El Salto del Pastor

Guy de Maupassant


Cuento


Desde Dieppe al Havre, la costa presenta un acantilado ininterrumpido, de unos cien metros de longitud, vertical como una muralla. De vez en cuando, esa gran línea de rocas blancas se rompe bruscamente, y un pequeño valle estrecho, con laderas cubiertas de hierba rasa y juncos marinos, desciende desde la meseta cultivada hacia una playa de guijarros donde desemboca por una rambla, semejante al lecho de un torrente. La naturaleza hizo esos valles, la lluvia de tormenta los terminó con esas ramblas, entallando lo que quedaba de acantilado, ahondando hasta el mar el lecho de las aguas que sirve de paso a las personas. A veces, algún pueblo se halla acurrucado en esos valles hasta donde penetra el viento del mar.

He pasado el verano en una de esas calas de la costa, alojado por un campesino, cuya casa, orientada hacia el mar, me permitía ver desde mi ventana un gran triángulo de agua azul, enmarcada por las laderas verdes del valle y salpicada a veces por las velas blancas que pasaban a lo lejos, bajo el sol.

El camino que se dirigía al mar seguía el fondo de la garganta, y bruscamente, se hundía entre dos muros de marga, se convertía en una especie de surco profundo, antes de desembocar en la bella extensión de cantos rodados, redondeados y pulidos por la secular caricia de las olas. Ese paso encajonado se llama «El Salto del Pastor». Éste es el drama que hizo que así lo llamaran:

Se cuenta que este pueblecito estaba regido por un sacerdote joven, austero y violento. Había salido del seminario lleno de odio hacia quienes viven según las leyes naturales y no según las leyes de Dios. De inflexible severidad para consigo mismo, se mostró con los demás con una implacable intolerancia; una cosa sobre todo lo exacerbaba de ira y asco: el amor. Si hubiera vivido en grandes ciudades, entre seres civilizados y refinados que disimulan tras los delicados velos del sentimiento y la ternura los actos brutales que la naturaleza ordena, si hubiera confesado, en la sombra de las grandes naves, a las elegantes pecadoras perfumadas cuyas faltas parecen mitigadas por la gracia de la caída y el envoltorio de ideal que rodea al beso material, probablemente no habría sentido aquella rebelión insana, aquel furor descompuesto que sentía ante el apareamiento vulgar de los harapientos en el barro de una cuneta o sobre la paja de un troje.

Y equiparaba con las bestias a todas aquellas gentes que desconocían el verdadero amor, y que sólo se unían como lo hacen los animales; y los odiaba por la ordinariez de su alma, por la sucia saciedad de su instinto, por la repugnante alegría de los viejos que hablaban aún de esos inmundos placeres. Posiblemente, y a su pesar, estuviera torturado por la angustia de unos apetitos no satisfechos y secretamente atormentado por la lucha de un cuerpo sublevado contra un espíritu despótico y casto.

Pero todo cuanto tenía algún tipo de relación con la carne lo trastornaba, le hacía salir de sí mismo; y sus sermones violentos, llenos de amenazas y alusiones furiosas, provocaban la risa de las chicas y los chicos que se echaban miraditas por debajo, en la iglesia; mientras que los campesinos con blusa azul y las campesinas con pañoleta negra se decían al salir de misa, mientras regresaban a sus casas cuya chimenea lanzaba al cielo un hilillo de humo azul: «El señor cura no bromea con esas cosas.»

Una vez, y por una insignificancia, se enfureció hasta el extremo de perder la razón. Acudía a visitar a una enferma. Y, tan pronto como entró en el patio de la hacienda, vio a un grupo de chiquillos, los de la casa y los de los vecinos, arremolinados junto a la caseta del perro. Miraban algo con curiosidad, inmóviles, con una atención muda y concentrada. El cura se aproximó. Era la perra que estaba pariendo. Delante de la caseta, cinco cachorrillos se movían alrededor de su madre que los lamía con ternura, y, en el momento en que el párroco asomó la cabeza por encima de la de los niños, un sexto perrito apareció. Todos los chiquillos, presas de alegría, se pusieron a gritar aplaudiendo: «¡Uno más, uno más!». Para ellos era un juego, un juego natural donde no había nada de impuro; contemplaban este nacimiento como habrían contemplado caer las manzanas del árbol. Pero el hombre de la sotana negra se crispó de indignación, y perdiendo la cabeza, levantó su gran paraguas azul y se puso a golpear a los niños. Todos pusieron pies en polvorosa. Entonces, al encontrarse solo frente a la perra de parto, la golpeó con toda su fuerza. Como estaba encadenada, no podía escapar, y como se debatía gimiendo, se subió encima de ella, y aplastándola bajo sus pies, le hizo traer al mundo a un último cachorro, que mató a taconazos. Luego dejó el cuerpo ensangrentado en medio de los recién nacidos llorosos y torpes, que buscaban ya los pezones de su madre.

Solía dar largos paseos, solo, a grandes zancadas, con una actitud salvaje. Y, un día, una tarde del mes de mayo, cuando regresaba de un largo paseo y seguía el acantilado para volver al pueblo, un violento chubasco lo sorprendió. No se veía ninguna casa a lo largo de la desnuda costa, que el chaparrón acribillaba con sus flechas de agua.

El mar encrespado arrojaba su espuma; y unos gruesos nubarrones negros se aproximaban desde el horizonte, haciendo que la lluvia arreciara. El viento soplaba, inclinaba las jóvenes cosechas y sacudía al cura empapado, pegaba a sus piernas la sotana atravesada, llenaba de ruido sus oídos y de confusión su corazón exaltado. Se quitó el sombrero ofreciendo su frente a la tormenta y, poco a poco, se iba aproximando al pueblo. Pero lo alcanzó una ráfaga de tal intensidad que no pudo seguir avanzando. De pronto, junto a un aprisco divisó la cabaña de un pastor trashumante. Era un refugio y corrió hacia él.

Los perros, azotados por el huracán, no se movieron cuando él se acercó; y llegó hasta la cabaña de madera, una especie de nicho colocado sobre ruedas, que los guardianes de los rebaños trasladan en verano de un pastizal a otro. Por encima de un escabel, la puertecilla estaba abierta y permitía ver la paja del interior. El cura estaba a punto de entrar en ella cuando observó, en la sombra, a una pareja de enamorados que se abrazaba. Entonces, violentamente, cerró el postigo y lo atascó; luego, unciéndose a las varas, curvando su delgada figura, tirando como si fuera un caballo, jadeando bajo su sotana de paño mojada, corrió, conduciendo hacia la inclinada pendiente, la pendiente mortal, a los jóvenes sorprendidos abrazados, que golpeaban la pared con el puño, creyendo sin duda que se trataba de la broma de algún caminante.

Cuando estuvo en lo alto de la pendiente, soltó el ligero habitáculo, que se puso a rodar por la cuesta empinada. Se precipitaba en su carrera, locamente desbocada, cada vez más rápida, saltando, tropezando como un animal, golpeando la tierra con las varas.

Un viejo mendigo, que se hallaba resguardado en una cuneta, la vio pasar de un salto por encima de su cabeza y oyó gritos horribles lanzados desde el interior del cofre de madera. De pronto perdió una rueda arrancada en un golpe, se inclinó sobre un lateral y volvió a caer como una bola, como una casa arrancada de raíz se precipitaría desde la cima de un monte, y llegando al reborde de la última rambla, saltó describiendo una curva y, cayendo al fondo, se rompió en él como un huevo.

Recogieron a los enamorados machacados, triturados, con todos los miembros rotos, pero abrazados, con los brazos anudados en torno al cuello en el espanto como en el placer.

El párroco negó la entrada a la iglesia a los cadáveres y su bendición a los féretros.

Y el domingo, en la homilía, habló acaloradamente del séptimo mandamiento de la ley de Dios, amenazando a los enamorados con un brazo vengador y misterioso; y citando el ejemplo terrible de los dos infelices a quienes la muerte sorprendió mientras pecaban. Cuando salía de la iglesia, dos gendarmes lo detuvieron. El aduanero, resguardado del temporal en una garita de vigilancia, lo había visto todo. El párroco fue condenado a trabajos forzados.

Y el campesino que me relató esta historia añadió con gravedad: «Yo lo conocí. Era todo un hombre, no obstante, sólo que no le gustaban las frivolidades».


Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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