascualet, experimentaba siempre una violenta sorpresa. Creía ver a su marido tal como ella le conoció en la infancia cuando era grumete de barca pescadora. Era su mismo rostro, carrilludo y sonriente, su cuerpo cuadrado y fornido, sus piernas robustas y cortas y aquel aire de sencillez honrada, de laboriosidad cachazuda que lo acreditaba ante todos como hombre de bien.

En lo moral era lo mismo. Muy bondadosote y tímido, pero una verdadera fiera cuando se trataba de ganar una peseta, y con un cariño loco por la mar, madre fecunda de los hombres valientes que saben pedirla el sustento.

Á los trece años ya no podía conformarse á seguir en la taberna. Dábalo á entender con palabras sueltas, con frases truncadas y algo incoherentes, que era lo único que podía salir de su dura mollera. Él no había nacido para servir en la taberna. Era faena demasiado cómoda; eso para su hermano, que no mostraba gran afición al trabajo. Él era fuerte, le gustaba el mar y quería ser pescador como su padre.

La siñá Tona se asustaba al oírle, y en su memoria resucitaba la horrible catástrofe del día de Cuaresma. Pero el chico era testarudo. Aquellas desgracias no pasaban todos los días, y ya que tenía vocación, debía seguir el oficio de su padre y de su abuelo, como muchas veces se lo había dicho el tío Borrasca, un viejo patrón de barcas, gran amigo del tío Pascualo.

Por fin la madre cedió cuando iba a comenzar la temporada de la pesca del bòu, y Pascualet se enganchó con el tío Borrasca como grumete ó gato de barca, teniendo como salario la comida y la propiedad de todos los cabets, ó sea el pescado menudo que saliese en las redes, camarones, caballitos de mar, etc.

El aprendizaje comenzó bien. Hasta entonces le habían vestido con la ropa vieja de su padre, pero la siñá Tona quiso que entrase con cierta dignidad en su nuevo oficio, y una tarde, cerrando la taberna, fueron al Grao á un bazar del puerto, donde vendían ropas hechas para los marineros. Pascualet recordó durante muchos años la tal tienda, que le parecía el santuario del lujo. Los ojos se le fueron tras los chaquetones azules, los impermeables de amarillo hule, las enormes botas de aguas, prendas todas que sólo usaban los patrones, y salió orgulloso con su hatillo de grumete, compuesto de dos camisas mallorquinas, tiesas, ásperas y burdas, como si fuesen de papel de lija; una faja de lana negra, un traje completo de bayeta, de un amarillo rabioso; una barretina roja para calársela hasta el cuello en el mal tiempo y gorra de seda negra para bajar a tierra. Por fin, le vestían a su medida; ya no tendría que luchar con las chaquetas de su padre, que en los días de viento se hinchaban como velas, haciéndole correr por la playa más aprisa que quería. De zapatos no había que hablar. Él no recordaba haber metido jamás en tal tormento sus ágiles pies.

No se equivocaba el muchacho al decir que había nacido para el mar. En la barca del tío Borrasca se encontraba mucho mejor que en la otra encallada en la arena, junto á la cual gruñía el cerdo y cacareaban las gallinas. Trabajaba mucho, y además de su pitanza percibía algunos puntapiés del viejo patrón, cariñoso en tierra, pero que una vez sobre su barca no respetaba ni á su mismo padre. Trepaba al mástil á poner el farol ó arreglar una cuerda con la ligereza de un gato; ayudaba á tirar de las redes cuando llegaba el momento de chorrar; baldeaba la cubierta, alineaba en la cala los grandes cestos del pescado y soplaba el fogón, cuidando de que el caldero estuviera siempre en su punto para que no se quejara la gente de á bordo. Pero como compensación á estos trabajos, ¡cuántas satisfacciones! Al terminar el patrón y los suyos la comida que él y otro gato de la barca presenciaban inmóviles y respetuosos, dejábanles las sobras a los chicos, y los dos sentábanse a proa con el negro caldero entre las piernas y un pan bajo del brazo. Ellos sacaban la mejor parte, y cuando las cucharas tropezaban ya con el fondo, entonces entraba la rebañadura mendrugo en mano, hasta que el metal quedaba limpio y brillante, como si acabasen de fregarlo.

Después venía el huroneo en busca del vino que la tripulación había dejado olvidado en el fondo del porrón de lata; y los gatos, si no había trabajo, tendíanse como unos príncipes en la proa, con la camisa fuera de los pantalones y la panza al aire, arrullados por el cabeceo de la barca y las cosquillas de la brisa.

Tabaco no faltaba, y el tío Borrasca dábase á todos los demonios viendo con qué rapidez desaparecía de los bolsillos de su chaquetón unas veces la alguilla de Argel y otras la picadura de la Habana, según la calidad del último alijo hecho en el Cabañal.

Aquella vida era inmejorable para Pascualet, y cada vez que bajaba á tierra, su madre le veía más robusto, más recocido por el sol y tan bondadosote como siempre, á pesar de su continuo roce con los gatos de barca, pilletes precoces capaces de las mayores malicias y que al hablar echaban á las narices ajenas el humo de una pipa casi tan grande como ellos.

Las rápidas apariciones en la taberna eran lo único que hacía á la siñá Tona acordarse de su hijo mayor.

La tabernera mostrábase preocupada. Pasaba los días enteros en su barcaza, sola, como si no tuviese hijos. El Retor estaba en el mar ganándose su parte de cabets, para después, en los días de fiesta, llegar muy ufano á entregar á su madre tres ó cuatro pesetas, que eran el jornal de la semana, y el otro, el pequeño, aquel Tonet de piel de diablo, había salido un bohemio incorregible, que sólo volvía a casa acosado por el hambre.

Juntábase con la pillería de la playa, un tropel de chicuelos que no sabían más de sus padres que los perros vagabundos que les acompañaban en sus correteos por la arena; nadaba como un pez, y en verano zambullíase en el puerto, mostrando con impudor tranquilo su cuerpo enjuto y rojizo para coger con la boca piezas de dos cuartos que le arrojaban los paseantes. Presentábase por la noche en la taberna con el pantalón roto y la cara arañada; su madre le había sorprendido varias veces amorrado con delicia al tonelillo del aguardiente, y una tarde tuvo que ponerse el mantón é ir á la capitanía del puerto para pedir con lágrimas y lamentos que le soltasen, prometiendo que ella le quitaría el feo vicio de arañar en el interior de las cajas de azúcar depositadas en el muelle.

Era una alhaja el tal Tonet. ¡Dios mío! ¿Á quién se parecía? Era una vergüenza que de padres tan honrados saliese un muchacho así; un pillete que, teniendo en su casa comida abundante, pasaba el tiempo huroneando por cerca de los vapores que venían de Escocia, aguardando un descuido de los descargadores para echar á correr con un bacalao bajo del brazo. Un hijo así iba á ser su castigo. Doce años á la espalda y sin afición al trabajo ni el menor respeto á su madre, á pesar de los rabos de escoba que le había roto en las costillas.

Y la siñá Tona hacía confidente de sus desdichas á Martínez, un carabinero joven que estaba de servicio en aquella parte de la playa, y pasaba las horas del calor sentado bajo el sombrajo de la taberna, con el fusil entre las rodillas, mirando vagamente el límite del mar, con el oído atento á las eternas lamentaciones de la tabernera.

El tal Martínez era andaluz, de Huelva; un muchacho guapo y esbelto, que llevaba con mucha marcialidad el uniforme viejo de servicio y se atusaba al hablar el rubio bigote con expresión distinguida.

La siñá Tona le admiraba. Las personas que son finas no lo pueden ocultar; á la legua se las conoce.

Y además, ¡qué gracia en el lenguaje! ¡qué términos tan escogidos gastaba! Bien se conocía que era hombre leído. Como que había estudiado muchos años en el Seminario de su provincia; y si ahora se veía así era porque, no queriendo ser cura y deseando ver mundo, había reñido con su familia, sentando plaza, para venir al fin á meterse en carabineros.

La tabernera oíale embobada contar su historia con aquel pesado ceceo de andaluz sin gracia; y cuando tenía que hablarle, empleaba en justa reciprocidad un castellano grotesco é ininteligible, que hubiese hecho reír en el mismo Cabañal.

—Mire osté, siñor Martines: mi chico me tiene loca con todas esas burrás que hase. Lo que yo li digo: ¿Te hase falta algo, condenat? ¿Pues entonses por qué te ajuntas con esa pillería pollosa? Osté, siñor Martines, que tiene tanta labia, hágali miedo. Dígali que se lo llevará á Valensia para meterlo en la cársel si no es buen chico.

Y el siñor Martines prometía hacerle miedo al travieso pillete, y hasta le sermoneaba con la cara muy fosca, logrando que Tonet, al menos por un rato, permaneciese encogido y como aterrado por el uniforme de aquel hombre y el terrible fusil, que no se separaba nunca de sus manos.

Estos pequeños servicios introducían á Martínez en la vida de familia, haciéndole intimar cada vez más con la siñá Tona. Allí le guisaban la comida; allí pasaba casi todo el día, y más de una vez la tabernera se prestó gustosa á zurcirle la ropa blanca y á pegarle botones en prendas interiores.

¡Pobre siñor Martines! ¿Qué sería de un joven tan fino sin una persona como ella? Iría roto y abandonado como un perdido, y esto, francamente, no podía consentirlo una persona de buen corazón.

En las tardes del verano, cuando el sol caía de lleno sobre la desierta playa sacando reflejos de incendio de la tostada arena, bajo del sombrajo de cañas ocurría siempre la misma escena. Martínez, sentado en un taburete de esparto, cerca del mostrador, leía á su autor favorito, Pérez Escrich, en tomos abultados y mugrientos, con las puntas roídas, que habían corrido toda la costa, pasando de unos carabineros á otros.

La siñá Tona no se equivocaba. De aquellos librotes, que la inspiraban el supersticioso respeto del que no sabe leer, era de donde sacaba Martínez las palabritas sonoras y rebuscadas, aquella filosofía moral que la conmovía.

Y desde el otro lado del mostrador, cosiendo á tientas, sin saber lo que hacía, contemplaba fijamente á Martínez, dedicando media hora á su fino y rubio bigote y no menos tiempo á apreciar cómo tenía la nariz ó con qué exquisito gusto se abría la raya, aplanando en ambos lados el dorado cabello.

Algunas veces, al volver la página, levantaba Martínez la cabeza, y sorprendiendo los negros ojazos de Tona fijos en él, ruborizábase y seguía leyendo.

La tabernera reprendíase después por tales contemplaciones. ¿Pero qué era aquello?... En la vida se le había ocurrido, viviendo su Pascual, mirarle detenidamente para apreciar cómo tenía la cara. Y ahora se estaba ella como una boba horas y más horas comprometiéndose con una contemplación de la que no podía librarse. ¿Qué diría la gente al saberlo?... Indudablemente le tenia ley a aquel hombre.... ¡Claro!... ¡Era tan fino y tan guapo!... ¡Hablaba tan bien!...

Pero era un disparate todo aquello. Ella ya iba para los cuarenta; no se acordaba con exactitud, pero debía estar en los treinta y siete o cosa así; y él no pasaba de los veinticuatro... Pero ¡qué demonio! aunque le llevase algunos años, ella no estaba mal; encontrábase bien conservada, y si no, que lo dijera la gentuza de las barcas que tanto la importunaba. Además, aquel pensamiento no sería ningún disparate, ya que la gente se adelantaba suponiéndolo; y lo mismo los carabineros amigos de Martínez que las pescaderas que iban á la playa, daban á entender sus maliciosas suposiciones con indirectas demasiado directas.

Al fin ocurrió lo que todos esperaban. La siñá Tona, para aturdirse, argüía a sus escrúpulos que sus hijos necesitaban un padre, y nadie mejor que Martínez; y la valerosa amazona, que aporreaba á los rudos pescadores á la menor audacia, se entregó voluntariamente, teniendo que vencer la cortedad de aquel muchachote tímido. De ella partió la iniciativa, y Martínez se dejó arrastrar con su sumisión de hombre superior que, pensando en cosas más altas, permite que en los asuntos terrenales le manejen como un autómata.

El suceso se hizo público. La misma siñá Tona no se enojaba de ello; antes bien, deseaba que fuera bien sabido que la casa tenía amo. Cuando la llamaba al Cabañal alguna ocupación, dejaba la taberna al cuidado de Martínez, que, como en tiempos pasados, seguía sentado bajo el sombrajo mirando al mar con el fusil entre las rodillas.

Hasta los dos chicos parecían enterados de la novedad, El Retor, al bajar á tierra, miraba á hurtadillas á su madre con cierto asombro y mostrábase tímido y vergonzoso en presencia del mocetón rubio y uniformado, al que encontraba siempre en la taberna; pero el otro muchacho, Tonet, delataba en su sonrisa maliciosa que todo aquel suceso había sido objeto de maliciosos comentarios en las reuniones de los pillos de la playa, y en vez de asustarse como antes con los sermones del carabinero, contestábale con muecas y se alejaba dando saltos y haciendo cabriolas sobre la arena, como en señal de desprecio.

Aquella temporada fué para Tona una luna de miel en plena madurez de su vida. Parecíale ahora su matrimonio con Pascual una monótona servidumbre. Amaba con vehemencia al carabinero, con la explosión de cariño propia de una mujer que va hacia el ocaso; y cegada por esta pasión, hacia alarde de ella, sin importarle lo que murmurase la gente. ¿Y qué?... Que dijesen lo que quisieran. Otras hacían peor que ella, y la que hablase sería por envidia, al ver que se llevaba un buen mozo.

Martínez, siempre con su aire de soñador, dejábase mimar y acariciar como un hombre que todo lo merece; gozaba de gran prestigio entre sus compañeros y superiores, pues podía disponer del cajón de la taberna y hasta de aquella media repleta de duros que tantas veces se le clavaba en el costado al tenderse en el colchón del camarote.

Por evitarse tal vez esta molestia, se dió prisa á vaciarla, sin que la siñá Tona protestase. ¿No había de ser su marido? Pues suyo era aquel dinero. Mientras la taberna marchase bien, ella no debía quejarse.

Pero cuatro ó cinco meses después llegó un día en que la Tona se puso seria.

Martínez, siñor Martines, baje usted de esa nebulosa altura en que vive su pensamiento. Dígnese escuchar á la Tona. ¿No la oye usted? Que es preciso arreglar la situación. Que las cosas no pueden quedar así. Que hay que justificar lo que venga, y una mujer honrada, madre de dos hijos, no puede serlo de tres sin un hombre que saque la cara diciendo: «Esta es mi obra.»

Y Martínez contestó ¡bueno! á todo, aunque torciendo el gesto dolorosamente, como si acabase de sufrir un tremendo batacazo, cayendo de las alturas ideales en que se refugiaba como hombre no comprendido, para soñar en la probabilidad de ser general, jefe de Estado y otras muchas cosas, como los personajes de sus novelas favoritas.

Pediría los papeles para el casamiento, pero tendrían que esperar, porque Huelva está lejos.

Y Tona esperó, siempre con el pensamiento puesto en Huelva, tierra remota, que por su cuenta debía estar en los alrededores de Cuba ó Filipinas.

Pero el tiempo pasaba y la cosa iba haciéndose urgente.

Martínez, siñor Martines, que sólo faltan dos meses; que á la Tona le es imposible ocultar por más tiempo lo que viene, y la gente se va enterando. ¡Qué dirán los chicos al verse con un nuevo hermano!... Pero Martínez protestaba. No era suya la culpa. Bien veía ella las muchas cartas que escribía para activar el envío de los papeles.

Por fin, un día el carabinero declaró que iba á emprender el viaje á su tierra y traerse los malditos documentos, para lo cual tenía ya el permiso de sus jefes.

Muy bien: aquella resolución le gustaba á la siñá Tona. Y para ayuda del viaje le entregó toda la plata que tenía en el cajón del mostrador, lo peinó por última vez, lloró un poco y ¡hasta la vista! ¡Buen viaje!

La pobre Tona ya no vió más al siñor Martines. Entre los carabineros que pasaban la playa no faltó una buena alma que tuvo el gusto de decirla la verdad.

No había tal viaje á Huelva. Las cartas que escribía Martínez iban á Madrid, pidiendo que lo trasladasen á un punto lejano, pues los aires de Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo habían trasladado á la comandancia de la Coruña.

La siñá Tona creyó volverse loca. ¡Ladrón, más que ladrón! ¡Miren el mosquita muerta!... Fíese usted de esas personas de mucha labia. ¡Pagarle así á ella... á ella, que le hubiese dado hasta el último céntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de siesta tan amorosamente como si fuese su madre!

Pero toda la desesperación de la pobre mujer no impidió que saliese á luz lo que tan urgente hacía el matrimonio; y á los pocos meses la siñá Tona despachaba copas tras el mostrador, enseñando su pecho voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezón una niña blanca, enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que parecía una bola de oro.

III

Pasaron los años sin que sufriese la menor alteración en su monótona vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.

El Retor era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el peligro. De gato había ascendido á ser el tripulante de más confianza en la barca del tío Borrasca, y cada mes solía entregar á su madre cuatro ó cinco duros de ahorros para que los guardase.

Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase entablado una lucha: Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos días. Fué una semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con el tío Borrasca en calidad de gato, pero el patrón se cansó de pegarle, sin conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse tonelero, que era el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la calle, y por fin á los diez y siete años se metió en una còlla del puerto, cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos veces por semana, y esto de mala voluntad.

Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa á los ojos de la siñá Tona, cuando ésta le contemplaba en los días de fiesta (que eran los más para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el bigote; la chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.

Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser otro pillo como aquel Martínez de infausta memoria; pero más salao, más audaz y travieso, y de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo disputaban por novio.

Tona regocijábase al saber el aprecio en que tenían á su hijo, y estaba enterada de todas sus aventuras. ¡Lástima que le tirase tanto el maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su hermano, que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.

Una tarde de domingo, en la taberna de Las buenas costumbres, título terriblemente irónico, se tiró los vasos á la cabeza con los de una còlla de cargadores que trabajaban más barato, y cuando entraron los carabineros á poner paz, pilláronle faca en mano persiguiendo por entre las mesas á los contrarios.

Más de una semana lo tuvieron encerrado en el calabozo de la casa capitular; las lágrimas de la siñá Tona y las influencias del tío Mariano, que era muñidor en las elecciones, consiguieron sacarle á flote; pero tanto le corrigió el arresto, que en la misma noche de su libertad sacó otra vez la dichosa faca contra dos marineros ingleses que, después de beber con él, intentaron boxearle.

Era el gallito del Cabañal. Faena poca; pero una verdadera fiera para resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no presentándose en la de su madre en semanas enteras.

Tenía su poquito de amores serios con cierta intimidad, que para muchos olía á matrimonio anticipado. Su madre no estaba conforme con tales relaciones. No quería una princesa para su Tonet, pero la hija de Paella el tartanero le parecía poca cosa. La tal Dolores era descarada como una mona; muy guapa, sí señor, pero capaz de comerse á la pobre suegra que tuviese que aguantarla.

Era natural que fuese así. Se había criado sin madre, al lado del tío Paella, un borrachón que daba traspiés al amanecer cuando enganchaba la tartana y á quien el vino tenía consumido, engordándole únicamente la nariz, siempre en creciente por las rojas hinchazones.

Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su parroquia la tenía en Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco inglés se ofrecía como un sinvergüenza á los marineros para llevarles á sitios de confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con blancos matinées, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza, conduciéndolas con sus amigos á los merenderos de la playa, donde se corrían juergas hasta el amanecer, mientras que él, alejado, sin abandonar el látigo ni el porrón de vino, se emborrachaba, mirando paternalmente á las que llamaba su ganado.

Y lo peor era que no se recataba ante su hija. Hablábala con los mismos términos que si fuera una de sus parroquianas; su vino locuaz sentía la necesidad de contarlo todo, y la pequeña Dolores, encogida, lejos de los agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos y en ellos una expresión de curiosidad malsana, oía el brutal soliloquio del tío Paella, que se relataba á sí mismo todas las porquerías é infamias presenciadas durante el día.

Y así fué criándose Dolores. ¡Vaya, que lo que aquella chica ignorase!... Por eso Tona no la podía admitir como nuera. Si no se había perdido ahora que comenzaba á ser una mujer guapa, era porque algunas vecinas le aconsejaban bien; pero aun así, la muchacha también daba sus escándalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el amo. Comía con ella, aprovechándose de que el tartanero no volvía hasta muy entrada la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en los bolsillos del tío Paella para dar dinero al novio, lo que hacía lanzar al borracho un vómito interminable de injurias contra la falsa amistad, creyendo que en los momentos de alcohólica turbación le robaban las pesetas sus compinches de taberna.

Era un secuestro en regla el que hacía aquella chica, y Tonet, lentamente, una pieza hoy y otra mañana, fué trasladando toda su ropa desde la taberna de la playa á la casa del tartanero.

La siñá Tona se quedaba sola. El Retor estaba siempre en el mar persiguiendo la peseta, como él decía, unas veces pescando y otras enganchándose como marinero en algún laúd de los que iban por sal á Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas ó metido en casa del tío Paella, y ella aviejándose tras el mostrador de su tiendecilla, sin otra compañía que aquella chicuela rubia, á la que quería de un modo raro, con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del pillo de Martínez. ¡Ojalá se lo haya llevado el demonio!...

Decididamente Dios sólo protegía á temporadas á las personas buenas. Los tiempos presentes no eran ya los de la primera época de su viudez.

Otras barcas viejas varadas en la playa habían sido convertidas en tabernas; los pescadores tenían donde escoger, y además ella envejecía y la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrándola.

Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus antiguos parroquianos, sólo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona más de una vez contempló de lejos su blanca barcaza, considerando melancólicamente el fogón apagado, la cerca casi derribada, tras la cual no gruñía el blanco cerdo esperando la matanza anual, y la media docena de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.

Pasó el tiempo para ella con lenta monotonía, sumida en una estúpida somnolencia, de la que la sacaban únicamente las diabluras de Tonet ó la contemplación de un retrato del siñor Martines, puesto de uniforme, que ella conservaba colgado en su camarote con cierto refinamiento cruel, como para recordarse la debilidad pasada.

La pequeña Roseta, la chicuela caída en la barca por obra y gracia del pillo carabinero, apenas si merecía la atención de su madre. Criábase como una bestiezuela bravía. Por la noche Tona había de ir en su busca para encerrarla en la barca, después de darla una terrible zurra, y durante el día presentábase cuando la aguijoneaba el hambre.

¡Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva cruz que había de arrastrar la pobre Tona.

Huraña y amiga de la soledad, tendíase en la arena mojada, cogiendo conchas y caracoles ó amontonando algas. Á veces pasaba horas enteras con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmóvil vaguedad de hipnótica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios, enroscados y tiesos como culebras, ó hacía ondear el viejo refajo, que dejaba al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura deslumbrante, en cuyas extremidades el ardor del sol había suplido la falta de medias tostando la piel con un color rojo.

Allí se estaba horas y más horas con el vientre hundido en la arena mojada, que cedía bajo su peso, acariciado el rostro por la delgadísima capa de agua que avanzaba y retrocedía sobre el reluciente suelo con las ondulaciones caprichosas del moaré.

Era una bohemia incorregible. Lo que decía Tona: De tal palo, tal astilla. También el granuja de su padre se pasaba las horas muertas embobado ante el horizonte, como si soñara despierto y sin servir para otra cosa.

Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su hija, estaba arreglada. ¡Criatura más desmañada y perezosa!... En la taberna rompía vasos y platos al intentar limpiarlos; quemábase el pescado en la sartén si ella cuidaba del fogón, y al fin su madre tenía que dejarla corretear por la playa ó que fuese á la costura del Cabañal. Á temporadas dominábala un deseo loco de aprender, y se escapaba, exponiéndose á una paliza, para ir en busca de la maestra; pero poco después huía de la escuela, cuando su madre mostrábase conforme en que asistiera á ella.

En verano únicamente ayudaba a la pobre Tona. El lucro uníase á su afán de correteo sin objeto, y cargada con un cántaro tan grande como ella, iba vaso en mano por la playa de los baños ó pasaba audazmente por entre los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando á todas partes con sus ojazos soñadores, agitando la maraña de rubios pelos y gritando con su voz débil: ¡Al aigua fresqueta! sacada de la fuente del Gas.

Unas veces con esto y otras con el cesto de caña lleno de galletas, que pregonaba con tono melancólico: ¡Salaes y dolses! Roseta conseguía entregar á su madre por las noches unos dos reales, lo que aclaraba un poco el gesto fosco de Tona, á la que los malos negocios iban haciendo egoísta.

Y así creció Roseta; siempre en huraño aislamiento, acogiendo con serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando á Tonet, que nunca se había fijado en ella; sonriendo algunas veces al Retor, que cuando bajaba á tierra solía tirarle amistosamente de los retorcidos pelos, y despreciando á la pillería de la playa, de la cual alejábase con un airecillo de reina orgullosa.

Tona acabó por no ocuparse de la chiquilla, á pesar de ser la única compañera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno parecía estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua preocupación.

Aquella perdida habíase propuesto robarle toda su familia. Ya no se contentaba con Tonet, y éste llevaba á casa de Dolores á su hermano el Retor, el cual, al saltar á tierra, pasaba como rápida exhalación por la tabernilla de la playa, yendo á descansar en casa del tartanero, donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.

Pero en realidad lo que incomodaba á Tona más que la influencia que Dolores ejercía sobre sus hijos, era que veía desvanecerse un plan que acariciaba hacía mucho tiempo.

Tenía pensado el matrimonio de Tonet con la hija de una antigua amiga.

Como guapa, no podía compararse con la endemoniada hija del tartanero; pero la siñá Tona se hacía lenguas de su bondad (la condición de los seres insignificantes) y se callaba lo más importante, ó sea que Rosario, la muchacha en quien había puesto los ojos, era huérfana; sus padres habían tenido en el Cabañal una tiendecita, de la que se surtía la tabernera, y ahora, después de su muerte, le quedaba á la hija casi una fortuna; lo menos tres ó cuatro mil duros.

¡Y cómo quería á Tonet la pobrecita! Al encontrarle en las calles del Cabañal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de cordera mansa, y pasaba las tardes en la playa gozándose en hablar con la siñá Tona, tan sólo porque era la madre del gallito bravo que traía revuelta toda la población.

Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores, con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo cuando le soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en Valencia durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores, emborrachándose de noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de hospedaje y gastándose en orgías de pirata hambriento lo que ganaba en alguna timba de calderilla.

En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que costó á su madre un mes de llantos é innumerables alaridos. Tonet, con otros amigotes, sentó plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de la vida del Cabañal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.

Y llegó el día en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidió de Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á que iba destinado.

¡Anda con Dios! Mucho le quería la siñá Tona, pero al fin podía descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario, que, siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de Roseta y preguntaba con emocionada timidez á la siñá Tona si había recibido carta del marinero.

Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos los viajes y estaciones que hacía la Villa de Madrid, fragata en la que iba Tonet como marinero de primera.

¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de húmedos tablones el estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «Para la siñora Tona la del cafetín, junto á la casa dels bòus

Un perfume raro, exótico, que hablaba á los sentidos de vegetaciones desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soñaban con países desconocidos, viendo con la imaginación los negros de la Habana, los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de América.

¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando volviese! Tal vez había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; así sentaría la cabeza. Y la siñá Tona, poseída de nuevo por aquella preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida disciplina de á bordo, mientras que el otro, el Retor, el que ella tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en el gremio de la pesca.

Iba siempre á partir con el dueño de su barca; tenía sus secretos con el tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en todos sus apuros. En fin, que ganaba dinero, y la siñá Tona se daba á todos los demonios viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por ceremonia iba á sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.

En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde había de ser? en casa de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había dado á sus hijos polvos seguidores, pues corrían á ella como perros sumisos.

Allí estaba metido el Retor, como si en casa del tartanero se le perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía que Dolores era para el otro? ¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones que ella hacía escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía con él las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le guardaba los ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.

Un día murió el tío Paella. Lo trajeron á casa destrozado por las ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho caer de su asiento, y murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no abandonaba ni para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.

Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su tía Picores la pescadera, protectora poco envidiable, pues hacía el bien á bofetadas.

Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet, fué cuando circuló la gran noticia. Dolores y el Retor se casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido produjo la noticia en el Cabañal! La gente decía que era ella la que se había declarado al novio, añadiendo otros detalles más fuertes que hacían reír.

Á Tona había que oirla. Aquella siñora de la herradura se había empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo. Ya sabía lo que se hacía la muy tunanta. Un marido bobalicón que se matase trabajando era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo había sabido coger el único de la familia que ganaba dinero!

Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después á la siñá Tona. Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situación y favorecía sus planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á regañadientes, se dignó asistir á la boda y llamar filla mehua al hermoso culebrón, que tan fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.

Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la noticia. ¡Bonito genio tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al saberse que había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural que Dolores se casase, ya que le faltaba arrimo. Además—como él decía—, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su hermano, que era un buen muchacho.

Y tan razonable como en sus cartas se mostró el marinero cuando, con la licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á cuestas, se presentó en el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y el rumbo con que gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como alcances del servicio.

Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué demonio! De lo pasado no había que acordarse. Él también había hecho de las suyas en sus viajes. Y no se preocupó gran cosa de ella ni del Retor, atento á gozar el aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.

Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas ó en el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de Paella, donde ahora vivía el Retor, oyendo con arrobamiento al marinero la descripción de extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor asombro de los papanatas que le admiraban.

Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo, ó con sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía ante las muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente asomando bajo la gorra de seda.

La siñá Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconocía que era tan pillo como antes, pero sabía vivir mejor, y bien se conocía que le había aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas: si bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido, sino satisfacer sus egoísmos de vividor.

Por esto acogió benévolamente todas las proposiciones de su madre. ¿Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; además, tenía un capitalito que podía hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y esto era lo que él deseaba.

Un hombre, después de servir en la marina real, no podía dignamente cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.

Y con gran alegría de la siñá Tona, se casó con Rosario. Todo iba bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita, tímida, sumisa, creyendo en él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas botas impermeables en los días de lluvia.

Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de misteriosos deseos.

Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco, como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de su hijo.

Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera en maldiciones y alborotos.

Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.

Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita, cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad exclusiva el mejor mozo del Cabañal.

El infortunio les aproximaba al Retor, al otro matrimonio que subía y subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza abajo.

Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba el Retor, y él era el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.

Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse de fingir.

Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. El Retor sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia, y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano, pasando en ella más tiempo que en el café.

Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres; entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la casa del Retor, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.

Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel vago; y la hermosa hija del tío Paella burlábase de su cuñada la tísica, la pava, gozándose en insultar su pobreza, su vida trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual, como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.

Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la antigua casa del tío Paella, restaurada y embellecida, á la barraca miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos, llevando y trayendo recados.

Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la siñá Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco, vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre las dos familias.

¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La siñá Tona lo afirmaba, mirando de soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna. Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:

Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia.

IV

Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que el Retor y Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al mar.

Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos temporales.

El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado, y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos lejanos, haciendo temblar sus contornos.

La playa estaba en reposo. La casa dels bòus, donde rumiaban en sus establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco servían de trincheras.

Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.

Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte, el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel.

En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las que pescan al volantí, pequeños y airosos esquifes, que parecían la vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del bòu con idéntica altura é iguales colores.

En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos, con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á la vejez.

Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.

El Retor hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey manso sobre el mar y la costa.

Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo.

Ya estaban en el buen tiempo. El Retor era quien lo afirmaba, y sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el acierto de su patrón, el tío Borrasca. Aun quedaban para la próxima semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían ganarse el pan sin miedo.

Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de monótona cadencia; sonaba lentamente el ¡oh... oh, isa! de unos cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los gatos, que estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica.

Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su calma cachazuda acabase de formular todo el plan.

Por fin habló el Retor. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros. En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet?

Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.

Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la extensión de arena donde en verano se plantan las barraquetes para los bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios, los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto, y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el Cap de Fransa, una masa prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.

No temiendo espionajes, el Retor volvió á sentarse al lado de su hermano.

Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un viaje á la còsta d’afòra, á Argel; como quien dice á la pared de enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de alguilla y Flor de Mayo... ¡Rediel! ese era el negocio; mil veces lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?

Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre aburrido de la pesca.

Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase, enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.

Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la Garbosa. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, el Retor entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella; compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.

Además—y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande—, con una barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les echaba la zarpa.

Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase el Retor de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que exponía su vida.

Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.

Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba siendo su tío.

Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de Carabina, y allá fueron los dos hermanos.

Al pasar por cerca de la casa dels bòus miraron la barcaza-taberna, cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un ¡adiós, mare! el rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta sobre el mostrador.

Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos confundiendo su monótono rac-rac con la susurrante calma de la playa, y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas despidiendo reflejos metálicos.

Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable torno.

Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del mar.

Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho, según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.

Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos, pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores, como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco.

Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían los dueños de las parejas del bòu. En lo alto del mástil se secaban los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un pabellón consular. El Retor miraba estos palitroques con cierta envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?

Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes, estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca, marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban animación y vida.

El de Carabina estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.

Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa superioridad al tío Gòri, un viejo carpintero de ribera que durante veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los días de holganza le oían hasta el anochecer.

—«Se abre... la sisión. El siñor Segasta pide la palabra

Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca:

¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!

Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por debajo del blanco y chamuscado bigote:

—«Siñores: contestando á lo que ayer dijo...»

Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:

¡Este es un embustero!

El Retor, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un ¡hola, chiquets! permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus ilustres amigos.

Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata, que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo, buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de Carabina, aliciente principal del establecimiento.

El señor Mariano (a) el Callao (aunque todos se guardaban de darle en su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro cuartos.

Llamábanle el Callao porque cada día hablaba una docena de veces de aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero de primera á bordo de la Numancia. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez, á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del glorioso navío: ¡Bum! ¡brurrrum!

Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad, prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que, después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas del pueblo.

Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.

Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes, que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su gato el señor Mariano.

Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido, ¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la gente, trabajadora y atrevida.

Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del estanco.

Gracias á sus agallas y á Dios, que no le había abandonado, tenía con qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de los moscas, y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á cambio de ser ciego por una hora.

El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo á pescar.

¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer; pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; le tiraba la afición al fardo prohibido.

Y como el Retor expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando, como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución.

Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus amigos del entrepôt de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á venderlo.

Grasies, tío—murmuraba el Retor saltándosele las lágrimas—. ¡Qué bò es vosté!...

Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido. La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y el Retor, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con sendas cabezadas.

Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores, indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con la vista fija y sin menear apenas los labios.

¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á los del entrepôt.

Pero el Retor no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la côlla de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes. El traje de sayón era de su padre.

El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. El Retor y su hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío. Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?

—Bueno; pues á dinar y hasta la vista, chiquets.

Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera, volviendo al barrio de las Barracas.

¿Qué t’ha dit el tío?—preguntó Tonet con indiferencia.

Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró. ¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano.

El bondadoso Retor se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet.

Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.

Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado hasta él.

V

Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció sereno.

La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante, igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas, con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres atabales.

Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si, barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo.

La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la procesión del Encuentro.

Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados, las vestas, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la arena, sufría indecibles angustias.

Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo conoce con el nombre vago y acomodaticio de traje de guerrero; tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de un apache; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el despropósito, con las fúnebres vestas y los imponentes judíos, pasaban los granaderos de la Virgen, buenos mozos, con enormes mitras semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún ataúd.

Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente; desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.

Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes; madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un ¡Reina y siñora, qué guapos van! y la mascarada piadosa servía para recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio, casi á la puerta de la taberna del tío Chulla.

Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.

Las còllas se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos, solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los horripilantes atributos de la Pasión.

El Retor era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón durante el resto del año y considerado por toda la familia como el tesoro de la casa.

¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre Retor, cada año más rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!

Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón las cortas piernas y el vientre de su Retor, mientras que Pascualet, sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.

Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla, apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores; apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.

Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas; pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el cansancio.

Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera. Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la frontera de sus dominios a recibir el ejército.

Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio, mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón por el estandarte.

Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo, fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No; Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas, ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro de la Marina.

Ya iban todas las còllas camino de la iglesia, con la música al frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.

Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor carácter, ponían un gesto feroz de pocos amigos, y las vestas, con el capuchón calado y la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la madre.

Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica Samaritana, en las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias rayadas.

Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad.

¡Siñor!... ¡Ay Siñor, Deu meu!—murmuraban con acento angustiado las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de la pillería excolmugada.

Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:

¡Morrals!... ¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?

¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor! de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.

La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas, agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre los ojos.

Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en lugar preferente la procesión.

La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?... Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la empresa de su acicalamiento.

Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y ¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al mirar á la gente. ¡Ah, la arrastrada!... ¡Y cómo la respetaban y mimaban todos á pesar de su orgullo!

Las dos cuñadas, con gran desesperación de la tía Picores, seguían mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que hacía presentir nuevas explosiones.

Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al momento.

Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.

Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso, deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del encuentro.

La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.

Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban. ¡Ay, reina y soberana! Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala) que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino del presidio.

Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.

Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos; callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del encuentro.

La gente oía embobada al tío Grancha, un viejo velluter que todos los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando los bebedores de la inmediata taberna de Chulla reían demasiado fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y los devotos clamaban indignados:

¡Calleu... recordons!

Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el tío Grancha, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que contrastaba con su capitán patizambo.

Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la encontraba sola!

Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia, la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de la hermosa nuca erizada de rizados pelos.

Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde le diese la gana?

Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la pupila de hermoso verde mar.

Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se comía los hombres con los ojos.

Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que estaban medio locas. Piensa el ladrón que todos, etc.... Ella únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.

¡Mare!, ¡mare!—gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban á ésta por los flacos y nerviosos brazos.

¿Qué es asò? ¿Sempre lo mateix?—bramó un vozarrón cascado.

Y la enorme mole de la tía Picores se interpuso entre las combatientes.

Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. Tú Dolores... á casa. Y tú, mala llengua, que no t’oixca.

Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.

¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil veces! ¡Qué chicas las de ahora!

Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar por las amigas.

El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.

En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.

El Retor habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la saludable expansión.

Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un puerco espín.

Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores, pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con movimientos de cabeza.

En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba arreglado.

Y ahora al negocio.

Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos aporreaban las puertas con garrotes, la Garbosa, aquella ruina del mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina, blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal; contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.

VI

Muy entrada la noche navegaba la Garbosa en aguas del cabo de San Antonio.

Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las aguas.

Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la inmensidad azul.

El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un cíclope acechando á los navegantes.

Era flojo el viento de la costa, y la Garbosa había pasado todo el día en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en la entrada del verdadero camino de Argel.

El Retor, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz del farolillo que iluminaba el barco.

Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de á bordo, él era el único que había estado en Argel.

El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña al Sudeste! y no había más que dejar á la Garbosa que siguiese su camino si el viento era bueno.

El Retor se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca, exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja rojiza con el rebullir de la estela.

Ahora á dormir.

Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.

El Retor era el único que velaba á bordo de la Garbosa. Á pesar del rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á sus pies.

Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo. Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura? ¿Resistiría la Garbosa si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le pillarían cuando volviese cargado hacia España?

Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja Garbosa como si los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo, parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado, por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el resplandor de lo infinito.

Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.

Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y azulada como espejo veneciano.

La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.

La Garbosa avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos, marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.

Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la cubierta con su orla.

Desde la cubierta de la Garbosa alcanzaba la vista las hondas profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines, sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.

Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El gato de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla del mediodía, y el Retor, paseando por la estrecha popa y mirando al horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La Garbosa, aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.

Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación; trigueros que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.

El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas, burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la Garbosa ardían las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.

La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo plato.

Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera caliginosa.

Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.

Iban á dormir en la zorra de aquel carro viejo, y uno tras otro deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que rezumaban, quejándose al menor vaivén.

Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el viento, y la Garbosa, como un caballo viejo de buena casta que siente la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.

Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y poco después todos los tripulantes de la Garbosa vieron salir pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios, con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.

Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres. ¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría estornudar?...

Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.

Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el inmenso azul.

Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la Mala Dòna. A babor estaba Argel.

La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría de espumarajos, y toda la Garbosa, crujiente y conmovida, avanzaba veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra y el descanso.

Caía la tarde, y en los flancos de la Mala Dòna, esfumados por la distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.

La Garbosa inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.

Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en África.

Percibíase desde la Garbosa el choque del oleaje sobre los acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta, brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.

Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio, apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.

Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.

Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás, la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces carruajillos con toldos de lienzo blanco.

Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al llegar la noche con el apetito excitado.

El Retor, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces tras una lona que sostenía el gato de la barca.

Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja. Los del entrepôt contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.

El Retor explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia que allí habían muchos moscas prontos á telegrafiar á España el nombre y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!

Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.

Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros, sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban codiciosos la iluminada ciudad.

Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el gato de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja, brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.

Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el Boulevard de la República, con sus grandes cafés, donde iban los señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y hermosas tiendas; la plaza del Caballo con la mezquita principal, un gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como patitos y diciendo mersi á cada chicoleo; soldados con gorro de datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia; gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la acera, donde se servía la absenta á vasos.

Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.

¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? ¡Redeu! Aquello sí que era notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera, comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de inmundicia bajando por los escalones del empedrado.

Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué cosas en su jerga de perros.

Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año. El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón, tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al son de una flauta y dos panderos.

Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común, que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo frotaros con sus manazas, y otras ¡rediel!... otras que eran las señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y medias lunas.

¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los llevaron al violón, de donde los sacó el cónsul después de dos días de encierro.

Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los pies con expresión de hombre cansado:

¡Ay!... Entonses tenía yo més humor.

El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si nadase un perrazo con dirección á la barca.

Era el vaporcito del entrepôt. Saltó á la cubierta de la Garbosa un buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió cuenta al Retor de su comisión.

Habían recibido á tiempo el aviso de mosiú Mariano, de Valencia; les esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios despachar pronto.

¡A la faena!—gritó el Retor á su gente—. Cárrega á bordo.

Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.

Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los fardos, y la Garbosa, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose, lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la excesiva carga.

El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca. ¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y el Retor contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de allí á dos noches en la playa del Cabañal.

La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos y que no cayesen al mar.

Buona sorte, patrón—chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y estrechando con fuerza la mano del Retor.

Se alejó el vaporcillo; la Garbosa extendió su vela, y comenzó á correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos brillante.

Al Retor se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo! Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si estuviera corriendo un temporal.

Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á flor de agua.

Cuando amaneció, el cabo de la Mala Dòna veíase por la popa como una vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.

La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la noche, la recordaba el Retor como si fuese un sueño, ahora que se veía de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre Garbosa, que navegaba torpemente como una tortuga.

Lo único que tranquilizaba al Retor era el tiempo. Buen viento y mar bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato. Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso, lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido como un salivazo de las olas.

La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base cortada por dos fajas de nubes.

La Garbosa, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.

El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar hasta la noche para hacer el alijo.

De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón. Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo... ¡Futro! No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo. Algún mosca había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la Garbosa había salido á algo más que á pescar.

Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su hermano con inquietud.

Aun era tiempo; á tomar mar. Y la Garbosa, inclinando un poco su proa, se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en esta maniobra, y la Garbosa navegaba con gran rapidez hundiendo muchas veces bajo las olas su abrumado casco.

La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba considerable, y el Retor pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.

La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.

El Retor adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la Garbosa hacia tierra para echar sus fardos.

Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar en un zapato como la Garbosa. ¡Á las Columbretas, refugio de los hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del comercio!

Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada Garbosa, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas, que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila siempre que no sopla el Levante.

La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable distancia, están las Columbretas menores; la Foradada, surgiendo de las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.

La Garbosa quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se fijaran en ellos.

Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos, pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que, refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta ondulación.

Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la cerrazón del tiempo.

No se veía ni una vela; pero el Retor estaba intranquilo, temiendo que sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como refugio de contrabandistas.

La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?

El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.

Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la Garbosa y salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros, agrupadas en la plazoleta frente á la torre.

¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la Garbosa tan pronto se encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de cabeza á pies.

Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca... bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.

Mas el Retor no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un estertor de agonía.

Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía allá en el Cabañal.

Aquello no era nada, ¡recordons! No había que apurarse. Y si la zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las tabernas... ¡Atención con esa que viene!... ¡Brrum! Ya pasó. Si llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol. ¡Atención, que viene otra!...

Y el Retor hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico adquirido en su aprendizaje con el tío Borrasca. Pero el único que le oía era el gato, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes, como si no quisiera perder nada del espectáculo.

Cerraba la noche. La Garbosa navegaba á media vela, dando espantosas cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar desapercibido que evitar un choque.

Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.

El Retor no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes, en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!

Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del Rosario.

Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo. ¿Pero les esperarían?

El Retor, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían desmenuzando, hasta hacerla astillas.

Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la Garbosa marchó recta, empujada más por las olas que por el viento, hacia la obscura playa.

Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un grito de felicidad.

Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.

La Garbosa extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba, sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas; marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar, hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando hombres y arrebatando fardos.

Acababan de encallar á pocos metros de tierra.

Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena de brazos tendida hasta la playa.

¡Tío, tío!—gritó el Retor lanzándose al agua, que no le pasó del pecho.

Presente—contestó una voz desde la playa—. Mutis y á la faena.

Era un espectáculo extraño: una pesadilla.

El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se alejaban. El Retor vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver en la mano.

No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban untados y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga, gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo, y creía aquello de quien roba á un ladrón, etc. No; pues de él no se reirían, ¡redeu! al primero que escondiera un fardo, le pegaba un tiro.

La descarga fué como un sueño. Cuando el Retor comenzó á reponerse de la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras, se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.

Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la arena.

Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al gato lo pescaron cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento de encallar.

El Retor, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado lo tenía.

Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada á la infeliz Garbosa, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino, cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.

VII

El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío Mariano entregó al Retor pocos días después.

Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.

El Retor estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del alijo, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la que un hombre honrado podía meterse en algo.

Y este algo, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la pobre gente.

El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo: para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios, sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor parte.

Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se daban á la vela frente á la casa del bòus.

Ya era hora, ¡rediel! No le verían más como marinero ni patrón alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la punta sus redes.

Señores, sépanlo todos: el Retor hace una barca; Dolores la guapa, si va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para contemplar con cierta envidia al Retor que, mascullando el cigarro, se estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes, otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.

La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la mejor del Cabañal.

Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte que le correspondía del alijo, y que el bueno del Retor procuraba hacer lo mayor posible.

En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria. Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las timbas de cuartos ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad, le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su época de penuria.

Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas del juego.

Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces, pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose en la cocina si el Retor estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala conducta.

Si en una de éstas entraba el Retor, celebraba mucho el buen sentido de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!

Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban incesantemente.

Así fué llegando el verano.

El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera ciudad de quita y pon. Las barraquetas de los bañistas, con sus muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores, rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago, esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos: Restaurant de París, Fonda del buen gusto; y entre estos pedantes de la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de regocijada ortografía: El Nap, Salvaor y Neleta, y ofrecían como plato del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.

Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos, el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos bofetadas al primer municipal.

Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto del año.

Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del Retor pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una proa tan fina, que era talmente una navaja de afeitar; pintado de negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era.

Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.

Esto lo decía el Retor una noche, sentado en el corro que se formaba á la puerta de su casa.

Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.

Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar. ¡Redeu! ¡Cómo estarían asándose en Valencia!

La siñá Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.

Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua Aduana.

¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre: su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella la gallardía del siñor Martines.

Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro de la muchacha.

Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano, cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.

¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su barcaza.

En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén, punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:

La lluna, la pruna
vestida de dòl...

¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le dolía la cabeza. Pero ¡que si quieres!...

sa mare la crida
son pare no vòl.

Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor á Diana, enviándola sus más fieros ladridos.

El Retor seguía hablando de su barca. Nada faltaba para el día 15; hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla la bendición. Pero algo faltaba, ¡futro!... ¡y no haberlo pensado! Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca?

Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta Tonet dejó en el suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.

Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría Escupehierro. ¡Eh! ¿qué tal?

Por el Retor no había inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase con fiereza al pensar que su barca iba á llamarse Escupehierro, y la veía ya surcando en el mar con la arrogancia enfática de un falucho portugués.

Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre! ¡Cómo se reirían en el Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca pescadora? Lo mejor era la proposición de la siñá Tona: que se llamase Ligera, como la otra en que pereció el tío Pascualo y había servido de refugio á toda la familia.

Protesta general. Un título así forzosamente había de tener mala sombra. La suerte de la otra lo demostraba.

El de Dolores era mejor: La rosa del mar... ¡Qué bonito! ¡Qué gusto tenía para todo su mujer! Pero el Retor recordaba que había otra con el mismo título. ¡Era lástima!...

Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de disgusto á cada título, soltó el suyo. Debía llamarse Flor de Mayo. Aquella misma noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de colores sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina, con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo de flores que parecían rábanos.

El Retor se entusiasmaba. Sí; ¡recristo! aquello estaba puesto en razón. La barca se llamaría Flor de Mayo, como el tabaco que fabrican en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía principalmente con el dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de aquellos paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; Flor de Mayo, nada más que Flor de Mayo.

Todos se entusiasmaban con el título; lo encontraban dulce y bonito; sus rudas imaginaciones agitábanse con un estremecimiento de poesía. Le encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia las costas americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció la gestación de la mayor república del mundo.

El Retor estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar, caballeros!... y á los postres se brindaría por Flor de Mayo.

Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se entraba en la casa con toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con lo que terminó el monótono concierto de la lluna, la pruna.

Con la facilidad de transmisión de los pueblos pequeños, pronto supo todo el Cabañal que la barca se llamaba Flor de Mayo, y cuando en la víspera de la bendición la arrastraron hasta la orilla, frente á la casa del bòus, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior, pintado con hermoso azul, su dulce título.

Al día siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas parecía estar en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era padrino de la barca nada menos que el señor Mariano el Callao, un ricachón que, aunque del puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto á derrochar un dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las copas como una bendición de Dios.

El Retor sabía hacer bien las cosas. Había ido á la iglesia para escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don Santiago el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan para los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba en un momento; cuestión de calarse el roquete y nada más.

Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de roquete? Capa, y la mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; además, él estaba allí para pagar lo que fuese.

Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no correspondía, pero lo haría por él, que era un buen cristiano y sabía quedar bien con las personas.

Y salieron de la casa rectoral; el sacristán delante con el hisopo y el sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y sus marineros, don Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose con la otra, para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate, con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre la deshilachada trama el relleno del realce.

Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la mocosa nariz en aquella mano santa, que á cada instante había de soltar la capa. Las mujeres saludaban sonrientes al pae capellá, hombre campechano, tolerante, con sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las costumbres de su ganado, y que muchas veces veíase detenido en medio de la calle por alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole que bendijera las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la pillasen con las pesas cortas.

Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á voltear las campanas, confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de las olas. La gente corría por la playa para llegar á tiempo y ver toda la ceremonia, y allá lejos, en un espacio libre de barcas, alzábase sobre la arena la Flor de Mayo, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante, charolada, bañada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el viento de los temporales fuese arrebatándolas.

El Retor y sus hombres abrían paso al cura entre el gentío que se apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los padrinos; la siñá Tona con mantilla y falda nueva, y el señor Mariano, puesto de sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que cuando iba á Valencia para hablar con el gobernador.

Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista. Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pañuelo de seda de vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavoneándose en la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída sobre una oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta, su Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y el Retor, deslumbrante, hecho un inglés, con un traje de rica lana azul que le había traído de Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco—prenda que usaba por primera vez en su vida—una cadena de doublé tamaña como un cable de su barca.

Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba por que no empujase la muchedumbre al capellán y los padrinos. ¡Á ver, señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Después sería el jaleo.

Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso bajo su pesada capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «Propitiare Domini supplicationibus nostis et benedic navem istam», etc.

Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban á ambos lados del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á contestar ¡amén! á todo, y la multitud calmábase y quedaba suspensa, con la cabeza descubierta, esperando algo extraordinario.

Don Santiago conocía bien á su público. Leía la sencilla oración con gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el silencio general, y el Retor, á quien la emoción convertía en un pobre mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si estuviera empapándose de lo que el cura decía en latín á su Flor de Mayo.

Lo único que pudo pillar fué lo de Arcam Noe ambulantem in diluvio, y se infló de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada con la embarcación más famosa de la cristiandad, y con esto quedaba él mano á mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el mundo.

La siñá Tona se llevaba el pañuelo á los ojos, apretándolos para impedir que saltasen las lágrimas.

Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo:

Asperges...

Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que resbaló en menudas gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por el amén del sacristán y precedido por el patrón, que abría paso, dió la vuelta en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.

El Retor no podía creer que la ceremonia hubiese terminado. Faltaba bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala; ¡vamos, don Santiago, un esfuerzo; ya sabía que él quedaba bien! Y el cura, sonriendo ante la actitud suplicante del patrón, se aproximó á la escalerilla aplicada al vientre de la barca y comenzó á ascender con su incómoda capa que, bañada por el sol de la tarde, parecía de lejos el caparazón de un insecto trepador y brillante.

Terminó la bendición. Se retiró el cura sin otro acompañamiento que su monago, y arremolinóse la multitud en torno de la barca como si fuese á entrar al asalto.

¡Buena se iba á armar! Toda la pillería del Cabañal estaba allí, ronca, desgreñada, increpando á los padrinos con su chillona canturía.

Armeles, confits...

El señor Mariano sonreía omnipotente desde la cubierta. Ahora verían lo que era bueno. Una onza de oro se había gastado para quedar bien con su sobrino. Y se agachó, metiendo las manos en los cestos que tenía entre las piernas. ¡Allá va! Y el primer metrallazo de confites, duros como balas, cayó sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena disputándose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas ó mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de pillos de playa.

Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando á los amigotes con aire protector, como si fuese él quien pagara. La caña blanca medíase á jarros, y todos acudían á beber; los carabineros, fusil al brazo, los viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos, vestidos de bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre los harapos y atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un cuchillo tan grande como ellos.

Arriba estaba la juerga. La cubierta de Flor de Mayo resonaba con alegre taconeo como el entarimado de un salón de baile; un vaho de taberna esparcíase en torno de la barca, y Dolores, atraída por la alegría de los de arriba, se encaramó por la escalera, increpando en cada peldaño á los grumetillos que se agazapaban con la malsana intención de ver las medias encarnadas de la soberbia moza.

La mujer del Retor estaba en su elemento arriba, entre tanto hombre, rodeada de un ambiente de voraz admiración, pisando fuerte las tablas que eran suyas y muy suyas, contemplada desde abajo por muchas mujeres, y especialmente por su cuñada Rosario, que debía estar muriéndose de envidia.

Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día solemne para él y tantas veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su cariño filial, y se olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de confites en la barca, para no pensar más que en la siñá Tona.

¡Amo de barca!... ¡Amo de barca!

Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos abotagados, que lloraban también.

Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres, resucitaba el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.

¡Fill meu!, ¡fill meu!—gemía abrazando al Retor, en quien veía una asombrosa resurrección de su padre.

Él era la honra de la familia; quien le hacía recobrar su perdida importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque sentía remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que merecía. Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y temía... sí señor, temía que su Pascualet, su pobre Retor, tuviese igual suerte que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza que guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del trabajo.

El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel ataúd que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez más tétrico y negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á Flor de Mayo rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á su pobre marido.

No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara de la gente. Era burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba marrulleramente como un gato traidor, pero que se vengaría apenas Flor de Mayo se confiase á él.

Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; también lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el corazón. El mar se la tenía jurada á la familia y se tragaría la nueva barca como destrozó la otra.

No, ¡recristo! eso no. El Retor protestaba indignado. ¡Vaya una conversación oportuna en un día tan alegre! Todo eran escrúpulos de vieja; remordimientos que la acometían por no haberse acordado en tantos años de su primer marido. Lo que debía hacer era encenderle un cirio bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba en pena. ¡Afuera tristezas! Á él que no le hablasen mal del mar. Era un buen amigo que se enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los hombres honrados y mantenía á la pobreza. Á ver, una copa, Tonet. Que siguiera la broma; había que bautizar bien á Flor de Mayo.

Bebió, mientras su madre seguía gimoteando con la mirada fija en la trágica barcaza que sirvió de cuna á sus hijos. El Retor púsose serio.

¿Pero no iba á callar? ¡En un día como aquel acordarse de que el mar tiene malas bromas! ¿Y qué? Si no quería verle en peligro, haberlo criado para obispo. Lo importante es ser honrado, trabajar, y venga lo que venga. Ellos nacían allí; no veían más sustento que el mar; se agarraban á sus pechos para siempre y había que tomar buenamente lo que diesen: el agrio de la tempestad ó lo dulce de las grandes pescas. Alguien tenía que exponerse para que la gente comiese pescado; le tocaba á él, y mar adentro se iría como lo estaba haciendo desde chico. ¡Rediel, agüela!... ¡calle ya!... ¡Que viva Flor de Mayo! Otra copa, caballeros. Un día es un día. Él pagaba, y le darían disgusto los que estaban allí si no los recogían a media noche roncando sobre la arena como si talmente fuesen unos cerdos.

VIII

Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde en Valencia, y al llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana.

Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestería del enorme caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III bañábase en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos, canciones ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y abandonadas á cada instante.

Por el ancho portalón comenzaban a salir como rebaño revoltoso las operarias de los primeros talleres; una invasión de rameada indiana, brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apéndice, y menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban algunos aguaduchos.

El Retor quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los vendedores de periódicos. Atraíale la algazara de las cigarreras, aquel rebaño revoltoso que, con sus blancos pañuelos avanzados sobre la frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impúdicas que con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza como si los desnudaran con la desdeñosa mirada.

El Retor vió á Roseta que, apartándose de un grupo, fué en busca de él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que tardarían algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino juntos: á ella no le gustaba esperar.

Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; él, pesado, como marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera de regatas.

Su hermano quería descansarla llevándola la cesta. Muchas gracias; pero estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin ella no sabía moverse.

El patrón, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de aquella Flor de Mayo, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su Pascualet.

Al día siguiente comenzaba la pesca del bòu y salían todas las barcas. Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más hermosa!... El día anterior la habían arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en el puerto confundida con las demás. ¡Pero qué diferencia, chica! Llamaba la atención, lo mismo que una señorita de Valencia metida entre las zaparrastrosas de la playa.

Había estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del Cabañal, los amos que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban una barca tan maja como la suya.

Pero como todo tiene término, á pesar de los entusiasmos del Retor, se agotó el capítulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta, que se lamentaba de las perrerías de las maestras de la fábrica.

Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la salida se las agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar con poca cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.

Parecía imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso, la virgen rubia é inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su hermano una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza del marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué escándalo! ¡Y aquella púa tenía cuatro hijos!

El Retor sonreía con ferocidad. ¡Un brazo roto! ¡Redeu! no estaba mal, pero le parecía poco. Duro con las malas hembras. Debía ser una pena insufrible vivir con una mujer así. ¡Cuántas gracias tenían que dar á Dios los que como él gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi tranquila!

Sí; él era dichoso y podía dar muchas gracias. Y Roseta, al decir esto, envolvíale en una mirada de compasiva ironía; sus palabras tenían una vibración sardónica demasiado sutil para ser apreciada por el Retor.

Este parecía transfigurarse, indignado por la mala conducta de una mujer á quien no conocía y por la desgracia de un hombre cuyo nombre ignoraba. Es que le enfurecían tales perrerías. Porque eso de que un hombre se mate trabajando para dar pan á la mujer y á los hijos, y cuando vuelva á casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa para hacer una barbaridad, yendo á presidio para toda la vida. Y lo que decía él: ¿quién tiene la culpa, señores? Pues las mujeres, las maldecidas mujeres, que están en el mundo para que los hombres se pierdan y nada más... Pero arrepentido, rectificábase, haciendo una excepción en favor de su Dolores y de Roseta.

De poco le servía la aclaración, pues su hermana, al ver iniciado el tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran apasionamiento y su dulce voz vibraba con tonillo irritado. ¡Los hombres! ¡Vaya una gente! ellos eran los culpables de todo. Lo que decían su madre y ella: el que no era pillo resultaba imbécil. Ellos, solamente ellos tenían la culpa de que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban á tentarlas; podía ella asegurarlo, pues á ser tonta y creer á ciertos hombres, estaría Dios sabe cómo. De casadas, si se hacían malas, también era por culpa de los hombres que, ó por pillos las irritaban, arrastrándolas á la imitación, ó por tontos nada veían y no aplicaban á tiempo el remedio. No tenía más que mirar á Tonet. ¿No le sobraba razón á Rosario para hacerse una perdida, aunque nada más fuese que por vengarse de las perrerías de su marido?... Y de los otros no quería presentar ejemplos. En el Cabañal se conocían demasiados maridos que tenían la culpa de que sus mujeres fuesen como eran.

É irreflexiblemente miró de tal modo al Retor, que éste, á pesar de su rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una ojeada interrogante. Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protestó dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la gente que la verdad. En el pueblo tenían mala lengua. Trataban los asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de risa la fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes más atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba de ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación, como aseguraba muy bien don Santiago el cura.

Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón para ofenderse? ¿No se habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores, gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con quién dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano; ¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena, le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á Dolores con el mismo respeto que á una madre!

Y el Retor, aunque algo molestado por las murmuraciones, se reía al recordarlas con la misma expresión de desprecio y de fe que un labriego á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.

Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba á su hermano con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba á prueba de sospechas.

Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin darse cuenta del daño que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la lengua. Lo dicho: todos los hombres eran unos pillos ó unos brutos. Y con la mirada parecía señalar á su hermano, incluyéndolo en la última categoría.

Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el bruto? ¿él? ¿Sabía acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito.

Estaban entonces en mitad del camino, junto á la cruz, y se detuvieron por algunos instantes. El Retor estaba pálido y se mordía uno de sus dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uñas roídas.

Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Veía en su hermano algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su conciencia de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el duro gesto de aquel rostro siempre bondadoso.

No; ella no sabía nada: las murmuraciones del pueblo y nada más. Pero lo que debía hacer para que la gente no hablase, era obligar á Tonet á que visitara su casa lo menos posible.

El Retor la oía encorvado sobre la fuente cercana á la cruz, engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión hubiese encendido una hoguera en su estómago.

Emprendió de nuevo la marcha con la boca chorreante, enjugándola con sus callosas manos. No; él no procedería nunca feamente con su Tonet. ¿Qué culpa tenía el pobre chico de que la gente fuese tan desvergonzada? Cerrarle la puerta sería perderle; justamente, si su mala cabeza se iba sentando un poco, lo debía á los buenos consejos de Dolores; de aquella pobrecita á la que muchos odiaban por envidia, nada más que por envidia.

Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores, subrayaba las palabras con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas á Roseta.

¡Que hablasen hasta cansarse! Mientras él estuviera tranquilo, se reía de los demás. Tonet era para él un hijo. Se acordaba como si hubiese ocurrido ayer de cuando le servía de niñera y se acostaba con él en el camarote de la barcaza, haciéndose un ovillo para dejarle la mayor parte de la colchoneta. ¡Qué! ¿unas cosas así, tan fácilmente pueden olvidarse?

Se olvidan las buenas épocas; se borra fácilmente el recuerdo de los amigotes con los que se bebe y se ríe en la taberna; pero cuando se pasa hambre, ¡redeu! no se olvida por nada del mundo al compañero de miseria. ¡Pobre Tonet! se había propuesto sacar á flote á aquel perdido, digno de lástima, y no pararía hasta verle hecho un hombre de pro. ¿Qué se habían figurado?... Él era un animal, pero tenía un corazón que no le cabía dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor.

Más de diez minutos marcharon los dos hermanos sin cambiar palabra. Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversación; Pascual, con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces las cejas y cerrando los puños como si le acometiera un mal pensamiento.

Habían llegado al Grao y atravesaban sus calles con dirección al Cabañal.

El Retor habló por fin, mostrando necesidad de desahogar su pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo se notaba en las contracciones de su frente.

En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo dicho sólo fuese una broma de la gente. Porque si algún día resultara verdad, ¡recristo! á él no le conocía nadie en el pueblo. Se tenía miedo á sí mismo en ciertos momentos. Era hombre de paz y huía las cuestiones; muchas veces perdía su derecho en la playa porque era padre y no aspiraba á pasar por majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo: el dinero y su mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel, con aquello, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampavía, de plantarse junto al mástil faca en mano, y allí matar, matar siempre, hasta que lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto á Dolores, algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el aire de señora que tan bien le sentaba, había pensado, ¡por qué no decirlo! había pensado en que alguien se la podía quitar, y entonces ¡redeu! entonces sentía deseos de apretarla el gaznate y salir por las calles mordiendo como un perro rabioso. Sí; eso es lo que él era; un perro mansote, que si llegaba á rabiar acabaría con el mundo ó tendrían que matarle... Que le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad, adquirida y sostenida á fuerza de trabajos.

Pascual manoteaba mirando fijamente á Roseta, como si ésta fuese la que iba á robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto como si despertara y se notó en él el disgusto del que en un momento de excitación teme haber dicho demasiado.

Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podían separarse. Ella hacia la barcaza de la playa y ¡espresions á la mare! Él iba á su casa.

Hasta bien entrada la noche le duró al Retor la impresión del encuentro. Pero cuando fueron á verle para tomar órdenes los tripulantes de Flor de Mayo, todo lo había olvidado, todo.

Allí estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo, no experimentó la más leve emoción. Esto resultaba la prueba más clara de que todo era mentira. Su corazón estaba mudo; luego nada había.

Todo lo olvidó para hablar de la salida del día siguiente. La Flor de Mayo formaría pareja con una barca que había alquilado. Que Dios le diese buena suerte, y no tardaría en construir otra embarcación como Flor de Mayo.

En la tripulación figuraba un marinero, al que el Retor oía como un vetusto oráculo: el tío Batiste, el pescador más viejo de todo el Cabañal; setenta años de vida de mar, encerrados en un armazón de pergamino curtido, que salían por la negra boca oliendo á tabaco malo, en forma de consejos prácticos y de marítimas profecías. Lo había enganchado el patrón, no por lo que pudiera ayudar á la maniobra con sus débiles brazos, sino por el exacto conocimiento que tenía de la costa.

Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era el golfo una gran plaza sin bache y agujero que no conociera el tío Batiste. ¡Ah! si él pudiera convertirse en un esparrelló, nadaría por abajo, sabiendo siempre dónde se encontraba. La superficie del mar, muda para otros, leíala con la mayor facilidad, adivinando su fondo.

Sentado sobre la cubierta de la barca, parecía sentir todas las ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada sabía si estaban sobre los profundos algares, sobre el Fanch ó sobre las colinas misteriosas llamadas los Pedrusquets, que evitaban los pescadores por miedo á que se enroscasen las redes y se hicieran trizas. Sabía pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre los Muralls de Confit, la Barreta de Casaret y Ròca de Espiòca; arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las traidoras puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no sacando nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se veía á cuatro pasos de la barca y la luz de los faroles la sorbía sin rastro alguno la lobreguez de las aguas, bastábale gustar con la lengua el fango de las redes para decir con matemática certeza el sitio donde estaba. ¡Demonio de hombre! parecía que sus setenta años se los había pasado abajo en compañía de los salmonetes y de los pulpos.

Aparte de esto, sabía muchas cosas no menos útiles; por ejemplo, que el que salía á pescar el día de las Almas, corría el peligro de sacar algún muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los años el día de la fiesta á llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no podía ahogarse nunca.

Por eso él se conservaba bien á pesar de sus setenta años, y eso que nunca se había separado del mar. Á los diez años tenía callos en el sobaco, á fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del bolich; y no sólo había sido pescador: tenía su docena de viajes á la Habana, pero no como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de camareros y mozos de cordel en cualquier trasatlántico como un pueblo, sino á bordo de faluchos de la matrícula, barcos más valientes que Barceló, que iban á Cuba con vino y traían azúcar, mandados por patrones venerables, envueltos en su ranglán, y con sombrero de copa; y antes se acababa el mundo que faltaba á bordo la lamparilla encendida ante el Cristo del Grao y el rosario á la puesta del sol.

Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y el tío Batiste, moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de chivo venerable, hablaba contra la impiedad y soberbia del presente, acompañando sus palabras con juramentos de castillo de proa y me caso en esto y en lo de más allá.

El Retor le escuchaba complacido. Encontraba en el viejo á su antiguo maestro el tío Borrasca, y oyéndole pensaba en su padre. La demás gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete, reíanse del viejo y le enfurecían asegurándole que ya no estaba para navegar y que el cura le reservaba la plaza de sacristán.

¡Chentòla! Ya verían quién era él cuando saliesen al mar; aun les llamaría cobardes en más de una ocasión.

Al día siguiente todo el barrio de las Barracas estaba en movimiento. Por la noche se hacían á la mar las barcas del bòu, llevando los hombres á la pura conquista del pan.

Todos los años se repetía la emigración viril, pero á pesar de esto las más de las mujeres mostrábanse impresionadas pensando en los muchos meses de sobresalto é inquietud que habían de sufrir hasta la primavera.

Los patrones mostrábanse atareados por los últimos preparativos. Iban al puerto para examinar sus embarcaciones, hacían funcionar las garruchas, correr las maromas, subían y bajaban las velas, tocaban el fondo de la cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y hacían repasar las redes. Después llevaban los papeles á las oficinas para que aquellos señores tan orgullosos y malhumorados se dignasen despacharlos.

Cuando el Retor fué á comer á mediodía, encontró en la cocina de su casa á la siñá Tona, que lloraba hablando con Dolores.

La vieja sostenía sobre sus rodillas un envoltorio, y apenas vió á su hijo, le increpó con ira.

Vamos á ver: aquello era una mala cosa; parecía imposible que fuese padre. Le habían dicho que su nieto Pascualet se embarcaba en la Flor de Mayo para hacer el aprendizaje de gato. ¿Estaba bien aquello? Una criatura de ocho años que aun debía estar mamando, ó cuando más jugando en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres, á pasar fatigas y quién sabe si algo peor.

Ella se oponía, sí señor; el chico no debía conformarse con aquel martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le había ocurrido tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevaría el chico para impedir semejante crimen. ¡Pascualet! ¡tu abuela te llama!

Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje nuevo de franela amarilla, descalzo, para mayor carácter, con una faja que se le enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa hinchada como un globo, pavoneábase imitando el aire desgarbado del tío Batiste y hacía muecas á su abuela en venganza de la ofensa que le infería rogando por él.

No iría á jugar más á la playa; que se guardase la abuela sus meriendas; él era hombre y quería ir al mar como segundo gato de la Flor de Mayo.

Sus padres se reían con las insolencias del muchacho. ¡Demonio de chico! El Retor se lo hubiera comido á besos.

La abuela lloraba como si le viera ya próximo á la muerte. Pero el padre se indignó. ¿Quería callar? Cualquiera creería que mataban al chico. ¿Qué tenía aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar como habían ido su padre y todos sus abuelos. ¿Deseaba la agüela que fuese un vago? Él le quería valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es donde está la vida. Si cuando él muriera podía dejarle un buen pasar, mejor que mejor. El chico no expondría su vida navegando, pero sabiendo lo que es una barca, no podrían engañarle. Una desgracia á cualquiera le ocurre, y porque su padre, el tío Pascual, había acabado como todos sabían, ya se figuraba su madre que todos los pescadores habían de morir ahogados. ¡Vamos... calle, calle y no haga reir!

Pero la siñá Tona no podía callar. Estaban todos endemoniados. El maldito mar les atraía para acabar con la familia. Ella no descansaba. ¡Si contase los espantosos sueños que tenía por la noche! Ya sufría mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no tiene usted bastante, el nieto también. Vamos, que aquello no podía sufrirse; lo hacían por matarla á pesares; y si no fuera por lo mucho que les quería, no debía mirarles más á la cara.

El Retor, indiferente á los lamentos de su madre, sentábase á la mesa ante la cazuela humeante. Escrúpulos de vieja. ¡Á comer, Pascualet!

Su padre había de hacerle el mejor marinero del Cabañal. Y para extremar sus bromas, quiso saber qué traía su madre en aquel envoltorio.

Volvió á llorar la siñá Tona. Era un obsequio bien triste. El miedo no la dejaba dormir; había reunido la noche anterior todos sus ahorros, bien poca cosa, y quería hacer un regalo á su hijo: un chaleco salvavidas que por mediación de una amiga había comprado al maquinista de un vapor inglés.

Y sacó á luz la coraza voluminosa de forradas escamas de corcho, que se plegaba con gran flexibilidad. El Retor la contemplaba sonriendo. Bien estaba aquello; ¡lo que inventaban los hombres! algo había oído de tales chalecos, y se alegraba de tener uno, por más que él nadaba como un atún y no necesitaba adornos.

Pero entusiasmado como un niño ante el regalo, abandonó la comida y se probó el chaleco, riéndose del grueso envoltorio, que le daba el aspecto de una foca, haciéndole respirar angustiosamente.

Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero moriría de sofocación. Lo metería en la barca. Y arrojó la coraza al suelo, apoderándose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embutió en el salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga dentro del caparazón.

Al terminar la comida llegó Tonet. Traía una mano entrapajada. Era un golpe que había recibido aquella mañana; y lo decía de un modo, que su hermano no quiso preguntar más ni le sorprendió la extraña mirada de Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna riña que habría tenido en la taberna.

Con una mano inútil, para nada servía en la barca. Debía quedarse en tierra, y ya lo tomaría su hermano á bordo de allí á dos días, pues pensaba no tardar más en la primer salida si la pesca era buena.

Mientras hablaba el Retor con gran tranquilidad, lamentándose de que su hermano no fuese á bordo de la Flor de Mayo, Tonet y su cuñada bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se sintieran avergonzados.

Á media tarde comenzaron los preparativos para la salida del bóu.

Más de un centenar de barcas formadas en doble fila frente á los muelles, inclinaban los mástiles como un escuadrón de lanzas que saluda, moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeñas embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las numerosas armadas de Aragón, las flotas de barquichuelos con las que Roger de Lauria era el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentábanse en grupos con el hatillo á la espalda y el aire resuelto, como las bandas de almogávares llegaron á la playa de Salou para ir en embarcaciones iguales ó peores á la conquista de Mallorca. Tenía aquel embarque en masa y en tan rudos barcos un sabor tradicional, algo que forzosamente hacía recordar la marina de la Edad Media, los bajeles de Aragón, cuya vela triangular lo mismo espantaba al moro de Andalucía que se destacaba sobre el clásico y risueño cielo de la Grecia.

Todo el pueblo acudía al puerto; las mujeres y los niños corrían por los muelles buscando en la confusión de mástiles, cuerdas y cascos incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la emigración anual á los desiertos del mar; la caída en perpetuo peligro para sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se dejan extraer mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de muerte á los audaces argonautas.

Y por las pendientes tablas que unían las barcas con el muelle, pasaban pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo el mísero rebaño que nace y muere en la playa sin conocer más mundo que la extensión azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada á muerte, para que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel, puedan contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos ó se conmuevan con estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en apetitosa salsa. El hambre iba á lanzarse en el peligro para satisfacer á la opulencia.

Comenzaba á caer la tarde. Los últimos mosquitos del verano, enormes, hinchados, zumbaban en el ambiente impregnado de tibia luz, brillando como un chisporroteo de oro; el mar se extendía tranquilo fuera del puerto hasta juntarse con el horizonte, y allá en la línea divisoria destacábase como una vaga nube la cumbre del Mongó, cual una isla flotante.

Continuaba el embarque. La aglomeración de barcas tragábase hombres y más hombres; las mujeres hablaban con animación del tiempo de la pesca, que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la cual podría haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corrían desolados por el muelle, descalzos y apestando á brea, para hacer los últimos encargos de sus patrones, embarcar la galleta y cargar el tonelillo del vino.

Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las barcas: más de mil hombres. Sólo faltaba para partir que los señores de las oficinas acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los muelles se impacientaba como ante un espectáculo que se retarda.

Había en el acto de la partida una costumbre que cumplir. Desde tiempo inmemorial, todo el pueblo acudía á la salida del bòu para insultar á los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzábanse entre las barcas y las escolleras cuando aquéllas salían del puerto; todo á la buena de Dios, sin mala intención, porque así lo marcaba la costumbre y porque tenía gracia decirles algo á los... lanudos que se iban tranquilos á pescar dejando solas á sus mujeres.

Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos pescadores se preparaban con anticipación, metiendo en sus barcas capazos de guijarros para contestar las insultantes despedidas á pedrada limpia.

Era una diversión brutal, propia de las playas levantinas, donde las bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la mansedumbre del marido y la fidelidad de la mujer.

Cerró la noche. Inflamábase como una guirnalda de fuego el rosario de faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos regueros de luz sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los buques brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas. Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacándose los objetos como manchas negras. El puerto, el caserío y los buques parecían dibujados con tinta china sobre un inmenso papel gris.

¡Ya salían, ya salían!... Izábanse las velas, que en la lobreguez transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de crespón ó sutiles alas de grandes mariposas negras.

La pillería había ocupado lo más saliente de las escolleras para saludar á los que partían. ¡Cristo! ¡y cómo iban á divertirse! Había que agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra.

Ya salía la primer pareja; mansamente, con poco viento aún, cabeceando las dos barcas como toros perezosos antes de tomar carrera. En la obscuridad se reconocía a las parejas y á los que iban en ellas.

¡Adiós!—gritaban las mujeres de los tripulantes—. ¡Bòn viache!

Pero la pillería había roto ya en espantoso e infamante vocerío. ¡Vaya unas lengüecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas que estaban á espaldas de ellos reían como locas, celebrando las ocurrencias. Era un carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras.

¡Lanudos! ¡más que lanudos! Iban á pescar tan tranquilos, dejando solas sus mujeres. Ya se encargaría el cura de acompañarlas. ¡Muuu! ¡muuu!...

É imitaban el mugido de los bueyes entre las carcajadas del gentío que, por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir con tales insultos á los hombres que marchaban á trabajar y tal vez á morir por el sustento de sus familias. Pero éstos, siguiendo la sarcástica broma, echaban mano á los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando con los peñascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujería.

Era un aquelarre, una aglomeración de escandalosos duendes que bullían en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que pasaban barcas por la estrecha garganta de la dársena.

Cuando las voces, ya roncas, enmudecían cansadas de berrear, la provocación partía de las mismas barcas. Molestábales á los pescadores que saliese su pareja en silencio, y partía de ella alguna voz de marinero socarrón preguntando mansamente:

¡Che! ¿qué no dieu algo?

Vaya si le decían, y recrudecíase otra vez el eterno grito de lanudos, confundiéndose con el rugido de los caracoles que soplaban los grumetes, misteriosa señal para reconocerse las barcas que formaban la pareja y navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse con las otras embarcaciones que seguían el mismo rumbo.

Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo á las pedradas, casi confundida con la turba vociferante. Sus amigas se habían quedado atrás por temor á un guijarro y ella estaba allí sola: sola no, porque un hombre se aproximaba lentamente, con fingida distracción, hasta quedar casi pegado á sus espaldas.

Era Tonet. La soberbia moza sentía en el cuello la respiración de su cuñado, y los rizados pelillos de la nuca erizábanse con su aliento abrasador. Volvía ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la muda adoración.

Sentía deslizarse por su talle una mano ansiosa y ágil, la misma mano entrapajada que, según declaraba Tonet horas antes, no podía mover sin terrible dolor.

Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por fin, tenían una noche de libertad: ya no serían entrevistas rápidas con zozobra y peligro. Solos, completamente solos toda la noche, y la otra y otra más... hasta que volvieran el Retor y su hijo. Tonet iba á acostarse en la cama de su hermano, como si fuese el amo de casa.

Y este placer criminal, este adulterio, al que se unía la traición al hermano, causábales escalofríos de horrible voluptuosidad; les hacía estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremecía con vibraciones puramente animales, como si lo infame de la pasión aumentase la intensidad del placer.

Un grito de la chicallería les sacó de su somnolencia amorosa.

¡El Retor! ¡Ahí va el Retor! ¡Esta es Flor de Mayo!

Y ¡vive Cristo, que fué buena la que se armó! Para el pobre Pascualo estaba reservado lo más fuerte de la fiesta.

Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos hombres que quedaban en tierra y el mujerío que odiaba á Dolores, unían sus voces al ronco gritar de la pillería.

¡Lanudo! Cuando volviera á tierra habría que acercarse a él capa en mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera furia, como quien sabe que no da golpes en vago. Con aquél no era broma: le decían la verdad y nada más.

Tonet se estremecía temiendo alguna indiscreción de los bárbaros, pero Dolores, impúdica y audaz, reíase de veras, como si le hiciera mucha gracia la rociada de insultos que recibía su panzudo. ¡Oh! Era legítima hija del tío Paella.

La Flor de Mayo atravesaba mansamente por entre las escolleras, y de su popa salió la alegre voz del patrón, satisfecho de las ovaciones que merecía.

¡Che! ¡Digau més! ¡Digau més!

Aquella provocación irritó á la muchedumbre. ¿Que dijeran más? Pues allá va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, sonó una voz que contestó á la provocación de un modo que hizo estremecer á los amantes.

Á ver si callaba el muy lanudo. Á pescar sin cuidado. Tonet ya se quedaba con Dolores para consolarla.

El Retor soltó el timón y se puso en pie de un salto.

¡Morrals!—rugió—; ¡cochinos!...

No; aquello no estaba bien. Bromitas á él, todas las que quisieran; pero eso de meterse con la familia, era muy feo... muy indecente.

IX

Aquel año protegía Dios á los pobres.

Así lo decían las pobres mujeres del Cabañal, agrupándose por la tarde en la playa, dos días después de la salida de las barcas.

Volvían las parejas del bòu rápidamente, viento en popa, y la rígida línea del horizonte aparecía dentellada por las innumerables aletas que se aproximaban á pares como palomas unidas por una cinta á flor de agua.

Hasta las más viejas del pueblo no recordaban una pesca tan afortunada. ¡Señor! ¡si parecía que el pescado estaba allá dentro, en grandes masas, esperando pacientemente las redes para entrar sin resistencia en ellas, aliviando la miseria de los pescadores!...

Sobre la arena de la playa, agitado todavía, dentro de los cestones de caña, estaba toda aquella hermosura: los salmonetes de roca, como palpitantes pétalos de camelia, contrayendo el lomo de suave bermellón con el estertor de la asfixia; los viscosos calamares y los pulpos, moviendo su maraña de patas, apelotonándose y enroscándose en la agonía; los lenguados, planos y delgados como suelas de zapatos; las rayas, estremeciendo su titilante mucosidad, y sobre todo los langostinos, la pesca preciosa, que asombraban aquel año por su cantidad, transparentes como el cristal, erizando sus tentáculos con desesperación y destacando sobre las negruzcas cestas sus dulces tonos de nácar.

Llegaban las barcas plegando las enormes velas y quedaban quietas y balanceantes á pocos metros de la orilla.

Á cada pareja agolpábase la multitud en el límite de las olas, arremolinábanse las faldas de sucio percal, las caras rojas y las cabelleras de Medusa, gritando, increpándose, discutiendo para quién sería el pescado. Arrojábanse de las barcas los gatos con agua á la cintura, formando larga fila, en la que iban interpolados los hombres y los cestos y avanzaban rectamente hacia la orilla, surgiendo poco á poco del manso oleaje, hasta que sus pies descalzos tocaban la arena seca, y las mujeres de los patrones se encargaban de la pesca para venderla.

Poblábase como si fuese un pedazo de tierra el espacio de mar entre la orilla y las barcas. Pasaban los grumetes con el cántaro al hombro, enviados por la tripulación que, cansada del líquido recalentado y sucio de los toneles, anhelaba el agua fresca de la fònt de Gas; las chicuelas de la playa, remangándose impúdicamente las haraposas faldillas, hundían en el mar las piernas de chocolate para ir á curiosear y apropiarse algo de la pesca menuda: y para sacar las barcas que habían de aguardar en seco el día siguiente, entraban olas adentro los bueyes de la comunidad de pescadores, hermosos animales rubios y blancos, enormes como mastodontes, moviéndose con pesada majestad y agitando su enorme papada con la soberana altivez de un senador romano.

Estas yuntas, que hundían la arena bajo sus pezuñas y de un tirón arrastraban las barcas más grandes, guiábalas Chepa, un chicuelo enteco y jiboso con cara de vieja maliciosa, un enjendro que lo mismo podía tener quince años que treinta, enfundado en un chubasquero amarillo, por bajo del cual asomaban dos piernecillas rojas, en las que la piel, siguiendo con fidelidad todas las ondulaciones del esqueleto, marcaba el contorno y los ligamentos de sus huesos.

En torno de las barcas que arrastradas surgían lentamente del mar, agitábase un apretado círculo de pillería haraposa y greñuda, sacando medio cuerpo del agua como el cortejo de nereidas y tritones que escoltan las barcas mitológicas, pidiendo con roncos gritos que les echasen un puñado de cabets.

En la playa organizábase un mercado, donde á fuerza de gritos, manoteos é insultos, se realizaban las ventas.

Las amas de barca regateaban y reñían detrás de sus repletas banastas con todo el rebaño vociferante que había de revender el pescado al día siguiente en Valencia, y cuando llegaba el ajuste por arrobas recrudecíanse los insultos, discutiendo si habían de entrar las piezas gordas ó la morralla. Dos capazos pendientes de cuerdas y unos cuantos guijarros enormes servían de balanza y pesas, y nunca faltaba algún chico del pueblo de la clase de leídos que se prestaba á ser secretario de las amas, llevando en un papel la cuenta de las ventas.

Rodaban empujados por el pie del comprador los repletos capazos, contemplados con codicia por los pillos de la playa. Pieza que caía, evaporábase como tragada por la arena; y los buenos burgueses que venían de Valencia para admirar el pescado fresco, sentíanse empujados, pisoteados por la multitud arremolinada que, como inquieta tromba, mudaba de sitio á la llegada de una nueva barca.

Dolores estaba en sus glorias. Durante muchos años, al comprar en la playa el pescado como una simple vendedora, había deseado ser ama de barca, poder reñir é imponerse al mísero y escandaloso rebaño. Por fin se realizaban sus aspiraciones; y sorbiendo orgullosamente el aire con su graciosa nariz, erguíase entre los cestones recién desembarcados, mientras que Tonet se cuidaba del peso y de registrar las ventas.

Casi encallada en la mar baja, esperaba cabeceando Flor de Mayo á que los bueyes la sacasen á la playa.

El Retor ayudaba á los marineros á plegar la vela, y se detenía algunas veces para mirar á su mujer cómo se peleaba con las compradoras y marcaba los precios que el cuñado tenía que registrar. ¡Miradla; parecía una reina! Y el pobre hombre sentíase satisfecho al pensar que su Dolores debía todo aquello á él, á nadie más que á él.

En la proa erguía su hijo Pascualet la desmedrada é inmóvil figurilla, como si fuese el mascarón de la barca, hecho un lobo de mar, descalzo y sucio, con la camisa fuera del calzón, los faldones revoloteando al viento y al descubierto su panza rojiza como la de una estatuílla de barro cocido. Y frente á la barca lo admiraban un buen golpe de infelices rateros de la playa, casi desnudos, con aspecto de tribu salvaje, rojos, con la pátina que da á los cuerpos el aire del mar y los miembros enjutos, delatando la pobreza nutritiva de la salazón. ¡Pero qué suerte tenía el Retor! Traía la barca atestada de langostinos, que á dos pesetas libra... ¡tira! ¡tira! Y los miserables abrían la boca y entornaban los ojos como si viesen un deslumbrante oleaje de pesetas.

Chepa llegó con su pareja de poderosas bestias, y la Flor de Mayo, chirriando sobre los tarugos en que resbalaba su quilla, comenzó á salir á tierra.

El Retor había abandonado su barca y estaba frente á Dolores, sonriendo como un bendito ante su delantal recogido é hinchado por los enormes puñados de plata que parecían romper la tela. ¡Vaya una jornada! Con pocas así podían redondearse. Y la suerte tal vez se repitiera, pues el viejo que llevaba á bordo adivinaba los sitios donde estaba la mejor pesca.

Pero se interrumpió en su entusiasmo para mirarle las manos á su hermano. Los trapos habían desaparecido. Ya estaba bueno, ¿eh? Se alegraba mucho: así podría embarcarse en la segunda expedición y ya vería lo que era divertirse. Daba gusto pescar sacando las redes llenas con tanta facilidad. Pensaba salir al amanecer. Había que aprovechar la fortuna.

Dolores, viendo terminada la venta, preguntó á su marido si iría á casa. El patrón no podía decirlo. No le gustaba abandonar la barca. La gente de la tripulación era capaz de irse á la taberna así que volviese la espalda, y la embarcación no podía quedar sola en la playa, donde pululaban los raterillos husmeando todo la aprovechable. Tenía ocupación, y si á las nueve de la noche no estaba en casa, podía ella acostarse.

En cuanto á Tonet, que marchara á despedirse de su Rosario y á coger el hatillo; pero antes del amanecer, allí en la playa, pues no quería esperar.

Dolores cambió una rápida ojeada con su cuñado y después se despidió de su marido, intentando llevarse á Pascualet. No; el muchacho quería quedarse en la barca al lado de su padre; y al fin la buena moza tuvo que partir sola, siguiendo los dos hombres con su mirada el garboso contoneo de aquel cuerpo soberbio que se alejaba empequeñeciéndose.

Tonet permaneció en la playa hasta el anochecer, hablando con el tío Batiste y comentando con otros pescadores la inesperada abundancia de pescado. Se fué cuando el grumete comenzaba á preparar la cena á bordo de la Flor de Mayo.

Pascual, al quedar solo, comenzó á pasear por la playa con las manos metidas en la faja, oyendo el fru-fru de sus calzones impermeables, que producían un roce de pergamino seco.

La playa estaba obscura. En las cubiertas de algunas barcas brillaban las fogatas de la cena, pasando ante ellas de vez en cuando las sombras de los tripulantes. El mar, casi invisible, marcándose en ciertos momentos con débil fosforescencia, mugía dulcemente, y á lo lejos salían de la lóbrega playa ladridos de perros y alguna voz de niño entonando una canción amortiguada por la distancia. Eran grumetes que se dirigían al Cabañal.

El Retor miraba la débil faja de la luz rojiza que aun se marcaba en el horizonte tras la línea de lejanos tejados por donde se había ocultado el sol. No le gustaba aquel color: como él decía con su experiencia de marinero, el tiempo no estaba seguro.

Pero esto le preocupó poco, pensando únicamente en sus negocios y en su dicha. No podía quejarse de la suerte. Hogar tranquilo, buena mujer, ganancias para construir antes de un año otra barca que formase pareja con Flor de Mayo y un hijo digno de él, que mostraba gran afición al mar y sería con el tiempo el mejor patrón del Cabañal. ¡Vamos, hombre! que podía tenerse por el más feliz de los mortales, y esto sin carecer de camisa como el hombre dichoso del cuento, pues tenía más de una docena y un pedazo de pan para la vejez.

Pascual, animado por la contemplación de su dicha, avivaba su torpe paso, restregándose las manos alegremente, cuando vió á poca distancia una sombra que se aproximaba con lentitud. Era una mujer; una mendiga tal vez que iría por las barcas pidiendo como limosna el desperdicio de la pesca. ¡Válgame Dios, cuánta miseria hay en el mundo! Y como al sentirse feliz quería hacer partícipe de su dicha á todo el mundo, buscó la punta de su faja, donde llevaba, enrolladas algunas pesetas con mezcla de calderilla.

Pascualo—murmuró la mujer con voz dulce y tímida—. ¿Eres Pascualo?

¡Cristo! ¡qué chasco!... ¡Si era Rosario, su cuñada! ¿Venía en busca de su marido? Pues perdía el viaje; debía estar ya en casa esperándola para cenar.

Pero el alegre patrón quedó perplejo al saber que no buscaba á Tonet. ¿Qué hacía allí entonces? ¿Quería hablar con él? Esta pretensión le extrañaba. Trataba poco á la mujer de Tonet, y no comprendía para qué podría necesitarle. Pero en fin, podía hablar.

Se cruzó de brazos mirando su barca, en la que Pascualet y el otro gato danzaban en torno de la marmita de la cena. Esperaba las palabras de aquella sombra que permanecía con la cabeza baja, como si se sintiera poseída de invencible timidez.

Vamos, ya podía hablar: él la escuchaba.

Rosario, como quien desea acabar pronto diciéndolo todo de un golpe, irguió su cabeza con energía y clavó sus ojos en los del Retor, brillándole con misteriosa fosforescencia.

Lo que tenía que decirle era que se interesaba por la dignidad de la familia; que ya no podía sufrir más, y que ella y el Retor estaban haciendo reir á todo el Cabañal.

Á ver: ¿quién hacía reir?... ¿Él?... ¿y por qué se divertían á su costa?... Él no creía dar motivo para que se burlaran como si fuese una mona.

Pascualo—dijo Rosario con lentitud, pero con energía, como quien se resuelve á todo—, Pascualo... Dolores t’engaña.

¡Quién!... ¡su mujer le engañaba!... ¡Cristo, esto sí que era bueno!

Y como un buey que recibe un mazazo, inclinó su cabezota por algunos instantes. Pero pronto sobrevino la reacción. Había en aquel hombre fe suficiente para resistir golpes mayores.

¡Mentira!... ¡mentira! Vesten, embustera.

Si la obscuridad no hubiese sido tan densa, tal vez Rosario se habría asustado al ver la cara del Retor. Pataleaba como si de la arena hubiese salido la calumnia y quisiera aplastarla; movía sus brazos con expresión amenazante y las palabras se le escapaban barboteando como si se ahogasen en el acceso de rabia.

¡Ah, mala piel! ¿Creía ella que no la conocían?... Envidia, y nada más que envidia... Odiaba á Dolores y mentía para perderla... ¿No le bastaba con no saber dirigir al pobre Tonet, y aun intentaba deshonrar á Dolores, que era una santa?... Sí señor, una santa, y ya quisiera ella llegarle á la suela del zapato.

¡Vesten!rugía—; ¡vesten ó te mate!

Pero á pesar de las amenazas con que acompañaba su exigencia de que se fuera, Rosario permanecía inmóvil, como si resuelta á todo no le intimidaran las amenazas del Retor.

; t’engaña, Pascualo—decía con su desesperante lentitud—. T’engaña, y es en Tonet.

¡Recordons! ¿También metía á su pobre hermano en la danza? La indignación le ahogaba; aquella mentira era insufrible, y en su furor sólo sabía repetir:

¡Vesten, Rosario; vesten ó te mate!

Pero lo decía de un modo terrible, cogiendo á su cuñada por las muñecas, apretándola con furia, empujándola de un modo tan amenazador, que la pobre mujer, al desasirse, mostraba miedo y comenzó á alejarse.

Había ido allí para hacerle un favor, para que no se rieran más las gentes de él; pero ya que lo quería, podía seguir siendo un bendito.

¡Bruto... llanut!

Y escupiendo estos dos insultos como despreciativa despedida, huyó Rosario, quedando el Retor inmóvil, con los brazos cruzados.

¡Oh, qué mala piel! ¡Cuán infeliz era su hermano con una mujer así!

Sentíase satisfecho por su arranque de indignación. Buenas cosas se había oído la envidiosa: podía volver otra vez con mentiras.

Y paseaba por la arena, que humedecían las olas, sintiendo alguna vez el agua en sus gruesos zapatones.

Daba bufidos de satisfacción recordando la energía con que había procedido, pero algo le escarabajeaba en el cerebro y en el pecho, algo que crecía por momentos y le apretaba la garganta, causándole mortal angustia.

¿Y por qué no había de ser verdad lo que decía Rosario?...

Tonet había sido novio de Dolores; por el hermano conoció él á su mujer; se veían con frecuencia; hablaban solos horas enteras; ella mostraba gran interés por su cuñado... ¡Cristo! Y él sin sospechar nada, sin adivinar su deshonra... ¡Cómo se habría reído la gente!

Y pateaba con furia, cerrando los puños y profiriendo juramentos espantosos, de los que guardaba para los días de borrasca.

Pero no; no era posible. ¡Cómo gozaría la mala lengua si le viese á él con su rabieta de muchacho crédulo! Y en resumen: ¿qué le había dicho? Nada; la misma broma con que varias veces le habían molestado en la playa; sólo que los pescadores se permitían la injuriosa suposición para enfadarle y reirse de su gesto hosco, mientras que Rosario lanzaba tales calumnias con la venenosa intención de poner en discordia al matrimonio. Pero todo eran mentiras. ¿Faltarle á él Dolores? No era posible: ¡una mujer tan buena, y además con un hijo, con Pascualet, al que quería tanto!...

No podía ser. Y para convencerse mejor, para ahuyentar la angustia que le oprimía, el Retor paseaba aceleradamente y decía con voz tan alterada por la emoción, que á él mismo le parecía que era de otro:

Mentira; tot mentira.

Esto le tranquilizaba. Con tales palabras aliviábase, como si convenciera al mar, á las sombras, á las barcas que habían presenciado la calumniosa afirmación de Rosario; pero ¡ay! dentro llevaba el enemigo; y mientras la lengua repetía ¡mentira!, los oídos le zumbaban, como si aun vibrasen en ellos las últimas palabras de su cuñada: ¡Bruto!... ¡llanut!

No, ¡recristo! todo antes que eso. Al pensar que podían ser ciertas las palabras de Rosario, sentía el ansia de destrucción de que habló á Roseta días antes en el camino del Grao, y veía á Tonet y á Dolores y hasta á su hijo, como si fuesen terribles enemigos.

¿Y por qué no había de ser verdad todo?... Una mujer como Rosario, para vengarse de Dolores, podía calumniarla por el pueblo, pero ir directamente á su esposo, suponía la desesperación de la que se cree engañada.

Ahora se sentía arrepentido de haber contestado tan brutalmente á su cuñada. Debió oirla, apurar toda la amarga verdad. El mayor dolor con su terrible certeza era preferible á la inquietud.

¡Pare!... ¡pare!—gritaba una vocecita alegre desde la cubierta de la Flor de Mayo.

Era Pascualet, llamando á su padre para cenar. Él no cenaba. ¿Quién pensaba en cenar con aquella impresión que anudaba su garganta y le oprimía el estómago?

El patrón se aproximó á la barca, hablando á su gente con tono seco é imperioso. Podían cenar; él iba al pueblo, y si no volvía, que durmiesen hasta el amanecer, hora de la salida.

Pascual se alejó sin mirar á su hijo, y como un fantasma atravesó aquella playa negra, en línea recta, tropezando algunas veces con las barcas viejas y hundiendo otras sus gruesos zapatos en las marismas que formaba el oleaje en los días de tempestad.

Ahora se sentía mejor. ¡Qué calma gozaba al ir en busca de Rosario! Ya no sentía el terrible zumbido en que iban envueltos los últimos insultos de su cuñada; ya no se agitaba su pensamiento produciéndole agudas punzadas en el cerebro. Su cráneo parecía hueco, no sufría dentro del pecho pesadez alguna, sentíase con una ligereza asombrosa, como si caminase á saltos, sin tocar apenas el suelo, y únicamente continuaba el obstáculo de la garganta, el nudo asfixiante y un sabor salobre en la lengua, como si estuviera tragando agua del mar.

Iba á saberlo todo, todo. ¡Qué amargo placer! ¡Recristo! Jamás hubiera sospechado que una noche tenía que correr casi como un loco hacia la barraca de su hermano, marchando por la playa y evitando las calles, como si le avergonzara la presencia de gentes.

¡Ay! ¡Qué bien le había sabido clavar el puñal aquella Rosario; qué misterioso poder tenían sus palabras y qué demonio insaciable y furioso habían despertado dentro de él!...

Entró casi corriendo en una calle de míseros pescadores que desembocaba en la playa, con sus olivos enanos, orlando las aceras ribazos de tierra apisonada, y sus dos filas rectas de mezquinas barracas con cercas de tablas viejas.

Empujó con tanta rudeza la puerta de la vivienda de su hermano, que la madera fué á gemir, chocando contra la pared interior. Á la luz rojiza de un candil vió á Rosario sentada en una silla baja, con la cabeza entre las manos. Su aire de desolación ajustábase bien con el interior mísero, escaso en sillas, y las paredes sin otro adorno que dos estampas, una guitarra vieja y algunas redes antiguas.

La barraca, como decían las vecinas, olía á hambre y á palizas.

Rosario, al oir el estrépito, levantó la cabeza, y viendo al Retor que obstruía con su figura cuadrada el hueco de la puerta, sonrió con expresión amarga:

¡Ah! ¡Eres tú!...

Le esperaba. Estaba segura de que vendría. Podía pasar: no le guardaba rencor por lo de momentos antes en la playa. ¡Ay! á todos les ocurría lo mismo. La primera vez que á ella le hablaron mal de su marido no lo quiso creer, no quiso oir á la mujer que la revelaba sus infidelidades, riñó con ella, y después... después fué en busca de la vecina á pedirle por Dios que hablase, como venía él ahora después que en la playa casi la había pegado.

Así son todas las personas que quieren bien; primero el furor, la rabia ante lo que creen mentira; después el maldito deseo de saber, aunque las noticias desgarren las entrañas.

¡Ay, Pascualo!... ¡Cuán desgraciados eran los dos!

Y Pascual, que había entrado en la barraca cerrando la puerta, estaba de pie ante su cuñada con los brazos cruzados, mirándola con expresión hostil. Al verla, despertábase en él el odio instintivo contra el que mata las propias ilusiones.

¡Parla... parla!—decía el Retor con voz fosca, como si le molestaran las palabras inútiles de su cuñada—. ¡Digues la veritat!

El infeliz quería saber la verdad, toda la verdad; mostrábase amenazante por la impaciencia, pero en su interior temblaba y hubiera deseado que los segundos fuesen siglos para no llegar nunca á oir las revelaciones de Rosario.

Pero ésta hablaba ya... ¿Tenía fuerzas para oirlo y resistirlo todo? Iba á hacerle mucho daño, pero sólo le pedía que no la odiase. Ella también sufría, y si hablaba era porque no podía resistir más; porque odiaba á Tonet y á su infame cuñada; porque Pascualo la inspiraba la tierna conmiseración de los compañeros de infortunio.

Dolores le engañaba. Y no era asunto de ayer; las criminales relaciones databan de antiguo; comenzaron á los pocos meses de haberse casado ella con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra mujer, lo había apetecido, y por Dolores cometió él la primera infidelidad después de su boda.

¡Pròbes... vinguen pròbes!—rugía el patrón con los ojos amarillentos que parecían herir á su cuñada.

Ésta sonreía con expresión de lástima. ¿Pruebas? que fuera á pedirlas á todo el pueblo, que hacía más de un año comentaba alegremente las relaciones. ¿No se enfadaría? ¿quería oir toda la verdad? Pues bien; hasta los gatos y los marineros jóvenes cuando hablaban en la playa de algún marido engañado, decían como exageración que era más lanudo que el Retor.

¡Recordons!—rugía Pascual cerrando los puños y pateando el suelo—. Rosario... mira lo que parles. Si no es veritat, te mate.

¡Matarla!... ¡Valiente caso hacía ella de la vida! Era hacerla un favor quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer una vida de bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al señor y que no la zurrase, ¿para qué quería estar en el mundo?

Mira, Pascualo, mira.

Y remangándose un brazo, mostraba sobre la blancuzca y pobre piel que envolvía el hueso y los nervios, algunas huellas amoratadas que delataban la presión dolorosa de una mano como una tenaza. ¡Y si fuese aquello solo!... En todo el cuerpo podía enseñar marcas iguales. Eran caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con Dolores. Aquella misma tarde le había hecho lo del brazo, antes de ir á la playa á reunirse con su cuñada, ayudándola á la venta del pescado como si fuese su marido... ¡Cuánto se habría burlado la gente del pobre Retor!

¿Quería pruebas? Pruebas tenía. ¿Por qué no se había embarcado Tonet en la primera salida? ¿Qué herida era la de la mano que sólo duró hasta que la Flor de Mayo hubo salido del puerto? Al día siguiente le vieron todos sin los engañosos trapos.

¡Pobre Pascual! Mientras él iba al mar, á dormir poco, sufriendo el agua y el viento, todo por ganarse el pan, su mujer, su Dolores, se burlaba de él. Tonet se acostaba en su cama como un señor, caliente y regalado, burlándose del hermano tonto. Sí; era verdad: podía asegurarlo; mientras él había estado en el mar, Tonet no había dormido en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se había llevado poco antes su hatillo de marinero, despidiéndose hasta la vuelta.

¡Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le creían pasando la noche en la playa, y tal vez en aquel momento se preparaban á acostarse en la cómoda cama del patrón.

¡Recristo!—murmuraba el Retor con acento doloroso, levantando la cabeza como si protestase contra los de arriba, que permitían que á un hombre honrado le ocurrieran tales cosas.

Pero él no se entregaba fácilmente. Su carácter honrado y bondadoso rebelábase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su interior la revelación dolorosa, gritaba con expresión amenazante:

¡Mentira... mentira!

Rosario enardecíase. ¿Mentira? Con hombres tan ciegos como él no valían pruebas. ¿Á qué tanto gritar? ¿Iba acaso á comérsela? Era un topo, sí señor; un topo digno de lástima que no veía más allá de sus narices. Otro en su situación ya habría adivinado desde mucho tiempo antes lo que ocurría. Pero él... ¡vaya una ceguera! Ni siquiera se había fijado en su hijo para reconocer su semejanza.

¡Esta sí que fué puñalada! El Retor, á pesar de la pátina bronceada que había dado á su tez el ambiente del mar, púsose pálido, con una blancura lívida; vaciló sobre sus robustas piernas como si la verdad le zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con angustia.

¡Su hijo!... ¡su Pascualet! ¿Y á quién se parecía? Á ver: que hablase pronto la mala pécora. Su hijo era suyo, muy suyo. Á él únicamente había de parecerse.

¡Pero de qué modo reía la maldita! Parecía un sarcástico demonio. ¡Qué terrible gracia le hacía su paternal afirmación!... Y oyó aterrado las explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo debía parecérsele como él se semejaba á su padre, el difunto tío Pascual. Y no era así, no. Pascualet era igual á su tío: los mismos ojos, la misma esbeltez, idéntico aire de pinturero. ¡Ah, pobre Retor! ¡Ciego lanudo! Que se fijase bien y vería como su hijo era igual á Tonet en la época que vivía en la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un pillete.

Ahora el Retor ya no dudó. Aquello lo creía á ojos cerrados. Parecía que acababan de batirle una catarata y todo lo contemplaba con mayor claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves, como un ciego que veía al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su hijo que el otro: varias veces, contemplándolo, había adivinado su instinto una vaga semejanza con alguien que no podía definir.

Se llevó las crispadas manos al pecho, como si fuese á desgarrarlo, á sacar de él algo que quemaba, y después se echó un fiero zarpazo á la cabeza.

¡Recontracordons!—gimoteó con una voz ronca que alarmó á Rosario—. ¡Santo Cristo del Grau!...

Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y desplomóse con tanto ímpetu, que el suelo tembló con el choque de su pecho poderoso, y las piernas se levantaron á impulsos de la caída.

Cuando el Retor despertó estaba tendido de espaldas y sentía en las mejillas un cosquilleo caliente, como si algún bichillo se escurriera escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.

Llevóse una mano penosamente á la dolorida cara, y á la luz del candil la vió manchada de sangre. Las narices le dolían; comprendió que al caer, su rostro había chocado con el suelo, produciéndose una fuerte hemorragia.

Rosario estaba arrodillada junto á él é intentaba limpiarle la cara con un trapo húmedo.

El Retor, al ver el rostro despavorido de su cuñada, recordó sus revelaciones y lanzó á Rosario una mirada de odio.

¡Que no le ayudase! Podía levantarse solo. La agradecía todo el mal que le había hecho. No; no eran necesarias excusas. ¡Si él estaba muy satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y gracias que había tenido la pérdida de sangre, pues de lo contrario era posible que se hubiera quedado muerto en el sitio, víctima de una congestión... ¡Ay, cómo sufría!... Pero también ¡cómo se iba á divertir! Ya se cansaba de ser bueno. ¿De qué servía que un hombre fuese honrado y se quitara la piel para bien de la familia? Ya se encargaban de martirizarle los vagos y las malas pécoras que estaban en el mundo para la perdición de los hombres de bien. ¡Pero cómo iba á divertirse! ¡Cómo se acordaría el Cabañal del Retor, del famoso lanudo!

Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y rugidos, el patrón restregábase con el trapo el dolorido rostro, como sí aquella frescura le aliviase.

Avanzaba hacia la puerta con ademán resuelto y hundiendo sus manazas en la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con expresión de terror, como si acabara de despertarse en ella la loca pasión por Tonet y temiese por su vida.

Debía detenerse; esperar. ¿Quién sabe si todo eran mentiras, visiones de ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.

Pero el Retor sonreía de un modo lúgubre. Que no hablase más; estaba convencido; se lo decía el corazón, y era bastante... El mismo temor de Rosario le confirmaba en su creencia. ¿Tenía miedo por Tonet? ¿Le quería? También él quería á su Dolores á pesar de todo. La llevaba en el pecho; por más que hiciera, no podría sacar de allí dentro á la gran... punta, y sin embargo, ya vería Rosario, ya vería todo el pueblo cómo procedía Pascualo el llanut.

—No, Pascualo—suplicaba Rosario, intentando agarrar sus poderosas manazas—. Espera.. esta nit no...atre día.

¡Oh! Él lo adivinaba. Rosario sabía que aquella noche estaba su marido en su casa junto con Dolores. Pero podía tranquilizarse. Decía bien; aquella nit no. Además, había olvidado la faca y no era cosa de matar á bocados á la infame pareja... ¡Paso libre! ¡Allí se ahogaba!

Y apartando á Rosario de un vigoroso empellón, se echó á la calle.

Su primera sensación al verse en la obscuridad fué de placer. Parecíale que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la brisa cada vez más fresca.

No lucía estrella alguna; el cielo estaba encapotado, y á pesar de su situación, Pascual, con el instinto de marinero, examinó el espacio y se dijo que al día siguiente sería malo el tiempo.

Después se olvidó del mar y del próximo temporal y anduvo tiempo y más tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas instintivamente, sin voluntad ni rumbo determinado, repercutiéndole los pasos dentro del cráneo, como si estuviera hueco.

Sentíase tan insensible como poco antes, cuando yacía tendido sin conocimiento en la barraca de Tonet. Dormía de pie, abrumado por el dolor, pero su sueño era ambulante; y á pesar de la parálisis de sus sentidos, las piernas movíanse aceleradamente, sin que Pascual notase que pasaba siempre por el mismo sitio.

Su única sensación era de amargo placer. ¡Qué alegría poder caminar amparado por las sombras, pasearse por unas calles que á la luz del sol no tendría el valor de atravesar!

El silencio causábale la dulce sensación que siente el fugitivo al verse en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la soledad.

Vió á lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz de una puerta abierta; alguna taberna tal vez, y huyó tembloroso, agitado, como si acabase de encontrar un peligro.

¡Ay! ¡Si le viese alguien! Tal vez muriera de vergüenza. El más insignificante grumetillo le haría huir.

Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y caminaba sin cansarse, tan pronto por las muertas calles de la población como por la playa, que también parecía intimidarle. ¡Recristo! ¡Cómo se habrían burlado de él en los corrillos! Todas las barcas viejas debían estar en el secreto, y cuando crujían era que celebraban á su modo la ceguera del patrón de la Flor de Mayo.

Varias veces despertó del sopor que inconscientemente le hacía errar sin descanso.

Una vez se encontró cerca de su barca y otra parado ante su casa y con la mano tendida hacia el aldabón... Había que huir de allí; quería sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fué poco á poco sacando el pensamiento de su catalepsia dolorosa.

No se entregaba; ¡nunca! Sabrían todos quién era él, pero esto no impedía que encontrase ciertos motivos para disculpar á Dolores. Al fin no desmentía su casta. Era legítima hija del tío Paella, aquel borrachón que tenía por abonadas á las chicas del barrio de Pescadores, y en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia. ¿Qué había aprendido de su padre? Cochinadas, nada más que cochinadas, y así había salido ella. La culpa era de él, ¡grandísimo bruto! casándose con una mujer que forzosamente había de resultar tal como era.

Ya lo decía su madre... La que mejor conocía á Dolores era la siñá Tona, cuando se oponía á que la hija de Paella fuese su nuera. Dolores era una mala mujer, pero él no podía chillar muy alto, pues resultaba culpable por haberse casado con ella.

Á quien odiaba era á Tonet... ¡Deshonrar á un hermano! ¿Cuándo se había visto tal monstruosidad? Tenía que arrancarle el alma.

Pero apenas formulaba en su interior los horribles deseos de venganza, surgía la protesta de la sangre. Oía la voz de Rosario diciéndole como amarga advertencia que Tonet era su hermano. ¿Cuándo se había visto que un hermano matase á otro? Caín únicamente, aquel hombre perverso, del que había oído hablar con tanta indignación al cura del Cabañal. Además, ¿Tonet era culpable?... No; el culpable era él, nadie más que él. Ahora lo veía con claridad. Le había quitado la novia al pobre Tonet; Dolores y él se amaban antes de que el Retor pensase en decir una palabra á la hija de Paella; y había sido una barbaridad, como todo lo suyo, casarse con una mujer que era de su hermano.

Lo que ahora le afligía era forzoso que ocurriese. ¿Qué culpa tenían los dos si al verse juntos, en continuo trato por el parentesco, había resucitado la antigua pasión?

Se detuvo unos instantes, como abrumado por la culpabilidad que le parecía evidente, y al darse cuenta del lugar donde se hallaba, vióse en la playa, á pocos pasos de la taberna de su madre.

La barcaza vieja y sombría, asomando entre las cercas de cañas, evocó el recuerdo del pasado. Vióse pequeño, correteando por la playa, llevando en brazos á su hermano, al diablejo exigente que le martirizaba con sus caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista parecía traspasar las viejas tablas de la barcaza y veía el angosto camarote, sentía la tibia caricia de la colcha que cubría amorosamente á los dos; á él cuidadoso y solícito como una madre, y al otro, á su compañero de miseria, que apoyaba sobre sus mejillas la morena cabecita.

Sí; tenía razón Rosario. Era su hermano; mejor aún: era su hijo, pues él, más que la siñá Tona, había cuidado del encantador pillete, plegándose á todas sus exigencias como esclavo cariñoso.

¿Y le había de matar?... ¡Dios mío!... ¿Quién había imaginado tal monstruosidad? No; perdonaría; por algo era cristiano y creía á ojos cerrados en todas las palabras de su amigo don Santiago.

La calma absoluta de la playa, su obscuridad de caos, la ausencia completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su indignada rudeza, inclinándole al perdón.

Pascual sentíase nacer á una vida nueva; hasta le parecía que era otro quien pensaba por él. La desgracia aguzaba su inteligencia.

Dios era el único que le veía en aquel momento: á Él solo tenía que dar cuentas. ¿Y qué le importa á Dios que una mujer engañe á su marido? Pequeñeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo importante era ser bueno y no contestar á la infidelidad con un nuevo crimen.

El Retor regresó lentamente hacia el Cabañal. Experimentaba gran alivio; la frescura del ambiente parecía haber penetrado en su ardoroso interior. Sentíase débil. Desde por la mañana no había comido, y el golpe en la cara le causaba una picazón molesta.

Sonaban á lo lejos relojes dando la hora... ¡Las dos! Parecía imposible la rapidez con que había transcurrido el tiempo. Más pesadas le resultarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.

Al entrar en la calle oyó una voz de niño que cantaba. Algún grumetillo que iba hacia su barca. El Retor le distinguió en la obscuridad pasando por la acera de enfrente, cargado con dos remos y un lío de redes. Aquel encuentro le trastornó rápidamente.

Dentro de él existían dos seres; ahora lo comprendía. El uno era el de siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de afecto á todos los suyos; el otro la bestia que él presentía cuando pensaba en la posibilidad de ser engañado, y que ante la traición estremecíase con el delirio de la sangre.

En la obscuridad sonó una risotada fosca y estridente del Retor. ¿Quién hablaba de perdonar? ¡Valiente paparrucha! Reíase él del imbécil que momentos antes se enternecía como un niño ante la barcaza de la siñá Tona. ¡Lanudo!... ¡Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas de poltrón, pretextos de un hombre sin agallas para vengarse. Que perdonase don Santiago y todos los que sabían decir cosas tan bonitas... Él era un marinero, un hombre con más colgantes que un toro pardo, y el que se la hacía, ¡redeu!, se la pagaba, así se metiera en el vientre de un tiburón. ¡Lanudo!... ¡Cobarde!

Y el patrón, ofendido por el recuerdo de la pasada debilidad, se insultaba, dábase furiosos puñetazos en el pecho, como si quisiera castigar la bondad de su carácter.

¡Perdonar!... Aun podría hacerlo viviendo en un desierto; pero él vivía en un pueblo donde todos se conocían; dentro de pocas horas, así como pasaba aquel chicuelo, irían por las calles centenares de personas que al verle se tocarían con el codo, diciendo entre risas: Ahí va Pascualo el llanut; y eso no, ¡Cristo! antes la muerte. No le había echado su madre al mundo para hacer reír á todo el Cabañal como si fuese un mico. Mataría á Tonet, á Dolores, á medio pueblo si se le ponía delante, y después, ¡venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor, también lo aceptaba. Si había de morir sobre la cubierta de su barca, lo mismo le daba que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre tablas... ¡Recristo! Ahora verían quién era él.

Y echó á correr con los brazos encogidos, la cabeza baja, rugiendo como si fuese á acometer, dando furiosos encontronazos en las esquinas, guiado por el instinto, por el ansia de destrucción que le llevaba rectamente hacia su casa.

Agarró la aldaba, y aquello fué un repiqueteo feroz é incesante que conmovió la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera. Quiso gritar, insultar á los infames para que saliesen; escupirles las tremendas amenazas que le bullían dentro del cráneo, pero no pudo; sentía una parálisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese concentrado en sus manazas, que casi arrancaban el aldabón, y en los pies, que golpeaban la puerta, incrustando en las maderas los clavos de sus zapatos.

Aquello era poco: más aun; para que rabiase el par de canallas. Y agachándose, agarró de en medio de la calle un enorme pedrusco y lo arrojó como una catapulta contra la puerta, que crujió dolorosamente, conmoviendo toda la casa.

En el silencio que se hizo después de este estrépito, el Retor oyó el ruido de algunas ventanas que se abrían cautelosamente. Quería venganza, pero no que se rieran los vecinos.

Adivinó lo ridículo de la situación si le sorprendían golpeando la puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro, y aterrado por las nuevas burlas que caerían sobre él, huyó y fué á refugiarse en la esquina inmediata, donde quedó agazapado.

Oyéronse cuchicheos y risas por un rato, pero después se cerraron las ventanas y la calle quedó otra vez en silencio.

El Retor, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado á las noches lóbregas, veía desde la esquina la puerta de su casa. Allí permanecería si era preciso hasta que saliera el sol.

Esperaba á su hermano... ¡Á su hermano, no! Al canalla de Tonet; y cuando saliera... Era lástima no tener la faca á mano, pero le mataría de cualquier modo; le apretaría el gaznate ó le machacaría el cráneo con cualquier pedrusco de la calle. En cuanto á ella, entraría después en su casa y la abriría el vientre con el cuchillo de la cocina ó haría otra cosa semejante. ¡Ya veríamos! Puede que al pasar el tiempo se le ocurriera otra barbaridad más chistosa.

Y el Retor, agazapado en la esquina, entreteníase en discurrir tormentos, gozaba recordando cuantas clases de muerte había oído relatar; las aplicaba todas á la infame pareja y hasta regodeábase mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira de barcos viejos, tostándolos á los dos á fuego lento.

¡Qué frío hacía!... ¡Y qué mal iba sintiéndose el pobre Retor! Pasada la locura furiosa que le acometió al encontrarse con el grumete, sentía ahora una laxitud general, una debilidad que le paralizaba. La humedad de la noche parecía penetrar hasta sus huesos, y el estómago le atormentaba con dolorosos estremecimientos. ¡Ay, Dios! No en balde se sufren los pesares. ¡Qué enfermo se sentía!... Por esto tenía que matar á aquellos infames, ó de lo contrario acabarían con él á fuerza de disgustos.

Aquella misma noche había conocido su desgracia, y ya se sentía envejecido, con el robusto corpachón dominado por extraña debilidad.

¡Las tres! Con qué lentitud pasaba el tiempo. Y seguía allí, inmóvil, sintiendo que la parálisis de sus miembros se apoderaba también de su pensamiento.

Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba nada, y más de una vez se preguntó qué hacía allí. Toda su voluntad estaba concentrada en los ojos, que no se apartaban ni un sólo instante de la cerrada puerta.

Hacía ya mucho rato que habían sonado las tres y media, cuando el Retor creyó percibir un ligero chirrido y que se abría el postigo de su casa. Un bulto se despegó de la obscura puerta, y por unos instantes estuvo inmóvil, como si mirase á ambos lados de la calle temiendo ser espiado.

Volvió á percibirse el chirrido, el choque de las maderas cerrándose, al mismo tiempo que el Retor, entumecido por la humedad, se incorporaba trabajosamente.

Por fin, le llegaba su hora buena. Y corrió hacia el bulto, pero éste tenía unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre dió un salto prodigioso y emprendió carrera. Los vecinos madrugadores oían desde la cama la ruidosa persecución, aquel galope furioso que hacía temblar las aceras de ladrillos.

Perseguíanse jadeantes é impetuosos en la obscuridad. El Retor se guiaba por una mancha blanca, algo así como un hatillo que aquel hombre llevaba en la espalda, pero á pesar de sus esfuerzos adivinaba que perdería la pista, pues la distancia entre él y el perseguido aumentaba rápidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse erguido en la borrasca, no para correr; entorpecíale el entumecimiento de la humedad, y además, bien conocía que había de habérselas con su hermano, famoso desde pequeño por su agilidad y ligereza.

En una encrucijada le perdió de vista, como si se hubiera disuelto en la sombra. Huroneó por las calles inmediatas buscando al perseguido, sin encontrar el menor rastro. ¡Buenas piernas tenía el ladrón!

Abríanse algunas puertas dando paso á los madrugadores que tenían trabajo en la playa, y el Retor huyó, dominado por el terror que le inspiraba la presencia de extraños.

Nada le quedaba ya que hacer. Había perdido hasta la esperanza de vengarse. Y se encaminó á la playa, temblando de frío, sin voluntad, sin fuerzas para pensar, resignado con su suerte.

Comenzaba el movimiento en torno de las barcas. Sobre la obscura arena brillaban como luciérnagas los rojos farolillos de la marinería que acababa de despertar.

El Retor vió la luz en la taberna de su madre; Roseta había levantado la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba tras éste, arrebujada en su mantón, soñolienta, con la aureola de rubios y encrespados cabellos escapándose por bajo del pañuelo de seda y la naricilla roja por el frío del amanecer.

Esperaba á los primeros parroquianos y tenía sobre el mostrador, pronta á servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La madre dormía aún en su camarote.

Cuando Pascual se dió cuenta de lo que hacía, ya estaba plantado ante el mostrador... ¡Una copa! Roseta, en vez de servirle, le miraba fijamente con sus ojos claros y sin expresión, que parecían registrarle hasta el alma. El Retor temblaba... ¡Ah! aquella chiquilla... ¡qué lista era! Todo lo adivinaba, y por esto el patrón, para salir del paso, apeló á la brutalidad.

¡Recordons! ¿No había oído? Quería una copa, y realmente la necesitaba para echar lejos de sí el frío mortal que le congelaba las entrañas. Él, siempre tan sobrio, quería beber, emborracharse, anegar en aguardiente su entorpecimiento de idiota que le dominaba.

Bebió... ¡Otra! ¡y otra después! y mientras tragaba el aguardiente de un sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la mirada fija en él, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.

¡Qué bien se encontraba Pascual! ¡Oh! aquello reanimaba. Parecíale que la fría atmósfera del amanecer se iba caldeando; sentía un tibio cosquilleo bajo la piel y casi se reía de la veloz persecución por las calles que tanto le había fatigado.

Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer á todo el mundo, comenzando por aquella chica, por su hermana, que seguía mirándole. Sí; lo proclamaba él muy alto. Roseta era la honra de la familia; todos los demás unos cochinos, y él el primero. ¡Ah, Roseta! ¡Qué talento tenía! ¡Qué finura! Sabía decir las cosas con diplomacia; bien se acordaba él de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban disgustos de muerte y ponían á un hombre á dos dedos de la perdición. Y además, ¡qué talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos unos pillos ó unos imbéciles: que pensase así por muchos años. Más valía aborrecer á los hombres que no fingirles cariño como otras, para después engañarlos y perderlos. ¡Ay, Roseta! ¡hija mía!... ¡Cuánto valía aquella chica!

Y el Retor, enardeciéndose por momentos, braceaba y gritaba, oyéndosele desde lejos. Sonó un roce fuerte dentro del camarote de Tona, y al través de la gruesa cortina salió su ruda voz con inflexión cariñosa:

¿Eres tú, Pascualo?

Sí, era él, madre; iba á la barca á ver lo que se hacía. No debía levantarse aún, pues el tiempo era malo.

Comenzaba á amanecer. En el horizonte, sobre la obscura faja del mar, marcábase otra de luz débil y lívida. El cielo estaba encapotado, y en la playa una densa bruma borraba el contorno de los objetos, que se marcaban como ligeras manchas.

El Retor pidió otra copa: la última; y antes de alejarse pasó su callosa mano por las frescas mejillas de Roseta.

¡Adiós! Ya lo sabía; ella era la única mujer buena de todo el Cabañal. Debía creerle á él, que era su hermano. ¡Que no se casase nunca!

Cuando llegó cerca de la Flor de Mayo silbando con indiferencia, cualquiera lo hubiera creído alegre, á no ser por el extraño brillo de sus ojos amarillentos, que parecían salirse del rostro, rubicundo por el alcohol.

Sobre la cubierta de la barca, erguido con petulancia, como si quisiera enterar á todo el mundo de que estaba allí, mostrábase Tonet. Á sus pies veíase el blanco hatillo, el mismo que saltaba sobre su espalda al correr por las calles del Cabañal.

¡Bòn día, Pascualo!—gritó al ver á su hermano, como si tuviera prisa por hablarle y desvanecer las temerosas sospechas que sentía.

¡Ah, ladrón!... ¡Y qué desvergonzado era! Pero antes de que Pascual pudiera contestarle, cuando comenzaba á sentirse invadido por la misma fiebre de horas antes, vióse rodeado por algunos compañeros.

Los patrones de las barcas celebraban consejo: se agrupaban sin quitar la vista del horizonte.

El tiempo presentábase amenazador, resultaba temerario el salir. Era lástima, porque el pescado se presentaba tan abundante, que podía cogerse con las manos; pero la piel de un hombre vale más que el negocio.

Todos eran de la misma opinión. El tiempo se ensuciaba; había que quedarse.

Pero Pascual protestó. ¿Quedarse? Eso que lo hiciera quien quisiera. Él á la mar iba. Aun no se habían conocido temporales bastante fuertes para darle miedo. El Retor decía esto con resolución, como si le ofendieran aquellos propósitos de quedarse. El que no tuviera... agallas que no saliera. Allí quería él ver hombres.

Y volvió la espalda sin atender razones. Quería huir de tierra, alejarse de aquellos que le conocían y sabiendo su desgracia podían burlarse. ¡A la mar!... Ya llegaban los bueyes del arrastre. A ver: ¡los de la Flor de Mayo! ¡Todo el mundo á tierra! Á poner los parados para echar la barca al agua.

Y la gente de á bordo, influída por la costumbre, obedeció al patrón. El tío Batiste fué el único en protestar con toda su autoridad de lobo marino.

¡Rediel! Aquello era una barbaridad. ¿Dónde tenía los ojos el Retor? ¿No veía acercarse el temporal?

Mutis, agüelo. Aquello, cuando más, reventaría en agua; y al que está acostumbrado al mar, le importa poco un chubasco más ó menos.

Pero el viejo seguía protestando. Reventaría en agua ó en viento, y si ocurría esto ya podían rezar el último padrenuestro los pescadores á quienes pillase.

El patrón protestó con una rudeza extraña en él, que trataba siempre con respeto al viejo... ¡Tío Batiste, á casa! Sólo servía ya para sacristán del Cabañal. Él no quería carroñas ni cobardes en su barca.

¡Recontracordons!... ¡Cobarde él! ¡Un hombre que había ido en falucho á la Habana y naufragado dos veces! ¡Redeu! (y que le perdonase el pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte años menos, por aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirándole las tripas al suelo. ¡Á la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo decía el refrán: Donde hay patrón no manda marinero.

Y mascullando su indignación, ayudó á colocar las últimas viguetas, cuando la proa de Flor de Mayo tocaba ya el agua.

Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la barca vieja que el Retor tenía alquilada para formar pareja con la suya.

Al poco rato ambas embarcaciones balanceábanse sobre las rompientes de la playa é izaban su gran vela latina, tomando viento con rapidez.

Los patrones agrupábanse en la playa perplejos y agitados, mirando con codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo indignados comentarios.

Aquel lanudo se había vuelto loco. El muy ladrón iba á hacer su negocio, y ellos, por cobardes, se quedarían con las manos en los bolsillos.

Esta suposición les irritaba, como si el Retor fuese á apoderarse de toda la pesca que había en el mar. Los más codiciosos y audaces se decidieron. ¡Ea! ellos eran tan hombres como el que más y podían ir donde fuese otro. ¡Barcas al agua!

La resolución fué contagiosa, y los boyeros no sabían dónde acudir, pues todos querían ser los primeros, como si se hubiera generalizado la locura del Retor. Parecía que todos temiesen ver agotada la pesca de un momento á otro.

Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver á sus hombres lanzarse en tal aventura, y proferían maldiciones contra el Retor, un lanudo que quería perder á toda la gente honrada del Cabañal.

La siñá Tona, en ropas menores, con la escasa cabellera gris flotando sobre el cráneo, acababa de llegar á la orilla. Estando en la cama le habían dicho la locura de su hijo y corría á evitarla. Pero las dos barcas ya estaban muy lejos.

¡Pascualet!—gritaba la pobre mujer formando bocina con las manos—. ¡Fill meu!... Torna... torna.

Y al conocer que no podían oirla, tirábase de los escasos pelos y prorrumpía en gemidos y aclamaciones.

María Santísima: su hijo iba á morir. Se lo decía el corazón. ¡Ay, reina y soberana! Todos morirían; sus dos hijos, su nieto: parecía que una maldición pesase sobre la familia. La mar cochina se los tragaría á todos, como ya había devorado á su pobre Pascual.

Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y las demás le hacían coro, los marineros, ceñudos y sombríos, empujados por el egoísmo de la existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los mayores peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus barcas, tendiendo las grandes velas.

Y poco después, un enjambre de manchas blancas marcábase en la bruma de aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar adentro, como si las atrajera el imán de la fatalidad.

X

Á las nueve navegaba la Flor de Mayo á la vista de Sagunto, en el espacio libre que el tío Batiste—con su afición á guiarse más por el fondo del mar que por los accidentes de la costa—marcaba entre la Roca del Puig y el Algar de Murviedro.

Ninguna pareja se había atrevido á ir tan lejos.

Por la parte de Valencia, y prolongándose hacia Cullera, marcábanse como puntos blancos las otras barcas emparejadas.

El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del ébano. Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos estremecimientos.

La Flor de Mayo y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas desplegadas, arrastrando la red del bòu, que cada vez se hacía más pesada y tirante.

El Retor iba en su sitio de popa, empuñando la caña del timón. Apenas si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para enderezar la marcha de la barca.

Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron parecía huir de él. Cuando no miraba á su hermano, contemplaba á Pascualet, erguido al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar á aquel mar que en su segundo viaje comenzaba á mostrarse alborotado.

La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez más violentas, pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la movediza cubierta con gran seguridad, expuestos á cada paso á caer al agua.

El Retor no apartaba la vista de su hermano y su hijo, y sus ojos iban con expresión interrogante de uno á otro, como si mentalmente hiciese una minuciosa comparación.

Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba pálido, á pesar de lo bronceado de la tez; sus ojos tenían el enrojecimiento de la vigilia, y apretaba los labios como si temiera que se escapasen las palabrotas de ira que afluían á su lengua y que mascullaba sordamente.

No le había engañado Rosario. ¿Dónde tenía antes los ojos, que no había visto la asombrosa semejanza? ¡Cómo se habría reído de él la gente! Su deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto. Pascualet le recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que él sirvió de niñera en la playa. Era el hijo de Tonet, no podía negarlo.

Y el patrón, conforme se convencía de su deshonra, arañábase el pecho y lanzaba miradas de odio al mar, á su barca y á los marineros, que á hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella ira se la causaba el mal tiempo.

¿Para qué quería ya trabajar? No mantendría más á la perra que por tanto tiempo le había puesto en ridículo: ¡adiós ilusiones de crear un porvenir á Pascualet, de hacerle el pescador más rico del Cabañal! ¿Era acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el mundo; morir y que pereciera con él toda su obra.

Odiaba ahora á su Flor de Mayo, la hija de madera, á la que hablaba como si fuese un ser animado; deseaba su extinción, su inmediata pérdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces ilusiones que acariciaba cuando estaba ocupado en su construcción. Si el mar hubiera obedecido á sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar á la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para tragarla.

La red era cada vez más pesada, y las barcas, arrastrando la enorme pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.

De la barca vieja que formaba pareja con Flor de Mayo, preguntaban si era llegado el momento de chorrar.

El Retor sonrió con amargura. Bueno, que chorrasen; lo mismo le importaba ahora que después. La tripulación de Flor de Mayo agarró el cabo de la red que arrastraba la pareja y comenzó á tirar con gran esfuerzo.

Tonet y los marineros, á pesar de lo ruda que era la faena y del mal tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! Á quintales iba á salir el pescado.

El tío Batiste, tendido en la proa y mojado por los espumarajos de las olas, miraba al horizonte por la parte de Levante, donde el celaje plomizo parecía condensarse, formando una masa de negruzco vapor.

Llamaba á Pascual para que prestase atención; pero el Retor tenía fijos sus ojos en el grupo de tripulantes que tiraban de la red. Por una casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y la semejanza de sus rostros resaltaba aun más ante la mirada del patrón.

Pascualo... Pascualo—gritó el viejo pescador con voz algo temblorosa—. Ya está ahí.

¿Quién?... ¡Quién había de ser! La tempestad, la tormenta que desde el amanecer estaba esperando el tío Batiste.

La masa de sombras que se aproximaba agrandándose por momentos, se abrió con la luz cárdena de un relámpago; después sonó el trueno, como si todo el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba con estrépito.

Sólo faltaba lo otro, el terrible Levante, que barre impetuosamente con hálito de muerte todo el golfo de Valencia; y el Levante llegó.

La Flor de Mayo tendióse de costado sobre el agua, como si una mano poderosa, agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadió la cubierta, y la gigantesca vela se extendió como una sábana sobre las olas, aleteando, volviendo á caer como un pájaro moribundo.

Esta caída de lado, que iba á hacerles zozobrar, fué obra de un instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno la tendida vela, la aplastó sobre el agua, tumbando á la barca.

El tío Batiste y el Retor, arrastrándose por la cubierta, llegaron hasta el mástil, y deshaciendo el nudo de las jarcias, arriaron la vela.

Esta maniobra salvó á la barca que, libre de la presión de la vela, se enderezó con un golpe de mar.

La Flor de Mayo, con el timón abandonado, giraba como una peonza en las aguas bullentes, que se hinchaban con lívidas y arrolladoras tumefacciones.

El Retor corrió á popa á agarrar la caña. La barca se movía con dificultad. Arrastraba la pesadísima red que momentos antes había contribuído á su salvación, sirviendo de contrapeso á la vela combatida por el huracán.

El patrón vió á la otra barca de la pareja sin aparejo, con el mástil roto, alejarse, presentando la popa.

Los tripulantes habían cortado la red para no zozobrar con su peso y huían hacia Valencia, perseguidos por el furioso Levante, que levantaba enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto se combaban y caían con ensordecedor estrépito, sólo comparable al de los truenos que rasgaban continuamente el espacio.

Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso que entorpecía la maniobra y poner la proa hacia Valencia.

La cuerda de la red fué cortada, desapareció arrastrado por las olas el peso que parecía apresar á la barca, y la Flor de Mayo obedeció con más facilidad el timón.

El Retor ostentaba la serenidad sublime de las grandes ocasiones. ¡Oído todo el mundo! Atención á lo que él mandase y á obedecer con prontitud.

La vela estaba caída sobre cubierta; la verga podía tocarse con las manos, y á pesar de la poca lona puesta al viento, la barca corría con vertiginosa rapidez, pasando el agua sobre la cubierta, mientras el mástil crujía lastimeramente.

Era llegado el momento de virar; el instante supremo: si les cogía de lado uno de aquellos còlls de mar rectos, que se desplomaban como murallas viejas, podían dar el adiós á la vida.

El patrón, puesto de pie valientemente, sin soltar el timón, examinaba todas las tumefacciones gigantescas que avanzaban veloces. Buscaba en la cordillera movible un espacio llano, un momento de calma que le permitiera virar sin riesgo de que la barca fuese pillada de costado.

¡Ahora! Y la Flor de Mayo giró rápidamente, cambió el rumbo entre dos montañas de agua, pero tan oportunamente que, apenas terminada la maniobra, un golpe de mar casi recto la entró por la popa, la puso vertical, con la proa hundida en la espuma hirviente, la elevó hasta su cima y la arrojó por la espalda, dejándola balanceante y trémula en un espacio relativamente tranquilo.

Los tripulantes, conmovidos aún por el zarandeo colosal, seguían absortos la marcha veloz y arrolladora de aquella muralla verdosa.

Viéronla inclinarse, formando como una bóveda sombría esmeralda sobre la otra barca, que huía desmantelada; se desplomó estallando como una mina, con hervor de espumas y nubes de agua que subían en columna. Cuando la ola deshecha y anonadada desapareció para dejar espacio libre á otras tan arrolladoras y ruidosas, los de la Flor de Mayo sólo vieron en los bullentes estremecimientos asomar un pedazo de palo y el lomo cóncavo de un tonel.

Requiescat in pace—murmuró el tío Batiste santiguándose y hundiendo su barba en el pecho.

Tonet y los otros dos mocetones que se burlaban del viejo estaban pálidos, sombríos, é instintivamente contestaron: Amén.

¡Pare! ¡pare!...—gritaba con terror Pascualet, mirando al patrón y señalando la proa de la barca.

Momentos antes de virar estaba allí el compañero de Pascualet, el otro gato de la barca. La ola monstruosa se lo había llevado sin que lo notaran los tripulantes.

En la Flor de Mayo dominaba el terror y el asombro de los primeros momentos de peligro.

El trance era supremo. Los truenos se sucedían sin interrupción; rasgábase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de los rayos, culebras de fuego que se sumían en las aguas para apagar sus entrañas incandescentes; sobre el estrépito de las olas retumbaban los truenos; unos secos, espeluznantes, como descargas de artillería, que el eco repetía hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una rasgadura interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como si quisiera desbordar el mar furioso, dándole nueva fuerza.

El Retor se sobrepuso pronto al terror de los suyos.

¿Qué era aquello, recordons? ¿Pescadores del Cabañal y temblaban? Parecía que se hubieran embarcado por primera vez. ¿Acaso no conocían las bromas del Levante? Aquello pasaría; y si no pasaba, ¿qué remediaban con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya sabían el dicho: «más valía ser comido de carranchs que no que les cantasen els capellans». ¡Ánimo, recristo! Á atarse todo el mundo, que por el momento nada necesitaba la barca, y lo importante era librarse de los golpes de mar.

El tío Batiste y los dos marineros se amarraron al mástil por la cintura; Tonet ató sólidamente á su sobrino á una argolla de popa, y él, viendo que su hermano por un alarde de serenidad seguía sentado junto al timón con el cuerpo libre, le imitó, agazapándose tras la borda, agarrando con sus manos crispadas los salientes de la barca.

Reinaba un silencio fúnebre á bordo de Flor de Mayo. La furiosa marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era amarillenta, sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y por las olas, sufrían los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les cortaban cruelmente la dura epidermis.

Cuando la ola los elevaba á prodigiosa altura y la barca quedaba con la quilla al aire como si fuese á emprender prodigioso vuelo, veía el Retor á lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte, las otras barcas del Cabañal navegando casi á palo seco, empujadas por el temporal hacia el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer en el mar corriendo la borrasca.

El marido de Dolores sentía hondo remordimiento. Parecíale que despertaba después de penoso sueño: la noche pasada en las calles del Cabañal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque, recordábalos ahora como vagas pesadillas.

¡Loco! ¡miserable! Se avergonzaba de sí mismo. Era más criminal que los que le habían hecho traición. Si estaba cansado de la vida, podía haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en la escollera de Levante. ¿Pero con qué derecho su locura había llevado á la muerte á tanto padre honrado? ¿Qué dirían de él en el Cabañal, viendo que por su culpa medio pueblo se había arrojado en medio de la tempestad?

Recordaba á los tripulantes de la vieja barca de su pareja que habían sido tragados por el mar casi á su vista; pensaba en las muchas embarcaciones que seguramente habrían perecido á aquellas horas y miraba avergonzado á sus compañeros de tripulación, amarrados, azotados por las olas y lanzados en el peligro por obedecerle.

Á su hermano y su hijo no quería mirarles: nada se perdía con que pereciesen; aun renacía en él la ferocidad de la venganza; pero ¿y los otros? ¿y los dos marineros que tenían sus madres, viejas pescaderas á las que mantenían? ¿y aquel tío Batiste, el amigo de su padre, salvado milagrosamente de tantos peligros?

No; él no tenía ningún derecho para arrastrarles á la muerte: era un criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jóvenes compañeros casi tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta fuerza que las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los golpes de mar que caían sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de que él también estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le envolvían sin conmover su corpachón, que parecía incrustado en la popa, y sentía dentro del pecho una pena semejante á la de la noche anterior.

Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglaría sus asuntos de familia ó se mataría; ahora lo interesante era llegar al puerto con toda su tripulación. Bastante le pesaban sobre la conciencia el pobre grumetillo que desapareció al virar y los que tripulaban la otra barca de la pareja.

Y el Retor ponía toda su atención en el gobierno de la Flor de Mayo. El presente no le inquietaba. La barca era fuerte y el temporal se presentaba por la popa; pero pensaba con terror en la entrada del puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecían.

Á lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la lluvia y las nubes que levantaba el oleaje, marcábase la escollera como el lomo de una ballena encallada por el temporal. ¡Ah! ¡Si él consiguiera doblarla!...

Y cuando la barca, después de quedar hundida en el agua, surgía remontándose á la cumbre de una ola, el patrón miraba ansiosamente la aglomeración de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullían innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con angustia el terrible combate de la tempestad con los hombres.

El Retor temblaba al pensar en la próxima lucha. No se veía ninguna barca. Muchas estarían ya en el puerto: las demás se habrían perdido.

En su inquietud, sentía la necesidad de fortalecerse, y habló al tío Batiste.

Él que tan bien conocía el golfo, ¿qué opinaba de aquello?

El viejo, como si despertase, movía tristemente la cabeza, y en su cara de chivo viejo marcábase un gesto de valiente resignación que le embellecía. Todo tendría fin dentro de una hora; hombres y barca. La entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba él, que en toda su larga vida no había visto otro Levante tan furioso.

Pero el Retor se sentía con ánimo para todo. Si no podían entrar en el puerto seguirían á lo largo corriendo el temporal.

El tío Batiste movía su cabeza con la misma expresión triste. Tampoco podía ser. El temporal duraría dos días por lo menos, y si la barca resistía el mar, no por esto iba á librarse de encallar en Cullera, ó de ir, cuanto más, á hacerse trizas en el cabo de San Antonio. Más valía intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era mejor allí, á la vista de sus casas, en el mismo lugar donde habían perecido muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.

Y el tío Batiste, revolviéndose en sus ligaduras, hurgábase el pecho para sacar por entre la camisa un crucifijo de bronce oxidado por el sudor, y que besaba con devoción.

Esto reanimaba á los demás. ¡Cristo! Bueno estaba el tiempo para beaterías. Tonet se burlaba con risa fúnebre, y los otros dos marineros increpaban al viejo con las más terribles maldiciones, como si el peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperación, que se traducía en impiedades.

El Retor levantaba los hombros con indiferencia. Él era buen creyente; el cura del Cabañal podía atestiguarlo, pero estaba seguro de que allí no había más Cristo milagroso que él, si la barca le obedecía y á la entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timón.

Bien se adivinaba en la Flor de Mayo la proximidad de la escollera. El mar presentábase cada vez más agitado; ya no eran las olas únicamente de popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse con el obstáculo de piedra, acometía á la barca por la proa, formando las aguas espantosos remolinos. Eran dos mangas las que había de sufrir: la del temporal y la del gigantesco escollo formado por los hombres.

La Flor de Mayo, crujiendo dolorosamente á pesar de su sólida construcción, apenas si obedecía al timonel é iba como una pelota lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia adelante por el vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de mar.

Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la barca, después de pasar sobre ella las montañas de agua, volvía á reaparecer flotando valientemente.

El patrón se convencía de lo desesperado de la situación. Estaban cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir adelante corriendo el temporal, era ya imposible; había que meterse en el puerto ó perecer en la entrada.

Distinguía ahora claramente la muchedumbre que pululaba sobre la escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba á la barca su griterío de terror.

¡Recristo! Era muy triste morir á la vista de los amigos, oyendo casi sus voces y sin poder recibir auxilio. ¡Perra mar!... ¡Chochino Levante! Y el Retor, enfurecido, insultaba á las olas, y en su desesperación las escupía, mientras la barca tan pronto se encabritaba hasta ponerse derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos. Causaba vértigos el zarandeo interminable, y el mástil lo mismo se inclinaba á babor metiendo la verga en el agua, como caía sobre el costado opuesto, desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.

¡Allá va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una ola lívida, traidora, sin espuma y sin ruido, cayó sobre la popa, cubriendo toda la barca, barriéndola con una manotada feroz.

El patrón recibió el golpe en la espalda y se dobló hasta juntar la cabeza con los pies, pero sin soltar el timón ni moverse de aquellas tablas, en las que parecía incrustado. Sintióse sumergido por algunos instantes, oyó un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y al surgir del agua sintió el roce de un objeto que, empujado por las olas, iba de una parte á otra como un proyectil.

Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar había roto sus amarras y rodaba sobre la cubierta con velocidad arrolladora, aplastándolo todo á su paso.

Dió un golpe á Pascualet en el rostro, ensangrentándole, y después, como un enorme martillo, cayó sobre la base del mástil, donde estaban amarrados el tío Batiste y los dos marineros.

Aquello fué tan rápido como espantoso. Sonó un grito horrible. El Retor, á pesar de su ánimo, se cubrió los ojos con sus manazas.

El barril, como poderosa catapulta, había caído de lleno sobre uno de los marineros, el más joven, aplastándole la cabeza; después de su crimen, la barrica, manchada de sangre, saltó fuera de la barca como criminal que huye, hundiéndose en la espuma.

La cabeza aplastada era una repugnante masa sanguinolenta, de la cual arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo pescador y el otro marinero tenían que permanecer amarrados en contacto con el mutilado cadáver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca, las rozaduras del muñón espantoso que les rociaba de sangre.

El tío Batiste clamaba con desesperación. ¡Señor! que acabase pronto aquel tormento nunca visto. ¿Cuándo se había hecho sufrir á hombres honrados una prueba semejante?

Su voz débil y cascada sonaba con esfuerzos de desesperación sobre el pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba al Retor rogándole que abandonase el timón y no se esforzara en luchar contra lo imposible. Su última hora había llegado, y antes de prolongar tales angustias, era preferible dejar que la barca se fuera sobre las rocas, haciéndose mil pedazos.

Pero el Retor no le escuchaba. El chasquido que oyó á continuación del golpe de mar, le preocupaba, y adivinando el peligro, no apartaba la vista del mástil, que á pesar de su robustez se cimbreaba de un modo alarmante.

En el tope agitábase el ramillete del bautizo, manojo de hierbajos y flores secas que el huracán iba arrebatando como señal de muerte.

Ni siquiera oía á Pascualet que, con el rostro desfigurado por una mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catástrofe, gritaba con voz que parecía un balido:

¡Pare!... ¡Pare!

¡Ah! su padre poco podía hacer. Evitar como podía los furiosos golpes, meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de que fuese pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.

La quebrantada Flor de Mayo vióse de pronto como en el fondo de una sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de sombría agua, que avanzaban en opuesta dirección é iban á chocar, pillando en medio la barca.

Esta vez hasta el patrón dió un grito de pavor. Fué instantáneo el choque. La barca vióse envuelta en un torbellino de agua, dió un crujido horrible, como uno de los truenos secos que conmovían el espacio, y cuando al fin salió á flote pesadamente, su cubierta estaba rasa como la de un pontón; el mástil se había roto á ras de las tablas, y palo y vela, con los hombres amarrados, habían desaparecido.

El Retor aun creyó ver entre las espumas de una ola que se alejaba el cadáver mutilado, y junto á él la cabeza del tío Batiste, mirando á lo alto con expresión de asombro.

Ahora sí que podían darse por perdidos.

La rotura del mástil la habían visto todos desde la escollera, y un grito de horror proferido por centenares de bocas sonó cuando Flor de Mayo reaparecía sobre las aguas desmantelada y á merced de las olas.

Todo el barrio de las Barracas estaba allí sobre el murallón de rojos pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan atento á la lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las olas que escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo á la muchedumbre.

Al sonar los primeros truenos habían corrido todos cual rebaño asustado á la punta de la farola, como si su presencia pudiese ayudar á los parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto. Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el vendaval, que arremolinaba las faldas, oprimía los vientres y zumbaba cruelmente en los oídos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas de la lluvia por el ondeante mantón; los hombres, con chubasqueros y botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en pedrusco, deteniéndose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando la escollera, caía en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que parecía sudar la cólera de la tempestad.

En el sitio más avanzado, sobre las últimas rocas donde bullían los espumarajos y se rompían las olas, estaba Dolores, pálida, desmelenada, agarrándose á la siñá Tona, que parecía próxima á la locura.

Su chico, su Pascualet, estaba allá... y también los otros. Y se tiraban del pelo, lanzando los más atroces juramentos de la Pescadería, hasta que de pronto, deteniéndose y cruzando las manos sobre el pecho, hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios, dirigiéndose á la Virgen del Rosario ó al Santo Cristo del Grao, como si estuvieran allí junto á ellas.

La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra, arrebujándose en el mantón, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge, dejándose alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies á cabeza. Arriba, en lo más alto de la escollera, erguíase soberbia, con expresión amenazante, la enorme mole de la tía Picores. Temblaba de ira su arrugada boca, amenazaba á las olas con el puño cerrado, y á pesar de su grotesca figura, había en ella cierta sublimidad, algo que recordaba los apóstrofes del trágico inglés.

¡Sorra!—gritaba con su voz ronca, amenazando á la mar—. ¡Dòna habíes de ser!

Y la lluvia cayendo cada vez con más fuerza, el vendaval bamboleando como cañas á los que se separaban de los grupos, y las ropas, empapadas por el agua del mar y la del cielo, pegándose á las carnes, chorreando, haciendo toser á la gente, que se olvidaba de sí misma mirando el rebaño de barcas que se aproximaban en tropel.

¡Qué de maldiciones contra el Retor!

Aquel lanudo tenía la culpa de todo: él era quien había inducido á tanto hombre de bien á lanzarse en el peligro. ¡Ojalá se lo tragase la mar!

Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza, anonadadas por la indignación pública.

Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la escollera é iban entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegría de las familias que corrían hacia el Grao para abrazar á los suyos.

Conforme entraban las embarcaciones de pesca, disminuía la muchedumbre en la punta de la farola.

La embocadura del puerto iba haciéndose por momentos más inabordable. Tres barcas quedaban á la vista, y durante una hora tuvieron á toda la muchedumbre con el corazón en un puño, luchando con la marejada feroz que las empujaba sobre las piedras.

Entraron por fin: un suspiro de satisfacción dilató los pechos, y entonces fué cuando en el brumoso horizonte comenzó á marcarse una barca solitaria avanzando velozmente, á pesar de que navegaba casi á palo seco.

Los marineros que estaban entre las rocas tendidos sobre el vientre para presentar menos blanco á las voraces olas, se miraron con un gesto de tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba: lo afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado tarde.

Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoció al poco rato la barca, que tan pronto parecía volar como se sumergía por algunos instantes. Era la Flor de Mayo.

La madre y la mujer del Retor gritaban como locas. Querían arrojarse al mar; ir cuando menos hasta los peñascos más avanzados que asomaban entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.

La conmiseración popular, el afecto que la desgracia despierta en las muchedumbres, rodeaba á las dos pobres mujeres.

Ya nadie maldecía al Retor: todos se olvidaban de su temeridad contagiosa y procuraban consolar á las dos mujeres con falsas esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar, evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.

La angustiosa situación duró una hora: lo bastante para encanecer. Cuando la Flor de Mayo fué envuelta por las dos olas y reapareció sin mástil, con la cubierta rasa, un alarido de horror sonó en la muchedumbre. Estaban perdidos: ¡á morir!

La barca ya no obedecía al timón. El mar la hizo emprender una carrera loca hacia los peñascos, y lo único que conseguía el patrón á costa de muchos esfuerzos, fué que no presentara sus costados al oleaje.

Por una casualidad no chocó contra las piedras. Un golpe de mar la elevó á tiempo y pasó como una flecha ante el extremo de la escollera, viendo Pascualo como aparición momentánea aquellos pedruscos, y sobre ellos muchas caras amigas.

¡Qué angustia! ¡Estar á la vista de ellos, poder oir su voz, y sin embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la escollera. Iban rectamente hacia Nazaret, á perecer en el arenal donde tantos barcos estaban enterrados.

Tonet, que parecía amodorrado por los golpes de mar, se reanimó al pasar frente á la escollera. Fué una visión de vida que iluminó su resignada desesperación.

No; él no quería morir, se defendería del mar y de la tempestad mientras pudiese. Entre ahogarse de allí á media hora en el arenal ó despedazarse en la escollera en un intento de salvación, prefería esto. Por algo era el mejor nadador del Cabañal.

Y á gatas, expuesto á ser arrastrado por las olas, llegó hasta una escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundió en la cala.

El Retor le miraba con desprecio. No estaba arrepentido de su obra. Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos instantes perecería con el hermano traidor, y en cuanto á la que estaba en tierra, que viviese. ¿Había acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora conocía él el engaño de la vida. La única verdad era la muerte, que nunca falta ni engaña. Y también era verdad la hipocresía feroz del mar, que calla sumiso, se deja robar por los pescadores, los halaga, haciéndoles creer en su eterna bondad, y después, con un zarpazo hoy y otro mañana, los extermina de generación en generación.

Estas ideas se sucedían en él rápida y desordenadamente, como si la proximidad de la muerte excitase su pensamiento.

Pero al ver que reaparecía Tonet en la ruinosa cubierta, profirió una exclamación de sorpresa, incorporándose sobre las movedizas tablas. Su hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el regalo de la siñá Toná, que había quedado olvidado en la cala.

Tonet no se inmutó ante la mirada fulgurante y la voz bronca de su hermano... ¿Que adónde iba? A lanzarse al mar. Había llegado el momento del ¡sálvese quien pueda! Él no quería morir encerrado allí como una rata, quería mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.

El Retor lanzó un terrible juramento. No; su hermano no saldría de la barca: no intentaría salvarse, moriría con él, y aun así no lo pagaba todo.

Lo supremo de la situación hacía reaparecer en Tonet el matoncillo del puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonreía feroz y despreciativamente, mirando á su hermano.

En la actitud de los dos hombres había algo que asustaba más que la tempestad.

¡Pare!... ¡Pare!—repitió el niño con voz débil, agitándose en sus ligaduras.

Entonces recordó el Retor que el muchacho estaba allí; y sombrío, silencioso, soltó el timón. Llevaba en la mano su faca de marinero, y de un solo golpe cortó las ligaduras del muchacho.

¡Tú... el chaleco!—ordenó con voz seca é imperativa á su hermano.

Pero éste le contestó con un ademán indecente, é intentó introducir sus brazos en el armazón de corcho.

¡Canalla! Pascual sentía la necesidad de hablar, de decirlo todo, aunque fuese con pocas y atropelladas palabras. ¿Creía que aun estaba ciego? Lo sabía todo; él era quien en la noche anterior le había perseguido por las calles del Cabañal cuando salió de dormir con la... púa que estaba en tierra. Si no le mataba era porque iban á morir juntos.

Pero aquel chico, el que él llamaba antes su Pascualet, no era culpable y no debía morir. Tal vez se ahogase; sería lo más seguro; pero como á niño inocente, á él le correspondían las probabilidades de salvación. ¡Pronto... el chaleco, Tonet! Era para su hijo, para el fruto del engaño y de la infamia. Aunque era tan canalla, debía acordarse de ser padre. ¡A obedecer, ó lo mataba como un perro!

Pero Tonet sonreía de un modo feroz y le contestaba con cinismo. Tal vez no se engañase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la piel propia era lo primero.

É intentó vestirse el salvavidas, pero no tuvo tiempo. Fuése sobre él su hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible, invadida á cada instante por el mar, sonó un pataleo de lucha y Tonet cayó de espaldas.

Su hermano le había hundido dos veces la faca en un costado. Por fin satisfacía la fiebre de destrucción que le animaba desde la noche anterior.

Sin saber casi lo que hacía, enfardó al muchacho en el salvavidas, y como si fuera un saco de lastre, lo arrojó por encima de la popa, viendo cómo flotaba y desaparecía tras la cresta de una ola.

Ahora á morir como todos los de la familia; á ser recogido en la playa como un salivazo de las olas, como recogieron á su padre.

Todo había pasado á bordo de la barca con gran rapidez.

La muchedumbre que estaba en la punta de la escollera, veía la Flor de Mayo saltando como un ataúd sobre las olas, sin dirección, cual un juguete de la tempestad.

Los truenos sonaban cada vez más lejanos: cesaba la lluvia, pero el vendaval seguía soplando furioso y el oleaje era cada vez más fuerte.

Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida en la barca; el drama quedó ignorado. Pero distinguieron cómo el Retor arrojaba por la popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba aproximándose á la escollera para estrellarse sobre las rocas.

Poco después sonó el último grito de angustia. Flor de Mayo era cogida de costado por una ola enorme y rodaba por algunos instantes con la quilla al aire, desapareciendo por fin.

Las mujeres santiguábanse, mientras que otras rodeaban á Dolores y Tona, sujetándolas para que no se arrojasen al mar.

Todos adivinaban qué era el objeto que flotaba hacia las rocas. Era el chico; los marineros le distinguían envuelto en el salvavidas.

Iba á matarse contra los peñascos. La madre y la abuela daban alaridos pidiendo socorro sin saber á quién. ¿No habría una buena alma que salvase al muchacho?

Un mocetón de buena voluntad, con la cintura amarrada por un calabrote que sostenían sus compañeros, se lanzó violentamente en las rocas bajas, en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las bullentes aguas á costa de fuerza y destreza.

Varias veces chocó el inanimado cuerpecillo con las salientes piedras, arrebatándolo de nuevo el mar entre alaridos de horror, pero por fin el marinero pudo alcanzarlo cuando iba á golpear de nuevo con su débil cuerpecillo el murallón gigantesco.

¡Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa plataforma de la escollera, su cara ensangrentada, sus miembros amoratados, fríos y desgarrados por las aristas del rodeno, asomaban por entre el voluminoso salvavidas como las extremidades de una tortuga.

La abuela intentaba reanimar entre sus manos aquella cabecita cuyos ojos se habían cerrado para siempre, y Dolores, arrodillada junto á él, se arañaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa cabellera, mirando fieramente á todas partes con sus ojos dorados.

Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el espacio.

¡Fill meu!... ¡fill meu!...

Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa despreciada y estéril, conmovíase ante la locura de la maternidad herida y con honda conmiseración perdonaba á su rival.

Y en lo alto, dominándolos á todos, estaba la tía Picores, erguida y soberbia como la venganza, indiferente á todos los dolores, con las faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.

Ya no enseñaba el puño al mar. Volvíale la espalda con marcado desprecio, pero amenazaba á alguien que estaba tierra adentro, al Miguelete, que á lo lejos alzaba su robusta mole sobre la masa de tejados de la ciudad.

Allá estaba el enemigo, el verdadero autor de la catástrofe. Y el puño de la bruja del mar, hinchado y enorme, amenazaba siempre á la ciudad, mientras su boca vomitaba injurias.

¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban en la Pescadería! ¿Aun les parecía caro el pescado?... ¡Á duro debía costar la libra!

 

 

FIN

Valencia, 1895

CUENTOS VALENCIANOS

¡Cosas de hombres!...

Cuando Visentico, el hijo de la siñá Serafina, volvió de Cuba, la calle de Borrull púsose en conmoción.

En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana, agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar estupendas historias con credulidad asombrosa.

—En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito... lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta tierresita.

Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia, y decía tener olvidado el valenciano, á pesar de lo mucho que le tiraba la tierresita. Había salido de allí con lengua, y volvía con un merengue derretido, á través del cual las palabras tomaban el tono empalagoso de una flauta melancólica.

Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba á la crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habíanse metido en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un estrépito sólo comparable al fru-fru de sus faldas de percal almidonadas en los bajos hasta ser puro cartón.

La siñá Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba mamá. Ella era la encargada de hacer saber á las vecinas las onzas de oro que Visentico había traído de allá, y al número que marcaba, ya bastante exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además se hablaba con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado guardaba, y en el cual el Estado se comprometía á dar tanto y cuanto... cuando mudase de fortuna.

No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones, trajese loca á Pepeta (a) la buena mosa, una vaca brava que por las mañanas revendía fruta en el Mercado y con su falda acorazada, pañuelo de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la frente, pasaba la vida á la puerta de su casa, tan dispuesta á arañarse con la primera vecina, como á conmover toda la calle con alguno de sus escándalos de muchachota cerril.

La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del barrio, y además, antes de que él se fuese á Cuba, ya se susurraba si había algo entre ellos.

Lo que ya no le parecía tan claro á la gente es lo que diría el Menut, un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para repartir la carne, un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos en las orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si en distintas ocasiones había afanado borregos enteros.

La Pepeta estaba loca; sólo una caprichosa como ella podía haber aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de un granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza era capaz de deshacer la cara de un solo revés.

Y ahora iba á ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los vecinos sólo con ver al Menut, quien con aspecto de perro abandonado pasaba el día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín de Panchabruta, como frente á la casa de Pepeta, siempre sucio, con la camiseta listada de azul y la blusa al cuello impregnadas de la hediondez de la sangre seca.

Ya no repartía carneros á los cortantes de la ciudad; olvidaba su carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar aquel algo que le faltaba, sólo sabía beberse águilas en el cafetín, ó ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada más que con la lengua.

Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había tenido los ojos?... Ahora le parecía imposible que hubiese querido á aquel bruto, sucio y borrachín. ¡Qué abismo entre él y Visentico!... una figura de general, un chico muy gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como un ángel, y que, en fin, si no tenía millones y una mulata, ya se sabía que era por lo mucho que le tiraba la tierresita.

Indignábase al ver que aquel granujilla forrado en la mugre de la carne muerta aun tenía la pretensión de que continuase lo que sólo había sido un capricho... una condescendencia compasiva... ¡arre allá! Cuando no manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese á decirla: ¡flor de guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su presencia.

La buena moza fué inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces la calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fué el Menut.

En las noches de verano, cuando el calor arrojaba á las familias en medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de melodrama.

La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta, lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte á la buena moza, y después desvanecíase por un escotillón, el cafetín donde el Menut, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas á las rampantes garras de las águilas amílicas.

¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón y ella recibía honores de reina festejada. Á su lado, la madre, una vieja insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.

La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros soplos de la noche.

Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores; chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo obscuro que parecía un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descendía un soplo húmedo que reanimaba á la tierra, arrancándola suspiros de vida.

En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la guitarra con su rasgueo soñador, el canto á coro desentonado y estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo á cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.

Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo; extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al fin la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud, escuchando, como angélicas melodías, los arañazos de los acordeones.

Y á esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar los corrillos más animados, era cuando á lo lejos la difusa luz de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando zigzags como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.

Era el padre de Pepeta que con la gorra desmayada y el pañuelo de hierbas en una mano, volvía de la taberna. Saludaba á la reunión con tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por fin en la obscuridad de su casa, maldiciendo á los avaros caseros que, para fastidiar á los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.

En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan á comprender que una está chiflada por ellos... ya, ya.

Y mientras tanto la pobre alma en pena á la puerta del cafetín, con la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo de cerca las bromitas de sus amigachos y á lo lejos las canciones del corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.

¡Pero qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le faltaba esto y lo de más allá? Conforme; pero aun no había muerto y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto á Pepeta y al Cubano se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una carasera y él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les arreglaría las cuentas... Á ver, tío Panchabruta: otra águila de petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.

Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.

Ahora cantaban á coro en casa de Pepeta:

Vente conmigo y no temas
estos parajes dejar...

Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda y mimosa, la del Cubano, que decía: Vente conmigo, con una intención que al Menut parecía arañarle en el pecho. Conque vente conmigo, ¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba á arder todo en la calle de Borrull.

Y se lanzó fuera del cafetín, sin llamar la atención de los bebedores, acostumbrados á tan nerviosas salidas.

Ya no era el alma en pena; iba rectamente á su sitio, á aquel corro maldito que tantas noches había sido su tormento.

Tú, Cubano, escolta.

Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete? ¿Había por allí algún borrego que robar?...

Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.

—Me paese... me paese que eso muchachillo se la va a cargar por torpe.

Y salió del corro, á pesar de las protestas y consejos de todos.

Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No llegaría la sangre al río. El Menut era un chillón que no valía un papel de fumar, y si se atrevía á hacer pinitos, ya le limpiaría los mocos el otro. Vaya... á cantar. No debía turbarse la buena armonía por un bicho así.

Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos con el rabillo del ojo á los dos que estaban plantados en el arroyo, frente á frente.

Que la que aquí es prima donna
reina en mi casa será... á... á

Pero al hacer una pausa, se oyó la voz del Menut, que decía lentamente con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:

Tú eres un morral... sí señor, un morral.

Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo, lanzando un quejido; pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era tarde.

Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando sucias blasfemias.

Y el Cubano de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa; en aquel momento desvanecióse la melosidad antillana, y el lenguaje de la niñez reapareció junto con la desgracia.

¡Ay mare mehua!... ¡Mare mehua!

Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos, agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban los intestinos cortados, rezumando sangre é inmundicia.

Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en torno del caído; sonaban pitos á lo lejos; poblábanse instantáneamente los balcones, y en uno de ellos la siñá Serafina en camisa, desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo, daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de su desgracia.

Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo llegar hasta el Menut, le escupía á la cara siempre los mismos insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba á todo el barrio: ¡Lladre!... ¡Granuja!

Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída á sus pies. Tan tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente los extremos de su boca.

Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda y la blusa encima; la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de municipales, satisfecho en el fondo de que la gente se agolpase á su paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez á sus amigotes, que asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban qué había hecho.

Res; còses d’hòmens.

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la prosopopeya de la estupidez satisfecha.

La apuesta del esparrelló

La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto á una barca vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y entoldado.

Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba á nuestras espaldas, y á mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de sarmientos, complicados arabescos en la arena.

Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo rabioso, que á lo lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que era un mar lo que parecía inundación de tisana.

Y mientras mirábamos la rojiza extensión en cuyo límite se marcaba como ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret tiraba de los bolichones ó se arrojaba en el agua sucia.

El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban á caer los esparrellons como moscas.

Y eso que el esparrelló era el bicho más ladino y malicioso que se paseaba por el golfo.

¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba el tal animalito, iba á contarme un cuento, que indudablemente sería un sucedido, pues de no ser así no se lo habría contado á él su padre.

Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa, comenzó á contarme el sucedido con su seriedad de lobo de playa, en un valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las despobladas encías.

También aquel día había crecido el río, y cerca de la orilla resbalaba el bolichó traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia la arena seca á los incautos peces, atraídos por la frescura del agua dulce y sucia.

El esparrelló del cuento, panzudo, pequeñito y vivaracho, un pilluelo que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave disgusto de su familia, acababa de ver caer á todos los suyos entre las mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, sólo se le ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si quisiera decir:

—Sálveme yo y perezca la familia; mejor es el agua turbia que el aceite de la sartén.

Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.

El esparrelló dejóse caer en la línea recta, y en una hondonada abierta por las dragas en el fango, vió tumbado como un canónigo á un reig corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas movía una agalla hacía temblar á todo el escamado enjambre.

¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semiobscuridad del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en una alcoba con las cortinas corridas.

El esparrelló quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse á costa ajena, y se limitó á pasar y repasar por las jadeantes narices del coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.

¡Pero bueno era el reig para inquietarse por tales caricias! Á fuerza de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco, moviendo su poderosa cola, pero tumbóse sobre el otro costado, y siguió bramando con la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.

—¡Animal!—le gritaba el pececillo junto á una agalla—, ¡animal, despiértate!

—¿Eh?—exclamaba el reig entre dos ronquidos con su bronca voz de borracho.

—Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de Nazaret ha roto hostilidades, y á miles se lleva prisioneros á los nuestros.

—Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.

—Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del Toto explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el bolichó de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta cuartos.

—¡Cincuenta demonios!—roncó con furia el reig, y dando un furioso coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar, mientras al ladino esparrelló le temblaban todas las escamas con las convulsiones de una risita aguda é insolente.

El reig se amoscó al ver que tomaban á broma su prudencia, y avanzando el cuerpo hacia el diminuto bicho quiso reconocerle en la semiobscuridad.

—¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían de ingrato, lo que no corresponde á una persona de mi edad y mi peso, ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos pelambres que vienen á buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado guapo para dejarme coger. Pregúntale á ese Toto de quien hablas cuántas veces de una morrá le he roto el bolichón de cuerdas. Si repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes que hacer daño á un padre de familia prefiero huir á tiempo, y me va tan ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido á morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me han de caer las escamas de puro viejo.

—Lo mismo soy yo—dijo con petulancia el pececillo—; los míos se han dejado arrastrar, pero á mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran cosa el ser pequeño.

—Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón todas las redes de esos pelagatos.

Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dió dos ó tres coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al esparrelló, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.

Pero el granuja se echó á un lado oportunamente, amoscado por tan villanas caricias.

—Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me alcanza.

—¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!

Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el reig se revolcaba en convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como ronquidos, hacían hervir el agua.

—¡Calla, condenado, que el Toto debe andar por arriba!

La advertencia devolvió al reig su seriedad, pero le cargaba que aquel bicho insignificante sacara á colación á cada momento el nombre del pescador, y quiso vengarse.

—¿Que tú corres más?—dijo con su expresión de jaque testarudo—: eso pronto se verá. Hagamos una apuesta: á ver quién llega antes al cabo de San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás comer en castigo á tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?

¡Pobre esparrelló! Le temblaban todas las escamas al verse metido en porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento ó de allí á unas horas, optó por lo último.

—Conforme, grandullón—contestó con risita forzada—; cuando quieras empezaremos.

—Vámonos á las aguas verdes, que esto está turbio.

Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos que salen á tomar el fresco el reig y el esparrelló llegaron al sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda líquida.

El gigante dió unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.

—Mira, chiquitín; sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir, porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto como crees.

—Menos palabras, y al avío.

—¿Va ya, chiquillo?

—Cuando quieras.

—Pues ¡va!

¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel reig era una tempestad. Al primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había naufragado veinte años antes, y estaba hundida en la arena como una carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su vientre.

Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo á un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido y un hervor que conmovía todo el golfo.

¿Y el esparrelló? ¡Pobrecito! quiso seguir á su corpulento enemigo; pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida por cada coletazo del reig le hacía perder camino, y á los pocos minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.

Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó hasta la cabeza del reig, y fijándose en las grandes agallas que se abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución y se coló por una de ellas.

No se estaba mal allí. Viajar gratis á doble velocidad y acostadito en aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.

—¡Je! ¡je! ¡je!—reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por la ventana de su guarida.

Y el reig daba un salto, murmurando:

—Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos, corramos.

Y cada carcajada del esparrelló era como un espuelazo para el pescadote.

¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos, mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían escapadas huyendo del brutal azote.

Después de los algares las colinas sumergidas, aquellos peñascales en cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y diáfanos como sombras.

¡Qué espantosa revolución llevaba el reig á estos tranquilos lugares!

Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de matón, que alarmaban todo el golfo; y las plantas submarinas que tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras, como si quisieran gritar con angustia:

—Atención, que llega ese loco.

Las almejas, gente tranquila que huye del ruído, al ver aproximarse el torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas, cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud; las lapas agarrábanse á la roca con más fuerza que nunca; los langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas, esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada; y en aquel mundo verdoso é inquieto, el paso veloz del enfurecido animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.

Una rozadura del reig bastó para arrancarle dos patas á una langosta, y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba á ser su procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretas, para pedir justicia y venganza á algún tiburón de los que rondan aquellas islas.

Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote, gritando:

—¡Á ese, á ese, que está loco!

Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba. Aquella maldita risa del esparrelló la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.

Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron á marcarse las masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban á depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.

El jadeante reig, que no podía ya con su alma, llegó junto á las rocas y dijo con angustioso ronquido:

—Ya llegué.

Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:

—Yo primero.

El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se pavoneaba ante el hocico del cansado reig, como si hubiera llegado mucho antes.

El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con expresión reflexiva.

—Bueno—roncó por fin—. En esto debe haber trampa, pero la palabra es palabra. Mocoso, manda lo que quieras: seré tu criado.

Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos maliciosamente.

Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía intrínguilis.

¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y á la acometividad. Que vale más ser esparrelló pequeño y malicioso, que reig enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo todo sólo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla para salir á tiempo.

Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me ruboricé, murmurando para adentro:

—Este tío me conoce.

Noche de bodas

I

Fué aquel jueves para Benimaclet un verdadero día de fiesta.

No se tiene con frecuencia la satisfacción de que un hijo del pueblo, un arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la cara sucia, se convierta, tras años y estudios, en todo un señor cura; por esto pocos fueron los que dejaron de asistir á la primera misa que cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la siñá Pascuala y el tío Nèlo, conocido por el Bollo.

Desde la plaza inundada por el tibio sol de primavera, en cuya atmósfera luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas brillando como chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por la que escapaba el vaho de la multitud, parecía un trozo de negro cielo, en el que se destacaban como simétricas constelaciones los puntos luminosos de los cirios.

¡Qué derroche de cera! Bien se conocía que era la madrina aquella señora de Valencia de la que los Bollos eran arrendatarios, la cual había costeado la carrera del chico.

En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen cirios; las arañas cargadas de velas centelleaban con irisados reflejos, y al humo de la cera uníase el perfume de las flores, que formaban macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendían de las lámparas en apretados manojos.

Era antigua la amistad entre la familia de los Bollos y la siñá Tona y su hija, famosas floristas que tenían su puesto en el mercado de Valencia, y nada más natural que las dos mujeres hubiesen pasado á cuchillo su huerto, matando la venta de una semana para celebrar dignamente la primera misa del hijo de la siñá Pascuala.

Parecía que todas las flores de la vega habían huido para refugiarse allí, empujándose medrosicas hacia la bóveda. El Sacramento asomaba entre dos enormes pirámides de rosas y los santos y ángeles del altar mayor aparecían hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de pétalos y hojas que, á la luz de los cirios, mostraban todas las notas de color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguíneo, hasta el suave tono del nácar.

Aquella muchedumbre que estrujándose olía á lana burda y sudor de salud, sentíase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas las dos horas de ceremonia.

Acostumbrados los más de ellos á recoger como oro los nauseabundos residuos de la ciudad, á revolver á cada instante en sus campos los estercoleros, en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato estremecíase con intensa voluptuosidad, halagado por las frescas emanaciones de las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, á las que se unía el oriental perfume del incienso. Sus ojos turbábanse con el incesante centelleo de aquel millar de estrellas rojas, y les causaba extraña embriaguez el dulce lamento de los violines, la grave melopea de los contrabajos y aquellas voces que desde el coro, con acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor gloria del hijo del Bollo.

La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un palacio encantado que fuese suyo. Así, entre músicas, flores é incienso, debía estarse en el cielo, aunque un poco más ancho y sudando menos.

Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que estaba allí arriba sobre las gradas del altar, cubierto de doradas vestiduras, moviéndose con solemnidad entre azuladas nubecillas y á quien el predicador dedicaba sus más tonantes períodos, era uno de los suyos, uno más que se libraba del rudo combate con la tierra para hacer concebir incesantemente á sus cansadas entrañas.

Los más, le habían tirado de la oreja por ser mayores; otros, habían jugado con él á las chapas, y todos le habían visto ir á Valencia á recoger estiércol con el capazo á la espalda, ó arañar con la azada esos pequeños campos de nuestra vega que dan el sustento á toda una familia.

Por esto su gloria era la de todos; no había quien no creyese tener su parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar, en aquel mocetón fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la invasión sarracena, que asomaba por entre níveos encajes sus manazas nervudas y vellosas, más acostumbradas á manejar la azada que á tocar con delicadeza los servicios del altar.

También él, en ciertos momentos, paseaba su mirada con expresión de ternura por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de terciopelo, entre sus dos diáconos, viejos sacerdotes que le habían visto nacer, oía conmovido la voz atronadora del predicador ensalzando la importancia del sacerdote cristiano y elogiando al nuevo combatiente de la fe que con aquel acto entraba á formar parte de la milicia de la Iglesia.

Sí; era él: aquel día se emancipaba de la esclavitud del terruño, entraba en este mundo poderoso que no repara en orígenes; escala accesible á todos, que se remonta desde el mísero cura, hijo de mendigos, al Vicario de Dios; tenía ante su vista un porvenir inmenso, y todo lo debía á sus protectores, á aquella buena señora obesa y sudorosa bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y á su hijo, al que el celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario, había de llamar siempre el señorito.

Los peldaños del altar mayor, que le elevaban algunos palmos sobre la muchedumbre, percibíalos él en su futura vida como privilegio moral que había de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su humilde origen. Los más generosos sentimientos le dominaban. Sería humilde, aprovecharía su elevación para el bien; y envolvía en una mirada de inmenso cariño á todas las caras conocidas que estaban abajo, veladas por el intenso vaho de la fiesta; su madrina, el tío Bollo y la siñá Pascuala, que gimoteaban como unos niños con la nariz entre las manos, y aquella Toneta, la florista, su compañera de infancia, excelente muchacha que erguía con asombro la soberbia cabeza de beldad riffeña, como si no pudiera acostumbrarse á la idea de que Visantet, aquel mozo al que trataba como un hermano, se había convertido en grave sacerdote con derecho á conocer sus pecadillos y á absolverla.

Continuaba la ceremonia. El nuevo cura, agitado por la emoción, por la felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes perfumes, seguía la celebración de la misa como un autómata, guiado muchas veces por sus compañeros, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que vacilaba su robusto cuerpo de atleta, y sostenido únicamente por el temor de que la debilidad le hiciera incurrir en algún sacrilegio.

Como si se moviera en las nieblas de un sueño, realizó todas las partes que quedaban del misterio de la misa: con insensibilidad que le asombraba, verificó aquella consumación en la que tantas veces había pensado emocionado, y después del té-déum, cayó desvanecido en la poltrona, cerrados los ojos y sintiéndose sofocado por aquella antigua casulla codiciada por los anticuarios, orgullo de la parroquia, y que tantas veces había mirado él siendo seminarista como el colmo de sus ambiciones.

Un penetrante perfume de rosa y almizcle, el ruido de agua agitada, le volvieron á la realidad.

La madrina le lavaba y perfumaba las manos para la recepción final, y toda la compacta masa abalanzábase al altar mayor, queriendo ver de cerca al nuevo cura.

La vida de superioridad y respetos comenzaba para él. La señora, á la que había servido tantas veces, besábale las manos con devoción y le llamaba don Vicente, deseándole muchas felicidades después de sus místicas bodas con la Iglesia.

El nuevo cura, á pesar de su estado, no pudo reprimir un sentimiento de orgullo y cerró los ojos como si le desvaneciera el primer homenaje.

Algo áspero y burdo oprimió sus manos. Eran las pobres zarpas del tío Bollo, cubiertas de escamas por el trabajo y la vejez. El cura vió inundadas en lágrimas, contraídas por conmovedora mueca, las cabezas arrugadas y cocidas al sol de sus pobres padres, que le contemplaban con la expresión del escultor devoto que, terminada la obra, se prosterna ante ella creyéndola de origen superior.

Lloraba la gente contemplando el apretado grupo en que se confundían la dorada casulla con las negras ropas de los viejos, y las tres cabezas unidas agitábanse con rumor de besos y estertor de gemidos.

El impulso de la curiosa muchedumbre rompió el grupo conmovedor, y el cura quedó separado de los suyos, entregado por completo al público, que se empujaba por alcanzar las sagradas manos.

Aquello resultaba interminable. Benimaclet entero rozaba con besos sonoros como latigazos aquellas manos velludas, llevándose en los labios agrietados por el sol y el aire una parte de los perfumes.

Ahora si que, agobiado por la presión de aquella multitud que se apretaba contra la poltrona, falto de ambiente y de reposo, iba á desmayarse de veras el nuevo cura.

Y en la asfixiante batahola, cuando ya se nublaba su vista y echaba atrás la cabeza, recibió en su diestra una sensación de frescura, difundiéndose por el torrente de su sangre.

Eran los rojos labios de la buena hermana, de Toneta, que rozaban su epidermis, mientras que sus negros ojos se clavaban en él con forzada gravedad, como si tras ellos culebrease la carcajada inocente de la compañera de juegos, protestando contra tanta ceremonia.

Junto á ella, arrogante y bien plantado como un Alcides, con la manta terciada y la rapada testa erguida con fiereza, estaba otro compañero de la niñez, Chimo el Moreno, el gañán más bueno y más bruto de todo Benimaclet, protegiendo á la arrodillada muchacha con la gallardía celosa de un sultán y mirando en torno con sus ojillos marroquíes, que parecían decir: «¡Á ver quién es el guapo que se atreve á empujarla!»

II

La comida dió que hablar en el pueblo.

Seis onzas, según cálculo de las más curiosas comadres, debió gastarse la buena de doña Ramona para solemnizar la primera misa del hijo de sus arrendatarios.

Era una satisfacción ver en la casa más grande del pueblo aquella mesa interminable cubierta de cuanto Dios cría de bueno en el mundo, fuera del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba estaba en que al día siguiente saldría en letras de molde en los papeles de Valencia.

En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi oprimido por las blanduras exuberantes de los otros curas que habían tomado parte en la ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando sobre sus cucharas se tragaban el arroz amasado con lágrimas. En los lados de la mesa algunos señores de la ciudad convidados por doña Ramona y los amigos de la familia junto con lo más distinguido del pueblo, labradores acomodados que, enardecidos por la digestión del vino y la paella, hablaban del rey legítimo que está en Venecia y de lo perseguida que en estos tiempos de liberalismo se ve la religión.

Era aquello un banquete de bodas. Corría el vino, se alegraba la gente y sonreía la madrina con las bromas trasnochadas de sus compañeros de mesa; aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por el alzacuello desabrochado y el roce de cuyas sotanas hacía enrojecer de satisfacción á la bendita señora.

El único que mostraba seriedad era el nuevo cura. No estaba triste: su gravedad era producto del ensimismamiento. Su imaginación huía desbocada por el pasado, recorriendo casi instantáneamente la vida anterior.

La vista de todos los suyos, su elevación en aquel mismo lugar donde había sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacían recordar la época en que la conquista del mendrugo mohoso le obligaba á recorrer los caminos, capazo á la espalda, siguiendo á los carros para arrojarse ávidamente, como si fuese oro, sobre el reguero humeante que dejaban las bestias.

Aquella había sido su peor época, cuando tenía que gemir y alborotar horas enteras para que la pobre madre se decidiera á engañarle el hambre nunca satisfecha con un pedazo del pan guardado con mísera previsión.

La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más gratos.

Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la siñá Tona, aquel hermoso campo cercado de encañizadas en el que se cultivaban las flores como si fuesen legumbres. Recordaba á Toneta greñuda, tostada, traviesa como un chico, haciéndole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras, y después el rápido crecimiento y el cambio de suerte: ella á Valencia todos los días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido por doña Ramona, que, en vista de su afición á la lectura y de cierta viveza de ingenio, quería hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria rural.

Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo parecía perfumar dulcemente todo su pasado.

¡Cómo amaba él á aquella buena hermana, que tantas veces le había fortalecido en los momentos de desaliento!

En invierno salía de su barraca casi al amanecer camino del Seminario.

Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y clase había de devorar en las Alamedas de Serranos; medio pan moreno con algo más, que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el pecho á guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los textos latinos y teológicos que bailoteaban á su espalda como movible joroba. Así equipado pasaba por frente al huerto de la siñá Tona, aquella pequeña alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el mismo momento que se abría su puerta para dar paso á Toneta, fresca, recién lavada, con el peinado aceitoso y llevando con garbo las dos enormes cestas en que yacían revueltas las flores mezclando la humedad de sus pétalos.

Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían, marchaban hacia Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima parecía encenderse antes de que llegasen á la tierra los primeros rayos del sol.

¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos, veía las obscuras acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus hortalizas, que parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas orladas de brozas con sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que por la parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los caminos desde los cuales se esparcía por toda la huerta chirrido de ruedas y relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres agachados, que á cada movimiento hacían brillar en el espacio el culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que con cestas en la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente y maternal ¡bòn día! á la linda pareja que formaban la florista garbosa y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento parecía escaparse por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que iba tomando un sacristanesco color de ala de mosca.

El matinal viaje era un baño diario de fortaleza para el pobre seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta tenía ánimos para sufrir las largas clases; aquella inercia contra la que se rebelaba su robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas explicaciones en cuyo laberinto penetraba á cabezadas.

Separábanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su madre; él á conquistar poco á poco el dominio de las ciencias eclesiásticas, en las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría á ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las Alamedas de Serranos, en cualquier banco compartido con las familias de los albañiles, que hundían sus cucharas en la humeante cazuela de mediodía, Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el mercadillo de las flores, donde encontraba á Toneta atando los últimos ramos y á su madre ocupada en recontar la calderilla del día.

Tras estos agradables recuerdos, que constituían toda su juventud, venía la separación lenta que la edad y la divergencia de aspiraciones habían efectuado entre los dos. No en balde crecían en años y no impunemente sometía él al estudio su inteligencia virgen y pasiva.

En la última parte de su carrera, comenzó á sentir con vehemencia el fervor profesional. Entusiasmábase pensando que iba á formar parte de una institución extendida por toda la tierra, que tiene en su poder las llaves del cielo y de las conciencias; le enardecían las glorias de la Iglesia; las luchas de los papas con los reyes en el pasado, y la influencia del sacerdote sobre el magnate en el presente. No era ambicioso, no pensaba ir más allá de un modesto curato de misa y olla; pero le satisfacía que el hijo de unos miserables perteneciese con el tiempo á una clase tan poderosa, y mecido por tales ilusiones se entregó de lleno á la vocación que iba á sacarle del subsuelo social.

Cuando no estaba en Valencia en el Seminario, prestaba en Benimaclet funciones de sacristán, y llegó á ser hombre sin sentir apenas el despertar de la virilidad en su vigorosa complexión.

Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le causaban horror, teniéndolas como tentaciones del Malo. La mujer era para él un mal, necesario é imprescindible para el sostenimiento del mundo; la bestia impúdica de que hablaban los Santos Padres.

La belleza era amenazante monstruosidad, temblaba ante ella poseído de repugnancia y sordo malestar, y sólo se sentía tranquilo y confiado en presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando la luna, yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su contemplación provocaba en el seminarista explosiones de indefinible cariño, y también participaba de éste aquella otra criatura terrenal y grosera á la que él consideraba como hermana.

No era sacrilegio ni mundana pasión. Toneta resultaba para él una hermana, una amiga, un afecto espiritual que le acompañaba desde su infancia: todo, menos una mujer. Y tal era su ilusión, que en aquel momento, entre la algazara del banquete, entornando los ojos, le parecía que se transformaba, que su rostro vulgar y moreno dulcificábase con expresión celestial, que se elevaba de su asiento, que su falda rameada y su pañuelo de pájaros y flores convertíase en cerúleo manto, lo mismo que en la otra, cuya belleza se ensalza con los más dulces nombres que ha producido idioma alguno...

Pero sintió á sus espaldas algo que le hizo despertar de la dulce somnolencia.

Era la siñá Tona, la madre de la florista, que abandonando su asiento venía á hablar con el cura.

La buena mujer no podía conformarse con el nuevo estado del hijo de su amiga. Como buena cristiana, sabía el respeto que se debe á un representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet siempre sería Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no podría menos que hablarle de tú. Él no se ofendería por eso, ¿verdad? Pues si lo había conocido tan pequeño... si era ella quien lo había llevado de pañales á la iglesia para que lo cristianasen, ¿cómo iba á hacerle tales pamplinas á un chico á quien consideraba como hijo? Aparte de esta falta de respeto, ya sabía que en casa se le quería de veras. Si no vivieran el tío Bollo y la siñá Tomasa, Toneta y ella eran capaces de irse con él como amas de llaves: pero ¡ay, hijo mío! no iba el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita por Chimo el Moreno, un pedazo de bruto de quien nadie tenía nada que decir, mejorando lo presente; se querían casar en seguida, antes de San Juan si era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En casa faltaba un hombre, el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra de unos pantalones, y como el Moreno servía para el caso (siempre mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se casara.

Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su aprobación.

Bueno; pues á eso se había acercado ella... ¿Á qué? Á decirle que Toneta quería que fuese él quien la casase. Teniendo un capellán casi en la familia, ¿para qué ir á buscarlo fuera de casa?

El cura no dudó; le parecía muy natural la pretensión. Estaba bien; los casaría.

III

El día en que se casó Toneta, fué de los peores para el nuevo adjunto de la parroquia de Benimaclet.

Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojóse en la sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si le aquejase oculta dolencia.

El sacristán, ayudándole, hablaba del insufrible calor. Estaban en Julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado por las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha y con su ambiente de hoguera agrietaba la piel y excitaba los nervios.

Pero bien sabía el nuevo cura que no era el poniente lo que le trastornaba. ¡Buenas estarían tales delicadezas en él, acostumbrado á todas las fatigas del campo!

Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido á celebrar la boda de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo que se ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niñez.

Él, sacerdote desligado de las miserias humanas, sentía un sordo malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo; experimentaba idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo que era suyo.

Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi á sus pies aquella linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había visto tan hermosa á Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en los ojos cada vez que miraba al Moreno, que estaba soberbio con su traje nuevo y su ringlot azul de larga esclavina.

Podía decirse que el cura acababa de ver por primera vez á Toneta. La hermana ideal que en su imaginación casi se confundía con la figura azul que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una mujer.

Él, que jamás había descendido con su vista más allá de la fresca boca siempre sonriente, y que miraba á Toneta como esas imágenes de lindo rostro que bajo las vestiduras de oro sólo guardan los tres puntales que sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos estremecimientos, que había algo más, y veía con los ojos de la imaginación el terrible enemigo con todas sus redondeces rosadas y sus graciosos hoyuelos: la carne, arma poderosa del Malo con que abate las más fuertes virtudes.

Odiaba al Moreno, su compañero de la niñez. Era un buen muchacho, pero no podía tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna compañera de la florista. No debía consentirse, lo afirmaba él, que estaba arrepentido de haber realizado la boda.

Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales pensamientos, se ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia que se revolvía en forma de murmuración.

Hacíale daño el contemplar la felicidad ajena, aquella explosión de amor que venía preparándose, amor legítimo, pero que no por esto molestaba menos al cura.

Se iría á casa. No quería presenciar por más tiempo la alegría de la boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la comitiva nupcial que estaba esperándole, pues la siñá Tona se oponía á que se hiciera nada sin la presencia de su Visantet.

Y por más que resistió, tuvo que seguir el camino de aquel huerto del que tantos recuerdos guardaba; y entre las faldas rameadas y coloridas como la primavera, los pañuelos de seda brillantes y los reflejos tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el suelto manteo y aquel desmayado sombrero de teja que avanzaba con lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y exuberante de vida, fuesen los de un viejo achacoso.

Una vez en el huerto, ¡qué de tormentos! ¡qué cariñosas solicitudes, que le parecían crueles burlas! La siñá Tona, en su alegría de madre, enseñábale todas las reformas hechas en la alquería con motivo del matrimonio. ¿Se enteraba Visantet? Aquel estudi era el dormitorio de los novios y aquella cama sería la del matrimonio, con su colcha de azulada blancura y complicados arabescos, que á Toneta le habían costado todo un invierno de trabajo.

Bien estarían allí los novios. Qué blancura, ¿eh? Y la inocente vieja creía hacer una gracia obligando al cura á que tocase los mullidos colchones y apreciase en todos sus detalles la rústica comodidad de aquella habitación, que á la noche había de convertirse en caliente nido.

Y después seguían los tormentos, las intimidades fraternales, que resultaban para él terribles latigazos: aquel bruto del Moreno que no se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes sobre lo que ocurriría por la noche, con comentarios tales, que las mujeres chillaban como ratas y sofocadas de risa le llamaban ¡pòrc! y ¡animal! y Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos y redondos brazos, se aproximaba á él rozando su sotana con la epidermis fina y caliente, preguntándole qué pensaba de su casamiento y acompañando sus palabras con fijas miradas de aquellos ojos que parecían registrarle hasta las entrañas.

¡Ira de Dios! La gente le hacía tanto caso como si fuese un muerto que hablara; aquella mujer se atrevía á tratarle con un descuido que no osaría con el gañán más bestia de los que allí estaban; no era un hombre, era un cura, y al pensar en esto tan amargo, creía que todos le miraban con respetuosa compasión, y una llamarada de rabia enturbiaba su vista.

Bien pagaba los honores de su clase, la elevación sobre la miseria en que nació. Él, el más respetado de la reunión, don Vicente, el gran sacerdote, miraba con envidia á aquellos muchachotes cerriles con alpargatas y en mangas de camisa.

Hubiera querido ser temido, como ellos, á los que no osaban aproximarse mucho las mujeres por miedo á audaces pellizcos, y sobre todo no inspirar lástima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos oídos resbalaban las palabras ardientes sin causar mella.

Cada vez se sentía más molesto. Durante la comida estuvo al lado de los novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo sano y fragante, que parecía esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la confianza de la impunidad se revolvía libremente y sin cuidado á empujar, ó se inclinaba sobre él y al decirle insignificantes palabras le envolvía en su cálido aliento. Y después aquel Chimo con su salvaje ingenuidad, creyendo que tras la misa de por la mañana todo era ya legítimo; corroído por la impaciencia, tomando con sus dedos romos la redonda barbilla de Toneta, entre la algazara de los convidados, y hundiendo las manos bajo la mesa, mientras miraba á lo alto con la expresión inocente del que no ha roto un plato en su vida.

Aquello no podía seguir. Don Vicente se sentía enfermo. Oleadas de sangre caldeaban su rostro; parecíale que el viento seco y ardoroso que inflamaba la piel se había introducido en sus venas, y su olfato dilatábase con nervioso estremecimiento, como excitado por aquel ambiente de pasión carnívora y brutal.

No quería ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse en dulce y apática estupidez, y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la cortesanía labriega cuidaba de tener siempre lleno.

Bebió mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de envidia y de despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una embriaguez ligera, algo semejante á la discreta alegría de sus meriendas de seminarista, cuando á los postres él y sus compañeros, con la más absoluta confianza en el porvenir, soñaban en ser papas ó en eclipsar á Bossuet; pero lo que llegó para él fué una jaqueca insufrible, que doblaba su cabeza como si sobre ella gravitase enorme mole y que le perforaba la frente con un tornillo sin fin.

Don Vicente estaba enfermo.

La misma siñá Tona, reconociéndolo, le permitió, con harto dolor, que se retirase de la fiesta, y el cura, con paso firme, pero con la vista turbia y zumbándole los oídos, se encaminó á su casa, seguido de su alarmada madre, que no quiso permanecer ni un instante más en la boda.

No era nada; podía tranquilizarse. El maldito poniente y la agitación del día. No necesitaba más que dormir.

Y cuando penetró en su cuarto, en la casita nueva que habitaba en el pueblo desde su primera misa, tiró el sombrero y el manteo, y sin quitarse el alzacuello ni tocar su sotana, se arrojó de bruces con los brazos extendidos en su blanca cama de célibe, extinguiéndose inmediatamente los débiles destellos de su razón y sumiéndose en la lobreguez más absoluta.

IV

Poblóse la negra inmensidad de puntos rojos, de infinitas y movibles chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sintió que caía y caía, como sí aquel desplome durase años y fuese en una sima sin fondo, hasta que por fin experimentó en todo su ser un rudo choque, conmoviéndose de pies á cabeza; y... despertó en su cama, tendido sobre el vientre, tal como se había arrojado en ella.

Lo primero que el cura pensó fué que había pasado mucho tiempo.

Era de noche. Por la abierta ventana veíase el cielo azul y diáfano, moteado por la inquieta luz de las estrellas.

Don Vicente experimentó la misma impresión de las damas de comedia que al volver en sí lanzan la sacramental pregunta: «¿En dónde estoy?»

Su cerebro sentíase abrumado por la pesadez del sueño, discurría con dificultad y tardó en reconocer su cuarto y en recordar cómo había llegado hasta allí.

De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por la obscura vega, fué recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que llegaban separados y con paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus actos, antes de que le rindiera el sueño.

¡Bien, don Vicente! ¡Magnífica conducta para un sacerdote joven que debía ser ejemplo de templanza! Se había emborrachado; sí, esta era la palabra, y había sido en presencia de los que casi eran sus feligreses. Lo que más le molestaba era el recuerdo de los motivos que le impulsaron á tal abuso.

Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su inteligencia, aunque sus sentidos parecían embotados, horrorizábase ante el peligro y protestaba contra la pasión que pretendía hacer presa en su carne virgen. ¡Qué vergüenza! Salido apenas del Seminario, sin contacto alguno con esa atmósfera corruptora de las grandes ciudades, viviendo en el ambiente tranquilo y virtuoso de los campos, y próximo, sin embargo, á caer en los más repugnantes pecados. No; él resistiría á las seducciones del Malo; acallaría el espíritu tentador que para mortificante prueba se había rebelado dentro de él; afortunadamente, la torpe embriaguez con su sueño le había devuelto la calma.

Oyéronse á lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... ¡Cuánto había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto á emprender la tarea diaria.

Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita, veíase la inmensa vega, que á la difusa luz de las estrellas marcaba sus masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmósfera estaba caldeada, y los ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los tostados campos.

Perfumes indefinibles había en aquel ambiente que aspiraba con delicia el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del aire puro de los campos.

Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que tantas veces había visto á la luz del sol. Esta distracción infantil parecía volverle á los tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos tropezaron con una débil mancha blanca, en la que creía adivinar la alquería de la siñá Tona y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de fortaleza y de lucha!

Fué un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron arrolladas la calma y la placidez; desapareció el dulce embotamiento, despertó la carne, sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus mejillas aquella llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.

Sintió en su imaginación que se desgarraba denso velo, como si aun estuviera en la tarde anterior, aquellos brazos morenos de sedoso y ardiente contacto, al par que percibía la fragancia de la carne, cuyo misterio acababa de revelársele.

Y en aquel momento, ¡oh Malo tentador! el infeliz, mirando la obscura vega, veía, no la blanca é indecisa alquería, sino el estudi envuelto en voluptuosa sombra, aquella cama cuya blandura tanto había ensalzado la siñá Tona, y sobre el mullido trono lo que para otros era felicidad y para él horrendo pecado, lo que jamás había de conocer y le atraía con la irresistible fuerza de lo prohibido.

La maldita imaginación ponía junto á sus ojos las tibias suavidades, los dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de sí algo animado por el espíritu de la rebelión, la virilidad, que se vengaba de tantos años de olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus oídos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser, como si fuese á estallar á impulsos del deseo contenido y falto de escape.

Aquello era la tentación en toda regla; pensó en los santos eremitas, en San Antonio tal como le había visto en los cuadros, cubriéndose los ojos ante impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos repugnantes; pero allí no habían espíritus malignos por parte alguna: lo único real que acompañaba á las evocaciones de su imaginación, era la cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos misteriosos del campo que sonaban como besos.

Ellos allá, en el tibio lecho, rodeados de la discreta obscuridad que había de guardar en profundo secreto los delirios de la más grata de las iniciaciones: él, solo, inaccesible á toda efusión, planta parásita en un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano el eterno frío de aquella cama de célibe.

De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir un soplo de fuego que le envolvía calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Creyó que la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le excitaba, y huyó de la ventana, moviéndose á ciegas en su lóbrega habitación.

No había calma para él. También en aquella lobreguez la veía, creyendo sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios ardorosos aquel fresco beso que le había despertado de su desvanecimiento el día de la primera misa. La combustión interna seguía, y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensión de todo su ser producíale agudos dolores.

¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega habitación sonó un chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura al sentir la glacial caricia en su abrasada piel.

Lentamente volvió á la ventana, calmado por la fría inmersión. Un sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado, pero era momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que acechaba pronto á dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería al día siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia, mientras el ardor de una robusta juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el porvenir! Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula que trabajaba incesantemente y que con sólo la voluntad había de anular, vivir como un cadáver en un mundo que desde el insecto al hombre rige todos sus actos por el amor, parecíale el mayor de los sacrificios.

La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria, le había enterrado. Cuando creía subir á envidiadas alturas, veíase cayendo en lobregueces de fondo desconocido.

Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda sobre el surco, eran más felices que él, conocían aquel atractivo misterio que acababa de revelársele y que el deber le obligaba á ignorar eternamente.

Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de aquella buena señora que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que antes que continencias necesitaba esparcimiento y escapes para su plétora de vida!

Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios clásicos, la fábula del audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre á la roca inconmovible de la fe jurada, indefenso á merced de la pasión carnal que le devoraba las entrañas.

Su firme devoción de campesino aterrábase ante la idea de ser un mal sacerdote; el sexo, que había despertado en él para siempre como inacabable tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad, y en este conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entregó al desaliento, é inclinando su cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los ojos con las manos, lloró por los pecados que no había cometido y por aquel error que había de acompañarle hasta la tumba.

Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en sí.

Amanecía. Por la parte del mar rasgábase la noche marcando una faja de luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada línea de montañas iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus últimos parpadeos las estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquería en alquería, y las alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban las cerradas ventanas anunciando la llegada del día.

¡Magnífico despertar! Tal vez á aquella hora Toneta, recogiéndose el cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo los encantos que solo un hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el ventanillo de su estudi para que la aurora purificase el ambiente de pasión y voluptuosidad.

El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas en que la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se había unido con la desesperación, la más fiel de las esposas.

Abajo, en la cocina, encontró á su madre que preparaba el desayuno, y la pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el cura le lanzó al pasar.

Paseó maquinalmente por el corral hasta que sus pies tropezaron con una espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de basura, igual á la que él llevaba á la espalda cuando niño.

Era el pasado que reaparecía para echarle en cara su infidelidad.

¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía todo; que comiera, que se regodeara con la satisfacción de ser considerado como un ser superior.

Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar con intensa emoción, era para los infelices, para los que luchaban por la vida.

El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno de él el vacío y la frialdad, pensando que si sus manos ahora consagradas hubiesen seguido porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado en aquella blanda cama del estudi nupcial, viendo cómo Toneta, al aire sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa, se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la noche de bodas.

Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que el esquilón de la iglesia con su gangueo de vieja comenzó á llamarle á la misa primera.

Guapeza valenciana

I

Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del Cubano. La flor de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por sus propios méritos; todos cuantos vivían á estilo de caballero andante por la fuerza de su brazo; los que formaban la guardia de puertas en las timbas, los que llevaban la parte de terror en la banca, los que iban á tiros ó cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo á sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos burgueses que van á sus negocios.

El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta, mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos de la vecindad que asomaban curiosos á la puerta, señalando con el dedo á los más conocidos.

La baraja estaba completa. ¡Vive Dios!, que era un verdadero acontecimiento ver reunidos en una sola familia, bebiendo amigablemente, á todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y cada dos noches andaban á tiros por Pescadores ó la calle de las Barcas, para provecho de los periódicos noticieros, mayor trabajo de las casas de Socorro y no menos fatiga de los policías, que echaban á correr á los primeros rugidos de aquellos leones que se disputaban el privilegio de vivir á costa de un valor más ó menos reconocido.

Allí estaban todos. Los cinco hermanos Bandullos, una dinastía que al mamar llevaba ya cuchillo, que se educó degollando reses en el Matadero y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por cinco y el prestigio de la familia fuese indiscutible. Allí Pepet, un valentón rústico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y había sido extraído de la Ribera por un dueño de timba, para colocarlo frente á los terribles Bandullos, que le molestaban con sus exigencias y continuos tributos; y en torno de estas eminencias de la profesión, hasta una docena de valientes de segunda magnitud, gente que pasaba la vida penando por no trabajar: guardianes de casas de juego que estaban de vigilancia en la puerta desde el mediodía hasta el amanecer, por ganarse tres pesetas, lobos que no habían hecho aun más que morder á algún señorito enclenque ó asustar á los municipales, maestros de cuchillo que poseían golpes secretos é irresistibles, á pesar de lo cual habían perdido la cuenta de las bofetadas y palos recibidos en esta vida.

Aquello era una fiesta importantísima, digna de que la voceasen por la noche los vendedores de La Correspondencia á falta de ¡el crimen de hoy!

Iban todos á comerse una paella en el camino de Burjasot, para solemnizar dignamente las paces entre los Bandullos y Pepet.

Los hombres, cuanto más hombres, más serios para ganarse la vida.

¿Qué se iba adelantando con hacerse la guerra sin cuartel y reñir batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y rieran los listos; pero en resumen, ni una peseta y los padres de familia expuestos á ir á presidio.

Valencia era grande y había pan para todos. Pepet no se metería para nada con la timba que tenían los Bandullos y éstos le dejarían con mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las otras. Y en cuanto á quiénes eran los valientes, si los unos ó el otro, eso quedaba en alto y no había por qué mentarlo: todos eran valientes y se iban rectos al bulto; la prueba estaba en que después de un mes de buscarse, de emprenderse á tiros ó cuchillo en mano, entre sustos de los transeuntes, corridas y cierres de puertas, no se habían hecho el más ligero rasguño.

Había que respetarse, caballeros, y campar cada uno como pudiera.

Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se llegó al arreglo.

Aquella buena armonía alegraba el alma, y los satélites de ambos bandos conmovíanse en el cafetín del Cubano al ver cómo los Bandullos mayores, hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con cierto aire monacal, distinguían á Pepet y le ofrecían copas y cigarros; finezas á las que respondía con gruñidos de satisfacción aquel gañán ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto y como cohibido al no verse con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en su pueblo á ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto sólo le causaba satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían infantil alegría.

El único que en la respetable reunión podía meter la pata era el menor de los Bandullos: un chiquillo fisgón é insultadorcillo que abusaba del prestigio de la familia, sin más historia ni méritos que romper el capote á los municipales ó patear el farolillo de algún sereno siempre que se emborrachaba, hazañas que obligaban á sus poderosos hermanos á echar mano de las influencias, pidiendo á este y al otro que tapasen tales tonterías á cambio de sus buenos servicios en las elecciones.

Él era el único que se había opuesto á las paces con Pepet, y no mostraba ahora, en un día de concordia y olvido, la buena crianza de sus hermanos. Pero ya se encargarían éstos de meter en cintura aquel bicho ruin, que no valía una bofetada y quería perder á los hombres de mérito.

Salieron todos del cafetín formando grupo, por el centro del arroyo, con aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya, saludados con sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las esquinas.

¡Vaya una partida! Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo les impidiese sonreir; hablaban lentamente, escupiendo á cada instante, con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se llevaban las manos á las sienes, atusándose los bucles y torciendo el morro con compasivo desprecio á todo cuanto les rodeaba.

Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornadas con pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias musculosas ó míseros armazones de piel y huesos en que los nervios suplían á la robustez.

Los había que empuñaban escandalosos garrotes ó barras de hierro forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos endebles ó no se apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la pistola del quince, más segura que el revólver.

Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito, para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando á los policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron á la alquería del camino de Burjasot, donde la paella burbujeaba ya sobre los sarmientos, faltando sólo que la echasen el arroz.

Cuando se sentaron á comer estaban medio borrachos, mas no por esto perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.

II

Eran gente de buenas tragaderas, y pronto salió á luz el fondo de la sartén, viéndose, por los profundos agujeros que las cucharas de palo abrían en la masa de arroz, el meloso socarraet, el bocado más exquisito de la paella.

De vino, no digamos. Á un lado estaba el pellejo, vacío, exangüe, estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas eran interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro contenido nadaban los trozos de limón, para hacer más aromático el líquido.

Á los postres, aquellas caras perdieron algo de su máscara feroz; se reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestión y lanzando poderosos regüeldos.

Salían á conversación todos los amigos que se hallaban ausentes por voluntad ó por fuerza; el tío Tripa, que había muerto hecho un santo después de una vida de trueno; los Donsainers, huídos á Buenos Aires por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar aun mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor cuantía que estaba en San Agustín ó San Miguel de los Reyes, inocentones que se echaron á valientes sin contar antes con buenos protectores.

¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto mérito hubieran muerto ó se hallaran pudriendo en la cárcel ó en el extranjero. Aquéllos eran valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos muertos de hambre, á quienes la miseria obliga á echárselas de guapos á falta de valor para pegarse un tiro.

Esto lo decía el Bandullo pequeño, aquel trastuelo, que se había propuesto alterar la reunión pinchando á Pepet, y á quien sus hermanos lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡Criatura más comprometedora! Con chicos no puede irse á ninguna parte.

Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tenía mal vino y parecía haber ido á la paella por el sólo gusto de insultar á Pepet.

Había que ver su cara enjuta, de una palidez lívida, con aquel lunar largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afán de acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía latir las venas de su frente.

Sí señor; él no podía transigir con ciertos valientes que no tienen corazón, sino estómago hambriento; ruqueròls que olían todavía al estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían á estorbar á las personas decentes. Si otros querían callar, que callasen. Él no; y no pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era mentira, cortándoles la cara y lo de más allá.

Por fortuna, estaban presentes los Bandullos mayores, gente sesuda que no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables. Miraban á Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le decían al oído, excusando la embriaguez del pequeño:

No fases cas: está bufat.

¡Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso! Se crecía ante el silencio é insultaba sin miedo alguno.

Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos embusteros. Valientes de mata mòrta como los melones malos. Él conocía un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de señor: mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le hacía corrococos á María la Borriquera, la cordobesa que cantaba flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se burlaba del muy bruto: tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba para hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.

Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie, irguiendo su poderoso corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero ariete.

Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar:

Aixó es mentira... ¡Mocós!

Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fué recto á los ojos, separándolo Pepet de una zarpada é hiriéndose el dorso de la mano con los vidrios rotos.

Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron adentro lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió á relucir un verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos como de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido metálico.

La reunión dividióse instantáneamente en dos bandos. Á un lado los Bandullos cuchillo en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevían á emanciparse, y al otro, rodeando á Pepet, todos, absolutamente todos los convidados, gente que había sobrellevado con paciencia el despotismo de la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para emanciparse.

Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los otros empezaran.

¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había insultado á un hombre, y de hombre á hombre no va nada.

Al fin el reñir es de hombres.

Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se sabe: hay que estar á todo. Dejar sitio y que se las arreglen los hombres como puedan.

Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros por la superioridad del número, colocáronse ante los Bandullos mayores, cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.

En ocasiones como aquella había que demostrar la entraña de valiente. Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.

Pero las razones eran inútiles. Estaban frente á frente los dos enemigos, á la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra por entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las telarañas que envolvían las uvas.

El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca, y cubriéndose el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona, haciendo gala de la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de Cuarte.

Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún carro junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus campos.

Iba á correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.

El bicho maldito no se aquietaba y seguía insultando. ¡Á ver! Que se atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la tanda al suelo.

¡Y vaya si se atracó! Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa, encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una catapulta.

De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al pequeño Bandullo, y antes de que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un costado, de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo levantó en el aire.

Cayó el chicuelo, llevándose ambas manos al costado, á la desgarrada faja que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante á un aplauso.

¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.

Los Bandullos lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperación, como dispuestos á cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.

Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor de la familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aun no se había acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y mala intención.

El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre la faja, fué llevado por sus hermanos á la tartana, que aguardaba cerca de la alquería desde que trajo por la mañana todo el arreglo de la paella.

¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están en desgracia.

Y la tartana se alejó dando tumbos que arrancaban al herido rugidos de dolor.

Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo lavó en la acequia y volvió á guardarlo con tanto cariño como si fuese un hijo.

El ribereño había crecido desmesuradamente á los ojos de todos aquellos emancipados que le rodeaban, y de regreso á Valencia, por la polvorienta carretera, se quitaban la palabra unos á otros para darle consejos.

Á la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía á quien le hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus hermanos para enseñarle la obligación.

Á quien debía mirar de lejos era á los Bandullos que quedaban sanos. Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si no podían de frente, lo mismo les daba á traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la familia.

Pero al valentón ribereño aun le duraba la excitación de la lucha y sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había venido á Valencia para pegarles á los Bandullos; donde estaba él no quería más guapos: ya había asegurado á uno; ahora que fuesen saliendo los otros y á todos los arreglaría.

Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y meterse todos en la ciudad, amenazó con un par de guantadas al que intentara acompañarle.

Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos. Conque... ¡largo y hasta la vista!

¡Qué hígados de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de relatar en cafetines y timbas la caída de los Bandullos, añadiendo con aire de importancia que habían presenciado la terrible gabinetá de aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.

Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los Bandullos. No había más que verle á las once de la noche marchando por la calle de las Barcas con desembarazada confianza.

Iba á la Peña, á oír á su adorada novia la Borriquera.

¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le había dicho antes de recibir el golpe, á ella le cortaba la cara, y después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.

Aun le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le dominaba después de haber hecho sangre.

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los Bandullos, uno á uno ó todos juntos. Se sentía con ánimos para de la primera rebanada partirlos en redondo.

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo, y el valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista y le zumbaban los oídos.

¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola del quince, pero antes de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.

Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los Bandullos la protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo, al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.

Ben mòrt está.

Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del muerto, guardándose algo en el bolsillo.

Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver, esperando la llegada del juzgado, vióse á la luz de algunos fósforos la cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y vidriosos y junto á la sien derecha una desolladura roja que aun manaba sangre.

Le habían cortado una oreja como á los toros muertos con arte.

III

El entierro fué una manifestación.

Aun quedaba sangre de valientes: la raza no iba á terminar tan pronto como muchos creían.

Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los matones de segunda fila y los aspirantes á la clase: morralla del Mercado y del Matadero que esperaba ocasión para revelarse, y hacía sus ensayos de guapeza yendo á pedir alguna peseta en los billares ó timbas de calderilla.

Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las orejas, hacía apartarse á los transeuntes, pensando en el gran golpe que se perdía la guardia civil.

¡Qué magnífica redada podía echarse!

Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente que lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en los entierros.

¿Era así como se mataba á los hombres? ¡Cobardes!... ¡morrals!... ¡y después querían los Bandullos pasar por bravos! Santo y bueno que le hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo cara á cara, pues á esto están expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con pistola para no acercarse mucho, era una canallada que merecía garrote. ¡Morir á manos de unos ruines un chico que tanto valía! Parecía imposible que la prensa no protestase y que la ciudad entera no se sublevara contra los Bandullos. ¿Y lo de cortarle la oreja? Ambusteros, más que ambusteros. Eso está bien que se haga con uno á quien se mata de frente; en casos así hay que guardar un recuerdo; pero... ¡vamos! cuando no hay de qué y sólo tienen ciertas gentes motivo para avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más triste era que muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los Bandullos camparían como únicos amos, y las personas decentes, que eran los demás, tendrían que juntarse para que les diesen las sobras y poder comer. ¡Tan tranquilos que estaban, amparados por aquel león de la Ribera que se había propuesto acabar con los Bandullos!...

Los que más irritados se mostraban eran los neófitos, los aprendices que no habían estrenado la tea que llevaban cruzada sobre los riñones; los que no tenían aún categoría para vivir de la tremenda, pero que sentían por Pepet la misma adoración de los salvajes ante un astro nuevo.

Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo con sólo un gesto, lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los húmedos terrones que caían sobre el ataúd.

¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró el sol, se lo habían de comer la tierra y los gusanos?... ¡Retapones! aquello partía el corazón.

La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aquí quedaba quien se acordaba de él.

Sonó un glu-glu de líquido, cayendo sobre la rellena fosa. Los compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorífico culto, vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta que parecía sudar la corrupción de la vida.

Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad del valor malogrado tiró de las teas y uno por uno fueron trazando en el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que mascullaban terribles palabras mirando á lo alto, como si por el aire fueran á llegar volando los odiados Bandullos.

Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibirían las tornas... si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer parte á las personas decentes. ¡Lo juraban!

Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el cementerio, los Bandullos entraban en el Hospital, graves, estirados, solemnes, como diplomáticos en importante misión.

El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro exangüe, tan pálido como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa de vida al preguntar con mudo gesto á sus hermanos.

Debía saber algo de lo de la noche anterior y quería convencerse.

Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el más sesudo de la familia. El que atacase á los Bandullos tenía pena de la vida. Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la espalda bien cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.

Y desliando un trozo de periódico, arrojó sobre las sábanas un muñón asqueroso, cubierto de negros coágulos.

El pequeño lo alcanzó sacando de entre las sábanas sus brazos enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía en las llagadas entrañas al incorporarse.

¡La orella!... ¡La orella d’eixe lladre!

Rechinaron sus dientes con los dos fuertes mordiscos que dió al asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender hasta dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la oreja de Pepet para que no la devorase.


Publicado el 19 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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