La Figura en el Tapiz

Henry James


Cuento


Índice

I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI

I

He hecho unas pocas cosas y ganado un poco de dinero. Quizás incluso haya tenido tiempo para empezar a pensar que soy mejor de lo que podrían sugerir los beneficios que recibo, pero cuando estimo el alcance de mi pequeña carrera (un hábito apresurado, pues de ninguna manera ha terminado) sitúo mi verdadero punto de partida en la noche en que George Corvick, sin aliento y afligido, vino a pedirme un favor. El había hecho más cosas que yo, y ganado más dinero, aunque había oportunidades para la inteligencia que, según mi opinión, a veces desaprovechaba.

No obstante, esa noche sólo pude decirle que nunca perdía una oportunidad de mostrar su bondad. Casi entré en estado de éxtasis al proponerle que preparase para The Middle, el órgano de nuestras lucubraciones, llamado así por la ubicación en la semana de su día de aparición, un artículo por el cual se había hecho responsable y cuyo material, atado con un grueso hilo, dejó sobre mi mesa. Me abalancé sobre mi oportunidad; es decir, sobre el primer volumen de ella, prestando escasa atención a las explicaciones de mi amigo sobre su pedido. ¿Qué explicación podía ser más adecuada que mi obvia idoneidad para la tarea? Había escrito sobre Hugh Vereker, pero ni una palabra en The Middle, donde sobre todo me ocupaba de las damas y los poetas menores. Esta era la nueva novela de Hugh Vereker, las pruebas de página de un ejemplar que todavía no había salido, y significara eso mucho o poco para la reputación de su autor, inmediatamente me resultó claro cuánto significaría para la mía. Además, si siempre había leído todo lo que había podido conseguir de Vereker, ahora tenía una razón particular para desear hacerlo: acababa de aceptar una invitación a Bridges para el domingo siguiente, y en la nota de lady Jame se mencionaba que el señor Vereker iba a estar allí. Era lo bastante joven como para sentirme inquieto ante perspectiva de encontrarme con un personaje de su renombre, y lo bastante ingenuo como para creer que la ocasión me exigiría manifestar familiaridad con su "última",

Corvick, que había prometido hacer una reseña del libro, ni siquiera había tenido tiempo de leerlo. Estaba desesperado a consecuencia de los hechos que —según me dijo en una reflexión precipitada— le exigían viajar esa misma noche a París. Había recibido un telegrama de Gwendolen Erme en respuesta a la carta en la que le ofrecía volar en su ayuda. Yo sabía algo acerca de Gwendolen Erme; nunca la había visto, pero tenía mis ideas, las que me decían en primer lugar que Corvick se casaría con Gwendolen apenas se muriera la madre de ésta. Esta dama parecía encontrarse en una buena situación para darle el gusto a Corvick; tras algún terrible error respecto de un clima o una "cura" de pronto había tenido una caída mientras volvía del exterior. Su hija, sin apoyo y alarmada, deseando precipitarse a Inglaterra, pero vacilando también, había aceptado la ayuda de nuestro amigo. Mi secreta creencia era que, al verlo, la señora Erme se recobraría. A su propia creencia difícilmente podría llamársela secreta. En cualquier caso, difería claramente de la mía. Me había mostrado la fotografía de Gwendolen observando que no era bella, pero sí sumamente interesante; a los diecinueve años había publicado una novela en tres volúmenes, "Profundamente", respecto de la cual, en The Middle, Corvick se había mostrado realmente espléndido. El apreciaba mi interés de ese momento, y se había ocupado de que el periódico no hiciera menos. Finalmente, con la mano sobre la puerta, me dijo:

—Por supuesto, estarás muy bien, ya sabes.— Y viendo que yo me mostraba un poco vago, agregó: —Quiero decir que no serás tonto.

—¡Tonto… acerca de Vereker! ¿Acaso alguna vez no lo encontré sumamente inteligente?

—Bueno, ¿qué es eso sino tonto? ¿Qué significa en la tierra "terriblemente inteligente"? Por Dios, trata de dar en él. No me perjudiques por nuestro arreglo. Habla de él, ya sabes, si puedes, como yo hubiera hablado.

Quedé sorprendido por un instante.

—¿Quieres decir "con mucho el mejor de todos"… , esa clase de cosas?

Corvick casi gimió.

—Oh, bien sabes que no los pongo espalda contra espalda de esa manera; ¡esa es la infancia del arte! Pero Vereker me da un placer tan extraño; el sentimiento de… —meditó un momento— alguna cosa.

Me había desconcertado una vez más.

—¿El sentimiento de qué?

—¡Querido, eso es precisamente lo que quiero que tú digas!

Aún antes de que hubiera cerrado la puerta, yo había empezado, libro en mano, a prepararme para decirlo. Permanecí sentado con Vereker la mitad de la noche; Corvick no podría haber hecho más que eso. El era terriblemente inteligente… me aferré a eso, pero no era, en absoluto, el más grande de todos. No aludí a todos, de cualquier modo; me elogié diciéndome que, en este caso, salía de la infancia del arte.

—Está muy bien —declararon entusiastamente en la redacción, y cuando apareció el número sentí que el artículo era una buena base para encontrarme con el gran hombre. Ello me dio confianza por un día o dos… , luego la confianza desapareció. Lo había imaginado leyendo el artículo con deleite, pero ¿si Corvick no estaba satisfecho, cómo podía estarlo el propio Vereker? Por supuesto reflexioné que el entusiasmo del admirador era a veces aún más grosero que el apetito del escriba. De cualquier manera, Corvick me escribió desde París algo malhumorado. La señora Erme mejoraba, y yo no había expresado para nada el sentimiento que Vereker despertaba en él.

II

Mi visita a Bridges tuvo el efecto de lanzarme en busca de mayor profundidad. Hugh Vereker, tal como lo vi allí, era de un trato tan directo que me avergoncé por la pobreza de imaginación de mis pequeñas precauciones. Si estaba de buen humor no era porque hubiera leído mi reseña; de hecho, estaba seguro de que durante la mañana del domingo no la había leído, aunque The Middle había estado en la calle durante tres días y florecido, lo comprobé, en el desordenado jardín de periódicos que daba a una de las mesas de bronce dorado la atmósfera de un quiosco de estación. La impresión que me hizo Vereker personalmente fue tal que sentí deseos de que lo leyera, y con este fin corregí subrepticiamente los defectos de impresión de la descuidada hoja del periódico. Creo que incluso vigilé el primer resultado de mi maniobra, pero hasta la comida vigilé en vano.

Cuando más tarde, en el curso de nuestra caminata en grupo, me encontré durante media hora al lado del gran hombre, quizás no sin hacer otra maniobra, su afabilidad despertó en mí un deseo aún más vivo de que no siguiera ignorando la peculiar justicia que le había hecho. No parecía sediento de justicia; por el contrario, no había captado en su charla el más ligero gruñido de rencor, una nota para la cual ya me había alertado mi poca experiencia. Últimamente había conquistado mayor reconocimiento, y era agradable, solíamos decir en The Middle, ver cómo eso lo hacía hablar. Por supuesto, no era popular, pero estimo que una de las fuentes de su buen humor era precisamente el hecho de que su éxito no dependía de ello. No por eso había dejado de convertirse, de cierto modo, en autor de moda; por lo menos, los críticos le habían dado nombradía y se habían puesto al día con él. Finalmente, habíamos descubierto cuán inteligente era, y él había tenido que salir lo mejor posible de la pérdida de su misterio. Mientras caminaba a su lado, me sentí muy tentado de hacerle saber hasta qué punto yo había participado de ese develamiento. Hubo un momento en que estuve a punto de hacerlo, pero una de las damas de nuestro grupo, arrebatando un lugar al otro costado de Vereker, atrajo su atención con un espíritu comparativamente egoísta. Eso fue muy desalentador; casi sentí que el hablarle era una prerrogativa personalmente mía.

Por mi parte, tuve en la punta de la lengua una frase o dos sobre la palabra correcta en el momento correcto sin embargo, más tarde me alegré de no haberlas dicho, pues cuando al volver nos reunimos para tomar el té vi a Lady jane, que no había salido con nosotros, blandiendo The Middle en su brazo extendido. Lo había recogido y leído con comodidad; estaba encantada con lo que había encontrado, y vi que, así como el error de un hombre puede ser un hallazgo en una mujer, ella prácticamente hacía para mí lo que yo no había podido hacer por mí mismo.

—Algunas dulces y pequeñas verdades que era necesario decir —la escuché afirmar, mientras extendía el diario ante una pareja bastante desconcertada que se hallaba frente al hogar. Al reaparecer Hugh Vereker, que después de nuestra caminata había subido las escaleras para cambiarse, ella volvió a tomar el diario que había dado a la pareja. —Sé que en general usted no mira este tipo de cosas, pero ésta es realmente una ocasión para que lo haga. ¿Aún no ha visto esto? Entonces debe hacerlo. El hombre realmente ha acertado con usted, con lo que yo siempre sentí, usted sabe—. Lady Jane hizo una mirada evidentemente destinada a dar una idea de eso que ella siempre sintió, pero añadió que hubiera sido incapaz de expresarlo. El redactor del diario lo expresaba de una manera asombrosa. —Fíjese cómo lo expresa aquí, y aquí, donde he subrayado.

Literalmente había marcado las frases más brillantes de mi prosa, y si yo estaba un poco divertido bien podía estarlo también el propio Vereker. Mostró hasta qué punto lo estaba cuando Lady Jane quiso leer un trozo en voz alta para que lo oyéramos todos. De todos modos, me gustó la forma en que Vereker frustró el propósito de ella sacándole afectuosamente el periódico. Lo llevaría arriba para leerlo mientras se iba a vestir. Esto lo hizo media hora más tarde… ; vi el periódico en sus manos mientras él volvía hacia cu cuarto. En ese momento, pensando agradarla, conté a Lady Jane que yo era el autor de la reseña. Le di placer, creo, pero quizás no tanto como había esperado. Si el autor era "sólo yo", la cosa no parecía tan notable. ¿Había. yo disminuido el lustre del artículo en lugar de añadirle el mío propio? La dama era propensa a las caídas más extraordinarias. Eso no importaba; el único efecto que me interesaba era el que mi artículo podía tener sobre Vereker allá araba, junto al fuego de su cuarto.

Durante el almuerzo busqué los síntomas de este efecto, tratando de imaginar que en sus ojos había una luminosidad algo más feliz; sin embargo, para mi desilusión, lady Jane no me dio oportunidad de asegurarme. Tenía la esperanza de que ella se manifestara triunfalmente en la mesa, preguntando en público si había estado en lo justo. La reunión era numerosa, había también personas de afuera, pero nunca había visto una mesa lo suficientemente grande como para privar a lady Jane de un triunfo. Precisamente reflexionaba que, en verdad, esa mesa interminable me privaría a mí de un triunfo, cuando una de mis vecinas, querida mujer —era la señorita Pole, la hermana del vicario, una persona robusta y sin formas— tuvo la feliz inspiración y el poco habitual coraje de dirigirse, a través de la mesa, a Vereker, quien estaba frente a ella, pero no directamente, de modo que cuando él contestó ambos debieron inclinarse hacia adelante. Ella le preguntó con toda ingenuidad qué pensaba del' "panegírico" de lady Jane, que ella había leído, sin vincularlo, empero, con su vecino de la derecha; en un esfuerzo por escuchar su réplica, oí con asombro a Vereker que decía:

—¡Oh, está muy bien… , los disparates de costumbre! Había podido captar la mirada de Vereker mientras hablaba, pero la sorpresa de la señorita Pole sirvió afortunadamente Para cubrir mi propia sorpresa.

—¿Quiere decir que no le hace justicia? —dijo, la excelente mujer.

Vereker rió, y me sentí feliz de poder hacer lo mismo.

—Es un artículo encantador —nos espetó.

—Oh, usted es tan profundo —exclamó la señorita Pole mientras extendía su barbilla hasta la mitad del mantel.

—¡Tan profundo como el océano! Todo lo que digo es que el autor no ve… — Pero en ese momento un plato pasó sobre su hombro, y debimos esperar hasta que él se reacomodara. .—¿No ve qué? —continuó mi vecina.

—No ve nada.

—¡Querido mío!… ¡qué tonto!

—De ninguna manera —volvió a reír Vereker—. Nadie ve nada.

La dama que estaba sentada a su costado se dirigió a él, y la señorita Pole se volvió hacia mí.

—¡Nadie ve nada! —anunció alegremente, a lo que yo repliqué que a menudo había pensado lo mismo, pero de algún modo tomé el pensamiento como una prueba de una tremenda sagacidad de mi propia parte. No le dije que el artículo era mío, y observé que lady Jane, ocupada en el extremo de la mesa, no había escuchado las palabras de Vereker.

Más bien lo evité después de la comida, pues confieso que Vereker me había impresionado como una persona cruelmente engreída, y que la revelación era dolorosa. "Los disparates de costumbre"… ¡mi pequeño y agudo estudio! ¡El hecho de que mi admiración tuviera una reserva o dos podía lastimarlo hasta ese punto! Había pensado que era una persona amable, y era bastante amable; esa superficie era él espejo pulido que envolvía la tontería de su vanidad. Me sentía realmente molesto y mi único consuelo era que, si nadie había visto nada, luego, George Corvick estaba tan fuera de la cosa como yo. No obstante, este consuelo no fue suficiente como para que, después de que las damas se hubieran dispersado, me condujera de una manera adecuada… , quiero decir que me presentara con una chaqueta y canturreando una canción en el salón de fumar. Algo desalentado fui a acostarme, pero en el corredor me encontré con Vereker, que salía de su cuarto, adonde había subido para cambiarse una vez más. Canturreaba una canción y vestía una chaqueta, y apenas me vio empezó a manifestarse su cordialidad.

—¡Mi estimado joven —exclamó— me alegra tanto poner mis manos sobre usted! Temo haberlo herido inconscientemente con las palabras que dije a la señorita Pole durante la comida. Hace sólo media hora me enteré por lady jane de que usted es autor de la pequeña nota de The Middle.

Declaré que no había huesos rotos, pero él me siguió hasta la puerta de mi cuarto, con su mano sobre mi hombro, buscando amablemente una fractura, y al oír que yo había subido para acostarme me pidió que lo dejara entrar en mi cuarto para explicarme en tres palabras qué había querido decir al calificar mis afirmaciones. Era evidente que en realidad temía que yo estuviera herido, y el sentido de su solicitud de pronto tomó una gran significación para mí. Mi barata reseña se desvaneció en el espacio, y las mejores cosas que había dicho en ella resultaban chatas junto al brillo de que él estuviera ahí. Aún puedo verlo allí, sobre la alfombra, a la luz del fuego y con su chaqueta, con su bello y claro rostro, brillante por el deseo de mostrarse amable con mi juventud. No sé lo que pensaba decir en un principio, pero pienso que el ver mi alivio lo conmovió, lo excitó, llevó hasta sus labios palabras que estaban muy dentro de él. Fue como si esas palabras me transmitiesen en el momento algo que, como luego lo supe, él nunca había dicho a nadie. Siempre hice justicia al generoso impulso que lo hizo hablar; se trataba simplemente del remordimiento por un desaire inconscientemente infligido a un hombre de letras que se hallaba en una posición inferior a la suya, un hombre de letras, además, que se hallaba en la precisa actitud de elogiarlo. Para hacer la situación más cómoda, me habló exactamente como a un igual y sobre la base de lo que ambos más amábamos. La hora, el lugar, lo inesperado, ahondaron la impresión; no podría haber hecho algo más intensamente efectivo.

III

—No sé bien cómo explicárselo —dijo— pero fue el hecho mismo de que su nota sobre mi libro tuviera un toque de inteligencia, fue su excepcional agudeza, lo que despertó —en mí el sentimiento… , una muy vieja historia mía, le ruego que me crea… el sentimiento bajo cuya momentánea influencia le dije a esa buena dama las palabras que tan naturalmente lo lastimaron. No leo las cosas que aparecen en los periódicos a menos que las pongan ante mí como a ésta… siempre es el mejor amigo de uno quien lo hace! Pero solía leer algunas… hace diez años. Me atrevo a decir que entonces eran en general algo más tontas. De cualquier modo, siempre me asombró que siempre erraran el blanco con una perfección tan exactamente admirable cuando me daban palmadas en la espalda como cuando me pateaban en las canillas. Desde entonces, cada vez que llegué a mirar alguna de ellas, todavía continuaban errándole… ; deliciosamente, digo, nunca daban en el blanco. Usted, erró, mi estimado amigo, con inimitable seguridad; el hecho de que usted sea terriblemente inteligente y su artículo terriblemente bello no tiene la menor significación en ese sentido. ¡Es precisamente con ustedes, hombres jóvenes que surgen —rió Vereker—, que siento hasta qué punto soy un fracaso!

Escuchaba con agudo interés, un interés que se hacía más penetrante mientras él hablaba:

—Usted un fracaso… ¡cielos! ¿Qué puede ser entonces su "pequeño punto"?

—¿Tengo que decírselo, después de todos estos años y trabajos? —En este amistoso reproche, jocosamente exagerado, había algo que me hizo, como ardiente y joven buscador de la verdad, enrojecer hasta las raíces de los cabellos—. En este momento estoy tan en la oscuridad como siempre lo estuve, aunque me he acostumbrado a mis tinieblas; en ese momento, empero, el feliz acento de Vereker me hizo aparecer ante mis ojos, y probablemente ante los de él, como un raro tonto. Estaba a punto de exclamar: "Ah, sí, no me lo diga; por mi honor, por el del oficio, ¡no lo haga(", cuando él siguió hablando de un modo que mostraba que había leído mi pensamiento y tenía su propia idea acerca de la probabilidad de que algún día nos redimiéramos a nosotros mismos.

—Al hablar de mi pequeño punto me refiero… ¿cómo lo llamaré?… a la cosa en particular por la que he escrito mis libros. ¿No tiene cada escritor una cosa particular de ese tipo, la cosa que más lo hace consagrarse a su trabajo, un objetivo sin el cual no escribiría en absoluto, la misma pasión de su pasión, la parte del trabajo en la cual, para él, brilla más intensamente la llama del arte? Bueno, ¡es eso!

Consideré por un momento lo que me decía; es decir, lo seguí a una respetuosa distancia, más bien jadeante. Estaba fascinado; era fácil estarlo, se dirá, pero después de todo no estaba dispuesto a dejarme tomar desprevenido.

—Sin duda, sus descripciones son muy bellas, pero no muestran muy claramente eso que describen.

—Le aseguro que sería claro si usted lo comprendiera. —Vi que el encanto de nuestro tema llenaba a mi compañero de una emoción tan intensa como la mía.— De cualquier modo —prosiguió— puedo hablar por mí misma.; hay en mi obra una idea sin la cual no hubiera dado un comino por todo mi trabajo. Es la intención más fina y más plena del conjunto, y la tentativa de realizarla ha sido, pienso, un triunfo de paciencia, de ingenio. Debo dejar a otro que la diga, pero precisamente estamos hablando de que nadie la dice. Esta pequeña treta mía se extiende de libro a libro, y todo lo demás, comparativamente, juega sobre la superficie de ella. El orden, la forma, la textura de mis libros quizás algún día constituyan para el iniciado una representación completa de ella. Así que naturalmente le corresponde al crítico buscarla. Me parece —agregó mi visitante con una sonrisa— que incluso es eso de lo que el crítico debe hablar.

Esto parecía una responsabilidad, desde luego.

—¿Usted la llama una pequeña treta?

—Es solo mi pequeña modestia lo que me hace llamarla así. En realidad, es un programa exquisito.

—¿Y usted afirma que ha llevado a cabo ese programa?

—Si todavía tengo buena opinión de mí mismo, es por la manera en que lo he llevado a cabo.

Hice una pausa.

—¿No piensa usted que debe… sólo un poco… ayudar al crítico?

—¿Ayudarlo? ¿Qué otra cosa he hecho con cada trazo de mi pluma? ¡He gritado mi intención en su gran rostro ciego! —Luego de decir esto, volviendo a reír, Vereker puso su mano sobre mi hombro para mostrar que la alusión no estaba dirigida a mi apariencia personal.

—Pero usted habla del iniciado. Por consiguiente, debe haber, usted ve, iniciación,

—¿Y qué otra cosa se supone que es la crítica? —Temo que también enrojecí ante esto, pero me refugié repitiendo que su descripción del revestimiento de plata carecía de una u otra cosa que pudiera hacerla reconocible para el hombre común—. Eso es sólo porque usted aún no lo ha vislumbrado —me contestó—. Si lo hubiera captado, el elemento en cuestión pronto sería prácticamente todo lo que vería. Para mí es exactamente tan palpable como el mármol de la chimenea. Además, el crítico no es un hombre común; si lo fuera, pregunto, ¿qué estaría haciendo en el jardín de su vecino? Usted mismo es cualquier cosa antes que un hombre común, y la misma raison d'étre de ustedes esta en ser pequeños demonios de la sutileza. Si mi gran asunto es un secreto, es sólo porque lo es a pesar de mí mismo: lo asombroso es que se haya convertido en un secreto. No sólo nunca tomé la menor precaución para que lo fuera, sino que nunca soñé con un accidente semejante. De haberlo soñado por adelantado, no hubiera tenido ánimo para seguir adelante. De hecho, fui tomando conciencia de lo que sucedía poco a poco, y mientras escribía mi obra.

—¿Y ahora le gusta?

—¿Mi obra?

—Su secreto. Es la misma cosa.

—¡El hecho de que usted lo suponga demuestra que es tan inteligente como yo digo¡ —Esto me alentó a afirmar que evidentemente le costaría separarse del secreto, y me confesó que para él era la gran atracción de la vida—. Casi diría que vivo para ver si alguna vez será. descubierto. —Me miró como desafiándome en broma; algo pareció surgir desde muy dentro de sus ojos.— Pero no necesito preocuparme… ¡no lo descubrirán!

—Usted me desafía como nunca me desafiaron —declaré—. Me lleva a tomar la determinación de hacerlo o morir —y luego pregunté—: ¿Es una especie de mensaje esotérico?

Su rostro mostró decepción; me tendió su mano como despidiéndose.

—Ah, mi querido amigo, no puede describírselo en periodismo barato.

Por supuesto, notaba que él había estado sumamente despreciativo, pero nuestra charla me hacía sentir hasta qué punto sus nervios estaban en juego. Yo estaba insatisfecho… , no le solté la mano.

—No haré uso de la expresión entonces —dije— en el artículo en que con el tiempo anunciaré mi descubrimiento, aunque me atrevo a decir que tendré trabajo duro incluso sin esa condición. Pero, mientras tanto, sólo para apresurar ese difícil nacimiento, ¿puede dar una guía a un colega? —Ya me sentía mucho más cómodo.

—Todo mi lúcido esfuerzo le da la clave… , cada página, cada línea y cada letra. La cosa está allí tan concretamente como un pájaro en una jaula, como una camada en un anzuelo, como un trozo de queso en una trampa para ratones. Está incorporado a cada volumen tanto como su pie está calzado en su zapato. Gobierna cada línea, elige cada palabra, pone el punto en cada i, sitúa cada coma.

Me rasqué la cabeza.

—¿Es algo que está en el estilo o en el pensamiento? ¿Un elemento de la forma o un elemento del sentimiento?

Volvió a agitar la cabeza indulgentemente, y sentí que mis preguntas eran groseras y mis distinciones lastimosas.

—Buenas noches, mi querido muchacho… , no se preocupe por eso. Después de todo, usted piensa como un colega.

—¿Y un poco de inteligencia podría arruinarlo? —le dije para detenerlo aún.

Vaciló.

—Bien, usted tiene un corazón en su cuerpo. ¿Es un elemento de la forma o un elemento del sentimiento? Lo que sostengo que nadie ha mencionado respecto de mi obra es el órgano de la vida.

—Ya veo… es alguna idea acerca de la vida, alguna especie de filosofía. A menos que sea —agregué con la ansiedad de quien ha captado un pensamiento aún más feliz—, algún tipo de juego que mantiene con su estilo, algo que busca en el lenguaje. ¡Quizás es una preferencia por la letra P! —aventuré profanamente para forzar una brecha—. Papa, papas, peras… ¿esa clase de cosas?

Se mostraba apropiadamente indulgente; sólo dijo que no había dado con la letra correcta. Pero ya no se divertía; podía ver que estaba aburrido. No obstante, había algo que yo necesitaba saber forzosamente.

—¿Sería usted capaz, pluma en mano, de formularlo claramente… , nombrarlo, escribirlo, expresarlo?

—Ah —suspiró casi enervado— si yo fuera, pluma en mano, uno de ustedes.

—Esa sería una gran oportunidad para usted, desde luego. Pero ¿por qué nos desdeña por no hacer lo que usted mismo no puede hacer?

—¿No puedo hacer? —abrió sus ojos—. ¿No lo he hecho acaso en veinte volúmenes? Lo hago a mi manera —prosiguió—. Vaya usted y hágalo a la suya.

—La nuestra es tan diabólicamente difícil —observé con debilidad.

—Lo mismo la mía. Cada uno eligió la propia. No hay obligación. ¿No quiere usted bajar y fumar un cigarrillo?

—No, quiero reflexionar sobre esto.

—¿Me dirá entonces por la mañana que me ha desnudado?

—Veré lo que puedo hacer; dormiré pensando en eso. Pero sólo una palabra más —añadí. Habíamos salido del cuarto… caminé con él unos pocos pasos por el corredor—. ¿Esta extraordinaria “fórmula general”, como usted la llama, pues es la descripción más vívida que pude sacarle, es entonces, en general, una especie de tesoro escondido?

Su rostro se iluminó.

—Sí, llámelo así, aunque quizá yo no deba hacerlo.

—¡Tonterías! —reí—. Usted sabe que está sumamente orgulloso de ello.

—Bueno, no me proponía decírselo, pero es el goce de mi alma.

—¿Quiere usted decir que es una belleza tan extraña, tan grande?

Volvió a detenerse un momento.

—¡La cosa más encantadora del mundo! —nos habíamos parado, y con estas palabras me dejó. No obstante, al llegar al final del corredor, mientras yo seguía mirándolo ansiosamente, se volvió y vio mi preocupado rostro. Eso lo hizo sacudir su cabeza vehementemente (desde luego, creo que con bastante ansiedad) y agitar su dedo—. ¡Olvídelo… olvídelo!

Eso no era un desafío, era un consejo paternal. De haber tenido uno de sus libros a mano, hubiera repetido mi reciente acto de fe: hubiera pasado la mitad de la noche con él. A las tres de la mañana, no pudiendo dormir, recordando además cuán indispensable era él para lady Jane, me deslicé hacia la biblioteca con una vela. Según pude descubrir, no había en la casa ni una línea de lo que Vereker había escrito.

IV

Al volver a la ciudad me dediqué a reunir febrilmente todos los libros de Vereker; los distribuí en su orden de aparición y los fui leyendo. Esto significó un mes enloquecedor, en el curso del cual ocurrieron varias cosas. Una de ellas, la última, bien puedo mencionaría inmediatamente, fue que seguí el consejo de Vereker: renuncié a mí ridícula tentativa. Realmente no podía hacer nada; estaba en un callejón sin salida. Después de todo, como él mismo lo había señalado, siempre me habían gustado sus obras, y lo que sucedía ahora era que mi nueva comprensión y vana preocupación dañaban mi gusto. No sólo no descubría una intención general; tampoco hallaba las intenciones subordinadas que antes había gozado. Sus libros ni siquiera seguían siendo las cosas encantadoras que habían sido para mí; la exasperación de mi búsqueda no me permitía comprenderlos. En lugar de ser un placer, gozaba menos de ellos en la medida en que se convertían en un recurso, pues, desde el momento en que era incapaz de seguir el indicio del autor, por supuesto, hacía una cuestión de honor el no aprovechar mi conocimiento de ellos. No tenía ningún conocimiento, nadie lo tenía. Era humillante, pero podía soportarlo; entonces sus libros sólo me fastidiaban Por último, incluso me aburrieron, y expliqué mi confusión —perversamente, lo admito— con la idea de que Vereker me había engañado. El tesoro enterrado era un chiste malo; la intención general, una pose monstruosa.

No obstante, lo importante es que conté a George Corvick lo que me había ocurrido, y que mi información tuvo un enorme efecto sobre él. Finalmente había vuelto, pero por desgracia había ocurrido lo mismo con la señora Erme y, según podía ver, todavía no había perspectivas de que Corvick se casara. Lo conmovió intensamente la anécdota que yo había traído de Bridges; correspondía completamente al sentimiento que él había tenido desde un principio en el sentido de que en Vereker había más de lo que podía ver el ojo. Cuando le observé que la página impresa parecía expresamente inventada para el ojo, inmediatamente me acusó de estar resentido por mi fracaso. Nuestro intercambio tenía siempre esa placentera latitud. La cosa que Vereker me había mencionado era exactamente aquello que él, Corvick, había querido que yo dijera en mi reseña. Al sugerirle que finalmente ahora, con la ayuda que yo le había proporcionado, él sin duda estaría preparado para decirlo por sí mismo, admitió francamente que debía comprender más cosas antes de hacerlo. Lo que él hubiera dicho, en caso de haber escrito la crítica del nuevo libro, era que, evidentemente, en el arte más profundo del autor, había algo que debía comprenderse. Yo ni siquiera había sugerido eso: ¡No debía sorprenderme entonces que el autor no se sintiera halagado! Le pregunté a Corvick qué quería decir realmente con su propia supersutileza, y él, inconfundiblemente amable, contestó: "No es para el vulgo… no es para el vulgo". Había agarrado la punta de algo, iba a tirar de esa punta, tirar hasta sacar todo. Me sacó todo lo que pudo sobre la extraña confidencia de Vereker y, declarándome el más feliz de los mortales, mencionó una media docena de preguntas que él hubiera deseado que yo hubiera tenido la perspicacia de hacer. Con todo, por otra parte, no quería que le dijera demasiado… , ello arruinaría la diversión de ver lo que resultaría. En el momento de nuestro encuentro el fracaso de mi diversión no era completo, pero ya lo preveía, y vi que Corvick veía que yo lo preveía. Por mi parte, comprendí que una de las primeras cosas que haría sería correr a contar mi relato a Gwendolen.

El mismo día de mi charla con él me sorprendió recibir una nota de Hugh Vereker, quien, según decía, al hallar en una revista un artículo firmado por mí, había recordado nuestro encuentro en Bridges. "Lo leí con gran placer", escribía, "Y mientras lo leía recordé nuestra interesante conversación junto al fuego de su cuarto. La consecuencia de ello fue que comencé a ponderar la temeridad de haberlo cargado con un conocimiento que puede resultar un peso para usted. Ahora que la cosa está hecha, no puedo imaginar cómo pude haber ido tanto más allá de lo habitual en mí. Nunca había mencionado antes, cualquiera que fuese mi estado de expansión, el hecho de mi pequeño secreto, y nunca volveré a hablar de ese misterio. Accidentalmente fui con usted mucho más explícito de lo que está dentro de mi juego, de tal modo que este juego —me refiero al placer de jugarlo—, resulta . considerablemente perjudicado. En síntesis, si usted puede comprenderlo, en buena medida he arruinado mi deporte. Realmente no quiero dar a nadie lo que ustedes, hombres jóvenes ' e inteligentes, llaman una "punta". Por supuesto, éste es un pedido egoísta, y se lo hago en nombre de lo que puede significar para usted. Si usted está dispuesto a complacerme, no divulgue mi revelación. Considéreme loco… está en su derecho, pero no diga a nadie por qué."

La consecuencia de esta comunicación fue que a primera hora de la mañana siguiente me atreví a dirigirme directamente a la puerta del señor Vereker. En esos años ocupaba una de las honestas y viejas casas de Kensington Square. Me recibió inmediatamente, y apenas entré comprendí que no había perdido mi capacidad para darle alegría. Al ver mi rostro, que sin duda expresaba perturbación, sonrió. Yo había sido indiscreto, mi remordimiento era grande.

—¡Le he contado a alguien —dije jadeante— y estoy seguro de que en este momento esa persona se lo ha contado a otra! Por añadidura, ésta es una mujer.

—¿La persona a la que usted le ha hablado?

—No, la otra persona. Estoy completamente seguro de que él se lo ha contado.

—¡Por todo el bien que le hará a ella… o a mí! Una mujer nunca descubrirá el secreto.

—No, pero ella lo divulgará; precisamente lo que usted no quiere que ocurra.

Vereker pensó un momento, pero no estaba tan desconcertado como yo había temido; sentía que si el daño estaba hecho, lo mejor era aceptarlo.

—No tiene importancia… no se preocupe.

—Haré todo lo que esté a mi alcance, se lo prometo, para que lo que usted me dijo no se divulgue más.

—Muy bien; haga lo posible.

—Mientras tanto —proseguí— la posesión de la "punta" Por parte de George Corvick puede llevar realmente a algo. —Ese será un gran día.

Le hablé acerca de la inteligencia de Corvick, de su admiración, de la intensidad de su interés por mi anécdota y, sin dar demasiada importancia a la divergencia de nuestras respectivas estimaciones, mencioné el hecho de que mi amigo afirmaba haber visto, respecto de cierta cosa, más que la mayoría de la gente. Estaba tan excitado como yo lo había estado en Bridges. Además, estaba enamorado de la joven dama: quizá los dos juntos pudieran sacar algo.

Vereker pareció sorprendido ante esta revelación.

—¿Quiere decir que están por casarse?

—Me atrevo a decir que ése será el resultado.

—Eso puede ayudarlos —admitió— pero debemos darles tiempo.

Hablé de mi renovado ataque, confesé mis dificultades y él me repitió su anterior consejo. "Olvídelo! ¡Olvídelo!" Evidentemente, no me consideraba intelectualmente equipado para la aventura. Permanecí durante media hora, y se mostró de buen humor, aunque no puedo dejar de calificarlo de hombre de humores inestables. Se había mostrado franco en un momento, luego se había arrepentido, y ahora se mostraba indiferente. Esta ligereza general me ayudó a creer que,., en lo tocante al tema de la "punta", no había demasiado en ello. No obstante, me las ingenié para hacerle contestar unas pocas preguntas más al respecto, aunque lo hizo con visible impaciencia. Para él, sin duda, la cosa para la cual todos éramos absolutamente ciegos estaba vívidamente allí. Era algo, supuse, que estaba en el plan primigenio, algo semejante a una figura compleja en un tapiz persa. Aprobó entusiastamente esta imagen cuando la usé, y él mismo usó otra.

—Es el mismo hilo —dijo— al que están enhebradas mis perlas.

La razón por la cual me había enviado la nota era que realmente no quería darnos un poco de ayuda… , nuestra tontería era en cierto modo algo demasiado perfecto como para tocarlo. Se había formado el hábito de contar con ella, y el encanto, en caso de romperse, debía hacerlo por alguna fuerza propia. Lo recuerdo en esa última ocasión —pues nunca volvería a hablar con él— como un hombre con un coto seguro para practicar su deporte. Mientras me alejaba, me pregunté si él había encontrado su "punta".

V

Cuando le hablé a George Corvick respecto de la advertencia que había recibido, me hizo sentir que cualquier duda respecto de su delicadeza sería casi un insulto. Instantáneamente le había hablado a Gwendolen, pero la ardiente respuesta de ésta había sido en sí misma un juramento de discreción. El problema ahora los absorbería y les proporcionaría

pasatiempo demasiado precioso como para compartirlo con la multitud. Parecían haber captado al momento la alta idea de goce que tenía Vereker. Su orgullo intelectual, empero, no era tanto como para volverlos indiferentes a alguna nueva luz que yo pudiera echar sobre el asunto que tenían entre manos. Por supuesto, eran de "temperamento artístico", y m sorprendió una vez más la capacidad de mi colega para entusiasmarse por una cuestión artística. Había hablado de letras; había hablado de vida, pero todo era una sola cosa. Ahora me parece comprender que hablaba también en nombre de Gwendolen, a la cual pensaba presentarme apenas la señor Erme estuviera lo bastante mejorada como para dejarle u poco de tiempo. Recuerdo un domingo de agosto en que fuimos juntos a una desordenada casa en Chelsea, y mi re novada envidia por el hecho de que Corvick tuviera u amiga capaz de colaborar con él en la tarea. El podría decir a ella cosas que yo nunca podría decirle a él. Desde luego ella no tenia sentido del humor y, con su bello modo d mantener la cabeza echada hacia un costado, era una de es personas a las que uno quiere, como suele decirse, sacudir pero que han aprendido húngaro solas. Quizá conversara húngaro con Corvick; tenía notablemente poco que decir e inglés al amigo de él. Luego Corvick me dijo que yo la había desalentado por mi manifiesta falta de disposición a comunicarles los detalles de lo que Vereker me había dicho. Admití que creía haber dicho ya bastante en ese sentido; ¿no habría arribado yo a la conclusión de que la cuestión era vana y n llevaría a ninguna parte? La importancia que ellos le otorgaban al asunto era irritante y envenenaba mis dudas.

Esta afirmación parece poco amistosa, y probablemente que sucedía era que me sentía humillado al ver a otras personas profundamente seducidas por un experimento que sólo me había dado dolores de cabeza. Yo quedaba afuera, mientras junto al fuego de la tarde, bajo la lámpara, ellos continuaban la caza para la cual yo mismo había hecho sonar e cuerno. Hicieron lo que yo había hecho, sólo que más deliberada y sociablemente; atacaron a su autor desde un principio. No había prisa, dijo Corvick: tenían el futuro ante ellos y la fascinación sólo podía ir en aumento; lo seguiría página por página, como hubieran seguido a uno de lo clásicos, lo inhalarían en pequeñas bocanadas y se sumergirían en él en todo momento. Difícilmente se hubieran entusiasmado tanto de no haber estado enamorados; el significad más profundo del pobre Vereker les daba interminables ocasiones de poner y mantener sus jóvenes cabezas juntas. De todos modos, ése era el tipo de problema para el cual Corvick tenía una aptitud específica, derivada de la particular paciencia de la cual, de haber vivido, hubiera dado ejemplos más asombrosos y, es de esperar, más fructíferos. El por lo menos era, en las palabras de Vereker, un pequeño demonio de la sutileza. Había comenzado disputando, pero pronto vi que si no lo hubiera acicateado, su infatuación hubiera pasado malos momentos. Al igual que yo, hubiera seguido pistas falsas, hubiera dado vivas ante nuevas luces y hubiera visto cómo se desvanecían en el viento que hacía la página al volverse. A nada se parecía tanto, le dije, como a los maníacos que abrazan alguna teoría enloquecida respecto del carácter críptico de Shakespeare. A ello contestó que si Shakespeare hubiera dicho que era críptico, lo hubiera aceptado inmediatamente. El caso era por completo diferente, al respecto no teníamos otra cosa que la palabra del señor Snooks. Le contesté que me dejaba asombrado el verle atribuir tanta importancia incluso a la palabra del señor Vereker. Entonces quiso saber si yo consideraba como una mentira lo que Vereker me había dicho. Quizá no estaba preparado, en mi desdichada respuesta, a ir tan lejos, pero insistí en que, mientras no se demostrara lo contrario, prefería considerarla como demasiado imaginativa. No dije, lo confieso, y en ese entonces no lo sabía completamente, todo lo que sentía. Profundamente, como hubiera dicho la señorita Erme, estaba inquieto, expectante. En el centro de mi desconcierto —pues mi habitual curiosidad estaba sobre ascuas— tenía el penetrante sentimiento de que probablemente Corvick terminaría por llegar a algo. En defensa de su credulidad, dio gran importancia al hecho de que, desde hacía mucho, en su estudio de este genio, había encontrado indicios de no sabía bien qué, débiles notas errantes de una música oculta. Eso era justamente lo raro, ése era el encanto: correspondía tan perfectamente a lo que yo le había contado.

Si en varias ocasiones volví a la casita de Chelsea, me atrevo a decir que fue tanto para buscar noticias de la parienta enferma de la señorita Erme como de Vereker. Las horas que allí pasaba Corvick se presentaban a mi fantasía como las de un ceñudo ajedrecista inclinado sobre su tablero y sus movimientos, durante todo el invierno bajo ¡a luz artificial. Mientras mi imaginación la completaba, la imagen me cautivaba. Del otro lado de la mesa estaba una forma fantasmal, ¡a vaga figura de un rival de buen humor, pero algo hastiadamente seguro; un rival que se echaba— hacia atrás en su silla con las manos en los bolsillos y una sonrisa en su bello y claro rostro. Cerca de Corvick, detrás de él, estaba una muchacha que comenzaba a parecerme pálida, demacrada e incluso, viéndola más de cerca, bastante bella, y que se apoyaba sobre el hombre de Corvick, pendiente de sus movimientos. El levantaba una pieza, la hacía oscilar un momento sobre uno de los casilleros y luego, con un largo suspiro de decepción, volvía a colocarla donde estaba. Ante esto, la joven dama cambiaba de posición ligeramente pero con inquietud, mirando a través de la mesa al oscuro rival muy fija, muy larga, muy extrañamente. En una temprana etapa de su tarea les había preguntado si les serviría de algo mantener un contacto más estrecho con el rival. Sin duda, las especiales circunstancias me hubieran dado derecho a presentarlos. Corvick inmediatamente me había contestado que no quería aproximarse al altar antes de haber preparado el sacrificio. Estaba totalmente de acuerdo con nuestra amiga en cuanto al deleite y el honor de la caza; él' derribaría al animal ,con su propio rifle. Cuando le pregunté si la señorita Erme era una cazadora igualmente buena, después de reflexionar me dijo: "No, me avergüenza reconocer que ella quiere poner una trampa. Hubiera dado cualquier cosa por verlo; dice que necesita otra `punta'. Realmente es bastante morbosa al respecto. Pero debe jugar limpio… ¡no debe verlo!", agregó vehementemente. Me pregunté si habrían discutido algo al respecto, una sospecha no desmentida por la forma en que él exclamó más de una vez: "Ella es muy increíblemente literaria, tú sabes… ¡muy fantásticamente literaria!" Recuerdo que dijo que ella sentía en bastardillas y pensaba en mayúsculas. "Oh, cuando lo haya derribado", también dijo Corvick, "entonces, sabes, golpearé a la puerta de Vereker. Más bien, créeme, le haré decir: “Muy bien, muchacho, ¡esta vez lo has logrado!” Me coronará vencedor… con el laurel del crítico.

Mientras tanto, realmente eludía las oportunidades que podía ofrecerle la vida londinense de encontrar al gran novelista; no obstante, ese peligro desapareció cuando Vereker partió de Inglaterra por tiempo indefinido, viajando hacia el sur —según anunciaron los periódicos—, por motivos relacionados con la salud de su esposa, que desde hacía mucho se mantenía retirada. Había pasado un año —más de un año desde el incidente en Bridges, Perú yo no había vuelto a verlo. Creo que en el fondo estaba bastante avergonzado; detestaba recordarle que, aunque irremediablemente no había encontrado su punto central, rápidamente conquistaba una reputación de agudo crítico. Este escrúpulo condujo mis pasos; me mantuvo alejado de da casa de lady Jane; me hizo declinar una invitación cuando ella tuvo la bondad de invitarme por segunda vez a pesar de mis malos modos. Una vez la " descubrí en la escolta de Vereker durante un concierto, estoy seguro de haber sido visto por ellos, pero me escapé sin que me atraparan. Mientras en esa ocasión chapoteaba bajo la lluvia, comprendí que no podía haber hecho otra cosa, y sin embargo recuerdo que me decía que eso era duro, incluso cruel. No sólo había perdido los libros, había perdido al hombre mismo; ellos y su autor eran cosas perdidas para mí. También supe cuál era la pérdida que más me dolía. Me había aferrado al hombre aún más de lo que nunca me había aferrado a sus libros.

VI

Seis meses después de que nuestro amigo hubiera abandonado Inglaterra, George Corvick, que vivía de su pluma, firmó un contrato por un trabajo que le imponía una ausencia algo prolongada y un viaje algo difícil, y el hecho de que lo tomara fue una gran sorpresa para mí. Su cuñado se había convertido en jefe de redacción de un gran periódico provincial, y el gran periódico provincial, en un bello vuelo de fantasía, había concedido la idea de enviar un "corresponsal especial" a la India. Los corresponsales especiales comenzaban a ser una moda en la "prensa metropolitana", y el periódico en cuestión debe de haber sentido llegado el momento de que hiciera lo propio un mero primo del campo. Sabía que Corvick no estaba preparado para el gran trazo del corresponsal, pero ése era un asunto de su cuñado, y el hecho de que una tarea no estuviera dentro de su línea era para George Corvick una razón más para aceptarla. Estaba dispuesto a superar en grosería a la prensa metropolitana; tomó solemnes precauciones contra los melindres, ultrajó exquisitamente el buen gusto. Nunca nadie lo supo: ese principio ultrajado era sólo de él. Además de sus gastos, se le pagaría un salario conveniente, y yo me encontré capacitado para ayudarlo para que hiciera un arreglo plausible por el habitual libro grueso, con el habitual editor grueso. Naturalmente deduje que su manifiesto deseo de hacer un poco de dinero no estaba desvinculado de la perspectiva de una alianza con Gwendolen Erme. Sabía que la oposición de la madre de ella en gran medida se basaba en la falta de medios y de capacidades lucrativas de Corvick, pero sucedió que, cuando la última vez que lo vi le dije algo relacionado con el problema de su separación de nuestra joven amiga, él exclamó con un énfasis que me asombró:

—¡Ah, tú sabes que no estoy comprometido con ella de ningún modo!

—No públicamente —contesté— porque no le gustas a su madre. Pero siempre supuse que existía un acuerdo privado.

—Bueno, existía. Pero ya no existe—. Eso fue todo lo que dijo, salvo algo respecto de que la señora Erme se había recobrado del modo más extraordinario, una observación que indicaba, como suponía, la verdad de la moraleja de que los acuerdos privados son de escaso valor cuando el médico no los comparte. Lo que me tomé la libertad de inferir con más detalle fue que la muchacha debía de haberlo alejado de alguna manera. Bueno, si él se había sentido celoso, por ejemplo, difícilmente pudiera estar celoso de mí. En ese caso —además de lo absurdo que sería— no se alejaría precisamente para dejarnos juntos. Durante algún tiempo antes de su partida no hicimos alusión alguna al tesoro escondido, l y de su silencio, que mi reserva se limitó a emular, extraje una conclusión terminante. Su coraje lo había abandonado, su ardor se había desvanecido al igual que el mío; por lo menos, eso era lo que sugerían las apariencias. No podría haber hecho más que eso; no podía enfrentar el triunfo con que yo habría recibido una admisión explícita de su derrota. No tenía necesidad alguna de temer, pobre querido, pues en ese entonces yo había perdido toda necesidad de triunfar. De hecho, consideré, yo era magnánimo al no reprocharle su abandono, pues el saber que había abandonado el juego me hacía sentir más que nunca hasta qué punto finalmente dependía de él. Sí Corvick había sido derrotado, yo nunca sabría; nadie serviría si él no servía. No era verdad que yo hubiera perdido interés por saber; poco a poco no sólo había vuelto a despertarse mi curiosidad, sino que se había convertido en el tormento habitual de mis días y mis noches. Sin duda, hay personas para las cuales los tormentos de esta índole difícilmente parecen más naturales que las contorsiones de la enfermedad, pero, después de todo, no sé por qué tengo que hablar de ellos ahora. Pues, de todas maneras, para las pocas personas, anormales o no, con las que se relaciona mi anécdota, la literatura era un juego de capacidad, y capacidad significa coraje, y coraje significa honor, y honor significa pasión, significa vida. Lo que estaba en juego sobre la mesa era de una naturaleza especial y nuestra ruleta era la mente que giraba, pero nos sentábamos en torno del parra verde con tanta concentración como los ceñudos jugadores de Monte Carlo. En ese sentido, Gwendolen Erme, con su rostro blanco y sus ojos fijos, pertenecía al mismo tipo de las delgadas damas que uno encuentra en los templos del azar. Durante la ausencia de Corvick, comprobé que ella corroboraba esta analogía. Admito que era extravagante el modo en que vivía por el arte de la pluma. Su pasión la devoraba visiblemente, y en su presencia yo me sentía casi tibio. Volví a leer "Profundamente"; era un desierto en el cual ella se había perdido, pero donde también había cavado un magnífico pozo en la arena: una profundidad de la cual Corvick la había sacado de manera aún más notable.

A principios de marzo recibí un telegrama de ella, a consecuencia del cual fui inmediatamente a Chelsea, donde lo primero que ella me dijo fue:

—¡Lo consiguió, lo consiguió[

Pude ver que estaba conmovida hasta tal punto que forzosamente debía de referirse a lo que nos importaba.

—¿La idea de Vereker?

—Su intención general. George me envió un cable desde Bombay.

Tenía la misiva abierta; era entusiasta aunque concisa: "Eureka. Inmenso". Eso era todo… se había ahorrado el costo de la firma. Compartí la emoción de Gwendolen, pero estaba decepcionado.

—No dice de qué se trata.

—¿Cómo podría decirlo… en un telegrama? Escribirá.

—¿Pero cómo sabe?

—¿Sabe que es realmente eso? Oh, estoy segura de que cuando usted lo vea también lo sabrá. ¡Vera incessu patuit deal!

—¡Es usted, señorita Erme, la que es una "querida" por darme esas noticias —dije con todo entusiasmo—. ¡Pero imagínese: encontrar nuestra diosa en el templo de Vishnú! ¡Qué extraño que George haya vuelto a meterse en el asunto en medio de solicitaciones tan diferentes y poderosas!

—El no se metió en el asunto, lo sé; fue la cosa misma, apartada severamente durante seis meses, la que simplemente saltó sobre él como una tigresa en la selva. No llevó un libro con él… a propósito; por supuesto, no necesitaba hacerlo… los conocía de memoria página por página, como yo. Todas ellas trabajaron juntas en su interior, y algún día, en alguna parte, cuando él no estaba pensando, se colocaron, con toda su soberbia complejidad, en la combinación correcta. Surgió la figura en el tapiz. Ese es el modo en que él sabía que ocurriría y la verdadera razón —usted no lo comprendió, pero supongo que puedo decírselo ahora—, por la cual él fue y yo consentí que fuera. Sabíamos que el cambio lo haría… que la diferencia de pensamiento, de ambiente, daría el toque necesario, el sacudón mágico. Lo habíamos calculado perfectamente, admirablemente. Los elementos estaban todos en su mente, y se encendieron en la secousse de una experiencia nueva e intensa—. Ella estaba realmente encendida, estaba literalmente, facialmente luminosa. Balbucée algo sobre el pensamiento inconsciente, y ella continuó: —El volverá… esto lo hará volver.

—¿A ver a Vereker, quiere decir?

—A ver a Vereker… y a verme a mí. ¡Piense en lo que tendrá que decirme!

Vacilé.

—¿Acerca de la India?

—¡Tonterías! Acerca de Vereker… acerca de la figura en el tapiz.

—Pero, como usted dice, con toda seguridad nos enteraremos por carta.

Ella pensó como una inspirada, y recordé que Corvick me había dicho hacía ya mucho que su cara era interesante.

—Quizás no pueda decirse por carta si es "inmenso".

—Quizás no si es una inmensa palabrería. Si no ha aceptado algo que pueda entrar en una carta, no ha captado la cosa. Lo que me dijo el propio Vereker es que la "figura" entraría en una carta.

—Bueno yo le envié un cable a George hace una hora… dos palabras—, dijo Gwendolen.

—¿Es indiscreto preguntarle cuáles fueron esas palabras?

Se puso roja, pero al final las dijo:

—"Ángel, escribe".

—¡Bueno! —exclamé—. Para más seguridad… le escribiré lo mismo.

VII

De todas maneras, mis palabras no fueron exactamente las mismas: puse alguna otra cosa en lugar de "ángel", y con el tiempo mi epíteto resultó el más adecuado, pues lo que luego oí de nuestro viajero era meramente, cabalmente, desesperante. Se mostraba magnífico en su triunfo, describía su descubrimiento como estupendo; pero su éxtasis solo servía para oscurecerlo, no se conocerían detalles hasta que no sometiera su concepción a la autoridad suprema. Había abandonado su trabajo, había abandonado su libro, había abandonado toda cosa que no fuera la necesidad de viajar instantáneamente a Rapallo, sobre la costa genovesa, donde se hallaba Vereker. Le escribí una carta que había de aguardarlo en Aden; le pedía que aliviara mi curiosidad. El hecho de que recibió mi carta se reflejó en un telegrama que, llegado a mí tras días de ansiedad y ante la ausencia de toda respuesta al lacónico cable que le había enviado a Bombay, evidentemente estaba destinado a responder a ambas comunicacionv1s. Esas pocas palabras estaban escritas en francés familiar, el francés de la época, al cual Corvick recurría a veces para demostrar que no era un pedante. A algunas personas eso le hacía el efecto opuesto, pero su mensaje puede traducirse: "Ten paciencia; ¡quiero ver la cara que pones cuando lo conozcas!", "Tellement envie de voir ta tête"…, con eso había de quedarme sentado. No puede decirse que me haya quedado sentado, pues me parece recordar que en ese entonces viajaba —constantemente entre Chelsea y mi propia casa. Nuestra impaciencia, la de Gwendolen y la mía, era igual, pero yo esperaba que ella aclarase más el asunto. Durante todo este episodio gastamos en telegramas y cables una gran cantidad de dinero para personas de nuestros medios, y yo esperaba recibir noticias de Rapallo inmediatamente después del encuentro del descubridor con el descubierto. El intervalo parecía una era, pero una tarde escuché un cabriolé que se precipitaba por la calle de mi casa con el ruido generado por la sugerencia de una generosa propina. En ese entonces vivía con el corazón en la boca, y por lo tanto me lancé hacia la ventana, un movimiento que me permitió ver a una joven dama parada sobre el umbral del vehículo y mirando ansiosamente hacia mi casa. Al verme, ella mostró un papel con un movimiento que me hizo bajar inmediatamente; era el movimiento con el cual, en los melodramas, se agitan al pie del cadalso los pañuelos y las órdenes de suspensión de la sentencia.

"Acabo de ver a Vereker, ni una nota equivocada. Me apretó contra su pecho; me tendrá aquí un mes". Eso fue todo lo que pude leer sobre el papel mientras el cochero hacía una mueca desde el pescante. En mi excitación, le pagué generosamente y, en la suya, ella lo soportó; luego, mientras él se alejaba, comenzamos a caminar y hablar. Ya habíamos hablado lo suficiente con anterioridad, pero éste era un maravilloso estímulo. Imaginamos toda la escena en Rapallo, adonde él había escrito, mencionando mi nombre, para que se le permitiese la entrada; así es como yo lo imaginaba, teniendo más conocimiento que mi compañera, a la que sentía pendiente de mis labios mientras nos deteníamos intencionalmente ante vidrieras a las que no mirábamos. Respecto de una cosa estábamos seguros: si él iba a permanecer allí para lograr una comunicación más plena, nosotros por lo menos recibiríamos una carta que nos ayudaría a soportar la postergación. Comprendíamos que permaneciera allí y, con todo, cada uno vio, creo, que el otro estaba fastidiado. La carta que esperábamos arribó; estaba dirigida a Gwendolen, y yo la visité a tiempo como para evitar que me la trajera. No la leyó en voz alta, como era natural; pero me repitió su contenido principal. Este consistía en la notable afirmación de que él le contaría lo que ella quería saber después de que se casaran.

—Sólo entonces, cuando yo sea su esposa… no antes —explicó—. ¡Eso equivale a decir… ¿no es así?… que debo casarme ya!—. Sonrió mientras la decepción me hacía enrojecer ante la visión de una nueva postergación que al principio no me permitió tomar conciencia de mi sorpresa. Había más de un indicio de que Corvick también a mí me impondría alguna fastidiosa condición. De pronto, mientras ella me contaba algunas cosas más de la carta de Corvick, recordé lo que él me había dicho antes de partir. Había encontrado al señor Vereker extraordinariamente interesante, y el hecho de poseer el secreto lo embriagaba. El tesoro escondido era todo de oro y brillantes. Ahora que estaba allí, parecía crecer y crecer ante sus ojos; podía ser, considerando todos los tiempos y todos los idiomas, una de las flores más maravillosas del arte literario. Cuando uno estaba cara a cara con él, nada podía parecer más consumadamente realizado. Una vez que se manifestaba, lo hacia con un esplendor que uno se avergonzaba y, si se excluía la infinita vulgaridad de la época, en la cual todos carecían de gusto y estaban corrompidos, con todos los sentidos oscurecidos, no había la menor razón para que se lo pasara por alto. Era grande, y pese a ello muy simple; era simple, y pese a ello muy grande, y el conocimiento definitivo de ese secreto era una experiencia completamente distinta. Afirmaba que el encanto de semejante experiencia, el deseo de exprimirle, cuando estaba fresca, hasta la última gota, lo mantenía cerca de la fuente. Gwendolen, francamente radiante mientras me lanzaba estos fragmentos, mostraba el júbilo de una perspectiva más segura que la mía. Eso me hizo volver al problema del casamiento, me impulsó a preguntar si lo que quería decir con esas palabras que acababan de sorprender era que estaba comprometida.

—¡Por supuesto que lo estoy! —contestó—. No lo sabía?

Parecía asombrada, pero yo lo estaba aún más, pues Corvick me había dicho precisamente lo contrario. No obstante, no hablé de eso; sólo le recordé cuán poco había gozado de su confianza, o incluso de la de Corvick, al respecto, y que además no ignoraba la prohibición de su madre. En el fondo, estaba preocupado por ¡a disparidad de las dos explicaciones, pero al poco tiempo sentí que la de Corvick era la menos dudosa. Esto me llevó a preguntarme si la muchacha no habría inventado un compromiso en el momento —haciendo renacer uno viejo o creando uno nuevo— a fin de arribar a la satisfacción que perseguía. Ella debía de tener recursos de los que yo carecía, pero hizo las cosas un poco más ininteligibles al afirmar en el momento:

—Lo que sucedía era que, por supuesto, nos sentíamos obligados a no hacer nada mientras viviera mamá.

—¿Pero ahora piensan prescindir del consentimiento de su mamá?

—¡Ah, no será necesario!—. Me pregunté qué harían, y ella prosiguió—. Pobre querida, ella puede tragarse la píldora. ¡En realidad, usted sabe —agregó con una sonrisa— realmente debe tragársela( —lo cual era una proposición cuya fuerza, en nombre de todos los comprometidos, reconocí plenamente.

VIII

Nada podía haberme resultado más molesto que saber, antes del arribo de Corvick a Inglaterra, que no podría estar allí para recibirlo. De pronto me vi obligado a viajar a Alemania por la alarmante enfermedad de mi hermano menor, quien, sin seguir mis consejos, se había ido a Munich para estudiar, por supuesto a los pies de un gran maestro, el arte del retrato al óleo. El familiar cercano qué le daba alojamiento había amenazado con echarlo si, con pretextos especiosos, buscaba una verdad superior en París, siendo París, para una tía de Cheltenham, la escuela del mal, el abismo. En ese entonces había deplorado ese prejuicio, y el profundo daño que había causado era ahora visible: primero en el hecho de que no había salvado al pobre muchacho, que era débil de inteligencia y alocado, de una congestión pulmonar, y segundo en el gran alejamiento de Londres al que me condenó ese hecho. Temo que lo que más ocupó mi mente durante varias semanas ansiosas fue el sentimiento de que, si hubiéramos estado en París, habría podido correr para ver a Corvick. En realidad, eso era imposible desde todo punto de vista; mi hermano, cuya recuperación nos dio mucho que hacer, permaneció enfermo durante tres meses, en el curso de los cuales nunca lo abandoné y al fin de los cuales debí enfrentarme con la prohibición absoluta de retornar a Inglaterra. La consideración del clima se impuso, y él no estaba en condiciones de arreglárselas solo. Lo llevé a Meran y en su compañía pasé el verano, tratando de mostrarle con el ejemplo cómo volver al trabajo y alimentando una ira de otro tipo que traté de no mostrarle.

Todo el asunto resultó ser el primero de una serie de fenómenos tan extrañamente ligados entre sí que, tomados en conjunto —que es como debo tomarlos ahora— forman la mejor ilustración que puedo recordar del modo en que el destino trata a veces la avidez de un hombre, sin duda para el bien de su alma. Seguramente estos incidentes tuvieron efectos mayores que la consecuencia comparativamente menor de la que nos ocupamos aquí, aunque creo que esa consecuencia es también algo de lo que debe hablarse con algún respeto. De todos modos, confieso que es sobre todo bajo esa luz que ahora se me presenta el horrible fruto de mi exilio. Incluso al principio, el espíritu con el cual mi avidez, como la he llamado, me hizo considerar ese término no halló tranquilidad en el hecho de que, antes de volver de Rapallo, George Corvick me escribió de un modo que objeto. Su carta no tenía ninguno de los efectos tranquilizadores que, según debo creer hoy, él había querido darle, y la marcha de los acontecimientos no estuvo ordenada como para compensar lo que en ella faltaba. En el mismo lugar había empezado a escribir, para una de las publicaciones trimestrales, una gran última palabra sobre los escritos de Vereker, y este exhaustivo estudio, el único que hubiera importado, que hubiera existido, iba a echar la nueva luz, a pronunciar —¡oh, tan calladamentel— la verdad no imaginada. En otras palabras, iba a rastrear la figura en el tapiz a través de cada repliegue, a reproducirla en todos sus matices. El resultado, según mi amigo, sería el más grande retrato literario que se hubiera pintado, y lo que pedía de mí era que fuera tan bueno como para no molestarlo con preguntas hasta que pudiera colgar su obra maestra ante mis ojos. Me hacía el honor de declarar que, además del retratado, elevado en la cumbre de su indiferencia, yo era individualmente el connoisseur por el que más trabajaba. Por consiguiente, yo debía ser un buen muchacho y no tratar de ver por encima del telón antes de que el espectáculo estuviera preparado; gozaría mucho más si me quedaba sentado y muy quieto.

Hice todo lo posible por quedarme sentado y muy quieto, pero no pude dejar de dar un salto al ver en The Times, luego de que hubiera permanecido una semana o dos en Munich y antes, de que según mis conocimientos, hubiera llegado Corvick a Londres, el anuncio de la súbita muerte de la pobre señora Erme. En el momento envié una carta a Gwendolen pidiéndole detalles, y ella me escribió que su madre había cedido ante una falla de su corazón que la amenazaba desde hacía mucho. No me decía, aunque me tomé la libertad de leerlo entre líneas, le desde el unto de vista de su matrimonio, y también de su ansiedad, no menor que la mía, ésta era una solución más rápida de lo que pudiera haberse previsto y más radical que esperar que la dama se tragase la píldora. Admito francamente que entonces —por lo que había oído decir repetidas veces— leí algunas cosas singulares en las palabras de Gwendolen y otras más extraordinarias en sus silencios. De este modo, pluma en mano, dejé pasar el tiempo, y ello me dio el más extraño sentimiento de haber sido, durante meses y a pesar de mí mismo, una especie de espectador obligado. Durante toda mi vida me he refugiado en mis ojos, que la procesión de los hechos parece haber obligado a permanecer fijos. Hubo días en que pensé escribir a Hugh Vereker y simplemente encomendarme a su caridad. Pero más profundamente sentí que aún no había caído tan bajo, además de que, muy adecuadamente, él me hubiera mandado a paseo. La muerte de la señora Erme hizo que Corvick volviera inmediatamente a Londres, y al mes estaba unido "muy calladamente" —tan calladamente, me pareció descifrar, como pensaba revelar su trouvaille en su artículo— a la joven dame que había amado y abandonado. Uso esta última palabra, puedo decir entre paréntesis, pues luego me sentí más seguro de que, en la época de su viaje a la India, en la época de sus grandes nuevas desde Bombay, no había existido un compromiso concreto entre ellos. No había ninguno en el momento en que ella me aseguraba lo contrario. Por otra parte, sin duda él se había comprometido el día de la vuelta. La joven pareja fue a pasar su feliz luna de miel a Torquay y allí, en un momento de imprudencia, se le ocurrió al pobre Corvick sacar a su esposa a dar un paseo en carro. El no sabía dominarlo; eso era algo que había comprendido hacía mucho en un pequeño viaje que habíamos hecho en un dócar. Y en un dócar guió a su compañera por un difícil camino sobre las colinas de Devonshire, llevando a su caballo por una de las más fáciles de transitar, y el caballo se había desbocado con tal violencia que los ocupantes del coche fueron lanzados hacia adelante y él cayó horriblemente sobre su cabeza. George murió inmediatamente; Gwendolen salió ilesa.

Paso rápidamente sobre la cuestión de esta inexorable tragedia, de lo que significó para mí la pérdida de mi mejor amigo, y completo la pequeña historia de mi paciencia y mi esfuerzo con la franca admisión de que pregunté a la señora Corvick, en la posdata de la primera carta dirigida a ella después de recibir la horrible noticia, si su esposo por lo menos había podido terminar el gran artículo sobre Vereker. Su, respuesta fue tan rápida como mi pregunta: del artículo, apenas iniciado, sólo existía un desalentador fragmento. Explicaba que nuestro amigo, mientras se hallaba en el exterior, se había consagrado a él cuando interrumpió su trabajo la muerte de la madre de ella, y que luego, al volver, no había podido trabajar por las cosas que los iban a lanzar hacia esa catástrofe. Las páginas iniciales eran todo lo que quedaba; eran asombrosas, eran promisorias, pero no develaban al ídolo. Obviamente, esa gran hazaña intelectual iba a ser la culminación de su trabajo. No decía nada más, nada que me esclareciese respecto del estado de su propio conocimiento; el conocimiento por cuya adquisición me la había imaginado actuando prodigiosamente. Eso era lo que más quería saber: ¿había visto ella al ídolo develado? ¿Había habido una ceremonia privada para un auditorio palpitante de una sola persona? Si no era para esa ceremonia, ¿para qué otra cosa había tenido lugar el casamiento? No me gustaba presionarla todavía, aunque cuando pensaba en todo lo que había pasado entre nosotros al respecto durante la ausencia de Corvick, su reticencia. me asombraba. Por consiguiente, sólo mucho después, desde Meran, me arriesgué a apelar una vez más a ella, me arriesgué con algún temor, pues ella continuaba sin decirme nada: Ha oído en esos pocos días de su agostada bienaventuranza , escribí, "lo que deseábamos oír?". Dije "nosotros" como una pequeña sugerencia, . y ella me demostró que podía captar una pequeña sugerencia. "¡Lo oí todo", contestó, "y pienso guardármelo para mi misma.

IX

Era imposible no sentirse impulsado por la más fuerte simpatía. hacia ella, y al volver a Inglaterra le tributé todas las gentilezas que me fue posible. La muerte de su madre le había dejado con medios de vida suficientes, y se había mudado a un barrio más conveniente. Pero su pérdida había sido grande y su castigo cruel; además, nunca se me hubiera ocurrido suponer que ella hubiese podido sentir que la posesión de un conocimiento técnico, de una pieza de experiencia literaria, era una compensación para su dolor. Extraño es decirlo, pero tras haberla visto unas pocas veces no pude dejar de creer que había atrapado un destello de alguna rareza semejante. Me apresuro a decir que hubo otras cosas que no pude dejar de creer, o al menos de imaginar, y como nunca me siento realmente seguro respecto de estas cosas, en lo que atañe al punto que trato aquí, doy a su memoria el beneficio de la duda. Golpeada y solitaria, sumamente culta y ahora, en su profundo dolor, con una gracia más madura y un pesar sin quejas, indiscutiblemente bella, se presentaba como llevando una vida de singular belleza y dignidad.

Al principio hallé un modo de convencerme de que pronto sacaría provecho de la reserva formulada, la semana posterior a la catástrofe, en su respuesta a un pedido respecto del cual no podía dejar de tener conciencia de que podría parecerle inoportuno. Sin duda, esa reserva era algo así como un golpe para mí; sin duda, me preocupaba más cuanto más pensaba en ello y aun cuando tratara de explicármela (con momentos de éxito) imputándola a exaltados sentimientos, escrúpulos supersticiosos, un refinamiento de la lealtad. Sin duda, ello al mismo tiempo aumentaba enormemente el precio del secreto de Vereker, tan precioso como ya se manifestaba este misterio. También puedo confesar bajamente que la actitud inesperada de la señora Corvick era el golpe final del clavo que había de encerrar para siempre mi infeliz idea, convirtiéndola en esa obsesión que nunca me abandonará.

Pero esto sólo me ayudaba a ser más astuto, a ser listo, a dejar que el tiempo pasara antes de renovar mi pedido. Hice muchas especulaciones en el intervalo, y una de ellas me absorbió profundamente. Corvick había ocultado la información a su joven amiga hasta el momento en que quedara eliminada la última barrera para su intimidad, sólo entonces dejó salir el gato de la valija. ¿Pensaba Gwendolen, tomando la sugerencia de él, liberar a este animal sólo sobre la base de una renovación de semejante relación? ¿Es que la figura en el tapiz sólo podía ser rastreada o descrita por esposos y esposas, por amantes supremamente unidos? Recordé nebulosamente que en Kensington Square, cuando mencioné que Corvick podría haber contado la historia a la muchacha que amaba, Vereker había dejado caer alguna palabra que daba color a esta posibilidad. Era posible que ese tuviera poca importancia, pero la suficiente como para hacerme preguntar si debía casarme con la señora Corvick para obtener lo que quería. ¿Estaba preparado para pagarle este precio por la bendición de su conocimiento? ¡Oh, eso sería una locura!… por lo menos así me lo dije en horas de desconcierto. Mientras tanto, podía ver cómo la antorcha que ella se negaba a pasarme llameaba en la cámara de su memoria, vertía a través de sus ojos una luz que brillaba en su casa solitaria. Pasados seis meses, estuve plenamente seguro de qué representaba para ella esta cálida presencia. Habíamos hablado una y otra vez del hombre que nos había reunido, de su talento, su carácter, su encanto personal, su segura carrera, su fin terrible, e incluso de su claro propósito para ese gran estudio que había de ser un retrato literario supremo, una especie de Vandyke o Velázquez crítico. Ella me había dicho abundantes veces que la obligaba a guardar silencio su tozudez, su piedad, que no rompería su silencio, como ella decía, si no era ante la "persona adecuada". No obstante, finalmente llegó la hora. Una tarde en que habíamos permanecido sentados más tiempo del habitual, puse mi mano firmemente sobre su brazo.

—Bueno, finalmente, ¿qué es?

Me había esperado y estaba preparada. Hizo un largo y lento movimiento de cabeza sin emitir sonido, piadoso sólo por ser inarticulado. Esta piedad no impidió que me espetara el mas largo, fino, frío: "¡Nunca!" En el curso de una vida que había conocido negativas, todavía debía recibir ésta en el rostro. La recibí y tuve conciencia de que, con el duro golpe, mis ojos se habían llenado de lágrimas. Así que por un momento permanecimos sentados y mirándonos, luego de lo cual me levanté lentamente. Me preguntaba si algún día me aceptaría, pero no fue esto lo que dije. Mientras repasaba mi sombrero, dije:

—Ya sé qué pensar entonces. ¡No es nada!

Su vaga sonrisa manifestó una remota y desdeñosa piedad por mí, luego habló con una voz que todavía puedo oír.

—¡Es mi nidal!

Mientras yo permanecía junto a la puerta, añadió:

—¡Usted lo ha insultado!

—¿Habla de Vereker?

—¡Hablo del muerto!

Cuando llegué a la calle reconocí la justicia de su acusación. Sí, era su vida… también reconocía eso, pero de todos modos con el paso del tiempo su vida hizo lugar para otro interés. Un año y medio después de la muerte de Corvick, publicó en un único volumen su segunda novela, "Overmastered", sobre la que me abalancé con la esperanza de hallar algún eco o el asomar de algún rostro. Todo lo que encontré fue un libro mucho mejor del que había escrito cuando era más joven, lo que revelaba, pensé, que había estado en mejor compañía. Como un tejido tolerablemente intrincado, era un tapiz con una figura propia, pero no la figura que yo buscaba. Cuando envié una reseña a The Middle me sorprendió saber que ya estaba otra en impresión. Cuando se publicó el periódico no dudé en atribuir este artículo, que juzgué bastante vulgarmente exagerado, a Drayton Deane, quien en los últimos tiempos había sido algo así como un amigo de Corvick, aunque sólo hacía unas pocas semanas que conocía a la viuda. Yo había conseguido uno de los primeros ejemplares del libro, pero era evidente que Deane había obtenido uno anterior. A pesar de todo, carecía de la ligera mano con la cual Corvick había dorado la ornamentación, ponía el oropel como quien tira manchas.

X

Seis meses más tarde apareció "The Right of Way", la última oportunidad, aunque entonces no lo supiéramos, que teníamos de redimirnos a nosotros mismos. Escrito totalmente durante la estada de Vereker en el exterior, el libro era anunciado, en un centenar de párrafos, por las habituales ineptitudes. Esta vez me jacté de llevar directamente :. la señora Corvick un ejemplar antes de que lo hubiera obtenido nadie. Era para lo único que me servia; dejé el inevitable tributo de The Middle a alguna mente más ingeniosa y a algún temperamento menos irritado.

—Pero ya lo tengo —dijo Gwendolen—. Drayton Deane fue tan bueno que me lo trajo ayer, y acabo de terminarlo.

—¿Ayer? ¿Cómo lo obtuvo tan pronto?

—¡Obtiene todo tan pronto! Va a escribir la reseña del libro en The Middle.

—El… Drayton Deane… ¿va a escribir la reseña sobre Vereker? —no podía creerlo que oía

—¿Por qué no? Una bella ignorancia es tan buena como cualquier otra.

Di un respingo, pero inmediatamente dije:

—¡Usted debe hacer la crítica!

—Yo no hago críticas —rió—. ¡A mí me hacen críticas! Entonces se abrió la puerta.

—Ah, sí. Aquí está su crítico.

Drayton Deane estaba allí con sus largas piernas y su frente despejada. Venía a ver qué pensaba ella de " "The Right of Way" y traía noticias de singular importancia. Acababan de salir los diarios vespertinos con un cable sobre el autor de esa obra, que había estado enfermo de malaria en Roma durante algunos días. Al principio no se había pensado que fuera grave, pero, debido a complicaciones, la enfermedad había tomado un cariz que despertaba ansiedad. Por su puesto, ansiedad fue lo que comenzó a sentirse en la última hora.

Ante la presencia de estas nuevas, me sorprendió el fundamental desinterés que no logró ocultar la preocupación manifestada por la señora Corvick; ello me daba la medida de su consumada independencia. Esa independencia se basaba en su conocimiento, el conocimiento que ahora nada podía destruir ni modificar. La figura en el tapiz podía dar un giro o dos, pero la sentencia virtualmente estaba escrita. El escritor podía bajar a su tumba; ella era la persona de este mundo para la cual —como si fuera su heredera— la existencia del escritor era menos necesaria. Esto me recordó cómo había observado en un momento determinado —luego de la muerte de Corvick— la desaparición de su interés por ver a necesidad de ello. Estaba seguro de que si no lo hubiera necesidad de ello. Estaba seguro le que si no lo hubiera obtenido no se habría ahorrado la tentativa de sondearlo personalmente mediante esas reflexiones superiores, más concebibles en un hombre que en una mujer, que en mi caso habían tenido un efecto negativo. No se trataba, empero, me apresuré a añadir, de que mi caso, a pesar de la molesta comparación, no fuera lo bastante ambiguo. Al pensar que Vereker quizás agonizaba en ese momento, me invadió una ola de angustia, un punzante sentido de cuán incoherentemente todavía dependía de él. La interposición de los Alpes y los Apeninos entre nosotros me imponía una delicadeza cuyo sufrimiento era mi única compensación, pero el sentimiento de la oportunidad que se desvanecía sugería que, en mi desesperación, finalmente podría haber ido hasta él. Por supuesto, en realidad no hubiera hecho nada semejante. Permanecí cinco minutos mientras mis compañeros hablaban del nuevo libro, y cuando Drayton Deane me habló para pedirme mi opinión, me levanté contestando que detestaba? a Hugh Vereker y que simplemente no podía leerlo. Partí con la certidumbre moral de que cuando la puerta se cerro a mis espaldas, Deane me calificaría de terriblemente superficial. Su anfitriona negaría eso por lo menos.

Continúe rastreando con toques más breves la conexión sumamente extraña de los hechos que se sucedieron. Tres semanas después se produjo la muerte de Vereker, y antes de

que terminara ese año la de su esposa. Esa pobre dama a la que nunca había visto, pero respecto de la cual tenía la fútil teoría de que si lo sobrevivía lo suficiente como para resultar decorosamente accesible, podría aproximarme a ella con la vacilante llama de mi ruego. ¿Sabía ella y, si lo sabía, hablaría? Había más de una razón para suponer que no tendría nada que decir, pero cuando ella quedó fuera de todo alcance sentí que el renunciamiento era sin duda mi suerte. Estaba encerrado en uní obsesión para siempre… mis carceleros se habían ido con la llave. Respecto del tiempo que pasó antes de que la señora Corvick se convierta en la señora de Drayton Deane, tengo ideas tan vagas como las de un cautivo dentro de un calabozo. A través de mis barrotes había previsto este fin, aunque no hubo una prisa indecente y nuestra amistad había disminuido bastante. Ambos eran tan "terriblemente intelectuales" que impresionaban a la gente como una pareja apropiada, pero yo he medido mejor que nadie la riqueza de comprensión que el novio pudo aportar a la unión. Nunca, —en un casamiento de círculos literarios —así describieron los diarios la alianza— había tenido la dama una dote tan notable. Con la debida rapidez comencé a buscar los frutos de la relación; ese fruto, digo, cuyos síntomas premonitorios hubieran sido peculiarmente visibles en el marido. Dando por sentada la dote nupcial de la otra parte, esperé que él mostrara algo que correspondiera al incremento de sus medíos, su artículo sobre " "The Right of the Way" mostraba claramente su figura. Dado que él estaba ahora exactamente en la posición en que yo, aun más exactamente, no estaba, vigilé de mes a mes los periódicos en busca del pesado mensaje que el pobre Corvick no había podido transmitir y cuya responsabilidad había caído sobre su sucesor. La viuda y esposa podría romper, y Deane estaría tan inflamado por el conocimiento como lo había estado Corvick en su hora y Gwendolen en la suya. Bueno, sin duda estuvo inflamado, o el fuego aparentemente no había de convertirse en una arada pública. Examiné los periódicos en vano: Drayton Deane los llenó de página, exuberantes, pero se reservó la página que yo buscaba más febrilmente. Escribió sobre un millar de temas, pero nunca sobre Vereker. Su línea especial era decir verdades que a las demás personas o bien habían "atemorizado", como decía, o bien que habían pasado por alto, pero nunca decía la única verdad que en esos días me parecía tener algún significado. Me encontré con la pareja en esos círculos literarios a los que se hacía referencia en la prensa; ya he insinuado suficientemente que todos estábamos construidos para girar sólo en torno de esos círculos.

Gwendolen estaba comprometida con ellos más que nunca por la publicación de su tercera novela, y yo definitivamente clasificado por sostener la opinión de que esta obra era inferior a su predecesora inmediata. ¿Era peor porque había estado en una peor compañía? Si su secreto, como ella me lo había dicho, era su vida —un hecho discernible en su creciente florecimiento, una atmósfera de privilegio consciente que, inteligentemente corregido por bellos actos de caridad, daba distinción a su apariencia —aún no tenía influencia directa sobre su obra. Eso sólo hacía que uno —todo hacía que uno— ansiara aún más conocer ese secreto; no hacía más que rodearlo de un misterio más fino y más sutil.

XI

Por consiguiente, fue de su esposo del que nunca pude quitar mis ojos; lo asedié de un modo que podría haberlo inquietado. Llegué incluso a conversar con él. ¿No sabía, no había llegado a ello como a una cosa obvia?… esa pregunta zumbaba en mi cerebro. Por supuesto, él lo sabía; de otro modo, no me hubiera devuelto la mirada tan sospechosamente. Su esposa le había dicho lo que yo quería y estaba amablemente divertido por mi impotencia. No se reía, no era persona de reírse: su sistema era presentar para mi irritación; de modo que yo me delatara groseramente, un vacío en la conversación tan vasta como su gran frente desnuda. Yo siempre me alejaba con una firme convicción de estas extensiones despobladas, que parecían complementarse geográficamente y simbolizar conjuntamente la falta de voz, la falta de forma, de Drayton Deane. Simplemente carecía del arte de usar lo que sabía; literalmente era incompetente para encargarse del i deber que Corvick le había legado. Fui aún más allá, ése fue el único destello de felicidad que tuve. Comprendí que el deber no lo atraía. No estaba interesado, no le importa. Sí, me tranquilizó. completamente creerlo demasiado tonto como para gozar de aquello que a mí me faltaba. Era tan tonto después como lo había sido antes, y esto aumentaba para mí la dorada gloria en que estaba envuelto el misterio. podría haberle cualquier modo debía recordar que su esposa había puesto condiciones y extorsiones, Por sobre todo debía recordar que, con la muerte de Vereker, el principal incentivo había desaparecido. El estaba todavía allí para ser honrado por lo que podría hacerse, ya no estaba para dar su sanción. ¿Quién sino él tenía la autoridad necesaria?

La pareja tuvo dos hijos, pero el segundo costó la vida de la madre. Después de este golpe, me pareció ver otro fantasma de una oportunidad. Salté sobre él en pensamiento, pero aguardé un cierto tiempo por convencionalismo, y finalmente mi oportunidad se presentó de un modo conveniente. Su esposa había muerto hacía un año cuando encontré a Drayton Deane en el salón de fumar de un pequeño club del cual ambos éramos socios, pero en el cual durante meses —quizás porque raramente iba allí— no lo había visto. F1 salón estaba vacío y la ocasión era propicia. Deliberadamente le ofrecí, para terminar con el asunto para siempre, esa ventaja que, según yo creía, él buscaba desde hacía mucho.

—Como un amigo de su difunta mujer aún más viejo que usted —comencé— debe permitirme decirle algo que tengo en mi mente. Me alegraría llegar a algún acuerdo que a usted le parezca apropiado para mencionar la información que ella debía de haber recibido de George Corvick… la información, usted sabe, que llegó hasta él, pobre muchacho, en una de las horas más felices de su vida, directamente de Hugh Vereker.

Me miró como un desvaído busto frenológico.

—¿La información… ?

—El secreto de Vereker, mi querido señor… la intención general de sus libros; el hilo al que estaban enhebradas sus perlas, el tesoro escondido, la figura en el tapiz.

Comenzó a sonrojarse, y el número de sus protuberancias a destacarse.

—¿Los libros de Vereker tenían una intención general? Yo fijé mi mirada a mi vez.

—¿No querrá decir que la ignora?—. Por un momento pensé que estaba jugando conmigo—. La señora Dane lo conocía; lo había recibido, como le digo, directamente a Corvick, quien, tras una infinita búsqueda y para deleite del mismo Vereker, halló la misma boca de la cueva. ¿Dónde está la boca? Después de su casamiento, él la contó —y sólo la contó— a la persona que, cuando las circunstancias se repitieron, debe habérsela contado a usted ¿Me he equivocado al dar por sentado que ella lo admitió a usted, como uno de los más altos privilegios de la relación que mantuvo con ella, al conocimiento del que era, después de la muerte de Corvick, única depositaria? Todo lo que yo sé es que ese conocimiento es infinitamente precioso, y lo que quiero hacerle comprender es que si usted a su vez me lo comunica, hará por mí una gentileza por la cual le estaré eternamente agradecido. Finalmente, se había puesto muy rojo; me atrevo a decir que había comenzado a pensar que yo había perdido la cabeza. Poco a poco me siguió; por mi parte, lo miré con una más viva sorpresa.

Luego habló:

—No sé de qué está hablando. Estaba representando… ésa era la absurda verdad — Ella no se lo dijo… ?

— Nada me dijo acerca de Hugh Vereker.

Estaba estupefacto; el cuarto giré a mi alrededor. ¡Había sido demasiado bueno incluso para eso!

—¿Me lo jura?

—Se o juro. Qué diablos le pasa? —gruñó.

—Estoy asombrado… estoy desilusionado. Quería sacarlo de usted.

—¡No está en mí! —sonrió extrañamente—. Y aún si lo estuviera…

—Sí estuviera usted no me lo mostraría… oh, sí, por humanidad. Pero le creo. Lo veo… ¡Lo veo! —seguí adelante, consciente, mientras hablaba, de mi gran engaño, de mi falsa concepción de la actitud del pobre hombre. Lo que ví, aunque no pude decirlo, es que su esposa no lo había estimado digno de ser esclarecido. Esto me pareció extraño en una mujer que lo había considerado digno de ser su esposo. Por lo menos me lo expliqué reflexionando que posiblemente no se habría casado con él por su comprensión. Debía de haberlo hecho por alguna otra cosa.

En alguna medida, ahora veía claro, pero estaba aún más asombrado, más desconcertado; se tomó un momento para comparar mi relato con sus apresurados recuerdos. Como resultado de su meditación, me dijo de un modo bastante vacilante:

—Esta es la primera vez que oigo hablar de eso a lo que usted alude. Creo que debe de estar equivocado respecto de que la señora de Drayton Deane tenía algún conocimiento no mencionado, y aún menos inmencionable, respecto de Hugh Vereker. Sin duda, hubiera querido que se lo usara… si eso afectaba de algún modo el carácter literario de Vereker.

—Eso fue usado. Ella mismo lo usó. Me dijo con sus propios labios que "vivía" de eso.

No había terminado de hablar cuando me arrepentí de haberlo hecho; se puso tan pálido que sentí como si lo hubiera golpeado.

—Ah, "vivía"… —murmuró, volviéndome la espalda .

Mi remordimiento era sincero; puse mi mano sobre su hombro.

—Le ruego que me perdone… he cometido un error. Usted no sabe lo que yo pensaba que usted sabía. Usted hubiera podido, de haber estado yo en lo justo, hacerme un favor, y yo tenía mis razones para suponer que usted podría hacerme ese favor.

—¿Sus razones? .preguntó—. ¿Cuáles eran sus razones?

Lo miré bien, vacilé, consideré lo que haría.

—Venga y siéntese conmigo aquí y se lo diré. Lo llevé hasta un sofá, encendí un cigarrillo y, comenzando por la anécdota del descenso de Vereker desde las nubes, le conté la extraordinaria cadena de accidentes que, a pesar del destello inicial, me habían mantenido hasta ese momento en las tinieblas. Le dije en una palabra lo que he escrito aquí. Me escuchó con creciente atención, y por sus exclamaciones, por las preguntas, comprendí que, después de todo, no habría sido indigno de la confianza de su esposa. Una experiencia tan inesperada de la falta de confianza de ella en él tuvo entonces un efecto perturbador sobre su estado de ánimo, pero vi como el golpe inmediato sé desvanecía poco a poco y luego volvía a concentrarse en olas de sorpresa y curiosidad… las que prometían, según pode estimar perfectamente, romper finalmente con la furia de mis más altas mareas. Puedo decir hoy que, en tanto víctimas de un insatisfecho deseo, no existe la mínima diferencia entre nosotros. El estado del pobre hombre es casi mi consuelo; realmente hay momentos en que siento que esa es mi venganza.


Publicado el 2 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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