Grandeza y Decadencia de César Birotteau

Honoré de Balzac


Novela



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HISTORIA DE LA GRANDEZA Y DE LA DECADENCIA DE CÉSAR BIROTTEAU COMERCIANTE PERFUMISTA TENIENTE DE ALCALDE DEL SEGUNDO DISTRITO DE PARÍS CABALLERO DE LA LEGIÓN DE HONOR, ETC.

CÉSAR EN SU APOGEO

Durante las noches de invierno, el ajetreo no cesa más que por un instante en la calle de Saint—Honoré; en seguida, los carros de los hortelanos que van hacia el Mercado Central continúan el ruido que venían haciendo los coches que volvían de los espectáculos o de los bailes. A la mitad de ese calderón que se encuentra en la gran sinfonía del movimiento parisiense, hacia la una de la madrugada, la esposa del señor César Birotteau, comerciante perfumista establecido cerca de la plaza Vendóme, se despertó sobresaltada por un terrible sueño. La perfumista se había visto doble; se había aparecido a sí misma vestida con harapos, haciendo girar, con una mano seca y arrugada, el picaporte de su propio comercio, encontrándose así a la vez en el quicio de la puerta y en su silla tras el mostrador; se pedía limosna a sí misma y oía su propia voz en la puerta y en su puesto de vendedora. Quiso agarrarse a su marido, pero su mano sólo encontró un lugar frío. Se hizo entonces tan intenso su miedo que ni siquiera pudo mover el cuello: lo tenía como petrificado; se le cerró la garganta y le faltó la voz. Quedó clavada en la cama, muy abiertos los ojos y fija la mirada, con una sensación de dolor en sus erizados cabellos, los oídos llenos de ruidos extraños, el corazón encogido, pero palpitante y, en fin, bañada de sudor y helada, en medio de un dormitorio cuya puerta estaba abierta de par en par.

El miedo es un sentimiento casi patógeno y obra de tal suerte en el organismo humano que sus facultades son llevadas, bien al más alto grado de su poder, bien al último del decaimiento. Durante mucho tiempo se ha visto la fisiología sorprendida por este fenómeno, que echa por tierra sus hipótesis y revoluciona sus presunciones, aun cuando en realidad no sea otra cosa que un abatimiento que se ha operado en el interior como una fulminación; pero, como todos los accidentes eléctricos, extraño y caprichoso en sus manifestaciones. Esta explicación se convertirá en algo vulgar el día en que los sabios hayan descubierto el gran papel que desempeña la electricidad en el pensamiento humano.

La señora Birotteau sintió entonces algunos de los sufrimientos, en cierto modo luminoso, que producen estas terribles descargas de la voluntad, dilatado o contraído por un mecanismo desconocido. Así, durante un rato, muy corto si se lo mide con un reloj, pero interminable si se lo cuenta por sus rápidas impresiones, esta pobre mujer tuvo el monstruoso poder de emitir más ideas y de hacer surgir más recuerdos que no lo hubiera hecho en todo un día con sus facultades en estado normal. El relato de este penoso monólogo puede resumirse en algunas palabras, absurdas, contradictorias y desprovistas de sentido, tal como:

— ¡No hay ninguna razón para que Birotteau haya abandonado el lecho! Ha comido mucha carne, y es posible que se halle indispuesto; pero si se hubiera sentido enfermo, me habría despertado. Desde hace diecinueve años que dormimos juntos en esta misma cama, y nunca se ha levantado sin advertírmelo. ¡Pobre cordero! No ha dormido fuera de casa más que cuando ha tenido que pasar la noche en el cuerpo de guardia. ¿Se acostó esta noche conmigo? ¡Pero claro que sí! ¡Dios mío, si seré estúpida!

Echó una mirada a la cama y vio el gorro de dormir de su marido, que conservaba la forma casi cónica de la cabeza.

— ¡Está, pues, muerto! ¿Se habrá suicidado? ¿Por qué? Desde que, hace dos años, lo nombraron teniente de alcalde, está yo no sé cómo. Hacer que intervenga en las funciones públicas, ¿no es, a fe de mujer honesta, para dar grima? Sus asuntos van bien, pues me ha regalado un chal. ¿O no van bien? ¡Bah, ya lo sabría yo! ¿Se sabe siempre lo que un hombre tiene en su cartera? ¿Y también una mujer? Eso no es ningún mal. ¿Pero no hemos vendido hoy géneros por valor de cinco mil francos? Por otra parte, un teniente de alcalde no puede matarse a sí mismo, ya que conoce muy bien las leyes. ¿Dónde está, pues?

La señora no podía mover el cuello, ni adelantar la mano para tirar del cordón de la campanilla, con lo cual habría puesto en movimiento a una cocinera, a tres dependientes y a un mozo de almacén. Presa de la pesadilla, que continuaba aunque ya estaba despierta, ni se acordó de su hija, tranquilamente dormida en una habitación contigua y cuya puerta estaba cerca de su lecho. Por fin gritó: « ¡Birotteau!», pero no tuvo contestación alguna. Es decir, creyó que había gritado el nombre de su esposo, pero lo había pronunciado sólo mentalmente.

— ¿Tendrá una amiga? Es demasiado tonto para eso y, además, me quiere mucho. ¿No le dijo a la señora Roguin que nunca me había sido infiel, ni siquiera con el pensamiento? No; este hombre es la honradez misma. Si alguien merece el Cielo, ¿no es él? ¿De qué podrá acusarse a su confesor? A todo le dirá «no, no». Para ser un monárquico como es, sin saber por qué, no presume mucho de su religión. Pobre gato, va a las ocho de la mañana a misa a escondidas, como si fuese a una casa de placer. Teme a Dios por Dios mismo y el infierno apenas le preocupa. ¿Cómo iba a tener una querida? Además, me deja tan poco que hasta me cansa. Me quiere más que a sus ojos y se dejaría cegar por mí. Durante diecinueve años, jamás me ha dicho una palabra más alta que otra. Su hija no cuenta sino después de mí. Pero Césarine está ahí... (¡Césarine, Césarine!) Birotteau no me ha ocultado nunca ni siquiera sus pensamientos. Tenía razón cuando venía a «Le Petit Matelot» y me decía que no lo conocería bien hasta que lo usase. ¡Ni luego tampoco! Esto es algo extraordinario.

Volvió penosamente la cabeza y echó una mirada furtiva por la habitación, llena entonces de esos pintorescos efectos de la noche que son la desesperación del lenguaje y parecen pertenecer exclusivamente a la paleta de los pintores del género. No hay palabras para describir los horribles zigzaguees que hacen las sombras; las apariencias fantásticas de los visillos movidos por el aire; los efectos de la luz incierta que proyecta la lamparilla en los pliegues del cortinón rojo; los destellos que despide un rosetón cuyo centro rutilante parece el ojo de un ladrón; la aparición de un vestido arrodillado; en fin, todas esas caprichosas extravagancias que asustan a la imaginación cuando sólo tiene fuerza para percibir los dolores y para agrandarlos. La señora Birotteau creyó ver una luz en la habitación que estaba al lado de su dormitorio y pensó en seguida en un incendio; pero al ver un pañuelo rojo, que le pareció un charco de sangre, su pensamiento fue exclusivamente para los ladrones, sobre todo cuando creyó advertir señales de lucha en la disposición de los muebles. Al recordar la suma que había en la caja, un sentimiento de generosidad extinguió los fríos ardores de la pesadilla. Se lanzó despavorida, en camisón, hacia la habitación contigua para socorrer a su marido, a quien creía luchando con los asesinos.

— ¡Birotteau, Birotteau! —gritó, por último, con voz angustiada.

Encontró al comerciante perfumista en medio de la pieza, con una vara en la mano y midiendo el aire; pero tan mal envuelto en su bata de indiana verde con lunares de color chocolate, que el frío le enrojecía las piernas, aunque él no se daba cuenta, de tan preocupado que estaba. Cuando se volvió para decir a su esposa:

— ¿Qué quieres, Constance? —su semblante, como suele ser el de los sabios absortos en sus cálculos, era tan estúpido que la señora Birotteau se echó a reír.

—Pero, por Dios, César, ¿cómo puedes ser tan raro? —le dijo—. ¿Por qué me dejas sola sin advertírmelo? He estado a punto de morir de miedo; no sabía qué pensar. ¿Qué haces ahí, medio desnudo? Vas a enfriarte como un lobo. ¿Me oyes, Birotteau?

—Sí, querida, ya voy —respondió volviendo al dormitorio.

—Anda, ven a calentarte y dime qué te sucede —dijo la señora Birotteau, apartando las cenizas del hogar de la chimenea y reavivando el fuego—. Estoy helada. ¡Si seré tonta para levantarme en camisón! Pero es que creí que te asesinaban.

El comerciante dejó la palmatoria sobre la chimenea, se envolvió en su bata y fue a buscar unas enaguas de franela para su esposa.

—Toma, querida, abrígate. Veintidós por dieciocho —dijo luego, continuando su monólogo—. Podemos tener un salón soberbio.

—Pero, Birotteau, ¿es que vas a volverte loco? ¿O estás soñando?

—No, querida; hago cálculos.

—Pues para hacer esas tonterías, bien podrías esperar a que fuese de día —dijo ella poniéndose las enaguas sobre el camisón para ir a abrir la puerta que daba al dormitorio de su hija—. Césarine está durmiendo y no podrá oír lo que hablamos. Vamos a ver, Birotteau, habla. ¿Qué te pasa?

—Podemos dar el baile.

— ¿Dar un baile, nosotros? A fe de mujer honesta, me parece que sueñas, querido amigo.

—No sueño, mi hermosa cierva blanca. Escúchame. Siempre hay que hacer lo que hay que hacer, de acuerdo con la posición social en que uno se encuentra. El gobierno me ha puesto en un lugar destacado; pertenezco, pues, al gobierno. Estamos, entonces, en la obligación de conocer sus pensamientos y de favorecer sus proyectos, desarrollándolos. El duque de Richelieu acaba de librar a Francia de invasores. Según el señor de La Billardiére, los funcionarios que representan a la ciudad de París deben celebrar, cada cual en su esfera, la liberación del territorio nacional. Demos pruebas de un verdadero patriotismo que haga enrojecer de vergüenza a esos que se dicen liberales, a esos intrigantes. ¿Crees que no amo a mi patria? Quiero demostrar a los liberales, mis enemigos, que amar al rey es amar a Francia.

— ¿Crees que también tú tienes enemigos, mi pobre Birotteau?

—Sí, querida, tenemos enemigos. Y la mitad de nuestros amigos del barrio son también enemigos nuestros. Todos ellos dicen: «Birotteau tiene suerte; es un hombre que no vale nada y, sin embargo, ahí está de teniente de alcalde; todo le sale bien». Pues les espera aún una bonita sorpresa. Has de saber que soy caballero de la Legión de Honor; ayer firmó el rey el decreto.

— ¡Oh, entonces —dijo la señora Birotteau, muy emocionada— hay que dar el baile, mi buen amigo! Pero ¿qué es lo que has hecho para merecer la cruz?

—Cuando me dio ayer el señor de La Billardiére esta noticia —dijo Birotteau un poco confundido—, me pregunté, también, lo mismo que tú, cuáles eran mis méritos, pero al volver hacia casa he acabado por reconocerlos y apruebo la decisión del gobierno. Por de pronto, soy monárquico, y fui herido en San Roque en el vendimiario. ¿Y no es nada eso de haber llevado las armas en aquellos tiempos, en defensa de la buena causa? Luego, según algunos negociantes, desempeñé mis funciones en el Tribunal de Comercio a satisfacción de todos. Por último, soy teniente de alcalde. El rey ha concedido cuatro cruces para los miembros del Concejo Municipal de París. Hecho un examen de las personas que, entre los tenientes, podían ser condecoradas, el prefecto me ha puesto a la cabeza de la lista. Por otra parte, el rey debe conocerme; gracias al viejo Ragon, yo le proveo de los polvos que usa; somos los únicos que poseemos la receta de los polvos que utilizaba la difunta reina, ¡pobre y querida augusta víctima! El alcalde me ha apoyado con toda su alma. ¿Y qué quieres? Si el rey me da la cruz sin haberla yo pedido, me parece que no puedo rechazarla sin faltarle a los debidos respetos. ¿He querido yo ser teniente de alcalde? Por eso, querida, ya que tenemos el viento de popa, como dice tu tío Pillerault cuando está de buenas, he dispuesto que en nuestra casa esté todo de acuerdo con nuestra buena suerte. Si puedo ser algo, me arriesgaré a ser lo que Dios quiera: subprefecto, por ejemplo, si ése es mi destino. Querida, cometerás un gran error si crees que un ciudadano ha pagado su deuda para con la patria vendiendo perfumes durante veinte años a quienes venían a comprarlos. Si el Estado reclama el concurso de nuestras luces, debemos dárselo, lo mismo que debemos pagar el impuesto mobiliario, el de puertas y ventanas, etc. ¿Tienes ganas de pasarte toda la vida tras el mostrador? Ya hace mucho tiempo que, gracias a Dios, estás ahí. El baile será nuestra fiesta. Se acabó la venta al por menor; para ti, se entiende. Voy a quemar nuestra muestra de «La Reina de las Rosas»; voy a quitar nuestro letrero de «César Birotteau, comerciante perfumista, sucesor de Ragon» y voy a poner simplemente «PERFUMERÍAS», en grandes letras doradas. Pondré en el entresuelo la oficina, la caja y un bonito gabinete para ti; con la rebotica, el comedor y la cocina haré mi almacén; tomaré en alquiler el primer piso de la casa contigua y abriré una puerta en el muro; cambiaré la escalera a fin de ir a pie llano de una casa a la otra, y tendremos entonces una gran vivienda, amueblada como nos merecemos. Sí, renovaré tu habitación, mandaré preparar para ti una salita—tocador y para Césarine un bonito dormitorio. La dependienta que tomarás para atender al mostrador, nuestro primer dependiente y tu camarera (sí, señora, tendrás tu camarera) se instalarán en el segundo piso. En el tercero estarán la cocina, la cocinera y el mozo de almacén; el cuarto será nuestro almacén general de botellas, frascos y redomas; el taller de nuestros obreros estará en el granero. Ya no verán los que pasen por la calle pegar las etiquetas, hacer los paquetes, elegir los frascos y tapar las redomas; todo eso es bueno para la calle de Saint—Denis, pero mal asunto para la de Saint—Honoré. Nuestro almacén estará adornado como un salón. Pero dime, ¿es que somos los únicos perfumistas que están bien considerados? ¿No hay vinagreros y vendedores de mostaza que mandan la guardia nacional y que son muy bien vistos en Palacio? Imitémoslos, extendamos nuestro comercio y, al mismo tiempo, entremos en la alta sociedad.

—Mira, Birotteau, ¿sabes en qué pienso cuando te oigo? Me haces el efecto de un hombre que busca el mediodía a las dos de la tarde. Acuérdate de lo que te aconsejé cuando quisieron hacerte alcalde: ¡la tranquilidad ante todo! «Tú estás hecho —te dije— para ocupar un rango elevado como mi brazo para ser aspa de molino; los sueños de grandeza serán tu perdición.» Eso te dije. No me has hecho caso y ya ha llegado nuestra perdición. Para desempeñar un cargo público hay que tener dinero, ¿lo tenemos? ¿Quieres quemar tu muestra, que costó seiscientos francos, y renunciar a «La Reina de las Rosas», a tu verdadera gloria? Deja que los demás sean ambiciosos. Quien mete la mano en la hoguera, se quema, ¿no es cierto? Hoy, la política quema. Tenemos nuestros buenos cien mil francos, aparte de nuestro comercio, nuestra fábrica y nuestras mercancías. Si quieres aumentar tu fortuna haz hoy lo mismo que en 1793: el papel del Estado está a setenta y dos francos; compra papel del Estado y tendrás diez mil francos de renta, sin que esa inversión perjudique a nuestro negocio. Aprovecha la buena suerte para casar bien a nuestra hija, vende luego nuestro comercio y nuestras propiedades y vámonos a vivir a tu tierra. ¿No me has estado hablando durante quince años de comprar «Les Trésoriéres», esa preciosa finca que está cerca de Chinon y en la cual hay agua, prados, bosque, viñas, dos granjas; una finca que produce por valor de mil escudos, una propiedad que nos gusta a los dos y que todavía hoy podemos comprar por sesenta mil francos; y ahora me vienes con que quieres ser algo en el gobierno? No te olvides de lo que somos: perfumistas. Hace dieciséis años, antes de que hubieses inventado la «Doble Pasta de los Sultanes» y el «Agua Carminativa», si hubieran venido a decirte que ibas a tener el dinero necesario para comprar «Les Trésoriéres», ¿no te habrías vuelto loco de alegría?

Pues bien, ya puedes adquirir esa finca, de la que tenías tantas ganas que no sabías abrir la boca sin hablar de ella, y ahora me hablas de gastar en tonterías un dinero ganado con el sudor de nuestras frentes; y puedo decir nuestras porque me he pasado la vida tras el mostrador, quieta allí, como un perro en su caseta. ¿No es mejor tener un lugar en casa de tu hija, casada con un notario de París, y vivir ocho meses del año en Chinon, que comenzar ahora a hacer cosas raras? Espera a que suban los fondos públicos, le das ocho mil francos de renta a tu hija, nos quedamos nosotros con dos mil, y con lo que vale nuestro negocio podemos comprar «Les Trésoriéres». Allá, en tu tierra, mi querido gatito, llevando nuestros muebles, que valen mucho, viviremos como príncipes, en tanto que aquí se necesita un millón para hacerse notar.

—Ahí te esperaba, querida —dijo César Birotteau—. No soy tan bruto (aunque tú me crees muy bruto) como para no haber pensado en todo. Escúchame bien. Alexandre Crottat nos viene como un guante para yerno y tendrá el bufete de Roguin; pero no creas que va a contentarse con cien mil francos de dote (suponiendo que demos todo lo que tenemos para colocar a nuestra hija, y yo soy de esa. opinión; preferiría no tener más que pan duro para el resto de mis días que renunciar a verla feliz como una reina, casada con un notario de París, como tú dices). Pues bien, cien mil francos o una renta de ocho mil no son nada para comprar la notaría de Roguin. Este pequeño Xandrot, como todos lo llamamos, nos cree, como todo el mundo, más ricos de lo que somos. Si su padre, ese fuerte granjero que es avaro como un caracol, no vende tierras por valor de cien mil francos, Xandrot no será notario, porque el bufete de Roguin vale cuatrocientos o quinientos mil francos. Si Crottat no paga la mitad al contado, ¿cómo se las va a arreglar? Césarine tiene que llevar una dote de doscientos mil francos; y yo quiero, al retirarme del negocio, ser un buen burgués en París, con una renta de quince mil francos. Y si yo te hiciese ver con toda claridad que eso es posible, ¿no cerrarías el pico de una vez?

— ¡Ah, si posees el Perú...!

—Sí, mi querida cierva, lo poseo —dijo, tomando a su esposa por el talle y dándole palmaditas, ganado por una alegría que animó su semblante—. No he querido hablarte de este asunto hasta que estuviera bien rematado, pero quizá lo remate mañana. Mira, Roguin me ha propuesto un negocio tan seguro que él mismo entra también, con Ragon, con tu tío Pillerault y con otros dos clientes suyos. Vamos a comprar en los alrededores de la Madeleine unos terrenos que, según los cálculos de Roguin, podemos adquirirlos por la cuarta parte del valor que han de tener dentro de tres años, pues, pasado ese plazo, podremos explotarlos. Somos seis los socios, en partes que ya hemos convenido. Yo aportaré trescientos mil francos, para poseer las tres octavas partes. Si alguno de nosotros tiene necesidad de dinero, Roguin lo encontrará, hipotecando su parte. Para tener la sartén por el mango y saber cómo se fríe el pescado, quiero aparecer como propietario de la mitad, que será común a Pillerault, al bueno de Ragon y a mí. Roguin será, bajo el nombre de un tal señor Charles Claparon, mi copropietario y extenderá, lo mismo que yo, para los asociados, un documento privado que anulará el documento público. Las escrituras de compra se hacen con promesas de venta por medio de contratos privados, hasta que seamos dueños de todos los terrenos. Roguin examinará cuáles son los contratos que deben ser registrados, pues no está seguro de que podamos pasarnos sin ese requisito; traspasaremos luego los derechos a aquellos a quienes vendamos en pequeños lotes... Pero esto es muy largo de explicar. Una vez pagados los terrenos no tendremos que hacer sino cruzarnos de brazos, y dentro de tres años habremos ganado un millón. Césarine tendrá entonces veinte años, venderemos nuestro negocio y, con la ayuda de Dios, marcharemos modestamente hacia la grandeza.

—Bien, pero ¿de dónde vas a sacar esos trescientos mil francos? —preguntó la señora Birotteau.

—No entiendes nada de negocios, mi querida gatita. Aportaré los cien mil francos que tenemos en la notaría de Roguin; pediré prestados cuarenta mil con garantía de los edificios y terrenos donde está nuestra fábrica, en el barrio del Temple; tenemos en cartera veinte mil; en total, ciento sesenta mil. Faltan otros ciento cuarenta mil, por los cuales suscribiré pagarés a la orden del señor Charles Claparon, banquero, que dará por ellos su importe, deducido el descuento. Y ahí tienes pagados los trescientos mil francos, pues quien paga dentro de los plazos, nada debe. A medida que vayan venciendo los pagarés, los iremos descontando con nuestras ganancias. En el caso de que no podamos pagarlos, Roguin me adelantará dinero al cinco por ciento de interés, con hipoteca sobre mi parte en los terrenos. Pero esos préstamos serán innecesarios: he descubierto una esencia para hacer crecer el cabello, ¡un «Aceite Comágeno»! Livingston me ha instalado una prensa hidráulica para fabricar mi aceite con avellanas que, bajo una fuerte presión, darán rápidamente todo su jugo. En un año, según mis cálculos, habré ganado, por lo menos, cien mil francos. Estoy meditando sobre un cartel anunciador que comenzará con las palabras: « ¡Abajo las pelucas!» y cuyo efecto será prodigioso. ¡Y tú no te dabas cuenta de mis insomnios! Hace ya tres meses que el éxito del «Aceite de Macassar» no me deja dormir. ¡Voy a hacer que muera ese «Macassar»!

— ¡Así que llevas ya dos meses dando vueltas en tu caletre a esos hermosos proyectos, sin decirme una palabra! Como un aviso del cielo, acabo de verme en sueños hecha una mendiga, llamando a mi propia puerta. En muy poco tiempo no nos quedará otra cosa que los ojos para llorar. Pero mientras yo viva, tú no harás nada de eso. ¿Me oyes, César? Veo en todo ello unos manejos de los que tú no te das cuenta porque eres demasiado honrado y leal para sospechar que los demás sean unos bribones. ¿Por qué vienen a ofrecerte millones? Te desprendes de todos tus valores, vas más allá de tus posibilidades y si tu «Aceite» no marcha, si no se encuentra dinero, si la venta de los terrenos no se realiza, ¿con qué vas a pagar tus letras? ¿Con las cáscaras de las avellanas? Con el fin de ascender en la escala social, ya no quieres ser lo que eras; vas a quitar el rótulo de «La Reina de las Rosas» y, encima, vas a hacer carteles y prospectos de propaganda que mostrarán a César Birotteau en las esquinas de las calles y en las vallas de !os solares.

— ¡Oh, no te das cuenta! Tendré una sucursal a nombre de Popinot en alguna casa de los alrededores de la calle de Lombards, al frente de la cual pondré al pequeño Anselme. Pagaré así la deuda de gratitud que tengo para con los señores de Ragon echando una mano a su sobrino para que pueda hacer fortuna. Estos pobres Ragon me dan la impresión de que andan mal desde hace algún tiempo.

—Lo que quieren esas gentes es tu dinero.

— ¿Qué gentes, querida? ¿Tu tío Pillerault, que nos quiere más que a sus entrañas y cena con nosotros todos los domingos? ¿El bueno de Ragon, nuestro antecesor, que tiene cuarenta años de honradez tras él? ¿O será Roguin, un notario de París, un hombre de cincuenta y siete años, con veinticinco años ejerciendo el notariado? Un notario de París sería lo mejor de lo mejor, a no ser porque todas las gentes honradas valen lo mismo. Además, en caso de necesidad, mis socios me ayudarán. ¿Dónde ves, pues, la intriga, mi querida cierva blanca? Mira, tengo que decirte cuál es tu defecto. A fe de hombre honrado, te digo que lo siento, pero siempre has sido desconfiada como una gata. En cuanto tuvimos más de dos francos de género en la tienda, creíste que todos los clientes eran unos ladrones. ¡Hay que pedirte de rodillas que te dejes enriquecer! Para ser una hija de París, no tienes la menor ambición. A no ser por esos temores tuyos, no habría en el mundo un hombre más feliz que yo. Si te hubiera hecho caso, jamás habría yo puesto a la venta la «Pasta de los Sultanes» y el «Agua Carminativa». Nuestra tienda nos ha dado para comer, pero esos dos descubrimientos y nuestros jabones nos han dado los ciento sesenta mil francos limpios de polvo y paja que tenemos. Sin mi genio —porque yo, como perfumista, tengo talento—, seguiríamos siendo unos pequeños comerciantes y ganaríamos apenas para vivir; no sería un comerciante notable que toma parte en la elección de jueces para el Tribunal de Comercio, ni habría sido juez ni teniente de alcalde. ¿Sabes lo que sería? Un tendero, como el viejo Ragon, dicho sea sin ánimo de ofenderlo, pues tengo un gran respeto por las tiendas, ya que de ellas ha salido lo mejor que tenemos. Después de estar vendiendo artículos de perfumería durante cuarenta años tendríamos, como él, tres mil francos de renta; y al precio que tienen hoy las cosas, casi el doble que antes, tendríamos, como ellos, lo estrictamente necesario para vivir. (Cada día me inquieta más esa familia; quiero averiguar cómo anda y mañana mismo lo sabré por Popinot.) Si hubiera seguido tus consejos, preocupada siempre por si tendrás mañana lo que tienes hoy, yo no tendría crédito, no poseería la cruz de la Legión de Honor y no estaría a dos pasos de ser un político. Sí, sí; puedes mover la cabeza, pero si mi proyecto se realiza puedo llegar a ser diputado por París. ¡Ah, por algo me llamo César: en todo he triunfado! Parece increíble: fuera de casa, todos reconocen mi capacidad, y aquí, la única persona a la que quiero dar gusto hasta el punto de sudar sangre y agua por ella, es precisamente la que me tiene por un estúpido.

Estas palabras, aunque cortadas por elocuentes silencios y lanzadas cual balazos, como suelen hacerlo quienes se colocan en una actitud recriminatoria, expresaban un cariño tan profundo, tan firme que la señora Birotteau se enterneció hasta lo más profundo de su ser; pero se sirvió de ese amor que inspiraba, arma de todas las mujeres, para ganar la partida.

—Pues bien, Birotteau —dijo—, si es cierto que me amas, déjame ser feliz a mi manera. Ni tú ni yo hemos recibido educación; no sabemos hablar ni hacer un saludo como lo hacen las gentes del gran mundo. ¿Es posible, entonces, que tengamos éxito en los puestos de gobierno? Yo sería feliz en «Les Trésoriéres». Siempre me han gustado los pájaros, los animales, y pasaría muy bien mi vida cuidando gallinas y haciendo de granjera. Vendamos nuestro negocio, casemos a Césarine y deja en paz a tu «Imógeno». Vendremos a pasar los inviernos a París, a casa de nuestro yerno, seremos felices y nada de lo que ocurra en la política o en el gobierno podrá cambiar nuestro modo de vivir. ¿Por qué pretender destacarse sobre los demás? ¿No nos basta nuestra fortuna actual? ¿Cenarás dos veces cuando seas millonario, o tendrás necesidad de más mujeres que yo? Fíjate en mi tío Pillerault; se ha contentado, muy sensatamente, con lo poco que posee, y dedica su vida a hacer buenas obras. ¿Tiene alguna necesidad de muebles magníficos? Estoy segura de que has encargado un nuevo mobiliario para mí; he visto venir a Braschon y supongo que no habrá sido para comprar perfumes.

—Pues sí, querida; he pedido muebles para ti y mañana comenzarán los trabajos de arreglo de la vivienda, dirigidos por un arquitecto que me ha recomendado el señor de La Billardiére.

— ¡Dios mío —exclamó la señora Birotteau—, ten piedad de nosotros!

—Pero no eres razonable, cierva mía. ¿Es que piensas enterrarte en Chinon a tus treinta y siete años, tan bonita como eres? Yo, gracias a Dios, no tengo más que treinta y nueve años. El destino me abre el camino hacia una gran carrera, y entro en él. Conduciéndome con prudencia, puedo hacer de la mía una familia honorable en la burguesía de París, como se hacia antes, y fundar los Birotteau como lo hicieron los KeIler, los Jules Desmarets, los Roguin, los Cochin, los Guillaume, los Lebas, los Nucingen, los Saillard, los Popinot, los Matifat, etc. que se destacan o se han destacado en sus barrios respectivos. ¡Vamos a ello! Si ese negocio de que te he hablado no fuese tan seguro como el oro en barras...

— ¡Seguro!

—Sí, seguro. Hace ya dos meses que vengo pensando en él. Aunque no lo dé a entender, me informo sobre los asuntos de la construcción en las oficinas de la municipalidad, entre los arquitectos y entre los contratistas. El señor Grindot, el joven arquitecto que se va a encargar de modernizar nuestra vivienda, está desesperado porque no tiene dinero para entrar en nuestras especulaciones.

—Pero va a realizar construcciones; entonces él os empuja para explotaros.

—Pero ¿se puede engañar a gentes como Pillerault, Charles Claparon y Roguin? El negocio es tan seguro como el de la «Pasta de los Sultanes».

—Pero, querido, ¿qué necesidad tiene Roguin de meterse en especulaciones si ya ha pagado su cargo y hecho su fortuna? A veces lo veo pasar, más preocupado que un ministro de Estado y con una mirada baja que no me gusta nada: pretende ocultar alguna grave preocupación. De cinco años a esta parte, su aspecto se ha convertido en el de un viejo libertino. ¿Quién te dice que no va a huir cuando tenga vuestro dinero en sus manos? Cosas como ésa ya se han visto. ¿Lo conocemos a fondo? Hace quince años que es amigo nuestro, pero yo no pondría las manos en el fuego por él. Mira, Roguin despide mal olor por la nariz y no vive con su esposa; debe de tener queridas que lo están arruinando; no veo otro motivo para su preocupación. Cuando me levanto de la cama y me estoy arreglando, suelo verlo llegar a su casa. ¿De dónde viene? Nadie lo sabe. Me da la impresión del hombre casado que derrocha el dinero por su lado, mientras la esposa lo derrocha por el suyo. ¿Es ésa la vida de un notario? Si ganan cincuenta mil francos y gastan sesenta, en veinte años consumirán su fortuna y quedarán desnudos como un Niño Jesús. Como está acostumbrado a brillar, desvalija a sus amigos sin compasión; la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Es íntimo de ese miserable Tillet, nuestro antiguo dependiente, y no veo nada bueno en esa amistad. Si no ha sabido conocer a Tillet, bien tonto es; y si lo conoce, ¿por qué lo mima tanto? ¿Me dirás que su mujer está enamorada de Tillet? Pues bien, no espero nada bueno de un hombre que no tiene honor en lo que respecta a su esposa. Y, en fin, los actuales propietarios de esos terrenos, ¿son tan tontos como para dar por cinco centavos lo que vale un franco? Si te encontrases con un niño que no sabe lo que vale un luis, ¿no le harías conocer su valor? Vuestro negocio me produce el efecto de un robo, dicho sea sin ánimo de ofenderte.

— ¡Dios mío, qué estúpidas son a veces las mujeres y cómo embarullan las cosas! Si Roguin no quisiera entrar en el negocio, me dirías: «Mira, César, vas a entrar en un negocio en el que no quiere entrar Roguin; luego, ese negocio no vale nada». En esta ocasión entra en el negocio, y me dices...

—No, no es Roguin; es un tal señor Claparon.

— ¡Pero es que un notario no puede entrar con su nombre en una especulación!

—Y entonces, ¿por qué hace una cosa que la ley le prohíbe? ¿Qué me contestas, tú que tanto respetas la ley?

—Déjame continuar. Entra Roguin en el negocio y tú me dices que el negocio no vale nada. ¿Es razonable eso? Y aun añades que hace una cosa contra la ley. Pero, si es necesario, actuará con su propio nombre. Luego, me dices: es rico. ¿Y no se puede decir otro tanto de mí? Podrían muy bien Ragon y Pillerault venir a decirme: ¿por qué se mete usted en este asunto, teniendo, como tiene, más dinero que un vendedor de cerdos?

—Los comerciantes no son de la misma condición que los notarios —respondió la señora Birotteau.

—En fin, mi conciencia está bien tranquila —dijo César y siguió hablando—. Las gentes que venden, venden por necesidad. Y nosotros no les robamos, como no se roba a quien vende papel del Estado a setenta y cinco. Nosotros compramos los terrenos hoy al precio que tienen hoy; dentro de dos años, su precio será otro, como ocurre con el papel del Estado. Has de saber, Constance—Barbe—Joséphine Pillerault, que jamás pillarás a César Birotteau cometiendo una acción que vaya contra la más rígida honestidad, ni contra la ley, ni contra la conciencia, ni contra la delicadeza. ¡Un hombre establecido desde hace dieciocho años es ahora sospechoso de no tener honestidad en su propia casa!

—Vamos, cálmate, César. Una mujer que ha vivido contigo todo ese tiempo conoce muy bien el fondo de tu alma. Después de todo, tú eres el dueño. Nuestra fortuna, tú la has ganado, ¿no es cierto? Así que es tuya y puedes gastarla. Y aunque nos viésemos reducidos a la mayor miseria, ni mi hija ni yo te haríamos el menor reproche. Pero escucha: cuando inventaste tu «Pasta de los Sultanes» y tu «Agua Carminativa», ¿qué arriesgabas? Cinco o seis mil francos. Hoy pones toda tu fortuna a una sola carta y no juegas solo, sino que tienes socios que pueden resultar más astutos que tú. Da tu baile, renueva tu vivienda, gasta en ello diez mil francos: eso no tiene importancia, no es ruinoso. Pero en lo que se refiere al negocio ese de la Madeleine, me opongo formalmente. Eres perfumista, sigue siendo perfumista y no revendedor de terrenos. Nosotras, las mujeres, tenemos un instinto que no nos engaña. Te he dicho lo que me ha parecido; ahora, haz lo que quieras. Has sido juez en el Tribunal de Comercio, conoces las leyes, has conducido bien el barco y yo te sigo, César. Pero estaré temblando hasta que vea bien consolidada nuestra fortuna y a Césarine bien casada. ¡Y Dios quiera que mi sueño no sea una profecía!

Esta sumisión de su esposa contrarió a Birotteau, que volvió a emplear la inocente treta de que ya antes se valió en ocasión parecida.

—Escucha, Constance; aún no he dado mi palabra, pero es como si la hubiera dado.

—César, ya está dicho todo lo que hay que decir y no hablemos más de ello. Vamos, querido, acuéstate, que no tenemos más leña para la chimenea. Además, estaremos mejor en la cama para seguir hablando, si tú quieres continuar. ¡Oh, el maldito sueño! ¡Dios mío, verse a una misma! ¡Esto es horrible! Césarine y yo vamos a hacer una hermosa novena para el buen éxito de la compra de los terrenos.

—Desde luego, la ayuda de Dios a nadie perjudica —dijo gravemente Birotteau—, pero el aceite de avellanas es también una buena ayuda, querida. He hecho este descubrimiento, como antes hice el de la «Doble Pasta de los Sultanes», por casualidad. La primera vez, al abrir un libro; ahora, viendo un grabado de «Hero y Leandro». Ya lo sabes, una mujer que derrama aceite sobre la cabeza de su amado. ¿No es precioso eso? Los más seguros negocios son aquellos que se fundan en la vanidad, en el amor propio, en las ganas de figurar. Estos sentimientos no mueren nunca.

— ¡Sí, ya lo veo!

—A cierta edad, los hombres calvos darían toda su fortuna por tener cabello. Desde hace algún tiempo, los peluqueros me dicen que venden, no solamente «Macassar», sino todas las drogas para teñir el cabello o que se cree que sirven para que vuelva a salir. Desde que vivimos en la paz, los hombres están mucho más cerca de las mujeres y a ellas no les gustan los calvos. ¿No, gatita? La gran demanda de ese artículo se explica, pues, por la situación política. Un mejunje que sirva para conservar el cabello se venderá como pan bendito, y más aún esta «esencia», que será, sin duda, aprobada por la Academia de Ciencias. Bien puede ser que me ayude el señor Vauquelin. Iré mañana a someterle mi idea, ofreciéndole el grabado que, al fin, después de dos años de búsquedas por Alemania, he logrado encontrar. Precisamente, él trabaja ahora en el análisis de los cabellos. Me lo ha dicho Chiffreville, su socio en la fábrica de productos químicos. Si mi descubrimiento está de acuerdo con sus estudios, mi «esencia» será adquirida por hombres y mujeres. Mi idea representa una fortuna, te lo repito. No duermo pensando en ello. Por suerte, el pequeño Popinot tiene los más hermosos cabellos del mundo. Con una dependienta que tenga los suyos tan largos que lleguen hasta el suelo y que diga —si ello es posible sin ofender a Dios ni al prójimo— que el Aceite Comágeno» (porque, decididamente, será un aceite) tiene su parte en tan hermosa cabellera, las cabezas de los canosos se lanzarán a él como la pobreza al mundo. ¿Y qué me dices, cariño, de tu baile? No soy malo, pero me gustaría encontrarme con ese bobo de Tillet, que se da tanta importancia con su fortuna y que, en la Bolsa, hace siempre como que no me ve. Sabe que conozco algo de su vida que no es muy digno. Quizá he sido demasiado bueno con él. Es curioso, querida, que uno se vea siempre castigado por sus buenas acciones; aquí, en la tierra, se entiende. Siempre me he conducido como un padre con él; no sabes lo que he hecho por ese hombre —terminó Birotteau.

—Con sólo hablarme de eso, me pones la carne de gallina. Si supieras lo que él quiso hacer de ti, no habrías guardado el secreto sobre el robo de los tres mil francos; ya me figuro de qué modo se arregló la cosa. Si lo hubieras enviado a los Tribunales, habrías hecho un gran servicio al mundo.

— ¿Qué es lo que quiso hacer de mí?

—Nada. Si estás en disposición de escucharme esta noche, te daré un buen consejo: no tengas trato alguno con Tillet.

— ¿Y no chocará a la gente el ver que excluyo de mis amistades a un dependiente a quien yo di un crédito por los veinte mil francos con los cuales comenzó a hacer su fortuna? Vaya, hagamos el bien por el bien mismo. Por otra parte, quizá Tillet se haya corregido.

—Habrá que ponerlo todo aquí patas arriba.

— ¿Qué quieres decir con eso de patas arriba? Todo estará ordenado, como un papel de música. Me parece que has olvidado lo que acabo de decirte sobre la escalera y sobre el alquiler de la casa vecina, que he convenido con Cayron, el comerciante en paraguas. Tenemos que ir mañana los dos a casa del propietario, el señor Molineux; mañana tengo más asuntos que un ministro...

—Me has revuelto los sesos con tus proyectos —le dijo Constance— y me he hecho un lío. Además, Birotteau, tengo mucho sueño.

—Buenos días —respondió el marido—. Y te digo buenos días porque ya es la madrugada, querida. ¡Ya estás en camino, preciosa! Y, una de dos: o llegarás a millonaria, o perderé mi nombre de César. Unos momentos después, Constance y César roncaban tranquilamente.

Un rápido vistazo sobre la vida anterior de este matrimonio confirmará las ideas sugeridas por el amistoso altercado de los dos personajes principales de esta escena. Describiendo las costumbres de los comerciantes al por menor, nos explicaremos, además, por qué caprichosos azares llegó César Birotteau a teniente de alcalde y perfumista, oficial de la Guardia Nacional y caballero de la Legión de Honor. Explorando el fondo de su carácter y analizando los recursos de que se valió para alcanzar su prosperidad, se podrá comprender cómo las incidencias comerciales, que las cabezas bien asentadas saben resolver, se convierten en catástrofes irreparables para los espíritus débiles. Los acontecimientos no son jamás absolutos; dependen, por completo, de los individuos: la mala suerte es un acicate para el genio, una fuente bautismal para el cristiano, un tesoro para el hombre hábil, en tanto que para los débiles es un abismo.

Un viñador de los alrededores de Chinon, llamado Jacques Birotteau, se casó con la sirvienta de una señora en cuyos viñedos trabajaba. Tuvo tres hijos y su mujer falleció al dar a luz al tercero; el pobre hombre no la sobrevivió mucho tiempo. La propietaria, que sentía un gran afecto por la sirvienta, hizo que se educase juntamente con sus hijos el mayor de los chicos del viñador, llamado François, haciendo que ingresase en un seminario. Ordenado sacerdote, François Birotteau se ocultó durante la Revolución y llevó la vida errante e incierta de los curas no juramentados, perseguidos como bestias feroces y guillotinados por cualquier motivo. En el momento en que comienza esta historia, era vicario de la catedral de Tours, y solamente una vez había dejado esta ciudad, para visitar a su hermano César. La vida agitada de París lo tenía tan aturdido que ni siquiera se atrevía a salir de su habitación; llamaba a los cabriolés «semi—simones» y de todo se asombraba. Después de permanecer una semana en París regresó a Tours y juró no volver a la capital.

El segundo hijo del viñador, Jean Birotteau, ingresó en el ejército y ganó rápidamente el grado de capitán, durante las primeras guerras de la Revolución. Cuando, en la batalla del Trebia, Macdonald pidió voluntarios para arrebatar una batería al enemigo, el capitán Birotteau se ofreció a ello, avanzó con su compañía y fue muerto en la acción. Por lo visto, el destino quería que los Birotteau fuesen oprimidos, por los hombres o por los acontecimientos, allí donde se encontrasen.

El último de los hijos es el héroe de esta narración. Cuando, a los catorce años, supo leer, escribir y las cuatro reglas aritméticas, dejó su tierra y se vino a pie a París, a buscar fortuna, trayendo por todo capital un luís en el bolsillo. La recomendación de un boticario de Tours le valió para entrar, como mozo de almacén, en casa de los Ragon, comerciantes perfumistas. César poseía entonces un par de botas de tachuelas, un pantalón, unas medias azules, un chaleco floreado, una blusa de campesino, tres camisas de tela fuerte y un tosco bastón. Si bien sus cabellos estaban cortados como los de los monaguillos, su cuerpo era de constitución recia, como buen hijo de la Turena, y si a veces se dejaba ganar por la pereza, ese defecto estaba compensado con el deseo que sentía de hacer fortuna. Si no le sobraban instrucción ni inteligencia, era honrado por instinto y tenía buenos sentimientos, heredados de su madre, que era lo que se dice un corazón de oro.

César ganaba su comida y seis francos por mes. Su lecho era un camastro en el granero, cerca del de la cocinera. Los dependientes, que le enseñaron a hacer paquetes y los mandados, a barrer el almacén y la calle, se burlaban de él al mismo tiempo que lo hacían trabajar, como era costumbre en las tiendas, donde la burla entra como principal elemento en el aprendizaje. Los propietarios, los Ragon, le hablaban como se habla a un perro.

Nadie se preocupaba de la fatiga del aprendiz, aunque por la noche le dolían terriblemente los pies de tanto caminar por los adoquines de París llevando paquetes, y tenía destrozados los hombros.

Esta cruel interpretación del «cada uno para sí», evangelio de todas las grandes ciudades, hizo que César encontrara la vida de París muy dura. Lloraba por las noches pensando en su Turena, donde los campesinos trabajan con calma, donde el albañil coloca su piedra en doce tiempos, donde la pereza está sabiamente combinada con el trabajo; pero se dormía sin tener tiempo para pensar en huir, porque tenía mucho que hacer desde primera hora del día siguiente y porque tenía de su deber el mismo concepto que un perro guardián. Si por casualidad se quejaba alguna vez, el primer dependiente le sonreía con aire jovial.

— ¡Ah, muchacho! —le decía—. Tú no eres una rosa en «La Reina de las Rosas» y las calandrias no caen del cielo asadas. En primer lugar, hay que correr tras ellas; luego, cazarlas y, por fin, tener con qué guisarlas.

La cocinera, mujer alta nacida en la Picardía, separaba las mejores tajadas para ella y no dirigía la palabra a César, como no fuera para quejarse del señor y de la señora Ragon, que no le permitían quedarse con nada. Hacia fines del primer mes, obligada a permanecer en casa un domingo, entabló conversación con César. Esta Ursule desgrasada pareció encantadora al pobre pinche, quien, sin buscarlo, iba a tropezar con el primer obstáculo de su vida. Como todos los seres desprovistos de protección, amó a la primera mujer que lo miró con buenos ojos. La cocinera tomó a César bajo su amparo y luego vinieron amores secretos, de los cuales se burlaban sin ninguna piedad los dependientes. Dos años después, felizmente, la cocinera dejó a

César por un desertor del ejército, paisano suyo, que se había ocultado en París; un picardo de veinte años, propietario de unas tierras, que se dejó casar por Ursule.

Durante esos dos años, la cocinera alimentó muy bien a su pequeño César, le explicó los misterios de la vida parisiense, haciéndole conocer la más baja e inculcándole, por celos, un profundo horror por los lugares del vicio, cuyos peligros parecía que no le eran del todo desconocidos. En 1792, los pies del traicionado César se habían acostumbrado ya a trotar por las calles; sus hombros se habían hecho a las cajas, y su espíritu, a lo que él llamaba «las mentiras» de París. Así, cuando Ursule lo abandonó, se consoló muy pronto, pues la cocinera no había cambiado en realidad la idea que él tenía de los sentimientos. Lasciva y de carácter grosero, embaucadora y ladrona, egoísta y bebedora, hería el candor de Birotteau, sin ofrecerle ninguna perspectiva mejor. A veces, el pobre muchacho se veía, con dolor, atado por unos nudos que resultan más fuertes para los corazones limpios, a una persona con quien no simpatizaba en absoluto.

Cuando volvió a ser dueño de su corazón había crecido y tenía ya dieciséis años. Su ingenio, desarrollado por Ursule y por las bromas de los dependientes, le hizo examinar el comercio con una mirada en la que la inteligencia quedaba oculta bajo la ingenuidad. Observó a los clientes; en los momentos libres pedía explicaciones sobre las mercancías, reteniendo en la memoria su diversidad y los lugares donde estaban; llegó a conocer todos los artículos, los precios y las existencias mucho mejor que otros recién venidos; así fue que el señor y la señora Ragon tomaron la costumbre de servirse de él.

Cuando la terrible requisición del año II se llevó a los dependientes de la casa Ragon, César Birotteau, nombrado dependiente segundo, se aprovechó de la oportunidad para obtener un sueldo mensual de cincuenta francos y se sentó a la mesa de los Ragon con una alegría indecible. El dependiente segundo de «La Reina de las Rosas», que ya tenía ahorrados seiscientos francos, tuvo un dormitorio donde pudo guardar convenientemente, en muebles que ansiaba desde hacía mucho tiempo, todas sus ropas y efectos personales. Los días de fiesta, vestido como los jóvenes de aquel tiempo, a quienes la moda ordenaba adoptar aires groseros y desenvueltos, este manso y modesto campesino tenía un aspecto semejante a los demás, y franqueó así las barreras que hasta entonces separaban a los empleados de la burguesía. Hacia fines de año, su honradez le valió ser encargado de la caja. La imponente ciudadana señora Ragon cuidaba de las ropas del dependiente y el matrimonio se familiarizó con él.

En el mes de vendimiario de 1794, César, que ya era dueño de cien luises de oro, los cambió por seis mil francos de papel moneda, compró papel del Estado a treinta francos, lo pagó la víspera del día en que la escala de depreciación tuvo curso en Bolsa y guardó su nota de inscripción con una alegría inefable. Desde ese día, siguió el movimiento de los negocios y las oscilaciones de los fondos públicos con secretas ansiedades que hacían palpitar su corazón con las noticias de los reveses o de los éxitos militares en ese período de nuestra historia.

El señor Ragon, antiguo perfumista de Su Majestad la reina María Antonieta, confió en esos momentos críticos a César Birotteau su devoción por los tiranos depuestos. Esta confidencia tuvo importancia capital en la vida de César. Las conversaciones durante la noche, cuando ya la tienda se había cerrado, hecho el arqueo y en silencio la calle, fanatizaron al joven turenés, que al hacerse monárquico obedecía a sentimientos innatos. El relato de las virtuosas cualidades de Luis XVI, las anécdotas con las que los esposos Ragon exaltaban los méritos de la reina, excitaron la imaginación de César. La terrible suerte de esas dos cabezas coronadas, que rodaron muy cerca de la tienda, revolucionó su sensible corazón y odió a un sistema de gobierno que hacía correr sangre inocente sin ningún escrúpulo. Su interés por el comercio le hizo ver la muerte de los negocios en tiempos de turbulencias políticas, siempre enemigas de la normalidad comercial. Como verdadero perfumista, odiaba a una revolución en la que todos se cortaban el cabello a lo Titoy se habían suprimido los polvos. Siendo la tranquilidad que ofrece el poder absoluto lo único que da vida al dinero, se hizo un fanático de la monarquía.

Cuando el señor Ragon lo vio bien dispuesto, lo nombró dependiente primero y lo puso al corriente del secreto de la tienda de «La Reina de las Rosas», algunos de cuyos clientes eran los más activos y entusiastas emisarios de los Borbones, y donde se centralizaba la correspondencia entre los emigrados y París. Impulsado por el calor de su sangre joven, electrizado por sus relaciones con los Georges, los Bauvan, los Longuy, los Manda, los Bernier, los La Billardiére, los Montauran, los Du Guenic y los Fontaine, César entró en la conspiración que los monárquicos, unidos a los terroristas, dirigieron el 13 de vendimiario contra la Convención expirante.

César tuvo el honor de luchar contra Napoleón en las calzadas de la iglesia de San Roque, resultando herido en los primeros momentos. Todo el mundo sabe cómo terminó esa intentona. Si el ayudante de campo de Barrás salió gracias a ella de su oscuridad, Birotteau fue salvado por la suya. Algunos amigos llevaron al belicoso dependiente a «La Reina de las Rosas», donde estuvo escondido en el granero, vendado por la señora Ragon y felizmente olvidado. César Birotteau no tuvo en su vida más que ese momento de valor militar; durante el mes que duró su convalecencia se hizo sólidas reflexiones sobre lo ridículo que era emparentar la política con la perfumería, y si continuó siendo monárquico, decidió ser, pura y simplemente, un perfumista monárquico, sin comprometerse nunca más, entregándose en cuerpo y alma a su comercio.

El 18 de brumario, el señor y la señora Ragon, sin esperanza alguna ya en la causa monárquica, decidieron dejar la perfumería y vivir como buenos burgueses, sin mezclarse para nada en política. Para hacer efectivo el valor de su comercio tenían que encontrar un hombre que tuviese más honradez que ambición, más sentido común que capacidad; así que Ragon propuso el asunto a su primer dependiente.

Birotteau, dueño a los veinte años de una renta de mil francos en fondos públicos, dudó. Su ambición consistía en irse a vivir cerca de Chinon cuando llegase a tener mil quinientos francos de renta y cuando el primer cónsul consolidara la deuda pública al consolidarse él en las Tullerías. ¿Por qué comprometer su honesta y sencilla independencia en los riesgos comerciales? Jamás había creído llegar a ganar una fortuna tan considerable, gracias a esos riesgos que no corre uno sino en su juventud. Pensaba entonces en casarse en Turena con una muchacha que fuese tan rica como él, para poder comprar y poner en cultivo «Les Trésoriéres», pequeña propiedad que deseó desde que tuvo uso de razón; soñó con agrandarla y sacar de ella unos tres mil francos de renta, llevando allí una vida oscura y feliz. Y estaba por rehusar el ofrecimiento del señor Ragon cuando el amor cambió por completo y repentinamente sus resoluciones, decuplicando la cifra de su ambición.

Desde la traición de Ursule, César se había mostrado muy prudente, tanto por temor a los peligros que se corren en París jugando con el amor, como por las exigencias de su trabajo. Pero cuando no se satisfacen las pasiones, se convierten en una necesidad y el matrimonio es, entonces, para las gentes de la clase media, una obsesión, pues no tienen otra forma de conquistar y poseer una mujer.

César Birotteau estaba en esa situación. En el almacén de «La Reina de las Rosas» todo el trabajo recaía sobre el primer dependiente, que no encontraba ni un momento para el ocio. Con semejante vida, las necesidades se hacen más imperiosas aún; y así, el encuentro con una muchacha en la cual ni siquiera hubiera pensado un dependiente disoluto, había de producir en el juicioso César el mayor efecto. Un hermoso día de junio, al entrar en la isla de San Luis por el puente Marie, vio a una muchacha en la puerta de un comercio situado en la esquina que hace ese puente con el muelle de Anjou.

Constance Pillerault era la primera dependienta de un almacén de novedades llamado «Le Petit Matelot», el primero de los almacenes establecidos en París con más o menos rótulos pintados, banderitas al viento, colgadores llenos de chales, corbatas dispuestas en forma de castillos de naipes y otras mil atracciones comerciales; precios fijos, cintas, letreros, ilusiones y efectos de óptica llevados a un grado tal de perfeccionamiento que las vidrieras de las tiendas se han convertido en poemas comerciales. Los bajos precios de todos los artículos llamados «novedades» que había en «Le Petit Matelot» le dieron una fama sorprendente en el lugar de París menos favorable para la moda y el comercio. Esta primera dependienta era conocida por su belleza, como lo fueron después «La bella Cafetera», del café de «Las mil columnas», y otras varias muchachas que han hecho levantar hacia las ventanas de los talleres de modistas, de los cafés y de los almacenes, más narices que adoquines tienen las calles de París.

El primer dependiente de «La Reina de las Rosas», instalada entre la iglesia de San Roque y la calle de la Sourdiére, ocupado exclusivamente en su perfumería, no sospechaba la existencia de «Le Petit Matelot», pues los pequeños comercios de París son bastante extraños los unos a los otros. César quedó tan fuertemente impresionado por la belleza de Constance, que entró muy decidido en «Le Petit Matelot» para comprar seis camisas de hilo, regateando mucho los precios y haciendo que le presentasen telas y más telas, como hace una inglesa cuando va de compras (shoping). La primera dependienta se mostró condescendiente con César al darse cuenta, por algunos síntomas que conocen muy bien las mujeres, de que había venido más por la vendedora que por las camisas. Dio el joven su nombre y dirección a la dependienta, que se mostró insensible a la admiración del cliente. El pobre César, que ningún esfuerzo tuvo que hacer para ganarse los favores de Ursule, era inocente como un cordero; el amor lo atontaba más aún y no se atrevió a decir ni una palabra; tan deslumbrado estaba que ni siquiera advirtió la indiferencia que siguió a la sonrisa de la sirena vendedora.

Durante ocho días seguidos fue todas las tardes a montar la guardia ante «Le Petit Matelot», lanzando miradas como las de un perro que ve un hueso en la puerta de una cocina, y sin preocuparse de las bromas que se permitían los dependientes y las dependientas, molestándose humildemente para dejar paso a los compradores o a los que pasaban, atento a las pequeñas revoluciones de la tienda. Unos días después entró de nuevo en el paraíso donde estaba su ángel, menos por comprar pañuelos que para comunicarle una idea luminosa:

—Si necesita usted algún artículo de perfumería, señorita, yo mismo se lo traeré —dijo cuando pagaba su compra.

Constance Pillerault recibía a diario brillantes proposiciones, pero que nada tenían que ver con el matrimonio; y, aun cuando su corazón estaba tan limpio como su frente, solamente al cabo de seis meses de marchas y contramarchas con que César dio pruebas de su infatigable amor, se dignó ella a aceptar sus atenciones, pero sin comprometerse; prudencia que recomendaba el gran número de admiradores, comerciantes de vinos al por mayor, cafeteros en buena posición y otros que le ponían ojos tiernos.

El pretendiente de ahora era apoyado por el tutor de Constance, el señor Claude—Joseph Pillerault, comerciante quincallero en el muelle de la Ferraille, a quien César acabó por descubrir dedicándose a ese espionaje subterráneo que distingue al verdadero enamorado. La brevedad de este relato obliga a pasar en silencio las alegrías del amor parisiense cuando es inocente; a callar la prodigalidad peculiar de los dependientes de comercio: los primeros melones de la temporada, buenas cenas en el restaurante de Vénua, seguidas de algún espectáculo; salidas al campo en simón, los domingos...

Sin ser un muchacho guapo, César no tenía en su persona nada que impidiera ser amado. La vida de París y las muchas horas pasadas en un almacén sombrío habían acabado por apagar su primitivo color vivo de campesino; sus abundantes cabellos negros, su fuerte figura de caballo normando, sus sólidos brazos y piernas, su aspecto sencillo y honesto, todo contribuía a disponerse en su favor. El tío Pillerault, encargado de velar por la felicidad de la hija de su hermano, había tomado sus informes y aprobó los propósitos del turenés. En 1800, en el bonito mes de mayo, la señorita Pillerault dio su consentimiento para casarse con César Birotteau, que casi se desvaneció de alegría en el momento en que, bajo un tilo, en Sceaux, Constance—Barbe—Joséphine lo aceptó por esposo.

—Pequeña —le dijo el señor Pillerault—, vas a tener un buen marido. Tiene un noble corazón y sentimiento del honor; es sincero, leal y sensato; en fin, el rey de los hombres.

Constance renunció francamente a los grandes destinos en los que, como todas las dependientas, había soñado tantas veces; quiso ser una mujer honesta, una buena madre de familia y tomó la vida siguiendo el religioso programa de la clase media. Por lo demás, esa clase de vida iba mucho mejor con su temperamento que las peligrosas vanidades que seducen la imaginación de tantas jóvenes parisienses. De mentalidad un poco estrecha, Constance era el tipo de la pequeña burguesa que sabe conjugar el trabajo con el buen humor, que comienza por rechazar lo que quiere y se enoja cuando se acepta lo que propone; cuya inquieta actividad la lleva de la cocina a la caja, de los asuntos más graves a los pequeños cuidados de la ropa de casa; que ama gruñendo; que no concibe sino las ideas simples, la calderilla de la inteligencia; razona sobre todo, tiene miedo de todo, lo calcula todo y piensa siempre en el porvenir. Su belleza fría y cándida, su aire bondadoso y su aspecto saludable impidieron a Birotteau pensar en defectos, que, además, estaban compensados por esa delicada honradez natural en las mujeres, por un excesivo afán de orden, por su dedicación al trabajo y por su genio para las ventas. Constance tenía entonces dieciocho años y poseía once mil francos.

César, a quien el amor inspiró la más excesiva ambición, compró «La Reina de las Rosas» y trasladó el comercio a una bonita casa, cerca de la plaza Vendôme. Con sólo veintiún años de edad, casado con una mujer hermosa y adorada, dueño de un negocio del que había pagado ya las tres cuartas partes, tenía razones para ver y vio su porvenir con optimismo, sobre todo teniendo en cuenta el camino que había recorrido desde el punto de arranque. Roguin, notario de los Ragon, que redactó el contrato de matrimonio, dio prudentes consejos al nuevo perfumista, impidiéndole pagar el total de lo que debía a Ragon con la dote de su mujer.

—Guarda un poco de dinero para realizar algunas buenas operaciones, muchacho —le dijo.

Birotteau miró al notario con admiración, tomó la costumbre de hacerle consultas y terminó siendo su amigo. Lo mismo que Ragon y Pillerault, tenía tanta fe en el notariado, que se entregó a Roguin sin permitirse abrigar la menor sospecha.

Gracias a este consejo, en posesión de los once mil francos de Constance para comenzar el negocio, César no hubiera cambiado entonces su situación por la del primer cónsul, por muy brillante que fuese la situación de Napoleón.

Al principio, Birotteau no tuvo más sirvientas que una cocinera, y se instaló en el entresuelo, situado encima de la tienda: una pequeña habitación bastante bien decorada por un tapicero, donde los recién casados iniciaron una eterna luna de miel.

La señora Birotteau apareció como una maravilla tras el mostrador. Su belleza, que era célebre, tuvo gran influencia en las ventas y, entre los galantes del Imperio, la conversación más frecuente era sobre la belleza de la señora Birotteau. Si César era acusado de monarquismo, todos hacían justicia a su honradez; si algunos comerciantes vecinos tuvieron envidia de su felicidad, todos lo tenían por hombre digno. El balazo que recibió en las escaleras de la iglesia de San Roque le valió la reputación de ser un hombre enterado de los secretos de la política y la fama de ser un hombre valiente, aun cuando él no tuvo jamás ningún valor militar en el corazón, ni una idea política en el cerebro. Con esos antecedentes, las gentes honestas del barrio lo nombraron capitán de la Guardia Nacional, pero fue anulado el nombramiento por Napoleón, quien, según Birotteau, le guardaba rencor por su encuentro en el mes de vendimiario. Con ese motivo, César se ganó, por poco precio, una fama de hombre perseguido que lo hizo interesante a los ojos de los opositores y que le sirvió para darse alguna importancia.

Vamos a ver ahora cuál fue la suerte de este matrimonio, constantemente feliz por lo que hace a sus sentimientos, pero agitado por las preocupaciones comerciales.

Durante el primer año, César Birotteau puso a su esposa al corriente en todo lo relativo a la venta al detalle de los artículos de perfumería, en cuyo trabajo se desempeñaba admirablemente: parecía estar hecha y haber venido al mundo para satisfacer a los clientes. Al terminar ese primer año, el inventario asombró al ambicioso perfumista: deducidos todos los gastos, ganaría en veinte años un capital de cien mil francos, cifra en la que había puesto su felicidad. Decidió entonces alcanzar esa fortuna más rápidamente y quiso, por de pronto, unir la fabricación a la venta al por menor. Contra la opinión de su esposa, alquiló un cobertizo y un terreno en el barrio del Temple y mandó pintar un letrero en gruesos caracteres: FÁBRICA DE CÉSAR BIROTTEAU. Hizo venir de Grasse un obrero especializado, con quien inició, repartiéndose por igual los beneficios, la fabricación de jabón, de esencias y de agua de Colonia. Su asociación con el obrero no duró más que seis meses y terminó con pérdidas que hubo de soportar Birotteau por entero. Sin desanimarse por ello, se decidió a obtener un buen resultado, costase lo que costase, únicamente para no ser regañado por su esposa, a la cual declaró más tarde que en esa época le hervía la cabeza como una marmita y que en varias ocasiones, a no ser por sus profundos sentimientos religiosos, se habría arrojado al Sena.

Preocupado por algunas experiencias infructuosas, caminaba un día a lo largo de los bulevares, de vuelta para la cena, en plan de paseo —pues el paseante parisiense es más a menudo un desesperado que un ocioso—, cuando entre varios libros baratos que vio en una cesta puesta en el suelo se fijó en uno, sucio de polvo, que se titulaba Abdeker, o el Arte de conservar la Belleza. Tomó en sus manos el supuesto libro árabe, especie de novela escrita por un médico del siglo XVIII, y paró su atención en una página en que se hablaba de perfumes. Apoyado en un árbol del paseo para hojear el libro, leyó una nota en la que el autor explicaba la naturaleza de la dermis y de la epidermis y demostraba que tal pasta o tal jabón daban rigidez a la piel, cuando lo que necesitaba era precisamente elasticidad, o a la inversa. Birotteau compró el libro, en el cual vio una fortuna.

Sin embargo, desconfiando de sus propios conocimientos, fue a ver a un célebre químico, Vauquelin, a quien pidió que le informara sobre los medios para preparar un doble cosmético que produjese los efectos apropiados a las diferentes naturalezas de la epidermis. Los verdaderos sabios, esos hombres realmente grandes en el sentido de que nunca consiguen, en vida, esa fama que haría que sus inmensos trabajos fuesen debidamente pagados, son casi todos muy serviciales y amables para con los pobres de espíritu. Vauquelin, pues, protegió al perfumista y le permitió llamarse inventor de una pasta para blanquear las manos, cuya composición le indicó. Birotteau puso a este cosmético el nombre de «Doble Pasta de los Sultanes». Para completar la obra, aplicó el procedimiento de la pasta para las manos a un agua para teñir, que llamó «Agua Carminativa». Imitando en parte el sistema de «Le Petit Matelot», empleó, por primera vez entre los perfumistas, ese lujo de carteles, anuncios y medios de publicidad que llevan, quizá injustamente, el nombre de charlatanismo.

La «Pasta de los Sultanes» y el «Agua Carminativa» se dieron a conocer en el mundo elegante y comercial por medio de carteles en colores, a la cabeza de los cuales figuraban estas palabras: « ¡Aprobados por el Instituto! ». Esta fórmula, empleada por primera vez, tuvo un efecto mágico. No solamente Francia, sino también todo el continente fue empavesado con carteles amarillos, rojos y azules por el soberano de «La Reina de las Rosas», que fabricaba, tenía y vendía, a precios moderados, todo lo concerniente a su ramo. En una época en que no se hablaba más que de Oriente, llamar a un cosmético cualquiera «Pasta de los Sultanes» era una inspiración que podía llegar lo mismo a un hombre vulgar que a un hombre de talento; pero como el público juzga siempre por los resultados, Birotteau pasó por ser un hombre superior, comercialmente hablando, cuando redactó él mismo un prospecto cuya fraseología ridícula fue un elemento del éxito: en Francia no se ríe más que de los hombres y de las cosas de que se habla, y nadie habla de lo que no tiene éxito. Aunque Birotteau no demostró nunca ser un tonto, se le reconoció ahora el talento de saber hacer el tonto a tiempo. No sin trabajos ha podido hallarse un ejemplar de ese prospecto en la casa Popinot y Compañía, drogueros, de la calle de Lombards. Este curioso documento es de los que, en un medio más elevado, suelen llamar los historiadores «piezas justificativas». He aquí su texto:

DOBLE PASTA DE LOS SULTANES Y AGUA CARMINATIVA

De César Birotteau

MARAVILLOSO DESCUBRIMIENTO

Aprobado por el Instituto de Francia

Desde hace mucho tiempo eran deseadas por los dos sexos una pasta para las manos y un agua para el rostro que diesen un resultado mejor que el agua de Colonia en materia de tocador.

Después de haber dedicado muchas horas al estudio de la dermis y la epidermis en personas de los dos sexos, quienes dedican, y con razón, el mayor cuidado a la suavidad, a la flexibilidad, al brillo y al aterciopelado de la piel, el señor Birotteau, perfumista ventajosamente conocido en Francia y en el extranjero, ha descubierto una pasta y un agua que desde su aparición han sido llamadas por los elegantes de París, con toda justicia, maravillosas.

En efecto, ambos productos poseen asombrosas propiedades que actúan sobre la piel sin arrugarla prematuramente, efecto que siempre causan las drogas empleadas inconscientemente hasta hoy, inventadas por ignorantes presumidos.

Este descubrimiento tiene su fundamento en la división de los temperamentos, que se clasifican en dos grandes grupos, señalados por el color de la pasta y el agua, que es rosado para las dermis y epidermis de las personas de constitución linfática, y blanco para quienes tienen un temperamento sanguíneo.

La pasta se llama «Pasta de los Sultanes» porque fue ya descubierta, con destino al serrallo, por un médico árabe. Ha sido aprobada por el Instituto a partir de un informe del ilustre químico Vauquelin, lo mismo que el agua, preparada con sujeción a los mismos principios que han servido para la composición de la pasta.

Esta preciosa pasta, que exhala los más deliciosos perfumes, hace que desaparezcan las más rebeldes manchas rojizas de la piel, blanquea las epidermis más recalcitrantes y evita el sudor de las manos, de que tanto se quejan lo mismo las mujeres que los hombres.

El «Agua Carminativa» hace que desaparezcan esos granitos que, en ciertas ocasiones, salen inopinadamente a las mujeres, contrariando sus proyectos para el baile; refresca y reaviva los colores, abriendo o cerrando los poros, según las exigencias de cada temperamento; es tan conocida ya como inmejorable para detener la acción del tiempo, que muchas mujeres la llaman, por agradecimiento, «La amiga de la belleza».

El agua de Colonia es, pura y simplemente, un perfume trivial, sin eficacia especial alguna, en tanto que la «Doble Pasta de los Sultanes» y el «Agua Carminativa» son dos composiciones que operan sin peligro para las cualidades internas, más bien secundándolas; sus perfumes, esencialmente balsámicos y de un espíritu jovial, alegran admirablemente el corazón y el cerebro, animan a las ideas y las despiertan; son tan asombrosas por sus méritos como por su simplicidad; en fin, es un atractivo más que se ofrece a las mujeres, y un medio de seducción que los hombres pueden adquirir.

El uso diario del agua disipa el escozor producido por la navaja de afeitar; igualmente preserva a los labios de las grietas y los mantiene rojos; hace que, a la larga, desaparezcan las pecas y acaba por devolver su tono a la piel. Estos efectos indican siempre en el hombre un perfecto equilibrio en los humores, lo que ayuda a evitar la jaqueca a las personas propensas a esa terrible enfermedad. En fin, el «Agua Carminativa», que puede ser usada por las mujeres en toda ocasión, previene las afecciones cutáneas sin impedir la transpiración de los tejidos, al mismo tiempo que les da el aspecto del terciopelo.

Dirigirse, franco de porte, al señor César Birotteau, sucesor de Ragon, antiguo perfumista de la reina María Antonieta, en «La Reina de las Rosas», calle de Saint—Honoré, París, cerca de la plaza Vendôme.

El precio de cada pastilla de pasta es de tres francos, y el de cada botella, de seis francos.

El señor César Birotteau previene al público que, para evitar imitaciones, la pasta va envuelta en un papel que lleva su firma, y que las botellas tienen un sello incrustado en el vidrio.

El éxito comercial fue debido, sin que César tuviera sobre ello la menor duda, a que Constance le aconsejó enviar el «Agua Carminativa» y la «Pasta de los Sultanes» por cajas a todos los perfumistas de Francia y del extranjero, ofreciéndoles una ganancia del treinta por ciento si querían comprar esos dos artículos por gruesas. La pasta y el agua valían, en realidad, más que los cosméticos análogos y seducían a los ignorantes por la distinción establecida para los dos temperamentos: los quinientos perfumistas de Francia, atraídos por la ganancia, compraron anualmente más de trescientas gruesas cada uno de pasta y de agua, consumo que dejaba beneficios restringidos por unidad, pero enormes por la cantidad. César pudo comprar entonces los galpones y terrenos del barrio del Temple, levantó en ellos amplias fábricas y decoró magníficamente su almacén de «La Reina de las Rosas»; disfrutó en su hogar de las pequeñas felicidades de la holgura y su esposa ya no tembló tanto.

En 1810, la señora Birotteau previó un alza en los alquileres y animó a su marido para hacerse el principal locatario de la casa donde tenían la tienda y el entresuelo, y poner su vivienda en el primer piso. Una circunstancia feliz decidió a Constance a cerrar los ojos ante las locuras que Birotteau hizo por ella en la vivienda. El perfumista acababa de ser elegido juez del Tribunal de Comercio. Su honradez, su conocida corrección y la consideración de que gozaba le valieron esa dignidad que lo situó, para lo sucesivo, entre los comerciantes notables de París. Para aumentar sus conocimientos, se levantaba a las cinco de la mañana, leía los repertorios de jurisprudencia y los libros que trataban de litigios comerciales. Su sentimiento de la justicia, su rectitud, su buena voluntad, cualidades esenciales para la debida apreciación de las diferencias sometidas a las sentencias consulares, lo convirtieron en uno de los jueces más estimados. Sus defectos contribuyeron también a su reputación. Comprendiendo su inferioridad, César subordinaba de muy buena gana sus apreciaciones a las de sus colegas, halagados al verse escuchados tan atentamente por él: unos buscaban la silenciosa aprobación de un hombre tenido por inteligente como oidor; otros, encantados de su modestia y de sus buenas maneras, lo ensalzaban; los sometidos a la acción de la justicia alababan su benevolencia, su espíritu conciliador, y a menudo fue elegido árbitro de sus diferencias, casos en los cuales su buen sentido le sugería una justicia de cadí. Durante el tiempo que duraron las funciones de su cargo supo componer un lenguaje repleto de lugares comunes, sembrado de axiomas y de sentencias expresados en frases bien redondeadas que, dichas con suavidad, sonaban a elocuentes en los oídos de las gentes superficiales. Agradó también a esa mayoría naturalmente mediocre, de ideas muy estrechas y condenada al trabajo para toda la vida. César perdía tanto tiempo en el Tribunal que su esposa lo obligó a renunciar, para lo sucesivo, a un honor tan costoso..

Hacia 1813, gracias a que siempre se entendían muy bien, y después de haber vivido muy modestamente, el matrimonio vio comenzar una era de prosperidad que, según parecía, no había de interrumpirse. Los señores de Ragon, sus predecesores; su tío Pillerault, el notario Roguin, los Matifat, drogueros de la calle de Lombards, proveedores de «La Reina de las Rosas»; Joseph Lebas, comerciante en paños, sucesor de los Guillaume en «El gato que pelotea», una de las lumbreras de la calle Saint—Denis; el juez Popinot, hermano de la señora Ragon; Chiffreville, de la casa «Protez y Chiffreville»; el matrimonio Cochin, empleados del Tesoro y comanditarios de los Matifat; el cura Loraux, confesor y director espiritual de todas esas gentes, constituían el círculo de sus amistades.

Pese a los sentimientos monárquicos de Birotteau, la opinión pública estaba entonces a su favor, pues pasaba por ser muy rico, aun cuando no poseía más de cien mil francos, aparte de su comercio. La regularidad de sus negocios, su exactitud en el cumplimiento de las obligaciones, su costumbre de no deber nunca nada a nadie, de no vender jamás sus valores y, al contrario, de comprárselos a aquellos a quienes podía ser útil, y su buena disposición para hacer favores, le dieron un crédito enorme.

Por otra parte, si era cierto que había ganado mucho dinero, sus pabellones y sus fábricas lo obligaban también a fuertes inversiones. Además, el sostenimiento de su casa le costaba alrededor de veinte mil francos al año. Y, en fin, la educación de Césarine, hija única idolatrada por sus padres, requería grandes gastos, pero ni el marido ni la mujer reparaban en ello cuando se trataba de dar un gusto a su hija, de la que nunca quisieron separarse. Imagínense ustedes la alegría del buen campesino enriquecido cuando oía a su encantadora Césarine tocar al piano una sonata de Steibelt o cantar una romanza; cuando la veía escribir el francés correctamente; o leyendo a los Racine, padre e hijo, y explicando luego las bellezas de esas lecturas; o dibujando un paisaje o pintando en sepia. ¡Qué felicidad para él verse revivir en una flor tan bella, tan pura, que aun no había dejado el tronco materno; un ángel, en fin, cuyas gracias nacientes y cuyas primeras manifestaciones fueron seguidas con tanto amor! Una hija única, incapaz de despreciar a su padre, ni de burlarse de su falta de instrucción; aun cuando ella era una verdadera señorita.

Cuando llegó a París, César sabía leer, escribir y contar, pero ahí terminaba su instrucción; luego su vida, tan trabajosa, le había impedido adquirir ideas y conocimientos que no fuesen los relacionados con la perfumería. Alternando constantemente con gentes a quienes las ciencias y las letras les eran completamente indiferentes y cuya instrucción se limitaba a lo relativo a la especialidad a que cada uno se dedicaba; sin tiempo para afanarse en estudios superiores, el perfumista se convirtió en un hombre práctico. Adoptó, con esfuerzo, el lenguaje, los errores y las opiniones de ese burgués de París que admira a Moliére, a Voltaire y a Rousseau por lo que ha oído decir; que compra sus libros, pero que no los lee; que afirma que debe decirse «ormario» y no «armario», porque las mujeres guardan en ese mueble el oro. Potier, Talma y la Mars eran diez veces millonarios y no vivían como los demás mortales: el gran trágico comía carne cruda; la Mars mandaba, a veces, guisar sus perlas, para imitar a una célebre actriz egipcia. El emperador llevaba en su chaleco bolsillos de cuero para poder tomar su tabaco a puñados y subía a caballo, a galope tendido, las escaleras del palacio de Versalles. Los escritores y los artistas morían en el hospital a consecuencia de sus excentricidades; además, todos eran ateos y había que cuidarse mucho de recibirlos en casa. Joseph Lebas refería, con espanto, el matrimonio de su cuñada Augustine con el pintor Sommervieux. Los astrónomos se alimentaban de arañas. Estos puntos luminosos de sus conocimientos en lengua francesa, en arte dramático, en política, en literatura y en ciencias explicaban el alcance de estas inteligencias burguesas. Un poeta que pasara por la calle de Lombards podía, al sentir el olor de ciertos perfumes, soñar con Asia; admirar a las danzarinas orientales mientras aspiraba el aroma del vetiver; conmovido por el brillo de la cochinilla, podía encontrar en él los poemas brahamánicos, sus religiones y sus castas; al ver un pedazo de marfil en bruto, subirse con la imaginación al lomo de un elefante, meterse en una jaula de muselinas y hacer en ella el amor, como el rey de Lahore. Pero el pequeño comerciante ignora de dónde vienen y dónde se dan los productos con los que opera. Birotteau, perfumista, no sabía una palabra de historia natural ni de química. Tenía a Vauquelin por un gran hombre, considerándolo como una excepción. Era Birotteau de la clase de aquel almacenero que terminó así una discusión sobre la manera de traer el té:

—El té —dijo— sólo viene de dos maneras: por caravana o por el puerto de El Havre.

Según Birotteau, el áloe y el opio solamente podían encontrarse en la calle de Lombards. El agua de rosas, que se decía llegaba de Constantinopla, se hacía, lo mismo que el agua de Colonia, en París. Esos nombres de lugares extraños no eran otra cosa que mentiras inventadas para dar gusto a los franceses, que no conceden ningún mérito a las cosas de su país. Un comerciante francés debía decir que su descubrimiento era inglés para que se pusiera de moda, de la misma manera en Inglaterra un droguero atribuía sus inventos a Francia. Sin embargo, César nunca era completamente estúpido: su honradez y su bondad daban a todos los actos de su vida un tono que los hacía respetables, ya que una bella acción hace que se toleren todas las ignorancias posibles. Su éxito constante le dio seguridad y aplomo. En París, esa seguridad se acepta porque es señal de poder. Habiendo conocido bien a su marido durante los tres primeros años de matrimonio, Constance tenía continuas inquietudes; ella representaba en la casa la parte sagaz y previsora, la duda, la oposición, el temor, como César representaba la audacia, la acción, la ambición, el extraño gusto de la fatalidad. Pero, pese a las apariencias, él era pusilánime, en tanto que su mujer tenía, en realidad, paciencia y ánimo. Y así, un hombre temeroso, mediocre, sin instrucción, sin ideas, sin conocimientos, sin carácter y que no reunía ninguna condición para triunfar en el terreno más resbaladizo del mundo, llegó a pasar por un hombre notable, animoso y resuelto, gracias a su conducta intachable, a su sentimiento de lo justo, a la bondad de su alma, verdaderamente cristiana, y al amor por la única mujer que había conocido en su vida. Y es que el público no ve más que los resultados. Fuera de Pillerault y del juez Popinot, las personas con quienes tenía relación no podían juzgar a César, puesto que no lo conocían más que superficialmente. Por otra parte, las veinte o treinta personas que formaban el círculo de sus amistades no decían más que cosas insustanciales, repetían los mismos lugares comunes y se consideraban unas a otras como gentes superiores, cada cual en su esfera de acción. Sus mujeres comían y vestían muy bien, y con soltar alguna palabra despectiva sobre sus maridos, ya lo decían todo. Únicamente la señora Birotteau tenía el buen sentido de tratar al suyo con respeto ante la gente: veía en él al hombre que, pese a sus secretas incapacidades, había conseguido hacer una fortuna y labrarse una reputación, que ella compartía. Sólo que, a veces, se preguntaba qué era, en realidad, el mundo si todos los hombres tenidos por superiores se parecían a su marido. Esta conducta de la esposa contribuyó no poco a mantener la respetuosa estimación con que se distinguía a su esposo, en un país donde las mujeres son tan inclinadas a despreciar a sus maridos y a quejarse de ellos.

Los primeros días del año 1814, tan malo para la Francia imperial, fueron memorables en la casa de los Birotteau por dos acontecimientos, intrascendentes en cualquier otro matrimonio, pero impresionantes para unas almas tan sencillas como las de César y su esposa, que, mirando a su pasado, no encontraban en él otra cosa que dulces emociones. Habían tomado como primer dependiente a un joven de veintidós años, llamado Ferdinand du Tillet. Este muchacho, que había trabajado en una casa de perfumería donde no quisieron interesarlo en los beneficios, y que pasaba por ser un genio, se movió mucho para conseguir entrar como dependiente en «La Reina de las Rosas», cuyos dueños y sus costumbres le eran conocidos. Birotteau lo acogió y le dio mil francos de sueldo, con la intención de hacerlo su sucesor. Tuvo Ferdinand tanta influencia en el destino de esa familia, que es necesario hablar de él un poco.

Por de pronto, se llamaba únicamente Ferdinand, sin apellido, lo cual le pareció muy ventajoso en aquellos días en que Napoleón presionaba a las familias para que le diesen soldados; sin embargo, había nacido en cierto sitio, a consecuencia de un capricho cruel y voluptuoso. He aquí un poco de información sobre su estado civil. En 1793, una pobre muchacha de Tillet, una aldea situada cerca de Andelys, en el departamento del Eure, dio a luz una noche en el huerto del cura de la iglesia de Tillet, llamó luego a la puerta de la casa curial y después se arrojó al río, donde pereció ahogada. El buen sacerdote recogió al niño, lo bautizó con el nombre del santo que figuraba aquel día en el calendario y lo alimentó y lo educó como si fuera su hijo. El cura murió en 1804, sin dejar bienes suficientes para continuar educando a Ferdinand. Lanzado éste a París, llevó una vida de filibustero, cuyos azares podían conducirlo lo mismo a la cárcel que a la fortuna, a la abogacía o al ejército, al comercio o a servir de criado. Obligado a vivir como un verdadero Fígaro, se hizo viajante de comercio y luego dependiente de una perfumería en París, adonde había vuelto después de haber recorrido toda Francia, estudiado a las gentes y tomado la resolución de triunfar en la capital, costara lo que costase. En 1813 creyó conveniente conocer su edad y darse un estado civil, para lo cual solicitó del Tribunal de Andelys que su inscripción en el registro de la iglesia pasara al de la alcaldía, y pidió que se le diese el apellido de Du Tillet. Sin padre ni madre, sin otro tutor que el procurador imperial, solo en el mundo, no teniendo que rendir cuentas a nadie, tratando a la sociedad sin la menor consideración por parecerle desnaturalizada como una madrastra, no tuvo más guía que su propio interés y todos los medios de hacer fortuna le parecían buenos.

Este normando, provisto de peligrosas cualidades personales, unía a su deseo de triunfar los deseos que se reprochan, con razón o sin ella, a los naturales de esa región. Sus maneras suaves disimulaban un temperamento embrollón, pues era un verdadero pleitista que si discutía con la mayor audacia el derecho de los demás, nunca cedía nada del suyo y acababa por cansar a su adversario a fuerza de una tenacidad y perseverancia sostenidas todo el tiempo necesario. Su mérito principal era el mismo que el del Scapin de la vieja comedia: Poseía su misma fertilidad de recursos, su habilidad para bordear la ley y sus deseos de quedarse con lo ajeno. En fin, pensaba aplicar a su indigencia lo que el cura Terray decía del Estado: deja para más tarde el convertirte en hombre honrado. Dotado de una gran actividad, de una audacia militar para pedir a todo el mundo algo bueno o malo, justificando su demanda con la teoría del interés personal, despreciaba a los hombres por creerlos venales, no tenía escrúpulo alguno en la elección de los medios, pues a todos los tenía por buenos, y tarde o temprano había de triunfar, pues consideraba al éxito y al dinero como la absolución de todo el mecanismo moral. Un hombre semejante, situado entre la cárcel y la riqueza, tenía que ser vengativo, imperioso, rápido en sus determinaciones, pero disimulado como un Cromwell que quería cortar la cabeza a la Moral. La condición de su carácter estaba disimulada por un espíritu bromista y ligero. Simple dependiente de perfumería, no ponía límites a su ambición; había echado sobre toda la sociedad una mirada de odio, diciéndose: « ¡Serás mía!». Había jurado no casarse hasta los cuarenta años, y así lo hizo.

Físicamente, Ferdinand era un joven esbelto, de aspecto agradable y de modales muy flexibles, lo que le permitía ponerse a tono con cualquier clase de gentes. Su rostro delgado y de expresión inteligente agradaba a primera vista, pero luego, al tratarlo más, se advertían en él extrañas expresiones, como las que suelen mostrar las personas mal avenidas consigo mismas y a quienes la conciencia les gruñe en algunos momentos. Su piel era rojiza y áspera. La mirada de sus ojos zarcos era huidiza, pero temible cuando se fijaba en su víctima. Su voz era apagada, como la de un hombre que ha estado hablando durante mucho tiempo. Sus labios delgados no carecían de gracia, pero su nariz puntiaguda y su frente ligeramente abombada denunciaban un defecto de raza. En fin, sus cabellos, de un color parecido al de los que se tiñen de negro, expresaban una mezcolanza social que tenía la mentalidad de un gran señor libertino, la ordinariez de una muchacha aldeana seducida, los conocimientos de una educación incompleta y los vicios de su estado de abandono.

Birotteau se enteró con el mayor asombro de que su dependiente salía de casa muy elegantemente vestido, de que volvía muy tarde y de que acudía a los bailes que daban los banqueros o los notarios. Estas costumbres desagradaron a César; de acuerdo con sus ideas, los dependientes debían estudiar los libros de la casa y pensar exclusivamente en su obligación. El perfumista, extrañado de las frivolidades del dependiente, le reprochó con suavidad que llevara ropa muy fina y que usara tarjetas de visita en las que su nombre estaba indicado así: «F. Du Tillet», costumbre que, en su jurisprudencia comercial, quedaba reservada a las gentes del gran mundo.

Ferdinand había venido a casa de este Orgón con las intenciones de Tartufo: hizo el amor a la señora Birotteau, intentó seducirla y juzgó a su patrón como ella misma lo había juzgado, pero con asombrosa rapidez. Aunque discreto y reservado, no diciendo nunca más de lo que quería decir, Tillet expuso sus opiniones sobre los hombres y sobre la vida de tal modo que asustó a una mujer timorata que compartía la religión de su esposo y que consideraba un crimen hablar mal del prójimo. No obstante la discreción de la señora Birotteau, Tillet se dio cuenta del desprecio que le inspiraba. Constance, a quien Ferdinand había dirigido algunas cartas amorosas, advirtió muy pronto un cambio en la actitud del dependiente, que adoptó ante ella un aire de superioridad, como haciendo ver que se habían entendido. Sin explicar a su esposo las verdaderas razones, le aconsejó que despidiese a Ferdinand. Birotteau se mostró de acuerdo con su mujer en esta cuestión y decidió despedir al dependiente.

Tres días antes de comunicárselo, un sábado por la noche, Birotteau hizo el acostumbrado arqueo mensual de caja y advirtió que faltaban tres mil francos. Su consternación fue grande, menos por la pérdida del dinero que por las sospechas que se cernían sobre tres dependientes, una cocinera, un muchacho de almacén y los obreros habituales. ¿Quién sería el culpable? La señora Birotteau no abandonaba el mostrador; el dependiente encargado de la caja era un sobrino del señor Ragon, llamado Popinot, un joven de diecinueve años que vivía con ellos y era la honradez misma. Los números, en desacuerdo con la caja, acusaban el déficit e indicaban que el robo se había cometido después del último balance.

Los esposos decidieron no decir una palabra a nadie y vigilar la casa. El domingo siguiente recibían a sus amistades. Las familias que componían esa sociedad se festejaban por turno. Jugando a los naipes, el notario Roguin puso sobre el tapete unos viejos luises de oro que la señora Birotteau había recibido algunos días antes de una recién casada, la señora Espard.

—Usted ha robado algún cepillo de iglesia —dijo, sonriendo, el perfumista.

Roguin explicó que había ganado ese dinero a Tillet, en casa de un banquero. Tillet confirmó lo dicho por el notario, sin sonrojarse. En cambio, el perfumista se puso colorado.

Terminada la velada, cuando Ferdinand se disponía a acostarse, Birotteau se lo llevó al almacén con el pretexto de hablar del negocio.

—Du Tillet —le dijo el buen hombre—, en mi caja faltan tres mil francos y no tengo motivos para sospechar de nadie; pero lo sucedido con los viejos luises parece estar contra usted, por lo cual me he decidido a hablarle. No nos acostaremos sin antes haber encontrado el error porque, después de todo, no puede tratarse más que de un error. Quizá haya retirado usted algún dinero a cuenta de su sueldo.

Tillet dijo que, efectivamente, había retirado los luises. Birotteau abrió el libro mayor, pero la cantidad no estaba anotada en la cuenta del dependiente.

—Tenía mucha prisa y la anotación debía hacerla Popinot —dijo Ferdinand.

—Está bien —contestó Birotteau, confundido ante la fría impasibilidad del normando, que conocía muy bien a las personas entre las cuales había venido a hacer fortuna.

El perfumista y su dependiente pasaron la noche en comprobaciones que el digno comerciante sabía habían de resultar inútiles. Yendo y viniendo de un lado para otro, César aprovechó un momento para introducir en la caja tres billetes de mil francos; luego, fingiendo estar agotado por la fatiga, hizo como que dormía, y aun roncó. Tillet lo despertó con aire de triunfo y expresando una gran alegría por haber aclarado el error. Al día siguiente, Birotteau regañó a su esposa y al joven Popinot, irritándose por su negligencia.

Quince días después, Ferdinand du Tillet entró a trabajar en la oficina de un agente de cambio: la perfumería no le interesaba, dijo, y quería estudiar la Banca. Cuando salió de la casa de Birotteau, habló de la esposa del perfumista haciendo ver que había sido despedido por celos.

Unos meses después, Tillet fue a ver a su antiguo patrón y le pidió una garantía por veinte mil francos a fin de completar la que le pedían para entrar en un negocio que le pondría en camino de hacer fortuna. Al notar la sorpresa que expresó Birotteau ante esa desvergüenza, Tillet frunció las cejas y le preguntó si no tenía confianza en él. Matifat y dos hombres de negocios que tenían relaciones comerciales con Birotteau advirtieron también la indignación del perfumista, que reprimió su irritación en su presencia. Tal vez Tillet se había convertido en un hombre honrado; puede que su falta se debiera a alguna querida, o a una pérdida en el juego, y una reprimenda en público podía arrojar al camino del crimen a un hombre joven y quizá en vías de arrepentimiento. Así que Birotteau, este ángel, tomó la pluma y firmó el aval que le había pedido Tillet, diciendo que hacía de todo corazón este pequeño favor a un muchacho que le había sido muy útil y servicial. La sangre le subió al rostro al decir esta mentira oficiosa. El ex dependiente no pudo sostener la mirada de este hombre, y desde ese momento le declaró un odio sin tregua, como el que los ángeles de las tinieblas concibieron contra los ángeles de la luz.

Tillet supo mantenerse con tanta habilidad en la cuerda floja de las especulaciones financieras que dio la sensación de ser elegante y rico antes de serlo en realidad. Adquirió un cabriolé y ya no lo dejó; se mantuvo en el plano elevado de las gentes que alternan los placeres con los negocios, haciendo del foyer de la ópera una sucursal de la Bolsa: los Turcaret de la época. Gracias a la señora Roguin, a la que conoció en casa de los Birotteau, se introdujo muy pronto entre los hombres más destacados de las finanzas. En ese momento, Ferdinand du Tillet había alcanzado una prosperidad que no tenía nada de ficticia. En muy buenas relaciones con la casa Nucingen, donde Roguin lo había introducido, trabó muy pronto amistad con los hermanos Keller y con la alta Banca. Nadie sabía de dónde le habían venido a este muchacho los grandes capitales que manejaba, pero se atribuyó su fortuna a su talento y a su honradez.

La Restauración hizo de César un personaje, a quien, naturalmente, el torbellino de las crisis políticas le borró de la memoria esos dos accidentes domésticos. La inmutabilidad de sus opiniones monárquicas —que no le interesaban desde que fue herido, pero a las que se mantuvo fiel por decoro— y el recuerdo de su entusiasmo en el mes de vendimiario le valieron altas protecciones, precisamente porque no pidió nada. Fue nombrado jefe de batallón en la Guardia Nacional, aunque era incapaz de dar ni una voz de mando. En 1815, Napoleón, siempre enemigo de Birotteau, lo destituyó. Durante los Cien Días, Birotteau fue la «bestia negra» de los liberales de su barrio, porque hasta 1815 no comenzaron las escisiones entre los comerciantes, unánimes hasta entonces en sus deseos de esa tranquilidad política que tanto necesitan los negocios.

En la segunda Restauración, el gobierno del rey tuvo que renovar el Concejo Municipal, y el prefecto quiso nombrar alcalde a Birotteau. Gracias a las consideraciones que le hizo su esposa, el perfumista aceptó únicamente el cargo de teniente de alcalde, que no lo hacía destacar tanto. Esta modestia sirvió para que aumentase mucho la estima en que se lo tenía generalmente y le valió la amistad del alcalde, el señor Flamet de La Billardiére. El propio Birotteau se lo recomendó al prefecto —quien lo consultó sobre la designación—, pues lo conocía de acudir a «La Reina de las Rosas» en el tiempo en que la tienda servía de centro de reunión a los conspiradores monárquicos. Jamás fueron olvidados los señores Birotteau en las invitaciones que distribuía el alcalde. Y, en fin, la señora Birotteau formó con frecuencia la mesa petitoria de la iglesia de San Roque, siempre en compañía de las señoras más distinguidas.

La Billardiére prestó un gran servicio a Birotteau cuando hubo que distribuir entre los componentes del Concejo Municipal las cruces concedidas, fundándose para ello en la herida recibida en San Roque, en su adhesión a los Borbones y en la reputación de que gozaba. El gobierno, que al prodigar la cruz de la Legión de Honor quería deshacer la obra de Napoleón, ganar adhesiones y aliar a los Borbones con el comercio y los hombres del arte y de la ciencia, incluyó a Birotteau en la primera promoción. Este favor, en armonía con el gran ascendiente que tenía el perfumista en su distrito, lo colocaba en un plano en el que, naturalmente, debían agrandarse las aspiraciones de un hombre al que hasta entonces todo le había salido bien. La noticia que de esa designación le dio el alcalde fue el argumento decisivo para que César decidiera lanzarse a la operación que acababa de exponer a su esposa, con objeto de dejar cuanto antes la perfumería y elevarse a las regiones de la alta burguesía de París.

César tenía entonces cuarenta años. Los trabajos a que se dedicaban en su fábrica le habían provocado algunas arrugas prematuras y habían plateado un poco la espesa cabellera en la que la presión del sombrero marcaba un aro brillante. Su frente, en la que el cabello dibujaba cinco puntas, denunciaba la simplicidad de su vida. Sus cejas espesas no causaban temor porque sus ojos azules armonizaban, por su mirada limpia y franca, con su frente de hombre honrado. Su nariz, estrecha en su arranque y gruesa en su extremo, le daba el aire atontado de los papanatas de París. Sus labios eran muy gruesos y su gran barbilla avanzaba derecha. Su rostro, muy colorado y de forma cuadrada, ofrecía, por la disposición de las arrugas y por el conjunto de la fisonomía, el aspecto ingenuamente astuto del campesino. La fortaleza de su cuerpo, el grosor de sus brazos y piernas, la anchura de la espalda, el gran tamaño de los pies, todo denunciaba al aldeano trasplantado a la capital. Sus manos anchas y velludas, las gruesas falanges de sus dedos arrugados, sus grandes uñas cuadradas habrían denotado su origen, aunque no hubieran quedado otros vestigios en su persona. Tenía en los labios esa sonrisa con que obsequian los comerciantes a todo el que entra en su tienda, pero la de Birotteau era el reflejo de su satisfacción interior y denotaba el estado tranquilo de su alma. Su desconfianza no rebasaba jamás los límites comerciales y su astucia la dejaba en la puerta de la Bolsa al salir o cuando cerraba el libro mayor. La prevención era para él lo que eran sus facturas impresas: una necesidad de la venta misma. Su cara ofrecía una especie de seguridad cómica, de fatuidad mezclada con bonachonería, y le daba una originalidad que impedía confundirlo con la figura chata del burgués parisiense. Sin ese aire de ingenua admiración y confianza en su persona, habría impuesto demasiado respeto, pero con él se acercaba a los hombres, pagando así su correspondiente cuota de ridiculez.

Cuando hablaba tenía la costumbre de cruzar las manos detrás de la espalda; cuando creía haber dicho algo ingenioso o importante se levantaba imperceptiblemente sobre la punta de los pies por dos veces y caía luego pesadamente sobre sus talones, como para apoyar su frase. A veces, en lo más acalorado de una discusión, daba media vuelta y caminaba algunos pasos, como si fuera a buscar argumentos, para volver luego sobre su adversario con un movimiento brusco. No interrumpía jamás y a menudo resultaba víctima de esta rígida observancia de las conveniencias, pues los demás no lo dejaban hablar y el buen hombre se marchaba sin haber podido decir una palabra.

Su gran experiencia en asuntos comerciales le había dado costumbres que algunos calificaban de manías. Si alguna letra de cambio no era pagada en su plazo, la enviaba al ujier y no se preocupaba más de ello hasta recibir su importe, más los gastos de protesto e intereses, siendo de cuenta del ujier seguir el asunto hasta que el comerciante deudor se declarase en quiebra; si llegaba este caso, César ya no se movía más, no comparecía a ninguna reunión de acreedores y se guardaba las letras. Este sistema y su gran desprecio por los que quebraban le venían del señor Ragon, quien en el curso de su vida comercial había acabado por advertir tan grande pérdida de tiempo en esa clase de litigios, que consideraba que lo poco que se podía sacar de un comerciante en quiebra quedaba ampliamente compensado empleando en otras cosas el tiempo que se perdía en idas y vueltas, en gestiones y más gestiones, corriendo además el riesgo de aparecer como un hombre sin misericordia.

—Si el que quiebra es un hombre honesto y logra recuperarse, pagará —solía decir Ragon—. Si no se rehace y continúa sin recursos, ¿por qué atormentarlo? Si es un bribón, jamás se sacará nada de él. Una severidad excesiva lo califica a usted de intratable, y como no es posible entenderse con un hombre terco, es usted quien, en fin de cuentas, sale perdiendo.

César llegaba a una cita a la hora fijada, pero después de diez minutos de espera se marchaba con una decisión que nadie podía cambiar; así, su puntualidad convertía en puntuales a quienes tenían que tratar con él.

La vestimenta que había adoptado iba de acuerdo con sus costumbres y con su fisonomía. Nadie le hubiera hecho renunciar a sus corbatas blancas de muselina, cuyas puntas, bordadas por su esposa o por su hija, le colgaban bajo el cuello. Su chaleco blanco de piqué, de doble botonadura, le cubría todo el abdomen, algo prominente, pues era bastante gordo. Llevaba pantalón azul, calcetines negros de seda y zapatos cuyo lazo se deshacía a menudo. Su levita, de color verde oliva, siempre muy holgada, y su sombrero de ala ancha le daban el aspecto de un cuáquero. Cuando se vestía para las veladas del domingo se ponía pantalón corto de seda, zapatos con hebillas de oro y su obligado chaleco, que se entreabría en la parte superior para dejar ver la pechera rizada de la camisa. Su frac, de paño marrón, era de grandes solapas y de largos faldones. Conservó hasta 1819 dos cadenas de reloj que colgaban paralelas, pero la segunda la llevaba únicamente cuando se vestía de ceremonia.

Así era César Birotteau, persona digna a quien los misterios que presiden el nacimiento de los hombres habían negado la facultad de juzgar el conjunto de la política y de la vida, de elevarse por encima del nivel social de la clase media, que seguía en toda ocasión el camino de la rutina: todas las opiniones se le habían dado hechas y él las aplicaba sin examinarlas. Apasionado, pero bueno; poco espiritual, pero profundamente religioso, tenía un corazón puro. En ese corazón no había más que un amor, que era la luz y la fuerza de su vida, pues su deseo de elevarse y los escasos conocimientos que había adquirido, todo provenía del cariño que sentía por su esposa y por su hija.

En cuanto a la señora Birotteau, que tenía entonces treinta y siete años, se parecía tanto a la Venus de Milo que todos los que la conocían vieron su retrato en esta bella estatua cuando el duque de Riviére la mandó a París. En pocos meses pusieron los disgustos un tono amarillo en su deslumbrante blancura, y ahondaron y oscurecieron tan cruelmente los cercos azules donde lucían sus ojos verdes, que tomó el aire de una antigua madona, pues conservó siempre, en medio de su ruina, un dulce candor, una mirada limpia, aunque un poco triste, y era imposible no encontrarla siempre hermosa y de un semblante siempre digno. En el baile organizado por César, Constante lució un último esplendor de belleza que fue admirado por todos.

Toda vida tiene su apogeo, una época en que las causas actúan y tienen una perfecta relación con los resultados. Ese mediodía de la existencia, en que las fuerzas vitales se equilibran y se manifiestan en todo su esplendor, es común, no solamente a los seres organizados, sino también a las ciudades, a las naciones, a las ideas, a las instituciones, a los negocios, a las empresas, que, como ocurre con las dinastías y con los pueblos, nacen, se elevan y caen. ¿De dónde viene el rigor con que esta teoría del crecimiento y de la decadencia se aplica a todo lo que se organiza en la tierra? Porque la muerte misma tiene, en los tiempos de flagelo, su progreso, su retroceso, su recrudescencia y su sueño. Quizá nuestro mismo planeta no es más que un cohete que dura un poco más que los otros. La Historia, al referir las causas de la grandeza y de la decadencia de todo lo que existe en el mundo, podría advertir al hombre cuándo ha llegado el momento en que debe detener el juego de todas sus facultades; pero ni los conquistadores, ni los actores, ni las mujeres, ni los autores escuchan su sano consejo. César Birotteau, que debía considerarse en el apogeo de su fortuna, tomó este tiempo de detención como un nuevo punto de arranque. No se daba cuenta de la realidad; por otra parte, ni las naciones ni los reyes han intentado nunca escribir en caracteres indelebles la causa de esas caídas de que está llena la historia, de que tantas dinastías o tantas casas comerciales ofrecen ejemplos vivos. ¿Por qué unas nuevas pirámides no recuerdan constantemente este principio que debe regir la vida de las naciones y la de los individuos: «Cuando el efecto producido no está en relación directa ni en la debida proporción con su causa, ha comenzado la desorganización»? Pero esos monumentos existen en todas partes: son las tradiciones y las piedras que nos hablan del pasado, que confirman los caprichos del indomable Destino, cuya mano borra nuestros sueños y nos demuestra que los más grandes acontecimientos se resumen en una idea. Troya y Napoleón no son más que poemas. Y esta historia puede ser el poema de las vicisitudes burguesas, en las que nadie ha pensado, pero que también son grandes: no se trata en ella sólo de un hombre, sino de toda una muchedumbre de dolores.

Cuando estaba para dormirse, César temió que al día siguiente le hiciera su esposa algunas objeciones perentorias, por lo cual decidió levantarse muy temprano para resolver todos sus asuntos. En cuanto comenzó a amanecer se levantó sin hacer el menor ruido, dejó a su esposa en el lecho, se vistió rápidamente y bajó al almacén en el momento en que el mozo sacaba las contraventanas numeradas. Birotteau, viéndose solo, esperó a que se levantasen sus dependientes y se puso en el umbral de la puerta para ver cómo el mozo, que se llamaba Raguet, se desempeñaba en su trabajo, que el perfumista conocía tan bien. Pese al frío, el tiempo era espléndido.

—Popinot, agarra el sombrero, cálzate los zapatos y ve a llamar al señor Célestin, vamos hacia las Tullerías, a charlar un poco —dijo Birotteau al ver que venía Anselme.

Popinot, este admirable reverso de Tillet, tiene un papel tan importante, en esta historia, que es necesario hablar de él. El apellido de soltera de la señora Ragon era Popinot. Tenía ésta dos hermanos; uno, el más joven de la familia, era entonces juez suplente del Juzgado de Primera Instancia del Sena. El mayor se había dedicado al comercio de lanas en bruto, consumió su fortuna y murió dejando a cargo de los Ragon y de su hermano el juez, que no tenía descendencia, a su único hijo, que ya era huérfano de madre, muerta al darle a luz. Para facilitarle un medio de vida, su tía, la señora Ragon, lo colocó en la perfumería de Birotteau, con la esperanza de que un día sucediera a éste. Anselme Popinot era pequeño y de pie contrahecho, enfermedad que también padecieron lord Byron, Walter Scott y Talleyrand, lo que decimos para que no se desanimen los que tengan ese defecto. Tenía un cutis blanco, lleno de pecas rojizas, como todos aquellos cuyos cabellos son rojos. Pero su frente limpia, sus ojos del color de las ágatas grises listadas, su boca bien dibujada, la pureza y la gracia de una juventud púdica, la misma timidez que le causaba su cojera, despertaban sentimientos de protección: se ama a los débiles. El pequeño Popinot, como todo el mundo lo llamaba, venía de una familia esencialmente religiosa, de claras virtudes y de una vida modesta y plena de buenas obras. También él, educado por su tío el juez, reunía esas cualidades que hacen tan encantadora a la juventud: sensato y afable, un poco tímido, pero lleno de ardor, manso como un cordero, pero dispuesto para el trabajo, austero y devoto, estaba dotado de todas las virtudes de un cristiano de los primeros tiempos de la Iglesia. Cuando oyó a César hablar de un paseo por las Tullerías —la proposición más excéntrica que podía haberle hecho a esas horas el patrón—, Popinot creyó que quería hablarle de matrimonio, y pensó inmediatamente en Césarine, la verdadera Reina de las Rosas, la insignia viva de la casa y de la cual se enamoró el mismo día en que, dos meses antes que Tillet, entró a trabajar a las órdenes de los Birotteau. Al subir las escaleras se vio obligado a detenerse, su corazón y sus arterias latían muy violentamente; volvió a bajar en seguida, con Célestin, el primer dependiente.

Anselme y su patrón se pusieron a caminar en silencio hacia las Tullerías. Popinot tenía entonces veintiún años, los mismos que tenía Birotteau cuando se casó, así que no veía el joven ningún inconveniente para casarse con Césarine, aun cuando la fortuna del perfumista y la belleza de su hija se le presentaban como inmensos obstáculos para la realización de sus tan ambiciosos sueños; pero el amor vive siempre animado por la esperanza, y cuanto más insensato es, más fe tiene en el triunfo; así, cuanto más lejos de él veía a Césarine, más vivos eran sus deseos. ¡Feliz este muchacho que en un tiempo en que todo se nivela, en que todos los sombreros se parecen, llegó a ver una gran distancia entre la hija del perfumista y él, retoño de una vieja familia parisiense! Pese a sus dudas y a sus inquietudes, era dichoso: ¡comía todos los días con Césarine! En su dedicación a los asuntos de la casa ponía un celo, un entusiasmo que despojaban al trabajo de toda pesadumbre: como todo lo hacía en nombre de Césarine, jamás se sentía fatigado. En un muchacho de veinte años, el amor se nutre de devoción

—Llegará a ser un hombre de negocios, triunfará —decía de él César a la señora Ragon elogiando la actividad de Anselme, en comparación con los «señoritos» de la fábrica; alabando su aptitud para darse cuenta de los secretos del comercio, recordando la dureza de su trabajo en los momentos en que la expedición de mercancías apremiaba, casos en los que, remangada la camisa, desnudos los brazos, el cojito embalaba y clavaba, él solo, más cajas que todos los demás dependientes.

Las conocidas y declaradas pretensiones de Alexandre Crottat, ayudante primero de Roguin, y la fortuna de su padre, rico granjero de Brie, eran muy serios obstáculos para el triunfo del huérfano; pero, con todo, no eran los más difíciles de vencer: Popinot guardaba en el fondo de su corazón tristes secretos que alargaban aún más la distancia entre él y Césarine: la fortuna de los Ragon, con la cual habría podido contar, estaba comprometida y el huérfano tenía la satisfacción de ayudarlos a vivir, aportando a sus tíos lo poco que ganaba. Sin embargo, creía en el éxito. En varias ocasiones se había dado cuenta de algunas miradas de Césarine, aparentemente orgullosas; pero él se había atrevido a leer en el fondo de aquellos ojos azules un pensamiento secreto, lleno de acariciadoras esperanzas. Caminaba, pues, afectado por sus ilusiones, tembloroso, emocionado, silencioso, como ocurre en tales circunstancias a todos los jóvenes, cuya vida está en sus comienzos.

—Popinot —le dijo el honrado comerciante—, ¿se encuentra bien su tía?

—Sí, señor.

—Sin embargo, me parece que está muy preocupada desde hace algún tiempo, como si algo fallase en su casa. Escúchame, muchacho: no tienes por qué hacerte el misterioso conmigo; soy casi de la familia, pues hace ya veinticinco años que conozco a tu tío Ragon. Entré a trabajar en su casa con las botas de tachuelas que traje de mi pueblo. Aunque el lugar se llama «Les Trésoriéres», tenía yo por todo capital un luís de oro que me había dado mi madrina, la difunta marquesa de Uxelles, parienta de los duques de Lenoncourt, que son clientes nuestros. Todos los domingos rezo por ella y por su familia; envío a Turena, a su sobrina, la señora de Mortsauf, todo lo que necesita en perfumería. Me mandan siempre compradores, como, por ejemplo, el señor de Vandenesse, que me compra por más de mil doscientos francos al año. Aunque no les estuviera agradecido de todo corazón, lo estaría por conveniencia; pero yo te quiero bien, sin ninguna reserva y por ti mismo.

— ¡Ah, señor, usted tiene, si me permite decírselo, una noble cabeza!

—No, muchacho, no; eso no basta. Yo no digo que mi cabeza no valga tanto como otra; pero yo he tenido honradez, ¡pardiez!, he tenido una conducta limpia, no he amado a nadie, sino a mi mujer. El amor es un gran «vehículo», palabra feliz que empleó ayer en la tribuna el señor de Villéle.

— ¡El amor! —Dijo Popinot—. Oh, señor, ¿es que...?

—Mira, mira al señor Roguin, que viene a pie por lo alto de la plaza de Luis XV, a las ocho de la mañana. ¿Qué hará por ahí el buen señor? —dijo César Birotteau, olvidándose de Anselme Popinot y del aceite de avellanas.

Le vinieron a la memoria las suposiciones de su esposa y, en lugar de entrar en el jardín de las Tullerías, Birotteau se dirigió hacia el notario, para encontrarse con él. Anselme seguía a su patrón a cierta distancia, sin poder explicarse el súbito interés que se tomaba por una cosa en apariencia tan poco importante, pero contento por el ánimo que le daba lo dicho por César acerca de sus botas de tachuelas, de su luís de oro y del amor.

Roguin, alto y gordo, con el rostro lleno de granos, cubierta la cabeza de negros cabellos, tuvo en otro tiempo un aspecto agradable; había sido un joven audaz, pues de simple escribiente había llegado a notario; pero ahora su rostro ofrecía, a los ojos de un hábil observador, las huellas y el aire de fatiga que producen los placeres cuando se corre tras ellos. Cuando un hombre se lanza al fango de los excesos, es difícil que su fisonomía no sea fangosa en alguna parte; así, el color de la cara y sus arrugas no daban a Roguin ninguna nobleza. En lugar de esa luz pura que se aprecia bajo la piel de los hombres morigerados y les da un aire de salud, se adivinaba en él la impureza de una sangre castigada por esfuerzos contra los cuales el cuerpo se rebela. Su nariz, innoblemente levantada, era como las de esas gentes en quienes los humores, tomando el camino de ese órgano, producen una enfermedad secreta que una virtuosa reina de Francia creyó que era una desgracia común a la especie, pues no se había acercado a ningún hombre, más que al rey, lo suficiente para conocer su error. Tomando rapé en grandes cantidades, Roguin creyó que disimularía su defecto, pero no consiguió otra cosa que aumentar los inconvenientes que fueron la causa principal de sus desgracias.

¿No es una adulación social un poco exagerada eso de pintar siempre a los hombres con falsos colores, en lugar de poner de relieve algunos de los verdaderos principios de sus vicisitudes originadas tan frecuentemente por las enfermedades? El mal físico, considerado por sus destrozos morales y por su influencia en el mecanismo de la vida, quizá haya sido muy descuidado hasta ahora por los historiadores de las costumbres. La señora de César había adivinado muy bien el secreto del matrimonio Roguin.

Desde la noche de bodas, la encantadora hija única del banquero Chevrel había sentido por el pobre notario una invencible repugnancia y hasta quiso pedir el divorcio. Encantado de tener una mujer dueña de quinientos mil francos, sin contar lo que podría heredar, Roguin suplicó a su esposa que no llevara adelante una acción de divorcio, dejándola, en cambio, en completa libertad y aceptando todas las consecuencias de semejante pacto, y ésta, convertida en dueña absoluta, se condujo con su marido como una cortesana con su viejo amante. A Roguin le resultaba muy cara su mujer y, como muchos maridos parisienses, tuvo una segunda casa; conteniéndose dentro de unos límites sensatos, este dispendio no fue grande al principio.

En sus comienzos pudo encontrar, sin grandes gastos, amiguitas que estaban encantadas de su protección; pero tres años después era presa de una de esas invencibles pasiones que surgen en los hombres de cincuenta a sesenta años, y cuya causa fue una de las más hermosas criaturas de ese tiempo, conocida en los medios de la prostitución por el sobrenombre de «la bella holandesa». Había sido llevada de Brujas a París por uno de los clientes de Roguin, quien, obligado a escapar, a consecuencia de los sucesos políticos, se la regaló en 1815. El notario compró para su amiga una casita en los Campos Elíseos, la amuebló lujosamente y se dejó arrastrar por los costosos caprichos de esa mujer, que acabaron por absorber su fortuna.

El aire sombrío que se advertía en la cara de Roguin, y que se disipó en cuanto vio a su cliente, tenía su origen en ciertos misteriosos sucesos, en los cuales estaba el secreto de la fortuna tan rápidamente amasada por Tillet. El plan trazado por éste cambió el mismo día en que observó, en casa de su patrón, la situación respectiva de la señora y del señor Roguin. Había entrado en casa de Birotteau menos por seducir a la esposa de éste que por casarse con Césarine, pero no le costó ninguna pena renunciar a este matrimonio cuando comprobó que el perfumista era más pobre de lo que creía. Espió entonces al notario, fue ganando su confianza, se hizo presentar a «la bella holandesa», estudió en qué situación se encontraba ésta con Roguin y supo que se hallaba dispuesta a despedir a su amante si le escatimaba sus lujos. «La bella holandesa» era una de esas mujeres que jamás se preocupan de dónde viene el dinero ni cómo se adquiere y que darían una gran fiesta con la plata de un parricida. Nunca pensaba en el día siguiente. Para ella, el porvenir estaba después de la cena y el fin de mes era la eternidad, aun cuando tuviera deudas que pagar. Encantado de este primer descubrimiento, Tillet consiguió de la holandesa que amase a Roguin por treinta mil francos al año, en lugar de los cincuenta mil que venía pagando, servicio que los viejos enamorados no suelen olvidar.

En fin, después de una comida bien rociada, el notario se franqueó con Tillet acerca de su situación económica. Habiendo sido absorbido el importe de sus inmuebles por la hipoteca legal de su esposa, su pasión amorosa lo había llevado a retirar, de los fondos de sus clientes, una suma ya superior a la mitad del total. Cuando hubiese consumido el resto se pegaría un tiro, pues creía aminorar la impresión de la quiebra logrando la piedad de las gentes. Tillet vio en perspectiva una fortuna rápida y segura, que brilló como un relámpago en noche de embriaguez; dio ánimos a Roguin y le retribuyó su confianza haciéndole desechar la idea del suicidio.

—Un hombre de su talla no debe conducirse como un tonto y caminar a tientas, sino actuar con toda audacia —le dijo.

Le aconsejó retirar inmediatamente una fuerte suma y confiársela a él, para arriesgarla en una jugada de Bolsa o en alguna especulación elegida entre las mil que se hacían entonces. En caso de ganar, fundarían entre los dos una casa de banca, negociarían con los depósitos de los clientes y los beneficios servirían para sufragar su pasión. Si la jugada de Bolsa resultaba mal, Roguin, en lugar de matarse, iría a vivir al extranjero, pues «su» Tillet le sería fiel hasta el último centavo. Cuerda de salvación a la que pronto se asió este hombre que se estaba ahogando: Roguin no se dio cuenta de que el dependiente de perfumería se la estaba poniendo alrededor del cuello.

En posesión del secreto del notario, Tillet se sirvió de él para mandar en la esposa, en la querida y en el marido. En conocimiento de un desastre que ella estaba muy lejos de suponer, la señora Roguin aceptó los buenos oficios de Tillet, que entonces dejó su empleo en la casa de Birotteau, seguro de su porvenir. No le costó mucho trabajo convencer a la querida del notario para que arriesgase una cantidad de dinero con el fin de no tener que verse obligada a recurrir a la prostitución si le ocurría alguna desgracia. A su vez, la esposa de Roguin arregló sus asuntos, reunió rápidamente un pequeño capital y se lo entregó al hombre en quien su marido había puesto su confianza, pues éste había dado ya cien mil francos a su cómplice.

Situado cerca de la señora Roguin, en condiciones de transformar los intereses de esta bella mujer en afecto, Tillet supo despertar en ella la más ardiente pasión. Sus tres comanditarios le asignaron, naturalmente, una parte de los beneficios; pero, descontento de esta participación, tuvo la audacia, haciéndolos intervenir en jugadas de Bolsa, de entenderse con un competidor que le devolvía el importe de unas supuestas pérdidas. En cuanto reunió cincuenta mil francos, tuvo la seguridad de hacer una gran fortuna: con mirada de águila se dio cuenta de la situación en que se encontraba entonces el país y jugó a la baja durante la campaña de Francia y a la alza cuando volvieron los Borbones. Dos meses después de la vuelta de Luis XVIII, la señora Roguin poseía doscientos mil francos, y Tillet, trescientos mil. El notario, para quien este hombre era un ángel, había restablecido el equilibrio en sus finanzas. «La bella holandesa» lo disipaba todo: era la víctima de un cáncer infame, llamado Maxime de Trailles, antiguo paje del emperador. Tillet descubrió el verdadero nombre de esta mujer al extender con ella un documento: se llamaba Sarah Gobseck. Sorprendido de la coincidencia de este apellido con el de un usurero de quien había oído hablar, fue a ver a este viejo prestamista, que era la providencia de los jóvenes disolutos, hijos de familias ricas. Este «Bruto» de los usureros se mostró implacable respecto de su sobrina—nieta, pero Tillet supo resultarle simpático, presentándose como el banquero de Sarah y como poseedor de fondos con los cuales se podía operar. El temperamento normando y el carácter usurero se entienden muy bien. Gobseck necesitaba un hombre joven y hábil, para que vigilase una pequeña operación en el extranjero. Un auditor del Consejo de Estado, a quien había sorprendido la vuelta de los Borbones, tuvo la idea, para congraciarse con la Corte, de ir a Alemania a fin de rescatar los títulos de las deudas contraídas por los príncipes durante su emigración. Ofreció los beneficios de este negocio, para él puramente político, a los que quisieran aportar los fondos necesarios. El usurero no quería entregar las cantidades sino a medida que se comprasen los créditos y haciendo que los examinase un representante inteligente. Los usureros no se fían de nadie y siempre exigen garantías; según ellos, las circunstancias mandan: de hielo cuando no tienen necesidad de un hombre, son suaves y se muestran dispuestos a hacer el bien cuando en ello ven alguna utilidad. Tillet conocía muy bien la inmensa importancia del papel que, silenciosamente, desempeñaban en París los Werbrust y los Gigonnet, prestamistas de los comerciantes de las calles Saint—Denis y Saint—Martin, y Palma, banquero de la calle Poissonniére, casi siempre en relación de intereses con Gobseck. Ofreció, pues, un crédito pecuniario mediante el correspondiente interés y exigió que esos señores empleasen en su comercio de dinero los fondos que él les entregaría: de ese modo se preparaba buenos apoyos para la ocasión. Acompañó al señor Clément Chardin des Lupeaulx en un viaje a Alemania, que duró el espacio de los Cien Días, y volvió cuando la segunda Restauración, habiendo aumentado más los preparativos de su fortuna que la fortuna misma. Llegó a conocer los secretos de los más hábiles especuladores de París, había conquistado la amistad del hombre a quien vigilaba y que le puso al desnudo los resortes y la jurisprudencia de la alta política. Tillet era uno de esos hombres que entienden con medias palabras y acabó de formarse durante este viaje. A la vuelta encontró a la señora de Roguin tan fiel como siempre a su amor. En cuanto al pobre notario, esperaba a Ferdinand con tanta impaciencia como su esposa, pues «la bella holandesa» lo había arruinado de nuevo. Tillet interrogó a la holandesa y comprobó que sus gastos no estaban en relación con las cantidades disipadas; así descubrió el secreto que Sarah le había ocultado tan cuidadosamente: su loca pasión por Maxime de Trailles, cuyos comienzos en su carrera de vicios y de corrupción anunciaban lo que, efectivamente, llegó a ser: uno de esos elementos de la picaresca política, que todo buen gobierno necesita y a quien el juego hacía insaciable. Al hacer este descubrimiento, Tillet comprendió la despreocupación de Gobseck por su sobrina—nieta. En estas circunstancias, el banquero Tillet, porque ya había llegado a banquero, aconsejó formalmente a Roguin que guardase algo para cuando lo necesitase, embarcando a sus clientes más ricos en un negocio que le permitiera retirar fuertes sumas, si es que tenía miedo a quebrar volviendo a los juegos de la Banca. Después de las «alzas» y de las «bajas», que solamente aprovecharon a Tillet y a la señora Roguin, el notario oyó sonar la hora de su ruina. Su agonía fue explotada por su mejor amigo. Tillet inventó la especulación relativa a los terrenos de la Madeleine. Naturalmente, los cien mil francos depositados por Birotteau en el estudio de Roguin, a la espera de una buena inversión, fueron entregados a Tillet, quien, queriendo perder al perfumista, convenció al notario de que corría menos riesgo envolviendo en sus redes a los amigos más íntimos.

—Un amigo —le decía— mantiene su consideración hasta en los momentos de cólera.

Pocas personas saben hoy cuánto podían valer en esa época unos terrenos en los alrededores de la Madeleine, pero necesariamente se venderían por un precio superior al real, puesto que había que ir a proponer el asunto a sus propietarios, que sabrían aprovechar la ocasión. Ahora bien, Tillet quería ponerse en condiciones de recoger los beneficios sin soportar las pérdidas de una especulación a largo plazo. En otros términos, su plan consistía en matar el negocio para adjudicarse un cadáver que estaba seguro de poder resucitar. En esta clase de circunstancias, los Gobseck, los Palma, los Werbrust, los Gigonnet se daban mutuamente la mano, pero Tillet no tenía aún tanta intimidad con ellos como para pedirles ayuda. Además, quería conducir el negocio, pero escondiendo la mano, con el fin de poder recoger las ganancias del robo sin tener que avergonzarse de nada; comprendió, pues, la necesidad de tener a su disposición a uno de esos maniquíes de carne y hueso que en el idioma comercial se llaman «hombres de paja». Su figurado jugador de Bolsa le pareció el más a propósito para convertirse en su incondicional servidor y usurpó los derechos divinos creando un hombre. De un antiguo viajante de comercio, sin medios ni capacidad, excepto la de hablar indefinidamente sobre cualquier cosa sin decir nunca nada; sin un centavo, pero capaz de comprender un papel y de representarlo sin comprometer la comedia; lleno del honor más extraño, es decir, capaz de guardar un secreto y de permitir deshonrarse en beneficio de su comitente, Tillet hizo un banquero que prosperaba y dirigía las mayores empresas, el jefe de la casa Claparon. El destino de Charles Claparon era el de ser entregado un día a los judíos y a los fariseos si los negocios emprendidos por Tillet lo exigían así, y Claparon lo sabía. Pero para un pobre diablo que se paseaba melancólicamente por los bulevares con un capital de cuarenta centavos en el bolsillo cuando su camarada Tillet lo encontró, los pequeños beneficios que debían serle entregados en cada negocio fueron un El dorado. Así, su amistad y su devoción por Tillet, corroboradas por un agradecimiento irreflexivo, excitadas por las necesidades de una vida libertina y desordenada, le hicieron decir amén a todo. Luego, tras de haber vendido su honor, tuvo tanto temor de perderlo que se unió a su antiguo camarada como un perro a su amo. Claparon era un perro feo, pero siempre dispuesto a dar el salto de Curcio. En la combinación actual, él debía representar una mitad de los adquirentes de los terrenos, como Birotteau representaba la otra mitad. Los valores que Claparon recibiría de Birotteau serían descontados por uno de los usureros de quien Tillet podía tomar prestado el nombre, para precipitar a Birotteau en el abismo de una quiebra cuando Roguin dispusiera de sus fondos. Los síndicos de la quiebra actuarían según las inspiraciones de Tillet, quien, en posesión del dinero entregado por el perfumista y su acreedor bajo diferentes nombres, haría poner en licitación los terrenos y los adquiriría por la mitad de su valor, pagándolos con los fondos de Roguin y con el dividendo de la quiebra. El notario dio su consentimiento creyendo que se quedaría con una buena parte de los despojos tan valiosos del perfumista y de sus copartícipes; pero el hombre a cuya discreción se entregaba tenía que quedarse, y se quedó, con la parte del león. Roguin, no pudiendo perseguir a Tillet ante ningún tribunal, tuvo que contentarse con roer el hueso que de mes en mes le arrojaba Tillet a Suiza, donde encontró bellezas a precio rebajado. Las circunstancias, y no una meditación de autor dramático que está preparando una intriga, fueron las que engendraron este terrible plan. El odio, cuando no va acompasado de un deseo de venganza, es un grano de trigo caído sobre una roca; pero la venganza declarada de Tillet contra César era un movimiento muy natural, o hay que negar la querella de los ángeles malditos y de los ángeles de la luz. Tillet no podía, sin correr graves peligros, asesinar al único hombre de París que lo sabía culpable de un robo doméstico, pero podía arrojarlo al barro y aniquilarlo hasta el extremo de hacer inservible su declaración. Durante mucho tiempo, la venganza había germinado en su corazón sin florecer, pues las gentes que más odian no tienen en París tiempo para preparar planes: corre aquí la vida muy aprisa, es muy cambiante, ocurren muchos accidentes imprevistos; pero estas continuas oscilaciones, si no dan lugar a la premeditación, sirven muy bien a la idea escondida en el fondo del hombre que espera las oportunidades. Cuando Roguin hizo sus confidencias a Tillet, entrevió éste vagamente la posibilidad de destruir a César, y no se equivocó. A punto de dejar a su ídolo, el notario bebía el resto de su licor en la copa rota, e iba todos los días a los Campos Elíseos, a la casa de «la bella holandesa», volviendo a la suya de madrugada. Así pues, la desconfiada señora de Birotteau tenía razón. Cuando un hombre se decide a desempeñar el papel que Tillet había adjudicado a Roguin, adquiere los talentos del mejor actor cómico, tiene una vista de lince y una penetración de vidente, Y sabe magnetizar a su víctima; por eso, en cuanto el notario reconoció a Birotteau —mucho antes de que Birotteau lo viese a él— Y vio que el perfumista lo miraba, se dirigió hacia César, tendiéndole la mano desde lejos.

—Vengo a hacerme cargo del testamento de un personaje que no tiene ni ocho días de vida —dijo, con el tono más natural del mundo—; pero me han tratado como a un médico de aldea; han ido a buscarme en coche, pero vuelvo a pie.

Estas palabras disiparon una ligera nube de desconfianza que había oscurecido la frente del perfumista y que Roguin apreció; así, el notario se cuidó de hablar en primer lugar del asunto de los terrenos, pues quería dar el último golpe a su víctima.

—Después de los testamentos, los contratos de matrimonio —dijo Birotteau—. Ésa es la vida. Y a propósito, ¿cuándo nos casamos con la Madeleine? ¡Ah, ah, papá Roguin! —añadió, dándole unos golpecitos en el vientre.

La pretensión de los más castos burgueses suele ser la de aparentar que son unos pícaros.

—Pues si no lo hacemos hoy —respondió el notario con un tono diplomático—, no lo vamos a hacer nunca. Temo que el asunto se divulgue; dos de mis más ricos clientes me presionan para que les permita entrar en el negocio; así que hay que tomarlo o dejarlo. Después de mediodía voy a extender los documentos y lo espero a usted hasta la una. Adiós. Precisamente, ahora voy a leer las minutas que habrá preparado Xandrot esta noche última.

—Pues bien, hecho; tiene usted mi palabra —dijo Birotteau dando unos pasos tras el notario y golpeándole la mano—. Tome usted los cien mil francos que iban a ser la dote de mi hija.

—Muy bien —dijo Roguin, alejándose.

En los pocos instantes que Birotteau tardó en llegarse hasta el pequeño Popinot, sintió un violento calor en las entrañas, se contrajo su diafragma y oyó un tintineo en las orejas.

— ¿Qué tiene, señor? —le preguntó el dependiente viendo la pálida cara de su amo.

—Ah, muchacho; acabo de rematar, con una sola palabra, un gran asunto, y nadie domina sus emociones en un caso de ésos. Por otra parte, ya conoces algo de ese negocio, y te he traído aquí para hablar de ello con más comodidad y sin que nadie nos oiga. Tu tía no anda bien. ¿En qué ha perdido su dinero? Dímelo.

—Señor, mis tíos tenían sus fondos en la casa Nucingen, y se han visto obligados a tomar, como reembolso, acciones de las minas de Worstchin, que todavía no dan dividendos, y a su edad es difícil vivir de esperanzas.

— ¿Y de qué viven?

—Han tenido la bondad de aceptar lo que cobro como sueldo.

—Bien, muy bien, Anselme —dijo el perfumista, dejando rodar unas lágrimas—; eres digno del afecto que te tengo. Y vas a recibir una gran recompensa por tu dedicación a mis asuntos.

Al decir estas palabras, el comerciante creció tanto a sus propios ojos como a los de Popinot; puso en ellas un énfasis burgués e ingenuo, expresión de su artificial superioridad.

— ¡Cómo! Usted se ha dado cuenta de mi pasión por...

— ¿Por quién? —dijo el perfumista.

—Por la señorita Césarine.

— ¡Ah, muchacho, eres bien audaz, por cierto! —Exclamó Birotteau—. Pero guarda bien tu secreto. Por mi parte, te prometo olvidarlo. Mañana saldrás de mi casa; ya no te quiero allí. En tu lugar, ¡demonios!, yo habría hecho otro tanto. ¡Es tan hermosa!...

— ¡Ah, señor! —dijo el dependiente, que tenía la camisa mojada de sudor.

—Muchacho, esto no es asunto de un día: Césarine es dueña de sus actos y su madre tiene sus propias ideas. Así pues, serénate, seca tus ojos, embrida tu corazón y no hablemos más de ello. Yo no me avergonzaría de tenerte por yerno: sobrino del señor Popinot, juez en el Tribunal de Primera Instancia; sobrino de los Ragon, tienes derecho a hacer tu carrera, como cualquier otro; pero hay «peros», «pues» y «si». ¡Qué demonio de perro me sueltas tú en una conversación de negocios! Mira, siéntate en esta silla y que el enamorado deje su puesto al dependiente. Popinot, ¿eres hombre de corazón? —Dijo, mirando a su dependiente—. ¿Te sientes con ánimos para luchar con alguien más fuerte que tú, de pelear cuerpo a cuerpo...?

—Sí, señor.

— ¿De sostener un combate largo, peligroso...?

— ¿De qué se trata?

— ¡De estrangular al «Aceite de Macassar»! —dijo Birotteau poniéndose en pie, como un héroe de Plutarco—. No nos engañemos; el enemigo es fuerte, bien plantado, temible. El «Aceite de Macassar» ha sido bien conducido. La concepción es ingeniosa. Los frascos cuadrados tienen la originalidad de su forma. Para mi proyecto he pensado en frascos triangulares...; pero, después de maduras reflexiones, me parece que voy a preferir las botellitas de vidrio muy fino, cubiertas de tejido de junco; así, tendrán un aire misterioso, y el comprador gusta de todo lo que lo intriga.

—Resultaría muy caro —dijo Popinot—. Sería mejor envasarlo lo más barato posible, para poder ofrecer buenas comisiones a los detallistas.

—Bien, muchacho, ésos son los verdaderos principios. Piensa mucho en ello, que el «Aceite de Macassar» sabrá defenderse; es especioso y tiene un nombre seductor. Se lo presenta como importado del extranjero y nosotros tenemos la desgracia de ser de nuestro país. Di, Popinot, ¿te sientes con fuerzas para matar a «Macassar»? En primer lugar, lo matarás en las expediciones que llegan de ultramar: parece que Macassar está en las Indias, y creo que sería más natural enviar un producto francés a los indios que devolverles lo que se ven forzados a enviarnos. ¡Para ti los pacotilleros! Pero hay que luchar en el extranjero y en provincias. Ahora bien, el «Aceite de Macassar» ha sido muy bien anunciado; no hay que ocultar su poder, está lanzado, el público lo conoce.

— ¡Lo mataré! —exclamó Popinot echando chispas por los ojos.

— ¿Con qué? —preguntó Birotteau—. Eso no es más que el arrebato de un muchacho. Escúchame hasta el final.

Anselme se cuadró lo mismo que un soldado ante un mariscal de Francia.

—He inventado, Popinot, un aceite para excitar el crecimiento del cabello, reavivar el cuero cabelludo y conservar el color de la cabellera de hombres y de mujeres. Esta esencia no va a tener menos éxito que mi Pasta y mi Agua, pero no quiero explotar este secreto por mí mismo, pues pienso retirarme del comercio. Eres tú, hijo mío, quien va a lanzar mi aceite «Comágeno» (de coma, palabra latina que significa cabello, según me ha dicho el señor Alibert, médico del rey. Esta palabra se encuentra en la tragedia Bérénice, en la cual presenta Racine un rey de Comágeno, amante de esa hermosa reina, célebre por su cabellera, y este amante, sin duda por halagarla, dio ese nombre a su reino. ¡Qué talento tienen estos genios! Buscan hasta los menores detalles).

El pequeño Popinot se mantuvo serio mientras escuchaba este paréntesis tan ridículo, dicho, evidentemente, para él, que era un muchacho instruido.

—Anselme, he puesto los ojos en ti para fundar una casa de comercio de alta droguería, en la calle de Lombards —dijo Birotteau—. Yo seré tu socio secreto, yo te proveeré de los primeros fondos. Después del «Aceite Comágeno», intentaremos producir esencia de vainilla, extracto de menta... En fin, trabajaremos la droguería revolucionándola, vendiendo productos concentrados en lugar de venderlos al natural. Joven ambicioso, ¿estás contento?

Anselme no pudo contestar, de emocionado que estaba, pero sus ojos, llenos de lágrimas, respondieron por él. Esta proposición le parecía como hecha por una indulgente paternidad que le decía: «Procura merecer a Césarine haciéndote rico y respetado».

—Señor —respondió al fin, tomando la emoción de Birotteau por admiración—, también yo triunfaré.

—Así mismo era yo —exclamó el perfumista— y nunca he hablado de otra manera. Si no consigues a mi hija, al menos tendrás una fortuna. Y bien, muchacho, ¿aceptas?

—Permítame esperar que alcanzando la una, consiga la otra.

—Yo no puedo impedirte tener esperanzas —dijo Birotteau, conmovido por el tono de Anselme.

— ¿Puedo comenzar desde hoy mismo a dar los pasos necesarios para encontrar un local a fin de empezar a trabajar lo más pronto posible?

—Sí, hijo mío. Mañana iremos los dos a encerrarnos en la fábrica. Antes de ir al barrio de la calle de Lombards, pasarás por casa de Livingston para saber si mi prensa hidráulica podrá funcionar mañana. Esta noche, a la hora de la cena, iremos a casa del ilustre y buen señor Vauquelin, para consultarlo. Este sabio se ha ocupado muy recientemente de la contextura de los cabellos, ha investigado cuál es su sustancia colorante, de dónde proviene y cuál es su composición. Todo está ahí, querido Popinot. Tú conocerás mi secreto y no tendrás que hacer sino explotarlo inteligentemente. Antes de ir a casa de Livingston, pasa por la de Pieri Bénard. Hijo mío, el desinterés del señor Vauquelin es algo que verdaderamente me inquieta: es imposible conseguir que acepte nada. Felizmente, he sabido por Chiffreville que desearía tener una Virgen de Dresde, grabada por un tal Müller; después de dos años de correspondencia con Alemania, Bénard ha conseguido encontrarla, en papel de China, antes de hacer la prueba del grabado: cuesta mil quinientos francos, muchacho. Hoy la verá nuestro bienhechor en su sala, pero volveremos a llevárnosla para ponerle un marco; tú te encargarás de ello. Así, nos tendrá a mi esposa y a mí en su memoria; en cuanto al agradecimiento, hace ya dieciséis años que rogamos a Dios por él todos los días. Embebecidos en sus trabajos, Popinot, los sabios se olvidan de todo: de las mujeres, de los amigos y de aquellos a quienes les deben favores. A nosotros, nuestra pequeña inteligencia nos permite, por lo menos, tener un corazón agradecido. Esto compensa el no ser un gran hombre. A estos señores del Instituto, que son todo cerebro, no los encontrarás nunca en una iglesia. El señor Vauquelin está todo el día en su estudio o en su laboratorio, pero quiero creer que piensa en Dios cuando está analizando sus obras. Bueno, quede bien entendido: yo te proveeré de fondos, te pondré en posesión de mi secreto y haremos las ganancias a medias, sin necesidad de contrato alguno. ¡Llegue el éxito, que nosotros ya nos entenderemos! Anda, muchacho, que yo voy a mis asuntos. Pero escucha, Popinot: dentro de veinte días voy a dar un gran baile; manda hacerte un traje y preséntate como un comerciante rico.

Este último rasgo de bondad emocionó de tal suerte a Popinot que tomó la mano de César y la besó. El buen hombre había halagado a este muchacho enamorado con la confidencia comercial, y las personas apasionadas son capaces de todo.

«Pobre muchacho —se dijo Birotteau viéndolo correr a través de las Tullerías—. ¡Si Césarine lo amase!... Pero es cojo y tiene los cabellos de un color terroso, y son tan caprichosas las muchachas que yo no creo que Césarine... Además, su madre quiere verla casada con un notario. Alexandre Crottat la hará rica, y con riqueza todo se soporta, en tanto que no hay felicidad que no sucumba a la miseria. En fin, he dispuesto dejar a mi hija en libertad para que haga lo que mejor le parezca.»

El vecino de Birotteau era un pequeño comerciante de paraguas, sombrillas y bastones, llamado Cayron, un languedociano que apenas ganaba nada y a quien Birotteau había hecho varios favores. Cayron no quería otra cosa que limitarse a su tienda y ceder al rico perfumista las dos piezas del primer piso, disminuyendo así el importe de la renta que pagaba.

—Y bien, vecino —le dijo en tono familiar Birotteau entrando en la tienda del comerciante de paraguas—, mi esposa está conforme en ampliar nuestros locales. Si usted quiere, podemos ir a casa del señor Molineux a las once.

—Querido señor Birotteau —contestó el comerciante de paraguas—, nunca le he pedido nada por esta cesión, pero ya sabe usted que un buen comerciante debe hacer siempre dinero.

— ¡Caramba! —replicó el perfumista—. Yo no tengo cientos y miles. Ignoro si mi arquitecto, a quien espero, va a encontrar practicable la cosa. Antes de cerrar el trato, me ha dicho, hay que saber si los pisos están al mismo nivel. Después, es preciso que el señor Molineux consienta en que se perfore el muro, que tampoco sabemos si es medianero. En fin, tengo que cambiar el palier de la escalera para lograr un paso llano... Son muchos gastos y no quiero arruinarme.

— ¡Oh, señor! —dijo el meridional—, ¡cuando usted se haya arruinado, el sol habrá venido a acostarse con la tierra y tendrán hijos!

Birotteau se acarició la barbilla, se elevó sobre la punta de los pies y se dejó caer sobre los talones.

—Además —añadió Cayron—, yo únicamente le pido que me tome esos valores...

Y le presentó una serie de letras por importe de cinco mil francos.

— ¡Ah! —dijo el perfumista, mirando los documentos—, pequeñas letras a dos meses, a tres meses...

—Tómelas con el seis por ciento únicamente —expresó el comerciante, con aire humilde.

— ¿Pero cree usted que yo soy un usurero? —contestó el perfumista con tono de reproche.

—Por Dios, señor, he ido a ver a su antiguo dependiente, Tillet; no las ha querido a ningún precio, sin duda por saber que yo estaba dispuesto a perder.

—No conozco estas firmas —dijo el perfumista.

—Es que hay unos nombres tan raros en esto de los bastones y los paraguas... Son buhoneros.

—Bueno, no le digo que me quedaré con todas, pero sí con las de más corto vencimiento.

—Por mil francos que hay a cuatro meses, no me deje caer en manos de esas sanguijuelas que se quedan con lo mejor de los beneficios; tómelas todas, señor. Tengo pocos recursos y ningún crédito: he ahí lo que nos mata a los pequeños detallistas.

—Bien, las acepto todas. Célestin hará la cuenta. Esté usted listo para las once. Pero aquí está mi arquitecto, el señor Grindot —añadió el perfumista al ver que llegaba el joven con quien había concertado la cita en casa del señor de La Billardiére.

—Contra la costumbre que tienen los hombres de talento, ha sido usted puntual, señor —le dijo César, obsequiándolo con la más distinguida sonrisa comercial—. Si la puntualidad, según ha dicho el rey, hombre de talento y gran político, es la cortesía de los reyes, es también la fortuna de los negociantes. El tiempo, el tiempo es oro, sobre todo para ustedes, los artistas. La arquitectura es la reunión de todas las artes, me permito decirlo. No pasemos por la tienda —añadió, mostrando la puerta cochera de su casa.

Cuatro años antes, el señor Grindot había ganado el Gran Premio de Arquitectura; él volvía de Roma después de una estancia de tres años por cuenta del Estado. En Italia, el joven artista pensaba en el arte; en París pensaba en hacer dinero. El gobierno es el único que puede proveer los millones necesarios a un arquitecto para alcanzar la gloria; al volver de Roma, es tan natural creerse un Fontaine o un Percier, que todo arquitecto ambicioso se inclina hacia el oficialismo: el pensionado liberal, convertido en monárquico, trataba de lograr la protección de las personas influyentes. Cuando un «gran premio» se conduce así, sus colegas lo llaman intrigante.

El joven arquitecto podía en este caso tomar dos caminos: servir al perfumista o sacarle el dinero; pero Birotteau, el teniente de alcalde; Birotteau, el futuro propietario de la mitad de los terrenos de la Madeleine, donde, a la corta o a la larga, habría de edificarse un gran barrio, era un hombre a quien había que tratar bien. Grindot, pues, sacrificó la ganancia del momento a los beneficios que conseguiría en el futuro. Escuchó pacientemente los planes, las repeticiones, las ideas de uno de estos burgueses que siempre eran el blanco de las flechas, de las bromas del artista, objeto constante de su desprecio, y llevó la corriente al perfumista, asintiendo con la cabeza para saludar sus ideas. Cuando el perfumista lo hubo explicado todo, el joven arquitecto intentó resumirle su propio plan.

—Tiene usted tres ventanas en la fachada que da a la calle, más la ventana perdida sobre la escalera, obstruida por el palier. Añada usted a esas cuatro ventanas las dos que están en la casa vecina, y arreglando la escalera para establecer un paso llano en toda la vivienda, por el lado que da a la calle...

—Me ha comprendido usted perfectamente —dijo el perfumista, asombrado.

—Para realizar su plan, hay que dar luz por arriba a la escalera y preparar una habitación para el portero, bajo el zócalo.

—Un zócalo...

—Sí; es la parte sobre la cual descansará...

—Comprendido, señor.

—En cuanto a su vivienda, déme usted carta blanca para hacer la distribución y para decorarla. Quiero hacer algo digno...

—Digno. Usted lo ha dicho, señor.

— ¿Qué tiempo me da usted para realizar el cambio?

—Veinte días.

— ¿Y qué cantidad piensa usted gastar? —dijo Grindot.

— ¿Cuánto pueden costar estas reparaciones?

—Un arquitecto calcula el costo de una construcción nueva al céntimo, pero como no sé lo que es embaucar a un burgués... (perdón, señor, se me escapó la palabra...), debo advertirle que no es posible calcular las reparaciones y renovaciones. Dentro de ocho días le haré un presupuesto aproximado. Concédame su confianza: tendrá usted una preciosa escalera con luz cenital, con un lindo vestíbulo a la entrada, y bajo el zócalo...

—Siempre el zócalo.

—No se preocupe usted, que yo encontraré un lugar para el portero. Su vivienda será estudiada y renovada con todo cariño. Sí, señor; a mí me preocupa el arte y no el dinero. Lo que necesito, antes que nada, es hacerme un nombre. A mi juicio, lo mejor es no discutir con los proveedores y conseguir los mejores resultados a bajo precio.

—Con esas ideas, joven —dijo Birotteau en tono protector—, usted triunfará.

—Así —añadió Grindot—, trate usted directamente con los albañiles, pintores, cerrajeros y carpinteros. Yo me encargo de revisar sus cuentas. Págueme, en concepto de honorarios, únicamente dos mil francos: será un dinero bien invertido. Téngalo usted todo listo para mañana a mediodía y búsqueme usted los obreros.

— ¿A cuánto podrán ascender los gastos, grosso modo? —dijo Birotteau.

—A diez o doce mil francos —respondió Grindot—. Pero no tengo en cuenta el moblaje, que también lo renovará usted, sin duda. Me dará usted la dirección de su decorador para que yo hable con él a fin de lograr un conjunto de buen gusto.

—El señor Braschon, en la calle Saint—Antoine, a mis órdenes —dijo el perfumista, adoptando un aire ducal.

El arquitecto anotó la dirección en una de esas tarjetitas que siempre provienen de una mujer.

—Bien —añadió Birotteau—. Pongo mi confianza en usted, únicamente, espere, para comenzar los trabajos, a que haya conseguido la cesión de las dos piezas de la casa vecina y obtenido permiso para perforar el muro.

—Comuníqueme esta tarde lo que haya. Tengo que pasar la noche preparando el proyecto; nosotros preferimos trabajar para los burgueses que para el rey de Prusia, es decir, para nosotros. Voy a tomar las medidas, las alturas, las dimensiones de las ventanas...

—Quedará todo terminado en el plazo que le he dicho; si no, nada.

—Habrá que hacerlo —dijo el arquitecto—. Los obreros trabajarán de noche también; emplearemos algún medio para que se seque cuanto antes la pintura... Pero no se deje usted atropellar por los contratistas: pídales siempre el precio por adelantado y revise usted bien sus cuentas.

—París es el único lugar del mundo donde hay que hacer esas advertencias —dijo Birotteau, dibujando un gesto asiático digno de Las mil y una noches—. Me va usted a hacer el honor de venir a mi baile, señor. No todos los hombres de talento desdeñan a los comerciantes, y en ese baile verá usted, con toda seguridad, al señor Vauquelin, ¡del Instituto!; al señor de La Billardiére, al conde de Fontaine, al señor Lebas, juez y presidente del Tribunal de Comercio; magistrados: el señor conde de Granville, del Tribunal Supremo, y el señor Popinot, del Tribunal de Primera Instancia; el señor Camusot, del Tribunal de Comercio; su suegro, el señor Cardot; y, en fin, quizá el señor duque de Lenoncourt, primer gentilhombre del rey. Reúno a mis amigos tanto... para celebrar la liberación del territorio nacional... como para festejar... mi promoción a la Orden de la Legión de Honor... —Grindot hizo un gesto singular—. Tal vez... me haya hecho yo acreedor a ese... insigne... y... real... favor... Por haber formado parte del Tribunal Consular y por haber combatido en favor de los Borbones en las calzadas de San Roque el 13 de vendimiario, donde fui herido por Napoleón. Estos méritos...

Constance, en vestido de casa, salió del dormitorio de Césarine, donde se estaba arreglando; su primera mirada paró en seco la verborrea de su marido cuando buscaba éste una frase para mostrar modestamente sus grandezas al arquitecto.

—Mira, querida, he aquí el señor de Grindot, un joven muy distinguido y que tiene un gran talento. El señor es el arquitecto que nos ha recomendado el señor de La Billardiére para que dirija nuestros pequeños trabajos.

El perfumista se volvió de espaldas a su mujer para hacer un gesto al arquitecto, llevándose un dedo a los labios, y el arquitecto comprendió.

—Constance, el señor va a tomar medidas, alturas... Déjalo hacer, querida —dijo Birotteau, saliendo a la calle.

— ¿Costará mucho? —preguntó Constance al arquitecto.

—No, señora; seis mil francos, más o menos...

— ¡Cómo es eso de más o menos! —exclamó la señora Birotteau—. Señor, tenga la bondad de no comenzar los trabajos sin un presupuesto previo y contrato firmado. Sé muy bien cómo son los contratistas: seis mil quiere decir veinte mil, y nosotros no estamos en situación de hacer locuras. Por favor, señor, aun cuando mi marido es dueño en su casa, concédale un tiempo para reflexionar.

—Señora, el señor teniente de alcalde me ha dicho que lo termine todo en un plazo de veinte días, y si nos demoramos, están ustedes expuestos a gastar dinero sin conseguir el resultado que desean.

—Pero hay gastos y gastos —dijo la hermosa perfumista. —Señora, ¿cree usted que esto de renovar una vivienda puede ser honroso para un arquitecto que ha de levantar monumentos? Yo no desciendo a estos detalles sino por complacer al señor de La Billardiére, si no se fía...

E hizo un movimiento de retirarse.

—Muy bien, señor —dijo Constance volviendo a entrar en su habitación y descansando su cabeza sobre el hombro de su hija—: ¡Ay, querida, tu padre va a la ruina! Ha tomado un arquitecto de campanillas, que habla de erigir monumentos. Va a tirar la casa por la ventana para construirnos un Louvre. César nunca se demora para hacer tonterías. Ayer por la noche me habló del proyecto y esta mañana ya lo está realizando.

—Bah, mamá, déjalo hacer, que siempre lo ha protegido Dios —dijo Césarine besando a su madre y sentándose al piano para demostrar al arquitecto que la hija de un perfumista no es ajena a las bellas artes.

Cuando el arquitecto entró en el dormitorio, quedó sorprendido de la belleza de Césarine. En bata de mañana, Césarine, fresca y rosada como es rosada y fresca una muchacha de dieciocho años, rubia y esbelta, de ojos azules, ofrecía a la mirada del artista esa elasticidad, tan rara en París, que hace resaltar el cuerpo más fino y matiza de un color adorado por los pintores el azul de las venas que laten bajo una piel blanca. No obstante vivir en una tienda parisiense, donde el aire se renueva difícilmente, donde el sol penetra muy poco, sus costumbres y sus gustos le daban los beneficios de la vida al aire libre de las transtiberianas de Roma. De abundante cabellera, peinada hacia arriba para dejar ver una nuca bien dibujada, y que caía en rizos muy cuidados, como los cuidan todas las dependientas a quienes el deseo de distinguirse ha inspirado los detalles más ingleses en materia de peinados, la belleza de esta hermosa muchacha no era la de una dama inglesa, ni la de una duquesa francesa, sino la mórbida y rosada belleza de las mujeres flamencas de Rubens. Césarine tenía la nariz un poco levantada, como su padre, pero espiritual por la delicadeza del modelado, parecido al de las narices esencialmente francesas, tan bien logradas por Largilliére. Su piel, sedosa y fuerte, anunciaba la vitalidad de una virgen. Tenía la hermosa frente de su madre, pero más blanca, como la de una muchacha sin preocupaciones. Sus ojos azules expresaban la gracia y la ternura de una rubia dichosa. Si esta dicha privaba a su cabeza de esa poesía que los pintores se empeñan en dar a sus figuras haciéndolas excesivamente pensativas, la vaga melancolía que ofrecen esas muchachas que nunca han dejado el regazo materno, la idealizaba. No obstante la exquisita delicadeza de sus formas, era de una constitución sólida: sus pies denunciaban el origen campesino de su padre, así como también el color rojizo de sus manos, y daba la sensación de que acabaría por ser una mujer gorda. Fijándose en las señoras elegantes que llegaban a la tienda, había acabado por captar el sentido del arreglo personal, por saber hacer graciosos movimientos de cabeza, por adquirir una manera de hablar y una forma de moverse que volvían locos a todos los jóvenes y a los dependientes, a quienes parecía muy distinguida. Popinot había jurado no tener jamás otra mujer que Césarine. Esta rubia fluida que daba la sensación de poder ser atravesada por una mirada, que se echaba a llorar por una simple palabra de reproche, era la única que podía darle el sentimiento de la superioridad masculina. Esta encantadora muchacha suscitaba el amor sin dar tiempo para examinar si tenía la necesaria espiritualidad para hacerlo duradero; pero ¿para qué hablar de eso que en París se llama l'esprit, en una clase social cuyos principales elementos de felicidad son el sentido y la virtud? En lo moral, Césarine era como su madre, aunque un poco perfeccionada por las sutilezas de la educación: le gustaba la música, dibujaba a lápiz La Virgen de la Silla leía obras de las señoras Cottin y Riccoboni, de Bernardin de Saint—Pierre, Fénelon y Racine. No aparecía en el mostrador sino momentos antes de la comida o en muy raras ocasiones. Su padre y su madre, como todos los nuevos ricos, empeñados en cultivar la ingratitud de los hijos colocándolos sobre ellos, se complacían en deificar a Césarine, quien, felizmente, poseía las virtudes de la burguesía y no abusaba de esa debilidad de sus padres.

La señora de Birotteau seguía al arquitecto con aire preocupado y solícito, viendo con terror y señalando a su hija los movimientos que hacía con el metro, bastón de los arquitectos y de los contratistas, para tomar medidas. Veía en esos movimientos algo de muy mal augurio; hubiera querido que las paredes fuesen más bajas y las habitaciones más pequeñas, y no se atrevía a hacer preguntas al arquitecto sobre las consecuencias de esa brujería.

—Esté tranquila, señora, que no me llevaré nada —dijo el artista, sonriendo.

Césarine tuvo que reírse.

—Señor —dijo Constance con voz suplicante y sin darse cuenta de la broma del arquitecto—, procure usted economizar y luego lo recompensaremos...

Antes de ir a ver al señor Molineux, propietario de la casa vecina, César quiso pasar por el despacho del señor Roguin para recoger el documento privado que Alexandre Crottat tendría preparado para ese traspaso de arrendamiento. Al salir, Birotteau vio a Tillet asomado a la ventana del estudio de Roguin. Aunque debido a las relaciones de su antiguo dependiente con la esposa del notario era bastante natural que Tillet se encontrase allí a la hora en que se extendían los contratos relativos a los terrenos, Birotteau se inquietó, no obstante su extremada confianza. El aspecto animado de Tillet presagiaba una discusión.

« ¿Estará metido en el asunto?», se preguntó César, debido a su cautela comercial.

La sospecha pasó por su mente como un relámpago. Al volverse, vio a la señora Roguin, y entonces la presencia del banquero no le pareció tan sospechosa.

«Sin embargo, ¿y si Constance está en lo cierto? —se dijo—. Pero soy un estúpido al hacer caso de lo que dice una mujer. Hablaré de ello con mi tío esta misma mañana. Del patio Batavia, donde vive Molineux, a la calle Bourdonnais, no hay más que un paso. »

Un observador desconfiado, un comerciante que en su carrera se hubiera encontrado con algunos bribones, se habría salvado; pero los antecedentes de Birotteau, la incapacidad de su inteligencia para seguir la cadena de inducciones por las cuales un hombre superior llega a las causas, lo perdió. Encontró al comerciante de paraguas ya vestido de fiesta y comenzó a caminar en su compañía hacia la casa del propietario, cuando Virginie, su cocinera, le dijo:

—Señor, la señora no quiere que siga usted...

— ¡Vaya —exclamó Birotteau—, más ideas de mujer! —... sin tomar su taza de café, que lo está esperando.

— ¡Es verdad! Vecino —dijo Birotteau a Cayron—, tengo tantas cosas en la cabeza que no me preocupo de mi estómago. Tenga la bondad de seguir adelante; nos encontraremos en la puerta del señor Molineux, a menos que suba usted para explicarle el asunto y así perderemos menos tiempo.

El señor Molineux era un pequeño rentista grotesco, que no se da más que en París, como un cierto liquen no crece más que en Islandia. Esta comparación es tanto más justa cuanto que este hombre era de naturaleza mixta, de una naturaleza animo—vegetal, que un nuevo Mercier podría establecer con las criptógamas que crecen, florecen y mueren sobre, en o bajo, las paredes encaladas de las casas viejas y malsanas, donde estos seres se dan preferentemente. A primera vista, esta planta humana, umbelífera, con el casquete azul tubular que la coronaba, con el tallo envuelto en un pantalón verdusco, con raíces bulbosas cubiertas de zapatillas de orillo, ofrecía un aspecto pálido Y vulgar que, verdaderamente, no denunciaba nada venenoso. En este curioso producto habrían ustedes reconocido al accionista por excelencia, que cree en todo lo que dicen los diarios y que lo dice todo diciendo: « ¡Lea usted el diario!». El burgués que ante todo es amigo del orden, siempre sublevado moralmente contra el poder, pero al cual, sin embargo, obedece siempre; criatura débil en su conjunto, pero feroz en el detalle; insensible como un ujier cuando se trataba de su derecho; un hombre que daba a los pájaros semillas de anagalis, para envenenarlos, y a los gatos, espinas de pescado; que interrumpía la redacción de un recibo de alquiler para molestar al canario; desconfiado como un carcelero, pero siempre dispuesto para aportar su dinero a un negocio sucio, procurando recobrarlo con sórdida avaricia.

La maldad de esta flor híbrida no se advertía sino a fuerza de tratarlo; para poder probarla, su nauseabunda amargura necesitaba la cocción de algún comercio donde sus intereses se vieran mezclados con los de los hombres. Como todos los parisienses, Molineux sentía la necesidad de dominar; deseaba esa parte de soberanía, mayor o menor, ejercida por todos, incluso por los porteros, sobre un número mayor o menor de víctimas: mujer, hijos, locatarios, dependientes, caballo, perro o mono, en quienes se descargan las mortificaciones sufridas en la esfera superior a la que se aspira. Este viejo repugnante no tenía esposa, ni hijo, ni sobrino, ni sobrina; trataba con aspereza a su sirvienta por no poder convertirla en burro de carga, pues ella evitaba todo contacto cumpliendo rigurosamente con su deber; así, sus ansias de tiranía quedaban frustradas. Para satisfacerlas, había estudiado pacientemente las leyes sobre contratos de alquiler y sobre paredes medianeras; había profundizado en la jurisprudencia que rige en París para las casas, sobre todos los detalles de deslindes, servidumbres, impuestos, cargas, servicios de limpieza, colgaduras en la fiesta del Corpus, cañerías de desagüe, alumbrado, voladizos sobre la vía pública y vecindad de establecimientos insalubres. Todos sus medios, todo su ingenio y toda su actividad los empleaba para mantener en pie de guerra su condición de propietario; había comenzado por hacer de ello una diversión y esta diversión se convirtió en monomanía. Le gustaba proteger a los ciudadanos contra la ilegalidad; pero, como los motivos de queja eran raros, acabó por cebarse en sus inquilinos. Un inquilino era su enemigo, su inferior, su esclavo, su feudatario; se creía con derecho a sus respetos y tenía por un grosero al que se cruzaba con él en la escalera y no lo saludaba. Extendía él mismo los recibos de alquiler y los enviaba a los inquilinos a mediodía de la fecha de vencimiento. El que no pagaba puntualmente recibía un mandamiento judicial a hora fija. Luego, los embargos, los gastos, toda la caballería legal llegaba con la rapidez de eso que el verdugo llama «la mecánica». Molineux no concedía prórrogas, ni otorgaba plazos; para todo lo relativo al pago de alquileres, tenía callo en el corazón.

—Yo le prestaré dinero, si lo necesita —decía a un hombre solvente—, pero págueme el alquiler, pues todo retraso supone una pérdida de intereses, de la cual no nos indemniza la ley.

Después de haber observado durante mucho tiempo las quejas y reclamaciones caprichosas de los inquilinos, había acabado por establecer una regla, que observaba escrupulosamente. Así, este hombre no hacía nunca una reparación: las chimeneas se hallaban siempre en buen estado; las escaleras, siempre limpias; los techos, blancos; las cornisas, irreprochables; los pisos, seguros; las pinturas, satisfactorias; las cerraduras, nunca tenían más de tres años; nunca faltaba un vidrio; no había grietas; no veía las baldosas rotas más que cuando algún inquilino dejaba la vivienda, y para recibirlos se hacía acompañar de un cerrajero, un pintor, un lampistero, gentes, según decía, muy complacientes. Cada nuevo inquilino que llegaba, quedaba en libertad para hacer las mejoras que quisiera, pero cuando esto ocurría, Molineux se las arreglaba para echarlo y luego cobrar más por la vivienda renovada; lo esperaba, lo acechaba e inmediatamente comenzaban sus tortuosos procedimientos.

Conocía al dedillo todas las sutilezas de la legislación en materia de alquileres; picapleitos, escribidor, dirigía cartas muy suaves y finas a sus inquilinos, pero en el fondo de su estilo, como bajo su rostro inexpresivo que pretendía ser agradable, se escondía el alma de Shylock. Exigía siempre el pago de seis meses de alquiler por adelantado, más todo un cortejo de condiciones sutiles, inventadas por él. Se cercioraba de si el inquilino había traído muebles suficientes para responder del arrendamiento. A cada nuevo inquilino lo sometía a una complicada averiguación de informes, pues no quería en su casa cierta clase de gentes: cualquier excentricidad lo asustaba. Cuando cerraba un contrato de alquiler, leía el documento durante ocho días, letra a letra, pues temía siempre lo que él llamaba «los etcétera» de notario. Cuando no actuaba como propietario, Jean—Baptiste Molineux parecía bueno y servicial; jugaba al boston sin quejarse de su mala suerte; se reía de todo lo que hace reír a un burgués; hablaba de lo que los burgueses hablan: de las arbitrariedades de los panaderos, que robaban en el peso; de sus connivencias con la policía; de los heroicos diecisiete diputados de la izquierda... Leía la obra Buen sentido, del cura Meslier, e iba a misa, sin decidirse entre el deísmo y el cristianismo, pero no devolvía jamás el pan bendito y protestaba para defenderse de las pretensiones invasoras del clero. El infatigable pedigüeño escribía con este motivo cartas a los diarios, que los diarios no insertaban y dejaban sin respuesta. En fin, se parecía a un estimable burgués que echa al fuego su leño de Navidad, inventa bromas para el día de los inocentes, recorre todos los bulevares cuando hace buen tiempo va a ver patinar, y cuando hay fuegos artificiales en la plaza de Luis XV se va allá para las dos de la tarde, con un pedazo de pan en el bolsillo, para ocupar «las primeras localidades».

El patio Batavia, donde vivía este vejestorio, es la consecuencia de una de esas raras especulaciones que sólo se explican cuando ya están hechas. Esta construcción claustral, de arcadas y galerías interiores, con una fuente en el centro, una fuente sedienta que abre su boca de león menos para dar agua que para pedírsela a los que pasan, fue inventada, sin duda, para dar al barrio de Saint—Denis una especie de Palais—Royal. Este monumento, malsano, encerrado por sus cuatro costados por altos edificios, sólo tiene vida durante el día; es el centro de oscuros callejones que se dan cita allí y une el barrio de los mercados con el de Saint—Martin por la célebre calle de Quincampoix; callejas húmedas donde los caminantes apresurados agarran reumatismos; durante la noche no hay en París otro lugar tan desierto: algo así como las catacumbas del comercio. Hay allí varias cloacas industriales, pocos bátavos y muchos almaceneros. Naturalmente, las viviendas de este «palacio» no tienen más vista que la del patio común, al que dan todas las ventanas, de suerte que los alquileres son extremadamente bajos.

El señor Molineux vivía en uno de los ángulos de este patio, en un sexto piso, por razones de salud: el aire no era puro más que a una altura de quince metros. Desde allí, este buen propietario gozaba de una espléndida vista sobre los molinos de Montmartre mientras se paseaba junto a una especie de canales donde cultivaba flores, pese a lo dispuesto por las ordenanzas de policía respecto a los jardines colgantes de la moderna Babilonia. Su vivienda se componía de cuatro piezas; sin incluir su preciado retrete a la inglesa situado en el piso superior. Tenía la llave, le pertenecía, él lo había construido, todo lo tenía en regla. Desde la entrada se apreciaba la avaricia de este hombre: en el vestíbulo, seis sillas de paja y una estufa de porcelana, y en las paredes, cubiertas de un papel verde botella, cuatro grabados comprados en remates; en el comedor, dos armarios, dos jaulas llenas de pájaros, una mesa cubierta de linóleo, un barómetro, una puertaventana que daba a los jardines colgantes y sillas de caoba forradas de crin; la sala tenía pequeñas cortinas de seda verde y muebles de madera pintada de blanco y tela de raso verde. En el dormitorio de este viejo célibe había muebles del tiempo de Luis XV, deteriorados por el uso y a los cuales no se hubiera acercado una señora vestida de blanco, por miedo a mancharse. Sobre la chimenea se veía un reloj de péndulo con dos columnas entre las que había un cuadrante que servía de pedestal a una diosa Palas blandiendo su lanza: un mito. En el suelo se veían platos llenos de desperdicios destinados a los gatos. Sobre una cómoda de palo de rosa, un retrato al pastel (Molineux en su juventud); libros, mesas en las que había dibujos indecentes; sobre una consola, varios canarios disecados, y por fin, un camastro tan pobre que parecía haber pertenecido a una carmelita.

César Birotteau quedó encantado del recibimiento que le hizo Molineux, a quien encontró envuelto en una bata de bayeta gris, cuidando la leche que había puesto a calentar en una cocinilla de hierro en una esquina de la chimenea y el aguardiente que hervía en un pequeño puchero, vertiendo de tanto en tanto un poco en la cafetera. Para no molestar a su propietario, el vendedor de paraguas se había adelantado a abrir la puerta a Birotteau. Molineux sentía veneración por el alcalde y los tenientes de alcalde de la ciudad de París, a quienes llamaba «mis oficiales municipales». Al ver entrar al magistrado, se levantó y permaneció de pie, con su gorro en la mano, hasta que el gran Birotteau se hubo sentado

—No, señor; sí, señor; ah, señor; si hubiera sabido que tenía el honor de contar entre mis inquilinos con un miembro del Concejo Municipal de París, créame que habría ido yo a su casa, pese a ser el propietario, o estar a punto de serlo.

Birotteau hizo un gesto indicándole que se pusiera el gorro.

—No lo haré, no me cubriré hasta que usted se haya cubierto y sentado. Mi vivienda es un poco fría; la modestia de mis ingresos no me permite... A sus órdenes, señor teniente de alcalde.

Birotteau había estornudado mientras buscaba su contrato de arrendamiento. Se lo ofreció a Molineux, no sin decir, para evitar toda pérdida de tiempo, que lo había redactado, por su cuenta, el notario Roguin.

—No discuto la capacidad del señor Roguin, viejo nombre bien conocido en el notariado parisiense; pero yo tengo mis costumbres, resuelvo mis asuntos yo mismo, manía bastante excusable, y mi notario es...

—Pero este asunto es tan simple... —dijo el perfumista, hecho a las decisiones rápidas de los comerciantes.

— ¡Tan simple! Nada es simple en materia de alquileres. ¡Ah, usted no es propietario, señor, y le felicito por ello! Si usted supiera hasta qué extremos llevan los inquilinos su ingratitud, y cuántas precauciones nos vemos obligados a tomar... Mire, señor, tengo yo un inquilino...

Molineux contó, durante un cuarto de hora, cómo el señor Gendrin, dibujante, había burlado la vigilancia de su portero, en la calle Saint—Honoré. El señor Gendrin había cometido infamias propias de un Marat, y hecho dibujos obscenos que la policía toleraba, lograda la connivencia con ella. Este Gendrin, artista profundamente inmoral, volvía a casa con mujeres de mala vida, haciendo imposible el tránsito por la escalera, diversión muy digna de un hombre que hacía caricaturas contra el gobierno. ¿Y por qué esto? Porque se le pedía el pago del alquiler el día quince. Gendrin y Molineux iban a pleitear porque el artista quería quedarse en su vivienda sin pagarla. Molineux recibía cartas anónimas en las que —Gendrin, sin duda— se le amenazaba de muerte, una noche, en alguno de los callejones que conducen al patio Batavia.

—A tal extremo, señor —continuó diciendo—, que el señor prefecto de policía, a quien he denunciado el caso (aproveché la ocasión para decirle algo sobre las modificaciones que convendría introducir en las leyes sobre la materia), me ha autorizado a llevar armas para mi seguridad personal.

El viejo se levantó para ir a buscar sus pistolas.

—Véalas, señor —exclamó.

—Pero, señor, usted no tiene por qué temer nada de eso por mi parte —dijo Birotteau volviéndose hacia Cayron, a quien sonrió dirigiéndole una mirada en la que se expresaba un sentimiento de piedad por aquel hombre.

Molineux sorprendió esa mirada y se dolió de advertir esa expresión en un concejal, que debía proteger a sus administrados. A cualquier otro se la hubiera perdonado, pero no se la perdonó a Birotteau.

—Señor —dijo secamente—, un juez consular de los más estimados, un teniente de alcalde, un honorable comerciante no debe descender a tales pequeñeces, porque no son más que pequeñeces. Pero en nuestro caso hay una perforación de pared medianera que debe autorizar su propietario, el señor conde de Granville; hay que fijar condiciones para volver a dejar como está esa pared, cuando termine el arrendamiento; en fin, los alquileres son considerablemente bajos, subirán de precio; la plaza Vendôme se valorará en más, ya se está valorando; va a edificarse en la calle Castiglione... Me ato, me ato...

—Terminemos —dijo Birotteau, asombrado—. ¿Qué quiere usted? Conozco bastante bien lo que son los negocios para adivinar que todas sus razones se callarán ante una razón superior: el dinero. Pues bien, ¿cuánto quiere?

—Nada más que lo justo, señor teniente de alcalde. ¿Por cuánto tiempo quiere usted hacer el contrato?

—Por siete años —respondió Birotteau.

—En siete años, ¿qué no valdrá esa vivienda mía? —replicó Molineux—. ¿Cuánto me pagarían por dos piezas amuebladas, en ese barrio? Quizá más de doscientos francos al mes. Me ato, me ato con un contrato así. Vamos a fijar, pues, el alquiler en mil quinientos francos. A ese precio, estoy conforme en traspasar a usted las dos piezas que ocupa este señor Cayron —dijo, lanzando una mirada atravesada al comerciante de paraguas—; se las cedo en arriendo por siete años consecutivos. La perforación de la pared será de cuenta de usted, con la condición de traerme el consentimiento del señor conde de Granville y su renuncia a toda clase de derechos. Será de usted la responsabilidad de lo que pueda suceder con esta perforación, quedará usted obligado a dejar la pared como estaba, y me dará desde ahora una indemnización de quinientos francos; nunca se sabe quién va a vivir y quién va a morir, y no quiero andar corriendo detrás de nadie para rehacer la pared.

—Me parecen bastante justas esas condiciones —dijo Birotteau.

—Además —añadió Molineux—, me abonará usted setecientos cincuenta francos, hic et nunc imputables a los seis últimos meses de ocupación, a descontar del total. Estoy dispuesto a aceptar letras por el importe del alquiler, a los plazos que usted quiera. Yo soy franco y rápido en mis asuntos. Convendremos en que usted tapiará, a sus expensas, la puerta de sus habitaciones que da a la escalera, por la cual no tendrá usted derecho de paso. Pero no se inquiete: no pediré nada por ello al término del contrato; lo considero incluido en los quinientos francos. Señor, siempre ha de encontrarme razonable.

—Nosotros, los comerciantes, no somos tan puntillosos —dijo el perfumista—. No sería posible concertar ningún negocio con tantas formalidades.

— ¡Ah, en el comercio es muy diferente! Y sobre todo en la perfumería, donde todo va como un guante —dijo el viejo, con una sonrisa agria—. Pero, señor, en materia de alquileres, en París, nada es indiferente. Fíjese, tengo un inquilino, en la calle Montorgueil...

—Señor —dijo Birotteau—, me molestaría mucho que retrasase por mí su almuerzo. Aquí tiene el proyecto de contrato; haga las modificaciones que estime convenientes, pues estamos de acuerdo; firmemos mañana, puesto que no hay diferencia alguna; mi arquitecto debe comenzar a trabajar mañana mismo.

—Señor —repuso Molineux, mirando al vendedor de paraguas—, hay un plazo vencido, que el señor Cayron no quiere pagar; lo añadiremos para que el contrato se cuente de enero a enero. Será más regular.

—Sea —dijo Birotteau.

—La propina al portero...

—Pero si me prohíbe usted el paso por la escalera, no es justo...

— ¡Oh, usted es inquilino! —dijo con voz perentoria Molineux, a caballo sobre los principios—. Usted debe pagar los impuestos sobre puertas y ventanas y su parte en todas las cargas. Cuando se pone todo en claro, no hay ninguna dificultad. Amplía usted sus locales... ¿Van bien sus negocios?

—Sí, pero el motivo es otro. Voy a dar una fiesta a mis amistades, tanto para celebrar la liberación del territorio nacional como para festejar mi promoción a la Orden de la Legión de Honor...

— ¡Ah, una recompensa bien merecida!

—Sí. Quizá me haya hecho merecedor a ese insigne y real favor por formar parte del Tribunal de Comercio y por haber combatido en pro de los Borbones en las calzadas de la iglesia de San Roque, el 13 de vendimiario, donde fui herido por Napoleón; estos títulos...

—Valen tanto como los de los bravos soldados de nuestro antiguo ejército. La cinta es roja, porque está teñida con la sangre derramada.

Ante estas palabras, tomadas del «Constitucional», Birotteau no pudo dejar de invitar a Molineux, que se deshizo en agradecimientos y hasta se encontró dispuesto a perdonarle su desdén. El viejo condujo a su nuevo inquilino hasta la escalera, abrumándolo con frases amables. Cuando Birotteau se encontró en medio del patio Batavia con Cayron, miró a su vecino con aire bromista.

—No creía yo que podría haber gentes tan achacosas —dijo, guardando entre sus labios la palabra «bestias».

—Ah, señor —dijo Cayron—, todos no tienen tanto talento como usted.

Birotteau tenía derecho a considerarse un hombre superior en comparación con Molineux, así que la contestación del vendedor de paraguas le causó una sensación muy agradable y lo saludó con un gesto majestuoso.

«Voy al Mercado Central —se dijo Birotteau—, a ver si hago el negocio de las avellanas. »

Después de una hora de búsquedas volvió a la calle de Lombards, donde se consumían avellanas para hacer grageas, y supo por sus amigos los Matifat que en grandes cantidades solamente las vendía la señora Angélique Madou, que vivía en la calle Perrin—Gasselin, única casa donde se podía encontrar la verdadera avellana de Provenza y la auténtica avellana blanca de los Alpes.

La calle Perrin—Gasselin es uno de los callejones del laberinto cercado por el muelle, la calle Saint—Denis, la de la Ferronnerie y la de la Monnaie, y que viene a ser algo así como las entrañas de la ciudad. Se ve en ella un número infinito de mercaderías heterogéneas y revueltas, asquerosas o agradables; arenques y muselinas, sedas y mieles, mantecas y tules y una gran cantidad de pequeños comercios, de los cuales París no sabe nada, como no sabe el hombre lo que ocurre en su páncreas; allí actuaba como sanguijuela un tal Bidault, llamado Gigonnet, prestamista, que vivía en la calle Grenétat.

Antiguas caballerizas están destinadas a depósito de toneladas de aceite, y las cocheras contienen millones de medias de algodón; como también grandes cantidades de géneros que en los mercados se venden al por menor.

La señora Madou, antigua revendedora de pescado fresco, dedicada desde unos diez años atrás a los frutos secos con motivo de unas relaciones amorosas con el que fue propietario de sus locales, y que durante mucho tiempo fue la comidilla de los comadreos del mercado, era una belleza viril y provocativa, desaparecida bajo una excesiva obesidad. Vivía en la planta baja de una casa amarilla que estaba en ruinas, pero que se mantenía en pie gracias a unos soportes de hierro. El difunto había conseguido deshacerse de sus competidores, convirtiendo su comercio en monopolio. Pese a algunos pequeños defectos de educación, la heredera podía seguir la rutina, yendo y viniendo por sus almacenes, que ocupaban las caballerizas, las cocheras y viejos talleres, donde combatía con éxito a los insectos. Sin mostrador, ni caja, ni libros, pues no sabía leer ni escribir, contestaba a puñetazos las cartas que recibía, por creer que estaban llenas de insultos. Llevaba muy bien su edad, un poco avanzada ya, con su buen color, su pañuelo en la cabeza, sujeto por encima del sombrero, y una voz de bombardino con la cual se ganaba la estimación de los carreteros que le traían las mercaderías, terminando siempre sus discusiones con una botella de vino blanco. Nunca tenía la menor dificultad con los campesinos que le enviaban sus frutos, puesto que pagaba al contado, única manera de entenderse con los cultivadores, a quienes iba a visitar durante el tiempo de la cosecha.

Birotteau vio a esta comerciante salvaje en medio de sacos de avellanas, de castañas y de nueces.

—Buenos días, querida señora —la saludó Birotteau con aire jovial.

— ¡Querida! —contestó la mujer—. ¿Me conoces, pues, de haber tenido conmigo relaciones... agradables? ¿En qué pesebre hemos comido juntos?

—Soy perfumista y, además, teniente de alcalde del segundo distrito de París; así, como magistrado y como comprador, tengo derecho a que emplee usted conmigo otro tono.

—Yo me caso cuando me da la gana —dijo la mujer—, no me llevo nada de la alcaldía y no voy a molestar a los tenientes de alcalde; en cuanto a mi clientela, me quiere mucho, le hablo a mi modo, y los que no estén conformes que se vayan con la música a otra parte.

— ¡Estas son las consecuencias del monopolio! —se dijo Birotteau.

— ¡Popole! Es mi ahijado. Seguro que ha hecho alguna de las suyas. ¿Viene usted por él, señor magistrado? —dijo la vendedora con un tono más suave.

—No; he tenido el honor de decirle que vengo en calidad de comprador.

—Muy bien. ¿Cómo te llamas, muchacho? Nunca te he visto por aquí.

—Con esa voz, venderá usted muy baratas las avellanas, ¿no? —dijo Birotteau, dando su nombre y su calidad de comerciante.

— ¡Ah, usted es el famoso Birotteau que tiene una mujer tan hermosa! ¿Y cuántas avellanas garrapiñadas quiere usted, amorcito?

—Seis mil libras.

—Es todo lo que tengo —dijo la vendedora con voz de flauta desafinada—. Querido señor, usted no es uno de esos vagos que no tienen más trabajo que el de casar a sus hijas. Usted tiene su ocupación, y que Dios lo bendiga. Va a ser usted un gran cliente y su nombre quedará grabado en el corazón de la mujer que más quiero.

— ¿De qué mujer?

— ¡Pero, hombre, de la querida señora Madou!

— ¿A cómo sus avellanas?

—Para usted, mi buen burgués, a veinticinco francos las cien libras, si las toma todas.

—A veinticinco francos, mil quinientos francos. Y van a hacerme falta lo menos cien mil por año.

—Pero vea usted qué hermosura de avellanas —dijo la señora Madou metiendo el brazo en una bolsa—. ¡Y ninguna vacía! Y piense que los almaceneros las venden a más de un franco la libra, y que por cada cuatro libras venden una de avellanas podridas. ¡No querrá usted que pierda dinero por darle el gusto! Es usted un hombre muy simpático, pero no me agrada tanto como para eso. Si se lleva usted todas, se las pongo a veinte francos; no es cosa de despedir así a un teniente de alcalde, pues quizá traería la mala suerte. Fíjese, fíjese en las avellanas, todas llenas y sin gusano.

—Bueno, envíeme seis mil por dos mil francos y a ochenta días de plazo, a mi fábrica del Faubourg—du—Temple, mañana a primera hora.

—Me daré más prisa que una recién casada. Bueno, adiós, señor alcalde. Y sin odios, ¿eh? Pero, si le da lo mismo, ¿no podría pagarme a cuarenta días? Se las pongo muy baratas y no puedo perder el descuento. Con eso de que tiene un corazón muy sensible, el señor Gigonnet nos succiona como una araña a la mosca.

—Bueno, a cincuenta días; pero pesaremos las avellanas de cien en cien libras, para que no haya vacías. Sin eso, nada.

— ¡Ah, el perro sabe lo que se hace! —exclamó la señora Madou—. No se lo puede engañar. Son esos miserables de la calle de Lombards quienes le han dicho eso; esos lobos que se entienden muy bien para devorar a los pobres corderitos.

El «corderito» tenía cinco pies de alto por tres de contorno y se parecía a un mojón vestido de tela de algodón a rayas, y sin cintura.

El perfumista, perdido en sus cálculos y combinaciones, meditaba, mientras iba caminando por la calle de Saint—Honoré, en su duelo con el «Aceite de Macassar»; pensaba en las etiquetas, en la forma de las botellas, en la forma de los tapones, en el color de los carteles anunciadores. ¡Y todavía dirán que no hay poesía en el comercio! No hizo Newton tantos cálculos para establecer su célebre binomio corno Birotteau a cuenta de su «Esencia Comágena», pues ya el aceite se había convertido en esencia y pasaba de una palabra a la otra sin conocer el valor de ninguna de las dos. Toda suerte de combinaciones se apretujaban dentro de su cabeza, y este cavilar en el vacío lo tomaba él por talento. Absorto en sus pensamientos, rebasó la calle de Bourdonnais y tuvo que volver de nuevo sobre sus pasos al acordarse de su tío.

Claude—Joseph Pillerault, en otros tiempos comerciante ferretero bajo la muestra de «La campana de oro», era uno de esos hombres que resultan agradables si se los toma tal como son: vestimenta y costumbres, inteligencia y corazón, lenguaje e ideas, todo armonizaba en él. No teniendo más parientes que la señora Birotteau, había concentrado todo su cariño en ella y en Césarine; en el curso de su vida haba perdido a su mujer y a su hijo, y luego al hijo de su cocinera, que había adoptado. Estas pérdidas tan crueles habían hecho de él un estoico cristiano, hermosa doctrina que animaba su vida y coloreaba sus últimos días con ese tono a la vez cálido y frío que dora las puestas de sol en invierno. Su cabeza, huesuda y vacía, de un aire severo, en la que el ocre y el sepia estaban armoniosamente fundidos, ofrecía una extraña analogía con la que los pintores dibujaban para representar al Tiempo, pero vulgarizada, pues las costumbres de la vida comercial habían rebajado en él el carácter monumental y rudo exagerado por los pintores, los escultores y los fundidores de relojes de mesa.

De talla media, era más bien ancho que gordo; la naturaleza lo había hecho para el trabajo y para la longevidad; su fisiología era expresión de una fuerte arquitectura ósea, y su carácter era seco, sin emoción alguna en la epidermis, pero no insensible. Pillerault, poco expresivo, tal como lo indicaba su actitud serena y su cara seria, tenía una sensibilidad íntima, sin frases y sin gestos. Sus ojos, de un color verde ciruela salpicado de puntitos negros, eran notables por una constante lucidez. Su frente, cruzada por arrugas horizontales y amarilleadas por el tiempo, era pequeña, apretada, dura, bajo los cabellos de un gris plateado. Su boca fina expresaba prudencia, pero no avaricia. La viveza de su mirada denotaba una gran vida interior. En fin, la honradez, el sentimiento del deber, una modestia nada fingida era su aureola y le daban especial relieve a su aspecto saludable.

Durante sesenta años había llevado la vida dura y sobria de un gran trabajador; su historia se parecía a la de César, salvo en lo relativo a la felicidad. Dependiente hasta los treinta años, su dinero estaba comprometido en su comercio cuando César invertía el suyo en papel del Estado, y sufrió lo indecible cuando sus picos y sus palas fueron requisados. Su carácter sensato y reservado, su previsión y su constante reflexionar habían influido en su manera de trabajar. La mayoría de sus negocios se hacían bajo palabra y rara vez había tenido dificultades. Observador, como todos los inclinados a la meditación, estudiaba a las gentes dejándolas hablar; así, a menudo rechazaba negocios que parecían buenos y que sus vecinos habían aceptado para más tarde arrepentirse y decir que Pillerault olía a los bribones. Prefería ganancias pequeñas, pero seguras, a esos golpes de audacia en los que se comprometen grandes cantidades. Vendía placas de hierro para las chimeneas, parrillas, morillos, calderos de hierro fundido, azadas y todas las herramientas de los labradores. Todo ello exigía un trabajo excesivo. La ganancia no estaba en relación con el esfuerzo; dejaban poco beneficio estos artículos tan difíciles de manejar y almacenar a lo que había que añadir el clavar cajas, deshacer embalajes descargar carros repletos de esa clase de artículos de hierro: así, ninguna fortuna mejor ganada, ni más legítima, ni más honorable que la suya. Nunca había encarecido exageradamente la mercadería, ni había corrido tras los compradores. En los últimos tiempos solía vérsele fumando su pipa a la puerta de la tienda mirando pasar la gente y viendo trabajar a sus dependientes.

En 1814, año en que se retiró, su fortuna consistía, en primer lugar, en setenta mil francos, de los que obtenía algo más de cinco mil de renta; después, como valor de su comercio, cedido a uno de sus dependientes, tenía cuarenta mil francos a cobrar en cinco años, sin interés. Durante treinta años, haciendo anualmente ventas por más de cien mil francos, había ganado el siete por ciento de esa cantidad, absorbiendo los gastos de su vida la mitad de esas ganancias. Éste era su balance. Sus vecinos, que no sentían ninguna envidia por esa mediocridad, alababan su buen juicio, pero sin comprenderlo.

En la esquina que hacen las calles de la Monnaie y de Saint—Honoré se encuentra el café David, adonde varios comerciantes y el mismo Pillerault solían ir por la tarde a tomar el café. En esa tertulia había sido objeto de algunas bromas por la adopción del hijo de la cocinera, pero de esas bromas que se hacen a un hombre respetado, pues el ferretero inspiraba una estimación respetuosa, sin haberla buscado, ya que le bastaba con su propia estimación.

Cuando Pillerault perdió a este hijo adoptivo, hubo en el entierro más de doscientas personas, que acompañaron al cadáver hasta el cementerio. Ante esa desgracia, Pillerault fue heroico. Su gran pena, contenida, como ocurre con los hombres de ánimo fuerte, aumentó la simpatía del barrio para este hombre valeroso, palabra que al referirse a Pillerault se pronunciaba con un acento que ampliaba su sentido y la ennoblecía.

La sobriedad de Claude Pillerault, que se había hecho costumbre en él, no pudo adaptarse a los gustos de una vida ociosa cuando, al dejar el comercio, entró en ese no hacer nada que tanto agobia al burgués parisiense: siguió haciendo la misma clase de vida y animó su vejez con sus convicciones políticas, que, digámoslo, eran de extrema izquierda. Pertenecía a esa clase trabajadora que la Revolución llevó a la burguesía. La única falla de su carácter era la importancia excesiva que concedía a las conquistas de la Revolución: creía que su bienestar y su estabilidad política estaban amenazados por los jesuitas, cuyo secreto poder denunciaban los elementos liberales, y comprometidos por las ideas que el «Constitucional» atribuía al hermano del rey. Por otra parte, era consecuente con su vida y con sus ideas: no había nada de intransigencia en su política, jamás injuriaba a sus adversarios, tenía miedo de los cortesanos y creía en las virtudes republicanas: se imaginaba a Manuel libre de toda culpa, tenía al general Foy por un gran hombre, creía que Casimir Perier no tenía ninguna ambición que Lafayette era un profeta político y Courier, un buen hombre. Tenía, en fin, nobles sueños. Este buen viejo hacía una vida de familia, visitando unas veces a los Ragon, otras a su sobrina, otras al juez Popinot, o a Joseph Lebas, o a los Matifat. Con mil quinientos francos tenía bastante para sus gastos personales; el resto de sus ingresos lo invertía en buenas obras, o en regalos a su sobrina—nieta; invitaba cuatro veces por año a sus amigos a comer en el restaurante de Roland, de la calle Hasard, llevándolos después a algún espectáculo. Hacía el papel de esos viejos solterones contra los cuales giran las mujeres casadas letras de cambio a la vista para sus diversiones: una excursión al campo o al teatro de la ópera o a las Montagnes—Beaujon; Pillerault era entonces feliz por el placer que proporcionaba y se alegraba su corazón en el corazón de los demás.

Después de haber traspasado su negocio, no quiso dejar el barrio donde había vivido tantos años y al cual estaba tan acostumbrado; tomó una pequeña vivienda de tres habitaciones en el cuarto piso de una casa antigua de la calle de Bourdonnais; y así como la vida de Molineux se conocía por su extraño moblaje, así la vida pura y sencilla de Pillerault era revelada por la disposición interior de su vivienda, compuesta de un vestíbulo, una sala y un dormitorio. Por sus dimensiones, parecía éste la celda de un cartujo. El vestíbulo, de piso de baldosas rojas lustradas, tenía una ventana adornada con unos visillos de percal con orlas rojas, sillas de caoba guarnecidas de badana roja y clavos dorados, y las paredes estaban cubiertas con un papel verde oliva y decoradas con «El Juramento de los Americanos», el retrato de Napoleón como primer cónsul, y otro de la «Batalla de Austerlitz». La sala, arreglada, sin duda, por un tapicero, tenía muebles de tono amarillo, una alfombra, los utensilios y adornos de la chimenea, de bronce; una consola en la que se veía un búcaro con flores bajo una campana de cristal, y una mesita redonda cubierta con un tapete y sobre ella una licorera. Los muebles nuevos de esta pieza denotaban un sacrificio hecho a los gustos de la gente por el viejo ferretero, que recibía visitas en muy rara ocasión.

En su dormitorio, sencillo como el de un religioso o el de un viejo soldado, las dos clases de hombres que mejor aprecian la vida, llamaba la atención un crucifijo con su pequeña pila para el agua bendita. Esta profesión de fe en un republicano estoico causaba una profunda emoción. Una mujer solía venir a arreglarle la casa, pero era tan grande su respeto por las mujeres que nunca consentía que le lustrase los zapatos, para lo cual había contratado el servicio de un limpiabotas.

Su vestimenta era simple e invariable. Llevaba corrientemente un sobretodo y un pantalón de paño azul, chaleco de algodón, corbata blanca y zapatos muy cerrados; los días de fiesta se ponía un frac de botones dorados. Sus costumbres en lo relativo a levantarse de la cama, desayunar, salir a la calle, almorzar; sus tertulias de la tarde y su vuelta a casa, estaban señaladas por la más estricta regularidad, que es lo que hace alargar la vida y conservar la salud.

Nunca tenía discusiones políticas con César, con Ragon, con el cura Loraux, pues todos ellos se conocían demasiado bien para polemizar en el terreno del proselitismo. Como su sobrino y como Ragon, tenía una gran confianza en Roguin. Para él, un notario de París era siempre un ser venerable, una imagen viviente de la honradez. En el asunto de los terrenos, Pillerault había hecho un examen que motivó la decisión con que César combatió los presentimientos de su esposa.

El perfumista subió los sesenta y ocho escalones que conducían a la puerta oscura de la vivienda de su tío pensando que este anciano debía de estar bien sano para subirlos todos los días sin quejarse. Vio el sobretodo y el pantalón en el colgador que había en la parte exterior: la señora Vaillant los cepillaba y limpiaba mientras este verdadero filósofo, envuelto en una bata de bayeta, desayunaba junto al fuego de la chimenea y leía los debates parlamentarios en el Constitucional y en el Diario del Comercio.

—Tío —lo saludó César—, el asunto está terminado y se van a redactar los documentos. Sin embargo, si tiene usted algunos temores, aún estamos a tiempo de dejarlo.

— ¿Por qué había de dejarlo? El negocio es bueno, aunque un poco largo, como todos los negocios seguros. Mis cincuenta mil francos están en el Banco; ayer cobré los últimos cinco mil del traspaso de mi comercio. En cuanto a los Ragon, entran en el negocio con toda su fortuna.

— ¿Y cómo viven?

—No te preocupes; viven.

—Tío, lo comprendo —dijo Birotteau vivamente emocionado y estrechando las manos del austero anciano.

— ¿Cómo se hará el negocio? —dijo bruscamente Pillerault.

—Yo llevo las tres octavas partes; usted y los Ragon, una. Yo le acreditaré su importe en mis libros hasta que se haya decidido la cuestión de las actas notariales.

—Bueno. Pero, muchacho, ¿eres tan rico como para entregar trescientos mil francos? Me parece que aventuras mucho fuera de tu comercio. ¿No se resentirá por ello? En fin, eso es de tu incumbencia. Si te encuentras en dificultades, ahí tienes papel del Estado a ochenta; yo podría vender dos mil francos de deuda consolidada. Pero ten cuidado, muchacho; si tienes que recurrir a mí, es la fortuna de tu hija la que disminuye.

—Querido tío, ¡qué sencillamente dice usted las cosas más hermosas! Me conmueve usted el corazón.

—Hace poco me lo conmovía a mí el general Foy de modo bien diferente. En fin, asunto concluido. Los terrenos no se escaparán y la mitad será nuestra; aun cuando haya que esperar seis años, siempre podremos sacar mientras tanto algún beneficio: cederemos algunas canteras para su explotación y algo nos darán por ello. Sólo hay una forma de fracasar, imposible, por supuesto: que Roguin nos robe el dinero...

—Eso mismo me decía mi esposa esta noche. Teme...

— ¿Que Roguin se quede con nuestro dinero? —dijo Pillerault riendo—. ¿Por qué?

—Dice que despide muy mal olor por la nariz y que, como todos los hombres que no pueden acercarse a una mujer, está rabioso por... Después de haber dejado escapar una sonrisa de incredulidad, Pillerault arrancó de un talonario un cheque, escribió la suma y firmó.

—Toma; aquí tienes un cheque de cien mil francos, por Ragon y por mí. Estos pobres han vendido a tu maldito Tillet sus quince acciones de las minas de Wortschin para completar la suma. Conmueve el corazón esto de ver en aprietos a gente tan honrada. Gente tan buena, tan digna, la flor de la burguesía, en una palabra. Su hermano Popinot, el juez, no sabe nada de eso: se lo ocultan para no tener que aceptar su ayuda. ¡Gentes que han trabajado, como yo, durante treinta años!

—Dios quiera que triunfe mi «Aceite Comágeno»; sería yo doblemente feliz —dijo Birotteau—. Adiós, tío; el domingo vendrá usted a comer a mi casa, con los Ragon, Roguin y el señor Claparon. Firmaremos todos pasado mañana, pues mañana, viernes, no quiero hacer ningún...

— ¿Eres supersticioso?

—Tío, jamás creeré que el día en que el hijo de Dios fue muerto Por los hombres sea un día feliz. Ese día no se hacen negocios de ninguna clase. Se interrumpen todos los asuntos para el 21 de enero.

—Hasta el domingo —dijo bruscamente Pillerault.

«A no ser por sus opiniones políticas —se decía Birotteau mientras descendía la escalera—, yo no sé si este tío mío tendría par en el mundo. ¿Qué le importa la política? Haría mejor en no pensar siquiera en eso. Pero su terquedad prueba que no hay hombres perfectos.»

— ¡Las tres ya! —dijo César al entrar en su casa.

—Señor, ¿toma usted estos valores? —le preguntó Célestin mostrándole los que había dejado el comerciante de paraguas.

—Sí, al seis por ciento, sin comisión. Y luego, dirigiéndose a su esposa:

—Querida, prepara mi ropa, que tengo que ir a casa de Vauquelin, ya sabes para qué. Una corbata blanca, sobre todo.

Birotteau dio algunas órdenes a sus dependientes; al no ver a Popinot supuso que estaría vistiéndose y subió rápidamente a su habitación, donde vio «La Virgen de Dresde», a la que habían puesto un magnífico marco, según lo había encargado él.

—Muy bien, queda muy simpático —dijo a su hija.

—Pero, papá, di que está muy hermoso, si no quieres que se burlen de ti.

— ¡Vean ustedes a una hija que gruñe a su padre! Pues mira, para mi gusto, prefiero «Hero y Leandro». La «Virgen» es un motivo religioso que estará muy bien en una capilla, pero «Hero y Leandro»... Lo compraré, pues el frasco de aceite me ha dado ideas...

—Pero, papá, no te entiendo.

— ¡Virginie, un simón! —exclamó César con voz sonora en cuanto hubo terminado de afeitarse y en el momento en que el tímido Popinot entraba arrastrando los pies, a causa de Césarine.

El enamorado no se había dado cuenta de que su defecto no existía para su amada. Deliciosa prueba de amor que únicamente pueden advertir aquellos que padecen algún defecto físico.

—Señor —dijo—, la prensa hidráulica mañana podrá funcionar.

— ¿Qué te pasa, Popinot? —preguntó César al ver que Anselme se ponía colorado.

—Señor, es que estoy muy contento por haber encontrado una tienda, una trastienda, cocina y dos habitaciones en la parte superior, más un almacén, por mil doscientos francos al año, en la calle de Cinq—Diamants.

—Hay que conseguir un contrato de arrendamiento por dieciocho años —dijo Birotteau—. Pero vamos hacia la casa del señor Vauquelin; hablaremos en el camino.

César y Popinot subieron al simón ante las miradas de los dependientes, asombrados de aquellas vestimentas y de un coche fuera de lo corriente, ignorando que todo ello era la consecuencia natural de las meditaciones del dueño de «La Reina de las Rosas».

—Vamos a saber la verdad sobre las avellanas —dijo el perfumista.

— ¿Avellanas? —le preguntó Popinot.

—Tú conoces mi secreto, Popinot; he dejado escapar la palabra «avellana» y ahí está todo el asunto. El aceite de avellanas es el único que ejerce una acción sobre los cabellos, y ninguna casa de perfumería ha pensado en ello. Al ver el grabado de «Hero y Leandro», me dije: si los antiguos usaban tanto el aceite para los cabellos, alguna razón tendrían, porque los antiguos son los antiguos; pese a las pretensiones de los modernos, soy de la misma opinión que Boileau respecto de los antiguos. De ahí he arrancado para llegar al aceite de avellanas, gracias al pequeño Bianchon, el estudiante de medicina, tu pariente: él me ha dicho que, en la Facultad, sus camaradas empleaban el aceite de avellanas para que crecieran más rápidamente sus bigotes y sus barbas. Sólo nos falta la aprobación del ilustre señor Vauquelin. Ilustrados por él, no engañaremos al público. Hace un momento he estado en el mercado con una vendedora de avellanas, para tener la materia prima; dentro de unos instantes estaré en casa de uno de los más grandes sabios de Francia para obtener la quintaesencia. No son tontos los proverbios: los extremos se tocan. Ya ves, muchacho: el comercio es el intermediario entre la producción agrícola y la ciencia. Angélique Madou cosecha, el señor Vauquelin extrae y nosotros vendemos una esencia. Las avellanas valen un cuarto de franco la libra, el señor Vauquelin centuplica su valor y nosotros quizá prestemos un gran servicio a la humanidad, pues si la vanidad atormenta al hombre, un buen cosmético es una cosa buena.

La religiosa atención con que Popinot escuchaba al padre de su Césarine estimuló la elocuencia de Birotteau, que se permitió usar las frases más tontas que un burgués puede inventar.

—Sé respetuoso, Anselme —dijo cuando entraban en la calle donde vivía Vauquelin—, pues vamos a penetrar en el santuario de la ciencia. Coloca la «Virgen» sin afectación, pero de forma que se vea bien, sobre una silla, en el comedor. ¡Con tal que no me aturulle al hablar! —exclamó ingenuamente Birotteau—. Mira, Popinot, este hombre me produce una impresión química, su voz me calienta las entrañas y aun me causa un pequeño cólico. Y es mi bienhechor, y dentro de unos instantes, Anselme, será el tuyo también.

Estas palabras produjeron un escalofrío a Popinot, que pisaba como si caminase sobre huevos y miraba con aire inquieto las paredes. El señor Vauquelin estaba en su gabinete de estudio y le fue anunciada la llegada de Birotteau. El académico sabía que el perfumista era teniente de alcalde y que estaba muy bien considerado; lo recibió en seguida.

—Usted no me olvida por estar en gran situación —le dijo el sabio—; pero de químico a perfumista no hay más que un paso.

—Ah, señor; entre su genio y la ignorancia de un pobre hombre como yo hay toda una inmensidad. A usted le debo eso que llama gran situación, y no lo olvidaré ni en este mundo ni en el otro.

— ¡Oh, en el otro todos seremos iguales, los reyes y los zapateros remendones!

—Los reyes y los zapateros que se hayan portado bien en este mundo —aclaró Birotteau.

— ¿Es su hijo? —preguntó Vauquelin mirando al pequeño Popinot, que estaba asombrado de no ver en este gabinete nada extraordinario, cuando él creyó que habría de encontrarse con cosas monstruosas, máquinas gigantescas, sustancias animadas...

—No, señor, sino un muchacho a quien aprecio mucho y que viene a implorar un favor igual al talento de usted; es decir, no tan infinito —añadió con aire cortés—. Venimos a consultarle por segunda vez, a los dieciséis años de la primera, sobre un asunto importante en el que soy todo lo ignorante que puede ser un perfumista.

— ¿De qué se trata?

—Sé que los cabellos ocupan todo su tiempo, y que se dedica usted a su análisis; pero mientras usted piensa en ello por la ciencia, yo lo hago por el comercio.

—Querido señor Birotteau, ¿qué quiere usted de mí? ¿El análisis de los cabellos? Voy a enviar a la Academia de Ciencias una memoria sobre esta cuestión. Los cabellos están formados por una cantidad bastante grande de mucosidad, una pequeña cantidad de aceite blanco, mucho aceite de color negro verdusco, hierro, algunos átomos de óxido de manganeso, de fosfato de cal, de una cantidad muy pequeña de carbonato de cal, de sílice y de mucho azufre. Las diferentes porciones de estas materias son la causa del diferente color de los cabellos; así, los rojos tienen mucha mayor cantidad de aceite negro verdusco que los otros.

César y Popinot abrían los ojos de un modo risible.

— ¡Nueve cosas! —exclamó Birotteau—. ¡Pero cómo! ¿Hay metales y aceites en un cabello? Si no me lo dijera un hombre como usted, a quien venero, no lo creería. ¡Qué cosa tan extraordinaria! ¡Dios es grande, señor Vauquelin!

—El cabello es producido por un órgano folicular, una especie de bolsa abierta por sus extremidades: por una de ellas se relaciona con los nervios y con los vasos; por la otra sale el cabello. Según algunos de nuestros sabios colegas, y entre ellos el señor de Blainville, el cabello sería una sustancia muerta, expulsada de esta bolsa o cripta llena de materia pulposa.

—Algo así como un sudor de palo —dijo Popinot, a quien el perfumista dio con la punta del pie en el talón.

Vauquelin sonrió ante lo dicho por Popinot.

—Los hay mediocres, ¿no es cierto? —dijo César mirando a Popinot—. Pero, señor, si los cabellos nacen muertos, no es posible darles vida, y en ese caso estamos perdidos: el prospecto anunciador es absurdo; y no sabe usted lo raro que es el público para que vengamos a decirle...

—Que hay un estercolero en la cabeza —añadió Popinot, queriendo hacer reír a Vauquelin otra vez.

—Catacumbas aéreas —le respondió el químico, siguiendo la broma.

— ¿Y las avellanas que he comprado? —exclamó Birotteau pensando en la pérdida comercial—. ¿Por qué venderán...?

—Tranquilícese usted —dijo Vauquelin sonriendo—. Veo que se trata de algún secreto para impedir la caída de los cabellos o que se vuelvan blancos. Vea usted mi opinión sobre la materia, después de todos mis trabajos. —Popinot levantó entonces las orejas, como una liebre asustada—. La decoloración de esta sustancia muerta o viva se produce, en mi opinión, por la interrupción de la secreción de las materias colorantes, lo cual explicaría por qué en los países fríos el pelo de los animales de hermosa piel palidece, se hace blanco durante el invierno.

—Presta atención, Popinot.

—Es evidente —añadió Vauquelin— que el cambio de color de las cabelleras se debe a los cambios bruscos de la temperatura ambiente...

—Ambiente, Popinot; retén, retén esas palabras —exclamó César.

—Sí —continuó diciendo Vauquelin—, al frío y al calor alternos, o a fenómenos interiores que producen los mismos efectos. Así, probablemente, las jaquecas y las afecciones cefalálgicas absorben, disipan o desplazan a los fluidos generadores. Lo interior compete a los médicos, en cuanto al exterior... eso es cosa de sus cosméticos.

—Me devuelve usted la vida, señor. Había yo decidido vender aceite de avellanas pensando que los antiguos se servían del aceite para sus cabellos, y los antiguos son los antiguos: en esto opino como Boileau. Porque los atletas se untaban aceite...

—Es lo mismo el aceite de oliva que el de avellanas —siguió diciendo Vauquelin, que no escuchaba a Birotteau—. Todo aceite es bueno para preservar al bulbo de las influencias perjudiciales para las sustancias que trabajan en él, que están en disolución, diríamos en química. Pero quizá tenga usted razón. El aceite de avellanas posee, según me ha dicho Dupuytren, un estimulante. Trataré de encontrar las diferencias que existen entre los aceites del hayuco, de colza, de oliva, de nuez, etcétera.

— ¡Entonces, no me he equivocado! —exclamó triunfalmente Birotteau—. He dado con un gran hombre. ¡El «Aceite de Macassar» está muerto! «Macassar», señor, es un cosmético que se vende, y muy caro, para hacer crecer los cabellos.

—Querido señor Birotteau, no han llegado a Europa ni dos onzas de aceite de Macassar. El aceite de Macassar no ejerce la menor influencia sobre los cabellos, pero los malayos lo compran a peso de oro por creerlo excelente para hacerlos crecer, sin saber que el aceite de ballena es muy bueno. Ningún poder químico es divino...

— ¡Oh, divino; no diga usted eso, señor Vauquelin!

—Pero, señor, la primera ley que sigue Dios es la de ser consecuente consigo mismo: sin unidad, no hay fuerza...

—Ah, vista así la cosa...

—No hay nada que pueda hacer que salgan cabellos a los calvos, como no se pueden teñir, sin daño, los cabellos rojos o blancos; pero al recomendar el empleo del aceite, no comete usted ningún error, no miente usted, y creo que los que se sirvan de él podrán conservar los cabellos.

— ¿Y cree usted que la Real Academia de Ciencias aprobaría...?

—Oh, no hay ninguna investigación, ningún descubrimiento. Por otra parte, han abusado tanto los charlatanes del nombre de la Academia, que no creo que conseguiría usted nada. Mi conciencia se niega a considerar al aceite de avellanas como un prodigio.

— ¿Y cuál sería la mejor manera de extraerlo? ¿Por decocción o por presión? —preguntó Birotteau.

—Por presión entre dos planchas calientes, el aceite será más abundante, pero obtenido por presión entre dos chapas frías, será de mejor calidad. Es necesario aplicar el aceite —dijo Vauquelin bondadosamente— sobre la piel y no frotar con él los cabellos. Si se hiciera así, no se conseguiría nada.

—Retén bien esto, Popinot —dijo Birotteau con un entusiasmo que le iluminaba el rostro—. Aquí tiene usted, señor, a un muchacho para quien este día será uno de los más felices de su vida. Lo conocía a usted, lo veneraba sin haberlo visto. ¡Ah, es que en mi casa hablamos mucho de usted, pues el nombre que está siempre en el corazón a menudo sube a los labios! Mi esposa, mi hija y yo rogamos todos los días por usted, como debe hacerse por un bienhechor.

—Es demasiado para tan poco —dijo Vauquelin, molesto por el agradecimiento parlanchín del perfumista.

— ¡Ta, ta, ta! —exclamó Birotteau—. Usted no puede impedir que lo queramos, ya que no acepta nada de mí. Usted es como el sol, que nos da luz, y nada podemos devolverle quienes la recibimos.

El sabio sonrió y se levantó; el perfumista y Popinot se levantaron también.

—Fíjate, Anselme, fíjate bien en este gabinete. ¿Nos lo permite, señor? Su tiempo es precioso, pero quizá él no vuelva otra vez por aquí.

— ¿Y está usted satisfecho de sus negocios? —dijo Vauquelin a Birotteau—. Pues los dos somos hombres de negocios...

—Bastante contento, señor —contestó Birotteau, retirándose hacia el comedor, adonde lo siguió Vauquelin—. Pero para lanzar al mercado este aceite bajo el nombre de «Esencia Comágena», se necesita mucho dinero...

—«Esencia» y «Comágena» son dos palabras que chocan. Llame usted a su cosmético «Aceite de Birotteau». Y si no quiere usted que aparezca su nombre, ponga otro. ¡Pero aquí está la «Virgen de Dresde»! ¡Señor Birotteau, usted quiere que nos despidamos enojados!

—Señor Vauquelin —dijo el perfumista tomando las manos del químico—, esta rareza sólo tiene valor por la insistencia que he puesto en hallarla. Ha habido que revisar toda Alemania para encontrar el dibujo sobre papel de China y antes de hacer la plancha para el grabado; pero, como sabía que usted la quería y sus trabajos no le dejan tiempo para buscarla, me he convertido en su viajante. Tenga la bondad, pues, de recibir, no una estampa precisamente, sino unas gestiones, unas preocupaciones, unos trabajos que prueban mi devoción absoluta por usted. Habría querido yo que usted deseara algo que estuviese en el fondo de un precipicio, para poder decirle: ¡aquí lo tiene usted! No me la rechace, pues. Podemos ser olvidados tan fácilmente, que le ruego nos permita, a mí, a mi esposa, a mi hija y a quien haya de ser mi yerno, que nos coloquemos ante sus ojos; así, podrá usted decir cuando vea la «Virgen»: hay buenas gentes que piensan en mí.

—La acepto —dijo Vauquelin.

Popinot y Birotteau se enjugaron sus lágrimas: a tal punto se emocionaron cuando el académico pronunció esas dos palabras.

— ¿Quiere usted extremar su bondad? —preguntó el perfumista.

— ¿De qué se trata?

—Voy a reunir a mis amigos... —se alzó sobre los talones, adoptando, sin embargo, un aire de humildad— tanto para celebrar la liberación del territorio nacional como para festejar mi ingreso en la Orden de la Legión de Honor...

— ¡Ah! —exclamó Vauquelin, sorprendido.

—Quizá me haya hecho digno de ese insigne y real favor por haber formado parte del Tribunal de Comercio y por haber luchado en defensa de los Borbones sobre las calzadas de la iglesia de San Roque el 13 de vendimiario, donde fui herido por Napoleón. Mi esposa organiza un baile para dentro de veinte días. ¿Quiere usted venir? Háganos el honor de comer con nosotros ese día. Ello significaría para mí recibir la cruz dos veces. Le escribiré a usted para recordárselo.

—Pues bien, sí —dijo Vauquelin.

—Mi corazón está henchido de placer —exclamó el perfumista al encontrarse de nuevo en la calle—. Vendrá a mi casa. Tengo miedo de que se me haya olvidado lo que ha dicho sobre los cabellos. ¿Te acuerdas tú, Popinot?

—Sí, señor, y dentro de veinte años me acordaré también.

— ¡Qué gran hombre, qué mirada la suya y qué penetración! —dijo Birotteau—. No es que haya acertado una o dos veces, es que ha adivinado nuestros pensamientos y nos ha proporcionado los medios para aplastar al «Aceite de Macassar». ¡Ah, «Macassar», mientes, puesto que nada puede hacer crecer los cabellos! Popinot, tenemos una fortuna entre manos. Mañana, a las siete, iremos a la fábrica; llegarán las avellanas y haremos aceite. Pero ha dicho que cualquier aceite es bueno, y si supiera esto el público, estaríamos perdidos. Y si en nuestro aceite no entraran las avellanas y un poco de perfume, ¿con qué pretexto podríamos venderlo a tres o cuatro francos las cuatro onzas?

—Va usted a ser condecorado, señor —dijo Popinot—. ¡Qué gloria para...!

—Para el comercio, ¿no es cierto, hijo mío?

El aire triunfal de César Birotteau, seguro de hacer una fortuna, fue advertido por sus dependientes, que se hicieron señas entre ellos, pues el viaje en simón y la vestimenta del cajero y del patrón los habían lanzado a las más extrañas cavilaciones. La mutua satisfacción de César y de Anselme, traicionada por diplomáticas miradas cambiadas entre ellos y la que, llena de esperanzas, lanzó por dos veces Popinot sobre Césarine, anunciaba algún acontecimiento muy importante y confirmaba las conjeturas de los dependientes. En esa vida trabajosa y casi claustral, los más pequeños incidentes adquieren la importancia que el preso da a los de la cárcel. La actitud de la señora Birotteau, que respondía con gestos de duda a las miradas olímpicas de su esposo, denotaba el nacimiento de una nueva empresa: en días normales, también ella solía estar contenta, pues los pequeños éxitos la hacían feliz. De añadidura, la recaudación del día había alcanzado a seis mil francos, ya que habían sido satisfechas algunas facturas atrasadas.

El comedor y la cocina, que recibía luz de un pequeño patio y que estaba separada del comedor por un pasillo que daba a una escalera instalada en un ángulo de la trastienda, estaban en el entresuelo, que anteriormente ocupaba la vivienda de César y de Constance; así, el comedor, donde habían pasado su luna de miel, tenía ahora el aspecto de una salita. Durante la comida, Raguet, el mozo de confianza, vigilaba el almacén, pero a los postres los dependientes bajaban también, dejando a César, a su esposa y a su hija que terminasen su comida junto al fuego. Esta costumbre venía de los Ragon, en cuya casa los antiguos usos y costumbres del comercio, siempre en vigor, mantenían entre patronos y dependientes la enorme distancia que en tiempos ya muy lejanos existía entre los «maestros» y los «aprendices». Entonces, Césarine o Constance servían al perfumista la taza de café, que solía tomar junto a la chimenea. Durante esos momentos, César ponía a su esposa al corriente de lo que había ocurrido durante el día, le contaba lo que había visto por París, lo que pasaba en el barrio del Temple, las dificultades de la fabricación...

—Esposa mía —dijo cuando los dependientes se hubieron retirado—, hoy es, sin duda, uno de los días más importantes de nuestra vida. Las avellanas están compradas, la prensa hidráulica lista para comenzar a trabajar mañana, y hecho el asunto de los terrenos. Toma, guarda este cheque —le dijo, entregándole el que le había dado Pillerault—. Decidida la ampliación y renovación de la vivienda... ¡Dios mío, qué hombre tan singular he visto en el patio Batavia!

Y se puso a referir su visita a Molineux.

—Veo —le dijo su esposa cortándole una larga parrafada— que te has endeudado por doscientos mil francos.

—Es cierto, querida —dijo el perfumista con falsa humildad— ¿Cómo pagaremos eso, Señor? Porque no podemos contar con los terrenos de la Madeleine, destinados a convertirse un día en el barrio más hermoso de París.

—Un día, César.

— ¡Ay!, mis tres octavas partes —añadió Birotteau, siguiendo la broma— no me valdrán más que un millón dentro de seis años. ¿Y como pagar los doscientos mil francos? —agregó César con gesto de asombro—. Pues bien, los pagaremos con esto —dijo, sacando del bolsillo una avellana tomada de las de la señora Madou y celosamente guardada.

Mostró la avellana entre dos dedos, a Césarine y a Constance. Su esposa no dijo nada, pero Césarine, intrigada, dijo a su padre mientras le servía el café:

—Pero eso, papá... ¿Bromeas?

El perfumista, lo mismo que los dependientes, había sorprendido, durante la comida, las miradas lanzadas por Popinot a Césarine, y quiso salir de dudas.

—Pues bien, querida hija, esta avellana es motivo de una revolución en nuestra casa. Desde hoy, habrá uno menos bajo nuestro techo. Césarine miró a su padre con ganas de decirle: «Y a mí, ¿qué me importa?».

—Popinot se va.

Aun cuando César era un mal observador, y había preparado esta frase tanto para tender una trampa a su hija como para anunciar la creación de la casa «A. POPINOT Y COMPAÑÍA», su ternura de padre le hizo adivinar los sentimientos confusos que nacieron en el corazón de su hija, florecieron en rosas rojas en sus mejillas y en su frente y embellecieron sus ojos, que ella bajó. César creyó entonces que Césarine y Popinot se habían cambiado algunas palabras, pero no era cierto: estos dos jóvenes se entendían, como todos los amantes tímidos, sin decirse nada.

Algunos moralistas creen que el amor es la pasión más involuntaria, la más desinteresada, la menos calculadora de todas, exceptuado el amor maternal. Esa opinión supone un grave error. Si la mayoría de los hombres ignora las razones que hacen amar, lo cierto es que toda simpatía física o moral está basada en cálculos hechos por el espíritu, el sentimiento o la brutalidad. El amor es una pasión esencialmente egoísta, y quien dice egoísmo, dice cálculo profundo. Así, para todo espíritu que sólo se fija en los resultados, puede parecer a primera vista inverosímil y muy singular que una muchacha hermosa como Césarine se enamore de un pobre muchacho cojo y de cabellos colorados. Sin embargo, este fenómeno está de acuerdo con la aritmética de los sentimientos burgueses. Para explicarlo no hay más que fijarse en los matrimonios que a menudo se hacen entre mujeres hermosas y hombres ruines, entre muchachas feas y muchachos hermosos. Todo hombre que padece de una deformación física cualquiera, pie contrahecho, cojera, giba, fealdad excesiva, manchas vináceas en las mejillas, la enfermedad de Roguin u otras monstruosidades independientes de la voluntad de sus creadores, sólo tiene dos soluciones: o hacerse temible, o ser extremadamente bueno; no puede flotar entre esos términos medios que son corrientes en la mayoría de los hombres. En el primer caso, hay talento, genio o fuerza: un hombre inspira terror únicamente por su poder para el mal; respeto, por el genio; miedo, por el talento. En el segundo caso, se hace adorar, se presta admirablemente a las tiranías femeninas y sabe amar como no saben hacerlo los hombres de un físico irreprochable.

Educado por gentes virtuosas, por los Ragon, modelo de la más honorable burguesía, y por su tío el juez Popinot, Anselme había llegado, por su candor y por sus sentimientos religiosos, a compensar su ligero defecto físico con la perfección de su carácter.

Impresionados por ese espíritu que hace tan atractiva a la juventud, Constance y César habían hecho a menudo el elogio de Anselme delante de Césarine. Mezquinos en otros aspectos, los dos tenderos eran grandes por su alma y comprendían muy bien las cosas del corazón. Estos elogios encontraron eco en una muchacha que, no obstante su inocencia, leyó en los ojos de Anselme, tan puros, una gran pasión, cosa siempre halagadora, cualesquiera que fuesen la edad, la categoría o la figura del amante. El pequeño Popinot tenía más razones que un hombre galán para amar a una mujer. Si su esposa fuese bonita, él estaría siempre loco por ella, su amor le haría ser ambicioso, se mataría por hacer a su mujer feliz, la dejaría hacerse la dueña de la casa, consentiría en ser dominado. Así pensaba Césarine involuntariamente, aunque quizá no con tanta crudeza; preveía los frutos de su amor y razonaba por comparación: la felicidad de su madre estaba ante los ojos, pues ella no deseaba otra clase de vida y su instinto le hacía ver en Anselme otro César, perfeccionado por su educación, como ella lo estaba por la suya. Veía a Popinot alcalde de distrito, y se veía a sí misma formando parte de la mesa petitoria en su parroquia, como su madre en la de San Roque. Había acabado por no darse cuenta de la diferencia que había entre la pierna izquierda y la pierna derecha de Popinot, y hubiera sido capaz de decir: «Pero ¿es cierto que cojea?». Amaba esos ojos tan limpios, y se complacía viendo el efecto que su mirada causaba en ellos, que tan pronto brillaban con un fuego púdico, como se abatían melancólicamente.

El primer ayudante de Roguin, dotado de esa experiencia precoz que da la costumbre de los negocios, Alexandre Crottat, tenía un aire medio cínico, medio bonachón que irritaba a Césarine, bastante irritada ya por los lugares comunes de su conversación. El silencio de Popinot denunciaba su espíritu dulce, y a ella le gustaba la sonrisa, un poco melancólica, que le inspiraban las más insignificantes vulgaridades, y si estas tonterías que le hacían sonreír provocaban en ella un gesto de repulsa, los dos se reían o se entristecían juntos. Todo ello no impedía a Anselme dedicarse con el mayor ardor al trabajo, lo cual agradaba mucho a Césarine, pues ella se daba cuenta de que si los demás dependientes decían: «Césarine se casará con el ayudante primero del señor Roguin», Anselme, pobre, cojo y de cabellos colorados, no perdía la esperanza de conseguir su mano. Y una gran esperanza es siempre prueba de un gran amor.

— ¿Adónde va? —preguntó Césarine a su padre, intentando adoptar un aire de indiferencia.

—Se establece en la calle de Cinq—Diamants y ¡a fe mía! con la gracia de Dios —dijo Birotteau, cuya exclamación no fue comprendida ni por su esposa ni por su hija.

Cuando Birotteau se encontraba ante una dificultad moral, hacía como los insectos ante un obstáculo: tiraba por la izquierda o por la derecha. Así pues, cambió de conversación, prometiéndose hablar de Césarine con su esposa en otra ocasión.

—He contado tus temores y tus ideas sobre Roguin a tu tío, y se ha echado a reír—le dijo a Constance.

—Nunca debes ir contando lo que hablamos entre nosotros —respondió su esposa—. Ese pobre Roguin es quizá el hombre más honrado del mundo; tiene cincuenta y ocho años y, sin duda, ya no piensa en...

Se detuvo de pronto al ver que Césarine estaba atenta a lo que se hablaba, y se lo dio a entender a César con un guiño.

—He hecho, pues, bien al cerrar el trato —dijo Birotteau.

—Tú eres el dueño —respondió Constance.

César la tomó de las manos y la besó en la frente. Esa respuesta significaba siempre en ella un consentimiento tácito a los proyectos de su esposo.

—Vamos —exclamó el perfumista al bajar al almacén y hablando a sus dependientes—. La tienda se cerrará a las diez. Señores, echen una mano para transportar durante la noche todos los muebles del piso primero al segundo. Hay que meter, como se dice, los pucheros pequeños dentro de los grandes, con el fin de dejar mañana al arquitecto el terreno libre.

»Popinot se ha marchado sin permiso —añadió César al no verlo por allí—. Ah, me olvidaba de que no duerme aquí.

»Habrá ido —pensó— a anotar las ideas del señor Vauquelin o a alquilar un local. »

—Conocemos la causa de este cambio —dijo Célestin, hablando en nombre de los otros dos dependientes y de Raguet, que estaban agrupados tras él—. ¿Nos permite felicitar al señor por un honor que alcanza a todo el establecimiento? Popinot nos ha dicho que el señor...

—Pues bien, ¡qué quieren ustedes!, he sido condecorado, y así, no sólo para celebrar la liberación del territorio nacional, sino también para festejar mi promoción a la Legión de Honor, voy a reunir a mis amigos. Quizá me haya hecho yo acreedor a este insigne y real favor por haber pertenecido al Tribunal de Comercio y por haber luchado en favor de la causa real, a la que defendí... a vuestra edad, en las calzadas de la iglesia de San Roque el 13 de vendimiario; y, a fe mía, Napoleón, llamado el emperador, me hirió. Fui herido en la pierna y la señora de Ragon me vendó. ¡Tened ánimo, que también vosotros seréis recompensados! Ya veis, hijos míos, cómo nunca queda sin premio la desgracia.

—No volverá a lucharse en las calles —dijo Célestin.

—Es de esperar —contestó César, que arrancó de esa frase para hacer un discurso a sus dependientes, y lo terminó con una invitación.

La perspectiva de un baile animó a los tres dependientes, a Raguet y a Virginie, inculcándoles un ardor que les dio la destreza de los equilibristas. Todos iban y venían cargados por las escaleras, sin romper ni dejar caer nada. Hacia las dos de la mañana, el cambio estaba terminado. César y su esposa durmieron en el segundo piso. La habitación de Popinot fue ocupada por Célestin y el segundo dependiente. El tercer piso fue convertido provisionalmente en guardamuebles.

Poseído de ese magnético ardor que produce la afluencia de fluido nervioso y que hace del diafragma un brasero en las personas ambiciosas o enamoradas, Popinot, tan manso y tranquilo siempre, había piafado como un caballo de sangre antes de la carrera, en la tienda, al terminar de comer.

— ¿Qué te pasa? —le preguntó Célestin.

— ¡Qué día, querido! Yo me establezco —le dijo al oído— y el señor César es condecorado.

—Tú eres feliz; el patrón te ayuda —exclamó Célestin.

Popinot no contestó; desapareció como empujado por un fuerte viento, ¡el viento del éxito!

— ¡Bah, infeliz! —dijo a su vecino, un dependiente ocupado en embalar guantes por docena que comprobaba unas etiquetas—. El patrón se ha dado cuenta de los ojos que Popinot pone a Césarine, y como es muy listo el patrón, se desembaraza de Anselme, ya que le resultaría violento rechazarlo, por consideración a sus parientes. Y Célestin toma esta astucia por generosidad.

Anselme Popinot bajaba por la calle Saint—Honoré y corría luego por la de Deux—Écus para encontrar a un hombre joven que su «segunda visita» le designaba como el principal elemento de su fortuna. El juez Popinot había hecho un gran favor al más hábil viajante de comercio de todo París, a quien su verborrea y su actividad le valieron más tarde el sobrenombre de «Ilustre». Dedicado principalmente a la sombrerería y a los «Artículos de París», este rey de los viajantes se llamaba, todavía, pura y simplemente, Gaudissart.

A los veintidós años se distinguía ya por el poder de su magnetismo comercial. Flaco y endeble entonces, de mirada alegre, rostro muy expresivo, memoria infatigable y con un gran olfato para conocer los gustos de cada cual, merecía ser lo que fue después: el rey de los viajantes de comercio, el «Francés» por excelencia.

Algunos días antes, Popinot se había encontrado con Gaudissart, que estaba a punto de salir de viaje; la esperanza de encontrarlo todavía en París era lo que llevaba al enamorado por la calle de Deux—Écus, donde se enteró de que el viajante había reservado una plaza en la agencia de las Mensajerías. Para despedirse de su querida ciudad, Gaudissart había ido a presenciar un estreno en el Vaudeville, y Popinot decidió esperarlo. Confiar la venta del aceite de avellanas a este magnífico animador de las invenciones comerciales, elegido ya por las principales casas, no era nada aventurado: Popinot tenía en sus manos a Gaudissart. Este viajante de comercio, tan habilidoso para convencer a las personas más reacias, los pequeños comerciantes de provincias, se había dejado conquistar en la primera conspiración tramada contra los Borbones después de los Cien Días. Gaudissart, a quien el aire libre le era indispensable, se vio encarcelado, bajo el peso de una grave acusación. El juez Popinot, encargado del sumario, había conseguido que se sobreseyera la causa, demostrando que fue únicamente su imprudencia estúpida la que lo había comprometido en esa conspiración. De haber caído en manos de un juez deseoso de complacer al gobierno o de un monarquismo exaltado, el desgraciado viajante habría ido al patíbulo. Gaudissart, que creía deber su vida al juez de instrucción, se desesperaba por no poder ofrecer a su salvador otra cosa que un estéril agradecimiento. No debiendo dar las gracias a un juez por haber hecho justicia, se fue a casa de los Ragon a declararse siervo de los Popinot.

Haciendo tiempo, Popinot volvió a su tienda de la calle de Cinq—Diamants para enterarse del domicilio de su propietario, con el fin de concertar el arrendamiento. Errando luego por el oscuro dédalo del Mercado Central y pensando en el modo de preparar un rápido éxito, Popinot aprovechó, en la calle Aubry—le—Boucher, una ocasión única y de buen augurio, con la que esperaba regalar a César el día siguiente. Montando guardia en la puerta del Hotel del Comercio, al extremo de la calle de Deux—Écus, hacia medianoche, Popinot oyó a lo lejos, en la calle Grenelle, el final de una canción que tarareaba Gaudissart, acompañándose con el golpear de su bastón en el suelo.

—Señor —dijo Anselme saliendo de la puerta y mostrándose repentinamente—, ¿dos palabras?

—Y once, si usted quiere —dijo el viajante, levantando su bastón relleno de plomo contra el presunto agresor.

—Soy Popinot —dijo el pobre Anselme.

— ¡Basta! —exclamó Gaudissart al reconocerlo—. ¿Qué le hace falta? ¿Dinero? No tengo un centavo, pero se encontrará. ¿Mi brazo para un duelo? Soy todo suyo, de los pies al occipucio. —Y se puso a cantar:

Voilá, voilá

Le vrai soldat français!

—Vamos a hablar diez minutos, pero no en su habitación, pues podrían oírnos, sino en el muelle del Horloge; a estas horas está desierto —dijo Popinot—. Se trata de algo de la mayor importancia.

— ¿Urge la cosa, entonces? ¡Vamos!

A los diez minutos, Gaudissart, en posesión de los secretos de Popinot, reconoció toda la importancia del asunto.

—Paraissez parfumeurs, coiffeurs et débitants! —exclamó Gaudissart, imitando a Lafon en el papel del Cid. Voy a engatusar a todos los tenderos de Francia y Navarra. ¡Ah, una idea! Iba a salir de viaje, pero me quedo. Voy a recoger comisiones de la perfumería parisiense.

— ¿Para qué?

— ¡Para estrangular a los rivales de usted, inocente! Consiguiendo y llevando sus comisiones, puedo hacer que se traguen el aceite de sus pérfidos cosméticos, no hablando de ellos y ocupándome únicamente del de usted. ¡Ah, nosotros somos los diplomáticos del comercio! Por lo que hace a sus prospectos, yo me encargo de ellos. Tengo un amigo de la infancia, Andoche Finot, el hijo del sombrerero de la calle de Coq, el viejo que me ha mandado de viaje para vender su mercancía. Andoche, que tiene mucho talento (se quedó con el de todos los clientes que cubrió su padre), es aficionado a la literatura y hace la crónica de teatros en el Courier des Spectacles. Su padre, un perro viejo lleno de razones para no estimar el talento, no cree en él: imposible convencerlo de que el talento se vende, de que es posible hacer una fortuna con el talento. El viejo Finot está sitiando por hambre al pequeño Finot. Andoche, amigo mío, es hombre capaz, pues yo no trato con tontos más que comercialmente; escribe cosas cortas para el Fidéle Berger, que le paga, en tanto que los diarios, donde trabaja como un condenado, lo alimentan con insultos. En ese oficio no hay más que celosos. Finot había escrito una soberbia comedia en un acto para la Mars, la más famosa entre las famosas (¡ah, ésa sí que me gusta!). Pues bien, si ha querido verla en escena, ha tenido que llevar su obra a un teatrillo. Andoche sabe muy bien lo que son los prospectos, entra en las ideas del comerciante; y no es nada orgulloso: los redactará gratis; con una taza de ponche y unos pasteles, encantado, porque, Popinot, nada de farsas: yo venderé su aceite sin cobrar comisión, ni gastos siquiera; los pagarán sus competidores, a quienes engañaré. Entendámonos. Para mí, este asunto es cuestión de honor. ¡Mi recompensa será ser el testigo en vuestra boda! Iré a Italia, a Alemania, a Inglaterra; llevaré conmigo prospectos en todos los idiomas y los fijaré en todas partes, en las aldeas, en la puerta de las iglesias, en todos los buenos lugares de las capitales de provincia, que conozco muy bien. Su aceite brillará, alumbrará, estará en todas las cabezas. ¡Ah! Su boda no será una boda a la acuarela, sino una boda al óleo. Usted se casará con Césarine, o yo ya no me llamaré «Ilustre», nombre que me ha dado el viejo Finot, por haber hecho triunfar sus sombreros grises. Al vender su aceite, continúo en mi trabajo: la cabeza humana. El aceite y el sombrero son conocidos porque protegen la cabellera.

Popinot llegó a casa de su tía, donde tenía que dormir, con tal fiebre, causada por la idea de su éxito, que las calles le parecían ríos de aceite. Durmió mal; soñó que sus cabellos crecían desmesuradamente y vio dos ángeles que le presentaban un cartel en el que se leía «Aceite Cesáreo». Al despertar se acordó de este sueño y decidió llamar así al aceite de avellanas, considerando que esta fantasía del sueño era una orden del Cielo.

César y Popinot fueron a la fábrica del barrio del Temple mucho antes de que llegaran las avellanas. Mientras esperaban a los carreros de la señora Madou, Popinot relató con aire triunfal su tratado de alianza con Gaudissart.

— ¡Tenemos al ilustre Gaudissart! ¡Somos millonarios! —exclamó el perfumista, tendiendo una mano a su cajero con el aire que debió de adoptar Luis XIV cuando recibió al mariscal Villars a su vuelta de Denain.

—Tenemos, además, otra cosa —dijo el feliz dependiente, sacando de un bolsillo una botella de forma aplastada, parecida a una calabaza—. He encontrado diez mil frascos como éste, a veinte centavos y pago a seis meses.

—Anselme —dijo Birotteau contemplando la maravillosa forma de la botella—, ayer —y adoptó un tono grave—, sí, ayer mismo, me dijiste en las Tullerías: «Triunfaré». Y yo te digo hoy: « ¡Triunfarás!». ¡Veinte centavos! ¡Seis meses de plazo! ¡Una forma original! «Macassar» está en peligro de perder todo su crédito. ¡Qué sorpresa para el «Aceite de Macassar»! ¡Qué bien he hecho en comprar todas las avellanas que había en París! ¿Dónde has encontrado este frasco?

—Esperaba la hora para hablar con Gaudissart, y paseando...

— ¡Como yo en otra ocasión! —exclamó Birotteau.

—Al bajar por la calle de Aubry—le—Boucher, vi en la casa de un vendedor de botellas al por mayor, un comerciante en vidrios convexos y en jaulas, que tienen unos almacenes inmensos, este frasco, que hirió mis ojos como hiere una luz repentina, y oí una voz que me decía: «He ahí tu negocio».

—Comerciante nato. Se casará con mi hija —murmuró César.

—Entro y veo miles de frascos como éste en sus cajas.

—Y te informaste...

— ¿Por tan tonto me tiene? —dijo dolorosamente Anselme

—Comerciante nato —repitió entre dientes Birotteau.

—Pedí unas jaulas para poner en ellas figuritas de cera. Y hablando de ellas, como quien no quiere la cosa, dije que me parecían muy feos estos frascos. Llevado a una confesión general, el comerciante me declaró que Faille y Bouchot, que al final fracasaron, iban a emprender la venta de un cosmético y querían unos frascos de forma rara; el comerciante no se fió de ellos y exigió la mitad de su importe al contado; Faille y Bouchot, seguros de triunfar, entregaron el dinero, pero cuando los estaban fabricando, se declaró la quiebra; los síndicos, conminados a pagar, transigieron con él dejándole los frascos y el dinero cobrado, como indemnización de la fabricación de unos frascos ridículos, de venta imposible. Los frascos le han costado a cuarenta centavos, pero los daría muy contento a veinte. ¡Sabe Dios cuánto tiempo estaría en el almacén una mercadería que es difícil de colocar! ¿Se compromete usted a entregar diez mil frascos a veinte centavos? —le dije—. Puedo librarle de sus frascos, pues soy dependiente en casa de Birotteau. Y lo traigo, lo llevo, acabo por dominarlo, y ya es nuestro.

—Veinte centavos —dijo Birotteau—. ¿Sabes que podemos vender el aceite a tres francos y ganar franco y medio en cada frasco, dejando un franco para los detallistas?

— ¡El «Aceite Cesáreo»! —exclamó Popinot.

— ¿El «Aceite Cesáreo»? ¡Ah, joven enamorado, tú quieres halagar al padre y a la hija! Pues bien, sea. Vaya por el «Aceite Cesáreo». Los Césares dominaron al mundo: debían de tener hermosos cabellos.

—César era calvo —dijo Popinot.

—Porque no usaba nuestro aceite; así lo diremos. A tres francos el «Aceite Cesáreo»; el de «Macassar» cuesta el doble. Contando con Gaudissart, venderemos cien mil frascos por año, pues impondremos a todas las cabezas que se respeten doce frascos anuales, o sea dieciocho francos. ¿Calculamos diez mil cabezas? Pues ciento ochenta mil francos al año de beneficio. Somos millonarios.

Entregadas las avellanas, Raguet, los obreros, Popinot y César obtuvieron en menos de cuatro horas algunas libras de aceite. Popinot fue a enseñar el producto a Vauquelin, quien le preparó una fórmula para mezclar el aceite de avellanas con otros líquidos oleaginosos baratos, y para perfumarlo. Entonces, Popinot inició gestiones para obtener una patente de invención y de perfeccionamiento. El bueno de Gaudissart prestó a Popinot el dinero necesario para pagar los impuestos, pues quería sufragar la mitad de los gastos de establecimiento.

La prosperidad produce a los seres inferiores una especie de embriaguez, a la que no saben resistir. Esta exaltación tuvo unos resultados que eran fáciles de prever. El joven arquitecto Grindot trajo el croquis, en colores, de una preciosa vista interior de la vivienda, con sus muebles. Birotteau, seducido, dio su conformidad a todo. Inmediatamente los albañiles comenzaron a dar golpes, que hicieron temblar la casa y a Constance. El pintor de edificios, el señor Lourdois, rico contratista que se comprometía a no olvidar ningún detalle, hablaba de dorados para el salón. Cuando Constance oyó esa palabra, intervino.

—Señor Lourdois, usted tiene treinta mil francos de renta, y vive en su propia casa, en la que puede hacer lo que quiera; en cuanto a nosotros...

—Señora, el comercio debe brillar y no dejarse aplastar por la aristocracia. Por otra parte, ahí está el señor Birotteau, en el gobierno, destacado...

—Sí, pero todavía está en el comercio —dijo Constance delante de sus dependientes y de las cinco personas que la escuchaban—. Ni yo, ni él, ni sus amigos, ni sus enemigos lo olvidaremos.

Birotteau se levantó sobre las puntas de los pies, dejándose luego caer sobre los talones, varias veces, con las manos cruzadas a la espalda.

—Mi esposa tiene razón —dijo—. Seremos modestos en la prosperidad. Además, mientras un hombre esté dedicado al comercio, debe ser prudente en sus gastos y reservado en su lujo; la ley lo obliga a ello: no debe entregarse a dispendios excesivos. Si la ampliación de mi local y su decoración rebasan los límites, sería imprudente por mi parte todo exceso; usted mismo me lo reprocharía, Lourdois. El barrio tiene los ojos puestos en mí, y las gentes que triunfan despiertan celos y envidias. ¡Ah, usted lo sabrá también muy pronto! —le dijo a Grindot, el arquitecto—. Si nos calumnian, al menos no les demos motivo para ello.

—Ni la calumnia ni la murmuración pueden alcanzarlo a usted —dijo Lourdois—. Está usted en una posición excepcional y tiene tanta experiencia comercial que sabrá razonar y justificar sus acciones: usted es muy astuto.

—Es cierto; tengo cierta experiencia en los negocios. ¿Sabe usted la razón de esta ampliación? Si tengo tanto interés en que los trabajos se terminen en el plazo fijado es porque...

—No, no lo sé.

—Pues bien; mi esposa y yo reunimos a algunos amigos, tanto para celebrar la liberación del territorio nacional como para festejar mi promoción a la Orden de la Legión de Honor.

— ¡Cómo, cómo! —exclamó Lourdois—. ¿Le han dado a usted la cruz?

—Sí. Quizá me haya hecho digno de ese insigne y real favor al formar parte del Tribunal de Comercio y al luchar por la causa real el 13 de vendimiario, en San Roque, donde fui herido por Napoleón. Venga usted, con su esposa y con su hija...

—Encantado del honor que se digna usted hacerme —dijo el liberal Lourdois—, pero usted es un farsante, papá Birotteau. Quiere estar seguro de que cumpliré lo prometido y por eso me invita. Pues bien, traeré a mis mejores obreros y haremos un fuego de todos los demonios para que las pinturas se sequen; tenemos procedimientos desecativos, pues no se puede bailar en medio del olor que exhala el yeso. Daremos un baño de barniz para evitarlo.

Tres días después, todo el comercio del barrio estaba conmovido por el anuncio del baile que preparaba Birotteau. Por lo demás, todo el mundo podía ver los puntales exteriores que se colocaron para cambiar la escalera, los vertederos de madera por los que caían los escombros a los volquetes allí estacionados y los obreros que se afanaban en sus trabajos bajo la luz de unas antorchas —pues había obreros de día y de noche— y hacían que se detuvieran los paseantes ociosos y los curiosos en medio de la calle, dando lugar a comadreos, que se basaban en tales preparativos, para anunciar enormes suntuosidades.

El domingo señalado para la conclusión del asunto de los terrenos, el señor y la señora Ragon y el tío Pillerault llegaron hacia las cuatro de la tarde, después de las vísperas. A causa de las demoliciones, decía César, no pudo invitar para este día más que a Charles Claparon, a Crottat y a Roguin. El notario trajo el Joumal des Débats, donde el señor de La Billardiére había hecho insertar la siguiente nota:

Sabemos que la liberación del territorio nacional será festejada con el mayor entusiasmo en toda Francia; pero en París los miembros del Concejo Municipal han creído llegado el momento de devolver a la capital ese esplendor que, por un sentido de las conveniencias, había cesado durante la ocupación extranjera. Cada uno de los alcaldes de distrito y de los tenientes de alcalde se propone dar un baile: el invierno, pues, promete ser brillante, ya que habrá de continuar esta emoción nacional. Entre las fiestas que se preparan está siendo muy comentado el baile del señor Birotteau, nombrado caballero de la Legión de Honor, y tan conocido por su devoción a la causa real. El señor Birotteau, herido en el encuentro de San Roque, el 13 de vendimiario, y uno de los jueces consulares más apreciado, es doblemente merecedor de esa distinción.

— ¡Qué bien se escribe hoy! —exclamó César—. Se habla de nosotros en el diario —le dijo a Pillerault.

—Muy bien —le contestó su tío, a quien el Journal des Débats le era particularmente antipático.

—Quizá esa nota nos sirva para vender más «Pasta de los Sultanes» y más «Agua Carminativa» —dijo en voz baja la señora Birotteau a la señora Ragon, sin compartir el entusiasmo de su esposo.

La señora Ragon, una mujer alta, seca y arrugada, de nariz ganchuda y labios delgados, tenía un empaque artificial de marquesa de la antigua corte. El contorno de sus ojos aparecía ablandado en una gran circunferencia, como los de esas viejas mujeres que han sufrido muchos disgustos. Su semblante severo y digno, aunque afable, imponía respeto. Había, además, en todo su porte, un no sé qué de extraño que chocaba, pero sin provocar la risa, y que su atuendo y sus maneras explicaban: llevaba mitones, usaba sombrilla en todo tiempo, una sombrilla de caña parecida a la que usaba María Antonieta en el Trianón; sus vestidos, cuyo color favorito era el marrón pálido llamado «hoja—muerta», tenían como adorno en las caderas unos pliegues inimitables, cuyo secreto se llevaron las viudas de otros tiempos; conservaba su mantilla negra de puntillas y mallas cuadradas; sus sombreros, de modelo antiguo, tenían unos adornos que recordaban los cortes de los viejos marcos, esculpidos con calados; tomaba rapé con exquisita elegancia y haciendo aquellos gestos que pueden recordar los jóvenes que han tenido la suerte de ver a sus abuelas, cuando, después de haber tomado el rapé, volvían a dejar la cajita de oro sobre una mesa y se sacudían el polvo que había caído en su pañoleta.

El señor Ragon era un hombrecito de no más de cinco pies de altura, con cara de cascanueces y en la que no se veían más que los ojos, dos pómulos puntiagudos, una nariz y una barbilla; sin dientes, comiéndose la mitad de las palabras, de una conversación copiosa, galante, presuntuoso y sonriendo siempre, con aquella sonrisa que dedicaba en otros tiempos a las hermosas mujeres que solían ir a comprar a su tienda. Los polvos de almidón dibujaban en su cráneo una blanca media luna bien raída, flanqueada por dos aletas, separadas por una coleta sujeta con una cinta. Llevaba una levita azul, chaleco blanco, pantalón corto y medias de seda, zapatos con hebillas de oro y guantes negros de seda. El rasgo más sobresaliente de su carácter era el de ir por la calle llevando el sombrero en la mano. Tenía todo el aire de un mensajero de la Cámara de los Pares, de un ujier del gabinete del rey o de una de esas personas que están situadas cerca de un poder cualquiera de modo que reciben el reflejo de su luz, pero que continúan siendo muy poca cosa.

—Y bien, Birotteau —dijo con tono magistral—. ¿Estás arrepentido, muchacho, de haber seguido nuestros consejos en estos últimos tiempos? ¿Hemos dudado jamás del agradecimiento de nuestros bien amados soberanos?

—Debe sentirse usted feliz, querida —dijo la señora Ragon a la señora Birotteau.

—Sí —respondió la hermosa perfumista, bajo el influjo de la sombrilla de caña, del sombrero de paja, de las mangas ajustadas y de la gran pañoleta a la Julia que llevaba la señora Ragon.

—Césarine está encantadora. Ven acá, preciosa —dijo la señora Ragon con aire protector.

— ¿Trataremos nuestro negocio antes de comer? —preguntó el tío Pillerault.

—Esperamos a Claparon —dijo Roguin—. Lo he dejado vistiéndose.

—Señor Roguin —dijo César—, le habrá usted prevenido que vamos a comer en un mal entresuelo...

—Hace dieciséis años le parecía soberbio —murmuró Constance.

—Entre escombros y entre obreros...

—! Bah! Va usted a conocer a un buen muchacho, que no es nada exigente —dijo Roguin.

—He puesto a Raguet de guardia en la puerta de la tienda, pues ya no se puede pasar por la de la casa; como ha visto, todo está demolido —aclaró César al notario.

— ¿Por qué no han traído ustedes al sobrino? —preguntó Pillerault a la señora Ragon.

— ¿No vendrá? —inquirió Césarine.

—No, mi corazón —contestó la señora Ragon—. El querido Anselme trabaja hasta matarse. Esa calle sin aire y sin sol, esa asquerosa calle de Cinq—Diamants, me da miedo. Su suelo está siempre azul, verde o negro. Tengo miedo de que muera en ella. Pero cuando los jóvenes tienen alguna cosa en la cabeza... —le dijo a Césarine, haciendo un gesto aclaratorio de que la palabra «cabeza» había que interpretarla por «corazón».

—Entonces, ¿ha hecho ya su contrato de arrendamiento? —preguntó César.

—Ayer, y ante notario —respondió Ragon—. Lo ha hecho por dieciocho años, pero le exigen seis meses por adelantado.

—Y bien, señor Ragon, ¿está usted satisfecho de mí? —dijo el perfumista—. Le he confiado el secreto de un descubrimiento... En fin...

—Te conocemos muy bien, César —contestó el pequeño Ragon tomando sus manos y estrechándoselas con una religiosa amistad.

Roguin estaba preocupado por la entrada en escena de Claparon, cuyas costumbres y su tono podían chocar a los virtuosos burgueses; juzgó, pues, necesario prevenirlos.

—Van ustedes a ver —dijo a Ragon, a Pillerault y a las señoras— a un tipo original, que oculta sus méritos bajo un mal aspecto que sorprende, pues desde una posición muy modesta ha sabido abrirse camino por sus talentos. Adquirirá, sin duda, buenos modales por su trato con los banqueros; pero podrían ustedes encontrarlo en los bulevares o en el café, bebiendo, mal vestido o jugando al billar; tiene todo el aspecto de un desaliñado, pero no: estudia y piensa en revolucionar la industria con nuevas concepciones.

—Lo comprendo perfectamente —dijo Birotteau—. Yo he encontrado mis mejores ideas paseando. ¿No es cierto, mi cierva?

—Claparon —continuó diciendo Roguin— gana durante la noche el tiempo empleado durante el día en buscar y combinar negocios. Todas estas gentes de gran talento hacen una vida extraña, inexplicable. Pues bien, en medio de ese desorden, y soy testigo de ello, consigue siempre su objeto: él ha acabado por conseguir que cedan los propietarios de los terrenos de la Madeleine; ellos no querían, parecía como si dudaran de algo, pero él los ha engañado, los ha cansado, yendo a verlos todos los días, y al fin somos, gracias a él, dueños de esos terrenos.

Un singular ¡brum!, ¡brum!, característico de los bebedores de copas de licores fuertes, anunció la llegada del personaje más extravagante de esta historia y el árbitro de los futuros destinos de César. El perfumista se precipitó por la oscura escalera, tanto para decir a Raguet que cerrase la tienda como por presentar a Claparon sus excusas por recibirlo en el comedor.

— ¡Cómo! Está muy bien para masticar las leg... Quiero decir, para hacer números sobre el negocio.

No obstante los hábiles preparativos de Roguin, los señores de Ragon, estos burgueses de buen tono; el observador Pillerault, Césarine y su madre, quedaron desagradablemente sorprendidos por este supuesto banquero de alto vuelo.

A la edad de veintiocho años, aproximadamente, este antiguo viajante de comercio no tenía ya ni un cabello en la cabeza y llevaba una peluca rizada en tirabuzones. Esta cabellera exige una frescura virgen, una transparencia láctea, las más encantadoras gracias femeninas; en Claparon hacía resaltar innoblemente un rostro lleno de granos, de color entre rojo y moreno, sudoroso como el de un conductor de diligencia, y cuyas arrugas prematuras denotaban, por el trazo de sus profundos pliegues, una vida libertina cuyas huellas se veían en el mal estado de los dientes y en los puntitos negros de que estaba llena su piel rugosa. Tenía todo el aire de un cómico de la legua que es capaz de hacer todos los papeles; presume de todo, deshecho por sus fatigas, con los labios pastosos y la lengua siempre lista, aun estando borracho; la mirada impúdica y, en fin, comprometedor por sus gestos y actitudes. Esta cara, iluminada por las llamas del ponche, era la menos apropiada para tratar asuntos graves. Y así, Claparon necesitó una gran preparación mímica para adquirir un aspecto en armonía con su importancia artificial en este asunto. Du Tillet había asistido al arreglo de Claparon, como un director de espectáculo inquieto por el debut de su actor principal, pues temía que los modales groseros de esta vida despreocupada y licenciosa se manifestasen por encima de su papel de banquero.

—Habla lo menos posible —le había dicho—. Un banquero jamás es hablador: actúa, discurre, medita, escucha y pesa. Así, para representar bien el papel de banquero, no digas nada o di cosas insignificantes; apaga la viveza de tus ojos y hazlos graves, aun a riesgo de parecer idiota. Si se habla de política, muéstrate en favor del gobierno y di generalidades, tales como: «El presupuesto es pesado», «No hay transacción posible entre los partidos», «Los liberales son peligrosos», «Los Borbones deben evitar todo conflicto», «El liberalismo es la capa que cubre los intereses coligados», «Los Borbones nos traerán una era de prosperidad: sostengámoslos, aunque no sean de nuestro gusto», «Francia ha hecho ya bastantes experiencias políticas», etcétera. No te eches sobre todos los platos, piensa que tienes que mantener la dignidad de un millonario. No tomes el tabaco por las narices como hacen los inválidos; juega con tu tabaquera, mira a menudo a tus pies o al techo antes de contestar; en fin, adopta el aire de un hombre profundo. Sobre todo, prescinde de tu maldita costumbre de hablar de todo; entre la gente, un banquero debe dar la sensación de estar harto de hablar. ¡Ah, y esto! Te pasas las noches en vela, los números te abruman, ¡hay que concertar tantos elementos para lanzar un negocio! ¡Tantos quebraderos de cabeza!... Los negocios son pesados, difíciles, espinosos. No salgas de ahí y no especifiques nada. No cuentes historietas y no bebas mucho. Si te achispas, pierdes tu porvenir. Roguin te vigilará; vas a encontrarte entre gentes morales, burgueses virtuosos: no los asustes soltando alguno de esos principios que sueles soltar en el café.

Este sermón produjo en el espíritu de Charles Claparon el mismo efecto que producía en su cuerpo el traje nuevo. Este alegre despreocupado, amigo de todo el mundo, acostumbrado a los trajes desaliñados y cómodos, en los cuales su cuerpo se encontraba tan a gusto como su espíritu en su lenguaje, metido en un traje nuevo que el sastre le hizo esperar y que hoy estrenaba, rígido como una estaca, preocupado de sus gestos y de sus frases, retirando la mano que había adelantado imprudentemente hacia una botella, como se detenía a mitad de una frase, produjo un efecto risible al observador Pillerault. Su cara colorada y su peluca de tirabuzones estaban en contradicción con su vestimenta, como sus pensamientos lo estaban con sus palabras. Pero los buenos burgueses acabaron por creer que sus continuas disonancias eran la consecuencia de sus preocupaciones.

—Tiene tantos asuntos... —decía Roguin.

—Los negocios no le dan mucha educación —dijo la señora Ragon a Césarine.

El señor Roguin oyó la frase y se llevó un dedo a los labios.

—Es rico, inteligente y de una excesiva honradez —dijo, inclinándose hacia la señora Ragon.

—Se le pueden perdonar esas cosas en mérito a sus cualidades —dijo Pillerault a Ragon.

—Leamos los documentos antes de empezar a comer —dijo Roguin—, ahora que estamos solos.

La señora Ragon, Césarine y Constance dejaron a los contratantes, Pillerault, Ragon, César, Roguin y Claparon, escuchar la lectura, que estuvo a cargo de Alexandre Crottat. César firmó, a favor de un cliente de Roguin, un pagaré por cuarenta mil francos, con hipoteca sobre los terrenos y fábricas del barrio del Temple; entregó a Roguin el cheque que le había dado Pillerault y dio, sin recibo, los veinte mil francos de valores que tenía en cartera, y ciento cuarenta mil francos en pagarés a la orden de Claparon.

—No tengo que darle recibo —dijo Claparon—, puesto que usted actúa por su lado con el señor Roguin, como nosotros por el nuestro. Nuestros vendedores recibirán en su notaría el importe en metálico y yo no me comprometo a otra cosa que a encontrar lo que hay que añadir a los ciento cuarenta mil francos para el completo pago de su participación.

—Es justo —dijo Pillerault.

—Pues bien, señores, llamemos a las damas, pues aquí hace frío sin ellas —dijo Claparon mirando a Roguin como para saber si se había excedido en la broma—. Señoras... ¡Oh, la señorita es sin duda hija suya! —dijo Claparon manteniéndose derecho y mirando a Birotteau—. No es usted inhábil, no. Ninguna de las rosas que usted ha destilado puede compararse a ella, y quizá eso se deba a que usted ha destilado rosas que...

—Declaro que tengo hambre —dijo Roguin interrumpiéndolo.

—Pues bien, comamos —dispuso Birotteau.

—Vamos a comer ante notario —dijo Claparon, sacando el pecho y echando hacia atrás la cabeza.

— ¿Tiene usted muchos negocios entre manos? —le preguntó Pillerault, que se sentó a la mesa cerca de Claparon, intencionadamente.

—Demasiado, por gruesas —contestó el banquero—, pero son pesados, espinosos; hay intermediarios... ¡Oh, los intermediarios! No puede usted figurarse cuánto tiempo nos hacen perder los intermediarios. Y se comprende. El gobierno necesita intermediarios. El intermediario es una necesidad que se hace sentir generalmente en los ministerios y que afecta a todos los negocios, ¿sabe usted? Los ríos, ha dicho Pascal, son caminos que marchan. Hacen falta, pues, mercados. Los mercados dependen de la terraza, porque hay horribles movimientos de tierras, y éstos conciernen a las clases bajas, y de ahí los empréstitos que, en definitiva, vuelven a los pobres. Voltaire dijo: « ¡Intermediarios, embustes, canallas!». Pero el gobierno tiene sus ingenieros que lo informan; es imposible engañarlo, a menos de entenderse con él, pues la Cámara... ¡Ah, señor, la Cámara nos da un dolor de cabeza! No quiere comprender que el problema político forma parte del problema financiero. Hay mala fe de un lado y del otro. ¿Querrá usted creer una cosa? Los Keller, es decir François Keller, es un orador que ataca al gobierno con motivo de los fondos y de los intermediarios. De vuelta a su casa se encuentra con nuestras proposiciones, le parecen favorables y está dispuesto a entenderse con el gobierno al que hace unos momentos ha atacado insolentemente. El interés del orador choca con el del banquero. ¡Estamos entre dos fuegos! Ahora comprenderá usted por qué los negocios son espinosos: ¡hay que dar gusto a tantos!... Los empleados, las cámaras, las anticámaras, los ministros...

— ¿Los ministros? —preguntó Pillerault, que quería conocer bien a este asociado.

—Sí, señor, los ministros.

—Entonces, los diarios tienen razón —dijo Pillerault.

—Vean a mi tío metido en política —intervino Birotteau—. El señor Claparon lo está incitando a ello.

—Unos demonios farsantes, todos los diarios —dijo Claparon—. Señor, los diarios nos confunden a todos; a veces nos informan bien, pero nos hacen pasar muy malas noches; preferiría no leer ninguno. Estoy perdiendo la vista de tanto leer y hacer combinaciones.

—Volvamos a los ministros —dijo Pillerault, esperando algunas revelaciones.

—Los ministros tienen exigencias puramente gubernamentales. Pero ¿qué es esto que estoy comiendo? ¿Ambrosía? —dijo Claparon interrumpiéndose—. Estas salsas sólo se ven en las casas burguesas, nunca en los figones...

Al oír esta palabra, las flores del sombrero de la señora Ragon saltaron como carneros. Claparon comprendió que la palabra no era muy correcta y quiso rectificarla.

—En la alta Banca —dijo— se llama figoneros a los jefes de cocina de las tabernas elegantes, como la Véry, o la de los Fréres Provençaux. Pues bien, ni estos infames figoneros, ni nuestros cocineros más hábiles nos dan salsas finas; unos preparan un agua acidulada con limón y otros hacen química.

Durante toda la comida, Pillerault trató de sondear a este hombre, pero no encontró en él más que vacío, y acabó por considerarlo un hombre peligroso.

—La cosa va bien —le murmuró al oído Roguin a Claparon.

— ¡Ah, con qué gusto voy a desnudarme esta tarde! —dijo Claparon, que se sofocaba dentro de sus ropas nuevas.

—Señor —le dijo Birotteau—, si nos hemos visto obligados a hacer del comedor un salón, es porque vamos a reunir, dentro de dieciocho días, a algunos amigos, tanto para celebrar la liberación del territorio...

—Muy bien, señor; también yo soy hombre del gobierno. Pertenezco, por mis opiniones, al statu quo del gran hombre que dirige los destinos de la Casa de Austria; un famoso muchacho. Conservar para adquirir, y sobre todo, adquirir para conservar... He ahí el fondo de mis opiniones, que tienen el honor de ser las del príncipe de Metternich.

—...como para festejar mi promoción a la Orden de la Legión de Honor —siguió diciendo César.

— ¡Pero si ya lo sé! ¿Quién me ha hablado a mí de esto? ¿Los Keller o Nucingen?

Roguin, sorprendido de tanto aplomo, hizo un gesto de admiración.

— ¡Ah, no; fue en la Cámara!

— ¿En la Cámara? ¿Lo supo por el señor de La Billardiére? —preguntó César.

—Precisamente.

—Es encantador —dijo César a su tío.

—Larga frases y más frases, en las que se pierde —dijo Pillerault.

—Quizás me haya hecho yo merecedor de este favor... —insistió Birotteau.

—Por sus trabajos en perfumería. Los Borbones saben premiar todos los méritos. ¡Oh, mantengámonos junto a estos generosos príncipes legítimos, a quienes vamos a deber inauditas prosperidades...! Porque, créalo usted, la Restauración sabe que tiene que luchar con el Imperio. Hará conquistas en plena paz; verá usted qué conquistas...

—El señor hará el honor, sin duda, de asistir a nuestro baile... —dijo la señora Birotteau.

—Por pasar una velada con usted, señora, dejaría de ganar millones.

—Decididamente, es un charlatán —dijo César a su tío.

Mientras la gloria de la perfumería, ya en declinación, iba a lanzar sus últimos destellos, un nuevo astro se levantaba débilmente en el horizonte comercial. El pequeño Popinot colocaba, a esta misma hora, los cimientos de su fortuna, en la calle de Cinq—Diamants. Esta callejuela estrecha, por la que los carruajes cargados pasaban a duras penas, da por un lado a la calle de Lombards y por el otro extremo a la de Aubry—le—Boucher, frente a la de Quincampoix, célebre calle del viejo París, en la que tanto se ha ilustrado la historia de Francia. Pese a tal desventaja, los comercios de droguería favorecían a esta calle y bajo ese aspecto, Popinot no había elegido mal. La casa, la segunda por el extremo de la calle de Lombards, era tan sombría que, en ciertos días, necesitaba de alumbrado artificial a todas horas. El principiante había tomado posesión, la víspera por la tarde, de los locales más oscuros y más repugnantes. Su antecesor, comerciante en melaza y en azúcar en bruto, había dejado estigmas de su comercio en las paredes, en el patio y en los almacenes. Figúrense ustedes un local grande, con gruesas puertas guarnecidas de hierro, pintadas de verde, adornadas de clavos cuyas cabezas parecían hongos, provistas de rejas con trenzado de alambre, más gruesas por la parte inferior, como las de los antiguos panaderos, y con grandes losas de piedra, rotas en su mayoría, y las paredes amarillas y desnudas, como las de un cuerpo de guardia. Luego venían la trastienda y una cocina, que recibían luz de un patio, y un segundo almacén, que anteriormente había sido caballeriza. Se subía por una escalera interior, ubicada en la trastienda, a dos habitaciones que daban a la calle, y en las que Popinot pensaba colocar la caja, su gabinete y sus libros. Sobre los almacenes había tres habitaciones estrechas, adosadas a la pared medianera, con ventanas al patio, y en las cuales se propuso vivir; tres habitaciones desmanteladas, que no tenían más vista que la del patio, irregular, sombrío, rodeado de altos muros a los que la humedad aun en los días más secos les daba el aspecto de estar recientemente pintados; un patio entre cuyos adoquines se veía una especie de grasa negra y maloliente, residuo de melazas y de azúcares en bruto. Sólo en una de estas habitaciones había chimenea, ninguna estaba empapelada y las tres tenían el piso de baldosas.

Desde primera hora, Gaudissart y Popinot, ayudados por un obrero empapelador que el viajante de comercio había encontrado, colocaban en esta pobre habitación, encolada por el mismo obrero, un papel barato. Un camastro de colegial, de madera roja; una mesilla de noche, una cómoda antigua, una mesa, dos butacas y seis sillas, regaladas por el juez Popinot a su sobrino, componían todo el moblaje. Gaudissart había puesto sobre la chimenea un mal espejo, comprado de ocasión. Hacia las ocho de la noche, sentados ante la chimenea, en la que brillaba un pobre fuego, los dos amigos iban a atacar los restos de la comida.

— ¡Atrás la pierna de carnero fría! ¡Eso no va bien con una inauguración de locales! —exclamó Gaudissart.

—Pero —dijo Popinot mostrando la única pieza de veinte francos que guardaba para pagar los prospectos—, yo...

—Yo... —dijo Gaudissart tapándose un ojo con una pieza de cuarenta francos.

Se oyó entonces un aldabonazo en el patio, naturalmente solitario y sonoro los días de domingo, en que los industriales se van, abandonando sus laboratorios.

—Ahí está el hombre fiel de la calle de la Poterie. Yo —repitió el ilustre Gaudissart—. «Yo tengo», y no como tú, que sólo dices «yo». En efecto, un mozo de restaurante, seguido de dos pinches, entró trayendo en una gran cesta una espléndida cena, completada con seis botellas de vinos bien elegidos.

—Pero ¿cómo nos arreglaremos para comer tantas cosas? —dijo Popinot.

— ¡El hombre de letras! —exclamó Gaudissart—. Finot sabe lo que son las pompas y vanidades. Va a venir, niño ingenuo, provisto de un prospecto asombroso. La palabra es bonita, ¿eh? Los prospectos siempre tienen sed. Hay que regar las semillas si se quiere obtener flores. Marchaos, esclavos —dijo a los pinches, dándose mucha importancia—; ahí tenéis oro.

Y les dio medio franco con un gesto digno de Napoleón, su ídolo.

—Muchas gracias, señor Gaudissart —dijeron los pinches, más contentos por la broma que por la propina.

—Y tú, hijo mío —le dijo al mozo, que quedó allí para servir—, mira, hay una portera que yace en las profundidades de un antro donde a veces cocina, como en otros tiempos Nausícaa lavaba la ropa por pura diversión. Pues bien, vas a ir donde ella y vas a implorar de su candor, vas a suplicarle que caliente estos platos. Dile que será bendecida y, sobre todo, respetada, muy respetada por Félix Gaudissart, hijo de Jean—François Gaudissart, nieto de los Gaudissart, sus abuelos, unos viles proletarios. Anda y procura que todo salga bien, si no quieres que te dé un puntapié en las asentaderas.

Se oyó otro aldabonazo en el patio.

—Aquí está el espiritual Andoche —dijo Gaudissart.

Un muchacho gordo, bastante mofletudo, de talla media y que parecía, de pies a cabeza, hijo de sombrerero, de rasgos suaves, en los cuales la delicadeza y finura estaban envueltas por un aire grave, entró en la pieza. Su rostro, triste como el de un hombre abrumado por la pobreza, tomó una expresión de jovialidad en cuanto vio la mesa puesta y las botellas ostentando unos lacres muy significativos. A la exclamación de Gaudissart, sus ojos de azul pálido chispearon, su gran cabeza con cara de calmuco se movió de derecha a izquierda y saludó a Popinot de una manera extraña, sin servilismo ni respeto, como un hombre que no se encuentra a gusto en la vida y que no hace concesiones. Había empezado a reconocer que no poseía ningún talento literario y decidió ser un vividor de la literatura, trepar en ella sobre los hombros de personas espirituales, y hacer negocios, en lugar de escribir obras mal pagadas. Ahora, después de haber agotado la modestia y sufrido humillaciones en sus tentativas, iba a convertirse en un impertinente, como las gentes de gran vuelo financiero. Pero necesitaba algún dinero, y Gaudissart le había indicado que podía sacarse algo de la salida al mercado del aceite de Popinot.

—Usted se las arreglará como mejor le parezca con los diarios —le había dicho Gaudissart—, pero no maltrate a este joven, pues tendríamos un duelo a muerte. Sírvalo, puesto que paga.

Popinot miró al «autor» con aire inquieto. Los que son verdaderos comerciantes consideran a un escritor con un sentimiento en el cual hay terror, compasión y curiosidad. Aun cuando Popinot había recibido buena educación, las costumbres de su familia, sus ideas, los trabajos embrutecedores de un comercio, habían modificado su inteligencia, plegándola a los usos y costumbres de su profesión, fenómeno que puede observarse fijándose en los cambios experimentados, en diez años, por cien camaradas salidos al mismo tiempo de un colegio y con parecida educación. Andoche interpretó este sobrecogimiento de Popinot como signo de profunda admiración.

—Pues bien, vamos a tratar del prospecto antes de cenar, y así luego podremos beber sin preocupaciones —dijo Gaudissart—. Después de comer se lee mal; también la lengua digiere.

—Señor —dijo Popinot—, un prospecto supone a veces una fortuna.

—Y para los ordinarios como yo, la fortuna no es más que un prospecto.

— ¡Muy bonito! —dijo Gaudissart—. Este farsante de Andoche tiene más ingenio que cuarenta.

—Como cien —añadió Popinot, estupefacto ante la idea.

El impaciente Gaudissart agarró el manuscrito y leyó en alta voz Y con gran énfasis: ¡ACEITE CEFÁLICO!

—Me gustaría más «Aceite Cesáreo» —dijo Popinot.

—Amigo —dijo Gaudissart—, tú no conoces a las gentes de Provincias. Hay una operación quirúrgica que lleva ese nombre, y son tan brutos los provincianos que creerían que tu aceite es adecuado para facilitar los partos; habría, pues, mucha dificultad para convencerlos de que es bueno para los cabellos.

—Sin pretender defender mi palabra —dijo el autor—, quiero hacer notar que «Aceite Cefálico» significa aceite para la cabeza, y resume sus ideas.

— ¿Lo leemos? —dijo Popinot, impaciente.

He aquí el prospecto, tal como el comercio lo recibe a millares hoy todavía. (Otra pieza justificativa.)

MEDALLA DE ORO

EN LA EXPOSICIÓN DE 1824

ACEITE CEFÁLICO

Patentes de invención y de perfeccionamiento

Ningún cosmético puede hacer crecer los cabellos, como ninguna preparación química los tiñe sin daño para la sede de la inteligencia. La ciencia ha declarado recientemente que los cabellos son una sustancia muerta y que nada puede impedir que caigan o que se vuelvan blancos. Para prevenir la xerosis y la calvicie, basta con preservar al bulbo de donde salen de toda influencia exterior atmosférica y conservar en la cabeza el calor conveniente. El ACEITE CEFÁLICO, basado en principios establecidos por la Academia de Ciencias, produce este importante resultado, al cual se atenían los antiguos, los romanos, los griegos y las naciones del Norte, para quienes la cabellera tenía gran importancia.

Sabias investigaciones han demostrado que los nobles, que se distinguían en otros tiempos por la largura de sus cabellos, no empleaban otro medio; sólo que su procedimiento, hábilmente hallado por A. Popinot, inventor del ACEITE CEFÁLICO, se había perdido.

Conservar, en lugar de querer provocar una estimulación imposible y perjudicial para la dermis que contiene los bulbos: tal es el objeto del ACEITE CEFÁLICO. En efecto, este aceite, que se opone a la exfoliación de las películas, que exhala un suave olor y que, por las sustancias de que está compuesto, en las cuales entra como principal elemento el aceite de avellanas, impide toda acción del aire exterior sobre la cabeza, mantiene su temperatura interior y evita los reumas, corizas y todas las demás dolorosas afecciones del encéfalo. De esta manera, los bulbos que contienen los líquidos generadores de los cabellos nunca son afectados por el frío ni por el calor. La cabellera, ese adorno magnífico al que los hombres y las mujeres conceden tanta importancia, conserva, hasta la más avanzada edad de la persona que usa el ACEITE CEFÁLICO, ese brillo, esa finura, esa suavidad que hacen tan encantadoras las cabezas de los niños.

LA MANERA DE USARLO está explicada en el papel que se da con cada frasco y que le sirve de envoltura.

MANERA DE USAR EL ACEITE CEFÁLICO

Es inútil untar con él los cabellos; eso es no solamente un prejuicio ridículo, sino también una mala costumbre, pues el cosmético deja sus rastros por todas partes. Basta con humedecer todas las mañanas una pequeña esponja en el aceite, apartar los cabellos con el peine y embeber la raya de suerte que la piel reciba una ligera capa, después de haber limpiado la cabeza con el cepillo y con el peine.

Este aceite se vende por frascos, que llevan la firma del inventor para impedir toda falsificación, al precio de TRES FRANCOS, en la casa de A. POPINOT calle de Cinq—Diamants, barrio de Lombards, en París.

SE RUEGA ESCRIBIR LIBRE DE FRANQUEO.

NOTA: La casa A. Popinot tiene también otros aceites de droguería, tales como aceite de azahar, de espliego, de almendra dulce, de cacao, de café, de ricino y otros.

—Mi querido amigo —dijo el ilustre Gaudissart a Finot—, eso está muy bien escrito. ¡Rediez, cómo abordamos la ciencia! No nos andamos en rodeos y nos vamos al grano. Lo felicito muy cordialmente; he ahí una literatura provechosa.

— ¡Hermoso prospecto! —dijo Popinot entusiasmado.

—Un prospecto cuya primera palabra mata al «Aceite de Macassar» —siguió diciendo Gaudissart, poniéndose en pie con aire magistral para pronunciar las siguientes palabras, que subrayó con gestos parlamentarios—: « ¡No se hace crecer los cabellos! ¡No se los tiñe sin daño!» ¡Ah, ahí está el éxito! La ciencia moderna está de acuerdo con las costumbres de los antiguos. Puede uno entenderse con los viejos y con los jóvenes: « ¡Ah, señor, los antiguos, los griegos y los romanos tenían razón y no eran tan brutos como se nos quiere hacer creer!». Si se dirige uno a un joven: «Mi querido muchacho: un descubrimiento más, debido al progreso de las inteligencias; seguimos progresando. ¡Qué no habremos de esperar del vapor, del telégrafo y de otras cosas! Este aceite es el resultado de un informe del señor Vauquelin». ¿Y si mandamos imprimir unos párrafos de la memoria del señor Vauquelin a la Academia de Ciencias, confirmando nuestras afirmaciones? ¡Famoso! ¡Vamos, Finot, a la mesa! ¡Comamos y bebamos unos buenos tragos de champaña por el éxito de nuestro joven amigo!

—Había pensado —dijo el autor modestamente— que la época del prospecto ligero y festivo pasó ya; entramos en la era de la ciencia y es necesario un aire doctoral, un tono autoritario, para imponerse al público.

—Vamos a lanzar ese aceite: los pies me lo piden y la lengua también. Tengo mis comisiones de todos los que venden preparados para el cabello, pero ninguno da más del treinta por ciento de descuento; hay que dar un cuarenta por ciento, y siendo así me comprometo a colocar cien mil frascos en seis meses. Atacaré a los farmacéuticos, a los almaceneros, a los peluqueros y ofreciéndoles un cuarenta por ciento, embaucarán al público.

Los tres muchachos comieron como leones, bebieron como suizos y se achisparon en honor del «Aceite Cefálico».

—Este aceite sube a la cabeza —dijo Finot sonriendo.

Gaudissart agotó todos los retruécanos posibles con las palabras aceite, cabellos, cabeza, etc. En medio de las risas homéricas de los tres amigos, a los postres, entre los brindis y los recíprocos deseos de felicidad, se oyó un nuevo aldabonazo en el patio.

— ¿Será mi tío? Es capaz de venir a verme —exclamó Popinot.

— ¿Un tío? ¡Y no tenemos una copa! —dijo Finot.

—El tío de mi amigo Popinot es un juez de instrucción —dijo Gaudissart a Finot—. No se trata de sofisticar: él me salvó la vida. ¡Ah, cuando uno se ha encontrado en ese trance, frente a la guillotina, donde « ¡cuic!» y adiós los cabellos —dijo, imitando con un gesto a la cuchilla fatal—, se acuerda del virtuoso magistrado al que se le debe el haber conservado el caño por donde pasa el champaña! Se acuerda uno aun cuando esté borracho perdido. No podrá usted saberlo, Finot, si no tiene necesidad de los servicios del señor Popinot. ¡Rediez, hay que presentar saludos, y de los mejores!

El virtuoso juez de instrucción, en efecto, preguntó a la portera por su sobrino. Al oír su voz, Anselme bajó la escalera con una palmatoria en la mano, para dar luz.

—Salud, señores —dijo el magistrado.

El ilustre Gaudissart se inclinó profundamente. Finot examinó al juez con mirada un poco extraviada y lo encontró bastante zoquete.

—No hay lujos —dijo gravemente el juez mirando la habitación— pero para llegar a ser algo grande es necesario saber empezar por no ser nada.

— ¡Qué hombre tan profundo! —dijo Gaudissart a Finot.

—Es un pensamiento para un artículo de fondo —dijo el periodista.

— ¡Oh! —dijo el juez al reconocer al viajante de comercio—. ¿Qué hace usted aquí?

—Señor, quiero contribuir en la medida de mis fuerzas al éxito de su querido sobrino. Acabamos de meditar un poco sobre la publicidad de su aceite, y este señor es el autor del prospecto, que nos ha parecido uno de los mejores trozos literarios. —El juez miró a Finot—. El señor —siguió diciendo Gaudissart— es Andoche Finot, uno de los jóvenes más destacados en la literatura, que hace en los diarios del gobierno crónicas de teatro y alta política; un periodista en camino de ser autor.

Finot tiró a Gaudissart de los faldones de su levita.

—Muy bien, hijos míos —dijo el juez, a quien estas palabras explicaron el aspecto de la mesa, en la que se veían los restos de un banquete bien justificado—. Querido —añadió el juez dirigiéndose a Popinot—, vístete, que vamos a ir esta noche a casa del señor Birotteau, a quien debo una visita. Vais a firmar el acta de constitución de la sociedad, que he examinado cuidadosamente. Como tendréis la fábrica de aceite en los terrenos del barrio del Temple, me parece que debe cederte el taller en arrendamiento, para evitar posibles complicaciones. Estas paredes me parecen muy húmedas. Anselme: debes colocar esteras de paja en tu dormitorio.

—Permítame, señor juez de instrucción —dijo Gaudissart con zalamerías de cortesano—, pero es que acabamos de poner el papel y aún no está bien seco...

— ¿Economías? Muy bien hecho —respondió el juez.

—Oiga —dijo Gaudissart a Finot al oído—, mi amigo Popinot es un muchacho virtuoso, que se va con su tío; vámonos nosotros a ver a nuestras primas...

El periodista le mostró el forro del bolsillo del chaleco. Popinot vio el gesto y le pasó veinte francos al autor de su prospecto.

El juez tenía apostado un simón en el extremo de la calle y condujo a su sobrino a casa de Birotteau.

Pillerault, los señores Ragon y Roguin estaban jugando una partida de boston, y Césarine bordaba una pañoleta cuando entraron el juez de instrucción y Anselme. Roguin, sentado frente a la señora Ragon, cerca de la cual estaba Césarine, advirtió la alegría de la muchacha que cuando vio entrar a Anselme se puso colorada como una cereza y con una señal se lo insinuó a su primer pasante.

— ¿Hoy es el día de los contratos? —preguntó el perfumista cuando, después de los saludos, le dijo el juez cuál era el objeto de su visita.

César, Anselme y el juez subieron al segundo piso, donde estaba el dormitorio provisional del perfumista, a tratar del acta de constitución de la sociedad, redactada por el magistrado. El contrato se hizo por dieciocho años, con el fin de que tuviera la misma duración que el de arrendamiento del local de Cinq—Diamants, circunstancia intrascendente en apariencia, pero que más tarde sirvió de mucho a Birotteau.

Cuando César y el juez volvieron al entresuelo, el magistrado, sorprendido de aquel revoltijo y de la presencia de obreros un domingo en la casa de un hombre tan religioso como Birotteau, preguntó la causa de todo ello, y ahí lo esperaba el perfumista.

—Aun cuando usted no sea un hombre de mundo, no ha de encontrar mal que celebremos la liberación del territorio nacional. Y no es eso todo. Si reúno algunos amigos es también para festejar mi promoción a la Orden de la Legión de Honor.

— ¡Ah! —exclamó el juez, que no estaba condecorado.

—Quizá me haya hecho acreedor a ese insigne y real favor al pertenecer al Tribunal... ¡oh, Comercial! Y al combatir por los Borbones en las escaleras...

—Sí —dijo el juez.

—... de San Roque, el 13 de vendimiario, donde fui herido por Napoleón.

—Vendré con mucho gusto —dijo el juez—. Y si mi señora no está enferma, la traeré también.

—Xandrot —dijo Roguin en la puerta a su pasante—, no pienses, de ninguna manera, en casarte con Césarine: dentro de seis semanas comprenderás que te he dado un buen consejo.

— ¿Por qué? —preguntó Crottat.

—Birotteau, querido, va a gastar cien mil francos en su baile y compromete su fortuna en ese asunto de los terrenos, no obstante mis consejos. Dentro de seis semanas, esas gentes no tendrán ni pan. Cásate con la señorita Lourdois, la hija del pintor de fachadas; tiene trescientos mil francos de dote; yo te he arreglado ese asunto. Si puedes darme al contado cien mil francos por mi estudio, puedes tenerlo desde mañana.

Las magnificencias del baile que preparaba el perfumista, anunciadas por los diarios europeos, eran también conocidas por los comerciantes por los rumores a que daban lugar los trabajos de día y de noche. En un sitio se decía que César había alquilado tres casas; en otro, que había hecho dorar sus salones; más allá, que los comerciantes no serían invitados, pues la fiesta sería para los hombres del gobierno; aquí, el perfumista era severamente criticado por su ambición, se burlaban de sus pretensiones políticas y hasta se negaba que hubiera sido herido.

El baile dio lugar a más de una intriga en el barrio del perfumista: los amigos estaban tranquilos, pero las exigencias de los simples conocidos eran enormes. Hubo personas a quienes el conseguir una invitación les costó más de una molestia. Los Birotteau estaban asombrados por el número de amigos a quienes ni conocían siquiera. Este ajetreo hizo que el semblante de la señora Birotteau se volviera, a medida que se acercaba la solemnidad, más sombrío cada día. Por de pronto, declaró a César que no sabía cómo arreglárselas para resolver los innumerables problemas de semejante solemnidad: ¿dónde encontrar la vajilla, los cubiertos, las copas, el servicio? ¿Y quién estaría al cuidado de todo? Rogó a su marido que se pusiera a la puerta y no dejase pasar más que a los invitados, pues había oído hablar de personas que acudían a los bailes burgueses diciéndose amigos, y a quien nadie conocía.

Cuando, diez días antes, Braschon, Grindot, Lourdois y Chaffaroux, el contratista de construcciones, afirmaron que la vivienda estaría lista para el ya célebre domingo del 17 de diciembre, una conferencia ridícula tuvo lugar en el modesto y pequeño salón del entresuelo, después de la cena, entre César, su señora y su hija, para preparar la lista de invitados y repartir las invitaciones que esa misma mañana había enviado un impresor, escritas con letra inglesa, sobre papel rosa, siguiendo la fórmula del más pueril y honesto código de la cortesía.

—No olvidemos a nadie —dijo Birotteau.

—Si nos olvidamos de alguno —agregó Constance—, él no lo olvidará. La señora Derville, que nunca nos había visitado, llegó ayer hecha un brazo de mar.

—Estaba muy guapa —dijo Césarine—. Me gustó mucho.

—Sin embargo, antes de casarse era aún menos que yo —aclaró Constance— Trabajaba de costurera en la calle Montmartre, y ella hacía las camisas de tu padre.

—Bueno, comencemos la lista —dijo Birotteau— por las gentes más elevadas. Escribe, Césarine: señor duque y señora duquesa de Lenoncourt...

— ¡Pero, por Dios, César, no envíes invitaciones a personas a quienes no conoces más que como vendedor! ¿Vas a invitar también a la princesa de Blamont—Chauvry, más parienta de tu difunta madrina, la marquesa de Uxelles, que el duque de Lenoncourt? ¿Vas a invitar también a los señores de Vandenesse, al señor de Marsay, al señor de Ronquerolles, al señor de Aiglemont, que son clientes tuyos? ¡Estás loco; las grandezas se te han subido a la cabeza!

—Sí, pero el señor conde de Fontaine y su familia... Ése, bajo el nombre supuesto de «Gran Santiago», con el «Joven», que era el señor marqués de Montauran, y el señor de La Billardiére, que se hacía llamar «el Nantés», venían a «La Reina de las Rosas» antes del motín del 13 de vendimiario. ¡Y qué apretones de manos, entonces! « ¡Ánimo, mi querido Birotteau —me decían—; déjate matar, como nosotros, por la buena causa!» Somos viejos camaradas de conspiraciones.

—Inclúyelos —dijo Constance—. Si vienen el señor de La Billardiére y su hijo, es preciso que encuentren con quién hablar.

—Escribe, Césarine —dijo Birotteau—. Primo: el señor prefecto del Sena, que vendrá o no vendrá; pero él tiene autoridad sobre el Concejo Municipal: ¡a tal señor tal honor! Señor de La Billardiére, alcalde, y su hijo. Pon el total de los invitados al principio. Mi colega, el señor Granet, teniente de alcalde, y su esposa; es fea como un demonio, pero lo mismo no podemos dejarla de lado. El señor Curel, el orfebre, coronel de la Guardia Nacional, su esposa y sus dos hijas. Ésas son las autoridades. Ahora vienen las personalidades: el señor conde y la señora condesa de Fontaine y su hija, la señorita Émilie de Fontaine.

—Una impertinente, que me hace salir de la tienda para hablarle a la portezuela de su coche, por mal tiempo que haga —dijo Constance— Si viene, será para burlarse de nosotros.

—Entonces, quizá venga —dijo César, que a toda costa quería reunir gente de calidad—. Continúa, Césarine: el señor conde y la señora condesa de Granville; mi propietario, el más famoso cabezota de la Corte, llamado Derville. ¡Ah! El señor de La Billardiére hará que me reciba mañana de caballero por medio del propio señor conde de La—cépéde. Es preciso que mande al gran canciller una invitación para el baile y la comida. Señor Vauquelin; pon baile y comida, Césarine. Y, para no olvidarnos de ellos, pon desde ahora a todos los Chiffreville y los Protez. Señor y señora de Popinot, juez del Tribunal del Sena.

Señor y señora Thirion, ujier del gabinete del rey; los amigos de los Ragon, y su hija, que, según se dice, va a casarse con el hijo del primer matrimonio del señor Camusot.

—César, no te olvides del pequeño Horace Bianchon, sobrino del señor Popinot y primo de Anselme —dijo Constance.

— ¡Ah, diablo! Césarine ha puesto un cuatro en la línea de los Popinot. Señor y señora Raboudin, uno de los jefes de despacho del señor de La Billardiére. El señor Cochin, del mismo departamento, su esposa y su hijo, comanditarios de los Matifat, y señor, señora y señorita de Matifat, ya que estamos en ello.

—Los Matifat —dijo Césarine— han pedido invitaciones para los señores de Colleville, los Thuillier, sus amigos, y los Saillard.

—Bueno, ya veremos. Nuestro agente de cambio, señor y señora Jules Desmarets.

— ¡Ella será lo mejor del baile! —dijo Césarine—. Me gusta más que ninguna otra.

—Derville y su señora.

—Pon también a los señores de Coquelin, sucesores de mi tío Pillerault —dijo Constance—. Están tan seguros de ser invitados que la pobre mujer se ha mandado hacer en el taller de mi costurera un soberbio vestido de baile: tapado de raso blanco, vestido de tul bordado con flores de achicoria... Un poco más y se manda hacer un vestido de «lamé», como para ir a palacio. Si no los invitamos, tendremos en ellos dos enemigos encarnizados.

—Inclúyelos, Césarine; debemos honrar al comercio, pues en él estamos. Señor y señora Roguin.

—Mamá, la señora Roguin traerá su collar de diamantes y su vestido de encaje de Malinas.

—Señor y señora Lebas —dijo César—. Señor presidente del Tribunal de Comercio, su señora y sus dos hijas; me había olvidado de ellos al hacer la lista de las autoridades. Señor y señora Lourdois y su hija. Señor Claparon, banquero; señor Du Tillet, señor Grindot, señor Molineux, Pillerault y su propietario; señor y señora Camusot, los ricos comerciantes en sedas, con sus hijos, el de la Escuela Politécnica y el abogado.

—Va a ser nombrado juez por su matrimonio con la señorita Thirion, pero en provincias —dijo Césarine.

—Señor Cardot, el suegro de Camusot, y todos los hijos de Cardot. Y los Guillaume, de la calle del Colombier; el suegro de Lebas, dos viejos que no bailarán. Alexandre Crottat, Célestin...

—Papá, no olvides al señor Andoche Finot y al señor Gaudissart, dos jóvenes que ayudan mucho a Anselme.

— ¿Gaudissart? Ha tenido cuentas con la justicia, pero es lo mismo; sale dentro de unos días y va a llevar nuestro aceite: inclúyelo. En cuanto al señor Andoche Finot, ¿qué tiene que ver con nosotros?

—Anselme dice que llegará a ser un personaje: tiene tanto talento como Voltaire.

— ¿Un autor? Ateos todos.

—Inclúyelo, papá. No tenemos bastantes bailarines. Por otra parte, el prospecto de tu aceite es cosa de él.

— ¿Cree en nuestro aceite? —dijo César—. Anótalo también.

—Pongo también a mis protegidos —dijo Césarine.

—Incluye también al señor Mitral, mi ujier, y al señor Haudry, nuestro médico, por pura fórmula: no vendrá.

—Vendrá a sacar provecho —dijo Césarine.

—Espero, César, que invitarás a la comida al sacerdote, monseñor Loraux.

—Ya está anotado —dijo Birotteau.

— ¡Ah, no olvidemos a la cuñada de Lebas, la señora Augustine de Sommervieux! —dijo Césarine—. ¡Pobre mujer! Sufre mucho; se muere de pena, según nos ha dicho Lebas.

— ¡Eso es lo que tiene casarse con artistas! —exclamó el perfumista—. Mira, tu madre se está durmiendo —dijo en voz baja a su hija—. Buenas noches, señora Birotteau. Escucha, Césarine. ¿Y el vestido de tu madre?

—Sí, papá, todo estará listo. Mamá cree que no tiene más que el vestido de crespón de China, como el mío. La costurera dice que no tendrá necesidad de hacer ninguna prueba.

— ¿Cuántas personas? —exclamó César en alta voz, al ver que su esposa abría de nuevo los ojos.

—Ciento nueve, incluidos los dependientes —dijo Césarine.

— ¿Y dónde vamos a meter a toda esa gente? —preguntó la señora Birotteau—. Pero, en fin, después de ese domingo, habrá un lunes.

Nada pueden hacer con sencillez las gentes que ascienden de un plano social a otro. Ni Constance, ni César, ni nadie podía entrar, bajo ningún pretexto, en el primer piso de la casa. El perfumista había prometido a Raguet, su mozo de almacén, un traje nuevo para el día del baile, si montaba bien su guardia y ejecutaba al pie de la letra su consigna. Birotteau, como el emperador Napoleón en Compiégne, cuando la restauración del palacio con motivo de su matrimonio con María Luisa de Austria, no quería ver nada parcialmente: quería gozar de la sorpresa. Estos dos viejos adversarios se encontraron una vez más, sin saberlo, no en un campo de batalla, sino en el terreno de la vanidad burguesa. El arquitecto Grindot debía, pues, tomar de la mano a César y mostrarle la vivienda como un cicerone enseña un museo a un curioso. Por lo demás, todos tenían preparada su sorpresa. Césarine, la querida hija, había gastado todo su tesoro, cien luises, en comprar libros para su padre. El señor Grindot le había confiado una mañana que pondría dos cuerpos de biblioteca en la habitación de Birotteau, formando una especie de despacho; una sorpresa de arquitecto. Césarine había dejado todas sus economías en el mostrador de una librería, para ofrecer a su padre: Bossuet, Racine, Voltaire, Jean—Jacques Rousseau, Montesquieu, Moliére, Buffon, Fénelon, Delille, Bernardin de Saint—Pierre, La Fontaine, Corneille, Pascal, La Harpe, en fin, esa biblioteca vulgar que se encuentra en todas partes y que César no leería jamás. Todo ello debía suponer una crecida suma de dinero por encuadernación. El nada puntual y célebre encuadernador Thouvenin, un artista, había prometido entregar los volúmenes el día 16, a mediodía. Césarine confesó sus apuros de dinero a su tío Pillerault, y éste se encargó del pago. La sorpresa de César a su esposa consistía en un vestido de terciopelo color cereza, guarnecido de puntillas, del cual acababa de hablar a su hija, que era su cómplice. La sorpresa de la señora Birotteau para el nuevo caballero consistía en unas hebillas de oro y un alfiler de corbata con un solitario. Y, en fin, había para toda la familia la sorpresa de la vivienda, a la que debía seguir, dentro de los quince días, la gran sorpresa de la cuenta de gastos.

Birotteau pensó mucho en qué invitaciones debían ser hechas personalmente, y cuáles entregadas por Raguet. Tomó un simón, metió en él a su esposa, afeada con un sombrero de plumas y con el último chal que le había regalado, la cachemira que había deseado durante quince años. Los perfumistas, vestidos con lo mejor, despacharon veintidós visitas en una mañana.

César quiso ahorrar a su mujer las dificultades que ofrecía la confección burguesa de los diferentes platos que exigía el esplendor de la fiesta. Un tratado diplomático quedó concertado entre el ilustre Chevet y Birotteau. Chevet lo proveería de un soberbio servicio de plata, que producía tanto como una granja por su alquiler; él se encargaba de la comida, de los vinos, del personal de servicio, a las órdenes de un maître de aspecto respetable, y todos responsables de sus actos y de sus modales. También pidió la cocina y el comedor del entresuelo para establecer allí su cuartel general, que no podía abandonar teniendo que servir una comida a las seis de la tarde y luego, a la una de la madrugada, un magnífico ambigú.

Birotteau se había arreglado con el Café de Foy para los helados de fruta, servidos en lindas tazas, con cucharillas de plata sobredorada y bandejas también de plata. Tanrade, otro ilustre, serviría los refrescos.

—Tranquilízate —le dijo César a su esposa al verla un poco nerviosa la antevíspera del acontecimiento—; Chevet, Tanrade y el Café de Foy ocuparán el entresuelo, Virginie estará en el segundo piso, la tienda estará bien cerrada y nosotros no tendremos que hacer sino plantarnos en el primero.

El día 16, a las dos de la tarde, el señor de La Billardiére llegó para recoger a César y llevarlo a la Cancillería de la Legión de Honor, donde debía ser recibido en la Orden por el señor conde Lacépéde con una docena más de caballeros. El alcalde encontró al perfumista con lágrimas en los ojos: acababa Constance de darle la sorpresa de las hebillas de oro y del solitario.

—Es muy agradable ser amado así —dijo al subir al simón, en presencia de sus dependientes, de Césarine y de Constance.

Todos miraban a César, con su pantalón corto de seda negra, medias de seda y la levita azul, en cuya solapa había de lucir la cinta que, según Molineux, se hallaba empapada en sangre. Cuando volvió para comer, estaba pálido de alegría y se miraba la cruz en todos los espejos, pues en los primeros momentos de embriaguez no se contentó con la cinta: estaba orgulloso sin falsa modestia.

—Querida esposa —dijo—, el gran canciller es un hombre encantador; a una palabra de La Billardiére, ha aceptado mi invitación. Vendrá con el señor Vauquelin. El señor Lacépéde es un gran hombre, tanto como Vauquelin. ¡Ha escrito cuarenta volúmenes! Es también un par de Francia. Debemos tratarlo de «vuestra señoría» o de «señor conde».

— ¡Pero come, hombre, come! Tu padre es peor que un niño —dijo Constance a Césarine.

— ¡Qué bien te luce en el ojal! —exclamó Césarine—. Te presentarán armas; saldremos juntos.

—Me presentarán armas allí donde haya un centinela.

En ese momento bajaba Grindot con Braschon. Después de comer, el señor, la señora y la señorita podrían ver la vivienda; el ayudante de Braschon acababa de clavar en las paredes algunos candelabros y tres hombres estaban encendiendo las bujías.

—Hacen falta ciento veinte bujías —dijo Braschon.

—Un gasto de doscientos francos en casa de Trudon —añadió la señora de César, cuyas quejas quedaron cortadas ante una mirada del caballero Birotteau.

—Su fiesta será magnífica, caballero —dijo Braschon.

Y Birotteau pensaba: «Ya empiezan las adulaciones. Pero el cura Loraux me ha recomendado que no me deje halagar y que continúe siendo un hombre modesto. Me acordaré de mi origen».

César no comprendió lo que quería decir el rico tapicero de la calle Saint—Antoine. Braschon hizo once inútiles tentativas para ser invitado, con su esposa, su hija, su suegra y su tía. Se convirtió en un enemigo de Birotteau, y al despedirse de él ya no lo llamó caballero.

Comenzó el ensayo general. César, su esposa y Césarine salieron de la tienda y entraron en su casa por la puerta de calle. Esta puerta se había reconstruido a lo grande y con un bello estilo, con sus dos hojas divididas en paneles iguales y cuadrados, en medio de los cuales se veía un ornamento arquitectónico de fundición y pintado. Esta puerta, que luego se ha generalizado en París, era entonces una novedad.

En el fondo del vestíbulo estaba la escalera, dividida en dos accesos, entre los cuales se encontraba el zócalo que tanto había inquietado a Birotteau y que formaba una especie de cajón donde podría estar una vieja portera. Este vestíbulo, con piso de losas blancas y negras, pintado imitando el mármol, estaba iluminado por un candelabro de cuatro bujías. El arquitecto había sabido conjugar la riqueza con la sencillez. Una alfombra roja hacía resaltar la blancura de los peldaños, de piedra pulida. En el primer descansillo había una puerta que daba acceso al entresuelo. La puerta de la vivienda era del mismo estilo que la de la entrada a la casa, pero toda de madera trabajada por ebanistas.

— ¡Qué gracia tiene todo! —dijo Césarine—. Y, sin embargo, no hay nada que llame la atención.

—Precisamente, señorita, la gracia viene de las proporciones exactas entre los estilóbatos, los plintos, las cornisas y los ornamentos; además, fíjese en que no he mandado dorar nada: los colores son sobrios y nada gritones.

—Es todo un arte —comentó Césarine.

Entraron luego todos en una antecámara de buen gusto, entarimada, espaciosa, decorada muy sencillamente. Luego venía el salón, con tres ventanas a la calle, en blanco y rojo, de cornisas elegantemente trazadas y donde nada desentonaba. Sobre una chimenea de mármol blanco y columnas se veía un reloj de péndulo y dos candelabros elegidos con gusto, lujosos, pero sin llegar a lo ridículo y que concordaban con los demás detalles. En fin, reinaba en todo ello esa suave armonía que únicamente los artistas saben lograr siguiendo en la decoración un sistema que comprende hasta los menores detalles y accesorios, que los burgueses ignoran, pero que admiran. Un gran candelabro de veinticuatro bujías hacía que brillasen los cortinones de seda roja, y el entarimado ofrecía un aspecto que provocó en Césarine deseos de bailar. Una salita en verde y blanco daba acceso al despacho de César.

—He puesto ahí una cama —dijo Grindot abriendo las puertas de una alcoba hábilmente disimulada entre las dos bibliotecas—. Usted o su señora pueden encontrarse enfermos y, en ese caso, cada uno tiene su habitación.

— ¡Y esta biblioteca, llena de libros encuadernados! ¡Ah, mi esposa, mi esposa! —exclamó César.

—No; ésta es la sorpresa de Césarine.

—Perdone usted la emoción de un padre —le dijo al arquitecto al mismo tiempo que besaba a su hija.

—Bésela, bésela, señor —respondió el arquitecto—. Está usted en su casa.

En este despacho dominaban los colores oscuros, puestos de relieve por tonos verdes: las más hábiles transiciones de los tonos unían unas habitaciones con otras. Así, el color que servía de fondo en una pieza venía a ser un complemento del de otra, y viceversa. El grabado de «Hero y Leandro» se destacaba en un panel del despacho de César.

—Tú vas a pagar todo esto —dijo alegremente Birotteau.

—Ese bello cuadro es un regalo de Anselme —dijo Césarine.

También Anselme se había permitido una sorpresa.

—Pobre muchacho; hace por mí lo mismo que yo hice por Vauquelin.

A continuación venía la habitación de la señora Birotteau. En ella había desplegado el arquitecto magnificencias que tenían por objeto agradar plenamente a estas gentes a las que quería seducir. La habitación estaba decorada de azul, con tonos blancos, en tanto que los muebles eran blancos, con adornos azules. Sobre la chimenea, de mármol blanco, el reloj de péndulo representaba a Venus sobre un bloque de mármol; una alfombra de moqueta y de diseño turco unía esta pieza con el dormitorio de Césarine, con ricas telas y muy coqueto: un piano, un bonito armario de luna, un lecho con sencillas cortinas y todos esos pequeños muebles que tanto gustan a las mujeres jóvenes. El comedor estaba detrás de las habitaciones de Birotteau y de su esposa, y tenía entrada por la escalera: era del estilo llamado Luis XIV, con péndulo de Boulle, con aparadores adornados con cobres y esmaltes, cubiertas las paredes con telas sujetas por clavos dorados. No es posible describir la alegría de estas tres personas, que llegó al colmo cuando, al volver a su dormitorio, vio Constance sobre la cama el vestido de terciopelo color cereza, con adornos de puntillas, que le ofrecía su esposo, y que Virginie había puesto allí caminando de puntillas para no ser advertida.

—Señor —dijo la señora Birotteau a Grindot—, esta vivienda le dará a usted mucha fama. Tendremos mañana aquí a más de cien personas, y todas lo colmarán de elogios.

—Yo lo recomendaré a usted —añadió César—. Estará aquí lo más distinguido del comercio y en una sola velada se hará usted más famoso que si hubiera construido cien edificios.

Constance, emocionada, ya no pensaba en los gastos ni en criticar a su esposo. He aquí por qué. En la mañana de ese día, al traer su «Hero y Leandro», Anselme Popinot, en quien Constance reconocía una gran inteligencia y mucha habilidad, le había asegurado el éxito del «Aceite Cefálico», en el cual trabajaba con una dedicación ejemplar. El joven enamorado le había prometido que, pese a la elevada cifra que alcanzarían las locuras de Birotteau, esos gastos serían cubiertos en seis meses con las ganancias reportadas por el aceite. Después de haber estado temblando de miedo durante diecinueve años, resultaba tan grato entregarse, aunque no fuera más que un día, a la alegría franca, que Constance prometió a su hija no amargar la felicidad de su esposo con ninguna reflexión, y dejarse llevar sin oponer ningún reparo. Hacia las once de la noche los dejó el señor Grindot, y entonces ella se arrojó al cuello de su marido y lloró lágrimas de alegría, exclamando:

— ¡Ay, César, me has vuelto un poco loca, pero me has hecho feliz!

—Mientras dure, ¿no es cierto? —dijo César sonriendo.

—Durará; ya no tengo ningún temor —contestó la señora Birotteau.

—Que sea enhorabuena; veo que tienes confianza en mí —añadió el perfumista.

Las personas lo suficientemente grandes para reconocer sus debilidades tendrán que confesar que una pobre huérfana que dieciocho años antes no era más que una dependienta de «Le Petit Matelot», en la isla de San Luis, y un pobre campesino venido de Turena a París con una cachava, a pie y con botas de tachuela, tenían que sentirse halagados y felices al poder ofrecer una fiesta semejante y por motivos bien encomiables.

— ¡Dios mío, daría a gusto cien francos porque llegara ahora una visita!

—Aquí está el señor cura Loraux —anunció Virginie.

El sacerdote Loraux se presentó. Este cura era entonces vicario de San Sulpicio. Nunca la fuerza del alma se reveló mejor que en este santo varón, cuyo trato dejó huellas profundas en el recuerdo de cuantos lo conocieron. Su cara de mal humor, fea hasta el extremo, se había hecho sublime por el ejercicio de las virtudes católicas: brillaba en ella un esplendor celestial. El candor que llevaba en la sangre armonizaba sus desgraciados rasgos y el fuego de la caridad purificaba sus líneas incorrectas por un fenómeno contrario al que, en Claparon, había animalizado y degradado todo su ser. En sus arrugas aparecía la gracia de las tres hermosas virtudes humanas: la Esperanza, la Fe y la Caridad. Su palabra era suave, calmada y penetrante. Su traje era el mismo que el de los curas de París, permitiéndose llevar un sobretodo de color marrón oscuro. Ninguna ambición se había metido en este corazón puro, que los ángeles devolverían a Dios con su primitiva inocencia. Fue necesaria la dulce violencia de la hija de Luis XVI para que el sacerdote Loraux aceptase un puesto en una iglesia de París, aunque fuera una de las más modestas.

Miró con alguna inquietud todas estas magnificencias, sonrió a estos tres felices comerciantes e inclinó su blanca cabeza.

—Hijos míos —les dijo—, mi misión no es la de asistir a fiestas, sino la de consolar a los afligidos. Vengo a dar las gracias al señor Birotteau por su amable invitación y a felicitarlos a todos. Yo no quiero venir acá más que para una fiesta: para la boda de esta encantadora muchacha.

Al cabo de un cuarto de hora el cura se retiró, sin que el perfumista ni su esposa se hubieran atrevido a mostrarle las habitaciones. Esta grave aparición arrojó algunas gotas de agua fría en la alegría de César. Se fueron los tres a sus dormitorios, tomando posesión de los muebles que tanto habían deseado. Césarine desvistió a su madre ante un tocador de mármol blanco y gran espejo, y César se regaló algunos gustos superfluos, usando las nuevas comodidades. Y todos se durmieron recreándose por adelantado en las alegrías del día siguiente.

Hacia las cuatro, después de haber ido a misa y de haber rezado las vísperas, Césarine y su madre se vistieron, luego de haber entregado el entresuelo a las gentes de Chevet. Jamás le fue ningún vestido a la señora de César tan bien como éste de terciopelo de color cereza, adornado con puntillas, de mangas cortas: sus hermosos brazos, frescos y jóvenes todavía; su pecho blanquísimo, su cuello, sus hombros tan bien dibujados, se veían realzados por el vestido y por su magnífico color. La ingenua alegría que toda mujer experimenta al verse hermosa dio no sé qué suavidad al perfil griego de la perfumista, cuya belleza apareció con toda la finura de un camafeo. Césarine, vestida de gasa blanca, llevaba una corona de rosas blancas en la cabeza y otra rosa sobre el corazón; un chal le cubría castamente los hombros y el busto; todo ello volvió loco a Popinot.

—Estas gentes nos abruman —dijo la señora Roguin a su esposo cuando recorrían la vivienda.

La notaria estaba furiosa por no ser tan hermosa como la señora Birotteau, pues toda mujer sabe perfectamente a qué atenerse sobre la superioridad o la inferioridad de una rival.

— ¡Bah, no durará esto mucho tiempo; muy pronto la humillarás, al encontrarla a pie por las calles y arruinada! —respondió Roguin en voz baja a su esposa.

Vauquelin estuvo exquisito; llegó con el señor Lacépéde, su colega del Instituto, que había ido a recogerlo en coche. Al ver a la resplandeciente perfumista, los dos sabios cayeron en cumplimientos científicos.

—Usted posee, señora, algún secreto, que la ciencia ignora, para conservarse tan joven y tan hermosa —dijo el químico.

—Usted está aquí un poco en su casa, señor académico —dijo Birotteau—. Sí, señor conde —añadió volviéndose hacia el gran canciller de la Legión de Honor—; debo mi fortuna al señor Vauquelin. Tengo el honor de presentar a su señoría al presidente del Tribunal de Comercio: el señor conde de Lacépéde, par de Francia, uno de nuestros más grandes hombres, ha escrito cuarenta volúmenes —dijo a Joseph Lebas, que acompañaba al presidente del Tribunal.

Los invitados fueron todos puntuales. La cena fue lo que son las cenas entre comerciantes: extremadamente alegre, de una gran cordialidad y salpicada de esas bromas que siempre hacen reír. La excelencia de los platos y la calidad de los vinos fueron muy apreciadas. Cuando pasaron al salón para tomar el café, eran las nueve y media. Unos coches habían traído ya a algunos impacientes, invitados al baile. Una hora después, el salón estaba lleno y el baile ofrecía un brillante aspecto. El señor de Lacépéde y el señor Vauquelin se fueron pronto, con gran disgusto de Birotteau, que los siguió hasta la escalera suplicándoles que se quedasen, pero en vano. Consiguió retener al señor Popinot, el juez, y al señor de La Billardiére. Salvo tres mujeres que representaban a la aristocracia, las finanzas y la administración: la señorita de Fontaine, la señora Jules y la señora Rabourdin, unas espléndidas bellezas que con sus vestidos y sus modales, resaltaban en medio de esta reunión, las demás mujeres ofrecían a la vista unos vestidos y atavíos pesados, demasiado gruesos, un no sé qué de barroco, que da a las masas burguesas un aire común, puesto aquí más de relieve por la suavidad y la gracia de esas tres mujeres.

La burguesía de la calle Saint—Denis se exhibía majestuosamente, mostrándose en la plenitud de sus derechos a la ridícula estupidez. Es esta burguesía la que viste a sus hijos de lanceros o de guardias nacionales, que compra Victorias y conquistas y el Soldado labrador, admira el Entierro del pobre, goza los días de parada militar, va los domingos a una casita que tiene en el campo, se preocupa de tener aire distinguido y sueña con honores municipales; esta burguesía que todo lo envidia y, sin embargo, es buena, servicial, afecta, sensible, compasiva; que da dinero para los hijos del general Foy; para los griegos, cuyas piraterías le son desconocidas; para el Champ d'Asile cuando ya no existía; burlada por sus virtudes y duramente criticada por sus defectos por una sociedad que vale menos, pues aquélla tiene corazón, precisamente porque no conoce las conveniencias; esta virtuosa burguesía que educa a sus cándidas hijas en el trabajo, dándoles unas cualidades que el contacto con las clases superiores corrompe en cuanto se trata con ellas; esas muchachas entre quienes Chrysale habría buscado su esposa; en fin, una burguesía admirablemente representada por los Matifat, los drogueros de la calle de Lombards, proveedores de «La Reina de las Rosas» desde hacía sesenta años.

La señora Matifat, que había querido darse un aire digno, bailaba tocada con turbante y vestida con un pesado traje encarnado, con escamas de oro, muy en armonía con su semblante orgulloso, su nariz romana y con los esplendores de su rostro color carmesí. El señor Matifat, tan soberbio en una revista de la Guardia Nacional, donde se lo distinguía a cincuenta pasos por su abultado vientre, en el que brillaba su cadena y su aparatoso dije, estaba dominado por esta Catalina II de mostrador. Bajo y gordo, a caballo en la nariz sus antiparras, llegándole el cuello de la camisa hasta la nuca, se hacía notar por su voz entre barítono y bajo y por la riqueza de su vocabulario. Nunca decía Corneille, sino el ¡sublime Corneille!; Racine era el dulce Racine; Voltaire, ¡oh, Voltaire!, el segundo en todos los géneros, más ingenio que genio, pero, de todas formas, hombre genial; Rousseau, espíritu sombrío, hombre dotado de un gran orgullo y que ha acabado por echarse a perder. Contaba sin gracia algunas anécdotas vulgares de Piron, que pasa por hombre prodigioso entre la burguesía. Matifat, apasionado por los actores, tenía una ligera tendencia hacia la obscenidad: a imitación del bueno de Cardot, predecesor de Camusot, y del rico Camusot, tenía una querida. A veces, la señora Matifat, viéndolo en trance de referir una anécdota, le decía: «Mi gordo, fíjate bien en lo que nos vas a decir». Lo llamaba familiarmente «mi gordo». Esta voluminosa reina de las drogas hizo perder a la señorita de Fontaine su continente aristocrático: la orgullosa señorita no pudo evitar una sonrisa desdeñosa cuando oyó a la Matifat decir a su esposo: «No te lances a los helados, gordo mío, que es de mal gusto».

Resulta más difícil explicar la diferencia que existe entre el gran mundo y la burguesía, que lo que a esta burguesía le cuesta suprimirla. Estas señoras, molestas dentro de sus aparatosos vestidos, se sabían endomingadas y dejaban ver ingenuamente una alegría que probaba que el baile era una excepción muy rara en sus vidas de trabajo, en tanto que las tres mujeres que representaban cada una a una esfera social, estaban aquí como habían de estar el día siguiente; no daban la sensación de haberse preparado para una fiesta, no se paraban a contemplar las maravillas desacostumbradas de sus adornos, no se preocupaban por el efecto que causaban; todo estaba hecho cuando habían dado el último toque a su preparación para el baile; sus rostros no revelaban ningún exceso y bailaban con la gracia y la soltura que genios desconocidos dieron a algunas estatuas antiguas. Las otras, al contrario, marcadas con el sello del trabajo, conservaban sus actitudes vulgares y se divertían demasiado; sus miradas eran desconsideradamente impertinentes y sus voces no tenían el tono suave del murmullo que da a las conversaciones de un baile un sabor inimitable; no tenían, sobre todo, esa impertinente gravedad que contiene el epigrama en germen, ni esa tranquila apostura que distingue a las gentes acostumbradas a conservar un gran dominio sobre sí mismas. Así, la señora Rabourdin, la señora Jules y la señorita de Fontaine, que se habían prometido pasarlo bien en este baile del perfumista, se destacaban sobre toda la burguesía por su gracia exquisita, por el gusto de sus vestidos y por sus modales, como las primeras figuras de la ópera se destacan entre los comparsas. Las tres eran observadas con miradas estúpidas y envidiosas. La señora Roguin, Constance y Césarine formaban algo así como un puente que unía las figuras comerciales a estos tres tipos de la aristocracia femenina. Como ocurre en todos los bailes, llegó un momento de animación en que el derroche de luz, la alegría, la música y la danza provocaron una especie de embriaguez que hizo desaparecer estas diferencias. Como el baile comenzó a hacerse demasiado bullicioso, la señorita de Fontaine quiso retirarse; pero cuando iba a hacerlo, Birotteau, su esposa y su hija acudieron presurosos para impedir que la aristocracia abandonase la reunión.

—Hay en esta vivienda un aire de buen gusto que verdaderamente me asombra —dijo la muchacha al perfumista— y lo felicito por ello.

Birotteau estaba tan aturdido por las felicitaciones que no comprendió; pero su esposa enrojeció y no supo qué responder.

—Es ésta una fiesta nacional que le honra —le decía Camusot.

—Pocas veces he visto un baile tan hermoso —decía el señor de La Billardiére, a quien una mentira oficiosa le costaba muy poco esfuerzo.

César tomaba en serio todos estos cumplimientos.

— ¡Qué hermosa escena! ¡Y qué orquesta! ¿Nos ofrecerá usted a menudo estos bailes? —le decía la señora Lebas.

— ¡Qué vivienda tan encantadora! ¿Es gusto suyo? —le decía la señora Desmarets.

Birotteau se atrevió a mentir y le dijo que, en efecto, él era el inspirador. Césarine, que había de ser invitada para todas las contradanzas, apreció cuánta delicadeza había en Anselme.

—Si no escuchase más voz que la de mi deseo —le dijo él al oído al levantarse de la mesa—, le rogaría que me concediera una contradanza, pero mi dicha resultaría muy cara para nuestro mutuo amor propio.

Césarine, a quien le parecía que los hombres caminaban sin gracia cuando estaban erguidos sobre sus piernas, quiso abrir el baile con Popinot. Anselme, animado por su tía, que lo había incitado a hacerlo, se atrevió a hablar de su amor a esta encantadora muchacha durante la contradanza, pero sirviéndose de esos rodeos que suelen emplear los enamorados tímidos.

—Mi fortuna depende de usted, señorita.

— ¿Cómo es eso?

—Sólo hay una esperanza que puede empujarme a hacerla.

—Espere usted.

— ¿Sabe usted todo lo que acaba de decir en una sola palabra?

—Espere a la fortuna —dijo Césarine con una sonrisa maliciosa.

— ¡Gaudissart, Gaudissart! —le dijo Anselme después de la contra danza a su amigo, apretándole el brazo con una fuerza hercúlea—, triunfo o me levanto la tapa de los sesos. Triunfar es casarme con Césarine; ella me lo ha dicho. ¡Y mira qué hermosa es!

—Sí, está muy bien y es rica —dijo Gaudissart—. Vamos a freírla en aceite.

El buen entendimiento entre la señorita Lourdois y Alexandre Crottat, designado ya sucesor de Roguin, fue notado por la señora Birotteau, que no renunció sin pena a hacer de su hija la esposa de un notario de París. El tío Pillerault, que había cambiado un saludo con el pequeño Molineux, fue a sentarse en una butaca, cerca de la biblioteca: miraba a los jugadores, escuchaba las conversaciones, iba de cuando en cuando hasta la puerta para ver el ramillete de flores agitadas que formaban las cabezas de las mujeres que bailaban. Su continencia era la de un verdadero filósofo. Los hombres causaban asco, a excepción de Tillet, que tenía ya los modales del gran mundo; del joven La Billardiére, pequeño elegante en cierne; del señor Jules Desmarets y de los personajes oficiales. Pero entre todas las figuras más o menos cómicas que daban carácter a esta reunión, había una particularmente intrascendente, pero a la que su traje le hacía distinguirse: el tiranuelo del patio Batavia, vestido con unas ropas que se habían hecho viejas en el armario, exhibiendo a las miradas de todos una pechera de encajes sujeta por un alfiler coronado por un camafeo azulenco y un pantalón corto de seda negra que dejaba ver unas piernas esqueléticas sobre las que tenía el atrevimiento de descansar. César le enseñó triunfalmente las cuatro piezas creadas por el arquitecto en el primer piso de la casa.

— ¡Ah, eso es cosa de usted, señor! Mi piso, así decorado, valdrá por lo menos mil escudos.

Birotteau respondió con una broma, pero sintió un alfilerazo, por el acento con que el viejo pronunció esa frase.

«Volverá pronto a mí este primer piso; este hombre va a la ruina», tal era el sentido de la palabra «valdrá» que lanzó Molineux como un zarpazo.

La cara tan pálida y la mirada asesina del propietario chocaron a Tillet, a quien antes había llamado la atención una cadena de reloj de la que colgaba un complicado y sonoro dije, y una levita verde con gorguera remangada, que daban al viejo el aspecto de una serpiente de cascabel. El banquero fue a hablarle, para saber qué misterio lo alegraba.

—Aquí, señor —dijo Molineux poniendo un pie en el camarín de la señora Birotteau—, estoy en la propiedad del señor conde de Granville, pero aquí —dijo señalando a su otro pie—, estoy en la mía, puesto que yo soy el propietario de esta casa.

Molineux se ofrecía tan fácilmente a todo el que quisiera escucharlo que, encantado de la atención que le prestaba Tillet, se pintó a sí mismo, relató sus costumbres, las insolencias del señor Gendrin y su arreglo con el perfumista, sin lo cual el baile no se habría dado.

— ¡Ah, el señor César le ha pagado el alquiler! —dijo Tillet—; nada más contrario a sus costumbres.

— ¡Oh!, yo se lo he exigido. Soy así con todos mis locatarios.

«Si el señor Birotteau va a la quiebra —se dijo Tillet— este viejo pícaro será, de seguro, un excelente síndico. Su minuciosidad es magnífica; debe de ser un nuevo Domiciano, que se divierte matando moscas cuando está solo en su casa.»

Tillet se fue al rincón del juego, donde ya estaba Claparon, siguiendo sus órdenes: pensó que allí, bajo la visera de los naipes, su cara de banquero escaparía a todo examen. La actitud del uno para con el otro fue la de dos extraños, de tal suerte que ni el hombre más suspicaz habría podido imaginarse la inteligencia que había entre ellos. Gaudissart, que conocía la fortuna de Claparon, no se atrevió a abordarlo por temor a recibir del viajante de comercio la mirada solemne y fría de un nuevo rico que no quiere ser saludado por un antiguo camarada.

El baile se extinguió, como una brillante luz de Bengala, a las cinco de la mañana. A esa hora, de los cien coches que llenaban la calle de Saint—Honoré, sólo quedaban unos cuarenta. A última hora se bailaba la boulangére y el cotillón, que más tarde fueron destronados por el galop inglés. Tillet, Roguin, Cardot, hijo; el conde de Granville y Jules Desmarets jugaban a la bouillotte. Tillet ganaba tres mil francos. Llegaron las primeras luces del día, que hicieron palidecer las bujías, y los jugadores tomaron parte en la última contradanza. En estas casas burguesas no se goza de una alegría suprema sin algunas excentricidades: los personajes de más relieve se han ido ya; la animación de las danzas, el calor comunicativo del ambiente y los espíritus que están escondidos en las bebidas más inocentes ablandan las duras prevenciones de las mujeres mayores, que, por complacencia, entran también en la cuadrilla de baile y se prestan a la locura del momento; los hombres se acaloran, y sus cabellos, caídos sobre la cara, les dan unas expresiones grotescas que provocan la risa; las muchachas jóvenes se hacen más ligeras y de sus cabelleras se desprenden algunas flores. El Momo burgués aparece, seguido de todas sus farsas. Estallan las risas y cada cual se entrega a la broma y a la diversión, pensando que el día siguiente el trabajo reclamará sus derechos. Matifat bailaba con un sombrero de mujer en la cabeza; Célestin se dedicaba a hacer bromas. Algunas señoras batían palmas con violencia cuando lo exigían las figuras y pasos de la contradanza interminable.

— ¡Cómo se divierten! —decía el feliz Birotteau.

— ¡Con tal que no rompan nada!... —dijo Constance a su tío.

—Ha dado usted el baile más magnífico de cuantos he visto, y he visto muchos —dijo Tillet a su antiguo patrón al saludarlo.

En las sinfonías de Beethoven hay una fantasía, sublime como un poema, que domina el final de la sinfonía en do menor. Cuando, después de las lentas preparaciones del gran mago tan bien comprendido por Habeneck, un gesto del entusiasta director de orquesta levanta el telón de esta decoración llamando con su arco al deslumbrante motivo hacia el cual han convergido todas las fuerzas musicales, los Poetas cuyo corazón palpita en ese momento comprenderán que el baile de Birotteau produjese en su vida el efecto que produce en las almas ese fecundo motivo, por el cual la sinfonía en do debe, quizá, la supremacía sobre sus brillantes hermanas. Un hada radiante se yergue levantando su batuta. Se oye el ruido de las cortinas de seda púrpura que los ángeles levantan. Puertas de oro esculpidas, como las del baptisterio florentino, giran sobre sus goznes de diamante. La mirada se pierde en panoramas espléndidos y abarca toda una serie de maravillosos palacios donde se deslizan seres de una naturaleza superior. Humea el incienso de la prosperidad; llamea el altar de la felicidad y hay en todo un aire perfumado. Seres de sonrisa divina, vestidos con túnicas blancas bordadas de azul, pasan leves ante vuestros ojos, mostrándoos unos rostros de sobrehumana belleza y sus formas, de una delicadeza infinita. Los amorcillos revolotean extendiendo las llamas de sus antorchas. Y usted se siente amado, usted es feliz, con una felicidad que siente sin comprenderla, y flota en las olas de esta armonía que ofrece a cada cual la ambrosía que él mismo ha elegido. Siente usted en su corazón que sus secretas esperanzas se realizan por un momento. Después de haberse paseado usted por los cielos, el encantador, por la profunda y misteriosa transición de los bajos, lo arroja al marasmo de las frías realidades, para sacarlo de él cuando le ha hecho sentir sed de sus divinas melodías, y su alma grita: «¡Más!». La historia psíquica del punto más brillante de este final es la de las emociones prodigadas por esta fiesta a Constance y a César. Collinet había compuesto en su flauta el final de su sinfonía comercial.

Cansados pero felices, los tres Birotteau se durmieron esa madrugada zumbándoles en los oídos la fiesta, que en construcciones, reparaciones, muebles, banquete, vestidos y biblioteca alcanzó, sin que César lo sospechase siquiera, la suma de sesenta mil francos. Eso fue lo que costó la fatal cinta roja puesta por el rey en el ojal de la solapa de un perfumista. Si le ocurriese una desgracia a César Birotteau, esta dilapidación bastaría para hacerlo responsable ante la Policía Correccional. Un negociante está en bancarrota simple cuando hace gastos excesivos. Es peor ir a los Tribunales por bagatelas tontas o por, torpeza, que por un gran fraude. Para ciertas gentes, es mejor ser criminal que tonto.

CÉSAR EN LUCHA CON LA DESGRACIA

Ocho días después de esta fiesta, última llamarada del fuego de paja de una prosperidad de dieciocho años próxima a extinguirse, César miraba a las gentes que pasaban por la calle, a través de los vidrios de su tienda, y pensaba en la extensión de sus negocios, que le estaban resultando muy duros.

Hasta entonces, todo había sido sencillo en su vida: fabricaba y vendía, o compraba para revender. Hoy, el negocio de los terrenos, su participación en la casa «A. POPINOT Y CÍA.», el reembolso de ciento sesenta mil francos lanzados en plaza y que iba a necesitar, a menos de negociar letras, cosa que disgustaría a su esposa, o de un éxito inusitado con Popinot, asustaban a este pobre hombre por la complicación de todas estas ideas; le parecía que tenía en la mano más ovillos de hilo de los que podía manejar. ¿Cómo llevaría Anselme su nave? Birotteau trataba a Popinot como un profesor de retórica trata a un alumno, desconfiaba de su capacidad y sentía no estar tras él. El puntapié que le dio para hacerlo callar en casa de Vauquelin explica los temores que el joven negociante inspiraba al perfumista.

Birotteau se guardaba muy bien de que conociesen sus pensamientos su esposa, su hija o su dependiente, pero estaba en la misma situación de un botero del Sena a quien, por azar, un ministro le hubiera dado el mando de una fragata. Estos pensamientos formaban como una niebla en su inteligencia, poco propicia a la meditación, y se quedaba de pie intentando verlos claro.

En este momento apareció en la calle una persona por la que sentía una violenta antipatía: su segundo propietario, el pequeño Molineux. Todo el mundo ha tenido estos sueños, que representan una vida entera, en los cuales vuelve una y otra vez un ser fantástico, encargado de todos los malos asuntos, el traidor de la comedia. Molineux le parecía a Birotteau haber sido señalado por el destino para desempeñar un papel como ése en su vida. Esta persona había gesticulado diabólicamente en medio de la fiesta, mirando aquellos lujos con ojos de odio. Al verlo ahora se acordó de las impresiones que le había causado este pingajo (una palabra de su vocabulario), y Molineux le hizo sentir una nueva repulsión al presentarse ahora en medio de sus pensamientos.

—Señor —dijo el hombrecito con su voz apagada—, hicimos tan apresuradamente las cosas que se olvidó usted de firmar la escritura relativa a nuestro convenio privado.

Birotteau tomó en sus manos el contrato para reparar la omisión. En ese momento entró el arquitecto, saludó al perfumista y se acercó a él con aire diplomático.

—Señor —le dijo al oído—, usted sabe qué difíciles son los comienzos en toda profesión; usted ha quedado satisfecho de mi trabajo y yo le agradecería mucho si me abonase mis honorarios.

Birotteau, que se había quedado sin dinero al entregar su cartera y sus disponibilidades en metálico, ordenó a Célestin extender una letra por dos mil francos, a tres meses de plazo, y que preparase un recibo.

—Estoy muy contento por haber tomado usted a su cuenta el plazo que me debía su vecino —dijo Molineux con un tonillo burlón—. Mi portero ha venido esta mañana a decirme que el juez de paz había sellado las puertas de su comercio, por haber desaparecido el señor Cayron.

«Con tal que no haya salido yo perjudicado en cinco mil francos...», pensó Birotteau.

—Tenía fama de llevar muy bien sus asuntos —dijo Lourdois, que acababa de entrar para presentar la factura de sus trabajos.

—Un comerciante no está a cubierto de reveses más que cuando ya se ha retirado de los negocios —dijo el pequeño Molineux, plegando la escritura con pulcritud.

El arquitecto examinó a este viejecito con el placer que todo artista siente al ver una caricatura que confirma sus opiniones sobre los burgueses.

—Cuando se tiene la cabeza bajo un paraguas, se piensa generalmente que se está a cubierto de la lluvia —dijo el arquitecto.

Molineux dedicó más atención a sus bigotes y a su perilla que a la cara del arquitecto, y los despreció tanto como el señor Grindot lo despreciaba a él. Luego, estuvo a punto de darle un arañazo: a fuerza de vivir entre gatos, Molineux tenía en sus movimientos y en sus ojos algo de la raza felina.

En ese momento entraron en la tienda Ragon y Pillerault.

—Hemos hablado de nuestro asunto al juez —dijo Ragon a César al oído—; entiende que en una especulación de este género nos haría falta un recibo de los vendedores y extender las escrituras, con el fin de que todos seamos realmente propietarios indivisos...

— ¡Ah, ustedes están en el asunto de la Madeleine! —dijo Lourdois— Se habla de eso; se construirán casas.

El pintor, que venía a cobrar lo antes posible, pensó que le convenía no apurar al perfumista.

—Le traigo mi cuenta porque estamos a fin de año, pero no hay prisa —le dijo al oído a César.

— ¿Qué te pasa, César? —dijo Pillerault al notar la sorpresa de su sobrino, quien, estupefacto al ver la factura que le pasaba el contratista pintor, no había contestado ni a Ragon ni a Lourdois.

—Nada, una fruslería; tomé letras por cinco mil francos al vendedor de paraguas, mi vecino, que ha quebrado. Como me haya dado letras sin fondos, habré sido cazado como un tonto.

—Sin embargo, se lo he dicho muchas veces —exclamó Ragon—. Quien está en peligro de ahogarse se agarra a la pierna de su padre para salvarse, y se ahogan los dos. ¡He visto tantas quiebras!... No es nadie un bribón cuando comienza el desastre, pero se convierte uno en eso por necesidad.

—Es cierto —dijo Pillerault.

— ¡Ah, si algún día llego a pertenecer a la Cámara de Diputados, o si tengo alguna influencia en el gobierno...! —dijo Birotteau levantándose sobre las puntas de los pies y dejándose caer sobre los talones.

— ¿Qué haría usted? —preguntó Lourdois—. Porque usted es un hombre sensato.

Molineux, a quien toda discusión sobre cuestiones de Derecho le interesaba, permaneció en la tienda; y como la atención de los demás lo hace atento a uno, Pillerault y Ragon, que ya conocían las opiniones de César, lo escucharon tan atentamente como los tres extraños.

—Yo querría —dijo el perfumista— un tribunal de jueces inamovibles con un Ministerio Público que juzgase por lo criminal. Después de un sumario, durante el cual un juez desempeñaría las actuales funciones de los agentes, síndicos y juez comisario, el comerciante sería declarado «quebrado rehabilitable» o bien «bancarrotero». El quebrado rehabilitable estaría obligado a pagarlo todo; pero, por eso mismo, él sería el custodio de sus bienes y de los de su mujer, pues sus derechos, sus posibles herencias, todo pertenecería a sus acreedores; seguiría dirigiendo sus negocios bajo vigilancia; en fin, continuaría sus asuntos, firmando, sin embargo «Fulano de Tal, quebrado», hasta el completo pago de sus deudas. El bancarrotero sería condenado, como en otros tiempos, a la picota en el salón de la Bolsa, expuesto al público durante dos horas, tocado con un gorro verde. Sus bienes, los de su mujer y sus derechos todos pasarían a poder de los acreedores y sería expulsado del reino.

—El comercio sería así algo más seguro —dijo Lourdois— y antes de concertar una operación se meditaría dos veces.

—La ley actual no se cumple —dijo César exasperado—. Por cada cien comerciantes hay más de cincuenta que están en un setenta y cinco por ciento por debajo de la cifra de sus negocios, o que venden mercaderías a un precio más bajo que el de inventario en un veinticinco por ciento, y de esa forma arruinan al comercio.

—El señor está en lo cierto —dijo Molineux—. La ley actual deja un margen demasiado amplio. Es preciso, o el abandono total, o la infamia.

— ¡Qué diablos! —añadió César—. Un negociante, al paso que van las cosas, se va a convertir en un ladrón patentado. Con su firma, puede sacar dinero de la caja de cualquiera.

—No es usted compasivo, señor Birotteau —dijo Lourdois.

—Tiene razón —contestó el viejo Ragon.

—Todos los quebrados son sospechosos —exclamó César exasperado por aquella pequeña pérdida, que le sonaba en los oídos como el grito del hallali en los de un ciervo.

En ese momento el maître trajo la factura de Chevet. En seguida, un mozo de la pastelería Félix, otro del Café de Foy y la clarinetista de Collinet llegaron con sus facturas respectivas.

—El cuarto de hora de Rabelais —dijo Ragon sonriendo.

—A fe mía, dio usted una espléndida fiesta —dijo Lourdois.

—Ahora estoy ocupado —dijo César a todos los que habían presentado las facturas.

—Señor Grindot —dijo Lourdois al ver que el arquitecto se guardaba una letra firmada por Birotteau—, usted examinará y dará su visto bueno a mi cuenta; no falta sino hacer la medición, ya que los precios han sido convenidos con usted en representación del señor Birotteau.

Pillerault miró a Lourdois y a Grindot.

— ¿Precios convenidos entre al arquitecto y el contratista? —dijo el tío al sobrino hablándole al oído—. Te han robado.

Salió Grindot, y Molineux lo abordó con aire misterioso.

—Señor —le dijo—, usted escuchó lo que dije, pero no me entendió: le deseo un paraguas.

Grindot se asustó. Cuanto más ilegal es un beneficio, más tienta al hombre: el corazón humano está hecho así. El artista había estudiado el arreglo de la vivienda con todo cariño, había puesto en ello sus conocimientos y su tiempo; se había tomado demasiado trabajo para diez mil francos y ahora se veía víctima de su amor propio, pues los contratistas no necesitaron hacer grandes esfuerzos para llegar a un arreglo con él. El argumento irresistible y la amenaza de no hacer bien las cosas, para desacreditarlo, tuvieron menos fuerza que la observación hecha por Lourdois respecto de los terrenos de la Madeleine: Birotteau no pensaba construir en ellos ni una sola casa, sino especular con el precio de los mismos. Los arquitectos y los contratistas dependen unos de otros, como ocurre con los autores y los actores. Grindot, encargado por Birotteau de fijar los precios, se entendió con los contratistas con perjuicio para el propietario. Así, tres grandes contratistas, Lourdois, Chaffaroux y Thorein el carpintero, lo proclamaron «un buen muchacho con el que da gusto trabajar». Grindot se figuró que las liquidaciones de los contratistas, en las que llevaba su parte, así como sus honorarios, serían pagados con letras, y el pequeño Molineux acababa de ponerlo en dudas respecto al cobro.

Grindot iba a ser despiadado como son todos los artistas, las gentes más crueles para con los burgueses. Hacia fines de diciembre, las cuentas de gastos presentadas a César alcanzaban la cifra de sesenta mil francos. Félix, el Café de Foy, Tanrade y los pequeños acreedores a quienes hay que pagar al contado, habían presentado ya tres veces sus facturas al perfumista. En la vida comercial, estas pequeñas cosas hacen más daño que un desastre: lo anuncian. Las pérdidas conocidas son concretas, pero el pánico no tiene límites. Birotteau vio su caja vacía y el miedo se apoderó del perfumista, a quien jamás le había ocurrido cosa parecida en toda su vida comercial. Como pasa con todas las personas que no han tenido que luchar durante mucho tiempo con la miseria y que tienen un carácter débil, esta circunstancia, tan corriente en la mayoría de los pequeños comerciantes de París, trastornó la cabeza de César.

El perfumista dio orden a Célestin de pasar facturas a todos sus clientes, pero antes de ejecutarla, el primer dependiente se hizo repetir esa orden, que nunca había oído. Los clientes, término que entonces aplicaban los detallistas a los compradores y del cual se servía César a pesar de la oposición de su esposa, que había acabado por decirle: «Llámalos como quieras, con tal que paguen»; los clientes, pues, eran personas ricas, con las cuales no era posible sufrir pérdidas; que pagaban las cuentas sin oponer nunca el menor reparo y entre las cuales César tenía a menudo créditos por cincuenta o sesenta mil francos. El segundo dependiente abrió el libro de facturas y se puso a copiar las más importantes. César temía a su esposa. Para que ésta no advirtiera el abatimiento que le producía el desastre, quiso salir.

—Buenos días, señor—dijo Grindot, entrando en la tienda con ese aire desenvuelto que adoptan los artistas para hablar de dinero, como si nada les interesase—. No puedo convertir en moneda su letra y me veo obligado a rogarle que me pague en francos. Estoy verdaderamente necesitado, pero no sé hablar a los usureros. No quiero vender su firma por las calles: sé lo bastante de las cosas del comercio para comprender que eso sería envilecerla; es, pues, de su conveniencia...

—Señor —dijo Birotteau estupefacto—, más bajo, por favor; me sorprende mucho lo que dice.

Entró Lourdois.

—Lourdois —dijo Birotteau sonriendo—, ¿comprende usted?

Birotteau se detuvo. El pobre hombre iba a rogar a Lourdois que tomase la letra de cambio de Grindot para burlarse del artista con la buena fe del comerciante seguro de sí mismo; pero advirtió una preocupación en la frente de Lourdois y tembló por su imprudencia. Esta inocente broma podía ser la muerte de un crédito del que se empieza a sospechar. En un caso así, un comerciante rico recoge la letra y ya no la pone en circulación. Birotteau notó que se le iba la cabeza, como si estuviera mirando el fondo de un enorme precipicio.

—Mi querido señor Birotteau —dijo Lourdois llevándolo hacia el fondo del almacén—, mi cuenta está en regla y le ruego que tenga preparado para mañana el dinero. Caso a mi hija con el pequeño Crottat, le hace falta dinero, los notarios no negocian letras y, por otra parte, nunca se ha visto mi firma.

—Venga usted pasado mañana —dijo secamente Birotteau, que contaba con que fuesen pagadas sus propias facturas—. Y también usted, señor —le dijo al arquitecto.

— ¿Y por qué no ahora mismo? —insistió éste.

—Tengo que pagar a mis obreros del barrio del Temple —dijo César, que jamás había mentido.

Agarró su sombrero para salir con ellos pero el contratista de albañilería, Thorein y Chaffaroux lo detuvieron en el momento en que cerraba la puerta.

—Señor —le dijo Chaffaroux—, tenemos mucha necesidad de dinero.

— ¡Pero yo no poseo las minas del Perú! —respondió César tan impacientado que se alejó apresuradamente, pensando: «En todo esto hay algo oculto. ¡Maldito baile! Todo el mundo lo cree a uno millonario. Sin embargo, el aspecto de Lourdois no era natural. Hay alguna anguila bajo la roca».

Caminaba por la calle de Saint—Honoré, sin dirección fija, sintiéndose maltrecho, y se topó con Alexandre al doblar una esquina, como un carnero o como un matemático absorto en la solución de un problema hubiera chocado con otro.

—Señor —le dijo el futuro notario—, una pregunta— ¿Le ha dado Roguin los cuatrocientos mil francos de usted a Claparon?

—El asunto se trató y cerró delante de usted; el señor Claparon no me dio ningún recibo..., mis valores estaban para ser... negociados..., Roguin ha debido entregarle... mis doscientos cuarenta mil francos..., se dijo que se realizarían definitivamente las escrituras de venta..., el señor juez Popinot entiende..., el recibo..., pero.—. ¿por qué esa pregunta?

— ¿Por qué voy a hacerle una pregunta semejante? Para saber si sus doscientos cuarenta mil francos están en poder de Claparon o de Roguin. Éste tenía desde hace mucho tiempo relación con usted y pudo, por delicadeza, haberlos entregado a Claparon y... ¡menuda suerte tendría usted! Pero ¿seré bruto? Se los lleva con el dinero de Claparon, quien, felizmente, no había entregado aún más que cien mil francos. El señor Roguin ha huido; le entregué cien mil francos a cuenta de la notaría y no tengo recibo; se los di como le daría a usted mi cartera. Los vendedores de los terrenos no han recibido ni un centavo; acaban de salir de mi despacho. El dinero que pidió usted a cuenta de los terrenos no existe ni para usted ni para quien se lo prestó; Roguin lo devoró, lo mismo que los cien mil francos de usted... que... que no los tenía desde hacía tiempo. Sus últimos cien mil francos están gastados: me acuerdo de que yo mismo fui a retirarlos del Banco.

Las pupilas de César se dilataron tan desmesuradamente que no vio más que una llamarada roja.

—Sus cien mil francos del Banco, los cien mil míos que entregué por la notaría, los cien mil del señor Claparon, he ahí trescientos mil francos que volaron, sin contar los robos que habrán de descubrirse —añadió el joven notario—. Se teme que haya ocurrido lo mismo a la señora Roguin, cerca de la cual ha pasado la noche Tillet. ¡De buena se ha librado también Tillet! Roguin lo ha estado atormentando durante un mes para meterlo en el asunto de los terrenos; pero, por fortuna, tenía todo su capital invertido en una especulación con la casa Nucingen. Roguin ha escrito a su mujer una carta atroz. Acabo de leerla. Derrochaba desde hacía cinco años el dinero de sus clientes. ¿Y por qué? Por una querida, «la bella holandesa»; la dejó quince días antes de dar su golpe. Esa manirrota estaba sin un centavo, se han vendido sus muebles, firmó letras de cambio... Con objeto de escapar a la justicia, se ocultó en una casa del Palais—Royal, donde fue asesinada ayer por un capitán. Ha sido castigada por Dios, ella, que había derrochado la fortuna de Roguin. Hay mujeres para quienes no existe nada sagrado. ¡Devorar una notaría! A la señora Roguin no le quedarán más bienes que los que pueda obtener de su hipoteca legal: todos los del miserable están gravados hasta más allá de su valor. La notaría ha sido vendida en trescientos mil francos. Yo, que creía haber hecho un buen negocio y que comencé pagando por ella cien mil francos, no tengo recibo; hay cargas que van a absorber las fianzas y las garantías; los acreedores creerán que yo soy su compinche si hablo de mis cien mil francos, y cuando se empieza a ejercer una profesión, hay que cuidar el buen nombre. Usted tendrá escasamente el treinta por ciento. ¡Tener que beber a mi edad un trago tan amargo! ¡Un hombre de cincuenta y nueve años sosteniendo a una querida!... ¡El viejo asqueroso! Hace veinte días me dijo que no me casara con Césarine, pues muy pronto no tendría usted ni pan. ¡El monstruo!

Alexandre podía seguir hablando durante mucho tiempo, pues César estaba petrificado: cada frase que oía era para él un mazazo. No sentía más que un ruido de campanas fúnebres, del mismo modo que empezó por no ver más que el fuego de su incendio. Alexandre Crottat, que creía al perfumista de gran temperamento y muy capaz, quedó asustado de su palidez y de su inmovilidad. El sucesor de Roguin no sabía que el notario se había llevado más que la fortuna de César. La idea del suicidio inmediato pasó por la mente de este comerciante tan profundamente religioso. El suicidio es en estos casos un medio de evitar mil muertes y parece natural no aceptar más que una. Alexandre Crottat dio el brazo a César y quiso hacerlo caminar, pero fue inútil: sus piernas se doblaban, como si estuviera borracho.

— ¿Qué tiene usted? —le preguntó Crottat—. Mi querido señor César, ¡un poco de ánimo! ¡Eso no es la muerte de un hombre! Por otra parte, recuperará usted cuarenta mil francos, ya que esta suma no le fue entregada a usted por su prestamista y podemos pedir la rescisión del contrato.

—Mi baile, mi cruz, doscientos mil francos en letras puestas en circulación, mi caja vacía... Los Ragon, Pillerault... ¡Mi esposa lo veía muy claro!

Una lluvia de palabras confusas que despertaban ideas abrumadoras y sufrimientos inauditos cayó como una granizada, marchitando todas las flores del jardín de «La Reina de las Rosas».

—Quisiera que me cortasen la cabeza —dijo al fin Birotteau—: me molesta con su peso y no me sirve para nada...

— ¡Pobre señor Birotteau! —dijo Alexandre—. Pero ¿es que está usted en peligro?

— ¡Peligro!

—Pues bien, ¡ánimo, luche usted!

— ¡Luche usted! —repitió el perfumista.

—Tillet ha sido dependiente de usted y tiene una cabeza muy despejada: él lo ayudará.

— ¿Tillet?

—Vamos, venga usted.

— ¡Dios mío, no quisiera entrar en mi casa en el estado en que me encuentro! —dijo Birotteau—. Usted, que es mi amigo, si es que hay amigos; usted, que siempre me ha inspirado un gran interés y que solía comer en mi casa, ¡en nombre de mi esposa, lléveme a dar un paseo en coche; Xandrot, acompáñeme!

Al nuevo notario le costó no poco trabajo meter en un simón a aquella masa inerte que se llamaba César.

—Xandrot —dijo el perfumista con una voz agitada por el llanto, pues en este momento las lágrimas caían de sus ojos y le aflojaron un poco el aro de hierro que le cercaba el cráneo—, vamos a mi casa y hable usted por mí a Célestin. Amigo mío, dígale usted que va en ello mi vida y la de mi esposa; que bajo ningún pretexto hable a nadie de la desaparición de Roguin. Llame usted a Césarine y ruéguele que no consienta que nadie hable de este asunto a su madre. Hay que desconfiar hasta de los mejores amigos, Pillerault, los Ragon, todo el mundo.

El cambio de tono en la voz de Birotteau chocó mucho a Crottat, que comprendió toda la importancia de esta recomendación. La calle de Saint—Honoré conducía a casa del magistrado; satisfizo, pues, los deseos del perfumista, a quien Célestin y Césarine vieron, con terror, en el fondo del coche, mudo, pálido y como atontado.

—Guárdeme usted el secreto de este asunto —dijo el perfumista.

« ¡Ah, ya vuelve en sí! —pensó Crottat—. Lo creía definitivamente Perdido. »

La entrevista de Alexandre Crottat con el magistrado duró mucho tiempo: se mandó buscar al presidente del Colegio de Notarios; llevaron a todas partes a César como un paquete: no se movía ni decía una palabra. Hacia las siete de la tarde, Alexandre Crottat llevó al perfumista a su casa. La idea de comparecer ante Constance reanimó a César. El joven notario tuvo la caridad de adelantarse para prevenir a la señora de Birotteau que su esposo acababa de tener una especie de congestión.

—Tiene las ideas un poco confusas —le dijo, haciendo ese gesto que se emplea para indicar una ofuscación cerebral—; quizá haya que hacerle una sangría o ponerle sanguijuelas.

—Eso tenía que llegar —dijo Constance, que estaba a mil leguas de lo que realmente ocurría—; no ha tomado la medicina que debe tomar como medida de precaución a la entrada del invierno, y, encima, desde hace unos dos meses trabaja igual que un forzado, como si todavía no tuviera ganado su pan.

Su esposa y su hija suplicaron a César que se metiera en la cama y mandaron a buscar al viejo doctor Haudry, médico de Birotteau. El viejo Haudry era un médico de la escuela de Moliére, buen práctico y amigo de las viejas fórmulas de farmacia, que recetaba a sus enfermos lo mismo que un medicastro, por muy consultado que fuese, como lo era, en efecto. Llegó, examinó el rostro de César y ordenó que le pusieran sinapismos en las plantas de los pies: había apreciado síntomas de una congestión cerebral.

— ¿Y cuál ha podido ser la causa? —preguntó Constance.

—El tiempo húmedo —respondió el doctor, a quien ya Césarine había dicho algo al oído.

A menudo se ven los médicos obligados a decir tonterías, sabiendo que las dicen, para salvar el honor o la vida de personas llenas de salud que rodean al enfermo. El viejo doctor había visto en su vida tantas cosas que comprendió con media palabra. Césarine lo siguió por la escalera y le pidió una norma de conducta.

—Por ahora, calma y silencio; luego, cuando la cabeza esté más despejada, intentaremos darle algún reconstituyente.

La señora Birotteau pasó dos días junto al lecho de su esposo, y a veces le pareció que deliraba. Acostado en el hermoso dormitorio azul de su esposa, decía cosas incomprensibles para Constance, sobre cortinados, muebles, lujos y magnificencias.

—Está loco —dijo a Césarine en un momento en que César, incorporándose en la cama, citaba con voz solemne y a bulto artículos del Código de Comercio.

—Si se entiende que los gastos han sido excesivos... ¡Fuera los cortinajes!

Después de tres días terribles, durante los cuales la razón de César estuvo en peligro, acabó por triunfar la fuerte naturaleza del campesino turenés; su cabeza quedó despejada. El doctor Haudry lo obligó a tomar unos cordiales, una alimentación energética y una taza de café de cuando en cuando, y el comerciante pudo abandonar el lecho Constance, agotada, ocupó el lugar de su marido.

— ¡Pobre esposa! —exclamó César cuando la vio dormida.

— ¡Vamos, papá, ánimo! Eres un hombre tan superior, que triunfarás. No será nada. Y Anselme te ayudará.

Dijo Césarine estas palabras con una voz muy suave, que la ternura endulzó más aún; con esa voz que da ánimos al más abatido, como las canciones de una madre duermen a los niños atormentados por la dentición

—Sí, hija mía, voy a luchar, pero ni una palabra de todo esto a nadie, ni a Popinot, que nos quiere tanto, ni a tu tío Pillerault. Antes que nada, voy a escribir a mi hermano: es, creo, canónigo, vicario de una catedral; no gasta nada y ha de tener algún dinero. A cinco mil francos de ahorro por año, en veinte años habrá ahorrado sus buenos cien mil francos. Y en provincias, los curas tienen crédito.

Césarine, con la prisa para llevar a su padre una mesita y todo lo necesario para escribir, le dio el resto de las invitaciones para el baile, impresas en papel rosa.

— ¡Quema todo eso! —exclamó el negociante—. Únicamente el diablo pudo haberme inspirado la idea de dar ese baile. Si sucumbo, todos me tomarán por un pillo. Bueno, basta de frases.

CARTA DE CÉSAR A FRANÇOIS BIROTTEAU

«Mi querido hermano:

»Me encuentro en una crisis comercial tan difícil que te ruego me envíes todo el dinero de que puedas disponer, aun tomándolo a préstamo.

»Siempre tuyo, César»

«Tu sobrina Césarine, que me ve escribir esta carta mientras mi esposa duerme, invoca tu ayuda y te envía mil cariños— »

Esta posdata se añadió a petición de Césarine, que llevó la carta a Raguet.

—Papá —dijo al volver—, aquí está el señor Lebas, que quiere hablarte.

— ¡El señor Lebas! —exclamó César asustado, como si su desgracia lo hubiera convertido en un criminal—. ¡Un juez!

—Mi querido señor Birotteau, me tomo el mayor interés por usted —dijo al entrar el rico comerciante en paños—; nos conocemos desde hace mucho tiempo y fuimos elegidos jueces los dos a la vez, para que le oculte que un tal Bidault, llamado Gigonnet, un usurero, tiene en su poder letras de cambio de usted, que le han sido remitidas, sin garantía, por la casa Claparon. Esas dos palabras no sólo son una afrenta, sino la muerte de su crédito.

—El señor Claparon desea hablar con usted —dijo Célestin entrando en la pieza—. ¿Lo hago subir?

—Vamos a conocer la causa de ese insulto —dijo Lebas.

—Señor —dijo el perfumista a Claparon al verlo entrar—, le presento al señor Lebas, juez del Tribunal de Comercio y amigo mío...

—Ah, el señor es el señor Lebas —dijo Claparon interrumpiendo—, Encantado de verlo, señor Lebas del Tribunal. Hay tantos Lebas, sin contar los altos y los bajos...

—El señor Lebas ha visto —añadió Birotteau interrumpiendo al charlatán— las letras que le remití y que, según dijo usted, no se pondrían en circulación. Las ha visto con estas palabras: «sin garantía».

—Y bien —dijo Claparon—, no circularán, en efecto; están en las manos de un hombre con quien he hecho muchos negocios, el bueno de Bidault. He ahí por qué he puesto eso de «sin garantía». Si hubieran debido circular las letras, usted las habría extendido a su orden, directamente. El señor juez comprenderá mi situación. ¿Qué representan esas letras? El valor de un inmueble. ¿Pagado por quién? Por Birotteau. ¿Por qué quiere usted que garantice yo a Birotteau con mi firma? Debemos pagar, cada uno por nuestro lado, la parte que nos corresponde del precio de los terrenos. Ahora bien, ¿no es suficiente ser solidarios respecto de los vendedores? En mi casa, la regla comercial es inflexible: no doy sin necesidad mi garantía, como no doy recibo por una cantidad que voy a recibir. Prevengo todo. Y quien firma, paga. Yo no quiero verme expuesto a pagar tres veces.

— ¡Tres veces! —dijo César.

—Sí, señor —respondió Claparon—. He garantizado ya a Birotteau a nuestros vendedores, ¿y lo voy a garantizar además a un banquero? Las circunstancias en que nos encontramos son duras. Roguin me lleva cien mil francos, y así, mi parte en los terrenos me cuesta quinientos mil francos en lugar de cuatrocientos mil. Roguin se lleva doscientos cuarenta mil francos de Birotteau: ¿qué haría usted en mi lugar, señor Lebas? Póngase en mi pellejo. No tengo el honor de ser conocido de usted más que lo que conozco a Birotteau. Atiéndame. Hacemos un negocio juntos y por mitades. Usted aporta todo el dinero de su participación y yo aporto la mía en valores; se los ofrezco, y usted, con una complacencia excesiva, se encarga de convertirlos en dinero. Se entera usted de que Claparon, banquero, rico, muy considerado, con todas las virtudes del mundo, se encuentra en quiebra por seis millones de francos, que tiene que pagar. ¿Ofrecería usted en ese momento su firma para garantizar la mía? ¡Ni aunque estuviera loco! pues bien, señor Lebas; el señor Birotteau está en el caso en que acabo de suponer a Claparon. ¿No comprende usted que tendría que pagar a los adquirentes como solidario, y también verme obligado a pagar la parte de Birotteau por el valor de sus letras si yo las garantizaba, y sin tener...?

— ¿A quién? —preguntó el perfumista, interrumpiendo.

—Y sin tener la mitad de los terrenos —siguió diciendo Claparon, sin tener en cuenta la interrupción—, porque yo no tendría ningún privilegio y, entonces, sería necesario comprarlo. Así pues, podría tener que pagar tres veces.

— ¿Pagar a quién? —seguía preguntando Birotteau.

—Pues al tercer tenedor de las letras, si yo las endosaba y le ocurría a usted una desgracia.

—Yo no fallaré, señor —dijo Birotteau.

—Bien —contestó Claparon—. Usted ha sido juez, es un hábil comerciante y sabe que hay que preverlo todo; no se extrañe, pues, de que yo lo haga también—

—El señor Claparon tiene razón —dijo Joseph Lebas.

—Tengo razón —añadió Claparon—; tengo razón comercialmente. Pero este asunto es territorial. Ahora bien, ¿qué debo percibir yo? Dinero, porque habrá que dar dinero a nuestros vendedores. Dejemos de lado los doscientos cuarenta mil francos que el señor Birotteau sabrá encontrar, de eso estoy seguro —dijo Claparon mirando a Lebas—. Vengo a pedirle la bagatela de veinticinco mil francos —agregó, mirando a Birotteau.

— ¿Veinticinco mil francos? —exclamó Birotteau, sintiendo hielo en lugar de sangre en las venas—. Pero, señor, ¿a título de qué?

—Mi querido señor, estamos obligados a realizar las ventas ante notario. Ahora, por lo que hace a los precios, podemos entendernos entre nosotros. ¿Pero con el Fisco? El Fisco no se entretiene en decir palabras ociosas, ni concede más crédito que de la mano al bolsillo, y tenemos que pagarle cuarenta mil francos de derechos esta misma semana, Estaba yo muy lejos de suponer que tendría que oír reproches al venir aquí porque, pensando que esos veinticinco mil francos podrían causarle alguna molestia a usted, tengo que decirle que, por una verdadera casualidad, lo he salvado...

— ¿Qué? —interrumpió Birotteau lanzando ese grito de angustia ante el que nadie se engaña.

—Una miseria. Los veinticinco mil francos de «letras contra varios» que Roguin me había entregado para negociar, se los he acreditado; ya le enviaré la nota de los gastos; habrá que deducir una pequeña comisión, seis o siete mil francos.

—Todo eso me parece perfectamente justo —dijo Lebas—, En el lugar del señor, que creo entiende bien los negocios, habría hecho lo mismo respecto a un desconocido.

—El señor Birotteau no morirá por eso —dijo Claparon—. Hace falta más de un golpe para matar a un lobo viejo; he visto a lobos con balas en la cabeza correr como... ¡rediez!, como lobos.

— ¿Quién pudo prever una canallada como la de Roguin? —dijo Lebas, tan asombrado por el silencio de César como por una tan enorme especulación extraña a la perfumería.

—Faltó poco para que yo diera un recibo por cuatrocientos mil francos al señor —dijo Claparon—, y entonces, ¡arreglado estaba! Había entregado cien mil francos a Roguin la víspera. Nuestra mutua confianza me ha salvado. Que ese dinero fuese a la notaría o que quedase en mi casa hasta el día del contrato definitivo, la cosa nos pareció a todos indiferente.

—Hubiera sido mejor que cada uno guardase su dinero en el Banco hasta el momento de pagar —dijo Lebas.

—Para mí, Roguin era el Banco —dijo César—. Pero está en el negocio —añadió, mirando a Claparon.

—Sí, por una cuarta parte —respondió Claparon—. Después de la tontería de dejar que se llevase mi dinero, sería de una estupidez completa regalárselo. Si me devuelve mis cien mil francos más los doscientos mil de su parte, entonces hablaremos. Pero se cuidará muy bien de entregarlos por un negocio que exige cinco años de olla en el fuego para dar el primer potaje. Si no se ha llevado, como se dice, más que trescientos mil francos, le harán falta quince mil de renta anual para vivir sin apuros en el extranjero.

— ¡El bandido!

—Una pasión lo ha arrastrado a eso a Roguin —dijo Claparon— ¿Quién es el viejo que puede responder de que no ha de dejarse arrastrar por su última fantasía? Ninguno de nosotros, aun siendo sensatos, sabemos cómo habremos de terminar. El último amor es, ¡ah!, el más violento. Vean a los Cardot, a los Camusot, a los Matifat... Todos tienen queridas. Si somos estafados, ¿no será por nuestra culpa? ¿Cómo nos fiamos de un notario que entra en una especulación? Todo notario, todo agente de cambio, todo corredor que haga negocios es sospechoso. La quiebra es para ellos una bancarrota fraudulenta e irían a comparecer ante el tribunal de causas criminales; Por eso prefieren marcharse al extranjero. No volveré a hacerlo otra vez y bien, somos lo bastante humanos como para no pretender que condenen por contumacia a personas a cuya casa hemos ido a cenar, que nos han ofrecido bailes brillantes, gentes del mundo, en una palabra. Si nadie se queja, no hay daño.

—Gran error —dijo Birotteau—; la ley sobre la quiebra y ruina de los comerciantes debe ser modificada.

—Si tiene usted necesidad de mí —dijo Lebas a Birotteau—, estoy a su disposición.

—El señor no tiene necesidad de nadie —dijo el infatigable parlanchín a quien Tillet había quitado las esclusas después de haberlo llenado de agua. Claparon repetía una lección que le había sido soplada al oído por Tillet—. Su caso es claro: la quiebra de Roguin dará un cincuenta por ciento de activo, según me ha informado Crottat. Además de eso, el señor Birotteau se encuentra con cuarenta mil francos, que su prestamista no tenía; y luego, puede pedir prestado con garantía de sus propiedades. Ahora bien; nosotros tenemos que pagar doscientos mil francos a nuestros vendedores, pero dentro de cuatro meses. De aquí a entonces, el señor Birotteau pagará sus letras, pues el señor no podía contar, para hacer frente a ellas, con lo que Roguin se ha llevado. Pero aun cuando el señor Birotteau se encontrase un poco apurado... ¡bah!, con algunas transmisiones, se arreglará.

El perfumista había recobrado ánimos al oír cómo Claparon veía su asunto y la línea de conducta que le fijaba. Así, su actitud se hizo firme y decidida, y se formó una buena idea de la capacidad de este antiguo viajante de comercio. Tillet había creído conveniente aparecer, por medio de Claparon, como una víctima más de Roguin. Había entregado a Claparon cien mil francos para que se los diera a Roguin, quien ya se los había devuelto. Claparon desempeñaba su papel de un modo natural y decía a quien quisiera oírlo que Roguin le había costado cien mil francos. Tillet no creía a Claparon suficientemente seguro; pensaba que aún le quedaban algunos restos de honor y de delicadeza, y no quiso confiarle sus planes en toda su extensión; por otra Parte, lo juzgaba incapaz de descubrirlos.

—Si nuestro primer amigo no es nuestra primera víctima, no encontraremos otra —dijo a Claparon el día en que al recibir algunos reproches de su mediador, lo destrozó como a un trasto inútil.

El señor Lebas y Claparon se fueron juntos.

«Puedo salir del apuro —se dijo Birotteau—. Mi pasivo en efectos a pagar se eleva a doscientos treinta y cinco mil francos: sesenta mil por mi casa y ciento sesenta y cinco mil por los terrenos. Ahora bien, para hacer frente a estos pagos, cuento con el dividendo en la quiebra de Roguin, que puede llegar a cien mil francos, y como puedo anular el préstamo sobre los terrenos, ciento cuarenta mil. Hay que ganar cien mil francos con el «Aceite Cefálico» y esperar, por medio de giro de letras o por un préstamo bancario, el momento en que habré enjugado mi pérdida o en que los terrenos hayan aumentado de valor»

Una vez que un hombre en desgracia puede forjarse una novela de esperanzas a consecuencia de un razonamiento más o menos correcto y con el cual rellena su almohada para reposar la cabeza, frecuentemente se salva. Muchas gentes toman por energía la confianza que da la ilusión. Quizá la esperanza es la mitad del ánimo, y tal vez por eso la religión católica ha hecho de ella una virtud. ¿No ha mantenido la esperanza a muchos débiles de espíritu, dándoles tiempo para esperar los cambios que trae la vida?

Decidido a ir a casa del tío de su esposa para exponerle su situación antes de buscar ayuda en ninguna otra parte, Birotteau bajaba por la calle Saint—Honoré hacia la de Bourdonnais sintiendo unas angustias que nunca había conocido y que lo agitaban tan violentamente que creyó tener su salud deshecha. Sentía fuego en las entrañas. En efecto, las personas que experimentan las sensaciones en el diafragma sienten ahí el dolor, lo mismo que los que las perciben por la cabeza sienten dolores cerebrales. En las grandes crisis, el cuerpo es afectado allí donde el temperamento de cada individuo ha puesto el centro de la vida: los débiles suelen tener cólicos, a Napoleón le entraba el sueño. Antes de lanzarse al asalto de una esperanza pasando por encima de todos los obstáculos que opone la vanidad o el orgullo, las personas de honor sienten más de una vez en el corazón el espolazo de la Necesidad, este jinete cruel. Así Birotteau se había dejado espolear durante dos días antes de ir a ver a su tío, y aun así, sólo se decidió a hacerlo por razones familiares: tenía que explicar su situación al severo ferretero. Sin embargo, en el momento de llegar a la puerta sintió ese íntimo desfallecimiento que sienten los niños cuando van a casa del dentista; pero esa falta de valor era cosa de toda su vida, no se refería a una situación pasajera. Birotteau subió lentamente las escaleras. Encontró al anciano leyendo Le Constitutionnel junto a la chimenea, ante la mesita redonda donde estaba su desayuno frugal: un panecillo, manteca, queso y una taza de café.

«Éste es un verdadero sabio», dijo para sí Birotteau, envidioso de la vida de su tío.

—Y bien —le dijo Pillerault quitándose las gafas—, ayer me entere en el Café David del asunto de Roguin y del asesinato de «la bella holandesa», su querida. Supongo que, advertido por los que queríamos ser propietarios efectivos, habrás ido a recoger el recibo de Claparon

— ¡Ay, tío, ahí está la cosa! Ha puesto usted el dedo en la llaga. No.

— ¡Pues estás arruinado! —dijo Pillerault, dejando caer su diario, que Birotteau recogió del suelo, aunque fuese Le Constitutionnel. Pillerault quedó tan violentamente afectado que su rostro de forma de medalla y de estilo severo tomó el color del bronce: quedó inmóvil, fija la vista, a través de la ventana, en la pared de enfrente, mientras oía el largo discurso de Birotteau. Evidentemente, escuchaba y reflexionaba; pesaba el pro y el contra con la inflexibilidad de un Minos que hubiese atravesado el Estigia del comercio y cambiado el muelle Morfondus por su pequeña vivienda de ese tercer piso.

— ¿Qué me dice, tío? —preguntó Birotteau, que había terminado su peroración rogándole que vendiera papel del Estado por sesenta mil francos.

—Querido sobrino, no puedo hacerlo; estás muy comprometido. Los Ragon y yo vamos a perder cincuenta mil francos cada uno. Esas buenas gentes han vendido, siguiendo mi consejo, sus acciones de las minas de Wortschin y me creo obligado, en caso de pérdida, no a devolverles esa cantidad, pero sí a socorrerlos, lo mismo que a mi sobrina y a Césarine. Quizá lleguéis a no tener ni pan: lo encontraréis en mi casa...

— ¿Ni pan, tío?

—Sí, ni pan. Tienes que ver las cosas tal como son: no podrás resolver tu situación. De los cinco mil seiscientos francos de renta que poseo, puedo distraer cuatro mil, para repartirlos entre vosotros y los Ragon. Llegado el desastre, Constance —la conozco muy bien— trabajará con toda su alma y sabrá prescindir de todo lo superfluo, lo mismo que harás tú, César.

—No es tan desesperada la cosa, tío.

—No soy de tu opinión.

—Le demostraré que está en un error.

—Nada me produciría tanto placer.

Birotteau dejó a Pillerault sin poder responderle.

Había ido a casa de su tío a buscar ánimo y consuelo, y recibió un segundo golpe, no tan fuerte, es cierto, como el primero, pero que en lugar de alcanzarlo en la cabeza, le dio en el corazón; y el corazón era toda la vida de este pobre hombre. Después de haber bajado algunos escalones se volvió.

—Señor —dijo con una voz fría—, Constance no sabe nada; guárdeme el secreto, por lo menos. Y ruegue a los Ragon que no me priven de la tranquilidad que necesito en mi casa para luchar contra la desgracia.

Pillerault hizo un gesto de asentimiento.

—Ánimo, César —añadió—. Veo que te has enojado conmigo, pero más tarde me harás justicia, pensando en tu mujer y en tu hija.

Desanimado por la opinión de su tío, en quien reconocía una lucidez particular, César cayó de la altura de su esperanza al fango de la incertidumbre. En estas horribles crisis comerciales, cuando un hombre no tiene el alma tan bien templada como Pillerault, se convierte en un juguete de los acontecimientos: sigue a veces las ideas de otros, a veces las suyas; se deja arrastrar por el torbellino, en lugar de echarse al suelo y dejar que pase por encima o de levantarse para seguir una dirección que lo libre de él. En medio del dolor, Birotteau se acordó del pleito relativo al préstamo. Fue a la calle Vivienne, a la casa de Derville, su procurador, para comenzar los trámites con el fin de anular el contrato, si es que había alguna probabilidad de hacerlo.

El perfumista encontró a Derville envuelto en su bata de bayeta blanca, al lado de la chimenea, sosegado, tranquilo, como suelen estar todos los de su profesión, hechos ya a las más terribles confidencias. Birotteau advirtió por primera vez esa frialdad necesaria, que hiela al hombre apasionado, herido, enfermo por la fiebre de sus intereses en peligro y dolorosamente afectado en su vida, en su honor y en su familia, como lo estaba Birotteau cuando relataba a Derville su desgracia.

—Si se prueba —dijo éste, después de haberlo escuchado— que el prestamista no tenía en la notaría de Roguin la suma que éste le pidió prestada, cabe la rescisión del contrato porque no ha habido entrega de especie: el prestador conservará su derecho a la caución, como usted el suyo a los cien mil francos. En ese caso, respondo de ganar el pleito, hasta donde se puede responder, pues ningún pleito está ganado por adelantado.

Esta opinión de un jurisconsulto tan famoso devolvió un poco de ánimo al perfumista, que rogó a Derville iniciara el proceso en el plazo de quince días. El procurador le contestó que tal vez podría conseguir antes de tres meses una sentencia que anularía el contrato.

— ¡Cómo tres meses! —exclamó el perfumista, que creyó haber encontrado una solución rápida.

—Es que, aun cuando consigamos que se inicien inmediatamente los trámites, no podremos hacer que el adversario se ponga al paso de usted: hará uso de todas las dilaciones que le autoriza el procedimiento; quizá la parte contraria se hará condenar por contumacia. No se anda en estas cosas como se quiere, querido Birotteau —dijo Derville sonriendo.

— ¿Y en el Tribunal de Comercio? —preguntó César.

— ¡Oh! —dijo el procurador—, los jueces comerciales y los jueces de primera instancia son jueces diferentes. Ustedes, los comerciantes, cortan por lo sano, pero nosotros tenemos nuestras formalidades. Las formalidades son las protectoras del derecho. ¿Le agradaría a usted una resolución a quemarropa que le hiciera perder sus cuarenta mil francos? Pues bien, su adversario, que verá esta suma comprometida, se defenderá. Las dilaciones son los caballos frisones de la justicia.

—Tiene usted razón —dijo Birotteau, que saludó a Derville y salió con la muerte en el corazón.

«Todos tienen razón. ¡Dinero, dinero!», exclamaba el perfumista por las calles, hablando consigo mismo, como hacen todas las personas que están llenas de preocupaciones en este París turbulento y agitado, que un poeta moderno ha calificado de cuba en fermentación. Al verlo entrar en su tienda, el dependiente, que había salido a cobrar facturas a los clientes, le dijo que, como estaban próximas las fiestas de Año Nuevo, todos dejaban su pago para más tarde.

— ¡Pero es que nadie tiene dinero! —dijo el perfumista en voz alta. Se mordió los labios, pues todos los dependientes levantaron la cabeza y lo miraron.

Cinco días pasaron así; cinco días durante los cuales Braschon, Lourdois, Thorein, Grindot, Chaffaroux, todos los acreedores que aún no habían cobrado pasaron por las fases camaleónicas que experimenta el acreedor antes de llegar al estado de tranquilidad en que lo coloca la confianza en los colores sanguinolentos de la Belona comercial. En París, el período astringente de la desconfianza llega tan rápidamente como es lento el movimiento expansivo de la confianza: una vez caído en el sistema restrictivo de los temores y de las precauciones comerciales, el acreedor llega a cobardías que lo colocan por debajo del deudor. De una cortesía dulzona, los acreedores pasan al rojo de la impaciencia, a los chasquidos de las impertinencias, a la grosería, al frío prejuicio, a la amenaza de llevar al deudor a los tribunales. Braschon, este rico tapicero de la calle de Saint—Antoine que no fue invitado al baile, inició el ataque como acreedor herido en su amor propio: exigía el pago en el plazo de veinticuatro horas; exigía garantías, no sobre bienes muebles, sino una hipoteca sobre los cuarenta mil francos de los terrenos del barrio. Pese a la violencia de sus reclamaciones, estas gentes suelen permitir algunos momentos de reposo, durante los cuales respiraba Birotteau. En lugar de dominar estos primeros tirones de su difícil situación con una decisión firme, César empleó su inteligencia en impedir que su esposa, la única persona que podía aconsejarlo, se enterase de nada. Montaba la guardia en la puerta y alrededor de la tienda. Había puesto a Célestin al corriente de sus dificultades del momento, y Célestin examinaba a su patrón con una mirada en la que había una mezcla de curiosidad y de asombro: a sus ojos, César se había empequeñecido, como se empequeñecen en la desgracia los hombres acostumbrados al éxito y cuya fuerza consiste en esa seguridad que da la rutina a las inteligencias mediocres. Sin la energía y la capacidad necesarias para defenderse de tantos ataques a la vez, tuvo sin embargo César ánimos para darse cuenta de su situación.

Para fin de diciembre y para el 15 de enero necesitaba, para los gastos de casa, para el pago de vencimientos, para alquiler y los pagos al contado, una suma de sesenta mil francos, de los cuales treinta mil para fin de diciembre; todo lo que tenía apenas llegaba a veinte mil; le faltaban, pues, diez mil francos. No le pareció desesperada la cosa porque ya no veía más que el momento presente, como los aventureros que viven al día. Antes de que se hiciese público el rumor sobre su situación, decidió intentar lo que le pareció un golpe maestro: dirigirse al célebre François Keller, banquero, orador y filántropo, famoso por sus actos de beneficencia y por sus deseos de ser útil al comercio de París, como diputado que era por la capital. El banquero era liberal y Birotteau, monárquico; pero el perfumista lo juzgó según su propio corazón y vio en la diferencia de opiniones un motivo más para conseguir una ayuda. En el caso de que fuese necesaria una aportación de valores, no dudaba de la devoción de Popinot, a quien pensaba pedir unos treinta mil francos en letras, que le servirían para esperar hasta la terminación del proceso, y que ofrecería como garantía, teniéndolos por ganado, a los acreedores más exaltados. El expansivo perfumista, que contaba en la almohada a su querida Constance hasta los menores detalles de su vida, que buscaba allí las luces de la contradicción, no podía ahora hablar de su situación ni al primer dependiente, ni a su tío, ni a su esposa. Y así sus ideas le pesaban doblemente. Pero este generoso mártir prefería sufrir que arrojar esas brasas en el corazón de su mujer; quería contarle el peligro cuando ya hubiera pasado. Retrocedía ante esa terrible confidencia. El miedo que le inspiraba su mujer le daba ánimo para la lucha. Iba todas las mañanas a oír una misa rezada a la iglesia de San Roque, y tomaba a Dios por confidente.

«Si al volver de San Roque a mi casa no encuentro en la calle un soldado, es que mi demanda prosperará: ésa será la respuesta de Dios», se decía después de haber pedido a Dios que lo amparase

Y se sentía feliz al no haber visto ningún soldado. Sin embargo tenía el corazón muy oprimido y necesitaba otro corazón con el cual poder gemir. Césarine, a la que ya se había confiado cuando supo la noticia fatal, conoció todos sus secretos. Hubo entre ellos miradas disimuladas, miradas llenas de desesperación y de esperanzas ahogadas, invocaciones lanzadas con mutuo ardor, preguntas y contestaciones simpáticas, fulgores de alma a alma.

Ante su esposa, Birotteau estaba siempre alegre, jovial. Si Constance hacía alguna pregunta, ¡bah!, todo iba bien: Popinot, en quien César ni pensaba siquiera, triunfaría, el aceite se vendería, las letras de Claparon serían pagadas; no había nada que temer.

Esta falsa alegría era muy penosa. Cuando su esposa estaba dormida en su lecho suntuoso, Birotteau se incorporaba y quedaba ensimismado, pensando en su desgracia. Y en esos momentos llegaba Césarine, en camisón, con un chal sobre sus blancos hombros y los pies desnudos.

—Papá, te oigo, estás llorando —decía llorando ella también.

Quedó Birotteau en tal estado de abatimiento después de haber escrito la carta en la que pedía una entrevista al gran François Keller, que su hija lo llevó a pasear por París. Hasta entonces no se había dado cuenta de que había por las calles enormes carteles rojos, y sus ojos quedaron sorprendidos por estas palabras: «ACEITE CEFÁLICO». Durante la catástrofe que señaló el ocaso de «La Reina de las Rosas», la casa A. Popinot se elevaba radiante en medio de las luces refulgentes del éxito. Aconsejado por Gaudissart y por Finot, Anselme lanzó su aceite con audacia. Dos mil carteles fueron fijados en tres días en los lugares más visibles de París. Nadie pudo evitar encontrarse frente a frente con el «Aceite Cefálico» y leer una frase concisa, concebida por Finot, sobre la imposibilidad de conseguir que salga el cabello y sobre el peligro de teñirlo, acompañada de una referencia a la memoria enviada a la Academia de Ciencias por Vauquelin: un verdadero seguro de vida para los cabellos de quienes usasen el «Aceite Cefálico». Todos los barberos de París, los fabricantes de pelucas y los perfumistas colocaron en sus puertas unos marcos dorados dentro de los cuales se veía un impreso en papel vitela, a la cabeza del cual lucía un grabado de «Hero y Leandro» en tamaño reducido, y este epígrafe: «Los viejos pueblos de la antigüedad conservaban sus cabelleras empleando el Aceite Cefálico».

«Ha inventado los cuadros permanentes, el anuncio eterno», se dijo Birotteau, que quedó estupefacto al ver la vidriera de «La Campana de Plata».

—Pero ¿no has visto en tu tienda —le dijo su hija— un cuadro que el propio señor Anselme ha ido a llevar, dejando a Célestin trescientas botellas de aceite?

—No —respondió el perfumista.

—Célestin ha vendido ya cincuenta a las gentes que pasaban y sesenta a la clientela.

— ¡Ah! —contestó César.

El perfumista, aturdido por las cien campanas que la miseria hace sonar en los oídos de sus víctimas, vivía en una actividad vertiginosa; la víspera, Popinot había estado esperando durante más de una hora y se fue después de haber hablado con Constance y Césarine, quienes le dijeron que César estaba absorbido por su gran negocio.

—Ah, sí, el negocio de los terrenos.

Afortunadamente, Popinot, que no había salido de la calle de Cinq—Diamants desde hacía un mes, pasaba las noches y trabajaba los domingos en la fábrica; no había visto ni a los Ragon, ni a Pillerault, ni a su tío el juez. ¡No dormía más que dos horas al día, el pobre muchacho! No tenía más que dos dependientes, pero al paso que iban las cosas, pronto necesitaría cuatro. En el comercio, la ocasión lo es todo. Quien no se decide a cabalgar sobre el éxito, agarrándose a las crines, pierde la oportunidad de hacer fortuna. Popinot se decía que sería recibido con los brazos abiertos cuando, seis meses después, pudiera decir a sus tíos: «Me salvé; mi fortuna está hecha»; bien recibido por Birotteau cuando, al cabo de seis meses, le llevase treinta o cuarenta mil francos, por su participación en el negocio. Ignoraba la huida de Roguin, así como el desastre y la angustiosa situación en que César se encontraba, por lo cual no pudo decir ninguna palabra indiscreta a la señora de Birotteau.

Popinot había prometido a Finot quinientos francos si se hablaba tres veces al mes en un diario de gran circulación del «Aceite Cefálico», ¡había diez!, y trescientos francos si lo citaba en un diario de segunda categoría, ¡y había otros diez! Finot vio tres mil francos para él en estos ocho mil francos, ¡su primera ocasión en el inmenso tapete verde de la especulación! Se lanzó, pues, como un león sobre sus amigos, sobre sus conocidos; puede decirse que, con ese motivo, vivía en las redacciones de los diarios, visitaba bien de mañana a los redactores y frecuentaba los foyers de todos los teatros.

—Piensa en mi aceite, querido amigo —decía a todos—; no tengo parte en ello; lo hago por Gaudissart, ya sabes, un gran muchacho

Ésa era la primera y la última frase de todos sus discursos. Tomaba por asalto la parte final de las últimas columnas de los diarios Y escribía allí sus notas, dejando algún dinero para los redactores. Astuto como un comparsa que quiere ser actor, alerta como un tinterillo que gana sesenta francos al mes, escribía cartas capciosas, halagaba a todos en su amor propio, hacía toda clase de servicios a los jefes de redacción, con tal de colocar sus notas. Dinero, cenas, gracias, todo servía a su actividad febril. Compraba con entradas para los espectáculos a los obreros que, hacia medianoche, cierran las columnas de los diarios tomando unas líneas de gacetillas siempre listas para esos casos de relleno. Finot se encontraba siempre a esas horas en la imprenta, como si estuviera corrigiendo alguna prueba. Amigo de todo el mundo, hizo que triunfara el «Aceite Cefálico», la «Pasta Regnauld», la “Mixtura Brasileña” todos los productos lanzados por quienes tuvieron el acierto de ver la influencia del periodismo y el efecto que producía en el público un aviso reiterado. En esos tiempos de inocencia, muchos periodistas eran como los bueyes, que ignoran su fuerza: se ocupaban de actrices, de Florina, de Tulia, de Marieta, etcétera. Lo dirigían todo y no veían nada. Los propósitos de Finot nada tenían que ver con una actriz que quería ser aplaudida, ni con una pieza de teatro para conseguir que fuese llevada a escena, ni pretendía ya que se pagasen sus notas; al contrario, ofrecía dinero cuando se presentaba una ocasión, o un almuerzo; así, no hubo un diario que no hablase del «Aceite Cefálico» y de su concordancia con las investigaciones de Vauquelin, o que no se burlase de quienes creían que se puede hacer que vuelva a salir el cabello, o que no proclamase el daño que se le hacía al teñirlo.

Estas notas regocijaban el alma de Gaudissart, que se valía de esos diarios para deshacer prejuicios, y hacía en provincias lo que más tarde los especuladores han llamado «la carga a todo correr». En esos tiempos, los diarios de París invadían las provincias, que aún no tenían los suyos. En ellas, pues, los diarios de París eran, más que leídos, estudiados, desde su título hasta el pie de imprenta, línea en la que podían estar las ironías de la opinión perseguida. Gaudissart, apoyándose en la prensa, tuvo brillantes éxitos desde que comenzó a dejarse oír en las capitales y villas del interior. Todos los tenderos de provincias querían los marcos e impresos con el grabado de «Hero y Leandro». Finot lanzó contra el «Aceite Macassar» aquella encantadora broma que tanto hacía reír a los bailarines de la cuerda floja cuando Pierrot agarraba un escobón de crin del que sólo se veían los agujeros: echaba en ellos «Aceite Macassar» y le crecían al escobón rápidamente las crines. Esta escena irónica excitaba la hilaridad en todas partes.

Más tarde solía decir Finot alegremente que sin esos tres mil francos se hubiera muerto de hambre y de dolor. Para él, tres mil francos suponían una fortuna. Durante esa campaña se dio cuenta, antes que nadie, del poder del anuncio, del cual hizo un empleo tan inteligente. Tres meses después era redactor jefe de un pequeño diario, que acabó por comprar y que fue la base de su fortuna. Del mismo modo que la «carga a todo correr» que dio el ilustre Gaudissart, el Murat de los viajantes de comercio, en provincias hizo triunfar comercialmente a la casa A. Popinot, así triunfó también en la opinión gracias al asalto a los diarios y logró esa gran publicidad igualmente obtenida por la «Mixtura Brasileña» y por la «Pasta de Regnauld». En sus comienzos, ese asalto a la opinión pública deparó tres éxitos, tres fortunas, y dio lugar a que mil ambiciones llegasen luego a la liza de los diarios, dando origen al anuncio pagado, que fue toda una revolución. Ahora, la casa «A. POPINOT Y COMPAÑÍA» se pavoneaba en todas las paredes y en todos los escaparates. Incapaz de comprender el alcance de tal publicidad, Birotteau se contentó con decir a Césarine: «Este pequeño Popinot marcha sobre mis huellas», sin distinguir lo diferentes que eran los tiempos, sin apreciar el poder de los nuevos procedimientos, cuya rapidez y extensión abarcaban mucho más pronto que antes al mundo comercial.

Birotteau no había puesto los pies en su fábrica desde que dio el baile, e ignoraba el movimiento y la actividad que Popinot desplegaba en ella. Anselme había tomado todos los obreros de Birotteau y allí pasaba la noche; veía a Césarine sentada en todas las cajas, acostada en todos los paquetes, impresa en todas las facturas. Y cuando, con la camisa remangada hasta los codos, clavaba con rabia una caja, por no haber un obrero a mano, decía: « ¡Será mi esposa!».

El día siguiente, después de haber meditado durante toda la noche sobre lo que debía decir y lo que no debía decir a uno de los hombres más destacados de la alta Banca, llegó César a la calle Houssaye y entró, sintiendo terribles palpitaciones, en el palacio del banquero liberal, que formaba parte de esa opinión acusada, y con razón, de querer derribar a los Borbones. El perfumista, como todos los pequeños comerciantes de París, no conocía las costumbres ni a los hombres de la alta Banca. En París, entre esa alta Banca y el comercio hay casas secundarias, intermediarios útiles para la Banca, pues en ellas encuentra ésta una garantía más. Constance y Birotteau, que nunca habían ido más allá de sus posibilidades, cuya caja nunca estuvo vacía y que guardaban sus valores en cartera, jamás habían recurrido a estas casas de segundo orden, y eran, con mayor razón, desconocidos en las altas regiones de la Banca. Quizá sea un defecto eso de hacerse un crédito, aun cuando no haya necesidad de servirse de él: en esto, las opiniones están divididas. Fuera como fuese, Birotteau lamentaba mucho ahora el no haber dado a conocer su firma. Pero, conocido como teniente de alcalde y como hombre político, creyó que no necesitaría más que anunciarse y entrar: ignoraba que en las audiencias que concedía este banquero había casi tanta gente como en las del rey. Introducido en el salón que precedía al despacho de este hombre, célebre por tantos motivos, Birotteau se encontró en medio de una numerosa reunión, formada por diputados, escritores, periodistas, agentes de cambio, grandes comerciantes, gentes de negocios, ingenieros y amigos íntimos que pasaban a través de los grupos y llamaban de una manera particular a la puerta del despacho, o entraban sin llamar.

« ¿Qué soy yo en medio de esta gran máquina?», se dijo Birotteau, aturdido por el movimiento de esta forja intelectual donde se amasaba el pan diario de la oposición, donde se ensayaban los papeles de la gran tragicomedia representada por la izquierda. Oía que a su derecha hablaban de la cuestión del empréstito para terminar las principales líneas de canales propuestas por la Dirección de Caminos y Puentes, ¡y se hablaba de millones! A su izquierda, periodistas al servicio del amor propio del banquero hablaban de la sesión del día antes y de la improvisación del patrón. Durante las dos horas de espera, Birotteau vio tres veces al banquero político, que salía de su despacho despidiendo a hombres notables y daba dos o tres pasos con ellos. Con el último, François Keller fue hasta la antecámara: era el general Foy. «Estoy perdido», se dijo César, con el corazón oprimido.

Cuando el banquero volvía a su despacho, la tropa de cortesanos, de amigos, de interesados lo rodeaba como los perros a una linda perra. Algunos atrevidos gozquecillos se colaban, sin permiso y con disgusto del patrón, en el santuario. Las entrevistas duraban cinco minutos, diez minutos, un cuarto de hora. Unos salían con la cabeza gacha, otros con aire satisfecho y dándose importancia. Pasaba el tiempo y Birotteau miraba con ansiedad el reloj. Nadie prestaba la menor atención a este dolor oculto, que gemía en una butaca dorada, junto a la chimenea, a un paso del despacho donde se encontraba la panacea universal, ¡el crédito!

César recordaba con amargura que también él había sido rey en su casa, como lo era este hombre todas las mañanas, y medía la profundidad del abismo en que había caído. ¡Amargos pensamientos! ¡Cuántas lágrimas retenidas en el tiempo que pasó ahí! ¡Cuántas veces pidió Birotteau a Dios que fuera condescendiente con él este hombre, pues parecía haber notado en él, bajo el aspecto grosero de una bonachonería popular, una insolencia, una tiranía colérica, un ansia brutal de dominación que atemorizaba a su alma! Por último, cuando ya no quedaban más que diez o doce personas, César decidió que en cuanto se abriese la puerta se dirigiría al despacho, se pondría a la altura del gran orador y le diría: «Yo soy Birotteau». El primer granadero que se lanzó al reducto del Moscova no derrochó más valor que el que el perfumista acopió para realizar esta hazaña.

«Después de todo, soy su teniente de alcalde», se dijo al levantarse para dar su nombre.

La fisonomía de François Keller se volvió cortés; quiso, evidentemente, ser amable; miró la cinta roja del perfumista, se volvió, abrió la puerta de su despacho, lo invitó a pasar y quedó un momento hablando con dos personas que habían llegado por la escalera como una tromba.

—Decazes quiere hablar con usted —dijo una de ellas.

—Se trata de sacrificar el pabellón Marsan; el rey ve claro. ¡Se inclina hacia nosotros! —dijo la otra.

—Iremos juntos a la Cámara —dijo el banquero, adoptando la actitud de la rana que quiso imitar al buey.

« ¿Cómo puede pensar en sus negocios?», se preguntó Birotteau, turbado.

El sol de la superioridad deslumbraba al perfumista, como la luz ciega a los insectos que gustan de una suave claridad o de las semitinieblas de una hermosa noche. Vio sobre una gran mesa el presupuesto, los mil impresos de la Cámara, los volúmenes del Moniteur, consultados y señalados, para arrojar a la cabeza de un ministro anteriores palabras suyas ya olvidadas y hacerle cantar la palinodia entre los aplausos de una muchedumbre estúpida, incapaz de comprender que los acontecimientos lo modifican todo. En otra mesa, papeles, memorias, proyectos, los mil informes confiados a un hombre en cuya caja quieren meter la mano todas las industrias que nacen. El lujo real de este despacho lleno de cuadros, de estatuas, de obras de arte; el gran número de objetos que se veían sobre la chimenea; el conjunto de intereses nacionales o extranjeros, amontonados como fardos, todo chocaba a Birotteau, lo empequeñecía, aumentaba su terror y le helaba la sangre. Sobre la mesa de François Keller yacían fajos de valores negociables, letras de cambio, circulares comerciales...

Keller tomó asiento y se puso a firmar rápidamente las cartas que no exigían ningún examen.

—Señor, ¿a qué debo el honor de su visita? —le dijo a Birotteau.

Tras estas palabras, pronunciadas para él solo por el hombre que hablaba para Europa, mientras que su mano corría por el papel, el pobre perfumista sintió algo así como si le hubieran puesto en el vientre un hierro al rojo vivo. Adoptó un aire agradable, que el banquero estaba acostumbrado a ver durante diez años en las caras de todos los que lo querían enredar en un asunto que solamente tenía importancia para ellos, y que lo ponía en guardia. François Keller lanzó, pues, a César una mirada que le atravesó la cabeza, una mirada napoleónica. La imitación de la mirada de Napoleón era un gesto ridículo que se permitían algunos nuevos ricos que no han sido ni un vellón del emperador. Esta mirada cayó sobre Birotteau, hombre de derecha, agente del poder, elemento de la elección monárquica, como el sello del aduanero que marca una mercadería.

—Señor, no quiero abusar de su tiempo y seré breve. Vengo por un asunto puramente comercial, para preguntarle si puede concederme un crédito. Antiguo juez del Tribunal de Comercio y conocido en la Banca, usted comprenderá que si tuviese yo una cartera repleta, no tendría más que dirigirme allí donde usted ha sido director. He tenido el honor de formar parte del Tribunal con el señor barón de Thibon, jefe del comité de Descuentos, y él no me negaría nada, ciertamente. Pero jamás he hecho uso de mi crédito ni de mi firma; mi firma no es conocida, y usted sabe muy bien cuántas dificultades ofrece una negociación en ese caso... —Keller movió la cabeza y Birotteau interpretó ese movimiento como un gesto de impaciencia—. Señor, se trata de esto: estoy comprometido en un negocio de terrenos, al margen de mi comercio...

François Keller, que seguía firmando o leía, al parecer sin escuchar a César, volvió la cabeza y le hizo una señal de adhesión que lo animó. Birotteau creyó que su asunto entraba en buen camino y respiró.

—Siga usted, que lo escucho —le dijo Keller con bonachonería.

—Soy comprador, por una mitad, de los terrenos situados alrededor de la Madeleine.

—Sí, ya he oído hablar en la casa Nucingen de este inmenso negocio, iniciado por la casa Claparon.

—Pues bien —siguió diciendo el perfumista—, un crédito de cien mil francos, garantizado por mi participación en ese negocio o por mis propiedades comerciales, bastaría para llegar hasta el momento en que realizaré los beneficios que debe dar próximamente otro negocio, este de perfumería. Si es necesario, cubriré su préstamo con pagarés de una nueva casa comercial, la casa Popinot, una firma que recién empieza...

Pareció que Keller se interesaba muy poco por la casa Popinot, y Birotteau comprendió que se estaba metiendo en una mala vía; se calló; luego, asustado de su propio silencio, continuó diciendo:

—En cuanto a los intereses, nosotros...

—Sí, sí —dijo el banquero—, la cosa puede arreglarse y no dude usted de mi interés en ayudarlo. Abrumado como estoy por mis ocupaciones, con las finanzas europeas bajo el brazo y la Cámara llevándome todo mi tiempo, no le extrañará a usted que deje una multitud de asuntos al estudio de mis oficinas. Vaya usted a ver, en la planta baja, a mi hermano Adolphe, y explíquele la naturaleza de sus garantías; si él aprueba la operación, vuelva usted por aquí mañana o pasado mañana, a la hora en que examino a fondo los negocios: las cinco de la mañana. Nos será muy grato saber que hemos logrado su confianza; usted es uno de esos monárquicos consecuentes, de quienes se puede ser adversario político, pero cuya estima es muy agradable.

—Señor —dijo el perfumista, entusiasmado por esta frase de tribuno—, soy tan digno del honor que usted me hace como del insigne y real favor... Lo he merecido por haber formado parte del Tribunal de Comercio y por haber luchado...

—Sí —le interrumpió el banquero—; la reputación de que usted goza es un pasaporte, señor Birotteau. Seguramente, usted ha de proponernos asuntos viables, así que puede contar con nuestra ayuda.

Una mujer, la señora Keller, una de las dos hijas del conde de Gondreville, par de Francia, abrió una puerta en la que Birotteau no había reparado.

—Querido, espero verte antes de ir a la Cámara —dijo la señora.

— ¡Son las dos! —exclamó el banquero—. La batalla habrá comenzado ya. Perdóneme, señor, pero se trata de derribar un ministerio... Vea usted a mi hermano.

Acompañó al perfumista hasta la puerta del salón y dijo a uno de sus criados:

—Conduzca a este señor al gabinete del señor Adolphe.

A través de un laberinto de escaleras por las que lo llevaba un hombre de librea hacia un despacho menos suntuoso que el del jefe de la casa, pero más práctico, el perfumista, a caballo sobre un «sí», la más grata montura de la esperanza, se acariciaba la barbilla, pareciéndole de muy buen augurio las finezas del célebre banquero. Sentía que un enemigo de los Borbones fuese tan amable, tan inteligente, tan gran orador.

Entró, lleno de ilusiones, en un despacho desnudo, frío, amueblado con dos mesas de escribir, unas malas butacas, cortinas muy descuidadas y una pobre alfombra. Este despacho era, en relación con el otro, lo que una cocina es para el comedor, o la fábrica para la tienda. En él se destripaban los negocios de banca y de comercio, se estudiaban y analizaban las empresas y se fijaban las participaciones de la Banca en todos los beneficios de las industrias que se estimaban provechosas. En él se preparaban esos golpes de audacia que distinguían a los Keller en el gran comercio, y por los que se creaban para algunos días monopolios rápidamente explotados. En él se estudiaban los defectos de la legislación y se fijaban, sin vergüenza alguna, lo que en la Bolsa se conoce con el nombre de «la parte del glotón», comisiones exigidas por los menores servicios, tales como el de apoyar a una empresa con su nombre o de avalarla. En él se urdían esos engaños, dorados de legalidad, que consisten en comanditar, sin compromiso, empresas inciertas, para esperar a que llegue el éxito y matarlas entonces para apoderarse de ellas, reclamando el capital en un momento crítico: terrible maniobra en la que han caído tantos accionistas.

Los dos hermanos se habían repartido los papeles. Arriba, François, hombre brillante y político, se conducía como un rey, distribuía gracias y promesas y se hacía agradable a todos. Con él, todo era fácil: trataba noblemente los negocios, achispaba a los novatos y a los especuladores de fecha reciente con el vino de su favor y con su embriagadora palabra, aclarándoles sus propias ideas. Abajo, Adolphe excusaba a su hermano de sus preocupaciones políticas y pasaba hábilmente el rastrillo por el tapiz; era el hermano de compromiso, el hombre difícil. Hacía falta, pues, ser de doble palabra para tratar con esta casa. Con frecuencia el gracioso «sí» del despacho suntuoso se convertía en un «no» seco en el despacho de Adolphe. Esta maniobra dilatoria daba tiempo para reflexionar y servía a menudo para embaucar a los tontos.

El hermano del banquero estaba hablando con el famoso Palma, el consejero íntimo de la casa Keller, que se retiró cuando entró el perfumista. Una vez que César se hubo explicado, Adolphe, el más sutil de los dos hermanos, un verdadero zorro, de mirada aguda, de labios delgados, de gesto agrio, lanzó a Birotteau, por encima de sus gafas, gacha la cabeza, una mirada que hay que llamar «la mirada del banquero», y que tiene algo de la de los procuradores: es ávida e indiferente, clara y oscura, deslumbrante y sombría.

—Sírvase enviarme las escrituras relativas a la compra de los terrenos de la Madeleine —dijo a Birotteau—. En ellas debe estar la garantía del crédito y hay que examinarlas antes de concederlo y de tratar de los intereses. Si el negocio es bueno, podremos, para no resultarle a usted gravoso, contentarnos con una parte de los beneficios, en lugar de cobrar una comisión.

«Bien —se dijo Birotteau cuando volvía a su casa—, ya comprendo de qué se trata. Como hace el castor cuando es perseguido, debo desprenderme de una parte de mi piel; pero vale más dejarse esquilar que perder la vida. »

Llegó ese día a casa muy contento, y su alegría era de buena ley.

—Estoy salvado —dijo a Césarine—; los Keller me concederán un crédito.

Hasta el 29 de diciembre, Birotteau no consiguió pisar de nuevo el despacho de Adolphe Keller. La primera vez que volvió el perfumista, Adolphe había ido a ver unas tierras que el gran orador quería comprar, y que estaban a seis leguas de París. La segunda vez, los dos Keller estaban ocupados desde primera hora: se trataba de proveer a un empréstito propuesto a las Cámaras, y rogaron al señor Birotteau que volviera el viernes siguiente. Estas dilaciones eran fatales para el perfumista; pero, al fin, llegó el viernes. César se encontró en el despacho, sentado junto a la chimenea, a la luz de la ventana, y Adolphe Keller enfrente.

—Muy bien, señor —le dijo el banquero, mostrándole las escrituras—, pero ¿qué es lo que ha pagado usted a cuenta del valor de los terrenos?

—Ciento cuarenta mil francos.

— ¿En dinero?

—En efectos.

— ¿Han sido pagados?

—Son a vencimiento.

—Pero si usted ha pagado por los terrenos más de lo que valen, teniendo en cuenta el valor actual, ¿dónde está nuestra garantía? No tendrá más base que la buena opinión que usted inspire y la consideración de que usted goza. Pero los negocios no descansan sobre sentimientos. Si usted hubiera pagado doscientos mil francos, suponiendo que cien mil de ellos se habrían entregado de más para hacerse con los terrenos, tendríamos entonces una garantía de cien mil francos para responder de los cien mil adelantados.. El resultado, para nosotros, sería el de ser propietarios de la parte de usted, pagando en su lugar; entonces, hay que saber si el asunto es bueno. Mejor que esperar cinco años para doblar el capital es hacerlo valer en Banca. ¡Ocurren tantas cosas!... Usted quiere hacer una transmisión para pagar letras a plazo, maniobra peligrosa: se retrocede para saltar mejor. El asunto no nos interesa.

Esta frase causó a Birotteau un inmenso dolor, como si el verdugo le hubiera marcado la espalda con el hierro candente; perdió la cabeza.

—Vea —dijo Adolphe—, mi hermano tiene un gran interés por usted y me ha hablado en su favor. Examinemos sus asuntos —dijo, lanzando al perfumista una mirada de cortesana acuciada para pagar su deuda.

Birotteau se convirtió en un Molineux, de quien él se había burlado mirándolo para abajo. Engañado por el banquero, que se divertía devanando la madeja de los pensamientos de este pobre hombre, Y que se entretenía interrogando a un comerciante como el juez Popinot interrogaba a un criminal, César le refirió su carrera comercial: le contó lo de la «Doble Pasta de los Sultanes», el «Agua Carminativa», el asunto Roguin, el juicio iniciado a propósito del préstamo hipotecario, del cual no había recibido nada.... Reparando en los movimientos de cabeza de Keller, en su aire sonriente y reflexivo, Birotteau pensaba: «Me escucha, le intereso, tendré mi crédito». Adolphe Keller se reía de Birotteau como el perfumista se había reído de Molineux. Arrastrado por la locuacidad peculiar de las personas que se dejan embriagar por la desgracia, César puso al descubierto al verdadero Birotteau: dio la medida de lo que era, proponiendo como garantía el «Aceite Cefálico» y la casa Popinot, su última empresa. El buen hombre, animado por una falsa esperanza, se dejó sondear, examinar por Adolphe Keller, que vio en el perfumista un monárquico tonto, próximo a la quiebra. Encantado de ver que iba a quebrar un teniente de alcalde de su distrito, un hombre condecorado recientemente, un hombre de la situación política, Adolphe le dijo claramente que no podía abrirle un crédito ni hablar en su favor a su hermano François, el gran orador. Si François se dejaba ir, por una estúpida generosidad, en ayuda de gentes de opinión contraria a la suya, de enemigos políticos suyos, él, Adolphe, se opondría con todas sus fuerzas a hacer el papel de víctima y le impediría tender la mano a un viejo adversario de Napoleón, un herido de San Roque. Birotteau, exasperado, quiso decir algo sobre la voracidad de la gran Banca, de su crueldad, de su falsa filantropía; pero sintió un dolor tan vivo que sólo pudo balbucear algunas frases sobre la institución del Banco de Francia, donde los Keller encontraban dinero.

—Pero —dijo Adolphe Keller—, el Banco no concederá jamás un crédito que un simple banquero niega.

—El Banco —dijo Birotteau— siempre me ha parecido que se desviaba de sus fines cuando se vanagloriaba, al presentar la cuenta de sus beneficios, de no haber perdido más que cien o doscientos millones con el comercio parisiense, del que es tutor.

Adolphe sonrió, poniéndose de pie con un gesto de hombre aburrido.

—Si el Banco se pusiese a comanditar a las gentes que se encuentran en dificultades en la plaza más bribona y más resbaladiza del mundo financiero, liquidaría antes de un año. ¡Pues no tiene poco trabajo en defenderse contra las transmisiones de dinero y los cheques sin fondo, para que, encima, tenga que estudiar los asuntos de quienes pretenden servirse de él!

« ¿Dónde encontrar diez mil francos, que me hacen falta para mañana, sábado, día 30?», se preguntaba Birotteau al atravesar el patio para salir.

Siguiendo una costumbre establecida, se paga el 30 cuando el 31 es día festivo. Esperando en la puerta cochera, los ojos bañados en lágrimas, el perfumista vio a duras penas que un caballo inglés cubierto de sudor detenía en seco, frente a él, uno de los más bonitos cabriolés que podían rodar entonces por las calles de París. Le hubiera gustado ser atropellado por ese cabriolé: habría muerto de un accidente y el desorden de sus negocios se atribuiría a este suceso. No reconoció a Tillet, que, elegante en su traje de mañana, dejó las riendas a su criado y puso una manta sobre el lomo sudado de su caballo pura sangre.

— ¡Cómo! ¿Usted por aquí? —dijo Tillet a su antiguo patrón.

Tillet lo sabía todo; los Keller habían pedido informes a Claparon, quien, adiestrado por Tillet, demolió la sólida reputación del perfumista. Aunque rápidamente contenidas, las lágrimas del pobre comerciante hablaron elocuentemente.

—Pero ¿habrá venido usted a pedir algún favor a estos usureros —dijo Tillet—; a estos estranguladores del comercio que hacen componendas infames, que suben el precio del añil después de haberlo acaparado, que bajan el del arroz para obligar a quienes lo tienen a vender por lo que les paguen para quedarse con todo y sostener el precio en el mercado; a estas gentes que no tienen fe, ni ley, ni alma? Pero ¿es que no sabe de qué son capaces? Le abren a usted un crédito cuando tiene usted un buen negocio, y se lo cierran en el momento en que usted tiene su dinero comprometido en la operación, forzándolo así a cedérselo a bajo precio. El Havre, Burdeos y Marsella le dirían muchas cosas sobre estas gentes. La política les sirve para cubrir muchas porquerías, pero yo los he explotado sin el menor escrúpulo. ¡Vamos a dar un paseo, querido Birotteau! ¡Joseph!, lleva al paso a mi caballo, que está un poco sofocado y representa un capital de tres mil francos.

Y echó a andar en dirección a los bulevares.

—Vamos a ver, patrón, porque usted ha sido mi patrón, ¿tiene necesidad de dinero? Le han exigido a usted garantías, esos miserables. Yo lo conozco a usted bien y le ofrezco dinero sin más garantía que unos simples pagarés. He hecho honorablemente mi fortuna, a costa de trabajos inauditos. ¡He ido a buscarla a Alemania! Hoy puedo decírselo a usted: he comprado los créditos contra el rey con el sesenta por ciento de rebaja; su caución, pues, me ha sido muy útil y yo soy un hombre agradecido. Si tiene usted necesidad de diez mil francos, son suyos.

— ¡Cómo, Tillet! ¿Es cierto? ¿No se burla usted de mí? Sí, me veo en un apuro, pero es momentáneo...

—Ya lo sé: el asunto Roguin —contestó Tillet—. También yo he perdido diez mil francos, que el viejo bribón me pidió para marcharse, pero su señora me los devolverá. He aconsejado a esta pobre mujer que no cometa la tontería de pagar las deudas contraídas por «la bella holandesa»: estaría bien si pudiera pagarlas todas, pero ¿cómo favorecer a unos acreedores en detrimento de otros? Usted no es un Roguin, lo conozco; usted se levantaría la tapa de los sesos antes de hacerme perder un centavo. Vamos, ya estamos en la Chaussée—d'Antin; vamos a mi casa.

El nuevo rico se dio el gusto de llevar a su antiguo patrón a su vivienda, en lugar de llevarlo a sus oficinas, y lo condujo lentamente con el objeto de que viera un suntuoso comedor adornado con cuadros comprados en Alemania y dos salones de una elegancia y de un lujo que Birotteau no había visto más que en casa del duque de Lenoncourt. Los ojos del burgués quedaron admirados ante los dorados, las obras de arte, las fantasías, los ricos vasos, los mil detalles que hacían palidecer el lujo de la vivienda de Constance; y conociendo lo que a él le costó su locura, se preguntaba: «¿De dónde habrá sacado tantos millones?».

Entró en un dormitorio puesto con tanto lujo que el de su esposa le pareció lo que un tercer piso de un comparsa puede ser comparado con el palacio de un primer actor de la ópera. El techo, todo de raso de color violeta, estaba realzado por pliegues de raso blanco. Una alfombra de armiño hacía contraste con los colores violáceos de un tapiz de Oriente. Los muebles y los accesorios eran de formas modernas y de un gusto extravagante. El perfumista se detuvo ante un reluciente reloj de péndulo representando al «Amor y Psiquis» que acababa de ser hecho para un célebre banquero: Tillet había conseguido de él el único ejemplar que existía, aparte del original. En fin, el antiguo patrón y el antiguo dependiente llegaron a un despacho de señorito elegante, coqueto, que parecía hecho más para el amor que para las finanzas. La señora Roguin le había regalado, seguramente, agradecida por sus trabajos para salvaguardar su fortuna, un cortapapeles esculpido en oro, un pisapapeles de malaquita cincelada y otros mil adornos de un lujo inusitado. La alfombra, una de las mejores manufacturas de Bélgica, asombraba tanto a los ojos como sorprendía a los pies por el tan suave espesor de su lana. Tillet hizo sentar cerca de la chimenea al pobre perfumista, que estaba asombrado y confuso.

— ¿Quiere usted comer conmigo?

Tocó un timbre y se presentó un ayuda de cámara, mejor vestido que Birotteau.

—Diga usted al señor Legras que suba; vaya luego a decir a Joseph que vuelva: lo encontrará usted a la puerta de la casa Keller. Entre usted y dígale al señor Adolphe Keller que en lugar de ir a verlo lo espero aquí hasta la hora de la bolsa. Haga usted que me sirvan la comida en seguida.

Estas frases dejaron estupefacto al perfumista.

«Hace venir al temible Adolphe Keller, lo llama como a un perro, él, Tillet», se dijo.

Un botones, gordo como el puño, desplegó una mesa, que Birotteau no había visto siquiera, de tan estrecha como era, y puso en ella un paté de hígado de ganso, una botella de vino de Burdeos y todas esas cosas que en casa de Birotteau no se veían más que un par de veces por trimestre, en los días muy señalados.

Tillet se regocijaba. Su odio contra el único hombre que tuvo derecho a despreciarlo se ensanchaba tan cálidamente que Birotteau le hizo gustar la sensación que produciría el espectáculo de un cordero defendiéndose de un tigre. Le pasó por la mente una idea generosa: se preguntó si su venganza no estaba ya realizada; dudaba entre los consejos de clemencia despertada y los del odio adormecido.

«Puedo aniquilar comercialmente a este hombre —pensó—; tengo derecho de vida y muerte sobre él; sobre su esposa, que me maltrató, y sobre su hija, cuya mano me pareció un día toda una fortuna. Tengo su dinero: voy a contentarme con verlo nadar agarrado a la cuerda que yo tendré del otro extremo.»

Las gentes honradas no tienen tanto tacto, no tienen ninguna medida para el bien, porque, para ellas, todo es recto y sin segundas intenciones. Birotteau consumó su desastre con una palabra, con un elogio, con una expresión franca, por la misma bonachonería de la honradez que irritó al tigre. Cuando entró el cajero, Tillet le mostró a César.

—Señor Legras, tráigame diez mil francos y un pagaré por esa suma, a mi orden y a noventa días de fecha, para el señor, que es el señor Birotteau, ya sabe usted.

Tillet sirvió paté y ofreció una copa de vino de Burdeos al perfumista, que, viéndose salvado, se entregaba a risas convulsivas, jugaba con la cadena del reloj y no probaba bocado hasta que su antiguo dependiente le decía: «¿No come usted?».

Birotteau conoció así la profundidad del abismo al que la mano de Tillet lo había arrojado, del que podía sacarlo y al que podía volver a arrojarlo. Cuando volvió el cajero, y César, después de haber firmado el pagaré, sintió los diez billetes de Banco en su bolsillo, no pudo contenerse. Un momento antes, su barrio, el Banco, iban a saber que no pagaba y tendría que confesar su ruina a su esposa; ¡ahora todo había cambiado! Y la felicidad de la salvación igualaba en intensidad a las torturas de la ruina. Los ojos del pobre hombre se humedecieron, a pesar suyo.

— ¿Qué le pasa, mi querido patrón? —le preguntó Tillet—. ¿No haría usted por mí mañana lo que yo hago hoy por usted? ¿No es tan natural como un saludo?

—Tillet —le dijo con énfasis y gravedad el buen hombre, poniéndose de pie y tomando la mano de su antiguo dependiente—, te devuelvo toda mi estimación.

— ¡Cómo! ¿Es que la había perdido? —dijo Tillet, sintiéndose tan fuertemente herido en medio de su prosperidad, que hasta enrojeció.

—Perdido... no precisamente —dijo el perfumista, aterrado por su tontería—. Me habían dicho algo sobre las relaciones de usted con la señora de Roguin. ¡Demonio! Tomar la esposa de otro...

«Has perdido la chaveta, viejo», pensó Tillet, sirviéndose de palabras de su antigua profesión. Al decirse esa frase volvió a su proyecto de abatir esta virtud, de pisotearla, de hacer que la plaza de París despreciase al hombre virtuoso y honorable que lo había sorprendido con la mano dentro de su bolsa. Todos los odios, políticos o personales, de mujer a mujer, de hombre a hombre, tienen por causa una sorpresa parecida. No se odia por intereses en juego, por una ofensa, ni aun por una bofetada: todo eso puede ser reparado; pero ¡haber sido sorprendido en flagrante delito de vileza...! El duelo que tiene lugar entre el criminal y el testigo del crimen sólo termina con la muerte de uno de los dos.

— ¡Oh, la señora de Roguin! —dijo alegremente Tillet—. Es como una pluma de adorno en el gorro de un muchacho. Lo comprendo, querido patrón: le habrán dicho a usted que la señora de Roguin me ha prestado dinero. Pues bien, al contrario, yo le he salvado su fortuna, comprometida en los negocios de su marido. El origen de la mía es limpio, como le acabo de decir. Yo no tenía un centavo, ya lo sabe usted. Los jóvenes nos encontramos, a veces, en duros aprietos y aun podemos caer en la miseria. Pero si se pide dinero prestado, como hace la misma República, y luego se devuelve ese dinero, queda uno tan limpio como Francia.

—Así es —dijo Birotteau—. Querido... Dios... Creo que fue Voltaire quien dijo: «Hizo del arrepentimiento la virtud de los mortales».

—Con tal que —repuso Tillet, herido de nuevo por esta cita—, con tal que no se quede uno con el dinero del vecino de un manera vil y cobarde, como, por ejemplo, si usted quebrase antes de tres meses y mis diez mil francos se convirtieran en humo...

— ¡Quebrar yo! —dijo Birotteau, que había bebido ya tres copas de vino y a quien la alegría lo achispaba—. Son conocidas mis opiniones sobre las quiebras. La quiebra es la muerte de un comerciante, y si yo quebrase, moriría.

—A su salud —dijo Tillet.

—Por tu prosperidad —exclamó el perfumista—. ¿Por qué no compras tus perfumes en mi casa?

—La verdad es... —contestó Tillet—; la verdad es que tengo miedo de su esposa. ¡Me causa siempre tanta impresión!... Y si no hubiera sido usted mi patrón, a fe mía que...

— ¡Ah, no eres tú el único que la encuentra hermosa! Más de uno la ha deseado, pero está enamorada de mí. Bueno, Tillet, querido amigo: no hagas las cosas a medias.

— ¿Cómo?

Birotteau explicó a Tillet el asunto de los terrenos. Hizo éste gestos de asombro y felicitó al perfumista por su penetración, por su gran vista de especulador, al haberse dado cuenta del negocio.

—Me alegro mucho de merecer tu aprobación, pues se te considera como una de las cabezas mejores de la Banca, Tillet. Querido, ¿no podrías conseguirme un préstamo del Banco de Francia, a la espera de los beneficios del «Aceite Cefálico»?

—Puedo recomendarle a la casa Nucingen —respondió Tillet, prometiéndose hacer bailar a su víctima todas las danzas de los quebrados.

Ferdinand se sentó a su mesa de trabajo para escribir la siguiente carta:

AL SEÑOR BARÓN DE NUCINGEN

París

«Querido barón:

»El portador de esta carta es el señor César Birotteau, teniente de alcalde del segundo distrito y uno de los más conocidos industriales de la perfumería parisiense; desea entrar en relaciones con usted: otórguele su confianza en todo cuanto le pida. Al hacerle ese favor habría hecho otro a

»Su amigo, F. du Tillet.»

Tillet no puso el punto sobre la «i» de su apellido. Para aquellos con quienes tenía negocios, esta omisión voluntaria era una seña convenida. Las más expresivas recomendaciones, las peticiones más favorables, carecían en ese caso de todo valor. Una carta así, por muchas exclamaciones que pudiera contener, aunque en ella apareciera Tillet de rodillas y suplicante, debía ser tenida por no recibida. Al ver la «i» sin punto, su amigo daba falsas promesas al solicitante. Muchas gentes del mundo, y aun las más respetables, son engañadas así, como niños, por los hombres de negocios, banqueros, abogados, que tienen dos firmas, una, muerta, viva la otra. Los más inteligentes caen en esa trampa. Para darse cuenta del engaño hay que haber experimentado ambos efectos: el de una carta fervorosa y el de una carta fría.

—Tú me has salvado, Tillet —dijo César al leer la carta.

— ¡Por Dios! —exclamó Tillet—. Ande usted y pídale dinero, que Nucingen le dará todo el que usted quiera. Desgraciadamente, mis fondos están comprometidos por algunos días; en otro caso, no lo enviaría a casa del rey de la alta Banca; los Keller no son más que pigmeos, en comparación con el barón de Nucingen. Éste es un Law redivivo. Con mi carta, para el 15 de enero lo habrá arreglado usted todo; después, ya veremos. Nucingen y yo somos los mejores amigos del mundo y no querrá quedar mal conmigo por un millón.

«Esto es como un aval —dijo para sí Birotteau, que salió de allí lleno de agradecimiento hacia Tillet—. Es que —pensaba— una buena acción siempre tiene su premio.» Y seguía filosofando. Sin embargo, un pensamiento agriaba un poco su felicidad. Por algunos días había conseguido impedir que su esposa viese sus libros comerciales, había dejado la caja a cargo de Célestin y su deseo era que Constance y Césarine gozasen de la hermosa vivienda que había renovado y amueblado. Pero, pasados esos primeros días, la señora Birotteau se dejaría matar antes que renunciar a estar al tanto de todos los detalles de la casa; a tener, como ella misma solía decir, la sartén por el mango. César había agotado ya todas sus habilidades para evitarlo, para impedir que su esposa se enterara de su situación.

Constance mostró claramente su disconformidad con el hecho de pasar facturas a los clientes, riñó a los dependientes y acusó a Célestin de querer arruinar la casa, creyendo que todo era idea de éste. Célestin, por orden de Birotteau, se dejaba reñir. Constance, a los ojos de los dependientes, dominaba al perfumista, porque es posible engañar al público, pero no a las gentes de la casa acerca de quién manda, en realidad, en un matrimonio. Birotteau tenía que confesar a su esposa cuál era la situación, pues la cuenta con Tillet necesitaba una justificación. Cuando llegó a su casa, César se inquietó al ver a Constance en el mostrador, examinando los libros y, seguramente, haciendo el arqueo.

— ¿Con qué vas a pagar mañana? —le dijo al oído cuando su esposo se sentó junto a ella.

—Con dinero —contestó él, sacando sus billetes de Banco y haciendo a Célestin un gesto de que los tomase.

—Pero ¿de dónde ha salido ese dinero?

—Ya te lo contaré esta noche. Célestin, anote usted, para fin de marzo, un pagaré a la orden de Tillet.

— ¡Tillet! —exclamó Constance, aterrorizada.

—Voy a ir a visitar a Popinot —dijo César—. Está mal eso de que aún no haya ido a verlo. ¿Se vende su «aceite»?

—Se vendieron ya las trescientas botellas que nos envió.

—Birotteau, no te vayas; tengo que hablarte —le dijo Constance agarrando a César por el brazo y llevándolo a su dormitorio con una precipitación que en cualquier otra circunstancia habría hecho reír— ¡Tillet! —dijo cuando estuvo a solas con su esposo y después de haberse asegurado de que únicamente Césarine estaba con ellos—. ¿De Tillet, que nos robó tres mil francos?... ¿Haces negocios con Tillet, un monstruo... que quiso seducirme? —le dijo al oído.

—Locuras de la juventud —respondió el perfumista, que de pronto se había convertido en un incrédulo.

—Escucha, Birotteau; tú no eres el de antes; ya no vas a la fábrica. Me estoy oliendo que algo pasa y me lo vas a decir; quiero saberlo todo.

—Pues bien —dijo Birotteau—, estábamos a punto de quedar en la ruina; lo estábamos aún esta mañana, pero todo se ha arreglado.

Y refirió a su esposa la terrible historia de los últimos quince días.

—Ésa fue, entonces, la causa de tu enfermedad —exclamó Constance.

—Sí, mamá —dijo Césarine—. Papá ha demostrado tener una gran presencia de ánimo. Todo lo que quiero es ser amada algún día como él te ama a ti. No ha pensado más que en tu pena.

—Mi sueño se ha hecho realidad —dijo la pobre mujer dejándose caer en su butaca, cerca de la chimenea, pálida, asustada—. Lo había previsto todo. Te dije aquella noche fatal, en nuestro viejo dormitorio que tú has mandado demoler, que no nos quedaría otra cosa que los ojos para llorar. ¡Mi pobre Césarine! Yo...

—Bueno, bueno —exclamó Birotteau—, no vayas a quitarme el ánimo que tanto necesito.

—Perdón, querido —dijo Constance tomando la mano de César y estrechándosela con una ternura que llegó hasta el corazón del buen hombre—. No tengo razón; ha llegado el desastre, pero no diré ni una palabra, me resignaré y tendré todo el valor necesario. No, jamás me oirás una queja.

Se arrojó a los brazos de César y dijo, llorando:

—Ánimo, querido, ánimo. Yo lo tendré por los dos, si es preciso.

—Mi aceite, querida, nos salvará.

—Que Dios nos proteja —dijo Constance.

— ¿Y Anselme? ¿No ayudará a mi padre? —dijo Césarine.

—Voy a verlo —exclamó César, emocionado por el acento desgarrador de su esposa, y dándose cuenta de que no la conocía bien ni después de diecinueve años de matrimonio—. Constance, no tengas temor alguno. Toma, lee la carta de Tillet al señor Nucingen; estamos seguros de obtener un crédito. De aquí a entonces habré ganado el pleito. Por otra parte —añadió, diciendo una mentira piadosa—, ahí está nuestro tío Pillerault y no hace falta más que tener ánimo.

—Si no es más que eso... —dijo Constance, sonriendo.

Birotteau, aliviado de una pesada carga, caminaba como un hombre puesto en libertad, aun cuando sentía ese indefinible agotamiento que sigue a las luchas morales excesivas y en las que se consume más fluido nervioso, más voluntad que lo que puede gastarse diariamente, tomando entonces, por así decirlo, energías del capital de reserva. César había envejecido.

La casa «A. POPINOT», en la calle de Cinq—Diamants, había cambiado mucho en los últimos dos meses. La tienda había sido pintada de nuevo y los estantes se veían llenos de botellas, alegrando la vista de todo comerciante que conoce los síntomas de la prosperidad. En el suelo había una gran cantidad de papel de embalar, y en el almacén, pequeños toneles de diferentes aceites, cuya venta había conseguido para Popinot el bueno de Gaudissart. Los libros de contabilidad y la caja estaban encima de la tienda y de la trastienda. Una vieja cocinera preparaba la comida para los tres dependientes y para Popinot. Éste, confinado en un ángulo de la tienda, en un escritorio cerrado por una vidriera, se mostraba con una blusa de sarga de dobles mangas en tela verde y con la pluma en la oreja, cuando no estaba metido en un montón de papeles, como se encontraba en el momento en que llegó Birotteau, abriendo el correo, que le traía letras de cambio y cartas de pedidos. A las palabras de « ¿Qué haces, muchacho»?, dichas por su antiguo patrón, levantó la cabeza, cerró su escritorio con llave y se dirigió a él con cara alegre y roja la nariz de frío. No había fuego en la tienda, cuya puerta estaba abierta.

—Temí que no vendría usted nunca —dijo Popinot con aire respetuoso.

Los dependientes se acercaron para ver al gran hombre de la perfumería, al teniente de alcalde condecorado, al socio de su patrón. Estos mudos homenajes halagaron al perfumista. Birotteau, que se había mostrado tan pequeño en casa de los Keller, sintió la necesidad de imitarlos: se acarició la barbilla, se empinaba y se dejaba caer vanidosamente sobre los talones, diciendo trivialidades.

—Bien, amigo; se madruga, ¿eh?

—No; es que a veces no se acuesta uno —dijo Popinot—. Hay que agarrarse al éxito...

— ¿Qué te decía yo? Mi aceite es una fortuna.

—Sí, señor, pero los modos de explotarlo también tienen su importancia. He montado bien su diamante.

—En realidad —dijo el perfumista—, ¿en qué estamos? ¿Hay ganancias?

— ¿Al cabo de un mes? —exclamó Popinot—. El amigo Gaudissart se puso en viaje hace sólo veinticinco días y tomó una silla de postas, sin decirme nada. ¡Ah, es muy servicial y deberemos mucho a mi tío! Los diarios —dijo al oído a Birotteau— nos costarán doce mil francos.

— ¡Los diarios!... —exclamó el teniente de alcalde.

— ¿No los ha leído usted? —No.

—No sabe usted nada, entonces —dijo Popinot—. Veinte mil francos de carteles anunciadores, marcos e impresos... cien mil botellas compradas... Todo es sacrificio en los primeros tiempos. La fabricación se hace en gran escala. Si hubiera puesto usted los pies en la fábrica, donde a menudo me paso las noches, habría visto un pequeño cascanueces de mi invención que no es ninguna tontería. En estos cinco últimos días he ganado más de tres mil francos de comisión en ventas de aceites de droguería.

— ¡Buena cabeza! —dijo Birotteau poniendo la mano sobre los cabellos del pequeño Popinot y removiéndolos como si se tratara de un niño—. Ya lo decía yo.

Entraron en la tienda varias personas.

—El domingo cenamos en casa de tu tía Ragon —dijo Birotteau, que dejó a Popinot para que se entendiera con los que acababan de llegar.

« ¡Qué extraordinario! Un dependiente se hace negociante en veinticuatro horas —pensaba César, asombrado de la suerte y del aplomo de Popinot, tanto como del lujo de Tillet—. Anselme ha puesto cara seria cuando le he acariciado los cabellos, como si fuese ya un François Keller. »

Birotteau no se había dado cuenta de que los dependientes lo estaban mirando y que el patrón de una casa debe conservar la dignidad ante sus empleados. Aquí, lo mismo que antes en la casa de Tillet, había cometido una tontería, por bondad de corazón, por no saber contener un sentimiento auténtico, expresado de un modo burgués, con lo cual habría ofendido a cualquiera que no fuese Anselme.

Esta cena del domingo en casa de los Ragon habría de ser la última alegría de los diecinueve años felices del matrimonio Birotteau, aunque fue una alegría completa.

Ragon vivía en la calle de Petit—Bourbon—Saint—Sulpice, en el segundo piso de una antigua casa de digna apariencia, en una vivienda en cuyas paredes se veían dibujos de pastoras que bailaban llevando sus cestas y de corderos que pacían; de ese siglo XVIII cuya burguesía grave y seria, de costumbres ridículas, de ideas respetuosas para con la nobleza, devota del rey y de la Iglesia, estaba admirablemente representada por los Ragon. Los muebles, los relojes de mesa, la ropa, la vajilla, todo tenía un aire patriarcal y unas formas nuevas por su misma vejez. El salón, vestido de antiguo damasco, adornado con cortinones de brocatel, ofrecía divanes, escritorios, un soberbio retrato de Popinot, concejal de Sancerre, pintado por Latour; el padre de la señora Ragon, un buen hombre que aparecía sonriente, como un nuevo rico en sus glorias. Este ajuar se completaba con un perrito inglés de la raza de los de Charles II, y que hacía un efecto maravilloso cuando estaba sobre su pequeño sofá, de forma «rococó» que, con seguridad, nunca había desempeñado el papel del sofá de Crébillon. Entre todas sus virtudes, las más recomendables de los Ragon eran las de conservar unos viejos vinos y algunos licores de la señora Anfoux, que gentes lo bastante obstinadas como para amar (sin esperanza alguna, según se decía) a la bella señora Ragon, le habían regalado. Así, sus cenas eran muy apreciadas. Una vieja cocinera, Jeannette, servía a los dos ancianos con una ciega dedicación: hubiera sido capaz de robar frutas para hacerles mermeladas. En lugar de llevar su dinero a la Caja de Ahorros, lo gastaba en jugar a la lotería, con la esperanza de poder entregar algún día el primer premio a sus amos. El domingo que tenía gente en casa, ella, pese a sus sesenta años, estaba en la cocina para vigilar los platos y luego en la mesa para servirlos con una agilidad que hubiera envidiado la señorita Mars en su papel de Susana de Las bodas de Fígaro.

Los invitados eran el juez Popinot, el tío Pillerault, Anselme, los tres Birotteau, los tres Matifat y el sacerdote Loraux. La señora Matifat, que para el baile se había puesto un turbante, llegó con un vestido de terciopelo azul, medias de algodón y zapatos de piel de cabra, guantes de gamuza bordados de felpa verde y un sombrero con forro de seda color rosa y adornado con orejas de oso.

Estas diez personas se reunieron a las cinco de la tarde: los ancianos Ragon suplicaban a sus invitados ser puntuales. Cuando se invitaba a este digno matrimonio, se tenía buen cuidado de servir la cena a esa hora, pues sus estómagos de setenta años no se hacían a los nuevos horarios establecidos por las gentes de buen tono.

Césarine sabía que la señora Ragon la colocaría al lado de Anselme: todas las mujeres, incluidas las beatas y las tontas, se entienden muy bien en cuestiones de amor. La hija del perfumista, pues, se arregló como para volver loco a Popinot. Constance, que había renunciado, no sin dolor, al notario, quien desempeñaba en su imaginación el papel de príncipe heredero, contribuyó, no sin amargas reflexiones, al arreglo de la hija. Esta madre previsora bajó el púdico chal de gasa para que quedasen un poco al descubierto los hombros de Césarine y para dejar ver el escote, que era de una notable hermosura. El corsé a la griega, cruzado de izquierda a derecha y con cinco pliegues, podía entreabrirse y mostrar espléndidas redondeces. El vestido de merino gris plomo dibujaba netamente un talle que nunca había sido tan esbelto. Las orejas ostentaban unos pendientes de oro labrado. Los cabellos, peinados hacia arriba, a la moda china, dejaban ver la suave frescura de un cutis floreado de venas en las que bullía la vida más pura. En fin, Césarine estaba tan deliciosamente hermosa, que la se—ñora Matifat no pudo evitar confesarlo, sin darse cuenta de que la madre y la hija habían comprendido la necesidad de hechizar al pequeño Popinot.

Ni Birotteau ni su esposa, ni la señora Matifat, ni nadie turbó la dulce conversación que los dos jóvenes, inflamados por el amor, tuvieron en voz baja junto al alféizar de una ventana. Por otra parte, la conversación de las personas mayores se animó cuando el juez Popinot hizo una alusión a la huida de Roguin, haciendo notar que éste era el segundo notario que fallaba y que semejante crimen era en otros tiempos desconocido. La señora Ragon, al oír referirse a Roguin, dio con un pie a su hermano, Pillerault habló en voz alta para que no se oyese al juez, y los dos le hicieron señas indicando a la señora Birotteau.

—Lo sé todo —dijo Constance con voz a la vez dulce y apenada.

—Y bien —dijo la señora Matifat a Birotteau, que bajó la cabeza humildemente—, ¿cuánto le ha llevado a usted? Si fuésemos a hacer caso de habladurías, estaría usted arruinado.

—Tenía doscientos mil francos míos. En cuanto a los cuarenta mil que aparentemente me prestó por medio de uno de sus clientes, cuyo dinero fue gastado por él, estamos en litigio.

—La causa se verá esta semana —dijo Popinot—. He pensado que usted no tendría inconveniente en explicar su situación al señor presidente, que ha ordenado se envíe la documentación de Roguin al Tribunal, con objeto de ver desde cuándo eran distraídos los fondos del prestamista, así como las pruebas del hecho denunciado por Derville, que ha intervenido personalmente para evitarle a usted gastos.

— ¿Ganaremos? —preguntó la señora Birotteau.

—No lo sé —respondió Popinot—. Aunque pertenezco a la Sala donde ha sido llevado el asunto, me abstendré de tomar parte aun cuando se me llame.

—Pero ¿puede haber dudas en un caso tan sencillo? —dijo Pillerault—. Si en el documento no se hace mención de las entregas de especies, ¿pueden los notarios declarar que han visto las entregas por el prestamista al prestatario? Roguin iría a la cárcel si estuviera al alcance de la justicia.

—En mi opinión, el prestamista debe recurrir contra Roguin reclamando su entrega y la caución, pero en asuntos más claros, a veces, se encuentran divididos los consejeros del Tribunal Supremo, seis contra seis.

—Pero cómo, señorita, ¿ha huido el señor Roguin? —dijo Popinot al oír algo de la conversación—. El señor César no me ha dicho nada; a mí, que daría la sangre por él...

Césarine comprendió que en este «por él» estaba incluida toda la familia, pues aun cuando la inocente muchacha no hubiera conocido la significación del tono con que fue dicha la frase, no podía engañarse en cuanto a la mirada que la envolvió con una luz púrpura.

—Ya lo sabía yo, y así se lo he dicho a mi padre; pero él ha ocultado todo a mi madre y solamente se ha confiado a mí.

—Usted le ha hablado de mí con ese motivo —dijo Popinot—; usted ha leído en mi corazón, pero ¿lo ha leído todo?

—Quizá.

—Soy feliz —dijo Popinot—. Si usted quisiera disiparme toda duda, en un año seré tan rico que su padre no me recibirá mal cuando le hable de nuestro matrimonio. No voy a dormir más que cinco horas por noche...

—No se maltrate usted —dijo Césarine con un acento inimitable, lanzando a Popinot una mirada en la que se leía todo su pensamiento.

—Querida —dijo Birotteau a su esposa al levantarse de la mesa—, me parece que esos chicos se aman.

—Pues bien, me alegro —respondió Constance con voz grave—; mi hija será la esposa de un hombre de talento y lleno de energía. El talento es el mejor caudal que puede aportar un pretendiente.

Se apresuró a abandonar el salón y fue al dormitorio de la señora de Ragon. César había dicho durante la cena algunas palabras que hicieron sonreír a Pillerault y al juez, por la ignorancia que denotaban, y que revelaron a esta pobre mujer que su esposo no tenía los recursos necesarios para luchar contra el desastre. Constance tenía lágrimas en el corazón; desconfiaba instintivamente de Tillet porque todas las madres, sin necesidad de saber latín, conocen el Timeo Danaos et dona ferentes. Lloró en los brazos de su hija y de la señora Ragon, sin querer declarar la causa de su pena.

—Son los nervios —dijo.

Durante el resto de la velada, las personas mayores jugaron a los naipes, en tanto que los jóvenes se entretuvieron en esos deliciosos juegos que se llaman inocentes porque encubren las inocentes malicias de los amores burgueses. Los Matifat intervinieron también en estos juegos.

—César —dijo Constance al volver a casa—, preséntate mañana a las tres ante el barón de Nucingen, con el fin de estar seguro, por adelantado, de que podrás cumplir tu compromiso del día 15. Si se ofreciese cualquier dificultad, ¿encontrarías dinero de la noche a la mañana?

—Iré, querida —respondió César, que estrechó la mano de Constance y la de su hija, añadiendo—: ¡Mis queridas ciervas blancas, os he hecho unos regalos de Año Nuevo muy tristes!

En la oscuridad del simón, estas dos mujeres, que no podían ver la cara del pobre perfumista, sintieron que en sus manos caían algunas lágrimas.

—Ten esperanza, querido —dijo Constance.

—Todo irá bien, papá. Me ha dicho Anselme Popinot que daría su sangre por ti.

—Por mí y por la familia, ¿no es cierto? —dijo Birotteau con tono alegre.

Césarine apretó la mano de su padre, de manera que comprendiese que Anselme era su novio.

Durante los tres primeros días del año llegaron doscientas cartas a la casa de Birotteau. Esta afluencia de falsas amistades, estos testimonios de afecto son horribles para las personas que se ven arrastradas por la corriente de la desgracia. César se presentó en vano por tres veces en el palacio del famoso banquero, el barón de Nucingen. Las fiestas de principios de año justificaban bastante bien la ausencia del financiero. La última vez, el perfumista consiguió llegar hasta el despacho del banquero, donde el primer ayudante, un alemán, le dijo que el señor Nucingen había vuelto a casa a las cinco de la mañana, de un baile ofrecido por los Keller, por lo cual no podía recibirlo a las nueve y media. Birotteau logró que este ayudante se interesara por su asunto, y habló con él durante media hora. El mismo día, este ministro de la casa Nucingen le escribió diciéndole que el barón lo recibiría el día siguiente, 12, a mediodía. Aun cuando cada hora le traía una gota bien amarga el día pasó con asombrosa rapidez.. El perfumista hizo el viaje en un simón, que detuvo cerca del palacio, cuyo patio interior estaba lleno de coches. El pobre hombre sintió que se le oprimía el corazón a la vista de los esplendores de esta célebre casa.

«Sin embargo, ha liquidado dos veces», se dijo al subir la soberbia escalera llena de flores y al atravesar los suntuosos salones que habían hecho célebre a la baronesa Delphine de Nucingen. La baronesa tenía la pretensión de rivalizar con las casas más ricas del barrio de Saint—Germain, donde todavía no había sido admitida.

El barón estaba comiendo con su esposa. Pese a las muchas personas que lo esperaban en sus oficinas, dijo que los amigos de Tillet podían pasar a cualquier hora. Birotteau se estremeció de esperanzas al ver el cambio que las palabras del barón habían operado en la cara, antes tan insolente, del ayuda de cámara.

—Perdóname, querida —dijo el barón a su esposa levantándose y haciendo un ligera inclinación de cabeza a Birotteau—, pero el señor es un buen monárquico y amigo íntimo de Tillet. Además, es teniente de alcalde del segundo distrito y ofrece bailes de un lujo asiático. Te agradará, sin duda, conocerlo.

—Me encantaría ir a tomar lecciones a casa de la señora Birotteau, pues Ferdinand... —« ¡Qué cosa —pensó el perfumista—, lo llama Ferdinand, a secas! » — nos ha hablado de ese baile con una admiración que es más estimable, puesto que él no se admira de nada. Siendo Ferdinand un crítico tan severo, todo debió de estar perfecto. ¿Va usted a dar pronto otro baile? —preguntó la baronesa con el tono más amable.

—Señora, las gentes pobres, como nosotros, se divierten pocas veces —contestó el perfumista, no sabiendo si se trataba de una broma o de un cumplido trivial.

—El señor Grindot ha dirigido la decoración de su vivienda, ¿no? —dijo el barón.

— ¡Ah, Grindot! Un joven arquitecto, muy simpático, que acaba de regresar de Roma —dijo Delphine de Nucingen—. Soy una entusiasta de él: suele hacerme deliciosos dibujos en mi álbum.

Ningún conspirador sometido a los interrogatorios de Venecia se encontró peor dentro de las botas de tortura que ahora Birotteau dentro de sus ropas. Le parecía advertir un tono de burla en todas esas palabras.

—También nosotros damos pequeños bailes —dijo el barón, fijando en el perfumista una mirada inquisidora—. Ya ve usted, todo el mundo lo hace.

—Señor Birotteau, ¿quiere almorzar con nosotros, sin ceremonia alguna? —dijo Delphine señalando su mesa, muy bien servida.

—Señora baronesa, he venido a tratar de negocios y estoy...

—Querida —dijo el barón—, ¿me permites hablar de negocios?

Delphine hizo un pequeño movimiento de cabeza para asentir, y dijo al barón:

— ¿Vas a comprar artículos de perfumería?

El barón levantó los hombros y se volvió a César.

—Tillet se ha tomado el más vivo interés por usted —dijo.

«Vaya —pensó el pobre negociante—, parece que llegamos a la cuestión.»

—Con su carta, tiene usted en mi casa un crédito hasta el límite de mi fortuna...

El bálsamo que contenía el agua procurada por el ángel a Agar en el desierto debía parecerse al rocío que con su ofrecimiento derramó el barón sobre el perfumista.

El banquero, con el fin de poder volverse atrás de la palabra dada, alegando que fue mal entendido, se preocupaba por expresarse con la horrible pronunciación de los judíos alemanes que presumen de hablar francés.

—Tendrá usted una cuenta corriente. He aquí cómo procederemos —dijo con bonachonería alsaciana el bueno, el venerable, el gran financiero.

Birotteau no tuvo ya la menor duda; era comerciante y sabía muy bien que quienes no están dispuestos a hacer un favor, no entran en detalles.

—No tengo necesidad de decirle que el Banco exige, lo mismo a los grandes que a los pequeños, tres firmas. Así pues, extenderá usted pagarés a la orden de nuestro amigo Tillet y él los enviará con mi firma, el mismo día, al Banco, y a las cuatro de la tarde tendrá usted el importe de los pagarés extendidos por la mañana. No le cobro comisión, ni descuento, ni nada: me doy por bien pagado con haber tenido el gran placer de haberle hecho un favor... Pero pongo una condición —dijo, llevándose el índice izquierdo a la nariz con una inimitable delicadeza.

—Señor barón, concedida por adelantado —respondió Birotteau, creyendo que le iba a hablar de una participación en los beneficios.

—Una condición a la que concedo la mayor importancia: quiero que la señora Nucingen tome lecciones, como ella ha dicho, de la señora Birotteau.

—Señor barón, no se burle de mí; se lo suplico.

—Señor Birotteau —dijo el banquero, con aire serio—, quedamos en que nos invitará usted a su próximo baile. Mi señora está celosa y quiere ver sus salones, de los que tanto le han hablado.

— ¡Señor barón!

— ¡Oh, si se niega usted, no hay crédito! Sé que tuvo en su baile al prefecto del Sena...

— ¡Señor barón!

—Y también al señor de La Billardiére, a un gentilhombre de la Cámara, a De Fontaine... He sabido también que fue usted herido en... en San Roque.

—El 13 de vendimiario, señor barón.

—Tuvo usted al señor Lacépéde, al señor Vauquelin, de la Academia...

— ¡Señor barón!

—No sea usted tan modesto, señor teniente de alcalde. He sabido que el rey dijo que su baile...

— ¿El rey? —dijo Birotteau, que no había oído hablar de ello.

En ese momento entró familiarmente en el salón un hombre joven, cuyo paso, reconocido de lejos por la hermosa Delphine de Nucingen, la había hecho poner colorada.

—Buenos días, mi querido Marsay —dijo el barón de Nucingen—; ocupe usted mi lugar. Según me han dicho, hay un gentío en mis oficinas y ya sé por qué: las minas de Wortschin dan beneficios del doscientos por ciento. Tiene usted cien mil francos más de renta, señora de Nucingen. Va usted a poder comprar coloretes y otras bagatelas para estar bonita, como si tuviera necesidad de eso.

— ¡Dios mío, y los Ragon han vendido sus acciones! —exclamó Birotteau.

— ¿Quiénes son esos señores? —preguntó el joven elegante, sonriendo.

—Me parece —dijo el señor Nucingen volviéndose, pues ya había llegado a la puerta— que esas personas... Marsay, éste es el señor Birotteau, el perfumista, que da bailes de una magnificencia oriental, y a quien el rey ha condecorado...

Marsay se caló las gafas y dijo:

— ¡Ah, es verdad! Ya me parecía a mí que esta cara no me era desconocida. ¿Va usted a perfumar sus negocios con algún cosmético milagroso, y a lubricarlos con aceite...?

—Pues bien, estos Ragon —siguió diciendo el barón después de haber hecho una mueca de disgusto— tenían cuenta en mi casa y los favorecí con una fortuna, pero no han sabido esperar un día más.

— ¡Señor barón! —exclamó Birotteau.

El hombre veía que su asunto no se había concretado y, sin saludar a la baronesa ni a Marsay, corrió tras el banquero. No había acabado de bajar la escalera el barón de Nucingen cuando ya el perfumista lo esperaba abajo, a la entrada de las oficinas. Al abrir la puerta, el banquero vio que este pobre hombre hacía un gesto de desesperación, que se sentía en medio de una vorágine, y le dijo:

— ¡Pero si estamos de acuerdo! Vaya a ver a Tillet y entiéndase con él.

Birotteau pensó que Marsay podría tener algún ascendiente sobre el barón y volvió a subir las escaleras con la rapidez de una golondrina, entrando en el comedor, donde aún debían encontrarse la baronesa y Marsay, pues había dejado a la baronesa esperando que le sirvieran el café con crema. En efecto, vio el café servido, pero la baronesa y el joven elegante habían desaparecido. El ayuda de cámara sonrió ante el asombro del perfumista, que volvió a bajar las escaleras, pero lentamente.

Corrió César a casa de Tillet, quien, según le dijeron allí, se encontraba en el campo, en casa de la señora de Roguin. Alquiló el perfumista un cabriolé para que lo llevase, tan rápidamente como por la posta, a Nogent—sur—Marne. Aquí, el portero dijo al perfumista que el señor y la señora habían vuelto a París.

Birotteau se encontraba deshecho. Cuando refirió a su esposa y a su hija sus andanzas, quedó estupefacto al ver que Constance, encaramada casi siempre sobre la menor dificultad comercial como un pájaro de mal agüero, lo consolaba muy cariñosamente y lo animaba, diciéndole que todo marcharía bien.

El día siguiente, Birotteau montaba la guardia desde las siete de la mañana en la calle donde vivía Tillet. Rogó al portero de la casa que lo pusiera en comunicación con el ayuda de cámara de Tillet y le dio diez francos de propina. Consiguió César el honor de hablar con el criado de Tillet y le rogó que lo condujera ante éste tan pronto como estuviera visible, dejando en las manos del ayuda de cámara dos monedas de oro.

Estos pequeños sacrificios y estas grandes humillaciones, propias de aduladores y de pedigüeños, le permitieron conseguir su propósito. A las ocho y media, en el momento en que su antiguo dependiente se ponía una bata y se sacudía las confusas ideas del despertar, bostezaba y se desperezaba al mismo tiempo que pedía perdón a su antiguo patrón, Birotteau se encontró frente al tigre sediento de venganza en quien veía el único amigo.

« ¡Hazlo, hazlo!», se decía Birotteau.

— ¿Qué quiere usted, mi buen César? —dijo Tillet.

César, sintiendo fuertes palpitaciones de corazón, puso la contestación y las exigencias del barón de Nucingen en conocimiento de Tillet, que lo oía con aire distraído mientras buscaba el fuelle para animar el fuego y reñía al ayuda de cámara por su poca habilidad para encenderlo.

El perfumista no se había percatado de que el ayuda de cámara estaba escuchando lo que decía, y al advertirlo se calló, azorado, únicamente volvió a hablar cuando Tillet le dio un espolazo al decirle:

—Siga, siga; lo escucho.

El buen hombre tenía mojada la camisa y se le heló el sudor cuando Tillet clavó su mirada en él dejándole ver sus pupilas color de plata con listas doradas, cuyo diabólico fulgor le penetró hasta el corazón.

—Mi querido patrón, el Banco ha rechazado sus letras de cambio, pasadas por la casa Claparon a Gigonnet con la expresión de «sin garantía». ¿Es culpa mía? ¿Cómo puede hacer esas planchas usted, que ha sido juez comercial? Yo soy, antes que nada, banquero. Le daré a usted mi dinero, pero no expongo mi firma a que pueda ser rechazada por el Banco. El crédito es mi razón de ser, y a todos nos ocurre lo mismo. ¿Quiere usted dinero?

— ¿Puedes darme todo lo que necesito?

—Eso depende de la cantidad que precise. ¿Cuánto necesita?

—Treinta mil francos.

— ¡Qué de tubos de chimenea me caen a la cabeza! —dijo Tillet, soltando la carcajada.

Al oírla, el perfumista, seducido por el lujo de Tillet, quiso ver en ella la risa de un hombre para quien esa suma era muy poca cosa, y respiró. Tillet llamó a su ayuda de cámara.

—Diga a mi cajero que suba.

—No ha llegado todavía, señor —respondió el criado.

— ¡Estos insolentes se burlan de mí! Son ya las ocho y media. Para esta hora deberían estar despachados muchos asuntos.

Cinco minutos después subió el señor Legras.

— ¿Cuánto dinero tenemos en caja?

—Veinte mil francos solamente. El señor dio orden de comprar papel del Estado por la suma de treinta mil francos, al contado.

—Es verdad; todavía estoy dormido.

El cajero miró de reojo a Birotteau y salió.

—Si la verdad fuese expulsada de la tierra, confiaría su última palabra a un cajero —dijo Tillet—. ¿No tiene usted intereses en la casa del pequeño Popinot, que acaba de establecerse? —dijo, después de una horrible pausa, durante la cual aparecieron gotas de sudor en la frente del perfumista.

—Sí —dijo ingenuamente Birotteau—. ¿Cree usted que podría aceptarme letras de cambio con su firma por una cantidad importante?

—Tráigame cincuenta mil francos en letras y yo haré que se las tome, con un descuento razonable, un tal Gobseck, muy amable cuando tiene mucho dinero para colocar, y ahora lo tiene.

Birotteau volvió a su casa afligido, sin darse cuenta de que los banqueros se lo enviaban de uno a otro como hacen con la pelota los jugadores; pero Constance había comprendido muy bien que era imposible conseguir un crédito. Puesto que tres banqueros se lo habían negado, todos estarían informados sobre la situación de un hombre tan conocido como el teniente de alcalde y, naturalmente, al Banco de Francia no se podía recurrir.

—Intenta renovar las letras —le dijo Constance—. Ve a ver al señor Claparon, tu socio, y a cuantos has entregado letras para el día 15, y propónles una renovación. Siempre habrá tiempo para volver a los banqueros con las letras de Popinot.

— ¡Y mañana estaremos ya a 13! —dijo Birotteau, completamente abatido.

Como decía en su prospecto, el perfumista tenía un temperamento sanguíneo que consume muchas energías, bien por las emociones o por las cavilaciones, y se necesita el descanso del sueño para reparar pérdidas. Césarine llevó a su padre al salón y, con el fin de distraerlo, tocó al piano el «Sueño de Rousseau», una deliciosa composición de Herold, y Constance se puso a trabajar cerca de él. El pobre hombre se dejó caer en una otomana y cada vez que levantaba los ojos hacia su mujer, veía en sus labios una dulce sonrisa; poco después, quedó dormido.

— ¡Pobre hombre, qué torturas le esperan! —dijo Constance—. Con tal que pueda resistir...

— ¿Qué te pasa, mamá? —preguntó Césarine, al ver que su madre estaba llorando.

—Querida hija, veo venir una quiebra. Si tu padre se ve obligado a presentar su balance, ya no habrá por qué implorar la piedad de nadie. Hija mía, prepárate para convertirte en una simple dependienta de comercio. Si te decides a ello con todo el ánimo, también yo tendré fuerzas para recomenzar la vida. Conozco a tu padre y sé que no se quedará con un centavo; yo cederé todos mis derechos y se pondrá a la venta todo lo que poseemos. Tú, querida, lleva mañana tus alhajas y tus vestidos a casa del tío Pillerault, puesto que sobre ti no recae ninguna obligación.

Césarine se atemorizó al oír estas palabras, dichas con una sencillez religiosa. Tuvo intención de ir a ver a Anselme, pero su delicadeza se lo impidió.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, Birotteau se encontraba en la calle de Provence, presa de angustias bien diferentes de las que hasta entonces había pasado. Pedir un crédito es algo muy corriente en el comercio: siempre que se inicia un negocio es necesario encontrar capitales; pero pedir renovación de letras de cambio es otra cosa, en la jurisprudencia comercial: lo que la Policía Correccional es a la Sala de lo Criminal, un primer paso hacia la quiebra, una falta que conduce al delito. Cuando la solución de vuestras impotencias y de vuestras dificultades está en manos ajenas, el negociante queda atado de pies y manos a la merced de otro negociante, y la caridad no es una virtud que se practique en la Bolsa.

El perfumista, que en otro tiempo tenía una mirada llena de confianza cuando marchaba por las calles de París, y que ahora la tenía abatida, no se decidía a entrar en la casa del banquero Claparon, pues había comenzado a comprender que, entre los banqueros, el corazón no es más que una víscera. Le parecía Claparon tan brutal en su burda campechanería y había advertido en él un carácter tan desagradable, que temblaba ante la idea de abordarlo.

—Él está más cerca del pueblo, ¡él tendrá quizá más alma! —Esa fue la primera palabra acusadora que la rabia de su posición le dictó.

Haciendo uso de su última dosis de ánimo, subió las escaleras de un mal entresuelo, en cuyas ventanas vio unas cortinas verdes, amarilleadas por el sol. Leyó en la puerta la palabra «Oficinas», grabada en negro sobre un óvalo de cobre. Llamó, y como nadie contestara, entró. Estas oficinas, más que de modestia, daban la sensación de miseria, de avaricia o de negligencia. No se veía a ningún empleado tras las rejas de latón que se levantaban sobre un mostrador de madera sin pintar y que servían de cerco a unas mesas y pupitres de color negruzco. Este local desierto estaba lleno de escritorios en los que la tinta se enmohecía, las plumas se hallaban desparramadas y el suelo, cubierto de cartones, papeles e impresos, inútiles sin duda todos ellos. La tarima del pasillo se parecía a la del locutorio de un pensionado por lo usada, sucia y húmeda.

La segunda pieza, en cuya puerta se leía la palabra «Caja», guardaba perfecta armonía con la primera. En un rincón había una especie de jaula de madera de roble con enrejado de alambre de cobre, y dentro de ella un gran cofre de hierro, abandonado a las cabriolas de las ratas. Esta jaula, cuya puerta estaba abierta, contenía, además, una mesa escritorio y una butaca muy estropeada y de cuyo asiento se escapaban las crines del relleno en alegres tirabuzones, lo mismo que los de la peluca de su dueño.

Esta pieza que, evidentemente, fue el salón de la vivienda antes de que fuese convertida en oficinas de banca, ofrecía, como principal adorno, una mesa redonda cubierta con un tapete de paño verde, alrededor de la cual había viejas sillas de cuero negro, con clavos dorados. La chimenea, bastante elegante, no ofrecía a la vista ninguna de esas marcas negras que deja el fuego; su placa de hierro estaba limpia y su espejo, injuriado por las moscas, tenía un aire mezquino, lo mismo que el reloj de péndulo, de madera de caoba, que provenía del remate del despacho de algún viejo notario y que cansaba a la vista, entristecida ya por dos candelabros sin velas y por el polvo que los cubría. El papel de las paredes, de un color gris ratón, bordeado de rosa, presentaba unas manchas que denotaban la presencia de fumadores. Nada podía parecerse tanto como esta pieza a lo que los diarios suelen llamar «Sala de redacción». Birotteau, temiendo ser indiscreto, llamó con tres golpecitos a la puerta que estaba enfrente de la de entrada.

— ¡Pase usted! —gritó Claparon, cuyo tono reveló la distancia que la voz tenía que recorrer y el vacío de esa pieza en la que entró el perfumista, en la cual ardía un buen fuego, pero donde tampoco estaba el banquero.

Esta habitación le servía, en efecto, de despacho particular. Entre el fastuoso recibimiento de Keller y el singular abandono de este fingido industrial había la misma diferencia que entre el palacio de Versalles y la cabaña de un jefe de indios hurones. El perfumista había visto las grandezas de la Banca; ahora iba a ver sus mezquindades.

Echado en un cuchitril que se veía detrás del despacho, y en el cual los modales de una vida descuidada habían estropeado, echado a perder, manchado de grasa, roto y arruinado unos muebles que de nuevos casi habrían sido elegantes, estaba Claparon, que al ver a Birotteau se envolvió en una bata sucia, dejó su pipa y corrió las cortinas de la cama con una rapidez que hizo sospechar de sus costumbres al inocente perfumista.

—Tome asiento, señor —dijo este simulacro de banquero.

Claparon, sin peluca, cubierta la cabeza con un pañuelo puesto de través, pareció aún más repugnante a Birotteau cuando al entreabrirse un poco la bata dejó ver una especie de calzoncillo de punto de lana blanca, vuelta de color pardo por un uso infinitamente prolongado.

— ¿Quiere usted comer conmigo? —dijo Claparon recordando el baile del perfumista y queriendo tomarse la revancha, al mismo tiempo que devolverle la invitación.

En efecto, en una mesa redonda, de la que se habían quitado todos sus papeles, se veía paté, ostras, vino blanco y riñones salteados al champaña. En el fogón, de carbón mineral, se doraba una tortilla de trufas. En fin, dos cubiertos y dos servilletas sucias de la cena de la víspera bastaban para aclararlo todo, aun a la conciencia más inocente. Como hombre que se creía hábil, Claparon insistió, no obstante las negativas de Birotteau.

—Esperaba a alguien, pero ese alguien se desentendió de la invitación —dijo el malicioso viajante de comercio, dando a entender con sus gestos que se refería a una persona que se había quedado dormida.

—Señor —dijo Birotteau—, vengo únicamente para hablar de un negocio y no le haré perder mucho tiempo.

—Estoy abrumado —respondió Claparon señalando un escritorio de cortina y varias meses llenas de papeles—; no me dejan ni un momento libre. No recibo más que los sábados, pero para usted, querido Birotteau, estoy siempre. No tengo tiempo para amar ni para pasear; pierdo el gusto por los negocios, que para ser tomados con calor necesitan una ociosidad sabiamente calculada. Ya no se me ve nunca por los bulevares, ocupado en no hacer nada. ¡Bah! Los negocios me aburren, no quiero oír hablar de negocios; tengo bastante dinero y jamás tendré bastante felicidad. Quiero viajar, ver Italia. ¡Oh, querida Italia, hermosa en medio de sus reveses, adorable tierra en la que, seguramente, encontraría una italiana suave y majestuosa! Siempre me han gustado las italianas. ¿No ha tenido usted nunca una italiana? ¿No? Pues bien, venga conmigo a Italia. Veremos Venecia, residencia del dux, caída, desgraciadamente, en las manos tontas de Austria, donde las artes son desconocidas. ¡Bah! Dejemos tranquilos a los negocios, a los intermediarios, a los empréstitos y a los gobiernos. Yo soy un príncipe cuando tengo bien provisto el bolsillo. ¡Rayos y truenos, viajemos!

—Una palabra, señor, y lo dejo —lo interrumpió Birotteau—. Ha pasado usted mis letras al señor Bidault...

— ¿Gigonnet, quiere usted decir? ¡Ese bueno de Gigonnet, escurridizo como un nudo!

—Sí —dijo César—. Yo quisiera... y cuento para ello con su honor Y con su delicadeza...

Claparon se inclinó.

—Quisiera poder renovar...

—Imposible —respondió secamente el banquero—; no estoy solo en el negocio. Nos hemos reunido en consejo, una verdadera cámara de diputados, pero donde todos nos entendemos como lonjitas de tocino en la sartén. Deliberamos. Los terrenos de la Madeleine no son nada. Operamos en otras partes. ¡Ah, querido señor: si no estuviéramos comprometidos en los Campos Elíseos, en los alrededores de la Bolsa, en el barrio de Saint—Lazare y en Tívoli, no estaríamos, como dice el gordo Nucingen, en verdaderos «degocios»! ¿Qué es lo de los terrenos de la Madeleine? Una porquería de negocio. ¡Prrr! Nosotros no extorsionamos ni engañamos a nadie, querido —dijo Claparon dando unos golpecitos en el vientre a Birotteau y tomándolo de la cintura—. Vamos, quédese a comer y hablaremos —añadió, para suavizar un poco su negativa.

—Con mucho gusto —dijo Birotteau. «Tanto peor para el invitado», pensó, acariciando la idea de emborrachar a Claparon, con el fin de saber quiénes eran sus verdaderos asociados en un asunto que comenzaba a parecerle tenebroso.

— ¡Victoire! —gritó el banquero.

A este grito apareció una verdadera Léonarde ataviada como una vendedora de pescado.

—Di a mis dependientes que no estoy para nadie, ni aun para Nucingen, los Keller, Gigonnet y los demás.

—Únicamente ha venido el señor Lempereur.

—Que no reciba más que a la gente de calidad —dijo Claparon—. El populacho no debe pasar de la primera pieza. Se dirá a todos que estoy meditando un golpe... de champaña.

Emborrachar a un antiguo viajante de comercio es cosa imposible, pero César tomó las palabras desenfadadas de Claparon por síntomas de embriaguez, cuando trató de hacer hablar a su socio.

—Ese infame de Roguin continúa relacionándose con ustedes —dijo Birotteau—. ¿No podrían escribirle pidiéndole que ayude a un amigo a quien ha comprometido, a un hombre con quien cenaba todos los domingos y a quien conoce desde hace veinte años?

— ¿Roguin?... Es un idiota. Su participación en el negocio es nuestra. No esté usted triste, querido, que todo irá bien. Pague usted el día 15, y para el siguiente vencimiento ya veremos. Y cuando digo que ya veremos (¡un vaso de vino!)... Los capitales invertidos no tienen nada que ver conmigo. ¡Ah! Si usted no pagara, yo no le pondría mala cara. Yo no estoy en el negocio sino por una comisión en las compras y por una parte de los beneficios que se consigan en las ventas; por eso manejo a los propietarios... ¿Comprende usted? Tiene usted socios de muy sólida posición, así que no hay por qué inquietarse, querido. Actualmente, los negocios se dividen. ¡Un negocio exige el concurso de tantas capacidades!... ¡Métase usted en nuestros negocios! Déjese usted de vender pomadas y peines: mal asunto, malo. Esquilme al público, entre en la especulación.

— ¿La especulación? —preguntó el perfumista—. ¿Qué clase de comercio es ese?

—Es el comercio abstracto —contestó Claparon—, un comercio que se mantiene en secreto durante una decena de años, según dice el gran Nucingen, el Napoleón de las finanzas, y por el cual un hombre abarca la totalidad del importe de la operación, se queda con las ganancias antes de que existan... Una concepción gigantesca, un modo de poner la esperanza en copas iguales, en fin, una nueva cábala. Todavía no somos más que diez o doce personas las que estamos iniciadas en los secretos cabalísticos de estas magníficas combinaciones.

César abría los ojos y las orejas intentando comprender esta fraseología.

—Escuche —dijo Claparon después de una pausa—: para esos golpes se necesitan hombres. Existe el hombre de ideas que no tiene un centavo, como todos los hombres de ideas. Esas gentes piensan y piensan, sin fijar la atención en nada. Figúrese usted a un cerdo paseándose por un campo de trufas. Es seguido por un mozo, el hombre de dinero, que espera el gruñido provocado por el hallazgo. Cuando un hombre de ideas encuentra un buen negocio, el hombre de dinero le da un golpecito en el hombro y le dice: « ¿Qué es eso? Se va a meter en la boca de un horno, querido, y usted no tiene los riñones tan fuertes como para eso. Tome mil francos y deje que yo explote este negocio». Bien. El banquero convoca entonces a los industriales y les dice: « ¡Amigos, manos a la obra! ¡Prospectos! ¡Mentiras a todo trapo!». Se agarran los cuernos de caza y se grita al son de las trompas: « ¡Cien mil francos por cinco centavos! o ¡cinco centavos por cien mil francos! ¡Minas de oro! ¡Minas de carbón!». En fin, todo el aparato del comercio. Se compra la opinión de los hombres de ciencia o del arte, se hace una gran propaganda, acude el público con su dinero y éste queda en nuestras manos. Se mete al cerdo en el chiquero enseñándole patatas y los otros se quedan con los billetes de Banco. Ésa es la cosa, señor. Se mete usted en negocios: ¿qué quiere ser? ¿Cerdo, pavo, colchón de paja o millonario? Reflexione usted sobre eso. Le he formulado la teoría de los empréstitos modernos. Venga a verme; encontrará usted siempre en mí un muchacho alegre. La jovialidad francesa, grave y ligera a la vez, no perjudica a los negocios, sino al contrario. Los hombres que beben están hechos para comprenderse. Vamos, ¿otro vasito de champaña? Es muy bueno. Este vino me ha sido enviado por un hombre del mismo Épernay, a quien le he vendido mucho y a buen precio. (Entonces era viajante en vinos.) Se muestra agradecido y se acuerda de mí en mi prosperidad. Cosa rara.

Birotteau, sorprendido de la ligereza, de la despreocupación de este hombre a quien todo el mundo le reconocía una asombrosa profundidad y una gran capacidad, no se atrevía a hacerle preguntas. En el estado de excitación en que se encontraba por el vino que había bebido, se acordó de un nombre que había pronunciado Tillet, y preguntó a Claparon quién era y dónde vivía el señor Gobseck, banquero.

— ¿Piensa usted ir a verlo, mi querido señor? —dijo Claparon—. Gobseck es banquero, como el verdugo de París es médico. Sus primeras palabras son «el cincuenta por ciento». Es de la escuela de Harpagón. Tiene a su disposición canarios, serpientes disecadas, abrigos de piel para el verano y de seda para el invierno. ¿Y qué valores le presentaría usted? Para que tome su papel, sería necesario que le entregara en garantía su esposa, su hija, su paraguas, todo, hasta su cartera, sus zuecos, la badila, las tenazas y la leña que tiene usted en el sótano. ¿Gobseck? ¡El virtuoso de la desgracia! ¿Quién le ha hablado a usted de esa guillotina financiera?

—El señor Tillet.

— ¡El estúpido! Lo conozco bien. Fuimos amigos en otro tiempo. Y si ahora estamos enojados hasta el extremo de no saludarnos, crea usted que mi repulsión tiene su fundamento: he llegado a leer en su alma de cieno. Me colocó en mala posición durante el hermoso baile que nos ofreció usted. No puedo soportarlo, con su aire de fatuo porque ha conquistado a la mujer de un notario. ¡Yo tendría marquesas, cuando me diese la gana, yo! No podrá contar jamás con mi aprecio. ¡Ah, mi estimación es una princesa que jamás verá en su lecho! Usted, Birotteau, es un gran farsante; ¡ofrecernos un gran baile y dos meses después pedir dinero prestado! Usted puede llegar muy lejos. Hagamos negocios juntos. Usted tiene una sólida reputación y ella me servirá para mucho. Tillet ha nacido para entenderse con Gobseck. Tillet acabará mal. Si es, como se dice, el espía de Gobseck, no podrá ir lejos. Gobseck está en el fondo de su escondite, siempre al acecho, como una vieja araña que ha dado la vuelta al mundo. Tarde o temprano, ¡chut!, el usurero se tragará a su hombre, como yo este vaso de vino. ¡Me alegro! Tillet me jugó una mala pasada... ¡oh, una mala pasada que lo hace digno de la horca!

Después de hora y media pasadas en una charla que no tenía sentido alguno, Birotteau quiso marcharse al ver que el antiguo viajante de comercio estaba dispuesto a contarle la aventura de un representante del pueblo en Marsella, enamorado de una actriz que hacía el papel de «la bella Arsenia» y a quien el público, monárquico, silbaba.

—Se levanta —dijo Claparon— en su palco: «A quien le ha silbado, si es una mujer, la beso; si es un hombre, nos veremos las caras; si no es ni una cosa ni otra ¡que el poder de Dios cuide de él!». ¿Sabe usted cómo acabó la aventura?

—Adiós, señor—dijo Birotteau.

—Tendrá usted que venir a verme —le contestó Claparon—. La primera letra de Cayron nos ha sido devuelta con protesto, y yo soy el endosador. Se la voy a enviar a usted, porque los negocios están ante todo.

Birotteau se sintió herido en el corazón por esta fría y gesticulante oficiosidad, más que por la aspereza de Keller y que por la broma alemana de Nucingen. Las familiaridades de este hombre y sus grotescas confidencias, animadas por el champaña, habían caído como manchas en el alma de este honrado perfumista, que creyó haber estado metido en un antro financiero. Bajó las escaleras y se encontró en la calle sin saber adónde ir. Siguió andando por los bulevares, llegó a la calle Saint—Denis, se acordó de Molineux y se dirigió al patio Batavia. Subió la escalera tortuosa y sucia que en ocasión anterior había subido arrogante y orgulloso. Recordó la mezquindad de Molineux y tembló ante la necesidad de pedirle algo. Lo mismo que la primera vez que fue a verlo, el propietario estaba sentado junto a la chimenea, pero haciendo la digestión de su desayuno. Birotteau le formuló su deseo.

— ¿Renovar una letra de mil doscientos francos? —dijo Molineux dando muestras de incredulidad—. Usted no está en sus cabales, señor. Si no tiene usted el día 15 los mil doscientos francos para pagar mi letra, ¿me devolverá el recibo del alquiler, sin pagarlo? ¡Ah, eso me fastidiaría mucho y yo no tengo la menor delicadeza en cuestiones de dinero porque los alquileres son mis únicos ingresos! Sin ellos, ¿con qué pagaría yo mis deudas? Un comerciante no puede rechazar un principio tan sano. El dinero no conoce a nadie; no tiene oídos, el dinero; no tiene corazón, el dinero. El invierno es duro, y ha subido el precio de la leña. Si no paga usted el día 15, el día 16, a mediodía, recibirá usted una orden judicial de pago. ¡Bah¡ el bueno de Mitral, su ujier, es el mío también, y le enviará la orden bajo sobre y con todos los miramientos que se deben a su alta posición.

—Señor, jamás he recibido una citación judicial.

—En todo hay una primera vez —dijo Molineux.

Consternado por la fría ferocidad de este anciano, el perfumista quedó abatido, pues oyó el tañido fúnebre de las campanas de la quiebra. Cada tañido le recordaba los dichos que su jurisprudencia despiadada le había sugerido sobre las quiebras. Sus opiniones se clavaban como marcas de fuego sobre su cerebro.

—A propósito —dijo Molineux—, se ha olvidado usted de anotar en sus efectos «Valor recibido por alquiler», lo que puede servir para mantener mi privilegio.

—Mi situación me prohíbe hacer nada que vaya en detrimento de mis acreedores —dijo el perfumista, aturdido a la vista del precipicio que se iba abriendo ante él.

—Bien, señor, muy bien; yo creí que lo sabía todo en materia de alquileres. Ahora, usted me enseña a no recibir en lo sucesivo letras para pago de rentas. Iniciaré un juicio ante los tribunales, pues su contestación me indica que va usted a faltar a su firma. La cosa interesa a todos los propietarios de París.

Birotteau salió de allí disgustado de la vida. Está en la naturaleza de estas almas sencillas y blandas el desanimarse ante la primera contrariedad, como se animan exageradamente ante el primer éxito. César no confiaba ya más que en la adhesión del pequeño Popinot, en quien pensó al pasar por el mercado de los Inocentes.

—¡El pobre muchacho...! ¿Quién me lo hubiera dicho cuando, hace seis semanas, en las Tullerías, lo lancé al negocio?

Eran las cuatro de la tarde aproximadamente, hora en que los magistrados dejan el Palacio de Justicia. Por casualidad, el juez Popinot había ido a ver a su sobrino. Este juez, uno de los hombres más perspicaces en cuestiones de psicología, tenía una segunda vista que le permitía conocer las intenciones ocultas, comprender el sentido de las acciones humanas más insignificantes, los gérmenes de un crimen, las raíces de un delito. Miró a Birotteau sin que éste se diese cuenta y le pareció que el perfumista, contrariado por haberse encontrado allí con él, estaba desasosegado, preocupado, pensativo.

El pequeño Popinot, siempre atareado, con la pluma en la oreja, se apresuró a presentarse ante el padre de Césarine. Las frases triviales dirigidas por el perfumista a su asociado le dieron al juez la impresión de que ocultaban alguna petición importante. En lugar de salir, el astuto magistrado quedó junto a su sobrino, pese a los deseos de éste, y pensó que Birotteau intentaría desembarazarse de él anticipándose a marcharse, para volver luego. Cuando salió Birotteau, el juez se fue también y vio a César paseándose por la parte de la calle de Cinq—Diamants que conduce a la de Aubry—le—Boucher. Este detalle hizo sospechar al viejo Popinot cuáles eran las intenciones de Birotteau. Volvió a la calle de Lombards, y cuando vio que el perfumista entraba de nuevo en la tienda de Anselme, se apresuró a entrar él también.

—Mi querido Popinot —le había dicho César a su socio—, vengo a pedirte un favor.

—¿Qué hay que hacer? —preguntó Popinot, con generosa solicitud.

—¡Ah, tú me salvas la vida! —exclamó el buen hombre, dichoso ante ese calor cordial, que brillaba en medio de los hielos en que navegaba desde hacía veinticinco días—. Necesito que me des cincuenta mil francos a cuenta de mi participación en los beneficios; ya nos arreglaremos para la devolución.

Popinot miró fijamente a César y éste bajó la vista. En ese momento reapareció el juez.

—Querido... ¡Ah, perdón, señor Birotteau! Querido, me olvidé de decirte...

Y con ese gesto imperativo que tienen los magistrados, el juez llevó a su sobrino afuera y lo obligó, con su blusa de trabajo y descubierto como estaba, a escucharlo mientras caminaban por la calle de Lombards.

—Querido sobrino, podría encontrarse tu antiguo patrón comprometido de tal suerte en sus negocios que quizá lo obliguen a presentar su balance de situación. Antes de llegar a eso, los hombres que tienen tras sí cuarenta años de honradez, los hombres más virtuosos, en su deseo de conservar el honor, se parecen a los jugadores más empedernidos; son capaces de todo: venden a sus mujeres, trafican con sus hijas, comprometen a sus mejores amigos, dejan en prenda lo que no les pertenece, se dedican al juego, se hacen farsantes y mentirosos, aprenden a llorar... En fin, tengo vistas las cosas más extraordinarias. Tú mismo has sido testigo de la bondad de Roguin, a quien se le hubiera dado la comunión sin necesidad de confesarse. No voy a aplicar estas conclusiones tan rigurosas al señor Birotteau, pues lo creo honrado; pero si te pide que hagas cualquier cosa que sea contraria a las leyes del comercio, tales como suscribir letras de cambio y lanzarte a un sistema de transmisiones que, a mi juicio, suponen un comienzo de bribonería, pues ésa es la falsa moneda del papel de cambio, prométeme no firmar nada sin consultarme previamente. Piensa en que, si amas a su hija, interesa a esa misma pasión no destruir tu porvenir. Si el señor Birotteau debe caer, ¿por qué habéis de caer los dos? ¿No equivaldría eso a privaros los dos de todas las oportunidades de tu casa de comercio, que sería su asilo?

—Gracias, tío; a buen entendedor, con media palabra basta —dijo Popinot, que ahora se explicó la lastimosa exclamación de su patrón.

El comerciante en aceites finos y otros artículos entró en su tienda sombría con un gesto de preocupación en la frente. Birotteau no dejó de advertir el cambio.

—Hágame el favor de subir a mi habitación, donde estaremos mejor. Aquí, los dependientes, aun cuando están en su trabajo, podrían oírnos.

Birotteau siguió a Popinot presa de las ansiedades en que se encuentra un condenado entre la casación de la sentencia y el rechazo de su apelación.

—Querido bienhechor, usted no dudará de mi devoción, que es total —dijo Anselme—. Únicamente, permítame preguntarle si esa suma lo salva a usted definitivamente o no sirve más que para demorar una catástrofe, y en este caso, ¿para qué arrastrarme a mí también? Usted necesita letras a noventa días; pues bien, en ese plazo me sería imposible pagarlas.

Birotteau, pálido y solemne, se levantó y miró a Popinot. Anselme se asustó y exclamó:

—Lo haré, si usted quiere.

—¡Desagradecido! —dijo el perfumista, que hizo uso del resto de sus fuerzas para lanzar esa palabra a la cara del joven, como un sello de infamia.

Birotteau se dirigió hacia la puerta y salió. Popinot, repuesto de la impresión que esa terrible palabra le había producido, se lanzó escaleras abajo y corrió a la calle, pero no vio al perfumista. El novio de Césarine siguió oyendo esa grave acusación y tuvo constantemente ante sus ojos el rostro descompuesto del pobre César; en fin, vivió, como Hamlet, con un horrible espectro a su lado.

Birotteau anduvo por las calles del barrio como un borracho. Acabó por encontrarse en el muelle, siguió caminando por él y se fue hasta Sévres, donde pasó la noche en una hospedería, insensible al dolor. Su esposa, aterrorizada, no se atrevió a buscarlo por ninguna parte. En estos casos, el dar una alarma imprudentemente puede ser fatal. La juiciosa Constance inmoló sus inquietudes a la reputación comercial y esperó durante toda la noche, mezclando sus rezos y sus miedos. ¿Estaría muerto César? ¿Habría salido de París, siguiendo la pista de una última esperanza?

Durante toda la mañana del día siguiente se condujo como si conociera la razón de la ausencia, pero al ver que llegaban las cinco de la tarde sin que hubiera vuelto Birotteau, llamó a su tío y le pidió que fuera a la Morgue. Durante todo ese tiempo, esta animosa mujer estuvo en el mostrador, y su hija junto a ella, bordando. Las dos, con su rostro sereno, ni triste ni sonriente, atendían al público. Cuando volvió Pillerault, llegó acompañado de César. A la vuelta de la Bolsa lo había encontrado en el Palais—Royal, dudando entre subir a la sala de juego o marcharse. Ese día era el 14. Durante la cena, César no pudo probar bocado. El estómago, hecho un nudo, rechazaba los alimentos. La sobremesa fue peor aún. El negociante sintió por centésima vez esas terribles alternativas entre la esperanza y la desesperación, que llevan al alma toda la gama de las sensaciones optimistas o que la precipitan hasta la última de las sensaciones dolorosas, como hacen los espíritus débiles. Derville, el procurador de Birotteau, llegó a la casa y entró en el espléndido salón donde Constance retenía a duras penas a su pobre esposo, que quería ir a dormir al quinto piso «para no ver las muestras de mi locura», como él decía.

—He ganado el juicio —dijo Derville.

Al oír estas palabras, la cara crispada de César se distendió, pero esta alegría sorprendió al tío Pillerault y a Derville. Las mujeres salieron, asustadas, para ir a llorar al dormitorio de Césarine.

—¡Entonces, puedo pedir prestado! —exclamó el perfumista.

—Sería imprudente —dijo Derville—; han interpuesto recurso y el Tribunal puede reformar el fallo; pero dentro de un mes tendremos una decisión firme.

—¡Un mes!

Cayó César en un estado de postración del que nadie intentó sacarlo. Esta especie de catalepsia, durante la cual el cuerpo vive y sufre, en tanto que están suspendidas las funciones de la inteligencia; este descanso traído por el azar, fue considerado como una gracia de Dios por Constance, Césarine, Pillerault y Derville. Birotteau pudo, gracias a ello, soportar las terribles emociones de la noche. Estaba en una butaca, a un lado de la chimenea; al otro lado estaba su esposa, que lo observaba atentamente con una dulce sonrisa en los labios, una de esas sonrisas que prueban que las mujeres están más cerca que los hombres de la naturaleza angelical, pues saben unir una ternura infinita a la más absoluta compasión, secreto que sólo poseen los ángeles, que lo conocen por algunos sueños providenciales diseminados a largos intervalos en la vida humana. Césarine, sentada en un pequeño taburete, estaba a los pies de su madre, y de cuando en cuando acariciaba con sus cabellos las manos de su padre, intentando así comunicarle sus pensamientos, que, en estas crisis, la voz convierte en inoportunos.

Sentado en su butaca, como el canciller L'Hospital está en la suya en el peristilo de la Cámara de Diputados, Pillerault, este filósofo dispuesto para todo, mostraba en su rostro esa inteligencia que aparece grabada en el de las esfinges egipcias, y hablaba con Derville en voz baja. Constance había opinado que debían consultar con el procurador, de cuya discreción no se podía dudar. Y como tenía el balance en la memoria, expuso la situación a Derville, hablándole al oído. Después de haber conferenciado durante una hora ante el perfumista, in—consciente, el procurador inclinó la cabeza y miró a Pillerault.

—Señora —dijo luego con esa sangre fría propia de las personas de negocios—, hay que depositar el balance. Suponiendo que, por un artificio cualquiera, consiguiera usted pagar mañana, tendría que abonar por lo menos trescientos mil francos antes de poder pedir prestado con garantía de los terrenos. Para un pasivo de quinientos cincuenta mil francos, tiene usted un activo muy bueno, muy productivo, pero que no es realizable, y sucumbiría usted en un tiempo dado. Mi opinión es la de que conviene más saltar por la ventana que dejarse atropellar por la escalera.

—Ésa es también mi opinión, querida —dijo Pillerault.

La señora Birotteau y Pillerault acompañaron a Derville hasta la puerta.

—¡Pobre padre! —dijo Césarine, que se levantó para dar un beso en la frente de César—. ¿Y Anselme no ha podido hacer nada? —preguntó cuando su tío y su madre volvían.

—¡Desagradecido! —gritó César, herido por ese nombre en el único lugar que se mantenía vivo en su recuerdo, como una tecla de piano cuyo martillo golpea en la cuerda.

Desde el momento en que le fue lanzada esa palabra como un anatema, el pequeño Popinot no había tenido ni un momento de sueño, ni un instante de tranquilidad. El desgraciado muchacho maldecía a su tío, a quien había ido a visitar. Para ver si capitulaba esta vieja experiencia judicial, desplegó toda la elocuencia del amor, esperando seducir al hombre por quien las palabras humanas resbalaban como el agua por una tela impermeable. ¡Un juez!

—Comercialmente hablando —le dijo el muchacho—, la costumbre permite al asociado gerente entregar una cierta cantidad al asociado comanditario, a cuenta de su participación en los beneficios, y nuestra sociedad debe tener beneficios. Hecho un examen completo de mis asuntos, me siento lo suficientemente fuerte como para pagar cuarenta mil francos en un plazo de tres meses. La honradez del señor César es una garantía de que esos cuarenta mil francos van a ser destinados a liquidar sus pagarés. Así, en caso de quiebra, los acreedores no podrán reprocharnos nada. Por otra parte, tío, prefiero perder cuarenta mil francos que perder a Césarine. En estos momentos estará al corriente de mi negativa y me despreciará. ¡He prometido dar mi sangre por mi bienhechor! Estoy en el caso del joven marinero que debe ahogarse dando la mano a su capitán, del soldado que debe morir con su general.

—Buen corazón y mal negociante, no has de perder mi estimación —dijo el juez estrechando la mano de su sobrino—. He pensado mucho en esto, sé que estás locamente enamorado de Césarine y creo que puedes cumplir con las leyes del amor y con las del comercio.

—¡Tío, si ha encontrado usted el modo de arreglarlo, habrá salvado usted mi honor!

—Adelanta a Birotteau cincuenta mil francos haciendo un acta de recuperación sobre los beneficios de su participación en el negocio del aceite, que se ha convertido en una propiedad; yo te redactaré el documento.

Anselme abrazó a su tío, corrió a su casa, extendió letras por valor de cincuenta mil francos, fue a toda prisa de la calle de Cinq—Diamants a la plaza de Vendôme, de modo que en el momento en que Césarine, su madre y su tío Pillerault miraban al perfumista, sorprendidos del tono con que había pronunciado la palabra «i Desagradecido! » como contestación a la pregunta de su hija, se abrió la puerta del salón y apareció Popinot.

—Mi querido y bien amado patrón —dijo, enjugándose la frente, bañada de sudor—, aquí tiene lo que me pidió. —Y mostrando las letras, añadió—: Sí, he estudiado bien mi situación; no tenga usted temor alguno: pagaré. ¡Salve, salve su honor!

—Yo estaba bien segura de él —exclamó Césarine, tomando la mano de Popinot y estrechándosela con una fuerza convulsiva.

La señora Birotteau besó a Popinot, el perfumista se levantó como un justo cuando oye las trompetas del juicio final: parecía que salía de una tumba. Luego, adelantó la mano con un movimiento frenético para agarrar los cincuenta papeles timbrados.

—¡Un momento! —dijo el terrible tío Pillerault, arrancando los papeles de la mano de Popinot—. ¡Un momento!

Las cuatro personas que componían esta familia, Cesar y su esposa, Césarine y Popinot, asombrados por la actitud de su tío y por el tono de su voz, se limitaron a ver con terror cómo aquél rompía los documentos y arrojaba los pedazos al fuego, que los consumió, sin que ninguno de ellos hiciera nada por impedirlo.

—¡Tío!

—¡Tío!

—¡Tío!

—¡Señor!

Fueron cuatro voces, cuatro corazones en uno solo, una asombrosa unanimidad. El tío Pillerault tomó al pequeño Popinot por el cuello, lo estrechó contra su corazón y lo besó en la frente.

—Eres digno de la adoración de todos los que tienen corazón —le dijo—. Si amases a una hija mía que tuviera un millón de dote y ella te amase a ti, sin que tuvieras nada más que eso (y señaló las cenizas de los papeles que había quemado), estaríais casados en quince días. Tu patrón —dijo, señalando a César— está loco. Querido sobrino —añadió el grave Pillerault dirigiéndose ahora al perfumista—, querido sobrino, ¡nada de ilusiones! Los negocios se hacen con dinero y no con sentimientos. Esto es sublime, pero inútil. He estado dos horas en la Bolsa y puedo decirte que no tienes crédito ni por cinco centavos; todo el mundo habla de tu desastre, de renovaciones rechazadas, de tus gestiones cerca de varios banqueros, de sus negativas, de tus locuras, de los seis pisos que has subido para ver a un propietario charlatán como una urraca para renovar una letra de mil doscientos francos, de tu baile ofrecido para disimular tu mala situación... Se llega a decir que no tenías nada con Roguin. Según tus enemigos, Roguin no es más que un pretexto. Un amigo mío, a quien encargué que se ente—rase de todo, ha venido a confirmar mis sospechas. Todos opinan sobre la emisión de las letras de Popinot, presentándola como cosa tuya para poner en circulación documentos falsos. En fin, todas las calumnias y las maledicencias a que da lugar un hombre que quiere ascender un peldaño en la escala social, ruedan a estas horas por el comercio de París. Presentarías en vano durante ocho días seguidos las cincuenta letras de Popinot en todas las ventanillas; recibirías negativas humillantes, nadie te las tomaría: no se sabe en qué cantidad las emites, y se dice que quieres sacrificar a este pobre muchacho para salvarte tú. Destruirías, sin ningún beneficio, el crédito de la casa Popinot. ¿Sabes cuánto te daría por esos cincuenta mil francos en letras el más atrevido de los que se decidieran a descontarlas? Veinte mil francos. Veinte mil, ¿me oyes? En el comercio hay que saber estar ante la gente tres días sin comer, como si estuviera uno con una indigestión, y el cuarto día es admitido en la despensa del Crédito. Tú no puedes pasar esos tres días, y ahí está la cosa. Querido sobrino, ánimo. Hay que presentar el balance. Aquí está Popinot, aquí estoy yo; en cuanto tus dependientes se hayan acostado, vamos a trabajar juntos para evitarte estas angustias.

—¡Tío! —dijo el perfumista, juntando las manos.

—César, ¿quieres llegar a un balance vergonzoso en el que no haya activo? Tus intereses en la casa Popinot salvan tu honor.

Birotteau, iluminado por este último destello de luz, vio, al fin, la cruda verdad; cayó sobre su butaca, se puso luego de rodillas, se le fue la razón y se convirtió en un niño. Creyendo que se moría, su esposa se arrodilló también para levantarlo, pero se unió a él cuando lo vio juntar las manos, elevar la mirada y rezar, con resignada contrición, en presencia de su tío, de su hija y de Popinot, la sublime oración de los católicos:

Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo; DANOS EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA y perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.

Asomaron unas lágrimas a los ojos del estoico Pillerault. Césarine, abatida, deshecha en llanto, tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de Popinot, pálido y rígido como una estatua.

—Bajemos —dijo el antiguo comerciante al muchacho, agarrándolo del brazo.

A las once y media dejaron a César al cuidado de su esposa y de su hija. En ese momento, Célestin, que durante esta silenciosa tempestad había cuidado la casa, subió a la vivienda y entró en el salón. Al oír sus pasos, Césarine corrió para abrir la puerta, con el fin de que no viese en qué estado de abatimiento se encontraba el patrón.

—Entre las cartas recibidas esta noche había una, procedente de Tours, cuya dirección estaba mal puesta, lo cual ha sido causa del retraso. He pensado que sería del hermano del señor y por eso no la he abierto.

—¡Padre —exclamó Césarine—, una carta de mi tío de Tours!

—¡Ah, estoy salvado! —gritó César—. ¡Mi hermano, mi hermano! —dijo, besando la carta.

CONTESTACIÓN DE FRANÇOIS A CÉSAR BIROTTEAU

Tours, 17 del corriente

«Mi bien amado hermano: tu carta me ha causado la más viva aflicción; después de haberla leído he ido a ofrecer a Dios el santo sacrificio de la misa a tu intención, pidiéndole, por la sangre que su Hijo, nuestro divino Redentor, derramó por nosotros, tenga para tus penas una mirada misericordiosa. En el momento en que he rezado mi oración Pro meo fratre Caesare, he tenido los ojos llenos de lágrimas pensando en ti, de quien, por desgracia, estoy separado en estos días en que debes tener tanta necesidad de los auxilios de la amistad fraterna. Pero he pensado que el digno y venerable señor Pillerault me reemplazará, sin duda. Mi querido César, no olvides en medio de tus disgustos que esta vida es de desgracias y de paso; que un día seremos recompensados por haber sufrido por el santo nombre de Dios, por su santa Iglesia, por haber observado las máximas del Evangelio y practicado la virtud: de otro modo, las cosas de este mundo no tendrían sentido. Te recuerdo estas máximas porque sé que eres piadoso y bueno, porque puede suceder a las personas que, como tú, son arrojadas a la vorágine del mundo y lanzadas al mar peligroso de los intereses humanos, permitirse blasfemias en medio de las adversidades, ganadas como están por el dolor. No maldigas ni de los hombres que te han hecho daño, ni de Dios, que ha llevado amarguras a tu vida. No mires a la tierra; al contrario, eleva siempre los ojos al Cielo: de él vienen los consuelos para los débiles, allí están las riquezas de los pobres, allí los terrores de los ricos...»

—Pero César —le dijo su esposa—, salta por eso y mira si nos manda alguna cosa.

—La releeremos a menudo —contestó el comerciante enjugándose sus lágrimas y entreabriendo la carta, de la que cayó una orden de pago contra el Banco de Francia—. Estaba bien seguro de él, ¡pobre hermano! —dijo Birotteau recogiendo del suelo el documento.

«... He ido a la casa de la señora de Listomére —volvió a leer con voz entrecortada por los sollozos— y, sin decirle el motivo de mi súplica, le he rogado que me preste todo lo que podía disponer en mi favor, con el fin de aumentar el importe de mis economías. Su generosidad me ha permitido reunir la suma de mil francos, que te envío en una orden de pago.»

—¡Hermoso adelanto! —dijo Constance mirando a Césarine.

«Suprimiendo en mi vida algunas cosas superfluas, creo que podré devolver a la señora de Listomére los cuatrocientos francos que me ha prestado, así que no te preocupes por ello, querido César. Te envío todo lo que poseo en el mundo, deseando que esta cantidad pueda ser una ayuda para la feliz solución de tus dificultades comerciales, que, seguramente, serán momentáneas. Conozco tu delicadeza y quiero adelantarme a tus objeciones. No pienses en pagarme interés alguno por esta cantidad, ni en devolvérmela en un día de prosperidad, que no tardará en llegar para ti, si Dios quiere oír las súplicas que le haré todos los días. Según tu última carta, recibida hace dos años, te creía rico y pensaba disponer de mis economías en favor de los pobres, pero ahora todo lo que tengo te pertenece. Cuando hayas pasado esa tormenta en tu navegación, guarda esa suma para mi sobrina Césarine, con el fin de que, una vez casada, pueda gastarla en cualquier bagatela que le recuerde a un viejo tío, cuyas manos se elevarán siempre a Dios para pedirle que derrame sus bendiciones sobre ella y sobre todos sus seres queridos. En fin, mi querido César, piensa que soy un pobre cura que va hacia la gracia de Dios como las alondras del campo, marchando por mi camino silenciosamente, procurando obedecer los mandamientos de nuestro divino Salvador y que, en consecuencia, necesita de muy poca cosa. Así pues, no tengas el menor escrúpulo en el difícil trance en que te hallas, y piensa en mí como en alguien que te quiere cariñosamente. Nuestro querido párroco Chapeloud, a quien nada he dicho de tu situación, pero que sabe que te escribo, me encarga te transmita sus mejores bondades para todas las personas de tu familia y te desea que continúes en la prosperidad.

»Adiós, querido y bien amado hermano; hago votos para que, en la situación en que te encuentras, te haga Dios la merced de conservaros en buena salud, a ti, a tu esposa y a tu hija. Os deseo a todos paciencia y ánimo en la adversidad.

»François Birotteau »

Cura vicario de la iglesia catedral y parroquial de Saint—Gatien de Tours.»

—¡Mil francos! —exclamó furiosa la señora de Birotteau.

—Guárdalos —dijo gravemente César—, no tenemos más que eso. Además, pertenecen a nuestra hija, y deben servirnos para vivir sin pedir nada a nuestros acreedores.

—Creerán que les has sustraído sumas importantes.

—Les enseñaré la carta.

—Dirán que es una coartada.

—¡Dios mío, Dios mío! —dijo Birotteau aterrorizado—. Eso mismo he pensado yo de pobres gentes que, seguramente, se encontraban en la misma situación en que yo me encuentro ahora.

Muy inquietas por el estado en que se hallaba César, la madre y la hija tejían junto a él, en un profundo silencio. A las dos de la mañana, Popinot abrió suavemente la puerta del salón e hizo a Constance señas para que bajase. Al ver entrar a su sobrina, el tío Pillerault se quitó las gafas.

—Querida, hay esperanzas —le dijo—; no todo está perdido; pero tu esposo no podría soportar las alternativas de las gestiones que hay que hacer, y que Anselme y yo vamos a intentar. No dejes el almacén el día de mañana y toma nota de todas las facturas que se presenten al cobro. Nosotros tenemos trabajo hasta las cuatro. He aquí mi idea. Ni el señor Ragon ni yo somos sospechosos. Supón ahora que vuestros cien mil francos depositados en la notaría de Roguin hayan sido entregados a los adquirentes: pues tampoco los tendríais, como no los tenéis hoy. Estáis frente a ciento cuarenta mil francos que adeudáis a Claparon y debéis pagar, de cualquier manera. Así, no es la bancarrota de Roguin la que os arruina. Para hacer frente a vuestras obligaciones podréis pedir prestados, tarde o temprano, cuarenta mil francos a cuenta de vuestras fábricas, más sesenta mil francos en letras de Popinot. Se puede, pues, luchar, porque después podréis conseguir préstamos con garantía de los terrenos de la Madeleine. Si vuestro principal acreedor está dispuesto a ayudaros, yo pondré a vuestra disposición toda mi fortuna, venderé mis rentas, me quedaré sin pan. Popinot estará entre la vida y la muerte; en cuanto a vosotros, estaréis a merced de cualquier incidente comercial; pero el aceite dará, sin duda, grandes beneficios. Popinot y yo hemos hablado y estamos dispuestos a ayudaros en esta lucha. ¡Ah, qué alegremente voy a comer mi pan duro si el éxito asoma por el horizonte! Pero todo depende de Gigonnet y de los socios de Claparon. Popinot y yo iremos a casa de Gigonnet de siete a ocho y sabremos a qué atenernos respecto a sus intenciones.

Constance, abatida, se echó en brazos de su tío, sin más voz que lágrimas y sollozos. Ni Popinot ni Pillerault podían saber que Bidault, llamado Gigonnet, y Claparon no eran otra cosa que Tillet bajo otros aspectos; que Tillet quería leer en Petites affiches esta terrible nota:

Sentencia del Tribunal de Comercio, que declara al señor César Birotteau, comerciante perfumista, con domicilio en París, calle Saint—Honoré, número 397, en estado de quiebra, y fija provisionalmente la fecha 16 de enero de 1819 para la apertura del juicio. El Juez Comisario, señor Gobenheim—Keller. Agente, señor Molineux.

Anselme y Pillerault estudiaron hasta el amanecer la situación de César. A las ocho de la mañana, estos dos heroicos amigos, uno un viejo soldado y el otro subteniente de ayer, que no habrían de conocer nunca, más que por delegación, las angustias de quienes subían las escaleras de Bidault, llamado Gigonnet, se encaminaron, sin hablarse, hacia la calle Grenétat. Ambos sufrían. En varias ocasiones Pillerault se pasó la mano por la frente.

La de Grenétat es una calle en la que todas las casas, ocupadas por una multitud de comercios, ofrecen un aspecto repugnante. Las construcciones son horribles. La suciedad de las fábricas lo domina todo. El viejo Gigonnet vivía en el tercer piso de una casa en la que todas las ventanas eran de báscula y tenían sucios todos los vidrios. La escalera arrancaba de la misma calle. La portera estaba alojada en el entresuelo, en un cuchitril que no recibía más luz y aire que de la escalera. Excepto Gigonnet, todos los locatarios eran gentes de oficio. Entraban y salían obreros continuamente y las escaleras estaban cubiertas de una capa de barro, duro o blando, según el estado del tiempo, y llenas de inmundicias. En esta fétida escalera, cada descansillo ofrecía a la vista los nombres de los fabricantes, en letras doradas sobre una tela pintada de rojo y barnizada, con muestras de sus artículos. Durante la mayor parte del tiempo, las puertas abiertas dejaban ver la extraña amalgama de la casa habitación y del taller, de donde salían gritos y gruñidos inauditos, cantos y silbidos que recordaban los de los animales en el jardín zoológico. En el primer piso, en una pieza infecta, se hacían los más bonitos tirantes de pantalones. En el segundo se confeccionaban, entre las más sucias basuras, los más elegantes artículos de cartón que aparecen en el día de Año Nuevo en los escaparates. Gigonnet murió, poseyendo una fortuna de casi dos millones de francos, en el tercer piso de esta casa, sin que ninguna consideración ni consejo pudieran hacerlo salir de esta habitación, ni siquiera el ofrecimiento de la señora Saillard, su sobrina, de darle una vivienda en un palacete de la plaza Royale.

—Ánimo —dijo Pillerault, tirando de la pata de cabra que pendía de un cordón en la puerta de Gigonnet.

El propio Gigonnet acudió a abrir. Los dos padrinos del perfumista, en liza sobre el campo de las quiebras, atravesaron una primera habitación, correcta y fría, sin cortinas en las ventanas. Tomaron asiento los tres en la segunda pieza, ante una chimenea llena de cenizas, en medio de las cuales la leña se defendía contra el fuego. A Popinot se le heló el alma ante las verdes carpetas del usurero y la rigidez monástica de este despacho, tan mal aireado como una bodega. Miró con aire atontado el papel azulado con pequeñas flores tricolores pegado a las paredes hacía veinticinco años y volvió sus ojos hacia la chimenea, adornada con un reloj de mesa en forma de lira y jarrones azules de Sévres, ricamente montados en cobre dorado. Estos objetos, recogidos por Gigonnet en el naufragio de Versalles, donde el populacho lo rompió todo, provenían del gabinete de la reina; pero junto a ellos se veían dos candelabros del más miserable modelo, de hierro, que recordaban, por contraste, las circunstancias de su procedencia.

—Ya sé que no vienen ustedes por sí mismos —dijo Gigonnet—, sino de parte del gran Birotteau. ¿Qué ocurre, queridos amigos?

—Sé que está usted al tanto de todo, así que vamos a ser breves —dijo Pillerault—. ¿Tiene usted pagarés a la orden de Claparon?

—Sí.

—¿Quiere usted cambiar los primeros cincuenta mil francos contra letras del señor Popinot, aquí presente, mediante el correspondiente descuento, por supuesto?

Gigonnet se quitó su terrible gorro verde, que parecía haber nacido con él; mostró su cráneo color de manteca fresca desprovisto de cabellos, hizo una mueca volteriana y dijo:

—Ustedes quieren pagarme con aceite para los cabellos. ¿Qué haría yo con eso?

—Cuando usted bromea, no hay más solución que salir corriendo —dijo Pillerault.

—Habla usted como un hombre sensato, lo que es en realidad —contestó Gigonnet con una sonrisa halagadora.

—Bueno, ¿y si endosase yo las letras del señor Popinot? —preguntó Pillerault, haciendo un último esfuerzo.

—Usted es oro en barras, señor Pillerault; pero yo no necesito oro, sino únicamente mi dinero.

Pillerault y Popinot saludaron y salieron. Al pie de la escalera, las piernas de Popinot vacilaban.

—¿Eso es un hombre? —preguntó a Pillerault.

—Así se cree —dijo el anciano—. ¡Recuerda siempre esta corta entrevista, Anselme! Acabas de ver lo que es la Banca, sin sus agradables disfraces. Los acontecimientos imprevistos son el torno de la prensa, nosotros somos la uva y los banqueros son los toneles. El negocio de los terrenos es bueno, sin duda alguna: Gigonnet, o algún otro que se esconde tras él, quiere arruinar a César para ocupar su lugar. Todo está dicho y no hay remedio posible. Ésa es la Banca: ¡no recurras a ella jamás!

Después de esta penosa mañana en la que, por primera vez, la señora de Birotteau tomó las direcciones de los que venían a cobrar su dinero y despidió al muchacho del Banco sin pagarle, esta animosa mujer, dichosa por haber evitado estos disgustos a su esposo, vio venir, a las once, a Anselme y Pillerault, a quienes esperaba con la mayor inquietud: en sus caras leyó su sentencia. La entrega del balance era inevitable.

—Va a morir de pena —dijo la pobre mujer.

—También yo lo temo —dijo gravemente Pillerault ; pero es tan religioso que, en las circunstancias actuales, su director espiritual, el cura Loraux, puede salvarlo.

Pillerault, Popinot y Constance esperaron a que uno de los dependientes fuese a buscar al sacerdote Loraux, antes de presentar el balance que Célestin estaba preparando para ponerlo a la firma de César. Los dependientes estaban desesperados, pues querían mucho a su patrón. A las cuatro de la tarde llegó el cura, que, una vez que Constance lo puso al corriente de la desgracia que había caído sobre ellos, subió las escaleras como un soldado va a la brecha.

—Ya sé por qué viene usted —exclamó Birotteau.

—Querido hijo —dijo el sacerdote—, conozco desde hace mucho tiempo sus sentimientos de resignación ante la voluntad de Dios; ahora se trata de aplicarlos. Tenga siempre fijos los ojos en la cruz, no deje de mirarla, pensando en las humillaciones de que fue objeto el Salvador de los hombres, en lo cruel que fue su pasión, y así podrá usted soportar las mortificaciones que Dios le envía...

—Ya mi hermano el cura me había preparado —dijo César mostrando la carta, que había vuelto a leer, y ahora tendía a su confesor.

—Tiene usted un buen hermano —dijo el sacerdote Loraux—, una esposa virtuosa y dulce, una hija cariñosa, dos verdaderos amigos, su tío y el querido Anselme, y dos acreedores indulgentes, los Ragon: todos estos buenos corazones restañarán constantemente sus heridas y lo ayudarán a llevar su cruz. Prométame usted tener la entereza de un mártir, aguantar el golpe sin desfallecer.

El cura tosió para prevenir a Pillerault, que estaba en el salón.

—Mi resignación es absoluta —dijo César serenamente—. Me ha llegado el deshonor, y no debo pensar más que en la reparación.

La voz del pobre perfumista y su aspecto tranquilo sorprendieron a Césarine y al cura. Sin embargo, nada más natural. Todos los hombres soportan mejor una desgracia conocida, definida, que las crueles alternativas de una suerte que, de un momento a otro, proporciona una excesiva alegría o un extremo dolor.

—He soñado durante veintidós años; hoy me despierto con mi garrote en la mano —dijo César, que había vuelto a ser campesino turenés.

Al oír estas palabras, Pillerault estrechó a su sobrino entre sus brazos. César vio a su esposa, a Anselme y a Célestin. Los documentos que tenía en la mano el primer dependiente eran bien significativos.

César contempló tranquilamente a este grupo, cuyas miradas eran todas tristes, pero amistosas.

—¡Un momento! —dijo despojándose de su cruz, que tendió al cura Loraux—. Me la devolverá usted cuando pueda yo llevarla sin vergüenza. Célestin —añadió dirigiéndose al dependiente—, redacta mi dimisión de teniente de alcalde. Señor cura, usted dictará la carta, pondrá la fecha del día 14 y la enviará con Raguet a casa del señor de La Billardiére.

Célestin y el cura bajaron. Durante casi un cuarto de hora reinó un profundo silencio en el despacho de César. Tal entereza sorprendió a la familia. Volvieron Célestin y el cura, y César firmó su dimisión. Cuando el tío Pillerault le presentó el balance, el pobre hombre no pudo reprimir una horrible sacudida nerviosa.

—Dios mío, ten piedad de mí —dijo, firmando el cruel documento y devolviéndoselo a Célestin.

—Señor —intervino entonces Anselme Popinot, por cuya frente pasó en ese momento un rayo luminoso—, señora, háganme el honor de concederme la mano de la señorita Césarine.

Al oír esta frase, a todos los asistentes se les llenaron los ojos de lágrimas, excepto a César, que se puso de pie, tomó la mano de Anselme y con una voz profunda le dijo:

—Hijo mío, tú no te casarás nunca con la hija de un comerciante que ha quebrado.

Anselme miró fijamente a Birotteau y le preguntó:

—Señor, ¿se compromete usted en presencia de toda su familia a aprobar nuestro matrimonio, si la señorita quiere aceptarme por esposo, el día en que usted se haya repuesto de la quiebra?

Hubo un momento de silencio, durante el cual todos se sintieron conmovidos por las sensaciones que se dibujaban en la cara demacrada del perfumista.

—Sí —dijo, al fin.

Anselme hizo un movimiento para tomar la mano de Césarine, que se la tendió, y la besó.

—¿Consiente usted también? —preguntó a Césarine.

—Sí —dijo ésta.

—Ya soy, pues, de la familia y tengo derecho a ocuparme de sus asuntos —dijo con grave expresión.

Anselme salió precipitadamente para no mostrar una alegría que contrastaba demasiado con el dolor de su patrón. No es que Anselme se alegrara de la quiebra, ¡pero es tan absoluto, tan egoísta el amor!... La misma Césarine sentía en su corazón una emoción que contrariaba su amarga tristeza.

—Puesto que estamos en ello —dijo Pillerault al oído de Constance—, acabemos de dar los golpes que faltan.

La señora Birotteau hizo un gesto de dolor y no de asentimiento.

—Querido sobrino —dijo Pillerault, dirigiéndose a César—, ¿qué piensas hacer?

—Continuar con el comercio.

—No soy de esa opinión —dijo Pillerault—. Liquida y distribuye tu activo entre los acreedores y no vuelvas a aparecer en la plaza comercial de París. Yo me he supuesto, a menudo, en una situación análoga a la tuya... (¡Ah, en el comercio hay que preverlo todo! El comerciante que no piensa en la quiebra es como un general que estuviera seguro de no ser vencido jamás: no es comerciante más que a medias.) Yo, jamás hubiera continuado. ¡Cómo! ¿Ponerme siempre colorado de vergüenza ante los hombres a quienes habría perjudicado, soportar sus miradas desafiantes y sus tácitos reproches? ¡Prefiero la guillotina! En un instante, todo ha terminado. Pero tener una cabeza que renace y sentir que me la cortan todos los días, es un suplicio que yo habría evitado. Muchas gentes vuelven a sus negocios, como si nada les hubiera ocurrido... ¡Bueno, son más fuertes que Claude—Joseph Pillerault! Si trabaja usted al contado y maneja dinero, se dirá que ha sabido arreglárselas para conseguir recursos; si no tiene un centavo, jamás podrá levantar cabeza. Abandona, pues, tu activo, pon a la venta tu comercio y dedícate a otra cosa.

—¿A qué? —dijo César.

—¡Bah! —exclamó Pillerault—. Busca un empleo. ¿No tienes protectores? El duque y la duquesa de Lenoncourt, la señora de Mortsauf, el señor de Vandenesse... Escríbeles, ve a verlos; podrán conseguirte un empleo en la casa real, con un sueldo de algunos miles de francos; tu esposa puede ganar otro tanto y tu hija, quizá también. La situación no es desesperada: entre los tres podéis ganar cerca de diez mil francos al año; en diez años puedes pagar cien mil francos, pues no gastaréis ni un centavo de lo que ganéis: las dos mujeres tendrán en mi casa mil quinientos francos para sus gastos y, en cuanto a ti, ya veremos.

Constance, y no César, meditó sobre estas sensatas palabras. Pillerault salió y se dirigió hacia la Bolsa, que entonces estaba instalada en un edificio provisional y formaba una sala circular, a la que se entraba por la calle Feydeau. La ya conocida quiebra del perfumista, envidiado por su destacada posición personal, provocaba un rumor general entre los grandes comerciantes, que entonces eran constitucionales. Los comerciantes liberales veían en la fiesta que había dado Birotteau algo enojoso para sus sentimientos. Las gentes de la oposición querían tener el monopolio del amor al país. Se permitía a los monárquicos amar al rey, pero amar a la patria era privilegio de las izquierdas: el pueblo les pertenecía. El poder no tenía razón para alegrarse, a través de sus periódicos, de un hecho cuya explotación exclusiva querían los liberales. La caída de un protegido de palacio, de un ministerial, de un monárquico incorregible que el 13 de vendimiario insultaba a la libertad luchando contra la gloriosa Revolución francesa, excitaba la maledicencia y los aplausos de la Bolsa.

Pillerault quiso conocer, estudiar la opinión. En uno de los grupos más animados encontró a Tillet, Gobenheim—Keller, Nucingen, el viejo Guillaume y su yerno, Joseph Lebas, Claparon, Gigonnet, Mongenod, Camusot, Gobseck, Adolphe Keller, Palma, Chiffreville, Matifat, Grindot y Lourdois.

—Toda prudencia es poca —dijo Gobenheim a Tillet—; no ha faltado un pelo para que mis cuñados concedieran un crédito a Birotteau.

—A mí me sale por diez mil francos, que me pidió hace quince días; se los di sin más garantías que su firma —afirmó Tillet—; pero él me hizo un servicio anteriormente, y los perdería sin pena.

—Su sobrino ha hecho como todos los demás —dijo Lourdois a Pillerault—: ha dado fiestas. Que un bribón intente hacer ver lo que no es para estimular la confianza, lo concibo; ¡pero que un hombre que pasaba por ser la honestidad misma recurra a los engaños de ese viejo charlatanismo al cual nos agarramos todos...!

—Como sanguijuelas —agregó Gobseck.

—No pongan su confianza más que en quienes viven en cuchitriles, como Claparon —aconsejó Gigonnet.

—Y bien —dijo el gordo barón de Nucingen a Tillet—, usted ha querido jugarme una pasada enviándome a ese Birotteau. No sé por qué —añadió volviéndose hacia Gobenheim, el manufacturero— no lo mandó a mi casa a pedirme cincuenta mil francos: se los habría dado.

—¡Oh, no, señor barón! —dijo Joseph Lebas—; usted debía estar enterado de que el Banco había rechazado sus letras: usted hizo que se las rechazasen en el Comité de Descuentos. El caso de este pobre hombre, por quien sigo teniendo la mayor estimación, ofrece aspectos singulares...

La mano de Pillerault apretó la de Joseph Lebas.

—No es posible, en efecto —observó Mongenod—, explicar lo que sucede, a menos de pensar que, escondidos tras Gigonnet, hay banqueros que quieren matar el negocio de la Madeleine.

—Le ocurre lo mismo que a todos los que se apartan de su especialidad —dijo Claparon, interrumpiendo a Mongenod—. Si hubiera explotado por sí mismo su «Aceite Cefálico», en lugar de dedicarse a hacer que suba el precio de los terrenos en París lanzándose sobre ellos, habría perdido los cien mil francos que tenía donde Roguin, pero no se vería en quiebra. Va a trabajar bajo el nombre de Popinot.

—Cuidado con Popinot —dijo Gigonnet.

Roguin, según estos negociantes, era «el desgraciado Roguin» y el perfumista era «ese pobre Birotteau». Parecía que excusaban a uno por haber sido arrastrado por una gran pasión; el otro resultaba más culpable a causa de sus pretensiones.

Gigonnet salió de la Bolsa, pasó por la calle Perrin—Gasselin antes de volver a la de Grenétat y fue a ver a la señora Madou, la vendedora de frutos secos.

—Mi gruesa madre —le dijo, con su cruel bonachonería—, ¿cómo va nuestro pequeño negocio?

—Poco a poco —dijo respetuosamente la señora Madou, ofreciendo al usurero la única butaca que tenía, con afectuoso servilismo que jamás tuvo con nadie, a no ser con «el querido difunto».

La madre Madou, que hacía rodar por el suelo a un carretero demasiado obstinado o excesivamente bromista; que se habría lanzado sin temor alguno al asalto de las Tullerías el 10 de octubre; que gruñía a sus mejores clientes; capaz, en fin, de presentarse ante el rey para hablarle en nombre de las señoras del Mercado; Angélique Madou recibía a Gigonnet con un gran respeto. Se encontraba, en su presencia, sin fuerzas y se estremecía bajo su dura mirada. Las gentes del pueblo seguirán temblando delante del verdugo, y Gigonnet era el verdugo de este comercio. En el mercado, ningún poder es más respetado que el del hombre que fija el precio del dinero. En comparación con él, las demás instituciones humanas no son nada. La Justicia misma se reduce, en el mercado, al comisario, personaje con quien acaba familiarizándose. Pero la usura, sentada tras su carpeta verde; la usura, implorada con el miedo en el corazón, acaba con la broma, seca la garganta, abate la mirada más orgullosa y cuenta con el respeto del pueblo..

—¿Tiene usted que pedirme alguna cosa? —preguntó la señora Madou.

—Nada, una miseria: dispóngase a reembolsarme el importe de las letras de Birotteau; el buen hombre ha quebrado y todo puede exigirse. Mañana por la mañana le enviaré la cuenta.

Los ojos de la señora Madou se afilaron como los de una gata y vomitaron fuego.

—¡Ah, el miserable, el malvado! ¡Él mismo vino aquí a decirme que era teniente de alcalde, para avergonzarme! ¡Así anda como anda el comercio! Ya no se puede tener confianza ni en los alcaldes. El gobierno nos engaña. Espere, voy a ir a que se me pague; yo...

—En esta clase de asuntos, cada cual se las arregla como puede, querida —dijo Gigonnet levantando una pierna con un ligero movimiento, parecido al que hace un gato que quiere pasar por un sitio mojado, y al cual debía su apodo—. Hay gentes muy importantes que están pensando en sacar de este asunto lo que puedan.

—Bien, bien; yo voy a sacar mis avellanas. ¡Marie—Jeanne, mis zuecos y mi chal de pelo de conejo, y pronto, si no quieres que te plante los cinco dedos en la cara!

«Esto va a dar que hablar —se dijo Gigonnet, frotándose las manos—. Tillet estará contento, pues me parece que va a haber escándalo en el barrio. No sé qué ha podido hacerle ese pobre diablo de perfumista, pero me da pena, como si fuera un perro que se ha roto una pata. Eso no es un hombre.»

La señora Madou llegó como una sublevación del barrio de Saint—Antoine, hacia las siete de la tarde, a la puerta de la casa del pobre Birotteau, y la abrió con excesiva violencia, pues la caminata le había dado aún más ánimos.

—¡Gentuza, necesito mi dinero, quiero mi dinero! ¡O me dan ustedes mi dinero, o me llevo bolsas de perfumes, adornos, abanicos y todas las mercancías que haya aquí, hasta el valor de dos mil francos! ¿Se ha visto nunca a los alcaldes robando a sus administrados? ¡Si no me paga, lo mando a presidio; voy a ver al procurador del rey y la justicia hará su camino! En resumen, no me voy de aquí sin mi dinero.

E hizo gesto de levantar la tapa de vidrio de un estante en el que había objetos de valor.

—La Madou roba —dijo en voz baja Célestin a otro dependiente.

La mujer oyó esas palabras, pues en el paroxismo de la ira los sentidos se obstruyen o se afinan, según la constitución del organismo, y aplicó a la oreja de Célestin la bofetada más vigorosa que se haya dado jamás en un almacén de perfumería.

—Aprende a respetar a las mujeres, angelito, y a no manchar el buen nombre de las personas a quienes tú robas.

—Señora —dijo Constance saliendo de la trastienda, donde se encontraba casualmente su esposo, a quien el tío Pillerault quería llevarse, pues César extremó su humildad hasta el punto de querer constituirse preso—; señora, en nombre del Cielo, no haga que la oigan los que pasan.

—¡Que entren —dijo la mujer—, y les contaré lo ocurrido, que es cosa de risa! Sí, señora: mi mercadería y mi dinero, amasado con el sudor de mi frente, les sirven a ustedes para dar bailes. Usted iba vestida como una reina de Francia con lo que robaban a pobres gentes como yo. ¡Jesús! ¡Me quemaría los hombros a mí un vestido robado! ¡Yo no llevo a cuestas más que un chal de pelo de conejo, pero es mío! ¡Ladrones, mi dinero o...!

Y se fue sobre una preciosa caja de marquetería en la que había objetos valiosos de tocador.

—Deje eso, señora —dijo César presentándose—. Nada de lo que hay aquí es mío, todo pertenece a mis acreedores. No soy dueño más que de mi persona, y si quiere usted apoderarse de mí y llevarme a la cárcel, le doy palabra de honor —de sus ojos rodó una lágrima— de que esperaré aquí a su ujier y a sus secuaces...

El tono y el gesto, en armonía con la acción, hicieron que se disipase la cólera de la señora Madou.

—Mi capital me ha sido robado por un notario y no soy culpable de los perjuicios que estoy causando —siguió diciendo César—; pero, con el tiempo, usted cobrará lo suyo, aunque tenga que morir trabajando como un peón, en el mercado, dedicándome a llevar cargas de mercaderías.

—Bueno, usted es un buen hombre —dijo la mujer del mercado— Perdón por mis palabras, señora, pero voy a tener que arrojarme al agua, pues Gigonnet me va a acosar y no tengo más que pagarés a diez meses para rembolsar sus letras.

—Venga a verme mañana por la mañana —dijo Pillerault, que entraba en ese momento—; yo le arreglaré su asunto con un simple cinco por ciento de descuento, por medio de un amigo mío.

—¡Cómo! ¡Pero si es el bueno de Pillerault! Es su tío, ¿no? —dijo la señora Madou a Constance—. Entonces, ustedes son gentes honradas. No perderé mi dinero, ¿no es cierto? Hasta mañana, viejo Brutus —le dijo al antiguo ferretero.

César quiso, por encima de todo, permanecer entre sus ruinas, para explicarse con todos sus acreedores. No obstante las súplicas de su sobrina, el tío Pillerault aprobó la decisión de César y lo hizo subir a sus habitaciones. El astuto viejo corrió a casa del señor Haudry, le explicó la situación de Birotteau, obtuvo una receta para una dosis de somnífero, fue a buscarla y volvió para pasar la velada en casa de su sobrino. De acuerdo con Césarine, obligó a César a beber con ellos. El narcótico dejó dormido al perfumista, quien despertó, catorce horas después, en la habitación de su tío Pillerault, en la calle de Bourdonnais, prisionero del viejo, que dormía en un catre de tijera en su salón. Cuando Constance sintió el rodar del simón en el que su tío Pillerault se llevaba a César, su ánimo la abandonó. A menudo nuestras fuerzas se ven estimuladas por la necesidad de ayudar a un ser más débil que nosotros. La pobre mujer lloró al encontrarse sola en casa con su hija, como habría llorado de haber muerto su esposo.

—Mamá —dijo Césarine, sentándose en las rodillas de su madre y acariciándola con esa suavidad y esa gracia de las gatas, que las mujeres no emplean más que entre ellas—, me dijiste que si yo aceptaba con ánimo mi destino, tú encontrarías fuerzas para luchar contra la adversidad. No llores, pues, querida madre. Estoy dispuesta a entrar de dependienta en cualquier almacén, y no volveré a pensar en lo que hemos sido. Seré lo que tú fuiste en tu juventud, una primera dependienta, y jamás me oirás una queja ni un lamento. Y tengo una esperanza. ¿No oíste lo que dijo el señor Popinot?

—Ese querido muchacho no será mi yerno...

—¡Oh, mamá!

—Será un verdadero hijo.

—La desgracia —dijo Césarine, besando a su madre— tiene de bueno que nos enseña a conocer a los verdaderos amigos.

Césarine acabó por mitigar el disgusto de la pobre mujer, haciendo para con ella el papel de madre. El día siguiente, por la mañana, Constance fue a casa del duque de Lenoncourt, uno de los primeros gentileshombres de cámara del rey, y dejó una carta pidiéndole audiencia para cualquier hora del día. Entretanto, fue a ver al señor de La Billardiére y le expuso la situación en que la huida del notario colocaba a César y le rogó que la apoyase en su gestión cerca del duque, hablando por ella, pues tenía miedo de no saber explicarse bien. Quería un empleo para Birotteau. Éste sería el cajero más honrado, si era posible graduar la honradez.

—El rey acaba de nombrar al conde de Fontaine director general en el Ministerio de Marina —dijo el señor de La Billardiére—, así que no hay tiempo que perder.

A las dos, La Billardiére y Constance subían la gran escalera del palacio de Lenoncourt, situado en la calle Saint—Dominique, y fueron conducidos a presencia del gentilhombre preferido por el rey, si es que Luis XVIII tuvo preferencias. La amable acogida de este gran señor, que pertenecía al reducido número de verdaderos gentileshombres que el siglo anterior legó a éste, dio una gran esperanza a la señora de Birotteau. La esposa del perfumista se mostró grande y sencilla en su dolor. El dolor ennoblece a las personas más vulgares, porque tiene grandeza, y para sentir su influencia sólo se necesita que sea sincero, y Constante era una mujer esencialmente sincera. Se convino en que había que hablar al rey lo más pronto posible.

En medio de la conferencia se anunció al señor de Vandenesse, y el duque exclamó:

—Ahí está su salvador.

La señora Birotteau no era desconocida para este joven, que había ido a su casa una o dos veces, por esas bagatelas que a menudo tienen tanta importancia como las grandes cosas. El duque le hizo saber lo que proponía La Billardiére. Al conocer la desgracia que había caído sobre el ahijado de la marquesa de Uxelles, Vandenesse se fue inmediatamente, con La Billardiére, a casa del conde de Fontaine, rogando a la señora Birotteau que lo esperase.

El señor conde de Fontaine era, lo mismo que La Billardiére, uno de esos bravos gentileshombres de provincias, héroes casi desconocidos, que hicieron las guerras de Vendée. Birotteau no le era extraño: lo había visto en otros tiempos en «La Reina de las Rosas». Las personas que derramaron su sangre por la causa real gozaban en esta época de privilegios que el rey tenía en secreto para no enardecer a los liberales. El señor de Fontaine, uno de los favoritos de Luis XVIII, pasaba por ser uno de sus confidentes. No solamente prometió el conde un empleo para Birotteau, sino que fue a casa del duque de Lenoncourt, de servicio entonces, para rogarle que le concediera un momento de audiencia durante la noche y que pidiese para La Billardiére una audiencia a Monseñor, que apreciaba mucho a este antiguo diplomático vandeano.

La misma noche, el señor conde de Fontaine, al salir de las Tullerías, fue a ver en seguida a la señora de Birotteau para anunciarle que su marido sería nombrado, según se había convenido, para un empleo de dos mil quinientos francos en la Caja de Amortizaciones, pues todos los servicios de la Casa Real se hallaban a cargo de nobles supernumerarios con quienes había compromisos anteriores.

Ese éxito no fue más que una parte de la misión de la señora Birotteau. La pobre mujer fue a la calle Saint—Denis, al «Gato que pelotea», a buscar a Joseph Lebas. Durante su caminata vio en un coche de lujo a la señora de Roguin, que, sin duda, iba de compras. Su mirada y la de la hermosa notaria se encontraron. La vergüenza que la mujer feliz no pudo reprimir al ver a la mujer arruinada dio ánimo a Constance.

—Jamás —se dijo— iría yo en coche con dinero ajeno.

Fue bien recibida por Joseph Lebas, a quien rogó que procurase a su hija empleo en una casa de comercio respetable. Lebas no prometió nada; pero, ocho días después, Césarine tuvo mesa, alojamiento y tres mil francos de sueldo en la más importante casa de «novedades» de París, que abría un nuevo establecimiento en el barrio de los Italianos. La caja y la vigilancia del comercio fueron encomendadas a la hija del perfumista, que, situada por encima de la primera dependienta, reemplazaba a los dueños de la casa.

En cuanto a Constance, fue el mismo día a ver a Popinot para pedirle que le confiase la caja, la correspondencia y el cuidado de la casa. Popinot comprendió que la suya era la única donde la esposa del perfumista podía encontrar los respetos que le eran debidos y una posición que no la rebajase. El noble muchacho le fijó un sueldo de tres mil francos al año, aparte de la alimentación y su propio dormitorio, que mandó arreglar, tomando para él el que ocupaba en la buhardilla uno de los dependientes. Así, la bella perfumista, después de haber gozado durante un mes las suntuosidades de su vivienda, pasó a ocupar esta mísera habitación, sin más vistas que la de un patio oscuro y húmedo, en la cual Gaudissart, Anselme y Finot habían celebrado la inauguración del local para el «Aceite Cefálico».

Cuando Molineux, nombrado agente por el Tribunal de Comercio, fue a tomar posesión del activo de César Birotteau, Constance, ayudada por Célestin, verificó el inventario con él. Luego, la madre y la hija salieron, a pie, vestidas muy sencillamente, y se dirigieron hacia la casa del tío Pillerault sin volver la cabeza, después de haber vivido en la que dejaban la tercera parte de su vida. Continuaron caminando silenciosamente hacia la calle de Bourdonnais, donde cenaron con César por primera vez desde su separación. Fue ésta una cena bien triste. Cada cual había tenido tiempo para reflexionar, para medir el alcance de sus obligaciones y para sondear su ánimo. Los tres estaban como marinos que se disponen a luchar con el temporal, sin dejar de reconocer el peligro. Birotteau recuperó el ánimo cuando vio con qué atención le habían arreglado las cosas grandes personajes, pero lloró cuando supo que su hija debía emplearse en un comercio. Luego, tendió la mano a su mujer al ver lo animada que estaba por recomenzar su vida de trabajo.

El tío Pillerault lloró por última vez en su vida, al contemplar este emocionante cuadro de tres seres unidos, confundidos en un abrazo, en el cual Birotteau, el más débil, el más abatido, levantó la mano, diciendo:

—¡Tengamos confianza!

—Para economizar —dijo el tío—, tú vivirás en esta casa: dormirás aquí y comerás conmigo. Hace mucho tiempo que estoy aburrido: tú reemplazarás a ese pobre niño que perdí. De aquí a la calle del Oratoire, donde está la Caja de Amortizaciones, no hay sino un paseo.

—Dios de bondad —exclamó Birotteau—, en lo más duro de la tempestad, una estrella me guía.

Al resignarse, el desdichado acaba con su desgracia. Consumado el desastre, César lo reconoció así y volvió a ser fuerte.

Después de entregar el balance, un comerciante no debe preocuparse de otra cosa sino de encontrar un oasis, en Francia o en el extranjero, para vivir en él sin mezclarse en nada, como un niño que es: la ley lo declara menor e incapacitado para todo acto legal, civil o cívico. Pero eso no tiene importancia. Antes de volver a reaparecer espera que le otorguen un salvoconducto, que jamás han negado un juez comisario ni un acreedor, pues si se encontrase al comerciante quebrado sin ese permiso de libre circulación sería encarcelado, en tanto que, provisto de él, se pasea como un parlamentario por campo enemigo, no por curiosidad, sino para frustrar las malas intenciones de la ley respecto a los comerciantes quebrados. El efecto de toda ley que afecta a las fortunas privadas es el de despertar las marrullerías del ingenio. El pensamiento de todos aquellos que quiebran, lo mismo que el de todos aquellos cuyos intereses son contrarrestados por una ley cualquiera, es el de anularla por lo que a ellos se refiere. La situación de muerte civil, en la que el quebrado queda como una crisálida, dura alrededor de tres meses, tiempo exigido por las formalidades del procedimiento antes de llegar a una reunión en la que se firma entre los acreedores y el deudor un tratado de paz, transacción llamada concordato. Esta palabra indica que, después de la tempestad entre intereses violentamente contrapuestos, reina la concordia.

Visto el balance, el Tribunal de Comercio designa inmediatamente un juez comisario que vela por los intereses de la masa de acreedores desconocidos y protege al comerciante quebrado contra las vejaciones de los acreedores más irritados: doble papel, cuyo desempeño sería magnífico si los jueces comisarios tuvieran tiempo para ello. Este juez comisario nombra un agente, invistiéndolo de facultades para hacerse cargo de los capitales, valores y mercancías, comprobando el activo que figura en el balance; en fin, la secretaría del Tribunal cita a todos los acreedores a una reunión, convocatoria que se hace por medio de anuncios publicados en los diarios. Los acreedores, reales o supuestos, deben acudir a la citación y reunirse con el fin de nombrar síndicos provisionales que sustituyan al agente, se ponen en el caso del comerciante quebrado, se convierten, por una ficción de la ley, en el quebrado mismo, y pueden liquidarlo todo, venderlo todo, concertar toda clase de arreglos y, en fin, «fundir la campana» en beneficio de los acreedores, si el quebrado no se opone. La mayoría de las quiebras en París terminan su tramitación con los síndicos provisionales, y he aquí por qué.

La designación de uno o de varios síndicos definitivos es uno de los actos más apasionados a que pueden entregarse acreedores sedientos de venganza, abofeteados, burlados, atormentados, engañados y robados. Aunque, en general, los acreedores hayan sido robados, engañados, atormentados, burlados y abofeteados, no existe en París pasión comercial que viva noventa días. En el comercio, únicamente las letras y los pagarés protestan, ávidos de pago, a los tres meses. A los noventa días, todos los acreedores, extenuados de fatiga por las idas y venidas que reclama una quiebra, duermen tranquilamente con sus excelentes mujercitas. Esto puede ayudar a los extranjeros a comprender cómo en Francia lo provisional se convierte en definitivo: por cada mil síndicos provisionales, no hay más que cinco que se conviertan en definitivos. Se concibe fácilmente la razón de esta abjuración de odios levantados por una quiebra. Pero se hace necesario explicar a las gentes que no tienen la suerte de ser negociantes el drama de una quiebra con el fin de demostrar cómo ese drama constituye en París una de las más monstruosas bromas legales, y cómo la quiebra de César llegó a ser una gran excepción.

Este hermoso drama comercial tiene tres actos diferentes: el acto del agente, el acto de los síndicos y el acto del concordato. Como todas las obras de teatro, ofrece un doble espectáculo: hay una escena montada para que la vea el público y la parte que el público no ve; hay la representación vista desde el patio de butacas y la representación vista desde las bambalinas. En éstas se encuentran el comerciante quebrado y su representante legal, el procurador de los comerciantes, los síndicos y el agente y, en fin, el juez comisario. Fuera de París nadie sabe y en París nadie ignora que un juez del Tribunal de Comercio es el más extraño magistrado que una sociedad se haya permitido crear. Este juez puede, en todo momento, temer que la justicia vaya contra sí mismo. París ha visto al presidente del Tribunal de Comercio obligado a depositar su propio balance. En lugar de ser un viejo comerciante retirado de los negocios y para quien esa magistratura sería una recompensa por su vida ejemplar, este juez es un comerciante abrumado por negocios de enorme volumen, que está al frente de una gran casa. La condición sine qua non de la designación de este juez, llamado a juzgar el alud de litigios comerciales que se originan incesantemente en la capital, es la de estar abrumado de trabajo por sus propios asuntos. Este Tribunal de Comercio, en lugar de haber sido instituido como una útil transición de la que el negociante se elevaría sin hacer el ridículo a las regiones de la nobleza, se compone de comerciantes en ejercicio que pueden verse afectados por sus sentencias al reencontrar descontentas a las partes, como Birotteau reencontró a Tillet.

El juez comisario, pues, es, necesariamente, un personaje ante quien se habla mucho, que lo escucha todo mientras piensa en sus propios asuntos y remite las actuaciones a los síndicos y al representante legal del deudor, salvo algunos casos extraños y curiosos, en los cuales se presentan los robos en tales circunstancias que lo obligan a confesar que tanto los acreedores como el deudor son gentes muy hábiles. A este personaje, colocado en el drama como un busto real en una sala de audiencias, puede vérselo, entre las cinco y las siete de la mañana, en sus almacenes, si es vendedor de maderas; en su tienda si, como antes Birotteau, es perfumista, o por la noche, después de cenar, cuando todo el mundo charla y se divierte, terriblemente preocupado por sus asuntos. Así, este personaje, generalmente, se mantiene mudo. Pero hagamos justicia a la ley: la legislación, hecha un poco apresuradamente, que rige en la materia ha ligado las manos del juez comisario, que en determinadas ocasiones se ve obligado a consagrar fraudes, sin que tenga medios para evitarlo, como van ustedes a ver.

El agente, en lugar de ser el defensor de los acreedores, puede convertirse en el del deudor. Todos los acreedores esperan ver aumentada la parte que les corresponde cobrar logrando que el comerciante quebrado les reconozca determinado privilegio, suponiendo que éste tiene tesoros escondidos. El agente puede sacar provecho de las dos partes, bien salvaguardando los bienes del quebrado, bien sacando algo para las gentes influyentes: cuida, pues, de la cabra y de la berza. A menudo un agente hábil ha hecho anular el juicio rescatando los créditos y librando de ellos al deudor, que rebota entonces como una pelota de goma. El agente se vuelve hacia el pesebre mejor provisto, bien cubriendo a los más fuertes acreedores y dejando el descubierto al deudor, bien inmolando a los acreedores al porvenir del quebrado. Así, la decisión del agente es la decisiva. Este hombre, lo mismo que el representante legal del deudor, obtiene gran utilidad en esta comedia, en la que, tanto el uno como el otro, no aceptan su papel si no están seguros de percibir sus honorarios. Por cada mil quiebras, el agente está en novecientas cincuenta de parte del quebrado. En la época en que tuvo lugar esta historia, casi todos los representantes del deudor iban a ver al juez comisario para ofrecerle el nombre del agente a designar, el suyo, un hombre que conocía muy bien los negocios del quebrado y que sabría conciliar los intereses de la masa de acreedores y los del hombre honorable caído en desgracia. De unos años a esta parte, los jueces hábiles procuran que se les indique qué agente han de nombrar, con el fin de rechazarlo y designar a otro que sea casi honrado.

Durante este acto se presentan los acreedores, verdaderos o falsos, para designar los síndicos «provisionales», que son, como ya se ha dicho, «definitivos». En esta asamblea electoral tienen derecho a votar, lo mismo aquellos a quienes se deben cinco centavos, como los que tienen créditos por cincuenta mil francos; los votos no se pesan, se cuentan. Esta asamblea, en la que se encuentran los falsos electores introducidos por el quebrado, los únicos que jamás faltan a la elección, propone para candidatos a los acreedores entre los cuales el juez comisario, presidente sin poder, tiene que elegir los síndicos. Así, el juez toma casi siempre de la mano del quebrado los síndicos que a éste le convienen: otro abuso que hace de esta catástrofe uno de los más burlescos dramas que la justicia puede amparar. El hombre honorable caído en la desgracia, dueño de la situación, legaliza de esa forma el robo que ha meditado. Generalmente, el pequeño comercio de París está libre de toda acusación en este sentido. Cuando un comerciante pequeño llega a entregar su balance, el pobre hombre ha vendido ya el chal de su esposa, ha vendido sus cubiertos, ha hecho todo lo posible para evitar la quiebra y ha caído con las manos vacías, sin dinero ni para pagar a su representante en el juicio, quien habrá de preocuparse muy poco de él.

La ley quiere que el concordato que devuelve al comerciante quebrado una parte de sus bienes y la gestión de sus negocios sea aprobado por una cierta mayoría de votos y de cantidades. Esto exige la práctica de una hábil diplomacia, dirigida al punto donde se cruzan los intereses contrarios, por el quebrado, los síndicos y su representante. La maniobra más corriente, más vulgar, consiste en ofrecer a la parte de acreedores que hace la mayoría exigida por la ley, primas a pagar por el deudor al margen de los dividendos acordados por el concordato. Para este fraude colosal no hay remedio alguno: los treinta Tribunales de Comercio que se han sucedido los unos a los otros lo conocen por haberlo practicado. Ilustrados por una larga experiencia, han terminado últimamente por decidirse a anular los efectos del fraude, y como los quebrados tienen interés en quejarse de esta extorsión, los jueces confían en moralizar así la quiebra, pero llegarán a hacerla más inmoral: los acreedores inventarán trucos más astutos aún, que los jueces condenarán como jueces, pero de los que se aprovecharán como negociantes.

Otra maniobra muy usada, y a la cual se debe la expresión de «acreedor serio y legítimo», consiste en crear acreedores, como Tillet creó una casa de banca, y en introducir una cierta cantidad de Claparones, bajo cuya piel se oculta el quebrado, que, desde ese momento, disminuye en proporción el dividendo de los acreedores auténticos, y se hace así con unos recursos para lo por venir, arreglándose para conseguir los votos y las cantidades que necesita para lograr el concordato. Los «acreedores alegres e ilegítimos» son como falsos electores que se han colado en el colegio electoral. ¿Qué puede hacer el acreedor serio y legítimo contra los acreedores alegres e ilegítimos? ¿Deshacerse de ellos, denunciándolos? Bien, pero para cazar al intruso, el acreedor serio y legítimo tiene que abandonar sus propios asuntos, encomendar su causa a un representante, el cual, como con ello gana muy poco, prefiere «dirigir» quiebras y no andar por el camino derecho. Para expulsar al acreedor alegre es necesario entrar en el dédalo de las operaciones comerciales, remontarse en la búsqueda a épocas lejanas, inspeccionar los libros, obtener por vía judicial los del falso acreedor, descubrir la ficción, ponerla de manifiesto ante los jueces del tribunal, apelar, ir, venir, calentar muchos corazones fríos; luego, hacer el papel de don Quijote con cada acreedor ilegítimo y alegre, el cual, si se llega a demostrar su alegría, se retira saludando a los jueces y diciéndoles:

—Perdonen, pero ustedes están equivocados: yo soy muy serio. Todo esto sin perjuicio de que el quebrado, haciendo uso de su derecho, puede llevar a don Quijote al Tribunal Supremo. Y durante ese tiempo, los asuntos de don Quijote van mal y puede verse obligado a entregar su propio balance.

Moraleja: el deudor nombra sus síndicos, señala los créditos y arregla su concordato él mismo.

Teniendo todo esto en cuenta, ¿quién no adivina las intrigas, las artimañas de Sganarelle, las invenciones de Frontin, las mentiras de Mascarille y las carteras vacías de Scapin a que dan lugar estos dos procedimientos? No existe quiebra en la que no haya material bastante para llenar catorce volúmenes de Clarisa Harlowe al autor que quisiera escribirlos. Bastará un solo ejemplo. El ilustre Gobseck, el maestro de los Palma, de los Gigonnet, de los Werbrust, de los Keller y de los Nucingen, habiéndose encontrado en una quiebra en la que se proponía tratar duramente a un comerciante que le había jugado una mala pasada, recibió letras que vencían después del concordato, una suma que, unida a la del dividendo, constituía la totalidad de su crédito. Gobseck consiguió que se aceptase un concordato que destinaba el setenta y cinco por ciento de descuento al quebrado. He ahí los acreedores engañados en beneficio de Gobseck. Pero el comerciante había firmado los efectos ilícitos de su razón social en quiebra y pudo aplicar a estos efectos la deducción del setenta y cinco por ciento. Gobseck, el gran Gobseck, recibió apenas el cincuenta por ciento. Y siguió saludando siempre a sus deudores con un respeto irónico.

Todas las operaciones exigidas a un quebrado diez días antes de su quiebra podían ser incriminadas; algunos hombres prudentes tienen necesidad de entablar ciertos asuntos con un cierto número de acreedores cuyo interés es, como el del quebrado, llegar a un rápido concordato. Los acreedores muy astutos quieren encontrar acreedores muy estúpidos, o muy ocupados, mostrándoles una quiebra muy fea y comprándoles así sus créditos a la mitad de lo que valdrían en la liquidación, y recuperando entonces su dinero por el dividendo de sus créditos, y la mitad, el tercio o el cuarto ganado sobre los créditos comprados.

La quiebra supone el cierre más o menos hermético de una casa en la que el pillaje ha dejado algunos sacos de dinero. Felizmente el comerciante puede deslizarse por la ventana, por el tejado, por el sótano, por un agujero, tomar un saco ¡y engrosar su parte! En esta ruina en la que se grita el sálvese—quien—pueda de la Beresina, todo es ilegal y legal, falso y verdadero, honesto y deshonesto. Se admira al hombre que «se cubre». Cubrirse es apropiarse de valores en detrimento de otros acreedores.

En Francia hay todavía debates alrededor de una inmensa quiebra ocurrida en una ciudad donde tenía su sede un Tribunal Real, y en la que los magistrados, en avenencia con los quebrados, se habían cubierto con mantas de goma tan pesadas que el manto de la justicia se quebró. Fue forzoso, por legítima sospecha, encomendar el juicio de la quiebra a otro tribunal. No había juez comisario, ni agente, ni tribunal soberano posible en el lugar donde la bancarrota se había producido.

Este espantoso embrollo comercial es tan apreciado en París que a excepción de tener interés en la quiebra por una suma enorme, todo comerciante, por poco ocupado que esté, acepta la quiebra como un siniestro sin asegurar y pasa la pérdida a la cuenta de «Pérdidas y Ganancias», y no comete la tontería de perder su tiempo; continúa trabajando en sus propios negocios. En cuanto al pequeño comerciante, hostigado por el fin de mes, ocupado en que el carro de su fortuna siga adelante, un proceso que asusta por la duración y el costo le produce terror, él renuncia a ver claro, imita al gran comerciante y baja la cabeza anotando su pérdida.

Los grandes comerciantes no entregan su balance: liquidan por convenio con los acreedores: éstos se dan por satisfechos tomando lo que se les ofrece. Se evitan así el deshonor, los trámites judiciales, los honorarios de los representantes legales y la depreciación de las mercaderías. Todos creen que de una declaración de quiebra sacarían menos que de una liquidación. Por eso, en París hay más liquidaciones que quiebras.

El acta de los síndicos tiene por objeto demostrar que todo síndico es incorruptible, que entre ellos y el quebrado no ha habido la menor inteligencia. El público, que ha sido alguna que otra vez síndico, sabe que todo síndico es un acreedor «cubierto». Escucha todo lo que se dice, cree lo que quiere y llega al día del concordato al cabo de tres meses consumidos en verificar los créditos activos y los créditos pasivos. Los síndicos provisionales presentan entonces a la asamblea un informe, que suele ser, poco más o menos así:

Señores, se nos debía a todos, en conjunto, un millón. Hemos desguazado al hombre lo mismo que se desguaza una fragata que ha naufragado: los clavos, los hierros, las maderas y los cobres han dado trescientos mil francos. Suponen, pues, el treinta por ciento de los créditos. Contentos por haber encontrado esta suma cuando nuestro deudor podía habernos dejado únicamente cien mil francos, lo declaramos un Arístides, le otorgamos premios y coronas por su actitud y proponemos dejarle su activo, concediéndole un plazo de diez o doce años para pagarnos el cincuenta por ciento que se ha dignado prometernos. Éste es el concordato. Pasen por secretaría a firmarlo.

Tras ese discurso, los comerciantes se felicitan y se abrazan. Después de la inscripción legal de este concordato, el quebrado vuelve a ser comerciante, lo mismo que antes: se le devuelve su activo, vuelve a sus negocios, sin perjuicio de hacer quiebra también respecto de los dividendos prometidos, quiebra que se ve a menudo, como un niño dado a luz por una madre nueve meses después del matrimonio de su hija.

Si no se llega al concordato, los acreedores nombran síndicos definitivos, adoptan medidas exorbitantes, se asocian para explotar los bienes y el comercio de su deudor, agarrando todo lo que pueden: la herencia de su padre, de su madre, de su tía, etcétera. Esto se hace por medio de lo que se llama contrato de unión.

Hay, pues, dos quiebras: la de un comerciante que quiere rehacer sus negocios, y la de un comerciante que, caído al agua, se deja ir al fondo. Pillerault conocía muy bien esta diferencia. Según él, como según Ragon, era tan difícil salir limpio de la primera como salir rico de la segunda. Después de haber aconsejado el abandono total, se dirigió al más honesto representante legal de la plaza para que procediera a la liquidación y pusiera los valores a disposición de los acreedores. La ley dispone que, durante todo el tiempo que dura este drama, los acreedores provean de alimentos al quebrado y a su familia. Pillerault hizo saber al juez comisario que él proveería a las necesidades de sus sobrinos.

Tillet lo había dispuesto todo con el fin de convertir la quiebra en una agonía constante de su antiguo patrono. He aquí cómo. Vale tanto el tiempo en París que en las quiebras, generalmente, de los dos síndicos, solamente uno se ocupa de ellas. El otro es de pura fórmula: aprueba lo que hace el primero, como hace el notario segundo en las actas notariales. El síndico que actúa descansa muy a menudo en el representante legal. De esta forma, en París, las quiebras de la primera clase se tramitan con tal facilidad que todo queda cerrado, atado, listo y arreglado en los plazos que marca la ley. Al cabo de cien días, el juez comisario puede decir las atroces palabras de un ministro: «La paz reina en Varsovia».

Tillet deseaba la muerte comercial del perfumista. Así, los nombres de los síndicos designados debido a su influencia fueron muy significativos para Pillerault. El señor Bidault, llamado Gigonnet, principal acreedor, no tenía por qué ocuparse de nada; Molineux, el pequeño enredador, se ocuparía de todo. Tillet había arrojado a este pequeño chacal ese noble cadáver comercial, para que lo devorase atormentándolo. Al término de la asamblea en la que se nombraron los síndicos, el pequeño Molineux volvió a su casa «honrado —dijo— por los sufragios de sus conciudadanos», feliz de tener entre sus manos a Birotteau, como un niño que se dispone a aplastar un insecto. El propietario, a caballo sobre la ley, rogó a Tillet que lo ayudara con sus luces y compró el Código de Comercio. Felizmente, Joseph Lebas, prevenido por Pillerault, había conseguido del presidente la designación de un juez comisario sagaz y de buen corazón: Gobenheim—Keller, cuya designación esperaba Tillet, fue sustituido por el señor Camusot, juez suplente, el rico comerciante en sedas, liberal, propietario de la casa en la que vivía Pillerault y hombre tenido por muy honorable.

Una de las más dolorosas escenas de toda la vida de César fue su obligada conferencia con el pequeño Molineux, este ser a quien consideraba tan insignificante y que, por una ficción de la ley, se había convertido en César Birotteau. Tuvo que ir, acompañado por su tío, al patio Batavia, subir los seis pisos y entrar en la horrible vivienda de este anciano, su tutor, su casi juez, el representante de la masa de sus acreedores.

—¿Qué te pasa? —preguntó Pillerault a César al oír una exclamación de éste.

—¡Ah, tío, usted no sabe qué clase de hombre es este Molineux!

—Hace ya quince años que, de tanto en tanto, lo veo en el café David, donde suele jugar al dominó. Por eso te acompaño.

El señor Molineux tuvo cortesías excesivas para Pillerault y una desdeñosa condescendencia para el quebrado. El viejecito había estudiado bien la conducta a seguir, meditado los matices de su conversación y preparado sus ideas.

—¿Qué informaciones desea usted? —le preguntó Pillerault—. No existe reclamación alguna respecto a los créditos.

—¡Oh, los créditos están en regla, todo se ha verificado! Los acreedores son serios y legítimos. ¡Pero la ley, señor, la ley! Los gastos del quebrado no guardan relación con su fortuna... Consta que el baile...

—Al cual asistió usted —dijo Pillerault, interrumpiéndolo.

—... ha costado casi sesenta mil francos, o que en esa ocasión se gastó esa suma, siendo así que el activo del quebrado era apenas superior a los cien mil francos... Hay causa para entregar el quebrado al juez extraordinario bajo la inculpación de bancarrota simple.

—¿Ésa es su opinión? —preguntó Pillerault al darse cuenta del abatimiento de Birotteau tras las palabras de Molineux.

—Señor, hay que distinguir: el señor Birotteau era miembro del Concejo Municipal...

—¿Nos ha hecho usted venir para decirnos que seremos enviados a la Policía Correccional? —dijo Pillerault—. Todo el café David se reiría de tal conducta.

La opinión del café David pareció amedrentar al vejestorio, que miró a Pillerault con aire de azorado. El síndico creyó que Birotteau acudiría solo y se había prometido erigirse en árbitro soberano, en Júpiter. Contaba con asustar a Birotteau con la fulminante requisitoria que había preparado, blandir sobre su cabeza el hacha correccional y jugar con sus miedos y terrores, para luego apiadarse y hacer de su víctima un alma eternamente agradecida. Pero en lugar de un insecto encontró a la vieja esfinge comercial.

—Señor —dijo—, me parece que no hay motivo de risa.

—Perdóneme —respondió Pillerault—. Usted tiene muchas relaciones con el señor Claparon; usted abandona los intereses de la masa para conseguir una decisión que lo haga privilegiado para sus créditos. Ahora bien, yo, como acreedor, puedo intervenir. Para eso está el juez comisario.

—Señor —dijo Molineux—, yo soy incorruptible.

—Ya lo sé —dijo Pillerault—; usted ha procurado, únicamente, arrimar el ascua a su sardina, como se dice vulgarmente. Usted es inteligente y ha actuado en ello como si tratase con un inquilino...

—¡Oh, señor —dijo el síndico convertido en propietario, como la gata metamorfoseada en mujer corre tras el ratón—, mi asunto de la calle Montorgueil no está decidido! Ha sobrevenido lo que se llama un incidente. El locatario es locatario principal. Este intrigante pretende hoy que habiendo pagado un año de alquiler por adelantado y no teniendo más que un año para... —En este momento Pillerault miró a César haciéndole seña de que prestase la mayor atención—. Y, teniendo pagado el año, puede llevarse los muebles y efectos. Nuevo pleito. En efecto, yo debo conservar mis garantías hasta el completo pago, ya que puede tener que pagarme también reparaciones.

—Pero —dijo Pillerault— la ley no le da la garantía sobre los muebles más que para el pago de alquileres.

—¡Y accesorios! —dijo Molineux, atacado en su punto débil—. El correspondiente artículo del código debe ser interpretado con arreglo a las sentencias que existen en casos parecidos; sin embargo, sería necesaria una rectificación de la ley. Precisamente, estoy preparando un memorial para elevarlo a su grandeza el ministro de Justicia sobre esta laguna de la legislación. Es digno del gobierno preocuparse de los intereses de los propietarios. Ellos lo son todo para el Estado; nosotros somos la fuente de sus impuestos.

—Usted es muy capaz de ilustrar al gobierno —dijo Pillerault—, pero ¿en qué podemos ilustrarlo a usted respecto de nuestros asuntos?

—Quiero saber —dijo Molineux con enfático tono autoritario— si el señor Birotteau ha recibido cantidades del señor Popinot.

—No, señor —respondió Birotteau.

Siguió a esto una discusión acerca de los intereses de Birotteau en la casa Popinot, de la que resultó que Popinot tenía derecho a ser totalmente reintegrado de sus adelantos, sin entrar en la quiebra, por la mitad de los gastos de establecimiento, debidos por Birotteau. El síndico Molineux, manejado por Pillerault, se fue suavizando insensiblemente, con lo que demostraba cuánto apreciaba la opinión de los habituales del café David. Acabó por dar ánimos a Birotteau y por invitarlo, lo mismo que a Pillerault, a compartir su modesta comida. Si el ex perfumista hubiera acudido solo, tal vez habría irritado a Molineux, y el asunto se habría envenenado. En esta circunstancia, como en algunas otras, el viejo Pillerault fue un ángel tutelar.

Es horrible el suplicio que la ley comercial impone a los quebrados: deben comparecer en persona, entre los síndicos provisionales y el juez comisario, ante la asamblea en la que los acreedores deciden su suerte. Para un hombre que se coloca por encima de todo, como para el comerciante que busca un desquite, una revancha, esta triste ceremonia es poco temible; pero, para un hombre como César Birotteau, tal escena supone un suplicio que no tiene parecido sino con el último día de un condenado a muerte. Pillerault hizo todo lo posible para hacer soportable a su sobrino este día horrible.

He aquí cuáles fueron las actuaciones de Molineux, aceptadas por el quebrado. El pleito relativo a los terrenos situados en el barrio del Temple fue ganado ante el Tribunal Supremo. Los síndicos decidieron vender esas propiedades, a lo que César no se opuso. Tillet, conocedor de los proyectos del gobierno sobre un canal que debería unir Saint—Denis al alto Sena, pasando por el barrio del Temple, compró los terrenos de Birotteau por la cantidad de setenta mil francos. Se cedieron los derechos de César en el negocio de los terrenos de la Madeleine al señor Claparon, a condición de que, por su parte, renunciaría a toda reclamación relativa a la mitad debida por Birotteau en los gastos de inscripción del contrato, y comprometiéndose al pago de los terrenos, cobrando, en la quiebra, el dividendo que correspondía a los vendedores. La participación de Birotteau en la casa Popinot y Compañía fue vendida al mismo Popinot por la suma de cuarenta y ocho mil francos. El comercio de «La Reina de las Rosas» fue comprado por Célestin Crevel en la cantidad de cincuenta y siete mil francos, con derecho al contrato de arrendamiento, así como a las mercaderías, muebles, propiedad de la «Pasta de los Sultanes» y del «Agua Carminativa», y al arrendamiento, por doce años, de la fábrica, cuyos útiles le fueron igualmente vendidos. El activo líquido fue de ciento noventa y cinco mil francos, a los que los síndicos añadieron setenta mil francos que dieron los derechos de Birotteau en la liquidación del desafortunado Roguin. Así, el total alcanzó la suma de doscientos cincuenta mil francos. Como el pasivo llegó a cuatrocientos cuarenta mil, hubo un líquido de más del cincuenta por ciento. La quiebra es como una operación química, de la que el comerciante hábil procura salir lo menos flaco posible. Birotteau, destilado por completo en esta retorta, dio un resultado que volvió furioso a Tillet. Quería éste una quiebra fraudulenta, y resultó una quiebra honesta. Insensible al beneficio que había conseguido, pues iba a quedarse con los terrenos de la Madeleine sin aflojar la bolsa, hubiera querido ver al pobre perfumista deshonrado, perdido, vilipendiado. Los acreedores, reunidos en asamblea general, iban a llevar en triunfo a César, seguramente. A medida que Birotteau iba recobrando el ánimo, su tío, actuando como un médico sensato, le iba graduando las dosis poniéndolo al corriente de los trámites de la quiebra. Las tajantes disposiciones que se adoptaban eran para él otros tantos golpes. Un comerciante no se entera sin gran pena de la depreciación de cosas que para él representan tanto dinero y tantas preocupaciones. Las noticias que le traía su tío lo petrificaban.

—¡Cincuenta y siete mil francos por «La Reina de las Rosas»! ¡Pero si el almacén ha costado diez mil francos; y la vivienda, cuarenta mil; y la fábrica y su utillaje, treinta mil! ¡Pero si aun rebajando su valor a la mitad, hay en mi comercio mercaderías por diez mil francos! ¡Pero si la pasta y el agua son una propiedad que vale más que una granja!

Estas lamentaciones del pobre César arruinado no hacían ya impresión en Pillerault. El antiguo comerciante las escuchaba como quien oye llover, pero estaba asustado del sombrío silencio que observaba el perfumista cuando se hablaba de la asamblea. Para todo aquel que comprenda las vanidades y flaquezas que en cada esfera social afectan al hombre, ¿no suponía un horrible suplicio para el pobre Birotteau eso de ser declarado en quiebra en el mismo tribunal de la justicia comercial donde él había sido juez? ¿Tener que soportar vejaciones allí donde tantas veces le habían dado las gracias por los favores que hacía? Él, Birotteau, cuyas inflexibles opiniones sobre los quebrados eran conocidas por todo el comercio de París; él, que había dicho: «Un hombre continúa siendo honesto al entregar el balance, pero de una asamblea de acreedores se sale hecho un bribón». Su tío elegía los momentos más favorables para familiarizarlo con la idea de comparecer ante sus acreedores reunidos, como lo exigía la ley. Esta obligación mataba a Birotteau. Su muda resignación causaba una gran impresión a Pillerault, quien a menudo le oía decir, durante la noche, a través del tabique:

—¡Nunca, nunca! ¡Antes morir!

Pillerault, este hombre tan fuerte por la simplicidad de su vida, comprendía la debilidad. Decidió evitar a Birotteau las angustias a las que podía sucumbir en la terrible escena de su presentación ante los acreedores, escena inevitable, sin embargo. La ley en este punto es precisa, formal y exigente. El comerciante que se niega a comparecer puede, por ese solo hecho, ser llevado ante la Policía Correccional, bajo la acusación de bancarrota simple. Pero si la ley obliga al deudor a presentarse, no puede obligar a los acreedores a que se presenten. Una asamblea de acreedores no es una ceremonia importante más que en determinados casos: por ejemplo, si hay razón para desposeer a un bribón y de hacer un contrato de unión, si hay disidencia entre acreedores favorecidos y acreedores perjudicados o si el concordato es ultra ladrón y el quebrado tiene necesidad de una mayoría dudosa. Pero en el caso de una quiebra en la que todo haya sido vendido, o en el de una quiebra en la que el quebrado bribón lo tiene todo arreglado, la asamblea es una simple formalidad.

Pillerault fue a ver a todos los acreedores, uno tras otro, para rogarles que firmasen un poder para su representante legal. Todos ellos, salvo Tillet, compadecían sinceramente a Birotteau después de haberlo abatido; todos sabían cómo se había conducido el perfumista, cómo sus libros de contabilidad estaban en orden y cómo sus negocios eran claros. Todos estaban contentos de no ver entre ellos a ningún acreedor de los llamados «alegres». Molineux, agente en primer lugar, síndico luego, encontró en casa de César todo lo que el pobre hombre poseía, inclusive el grabado de «Hero y Leandro» regalado por Popinot, sus alhajas personales, su alfiler de corbata, sus hebillas de oro y sus dos relojes, que cualquier hombre honrado los hubiera guardado, sin creer que por ello faltaba a la honradez. También Constance dejó allí su modesto joyero. Esta emotiva obediencia a la ley causó una viva impresión en el comercio de París. Los enemigos de Birotteau presentaron ese comportamiento como prueba de estupidez, pero las gentes sensatas lo mostraron bajo su verdadero aspecto: como un magnífico exceso de honradez. Dos meses después, la opinión en la Bolsa había cambiado. Las personas más imparciales declaraban que esa quiebra era una de las más raras curiosidades que se hayan visto en la plaza de París. Así, los acreedores, sabiendo que iban a cobrar un sesenta por ciento aproximadamente de sus créditos, hicieron todo lo que quería Pillerault. Los representantes legales son muy pocos, así que ocurrió que varios acreedores se hicieron representar por el mismo. Pillerault acabó por reducir esta formidable asamblea a tres agentes: a él mismo, a Ragon, a los dos síndicos y al juez comisario.

La mañana de este día solemne, Pillerault dijo a su sobrino:

—César, puedes ir sin temor alguno a la asamblea de hoy: no encontrarás allí a nadie.

El señor Ragon quiso acompañar a su deudor. Cuando el antiguo dueño de «La Reina de las Rosas» dejó oír su tímida voz seca, su sucesor palideció; pero el buen viejo le abrió sus brazos, Birotteau se arrojó en ellos como un niño en los de su padre y los dos perfumistas se mojaron con sus lágrimas. El quebrado recobró el ánimo al ver tanta indulgencia y subió a un simón con su tío.

A las diez y media en punto llegaron los tres al claustro de Saint—Merry, donde en ese tiempo tenía su sede el Tribunal de Comercio. No había nadie en la sala de las quiebras. El día y la hora se habían fijado de acuerdo con los síndicos y el juez comisario. Los representantes legales estaban allí en nombre de sus clientes. Así pues, nada pudo intimidar a César Birotteau. Sin embargo, el pobre hombre entró en el despacho del señor Camusot, que, casualmente, había sido anteriormente el suyo, con una gran emoción y se estremeció al tener que pasar al salón de las quiebras.

—Hace frío —dijo el señor Camusot a Birotteau—. Estos señores no tendrán inconveniente en quedarse aquí en lugar de ir al salón. —No pronunció la palabra «quiebra»—. Siéntense, señores.

Se sentaron todos, y el juez dio su butaca a Birotteau, que quedó confundido. Los representantes y los síndicos firmaron.

—Por haber entregado usted todos sus valores —dijo Camusot a Birotteau—, sus acreedores le hacen cesión del resto de sus créditos, por unanimidad; el concordato está concebido en tales términos que pueden suavizar su pena; su representante legal lo registrará inmediatamente: está usted libre. Todos los jueces del tribunal, querido señor Birotteau —agregó Camusot tomándole las manos—, lamentan mucho su situación y no se han sorprendido de su ánimo, y no hay uno solo que no haya hecho justicia a su honradez. Ha sido usted en la desgracia digno de lo que antes fue aquí. Hace veinte años que trabajo en el comercio, y ésta es la segunda vez que veo a un comerciante caído ganar en la pública estimación.

Birotteau tomó las manos del juez y se las estrechó, con lágrimas en los ojos. Le preguntó Camusot a qué se dedicaría, y Birotteau le contestó que trabajaría hasta pagar todo lo que adeudaba a sus acreedores.

—Si para cumplir su noble propósito necesitase algunos miles de francos, los encontrará usted siempre en mí —dijo Camusot—; los daría muy a gusto para ser testigo de un caso bastante raro en París. Pillerault, Ragon y Birotteau se retiraron.

—Y bien, no has tenido que beberte la mar —le dijo Pillerault en las puertas del Tribunal.

—Me doy cuenta de todo lo que usted ha hecho, tío —dijo el pobre hombre, emocionado.

—Bueno, ya está usted rehabilitado. Puesto que estamos a dos pasos de la calle de Cinq—Diamants, vamos a ver a mi sobrino —le dijo Ragon.

Fue cruel la impresión que Birotteau debió sentir al ver a Constance sentada ante un pequeño escritorio en el entresuelo bajo y húmedo situado encima de la tienda, donde había un gran letrero que impedía el paso de la luz y en el que se leía: «A. POPINOT».

—He ahí a uno de los lugartenientes de Alexandre —dijo con la alegría de la desgracia Birotteau, señalando al cuadro.

Esta pequeña gracia forzada, en la que se veía ingenuamente el inextinguible sentimiento de superioridad que se había creado Birotteau, produjo una especie de escalofrío a Ragon, pese a sus setenta años. César vio a su mujer, que bajaba con unas cartas para que las firmase Popinot: no pudo contener las lágrimas ni evitar que su rostro palideciera.

—Buenos días, amigo —le dijo Constance con aire alegre.

—No tengo que preguntarte si estás bien aquí —dijo César mirando a Popinot.

—Estoy como en la casa de mi hijo —respondió Constance con un tono emocionado que impresionó al ex comerciante.

Birotteau se acercó a Popinot y lo abrazó, diciendo:

—He perdido para siempre el derecho de llamarte hijo mío.

—Esperemos —dijo Popinot—. Su aceite marcha, gracias a mis gestiones en los diarios y a los esfuerzos de Gaudissart, que ha recorrido toda Francia, inundándola de carteles anunciadores y de prospectos, y que ahora está imprimiendo en Estrasburgo prospectos en alemán para caer como una invasión sobre Alemania. Hemos conseguido colocar ya tres mil gruesas.

—¡Tres mil gruesas! —exclamó César.

—Y he comprado, en el barrio de Saint—Marceau, un terreno, nada caro, donde se está levantando una fábrica; pero seguiré conservando la del barrio del Temple.

—Querida —le dijo Birotteau al oído a Constance—, con un poco de ayuda, saldremos adelante.

Después de ese día fatal, César, su esposa y su hija redujeron todos sus gastos. El pobre empleado quería conseguir un resultado, si no imposible, al menos gigantesco: ¡el pago íntegro de sus deudas! Estos tres seres, unidos por los lazos de una honradez a toda prueba, se hicieron avaros y se negaron todo: una simple moneda de cobre les parecía cosa sagrada. Por cálculo, Césarine tuvo para el comercio donde estaba empleada la mayor devoción. Pasaba allí las noches, se las ingeniaba para hacer crecer la prosperidad de la casa, hacía dibujos para las telas y desplegaba un genio comercial innato. Los dueños se veían obligados a moderar su ardor en el trabajo y la recompensaban con gratificaciones, pero ella rechazaba los adornos, los vestidos y las joyas que le ofrecían sus patronos. ¡Dinero!, era su grito. Todos los meses llevaba su sueldo y las bonificaciones a su tío Pillerault. Y lo mismo hacían Constance y Birotteau. Los tres se consideraban inhábiles, ninguno quería asumir la responsabilidad de la colocación del dinero, y cedieron a Pillerault la dirección suprema del destino de sus economías. Vuelto a su vida de comerciante, el tío sacaba provecho de tales sumas en pequeñas operaciones de Bolsa. Más tarde se supo que había sido secundado en ese trabajo por Jules Desmarets y por Joseph Lebas, dispuestos siempre a indicarle cuáles eran los negocios que no suponían riesgo.

El antiguo perfumista, que vivía con su tío, nunca le preguntó sobre el destino que daba al dinero ganado por él, por su esposa y por su hija. Iba por la calle con la cabeza gacha, hurtando a las miradas su rostro abatido, descompuesto, estúpido. Hasta se reprochaba de llevar una ropa demasiado fina.

—Al menos —decía, con mirada humilde, a su tío—, no como el pan de mis acreedores. El pan que usted me da me parece muy sabroso, aunque me sea dado por la compasión que le inspiro; gracias a su santa caridad, no gasto nada de lo que gano.

Los comerciantes que veían al empleado no encontraban en él ningún vestigio del antiguo perfumista. Los indiferentes se hacían una gran idea de lo que son las caídas humanas ante el aspecto de este hombre, cuyo rostro mostraba las huellas que deja la pena y se veía violentamente turbado por lo que jamás había aparecido en él: el pensamiento. No está destruido y acabado quien quiere algo. Las gentes ligeras, sin conciencia, para quienes todo resulta indiferente, nunca podrán ofrecer el espectáculo de un desastre. Únicamente la religión imprime un sello peculiar en los seres caídos: éstos creen en un porvenir, en una Providencia; hay en ellos como una luz que los distingue, un aire de santa resignación mezclada de esperanza, que es causa de una cierta ternura; saben todo lo que han perdido, como un ángel expulsado que llora a las puertas del Cielo. Los quebrados no pueden presentarse en la Bolsa. César, expulsado de los dominios de la honradez, era una imagen del ángel suspirando después del perdón.

Durante catorce meses, henchido de pensamientos religiosos que su caída le inspiró, Birotteau rechazó todo placer. Aunque estaba bien seguro de la amistad de los Ragon, no fue posible convencerlo para que fuese a cenar con ellos, ni con los Lebas, ni con los Matifat, ni con los Protez y Chiffreville, ni aun con el señor Vauquelin: y todos reconocían en César una virtud superior. Prefería encontrarse a solas en su habitación que con la mirada de un acreedor. Los más cordiales cumplidos y cortesías de sus amigos le recordaban amargamente su posición. Constance y Césarine no iban a ninguna parte. Los domingos y días de fiesta, en que únicamente estaban libres, iban a buscar a César para asistir a misa, haciéndole compañía en casa de Pillerault después de haber cumplido con sus deberes religiosos. El tío invitaba al sacerdote Loraux, cuya palabra sostenía a César en esa época de tan dura prueba, y quedaban entonces en familia. El antiguo ferretero tenía la fibra de la honradez muy sensible para desaprobar las extremas delicadezas de César. Lo que hizo fue procurar aumentar el número de personas ante las cuales el ex perfumista podría mostrar su frente limpia y la mirada serena.

En el mes de mayo de 1821, esta familia, en lucha con la adversidad, fue recompensada en sus esfuerzos por una fiesta que les procuró el árbitro de sus destinos. El último domingo de este mes era el aniversario del consentimiento dado por Constance para su matrimonio con César. Pillerault, de acuerdo con los Ragon, había alquilado una pequeña casa de campo en Sceaux, y el antiguo ferretero quiso celebrar alegremente la toma de posesión.

—César —dijo Pillerault a su sobrino el sábado por la noche—, mañana nos vamos al campo y tú vendrás con nosotros.

César, que tenía una hermosa letra, hacía durante la noche copias para Derville y para algunos otros procuradores. Y los domingos, provisto de un permiso especial del cura, trabajaba como un negro.

—No —respondió—, el señor Derville está esperando una liquidación de tutela.

—Tu esposa y tu hija bien merecen una recompensa. No encontrarás allí más que amigos: el cura Loraux, los Ragon, Popinot y su tío. Además, quiero que vengas.

César y su esposa, atareados por los negocios, no habían vuelto a Sceaux, aun cuando de tanto en tanto los dos deseaban hacer ese viaje para volver a ver el árbol bajo el cual casi se desvaneció el primer dependiente de «La Reina de las Rosas». Durante el camino, que hizo César en simón con su esposa y su hija, conducidos por Popinot, Constance lanzó a su marido miradas de complicidad, pero no pudo conseguir que sonriera. Le dijo luego algunas palabras al oído y él se limitó a mover la cabeza, por toda respuesta. Las dulces expresiones de ese cariño inalterable, pero un poco forzado en esta ocasión, en lugar de alegrar la cara de César, la hicieron más sombría y llevaron a sus ojos algunas lágrimas contenidas. El buen hombre había hecho ese mismo camino veinte años antes, rico, joven, lleno de esperanzas, enamorado de una muchacha tan hermosa como lo era ahora Césarine; entonces soñaba con la felicidad y ahora veía en el fondo del simón a su querida hija, pálida por su excesivo trabajo, y a su animosa esposa, que ya no tenía más belleza que la de las ciudades por las que ha pasado la lava de un volcán. ¡Solamente el amor permanecía inalterable! La actitud de Birotteau ahogaba la alegría de los corazones de su hija y de Anselme, que le representaban la inefable escena de otros tiempos.

—Sed felices, hijos míos, pues tenéis derecho a serlo —les dijo el pobre hombre con tono desgarrador—. Podéis amaros sin preocupaciones —añadió.

Al decir estas palabras, Birotteau tomó las manos de su esposa y las besó con una santa y admirable ternura, que impresionó más agradablemente a Constance que la mayor alegría. Cuando llegaron a la casa donde ya los esperaban Pillerault, los Ragon, el sacerdote Loraux y el juez Popinot, estas cinco personas tan selectas tuvieron una conversación, unas miradas y unas palabras que devolvieron a César la serenidad, pues todos estaban conmovidos al contemplar a este hombre en la misma situación de ánimo que el día siguiente al de su desgracia.

—Idos a pasear por el bosque de Aulnay —dijo el tío Pillerault poniendo la mano de César entre las de Constance—. Idos con Anselme y Césarine, y volved para las cuatro.

—¡Pobres gentes! Las molestaríamos acompañándolas —dijo la señora Ragon, emocionada por el auténtico dolor de su deudor—. Muy pronto será feliz.

—Es el arrepentimiento de quien no ha cometido ninguna falta—dijo el cura Loraux.

—No podía agrandarse más que por la desgracia —dijo el juez.

Olvidar es el gran secreto de las almas fuertes y creadoras; olvidar a la manera de la naturaleza, que no conoce el pasado, que a todas horas recomienza los misterios de sus infatigables creaciones. Las almas débiles, como era la de Birotteau, viven con sus dolores, en lugar de cambiarlos por apotegmas de la experiencia; se saturan de pena y se consumen volviendo a vivir cada día la desgracia sufrida.

Cuando las dos parejas entraron en el sendero que conduce al bosque de Aulnay, colocado como una corona sobre una de las más bonitas altura de los alrededores de París, y donde la Vallée—aux—Loups se muestra con toda su coquetería, la belleza del día, la gracia del paisaje, el verdor del campo y los deliciosos recuerdos del más hermoso día de su juventud aflojaron las cuerdas tristes del alma de César: apretó el brazo de su esposa contra su corazón palpitante; su mirada ya no era vidriosa y apareció la luz del placer.

—Por fin —dijo Constance a su esposo—, vuelvo a verte, mi buen César. Me parece que nos portamos bastante bien y podemos permitirnos un pequeño placer de tanto en tanto.

—Pero ¿puedo sentir alegrías yo? —dijo el buen hombre—. ¡Ah, Constance, tu cariño es el único bien que me queda! Sí, he perdido hasta la confianza que tenía en mí mismo; ya no tengo fuerzas y mi único deseo es el de vivir lo bastante para quedar en paz con el mundo. Tú, querida esposa; tú que eres mi sensatez y mi prudencia; tú que veías claro, tú que eres irreprochable, tú puedes tener alegría; de los tres, yo sólo soy el culpable. Hace dieciocho meses, en medio de aquella fiesta fatal, veía a mi Constance, la única mujer que he amado en mi vida, más hermosa quizá que aquella muchacha con la que hice este mismo camino hace veinte años, como lo hacen ahora nuestros hijos... En veinte meses he marchitado esta belleza que era mi orgullo, un orgullo justo y legítimo. Y te quiero más ahora que te conozco mejor... ¡Oh, querida! —dijo, dando a estas palabras una expresión que llegó al corazón de su esposa—; me gustaría que me riñeras, en lugar de acariciar mi dolor.

—Nunca hubiera creído que, al cabo de veinte años de matrimonio, pudiera aumentar el amor de una mujer por su marido —dijo Constance.

Esta frase hizo olvidar a César por un momento todas sus desgracias, porque tenía un corazón tan grande que esas palabras eran para él una fortuna. Se fue, pues, casi alegre, hacia «su» árbol, que casualmente no había sido derribado. A su pie se sentaron los dos esposos mirando a Anselme y a Césarine, que se dirigían al mismo sitio sin darse cuenta, creyendo quizá que seguían caminando delante de ellos.

—Señorita —decía Anselme—, ¿me cree usted tan cobarde y tan avaro como para haberme aprovechado de la adquisición de la parte que tenía su padre en el «Aceite Cefálico»? Le conservo con todo cariño su mitad, y se la cuido. Descuento letras de cambio con su dinero; cuando hay letras o pagarés dudosos, los tomo por mi cuenta. No podremos ser el uno para el otro hasta el día siguiente de la rehabilitación de su padre, y yo procuro adelantar esa fecha con toda la fuerza que da el amor.

Anselme se cuidó mucho de confiar este secreto a Constance. Entre los novios más inocentes, existe siempre el deseo de parecer grande cada uno a los ojos del otro.

—¿Y será pronto eso? —preguntó Césarine.

—Muy pronto —dijo Popinot.

Esta respuesta fue dicha en un tono tan penetrante que la casta y pura Césarine ofreció su frente al querido Anselme, quien puso en ella un beso lleno de amor, pero respetuoso: siempre había nobleza en lo que hacía este muchacho.

—Papá, todo va bien —dijo a su padre con aire gentil—. Alégrate, habla, deja ese gesto triste.

Cuando esta familia tan unida volvió a la casa de Pillerault, César, aunque no era muy observador, advirtió en los Ragon un cambio en sus maneras que anunciaban algún acontecimiento. La acogida de la señora Ragon fue particularmente cariñosa, y su mirada y su acento decían a César: «Nosotros ya estamos pagados».

A los postres se presentó el notario de Sceaux; el tío Pillerault le hizo tomar asiento y miró a Birotteau, que comenzaba a sospechar que se le preparaba una sorpresa, aun cuando no podía imaginarse en qué había de consistir.

—Querido sobrino, en estos últimos dieciocho meses las economías de tu esposa y de tu hija y las tuyas han producido veinte mil francos. He recibido treinta mil por el dividendo de mi crédito: ya tenemos, pues, cincuenta mil francos para poder pagar a tus acreedores. El señor Ragon ha recibido treinta mil francos por su dividendo, y el señor notario de Sceaux te trae un recibo de pago total, incluidos los intereses, de lo que debías a tus amigos. El resto de la suma está en la notaría de Crottat, para ser entregado a Lourdois, a la señora Madou, al albañil, al carpintero y a los acreedores que más prisa tienen en cobrar. El año que viene, ya veremos. Con tiempo y paciencia se va lejos.

No puede describirse la alegría de Birotteau, que se arrojó a los brazos de su tío, llorando.

—Desde hoy puede llevar la cruz —dijo Ragon al sacerdote Loraux.

El confesor colocó la cinta roja de la Legión de Honor en el ojal del empleado, que durante la tarde se miró veinte veces en los espejos de la sala, dando muestras de una alegría de la que se hubieran reído gentes que se tienen por superiores, y que estos buenos burgueses encontraban muy natural.

Al día siguiente Birotteau fue a ver a la señora Madou.

—¡Ah, ya viene usted, buen hombre! —dijo ella—; no lo hubiera reconocido, de tan pálido como se ha vuelto usted. Sin embargo, ustedes no se mueren de hambre: siempre encuentran algún empleo. En cambio, yo no tengo más que un perro de mala muerte...

—Pero, señora...

—No es un reproche —dijo ella—; usted está en paz conmigo.

—Vengo a decirle que hoy, en la notaría de Crottat, le pagaré el resto de lo que le debo, más los intereses.

—Pero ¿es eso cierto?

—Esté usted allí a las once y media.

—Eso es tener honor y vergüenza —dijo la mujer, admirada de la ingenuidad de Birotteau—. Vea, señor, estoy haciendo muy buenos negocios con su pequeño Popinot, que es un gran muchacho y me deja un buen margen de ganancia, sin regatear ni protestar por los precios, con el fin de indemnizarme. Pues bien, yo le daré el recibo por el total y guárdese su dinero, buen hombre. La Madou se encoleriza a veces y grita a menudo, pero tiene mucho de aquí —dijo, dándose un golpe en los más voluminosos cojines de carne viva que se hayan visto jamás en el mercado.

—De ninguna manera —contestó Birotteau—; la ley es clara y quiero pagarle todo lo que le debo.

—Entonces, no me haré rogar más —dijo— y mañana pregonaré su honor en todo el mercado. ¡Qué cosas raras se ven!

El buen hombre tuvo una escena parecida con el pintor de edificios, el suegro de Crottat, pero con algunas variantes. Llovía. César dejó su paraguas junto a la puerta. El pintor enriquecido, al ver que el agua se escurría por el hermoso comedor donde estaba comiendo con su esposa, no estuvo muy amable.

—Vamos, ¿qué quiere usted ahora, mi pobre señor Birotteau? —dijo con ese tono duro que muchas gentes emplean para hablar con un mendigo inoportuno.

—Señor, ¿no le ha dicho a usted su yerno...?

—¿Qué? —preguntó Lourdois impacientado por creer que se le iba a pedir algo.

—Que se encuentre usted mañana en su despacho, a las once y media, para que me dé recibo del pago total de su crédito.

—¡Ah, eso es otra cosa! Siéntese usted, señor Birotteau, y tome un bocado con nosotros.

—Háganos el favor de compartir nuestra comida —dijo la señora Lourdois.

—¿Le va todo bien? —le preguntó el gordo Lourdois.

—No, señor; me he visto obligado a comer todos los días solamente un panecillo en la oficina donde trabajo, con el fin de ir ahorrando algún dinero; pero confío en que, con el tiempo, podré reparar los daños que he causado al prójimo.

—Verdaderamente —dijo el pintor, comiéndose una rebanada de pan bien untada de paté—usted es un hombre de honor.

—¿Y qué hace la señora Birotteau? —preguntó la señora Lourdois.

—Lleva los libros y la caja en las oficinas del señor Anselme Popinot.

—Pobres gentes —comentó la señora Lourdois en voz baja a su esposo.

—Si tiene usted necesidad de mí, mi querido señor Birotteau, venga a verme —dijo Lourdois—; podría ayudarlo...

—Lo necesito a usted a las once, señor —contestó Birotteau, retirándose.

Este primer resultado dio ánimos al ex perfumista, pero sin permitirle el reposo; el deseo de reconquistar el honor convulsionó exageradamente su vida; perdió toda la alegría de su rostro, se apagó mucho la luz de sus ojos y su cara quedó chupada. Cuando sus antiguas amistades se encontraban con César por la mañana, a las ocho, o por la tarde, a las cuatro, al ir a la calle del Oratoire o al volver de ella, vestido con el mismo sobretodo que tenía cuando quebró y que cuidaba como un pobre subteniente cuida su uniforme, con los cabellos completamente blancos, pálido, cadavérico, algunos lo detenían, a pesar suyo, pues tenía muy buena vista y caminaba pegándose a las paredes, como hacen los ladrones.

—Es conocido de todos su comportamiento, amigo —se le decía—. Y todo el mundo siente el rigor con que se trata a usted mismo, y con que trata a su esposa y a su hija.

—Tómese un poco más de tiempo —le decían otros—. Herida de plata, no es herida mortal.

—No, pero hace daño al alma —respondió un día a Matifat el bueno de César.

Al comenzar el año de 1823 se decidió la construcción del canal de Saint—Martin. Los terrenos situados en el barrio del Temple llegaron a adquirir precios fabulosos. El proyecto cortaba precisamente en dos la propiedad de Tillet, que anteriormente perteneció a César Birotteau. La compañía a la que se adjudicó la construcción del canal se conformó con pagar un precio exorbitante si el banquero podía entregar el terreno en un tiempo determinado. Pero el arrendamiento hecho por César a Popinot era un obstáculo. El banquero fue a la calle de Cinq—Diamants a ver al droguero. Si Popinot le resultaba indiferente a Tillet, el novio de Césarine sentía por éste un odio instintivo. Ignoraba lo del robo y las infames intrigas del feliz banquero, pero una voz interior le decía: «Ese hombre es un ladrón impune». Popinot no hubiera hecho jamás un negocio con él, pues su sola presencia le resultaba insoportable, sobre todo en estos momentos, en que veía a Tillet enriqueciéndose con los despojos de su antiguo patrón, pues los terrenos de la Madeleine comenzaron a alcanzar precios que anunciaban los que habían de tener en 1827. Así, cuando el banquero hubo explicado el motivo de su visita, Popinot lo miró con una indignación concentrada.

—No quiero negarle a usted mi cesión del derecho de arrendamiento que tengo, pero necesito por ello sesenta mil francos, y no rebajo ni un centavo.

—¡Sesenta mil francos! —exclamó Tillet, haciendo como que se retiraba.

—Tengo aún derecho a los terrenos por quince años y he de gastar tres mil francos al año para procurarme otra fábrica. Así que, o sesenta mil francos, o no hablemos más —dijo Popinot volviendo a sus trabajos, seguido de Tillet.

La discusión subió de tono, se pronunció el nombre de Birotteau, Constance bajó de su oficina y vio a Tillet por primera vez después del famoso baile. El banquero no pudo contener un movimiento de sorpresa al ver los cambios que se habían operado en su antigua patrona y bajó los ojos, asustado de su propia obra.

—Señora —dijo Popinot a Constance—, va a sacar de los terrenos suyos trescientos mil francos y se niega a pagarnos sesenta mil como indemnización por la cesión de nuestro arrendamiento.

—¡Tres mil francos de renta! —dijo Tillet con énfasis.

—¡Tres mil francos...! —repitió la señora de Birotteau con un tono suave pero penetrante.

El banquero palideció y Popinot miró a Constance. Hubo un momento de profundo silencio, que hizo a Anselme más inexplicable aún esta escena.

—Firme usted su cesión en este documento que he mandado preparar a Crottat —dijo Tillet, sacando de su bolsillo un papel timbrado—; voy a darle un cheque contra el Banco por sesenta mil francos.

Popinot miró a Constance sin disimular su asombro: creía soñar. Mientras Tillet firmaba el cheque, la señora Birotteau desapareció y subió al entresuelo. El droguista y el banquero cambiaron sus documentos. Luego, el segundo salió, saludando a Anselme fríamente.

—En fin, dentro de algunos meses —dijo Popinot mirando a Tillet que iba por la calle de Lombards, donde estaba detenido su cabriolé—, gracias a este negocio tan singular, me casaré con Césarine. Mi pobre mujercita no se quemará ya las cejas trabajando. ¡Pero cómo! ¡Una mirada de la señora Constance ha bastado! ¿Qué hay entre ella y ese bergante? Esto que acaba de ocurrir es bien extraordinario. Popinot mandó a un mozo a cobrar el cheque al Banco y subió al entresuelo para hablar con la señora Birotteau; pero no la encontró en la oficina; sin duda, estaría en su dormitorio. Anselme y Constance vivían como viven un yerno y una suegra cuando se llevan bien; fue, pues, a la habitación de Constance, con la prisa natural de un enamorado que está a punto de alcanzar su felicidad. El joven comerciante quedó prodigiosamente sorprendido al encontrar a su futura suegra leyendo una carta de Tillet; Anselme conocía la letra del antiguo primer dependiente de Birotteau. Una vela encendida y los negros despojos de cartas quemadas estremecieron a Popinot, quien, dotado de una vista de lince, había leído, sin desearlo, esta frase al comienzo de la carta que Constance tenía en las manos: «¡La adoro! Usted lo sabe, ángel de mi vida, y porque...».

—¿Qué ascendiente tiene usted sobre Tillet para hacerle aceptar semejante negocio? —dijo, riendo con esa risa convulsiva que da una sospecha contenida.

—No hablemos de eso —murmuró Constance, mostrando una gran turbación.

—Sí —respondió Popinot, asombrado—, hablemos de la terminación de sus penas.

Anselme giró sobre sus talones y se fue a tamborilear con los dedos en los vidrios de la ventana, mirando al patio. «Y bien —se dijo—, aun cuando ella haya amado a Tillet, ¿por qué no he de conducirme yo como un hombre honrado?»

—¿Qué te pasa, querido? —dijo la pobre mujer.

—Los beneficios netos del «Aceite Cefálico» se elevan a doscientos cuarenta y dos mil francos; la mitad, ciento veintiún mil —dijo bruscamente Popinot—. Si deduzco de esta suma los cuarenta y ocho mil francos entregados al señor Birotteau, quedan setenta y tres mil, que, unidos a los sesenta mil de la cesión del arrendamiento, arrojan para usted ciento treinta y tres mil francos.

Constance oía estas cifras con tales ansiedades de felicidad y le palpitaba tan violentamente el corazón, que Popinot se dio cuenta de ello.

—Bien; yo he considerado siempre al señor Birotteau como socio, y entonces podemos disponer de esa suma para pagar a los acreedores. Sumando a ella los veintiocho mil francos de sus economías, colocados por nuestro tío Pillerault, tenemos ciento sesenta y un mil francos. Nuestro tío no nos negará el saldo de su crédito de veinticinco mil francos. Ninguna fuerza humana puede impedir que preste yo a mi suegro, a cuenta de los beneficios del próximo año, la suma necesaria para liquidar por completo con los acreedores. Y... él... quedará... rehabilitado.

—¡Rehabilitado! —exclamó Constance doblando una rodilla sobre la silla. Juntó las manos y se puso a rezar, después de haber arrojado la carta—. ¡Querido Anselme —dijo, luego de haberse persignado—, querido hijo!

Le tomó la cabeza entre las manos, lo besó en la frente, lo apretó contra su corazón e hizo mil locuras.

—Césarine es tuya y bien tuya. Mi hija será feliz. Saldrá de esa casa donde se está matando.

—Por amor —dijo Popinot.

—Sí —respondió la madre, sonriendo.

—Escuche un pequeño secreto —dijo Anselme, mirando la carta fatal con el rabillo del ojo—. He hecho un favor a Célestin para facilitarle la adquisición del comercio de ustedes, pero lo hice con una condición. Su vivienda está como usted la dejó. Tenía una idea, pero nunca creí que el azar me fuera tan favorable. Célestin se comprometió a subarrendarles su antigua vivienda, donde no ha puesto los pies y cuyos muebles serán para ustedes. Me he reservado el segundo piso para vivir en él con Césarine, que no los dejará nunca. Después del matrimonio, vendré aquí a pasar el día, desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Para devolverles su bienestar, compraré en cien mil francos la participación del señor Birotteau, y así tendrán ustedes, con lo que le da su empleo, una renta anual de diez mil francos. ¿No le gustaría a usted?

—No me digas más, Anselme, o voy a volverme loca.

La actitud angelical de Constance y la pureza de su mirada, la inocencia de su frente, desmentían tan magníficamente los mil pensamientos que se revolvían en la cabeza del enamorado, que quiso terminar de una vez con las monstruosidades de sus ideas. Era inconcebible una falta en la vida y en los sentimientos de la sobrina de Pillerault.

—Mi querida mamá —dijo Anselme—, acaba de entrar en mi alma, pese a mi deseo, una terrible sospecha. Si quiere verme feliz, puede conseguirlo en un momento.

Popinot recogió la carta abandonada por Constance.

—Sin querer —continuó diciendo, asombrado del terror que se dibujó en el rostro de la señora—, he leído las primeras palabras de esa carta escrita por Tillet. Esas palabras coinciden tan especialmente con el efecto que ha producido usted en él, decidiéndolo a aceptar mi proposición desorbitada, que cualquiera lo interpretaría como el demonio me ha hecho interpretar a mí. La mirada de usted, tres palabras suyas han bastado...

—No sigas —dijo Constance volviendo a agarrar la carta y quemándola a la vista del joven—. Hijo mío, he sido castigada bien cruelmente por una mínima falta. Quiero que lo sepas todo, Anselme. No deseo de ningún modo que la sospecha inspirada por la madre pueda perjudicar a la hija; por otra parte, puedo hablar sin tener que avergonzarme de nada: diré a mi esposo lo que voy a decirte ahora. Tillet quiso seducirme, se lo hice ver a mi esposo y Tillet fue despedido. El día en que mi marido iba a comunicárselo, nos robó tres mil francos.

—¡Me lo sospechaba! —dijo Popinot con un tono que expresaba todo su odio.

—Anselme, vuestro porvenir, vuestra felicidad exigían esta confidencia; pero ella debe morir en tu corazón, como había muerto en el mío y en el de César. Tienes que recordar la reprimenda que os echó mi esposo a cuenta de un error de caja. El señor Birotteau, para evitar un juicio ante los Tribunales y echar a perder a ese hombre, puso disimuladamente en la caja los tres mil francos, el precio de este chal que no pudo comprarme hasta tres años después. Ahí tienes explicada mi exclamación. ¡Ah, querido hijo, te confieso mi puerilidad! Tillet me había escrito tres cartas amorosas que lo retrataban tan bien —dijo, suspirando y bajando la mirada—, que las guardé, como curiosidad. Solamente las leí una vez; pero, en fin, era una imprudencia conservarlas. Al ver a Tillet ahora, he pensado en esas cartas, he subido a mi dormitorio para quemarlas y estaba mirando la última cuando tú entraste... Eso es todo, querido.

Anselme se arrodilló y besó la mano de Constance con una tan admirable emoción que asomaron las lágrimas a los ojos de uno y otro. La señora Birotteau hizo que el joven se levantase, le tendió los brazos y lo estrechó contra su corazón.

Este día debía ser de felicidad para César. El secretario particular del rey, el señor Vandenesse, se presentó en la oficina para hablarle. Salieron juntos al pequeño patio interior de la Caja de Amortizaciones.

—Señor Birotteau —dijo el vizconde de Vandenesse—, sus esfuerzos para pagar a sus acreedores han sido conocidos, casualmente, por el rey. Su Majestad, conmovido por una conducta tan poco frecuente y sabiendo que, por humildad, no lleva usted la insignia de la Legión de Honor, me envía para comunicarle a usted su orden de que vuelva a llevarla. Además, queriendo ayudarlo a cumplir con sus obligaciones, me ha encargado que le entregue a usted esta suma, tomada de su peculio particular, sintiendo mucho no poder darle mayor cantidad. Que esto se mantenga en el mayor secreto. Su Majestad encuentra que no está de acuerdo con la realeza divulgar estos actos suyos —añadió el secretario particular del rey, entregando seis mil francos al empleado, que mientras oía esas palabras sentía emociones inexpresables.

Birotteau no pudo hacer otra cosa que balbucear algunas palabras, y Vandenesse lo saludó con la mano, sonriendo. El sentimiento que embargaba al bueno de César es tan raro en París, que su conducta había provocado general admiración. Joseph Lebas, el juez Popinot, Camusot, el cura Loraux, Ragon, el jefe de la importante casa de comercio en la que trabajaba Césarine; Lourdois y el señor de La Billardiére habían hablado de ello. La opinión pública, que había cambiado por completo respecto a Birotteau, lo elevaba a las nubes.

—¡Ése es un hombre de honor!

Esas palabras habían llegado varias veces a los oídos del ex perfumista cuando caminaba por la calle, y le producían la emoción que siente el autor cuando oye decir: «¡Míralo, ése es!». Esta fama estaba consumiendo a Tillet. Cuando César tuvo en su mano los billetes de Banco que le había enviado el rey, su primer pensamiento fue el de pagar con ellos a su antiguo dependiente. Se fue el buen hombre a la calle de Chaussée—d'Antin, y cuando el banquero volvió a casa después de su paseo en coche, se encontró en la escalera con su antiguo patrón.

—¿Qué pasa, mi pobre Birotteau? —dijo con voz melosa.

—¿Pobre? —exclamó con orgullo el deudor—. Soy muy rico. Esta noche reposaré mi cabeza sobre la almohada con la satisfacción de saber que le he pagado a usted.

Estas palabras, llenas de honradez, provocaron una rápida tortura para Tillet. No obstante la estimación general, este hombre no se estimaba a sí mismo; una voz inextinguible le gritaba: « ¡Este hombre es sublime! ».

—¿Pagarme? Pero ¿qué negocios hace usted?

Seguro de que Tillet no propagaría su confidencia, el antiguo perfumista dijo:

—Jamás volveré a los negocios, señor. Ninguna potencia humana pudo prever lo que me ha ocurrido. ¿Quién sabe si no volvería a ser víctima de otro Roguin? Pero mi conducta ha llegado a oídos del rey, su corazón se ha dignado compadecerse de mis esfuerzos, y los ha aprobado enviándome al instante una cantidad bastante importante que...

—¿Quiere usted recibo? —dijo Tillet, interrumpiéndolo—. ¿Paga usted?

—Íntegramente, y aun los intereses. Le ruego a usted que venga a dos pasos de aquí, al despacho del señor Crottat.

—¿Ante notario?

—Pero, señor —dijo César—, puedo permitirme pensar en mi rehabilitación, y para ello esos testimonios son irrecusables...

—Vamos —dijo Tillet, saliendo con Birotteau—, vamos; pero ¿de dónde saca usted tanto dinero?

—No lo saco de ninguna parte; lo gano con el sudor de mi frente.

—Debe usted una cantidad enorme a la casa Claparon.

—Sí, ésa es mi mayor deuda, y creo que voy a morir de tanto esfuerzo.

—No podrá usted pagarla nunca —dijo Tillet con duro acento.

«Tiene razón», pensó Birotteau.

El pobre hombre, al volver a su casa, pasó, inadvertidamente, por la calle de Saint—Honoré, pues siempre daba un rodeo para no ver su tienda ni las ventanas cerradas de su vivienda. Por primera vez desde su caída, volvió a ver esta casa, en la que dieciocho años de felicidad fueron borrados por tres meses de angustias.

«Estaba seguro de terminar ahí mis días», se dijo. Apresuró el paso, pues había visto el nuevo rótulo:

CÉLESTIN CREVEL

Sucesor de César Birotteau

—Debo padecer alguna alucinación. ¿No es Césarine? —exclamó al ver una cabeza rubia en la ventana.

Y vio, efectivamente, a su hija, a su esposa y a Popinot. Los novios sabían que Birotteau no pasaba jamás por delante de su antigua casa, e incapaces de pensar en que él llegaba, habían ido a tomar algunas disposiciones para la fiesta que proyectaban dar en honor de César. Esa extraña aparición asombró de tal suerte a Birotteau que quedó clavado en el suelo.

—He ahí al señor Birotteau mirando su antigua casa —dijo el señor Molineux al comerciante establecido enfrente de «La Reina de las Rosas».

—¡Pobre hombre! —respondió el antiguo vecino del perfumista—; ahí dio uno de los bailes más hermosos... hubo más de doscientos coches.

—Estuve en ese baile; se declaró en quiebra tres meses después —dijo Molineux—. Yo fui síndico.

Se fue Birotteau, temblándole las piernas, y corrió hacia la casa de su tío Pillerault. Éste, que ya sabía lo que había ocurrido en la calle de Cinq—Diamants, pensaba que su sobrino soportaría muy difícilmente el choque de una alegría tan grande como la causada por su rehabilitación, ya que era testigo ocular de las vicisitudes morales de ese pobre hombre, que siempre tenía presente sus inflexibles doctrinas morales en relación con los quebrados y cuyas fuerzas estaban en actividad constantemente para cumplirlas. El honor era para César un muerto que podía tener su resurrección. Esta esperanza era la que hacía activo a su dolor. Pillerault tomó a su cargo la misión de preparar a su sobrino para recibir la buena nueva. Cuando Birotteau entró en la casa de su tío lo encontró pensando en cómo conseguirlo. Así, la alegría con la que el empleado le contó el testimonio de afecto que le había dado el rey le pareció de buen augurio a Pillerault, y el asombro de haber visto a Césarine en «La Reina de las Rosas» fue un excelente motivo para entrar en materia.

—Pues bien, César —dijo Pillerault—, ¿sabes cuál es el motivo de eso? La impaciencia que tiene Popinot para casarse con Césarine. No puede esperar más, y no debe, por tu exagerada honradez, dejar pasar su juventud comiendo pan seco en lugar de una buena cena. Anselme quiere darte el dinero necesario para el pago total de lo que adeudas a tus acreedores...

—Compra a su esposa —dijo Birotteau.

—¿No es honorable procurar la rehabilitación de su suegro?

—Pero puede dar lugar a la duda. Además...

—Además —dijo el tío, simulando estar encolerizado—, tú puedes inmolarte, pero no tienes derecho a inmolar a tu hija.

Se enzarzaron en una viva discusión, y Pillerault echaba más leña al fuego.

—¡Ah! Si Popinot no te prestase nada, si te considerara como su asociado, si hubiera mirado el premio concedido a tus acreedores por tu participación en el «aceite» como un adelanto de beneficios, con el fin de no despojarte...

—Parecería que, de acuerdo con él, habría engañado a mis acreedores.

Pillerault fingió haber sido convencido por esta razón. Conocía lo bastante el corazón humano para saber que, durante la noche, el buen hombre reñiría consigo mismo acerca de esa cuestión; y esta discusión interior lo iría haciendo a la idea de la rehabilitación.

—Pero ¿por qué —preguntó Birotteau cuando comían— mi esposa y mi hija estaban en mi antigua vivienda?

—Anselme quiere tomarla en arriendo para vivir en ella con Césarine, y tu esposa es de la misma opinión. Sin decirte nada, han mandado publicar las amonestaciones, con el fin de que te veas obligado a consentir en su matrimonio. Popinot dice que tendría menos mérito casarse con Césarine después de tu rehabilitación. ¡Tomas seis mil francos del rey y no quieres aceptar nada de tus parientes! Si yo quisiera darte un recibo de lo que a mí corresponde, ¿me lo rechazarías?

—No —respondió César—, pero eso no impediría que yo siguiera economizando para pagarle, no obstante el recibo.

—Ésas no son más que sutilezas —dijo Pillerault—, y me parece que en cosas relativas a la honradez, debo ser creído. ¿Qué tontería acabas de decir? ¿Habrás engañado a tus acreedores si les pagas todo lo que debes?

Al oír esto, César miró a Pillerault, y éste se sintió conmovido al ver, después de tres años, que una amplia sonrisa animaba el entristecido rostro de su pobre sobrino.

—Es cierto —dijo César—, quedarían pagados... Pero ¡eso es vender a mi hija!

—¡Y yo quiero ser comprada! —exclamó Césarine, apareciendo con Popinot.

Los novios habían oído las últimas palabras de César al entrar de puntillas en el vestíbulo de la vivienda de su tío, seguidos de la señora Birotteau. Los tres habían ido a visitar a los acreedores que aún no habían cobrado todo, para lo cual tomaron un coche, y los citaron en el despacho de Alexandre Crottat, donde se prepararon los recibos. La poderosa lógica del enamorado Popinot triunfó sobre los escrúpulos de César, que persistía en seguir llamándose deudor y en pretender que era necesaria la ley para sustituir los créditos. Un grito de Popinot hizo que cedieran sus dudas:

—Entonces, ¿qué quiere usted? ¿Matar a su hija?

—¡Matar a mi hija!... —dijo César, como atontado.

—Pues bien —siguió diciendo Popinot—, yo tengo derecho a hacerle a usted una donación entre vivos por la cantidad que creo en conciencia tiene usted en mi negocio. ¿La rechazaría usted?

—No —respondió César.

—Bueno, pues vamos esta tarde al despacho de Alexandre Crottat para que no haya necesidad de volver a hablar de esto. Al mismo tiempo, haremos allí nuestro contrato de matrimonio.

Una solicitud de rehabilitación y toda la documentación necesaria para apoyarla fueron depositadas por Derville en la sala del procurador general de la Corte Real de París.

Durante todo el mes que duraron las formalidades previas y la publicación de las amonestaciones para el matrimonio de Césarine y Anselme, Birotteau estuvo agitado por accesos de fiebre. Estaba inquieto, tenía miedo de no vivir hasta el día glorioso en que se dictase la gran sentencia. Su corazón palpitaba sin ningún motivo. Se quejaba de dolores sordos en ese órgano, tan gastado por las emociones causadas por sus penas, que ya no podía soportar esta suprema alegría.

Las sentencias de rehabilitación son tan raras que apenas si en París se da una cada diez años. Para las gentes que toman en serio a la sociedad, el aparato de la Justicia tiene no sé qué de grande y de grave. Las instituciones dependen por completo de los sentimientos que los hombres tienen para ellas, así como de las grandezas de que han sido revestidas por el pensamiento. Así, cuando han desaparecido, no ya la religión, sino también las creencias en un pueblo; cuando la educación ha relajado en él todos los lazos conservadores, acostumbrando a los ciudadanos a un frío análisis, una nación se halla en estado de disolución, pues ya no tiene consistencia sino por las innobles soldaduras del interés material, por los mandamientos de un culto creado por el egoísmo bien entendido. Imbuido de ideas religiosas, Birotteau aceptaba la Justicia por lo que debía ser a los ojos de los hombres: una representación de la sociedad misma, una augusta expresión de la ley consentida, independientemente de la forma en que se manifiesta: cuanto más anciano, más decrépito y más blanca sea la cabeza del magistrado, más solemne es el ejercicio de su sacerdocio, que pide un estudio tan profundo de los hombres y de las cosas, que sacrifica a su corazón y lo hace duro en defensa de los intereses generales. Son muy raros los hombres que suben sin una gran emoción la escalera de la Corte Real, en el viejo Palacio de Justicia de París, y el antiguo comerciante era uno de esos hombres. Pocas personas se han fijado en la majestuosa solemnidad de esta escalera, tan bien colocada para producir efecto: se encuentra en lo alto del peristilo exterior que adorna el patio del palacio y su entrada está en medio de una galería que conduce, por un lado, a la enorme Sala de los Pasos Perdidos, y por el otro, a la Sainte—Chapelle, dos monumentos que hacen mezquino todo lo que se ponga junto a ellos. La iglesia de San Luis es uno de los monumentos más imponentes de París y su acceso, al fondo de esa galería, tiene un no sé qué de sombrío y de romántico. La gran Sala de los Pasos Perdidos, al contrario, está inundada de luz y es difícil olvidar que la historia de Francia está ligada a ella. Debe, pues, de tener algo de grandioso esta escalera cuando no disminuye su categoría entre estas dos magnificencias. Quizá el alma se sienta conmovida ante la plaza en la que se ejecutan las sentencias, vista a través de la hermosa verja del palacio. La escalera desemboca en una inmensa pieza, que es la antecámara de aquella en la cual se celebran las audiencias del Tribunal Supremo, y que forma la Sala de los Pasos Perdidos.

Imaginaos qué emociones tuvo que sentir el comerciante quebrado, naturalmente impresionado por esta decoración, al subir al Tribunal, rodeado de sus amigos: Lebas, entonces presidente del Tribunal de Comercio; Camusot, su antiguo juez comisario; Ragon, su patrón, y el sacerdote Loraux, su director espiritual. Este santo sacerdote hizo notar estos esplendores humanos con una reflexión que los hizo más imponentes a los ojos de César. Pillerault, este filósofo práctico, concibió exagerar por adelantado la alegría de su sobrino para evitarle los peligros imprevistos del acto. Cuando el antiguo comerciante terminaba de vestirse, vio llegar a sus verdaderos amigos, que quisieron tener el honor de acompañarlo ante el Tribunal. Este cortejo produjo en el buen hombre una alegría que lo llevó a la necesaria exaltación para soportar el imponente espectáculo de la Corte. Birotteau encontró otros amigos más reunidos en la sala de las audiencias solemnes, en las que tomaban parte hasta doce consejeros.

Después de la petición de la causa, el procurador de Birotteau hizo la demanda en pocas palabras. A una señal del primer presidente, el procurador general, invitado a presentar sus conclusiones, se puso de pie. En nombre de la sala, el procurador general, el hombre que representaba la vindicta pública, pidió que se devolviera el honor al comerciante que no había hecho otra cosa que comprometerlo: ceremonia única, pues el condenado solamente puede ser indultado. Las personas de corazón pueden imaginarse cuáles serían las emociones de César cuando oyó al señor Granville pronunciar un discurso que puede resumirse así:

—Señores —dijo el célebre magistrado—, el 16 de enero de 1820 Birotteau fue declarado en estado de quiebra por sentencia del Tribunal de Comercio del Sena. La entrega del balance no fue motivada por imprudencia de este comerciante, ni por torcidas especulaciones, ni por ninguna razón que pudiera mancillar su honor. Siento necesidad de decir en voz alta: esta desgracia fue causada por uno de esos desastres que se van haciendo frecuentes, con gran sentimiento de la Justicia y de la ciudad de París. Estaba reservado a nuestro siglo, en el cual fermentará aún por mucho tiempo la mala levadura de las costumbres y de las ideas revolucionarias, el ver al notariado de París apartándose de la gloriosa tradición de los siglos precedentes, y producirse en algunos años tantas quiebras como no se encontrarán en dos siglos de la antigua monarquía. La sed de oro rápidamente adquirido ha alcanzado a los oficiales ministeriales, a estos tutores de la fortuna pública, a estos magistrados intermediarios.

De acuerdo con las exigencias de su función, el conde de Granville se valió de ese tema para recriminar a los liberales, a los bonapartistas y a otros enemigos del trono. Lo sucedido después ha probado que este magistrado tenía razón en sus juicios y en sus aprensiones.

—La huida de un notario de París, llevándose las sumas depositadas en su casa por Birotteau, decidió la ruina del solicitante —siguió hablando—. La Corte de Justicia dictó en este asunto una sentencia que prueba hasta qué punto fue indignamente engañada la confianza de los clientes de Roguin. Se llegó a un concordato. Tenemos que subrayar, para honor del demandante, que todas las operaciones han sido hechas con una limpieza que no se encuentra en ninguna de las escandalosas quiebras que diariamente afligen al comercio de París. Los acreedores de Birotteau encontraron en su casa hasta las cosas de menor valor que poseía el infortunado. Encontraron, señores, sus ropas, sus alhajas, en fin, cosas de uso puramente personal, y no solamente las suyas, sino también las de su esposa, que hizo abandono de todos sus derechos con el fin de aumentar el activo. Birotteau ha sido en esta circunstancia digno de la consideración a la que se hizo merecedor por su actuación en el Concejo Municipal, pues era entonces teniente de alcalde del segundo distrito y acababa de ser condecorado con la cruz de la Legión de Honor, concedida tanto por su devoción a la monarquía, luchando en el mes de vendimiario en las calzadas de San Roque, que se tiñeron de sangre, como por haber sido un juez consular estimado por sus opiniones y querido por su espíritu conciliador, y por haber renunciado a los honores de la alcaldía de París, indicando para ese cargo a otro más digno, al honorable barón de La Billardiére, uno de los nobles vandeanos a quien conoció y apreció en los malos tiempos.

—Esa frase es mejor que la mía —dijo César Birotteau a su tío al oído.

—Así, los acreedores, habiendo conseguido el sesenta por ciento de sus créditos gracias al abandono que este leal comerciante, su esposa y su hija, hicieron de todo cuanto tenían, quisieron que constara su estimación en el concordato que se hizo entre ellos y el deudor, y por el cual lo eximían del pago del resto de sus créditos. Se recomiendan estos testimonios a la atención de la sala por la forma en que están concebidos.

Aquí, el procurador general leyó los considerandos del concordato.

—Ante una disposición tan benévola de los acreedores, señores, muchos comerciantes habrían creído encontrarse liberados de toda carga y habrían caminado erguidos por las calles. Lejos de eso, Birotteau, sin dejarse abatir, formó en su conciencia el proyecto de llegar al día glorioso que se levanta hoy aquí para él. Nada despreció para conseguirlo. Un empleo le fue concedido por nuestro amado soberano para dar pan a un herido de San Roque, y el quebrado reservó todos los sueldos para pagar a sus acreedores, sin quedarse nada para sus necesidades, ya que no le faltó la ayuda de su familia...

Birotteau estrechó, llorando, la mano de su tío.

—Su esposa y su hija, que habían hecho suya la noble determinación de Birotteau, entregaban también íntegro al fondo común el producto de su trabajo. Ambas descendieron de la posición que ocupaban para colocarse en otra inferior. Estos sacrificios, señores, deben ser honrados, pues son los más difíciles de realizar. He aquí cuál fue la misión que se impuso Birotteau.

El procurador general leyó el resumen del balance, señalando las cantidades que le quedaban por pagar y los nombres de los acreedores.

—Todas esas cantidades, incluidos los intereses, han sido entregadas, señores, no mediante documentos privados que pondrían en duda la seriedad de la prueba, sino mediante recibos auténticos para que el tribunal no pudiera ser sorprendido, y que han ayudado a los magistrados a cumplir con su deber, procediendo a la encuesta exigida por la ley. Haréis justicia si devolvéis a Birotteau no ya el honor solamente, sino también todos los derechos de que se encontraba privado. Son tan raros aquí estos espectáculos, que no podemos dejar de testimoniar sinceramente cuánto aplaudimos su conducta, que ya la augusta protección había animado.

Leyó después las conclusiones, siguiendo el estilo que se usa en el Palacio de Justicia.

El tribunal deliberó sin abandonar su sitial y el presidente se puso luego de pie para pronunciar la sentencia.

—El tribunal —dijo al terminar— me encarga que exprese a Birotteau la satisfacción que siente al dictar su fallo. Secretario, llame para la causa siguiente.

Birotteau, sobre sus hombros la túnica de honor que le habían ofrecido las palabras del procurador general, quedó henchido de placer por la solemne frase pronunciada por el primer presidente del Tribunal Supremo de Francia, que demostraba que también puede emocionarse el corazón de la impasible justicia humana. No pudo moverse de su sitio y miraba, con aire estúpido, a los magistrados como si fuesen ángeles que acababan de abrirle las puertas de la vida social. Su tío lo agarró del brazo y lo sacó de la sala.

César, que no había obedecido a Luis XVIII, se puso ahora maquinalmente la cinta de la Legión de Honor en el ojal, siendo rodeado por todos sus amigos, que lo llevaron en triunfo hasta el coche que los esperaba.

—¿Adónde me llevan ustedes, queridos amigos? —preguntó a Joseph Lebas, a Pillerault y a Ragon.

—A su casa.

—No; son las tres; quiero entrar en la Bolsa y hacer uso de mi derecho.

—A la Bolsa —ordenó Pillerault al cochero, al mismo tiempo que hacía una expresiva seña a Lebas por haber observado en los rehabilitados síntomas inquietantes; temió que se volviera loco.

El antiguo perfumista entró en la Bolsa del brazo de su tío y de Lebas, estos dos comerciantes tan respetados. Ya era conocida allí su rehabilitación. La primera persona que vio a los tres comerciantes, seguidos de Ragon, fue Tillet.

—Mi querido patrón, encantado de saber que ha salido usted bien. Quizá yo mismo he contribuido a este feliz desenlace de sus aflicciones al haberme dejado arrancar una pluma del ala por el pequeño Popinot. Estoy tan contento por su felicidad como si se tratase de la mía.

—Y no podría ser de otro modo —dijo Pillerault—; eso no le ocurrirá a usted nunca.

—¿En qué sentido lo dice, señor? —preguntó Tillet.

—¡Pardiez, en el buen sentido! —dijo Lebas sonriendo ante la vengadora malicia de Pillerault, quien, sin saber nada, tenía a Tillet por un malvado.

Matifat reconoció a César. Inmediatamente los más famosos comerciantes rodearon al antiguo perfumista y le hicieron una ovación bursátil; recibió los más halagadores cumplidos y apretones de manos que revelaban muchas envidias y excitaban no pocos remordimientos, pues de cien personas que se paseaban por allí, más de cincuenta habían liquidado comercialmente. Gigonnet y Gobseck, que charlaban en un rincón, miraron al virtuoso perfumista como los físicos debieron de mirar al primer gimnoto eléctrico que pusieron ante sus ojos. Este pez, provisto de la fuerza de una botella de Leyden, es la mayor curiosidad del reino animal.

Después de haber sentido el incienso de su triunfo, César volvió a subir al coche y se puso en marcha para volver a su casa, donde debía firmarse el contrato de matrimonio de su querida Césarine y del fiel Popinot. Tenía una risa nerviosa que chocó a sus tres viejos amigos.

Un defecto de la juventud es el de creer que todo el mundo es fuerte como ella, defecto debido a sus propias cualidades: en lugar de mirar a los hombres y a las cosas a través de unos lentes limpios, los colorean con el reflejo de su propio ardor y extiende su exceso de vitalidad hasta los ancianos. Lo mismo que César y Constance, Popinot conservaba en la memoria una imagen fastuosa del baile dado por Birotteau. Durante estos tres años de tan dura prueba, Constance y César, aunque no se lo decían, habían vuelto a oír a la orquesta de Collinet; habían vuelto a ver aquella reunión tan florida y gustado aquella alegría, tan cruelmente castigada, como Adán y Eva debieron de pensar a veces en aquel fruto prohibido que dio la vida y la muerte a toda su posteridad, porque la reproducción de los ángeles es uno de los misterios del Cielo.

Pero Popinot podía pensar en aquella fiesta sin remordimientos, con placer: Césarine, que entonces estaba en toda su gloria, se había prometido a él, que era un muchacho pobre. En aquella velada, tuvo Anselme la seguridad de ser amado por sí mismo.

Así, cuando compró a Célestin la vivienda restaurada por Grindot, estipulando que todo quedaría intacto en ella, conservándose religiosamente hasta las cosas más insignificantes que pertenecían a César y a Constance, pensó en dar en él un baile, su baile de bodas. Preparó esta fiesta con amor, imitando a su patrón únicamente en los gastos necesarios y no en las locuras: las locuras ya estaban hechas.

La cena debió ser servida por Chevet, y los invitados eran casi los mismos: el cura Loraux sustituía al gran canciller de la Legión de Honor; no faltó el presidente del Tribunal de Comercio, Joseph Lebas. Popinot invitó a Camusot para agradecerle todas las atenciones que había tenido con Birotteau. Los señores de Vandenesse y de Fontaine estuvieron también, en lugar de Roguin y su señora. Césarine y Popinot distribuyeron sus invitaciones para el baile con discernimiento. Ambos temían la publicidad de una boda y evitaron los disgustos que se causan a los corazones jóvenes y puros decidiendo dar el baile el día del contrato matrimonial.

Constance había vuelto a encontrar aquel vestido color de cereza con el cual brilló durante un solo día, con un resplandor tan fugaz. Césarine se complació en dar a Popinot la sorpresa de presentarse con aquel traje de baile del cual él le había hablado tantas y tantas veces. De esa forma, la vivienda iba a ofrecer a Birotteau aquel espectáculo encantador que no pudo saborear más que un solo día. Ni Constance, ni Césarine, ni Anselme se dieron cuenta del peligro que suponía para César tan enorme sorpresa, y lo esperaban, a las cuatro de la tarde, con una alegría que los llevaba a hacer niñerías.

Después de las indescriptibles emociones que acababa de causarle su reaparición en la Bolsa, este héroe de la honradez comercial iba a sentir la que lo esperaba en la calle de Saint—Honoré.

Cuando, al entrar en su antigua casa, vio al pie de la escalera a su esposa con aquel vestido de color de cereza, a Césarine, al conde de Fontaine, al vizconde de Vandenesse, al barón de La Billardiére, al ilustre Vauquelin, se extendió ante sus ojos un ligero velo; su tío Pillerault, que le daba el brazo, notó cómo César se estremecía.

—Es demasiado —dijo el filósofo al enamorado Anselme—; no podrá con todo el vino que le estás sirviendo.

Era tan grande la alegría en todos los corazones que cada cual atribuyó la emoción de César y sus traspiés a una embriaguez del ánimo, bien natural, pero que a menudo es mortal. Al encontrarse de nuevo en su casa, al volver a ver su salón y a los invitados, entre los cuales estaban las señoras vestidas para el baile, de pronto el movimiento heroico del final de la gran sinfonía de Beethoven resonó en su cabeza y en su corazón. Esta música ideal se impuso a todo e hizo sonar sus clarines en las meninges de este cerebro tan fatigado y para el cual había de ser el gran final.

Abrumado por esta armonía interior, fue a agarrarse del brazo de su esposa y le dijo al oído, con una voz ahogada por un contenido golpe de sangre:

—No me encuentro bien.

Constance, asustada, condujo a su dormitorio a César, quien pudo llegar a duras penas y se echó precipitadamente en una butaca, diciendo:

—¡Señor Haudry, señor Loraux!

Llegó el sacerdote, seguido de los invitados y de las mujeres en traje de baile. Todos se detuvieron, formando un grupo estupefacto. En presencia de esa reunión tan florida, César estrechó la mano de su confesor e inclinó la cabeza sobre el pecho de su esposa, que estaba arrodillada junto a él. Se había roto una vena en su pecho y, para agravarlo, un aneurisma estrangulaba su última respiración.

—He ahí la muerte del justo —dijo el sacerdote Loraux con voz grave, señalando a César con uno de esos gestos divinos que Rembrandt captó para su cuadro del Cristo llamando a Lázaro a la vida.

Así como Jesús ordena a la tierra que devuelva su presa, el virtuoso cura señalaba al Cielo un mártir de la honradez comercial digno de ser condecorado con la palma eterna.

París, noviembre de 1837


Publicado el 6 de octubre de 2016 por Edu Robsy.
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