La Patria

Horacio Quiroga


Cuento


El discurso que el soldado herido dijo a los animales del monte que querían formar una patria puede ser transcripto en su totalidad, en razón de ser muy breve y de ayudar a la comprensión de este extraño relato.

La normalidad de la vida en la selva es bien conocida. Las generaciones de animales salvajes se suceden unas a otras y unas en contra de las otras en constante paz, pues a despecho de las luchas y los regueros de sangre, hay un algo que rige el trabajo constante de la selva, y ese algo es la libertad. Cuando las especies son libres, en la selva ensangrentada reina la paz.

Esta felicidad la habían conocido los animales del bosque desde tiempo inmemorial, hasta que a los zánganos les cupo en suerte comprometerla.

Son más que conocidas las virtudes de las abejas. Han adquirido, en su milenaria familiaridad con el hombre, nociones de biología que les producen algunos trastornos cuando deben transformar una obrera en reina, pues no siempre aumentan la celda y el alimento en las proporciones debidas. Y esto se debe al marco filosófico ocasionado por la extraordinaria facultad que poseen de cambiar el sexo de sus obreras a capricho. Sin abandonar la construcción de sus magníficos panales, pasan la vida preocupadas por su superanimalidad y el creciente desprecio a los demás habitantes de la selva, mientras miden a prisa y sin necesidad el radio de las flores.

Esta es la especie que dio en la selva el grito de alerta, algunos años después de haberse ido el hombre remando aguas abajo en su canoa.

Cuando este hombre había llegado a vivir en el monte, los animales inquietos siguieron días y días sus manejos.

—Este es un buen hombre —dijo un gato montés guiñando un ojo hacia el claro del bosque en que la camisa del hombre brillaba al sol—. Yo sé qué es. Es un hombre.

—¿Qué daño nos puede hacer? —dijo el pesado y tímido tapir—. Tiene dos pies.

—Y una escopeta —gruñó el jaguar con desprecio—. Mata a muchos tapires con una sola escopeta.

—Vámonos entonces —concluyó el tapir volviendo grupas.

—¿Para qué? —agregó el jaguar—. Si está aquí en la selva, es libre. Él nos puede matar, y nosotros podemos también matarlo a él. Y a veces tienen un perro. ¿Pero por qué nos vamos a ir? Quedémonos.

—Nosotros nos quedamos —dijeron mansamente las víboras de cascabel.

—Y nosotros también —agregaron los demás animales.

Y de este modo los animales y el hombre vivieron juntos en la selva sin límites, uniformemente agitada por asaltos y regueros de sangre, y uniformemente en paz.

Pero el hombre, después de vivir su vida en el bosque durante varios años, se fue un día. Sus preparativos de marcha no escaparon a los animales, y ellos lo vieron, desde lo alto del acantilado, poner su canoa en el agua y descender la selva remando por el medio del río.

No invadieron, sin embargo, el campo de lucha del hombre, donde quedaban sus herramientas y sus árboles. En la ilimitada extensión de su libertad, la privación de un pequeño claro del bosque no entorpecía la vida pujante de la selva.

De nadie, a excepción de las abejas. Ya hemos anotado su constante preocupación respecto de su propia sabiduría. Miden sin necesidad el radio de las flores para establecer su superioridad, y anhelan deslumbrar con su ciencia a los demás animales.

Los zánganos saben también todas estas cosas, pero no trabajan.

Fueron ellos, pues, quienes, aprovechando el dormido silencio de la casa, entraron con un rayo de sol por un postigo entreabierto. Admiraron como entendidos todas las cosas del hombre, sin comprender una sola, hasta que una mañana la suerte les favoreció con la caída de un libro. Leyeron presurosos con los ojos sobre la letra misma, lo cual los volvió más miopes de lo que ya eran. Y cuando hubieron devorado aquella muestra de sabiduría de los hombres, volaron alborozados a reunir a todos los animales de la selva.

—¡Ya sabemos lo que debemos hacer! —zumbaron triunfantes—. ¡Hemos aprendido la filosofía de los hombres! Necesitamos una patria. Los hombres pueden más que nosotros porque tienen patria. Sabemos ahora tanto como ellos. Creemos una patria.

Los animales salvajes meditaron largo tiempo la proposición, cuya utilidad no alcanzaban a comprender bien.

—¿Para qué? murmuró por fin el jaguar, expresando la desconfianza común.

—Para ser libres —respondieron los zánganos—: Todos los seres libres tienen patria. Ustedes no comprenden porque no saben lo que es la partenogénesis. Pero nosotros sabemos. Sabemos todo, como los hombres. Vamos a formar una patria para ser libres como los hombres.

—¿Pero acaso nosotros no somos libres? —preguntaron a un tiempo todos los animales.

—No se trata de eso —replicaron los zánganos—, sino de tener una patria. ¿Cuál es la patria de ustedes? ¿Quién de nosotros puede decir que tiene una patria?

Los animales libres se miraron turbados y ninguno respondió.

—¿Y entonces? —prosiguieron triunfantes los zánganos—. ¿Para qué les sirve la libertad si no tienen patria?

Era esto más de lo que podían oír los rústicos oyentes sin dejarse convencer. Los loros, que firmes en su rama cabeceaban a cada instante hacia el suelo como si temieran caerse, fueron naturalmente los primeros en divulgar la buena nueva. Comenzaron en seguida a pasarse la palabra entre ellos, con un murmullito gutural.

—¿Formemos una patria? ¿Si? No tenemos patria ¡Ninguna patria! ¡Ninguna!

Y ante el convencimiento general de que hasta ese momento no habían sido honrosamente libres, se decidió con loco entusiasmo fundar la patria.

Fue desde luego a las abejas y a las hormigas a quienes se encargó de los dos elementos primordiales de la patria: los límites y el pabellón. Las abejas perdieron en un principio la cabeza al ver con sus ojos prismáticos el variado color de las banderas de los hombres. ¿Qué hacer?

—Si los hombres han usado de todos los colores —se dijeron al fin—, es porque todos tienen grandes virtudes. Nosotros tendremos una bandera mejor que la de ellos, y nos envidiarán.

Dicho lo cual pintaron con su minuciosidad característica una bandera con todos los colores imaginables, en finísimas rayitas. Y cuando la bandera flameó sobre la selva se vio con sorpresa que era blanca.

—Mejor —dijeron las abejas—. Nuestra bandera es el símbolo de todas las patrias, porque el color de cada una se encuentra en la nuestra.

Y con aclamaciones delirantes, la bandera blanca, símbolo de la patria, fue adoptada por los animales libres.

—Ya tenemos la mitad de la patria —dijeron luego—. Las hormigas construirán un muro que será el límite de nuestra patria.

Y las hormigas construyeron una muralla infranqueable, con su dentadura tenaz.

Nada más faltaba en apariencia. Mas los loros y las aves todas pidieron también que se cerrara el aire con una frontera, pues de otro modo solo los animales del suelo tendrían patria.

Y las arañas fabricaron una inmensa tela, tan infranqueable que nadie hubiera podido dudar de que aquello era en verdad una frontera.

Y lo era. En el cerrado recinto los animales libres pasearon en triunfo días y días su bandera. Trepaban a veces la muralla y recorrían incansables la plataforma cantando de entusiasmo, mientras el viento lluvioso agitaba a sacudidas su pabellón, y tras la frontera aérea las abejas expulsadas morían de frío sin poder entrar.

Pues como bien se comprende, apenas constituida la patria se habían arrojado de ella a las abejas extranjeras, que eran sin embargo las más capaces de producir miel.

Con los días pasaron los meses, y el entusiasmo inicial pasó también. Algún animal, a veces, seguía paso a paso la muralla y alzaba los ojos a la red que le cerraba el cielo.

—Es nuestra patria —se consolaba por fin a sí mismo—. Ningún hombre, jamás, ha tenido una patria tan bien delimitada como la nuestra. Debemos dar gracias por nuestra felicidad.

Y diciendo esto, el animal libre alzaba la cabeza a la imponente muralla que aislaba su hermosa patria de la selva invisible, en tanto que una inexplicable sensación de frío lo invadía entero.

El jaguar, sobre todo, cuyos rugidos habían aclamado como nadie el nacimiento de la patria, vagaba ahora mudo, trotando horas enteras a lo largo de la muralla. Sentía por primera vez algo que desconocía: sed. Era en balde que bebiera a cada instante. En el fondo de las fauces la sed inextinguible le secaba las tensas cuerdas vocales que habían sido su vida misma de patriota. Trotaba mudo sin cesar, arrastrando su angustiosa sed por entre las sólidas fronteras de su patria.

Los demás animales cruzaban y recruzaban el recinto desorientados, con una verde lucecita de extravío en los ojos.

Entretanto, una abeja del sur llevó un día una gran noticia.

—¡El hombre ha ido a la guerra! —zumbaron las abejas alborozadas—. ¡Ha ido a defender su patria! Él nos va a explicar cuando vuelva qué es lo que pasa. Algo nos falta, y él lo sabe bien, porque hace cuatro años que está luchando por su patria.

Y los animales esperaban ansiosos —con excepción del jaguar, que no esperaba nada y solo sentía inextinguible sed—. Hasta que una mañana el hombre volvió a su casa abandonada, conducido de la mano de su pequeño hijo.

—¡Yo sé lo que es! —dijo la lechuza al verlo, lanzando un estridente chillido—. Yo vi otro así. Está ciego. No ve porque está ciego, y su hijo lo lleva de la mano.

En efecto, el soldado volvía ciego y enfermo. Y durante muchos días no salió de su casa. Una cálida noche salió por fin, a sentarse al aire nocturno, en medio de la selva densa y oscurísima que se alzaba hasta el cielo estrellado.

Al cabo de un rato, el hombre ciego tuvo la impresión de que no estaba solo. Y en efecto, una voz se alzó en las tinieblas.

—Nosotros hemos fundado nuestra patria —dijo la voz áspera, ronca y precipitada de alguien poco habituado a hablar—. Pero no sabemos qué nos falta. Lo esperábamos a usted ansiosamente para que nos diga por qué sufrimos. ¿Qué nos pasa a nosotros que no somos felices? Usted, que ha defendido a su patria cuatro años, debe saberlo. ¿Por qué es?

Y la misma voz entrecortada enteró al hombre de lo acaecido en su ausencia.

El hombre mantuvo un rato la cabeza baja, y luego habló con voz pausada y grave:

—Yo puedo, en efecto, decirles por qué ustedes sufren. Nada falta a la patria que han formado: es inmejorable. Solamente que al establecer sus fronteras... han perdido la patria.

—Instantáneamente, al oír esto, el jaguar sintió aplacada su sed. Un vaho de frescura suavizó sus fauces, una onda de caliente y furiosa libertad remontó desde el fondo de su ser.

—Es cierto... —bramó sordamente cerrando los ojos—. Habíamos perdido nuestra libertad...

—Ciertamente —prosiguió el soldado ciego—. Ustedes crearon su propia cárcel. Eran libres, y dejaron de serlo. La patria de ustedes no es este pedazo de monte ni esta orilla de río; es la selva entera. Así como la patria de los hombres...

El hombre se detuvo. Pero una voz irónica, no oída aún, preguntó lo siguiente:

—¿Cuál es?

El hombre meditó otro momento, y llamando a su chico de ocho años, lo alzó hasta sus rodillas.

—No conozco —dijo entonces— la voz que ha hablado, ni sé si pertenece a la selva. Pero voy a responder de todos modos. Yo he luchado efectivamente cuatro años defendiendo a mi patria. Le he dado mi sangre y mi vida. Lo que ahora diga, pues, es para ti, hijo mío, y a ti me dirijo. No comprenderás gran cosa porque todavía eres muy niño. Pero algo te quedará, como de un sueño, que recordarás cuando seas grande.

Y en la cálida oscuridad del bosque, ante los animales inmóviles pendientes de su voz, con su inocente hijo sentado en sus rodillas, el hombre moribundo habló así:

—La patria, hijo mío, es el conjunto de nuestros amores. Comienza en el hogar paterno, pero no lo constituye él solo. En el hogar no está nuestro amigo querido. No está el hombre de extraordinario corazón que veneramos y que la vida nos ofrece como ejemplo cada cien años. No está el hombre de altísimo pensamiento que refresca la pesadez de la lucha. No hallamos en el hogar a nuestra novia. Y dondequiera que ellos estén, el paisaje que acaricia sus almas, el aire que circunda sus frentes, los seres humanos que como nosotros han sufrido el influjo de esos nuestros grandes amores, su patria, en fin, es a la vez la patria nuestra.

Cada metro cuadrado de tierra ocupado por un hombre de bien es un pedazo de nuestra patria.

La patria es un amor y no una obligación. Hasta dondequiera que el alma extienda sus rayos, va la patria con ella.

Cuanto es honor de la vida de este lado de la frontera, lo es igualmente del otro. Un río es un camino cordial hacia un amigo. El hombre cuyo corazón se cierra ante su río, acaba de convertirlo en un rencoroso presidio.

Traza, hijo mío, las fronteras de tu patria con la roja sangre de tu corazón. Todo aquello que la oprime y la asfixia, a mil leguas de ti o a tu lado mismo, es el extranjero.

El valor de tu patria radica en tu propio valer. Un pedazo de tierra no tiene más valor que el del hombre que la pisa en ese momento. Cuando tu corazón ha anidado celosamente el amor de estos hombres de real valer, sin cuidarte de su procedencia, entonces la patria, que es el conjunto de estos amores, se ha convertido en lo más grande que existe.

Dondequiera que veas brillar un rayo de amor y de justicia, corre a ese lugar con los ojos cerrados, porque durante ese acto allí está tu patria. Por eso, cuando en tu propio país veas aherrojar a la justicia y simular el amor, apártate de él, porque no te merece. Pues si a mí —que soy tu padre, y en quien siempre creíste— me ves cometer una infamia, arrójame de tu corazón. Y yo, hijo mío, que te he criado solo, que te he educado y te he adorado, soy para ti más que la patria.

Hijo mío: Debo ponerte en guardia contra unas palabras que oirás a menudo, y que son estas: "La idea de patria no resiste a la fría razón, y se exalta ante el sentimiento".

Pues bien, no es cierto. Es la fría razón quien confina y reduce el amoroso concepto de patria en los sórdidos límites de la conveniencia. La fría razón es exclusivamente la que nos indica la utilidad de la frontera, de las aduanas, de los proteccionismos, de la lucha industrial. Ante la razón, el concepto de patria se confina en el proficuo marco de sus fronteras económicas. Solamente la fría razón es capaz de orientar la expansión de la patria hacia las minas extranjeras. Solo la razón viciada por el sofisma puede forzarnos como hermanos a un oscuro y desconocido ser a ochocientas leguas de nosotros, y advertirnos que es extranjero el vecino cuyo corazón ilumina hasta nuestro propio hogar.

Pero esta patria ahoga el sentimiento, porque es para él un dogal. Si el sentimiento es amor, y el amor es sed de ideal, la patria se extiende indefinidamente hasta que la detiene una iniquidad. Solo los hombres de corazón ciego pueden hallar satisfechos todos sus ideales en los límites fatales de una sola frontera y de un solo pabellón.

La razón mide la patria por el territorio que abarca, y el sentimiento, por el valor del hombre que la pisa. Todo hombre cuyo corazón late a compás de un distante corazón fraternal, y se agita ante una injusticia lejanísima, posee esta rara y purísima cosa: un ideal. Y sólo él puede comprender la dichosa fraternidad de cuanto tiene la humanidad de más noble, y que constituye la verdadera patria. Recuérdalo cuando seas grande, hijo mío.

El soldado ciego no dijo más. Los animales, mudos siempre y con sus simples almas en confusión, se fueron alejando en silencio. Pero ni uno solo entró en su patria. En las profundas tinieblas de la selva sin límites moraba la paz perdida, la sangrienta libertad de su vida anterior. Y a ella se encaminaron.

Solo la lechuza, el estridente pajarraco de la previsión, giró inquieta la cabeza a todos lados y fijó al fin sus ojos redondos en el soldado ciego.

—Esto está muy bien —chilló—. Pero un hombre que ha defendido cuatro años a su patria y se expresa así, no puede vivir más.

Y se alejó volando.

En efecto, el hombre murió en breves días. Pero no murió del todo, porque su tierno hijo recordó lo bastante de aquella noche para ser más tarde en la vida un hombre libre.


Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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