La Pequeña Roque

Guy de Maupassant


Cuento


Índice

I
II

I

El cartero Mederic Rompel, al que todo el mundo en el pueblo llamaba familiarmente Mederi, salió a la hora de siempre de la casa de Correos de Rouy—le—Tors. Después de cruzar la pequeña población al paso largo de soldado veterano, tiró a campo traviesa por las praderas de Villaumes para alcanzar la orilla del río Brindille y llegar, siguiendo el curso de sus aguas, a la aldea de Corvelin, en la que daba comienzo su reparto de correspondencia.

Caminaba de prisa a lo largo del cauce angosto del río que, entre espumas, hervores y rezongos, corría por su lecho tapizado de hierbas, bajo una bóveda de sauces. Las peñas que entorpecían su carrera quedaban circundadas como de una collera de agua, de una especie de corbata rematada por un nudo de espuma. En algunos sitios se formaban cascadas de un pie de altura, invisibles a veces, que levantaban un ruido sordo y suave por debajo del follaje, de las plantas trepadoras, del techo de verdura; conforme avanzaba el río, se ensanchaban sus orillas, formándose un pequeño lago apacible en el que nadaban las truchas por entre la verde cabellera que ondula en el fondo de los arroyos de corriente sosegada.

Mederic seguía su camino sin ojos para nada, sin otro pensamiento que éste: "Mi primera carta es para la casa Poivrón, y ya que llevo otra para el señor Renardet, tengo, pues, que atravesar el oquedal!"

Su blusa azul, ceñida a la cintura con una correa, cruzaba con marcha regular y rápida sobre el fondo de la verde hilera de sauces, y la gruesa vara de acebo que le servía de bastón avanzaba a su lado al mismo ritmo que sus piernas.

Pasó el Brindille por un puente, que consistía en un único tronco de árbol que llegaba de una orilla a otra sin más barandilla que una cuerda amarrada a dos pilotes clavados en ambas márgenes.

El oquedal, que pertenecía al señor Renardet, alcalde de Corvelin y uno de los más fuertes propietarios del lugar, era un bosque de árboles de mucha edad, corpulentos, rectos como columnas, y cubría, en una longitud de media legua, la orilla izquierda del riachuelo que servía de límite a aquella bóveda inmensa de follaje. Grandes arbustos que recibían el calor del sol habían crecido al borde mismo de las aguas; pero en el interior del bosque centenario sólo crecía el musgo, un musgo espeso, suave y acolchado, que llenaba la atmósfera estancada con un ligero olor a moho y a ramas muertas.

Mederic acortó el paso, se quitó el quepis negro, adornado con un galón rojo, y se enjugó la frente; no eran todavía las ocho de la mañana, pero ya hacía calor en las praderas.

Acababa de ponérselo otra vez, y ya reanudaba su rápida marcha, cuando distinguió, al pie de un árbol, un cortaplumas, un cuchillito de niño. Al cogerlo del suelo descubrió también un dedal, y en seguida un estuche de agujas, que estaba a dos pasos de aquél.

"Se los entregaré al señor alcalde", pensó, después de recogidos aquellos objetos, y reanudó su camino; pero ahora se fijaba en todo, como si esperase encontrar algo más.

De pronto se detuvo en seco, como si hubiera tropezado con una barra de madera: delante de él, a diez pasos de distancia, tendido de espaldas, yacía sobre la capa de musgo un cuerpo infantil, completamente desnudo. Era una niña de unos doce años. Tenía los brazos en cruz, las piernas abiertas y la cara tapada con un pañuelo. Un ligero rastro de sangre manchaba sus muslos.

Mederic avanzó de puntillas, como temeroso de un peligro, y al mismo tiempo con los ojos desorbitados.

¿Qué podía ser aquello? Estaría dormida seguramente. Pero reflexionó que a nadie se le ocurriría dormir así desnudo, a las siete y media de la mañana, y en la fresca temperatura de un bosque. Eso quería decir que estaba muerta, y que se hallaba en presencia de un crimen. Aunque había sido un soldado veterano, le corrió, con sólo pensarlo, un escalofrío por la espalda. Pero, además, era cosa tan rara en la región un asesinato, y más aún el asesinato de un niño, que no daba fe a lo que sus ojos veían. Y no parecía tener ninguna herida, fuera de aquella sangre coagulada en la pierna. ¿Cómo, pues, había sido muerta?

Se paró muy cerca de ella y la contemplaba apoyado en su bastón. Tenía que conocerla él, porque conocía a todos los habitantes de la comarca, pero como no podía verle la cara, no le era posible adivinar su nombre. Se inclinó para quitar el pañuelo que le tapaba el rostro; de pronto se detuvo, con la mano extendida, asaltado por un pensamiento: ¿Le estaba permitido cambiar nada en el estado del cadáver antes de que la Justicia tomase cartas en el asunto? Mederic se representaba a la Justicia como a una especie de general a quien nada se le pasa por alto, y para el que tanta importancia tiene un botón como una cuchillada en el vientre. Podría ser que debajo de aquel pañuelo descubriesen la prueba decisiva; se trataba, en resumidas cuentas, de una pieza de convicción que perdería su fuerza al ser tocada por una mano torpe.

Se enderezó entonces, dispuesto a salir corriendo a dar aviso al señor alcalde, pero lo detuvo un nuevo pensamiento. Si, por casualidad, la niña estaba viva aún, haría mal en abandonarla de aquel modo. Se puso con mucho tiento de rodillas, bastante apartado de la niña, como medida de prudencia, y alargó la mano hacia uno de sus pies. Estaba frío, helado, con el frío terrible que hace tan pavorosa la carne muerta, y que no deja ningún lugar a dudas. Según dijo después el cartero, le dio, al tocar aquello, un vuelco el corazón y se le secó la saliva en la boca. Se puso bruscamente en pie y echó a correr por el oquedal en dirección a la casa del señor Renardet.

Caminaba a paso gimnástico, con el bastón debajo del sobaco, los puños cerrados y la cabeza echada hacia adelante. La valija de cuero, llena de cartas y de periódicos, saltaba rítmicamente sobre sus hombros.

La residencia del alcalde se hallaba situada al extremo del bosque y hundía un ángulo de sus muros en las aguas de un pequeño estanque que formaba en aquel lugar el Brindille.

Era un caserón cuadrado, muy antiguo, construido de piedra gris, y que en otros tiempos había sufrido repetidos asedios, estando coronado por una torre de veinte metros de altura, que surgía de entre las aguas.

Aquella ciudadela sirvió en tiempos pretéritos para atalayar desde su altura toda la región. Se le conocía con el nombre de la torre del Zorro (Renart) y de ahí sin duda se derivó el nombre de Renardet que llevaban los propietarios de aquel feudo, que, según decían, por más de doscientos años estaba en manos de la misma familia. Los Renardet pertenecían a cierta burguesía, con ribetes de aristocracia, que abundaba en los campos antes de la Revolución.

El cartero entró como una tromba en la cocina donde se estaban desayunando los criados, y gritó:

—¿Se ha levantado ya el señor alcalde? Necesito hablar con él ahora mismo.

Todos tenían a Mederic por hombre serio y formal, y comprendieron en seguida que ocurría alguna cosa grave.

Cuando se lo dijeron, el señor Renardet mandó que pasase en el acto. Entró el cartero, pálido y jadeante, con el quepis en la mano, y se encontró al señor alcalde sentado a una mesa muy ancha, llena toda de papeles esparcidos en desorden.

Era hombre alto y corpulento, macizo y coloradote, con la fuerza de un buey y muy querido en la comarca, a pesar de su genio violento en exceso. Tendría alrededor de los cuarenta años, había enviudado seis meses atrás y vivía de sus tierras como un hidalgo campesino. La fogosidad de su temperamento le había acarreado situaciones difíciles, pero las autoridades superiores de Rouy—le—Tors lo sacaban de ellas, como amigos indulgentes y discretos. ¿No llegó en cierta ocasión hasta a tirar desde lo alto del pescante al conductor de la diligencia porque había estado a punto de aplastar a Micmac, su perro de parada? ¿No le hundió las costillas a un guarda jurado que pretendió denunciarlo porque cruzaba con la escopeta al hombro por unas tierras de otro vecino? Y, con ocasión de haberse detenido en el pueblo el subprefecto, ¿no lo cogió por el cuello de la levita, diciéndole que aquello no era una gira de inspección, sino una gira electoral? El señor Renardet, por tradición familiar, era siempre contrario al Gobierno.

Preguntó el alcalde:

—¿Qué ocurre, Mederic?

—He encontrado en su oquedal una niña muerta.

Renardet se levantó con la cara como un ladrillo rojo.

—¿Qué dice usted?... ¿Una niña?

—¡Sí, señor; una niña, completamente desnuda, de espaldas en el suelo, con sangre, muerta, muerta sin duda alguna!

El alcalde dejó escapar un juramento.

—¡Dios de Dios! ¡Apostaría a que es la pequeña Roque! Acaban de avisarme que falta desde anoche de su casa. ¿En qué sitio la encontró?

El cartero detalló el lugar y se ofreció a acompañar hasta allí al alcalde.

Pero Renardet le ordenó con brusquedad:

—No. No lo necesito. Vaya a buscar al guarda rural, al secretario de la Alcaldía y al médico. Dígales que vengan en seguida, y prosiga su reparto. Vivo, vivo, márchese, y que vengan a reunirse conmigo en el bosque.

El cartero, hombre disciplinado, obedeció y se retiró, furioso y desconsolado por no poder asistir al levantamiento del cadáver.

El alcalde salió a su vez, cogió el sombrero, un sombrero grande y flexible, de fieltro gris y alas muy anchas, y se detuvo unos momentos en el umbral de su casa. Se extendía delante de él un amplio espacio cubierto de césped, sobre el que resaltaban los tres manchones de color rojo, azul y blanco, de otros tantos encañonados de flores que estaban en todo su esplendor, uno frente a la fachada de la casa y los otros dos a sus lados. Más allá se elevaban al cielo los primeros grandes árboles del oquedal; a la izquierda, por encima del río Brindille, que formaba allí un ancho remanso, se distinguían largas praderas, toda una zona de verdes llanuras, cortadas por regueras y filas de sauces que parecían monstruos, enanos achaparrados, mondados constantemente, luciendo sobre su tronco, muy grueso y corto, un plumero de ramas delgadas.

A mano derecha, detrás de los establos, de las cuadras de caballos y demás edificios anejos a la finca, empezaban las casas del pueblo, que era rico y cuyos habitantes se dedicaban a la cría del ganado vacuno.

Renardet bajó muy despacio la escalinata de entrada, torció a la izquierda, llegó a la margen del río y caminó por ella lentamente, con las manos a la espalda. Llevaba la cabeza inclinada y, de cuando en cuando, miraba alrededor por si veía llegar a las personas a quienes había mandado buscar.

Cuando entró en la arboleda se detuvo, se quitó el sombrero y se enjugó la frente, lo mismo que había hecho Mederic, porque el sol abrasador de julio caía como lluvia de fuego sobre la tierra. Nuevamente echó a andar el alcalde, y de nuevo se detuvo y volvió a sus pasos. De pronto se inclinó, mojó su pañuelo en las aguas del arroyo que corría a sus pies y se lo colocó en la cabeza, dentro del sombrero. Le corrían las gotas de agua por las sienes, por las orejas violáceas, por el cogote colorado y ancho, y penetraban, una tras otra, por debajo del cuello blanco de su camisa.

Viendo que tardaban en llegar, se puso a golpear el suelo con el pie, y al cabo de un rato gritó:

—¡Ohé! ¡Ohé!

Una voz le contestó hacia la derecha:

—¡Ohé! ¡Ohé!

Y apareció el médico por debajo de los árboles. Era un hombrecillo delgado, había sido cirujano en el ejército y era tenido en la comarca por hombre muy capacitado. Para andar se apoyaba en un bastón, porque había quedado cojo de resultas de una herida que recibió en el servicio.

Aparecieron luego el guarda rural y el secretario de la Alcaldía; los habían llamado al mismo tiempo y venían juntos. Acudían jadeantes, con caras de espanto, al paso unas veces, corriendo otras con la prisa de llegar, moviendo con tal violencia los brazos, que se hubiera dicho que caminaban con ellos tanto como con los pies.

Renardet dijo al médico:

—¿Sabe ya usted de qué se trata?

—Sí, del cadáver de una niña que ha encontrado Mederic en el bosque.

—Exacto. Andando, pues.

Echaron a andar a la par, seguidos por los otros dos hombres. El musgo amortiguaba por completo el ruido de sus pisadas; sus ojos buscaban algo delante de ellos, a lo lejos.

El doctor Labarbe extendió de pronto la mano:

—¡Allí está!

A lo lejos, bajo los árboles, se distinguía una cosa de color claro. De no saber ya de qué se trataba, no lo hubieran adivinado. Era tan blanco y brillante que lo hubieran tomado por alguna ropa blanca caída al suelo; un rayo de sol que se filtraba por entre las ramas iluminaba la pálida carne con una raya oblicua que le cruzaba el vientre. Conforme se fueron acercando, distinguieron paulatinamente las formas, la cabeza tapada, vuelta de cara al río, y los dos brazos, extendidos como una crucifixión.

—Siento un calor horrible —dijo el alcalde.

Se agachó otra vez, y volvió a empapar el pañuelo en las aguas del Brindille, poniéndoselo de nuevo en la cabeza.

El médico, aguijoneado por el hallazgo, aceleró el paso. Cuando estuvo junto al cadáver, se inclinó para examinarlo, pero no lo tocó. Arrugaba las narices, como cuando se mira un objeto extraño, y daba vuelta lentamente alrededor del cadáver.

Sin incorporarse aún, sentenció:

—Violación y asesinato, que luego comprobaremos. Por lo demás, esta niña era ya casi mujer. Fíjense en los pechos.

Los dos senos, bastante desarrollados ya, caían sobre el busto, fláccidos por el efecto de la muerte.

El médico levantó con cuidado el pañuelo que tapaba la cara, y ésta apareció negra, horrible, con la lengua fuera y los ojos desorbitados. Siguió diciendo:

—¡Vaya! Después de abusar de ella, la estrangularon.

Palpó el cuello:

—Estrangulada con las manos, pero sin que hayan dejado ninguna marca particular, ni señal de las uñas, ni impresión de los dedos. En efecto, se trata de la pequeña Roque.

Volvió a colocar con mucha delicadeza el pañuelo en su sitio:

—Yo nada tengo que hacer, lleva por lo menos doce horas muerta. Hay que dar cuenta de ello al Juzgado.

En pie, con las manos a la espalda, Renardet miraba fijamente el cuerpecito tendido sobre la hierba. Dijo muy quedo:

—¡Qué miserable! Habría que encontrar las ropas.

El médico palpaba las manos, los brazos, las piernas.

—Sin duda salía de bañarse —dijo—. Estarán a orillas del agua.

El alcalde dio órdenes:

—Tú, Principio —le hablaba al secretario de la Alcaldía—, búscame esas prendas por la orilla del río. Tú, Máximo —se dirigía al guarda rural—, corre a Rouy—le—Tors y que venga el juez de instrucción con los gendarmes. ¡Que estén aquí dentro de una hora! ¿Me comprendes?

Los dos hombres se alejaron a paso ligero, y Renardet dijo al médico:

—¿Quién ha podido ser el canalla capaz de un acto así en esta comarca?

—¡Vaya usted a saber! —dijo el médico—. Cualquiera ha podido hacerlo. Individualmente, todos son capaces, y, en términos generales, ninguno. De todos modos, esto es obra de algún vagabundo, de algún obrero sin trabajo. Desde que tenemos la República, no se ven por los caminos más que gente de esa ralea.

Los dos eran bonapartistas.

El alcalde manifestó a su vez:

—Sí, no puede ser sino uno de fuera, un transeúnte, un vagabundo sin hogar ni tierra...

El médico completó la frase con un esbozo de sonrisa:

—Y sin mujer. Como no disponía de buena cena, ni de buen alojamiento, se ha procurado lo demás. Nadie se imagina la cantidad de hombres que andan por el mundo capaces de cometer, en un momento dado, un crimen. ¿Tenía usted ya conocimiento de que hubiese desaparecido esta niña?

Mientras hablaba, iba tocando con la punta de su bastón, uno tras otro, los dedos rígidos de la muerta, como si tocase las teclas de un piano.

—Sí. La madre vino ayer a buscarme, a eso de las nueve de la noche, porque la niña no había vuelto a casa para cenar, como de costumbre, a las siete. Hasta medianoche la anduvimos buscando a gritos por los caminos; pero no se nos ocurrió entrar en el oquedal. Claro está que para hacer una búsqueda eficaz había que esperar a que fuese de día.

—¿Quiere usted un cigarrillo? —dijo el médico.

—Gracias, pero no tengo ganas de fumar. Este espectáculo me ha revuelto un poco.

Seguían en pie los dos, contemplando aquel cuerpo de adolescente, tan frágil y pálido sobre el oscuro musgo. Un moscón de vientre azul que se paseaba por un muslo se detuvo en las manchas de sangre, echó otra vez a andar, cuerpo arriba, recorrió el costado con su caminar ligero y entrecortado, se subió a uno de los senos, bajó de él para explorar el otro, buscando algo que succionar en aquella muerta. Los dos hombres seguían con la vista las evoluciones del punto negro.

El médico exclamó:

—¡Qué bonito efecto hace una mosca encima de la piel! Las señoras del siglo pasado sabían lo que hacían cuando se ponían moscas en la cara. ¿Por qué se habría perdido esa costumbre?

El alcalde, sumido en sus pensamientos, parecía no oírlo.

Súbitamente se volvió a mirar, porque le sorprendió un ruido, el de una mujer de delantal azul y gorro que corría bajo los árboles. Era la madre, la Roque. Así que descubrió a Renardet se puso a gritar:

—¡Mi niña! ¿En dónde está mi niña?

Estaba tan enloquecida que ni siquiera se le ocurría mirar al suelo. Pero, de pronto, la vio, se paró en seco, juntó las manos y alzó los dos brazos al cielo, lanzando un alarido agudo y desgarrador, un alarido de animal mutilado.

Se arrojó luego sobre el cuerpo, se arrodilló y arrancó de un tirón el pañuelo que tapaba la cara. Al ver aquel rostro horrible, negro y convulsivo, volvió a levantarse de golpe, para caer en seguida boca abajo, vomitando en el espeso musgo sus gritos pavorosos y no interrumpidos.

Su alargado y seco cuerpo, al que se pegaban las ropas, se estremecía, sacudido por las convulsiones. Se advertía el horrible temblor de sus huesudos tobillos y de sus magras pantorrillas cubiertas por burdas medias azules; sus dedos, agarrotados, arañaban el suelo, como queriendo abrir en él un hoyo donde esconderse.

El médico murmuró conmovido:

—¡Pobre vieja!

Renardet sintió que se le revolvían ruidosamente las tripas, y dejó escapar una especie de estornudo estrepitoso que le salió al mismo tiempo de la nariz y de la boca; sacó el pañuelo del bolsillo y lo humedeció con sus lágrimas, tosiendo, sollozando y sonándose con fuerza las narices. Y, al mismo tiempo, balbuceaba:

—¡Dios... Dios... Dios... de Dios! ¿Quién habrá sido el cerdo que ha hecho esto? Qui..., quisiera verlo en la guillotina.

Se presentó otra vez Principio, con el semblante desconsolado y sin nada en las manos, y dijo muy quedo:

—No encuentro nada, señor alcalde, nada, absolutamente nada por ningún sitio.

Se asustó el alcalde, y contestó con voz pegajosa y llorona:

—¿Qué es lo que no encuentras?

—Los vestidos de la pequeña.

—¿Que no, que no los encuentras? Pues bien: sigue buscando... y da con ellos... o..., o me las entenderé contigo.

Bien sabía aquel hombre que no se le podía llevar la contraria al alcalde, y se alejó otra vez con desgana, lanzando hacia el cadáver una asustadiza mirada de reojo.

Debajo de los árboles resonaban voces lejanas; era el rumor confuso de una muchedumbre que se acercaba; porque Mederic, durante su reparto, había ido llevando la noticia de puerta en puerta. Los habitantes del lugar, estupefactos en los primeros instantes, hablaron del caso en la calle, de puerta a puerta; pero luego se reunieron, y hablaron, discutieron, comentaron el suceso durante algunos minutos; finalmente, acudían para ver por sus propios ojos.

Llegaban en grupos, un poco vacilantes e inquietos por miedo a la primera emoción. Al ver el cuerpo se detuvieron, no atreviéndose a avanzar más y cuchicheando entre ellos. Luego se animaron, anduvieron algunos pasos, volvieron a hacer alto, se adelantaron de nuevo y acabaron formando, alrededor de la muerta, de la madre, del médico y de Renardet, un círculo apretado, inquieto y ruidoso, que se iba estrechando cada vez más con los bruscos empujones de los que llegaban. Llegaron hasta el mismo cadáver, y hubo algunos que se agacharon para palparlo. El médico los apartó de allí y el alcalde, saliendo de su atontamiento, se enfureció, quitó el bastón al doctor Labarbe y se arrojó sobre sus administrados, balbuciendo:

—¡Largo de aquí..., largo de aquí..., hato de bestias..., largo de aquí!

No hizo falta más de un segundo para que el cordón de curiosos se ensanchase doscientos metros.

La Roque se incorporó, se dio media vuelta y, sentada en el suelo, lloraba, tapándose la cara con las manos juntas.

La muchedumbre discutía el caso y los muchachos registraban con ávidos ojos aquel cuerpo desnudo. Renardet se fijó en este detalle; se quitó bruscamente la chaqueta de hilo y la echó sobre la niña, que desapareció por completo bajo la amplia prenda.

Los curiosos iban acercándose poco a poco; el oquedal se llenaba de gente; un rumor ininterrumpido de voces subía hasta el tupido follaje de los árboles enormes.

El alcalde, en mangas de camisa, con el bastón en la mano, seguía erguido, en actitud de combate. Parecía irritado por aquella curiosidad de la gente y no hacía más que repetir:

—Al que se acerque, le abro la cabeza como si fuera un perro.

Los campesinos, que le temían mucho, se mantuvieron alejados. El doctor Labarbe, que estaba fumando, se sentó junto a la Roque e intentó distraerla, hablándole. La vieja se quitó en seguida las manos de la cara y dio rienda suelta a su dolor, en un torrente de frases lacrimosas y precipitadas. Le contó su vida toda, su matrimonio, la muerte de su hombre, que era domador de bueyes y que murió de una cornada; la infancia de la niña y su vivir miserable de viuda sin recursos y con una hija. No tenía en el mundo más que a la niña; y se la habían matado; y semejante desaparición sorprendía a todo el mundo, se la habían matado en aquel bosque. La acometió de súbito el impulso de volver a mirarla, se arrastró sobre las rodillas hasta el cadáver, levantó por uno de los bordes la prenda que la cubría, se dejó caer al suelo otra vez y rompió de nuevo en alaridos. La multitud permanecía callada, espiando con avidez todos los gestos de la madre. De pronto, se arremolinó la gente y se oyeron gritos de:

—¡Los gendarmes, los gendarmes!

Se veía a lo lejos a dos gendarmes que avanzaban al trote largo, dando escolta a su capitán y a un señor pequeñito, de patillas rojas, que bailaba como un mono, afirmado en los estribos de una gran yegua blanca.

El guarda jurado había llegado en el momento mismo en que el juez de instrucción, señor Putoin, montaba en su yegua para dar el paseo cotidiano, porque se tenía, con gran regocijo de sus subordinados, por un gallardo jinete. Echó pie a tierra, al mismo tiempo que el capitán. Dio un apretón de manos al alcalde y al médico, lanzando una mirada codiciosa a la chaqueta de hilo, en la que se marcaban las formas del cuerpo que yacía debajo.

Una vez que estuvo al corriente de los hechos, empezó por hacer que los gendarmes despejasen de gente el oquedal; el público, arrojado de allí, reapareció en seguida en la pradera, formando a lo largo de la otra orilla del río Brindille una apretada fila de cabezas inquietas y agitadas.

El médico dio a su vez explicaciones, que Renardet transcribía con lápiz a su cuaderno de notas. Se hicieron todas las comprobaciones del caso, tomando nota de ellas y discutiéndolas, pero no condujeron a ningún descubrimiento. También Máximo volvió sin rastro de las ropas.

Semejante desaparición sorprendía a todo el mundo, y nadie se la explicaba más que suponiendo que se tratase de un robo, pero como todas aquellas ropas no valían un franco, también el robo era inadmisible.

El juez de instrucción, el alcalde, el capitán y el médico se habían puesto también a buscar, de dos en dos, en la orilla del río, separando hasta las ramas más pequeñas.

Renardet se expresaba de este modo, dirigiéndose al juez:

—¿Cómo se explica que este miserable haya escondido o se haya llevado las ropas, abandonando el cuerpo de ese modo, al aire libre, a la vista de cualquiera?

El otro, que era astuto y perspicaz, le contestó:

—¡Sí, sí! Esa es tal vez una treta. El autor de este crimen es un bruto o un pillo redomado. Sea como sea, lo descubriremos.

El retumbo de un carruaje les hizo volver la cabeza. Era que llegaban también al lugar del suceso el fiscal y suplente, el médico forense y el escribano del tribunal.

Reanudaron la búsqueda, sin dejar de hablar con gran animación.

Renardet dijo de pronto:

—Ya lo saben ustedes; se quedarán a almorzar conmigo.

Todos aceptaron la invitación con una sonrisa, y el juez de instrucción, creyendo que ya habían dedicado bastante tiempo aquel día a la pequeña Roque, se dirigió al alcalde, preguntándole:

—No habría inconveniente en que haga llevar el cadáver a casa de usted, ¿verdad? Supongo que dispondrá de alguna habitación en la que quede a disposición mía hasta la noche.

El interpelado se turbó, balbuciendo:

—Sí, no... no. A decir verdad, preferiría que no lo llevasen a mi casa..., ¿sabe usted?..., por... por la servidumbre..., que habla ya de aparecidos... en la torre, en la torre del Zorro... Se me marcharían todos... No..., preferiría que no lo llevasen a mi casa.

El magistrado se sonrió:

—Bien... Mandaré que lo lleven directamente a Rouy, para la autopsia.

Y volviéndose al suplente, le preguntó:

—Podré disponer de su coche, ¿verdad?

—Sí, desde luego.

Volvieron todos al lado del cadáver. La Roque estaba ahora sentada al lado de su hija, con la mano de ésta entre las suyas, y la mirada, vaga y sin expresión, perdida en el vacío.

Los dos médicos intentaron alejarla de allí para que no viese llevar el cadáver; pero ella comprendió en el acto lo que iban a hacer y, arrojándose sobre el cuerpo, se abrazó a él estrechamente, y gritaba tirada encima de su hija:

—No se la llevarán, es mía, es mía ahora. Me la han matado, la quiero para mí. ¡No se la llevarán ustedes!

Todos los hombres, turbados e indecisos, permanecían en pie en torno a ella. Renardet se arrodilló para hablarle:

—Escuche usted, señora Roque; no hay más remedio que hacerlo si queremos descubrir al asesino; de otro modo, no lo sabríamos jamás; y es preciso dar con él, para castigarlo. Cuando lo hayamos encontrado le devolveremos su hija, se lo prometo.

Aquel razonamiento venció la resistencia de la mujer, y en sus ojos enloquecidos se encendió una llama de odio:

—¿De modo, pues, que lo cogerán? —preguntó.

—Sí, le doy mi palabra.

Entonces se levantó, resuelta a que hiciesen lo que quisiesen; pero oyó decir por lo bajo al capitán:

—Es una cosa extraordinaria el que no se hayan encontrado sus ropas.

Aquello despertó en su cerebro de campesina una idea nueva que no se le había ocurrido hasta entonces y preguntó:

—¿Dónde están sus ropas? Esas son mías, que me las den. ¿Dónde las han puesto?

Le explicaron que no habían podido encontrarlas, y entonces ella las exigió con desesperada obstinación, llorando y gimiendo:

—Son mías, las exijo. ¿Dónde están? ¡Que me las den!

Cuantos más esfuerzos hacían por calmarla, mayores eran los sollozos y su obstinación. Ya no reclamaba el cuerpo, sino las ropas de su hija, quería las ropas de su hija, tanto, quizá, por inconsciente avaricia de persona sin recursos, para la que una sola moneda de plata representa una fortuna, como por ternura maternal.

Cuando el cuerpecito, envuelto en mantas que habían ido a buscar a casa de Renardet, desapareció de su vista dentro del coche, la vieja, en pie bajo las ramas de los árboles, sostenida por el alcalde y el capitán, gritaba:

—No me queda nada, nada, nada en este mundo, ni siquiera su gorrito, ni siquiera su gorrito; no me queda nada, nada, ni siquiera su gorrito.

Acababa de llegar el cura, un cura grueso ya, aunque era joven. Se encargó de llevarse a la señora Roque, y él y ella se encaminaron juntos hacia el pueblo. Al conjuro de la palabra del eclesiástico, que le prometía mil compensaciones, se iba dulcificando el dolor de la madre. Sin embargo, no dejaba de repetir, aferrada a aquella idea que la dominaba por el momento sobre todas las demás:

—Si tuviese por lo menos su gorrito...

Renardet le gritó desde lejos:

—Señor cura; almorzará usted también con nosotros. De aquí a una hora.

El sacerdote volvió la cabeza y contestó:

—Con mucho gusto, señor alcalde. Estaré a las doce en su casa.

Todo el grupo se dirigió a la casa de Renardet, cuya fachada, gris, y cuya alta torre, levantada sobre la orilla del río Brindille, se divisaban por entre el ramaje.

La comida se prolongó mucho; hablaron del crimen. Coincidieron todos en que había sido cometido por algún vagabundo que pasó por allí casualmente, en el instante mismo en que la pequeña se estaba bañando.

Los magistrados regresaron a Rouy, anunciando que volverían al día siguiente muy temprano. El médico del pueblo y el cura regresaron a sus casas, en tanto que Renardet, después de dar un largo paseo por las praderas, se metió en el oquedal y estuvo caminando por él hasta la anoche, muy despacio y con las manos detrás de la espalda.

Se acostó temprano, y aún estaba durmiendo a la mañana siguiente cuando el juez de instrucción entró en su dormitorio frotándose las manos y con semblante satisfecho:

—¿Cómo es eso? —dijo—. ¿Duerme usted todavía? Pues bien: han ocurrido esta mañana novedades.

El alcalde se sentó en la cama:

—¿Qué novedades?

—Un hecho muy curioso. Ya se acordará usted de que la madre pedía ayer un recuerdo de su hija, sobre todo su gorrito. Pues bien: esta mañana, cuando la mujer ha abierto su puerta, se ha encontrado en el umbral los dos pequeños zuecos de la niña. Y esto demuestra que el autor del crimen es alguien del pueblo y que se ha compadecido de ella. Además, el cartero Mederic me ha entregado el dedal, un cuchillito y el estuche de agujas de la muerta. Por consiguiente, el autor del crimen se llevó las ropas para esconderlas y dejó caer esos objetos, que estaban en un bolsillo. A lo que doy más importancia es al detalle de los zuecos, que revela en el asesino cierta cultura moral y una capacidad de enternecimiento. Vamos, pues, a pasar revista, si usted no tiene inconveniente en ello, a los principales habitantes del pueblo.

El alcalde se había levantado y llamó para que le llevasen agua caliente con que afeitarse.

—Con mucho gusto —contestó—; pero como es tarea larga, podríamos empezarla ahora mismo.

El señor Putoin se había sentado a horcajadas en una silla, fiel, aun dentro de casa, a su manía de jinete.

Renardet, frente al espejo, se cubrió la cara de espuma blanca, y pasó después la navaja por el suavizador. Y mientras tanto iba diciendo:

—El primer habitante de Carvelin se llama José Renardet, alcalde, propietario rico, hombre áspero, que pega a los guardas y a los cocheros.

El juez de instrucción se echó a reír:

—Con esto me basta. Pasemos al siguiente...

—El que sigue en importancia es el señor Pelledent, teniente alcalde, ganadero de reses vacunas, también propietario rico; es un campesino taimado, ladino y astuto en cuestiones de dinero; pero incapaz, según mi opinión, de haber cometido semejante crimen.

El señor Putoin dijo:

—Adelante.

Y mientras Renardet se afeitaba y se lavaba prosiguió aquel análisis moral de todos los habitantes de Carvelín. Al cabo de dos horas de discusión, las sospechas se concentraron en tres individuos bastante dudosos: un cazador furtivo llamado Cavalle, un pescador de truchas y de cangrejos llamado Paquet y un domador de bueyes llamado Clovis.

II

La investigación continuó durante todo el verano, pero no se llegó a descubrir al criminal. Las personas de quienes se sospechó, y que fueron detenidas, demostraron fácilmente su inocencia, y el Juzgado tuvo que renunciar a perseguir al culpable.

Sin embargo, aquel asesinato había producido una emoción extraña en todo el pueblo. La imposibilidad de dar con ningún rastro, y más aún, aquel sorprendente hallazgo de los zuecos delante de la puerta de la Roque al día siguiente, habían dejado en las almas de los habitantes un desasosiego, un vago temor, una misteriosa sensación de espanto. La certidumbre de que el asesino había estado presente durante el levantamiento del cadáver, de que seguía viviendo en el pueblo, hostigaba los espíritus, los obsesionaba, parecía cernirse sobre toda la comarca como una amenaza constante.

Por otra parte, todo el mundo temía pasar por el oquedal, creyéndolo poblado por aparecidos. En otro tiempo, todos los habitantes del pueblo iban a pasear en él la tarde del domingo. Se sentaban unos sobre el musgo, al pie de los árboles gigantescos, y caminaban otros por la orilla del río, siguiendo con la mirada a las truchas que nadaban veloces entre las hierbas del fondo. Los chicos jugaban a la pelota o a los bolos en algunos sitios en que habían quitado el musgo e igualado y endurecido la tierra; las chicas se paseaban agarradas del brazo, en grupos de cuatro o cinco, desgranando con voces chillonas cancioncillas que arañaban el tímpano, turbaban la serenidad del ambiente y daban dentera como si fuesen gotas de vinagre. Pero ahora ya no paseaba nadie por debajo de aquella bóveda alta y espesa de follaje, como si temiese encontrar por allí en cualquier momento algún cadáver tirado en el suelo.

Llegó el otoño, empezaron a caer las hojas. Caían de día y de noche a lo largo de los altos troncos, redondas y livianas, describiendo círculos. Ya se podía ver el cielo por entre las ramas. En ocasiones, cuando una ráfaga de viento sacudía las copas de los árboles, aquella lluvia lenta y continua se espesaba de pronto, se convertía en un chaparrón que caía produciendo un vago murmullo y recubría el musgo con una gruesa alfombra amarilla que crujía levemente bajo los pies. Parecía un lamento aquel murmullo casi imperceptible, flotante, ininterrumpido, suave y triste del descenso; aquellas hojas que caían y caían eran como lágrimas derramadas por árboles gigantescos que lloraban el fin del año, la falta de las tibias auroras y de los suaves ocasos, la ausencia de las brisas cálidas y de los soles brillantes y, quizá, quizá, el crimen que habían visto cometer a la sombra suya; quizá, quizá lloraban por la niña violada y muerta al pie de los mismos. Lloraban en medio del silencio del bosque solitario y desierto, del bosque abandonado y temido, en el que seguramente andaría errante y sola el alma, el alma niña de la niña muerta.

El Brindille, crecido por las tormentas, corría con mayor rapidez, amarillo y furioso entre sus secas orillas, flanqueado por dos hileras de mimbreros secos y desnudos.

Pero un buen día volvió Renardet a pasearse por el bosque centenario. Salía de casa todos los días al hacerse de noche, bajaba lentamente la escalinata de entrada y caminaba con aire pensativo por debajo de los árboles, llevando las manos en los bolsillos. Se paseaba largo rato sobre el musgo húmedo y blando, mientras que una bandada de cuervos que habían acudido de todos los alrededores para pasar la noche en las altas copas se desplegaba en el cielo como un enorme velo de luto que flotaba en los aires, lanzando graznidos violentos y siniestros.

A veces se posaban, acribillando de manchas negras el ramaje entrecruzado sobre el fondo del cielo rojo, del cielo ensangrentado de los ocasos otoñales. Y, de pronto, alzaban otra vez el vuelo entre horribles graznidos y desplegaban de nuevo por encima del bosque el largo festón negro de toda la bandada.

Finalmente se dejaban caer sobre las copas más altas, sus ruidos se apagaban poco a poco, y la noche, cada vez más intensa, fundía sus negras plumas con la negrura del espacio.

Pero Renardet seguía en sus lentos paseos al pie de los árboles; cuando las opacas tinieblas le impedían caminar, regresaba a su casa y caía como una masa inerte en su sillón, frente a la encendida chimenea, y estiraba hacia el hogar sus pies húmedos, que humeaban mucho rato al calor de la llama.

Cierto día corrió por el pueblo una gran noticia: el alcalde había empezado a talar el oquedal. Veinte leñadores habían dado comienzo a la tarea por el lado más próximo a la casa y trabajaban activamente bajo la mirada del propietario.

Empezaban por trepar a lo alto del árbol los podadores. Sujetándose al tronco por medio de una cuerda, se agarran a él con los brazos y luego levantan una pierna y le dan una fuerte patada con la espiga puntiaguda, de acero, que llevan fija en las suelas del calzado. La punta penetra en la madera y queda allí sujeta; entonces el podador se alza sobre ese apoyo, como si pisase un escalón, y golpea el tronco con la punta de acero del otro pie, que le servirá de nuevo apoyo para levantar el primero, y así sucesivamente.

A cada paso que da hacia arriba, levanta también la cuerda que lo sujeta al árbol; a la altura de sus riñones cuelga y brilla una pequeña hachuela de acero. Trepa y trepa poco a poco, a la manera de un animal parásito que ataca a un gigante; sube con esfuerzo a lo largo de la enorme columna, se abraza a ella y la aguijonea para llegar a decapitarla.

Así que alcanza las ramas más bajas, hace un alto, echa mano al hacha bien afilada, y golpea. Golpea despacio, metódicamente, rebajando el cuerpo de la rama muy cerca del tronco; aquélla rechina de pronto, cede, se inclina, se desprende y se desploma, rozando los árboles cercanos al caer. Finalmente, choca contra el suelo con un estruendo de madera que se quiebra, y todas sus ramillas continúan largo rato estremeciéndose.

El suelo se cubría de estos ramajes que otros trabajadores se encargaban de cortar, atar en haces y hacinar. Los árboles que seguían en pie parecían postes gigantescos, pilotes desmesurados que el filo de las hachas aceradas había amputado y rapado.

Cuando el podador terminaba su tarea, dejaba atada la cuerda con que se había sujetado en la parte más alta del tronco, recta y delgada, y bajaba paso a paso, a golpes de espolón, por el árbol desmochado; entonces los leñadores lo atacaban por su base con tremendos hachazos, cuyo eco repercutía en todo el oquedal.

Cuando juzgaban que el corte de la base era ya bastante profundo, tiraban algunos hombres de la cuerda que había quedado sujeta en lo alto, acompasando sus esfuerzos con un grito unísono; de pronto crujía el mástil gigantesco y se venía abajo con un estrépito sordo y una vibración de cañonazo lejano.

El bosque iba achicándose día a día, perdiendo árboles caídos, como pierde un ejército soldados.

Renardet no se apartaba de allí; desde la mañana hasta la noche permanecía en el bosque, sin moverse y con las manos cruzadas a la espalda, viendo la muerte lenta de su oquedal. Cuando un árbol caía, él le ponía el pie encima, como si pisase un cadáver. Y luego levantaba la vista hacia el que iba a caer a continuación; se hubiera dicho que sentía una impaciencia íntima y tranquila, que aguardaba que ocurriese algún suceso al final de aquel destrozo.

Se iban entre tanto acercando al sitio en que fue descubierto el cadáver de la pequeña Roque. Llegaron a él una tarde, a la hora del crepúsculo.

Había ya poca luz, porque el cielo estaba cubierto de nubes, y los leñadores pretendieron suspender el trabajo, dejando para el día siguiente el derribo de un haya enorme; pero el dueño se opuso a ello y exigió que se procediese en el acto a podar y talar también aquel coloso a cuya sombra se había cometido el crimen.

Una vez que el podador lo dejó al desnudo, terminando el arreglo del que iba a ser ajusticiado, y una vez que los leñadores minaron su base, se pusieron cinco hombres a tirar de la cuerda amarrada a la copa.

El árbol no cedió; aunque su grueso tronco había sido mellado a hachazos hasta el centro, seguía rígido como si fuese de hierro. Todos los trabajadores tiraban de la cuerda a un tiempo, con una especie de empujón acompasado, doblándose hasta acostarse en el suelo, marcando y regulando sus esfuerzos con un grito que daba poco a poco salida a todo el aire de sus pulmones.

En pie junto al gigante, con las hachas en la mano como dos verdugos dispuestos a seguir golpeando, había dos leñadores. También Renardet, inmóvil y con la mano en la corteza del tronco, esperaba la caída con emoción inquieta y nerviosa.

Uno de los leñadores le dijo:

—Está usted demasiado cerca, señor alcalde, puede herirlo al caer.

Pero Renardet no contestó ni se apartó; parecía que estuviese preparado para abrazarse al tronco del árbol como un luchador y derribarlo.

Se produjo de improviso en el pie de la alta columna de madera un desgarramiento que pareció correrse hasta la cúspide como una sacudida dolorosa; se dobló un poco, resistiendo todavía, aunque ya a punto de caer. Aquello excitó a los hombres y pusieron en tensión sus brazos en un esfuerzo supremo. De pronto, cuando el árbol se quebraba, se desplomaba, dio Renardet un paso hacia adelante, se detuvo allí y levantó sus hombros como para recibir el golpe irresistible, el choque mortal que había de aplastarlo contra el suelo.

Pero el haya sufrió un ligero desvío y no hizo más que rozarle las espaldas, despidiéndolo boca abajo a cinco metros de distancia.

Los obreros corrieron a levantarlo; pero ya él se había alzado, quedando de rodillas, y miraba con ojos extraviados, aturdido, pasándose la mano por la frente, como si despertase de un acceso de locura.

Cuando ya estuvo en pie, los trabajadores, sorprendidos, le dirigieron preguntas, porque no acertaban a comprender su acción. Les contestó, balbuciendo, que había sufrido un instante de extravío mental o, más bien, que se había sentido niño durante un segundo, imaginándose que sería capaz de cruzar por debajo del árbol lo mismo que los chicos cuando cruzan por delante de un coche que va al trote; había jugado con el peligro; desde hacía ocho días le escarabajeaba, cada vez con más fuerza, aquella comezón, y cada vez que un árbol crujía para caer, él se preguntaba si podría pasar por debajo sin que lo alcanzase. Era una estupidez, lo reconocía, pero todos están sujetos a tales momentos de insensatez y sufren estos accesos de infantilismo tonto.

Daba estas explicaciones poco a poco, rebuscando las frases, con voz apagada; después se alejó, diciendo:

—Hasta mañana, amigos míos, hasta mañana.

Así que se vio en su habitación, se sentó a la mesa sobre la que proyectaba su luz viva una lámpara con pantalla, se cogió la cabeza con ambas manos y rompió a llorar.

Lloró durante largo rato, se enjugó luego los ojos, levantó la cabeza y miró el reloj. No habían dado aún las seis. "Me queda tiempo antes de comer", pensó, y se dirigió hacia la puerta cerrándola con llave. Hecho esto, volvió a sentarse a la mesa, abrió el cajón de en medio, sacó un revólver y lo colocó encima de los papeles, en plena luz. El acero del arma brillaba con destellos que parecían llamas.

Renardet lo estuvo contemplando un rato con ojos turbios de borracho; luego se levantó y se puso a caminar.

Iba de un extremo a otro de la habitación y a veces se detenía para reanudar en seguida su paseo. De improviso abrió la puerta de su gabinete de aseo, metió una toalla en el cántaro de agua y se mojó la cabeza, igual que la mañana del crimen. Siguió paseando. Cuando pasaba por delante de la mesa, el brillo del arma atraía su mirada, buscaba su mano; pero Renardet miraba el reloj y pensaba: "Aún me queda tiempo".

Dieron las seis y media. Cogió entonces el revólver, abrió la boca hasta desencajarla con una mueca espantosa, y hundió en ella el cañón del arma, como si fuese a tragárselo. Y en esa postura permaneció inmóvil algunos segundos, con el dedo en el gatillo; pero un brusco estremecimiento de horror sacudió su cuerpo y vomitó el revólver sobre la alfombra.

Y cayó en su sillón otra vez, sollozando:

—No puedo. No tengo valor. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué haré para que no me falte decisión para matarme?

Llamaron a la puerta. Se irguió como loco. Era un criado, que dijo:

—El señor tiene la cena preparada.

Renardet contestó:

—Está bien. Ahora bajo.

Recogió el arma, la metió otra vez en el cajón, se miró en el espejo de la chimenea para ver si su cara estaba demasiado desencajada. Colorada sí que la tenía, un poco más que de ordinario, pero eso era todo. Bajó al comedor y se sentó a la mesa.

Comió con mucha lentitud, como si quisiera alargar la cena para no hallarse a solas consigo mismo. Después, mientras alzaban los manteles, fumó allí mismo varias pipas. Y, por fin, volvió a subir a su dormitorio.

Así que cerró la puerta, miró debajo de la cama, abrió todos los armarios, exploró por todos los rincones, registró todos los muebles. Encendió acto seguido las velas de la chimenea y, girando varias veces sobre sí mismo, recorrió con la mirada todo el cuarto, con el rostro crispado por las angustias del terror; segurísimo estaba de que iba a volver a verla, como todas las noches, a la pequeña Roque, a la niña que él había violado, estrangulándola después.

La pavorosa visión se repetía todas las noches. Empezaba por un zumbido en sus oídos, que se parecía al retumbo de un tren pasando por un puente lejano. Y entonces empezaba a respirar fatigosamente y se ahogaba, viéndose obligado a desabrocharse el cuello de la camisa y aflojarse el cinturón. Se ponía a pasear para activar la circulación general de la sangre, intentaba leer, hacía esfuerzos por cantar. Todo en vano. Contra su voluntad, volvía su pensamiento al día del asesinato y lo obligaba a representárselo en sus más íntimos detalles, pasando por sus más violentas sensaciones desde el primer instante hasta el último.

Aquella mañana, la mañana del espantoso día, se levantó algo aturdido y con un dolor de cabeza que atribuyó al calor; por eso no salió de su habitación hasta que lo llamaron a almorzar. Después de la comida durmió la siesta, y ya al caer la tarde salió a respirar la brisa fresca y sedante, bajo los árboles del bosque centenario.

Pero así que salió de casa, el aire pesado y ardiente de la llanura contribuyó a aumentar su fatiga. El sol, lejos todavía del horizonte, derramaba torrentes de luz encendida sobre la tierra calcinada, seca y sedienta. Ni el más leve soplo de viento movía las hojas. Los animales, los pájaros y hasta las chicharras guardaban silencio. Renardet llegó hasta los árboles gigantescos y echó a andar sobre el musgo, bajo el inmenso techo de ramas que recogía un poco del frescor de la evaporación del Brindille. Pero estaba desasosegado. Sentía en el cuello la presión de una mano desconocida e invisible, y aunque de ordinario no eran muchas las ideas que tenía en la cabeza, en aquel entonces casi no tenía ninguna. Sólo un pensamiento confuso lo perseguía de tres meses a aquella parte: el volver a casarse. El vivir solo era para él un sufrimiento moral y físico. Se había acostumbrado en diez años a sentir cerca de él una mujer, a tenerla delante en todo momento, a su abrazo cotidiano; tenía necesidad, una necesidad imperiosa y vaga, de su contacto ininterrumpido, de su caricia disfrutada con regularidad. Desde el fallecimiento de su esposa Renardet sufría, sin que comprendiese claramente el motivo; sufría por no sentir a todas horas del día en sus piernas el roce de los vestidos de ella, y, sobre todo, por no poder calmar y gastar sus ardores entre sus brazos. Llevaba apenas seis meses viudo, y ya buscaba con el pensamiento en aquellos alrededores la joven soltera o viuda con la que podría casarse en cuanto se quitase el luto.

Tenía un alma casta, pero estaba alojada en el cuerpo fornido de un hércules, y ya empezaban las imágenes carnales a turbar su sueño y su vigilia. En vano las ahuyentaba; ellas volvían, y había instantes en que él, sonriéndose de sí mismo, pensaba: "Soy otro san Antonio."

Como aquella mañana se había visto asaltado por algunas de aquellas visiones obsesionantes, le entraron de pronto ganas de bañarse en el Brindille para refrescar su cuerpo y apaciguar el ardor de su sangre.

Había un poco más adelante un sitio en que el río era ancho y profundo: en él se zambullían algunas veces durante el verano los convecinos suyos. Se dirigió hacia allí.

Sauces tupidos ocultaban aquel estanque transparente en el que la corriente se remansaba, se adormecía un poco, para luego seguir su marcha. Cuando Renardet se aproximaba a aquel lugar, le pareció oír un ligero ruido, un débil chapoteo que no era el que hace el río en las orillas. Apartó suavemente las ramas y miró.

Una jovencita, completamente desnuda, cuyo cuerpo se dibujaba con nitidez a través de las transparencias del agua, chapoteaba con las dos manos, se movía dentro del río con tímidos movimientos de danza y giraba sobre sí misma con ademanes encantadores. Pasaba ya de niña, pero no llegaba todavía a mujer; era gordita y desarrollada, conservando, sin embargo, su aspecto de muchachita precoz, adelantada para sus años, casi ya en sazón. Renardet se quedó inmóvil, como agarrotado por la sorpresa y por la angustia; una emoción extraña y desgarradora le cortaba el aliento. Y no se movió, y el corazón le palpitaba como si se hubiese convertido en realidad uno de sus sueños sensuales, como si la varita mágica de un hada impura le hubiese puesto delante aquel ser capaz de trastornarlo, pero demasiado joven; aquella pequeña Venus campesina, que había nacido de los borbollones del arroyuelo, lo mismo que la otra, la grande, había surgido de las olas del mar.

De improviso la niña salió del baño, yendo hacia donde él estaba oculto para buscar sus ropas y volver a vestirse. A medida que se acercaba con paso indeciso, evitando los guijarros puntiagudos, sentía Renardet que una fuerza irresistible lo empujaba hacia ella, un arrebato bestial que ponía en ebullición su carne, enloquecía su razón y lo hacía temblar de pies a cabeza.

La niña se detuvo unos momentos en pie, detrás del sauce en que él se ocultaba. Y entonces Renardet perdió por completo la cabeza, apartó las ramas, se arrojó sobre ella y la cogió entre sus brazos. La niña cayó al suelo, demasiado desconcertada para resistir, demasiado espantada para pedir socorro, y él la poseyó sin comprender lo que hacía.

Despertó de su crimen, como quien despierta de una pesadilla. La niña rompió a llorar y él le dijo:

—Cállate, cállate ya. Te daré dinero.

Pero ella no le prestaba atención y sollozaba. Renardet volvió a decir:

—Pero cállate ya. ¡Ea, cállate! ¡Cállate, pues!

La niña dio un alarido, retorciéndose entre sus brazos para huir.

Renardet comprendió de pronto que estaba perdido y la agarró del cuello para impedir que saliesen de su garganta aquellos gritos desgarradores y espantosos. Pero ella pugnaba por soltarse con la desesperación de un ser que quiere huir de la muerte, y entonces él cerró sus manos de coloso alrededor de aquella frágil garganta henchida de clamores, y de tal manera apretó que la estranguló en pocos momentos, sin propósito de matarla, y sólo por hacerla callar.

Renardet se irguió entonces, loco de horror. Ante él yacía la niña ensangrentada y con la cara ennegrecida. Iba él a echar a correr, pero surgió en su cerebro trastornado el instinto oscuro y misterioso que guía a todos los seres en el momento del peligro.

Fue a tirar el cuerpo al agua, pero otro impulso lo empujó hacia las prendas de vestir de la niña, e hizo con ellas un minúsculo paquete. Lo ató con un cordel que llevaba en el bolsillo y lo escondió en un profundo agujero que hacía el río, debajo de un tronco cuyas raíces bañaban las aguas del Brindille.

Se alejó después a grandes pasos, salió a la pradera, dio un gran rodeo para hacerse ver de algunos campesinos que vivían lejos del lugar del crimen y regresó a su casa para cenar a la hora de todos los días, contando en detalle a sus criados el paseo que había dado.

A pesar de todo, durmió bien aquella noche; durmió con un denso sueño de hombre animalizado, como deben dormir en ocasiones los condenados a muerte. No abrió los ojos hasta las primeras luces del alba, y esperó despierto, atenaceado por el temor de que se descubriese su crimen, hasta la hora en que acostumbraba levantarse.

Más tarde se vio obligado a asistir a todas las diligencias. Actuó como un sonámbulo, viendo las cosas como en una alucinación, envueltas en nebulosidades de sueño o de borrachera, con el recelo de lo irreal que conturba el espíritu en las horas de las grandes catástrofes.

Pero el grito desgarrador de la madre se le clavó en el corazón. Estuvo a punto de echarse de rodillas a los pies de la vieja, diciéndole a gritos: "¡Yo he sido!" Pero se dominó. Fue, sin embargo, durante la noche a sacar del agua los zuecos de la niña muerta, para dejarlos en el umbral de la puerta de la madre.

Mientras duró la investigación y tuvo necesidad de despistar a la Justicia, se mantuvo sereno, dueño de sí mismo, hábil y sonriente. Discutía tranquilamente con los magistrados todas las hipótesis que se les ocurrían, rebatía sus opiniones, destruía sus razonamientos. Llegó hasta experimentar un placer punzante y doloroso en desconcertar sus pesquisas, embrollar sus ideas y establecer la inocencia de los que ellos tenían por sospechosos.

Pero a partir del día en que se dieron por abandonadas las investigaciones, fue poco a poco creciendo su nerviosismo, se hizo aún más irritable, aunque conseguía dominar sus iras. Cualquier ruido imprevisto lo sobresaltaba de miedo, se estremecía por la cosa más insignificante y bastaba a veces que una mosca se posase en su frente para que un temblor sacudiese su cuerpo de los pies a la cabeza. Se apoderó entonces de él una necesidad imperiosa de movimiento que lo obligaba a dar caminatas increíbles, que lo tuvo en pie noches enteras, paseando de arriba abajo en su habitación.

No era que lo aguijoneasen todavía los remordimientos. En su brutal temperamento no había lugar para delicadezas sentimentales, ni para temores de conciencia. Hombre enérgico y violento inclusive, nacido para guerrear, entrar a saco en los pueblos conquistados y degollar en masa a los vencidos, pletórico de los instintos salvajes del cazador y del guerrero, tenía en poco la vida humana. Aunque respetaba, como medida política, a la Iglesia, no creía en Dios ni creía en el diablo, y no esperaba por consiguiente en otra vida ni castigo ni premio por lo que hubiese hecho en ésta. Sus creencias se reducían a una confusa filosofía en la que entraban todas las ideas de los enciclopedistas del pasado siglo; la religión era para él una especie de sanción moral de la ley, y lo mismo ésta que aquélla eran creaciones del hombre destinadas a regular las relaciones sociales.

El matar a otro en duelo, en la guerra, en una riña, por casualidad, por venganza, por bravuconería, le habría parecido a Renardet una diversión o un acto de gallardía, y no hubiera dejado en su conciencia más huellas que el tiro de escopeta disparado contra una liebre; pero el asesinato de la niña le había producido una emoción profunda. Lo cometió en el delirio de una borrachera irresistible, en una especie de vendaval de la carne que arrastró a su razón. Y al mismo tiempo que el horror y el espanto hacia aquella chiquilla sorprendida y asesinada cobardemente por él, guardaba en su corazón, guardaba en su carne, guardaba hasta en sus dedos de asesino una especie de amor bestial hacia ella. Su pensamiento reproducía a cada instante la horrible escena, y, aunque él se esforzaba por ahuyentar aquella imagen y la apartaba de sí con terror, con asco, la sentía rondar en su cerebro, dar vueltas a su alrededor, acechando constantemente la ocasión de reaparecer.

Tuvo entonces miedo a las noches, miedo a la oscuridad que lo rodeaba. Ignoraba aún el porqué de aquel terror de las tinieblas; era un sentimiento instintivo, porque las barruntaba preñadas de seres espantables. La claridad del día no es propicia a los miedos. De día se ven los seres y las cosas, y por eso no se tropieza sino con los seres y cosas naturales que pueden mostrarse a la luz del sol. Pero la noche, la noche opaca, más densa que las murallas, pero fuera; la noche infinita, totalmente negra, inmensa, en la que nos pueden rozar cosas espantosas; la noche por la que sentimos cruzar, rondar el terror misterioso, le parecía a Renardet que ocultaba un peligro desconocido, inminente y amenazador. Pero ¿qué peligro?

Pronto iba a saberlo. Una noche en que él estaba en vela, sentado en su sillón a una hora avanzada, le pareció que alguien movía la cortina de su ventana. Aguardó, inquieto, con el corazón palpitante; el cortinaje dejó de moverse; pero, de improviso, se estremeció otra vez; él lo creyó así, por lo menos. No se atrevía a levantarse; no se atrevía ni a respirar, no obstante ser un hombre valeroso que había tenido frecuentes peleas y al que le hubiera agradado descubrir ladrones en su casa.

¿Se movía real y verdaderamente, aquel cortinaje? Recelando un engaño de sus ojos, Renardet se hacía a sí mismo esta pregunta. Era, por lo demás, una cosa tan insignificante, un leve estremecimiento de la tela, una especie de temblor de los pliegues, apenas una ondulación como la que produce el viento. Renardet seguía en su sitio con la vista fija y el cuello en tensión; de pronto se levantó, avergonzado de sus miedos, avanzó cuatro pasos, agarró el cortinaje con las dos manos y lo descorrió ampliamente. No vio al pronto más que los cristales negros, negros como superficies de tinta brillante. Detrás de ellos se extendía la noche, la gran noche impenetrable, hasta el invisible horizonte. Se quedó en pie frente a aquella sombra ilimitada; de improviso, distinguió una luz, una luz que se movía y que parecía lejana. Pegó su cara al cristal, pensando que algún pescador furtivo de cangrejos operaba en Brindille, porque era ya pasada la medianoche y aquella luz se movía siguiendo la margen del río, por debajo de los árboles del oquedal. Como no veía bien, hizo Renardet catalejo con sus dos manos. Bruscamente aquella luz se convirtió en resplandor, y distinguió, tendido en el musgo, el cuerpo desnudo y sangrante de la pequeña Roque.

Retrocedió, crispado de espanto, y cayó de espaldas. Permaneció en el suelo unos minutos con el alma angustiada, pero luego se sentó y se puso a reflexionar. Había sufrido una alucinación y nada más; una alucinación que arrancaba del hecho de que un merodeador nocturno caminaba con su fanal encendido por la orilla del agua. Nada de extraordinario había en que el recuerdo de su crimen le trajese a veces la imagen de la muerta.

Se levantó, bebió un vaso de agua y volvió a sentarse. "¿Qué voy a hacer yo si esto se repite?" Se repetiría, lo barruntaba, tenía la certeza. La ventana atraía otra vez su mirada, lo llamaba, tiraba de él. Dio vuelta a la silla para no verla, cogió un libro y procuró leer, pero no tardó en parecerle que algo se movía a sus espaldas e hizo girar bruscamente el sillón sobre una pata. El cortinaje volvía a moverse; esta vez sí se había movido; ya no podía dudarlo; se abalanzó hacia él y le dio tan brutal manotón que lo echó abajo con su sostén; pegó luego ansiosamente su cara al cristal. No vio nada. Todo era oscuridad en el exterior; respiró con la satisfacción de un hombre al que acaban de salvar la vida.

Volvió a sentarse; pero casi en seguida se apoderó de él otra vez el ansia de mirar por la ventana. Desde que se cayó el cortinaje parecía aquella una especie de boca de cueva hecha en el oscuro campo, que atraía y que empavorecía. Para no caer en aquella tentación peligrosa, Renardet se desnudó, apagó las luces, se metió en la cama y cerró los ojos.

Se quedó inmóvil, de espaldas, con el cuerpo caliente y sudoroso, esperando que llegase el sueño. Un gran resplandor atravesó de improviso sus pupilas. Las abrió, creyendo que se había producido un incendio en su casa. Reinaba la más completa oscuridad, y Renardet se apoyó en un codo buscando con la mirada aquella ventana que lo atraía con una fuerza invencible. Consiguió, por fin, localizarla y distinguió algunas estrellas; se levantó de la cama, cruzó a tientas la habitación; sus manos extendidas hacia adelante tropezaron con los cristales y entonces pegó a ellos su cara. Allá lejos, debajo de los árboles, despidiendo un resplandor fosforescente que iluminaba la oscuridad a su alrededor, estaba el cuerpo de la niña.

Renardet lanzó un grito y huyó a su cama, metió la cabeza debajo de la almohada, y así permaneció hasta el amanecer.

Desde ese momento su vida se volvió insoportable. Pasaba los días pensando con terror en las noches, y cada noche se reproducía la visión. Al encerrarse en su cuarto hacía esfuerzos por luchar, pero era inútil. Una fuerza irresistible lo levantaba y lo empujaba en dirección a los cristales como para llamar al fantasma, y en el acto lo descubría, al principio tirado en el suelo, en el lugar mismo del crimen, con los brazos en cruz, las piernas abiertas, tal como el cadáver había sido hallado. Pero luego la muerta se levantaba, caminaba hacia él, pasito a pasito, lo mismo que cuando salió del río. Caminaba hacia él muy despacio, en línea recta, cruzando el césped y el encañado de flores secas; luego se elevaba en el aire en dirección a la ventana de Renardet. Iba hacia él lo mismo que había ido el día del crimen hacia su asesino. Y entonces aquel hombre retrocedía de espaldas, retrocedía hasta llegar a su cama y se desplomaba en ella, convencido de que la pequeña había entrado y de que estaba allí, detrás del cortinaje, y que en seguida empezaría a moverse. Y hasta que amanecía se quedaba con la vista clavada en las cortinas, esperando ver de un momento a otro a su víctima. Pero ésta no se descubría ya; se quedaba detrás de la tela, agitada de cuando en cuando por un leve temblor. Renardet se agarraba a las sábanas con los dedos crispados, y apretaba lo mismo que apretó la garganta de la pequeña Roque. Oía dar las horas y percibía, en el silencio de la noche, el tictac del péndulo junto con los profundos latidos de su corazón. Jamás sufrió ningún hombre lo que sufría aquel desgraciado.

Por fin se dibujaba en el techo una línea blanca que anunciaba la llegada del día; se sentía entonces liberado, solo al fin, sin nadie más que él en la habitación; se metía otra vez en cama y dormía algunas horas con sueño inquieto y febril, y a veces se reproducía también en sueños la pavorosa visión de sus vigilias.

Cuando bajaba al comedor para la comida del mediodía, se sentía derrengado, como si hubiese realizado increíbles esfuerzos físicos, y apenas probaba bocado, porque seguía persiguiéndolo el miedo a la que había de volver a ver la noche siguiente.

Sin embargo, Renardet sabía muy bien que no se trataba de una auténtica aparición, porque los muertos no vuelven; sabía que era su alma enferma, su cerebro obsesionado por un pensamiento único, por un recuerdo inolvidable, la causa total de su suplicio, la que por sí sola evocaba a la muerta, llamándola, poniéndosela ante los ojos, en los que seguía impresa la imagen indeleble. Pero también estaba seguro de que no se curaría, de que no se libraría jamás de la feroz persecución de su víctima y tomó la resolución de morir antes que seguir aguantando aquellas torturas.

Se puso a discurrir en el modo de matarse. Quería hacerlo de una manera sencilla y natural, que no diese pie para que creyesen que se suicidaba. Tenía en mucho su buena reputación, el apellido heredado de sus padres. Si la gente daba en considerar como sospechosa su muerte, esto los llevaría a pensar en el crimen no aclarado todavía y en el asesino que había escapado a las pesquisas, y acabarían acusándolo del hecho nefando.

Se le ocurrió una idea extraña: la de hacerse aplastar por el árbol al pie del cual había asesinado a la pequeña Roque. Tomó, pues, la resolución de talar el oquedal y de simular un accidente fortuito. Pero el haya se obstinó en no romperle la columna vertebral.

Vuelto a su casa, en un arrebato desatinado de desesperación, echó mano a su revólver, pero al último momento no se atrevió a disparar.

Llegó la hora de la cena, y acabada ésta volvió a su cuarto. No sabía qué hacer. Ahora que había escapado una vez de la muerte, se sentía cobarde. Un rato antes se hallaba dispuesto a todo, firme, decidido, dueño de su valor y de su voluntad; ahora, en cambio, era débil y tenía tanto miedo a la muerte como a la muerta.

—No me atreveré ya, no me atreveré ya —balbucía.

Unas veces miraba con terror el arma que tenía sobre la mesa; y otras, el cortinaje que ocultaba su ventana. Porque ahora temía también que, después de su muerte, ocurriese alguna cosa espantosa. ¿Alguna cosa? ¿Qué? ¿Tal vez el encuentro de los dos? Porque ella lo acechaba, lo esperaba, lo llamaba, y si se le aparecía de aquella manera todas las noches era para, a su vez, apoderarse de él, vengarse de él, impulsándolo a matarse.

Rompió a llorar como un niño, repitiendo:

—No me atreveré ya, no me atreveré ya —cayó de rodillas y balbució—: ¡Dios mío, Dios mío!

Pero sin creer en Dios. Ya no se atrevería, en efecto, a mirar hacia la ventana, en donde sabía que estaba agazapada la aparición, ni hacia su mesa, en la que brillaba el revólver.

Cuando se puso en pie, dijo en voz alta:

—No es posible seguir así, hay que acabar de una vez.

Al resonar su voz en la habitación silenciosa, corrió un escalofrío de miedo por todo su cuerpo; pero como no se decidía a tomar una resolución y estaba seguro de que su mano se negaría a oprimir el gatillo del arma, volvió a taparse la cabeza con las mantas de su cama y se puso a pensar:

Tenía que discurrir algo que lo obligase a morir; tenía que inventar alguna trampa contra sí mismo que no le dejase ya lugar a titubeos, ni a demoras, ni a posibles arrepentimientos. Sentía envidia de los condenados que son conducidos al cadalso entre soldados. ¡Si él pudiese pedir a alguna persona que le metiese una bala en la cabeza! ¡Si él tuviese un amigo seguro que se prestase a matarlo, después de descubrirle su alma, de confesarle el crimen, sin que él lo divulgase! ¿A quién podría pedir este servicio terrible? ¿A quien? Buscó entre sus amigos. ¿El médico? No. Estaba seguro de que se lo contaría después a los demás. Un singular pensamiento cruzó de improviso por su cerebro. Escribiría al juez de instrucción, íntimo amigo suyo, denunciándose a sí mismo. En aquella carta se lo contaría todo: el crimen, las torturas que sufría, su voluntad de morir, sus vacilaciones y el medio de que echaba mano para fortalecer su valor desfalleciente. En nombre de su vieja amistad, le suplicaría que destruyese la carta en cuanto le llegase la noticia de que el culpable se había hecho justicia a sí mismo. Renardet podía confiar en aquel magistrado, porque sabía que era un hombre seguro, discreto, incapaz de una sola palabra irresponsable. Era uno de esos hombres de conciencia inflexible, gobernada, dirigida, regulada siempre por la razón.

Una extraña alegría invadió su pecho en cuanto hubo trazado este proyecto. Ya estaba tranquilo. Escribiría su carta muy despacio, y cuando alborease la echaría en el buzón que había en la pared de su casa de labranza; subiría luego a su torre para ver llegar al cartero, y cuando el hombre de la blusa azul se alejase con ella, se tiraría de cabeza a las rocas que servían de base a la torre. Antes procuraría que lo viesen los obreros que talaban el bosque. Se subiría al escalón saliente, al que estaba sujeto el mástil de la bandera que se izaba en las grandes solemnidades. Quebraría el mástil de un empujón y aquél lo arrastraría en su caída. ¿Quién iba a poner en duda que había sido un accidente casual? Teniendo en cuenta su peso y la altura de la torre, quedaría muerto en el acto.

Saltó de la cama, se acercó a la mesa y se puso a escribir; no dejó nada, ni un detalle del crimen, ni un detalle de su vida de angustias, ni un detalle de las torturas de su corazón; terminaba anunciando al juez que se había sentenciado a sí mismo, y que iba a proceder a la ejecución del criminal, suplicando a su amigo, a su viejo amigo, que no se mancillase jamás su memoria.

Al terminar su carta vio que ya era de día. La cerró, la lacró, puso la dirección, bajó las escaleras con paso ligero, corrió hasta el buzón pintado de blanco y pegado a la pared que había en el ángulo de su granja, echó dentro aquel papel que le acalambraba la mano, regresó rápidamente, volvió a correr los cerrojos de la puerta principal y subió a lo alto de la torre, para ver pasar al cartero que llevaría su sentencia de muerte.

Estaba ya tranquilo, liberado, a salvo.

Un viento frío, seco, de hielo, rozaba su cara, y él lo aspiraba con avidez, a pleno pulmón, saboreando su helada caricia. El cielo amanecía rojo, de un rojo de incendio, de un rojo invernal, y la llanura toda, blanca de escarcha, brillaba reflejando los rayos solares, como si la hubiesen espolvoreado de azúcar molida. En pie, con la cabeza descubierta, miraba Renardet el extenso panorama, las praderas a la izquierda y a la derecha, el pueblo, cuyas chimeneas empezaban a echar el humo precursor de la primera comida del día.

Veía correr a sus pies el río Brindille, contra cuyas rocas se estrellaría dentro de poco su cuerpo. Se sentía renacer en aquella aurora helada, pletórico de fuerza y de vida. La luz del sol lo envolvía, lo bañaba, lo impregnaba como una esperanza. Lo asaltaban mil recuerdos de otras mañanas parecidas a aquélla, recuerdos de ligeras caminatas sobre la tierra endurecida que resonaba con sus pisadas, de partidas afortunadas de caza bordeando las lagunas en que duermen los patos silvestres. Acudían a su memoria todas las cosas a las que era aficionado, todo lo bueno que tiene la vida, aguijoneándolo con nuevos anhelos, despertando todas las apetencias de su organismo activo y vigoroso.

¿E iba a morir? ¿Por qué razón? ¿Iba a suicidarse por miedo a una sombra? ¿Por miedo a un algo que no existía? ¡Era rico y todavía joven! ¡Qué locura iba a hacer! Le bastaría una distracción, una ausencia, un viaje, para olvidar. Ya la pasada noche no había visto a la niña porque sus pensamientos habían sido llevados por la preocupación hacia rumbos distintos. ¿No podría ser que no la volviese a ver más? Aun suponiendo que ella lo persiguiese dentro de aquella casa, estaba seguro de que no lo seguiría a otros lugares. ¡La tierra era muy grande y el porvenir muy largo! ¿Por qué había de morir?

Su mirada recorría las praderas; distinguió una mancha azul que avanzaba por la senda que bordea el Brindille. Era Mederic, que traía el correo dirigido al pueblo y que se llevaría las cartas depositadas en éste.

Renardet sintió un golpe en el corazón, como si se lo atravesasen de parte a parte, y se lanzó hacia abajo, por la escalera de caracol, para recoger su carta, para reclamársela al cartero. Poco le importaba ahora que lo viesen; corría pisando la hierba cubierta por la espuma de hielo tenue de la noche, y llegó al mismo tiempo que el cartero a la esquina de su casa de labor, en que estaba el buzón de las cartas.

El cartero abrió la puertecita de madera y cogió algunos papeles depositados allí por los habitantes del pueblo.

Renardet le habló así:

—Buenos días, Mederic.

—Buenos días, señor alcalde.

—Escuche, Mederic: tengo necesidad de una carta que he echado yo mismo al buzón. Vengo a pedirle que me la entregue.

—Perfectamente, señor alcalde. La tendrá usted.

El cartero levantó la vista y quedó estupefacto al ver la cara de Renardet. Tenía las mejillas amoratadas, los ojos turbios, con grandes ojeras, como hundidos en el cráneo; los cabellos revueltos, la barba enmarañada, la corbata suelta. Se veía a las claras que no se había acostado.

Y entonces Mederic le preguntó:

—¿Está usted enfermo, señor alcalde?

Cayó Renardet en la cuenta de que su aspecto debía resultar extraño, y esto le hizo perder su aplomo, balbuciendo:

—No, no es eso..., sino que me he tirado de la cama para venir a pedirle esa carta... Estaba durmiendo, ¿comprende?

Una vaga sospecha cruzó por el cerebro del antiguo soldado, que le preguntó:

—¿A qué carta se refiere?

A esa que va usted a devolverme.

Pero ya Mederic vacilaba, porque no le parecía natural la actitud del alcalde. Tal vez la carta en cuestión contenía un secreto, un secreto político. Sabía que Renardet no era republicano, y conocía todos los trucos y supercherías a que se recurre en tiempos de elecciones.

Le preguntó, pues:

—¿A quién va dirigida esa carta?

—Al juez de instrucción, al señor Putoin; ya sabe usted que el señor Putoin es amigo mío.

El cartero buscó entre los papeles y encontró el que el alcalde le pedía. Y se quedó mirándolo, dándole vueltas entre los dedos, titubeando entre el temor de cometer una falta grave y el de hacerse un enemigo en la persona del señor alcalde.

Renardet, al observar sus titubeos, hizo un movimiento para coger la carta y quitársela de las manos. Bastó este gesto brusco para convencer a Mederic de que se trataba de un misterio importante, y esto lo decidió a cumplir con su deber, costase lo que costase.

Echó el sobre dentro de su valija y la cerró, contestándole:

—No puedo hacerlo, señor alcalde. Tratándose de una carta dirigida a la Justicia, no puedo hacerlo.

Una angustia horrible estrujó el corazón de Renardet, y balbució:

—Usted me conoce lo suficiente. Puede incluso comprobar que está escrita de mi puño y letra. Le aseguro que tengo necesidad de ese papel.

—No puede ser.

—Sea razonable, Mederic; sabe usted que yo soy incapaz de engañarlo, y le aseguro que lo necesito.

—No puede ser. No puede ser.

El alma violenta de Renardet se sintió sacudida por un estremecimiento de cólera.

—Cuidado con lo que hace, caracoles. Ya sabe usted cómo las gasto yo, y que me costaría muy poco trabajo hacerle saltar inmediatamente de su empleo, pedazo de mamarracho. Después de todo, yo soy el alcalde y le ordeno que me entregue ese papel.

El cartero le replicó con firmeza:

—¡No, señor alcalde; no puedo hacerlo!

Renardet perdió entonces la cabeza y lo agarró del brazo con intención de quitarle la valija; pero el cartero se desembarazó de un tirón, y al mismo tiempo que retrocedía blandió su bastón de acebo, diciendo sentenciosamente y sin perder la calma:

—¡Cuidado con ponerme la mano encima, señor alcalde, porque lo sacudo! Ándese con cuidado. ¡Yo cumplo con mi deber, y nada más!

Renardet, que se vio perdido, se hizo humilde, cariñoso, gimoteando como niño que llora:

—Amigo mío, sea usted razonable; devuélvame esa carta; yo se lo agradeceré; le daré cien francos, ¿me comprende? ¡Cien francos!

El cartero le volvió la espalda y echó a andar. Renardet fue tras él, jadeante, balbuceando:

—Mederic, Mederic, escúcheme; le daré mil francos, ¿me oye?, mil francos.

Pero el otro seguía caminando, sin contestarle. Renardet volvió a decir:

—Lo haré a usted rico, ¿me oye? Le daré lo que me pida... Cincuenta mil francos... Cincuenta mil francos por esa carta... Pero ¿qué inconveniente tiene usted?... ¿Por qué no quiere?... Le daré cien mil..., óigame..., cien mil francos... ¿Me comprende?... Cien mil francos, cien mil francos.

El cartero se volvió hacia él, con gesto duro y mirada severa:

—Basta ya, si no quiere usted que repita al juez todo lo que acaba de decirme.

Renardet se detuvo en seco. Se acabó. Ya no quedaba ninguna esperanza. Dio media vuelta y echó a correr hacia su casa, galopando como animal perseguido.

Fue entonces Mederic el que hizo alto, y contempló estupefacto aquella fuga. Vio entrar al alcalde en su casa y se quedó esperando, como quien está seguro de que va a producirse algún acontecimiento inesperado.

En efecto, la alta figura de Renardet apareció en la cúspide de la torre del Zorro. Corrió alrededor de aquella plataforma como un loco; después, se agarró al mástil de la bandera y le dio varias sacudidas furiosas, sin conseguir quebrarlo, y de pronto, como un nadador que se tira al agua de cabeza, se precipitó en el vacío con las dos manos hacia adelante.

Mederic se lanzó a todo correr para prestarle socorro. Cuando cruzaba el parque vio a los leñadores que se dirigían al trabajo. Los llamó a gritos, diciéndoles lo que ocurría; encontraron al pie del muro un cuerpo ensangrentado, cuya cabeza se había deshecho al chocar contra una roca, rodeada por todas partes por el río Brindille, que allí se ensanchaba. Un largo reguero color de rosa, mezcla de sangre y de sesos, se perdía en sus aguas serenas y transparentes.


Publicado el 14 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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