El Borracho

Guy de Maupassant


Cuento


El viento del norte soplaba tempestuoso, arrastrando por el cielo enormes nubes invernales, pesadas y negras, que arrojaban al pasar sobre la tierra furiosos chaparrones.

El mar encrespado bramaba y azotaba la costa, precipitando sobre la orilla olas enormes, lentas y babosas, que se desplomaban con detonaciones de artillería. Llegaban suavemente, una tras otra, altas como montañas, esparciendo en el aire, bajo las ráfagas, la espuma blanca de sus crestas, igual que el sudor de un monstruo.

El huracán se precipitaba en el vallecito de Yport, silbaba y gemía, arrancando las pizarras de los tejados, rompiendo los sobradillos, derribando las chimeneas, lanzando por las calles tales rachas de viento que sólo se podía andar sujetándose a las paredes, y capaces de levantar a un niño como si fuera una hoja y de arrojarlo al campo por encima de las casas.

Las barcas de pesca habían sido sirgadas hasta el pueblo, por miedo al mar que iba a barrer la playa cuando subiese la marea, y algunos marineros, ocultos tras el redondo vientre de las embarcaciones tumbadas de costado, contemplaban a aquella cólera del cielo y del agua.

Después se marchaban poco a poco, pues la noche caía sobre la tormenta, envolviendo en sombras el océano enloquecido, y todo el estruendo de los irritados elementos.

Quedaban aún dos hombres, las manos en los bolsillos, encorvados bajo la borrasca, el gorro de lana calado hasta los ojos, dos corpulentos pescadores normandos, con una sotabarba áspera, con la piel quemada por las saladas ráfagas de alta mar, de ojos azules con una pinta negra en el centro, esos ojos penetrantes de los marinos que ven a lo lejos en el horizonte, como un ave de presa.

Uno de ellos decía:

—Hala, vente, Jérémie. ¿Qué tal si echamos una partida de dominó? Yo pago.

El otro vacilaba aún, tentado por el juego y el aguardiente, sabiendo perfectamente que iba a emborracharse una vez más si entraba en la taberna de Paumelle, contenido también por la idea de su mujer, que se había quedado completamente sola en la casucha.

Preguntó:

—Casi que diría que has apostado a emborracharme toas las noches. Dime, ¿qué gusto le sacas?, porque siempre corres con el gasto...

Y se reía de todas maneras ante la idea de todo aquel aguardiente bebido a expensas de otro; se reía con la risa satisfecha de un normando aprovechado.

Mathurin, su camarada, seguía tirándole del brazo.

—Hala, vente Jérémie. No está la noche para volver a casa sin algo caliente en la barriga. ¿De qué tienes miedo? ¿No te va a calentar la cama tu costilla?

Jérémie respondía:

—La noche pasada, ni pude encontrar la puerta... ¡Casi casi me pescaron en el arroyo delante de casa!

Y se reía aún con aquel recuerdo de borrachín, y marchaba despacito hacia el café de Paumelle, cuyos cristales iluminados brillaban; marchaba, arrastrado por Mathurin y empujado por el viento, incapaz de resistirse a aquellas dos fuerzas.

La sala baja estaba llena de marineros, de humo y de gritos. Todos aquellos hombres, vestidos de lana, acodados en las mesas, vociferaban para hacerse oír. Cuantos más bebedores entraban, más había que chillar entre el estruendo de voces y de fichas de dominó batidas contra el mármol, como para hacer más ruido todavía.

Jérémie y Mathurin fueron a sentarse a un rincón y empezaron una partida, y las copas desaparecían, una tras otra, en la profundidad de sus gargantas.

Luego jugaron otras partidas, tomaron otras copas. Mathurin servía sin parar, guiñándole el ojo al dueño, un gordo tan rojo como el fuego y que se lo pasaba en grande, como si estuviera en el secreto de alguna broma; y Jérémie tragaba el alcohol, balanceaba la cabeza, lanzaba carcajadas que parecían rugidos, mirando a su compadre con un aire alelado y contento.

Todos los clientes se marchaban. Y cada vez que uno de ellos abría la puerta de fuera para salir, una ráfaga de viento entraba en el café, agitaba tempestuosamente el pesado humo de las pipas, balanceaba las lámparas suspendidas de cadenas y hacía vacilar las llamas; y de repente se oía el choque profundo de una ola que se desplomaba y el bramido de la borrasca.

Jérémie, con el cuello desabrochado, adoptaba actitudes de curda, con una pierna extendida, un brazo colgante; y con la otra mano sujetaba sus fichas.

Ahora se habían quedado solos con el dueño, que se acercó, lleno de interés.

Preguntó:

—¿Qué, Jérémie, cómo va la cosa por ahí dentro? ¿Te has refrescado con tanto riego?

Y Jérémie farfulló:

—Cuanto más corre, más seco se pone ahí al fondo.

El tabernero miró a Mathurin con aire ladino. Dijo:

—Y tu hermano, Mathurin, ¿por dónde anda a estas horas?

El marinero tuvo una risa muda:

—Está bien calentito; tú, tranquilo.

Y ambos miraron a Jérémie, que colocaba triunfalmente el seis doble, anunciando:

—Ahí va el ataúd.

Cuando hubieron acabado la partida, el dueño declaró:

—¿Saben, chicos?, yo me voy a la cama. Les dejo una lámpara y un caneco de litro. Hay hasta cuatro reales a bordo. Cierra la puerta por fuera, Mathurin, y mete la llave por debajo del tejadillo, como hiciste la otra noche.

Mathurin replicó:

—Tú, tranquilo. Entendido.

Paumelle estrechó la mano de sus dos clientes rezagados, y subió torpemente la escalera de madera. Durante unos minutos, sus pesados pasos resonaron en la casita; después un gran crujido reveló que acababa de meterse en cama.

Los dos hombres siguieron jugando; de vez en cuando, una racha más fuerte del huracán sacudía la puerta, hacía temblar las paredes, y los dos bebedores alzaban la cabeza como si fuera a entrar alguien. Después Mathurin cogía el caneco y llenaba el vaso de Jérémie. Pero de pronto, el reloj colgado sobre el mostrador dio las doce. Su timbre ronco parecía un choque de cacerolas, y los golpes vibraban mucho tiempo, con una sonoridad de chatarra.

Mathurin se levantó al punto, como un marinero que ha acabado su guardia:

—Hala, Jérémie, hay que largarse.

El otro se puso en marcha con más trabajo, recuperó el equilibrio apoyándose en la mesa; después se dirigió a la puerta y la abrió, mientras su compañero apagaba la lámpara.

Cuando estuvieron en la calle, Mathurin cerró el establecimiento; luego dijo:

—Hala, buenas noches, hasta mañana.

Y desaparecieron en las tinieblas.

Jérémie dio tres pasos, después se bamboleó, extendió las manos, encontró una pared que lo sostuvo en pie y volvió a ponerse en marcha tropezando. A veces una ráfaga, precipitándose en la estrecha calle, lo lanzaba hacia adelante, le hacía correr unos pasos; después, cuando cesaba la violencia de la tromba, se paraba en seco, habiendo perdido el empuje, y volvía a vacilar sobre sus caprichosas piernas de borracho.

Iba instintivamente hacia su casa, como los pájaros van hacia el nido. Por fin reconoció su puerta y empezó a palparla para descubrir la cerradura y meter la llave. No encontraba el agujero y blasfemaba a media voz. Entonces la emprendió a puñetazos con ella, llamando a su mujer para que viniera a ayudarle:

—¡Mélina! ¡Eh! ¡Mélina!

Como se apoyaba en la hoja para no caerse, ésta cedió, se abrió, y Jérémie, perdiendo apoyo, entró en su casa rodando, fue a caer de narices en el centro de su hogar, y sintió que una cosa pesada pasaba sobre su cuerpo, y después huía en la noche.

No se movía, pasmado de miedo, enloquecido, con terror al diablo, a los aparecidos, a todas las cosas misteriosas de las tinieblas, y esperó un buen rato sin atreverse a hacer un movimiento. Pero cuando vio que nada se movía ya, recobró un poco de razón, la razón enturbiada del borrachín.

Se sentó, muy despacito. Esperó todavía un rato, y, dándose por fin ánimos, pronunció:

—¡Mélina!

Su mujer no respondió.

Entonces, de repente, una duda cruzó por su cerebro nublado, una duda indecisa, una vaga sospecha. No se movía; permanecía allí, sentado en el suelo, en la oscuridad, buscando sus ideas, aferrándose a reflexiones tan incompletas y bamboleantes como sus pies.

Preguntó de nuevo:

—Dime quién era, Mélina. Dime quién era. No te haré nada.

Esperó. Ninguna voz se alzó en las sombras. Ahora razonaba en voz alta.

—Estoy bebido, claro, ¡estoy bebido! Él me hizo beber así, ese desgraciado; fue él, para que no volviera. ¡Estoy bebido!

Y proseguía:

—Dime quién era, Mélina, o voy a hacer una barbaridad.

Tras haber esperado de nuevo, continuaba, con una lógica lenta y porfiada, de borracho:

—Como que él me entretuvo en casa de ese gandul de Paumelle; y las otras noches, lo mismo, para que no volviese. Es cómplice de ustedes. ¡Ah!, ¡qué mamón!

Lentamente se puso de rodillas. Una cólera sorda lo asaltaba, mezclándose con la fermentación de las bebidas.

Repitió:

—Dime quién era, Mélina, o te voy a zurrar, ¡te aviso!

Ahora estaba de pie, estremeciéndose con una cólera fulminante, como si el alcohol que tenía en el cuerpo se hubiera encendido en sus venas. Dio un paso, tropezó con una silla, la agarró, siguió andando, encontró la cama, la palpó y sintió en su interior el cuerpo cálido de su mujer.

Entonces, enloquecido de rabia, gruñó:

—¡Ah! ¡Estabas ahí, puerca, y no contestabas!

Y levantando la silla que sostenía en su robusto brazo de marinero, la dejó caer ante sí con exasperada furia. Un grito brotó de la cama; un grito enloquecido, desgarrador. Entonces empezó a golpear como un batidor de lana. Y pronto, nada se movió ya. La silla volaba hecha pedazos; pero le quedaba una pata en la mano, y él seguía golpeando, jadeante.

Después, de repente, se detuvo para preguntar:

—¿Me dirás ahora quién era?

Mélina no respondió.

Entonces, roto de cansancio, embrutecido por su violencia, volvió a sentarse en el suelo, se estiró y se durmió.

Cuando se hizo de día, un vecino, viendo la puerta abierta, entró. Vio a Jérémie que roncaba en el suelo, donde yacían los restos de una silla, y en la cama una papilla de carne y de sangre.


Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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