El Beso

Guy de Maupassant


Cuento



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Encanto mío: De modo que te pasas el día y la noche llorando, porque te abandonó tu marido; no sabes qué hacer y solicitas consejo de tu anciana tía, a la que, por lo visto, supones muy experta. No estoy tan enterada como tú te lo imaginas; pero desde luego que no soy del todo ignorante en el arte de amar o, más bien, de hacerse amar, que a ti te falta un poco. A mis años creo que me debe estar permitido confesarlo.

Me cuentas que no tienes para él otra cosa que atenciones, cariños, caricias y besos. De ahí tal vez procede el daño; creo que te excedes en besarlo.

Tenemos en nuestras manos, querida, la potencia más terrible que existe: el amor.

El hombre, dotado de su fuerza física, la ejerce por la violencia. La mujer, dotada del encanto, domina por la caricia. Es nuestra arma, arma temible, incontrastable, pero que es preciso saber manejar.

Somos, sábelo bien, las dueñas de la tierra. Narrar la historia del Amor desde los orígenes del mundo, equivaldría a narrar la historia del hombre mismo. Todo arranca del Amor: las artes, los grandes acontecimientos, las costumbres, la moral, las guerras, el derrumbamiento de los imperios.

En la Biblia tropiezas con Dalíla y Judit; en la Leyenda, con Onfala y Helena; en la Historia, con las Sabinas, Cleopatra y tantas más.

Reinamos, pues, como soberanas omnipotentes. Pero es indispensable que empleemos, lo mismo que los reyes, una diplomacia refinada.

El Amor, pequeña mía, está hecho de primores, de sensaciones imperceptibles.

Sabemos que es fuerte como la muerte; pero es también tan frágil como el vidrio. El choque más insignificante lo quiebra y nuestro dominio se derrumba, sin que podamos ya reconstruirlo.

Tenemos el poder de hacernos adorar, pero necesitamos una cualidad minúscula: el discernimiento de matices en la caricia, la percepción sutil de lo excesivo en la manifestación de nuestra ternura.

En las horas del abrazo perdemos el sentido del matiz, mientras que el hombre, al que nosotras nos imponemos, no pierde el dominio de sí mismo, conserva la capacidad de apreciar lo ridículo de ciertas frases, lo desorbitado de determinadas actitudes.

Encanto mío, permanece siempre en guardia sobre este punto, que es donde falla nuestra coraza, que es nuestro talón de Aquiles.

¿Sabes de dónde nace nuestro verdadero poder? ¡Del beso, solo del beso! Sabiendo presentar y entregar nuestros labios, podemos llegar a ser reinas.

Y, sin embargo, el beso no es sino un prefacio. Pero es un prefacio encantador, más delicioso que la obra misma, un prefacio que se lee una y otra vez, mientras que no siempre es posible... releer el libro.

Sí, el unirse de dos bocas es la sensación más perfecta, más divina que ha sido concedida a los seres humanos; el limite último y supremo de la dicha.

Es en el beso, y únicamente en el beso, donde a veces creemos percibir la imposible fusión que vamos persiguiendo de dos almas, el confundirse en uno dos corazones desfallecientes.

¿Recuerdas los versos de Sully—Prudhomme:

Es la caricia inquieto desvarío;
del pobre Amor, el infructuoso empeño
de unir, cosa imposible, nuestras almas,
uniendo uno con otro nuestros cuerpos.


Una caricia tan sólo produce esa sensación íntima, inmaterial, de dos seres convertidos en uno, y eso es el beso. Todo el frenesí violento de la posesión completa no iguala a ese trémulo acercamiento de las bocas, a ese primer contacto, húmedo y lleno de frescor, seguido de la conjunción inmóvil, ardorosa y larga, larguísima, de una y otra.

Es, pues, encanto mío, el beso nuestra arma más poderosa; pero guardémonos de embotar su filo. No olvides que su eficacia es relativa, de puro convencional. Cambia con las circunstancias el estado de ánimo del momento, el sentimiento de espera o de éxtasis del espíritu. Voy a basarme en un ejemplo.

Todas nos sabemos de memoria un verso debido a otro poeta, un verso que nos parece encantador, que nos causa estremecimientos que nos llegan al alma.

Después que el poeta ha descrito la espera del enamorado, en una habitación cerrada y en las primeras horas de una noche de invierno, sus inquietudes, sus impaciencias nerviosas, su miedo horrible de que ella no venga, pinta la llegada de la mujer amada, que entra, por fin, en la habitación, apresuradísima, jadeante  trayendo el frío en sus faldas, y exclama:


¡Oh, qué primeros besos a través del velillo!


¿Verdad que hay en este verso un sentimiento exquisito, una observación fina y encantadora, una exactitud perfecta? Todas las mujeres que han corrido a una cita clandestina, aquellas a las que la pasión ha lanzado en los brazos de un hombre, conocen bien esos deliciosos primeros besos a través del velillo del sombrero, y sienten escalofríos con sólo recordarlos. Sin embargo, su encanto depende únicamente de las circunstancias. del retraso, de la espera anhelante; pero la verdad es que, desde  el punto de vista pura o impuramente sensual, como prefieras, son  detestables.

Fíjate. En la calle hace frío. La mujercita ha caminado de. prisa, el velillo está húmedo del vaho frío ya, de su respiración. Brillan gotitas en las mallas del encaje negro. El amante se precipita y  pega sus labios a este vaho condensado de los pulmones. El vaho húmedo, que destiñe y está impregnado del sabor repugnante de los colorantes químicos, entra  en la boca del joven, le moja el bigote. No son los labios de la bien amada los que el joven saborea; saborea el tinte del encaje impregnado de aliento que se ha enfriado.

Sin embargo, todas nosotras decimos con un suspiro, lo mismo que el poeta:

¡Oh, qué primeros besos a través del velillo!


Siendo, pues, completamente convencional la eficacia de esta caricia, debemos guardarnos de que pierda su valor.

Quiero decirte a este propósito, encanto, que he sido testigo en muchas ocasiones de tu torpeza, aunque no constituyas a este respecto una excepción. La mayor parte de las mujeres pierden su autoridad sin más motivo que el abuso del besar, del besar intempestivo. Si ven que el marido o el amante da señales de un poco de fatiga, porque hay horas de laxitud en las que el corazón, lo mismo que el cuerpo, piden reposo, ellas, en vez de comprender lo que a él le ocurre, se obstinan en caricias inoportunas, lo hastían con su obstinación de ofrecerle los labios, lo cansan al estrecharlo entre sus brazos sin medida ni razón.

Presta fe a mi experiencia. Para empezar, no beses nunca a tu marido en público, en un vagón, en un restaurante. Es un acto del peor gusto. Aguántate las ganas. Él creería hacer el ridículo, y te guardaría siempre rencor.

Desconfía sobre todo de los besos inútiles, prodigados en la intimidad. Tengo la certeza de que haces un espantoso consumo de ellos.

Y para citarte un caso, te diré que un día estuviste verdaderamente desagradable.

Nos hallábamos los tres en tu saloncito, y como mi presencia no los embarazaba, tu marido te tenía sentada en sus rodillas y te daba largos besos en la nuca, oculta su boca entre los rizados cabellos de tu cuello. De pronto exclamaste: «¡El fuego!» No se acordaban del fuego, y estaba a punto de consumirse. Todo lo que brillaba en el hogar eran unos tizones mortecinos y a punto de apagarse. Tu marido se levantó en el acto, se precipitó hacia el arcón de la leña y sacó del mismo dos troncos grandísimos, que llevaba con gran dificultad al hogar; y en ese preciso momento fuiste hacia él con tus labios mendicantes y le dijiste: «Bésame». Tu marido volvió la cabeza haciendo un gran esfuerzo para no dejar caer los maderos. Y tú posaste tu boca suave, lentamente, en la de aquel desdichado, que tuvo que aguantar, con el cuello doblado, la cintura en torsión, los brazos doloridos, temblando de cansancio y de esfuerzo violento. Y tú, sin ver ni comprender, eternizaste aquel beso martirizador. Después, cuando lo dejaste en libertad, te pusiste a refunfuñar con gesto de enojo: «¡ No sabes besarme!...»  ¡Era mucho pedirle encanto!

Ten cuidado con eso. Raya en estúpida manía, en impulso inconsciente tonto, nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos: cuando él lleva en la mano un vaso de agua; cuando se está poniendo el calzado; cuando se hace el nudo de la corbata, en fin, cuando se encuentra en alguna postura incómoda, entonces lo inmovilizamos con alguna caricia molesta que le fuera a permanecer un minuto en una actitud iniciada, sin sentir otro deseo sino el de desembarazarse de nosotras.

Sobre todo, no tomes esta crítica como insignificante y mezquina. El amor es cosa delicada, pequeña mía; un nada lo lastima; ten presente que todo depende de nuestro tacto en las zalamerías. Un beso torpe puede ocasionar un gran daño.

Pon en práctica mis consejos.

Tu tía que te quiere,

Collette


Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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