Guigemar

María de Francia


Cuento



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A quien se ocupa de una buena materia mucho le pesa si no está bien tratada de antes. Escuchad, señores, lo que dice María, que no pierde su tiempo.

La gente debe alabar a quien hace que hablen bien de él mismo, pero cuando en algún sitio hay un hombre o una mujer de gran mérito, los que envidian su posición a menudo hablan mal: intentan rebajar su valía y obran como el mal perro cobarde, avieso, que muerde a la gente a traición. No quiero dejar de hacer mi propósito, aunque los burlones y maldicientes me lo recriminen. ¡Están en su derecho de hablar mal!

Los relatos que sé que son verdaderos, de los que los bretones han hecho sus lais, os contaré con bastante brevedad. Al principio de todo, según el texto y el escrito, os mostraré un acontecimiento maravilloso que, en Bretaña la Menor, ocurrió en el tiempo de los antepasados.

En aquel tiempo, era rey Hoilas, unas veces en paz, otras, en guerra. El rey tenía un noble que era señor de León, llamado Oridial, en el que confiaba mucho, pues era caballero noble y valiente. Éste había tenido con su mujer dos hijos, un niño y una bella niña, que se llamaba Noguent, mientras que el joven era llamado Guigemar. ¡No había nadie más bello en el reino! Su madre lo quería mucho y también era muy amado por su padre, que cuando pudo separarlo de su lado lo envió al servicio del rey. El muchacho era prudente y valeroso y se hacía querer por todos. Llegado el momento y el tiempo en que tuvo edad y conocimientos, el rey lo armó caballero con gran riqueza y le dio armas en abundancia.

Ya se marcha Guigemar de la corte, pero antes hizo muchos regalos. Va a Flandes en busca de ganancias, pues allí había siempre combates y guerras. Ni en Lorena, ni en Borgoña, ni en Anjou, ni en Gascuña se podía encontrar en aquel tiempo a nadie que fuera tan buen caballero o que se le pudiera comparar.

Sólo un fallo había cometido Naturaleza al hacer a Guigemar: que éste nunca se había preocupado en amar; no habría dama ni doncella bajo el cielo, por muy bella o noble que fuera, que gustosa, si él la hubiera requerido de amor, no lo hubiera aceptado a su lado. Varias se lo pidieron a menudo, pero él no tenía ningún deseo; nadie se dio cuenta en ningún momento de que quisiera tener amores: por eso lo daban por perdido los amigos y los desconocidos.

En la flor de su mayor valía, regresa el caballero a su tierra para ver a su padre y a su señor, a su buena madre y a su hermana, que lo habían echado mucho de menos. Con ellos se quedó, según creo, un mes entero.

Un día le apeteció salir a cazar.Por la noche avisó a sus caballeros, a sus monteros y a sus batidores. Por la mañana va al bosque, pues mucho le agrada este entretenimiento. Encontraron el rastro de un gran ciervo y soltaron los perros; los monteros corren delante, el muchacho se va quedando atrás; un criado le lleva el arco, el cuchillo de monte y el perro: quería tirar, si había ocasión, antes de marcharse de allí. En la espesura de un gran arbusto vio una cierva con su cervatillo; era un animal completamente blanco, que tenía cornamenta de ciervo en la cabeza; a los ladridos del braco, salió de un salto: el joven tensa el arco y le dispara; la alcanzó por delante, en la testuz, y al punto cayó; pero la saeta rebotó hacia atrás, alcanzando a Guigemar de tal forma que le atraviesa el muslo y llega hasta el caballo, y lo obliga a desmontar: cae boca arriba en la hierba espesa, junto a la cierva a la que había alcanzado.La cierva, que estaba herida, se dolía y se quejaba; luego, empezó a hablar de esta forma:

—¡Ay, desdichada de mí! ¡Muerta estoy! Y tú, vasallo, que me has herido, que tal sea tu destino: ¡no encuentres nunca remedio, ni con hierba, ni con raíces! Ni con médico, ni con pócima tengas nunca cura de la herida que tienes en el muslo, y que sólo te pueda sanar la que padezca por tu amor tan gran pena y tal dolor como nunca una mujer sufrió, y que a ti te pase lo mismo por ella; de modo que se admiren todos aquellos que amen o hayan amado o amarán después. ¡Vete de aquí y déjame tener paz!

Guigemar estaba gravemente herido y muy preocupado por lo que había oído; empezó a pensar a qué tierra podría ir para que le curaran la herida, pues no quiere dejarse morir. Bien sabe, y lo ha dicho muchas veces, que nunca había visto a ninguna mujer a la que dirigir su amor y que le pudiera sanar el daño. Llamó a su criado:

—Amigo —le dice—, ve pronto, picando espuelas, y haz que regresen mis compañeros, pues querría hablar con ellos.

El criado se marcha espoleando y él se queda, entre profundos lamentos; con la camisa apretada se venda con fuerza la herida y luego monta, alejándose de allí: mucho le tarda estar lejos, pues no quiere que acuda ninguno de los suyos, no le vayan a retener o a impedir la marcha. Atraviesa el bosque por una verde senda que lo ha llevado fuera, a la landa; desde la llanura ve el acantilado y el risco; un río que corría por abajo era un brazo de mar y tenía un puerto. En el puerto sólo había una nave, cuyo mástil distingue Guigemar. Tenía muy buenos aparejos; estaba untada de brea por dentro y por fuera, nadie podría ver una juntura. No tenía pasador ni cierre que no fuera de ébano:¡bajo el cielo no hay oro que valga más! La vela era toda de seda, bellísima cuando la despliegan.

El caballero se quedó pensativo: ni en la región, ni en aquella tierra había oído nunca decir que pudiera llegar allí una nave. Siguió adelante, bajó y con gran trabajo entró en ella. Pensaba encontrar dentro a los hombres que debían guardar la nave: nadie había y a nadie vio; pero en medio del barco encontró una cama cuyos largueros y travesaños eran una obra de taracea salomónica, con incrustaciones de oro, ciprés y marfil blanco.

De seda tejida con oro era la colcha de encima. No sé el valor de las sábanas, pero os hablaré sólo de la almohada: quien apoyara encima la cabeza nunca tendría el cabello cano. La manta era de marta cibelina, forrada con seda púrpura de Alejandría. Dos candelabros de oro puro —el peor de ellos valía un tesoro— habían sido colocados en la proa; tenían encima sendos cirios encendidos, lo que le causó admiración.

Se apoya en la cama y descansa; le duele la herida. Luego, se vuelve a levantar, dispuesto a marcharse, pero no puede volver: la nave está ya en alta mar, alejándose veloz con él; había buena brisa, viento suave: en modo alguno puede regresar. Lo siente mucho, no sabe qué hacer; no es de extrañar que se aflija, pues le dolía mucho la herida. Tenía que resistir la aventura; pide a Dios que lo proteja y que con su poder lo lleve a puerto y lo libre de la muerte. Se acuesta en la cama y se queda dormido. Ya ha pasado lo más duro: antes de vísperas llegará al lugar en el que será curado, al pie de una antigua ciudad, que era capital de aquel reino.

El señor que gobernaba allí era un hombre muy viejo, que tenía por mujer a una dama de alta condición, franca, cortés, hermosa y discreta. Era celoso en demasía, pues obliga la naturaleza a que todos los viejos tengan celos —odian todos ser engañados—, ése es el paso del tiempo. No la ocultaba de broma: en un jardín, al pie de la torre del homenaje, allí estaba todo cercado, con un muro de verde mármol, muy grueso y alto. Sólo había una entrada: estaba vigilada noche y día. Por la otra parte lo cercaba el mar; nadie podía entrar o salir si no era en barca, cuando lo necesitaba el castillo. El señor había mandado construir dentro de los muros, para tener más segura a su mujer, una vivienda: bajo el cielo no la había más bella. A la entrada estaba la capilla.

La vivienda estaba pintada alrededor: Venus, la diosa del amor, estaba muy bien representada en la pintura, que mostraba las formas y la naturaleza de cómo se debe comportar uno en el amor, con lealtad y sirviendo bien. El libro de Ovidio, en el que enseña cómo evitar el amor, lo arrojaba en un fuego abrasador y excomulgaba a todos los que leyeran el libro o siguieran sus enseñanzas.

Allí estaba la dama encerrada y metida. Había puesto el señor a su servicio a una doncella, que era muy noble y bien criada; era sobrina suya, hija de su hermana. Entre las dos había un gran afecto; con ella estaba cuando él se marchaba y hasta su regreso, para que no entrara allí hombre ni mujer, y que ella no saliera del recinto. Un viejo sacerdote canoso y de blanca barba guardaba la llave del postigo; había perdido los miembros inferiores: si no, no confiaría en él. Oficiaba para ella el culto de Dios y le servía durante la comida.

Ese mismo día, por la tarde, fue la dama al jardín; había dormido la siesta, y salió con su doncella a distraerse. Miran hacia abajo, a la playa: vieron el barco que llegaba, con la marea alta, navegando decidido al puerto; no ven a nadie que lo pilote. La dama quiere huir, ¡no extraña que tenga miedo! Su rostro está acalorado; pero la doncella, que era discreta y más atrevida de corazón, la reconforta y tranquiliza. Se dirigen hacia allí muy deprisa. La muchacha se quita el manto, entra en la nave, que era muy hermosa, pero no encontró nada vivo, salvo al caballero, que estaba dormido. Se detuvo y lo contempló; lo veía pálido y pensó que estaba muerto. La doncella retrocede; llama de inmediato a la dama y le cuenta toda la verdad, lamentándose por el muerto que ha visto.

La dama le responde:

—Vayamos allí; si está muerto, huiremos; nuestro cura nos ayudará. Si lo encuentro vivo, haremos que hable.

Van juntas, no se demoran; la dama delante, ella detrás. Al entrar en la nave, se detuvo ante el lecho; contempló al caballero, lamentándose por su cuerpo y su belleza; por él se sintió triste y afligida, y exclamaba que en mala hora fue su juventud. Sobre el pecho le pone la mano: lo notó caliente y el corazón sano, que bajo las costillas latía. El caballero, que estaba dormido, se ha despertado y la ha visto; muy contento, la saluda: bien sabe que ha llegado a la orilla.

La dama, afligida y pensativa, le contestó con buenas formas; le pregunta cómo ha llegado y de qué país, y si ha sido desterrado por alguna guerra.

—Señora —le responde—, no hay nada de eso; pero si queréis que os lo diga, os contaré la verdad, sin ocultaros nada. Nací en Bretaña la Menor. Un día fui a cazar al bosque; herí a una cierva blanca y la saeta rebotó, hiriéndome de tal modo en el muslo que pensé que jamás encontraría cura. La cierva se quejó y me dirigió la palabra: me maldijo mucho, deseándome que no tuviera salvación, si no era por una muchacha, que no sé dónde puede encontrarse. Cuando oí mi destino, salí rápidamente del bosque. En un puerto vi esta nave y entré en ella, ¡fue una locura! La nave se escapó conmigo; no sé adónde he llegado, ni cómo se llama esta ciudad. Bella dama, por Dios os ruego, ayudadme, por favor, pues no sé adónde ir y no puedo gobernar la nave.

Ella le respondió:

—Buen señor querido, os ayudaré con gusto. Esta ciudad y el territorio que la rodea son de mi señor;es hombre rico, de alta condición, pero es ya de avanzada edad y terriblemente celoso. Por la fe que os debo, os digo que me ha encerrado en este recinto que sólo tiene una entrada; un viejo sacerdote guarda la puerta: ¡que Dios conceda que un mal fuego lo queme! Aquí estoy encerrada noche y día, y en ningún momento me atrevo a salir, si él no lo manda, porque lo pide mi señor. Aquí tengo mi habitación y mi capilla, y conmigo está esta doncella. Si queréis quedaros hasta que podáis viajar mejor, con gusto os daremos alojamiento y os serviremos de todo corazón.

Al oír estas palabras, dulcemente da las gracias a la dama: con ella se quedará, le dice.

Luego, se ha levantado del lecho; le ayudan con esfuerzo. La dama lo lleva a su habitación; en la cama de la muchacha, detrás de un dosel que como cortina fue dispuesto en la habitación, allí han acostado al joven. En recipientes de oro trajeron agua, le lavaron la herida y el muslo; con una bella tela de lino blanco le quitaron la sangre de alrededor; después le han vendado con fuerza. ¡Con gran cariño lo tratan! Cuando les llevaron comida al anochecer, la doncella se quedó con tanta, que hubo suficiente para el caballero. ¡Bien comió y bebió!

Pero Amor le había alcanzado de lleno; su corazón se encontraba ya en gran tribulación, pues la dama le ha herido de tal modo que se ha olvidado de su tierra. No siente dolor alguno por su herida; suspira con gran angustia. Ruega a la doncella que le sirve que le deje dormir; ésta se marcha, dejándolo, después de que le ha dado permiso para que se retire. Ha ido a su dama, que estaba algo encendida por el mismo fuego que Guigemar nota que prende y arde en su corazón. El caballero había quedado solo; estaba pensativo y angustiado, aunque no sabe a qué se debe, pero bien se da cuenta de que si no es curado por la dama, puede estar seguro y cierto de morir.

—¡Ay! —decía—. ¿Qué haré? Iré a ella y le diré que tenga compasión y piedad de este pobre desconsolado; si rechaza mi súplica y se muestra orgullosa y altanera, moriré de dolor o para siempre languideceré con este mal.

Suspiró a continuación. Al poco tiempo vuelve de nuevo el mismo pensamiento y dice que no le queda más remedio que sufrir, pues así obra quien no puede más. Toda la noche ha estado en vela, suspirando y sufriendo. Iba recordando en su corazón las palabras y el rostro, los ojos glaucos y la bella boca, cuya dulzura le llega al corazón. Entre dientes le pide piedad, ¡por poco no la ha llamado «amiga»! Si supiera lo que ella estaba sintiendo y cómo Amor la atormentaba, se pondría muy contento, a mi parecer; un poco de consuelo le habría quitado algo del dolor que le había hecho empalidecer.

Si él sufre por amarla, ella de nada podía jactarse. Muy temprano, antes de amanecer, se levantó la dama; había pasado la noche en vela, y de eso se quejaba: era por culpa de Amor, que la acosa. La doncella, que estaba a su lado, en el rostro le notó a la dama que estaba enamorada del caballero alojado en la habitación para que se curara; pero no sabe si éste la ama o no.

Fue la dama a oír misa, y la doncella va al caballero y se sienta delante del lecho; él la llama y le dice:

—Amiga, ¿adónde ha ido mi señora? ¿Por qué se ha levantado tan temprano?

Luego, se calló y suspiró. La doncella empezó a hablarle:

—Señor, ¡estáis enamorado! Procurad no ocultaros demasiado: podríais amar de tal forma que vuestro amor fuera correspondido; quien quiera amar a mi señora debe pensar muy bien de ella. Este amor sería conveniente si los dos fuerais constantes: ¡vos sois hermoso y ella es hermosa!

Él le contestó a la doncella:

—Soy presa de tal amor que pronto empeoraré si no recibo socorro y ayuda. Aconsejadme, mi dulce amiga, ¿qué puedo hacer con este amor?

La criada con gran dulzura consuela al caballero y lo reconforta prometiéndole su ayuda en todo lo que pueda hacer. Era muy cortés y gentil.

Después de oír misa, la dama regresa sin entretenerse; quería saber qué estaba haciendo —si dormía o velaba— aquel por cuyo amor su corazón no cesa de atormentarse. La llamó la criada y la hizo ir ante el caballero: bien podría decirle y mostrarle a gusto sus sentimientos, fuera para provecho o para daño. Él la saluda y ella a él; los dos están en gran suplicio. Él no se atrevió a requerirla en nada: como era de tierra extraña tenía miedo —si se lo decía— de ser rechazado y alejado; pero quien no muestra su enfermedad apenas puede ser curado. El amor es una herida dentro del corazón y no se aprecia en modo alguno por fuera; es un mal que dura mucho tiempo, pues procede de Naturaleza. Son muchos los que lo toman a bromas, como los viles cortesanos que cortejan a las mujeres por todo el mundo y luego se vanaglorian de lo que hacen: ¡no es amor, sino locura, maldad y desenfreno! Quien encuentre a uno leal debe servirlo y amarlo y estar a sus órdenes.

Guigemar ama apasionadamente; o recibe pronto socorro, o tendrá que vivir en contra de su deseo. Amor le da atrevimiento y descubre su sentir:

—Señora —dice—, ¡muero por vos! Mi corazón está muy angustiado; si no me queréis curar, no me queda más que morir. Os pido vuestro amor; bella, no me rechacéis.

Tras escucharlo bien, le responde de forma adecuada, y sonriendo le dice:

—Amigo, sería una decisión demasiado precipitada concederos ese ruego: no estoy acostumbrada.

—Señora —le contesta—, ¡por Dios, apiadaos! Que no os enoje si os lo digo: la mujer ligera de costumbres debe hacerse rogar durante mucho tiempo para hacerse apreciar y que no se piense que está acostumbrada a ese deleite; pero la dama de buen seso, que tiene en sí valor y sentido común, si encuentra a un hombre de su condición, no se mostrará demasiado orgullosa con él, sino que le dará su amor y se pondrá contenta: antes de que nadie lo sepa o lo oiga habrán llevado a cabo gran parte de su gozo. Bella señora, ¡terminemos este pleito!

La dama comprende que le está diciendo verdad y le concede al punto su amor, y él la besa. Ya se siente a gusto Guigemar: se acuestan juntos, hablan y se besan y abrazan a menudo. ¡Bien les va el resto, lo que los demás acostumbran a hacer!

Según me parece, un año y medio estuvo Guigemar con ella; era una vida muy agradable. Pero Fortuna, que no se entretiene, hace girar su rueda en poco tiempo: a uno hace caer, a otro sube. Y así les ocurrió a ellos, pues pronto fueron descubiertos.

En verano, una mañana, estaba acostada la dama junto al joven; le besa la boca y la cara, y le dice:

—Bello y dulce amigo, mi corazón me dice que os voy a perder: seremos hallados y descubiertos; si vos morís, yo quiero morir, y si os vais vivo, encontraréis otro amor y yo me quedaré con mi sufrimiento.

—Señora —le responde—, ¡no continuéis! ¡Que no tenga alegría ni paz si me voy con otra! ¡No tengáis ningún miedo por eso!

—Amigo, ¡prometédmelo! Entregadme vuestra camisa; en el faldón haré un nudo: os doy permiso de amar —donde sea— a la que lo desate y sepa deshacerlo.

Él se la entrega, y lo promete. Ella hizo el nudo de tal manera que ninguna mujer podría desatarlo, si no metía tijeras o cuchillo. Le da y le devuelve la camisa; él la recibe con la condición de que también ella se comprometa: le ciñe a su carne desnuda un cinturón, y se lo aprieta un poco al talle. A quien pueda desabrochar la hebilla sin romperla ni partirla, a ése —le ruega— debe amar. Luego la besa, en esto quedan.

Ese mismo día fueron descubiertos, encontrados, hallados y vistos por un camarero malintencionado al que su señor había hecho ir allí; quería hablar con la dama, pero no pudo entrar en la habitación; los vio por una ventana, volvió a su señor y se lo dijo. Nunca había sentido el señor tal dolor como cuando lo oyó: llamó a tres de sus consejeros, luego va a la habitación; manda derribar la puerta. Dentro encontró al caballero: por el gran enfado que tiene, lo ordenó matar.

Guigemar se puso en pie, por nada se asustó; tomó entre sus manos una gran percha de abeto, en la que se acostumbra a colgar la ropa, y los espera. A alguno le causará daño: antes de que se le acerquen, los herirá a todos.

El señor lo contempla, le pregunta e inquiere quién es y dónde nació y cómo ha entrado allí. Él le cuenta cómo llegó y cómo lo retuvo la dama; le dice todo sobre la suerte que le había echado la cierva que había cazado, y le habla del barco y de su herida. ¡Ahora está en su poder!

Le contesta el señor que no le cree en nada, y que si fuera como él decía y encontraba la nave, lo volvería a echar al mar: si se salvaba, lo sentiría, y si se ahogaba, le agradaría mucho. Después de prometerle seguridad, van juntos al puerto; encuentran la barca y la empujan dentro: se lo lleva a su tierra.

El barco navega sin tardanza. El caballero suspira y llora; por la dama se lamentaba a menudo y rogaba a Dios omnipotente que le diera pronta muerte y que no le permitiera llegar nunca a puerto si no podía volver a tener a su amiga, a la que desea más que a su propia vida. Ha mantenido este sufrimiento tanto rato que la nave ha llegado al puerto en el que fue encontrada al principio; bien cerca estaba de su tierra. Salió tan pronto como pudo.

Un paje al que había criado iba tras un caballero; con la mano llevaba un caballo de combate; lo reconoció y lo llamó, y el criado se detuvo a mirarlo: vio a su señor; descabalga y le entrega como presente el caballo, y se va con él.

Contentos están todos sus amigos, que lo han encontrado, y gran aprecio también le tuvieron en su país, pero él estaba siempre triste y pensativo. Deseaban que tomara mujer, mas rehusaba con firmeza: nunca se casaría, por riquezas o por amor, si antes no le desanudaban la camisa sin romperla. Por Bretaña va la noticia; no hay dama ni doncella que no acudiera allí a probar. ¡Nunca pudieron desatarla!

Os quiero hablar de la dama a la que Guigemar tanto amaba. Por consejo de uno de sus nobles, el señor la ha metido en prisión, en una torre de mármol gris. Lo pasa mal el día y peor la noche; nadie en el mundo podría contar su gran pena, ni el sufrimiento, ni la angustia y el dolor que tiene la dama en la torre. Allí estuvo dos años y más, según creo; nunca tuvo alegría ni deleite. A menudo se lamenta por su amigo:

—Guigemar, señor, ¡en mala hora os vi! Prefiero morir pronto a sufrir mucho tiempo este dolor. Amigo, si yo puedo escapar, me ahogaré en el mismo sitio en el que fuisteis echado al mar.

Luego se pone en pie; asustada, se dirige a la puerta, no encuentra traba ni cerrojo, y sale fuera; por casualidad nadie se lo impidió. Llegó al puerto y encontró la nave: estaba atada a un escollo en el sitio en el que ella quería ahogarse. Al verla, se mete dentro; pero se ha acordado de una cosa, de que allí se ahogó su amigo, y no se puede mantener en pie: si pudiera llegar a la borda, se dejaría caer fuera. Sufre bastante esfuerzo y dolor.

La nave se va, llevándola con rapidez. En Bretaña ha arribado a puerto, al pie de un castillo grande y fuerte. El señor del que era el castillo se llamaba Meriaduc. Tenía guerra contra un vecino suyo, por eso se había levantado temprano, pues quería hacer salir a su gente a que causara daño a su enemigo. Estaba a una ventana y vio arribar a la nave. Bajó por una escalera y llamó a su camarero: rápidamente van al barco y por la escala suben a bordo, encontrando dentro a la dama, que por su belleza parece un hada. La sujeta por el manto y la lleva al castillo. Estaba muy contento por el hallazgo, pues era extraordinariamente bella. Fuera quien fuese el que la metió en la barca, bien sabe que es de alta condición. Se enamoró de tal manera de ella, que nunca tuvo mayor amor a ninguna dama.

Tenía una hermana que era doncella; se la encomendó en su habitación, que era muy bonita. Fue bien servida y honrada, la viste y engalana con riqueza, pero siempre estaba pensativa y triste. Con frecuencia va a hablar con ella, pues la amaba de todo corazón: la requiere, sin que ella se preocupe, sino que le muestra el cinturón: nunca amará a ningún hombre, si no es al que lo desabroche sin romperlo. Al oírlo, le responde enfadado:

—También hay en esta tierra un caballero de gran valía, que se defiende de tomar esposa con una camisa, cuyo faldón derecho tiene un nudo que no puede ser desatado sin usar tijeras o cuchillo. ¡Creo que fuisteis vos quien lo debió hacer!

Cuando oyó estas palabras, suspiró y poco faltó para que se desmayara. La sujeta entre sus brazos, rompe los lazos de su brial dispuesto a abrir el cinturón, pero no puede llevarlo a cabo. No hubo caballero en toda aquella tierra al que no obligara a intentarlo.

Quedó así durante mucho tiempo, hasta que Meriaduc convocó un torneo contra su vecino al que combatía. Llamó a los caballeros y los retuvo a su lado, sabiendo que Guigemar acudiría; lo convocó por los servicios que le había hecho como amigo y compañero, para que no le faltara en aquella ocasión y que acudiera en su ayuda. Guigemar fue con gran riqueza, llevando más de cien caballeros. Meriaduc lo alojó con grandes honores en la torre. Hizo llamar a su lado a su hermana; mediante dos caballeros le ordena que se arregle y acuda con la dama a la que él tanto quiere. Cumple sus órdenes: las dos se vistieron con gran riqueza y cogidas de la mano fueron a la sala; la dama estaba pensativa y pálida. Oyó nombrar a Guigemar y no pudo mantenerse en pie; si la joven no la hubiera sujetado, habría caído al suelo. El caballero se levantó y fue hacia ellas, contempló y miró a la dama, su semblante y sus maneras; luego, se retiró un poco.

—¿Es ésta —se dijo— mi dulce amiga, mi esperanza, mi corazón, mi vida, mi hermosa dama que me amó? ¿De dónde ha venido? ¿Quién la trajo? He pensado una gran locura; bien sé que no puede ser: las mujeres se parecen mucho unas a otras; por nada se altera mi pensamiento. Por aquella a la que se parece, por quien suspira y tiembla mi corazón, le hablaré con mucho gusto.

A continuación, el caballero se adelanta. La besó y la sentó a su lado; no dijo una palabra, sino que le rogó que se sentara. Meriaduc los miraba, mucho sentía aquel comportamiento; llama a Guigemar sonriendo:

—Señor —le dice—, si os pareciera bien, esta doncella podría probar a desanudar vuestra camisa, quizás podría lograr algo.

Le responde:

—Yo lo concedo.

Llama a un camarero que tenía para custodiar la camisa y le ordena que la traiga. Se la entregaron a la doncella, que no pudo desatarla. La dama reconoció sin dificultad el nudo, y una gran congoja le oprimió el corazón, pues con mucho gusto lo intentaría si pudiera o si se atreviera a hacerlo. Meriaduc se dio cuenta. ¡Lo sintió tanto que no podría más!

—Señora —dijo—, intentad si podéis deshacer el nudo.

Al oír esta orden, toma el faldón de la camisa y con rapidez lo desata. El caballero quedó admirado; la reconoció al punto, y a pesar de todo no podía creerlo. Empezó a hablar con ella con discreción:

—Amiga, dulce criatura, ¿sois vos? ¡Decidme la verdad! Dejadme ver vuestro cuerpo, el cinturón que os ceñí.

Le toca el talle con las manos y encuentra el cinturón.

—Bella —le dice—, ¡qué suerte que os he encontrado así! ¿Quién os trajo?

Ella le cuenta el dolor, las grandes penas y la tristeza de la prisión en la que estuvo, y cómo le fue, cómo pudo escapar. Quiso ahogarse, encontró la nave, entró en ella y llegó a este puerto, y que el caballero la retuvo. La había custodiado con grandes honores, pero todos los días la requirió de amor. Ahora le había vuelto la alegría.

—Amigo, ¡llevaos a vuestra amada!

Guigemar se ha puesto en pie.

—Señores —dice—, ¡escuchad! He reconocido aquí a mi amiga, a la que creía haber perdido. Pido y suplico a Meriaduc que me la entregue, por favor. Me convertiré en vasallo suyo, le serviré dos o tres años con cien caballeros o más.

Entonces respondió Meriaduc:

—Guigemar —dijo—, buen amigo, yo no estoy tan amenazado, ni tan acosado por ninguna guerra, como para que me lo pidáis de esa manera. Yo la encontré, la mantendré y la defenderé contra vos.

Al oírlo, ordenó a su gente que montara de inmediato. Se aleja de allí y lo desafía, sintiendo mucho dejar a su amiga. No hubo caballero en la ciudad que hubiera ido al torneo que no se lo llevara Guigemar consigo; todos le prestan juramento de fidelidad: irán con él, adonde él quiera. ¡Muy deshonrado quedará el que le falle! Por la noche llegaron al castillo contra el que guerreaba Meriaduc. El señor les dio albergue, muy alegre y contento por Guigemar y su ayuda. ¡Bien sabe que la guerra está acabada!

El día siguiente por la mañana temprano se levantaron, tomaron provisiones en las casas y salieron de la ciudad con gran tumulto; Guigemar era el primero en guiarlos. Llegan al castillo, lo atacan, pero era fuerte y no consiguen tomarlo. Guigemar lo asedia, no se irá hasta que lo haya tomado. Le aumentaron tanto los amigos y los hombres, que cayeron los de dentro por hambre. Ha destruido y tomado el castillo y ha matado al señor. Con gran alegría se lleva a su amiga. ¡Ya ha terminado su pena!

Sobre este cuento que habéis oído se compuso el lai de Guigemar, que se toca en arpa y en rota; su música es buena para oír.


Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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