Clemencia

Ignacio Manuel Altamirano


Novela



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Índice

Capítulo 1. Dos citas de los cuentos de Hoffmann
Capítulo 2. El mes de diciembre de 1863
Capítulo 3. El comandante Enrique Flores
Capítulo 4. El comandante Fernando Valle
Capítulo 5. Llegada a Guadalajara
Capítulo 6. Guadalajara de lejos
Capítulo 7. Guadalajara de cerca
Capítulo 8. La prima
Capítulo 9. La presentación
Capítulo 10. Las dos amigas
Capítulo 11. Los dos amigos
Capítulo 12. Amor
Capítulo 13. Celos
Capítulo 14. Revelación
Capítulo 15. Un salón en Guadalajara
Capítulo 16. Frente a frente
Capítulo 17. La flor
Capítulo 18. Clemencia
Capítulo 19. El porvenir
Capítulo 20. Confidencias
Capítulo 21. El amor de Enrique
Capítulo 22. Otro poco de historia
Capítulo 23. La última Navidad
Capítulo 24. El desafío
Capítulo 25. El carruaje
Capítulo 26. Bien por mal
Capítulo 27. Alter tulit honores
Capítulo 28. Prisión y regalos
Capítulo 29. El traidor
Capítulo 30. Proceso y sentencia
Capítulo 31. En capilla
Capítulo 32. Antes de la ejecución
Capítulo 33. Desengaño
Capítulo 34. Sacrificio inútil
Capítulo 35. El salvador
Capítulo 36. La fatalidad
Capítulo 37. Bajo las palmas
Epílogo
Nota del autor

Capítulo 1. Dos citas de los cuentos de Hoffmann

Una noche de diciembre, mientras que el viento penetrante del invierno, acompañado de una lluvia menuda y glacial, ahuyentaba de las calles a los paseantes; varios amigos del doctor L. tomábamos el té, cómodamente abrigados en una pieza confortable de su linda aunque modesta casa. Cuando nos levantamos de la mesa, el doctor, después de ir a asomarse a una de las ventanas, que se apresuró a cerrar en seguida, vino a decirnos:

— Caballeros, sigue lloviendo, y creo que cae nieve; sería una atrocidad que ustedes salieran con este tiempo endiablado, si es que desean partir. Me parece que harían ustedes mejor en permanecer aquí un rato más; lo pasaremos entretenidos charlando, que para eso son las noches de invierno. Vendrán ustedes a mi gabinete, que es al mismo tiempo mi salón, y verán buenos libros y algunos objetos de arte.

Consentimos de buen grado y seguimos al doctor a su gabinete. Es éste una pieza amplia y elegante, en donde pensábamos encontrarnos uno o dos de esos espantosos esqueletos que forman el más rico adorno del estudio de un médico; pero con sumo placer notamos la ausencia de tan lúgubres huéspedes, no viendo allí más que preciosos estantes de madera de rosa, de una forma moderna y enteramente sencilla, que estaban llenos de libros ricamente encuadernados, y que tapizaban, por decirlo así, las paredes.

Arriba de los estantes, porque apenas tendrían dos varas y media de altura, y en los huecos que dejaban, había colgados grabados bellísimos y raros, así como retratos de familia. Sobre las mesas se veían algunos libros, más exquisitos todavía por su edición y su encuadernación.

El doctor L…, que es un guapo joven de treinta años y soltero, ha servido en el Cuerpo Médico—militar y ha adquirido algún crédito en su profesión; pero sus estudios especiales no le han quitado su apasionada propensión a la bella literatura. Es un literato instruido y amable, un hombre de mundo, algo desencantado de la vida, pero lleno de sentimiento y de nobles y elevadas ideas.

No gusta de escribir, pero estimula a sus amigos, les aconseja y, de ser rico, bien sabemos nosotros que la juventud contaría con un Mecenas, nosotros con un poderoso auxiliar y, sobre todo, los desgraciados con un padre, porque el doctor desempeña su santa misión como un filántropo, como un sacerdote. Eso más que todo nos ha hecho quererle y buscar su amistad como un tesoro inapreciable.

Pero, dejando aparte la enumeración de sus cualidades que, lo confesamos, no importa gran cosa para entender esta humilde leyenda, y que sólo hacemos aquí como un justo elogio a tan excelente sujeto, continuaremos la narración.

El doctor pidió a su criado una ponchera y lo necesario para prepararnos un ponche que, en noche semejante, necesitábamos grandemente, y mientras que él se ocupaba en hacer la mezcla del kirchwasser con el té y el jarabe, y en remover los pedazos de limón entre las llamas azuladas, nosotros examinábamos, ora un cuadro, ora un libro, o repasábamos los mil retratos que tenía coleccionados en media docena de álbumes de diferentes tamaños y formas.

Nosotros, con una lámpara en la mano, pasábamos revista a los grabados que había en las paredes, cuando de repente descubrimos en un cuadro pequeño, con marco negro y finamente tallado, que no contenía más que un papel a manera de carta. Era en efecto, un papel blanco con algunos renglones que procuramos descifrar. La letra era pequeña, elegante y parecía de mujer. Con auxilio de la luz vimos que estos renglones decían:


Ningún ser puede amarme, porque nada hay en mí de simpático ni de dulce.
HOFFMANN
(El corazón de Ágata)


Ahora que es ya muy tarde para volver al pasado, pidamos a Dios para nosotros la paciencia y el reposo…
HOFFMANN
(La cadena de los destinados)

— Doctor —le dijimos— ¿será indiscreto preguntar a usted qué significa este papel con las citas de los cuentos de Hoffmann?

— Ah, amigo mío ¿ya descubrió usted eso?

— Acabo de leerlo, y me llama la atención.

— Pues no hay indiscreción en la pregunta. Cuando más, es dolorosa para mí, pero no es ni imprudente ni imposible de contestar. Ese papel tiene una historia de amor y desgracia, y, si ustedes gustan, la referiré mientras que saborean mi famoso ponche. He aquí, caballeros, mi famoso ponche de girsch, que los pondrá a ustedes blindados, no sólo contra el miserable frío de México, sino contra el de Rusia.

— Sí, doctor, la historia; venga la historia con el ponche.

El doctor sirvió a cada uno su respetable dosis de la caliente y sabrosa mixtura, gustó con voluptuosidad los primeros tragos de su copa y, viéndonos atentos e impacientes, comenzó su narración.

Capítulo 2. El mes de diciembre de 1863

Estábamos a fines del año de 1863, año desgraciado en que, como ustedes recordarán, ocupó el ejército francés a México y se fue extendiendo poco a poco, ensanchando el círculo de su dominación. Comenzó por los Estados centrales de la República, que ocupó también sin quemar un solo cartucho, porque nuestra táctica consistía sólo en retirarnos para tomar posiciones en los Estados lejanos y preparar en ellos la defensa. Nuestros generales no pensaban en otra cosa, y quizá tenían razón. Estábamos en nuestros días nefastos, la desgracia nos perseguía, y cada batalla que hubiéramos presentado en semejante época, habría sido para nosotros un nuevo desastre.

Así pues, nos retirábamos, y las legiones francesas, acompañadas de sus aliados mexicanos, avanzaban sobre poblaciones inermes que muchas veces se veían, obligadas por el terror, a recibirlos con arcos triunfales, y puede decirse que nuestros enemigos marchaban guiados por las columnas de polvo de nuestro ejército que se replegaba delante de ellos. De esta manera las tres divisiones del ejército francomexicano, mandadas por Douay, Berthier y Mejía, salidas en los meses de octubre y noviembre de México en diferentes direcciones, a fin de envolver al ejército nacional y apoderarse de las mejores plazas del interior, ocuparon sucesivamente Toluca, Querétaro, Morelia, Guanajuato y San Luis Potosí.

Como el general Comonfort había sido asesinado en Chamacuero por los Troncosos, precisamente cuando venía a ponerse a la cabeza del ejército nacional, su segundo, el general Draga, quedó con el mando en jefe de nuestras tropas.

Draga determinó evacuar las plazas que ocupaba, seguramente con el designio de caer después sobre cualquiera de ellas que hubiese tomado el enemigo, y salió de Querétaro con el grueso del ejército, ordenando al general Berriozábal, gobernador de Michoacán, que desocupase Morelia y se retirase a Druapan para reunírsele después.

Los franceses entonces se apoderaron de Querétaro y Morelia. El grueso de nuestro ejército, con Draga a la cabeza, se dirigió a La Piedad, en el Estado de Michoacán. Pocos días después Doblado evacuó Guanajuato y se dirigió a Lagos y a Zacatecas. El gobierno nacional también se retiró de San Luis Potosí, que ocupó Mejía, y se dirigió a Saltillo después del desastre que sufrió la división de Negrete al intentar el asalto de aquella plaza.

Así, pues, en pocos días, en dos meses escasos, el invasor se había extendido en el corazón del país, sin encontrar resistencia. Faltábale ocupar Zacatecas y Guadalajara. Esto se hizo un poco más tarde, y todo el círculo que se había conquistado quedó libre cuando Draga, después de haber sido rechazado de la plaza de Morelia defendida por Márquez, se vio obligado a dirigirse al sur de Jalisco, donde aún pensó fortificarse en las Barrancas y resistir. Cuando Draga tomó esta dirección, el general Arteaga evacuó también Guadalajara con las tropas que allí tenía y se retiró a Sayula, incorporándose después a Draga. Bazaine, general en jefe del ejército francés, ocupó la capital de Jalisco.

Debo volver ahora un poco atrás, a los días en que nuestro ejército se dirigía a La Piedad en el mes de noviembre, para decir a ustedes que yo, bastante enfermo y sin colocación en el Cuerpo Médico—militar, conseguí licencia del cuartel general para dirigirme a Guadalajara, y aproveché la salida de un pequeño cuerpo de caballería que el general envió a Arteaga, para incorporarme a él. Este cuerpo escoltaba un convoy de vestuario y armamento que se juzgó conveniente mandar a Guadalajara, donde el general Arteaga podía utilizarle.

Marchábamos, pues, los soldados de ese cuerpo y yo, grandemente contrariados por no poder asistir a las funciones de armas que evidentemente iban a verificarse dentro de muy pocos días.

Capítulo 3. El comandante Enrique Flores

Debo cesar aquí en el fastidioso relato histórico que me he visto obligado a hacer, primero por esa inclinación que tenemos los que hemos servido en el ejército a hablar de movimientos, maniobras y campañas, y además para establecer los hechos, fijar los lugares y marcar la época precisa de los acontecimientos.

Ahora comienzo mi novela, que por cierto no va a ser una novela militar, quiero decir, un libro de guerra con episodios de combates, sino una historia de sentimiento, historia íntima, ni yo puedo hacer otra cosa, pues carezco de imaginación para urdir tramas y para preparar golpes teatrales. Lo que voy a referir es verdadero; si no fuera así no lo conservaría tan fresco, por desgracia, en el libro fiel de mi memoria.

El coronel del cuerpo de que acabo de hablar era un guapísimo oficial: llamémosle X… Los nombres no hacen al caso y prefiero cambiarlos, porque tendría que nombrar a personas que viven aún, lo cual sería, por lo menos, mortificante para mí.

Mandaba uno de los escuadrones otro oficial, el comandante Enrique Flores, joven perteneciente a una familia de magnífica posición, gallardo, buen mozo, de maneras distinguidas, y que a las prendas de que acabo de hablar agregaba una no menos valiosa, y era la de ser absolutamente simpático. Era de esos hombres cuyos ojos parecen ejercer desde luego en la persona en quien se fijan un dominio irresistible y grato.

Tal vez por esto el comandante Flores era idolatrado por sus soldados, muy querido por sus compañeros y el favorito de su jefe, porque el coronel no tenía otra voluntad que la de Enrique. De modo que era el árbitro en su cuerpo, y los generales a cuyas órdenes había militado, conociendo la influencia que ejercía sobre su jefe y su prestigio entre la tropa, no perdían ocasión de halagarle, de colmarle de atenciones y de hacerle entrever un próximo y honroso ascenso.

Como era la época en que se franqueaban los escalones de los más altos empleos más fácilmente que nunca, susurrábase que el coronel sería ascendido a general, y que entonces Flores quedaría con el mando de su cuerpo, quizá con el carácter que aquél tenía.

Además, y esto es de suponerse, Flores era peligroso para las mujeres, era irresistible, y mil relatos de aventuras galantes y que revelaban su increíble fortuna en asuntos de amor, circulaban de boca en boca en el ejército.

Flores, por otra parte, no perdía oportunidad de hacer uso de sus relevantes prendas; y aunque el ejército, en aquel tiempo, no hacía más que marchar en opuestas direcciones y cruzar rápidamente por las ciudades, el comandante, sin descuidar sus deberes, encontraba momentos a propósito para galantear a las más hermosas jóvenes de los lugares que tocaba, no siendo nada difícil para él concluir una conquista en breves días y, a veces, en horas.

El hecho es que no salía de una ciudad un poco importante, sin llevar consigo dulces y gratos recuerdos de ella, ni dejaban de verter lágrimas por él los ojos más hermosos de una población.

Ya se sabía; tan luego como se tocaba la botasilla para prepararse a salir, tan luego como se oían los toques de marcha, mientras que los demás pasábamos indiferentes por los pueblos y las ciudades y sólo nos ocupábamos en hacer nuestras maletas y comprar provisiones, Enrique, después de dar las órdenes necesarias a sus capitanes, siempre tenía que escribir un pequeño billete de despedida, siempre se apartaba un momento de la columna para galopar en uno de sus soberbios caballos en dirección a la casa de sus amadas de un día, para estrecharles la mano y recibir, en cambio de tiernas miradas, un pañuelo húmedo de lágrimas, un rizo de cabellos, un retrato o una sortija. ¡Qué dicha de hombre!

No: y debo confesar a ustedes que Flores era seductor; su fisonomía era tan varonil como bella; tenía grandes ojos azules, grandes bigotes rubios, era hercúleo, bien formado, y tenía fama de valiente. Tocaba el piano con habilidad y buen gusto, era elegante por instinto, todo lo que él se ponía le caía maravillosamente, de modo que era el dandy por excelencia del ejército.

Gastador, garboso, alegre, burlón, altivo y aun algo vanidoso, tenía justamente todas las cualidades y todos los defectos que aman las mujeres y que son eficaces para cautivarlas.

Por eso las muchachas más guapas de Querétaro, primero, y después de Guadalajara, se morían por bailar con él, gustaban de apoyarse en su brazo y saboreaban con delicia su conversación chispeante de gracia, salpicada de agudezas ingeniosas y, sobre todo, galante.

Enrique era el tipo completo del león parisiense en su más elegante expresión, y se desprendía de él, si me es permitida esta figura, ese delicado perfume de distinción que caracteriza a las gentes de buen tono.

Todavía más. Flores era jugador y, por una excepción de la conocida regla, ganaba mucho. No parecía sino que un genio tutelar velaba por este joven y le abría siempre risueño las puertas del santuario del amor, del placer y de la fortuna. Era seguro que cuando nosotros estábamos en quiebra, Flores tenía en su bolsillo algunos centenares de onzas de oro y ricas joyas que valían un tesoro en aquellos tiempos.

Flores no esquivaba jamás la ocasión de prestar un servicio, y sus amigos le adoraban por su generosidad.

Me he detenido en la descripción del carácter del primero de mis personajes, porque tengo en ello mi idea: deseo que ustedes le conozcan perfectamente y comprendan de antemano la razón de varios sucesos que tengo que narrar.

Tal era el comandante Enrique Flores.

Capítulo 4. El comandante Fernando Valle

Había también en el mismo cuerpo, y mandando el segundo escuadrón, un joven comandante que se llamaba Fernando Valle. Era justamente lo contrario de Flores, el reverso del simpático y amable carácter que acabo de pintar a largas pinceladas.

Valle era un muchacho de veinticinco años como Flores, pero de cuerpo raquítico y endeble; moreno, pero tampoco de ese moreno agradable de los españoles, ni de ese moreno oscuro de los mestizos, sino de ese color pálido y enfermizo que revela o una enfermedad crónica o costumbres desordenadas.

Tenía los ojos pardos y regulares, nariz un poco aguileña, bigote pequeño y negro, cabellos lacios, oscuros y cortos, manos flacas y trémulas. Su boca regular tenía a veces un pliegue que daba a su semblante un aire de altivez desdeñosa que ofendía, que hacía mal.

Taciturno, siempre sumido en profundas cavilaciones, distraído, metódico, sumiso con sus superiores, aunque traicionaba su aparente humildad el pliegue altanero de sus labios, severo y riguroso con sus inferiores, económico, laborioso, reservado, frío, este joven tenía aspecto repugnante y, en efecto, era antipático para todo el mundo.

Sus jefes le soportaban, y se veían obligados a tenerle consideración, porque más de una vez en la campaña de Puebla, primera que había hecho en su vida, había dado pruebas de un valor temerario, de un arrojo que parecía inspirado por un ardiente deseo de elevarse pronto o de acabar, sucumbiendo, con algún dolor secreto que torturaba su corazón.

Hubiérase dicho que, desafiando a la muerte, había querido humillar a sus jefes, que combatían con la prudencia del valor reposado y experto.

En el ejército era un advenedizo, porque había aparecido como soldado raso en las filas el año de 1862, ascendiendo luego a cabo por su aplicación, después a sargento en las Cumbres de Acultzingo, a subteniente (servía entonces en un cuerpo de infantería), luego a teniente después del 5 de Mayo y, por último, a capitán.

Como tal había tomado parte en la defensa de la plaza de Puebla en 1863, sirviendo entonces en el batallón mixto de Querétaro, a las órdenes del valiente y malogrado Herrera y Cairo.

No cayó prisionero, sino que pudo evadirse de la ciudad y se presentó al gobierno de México, que le ascendió a comandante y le destinó a servir en el cuerpo de caballería en que se hallaba actualmente.

Aplicado con asiduidad a esta para él nueva arma, había aprovechado tanto su tiempo, que se le citaba como al oficial más inteligente y más capaz, por lo cual y por su carácter frío y reservado, sus compañeros le profesaban un odio reconcentrado y mortal.

— Evidentemente, este muchacho escondía un proyecto siniestro, estaba inspirado por una ambición colosal, andaba su camino, y quién sabe… él quería subir, y aparentaba servir a la República como un medio para llegar a su objeto. No era, pues, un patriota, sino un ambicioso, un malvado encubierto.

Esto se decían los oficiales en voz alta, esto se decía el coronel, esto se decía el mismo Flores, y más de una vez Valle tuvo que sufrir los sangrientos sarcasmos de todos, y los devoró en silencio y palideciendo de rabia.

— Él no es un cobarde, él sufre nuestros insultos y evita toda pendencia; luego abriga una mira particular a cuya realización sacrifica hasta su amor propio.

Esto añadían en coro los oficiales.

Además Valle ni pedía un servicio a nadie ni lo hacía. Guardaba su poco dinero, gastábale con parsimonia y evitaba toda ocasión de comprometerse a pagar en un convite la comida y el vino de sus compañeros, por lo cual regularmente comía aparte o en diferente fonda, siempre solitario y siempre económico.

Esta sobriedad calculada, su falta de buen humor, su aversión a los vicios a que es inclinada la juventud militar, le daban un aire de gazmoñería que no podía menos de atraerle la enemistad de las gentes.

Así, cuando algún oficial, porque todos los demás se amaban fraternalmente, estaba enfermo o metido en algún apuro, todo el mundo volaba a su socorro, se le prodigaban los cuidados más solícitos, se velaba a la cabecera de su cama, se le facilitaba dinero, se le asistía, en fin, como en familia.

Pero cuando Valle, que tenía, a pesar de su aparente raquitismo, una salud robusta, solía estar achacoso, o herido, como acababa de sucederle a consecuencia de una escaramuza, nadie le hacía el menor caso; se le trataba como a un perro, y el orgulloso comandante tenía que preparar sus hilas con una sola mano y que tomar sus tisanas y beber agua en su jarro con infinitos trabajos, porque rehusaba hasta los servicios de un viejo soldado que le servía, quien, por otra parte, le quería poco.

Francamente, hasta nosotros los médicos, hombres de caridad y que no consultamos nuestras simpatías para ser útiles a los que sufren, hasta nosotros, digo, repugnábamos acercarnos a él, porque sentíamos una invencible antipatía viendo a ese pequeño oficial con su mirada ceñuda, su color pálido e impuro y su boca despreciativa.

— La tisana que me recetó usted, doctor, no me ha hecho provecho alguno —me dijo un día en Querétaro cuando estaba atacado de fiebre a consecuencia de la herida.

Díjome estas palabras con tal desdén, con tal acento, que en un arranque de cólera le repliqué:

— Pues si no le hace a usted provecho, arrójela.

El me miró fijamente con sus ojos hundidos, y temblando por la calentura, se levantó, tomó su jarro de agua fría, bebió hasta hartarse y se volvió del lado de la pared.

Indignado yo de tamaña insolencia, salí refunfuñando.

¡Qué me importa que te lleve el diablo, oficialillo grosero!

Creí que se pondría peor y avisé a alguno de mis compañeros para que fuese a asistirle; él me manifestó que le sería desagradable, y no fue a verle.

Al día siguiente salimos de Querétaro.

— ¡Una camilla para el comandante herido! —pidió en el patio del hospital el jefe del Cuerpo Médico, viendo que nadie se había acordado de Valle.

Pero los soldados estaban demasiado atareados con su equipo, nosotros ocupados en nuestros aprestos de viaje, los soldados de ambulancia se encogían de hombros, y el comandante quedó abandonado.

Íbamos acordándonos de él ya en la columna de camino y en marcha, cuando le vimos a la cabeza de su escuadrón, sereno, callado, cejijunto y llevando el brazo envuelto y colgado del cuello.

— Realmente hay algo de misterioso en la fuerza de espíritu de este muchacho —nos dijimos.

— ¿Será un héroe futuro?

— ¡Bah! tiene más aspecto de traidor que de héroe; él medita algo, no hay duda —se me contestó.

Y así continuamos hasta que el sanó sin necesitar de más asistencia de facultativo.

Capítulo 5. Llegada a Guadalajara

Por lo demás, excusado es decir que el pobre comandante ni tenía aventuras de amor, ni aunque las tuviera serían del carácter de las de Flores. Era profundamente antipático para las mujeres, y él, que lo conocía, no las frecuentaba.

Siempre vestido con su uniforme cuidadosamente aseado, pero sin lujo, cuando asistía a algún baile, que era pocas veces y obligado por el coronel, se mantenía en un rincón y se retiraba a poco tiempo.

Así pues, ni una triste cualidad tenía mi comandante. Era un pobre diablo, bien seco, bien fastidioso, bien repulsivo.

Pero al día siguiente de aquel en que llegamos a Guadalajara, le vimos transformarse; lo que nos hizo pensar mucho. En la mañana se peinó, se vistió esmeradamente y salió del cuartel, dirigiéndose a una de las calles centrales. En la tarde volvió muy contento, trayendo en la mano un pequeño ramillete de heliotropos.

Alguno le dijo chanceándose:

— Parece que viene usted contento, comandante: ¡cosa rara! Trae usted flores: cosa más rara todavía. ¿Qué milagro es éste?

— ¡Oh! es una cosa muy sencilla —respondió— hace tanto tiempo que no veo a ninguno de mis deudos, que me alegro de encontrar uno aquí.

— Hola ¿tiene usted aquí un deudo?

— Sí.

— ¿Es uno, o una?

— Una… es una prima mía —contestó sonriendo y haciéndose comunicativo por la primera vez.

— Linda ¿eh, comandante?

— Sí, es guapa, muy guapa.

A estas palabras Enrique Flores se acercó al grupo que se había formado en torno a Valle.

— Y bien, compañero, ¿conque tiene usted primas guapas? Pues vea usted, yo creía que no tenía usted parientes en este mundo.

— Sí los tengo —respondió Valle— tengo muchos, más de los que usted cree, y en posición que usted no sospecha; sólo que yo los detesto a casi todos.

— Es claro, usted detesta a todo el mundo. Pero vamos a ver ¿aborrece también a la primita?

— No; a esa no, ni tengo motivo; ahora la conozco y, a primera vista, creo que es una buena criatura.

— A primera vista ¡pícaro! Eso quiere decir que es bella. Caballeros, he aquí el prodigio, Valle enamorado, Valle el taciturno, Valle el huraño, Valle el enemigo de las pasiones, Valle el que se reía con desdén de nuestras debilidades, hele aquí que se humaniza, que se hace accesible, que se apasiona… ¡Mal negocio, compañero, mal negocio! Va usted a hacer más locuras que nosotros, porque los empedernidos como usted, cuando resbalan, no paran hasta el abismo.

Valle recibió esta andanada que el burlón comandante le dirigió con su volubilidad y buen humor de costumbre, y se encogió de hombros.

— Conoceremos a la primita, por supuesto —añadió Flores— esto es si usted no lo lleva a mal, si no se vuelve usted un Otelo, porque también es otra gracia de los taciturnos y de los castos; cuando se enamoran se hacen celosos como unos árabes.

— No hay inconveniente —replicó Valle—. Usted la conocerá si ella lo permite, que sí lo permitirá. Es una joven amable y admirablemente educada, que tendrá mucho placer en conocer a mis camaradas.

— Muy bien —concluyó Flores— usted señalará el día de nuestra presentación, y que sea pronto, porque es preciso comenzar a hacer conocimientos en esta ciudad, que es un búcaro de rosas, que es un nido de ángeles.

Y dando un golpecito con familiaridad en el hombro de Valle, se retiró, haciendo nosotros lo mismo, no sin decir cada uno con malignidad:

— ¡Pobre primita, con Enrique!

Ahora bien: faltábame decir a ustedes que el comandante no parecía querer a nadie en el cuerpo, más que a Enrique. Sea que el carácter simpático de Flores hubiera ejercido su influencia de siempre en el ánimo de Valle, sea que éste por miras secundarias tuviese necesidad de aparentarla, el hecho es que manifestaba frecuentemente una sincera atención hacia el comandante.

Le hablaba algunas veces sobre asuntos menos serios que los del servicio militar, le ayudaba en los trabajos de su escuadrón, particularmente en llevar su papelera, lo que hacía con facilidad y acierto; y algunas veces se propasó hasta regalarle alguna botella de exquisito vino, o un ramillete para que obsequiase a sus queridas.

Flores, en cambio, le reñía por su carácter reservado, le encargaba comisiones enfadosas, manifestándole de este modo su predilección, y aun solía pedirle consejo en asuntos de servicio.

Así, pues, se había entablado entre ambos jóvenes, si no una amistad, al menos una relación que no era la del odio. Esto explica la amabilidad con que Valle prometió a Enrique llevarle a casa de su prima.

Capítulo 6. Guadalajara de lejos

Hallábase Guadalajara en aquellos días llena de animación. A propósito, me parece conveniente hacer a ustedes la descripción de esta hermosa ciudad que tal vez no conozcan.

Guadalajara, que a justo título puede llamarse la reina de Occidente, es sin duda alguna la primera ciudad del interior, pues si bien León tiene una población más numerosa, y Guanajuato la tiene casi igual, la circunstancia de ser la primera de estas dos ciudades muy pobre y escasa de monumentos, y de estar la segunda situada en un terreno áspero y sinuoso, aunque rico en metales, hace que Guadalajara, por su belleza, por su situación topográfica, por su antigua importancia en tiempo de los virreyes —la que no ha disminuido en tiempo de la República— sea considerada superior, no sólo a las ciudades que he mencionado, sino a todas las de la República.

La antigua capital de la Nueva Galicia, que contaba en el año de 1738 más de ochenta mil habitantes, según afirma Mota Padilla, cronista de todos los pueblos de Occidente, ateniéndose a los padrones de su tiempo —razón por la cual me parece extraño que el célebre barón de Humboldt no le haya concedido más que diez y nueve mil— parece conservar una población igual a la que tenía en el siglo pasado, aunque, según los datos estadísticos recientes, se afirma que disminuye.

Esto, y el hecho de ser el centro agrícola y comercial de los Estados Occidentales, así como el haber representado siempre un papel importantísimo en nuestras guerras civiles, dan a Guadalajara un interés que no puede menos de inspirar la curiosidad más grande a los viajeros mexicanos que la ven por primera vez.

Yo particularmente sentía un placer inmenso en ir acercándome instante por instante a la bella ciudad que había oído nombrar a menudo como la tierra de los hombres valientes y las mujeres hermosas, y esto me compensaba en parte de la contrariedad que sufría por verme alejado del círculo de los sucesos militares.

Guadalajara está separada del centro de la República por una faja de desierto que comienza en Lagos, y que con la única interrupción de Tepatitlán, pequeño oasis famoso por la belleza de las huríes que le habitan, concluye a las puertas de la gran ciudad; de modo que ésta se muestra, al viajero que la divisa a lo lejos, más orgullosa en su soledad, semejante a una mujer que, dotada de una hermosura regia, se separa del grupo que forman bellezas vulgares, para ostentarse con toda la majestad de sus soberbios encantos.

Por el lado de las poblaciones centrales de México, Guadalajara está defendida naturalmente por el caudaloso río de Santiago que, nacido en la gran mesa del Anáhuac, y después de formar el lago de Chapala, va a desembocar en el mar Pacífico.

Por el occidente se alza gigantesca y grandiosa una cadena de montañas cuyos picos azules se destacan del fondo de un cielo sereno y radiante. Es la cadena de la Sierra Madre que atraviesa serpenteando el Estado de Jalisco, y cuyos ramales toman los nombres de Sierra de Mascota, Sierra de Alicia y más al norte, el de la Sierra de Nayarit, yendo después a formar las inmensas moles auríferas de Durango, hasta salir de la República para tomar en la América del Norte el nombre de Montañas Pedregosas (Rocky Mountains).

En el centro de este valle, trazado por el gran río y por la gigantesca cordillera, se halla asentada Guadalajara. Magnífico es el aspecto que presenta al que la ve, llegando por el lado del occidente, y después de trasponer las últimas colinas que bordean la ribera del Santiago, por el paso de Tololotlan.

La vista no puede menos de quedar encantada al ver brotar de la llanura, como una visión mágica, a la bella capital de Jalisco, con sus soberbias y blancas torres y cúpulas, y sus elegantes edificios, que brillan entre el fondo verde oscuro de sus dilatados jardines.

Todavía más que Puebla, Guadalajara parece una ciudad oriental, pues, rodeada como está de una llanura estéril y solitaria, encierra en su seno todas las bellezas que traen a la memoria la imagen de las antiguas ciudades del desierto, tantas veces descritas en las poéticas leyendas de la Biblia.

Efectivamente, la llanura que rodea a la ciudad da un aspecto extraño al paisaje, que no se observa al aproximarse a ninguna de las otras ciudades de la República.

En las mañanas del estío, o en los días del otoño y del invierno, como en los que llegué por primera vez a Guadalajara, aquel valle es triste y severo; el cielo se presenta radioso y uniforme, pero el sol abrasa y parece derramar sobre la tierra sedienta torrentes de fuego.

La brisa es tibia y seca, y el suelo, pedregoso o tapizado con una espesa alfombra de esa arena menuda y bermeja que los antiguos indios llamaron con el nombre genérico de Xalli (arena), de donde se deriva Jalisco, se asemeja a la rambla de un inmenso lago desecado, o el cráter relleno de un volcán extinguido hace millares de siglos.

Esto, como he dicho, en los tiempos calurosos; pero en la estación de aguas, todo allí cambia de aspecto. El cielo parece siempre entoldado de nubes sombrías y tempestuosas; la cordillera no se distingue en el horizonte oscuro; la ciudad se envuelve en un manto de lluvia; silba el viento de la tempestad en la llanura desierta; se estremece el espacio a cada instante con el estallido del rayo, y el valle todo aparece magníficamente ceñido con una corona de tormentas.

En pocos lugares de la República puede contemplarse el grandioso espectáculo que en Guadalajara, que pudiera llamarse la hija predilecta del trueno y de la tempestad. Parece también que este cielo y esta atmósfera influyen en el alma de los hijos de la ciudad, pues hay algo de tempestuoso en sus sentimientos; y en sus amores, en sus odios y en sus venganzas se observa siempre la fuerza irresistible de los elementos desencadenados.

Pero, volviendo al camino de Guadalajara, observaré que no se advierte al aproximarse a ella ese movimiento, esa animación, que anuncian la proximidad de una ciudad populosa. Ni carros, ni caminantes, ni rebaños se divisan en aquellas cercanías.

Apenas atraviesa veloz uno que otro jinete por aquellos senderos arenosos y tristes. El silencio rodea por todas partes a la más alegre y bulliciosa de las ciudades de Occidente.

Así avanzando y, cuando se camina absorto, contemplando a lo lejos aquel cuadro de desolación, repentinamente una oleada de brisa fresca y balsámica anuncia al viajero que ha llegado por fin al suspirado oasis de Jalisco.

Casi sin apercibirse de ello toca uno en ese pueblecillo delicioso que se llama San Pedro, por el cual se entra a Guadalajara como por una portada de verdura y de flores. San Pedro es un lugar de recreo con lindas casas de campo y bien cultivados jardines. Desde que se entra en sus callecitas alegres y risueñas, se comprende que el paraíso va a compensar a uno del fastidio del desierto.

Sobre las cercas, cubiertas con millares de parietarias, se asoman la oscura copa del nogal, el zapote de hojas brillantes, la magnolia con sus grandes y blancas flores, y el naranjo con sus pomas de oro.

Los árboles de diversas zonas se mezclan allí en admirable consorcio. El plátano confunde a veces sus anchos abanicos con los ramajes del albaricoque y el chirimoyo se cubre de flores a la sombra de la higuera. El ganado se cobija bajo las ramas del olivo, y el limonero y el manzano parecen alargarse mutuamente sus aromáticos frutos.

Se comprende, al ver esto, el por qué se ha dado a Jalisco el nombre de Andalucía de México, y por qué el buen Mota Padilla, hijo cariñoso de Guadalajara, haya dicho, al hablar de ella, que está situada en país alegre, abastecido y regalado.

No menos entusiasta que Mota Padilla, yo también me he difundido, señores, de una manera que parecerá fastidiosa a quien no estime aquella tierra, a la que me siento unido por la dulce cadena de los recuerdos.

Perdonen ustedes mi afición a describir, y no la juzguen tan censurable mientras que ella sirva para dar a conocer las bellezas de la patria, tan ignoradas todavía.

Capítulo 7. Guadalajara de cerca

Por una calzada de hermosos fresnos se atraviesa en un instante la pequeña distancia que hay de San Pedro a Guadalajara.

Desde que se penetra en sus primeras calles hay algo que simpatiza profundamente: se ve algo semejante a la sonrisa de una familia hospitalaria; se diría que una mujer amable y buena le abre a uno los brazos y le estrecha contra su corazón.

Yo conozco muchas ciudades de la República, caballeros, y puedo asegurar a ustedes que, al atravesar por primera vez el umbral de algunas de ellas, he sentido algo que me repelía, se me ha oprimido el corazón como al penetrar en una ciudad enemiga o en una cárcel.

En cada habitante que he encontrado en las calles me ha parecido ver un pícaro; cada cara me ha mirado con ceño, y la población entera se me ha figurado que me hacía una mueca de odio y de insulto. Y aunque parezca singular, puedo añadir también que, en cada una de estas poblaciones chocantes he tenido siempre jaqueca durante el tiempo que he permanecido en ellas, el cual he procurado abreviar para no morirme de tedio, deseando al alejarme, lo mismo que aquellos dos discípulos de Jesús al pasar por una ciudad que les cerraba sus puertas, esto es, que lloviera fuego del cielo para que las consumiera como a la antigua Sodoma.

Tengo esta debilidad, así como tengo la contraria, a saber, la de apasionarme de los lugares que a primera vista me son simpáticos. Guadalajara lo fue.

En cada habitante que se detenía a ver pasar nuestra columna, creí ver un íntimo amigo y ganas tuve más de una vez de apearme del caballo para ir a abrazar a la primera vieja que se asomaba a su ventana, para sonreírnos con benevolencia, o a la muchacha del pueblo que fijaba en nosotros sus negros ojos con mil promesas de tierna confianza.

En Jalisco hay, como en todos los Estados de la República, provincialismo; pero no es ese provincialismo celoso y estúpido que cierra al extraño las puertas, y que le ve como a un animal feroz o como al gafo de la Edad Media; sino ese sentimiento apasionado hacia todo lo que pertenece a la tierra natal, y que, sin ser exclusivista, procura embellecer lo propio a los ojos del extraño.

Así es que en Guadalajara, apenas llega un mexicano cuando veinte personas le rodean afectuosamente, le invitan a pasar a la casa, le brindan con la más franca hospitalidad, le procuran relaciones, y le inician, por decirlo así, en todas las intimidades de aquella sociedad.

Se procura hacer deliciosa la mansión del viajero, se desea que encuentre el placer en todas partes, y se logra por fin que lleve de Guadalajara los recuerdos más alegres y duraderos.

Se conocerá la diferencia que hay, por ejemplo, entre el carácter de Guadalajara y el carácter de Puebla, en lo siguiente. En Puebla invitan al forastero a visitar las iglesias; en Guadalajara a visitar los establecimientos de beneficencia; en Puebla, después de infinitas pruebas parecidas a las que se exigen del profano antes de entrar en la masonería, los amigos, como una gran muestra de confianza, le ofrecen agua bendita y rezan con él un vía crucis; en Guadalajara, a los diez minutos de haber sido presentado, le ofrecen un banquete y apuran en su compañía la copa de la amistad.

En otras partes las mujeres apenas asoman las narices por sus balcones para ver pasar al viajero, y se apresuran a esconderse para no ser examinadas de cerca. En Guadalajara las mujeres se presentan francas y risueñas, comprendiendo muy bien que no es preciso ser mojigatas para ser virtuosas.

Decía yo que el provincialismo en Guadalajara consiste en querer aparecer bien a los ojos del extraño, y por este sentimiento que es el origen de todo patriotismo, no es raro oír encomiar en sus tertulias el valor de sus guerreros, el acierto de sus gobernantes, el talento de sus escritores y la belleza de sus mujeres, y a fe que tienen razón.

Jalisco es la tierra de Prisciliano Sánchez, de López Cotilla, de Otero, de Herrera y Cairo, de Cruz Aero y de Epitacio Jesús de los Ríos. Y bajo aquel cielo de fuego se ha templado la lira de esa Isabel Prieto que, nacida en España, se ha desarrollado desde su niñez bajo la influencia de nuestro sol, y nos pertenece por entero, como nuestro Alarcón pertenece a España.

El carácter de los jaliscienses es demasiado conocido para que tenga yo necesidad de detenerme a encomiarle. En cuanto a las mujeres, en mi concepto, no sólo son hermosas sino divinas, y tienen, además de los encantos físicos que el cielo les otorgó con mano pródiga, una cualidad que no es común, que va siendo más rara de día en día, que va a desaparecer del mundo si Dios no lo remedia: el corazón, amigos míos, el corazón; lo que se llama hoy corazón ¿entienden ustedes?

No la entraña que yo, médico, no me atreveré a negar a ninguna mujer de la tierra, sino a esa facultad que, como el verdadero talento, es un privilegio, y consiste en saber amar bien y cumplidamente, con ternura, con lealtad, sin interés, sin miras bastardas, sino en virtud de un sentimiento tan exaltado como puro.

Este culto del amor ya sólo existe en algunos puntos del globo; él ha sido hasta aquí la religión del genero humano, pero desgraciadamente va sustituyéndose con la horrible idolatría del becerro de oro, que se halla extendida por toda la tierra, que gana prosélitos a cada momento y que parece estar cobijada bajo las alas poderosas de la civilización.

¡Blasfemia! diría cualquiera que me oyese hablar así. En efecto, blasfemia me parece también a mí cuando me pongo a reflexionar en que la civilización es la propaganda de todo lo bello y de todo lo bueno, y no puede de ningún modo reputarse tal, esa infame codicia que mata las más santas aspiraciones del alma.

Yo creo que esta especie de ateísmo que se burla de los sentimientos, y que no hace caso sino del estúpido goce material, no es más que el retroceso que toma una nueva forma, y que se envuelve y se mezcla entre las galas del progreso para emponzoñarle y destruirle, como un insecto que logra esconderse en el cáliz de una flor pomposa y perfumada para roerla y secarla.

Sea como fuere, nosotros advertimos, y esto es muy perceptible, que a medida que nuestro pueblo va contagiándose con las costumbres extranjeras, el culto del sentimiento disminuye, la adoración del interés aumenta, y los grandes rasgos del corazón, que en otro tiempo eran frecuentes, hoy parecen prodigiosos cuando los vemos una que otra vez.

Cuando el mundo esta así, la poesía es imposible, la novela es difícil, y sólo hay lugar para los cuentos de cocotas que hoy hacen la reputación de los escritores franceses, o para las sangrientas sátiras que, no por disfrazarse con la elegancia moderna, son menos terribles en la boca de los juvenales del siglo XIX.

Leandro y Hero, Romeo y Julieta, Isabel Segura y Diego Marsilla, hoy serían dos tipos increíbles.

Por eso amo a Guadalajara; allí todavía el amor tiene un santuario y adoradores fieles; allí se sabe amar; allí la civilización ha entrado, pero sin sus falaces arreos de codicia y de egoísmo. Algunas excepciones habrá, pero la mayoría de las mujeres permanece fiel a las leyes del corazón.

Y esto que digo de Guadalajara, debe considerarse dicho de todo el Estado de Jalisco. Sí, señores; aquella es una tierra en que la naturaleza se ostenta pródiga en las bellezas físicas y en las bellezas morales.

A veces han pasado sobre ella los huracanes de la guerra, dejándola asolada, o ha corroído sus entrañas el crimen. Pero la savia poderosa de su vida se ha sobrepuesto a estas crisis pasajeras, y Jalisco se ha alzado de su abatimiento más lozano, más pomposo, más bello que nunca.

Su pueblo será grande cuando sus hijos, olvidando sus rencillas domésticas, comprendan que es en la unión donde encontrarán el secreto para hacer que vuelva su país a su preponderancia anterior; porque ustedes no ignoran, y nadie ignora en México, lo que ha pesado Jalisco en los destinos de la patria.

Capítulo 8. La prima

He disertado, tal vez con gran pesar de ustedes, pero creí necesarias las observaciones que acabo de hacer, para que sea conocido el teatro en que van a representar mis personajes. Ahora vuelvo a la novela, que hace tiempo que la escena está sola y que no hago más que poner decoraciones.

He dicho que Guadalajara, cuando llegamos, estaba llena de animación y de ruido. Había en ella, no ese aspecto sombrío y severo de una plaza que está próxima a defenderse, sino la alegría aturdidora de una ciudad que, no teniendo duda acerca de la suerte que le espera, quiere al menos ahogar en la fiesta sus inquietudes y su desesperación.

Mañana caería en las garras del extranjero, y la familia liberal jalisciense, que lo sabía, procuraba gozar los últimos instantes, y darse, en medio de la locura del festín, los últimos adioses. Eran las postreras alegrías del hogar.

De modo que si Guadalajara ocultaba en su seno todas las palpitaciones de la zozobra y el temor, hacía esfuerzos para disimularlas con su semblante risueño, con sus gritos de entusiasmo y con su indolente amor al placer.

El general Arteaga, gobernador entonces de Jalisco, había reunido en la ciudad numerosas tropas de disciplina con empeño, esperando, como era de suponerse, que bien pronto tendría que hacer frente a las legiones extranjeras.

Nuestra llegada aumentó la animación; éramos mexicanos y jóvenes, es decir, gente alegre, bulliciosa y amante de divertirse hasta en vísperas de morir. Nuestros oficiales eran todos bien educados, elegantes y amables. Nuestro cuerpo de caballería, y digo nuestro, porque ya me consideraba perteneciente a él, era en este particular privilegiado.

El coronel era el tipo más acabado del gentleman. Había querido que sus oficiales fuesen semejantes a él, y había logrado reunir en su cuerpo una pléyade verdaderamente escogida de dandys.

El único con quien estaba descontento era Valle, y eso no porque careciera de modales finos, sino porque, como lo he dicho, no era comunicativo ni galante, ni gustaba de la francachela. Parecía el mal pariente de aquella familia militar; y como su conducta, su observancia rigurosa de las leyes del ejército, y su exactitud, eran un reproche constante para el coronel, que solía relajar la disciplina, éste deseaba con toda su alma desembarazarse de tan incómodo subalterno.

He dicho antes que Valle prometió a su amigo Flores llevarle a casa de su prima.

El don Juan, a quien pareció seductora la promesa, deseoso como estaba de conocer a las beldades de Jalisco, para quienes esperaba ser tan simpático como siempre, no perdió oportunidad de recordar a Valle su oferta; y al día siguiente, después de terminadas las ocupaciones militares del cuartel, los dos jóvenes se dirigieron a la plaza principal a practicar un reconocimiento, presumiendo, como era natural, que allí habría bellezas que contemplar y amigos que les sirvieran de cicerones.

Era domingo, y la mañana estaba hermosísima; pero en la plaza, cuyo cuadro está embellecido con una hilera de naranjos, no encontraron nada de particular, pues la reunión más notable se hallaba en el atrio de la Catedral, en la que se celebraba la misa de doce. Este atrio se halla limitado por una soberbia y magnífica reja de hierro.

Nuestros oficiales, llamando la atención por su elegante uniforme, y particularmente Flores por su gallardo continente, atravesaron la puerta de la reja y penetraron al interior del templo, cuya magnificencia omito describir para no parecer fastidioso. Sólo diré a ustedes que los jaliscienses se enorgullecen de poseer tan suntuoso edificio, obra del arquitecto Martín Casillas, el maestro más insigne que había en aquellos tiempos, según ellos dicen.

Cuando los oficiales entraron, la misa estaba concluyéndose, y mientras que Valle, más artista y más observador, examinaba la fábrica del templo, la forma y riqueza de los altares, y se fijaba con curiosidad en los sombreros viejos de los obispos difuntos, que están pendientes de un hilo arriba de cada uno de los altares, y acerca de los cuales se cuentan muchas candorosas tradiciones que el joven recordaba sonriendo, Flores, más inclinado a contemplar las bellezas humanas que las bellezas arquitectónicas y las antigüedades, recorría con admiración los diversos grupos de encantadoras hijas de Guadalajara, que llenaban las naves de la Catedral y en derredor del altar en que se celebraba el Oficio Divino.

— Hombre, Valle, deje usted de contemplar santos como un bobo y mire los primores que hay aquí. ¡Canario! qué muchachas tan deliciosas tiene Guadalajara.

Valle miró y quedo asombrado. En efecto, había allí un centenar de mujeres hermosas, hermosísimas, como las sueñan los poetas, como las pintan los enamorados.

Las naves resplandecían más que con el fulgor de los blandones y con los rayos de luz que penetraban por las ventanas, con el brillo de tantos ojos negros que parecían encendidos, no por el tibio fuego de la piedad, sino por la hoguera abrasadora del amor y del deseo.

La misa había concluido; los oficiales vinieron a situarse en la puerta principal, y allí pasaron revista a todas las bellezas que acababan de ver en conjunto y de prisa.

Todas ellas se fijaban en los dos jóvenes, y con especialidad en Flores, que estaba soberbio de belleza, de elegancia, y que tenía en su semblante y en su apostura ese no sé qué poderoso e irresistible que atrae infaliblemente las miradas y el corazón de las mujeres.

De repente se acercaron a ellos dos jóvenes gallardas y majestuosas como dos reinas. Una de ellas tenía cubierto el semblante con un espeso velo. La otra era hermosa como un ángel. Rubia, de grandes ojos azules, de tez blanca y sonrosada, y alta y esbelta como un junco, esta joven era una aparición celestial.

Valle, al verla, se ruborizó cuanto era posible en su semblante pálido. Ella le dirigió una mirada y le saludó sonriendo ligeramente; pero al fijarse después en Flores se detuvo un instante lo mismo que su compañera, como fascinada por la mirada audaz del bello seductor que estaba acostumbrado a imponer desde el primer instante, sobre las mujeres que veía, el despotismo de su influencia terrible.

Después de esta detención momentánea las dos damas salieron del templo con cierta precipitación, atravesando el atrio entre una doble hilera de leones de Guadalajara, que se inclinaron respetuosamente para saludarlas. En este momento Valle murmuró al oído de Enrique estas dos palabras:

— ¡Mi prima!

Enrique sonrió y se contentó con decir entre dientes:

— ¡Deliciosa!

La rubia, al través de las rejas del atrio aun volvió una vez el semblante y, sin hacer caso de los pisaverdes cuyos ojos la seguían, dirigió una última mirada al gallardo compañero de su primo.

— Entiendo —dijo Flores a éste— que tendrá usted el buen gusto de seguir a su linda prima; y yo creo que es de mi deber acompañarle.

— Bueno —contestó Valle un poco contrariado— no sé si se dirigirá a su casa y si podrá recibirnos a esta hora; pero vamos, y ella dirá.

— Querido —replicó Enrique— estoy seguro de que una mujer linda y de buen sentido tendrá mucho placer en recibir a cualquier hora a dos muchachos de México como nosotros.

Diciendo esto siguieron a las encantadoras criaturas que, atravesando la plaza y algunas calles y encontrando en su camino unas miradas de amor y saludos cariñosos se dirigieron a la calle del Carmen, deteniéndose a la entrada de una casita linda y alegre como una jaula de canarios. Allí, después de volver todavía el rostro para cerciorarse si eran seguidas, viendo a los oficiales que venían en pos de ellas a pasos rápidos, haciendo sonar en las baldosas sus acicates de oro, entraron y se dirigieron inmediatamente a la sala de recibir.

Capítulo 9. La presentación

Los dos jóvenes atravesaron alegremente los umbrales de la linda casita, luego un pequeño patio que parecía una gruta de verdura y de flores con un risueño surtidor de mármol y bajo una cortina de enredaderas penetraron en el corredor y se detuvieron en la puerta de la antesala.

Ya los esperaban. La hermosa rubia se adelantó hacia ellos y les dijo con la más dulce de las voces humanas:

— Pasen ustedes.

Y los introdujo en el pequeño y fresco salón, en donde se hallaban reclinadas en un sofá una señora de cuarenta años y la joven que antes se cubría el rostro con un velo, y que mostraba ahora el más lindo semblante que hubiera podido soñar un poeta musulmán.

Era blanca, de ojos y cabellos negros y labios de mirto. Los jóvenes quedaron deslumbrados.

— Querida tía —dijo Valle a la señora mayor— tengo la honra de presentar a usted a mi buen amigo Enrique Flores, comandante como yo en el ejército.

Flores se inclinó graciosamente y murmuró las palabras de cortesía sacramentales.

Después Valle le presentó a su prima Isabel, que se ruborizó notablemente al encontrarse frente a frente del hermoso oficial.

— Ahora como compensación —dijo la señora— por el gusto que nos ha dado usted, presentándonos a su amigo, le presentaré a mi vez a la mejor amiga de Isabel y una de las señoritas más distinguidas de Guadalajara. Querida Clemencia, mi sobrino Valle y su amigo.

Los dos se inclinaron respetuosamente.

Valle sintió, al encontrarse con la mirada de Clemencia, que se le oprimía el corazón. Evidentemente en los ojos negros y lánguidos de aquella hermosura terrible había algo más que el brillo de la languidez. Había un agüero, quién sabe si feliz o desgraciado; ya sea que tengamos todos una sibila en el alma que nos hace presentir la influencia que ejercerá en nuestro destino la persona a quien vemos por primera vez, o sea que Valle, poco acostumbrado a acercarse a las mujeres bellas, se encontrase turbado y confuso, el hecho es que se estremeció visiblemente y que tuvo una sensación de miedo y de dolor.

— ¿Se pone usted malo, hijo mío? —preguntó la señora con interés a su sobrino.

— No, tía, no tengo nada.

— Está usted muy pálido.

— Fernando tiene una apariencia enfermiza —dijo Flores— pero con ese cuerpo delicado que ustedes ven, disfruta de una salud robusta. Fue herido hace poco; pero eso pasó ya, quizá le ponga de este modo la agitación del momento, el clima nuevo para nosotros o, más bien, la timidez de su carácter, porque Valle es tímido de una manera rara.

— ¿Tímido? —replicó la señora— pues será una excepción de su familia. Su padre y primo mío y sus hermanos no pecan por encogimiento. Al contrario, son la personificación de la alegría y la franqueza. ¿Y por qué razón —añadió preguntando a Valle— se ha dado la circunstancia de que cuando he estado en México y aun en Veracruz no he visto a usted jamás en su casa? Siempre me decían que estaba usted ausente.

— Señora, desde muy pequeño —contestó Valle— me alejé del lado de mi familia para estudiar; después entré a servir en el ejército; apenas conozco a mis hermanos, y por muy poco tiempo he permanecido bajo el techo paterno.

— ¡Qué triste es eso! Pero ni aun en las reuniones íntimas, en aquellas en que no hay costumbres de que falten los hijos, como por ejemplo, en los días del papá o de la mamá, he visto a usted en su compañía. Y los otros hermanos habían venido, unos desde Veracruz y otros desde el extranjero a ocupar su puesto en el banquete de la familia; sólo usted faltaba siempre.

— Estaba yo enfermo unas veces, otras llegaba algunos días después, por motivos independientes de mi voluntad; pero no había otra causa…

Esta conversación hacía mal a Valle, y era perceptible que deseaba no se continuase. La señora lo comprendió así y se volvió para hablar con Flores.

El galante oficial que primero había observado rápidamente y a fuer de hombre conocedor a las dos bellas jóvenes, pasaba de una a otra alternativamente los ojos, como en un estudio comparativo, y había acabado por comprender que las dos rivalizaban en hermosura y encantos.

La una era blanca y rubia como una inglesa. La otra morena y pálida como una española. Los ojos azules de Isabel inspiraban una afección pura y tierna. Los ojos negros de Clemencia hacían estremecer de deleite. La boca encarnada de la primera sonreía, con una sonrisa de ángel. La boca sensual de la segunda tenía la sonrisa de las huríes, sonrisa en que se adivinan el desmayo y la sed. El cuello de alabastro de la rubia se inclinaba, como el de una virgen orando. El cuello de la morena se erguía, como el de una reina.

Eran bellezas incomparables, y Flores, sin decidirse por ninguna de ellas, hizo lo que en semejantes casos tenía de costumbre, se dejó arrastrar por la mano del destino. Dejó a la suerte la elección, y como se había de empezar por algo, se acercó a Isabel y entabló con ella una de esas conversaciones frívolas de primera visita, sobre la población, el clima, la catedral, las señoras, la casa y las flores, y todo lo que presta un elemento para formar diálogo. Isabel se sentía turbada y feliz, Enrique la encantaba; aquel carácter ligero, agradable, risueño, aquellas palabras llenas de chispa y de agudeza le parecían sonar por primera vez en sus oídos y tenía todos los encantos de la novedad.

Por otra parte, hemos dicho que Flores era hermoso, e Isabel era de esas mujeres para quienes la forma es todo. Su pobre primo no podía sostener una comparación física con el joven y gallardo rubio.

Clemencia se parecía mucho en esto a su amiga. Adoraba la forma, creía que ella era la revelación clara del alma, el sello que Dios ha puesto para que sea distinguida la belleza moral, y en sus amigas y amigos examinaba primero el tipo y concedía después el afecto.

Y esto no da derecho a suponer que las dos jóvenes careciesen de talento y de criterio, no; la naturaleza había sido pródiga con ellas en dones físicos e intelectuales. Clemencia pasaba por tener una de las inteligencias más elevadas del bello sexo de Guadalajara. Isabel era citada por su talento. Ambas estaban dotadas del sentimiento más exquisito. Eran mujeres de corazón.

Pero juzgaban como juzgan casi todas las mujeres, por elevadas que sean, y eso en virtud de su organización especial. Aman lo bello y lo buscan antes en la materia que en el alma. Hay algo de sensual en su modo de ver las cosas. Particularmente las jóvenes no pueden prescindir de esta singularidad, sólo las viejas escogen primero lo útil y lo anteponen a lo bello. Las jóvenes creen que en lo bello se encierra siempre lo bueno, y a fe que muchas veces tienen razón.

Así, pues, Clemencia, desde que llegaron los oficiales, por una inclinación irresistible no cesó de dirigir frecuentes miradas para examinar a Flores, quien, a su vez, le hacía sentir el poder de sus ojos audaces e imperiosos.

El triste Valle continuó su conversación con la tía y le habló de plantas y árboles frutales. Era algo botánico, y como estaba poco habituado a las conversaciones de sociedad, procuraba mezclar siempre sus pequeños conocimientos para no quedarse callado.

No por eso dejó de observar la impresión que su amigo había causado en las dos hermosas muchachas, y más de una vez se quedó distraído y contrariado.

¿Comenzaba a amar? Puede ser, y en ese caso, la pura, la virginal Isabel, la que inspiraba amores castos y buenos, debía ser el ídolo de su corazón. Él necesitaba un ángel, y su prima era un ángel que encerraba en su alma todos los consuelos, todas las esperanzas que podían cambiar el aspecto de su vida solitaria y triste.

Pero la rubia sonreía a Flores de una manera insinuante, era una esclava que se rendía sin combatir a su futuro señor.

Un momento después, y con los cumplimientos de estilo, los jóvenes salieron de aquella casa; Valle taciturno, Flores alegre, decidor y risueño.

Capítulo 10. Las dos amigas

— Clemencia ¿qué te parece mi sobrino? —preguntó la señora a la hermosa morena.

— Me parece un joven instruido y bueno, algo encogido.

— Fernando debe estar enfermo —añadió Isabel con cierta compasión— su palidez no es natural, y además ¿no has notado mamá? sus manos tiemblan.

— Será nervioso —observó Clemencia.

— Es un muchacho raro —volvió a decir la tía— y en su vida debe ocultarse algún misterio. Hemos estado en México y en Veracruz, hemos visitado con frecuencia su casa: jamás le hemos visto. Al preguntar por él, pues sabíamos que a más de los tres hijos de mi primo que allí vimos, había otro, siempre se nos contestó que estaba ausente; pero yo observaba cierto desagrado al hablar de él, lo que, por otra parte, se hacía de una manera breve y seca. Su familia, rica y de carácter alegre, daba fiestas a menudo, ya en sus salones de México, ya en sus haciendas del Estado de Veracruz, pero jamás parecía extrañar en ellas la falta de un hijo, jamás sus hermanas, que son muy lindas, le consagraban un recuerdo, jamás los amigos de la casa le nombraban: había cierto cuidado en evitar las conversaciones que pudieran recaer sobre su ausencia. En fin, yo supongo que este pobre joven debe haber causado a sus padres, hace tiempo, algún profundo disgusto, o ha cometido alguna gravísima falta; y que, a consecuencia de eso, ha incurrido en el desagrado de la familia y ha sido arrojado del hogar paterno. Tanto más probable es mi suposición, cuanto que su familia pertenece a un partido mortalmente enemigo de éste en cuyas filas anda sirviendo mi sobrino. Verdaderamente estoy admirada de ver a Fernando con el uniforme liberal, cuando su padre es uno de los más notables conservadores y ha prestado servicios a su partido, de gran consideración, lo cual ha hecho que se le vea en él con mucho respeto. Esto no puede explicarse sino existiendo una profunda división entre el padre y el hijo, pues de otro modo, creo que mi primo habría preferido matar a su hijo antes que verle de oficial en el ejército republicano. Pero, como ustedes supondrán, cualquiera que sea el origen de semejante división entre Fernando y su padre, no puede uno tener buena idea de un hijo así, y hay que sospechar acerca de su conducta.

— Mamá —dijo la dulce Isabel— yo le confieso a usted que veo en mi primo algo que me causa antipatía; y por Dios que mis ojos nunca me engañan, y que todo aquello que me disgusta a primera vista, resulta malo.

— Bien puede ser —replicó la señora— pero entretanto que averiguamos todo lo que hay en el asunto, tenemos que tratar a Fernando como a un pariente nuestro y que ocultarle nuestras sospechas, que bien podrían carecer de fundamento.

— Tal vez le condenan ustedes demasiado pronto —objetó Clemencia con aire de lástima—. Yo no le veo nada de repulsivo, como Isabel. No es agraciado, no es simpático y, además su encogimiento, que no parece ser propio de un mexicano, le perjudica mucho. Es muy serio; tal vez su carácter se haya agriado con alguna enfermedad, porque en efecto está muy pálido, muy delgado, y ahora nos lo pareció más, porque le comparábamos con su amigo que está brillante de salud y de frescura.

— ¡Oh! en cuanto a ese —dijo Isabel, ruborizándose ligeramente— ¡qué simpático es! ¡Qué guapo!

— ¿Te agrada, Isabel? —preguntó Clemencia con una imperceptible malicia.

— Sí, tiene mucha gracia, es muy fino.

— Es un joven distinguido, y no hay duda que pertenece a una buena familia —observó la señora.

— No hay muchos oficiales así —dijo Clemencia— éste es un modelo de elegancia y de caballerosidad. ¿Viste qué ojos tiene, Isabel?

— Y ¡qué bien habla!

— Y ¡con qué garbo lleva su uniforme!

— Mi pobre primo Fernando, la primera vez que nos hizo una visita nos habló de la atmósfera de Jalisco, de los árboles y del lago de Chapala. Ya tú comprenderás, Clemencia, que esto sería muy bueno, pero que no era oportuno ni tenía chiste. Mi primo será un observador, pero no es nada divertido ni galante; creo que nunca ha estado en sociedad, pues tartamudea y se avergüenza, y se queda callado como un campesino. Flores es diferente, ya lo has visto.

Clemencia se puso pensativa, y después dirigió a su amiga una mirada escrutadora y profunda.

Isabel, casi avergonzada de haber dicho tanto; y poniéndose roja como la grana, al sentir la mirada maliciosa de su amiga, repuso luego, como para chancearse:

— ¿Y tú, querida, has encontrado bien a mi primo? ¿Te has enamorado de él?

— Sí; encantador es tu primo, por vida mía.

Isabel sintió algo como un leve dolor de corazón, al oír hablar así a su amiga. Comprendió que el gallardo Enrique había causado una impresión grata en el ánimo de Clemencia, lo mismo que en el suyo, y tal vez presintió que iba a tener una rival, y rival temible, pues Clemencia, por sus encantos y por su talento, era más peligrosa que ella para los hombres.

Pero ¿qué pasaba? ¿Isabel estaba enamorada ya y tan pronto? No tal; pero sucedía entonces lo que sucede siempre que dos beldades se encuentran por primera vez con un hombre superior. Se establece entre ellas una rivalidad momentánea, cada una procura atraer la atención de aquel amante en ciernes, y cada una teme verse pospuesta a su antagonista.

Isabel y Clemencia eran dos bastante lindas mujeres para que carecieran de adoradores. Los tenían en gran número en Guadalajara, y estaban acostumbradas a dominar como reinas, alternativamente o juntas, en todas partes.

Así, pues, no era el deseo de ser amada por el primer venido, el que las hacía disputarse en aquel instante la preferencia del hermoso oficial, sino el amor propio, innato en el corazón de la mujer, y mayor en el corazón de la mujer bella, que quiere conquistar siempre, vencer siempre y uncir un esclavo más al carro de sus triunfos.

Además, ya he dicho cuales eran las ventajas físicas y sociales de Enrique, y será fácil comprender cuán superior le hallaron las lindas jóvenes a todos los rendidos amantes que hasta allí las habían rodeado. Ser amadas también de aquel gallardo y brillante joven de México ¡qué placer y qué orgullo!

Clemencia estaba invitada a almorzar en casa de Isabel. Pusiéronse a la mesa y almorzaron alegremente; pero cualquiera habría podido notar en el semblante y en la conversación de las hermosas, que una preocupación oculta las agitaba y las ponía, a ratos, pensativas.

Iban a ser rivales o, más bien dicho, ya lo eran.

Capítulo 11. Los dos amigos

— ¿Por qué viene usted tan callado, Valle? ¿Ha dejado usted el alma en esa casa? —preguntó Flores a su amigo, después de haber andado algún rato.

— No tal.

— Sí; conmigo, fuera reservas; usted está enamorado, hijo mío, o algo le sucede de extraordinario, porque ha tenido usted singularidades que no pueden engañar a ojos tan expertos como los míos.

— Ya usted me conoce. Soy tímido delante de las mujeres, y esto es lo que me ha sucedido hoy. Ayer ha pasado lo mismo. Sabía yo que esta familia vivía en Guadalajara; que ella había estado en México y que había tenido intimidad con la familia de mi padre, a causa de su parentesco. Pero yo no la conocía; pregunté por ella al llegar; me dieron razón y me presenté en su casa. Me recibió mi tía muy bien; pero pasados diez minutos de mi visita no sabía ya de que hablar, y mi permanencia allí fue un suplicio. Como usted ve, mi prima es bella; su vista me causó una impresión difícil de definir; deseaba alejarme de ella, y lo sentía al mismo tiempo. No sé cuántas barbaridades dije, y era que me preocupaba su belleza, esa belleza inocente y encantadora.

— Eso se llama amor, chico. ¿Ha estado usted enamorado alguna vez?

— Nunca; le confieso a usted que cuando era estudiante vivía entregado a los libros, visitaba pocas casas, y en ellas, aunque solía encontrar muchachas hermosas, casi siempre las vi enamoradas de otros, y esto naturalmente me hacía alejarme de ellas, así como a ellas interesarse muy poco en agradarme. Además, yo conozco que no soy simpático para las mujeres, no tengo esas dotes brillantes que usted posee en alto grado para cautivar el corazón femenil. Mi carácter es sombrío y taciturno; ya usted comprenderá que hay motivo para que mi juventud se haya deslizado solitaria y triste. Le parecerá a usted ridículo, pero la verdad es que mi corazón está virgen de todo amor.

— ¡Hombre! ridículo, no; pero raro, sí, muy raro. ¡Un corazón virgen a los veinticinco años! ¡En este tiempo en que ya a los doce se tiene novia, y muchas veces querida! Convengo en que no haya usted amado, esta palabra ahora es convencional; pero habrá usted tenido una querida: ¿quién no tiene hoy, apenas llegada la pubertad, una triste querida?

— Tampoco; me hubiera sido eso difícil sin amar. Las pasiones de los sentidos no han sido hechas para mí. Como desde niño he carecido del dulce placer de sentirme amado, y como he atesorado en el alma un íntimo caudal de cariño tan ardiente como puro, he deseado con avidez amar; pero hubiera creído profanar mis sentimientos entregándome a las pasiones banales y que gastan la organización corrompiendo casi siempre el alma.

— ¡Canario, y que singular filósofo es usted, Fernando! Usted no pertenece a esta época. Es usted un casto soñador, un poeta quizá; pero de todos modos un hombre al agua. ¿Ha leído usted novelas?

— Pocas.

— ¿Ha frecuentado usted a los poetas?

— Algo; pero le diré a usted: antes, muy antes de que me aficionara a ese género de lectura, pensaba y sentía lo mismo. Las ideas que tengo no me vienen de los libros, sino de las impresiones que he recibido desde mi infancia. He sufrido, y el mundo, que pudo haber sido para mí un edén, fue un infierno desde los primeros pasos. ¡Feliz quien como usted sólo ha pisado rosas en su camino!

— Como habíamos hablado pocas veces de este modo, le confieso a usted que no le había observado esta particular disposición al romanticismo, que ahora le noto, y de que le habría curado radicalmente, como de una enfermedad odiosa. ¿Quién diablos le ha puesto a usted hollín en el cerebro? ¿Quién le ha dicho a usted que este hermoso y querido mundo es un infierno? Sólo los tontos creen ya en el valle de lágrimas; y quéjese a su mal gusto aquel que quiera recibir la vida como un cáliz amargo. Pues qué ¿usted toma las cosas a lo serio?

— ¿Y cómo no tomarlas así, cuando no se me presentan risueñas?

— El talento consiste, amigo mío, en cambiarles la cara. Yo nunca he sido romántico.

— Pero usted siempre habrá sido feliz.

— Feliz absolutamente, no; necesitaba yo muchas, muchísimas cosas para ser feliz. Mi ambición es insaciable, mis sentidos exigentes hasta lo imposible.

— ¿Sus sentidos? ¿Pero usted no tiene corazón?

— Querido ¿cree usted en el corazón?

— ¡Cómo si creo! Demasiado, y ahora más todavía.

— Arránqueselo usted en la primera oportunidad, Fernando. Créame usted, es una entraña que maldita la falta que nos hace, y que debe acarrear infinitas contrariedades. De mí sé decir que nunca lo he tenido, si no es en la acepción física de la palabra, y me he reído alegremente de aquellos que decían ser desgraciados por un exceso de sentimientos. Eso está bueno para urdir cuentos; el corazón es como el diablo, sólo existe en las leyendas.

— Pero ¡qué horrores está usted diciendo! Apenas me atrevo a creer que habla usted con formalidad.

— Pues no lo dude usted, amigo mío, y le aseguro bajo mi palabra de honor, que no soy de aquellos que por haber sufrido algún quebranto terrible en sus esperanzas o en sus pasiones, se hacen los interesantes, diciendo que ha muerto su corazón, que no tienen en el pecho más que cenizas, con otras mil necedades tan ridículas como impertinentes. No; si alguno puede dar gracias a la fortuna por sus coqueterías y sus lisonjas, soy yo, que sin fatuidad he apurado desde muy temprano los goces, y he hecho de mi vida una especie de orgía de buen tono. No es mi ánimo hacer a usted mi biografía, pero no dejará usted de creerme si le digo que hasta aquí la suerte no me ha contrariado nunca, y que apenas le he pedido algo cuando se ha dado prisa en alargármelo con buen modo. Nací rico y lo soy aún, no millonario, esto vendrá después; pero lo suficiente para haber tomado asiento, durante algunos meses, en el banquete que el placer ofrece en Europa a los sibaritas del siglo XIX. Aún me quedan, como es de suponerse, mil goces por saborear; pero esto, lejos de ser una contrariedad, es un incentivo para seguir mi camino; es una esperanza que me sonríe llamándome; es una garantía de que no tendré un porvenir fastidioso. ¿Qué habría quedado para mis cuarenta años, si hubiese agotado todas las delicias en la juventud? Volví al país, y por algún tiempo no tuve otra ocupación que galantear; el galanteo es un entretenimiento interino, y bueno cuando es provechoso. Yo no soy platónico; y, con perdón de usted, creo que el platonismo es manjar de tontos. En este tiempo en que se vive tan presto, sacrificar los mejores días a los goces de lo que ustedes llaman alma, es pasar una hermosa mañana de primavera estudiando geografía en un gabinete; es pasar una hermosa noche de estío traduciendo el Arte de amar. Así, pues, en cuanto a mujeres…

— ¡Ah, sí! en cuanto a mujeres, demasiado sé cuán afortunado ha sido usted.

— He hecho llorar algunos hermosos ojos aquí en mi inculta patria, donde todavía se usan el color natural y las lágrimas sinceras; pero reflexione usted en que sería peor para mí, verme obligado a lamentar el rigor de las desdichas. Con las mujeres no hay remedio: o tiene uno que engañar o que ser engañado. ¿Preferiría usted ser lo último?

— Pero cuando el corazón se interesa…

— Amigo mío, no olvide usted que le he dicho que yo no tengo esa desventaja. Si yo hubiese poseído un ápice de ese sentimentalismo anticuado, el libro de mis aventuras estaría en blanco como el de usted. Habría dado con la primera Dalila de las que andan por ahí, y a esta hora, tonsurado y miserable, habría compuesto algunas endechas llenas de dolor, pero no habría arrancado de la ingrata ni una sola de esas lágrimas que tantas veces han regado mis manos y mi cuello.

— ¡Pero, Enrique, por Dios, no todas son Dalilas!

— Todas, Fernando, todas. No lo son por maldad, lo son por naturaleza, inocentemente, sin saber lo que hacen, tal vez sin quererlo; pero el hecho es que aun amando acaban con las fuerzas de un hombre, lo enervan y lo entregan a los furores del destino, desarmado, impotente y el amor no debe ser más que el embellecimiento del camino de la ambición.

— Me espanta usted… Yo creía que el amor era uno de los grandes objetos de la existencia; yo creía que la mujer amada era el apoyo poderoso para el viaje de la vida; yo creía que sus ojos comunicaban luz al alma, que su sonrisa endulzaba el trabajo, que el fuego de su corazón era una savia vivificante que impedía desfallecer.

— ¡Poesía! ¡Poesía! Deje usted de creer en eso, y mire usted, que le estoy hablando como no le hablaría a nadie, porque es peligroso revelar las opiniones íntimas de uno, como le es peligroso a un espadachín descubrir el cuerpo a los ojos de un contrario hábil. Esto le probará a usted que le quiero.

— Pero dígame usted, Flores, con semejantes ideas cuyo origen no me es desconocido ya ¿cómo es que sirve usted en el ejército, y en un tiempo como este, en que la República anda de capa caída? Flores sonrió y se turbó un poco ante la mirada fija de Valle.

— Precisamente por eso vengo aquí. ¿Usted tiene fe en el triunfo de la independencia?

— Tengo gran fe, una fe incontrastable.

— ¿Y usted cree que no morirá en la lucha?

— Eso no lo sé: nada difícil es que muera; pero moriré con la conciencia de que tarde o temprano triunfará la República.

— Pues bien; yo también tengo fe, y hay algo que me dice que sobreviviré a la guerra. Usted comprenderá que vamos a quedar muy pocos, y de esos pocos me propongo ser uno. El camino así se hace más corto, y yo llegaré a mi fin.

— De modo que el patriotismo entra muy poco en los propósitos de usted.

— El patriotismo tiene sus móviles de diferente especie; para unos es cuestión de temperamento, para otros es la simple gloria, ese otro platonismo de los tontos. Para mí es la ambición. Yo quiero subir.

— ¿Y todo para hundirse después en los goces?

— Es claro; en todos los goces, del orgullo, del poder, de la riqueza, del amor, de la gloria. Todos juntos se saborean cuando está uno colocado muy arriba de sus semejantes. Sin lograr esto, se tendrá uno de ellos o dos, pero no todos, y mi ambición los busca todos. Si me hubiese hecho banquero, soplándome el viento de la fortuna habría llegado a ser millonario; pero tendría quizá que inclinarme alguna vez delante del hombre de armas o del gobernante. Prosiguiendo mi carrera de galanteos, habría llegado a poseer acaso a todas las mujeres que hubiera deseado; pero en primer lugar tengo miedo al hastío, y luego, un don Juan… ¿qué es un simple don Juan? Un reyezuelo de salón, una potencia de retrete que se eclipsa delante de un guerrero afortunado, delante de un millonario bestia, y aun muchas veces delante de un hombre de talento, que es mucho decir. Un don Juan tiene que ocultar en el misterio la satisfacción de su dicha, y cuando la hace pública, se limita a recibir incienso de una pequeña corte de aduladores vulgares, que son al gran libertino lo que los lebreles son al cazador; es decir, que sólo lamen la mano para obtener los restos de la presa. ¡Eso es fastidioso…! Yo quiero algo más que semejantes goces mezquinos… Pero, chico, nos engolfamos en una conversación estrafalaria, y noto que estoy impertinentemente comunicativo. Dejemos esto, ya curaré a usted del platonismo que le esté secando; hablemos de la primita, que fue lo primero que se ofreció a mi imaginación cuando comenzamos a charlar. ¿Sabe usted que es una lindísima criatura? Una conquista que valdría la corona mural.

Fernando palideció.

— Sí, es linda —murmuró secamente.

— ¿Piensa usted hacerle el amor?

— No lo sé, y aun no me doy cuenta de la verdad de lo que pasa en mi alma. He dicho a usted que la impresión que me causó desde que la vi, es extraña: hoy que la vi hablar tan amablemente con usted, sería una especie de odio; pero querría siempre estar mirándola.

— ¡Pobre Fernando! es usted demasiado sincero. Pues bien, eso es amor; usted la ama y ha sentido celos. Yo he recogido demasiadas flores en el campo del mundo, para querer arrebatarle a usted esa pequeña rosa. Usted puede lanzarse; hable, enamórela, y pronto, porque no tardarán en tocar a botasilla, y vea usted que no nos quedan en perspectiva más que algunas flores silvestres, cuyo aroma no será precisamente una delicia para nuestro olfato de cortesanos.

Valle se sentía mal al oír hablar de este modo al libertino. Había levantado en su corazón un altar a Isabel, y veía tratar a su ídolo como Flores trataba siempre a las víctimas de su lubricidad.

— Estoy resuelto: no le diré nada —contestó—. Esa joven no merece que dos militares como nosotros, la hagan objeto de una distracción pasajera.

— ¿Por qué? ¿Porque es prima de usted? Pues hombre, las primas de uno…

— No diga usted más, Enrique, por su vida; me causa pena que usted no vea en una mujer tan angelical más que un objeto de cruel diversión y de innoble placer.

— ¡Platónico…! Usted se curará. Pero, resueltamente, la rubia es bellísima; difícilmente, a no estar usted a su lado, me resignaría yo a no decirle nada. Así es que usted o yo: escoja. Con usted estará garantizada; conmigo, no me atreveré a decir que la seduciría, fuera hacer a usted una ofensa; pero es seguro que llegará a amarme. Líbrela usted de mí. Yo me consagraré a la deliciosa morena; esa me seduce, es una sultana, en cuyos ojos negros beberé fuego. Vamos, decídase usted.

Fernando pensó que su amigo hablaba sinceramente a pesar de su libertinaje; comprendió que su prima estaba pérdida si la dejaba en poder de Flores, que ya la había hecho sentir la funesta influencia de su mirada irresistible; comprendió que la única defensa para ella consistía en su amor, amor que por otra parte parecía haber avasallado su corazón tan rápida como imperiosamente. Además, recordó la sensación dolorosa que experimentó al aproximarse a Clemencia, cuyos ojos negros le habían causado movimientos nerviosos, presagios de algún mal terrible. Dejar a esta beldad poderosa y fatal en lucha con Enrique, no era una villanía, porque iban a encontrarse dos potencias igualmente fuertes; y, después de todo; si alguna desgracia acontecía ¿no valía más que recayera sobre la altiva morena, sobre la leona aristocrática y soberbia, más bien que sobre la débil virgen que no parecía contar con fuerzas suficientes para luchar sin morir?

— Está bien —dijo Fernando resueltamente— me consagro a mi prima. Haga usted la guerra a la hermosa de los ojos negros.

— Arreglado. Ahora, pensemos en la maniobra. Volveremos a casa de la prima de usted, porque es preciso que me introduzca en la de Clemencia, pues no debo esperar encontrar a ésta siempre en otra casa que la suya. Una vez logrado, usted se quedará frente a su enemigo y yo frente al mío, y veremos quién domina la posición primero.

Con tal resolución, después de haber paseado por varias calles solitarias, entraron en el cuartel, dirigiéndose Enrique al alojamiento del coronel y Fernando a su aposento, en donde se sentó pensativo y ceñudo.

Capítulo 12. Amor

Isabel, en cuya alma no se había eclipsado un momento la imagen del gallardo mexicano, apenas estuvo sola, se puso a pensar con toda libertad en aquella aparición que venía a derramar una nueva luz sobre su porvenir.

En las organizaciones dulces y tímidas como la de Isabel, el amor comienza así, apoderándose rápidamente y con más fuerza, a medida que es más débil el espíritu que domina.

La joven comenzó a decirse todas esas palabras que, sin salir de los labios, causan rubor a las niñas y las hacen recelar las miradas y los oídos extraños, como si el fondo de su pensamiento y de su corazón pudiese ser visto, y como si el acento de su voz íntima pudiese ser escuchado.

— ¡Qué interesante es! ¡Cuánta elegancia en su traje y en sus actitudes! ¡Qué delicadeza en sus maneras! ¡Qué valor se descubre en su carácter! ¡Qué talento en sus palabras! Pero, sobre todo, sus ojos tienen algo que subyuga, que atrae, que penetra hasta el corazón.

Y luego Isabel pasaba revista en su memoria a sus adoradores antiguos; los comparaba con Enrique, y aun haciendo todos los esfuerzos posibles para ennoblecerlos, para poetizarlos, para exagerar sus cualidades brillantes, los encontraba inferiores, los encontraba prosaicos, por más que evocaba en su favor toda la antigüedad del afecto, todo el orgullo del patriotismo.

No, no había nadie igual a su nuevo amigo.

— Pero este hombre —añadía— no puede, no debe tener el corazón libre; es preciso, es seguro que ame a otra, que haya dejado en México a la querida de su alma, porque con tales cualidades, sería absurdo suponer que no hubiese habido, no digo una mujer, sino cien mujeres que le amasen.

Y este pensamiento le hacía mal.

— Y ¿qué me importa, después de todo, que tenga amores y que le adoren en México o en cualquiera otra parte? ¿Acaso yo puedo amarle, acaso él no es un ave de paso que durará aquí el tiempo que tarden los franceses en venir? ¿Acaso sabemos quién es? ¡Qué loca soy en estar pensando esto!

Y procurando distraerse y hacerse ruido, se sentaba al piano y ensayaba una melodía; pero la música ejercía luego en su espíritu su natural influencia; latía su corazón, y la imagen del bello oficial venía a interponerse entre sus ojos y el papel de música extendido sobre el atril. Entonces se interrumpía, quedábase meditabunda otra vez, y recordaba a Clemencia.

Le parecía que su amiga había hablado de Enrique con más interés del que es natural respecto de una persona a quien se ve por vez primera. Le había visto dirigir a Flores frecuentes miradas, y aun estaba segura de que había quedado impresionada fuertemente. Y era de suponerse; Clemencia era una mujer de imaginación exaltada y ardiente, amaba también lo bello ¿cómo no había de haber encontrado digno de atención a aquel joven tan privilegiado? Pero Clemencia era orgullosa y dominadora, sabía disimular sus inclinaciones, y no quería por nada de este mundo cometer la debilidad de indicar con una sola mirada, con una sola palabra, el afecto de su corazón.

Así es que no había motivo para tener una rivalidad… por lo pronto. Pues aunque Clemencia era acusada de coqueta hacía algún tiempo, y gustaba de avasallar a todo el mundo, no lograría en este caso nada, interponiéndose, como se interponía, el amor de una amiga tan querida; sobre todo, Enrique iba a estar enamorado dentro de poco tiempo, y eso bastaba.

Tales eran las ideas que en tumulto se levantaban en el alma de Isabel.

Y cuando el pensamiento de su antagonismo con Clemencia la preocupaba más fuertemente, cuando suponía que su amiga, atropellando todas las consideraciones había de acometer la empresa de subyugar a Enrique, Isabel se levantaba apresuradamente, se ponía frente a uno de los grandes espejos que adornaban su salón, veía retratada en él su imagen y sonreía con aire de triunfo. Era bella, no con la belleza de su amiga, sino con una belleza más pura, más poética, más ideal.

— Enrique no puede enamorarse sino de una mujer que hable a su alma —pensaba.

Pero inmediatamente, y cándida e inexperta como era, sentía que en las miradas de Enrique y en su sonrisa había algo que no era enteramente puro, algo semejante al deseo, algo que parecía abrasar, y la niña recordaba que sus mejillas se habían encendido, y sus labios habían temblado, y palpitado su corazón al sentir la influencia de esos ojos azules que parecían despedir llamas sobre todo aquello en que se fijaban.

Entonces un misterioso terror se apoderaba de ella, y había alguna voz íntima que le decía que aquel hombre era peligroso para su virtud y para su reposo, o bien que Clemencia, la mujer de las miradas de fuego, era la que debía cautivar la naturaleza sensual del joven mexicano.

Tan diversos pensamientos estuvieron atormentando a la bella rubia durante algunas horas, hasta que la llegada de algunos amigos jóvenes de Guadalajara, que tenían costumbre de hacerle la corte, vino a distraerla de su penosa agitación.

Pero, en lugar de que la visita y la conversación de sus antiguos adoradores pudieran consolarla y aun hacerle olvidar sus preocupaciones anteriores, sólo sirvieron para darles más fuerza.

Isabel, que permanecía obstinadamente callada o que apenas se dignaba mezclar en la conversación algunas palabras sin sentido, había estado observando, fijamente y como pensativa, a los jóvenes, los había comparado con aquella imagen que tenía tan presente en la memoria y concluía con hacer un pequeño movimiento de impaciencia, que cualquiera que hubiese leído en su alma habría traducido de este modo.

— Ninguno es como él.

Y en efecto, no podían comparársele desde ningún punto de vista.

Los pobres muchachos se despidieron sin comprender el porqué de aquella taciturnidad y preocupación que habían notado en la bella rubia, por lo regular tan risueña, tan franca y comunicativa.

Vino la noche, y con ella el insomnio de la mujer enamorada y el tropel de profundas meditaciones y de vehementes sentimientos.

Nuevas reflexiones la asaltaron en las horas de reposo, otra vez vino la imagen de Clemencia a aparecérsele con todo el brillo de una hermosura irresistible y con la actitud y la sonrisa del triunfo, y todo esto, unido al violento deseo de que fuera de día y de volver a ver al bello oficial, la hizo pasar en una verdadera tortura las primeras horas de aquella noche malhadada.

Había llegado para Isabel el fatal instante de amar. Los afectos que antes abrigaba en su alma y que se habían apoderado de ella, lenta y tibiamente, desaparecieron para dar lugar sólo a ese amor imperioso que había venido como la tempestad y que había herido como el rayo.

Todavía no era una pasión, pero sin duda alguna podía llegar a serlo; e Isabel lo comprendía en el vago temor que sentía al pensar en Enrique, y que la obligaba a rezar para buscar apoyo en Dios, contra ese sentimiento que parecía dominar su corazón de una manera tan desconocida como inesperada.

Al día siguiente, Isabel estaba tan pálida, tan pensativa, demostraba tal agitación y tal malestar, que su madre, alarmada, no pudo menos de preguntarle la causa de aquella novedad que era tan perceptible. Isabel pretextó un fuerte dolor de cabeza, procuró ocultar a los ojos de todos sus sensaciones, fingiendo una alegría que a medida que era más extraordinaria parecía menos natural.

Vistióse con esmero, y aun podría decirse con coquetería. Sentóse al piano; pero cambiando a menudo papeles y no concluyendo ninguna pieza que comenzaba, más bien parecía agitada por una impaciencia febril, que inspirada por el numen de la melodía. Jugaba con las teclas, improvisaba, mezclaba las armonías tristes de los maestros italianos con las notas profundas de la música alemana o con las alegres y ligeras de los maestros franceses. En fin, pensaba tocando y traducía en el piano sus pensamientos desordenados y confusos, y se volvía frecuentemente hacia la puerta, como si esperase la aparición que evocaba en lo íntimo de su alma.

Así pasaron como siglos las horas de la mañana. Llegó la tarde, e Isabel pensó salir a dar un paseo para distraerse; pero temiendo que su primo y su amigo no la encontrasen, en caso de venir, prefirió quedarse sufriendo aquellos dulces tormentos de la expectativa y de la soledad.

No se engañó: dieron las cuatro, y la voz armoniosa de Enrique sonó en los corredores. El corazón de Isabel palpitó apresurado y, cubierto de rubor el semblante, la joven miró a la puerta por donde en efecto aparecieron los dos oficiales.

Capítulo 13. Celos

Fernando notó con algún asombro la impresión que causaba en su prima la llegada de él y de su amigo, pues no parecía sino que la hermosa joven era una tímida niña de doce años, no acostumbrada aún al trato social. Se hallaba turbada visiblemente.

Alargó su mano pequeña y fina, primero a Valle y después a Flores, y se conmovió al sentir la blanda presión de los dedos de éste, sus labios se agitaron procurando balbucir algunas palabras de saludo, se desprendió más ruborizada todavía, y salió ligeramente del salón, diciendo a los oficiales:

— Voy a avisar a mamá: tomen ustedes asiento.

— ¿Serán aprensiones mías —dijo Fernando— o Isabel se ha puesto encendida, y luego pálida, al vernos llegar? ¿Ha notado usted?

— Es natural —respondió Enrique— no está usted en México; las provincianas son siempre tímidas.

— Pero ayer no observé yo esta emoción.

— No pondría usted cuidado seguramente. Pero, chico, usted es quien está ahora notablemente pálido y conmovido; parece usted un delincuente delante de su juez.

A esta sazón llego la señora con Isabel. La primera cambió con los jóvenes los cumplimientos de costumbre, después de lo cual, Enrique, fiel a su promesa de no hacer la corte a la prima y de proporcionar a Valle la oportunidad de consagrarse enteramente a ella, entabló con la señora una conversación interesante, como lo sabía hacer el galante oficial, muy acostumbrado al trato de las mujeres de toda edad, cuyo gusto y propensiones adivinaba luego para poder lisonjearlas con más seguridad.

Mariana, así se llamaba la señora, que sea dicho de paso rayaba en los cuarenta años y que era mujer distinguida y de una educación superior, conservando todavía una belleza fresca y notable, pareció encantarse con Enrique. Las numerosas relaciones de éste en México, le permitían informar a Mariana, que había vivido allí algún tiempo y que conocía perfectamente el mejor círculo, acerca de las novedades ocurridas durante aquellos últimos años en todas las familias.

Enrique hacía la descripción del estado de la sociedad mexicana en aquella época de guerra, retrataba con habilidad sin igual a las hermosuras en boga, refería la historia de los matrimonios recientes y de los amores célebres; pero todo esto con tal tino; con tal donaire, con un tacto tan exquisito, que Mariana acabó por creer que aquel joven era adorable.

La señora reía frecuentemente, demostrando el mayor placer al escuchar los dichos agudos, los epigramas delicados, las observaciones picantes que salían a cada momento de los labios de Enrique, y aun se volvía para decir a su hija, llamándole la atención:

— Pero ¿oyes esto, Isabel?

Y entonces la joven dejaba de escuchar la pobre conversación de Fernando para oír a Flores, que acababa por interesar a ambas vivamente en su relato.

Entretanto Fernando murmuraba algunas frases tímidas para entretener a su prima, que no estaba atenta sino a Enrique, a quien miraba por largos intervalos sin poner cuidado a sus palabras. Enrique le parecía más hermoso, más interesante que el día anterior.

Ni siquiera reparaba en que su primo Valle parecía más triste, más pálido y más sombrío. Y como éste notó que Isabel apenas le respondía en monosílabos y apartaba de él sus miradas para fijarlas en el gallardo militar, acabó por quedar en silencio, disimulando con un aire de distracción el sentimiento que comenzaba a punzar su corazón como un puñal.

Tenía celos ya. Era seguro que Isabel amaba a su amigo o, por lo menos, sentíase dispuesta a amarle.

De repente se detuvo un carruaje en la puerta.

— ¡Es Clemencia! —dijeron la señora e Isabel, y se levantaron para recibirla.

En efecto, la hermosísima morena apareció en la puerta, abrazó y besó a sus amigas, y alargó risueña una mano enguantada y aristocrática a los dos oficiales.

— Me alegro mucho de ver a ustedes por aquí —les dijo— hemos hablado tan poco ayer, que me permitirán ustedes en mi calidad de provinciana, que espere tener noticia minuciosa de mis amigas de México, y de muchas cosas que, a los que vivimos tan lejos, nos interesan sobremanera.

— El señor Flores —dijo Mariana— acaba de referirme cosas de aquella capital, que me han encantado. No hay talento como el suyo para conversar, y nadie puede informar mejor… conoce a todo el mundo.

Enrique saludó agradecido a la señora, y volviéndose a Clemencia:

— Seré muy dichoso, señorita —le dijo— si puedo dar a usted razón de sus relaciones en México. En efecto, conozco a todo el mundo allí, y poseo todo ese caudal de noticias íntimas que ni pueden encontrarse en los periódicos ni contenerse en las cartas, y que sólo se conservan en la memoria de los iniciados como yo en ciertos círculos.

Generalizóse entonces la conversación. Enrique desplegó toda la riqueza de sus facultades; como conversador y como hombre de mundo y de educación distinguida, hizo conocer, sin ostentación, lo numeroso y distinguido de sus relaciones sociales; era el amigo de las mujeres más bellas de México, de los hombres más elegantes y aristocráticos, y si a esto se agrega que había viajado mucho y que estaba dotado de ese talento especial de los que han frecuentado mucho los círculos distinguidos, y que, sin ser profundo en nada, deslumbra a primera vista, se comprenderá muy bien que Enrique cautivó a su bello auditorio. Isabel le escuchaba con arrobamiento. Clemencia fijaba en él sus lánguidos ojos negros, bañándole con sus miradas ardientes y voluptuosas. Mariana reía alegremente.

Fernando estaba olvidado: triste destino de los humildes, de los taciturnos y de los huraños.

— Me han hablado —dijo Clemencia a Enrique— del talento de usted en el piano, y aseguran los que me han informado y que conocen a usted muy bien, que no tienen labios con qué elogiarle. Según eso, es usted un militar como se ven pocos en nuestros días, porque los artistas no se encuentran regularmente en el ejército. Ya se ve, usted no es soldado de profesión sino que ha tomado la espada para defender a su patria ¿no es esto?

— Es verdad, señorita, no soy soldado de profesión, y en esta parte me declaro profano delante de Fernando. El sí que es soldado, y tan soldado, que ha comenzado su carrera cargando el fusil. No se ruborice usted ¡vaya! eso no es deshonra; ha sido sirviendo a la patria, y nada importa la clase cuando desde ella ha sabido usted elevarse.

— No: yo no me ruborizo por esa causa —murmuró Fernando.

— ¿Soldado raso? —preguntó Mariana— es extraño. ¿Querría usted explicarme por qué ha sido esto? No es lo común que los jóvenes del nacimiento de usted sienten plaza de soldados rasos.

— Señora… balbuceó Valle notablemente conmovido.

— Pero Mariana, no sea usted indiscreta —se apresuró a decir Clemencia— estas cosas no se preguntan… Volvamos a lo del piano, que se nos olvida… Ha de saber usted, Flores, que Isabel es una verdadera artista, conoce la música admirablemente, y en el piano es de una fuerza que se sorprenderá de encontrar en estas regiones apartadas…

— ¡Clemencia! —interrumpió Isabel llena de rubor.

— Hija mía, es la verdad ¿para que ocultarla? Tú lo niegas siempre, y es natural porque antes que todo eres modesta; pero tus amigas tenemos orgullo de tu talento, y lo hemos de alabar debidamente.

— ¡Oh que fortuna, Isabel, que fortuna! —dijo con entusiasmo Enrique— este es un hallazgo, un tesoro… es la dicha que nos sonríe en el camino del sacrificio.

— Clemencia —observó llena de vergüenza Isabel— tú tendrás la culpa de que el señor vaya a encontrarme espantosamente torpe… ¿Por qué eres así?

— Pero es la verdad, caballero, es la verdad, y usted va a convencerse de ella… Yo toco también; pero Isabel queda muy superior a mí. Y para que usted pueda comparar, voy a sentarme al piano, después tocará ella, y por último, esperamos que usted nos confundirá a las dos; pero seremos las primeras en ofrecer flores al vencedor.

Y diciendo y haciendo, la encantadora morena se levantó de su asiento, y cimbrándose como un junco, se dirigió al piano. Enrique la acompañó y, a indicación de ella, buscó en un aparador de madera de rosa el papel de música que deseaba, y permaneció de pie, a su lado, devorándola con los ojos.

Clemencia prefería todo aquello que estaba en armonía con su carácter, y en música desdeñaba lo puramente melancólico y tierno, así como se impacientaba con las elevadas e intrincadas combinaciones de la escuela clásica.

Ella necesitaba música enérgica para traducir los sentimientos de su alma ardiente y poderosa. Necesitaba el desorden, la inspiración robusta y atrevida, el delirio en la armonía. Verdi era el maestro favorito de Clemencia. El piano expresaba los arrebatos furiosos de la pasión bajo aquellas manos de diosa.

Enrique estaba subyugado y se sentía, a su pesar, preso entre las mallas terribles con que parecía rodearle la magia irresistible de aquella mujer.

— Esto es inexplicable —se decía interiormente— ¡yo dominado! Pues esto no debe ser.

Fernando, por su parte, estaba en el colmo de la desesperación. Había notado en el hermoso semblante de Isabel las contracciones del dolor y de los celos. Cada vez que Clemencia se volvía hacia Enrique con su mirada de fuego y con su sonrisa de sirena, un ligero temblor agitaba el cuerpo de la angelical rubia, que unas veces apretaba convulsivamente el brazo del sillón en que se apoyaba, y otras parecía reprimir penosamente las lágrimas que los celos hacían asomar a sus ojos.

De modo que para Valle no era ya dudoso que Isabel amaba a Enrique. Esto lo hacía reclinarse en su sillón como desfallecido por el tormento. Jamás había sentido en su corazón la cruel punzada de los celos, aquel dolor le había sido desconocido enteramente, y se preguntaba si no sería más cuerdo para él, que había pensado sacrificarse por la patria, retirarse de aquella casa, no volver a ver a su prima, y refugiarse en sus deberes de soldado, para escapar a los peligros de una pasión que acababa con sus fuerzas.

El era allí un condenado. Aquellas dos mujeres, tan hermosas como el más hermoso ideal que el hubiera soñado en sus delirios de joven, estaban pendientes de Enrique, de aquel siempre afortunado galán que no tenía más que mirar para vencer; aquellas dos mujeres, tan adorables por su inteligencia y por su corazón, no tenían miradas más que para el bello oficial, no tenían sonrisas sino para agradarle, no tenían elogios sino para envanecerle, no tenían lagrimas de fuego sino para sufrir celos por su amor.

Y en tanto a él, al pobre oficial, tan desgraciado desde su juventud, tan triste y pobre, y cuyo corazón acababa de abrirse después de tantos años de sufrimientos, para pedir amor, amor, no como una recompensa sino como un consuelo, a él, digo, ni una mirada, ni una palabra, ni un recuerdo. ¡Cosa extraña! estando allí presente, estaba tan olvidado como si se hallase en la más profunda de las grutas del mundo.

Entonces, apartando sus ojos de aquel cuadro que presenciaba en el salón, los fijó en una de las ventanas por donde se veía el sol, que al ponerse doraba las cúpulas lejanas y las copas de los árboles, y vio el cielo azul y limpio del invierno, y no escuchando ya nada de la música ni de la alegre conversación que se tenía en su derredor, pensó dolorosamente que toda aquella luz, que toda aquella serenidad del cielo nada valían sin el amor, que es el sol del alma; sin la esperanza, que es el cielo de la vida, y entonces vio horrible todo ese mundo que se revelaba a sus ojos por el estrecho espacio de una ventana, y… una lágrima, que no fue bastante fuerte para reprimir, salió de sus ojos como una gota de fuego y corrió silenciosamente por su mejilla.

Apresuróse a enjugarla con la mano y, volviendo el rostro, a pesar de que nadie se hubiera apercibido de ella, tornó con el alma al salón.

Enrique, embriagado, felicitaba a Clemencia por su talento, le decía mil cosas encantadoras y la conducía sonriendo a su asiento.

— No sea usted lisonjero, Enrique, porque no le creeré a usted. Lo que yo toco, lo tocan mil medianías; eso no vale nada… ahora va usted a oír cosa mejor. Isabel, vete al piano.

Isabel, ya repuesta y con semblante risueño y ruboroso, acompañada también de Flores, obedeció a su amiga y fue a buscar en el aparador un libro ricamente encuadernado.

Capítulo 14. Revelación

Era una colección de melodías alemanas. Isabel eligió una muy a propósito para interpretar el estado de su corazón. Era una de esas piezas en que la ternura y la melancolía están unidas a las más difíciles combinaciones de la ciencia musical.

Enrique estaba conmovido y admirado. Isabel realmente era una artista, y una artista que habría brillado en el salón más aristocrático de Europa.

La bella joven no aumentaba el encanto de su música con las ardientes miradas ni las sonrisas de amor, como Clemencia. Atenta a la melodía, tenía fijos los ojos en algo invisible, y hubiérase dicho que su alma vagaba en los abismos de la meditación.

Pero después de algunos momentos las dificultades de la ejecución la volvieron al mundo real, y entonces un torrente de poderosas armonías salió del seno del piano, al contacto de aquellas manos de rosa, en las que nadie hubiera sospechado una agilidad y una fuerza tales como las que se necesitaban para desencadenar aquel huracán de notas.

Enrique se entusiasmaba gradualmente y manifestaba de mil modos su admiración. Isabel, tocando, se había transformado de la niña tímida y dulce que era, en un ángel seductor e irresistible. Sus hermosos ojos azules y oscuros brillaban con el fuego de la inspiración, su boca se entreabría con una leve sonrisa, su rizada y espesa cabellera blonda parecía agitada, y el esfuerzo hacía palpitar su seno, cuidadosamente cubierto, pero que Enrique devoraba con deleite.

El joven no pudo más, y en uno de los momentos en que las notas se apagaban lánguidamente, se inclinó hacia la bella artista, como para hacerle alguna indicación, y murmuró en sus oídos estas palabras:

— Después de esto, caer de rodillas y adorar a usted.

Isabel se turbó, se puso encendida, sus manos temblaron y la pieza se interrumpió bruscamente.

— ¿Qué te pasa, querida? —le gritó Clemencia desde su asiento.

— Nada —contestó Isabel— escuchaba una observación de Flores, que me ha obligado a interrumpirme.

— ¿Acaso he ofendido a usted, Isabel, con mi indicación humilde? preguntó Enrique inclinándose de nuevo.

— ¿Ofenderme? ¡Dios mío! ¿Por qué? Es una galantería de usted, que no acepto sino como una expresión de bondad.

— Como la expresión de mi alma… Isabel; estoy subyugado…

— Déjeme usted concluir… ¿Qué dirán?

La joven concluyó la melodía, pero podía notarse que se hallaba agitada y que no había ya aplomo en sus manos. Sobre todo, Fernando, comprendió esto perfectamente.

Enrique la condujo a su asiento, al que llegó casi desfallecida.

— Esa música te fatiga mucho, Isabel; me da pena verte agitada así… —observó la señora.

— Esa música —dijo solemnemente Enrique— hace que esta encantadora niña tenga un lugar en los grandes santuarios del arte. La señorita tenía razón… Cuando se toca así, bien se puede ceñir la corona de artista. Esa frente de ángel está llamada a brillar con la luz de la gloria.

— ¡Caballero! —interrumpió Isabel— me hace usted mal, porque eso es demasiado.

— Isabel, yo no lisonjeo; en cuestiones de arte no tengo ese defecto, soy franco, y creo que entonces es cuando la franqueza demuestra cariño. Necesito anticipar a usted que yo no puedo superar a Isabel. Quedo inferior a ella en muchos grados.

— Eso no es posible. Clemencia, mira a lo que me has expuesto con tus alabanzas. Flores casi se burla de mí.

— Pero ¡gran Dios! ¡Burlarme yo!… Entonces usted no conoce todavía su mérito, no sabe usted a qué altura ha llegado, o la excesiva modestia de usted hace atribuir a burla lo que no es sino el grito de la admiración sincera. Sobre todo, Isabel ¿usted me cree capaz de tamaña falsía?

— No, de ninguna manera; pero ¿qué quiere usted? Soy provinciana, he carecido de buena escuela, y por más grande que haya sido mi aplicación, no puedo creer, no digo que sea artista, pero ni siquiera que esté exenta de enormes defectos. Y cuando oigo a una persona como usted, que está acostumbrada en Europa y en México a escuchar tanto bueno, que conoce usted tan bien la música y que se expresa de esa manera, supongo que desea usted estimularme, ¡y nada más!

— Pues deseche usted esa opinión; yo hablo la verdad, y cualquiera que como yo conozca algo de arte, dirá lo mismo. Ahí tiene usted a Fernando; el no es músico, pero tiene un gran talento, y aun le supongo una exquisita sensibilidad; su voto quizás no le parecerá a usted sospechoso como el mío; pregúnteselo usted…

Fernando estaba profundamente distraído, pero al oírse nombrar comprendió que se le pedía su voto.

— Yo soy profano enteramente en música —dijo— pero sé sentir y admirar, y si se ha de juzgar por lo que he sentido, estas dos señoritas conocen el secreto de conmover el corazón.

— He aquí una bella manera de eludir un fallo enteramente justo —dijo Clemencia sonriendo— usted no habla con sinceridad, Valle, tal vez por temor de ofenderme; pero ¿no me ha oído usted antes juzgarme a mí misma? Ni por un momento pretendería yo competir con Isabel. Ella es la artista y usted lo conoce, lo ha sentido perfectamente, porque mientras ella tocaba yo estaba observando a usted, y comprendí que se hallaba transportado a otros mundos. Sólo los artistas producen esos efectos, sólo los artistas hacen llorar; porque usted ha llorado.

— ¿Yo? —preguntó Fernando ruborizándose.

— Usted me perdonará esta indiscreción; pero yo he visto a usted volver el rostro para ocultar una lágrima que inmediatamente se ha apresurado usted a enjugar.

— ¿Ha llorado? —preguntaron Mariana e Isabel con cierto interés.

— Lo que yo tocaba, tal vez le recordaría a usted a alguna amiga de México. No hay como la música para avivar los recuerdos.

— Pero si no es eso —replicó Fernando— yo no tengo nada que recordar.

— Le confieso a usted, Valle —le dijo a media voz Clemencia— que tengo gran curiosidad de conocer la vida de usted. En ella debe esconderse algún misterio de corazón, que debe ser interesante y que seguramente es la causa de esa tristeza profunda que manifiesta usted en todo.

— Señorita, mi pobre vida carece de sucesos que puedan excitar el menor interés, nada hay en ella de bueno, ni de malo… nada; sufrimientos vulgares con los que no se puede hacer una historia…

— Usted ha amado… indudablemente.

— No; nunca.

— Bien; ya hablaremos de eso —y añadió volviéndose con vivacidad a Flores que hablaba con Isabel— ahora le llega a usted su turno… deseamos oírlo a usted.

— Señoritas ¡qué contrariedad para mi! —respondió el oficial, consultando su magnifico reloj de oro— son las seis, a las seis y media tenemos una junta de honor de grande interés, y ni Fernando ni yo podemos faltar: ¿no es verdad, Fernando?

— Así es —contestó éste levantándose.

— De modo —dijo Isabel— que nos priva usted del placer de oírle hoy.

— Este placer sería poco; repito a ustedes que habiéndolas oído, me confieso mil veces inferior; pero de todos modos, mañana tendré el honor de hacer conocer a ustedes mis decantados talentos en la música; mañana soy de ustedes toda la tarde y la noche.

— Muy bien —dijo Clemencia— y siendo así, con permiso de mis amigas, tendremos la soirée mañana en casa. Mis amigas me acompañarán, yo presentaré a usted a mi familia y a otras personas, y nos distraeremos… Fernando, supongo que usted acompañará a su amigo ¿no es verdad? Allí hablaremos de eso.

— Arreglado; mañana no faltaremos.

Los dos jóvenes se despidieron. Pudo notarse que entre Isabel y Flores existía ya esa dulce inteligencia del amor comprendido, que es como el preliminar de la confianza, mientras que para Fernando la rubia no tenía más que una mirada llena de urbanidad, pero fría.

Clemencia al contrario, se despidió de Enrique con la más amable, pero con la más indiferente de las sonrisas, y manifestándole una alegre confianza, que es como la moneda corriente de las coquetas; pero al dar la mano a Fernando que se la tomaba con el mayor respeto, se la apretó ligeramente y le bañó con una mirada tan ardiente, tan lánguida, tan terrible, que el joven a su pesar se sintió turbado, y su corazón palpitó, como el día que la vio por primera vez.

Clemencia, además, le dijo dulcemente estas palabras que parecían prometerle un mundo de ternura:

— ¡Hasta mañana, Fernando!

Cuando éste y Enrique se encontraron en la calle, el alegre libertino dijo a su amigo, que caminaba siempre taciturno:

— Nos habíamos equivocado, chico, nos habíamos equivocado redondamente, y tanto a usted como a mí nos había engañado el corazón; cosa nada rara por cierto, al menos en mí, puesto que yo nunca entiendo el lenguaje del mío, si es que lo tiene. Creí que pudiera serme indiferente la hermosa prima de usted; creí que usted se haría amar de ella a fuerza de talento y de pasión; creí que Clemencia, la de los ojos negros, estaba más lejos de usted que de mí, porque estas naturalezas enérgicas y magníficas me pertenecen de derecho. Todo esto creía yo; pero he aquí que nos hemos equivocado. Me parece que amo a Isabel, al menos que me inspira algún cariño; me parece que ella me ama todavía más, me parece que usted nunca llegaría por este motivo a abrirse una puerta en ese corazón de ángel, y por último, me parece que la sultana se insinúa con usted de una manera que no deja lugar a duda.

— ¿Cree usted?

— Es claro: las mujeres como ella no esperan, se adelantan; no se conceden, permiten… Eso está muy conforme con su naturaleza de reinas. Son como los soberanos en los países monárquicos; ellos dicen la primera palabra, ellos interrogan, y les parecería rebajarse si por acaso se vieran obligados a responder. Usted no conoce a las mujeres en sus diferentes fases. Las hay que mueren de amor, pero que no son capaces de revelar con una palabra, con una mirada, la pasión que las devora; a esta clase pertenece Isabel. A éstas es preciso responderles, adivinarlas, leer en el libro de su semblante, y abrir su corazón con la llave de la primera palabra. Entonces sabe uno cuánta pasión se encierra en esos volcanes que, como decía Pedro Calderón de la Barca de Mongibelo, ostentan nieve y esconden fuego. Pero hay mujeres también cuyo carácter impetuoso no les permite disimular la más ligera afección. Apenas les inspira simpatía una persona cuando se apresuran a revelársela, hasta con exageración; apenas les antipatiza otra, cuando le manifiestan odio. Se diría que su temperamento dominador no admite oposición, y que desean hacer saber lo que sienten a la persona amada o aborrecida, como un mandato y no como una revelación, como un precepto para no ser contrariadas. A esta clase pertenece Clemencia. Desde luego ha insinuado a usted su predilección, como una orden para que se la ame. Cuidado con desobedecerla; sería capaz de aborrecerlo a usted.

— Pero es el caso que yo no puedo amarla.

— ¡Oh! sí podrá usted, Fernando, sí podrá usted. A una mujer tan hermosa como ésta, lo difícil, lo imposible es no amarla. Es demasiado encantadora para que el corazón de usted pueda permanecer indiferente.

— Pero ¿usted no sabe que la que me inspira no sé si amor, pero sí un ardiente cariño, es Isabel?

— Sí, lo sé; pero, en primer lugar, usted no se había fijado aún en Clemencia: su atención se había detenido en su prima. Luego sucede, como está usted mirando que Isabel no puede amarlo porque yo soy el afortunado mortal que he logrado inspirarle simpatía, y a usted le consta que sin pretenderlo, sin procurarlo… Esos son los caprichos de la fatalidad. Pues bien; usted comprende ya que Isabel no está al alcance de su mano. Como hombre sensato y, sobre todo, como hombre de mundo, es preciso abandonar el antiguo propósito, hoy que aún es tiempo, porque la verdad es que lo que usted siente no es todavía amor; en tres días no puede haber amor, y si lo hay; porque en efecto, las mil y una novelas que leemos nos presentan frecuentes casos de estas pasiones súbitas, es fácil de olvidar. Lo que se olvida con trabajo, lo que cuesta hondos dolores, lo que despedaza el corazón, es perder al objeto amado durante mucho tiempo. De modo que usted olvidará a Isabel, y tanto menos le costará este sacrificio; cuanto que la bella, la divina morena, esa mujer que haría feliz a don Juan, le abre a usted los brazos y le sonríe con todas las promesas de un amor ardiente y embriagador. ¡Cuán dichoso va usted a ser, Fernando! ¡Usted, naturaleza casta, soñadora y triste, encontrándose de repente a las puertas de un paraíso oriental, guiado por una hurí que lo devora con la mirada de sus ojos negros, que le embriaga con su aliento de rosa, que le va a matar con sus caricias de fuego! Vamos, hombre ¿se creerá usted desdichado con esta perspectiva?

— Pero Isabel…

— Isabel no lo ama, he ahí la cuestión. ¿Iría usted a alimentarse de desdenes? ¿Querría usted apurar las tristes voluptuosidad del amante despreciado? Eso sería una insensatez. Isabel es mía, no sé si lo sienta o me alegre de ello, porque me había ya hecho la ilusión de ser feliz por unos días, embriagándome en el mar de deleites que promete el amor de esa reina de Jalisco, de esa flor de la Andalucía de México. Voy a tener que luchar con el carácter sentimental, melancólico, lleno de timidez de esta especie de inglesa naturalizada en Guadalajara. Pero le confesaré a usted que esta tarde me he sentido tocado, y aun me pregunto: ¿seré capaz de amar? Pues bien, sí; yo creo que amaré a Isabel, y de ese modo mi nuevo amor será mi talismán en la guerra, será mi esperanza, será la palabra sagrada que escriba en una bandera que sigo por orgullo, pero sin esperanza… Tendré un ángel bueno en este lugar a que nos ha traído y en que nos mantendrá la guerra. De manera que, hijo mío, tenemos que hacer un cambio de posición. Yo amaré a Isabel, y usted tomará el camino que le abre ya el carácter impetuoso de una mujer irresistible. ¿Se acepta?

— Enrique —dijo Fernando con profunda tristeza y suspirando— veo que no tiene remedio, mi prima lo prefiere a usted. Sería yo un insensato si me atravesara. No creo que Clemencia abrigue simpatía por mí, a pesar de sus palabras y de la opinión de usted. Pero sí me alejaré de la que no me ama, y frecuentaré a aquella a quien no me siento capaz de amar, pero que siquiera no me verá con disgusto a su lado.

— ¡Pícaro! Usted va a ser el más dichoso de los hombres. En cuanto a mí, ya me figuro que voy a pasar la mayor parte de los pocos días que nos restan en Guadalajara, oyendo y tocando melodías alemanas, y viajando en alas del alma de una virgen, por los espacios nebulosos de un mundo ideal. ¡Lo ideal! Dios libre a usted de esta monomanía… Clemencia al menos no tiene alas, y ella lo curará de sus propensiones infantiles y poéticas. Esa mujer es Cleopatra y no Julieta.

— Pues bien, sea, y que los augurios que sentí dentro de mí al ver a esa mujer tan linda, se realicen… No la amaré; ¡pero la estudiaré!

Los jóvenes llegaron a su cuartel y se ocuparon después en los asuntos de su Junta de honor. Fernando estaba preocupado; realmente aquella última mirada de Clemencia, aquel Hasta mañana, Fernando, no podían borrarse de su memoria. Decirle a él Fernando con tal confianza ¿era una insinuación? Por lo menos era una indicación de que era preferido, de que no era antipático.

Por la primera vez se veía tratado bien por una mujer. Por la primera vez también, una mujer hermosa le había hecho con interés esa pregunta, que siempre agrada al hombre cuando la dirigen unos labios de granada: ¿Ha amado usted alguna vez?

Esa noche, después de la junta y de la cena, más alegre que de costumbre, Fernando se acostó en su catre de campaña, más contento que nunca, y, después de estar pensando un momento, se durmió y soñó con la sultana de Guadalajara, la de los ojos y cabellos de azabache, de boca rosada y de dientes de perlas. La dulce joven de blondos cabellos y de ojos azules se había eclipsado en su imaginación.

Así en la juventud y en los dulces tiempos en que se despiertan en el corazón los primeros amores, en esas auroras del alma en que comienza a iluminarse para nosotros el cielo de la esperanza, las imágenes se suceden a las imágenes, con la misma facilidad con que las nubecillas atraviesan el espacio en una mañana de primavera.

Capítulo 15. Un salón en Guadalajara

Trasladémonos ahora, de noche, a una casa aristocrática… de Guadalajara, situada en la calle más lujosa y más céntrica de aquella ciudad, la calle de San Francisco. Allá, como en México, la iglesia del seráfico fraile presidía el barrio más encopetado y rico de la población. En esta calle viven las familias opulentas, las que reinan por su lujo y por su gusto.

Atravesaremos la gran puerta de una casa vasta y elegante, en cuyo patio, enlosado con grandes y bruñidas piedras, se ostentan en enormes cajas de madera pintada y en grandes jarrones de porcelana, gallardos bananos, frescos y coposos naranjos, y limoneros verdes y cargados de frutos, a pesar de la estación; porque en Guadalajara, inútil es decir que no se conoce el invierno, y que no se tiene idea de una de estas noches que pasamos en México en diciembre y en enero tiritando, y en las cuales, por más hermosas que sean, la luna, pálida de ira, humedece el aire y va derramando reumatismos por dondequiera, como dice Shakespeare.

No: en Guadalajara, en los meses de invierno, las plantas y los árboles no pierden su ropaje de verdura, ni las flores palidecen, ni las heladas brisas vienen a depositar sus lágrimas de nieve en los cristales de las ventanas.

Se siente menos calor, eso es todo, y los árboles se renuevan, según las leyes de la vegetación; pero la hoja seca cae impulsada por el renuevo que inmediatamente asoma su botón de esmeralda en el húmedo tronco. Así, pues, los naranjos, los limoneros y las magnolias del patio, que estaba perfectamente iluminado, se ostentan con toda la frescura y lozanía de la primavera.

Una fuente graciosa de mármol, decorada con una estatua, se levanta en medio, y alzándose apenas dos pies del suelo, salpica con sus húmedas lluvias una espesa guirnalda de violetas y de verbenas que se extiende en derredor de la blanca piedra, perfumando el ambiente. Aquello no es un jardín; pero es lo bastante para dar al patio un aspecto risueño, alegre y elegante.

Se sube al piso superior por una escalera ancha, con una balaustrada moderna, y cuyos remates y pasamanos de bronce son de un gusto irreprochable.

Cuatro corredores anchos, y también cubiertos con tersas losas de un color ligeramente rojo, se presentan a la vista al acabar de subir la escalera, y forman un cuadro perfecto en el piso principal. El techo de estos corredores, cuyo cielo raso está pintado con mucho arte, se halla sostenido por columnas de piedra, ligeras, aéreas y elegantes, que aparecen adornadas con hermosas enredaderas. Y en los barandales de hierro y al pie de ellos se encuentran dos hileras de macetas de porcelana, llenas de plantas exquisitas, camelias bellísimas, rosales, mosquetas, heliotropos, malva rosas, tulipanes y otras flores tan gratas a la vista como al olfato. Y jaulas con zenzontles, con jilgueros, con clarines, con canarios, entre las cortinas que forman la flor de la cera y la ipómea azul, y hermosos tibores del Japón conteniendo alguna planta más exquisita todavía, y peceras de cristal y surtidores de alabastro, y pequeñas estatuas de bronce representando personajes mitológicos, y grandes grupos en bajorrelieve en las paredes, todo esto aparece a la luz del gas encerrado en fuentes de cristal en aquella casa, revelando tanto la opulencia como el gusto.

Los corredores son jardines en miniatura. Uno de aquellos corredores conduce al salón, al que se entra después de atravesar una amplia y magnífica antesala amueblada lujosamente. El salón es una pieza en que se respira desde luego ese perfume que no da el dinero sino el buen gusto, es decir, el talento.

¿Conocen ustedes, en México, salones de familias opulentas? Pero no esos en que una fortuna insolente ha procurado aglomerar sin discernimiento, sin gracia, muebles sobre muebles, cuadros sobre cuadros, lámparas, columnas, consolas, jarrones, clavos dorados, tapetes, mesitas chinas, muñecos ridículos, formando todo aquello el aspecto de un bazar de muebles, el caos a que sólo da orden la inteligencia, y en cuyo centro se encuentra uno tan mal, tan a disgusto, tan deseoso de maldecir, como en la trastienda de una casa de abarrotes, como en la bodega de un judío usurero, esperando, en fin, por momentos ver aparecer a Mr. Jourdain, el burgués gentilhombre de Moliére, haciéndose el personaje de qualité y preguntándole a uno qué le parecen sus muebles. No: yo hablo de los salones elegantes por su buen gusto.

Pues bien; como el más elegante de esos, es el que vemos en Guadalajara. De seguro pertenece, dice uno al verle, a una familia muy rica, pero que tiene talento. A ese salón, que es el de la familia de Clemencia R…, se dirigieron los dos jóvenes oficiales, la noche siguiente al día en que habían estado en casa de Isabel.

— Me parece que vamos a pasar una tarde y una noche deliciosas —dijo Flores a su amigo—. Aquí hay aristocracia, chico; aquí no es la modestia graciosa de la casa de Isabel, sino la opulencia del dinero, juntamente con el buen tono. Ya lo ve usted, éste es el palacio de su reina. Forme usted idea de su carácter por todo esto.

— Casi me arrepiento de venir —respondió Valle— yo no estoy acostumbrado a estas reuniones ni a este lujo.

— ¿Usted?… Pero hombre ¡usted, nacido en una casa tan opulenta como esta!

— Y ¿qué importa? ¿Acaso la conozco? ¿Acaso me he criado en ella? Entonces ¿usted no sabe que desde mi infancia soy hijo de la miseria? Yo creo que me ruborizaría aun delante de mi madre, si la viera en su salón de México.

Enrique y Valle penetraron en el salón, en donde su llegada acusó un silencio de algunos segundos. Se les esperaba, y hallábase reunida allí una sociedad selecta y distinguida. Había una docena de bellísimas jóvenes, otros tantos caballeros, y la familia toda de Clemencia esperaba a los oficiales con cierta ansiedad. Por supuesto Mariana e Isabel eran de la compañía.

La encantadora morena presentó los dos amigos a su papá, anciano respetable y vigoroso todavía, un personaje notable, no sólo por su fortuna y talento, sino todavía más por la cualidad rara de ser un buen patricio y de odiar por consiguiente la dominación francesa, que pronto iba a extenderse hasta aquellas regiones.

La madre de Clemencia era una matrona, bella todavía como Mariana, y amable hasta el extremo. Clemencia era la hija única de aquella familia afortunada.

Después los oficiales fueron presentados a todas las bellas señoritas de la reunión, y que pertenecían a las más distinguidas familias de Guadalajara.

Enrique fue acogido con las marcadas pruebas de simpatía que su gallarda presencia y la finura de sus modales le procuraban siempre; pero Fernando fue recibido como es recibido el ayudante después de su general, como es recibido el pobre después del rico, o como era recibido antiguamente el paje después del príncipe, con urbanidad pero fríamente. Al verle, las hermosas que aun sonreían siguiendo con la mirada al apuesto comandante, se ponían serias y apenas se dignaban otorgarle una inclinación de cabeza protectora. Isabel misma le saludó con cierta frialdad, acabando de dirigir a Enrique algunas palabras de tierna confianza.

El joven se habría desmoralizado, si Clemencia con su franqueza característica, no se hubiera dirigido a él y, poniendo una mano entre las del pobre oficial, no le hubiese dicho:

— Esperaba a usted con impaciencia, Fernando; desde las dos de la tarde los minutos me parecían siglos; en cambio, de hoy en adelante las horas me van a parecer segundos. Vamos a platicar mucho ¿no es verdad? Dejaremos a los artistas luciendo sus habilidades en el piano, y nosotros hablaremos de los asuntos del corazón. Vamos a ser amigos, no lo dude usted.

La conversación se animó luego. Enrique llegó a ser el centro de ella, y las bellas estaban pendientes de sus labios, como le sucedía siempre.

Pero el piano, un soberbio piano de Pleyel aguardaba y, después de un rato de amena conversación en que Enrique supo ganarse la confianza, la simpatía de sus oyentes hermosas y de sus oyentes graves, a instancia de Clemencia fue a tocar.

Para él era indiferente cualquier música, la ejecutaba por difícil que fuese; pero él preguntó a sus amigas Clemencia e Isabel, y ambas le señalaron una magnífica pieza alemana sobre temas de Sonámbula.

Enrique alcanzó un triunfo completo. Era artista en toda la extensión de la palabra, y el piano obedecía a sus dedos como un ser inteligente.

Aquí, aun se recuerda a este hermoso joven, como a uno de los mejores ejecutantes mexicanos, y en París obtuvo no pocos triunfos en los salones. Pudo haber llegado a ser un gran artista; pero, demasiado rico para contentarse con estos laureles que sólo halagan la ambición del pobre, pronto abandonó el arte para dedicarse a los placeres del amor y a los trabajos de la política.

Todo el mundo convino, sin embargo, esa noche, en que era apenas superior a Isabel; y el mismo Flores volvió a confesarse inferior a la blonda hija de Guadalajara, quien, decía él, le aventajaba en expresión, en sentimiento y, sobre todo, en edad; pues era seguro que cuando llegara a la que él tenía, Isabel no tendría rival.

Fue ella, acompañada de Enrique, a mostrar los prodigios de su habilidad; después ocuparon aquel asiento otras señoritas; de nuevo Flores arrebató con su asombrosa ejecución; varias amigas de Clemencia cantaron en seguida, mientras que ésta, enseñando sus álbumes a Fernando para tener pretexto de hablar con él, procuraba en vano arrancarle los secretos de su vida. Valle se encerraba en una reserva que no era posible romper; pero desfallecía al sentir aquella mirada magnética que tanta influencia tenía en su ánimo, y sentía palpitar su corazón a cada palabra que le dirigía, con su acento de sirena, aquella mujer encantadora.

Clemencia empleaba todo género de seducciones para fascinar y vencer aquella naturaleza demasiado débil para luchar con ella. Fernando se sentía subyugado.

Clemencia conocía a fondo el arte de mirar y de sonreír, sus ojos sabían languidecer como fatigados por la pasión, y mirando así, trastornaban el alma del pobre joven; su boca, sobre todo, tenía ese no sé qué irresistible que sólo las coquetas de buen tono saben usar, la sonrisa de Eva, infantil y cariñosa, el temblor de labios, como si la emoción los agitara, y luego, aquellos labios rojos y sensuales, aquellos dientes de una blancura deslumbrante, aquellos suspiros que parecían arrancados a un pecho próximo a estallar, aquel acento turbado y a veces cortado y brusco… Todo aquello era nuevo, era sorprendente para Fernando, que no conocía a la mujer sino de lejos, que no estaba en guardia contra las armas mortales de una sirena del gran mundo.

— Se conoce que usted ha sufrido mucho, Fernando —decía Clemencia al oficial, inclinándose para enseñarle los versos de un álbum junto a una mesa apartada del centro de la reunión— yo también he sufrido, y se lo digo a usted para darle una lección de franqueza.

— ¿Usted, sufrir, señorita?… Usted tan bella, tan rica, tan joven…

— ¡La belleza… el dinero… la juventud! ¿Cree usted que todo eso dé la felicidad? ¿Y el corazón?

— ¿Ha tenido usted desengaños, han sido ingratos con usted?

— ¡Ah no!… Yo no he amado nunca, me han cortejado mucho; pero han sido tan frívolos, tan necios todos mis adoradores… que viviendo en medio de ellos, he vivido en el desierto… Se me acusa de coqueta, aquí en Guadalajara, donde la maledicencia es el pan cotidiano; pero no encontrará usted a nadie que pueda asegurar que ha obtenido de mí ninguna prueba de afecto… mi corazón ha permanecido siendo de nieve.

— ¡Qué feliz es usted, señorita!

— Fernando, no me diga usted señorita, dígame usted Clemencia. ¿Que en México tardan tanto los amigos en llamar a una por su nombre? Esto de señorita me parece que está bueno para tratar a una compañera de viaje… ¿Me volverá usted a decir señorita?

— ¡Oh, no!… es demasiada dicha la de tener el permiso de dar a usted su hermoso nombre, para que yo no me apresure a disfrutarla.

— No; dicha no es precisamente; pero me será grato oírme llamar así por usted… Hay tantos estúpidos que me tratan con familiaridad, que me parece una compensación, que usted use de un privilegio que yo le otorgo con gusto; y es la primera vez que yo lo otorgo… sí señor, los demás se lo han tomado ellos mismos.

— ¡Clemencia, me enloquece usted!

— ¿Por qué? —dijo la joven, levantando dulcemente sus ojos negros y ardientes, hasta fijarlos en los de Fernando, que temblaba de emoción— ¿Le hago a usted mal?

Fernando iba a responder tal vez una necedad, cuando el padre de Clemencia invitó a todos a tomar el té, que se hallaba servido en una pieza inmediata.

— Se sienta usted junto a mí, Fernando, si es usted tan amable.

— Tan feliz, puede usted decir, Clemencia.

Y Valle ofreció a la hermosa sultana su brazo, en que ella se apoyó con dejadez y confianza.

Capítulo 16. Frente a frente

Casual o intencionalmente, Clemencia tomó asiento frente a Isabel, que estaba acompañada de Enrique.

Isabel se hallaba en el colmo de la felicidad. Algo había pasado entre la bella rubia y el galante oficial, alguna palabra había acabado por fin de romper los diques de la reserva, pues los dos jóvenes parecían entenderse ya perfectamente, y reinaba entre ellos la más dulce confianza.

Para Clemencia esto era claro como la luz, y a la primera ojeada conoció que su amiga había ya obtenido el triunfo sobre ella. Para Fernando tampoco hubo duda; pero, preocupado como estaba con las palabras de Clemencia, y sintiendo en su corazón arder una nueva llama, más poderosa todavía que la que se había extinguido, apenas prestó atención a lo que pasaba a su frente.

— Enrique tenía razón —decía para sí— era fácil olvidar; heme aquí enamorado ya de Clemencia. Yo siento que el poder de esta nueva pasión es más fuerte, y que comienza subyugando todo mi ser: no es el amor dulce que me inspiraba mi prima, sino un amor irresistible, grande, que me anonada, que me encadena…

Y como Clemencia procuraba acabar de encender la hoguera con sus miradas, con sus sonrisas y con esas mil coqueterías que una mujer hermosa puede poner en juego en semejante ocasión, Fernando estaba perdido. Una vez que éste le sirvió vino, ella se apresuró a detenerle para que no llenase su copa, y puso su mano sobre la del oficial, apretándola ligeramente.

— No tanto, Valle, no tanto —le dijo— hoy perdería yo la cabeza fácilmente.

— ¿Se siente usted mal?

— Al contrario… pero la dicha pone la cabeza débil.

— ¿Y usted opina como Clemencia, Isabel? —preguntó Flores.

— ¡Ah, sí! enteramente.

— ¿Y siente usted también la cabeza débil?

— Muy débil.

Enrique pagó esta respuesta con la más ardiente de sus miradas; pero Fernando palideció de una manera espantosa. Acababa de observar que Clemencia había dirigido a su amiga una mirada de celos, rápida como el pensamiento y terrible como el rayo.

Pero apenas tuvo el tiempo de fijarse en esto porque Clemencia se volvió hacia él y le preguntó sonriendo cariñosamente:

— ¿Ha visto usted al entrar mis flores, Fernando?

— Sí, Clemencia, de paso; y he notado que son exquisitas.

— Tengo muchas camelias admirables, mis violetas son preciosas; pero sobre todo, tengo algunas flores raras que quiero mucho. Frente a la puerta de una de mis piezas, hay una planta en un tibor del Japón, que yo cuido con esmero y que florece de tarde en tarde. Hoy en la mañana se ha abierto una flor hermosísima, roja y perfumada, que no tiene igual, y que deseo que usted vea.

— Con mucho gusto.

— Y que yo le ofreceré, para que la conserve en recuerdo mío… y para que no olvide usted la noche en que nos ha honrado visitándonos por primera vez.

— Señorita —respondió Fernando con cierta sequedad— es una prueba de distinción que no merezco y que me haría muy dichoso; pero flor tan querida de usted debe quedar en la planta, cuyo cultivo tantos afanes le cuesta, o debe ser ofrecida a la persona que usted ame, y que tal vez no la ha comprendido e ignora cuánta ternura, cuánta pasión abriga el corazón de usted. Yo me contentaré con algunas violetas, estas flores nacen y viven en un lugar que está en analogía con el que ocupo regularmente en el afecto de las personas que me conocen; y créame usted, ya será bastante dicha para mí.

— ¿Pero qué es eso, Fernando? —replicó la hermosa joven con un acento de dulce reconvención—. ¿Qué quieren decir todas esas palabras que parecen dictadas por un sentimiento injusto? ¿Que debo ofrecer esa flor a la persona que no me ha comprendido y que ignora cuanta pasión abrigo por ella? ¿Quién es esa persona, dígame usted? Si hubiera alguien a quien yo amara, y se mostrara desdeñoso o no me comprendiera, y vea usted que yo olvido las preocupaciones vulgares y soy franca, por eso me acusan, si hubiera alguien así, repito, le aborrecería a los pocos instantes de haber pensado en él. ¿Que ocupa usted un lugar semejante al en que viven las violetas, es decir, un rincón humilde, en el afecto de los que le conocen? Esto le habrá pasado a usted en otra parte; pero en esta casa es preciso que sea usted ingrato para que lo crea así. Mire usted, Fernando, si no aceptase usted esa flor que le he ofrecido, delante de usted arrancaré la planta, porque me sería inútil y me recordaría una amarga repulsa.

Clemencia dijo todo esto en voz baja, pero con tal vehemencia, con tal pasión, con voz tan turbada y tan dolorosamente tierna, que Fernando volvió a creer que era amado, y no se acordó ya de la mirada celosa que la joven había dirigido a Isabel. Esta y Enrique, que se hallaban tan próximos escucharon todo.

Clemencia se hallaba agitada de una manera febril, y ponía un cuidado exquisito en no ver a los que estaban a su frente.

Trajeron el champaña; pero Clemencia, pretextando que no quería tomar ese vino y que prefería respirar aire fresco y enseñar a Fernando, que era muy instruido en botánica, sus flores, le suplicó que la acompañase.

Fernando lo hizo y se dejó conducir como un niño.

Capítulo 17. La flor

Salieron a uno de los corredores. Las lámparas de cristal apagado derramaban una luz suave sobre aquel encantado lugar. El perfume de las magnolias, de las violetas y del azahar del patio, y el de los heliotropos y de las madreselvas del corredor, embalsamaban la atmósfera completamente. Aquello era un jardín encantado, un paraíso.

Clemencia condujo a Fernando hasta donde estaba un soberbio tibor japonés, sobre un pedestal de mármol rojizo, frente a una puerta abierta y que dejaba ver al través de sus ricas cortinas una pieza elegantísima, e iluminada también suavemente por una lámpara azul.

— Aquí está mi planta querida, es una tuberosa de la más rara especie… Vea usted qué hermosa es y qué rico aroma tiene. Aunque el invierno aquí no es nada riguroso como usted lo conoce, cuesta siempre trabajo conservar esta planta, que vive mejor en la primavera: por eso la estimo más hoy. No encontraría usted en todo Guadalajara un ejemplar igual. Y vea usted, esta flor se abre en la mañana, pero todavía más en la noche, y está más perfumada.

— En efecto, es divina esta flor.

— Pues bien; va usted a guardarla.

— ¿Qué va usted a hacer, Clemencia?

— A cortarla ¿no he dicho a usted que iba a ofrecérsela?

— Pero vea usted que es una lástima, niña.

— ¿La rechaza usted de nuevo? ¡Arranco la planta!

— ¡Oh, no!… Pero ¿cómo agradecer?…

— ¿Cómo? Guardando esta flor junto a su corazón, como una reliquia y como un talismán; le da el cariño y la honrará el valor. Guárdela usted, Fernando…

Y Clemencia la ofreció con las mejillas llenas de rubor a Valle que la tomó temblando, la llevó a sus labios y la colocó en un ojal de su levita.

Clemencia se quitó un pequeño alfiler de oro y clavó con él la tuberosa, que no podía afirmarse en el ojal. Sus bellas manos temblaban también, y como la levita estaba naturalmente abrochada al estilo militar, sintieron perfectamente los fuertes latidos del corazón de Fernando, que parecía próximo a estallar.

El joven perdía la cabeza. Sentía junto a su rostro los cabellos sedosos y perfumados de Clemencia: devoraba con sus ojos aquel cuello blanco y hermoso que no distaba de sus labios sino algunas pulgadas; oía también los latidos apresurados de aquel corazón virginal y ardiente, que se confundían con los del suyo. Las manos de aquella mujer encantadora oprimían su seno, su aliento le abrasaba…

Esto le parecía un sueño, y estaba próximo a desfallecer. Los labios se abrieron para pronunciar yo no sé qué palabras atrevidas y locas… pero apenas pudieron murmurar agitados y trémulos:

— ¡Clemencia, piedad!

Clemencia fijó en él sus ojos negros y abrasadores, y ocultando en seguida el semblante volvió a tomar el brazo del joven y le obligó a dar algunos pasos.

— Tal vez sin pensar en ello —le dijo— he hecho romper a usted un voto o he profanado un recuerdo querido. Tal vez el pecho de usted es un altar sagrado en el que sólo alguna ausente tiene el derecho de poner flores… ¡soy una loca!

E inclinó la frente con tristeza.

— No; Clemencia, no… Yo juro…

— Pero he preguntado a usted en vano su secreto, usted no me ha creído quizá bastante digna de saberlo.

— Mi secreto es, Clemencia, que he sido siempre infeliz; que jamás un ser piadoso se ha dignado bajar hasta mí los ojos; que he cruzado la vida siempre triste, solitario y desdeñado; que sintiendo una alma fogosa y tierna, jamás he creído que nadie pudiese aceptar mi amor, y que usted es el primer ángel que aparece en mi camino tenebroso y maldito; que las palabras de usted han penetrado en mi corazón y han hecho nacer en él un sentimiento desconocido, dulce, poderoso, que ha crecido en minutos y que me abrasa. Que, desconfiado como todo infeliz, he creído que me hacía usted el juguete de un extraño capricho; que al ver a Enrique frente a nosotros esta noche; a Enrique, con quien no puedo compararme, que es tan hermoso, tan seductor, tan espiritual, he sentido… celos ¿para qué lo he de ocultar? Y que he querido huir de esta casa donde sufría yo tanto. Ahora mismo esto me parece un sueño. He ahí mi secreto.

Clemencia se estremeció al oír nombrar a Enrique; pero disimulando su emoción, replicó:

— ¡Qué niño es usted, Fernando! ¿Y pudo usted creer que yo fuese una coqueta sin corazón que quisiera hacer del alma noble, desgraciada y generosa de usted el juguete de un capricho indigno? ¿Qué me importan la hermosura, la gallardía y la seducción del amigo de usted? ¿Cree usted que yo soy de las que prefieren eso a las dotes del alma? Desde la primera vez que le vi en casa de Isabel, establecí perfectamente la diferencia que hay entre usted, hombre de corazón y de talento, y Flores, que me parece un galán de oficio, sin alma, y cuyo espíritu, ligero y alegre, va revelando una vida gastada en los galanteos y los placeres. No me juzgue usted mal, Fernando, ni crea usted que soy la coqueta casquivana a quien calumnian en Guadalajara. Soy franca, desdeño las reservas de mi sexo, tengo una educación especial, una independencia de carácter que me permite reírme del qué dirán y hacer siempre lo que me inspira el corazón. Hace tres días que le conozco a usted, y esto me basta… Pero ahí viene Flores, Fernando, mañana estará marchita esta flor, pero yo la haré revivir con la savia de mi cariño…

Enrique se acercó entre envidioso y alegre.

— Clemencia ¿nos quiere usted privar de su presencia en el salón? Se va a bailar ¿podré contar con alguna pieza?

Clemencia afectó mirar a Fernando, como interrogándole.

— Comprendo —dijo Enrique— quería usted preferir a mi pobre Fernando; pero debo anticipar que éste no baila nunca.

— ¿Es posible, Valle? ¿Usted no baila?

— En efecto, Clemencia, no sé bailar… y anuncio a usted que Enrique es un valsador terrible.

— ¿Pero Isabel?

— Me ha dado ya la primera contradanza, después se tocará un valse… Ella misma le tocará, me lo ha prometido, es un valse de Strauss ¡un delicioso valse de Strauss!

— Bien, cuente usted con él.

— Gracias, hermosa niña. Pero, chico —dijo volviéndose a Fernando— ¿qué flor es esa tan linda que tienes en el ojal?

— Es la que le ofrecí… la más querida de mis flores, la que yo cuido como a una favorita…

— ¡Dichoso Fernando! ¿Y para mí, Clemencia; no ha quedado otra por ahí?

— Era la única, Flores, la única que se había entreabierto esta mañana y que acabó de abrirse esta noche.

— ¡Qué desgraciado soy siempre!… Yo no sé cómo Fernando me echa en cara mi felicidad.

— Pero esa no es la felicidad —dijo Clemencia— la felicidad consiste para usted en otra cosa…

— Es verdad, la felicidad consiste en verla a usted. ¿Qué flor es más roja, ni más perfumada que esos labios que envidiaría una virgen del Ticiano?…

Y Enrique hablando así se fue llevando a la joven y a Valle al salón, donde ya resonaban las armonías poderosas del piano y se empezaba el baile.

Capítulo 18. Clemencia

Se bailó un poco.

A las doce de la noche la reunión se disolvió. Los oficiales se fueron también; como siempre, Enrique alegre, Fernando taciturno. El coche de Clemencia condujo a su casa a Mariana y a Isabel.

Aquélla dijo a la rubia al darle el beso y el abrazo de despedida:

— ¿Eres muy feliz, Isabel?

— Creo que sí, Clemencia; estoy desvanecida de felicidad.

— Pues bien, linda mía, que el ángel del amor te cubra con sus alas, que sueñes hoy con el cielo.

Y luego, entrándose a sus piezas, después de besar a sus padres, que la habían creído muy contenta esa noche, dijo cayendo en un sillón, con un despecho mal comprimido:

— ¡Isabel vencerme! ¡Haber preferido a Isabel! ¿Es pues, más bella que yo?

Y luego, quedándose pensativa, añadió con remordimiento:

— ¡Pobre Fernando! ¡He hecho mal en jugar así con su Corazón! Si hubiera visto en el fondo del mío ¿qué hubiera dicho?… No había necesidad de este engaño… mañana yo le diré que no tome a lo serio… ¡Y la flor! ¡Y tantas palabras! ¿Qué he hecho, Dios mío? ¿Qué he hecho?…

Y luego comenzó a desnudarse y a despeinarse con ayuda de una joven camarista; envolvióse después en un rico peinador blanco, que dejaba adivinar toda la riqueza y perfección de sus formas, dignas de una estatua griega. Descalzáronle sus pequeños y elegantes botines de raso blanco, metió sus lindos pies en unas pantuflas de seda roja, despidió a su criada, cubrió con una veladora más oscura su lámpara azul y, arrodillándose en el mullido tapete que había a los pies de su lecho aristocrático, y dejando caer su joyante cabellera negra sobre sus espaldas y cuello, se reclinó con dolor, apoyando la frente en sus dos manos, vertiendo lágrimas y diciendo en voz baja y entrecortada por los sollozos:

— Enrique, Enrique ¡yo te amo!

Después de un momento se levantó erguida, sonrió con orgullo y…

— El me amará también. ¡Oh! me amará mucho, lo prometo —dijo, y se metió en la cama.

Aun estuvo agitada por algunos minutos; pero el amor a esa edad no causa largos insomnios: la hermosa joven murmuró algunas palabras incoherentes y se durmió suspirando.

Capítulo 19. El porvenir

Por su parte, Fernando, se pasó gran parte de la noche pensando en los incidentes que acababan de ocurrirle y que parecían influir definitivamente en su destino.

El nuevo amor ocupaba de una manera absoluta su corazón, y había sucedido al joven lo que siempre sucede a los que no han amado, ni han sido correspondidos nunca: que aquella mujer que se había mostrado más cariñosa con él y que casi le había confesado su predilección, era la que él prefería ahora, la que él adoraba, la que encerraba para él su esperanza y toda su felicidad. No hacía sino pocas horas que le había revelado el estado de su alma, y ya le parecía que habían transcurrido años de pasión y de ternura. Los amantes no miden la vida del alma por el tiempo. El amor a Clemencia había llegado a su plenitud en el corazón de Fernando.

Ahora, apenas acabado de salir del aturdimiento que le habían producido las emociones que había experimentado esa noche, se puso a pensar en el porvenir de ese amor tan repentino como poderoso. El amaba a Clemencia, y era correspondido, según lo daban a entender las ardientes palabras de la joven. Pero él era soldado en el ejército de la República, los franceses se dirigían a Guadalajara, y era más que probable que nuestras tropas iban a dejar esta ciudad para ocupar posiciones ventajosas del otro lado de las Barrancas. Así, pues, él tendría que salir de Guadalajara dentro de algunos días, y entonces ¿qué iba a ser de Clemencia? ¿Se quedaría en la ciudad y entre los franceses? Este pensamiento desesperaba a Fernando que, conociendo ya perfectamente el carácter de la joven, y sabiendo que era reputada como una de las mujeres más hermosas y distinguidas de Guadalajara, temía, y con razón, que a los pocos días de ocupar el ejército invasor aquella ciudad, ya Clemencia tuviese un nuevo capricho y olvidara completamente al oscuro oficial mexicano.

Y eso era tanto más seguro cuanto que él, Valle, no contaba para hacerse amar de la Sultana, como la llamaba Enrique, con ninguna ventaja, ni con las físicas de que tan pródigamente estaba adornado su amigo, ni con las que dan una intimidad de mucho tiempo, el atractivo de la fortuna o el prestigio de la victoria.

Todo lo tenía en contra. Si se sentía con alguna superioridad moral; si poseía las grandes dotes del corazón, estas dotes no se habían manifestado todavía, y permanecían desconocidas a los ojos de la mujer amada, que bien podía dudar de ellas. La situación de los oficiales de la República no era tal que pudiesen envanecerse de ella. Desde el heroico sitio de Puebla, en el que como hemos dicho había tomado parte Fernando haciendo prodigios de valor, nuestras tropas no hacían más que retroceder, y los enemigos avanzaban por dondequiera. Verdad es que la adversidad es un atractivo para las almas generosas; pero ni ella era tan grande todavía para que un soldado republicano pudiese aspirar al título de mártir, que tanto interés da al partidario desgraciado, ni era de suponerse que, puesta frente a frente la situación de Fernando con la victoriosa de cualquier oficial francés, aquélla pareciera más fascinadora para el alma de una mujer que parecía idólatra de la gloria, como la de Clemencia.

Así, pues, los pensamientos que se levantaban en tumulto en el espíritu del joven oficial; le aterraban, y un sentimiento de desesperación se apoderaba luego de él.

Ni se atrevía a suponer siquiera por un momento que Clemencia saldría de Guadalajara a la llegada de los franceses. Era demasiado rico su padre y tenía bastantes intereses en aquella ciudad para que pudiera razonablemente esperarse que los abandonara a merced de los invasores, y aunque se hallaba reputado como patriota, esa reputación no era tal que le obligase a aceptar los peligros de la campaña y las consecuencias inevitables de los reveses.

Era necesario ser muy patriota, excesivamente patriota para abandonar las comodidades de una vida opulenta y lanzarse en unión de la familia a esa vida azarosa y llena de privaciones, que era la única que se presentaba en perspectiva a los ojos de los buenos mexicanos.

Decididamente el padre de Clemencia no saldría de Guadalajara, y había que resignarse a la idea de dejarla en esta ciudad; y como en tal caso había que renunciar a la esperanza de ser amado, Fernando, aunque con una amargura indecible, se resignó a perder todo aquel mundo de felicidad que no había hecho más que entrever esa misma noche en un momento de embriaguez y de esperanza.

Y Fernando, a cada uno de estos pensamientos mortales, sentía desfallecer su corazón porque comprendía también que su amor crecía por instantes, y que lo que antes no había sido más que una ilusión pasajera, se había convertido ya en una pasión ardiente e inmensa.

No había remedio para él. Se hallaba colocado entre sus deberes de patriota y de soldado y entre sus esperanzas de amante. ¡Primeras esperanzas que habían iluminado el oscuro cielo de su vida y que era necesario sacrificar! Porque el austero joven no vacilaba un momento en preferir la patria a su amor y en consagrarse todo entero a la defensa de su país.

Si había algo que le consolara en medio de este caos de desesperación en que sus pensamientos le arrojaban, era la remota posibilidad de que Clemencia, por un rasgo de su carácter romancesco, permaneciese fiel a su amor durante la guerra que iba a seguirse. ¡Qué encantos tendría entonces para él la terrible lucha que iba a emprenderse! Además de su gloria de soldado, la gloria del amante; la idea de que hubiese una alma que pensase en él, que sufriese en sus adversidades, que se regocijase en sus triunfos, que suspirase por su vuelta, que odiase a sus enemigos, que conservara escondido, pero ardiente, el culto de la libertad, por el que él iba a combatir.

Esto era la dicha, esto era la reproducción de aquellos amores de los tiempos caballerescos en que, mientras el guerrero luchaba por su patria y por su fe, su amada le animaba a lo lejos con sus palabras de amor, y le guardaba una fidelidad que era el premio de sus penas y de su valor. La bandera de la patria tendría entonces para él un símbolo más que idolatrar: el de su amor.

Fernando no quiso renunciar a este último y dulce pensamiento. Ya muy avanzada la noche se recostó en su cama de campaña, no sin besar primero y repetidas veces la hermosa flor que Clemencia le había dado, y que iba a ser de allí en adelante un talismán sagrado que no se apartaría jamás de su corazón.

¡Si el pobre oficial hubiera podido escuchar las últimas palabras de Clemencia esa noche, cuánto no habría sufrido, y cuán espantosa no le habría parecido la vida, y cuán aborrecible ese mundo en que suele matarse a un hombre con una sonrisa pérfida!

Capítulo 20. Confidencias

Tres días después Isabel vino a casa de Clemencia y se precipitó sonriendo en los brazos de su amiga, a quien halló pensativa y triste:

— ¡Qué feliz soy, hermana mía, que feliz soy! —le dijo.

— Lo veo en tu semblante, Isabel, lo creo… ¡Conque te aman!…

— Y amo como una loca, como nunca he amado, como nunca pensé que podría amarse.

— Vamos, di ¿qué ha pasado? Enrique te ha dicho…

— Que me adora, que no ama a nadie más que a mí; que no ha dejado a nadie en México, y que la guerra no será un obstáculo para que yo sea su esposa.

— ¿Tan pronto así va?…

— Y ¿qué menos pronto podría ir? ¿Pues acaso no se ama uno para eso, para no separarse jamás?

— Pero, niña ¿es que se conoce uno hoy, para casarse pasado mañana? ¿Ese caballero cree que se da una palabra de matrimonio como se dice una galantería?

— Pero, Clemencia, tú me entristeces; si me ha declarado su amor antes de ayer ¿te parece monstruoso que me hable de unión eterna cuando se ha convencido de que le amo también? ¿Qué tiene eso de particular? Más bien dicho ¿por qué no había de ser así?

— No digo yo que sea monstruoso, pero me parece el caballero Flores demasiado calavera, para aventurar una promesa tan pronto, con intención de cumplirla. Eso, si no una suma vulgaridad, sería una cosa muy rara. Hay hombres como él, que emplean esa palabra en todos sus galanteos, y esos decididamente son libertinos vulgares, muy vulgares. Si Enrique la usa por costumbre, es preciso convenir en que no es tan superior como yo le había creído. Si no es así, es preciso que esté muy enamorado, y entonces hay que creerle; pero te lo repito, es extraordinario, es prodigioso.

— Clemencia, me haces mal con tus palabras ¿por qué estás tan cruel hoy?

— No, niña, no quiero hacerte mal, quiero precaverte: estás enamorada, tienes una confianza ciega, y yo te digo: Isabel, no creas tan fácilmente… nada engaña más que el corazón enamorado… por eso es preciso dejar que hable un poquito la cabeza. Tú eres una niña inocente y buena, nunca has amado, no conoces a los hombres, y menos a los hombres como Enrique. Si tú das entero crédito a sus promesas, corres el peligro de comprometer demasiado el corazón en un juego terrible: después te morirías al primer desengaño, y esa alma tan feliz hoy, tan tranquila, se convertiría en un instante en un infierno de tormentos… Ama, hija mía, porque esa es la dicha, y sobre todo, porque no amar no depende de ti; pero piensa un poco y no concedas tu amor sino con muchas reservas; más tarde irán desapareciendo, pero será después de que te hayas convencido de la sinceridad con que te aman. ¿Conoces acaso a Flores? ¿Sabes tú si no es lo que te figuras, un hombre caballeroso y leal, sino un seductor afortunado que sabe hacer la comedia del amor perfectamente? Si fuese Valle, te diría yo: Querida mía, no tengas miedo; he ahí la sinceridad, se le conoce en su mirada y su modo de hablar. Los hombres encogidos como él, cuando se deciden a declararse, tiemblan, sus ojos se llenan de lágrimas, tartamudean algunas palabras torpes… pero puede creérseles… toda esa timidez revela la pureza de un sentimiento que no saben fingir… Pero los hombres como Enrique, son abismos en los que es difícil adivinar lo que hay.

Isabel palidecía y lloraba.

— ¡Calla, Clemencia! ¿No ves que me estás matando? ¡Y yo que creía encontrar en tus palabras animación y esperanza; yo que creía que ibas a gozarte en mi dicha, que tu corazón iba a responder con sus palpitaciones cariñosas, al mío que se siente enfermo de amor… te encuentro así, cruel, amarga y llena de sospechas! ¿Es que me aborreces ya? ¿Es que no quieres que yo le ame?

— ¿Querer yo eso, Isabel mía? Y ¿por qué lo habría yo de querer? Mi amistad no merece tales reproches; eres más que mi amiga de la infancia, mi hermana. Perdona si con decirte eso te he hecho sufrir; pero, mira, yo conozco más el mundo, siquiera porque, menos enclaustrada que tú, he tratado con más frecuencia a los hombres. Bien sabes que he adquirido fama de coqueta, y bien sabes también que con injusticia; es que he juzgado prudente no confiarme; el corazón no debe darse sino como precio de un amor probado mil veces. El que resiste a estas pruebas y sale airoso de ellas, ese es el merecedor de nuestro cariño. Pero amar en tan breves instantes, es jugarse la vida. Yo no he derramado todavía una lágrima arrancada por el desengaño. Pero tengo miedo de derramarla; me parece que con ella perdería la mitad de la fuerza con que hoy me siento: me parece que con la primera lágrima de dolor se derrama la savia de diez años de existencia. Por lo demás, ama a Enrique; pero ni le creas todo lo que te dice, ni le digas todo lo que sientes. Serás su esposa; pero siquiera aguarda a saber quién es, de dónde viene y qué ha hecho. Los mexicanos nos juzgan a las provincianas más candorosas de lo que somos, y educados en una sociedad menos franca que la nuestra, abusan de su destreza para engañar, seguros de sus triunfos fáciles. Te repito que si se tratara de Valle no sería ni tan severa para juzgarle ni tan suspicaz para creerle.

— Y a propósito de mi primo, él está enamorado de ti locamente ¿no es esto?

— Así parece. Ayer ha venido, hoy también; me devora con sus miradas: hay algo de delirio en esa pobre alma, y te aseguro que no ha amado jamás como hoy.

— ¿Y tú le quieres?

— Te parecerá raro; pero creo que sí. Sin las ventajas de Enrique, tiene en cambio un noble corazón que se revela en todas sus acciones, una inteligencia admirable y una inocencia de niño. Le di una flor antes de anoche, ya lo sabes. Pues bien; la guarda junto al corazón, la adora, y la besa con locura. Hoy le di mi retrato y le puse una dedicatoria que le ha trastornado. ¿Lo crees? Se ha atrevido a besarme una mano; no pude incomodarme por esa libertad: ¡me ama tanto!… Y yo le voy queriendo también… ¿Y por qué no había de hacerme feliz el amor de una alma tan generosa y tan elevada?

— ¡Clemencia, estás enamorada!

— No sería difícil, ya me conoces, soy original en mis ideas. No he amado nunca, porque no he encontrado jamás el alma a la altura de las cualidades físicas, y sería triste para mí amar una bella estatua. ¿Pues no hay bastante belleza con la de la mujer? Yo busco en el escogido de mi corazón, la fuerza, la energía, la inteligencia y la elevación de sentimientos: todo eso he creído entrever en Fernando. Hasta hoy, no sé enteramente si es mi ideal, porque menos confiada que tú, no acepto tan fácilmente a un desconocido. Creo en su talento, porque eso se revela desde el primer instante; pero aún no conozco ni su valor personal ni la generosidad de sus acciones. Así es que me reservo. Mira: no le amo aún; pero si cualquier suceso me hiciese conocer de una manera indudable las grandes dotes que le supongo, le amaría con toda mi alma, le adoraría y procuraría hacerle dichoso con toda la pasión de que una mujer es capaz. Nada habría en el mundo que me detuviera para ser suya; ni la fortuna ni la gloria tendrían para él más tesoros que los que podrían ofrecerle mi amor ardiente y mi ternura inmensa. ¡Feliz el hombre a quien yo ame, Isabel, porque le amaré como no se acostumbra amar hoy, como es difícil que se ame en el mundo! ¿Y ya me ves tan altiva, tan desdeñosa, tan exigente? Pues te aseguro que sería yo una mujer humilde, una pobre esclava que estaría pendiente de sus ojos para complacerle, y una leona para disputar su amor… la muerte misma me parecería dulce recibirla de su mano.

— ¡Clemencia!… Nunca te he oído hablar así… ¡Me encantas y me causas terror!

— ¡Oh! te causo terror porque tú eres dulce y tímida, porque tu amor es una lágrima de ángel… mi amor sería una llama devoradora, un volcán. Pero tranquilízate… no amo todavía así a tu primo. Más tarde le amaré quizás… Pero falta mucho para eso. Sería preciso que un grande rasgo de corazón, una cosa extraordinaria me hiciese admirarle, y entonces no habría necesidad de más, le amaría. Yo soy de esas mujeres en quienes el amor entra por las puertas de la admiración. Me parece difícil que llegase a apasionarme de un hombre sin admirarle primero; desdeño lo vulgar, y me siento capaz de amar toda mi vida a un mártir que hubiera perecido en un cadalso, y de convertir su memoria en un culto perpetuo; así como me parece imposible querer a algún pequeño hombre a quien la fortuna elevase sin merecerlo a la cumbre del poder, o a otro a quien la suerte caprichosa hubiese dotado de riquezas, o al triste mortal que no contara más que con el atractivo vulgar de una hermosura de Adonis, sólo buena para decorar mi jardín o para ocupar un lugar en mi aparador de juguetes.

— Pues bien, Clemencia, justamente se acerca la ocasión en que podrás experimentar el alma de Fernando… la guerra que va a seguirse tal vez le dará oportunidades de darte a conocer su valor y su temple.

— Bien pensado: no es el valor vulgar el que me fascinaría… Valientes hay muchos, en nuestro país sobran, y desde el soldado raso hasta el general hay para admirar a todos… Si Fernando no fuera más que un oficial atrevido, poco habría adelantado en mi corazón. Pero tú sabes que hay acciones que sobrepasan la esfera de lo común; yo no sé precisamente lo que quiero, no acierto a expresarte mi pensamiento… Se me figura que un proscrito, perseguido por todo el mundo, un mártir, un hombre que subiera al cadalso por su fe y por su causa, abandonado de todos, hasta del cielo… ese sería el hombre a quien yo amase… Y me hago la ilusión de arrebatarle de las gradas del cadalso, de ser yo su libertadora y de llevármelo conmigo para hacerle sentir el cielo, después de haber pisado los umbrales del infierno. ¡Qué quieres!… soy así… hay mucho de singular en mis deseos y en mis ideas.

— Sí, verdaderamente me espantas… ¡Un condenado a muerte!… A nadie le ocurriría, te lo juro… Apuesto a que te has enamorado de algún héroe de novela.

— Leo pocas, ya lo sabes, y las que he leído no tienen condenados a muerte. Es una idea mía nada más.

— De suerte que mi pobre primo tendría que hacerse coger prisionero por los franceses y conducir a Guadalajara y fusilar en la plaza para que tú le amases después.

— Puede ser que no lo lograra simplemente con eso, Isabel. Yo te digo que no sé lo que quiero precisamente; pero quiero la desgracia, y la desgracia ganada de un grande rasgo del corazón.

— Amor imposible entonces.

— Muy difícil de todos modos, querida niña —dijo Clemencia suspirando y quedándose un momento pensativa.

Capítulo 21. El amor de Enrique

Quince días después de la conversación que acabo de referir, Clemencia recibió un billete en que Isabel le suplicaba que pasase a verla inmediatamente, pues estaba enferma.

Clemencia se dirigió presurosa a la casa de su amiga, a quien encontró en un estado lamentable. La hermosa rubia tenía impresas en el semblante las huellas del más terrible sufrimiento. Los bellos colores habían desaparecido de sus mejillas, su rostro estaba enflaquecido y sus ojos azules parecían apagados por las lágrimas.

Luego que Isabel vio a Clemencia se levantó y se arrojó en sus brazos sollozando con amargura.

— ¿Pero qué es esto, Isabel? —preguntó Clemencia besando a su amiga—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te veo así? ¿Estás enferma?

— ¡Sí, del alma, Clemencia, me estoy muriendo, y te llamo porque en mi desesperación necesito confiarte mis pesares, necesito que los alivies!…

— Y bien, hija mía, dime ¿qué ha sucedido? Hace una semana que no te veo, te creía feliz, muy feliz, puesto que me olvidabas… y encontrarte así me sorprende. Siéntate y habla…

— Me alegro de que hayas venido ahora; mi madre está ausente y podré decirte todo. Enrique…

— Ah, ya me lo esperaba yo. Enrique…

— Enrique no me ama ni me ha amado nunca; ese hombre no tiene corazón, y tenías razón sobrada para aconsejarme que no confiara en sus palabras. ¿Sabes lo que ese libertino quería? Quería mi deshonor, quería mi vergüenza.

— ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Se ha atrevido a insultarte el infame?

— Comenzó, como te dije, por hablarme de amor con el lenguaje de la sinceridad: dos semanas ¿comprendes? dos semanas de un trato constante habían acabado por hacerme perder la poca reserva que había tenido para él. Verle era una necesidad para mí, necesidad tanto más irresistible cuanto que mi pasión ha llegado al extremo. Estoy loca, no pienso sino en él, no hablo sino de él, no quería vivir sino para él; pero antes que mi felicidad estaba mi honra, que Dios me da bastantes fuerzas para conservar intacta y para defender aun a costa de la paz del alma, porque yo no te ocultaré, he jurado no volver a hablarle; pero le amaré toda mi vida: es un libertino, es un malvado, pero me es imposible borrar su imagen de mi corazón, me es imposible aborrecerle y despreciarlo como merece.

— Pues bien —interrumpió Clemencia cada vez más asombrada de lo que oía— ¿qué te ha dicho, qué te ha hecho?

— Ya desde hace seis u ocho días sus palabras eran para mí sospechosas; había perdido su voz ese acento de respetuoso cariño que había hecho tanta impresión en mi alma, sin por eso alarmar mi delicadeza. Sus miradas no eran las del esposo, sino las del seductor mundano y atrevido que se detiene en examinar a su víctima antes de sacrificarla. Sus ojos me hacían mal y me obligaban a apartar de ellos los míos, llena de turbación. Tenía miedo de hallarme a solas con él. Mi madre, confiada como yo en el carácter caballeroso de este hombre, no recelaba de su parte ninguna intención depravada, ni la recela aún, porque nada he querido confiarle; me moriría de vergüenza si tuviera que decírselo. Me hablaba de pruebas de amor, de preocupaciones sociales, de que la pasión no conocía limites ni reservas, de que él amaría toda su vida a la mujer que se sacrificase por él, tanto más, cuanto mayor fuera su sacrificio. Ya tú veras por todas estas frases que iba encaminándose a su objeto. Nada le respondía yo a esto, y escuchaba temblando semejantes expresiones sin parecer hacerles caso; o bien le hablaba de nuestro matrimonio y de nuestro porvenir. Pero ayer vino y me halló sola, como otras veces, le vi desde luego pensativo y triste, preguntéle qué tenía y me respondió que Uraga con los restos de su ejército derrotado en Morelia había llegado ya a Jalisco, que el ejército francés se había puesto en marcha para Guadalajara y que sus avanzadas llegaban ya a León; que el general Arteaga iba a salir de aquí dentro de dos o tres días, y que naturalmente tendría que irse con él. Que nuestro matrimonio, por todas esas razones no podría realizarse tal vez nunca, y que estaba resuelto a morir antes que perderme; que me suplicaba, que me pedía de rodillas, que huyese con él, o si no me resolvía a abandonar a mi madre, que quería llevar la última, la más grande prueba de mi amor para marchar tranquilo y no desesperarse pensando en que yo pudiera olvidarle por otro; que de esa manera sería yo su esposa ante Dios, aunque las necias fórmulas del mundo faltasen a nuestra unión. ¡Ay, Clemencia! tú comprenderás mi sorpresa y mi dolor. Quedé muda y temí morir. Él, Enrique, el hombre a quien en tan pocos días he podido amar con frenesí porque creía que me amaba con tanta ternura como pureza, porque juzgué que en él se reunían todas las cualidades del amante, del esposo y del caballero, ¡él, hacerme semejante proposición! ¡El creerme una de esas muchachas sin pudor que se entregan al primer oficial que las seduce; él confundirme con esas desdichadas criaturas que abandonan la casa paterna y con ella la honra, y siguen a sus amantes en el ejército, siendo el ludibrio de todo el mundo! ¡Dios mío!

La pobre joven escondía el semblante entre sus manos enflaquecidas, y gemía con desesperación.

— ¿Y luego? —preguntó con ansiedad Clemencia, a quien aquel relato había puesto en la mayor agitación.

— Y luego ese hombre esperó sonriendo mi respuesta; creía haberme convencido; pensaba que mi silencio, que mi rubor primero, que mi palidez en seguida, que el temblor de mis labios, que la palpitación de mi pecho eran señales de que el amor me vencía… me enlazó con sus brazos y me miró de una manera singular.

— ¿Y bien, Isabel? —me preguntó.

— Y bien, caballero —le respondí levantándome violentamente y desasiéndome de aquellos brazos atrevidos— a esa ofensa que usted acaba de inferirme, a mí que le amaba porque no le conocía… no puedo dar a usted más contestación que señalarle la puerta de esta casa para que salga inmediatamente.

— Pero Isabel —dijo él, asombrado.

— ¡Caballero, salga usted por piedad, salga usted!

— Isabel, va usted a desmayarse, le ruego que escuche, que me perdone…

— Déjeme usted morirme… Usted salga, Flores; cada instante que usted permanece aquí, me ultraja… Yo estaba próxima a desfallecer, aquello era superior a mis pobres fuerzas. Por fin Enrique salió con la cólera retratada en el semblante. Era un libertino humillado, y no un amante que ha cometido un error. Esta es la historia. Yo me adelanté, vacilante de pesar y de vergüenza, hasta un sillón, y allí permanecí sin saber qué era de mí, ahogada por los sollozos, trastornada, muda, sintiendo que dos lágrimas, como dos gotas de fuego, calcinaban mis ojos. ¡Clemencia, Clemencia, esto es horrible, no ames nunca, si has de sufrir así! Pasaron algunas horas; mi madre me encontró abatida, llorosa y pálida, y me preguntó que tenía. No sé qué le respondí; pero calenturienta, delirante, me arrojé en mi lecho, y allí di rienda suelta al llanto que estaba rompiendo mi corazón. No dormí anoche, esto lo debes suponer; no salgo aún de mi aturdimiento, me pesa la vida, no puedo arrancarme del alma este amor, y sin embargo es preciso sofocarlo; el objeto que lo inspira es indigno de él… ¡Mi honra antes que mi dicha, antes que mi vida! Ese es hoy el grito de mi conciencia. ¡Hermana mía! ¡Hermana mía, dame valor!

Clemencia lloraba también, acariciando en su seno el semblante de su infeliz amiga. Después de algunos momentos, repuso:

— Has hecho bien, Isabel mía, has sido digna de ti. Una joven como tú, virtuosa y altiva, debe sacrificar primero su vida que consentir en recibir tamaña ofensa. Ese hombre no es un caballero, y, como te lo decía, es un libertino gastado en los galanteos y en los placeres. No depende de ti dejar de amarle, eso no depende nunca de nuestro corazón. La fatalidad se mezcla en todo esto; pero ya que has resistido tan noblemente a esa prueba penosa, ten valor y no temas; esas tempestades pasan. Es tu primer amor, y por eso, pobre niña, sufres violentamente; pero la lucha no será mortal, tú olvidarás…

— Temo mucho que no sea así, Clemencia; amo a Enrique cada momento más; y despreciando su conducta no me es posible despreciarle a él… esto es lo que me pasa… ignoro si es una locura, pero lo que siento es extraordinario. ¡Y se irá de Guadalajara, y me parece que voy a morir!

Isabel apenas tuvo tiempo de sofocar sus sollozos, porque Mariana entró en ese momento.

— Clemencia —dijo al ver a la amiga de su hija— el amor de ese hombre funesto esta matando a Isabel… Se marcha, y mi hija no puede resistir su ausencia…

— ¡Oh! veremos, Mariana —replicó Clemencia— el amor de usted y el mío la consolarán.

Y sentándose las dos junto a la bella rubia, que desfallecía, se pusieron a acariciarla, llorando también amargamente.

Capítulo 22. Otro poco de historia

En efecto, como Enrique había dicho a Isabel, los sucesos militares tomaban un giro desgraciado. El general Uraga, con el ejército del Centro, había atacado valientemente la plaza de Morelia, ocupada ya por tropas mexicanas al mando del tristemente célebre don Leonardo Márquez. Y a pesar de la bravura de las tropas republicanas, el enemigo triunfó y rechazó a los asaltantes. La estrella de la patria se eclipsaba por entonces, y habían llegado los tiempos de la adversidad.

Este ataque a Morelia ocurrió a fines de noviembre de 1863. Uraga, dejando una división de tropas en el Estado de Michoacán, se dirigió con el resto del ejército al sur de Jalisco y llegó a Zapotlán, donde estableció su cuartel general a fines de diciembre.

Una vez desembarazado el enemigo de estas tropas que habían estado ocupando los Estados centrales, alejado también el general Doblado que había marchado con su división a Zacatecas dejando solo en el famoso cerro de San Gregorio, del Estado de Guanajuato, al valiente joven coronel José Rincón Gallardo, patriota que pertenece a una familia aristocrática (del antiguo marqués de Guadalupe) y que, sin embargo, enarbolaba con entusiasmo el pabellón de la República; una vez libre, repito, de estas gruesas masas de tropas nuestras, el enemigo pensó en hacer avanzar sus legiones a los Estados lejanos, y una división al mando del general Bazaine, compuesta de tropas francesas y mexicanas que habían abrazado su causa, se dirigió a Guadalajara, a donde se propuso llegar a principios de enero de 1864.

El general Uraga juzgó inútil resistir en la capital del Occidente, y meditó un plan de defensa que consistía en fortificar las Barrancas, es decir, en establecer una línea en el sur de Jalisco apoyándose en las poblaciones importantes de los distritos que lindan con la costa, y en el pequeño Estado de Colima, importante por sus recursos y por su puerto de Manzanillo.

A este fin ordenó el general Arteaga (el mártir de Uruapan), gobernador entonces y comandante de Jalisco, que evacuara a Guadalajara en los últimos días de diciembre, y que se retirara, con el objeto de incorporarse al ejército del centro que ya tomaba posiciones en la línea referida.

Arteaga así lo hizo, sacando sus pertrechos de Guadalajara en los últimos días de diciembre, y saliendo él mismo con sus tropas en los primeros días de enero de 1864, después de haberse dirigido el infortunado general Ghilardi con un pequeño grupo de patriotas, a Aguascalientes, en donde encontró a pocos días una muerte tan desgraciada como heroica en unión del patriota Chávez.

El gobernador de Jalisco se estableció primero en Sayula, dejando todavía algunas fuerzas de observación tendidas hasta Zacoalco y aun hasta Santa Ana, a pocas leguas de Guadalajara.

Bazaine, con su ejército de franceses y afrancesados ocupó sin combatir esta última ciudad el día 5 de enero de 1864.

Capítulo 23. La última Navidad

Conocidos estos sucesos, vuelvo a tomar el hilo de mi narración, por lo cual retrocederé hasta los últimos de diciembre de 1863, época en que todo el mundo en Guadalajara hacía ya sus aprestos, ora para salir también de la ciudad con el gobernador republicano, ora para recibir a los invasores.

Muy pocas familias se anticiparon a las tropas republicanas en la salida de Guadalajara para el sur de Jalisco. Las más lo hicieron después, por una especie de pánico que se apoderó de ellas al sentir la aproximación de los franceses; aunque justo es decir que la mayor parte de las referidas familias era compuesta de liberales y buenos patriotas que preferían las vicisitudes de la peregrinación, y aun el destierro, a vivir entre los enemigos de México. Muchas de estas familias partieron para California; y para las más acomodadas, efectivamente era San Francisco el mejor punto que podían elegir en aquel tiempo de borrasca y de adversidad.

Las tropas de Arteaga tenían ya sus disposiciones tomadas en virtud de las órdenes superiores; pero permanecieron en la plaza hasta los primeros días de enero, como he dicho.

Enrique Flores y todos los jefes y oficiales del cuerpo a que pertenecía, incluso el coronel e incluso también Fernando Valle, cuya tristeza aumentaba cada día, así como su amor a Clemencia, decidieron pasar lo más ruidosamente posible aquellos últimos días de su permanencia en Guadalajara.

La Navidad estaba próxima, mejor dicho, era al día siguiente. ¿Cómo no pasar con alegría esa fiesta de la intimidad, esa fiesta del corazón, en unión de las personas queridas que iban a quedarse bien pronto abandonadas tal vez para no volverse a ver nunca?

Después de la Navidad estaban la guerra, las montañas, las privaciones, la derrota, tal vez la muerte. Era, pues, necesario libar el último cáliz de placer hasta la postrera gota; era preciso celebrar el último banquete de la familia con entusiasmo, con delirio.

Clemencia dijo a Flores, a Valle y a sus compañeros:

— La Navidad se celebrará aquí en casa, haremos un gran baile, tendremos una agradable cena, nos alegraremos por última vez con los nuestros, y después que vengan los franceses y nos degüellen.

Los oficiales se pusieron locos de contento.

La noche del 24 llegó; noche hermosísima en nuestra patria como en todo el mundo cristiano, y en que hasta los desgraciados y los malos se alegran y ríen.

Ya conocen ustedes la casa de Clemencia. Pues bien, la noche del 24 era un palacio de hadas. Se iluminaron el patio y los corredores, se pusieron por todas partes gigantescos ramilletes de flores y ramas de árboles cubiertas de heno y de escarcha. Se dio, en fin, a la casa el aspecto tradicional de las fiestas de Nochebuena.

El invierno con sus galas de nieve, con sus pinos y sus musgos (lo cual es una exageración en Guadalajara, donde casi no hay invierno) contribuyó a embellecer aquella mansión opulenta en que iban a tener lugar las alegrías íntimas dentro de pocas horas.

En el salón se había colocado ese precioso juguete alemán como le llama Carlos Dickens, el árbol de Navidad, precioso capricho no introducido todavía en México, y que es el objeto de la ansiedad de la infancia, de la alegría de la juventud y de la meditación de la vejez, en esos países del Norte donde aún se mantiene vivo con el calor del hogar el amor de la familia.

Había sido un capricho de Clemencia poner ese árbol, en cuyas frescas ramas había colocado algunas de sus más queridas alhajas, pañuelos, y pequeños juguetes que habían de repartirse entre sus afortunados amigos, con entero arreglo al estilo alemán; sólo que aquí en vez de niños eran valientes oficiales republicanos los que iban a obtener esos preciosos obsequios, como una muestra de eterno recuerdo.

A la medianoche debía hacerse este reparto, como es costumbre. Además, Clemencia, prosiguiendo sus imitaciones del extranjero, había dispuesto que inmediatamente después de despojado el árbol de sus adornos, el primer valse que se bailase fuese como el valse de medianoche en el último día del año, el baile de los amantes, es decir, en el que debían escoger los hombres a sus preferidas, y éstas a los dueños de su alma. Tal vez no todos los amigos tenían allí a las amadas de su corazón, pero Clemencia en todo esto tenía una mira enteramente personal suya, y poco se cuidaba de lo demás.

Isabel había sido convidada, como era de suponerse; pero la pobre niña aún sufría los tormentos del desengaño, cada vez más amargos a medida que pasaba el tiempo.

Este espacio quedaba libre; en el centro del salón se comenzó a bailar. Enrique dio la señal llevando por compañera a Clemencia.

Ya desde ese momento Fernando notó ciertas inteligencias entre su pérfido amigo y la hermosa joven, inteligencias que habían comenzado en las visitas que en los últimos días había hecho Enrique a la coqueta, seguramente nuevo objeto de su galantería después de la repulsa de Isabel, repulsa de que Valle no tenía conocimiento, pues también hacía tiempo que había dejado de visitar a su prima. El pobre joven se colocó en un rincón, y desde allí procuró observarlo todo, palpitándole el corazón de dolor y de miedo, porque ya le daba miedo pensar que Clemencia se enamorase también de Flores.

Esto se explica: Fernando estaba entregado ciegamente a su amor por Clemencia, y no había para él medio entre ser amado de ella o morir.

El baile siguió alegre. El reloj dio las doce de la noche, y todo el mundo vino a agruparse en derredor del árbol de Navidad.

Comenzóse la rifa. Cada uno sacó su número, y Clemencia fue distribuyendo la alhaja o el juguete que correspondía a aquel número.

Llegó su turno a Fernando. Sacó el número 13, número fatal entre los fatales. Clemencia bajó de una rama del árbol un lindo pañuelo de batista que tenía este número.

— Valle —dijo la joven alargando el pañuelo a Fernando— Isabel y yo hemos bordado juntas este pañuelo… por esto debe serle a usted doblemente querido.

— Lo guardaré como una reliquia sagrada —respondió Fernando.

— Y cuando reciba usted alguna herida, empápele usted en sangre generosa, esa será la mejor manera de honrarle.

— Yo lo prometo —murmuró Fernando palideciendo. Acababa de sentir ese extraño temor que la vista de Clemencia le había causado la primera vez que la vio.

Después de distribuidas las alhajas, los concurrentes, formando grupos para examinar el objeto que les había tocado en suerte, se fueron dirigiendo a la pieza en que estaba puesta la mesa para la cena.

Fernando, pensativo y lleno de funestos presentimientos, en vez de seguir a los demás se colocó junto a una puerta del salón que daba al corredor, y casi se puso a cubierto con una gran cortina.

De repente dos personas pasaron junto a la puerta, por el lado de afuera, caminando lentamente. Eran Clemencia y Enrique.

— Será una alhaja querida —decía Enrique— pero hubiera yo preferido el pañuelo bordado por ti. ¡Qué fortuna de chico! la otra vez una flor, ahora un pañuelo.

— ¿Y tengo yo la culpa, Enrique? Pero no seas niño… toma y consuélate: tu árbol de Navidad es mi mano, y ella te alarga esto. ¿Estás contento?

— ¡Ah, qué dicha! —y sonaron dos besos apagados que Enrique daba al objeto que le alargó Clemencia.

— Retrato y cabello que pediste… Ahora, enójate.

Los jóvenes se alejaron. Fernando cayó desplomado sobre una silla. Lo que acababa de escuchar era cuanto podía sucederle de imprevisto, de horroroso, de terrible.

Poco después le fue preciso salir al corredor; se ahogaba… estaba loco. Si alguna vez hizo propósitos insensatos, fue entonces. Su pecho era un volcán, su cerebro ardía, y no le venían a la boca más que blasfemias. Se acordó que traía guardada y cuidadosamente envuelta la flor que Clemencia le había dado algunos días antes. Sacóla del pecho y la arrojó con cólera sobre el mismo jarrón japonés en que estaba la planta que la había producido.

— Conservarla —dijo— sería adorar la burla.

Pero su ausencia había sido notada en la cena, y Clemencia, acompañada de Enrique, vino luego a buscarle.

— Fernando ¿no viene usted a cenar? —le dijo la joven.

— No, mil gracias; me siento un poco mal; prefiero estar aquí —respondió Valle secamente.

— Hombre ¿se está usted haciendo el romántico en una noche como ésta?

— Amigo Flores, conténtese usted con ser dichoso y déjeme en paz —replicó Valle sin poder contenerse.

— Amigo Valle, dice usted eso con un acento tan trágico que me causa terror y, sobre todo, a esta señorita. ¡Se diría que está usted rabioso!

— Rabioso no es la palabra; indignado, sí, como un hombre sincero que descubre una perfidia…

— ¿Perfidia de quién?

— Hombre, me interroga usted mucho, y a su vez se pone usted trágico, lo cual me da también terror y, sobre todo, a esta señorita.

— Vamos, usted se ha vuelto loco, Fernando; por fortuna yo le desprecio lo bastante para hacerle caso.

— ¡Dios mío! ¡Dios mío! —dijo Clemencia muy agitada al notar el ademán de Valle que, próximo a estallar, pudo sin embargo dominarse y se contentó con sonreír, mirando a Enrique con un gesto de supremo desdén.

— Señorita, no tema usted —añadió— este caballero y yo nos conocemos hace tiempo, y sabe que soy respetuoso en ciertos lugares… en otros ya es diferente, tiempo nos queda… En cuanto a usted, le pido mil perdones por mi descortesía hoy, y por mi candidez antes, y… el permiso para retirarme.

— Pero, señor Valle, van a notar que se ausenta usted así de una manera singular… se dirá…

— Nada… yo le ruego a usted manifieste a su papá que me retiro porque estoy un poco enfermo. Ya me conocen y no lo extrañarán.

Y luego, volviéndose del lado de Flores, le cogió de un brazo y le dijo sordamente:

— ¡Mañana!

— Sí, mañana —respondió éste llevándose a Clemencia, que había perdido enteramente su aire altivo y que parecía trémula de emoción.

— Por Dios y ¿qué va a suceder?

— Va a suceder que le mataré, Clemencia; hace tiempo que me fastidia este personaje de Byron, y ahora con más justicia. ¿Se creía con derecho quizás a tu amor? Había tomado la compasión y la amabilidad por cariño. Pues es modesto el joven.

— Enrique, prométeme que no le harás nada.

— ¡Oh! en cuanto a eso, yo estoy acostumbrado, amor mío, a hacer tragar las amenazas a quien me las dirige. Pero no temas, no es espada la que él verá enfrente, sino mi látigo.

Clemencia, generosa por carácter, se sintió mal al escuchar esta fanfarronada que traspasaba los límites de lo verosímil.

— ¡Oh, no! dicen que es muy valiente Fernando.

— A pesar de eso, sentirá mi látigo.

— ¡Adiós, alegría de Navidad! —murmuró Clemencia enjugándose sus lágrimas—. Ya no voy a tener gusto en toda la noche, y vale más que esto se acabe pronto.

— Pero ¿por qué, mi vida? —dijo Enrique inclinándose a besar los perfumados cabellos de Clemencia— te preocupas mucho por las palabras de un imbécil. Vas a ver si te quito la pena. Bailaremos el primer valse ¿no es esto lo convenido?

— Sí, pero se acabará todo después.

Entraron. La cena se concluyó alegre, pero la frente de Clemencia permaneció nublada y triste.

Tocóse el valse consabido. Enrique hizo prodigios de galantería y de imaginación para distraer a Clemencia; pero ésta sonreía tristemente, ocultaba bajo su larga y sedosa pestaña alguna lágrima que asomaba a sus radiantes ojos negros, y en un descanso dijo a Enrique mirándole fijamente con los ojos entrecerrados y llenos de pasión:

— ¿Me amas, Enrique?

— Más que a mi vida…

— Pues no hagas caso a Valle… ¡desgraciado! Él me quiere también…

— Esa es una razón de más…

— Esa es una razón para tenerle piedad… quizá yo tengo la culpa de que esté enamorado así, y celoso.

— Tú le quieres algo, Clemencia.

— ¿Que le quiero?… Si yo no amo más que a ti, a ti nomás, y desde el primer momento, y tu amor me ha costado lágrimas y sufrimientos atroces… te amo, te amaré siempre.

La ardiente joven decía estas palabras con ese aparente disimulo con que hablan siempre en un baile los enamorados, que no parece sino que platican acerca de la música, de los candiles y de los vestidos. Pero la voz de la joven era tanto más enérgica cuanto más apagada, llena de ternura y resolución.

Y sus dedos oprimían convulsivamente el brazo de Enrique, y los latidos de su corazón parecían ahogar sus palabras.

Estaba apasionada frenéticamente.

El baile concluyó pronto, Clemencia no estaba contenta ya. ¿Temía por Enrique? ¿Temía por Fernando? ¡Quién sabe! Lo probable es que temía por cualquiera de los dos, pues bien sabía que ella era la causa de lo que iba a suceder.

Así es que otra vez, al recogerse en aquella aristocrática y deliciosa estancia que ya conocimos en la noche del té, volvió a repetir pensativa y llena de remordimientos las mismas palabras:

— ¿Qué he hecho, Dios mío? ¿Qué he hecho?

Capítulo 24. El desafío

Al día siguiente muy temprano Fernando vino a despertarme.

— Doctor —me dijo— vengo a inferir a usted una molestia. Tengo que arreglar un asunto de honor con el comandante Flores, que me ha insultado anoche. No he creído conveniente encargar el arreglo de este negocio a ninguno de mis capitanes, y suplico a usted que me sirva de testigo. Entre usted y yo no han mediado relaciones de amistad; pero creo que no rehusará usted prestarme este servicio de caballeros.

— No tengo inconveniente —respondí—; estoy a la disposición de usted.

Contóme entonces el lance de la noche anterior, y me dio sus instrucciones. Quería batirse el mismo día, y escogía como arma la espada. Era un duelo a muerte.

Fui a ver a Flores, recibióme con arrogancia, designó como su testigo a un amigo suyo de Guadalajara, a quien citó para una hora después.

— No habrá dificultad ninguna —me dijo— dentro de tres horas Valle estará complacido.

Me despedí inmediatamente y fui a dar aviso a Fernando del pronto arreglo de aquel negocio; pero aún estaba hablando con él cuando un ayudante vino a llamarle de parte del coronel, y con urgencia. Encontró a su jefe indignado.

— Sé que ha desafiado usted a muerte al comandante Flores, por yo no sé qué palabras le dijo a usted anoche en el baile.

— ¿Él se lo ha dicho a usted, mi coronel?

— Él me lo ha dicho.

— Pues bien, es cierto; me ha ofendido gravemente, y yo he creído conveniente reparar este agravio retándole. Sería yo un hombre despreciable si no lo hiciese así.

— Y ¿usted no sabe que nuestras leyes militares prohíben bajo severísimas penas el duelo? ¿Usted no sabe que va a hacerse reo de un delito grave, y que yo estoy resuelto a imponer a usted un castigo terrible si insiste en su propósito? Caballero, yo no permito en mi cuerpo, ni menos en estas circunstancias, semejantes lances de espadachines; yo haré fusilar, conforme a Ordenanza, al que intente siquiera, estando como estamos, frente al enemigo, promover duelos por cualquier motivo. ¿Es usted valiente? ¿Está usted ofendido? Pues tiempo hay para probar su valor combatiendo por su patria y para lavar su ofensa, procurando en el primer combate portarse mejor que la persona que le insultó. Un militar no se pertenece, su vida es de la patria, y arriesgarla en otra cosa que en su defensa, es traicionar a sus banderas. ¡Habríamos de dar el escándalo de un desafío delante de los franceses! Batallas son las que debe usted desear y no lances de honor; matando o muriendo usted, quedaría deshonrado en un desafío personal. El comandante Flores ha probado su temple de alma en los combates, no necesita dar nuevas pruebas de ello, y en cuanto a la ofensa que haya podido inferir a usted, él le invitará, llegado el caso, a avanzar sobre el enemigo, y entonces el que se quede atrás será el que tenga que confesarse vencido. Así deben hacerse los desafíos en tiempo de guerra, y no exponiendo a la vergüenza a su cuerpo y a los jefes con reyertas personales, estériles para la causa que defendemos y criminales a los ojos de la sociedad. He ordenado a Flores que no acepte el reto de usted, y si tanto él como usted intentan llevarle a cabo a pesar de mis órdenes, el general tendrá conocimiento de ello, y yo ofrezco a ustedes que los haré fusilar. Así es que usted prescinde de su propósito, retira usted toda indicación y dentro de pocos días yo proporcionaré a ustedes una liza más noble, más honrosa; y como es preciso castigar a usted por este conato de infracción del Código Militar, usted permanecerá arrestado hasta que salgamos de Guadalajara, que será bien pronto.

— Está bien, mi coronel —contestó Valle, comprendiendo que su jefe tenía razón en todo; pero indignándose interiormente de que Enrique hubiera corrido a denunciar al coronel aquella ocurrencia.

El razonamiento del jefe era enteramente justo; pero la cólera hervía aún en el pecho del joven ofendido, y aquel desprecio lanzado por su enemigo delante de Clemencia le manchaba el rostro como un bofetón o un latigazo. Algo hubiera dado por no pertenecer al ejército o por hallarse lejos de la guerra y frente a frente de un rival tan soberbio como insolente.

El duelo no se llevó a cabo, y Valle se desesperaba pensando que Clemencia supondría que él se había resignado a sufrir en silencio la atroz injuria que había recibido en presencia de ella.

— Doctor —me dijo, llorando de desesperación— no me queda más recurso que el suicidio.

— El suicidio sería peor, amigo mío —le respondí— y me asombro de que usted, regularmente tan juicioso, no pueda dominar ahora ese sentimiento de cólera pueril. Realmente el coronel tiene razón; un desafío cuando los franceses van a llegar, sería inexcusable. La espada de usted no debe cruzarse sino con la de los enemigos de la patria. En el primer combate usted se cubrirá de gloria o morirá, y de una u otra manera quedará bien puesto a los ojos de su rival y los de esa señorita, que sería la primera en censurar a usted una querella personal en los momentos mismos en que el enemigo se presenta frente a nosotros. ¡Qué duelo, ni qué suicidio! El combate mañana, y olvidemos hoy esas miserias de salón que sólo pueden afectar a quien, llevando una vida ociosa, no tiene otro campo más hermoso en qué demostrar el temple de una alma altiva y honrada.

Logré por fin convencer a Valle, que se resignó a callar y sufrir, con la esperanza de hacerse matar en el primer encuentro. Entre tanto permaneció arrestado y no volvió a ver a nadie en Guadalajara, encerrado como estaba en su alojamiento, en donde pasó todavía unos seis días de tormento y de impaciencia.

Por fin se dio la orden de marcha y el cuerpo salió de Guadalajara con dirección a Sayula. Esto sucedió el día 2 de enero de 1864. El día 1°, y cuando se hacían los aprestos de marcha, el coronel del cuerpo, en nombre del general Arteaga, puso en manos de Flores el despacho de teniente coronel, que el general en jefe del ejército acababa de enviarle, por recomendaciones de buenos amigos que el comandante tenía en el cuartel general.

Capítulo 25. El carruaje

Era el 5 de enero de 1864, y ya avanzada la noche, que estaba fría y nebulosa.

Un carruaje tirado por seis mulas caminaba con toda la ligereza posible con dirección al pueblo de Zacoalco, distante todavía como unas cuatro leguas.

En pos de él seguían un caballero y seis u ocho criados, uno conduciendo tiros de refresco y otros algunas mulas cargadas de petacas y colchones. Evidentemente en el coche debía ir una familia principal.

Ya he dicho que ese mismo día cinco ocuparon los franceses, mandados por el general Bazaine, a Guadalajara. Arteaga la había evacuado el tres con sus tropas.

A la aproximación de las fuerzas invasoras, varias familias, no pudiendo soportar la idea de recibir a los enemigos de la patria, se apresuraron a salir y tomaron todas ellas el camino de Zapotlán para dirigirse a Colima, punto que estaba enteramente a cubierto, por entonces, por la línea de defensa que había establecido el general Uraga en las Barrancas.

El camino de Guadalajara a Sayula por tal motivo había estado frecuentado por los emigrantes desde el día tres, pero ya el cinco lo estuvo sólo por algunos rezagados que habían salido de la ciudad pocas horas antes de que llegaran a ella las columnas francesas.

A este número pertenecía probablemente la familia que venía en el carruaje, pues todo indicaba que había hecho una jornada larga y penosa. Las mulas parecían fatigadas, el coche maltratado, y los mozos caminaban cabizbajos y taciturnos, señal del fastidio que les había producido una caminata poco común.

De repente, en un recodo del camino el carruaje se detuvo como por un obstáculo, las mulas desfallecían, pero el conductor les aplicó latigazos tan vigorosos que los pobres animales hicieron un esfuerzo supremo y partieron con tanta fuerza que el carruaje, después de haber dado un gran salto, volcó, cayendo sobre uno de sus costados.

Las personas que iban en él dieron un grito espantoso, al que respondió el caballero que venía detrás y que se apeó en el acto del magnífico caballo que montaba y corrió a donde el carruaje yacía arrojado y en el peligro de ser arrastrado por las mulas, que sin ser contenidas más que por el postillón, se espantaban y querían continuar su carrera.

— ¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritaba el caballero, lleno de angustia.

— No hay cuidado, papá, nada nos ha sucedido —gritó una voz ligeramente alterada por el susto.

— ¡Clemencia, hija mía! ¿Y tu mamá, y tus amigas?

Ya comprenderán ustedes que las familias que iban allí eran las de Clemencia e Isabel.

Por fortuna tanto estas jóvenes como las señoras no tuvieron novedad, y si no fue un desmayo que sufrió Isabel, a causa del terror, no tuvieron que lamentar sino pequeñas contusiones.

Por lo demás, el carruaje tenía hecha pedazos completamente una de sus ruedas que, detenida en un hoyo, obstáculo que detuvo el carruaje momentos antes, se había roto al tirar las mulas apuradas por los latigazos del cochero.

Un instante después y con el auxilio de los criados las jóvenes fueron transportadas a orillas del camino. Isabel volvió en sí en los brazos de Mariana, que no perdía su presencia de espíritu; el carruaje fue levantado, y sólo afligió a la familia la dificultad de su situación.

En efecto, era imposible continuar el camino, inutilizado como estaba el carruaje. El cochero manifestó la imposibilidad de componer la rueda rota, y los mozos añadieron lo que el caballero sabía: que no había cerca ningún pueblecito, ninguna hacienda adonde refugiarse esa noche, o de donde traer un carruaje nuevo. Zacoalco estaba todavía a cuatro leguas, y era improbable que allí pudiese conseguirse un coche. Era, pues, preciso pedirlo a Sayula, adonde el general Arteaga había llegado, o resignarse a hacer la caminata en los caballos de los mozos, mientras que éstos seguían a pie.

Pero las señoras se juzgaron incapaces de montar a caballo, y además los golpes que habían recibido, aunque pequeños relativamente, les hacían sufrir bastante para que pudiesen caminar a caballo por espacio de cuatro leguas. ¿Qué hacer entonces?

— Si me hubieses escuchado, Clemencia —decía el caballero con vivas muestras de pesar— nos habríamos quedado en Santa Ana, habríamos tenido un buen alojamiento y nos habríamos ahorrado esta desgracia.

— Es muy cierto, papá —respondió la joven— pero la consideración de que los franceses podían seguirnos y de que tal vez nos íbamos a ver envueltos en mayores dificultades, estando los republicanos cerca, me hacía impacientarme. Prefiero, a no ser por los trabajos que hago pasar a ustedes, todo esto a quedarme cerca de Guadalajara.

— De veras que admiro tu patriotismo, hija mía; no te juzgaba capaz de tamaña exaltación.

— Papá —replicó la niña— a usted debo todas mis ideas y el odio que tengo a los enemigos de México.

— Algo se mezcla el amor en tu patriotismo, según presumo; pero no lo tengo a mal, y sólo siento que no podamos salir de este atolladero.

— Señor —dijo uno de los mozos— si quiere su merced echaré a correr a Zacoalco, y puede ser que encuentre otro coche, o por lo menos un carpintero que en un momento componga la rueda. Estaré allá a las dos de la mañana y aquí de vuelta poco antes de amanecer, y podremos continuar.

— Bien, vete —dijo el caballero— mira que tú eres nuestra esperanza.

— Pierda cuidado mi amo —contestó el mozo metiendo espuelas a su caballo y alejándose con dirección a Zacoalco.

Entretanto los criados improvisaron allí una especie de tienda, y con auxilio de las hachas que llevaban a prevención armaron los catres de camino para las señoras, que se recostaron en ellos y durmieron mientras que el padre de Clemencia y sus servidores permanecieron en vela, perfectamente armados y dispuestos a defenderse, pues no era nada difícil que por aquel camino, entonces desierto y abandonado de toda especie de tropas, cruzasen algunas bandas de las que siguen por lo regular a un ejército en retirada, o de las que se aprovechan de una situación como aquella para desvalijar a los transeúntes.

Dejemos al respetable y patriota comerciante sentado en una petaca, con una mano en la mejilla y la otra en un soberbio rifle de seis tiros y sigamos al postillón que corre a escape por el camino de Zacoalco.

Capítulo 26. Bien por mal

A dos leguas de este pueblo el mozo escuchó el ruido sordo de una tropa de caballería que se acercaba.

Poco después fue más distinto el ruido, y a él se mezclaba el que hacen al chocarse los sables. No había duda, era una tropa la que venía. La noche estaba oscura y corría un viento glacial.

De repente el postillón se vio obligado a detenerse en su carrera; le habían dado el ¿Quién vive? y una patrulla, que venía a la vanguardia de la tropa, había hecho alto cerca de él.

— ¡Libertad! —respondió resueltamente el mozo.

— ¿Qué gente?

— ¡Paisano!

— ¡Alto ahí! —le gritó un sargento, y se avanzó a su encuentro.

— ¿Correo? —le preguntó.

— No, señor; soy el mozo de una familia que se ha quedado atrás porque el coche en que venía se rompió, y voy a Zacoalco a ver si consigo otro.

— Llévele este hombre al jefe —dijo el sargento— y para que lo reconozca y le pregunte.

El soldado obedeció y se llevó al mozo hasta encontrar al jefe que venía a la cabeza de su columna.

Componíase ésta de doscientos carabineros, y tan luego como el jefe advirtió que su descubierta había hecho alto y que avanzaban hacia él dos hombres, mandó hacer alto también a la columna y se adelantó para saber qué era aquello.

— Mi comandante —dijo el soldado— el sargento me manda que presente a usted este hombre que acabamos de encontrar y que venía a galope.

— ¿Quién es usted, amigo? —preguntó el comandante alzando un poco su capuchón para examinarle.

— Señor —respondió el criado— soy un postillón, y me adelanto a Zacoalco para buscar un carruaje o un carpintero, porque el coche en que venía mi amo el señor R… de Guadalajara se ha hecho pedazos a cuatro leguas de aquí, y allí está toda la familia parada en el camino.

— ¿El señor R…? —preguntó con interés el comandante.

— Sí, señor, él mismo con su señora, su niña y otras dos señoritas que le acompañan, y además los criados de la casa con los equipajes.

— ¿Salieron ustedes hoy de Guadalajara?

— Sí, jefe, salimos hoy temprano, porque los franceses debían llegar en la mañana y mi amo no quiso aguardarlos.

— De modo que los franceses están hoy en Guadalajara.

— De seguro, mi jefe: en Santa Ana, donde nos detuvimos un rato, supimos por cierto por un mozo de la hacienda que trajo la noticia. Se estaban acuartelando cuando él salió.

— Bueno, y ¿dice usted que la familia del señor R… se quedó en el camino?

— Sí, señor; y figúrese usted con la noche tan fría y el camino tan desamparado, allí están las señoras maltratadas por el golpe del carruaje que se rompió y volcó. Mi amo quería quedarse en Santa Ana, pero la niña no quiso y tuvo el capricho de llegar hasta Zacoalco. ¡Estaba tan inquieta y tan impaciente la pobrecita, y suceder esto!

— ¡Ah, no ha podido resistir la ausencia de Enrique! —dijo el comandante en voz muy baja.

El comandante era Fernando Valle que regresaba con su escuadrón, de orden del cuartel general, a situarse en la hacienda de Santa Ana, en observación del enemigo.

Después de meditar un breve instante añadió para sí:

— ¡Pérfida! ¡Cuánto le amo y cuánto mal me ha hecho!… En fin ¡volvamos bien por mal!

— Capitán, necesito volver urgente a Zacoalco con este correo que trae despachos importantes de Guadalajara; usted queda mandando la columna que hará alto aquí, mande usted echar pie a tierra y que se estén los soldados brida en mano, hasta mi vuelta que no tardará dos horas. Yo me voy solo con el correo.

— Muy bien, mi comandante.

— Venga usted —dijo Valle al mozo— y sígame a todo galope.

Pasaron a un costado de la columna, donde dio el comandante todavía algunas órdenes brevísimas a dos o tres oficiales, y se alejaron después rápidamente los dos jinetes con dirección a Zacoalco.

Media hora después penetraban en el pueblo y se detenían en la plaza.

— Aguárdeme usted aquí —dijo Valle al mozo, y se dirigió a una casa en cuyo zaguán tocó repetidas veces. Abriéronle por fin, entró, se apeó y fue a tocar de nuevo en una puerta interior.

— Capitán, capitán, ábrame usted, soy yo, Valle.

La persona interpelada se levantó apresuradamente y vino a abrir.

— Fernando ¿qué se ofrece? ¿Qué hay? ¿Pues no se había usted marchado a las diez?

— Es verdad; pero he tenido necesidad de volver, y sobre ello, mi viejo capitán; ruego a usted mucho que me guarde el secreto; es una pequeña contravención a las órdenes que he recibido. Marchaba con mi columna para la hacienda de Santa Ana, cuando a dos leguas de aquí me encontré al mozo de una familia de Guadalajara que quiero mucho, el cual me dijo que el carruaje en que aquélla venía se volcó en el camino, y que había quedado detenida por eso; que él venia a este pueblo a conseguir otro carruaje, si era posible, o a llevar un carpintero. Usted comprenderá que ni uno ni otro son fáciles de obtener aquí. Entonces me acordé de que usted había traído un coche porque sus enfermedades no le permiten caminar a caballo; pero pensé que si no venía yo en persona a pedírselo a usted no lo daría, y tiene usted razón, mi viejo capitán, usted lo necesita mucho; pero por nuestra amistad, por lo que usted más quiera, le suplico que me lo facilite para auxiliar a esa familia a quien debo muchos favores…

— ¡Hum! Fernando, la cosa es peliaguda… Usted sabe que no puedo moverme, y ¿cómo continúo hasta Sayula desde aquí?

— ¡Oh! no hay cuidado, usted prestará el carruaje hasta Sayula, pues de otro modo la familia siempre tendría que detenerse aquí. Pero llegará mañana a ese pueblo y regresará el carruaje a Zacoalco pasado mañana, para que usted continúe su camino. Ya usted ve que lo que le pido es un día de fastidio en este pueblo; pero no olvidaré tamaño sacrificio.

— Bien, muchacho, bien, tome usted el carruaje. ¡Qué diablo! no faltaba más que yo negara un tan pequeño servicio a quien debo la vida y tantos…

— Vamos, no siga usted, mi capitán, recuerde usted que he sido su soldado y que…

— Y que hoy es usted mi jefe, bien merecido, hijo mío; valientes como usted no se encuentran por todas partes…

— Calle usted, mi capitán, calle y reciba mi agradecimiento…

— ¿Ya sabe usted que han entrado los franceses a Guadalajara?

— Acabo de saberlo por el mismo criado; pero usted ¿cómo lo supo?

— Ha pasado por aquí un extraordinario que llegó momentos después de que usted salió; ese hombre avisó al alcalde que nos lo dijo a nosotros. Según eso va usted a tener pelotera, porque yo no dudo que ellos destaquen alguna fuerza con dirección a este camino.

— No será tan pronto, mi capitán, y si sucede me alegrará muchísimo, ya tengo deseos por mil razones de encontrarme con ellos.

— Vaya usted con Dios, muchacho, llévese el carruaje; apuesto a que en esa familia viene alguna linda por cuyos bigotes anda usted corriendo a estas horas.

— Algo hay de eso —contestó el comandante, montando a caballo y diciendo adiós al viejo capitán.

Este llamó al dueño del carruaje, le advirtió que tenía la obligación de volver de Sayula a cumplir su contrato, y que arreglara en cuanto a la gratificación por su viaje extraordinario, con el comandante.

El carruaje se dispuso y salió del mesón con tres tiros de mulas.

— Amigo mío —dijo Valle al del carruaje— va usted a traer una familia que está a cuatro leguas de aquí, y sin detenerse en este pueblo, porque le manifestará usted que le es urgente estar de vuelta pasado mañana de Sayula, para conducir al capitán con quien tiene usted compromiso, la llevará usted hasta esa población, en la que les será fácil conseguir otro coche, de los muchos que se fueron con el general. Ahora usted no recibirá de esa familia gratificación ninguna; aquí tiene usted tres onzas y este reloj de oro que vale tres veces más y que conservará usted en mi nombre.

— Es bastante, jefe, y sobrado, y yo le doy a usted un millón de gracias.

— Partamos, pues.

El carruaje partió a escape.

Pero al llegar a la salida del pueblo, Valle comenzó a sentir que su pobre caballo no podía más y que estaba próximo a caerse.

— Sea por Dios —dijo bajándose— mi pobre, mi único caballo, mi compañero de trabajos… se muere, no hay duda… y era natural… veinte leguas de camino, pocos descansos, tres días de fatigas… y una carrera de dos leguas en media hora, es lo suficiente para que el pobrecillo sucumba, no hay remedio.

No bien acababa de decir esto cuando el infeliz caballo cayó muerto.

Valle gritó al postillón, que se detuvo.

— Grita al cochero que haga alto.

El carruaje se detuvo también.

— Mira, muchacho —continuó Valle— mi caballo ha reventado y no tengo otro; el tuyo está todavía muy bien y me parece muy fuerte.

— Ah, señor, es muy bueno, es de los de mi amo.

— Pues bien, te lo compro.

— Señor… es de él…

— Bien, dile que se lo vendiste al oficial que proporcionó el coche, no lo llevará a mal.

— Costó doscientos pesos, señor…

— Arreglado: te doy diez onzas, y no más porque no tengo; pero te daría una mano por un caballo en este momento.

— Está bueno, señor, vale que el amo no se enojará, porque él también hubiera dado una hacienda por un carruaje, hace dos horas.

El postillón recibió sus diez onzas, que contó minuciosamente, quitó la silla a su caballo, la metió en el carruaje, en seguida se metió él mismo. Valle quitó su montura militar del caballo muerto, del que se despidió con una lágrima, ensilló el caballo que acababa de comprar y se puso a la portezuela del coche que volvió a partir. Una hora después llegaron a donde estaba la columna; allí Valle despidió al postillón, advirtiéndole que el carruaje era de un amigo suyo y que no recibiría paga alguna, porque la familia del señor R… era una familia querida para él, por lo cual estaba advertido el conductor del carruaje de no recibir un maravedí. El postillón le dio las gracias en nombre de su amo, y partió en el coche con toda celeridad.

Fernando mandó montar a caballo y continuó lentamente su camino, con la frente oculta bajo su capucha y en el mayor silencio. Si hubiese habido luz para examinar su semblante, se habría espantado cualquiera al notar la expresión de profunda tristeza que nublaba sus ojos y que daba a su sonrisa un aire de desesperación concentrada.

Capítulo 27. Alter tulit honores

No la veré, no podré verla —murmuró al cabo de un instante— y más vale. Que crea que es Enrique, y será mejor.

Después, volviéndose hacia un muchacho que le acompañaba montado en una jaquita, tan flaca como ligera, le dijo:

— Oye, guía ¿no hay un camino que corte de aquí directamente para la hacienda de Santa Ana?

— Para la hacienda no, pero yo conozco una vereda que va a dar al pueblo de Santa Anita, y como está tan cerca de la hacienda, es lo mismo.

— Pues bien, toma la vereda. ¿Es buena para la caballería?

— Un poco pedregosa; pero muy poco, es un pedazo malo, lo demás es como aquí.

— Bien: adelante.

El guía fue a guiar al sargento, jefe de la descubierta, y la columna comenzó a desfilar por la vereda. Dejémosla seguir para Santa Anita y volvamos al lugar donde quedó la familia.

Comenzaba a rayar la aurora cuando el padre de Clemencia creyó escuchar el ruido de un carruaje. Le pareció demasiada fortuna para ser creíble; pero un momento después un mozo destacado por aquel lado del camino vino corriendo a decirle que en efecto era un carruaje el que se acercaba, tirado por seis mulas.

El señor R… despertó a la familia alborozado.

— Dios nos protege, hijas mías; he ahí un coche que viene de Zacoalco.

Las señoras se levantaron contentas. El carruaje llegó y se detuvo. El postillón se apeó.

— ¡Ah, señor! ¡Qué fortuna tan grande! Antes de llegar al pueblo encontré una caballería. El que la manda es un joven, según pude ver, y luego que le dije que era su merced el que estaba aquí detenido con su familia por la rotura del coche, se sorprendió mucho, se afligió como si fuera alguna cosa de su merced, y dejó a un oficial encargado de la tropa y se fue conmigo al pueblo. Allí entró a una casa y salió con este carruaje que dice que es de un amigo suyo, que le suplica a su merced que le lleve nomás hasta Sayula para que de allí se vuelva a conducir a ese amigo suyo, y que no pague nada al conductor, porque tiene orden de no recibir ni un ochavo.

El caballero al oír esto se quedó perplejo. Pero Clemencia, con su viveza de costumbre, dijo conmovida:

— Papá… ese oficial es Flores… estoy segura. ¿Quién más que él es capaz de ese rasgo de galantería?

Isabel frunció las cejas al oír esto.

— Es muy posible que sea él —concluyó el anciano—. ¿Qué señas tiene, muchacho?

— Señor, no le vi bien: tenía cubierta la cabeza con un capuchón que le tapaba parte de la cara; pero es un joven, me pareció alto, y monta muy bien a caballo.

— Es él… no hay duda papá —volvió a decir Clemencia.

— ¿Conoce usted al oficial que envía el carruaje? —preguntó el padre de Clemencia al conductor.

— No señor —contesto éste secamente— es la primera vez que le veo ahora.

— Pero ¿no oyó usted si se llama Flores?

— Me parece que sí, señor.

— ¡Oh noble corazón! —dijo la madre de Clemencia, mientras que Isabel palidecía y reprimía una lágrima.

— Y ¿vamos a encontrarle? —preguntó Clemencia al postillón.

— Seguramente, porque viene para acá.

— ¡Dios mío! —murmuró en voz baja la joven— y ¿a dónde va cuando yo salgo precisamente por estar cerca de él?

Y luego añadió en voz alta:

— ¿Cree usted, papá, que vayan las tropas liberales a atacar Guadalajara?

— Sería un desatino abandonar una plaza para atacarla después a los tres días. Esto creo yo que se hace cuando se cuenta con otros elementos.

— Pero entonces ¿a dónde marcha esa caballería?

— Irá a observar al enemigo. ¿Pues no sabes que el general Uraga ha dispuesto defender las Barrancas y establecer allí una línea formidable de defensa?

Clemencia se entristeció profundamente.

Pero los mozos habían acabado de arreglar el carruaje y de colocar las cargas en las mulas. La familia se colocó en los asientos y el coche empezó a andar.

— Allá va una tropa de caballería —gritó un mozo que iba delante, señalando en efecto una larga hilera de jinetes que desfilaba a lo lejos por un costado del camino y que se veía muy bien con la luz cada vez más clara del día. Empezaba a amanecer.

Las señoras se asomaron a la portezuela.

— ¡Ingrato! —dijo para sí Clemencia—. ¿Y por qué no ha querido verme? ¡Ah, temería por su corazón!

Y la rubia a su vez pensaba que tal vez adivinando o sabiendo que ella venía también, no había querido verla para no sufrir con su presencia.

Y las dos jóvenes se ocultaron una de otra y de las señoras, para no dejar ver sus ojos llenos de lágrimas, y luego volvieron a asomarse a la portezuela hasta que la columna se perdió a lo lejos entre las sombras del lomerío.

Capítulo 28. Prisión y regalos

Entretanto ocurrían en Zapotlán, donde Uraga había situado su cuartel general, los siguientes cambios.

El coronel del cuerpo de caballería a que pertenecían Flores y Valle había sido ascendido a general y recibido el mando de una brigada. Enrique, como lo dije hace poco, había recibido su despacho de teniente coronel desde antes de salir de Guadalajara, y en calidad de tal se quedó con el mando de su cuerpo. El general en jefe tenía afecto a este oficial por las recomendaciones que hacían de él frecuentemente, tanto el antiguo coronel como otros muchos amigos que el joven tenía en el cuartel general.

Convenía para los nuevos planes que el jefe del ejército del Centro acababa de formar, que algunas fuerzas de caballería avanzaran hasta las cercanías de Guadalajara, con el objeto de observar los movimientos del enemigo. En caso de avanzar éste hacia la nueva línea de defensa, tales fuerzas debían replegarse y unirse al grueso del ejército liberal.

Flores había pedido al general que su cuerpo fuese uno de los avanzados. Se le concedió y se le ordenó asimismo que marchara a situarse con él en puntos cercanos a la expresada ciudad. Enrique con tal objeto marchó llevando el resto del cuerpo, pues ya sabemos que uno de los escuadrones había avanzado hasta Santa Ana con Fernando Valle a su cabeza. Este joven ignoraba hasta el día seis las novedades ocurridas en su cuerpo; pero las supo el día ocho algunas horas antes de que llegara a la hacienda de Santa Ana el teniente coronel Flores con el otro escuadrón.

Fernando, al tener conocimiento de que su mortal enemigo venía a ser ahora su jefe, tuvo un momento de desesperación, y le ocurrió pedir desde luego su pase a otro cuerpo; pero la circunstancia de hallarse frente al enemigo le detuvo, y no halló más remedio que el de resignarse por lo pronto a su suerte.

Enrique llegó, y Fernando con la mayor amargura se vio obligado a presentarse a su jefe y a ponerse a sus órdenes, dándole parte de las novedades ocurridas.

En el momento se le mandó permanecer en la hacienda con cincuenta caballos, mientras que Flores marchó al pueblo de Santa Anita con el resto del cuerpo.

Una vez allí, Enrique, que tenía cerca de Valle oficiales que espiaban todos los movimientos de éste y que le dieron cuenta de ellos, supo que Valle había encontrado en la noche del cinco a dos leguas de Zacoalco, a un correo de Guadalajara, que había hablado con él en secreto, y que había abandonado un rato la columna para irse con él hasta el pueblo, volviendo después con un carruaje.

Todo esto era para Enrique un misterio, pero aunque estaba íntimamente convencido de que Fernando no abrigaba intención ninguna de traicionar, no quiso perder la ocasión de sacar ventaja de tamaña ocurrencia.

Fernando estorbaba para la realización de los planes que Enrique estaba concibiendo desde hacía algunos días, y en los que trabajaba con actividad, como lo sabremos después. La presencia de Fernando en el cuerpo era un obstáculo insuperable, presentábase la ocasión de hacerle desaparecer, y Enrique dio gracias a su fortuna por haberle puesto a punto de concluir su obra.

El extraordinario que llevaba a Zapotlán la comunicación de Flores, partió, y dos días después llegaba a Santa Anita la orden del cuartel general para prender al comandante Valle y remitirle con una buena escolta a Zapotlán.

Eran las seis de la mañana, y el oficial encargado por Flores de ejecutar la orden superior llegó a la hacienda de Santa Ana y no encontró a Valle ni a sus cincuenta jinetes, pero supo que el joven comandante había salido al oscurecer el día anterior de la hacienda, con destino a Guadalajara.

El oficial se quedó contrariado, e iba a avisar a su jefe de lo que ocurría, cuando divisó a lo lejos una polvareda, y un momento después vio aparecer a los cincuenta caballos, que con su jefe a la cabeza regresaban a Santa Ana.

Adelantóse el oficial al encuentro de Valle y le dijo:

— Comandante, buscaba a usted, y me sorprendo de no hallarle en la hacienda.

— ¡Oh, capitán! —respondió Valle con aire sombrío—. Avancé un poco esta noche, y me alegro mucho de ello. ¿Qué se ofrece?

— Este pliego de parte del coronel —dijo alargándole una comunicación cerrada y sellada.

Fernando abrió el pliego, y apenas comenzaba su lectura se puso pálido, frunció las cejas y no pudo contener un movimiento de indignación, al que sucedió una sonrisa de desprecio.

— Comprendo —dijo con altivez— a tiempo viene esta orden. En fin, obedezco. ¡Capitán! —dijo a uno de los oficiales— queda usted a las órdenes del señor, y yo marcho en este momento.

Diez minutos después, y habiendo arreglado su pequeño equipaje, Valle salió en dirección a Zapotlán, conducido por una escolta de veinte hombres al mando de un teniente. Valle caminaba taciturno; pero de cuando en cuando se dibujaba en su semblante una sonrisa de triunfo.

— Es la primera vez —llegó a decirse en voz baja— que la casualidad me favorece. Era justo; hasta ahora no había sido todo más que un continuo llover desgracias sobre mí.

Habían andado seis leguas cuando encontraron a dos criados conduciendo dos magníficos caballos cubiertos con dos vistosas camisas de lana, y una mula que traía una pequeña caja.

Uno de los mozos se detuvo y preguntó al teniente:

— Señor oficial ¿me hace usted favor de decirme si está en la hacienda de Santa Ana el señor coronel Flores?

— En el pueblo de Santa Anita, muchacho. ¿Son para él esos caballos?

— Sí, señor —replicó el mozo—; se los llevo de regalo de parte del señor R… lo mismo que esa petaquita.

— ¿Dónde esta el señor R…? —preguntó Fernando.

— El me despachó de Zapotlán, pero siguió su camino hasta Colima con la familia; de modo que allá debe estar ahora.

Los dos grupos se alejaron uno de otro, y el de los mozos del señor R… llegó a la una a Santa Anita, donde estaba el teniente coronel Flores.

Este recibió la carta que le mandaba el padre de Clemencia, y manifestó la más grande sorpresa al concluir su lectura.

La carta decía poco más o menos así:

Querido amigo mío: Estoy altamente reconocido a la generosidad de usted, y sólo me permitirá acusarle por no haber seguido por el mismo camino que nosotros traíamos, y en el que el encuentro con usted nos hubiera sido sumamente grato, y nos habría proporcionado la ocasión de darle las gracias personalmente por todo lo que hizo esa noche.

Fue usted una providencia para nosotros. Aún tengo que acusarle otra vez por haber permitido que mi criado cometiese una falta que nunca le perdonaré. El caballo de usted cayó muerto en Zacoalco, a consecuencia de haberle hecho correr por prestarnos un servicio. ¿Cómo pudo usted suponer que yo aprobaría la compra de mi caballo que el mozo imbécil no discurrió regalarle?

Yo no supe esta ocurrencia penosa para mí, sino hasta llegar a Zacoalco, pues mi preocupación me impidió observar que el criado llegaba en el carruaje, sin el caballo que antes montaba. Después quise cerciorarme de que era a usted a quien debíamos tantos favores, aunque lo presumíamos y Clemencia lo tenía por seguro; pero una vez sabido en este pueblo por el general que había despachado a usted, lo cierto, y además el punto en que podía encontrarse, me decidí a escribirle enviándole además de las diez onzas que mi criado recibió indebidamente, dos de mis mejores caballos, y una mula que lleva para usted un pequeño botiquín que Clemencia había preparado para nosotros, y un precioso escritorio de campaña que era del padre de Isabel, que esta niña manda a usted como una muestra de gratitud.

Nosotros vamos a Colima. De allá escribiremos a usted frecuentemente; usted haga lo mismo, etcétera.

Enrique comprendió desde luego toda la historia del correo misterioso que hizo volver a Fernando a Zacoalco, y temió, por lo mismo, que su acusación cayese en falso, lo que no podía menos de suceder si se aclaraban los hechos. Pero contentóse por lo pronto con responder al señor R… una carta lacónica, dándole las gracias, y diciéndole que más tarde le explicaría todo lo que había de oscuro en su conducta. Después de lo cual abrió la petaca en la cual encontró el botiquín y el lindo escritorio, que era un verdadero dije, con cuanto había menester un jefe en campaña para el despacho de su correspondencia. Al abrir el primero de estos muebles Enrique encontró un billete que se apresuró a abrir. Era de Clemencia, y en él había puesto la enamorada joven las siguientes palabras:

Enrique mío: ¿Por qué no has querido hablarnos en el camino? He salido de Guadalajara, a pesar de tus instancias para que me quedase. No comprendo todavía por qué te empeñabas en dejarme con tus enemigos. Yo no podía vivir sin ti, y he salido a donde siquiera pueda tener noticias tuyas más frecuentes. Te mando mi botiquín, y la pobre Isabel te envía el escritorio de su padre que ella guardaba como reliquia, pero que desea que uses para que te acuerdes de ella.

Yo pienso en ti continuamente y te amo más que nunca.

CLEMENCIA.

Todo esto fue un motivo de temor y de contrariedad para Enrique, que veía bien claro la equivocación, y que consideraba cuánto bajaría en el concepto de aquella familia, y especialmente de aquella mujer tan apasionada y tan original, en el momento en que se explicase el qui pro quo, momento que no veía muy lejano.

Desde luego no dudaba que Fernando fuese el autor de aquella acción, que estaba tan en conformidad con su carácter; y como a sus propios ojos Valle aparecía tanto más generoso esa vez cuanto más desprecios había recibido de Clemencia en Guadalajara, temía que esta joven concibiese por su desdeñado rival una especie de admiración que pudiera convertirse… en simpatía.

Sin embargo —dijo para sí— la fortuna es mi madre, y la desgracia sigue a ese muchacho como una sombra.

Capítulo 29. El traidor

Fernando llegó a Zapotlán de noche, y el primero que le vio fue su antiguo coronel.

— Mal negocio para usted amigo mío, ha sido usted un loco, el general en jefe está indignado contra usted, y Dios le saque con bien de la entrevista que va a tener.

Pronto llegó Valle al cuartel general y fue anunciado al jefe del ejército del Centro, que despachaba en su oficina con su secretario.

— ¡Que entre! —dijo con voz seca, y levantando la cabeza con aspecto irritado.

— ¿Usted es el comandante Valle? —preguntó, al entrar el joven.

— Sí, mi general; ayer he sido reducido a prisión y recibí orden de presentarme a usted; ignoro qué causa ha habido para esto.

— ¿Ignora usted, eh? ¿No le acusa a usted su conciencia de nada?

— De nada, mi general.

— Usted está traicionando, comandante, usted es un mal mexicano. La noche en que usted salió a Zacoalco con su columna, se encontró con un correo que venía de Guadalajara, habló con usted, y entonces usted abandonó su tropa y se fue con él a Zacoalco a leer sus pliegos y a contestarlos, después de lo cual se volvió usted de nuevo en su compañía. Le despachó por delante, y en vez de seguir el camino recto tomó uno de través para dirigirse, no a la hacienda de Santa Ana, sino al pueblo de Santa Anita, contraviniendo las órdenes que se le habían dado. Y era porque una partida enemiga estaba en la hacienda y usted necesitaba que no lo viese su tropa. ¿De modo que usted está espiando nuestros movimientos y dando cuenta de ellos a los franceses? Y ¿sabe usted lo que su conducta merece? ¿Sabe usted que yo deseo dar un ejemplo terrible en el ejército, que quite las ganas a los cobardes o a los traidores de deshonrar nuestras banderas? ¿Lo sabe usted, desgraciado?

— Mi general, en el informe que han dado a usted de lo que hice en la noche del cinco, han agregado un hecho enteramente falso, y desnaturalizado los otros. No había tal fuerza enemiga en la hacienda de Santa Ana, y apelo a los dueños de ella, que allí están y pueden declarar. Además, el hombre que yo encontré no era correo, sino un mozo del señor R… de Guadalajara, que venía a Zacoalco en busca de un carruaje, pues el que traía ese caballero se había hecho pedazos en el camino. Yo tengo motivos de gratitud hacia esa familia y quise sacarla del apuro. El capitán X…, que debe estar aquí ahora, había llegado a Zacoalco en la tarde con un coche; me acordé de esto, pero como desconfié de que con un simple recado el capitán prestara su carruaje, abandoné la columna dos horas, y vine al pueblo a pedir al capitán este favor, que me concedió al fin. Volví con el carruaje, despaché al mozo por delante, como era natural, y si tomé un camino de través para no encontrar a la familia, fue porque no quería hacer conocido de ella mi servicio, y porque deseaba excusar sus manifestaciones de agradecimiento. He ahí mi conducta explicada; en cuanto a la falta que cometí abandonando mi escuadrón por dos horas, es cierta, y merezco castigo. También es cierta la contravención a las órdenes que acababa de recibir, dirigiéndome a la hacienda de Santa Ana; pero no hice más que pasar por el pueblo de Santa Anita, y con una hora de retardo estuve en mi punto.

El general parecía reflexionar con esta explicación dada por Fernando con un acento de verdad.

— De modo —volvió a preguntar— que ese carruaje que se facilitó al señor R… ¿fue usted quien lo consiguió y no el teniente coronel Flores?

— Yo, señor, y no él, puesto que según informa a usted él mismo, yo encontré al mozo la noche del día cinco y regresé a Zacoalco y volví a despacharle con el carruaje.

— Y ¿quién ha dicho a usted que sea su jefe quien me informa?

— Lo adivino, señor; él me odia…

— ¿Pero cómo no vio a usted el señor R…?

— Recuerde usted señor que se le ha informado que tomé un camino de través para evitar su encuentro, y esa es la razón de por qué no me vio y de por qué seguramente ignora que yo fui quien le envió el coche.

— Puede que tenga razón —dijo el general a su secretario en voz baja— aquí hay una equivocación seguramente. ¿El señor R… no nos dijo que hubiese visto a Flores?

— No, señor, dijo que había tomado un camino de costado para no encontrarle, recuerde usted.

— Pues es verdad, y el informe coincide perfectamente, y sólo omite lo del carruaje.

— Entonces Flores pecó de ligero en acusar a este muchacho. ¿Recuerda usted qué día nos dijo el señor R… que se había roto su carruaje?

— El cinco, señor, y ese día, nos dijo que había salido de Guadalajara un poco antes de que los franceses entraran.

— ¿Qué día salió Flores de Sayula para Santa Ana?

El secretario consultó algunos papeles, y respondió:

— Salió el cinco en la tarde, señor, y no marchó directamente para Santa Ana, sino que antes fue a desempeñar la misión que se le confío; en la tarde del siete regresó según el parte del general Arteaga, en el acto volvió a salir, y el ocho llegó a Santa Ana, según su comunicación que ha venido con el informe respecto de este comandante.

— ¿De modo que él no pudo ser quien consiguió el coche para el señor R… en Zacoalco en la noche del cinco?

— No, señor, porque estaba muy lejos de ese pueblo.

— Ni pudo encontrar en el camino al señor R…

— Yo creo que no, porque este señor parece que llegó a Sayula el día seis en la noche, y continuó su camino, llegando aquí el siete; así es que no pudieron encontrarse, porque el coronel no estaba en el camino en esos dos días.

— ¿Qué día salió usted para Santa Ana? —preguntó el general a Fernando.

— El cinco en la mañana, señor, llegué a Zacoalco, di un pienso a la caballada y continué mi marcha a las siete de la noche para la hacienda, a donde llegué el seis, como parece que se le informa a usted.

El general volvió a consultar la comunicación de Flores.

No había duda, estaba explicada la conducta del comandante acusado.

Sólo faltaba indagar si había habido fuerzas enemigas en Santa Ana, como parecía asegurarse, y preguntar al capitán X… si había prestado el carruaje.

— Bien —dijo el general— mañana pondremos completamente en claro la conducta de usted, que según sé, no ha inspirado a sus jefes, desde hace tiempo, mucha confianza que digamos. Y de todos modos, usted será castigado por andar consiguiendo coches para las familias, con perjuicio de sus deberes… ya veremos mañana… vaya usted a su prisión…

— Mi general —dijo Fernando resueltamente— esperaba concluir la explicación de mi conducta esta noche, para dar a usted otro informe; pero ese, apoyado en pruebas… El traidor no soy yo, sino el que usted va a conocer en este momento. Desde la llegada del jefe de mi cuerpo quedé en Santa Ana con cincuenta soldados, y él, como usted lo sabrá, permanece en el pueblo de Santa Anita. Pues bien; antes de anoche me avancé unas cuatro leguas más cerca de Guadalajara, y allí hice alto. Tenía yo noticia de que la noche anterior se había visto venir hasta allí una partida de caballería enemiga. A las doce de la noche, ocultando mi fuerza perfectamente tras de una pequeña colina, me avancé hacia el camino, seguido sólo de un asistente de mi confianza, y como a unos cien pasos me detuve al pie de una arboleda, lugar en que se me había dicho por un vaquero que había estado la partida enemiga en la madrugada del día anterior. Una hora después, como a la una y media, vi que se acercaba un jinete que iba con dirección a Guadalajara. Al llegar frente a nosotros salimos al encuentro y le detuvimos. El se aterrorizó, y preguntándole quién era, nos contestó después de mucha resistencia que era correo del teniente coronel Flores, que iba a Guadalajara a entregar al general enemigo M… un pliego que llevaba oculto. Era un sargento de mi cuerpo, de los favoritos del teniente coronel, y tan luego como me conoció por la voz, me confesó que había ido ya dos veces a la plaza enemiga. Recogí el pliego, y pensando qué haría para ocultar a todos aquella presa y evitar que el teniente coronel tuviera conocimiento de que estaba denunciado, discurrí llamar inmediatamente a otro de mis asistentes, hombre de confianza y le previne, lo mismo que al que había estado conmigo, que maniatando al sargento—correo perfectamente y montando uno de mis muchachos a la grupa de su caballo, marchasen sin perdida de tiempo para Sayula. Me prometía llegar a la hacienda, escribir al general Arteaga para hacerle saber aquel incidente, y acompañarle el pliego consabido para conocimiento de él y de usted. Aun no podía leer el pliego, pero me presumía lo que encerraba. De todos modos, hice partir a los soldados antes de que hubiese luz, y les advertí que en el camino los alcanzaría un correo mío, que les daría las órdenes que habían de ejecutar. Después, como a las cuatro de la mañana, me uní a mi fuerza y regresé con ella a Santa Ana, donde encontré, con gran sorpresa mía, al oficial que me intimó la orden de prisión y que designó la escolta que me ha conducido hasta aquí. En Zacoalco alcancé a mis dos soldados y al sargento preso, y mientras descansamos hice decirles con mi criado que se adelantasen hasta este pueblo, a donde han llegado hoy antes que nosotros, auxiliados por los jueces de Acordada, a quienes han dicho que era un correo del enemigo que se remitía al cuartel general. El correo está allí, señor, y el pliego es éste.

— Veamos, veamos —dijo el general, que había escuchado con atención el relato de Valle, y dado muestras de una impaciencia extraordinaria.

Abrió el pliego, que era pequeño, muy lleno de dobleces, de modo que formaba un volumen reducidísimo. Le leyó con suma atención, así como otros dos papelitos que estaban adjuntos, y los pasó en seguida a su secretario, volviendo a leerlos con él.

— ¿Qué le parece a usted? —dijo al secretario con voz sorda y trémula de cólera— ¡mis órdenes! ¡Mis instrucciones reservadas! ¿Esperaba usted esto de ese famoso recomendado, de ese imbécil del general X…? ¡Una traición en toda forma! De modo que estábamos vendidos enteramente.

— Lo estamos aún, señor —replicó el secretario— mientras ese hombre esté allí. Ha sido una fortuna semejante revelación. Es preciso arreglar este negocio pronto… esta misma noche.

— Ya lo creo que esta misma noche. ¡Hola! ¡Un ayudante!

Se presentó un ayudante en el acto, el cual recibió órdenes en voz baja y salió apresuradamente.

— ¿Pero esta es la firma de ese pícaro?

— Su firma y su letra, señor general; aquí están sus comunicaciones todas.

— ¡Y le hemos ascendido! ¡Si tengo yo una confianza!

— Comandante —dijo luego dirigiéndose a Valle— ha hecho usted un servicio a la causa de la República con esto, y no tema usted por sus faltas anteriores. Demasiado grave es lo que hace su indigno jefe para que hagamos alto en las irregularidades de la conducta de usted. Ha hecho bien en manejarse con tal reserva. Está usted libre; llame a sus soldados y tráigame al sargento.

Un instante después Fernando apareció con los tres.

— Aquí están, mi general.

— Acércate, sargento: ¿por qué vienes preso?

— Mi general, aquí mi comandante le dirá a usted; me encontró en el camino de Guadalajara…

— ¿Quién te mandaba? ¿A qué ibas?

— Señor, mi teniente coronel Flores me ha enviado dos veces a Guadalajara a llevar comunicaciones al general M… y llevaba yo anteanoche otro pliego cuando mi comandante me hizo prisionero.

— ¿Es éste el pliego que llevabas?

— Sí, mi general, ese es, lo llevaba yo cerrado y pegado con lacre.

— Bien ¿tú conoces al general M…?

— Sí señor, he servido con él en tiempo de los mochos, y por eso me escogió mi teniente coronel. Yo le suplicaba que no me mandara a donde estaban los franceses; pero él me dijo que eran asuntos del gobierno nuestro, y que además me recomendaba el secreto porque no convenía que ninguno lo supiera; y me dio dinero y me prometió hacerme oficial dentro de pocos días.

— ¿Y el general M… mandaba también pliegos?

— Sí, señor, yo se los llevé a mi teniente coronel, y la noche antes de que me aprehendieran vino el mismo general a hablar con mi jefe; yo acompañé a éste con otros veinte hombres.

— Y ¿no oíste qué decían?

— No, mi general, nos quedamos lejos; pero yo advertí que los que venían con el general M… eran franceses, porque los oí hablar y tenían una lengua diferente de la nuestra.

— Está bien, retírate bribón, y prepárate, porque te voy a fusilar por traidor.

— Mi general —dijo el desgraciado sargento afligido— yo no tengo culpa; mi jefe me mandaba y yo obedecía… tengo familia, señor…

— Bien; vete. Que ese sargento permanezca incomunicado —dijo el general a un ayudante.

El sargento salió.

— ¿Qué tal es este sargento, comandante?

— Es bueno, mi general, cumplido y subordinado. Estoy seguro de que ha dicho a usted la verdad. Es uno de los que quieren más al teniente coronel; pero el pobre tal vez no cree faltar a sus deberes obedeciendo.

— Bueno; retírese usted, y silencio por ahora.

— Pierda usted cuidado, mi general.

El cuartel maestre entró.

— Vea usted lo que pasa —dijo el general alargando el pliego de Flores al cuartel maestre.

— ¡Infame! —murmuró éste.

— ¿Están listos los cuerpos?

— Sí, señor.

— Pues en marcha ahora mismo. Que estén mañana en Sayula y pasado mañana en Santa Ana. Es preciso que ese bribón no conozca que sabemos su traición, y luego que esté todo arreglado, ya sabe usted, con una buena escolta y caminando día y noche, acá. Nos importa averiguarlo todo y saber a qué atenernos. Esta es una cadena que tiene eslabones más gruesos de lo que aparecen. Ese cuerpo de caballería no me inspira ya confianza, está minado desde Guadalajara. Así es que por compañías, y bien vigiladas, que se dirija también para acá. Esta noche que quede arrestado el general X… pues me parece algo complicado en el negocio.

— Está bien, señor. ¿No tiene usted nada más qué ordenar?

— Nada más por ahora.

— Con permiso de usted.

— A trabajar nosotros —dijo el general a su secretario.

Y un momento después los dos estaban inclinados sobre la mesa, mientras que los ayudantes dormían sentados y envueltos en sus capas en la pieza inmediata, y los centinelas se paseaban a lo largo de los corredores.

En la plaza de Zapotlán había ese movimiento que se nota cuando va a salir una fuerza. Dos cuerpos de caballería se formaban en columnas, y poco después desfilaban silenciosamente, dirigiéndose por el camino de Sayula. Un general iba a su cabeza, y llevaba las instrucciones más detalladas sobre las órdenes que iba a ejecutar.

Entretanto, allá en la hacienda de Santa Anita el teniente coronel Enrique Flores, que había recibido una nueva comunicación de Guadalajara, no sabía cómo explicarse que su sargento no hubiese venido aún; ni que no le dijesen nada acerca del pliego que había enviado con aquel emisario, cuyo pliego era el más interesante quizá de todos, por contener las instrucciones reservadas que el cuartel general había circulado a todos los jefes de la línea avanzada.

¿Habría traición en esto? ¿Pero en qué consistía? Por lo demás, tenía conocimiento ya de que Fernando la noche en que había enviado al sargento a Guadalajara, había estado avanzando hasta cuatro leguas más allá de Santa Ana; pero ninguno le decía más, y estaba tranquilo por ese lado. Sin embargo, la tardanza del sargento le tenía inquieto y agitado por diferentes pensamientos; había mandado tocar ¡a caballo! varias veces y otras tantas había dado contraorden. No sabía por qué; pero sentía crecer su odio a Fernando cada vez más, y esperaba con impaciencia saber noticias del cuartel general.

Capítulo 30. Proceso y sentencia

El día 19 de diciembre, al anochecer, un cuerpo de caballería llegaba a la ciudad de Colima, custodiando a tres o cuatro oficiales prisioneros.

Llegó a la plaza, pasó lista y se acuarteló después. El jefe, que era un general, pasó a la casa del gobernador y comandante militar, habló con él largamente, le entregó comunicaciones del cuartel general del ejército del Centro, al cual estaba subordinado el expresado gobernador, después de lo cual el citado jefe volvió al cuartel, se informó de si los presos estaban incomunicados, dio varias órdenes y se retiró a su alojamiento.

Al día siguiente se tuvo noticia de que uno de los presos era un coronel acusado de traición a la patria. Ya se comprenderá que ese coronel era Enrique Flores. El general en jefe había querido que este delincuente fuera procesado en Colima y no en Zapotlán. Para esto había tenido sus razones. Presumía que Flores obraba de acuerdo con algunos jefes más caracterizados del ejército, según se deducía de sus propias comunicaciones, y para dar mayor independencia al fiscal y a los jueces, había querido que este juicio se siguiese en una plaza que, sin estar lejos del cuartel general, estuviese enteramente separada del ejército.

En efecto, en Colima, entonces, a donde yo estaba hacía unos quince días, pues mis enfermos iban en aumento, había una brigada mixta a las órdenes del gobernador del Estado, que se tenía como de reserva por aquel tiempo.

Colima, como la ciudad más importante de las que poseía aún el ejército republicano, y cercana a Zapotlán, donde el general en jefe había fijado su residencia, estaba entonces llena de oficiales, tenía una maestranza en actividad y servía, en fin, de almacén del ejército. Además, estaba llena de emigrados de Guadalajara que, sea por repugnancia o por falta de recursos, no habían querido embarcarse para San Francisco. Había, pues, gran animación en esta linda y coqueta ciudad, tan pintoresca por su fertilidad y su situación, y tan alegre por el carácter de sus habitantes.

Como el general estaba impaciente por descubrir todos los secretos de la conspiración que sospechaba, y como, por otra parte, la famosa Ley de 25 de enero de 1862 no permitía demoras, un fiscal militar que había comenzado desde Zapotlán la causa del teniente coronel Flores, la continuó en Colima al día siguiente de llegar el preso, y la continuó con una actividad febril.

Dos días después la causa se hallaba en estado de verse en Consejo. El reo no había querido reconocer sus comunicaciones desde Zapotlán, y negó obstinadamente haber mantenido relaciones con el enemigo, atribuyendo al odio del comandante Valle todo cuanto se probaba en su contra. No reconoció tampoco los papeles que se le encontraron en sus maletas y en el lindo escritorio que conocemos, y que eran comunicaciones del enemigo, en las que se le ofrecía la banda de general y otras cosas, a nombre de Bazaine y de la Regencia.

Pero estaba enteramente convicto. Ni hubiera podido ser de otro modo, denunciado como estaba por el sargento aprehendido por Valle y por varios oficiales de su cuerpo, a quienes había logrado seducir.

El fiscal pidió a la comandancia la reunión del Consejo; ésta la dispuso, previa consulta del asesor, y en la tarde misma el tribunal militar estuvo reunido. Flores se defendió cuanto pudo, aunque esperaba salvarse, no por alegatos, que ninguno tenía, sino por recomendaciones e influjos con que contaba cerca del cuartel general.

Así es que a las diez de la noche el Consejo le condenó a ser fusilado. La comandancia aprobó la sentencia al otro día, y se ordenó la ejecución para la mañana siguiente.

Debo advertir que con la fuerza que había llegado custodiando a Flores había venido también un escuadrón de su cuerpo, mandado por Valle. Este joven no podía ocultar su disgusto, por venir al lugar en que suponía que iba a ser ejecutado su enemigo.

Su conciencia no le acusaba, es verdad, de haber hecho mal en presentar las pruebas de la traición de Flores. Se había defendido, y en tal caso, ni él era quien le llevaba a la muerte, ni era tampoco para un oficial republicano motivo de pesar el que se castigase ejemplarmente la traición a la Patria en aquellos momentos de lucha y de prueba.

Pero con todo, Fernando, generoso por organización, deploraba aquella circunstancia, pensaba en el pesar profundo que la muerte del gallardo joven iba a causar en el alma de la mujer que él amaba, pesar que iba a llevar hasta el delirio la pasión de Clemencia, y esto sólo bastaba para que le fuera repugnante semejante muerte, y más repugnante aún la consideración de que él estaba expuesto al odio justo o injusto de la enamorada joven y de su familia.

Había más todavía. Enrique que, como sabemos, era adorado de sus soldados que estaban dispuestos a seguirle no sólo a las filas enemigas, sino que le hubieran acompañado hasta en el bandidaje del camino real, murmuraban en voz alta de la conducta del comandante que no contaba aún en su mismo escuadrón sino con muy pocos defensores.

Esta malevolencia, estas consideraciones llenaban de tedio a Fernando, y deseaba que se concluyera pronto aquel horrible asunto, para pedir que se le emplease en otro cuerpo inmediatamente.

Para colmo de fastidio el comandante militar de la plaza, cuando se confirmó la sentencia de Flores, y que se dispuso que éste entrara en capilla, como se acostumbra decir, llamó a Fernando y le dijo:

— Comandante, el general en jefe del ejército acaba de prevenirme que las compañías del escuadrón de usted queden refundidas en los cuerpos de caballería de mi brigada, pues tiene motivos para sospechar que estén minadas por las sugestiones de su antiguo coronel, y es conveniente que los soldados queden perfectamente vigilados y en la impotencia de hacer traición. Hoy mismo dispongo esto en la orden general de la plaza. Pero como usted es un buen jefe a quien el cuartel general quiere distinguir, también dispone que quede usted mandando uno de los escuadrones del cuerpo que ha venido custodiando al reo. He comunicado al general que lo manda, tal disposición, de modo que en este momento va usted a ponerse a sus órdenes, y probablemente le dirá a usted que se haga cargo de la custodia del reo que va a ser ejecutado mañana.

— Mi general —dijo Valle con disgusto— yo suplico a usted que…

— Comandante, es usted soldado y debe saber que no se replica…

— Obedezco, señor.

En efecto, Valle recibió el mando del escuadrón y la orden de custodiar al reo en la capilla.

Su malhumor fue indecible. Casi se le obligaba a vengarse de su enemigo. En realidad, las razones que había para confiarle tan triste misión, eran las de suponerse que él, a causa de sus resentimientos, sería el que vigilase con más rigor al reo. Este contaba con numerosos amigos, tanto en su antiguo cuerpo como en el que le había custodiado, y se temía cualquier maquinación de su parte.

Colima entera estaba conmovida. Los numerosos emigrados de Guadalajara, en su mayor parte amigos de Flores, y excitados por la familia de Clemencia, que estaba desesperada, hacían esfuerzos inauditos para obtener que se suspendiera la ejecución mientras que se corría a Zapotlán a ver al general en jefe.

No perdonaban medio alguno, acudieron al comandante de la plaza desde que se supo la sentencia del Consejo, hicieron representaciones, empeñaron a los personajes principales de la población cerca del comandante, prometieron gruesas cantidades en cambio de la vida del joven, y no descansaron un momento.

Pero todo fue inútil. El cuartel general estaba demasiado interesado en aquel castigo, para que se suspendiese.

Por último, Clemencia, apasionada hasta la locura, y enérgica por naturaleza, apeló al mayor extremo. Obligó a su padre a marchar en una silla de posta a Zapotlán para obtener el indulto, o al menos la suspensión de la muerte de Flores, y el viejo comandante partió resuelto a ofrecer al general en jefe del ejército la mitad de su fortuna, para cumplir los deseos de su hija. El veía que, si no lo hacía de esta manera, la impetuosa joven, exaltada por su pasión y por la desgracia de su amante, era capaz de darse la muerte. Corrió el señor R… con tal celeridad que, antes de las seis de la tarde, llegaba al cuartel general.

Capítulo 31. En capilla

Clemencia estaba loca de dolor, la noticia de la prisión de Flores, que no supo sino hasta que llegó este joven custodiado a Colima, fue para ella un rayo.

Ignoraba la causa, pero no tardó en saberla, y se resistió a creer obstinadamente en la verdad de semejante acusación. El exaltado patriotismo de Clemencia le hacía considerar a su amante como víctima de una atroz calumnia, pues conocía perfectamente el carácter de Enrique y sabía que prefería morir antes que traicionar a sus banderas y hacer causa común con los enemigos de su patria.

No: Enrique no podía ser traidor, no podía degradar su noble carácter republicano, no podía abandonar la defensa de la nación invadida injustamente, no podía perder su heroica posición para aceptar el yugo francés. Semejante idea la irritaba, y la sola consideración de lo que sufriría el orgulloso joven acusado de tamaño crimen, le causaba terror y desesperación.

Quiso ver a su amante para escuchar de sus labios la verdad; pero Enrique estaba incomunicado rigurosamente, y ni aun se permitió entregarle una carta de la joven, ni los ruegos del padre de Clemencia fueron bastantes para vencer la resistencia de los oficiales encargados de custodiar al reo.

En tal situación la familia hizo buscar a los criados del coronel; pero ellos estaban también vigilados y arrestados, y no se pudo hablarles tampoco. La desesperación de la hermosa joven fue indecible.

Pero todavía tuvo creces, cuando supo, a no dudarlo, que la causa de la prisión de Enrique había sido una acusación de Valle.

Entonces Clemencia comprendió todo. Su amor era la causa de la desgracia de Flores. Este y Fernando eran rivales; el primero había sido preferido, y el segundo, apasionado como parecía estar, y furioso de celos, había maquinado para perderle. No había duda alguna, Fernando era el infame calumniador de Flores, y lo que ignoraba Clemencia era cómo el odioso comandante había urdido una acusación que pudo tener tan buen éxito.

Con este pensamiento fijo, Fernando se le aparecía en todo lo espantoso de su carácter miserable y vil.

Recordaba que aquel joven, aparentemente humilde, devoraba en silencio los desaires que se le hacían, mirando con ojo torvo los triunfos de Enrique, cuya superioridad le humillaba. Poníase a considerar que Valle era de esos hombres en cuya palidez puede leerse la historia de todas las malas pasiones. Indudablemente, el que teniendo igual posición militar que su rival, ve todos los días que este se atrae todas las miradas y simpatías y la predilección de sus jefes, así como comprende la superioridad real de sus cualidades, no puede menos de enfermarse de envidia, a menos que tenga una alma elevada y excepcional.

Valle no daba un paso en unión de Flores, que no recibiese un desprecio; no trataba a una mujer que no tuviese luego mil preferencias por el otro, no lograba superar a su antagonista ni siquiera en el amor de sus soldados, ni siquiera en la estimación de sus compañeros. Era la antipatía personificada junto a la simpatía de que tan digno representante era Enrique, el caballeroso, el león, el artista y el hijo mimado de la fortuna. Además, era natural que aquel odio sordo y concentrado, que aquella envidia villana y cobarde hubiesen llegado hasta el extremo, con motivo de lo que había pasado en Guadalajara.

Clemencia, por un juego de coqueta que le había parecido insignificante respecto de Fernando, aunque había tenido por objeto vencer la indiferencia de Enrique, había demostrado demasiado cariño al primero, lo cual había hecho que el pobre diablo se enamorase de ella. Después, cuando Enrique comprendió al fin lo que aquella comedia femenil indicaba y cayó en sus brazos lleno de amor, era seguro que el engañado comandante había sufrido violentamente, puesto que había dado muestras de su irritación en el baile de Navidad, y que había querido batirse al día siguiente, y como la venganza que deseaba no había podido realizarse, había acabado por envilecerse el alma de Fernando hasta el grado de hacerle cometer una acción infame y espantosa. Había calumniado a Enrique, y con su calumnia le llevaba al cadalso.

Todo esto pensó Clemencia, y su cólera contra Fernando no conoció límites. La impetuosa joven habría querido matar al acusador de su amante si hubiera podido, y deseaba su presencia para manifestarle el más hondo de sus desprecios.

Isabel, por su parte, que ya conocía la pasión de su amiga por su antiguo amante, comenzó, como era natural, por tener unos celos que la mataban; pero acabó por callarse y sufrir con esta resignación de las almas débiles que no pueden luchar.

Reflexionaba, además, que Enrique estaba perdido para ella, puesto que no la amaba; y esto, la resolución que había formado de no quererle y el cariño profundo que tenía a su amiga, acabaron por hacer que no viera en Clemencia una rival dichosa, sino una hermana a cuya felicidad era preciso sacrificarse.

Pero cuando supo la terrible noticia, cuando vio a Clemencia llena de angustia; cuando comprendió todo lo horrible de la situación de Enrique, hubo una especie de sobreexcitación en su alma, el fuego mal apagado volvió a encenderse y, sin pensar entonces en que no era amada, sin dar cabida en su pecho a la pasión de los celos, sin abrigar ningún mal sentimiento, sufrió como Clemencia, y como ella estuvo dispuesta a sacrificar hasta la vida por salvar la del hombre a quien tanto amaba.

De modo que Enrique contaba con la protección de esos dos ángeles. Sólo que Isabel se contentaba con llorar y rezar, y Clemencia trabajaba con energía. La una invocaba al cielo llena de esperanza; la otra, sin desesperar de la protección divina, contaba con su fortuna, con su belleza y con el prestigio de su padre.

Cuando Clemencia supo que el fallo del Consejo de guerra se había fundado en pruebas muy patentes de la traición de Enrique, desfalleció. ¡Su amante traidor! Eso hubiera querido decir que él la había engañado vilmente.

— No lo dude usted, Clemencia —le decía una persona—. Le han presentado comunicaciones del enemigo dirigidas a él, ofreciéndole el empleo de general y otros puestos elevados, y comunicaciones también suyas en que daba cuenta de las operaciones del ejército y prometía pasarse con su cuerpo a las filas francesas. Él ha negado todo esto, pero está convicto enteramente, pues las instrucciones reservadas del general en jefe que se le habían comunicado a él solo en su línea, eran transcritas al enemigo para su conocimiento.

Estas aseveraciones arrojaron la duda en el alma de Clemencia; pero apenas acababa de escucharlas y reflexionaba sobre ellas, cuando recibió una carta de Enrique, y su padre recibió otra. En ellas les protestaba su inocencia, aseguraba que Fernando, deseando vengarse de él, había urdido esa infame calumnia en su contra con una habilidad infernal, de modo que las pruebas presentadas le condenaban aparentemente, y por último, rogaba al señor R… que le salvase a toda costa, y a Clemencia la conjuraba por su amor a apurar todos sus recursos para librarle del cadalso. Ofrecía su fortuna y la de su familia a cambio de su vida y, en fin, se mostraba tan angustiado, tan aterrado y, parecía hablar con tal sinceridad, que la familia de Clemencia y la de Isabel se consternaron y decidieron apelar a todos los medios para salvarle.

Entonces fue cuando Clemencia rogó de rodillas a su padre que marchara a ver al general en jefe, a fin de obtener el perdón de Enrique.

Después de partir el anciano, Clemencia invitó, rogó a todos sus amigos que obtuvieran del comandante de la plaza la suspensión del cumplimiento de la sentencia, siquiera por un día más, y conmovió a todo Colima con sus esfuerzos y su aflicción.

Y pálida, convulsa de dolor, trastornada, pero sostenida aún por su indomable energía, después de poner en acción cuanto estaba de su parte para salvar al joven, de recorrer varias calles y obligar a cien personas a acercarse al jefe del Estado, acompañada de su madre y de Isabel se dirigió a la prisión en que Enrique estaba esperando su última hora. Suplicó a la guardia que le permitiera ver a su amante, se avisó al comandante Valle que allí mandaba, como lo he dicho, y éste otorgó el permiso de buena voluntad y con el corazón oprimido, porque preveía la escena que iba a pasar, y sentía de antemano las maldiciones que iban a pesar sobre él.

Clemencia penetró en la prisión con sus compañeras y se precipitó en los brazos de su desgraciado amante. Isabel encontró bastante energía en su naturaleza delicada para no sucumbir en aquella lucha terrible, pero cayó de rodillas y no hizo más que sollozar.

Aquella entrevista fue dolorosísima y no la describiré.

Al cabo de una hora se separaron.

— Clemencia —dijo Enrique oprimiendo contra su corazón a su amada— no olvides mi súplica. Necesito un veneno, yo no quiero salir a la expectación pública y morir en un cadalso afrentoso. Esta idea me hace perder la cabeza. Tráeme un veneno; pero tráemelo tú, porque difícilmente llegaría a mis manos si le enviases con otra persona. Por nuestro amor, no lo olvides.

— Te lo prometo, volveré esta noche; pero no pierdas la esperanza, mi padre obtendrá tu indulto… espera —respondió la joven anegada en llanto.

Salieron, y antes de atravesar la puerta, Clemencia, reponiéndose, enjugando sus ojos y recobrando su continente altivo y enérgico, dijo a sus compañeras:

— Me falta cumplir un deseo; vengan ustedes.

Después pidió a un oficial que avisase al comandante Valle que deseaba hablarle.

Valle, sorprendido de aquella petición, salió de su aposento y vino a encontrar a la hermosa joven, a quien saludó descubriéndose respetuosamente.

— Escuche usted, señor Valle —dijo Clemencia con una expresión de desprecio supremo— comenzó usted por serme indiferente, después me fue usted fastidioso; pero nunca creí que llegase usted a hacerse tan vilmente despreciable como hoy le considero.

— ¡Clemencia! —interrumpió el joven, sintiendo correr hielo por sus venas al escuchar aquellas palabras.

— ¡Oh! no me trate usted con familiaridad, señor, que nada tengo yo de común con un calumniador miserable, que se venga cobardemente de su enemigo llevándole al cadalso.

— Pero, señora ¿ha venido usted a insultarme de este modo?

— No, señor: he venido a jurar a los pies de ese hombre que va a morir, pero a quien adoro con locura, que le amo, que le amo con toda mi alma, que no morirá para mí, y que no tardaré en seguirle. ¡Oh! usted no sabe de lo que es capaz una mujer de mi temple cuando está apasionada… Usted que se atrevió a esperar de mí otra cosa que una mirada de indiferencia, al verle a él preferido creyó que haciéndole asesinar podría extinguir su amor en mi corazón, usted se ha engañado: mártir, le amo más, mi amor es causa de su muerte; pero me quedo en la tierra unos cuantos días para vengarle. Le pareceré a usted una loca; pero ya me conocerá usted mejor.

— ¡Clemencia! —dijeron a una voz la señora Mariana e Isabel, espantadas de la violencia de la joven.

— ¡Oh! perdónenme ustedes… estoy extraviada… este hombre cruel ha amargado para siempre mi vida, ha despedazado mi corazón… ha perdido mi alma.

Clemencia no lloraba. Su pecho se levantaba fuertemente, y ella parecía hacer esfuerzos supremos para no gritar y caer desfallecida. La señora la tomó en sus brazos y, dirigiéndose a Fernando, le dijo:

— Aléjese usted, señor, y perdónela, como nosotros le perdonamos a usted. Amaba, y la ha matado usted acusando a Enrique.

— Y a mí también me ha matado usted, Fernando —murmuró sollozando Isabel— porque yo le amo también como ella…

Fernando estaba próximo a desplomarse, y se apoyó en la pared desvanecido. Las señoras se alejaron lentamente, porque Clemencia e Isabel vacilaban. Llegaron por fin a la puerta y subieron con pena a su carruaje, que partió con rapidez.

Capítulo 32. Antes de la ejecución

A las once de la noche Colima estaba en un profundo silencio, sólo interrumpido de rato en rato por el grito de los centinelas de la plaza y de los cuarteles y por los gritos melancólicos de los guardias nocturnos.

Enrique velaba en su capilla, abatido y lleno de terror. Tenía la fiebre que acomete a los reos de muerte cuando no tienen la fortuna de contar con un corazón templado y un alma estoica.

Aquel joven y brillante calavera había sido soldado más bien por vanidad que por organización, y aunque no se contaba de él ningún rasgo de valor, si no había avergonzado al ejército en algunas batallas a que había asistido, era porque siempre había procurado, con maña, esquivar los peligros más serios, sin por eso dar lugar a que se creyese que los huía.

Pero Enrique Flores no era de esos hombres que sonríen al ver acercarse la muerte. Gastado por los placeres de una vida sibarítica, no tenía en compensación esa fuerza de acero que no se destruye jamás en el espíritu de los valientes, y que no se subordina nunca a los nervios.

Sin creencias de ninguna especie, carecía también de la energía que da la justicia de una causa, que da el amor a la gloria. Él no había tenido más que ambición, y la ambición sólo sirve para sostener la audacia en los caminos de la fortuna; pero cuando está sola no sirve de nada en los negros momentos de la adversidad, y mucho menos en presencia de la muerte.

Enrique estaba desfallecido. Su corazón estaba próximo a estallar, como el de un niño o el de una mujer. No había allí el aliento de un hombre.

También es verdad que la convicción que tenía Enrique de ser culpable, y la consideración de que ante todo el mundo su delincuencia estaba probada, era bastante para quitarle su vigor. Además, un hombre que ha hecho en el mundo numerosas víctimas y que no ha vivido sino para gozar, no llevando en su memoria ese tesoro de consuelo de las buenas acciones que vale tanto como la gloria, no ve acercarse el fin de sus días sin estremecerse y sin abatirse.

Enrique, pues, tenía miedo, y oía el ruido del péndulo que anunciaba constantemente la marcha del tiempo, sintiendo que su golpe acompasado se repetía con indecible tormento en su corazón. Tenía los cabellos erizados y los ojos fuera de las órbitas. Mil visiones mentidas anunciaban que su cerebro era presa del delirio. Ora veía abrirse la tierra y ofrecerle el escondite seguro de un subterráneo, ora se abría la pared y daba paso a un genio bienhechor que le conducía afuera, ora el techo se levantaba para dejarle salir, y sentía que, convertido en ave, huía, hendiendo los aires, lejos de aquella ciudad maldita.

— Es preciso que esto acabe con un veneno —dijo lleno de amargura— y ¡Clemencia que no viene! ¡Quiere, pues, verme fusilar en la plaza pública!

De repente contuvo su respiración, se apretó con ambas manos las sienes para apagar sus latidos y quedó atento. Acababa de oír los pasos de alguno que se acercaba. Era un oficial, porque los acicates producían un sonido diferente de los del soldado, en las baldosas.

El centinela de vista que estaba junto a la puerta entrecerrada de la prisión hizo chocar la culata de su carabina contra el suelo, en señal de respeto, y la puerta se abrió.

Era Fernando Valle.

Enrique se levantó azorado.

— ¿Qué desea usted aquí, Fernando? —preguntó tartamudeando.

— ¡Chit! —dijo Valle— hablemos en voz baja y escúcheme usted. Cierro la puerta para que estemos mejor.

— ¿Viene usted a asesinarme?

Fernando sonrió con desprecio.

— Vengo a salvar a usted.

— ¡A salvarme! ¡Cómo!

— Escúcheme. Si usted no hubiese traicionado, es seguro que yo no habría tenido motivo para acusarle; de modo que la traición de usted es la verdadera causa de que se halle así, próximo a ser ejecutado.

Enrique sintió que un sudor glacial inundaba su frente.

— Pero, en fin —continuó Fernando— yo le acusé; y la causa indirecta de su condenación soy yo. Tengo remordimientos por esto, y la muerte de usted emponzoñaría con su recuerdo mi vida entera. Quiero ahorrarme esta pena y, además, hay una mujer que moriría si lo fusilasen a usted. Quiero que viva y que sea feliz; ella lo ama y a su amor deberá usted su salvación. He aquí lo que vengo a proponerle. Usted se vestirá en este momento mi uniforme, se ceñirá mi espada y mis pistolas; he dicho que voy a salir a ver al general, con el objeto de que nadie extrañe verle a usted atravesar la puerta. Se echará usted el capuchón sobre la cabeza, y nadie podrá reconocerle. Se dirigirá usted a la casa de Clemencia, que mi asistente que irá con usted señalará, y allí encontrará de seguro caballos para escaparse. Todavía más, aconsejo a usted que no tome el camino de Tonila para Zapotlán, porque usted supondrá que correría peligro, sino el del paso del Naranjo, y de allí, con guías seguros que le dará su amada, puede usted dirigirse a Guadalajara por caminos extraviados, y Dios ayude a usted.

Enrique quedó estupefacto… no podía creer aquello.

— ¿Pero esto no es un lazo, Fernando?

— ¿Lazo para qué? —respondió sonriendo tristemente Valle— ¿para matarle? No tendría yo sino dejar que pasara la noche, y a las siete de la mañana estaría usted fusilado. Además, cuando un hombre como yo le habla así, no engaña. Yo puedo ser desgraciado, pero no desleal.

— Pero usted ¿qué hará?

— Eso no es cuenta de usted, caballero; yo sabré arreglarme.

— Es que podrían fusilado a usted en mi lugar.

— Puede ser, pero también puede ser que no. Sobre todo, recuerde usted que una mujer le ama, y que moriría si usted muriese.

— ¡Oh, Fernando, usted tiene un gran corazón; permítame usted que le abrace y que le dé gracias de rodillas; es usted mi salvador!

— Omita usted eso, señor, y vístase pronto, que los instantes corren y cualquiera cosa podría impedir…

Fernando se quitó su traje militar, es decir, su levita y su sobretodo, su kepí, se arrancó sus acicates de oro, se desciñó su espada y sus pistolas, y Enrique fue poniéndose todo hasta quedar perfectamente disfrazado. Fernando se envolvió en la capa de Enrique y se puso de espaldas a la luz que ardía en la mesa.

Luego que Enrique estuvo listo, Fernando le hizo señas de que saliese ya. Enrique, disimulando su temblor, se dirigió hacia la puerta y…

— ¡Adiós! —dijo a Valle.

— ¡Adiós! —respondió éste sin volver la cara.

El centinela volvió a chocar la culata de su carabina contra el suelo, el ruido de los pasos y de los acicates se alejó, luego se oyeron los pasos de otra persona, rechinó la puerta grande del edificio y todo quedó en silencio.

Fernando respiró como si algún enorme peso acabase de quitársele del corazón, después de lo cual apoyó los codos en la mesa y la frente en las manos, dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, y murmuró con voz ronca:

— ¡No creía yo que había de morir así!

Capítulo 33. Desengaño

Clemencia e Isabel no dormían esa noche; la segunda parecía haber agotado sus lágrimas, y permanecía de rodillas en el retrete de Clemencia, al pie de un crucifijo de marfil y de una Virgen Dolorosa. La primera, con el cabello en desorden y medio envuelta en un mantón negro, consultaba a cada momento el péndulo y abría con frecuencia la ventana como si aguardase a cada instante un correo.

Su pobre madre, con los ojos inflamados de llorar, rezaba a ratos, y en otros hablaba con Mariana que sufría horriblemente de la cabeza y que veía con angustia a su pobre hija que tenía el aspecto de una moribunda.

Acababan de dar las doce de la noche, y Clemencia rompía un pañuelo de batista entre sus manos con impaciencia febril, cuando llamaron fuertemente a la puerta de la casa.

El criado velaba y fue a preguntar quién era.

— Abre, abre pronto —dijo afuera una voz.

El criado corrió los cerrojos y abrió.

Era una casa baja, como lo son generalmente en Colima. Oyéronse pasos en el corredor y ruido de acicates.

— ¡Un oficial! ¿Será enviado por Enrique? —dijo Clemencia levantándose apresuradamente.

Llamaron a la puerta de la sala, todas las señoras corrieron allá, y abrieron. Un militar se precipitó adentro con aire azorado. Echóse abajo el capuchón que cubría su semblante, era Enrique.

Isabel cayó desvanecida, las señoras temblaban, Clemencia, con los ojos fijos en su amante, quedóse pasmada y no pudo hablar.

— Soy yo, Clemencia ¿estamos solos?

Clemencia hizo señas afirmativamente sin poder articular palabra.

— No hay que espantarse, amor mío, seré breve: he aquí lo que ha pasado; pero antes de todo ¿hay un criado de confianza en la casa?

— Sí hay —respondió por fin Clemencia repuesta de su emoción.

— Pues que me ensille un caballo, pronto, y si hay otro, que me lo prepare para llevarle de mano; es preciso que yo huya ahora mismo.

La señora salió a dar las órdenes luego, y volvió.

— He aquí lo que ha pasado. ¡Fernando ha sido mi salvador!

— ¡Fernando! —dijeron a una voz las cuatro señoras.

— Sí, Fernando, que tiene una grande alma, una alma inmensa, el alma que se necesita para morir en lugar de un enemigo.

Clemencia sintió que le faltaban las fuerzas.

Enrique contó brevemente lo que acababa de pasar en la prisión, refiriendo palabra por palabra lo que le había dicho Fernando. El asombro de las señoras crecía a cada instante. Enrique añadió:

— Yo no conozco el camino del Naranjo, y me perdería; necesito primero disfrazarme con traje de paisano, y luego llevar un guía que, después de atravesar el paso, me dirija a Guadalajara.

— ¿A Guadalajara? —respondió Clemencia.

— Sí, Clemencia, a Guadalajara, yo no estaré seguro sino allí.

— Pero allí están los franceses.

— Precisamente por eso. Este no es el momento de ocultar la verdad ya. Sepan ustedes que, en efecto, los pliegos que cogió Valle eran míos. Yo estaba en comunicaciones con aquella plaza, y ahí se me brinda con una banda de general. Debí pasarme con todo mi cuerpo y con algunos otros, pero desgraciadamente me retardé y fui descubierto.

— ¿Luego usted traicionaba? —preguntó Clemencia interrumpiéndole con violencia.

— Traicionar no es la palabra, vida mía; en política estos cambios no son nuevos, y el rencor de los partidos los bautiza con nombres espantosos. Pero el tiempo vuela y es preciso salvarme. Señora ¿tendría usted la bondad de traerme un traje y de arreglar lo de los caballos?

— Sí, señor, todo.

Sacáronle un traje completo, que Enrique se vistió con una prontitud maravillosa. Luego el criado, dispuesto también, avisó que los caballos esperaban.

Enrique abrazó de prisa a las señoras y a Isabel, que apenas tuvo fuerzas para moverse; pero al llegar a Clemencia, a quien alargaba los brazos con ternura, la joven, irguiéndose con una altivez que iluminó su semblante con el brillo de una hermosura divina, alargó una mano para rechazarle.

— Vaya usted con Dios, señor Flores —le dijo— vaya usted con Dios, y que él le salve.

— Pero, Clemencia, ¿qué es esto? ¿Me rechaza usted? ¡Dios mío! ¿Por qué?

— Quisiera morirme esta noche, caballero, mejor que saber todo esto. Aléjese usted: todo lo comprendo.

— ¿De modo que no podré esperar ver a usted pronto en Guadalajara?

— No me verá usted nunca, señor, nunca.

— Señor, huya usted —dijo la madre de Clemencia empujando a Enrique.

Este salió vacilando como un ebrio, montó a caballo seguido del criado, atravesó el zaguán y se alejó al paso por la calle, y momentos después se oyó el galope de los caballos que acabó por perderse en el silencio de la noche.

Las cuatro señoras habían quedado mudas y cabizbajas. Clemencia no pudo más, y cayó desplomada en una silla.

— ¿Es que le amas todavía? —le preguntó tímidamente Isabel.

— Es que le desprecio con toda mi alma. Aquí no hay más que un hombre de corazón, y es el que va a morir —respondió Clemencia, convulsa y próxima a desmayarse.

— ¡Qué horrible es todo esto! —dijo después de un instante Mariana.

— ¡Qué horrible es —dijo Clemencia con una indignación que le volvió toda su energía— haber amado a semejante miserable, haber corrido por Colima, como una loca, suplicando y llorando, y haber expuesto todos los días la dignidad de un padre anciano para salvar a un hombre que ha acabado por aceptar el sacrificio de la vida de otro, y por confesar con vanidad que es un traidor! ¡De modo que ese infeliz Fernando no era un calumniador, de modo que le hemos ultrajado injustamente, de modo que habrá tenido un infierno en el corazón, y que va a morir asesinado por nuestra crueldad…!

Y Clemencia, que hasta allí había contenido sus lágrimas, rompió a llorar; pero con tanta violencia que las señoras se acercaron a ella y la estrecharon entre sus brazos.

Isabel lloraba también silenciosamente.

— Esto es verdaderamente para morirse, madre mía —continuó Clemencia bañada en llanto—. El desengaño ha sido terrible; pero él no me destroza el corazón, como la idea de que soy yo la que va a matar a ese noble joven. Antes creí que era yo también la causa de que Enrique fuese calumniado por su rival celoso; pero ya veo que no fue así; su crimen le condenaba. A Fernando, sí, yo soy quien le mata.

Después de estas palabras ya no hubo más que silencio, sollozos y abatimiento de Clemencia, que mesaba en su dolor sus hermosos cabellos negros, que devoraba sus lágrimas y que daba las señales de la más frenética desesperación.

Capítulo 34. Sacrificio inútil

Amanecía cuando se oyó el galope de un caballo en la calle, y a poco llamaron de nuevo en el zaguán. Era un correo del padre de Clemencia, que apenas pudo hablar de fatiga.

— He corrido como nunca —dijo— aquí está una carta.

El señor R… decía a su hija:

He cedido la mitad de mi fortuna en favor del ejército, pero Enrique ha sido indultado. ¡Qué trabajo costó! Adjunto la orden para el comandante; que se lleve luego. ¡Ojalá que sea tiempo!

Clemencia enseñó la carta a su madre moviendo la cabeza con amargura, y arrojó en una mesa la orden del cuartel general.

— Que se ha de llevar ese pliego, me dijo el señor.

— Es inútil —contestó Clemencia— vete.

— El llegará aquí a las ocho —añadió el correo.

— Bien: vete.

Como a las diez llegó el carruaje del señor R… y él se bajó fatigado y entró lleno de ansiedad.

— ¿Llegó a tiempo? —preguntó—. ¿Se salvó?

Clemencia se arrojó llorando en los brazos de su padre.

— ¡Cómo! ¡Cielos! ¿Fue tarde?

— Ah, no padre mío ¡fue inútil!

El señor R… un momento después supo todo lo acontecido, y fue indecible lo que pasó en su alma.

Aquella fue una escena atroz. En los corazones se sucedían diversos sentimientos, la tristeza, el arrepentimiento, el dolor, pero sobre todo el tedio, el tedio que produce el esfuerzo inútil y el sacrificio tributado a la maldad.

— Y aun hay más —dijo después de un momento el padre de Clemencia—. He sabido en el cuartel general muchas cosas que me han causado una pena profunda. El hombre generoso que nos proporcionó el carruaje en el camino de Zacoalco, no fue ese infame, sino ese pobre Fernando a quien tanto mal hemos hecho. Me lo dijo el general en jefe, pues que precisamente por eso Enrique le acusó, suponiendo que el postillón era un correo de Guadalajara, y además allí, en Zapotlán, tomó otro carruaje por la inutilidad en que estaba el mío, a causa del viaje, y el conductor, que es el que viene conmigo y a quien reconocí, me dijo que el joven oficial le dio aquella noche tres onzas de oro y un reloj que no había examinado; pero que después registrándole encontró el nombre de su dueño, que era Fernando Valle, y me lo enseñó y lo he visto yo, no me cabe duda. Así es que a su nobleza de conducta debe agregarse que no quiso que supiéramos que él era nuestro protector. De modo que yo regalé al otro mis caballos, y le tributamos nuestra necia gratitud, y ese infeliz mató su caballo, se quedó pobre, y va ahora tal vez a morir sin llevar de nosotros ninguna muestra de reconocimiento.

El dolor de aquellas desgraciadas señoras aumentó con este relato, como era natural, y Clemencia no sabía qué hacer. Estaba aturdida.

— Pero, en fin —exclamó el señor R… con resolución— señor, he sacrificado por ese villano la mitad de mi fortuna, aún me queda la otra para ofrecerla por este muchacho tan valiente, tan patriota y tan noble. Sólo que ¿cómo hacerlo? Me es imposible volver a Zapotlán. Escribiremos; ustedes se quedarán pobres, hijas mías, pero no tendrán un remordimiento.

— Trabajaré, padre mío, como una obrera, con tal de salvar a Valle. Su vida será mi herencia.

Capítulo 35. El salvador

— ¿Saben ustedes lo que pasa? —dijo entretanto uno de los amigos de la familia.

— Ya lo sabemos —dijo el señor R…— Ahora ¿qué sucederá con ese oficial?

— Que lo fusilan sin remedio; el comandante está furioso. Ustedes comprenderán su cólera. Al amanecer, ese pobre joven que estaba encerrado en la prisión del coronel Flores hizo llamar con gran sorpresa de todos a su general, y le dijo simplemente que él había hecho escapar al reo.

— Y ¿sabe usted lo que ha hecho, desgraciado? —preguntó el general.

— Sí; ponerme en su lugar —dicen que respondió con serenidad el oficial—. Estoy listo, y cuanto más pronto mejor.

El comandante, sin embargo, acababa de despachar un extraordinario a Zapotlán.

— Le he encontrado —interrumpió el padre de Clemencia.

— Pues bien, aguarda la contestación del jefe, y creo que esto acabará pronto…

A las nueve de la noche el extraordinario volvió.

El general en jefe, indignado hasta el extremo, contestó luego dando orden de que al día siguiente en la mañana ejecutaran al comandante Valle, sin más fórmulas.

Con esta comunicación venía otra para el señor R… que decía:

Este Cuartel general releva al señor R… de todas sus ofertas y compromisos con el erario, pues queda satisfecho con castigar al criminal que dejó escapar al ex—teniente coronel don Enrique Flores.

Así pues, para colmo de dolor, la familia del señor R… volvía a recobrar la mitad de su fortuna comprometida para salvar a Flores, a costa de la vida del infeliz Fernando Valle.

El señor R… escribió al general en jefe, ofreciéndole todo su capital por la vida del desdichado joven; pero era preciso obtener una suspensión de la orden, de ejecutarse a la mañana siguiente, y el comandante se negó a concederla.

Capítulo 36. La fatalidad

Eran las diez de la noche y Valle me hizo llamar. Costó trabajo que me permitieran verle, pues lo sucedido con Flores hacía desconfiados a los jefes; pero lo conseguí al fin, y fui al calabozo del prisionero.

Apenas me vio cuando vino a abrazarme.

— Doctor —me dijo— perdone usted la molestia de un moribundo; tengo que pedir a usted otro favor, y me parece que será el último.

Yo no pude responderle, lloraba y se me anudaba la garganta. Aquella desgracia me había conmovido. El crimen de aquel joven era la más sublime generosidad.

— Hombre —continuó— agradezco a usted esta prueba de afecto, que es la única que habré recibido, pero vale para mí un mundo. No se aflija usted por mí, le aseguro que creo una fortuna que me fusilen. Estoy fastidiado de sufrir, la vida me causa tedio, la fatalidad me persigue, y me ha vencido, como era de esperarse. Me agrada que cese una lucha en que desde niño he llevado la peor parte. Voy a contar a usted algo de mi vida en cuatro palabras; usted indagará lo demás, y cuando se acuerde de mí procure usted añadir el estudio de lo que me ha pasado a los demás que haga, procurando descifrar esto que en la tierra llamamos la mala suerte. Yo no sé si en buena filosofía estará admitida la influencia de la Fatalidad, yo ignoro esas cosas; pero el hecho es que, sin haber hecho nada que me hubiese acarreado el castigo del cielo, que sintiéndome con una alma inclinada a todo lo noble y bueno, he sido muy infeliz y he visto cernirse siempre la tempestad de la desgracia sobre mi humilde cabaña, al mismo tiempo que he visto brillar el cielo con todas sus pompas sobre el palacio del malvado, que se levantaba frente a mí, insolente en medio de su fortuna.

Creo que es la primera vez que uso el estilo figurado, y pido a usted perdón por él, en gracia de que no volveré a usarle más.

No hay misterios en mi vida, como todo el mundo ha sospechado, no sé por qué. Soy hijo de una familia rica de Veracruz, avecindada hoy en México; pero el hogar paterno me negó desde niño su protección y sus goces, a causa de mis ideas y no de mi conducta.

Mi padre es un hombre honrado, pero muy austero en la observancia de sus principios religiosos y políticos. Es enemigo de las ideas liberales. Mi madre es un ángel de bondad, pero sumisa a la voluntad de mi padre, le obedece ciegamente.

Tengo tres hermanos y tres hermanas; usted conocerá a los unos y a las otras, y quedará usted contento. No piensan como yo los primeros; pero valen mucho, y son un modelo de belleza y virtud las segundas.

Desde muy pequeño vine a educarme a un colegio de México, mientras que dos de mis hermanos se educaban en Europa y otro más pequeño permanecía en casa. Yo conocía de religión las prácticas del culto y las ideas de mi tierna madre; y de política había yo oído a mi padre anatematizar los principios progresistas.

Pero a los tres años de estudiar me encontré un amigo ¡ay, el único cariño profundo de mi vida solitaria! Era un muchacho pobre, pero de un talento luminoso y de un corazón de león. Él no jugaba, no paseaba, no tenía visitas; en vez de distraerse, pensaba; cuando todos hablaban con sus novias él hablaba con los muertos, como decía Zenón, estudiaba de una manera asombrosa. Así es que el joven era un sabio, en la época en que todos son regularmente ignorantes.

Pues bien, este amigo me inspiró las ideas liberales, que abracé con delirio. Mi tutor, hombre que opinaba como mi padre, se espantó de este giro que tomaban mis aspiraciones, y me prohibió la amistad de aquel hermano mío. Yo me negué a separarme de él. Primer motivo de disgusto para mi familia. ¿Qué quiere usted? Cuando uno sacrifica un sentimiento noble como el de la amistad, a las preocupaciones, no merece tener amigos. Yo fui leal.

Después me retardé en ir a Veracruz a las vacaciones. Era que la madre de mi amigo se moría, y él estaba solo. Aquella señora pobre que vivía en una casa miserable carecía de todo, y su hijo sufría espantosamente al verla llena de privaciones. Yo vendí lo que tenía y le ayudé a asistirla; había sido para mí una madre; me adoraba… Me quedé, pues, unos días de diciembre para acompañarla hasta que murió. Llegué tarde a mi casa, atribuyéronlo a despego mío hacia la familia, y mi padre me trató con severidad. Yo fui a expiar mi falta a la casa, y los goces de la distracción y del cariño me fueron negados.

Mi adorada madre lloraba e imploraba el fin de mi castigo. Por fin lo obtuvo, pero no volví al colegio. Me dedicaron a aprender un oficio y estuve en una armería un año. Usted ve que soy débil, los trabajos del armero me fatigaban y, por otra parte, deseaba yo estudiar, tenía sed de saber, y sabía yo con envidia, con noble envidia, que uno de mis hermanos se recibía de ingeniero en París y que otro estudiaba medicina en Alemania. ¿Me dirá usted que por qué eran tan severos conmigo en mi casa y por que era yo el hijo despreciado? Yo no lo sé. No había ninguna de esas razones dolorosas que suelen en una familia condenar a un hijo al papel de víctima. No; jamás los celos habían emponzoñado mi hogar; y, por otra parte, mi semejanza con mi padre, lejos de hacerme odioso, parece que me hacía acreedor, al menos, a la igualdad en el afecto.

Así, de armero, yo procuraba ganar la ternura paternal. Me acuerdo de una famosa espada que hice para ofrecerla a mi padre en su cumpleaños. ¡Cómo trabajé en forjarla y en cincelarla!

Llegó el día, y entre los regalos enviados por mis hermanos de Europa y ofrecidos por mis hermanas, creí que mi espada y mis otros dijes de herrería me alcanzarían una sonrisa, un abrazo y el perdón de mis faltas. No fue así: el carácter de mi padre para mí se ennublecía cada día más; apenas vio mis regalos y los arrojó con desdén en un rincón. Yo derramé lágrimas en silencio, y no me consolé sino cuando mi madre, a hurtadillas, vino a hacerme una caricia y me dirigió algunas palabras de ternura.

Algunos amigos de mi padre le hicieron reflexionar que era demasiado severo con un muchacho tan endeble y tan enfermizo como yo, y a moción suya me envió a una casa española de Veracruz para dedicarme al comercio.

Pero el comercio me fastidiaba, estaba yo consumiéndome de tristeza. En esa época llegó el gobierno liberal e hizo de Veracruz su baluarte. A poco el ejército reaccionario vino a poner sitio a la plaza. Qué quiere usted, doctor, el fastidio que me causaba el comercio, las ideas liberales que me entusiasmaban, los toques de guerra que me hacían hervir la sangre, el peligro que me seducía, todo influyó en mí y, después de escribir una carta muy respetuosa a mi padre, en que le pedía perdón por seguir otros principios que los suyos, me alisté como soldado raso, y desde entonces pertenezco al ejército. Quise comenzar mi carrera desde esa clase. Ascendí a sargento y luego, cuando triunfamos y fui a México, he visto frecuentemente a mis hermanos en su carruaje pasar junto a mí, dirigiéndome una sonrisa de lástima.

Intenté una vez ver a mi padre y a mi madre para arrodillarme delante de ellos e implorar su perdón y su gracia, y escribí con tal objeto; pero recibí la orden de no presentarme jamás en casa. Por eso he vivido apartado de mi familia, sin verla ni aun en momentos en que me moría del pecho. Esperé la muerte solitario; mi buen amigo había muerto también de tifo, y yo no tuve más asistencia que la del hospital militar. Entonces pedí mi licencia, se me concedió y viví trabajando como armero de día, y estudiando de noche; pero vino la guerra extranjera y volví a presentarme de soldado raso. Por eso muchos creen que he comenzado a servir hace dos años. Concurrí el 5 de Mayo, después al sitio de Puebla, a las órdenes del general Herrera y Cairo, que hoy está en el interior, y he ganado mis ascensos merced al deseo que he tenido de distinguirme en las armas.

He ahí mi historia, historia de dolor, de miseria y de resignación; jamás me he sublevado contra la dureza de mi suerte, jamás he manchado mi vida con una acción innoble. He sido liberal, he ahí mi crimen para mi familia, he ahí el título de gloria para mí. Mi padre sabrá que he sido un soldado oscuro en el ejército republicano, pero jamás un criminal. Conservo su nombre puro, y aun el motivo que me lleva al cadalso es un motivo de que se enorgullecería cualquiera. ¡He faltado a las leyes militares, pero no a las de la humanidad! Quizá hago un mal a la patria, pero para mí ahorro lágrimas y evito la desventura a un corazón que ama con delirio.

En cuanto al estado de mi corazón, confieso a usted que nunca he amado antes de llegar a Guadalajara, porque francamente no he sido simpático a las mujeres; y alguna vez que me he inclinado a alguna, pronto su desvío me ha hecho comprender que la molestaba, y, tímido por carácter, pero altivo en el fondo, me sentía humillado y me retiraba pronto.

En Guadalajara tuve mi primera pasión. Usted lo sabe tal vez; esa joven tan hermosa y buena, que ha estado ayer loca de dolor por Flores, fue la que yo amé. Ella fue la causa; me miraba de una manera que me engañó; creí que podría llegar a quererme, quizá por una originalidad de su carácter, o quizá porque adivinara que yo tenía un corazón sensible y bueno. Pero fue un error mío, que no conocía sino cuando ya estaba perdido y ciegamente enamorado. Y aún lo estoy, doctor; crea usted que hacía tiempo que no experimentaba un dolor tan amargo como el que sentí ayer al oírla dirigirme, en su justo sentimiento, palabras que aún me despedazan el corazón.

Deseo que me haga usted un favor. He escrito esa carta para mi padre. Tenga usted la bondad de enviársela para que sepa que su pobre hijo ha dejado de existir. Hoy me han traído un libro para leer. Eran los cuentos de Hoffmann. He leído dos; y como un desgraciado busca siempre en lo que lee los pensamientos que están en consonancia con sus penas y sus propias ideas, he copiado en ese papel esos dos; guarde usted ese papel en su cartera, y cuando le vea, recuérdeme. Me es grato pensar que usted me recordará. La memoria de un alma compasiva es la más santa de las tumbas.

Ahora, adiós, doctor. ¡Ah! acepte usted también mi caballo como un obsequio humilde; le compré en diez onzas a un criado del señor R…, el padre de esa joven, de esa mujer a quien muero amando. No tengo más que dejar, pues he dado mis armas a Flores anoche.

Ahora deseo recogerme un instante; tengo que rogar a Dios que me perdone mis faltas y fortalecerme con la idea de que en la otra vida no sufriré como aquí.

No ocultaré a usted que estoy triste; la tristeza es la sombra de la muerte cercana. ¿Por qué me había de escapar de esa ley de la naturaleza? Además, amigo mío, no hubiera yo querido morir así. Yo soñaba con la gloria; yo anhelaba derramar todavía más mi pobre sangre en los altares de la patria; yo me hacía la ilusión de sucumbir con la muerte de los valientes; a la sombra de mi bandera republicana.

Al decir esto, dos gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de Fernando, y sus labios se agitaron un momento en un temblor convulsivo; pero él se apresuró a enjugarse los ojos y añadió sonriendo:

— Pero ¿qué hemos de hacer? Puesto que es ya tarde para volver al pasado, pidamos a Dios para nosotros la paciencia y el reposo. Mañana dormiré para siempre. Adiós, amigo mío.

Yo sofocaba mis gemidos. Le estreché en mis brazos y le dije tartamudeando:

— Usted merecía vivir y ser grande.

Capítulo 37. Bajo las palmas

Al día siguiente, al dar las siete de la mañana, una columna de doscientos caballos escoltaba un carruaje que se dirigía hacia ese rumbo pintoresco y hermosísimo de Colima, que se llama la Albarradita, lugar lleno de extensas huertas donde la exuberante vegetación de la tierra caliente se muestra con todos sus encantos. Millares de palmeras elevan sus gigantescos penachos sobre las cercanías cubiertas con inmensas cortinas de verdura y de flores, y los naranjos, los limoneros, los zapotes dan sombra a los cafetos inclinando sobre las flores de nieve o los rojos frutos de estos arbustos, sus ramajes recamados de oro.

A esa hora las aves cantaban regocijadas entre los árboles, corría una brisa tibia y cargada con los aromas del azahar y de la magnolia. El cielo estaba azul y limpio, y apenas algunas nubecillas como vellones transparentes se alejaban para perderse del lado del mar. El volcán elevaba hasta el cielo su punta de nieve en que parecían romperse chispeando los rayos del sol naciente.

La naturaleza toda parecía elevar un himno a Dios, solemne y dulce. Y en medio de esta alegría del cielo y de la tierra, debajo de ese manto infinito de zafiro y de luz, atravesaba aquel cortejo militar silencioso y terrible.

Allí iba un reo de muerte que iba a mezclar sus últimos suspiros a los cantos de fiesta con que la naturaleza saluda al Creador al aparecer el nuevo día.

La columna atravesó todo lo largo de la hilera de cármenes de la Albarradita, y cerca de un grupo de palmeras que se alzaban solitarias sobre un prado gracioso, y en que el invierno no había podido tostar el manto de la primavera, el cortejo hizo alto. Allí estaba el cuadro de infantería formado y un gentío inmenso aguardaba. El carruaje se detuvo afuera del cuadro, abrióse la portezuela y Fernando bajó tranquilo, y con paso seguro y firme avanzó entre una doble hilera de soldados, conducido por un oficial.

Llevaba abrochada su levita militar, puestas sus botas fuertes y su kepí inclinado graciosamente hasta los ojos.

Al tiempo de entrar en el cuadro, otro carruaje llegaba a galope por el lado opuesto, y de él se apeaban apresuradamente tres señoras vestidas de negro cubiertas con largos velos, y un caballero de edad.

Eran Clemencia, su pobre madre que no quería abandonarla, Isabel y el señor R… que, no teniendo más voluntad que la de su hija, se dejaba arrastrar, y entonces lo hacía con toda su voluntad. La apasionada hija de Jalisco, cuyos sentimientos se desbordaban luego de su corazón y no podían permanecer disimulados un momento, había procurado inútilmente penetrar en la prisión de Fernando para pedirle perdón de rodillas y asegurarle que le admiraba hoy, y quizá le amaba ya tanto como el día anterior le había ultrajado y aborrecido. Entonces determinó hacerlo a la hora de la ejecución. ¿Qué importaba esto a aquella joven que desafiaba a la sociedad con tanto valor, y que estaba acostumbrada a imponer su voluntad como una ley?

Dirían que era una loca; y bien, sí, tenía esa sublime locura del corazón cuyas extravagancias, la admiración popular convierte en leyendas, eterniza en cantos y adora en el santuario de su alma. ¿Acaso Clemencia era la primera mujer que se abrazaba al cadalso de un ser querido? Desde el Gólgota, desde antes, ha habido mujeres santas que han perfumado con sus lágrimas el pie del patíbulo en que han expirado los mártires.

Así, pues, Clemencia se precipitó entre la multitud, impetuosa, palpitante y pugnando por penetrar en el cuadro. Pero el gentío era inmenso y estaba tan compacto, que a no ser una columna, nadie podía atravesarle.

La pobre joven, seguida de sus acompañantes y arrastrando a Isabel que iba casi desfallecida, rogaba, empujaba, prometía oro, gritaba llorando que la dejasen pasar, que era de la familia del reo, que quería hablarle por última vez, que quería verle.

En vano; la muchedumbre tal vez por compasión le cerraba el paso. Y el cuadro se conmovía, y se escuchaba una voz seca e imperiosa ordenar un movimiento. ¡Gran Dios! Fernando iba a morir y Clemencia ni le vería siquiera.

De repente reinó un silencio mortal.

— Por piedad —gritó Clemencia— paso, yo necesito verle… por el amor de Dios… lo suplico.

La muchedumbre asombrada y triste abrió paso, pero aún quedaba que atravesar la fila de soldados.

Clemencia iba a suplicar a un granadero que la dejara pasar, cuando quedó clavada en el suelo, y muda de horror y de dolor.

Estaba frente a frente a Fernando, aunque a lo lejos. El joven estaba hermoso, heroicamente hermoso. No había querido vendarse, se había quitado su kepí que había puesto a un lado en el suelo y, pálido pero con la mirada serena y con una ligera y triste sonrisa, elevando los ojos al cielo, esperaba la muerte.

Los cinco fusileros estaban a dos pasos de él y le apuntaban. Las palmeras a cuya sombra se hallaba, estaban quietas, como pendientes de aquella escena terrible.

Clemencia quiso gritar para atraer siquiera sobre ella la última mirada de Fernando; pero no pudo, la sangre se heló en sus venas, su garganta estaba seca, era el momento terrible… Se oyó una descarga, se levantó una ligera humareda que fue a perderse en los anchos abanicos de las palmas, y todo concluyó.

Fernando había caído muerto con el cráneo hecho pedazos y atravesado el corazón.

— Levanten a esta señora que se ha desmayado, mujeres —gritó el soldado a cuya espalda había estado Clemencia.

Un grupo de mujeres del pueblo levantó a la joven, y luego su padre la tomó en brazos y la condujo al carruaje adonde Isabel estaba escondida y llena de terror con la madre de su amiga.

Los fusileros se retiraron llorando: ¡era tan valiente aquel joven oficial!

La tropa se volvió a la ciudad y la gente se dispersó. Sólo el carruaje de Clemencia permaneció allí todavía. Unos soldados quedaron junto al cadáver para recogerle; pero esperaban la camilla y pasó media hora.

De repente Clemencia bajó otra vez de su carruaje, pero su padre la retuvo con fuerza, y ella, abatida y débil, sucumbió, y volvió a entrar en el coche, donde la recibieron desmayada su madre y amiga.

El señor R… llegó junto al cadáver y, pidiendo permiso, sacó de su carterita unas tijeritas y cortó un mechón de cabellos de Fernando, que guardó cuidadosamente, después de lo cual volvió al carruaje, que partió para la ciudad.

Clemencia volvió de su nuevo desmayo en su casa, y ya recuperada y más tranquila.

— Padre mío —dijo— ¿dónde está eso?

— Aquí, hija querida, aquí; pero por Dios que no nos hagas sufrir.

Y le alargó los cabellos que había cortado.

— ¡Ah! —dijo Clemencia tomándolos con delirio y besándolos repetidas veces—. A ti era a quien debería haber amado —dijo—, y cayó sobre sus almohadas desecha en llanto.

La familia del señor R… recogió después el cadáver de Valle, y le dio sepultura con la adoración que se debe a un mártir.

Epílogo

Algunos meses después estábamos derrotados y perdidos en aquel rumbo. Todo el mundo había defeccionado o huía. Los franceses eran dueños de Jalisco y de Colima.

Yo vine a Michoacán como pude; pero después, las enfermedades que me tenían agonizante me obligaron a venirme a encerrar a México, a mi pesar.

Al día siguiente de mi llegada era la fiesta de Corpus, y yo sin creer que hacía mal pasé a la casa de la familia de Fernando y entregué al portero la carta que había traído guardada, encargando que la subiera en el acto.

¡Ah! amigos míos, eso fue atroz. Era el cumpleaños del padre de mi pobre amigo. Se llamaba Manuel. Estaba la familia en el banquete, que había concluido, y era la hora de los brindis. Las hermanas de Fernando con numerosas amigas suyas estaban en el balcón viendo desfilar la columna, pues había habido gran parada y se hallaban muy divertidas. Yo me detuve en el zaguán para ver pasar también aquella tropa para mí aborrecida. Llegaba frente a nosotros un cuerpo de caballería, y a su frente venía un gallardo coronel que caracoleaba un soberbio caballo, y veía al balcón con ese aire de don Juan que acostumbraban usar los militares buenos mozos.

Era Enrique Flores, el miserable autor de la muerte de Fernando. Al pasar debajo de los balcones saludó graciosamente, y se quedó mirando un instante a las hermosas.

Estas le devolvieron un saludo con una deliciosa coquetería.

Pero no bien acabaron de saludar, cuando se metieron espantadas. Era que el viejo aristócrata había tomado la carta, y al leerla había dado un gran grito de dolor.

— ¿Qué es eso? —preguntó la señora.

— ¡Han matado a Fernando! —pudo apenas gritar el anciano, y se quedó clavado en su silla.

La señora leyó la carta también y se desmayó; las hermanas de Fernando llegaron, y un momento después, en aquella casa que antes resonaba con las alegrías del festín, no se oían más que sollozos y gritos de desesperación.

En cuanto a Clemencia, la hermosa, la coqueta, la sultana, la mujer de las grandes pasiones, pudieron ustedes conocerla el año pasado. Era hermana de la Caridad en la Casa Central; allí la visité; pero ¡cuán mudada estaba! Hermosa todavía, pero con una palidez de muerta.

— Poco me falta que sufrir doctor, me dijo: esto se va acabando.

Y mostrándome un pequeño relicario oculto debajo de su hábito:

— He aquí lo que me queda —me dijo—, un hábito que me consagra a los que sufren, y esto que me consagra a la muerte… ¿Sabe usted?… son sus cabellos… espero que él me habrá perdonado desde el cielo.

Y los ojos de la infeliz joven se llenaron de lágrimas.

Algunos meses hace que partió para Francia.

Nota del autor

El menor de los defectos de esta pobre novelita es que para cuento parece demasiado larga. Pero no hay que tomar formalmente la ficción de que el doctor relate esto en una noche. Es un artificio literario, como otro cualquiera, pues necesitaba yo que el doctor narrara, como testigo de los hechos, y no creí que debía tener en cuenta el tamaño de la narración. Además, a pesar de mi pequeñez me amparan, para hacer perdonable lo largo del cuento, los ejemplos de Víctor Hugo en Bug—Jargal, de Dickens en varios de sus Cuentos de Navidad, de Erkmann Chatrian en sus Cuentos populares, de Enrique Zschokke en sus Cuentos suizos, y de Hoffman en muchos de los suyos. En lo que sí no tengo amparo es en lo demás, y no me queda más recurso que apelar a la bondad de los lectores.

EL AUTOR


Publicado el 1 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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