Petrilla

Honoré de Balzac


Novela


A la señorita Ana de Hanska

¿Cómo voy, querida niña, a dedicar a usted una historia llena de melancolía? A usted, que es la alegría de una casa; a usted, cuya pelerina blanca o rosa revuela entre los macizos de Wierzchoænia como un fuego fatuo que su padre y su madre siguen con mirada enternecida… ¿No tendré que hablarla de desventuras que una jovencita adorada, como usted lo es, no ha de conocer jamás, porque sus lindas manos podrían en su día consolarlas? Es tan difícil, Ana, encontrar para usted en la historia de nuestras costumbres una aventura digna de ser leída por sus ojos, que el autor no podía elegir; pero tal vez al leer ésta que le envío se dará usted cuenta de lo dichosa que es.

Su viejo amigo, DE BALZAC

Cierto día de octubre de 1827, al amanecer, un joven de unos diez y seis años, y que por sus trazas parecía lo que la moderna fraseología llama tan insolentemente un proletario, se detuvo en una plazuela que hay en el bajo Provins. A aquellas horas pudo observar, sin ser observado, las diferentes casas situadas en la plazuela, que forma un rectángulo. Los molinos emplazados en las vías de Provins estaban ya en marcha. Su ruido, multiplicado por los ecos de la ciudad alta, en armonía con el aire vivo, con las alegres claridades de la mañana, subrayaba la profundidad del silencio, que permitía oír el paso de una diligencia por la carretera a una legua de distancia. Las dos líneas más largas de casas, separadas por la fronda de los tilos, presentan sencillas construcciones, en que se revela la existencia pacífica y definida de sus moradores. No hay en aquel paraje ni señales de comercio. Apenas se veían en aquella época las lujosas puertas cocheras de las gentes ricas; si las había, rara vez giraban sobre sus goznes, a excepción de la del señor Martener, un médico que necesitaba tener un cabriolé y usarle con frecuencia.

Algunas fachadas aparecían adornadas de guirnaldas de pámpanos; otras, de rosales, cuyos tallos subían hasta el primer piso, cuyas ventanas perfumaban con sus grandes flores. Un extremo de la plaza llega hasta la calle Mayor de la ciudad baja. El otro está cortado por una calle paralela a la calle Mayor y cuyos jardines se extienden a la orilla de uno de los dos ríos que riegan el valle de Provins.

En este extremo, el más apacible de la plaza, el joven obrero reconoció la casa que le habían indicado: una fachada de piedra blanca, surcada de ranuras que imitan hiladas y cuyos balcones, de delgadas barandillas de hierro adornadas de rosetones amarillos, se cierran con unas persianas grises. Sobre esta fachada, que tiene piso bajo y primer piso, tres ventanas de guardilla surgen del techo empizarrado y en el cual gira una veleta nueva. La veleta representa un cazador disponiéndose a disparar sobre una liebre. Se sube al postigo de la casa mediante tres escalones de piedra. A un lado de la puerta, un tubo de plomo escupe las aguas del servicio doméstico a un arroyo y anuncia la cocina; al otro lado, dos ventanas cuidadosamente cerradas con postigos grises, en los que había unos calados en forma de corazón para dejar que entrase un poco de luz, le parecieron las del comedor. Sobre los escalones de piedra, y por bajo de las ventanas, vense los tragaluces de las cuevas, cerrados con portezuelas de palastro, pintadas y perforadas con presuntuosas recortaduras. Todo era entonces nuevo. En aquella casa, restaurada, y cuyo lujo todavía fresco contrastaba con el viejo exterior de todas las demás, un observador habría adivinado en el acto las ideas mezquinas y el perfecto bienestar del pequeño comerciante retirado. El joven contempló aquellos pormenores con una expresión de placer mezclado de tristeza; sus ojos iban de la cocina a las guardillas con un movimiento que denotaba deliberación. Los rosados fulgores del Sol señalaron, en una de las lumbreras del desván, una cortina de indiana que las demás lumbreras no tenían. La fisonomía del joven se puso entonces enteramente alegre; retrocedió algunos pasos, se recostó en un tilo y contó, cen ese tono lánguido peculiar en las gentes del Oeste, esta romanza bretona, publicada por Bruquière, un compositor a quien debemos deliciosas melodías. En Bretaña, los jóvenes de las aldeas entonan este canto, bajo la ventana de los reciéncasados, la noche de la boda:

Dicha os deseamos en el matrimonio,
señora casada,
y al señor esposo.
Os han enlazado, señora casada,
con un lazo de oro
que sólo la muerte desata.
Ya no iréis al baile ni a los juegos nuestros.
Guardaréis la casa:
nosotros sí iremos.
Habéis aceptado vuestro compromiso.
Fiel a vuestro esposo,
amarle es preciso.
Tomad este ramo que mi mano os da.
¡Ay! Vuestros vanos honores
pasarán como estas flores.

Esta música nacional, tan deliciosa como la adaptada por Chateaubriand a ¿Se acuerda de ti, hermana mía?, cantada en medio de un pueblo de la Brie Champañesa, debía de ser para una bretona motivo de imperiosos recuerdos: tan fielmente pintaba las costumbres, el candor, los lugares de aquel viejo y noble país, donde reina no sé qué melancolía, producida por el aspecto de la vida real, que conmueve profundamente. Esa facultad de despertar un mundo de cosas graves, dulces o tristes por medio de un ritmo familiar y a menudo jubiloso, ¿no es el carácter de esos cantes familiares que son las supersticiones de la música, si se quiere aceptar la palabra superstición como significativa de todo lo que queda después de la ruina de los pueblos y sobrenada en sus revoluciones? Al acabar la primera estrofa, el obrero, que no cesaba de mirar a la cortina de la guardilla, no vio en ella movimiento alguno. Mientras cantaba la segunda, la indiana se agitó. Cuando hubo dicho las palabras «recibid este ramo», apareció el rostro de una joven. Una mano blanca abrió con precaución la reja, y la joven saludó con una inclinación de cabeza al viajero, en el momento en que él terminaba el melancólico pensamiento expresado en estos dos versos tan sencillos:

¡Ay! Vuestros vanos honores
pasarán como estas flores.

De pronto, el obrero mostró, sacándola de debajo de su chaqueta, una flor de un amarillo dorado, muy común en Bretaña y sin duda encontrada en los campos de Brie, donde no abunda: la flor de la aulaga.

—¿Conque es usted, Brigaut?—dijo la joven en voz baja.

—Sí, Petrilla, sí. Estoy en París y voy dando la vuelta a Francia; pero soy capaz de establecerme aquí, puesto que está usted.

En aquel momento rechinó la falleba de un balcón del primer piso debajo de la habitación de Petrilla. Mostró la bretona el más vivo temor y dijo a Brigaut:

—¡Escápese!

El obrero saltó como una rana asustada hacia el recodo que hace un molino de la calle que desemboca en la calle Mayor, arteria de la ciudad baja; pero, a pesar de su presteza, sus zapatos ferrados, al resonar en los guijarros del pavimento, produjeron un sonido fácil de distinguir entre los del molino y que pudo oír la persona que abría el balcón.

Aquella persona era una mujer. Ningún hombre abandona las dulzuras del sueño matinal para escuchar a un trovador de chaqueta: sólo a una mujer la despierta un canto de amor. En efecto, una mujer era, y una solterona. Cuando hubo abierto las persianas, miró con un gesto de murciélago en todas direcciones, y sólo pudo oír vagamente los pasos de Brigaut, que huía. ¿Hay algo más horrible de ver que la aparición matinal de una solterona fea a la ventana? Entre todos los espectáculos grotescos que regocijan a los viajeros cuando atraviesan los pueblos, ¿no es éste el más desagradable?

Es demasiado triste, demasiado repulsivo para reírse de él. Aquella solterona con el oído tan alerta se presentaba desprovista de los artificios de toda clase que solía emplear para embellecerse: sin el rodete de cabellos postizos y sin gorguera. Llevaba ese horrible saquete de tela negra con que las solteronas se envuelven el occipucio y que asomaba bajo la cofia de dormir, levantada por los movimientos del sueño. Tal desorden daba a aquella cabeza el aspecto amenazador que los pintores atribuyen a las brujas. Las sienes, las orejas y la nuca nada ocultas dejaban adivinar su carácter árido y seco; sus profundas arrugas estaban subrayadas por tonos rojos, desagradables a la vista y que acentuaba más aún el color casi blanco de la chambra, atada al cuello con cordones retorcidos. Los bostezos de la chambra entreabierta dejaban ver un pecho comparable al de una vieja campesina poco preocupada de su fealdad. El brazo, descarnado, hacía el efecto de un bastón en el cual se hubiese puesto una tela.

Vista en la ventana, aquella señorita parecía de alta estatura a causa de la fuerza y la extensión de su rostro, que recordaba la inusitada amplitud de algunas caras suizas. Su fisonomía, cuyos rasgos pecaban por falta de conjunto, tenía por carácter principal una sequedad de líneas, una acritud de tonos, una insensibilidad en el fondo que habrían producido desagrado a cualquier fisonomista.

Aquella expresión, visible en el momento en que la describimos, se modificaba habitualmente gracias a una especie de sonrisa comercial, a una estupidez burguesa capaz de imitar tan bien a la bondad, que las personas con quienes vivía la señorita podían muy bien tomarla por un ser excelente. Poseía aquella casa pro indiviso con su hermano. El hermano dormía tan tranquilamente en su alcoba, que la orquesta de la Opera no le habría despertado, ¡y eso que el diapasón de la tal orquesta es célebre! La solterona sacó la cabeza fuera de la ventana; alzó a la guardilla sus ojuelos, de un azul pálido y frío, de pestañas cortas y párpados hinchados casi siempre en los bordes; intentó ver a Petrilla, pero luego de haber reconocido la inutilidad de su maniobra, se volvió a su dormitorio, con un movimiento semejante al de una tortuga que esconde la cabeza después de haberla sacado del caparazón.

Las persianas se cerraron, y ya no turbó el silencio de la plaza más que el paso de los aldeanos que llegaban o el de los vecinos madrugadores. Cuando hay una solterona en una casa, los perros de guarda son inútiles; no ocurre el menor suceso que ella no vea y no comente y del cual no saque todas las consecuencias posibles. Así, aquella circunstancia iba a dar motivo a graves suposiciones: a abrir uno de esos dramas obscuros que se desarrollan en familia y que no por permanecer secretos son menos terribles, contando con que me permitáis aplicar la palabra drama a esta escena doméstica.

Petrilla no se acostó de nuevo. Para ella, la llegada de Brigaut era un acontecimiento enorme. Durante la noche, edén de los desgraciados, olvidaba sus enojos, las incomodidades que durante todo el día tenía que soportar. Como le sucede al héroe de no sé qué balada alemana o rusa, su sueño le parecía una vida feliz y el día un mal sueño. Al cabo de tres años acababa de tener por vez primera un despertar agradable. Había sentido en su alma el canto melodioso de los recuerdos poéticos de su infancia.

La primera estrofa la oyó en sueños todavía; la segunda la hizo levantarse sobresaltada; a la tercera dudó, porque los desgraciados son de la escuela de Santo Tomás; a la cuarta estrofa, habiéndose acercado en camisa y con los pies descalzos a la ventana, vio a Brigaut, su amigo de la infancia. ¡Ah, sí! Aquélla era la chaqueta de faldoncillos bruscamente cortados y cuyos bolsillos bailotean sobre los riñones, la chaqueta de paño azul clásica en Bretaña; el chaleco de basto paño de Ruan, la camisa de lino cerrada con un corazón de oro, el gran cuello arrollado, los pendientes, los gruesos zapatos, el pantalón de lino azul crudo desigualmente desteñido, todas esas cosas, en fin, humildes y fuertes que constituyen el traje de un bretón pobre. Los grandes botones blancos, de asta, del chaleco y de la chaqueta hicieron palpitar el corazón de Petrilla. Al ver el ramo de aulaga, las lágrimas arrasaron sus ojos; luego, un horrible terror oprimió en su alma las flores del recuerdo un instante abiertas.

Pensó que su prima había podido oírla levantarse e ir a la ventana, adivinó a la solterona e hizo a Brigaut aquella seña de espanto a la cual el joven bretón se apresuró a obedecer sin comprender nada. Tan instintiva sumisión, ¿no pinta uno de esos afectos inocentes y absolutos que hay de siglo en siglo en esta tierra, donde florecen, como los áloes en la Isola bella, dos o tres veces en cien años?

Quien hubiera visto a Brigaut escapar habría admirado el heroísmo más candoroso con el más simple de los sentimientos. Santiago Brigaut era digno de Petrilla Lorrain, que terminaba su año decimocuarto: ¡dos niños! Petrilla no pudo menos de llorar cuando le vio alzar el pie con el susto que su gesto le había comunicado. Luego fue a sentarse en una mala butaca, ante una mesita sobre la cual tenía el espejo. Púsose allí de codos, con la cabeza entre las manos, y permaneció pensativa durante una hora, ocupada en recordar la Marisma, el barrio de Pen—Hoël, los peligrosos viajes emprendidos por un estanque en una barca que el pequeño Santiago desataba para ella de un viejo sauce, luego, los rugosos rostros de su abuelo y su abuela, la doliente cabeza de su madre y la hermosa fisonomía del comandante Brigaut.

¡Toda una infancia sin cuidados! Fue un sueño más: alegrías luminosas sobre un fondo grisáceo. Tenía Petrilla los hermosos cabellos rubios en desorden bajo la gorrita ajada durante el sueño; una gorrita de percal y puntillas que ella misma se había hecho. Flotaban en sus sienes rizos escapados de los papillotes de papel gris. De la nuca le pendía una gruesa trenza aplastada. La blancura excesiva de su rostro denotaba una de esas horribles enfermedades de muchacha a la cual ha dado la medicina el gracioso nombre de clorosis y que priva al cuerpo de sus colores naturales, turba el apetito y anuncia grandes desórdenes en el organismo. Su cuerpo tenía el mismo tono de cera.

El cuello y los hombros explicaban con su palidez de hierba marchita la delgadez de los brazos. Los pies de Petrilla parecían debilitados y empequeñecidos por la enfermedad. La camisa, que sólo le cubría hasta media pierna, dejaba ver nervios fatigados, venas azuladas, carnes empobrecidas. El frío que estaba sufriendo le puso los labios de un hermoso color violeta. La triste sonrisa, que echó atrás las comisuras de sus labios, descubrió unos dientes menudos de fino marfil, lindos dientes transparentes que armonizaban bien con sus delicadas orejas; su nariz, un poco afilada pero elegante, con el corte de su rostro, muy gracioso a pesar de su perfecta redondez. Toda la animación de aquella cara encantadora estaba en los ojos, cuyo iris color tabaco de España salpicado de puntitos negros brillaba con reflejos de oro en derredor de una pupila profunda y viva. Petrilla debía de haber sido alegre; ahora estaba triste.

Su perdida alegría, permanecía aún en la vivacidad de los contornos del ojo, en la gracia ingenua de la frente, en el trazo de la breve barbilla. Sus largas pestañas se dibujaban como pinceles sobre los pómulos demacrados por el sufrimiento. El blanco de la piel, prodigado en demasía, hacía más puros los detalles y las líneas de la fisonomía. La oreja era una pequeña joya escultórica; la hubieseis creído de mármol. Petrilla sufría de muchos modos. Eso tal vez os hace desear su historia. Hela aquí:

La madre de Petrilla era una señorita Auffray de Provins, hermana de padre de la señora Rogron, madre de los poseedores actuales de aquella casa.

Casado en primeras nupcias a los diez y ocho años, el señor Auffray contrajo nuevo matrimonio hacia los sesenta y nueve. De su primer matrimonio tuvo una hija única, bastante fea y que casó a los diez y seis años con un posadero de Provins llamado Rogron.

De su segunda mujer, el bueno de Auffray tuvo aún otra hija, y ésta encantadora. Así se daba el caso bastante extraordinario de que hubiese una enorme diferencia de edad entre las dos hijas del señor Auffray: la primera tenía cincuenta años al nacer la segunda. Cuando su anciano padre le dio una hermana, la señora Rogron tenía dos hijos mayores.

A los diez y ocho años, la segunda hija del enamoradizo viejo contrajo matrimonio de inclinación con un oficial bretón apellidado Lorrain, capitán de la Guardia imperial. El amor suele engendrar ambición. El capitán, que deseaba llegar pronto a coronel, entró en campaña. Mientras el jefe de batallón y su esposa, felices con la pensión que les habían destinado los señores de Auffray, brillaban en París o corrían por Alemania a merced de las batallas y de las paces imperiales, el viejo Auffray, antiguo abacero de Provins, murió a los ochenta y ocho años, sin haber tenido tiempo para dejar ninguna disposición testamentaria.

Su herencia fue tan bien manejada por el antiguo posadero y por su mujer, que absorbieron la mayor parte y no dejaron a la viuda del buen Auffray más que la casa del difunto, situada en la plaza, y unas fanegas de tierra. La viuda, madre de la joven señora de Lorrain, no tenía, a la muerte de su marido, más que treinta y ocho años. Como muchas viudas, concibió la malsana idea de volverse a casar. Vendió a su hijastra, la vieja señora Rogron, las tierras y la casa que había obtenido en virtud de su contrato matrimonial, para casarse con un médico joven apellidado Neraud, que le devoró la fortuna. Dos años después murió ella del disgusto y en la miseria.

La parte de la herencia de Auffray que habría podido volver a la señora de Lorrain desapareció, pues, casi toda y se redujo a unos ocho mil francos. El comandante Lorrain murió en el campo del honor, en Montereau, dejando a su viuda, de veintiún años, con una hija de catorce meses, sin otra fortuna que la viudedad a que tenía derecho y la herencia que pudiera obtener de los señores de Lorrain, comerciantes al por menor de Pen—Hoël, pueblo vendeano enclavado en el país que llaman la Marisma.

Los Lorrain, padre y madre del militar muerto, abuelo y abuela paternos de Petrilla Lorrain, vendían la madera necesaria para las construcciones, pizarras, tejas planas y curvas, cañerías, etc. Su comercio, fuese por incapacidad o fuese por poca suerte, iba mal y apenas les daba para vivir. La quiebra de la célebre casa Collinet, de Nantes, causada por los acontecimientos de 1814, que produjeron una baja repentina en las mercancías coloniales, acababa de arrebatarles veinticuatro mil francos que tenían depositados allí. Así es que su nuera llegó en buena ocasión, porque aportaba una viudedad de ochocientos francos, cantidad enorme en Pen—Hoël. Los ocho mil francos que su cuñado y su hermana la Regron le enviaron, después de mil dificultades acarreadas por la distancia, se los confió a los Lorrain, tomando, de todas suertes, una hipoteca sobre una casita que poseían en Nantes, alquilada en cien escudos y que apenas valía diez mil francos.

La joven señora de Lorrain murió tres años después del segundo y funesto casamiento de su madre, en 1819, casi al mismo tiempo que ella. Era frágil, menuda y delicada, y el aire húmedo de la Marisma la perjudicó. La familia del marido, por no dejarla escapar, le aseguró que en ningún otro lugar del mundo hallaría un país más sano ni más agradable que aquél, testigo de las proezas de Charette.

Fue tan mimada, cuidada y contemplada, que su muerte constituyó el más grande honor para los Lorrain. Algunas personas pretenden que Brigaut, un antiguo vendeano, uno de aquellos hombres de hierro que sirvieron a las órdenes de Charette, de Mercier, del marqués de Montaurán y del barón de Guénic en las guerras contra la República, había influido mucho en la resignación de la joven viuda de Lorrain. Si esto fue así, ciertamente era digno de un alma excesivamente amante y abnegada. Por lo demás, todo Pen—Hoël veía que Brigaut, respetuosamente llamado el comandante, porque había tenido este grado en los ejércitos católicos, se pasaba los días y las noches en la sala, junto a la viuda del comandante imperial.

En los últimos tiempos el cura de Pen—Hoël se permitió dirigir algunas indicaciones a la Lorrain anciana; le rogó que casara a su nuera con Brigaut, prometiéndole que el comandante sería nombrado juez de paz del cantón de Pen—Hoël gracias a la protección del vizconde de Kergaronët. La muerte de la pobre joven hizo estas indicaciones inútiles. Petrilla quedó con sus abuelos, que le debían cuatrocientos francos de interés por año, cantidad que, naturalmente, aplicaban a su alimentación y vestido.

A los viejos, menos aptos cada día para el comercio, les salió un competidor activo e ingenioso, contra el cual se desataban en injurias, pero sin hacer nada para defenderse de él. El comandante, su consejero y amigo, murió seis meses después que su amiga, acaso de dolor, tal vez a consecuencia de sus heridas: había recibido veintisiete. El mal vecino, a fuer de buen comerciante, procuró arruinar a sus rivales para librarse de toda competencia. Hizo que se prestase dinero a los Lorrain bajo su firma, previendo que no podrían reembolsarlo, y los obligó en sus últimos días a liquidar. La hipoteca de Petrilla fue supeditada a la de su abuela, que se atuvo a sus derechos para que su marido no careciese de un pedazo de pan.

Se vendió la casa de Nantes en nueve mil quinientos francos, y en la operación hubo que gastar mil quinientos. Los ocho mil francos restantes fueron a parar a la señora Lorrain, que los colocó en una hipoteca a fin de poder vivir en Nantes, en una especie de Beaterio, llamado San Jacobo, donde los dos ancianos hallaron mesa y cuidado por un estipendio módico. En la imposibilidad de conservar a su lado a su arruinada nieta, los viejos Lorrain se acordaron de los Rogron y les escribieron. Los Rogron de Provins habían fallecido. La carta de los Lorrain a los Rogron parecía, pues, destinada a perderse; pero si hay algo en nuestra vida que pueda suplir a la Providencia, ¿no es ese algo la administración de Correos?

El espíritu del Correo, incomparablemente superior al espíritu público, sobrepasa en facultad de invención al de los más hábiles novelistas. Cuando el Correo posee una carta, que le vale de tres a diez sueldos, y no encuentra inmediatamente al que ha de recibirla, despliega una solicitud financiera cuyo semejante no se puede hallar sino en los acreedores más intrépidos. Va, viene, huronea en los ochenta y seis departamentos. Las dificultades sobreexcitan el ingenio de los empleados, que a menudo son personas cultas y que se lanzan entonces a la rebusca del desconocido con tanto ardor como los matemáticos de la Oficina de las longitudes: registran todo el reino. Al menor vislumbre de esperanza las oficinas de París se vuelven a poner en movimiento. Con frecuencia os sucede quedar estupefactos al ver los garabatos que cruzan el dorso y el vientre de la carta, gloriosos testimonios de la persistencia administrativa con que el Correo ha sido revuelto. Si un hombre hubiera emprendido lo que el Correo acaba de realizar, habría perdido diez mil francos en viajes, en tiempo y en dinero para recobrar doce sueldos.

El ingenio que tiene el Correo es, decididamente, mayor que el que conduce. La carta de los Lorrain dirigida al señor Rogron, de Provins, fallecido un año antes, fue enviada por el Correo al señor Rogron, hijo de aquél y mercero en la calle de Saint—Denis, de París. En esto se ve resplandecer el ingenio del Correo. Un heredero siempre está más o menos preocupado por saber si ha recogido la herencia íntegra, sin olvidar algún crédito o algún harapo. El fisco lo adivina todo, incluso los caracteres. Una carta dirigida al viejo Rogron, de Provins, ya fallecido, tenía que picar la curiosidad de Rogron hijo, de París, o de la señorita Rogron, su hermana, porque eran los herederos. De este modo el fisco pudo cobrar sus sesenta céntimos.

Los Rogron, a quienes los viejos Lorrain tendían las manos suplicantes, en la desesperación de tener que separarse de su nieta, habían, pues, de ser los árbitros del destino de Petrilla Lorrain. Ahora es indispensable explicar sus antecedentes y sus caracteres.

Rogron padre, el posadero de Provins a quien el viejo Auffray dio en matrimonio la hija que había tenido en su primera mujer, era un personaje de rostro arrebatado, nariz venosa y a cuyas mejillas había Baco aplicado sus pámpanos rojizos y bulbosos. Aunque grueso, bajo y ventripotente, de piernas crasas y manos macizas, tenía la finura de los posaderos suizos, a los cuales se parecía. Su cara representaba vagamente un vasto viñedo apedreado por el granizo. No era, ciertamente, hermoso, pero su mujer se le asemejaba. Jamás hubo pareja más adecuada. A Rogron le gustaba la buena vida y que le sirvieran lindas muchachas. Pertenecía a la secta de los egoístas de talante brutal, que se entregan a sus vicios y hacen su voluntad a la faz de Israel. Ávido, codicioso, indelicado, obligado a costearse sus caprichos, se comió sus ganancias hasta el día en que le faltaron los dientes. Le quedó la avaricia.

En los días de su vejez vendió la posada; arrebañó, como se ha visto, casi toda la herencia de su suegro y se retiró a la casita de la plaza, comprada por un pedazo de pan a la viuda de Auffray, abuela de Petrilla. Rogron y su mujer poseían unos dos mil francos de renta, procedentes del arriendo de veintisiete parcelas de tierra situadas en los alrededores de Provins y los intereses del precio de su posada, vendida en veinte mil francos. La casa del honrado Auffray, aunque, en muy mal estado, fue habitada tal como estaba por los antiguos posaderos, que se guardaron como de la peste de poner mano en ella: a las ratas viejas les gustan las grietas y las ruinas. El antiguo posadero se aficionó a la jardinería y empleó los ahorros en aumentar el jardín; le extendió hasta la orilla del río, dándole la forma de un paralelogramo encajado entre dos muros y terminado por un empedrado, donde la naturaleza acuática, abandonada a sí misma, desplegaba las riquezas de su flora. En los comienzos de su matrimonio, los Rogron, habían tenido, con dos años de intervalo, una hija y un hijo; como todo degenera, los hijos salieron horrorosos.

Criados en el campo por una nodriza ya bajo precio, los desgraciados muchachos volvieron con la horrible educación aldeana, después de haber clamado muy a menudo y durante mucho tiempo por el pecho del ama, que se iba al campo dejándolos encerrados en una de esas habitaciones negras, húmedas y bajas que sirven de vivienda al campesino francés. Con tal ejercicio, las facciones de los muchachos se hicieron más bastas; su voz se enronqueció; la madre no sintió al verlos muy halagado su amor propio, e intentó corregirles las malas costumbres con un rigor que, junto al del padre, parecía ternura. Se les dejaba corretear por los patios, cuadras y dependencias de la posada o por las calles del pueblo; se les azotaba algunas veces; otras se los enviaba a casa de su abuelo Auffray, que los quería muy poco.

Esta injusticia fue una de las razones que animaron a los Rogron a quedarse con la mayor parte de la herencia de aquel miserable viejo. Sin embargo, Rogron llevó a su hijo a la escuela, y a fin de librarle de quintas le compró un sustituto: uno de sus carreteros. Cuando su hija Silvia cumplió trece años, la colocó en París como aprendiza de una casa de comercio. Dos años después mandó a su hijo Jerónimo Dionisio por el mismo camino. Cuando sus amigos, sus compadres los carreteros o sus contertulios le preguntaban qué pensaba hacer de sus hijos, Rogron explicaba su sistema con una brevedad que tenía, sobre la de otros padres, el mérito de la franqueza.

—Cuando estén en edad de comprenderme, les pegaré un puntapié, ya sabéis dónde, y les diré: ¡A hacer fortuna! —respondía, bebiendo o limpiándose la boca con el envés de la mano.

Luego miraba a su interlocutor guiñando los ojos con malicia.

—¡Qué diablo! No son más bestias que yo —añadía—. Mi padre me dio tres puntapiés y yo no les daré más que uno; él me puso un luis en la mano y yo les pondré dos; serán más felices que yo, por lo tanto. Así se hacen las cosas. Y luego, cuando yo muera, quedará lo que quede; ya sabrán encontrarlo los notarios. ¡Estaría bueno que se molestara uno por los hijos!… Los míos me deben la vida; los he alimentado y no les pido nada; no están en paz, ¿eh, vecino? Yo empecé siendo carretero, y ello no me ha impedido casarme con la hija de ese miserable viejo de Auffray.

Silvia Rogron fue enviada, con cien escudos de pensión y como aprendiza, a la calle de Saint—Denis, a casa de unos negociantes naturales de Provins. Dos años más tarde estaba a la par; si bien no ganaba nada, sus padres no pagaban nada por su habitación y su alimento. Eso es lo que en la calle de Saint—Denis se llama estar a la par. Otros dos años después, durante los cuales le envió su madre cien francos para sus gastos, Silvia tuvo cien escudos de sueldo. De ese modo alcanzó su independencia desde la edad de diez y nueve años la señorita Silvia Rogron. A los veinte era la segunda encargada do la Casa Julliard, comerciante en madejas de seda, en el Gusano chino, calle de Saint—Denis.

La historia de la hermana fue la del hermano. El pequeño Jerónimo Dionisio Rogron entró en casa de uno de los mas ricos merceros de la calle de Saint—Denis, la Casa Guépin, llamada Las tres ruecas. Si a los veintiún años era Silvia primera encargada, con mil francos de sueldo, Jerónimo Dionisio, mejor ayudado por las circunstancias, se vio a los diez y ocho primer dependiente, con mil doscientos francos, en casa de los Guépin, otros naturales de Provins. El hermano y la hermana se veían todos los domingos y días de fiesta; los pasaban divirtiéndose económicamente: comían fuera de París, iban a ver Saint—Cloud, Meudon, Belleville, Vincennes. Hacia fines del año 1815 reunieron sus capitales, amasados con el sudor de sus frentes, unos veinte mil francos, y compraron a la señora Guenée la célebre tienda de la Hermana de familia, una de las más acreditadas en mercería al por menor.

La hermana se encargó de la caja, el escritorio y las cuentas. El hermano fue a la vez dueño y primer dependiente, como Silvia fue durante algún tiempo su propia primera encargada. En 1821, al cabo de cinco años de explotación, la competencia entre los merceros era tan viva y animada, que el hermano y la hermana apenas habían podido amortizar la tienda y sostenerla en su antiguo crédito. Aunque Silvia Rogron no tenía entonces más que cuarenta años, su fealdad, el constante trabajo y cierto aire ceñudo, que provenía de la disposición de sus facciones, la hacían representar cincuenta.

A los treinta y ocho años Jerónimo Dionisio Rogron tenía la cara más boba que jamás un tendero haya podido presentar a sus clientes. Tres profundos surcos cruzaban su frente aplastada, deprimida por la fatiga; sus cabellos grises cortados al rape expresaban la indefinible estupidez de los animales de sangre fría. En la mirada de sus ojos azulados no había ardor ni pensamiento. Su cara, redonda y chata, no despertaba ninguna simpatía; ni siquiera traía la risa a los labios de los que se entregan al examen de las variedades del parisiense; entristecía. Era, en fin, como su padre: gordo y pequeño; pero sus formas, desprovistas de la brutal robustez del posadero, acusaban en los menores detalles una debilidad ridícula. La excesiva coloración del padre había sido substituida en él por esa flácida lividez propia de los que viven en trastiendas sin aire, en esas cabañas enrejadas que se llaman cajas, enrollando y desenrollando hilo, pagando o recibiendo, hostigando a los dependientes o repitiendo las mismas cosas a los parroquianos.

El escaso talento de los dos hermanos había sido enteramente absorbido por el manejo de su comercio, por el debe y el haber, por el conocimiento de las leyes especiales y los usos de la plaza de París. El hilo, las agujas, las cintas, los alfileres, los botones, los útiles de sastre, en fin, la inmensa cantidad de artículos que componen la mercería parisiense habían llenado su memoria. Las cartas que era necesario escribir y contestar, las facturas, los inventarios, habían absorbido toda su capacidad. Fuera de su negocio no sabían nada; ni siquiera conocían París.

Para ellos, París era una cosa extendida, como los géneros en un escaparate, en derredor de la calle de Saint—Denis. Su angosto carácter había tenido por todo campo la tienda. Sabían admirablemente importunar a sus dependientes y dependientas y cogerlos en falta. Su dicha consistía en ver todas las manos, agitadas como patas de ratón, sobre los mostradores, manejando el género u ocupadas en envolver de nuevo los artículos. Cuando oían siete u ocho voces ocupadas en pronunciar esas frases rituales con que los dependientes responden siempre a las observaciones de los compradores, el día les parecía hermoso, el tiempo excelente. Cuando el azul del cielo reavivaba a París; cuando los parisienses se paseaban sin cuidarse de la mercería, «¡Mal tiempo para la venta!», decía el imbécil patrón.

La gran ciencia de Rogron, que le hacía objeto de la admiración de los aprendices, era la de liar, desliar y volver a liar y confeccionar un paquete. Rogron podía, mientras hacía un paquete, mirar lo que pasaba en la calle o vigilar hasta lo más profundo de su almacén; todo lo tenía ya visto cuando, al presentar el envoltorio a la compradora, decía: «Aquí tiene usted, señora. ¿No desea alguna otra cosa? Sin su hermana, aquel cretino se habría arruinado. Silvia tenía buen sentido y talento para vender.

Dirigía a su hermano para las compras en fábrica y le hacía ir sin piedad al último rincón de Francia para encontrar unos céntimos de economía en un artículo. La sutileza que en mayor o menor cantidad posee toda mujer la había puesto ella al servicio del negocio, no al del corazón. ¡Una tienda que pagar!

Este pensamiento era el pistón que hacía funcionar su máquina, comunicándole una espantosa actividad. Rogron seguía siendo primer dependiente; no podía abarcar el conjunto de sus negocios; el interés personal, principal vehículo del alma, no le había hecho avanzar un paso. Solía quedarse pasmado cuando su hermana, previendo el fin de la moda de un artículo, mandaba venderle con pérdida; y después admiraba a Silvia como un simple. No razonaba ni bien ni mal; era incapaz de razonamiento, pero tenía motivos para subordinarse a su hermana y se subordinaba por una consideración que había encontrado fuera del comercio: «Es la hermana mayor», decía. Tal vez una vida solitaria, reducida a la satisfacción de las necesidades, sin dinero ni placeres durante la juventud, explicaría a los fisiólogos y a los pensadores el porqué de la brutal expresión de aquella cara, la debilidad mental, la actitud necia de aquel mercero.

Su hermana le impidió siempre casarse, temiendo quizá perder influencia en la casa y viendo una causa de gastos y de ruina en una mujer infaliblemente más joven y, sin duda, menos fea que ella. La estupidez tiene dos maneras de ser: se calla o habla. La estupidez. muda es soportable; pero la de Rogron era parlanchina. Había tomado la costumbre de regañar con dureza a los dependientes, de explicarles las minucias del comercio y de la mercería al pormenor adornando la descripción con esos burlas toscas que constituyen la jerga tenderil. Escuchado a la fuerza por su mundillo doméstico, contento de sí mismo, acabó por hacerse una fraseología propia. Aquel charlatán se creía orador.

La necesidad de explicar a los parroquianos lo que quieren, de sondear sus deseos, de despertarles el deseo de lo que no quieren, desata la lengua del vendedor al menudeo, el cual acaba por poseer la facultad de vender frases de esas cuyas palabras no encierran idea alguna pero que tienen éxito. Además, explica a los compradores procedimientos poco conocidos, de donde le viene no sé qué momentánea superioridad sobre su clientela; pero una vez que ha salido de las mil y una explicaciones que necesitan sus mil y un artículos, se queda, en cuanto al pensamiento, como un pez sobre paja y al sol.

Rogron y Silvia, aquellos dos mecanismos subrepticiamente bautizados, no tenían, ni en germen ni en acción, los sentimientos que dan al corazón su vida propia. Sus naturalezas eran excesivamente fibrosas y secas, endurecidas por el trabajo, por las privaciones, por el recuerdo de los dolores de un largo y duro aprendizaje. Ni el uno ni el otro compadecían una desgracia; eran no ya implacables, sino intratables para las personas que se veían embargadas por alguna dificultad. Para ellos, la virtud, el honor, la lealtad, todos los sentimientos humanos consistían en pagar regularmente sus billetes. Desalmados y sórdidos, ambos hermanos tenían una horrible reputación en el comercio de la calle de Saint—Denis. Sin sus relaciones con Provins, a donde iban tres veces al año, en las épocas en que podían cerrar la tienda durante dos o tres días, no habrían tenido dependientes ni dependientas. Pero Rogron padre les enviaba todos los infelices destinados por sus padres al comercio; hacía para ellos la trata de aprendices en Provins, donde por vanidad ponderaba la fortuna de sus hijos. El que más y el que menos, cegado con la perspectiva de tener a su hija o su hijo bien instruido y vigilado y con la probabilidad de verle algún día sucediendo a los Hijos de Rogron, enviaba al chico que le molestaba en casa a la de los solterones.

Pero en cuanto el aprendiz o la aprendiza, a cien escudos de pensión por barba, hallaban el modo de abandonar aquella galera, huían con una alegría que acrecentaba la terrible celebridad de los Rogron. El infatigable posadero les descubría a diario nuevas víctimas. Desde los quince años, Silvia Rogron, habituada a disfrazarse para la venta, tenía dos caretas: la fisonomía amable de la vendedora y la fisonomía natural de las solteronas amojamadas. Su fisonomía postiza tenía una mímica maravillosa; todo en ella sonreía; su voz, tornándose dulce y embaucadora, seducía comercialmente a la parroquia. Su verdadera cara era la que se mostró en la persiana entreabierta: habría puesto en fuga al más resuelto de los cosacos de 1815, a quienes, sin embargo, les gustaban todas las francesas.

Cuando la carta de los Lorrain llegó, los Rogron, de luto por su padre, habían heredado la casa poco menos que robada a la abuela de Petrilla, tierras compradas por el ex posadero y algún capital procedente de préstamos usurarios o hipotecas sobre bienes de campesinos a quienes el viejo borracho esperaba expropiar. Su balance anual acababa de terminarse. La propiedad de la Hermana de familia estaba pagada. Los Rogron poseían unos sesenta mil francos de mercancías almacenadas, unos cuarenta mil en caja o en cartera y el valor de la tienda. Sentados en la banqueta de terciopelo de Utrecht, verde a listas y embutida en un nicho cuadrado detrás del escritorio, frente al cual había otro escritorio semejante para la primera dependienta, el hermano y la hermana se consultaban sobre sus intenciones.

Todo mercader aspira a la burguesía. Realizando su comercio, los hermanos tendrían unos ciento cincuenta mil francos, sin contar la herencia del padre. Colocando en Deuda pública el capital disponible, cada uno obtendría de tres a cuatro mil libras de renta, aunque destinasen a restaurar la casa paterna el valor del comercio, que les sería pagado sin duda en el plazo debido. Podían, pues, irse a Provins, a vivir juntos en una casa de los dos. La primera dependienta era hija de un rico granjero de Donnemarie, cargado de nueve hijos, y que tuvo que buscarles colocación porque su fortuna dividida en nueve partes era poca cosa para cada uno. En cinco años, siete de los hijos habían muerto; la primera dependienta se había transformado, pues, en un ser tan interesante, que, Rogron intentó, aunque en vano, hacerla su mujer. La señorita manifestaba a su amo una aversión que desconcertaba toda maniobra. Además, Silvia no se prestaba de buen grado y hasta se oponía a la boda de su hermano.

Quería que una muchacha tan astuta como aquélla fuera su sucesora comercial y que el matrimonio de Rogron quedase para Provins. Nadie entre los transeúntes puede comprender el móvil de las existencias criptogámicas de algunos tenderos; se les mira y se pregunta: «¿De qué y para qué viven? ¿Adónde van? ¿De dónde vienen?» Se pierde uno en las insignificancias cuando se las quiere explicar. Para descubrir el poco de poesía que germina en esas cabezas y vivifica esas existencias es necesario ahondar en ellas, y en seguida se encuentra el fondo en que todo descansa. El tendero parisiense se nutre de una esperanza —más o menos realizable y sin la cual evidentemente perecería: éste sueña con edificar o administrar un teatro; aquél tiende a los honores de la alcaldía; uno piensa en una casa de campo a tres leguas de París, con una especie de parque donde colocar estatuas de yeso policromado y surtidores que parecen cabos de hilo, y en todo lo cual gasta el dinero locamente; otro aspira a los mandos superiores de la Guardia nacional. Provins, ese paraíso terrenal, excitaba en los dos merceros el fanatismo que todas las bellas ciudades de Francia inspiran a sus habitantes. Digámoslo en honor de la Champagne: este amor es legítimo. Provins, una de las ciudades más encantadoras de Francia, rivaliza con el Frangistán y el valle de Cachemira; no sólo contiene la poesía de Saadi, el Homero persa, sino que además ofrece virtudes farmacéuticas a la ciencia médica.

Los cruzados trajeron rosas de Jericó a este delicioso valle, donde por azar adquirieron nuevas cualidades sin perder nada de sus colores. Provins no es sólo la Persia francesa; podría también ser Baden, Aix, Bath; ¡tiene aguas! He aquí el paisaje que de año en año veían los dos merceros y que a menudo se les aparecía, sobre el suelo enlodado de la calle de Saint—Denis. Después de haber atravesado las llanuras grises que hay entre Ferté—Gaucher y Provins, verdadero desierto pero productivo, un desierto de trigo, llegáis a una colina. De pronto veis a vuestros pies una ciudad regada por dos ríos; bajo la roca se extiende un verde valle de encantadoras líneas y fugitivos horizontes. Si procedéis de París, tornáis a Provins a lo largo, pasando por esa eterna carretera de Francia, con su ciego y sus mendigos, que os acompañan con sus lastimeras voces cuando os ponéis a examinar el pintoresco e inesperado paisaje.

Si procedéis de Troyes, entráis por la parte llana del país. El castillo, la ciudad vieja y sus antiguas murallas aparecen escalonadas en la colina. La ciudad joven se extiende abajo. Hay el alto y el bajo Provins; primero, una ciudad aérea, de rápidas calles, de hermosos aspectos, rodeada de caminos excavados cruzados por torrenteras, poblados de nogales y cuyos anchos surcos aran la roca viva de la colina; ciudad silenciosa, atildada, solemne, dominada por las imponentes ruinas del castillo; luego, una ciudad de molinos regada por el Voulzie y el Durtain, dos ríos de Brie, angostos, lentos y profundos; una ciudad de hospederías, de comercio, de burgueses retirados, arada por las ruedas de las diligencias, de las carretelas y de los vehículos de carga. Estas dos ciudades, o esta ciudad, con sus recuerdos históricos, la melancolía de sus ruinas, la alegría de su valle, sus deliciosas barrancas llenas de setos enmarañados y de flores, sus riberas festoneadas de jardines, excita de tal modo el amor de sus hijos, que éstos se conducen como los auverneses, los saboyanos y los franceses; si salen de Provins para buscar fortuna, vuelven siempre. El proverbio o «Morir en la cama», hecho para los conejos y para las personas fieles, parece ser la divisa de los hijos de Provins. ¡Así los dos Rogron no pensaban más que en su pueblo! Mientras vendía hilo, el hermano veía la ciudad alta; cuando amontonaba cartulinas llenas de botones, contemplaba el valle; enrollando y desenrollando cinta, seguía el curso brillante de los ríos.

Mirando a sus anaqueles, subía por los hondos caminos adonde antaño iba, huyendo de la cólera de su padre, a comer nueces y atracarse de zarzamoras. Sobre todo, la placita de Provins era la que ocupaba su pensamiento; pensaba embellecer la casa; soñaba con la fachada, que quería reconstruir; con los dormitorios, con el salón, con la sala de billar, con el comedor y con la huerta, que imaginaba transformada en un jardín inglés, con arriates, grutas, juegos de agua, estatuas, etc. Las habitaciones en que dormían el hermano y la hermana, en el segundo piso de la casa de París, de tres balcones y seis pisos, alta y amarilla, como tantas otras de la calle de Saint—Denis, no tenían más muebles que los estrictamento necesarios; pero no había en París quien poseyese mobiliario más rico que aquel mercero.

Cuando andaba por la ciudad quedábase extático ante los bellos muebles expuestos y los tapices, telas y cortinajes de que llenaba su casa. A la vuelta decía a Silvia:

—En tal tienda he visto un mueble de salón que nos convendría.

Al día siguiente compraba otro, y siempre así. En el mes corriente devolvían los muebles del mes último. No habría habido presupuesto para pagar sus reformas arquitecturales; lo quería todo, y daba siempre la preferencia a las últimas invenciones. Cuando contemplaba los balcones de las casas de nueva construcción; cuando estudiaba los tímidos ensayos de su ornamentación exterior, le parecían las molduras, las esculturas y los dibujos fuera de su lugar adecuado.

—¡Ah! —exclamaba—. ¡Cuánto mejor harían en Provins que aquí estas cosas tan bonitas!

Cuando en el umbral de la puerta rumiaba el desayuno, apoyado en la portada, con los ojos embobados, veía una casa fantástica, dorada por el sol de sus sueños, se paseaba por su jardín, escuchaba el murmullo de su surtidor, que se desgranaba en perlas brillantes sobre la blanca taza de piedra. Jugaba en su billar, plantaba flores. Silvia, por su parte, cuando estaba con la pluma en la mano, reflexiva y sin acordarse de gruñir a la dependencia, era que se contemplaba recibiendo a los burgueses de Provins y se miraba, adornada de gorros maravillosos, en las lunas de su salón. Ambos hermanos empezaban a encontrar malsana la atmósfera de la calle de Saint—Denis, y el hedor de las inmundicias del mercado les hacía desear la fragancia de las rosas de Provins. Tenían a la vez una nostalgia y una manía, contrariados por la necesidad de vender sus últimos cabos de hilo, sus ovillos de seda y sus botones. La tierra prometida del valle de Provins atraía tanto más a aquellos hebreos, cuanto que realmente habían padecido durante mucho tiempo y atravesado anhelantes los arenosos desiertos de la mercería.

Recibieron la carta de los Lorrain cuando se hallaban en plena meditación inspirada por el bello porvenir. Los merceros no conocían apenas a su prima Petrilla Lorrain. La cuestión de la herencia de Auffray, arreglada hacía mucho tiempo por el viejo posadero, había ocurrido durante su instalación, y Rogron hablaba muy poco de sus capitales. Enviados en edad temprana a París, los hermanos no se acordaban casi de su tía Lorrain. Les hizo falta una hora de discusiones genealógicas para recordar a su tía, hija del segundo matrimonio de su abuelo Auffray, hermana de padre de su madre.

Cayeron en la cuenta de que la señora Lorrain era hija de la señora Neraud, muerta de pesar. Entonces juzgaron que el segundo matrimonio de su abuelo había sido para ellos una cosa funesta, puesto que ocasionó el reparto de la herencia de Auffray entre el fruto de dos mujeres. Por otra parte, habían oído a su padre, siempre un poco chabacano y posadero, algunas recriminaciones. Los dos merceros examinaron la carta de los Lorrain a través de aquellos recuerdos poco favorables a la causa de Petrilla. Encargarse de una huérfana, de una muchacha, de una prima que, a pesar de, todo, sería su heredera si ninguno de ellos casaba, era cosa que merecía discusión.

La cuestión fue estudiada en todos sus aspectos. Ante todo, ellos no habían visto nunca a Petrilla. Luego, sería fastidioso tener que custodiar a una muchacha soltera. ¿No contraerían obligaciones respecto de ella? Si no les convenía, no podrían devolverla. Por último, ¿no habría que casarla? Y si Rogron encontraba su media naranja entre las herederas de Provins, ¿no sería mejor que guardase sin fortuna para sus hijos? Según Silvia, la mujer apropiada para su hermano sería una muchacha estúpida, rica y fea que se dejara gobernar por ella. Los dos merceros se decidieron a negarse. Silvia se encargó de la respuesta. La corriente de los negocios fue lo bastante considerable para retrasar la carta, que no parecía urgente. La solterona no volvió a pensar en ella desde que la primera dependienta accedió a tratar de la adquisición de la Hermana de familia. Silvia Rogron y su hermano marcharon a Provins cuatro años antes del día en que la llegada de Brigaut iba a dar tanto interés a la vida de Petrilla.

Pero el proceder de estas dos personas en su provincia exige una explicación tan necesaria como la de su existencia en París, porque Provins no había de ser menos funesto para Petrilla que los antecedentes comerciales de sus primos.

Cuando un pequeño negociante que ha ido de provincias a París regresa de París a provincias, vuelve siempre con algunas ideas que luego se le pierden entre las costumbres de la vida provinciana en que se sumerge y en la cual se abisman sus veleidades de renovación. De ahí esos ligeros cambios lentos, sucesivos, con que París acaba por arañar la superficie de las ciudades departamentales y que señalan esencialmente la transición del ex tendero al provinciano enaltecido.

Esta transición constituye una verdadera enfermedad. Ningún tendero pasa impunemente de su charlatanería habitual al silencio, de su actividad parisiense a la inmovilidad provinciana. Cuando estas buenas gentes han hecho algo de fortuna, gastan una parte en su pasión largo tiempo reprimida, y en esto emplean las últimas oscilaciones de un movimiento que no podría detenerse a voluntad. Los que no habían acariciado una idea fija viajan o se lanzan a las ocupaciones políticas de la municipalidad. Unos van de caza o a pescar. Otros se hacen usureros como Rogron padre, o accionistas como tantos desconocidos. Ya conocéis el tema Silvia y Jerónimo: tenían que satisfacer su regia fantasía de manejar la llana; construirse su casa encantadora. Esta idea fija proporcionó a la plaza de Provins la fachada que acababa de examinar Brigaut y produjo la distribución interior del lujoso mobiliario de aquella casa.

El contratista no puso un clavo sin consultar a los Rogron, sin someter a su firma los planos y los presupuestos, sin explicales ampliamente al pormenor la naturaleza del objeto en discusión, el sitio en que se fabricaba y sus diferentes precios. En cuanto a las cosas extraordinarias, bastaba que hubiesen sido empleadas en casa de la señora Julliard, la joven, o en casa, del señor Garceland, el alcalde. Una semejanza cualquiera con uno de los burgueses ricos de Provins decidía siempre el combate en favor del contratista.

—Puesto que el señor Garceland tiene eso, ¡póngalo! —decía la señorita Rogron—. Debe de estar bien, porque es hombre de buen gusto.

—Silvia, nos propone el contratista óvalos, en la cornisa del pasillo.

—¿A eso lo llama usted óvalos?

—Sí, señorita.

—¿Y por qué? ¡Vaya un nombre singular! Nunca lo he oído.

—¿Pero los ha visto usted?

—Sí.

—¿Sabe usted latín?

—No.

—Pues bien: quiere decir huevos; los óvalos son huevos.

—¡Son ustedes graciosos los arquitectos! —exclamaba Rogron.

—¿Pintamos el pasillo? —decía el contratista.

—¡De ningún modo!—exclamaba Silvia—. ¡Quinientos francos más!

—¡Oh! El salón y la escalera son demasiado bonitos para no pintar el pasillo —decía el contratista—. La señora de Lesourd pintó el suyo el año pasado.

—Sin embargo, su marido, como fiscal, puede ser trasladado de Provins.

—¡Bah! Algún día será presidente del Tribunal decía el contratista.

—¿Y qué va usted a hacer entonces del señor Tiphaine?

—El señor Tiphaine tiene una mujer bonita y no hay que preocuparse de él. El señor Tiphaine irá a París

—¿Pintarnos el pasillo?

—Sí. Así, al menos, verán los Lesourd que somos tanto como ellos —decía Rogron.

El primer año del establecimiento de los Rogron en Provins fue empleado enteramente en estas deliberaciones, en el placer de ver trabajar a los obreros, en las sorpresas y enseñanzas de todo género que del trabajo se deducían y en las tentativas que ambos hermanos hicieron para entablar amistad con las principales familias de la población.

Los Rogron no habían frecuentado nunca la sociedad; no habían salido de su tienda; no conocían absolutamente a nadie en París; tenían sed de los placeres del trato social. A su regreso a Provins encontraron primero a los señores de Julliard, los del Gusano chino, con sus hijos y sus nietos; luego, a la familia de los Guépin, o mejor el clan de los Guépin, cuyo nieto poseía todavía Las tres ruecas; por último, a la señora Guénée, que les había vendido la Hermana de familia y cuyas tres hijas estaban casadas en Provins. Aquellas tres grandes razas —los Julliard, los Guépin y los Guénée— se extendían por la ciudad como la grama por una pradera. El alcalde, señor Garceland, era yerno del señor Guépin. El cura, señor ábate Péroux, era el propio hermano de la señora Julliard, que era una Péroux. El presidente del Tribunal, señor Tiphaine, era hermano de la señora Guénée, la cual firmaba: «Nacida Tiphaine».

La reina de la ciudad era la hermosa señora de Tiphaine, la joven, hija única de la señora Roguin, acaudalada esposa de un antiguo notario de París, de quien no so hablaba nunca. Delicada, linda y espiritual, casada en provincias por imposición de su madre, que no quería tenerla junto a sí y la había sacado del colegio unos días antes de la boda. Melania Roguin se consideraba en Provins como desterrada y se conducía admirablemente bien. Ricamente dotada, aun tenía bellas esperanzas.

En cuanto al señor Tiphaine, su anciano padre, había hecho a su hija mayor, la señora de Guenée, tales anticipos de herencia, que una tierra de ocho mil libras de renta, situada a cinco leguas de Provins, tenía que corresponderle a él. De ese modo, los Tiphaine, que al casarse contaban con una renta de veinte mil libras, sin contar el puesto ni la casa de él, debían algún día reunir otras veinte mil. «No son desgraciados» se decía. La grande y única preocupación de la señora de Tiphaine era conseguir que nombrasen diputado a su marido. El diputado se convertiría en juez de París, y desde ese cargo esperaba ella hacerle ascender pronto al Tribunal Supremo. Para eso explotaba el amor propio de todos y se esforzaba en agradar, y, lo que es más difícil, lo conseguía. Dos veces por semana recibía a toda la burguesía de Provins en su hermosa morada de la ciudad alta. Aquella joven de veintidós años no había dado un paso imprudente en el resbaladizo terreno en que se había colocado. Satisfacía todas las vanidades; halagaba las aspiraciones de cada cual. Grave con las personas serias, juvenil con las muchachas, esencialmente madre con las madres, alegre con las señoras jóvenes y dispuesta a servirlas, amable para todos; una perla, en fin, un tesoro: el orgullo de Provins. Todavía no había pronunciado una palabra, pero todos los electores de Provins esperaban a que su querido presidente tuviese la edad para nombrarle. Cada uno de ellos hacia de él su hombre, su protector. Estaban seguros de su talento. ¡Ah! El señor Tiphaine llegaría; sería ministro de Justicia y se cuidaría de Provins.

Véase por qué medios la venturosa señora de Tiphaine había llegado a reinar en la pequeña ciudad de Provins. La señora de Guénée, hermana del señor Tiphaine, después de casar a su primera hija con el señor Lesourd, fiscal; a la segunda con el médico, señor Martener, y a la tercera con el señor Auffray, notario, había contraído segundas nupcias con el señor Galardón, el recaudador de contribuciones.

Las señoras de Lesourd, Martener y Auffray y su madre vieron en el presidente Tiphaine el hombre más rico y más capacitado de la familia. El fiscal, sobrino político del señor Tiphaine, tenía el mayor interés en que su tío fuese a París, para quedarse él con la presidencia del Tribunal de Provins. De tal suerte, las cuatro señoras —la de Galardón adoraba a su hermano —formaron la corte de la señora de Tiphaine, a la cual pedían en toda ocasión parecer y consejo. El hijo mayor de los Julliard, casado con la hija única de un rico labrador, concibió una pasión súbita, secreta y desinteresada por la presidenta, aquel ángel descendido de los cielos parisienses. La avisada Melania, incapaz de crearse dificultades con un Julliard, pero muy capaz de mantenerse en su situación de Amadís y de explotar su necedad, lo aconsejó que emprendiese la publicación de un periódico, al cual ella serviría de Egeria. Desde hacia dos años, pues, Julliard, cada vez más poseído de su romántica pasión, publicaba una hoja, que se llamaba La Colmena, diario de Provins, y que contenía artículos literarios, arqueológicos y médicos, hechos en familia.

Los anuncios del distrito cubrían los gastos. Los abonados, en número de doscientos, procuraban la ganancia. Aparecían en él estrofas melancólicas, incomprensibles en Brie, y dirigidas ¡¡¡A Ella!!!, así, con tres admiraciones. De este modo, el joven matrimonio Julliard, que cantaba los méritos de la señora Tiphaine, había juntado el clan de los Julliard con el de los Guénée. Desde entonces el salón del presidente se había convertido, naturalmente, en el primero de la ciudad. La poca aristocracia que hay en Provins forma un solo salón en la ciudad alta, en casa de la anciana condesa de Bréautey.

Durante los seis primeros meses de su trasplantación, favorecidos por su antigua amistad con los Julliard, los Guépin y los Guénée, y aprovechándose de su parentesco con el señor Auffray, el notario, sobrino segundo de su abuelo, los Rogron fueron recibidos primero por la señora de Julliard madre y por la señora de Galardón; después llegaron, con bastantes dificultades, al salón de la hermosa señora de Tiphaine. Todo el mundo quiso estudiar a los Rogron antes de admitirlos en su casa. Era difícil rechazar a unos comerciantes de la calle de Saint—Denis, nacidos en Provins y que habían vuelto a esta ciudad a comerse sus rentas. No obstante, el objeto de toda sociedad será siempre amalgamar gentes de fortuna, de educación de costumbres, de conocimientos y de caracteres análogos.

Y los Guépin, los Guénée y los Julliard eran personas situadas más alto y más antiguas en la burguesía que los Rogron, hijos éstos de un posadero usurero que había merecido reproches por su conducta privada y por su proceder en el asunto de la herencia de Auffray. El notario Auffray, el yerno de la señora de Galardón, nacida Tiphaine, sabía a qué atenerse: los asuntos se habían arreglado en casa de su predecesor. Aquellos antiguos negociantes regresados a Provins al cabo de doce años se habían puesto, en cuanto a instrucción, trato social y maneras, al nivel de la buena sociedad, a la cual imprimía la señora de Tiphaine cierto aire de elegancia, algo de barniz parisiense. Todo allí era homogéneo; todos se comprendían y cada uno sabía conducirse y hablar de un modo agradable a todos.

Conocían sus respectivos caracteres y estaban acostumbrados los unos a los otros. Una vez recibidos en casa del alcalde, señor Garceland, los Rogron tuvieron la presunción de haberse colocado en poco tiempo entre lo mejor de la ciudad. Silvia aprendió a jugar al boston. Rogron, incapaz de jugar a ningún juego, en cuanto dejaba de hablar de su casa daba vueltas a los pulgares y se tragaba las palabras; pero sus palabras eran como una medicina; parecían atormentarle mucho; se levantaba, hacía ademán de querer hablar, se sentía intimidado, volvía a sentarse, y sus labios se agitaban con cómicas convulsiones. Silvia dejó cándidamente ver su carácter en el juego. Enredadora, quejumbrosa siempre que perdía, insolentemente alegre cuando ganaba, discutidora, importuna, impacientó a sus adversarios, a sus contertulios y se convirtió en el azote de la reunión. Devorados por una envidia necia y franca, Rogron y su hermana tuvieron la pretensión de representar un papel en una ciudad sobre la cual doce familias tenían extendida su red de apretadas mallas; donde todos los intereses, todas las vanidades formaban algo así como un piso resbaladizo, en el cual los recién llegados habían de mantenerse con mucha atención para no chocar con algo o resbalarse. Suponiendo que la restauración de la casa les hubiese costado treinta mil francos, los Rogron reunían diez mil libras de renta. Se creyeron riquísimos; abrumaron a sus amistades con los anuncios de su futuro lujo y dejaron ver su mezquindad; su crasa ignorancia, sus estúpidos celos. El día en que los presentaron a la señora de Tiphaine, que ya los había observado en casa de la señora de Garceland, de su cuñada, la de Galardón y de la señora de Julliard madre, la reina de la ciudad dijo confidencialmente a Julliard hijo, que había dejado salir a todo el mundo y se había quedado a solas con el presidente y con ella:

—¿Se han prendado ustedes todos de esos Rogron?

—Por mi parte—dijo el Amadís de Provins— puedo asegurar que a mi madre la aburren, y mi mujer no puede resistirlos. Cuando Silvia, hace treinta, años entró de aprendiza en casa de mi padre, mi padre no podía aguantarla.

—Pues yo tengo muchas ganas —dijo la hermosa presidenta, poniendo el piececito en la barra del hogar de la chimenea— de hacer saber que mi salón no es una posada.

Julliard alzó los ojos al techo, como para decir: «¡Dios mío! ¡Cuánto ingenio! ¡Cuánta, sutileza!

—Quiero que mi sociedad sea escogida; y si admitiese a los Rogron no lo sería ciertamente.

—No tienen corazón, ni ingenio, ni modales —dijo el presidente—. Cuando después de haber vendido hilo durante veinte años, como ha hecho mi hermana, por ejemplo…

—Tu hermana, amigo mío, no haría mal papel en ningún salón —dijo, en un paréntesis, la señora de Tiphaine.

—Si se tiene la estupidez de seguir siendo mercero —prosiguió el Presidente—; si no se sabe desbastarse; si se toman las cuentas del champaña por facturas de vino de pasto, como esos Rogron han hecho esta noche, lo mejor es quedarse en casa.

—Son hediondos—dijo Julliard—. Parece que no hay en Provins más casa que la suya. Quieren abrumarnos a todos. Después de todo, apenas tienen de qué vivir.

—Si fuese sólo el hermano, se le sufriría —replicó la señora de Tiphaine—; no es molesto. Con darle un rompecabezas chino permanecería tranquilo en un rincón. Se le iría todo el invierno en buscar una combinación. Pero la señorita Silvia… ¡Qué voz de hiena constipada! ¡Qué patas de langosta! No diga usted nada de esto, Julliard.

Cuando Julliard se marchó, la mujer dijo a su marido:

—Mira, ya son bastantes los indígenas a quienes tengo que recibir. Esos dos acabarían conmigo. Si lo permites nos privaremos de ellos.

—Eres la dueña de tu casa —contestó el presidente—; pero nos buscaremos enemigos. Los Rogron se lanzarán a la oposición, que hasta ahora no tiene consistencia en Provins. Rogron se ha hecho ya visita del barón Gouraud y del abogado Vinet.

—¡Bah! —dijo Melania sonriendo—. Entonces te prestarán un servicio. Donde no hay enemigos no hay triunfo. Una conspiración liberal, una asociación ilegal, una lucha cualquiera te destacarían mejor.

El presidente miró a su mujer con una especie de admiración temerosa.

Al día siguiente, en casa de la señora de Garceland, todo el mundo se decía al oído que los Rogron no habían caído bien en casa de la señora de Tiphaine, cuya frase sobre la posada alcanzó un éxito inmenso. La señora de Tiphaine tardó un mes en devolver su visita a la señorita Silvia, insolencia, que en provincias es muy notada. Silvia tuvo, en la partida de boston en casa de la señora de Tiphaine, una escena desagradable con la señora de Julliard madre, a causa de una miseria que su antigua patrona le hizo perder, como dijo ella, malignamente y adrede. Jamás Silvia, que gustaba de hacer a los demás malas jugadas, pudo concebir que se la colocase a la recíproca. La señora de Tiphaine procuró en lo sucesivo arreglar las partidas antes que llegasen los Rogron, de manera que Silvia se vio obligada a errar de mesa en mesa viendo jugar a los demás, que le clavaban miradas bajas llenas de picardía.

En casa de la señora de Julliard madre se empezó a jugar al whist, juego que desconocía Silvia. La solterona acabó por comprender que estaba en mala situación, aunque no adivinaba los motivos. Se creyó objeto de la envidia de toda aquella gente. Pronto los Rogron dejaron de ser solicitados en todas las casas, pero persistían en pasar las veladas en sociedad. Las personas delicadas se burlaron de ello sin hiel, dulcemente, haciéndoles decir enormes patochadas sobre los óvalos de su casa y sobre cierta bodega que no tenía par en Provins. Sin embargo, cuando su casa quedó terminada, los Rogron dieron algunas comidas suntuosas, tanto por devolver los obsequios recibidos, como por ostentar su lujo.

La gente asistió por pura curiosidad. La primera comida fue para las principales personalidades: los señores de Tiphaine, en cuya casa, no obstante, no habían comido los Rogron ni una sola vez; los de Julliard, padre e hijo, madre y nuera; el señor Lesourd; el señor cura y la señora de Galardón. Fue una de esas comidas de provincias en que se está a la mesa desde las cinco hasta las nueve. La señora de Tiphaine había importado en Provins las altas modas de París, donde las personas elegantes dejan el salón después de tomar el café. Tenía reunión en su casa e intentó evadirse; pero los Rogron siguieron al matrimonio hasta la calle, y cuando estupefactos de no haber logrado retener al señor presidente y a la señora presidenta, los otros convidados les explicaron el buen gusto de la señora de Tiphaine y la imitaron con una celeridad cruel para provincias.

—¡No ven nuestro salón iluminado! —dijo Silvia —. ¡Y la luz es lo que le hace más hermoso!

Los Rogron habían querido preparar una sorpresa a sus huéspedes. A nadie se le había permitido ver aquella ya célebre casa; de suerte que los contertulios de la señora de Tiphaine esperaban con impaciencia a los convidados para conocer su juicio sobre las maravillas del palacio Rogron.

—¡Vaya! —dijo la menuda señora de Martener—. Ya han visto ustedes el Louvre. Cuéntenlo todo.

—Todo será como la comida: poca cosa.

—¿Cómo es?

—Pues bien —dijo la señora de Tiphaine—: esa puerta cancela, cuyos travesaños de bronce dorado ya conocen ustedes y nosotros hemos tenido que admirar a la fuerza, da entrada a un largo pasillo que divide la casa con bastante desigualdad, puesto que la parte derecha no tiene más que un balcón a la calle y la izquierda tiene dos. Por el lado del jardín el corredor termina en la puerta vidriera de la escalinata por donde se baja a un macizo de césped donde se alza un pedestal que soporta el busto de Espartaco en yeso pintado de color de bronce. Detrás de la cocina, el contratista ha arreglado, bajo la caja de la escalera, una pequeña despensa, que también se nos ha obligado a visitar. La escalera, toda ella pintada de mármol portor, consiste en una rampa que gira sobre sí misma, como las que se usan en los cafés para comunicar el piso bajo con los entresuelos. El tal cachivache de madera de nogal, de una ligereza peligrosa, con balaustrada adornada de cobre, nos ha sido mostrado como una de las siete maravillas del mundo. Debajo está la puerta de los sótanos. Al otro lado del pasillo, dando a la calle, está el comedor, que comunica por una puerta de dos hojas con un salón del mismo tamaño cuyas ventanas dan el jardín.

—¿No hay, pues, antesala? —dijo la señora de Auffray.

—La antesala es, sin duda, ese largo pasillo donde se está entre dos aires —respondió la señora de Tiphaine—. Se ha tenido —prosiguió— la idea eminentemente nacional, liberal, constitucional y patriótica de no emplear más que maderas de Francia. Así, el piso del comedor es de nogal, figurando punto de Hungría. Los aparadores, la mesa y las sillas son también de nogal. Los balcones tienen cortinas de indiana blanca encuadradas de cenefas rojas y recogidas con vulgares abrazaderas rojas y exagerados alzapaños adornados de rosetones de color dorado mate y que resaltan sobre un fondo rojizo.

Estas magníficas cortinas cuelgan de unos bastones terminados por palmas extravagantes sujetas por garras de león de cobre estampado. Por cima de uno de los aparadores se ve un reloj de los que se usan en los cafés, suspendido de una especie de servilleta de bronce dorado, una de esas ideas que encantan a los Rogron. Han querido que yo admirase semejante capricho y no se me ha ocurrido decirles sino que, de poner una servilleta en derredor de un reloj, el comedor era el sitio más indicado. Sobre el mismo aparador hay grandes lámparas, parecidas a las que adornan la caja en las buenas fondas.

Encima del otro hay un barómetro excesivamente adornado y que parece representar un papel importante en la existencia de los hermanos; Rogron lo mira como miraría a su novia. Entre los dos balcones han colocado una estufa de losa blanca, empotrada en un nicho horriblemente rico. En las paredes brilla un magnífico papel rojo y oro, como se ve también en los restaurantes, y en ellos lo ha elegido Rogron indudablemente. La comida se nos ha servido en vajilla de porcelana blanca y oro; los platos de postre, de azul claro con flores verdes; pero han abierto uno de los aparadores para enseñarnos otra vajilla, de arcilla, para diario. Enfrente de cada aparador hay un gran armario para la mantelería.

Todo está lustroso, limpio, nuevo, lleno de tonos chillones. Yo, todavía sería capaz de aceptar el comedor: tiene su carácter y, por desagradable que éste sea, pinta muy bien el de los dueños de la casa; pero no hay modo de aguantar allí cinco de esos grabados negros contra los cuales el ministro del Interior debía presentar una ley y que representan a Poniatowski entrando en el río Elster, la defensa de la barrera de Clichy, a Napoleón apuntando un cañón por sí mismo y a los dos Mazeppa, todos puestos en grandes marcos dorados cuyo vulgar modelo conviene a grabados tales, capaces de hacer que se tome odio al éxito. ¡Oh, cuánto más me gustan los pasteles de la señora de Julliard, que representan frutas; esos excelentes pasteles de la época de Luis XV, que están en armonía con aquel antiguo y amable comedor, de maderas grises y un poco carcomidas, pero que tienen el carácter provinciano y hacen juego con la maciza plata familiar, con la porcelana antigua y con nuestras costumbres!

Las provincias son las provincias y se ponen ridículas cuando quieren imitar a París. Me dirán ustedes, tal vez, que yo soy orfebre; pero prefiero este viejo salón del padre de mi marido, con sus gruesos cortinones de seda verde y blanca, con su chimenea Luis XV, con sus tremós contorneados, sus antiguos espejos de perlas y sus venerables mesas de juego; mis viejos vasos de Sevres, con su viejo azul y montados en cobre viejo; mi reloj de flores imposibles; mi araña rococó y mis muebles de tapicería a todos los esplendores de su salón.

—¿Cómo es?—dijo el señor Martener, contentísimo con el elogio que la hermosa parisiense acababa de hacer, con acierto, de las provincias.

—El salón es de un soberbio rojo; el rojo de la señorita Silvia cuando se enfada porque ha perdido una miseria.

—El rojo—Silvia —dijo el presidente, cuya frase quedó incorporada al vocabulario de Provins.

—¿Las cortinas de los balcones… ? ¡Rojas! ¿Los muebles… ? ¡Rojos! ¿La chimenea… ? ¡Mármol rojo portor! ¿Los candelabros y el reloj… ? De mármol rojo portor montados en bronce, de una traza vulgar, pesada; los rosetones del techo, romanos, con ramas de follaje griegas. Desde lo alto del reloj nos mira imbécilmente, a la manera de los Rogron, un león inofensivo, llamado león de adorno y que durante mucho tiempo constituirá el descrédito de los verdaderos leones. El tal león rueda bajo una de sus patas una gruesa bola, detalle de las costumbres de los leones de adorno; se pasa la vida con una bola negra en la pata, exactamente como un diputado de la izquierda. Acaso sea un mito constitucional. La esfera del reloj es abigarrada. El espejo de la chimenea tiene uno de esos marcos vulgares, mezquinos, aunque nuevo.

Pero donde resplandece el talento del tapicero es en los pliegues, en forma de radios, de una tela roja, que arrancan de un alzapaños colocado en el centro de la chimenea: un poema romántico compuesto expresamente para los Rogron, que se extasían enseñándolo. Del centro del techo pende una araña cuidadosamente envuelta en un sudario de percalina verde, y con razón, porque es de pésimo gusto.

El bronce, de un tono agrio, está adornado con filetes de oro bruñido más detestable aún. Debajo de la araña, una mesa de té redonda, de, mármol aun mas portor que lo demás. En la mesa, una bandeja tornasolada, de brillo metálico, en la cual relucen las tazas de porcelana pintada —¡y qué pintura!— agrupadas en derredor de un azucarero de cristal tallado con tanta arrogancia que nuestros nietos abrirán ojos de a palmo admirándolo y viendo los círculos de cobre dorado que le festonean y sus costados, como los de una sobrevesta de la Edad Media, y su tenacilla para el azúcar, que probablemente nunca se usará.

Este salón está forrado de un papel rojo, imitando terciopelo, y los entrepaños, encuadrados en varillas de cobre, sujetos en los ángulos con enormes palmas. En cada entrepaño hay una litocromía, con marcos recargados de festones de escayola que imitan a nuestras hermosas maderas esculpidas. El moblaje, de casimir y raíz de olmo, se compone clásicamente de dos canapés, dos poltronas, seis butacas y seis sillas.

La consola está embellecida con un jarrón de alabastro que llaman a lo Médicis, colocado bajo una campana de cristal y con la ya famosa licorera. Se nos ha hecho notar ¡que no hay otra licorera igual en Provins! Los vanos de los balcones están cubiertos con magníficos cortinajes, dobles de seda roja y tul, y delante de cada uno hay una mesa de juego. La alfombra es de Aubusson, y también para ella han echado mano los Rogron al fondo rojo con rosas, el más vulgar de los dibujos corrientes.

Parece un salón deshabitado; no hay en él libros ni grabados, ni esos objetos menudos que suele haber en las mesas —dijo mirando a su mesa, cargada de objetos de moda, álbumes, lindas cosillas que le regalaban—. No hay flores ni ninguna de esas nonadas que se renuevan. El salón es frío y seco como la señorita Silvia. Buffón está en lo cierto: «el estilo es el hombre», y no hay duda de que los salones son un estilo.

La hermosa señora de Tiphaine continuó su descripción epigramática. Juzgando por aquel botón de muestra, todos se figuraron las habitaciones que los hermanos habitaban en el primer piso y que enseñaron a sus invitados; pero nadie podría imaginarse las estúpidas invenciones que el espiritual maestro de obras había sugerido a les Rogron.

Las molduras de las puertas, las contraventanas modeladas, los adornos de escayola de las cornisas, las lindas pinturas, las manos de cobre dorado, las campanillas, los tubos de las chimeneas, de sistema fumívoro; las ingeniosidades que evitaban la humedad, los cuadros de marquetería simulada en la escalera, la vidriería y la cerrajería superfina, todos esos caprichos, en fin, que aumentan el precio de una construcción y que placen a los burgueses habían sido prodigados desmedidamente.

Nadie quiso ir a los saraos de los Rogron, cuyas pretensiones abortaron. Razones para rehusar no faltaban: todos los días estaban dedicados a la señora Garceland, a la señora Galardón, a las señoras Julliard, a la señora de Tiphaine, al subprefecto, etc. Los Rogron creyeron que para hacerse amistades bastaría dar de comer; acudieron a su casa algunos jóvenes bastante burlones y los amigos de comer, que los hay en todas partes del mundo; pero todas las personas serias dejaron de verlos.

Asustada por la pérdida de los cuarenta mil francos que la casa, su querida casa, se había tragado sin provecho, Silvia quiso desquitarse a fuerza de economías. Renunció, pues, a escape a las comidas, que costaban de treinta a cuarenta francos, sin contar los vinos, y que no realizaban su esperanza de hacerse una sociedad, creación tan difícil en provincias como en París. Despidió a la cocinera y tomó una muchacha del campo para los trabajos rudos. Ella so encargó de cocinar por sí misma y por gusto.

Catorce meses después de su llegada cayeron, pues, los hermanos en una vida solitaria y sin ocupación. Su destierro de la sociedad había engendrado en el corazón de Silvia un horrible odio contra los Tiphaine, los Julliard, los Auffray, los Garceland; en suma, contra la sociedad de Provins, que ella llamaba la pandilla y con la cual ya no tuvo más que un trato muy frío. Habría querido oponer otra sociedad a aquélla: pero la burguesía inferior estaba exclusivamente compuesta de modestos comerciantes, libres solamente los domingos y días de fiesta, o de gentes mal conceptuadas, como el abogado Vinet y el médico Neraud; de bonapartistas inadmisibles, como el coronel barón de Gouraud, con los cuales Rogron había entablado torpemente relaciones, aunque ya la alta burguesía intentó prevenirle. El hermano y la hermana se vieron, por consiguiente, obligados a quedarse en el rincón de su estufa, en su comedor, recordando sus negocios, las caras de sus parroquianos y otras cosas igualmente agradables. Antes que terminase el segundo invierno ya pesaba sobre ellos el hastío de un modo horroroso y pasaban mil fatigas para matar el tiempo.

Al acostarse por la noche decían: «¡Ya ha pasado una más!» Estiraban la mañana permaneciendo en el lecho; se vestían con lentitud. Rogron se afeitaba por sí mismo todos los días; se examinaba el rostro y hablaba a su hermana de los cambios que creía notar en él; discutía con la criada sobre la temperatura del agua caliente; iba al jardín y miraba si las flores habían brotado; se acercaba a la orilla del río, donde había construido un quiosco; observaba el maderamen de su casa. ¿Juntaban bien los tablones? ¿Se había agrietado alguno? ¿Se mantenían bien las pinturas? Regresaba para hablar de los temores que le inspiraba una gallina enferma o de un sitio en que la humedad hacía perennes las manchas; se lo contaba a su hermana, entretenida en hacer que hacemos, en poner la mesa, en torturar a la criada. El barómetro era el mueble más útil para Rogron: le consultaba sin motivo, le daba palmaditas familiarmente como a un amigo, y luego decía: «¡Mal tiempo hace!» Su hermana respondía: «¡Bah! Hace el tiempo de la estación.» Si alguien iba a visitarle, Rogron ponderaba la excelencia del instrumento.

El almuerzo les ocupaba otro rato. ¡Con cuánta lentitud masticaban aquellos dos seres cada bocado! Así es que su digestión era perfecta; no tenían que temer un cáncer del estómago. Hasta el mediodía gastaban el tiempo en leer La Colmena y El Constitucional. Pagaban la suscripción del periódico parisiense por terceras partes con el abogado Vinet y el coronel Gouraud. Rogron llevaba por sí mismo los periódicos al coronel, que vivía en la plaza, en casa del señor Martener, y cuyos largos relatos le causaban un placer inmenso. Por eso Rogron se preguntaba por qué podía el coronel ser peligroso.

Tuvo la necedad de hablarle del ostracismo que se le había impuesto y de contarle las murmuraciones de la pandilla. Dios sabe cómo el coronel, tan temible con la pistola como con la espada, y que no temía a nadie, puso a la Tiphaine y a su Julliard y a los ministeriales de la ciudad alta, gentes vendidas al extranjero, capaces de todo por alcanzar cargos, que, cuando las elecciones, leían en los boletines de votación los nombres que les convenían, etc.

A eso de las dos, Rogron emprendía un paseíto.

Se ponía muy contento cuando un tendero se hallaba en el umbral de su puerta y, le detenía diciendo: «¿Cómo va, amigo Rogron?». Charlaba y pedía noticias de la ciudad. Escuchaba y refería a su vez los chismorreos de Provins. Subía hasta la ciudad alta o paseaba por los caminos, según el tiempo. En ocasiones encontraba viejos que paseaban como él. Aquellos encuentros eran acontecimientos felices. Había en Provins personas desilusionadas de la vida de París, sabios modestos que vivían con sus libros. Figuraos la actitud de Rogron cuando escuchaba a un juez suplente llamado Desfondrilles, más arqueólogo que magistrado, que hablaba con el señor Martener padre, hombre instruido, y le decía, mostrándole el valle:

—Explíqueme usted por qué los ociosos de Europa van a Spa mejor que a Provins, cuando las aguas de Provins tienen una superioridad reconocida por la medicina francesa, una acción y una fuerza ferruginosa digna de las cualidades medicinales de nuestras rosas.

—¡Qué quiere usted!—replicaba el hombre instruido—. Es uno de esos caprichos inexplicables. Hace cien años era desconocido el vino de Burdeos; el mariscal Richelieu, una de las figuras más grandes del último siglo, el Alcibíades francés, fue nombrado gobernador de Guyena; tenía el pecho destrozado; todo el mundo sabe por qué; el vino del país le restaura, le restablece. Burdeos adquiere entonces cien millones de renta y el mariscal ensancha el territorio de Burdeos hasta Angulema, hasta Cahors; cuarenta leguas a la redonda. ¿Quién sabe dónde terminan los viñedos bordeleses? ¡Y el mariscal no tiene en Burdeos una estatua ecuestre!

—¡Ah! —respondía el señor Desfondrilles—. Si en este siglo o en otro sucede una cosa análoga en Provins, se verá, yo así lo espero, bien sea en la placita de la ciudad baja, bien en el castillo, en la ciudad alta, algún bajorrelieve de mármol blanco que reproduzca la cabeza del señor Opoix, el restaurador de las aguas minerales de Provins.

—Querido amigo: tal vez la rehabilitación de Provins sea imposible —decía el anciano señor Martener— Esta ciudad ha quebrado.

Al oír esto, exclamaba Rogron con los ojos muy abiertos:

—¡Cómo!

—Fue antaño una capital que luchó victoriosamente con París, en el siglo XII, cuando los condes de Champagne tenían en ella su corte, como el rey Renato tenía la suya en Provenza —replicaba el hombre instruido.— En aquel tiempo, la civilización, la alegría, la poesía, la elegancia, las mujeres, en suma, todos los esplendores sociales no estaban exclusivamente en París. Las ciudades se reponen de su ruina tan difícilmente como las casas de comercio. De Provins sólo nos queda el perfume de nuestra gloria histórica, el de nuestras rosas y una subprefectura.

—¡Ah, lo que sería Francia si hubiese conservado todas sus capitales feudales! —decía Desfondrilles—. ¿Pueden los subprefectos reemplazar a la raza poética, galante y guerrera de los Thibault, que habían hecho de Provins lo que Ferrara fue para Italia, lo que fue Weimar en Alemania y lo que hoy querría ser Munich?

—¿Provins ha sido una capital?—exclamaba Rogron.

—Pero ¿de dónde sale usted? —le contestaba el arqueólogo Desfondrilles.

El juez suplente hería entonces con la contera de su bastón el suelo de la ciudad alta y decía:

—¿Pero usted no sabe que toda esta parte de Provins está edificada sobre criptas?

—¡Criptas!

—Sí, señor, criptas; criptas de una altura y una extensión inexplicable. Son como naves de catedral y tienen columnas.

—El señor está escribiendo una gran obra arqueológica, en la cual piensa explicar esas singulares construcciones —decía el viejo Martener viendo que el juez había entrado en su asunto favorito.

Rogron volvió muy satisfecho de que su casa estuviese construida en el valle. Las criptas de Provins les ocuparon cinco días en exploraciones e hicieron el gasto de la conversación de los solterones durante varias noches. Por este sistema, Rogron aprendía todos los días algo del viejo Provins, de las alianzas familiares o de las añejas noticias políticas, y luego se lo refería a su hermana. Cien veces durante el paseo, y aun varias veces a la misma persona, preguntaba: «Bueno, y ¿qué se dice? ¿Qué hay de nuevo?» De vuelta en casa se tendía en un canapé del salón, como un hombre abrumado de cansancio, aunque no tenía más que el de su propio peso. Hacía tiempo hasta la hora de comer yendo veinte veces del salón a la cocina, mirando la hora, abriendo y cerrando las puertas.

Mientras el hermano y la hermana tuvieron reuniones a que asistir, llegaban fácilmente a la hora de acostarse; pero cuando se vieron reducidos a su casa, la noche era para ellos un desierto que forzosamente había que atravesar. Algunas veces, las personas, que de regreso a su domicilio pasaban por la placita oían gritos en casa de los Rogron, como si el hermano asesinase a la hermana: eran los horribles bostezos de un mercero en el último grado de aburrimiento. Aquellas dos máquinas, no teniendo nada que triturar entre sus ruedas mohosas, chirriaban. El hermano habló de casarse, a falta de otra distracción; pero se sentía envejecido, cansado; le horrorizaba una mujer.

Silvia, que comprendió la necesidad de una tercera persona en casa, se acordó entonces de su pobre prima, por quien nadie les había preguntado, porque en Provins se creía que la señora Lorrain y su hija habían muerto. Silvia Rogron no perdía nunca nada; ¡era demasiado solterona para que se le extraviase algo! Hizo como que había encontrado casualmente la carta de los Lorrain a fin de hablar del asunto con toda naturalidad a su hermano; éste se sintió casi feliz ante la posibilidad de tener una jovencita en casa. Silvia escribió en términos medio comerciales y medio afectuosos al viejo Lorrain, excusándose por su retraso con la liquidación de sus negocios, su trasplantación y su establecimiento en Provins. Mostrábase deseosa de tener consigo a su prima, y daba a entender que un día Petrilla sería heredera de doce mil libras de renta si el señor Rogron no se casaba.

Habría que haber sido un poco bestia salvaje, como Nabucodonosor encerrado en el Jardín de Plantas, sin más alimento que la carne facilitada por el guardián, o negociante retirado sin dependientes a quien martirizar, para comprender la impaciencia con que los hermanos esperaron la llegada de su prima Lorrain. Tres días después de enviar la carta ya se preguntaban cuándo llegaría su prima. Silvia creyó encontrar en su pretendida protección a la prima pobre un medio de conseguir que la sociedad de Provins volviera sobre su acuerdo.

Fue a casa de la señora de Tiphaine, que los había herido con su reprobación y que quería crear en Provins una alta sociedad, como en Ginebra, a anunciar la llegada de su prima Petrilla, la hija del coronel Lorrain, deplorando sus desgracias y mostrándose dichosa de poder ofrecer a la sociedad una joven heredera.

—Bastante ha tardado usted en descubrirla —respondió irónicamente la señora de Tiphaine, que presidía su tertulia sentada en un sofá junto al fuego.

Con algunas palabras dichas en voz baja mientras se daban los naipes, la señora de Garceland recordó la historia de la herencia del viejo Auffray. El notario explicó las iniquidades del posadero.

—¿Dónde está esa pobre niña?—preguntó cortésmente el presidente.

—En Bretaña —dijo Rogron.

—Pero Bretaña es grande —observó el fiscal, señor Lesourd.

—Su abuelo y su abuela nos escribieron… ¿cuándo, querida?—dijo Rogron.

Silvia, ocupada en preguntar a la señora de Garceland dónde había comprado la tela de su vestido, no previó el efecto de su respuesta y dijo:

—Antes de la venta de nuestro establecimiento.

—¡Y ha contestado usted hace tres días, señorita! —exclamó el notario.

Silvia se puso roja, como los más encendidos carbones de la chimenea.

—Hemos escrito al establecimiento de San Jacobo —replicó Rogron.

—Hay allí, efectivamente, una especie de hospicio para ancianos —dijo el juez, que había sido juez suplente de Nantes—; pero la niña no puede estar allí, porque no se admite más que a personas de más de sesenta años.

—La niña está allí con su abuela —dijo Rogron.

—Tenía una fortunita: los ocho mil francos quo su padre de ustedes… , no, quiero decir su abuelo, le dejó —dijo el notario, equivocándose adrede.

—¡Ah! —exclamó Rogron con aire estúpido, sin comprender el epigrama.

—¿No conocen ustedes entonces la situación ni la fortuna de su prima hermana? —preguntó el presidente.

—Si el señor hubiese conocido eso no habría dejado a la niña en una casa que no es sino un hospital decente —dijo severamente el juez—. Recuerdo ahora que vi vender en Nantes, por expropiación, una casa que pertenecía a los señores Lorrain, y la señorita Lorrain perdió todo derecho; el asunto pasó por mis manos.

El notario habló del coronel Lorrain, que si viviese se asombraría de ver a su hija en un establecimiento como el de San Jacobo. Los Rogron se retiraron entonces, diciéndose para sus adentros que el mundo era muy malo. Silvia comprendió el poco éxito que su noticia había alcanzado: había perdido la estimación de todos y no podría ya volver a rozarse con la alta sociedad de Provins.

Desde aquel día los Rogron no disimularon su odio a las grandes familias burguesas de Provins. El hermano cantó a la hermana todas las canciones liberales que el coronel Gouraud y el abogado Vinet le habían hecho aprender y en las cuales se mortificaba a los Tiphaine, los Guénée, los Garceland, los Guépin y los Julliard.

—Pero, oye, Silvia, no comprendo por qué la señora de Tiphaine reniega del comercio de la calle de Saint—Denis, cuando lo mejor que tiene procede de allí. Su madre, la señora de Roguin, es prima de los Guillaume, del Gato que pelotea, que cedieron su establecimiento a José Lebas, su yerno. Su padre es ese notario, ese Roguin que quebró en 1819 y causó la ruina de la Casa Birotteau. De modo que la fortuna de la señora de Tiphaine es robada. ¿Qué vamos a decir, si no, de la mujer de un notario que salva sus bienes y permite que su marido haga una bancarrota fraudulenta? ¡Muy decente! ¡Ah! Y casó a su hija en Provins a causa de sus relaciones con el banquero du Tillet. ¡Y esas gentes tienen orgullo!… En fin, ése es el mundo.

El día en que Dionisio Rogron y su hermana Silvia se pusieron a despotricar contra la pandilla pasaron sin saberlo a la situación de personajes y se vieron en camino de tener sociedad; su salón iba a convertirse en centro de intereses que buscaban un teatro en que manifestarse.

El ex mercero tomó, al llegar a este punto, proporciones históricas y políticas, porque, siempre sin saberlo, dio fuerza y unidad a los elementos, hasta entonces flotantes, del partido liberal de Provins. Veamos cómo. Los primeros pasos de Rogron fueron observados con curiosidad por el coronel Gouraud y por el abogado Vinet, a quienes habían unido su aislamiento y su comunidad de ideas. Aquellos dos hombres profesaban el mismo patriotismo por las mismas razones: querían ser personajes. Pero si bien estaban dispuestos a ser jefes, les faltaban soldados. Los liberales de Provins eran: un antiguo soldado convertido en cafetero; un posadero; el señor Cournant, notario, competidor del señor Auffray; el médico Neraud, antagonista del señor Martener; algunas personas independientes, colonos desparramados por el distrito y poseedores de bienes nacionales.

El coronel y el abogado, gozosos de atraerse a un imbécil cuya fortuna podía servirles de ayuda en sus maniobras, que aportaría dinero a sus suscripciones, que en algunas cosas tomaría la iniciativa y cuya casa sería el centro popular del partido, aprovecharon la enemistad de los Rogron con los aristócratas de la ciudad. El coronel, el abogado y Rogron tenían ya establecido un ligero lazo: su suscripción en común a El Constitucional; no había de serle difícil al coronel Gouraud hacer del ex mercero un liberal, aunque Rogron supiese tan poco de política que ni siquiera conocía las hazañas del sargento Mercier, a quien tomaba por un colega.

La próxima llegada de Petrilla aceleró la floración de los codiciosos pensamientos que la avaricia y la necedad de los dos solterones habían inspirado. Al ver que Silvia había perdido toda probabilidad de encajar en la sociedad de los Tiphaine, el coronel concibió un secreto pensamiento.

Los militares viejos han contemplado tantos horrores en tantos países, tantos cadáveres desnudos y crispados en tantos campos de batalla, que ninguna fisonomía los asusta; y Gouraud puso los puntos a la fortuna de la solterona. Era un hombre pequeño y grueso. Llevaba enormes aretes en las orejas, ya pobladas de una enorme espesura de pelos. Sus anchas patillas encanecidas eran de las que en 1799 se llamaban aletas. Su rostro, gordo y colorado, estaba un poco curtido, como el de todos los escapados de Beresina. El abultado vientre formaba en su parte inferior ese ángulo recto que caracteriza a los viejos oficiales de caballería. Gouraud había mandado el segundo de Húsares.

Sus mostachos grises ocultaban una enorme boca, que nunca había comido, sino devorado. Un sablazo le había partido la nariz; de ahí que su voz fuese sorda y profundamente gangosa, como la que se atribuye a los capuchinos. Tenía manos pequeñas, cortas y anchas, de esas que hacen decir a las señoras: «Tiene usted manos de grandísimo pícaro.» Sus piernas parecían delgadas para el torso. En aquel ágil corpachón se agitaba un espíritu sutil, la más completa experiencia de las cosas de la vida, oculta bajo la aparente indolencia de los militares, y un absoluto menosprecio de los convencionalismos sociales. El coronel Gouraud tenía la cruz de oficial de la Legión de Honor y dos mil cuatrocientos francos de retiro; en conjunto mil escudos de pensión por toda fortuna.

El abogado, alto y flaco, tenía por único talento sus ideas liberales y por único ingreso los productos, bastante menguados, de su bufete. En Provins los abogados defienden por sí mismos sus causas. El Tribunal, por lo demás, escuchaba poco favorablemente al abogado Vinet por razón de sus opiniones. Por eso los colonos más liberales, en caso de litigio, se dirigían, mejor que a Vinet, a otro abogado que disfrutase de la confianza del Tribunal.

Se decía que Vinet había seducido a una muchacha rica de los alrededores de Coulommiers y obligado a sus padres a dársela en matrimonio. Su mujer pertenecía a la familia de los Chargebœuf, antigua familia noble de Brie, cuyo nombre viene de la proeza de un jinete en la expedición de San Luis a Egipto. La muchacha había incurrido en el disfavor de sus padres, los cuales tenían dispuesto, a sabiendas de Vinet, dejar toda su fortuna a su hijo mayor, con la obligación, sin duda, de transmitir una parte de ella a los hijos de su hermana. Así fracasó la primera tentativa ambiciosa de aquel hombre. Viéndose acosado por la miseria y avergonzado de no poder dar a su mujer las apariencias convenientes, el abogado hizo inútiles esfuerzos para entrar en la carrera del ministerio público, pero la rama rica de la familia de los Chargebœuf no quiso apoyarle.

Como personas de moralidad, aquellos realistas desaprobaban un casamiento forzado. Además, su titulado pariente se llamaba Vinet; ¿cómo proteger a un plebeyo? Cuando el abogado quiso, pues, servirse de su mujer para aproximarse a sus parientes, todos ellos, uno a uno, fueron rechazándole. La señora de Vinet no encontró buena acogida más que en casa de una Chargebœuf, pobre viuda cargada de una hija y habitantes las dos en Troyes. Un día Vinet se acordó del buen acogimiento que esta Chargebœuf había hecho a su mujer. Repelido por todo el mundo; lleno de odio contra la familia de su mujer, contra el Gobierno, que le negaba un puesto; contra la sociedad de Provins, que no quería admitirle, transigió con su miseria. Su amargura se acrecentó y le dio energías para resistir.

Se hizo liberal, adivinando que su suerte estaba adscrita al triunfo de la oposición, y vegetó en una mala casucha de la ciudad alta, de la cual su mujer salía muy poco. Aquella joven, destinada por su nacimiento a mejor suerte, permanecía absolutamente sola en el hogar con un niño. Hay miserias noblemente aceptadas y alegremente soportadas; pero Vinet, roído por la ambición, sintiéndose culpable de la desgracia de una joven seducida, disimulaba un sombrío furor; su conciencia se ensanchó y admitió todos los medios para llegar al fin. Su juvenil rostro se descompuso. Algunas personas se espantaban, a veces, en el Tribunal viendo su faz viperina, de cabeza aplastada, boca hendida, ojos que relumbraban a través de los lentes; oyendo su vocecilla persistente y agria que atacaba a los nervios.

Su color confuso, mezcla de tonos amarillos y verdes, anunciaba su ambición devorada, la continua quiebra de sus cálculos, sus ocultas miserias. Sabía discutir y hablar; no carecía de viveza ni de imágenes; era instruido, artificioso. Acostumbrado a verlo todo a través de su deseo de llegar, podía convertirse en un hombre político. Un hombre que no retrocede ante nada, con tal que todo sea legal, es muy fuerte; de ahí provenía la fuerza de Vinet. Aquel futuro atleta de los debates parlamentarios, uno de los que habían de proclamar el reinado de la Casa de Orleans, tuvo una influencia horrible sobre la suerte de Petrilla. Por el momento quería procurarse un arma fundando un periódico en Provins.

Después de haber estudiado a distancia, con la ayuda del coronel, a los dos solterones, el abogado acabó por contar con Rogron. Esta vez calculaba sobre seguro, y su miseria iba a cesar al cabo de siete dolorosos años durante los cuales había sufrido más de un día sin pan. El día en que Gouraud anunció a Vinet en la placita que los Rogron rompían con la aristocracia burguesa y ministerial de la ciudad alta, el abogado le dio en el costado un codazo significativo.

—Lo mismo le da a usted —dijo— una mujer que otra, bonita o fea; debe usted casarse con la señorita Rogron y luego podríamos organizar aquí algo…

—Pensaba en ello; pero van a traer consigo a la hija del pobre coronel Lorrain, su heredera.

—Haga usted que testen a su favor. ¡Ah! Tendría usted una casa bien montada.

—Ante todo veremos a esa pequeña —replicó el coronel con un acento de truhán, de profundo miserable, propio para demostrar a un hombre de la laya de Vinet cuán poca cosa era una muchacha a los ojos de aquel soldadote.

Desde que sus abuelos entraron en la especie de asilo donde su vida se iba acabando tristemente, Petrilla, joven y altiva, sufría tan horriblemente de vivir de la caridad, que fue dichosa al enterarse de que tenía parientes ricos.

Al saber que se marchaba, Brigaut, el hijo del comandante, su compañero de la infancia, convertido en aprendiz de carpintero en Nantes, vino a ofrecerle la suma necesaria para hacer el viaje en coche: sesenta francos, todo el tesoro de sus propinas de aprendiz, penosamente amasado. Petrilla lo aceptó con la sublime indiferencia de las verdaderas amistades y que significaba que en el caso recíproco le habría ofendido que le dieran las gracias. Brigaut había ido todos los domingos a San Jacobo a jugar con Petrilla y consolarla.

El vigoroso obrero había hecho ya el delicioso aprendizaje de la protección completa y abnegada al objeto involuntariamente escogido de nuestros afectos. Más de una vez Petrilla y él, sentados los domingos, en un rincón del jardín, habían bordado en el velo del porvenir sus proyectos infantiles; el aprendiz de carpintero, cabalgando en su garlopa, corría el mundo y hacía una fortuna para Petrilla, que le esperaba. Hacia el mes de octubre del año 1824, época en que terminaba su año onceno, Petrilla fue confiada por los dos viejos y el joven obrero, horriblemente melancólicos, al conductor de la diligencia de Nantes a París, con el ruego de que en París la trasladase a la diligencia de Provins y de que velase por ella. ¡Pobre Brigaut! Corrió como un can detrás de la diligencia y mirando a su amada Petrilla mientras pudo.

A pesar de las señas que le hacía la bretoncita, corrió hasta una legua más allá de la ciudad; y cuando se sintió agotado, sus ojos enviaron a Petrilla una mirada mojada de lágrimas. Petrilla también lloró cuando dejó de verle; se asomó a la ventanilla y todavía le divisó, plantado en la carretera, mirando cómo huía el pesado carruaje. Los Lorrain y Brigaut tenían tal desconocimiento de la vida, que la bretona al llegar a París no tenía un solo sueldo.

El conductor, a quien la niña hablaba de sus parientes ricos, pagó por ella los gastos del hotel en París y se los cobró al de la diligencia de Provins, encargándole que entregase la niña a sus parientes y que les pidiese a ellos el reembolso. Cuatro días después de su salida de Nantes, hacia las nueve de la mañana de un lunes, un viejo y gordo conductor de las Mensajerías reales cogió a Petrilla de la mano y, mientras se descargaban en la calle Mayor los artículos y los viajeros consignados a la Administración de Provins, la llevó, sin más equipaje que dos vestidos, dos pares de medias y dos camisas, a casa de la señorita Rogron, cuyas señas le dio el director de la Administración.

—Buenos días, señorita y la compañía —dijo el conductor—. Le traigo una prima suya, esta que usted ve, y que es muy linda por cierto. Tiene usted que darme cuarenta y siete francos, aunque la pequeña no trae peso; firme usted la hoja.

La señorita Silvia y su hermano se entregaron a su alegría y a su asombro.

—Dispensen —dijo el conductor—, pero el coche está esperando; firmen la hoja, denme mis cuarenta y siete francos con sesenta céntimos… y lo que ustedes quieran para el conductor de Nantes y para mí, que hemos cuidado de la pequeña como si fuese nuestra hija. Hemos anticipado el gasto de su cama, de su alimento, de su viaje a Provins y algunas cosillas más.

—¡Cuarenta y siete francos con sesenta céntimos! —dijo Silvia.

—No irá usted a regatear —exclamó el conductor.

—¿Y la factura? —dijo Rogron.

—Déjate de hablar y paga —dijo Silvia a su hermano—; bien ves que no hay más remedio.

Rogron fue a buscar los cuarenta y siete francos y doce sueldos.

—¿Y no hay nada para mi compañero y para mí? —dijo el conductor.

Silvia sacó cuarenta sueldos de su viejo bolso de terciopelo, casi lleno de llaves.

—Gracias, guárdeselo —exclamó el conductor—. Preferimos haber cuidado a la pequeña por gusto.

Cogió su hoja y salió, diciendo a la criada gordiflona:

—¡Vaya una casa! ¡No sólo en Egipto hay cocodrilos!

—¡Qué grosera es esta gente! —dijo Silvia, que lo había oído.

—¡Pero si han tenido cuidado de la pequeña! —respondió Adela, poniéndose en jarras.

—No tenemos que vivir con él —dijo Rogron.

—¿Dónde va usted a acostarla? —preguntó la sirvienta.

Así fue la llegada y recepción de Petrilla Lorrain a casa de sus primos, que la miraban embobados. Fue arrojada allí como un paquete, sin transición entre la deplorable habitación que ocupaba en San Jacobo junto a sus abuelos y el comedor de sus primos, que le pareció el de un palacio. Se encontraba allí cortada y vergonzosa. A cualesquiera que no fuesen los ex merceros, la bretoncita les habría parecido adorable, con su falda de burdo paño azul, su delantal de percalina rosa, sus toscos zapatos, sus medias azules, su pañoleta blanca, las enrojecidas manos metidas en mitones de punto de lana roja bordados de blanco que el conductor le había comprado.

Verdaderamente, el gorrito bretón recién planchado en París —se le había ajado en el trayecto desde Nantes— servía como de aureola a su alegre semblante. Aquel gorro nacional de fina batista guarnecido de una puntilla almidonada y encañonada merecería una descripción; tan coqueto es y tan sencillo. La luz, tamizada por la tela y la puntilla, produce una penumbra, una dulce semiclaridad que envuelve el rostro y le da esa gracia virginal que buscan los pintores en su paleta y que Leopoldo Robert acertó a encontrar para la cara rafaélica de la mujer que tiene un niño en brazos en el cuadro de Los segadores. Bajo aquel marco festoneado de luz brillaba un rostro blanco y rosa, candoroso, animado por la más perfecta salud. El calor de la piel bordeaba de fuego las lindas orejitas, los labios, la punta de la fina nariz y, por contraste, reforzaba la blancura de la tez.

—Y qué, ¿no nos dices nada? —dijo Silvia—. Yo soy tu prima Rogron, y éste es tu primo.

—¿Quieres comer? —preguntó Rogron.

—¿Cuándo saliste de Nantes? —preguntó Silvia.

—Es muda —dijo Rogron.

—Pobre pequeña; no trae nada de ropa —exclamó la gordiflona Adela, desatando el lío hecho con un pañuelo del viejo Lorrain.

—Abraza a tu primo —dijo Silvia.

Petrilla abrazó a Rogron.

—Y a tu prima —dijo Rogron.

Petrilla abrazó a Silvia.

—Está atontada por el viaje esta pequeña —dijo Adela—; quizá necesite dormir.

Petrilla sintió súbitamente por sus primos una invencible repulsión, sentimiento que hasta entonces nadie le había inspirado. Silvia y la sirvienta fueron a acostar a la bretoncita en la habitación del segundo piso, donde Brigaut había visto la cortina de indiana blanca. Había allí un lecho de colegiala, con dosel pintado de azul, del que pendía una cortina de indiana; una cómoda de nogal, sin piedra de mármol; una mesita de nogal; un espejo; una mesa de noche, vulgar, sin puerta, y tres malas sillas. Las paredes, aguardilladas, de la fachada estaban forradas de un mal papel azul salpicado de flores negras. El piso, pintado y lustrado, helaba los pies. No había más alfombra que una pequeña de orillo para los pies de la cama. La chimenea, de mármol común, estaba adornada con un espejo, unos candelabros de cobre dorado y un vulgar jarrón de alabastro, donde bebían dos pichones, que eran las asas. Este jarrón procedía del dormitorio de Silvia en París.

—¿Estarás bien aquí, nena? —dijo Silvia.

—¡Oh, es muy bonito! —contestó la niña con su voz argentina.

—No es descontentadiza —dijo la obesa criada refunfuñando—. ¿Calentarnos la cama? —añadió.

—Sí —dijo Silvia—; quizá estén húmedas las sábanas.

Adela, al traer el calentador, trajo también una de sus gorras de dormir. Petrilla, que hasta entonces había dormido en sábanas de basta tela bretona, se quedó sorprendida de la finura y suavidad de las sábanas de algodón. Cuando dejó a la pequeña instalada y acostada, bajó Adela y no pudo menos de exclamar:

—El equipaje no vale tres francos, señorita.

Desde que se decidió por la economía, Silvia obligaba a la criada a permanecer en el comedor para que no hubiese en la casa más que una lumbre y una luz. Pero cuando iban a visitarlos Vinet y el coronel Gouraud, Adela se retiraba a la cocina. La llegada de Petrilla dio animación a la noche.

—Habrá que hacerle un equipo mañana —dijo Silvia—. No tiene nada.

—No tiene —dijo Adela— más que los zapatones, que pesan una libra.

—En su país se usan así —dijo Rogron.

—¡Cómo miraba su habitación! Y eso que no es muy bonita para una prima de usted, señorita.

—Buena es; cállese usted. Ya ha visto usted que está encantada.

—¡Dios mío, qué camisas! La deben de arañar la piel. Pero nada de esto sirve —dijo Adela, vaciando el paquete de Petrilla.

Señor, señora y sirvienta estuvieron hasta las diez ocupados en decidir de qué percal y de qué precio se harían las camisas; cuántos pares de medias se comprarían; de qué tela y cuántas serían las enaguas y cuánto vendría a costar el ajuar de Petrilla.

—No lo haces por menos de trescientos francos —dijo Rogron, que recordaba los precios de las cosas y los sumaba de memoria gracias al hábito que tenía de hacerlo.

—¿Trescientos francos? —exclamó Silvia.

—Sí, trescientos francos. Echa la cuenta.

Los dos hermanos volvieron a empezar. Salían los trescientos francos, sin hechuras.

—¡Trescientos francos de una redada! —decía Silvia al acostarse, abrumada por la idea que expresa con bastante ingenio esa frase proverbial.

Petrilla era uno de esos hijos del amor a quienes el amor ha dotado con su ternura, su vivacidad, su alegría, su nobleza, su abnegación; nada había hasta entonces adulterado ni ajado su corazón, de una delicadeza casi salvaje; y la acogida de sus primos se lo oprimió dolorosamente. Bretaña había sido para ella el país de la miseria, pero también el del cariño. Los viejos Lorrain fueron los comerciantes más inhábiles, pero también las personas más amantes, más francas, más cariñosas del mundo, como todas las personas sin cálculo. En Pen—Hoël, su nieta no tuvo otra educación que la de la Naturaleza.

Petrilla, a su albedrío, andaba en barca por los estanques, corría por el pueblo y por los campos, en compañía de Santiago Brigaut, su camarada, absolutamente como Pablo y Virginia. Obsequiados, acariciados los dos por todo el mundo, libres como el aire, se entregaban a las mil alegrías de la infancia: en verano iban a ver pescar, cazaban insectos, cogían ramilletes y hacían jardines; en invierno hacían resbaladeros, edificaban alegres palacios, pintaban monigotes en la nieve o hacían bolas de nieve con las cuales se apedreaban. Todo el mundo los quería y en todas partes se los acogía con sonrisas.

Con la hora de aprender llegaron los desastres. Falto de recursos por la muerte de su padre, Santiago fue por sus parientes colocado de aprendiz en casa de un carpintero donde le alimentaban de caridad, como más tarde a Petrilla en San Jacobo. Pero hasta en aquel hospicio particular la linda Petrilla fue tiernamente cuidada, acariciada y protegida por todos. La pequeñuela, acostumbrada a tanto afecto, no encontró en los parientes tan deseados, tan ricos, aquel ambiente, aquellas palabras, aquellas miradas, aquellas maneras que todo el mundo, incluso los extraños y los conductores de las diligencias, habían tenido para ella. Su asombro, ya grande, aumentó con el cambio de atmósfera moral. El corazón siente de pronto frío o calor como el cuerpo. Sin saber por qué, la pobre criatura sintió ganas de llorar.

Estaba fatigada y se durmió. Habituada a levantarse temprano, como todos los niños criados en el campo, Petrilla se despertó al día siguiente de su llegada dos horas antes que la cocinera. Se vistió; anduvo por la habitación, que caía encima de la de Silvia; miró la plaza; fue a bajar y se quedó estupefacta ante la belleza de la escalera; examinó en todos sus pormenores los alzapaños, los cobres, los adornos, las pinturas, etc. Luego bajó; no pudo abrir la puerta del jardín; subió otra vez; volvió a bajar cuando Adela se hubo despertado, y salió al jardín; tomó posesión de él; corrió hasta el río; se quedó embobada ante el quiosco y entró en él. Tuvo para ver y para asombrarse de lo que veía hasta que su prima Silvia se levantó. Durante el desayuno, su prima le dijo:

—¿Eras tú la que desde el amanecer andaba saltando por la escalera y haciendo tanto ruido?

Me has despertado de tal modo, que no he podido ya conciliar el sueño. Tienes que ser prudente y agradable y divertirte sin ruido. A tu primo no le gusta el ruido.

—Ten cuidado también con los pies —dijo Rogron—. Has entrado con los zapatos enlodados en el quiosco y has dejado allí las señales. A tu prima le gusta mucho la limpieza. Una niña tan grande como tú debe ser limpia. ¿Es que no eras limpia en Bretaña? ¡Verdad es que cuando fui allá a comprar hilo me daba lástima ver a aquellos pobres salvajes! Lo que no le falta es apetito —añadió Rogron, mirando a su hermana—; parece que no ha comido en tres días.

Así, desde el primer momento, Petrilla se sintió herida por las observaciones de sus primos; herida sin saber por qué. Su natural franco y recto, abandonado hasta entonces a sí mismo, ignoraba la reflexión. Incapaz de averiguar en qué consistía la falta de sus primos, sus propios sufrimientos iban a aclarárselo lentamente. Después del desayuno, los Rogron, gozosos con el asombro de Petrilla y deseosos de verla pasmada, le mostraron su hermoso salón para que aprendiese a respetar las suntuosidades.

A consecuencia de su aislamiento e impulsados por la necesidad moral de interesarse por algo, los solterones acaban por reemplazar los afectos naturales con afectos ficticios; por amar a los gatos, los perros, los canarios, a la criada o al director espiritual. Así, Rogron y Silvia habían contraído un inmoderado amor a su moblaje y a su casa, que tan caros les habían costado. Silvia llegó a ayudar a Adela por las mañanas, pareciéndole que la criada no sabía limpiar bien los muebles, sacudirlos o cepillarlos y mantenerlos como nuevos. Pronto aquella limpieza constituyó una de sus obligaciones.

De ese modo, los muebles, lejos de perder su valor, ¡ganaban! Servirse de ellos sin desgastarlos, sin mancharlos, sin arañar sus maderas, sin disipar su barniz: tal era el problema. La ocupación se convirtió luego en una manía de la solterona. Reunió en su armario trapos de lana, cera, barnices, cepillos; aprendió a manejarlos tan bien como un ebanista; tenía sus plumeros, sus rodillas; lustraba el suelo sin temor de hacerse daño; ¡era tan fuerte! La mirada de sus ojos azules, rígida y fría como el acero, se deslizaba hasta por debajo de los muebles en todo momento; más fácilmente habríase hallado en su corazón una cuerda sensible que una pelusa bajo un sillón.

Después de lo que se había dicho en casa de la señora de Tiphaine no podía Silvia retroceder ante los trescientos francos. Así, pues, durante la primera semana Silvia estuvo completamente ocupada y Petrilla constantemente distraída con el encargo y prueba de los vestidos, el corte de camisas y enaguas y el trabajo de las costureras. Petrilla no sabía coser.

—¡Bonita educación le han dado! —dijo Rogron—. ¿No sabes, entonces, hacer nada, corcita mía?

Petrilla, que sólo sabía querer, hizo, por toda respuesta, un gestecillo mimoso.

—Entonces, ¿en qué empleabas el tiempo en Bretaña? —prosiguió Rogron.

—Jugaba — respondió ella candorosamente —. Todos jugaban conmigo. Mi abuela, mi abuelo y los demás me contaban cuentos. ¡Ah! Me querían mucho.

—¡Ah! —respondió Rogron— De modo que hacías lo más cómodo.

Petrilla no comprendió esta gracia de la calle de Saint—Denis y abrió mucho los ojos.

—Es tonta de capirote —dijo Silvia a la señorita Borain, la costurera más hábil de Provins.

—¡Es tan pequeña! —respondió la costurera mirando a Petrilla, que la miraba poniendo un hociquito malicioso.

Petrilla prefería las obreras a sus parientes; era amable para ellas; las miraba trabajar; les decía frases agradables, esas flores de la infancia que Rogron y Silvia oían con recelo porque les gustaba producir a los subordinados un saludable terror. Las obreras estaban encantadas con Petrilla. Sin embargo, no terminó el equipo sin que hubiese terribles interjecciones.

—¡Esta chiquilla nos va a costar un ojo de la cara —decía Silvia a su hermano—. A ver si te estás quieta, niña. ¡Qué demonio! No es para mí, sino para ti —decía a Petrilla, cuando le tomaban medida de alguna prenda—. ¡Deja trabajar a la señorita Borain, que tú no le vas a pagar el salario! —decía cuando le veía pedir algo a la primera costurera.

—Señorita —decía la costurera Borain—, ¿cosemos esto con punto atrás?

—Sí, hágalo usted sólidamente; no tengo ganas de estar haciendo un ajuar como éste a cada paso.

Se hizo con la niña lo que con la casa. Petrilla tenía que ir tan bien puesta como la niña de la señora de Garceland. Tuvo brodequines de moda, de piel bronceada, como la niña de Tiphaine. Tuvo medias de finísimo algodón; un corsé de la mejor corsetera; un vestido de reps azul; una linda pelerina forrada de seda blanca, para competir con la pequeña de la señora de Julliard, la joven. Del mismo modo la ropa interior se hizo en armonía con la exterior; tanto temía Silvia el examen y el golpe de vista de las madres de familia. Petrilla tuvo bonitas camisas de madapolán. La señorita Borain dijo que las niñas de la subprefecta llevaban pantalones de percal bordados y guarnecidos de puntilla; lo mejor.

Petrilla tuvo pantalones con volantes de encaje. Se encargó para ella una preciosa capa de terciopelo azul forrado de raso blanco, semejante a la de la pequeña Martener. Así se transformó Petrilla en la más deliciosa niña de Provins. El domingo, al salir de la iglesia, todas las señoras la besaron. Las señoras de Tiphaine, Garceland, Galardón, Auffray, Lesourd, Martener, Guépin y Julliard se enamoraron de la bretoncita. Aquel triunfo exaltó el amor propio de la vieja Silvia, que no había hecho el bien por Petrilla sino por su propia vanidad. Sin embargo, Silvia había de acabar por sentir el éxito de su prima; y véase cómo sucedió: las señoras enviaban por Petrilla, y ella, creyendo triunfar así, la dejaba ir. Buscaban a Petrilla para que fuese a jugar y hacer comiditas con las otras niñas.

Petrilla logró, pues, mejor acogida que los Rogron. A Silvia la molestaba que aquellas señoras enviasen por la niña y no fuesen personalmente a buscarla. La cándida criatura no ocultó cuánto gozaba en casa de las señoras de Tiphaine, Martener, Galardón, Julliard, Lesourd, Auffray y Garceland, cuyo trato contrastaba con el desagrado de sus primos. Una madre habría sido feliz viendo disfrutar a su hija; pero los Rogron habían adoptado a Petrilla porque les convenía y no para favorecerla; sus sentimientos, lejos de ser paternales, estaban manchados de egoísmo y de una especie de explotación comercial.

El hermoso equipo, los lindos vestidos de fiesta y los de diario empezaron a hacer desgraciada a Petrilla. Como todos los niños, libres en sus juegos y acostumbrados a seguir las inspiraciones de su imaginación, gastaba atrozmente los zapatos, los vestidos y, sobre todo, los pantalones de encaje. Cuando una madre reprende a su hijo no piensa más que en él; su palabra es dulce y no sube de tono sino cuando se ve obligada o el niño ha procedido mal; pero en la magna cuestión de los vestidos, los escudos eran la primera razón de ambos primos; se trataba de ellos y no de Petrilla.

Los niños tienen el olfato de la raza canina para los actos de quienes los dirigen: huelen admirablemente si se los quiere o se los tolera. Los corazones puros perciben mejor los matices que los contrastes; un niño no comprende todavía el mal, pero sabe cuándo se hiere el sentimiento de lo bello que la naturaleza ha puesto en él. Los consejos que se acarreó Petrilla sobre la compostura que deben observar las jovencitas bien educadas, sobre la modestia y la economía, eran el corolario de este tema principal: «¡Petrilla nos arruina!» Aquellas reprimendas, que tuvieron un resultado funesto para Petrilla, hicieron a los dos solterones volver a sus antiguos hábitos comerciales, de que su establecimiento en Provins les había apartado y en los cuales su natural iba a expansionarse y a florecer de nuevo.

Acostumbrados a dirigir, a hacer observaciones, a mandar, a reñir a los dependientes, Rogron y su hermana languidecían por falta de víctimas. Los espíritus estrechos necesitan el despotismo para ejercitar los nervios, como las almas grandes sienten sed de igualdad para el ejercicio del corazón. Los seres mezquinos se manifiestan lo mismo por la persecución que por la beneficencia; pueden demostrar su poder mediante un imperio sobre los demás, cruel o caritativo, pero caen del lado a que los impulsa su temperamento. Añadid el vehículo del interés y tendréis el enigma de la mayoría de las cosas sociales. Desde entonces Petrilla se hizo extremadamente necesaria para la existencia de sus primos.

Desde que llegó, los Rogron habían estado ocupadísimos en el equipo, y luego entretenidos por la novedad de su pequeña comensal. Toda cosa nueva, sea un sentimiento o sea una posesión, necesita establecer costumbre. Silvia empezó por llamar a Petrilla pequeña mía; luego suprimió el pequeña mía y lo dejó en Petrilla a secas. Los regaños, al principio agridulces, se hicieron vivos y duros. Ya en ese camino, el hermano y la hermana avanzaron rápidamente; ¡ya no se aburrían! No fue el complot de seres malos y crueles, sino el instinto de una tiranía imbécil. Los dos hermanos se creyeron útiles a Petrilla como antes se creían útiles a sus aprendices.

Petrilla, cuya sensibilidad verdadera, noble, excesiva, era el antípoda de la aridez de los Rogron, sentía horror por los reproches; la afligían tan vivamente, que en seguida mojaban dos lágrimas sus bellos ojos puros. Tuvo que luchar mucho para reprimir su adorable vivacidad, que tanto gustaba fuera de casa y que desplegaba entre sus amiguitas; pero en casa, hacia el fin del primer mes, empezó a permanecer pasiva. Y Rogron le preguntó si estaba enferma. Al oír esta extraña interrogación, Petrilla corrió al extremo del jardín para llorar allí, a la orilla del río, en el cual caían sus lágrimas como ella misma había de caer un día en el torrente social. Un día, a pesar de su cuidado, se desgarró el hermoso vestido de reps en casa de la señora de Tiphaine, adonde había ido a pasar el día jugando. En seguida se deshizo en lágrimas, previendo la reprimenda que le esperaba en casa.

Le preguntaron y dejó escapar, entre lágrimas, algunas palabras sobre su terrible prima. La hermosa señora de Tiphaine tenía reps parecido y reemplazó por su propia mano el ancho del vestido. La señorita Rogron supo la partida que, según su expresión, le había jugado la endemoniada chiquilla. Desde entonces no permitió a Petrilla volver a casa de aquellos señores.

La vida de Petrilla en Provins iba a dividirse en tres muy distintas fases. La primera, aquella en que experimentó una especie de dicha con la mezcla de frías caricias y ardientes reproches de sus primos, duró tres meses. La prohibición de ir a casa de sus amiguitas, fundamentada en la necesidad de que empezase a aprender todo lo que debía saber una joven bien educada, cerró la primera fase de la vida de Petrilla en Provins, el único período de su existencia que le pareció soportable.

Los movimientos interiores que la estancia de Petrilla producía en los Rogron fueron estudiados por Vinet y por el coronel con la precaución del zorro que se propone entrar en un gallinero y siente inquietud al ver en él un ser extraño. Los dos iban de tarde en tarde, por no despertar el recelo de Silvia; hablaban con Rogron aprovechando diferentes pretextos y se iban enseñoreando de él con una reserva y una habilidad que el gran Tartufo hubiese admirado.

El coronel y el abogado estuvieron en casa de los Rogron la noche misma del día en que Silvia se negó a enviar a Petrilla a casa de la señora de Tiphaine en términos muy ásperos. Al saber esto, se miraron los dos como personas que conocían bien la vida de Provins.

—Decididamente, esa señora ha querido molestar a usted. Hace tiempo que anunciamos a Rogron lo que ha sucedido. Con esas gentes no se va ganando nada bueno.

—¿Qué puede esperarse de un partido antinacional? —exclamó el coronel, retorciéndose los bigotes e interrumpiendo al abogado—. Si hubiéramos intentado apartarlos a ustedes de ellos, habrían ustedes pensado que teníamos motivos de odio para hablar así. Pero ¿por qué, señorita, si lo gusta jugar al boston, no ha de hacerlo usted en su casa por las noches? ¿Es imposible reemplazar a cretinos como ese Julliard? Vinet y yo sabemos el boston y acabaremos por encontrar otro que haga el cuarto. Vinet puede presentar a usted a su esposa, que es amable, y además es una Chargebœuf. Usted no hará lo que esos macacos de la ciudad alta; no exigirá trajes de duquesa a una buena señora de su casa a quien la infamia de su familia obliga a hacérselo todo por sí misma y que reúne el valor de un león y la dulzura de un cordero.

Silvia Rogron sonrió al coronel, dejando ver sus largos dientes amarillos. El coronel aguantó muy bien aquel horrible fenómeno y hasta adoptó un aire halagador.

—Si no somos más que cuatro, no podremos jugar al boston todas las noches —respondió.

—¿Qué quiere usted que haga un veterano como yo, sin más ocupación que comerse su retiro? El abogado siempre está libre por la noche. Además, tendrá usted gente, se lo prometo —añadió con cierto retintín misterioso.

—Bastaría —dijo Vinet —ponerse francamente en contra de los ministeriales de Provins y hacerles frente; vería usted cuánto se la quería en la ciudad; tendría usted gente de sobra. Haría usted rabiar a los Tiphaine oponiendo estos salones a los suyos. Nos reiremos de los demás, ya que los demás se ríen de nosotros. En cuanto a ustedes, la pandilla no guarda disimulo.

—¿Cómo? —preguntó Silvia.

En provincias hay siempre más de una válvula por donde se escapan los chismorreos de una sociedad sobre la otra. Vinet estaba enterado de todos las cosas que se dijeron acerca de los Rogron en los salones de donde los dos merceros estaban definitivamente desterrados. El juez suplente, el arqueólogo Desfondrilles, no pertenecía a ningún partido y, como algunos otros personajes independientes, contaba todo lo que oía. Vinet se había aprovechado de aquellas charlas. El maligno abogado envenenó, al repetirlas, las bromas de la señora de Tiphaine. Al revelar las burlas a que Rogron y Silvia se habían prestado, encendió la cólera y despertó el espíritu de venganza en aquellas naturalezas secas que necesitaban un alimento para sus ruines pasiones.

Días después, Vinet llevó a su mujer, persona bien educada, tímida, ni fea ni guapa, muy dulce y muy penetrada de su desventura. La señora de Vinet era rubia, un poco marchita por los cuidados de su pobre casa y vestida con mucha sencillez. No había mujer que pudiese parecer mal junto a Silvia. La señora de Vinet soportó los aires de Silvia y se doblegó como persona habituada a doblegarse.

En su frente abombada, en sus mejillas de rosa de Bengala, en su mirada lenta y tierna se veía la huella de esas profundas meditaciones, de ese pensamiento suspicaz que las mujeres acostumbradas a sufrir sepultan en el silencio absoluto. La influencia del coronel, que desplegaba para Silvia gracias cortesanescas, aparentemente nacidas de su brusquedad militar, y la del diestro Vinet alcanzaron en seguida a Petrilla.

Encerrada en casa o saliendo sólo en compañía de su vieja prima, Petrilla, aquella linda ardilla, sufrió constantemente el «¡No toques a eso!», y aguantó continuos sermones sobre la manera de conducirse. Petrilla tenía la costumbre de encorvarse un poco; su prima quería que fuese tiesa como ella, que parecía un soldado presentando armas a su coronel; a veces, le daba ligeros golpes en la espalda para obligarla a enderezarse. La libre y alegre hija de la Marisma aprendió a reprimir sus movimientos, a parecer un autómata.

Una noche, que señaló el comienzo del segundo período, Petrilla, a quien los tres contertulios habituales no habían visto en el salón durante la velada, vino a besar a sus parientes y a saludar a las visitas antes de acostarse. Silvia tendió fríamente la mejilla a la encantadora criatura como para librarse de su beso. El gesto fue tan cruelmente significativo, que Petrilla rompió a llorar.

—Te has molestado, Petrilla? —dijo el atroz Vinet.

—¿Qué le ocurre a usted? —le preguntó severamente Silvia.

—Nada —dijo la pobre niña, yendo a besar a su primo.

—¿Nada? —replicó Silvia—. Sin razón no se llora.

—¿Qué tiene usted, preciosa mía? —dijo la señora de Vinet.

—¡Mi prima rica no me trata tan bien como mi pobre abuela!

—Su abuela de usted se quedó con su fortuna —dijo Silvia— y su prima le dejará la suya.

El coronel y el abogado se miraron con disimulo.

—Prefiero que me roben y me quieran —dijo Petrilla.

—Bueno; pues volverá usted al sitio de donde ha venido.

—Pero ¿qué ha hecho la pobre niña? —dijo la señora de Vinet.

Vinet lanzó a su mujer una terrible mirada, fría y fija; mirada de personas que ejercen un dominio absoluto. La infeliz ilota, siempre castigada por el delito de no tener lo único que se quería de ella, una fortuna, volvió a coger sus cartas.

—¿Que qué ha hecho? —exclamó Silvia, alzando la cabeza con un movimiento tan brusco que los alhelíes amarillos de su gorra se agitaron—. No sabe qué inventar para contrariarnos; ha abierto mi reloj para enterarse del mecanismo, ha tocado el volante y ha roto el muelle real. La señorita no atiende a nada. Estoy todo el día recomendándole que tenga cuidado con todo y es como si se lo dijese a esta lámpara.

Petrilla, avergonzada de que la riñesen en presencia de extraños, salió suavemente.

—Yo me pregunto cómo se podrá domar la turbulencia de esta niña —dijo Rogron.

—Pues ya tiene edad para ir a un colegio —dijo la señora de Vinet.

Una mirada de Vinet impuso silencio a su mujer, a quien se había librado bien de confiar sus planes y los del coronel sobre los solterones.

—Vean ustedes lo que tiene el cargar con hijos ajenos —exclamó el coronel—. Podrían ustedes todavía tenerlos propios, usted o su hermano. ¿Por qué no se casan ustedes, uno u otro?

Silvia miró al coronel con mucho agrado; por primera vez en su vida tropezaba con un hombre a quien no le pareciese absurdo verla casada.

—Pero la señora de Vinet tiene razón —dijo Rogron—. Así estaría tranquila Petrilla. ¡Un maestro no costará gran cosa!

Silvia estaba tan preocupada con las palabras del coronel, que no contestó a su hermano.

—Si usted quisiera dar no más que su garantía para el periódico de oposición de que hablábamos el editor responsable serviría de profesor para su primita; tomaríamos a ese pobre maestro de escuela, víctima de las intrusiones del clero. Mi mujer tiene razón: Petrilla es un diamante en bruto, que es necesario pulimentar —dijo Vinet a Rogron.

—Creí que era usted barón —dijo Silvia al coronel, mientras daba cartas y después de una larga pausa durante la cual todos los jugadores permanecieron pensativos.

—Sí; pero nombrado en 1814, después de la batalla de Nangis, en la que hizo milagros mi regimiento, no tuve el dinero ni la protección necesarios para poner las cosas en regla en la Cancillería. Ocurre con mi baronía lo mismo que con el grado de general, que se me dio en 1815: tiene que venir una revolución para que me los devuelvan.

—Yo daría mi garantía resguardándola con una hipoteca —dijo, al fin, Rogron.

—Eso puede arreglarse con Cournant —replicó Vinet— El periódico traerá el triunfo del coronel y hará el salón de ustedes más poderoso que el de los Tiphaine y consortes.

—¿Cómo será eso? —dijo Silvia.

Cuando el abogado, mientras su mujer daba cartas, explicaba la importancia que Rogron, el coronel y él adquirirían mediante la publicación de una hoja independiente consagrada al distrito de Provins, Petrilla en su cuarto se deshacía en lágrimas; su corazón y su inteligencia estaban acordes; su prima le parecía más en falta que ella misma.

La hija de la Marisma comprendía instintivamente que la caridad y la beneficencia deben ser absolutas. Aborrecía sus hermosos vestidos Y todo lo que se hacía para ella. Se le vendían los beneficios demasiado caros. Lloraba de despecho de haberse entregado a sus primos, y formaba, ¡pobre criatura!, el propósito de conducirse de tal manera que los redujese al silencio.

Ahora pensaba cuánta había sido la grandeza de Brigaut al darle sus economías. Se creía en el colmo de la desventura y no sabía que en aquel momento se decidía en el salón una nueva desventura para ella. En, efecto, días más tarde Petrilla tuvo un maestro de primeras letras; tuvo que aprender a leer, escribir y contar. La educación de Petrilla produjo enormes estragos en casa de los Rogron. Había tinta en los muebles, en las mesas, en los vestidos; plumas desparramadas por todas partes; libros rotos, desencuadernados. Se le hablaba ya —¡y en qué términos!— de la necesidad de ganarse el pan, de no ser una carga para nadie. Al escuchar aquellos horribles avisos, Petrilla sentía un dolor en la garganta; se contraía violentamente; su corazón latía de un modo precipitado. Tenía que contener las lágrimas, porque se le pedía cuenta de sus lágrimas como de una ofensa inferida a la bondad do sus magnánimos parientes. Rogron había hallado al fin el modo de vivir adecuado a sus costumbres; reñía a Petrilla como antaño a sus dependientes; iba a sorprenderla en sus juegos para obligarla a estudiar; le hacía repetir las lecciones; era el feroz jefe de estudios de la pobre niña. Silvia, por su parte, consideraba como un deber el enseñar a Petrilla lo poco que sabía de labores.

Ni Rogron ni su hermana tenían dulzura en el carácter. Aquellos espíritus estrechos, que además hallaban un placer en importunar a la infeliz pequeñuela, pasaron insensiblemente de la dulzura a la más extremada severidad. Fundábase su severidad en la supuesta mala fe de la niña, que, habiendo empezado demasiado tarde, tenía el entendimiento entorpecido. Los maestros de Petrilla desconocían el arte de dar a las lecciones una forma apropiada a la inteligencia del alumno, en lo cual está la diferencia entre la educación privada y la pública.

La falta estaba, pues, no tanto en Petrilla como en sus parientes. Por cualquier cosa la llamaban bestia y estúpida, tonta y torpe. Petrilla, constantemente maltratada de palabra, no veía en sus parientes más que miradas frías. Adquirió la actitud embobada de las ovejas; no se atrevía a hacer nada, al ver sus actos mal juzgados, mal acogidos, mal interpretados. Para todo aguardaba el capricho arbitrario, las órdenes de su prima; los propios pensamientos los guardó para sí y se encerró en una obediencia pasiva. Empezaron a disiparse sus brillantes colores. A veces se quejaba. Cuando su prima le preguntó:

—¿Dónde te duele?—, la pobre pequeña, que sentía dolores generales, contestó:

—Me duele todo.

—¿Se ha visto nunca que duela todo? Si le doliese a usted todo se habría usted muerto —respondió Silvia.

—Le duele a uno el pecho —decía Rogron a manera de epílogo—; le duelen las muelas, la cabeza, los pies o el vientre; pero nunca se ha visto que le duela a uno todo a un tiempo. ¿Qué quiere decir todo? Dolerle a uno todo es no dolerle nada. ¿Sabes lo que estás haciendo? Pues hablar sin decir nada.

Petrilla acabó por callarse al ver que sus candorosas observaciones de jovencita, las flores de su espíritu naciente eran acogidas con lugares comunes que su buen sentido encontraba ridículos.

—¡Te quejas y tienes un apetito de fraile! —le decía Rogron.

La única persona que no chafaba aquella preciada flor tan delicada era la gordiflona criada Adela. Adela calentaba la cama de la niña, pero a escondidas desde el día en que, sorprendida cuando proporcionaba a la niña aquel mimo, fue reñida por Silvia.

—Hay que enseñar a los niños a ser duros; hacerles un temperamento fuerte. ¿Nos va mal a mi hermano y a mí? Usted haría de Petrilla una remilgada.

Las caricias de aquel ángel eran recibidas como fingimientos. Las rosas de cariño que se alzaban tan frescas, tan graciosas en aquella tierna alma y que querían desbordarse de ella eran implacablemente aplastadas. Petrilla recibía los más duros golpes en el sitio más tierno de su corazón. Si intentaba, a fuerza de mimos, ablandar aquellas feroces naturalezas, se la acusaba de hacerlo por interés.

—Di en seguida lo que quieres —exclamaba brutalmente Rogron—; esas zalamerías no las haces en balde.

Ni la hermana ni el hermano admitían el cariño, y Petrilla era todo cariño. El coronel Gouraud, deseoso de complacer a la señorita Rogron, le daba la razón en todo lo concerniente a Petrilla. Vinet también apoyaba a los dos hermanos en cuanto decían contra la pequeña; atribuía todas las supuestas faltas de aquel ángel a la testarudez del carácter bretón, contra la cual era inútil toda buena voluntad.

Rogron y su hermana eran así adulados, con extrema sutileza, por aquellos dos cortesanos que habían acabado por obtener de Rogron la garantía para El Correo de Provins y de Silvia cinco mil francos en acciones. El coronel y el abogado se pusieron en campaña. Colocaron cien acciones de a quinientos francos entre los electores propietarios de bienes nacionales —a quienes los periódicos liberales hacían concebir temores—, entre los colonos y entre las personas llamadas independientes.

Lograron también extender sus ramificaciones por el departamento y aun más allá, en algunas comunas limítrofes. Cada accionista era, naturalmente, un suscriptor. Luego, los anuncios judiciales y otros se dividieron entre La Colmena y El Correo. El primer número del periódico insertó un pomposo elogio de Rogron. Se le presentaba como el Laffitte de Provins. Cuando el espíritu público tuvo una dirección, se pudo ver que las próximas elecciones serían muy reñidas.

La hermosa señora de Tiphaine se desesperó. Leyendo un artículo dirigido contra ella y contra Julliard, decía:

—He olvidado, por desgracia, que al lado de un tonto hay siempre un bribón, y que la necedad atrae siempre a un hombre listo de la especie de los zorros.

Desde que el periódico flameó en veinte leguas a la redonda, Vinet tuvo una levita nueva, botas, un chaleco y un pantalón decentes. Se encasquetó el famoso sombrero gris de los liberales y se le pudo ver la ropa blanca. Su mujer tomó una criada y apareció vestida como correspondía a la esposa de un hombre influyente; tuvo bonitos sombreros. Porque le convenía, Vinet fue agradecido.

Él y su amigo Cournant se convirtieron en consejeros de los Rogron, a los cuales prestaron grandes servicios. Los arrendamientos hechos por Rogron padre en 1815, en circunstancias desgraciadas, iban a expirar. La horticultura se había desarrollado enormemente en torno de Provins. El abogado y el notario lograron un aumento de mil cuatrocientos francos en las rentas de los Rogron mediante arriendos nuevos. Vinet ganó dos litigios, relativos a plantaciones de árboles, contra dos comunas, y en los cuales se trataba de quinientos álamos. El dinero de los álamos y el de las economías de los Rogron, que llevaban tres años colocando seis mil francos en negocios de gran interés, fue habilísimamente empleado en la compra de varios terrenos.

Por último, Vinet acometió y realizó la expropiación de algunos campesinos a quienes Rogron padre había prestado dinero y que en vano se habían matado a cultivar y mejorar las tierras para pagarlas. La mengua que la construcción de la casa había producido en el capital de los Rogron fue compensada sobradamente. Sus bienes, situados en los alrededores de Provins, elegidos por su padre como saben elegir los posaderos, divididos en parcelas, la mayor de cinco fanegas, arrendados a gentes de positiva solvencia, propietarios todos de algunos trozos de tierra y con hipoteca para la seguridad de los contratos, produjeron en el San Martín de noviembre de 1826 cinco mil francos.

Los impuestos eran de cuenta de los colonos y no había ningún edificio que reparar o asegurar de incendios. Los hermanos poseían cada uno cuatro mil seiscientos francos en cinco por ciento, y como este valor estaba por cima de la par, el abogado les aconsejó que los vendieran y empleasen en tierras, prometiéndoles, con ayuda del notario, que en el cambio no perderían un maravedí de interés.

Al fin de este segundo período, la vida fue tan dura para Petrilla, la indiferencia de los visitantes, las estúpidas riñas y la falta de cariño de sus primos se hicieron tan corrosivas, de tal modo sentía el soplo frío y húmedo de la tumba, que concibió el atrevido proyecto de irse a pie, sin dinero, a Bretaña para volverse a reunir con su abuela y su abuelo Lorrain.

Dos acontecimientos se lo impidieron. El buen Lorrain murió, y Rogron fue nombrado, por un consejo de familia, tutor de su prima. Si la abuela hubiera muerto, primero es de creer que Rogron, aconsejado por Vinet, habría reclamado los ocho mil francos de Petrilla y dejado al abuelo en la indigencia.

—Pero usted puede heredar a Petrilla —le dijo Vinet con una sonrisa espantosa—. ¡No se sabe quién vive ni quién muere!

Iluminado por esta frase, Rogron no dejó en paz a la viuda de Lorrain, deudora de su nieta, hasta que la obligó a asegurar a Petrilla el usufructo de los ocho mil francos mediante una donación inter vivos, cuyos gastos fueron abonados por él.

Petrilla se sintió extrañamente conmovida por aquel duelo. En los momentos en que recibía el horrible golpe, se trató de preparar su primera comunión, otro acontecimiento cuyas obligaciones la retuvieron en Provins. Aquella ceremonia necesaria y tan sencilla iba a producir en los Rogron grandes cambios. Silvia supo que el señor cura Peroux preparaba a las niñas de Julliard, Lesourd, Garceland y otras. Se picó y quiso que a Petrilla la preparase el vicario Habert, superior del ábate Peroux, un hombre que pasaba por pertenecer a la congregación, muy celoso de los intereses de la Iglesia, muy temido en Provins y que, bajo una absoluta severidad de principios, ocultaba una gran ambición.

La hermana de este sacerdote, soltera, de unos treinta años, tenía en la ciudad una hospedería de señoritas. Los dos hermanos se parecían: los dos flacos, amarillos, pelinegros, atrabiliarios. Como bretona criada en las prácticas y en la poesía del catolicismo, Petrilla abrió el corazón y los oídos a la palabra del imponente presbítero. Los sufrimientos predisponen a la devoción, y casi todas las jóvenes, movidas por instintiva ternura, se inclinan al misticismo, el lado profundo de la religión. El sacerdote sembró, pues, el grano del Evangelio y los dogmas de la Iglesia en un terreno excelente. Cambió por completo las disposiciones de Petrilla. Petrilla amó a Jesucristo, presente en la comunión, como a un celeste prometido; sus sufrimientos físicos y morales adquirieron un sentido; aprendió a ver en todas las cosas el dedo de Dios.

Su alma, tan cruelmente herida en aquella casa, sin que ella pudiera acusar a sus parientes, se refugió en la esfera a que se elevan todos los desgraciados en alas de las tres virtudes teologales. Abandonó, pues, sus ideas de fuga. Silvia, asombrada de la metamorfosis operada en Petrilla por el señor Habert, sintió curiosidad. Desde entonces, sin dejar de preparar a Petrilla para la primera comunión, el señor Habert conquistó para Dios el alma, hasta allí extraviada, de la señorita Silvia. Silvia se hizo devota. Dionisio Rogron, en el cual el supuesto jesuita no pudo hincar el diente, porque a la sazón el espíritu de Su Majestad liberal el difunto Constitucional I podía más sobre algunos necios que el espíritu de la Iglesia, Dionisio permaneció fiel al coronel Gouraud, a Vinet y al liberalismo.

La señorita Rogron hizo, naturalmente, amistad con la señorita Habert, con la cual simpatizó perfectamente. Las dos solteronas se amaron como dos hermanas que se aman. La señorita Habert se brindó a tener consigo a Petrilla, para evitar a Silvia los enojos y las dificultades de una educación; pero los dos hermanos contestaron que la ausencia de Petrilla les dejaría en casa un vacío demasiado grande. La adhesión de los Rogron a su primita pareció excesiva. Al ver que la señorita Habert se introducía en la plaza, el coronel Gouraud y el abogado Vinet atribuyeron al vicario, en interés de su hermana, el plan matrimonial formado por el coronel.

—Su hermana quiere casarle a usted —dijo el abogado al ex mercero.

—¿Con quién? —dijo Rogron.

—Con esa institutriz, esa vieja sibila —exclamó el coronel acariciándose los grises mostachos.

—No me ha dicho nada —respondió Rogron cándidamente.

Una soltera absoluta como Silvia tenía que progresar en el camino de la salvación. La influencia del presbítero iba a aumentar en aquella casa, apoyada por Silvia, que disponía de su hermano. Los dos liberales, que se asustaron, con razón, comprendieron que si el presbítero había resuelto casar a su hermana con Rogron, matrimonio infinitamente más adecuado que el de Silvia con el coronel, impulsaría a Silvia a las más violentas prácticas religiosas y conseguiría que Petrilla fuese a un convento. Podían, pues, perder el fruto de diez y ocho meses de esfuerzos, de vilezas y de halagos. Concibieron un odio atroz y sordo contra el presbítero y su hermana; y, sin embargo, sintieron la necesidad de estar a bien con ellos para seguirlos más de cerca.

El señor y la señorita de Habert, que sabían jugar al whist y al boston, empezaron a ir todas las noches a casa de los Rogron. La asiduidad de los unos excitó la asiduidad de los otros. El abogado y el coronel presintieron que se hallaban frente a frente de adversarios tan fuertes como ellos; presentimiento que tuvieron asimismo el sacerdote y su hermana. Su respectiva situación era ya un combate. Así como el coronel hacía gustar a Silvia la inesperada dulzura de una petición de mano, porque Silvia había acabado por ver en Gouraud un hombre digno de ella, la señorita Habert envolvió al ex mercero en la guata de sus atenciones, de sus palabras y de sus miradas. Ninguno de los dos partidos podía pronunciar esa gran palabra de alta política: «¡Compartamos!» Cada uno quería su presa. Por lo demás, los dos astutos zorros de la oposición de Provins, oposición que crecía, cometieron el error de creerse más fuertes que el sacerdote; dispararon primero.

Vinet, atenazado por los ganchudos dedos del interés personal, fue en busca de la señorita de Chargebœuf y de su madre. Las dos mujeres poseían unas dos mil libras de renta y vivían penosamente en Troyes. La señorita, Betilda de Chargebœuf era una de esas magníficas criaturas que creen en los matrimonios por amor y cambian de opinión hacia los veinticinco años, al ver que siguen solteras. Vinet supo persuadir a la señora de Chargebœuf de que debía juntar sus dos mil francos con los mil escudos que él ganaba desde la fundación del periódico e irse a vivir en familia a Provins, donde Betilda se casaría —aseguró— con un imbécil llamado Rogron y podría, siendo, como era, tan espiritual, rivalizar con la hermosa señora de Tiphaine.

La adhesión de la señora y la señorita de Chargebœuf a la casa y a las ideas de Vinet dio la mayor consistencia al partido liberal. Aquella alianza consternó a la aristocracia de Provins y al partido de los Tiphaine. La señora de Breautey, desesperada de ver tal extravío en dos mujeres nobles, les rogó que fuesen a verla. Lamentó las faltas cometidas por los realistas y se puso furiosa contra los de Troyes cuando supo la situación en que se hallaban la madre y la hija.

—¡Cómo! ¿No ha habido un noble hidalgo que se case con esta preciosa joven, nacida para ser una castellana? —decía—. ¡La han dejado granarse para que venga a caer en brazos de un Rogron!

Removió todo el departamento sin encontrar un hidalgo capaz de casarse con una muchacha cuya madre no tenía más que dos mil libras de renta.

El partido de los Tiphaine y el subprefecto se dedicaron también, pero demasiado tarde, a la busca de aquel desconocido. La señora de Breautey lanzó terribles acusaciones contra el egoísmo que devoraba a Francia, fruto del materialismo y del imperio que las leyes habían otorgado al dinero. ¡La nobleza no era ya nada! ¡Los Rogron, los Vinet daban la batalla el rey de Francia!

Betilda de Chargebœuf tenía sobre su rival no sólo la ventaja de una incontestable belleza, sino la del arte para vestirse. Era de una blancura resplandeciente. A los veinticinco años, sus hombros, completamente desarrollados, y sus bellas formas tenían una exquisita plenitud.

La redondez de su cuello, la pureza de sus muñecas y sus tobillos, la riqueza de su cabellera, de un elegante color rubio; la gracia de su sonrisa, la forma distinguida de su cabeza, el corte y el aire de su tipo, sus hermosos ojos bien colocados bajo una frente bien dibujada, sus movimientos nobles y de alta educación y su talle todavía esbelto, todo se armonizaba.

Tenía manos lindas y pies breves. Su salud le daba, tal vez, el aspecto de una bella joven posadera, «pero esto no podía ser un defecto a los ojos de Rogron», dijo la hermosa señora de Tiphaine. La señorita de Chargebœuf hizo su presentación vestida con bastante sencillez. Su traje de merino castaño festoneado con bordados verdes era descotado; pero una pañoleta de tul bien estirada, con cordones interiores, cubría sus hombros, su espalda, entreabrióndose, no obstante, por delante, aunque estaba sujeta por un sévigné. Bajo aquel delicado tejido, las bellezas de Betilda eran aún más coquetas, más seductoras.

Al llegar se quitó el sombrero de terciopelo y el chal y dejó ver sus bonitas orejas adornadas con pendientes de oro. Llevaba una crucecita de oro sujeta al cuello por una cinta de terciopelo que le ceñía y se destacaba como el anillo negro que la fantástica naturaleza pone en la cola de los gatos de Angora blancos. Sabía todas las malicias de las muchachas casaderas: mover las manos para arreglarse los rizos que no se han desarreglado; enseñar las muñecas al rogar a Rogron que le atase un puño, a lo cual el infeliz, deslumbrado, se negaba brutalmente, ocultando así sus emociones bajo una falsa indiferencia.

La timidez del único amor que el ex mercero había tenido en su vida tomó las apariencias del odio. Silvia y Celeste Habert lo interpretaron equivocadamente; no así el abogado, el hombre superior de aquella sociedad estúpida, que no tenía más adversario que el presbítero, ya que el coronel era y fue largo tiempo su aliado.

Por su parte, el coronel se condujo desde entonces con Silvia como Betilda con Rogron. Se mudaba de ropa interior todas las noches; se puso cuellos de terciopelo, sobre los cuales se destacaba bien su rostro marcial, aun más subrayado por las puntas del blanco cuello de la camisa; adoptó el chaleco de piqué blanco y se encargó un nuevo redingote de paño azul, en el cual brillaba su roseta roja, todo ello con el pretexto de honrar a Betilda. Dejó de fumar desde las dos de la tarde. Se peinó cuidadosamente los grises cabellos sobre el cráneo de color ocre. Tomó, en fin, la apostura de un jefe de partido, de un hombre que se disponía a marchar, a tambor batiente, contra los enemigos de Francia, contra los Borbones en fin.

El satánico abogado y el sagaz coronel hicieron al señor y a la señorita de Habert una jugarreta más cruel aún que la presentación de la bella Betilda de Chargebœuf, a quien en casa de los Breautey y en el partido liberal se juzgaba diez veces más bella que la hermosa señora de Tiphaine. Aquellos dos grandes políticos de pueblo hicieron creer a todo el mundo que el señor Habert iba participando de sus ideas. Provins habló en seguida de él como de un sacerdote liberal. Enterado prontamente el obispo, el señor Habert fue obligado a retirarse de las reuniones de los Rogron; pero su hermana siguió yendo. El salón de los Rogron quedó desde entonces constituido y fue una potencia.

Hacia mediados de aquel año, las intrigas políticas se agitaron en el salón de los Rogron tanto como las matrimoniales. Si los intereses sordos, agazapados en los corazones, libraron combates encarnizados, la lucha política alcanzó una funesta celebridad. Todo el mundo sabe que el Ministerio Villèle fue derribado por las elecciones de 1826. En el colegio de Provins, Vinet, candidato liberal, a quien el señor Cournant había proporcionado el censo mediante la adquisición de una hacienda cuyo pago quedó pendiente, estuvo a punto de derrotar al señor Tiphaine. El presidente no tuvo más que dos votos de mayoría. A las señoras de Vinet y Chargebœuf, a Vinet y al coronel, se sumaban algunas veces en el salón el señor Cournant y su esposa y el médico Neraud, un hombre cuya juventud había sido borrascosa, pero que tomaba la vida en serio; decíase de él que se había dado al estudio y, según los liberales, valía más que el señor Martener. Los Rogron no comprendían su triunfo, como no habían comprendido su ostracismo.

La hermosa Betilda de Chargebœuf se mostraba horriblemente desdeñosa con Petrilla, porque Vinet se la había hecho considerar como enemiga. El interés general exigía el abatimiento de la pobre víctima. La señora de Vinet no podía hacer nada por aquella niña atropellada por una pugna de intereses que ya había acabado por comprender. A no quererlo imperiosamente su marido, ella no habría ido a casa de los Rogron, porque sufría demasiado viendo maltratar a la linda criaturita, que se apretaba contra ella adivinando una secreta protección y le pedía que le enseñase tal o cual punto de costura o algún bordado. Petrilla demostraba así que tratándola con dulzura era capaz de aprender y comprender a maravilla. Por fin, como ya no era útil, la señora de Vinet dejó de ir. Silvia, que todavía acariciaba la idea del matrimonio, acabó por ver en la niña un obstáculo. Petrilla tenía casi catorce años; su blancura enfermiza, síntoma de que la solterona no se cuidaba, la hacía muy bella. Silvia concibió entonces la idea de convertir a Petrilla en una sirvienta para indemnizarse de los gastos que le ocasionaba. Vinet, que llevaba la voz cantante de los Chargebœuf, la señorita Habert, Gouraud, todos los contertulios influyentes aconsejaron a Silvia que despidiese a la gordiflona Adela. ¿No iba a servir Petrilla para cocinar y limpiar la casa? Cuando hubiese mucho trabajo se le aliviaría llamando al ama de llaves del coronel, mujer muy entendida y una de las buenas cocineras de Provins. Petrilla —dijo el siniestro abogado— debía aprender a guisar, encerar los pisos, limpiar, ir a la compra, conocer los precios de las cosas.

La pobre pequeña, tan abnegada como generosa, se ofreció espontáneamente, sintiéndose dichosa con ganar así el pan que comía en aquella casa. Adela fue despedida. Petrilla se quedó sin la única persona que tal vez la habría protegido. A pesar de su fuerza, desde aquel instante se aniquiló física y moralmente. Los dos solterones tuvieron para ella mucho menos miramiento que para una criada. ¡Les pertenecía! Se la reñía por futesas: por un poco de polvo olvidado en el mármol de la chimenea o en un globo de cristal. Aquellos objetos de lujo que tanto la habían admirado se le hicieron odiosos.

A pesar de que procuraba hacerlo todo bien, su inexorable prima encontraba siempre motivos para reprenderla. En dos años no recibió Petrilla un halago, no oyó una palabra afectuosa. Su felicidad consistía en no ser amonestada. Soportaba con una paciencia angelical la acritud de aquellos solterones que desconocían en absoluto los sentimientos dulces y que a diario le hacían sentir su dependencia. La vida que la joven llevaba entre los dos merceros, como entre las planchas de una prensa, aumentó su enfermedad. Experimentó tan violentas perturbaciones internas, secretos dolores de tan súbita explosión, que su desarrollo se detuvo irremediablemente. Sufriendo dolores espantosos, pero nunca declarados, llegó, pues, al estado en que la vio su amigo de la infancia al saludarla desde la plazoleta con la trova bretona.

Antes de entrar en el drama doméstico que la llegada de Brigaut produjo en la casa de los Rogron es necesario, para no interrumpirle, explicar el establecimiento del bretón en Provins, ya que él fue, en cierto modo, un personaje mudo de esta historia. Brigaut, al escaparse, no se asustó sólo de la seña que le había hecho Petrilla, sino también del cambio experimentado por su amiguita.

Apenas la habría reconocido a no ser por la voz, los ojos y los ademanes, que le recordaban a su compañera de la infancia, tan vivaz, tan alegre y, sin embargo, tan tierna. Cuando se vio lejos de la casa, sintió que le temblaban las piernas y que le corrían escalofríos por la espalda. No había visto a Petrilla, sino su sombra. Subió a la ciudad alta pensativo, inquieto, hasta que encontró un sitio desde donde podía verse la plazoleta y la casa de Petrilla; las contempló con dolor, sumido en pensamientos infinitos, como una desventura a la cual se arroja uno sin saber dónde tendrá su límite. ¡Petrilla sufría, no era feliz, echaba de menos su Bretaña! ¿Qué tenía? Todas estas preguntas pasaron y volvieron a pasar por el corazón de Brigaut, desgarrándole, y le hicieron comprender cuánto quería a su hermana adoptiva. Es muy raro que las pasiones perduren entre niños de distintos sexos.

La deliciosa novela de Pablo y Virginia, como la de Petrilla y Brigaut, no resuelven el problema que plantea este hecho moral tan extraño. La historia moderna no ofrece más que la illastre excepción de la marquesa de Pescaire y su marido: destinados el uno al otro por sus padres desde la edad de catorce años, se adoraron y se casaron; su unión dio el espectáculo, en el siglo XVI, de un amor conyugal infinito sin nubes. Habiéndose quedado viuda a los treinta y cuatro años, la marquesa, bella, espiritual, universalmente adorada, rehusó el amor de reyes y se sepultó en un convento, donde no veía ni oía más que a las religiosas. En el corazón del pobre obrero bretón se reveló el amor súbitamente.

Petrilla y él se habían protegido tanto mutuamente; él había experimentado tanta alegría al procurarle el dinero para el viaje, había estado a punto de morir por seguir a la diligencia, ¡y Petrilla no lo sabía! Aquel recuerdo había, a menudo, dado calor a las frías horas de su penosa vida durante aquellos tres años. Se había perfeccionado por Petrilla; había aprendido su oficio por Petrilla; por Petrilla había ido a París con el propósito de hacer fortuna. Cuando llevaba en París quince días, no resistió el deseo de verla; había caminado desde el sábado por la noche hasta la mañana de aquel lunes. Pensaba volver a París, pero la conmovedora aparición de su amiguita lo clavaba en Provins. Un admirable magnetismo, todavía discutido a pesar de tantas demostraciones, obraba sobre él sin que él se diera cuenta.

Corrían lágrimas de sus ojos, en tanto que otras lágrimas obscurecían también los de Petrilla. Para ella, él era su Bretaña, su infancia feliz; ¡para él, ella era la vida! A los diez y seis años, Brigaut no había aprendido a dibujar ni perfilar una cornisa; ignoraba muchas cosas; pero con lo que sabía ganaba cuatro o cinco francos diarios. Podía, pues, vivir en Provins, donde viviría cerca de Petrilla; acabaría de aprender su oficio, tomando por maestro al mejor carpintero de la ciudad, y velaría por su amiga. Tomó su resolución en un instante. Corrió a París; liquidó sus cuentas, recogió su libreta, su equipaje y sus herramientas. Tres días después estaba colocado en casa del señor Frappier, el mejor carpintero de Provins.

Los obreros activos, disciplinados, enemigos del ruido y de la taberna son tan escasos, que los maestros siempre desean un joven como Brigaut. Para terminar la historia del bretón en este punto diremos que al cabo de quince días era jefe de los obreros. Frappier le dio alojamiento y comida en su casa y le enseñó el cálculo y el dibujo lineal. Este carpintero vive en la calle Mayor, a cien pasos de la plazoleta alargada en cuyo extremo, estaba la casa de los Rogron. Brigaut enterró su amor en su corazón y no cometió la indiscreción más leve. La señora de Frappier le contó la historia de los Rogron; le dijo cómo se las había arreglado el viejo posadero para lograr la herencia del buen Auffray. Brigaut se hizo con informes sobre el carácter de Rogron y su prima. Sorprendió a Petrilla por la mañana en el mercado con su prima y se estremeció al verla llevar al brazo una cesta llena de provisiones. Para volver a verla, fue el domingo a la iglesia, donde Petrilla lucía todas sus galas. Allí vio por vez primera que Petrilla era la señorita de Lorrain. Petrilla advirtió la presencia de su amigo, pero le hizo una seña misteriosa para invitarlo a permanecer oculto. En aquel gesto hubo un mundo de cosas, como en el que quince días antes le había hecho para que se pusiera en salvo. ¿Qué fortuna no tendría que acumular Brigaut en diez años para poderse casar con su amiga de la infancia, a quien los Rogron habían de legar una casa, cien fanegas de tierra y una renta de dóce mil libras, sin contar sus ahorros? El perseverante bretón no quiso tentar fortuna sin haber adquirido previamente los conocimientos que le faltaban. Entre instruirse en París o instruirse en Provins, mientras sólo se tratase de teoría, prefirió quedarse cerca de Petrilla, a quien además quería explicar sus proyectos y la especie de protección con que podía contar. No quería, por último, dejarla sin haber penetrado el misterio de aquella palidez que ya empezaba a atenuar la vida en el órgano de donde deserta postreramente: en los ojos; sin saber de dónde provenían aquellos sufrimientos que le daban el aspecto de una muchacha inclinada bajo la guadaña de la muerte y próxima a caer. Aquellas dos señas conmovedoras, que no desmentían su amistad, pero que exigían la mayor reserva, llenaron de terror el alma del bretón. Evidentemente, Petrilla le ordenaba que la esperase y que no intentase verla, porque en esto había peligro para ella. Al salir de la iglesia, Petrilla pudo dirigirle una mirada, y Brigaut vio sus ojos llenos de lágrimas. Antes habría hallado el bretón la cuadratura del círculo que adivinar lo que desde su llegada acontecía en casa de los Rogron.

No sin vivos temores bajó Petrilla de su habitación la mañana en que Brigaut surgió en medio de su sueño matinal como otro sueño. Para levantarse, para abrir la ventana, la señorita Rogron tenía que haber oído aquel canto y aquellas palabras que en los oídos de una solterona sonaban a palabras comprometedoras; pero Petrilla ignoraba los hechos que tenían a su prima tan alerta. Silvia tenía razones poderosas para levantarse y para correr al balcón. Desde hacía ocho días, extraños acontecimientos secretos y crueles sentimientos agitaban a los principales personajes del salón Rogron.

Aquellos acontecimientos desconocidos, cuidadosamente ocultos por una y otra parte, solían recaer como un frío alud sobre Petrilla. Ese mundo de cosas misteriosas, a las cuales habría que llamar las inmundicias del corazón humano, yace en el fondo de las más grandes revoluciones políticas, sociales o domésticas; pero, al hablar de ellas, acaso conviene mucho explicar que su traducción algebraica, aunque verdadera, es infiel desde el punto de vista de la forma. Esos cálculos profundos no hablan con tanta brutalidad como los expresa la historia. Querer interpretar los circunloquios, las precauciones oratorias, las largas conversaciones en que el espíritu obscurece de propio intento la luz que lleva en sí, o la melosa palabra diluye el veneno de ciertas intenciones, sería emprender un libro tan largo como el magnífico poema llamado Clarisa Harlowe. La señorita Habert y Silvia tenían las mismas ganas de casarse; pero la una tenía diez años menos que la otra, y las probabilidades permitían a Celeste Habert pensar que toda la fortuna de los Rogron vendría a sus hijos.

Silvia llegaba ya a los cuarenta y dos años, edad en que el matrimonio puede ofrecer peligros. Al confiarse sus ideas, para pedirse mutuamente aprobación, Celeste Habert, advertida por el vengativo ábate, había ilustrado a Silvia sobre los supuestos peligros de su posición. El coronel, hombre violento, de una salud militar, muchachote de cuarenta y cinco años, practicaría probablemente la moral de todos los cuentos de hadas: Fueron felices y tuvieron muchos hijos. Aquella felicidad infundió miedo a Silvia; tuvo miedo de morir, idea la más espantosa para los solterones. Pero había subido el Ministerio Martignac, segunda victoria de la Cámara que derribó al de Villèle. El partido Vinet alzaba el gallo en Provins. Vinet, que ya era el primer abogado de la comarca de Brie, ganaba lo que quería, según la expresión popular.

Era un personaje. Los liberales profetizaban su advenimiento: sería diputado, fiscal de la Más que. En cuanto al coronel, llegaría a alcalde de Provins. ¡Ah! ¡Reinar como reinaba la señora de Garceland! ¡Ser la mujer del alcalde! Silvia no resistió a tal esperanza; quiso consultar a un médico, aunque semejante consulta la cubriese de ridículo. Aquellas dos mujeres, la una victoriosa de la otra y segura de conducirla a su antojo, inventaron uno de esos lazos que tan diestramente saben preparar las mujeres aconsejadas por un presbítero. Consultar al señor Neraud, el médico de los liberales, antagonista del señor Martener, era cometer una falta. Celeste Habert ofreció a Silvia esconderla en su tocador y consultar para sí misma sobre aquel punto al señor Martener, médico de su hospedería. Cómplice o no de Celeste, Martener respondió a su cliente que el peligro existía ya, aunque débil, en una soltera de treinta años.

—Pero la constitución de usted —dijo para terminar— le permite no temer nada.

—¿Y si fuese una mujer de cuarenta años cumplidos? —dijo la señorita Habert.

—Una mujer de cuarenta años, casada y que ha tenido hijos no puede temer nada.

—¿Pero una señorita virtuosa, como la señorita Rogron, por ejemplo?

—¡Virtuosa! No hay duda —dijo Martener—. En ese caso, un parto feliz es uno de esos milagros que Dios suele hacer, pero pocas veces.

—¿Y por qué? —dijo Celeste Habert.

El médico contestó con una descripción patológica espantable: explicó cómo la elasticidad que da la naturaleza en la juventud a los músculos y a los huesos no existe ya a ciertas edades, sobre todo en las mujeres que por su profesión han hecho vida sedentaria durante mucho tiempo, como la señorita Rogron.

—¿De modo que pasados los cuarenta años una soltera virtuosa no debe ya casarse?

—O esperar; pero entonces ya no es matrimonio, sino una asociación de intereses. ¿Qué iba a ser si no?

De la entrevista, resultó, pues, claramente, seriamente, científicamente y razonablemente que pasados los cuarenta años una soltera virtuosa no debía casarse. Cuando el señor Martener hubo salido, la señorita Celeste Habert encontró a la señorita Rogron verde y amarilla, con las pupilas dilatadas; en fin, en un estado lamentable.

—Entonces, ¿ama usted mucho al coronel? —le dijo.

—Todavía tenía esperanza —contestó la solterona.

—¡Espere usted entonces! —exclamó jesuíticamente la señorita Habert, convencida de que el tiempo haría justicia al coronel.

No obstante, la moralidad de aquel matrimonio era dudosa. Silvia fue a sondar su conciencia en el fondo del confesonario. El severo confesor explicó las opiniones de la Iglesia, que no ve en el matrimonio más que la propagación de la humanidad, que reprueba las segundas nupcias y castiga las pasiones sin objeto social. La perplejidad de Silvia llegó a su colmo. Aquellos combates interiores dieron una fuerza extraña a su pasión, que adquirió para ella el inexplicable atractivo que desde los tiempos de Eva han tenido siempre para las mujeres las cosas prohibidas. La turbación de la señorita Rogron no podía escaparse al ojo clarividente del abogado.

Una noche, después del juego, Vinet se acercó a su querida amiga Silvia, la cogió de la mano y fue a sentarse con ella en un sofá.

—A usted le ocurre algo —le dijo al oído.

Ella inclinó tristemente la cabeza. El abogado dejó que se marchase Rogron; se quedó solo con ella y la hizo confesar su secreto.

«¡Bien jugado, ábate! ¡Pero has jugado por mí!», se dijo interiormente después de oír todas las consultas secretas que había tenido Silvia y entre las cuales la última era la más grave.

El astuto zorro judicial fue más terrible aún que el médico en sus explicaciones: aconsejó el matrimonio, pero no antes de diez años, para mayor seguridad.

El abogado juró que toda la fortuna de los Rogron sería para Betilda. Se frotó las manos, se le afiló el hocico y corrió a reunirse con la señora y la señorita de Chargebœuf, a quienes había dejado camino de casa, acompañadas de un criado provisto de una linterna. Vinet, médico del bolsillo, contrabalanceaba perfectamente la influencia de Habert, médico del alma. Rogron era poquísimo devoto; de modo que el hombre de leyes y el hombre de los hábitos negros se encontraban en iguales condiciones.

Al enterarse de la victoria de la señorita Habert, que esperaba casarse con Rogron, sobre Silvia, vacilante entre el miedo de morir y la alegría de ser baronesa, el abogado vislumbró la posibilidad de eliminar al coronel del campo de batalla. Conocía a Rogron lo bastante para encontrar un medio de hacerle casarse con la hermosa Betilda. Rogron no había podido resistir los ataques de la señorita de Chargebœuf. Vinet sabía que la primera vez que Rogron se viese solo con Betilda y con él quedaría decidido el matrimonio. Rogron había llegado al punto de no apartar los ojos de la señorita Habert; tanto miedo le daba mirar a Betilda. Vinet acababa de ver cuánto amaba Silvia al coronel. Comprendió el desarrollo de semejante pasión en una solterona, roída además por la devoción; en seguida dio con el medio de perder al mismo tiempo a Petrilla y al coronel, con la esperanza de que el uno le desembarazase del otro.

Al siguiente día, después de la Audiencia, encontró, como de costumbre, al coronel paseando con Rogron.

Siempre que aquellos tres hombres iban juntos su reunión hacía hablar a la ciudad. Aquel triunvirato, que causaba horror al subprefecto, a la magistratura y al partido de los Tiphaine, era un tribunal que envanecía a los liberales de Provins.

Vinet redactaba el Correo por sí solo; era la cabeza del partido; el coronel, gerente responsable del periódico, era el brazo; Rogron, con su dinero, era el nervio y se le consideraba como lazo de unión entre el Comité director de Provins y el Comité director de París. A oír a los Tiphaine, aquellos tres hombres estaban siempre maquinando algo contra el Gobierno, en tanto que los liberales los admiraban como defensores del pueblo. Cuando el abogado vio a Rogron camino de la placeta, llamado a casa por la hora de comer, cogió al coronel del brazo para impedirle que le acompañara.

—Vaya, coronel —le dijo—, voy a quitarle a usted un gran peso de los hombros; se casará usted mejor que con Silvia; arreglándoselas bien, se casará usted, dentro de dos años, con Petrilla Lorrain.

Y le contó los efectos de la maniobra del jesuita.

—¡Vaya una cosa inesperada y cómo ha crecido! —dijo el coronel.

—Coronel —prosiguió Vinet gravemente—, Petrilla es una criatura encantadora; puede usted ser dichoso el resto de sus días, y tiene usted una salud tan hermosa, que este matrimonio no tendrá para usted los inconvenientes de las uniones desproporcionadas; pero no crea usted fácil este cambio de una suerte horrible por una suerte agradable. Hacer de una novia una confidente es operación tan peligrosa como en el oficio de usted pasar un río bajo el fuego enemigo. Sagaz, como coronel de Caballería que es, usted estudiará la posición y maniobrará con la superioridad que hasta ahora hemos tenido y que nos ha valido nuestra situación actual. Si un día yo soy fiscal, usted podrá mandar las tropas del departamento. ¡Ah! Si hubiera usted sido elector, ya estaríamos más adelantados; yo habría comprado los votos de esos dos empleados, haciendo que no les importase la pérdida de sus plazas, y habríamos tenido mayoría. Yo me sentaría ahora junto a los Dupin, los Casimiro Perier, y…

El coronel pensaba en Petrilla desde hacía mucho tiempo, pero había ocultado su pensamiento con profundo disimulo; la brutalidad con que trataba a Petrilla no era, pues, más que aparente. La niña no se explicaba por que el pretendido camarada de su padre la trataba tan mal en público, mientras que, si la encontraba sola, le pasaba la mano por la barbilla y le hacía una caricia paternal.

Desde la confidencia de Vinet, relativa al terror que inspiraba a Silvia el matrimonio, Gouraud había buscado ocasiones de encontrar sola a Petrilla, y, cuando la hallaba, el rudo coronel se tornaba mimoso como un gato; le decía cuán valiente había sido su padre y cuánto había ella perdido con su muerte.

Días antes de la llegada de Brigaut, Silvia había sorprendido a Gouraud y Petrilla. Los celos invadieron su corazón con una violencia monástica. Los celos, pasión eminentemente crédula, recelosa, es la más dominada por la fantasía; pero no da ingenio, lo quita; y a Silvia tal pasión tenía que inspirarle extrañas ideas. Silvia imaginó que el hombre que acababa de dirigirse a Petrilla cantando aquello de señora casada era el coronel. Creía tener razón para atribuir].e aquella cita porque desde hacía una semana el trato.

De Gouraud le parecía cambiado. Aquel hombre era el único que, en la soledad en que ella había vivido, se cuidó de ella; ella le observaba, pues, sin quitarle ojo y con todo su entendimiento; y a fuerza de entregarse a esperanzas, alternativamente florecientes o destruidas, había hecho de él una cosa tan absorbente que le producía el efecto de un espejismo moral. Según una bella expresión vulgar, a fuerza de mirar solía ocurrirle no ver nada. Repelía y combatía, unas veces victoriosamente y otras no, la suposición de aquella rivalidad quimérica. Establecía un paralelo entre ella y Petrilla: ella tenía cuarenta años y el cabello gris; Petrilla era una jovencita, deliciosa de blancura, con ojos de una ternura capaz de reanimar un corazón muerto. Había oído decir que a los hombres de cincuenta años les gustan las jovencitas como Petrilla. Antes de que el coronel se hiciese amigo de los Rogron y comenzase a frecuentar su casa, Silvia había oído en el salón de los Tiphaine cosas raras sobre el coronel Gouraud y sus costumbres.

Las solteronas viejas tienen en amor las exageradas ideas platónicas que profesan las jóvenes a los veinte años; han conservado doctrinas absolutas, como todos los que no han experimentado la vida y comprobado cómo la fuerza mayor de la sociedad modifica, lima y hace fracasar todas esas hermosas y nobles ideas de la juventud. A Silvia le martillaba el cerebro la idea de ser engañada por el coronel. Después de ese rato que todo solterón desocupado pasa en el lecho, desde que se despierta hasta que se levanta, la solterona se puso a pensar en sí misma, en Petrilla y en la romanza cuya voz matrimonio la había despertado. Como necia que era, en vez de observar a los enamorados a través de las persianas, había abierto el balcón sin comprender que Petrilla la oiría. Si hubiera tenido la vulgar astucia del espía, habría visto a Brigaut y el drama fatal que empezó entonces no habría existido.

Petrilla, a pesar de su debilidad, quitó los barrotes de madera que cerraban los postigos de la ventana de la cocina, los abrió y los enganchó; luego fue a abrir igualmente la puerta del corredor que daba acceso al jardín. Cogió los diferentes plumeros necesarios para limpiar la alfombra, el comedor, el pasillo, las escaleras, en fin, para, limpiarlo todo con un cuidado y una exactitud que ninguna criada, aunque fuese holandesa, habría puesto en su trabajo; ¡le repugnaban tanto las reprimendas!

La dicha para ella consistía en ver los ojuelos azules, pálidos y fríos de su prima, no satisfechos, porque no lo parecían nunca, sino solamente tranquilos una vez que habían paseado por todas las cosas su mirada de propietaria, esa mirada inexplicable que ve lo que se ha escapado a los ojos más observadores. Petrilla tenía ya la piel sudorosa cuando volvió a la cocina para ponerlo todo en orden y encender los hornillos a fin de poder llevar a las habitaciones de sus primos lumbre y agua caliente para el tocado; ¡ella, que no la tenía nunca para sí! Puso los cubiertos para el desayuno y encendió la estufa de la sala. Para todos aquellos servicios iba algunas veces a la cueva en busca de pequeños haces de leña, y así dejaba un sitio fresco para entrar en uno caliente, uno caliente para entrar en otro frío y húmedo.

Estas transiciones súbitas, hechas con el apresuramiento de la juventud, y con frecuencia, para evitar una palabra ruda, para obedecer una orden, agravaban irremediablemente el estado de su salud. Petrilla no sabía que estaba enferma. Sin embargo, empezaba a sufrir; sentía apetitos extraños, que ocultaba; le gustaban las ensaladas crudas y las devoraba en secreto. La inocente niña ignoraba por completo que su estado constituía una enfermedad grave que requería las más grandes precauciones. Si antes de la llegada de Brigaut, aquel Neraud, que podía reprocharse la muerte de la abuela, hubiera revelado este peligro mortal a la nieta, Petrilla habría sonreído; encontraba demasiada amargura en la vida para no sonreír a la muerte. Pero desde hacía unos instantes, Petrilla, que unía a sus padecimientos corporales los de la nostalgia bretona, enfermedad moral tan conocida que los coroneles se preocupan de ella cuando tienen bretones en su regimiento, tenía cariño a Provins.

Aquella flor de oro, aquel canto, la presencia de su amigo de la infancia la habían reanimado, como una planta que lleva mucho tiempo sin agua reverdece después de una abundante lluvia. Quería vivir; ¡no creía haber sufrido! Se deslizó tímidamente en la habitación de su prima; encendió el fuego; dejó allí un calentador de agua; cambió algunas palabras; fue a despertar a su tutor, y bajó a coger la leche, el pan y las demás cosas que llevaban los proveedores. Permaneció un rato en el umbral de la puerta, con la esperanza de que a Brigaut se le ocurriese volver; pero Brigaut caminaba ya por la carretera de París.

Había ya arreglado la sala, y estaba ocupada en la cocina, cuando oyó que su prima bajaba la escalera. La señorita Silvia Rogron apareció con su bata de tafetán color carmelita, su gorra de tul adornada con lazos, su flequillo postizo bastante mal colocado, su camisola por debajo de la bata y los pies en sus chancletas. Pasó revista a todo y fue luego a buscar a su prima, que la esperaba, para saber lo que se había de poner de desayuno.

—¡Ah! ¿Está usted aquí, señorita enamorada? —dijo a Petrilla, con un tono semialegre y semiburlón.

—¿Cómo, prima mía?

—Ha entrado usted en mi habitación como una hipócrita y ha salido la mismo; sin embargo, debía usted figurarse que tenía que hablarla.

—¿A mí… ?

—Esta mañana le han dado a usted serenata, ni más ni menos que a una princesa.

—¿Una serenata? —exclamó Petrilla.

—¿Una serenata? —dijo Silvia, imitándola—. Y tiene usted un novio.

—¿Qué es un novio, prima?

Silvia esquivó la respuesta y añadió:

—¿Se atreve usted a decir, señorita, que no ha estado bajo nuestras ventanas un hombre hablándole a usted de matrimonio?

La persecución había enseñado a Petrilla las artimañas necesarias a los esclavos, y contestó rápidamente:

—No sé qué quiere usted decir.

—¡La hipócrita! —dijo Silvia.

—¡Prima mía… ! —dijo humildemente Petrilla.

—Tampoco es verdad que se ha levantado usted y ha ido, con los pies desnudos, a la ventana, lo cual le costará una enfermedad? ¡Y le estará bien empleado! ¿Y no ha hablado usted con su enamorado?

—No, prima.

—Sabía que tenía usted muchos defectos, pero no le conocía el de mentir. ¡Piénselo usted bien, señorita! Tiene usted que decirnos y explicarnos a su primo y a mí la escena de esta mañana; si no, su tutor tomará medidas rigurosas.

La solterona, devorada por los celos y la curiosidad, procedía por intimidación. Petrilla hizo lo que las personas que sufren más de lo resistible: guardó silencio. Para los seres atacados, el silencio es el único medio de triunfar; el silencio anula las cargas cosacas de los envidiosos, las salvajes escaramuzas de los enemigos; da una victoria aplastante y completa. ¿Qué hay más completo que el silencio? Es absoluto: ¿no es éste uno de los modos de ser de lo infinito?

Silvia examinó a Petrilla furtivamente. La niña se ponía colorada; pero su rubor, en vez de ser general, se dividía en placas desiguales en los pómulos, manchas ardientes de un tono significativo. Al ver aquellos síntomas de enfermedad, una madre habría cambiado en seguida de tono; habría sentado a la niña en sus rodillas; le habría preguntado; habría, desde mucho antes, admirado mil pruebas de la completa, de la sublime inocencia de Petrilla; habría adivinado su enfermedad y comprendido que los humores y la sangre, desviados de su cauce natural, se lanzaban sobre los pulmones, después de haber trastornado las funciones digestivos.

Aquellos elocuentes manchas le habrían revelado la inminencia de un peligro mortal. Pero una solterona, en quien no se habían despertado los sentimientos que la familia desarrolla; que no había conocido los cuidados de la infancia ni las precauciones que exige la adolescencia, no podía tener la indulgencia ni la compasión que inspiran los mil acontecimientos de la vida conyugal. Los sufrimientos de la miseria habían encallecido su corazón en vez de enternecerle.

«¡Se ruboriza, luego está en falta!», se dijo Silvia.

El silencio de Petrilla fue, pues, interpretado en el peor sentido.

—Petrilla —dijo Silvia—, vamos a hablar antes de que baje su primo. Venga usted —añadió con un tono más dulce—. Cierre la puerta de la calle. Si viene alguno, llamará y le oiremos.

A pesar de la húmeda neblina que se alzaba del río, Silvia llevó a Petrilla por el paseo arenoso que serpenteaba entre los macizos de césped, hasta el borde de la terraza pedregosa, muelle pintoresco, poblado de lirios y plantas acuáticas. La solterona cambió de sistema; quiso apoderarse de Petrilla por la dulzura; la hiena iba a hacerse gata.

—Petrilla —le dijo—, ya no es usted una niña; va usted a cumplir pronto catorce años y no sería sorprendente que tuviese usted novio.

—Pero, prima —dijo Petrilla, alzando los ojos con angelical dulzura hacia la cara agria y fría de su prima, que había tomado su antiguo aspecto, de vendedora—, ¿qué es un novio?

Silvia no consiguió definir exactamente y con decencia lo que es un novio. Lejos de ver en aquella pregunta el efecto de una adorable inocencia, la tomó por falsedad.

—Un novio, Petrilla, es un hombre que nos quiere y desea casarse con nosotras.

—¡Ah! —dijo Petrilla—. En Bretaña, cuando se está de acuerdo con un joven, se le llama prometido.

—Bueno; pues piense usted, pequeña mía, que no hay ningún mal en que confiese usted sus sentimientos por un hombre. El mal está en el secreto. ¿Acaso le ha gustado usted a alguno de los hombres que vienen a casa?

—No lo creo.

—¿Ama usted a alguno?

—A ninguno.

—¿Con toda seguridad?

—Con toda seguridad.

—Míreme usted, Petrilla.

Petrilla miró a su prima.

—Sin embargo, esta mañana le ha llamado a usted un hombre desde la plaza.

Petrilla bajó los ojos.

—Ha ido usted a la ventana, la ha abierto y ha hablado.

—No, prima; quise ver qué tiempo hacía y vi en la plaza un campesino.

—Petrilla, desde su primera comunión ha ganado usted mucho; es usted obediente y piadosa; quiere usted a sus parientes y a Dios; estoy contenta de usted y no se lo decía por no estimular su orgullo…

¡Aquella horrible mujer tomaba por virtudes el abatimiento, la sumisión, el silencio de la miseria! Una de las cosas más dulces que pueden consolar a los que sufren, a los mártires, a los artistas, de la pasión divina que les imponen la envidia y el odio, es encontrar el elogio donde siempre hallaron la censura y la mala fe. Así, Petrilla alzó a su prima los ojos enternecidos y se sintió a punto de perdonarle todos los dolores que le había causado.

—Pero si todo eso no fuese más que hipocresía; si yo hubiera de ver en usted una serpiente a quien he prestado el calor de mi seno, ¡sería usted una infame, una horrible criatura!

No creo tener nada que reprochame — dijo Petrilla, sintiendo que se le contraía horriblemente el corazón ante el súbito tránsito de la alabanza inesperada al terrible acento de la hiena.

—¿Sabe usted que una mentira es un pecado mortal?

—Sí, prima.

—Pues bien, está usted ante Dios —dijo la solterona, mostrándole con un gesto solenme los jardines y el cielo—. Júreme que no conocía a ese campesino.

—No juraré —dijo Petrilla.

—¡Ah! ¡No era un campesino, viborilla!

Petrilla escapó, como una corza asustada, a través del jardín, espantada por aquel problema moral. Su prima la mandó volver, con una voz terrible.

—Están llamando —dijo ella.

—¡Ah, qué hipocritilla! Tiene el alma llena de artificios; y ahora ya tengo la seguridad de que esa culebrilla se ha enroscado al coronel. Nos ha oído decir que es barón. ¡Ser baronesa! ¡Estúpida! ¡Oh! Yo me desembarazaró de ella poniéndola de aprendiza, y pronto.

Silvia se quedó tan absorta en sus pensamientos que no vio a su hermano que cruzaba el jardín mirando los estragos que la helada había hecho en sus dalias.

—¡Eh, Silvia! ¿En qué estás pensando ahí? Creí que mirabas a los peces; los hay que algunas veces saltan fuera del agua.

—No —dijo ella.

—Bueno; ¿y has dormido bien?

Y se puso a contarle lo que había soñado.

—¿No me encuentras la cara emborronada?

Otra palabra del vocabulario Rogron. Desde que Rogron amaba —pero no profanemos esta palabra—; desde que deseaba a la señorita Chargebœuf, se preocupaba mucho de su aspecto y de sí mismo. Petrilla bajó en aquel momento la escalinata y anunció desde lejos que estaba listo el desayuno. Al ver a su prima, la tez de Silvia se cubrió de manchas verdes y amarillas; toda su bilis se puso en movimiento. Observó el corredor y le pareció que Petrilla debía haber lustrado el suelo.

—Lo haré, si usted quiere —respondió aquel ángel, ignorante del peligro que este trabajo tiene para una joven.

El comedor estaba irreprochablemente arreglado. Silvia se sentó, y durante todo el desayuno sintió la necesidad de cosas en que no habría pensado en su estado normal y que pedía para hacer que se levantase Petrilla, eligiendo los momentos en que la pobre criatura se sentaba para seguir comiendo; pero no le bastaba con importunar; buscaba un motivo de reproche y se encolerizaba interiormente de no encontrar ninguno.

Si hubiera habido huevos frescos, se habría quejado del mal condimento del suyo. Apenas respondía a las necias preguntas de su hermano y, sin embargo, no dejaba de mirarle. Sus ojos huían de los de Petrilla. Petrilla era muy sensible a estos manejos. Trajo el café en una cubeta de plata, donde calentaba la leche al baño de maría. Los hermanos mezclaban allí mismo con la leche el café puro, hecho por Silvia, en la dosis conveniente. Cuando la solterona hubo preparado minuciosamente la alegría que iba a disfrutar, afectó ver un ligero poso de café; lo cogió con afectación, lo miró, se inclinó para verlo mejor. Estalló la tormenta.

—¿Qué tienes? —dijo Rogron.

—Tengo… que la señorita ha echado ceniza en mi café. ¡Como es tan agradable de tomar el café con ceniza!… Pero no es sorprendente; no se puede hacer bien dos cosas a un tiempo. ¡Bastante pensaba ella en el café! Esta mañana podía haber volado un mirlo por la cocina y no se habría dado cuenta; ¿cómo iba a ver que volaba la ceniza? Y luego, se trata del café de su prima… ¿qué le importa?

Siguió hablando en este tono mientras ponía en el borde del plato el polvillo de café que se había escapado a través del filtro y algunos granos de azúcar que no se disolvían.

—Pero, prima, si es café… —dijo Petrilla.

—¡Ah! ¿Soy ya la que miente? —exclamó Silvia mirando a Petrilla y fulminándola con el horrible fulgor que despedían sus ojos cuando estaba encolerizada.

Las organizaciones que no ha desgastado la pasión tienen a su servicio una gran abundancia de fluido vital. Ese fenómeno de la excesiva claridad de los ojos en los momentos de ira se había establecido tanto mejor en la señorita Rogron cuanto que antaño, en su tienda, había tenido ocasiones de emplear el poderío de su mirada abriendo desmesuradamente los ojos siempre para imprimir a los inferiores un saludable terror.

—Le aconsejo a usted que no me desmienta. ¡Usted, que merecería levantarse de la mesa e irse a comer sola en la cocina!

—¿Qué os ocurre a las dos? —exclamó Rogron.— Estáis esta mañana ásperas como crines.

—La señorita sabe lo que me ocurre con ella. Le dejo tiempo para que tome una resolución antes de hablarte, porque soy con ella más buena de lo que merece.

Petrilla, para esquivar los ojos de su prima, que le aterraban, miraba a la plaza a través de los cristales.

—Me escucha como si hablase con este azucarero. Sin embargo, tiene el oído bien fino; habla desde lo alto de una casa y responde a cualquiera que esté en la calle… ¡Es de una perversidad tu recogida! De una perversidad sin nombre, y no tienes nada bueno que esperar de ella. ¿Te enteras, Rogron?

—¿Qué es eso tan grave que ha hecho? —preguntó el hermano a la hermana.

—¡A su edades empezar bien pronto! —exclamó la solterona, rabiosa.

Petrilla se levantó para retirar el servicio, a fin de hacer algo, porque no sabía qué actitud adoptar. Aunque aquel lenguaje no era nuevo para ella, nunca había podido acostumbrarse a sufrirle. La cólera de su prima le hacía pensar que había cometido algún crimen. Se preguntó cuál no sería el furor de su prima si estuviese enterada de la fuga de Brigaut. Tal vez la privarían de la amistad de Brigaut. Tuvo a la vez los mil pensamientos de la esclava, tan rápidos, tan profundos, y resolvió guardar silencio absoluto sobre una cosa que en conciencia no le parecía nada mala. Hubo de oír palabras tan duras, suposiciones tan ofensivas, que al entrar en la cocina se le contrajo el estómago y tuvo un horrible vómito. No se atrevió a quejarse; no estaba segura de que la cuidasen. Volvió al comedor pálida, amarilla; dijo que no se encontraba bien y subió a acostarse, deteniéndose en cada escalón, creyendo que había llegado su última hora.

—¡Pobre Brigaut! —pensaba.

—Está enferma —dijo Rogron.

—¡Enferma, ella! ¡De condición! —dijo Silvia de modo que su prima la oyese—. ¡No estaba enferma esta mañana, no!

Este último golpe aterró a Petrilla, que se acostó llorando y pidiendo a Dios que se la llevase de este mundo.

Desde hacía un mes, Rogron no tenía que llevar El Constitucional a casa de Gouraud. El coronel iba obsequiosamente a buscar el periódico, a charlar un rato y se llevaba a Rogron de paseo si hacía buen tiempo. Segura de ver al coronel y de poder preguntarle, Silvia se vistió con coquetería. La solterona creía estar atractiva poniéndose un vestido verde, un pequeño chal amarillo de Cachemira con cenefas rojas y un sombrero blanco adornado de menudas plumas grises. A la hora en que el coronel solía llegar se estacionó en el salón con su hermano, a quien había obligado a permanecer de bata y zapatillas.

—¡Hace buen tiempo, coronel! —dijo Rogron al oír los pesados pasos de Gouraud—. Pero no estoy vestido; mi hermana quería salir y me ha hecho quedarme en casa; espéreme usted.

Rogron dejó a Silvia sola con el coronel.

—¿Adónde piensa usted ir, que se ha puesto hecha una divinidad? —preguntó Gouraud, que notaba cierto aire solemne en el ancho rostro granuloso de la solterona.

—Quería salir; pero como la pequeña no está bien, me quedo.

—¿Qué tiene?

—No sé; ha dicho que quería acostarse.

La prudencia, por no decir la desconfianza, del coronel estaba alerta constantemente por el resultado de su alianza con Vinet. Evidentemente el abogado se había llevado la mejor parte. El abogado redactaba el periódico, mandaba en él como dueño y aplicaba los ingresos a la redacción, mientras que el coronel, editor responsable, ganaba muy poca cosa. Vinet y Cournant habían prestado a los Rogron servicios enormes; un coronel retirado no podía hacer nada por ellos. ¿Quién iba a ser diputado? Vinet. ¿Quién era el gran elector? Vinet. ¿A quién se consultaba? ¡A Vinet! El coronel conocía tan bien como Vinet la fuerza y la profundidad de la pasión que en Rogron había encendido Betilda de Chargebœuf. Aquella pasión iba haciéndose insensata, como todas las últimas pasiones de los hombres.

La voz de Betilda hacía estremecerse al solterón. Absorbido por sus deseos, Rogron los ocultaba; no se atrevía a esperar una boda semejante. Para sondar al mercero, el coronel le había dicho que iba a pedir la mano de Betilda. Rogron había palidecido al verse ante un rival tan temible; se había vuelto frío para Gouraud y casi le mostraba odio. Así, Vinet reinaba de todas las maneras en aquella casa, en tanto que el coronel no estaba unido a ella más que por los lazos hipotéticos de una afección mentida por su parte y que en Silvia no estaba todavía declarada. Cuando el abogado le reveló la maniobra del presbítero, aconsejándole que rompiese con Silvia y pusiera los ojos en Petrilla, Vinet halagó la inclinación del coronel; pero al analizar el sentido íntimo de aquella proposición, al examinar bien el terreno en derredor de sí, el coronel creyó notar en su aliado la esperanza de enemistarle con Silvia y de aprovechar el miedo de la solterona para conseguir que toda la fortuna de los Rogron fuese a manos de Betilda de Chargebœuf. Así, pues, cuando Rogron le dejó a solas con su hermana, la perspicacia del coronel recogió todos los pequeños indicios que delataban la inquietud de pensamiento de Silvia.

Adivinó el plan que ella había formado de estar sobre las armas y a solas con él durante un momento. El coronel, receloso ya de que Vinet le había jugado una mala pasada, atribuyó la conferencia a alguna secreta insinuación de aquel mico judicial; se puso en guardia como cuando practicaba un reconocimiento en país enemigo: la mirada fija en el campo, atento al menor ruido; el espíritu alerta, la mano en las armas. El coronel tenía el defecto de no creer una sola palabra a las mujeres; y cuando la solterona puso a Petrilla sobre el tapete y dijo que se había acostado al mediodía, pensó que Silvia la había castigado en su habitación por celos.

—Se va haciendo muy mona esa pequeña —dijo negligentemente.

—Será muy bonita —respondió la señorita Rogron.

—Ahora debía usted enviarla a París, a un almacén —añadió Gouraud—. Allí haría fortuna. En casa de las modistas se ven ahora jóvenes muy bellas.

—¿Es esa su opinión de usted? —preguntó Silvia con voz turbada.

—«Bueno, ya estoy en el ajo, pensó el coronel. Vinet habrá aconsejado que el día de mañana casen a Petrilla conmigo, para perderme ante esta vieja bruja.» ¿Pues qué quiere usted hacer de ella? —dijo en voz alta—. ¿No ve usted a una muchacha noble, de incomparable belleza, bien emparentada, cómo Betilda de Chargebœuf, reducida a quedarse para vestir imágenes? Nadie la solicita. Petrilla no tiene nada; no se casará nunca. ¿Cree usted que la uventud y la belleza pueden signilicar algo para mí, por ejemplo; a mí que, capitán de caballería en la Guardia imperial desde que el emperador creó su guardia, he estado en todas las capitales y he conocido a las mujeres más hermosas de esas mismas capitales?

La juventud y la belleza abundan mucho, son muy comunes y no sirven para nada… No me hable usted de ellas. A los cuarenta y ocho años —prosiguió, añadiéndose algunos —, cuando se ha sufrido la derrota de Moscú, cuando se ha hecho la terrible campaña de Francia, se tienen los riñones un poco estropeados; yo soy un viejo formal. Una mujer como usted me cuidaría, me mimaría; y su fortuna, unida a mis pobres mil escudos de retiro, me proporcionaría para la vejez un bienestar conveniente; yo la preferiría mil veces a una remilgada, que me causaría infinitas molestias y tendría treinta años y pasiones cuando yo tuviese sesenta y reumatismos. A mi edad se calcula. Vea usted, dicho sea entre nosotros, a mí no me gustaría tener hijos si me casara.

Durante esta parrafada, Gouraud había leído con claridad en la cara de Silvia, y la exclamación de ella acabó de convencerle de la perfidia de Vinet.

—¿De modo —dijo ella— que no ama usted a Petrilla?

—¿Pero está usted loca, mi querida Silvia? —exclamó el coronel—. ¿Intenta nadie cascar avellanas cuando no tiene dientes? A Dios gracias, estoy en mi juicio y me conozco.

Silvia no quiso mezclarse en la cuestión, y le pareció más discreto hacer hablar a su hermano.

—Mi hermano —dijo— tenía la idea de casar a ustedes.

—Su hermano no puede haber tenido una idea tan incongruente. Hace unos días, para conocer su secreto, le dije que amaba a Betilda, y se puso blanco como ese cuello que lleva usted puesto.

—¿Ama a Betilda? —dijo Silvia.

—¡Como un loco! Y la verdad es que Betilda no quiere más que su dinero —¡Toma, Vinet!, pensó el coronel—. ¿Cómo ha podido, pues, hablar de Petrilla? No, Silvia —dijo, cogiéndole una mano y estrechándosela de cierta manera—, puesto que me ha hecho usted hablar de estas cosas… —se acercó a Silvia—. Pues bien… —le besó la mano; era coronel de caballería y tenía el valor acreditado—, sépalo usted: no quiero tener otra mujer que usted. Aunque este matrimonio parezca de conveniencia, por mi parte yo siento cariño por usted.

—Pues era yo la que quería casarle a usted con Petrilla. Y si yo le diese mi fortuna… ¿Eh?¿Qué tal, coronel?

—Pero yo no quiero ser desgraciado en mi casa y ver dentro de diez años a un joven pisaverde como Julliard rondando a mi mujer y dirigiéndole versos desde el periódico. ¡Soy demasiado hombre para eso! Jamás haré un matrimonio desproporcionado por la edad.

—Bueno, coronel, ya hablaremos de eso seriamente —dijo Silvia, lanzándole una mirada que ella creyó impregnada de amor y que se parecía bastante a la de una ogresa.

Sus labios fríos y de un violeta crudo se estiraron sobre los dientes amarillos y creyó sonreír.

—Ya estoy aquí —dijo Rogron, y se llevó al coronel, que saludó cortésmente a la solterona.

Gouraud decidió apresurar su matrimonio con la solterona y convertirse así en dueño de la casa, prometiéndose desembarazarse —gracias a la influencia que ejercería sobre Silvia durante la luna de miel— de Betilda y Celeste Habert. Durante el paseo dijo a Rogron que se había burlado de él el otro día; que no tenía ninguna aspiración al corazón de Betilda, porque no era lo bastante rico para casarse con una mujer sin dote. Luego le confió su proyecto: había elegido a su hermana desde hacía mucho tiempo teniendo en cuenta sus buenas cualidades; aspiraba, en fin, a ser su cuñado.

—¡Ah, coronel! ¡Ah, barón! Si no hace falta más que mi consentimiento, se casarán ustedes en el plazo que permita la ley —exclamó Rogron, feliz con verse libre de aquel tremendo rival.

Silvia pasó toda la mañana en su departamento calculando si habría allí sitio para un matrimonio. Resolvió edificar un segundo piso para su hermano y arreglar convenientemente el primero para ella y su marido; pero se prometió también —fantasías de toda solterona— someter al coronel a algunas pruebas para formar juicio sobre su corazón y sus costumbres antes de decidirse. Le quedaban dudas y quería asegurarse de que Petrilla no tenía trato alguno con el coronel.

Petrilla bajó a la hora de la comida para poner la mesa. Silvia había tenido que guisar y se había manchado el vestido, gritando: «¡Maldita Petrilla!» Era evidente que si Petrilla hubiera preparado la comida, Silvia no se habría manchado de grasa su vestido de seda.

—¡Hola! ¡Ya está aquí la damisela! Es usted como el perro del herrador, que duerme al pie de la fragua y se despierta al ruido de las cacerolas. ¡Ah! ¡Y quiere usted que la creamos enferma, embusterilla!

Esta idea: «No me ha confesado usted la verdad de lo que ocurrió esta mañana en la plaza; luego miente usted en todo lo que dice», fue como un martillo con el que Silvia había ya de golpear sin descanso en el corazón y en la cabeza de Petrilla.

Con gran asombro de Petrilla, su prima la mandó vestirse para la reunión de la noche. La imaginación más alerta se queda muy por debajo de la actividad que imprimen las sospechas en el espíritu de una solterona. En tales casos, la solterona aventaja a los políticos, a los abogados, a los notarios y a los usureros. Silvia pensó consultar a Vinet después de examinar bien cuanto había en derredor suyo. Quiso tener a Petrilla a su lado para saber, por la actitud de la pequeña, si el coronel había dicho la verdad.

Las señoras de Chargebœuf llegaron las primeras. Siguiendo el consejo de su cuñado Vinet, Betilda había redoblado su elegancia. Vestía un delicioso traje azul de pana, una pañoleta clara como siempre, pendientes imitando racimos, de granates y oro; los cabellos rizados, su cruz de oro pendiente de una cinta ceñida al cuello, zapatitos de raso negro, medias de seda grises y guantes de piel de Suecia; a lo que había que añadir sus aires de reina y sus coqueterías de soltera dispuesta a apoderarse de todos los Rogron. La madre, serena y digna, conservaba como la hija cierta impertinencia aristocrática, con la cual las dos mujeres lo encubrían todo y por donde asomaba su espíritu de casta.

Betilda estaba dotada de un talento superior que sólo Vinet había sabido adivinar al cabo de llevar ambas damas dos meses en su casa. Cuando logró medir la profundidad de aquella muchacha despechada por la inutilidad de su juventud y de su belleza, e instruida por el desprecio que la inspiraban los hombres de una época en que el dinero era el único ídolo, exclamó sorprendido:

—Si me hubiese casado con usted, Betilda, estaría hoy en camino de ser ministro de Justicia. Me llamaría Vinet de Chargebœuf y, en vez de ser liberal, figuraría en la derecha.

Betilda no deseaba casarse con ningún fin vulgar; no se casaba por ser madre ni por tener marido; se casaba para ser libre, para tener un editor responsable, para llamarse señora y poder obrar como los hombres. Rogron para ella era un nombre y esperaba hacer algo de aquel imbécil: un diputado que votase y cuya alma sería ella; necesitaba vengarse de su familia, que no había hecho caso de una muchacha pobre. Vinet, al aprobar y admirar sus ideas, las había extendido y fortalecido mucho.

—Querida prima —le decía, explicándole la influencia que tenían las mujeres y mostrándole la esfera de acción propia de ella—, ¿cree usted que Tiphaine, un hombre de ínfimo valer, llega por sí mismo al Tribunal de primera instancia de París? La señora de Tiphaine es quien ha hecho que se le nombre diputado; ella es quien le lleva a París. Su madre, la señora de Roguin, es una astuta comadre que hace lo que quiere del famoso banquero Du Tillet, uno de los compadres de Nucingen, y los dos unidos a los Keller; y estas tres casas prestan servicios al Gobierno o a sus hombres más influyentes. Los ministerios están en excelente relación con estos lobos cervales de la banca, que así extienden su poder a todo París. No hay razón para que Tiphaine no llegue a presidente de cualquier Audiencia. Cásese usted con Rogron y le haremos diputado por Provins cuando yo me aseguro la elección por otro distrito del departamento del Sena y el Marne. Entonces tendrán ustedes una Recaudación general, una de esas plazas en que no hay que hacer más que echar firmas. Seremos de la oposición, si triunfa; pero si siguen los Borbones, ¡ah, con qué suavidad nos inclinaremos hacia el centro! Además, Rogron no vivirá eternamente, y usted se casará con un título. En fin, búsquese usted una buena posición y los Chargebœuf nos servirán. La miseria de usted, como la mía, debe de haberle enseñado lo que valen los hcrmbres; hay que servirse de ellos como se sirve uno de los caballos de posta. Un hombre o una mujer nos llevan de tal a tal etapa.

Vinet había hecho de Betilda una pequeña Catalina de Médicis. Dejaba a su mujer en casa, dichosa con sus dos hijos, y acompañaba siempre a las señoras de Chargebœuf a casa de los Rogron. Llegó en todo su esplendor de tribuno champañés. Tenía ya entonces bonitas antiparras de oro, un chaleco de seda, una corbata blanca, un pantalón negro, botas finas y una levita negra hecha en París, un reloj de oro, una cadena. En vez del antiguo Vinet, pálido y flaco, arisco y sombrío, el Vinet de ahora tenía la prestancia de un hombre político; caminaba, seguro de su fortuna, con la seguridad propia del hombre del Palacio de Justicia que conoce todos las cavernas del derecho.

Su astuta cabezuela estaba tan bien peinada, la rasurada barbilla le daba un aspecto tan pulido, aunque frío, que parecía agradable, dentro del género de Robespierre. Verdaderamente, podía ser un delicioso fiscal, con su elocuencia elástica, peligrosa y asesina, o un orador de una sutileza al estilo de Benjamín Constant. La acritud y el odio que le animaban antes se habían convertido en pérfida dulzura. El veneno se había convertido en medicina.

—Buenos días, querida; ¿cómo va? —dijo la señora de Chargebœuf a Silvia.

Betilda fue derecha a la chimenea; se quitó el sombrero, se miró al espejo y puso el lindo pie en la barra de la lumbre para que se lo viese Rogron.

—¿Qué lo sucede a usted, caballero? —le dijo, mirándole—. ¿No me saluda usted? ¡Está bien! ¡Y se pone una para usted trajes de terciopelo!…

Llamó a Petrilla para que le pusiese sobre una butaca el sombrero. La jovencita se lo cogió de las manos y ella se lo dejó coger como si se tratase con una doncella. Los hombres pasan por ser muy feroces, y los tigres también; pero ni los tigres, ni las víboras, ni los diplomáticos, ni los hombres de justicia, ni los verdugos, ni los reyes, pueden, en sus más grandes atrocidades, imitar las crueldades dulces, las dulzuras envenenadas, los desprecios salvajes de las señoritas entre sí cuando las unas se creen superiores a las otras en nacimiento, en fortuna, en gracias, y cuando se trata de matrimonio, de prerrogativas o de las mil rivalidades de la mujer.

El «gracias, señorita» que dijo Betilda a Petrilla fue un poema en doce cantos.

Ella se llamaba Betilda y la otra Petrilla. Ella era una Chargebœuf ¡y la otra una Lorrain! ¡Petrilla era bajita y enfermiza! ¡Ella, alta y llena de vida! A Petrilla la mantenían de caridad. ¡Betilda y su madre gozaban de independencia! ¡Petrilla llevaba un vestido de algodón con toca y Betilda hacía ondular el terciopelo azul del suyo! ¡Betilda tenía los hombros más hermosos del departamento y brazos de reina! ¡Petrilla tenía los omoplatos y los brazos descarnados! ¡Petrilla era Cenicienta y Betilda el hada! ¡Betilda iba a casarse; Petrilla iba a morir soltera! ¡Betilda era adorada y a Petrilla no la quería nadie! Betilda tenía buen gusto, iba peinada maravillosamente. ¡Petrilla ocultaba sus cabellos bajo una gorrita y no sabía nada de modas! Epílogo: Betilda lo era todo; Petrilla no era nada. La altiva bretona comprendía bien este poema.

—Buenos días, pequeña —le dijo la señora de Chargebœuf desde lo alto de su grandeza y con el aire impertinente que le daba la nariz remangada.

Vinet llevó al colmo aquella sarta de injurias, mirando a Petrilla y diciendo en tres tonos diferentes:

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Qué hermosa estamos esta noche, Petrilla.

—¿Hermosa? —dijo la pobre niña—. No es a mí, sino a su prima a quien hay que decírselo.

—¡Oh! Mi prima siempre lo está —respondió el abogado—. ¿No es así, amigo Rogron? —añadió volviéndose al dueño de la casa y estrechándole la mano.

—Sí —respondió Rogron.

—¿Para qué hacerle decir lo que no piensa? Nunca me ha encontrado de su gusto —replicó Betilda sin quitarse de delante de Rogron—. ¿No es cierto? Míreme.

Rogron la miró de pies a cabeza y cerró suavemente los ojos, como un gato cuando le rascan la cabeza.

—Es usted demasiado hermosa; demasiado peligrosa de ver —dijo.

—¿Por qué?

Rogron miró los tizones y guardó silencio. En aquel momento entró la señorita Habert, seguida del coronel. Celeste Habert, convertida en el enemigo común, no contaba más que con Silvia; pero todos le prodigaban tantas más atenciones y cortesías cuanto más le minaban el terreno. Así, estaba indecisa entre aquellas pruebas de interés y la desconfianza que su hermano procuraba despertar en ella. El vicario, aunque alejado del teatro de la guerra, lo adivinaba todo. Cuando comprendió que las esperanzas de su hermana estaban muertas, se transformó en uno de los más terribles antagonistas de los Rogron. Todo el mundo se figurará a la señorita Habert con decir que, aunque fuese dueña y archidueña de un colegio, siempre parecería una institutriz.

Las institutrices tienen una manera peculiar de ponerse el gorro. Así como las inglesas viejas han adquirido el monopolio de los sombreros de turbante, las institutrices tienen el de estos gorros; las flores que los adornan son más que artificiales; como los tienen mucho tiempo en los armarios, son siempre nuevos y siempre viejos, incluso el primer día. La felicidad de estas mujeres consiste en imitar a los maniquíes de los pintores; se sientan sobre las caderas más que sobre la silla. Cuando se las habla giran en bloque sobre el busto en vez de volver simplemente la cabeza; y cuando crujen sus vestidos está uno a punto de creer que los resortes de sus mecanismos han chirriado.

La señorita Habert, ideal de este género de mujeres, tenía los ojos severos, la boca arrugada, y bajo su barbilla, surcada también de arrugas, las bridas del gorro, fláccidas y ajadas, iban y venían siguiendo sus movimientos. Tenía un pequeño adorno: dos limares, grandes y obscuros, poblados de pelos, que dejaba crecer como clemátides desmelenadas. Por último, tomaba rapé y lo tomaba sin gracia. Se pusieron al trabajo del boston. Silvia tenía enfrente a la señorita Habert, y el coronel se puso a su lado, frente a la señora de Chargebœuf. Betilda permaneció cerca de su madre y de Rogron. Silvia colocó a Petrilla entre ella y el coronel. Rogron desplegó la otra mesa de juego, por si iban Neraud, Cournant y su mujer. Vinet y Betilda sabían jugar al whist, que es a lo que jugaban los señores de Cournant. Desde que aquellas señoras de Chargebœuf, como decía la gente de Provins, iban a casa de los Rogron, brillaban en la chimenea las dos lámparas, entre los candelabros y el reloj, y las mesas estaban alumbradas con bujías de a cuarenta sueldos la libra, pagadas, por supuesto, con las ganancias del juego.

—Vamos, Petrilla, coge tu labor, hija mía —dijo Silvia a su prima con pérfida dulzura, viéndola mirar el juego del coronel.

En público afectaba siempre tratar muy bien a Petrilla. Aquella infame farsa irritaba a la leal bretona y le hacía despreciar a su prima. Petrilla cogió su bordado; pero, mientras daba puntadas, no dejaba de mirar el juego del coronel. Gouraud no parecía darse cuenta de que hubiese una jovenzuela a su lado. Silvia lo observaba, y aquella indiferencia comenzaba a parecerle excesivemente sospechosa. Hubo un momento durante la velada en que Silvia emprendió una importante jugada. El cestillo estaba lleno de fichas y contenía además veintisiete sueldos. Habían llegado los Cournant y los Neraud.

El viejo juez suplente Desfondrilles, a quien el ministerio de Justicia encomendaba funciones de juez de instrucción, considerándole con la capacidad de un juez, pero a quien no se reconocía talento en cuanto pretendía ser juez de plantilla y que desde hacía dos meses se había separado del partido de los Tiphaine para unirse al de Vinet, estaba ante la chimenea, de espaldas al juego y con los faldones de la levita levantados. Contemplaba aquel magnífico salón, en el que brillaba la señorita de Chargebœuf, porque parecía que aquella decoración roja había sido hecha expresamente para realzar su belleza admirable. Reinaba el silencio; Petrilla miraba jugar la puesta reunida en el cestillo, y la atención de Silvia había sido absorbida por el interés de la jugada.

—Juegue usted ésa —dijo Petrilla al coronel indicándole una carta.

El coronel inició una jugada de oros y logró el as.

—No es legal la jugada. Petrilla ha visto mi juego y el coronel se ha dejado guiar por ella.

—Pero, señorita —dijo Celeste Habert—, el juego del coronel era ése.

Desfondrilles sonreía viendo la escena. Era un hombre agudo y que había acabado por encontrar divertida la pugna de intereses que había en Provins, donde representaba el papel de Rigaudin en la Casa de lotería, de Picard.

—Ese era el juego del coronel —dijo Cournant, sin saber de qué se trataba.

Silvia lanzó a la señorita Habert una de esas miradas de solterona a solterona, atroz y falsa.

—Petrilla, usted ha visto mi juego —dijo clavando los ojos en su prima.

—No, prima.

—Yo miraba a todos —dijo el juez arqueólogo y puedo certificar que la pequeña no ha visto más que el juego del coronel.

—¡Bah! —dijo Gouraud, espantado—. Las niñas saben mirar a todas partes con disimulo.

—¡Ah! —dijo Silvia.

—Sí —añadió Gouraud—, ha podido mirar el juego de usted para hacer una picardigüela. ¿No es así, hermosa niña?

—No —dijo la leal bretona—; soy incapaz de eso; y en tal caso me habría interesado por el juego de mi prima.

—Demasiado sabe usted que es una embustera, y además una estúpida —dijo Silvia—. Después de lo ocurrido esta mañana, ¿cómo se puede dar crédito a sus palabras? Es usted una…

Petrilla no dejó que su prima terminara en su presencia lo que iba a decir. Adivinando un torrente de injurias, se levantó, salió del salón sin luz y subió a su cuarto. Silvia se puso pálida de rabia y murmuró entre dientes.

—Me las pagará.

—¿Paga usted la puesta? —dijo la señora de Chargebœuf.

En aquel momento, la pobre Petrilla se dio un golpe en la frente con la puerta del corredor, que el juez había dejado abierta.

—¡Bien! ¡Bien hecho! —exclamó Silvia.

—¿Qué le ha sucedido? —preguntó Desfondrilles.

—Nada que no merezca —respondió Silvia.

—Ha debido de hacerse daño —dijo la señorita Habert.

Silvia intentó no pagar la puesta, levantándose para ir a ver lo que había ocurrido; pero la señora de Chargebœuf la detuvo.

—Pague usted primero —dijo riéndose—, porque al volver ya no se acordará usted de nada.

Esta proposición, fundada en la mala fe que la ex mercera ponía en sus deudas de juego y en sus embrollos, obtuvo el asentimiento general. Silvia volvió a sentarse; no se pensó más en Petrilla, y aquella indiferencia no le chocó a nadie. Durante toda la noche, Silvia tuvo una preocupación constante. Cuando terminó el boston, cerca de las nueve y media, se sumió en una poltrona, junto a la chimenea, y no se levantó ya más que para despedir a los contertulios. El coronel la torturaba; no sabía qué pensar de él.

«¡Los hombres son tan falsos!», dijo mientras se dormía.

Petrilla se había dado un golpe terrible con la puerta, contra la cual chocó su cabeza, a la altura de la oreja, en que las jóvenes se apartan los cabellos para hacerse los rizos. Al día siguiente se vio fuertes cardenales.

—Dios la ha castigado a usted —le dijo su prima a la hora del desayuno—; me ha desobedecido usted; me ha faltado al respeto que me debe no escuchándome y dejándome con la palabra en la boca; no tiene usted sino lo que merece.

—Sin embargo —dijo Rogron—, habrá que ponerle una compresa de agua y sal.

—¡Bah! No será nada, primo —dijo Petrilla.

La pobre niña creía haber encontrado una prueba de interés en la observación de su tutor.

La semana acabó como había empezado: entre continuos tormentos. Silvia llegó a hacerse ingeniosa, y llevó los refinamientos de su tiranía hasta los extremos más salvajes. Los illineses, los pieles rojas, los mohicanos habrían podido aprender en ella. Petrilla no se atrevió a quejarse de vagos sufrimientos, de dolores que sentía en la cabeza.

El origen del descontento de su prima era el no haberle revelado lo de Brigaut, y, con una testarudez muy bretona, Petrilla se obstinaba en guardar un silencio bastante explicable. Cualquiera comprenderá ahora cuál fue la mirada que la niña echó a Brigaut, a quien creía perdido para ella si le descubrían y al cual, por instinto, quería tener cerca de sí, considerándose dichosa con saber que estaba en Provins. ¡Qué alegría para ella la de ver a Brigaut! Le miró como el desterrado mira de lejos a su patria; con la mirada del mártir que dirige al cielo sus ojos videntes, capaces de penetrar en él durante el suplicio.

La última mirada de Petrilla fue tan perfectamente comprendida por el hijo del comandante, que mientras acepillaba las tablas o abría el compás para tomar medidas y ajustar las maderas, se derretía los sesos buscando el modo de ponerse en relación con ella. Brigaut acabó por armar una maquinación de excesiva simplicidad. A cierta hora de la noche, Petrilla le echaría una carta atada al extremo de una cuerda. En medio de los horribles sufrimientos que causaba a Petrilla su doble enfermedad —un tumor que se la estaba formando en la cabeza y el desarreglo de su constitución—, se sentía sostenida por el pensamiento de establecer comunicación con Brigaut. Un mismo deseo agitaba aquellos dos corazones. ¡Separados, se entendían! A cada golpe recibido en el corazón, a cada dolor que experimentaba en la cabeza, Petrilla se decía: «¡Brigaut está aquí!» Y ya sufría sin quejarse.

El primer día de mercado que siguió a su primer encuentro en la iglesia, Brigaut acechó a su amiguita. Aunque la vio temblorosa y pálida, como una hoja de noviembre próxima a caer de la rama, no perdió la cabeza; se puso a comprar frutas a la misma vendedora que proveía a la terrible Silvia, y deslizó una carta en las manos de Petrilla con toda naturalidad, bromeando sobre el género y con el aplomo del más taimado, como si no hubiera hecho nunca otra cosa; tanta sangre fría puso en su acción, a pesar de la sangre caliente que silbaba en sus oídos y le salía hirviendo del corazón, destrozándole las venas y las arterias. Por fuera tuvo la resolución de un forzado veterano, y por dentro los temblores de la inocencia, absolutamente como algunas madres en sus crisis mortales cuando se ven entre dos peligros, entre dos precipicios.

Petrilla sufrió los mismos vértigos que Brigaut; cogió el papel y lo guardó, apretándolo en su mano, en el bolsillo del delantal. Las rosetas de sus pómulos se pusieron al rojo cereza de loa fuegos violentos. Ambos niños experimentaron, sin darse cuenta, sensaciones bastantes a mantener diez amores vulgares. Aquel momento les dejó en el alma un vivo manantial de emociones. Silvia, que no conocía el acento bretón, no podía ver en Brigaut un enamorado, y Petrilla regresó a casa con su tesoro.

Las cartas de los dos pobres niños habían de servir de piezas de convicción en un horrible debate judicial, porque sin estas fatales circunstancias nunca habrían sido conocidas. He aquí lo que Petrilla leyó aquella noche en su cuarto:

«Mi querida Petrilla: A media noche, a la hora en que todos duermen, pero en la que yo velaré por ti, estaré todos las noches al pie de la ventana de la cocina. Puedes echar por la tuya una cuerda suficientemente larga para que llegue hasta mí, lo cual no hará ruido, y atarás a ella lo que tengas que escribirme. Yo te contestaré por el mismo medio. Sé que ellos te han enseñado a leer y escribir, esos miserables parientes que debían hacerte tanto bien y te hacen tanto mal. ¡Tú, Petrilla, la hija de un coronel muerto por Francia, reducida por esos monstruos a servirles en la cocina!… ¡Ahí han ido a parar tus lindos colorea y tu hermosa salud! ¿Qué ha sido de mi Petrilla? ¿Qué han hecho de ella? Bien veo que no estás a gusto. ¡Oh, Petrilla! Volvámonos a Bretaña. Yo puedo ganar allí para darte todo lo que necesites; podrás tener tres francos diarios, porque yo gano cuatro o cinco y con treinta sueldos me basta. ¡Ah, Petrilla, cómo he rogado a Dios por ti desde que he vuelto a verte! Le he pedido que me dé todos tus sufrimientos y deje para ti todas las alegrías. ¿Qué haces tú con esos que te retienen a su lado? Tu abuela es más que ellos. Esos Rogron son venenosos; te han robado la alegría. Tu manera de andar por Provins no es la misma con que andabas por Bretaña. ¡Volvamos a Bretaña! Yo estoy aquí para servirte, para hacer lo que mandes, y tú me dirás lo que quieres. Si necesitas dinero, tengo para nosotros sesenta escudos; tendré el dolor de mandártelos por la cuerda en vez de besar con respeto tus queridas manos al ponerlos en ellas. ¡Ah! Ya hace mucho tiempo, querida Petrilla, que el azul del cielo se ha enturbiado para mí. No he tenido dos horas de placer desde que te dejé en aquella maldita diligencia, y cuando te volví a ver como una sombra, la bruja de tu parienta turbó nuestra felicidad. En fin, tendremos el consuelo, todos los domingos, de rogar a Dios juntos y tal vez así nos oiga mejor. Hasta luego, Petrilla, hasta la noche.»

La carta conmovió de tal modo a Petrilla, que estuvo más de una hora releyéndola y mirándola, pero pensó con dolor que no tenía con qué escribir. Emprendió, pues, el difícil viaje de su guardilla al comedor, donde podría hallar tinta, una pluma, papel, y logró realizarle sin despertar a su terrible prima. Momentos antes de la media noche tenía ya escrita esta carta, que fue también citada en el proceso:

«Amigo mío, ¡oh, sí!, amigo mío, porque nadie me quiere más que tú y mi abuela. Que Dios me lo perdone, pero sois también las dos únicas personas a quien quiero, tanto a la una como a la otra, ni más ni menos. Era yo demasiado pequeña para haber podido conocer a mi mamaíta; pero a ti, Santiago, a mi abuela y también a mi abuelo —Dios le tenga en el cielo, porque sufrió mucho con su ruina, que era la mía—, en fin, a los dos que habéis quedado os quiero tanto como desgraciada soy. Así, para que supieráis cuánto os quiero sería necesario que supieseis cuánto sufro; y no quiero que lo sepáis: os daría demasiada pena! ¡Se me habla como no hablamos nosotros a los perros! ¡Se me trata como la última de las últimas! Yo me complazco en examinarme ante Dios y no veo que les haya hecho ningún daño. Antes que tú me cantases la canción de las casadas, yo reconocía en mis dolores la bondad de Dios, porque como le pedía que me llevase de este mundo y me sentía muy mala, me decía: «¡Dios me oye!» Pero puesto que está aquí, Brigaut, quiero que nos vayamos a Bretaña, a reunirnos con mi abuela, que me quiere, aunque ellos la acusan de haberme robado ocho mil francos. ¿Puedo yo tener ocho mil francos, Brigaut? Si son míos, ¿podrías tú hacerte cargo de ellos? Pero son mentiras. Si tuviésemos ocho mil francos no estaría mi abuela en San Jacobo. No he querido turbar los últimos días de esa santa mujer contándole mis tormentos; la harían morir.

¡Ah, si ella supiera que hacen lavar la vajilla a su nieta, ella que me decía: «Deja eso, bonita mía», cuando en sus horas de desgracia quería yo ayudarla… «Deja, deja eso, hermosa mía, que te vas a estropear tus lindas manecitas.» ¡Ah! ¡Bonitas tengo ahora las uñas! Muchas veces no puedo llevar el cesto de la compra, que me sierra el brazo al volver del mercado. Sin embargo, no creo que mis primos sean malos; es su manía de reñir siempre. Y, según parece, no puedo dejarlos.

Mi primo es tutor mío. Un día que quise escaparme porque sufría demasiado, y se lo dije, mi prima Silvia me dijo que me perseguirían los gendarmes, que la ley ayudaba a mi tutor; y yo he comprendido bien que los primos no reemplazan a nuestro padre y a nuestra madre, como los santos no reemplazan a Dios. ¿Qué quieres, mi pobre Santiago, que haga con tu dinero? Guárdale para nuestro viaje. ¡Oh, cómo pensaba en ti y en Pen—Höel y en nuestro gran estanque! Allí tuvimos nuestras últimas dichas; últimas, porque me parece que voy mal. ¡Estoy muy enferma, Santiago! Siento en la cabeza dolores agudísimos, y en los huesos, en la espalda y en los riñones no sé qué tengo que me mata; no tengo apetito más que para comer suciedades: raíces, hojas; me gusta el olor de los papeles impresos. Hay momentos en que lloraría si estuviese sola, porque no me dejan hacer nada a mi gusto y ni para llorar me dan permiso. Tengo que esconderme para ofrecer mis lágrimas al que nos ha dado esto que llamamos nuestras aflicciones. ¿No es Él quien te inspiró la buena idea de venir a cantar bajo mis ventanas la canción de las casadas? ¡Ah, Santiago! Mi prima, que te oyó, dijo que yo tenía un novio. Si quieres ser mi novio, ayúdame; te prometo quererte siempre como hasta ahora y ser tu servidora fiel.

PETRILLA LORRAIN

Me querrás siempre, ¿verdad?»

La bretona había cogido en la cocina una corteza de pan, que agujereó para incrustar en ella la carta y dar aplomo a la cuerda. A media noche, después de abrir la ventana con excesivas precauciones, echó la carta y el pan, que no podía hacer ningún ruido al chocar con la pared o con las persianas. Sintió que Brigaut tiraba de la cuerda, la rompía y se alejaba depués a pasos de lobo. Cuando llegó al centro de la plaza, Petrilla pudo verle confusamente a la luz de las estrellas; él la contemplaba a la luz reflejada por la bujía. Los dos niños permanecieron así durente una hora.

Petrilla le hacía señas para que se marchase; él echaba a andar; ella se quedaba quieta; él volvía a su sitio, y Petrilla lo volvía a mandar que saliese de la plaza. Varias veces se repitieron estas maniobras, hasta que Petrilla cerró la ventana, se acostó y apagó la vela. Ya en el lecho, se durmió feliz, aunque sufría: tenía la carta de Brigaut bajo la almohada. Durmió como duermen los perseguidos, con un sueño embellecido por los ángeles; ese sueño envuelto en atmósferas de azul y oro llenas de los divinos arabescos que entrevió y pintó Rafael.

La naturaleza moral tenía tanto imperio en aquella naturaleza física, que a la mañana siguiente Petrilla se levantó alegre y ligera como una alondra, radiante y feliz. Un cambio tal no podía escaparse a los ojos de su prima, que en aquella ocasión, en vez de gruñir, se puso a observar con la atención de una urraca. «¿De dónde le viene tanta dicha?», fue un pensamiento de celos y no de tiranía. Si el coronel no la hubiera tenido preocupada, habría dicho a Petrilla como otras veces: «¡Es usted muy turbulenta o muy despreocupada de lo que se le dice!» La solterona resolvió espiar a Petrilla como las solteronas saben espiar. Aquel día fue sombrío y mudo como el momento que precede a la tempestad.

—¿Ya no está usted enferma, señorita? —dijo Silvia en la comida—. ¡Cuando yo te decía que todo eso lo hacía para atormentarnos! —exclamó dirigiéndose a su hermano, sin esperar la respuesta de Petrilla.

—Al contrario, prima, tengo así como fiebre…

—¿Fiebre de qué? Está usted alegre como un pinzón. ¿Tal vez ha vuelto usted a ver a alguien?

Petrilla se estremeció y bajó los ojos al plato.

—¡Tartufa! —exclamó Silvia—. ¡Con catorce años y qué aptitudes tiene ya! ¡Va usted a ser una desgraciada!

—No sé qué quiere usted decirme —repuso Petrilla, alzando a su prima los hermosos ojos castaños llenos de luz.

—Hoy —dijo Silvia— se quedará usted en el comedor trabajando, con una vela. Está usted demasiado en el salón y no quiero que me mire usted el juego para aconsejar a sus favoritos.

Petrilla no pestañeó.

—¡Disimulada! —exclamó Silvia, saliendo del comedor.

Rogron, que no comprendía las palabras de su hermana, dijo a Petrilla.

—Pero ¿qué os sucede a las dos? Procura complacer a tu prima, Petrilla; es muy indulgente, muy dulce, y si se pone de mal humor contigo seguramente has hecho algo malo. ¿Por qué disputáis? A mí me gusta vivir tranquilo. Fíjate en la señorita Betilda. Debías tomarla por modelo.

Petrilla podía soportarlo todo porque Brigaut había de ir, sin duda, a media noche a llevarle su respuesta; y aquella esperanza era su premio. ¡Pero ya estaba gastando sus últimas fuerzas! No durmió; estuvo en pie, oyendo dar las horas en los relojes y temiendo hacer ruido. Por fin dieron las doce; abrió suavemente la ventana y echó una cuerda que había hecho atando varios cabos. Oyó los pasos de Brigaut, retiró la cuerda y leyó la carta siguiente, que la colmó de alegría:

«Mi querida Petrilla: Si sufres tanto, no te canses esperándome. Me oirás gritar como gritan los chuanes. Afortunadamente, mi padre me enseñó a imitar su grito. Gritaré, pues, tres veces, y así sabrás que estoy abajo y que tienes que echarme la cuerda; pero no vendré hasta dentro de unos días. Espero darte una buena noticia. ¡Oh, Petrilla! ¡Morir! Pero ¿piensas en eso? Todo mi corazón ha temblado; sólo de pensarlo he creído que era yo quien se moría. No, Petrilla mía, no morirás; vivirás feliz, y bien pronto estarás libre de tus perseguidores. Si no lograse lo que intento para salvarte, iría a hablar a la justicia y diría a la faz del cielo y de la tierra cómo te tratan tus indignos parientes. Estoy seguro de que sólo te quedan unos días de padecer. ¡Ten paciencia, Petrilla! Brigaut vela por ti como cuando íbamos a patinar por el estanque y te retiré de aquel gran agujero donde estuvimos a punto de morir los dos. Adiós, mi querida Petrilla; dentro de unos días seremos felices, si Dios quiere. ¡Ay! No quiero decirte la única cosa que se opondría a nuestra reunión. ¡Pero Dios nos quiere! Dentro de unos días, por tanto, podré ver a mi amada Petrilla en libertad, sin preocupaciones, sin que me impidan mirarte, porque tengo mucha hambre de verte, ¡oh, Petrilla! ¡Petrilla que se digna quererme y me lo dice! Sí, Petrilla, seré tu novio, pero cuando haya ganado la fortuna que mereces; hasta entonces no quiero ser para ti más que un abnegado servidor de cuya vida puedes disponer. Adiós.

SANTIAGO BRIGAUT

Véase ahora lo que el hijo del comandante no decía a Petrilla. Brigaut había escrito la siguiente carta a la señora de Lorrain, a Nantes:

«Señora Lorrain: Su nieta va a morir, aniquilada por los malos tratamientos, si usted no viene a reclamarla; me ha costado trabajo reconocerla, y para que pueda usted por sí misma formar juicio, le envío adjunta la carta que he recibido de Petrilla. Aquí se dice que se ha apoderado usted de la fortuna de su nieta y usted debe defenderse de esta acusación. Si puede, venga en seguida; todavía podemos ser dichosos, mientras que más tarde encontrará usted a Petrilla muerta.

Soy, con todo respeto, su afectísimo servidor,

SANTIAGO BRIGAUT.

»Casa del señor Frappier, carpintero. Calle Mayor Provins.»

Brigaut temía que la abuela de Petrilla hubiese muerto.

Aunque la carta del que ella, en su inocencia, llamaba su novio fuese casi un enigma para la bretona, creyó en ella con toda su fe virginal. Su corazón experimentó la sensación que experimentan los viajeros del desierto cuando distinguen a lo lejos un pozo rodeado de palmeras. Dentro de pocos días iba a cesar su desventura; Brigaut se lo decía. Durmió tranquila con la promesa de su amigo de la infancia y, sin embargo, al juntar la segunda carta con la primera tuvo un triste pensamiento, tristemente expresado.

«¡Pobre Brigaut —se dijo—. No sabe en qué cepo he metido los pies.»

Silvia había oído a Petrilla; había también oído los pasos de Brigaut debajo de su ventana. Se levantó, se precipitó a examinar la plaza a través de las persianas y vio, a la luz de la Luna, un hombre que se alejaba hacia la casa donde vivía el coronel, y ante la cual se estacionó Brigaut. La solterona abrió muy suavemente la puerta, subió, se quedó estupefacta al ver luz en el cuarto de Petrilla, miró por el ojo de la cerradura y no pudo ver nada.

—Petrilla —dijo—, ¿está usted mala?

—No, prima —respondió Petrilla sorprendida.

—Entonces, ¿por qué tiene usted luz a media noche? Abra usted. Necesito saber lo que hace.

Petrilla fue a abrir con los pies descalzos, y su prima vio la cuerda, que Petrilla, no temiendo ser sorprendida, se había olvidado de guardar. Silvia se apresuró a cogerla.

—¿Para qué le sirve a usted esto?

—Para nada, prima.

—¿Para nada? Bueno. ¡Siempre mintiendo! Por ese camino no irá usted al paraíso. Vuélvase a acostar; tiene usted frío.

No preguntó más y se retiró, dejando a Petrilla aterrorizada por aquella clemencia. En vez de estallar, Silvia había repentinamente decidido sorprender al coronel y a Petrilla, apoderarse de sus cartas y confundir a los dos amantes que la engañaban. Petrilla, inspirada por el peligro que lo amenazaba, se cosió las cartas al forro del corsé, cubriéndolas con un retazo de indiana.

Allí acabaron los amores de Petrilla y Brigaut.

Petrilla se alegró mucho de la resolución de su amigo, porque las sospechas de Silvia se desvanecerían cuando no encontrasen de qué alimentarse. En efecto, Silvia pasó tres noches en pie, y durante tres veladas estuvo espiando al inocente coronel, sin ver ni en el cuarto de Petrilla, ni en la casa, ni fuera de la casa nada que delatase la inteligencia de los dos.

Envió a Petrilla a confesar, y aprovechó aquel momento para registrarlo todo en la habitación de la niña, con el hábito y la perspicacia de los espías y de los guardas de consumos de las afueras de París. No encontró nada. Su furor llegó al apogeo de los sentimientos humanos. Si hubiera estado allí Petrilla, es seguro que la habría pegado. Para una mujer de su temple, los celos eran más una ocupación que un sentimiento; vivía, sentía latirle el corazón, experimentaba emociones que hasta entonces no había conocido; el más ligero movimiento la desvelaba; escuchaba los ruidos más leves; observaba a Petrilla con una preocupación sombría.

—¡Esta miserable me matará! —decía.

Las severidades de Silvia para con su prima llegaron a la más refinada crueldad y empeoraron el deplorable estado en que Petrilla se encontraba. La pobre niña tenía todos los días fiebre y sus dolores de cabeza se hicieron intolerables. Al cabo de ocho días, los visitantes de los Rogron pudieron ver su rostro tan dolorido, que, a no impedírselo la crueldad de sus intereses, habrían tenido compasión; pero el médico Neraud, aconsejado quizá por Vinet, estuvo una semana sin ir.

El coronel, sabiendo que inspiraba sospechas, temió comprometer su matrimonio si mostraba el menor interés por Petrilla. Betilda explicaba el cambio de la niña atribuyéndolo a una crisis prevista, natural y sin peligro. Al fin, un domingo por la noche, estando Petrilla en el salón, lleno a la sazón de gente, no pudo resistir tantos dolores y se desmayó. El coronel fue el primero que lo vio; fue a cogerla en brazos y la llevó a un sofá.

—Lo ha hecho adrede —dijo Silvia, mirando a la señorita Habert y a los que jugaban con ella.

—Le aseguro a usted que su prima está muy mala.

—En los brazos de usted se encontraba muy bien —dijo Silvia al coronel con una horrible sonrisa.

—El coronel tiene razón —dijo la señora de Chargebœuf—; debe usted llamar a un médico. Esta mañana, al salir de la iglesia, todo el mundo hablaba del estado de la señorita Lorrain, que es visible.

—Me muero —dijo Petrilla.

Desfondrilles llamó a Silvia y le dijo que desabrochara el vestido de su prima. Silvia acudió, diciendo:

—¡Son jeremiadas!

Desabrochó el vestido y, cuando iba a aflojar el corsé, Petrilla encontró fuerzas sobrehumanas y se incorporó, exclamando:

—¡No, no! Iré a acostarme.

Silvia había palpado el corsé y había notado los papeles. Dejó que Petrilla se marchara y dijo:

—Y ahora, ¿qué dicen ustedes de su enfermedad? Son farsas. Ustedes no pueden figurarse la perversidad de esta niña.

Cuando terminó la velada, retuvo a Vinet. Estaba furiosa, y quería vengarse. Estuvo grosera con el coronel cuando la saludó para despedirse. El coronel lanzó a Vinet una mirada profundamente amenazadora, como si le señalase en el vientre el sitio en que le iba a poner una bala. Silvia rogó a Vinet que se quedase. Cuando estuvieron solos, le dijo:

—¡Jamás en mi vida me casaré con el coronel!

—Ahora que ha tomado usted esa resolución, puedo hablar. El coronel es amigo mío, pero yo lo soy de ustedes más que de él; Rogron me ha prestado servicios que no olvidaré nunca. Soy tan buen amigo como implacable enemigo. Una vez en la Cámara, se verá hasta dónde soy capaz de llegar, y Rogron será recaudador general, hecho por mí… Pues bien: ¡júreme que nunca revelará nuestra conversación!

Silvia hizo un signo afirmativo.

—Ante todo, ese valiente coronel es más jugador que las mismas cartas.

—¡Ah! —dijo Silvia.

—A no ser por las dificultades que esa pasión le ha creado, tal vez sería mariscal de Francia —prosiguió el abogado—. Así, devoraría la fortuna de usted. Pero es un hombre de mucho fondo. No crea usted que los esposos tienen o no tienen hijos a su arbitrio. Los hijos los da Dios, y usted sabe lo que le ocurriría si los tuviese. No; si quiere usted casarse, espere a que yo sea diputado y podrá usted hacerlo con ese anciano Desfondrilles, que será presidente del Tribunal. Para vengarse, case usted a su hermano con la señorita de Chargebœuf; yo me encargo de obtener su consentimiento; ella tendrá dos mil francos de renta y emparentarán ustedes con los Chargebœuf como yo. Créame usted: los Chargebœuf nos tendrán un día por primos.

—Gouraud quiere a Petrilla —fue la respuesta de Silvia.

—Es muy capaz —repuso Vinet—, y es también capaz de casarse con ella cuando usted muera.

—Un bonito cálculo —dijo ella.

—Se lo he dicho a usted: es un hombre astuto, como el diablo. Case usted a su hermano, anunciando que va usted a permanecer soltera para dejar su fortuna a sus sobrinos o sobrinas; así casa usted de un golpe a Gouraud y a Petrilla y verá usted la cara que pone él.

—¡Ah, es verdad! —exclamó la solterona—. ¡Ya son míos! Ella irá a un almacén y se quedará sin nada. No tiene un céntimo. Que haga lo que nosotros: ¡que trabaje!

Vinet se marchó, después de haber metido sus planes en la cabeza de la solterona, cuya testarudez conocía. Silvia acabaría por creer que el plan era invención suya. Vinet encontró en la plaza al coronel, que le esperaba fumando un cigarro.

—¡Alto! —dijo Gouraud—. Usted me ha derrumbado, pero en mis ruinas hay bastantes piedras para enterrarle a usted.

—¡Coronel!

—¡No hay coronel que valga! Voy a ponerme frente a usted. Ante todo, no será usted diputado.

—¡Coronel!

—Dispongo de diez votos, y la elección depende de…

—Pero, coronel, escúcheme ¿No hay más en el mundo que esa vieja de Silvia? He intentado justificarle a usted; está usted acusado de escribir a Petrilla; Silvia le ha visto a usted salir de casa a media noche para ponerse debajo de sus ventanas.

—¡Bonita invención!

—Va a casar a su hermano con Betilda y dejará su fortuna a sus sobrinos.

—Pero ¿tendrá hijos Rogron?

—Sí —dijo Vinet—. Pero le prometo a usted buscarle una mujer joven y agradable con ciento cincuenta mil francos. ¿Está usted loco? ¿Podemos enfadarnos nosotros? Las cosas, bien a mi pesar, se han vuelto contra usted; pero usted no me conoce.

—Bueno —replicó el coronel—, hay que conocerse. Cáseme usted con una mujer de cincuenta mil escudos antes de las elecciones, y si no, hemos terminado. No me gusta la gente de mal dormir, y usted se ha llevado para sí toda la manta. Buenas noches.

—Ya verá usted —dijo Vinet, estrechando la mano al coronel afectuosamente.

A eso de la una, los tres gritos claros y distintos de un mochuelo resonaron en la plaza. Petrilla los oyó entre su sueño febril, se levantó sudorosa, abrió la ventana, vio a Brigaut y le arrojó un ovillo de seda, al cual ató una carta. Silvia, agitada por los acontecimientos de la noche y por sus indecisiones, no dormía. Creyó que se trataba efectivamente de un mochuelo.

—¡Pájaro de mal agüero!… Pero, ¡hola! ¡Petrilla se levanta! ¿Qué le ocurre?

Y como oyera abrir la ventana de la guardilla, corrió precipitadamente a su balcón y oyó el roce del papel de Brigaut a lo largo de sus persianas. Se ató los cordones de la camisa y subió rápidamente al cuarto de Petrilla, a quien encontró desatando la carta.

—¡Ah, están ustedes cogidos! —exclamó la solterona, yendo a la ventana y viendo a Brigaut, que escapaba a todo correr. Va usted a darme esa carta.

—No, prima —dijo Petrilla, que en una de esas inmensas inspiraciones de la juventud y sostenida por su alma, se elevó hasta la grandeza de resistencia que admiramos en la historia de algunos pueblos entregados a la desesperación.

—¡Ah! ¿No quiere usted? —exclamó Silvia, avanzando hacia su prima y mostrándole su horrible máscara, llena de odio y gesticulante de furor.

Petrilla retrocedió apretando la carta en la mano, que cerraba con una fuerza invencible. Al ver aquello, Silvia agarró con sus manos, como pinzas de langosta la delicada, la blanca mano de Petrilla y quiso abrírsela. Fue un combate terrible, un combate infame, como todo lo que atenta al pensamiento, único tesoro que Dios pone fuera de todo poder y conserva como sagrado lazo entre Él y los desgraciados.

Aquellas dos mujeres, moribunda la una y la otra llena de vigor, se miraron fijamente. Los ojos de Petrilla lanzaban a su verdugo la mirada del templario que recibía en el pecho los golpes de péndulo, en presencia de Felipe el Bello, que no pudo sostener aquel rayo terrible y huyó enloquecido. Silvia, mujer y celosa, respondió a aquella mirada magnética con relámpagos siniestros. Reinaba un horrible silencio. Los dedos apretados de la bretona oponían a las tentativas de su prima una resistencia igual a la de un bloque de acero. Silvia torturaba el brazo de Petrilla y se esforzaba por abrirle los dedos; y como no lo conseguía, le clavaba inútilmente las uñas en la carne. Por fin, arrebatada por la rabia, se llevó aquel puño a la boca para morder los dedos y vencer a Petrilla por el dolor. Petrilla seguía arriesgándose a todo con la terrible mirada de la inocencia. El furor de la solterona aumentó hasta tal punto, que la cegó; cogió el brazo de Petrilla y se puso a golpear el puño contra el marco de la ventana, contra el mármol de la chimenea, como cuando se quiere cascar una nuez para obtener el fruto.

—¡Socorro! ¡Socorro! —gritó Petrilla— ¡Me matan!

—¡Ah, gritas, y te he cogido con un amante en medio de la noche!

Y golpeaba sin piedad.

—¡Socorro! —gritó Petrilla, que tenía el puño ensangrentado.

En aquel instante sonaron violentos golpes en la puerta. Igualmente agotadas, las dos primas se detuvieron.

Rogron, que se había despertado, inquieto, sin saber lo que sucedía, se levantó, corrió a la habitación de su hermana y no la vio; tuvo miedo, bajó, y fue casi derribado por Brigaut, a quien seguía una especie de fantasma. En el mismo momento, los ojos de Silvia vieron el corsé de Petrilla; recordó que había palpado papeles en él; saltó sobre él como un tigre sobre su presa; se rodeó con el corsé el puño y se lo mostró a Petrilla, sonriendo, como un piel roja sonríe a su enemigo antes de arrancarle la piel del cráneo.

—¡Ah, me muero! —dijo Petrilla cayendo de rodillas— ¿Quién me salvará?

—¡Yo! —exclamó una mujer de cabellos blancos, en la cual vio Petrilla una vieja cara apergaminada, donde brillaban dos ojos grises.

—¡Ah, abuela! Llegas demasiado tarde —exclamó la pobre niña, deshaciéndose en llanto.

Petrilla se dejó caer en el lecho, sin fuerzas, aniquilada por el abatimiento que sigue, en un enfermo, a una lucha tan violenta. El descarnado fantasma cogió a Petrilla en brazos, como las nodrizas cogen a los niños, y salió con Brigaut, sin decir a Silvia una palabra, pero lanzándole, con una mirada trágica, la más majestuosa acusación. La aparición de la augusta anciana, con su traje bretón, encapuchonada con su cofia, que es una especie de pelliza de paño negro, acompañada del terrible Brigaut, espantó a Silvia: creyó haber visto a la muerte. La solterona bajó, oyó que la puerta se cerraba y se encontró cara a cara con su hermano, que le dijo:

—¿No te han matado?

—Acuéstate —dijo Silvia—. Mañana por la mañana veremos lo que hay que hacer.

Se volvió a la cama, descosió el corsé y leyó las dos cartas de Brigaut, que la dejaron confundida. Se durmió en medio de la más extraña perplejidad, convencida de que su conducta había de tener terribles resultados.

Las cartas enviadas por Brigaut a la señora viuda de Lorrain la habían encontrado llena de inefable alegría, que su lectura turbó. La pobre septuagenaria padecía de no tener a Petrilla a su lado y se consolaba de haberla perdido creyendo haberse sacrificado al interés de su nieta. Tenía uno de esos corazones siempre jóvenes que sostienen y animan la idea del sacrificio. Su anciano esposo, cuya única alegría consistía en la nieta, había echado mucho de menos a Petrilla; la buscaba todos los días en su derredor. La marcha de la niña fue para él uno de esos dolores de que los viejos acaban por morir. Cualquiera puede imaginar la felicidad de la pobre vieja, confinada en un asilo, cuando se enteró de una de esas acciones raras que todavía ocurren en Francia.

Después de sus desastres, Francisco José Collinet, jefe de la Casa Collinet, marchó a América con sus hijos. Tenía demasiado corazón para vivir en Nantes arruinado y sin crédito y rodeado de las desgracias que su quiebra había causado. De 1814 a 1824, el animoso negociante, con la ayuda de sus hijos y de su cajero, que le siguió fielmente y le facilitó los primeros fondos, empezó valerosamente a hacer otra fortuna.

Al cabo de inauditos trabajos, coronados por el éxito, volvió, once años más tarde, a buscar su rehabilitación en Nantes, dejando a su hijo mayor al frente de la casa transatlántica. Encontró a la señora Lorrain, de Pen—Höel, en San Jacobo y fue testigo de la resignación con que la más desventurada de sus víctimas soportaba la miseria.

—Dios le perdone a usted —le dijo la vieja—, ya que, encontrándome casi al borde de la sepultura, me da usted los medios de asegurar la dicha de mi nieta. ¡Pero a mi pobre marido no podré rehabilitarle nunca!

El señor Collinet llevaba a su acreedora el capital y los intereses según la tasación comercial: unos cuarenta y dos mil francos. Sus otros acreedores, comerciantes activos, ricos, inteligentes, se habían sostenido, mientras que la desgracia de los Lorrain le pareció irremediable al viejo Collinet, que prometió a la viuda rehabilitar la memoria de su marido, puesto que sólo se trataba de otros cuarenta mil francos. Cuando la Bolsa de Nantes conoció aquel rasgo de generosidad reparadora, quiso admitir en su seno a Collinet, sin esperar la sentencia del Tribunal de Rennes; pero el negociante rehusó aquel honor y se sometió a los rigores del Código de Comercio. La señora de Lorrain había, pues, recibido cuarenta y dos mil francos la víspera del día en que el correo le llevó las cartas de Brigaut. Al dar a Collinet el recibo, sus primeras palabras fueron:

—¡Podré, pues, vivir con mi Petrilla y la casaré con ese pobre Brigaut, que hará fortuna con mi dinero!

No podía estar tranquila; iba de un lado para otro; quería marchar a Provins. Así es que, al recibir las fatales cartas, se echó a la calle como una loca, buscando los medios de ir a Provins con la rapidez del relámpago. Marchó en el correo, cuando le explicaron la celeridad gubernamental de aquel coche. En París tomó el coche de Troyes; a las once y media había llegado a casa del señor Frappier, donde Brigaut, al ver la sombría desesperación de la anciana bretona, le prometió llevarle en seguida su nieta, explicándole en pocas palabras el estado de la niña.

Estas pocas palabras asustaron tanto a la abuela, que no pudo vencer su impaciencia y corrió a la Plaza. Cuando Petrilla gritó, aquel grito hirió a la bretona, como a Brigaut, en el corazón. Habrían despertado a toda la ciudad si Rogron, temeroso, no les hubiera abierto. Aquel grito de la joven en plena angustia dio a la abuela súbitamente tanta fuerza como espanto; llevó a su amada Petrilla a casa del señor Frappier, cuya mujer había arreglado aceleradamente la habitación de Brigaut para la abuela de Petrilla. En aquella pobre casa, en una cama medio deshecha, fue depositada la enferma, que en seguida se desvaneció, conservando todavía el puño cerrado, lacerado, sangrante, clavadas las uñas en la carne. Brigaut, Frappier, su mujer y la anciana contemplaron a Petrilla en silencio, presos todos de un asombro indecible.

—¿Por qué tiene la mano ensangrentada? —fue la primera palabra de la abuela.

Petrilla, vencida por el sueño que sigue a los grandes esfuerzos, y sabiendo que estaba libre de toda violencia, abrió la mano. La carta de Brigaut apareció como una respuesta.

—Le han querido quitar mi carta —dijo Brigaut, cayendo de rodillas y recogiendo las frases que había escrito para decir a su amiguita que saliese callando de la casa de los Rogron.

Besó piadosamente la mano de aquella mártir.

Ocurrió entonces algo que hizo temblar a los carpinteros, y fue que vieron a la anciana Lorrain, espectro sublime, en pie a la cabecera de su niña.

El terror y la venganza derramaban su expresión fulgurante por los miles de arrugas que surcaban su piel de amarillento marfil. Aquella frente, cubierta de ralos cabellos grises, expresaba la cólera divina. Con ese poder de intuición que tienen los viejos cuando están cerca de la tumba, leía toda la vida de Petrilla, en la cual, además, había pensado durante todo el viaje. Adivinó la enfermedad que amenazaba de muerte a su niña querida. Dos gruesas lágrimas, trabajosamente nacidas de sus ojos blancos y grises, de los cuales habían las penas arrancado pestañas y cejas, dos perlas de dolor se formaron, dándoles una espantosa frescura, se hincharon y rodaron por las descarnadas mejillas sin mojarlas.

—¡Me la han matado! —dijo al fin, juntando las manos.

Cayó de rodillas, haciendo con ellas un ruido seco en el piso, y se puso, sin duda, a hacer una promesa a Santa Ana de Auray, la más poderosa de las Vírgenes de Bretaña.

—¡Un médico de París! —dijo a Brigaut—. ¡Corre, Brigaut, corre!

Cogió al artesano por los hombros y le hizo andar con un gesto de mando despótico.

—Yo iba a venir, Brigaut —exclamó volviéndole a llamar—. Mira: soy rica.

Desanudó el cordón que unía en el pecho los dos lados de su corpiño, sacó un papel, en el cual estaban envueltos cuarenta y dos billetes de Banco, y dijo:

—¡Toma lo que necesites! Trae el mejor médico de París.

—Guarde eso —dijo Frappier—; ahora no puede cambiar un billete; yo tengo dinero. La diligencia va a pasar y encontrará un sitio en ella; pero antes, ¿no sería mejor consultar al señor Martener, que nos indicaría un médico de París? Tenemos tiempo, porque la diligencia aun tardará una hora.

Brigaut fue a despertar al señor Martener y le trajo consigo; el médico no se sorprendió poco de saber que la señorita Lorrain estaba en casa de los Frappier. Brigaut le explicó la escena que acababa de ocurrir en casa de los Rogron. La charla de un amante desesperado dio a conocer al médico aquel drama doméstico, pero sin que pudiera sospechar su horror ni su trascendencia. Martener dio a Brigaut la dirección del célebre Horacio Bianchon, y Brigaut partió con su maestro en busca de la diligencia, cuyo ruido se oía ya. El señor Martener se sentó; examinó primero las equimosis y las heridas de la mano, que colgaba por fuera del lecho.

—¡Estas heridas no se las ha hecho ella! —dijo.

—No; la horrible mujer a quien yo tuve la desgracia de confiarla la asesinaba —dijo la abuela—.

Mi pobre Petrilla gritaba: «¡Socorro! ¡Me muero!» de un modo que habría enternecido el corazón de un verdugo.

Pero ¿por qué? —dijo el médico, tomando el pulso a Petrilla—. Está muy enferma —añadió, acercando a la cama una luz—. ¡Ah! Difícilmente la salvaremos —prosiguió, después de examinar el rostro—. Ha debido de sufrir mucho, y no me explico cómo no la han cuidado.

—Yo pienso —dijo la abuela— acudir a la justicia. Unas personas que me pidieron mi nieta por carta diciéndose ricas, con doce mil libras de renta, ¿tenían el derecho de convertirla en cocinera y obligarla a hacer trabajos superiores a sus fuerzas?

—No han querido ver la enfermedad más visible a que las jóvenes están expuestas y que exige los mayores cuidados —exclamó el señor Martener.

Petrilla se despertó, a causa de la luz con que la señora de Frappier alumbraba su cara y de los horribles sufrimientos que la reacción moral de su lucha lo producía en la cabeza.

—¡Ah, señor Martener, qué mala estoy! —dijo con su delicada vocecita.

—¿Dónde le duele a usted, amiguita? —dijo el médico.

—Aquí —dijo ella, poniéndose un dedo en la cabeza, por encima de la oreja izquierda.

—¡Un tumor! —exclamó el médico, después de palpar despacio la cabeza y de preguntar a Petrilla sobre sus dolores—. Tiene usted que decírnoslo todo, hija mía, para que podamos curarla. ¿Por qué tiene usted así la mano? Usted no se ha hecho tales heridas.

Petrilla refirió candorosamente su combate con su prima Silvia.

—Hágala usted hablar —dijo el médico a la abuela— y entérese bien de todo. Yo esperaré a que llegue el médico de París, y él y yo nos reuniremos en consulta con el cirujano—jefe del hospital. Me parece muy grave todo esto. Voy a encargar que traigan una poción calmante, que dará usted a la señorita para que duerma; necesita dormir.

Cuando se quedó sola con su nieta, la anciana bretona le hizo revelarlo todo, empleando el ascendiente que sobre ella tenía, diciéndole que era lo bastante rica para los tres y prometiéndole que Brigaut se quedaría con ellas. La pobre criatura confesó su martirio, sin adivinar que iba a dar ocasión a un proceso. Las monstruosidades de aquellos dos seres sin corazón, ignorantes de lo que es familia, descubrían a la vieja mundos de dolor tan extraños a su manera de pensar como podían serlo las costumbres de las razas salvajes de las costumbres de los primeros viajeros que penetraron en las sabanas de América.

La llegada de su abuela y la certidumbre de que en lo sucesivo estaría con ella, y rica, adormecieron el pensamiento de Petrilla como la poción adormecía su cuerpo. La anciana bretona veló a su nieta besándole la frente, los cabellos y las manos, como las santas mujeres debieron de besar a Jesús al colocarle en el sepulcro.

A las nueve de la mañana el señor Martener fue en busca del presidente, a quien contó la escena de la noche anterior entre Silvia y Petrilla, y luego las torturas morales y físicas, las sevicias de todo género que los Rogron habían infligido a su pupila, y las dos enfermedades mortales que a consecuencia de aquellos tratamientos se habían apoderado de la joven. El presidente llamó al notario Auffray, uno de los parientes de Petrilla por la línea materna.

En aquellos instantes estaba en su apogeo la guerra entre el partido Vinet y el partido Tiphaine. Las hablillas que los Rogron hacían correr por Provins sobre los conocidos amoríos de la señora de Roguin con el banquero Du Tillet, sobre las circunstancias de la bancarrota del padre de la señora de Tiphaine, un falsario —decían—, hirieron más vivamente a los Tiphaine porque se trataba de maledicencias y no de calumnias. Eran heridas en el corazón; atacaban a los intereses en lo vivo. Aquellas murmuraciones, repetidas a los partidarios de los Tiphaine por las mismas bocas que comunicaban a los Rogron las burlas de la hermosa señora de Tiphaine y de sus amigos, alimentaban los odios, combinados para lo sucesivo con la cuestión política.

Las irritaciones que producía entonces en Francia el espíritu de partido, cuyas violencias fueron excesivas, se juntaba dondequiera, como en Provins, con los intereses amenazados y con las individualidades interesadas y militantes. Cada bando aprovechaba ardorosamente lo que podía perjudicar al bando rival. La animosidad de los partidos se mezclaba, tanto como el amor propio, en los asuntos más pequeños, que de ese modo tenían a veces exagerado alcance. Una ciudad se apasionaba por cualesquiera luchas y les daba toda la amplitud de un debate político.

Así, pues, el presidente vio en la causa entre Petrilla y los Rogron un modo de abatir, de desconceptuar, de deshonrar a los dueños de aquel salón donde se que trazaban planes contra la monarquía, donde había nacido el periódico de oposición. Fue llamado el fiscal. El señor Lesourd, el señor Auffray, a quien se nombró tutor subrogado de Petrilla, y el presidente examinaron con el mayor secreto, secundados por el señor Martener, el plan que debía seguirse. El señor Martener se encargó de decir a la abuela de Petrilla que presentase su querella al tutor subrogado. El tutor subrogado convocaría el consejo de familia y, armado con el dictamen de los tres médicos, pediría primeramente la destitución del tutor. Planteado así el asunto, llegaría al Tribunal, y el señor Lesourd vería entonces el modo de llevarlo a lo criminal, provocando un proceso. A eso del mediodía, todo Provins estaba soliviantado por la extraña noticia de lo que había pasado durante la noche en la casa Rogron.

Los gritos de Petrilla habían sido oídos vagamente en la plaza, pero habían durado muy poco; nadie se había levantado; únicamente algunos preguntaron:

—¿Han oído ustedes ruido y gritos a la una? ¿Qué sería?

Las suposiciones y los comentarios habían abultado tanto el horrible drama, que la multitud se agolpó ante la tienda de Frappier, al cual pedían todos informes; el buen carpintero pintó la llegada de la pequeña a su casa, con el puño ensangrentado, los dedos destrozados. Hacia la una de la tarde, la silla de postas del doctor Bianchon, con el cual venía Brigaut, se detuvo ante la casa de Frappier, cuya esposa fue al hospital para avisar al señor Martener y al cirujano—jefe. Las suposiciones de la ciudad se vieron sancionadas por este hecho. Se acusó a los Rogron de haber maltratado cruelmente a su prima y de haberla puesto en peligro de muerte. Vinet recibió la noticia en el Palacio de Justicia; lo dejó todo y corrió a casa de los Rogron. Los dos hermanos acababan de desayunar. Silvia vacilaba en contar a su hermano su arrebato de la noche, y se dejaba abrumar a preguntas, sin contestar más que: «Eso no te importa.» Iba y venía de la cocina al comedor para evitar la discusión. Cuando se presentó Vinet estaba sola.

—¿No se ha enterado usted de lo que pasa? —preguntó el abogado.

—No —dijo Silvia.

—Pues, según van las cosas, con motivo de lo de Patrilla, va usted a sufrir un proceso criminal.

—¡Un proceso criminal! —exclamó Rogron, que entraba en aquel momento—. ¿Por qué? ¿Cómo?

—Ante todo —dijo el abogado mirando a Silvia—, explíqueme usted, sin ocultar nada, lo que ha sucedido esta noche, y como si estuviera usted en presencia de Dios, porque se habla de amputar la mano a Petrilla.

Silvia se puso lívida y se estremeció.

—¿Ha ocurrido, pues, algo? —preguntó Vinet.

La señorita Rogron contó la escena, intentando excusarse; pero, acosada a preguntas, confesó los hechos graves de aquella horrible lucha.

—Si no hubiera usted hecho más que fracturarle los dedos, el asunto sería de la incumbencia de la policía correccional; pero si hay que cortarle la mano, irá a la Audiencia; los Tiphaine harán todo lo posible por llevarlo hasta allí.

Silvia, más muerta que viva, confesó sus celos y, lo que fue más amargo de decir, la falta de fundamepto de sus sospechas.

—¡Qué proceso! —dijo Vinet—. Ahí pueden ustedes acabar, porque muchas personas los abandonarán, aunque lo ganen. Si no triunfan ustedes, tendrán que marcharse de Provins.

—¡Oh, querido Vinet, usted, que es tan gran abogado —dijo, espantado, Rogron—, aconséjenos, sálvenos!

El astuto Vinet llevó al colmo el terror de aquellos dos imbéciles, y declaró formalmente que la señora y la señorita de Chargebœuf vacilarían en volver a su casa. Verse abandonados de aquellas damas era una terrible condena. En fin, al cabo de una hora de magníficas maniobras, se acordó que, para decidirse Vinet a salvar a los Rogron, era necesario que apareciese a los ojos de Provins con un interés extraordinario. Por lo tanto, aquella misma noche se anunciaría la boda de Rogron con la señorita de Chargebœuf.

El domingo se publicarían las amonestaciones. Inmediatamente se haría el contrato en casa de Cournant, acto al que asistiría Silvia para, en consideración a aquella alianza, hacer a su hermano donación inter vivos de todos sus bienes. Vinet hizo comprender a los dos hermanos la necesidad de tener extendido el contrato dos o tres días antes de la boda, a fin de comprometer a las señoras de Chargebœuf a los ojos del público y darles un motivo para seguir visitando la casa de los Rogron.

—Firmen ese contrato, y yo me comprometo a sacarlos a ustedes del mal paso —dijo el abogado—. Habrá una lucha terrible, pero yo emplearé en ella todo lo que soy, y ustedes me deberán otro gran favor.

—¡Oh, sí! —dijo Rogron.

A las once y media, el abogado tenía plenos poderes para el contrato y para la marcha del proceso. A mediodía, el presidente recibió una demanda de Vinet contra Brigaut y la señora viuda de Lorrain por haber arrancado a una menor del domicilio de su tutor. De esta manera, el audaz Vinet se colocaba en actitud de agresor y colocaba a Rogron en la de un hombre irreprochable. En ese sentido habló en el Palacio de Justicia. El presidente dejó para las cuatro el oír a las partes. Es inútil decir hasta qué punto estaba la ciudad de Provins soliviantada con aquellos acontecimientos. El presidente sabía que a las tres habría terminado la consulta de los médicos y quería que el tutor subrogado se presentase, en nombre de la abuela, con el dictamen.

El anuncio del casamiento de Rogron con la bella Betilda de Chargebœuf y de las concesiones que Silvia hacía en el contrato enajenó súbitamente dos personas a los Rogron: la señorita Habert y el coronel, que vieron sus respectivas esperanzas fallidas. Celeste Habert y el coronel permanecieron ostensiblemente unidos a los Rogron, pero sólo para perjudicarlos con más seguridad. Así, en cuanto el señor Martener reveló la existencia de un tumor en la cabeza de la pobre víctima de los merceros, Celeste y el coronel hablaron del golpe que Petrilla se había dado la noche en que Silvia la obligó a marcharse del salón, y recordaron las crueles y bárbaras exclamaciones de la señorita Rogron. Refirieron las pruebas de insensibilidad que había dado la solterona ante los dolores de su pupila. De esta suerte, los amigos de la casa, aparentando defender a Silvia y a su hermano, dejaron sentadas las cosas graves que habían ocurrido en la casa. Vinet había previsto esta tempestad; pero ya la fortuna de los Rogron iba a ser para la señorita de Chargebœuf, y él se prometía verla habitar, dentro de unas semanas, la hermosa finca de la plaza y reinar con ella en Provins, porque ya meditaba aliarse con los Breautey para el logro de sus ambiciones. Desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde, todas las mujeres del partido de Tiphaine, las Garceland, las Guépin, las Julliard, Galardon, Guénée y la subprefecta mandaron por noticias de la señorita Lorrain. Petrilla ignoraba en absoluto el ruido que sus desgracias habían armado en la ciudad. En medio de sus grandes sufrimientos, experimentaba una dicha inefable viéndose entre su abuela y Brigaut, los objetos de su cariño.

Brigaut tenía constantemente los ojos llenos de lágrimas y la abuela acariciaba a su nieta. No hay que decir que la abuela, en su conversación con los tres hombres de ciencia, no omitió ninguno de los detalles que había obtenido de Petrilla sobre su estancia en casa de los Rogron. Horacio Bianchon expresó su indignación en términos vehementes. Espantado de semejante barbarie, exigió que fuesen llamados los demás médicos de la ciudad; de modo que Neraud fue convocado y se le invitó, como amigo de Rogron, a contradecir, si había lugar, las terribles conclusiones de la consulta, que, desgraciadamente para los Rogron, fue redactada con unanimidad. Neraud, a quien ya se inculpaba de haber hecho morir de pena a la otra abuela de Petrilla, se encontraba en una posición falsa, de lo cual se aprovechó el avisado Martener, encantado de aniquilar a los Rogron y de comprometer a aquel señor Neraud, su antagonista. Es inútil reproducir el texto de la consulta, que constituyó una de las piezas del proceso. Si los términos de la medicina de Molière eran bárbaros, los de la medicina moderna tienen la ventaja de ser tan claros que la explicación de la enfermedad de Petrilla, aunque natural y desgraciadamente común, dañaría los oídos.

La consulta era, por lo demás, resolución perentoria, que el nombre del célebre Horacio Bianchon autorizaba. Terminada la audiencia, el presidente permaneció en su sitial al ver a la abuela de Petrilla, acompañada del señor Auffray, de Brigaut y de un público numeroso.

Vinet estaba solo. Este contraste impresionó al público, al cual se unieron muchos curiosos. Vinet, que conservaba puesta la toga, elevó hacia el presidente su rostro frío, asegurándose en los verdes ojos las antiparras. Luego, con su voz débil y monótona, expuso que gente extraña se había introducido, con nocturnidad, en casa del señor y la señorita Rogron y había arrebatado de allí a la menor Lorrain. El tutor debía mantener su derecho y reclamaba su pupila. El señor Auffray se levantó, como protutor, y pidió, la palabra.

—Si el señor presidente —dijo— quiere enterarse de este dictamen, emanado de uno de los médicos más sabios de París y de todos los médicos y cirujanos de Provins, comprenderá hasta qué punto es insensata la reclamación del señor Rogron y cuán graves eran los motivos que indujeron a la abuela de la menor a arrebatársela inmediatamente a sus verdugos.

He aquí los hechos: un dictamen, suscrito unánimemente por un ilustre médico de París, llamado a toda prisa, y por todos los médicos de esta ciudad, atribuye el estado casi mortal en que se halla la menor a los malos tratamientos que le han hecho sufrir el señor y la señorita de Rogron. El consejo de familia será convocado, en derecho, en el plazo más breve y consultado sobre la cuestión de si el tutor debe ser destituido de su tutela. Nosotros pedimos que la menor no vuelva al domicilio de su tutor y sea confiada al miembro de la familia que el señor presidente quiera designar. Vinet quiso replicar, y dijo que se le debía comunicar el dictamen médico, para discutirle.

—No será comunicado al señor Vinet —dijo con severidad el presidente—, pero sí al fiscal de Su Majestad. Está oída la causa.

El presidente escribió al margen de la demanda la disposición siguiente:

«Considerando que de un dictamen emitido por unanimidad por los médicos de esta ciudad y por el doctor Bianchon, miembro de la Facultad de Medicina de París, resulta que la menor Lorrain, reclamada por Rogron, su tutor, se encuentra enferma de extrema gravedad a consecuencia de los malos tratamientos y de las sevicias ejercidos sobre ella en el domicilio del tutor, y por la hermana del mismo,

»Nos, presidente del Tribunal de primera instancia de Provins,

»Resolviendo la demanda, ordenamos que, hasta la deliberación del consejo de familia, que según la declaración del protutor será convocado, la menor no sea reintegrada al domicilio tutelar y sí transferida a la casa del protutor;

»Subsidiariamente, teniendo en cuenta el estado en que se halla la menor y las señales de violencia que, según el dictamen de los médicos, existen en su persona, designamos al médico director y al cirujano—jefe del hospital de Provins para visitarla; y en el caso en que la sevicia sea comprobada, queda reservada la acción del Ministerio público, sin perjuicio del procedimiento civil emprendido por el señor Auffray, protutor.»

Esta terrible disposición fue leída por el presidente Tiphaine en voz alta y clara.

—¿Y por qué no enviarlos en seguida a galeras? —dijo Vinet—. ¡Y todo este ruido por una chiquilla que andaba en amoríos con un aprendiz de carpintero! Si el asunto sigue así —exclamó insolentemente, pediremos otros jueces, por motivos de recusación legítima.

Vinet salió del Palacio de Justicia y visitó a las personas principales de su partido para explicarles la situación de Rogron, que jamás había dado ni un papirotazo a su prima y en quien el Tribunal —dijo— no veía al tutor de Petrilla, sino al principal elector de Provins.

Según él, los Tiphaine armaban mucho ruido para nada. La montaña pariría un ratón. Silvia, mujer eminentemente prudente y religiosa, había descubierto unos amoríos entre la pupila de su hermano y el chico de un carpintero, un bretón llamado Brigaut. Este pillastre sabía muy bien que la muchacha iba a heredar una fortuna de su abuela, y quería seducirla —¡Vinet se atrevía a hablar de seducción!— La señorita Rogron, que poseía cartas en las cuales resplandecía la perversidad de la chiquilla, no era tan censurable como querían dar a entender los Tiphaine. Pero si Silvia había cometido alguna violencia para apoderarse de una carta, lo cual, por otra parte, estaba justificado por la irritación que le había causado la testarudez de la bretona, ¿de qué se podía culpar a Rogron?

El abogado hizo del proceso una cuestión de partido y supo darle color político. Desde aquella noche hubo divergencias en la opinión pública.

—El que no oye más que una campana, no conoce más que un son —decían las personas prudentes—. ¿Han oído ustedes a Vinet? Pues explica muy bien las cosas.

Se consideró inhabitable para Petrilla la casa de Frappier, porque el ruido produciría a la enferma dolores de cabeza. Tanto médicamente como judicialmente era necesario el traslado de la niña a casa del protutor. El traslado se hizo con precauciones inauditas, calculadas para producir un gran efecto. Se la colocó en una camilla con colchón que conducían dos hombres y junto a la cual iba una enfermera con un frasco de éter en la mano; seguían la abuela, Brigaut y la señora de Auffray con su doncella. En las puertas y en los balcones había gente que presenciaba el paso del cortejo. Verdaderamente, el estado en que se encontraba Petrilla, su blancura de moribunda, todo daba ventajas inmensas al partido contrario de los Rogron.

Los Auffray procuraron demostrar a toda la ciudad cuánta razón había tenido el presidente para dictar su disposición. Petrilla y su abuela fueron instaladas en el segundo piso de la casa del señor Auffray. El notario y su mujer les prodigaron los cuidados de la más generosa hospitalidad; emplearon en ello hasta lujo.

Petrilla tuvo a su abuela por enfermera, y el señor Martener fue a visitarla con el cirujano aquella misma tarde.

Desde aquella noche empezaron las exageraciones por una y otra parte. El salón de los Rogron se vio lleno. Vinet había hecho lo posible entre sus partidarios para conseguirlo. Las dos señoras de Chargebœuf comieron con los Rogron, porque aquella misma noche se iba a firmar el contrato. Por la mañana había Vinet anunciado los avisos legales en la Alcaldía.

Dijo que el asunto de Petrilla era una miseria. Si el Tribunal de Provins lo resolvía apasionadamente, otro Tribunal más alto sabría apreciar los hechos —decía él —, y los Auffray se mirarían mucho antes de meterse en un proceso semejante. La alianza de los Rogron con los Chargebœuf influyó enormemente en algunas gentes, para quienes los Rogron estaban limpios como la nieve y Petrilla era una chiquilla excesivamente perversa, una serpiente que los Rogron habían abrigado en su seno.

En el salón de los Tiphaine, se tomaba venganza de las horribles maledicencias que el partido de Vinet venía propalando desde hacía dos años; los Rogron eran unos monstruos, y el tutor iría al banquillo. Para los de la plaza, Petrilla iba muy bien; para los de la ciudad alta, se moría irremisiblemente; para los de casa de Rogron, tenía unos arañazos en la muñeca; para los de casa de Tiphaine, tenía los dedos destrozados y le iban a cortar uno.

Al día siguiente, El Correo de Provins publicaba un artículo extremadamente hábil, bien escrito, una obra maestra de insinuaciones mezcladas en consideraciones judiciales y en el que se eximía ya a Rogron de responsabilidad. La Colmena, que se publicaba dos días después, no podía contestar sin caer en la difamación; pero dijo que, en un asunto como aquél, lo mejor era dejar que la justicia siguiera su curso.

El consejo de familia fue formado por el juez de paz del cantón de Provins, como presidente legal; los Rogron y los Auffray, como parientes más próximos, y el señor Ciprey, sobrino de la abuela materna de Petrilla. Como adjuntos figuraron el señor Habert, confesor de Petrilla, y el coronel Gouraud, que siempre se había hecho pasar por camarada del comandante Lorrain.

Se aplaudió mucho la imparcialidad del juez de paz, que incluía en el consejo de familia al señor Habert y al coronel, a quienes todo el mundo creía muy amigos de los Rogron. Dada la gravedad de la circunstancia en que se hallaba, Rogron pidió la asistencia del abogado Vinet al consejo de familia. Por medio de aquella maniobra, evidentemente aconsejada por Vinet, Rogron consiguió que el consejo de familia no se reuniese hasta fines de diciembre.

Para entonces, el presidente y su mujer vivían en París, a consecuencia de la convocatoria de las Cámaras, de modo que el partido ministerial se encontró sin jefe. Vinet había ya preparado sordamente al señor Desfondrilles, juez de instrucción, para el caso en que el asunto fuese a lo correccional o a lo criminal, como el presidente había intentado. Durante tres horas defendió Vinet el asunto ante el consejo de familia; estableció unos amoríos entre Petrilla y Brigaut, a fin de justificar la severidad de la señorita Rogron; demostró que el tutor había procedido lógicamente al dejar a su pupila bajo el gobierno de una mujer; sostuvo la no participación de su cliente en la manera como había entendido Silvia la educación de Petrilla. A pesar de los esfuerzos de Vinet, el consejo acordó por unanimidad quitar a Rogron la tutela. Se nombró tutor al señor Auffray y protutor al señor Ciprey.

El consejo de familia oyó a Adela, la sirvienta, que acusó a sus antiguos amos; a la señorita Habert, que contó las crueles frases pronunciadas por Silvia la noche en que Petrilla se dio el tremendo golpe, que oyeron todos, y la observación que había hecho sobre la salud de Petrilla la señora de Chargebœuf. Brigaut adujo la carta que había recibido de Petrilla y que probaba la inocencia de los dos. Se demostró que el deplorable estado en que la menor se hallaba era consecuencia del descuido de su tutor, responsable de todo lo concerniente a su pupila. La enfermedad de Petrilla había impresionado a todo el mundo, incluso a las personas de la ciudad ajenas a la familia. Se mantuvo, pues, contra Rogron la acusación de sevicia. El asunto iba a hacerse público.

Aconsejado por Vinet, Rogron se opuso a que el Tribunal homologase el acuerdo del consejo de familia. El Ministerio público intervino teniendo en cuenta la creciente gravedad del estado patológico en que se encontraba Petrilla Lorrain. El curioso proceso no se vio hasta marzo de 1828.

Ya para entonces se había celebrado el casamiento de Rogron con la señorita de Chargebœuf. Silvia habitaba el segundo piso de la casa, donde se habían hecho arreglos para alojarla, y con ella la señora de Chargebœuf, porque el primer piso se destinó entero a la señora de Rogron. La hermosa señora de Rogron sucedió desde entonces a la hermosa señora de Tiphaine. La influencia del matrimonio fue enorme. Ya no se iba al salón de la señorita Silvia, sino al de la hermosa señora de Rogron.

Sostenido por su madre política, y apoyado por los banqueros Du Tillet y Nucingen, el presidente Tiphaine tuvo ocasión de prestar servicios al ministerio; fue uno de los oradores más estimados del centro; le hicieron juez del Tribunal de primera instancia del Sena, y consiguió que su sobrino Lesourd fuese nombrado presidente del Tribunal de Provins. Aquel nombramiento molestó mucho al juez Desfondrilles, siempre arqueólogo y más suplente que nunca.

El ministro de Justicia colocó a uno de sus protegidos en el puesto de Lesourd. El ascenso de Tiphaine, no produjo, pues, ninguno entre el personal del Tribunal de Provins. Vinet aprovechó muy hábilmente esta circunstancia. Siempre había dicho a las gentes de Provins que estaban sirviendo de escabel a las grandezas de la astuta señora de Tiphaine. El presidente engañaba a sus amigos. La señora de Tiphaine despreciaba in petto a la ciudad de Provins y no volvería nunca a ella. El padre del señor Tiphaine murió; su hijo heredó las tierras del Fay y vendió su hermosa casa de la ciudad alta al señor Julliard. Esta venta demostró que no pensaba volver a Provins. Vinet tuvo razón. Vinet había sido profeta. Estos sucesos ejercieron gran influencia en el proceso relativo a la tutela de Rogron.

Así, el espantoso martirio infligido brutalmente a Petrilla por dos imbéciles tiranos y que ponía al señor Martener, con anuencia del doctor Bianchon, en el caso de proceder a la horrible operación del trépano; aquel tremendo drama, reducido a las proporciones judiciales, caía en el inmundo lodazal que en el Palacio de Justicia llaman la forma.

El proceso se arrastraba de aplazamiento en aplazamiento, entre las sutiles e inextricables mallas del procedimiento, detenido por las trabas de un abogado odioso, en tanto que Petrilla, calumniada, languidecía y sufría los dolores más espantosos que conoce la Medicina. ¿No era necesario que explicáramos aquellos singulares cambios de la opinión pública y la lenta marcha de la justicia antes de volver a la estancia en que Petrilla vivía, en que Petrilla moría?

Tanto al señor Martener como a la familia Auffray los sedujo en pocos días el carácter adorable de Petrilla, así como el de la vieja bretona, cuyos sentimientos, ideas y modales estaban impregnados de un antiguo color romano. La matrona parecía una mujer de Plutarco. El médico quería disputar una presa a la muerte, porque desde el primer día, tanto él como el médico de París consideraron a Petrilla perdida.

Entre la enfermedad y el médico, a quien alentaba la juventud de Petrilla, hubo uno de esos combates que sólo los médicos conocen y cuya recompensa, en caso de éxito, no está ni en el precio venal de sus cuidados ni en el enfermo, sino en la dulce satisfacción de la conciencia y en no sé qué palma ideal e invisible que recogen los verdaderos artistas con el contento que les produce la certidumbre de haber hecho una obra bella. El médico tiende al bien, como el artista tiende a lo bello, impulsado por un admirable sentimiento que llamamos la virtud. Aquel combate de todos los días había extinguido en el médico provinciano las mezquinas cóleras de la lucha entablada entre el partido de Vinet y el partido de los Tiphaine, como suele ocurrirles a los hombres que se encuentran frente a frente con un gran mal que remediar.

El señor Martener había empezado su carrera queriendo ejercer en París; pero la atroz actividad de esta ciudad, la insensibilidad que acaba por producir en el médico el espantable número de enfermos y la multiplicidad de casos graves habían aterrado su alma dulce y hecha para la vida de provincias. Sentía, además, el yugo de su hermosa patria. Volvió, pues, a Provins para casarse allí y establecerse y cuidar, casi afectuosamente, a una población que podía considerar como una gran familia. Mientras duró la enfermedad de Petrilla no quiso hablar de la enferma.

Su repugnancia a responder cuando le pedían noticias de la pobre joven era tan visible, que se acabó por no preguntarle. Petrilla fue para él lo que debía ser: uno de esos poemas misteriosos y profundos, grandes en el dolor, que se suele encontrar en la existencia de los médicos. Experimentaba por aquella delicada joven una admiración en cuyo secreto no quería que penetrase nadie.

Este sentimiento del médico se transmitió, como todos los sentimientos verdaderos, a los señores de Auffray, cuya casa se hizo dulce y silenciosa mientras Petrilla estuvo en ella. Los niños, que tanto, habían jugado antes con Petrilla, se pusieron de acuerdo, con esa generosidad de la infancia, para no ser ruidosos ni importunos. Pusieron su dicha en ser juiciosos porque Petrilla estaba mala. La casa del señor Auffray está en la ciudad alta, más abajo del las ruinas del castillo; fue edificada en un espacio que dejó libre la demolición de las antiguas murallas. Sus habitantes disfrutan de la vista del valle y de la ciudad mientras se pasean por un huertecillo cerrado por gruesos muros, en cuya parte exterior tocan los tejados de las otras casas.

En un extremo de la terraza está la puerta—ventana del señor Auffray. En el otro se alzan un emparrado y una higuera, bajo los cuales hay una mesa redonda, un banco y unas sillas pintadas de verde. Se dio a Petrilla una habitación colocada encima del despacho de su nuevo tutor. La señora de Lorrain dormía allí, en un catre de tijera, al lado de su nieta. Desde su ventana podía, pues, Petrilla ver el magnífico valle de Provins, que apenas conocía. ¡Salía tan raras veces de la fatal casa de los Rogron! Cuando hacía buen tiempo, le gustaba ir, apoyada en el brazo de su abuela, hasta el emparrado. Brigaut, que ya no se ocupaba en nada, iba a ver a su amiguita tres veces al día; estaba devorado por un dolor que le hacía sordo a las cosas de la vida; acechaba, con la habilidad de un perro de caza, al señor Martener; le acompañaba siempre y salía con él.

Difícilmente podríase imaginar las locuras que hacían todos por la amada enfermita. La abuela, ebria de dolor, ocultaba su desesperación y mostraba a la nieta el mismo rostro sonriente que en Pen—Höel. En su deseo de hacerle la ilusión de aquellos pasados tiempos, le arreglaba y le ponía la gorra bretona con que Petrilla llegó a Provins. Le parecía que así la joven enferma se parecía más a sí misma; estaba Petrilla deliciosa de ver con la cara rodeada por aquella aureola de batista bordeada de almidonada puntilla. Su cabeza, blanca, con la blancura del biscuit; su frente, en la cual el sufrimiento imprimía una apariencia de pensamiento profundo; la pureza de las líneas demacradas por la enfermedad; la lentitud de la mirada y la fijeza de los ojos, todo hacía de Petrilla una admirable obra maestra de melancolía. Así, todos servían a la niña con una especie de fanatismo.

¡La veían tan tierna, tan dulce, tan cariñosa! La señora de Martener habla enviado su piano a casa de su hermana, la señora de Auffray, pensando divertir a Petrilla, a quien la música maravillaba. Era un poema verla oír un trozo de Weber, de Beethoven o de Hérold, con los ojos en alto, silenciosa y echando, sin duda, de menos la vida, que sentía escapársele. El cura Péroux y el señor Habert, que le daban los consuelos religiosos, admiraban su piadosa resignación. ¿No es un hecho notable, y en el cual deben fijar su atención los filósofos y los indiferentes, la seráfica perfección de los jóvenes que llevan entre la multitud la señal roja de la muerte, como los arbolillos jóvenes en una selva? Quien haya visto una de esas muertes sublimes no podrá seguir siendo o volverse incrédulo.

Esos seres exhalan como un perfume celeste; sus miradas hablan de Dios; su voz es elocuente cuando dice las cosas más insignificantes, y a menudo suena como un instrumento divino expresando los secretos del porvenir. Cuando el señor Martener felicitaba a Petrilla por haber cumplido alguna prescripción difícil, aquel ángel decía en presencia de todos, ¡y con qué miradas!:

—Deseo vivir, querido señor Martener, no tanto por mí como por mi abuela, por Brigaut y por todos ustedes, que se afligirían con mi muerte.

La primera vez que salió a pasear, en el mes de noviembre, al hermoso sol de San Martín, acompañada de todos los de casa, le preguntó la señora de Auffray si estaba fatigada.

—Ahora —dijo— que no tengo que soportar más sufrimientos que los que Dios me envía, puedo resistir. Encuentro fuerzas para sufrir en la dicha de verme querida.

Esa fue la única vez que, de un modo indirecto, recordó su horrible martirio en casa de los Rogron, de los cuales no hablaba nunca; y como el recuerdo tenía que serle tan penoso, los demás tampoco le hablaban de ellos.

—Querida señora Auffray —dijo una vez, hallándose a la hora del mediodía en la terraza, contemplando el valle, iluminado por un hermoso sol y adornado con los bellos tintes rojizos del otoño—, mi agonía en casa de ustedes me da una felicidad que no he conocido en estos últimos tres años.

La señora de Auffray miró a su hermana, la señora de Martener, y le dijo al oído:

—¡Cómo habría querido!

Efectivamente, el acento y la mirada de Petrilla daban a su frase un valor indecible.

El señor Martener sostenía correspondencia con el doctor Bianchon y no intentaba nada importante sin su aprobación. Esperaba ante todo, dar libre curso a la naturaleza de Petrilla; luego, hacer que el tumor de la cabeza derivase por la oreja. Cuanto más vivos eran los dolores de Petrilla, más esperanza tenía él. Obtuvo en el primer punto pequeños éxitos, y ya esto fue un gran triunfo.

Durante unos cuantos días Petrilla recobró el apetito y tomó cosas sustanciosas, por las cuales había sentido hasta entonces la repugnancia característica de su enfermedad; cambió el color de su tez, pero el estado de la cabeza era horrible. Martener pidió, pues, al gran médico, su consejero, que fuese a Provins. Bianchon fue; estuvo allí dos días y decidió hacer una operación; sintiendo por la niña la misma solicitud de Martener, fue por sí mismo en busca del célebre Desplein. La operación fue, pues, hecha por el más grande cirujano de los tiempos antiguos y modernos; pero aquel terrible arúspice dijo a Martener, al marcharse con Bianchon, su discípulo preferido:

—No se salvará si no es de milagro. Como le ha dicho a usted Horacio, ya ha empezado la caries de los huesos. ¡A esa edad son los huesos tan tiernos!

La operación se había verificado en los comienzos del mes de marzo de 1828. Durante todo el mes, aterrado por los espantosos dolores que sufría Petrilla, Martener hizo varios viajes a París; allí consultaba con Desplein y Bianchon, a los cuales llegó a proponer una operación semejante a la litotricia, y que consistía en introducir en la cabeza un instrumento hueco, por medio del cual se intentaría la aplicación de un remedio heroico para detener los progresos de la caries.

El audaz Desplein no se atrevió a intentar aquel golpe de mano quirúrgico que la desesperación había inspirado a Martener. Así, cuando el médico regresó de su último viaje a París, los amigos le encontraron apenado e indeciso. Una noche fatal tuvo que anunciar a la familia Auffray, a la señora de Lorrain, al confesor y a Brigaut, reunidos, que la ciencia no podía hacer ya nada por Petrilla, cuya salvación estaba sólo en las manos de Dios. Fue una consternación horrorosa. La abuela hizo un voto y rogó al cura que todas las mañanas, al alba, antes de la hora de levantarse Petrilla, dijese una misa, que oirían ella y Brigaut.

El proceso continuaba. Mientras moría la víctima de los Rogron, Vinet la calumniaba ante el Tribunal. El Tribunal aprobó el acuerdo del consejo de familia, y el abogado apeló en el acto. El nuevo fiscal hizo una requisitoria que determinó una instrucción. Rogron y su hermana tuvieron que poner fianza para no ingresar en la cárcel. La instrucción exigía el interrogatorio de Petrilla. Cuando el señor Desfondrilles fue a casa de los Auffray, Petrilla estaba en la agonía; tenía al confesor a su cabecera e iba a ser sacramentada. En aquel mismo momento suplicaba a la familia, reunida en su alcoba, que perdonase a sus primos, como lo hacía ella, diciendo, con un admirable buen sentido, que el juicio de aquellas cosas sólo correspondía a Dios.

—Abuela —dijo—, lega todos tus bienes a Brigaut —Brigaut se deshacía en lágrimas— y deja mil francos a esa buena de Adela, que me calentaba la cama a escondidas. Si ella hubiera continuado en casa de mis primos, yo viviría…

A las tres de la tarde, el martes de Pascua, con un día hermoso, dejó aquel angelito de sufrir. Su heroica abuela quiso velarla durante la noche, con los sacerdotes y coserle la mortaja con sus viejas manos arrugadas. Al anochecer, Brigaut salió de casa de los Auffray y bajó a casa de Frappier.

—¡Pobre muchacho! No necesito pedirte noticias —le dijo el carpintero.

—Sí, Frappier, todo se acabó para ella, pero no para mí.

El obrero echó a las maderas que había en el taller una mirada a la vez sombría y perspicaz.

—Te comprendo, Brigaut —dijo el buen Frappier—; aquí tienes lo que necesitas.

Y le enseñó dos tablas de encina, gruesas de dos pulgadas.

—No me ayude usted, señor Frappier —dijo el bretón—; quiero hacerlo todo por mí mismo.

Brigaut pasó la noche acepillando y ajustando el féretro de Petrilla, y más de una vez levantó, de un solo garlopazo, una tira de madera mojada con sus lágrimas. El buen Frappier, fumando, le miraba trabajar. No le dijo más que esto cuando le vio ajustar las cuatro tablas:

—Haz la tapa de corredera; así los pobres parientes no oirán clavar…

Al ser de día, Brigaut fue a buscar el cinc necesario para forrar la caja. Por una extraordinaria casualidad, las hojas de cinc le costaron exactamente la misma suma que había dado a Petrilla para su viaje de Nantes a Provins. El valeroso bretón, que había resistido el horrible dolor de hacer por sí mismo el ataúd de su amada compañera de infancia, al ver reflejados en las fúnebres planchas todos sus recuerdos, no tuvo fuerzas para sufrir aquella coincidencia; desfalleció, y no pudo cargar con el cinc; el hojalatero le acompañó, y le ofreció ir con él para soldar la cuarta hoja una vez que el cuerpo estuviese depositado en el féretro. El bretón quemó la garlopa y todas las herramientas que había utilizado; liquidó sus cuentas con Frappier y se despidió de él. El heroísmo con que aquel pobre muchacho se ocupaba, como la abuela, en rendir los últimos tributos a Petrilla le hizo intervenir en la escena suprema que coronó la tiranía de los Rogron.

Brigaut y el hojalatero llegaron a casa de Auffray con tiempo para decidir, por la fuerza bruta, una infame y horrible cuestión judicial. La cámara mortuoria, llena de gente, ofreció a los dos obreros un singular espectáculo. Los Rogron se habían alzado horrendos junto al cadáver de su víctima para torturarla aun después de muerta. El cuerpo, sublime de belleza, de la pobre niña yacía sobre el catre de la abuela. Petrilla tenía los ojos cerrados, los cabellos en bandós, el cuerpo envuelto en una gruesa tela de algodón.

Ante el lecho, con los cabellos en desorden y el rostro encendido, la vieja Lorrain gritaba:

—¡No, no! ¡No se hará eso!

A los pies del lecho estaban el tutor, Auffray, el cura Péroux y el señor Habert. Los cirios ardían todavía.

Delante de la abuela se hallaban el cirujano del hospicio y el señor Neraud, apoyados por el espantoso y melifluo Vinet. Con ellos estaba un alguacil. El cirujano tenía puesto el delantal de disección. Uno de los ayudantes había abierto su estuche y le ofrecía un bisturí.

Aquella escena fue interrumpida por el ruido del ataúd, que Brigaut y el hojalatero dejaron caer, porque Brigaut, que iba delante, se quedó paralizado de espanto ante el aspecto de la abuela Lorrain, que lloraba.

—¿Qué pasa? —dijo Brigaut poniéndose al lado de la anciana y apretando convulsivamente un formón que llevaba en la mano.

—Pasa —dijo la vieja—, pasa, Brigaut, que quieren abrir el cuerpo de mi niña, henderle la cabeza, abrirle el corazón después de su muerte como hicieron durante su vida.

—¿Quién? —dijo Brigaut con una voz capaz de romper el tímpano de los hombres de justicia.

—Los Rogron.

—¡Por el santo nombre de Dios!

—Un momento, Brigaut —dijo el señor Auffray, viendo a Brigaut blandir el formón.

—Señor Auffray —dijo Brigaut, tan pálido como la joven muerta—, le escucho porque es usted el señor Auffray; pero en este momento no escucharía…

—¿Ni a la justicia? —dijo Auffray.

—¿Pero es que hay justicia? —exclamó el bretón—. ¡La justicia es ésa! —añadió amenazando al abogado, al cirujano y al alguacil con su formón, que relumbraba al sol.

—Amigo mío —dijo el cura—, la justicia ha sido invocada por el abogado del señor Rogron, porque éste está bajo el peso de una acusación grave, y no se puede negar a un inculpado los medios de justificarse. Según el abogado del señor Rogron, si esta pobre niña ha sucumbido al tumor de la cabeza, su antiguo tutor no debe ser perseguido, porque está probado que Petrilla ocultó durante mucho tiempo que se había dado un golpe…

—¡Basta! —dijo Brigaut.

—Mi cliente… —dijo Vinet.

—Tu cliente —exclamó el bretón —irá al infierno, y yo al patíbulo; porque si alguno de vosotros hace el intento de tocar a la que tu cliente ha matado, si el practicante no se guarda el bisturí, le mato aquí mismo.

—Hay rebeldía, y vamos a informar al juez —dijo Vinet.

Los cinco extraños se retiraron.

—¡Oh, hijo mío —dijo la vieja levantándose y saltando al cuello de Brigaut—, enterrémosla en seguida, porque volverán!…

—Cuando esté soldada la caja quizá no se atrevan —dijo el hojalatero.

El señor Auffray corrió a casa de su cuñado, el señor Lesourd, para ver si arreglaba el asunto. Vinet no quería otra cosa. Muerta Petrilla, el proceso relativo a la tutela, que no había sido juzgado, quedaba extinguido, sin que nadie pudiese hacer nada en favor ni en contra de los Rogron; la cuestión quedaba indecisa. El astuto Vinet había previsto bien el efecto que su demanda iba a surtir.

Al mediodía, el señor Desfondrilles informó al Tribunal sobre la instrucción relativa a los Rogron, y el Tribunal, motivándolo perfectamente, declaró que no había lugar.

Rogron no se atrevió a presentarse en el entierro de Petrilla, al cual asistió toda la ciudad. Vinet había querido llevarle, pero el antiguo mercero tuvo miedo de excitar un horror universal.

Brigaut salió de Provins después que vio rellenar la fosa de Petrilla y se marchó a pie a París. Elevó una solicitud a la delfina para que, en consideración al nombre de su padre, se le admitiese en la Guardia real, y fue admitido en seguida. Cuando la expedición a Argel, volvió a escribir a la delfina para que se le permitiese tomar parte en ella.

Era sargento, y el mariscal Bourmont le nombró subteniente. El hijo del comandante se portó como un hombre deseoso de morir. La muerte ha respetado hasta ahora a Santiago Brigaut, que se ha distinguido en todas las expediciones recientes sin recibir una herida. Hoy es jefe de un batallón de línea. No hay oficial más taciturno ni mejor que él. Fuera del servicio, está siempre casi mudo; pasea solo y vive mecánicamente. Todo el mundo adivina en él, y respeta, un dolor desconocido. Posee cuarenta y seis mil francos, que le legó la anciana señora de Lorrain, fallecida en París en 1829.

En las elecciones de 1830 Vinet fue elegido diputado. Los servicios que ha prestado al Gobierno le han valido el cargo de fiscal general. Es ya tal su influencia, que siempre será diputado. Rogron recaudador general en la misma ciudad donde Vinet ejerce sus funciones; y, por un azar sorprendente, Tiphaine es, también allí, presidente de la Audiencia, porque se ha adherido sin vacilar a la dinastía de julio. La ex bella señora de Tiphaine vive en buena inteligencia con la bella señora de Rogron. Vinet está a partir un piñón con el presidente.

En cuanto al imbécil de Rogron, dice frases como ésta:

—Luis Felipe no será verdadero rey hasta que pueda hacer nobles.

Esta frase no es suya, evidentemente. Su vacilante salud permite a la señora de Rogron esperar que se casará pronto con el general marqués de Montriveau, par de Francia, que manda el departamento y que la galantea. Vinet pide cabezas con la mayor tranquilidad; jamás cree en la inocencia de un acusado. Este fiscal de pura sangre pasa por ser uno de los hombres más amables de su oficio, y no tiene menos éxito en París y en la Cámara; en la corte es un delicioso cortesano.

Según le prometió Vinet, el general barón de Gouraud, ese noble despojo de nuestros gloriosos ejércitos, se ha casado con una señorita Matifat, de veinticinco años, hija de un droguero de la calle de los Lombardos y cuya dote era de cincuenta mil escudos. Manda, como le profetizara Vinet, un departamento próximo a París. Ha sido nombrado par de Francia a causa de su comportamiento cuando los motines ocurridos bajo el Gobierno de Casimiro Perier. El barón de Gouraud fue uno de los generales que tomaron la iglesia de Saint—Merri, feliz con zurrar a los paisanos, que le habían vejado durante quince años, y su ardor ha sido recompensado con el cordón de la Legión de Honor.

Ninguno de los personajes que fueron cómplices de la muerte de Petrilla siente el menor remordimiento. El señor Desfondrilles sigue siendo arqueólogo; pero con la mira puesta en sus elecciones, Vinet se ha cuidado de que le nombren presidente del Tribunal. Silvia tiene una pequeña corte y administra los bienes de su hermano; presta dinero a un interés muy alto y no gasta mil doscientos francos anuales.

De cuando en cuando, en la plazoleta, cuando un hijo de Provins llega de París para establecerse allí y sale de casa de la señorita Rogron, algún antiguo partidario de los Tiphaine dice:

—Los Rogron, tuvieron hace tiempo una cuestión desagradable a causa de una pupila…

—Una cuestión de partido —responde el presidente Desfondrilles—. Se inventaron monstruosidades. Por bondad de alma, recogieron en su casa a aquella Petrilla, que era una jovencita muy linda y sin fortuna; en el momento de su desarrollo tuvo unos amoríos con un aprendiz de carpintero, y para hablar con él subía con los pies descalzos a la ventana. ¿Comprende usted? Los dos amantes se enviaban cartas acarameladas por medio de una cuerda. Hágase usted cargo de que, dada su edad peligrosa, y en el mes de octubre o noviembre, no hacía falta más para que cayese enferma una muchacha que ya tenía mal color. Los Rogron se condujeron admirablemente y no reclamaron la parte que les correspondía de la herencia de la muchacha; se lo dejaron todo a la abuela. La moraleja de esto, amigos míos, es que el diablo nos castiga siempre que hacemos un bien.

—¡Ah, eso es otra cosa! Frappier me lo ha contado de muy distinto modo.

—Frappier consulta más con su bodega que con su memoria —dice entonces uno de los concurrentes al salón de la señorita Rogron.

—Pero el anciano señor Habert…

—¡Oh! Ese… ¿conoce usted su asunto?

—No.

—Pues bien: quería casar a su hermana con el señor Rogron, el recaudador general.

Dos hombres se acuerdan todos los días de Petrilla: el médico Martener y el comandante Brigaut. Los únicos que conocen la espantosa verdad.

Para dar a esto proporciones inmensas, basta recordar, transportando la escena a la Edad Media y a Roma, que una joven sublime, Beatriz Cenci, fue llevada al suplicio por razones e intrigas análogas a las que llevaron a Petrilla a la tumba. Beatriz Cenci no tuvo más defensor que un artista, un pintor.

Hoy, la historia y los vivientes, bajo la fe del retrato de Guido Reni, condenan al Papa y hacen de Beatriz una de las más conmovedoras víctimas de las pasiones infames y de los partidos.

Convengamos, entre nosotros, en que la legalidad sería para los bribones una cosa excelente si no existiera Dios.

Fin

Noviembre 1839.


Publicado el 12 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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