Una Familia

Guy de Maupassant


Cuento


Iba a volver a ver a mi amigo Simón Radevin, que no había visto desde hacía quince años. En otros tiempos fue mi mejor amigo, el amigo de mis pensamientos, aquél con el que se pasan las largas veladas tranquilas y alegres, aquél a quien se le cuentan las cosas íntimas del corazón, por el que se encuentran, charlando dulcemente, las ideas raras, finas, ingeniosas, delicadas, nacidas de la simpatía misma que excita el ingenio y le hace desarrollarse a gusto. Durante muchos años no nos habíamos separado nunca. Habíamos vivido, viajado, soñado, imaginado juntos, habíamos amado las mismas cosas y con un mismo amor, admirado los mismos libros, comprendido las mismas obras, vibrado con las mismas sensaciones, y tan frecuentemente nos habíamos reído de los mismos seres, que nos comprendíamos sólo con intercambiar una mirada.

Luego él se había casado. Se había casado de repente con una chiquilla de provincia que había llegado a París para encontrar novio. ¿Cómo pudo aquella pequeña rubita, delgada, de manos fofas, de ojos claros y vacíos, de voz fresca y necia parecida a cien mil muñecas casaderas, atrapar a aquel chico inteligente y fino? ¿Quién puede comprender esas cosas? Él había esperado sin duda la felicidad, una felicidad sencilla, dulce y continuada entre los brazos de una mujer buena, tierna y fiel; y había entrevisto todo eso en la mirada transparente de aquella chiquilla de cabellos pálidos. No pensó que el hombre activo, vivo y vibrante, se cansa de todo tan pronto como constata la estúpida realidad, a menos que se embrutezca hasta el punto de no comprender nada más. ¿Cómo iba a encontrarlo? ¿Aún vivo, espiritual, risueño y entusiasta, o bien adormecido por la vida provinciana? ¡Un hombre puede cambiar tanto en quince años!

El tren se detuvo en una pequeña estación. Cuando descendí del vagón, un grueso, un muy grueso hombre de mejillas coloradotas y vientre redondeado, se dirigió hacia mí con los brazos abiertos gritando: «¡Georges!». Lo abracé, pero no lo había reconocido. Luego murmuré estupefacto: «¡Caramba, no has adelgazado!». Él respondió riendo: «¿Qué quieres? ¡La buena vida! ¡la buena mesa! ¡las buenas noches! ¡Comer y dormir, ésa es mi existencia!». Yo lo contemplaba, buscando en aquella cara ancha los rasgos queridos. Sólo los ojos no habían cambiado; pero ya no encontraba en ellos la mirada conocida y me decía: «Si es cierto que la mirada es el fiel reflejo del pensamiento, el pensamiento de esta cabeza ya no es el de antaño, aquel que yo conocía tan bien». Sus ojos brillaban sin embargo, llenos de alegría y de amistad; pero ya no tenían la claridad inteligente que expresa, tanto como las palabras, el valor de un espíritu.

De repente, Simón me dijo: «¡Mira, ahí están mis dos mayores!». Una chiquilla de catorce años, casi una mujer, y un chico de trece, vestido de colegial, avanzaban con expresión tímida y torpe. Yo murmuré: «¿Son tuyos?». Él contestó riendo: «Sí».

—¿Cuántos tienes, pues?

—¡Cinco! Hay otros tres que se han quedado en casa.

Había contestado con tono orgulloso, satisfecho, casi triunfal; y yo me sentía presa de una piedad profunda mezclada con un vago desprecio, por este reproductor orgulloso e ingenuo que pasaba las noches engendrando hijos entre dos sueños, en su casa provinciana, como un conejo en una jaula. Me subí en un coche que él mismo conducía y ahí nos tienen recorriendo la ciudad; ciudad triste, somnolienta y donde nada se movía en las calles, salvo algunos perros y dos o tres criadas. De vez en cuando un tendero ante su puerta se levantaba el sombrero; Simón le devolvía el saludo y nombraba a la persona para demostrarme que conocía a todos los habitantes por su nombre. Se me ocurrió pensar que tal vez pensara en la diputación, el sueño de todos los enterrados en provincias.

Cruzamos rápidamente la ciudad y el coche entró en un jardín con pretensiones de parque y se detuvo ante una casa con torrecillas que pretendía pasar por castillo. «Aquí está mi agujero» decía Simón para obtener un cumplido. Yo contesté: «Es delicioso». Sobre la escalinata apareció una dama, adornada para la visita, peinada para la visita, con frases preparadas para la visita. Ya no era la chiquilla rubia y sosa que yo había visto en la iglesia quince años antes, sino una señora gruesa con volantes y rizos, una de esas damas sin edad, sin carácter, sin elegancia, sin espíritu, sin nada de lo que constituye una mujer. Era madre, en definitiva, una madre banal, la ponedora, la yegua reproductora humana, la máquina de carne que procrea sin más preocupación en el alma que sus niños y su libro de cocina.

Me dio la bienvenida y entré en el vestíbulo donde tres chiquillos, alineados por estatura, parecían estar colocados allí para pasar revista como los bomberos ante un alcalde. Dije: «¡Ah! ¡ah! ¿éstos son los otros?». Simón, radiante, los nombró: «Jean, Sophie y Gontran».

La puerta del salón estaba abierta. Entré en él y vi al fondo de un sillón algo que temblaba, un hombre, un hombre viejo paralítico. La señora Radevin se adelantó: «Es mi abuelo, señor. Tiene ochenta y siete años». Luego gritó al oído del viejecillo agitado por sacudidas: «Es un amigo de Simón, papá». El anciano hizo un esfuerzo para decirme buenos días y lloriqueó: «Oua, oua, oua», agitando la mano. Yo le contesté: «Es usted muy amable, señor», y me dejé caer en un asiento.

Simón acababa de entrar; se reía: «¡Ah! ¡ah! ya has conocido al abuelo. Es impagable este viejo; es la distracción de los chicos. Es glotón, amigo mío, hasta morir en cada comida. No te puedes imaginar lo que comería si lo dejáramos. Pero ya verás, ya verás. Echa miraditas a los platos dulces como si fueran señoritas. No has visto nunca nada más divertido, ya verás dentro de un rato.»

Luego me condujeron a mi habitación, para que me arreglara, pues se acercaba la hora de la cena. Oí un gran ruido de pasos en la escalera y me volví. Todos los chicos me seguían como en una procesión, detrás de su padre, sin duda para honrarme. Mi habitación daba a una planicie, una llanura sin fin, un océano de hierbas, trigos y avena, sin un puñado de árboles ni una colina, imagen estremecedora y triste de la vida que debían llevan en aquella casa. Sonó una campana. Era para la cena. Bajé.

La señora Radevin tomó mi brazo ceremoniosamente y pasamos al comedor. Un criado empujaba el sillón del viejo que, apenas colocado delante de su plato, paseaba sobre el postre una mirada ávida y curiosa volviendo con esfuerzo, de un plato a otro, su cabeza oscilante. Entonces Simón se frotó las manos: «Te vas a divertir», me dijo. Y los niños, comprendiendo que me iban a ofrecer el espectáculo del bisabuelo glotón, se echaron a reír al mismo tiempo, mientras que la madre sólo sonreía encogiéndose de hombros.

Radevin gritó dirigiéndose al anciano, formando una bocina con las manos: «¡Esta noche tenemos crema de arroz azucarada!». El rostro arrugado del anciano se iluminó y tembló con mayor intensidad de arriba abajo, para indicarme que había comprendido y que estaba contento. Comenzamos a cenar. «Mira», murmuró Simón. Al abuelo no le gustaba la sopa y se negaba a tragarla. Le obligaban a tomarla, por su salud; y el criado le introducía a la fuerza la cuchara llena en la boca, mientras él soplaba violentamente para no tragarse el caldo que lanzaba, como un surtidor, sobre la mesa y sus vecinos. Los niños se desternillaban de risa, mientras su padre, contento, repetía: «¡Qué gracioso es este viejo!».

Y durante toda la cena no se ocuparon de otra cosa sino de él. Devoraba con la mirada los platos colocados sobre la mesa; y con su mano agitada intentaba cogerlos y acercarlos a él. Se los colocaban casi al alcance para ver sus tremendos esfuerzos, su impulso tembloroso hacia ellos, la llamada desolada de todo su ser, de sus ojos, de su boca, de su nariz que los olfateaba. Y babeaba de deseo sobre la servilleta lanzando gruñidos inarticulados. Y toda la familia se divertía con ese suplicio odioso y grotesco.

Luego le servían en su plato un trocito pequeño que se comía con glotonería febril, para que le dieran rápidamente otra cosa. Cuando llegó el arroz dulce, tuvo casi una convulsión. Gemía de deseo. Gontran le gritó: «¡Ya ha comido mucho, no le daremos de esto!». E hizo como que no le iba a dar. Entonces el anciano rompió a llorar. Lloraba temblando con mayor intensidad mientras los niños reían. Le trajeron por fin su ración, un trozo pequeñito; y al tomar el primer bocado, hizo un ruido de garganta cómico y glotón, y un movimiento con el cuello semejante al que hacen los patos cuando se tragan un trozo demasiado grande. Cuando terminó, se puso a patalear para que le dieran más. Apiadado ante la tortura de este Tántalo enternecedor y ridículo, imploré en su favor: «¡Vamos, denle un poco más de arroz!». Pero Simón contestó: «¡Oh! no, amigo mío, a su edad, si comiera más podría hacerle daño».

Me callé, reflexionando acerca de estas palabras. ¡Oh moral, oh lógica, oh sabiduría! ¡A su edad! Es decir, que se le privaba del único placer que aún podía disfrutar para cuidar su salud. ¡Su salud! ¿Qué podía hacer con su salud este despojo inerte y tembloroso? Se cuidaban sus días, como suele decirse. Sus días. ¿Cuántos días? ¿Diez, veinte, cincuenta o cien? ¿Por qué? ¿Por él? ¿O para conservarle más tiempo a la familia el espectáculo de su glotonería impotente? No tenía nada más que hacer es esta vida, nada más. Sólo le quedaba un deseo, una única alegría; ¿por qué no darle por completo esta última alegría, y dársela hasta que se muriera?

Luego, tras una interminable partida de cartas, subí a mi habitación para acostarme: ¡estaba triste, triste, triste! Y me asomé a la ventana. No se oía en el exterior nada más que un ligero gorjeo de un pájaro en un árbol, en algún lugar muy dulce, muy bonito. Aquel pájaro debía cantar así, en voz baja y por la noche, para acunar a su hembra dormida sobre los huevos. Y pensaba en los cinco hijos de mi pobre amigo, que debía roncar ahora junto a su mezquina esposa.


Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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