Una Historia Inmoral

Horacio Quiroga


Cuento


—Les aseguro que la cosa es verdad, o por lo menos me la juraron. ¿Qué interés iba a tener en contarla? Es grave, sin duda; pero al lado de aquella chica de cuatro años que se clavó tranquilamente un cuchillo de cocina en el vientre, porque estaba cansada de vivir, el viejo de mi historia no vale nada.

—Eh, ¿qué? ¿Una criatura? —gritó la señora de Canning.

—¡Qué horror! —declamó Elena, volviéndose de golpe—. ¿Dónde fue, dónde?

El joven médico levantó la cabeza, nada sorprendido. Todos lo miramos, pues su presencia era más que específica tratándose de tales cosas.

—¿Usted cree, doctor? —titubeó la madre. El éxito de mi cuento dependía de lo que él dijera. Por ventura se encogió de hombros, con una leve sonrisa:

—¡Es tan natural! —dijo, condescendiendo con nosotros.

—¡Pero cuatro años! —insistió, dolida en el fondo de su alma, la gruesa señora—. ¡Ángel de Dios! ¡Y en el vientre, qué horror! Eh, Elena, ¿viste? ¡En el vientre!

—¡Sí, mamá, basta! —clamó aquella, achuchada, cruzándose el saco sobre el vientre, lleno ya de entrañable frío. Como era graciosa, quedó muy mona con su gesto de infantil defensa.

Tuve que contar enseguida qué era eso de la criatura. Efectivamente, el caso había pasado meses antes en el Salto Oriental. Se trataba de una criatura que vivía con su abuela en los alrededores.

La pequeña era inteligente y callada —demasiado para su edad. Ya la abuela había contado a los vecinos que no le gustaba el excesivo juicio de su nieta: «¡No tiene más que cuatro años! Preferiría tener que pegarle por alocada». Una mañana, mientras comían, la abuela se levantó a ver quién llamaba, y cuando volvió halló a su nieta de pie, apretándose las manos sobre el vientre. Enseguida vio en el suelo el cuchillo de cocina ensangrentado. Corrió desesperada, le apartó las manos y los intestinos cayeron. A las ocho del otro día vivía aún, pero no quería hablar. La noche anterior había respondido que estaba cansada de vivir; fue lo único que se pudo obtener de ella. No se había quejado un solo momento. Estaba perfectamente tranquila. No tenía fiebre ninguna. A las diez se volvió a la pared y poco después murió.

Esto fue lo que conté.

—Ya ven ustedes —concluí— que la historia es un poco más extraña que la del viejo. Siento no haber conocido a la chica esa. ¡Qué curiosa madera! Indudablemente si alguna vez hubo en el mundo una persona que creyó estar de más, esa es mi chiquilina. Se acabó.

—¡Sí, se acabó, ya lo vemos! —me reprendió la madre. Su tierno corazón estaba alterado—. Y pensar… Y ustedes, doctor, ¡cómo no ven ustedes esas cosas!

—¡Qué hacer!…

—¡Pero ustedes saben eso!

—¿Qué cosa?

Lo miró sorprendida, como si no se le hubiera ocurrido que podrían preguntarle qué era justa y concretamente lo que ella pensaba. Al fin extendió los dos brazos demostrativos:

—¡Pero eso, esa criatura!

—Sí, señora, sabemos eso, pero no podemos impedir que haya cuatro degenerados como esa personita. ¿Se acuerda usted de lo que le conté hoy en la mesa? Es lo mismo. Aquí indudablemente se trata de algo más, quién sabe qué herencia sobrecargada. Sobre todo esa insensibilidad al dolor… en fin, estamos llenos de estas cosas.

Nuestra respetable amiga siguió atentamente la vaga disquisición científica. No entendió una palabra, eso no tiene duda; pero su alma respetuosa de todo lo profundo comprendió a su modo, y se hubiera tirado al agua con los ojos cerrados en apoyo de lo que afirmaba el joven y estudioso sabio.

Nos callamos un momento. La noche estaba oscura, y sobre el agua invisible iba marchando el vapor Tritón, con el golpear sordo y precipitado de sus palas. El río picado hamacaba pesadamente al buque. De cuando en cuando, una ola corría desde proa a romperse en las aletas, con un chasquido silbante que estremecía a la borda en que estaba recostada Elena.

Ésta se volvió a mí:

—¿No sabe más?

—Nada más; apenas eso.

—¡Es bastante, ya lo creo! —ratificó la madre—. No es invento suyo, ¿verdad? Ah, no me acordaba de que el doctor dijo que eso pasa… Sí, sí, no dé las gracias, podría haberlo inventado. ¡Pobre criatura! Y sin embargo, ¡no sé qué! Sufro mucho, y me gusta oír. ¡Hay tantas cosas que una no sabe! Usted conocerá muchos casos, ¿no doctor? —se dirigió a éste—. ¡Pero no se deben poder oír, sus casos!

—¡No tanto! Algunos sí, bastantes. Pero no veo qué interés pueda tener eso. Para nosotros, todavía, porque estamos dentro de todo… Y aun así… —se llevó la mano a la barba y recostó la cabeza en el sillón, en su alta indiferencia mental por nosotros.

—¿Y usted señor? —se volvió la madre a Broqua.

Este Broqua formaba parte del grupo en que nos habíamos unido desde la noche anterior, por simples razones de mayor o menor cultura. Para la charla anecdótica y sentimental de todo viaje, no era menester un mutuo aprecio excesivo, y estábamos contentos.

Broqua era un muchacho de cara tosca, que hablaba muy poco. Como parecía carecer de galante malicia y de sentimiento artístico sobre los paisajes aclamados minuto a minuto, había despertado ya vaga idea de ridículo en madre e hija.

Esa noche antes de salir afuera, Elena había tocado el piano en el salón. Broqua, que estaba a su lado, no apartó un momento los ojos de las manos de Elena, indiscreción que la tenía muy nerviosa. Tocaba con gusto, pero la insistencia de ese caballero, que muy bien podía ser un maestro, le pareció un poco grosera. Cuando concluyó la felicitamos efusivamente, pero no quiso continuar. No había quien lo hiciera.

—¿Y usted señor, no toca el piano? —se volvió a Broqua.

—No, señorita.

—¡Pero sabe música!…

—Tampoco, absolutamente nada.

Esta vez Elena lo miró con extrañeza bastante chocante.

—Como miraba tanto lo que yo hacía…

—No, admiraba la agilidad. Me parece muy difícil eso —respondió naturalmente.

Elena y la madre cruzaron una rápida mirada. El joven sabio, a su vez, lo miró sorprendido. De esa ingenuidad a la zoncera no había más que un paso, y el médico, en comienzo de flirt con Elena, cambió con madre e hija una sonrisa de festiva solidaridad sobre el sujeto. Elena hizo una escala corriendo el busto sobre las teclas y se levantó. Como no hacía frío fuimos a popa.

Al sentirse interpelado sobre las historias, Broqua respondió

—Sí, señora, sé una, pero es un poco fuerte.

Otra vez cruzó el terceto una fugitiva mirada entre sí. Elena, no obstante, al oír un poco fuerte, creyó deber ponerse enseguida seria.

—Muchas gracias, señor —respondió desdeñosamente la madre, volviendo apenas la cabeza a Broqua.

—No, se puede oír, solamente que el asunto no es común y asusta un poco.

—Veamos, señor: ¿se puede oír o no?

—Creo que sí, por lo menos una señora.

¿Qué curiosidad no se despierta? Apenas entablado el diálogo. Elena se había apresurado a charlar con el médico, como para establecer bien claro que ella no podía oír lo que tampoco debía.

—¡Elena!

—¿Mamá? —se volvió aquella, muy extrañada.

—Tráeme la peineta grande del neceser, a la izquierda. El viento me ha despeinado horriblemente. ¡No revuelvas, por Dios!

Posiblemente Elena tuvo deseos de hallar un poco tardía la necesidad de la peineta; pero al verse observada por la mirada curiosa de Broqua y de mí, se resignó a no oír aquello, virginalmente ajena al motivo de su destierro.

Broqua la siguió con los ojos. Cuando desapareció comenzó:

—La historia es corta y sobre todo rara. Tal vez…

—Que no sea de criaturas, señor —interrumpió la señora—, porque me aflijo mucho. No sé qué me da verlas sufrir así. No lo puedo remediar, siento una compasión que lloraría. A mi edad, ¿verdad… ? Y es así. La vez pasada oí contar que un hombre de la vía del tren—guardabarreras, no sé… —había dejado que el tren destrozara a su hija, que estaba jugando sobre la vía, para evitar una catástrofe. No tenía más que mover un poquito la barra de cambiar, ¡y el tren hubiera tomado otro camino, chocando con otro! ¡Dejar, matar a su propia hija, qué horror! Estuve dos días pensando en eso. ¡Qué abnegación, mi Dios! ¡No puedo, absolutamente no puedo! ¿El suyo es así?

—No señora, es muy distinto. En dos palabras: cuando yo era médico de una sociedad…

Hubiera sido imposible que siguiera. La señora abrió desmesuradamente los ojos

—¿Pero usted es médico, señor?

—Sí, señora.

—Pero no sabíamos —repuso, mirándonos al joven sicólogo y a mí en su apoyo.

—Es lo mismo —respondió Broqua, mirándola a su vez con una sonrisa que hubiera sido de la más ridícula ironía, si no fuera de la más indiferente naturalidad.

Su eminente colega le lanzó una fría y rápida mirada escudriñadora. Entonces intervine.

—Ahora cambia de aspecto, señora. Por arriesgado que sea el caso, tendrá forzosamente otro carácter por ser un médico quien lo cuenta y lo podría oír hasta una criatura. Usted sabe bien que en las grandes ciudades las señoras van a los institutos científicos a escuchar cosas que no oirían en otra parte, sin gritar. La ciencia, señora. Tal vez sería bueno el llamar a la señorita Elena… —agregué con la más hipócrita gravedad que pude, mirando hacia los corredores.

—No se incomode, señor —me cortó seca y dignamente—. Yo puedo oír porque soy vieja ya… ¡sí, señor, vieja! y desgraciadamente la experiencia nos hace ver cosas más crueles que las que podría contar el señor… el doctor. ¡Es cierto, vemos muchas cosas horribles, pero nos enseñan a compadecer a los desgraciados de esta vida y a tolerar tantas cosas!

Era, sin duda, un gran corazón la gruesa dama. Elena no volvía, lo que probaba su también vieja experiencia de esos destierros. Como, ya estábamos en paz, Broqua reanudó su relato.

—Cuando yo era médico de una sociedad, aquella me mandó una vez al consultorio una mujer humilde, joven aún, pero muy quebrantada. Al cabo de dos minutos perdidos en evasivas por su temor de tocar el tema, me contó que tenía un hijo que sufría de una enfermedad extraña. Paso por encima su manera de decir; no quería precisar nada. Instada por supe al fin que su hijo, de 20 años, odiaba a las mujeres, pero se desvivía por los vestidos. Desde chico era así. Parece que a los nueve años estuvo colocado en un taller de modistas y allí comenzó su perversión. Tampoco había sido nunca un muchacho viril, sino todo lo contrario. Tenía una colección de muñecas que vestía y desvestía. Él mismo se vestía de mujer. Recortaba las siluetas femeninas que veía en los diarios y se quedaba horas perdidas mirándolas. A las mujeres las odiaba; le daban asco, es la palabra. Economizaba todo lo que podía para comprar trajes de mujeres delgadas, bien cortados. Si el dinero no le alcanzaba, compraba sólo una pollera. Se acostaba con ellos, y demás está decir las emociones que sentiría. Completamente, señora.

La madre no sabía qué hacer. Era una pobre mujer tímida, que había sido muy desgraciada con su marido. Lo que le espantaba más en su hijo era que su padre había sido lo mismo. Muy joven aún, y llevando una vida sobrado libre, había sido solicitada para que tratara de que el desgraciado ser en cuestión, después su marido, cobrara gusto con ella a los placeres reales del amor; así cambiaría. Efectivamente, eso pasó, y la pobre muchacha concluyó por enamorarse y se casaron. Al principio todo fue bien; pero a los pocos años volvió a su manía, complicada con accesos de idiotez y furias horribles. No había día en que no la pateara. Este calvario duró un año, al cabo del cual quedó loco.

La pobre mujer, que había llevado Dios sabe qué vida con su marido, se desesperó cuando notó que en su hijo se reproducían las mismas cosas del padre. Hasta la adolescencia tuvo esperanzas, pero se resignó a perderlas. Ya no sabía qué hacer.

Le aconsejé lo único posible: que su hijo tuviera relaciones con mujeres. Movió un rato la cabeza, triste y desconsolada.

—Ya lo pensé —me respondió—, pero no quiere…

Como yo insistiera, me contó —y esto es lo que yo llamo abnegación, señora, grandeza y comprensión del amor más grandes que todas las honradeces—, me contó que una noche, desesperada de angustia al ver que su hijo acababa de tener el primer ataque de idiotez, se esforzó en que aquel se olvidara de que ella era su madre. Más bien, hizo todo lo posible. Un momento, señora. La pobre mujer no se daba cuenta de toda la sobrehumana compasión que significaba eso. Estaba muerta de dolor, y no quería por nada que su hijo fuera lo que había sido el padre. Otro momento, señora, y acabo. Tampoco había sutilizado su acción, ni había gestos de sacrificio. Estaba ahogada de ternura y lástima por su pobre hijo, y no había visto nada más. Esto es todo.

Nuestra respetable amiga, que durante la historia de Broqua había intentado varias veces interrumpirlo, resignose al fin a oír todo, ofreciéndose a sí misma, hinchando el cuello indignado, el sacrificio de su dignidad. Al concluir Broqua, se levantó lentamente y lo midió de abajo a arriba.

—¡Pero eso es inmundo! —explotó con un asco que salía del fondo de su gordo corazón.

—Eso es exactamente lo que dijeron las señoras de la Beneficencia, cuando supieron el caso —observó Broqua inclinándose—. Perdóneme, señora. Comprendo muy bien que le cause mala impresión, pero ya ve que hubiera sido imposible que la señorita Elena oyera esto.

La dama dio vuelta la cabeza a medias y lo midió de arriba a abajo esta vez:

—¡No faltaba más, señor! —y se fue, con el busto dignamente arqueado adelante.

El eminente sicólogo continuó con nosotros media hora aún, sin hablar una palabra. Tuvo veleidades de decir algo, sin duda, en defensa de sus amigas ofendidas; pero el manifiesto espíritu agresivo de Broqua, al contar esa historia, contuvo su gentil paladinismo, indigno, además —por las violencias posibles— de un cerebro superior. Se fue y quedamos solos hasta la una de la mañana. Broqua se consideraba suficientemente vengado y estaba tranquilo. Indudablemente, se dejó llevar un poco y yo también. Pero ¡qué diablos!…

A la mañana siguiente, muy temprano, desembarcaron madre e hija. Broqua y yo estábamos recostados de codos en la borda, tomando el sol. La madre nos vio enseguida, pero apretó los labios, con un rápido tirón a la manga de Elena para que evitara vernos. No obstante, al alejarse por fin por el muelle, Elena dirigió a Broqua una fugitiva mirada de curiosidad. Me pareció por su expresión —Dios me perdone— que le habían contado la historia.


Publicado el 21 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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