Informe Sobre la Estupidez

Arturo Robsy


Novela



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Índice

1. BAJO LA NUBE
2. UN MUDO VALE POR MILES DE PALABRAS
3. UNA FAMILIA RICA
4. OTROS CALVARIOS
5. HIGIENE NATURAL
6. GRAVES DESORDENES
7. BUENA LA HICISTE
8. EL VIENTO DEL TIEMPO
9. MUNDO, DEMONIO Y CARNE
10. ANTES
11. DON JUAN
12. DON ANSELMO
13. HIJO ILUSTRE
14. ACTO PUBLICO
15. EL GUATEQUE
16. JUNTO A LOS CANAPES
17. DE COMO SUDA UNA AUTONOMIA
18. O'CONNOR
19. SIN PERDER NI UN MINUTO MAS
20. LOS TRABAJOS QUE NO MANDABA EL SEÑOR
21. LOS CULTOS
22. PER ASPERA AD ASTRA
23. CUANDO ABRIO LOS OJOS LA MAÑANA
24. SIMBOLOS
25. LAS MANOS LLENAS DE DON ANSELMO
26. LAS EXCAVACIONES
27. LETRAS SIN FILOSOFIA
28. LLENOS DE GRACIA
29. COMO PARA NO SOSPECHAR
30. LA PLAZA DE LA CONSTITUCION
31. CULTURA POPULAR
32. TODO SE EXPLICA
33. EL FIN DEL MUNDO EN OCHENTA SEGUNDOS
34. PIEDRAS Y POLÍTICOS
35. CAMBIAR ALFIL POR REINA
36. AL DIA SIGUIENTE

1. BAJO LA NUBE

El sol del mediodía brillaba sobre la ciudad, neutral, manteniéndose a distancia. Una nube de polvo blanco y rojo volaba sobre las azoteas y caía tan lentamente como el silencio que siguió a los formidables estruendos de la mañana.

El alcalde, tras levantarse del suelo de la plaza de la Constitución, había mirado, insensible, cómo las fuerzas vivas se sacudían sus trajes de los actos públicos. Cubiertos de menudas partículas y de asombro, se habían separado sin mediar palabra, sintiéndose cada uno responsable secreto de la tragedia y rezando para que su intervención en ella no llegara a saberse.

Bajo la nube blanca que se iba depositando, el alcalde Juan de Dios, pálido por dentro y por fuera, echó a andar hacia casa: ya no tenía despacho y su ordenanza, posiblemente, estuviera todavía corriendo. Se había visto al borde de la muerte por un momento, pero entonces ya se veía al de la destitución. El, que siempre había sido un hombre con la cabeza bien atornillada, sentía ahora los tornillos flojos y el corazón a tres dedos de la boca.

 

Don Anselmo, el viejo catedrático recientemente elevado al Olimpo de los Hijos Ilustres de la ciudad, conversaba con el octogenario don Juan. Ambos habían contemplado por Telecab, la televisión local por cable, los espantosos sucesos de la plaza de la Constitución, incluido el espectáculo de ver rodar por el suelo al pleno de las fuerzas vivas con su alcalde, Juan de Dios —nieto de don Juan— y el minipresidente Felipe Suárez a la cabeza.

Don Anselmo y don Juan contuvieron el aliento hasta que vieron ponerse en pie a los prohombres, sacudiéndose nerviosamente el polvo, tan pronto como terminaron las explosiones.

Los dos ancianos se miraron con sus ojos vivos. Les parecía mal reír y, sin embargo, no se les ocurría nada mejor. No planearon algo tan espectacular y terrible sino una inocente broma, pero tampoco los apenaban los resultados.

—Desde la guerra —dijo don Juan— no había pasado nada tan gordo.

Ambos, de común acuerdo, dejaron vagar la mente por aquellos buenos tiempos de la guerra, cuando los hombres sólo corrían hacia adelante o hacia atrás. Al menos habían sido los suyos; los habían ayudado a construir con sus propias manos. O con sus propios pies.

Por aquella época, parecía mentira hoy, militaban en bandos contrarios. Don Anselmo, creyéndose a resguardo, no lo estuvo y fue detenido y salvó de milagro la piel en aquellos difíciles momentos. Tuvo que demostrar que, pese a la corbata, era un buen republicano.

Aún recordaban aquel mundo que ya no existía cuando entró Juan de Dios, nieto de don Juan y alcalde electo por el momento. Juan de Dios, por el camino, había reparado en su propia mortalidad y más aún cuando le llamaron a casa desde Madrid justo al acabar de ver un vídeo inquietante. Alguien había oído noticias confusas y extrañas y no había conseguido comunicar con el ayuntamiento. A ver cómo.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó el mismísimo ministro, al que Dios debía su ascenso a persona elegible.

El alcalde no estaba tan conmocionado como para no recordar su entrenamiento burocrático:

—Se nombrará una comisión investigadora.

—Sí, pero ¿qué ha pasado? ¿Qué están diciendo las emisoras? Hablan de una catástrofe enorme.

—Es verdad. Una gran catástrofe. Sin víctimas. Pero lo que ha pasado... yo no lo sé.

«Y no me lo extraerás ni con hierros candentes», añadió para su coleto.

—Salgo inmediatamente para allá.

Juan de Dios oyó estas últimas palabras como si fueran una sentencia. El ministro llegaría, vería los enormes destrozos y se pondría a rodar cabezas como quien rueda aros.

Un cadáver político siempre sufre cierta limitación de facultades y aquel alcalde electo que todavía era Juan de Dios no conseguía explicarse los últimos acontecimientos de su vida. ¿Cómo se las había apañado para dejar la ciudad arrasada? Dentro no le quedaba ni un taco con el que desahogarse, así que fue donde su abuelo y don Anselmo, en busca de consuelo.

—¿Qué ha pasado?

—¿Están ahí? —dijo Juan de Dios, saliendo de la contemplación de la nada y enfangándose en la de sus miserias. Lo peor era que no podía contar nada de lo poco que comprendía. Hubiera sido contraproducente. ¿Cómo explicar que, buscando un tesoro, había destruido...? ¿Qué había destruido exactamente? Porque estaba tan seguro de no ser el responsable de todo que hasta dudaba de ser responsable de algo. Como de costumbre, decidió echar a otros sus culpas:

—Creo que los de la empresa de demolición pusieron más carga de la debida y, al caer el monumento de Abú Omar, lo demás se vino abajo.

Los dos viejos, cómplices, se miraron sonrientes. Ellos sabían más. Don Anselmo se aclaró la voz:

—¿Y no estarías tú buscando lo que te dije del Cortao?

Juan de Dios contempló a su abuelo, como preguntándose si podía hablar delante de un tipo entregado al régimen ovo—lácteo—vegetariano y a los baños de bajo vientre. Se encogió de hombros: el viejo con quien tenía pendencia era con su padre, Juancho.

—Sí, lo buscaba. De paso.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

Un frío le bajó hasta las partes más nobles. Tenía que pronunciar una durísima palabra:

—Dimitir. Viene el ministro y no creo que considere que es de buenos alcaldes cargarse la ciudad. Además...

De vuelta a casa, el periodista más gusano, el más goebbelsiano de los plumíferos, le había puesto un vídeo en la mano:

—Grabado —le dijo— en el sótano del ayuntamiento. Te cogí, alcalde. Te recomiendo que leas mañana el periódico.

Lo malo era que miles de personas lo harían también y, aunque entontecidas por la tele, pedirían su pellejo.

—Además me han grabado en vídeo. Se me ve poniendo unas cargas de goma dos. Ayudado por Pepe.

—Buen chico, Pepe. —suspiró don Juan.— Un hombre fiel donde los haya.

—Lo malo —dijo don Anselmo— es que mañana te llamarán alcalde dinamitero.

Juan de Dios renunció a hablar. Se lo impedía la pena que sentía por sí mismo. Palideció un poco más y se quedó mirando la luz blanca que entraba por las ventanas. Era un hombre con un destino.

—¿Cuándo llegará el ministro, hijo mío?

—Dentro de muy poco, don Anselmo. Vendrá aquí porque en el ayuntamiento...

—¿Y sería posible que yo hablara con él? Tal vez si le explicara...

—¿Explicar encima? ¿Qué?

—La verdad: que buscabas un legado para el partido.

—¡Oh, Dios mío! —dijo Dios, enrojeciendo y volviendo a mirar la luz de las ventanas. La luz. ¡Qué lejos estaba!

2. UN MUDO VALE POR MILES DE PALABRAS

A las siete en punto el mudo empezaba su trabajo. Era menudo, tostado y, evidentemente, silencioso. Nadie sabía donde se metía hasta las siete de la tarde pero, a esa hora, se materializaba con su infeliz sonrisa y su boca siempre abierta. Empujaba un carrito verde, de tres ruedas, con el que siempre andaba enganchándose con las zarzas o rozando con las esquinas.

La chiquillería veraneante veía pasar al mudo como a las nubes. Nadie sabía su nombre ni si lo tenía. Y a nadie le importaba: no podrían llamarlo aunque lo supieran. Hacía años que los chicos descubrieron que el mudo, además de frágil y algo tonto, era sordo. También descubrieron, una vez que se cayó y se le desprendió la boina, que era calvo. Algunos hasta le encontraron cierto parecido con el mudito de Blancanieves.

Iba el hombrecillo de casa en casa con su carrito y recogía la basura. Gratis. Los niños, al principio, lo tenían por una especie de duende de la naturaleza que cuidara de hacer desaparecer la porquería. Más adelante alguien le sorprendió cerca de las cochiqueras de la finca y se desveló el misterio: alimentaba a los cerdos con las sobras de la colonia.

En 1959 España era todavía joven y las cosas iban mejor que antes pero, aún así, las basuras de una casa eran, sobre todo, sobras de comida, mondas de patata, cáscaras de huevo, raspas de pescado, restos de lechuga y pieles de manzana. Todo ello junto, y bien revuelto, tenía ese olor peculiar, entre dulzón y agrio, con que se anunciaba la presencia del mudo, empujando esforzadamente su carrito verde de tres ruedas.

Empezaba su ronda por Los Vientos, no sólo porque fuera la mejor casa y perteneciera a la finca, sino porque estaba en lo alto de la cala: desde allí todo era cuesta abajo por unas calles de tierra y de piedras como melones. Los niños, a veces, lo descubrían en una situación comprometida, con la rueda bloqueada por una roca o trabada en una rodada. Se imponía entonces una rudimentaria caridad y, a pesar de las órdenes maternas, arrimaban el hombro al carrito y lo sacaban del atolladero. Después regresaban a casa oliendo a basura pero satisfechos de sí mismos, porque estaban convencidos del valor intrínseco de las buenas obras. Antes se enseñaba así. El mudo, además, se lo agradecía con unos sonidos como de animal herido. Un dolor de vida.

Casi nadie sabía de qué vivía, porque servir, no servía para gran cosa. Por lo visto el aparcero de los Vientos tenía buen corazón y le daba cobijo y comida a cambio del trabajo. Y algunos duros, aunque pocos. En septiembre segaba caña de azúcar para forraje. También llevaba y traía a la mula de la noria, aunque en los Vientos había un molino que sacaba el agua y producía corriente eléctrica.

Sólo había dos casas con electricidad en aquel entonces: la de los dueños de los Vientos y la del alemán. La una se valía de la fuerza eólica, silenciosa pero inconstante, y la otra de un grupo electrógeno que funcionaba con petróleo después de arrancarlo con una manivela. Una vez el alemán hasta se había roto la muñeca con la dichosa manivela y, desde aquello, la chiquillería iba a verle poner el motor en funcionamiento por si se repetía el accidente.

El resto de la gente, sin distinción de clase social, se tenía que valer de otros elementos para la noche. Quinqués, lámparas de carburo, y, los potentados, luces de gas que se alimentaban de una red de tuberías de cobre. Aquellas personas, a unos pasos todavía del milagro turístico y del señor Fraga, tenían que escoger entre el veraneo o la electricidad, porque las compañías eléctricas aún no habían considerado rentable llevar los tendidos a los lugares de vacación.

El hotel, al pie mismo de la playa, también tenía luz. Y neveras. Era una avanzadilla de civilización en aquel mundo primitivo y feliz del veraneo, además de la mayor fuente de comida para los cerdos del mudo. En ocasiones, cuando retiraba la basura turística, un camarero le ofrecía una copa de ginebra. Se la ponía delante, al alcance de la nariz, y la agitaba ante sus ojos.

El mundo sabía muy bien qué hacer para ganársela.

—Ahora cantará. —decía el camarero a los clientes más próximos.

Y el mundo lanzaba unos cuantos aullidos, como lamentos de perro, que encogían el corazón. Daba después varias patadas al suelo, bailando: su arte. Todos se reían, él incluido, mientras se echaba directamente la ginebra a la garganta. Luego, con su paso fatigado, empujaba el carro verde hasta el cañaveral del fondo de la playa y allí limpiaba la basura.

Limpiar la basura consistía en hurgarla con las manos para encontrar los plásticos y los botes de crema antes de que se los comieran los cerdos. En aquel entonces los turistas eran los únicos que tenían plástico de verdad, En España, sólo un detergente, Raky, usaba unas bolsas pequeñas, abombadas, llenas de un líquido dorado que, a la luz, daba a los niños la impresión de ser una joya maravillosa.

Los turistas, en cambio, traían una gran variedad de tubos y de tarros de plástico, blancos, verdes, cremosos... La chiquillería, en las largas atardecidas, inspeccionaba el cañaveral y rescataba aquellos tesoros. Los mejores eran los tubos de cuello fino, con un agujero mínimo: llenados de agua durante el baño, servían para salpicar a gran distancia.

De entre todos los niños, Dios tenía una especial ascendencia sobre el mundo. Cuando éste lo veía, le saludaba levantando varias veces la mano, subiendo y bajando la cabeza y gritando ¡hi! con toda la fuerza de sus pulmones.

—Es que mi padre, antes de nacer yo, lo descalabró. —explicó Dios un día.— Me lo ha contado él mismo.

A Dios le llamaba así su madre y no hubo forma de que los otros niños renunciaran al tratamiento divino a pesar de que muchos padres se lo prohibieran, recurriendo al argumento de que Dios sólo había uno y estaba en el cielo. Bien claro quedaba que eran dos: uno en el cielo y otro en los Vientos, porque Dios era el hijo de Juancho y de Mercedes, los propietarios segundos de aquella lujosa finca que tenía un jardín de una hectárea, con tumbonas colgantes, agua corriente y luz eléctrica.

El niño se llamaba Juan de Dios, como el padre, pero la madre se lo había dejado en Dios para ahorrar aliento y distinguirlo de por vida. ¿No llamaban Borjas a los Franciscos de Borja?, argumentaba Mercedes cada vez que le preguntaban por aquella originalidad. Pues a los Juanes de Dios, ¿por qué no Dios?

¿Por qué no? Juancho, el padre, dejaba hacer. Mientras Mercedes se preocupara de aquellas tonterías no trataría de meterse con su ración de ginebra ni con su propensión a corretear detrás de las primeras turistas de la comarca.

Juancho, el padre de Dios, había descalabrado, en efecto, al mundo en junio de 1936. Los ánimos, por aquella época, estaban un poco crispados y los hijos de los señores, en ocasiones, perdían los nervios ante las señales de insumisión del proletariado.

Juancho tenía trece años y veraneaba en los Vientos. Entonces la Cala estaba igual: la gente del pueblecito cercano había construido ya casi todas las casetas. El abuelo, y antes el bisabuelo, vendieron algunas parcelas y así nació una colonia veraniega donde se mezclaban señores y proletarios más o menos unidos por su afición a la pesca.

Pero desde el 31 la pesca no era suficiente para mantener juntas a gentes de tan distinta procedencia y tan diverso bolsillo. Se observaban señales de revuelta incluso entre los gañanes de los Vientos. Uno de ellos, cuando fue requerido para que hinchara las ruedas de la bicicleta de Juancho, respondió mal:

—Que te las hinche tu padre.

Juancho hirvió. Unas cuantas burbujas le oprimieron el cerebro y se le ocurrió la idea de darle una paliza al gañán que, por cierto, tenía veinticinco años y unos brazos esculpidos por el trabajo manual.

—¿Qué dices? —le gritó, aprovechando para medirse con el ofensor y comprobar que no tenía ninguna oportunidad.

—¡Anda y que te j...! —respondió el otro, tirándole la bicicleta al suelo y dándole la espalda.

Juancho cogió un palo y se preguntó si, después de darle con él en la cabeza, tendría tiempo de llegar sano y salvo al refugio de la casa, junto a su padre. No, no lo tendría: había visto a aquel tipo perseguir a uno de los niños de la finca y estaba demostrado que era capaz de colocar certeras patadas sin perder un metro de terreno.

Furioso, atragantándose con su propia espuma, se volvió para ir a chocar con el mudo, que ya entonces andaba uncido a su carrito. Un velo se le puso ante los ojos y, simplemente, vio al hombrecillo con la forma acabada de un chivo expiatorio.

—¡Toma! —le dijo, aplicándole un bastonazo en la cabeza. Si no llega a ir cubierta por la boina se la hubiera abierto hasta la profundidad de las cejas.

El mudo cayó sentado al suelo, todavía con la sonrisa idiota en la cara. Ni entendía ni, seguramente, quería entender. La injusticia siempre gana. Y sentado se quedó mientras Juancho, algo avergonzado pero igualmente furioso, se replegaba hacia la casa. Algo más tarde al mudo, que tenía treinta años, se le descolgó un lagrimón de cada ojo y eso que, después de lo que había pasado desde el instante mismo de nacer, no lloraba fácilmente.

3. UNA FAMILIA RICA

Entre los habituales de la colonia había un polígrafo. Catedrático, había sido depurado tras la guerra por manifiesto azañista y había aprovechado los años de cárcel para estudiar y terminar derecho. Luego, cuando ya pensaba que jamás recuperaría su cátedra de instituto, volvió a la enseñanza y se esmeró en mantenerse neutral e ideológicamente neutro.

El polígrafo, muchos años antes, compró un terreno al abuelo de Dios y se construyó en él su casita de veraneo. Procedía de una familia acomodada y era admitido en las tertulias y saraos que celebraba el abuelo en los Vientos. No se le trataba como a un igual, pero se le escuchaba y hasta se le usaba para las bromas.

—Usted que sabe tanto —le decían— ¿qué pensaban sobre esto Platón o el padre Feijoo?

Y él, sin sospechar la malicia, lo decía con voz engolada, como en clase. Tenía una memoria feliz y recordaba, con puntos y comas, cuanto había leído desde los cuatro años. A veces hasta citaba en griego y en latín. La gente que lo escuchaba en los Vientos se reía, porque la inteligencia les parecía graciosa de puro inútil.

Peor era cuando hablaba de la aristocracia de las ideas o de los bárbaros especializados: más gracia hacía. Pero, aunque pareciera que no, él se percataba y se le iba eencendiendo el rencor contra una clase que era la suya y contra unas personas que sólo se tomaban en serio las cosas del cuello para abajo. No es que estuviera mal visto usar la cabeza sino que les divertían la voz campanuda y la cabeza monda de don Anselmo, tan joven y tan calvo, y con unas ideas que no le servían para nada. Lo importante de verdad, dejándose de aristocracias intelectuales, era votar a la Ceda y no dejarse pisar por nadie.

Cuando estalló el globo en 1936, don Anselmo fue el único de todos que se alegró. En febrero mismo escribió un artículo en El Ideal, congratulándose a todo trapo por el triunfo del Frente Popular y dándose golpecitos en la espalda: ahora sí que España iba a cambiar; ahora sí que España se iba a modernizar, aunque ello supusiera que algunos perdieran sus privilegios, incluido el de pernada.

Esto último sentó muy mal al abuelo de Dios, que siempre fue muy fino en asunto de señoras y que nunca hizo ascos a las mujeres de plantilla de sus fincas. Le quedaban doce de las diecisiete que heredó: cinco había quemado ya en los placeres de la carne y del juego y le molestaba muchísimo que alguien hiciera mención de faldas en su presencia.

Por eso, cuando en Junio de 1936 empezaron a vivir en la cala de los Vientos, don Anselmo dejó de ser invitado a las tertulias. El abuelo se lo encontró en un paseo y le negó el saludo, con lo que el polígrafo tuvo otro motivo más para dedicarse en cuerpo y alma a adoctrinar a los proletarios a su alcance que, de anochecida, solían bajar en bicicleta del pueblo cercano para ir a calar redes y palangres. Un electricista, un panadero, dos albañiles, un tendero y tres hortelanos que malvivían de unas viñas propias.

Estalló la guerra. Vinieron las detenciones, comenzó el curso y don Anselmo, nombrado director del instituto tras unos sustos, se avino a no admitir en clase a los hijos de los personajes de poco entusiasmo republicano. Uno de ellos fue Juancho, el padre de Dios. Y no porque al catedrático le hubiera llegado la hora de la venganza: él, que seguía rumiando sobre todo ese asunto de la aristocracia de las ideas y de la conducta, jamás se hubiera atrevido a arremangarse y ponerse a la faena del desquite.

Desde el 19 de julio al momento en que fue necesario rechazar a los estudiantes poco adictos por herencia a la república, don Anselmo había tenido tiempo de ver muchas escenas del proletariado en armas. A él mismo le habían entrado en la casa y, al vérsela tan bien puesta, con cuadros del siglo XVIII y candelabros, con piano y con diván imperio, se lo llevaron a empujones. De nada le valió insistir en que él había votado al Frente Popular.

—¡Amos, anda! —le resumieron todas las incredulidades.

Menos mal que fue reconocido por la calle por un amigo del ateneo y puesto en libertad a costa de algunos tiras y aflojas: el obreraje oprimido no estaba muy dispuesto a permitir que se le escapara una pieza, un tipo que tenía piano y usaba corbata.

—¿Pero es de los nuestros?

—Lo juro, oiga.

Don Anselmo, muerto de miedo, levantó el puño. Luego, para insistir en su argumentación republicana, dijo una blasfemia: pequeñita, tímida, de circunstancias. ¡Era tan joven entonces! Descreído, sí, pero no un deslenguado. Y la palabra le salvó, como correspondía a un catedrático de lengua. Otros no tuvieron tanta suerte y otros, menos, plantaron cara.

El abuelo de Dios, don Juan, no fue hallado en su casa, porque iban por él: un terrateniente al que habían llamado de Don desde el bautismo. Un jugador, un despilfarrador, un opresor y un desvirgador de obreras. En casa estaba doña Leocadia, con el servicio, y taladró a los visitantes con una de sus más punzantes miradas: cuando se prolongaban unos segundos, dolían. Como dijeron los milicianos, era una señora con toda la barba.

Procedía de una gran familia de comerciantes judíos que se habían establecido en la provincia ciento veinte años antes. Habían comprado fincas y muy pronto emparentaron con todo el mundo porque donde hay dinero no hay racismo. En aquella generación de 1936 doña Leocadia tenía un tío marqués —que murió de accidente de coche tras fugarse a Italia— y un primo segundo conde.

Había aportado al matrimonio una decente cantidad de tierras y una frigidez angustiosa. Fiel a la tradición familiar, mantenía una estricta separación de bienes y, por su cuenta y riesgo, una de cuerpos. En sus años mozos había dado qué hablar por obstinarse en cantar zarzuelas. Intervenía —levantando rumores— en todos los festivales benéficos y era de la plantilla escénica de un orfeón de marcado cariz anarquista, aunque también había allí un buen número de socialistas revolucionarios.

Ya casada, se avino a dejar parte de sus actividades líricas, pero siguió representando un par de zarzuelas al año. Ni su difunta suegra ni su disipado marido consiguieron apartarla de las tablas ni que ella los relevara de la obligación de irle a aplaudir en compañía de la sociedad heril.

Así pues, contra ella no tenía nada el Frente Popular que, de otro modo, tampoco hubiera podido a carácter tan tenaz y bravío. Contra su marido sí que tenía cosas el Frente en cuestión, desde algún bastonazo a la constancia escrita de su militancia en la Ceda, a la que había facilitado fondos en varias ocasiones.

Quien lo sabía mejor era el propio don Juan, que no tuvo más remedio que pararse a pensar, como un don Anselmo cualquiera, cuando oyó las primeras noticias de Africa. Por un lado, estaba satisfecho con ellas, porque ya iba siendo hora de dar un escarmiento y de enseñar a las masas donde estaba el poder; por el otro, notaba cierto alboroto malsano en la plebe y pocas ganas de mojarse entre muchos militares de la guarnición.

El coronel Manzano, su amigo, le pidió tranquilidad. En su opinión, y él tenía opiniones para todo, no iba a pasar nada, Dios le conservara la vista. Saltaría el gobierno como un tapón de champán y luego, con calma, se procedería a la Segunda Restauración. Por las turbas no había ni que preocuparse: ¿Cómo se atreverían a hacer frente a los fusiles y a los cañones del ejército?

—Pero aquí, ¿se suman a la rebelión?

—Claro. Nos sumaremos. Pero a su tiempo.

Hasta el día veinte no se declaró el estado de guerra. Una compañía, con su capitán al frente, llegó a la plaza de la República (hoy de la Constitución) y leyó el bando sin que nadie la estorbara. Hubo unas horas de paz incierta, hasta que empezaron a llegar las noticias de Barcelona y de Madrid. Las masas volvieron a agitarse, muy apoyadas por las emisoras, y los militares, dubitativos, se reunieron en Capitanía, tuvieron una larga discusión y, mientras algunos jóvenes oficiales escapaban, los demás pusieron un telegrama de adhesión inquebrantable al gobierno y el general salió al balcón:

—¡Viva la república! —confesó a las masas que lo fusilarían veinticuatro horas después.

—¡Abajo el ejército! —le respondieron, con no poca coherencia.

Pero el general, inasequible al escarmiento, les entregó unos cientos de fusiles y eso dio tiempo a que las emisoras comunicaran oficialmente que aquella zona era absolutamente leal y que se mostraba dispuesta a mantener la legalidad republicana.

Esto último ya no lo oyó don Juan, que sabía que los primeros momentos son los peores. Había husmeado el aire como un ciervo acosado y, por segunda vez en poco tiempo, había puesto en marcha su sofisticada maquinaria cerebral, que se mostró partidaria de la fuga. Así don Juan encontró refugio seguro en casa Práxedes.

Práxedes era una antigua doncella. Cuando perdió la doncellez, don Juan la ayudó a establecerse y sufragó una tienda de ultramarinos que era la auténtica ilusión de la muchacha. Ella lo acogió en aquellos revueltos instantes y después, cuando todo hubo vuelto a la normalidad, tras la guerra, sólo tuvo una cosa que decir:

—¿Qué hacemos con el niño?

Y lo hicieron cura.

La sangre inflamada del 18 de julio también había ejercido influjo sobre Práxedes, que debió olvidar las obligadas precauciones. Otrosí, don Juan procuró, en aquellos tensos días, aliviarse del nerviosismo con los métodos más a su alcance y quitarse de la cabeza los peligros que le acechaban.

Otra suerte fue la de los hermanos mayores de Juancho, hijos de don Juan, que, más previsores, habían hecho un pacto de sangre para prevenirse de las circunstancias cambiantes de la política y poner a salvo el patrimonio. Como no era ya posible hacer creer a nadie que don Juan, el furibundo cedista, había recapacitado, ellos decidieron echar sobre sí la tremenda responsabilidad de la historia.

Se hicieron suertes en febrero y el uno, Manuel, se afilió a Falange Española, y el otro, Andrés, al Psoe, ambos en plan de señoritos revolucionarios muy preocupados por el sino del pueblo desgraciado. Gracias a esta prevención, Manuel, el falangista, se presentó en el gobierno militar a prestar su apoyo a la rebelión, y Andrés, con pocos minutos de diferencia, en la casa del pueblo. Cuando el general decidió permanecer fiel y fusilable, Manuel fue detenido pero Andrés pudo sacarle del atolladero con facilidad. Lo mismo, pero más tarde, logró por su padre, don Juan, haciendo ver a los responsables que no era más que un burgués asustado y poco peligroso.

—Y, además, es mi padre, coño.

Don Juan, pasado el primer alboroto y puesto a salvo, pudo retirarse a los Vientos y vivir con relativa tranquilidad hasta que toda la zona fue liberada, momento en que se vistió una camisa azul y regresó a la ciudad a cubrir de vítores a calles, a tropas y a cualquier otro elemento arquitectónico que le quedara al alcance de la voz. Y de todo corazón.

En cualquier caso, la familia no salió indemne de la guerra: a Manuel, el falangista, se lo llevó una pulmonía por obstinarse en nadar en pleno febrero, y a Andrés, el socialista, lo mató una bomba de aviación cuando salía de casa Práxedes, a quien consolaba de la larga ausencia de don Juan. Ella, sensata, nunca dijo si el niño nuevo era hijo o era nieto. La discreción de las clases humildes y el pudor femenino.

4. OTROS CALVARIOS

Con la liberación llegó el momento de hacer pagar a alguien los muertos y la sangre. Don Juan denunció al catedrático don Anselmo por haber expulsado del instituto a Juancho y a otros más. Muchos prestaron declaración, poniendo al polígrafo de rojo perdido. Algún exagerado llegó a insinuar que se le había visto mandando pelotones de ejecución. No don Juan.

Don Anselmo, comido de angustia, viajaba de Guatemala a Guatepeor. Se pasó la guerra muerto de miedo y la precaria paz podía dejarlo muerto de verdad. Menos mal que ni el fiscal, a la simple inspección, pudo creerse todos los disparates y supo encontrar testigos neutrales que dejaron a don Anselmo en rojo raso y tibio. Total, treinta años que se le redujeron a dos apenas y, eso sí, inhabilitación de por vida para la enseñanza, cosa que duró cinco.

Si a otros la cárcel les enseña filosofía de la vida y prudencia, a él le enseñó la carrera de derecho, que empezó entonces, convencido de que nunca más volvería a enseñar. Valiéndose de su excepcional memoria, la terminó en tres años, la ejerció apenas dos y al quinto regresó a su cátedra. No lo dijo, pero, al cruzar el umbral del aula y subir a la tarima, pensó «decíamos ayer». En la intimidad de su conciencia se permitía estos jueguecitos con Fray Luis.

Pasados bastantes años, se encontró oficialmente con el nieto de quien le había llevado a la cárcel: se examinaba de ingreso y era un chico despejado. Lo propuso para matrícula, quizá exagerándole los méritos, y, al llegar a casa, se quedó un buen rato contemplándose en el espejo. Era calvo, miope, cobarde y algo republicano, pero todo un caballero.

Cuando don Juan, el abuelo del interesado, se enteró de la altísima calificación, no pensó ni por un momento en la caballerosidad de don Anselmo:

—No tiene cojones. —dijo, con toda llaneza.

Sin embargo las viejas historias hacia ya tiempo que se habían terminado. Se saludaban por la calle y, sin llegar a la intimidad, compartían pequeñas conversaciones y hasta el jardín de los Vientos en verano.

—Usted, que sabe tanto —le seguían preguntando— ¿qué dijo José Antonio de la Patria?

Y don Anselmo, impasible pero con la mosca detrás de la oreja, respondía pacientemente y hasta hacía una glosa de lo que significaba la unidad de destino en lo universal. De todas formas, él nunca tuvo nada contra el joven Primo de Rivera: al que no pudo ver jamás fue al padre.

El electricista, el panadero, los dos albañiles, el tendero y los tres hortelanos a los que había adoctrinado con tanto amor en la Cala, habían salido bien de la contienda y, sin embargo, lo rehuían. Conmilitones y todo, la verdad era que no querían rozarse con un rojo que había estado en la cárcel, de modo que, mientras su clase adoptiva le volvía la espalda, su verdadera clase, contra la que se alzó en un gesto de rebeldía, le acogía, si bien con cierta rechifla y no poca condescendencia.

Por aquellos días del verano, sin electricidad para las radios, sin cine y con luces de carburo o de petróleo (salvo en los Vientos, en casa del alemán o en el hotel), las noches se consumían en las terrazas y, desde allí, toda la colonia miraba un cometa que tenía la amabilidad de entretenerles las veladas.

—La inmensidad del cielo hace pensar. —decían algunas señoras. A veces ampliaban la frase y opinaban que hacía pensar en Dios, lo cual estaba bien visto.

El joven Juan de Dios, cuando lo oía, se preguntaba por qué se acordarían de él a la vista del cometa. Por supuesto que sabía todo lo necesario sobre el otro Dios, pero tendía a no prestarle la debida importancia. Lo suyo era aprovechar aquellas noches para, con los demás chicos, encender hogueras. A veces su padre le traía petardos desde el pueblo próximo o de la ciudad, y entonces la tranquilidad nocturna se quebraba y, a despecho del cometa, los veraneantes pensaban en el otro Dios.

El que más trabajaba, acarreando ramas para las hogueras, era un ser primitivo, moreno, analfabeto a sus diez años, brusco y huidizo. Todos lo llamaban Pepe y todos ignoraban su apellido porque, entre otras cosas, no lo tenía. Era un brote silvestre. Pero, como trabajaba como una bestia de carga, los demás chicos lo aceptaban en su sociedad, con un amplio sentido democrático, aunque eran muchas las madres que recomendaban alejarse de él.

Pepe no era más que un sencillo y rural hijo de puta. Su madre era fea, con la nariz ganchuda, pero fácil. Además, bebía como siete buenos hortelanos y, cuando estaba bajo el efecto, correteaba por la colonia cantando y levantándose las faldas.

En los días claros, que no eran muchos, hacía trabajos de limpieza en las casas de los veraneantes. Y cumplía muy bien, siempre que se la mantuviera alejada de las botellas. Aún así, muchas familias acabaron comiendo o cenando sin vino después de que ella les hubiese barrido y fregado. Unicamente se prescindía de sus servicios en los Vientos y en el hotel, donde contaban o con buenos motivos o con personal especializado.

Una vez que la dueña del hotel, quién sabe si apiadada, la contrató para fregar platos, el bar recibió un serio golpe y se necesitaron tres camareros para dar caza a Eulalia, que así se llamaba, cuando se puso a correr por los pasillos y a levantarse las faldas delante de los turistas de julio.

En los Vientos, aun cuando nadie lo mencionara, existían otras razones para evitar sus servicios. La principal, que una vez no se hizo así, once años antes, y los tales servicios concluyeron con una sonada borrachera al alimón con Juancho, el padre de Dios, aprovechando un viaje de Mercedes a la ciudad. Juancho había salido a la familia y se metía en harina en cuanto alguien le daba pie y vino.

No existían pruebas periciales, pero sí sobradas sospechas de que la vida del analfabeto Pepe había comenzado así, a los influjos del vino andaluz, en una noche turbia y muy movida. Lo único cierto es que Eulalia fue despedida de los Vientos en cuanto el futuro Pepe empezó a abultar, si bien ella se negó a abandonar las cercanías.

Entre unas cosas y otras, la recogió un hombre sencillo y de buen conformar. Era soltero y, sobre todo en la primavera, le dolía la circunstancia. Todo su caudal era una tierra alquilada, casi baldía, con una cantera en el centro. Dentro de ella, aprovechando viejas piedras abandonadas, había construido una choza y, alrededor, había sembrado y cuidado unas hermosas parras de las que sacaba algún beneficio en septiembre y octubre.

Lo demás se le iba en cultivar un huerto pobre, criar cerdos y gallinas y cazar conejos con una jauría de podencos castaños que, cuando no iban con el amo de furtivos, vagaban por la colonia trabados y con el gesto triste. Menos mal que los de los Vientos dejaron de cobrarle el alquiler tan pronto como recogió a Eulalia y se puso a ejercer de padre putativo.

Pepe, de tanto en tanto, era testigo de los excesos que su madre cometía con el morapio. Después de alguna sonada, su hombre iba por la zona dando excusas y, si el furor de la mujer la había llevado a agenciarse algún dinero, allí estaba él, devolviéndolo al día siguiente. Era una pareja que, en sí misma, constituía el folklore y la tradición de la Cala, hasta el punto que era impensable un verano sin su presencia.

El niño, mientras, crecía como el buen salvaje de Rousseau, sin excesivos sufrimientos y con pocas alegrías. A veces, tras alguna demostración materna que acababa invariablemente en casa con unas cuantas bofetadas, se le veía triste. Eulalia tenía la costumbre, mientras le pegaba, de echarle las culpas:

—¡Todo por ti y por tu padre!

Pepe, como un animalillo, se metía bajo la cama desde que no pudo meterse debajo del aparador. Y al día siguiente andaba pensativo y silencioso y, en ocasiones, hasta dejaba de recoger la leña para la hoguera de la noche.

En contrapartida de la felicidad de no tener que pisar la escuela nunca, era explotado discretamente. Al cumplir los siete años su padre putativo lo llevó a los Vientos y lo presentó en sociedad, preguntándose si no haría falta nadie para recados y labores sencillas. A los nueve ya segaba con los hombres, y con buena maña, y disfrutaba asistiendo a los partos del ganado y ayudando en la matanza.

Juancho lo permitía, aunque no tenía dada orden ninguna para hacerle la vida más fácil. Mercedes prefería hacerse la loca, porque no era ella la persona más adecuada para tirar la primera piedra. A Dios, en cambio, le gustaba la compañía de Pepe desde que descubrió que éste sentía por él una fidelidad perruna. Dios tenía madera de líder y sabía hacerse obedecer por los otros niños, pero con Pepe la cosa iba más allá: era un esclavo de todo estar, un sufrido esbirro que se tiraba al agua vestido cuando él se lo ordenaba o cuando le mandaba coger una piedra que tiraba al fondo. Como un perro. Pepe también cogía nidos de avispa sin arredrarse por las picaduras y sólo necesitaba, para seguir funcionando, una brevísima sonrisa al día.

Además, Pepe era una inacabable fuente de información: no sólo conocía el emplazamiento de las cuevas más curiosas o de los yacimientos de cuarzo, auténticas piedras preciosas, sino que nada escapaba a sus ojos entrenados. Así fue como la chiquillería supo de las andanzas de la dueña del hotel.

Hasta entonces había sido una señora morena, pintada, lejana, que siempre estaba en compañía de los olímpicos turistas: les hablaba en su idioma, les sonreía y, seguramente, ellos, a cambio, debían obsequiarla con sus maravillosos envases de plástico que olían de un modo peculiar y agradable.

Pepe, que ya era furtivo en compañía de su padre adoptivo, aportó una nueva visión del panorama: aquella mujer privilegiada nadaba desnuda casi todas las mañanas. Pepe, sin cultivar y, además, haciéndose menos ilusiones que nadie sobre el mundo en que vivía, lo dijo de otro modo: en pelotas.

A lado de la Cala propiamente dicha, a cosa de un kilómetro, había una playita donde la arena tenía, al borde del mar, una capa de trocitos de coral: cala Roja. Era apenas un hueco entre acantilados y no más ancha que un hombre alargado. El agua tenía allí ese color limpio, entre turquesa y verde, que invitaba a meterse en ella y dormir.

Allí, bien temprano, los niños tomaron posiciones. Pepe iba y venía, oteaba el camino y regresaba con las novedades a Dios. Por fin llegó la mujer, ligera, envuelta en un albornoz porque hacía poco que había salido el sol y la amanecida siempre es fresca. Al quitárselo estuvo bien claro que Pepe manejaba información de primera clase.

Muchos se asustaron. Así que aquello era una mujer tal cual, sin adornos ni distracciones. Nadie tuvo nada que decir, aunque todas aquellas cabezas cayeron en una especie de éxtasis biológico, quizá hormonal. Ajena al desbarajuste espiritual que provocaba, la dueña del hotel se fue metiendo en el agua: a medida que le subía el nivel, levantaba los brazos, dando una nueva dimensión a sus pechos, dimensión que los espectadores agradecían.

—Esto debe ser pecado. —comentó Dios cuando ella estuvo lo bastante lejos.

—Ca. —negó Pepe, pragmático. Ni idea de lo que era pecado tenía y así de feliz andaba por el mundo si su madre no le había zurrado la noche antes.

—Tomá. —dijo otro de los presentes, devolviendo la atención de lo espiritual a lo contemplativo.

La hotelera hacía el muerto y de la línea de la superficie sobresalían suficientes puntos de interés. Más todavía apuntaron cuando salió y se secó con la toalla antes de envolverse en el albornoz y partir hacia su destino. Como en la canción, la brisa entera se estremecía al ritmo de sus caderas.

En otras ocasiones Pepe, entregándose a actividades más viriles, gastaba su menguado peculio en «ideales blancos» y les enseñaba el arte del fumeteo. Verdes se ponían todos, pero aguantaban a pie firme, hablando de las cosas de la vida, de si todas las mujeres, una vez peladas como un plátano, serían como la dueña del hotel o de si los novios no se cansarían nunca de tener que dar tantos besos a las novias.

Al anochecer, después de que la hoguera de Dios hubiera ardido, los chicos y chicas mayores solían colocarse en alguna terraza, a la blanca y siseante luz del carburo, y tocaban la guitarra. Aquel año se había añadido a la cuadrilla un franchute rubio, del hotel, que se llamaba Marc y tocaba bien Ava Nagila. No hacían más que oír Ava Nagila una y otra vez, hasta que algún hispánico se arrancaba con Adelita o con cualquier otra de las que cantaba, entonces, Nat King Cole.

Hacían, como todos los mozos, manitas, aunque lo tenían más difícil que en épocas posteriores. Los mayores, de todas formas, no parecían notar las dificultades y, extraordinariamente prevenidos, sabían como aprovechar sombras y rincones o como enmascararse entre las hojas de una enredadera. Pero lo que pasaba desapercibido a los ojos de padres y madres, no escapaba a los de los más pequeños, que iban adquiriendo así el sentimiento lúdico de la vida.

Dios, a fuerza de tales espectáculos y con la imagen de la hotelera prendida de la retina, se enamoró de una turistita de diez años, inglesa, que llevaba una melena hasta el final de la espalda. Ella tenía un hermano un poco mayor y ambos se aburrían soberanamente sobre la arena de la playa de día o vagando por los embarcaderos y las callejuelas oscuras de noche.

Lo primero que hizo Dios, dotado de sabias intuiciones, fue atraerse al hermano enseñándole a cazar quisquillas con un salabardo. Luego lo paseó en la barca pequeña. Por último, lo invitó a nadar en la parte reservada de la costa, añadiendo como por casualidad:

—Puedes traer a tu hermana, «ti pe t'amporté ta ser.».— porque se comunicaban en francés.

—Mersí. —dijo el inglesito, que no parecía sospechar la artimaña.

La Cala estaba en los terrenos de los Vientos. Con razón o sin ella, los padres y los abuelos de Dios se habían reservado un trozo de costa, separándolo del resto con paredes que sostenían rótulos muy hispánicos: Propiedad privada. Prohibido el paso. Era el Sancta Sanctorum. Cuando el niño permitía ir allí a algún amigo, éste consideraba que había ascendido en la escala social como un meteoro. Ni los hijos del Gobernador Civil, con ser autoridades, se atrevían a entrar sin el permiso expreso. Hasta el inglés, sensible al clasismo por tradición, comprendió el honor que se le hacía y llevó sin pestañear a su hermana.

—Ta ser e tre yolí. — le confesó en un aparte.

—What is he saying? —preguntó ella, que debía olérselo.

—Que eres muy gentil.

—No yontí: Yolí, yolí.

—Mersí. —dijo ella e hizo que el largo pelo se le agitara por la espalda, enardeciendo el joven amor de Dios.

—¿Vulé vu venir se suar a mon yardén?

—¿A votr mesón, la on ot?

—Ui. Seten bo yardén.

—Mersí. —volvió a decir la chica cuando se lo tradujeron, mirando a Dios con ojos tiernos.

Así empezó una historia de amores y achares que hizo explosión a los dieciséis años, bajo el imperio de los Beatles y dentro de los pantalones vaqueros.

Ambos llevaban seis veranos queriéndose durante dos meses y quince días: un año y medio de enamoramiento salteado que reventó durante las fiestas del pueblo cercano.

La inglesita, que se llamaba Jill, cogió una curdela de las que hacen historia y allí estaba, junto al kiosco de la plaza, dejándose manosear por tres o cuatro. Tres manoseaban —para ser exactos— y el cuarto, siempre por turno, cuidaba de que le llenaran el vaso.

Cuando Dios pudo contemplar el espectáculo, borboteó. Volvió a borbotear al percatarse de las miradas que le dirigían sus amigos: hasta la fecha, Jill, dos meses y medio al año, había sido cosa suya. Esto último lo hirió mucho más que el hecho objetivo de la descomunal tajada de la chica.

Acudió como una flecha al corro, pero no tanto que no pudiera pensar por el camino: si pegaba a uno solo de aquellos cuatro palurdos, los tres restantes procederían a hacerle pedazos entre cánticos en honor del santo patrón. Por enfadado que estuviera, aquella era una posibilidad que debía considerarse fríamente, a la clara luz de la inteligencia.

Como sabían todos sus escarmentados profesores, Dios era capaz de tomar decisiones en cuestión de nanosegundos, siempre que le fuera en ello el pellejo. Aquella vez no fue una excepción y, penetrando en el corro que rodeaba a Jill, le sacudió un sonoro tortazo, de esos que han hecho famosos a muchos actores.

Si hay que pegar, le decía su ciencia infusa, asegúrate de que no te lo devuelven. Pepe, por ejemplo, el chaval que seguía segando caña de azúcar y haciéndole de esclavo, recibía muy a gusto. Estaba por ver cómo lo haría Jill, aunque siempre mejor que los cuatro rústicos que la emborrachaban.

En efecto: entre las copas y la torta, Jill se tambaleó, desconcertada. Quizá ante sus ojos pasaron las imágenes de su vida anterior, a partir de cuando Dios la invitó a merendar a su jardín y ella dijo que «ui». También pasaron, sin duda, algunos sueños secretos. Unos y otros consiguieron hacer que llorara y que se abrazara a su agresor:

—Fran. —dijo. Ella le llamaba Fran y él lo prefería. Lo de Dios era un poquito exagerado en aquellos tiempos de democracia juvenil.

El joven notó el cuerpo de Jill contra el suyo, descubriendo lo elástico y amoldable que era. Comprobó también que los palurdos estaban tan desconcertados como la inglesita. Veían que se les escapaba un entretenimiento, pero la sangre no acababa de hervirles en las venas.

—No pegues a la chica, que es el Patrón. —dijo uno al cabo. Conciliador.

—Fran. —insistía Jill, llena de ternura y ciega de lágrimas.

Dios sacó a la chica del pueblo y en su moto de cuarenta y nueve centímetros cúbicos, el caballo de hierro, la llevó como pudo a casa, le dio café y la metió en la cama, dispuesto a hacer una obra de caridad. Pero una mujer, aunque borracha, en la cama está en su elemento: extiende el pelo brillante sobre la almohada y pisa terreno conocido. Más aún si tiene copas.

Los dieciséis años de Juan de Dios se estremecían todos juntos y temblaban como cachorrillos. Aquella exótica muchacha, llegada de lejanas tierras de melenudos, hacía muy buen papel entre las sábanas y despertaba en el lado derecho de Dios limpios sentimientos, y en el izquierdo, tentaciones cálidas.

—¿Sabes por qué te he pegado? —dijo, al fin, para despejar el ambiente.

—Porque me quieres. Cuánto tiempo llevas haciéndolo.

—¿Eh? —dijo él, analizando sintácticamente las oraciones.

—Nos queremos. —siguió ella.— ¿Por qué no?

Apartó la sábana y se echó a un lado de la cama, haciendo sitio. Miraba a Dios como si de verdad lo fuera. Ah, vanidad de vanidades.

Pero todas aquellas cosas no habían pasado aún en el verano del cometa. Jill apenas entendía español y Dios apenas entendía el cúmulo de misterios que es el mundo femenino. El hermano inglesito, sí: «No hagas caso —decía—. Es tontita.» Y Jill acariciaba a los cachorros nuevos de la finca o pasaba la mano por el belfo suave de la yegua mientras le daba terrones de azúcar.

Con tanta amistad infantil, los padres acabaron coincidiendo y, más o menos, congeniando pese a las dificultades que para ello ofrecían tanto Mercedes como Juancho. Con Juancho, por ejemplo, se congeniaba mejor cuanto menos se lo conocía: era educado y agradable, pero no dejaba de mirar a las mujeres casadas con unos ojos como punzones.

El inglés padre era médico; la hembra, rica y pianista aficionada, como demostró en las tertulias de la tarde, ante testigos. Empezó, tímidamente, con el Minueto en Sol, de Beethoven, que es cortito. Pero más adelante fue difícil arrancarla del teclado antes de que interpretara las danzas del Príncipe Igor, que se miden por metros.

En los Vientos, que era el centro social de la Cala, resultó difícil que estos británicos no se encontraran con el alemán y con Monsieur Dulac, que había sido de Petain, colaboracionista lo llamó De Gaulle antes de dar orden de cazarlo. Con semejantes antecedentes y su bigotillo hitleriano, salvó la piel a fuerza de madrugador. El general Leclercq todavía estaba a las puertas de París cuando él se pasaba el Pirineo de un solo brinco, la pierna más rápida que la vista.

El padre de Jill, como todos los ingleses del momento, consideraba a alemanes y colaboracionistas una peste y, cuando le presentaron a Dulac, arrugó tanto la nariz como se lo permitieron sus músculos. Aquella nariz opinaba, ostensiblemente, que Dulac debió ser fusilado a su tiempo en lugar de haber hallado refugio entre los fascistas españoles. Le estrechó la mano, por no hacer un feo a Juancho, pero se limpió la suya contra la pernera del pantalón. Dulac lo vio, pero estaba acostumbrado.

Con el alemán pasó casi lo mismo. El alemán había llegado a finales de los cuarenta con cuatro hijos y una notabilísima cantidad de dinero en efectivo. Se traía también unas patentes para baños químicos y, en poco tiempo, montó una industria metalúrgica que funcionaba como un reloj. De dónde se sacó el dinero fresco y las patentes, nadie lo sabía, pero el alemán tenía cara de personaje, de haber sido bastante importante en algún lugar.

El coronel Martínez y el gobernador lo trataban con deferencia y casi con admiración. Sobre todo el coronel: contaba y no paraba sobre su forma de juntar los talones y de dar una cabezada cada vez que estrechaba una mano. Creía reconocer en él a un compañero de profesión. Además, entre uno y otro, raro era el día que no se hablaba de la División Azul, del bombardeo de Dresde o de la tontería que fue no aprovechar Dunquerque para descalabrar definitivamente a los ingleses. Menos mal que el padre de Jill apenas si entendía, pero, aún así, se le alborotaban los ojos cuando empezaban las clásicas conversaciones. Además, él de España sabía lo de la Cala, con su mundo y su borracha titulares y sin su electricidad, y lo que le contaba el Times del régimen de Franco. El régimen de Franco, en su opinión, parecía una cosa desde fuera y otra desde dentro, aunque estuviera lleno de fascistas y de nazis.

Tan pronto como Mercedes, la madre de Dios, se percató, le echó a don Anselmo, que tampoco era hombre de Divisiones Azules, de manera que el polígrafo caía sobre el inglés con la regularidad de una lluvia ecuatorial, empeñado en estudiar en comandita algunos aspectos oscuros de los sonetos de Shakespeare.

Cuando el inglés estuvo a punto de reventar con tanto clásico, probó a hablar de Sartre.

—Chis. —hizo don Anselmo.— Sartre está mal visto aquí.

—¿Por comunista?

Don Anselmo sonrió con una sabiduría de siglos:

—Por ateo.

Desde fuera llegaba la voz de unas mujeres, quizá la de la gobernadora:

—Lo que me da miedo es si llega a faltar Franco

A don Anselmo también. Franco era un gallego moderado que apenas se metía en política.

5. HIGIENE NATURAL

Don Juan, aunque abuelo y viudo, seguía siendo el verdadero amo de los Vientos. De la guerra acá, se las había arreglado para quemar otras cinco fincas, por lo que había llegado a la primera vejez sano, acartonado y cínico. Parecía que el cuerpo no daba para más, pero el espíritu seguía indomable.

Tenía en la ciudad una mujer joven con la que se reunía una vez por semana. A mirar, casi siempre. Las visiones le recordaban los viejos tiempos, cuando él no los perdía mirando sino atacando.

Pero en los Vientos, lejos de todo menos del mar, don Juan detestaba quedar reducido a la condición de un ermitaño. La vida, entre francachelas y jolgorios, había sido extraordinariamente cuidadosa con él y a los sesenta y pocos estaba como una rosa.

No obstante, se aburría. Odiaba el campo y se tomaba los veraneos como una penitencia sólo alegrada por las visiones de las turistas tostándose sobre la arena de la playa. El resto del tiempo la cabeza le entraba en funcionamiento y, en cuanto se descuidaba, se encontraba pensando en adónde iba, de dónde venía, quién era y postrimerías por el estilo, extraordinariamente molestas para un hombre con su historial.

Con tanta meditación, la idea de la muerte le rondaba a horas fijas. Esto permitió a Amadeo catequizarlo. Amadeo, como su nombre indica, era un ateo redomado metido a aparcero. Durante las largas horas que invertía en cavar, dedicaba su poderoso cerebro a considerar los misterios de la naturaleza. De noche, desde los años veinte, leía a la luz del quinqué, quemándose las pestañas con las teorías del doctor Laguna o del doctor Wander.

No creía en la vida perdurable, pero sí en los baños vitales, que se daba sentado en un barreño, valiéndose de un áspero trozo de saco que se frotaba por el bajo vientre, hasta que el bajo vientre y sus aledaños quedaban como guindas.

No creía que el hombre fuera portador de valores eternos, pero tenía una extraordinaria fe en el régimen ovo—lácteo vegetariano y en el ajo a dosis masivas.

En los años preparatorios de la guerra, en medio de aquella España que hervía y no se encontraba, los sábados frecuentaba un ateneo libertario. Allí le contaban que no era cierto que Dios hubiera hecho del hombre el ser más perfecto:

—¿Por qué no le puso alas? —preguntaban a Amadeo, y éste se quedaba cortado.

—Pues porque Dios no existe. —le decían.— Si existiera, tendríamos alas. Ya puedes jurarlo.

Luego estaba el asunto del esperanto, que acababa casi todo en ak, y lo del naturismo. Y el naturismo sí le pareció un valor sólido al campesino, que se puso a estudiarlo y a practicarlo sobre él, sobre la familia y sobre los gañanes en su forma de compresas frías, de paños calientes, de baños de bajo vientre (pero rascando, ¿eh?) y del salvado añadido a la dieta.

Se había hecho, con constancia y hierbajos, una sólida fama de curandero y, entre bromas y veras, había decidido dos cosas: llegar a los cien en perfecto estado de revista y extender la buena nueva por doquier. En doquier estuvo, en el momento indicado, don Juan.

Don Juan, en años anteriores, había gastado muchísima energía quitándose de encima a Amadeo, pero el aburrimiento y sus cavilaciones lo hicieron sucumbir y hacía dos veranos que frecuentaba las lecturas del doctor Laguna, que comía pan integral y que se había retirado de la carne, de las comidas copiosas y del licor.

No contento con eso, Amadeo le planteó la necesidad de comulgar con la naturaleza y darse baños de sol y de mar tal como se veía en una revista extranjera que había llegado a sus manos antes de la guerra: gente feísima correteaba desnuda por la orilla de un lago y miraba al sol de frente, henchida de fuerza. Era una publicación de la Alemania Nazi pero eso no parecía inquietar al anarquista de Amadeo.

Don Juan, convertido a la nueva religión de la vida larga, salía temprano con Amadeo y se encaminaba a un roquedal donde el agua del mar se embalsaba en agujeros de poca profundidad. Era un lugar desierto y lejos de todas partes, lo que parecía convenir a sus prácticas nudistas.

Cada uno en su charco, chapoteaban durante unos minutos y, después, daban saltos para desprenderse del agua y permitir que el sol los vivificara con sus dorados rayos.

—¿Cómo dices, Amadeo? —preguntó don Juan, muerto de risa, cuando oyó la frase por primera vez.

—Que el sol vivifica con sus dorados rayos. Le hacen algo a la piel. Algo bueno.

Brincaban un poco más y se secaban con uno de los muchos sacos de Amadeo, procurando rascarse lo más posible. Según el aparcero, el saco hacía fluir la sangre por las extremidades, o sea, por las piernas y por los brazos.

En esas estaban cuando los pilló la guardia civil. Lo que pensaran por debajo de sus tricornios se mantuvo en secreto: no eran ya los tiempos del albornoz, pero la benemérita no estaba preparada para vérselas con dos sesentones que daban brincos en pelotas y retozaban como muchachos:

—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntaron con curiosidad tanto del cuerpo como personal: ganas de saber.

Don Juan, sorprendido, dio un salto mayor que los demás, como un ciervo acosado, pero se rehizo con entereza y atrapó uno de los sacos para fricciones. Las maniobras le dieron tiempo para pensar y, como todas las inteligencias preclaras, descubrió que en el ataque estaba su defensa:

—¿Y qué hacen ustedes en mi propiedad?. —Dijo MI.

Los civiles eran respetuosos con los propietarios pero firmes en el cumplimiento del deber. Por otro lado, todo inducía a descartar cualquier propósito deshonesto o alguna veleidad exhibicionista. Por cierto que en aquella España joven ni se sabía lo que fuera el exhibicionismo.

—Patrulla de costas. —dijeron. —Eso que hacen está prohibido.

—¿Por qué?

Parecía establecerse un empate: el propietario de una finca seguramente podía andar por ella como mejor le plugiera, mientras que la guardia civil no era responsable de las leyes que otros hacían. Sólo las dejaban caer sobre los descuidados.

Así hubieran quedado las cosas si los guardias, de regreso en su casa cuartel, no hubieran emitido chispeantes comentarios sobre los señores locos, que saltaban desnudos por las peñas. Todo acompañado con habladurías sobre la turbulenta historia de don Juan, cometida, casi por entero, en años mejores que aquellos.

Los comentarios llegaron a oídos del capitán Higueras, veraneante que contaba con las invitaciones de los Vientos y con la casi amistad de Juancho, el hijo de don Juan.

—Mi padre es un excéntrico. —suspiró Juancho, pensando en si aquella historia le permitiría inhabilitarlo. Él era un hombre mayor, próximo a los cuarenta, pero seguía dependiendo de la bolsa de don Juan, que era liberal pero sin las excentricidades que el capitán le atribuía.

—Mi padre —añadió para reforzar la teoría— lleva algún tiempo descentrado. Espía a las turistas.

No las espiaba don Juan, porque no había nada de furtivo en sus miradas. Se sentaba en la terraza del hotel y vigilaba el ir y venir de todos aquellos cuerpos dorados. El turismo no era todavía masivo pero, con la suficiente perseverancia, don Juan acababa viendo cosas que valían la pena. Eso lo llenaba de admiración hacia Darwin y la evolución del ser humano: o él recordaba muy mal o aquellas encarnaduras esbeltas y recauchutadas no habían existido en ninguna otra época.

En ocasiones, también se situaba en algún punto dominante y observaba el panorama con un viejo catalejo heredado de la familia de su mujer, que tuvo barcos de cabotaje. Cuando salía de observación, solía hacerse acompañar por Pepe, el niño salvaje de la borracha: le llevaba el instrumento y caminaba tras él envarado, consciente de su responsabilidad. Además, valiéndose de su joven vista, le ojeaba la caza:

—Aquella de allá, junto al embarcadero, lleva bikini, don Juan.

Don Juan lo confirmaba y pasaba algunos minutos ejercitando el ojo. Ni que decir tiene que semejante comportamiento descarado despertaba sus dimes y también sus diretes entre los veraneantes pulcros. Aquellas buenas gentes procuraban guardar las formas; incluso habían hecho colectas para construir una ermita y los albañiles catequizados en tiempos por don Anselmo habían trabajado gratis los fines de semana, porque ya no eran de izquierdas, sino todo lo contrario.

La pequeña sociedad, en plena epidemia de pudibundez, no podía ver con buenos ojos los manejos de don Juan, que no había cambiado en absoluto desde los años veinte, cuando perseguía criadas y modistillas. El mismo gobernador civil consideraba que don Juan se extralimitaba. El gobernador se conformaba con mirar de reojo a las turistas, muy digno, o a espiarlas desde su terraza con unos gemelos, cuando su mujer había salido.

—Es muy tozudo. —se disculpaba Juancho cuando le emplazaban a moderar la conducta de su padre.— Muy excéntrico.

A todo eso, don Juan había llegado a un compromiso con el naturismo: se daba los baños de bajo vientre en privado y, un par de veces a la semana, se paseaba sin camisa, sólo con unos pantalones de hilo perfectamente planchados y con un sombrero de paja que imitaba un salacof. Hasta Dios sentía un poco de vergüenza cuando se encontraba con su abuelo:

—¿Por qué hace eso? —le preguntaban sus amigos.

—Por la piel. —respondía él, sin comprometerse, pero en su fuero interno estaba convencido de que su abuelo estaba como un cencerro, salvo en las ocasiones en que le regalaba cinco duros.

—Papá: —le dijo Juancho cuando el episodio nudista y sus conferencias públicas en el bar sobre las virtudes de los baños de bajo vientre llegaron a su apogeo.— Estás escandalizando a la colonia.

El abuelo lo miró con sorna. Conocía el nombre de casi todas las mujeres con que su hijo había temido que ver. Sabía quién era cornudo en aquella sociedad y quién estaba a punto de serlo. Tenía razonables sospechas sobre quiénes contrabandeaban y conocía a los que, en la intimidad del dulce hogar, zurraban a sus mujeres en cuanto regresaban a casa con dos copas de más.

A él no le podían ir con escándalos. Con los años, el poco pudor que Dios le dio se había adormecido y sólo pedía que le dejaran tan en paz como él a los otros. Era un liberalote convencido que practicaba cosas buenas para la salud y no especialmente malas para el alma.

—Los baños de bajo vientre —añadió, intentando dar a su hijo la clave del paraíso— hacen tolerantes a las personas; templan los nervios. Si te los dieras, dormirías como un cachorro en lugar de pasarte las noches maquinando.

Aunque por motivos distintos, los únicos que lo comprendían eran Amadeo y don Anselmo. Don Anselmo había sido un apestado dentro de su propia clase por salir azañista, que ya es salir, y republicanote. Más tarde por ir a la cárcel y más tarde aún por salir de ella. «Expresidiario» le llamó un amigo de la infancia que, después de pasar la guerra con el carné de UGT, era director de un banco.

Amadeo también había sufrido persecución a causa de sus creencias. Incluso el mismo don Juan le había apretado las tuercas no mucho antes por obstinarse en no ir a misa a la ermita de los veraneantes, que ponían el cura y todo.

—Hay que ordeñar a las vacas.

—Lo haces antes.

—Y dar de comer al ganado.

—Antes, también.

—Y coger los huevos de las gallinas, don Juan.

—Lo que pasa es que tú no quieres ir a misa, Amadeo.

—No, señor. Al cura le pagan por decirla, pero a mí, por oírla, no. Además —añadió, recordando frases sueltas del ateneo libertario— ¿por qué el hombre no tiene alas, eh?

Eran el trío subversivo de la colonia. Incomprendidos los tres, se apoyaban entre sí y se daban ánimos. De paso, los dos naturistas trataban de catequizar a don Anselmo, que era moderado de nacimiento y que, por otro lado, no tenía nada en contra de la carne: si el jamón era venenoso, él todavía no había leído ninguna prueba contundente al respecto.

A cambio, les recomendaba libros. La misión del bibliotecario, por ejemplo. En torno al casticismo. Vida de don Quijote y Sancho. Tupir bien el alma con verdades de a kilo y dejar que la vida siguiera lo mejor posible.

—Cuando no se hace lo que los demás esperan de uno, la gente finge escandalizarse. Pero no se escandalizan de verdad, don Juan. No se escandalizan. ¿Usted cree que la pobre Eulalia, borracha cada día, es un mal ejemplo para nadie? Al contrario: es un escarmiento. Si usted predica los baños de bajo vientre en el bar o en el jardín de los Vientos, ¿qué daño hace? Por cierto, ¿es verdad que lo pilló desnudo la guardia civil?

—Me acababa de bañar y daba saltos para que se escurriera el agua.

—Muy lógico. —lo apoyó don Anselmo.— Si su hijo y los demás se hacen lenguas de algo tan sencillo, sólo demuestran que son tontos.

Don Juan, por una vez, estuvo de acuerdo: su hijo nunca tuvo lo que se dice una mente. Tampoco era un tarugo: era un papanatas.

—Si usted, en vez de cargárselo por motivos políticos, hubiera esperado a fin de curso para suspenderlo, yo jamás lo hubiera denunciado a los nacionales, don Anselmo.

El catedrático miró al terrateniente con sorna. Aquella no era más que una frase. En 1939 don Juan lo hubiera denunciado de todas formas, aún aprobando a Juancho con matrícula: había pasado demasiado miedo como para no vengarse un poco. Menos mal que el tiempo todo lo difumina.

—Usted no tiene hijos, don Anselmo. Yo perdí dos durante la guerra y se me salvó el tercero. Ahora resulta que, como a todos, a este le gusta criticar a su padre. Además, quiere mi dinero. Pero la vida es así: o le ato corto yo o, si fuera al revés, me ataría corto él.

En opinión de don Juan, Juancho tenía demasiada fantasía. Le encantaba ser amigo del gobernador, de los militares y de algún cura. No podía vivir sin sentirse un hombre con influencia. Por eso se disfrazaba de lo necesario.

—¿Acaso no lo oyó el otro día, en el jardín, explicando las teorías de José Antonio, sin haber leído de él ni dos líneas, y brillando cada vez que el gobernador, que tampoco lo ha leído, daba una cabezadita de aprobación? Parece ser que quiere que lo nombren Subjefe Provincial de FET y JONS. Y, claro, nada menos que un Subjefe no puede tener un padre que se deje sorprender desnudo por la guardia civil.

Don Juan y Juancho eran dos golfos de distinto pelaje. Don Juan nunca temió a los escándalos porque era un señor y porque tenía dinero: eso hacía que se los perdonaran. Juancho, sin necesidad, era de los que escondían la mano y encontraban singular placer golfeando a escondidas y aparentando, después, un aire de católico incorruptible.

—¡Ah, si yo pudiera! —gruñó don Juan. Desde que Juancho lo regañó por sus andanzas, se le había exagerado la malevolencia que sentía por él. Era difícil de explicar y, quizá, estuviera mal, pero no le gustaba su propio hijo y siempre se mostraba dispuesto a sacarle defectos. Completó la oración:

—Si yo pudiera fastidiarle todas esas aspiraciones políticas...

6. GRAVES DESORDENES

Los días de lluvia, en la Cala, a finales de agosto, eran bien recibidos. El aire se limpiaba y se refrescaba. Las almas, extáticas, se quedaban prendidas de los reflejos de las gotas sobre el cristal y el oído se hipnotizaba siguiendo el tamborileo del chubasco. La gente se ponía a añorar los fuegos del invierno y las mantas, y sólo sentían una incomodidad: las moscas, que se ponían más pesadas que de costumbre.

La chiquillería hacía lo posible por esquivar la vigilancia materna y empaparse: el campo olía de otra manera; cada planta despedía un aroma penetrante y la tierra nutricia, revivida por virtud del agua, respiraba a antigüedad, a paraíso, como estrenando todos los colores del universo.

Lo mejor de los chubascos eran las tortugas que salían de paseo al terminar y eran cazadas con facilidad. Si ellas fallaban, los caracoles. Dios y los suyos sabían muy bien que unos y otros animales, por misteriosas razones, hacían acto de presencia poco después del diluvio, quizá buscando el arca de Noé.

Habían capturado dos tortugas y un número incierto, pero elevado, de caracoles, cuando Pepe, el niño curtido a intemperies y malos tratos, renunció públicamente a lo que había capturado él, haciendo donación a Dios.

—Gracias. —dijo Dios, lacónico, convencido de que aquello era lo único decente que podía hacer Pepe.

Y Pepe, con la humanidad a flor de piel por aquellas gracias inusuales, hizo lo que no debía, lo que todos soslayaban en la Cala, desde la borracha hasta Dios. Y lo hizo delante de testigos:

—A fin de cuentas —dijo, embargado por sentimientos humanitarios—, dicen que somos hermanos, ¿no?

Dios se le echó encima como si se le hubiera saltado el resorte que le mantenía anclado al suelo. Mejor alimentado y de más talla, fue para él un juego de niños el aplicar al indefenso Pepe veinte o treinta puñetazos que le reventaron las narices y le amorataron los ojos.

El último golpe lo derribó. Cayó tan mal el infeliz que se rompió el brazo. Ni aun entonces dijo nada: miraba con ojos espantados, casi convencido de lo justo del castigo.

Otros niños, al ver que no podía moverse bien, hicieron ademán de ayudarlo a ponerse en pie, pero Dios se lo impidió a gritos. Las lágrimas que veía en el pequeño campesino lo enardecían más aún:

—Lárgate o te mato. —le ordenó.

Pepe, inseguro, se dio la vuelta y se fue alejando. Cuando todavía estaba cerca, Dios lo acertó con una piedra en la espalda.

—¡Corre!

Pepe miró hacia atrás. Tampoco aquello lo sorprendía y, por otro lado, tenía una filosófica forma de enfrentarse al dolor. Dios le lanzó otra piedra, que Pepe esquivó con parsimonia.

—Vamos: ¡todos a la vez! —ordenó el niño rico.

Lo alcanzaron dos o tres, mientras él se restañaba la sangre con el brazo sano. Convencido de que no le harían más justicia, echó a correr por fin, perseguido por los gritos y las carcajadas.

Al llegar a la choza de la cantera se encontró con su madre, que había conseguido, con malas artes sin duda, una botella de coñac y tenía prisa por hacerla desaparecer.

—Me duele mucho el brazo, mamá.

—Aguántate.

—Me han pegado.

—Por ir tan sucio. Te está bien merecido.

Pepe no insistió: si se quedaba por allí mientras su madre se terminaba el coñac, lo más seguro era que se llevara otra paliza. Apretándose el brazo herido, anduvo a la deriva en busca de su padre putativo, que era mucho más caritativo.

Lo encontró cavando en el jardín de unos veraneantes.

—Dios mío. —dijo el hombre, acercándosele de prisa.— ¿Qué te han hecho, hijo mío?

Pepe, agradecido, se echó a llorar por fin y se abrazó al único que le ofrecía un poco de consuelo. Había muchas cosas que le dolían más que un brazo roto.

Pero no acababan aquí los desórdenes en la colonia de veraneo. El casi viejo don Juan había pasado mucho tiempo pensando en la estupidez humana. Le molestaba que los veraneantes, encabezados por su hijo y por el gobernador, se metieran en su vida. Eran tan asnos —se decía— que ni siquiera intentaban comprender que los baños de bajo vientre, aunque friccionaran partes prohibidas, no tenían que ver con la líbido sino con una correcta digestión.

Había sido un hombre muy libre siempre y su buen dinero le costó conseguirlo. Hizo política cuando quiso. Persiguió mujeres cuando le plugo. Jugó cuando le vino en gana, sin importarle si estaba o no prohibido el juego. Si ahora deseaba restaurar su naturaleza a base de fricciones que le devolvían la alegría de vivir, mejor haría la colonia sacándose la viga del ojo propio y dejándose de pudibundeces.

Lo de su hijo, además, era más grave. Juancho era tan mujeriego, jugador y bebedor como lo fue don Juan en su apogeo. Le gustaban, además, las casadas, como sospechaban algunos maridos de los que trabajaban en la ciudad y tenían veraneando allí a la familia.

Su hijo, pues, no podía escandalizarse. Era un simple hipócrita que se plegaba al criterio de la mayoría, aunque tampoco ignorara que esa mayoría estaba al cabo de la calle de sus andanzas. Quería un cargo de Subjefe y se limitaba a fingir una moral de la que carecía.

Don Juan podía respetar a los católicos practicantes, pues él mismo lo era, aunque pecador. Juancho no respetaba a nadie, se valía de todos y jugaba con la moral: trataba de medrar. Y, si fingía avergonzarse de su propio padre, don Juan decidió darle una buena oportunidad.

—Usted lo que tiene son ganas de que lo pille la guardia civil otra vez. —le advirtió Amadeo que, aunque naturista, practicaba el realismo.

—¿Si tú fueras lo que yo, tendrías miedo a la guardia civil?

—¡Hombre! Usted no ha sido anarquista nunca, don Juan.

Así que el domingo, cuando toda la gente salía de la ermita, él se plantó en medio del camino completamente desnudo. Sólo llevaba una sonrisa sardónica subiéndole a la cara y unos ojos que brillaban, llenos de la alegría de vivir que le proporcionaban los baños y la abstinencia de carne.

El cuerpo blanco, algo gastado pero con las debidas proporciones, causó una seria conmoción entre los feligreses que salían de misa con el alma recién planchada. Juancho, al lado del gobernador, palideció, pronunció para su coleto algunas grandes palabras y optó por enrojecer: difícilmente se hacía Subjefe de FET y JONS a un individuo cuyo padre se paseaba a la cordobana los domingos por la mañana.

—Buenas. —saludó don Juan, como si no fuera con él la cosa. Ya metido en harina, empezaba a dudar de su acierto, pero sólo podía sostenella y no enmendalla.

La gente, sometida a una fuerte impresión, no siempre reacciona como es de esperar. El coronel Martínez, que tenía fama de estar como una cabra cuando se veía libre del influjo del vino, se echó a reír con la misma voz que usaba para mandar a su regimiento entero. Hasta las piedras, pilladas por sorpresa, se estremecieron.

—¡Está en pelotas! —dijo, con su habitual delicadeza.

El gobernador, en cambio, enmudeció, enrojeciendo exactamente igual que Juancho. Aquel era un escandalazo que podía afectarle si se corría la voz: don Juan era lo bastante prominente como para no poder mandar que lo arrestaran. Por otro lado, si la autoridad permanecía pasiva, alguien podía sospechar que el gobernador, antiguo seguidor de Gil Robles reconvertido en falangista de urgencia, era un ser débil, listo para el desguace político.

Algunas señoras levantaron los abanicos. Otras se enfangaron en el espectáculo para tener algo que contar a sus amistades ausentes. Los niños dieron brincos de excitación y reprimieron sus justificados deseos de apedrear a don Juan. El alemán, que no se sabía si era católico o luterano pero que acudía a misa por considerarla un método de integración, levantó su ceja izquierda. Era mudo. Y discreto.

Dios se sintió avergonzadísimo. Sabía que pertenecía a una familia con muchos trapos sucios, pero aquel espectáculo colmaba la medida. Preveía que durante meses los amigos le preguntarían por la ropa que el abuelo se hubiera puesto por la mañana.

Don Juan tenía un carácter indómito y aquellas pobres reacciones le supieron a poco. Los tiempos habían cambiado tantísimo que hasta era difícil dar un escandalazo. La gente sólo hablaría en su casa. Si en sus buenos tiempos hubiera sucedido algo semejante, los maridos allí presentes hubieran molido a palos al nudista en vez de quedarse inmóviles, pasmados, temerosos de decir una palabra más alta que otra.

—Sin duda —dijo, siguiendo el hilo de sus pensamientos— la guerra se llevó a los mejores. Ya no queda casta.

Según el gobernador, aquella era una observación patriótica pero extemporánea. Decidido a que su autoridad se notara, decidió tomar la palabra:

—¿Se encuentra mal, don Juan? —preguntó.— Que alguien lo acompañe. Debe haberle dado algo.

—¡No me disculpe! —clamó don Juan, cabreado.— ¿No ve que estoy dando un escándalo? Sé perfectamente lo que me pesco.

Juancho se destacó, aparentemente repleto de amor filial y de caridad cristiana:

—Ven, papá: te llevaré a casa y ya verás como se te pasa enseguida.

Daban todos a su díscolo padre la oportunidad de aferrarse a la versión del ataque. Por la tarde dirían a la colonia que había sufrido un trastorno mental transitorio; quizá locura senil, si era necesario exagerar. Pero el padre no quería aceptar paños calientes.

—¡Bah! —dijo, dándose la vuelta y metiéndose entre las matas— Cuando me vuelvan a ver ninguno tendrá valor para recordarme esto. —era desalentador desde el punto de vista del viejo rebelde.— ¡Bah!

Don Juan llegó a los Vientos poco después, tapándose el frente sur con una ramita de lentisco. No estaba seguro de haber escarmentado a su hijo Juancho, pero confiaba en haberle chafado sus aspiraciones políticas. Pepe, el niño montaraz con el brazo escayolado, le vio llegar sentado en una pared. Era un chico que había visto tantas cosas que no encontró raro el aspecto del abuelo de Dios.

—Hola. —le dijo, enseñándole el vendaje.— Me he roto un brazo.

—Te lo ha roto Dios. —respondió el viejo.

—No: él sólo me pegó. Yo me caí mal, sobre el brazo. Me lo rompí solo.

Don Juan sintió algo de compasión. Lo emocionó ver aquella falta de rencor. Dios, si se cambiaran las tornas, no dejaría de echar toda la culpa a Pepe.

—¿Te duele mucho?

—Ya no. Lo malo es que, de momento, no puedo ordeñar. Me gusta ordeñar. Ayudaré al mudo a tirar del carro.

—¿Te gusta ser útil?

—No. Pero si dejo de trabajar mi madre me partirá el otro.

Don Juan le dio unos golpecitos en la cabeza. Inconscientemente se echó mano al bolsillo para regalarle un duro, pero estaba desnudo.

—¿Te gustaría ir a la escuela, Pepe? —preguntó, decidido a pagarle los estudios.

—No. Ya sé bastante.

—¿Y qué sabes?

Pepe se concentró, en busca de una respuesta:

—Que usted la ha hecho buena.

7. BUENA LA HICISTE

El coronel Martínez presumía de ser el coronel con más mala leche del ejército español y se imaginaba a sí mismo como un prusiano con dolor de muelas. Cuando le llegaban nuevos tenientes, los citaba en la sala de banderas y se lo explicaba:

—Soy el coronel de más mala leche del ejército. Varios de los que están aquí acabarán en un castillo. Pertenezco a una familia de muy mala leche —añadía, ilustrando el aserto con un ejemplo.—: cuando me quise suicidar y fallé, mi padre me escribió «Cuando un Martínez se suicida, se mata. Hemos terminado, inútil.» Y el muy cabrón no volvió a dirigirse a mí hasta su muerte.

Los tenientes no decían nada. Pensaban, como los que conocían más al coronel, que estaba loco. Y acertaban. Jugaba, bebía, fornicaba y, en los ratos libres, hacía caer una lluvia de arrestos sobre sus subordinados. Pero había sido un excelente guerrero, con un valor a toda prueba.

Este fue el personaje que con más ahínco sostuvo que don Juan estaba loco. De atar. Para el coronel todo el mundo estaba igual, de atar, incluido su propio hijo, que tocaba el piano mientras su padre informaba a los presentes que era un mariconazo por cometer semejante fechoría. Tocar el piano, leer, mucho más pintar o ponerse cremas para el sol, eran mariconadas de cuidado.

El coronel Martínez, años después, acabó viendo visiones alcohólicas e intentando bailar con ellas. También estaba convencido de que algo malo le pasaría si daba la vuelta hacia la derecha y había que ver las complicadas maniobras que ejecutaba para meterse por alguna calle que le viniera a trasmano. Pero, hasta que le llegó el turno, fue el más convencido propagandista de la idea de que don Juan estaba como un cencerro.

Juancho, en las reuniones del jardín de los Vientos, permitía a sus invitados dudar sobre la salud mental de su padre o desacreditarla decididamente. Sentía un dulce consuelo que lo descargaba de toda responsabilidad en el episodio nudista.

—Empiezan desnudándose —argüía el coronel con la firmeza del experto— y acaban subiéndose a los árboles con un sombrerito de papel. Metimos a un soldado en el calabozo porque por las noches ataba unos con otros los cordones de las botas de sus compañeros. Se escapó, se pintó de negro y se subió a un árbol a gritar que era el rey del Gurugú. ¿Verdad, Higueras?

El capitán Higueras, que tuvo una brillante carrera gracias a no contradecir a su superior, dijo que sí, que el rey del Gurugú. Y que la segunda vez que se escapó se desnudó antes de volverse a subir a un árbol, sólo que entonces le dio por ser el Sha de Persia: había subido el delirio.

—Mal asunto. Se lo digo yo. —completó el coronel.

—Quizá —intervino el gobernador civil, más respetuoso pero igualmente convencido— su padre necesite un médico. A veces la edad juega malas pasadas.

Un tío del gobernador, sin ir más lejos, empezó a cazar moscas y, con los años, acabó conversando con ellas sobre filosofía. Claro está que el gobernador no mencionó el caso por si alguien creía el infundio de que la locura fuera hereditaria. Su tío jamás cazó moscas hasta que salió vivo de la checa de Fomento.

—Un médico —insistió— lo podrá asesorar mejor que ninguno de nosotros. Ante todo, que su padre no sufra.

El padre no sufría como los demás parecían desear. Siguiendo la costumbre, permanecía en la casa en compañía de su viejo enemigo don Anselmo. Comentaban las consecuencias de su acto de rebeldía y sonreían los dos. Don Anselmo, cabreado porque sus amigos burgueses se reían de su erudición, se había hecho de izquierdas en una época. Por despecho. Y nadie le quitó sus años de cárcel.

—Pero no por ser de izquierdas. —le recordó don Juan— Sino por haber tragado con lo que tragó, amigo mío.

—No tenía un hijo del Frente Popular como usted. Tuve que sacarme las castañas del fuego yo mismo.

Don Juan enrojeció, dispuesto a revivir los antiguos antagonismos, pero descubrió que lo aburrían las viejas rencillas. Prefería los agravios recientes y se gozaba con el disgusto que le acababa de dar a Juancho:

—Se le terminó aspirar a Subjefe Provincial de FET y JONS. Todo eso que sale ganando España. ¿Vio como se ponía de rojo?

—Su hijo —advirtió don Anselmo— no es hombre que encaje bien. Usted ha sido un golfo, pero creyente, con maneras: un señor. Juancho sólo es un hedonista o un egoísta o ambas cosas: va a la suya.

—¿Y qué?

—Que algo hará. Se tomará el desquite.

—Que lo intente. —gruñó don Juan, divertido.— Se supone que es mi dinero el que espera heredar algún día. Tendrá cuidado.

Por eso lo cogió desprevenido la visita del médico, que lo reconoció y tuvo una larga conversación con él: quería saber las opiniones de don Juan sobre los baños de bajo vientre y el naturismo en general.

—Algo hay que hacer para entretenerse.

—¿Quiere usted decir que no cree en el naturismo? Entonces, ¿por qué lo practica? ¿Por qué se paseó desnudo delante de la colonia?

—Para fastidiar.

—¿Le gusta hacerse ver?

—Me gusta burlarme de los hipócritas.

Luego el médico le hizo sumar y restar de memoria; cerrar los ojos y tocarse la nariz con la punta del índice; caminar diez pasos con los ojos cerrados y otros equilibrios físicos y mentales igualmente idiotas.

—¿Usted no se desnuda nunca? —le preguntó don Juan.

—En casa.

—¿Y sabe de quién era el camino por el que anduve desnudo?

—¿Cree que el camino es su casa? —respondió el médico.

—Creo que esta es mi casa y que usted va a salir de ella inmediatamente.

—¿Bebe usted? —respondió el médico, a la gallega.

Y don Juan le tiró la primera botella que encontró a mano, cosa que satisfizo mucho a Juancho, pues consiguió incapacitar legalmente a su padre, auxiliado por dos matasanos, un abogado y una breve recomendación que el hizo el gobernador al juez: «Es un caso de conciencia. Al pobre viejo se le está desatornillando la cabeza y puede dar al traste con su patrimonio.»

El juez sugirió que lo internaran en una casa de reposo, pero Juancho no quiso exagerar, atemorizado por el mal aspecto de don Juan, que se veía robado legalmente e incapaz de defenderse: cuanto más se enfadaba, más evidencias de locura le apreciaban los demás.

De regreso de la última de las audiencias, cuando ya era firme su incapacidad, se encontró con el mudo, que llevaba en su carro, entre la basura, a Pepe. Ambos lo saludaron muy alegres. El mudo hasta se quitó la boina y puso su mejor desdentada sonrisa.

—Dicen que estoy loco. —les confesó. En honor al mudo, se señaló a sí mismo y se barrenó la sien con el índice.— Loco.

El mudo, muy amable, le dio la razón. Pepe, más moderado, le dio motivos para mirar la vida con optimismo:

—Mi madre está mucho más loca aún.

Dios asistía a la conversación subido a una pared cercana, desde la que vigilaba la próxima llegada de la inglesita de sus amores. Sobre su abuelo había oído tantas cosas que prefería callar. Su padre era un egoísta o un hedonista, pero él había dado un salto evolutivo y era un simple cínico. No creía en nada y vivía muy bien.

—¿Tú qué piensas, Juan de Dios? ¿Estoy loco?

—No. Estás tonto.

Lo que era muchísimo peor.

8. EL VIENTO DEL TIEMPO

El viento del tiempo empujó de prisa a Dios. Pasó de los lentos días de la infancia a los rápidos de la adolescencia, saboreando con asombro el descubrimiento del universo. La vida, además, le trataba bien: tenía una mente despierta, aunque desconfiada; su padre era el Subjefe de FET y JONS, más tarde del Movimiento, lo que le daba cierta preeminencia entre los profesores tontos, que los había. Y don Anselmo era el jefe de estudios de su instituto, lo que le proporcionaba una envidiable impunidad.

Además, iba saliendo alto y guapetón, buen deportista y afamado usuario de chuletas. No tenía ni rey ni roque ni tampoco le temía a nada: estaba confortablemente instalado en su parcela de la vida, miembro de una familia muy bien acomodada y consciente de ser dueño de un futuro maravilloso.

Pero no era feliz. Desde que el abuelo dejó, por la fuerza de la ley, las riendas, las cosas no habían ido bien. Su padre bebía, quizá a causa de la mala conciencia, pero más probablemente porque le encantaba achisparse y decir cosas divertidas. Daba ligeros espectáculos que todos se apresuraban a disculpar con una sonrisa, porque eran las cosas de Juancho. Gastaba las noches en correrías adúlteras, también llamadas actividades románticas: le seguían gustando las mujeres casadas y más de una vez se dio de mamporros en el casino por tales razones.

La madre, moderna, también bebía y también solucionaba sus necesidades románticas fuera del matrimonio, con sinceridad hija de sus lecturas de Sartre. Aunque todo se llevaba con una indiferencia discreta, Juan de Dios sufría con cada nuevo descubrimiento de lo débil que era la naturaleza humana en su familia.

Por las trazas, sospechaba que el único que tenía la cabeza decentemente atornillada al resto del equipo era él. No sentía pasiones volcánicas ni deseos incontenibles; no bebía ni gota desde un memorable Santo Tomás de Aquino en que lanzó panecillos al claustro de profesores en pleno. Lejos de las complicaciones, prefería pasatiempos sencillos y sanos, como cuando tiró un petardo debajo del asiento del pobre don Anselmo.

Don Anselmo se elevó sus buenos veinte centímetros sobre el nivel de la poltrona, cayendo, después, con la figura descompuesta y los ojos a punto de venírsele al suelo. Hablaba del Duque de Rivas, de las frases que suelta Don Alvaro cuando descubre que su famoso sino le ha hecho una mala pasada definitiva y está con un pie aquí y el otro allá.

—Busca, imbécil, al Padre Rafael... Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador... Huid, miserables. —decía don Anselmo con la vista fija en el libro.

Dios prendió la mecha del petardo y lanzó el explosivo a su punto de destino, bajo las emocionadas nalgas del catedrático.

—Infierno, abre tu boca y trágame. —siguió don Anselmo, elevando la voz sobrecargada de emoción romántica.— Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...

Y, entonces, el estallido. En aquel punto en que Don Alvaro se precipitaba al abismo, don Anselmo revoloteaba, bien que apenas un palmo, hacia el techo, quizá pensando que, en efecto, se hundía el cielo.

Cuando restableció el contacto con la realidad, reconoció que, aunque el teatro romántico fuera tan desproporcionado, ningún jovencito yeyé tenía derecho a manifestar críticas tan espontáneas y ruidosas. Su alma conmocionada le pedía carne de estudiante.

—¿Quién ha sido? —preguntó como recurso retórico, convencido de que el culpable no se entregaría a la primera.

—Yo. —dijo Dios, poniéndose en pie.

—¿Por qué?

—No estoy a favor de que perezca la raza humana. —respondió Dios impasible, pero burlón. El verdadero Dios no le había dado sensibilidad artística al ajustarle los componentes, pero sí una acentuada ironía.

De ser otro, don Anselmo no hubiera parado hasta expulsar del centro a semejante bárbaro. Pero, tratándose de Dios, se limitó a echarlo de clase.

—Y mañana —añadió, tratando de hacer más doloroso el castigo— me traerás una recensión de la obra. Toma el libro.

«¿Yo al matador de mi padre y de mi honor pudiera hermano llamar?» —leyó el joven mientras salía. Y palideció. Ya le dolía el petardazo.

Otra de las obligaciones de su cargo de hijo del Subjefe Provincial, había sido ingresar en la recién creada Organización Juvenil Española. En realidad el honor correspondía de derecho a los hijos del gobernador civil, pero éstos habían caído en un colegio de frailes y para ellos pertenecer a la OJE podía significar un suspenso en religión, porque los curas le tenían inquina al Frente de Juventudes y quizá a España. El protocolo funcionó y, en ausencia de los hijos del jefe, fue el del subjefe el que tuvo que vestirse la camisa garbanzo, la boina azul, los calzones grises y las medias blancas.

Afortunadamente, al crecer, cambió de grado y pudo vestir los pantalones largos, grises, con raya, y la camisa azul mahón. Prácticamente desde su ingreso fue nombrado jefe de centuria, después de un curso rápido. No por hijo, sino por líder nato. De centuria de flechas al principio y, sucesivamente, de una de arqueros y, por fin, de un círculo de cadetes.

Su bautismo político lo tuvo a la salida de un funeral por José Antonio, un veinte de noviembre. Los jóvenes formaron en la plaza del Generalísimo, delante de Santa María, ante el gobernador y su padre, que vestían hermosas guerreras blancas con entorchados en forma de yugo: una vergüenza si lo hubiera llegado a ver el pobre José Antonio.

El gobernador, como de costumbre, canonizó al Fundador con unas cuantas frases vacías, cáscaras secas del martirio. Cuando lo tuvo definitivamente subido a los altares, dio unos cuantos gritos para despabilar la adormilada atención de los cachorros del régimen. Quería decirles —añadió en plan confidencial— que ellos eran los hombres del mañana y que el futuro les pertenecía.

Cosas así se las decían a todas horas, en cuanto formaban, por lo que el gobernador no consiguió encender el debido entusiasmo ni que brillara en sus ojos la clara luz del amanecer. Recurrió, pues, al último de los trucos consagrados por el uso: los gritos de ritual que terminaron con el Cara al sol.

Dios era todavía un flecha inexperto. Vio como los mayores, procedentes de las Falanges Juveniles, levantaban el brazo en un rígido saludo romano. Los más jóvenes titubeaban: bien claro les había dicho el Jefe Provincial de la OJE que el himno se cantaría en una respetuosa posición de firmes. Pero, ni así. Los mayores, envenenados por el más puro falangismo, se obstinaron en saludar a la vieja usanza y los pequeños acabaron por imitarlos.

—¡Abajo esos brazos! —gritaba el jefe provincial de la OJE.

Pero no hubo forma. Dios no comprendía muy bien el por qué de aquel revuelo ni la razón por la que el jefe gritaba mientras el gobernador y su propio padre ponían cara de circunstancias. No sabía que los cadetes mayores, de alguna forma, estaban llamándolos traidores, porque recientemente se había abolido por completo el saludo brazo en alto, que era lo único fascista de todos los protocolos oficiales.

Su padre se lo explicó a gritos en casa. Servir a España no era levantar el brazo como un idiota sino hacer lo conveniente.

—¿Por qué antes sí y ahora no, papá?

—Porque sí. —dijo Juancho, a quien tampoco habían dado mejores razones.— ¡Qué espectáculo!

—¿José Antonio saludaba con el brazo en alto?

—¿Y qué si lo hacía? —respondió el padre, presto al combate dialéctico con un niño de once años.— Lo que ahora importa es no parecer fascistas, idiota.

Degradaron a dos o tres jefes de centuria y jefes de grupo y ahí acabó la cosa. Los degradados, con el tiempo, llegaron a ser unos buenos comunistas en la universidad y en el trabajo, gracias a los sanos principios que se les inculcaron en el Frente de Juventudes y a la semilla del rencor que, para el futuro de España, se supo sembrar en ellos.

A Dios, en cambio, aquello le abrió el apetito político. Si a su padre le sentaba mal alguna idea, era muy probable que fuera buena. La naturaleza no le había dado genes de falangista, pues le faltaba emoción, pero suplió con su celo la carencia y a los tiernos quince años ya fue capaz de dar los primeros disgustos políticos.

Trataba con varios chicos de la universidad. Estos se dolían con Dios de los abismos de la burguesía y del capitalismo en que iba cayendo el régimen. Los textos sagrados decían que había que hacer una revolución para librarse de los zánganos y de los convidados de piedra y para pasar, sin detenerse, por las habitaciones que olían a banquete rancio y a crápula de la noche antes. No eran malas ideas.

Pero, ¿se hacía algo de verdad aparte de inaugurar pantanos, hospitales, carreteras y subir el nivel de vida? Pura mecánica económica. ¿Se hacía algo al margen de elevar la renta per cápita y el número de teléfonos y de televisores por mil habitantes? Había, por lo menos, ochenta mil parados: ¿no era vergonzoso? ¿No era la demostración del fracaso del régimen, ya que no hay libertad en casa del pobre?

Y era que el régimen, respetando la camisa azul, había dejado de ser falangista: ya no estaba del lado del pobre sino en manos de la burguesía oportunista, que sería cualquier cosa con tal de mandar. Eso decían los universitarios y eso sabía Dios con solo mirar a su padre.

Para ir haciendo la revolución pendiente, le confiaron unos miles de octavillas que ponían «Falange, sí. Movimiento, no.» Un mensaje iluminado y salvador que debía llegar, íntegro, al pueblo. A las masas que, al enterarse de la diferencia, tomarían sin duda medidas drásticas. Rechazarían el aburguesamiento, el seiscientos y los aires monárquicos que encendían la ira de los jóvenes revolucionarios.

Dios reunió en el Hogar a su grupo de cadetes y les explicó lo mal que estaban las cosas: el Movimiento se mofaba de la sangre de los caídos y no hacía la revolución. De seguir así, pronto habría rey y partidos políticos y ellos verían cómo resurgían los caciques, apoderándose del bien común y de la pasta. Todos se ocuparían de sus propios intereses en vez de los de España.

En cambio, si repartían las octavillas, demostrarían al Movimiento que seguía un mal camino. Contagiarían al pueblo el entusiasmo y la esperanza.

—¿Y la poli? —preguntó un realista.

—¿Temió a la poli José Antonio?

Aquel aspecto del carácter del fundador no constaba en ningún libro sagrado, pero se sabía. Al tío lo habían detenido muchas veces y siempre estuvo con una sonrisa en la boca y un aire de desprecio en el ademán.

No obstante, sólo hubo un voluntario: José Antonio Ramírez, dispuesto a hacer honor al nombre. Así que Dios y él se pusieron las camisas azules, cargaron con cuantas octavillas les cupieron y, después de tomarse una copa para los ánimos, cerraron contra el mundo burgués y lo hicieron al modo falangista: de frente y sin ocultarse.

Cada uno por un lado de la calle, entregaron el mensaje salvador a los apolíticos peatones. Estos lo leían o lo tiraban, según. De entre los que lo leían, muchos ponían un gesto de sorpresa, incapaces de hilar tan fino como para distinguir diferencias entre Movimiento y Falange: era como enfangarse en la disputa sobre el sexo de los ángeles.

Llenos de viril determinación, los chicos entraban en tascas, bares y cafeterías, en busca del pueblo honesto que necesitaba saber que todo se estaba aburguesando y materializando. Aún así, tampoco hubiera pasado nada si, en un rapto de insensatez, no hubieran dado las octavillas a una pareja de la policía armada.

—¿Esto es para alguna cosa del Frente de Juventudes? —preguntó uno de los guardias después de una somera lectura.

—Es para hacer la Revolución Nacional Sindicalista.

En la memoria de los guardias todavía vivía la fórmula con la que terminaron los oficios durante muchos años: «Por Dios, España y su Revolución Nacional—Sindicalista». Lo que equivalía a que aquella era la revolución autorizada y hasta deseable. Eran hombres tranquilos, partidarios de dejar vivir.

Pero acertó a pasar un policía de paisano, de la «secreta», y las cosas cambiaron por completo. Sin llegar a explicarles la clase de pecado mortal que era lo de «Falange, sí. Movimiento, no», los hizo detener a los dos chavales y llevarlos a la comisaría, con lo que sus afanes de martirio por la causa quedaron colmados.

Juancho, subjefe provincial, recibió muy pronto el aviso de la detención de Dios y acudió al rescate:

—Usted disculpe. —le dijeron— Estaba repartiendo estos papeles.

—¡Bah! —dijo Juancho con no poca razón.— Suelten al chico.

Dios salió a los pocos momentos, sintiéndose un héroe de la lucha por la libertad, incapaz de comprender que su padre lo tomara por un tonto.

—Está mi amigo también. —advirtió.

—Menudo amigo. —gruñó Juancho.— Seguro que te ha enredado en este asunto subversivo.

—Lo he enredado yo.

Pero Juancho no quiso oír hablar de José Antonio. En su calidad de Subjefe, supuso que no le sentaría mal pasar la noche en el calabozo y que, al día siguiente, sus padres tuvieran que presentarse para ser amonestados por el comisario.

—Esto no puede repetirse más. —le dijo a Dios.— Tienes que comprender que el Movimiento es la garantía de la paz, Juan de Dios. La garantía de la libertad.

El comisario que soltó a Dios, tan pronto como el subjefe se llevó a su vástago, hizo algunos comentarios sobre los hijos de papá. De creerle, se preguntaba adónde iría España si aquellos muchachos se negaban a entender la seriedad de las cosas serias.

—Que me traigan al otro. —dijo

—¿Sabes —le preguntó a José Antonio— que el padre de tu amigo lo ha sacado y no ha querido saber nada de ti?

El chaval lo sabía y meditaba intensamente sobre la política en general.

—El es hijo del subjefe del Movimiento y tú no. —le explicó el comisario.— Esa es una buena diferencia en la que tienes que pensar la próxima vez que quieras redimir al proletariado.

José Antonio ya había caído en ello.

—Y, ahora, márchate a tu casa, que aquí todos somos moros o todos cristianos y si suelto a uno, suelto al otro. Pero que no se te olvide esto: te digan lo que te digan, nadie es igual ante la ley; nadie lo ha sido nunca. Tu amigo tenía las espaldas cubiertas y tú el culo al aire. ¿Lo entiendes?

—¿Qué te parece si mañana volvemos a repartir octavillas? —le preguntó el heroico Dios al día siguiente.

—Unas que digan «Cuidado, mi padre es el Subjefe Provincial del Movimiento.» —respondió José Antonio.

9. MUNDO, DEMONIO Y CARNE

Detrás de Dios se sentaba en clase una chica llamada Gracia. Entre muchas virtudes, padecía Gracia un defecto: había descubierto la literatura y se entregaba a la sensiblería con un ímpetu alarmante. No hacía más que cuchichearle cosas a Dios sobre los sentimientos que le despertaban los poemas.

—He leído a Carolina Coronado. —le dijo un día. Entornó los ojos y recitó:

«El poeta, suave rosa
llamóla, muerto de amores...
¡El poeta es mariposa
que adula a todas las flores!»

—¿Qué dices que es el poeta? —preguntó Dios, incrédulo.

—Mariposa que adula a todas las flores.

—No se lo llames a ninguno si quieres conservar su amistad.

La rapsoda Gracia le informó que se trataba de una metáfora.

—Tampoco le llames metáfora. —aconsejó él, cargado de razón.

De nada le sirvió a ella explicarle que aquello significaba que el poeta iba de mujer en mujer, diciéndoles palabritas amables. Apenas hacía dos días que Dios había tocado por primera vez los pechos de Gracia y ella consideraba que se había establecido entre los dos una corriente de comprensión. Por eso le decía versos hermosos, porque veía a Dios como a un poeta. Lástima que el muchacho se atenía más a la letra que al espíritu.

—¿Y dices que la llamó suave rosa? ¿Muerto de amores, encima?

—Muerto de amores, sí. —respondió, amenazadora.

—¡Qué idiota! Está muerto de amor y se pone a revolotear. Además, ¿cómo se adula a una flor?

—Ayer no hablabas así.

—Yo no adulaba tus flores. Adulaba tus tetas.

Dios, pese al desengaño que estaba sufriendo Gracia, tenía alma. Pero la que tenía no acababa de interesarse ni por las suaves rosas ni por las mariposas. De hacerlo, enrojecería. Con todo, al notar un cierto desdén en su amiga, se vio en la necesidad de demostrar su sensibilidad y su cultura:

«¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! —barritó, lleno de mala fe.

A cada bote de la lanza ruda,
a cada escape en la abrasada lid,
la sangrienta ración de carne cruda
bajo la silla sentiréis hervir.»

La amante de la poesía parpadeó, incrédula a su vez. Apenas doce horas antes Dios le había dicho que sus pezones eran como brotes tiernos en primavera. Pero Dios disfrutaba negándose a sí mismo cualquier atisbo de sensibilidad. Pretendía dar la imagen del hombre fuerte y autosuficiente:

—¿Ves? Ni una maldita mariposa. Y no me negarás que es poesía. —para consolidar su opinión, empezó otra estrofa:

«Desgarraremos la vencida Europa,
cual tigres que devoran su ración;
en sangre empaparemos nuestra ropa...»

En esta ocasión Juan de Dios actuaba a propósito. No detestaba especialmente las poesías a base de flores, de insectos y pajarillos revoloteando, y de individuos muertos de amor, muy capaces de adular a una maceta. Solamente sentía vergüenza por algunas de las tonterías que dijo la noche anterior, cuando descubrió que tales tonterías hacían que Gracia se dejara manipular.

Los sentimientos de Dios, en aquella feliz época, eran lo más parecido a una olla a presión: el exceso de vapor tendía a levantarle la tapa de los sesos, que no hacían otra cosa que borbotear. Durante el último verano, cuando rescató a Jill de su borrachera, había descubierto la dimensión sexual de la vida y el asombro de vivir en dos personas.

La inglesita, medio trompa, le había invitado a la cama donde él, caritativamente, la había acostado para que se le pasara la curdela. Había sido como liberar la energía de un átomo: un proceso energético capaz de elevar la temperatura ambiente en varias leguas a la redonda. Y con reacción en cadena.

Dios se miraba en los ojos de Jill y Jill en los de Dios, pensando ambos maravillas y sintiendo en la garganta los empujones del corazón. El alma se les escapaba por cada poro abierto de la piel. Sólo deseaban rozarse, tocarse, mirarse bajo el cielo azul, en el mar azul, entre la noche azul de luna llena.

Ninguno de los dos volvería a sentir algo semejante, aunque, por otro lado, jamás consideraron posible el que les sucediera de nuevo con alguien: aquello tenía la ventaja de parecer eterno además de único. Los sentidos, como si acabaran de salir del afilador, reparaban en todo, en la luz reflejada en el cabello, en el aroma fresco de la piel, en el gesto mínimo de un parpadeo, en el dulce rubor de una mejilla. En todo.

—¿Por qué nos tendremos que separar en septiembre? —le preguntaba Jill, descubriendo en ella los primeros y amargos manejos de la fatalidad. Quisiera vivir siempre así.

Juan de Dios tenía otras preocupaciones:

—¿No te enamorarás de otro en Inglaterra? —sabía lo que hacían las mujeres cuando el ojo del amo no las engordaba.

—¿Y tú?

Era lo más probable, al cabo de nueve meses de separación. Pero preferían fingirse tontos y mostrarse dispuestos a pensar en el otro ocho o diez horas seguidas. Los sueños —decía ella— los unirían a través de la distancia:

—En realidad no me iré: me quedaré aquí contigo.

Dios, mucho más práctico, sabía que no podría hacer determinadas cosas con un fantasma. Aunque lo intentó firmemente: recorrió a solas todos los lugares donde habían estado juntos. «Aquí —se decía— le besé la palma de la mano tal día. Aquí, en esta arena, me eché sobre ella. De esta rama verde colgué su bañador.»

Pero no daba más que un resultado doloroso. El mismo que cuando se tumbaba en la cama a la que Jill le llamó la primera vez. Enfermaba al pensar que aquellas sábanas habían contenido su cuerpo desnudo. Ellas, como él, habían visto allí a una mujer nueva, tibia y elástica.

El último día de sus vacaciones Dios estaba a punto de reventar de nostalgia y se dedicó a recorrer su particular vía crucis. Bajó, por fin, a una escondida cueva donde el mar había formado una playita de arena coralina. En la penumbra cómoda las ondas dibujaban en las paredes rayas de luz movediza.

Bajo aquel amparo Dios y Jill había pasado muchas horas jugando, nadando, desvistiéndose, investigándose y soñando en los intermedios. En voz baja, secreta, se explicaban sus sentimientos y sus sensaciones; desnudos, se alargaban en la arena mirándose a los ojos. La cueva era el Sancta Sanctorum de Dios, un lugar mágico y cargado por completo de recuerdos.

Allí fue, dispuesto a escribir un poema o, al menos, a dibujar a escondidas un corazón en la orilla para que las olas lo borraran suavemente. Un poema que no leería a nadie y que, en principio, pensaba plagiar del Puella Mea de Amado Nervo:

«¿En qué estrella estás?
¿En qué espacio vuelas?
¿En qué mar rielas?
¿Cuándo volverás?»

Pero Pepe, que ya era un joven brusco, ignorante y renegrido, había tenido la ocurrencia de bajar allí para pescar dobladas. Había llevado consigo un cubo lleno de pan en remojo para cebar la pesquera y, entre eso y las colillas, había ensuciado absolutamente aquel reducto mágico. La sangre de Juan de Dios hirvió ante la profanación.

—¿Qué haces aquí?

—Pesco. —respondió el otro, con una sonrisa amistosa. Luego, recordando antiguas observaciones, afirmó comprender la presencia de Dios en el paraje.— Aquí es donde te tirabas a la inglesa, ¿verdad?

La sangre de Juan de Dios hirvió un poco más, desprendiendo vapores tóxicos. El infeliz Pepe, en la penumbra, no distinguía las señales de la tormenta:

—¡Qué tío! —exclamaba, lleno de admiración.— Si yo pudiera hacerle a esa lo que tú, ay, no sé.

—¡Guarro! —le gritó Dios. El había llegado a la cueva pensando en los etéreos espacios por los que Jill podía volar desde Inglaterra, y el burro de Pepe le salía con groseras meditaciones sobre la realidad muerta.

Tras un último hervor, se abalanzó sobre el sorprendido Pepe, le arrancó la caña de pescar y le asestó en la cabeza un golpe que la partió por la mitad. El muchacho campesino, aunque tenía la costumbre de recibir a manos de Dios, prefería saber,siempre que era posible, por qué cobraba.

—¿Qué te he hecho? —preguntó, palpándose la dolorida cabeza y contemplando los restos de su caña.

—En tu vida vuelvas a hablar de Jill. —le ordenó su agresor.— Ni nombrarla.

Una débil luz de ira pasó, fugitiva, por los ojos de Pepe. Era el mismo Dios el que, en un momento de expansión, había contado a los amigos las cosas que hacía con la inglesa. Entonces admitió toda clase de felicitaciones y descendió a dar ciertas informaciones anatómicas.

—¿Y no podías decírmelo sin romperme la caña?

—Es que lo que yo quería era romperte la cabeza.

Pepe se echó a reír. Abrió la boca tanto como pudo, poniendo los labios como para decir u, y se sacudió unos tremendos capones en la bóveda de su cráneo embrutecido. Por la cueva retumbó un sonido hueco y profundo, como de bongó.

—¡Romperme la cabeza! —se burló.

Con tal estado de ánimo comenzó Dios el curso, llevando la ausencia de Jill profundamente clavada en el corazón, cuando Gracia empezó a cuchichearle al oído desde la mesa de atrás. La práctica llegó a ser tan habitual que el joven se decidió a observar con más cuidado a la muchacha.

Cuando comprobó que era una pobre sentimental aficionada a la literatura, le dijo unos cuantos versos que la suavizaran. No tuvo ningún reparo en recitarle, como propio, el que había copiado de Amado Nervo para enviárselo a Jill:

«Muchachita mía,
gloria y ufanía
de mi atardecer.
Yo sólo tenía
la santa alegría
de mi poesía
y de tu querer.»

Gracia quedó tan impresionada que olvidó preguntarle qué clase de atardecer era el suyo, a los dieciséis años, y que cómo se las apañaba para tener sólo la santa alegría de su poesía, él, que era muy capaz de rimar amor con picor. Todo eso lo pasó por alto y, como había llegado el curso de tener un novio, le puso ojitos a Dios y procuró cuchichearle más cosas de entonces en adelante.

La segunda vez que Juan de Dios acompañó a Gracia hasta el portal de casa, le puso las manos en la cintura y le dijo, sin ningún parpadeo:

«Eres rebelde al amor
y al beso nada propicia.
Mejor, amiga, mejor:
así tendrá tu primicia
cierto salvaje sabor
y habrá no sé qué temblor
de gacela en tu caricia.»

La cadencia de la oración demostró que Gracia, en contra de las más naturales previsiones, no era rebelde al amor y sí propicia al beso. Hubo, eso es cierto, un no sé qué temblor de gacela, pero en las manos de Dios cuando se cruzaron tras el cuerpo de la chica y se pusieron a dudar en si atraerla por los hombros o por los glúteos.

Valiéndose de su condición de experto, Juan de Dios fue entrenando a la muchacha con una serie de ejercicios, sin descuidar la preparación moral contenida en unas enjundiosas charlas bajo el lema «Alegrémonos ahora, pues somos jóvenes», de profunda moraleja estudiantil.

Merced a estos subterfugios puedo establecer valiosas comparaciones entre los pezones de Gracia y los brotes primaverales. No descuidó, tampoco, la grácil curva del cuello ni las palabras bíblicas que inducían a considerar el vientre como un montoncito de trigo. Nunca había dicho tales cosas a Jill, con la que se imponía una natural sinceridad, pero con Gracia descubría los placeres de la mentira y de la exageración.

La llevó, por fin, a su casa, con el decidido propósito de inducirla al pecado de la carne. Con el campo libre, listo para que desplegara en él sus fuerzas en buen orden, inició varios movimientos que apenas fueron contenidos; hurgó donde le pareció que era preciso hurgar y, por último, propuso un punto de acuerdo.

—No. —respondió ella.— Puedes pensar lo que quieras, pero siempre he querido guardarme para mi marido.

—¿Qué marido?

—El que tendré.

—Ah. —dijo Dios, tras comprender el esquema lógico.— ¿Y quién te dice que yo no vaya a ser tu marido?

—Nadie. —admitió ella.— Pero vamos demasiado de prisa.

No era aquella la idea de Juan de Dios sobre la prisa: la situación se prolongaba desde hacía un mes y él recibía cartas de Jill en las que la muchacha decía echar de menos sus abrazos, su cuerpo sudoroso, sus besos violentos. Desde su punto de vista, si alguien estaba necesitado de un rápido consuelo era él.

—No seas tonta. —argumentó con toda sinceridad.

Pero lo era. En su opinión, el amor juvenil debía prescindir de un par de fases o de una sola. No tenía nada en contra del placer, como había demostrado, pero era partidaria de la virginidad. Dios tuvo que esperar veinte años completos, cuando salió elegido alcalde y ella acudió a su despacho para pedirle una subvención.

El mismo tiempo que había hecho alcalde a Juan de Dios había convertido a Gracia en la jefe de estudios del antiguo instituto. Se iban a cumplir los ciento cincuenta años de su creación y el claustro en pleno deseaba soltarse el pelo a través de unos actos nunca vistos: culturales, deportivos, políticos. Era el instituto más antiguo de la ciudad y el ayuntamiento debía celebrar por todo lo alto aquella tradición todavía viva.

Ambos se habían casado, cada uno por su lado. Ella, con un director de banco que cada día estaba más gordo. A veces, en mitad de sus clases, recordaba los versos que Dios le había dicho en la oscuridad: «Eres rebelde al amor y al beso nada propicia». Y sentía un vahído, una decepción profunda. Algo había quedado a medias entre ellos y se preguntaba si con Dios el amor habría resultado menos mecánico.

Juan de Dios también se hacía preguntas semejantes, pero sin sentir vahído alguno. Siempre le pareció mal no llegar a conocer en sentido bíblico a las mujeres con que había tratado. Siempre, siempre, estuvo buscando la primera emoción que sintió con Jill. Nunca la encontró, pero nunca dejó de sospechar que Gracia pudo ser el milagro que necesitaba para sacar algo limpio de la vida.

—¿Recuerdas? —dijo, sin permitir que la jefa de estudios empezara a explicarle el programa de festejos.

Ella recordaba todo con precisión: las primeras caricias enervantes de su vida; los primeros sueños; las larguísimas miradas que se le volvían nudos en el estómago. Le pasaba lo que a Dios con la inglesita: nunca más había vuelto a sentir de la misma manera. Y, además, ya no tenía tabús.

Unos recuerdos llevaron a otros y unas a otras nostalgias, hasta que ambos se encontraron, pensativos y desnudos, en la habitación de un hotel. No habían conseguido recuperar las emociones de la juventud, pero sí aprendieron que la verdad no hacía libre a nadie: aquella triste verdad de no ser ya los que fueron y de tener cada vez menos que entregar.

—¿Has pensado —dijo ella, retocándose las pestañas ante el espejo— de cuánto será la subvención para el ciento cincuenta aniversario del Instituto?

El toma y daca de los nuevos tiempos.

10. ANTES

Dios llegó a la universidad con la resaca del mayo francés. La gente se hacía lenguas sobre que la imaginación debía llegar al poder e, imaginativos, resucitaban marxismos, socialismos y comunismos, y se sorprendían de encontrar en ellos respuestas para casi todas las cosas. Por todas partes corrían jóvenes extremistas.

Todavía con la inercia de su Frente de Juventudes, Juan de Dios descubría otra clase de realidades que hacían sangrar su joven corazón: las cerilleras, ateridas bajo sus chales negros; los limpiabotas, de rodillas ante los hombres; los guardias, indiferentes frente a la injusticia; el sin fin de empresarios que se nutrían, alegremente, de sangre de obrero; el espectáculo vergonzoso de los cuarenta o cincuenta mil parados, condenados a la indignidad.

—Este es un fascista. —decían sus compañeros al presentarle.— Su padre es el Subjefe del Movimiento.

Dios guardaba silencio entonces, preguntándose por qué los hijos tenían que ser responsables de los pecados de los padres. Pero era un silencio cómplice del mal. En tiempos había pedido Falange, si, Movimiento, no, pero ya se trataba de otra cosa, de salvar a España del oscurantismo y de la represión, o sea, de llevar melenas y barba.

Cuando regresaba a casa consideraba fríamente las circunstancias. Sus profesores estaban en contra del régimen. Sus condiscípulos estaban en contra del régimen. Hasta los más capullos estaban en contra del régimen, siguiendo la moda, y, además, Franco era un anciano. Franco siempre tuvo enemigos y siempre les puso la brida, pero cuando Franco muriera, sólo quedarían los enemigos y sus subvenciones frente a un montón de gente huérfana.

Cuando mataron a Carrero Blanco estuvo claro el fin del régimen. Las instituciones no funcionarían sin el dictador: como en «El hombre que fue Jueves», de Chesterton, todos los antifranquistas habían entrado dentro del sistema, en el gobierno mismo, y conspiraban desde los despachos oficiales. Su propio padre, que llevaba tantísimos años de servicio, y que había sido un entusiasta de la Ley de Sucesión, se tambaleó sobre sus grandes pies sin ayuda del güisqui.

Dimitió del cargo por tener que atender a sus negocios —dijo—, después de una vida de servicios desinteresados, y contactó urgentemente con la sección más progresista de la democracia cristiana. Para ayudarse, escribió varios artículos sobre la necesidad de europeizar España y sentó a su mesa a un abogado que había asistido al Contubernio de Munich y, en justo pago, había pasado un año en Canarias. Volvía a ser el momento de los extremistas y de los expresidiarios.

—El mundo —dijo a su hijo— va a dar un gran cambio. Las nuevas generaciones comprendéis mejor que es preciso reforzar nuestras relaciones con Europa.

Dios dijo que sí, que Europa era colosal incluso con la conjuración judeo—masónica, pero que a él le importaba un pimiento. El tiempo y la natural predisposición habían hecho de él un individualista dispuesto a mirar por sí mismo.

—Respóndeme con sinceridad —siguió Juancho, preocupado.—: ¿Eres todavía falangista?

—No.

—¿Qué eres entonces?

Dios tuvo necesidad de pensarlo. Había dejado el Frente de Juventudes; trataba todos los días con rebaños enteros de comunistas que llevaban bufandas hasta los pies, pero no se había decidido a ponerse una etiqueta. Seguía siendo un chico de casa bien y, por lo tanto, no tenía necesidad de creer en nada. Y el mundo que se anunciaba entre fanatismos que postulaban la libertad, sería para quien mantuviera la cabeza fría y manipulara mejor a los desorientados.

—¿Qué eres? —apremió el padre.

—Nada.

Los continuos abusos del alcohol y del sexo habían minado a Juancho, debilitando sus neuronas y fortaleciendo su vientre prominente: tragaba casi con todo menos con la estupidez:

—Franco es viejo: le pueden quedar tres, cuatro, cinco años de vida, y ahí estás tú, sin darte cuenta de lo que viene. ¿Sabes que el actual gobernador también dimite? Tienes que preocuparte del porvenir.

De las viejas fincas de don Juan, tras la administración de Juancho, sólo quedaban dos, de manera que Dios haría muy bien prestando atención a lo que pasaba y dejándose de indiferencias políticas: en los cambios de régimen se hacen grandes fortunas. Si no, acabaría la carrera y ambos sabían que no era una lumbrera. Listo, sí, pero incapaz de trabajar.

—Está claro que tienes que significarte. A nadie le vendrá mal tomar posiciones ahora que el barco se hunde.

—¿Quieres decir que las ratas lo tenemos que abandonar?

De hecho, en aquel ambiente era muy fácil contactar con cualquier rama de la subversión, ya que toda ella corría, libre y vociferante, por las calles. Apenas sin esforzarse, Dios fue presentado en el Club de Amigos de la Unesco, introducido en seminarios conducidos por catedráticos rebeldes y, en un paso sucesivo, encargado de repartir, aquí y allá, octavillas y manifiestos.

Con su deportivo recorría las calles, a altas horas, sembrando panfletos firmados unas veces por la FUDE y otras por el FLP, en cuyo seno conoció a otros chavales de derechas, unidos todos por el mismo afán de conducir la revolución y hacer negocio, aunque fuera preciso para ello restablecer la Segunda República.

Lo desesperante era ver la tibieza, la frialdad con que el pueblo respondía a los sucesivos llamamientos para libertarse. Más allá de un reducido círculo de curas, catedráticos, industriales, periodistas y funcionarios del estado, aquellas correrías revolucionarias no alcanzaban el menor eco. Estaba claro o que el pueblo era más listo de lo que decían los manuales o que había sido alienado y necesitaría un buen empujón para volver a su condición de masa explotada dispuesta a reclamar sus derechos.

El mismo año que terminaba su carrera, con dos de retraso, Dios consiguió hacerse detener y, por lo tanto, subir a los altares de la resistencia antifranquista. Un abogado, algo marica y muy importante en los círculos subversivos y en los oficiales, lo sacó en un jesús, porque el sistema apenas si se resistía ya.

A partir de entonces se dio a Dios categoría de «uno de los nuestros» y empezaron a invitarle a discusiones más o menos secretas y hasta a reuniones allende los Pirineos.

—Te vienes —le decían—, vemos unas cuantas películas verdes, compramos libros rojos y tomamos parte en el encuentro con los exilados, que son los que nos tienen que dar carta de naturaleza.

Maldita la cosa que tenía que ver él con los exilados, convencidos todos ellos de vivir en 1936. Compañero por aquí, puño cerrado por allá; que si el pueblo alienado, que si la lucha por la república y contra el fascismo... Pero su padre lo animaba a seguir: o Dios con los rojos, o Juancho con los conspiradores demócrata cristianos, alguien de la familia quedaría situado en el nuevo orden, como siempre:

—Mis hermanos, tus tíos, hicieron lo mismo en el treinta y seis. Murieron por pura desgracia, pero a la familia no le pasó nada.

Cuando murió Franco, Dios estaba en un bufete de abogados que defendía a la clase obrera, especialmente a los detenidos de comisiones, y eso que, normalmente, los dejaban en paz los guardias. El dueño del bufete, antiguo alférez provisional, era hombre de extraordinario peso en los ámbitos progresistas, de ese progreso que consistía en volver a 1931. Tenía una hija modernísima, muy guapa, de hablar descarnado y de cerebro de mosquito.

Ella y Juan de Dios se entendían, no sólo políticamente. Era una mujer que había cometido varias experiencias, en busca del compañero ideal; alguien que pensara, como ella, que el sexo era un intercambio de información y que el amor, lo que se dice amor, una pura costumbre burguesa destinada a privar de libertad a la mujer, o sea, a la individua.

De todas formas, demostró mantener un par de reflejos burgueses: brindó con champán por la muerte de Franco y se casó de blanco, imponiendo a Dios el chaqué cuando él estaba dispuesto a hacerlo con vaqueros.

Así, en las primeras elecciones municipales, Juan de Dios, que no había cabido en las listas para el parlamento, fue para alcalde. Gobernó apoyado por los comunistas. En las segundas barrió él solo, sin tener que pactar con ninguna otra fuerza. Además, tenía un largo historial democrático que exhibir. No era un advenedizo, pues se le conocían actividades subversivas desde el setenta y tres: de la vieja guardia. Ya podía hacer negocio.

11. DON JUAN

La incapacitación legal había sido ideal para la salud de don Juan que, libre de la preocupación del dinero, se entregó de todo corazón al vegetarianismo y a prolongados baños de bajo vientre. La edad le había dado la virtud de la paciencia y el agua fría, aplicada a las intimidades, mantenía su cerebro claro.

Cuando don Anselmo se retiró de su cátedra, a los setenta años, don Juan empezó a pasar con él muchas horas. Al principio trataba de convertirlo al naturismo, arrancando de sus labios las rodajas de chorizo y las lonchas de jamón. No consiguió, en cambio, que el catedrático se aviniera a sentarse en el bidé todos los días, propinándose restregones sobre la delicada piel de la tripa y zonas adyacentes: don Anselmo, desde el treinta y seis, había ganado mucha moderación.

Moderación que, a veces, trastabillaba al enterarse del meteórico ascenso de algunos de sus viejos alumnos. Para bien o para mal, los más asnos parecían haber descubierto, en masa, el maná de la política y en ella se amontonaban como aquellas cien mil moscas que fueron a la miel y quedaron presas de patas.

—Y mi nieto. —apuntó don Juan, por si a don Anselmo no se le había ocurrido meterlo en la lista.

—Ese es espabilado.

Don Juan tenía sus propias teorías, no en vano convivía con él y con su mujer hasta que se separaron. Las tres generaciones se pasaban el tiempo en una lucha permanente por el poder hogareño.

Juancho, el antiguo subjefe provincial, aunque supo desengancharse a tiempo de sus inquebrantables adhesiones, había languidecido a causa de su hígado, fustigado durante años, y por las sucesivas derrotas de la democracia cristiana española, que no pareció entender que la transición no tenía nada que ver con las ideologías.

Por otro lado, en cuanto dimitió como subjefe provincial y ya no fue necesario vestir el cargo, Mercedes, su mujer lo había abandonado y ahora vivía en Madrid con un abogado muy progresista y cincuentón. El, en justa reciprocidad, se había juntado con una separada, algo fea pero extraordinariamente elástica. Ambos leían el Kamasutra ilustrado (edición de 1973) y de ahí se le venía quebrando la escasa salud.

De todas las fincas que un día fueron de la familia, sólo quedaban dos. Las demás habían perecido, víctimas del juego o convertidas en licor de importación. Seguía siendo dueño de algunas casas en la ciudad pero, en opinión de don Juan, estaba claro que se hallaban al borde de la más absoluta ruina. Juancho no parecía enterarse y mantenía su tren de vida mientras cubría de regalos a la elástica del Kamasutra ilustrado. No contento con eso, menudeaba sus visitas al casino recién abierto, de donde no sabía salir más que con los bolsillos vueltos del revés.

Menos mal que Dios, pese a sus veleidades políticas y a su cargo de alcalde, seguía disponiendo de la cabeza mejor atornillada de la familia. Nada más recibir el bastón y el collar, emprendió tres acciones de singular trascendencia: conspirar cerca de su suegro, que era de la ejecutiva federal, para ser nombrado jefe provincial del partido; bloquear el proyecto del cinturón de ronda, que iba a pasar por tierras que ya habían adquirido tipos de la nueva derecha que no se los venderían a él, y dar los primeros pasos para incapacitar a su padre.

Juancho recibió la tercera de las noticias con un profundo fatalismo: él había hecho igual con don Juan por una tontería nudista y, aunque no le gustara, aceptaba que quien a hierro mata, a hierro debe morir. Don Juan acogió los hechos con mayor optimismo y se pasó una semana revolcándose de risa cada vez que se cruzaba con Juancho en los pasillos de la casa.

Respecto a bloquear el Cinturón de Ronda, Dios tenía sólidas razones. Como se trataba de un proyecto del último ayuntamiento de Franco, pasado en masa a la UCD, el anterior arquitecto municipal y otros socios muy democráticos ahora, se habían hecho con la titularidad de los terrenos afectados y él, fiel a los cien años de honradez, obró perfectamente al birlarles el negocio.

Con un nuevo arquitecto y un concejal de confianza, estudiaron nuevos caminos para organizar la expansión de la ciudad. Compraron a su vez algunas fincas rústicas y, al disponer de la mayoría del terreno, consiguieron expropiar a los propietarios que no quisieron venderles a ellos cuando aún era tiempo. Gestionaron con el Ministerio de Defensa el traslado de unos viejos cuarteles a un descampado lejano y, por fin, acometieron la construcción de un nuevo cinturón de ronda, seguido de la urbanización de unos terrenos que, de golpe, centuplicaron su valor.

El éxito demostró a Juan de Dios que, en pocos años, podría restablecer el patrimonio familiar dilapidado por padre y abuelo, y aun multiplicarlo. Por ejemplo, un ecologismo mal entendido había llevado al anterior consistorio a ilegalizar una urbanización turística. No derribó las casas, pero prohibió cualquier ulterior edificación.

Fue, pues, muy sencillo, comprar todas las parcelas a precios de saldo y, forzando una revisión del plan parcial, recalificar todos los terrenos como suelo urbanizable. Dios sólo tomó la mala precaución de escriturarlo todo a nombre de su mujer, que se convirtió, al separarse de él, en una progresista idiota pero muy rica.

Pero no debe creerse que sus triunfos habían desviado a Dios de su acreditada inquietud social. En una de sus visitas a los Vientos se encontró con Pepe, que acababa de enterrar a su madre alcohólica: había muerto con una botella de coñac en la mano y Pepe, siempre realista, sonreía a los pésames y murmuraba «genio y figura.»

El mudo, ya anciano, sonreía como de costumbre. Ni Pepe ni él servían para nada en la finca mecanizada, pero eran parte del paisaje y Juancho no había tenido corazón para quitárselos de encima. Dios, humano a pesar de alcalde, se compadeció de aquellos pobres que comían su pan sin hacer nada de provecho:

—El lunes te vienes a la ciudad y me buscas en el ayuntamiento. Toma esta tarjeta. Tengo un trabajo para ti.

Pepe seguía mirándolo con los mismos ojos de perro que en su infancia. No le apetecía dejar la vida al aire libre ni los veranos, cuando merodeaba por el hotel, en camiseta, siempre deseoso de ejercer como latín lover gratuito. No obstante, lo agradeció.

Al mudo fue más difícil darle a entender la suerte que le había caído encima: el señor alcalde le gestionaría una plaza en el asilo municipal. Allí lo cuidarían las monjitas y, si los médicos daban su aprobación, hasta le dejarían dar cortos paseos por las bonitas calles asfaltadas. Sin su carrito verde.

El mudo vio, días después, cómo le empaquetaban sus pobres harapos y una revista inglesa, muy usada, que se había encontrado en el cañaveral de la basura. Luego lo subieron, con muy buenas maneras, a una ambulancia que vino a recogerlo. No había forma de explicarle adonde lo llevaban y él se resistía mínimamente: apenas si le quedaba el varillaje del hombre que fue.

Dio uno de sus gritos inarticulados y se aferró a la mano del capataz. Hablar, no hablaba, pero sus ojos decían tales cosas que al capataz se le hizo un nudo en la garganta.

—Estarás bien. —le dijo. Le hizo el gesto de comer y de dormir:— Bien.

El mudo se rindió. Sonrió tímidamente y se puso a llorar como un niño. Toda su desgraciada vida había girado en torno a aquellos parajes y, aunque nunca entendió el mundo ni supo siquiera por qué se reían de él mientras lo golpeaban, sí comprendía que, lejos de allí, sólo le aguardaba morir como un perro, a solas.

Cuando lo desembarcaron en el asilo, el mudo entendió la clase de lugar en el que caía. Volvió a llorar hasta que notó una mano suave en el hombro. Era una monja que le sonreía y le hablaba:

—Aquí estarás bien.

—No se moleste, hermana. No entiende nada.

—Seguro —dijo la sor— que entiende el cariño. ¡Ay, señor! ¿Cómo es posible que no se le enseñara nada a este pobre desgraciado en toda su vida?

El mudo aprovechó para emitir uno de sus gritos y bailar: había pensado que no le vendría mal un poco de ginebra en aquel momento y hacía su gracia. Era como un animal herido. Pero, por primera vez, alguien se apiadó de él. Y, luego, cuando vio que le daban una cama con sábanas, algo que no podía compararse con su jergón en el almacén de los Vientos, una sonrisa le iluminó la cara. Volvía a ser feliz.

Don Juan, en cambio, no lo era. Su mundo, el tiempo en que se educó y ejerció su libertad, había desaparecido mucho antes. No fue nunca un hombre virtuoso, pero tenía cierta caballeresca concepción de la sociedad y unos pocos y escogidos principios a los que no había faltado nunca. Pocos, naturalmente.

El, por ejemplo, no había incapacitado a su padre. El jamás trató de obtener un cargo político para figurar o para hacer su agosto y eso que, tras la guerra, bien pudo exhibir su condición de perseguido por la República. Había malgastado su dinero pero nunca trató de ganarlo con trampas.

—Mi nieto, el alcalde —dijo en el transcurso de una de sus largas conversaciones con don Anselmo— es un sinvergüenza. Y no me diga usted que de casta le viene al galgo. Yo no me meto en si persigue mujeres o si despilfarra. Juancho, por ejemplo, se metió en política para presumir, pero jamás se embolsó un duro. Dios, en cambio, es como una hormiga: recoge y recoge; llena el granero. Y no hace nada que le pueda costar un duro. Se ha subido ya tres veces el sueldo y no le hablo de la fortuna que ganó con el cinturón de ronda y con la playa, aunque la haya tenido que repartir con la burra de su ex mujer.

Don Anselmo meneó la cabeza tristemente. En sus tiempos había, como en todos, corsarios de la política. Ahí estaban Lerroux, Strauss y Perl. Y no era necesario hacer un esfuerzo para recordar a todos aquellos ladrones que, disfrazados de revolucionarios, saquearon iglesias y casas particulares. Sin mencionar los oros del Banco de España o el caso del yate Vita.

Pero tanto don Juan como don Anselmo se habían acostumbrado a que las cosas no fueran así. Al ver revivir los hábitos políticos de su juventud, sintieron lo que entonces no pudieron ver: la vergüenza del hombre honrado que se compadece de su pueblo.

—Siempre le he dicho, don Juan, que su nieto era un muchacho muy listo, pero con limitaciones. Una de ellas es que se sabe listo. Otra, que ha gozado de impunidad durante toda su vida.

—Todavía me acuerdo de cuando mi hijo me incapacitó. Le pregunté si pensaba que estaba loco. «Estás tonto», me respondió. Y, mira por donde, no me ha salido apenas mejor que el Cortao.

Ambos ancianos recordaron los tiempos felices en que el Cortao irrumpió en la escena política. Había sido, durante años, un zapatero remendón, pobre como las ratas, pero pacífico. Al estallar la guerra, y sin mediar ideología ninguna, el Cortao soltó sus impulsos, que eran variados. Lo primero, mató con sus propias manos a un buen hombre que, meses antes, le había prestado doscientos duros: así se ahorraba el engorroso trámite de la devolución.

Lo mató sólo por eso, pero se dio buena maña en disfrazar su crimen de revolución, porque el muerto era un pequeño burgués de misa diaria además de un prestamista que chupaba sangre de obrero y que quitaba el pan de la boca de la viuda y del huérfano. Nadie lo desmintió a pesar de que se sabía que el Cortao le había suplicado una y otra vez el préstamo, ya que se veía ahogado. El hombre, cliente suyo, acabó compadeciéndose y le prestó las mil pesetas sin ningún interés.

Tras su éxito inicial, se convenció de que el río bajaba revuelto y era, pues, su oportunidad de hacer negocios saneados. Al principio se limitó a saquear las casas de los detenidos y de los ejecutados durante los primeros días, En ellas demostraba un especial olfato para encontrar las joyas y las monedas de oro y de plata.

Más adelante, y como no le faltaban dotes de líder, se hizo una pequeña banda de incontrolados. Con monos y fusiles, recorrían las calles dando gritos de apoyo a la República. De tanto en tanto, levantaban el puño cerrado y deseaban salud a la concurrencia o coreaban «UHP», no muy al tanto de lo que significara el acróstico.

Aquella harca paseó a muchos inocentes sólo para poder robarles. Desgraciadamente, eran tiempos en que ni la ley ni la vida tenían especial valor y bastaba con simular un fanático apoyo a la legalidad republicana para convertirse en señor de vidas y haciendas o quedarse con los alimentos. El Cortao, que veía estas circunstancias con extraordinaria claridad, amasó en pocos meses una fabulosa fortuna en oro, plata y joyas, mientras expedía hacia el paraíso a hombres que, antes del 18 de julio, habían pecado gravemente contra la democracia acudiendo a misas, procesiones o mítines de la Ceda.

Cuando la zona fue liberada, el Cortao, que no podía cargar él sólo con sus riquezas ni confiar en nadie para que lo ayudara, se quedó merodeando por los alrededores. El Chusco, que había sido de su partida y pretendía hacer méritos nacional—sindicalistas, lo denunció, dando, además, una pista de su paradero.

Ambos fueron condenados a muerte y de los pocos no indultados, ya que el Cortao, de perdidos al río, tuvo una gran satisfacción al acusar a su antiguo compinche de cómplice en todos sus desmanes. Murieron al amanecer sin hacer aspavientos y, en el caso del Cortao, sin arrepentirse de nada. Durante el poco tiempo que pasó en la trena, siempre sostuvo que fue bueno mientras duró.

—Aquellos bandoleros por lo menos se jugaban el cuello. —dijo don Juan con un deje de admiración por los viejos tiempos, cuando se daba caza a los bandidos.

—Estos, al menos, no despachan a la gente. —disculpó don Anselmo las nuevas costumbres, mucho más moderado.

—¡Ah! —suspiró don Juan, soñador. A él mismo el Cortao le fue a buscar a la finca donde se había refugiado con el beneplácito de los jerarcas marxistas. Todavía joven, don Juan había ganado la vida por piernas. Subido a un árbol oyó como el asesino lo llamaba:

—¡Burgués terrateniente! Sal si eres hombre.

Don Juan, sin menoscabo de su hombría, no había bajado a campo abierto, porque siempre hubo una diferencia notable entre los valientes y los idiotas. Acalambrado, aguantó cinco horas entre las ramas, oyendo a lo lejos algún disparo y muchos gritos.

La partida violó a dos campesinas para hacerles comprender mejor que la revolución se hacía en su beneficio. Malhirieron de un tiro a un mozo que salió en defensa de las hembras, para que abandonara viejas ideas y se adhiriera a la triunfante concepción del amor libre. Se llevaron, naturalmente, varios objetos de plata y, por fin, se fueron después de prenderle fuego a la casa. La diligencia de los campesinos, definitivamente de derechas, evitó la destrucción.

Don Juan, amparado porque su hijo era un buen marxista leninista de conveniencia, protestó del atropello al gobernador civil, que se limitó a deplorar que todavía existieran incontrolados que se excedían en su amor a la causa republicana. Deploró también, bien que en la intimidad, que el Cortao no hubiera pillado al terrateniente.

También don Anselmo conoció al asesino. El ya estaba encerrado, de resultas de las denuncias de don Juan y de otros, cuando detuvieron al Cortao y lo metieron en la misma nave durante unas pocas horas. Era un hombre con una fea cicatriz en el ojo y la mejilla, de una vez que se le escapó la cuchilla. Sabiendo lo que le esperaba, no dejó de pavonearse y de gritar el número y la calidad de sus víctimas. Sólo sentía no haberse cargado a un obispo. Y se reía pensando que nadie encontraría jamás su tesoro.

—Nunca entenderé la barbarie. —susurró el catedrático retirado con un estremecimiento.— Vino a verle su mujer con un niño pequeño, el hijo. ¿Sabe usted lo que hizo aquel loco? Les escupió, porque no pudo llegarles con la mano. Y la acusó de estar contenta porque, al quedarse viuda, podría ir con otros hombres sin miedo. Dejó este mundo como un perro rabioso.

12. DON ANSELMO

De acuerdo con unas consignas que pretendían convertir el socialismo en un movimiento cultural para olvidar que lo era económico, Dios auspició la creación de un patronato de cultura, lo que, por otro lado, le permitió contratar, en oposición restringida, a unos pocos incondicionales más.

Una vez formado el patronato, e instalado en un local bien acondicionado, se presentó el problema fundamental: ¿Qué se podía hacer para ejercer un efectivo patronazgo cultural sobre los despreocupados ciudadanos? Un orfeón organizaba temporadas de zarzuela y de teatro aficionado; una asociación de amigos de la ópera celebraba semanas líricas. Un ateneo convocaba salones de primavera y de otoño, con sus correspondientes premios. Tres editoriales distintas mantenían tres aceptables premios literarios, y muchas otras entidades hacían mesas redondas, conferencias y hasta subastas.

Cabía la posibilidad de que la desconfiada gente empezara a pensar que el patronato de cultura se había constituido exactamente para no hacer nada, o, lo que era peor, para servir de madriguera a unos cuantos primates con carné. Sólo le era posible substituir a la iniciativa privada o convertirlo en promotor de conciertos de rock e inmiscuirlo en los quehaceres benéficos dedicándolo a festivales en favor de enfermos o de perjudicados por las diferentes catástrofes del universo.

Dios mismo estaba impresionado por la falta de iniciativas del patronato, que, salvo editar unos folletos que hablaban de la cultura para el pueblo soberano y de la masturbación como camino de libertad, navegaba por un páramo cultural varias veces más pelado que el franquista. Las reuniones que sostenía con su presidente, Pérez y Pérez, eran desoladoras, y algo entontecedoras también: asar chorizos en la alameda, en plan de jornada gastronómica; un concurso de bailes regionales; unos conciertos de Loquillo, Sabina y otros recomendados por el partido, y una caravana de coches de época.

Pérez y Pérez, Antonio, seguramente se había hecho demócrata a causa de lo poco especial que era su nombre. Así como Dios y otros de la primera hornada habían sido inconformistas con el franquismo, o lo decían, Pérez y Pérez era conformista desde que terminó filología hispánica dos años antes e, incapacitado para entrar en la enseñanza, optó por cantar las excelencias del poder, viéndole bienaventuranzas por los cuatro costados y por los ocho puntos cardinales.

Joven y sumiso, le faltaban ideas, como no podía ser menos en alguien que hace de la rebeldía una profesión. Y, sin ideas, su incensario trabajaba en el vacío, sahumando la nada más absoluta. El mismo Dios tuvo que reconocerlo: si seguían así las cosas, aquello de la imaginación al poder se iba a notar demasiado.

Pérez y Pérez, lleno de buena voluntad, no desesperaba, aunque lo que quería de verdad era trabajar para Telecab, la televisión municipal por cable. Por lo demás, tenía una idea romántica de la inspiración, muy alejada del trabajo y del ejercicio de la inteligencia, de modo que la buscaba en las discotecas hasta altas horas, adornado con un sombrerillo de paja y con una barba de tres días que, con su sólo poder, debían atraer a las musas distantes.

En las discotecas, inspiración, no, pero se encontraba con algún medio pedalete que reforzaba su confianza en la vida. También se hacía con cierto público juvenil que le escuchaba las peregrinas elucubraciones sobre el sida, el aborto y la eutanasia. Luego, entre la resaca y el sueño, proponía concursos de disfraces para el carnaval; pases de modelos para la primavera; competiciones fotográficas para las fiestas del patrón y otras originalidades surgidas de su adocenado talento.

Tal vez la democracia sentara bien a Pérez y Pérez, ya con sueldo fijo, pero Pérez no sentaba bien a la democracia municipal, que tenía abandonada el área de cultura cuando debiera convertirla, al menos, en hectárea. Y eso que a pensar esforzadamente le ayudaba Mariví, una chica guapísima con especial propensión a dejarse querer, o sea, a que le hicieran el amor en su acepción más moderna. Era cariñosa.

Pérez y Pérez la conoció en una conferencia en pro de la igualdad femenina, cuando ella preguntó qué diferencia había entre el pecho del hombre y el de la mujer, elementos perfectamente prácticos. En su idiota opinión era una mera cuestión cultural. «Ya te lo explicaré luego», le dijo él, comprobando que las diferencias culturales entre los pechos de ambos eran prometedoras.

Dos días después Mariví lo llevó a su casa para darle una sorpresa tipo Hollywood, que consistió en un montón de merengues alineados sobre una mesa de plástico. ¿Pérez y Pérez había participado alguna vez en una auténtica batalla de tartas, como las de Charlot? Lo primero, quitarse la ropa; lo segundo, procurarse buena puntería; y lo tercero, lamer para que no se desperdiciara todo el género. Ni que decir tiene que se quedó prendado de la imaginación de Mariví y de su propensión hacia las actividades culturales. Tres días después la contrataba el patronato.

Los desfiles de modas, por ejemplo, fueron inspirados por la chica «para que la moda dejara de pertenecer a los grandes modistas burgueses». También propuso un concurso de culos, pero se descubrió que estaba plagiando a un alcalde vasco, muy suyo. Sucesivamente se le ocurrieron cursos de cocina para maridos o amantes, de tareas domésticas como barrer, fregar platos y poner en marcha la lavadora, actividades siempre consideradas desde el punto de vista sexual. Y una tanda de conferencias sobre las fuerzas armadas, exclusivamente para chicas de tercero de BUP y de COU, con el objetivo de estimularlas a ser como hombres y pedir su ingreso en la legión.

Dios, que seguía teniendo bien atornillada la cabeza, no acababa de ver claro en todo aquello, por más que estuviera bendecido por la ideología progresista. Su concepto de cultura seguía siendo burgués y la palabra misma le sonaba a diccionarios enciclopédicos, a aulas y a saber distinguir los cubiertos de pescado de los de postre. Por eso, cuando hubo terminado de acostarse con Gracia para celebrar el ciento cincuenta aniversario de su instituto, se acordó de don Anselmo y de toda aquella historia de la cárcel.

Don Anselmo era, más o menos, un polígrafo. Durante la dictadura había publicado, con fondos de la diputación, un par de libros sobre los nombres de las calles de la ciudad y sobre las antigüedades romanas y góticas de la provincia. Tenía un opúsculo sobre dólmenes y hasta una breve biografía del coronel Guardia, jefe militar que fue del 36 al 39 y preclaro masón de amplias miras.

Don Anselmo, con un poco de esfuerzo imaginativo, daba lustre a la ciudad. Era una especie de gloria cultural sin faltas de ortografía, que, además, había sido perseguido por el franquismo —y por su abuelo—, encarcelado por sus ideas democráticas y elevado, a pesar de figurar en las listas negras, a la dirección del centro que ahora cumplía sus primeros ciento cincuenta años.

Dios llamó a Pérez y Pérez y le dio el boceto de la idea, cuidando de que nada quedara en la penumbra: un acto clásico, con imposición de medalla, banda y entrega de diploma. Nombrarían a don Anselmo Hijo Ilustre y, además, desagraviarían en él a toda la intelectualidad perseguida y condenada al silencio por espacio de cuarenta años.

—Feliciano Cabrero —ofreció Pérez y Pérez— puede hacerle un retrato para la galería de Hijos.

Feliciano Cabrero era pintor de fortuna como otros son soldados de fortuna: un mercenario que pintaba rótulos o señoras sin arrugas y que, además de hacerse mucha propaganda, aprovechaba cualquier momento para dorarle la píldora al poder y a Pérez y Pérez, en busca del puesto de profesor de la escuela municipal de dibujo, que era otra de las ideas del patronato para competir con la escuela de bellas artes.

Don Juan, abuelo de Dios a fin de cuentas, fue de los primeros en conocer la noticia cultural y se echó a reír silenciosamente:

—¿Y si algún periodista te pregunta quién denunció a don Anselmo a los franquistas? Vas y les dices: mi abuelo, porque el profesor no permitió a mi padre estudiar durante la república.

Dios encajaba bien. Como él y otros muchos burgueses se habían hecho con el control de los partidos españoles de izquierdas, todos los días tenían que tragarse su origen y sus tendencias naturales. No le costó sonreír a su abuelo:

—Ahora os lleváis muy bien los dos: ni se le ocurrirá mencionarlo. Y de los periodistas me encargo yo, salvo en el caso de ese loco de Carlos. ¿No ves que de la guerra sólo quedan los que la perdieron y que a los otros no se les da cancha? Yo creo que ni existieron los nacionales: aquello debió ser un malentendido.

—Así que va a ser usted un Hijo Ilustre. —informó don Juan a don Anselmo aquella misma tarde, ansioso por ver si le reverdecía el viejo izquierdismo al catedrático.— Diploma y banda y el engorro de posar para ese tal Cabrero, el que ganó la «Medalla de Otoño» con algo llamado Europa violada por su toro, cuando los veterinarios dijeron que Dios nos amparara si los toros tuvieran la cosa tan anémica y deforme.

Don Anselmo, que siempre había sido cobardón, se sintió mal. Le daba pánico imaginarse rodeado de políticos, obligado a cometer un discurso conmemorativo y tirando del cordón para descubrir un retrato suyo que, al estar ejecutado por Cabrero, podía parecerse a la Jacqueline de Picasso.

—Soy muy viejo ya para que me usen de bandera los hombres del trinque. Además, no entenderé a los que presumen de haber estado en la cárcel: fue un trago difícil, como de aceite de ricino. Y, ¿no es extraño que el nieto de quien me encarceló pretenda condecorarme por ello?

—¿Y no lo es más que los dos seamos tan amigos, sin rencores?

¿Lo era? Su amistad les parecía natural a ambos: compartían un mundo desaparecido y unos valores pasados de moda. Conocían, de vivirla, la historia que otros les contaban falsificada. Se trataban de usted desde los años treinta; seguían usando sombreros de paja en verano; simulaban besar la mano de la mujer al saludarla y, salvo en ocasiones excepcionales, guardaban para sí las palabras de grueso calibre que ahora eran de general aceptación en los programas infantiles.

—Además —siguió don Anselmo— estoy cansado de todos estos políticos. De su nieto también, discúlpeme. Primero, porque no son políticos sino hipócritas. Segundo, porque se les nota mucho. Y, tercero, porque se creen que no. ¿Usted piensa que yo soy idiota, don Juan?

—Octogenario, sí. Idiota, no.

—Pues su nieto no debe imaginar lo mismo que usted y me reserva un papel en su comedia. No. Definitivamente, no.

A don Juan se le acababa de ocurrir una idea formidable. Alzó la mano imperiosamente:

—¡Alto! No sea usted impulsivo. ¿No le gustaría volver a ser protagonista de parte de la vida que pasa a nuestro lado; volver a tener triunfos en la mano y tomar el pelo a esta época que se siente tan privilegiada?

—Nunca tuve triunfos. Nunca jugué.

—Pues más a mi favor.

13. HIJO ILUSTRE

De algún extraño medio se valió don Juan para convencer a don Anselmo, porque éste aceptó dócilmente la propuesta que le hizo la comisión nombrada ex profeso. Llegaron a su casa el Alcalde, el concejal de cultura, el presidente del patronato y Gracia, la actual jefa de estudios, todos ellos, salvo Pérez y Pérez, antiguos alumnos. Muy amables, se pusieron a halagarle sin tiento, con sal gorda, pidiéndole disculpas por no haber tomado antes aquella medida.

Consolidar el gobierno municipal, tan abandonado durante cuarenta años, y acostumbrar a la gente a pagar más por menos, les había llevado tiempo y atención, pero nunca dejaron de decirse «en cuanto tengamos unos días de calma haremos Hijo Ilustre a don Anselmo». Ahora la oposición estaba desarbolada tras su cuarto descalabro en las urnas y, felizmente, el instituto cumplía su ciento cincuenta aniversario. Era el momento de enaltecer al que fue su director durante años y, de paso, reparar la injusticia que se cometió contra él y contra otros intelectuales de peso. ¿Cómo, en nombre de Dios, se pudo encarcelar a catedráticos por el hecho de cumplir las directrices de su ministerio?

Don Anselmo no se esperaba la presencia de Gracia, la alumna más brillante de los cuatro allí presentes. Gracia ya no tenía la esbeltez de la adolescencia, pero seguía siendo una especie de ungüento para sus ojos:

—¿Tú también eres política, hija mía?

—De la escala de complemento. Yo sólo pido dinero a los políticos para que el aniversario del Instituto sea algo más que una noticia en la prensa. Haremos conferencias, teatro, competiciones deportivas, concursos literarios...

—Y pondremos un cintajo a don Anselmo. —terminó el interesado. Por alguna razón ya no sentía miedo al contemplar el panorama, sino un moderado sarcasmo. Con sus ojillos, moderadamente maliciosos, vigiló a Dios y a Gracia. Su feliz memoria le mantenía al tanto de aquel año que ambos se pasaron cuchicheando en clase. Hasta recordaba que el actual alcalde le había pedido su opinión sobre unos versos de cosecha propia, en romance, y cuando un chico sano escribe versos es que hay una mujer por medio. Además, contenían sentimientos estereotipados, como los de todos los adolescentes enamorados.

Luego llegó Cabrero, con su caballete y su caja de pinturas, a ejecutar —ejecutar literalmente— el retrato para la galería de hijos ilustres. Cuando Feliciano Cabrero tenía que conseguir parecidos, recurría a la técnica moderna: con una cámara polaroid sacó una foto a don Anselmo, que tuvo que ponerse en pie y mantener abierto un libro entre las manos. Es sabido que los Hijos Ilustres no hacen más que abrir libros y mirar al frente.

Después, ante el asombro del anciano, extrajo un artilugio con varias lentes, lo enchufó y pidió que se corrieran las cortinas. Proyectó la foto sobre el lienzo y, descaradamente, repasó con carboncillo todos los contornos, hasta obtener un dibujo burdo, pero bastante fiel, de los rasgos del catedrático.

—Si Miguel Angel hubiera tenido esto... —comentó de pasada.

—Jamás hubiera pintado la Capilla Sixtina. —terminó don Anselmo, todavía admirado por el moderno arte comercial de la pintura. Más le hubiera chocado de saber que aquel proceso técnico le valdría quinientas mil pesetas a Cabrero, que no se vendía por poco ni valoraba en menos su carné.

La tercera visita fue de Mariví. Pérez y Pérez había vuelto a caer en el vicio de pensar y, de idea en idea, se le ocurrió que don Anselmo necesitaría una secretaria para que lo ayudara a redactar su discurso de acción de gracias. Mariví traía un esquema general: agradecimiento a quienes lo rescataban del olvido, recuerdo de los buenos tiempos republicanos y del espantoso páramo cultural posterior, tres anécdotas históricas y despedida, con un nuevo agradecimiento a la politicada y satisfacción por haber llegado vivo al ciento cincuenta aniversario de su instituto.

—Yo no estaba cuando se inauguró, hija mía.

Don Anselmo llamaba hijos suyos a casi todos los asnos del contorno, en un duro acto de humildad. El no los tuvo, de modo que se contentó contemplando las barbaridades de los ajenos. Sostenía que sólo se puede educar a los seres humanos con cuatro o cinco generaciones de crianza previa y, aún en esos casos, nadie era capaz de garantizar los resultados.

—Empecemos, pues. —dijo sin perder tiempo.— Apunta, guapa: «Hoy, cuando me nombráis Hijo Ilustre, gracias auna inmerecida coyuntura política, no puedo evitar volver la vista atrás y recordar cuando el Frente Popular me metió en la cárcel...»

—Oiga, oiga. —saltó Mariví, a quien nadie había advertido que trataba con un viejo con las clavijas sueltas.— A usted lo metió en la cárcel Franco.

—La segunda vez, hija mía. La primera fueron los del Frente Popular: se me llevaron de casa y a punto estuve de que me fusilaran.

Mariví meditó con su acreditada cabecita, que valía lo que la de un hombre:

—¿Qué le parece si empezamos los recuerdos un poco más tarde?

La cuarta visita fue don Juan, que traía un plano de la ciudad. Lo desplegaron sobre la mesa de la biblioteca y empezaron a estudiarlo. Afortunadamente, el centro había cambiado poco y don Anselmo guardaba en su fotográfica memoria todos los detalles dignos de interés. Donde hoy se alzaban los restos desacralizados del monumento a los caídos, despojados de lápidas, cruces y demás parafernalia fascista, había existido un monumento a Riego, en bronce.

El primitivo monumento a Riego había sido destrozado por las turbas en los primeros días del Movimiento, cuando cualquier estatua militar o religiosa corría peligro. Lo poético fue que las masas que derribaron y trocearon al general lo hicieron a los acordes del Himno de Riego: así suele cuidar España de sus hijos.

En el treinta y nueve se empezó a construir el monumento a los caídos por Dios y por España sobre los restos del de Riego, general golpista y masón. Gracias a la redención de penas por el trabajo muchos rojos que habían destruido el anterior contribuyeron a levantar éste, muy satisfechos, además, de poder manifestar su recién adquirida unción patriótica.

Dados los hábitos políticos de los españoles, tan pronto como Dios fue elegido alcalde, se planteó la necesidad de «normalizar» democráticamente la ciudad. Al igual que la derecha, la izquierda se dedicó exhaustivamente a borrar el pasado reciente. Parecían una banda de sacerdotes de Amón borrando el nombre de Amenofis IV, el faraón hereje. O sea, progresistas.

Pero el monumento a los caídos era un obelisco de veinticinco metros, sobre un terraplén ajardinado: no se podía quitar fácilmente, por lo que Dios encargó a un arquitecto amigo —previa comisión— el proyecto de reforma o amejoramiento. Por un lado había que eliminar las huellas del ayer para no seguir ofendiendo a los otros caídos, a quienes no les daba la gana de hacer un monumento similar; por el otro, había que mantener la estética del centro de la plaza.

La idea del arquitecto fue genial: despojar al monolito del altar, de las placas de bronce, del águila de San Juan, de la divisa «Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!» y de la cruz. Añadirle unos cuantos arabescos y un andamiaje de tubos de hierro, dándole el aspecto de un pozo petrolífero, y, lo mejor, dedicárselo al último reyezuelo moro de la taifa, un tal Abú Omar, que pasaba por ser un hombre ilustrado en aquellos lejanos días.

Así el problema político se convirtió en un simple problema estético y lógico. Un monolito de piedra rodeado por una especie de pozo de petróleo y denominado Obelisco de Abú Omar, no dejó de despertar críticas y dudas. La gente se preguntaba por la semejanza que podía encontrarse entre el último reyezuelo moro y la construcción aquella. Los peor intencionados, además, querían saber el por qué del homenaje al sarraceno, al margen de haber sido un español dueño de dos docenas de libros: un mérito, sí —había dicho el periodista Carlos, el rebelde— pero otros españoles, algunos vivos todavía, poseyeron otros tantos sin que se les erigiera un monumento.

Los dos ancianos revisaban el plano de la ciudad y sonreían con ojillos traviesos. Como las demás personas de buen gusto, sentían un moderado disgusto contra el engendro dedicado al moro Abú Omar. Como hijos de un tiempo desaparecido, tenían ganas de revivir la juventud perdida y no se les ocurría mejor modo que fastidiar a la politicada multicolor.

14. ACTO PUBLICO

Se discutió mucho sobre el lugar en que don Anselmo debía ser adoptado por la ciudad como Hijo Ilustre. Gracia y el resto del claustro de profesores querían que la operación se realizase en la sala de actos del instituto, y los concejales se inclinaban por el Salón Noble del ayuntamiento, de cuyas paredes colgaban los demás hijos ilustres. En efigie.

Feliciano Cabrero, el pintor de fortuna, terminó el retrato en el plazo previsto: el parecido era innegable, aunque había reproducido también el parpadeo sorprendido del catedrático ante el flash, de modo que el buen viejo aparecía con los ojos semicerrados, con una expresión cándida que distaba mucho de la habitual agudeza de su mirada.

Mariví, la secretaria sectaria, había pasado a máquina el discurso que don Anselmo acabó escribiendo a solas, sin someterse a la tortura de dictar a una señorita que tenía un vago concepto de la hache. Concluido y repasado, se había enviado a la imprenta, donde hicieron un folleto con unas palabras de Dios, otras de Pérez y Pérez y, por fin, con las emotivas gracias de don Anselmo.

Para Juan de Dios fue un auténtico esfuerzo redactar los dos folios en homenaje a su catedrático: en cuanto se ponía a ello veía al pobre viejo brincar cuando el petardo le estalló debajo de la silla, y se partía de risa. Uno no puede reírse y escribir, a la vez «usted encendió en nosotros la llama de la inquietud intelectual.»

Por fin llegó el gran día: pusieron a don Anselmo en lo alto, sentado en la mesa de los plenos, sobre la tarima. El auditorio lo llenaron de autoridades, cargos, carguitos y algún alumno de instituto. Don Juan también asistía, como viejo inquisidor que llevó al prócer a las mazmorras. Claro que eran otros tiempos y que ya nadie recordaba aquella antigua disputa.

En una habitación, cercana y todavía cerrada para evitar incursiones, los víveres que serían servidos por una empresa especializada en banquetes. Frente a la puerta, de guardia, se alineaban los camareros en uniforme de gala y el maitre vestido de azul como un ministro, dispuestos a regalar su espíritu con un poco de cultura.

El secretario comenzó leyendo el acuerdo municipal en que se tomaba la decisión de distinguir al catedrático con el alto honor de Hijo Ilustre. Una voz mecánica sirviendo a unos mecánicos conceptos: estaba claro que el secretario no disfrutaba del acto ni sentía pasión alguna por don Anselmo.

A continuación, Antonio Pérez y Pérez, presidente del Patronato de Cultura, se lanzó a glosar la egregia figura de don Anselmo, que resultó ser un luchador por la libertad, uno de los miles de ciudadanos aherrojados y exilados en el desierto cultural en que se convirtió España durante cuarenta años.

Aún así, pese al bozal político, el viejo profesor fue capaz de escribir y publicar obras de mérito como el «Callejero de la ciudad», la «Breve introducción al estudio de las antigüedades romanas y góticas», «Dólmenes de las cercanías» y «1936. El Coronel Guardia, Jefe Militar Derrotado.»

Don Anselmo, al oír pronunciar los títulos de sus pocas obras provincianas con aquella voz campanuda de Pérez y Pérez, se sintió pequeño y ridículo. La mascarada le hería, tanto más cuanto le constaba que ninguno de los presentes, a excepción de don Juan, las había leído. Quizá Pérez y Pérez también, pero ése no podía asimilar más que lo que se metía por la boca.

Se sintió desvalido, con el alma a nudos. Para no escuchar el grotesco panegírico de Antonio Pérez y Pérez, dejó vagar los ojos por la concurrencia. Sólo los de don Juan le devolvieron algo de comprensión: el viejo enemigo era también el viejo amigo. Ambos se guiñaron imperceptiblemente: guardaban juntos un secreto que endulzaba su vejez. Una chiquillada.

El delegado del gobierno, en primera fila, bendecía con su presencia oficial el acto. El presidente autonómico, o «minipresidente», también: aunque del mismo partido, ambos mantenían una secreta guerra de protocolos, preeminencias y sectores. A su lado, un senador y dos diputados a los que el destino había uncido al botón de votar a favor de las instrucciones del jefe de su grupo parlamentario. Los cinco eran las personalidades encargadas de dar lustre a la ceremonia.

El delegado del gobierno era barbudo, reiterativo y divorciado. Desde la universidad de los años sesenta a entonces había recorrido todo el arco de las militancias hasta convertirse en una especie de odre en el que convivían nociones falangistas del hombre, postulados anarquistas sobre el sindicato, apócrifas sospechas marxistas en torno a la libertad y una clara complacencia, muy de derechas, con su nómina oficial, que recibía el auxilio de otras gabelas y negocios y de un chupito a los fondos reservados.

Se había casado muy enamorado de su mujer, después de cumplir con la costumbre de las relaciones prematrimoniales, tan presente en los años setenta. La noche de bodas, privada de su encanto primitivo, la consumieron friéndose dos cajas de calamares congelados y bebiéndose dos botellas de champán que les ayudaron a dormir. Sólo por llevar la contraria al mundo, decidieron no cohabitar —por así decir— en aquella fecha señalada.

Dos niños después de esto, se divorciaron en nombre de la libertad de acción. Ella, sobre todo, quería ser libérrima y diputada por el cupo del veinticinco por ciento. Rebasaba la treintena y notaba el apremio de la juventud que se le escapaba a chorros. Si quería experiencias con las que llenar los largos recuerdos de la vejez, tenía que acumularlas entre los treinta y los cuarenta. Lo que consiguiera después de esa edad sería un simple premio de consolación.

Otras se hubieran conformado con engañar al marido y escribir artículos feministas, pero no ella, que siempre prefirió echar leña al fuego. De manera que lo engañó y luego hizo un experimento: esperó a tener al delegado en situación, hambriento de amor y a calzón caído. Se trabó con él en el abrazo carnal y entonces, cuidando de vigilar todas las reacciones masculinas que sucedían sobre ella, se lo dijo:

—Oye, paco: te he sido infiel.

—¿Cuándo? —preguntó él, sin cejar en sus maniobras.

—Esta misma mañana.

Paco no hizo ningún comentario. Arremetió con más bríos que nunca, en una rápida galopada por las amplias praderas.

—¿Me has oído? —insistió ella en un momento poco oportuno para ambos. La situación, al parecer, era lasciva.

El delegado esperó a terminar lo que estaba haciendo y después pensó si era oportuno sentirse sucio, ofendido o civilizado. Su barba indicaba esto último: que era un europeo civilizado y apto para circular por todos los terrenos.

—¿Muchas veces? —dijo al fin.

—Muchas, mi amor.

—¡Ay, qué leche! —respondió Paco, a punto de adoptar modos hispánicos. Alguien, sin duda enemigo, hacía subversión corrompiendo a las mujeres.

Y se divorciaron. Una llamada al fiscal, ya redactados los acuerdos, hizo que el divorcio tardara menos de una semana. Recogieron la sentencia por la mañana. Ni estaban tristes ni especialmente enfadados. Estaban libres y, en prueba de su mutua libertad, por la noche hicieron aquello que no habían practicado en la de bodas. Coitaron largamente. Furiosamente. Eran modernos.

Todavía entonces, años después, seguían teniendo un vis a vis semanal. Ella engañaba a su amante de turno. El a su querida de la temporada. Y más felices que nunca.

El presidente de la autonomía, Felipe Suárez, era un hombre muy distinto. Era un católico practicante, padre de un hijo de veinte años. Cuando las primeras elecciones, los de la derecha fueron a pedirle que figurara en su lista.

—Lo siento: acabo de comprometerme con el socialismo. Si hubierais venido unas horas antes... —les respondió.

La verdad fue que estuvo a punto de arrepentirse. Había fichado por el progresismo víctima del halago que supuso que alguien le recordara para las labores de gobierno, pero él era de derechas. Se atuvo, sin embargo, a su palabra y a su nómina y aquel fue su gran acierto: la derecha colocada a la izquierda venció a la derecha—derecha una y otra vez, elevándole primero a diputado y, después, a presidente del gobierno autónomo. Virtudes no le faltaban, tanto por Felipe como por Suárez.

Pero su gran problema era humano en lugar de político: su hijo era idiota. La naturaleza le había estirado hasta los dos metros y, seguramente, el proceso había deteriorado algunas fibras sensibles. El idiota, al borde de una esquizofrenia masiva, estaba convencido de que no estaba bien dotado. La cosa debió de empezar con bromas en el vestuario del gimnasio, pero el chaval, que no había conocido mujer ni la conocería de seguir así, un día confesó la clave de sus problemas:

—Es que tengo el pito pequeño.

No lo enseñaba, claro. No había más que creer en su palabra y esperar a que le creciera. Pero se iba obsesionando con el asunto de los tamaños. Se escondía. Se negaba a acudir a clase. Se obstinaba en comer a solas en la cocina, todo el tiempo pensando en el pito y en su falta de medida. Ni al psiquiatra se lo quiso mostrar.

El médico, moderno y con toda la confianza política del minipresidente Felipe Suárez, achacó la cosa a la falta de madurez sexual del idiota y propuso desflorarle con urgencia para que cogiera querencia a su pito, lo tuviera como lo tuviera. Y confianza en sus virtudes. Así fue como puso en contacto al presidente con una auxiliar de mucho mérito, una puta fina de veinte años que cobraba como si fuera de oro, pero que garantizaba el éxito y la inmunidad contra el sida.

—Mira que si pega un gatillazo la primera vez, a ese chico no le levanta la moral ni una grúa.

—Exito garantizado. —insistía la auxiliar.— Me las sé todas.

La habían presentado al muy idiota como una conocida de un amigo que estaba en la mili. Ella le preguntó por él y se quejó de que no le escribía. El, como de costumbre, se retraía. Si habitualmente parecía un mejillón, en presencia de la muchacha era exacto a un mejillón tímido.

El padre se quejó. Una semana después de hechas las presentaciones, el idiota seguía sin conocer mujer. Con la flor, como quien dice.

—Es difícil el caso. —dijo la auxiliar.— Me siento a su lado y le hablo, pero no suelta prenda. Ayer le puse la mano en la pierna y le entró hipo. ¡Jesús, qué hipo!

—Pero, ¿me garantizas el éxito?

Ella le hizo una demostración particular. Si un señor tan serio como el presidente, tan católico y tan de derechas, había funcionado como un reloj recién fabricado, ¿qué no haría un chaval de veinte años, con toda la pujanza de la edad y con el cerebro atiborrado de hormonas?

—Pero no te querrá enseñar el pito. Tendréis que hacerlo a oscuras.

—Me lo enseñará. Te lo aseguro, presi.

—Cuando se lo veas, me explicas. Porque yo... ejem, no lo tengo pequeño, ¿verdad?

—Como una locomotora. —dijo la profesional con una sonrisa tranquilizadora.

—¿A quién habrá salido, el muy idiota? Y, además, por mi posición, no me puedo permitir el lujo de meter a un hijo en el manicomio. Regularízamelo.

Don Anselmo no sabía estas historias, pero percibía que el alma de los asistentes se hallaba lejos del Salón Noble, pensando en sus propios problemas o amodorrada por el verbo monótono de Pérez y Pérez, que se sentía obligado a demostrar hasta la saciedad lo ilustre que era don Anselmo y la suerte que tenían todos al poder adoptarlo como hijo de la ciudad.

Luego habló Gracia, la jefa de estudios del instituto, pues el director, que era de derechas, no había querido participar en lo que llamó «una mascarada política». Fue un discurso lleno de recuerdos personales y de agradecimientos. El viejo profesor había despertado su amor a la enseñanza al obligarla a leer, durante el curso 66—67, kilos y kilos de poemas.

Gracia, tras la primera efusión con el alcalde Juan de Dios, había pasado varios días pensativa y desajustada. Revivía la juventud en plena madurez y la contradicción la mantenía en vilo. Comprendía que ambos habían cambiado absolutamente en los últimos veinte años, pero se preguntaba si todavía era posible rescatar una parte de las viejas emociones, de aquellos estremecimientos sensuales que sentía cuando Dios encontraba motivos sólidos para comparar sus pezones con brotes nuevos de la primavera.

Dios, mucho más práctico, se atuvo a lo palpable. El, después de Jill, nunca volvió a encontrar nada especial. Ni a esperarlo. Ni siquiera cuando Jill regresó al año siguiente. Ambos se habían mantenido fieles a su amor: ella, por puro y adolescente romanticismo; él, por falta de oportunidades, porque el asunto de Gracia le había llevado todo el curso para no conseguir ningún arreglo substancioso.

Por teléfono y por carta, a medida que se acercaba el día de su encuentro, se habían dado ánimos y se habían imaginado lo que harían. Pensaban que sería el momento más ansiado de su vida pero, cuando se vieron frente a frente, se notaron distintos y desconocidos. Habían cambiado de aspecto y de mirada y les parecía imposible alargar la mano y encontrar allí a quien habían soñado tanto. Sus recuerdos mismos empezaron a resultarles increíbles.

Cuando por fin estuvieron solos no supieron dar el primer paso. Sonreían, inciertos, y se avergonzaban. Al final se estrecharon y fueron rescatando del olvido todos los rituales, todas las caricias. Pero era distinto. Recorrieron también los lugares encantados del año anterior, buscándose en la luz y en la sombra y acertando apenas a recordar algunas palabras.

Aquel día no fueron capaces de hacer el amor, como lo llamaba la inglesita. El amor debía de estar en algún lejano limbo. Tampoco fueron más afortunados en la siguiente jornada.

—Es —dijo, al fin, Jill— como si hubiésemos olvidado algo. Es como volver a empezar.

Pero empezaron, a fuerza de tesón, para comprobar también que la aguda sensibilidad de antes había disminuido. Dios, veinte años después, todavía pensaba en aquello cuando veía a Gracia: pensaba que ella, que su relación con ella, había disipado su maravillosa pasión por Jill.

La inglesa, con los años, se mostró eternamente insatisfecha. Tuvo tres maridos. Con los tres viajó a la Cala. Se hospedaba en los Vientos, en recuerdo de la vieja amistad. La primera noche, con el primer marido, de madrugada, Dios oyó como se habría la puerta. Jill vino a sus brazos llorando:

—Soy tan desgraciada. —le dijo en un susurro.— Y no sé por qué. Pienso que siempre te querré. Pero quiero a aquel muchacho de entonces. Pienso en él demasiado.

Dios se entristeció y tuvo envidia del que fue. También él soñaba con la chica que fue Jill, con las primeras sorpresas, con el debut de la vida, ya inalcanzable para siempre.

—También yo soy desgraciado. —murmuró, abrazándola.

La misma escena se repitió cuando el segundo marido y, después, cuando el tercero. Todo acababa con un profundo y triste abrazo. Y con la paciencia del marido de turno.

Dios tomó la palabra después de recordar vagamente esto. Don Anselmo también le devolvía a la Cala y a aquellos años juveniles. Gracia, a la tremenda soledad del amor a alguien que no existía ya. Pero aquellos tiempos, tan dulces en la memoria, por imperativo político eran otra cosa, así que Dios empezó por referirse a cuando España era un páramo cultural. Sólo, en mitad de la noche, brillaba la luz de la inteligencia de don Anselmo.

El interesado se sobresaltó. Lo estaban trasplantando a un terreno que no era el suyo. Pero la cosa no tenía remedio ya y Dios estaba informando a su distinguido auditorio que don Anselmo había sido perseguido por culto. Lo metieron en la cárcel por culto. Lo separaron de la cátedra por culto. Hora era de remediar aquellos agravios imponiéndole la banda de Hijo Ilustre, la medalla de lo mismo y entregándole un diploma acreditativo. También era hora de colgarlo de aquellas paredes, en compañía de los otros prohombres que habían florecido en la ciudad.

Don Anselmo fue conducido donde aguardaba el cuadro, pulcramente velado por una cortina. Tiró del cordón y la gente aplaudió cuando la obra de arte quedó debidamente inaugurada. Feliciano Cabrero, el pintor, se esponjó: Don Anselmo no era un buen modelo, demasiado viejo y feo, pero le había quedado muy propio.

—Hijos míos. —empezó don Anselmo, después de volver a ocupar su sitio, con el altavoz delante de la boca y las cámaras de Telecab inmortalizándolo.— Todavía no sé cómo me he atrevido a aceptar esto. No soy más que un catedrático de un instituto de provincias y mi aportación a la cultura, a la vista de alguno de mis alumnos, es más que discutible.

—Por supuesto —añadió de prisa, al ver las primeras sonrisas—, no me refiero a nuestro alcalde, ni a nuestro presidente ni a la encantadora jefe de estudios, que tanto me acaba de alabar. Sería injusto por mi parte.

Las sonrisas seguían, de modo que había llegado el momento de ponerse serios:

—Sí tengo algunas objeciones que hacer a mi querido Juan de Dios: si tengo que creerte, tú y todos los aquí presentes os habéis criado en un desierto cultural y, en ese caso, no podría tomarme en serio vuestro homenaje, puesto que seríais hijos de tal desierto y vuestra opinión de poquísima confianza. Por otro lado —añadió—, Franco no me metió en la cárcel: Franco nunca supo de mi existencia, aunque habló conmigo una vez, muy amablemente.

—Hombre, don Anselmo. —dijo Dios, sonriendo, aparentando tomarse las frases a guasa.

—Como lo oyes. Franco vino aquí en los años treinta, con Alcalá Zamora, y estuvimos hablando del instituto y de sus problemas. Por eso en el cuarenta se recibió material nuevo. Pero Franco nunca me tuvo en cuenta. A mí me encarceló la gente de aquí. Y temo que, en el próximo tumulto, alguien con el mismo concepto de la política, piense que es buena idea quemar mi retrato ya que sois vosotros los que lo colgáis de la pared.

15. EL GUATEQUE

Tan pronto como languidecieron los últimos y forzados aplausos, el maitre y sus huestes abrieron las puertas del lugar donde estaba preparado el guateque, apartándose inmediatamente para esquivar la probable embestida de un público ansioso de pasar del espíritu a la croqueta.

Sólo los más significados avanzaron al paso de don Anselmo, conscientes de que perdían, por lo menos, el primer asalto a las gambas con gabardina. Rodeaban al catedrático, ya que no con su cariño, con sus cuerpos perfumados. Y el más perfumado —por razón profesional— era Benito Pi, jefe de la oposición municipal que se dedicaba a la explotación masiva del cerdo. De ahí el abuso de la colonia.

Benito había sido marginado del acto y pretendía corregir la falta de protagonismo oficial con el contacto continuado. Si no se separaba de don Anselmo era muy posible que apareciera en varias de las fotos que publicaría el periódico al día siguiente.

A parte de saber cómo cebar a un cerdo desde su tierna infancia, Benito reunía otros méritos políticos: de la contemplación consuetudinaria del comportamiento porcino, había adquirido nada lisonjeras opiniones sobre la psicología humana y no se fiaba ni de su padre, fallecido por otra parte. También hablaba poco: cuando se pasan ocho y diez horas en la proximidad de las pocilgas, uno comprende que con la boca abierta se huele mejor y Benito Pi la mantenía cerrada por sistema.

Pero su mayor virtud, la que le había llevado a ser el jefe de la oposición, era tener un primo en la ejecutiva nacional del partido centrista conservador liberal.

—Mira que cría cerdos, y eso puede traer rechifla. —habían advertido al familiar los que postulaban a un fabricante de zapatillas, muy viajado y con don de lenguas.

—¿Y se puede encontrar a alguien con menos ambición personal que un criador de cerdos? No se sobrestiman. Los que explotan gorrinos rara vez extienden sus actividades al ser humano. Prefieren al cerdo. ¿O no?

La ejecutiva nacional convino en que sí, en que hay ganaderos que distinguen claramente las cerdadas y se abstienen de ellas.

—Además —siguió el primo— es ideal para la travesía del desierto. Tan pronto como haya posibilidades de ganar, ponemos en su lugar a alguien más brillante y que no esté desgastado por años de oposición inútil.

Ignorante de esto, Benito soñaba por su cuenta en el día en que él ganara la alcaldía y se subiera el sueldo. Lo primero, volver a negociar las cuotas porcinas que el Mercado Común imponía. Lo segundo, erradicar el mito del jamón de pata negra. Lo tercero, quitarle la palabra a Dios en el pleno.

—¿Eh? —dijo, al comprender que don Anselmo parecía haberle dirigido una pregunta.

—Que me gustaría hablar un rato contigo, hijo mío. ¿Qué te parece si nos sentamos allí?

Benito, siempre modesto, no se consideraba dueño del don del pensamiento ni, por lo tanto, del de la palabra. Tenía el vago temor de que su viejo profesor le dijera algo como «¿Cuántos versos y de cuántas sílabas tiene un soneto, zoquete? Y, ya que estamos, ¿qué es una sinalefa?» No se le ocurría que don Anselmo pudiera decirle otra cosa y él, después de años y años diciendo «oiñ, oiñ» a los marranos, no estaba para asomarse a las profundidades insondables de la poesía.

—¿Eh? —volvió a decir, confuso y parco.

El viejo profesor lo tomó del brazo y lo condujo a un banco de estilo indefinido:

—¿Te has dado cuenta, Benito, de que Juan de Dios me ha usado para hacer política?

—Sí. A mí también me lo hace. En el último pleno dijo «yo pienso; Benito, lo da» Cree que son agudezas a costa de mis cerdos.

—Dejemos los cerdos y el pienso, hijo mío. Lo que yo quiero decirte es que me siento burlado.

Era un paso hacia la comprensión. Benito también se sentía así cuando estaba en las cercanías de Dios:

—Como yo en el pleno, con lo del pienso.

La frase parecía habérsele clavado hasta el hueso. Podía seguir desarrollándola durante una hora, contando los silencios meditabundos.

—Me han pintado como a un rojo. —siguió don Anselmo. Cuando vio que Benito no dudaba que lo fuera, se apresuró:— Yo voto por ti desde siempre, Benito.

—Entonces, ¿por qué le han hecho este homenaje?

—¿Ah?

—¿Ah? —el homenaje, en opinión de ambos, pertenecía al reino del misterio. A veces las izquierdas son tan inescrutables como los cerdos inapetentes. Quien crea que los cerdos siempre están dispuestos a comer, se equivoca: en ocasiones olfatean el pienso, resoplan y le dan la espalda.

—La mayor parte de las veces son lombrices. —siguió Benito. Las analogías hombre/gorrino siempre le satisfacían.

Don Anselmo tenía que terminar con aquellas excursiones psicológicas:

—Calla, hijo mío, calla. Ellos creen que, como fui a la cárcel después de la guerra, tengo que ser de los suyos a la fuerza.

—¿Y no?

—No. La cárcel enseña mucho, Benito. Me encerraron con algunos verdaderos criminales. Con el Cortao.

No hubo reacción por parte del jefe de la oposición. El Cortao pertenecía, afortunadamente, a otra época y a otra generación. Benito Pi lo ignoraba todo sobre él.

—Iba —siguió el Hijo Ilustre— robando por todas partes. Si había que matar, mataba, pero sólo por dinero. El caso es que estuvimos en la misma nave. Sabía que lo iban a fusilar y quiso dejar amparada a su familia, así que me explicó dónde había dejado escondido su botín. ¿Sabes lo que es un botín?

La imaginación de Benito Pi dejó por un momento la contemplación del cerdo y su dueño atendió. Botín, en su humilde entender, significaba dinero y el dinero contaba con todas sus simpatías. Y con las del partido.

—Oro. —siguió don Anselmo.— Joyas. Todos los objetos de culto de Santa María, incluida una custodia del siglo dieciséis. Creo que, en dinero actual, debe sobrepasar los mil millones.

—Mil millones. —murmuró, reverente, aquel hombre del centro derecha. Cualquier ideología hubiera murmurado del mismo modo.

—Me dijo donde estaba. —insistió don Anselmo, dando tiempo a que el concepto penetrara hasta lo profundo.— ¿Te lo imaginas? Al salir de la cárcel no tenía más que ir a cogerlo y...

Los puntos suspensivos, muy notables, tanto podían señalar hacia la familia del Cortao como hacia el bolsillo del catedrático.

—Mil millones. —repitió Benito. — ¿Qué les pasó?

—Verás: por un lado yo estaba escarmentado; no quería que me cogieran trasteando con un tesoro que, en parte, había sido arrebatado a la Iglesia. Ya sabes que Franco era muy clerical.

Lo que Franco hubiera sido no le importaba a Benito. Olfateaba otra cosa.

—Por otro lado, la ética.

—¡La ética! Desde que mandan estos no hago más que tropezarme con la ética y con los ochocientos mil puestos de trabajo.

—Sí, pero en aquellos tiempos la ética quería decir que estaba mal quedarse con dinero robado. Se pensaba que era feo.

—¿Quiere decir que no tocó ese botín? —preguntó Benito, a punto de permitir que su opinión sobre don Anselmo bajara cien enteros.

—Había un detalle más: aunque me hubiera olvidado de la ética, no podía tocar ese dinero. Estaba escondido aquí, en el ayuntamiento, y a ver cómo me presentaba yo, ex presidiario, con un pico y una pala.

—¿Estaba o está? —dijo la oposición, en busca de certezas.

—Está, hijo mío. Y pesa sobre mi conciencia.

Hay que decir que Benito, aunque entregado a la explotación del cerdo, no llevaba inútilmente quince años en política. Fuera por capilaridad, fuera por estudio, había absorbido los principios básicos y en modo alguno creía que mil millones, libres de impuestos, pudieran hacerle algo a la conciencia, salvo echarla a bailar.

—No ha podido meterle mano al botín. —tradujo.

—No, no. Es cierto que no he podido, pero es cierto que no he querido. Si tuviera ambición, me bastaría con contárselo a Dios e ir a medias. ¿Crees que él rechazaría el negocio por ese asunto de la ética? Pero ya te he dicho que no soy de los suyos. Quisiera que ese dinero, en lugar de ir a un bolsillo, se gastara en España; que sirviera para que haya más justicia, por ejemplo.

Benito no estaba capacitado ni para observar cómo centelleaban los ojos pillos de don Anselmo ni para, en caso de observar los insólitos brillos, sacar de ello consecuencias notables. Meditaba en silencio: si el viejo profesor no quería partir el botín con el alcalde, quizá estuviera chocho o, quizá, creyera todavía en los discursos sobre el pueblo. Lo importante era que parecía dispuesto a revelarle el secreto.

—Sí, claro. Nosotros no somos como ellos. Con ese dinero podríamos hacer cosas por la ciudad. —tuvo una idea más apropiada para un catedrático:— O invertirlo en becas. O patrocinar una fundación para poetas. Algo muy justo y cultural.

—Eso mismo. —dijo don Anselmo, cargado de inocencia.

—¿Y dónde está ese tesoro?

Don Anselmo titubeó.

—No quiero que mi nombre aparezca para nada. Ya sabes: le dices al partido que has tenido una información anónima.

«Sí, sí, partido.», pensaba Benito. «Mil millones al diez por ciento son cien millones al año». «Negros, pero millones. Y puedo sacar un doce, trato preferencial.»

—Claro, claro. Nadie lo sabrá, don Anselmo.

—Durante la guerra, hijo mío, la legalidad republicana era muy democrática. Además, había poco papeleo, porque normalmente se prefería requisar en lugar de cobrar los arbitrios. En este edifico la planta baja se dedicó a cárcel y, claro, a dormitorio de unos milicianos que cuidaban unas veces de llenarla y otras de vaciarla.

Sí: Benito había oído decir que la gente de la guerra era muy bestia.

—Donde hoy está el despacho del alcalde, ya ves, estaban los retretes de los milicianos: unos agujeros que daban a un pozo negro que hay debajo. Luego se cubrió todo y, hala, el despacho de Dios.

—Sí. —dijo Benito.

—Pues en ese pozo negro echó el Cortao su botín unas horas antes de que entraran los nacionales, aprovechando que los milicianos habían huido. Y allí sigue todo. Basta con levantar el piso y bajar a agarrarlo. Pero, ya sabes: para buenas obras.

—Oh. —suspiró Benito— ¿Y cómo hago yo un agujero en el despacho de Juan de Dios? Se dará cuenta.

—Es muy posible. pero algo discurrirás. Seguro.

—¡Don Anselmo! —saludó Dios en persona, poniendo proa hacia el banco de las confidencias.— ¿No me diga que la derecha lo está catequizando?

—Hablábamos —disimuló el anciano— de tus discursos en los plenos.

—¿Lo del pienso? —se rio el alcalde.

—Pues no tiene tanta gracia. —protestó, una vez más, Benito.

16. JUNTO A LOS CANAPES

La gloria del canapé tocaba a su fin y el aire presagiaba una revalorización de la tortilla de patata. El champán resistía bien, altivas las burbujas, y las gambas habían sucumbido, víctimas de enemigos abrumadores en número.

Don Anselmo, valiéndose de su estatura modesta, había ganado un rincón y, momentáneamente a solas, meditaba sobre el Cortao y sus hechos notables, con el alma inasequible al desaliento: había dado el primer paso y trataba de evaluar si eso lo hacía sentirse mejor.

—Del salón en el ángulo oscuro —le saludó una voz—, de los suyos quizás olvidado, veíase un don Anselmo.

Era Carlos, el joven periodista con pensamientos y copa burbujeantes. Se trataba del espíritu de contradicción más ibérico encarnado en un muchacho sonriente y sin marcas de edad todavía. Entre sus muchas obligaciones en el periódico, estaba la crónica de los plenos, que relataba como si se trataran de corridas de toros.

Además, él y no otro había hablado por primera vez de la «oposición agachadiza» o escrito que «el discurso que lució el alcalde era de tul ilusión». Era relativamente difícil estar a menos de diez metros de Carlos sin resultar vejado.

—¿Tú también, hijo mío? —respondió el viejo profesor con otra cita.

—El cava me atrae un poco más de lo que me repelen los políticos, don Anselmo. Además, esta noche tengo que escribir cómo fue colgado usted de la pared entre grandes aplausos. «Vestía una tela de Feliciano Cabrero —diré— y trataba de mantener en la boca un ramo de olivo.» Supongo que también deberé comentar el milagro de que un octogenario se haya convertido en el hijo ilustre de un alcalde que frisa la cuarentena. Fertilización in vitro, sin duda.

El catedrático sonrió. Con Carlos era lo más cómodo: o se sonreía o se rabiaba. Según el aguante. Había sido un chico normal hasta que a los diez años, coincidiendo con la muerte de Franco, su padre lo apuntó en las juventudes socialistas, pensando en darle un futuro mejor. El niño creció, entre palabrería de muchos colores, concibiendo un desinteresado amor por los descamisados y una legítima duda sobre el monetarismo.

A los quince era un esplendor de chico y un diputado barbado trató de meterle mano. La maniobra le fue presentada como un modo expeditivo de liberarse de los prejuicios burgueses en la intimidad del despacho. Carlos había entrado en él socialista y salió fascista, del ala franquista. O eso dijo el diputado que entró, por su parte, con gafas y oscuros anhelos y salió sin ellas y con la cabeza abierta, porque el chico le partió en ella una lámpara de alabastro.

—¡Fascista! —le dijo el diputado, que usaba el mismo repertorio para rotos que para descosidos.

—Maricón de mierda. —comentó Carlos, que no acababa de creerse que la Constitución permitiera la libre circulación de gentuza tan perversa.

De este accidente le vinieron unas maneras de criticar la sociedad que resultaron francamente desestabilizadoras. Y una absoluta desconfianza en la clase política. Fue el que más rio cuando al diputado, años después, lo pillaron ejercitándose en unos urinarios.

—¡Cómo ha cambiado el Gay Saber! .— comentó, porque, en el intermedio, se había vuelto un hombre culto.

Los versos que escribió celebrando el hecho, le valieron ser incluido, por méritos, en la lista de los enemigos. Esto significaba perder el empleo a plazo fijo y así hubiera sucedido de no decidirse a cambiar él al presidente autonómico.

Este minipresidente, valiéndose de sus dotes administrativas y de su amor a la naturaleza, había declarado zona protegida una franja de costa con playa. Los ecologistas, emocionados, lo recordaban en sus oraciones y se entregaban a la enumeración de especies salvadas. Pero una vez que su mujer, amparada tras la sociedad Defenasa, hubo comprado los terreros que perdieron su valor comercial, la zona volvió a ser recalificada y, consecuentemente, declarada urbanizable.

Como se daba el caso de que, en su precipitación, el minipresidente y su mujer habían dejado múltiples huellas, Carlos pudo publicar la historia con fotocopias y hacer un bonito escándalo que costó el cargo al político feroz, que fue aparcado en un consejo de administración. De este modo Carlos dejó de ser un simple desestabilizador: lo ascendieron a la categoría de periodista peligroso y de gusano goebbelsiano, lo que le permitió conservar el empleo y ser invitado a los actos en que la politicada pretendía aparentar transparencias democráticas.

—Heil, Hitler. —le decía, bajito, al mismo Dios, y el alcalde se lo consentía con una sonrisa, no fuera a tener alguna fotocopia clandestina.

Tan crecido iba Carlos que, en su afán apolítico y presuntamente franquista, apoyaba públicamente el «Virgin Club», una organización de jovencitos que postulaba la abstinencia sexual, el reservarse para el matrimonio y las alegrías del amor platónico, contemplativo y, todo lo más, ligeramente inclinado al tacto. Todo un desafío cuando la postura oficial se resumía en «no cambies tu vida por el sida», o sea, tú dale que te pego, promiscuo mío, que ni el sida ni la tormenta te aparten del polvo. O de los polvos.

Este era el hombre que había caído sobre don Anselmo con una cita de Bécquer en los labios sonrientes:

—Lo que me ha gustado más ha sido eso de que a usted lo encarceló la gente de aquí. Todos los hombres del régimen se han puesto verdes. Verdes como la albahaca. Verdes verde—limón.

Don Anselmo se sonrió tranquilamente. El quería alguna intimidad para explicar al presidente autonómico una interesante historia del Cortao, pero el político no se acercaría de ningún modo mientras Carlos infestara aquellas aguas. Los gusanos goebbelsianos le daban dolor de conciencia.

—Hijo mío —le dijo—, tú eres demasiado joven para comprender cómo es el mundo. Crees que las cosas sólo pueden ser blancas o negras.

—Y rojas

—Sí. Hasta es probable que creas en una ideología. Una plantilla que se pone sobre la sociedad y la ahorma. Pero el mundo siempre ha sido un desastre. Un baño de sangre y una carrera de ladrones; una pelea de envidiosos y un esplendor de la codicia. Lo que se ve no es más que el decorado de la antigua farsa.

Carlos sonrió también. A los jóvenes siempre les dicen cosas así. Menos mal que los jóvenes tienen sus propias ideas sobre el universo y no acaban de creer nunca en su inexperiencia.

—Tengo una norma de vida, don Anselmo: creo en lo que estos —señaló con la nariz a la politicada que masticaba exquisiteces— no creen y no creo en lo que estos dicen creer. Para abreviar: creo en Dios y no en el sufragio universal después de una campaña por televisión. Creo en la unidad de España, que es cosa práctica, y me da risa la autonomía de los caciques locales. ¿Y por qué? Porque estos —repitió el gesto de la nariz— sacan dinero del sufragio universal, de las autonomías, de la ley d'Hont y del amor al pueblo. Perro es el que baila por dinero.

El viejo profesor, que llevaba ciertos planes muy bien aprendidos, tuvo entonces un rasgo de inspiración y comprendió que allí, en bandeja, tenía la guinda roja con que rematar su merengue:

—Hijo mío: ¿has oído hablar del Cortao?

—No, pero suena a bandolero de la Guerra de la Independencia.

—No, no. Fue un político práctico, partidario de meter las manos en los bolsillos ajenos en lugar de limpiarlos mediante impuestos. Actuó de 1936 a 1939.

—Oh. —dijo Carlos, gratamente impresionado.— ¿Cree usted que el Cortao puede presentarse como una alegoría de estos duros tiempos?

—Sin duda. Pásate un día de estos por mi casa. Verás que el Cortao, que robaba a mano, era, sin embargo, tan progresista como cualquiera de hoy.

17. DE COMO SUDA UNA AUTONOMIA

Carlos, satisfecho y burbujeante, cerró contra el cava, al que tenía muy descuidado. Don Anselmo, otra vez libre, fue a estacionarse al lado de Felipe Suárez, so pretexto de apoderarse de una croqueta.

El presidente Felipe dejó, por un momento, de pensar en su hijo el del pito y le hizo al anciano una observación de orden práctico:

—Déjese de croquetas y péguele al jamón. Pata negra. Y dese prisa porque veo venir a Benito con la intención de rebañar en la fuente.

Benito Pi, en efecto, solía hacer siempre gran aprecio de los productos del cerdo. Por deformación profesional. Pero, al ser Benito omnívoro, interrumpió su marcha hacia el jamón, atraída momentáneamente su atención por unos canapés de caviar que habían sobrevivido milagrosamente hasta entonces.

—Hijo mío. —suspiró don Anselmo, cogiéndose del brazo del presidente autonómico en vez de cogerse al jamón.— Hace un momento, mientras me hacían el panegírico, te miraba. Recordé una recensión que me hiciste sobre «La vida es sueño», de la que, por lo visto, sólo entendiste que Calderón se equivocaba cuando decía que sueña el rico en su riqueza.

La memoria del anciano seguía siendo una amenaza para animales y bípedos.

—Yo entonces ya era partidario de la razón. El rico ES rico. Los sueños, en la cama, para no acordarse de ellos después. A mí déme cosas tangibles.

—Eso quería oírte, porque yo tengo una cosa tangible que, a la vez, me pesa en la conciencia. Hoy, cuando me habéis hecho hijo ilustre, me ha pesado aún más que de costumbre. Tengo una deuda con la sociedad. Mejor dicho, con vosotros.

—¿Eh? —dijo Felipe Suárez, presidente autonómico algo perturbado por los problemas de su hijo y por el cava frío.— Nosotros tenemos una deuda con usted, que ha sido un gran luchador de la izquierda. Sin usted, sin usted...

Felipe no encontraba algo que hubiera podido suceder sin la previa existencia de don Anselmo. Dio, por fin, con un vago concepto:

—Sin usted no hubiéramos tenido un magnífico ejemplo.

—Pero yo no he sido leal con vosotros. Debí haber hablado contigo el primer día que presidiste la autonomía. Porque creo que tú eres más que el delegado del gobierno, ¿verdad?

—Sí. —respondió el presidente Felipe, sin recurrir a la falsa modestia.— Tanto por el protocolo como por la consideración que se me tiene en el partido.

—Pues debí hablar contigo tan pronto como dimitió aquel ladrón que recalificaba terrenos.

Felipe, como buen autónomo, había hecho cosas semejantes, pero con mejor fortuna. Con todo, prefirió volver al tema principal de la charla.

—¿Y qué es lo que me hubiera contado?

—¿Has oído hablar del Cortao?

El presidente Felipe era un hombre de derechas criado para ser de derechas. Y en la crianza no habían faltado alusiones —en casa y en el colegio religioso— sobre la horda roja. En la punta de aquella horda, si no recordaba mal, anduvo el Cortao con una escopeta y un machete, desvalijando iglesias y paisanos por igual y ahorrando para los malos tiempos.

—No es un ejemplo de militante que podamos aceptar. El Cortao era un incontrolado, igualito que García Atadell en Madrid, que hasta Carrillo lo pone verde. Robaba y mataba por motivos puramente comerciales.

Don Anselmo hizo que sí con la cabeza y tomó una de las teorías más gratas del Tenorio, la que dice que basta un punto de contrición para salvar el alma más negra:

—Sin embargo se arrepintió a última hora. Yo estuve con él en la cárcel y, poco antes de que lo metieran en capilla, me comentó que deseaba hacer algo por el partido; algo que limpiara su memoria.

—¿Ese tío?

—No sé si sabes que, entre iglesias y paisanos, el Cortao se ahorró un tesoro que hoy, fácilmente, sobrepasaría los mil millones. —don Anselmo bajó la voz para dar un toque de misterio y pronunció la siguiente muy despacio:— Nunca lo encontraron.

—Mil millones. —murmuró el presidente Felipe.

—En sus últimos momentos quiso que fueran para el partido. Ya ves: le prevaleció lo ideológico. Quizá porque no se los podía llevar.

—A veces la gente, cara a cara con la muerte, tiene un detalle. —comentó el presidente, al que un largo aprendizaje había enseñado a respetar cualquier cosa que se escribiera con diez cifras.— Puede que lo que sabemos del Cortao sea una de las tantas leyendas negras que tejió la propaganda del nacional—catolicismo.

—Yo lo vi muy arrepentido aquella noche, cuando me dijo donde estaba escondido el botín.

El presidente, aun echando mano de su autocontrol, dio un ligero brinco. Le sudaban las manos de la emoción, porque no era tonto y sospechaba lo que don Anselmo quería decirle, hasta el punto de alterársele las constantes vitales. Iba a hablar cuando comprendió que sólo sería capaz de emitir tonterías. Sonrió.

—Creo —siguió don Anselmo, que no parecía advertir la confusión hormonal de Felipe Suárez— que me he portado mal a causa del miedo, pero imagino que aún es tiempo de reparar mi error y hacer que el partido de un buen uso a esos mil millones.

—Sí, aún es tiempo. —acertó a decir el minipresidente que, por un capricho de su mente bien entrenada, se veía viajando a Suiza en tournee oficial, cargado de maletas. Por si alguna vez había que reorganizar el partido desde el extranjero. Estas cosas pasan.

—La verdad es que, aún queriendo, no hubiera podido hacer entrega del dinero a sus herederos políticos. —prosiguió el viejo profesor.— Cuando salí de la cárcel, dos años después, era ya imposible retirarlo. Y lo ha seguido siendo hasta que vosotros habéis vuelto al poder.

—Se hará lo necesario, no se preocupe usted.

—Ya sabes lo accidentada que ha sido la historia de la plaza de la Constitución, o sea, de la del Caudillo. En el mismo 1931, con la euforia de recoger el poder del arroyo, el ayuntamiento la llamó plaza de la República (de Rusia a partir de 1936) y, por hacer juego con el himno republicano, levantó en ella un monumento a Riego. Una estatua ecuestre sobre un terraplén ajardinado.

El veintiuno de julio de 1936, las turbas democráticas sólo vieron en él la estatua de un general a caballo y, los más celosos de la legalidad, le metieron una carga de dinamita, después de fusilarlo. Luego, en 1939, se acabaron de cubrir con tierra aquellos escombros y se levantó encima el obelisco de veinticinco metros dedicado a los caídos por Dios y por España. Hoy es el monumento a Abú Omar que todos conocemos.

—¿Y el dinero del Cortao?

—Debajo de la aguja. Hizo un agujero al pie del pedestal de mármol y lo enterró. Allí sigue.

El minipresidente rompió a sudar con violencia. Sobre el que era ya, por derecho, su tesoro, reposaban varios cientos de toneladas y ni un Felipe ni un Suárez han podido mover piedras a fuerza de discursos. Voluntades y materia orgánica con nómina, sí; el reino mineral, tan indiferente a las ideas, no.

Era una tortura saber que, a cien metros en línea recta, le aguardaban mil millones y no encontrar el modo de meterles mano. Salvo compartiéndolos, o sea, haciendo a otros partícipes de su secreto. Y eso no entraba en sus planes.

—Arroja usted sobre mí una gran responsabilidad. —dijo al fin.

Don Anselmo le pasó el jamón, para que se consolara.

—Hijo mío: sin duda se te ocurrirá algo para rescatar esa fortuna e invertirla en el bien común.

—¡El bien común! —suspiró Felipe Suárez con la boca llena y la cabeza vacía. Toda la autonomía que cabía en él sudaba de impotencia.

18. O'CONNOR

Patricio O'Connor era el Comisario Jefe de la Policía Municipal. Como importante fuerza viva, había tenido que asistir de uniforme al homenaje, aunque eligió un apartado rincón para presenciarlo. En su calidad de substancia gris del variopinto cuerpo de la policía municipal, siempre había procurado pasar desapercibido, porque los ciudadanos, multados una y otra vez, no lo contaban entre sus benefactores: cuanta menos gente lo conociera, menos riesgos de que le dieran un mamporro en una calle solitaria.

—¿Para qué tengo que ir de uniforme? —había insistido ante Juan de Dios.— Sólo me lo pongo en la oficina, con los ordenadores. Me sienta mal. Creo que de paisano, discreto...

—De uniforme.

Y no era sólo el deseo de pasar desapercibido para esquivar las presuntas venganzas del pueblo repetidamente multado e imposibilitado por una red de semáforos vengativos. Patricio O'Connor, en tiempos más felices pero peor pagados, había sido comandante del ejército. Una de las más aguerridas mentes educadas en la Academia General de Zaragoza y en la de Infantería de Toledo.

Cuando uno ha llevado uniforme de verdad y ha mandado fuerza de verdad y ha hecho cantar a las ametralladoras en el campo de tiro, no puede vestirse de guardia municipal y llevar pasamanería sin sentirse disminuido, expulsado del Olimpo de los soldados y despreciado por los compañeros que siguieron en el ejército, pobres pero de caqui. Cuando pensaba en esto le dolían todas y cada una de las setecientas mil pesetas netas que se llevaba a casa como Comisario Jefe y, lo que era peor, como Jefe de Bomberos.

También estaba la cosa de la tradición. Un lejano O'Connor, en la época de las malas cosechas de la patata en Irlanda, en el siglo diecinueve, había puesto su espada al servicio de España. Desde entonces los O'Connor no se habían perdido tumulto hispánico, siempre como soldados de valor con tendencia a absorber aguardiente. Hubo un O'Connor cazando liberales bajo el patrocinio de Fernando VII y hubo otro con el Marqués del Rif, dándole trabajo a la morería. O'Connors echaron a Isabel II, a Amadeo de Saboya y a la Primera República. O'Connors trajeron a Alfonso XII, se batieron contra el Tigre del Maestrazgo y hasta en la misma Cuba.

Su abuelo había luchado en Alhucemas; su padre con Franco y él, con mucho menos honor, con los automovilistas recalcitrantes. Tanto había ido a la guerra el cántaro de los O'Connor que acabó produciendo a un burócrata de corazón, un chupatintas de piñón fijo que, recién ascendido a comandante y visto el desmantelamiento del ejército, echó cuentas y vio que no llegaría a general.

Movió influencias y, tras un examen oposición para evitar la maledicencia, se vio de Comisario Jefe de un centenar de guardias y con el sueldo triplicado, sin contar dietas. Lo malo era que ya podía tener el bolsillo caliente, ya, que le seguían avergonzando el cargo y el uniforme azul, como de bedel. Se pasaba el día en el cuartel, escondido en su despacho como una lombriz. Por la nómina.

Estaba refugiado en un rincón, apurando el cáliz hasta las heces, cuando el homenajeado en persona llegó hasta él y lo inspeccionó con sus ojillos vivaces; unos ojos hechos para la burla.

—Quería hablar con usted desde hace tiempo. —le dijo.

—¿Le han puesto alguna multa? —el noventa por cien de los humanos que deseaban verlo, lo hacían bajo la falsa impresión de conseguir una amnistía. Sólo uno lo había logrado. Abogado.

—Esta multa —le explicó— está firmada por los agentes Martínez y García. Y aquí tengo una baja que indica que García estaba ese día enfermo y rebajado del servicio. No quiero ni pensar que aquí se estén firmando los tacos de denuncias con un testigo falso. Ahora bien, si hace falta un pliego de descargos...

Pero los demás pagaban todos. Don Anselmo ya podía ser Hijo Ilustre de la ciudad, ya, que pasaría por el aro.

—No conduzco, hijo mío. Lo que sucede es que usted me inspira confianza y tengo que hacerle una consulta. ¿Sabe quién fue el Cortao?

O'Connor llevaba sólo ocho años en la ciudad y procedía de otra autonomía. Y no sólo eso: los cotilleos locales le producían ardor de estómago. Más aún desde que descubrió que figuraba en ellos por cobrar él, íntegramente, la subvención de la autonomía para el parque de bomberos municipal.

—¿Algún delincuente? —porque él los delincuentes se los pasaba a la policía nacional, que era la que los dejaba libres. A bote pronto recordaba como habituales al Verbena, al Fiol, al Macutos y al Pincho.

Don Anselmo, pacientemente, le contó la azarosa historia del Cortao, que se las arregló para campear, a la vez, por la ciudad y por el monte, recogiendo cuantos objetos de valor se le venían a las manos.

—Un botín de más de mil millones. —concluyó, consciente de que «mil millones» era un concepto que entraba con suma facilidad por cualquier oreja.

O'Connor, educado en el culto al valor, había soportado la charla de don Anselmo con el estoicismo propio de la infantería bajo el fuego. Los mil millones, dichos a tan corta distancia, lo volvieron receptivo. Se le ocurrió una pregunta práctica:

—¿Mil millones de antes o de ahora?

—De ahora. Unos cinco millones de antes.

O'Connor sintió un vahído, como cuando se contempla la eternidad:

—¿Tanto se ha devaluado la peseta? —hizo cálculos, por otro lado fáciles.— Una peseta de 1936 vale hoy como doscientas. Eso enseña a no meter nada a plazo fijo.

Don Anselmo dejó pasar aquellas filosofías económicas y entró en materia:

—El caso es que, cuando estuve en la cárcel, el Cortao habló conmigo antes de que lo metieran en capilla. Estaba arrepentido y deseaba que el dinero volviera a sus legítimos propietarios que, por otro lado, él se había encargado de asesinar. Era muy resolutivo.

—Pues que se use para hacer escuelas u hospitales. Adonde voy no me hace falta. —me dijo. Y me contó dónde lo había escondido. Oro y pedrería. O sea, que le calculo mil millones como valor bruto, aunque es de suponer que las joyas, como obras de arte, valen mucho más que eso.

O'Connor no hizo ninguna pregunta. Había comprendido que don Anselmo no distinguía entre un comisario de policía —de los de paisano— y un Comisario Jefe del municipio. Decidió comportarse con la indiferencia del que está por encima de los números de diez cifras.

—Cuando salí de la cárcel, imagínese, no estaban las cosas para presentarse a los fascistas y decirles que tenía ese dineral, conseguido mediante el empleo de la horda roja. Yo, un expresidiario, temía por mi vida. Además, muchos de los robados eran objetos consagrados, de culto, y los obispos de entonces también eran fascistas.

—Ya comprendo. —gruñó O'Connor. Su casa paterna cayó del lado rojo y sólo se rescataron las paredes. Todo lo demás fue requisado en una u otra ocasión. Hasta los radiadores. Lo comprendía muy bien.

—También pude, es cierto, correr el riesgo de coger el tesoro yo mismo y hacerlo llegar, anónimamente, al gobernador civil o al obispo. Pero no me fue posible. El Cortao había escondido aquel dineral en los túneles que hay bajo esta plaza. ¿Sabe usted que aquí abajo existen todavía unos refugios antiaéreos? Las autoridades ya habían sellado las entradas cuando me excarcelaron, de modo que tampoco esto último lo pude hacer.

—Claro.

—Y usted me dirá: ¿Por qué ha callado cuando volvió la democracia?

—Sí.

—Pues he callado porque con la democracia volvieron los demócratas antiguos. Cuando oigo hablar de Filesa, de Macosa, de Ibercorp y de todos esos concejales y diputados, me doy cuenta de que ese dinero difícilmente se usaría para buenas obras. Usted, en cambio, con ese uniforme, se dedica a hacer cumplir la ley. A usted le puedo confiar el tesoro con seguridad, y más porque la entrada a los refugios sale del sótano de su cuartel.

—¿Sí?

—Sí. Seguramente podrá rescatar discretamente ese dinero y depositarlo en unas manos seguras. Mire: aquí tengo un croquis para que pueda encontrarlo con facilidad.

O'Connor recogió el papel con rapidez, procurando sólo que su cara no fuera el espejo de su alma, porque su alma cantaba el alirón a grito pelado. Patricio hubiera devuelto, sin esfuerzo, hasta cinco y hasta seis millones. Mil, en cambio, significaban dejar para siempre el uniforme azul, de bedel, y el complejo de inferioridad que le causaba.

—Es usted un hombre decente. —dijo, cuando se acalló, en parte, el tumulto que metía su espíritu allá en lo profundo.— ¿Le alcanzo una croqueta?

19. SIN PERDER NI UN MINUTO MAS

El minipresidente Felipe Suárez, tras las revelaciones de don Anselmo, consumió algún tiempo refrigerándose con cava. Fuera lo que fuera, las burbujas, empujando desde abajo, consiguieron que algunas ideas se le subieran a la cabeza, donde ocuparon el territorio y causaron al presidente Felipe una extraordinaria sensación de agudeza intelectual y de complacencia. Nada como el cava para estimular las más nobles funciones económicas del cerebro.

¿Había mil millones bajo el monumento a Abú Omar de la plaza de la Constitución, o sea, delante mismo del palacio del gobierno autonómico y del ayuntamiento? Pues lo primero que se imponía era quitar el monolito de allí. Después ya se encargaría él de escarbar como una gallina. Tenía un cuñado que era constructor de fortuna, o sea, que hacía las obras públicas de la autonomía a dedo: sus brigadas horadarían disciplinadamente, y con nocturnidad si era preciso.

Cogió un calamar, para relajarse con la masticación, y se dirigió, colorado y sonriente, hacia Juan de Dios, alcalde cuatro veces electo y miles maldecido por sus votantes. Pensaba que con aquel dinero en el talego podría hacer grandes cosas y hasta ponerle una prótesis de pito al tonto de su hijo. Una cosa descomunal.

—Juan de Dios, amigo mío. —lo saludó— El acto te ha quedado perfecto. Has apuntado al partido los últimos cincuenta años de historia. A veces es rentable darle una medalla a un intelectual.

Dios abandonó la contemplación de la patata frita y decidió que la súbita amistad que brillaba en los ojos del presidente Felipe salía directamente del cuello de una botella. Ya en una ocasión, en un vino español a base de whisky, el minipresidente le había alabado el hábil modo de no pagar a telefónica durante diecisiete meses seguidos, proponiendo un nuevo plan para hacer lo mismo con la eléctrica. Le daban borracheras ahorrativas y llenas de imaginación.

—Pero...

—Detrás de un pero no viene nada bueno. —citó Dios a la sabiduría popular.

—Sí, ¿qué quieres que te diga? Hoy has reivindicado a la intelectualidad republicana y la hemos cubierto de aplausos entre todos. Pero salimos por esa puerta y nos damos contra el Monumento a los Caídos por Dios y por España. Un franquismo de veinticinco metros de altura que duele en el corazón de cualquier iconoclasta.

—Tú te refieres al monolito en memoria de Abú Omar. —le corrigió Dios.

—Ya. Hasta mi hijo, que es apolítico, lo llama monumento a los caídos. Y eso duele. No es tiempo de maquillajes sino de dinamita. Hay que quitarlo. Luego, que Cabrero nos dibuje una cosa con tubos de hierro y hacemos una alegoría a la constitución.

Dios veía las ventajas del proyecto. En la última visita del ministro de Justicia había tenido que dar explicaciones muy difíciles. El ministro, con años de experiencia y dos meses en Carabanchel, venteaba el franquismo a kilómetros de distancia. La aguja del monolito se le clavó en la ideología progresista.

—Es —dijo, tras la explicación de Dios— un vestigio de mal gusto. No soy iconoclasta, pero, ¿te das cuenta de que este debe ser el monumento a los caídos más grande de España?

—Además —insistió Felipe Suárez, sacándolo de sus recuerdos—, algo me debes por no haber incluido tu Cala en el catálogo de zonas protegidas. Y eso que allí se han visto flamencos.

—Hace treinta años, Felipe.

—Pero flamencos rosados. Vamos, Juan de Dios: estoy cansado de avergonzarme cada vez que miro la plaza. Sería un bonito detalle, ahora que don Anselmo ha sido canonizado; un fin de fiesta apoteósico.

El presidente Felipe no había absorbido el champán suficiente para perder sus reflejos políticos. Sabía que el alcalde tenía tan poca ideología como él y que jamás se tragaría que deseara derruir el monumento por simple pureza democrática. Por dinero baila el alcalde y casi el resto de la humanidad.

Oscureció la voz, del modo en que debe hacerse para confesar intenciones distanciadas del bien común:

—Mi cuñado, como sabes, tiene una empresa de construcción. Y, quien construye, derriba con más facilidad todavía. Si tú le concedieras la contrata, él tendría un apaño más para hacer frente a la crisis y nosotros jamás volveríamos a dar explicaciones sobre Abú Omar. —el nombre hirió alguna susceptibilidad interna:— ¡La madre que lo parió! ¿Cómo crees que nos miran cuando contamos que tenía dos docenas de libros? Puede que ni los hubiera leído.

—¿Y tu cuñado...?

—El diez por ciento para lo que tú digas.

—El quince.

—A esto —advirtió el presidente Felipe riéndose— hubo una época en que se le llamó contraste de pareceres.

—Sí. Pero antes de llevar el proyecto al pleno, déjame que prepare el camino. Porque a lo mejor la gente se ha encariñado con Abú Omar y se lo toma a mal.

20. LOS TRABAJOS QUE NO MANDABA EL SEÑOR

Al día siguiente Dios regresó temprano a la casa familiar. Venía con la cabeza llena de preocupaciones y se encontraba con el salón atestado de ancianos. Su abuelo y don Anselmo lo había ocupado y debían estar contándose la historia de Maricastaña: cabía dentro de lo posible que su abuelo Juan la hubiera desvirgado y que don Anselmo le enseñara alguna fábula de Samaniego.

Dios se encontraba abrumado por los deberes del cargo y, también, por la fatiga de combate. Como tenía una mente despejada, para él pensar siempre había significado actuar: al terminar la fiesta del Hijo Ilustre y despedir a las fuerzas vivas, ya tenía una clara idea de la maniobra, de modo que había llamado a Pepe, aquel animalillo de la Cala, enchufado ahora en los servicios municipales de limpieza. Era triste, pero realista, que en aquel mundo de discursos y pamplinas sólo podía fiarse de un hijo de puta.

—Pepe —le dijo con la misma autoridad con que, de niño, lo enviaba a recoger leña para las hogueras.—, ¿sabes escribir?

Pepe sabía algo. Mientras sirvió de ayudante a don Juan, llevándole el catalejo para espiar a las turistas, el viejo le había enseñado a dibujar las letras en la arena. Incluso sabía que Uropa se escribía Europa.

—¿Y has usado alguna vez un aerosol de pintura?

—¿Eh?

—Un «spray»

Eran muchas modernidades para un pepe que, en arte, no había pasado de la brocha gorda. Pero, tras algunas explicaciones, estuvo en disposición de cumplir las órdenes. Como de costumbre, no preguntó por qué: tenía fe ciega en Dios.

—Sobre todo, que nadie te vea y que las letras sean bien gordas.

Desde el amanecer todo el mundo pudo ver como las cuatro caras del monumento a los caídos estaban pintadas con frases subversivas: «Caídos por Dios y por España —decía la subversión— ¡Presentes!» «Franco —seguía— ¡Presente!» «Alcalde maricón», «Presidente, maricón», «Políticos, ladrones». Vox populi, sin duda, pero en modo alguno vox dei. El verdadero Dios, de verse en la necesidad, hubiera usado un lenguaje menos violento.

El otro Dios que ejercía de alcalde, no había dado la orden de borrar las máximas hasta el mediodía. Con aire de hombre que sufre por la incomprensión, había hecho notar a concejales y administrativos el desconcierto que le causaba ver como los nostálgicos y sus «sprays» seguían haciendo un símbolo del monumento y tratando de desestabilizar la democracia.

—Algo habrá que hacer. —había confesado al jefe de la oposición, Benito Pi, que prefería pensar en otras cosas de más provecho.

—Sí.

—Quiero creer que esos pintamonas no son de los vuestros.

—¿Nuestros? No sé si sabes que nosotros hemos civilizado a la derecha.

—Si esto sigue, ¿me apoyarás en las medidas que tome? Así nadie podrá echaros la culpa de nada.

—Por supuesto, por supuesto. —había prometido Benito, cuyo principal problema consistía en cómo hacer un agujero en el piso del despacho del alcalde sin que la gente se percatara. Quemaba carretadas de fósforo en la resolución del problema.

Pero Dios tampoco tenía la cabeza para estos asuntos. Actuaba así por puro oficio, por años de profesión, pero en realidad atravesaba un mal momento psicológico. Dos meses antes su mujer progresista había partido con viento fresco Anduvo mucho en compañía de la sección femenina del partido y se politizó hasta el punto de replantearse su función de esposa y de mujer.

A Marga la había desflorado un feriante vestido de calavera. Ella entraba en el túnel del terror y el feriante salía de un recodo, hacía uh y le daba con una escoba. Todo entre flashes de lámparas estroboscópicas.

Los escobazos debieron calentarla, porque entró diez veces más en el túnel. A la oncena el feriante la extrajo del carrito y, sacándose algo de donde iban pintados los huesos fosforescentes de la pelvis, la violó apoyándola contra el dibujo del hombre lobo.

No fue exactamente una violación. Marga, antes de entrar en el túnel, había estado en el cine con un amigo muy sobón que se pasó la película con la mano debajo de su falda. Investigando. Marga se estremecía y pensaba «termina, termina», pero no decía nada por educación. Una chica, aunque tenga todo hirviendo, no puede pedir a un amigo que la masturbe. Se le tiene que ocurrir a él.

Pero a él, a la salida del cine, se le ocurrió irse a cenar y así fue como Marga, por relajarse con un susto que le bajara los humos y los calores, se metió en el túnel del terror. Y el feriante le hurgó los pechos con la escoba. Una y otra vez. En la décima vuelta, ella se levantó la camiseta y le enseñó las domingas, por así decir. A la undécima, fue violada contra la imagen del hombre lobo, aunque Marga colaboró lo suficiente para que la calavera feriante repitiera la suerte una vez más.

Hasta aquí las cosas estaban bien. Hay por ahí muchas mujeres desfloradas en los sitios más inverosímiles y que recuerdan el episodio con una secreta complacencia. Pero la complacencia de Marga se salía de lo normal y, poco más allá de la luna de miel, empezó a pedir a Dios que usara barba y antifaz para los usos matrimoniales. ¡Lobo!, gritaba en el frenesí.

Juan de Dios, tolerante como todos los que no creen en nada, se ponía la barba y la máscara y cumplía. Le importaba poco al principio, porque también amaba poco. Pero después, cuando Marga empezó a hacerlo de pie, recostada en la pared, Dios comenzó a hastiarse y así, trabajando el huerto de su mujer con flema, tuvo tiempo para pensar y llegar a la conclusión de que se las veía con una desequilibrada. Comprender y que se le bajara la líbido a los pies fue todo uno. Aunque espaciando los solaces, siguió cumpliendo porque no pocas maniobras económicas se hacían a nombre de aquella trastornada.

El último paso fue el peor. Un día ella se lo dijo: «me he acostado con Purita». Purita era de la sección femenina del partido, una de esas feministas que quieren hacerlo todo sin hombres, pero que no desean prescindir de nada. Había modernizado a Marga entre sábanas de seda y, después, la había convencido de que lo honesto era contárselo al marido, por si le daba un ataque al corazón.

—Nunca —siguió— pensé que pudiera ser así. Tan delicado.

El amor propio de Dios crujió un poco bajo los celos, pero resistió el golpe. Si hubiera sido con un hombre le hubiera sentado peor. Sólo hizo un comentario perverso:

—¿Se tuvo que poner la barba?

Y, luego, excitado por algún pensamiento turbio, volcó a Marga sobre la cama y actuó. Al día siguiente la esposa volvió con otra lección insuflada:

—Dice Purita que me has violado, que eres un falólatra.

Y se fue para cometer sus amoríos sin tener que cambiar de casa. Lo malo fue que los nuevos apartamentos de la urbanización estaban a su nombre y Dios, aunque ganando en paz espiritual, perdió millones porque Marga ni quiso hablar del asunto:

—Dice Purita que son gananciales. Y que prepares algo más para el divorcio, no tenga yo que contar a la gente ese otro asunto de la vía de ronda.

Y esto sí ocupaba la mente de Dios. Había trabajado muy duro como alcalde, había contratado a dedo hasta que se le irritó, para perder de un golpe no menos de la mitad de sus empresas. Bien sabía él que la vida útil de un político, como la de un futbolista, es breve. Las urnas dan un vuelco un día y el votante que se enardecía gritando tu nombre te tira un tomate y se ríe como una hiena.

Su partido, tras tantos años de manejos brillantes, empezaba a perder capacidad de hipnosis. Y Dios, que nunca se hacía ilusiones, aquella mañana, de regreso a casa, pensaba en sus economías y en cómo resarcirse de la sangría que suponía que su mujer se hubiera vuelto feminista activa. La vida, a veces, es una cruz hasta para los inteligentes.

—Hijo mío. —le llamó don Anselmo desde el salón.— He venido a agradecerte el homenaje de ayer. Tú y yo sabemos que fue una mascarada, pero me sirvió para tomar una decisión.

Dios, que había sido desprendido de cien de sus más admirados millones, todavía estaba pensando en una de las últimas ideas de su ex mujer: «Además, con Purita no me hace falta tomar la píldora». Le decía estas cosas no porque fuera tonta sino para que sufriera,

Por eso su habitual agudeza no percibió el extraño mensaje del viejo profesor: que el homenaje le había servido para tomar una decisión. Las decisiones que pueden tomar los octogenarios son siempre dignas de analizarse, porque muchos se creen ya al margen del bien y del mal.

—Algo —siguió don Anselmo— que me intranquiliza desde hace más de sesenta años.

—¿Ah, sí?

—Yo —dijo don Juan— os dejo. es la hora de mi baño de bajo vientre. Tú, nieto, debieras darte alguno, a ver si descansas las gónadas.

Don Anselmo señaló un diván a Dios, invitándole a sentarse:

—Tengo ya ochenta y siete años, Juan de Dios, y es justo suponer que no voy a estar aquí mucho más. Ni siquiera tomo baños vitales de bajo vientre como tu abuelo.

«Cien millones perdidos y este viejo chivo que me habla de naturismo.» Pensó Dios mientras usaba su sonrisa política.

—Por eso va siendo hora de que te cuente algo muy importante. Tú sabrás qué hacer y cómo hacerlo. ¿Recuerdas quién fue el Cortao?

—Uno que quiso matar a mi abuelo durante la guerra. Se salvó subiéndose a un árbol.

—El Cortao era un bandolero de la vieja escuela. Los del siglo pasado se fingieron liberales, y éste, socialista, pero el resultado era siempre el mismo: muertos y botín.

—Si ahora me va a decir usted que era de los míos, yo...

—Pero lo era. Ya sé que tú te limitas a poner impuestos altos y lo haces sin armas de fuego. Lo que quiero decirte es que, al final de su vida, cuando estaba condenado a muerte, el Cortao se creyó todas sus excusas. Le gustaba pensar que moriría por el proletariado oprimido y por haber luchado contra el fascismo internacional.

«Qué antiguo es este hombre», pensó Dios. «Más antiguo aún que esos progres barbudos, modelo 1970, que nos quedan en el partido. Los tíos también hablan del fascismo y de la propiedad de los medios de producción.»

—Estuvimos juntos en la cárcel. Tú te mostrabas ayer muy contento de que Franco me encarcelara, aún sabiendo que fue tu abuelo. Bueno, pues gracias a él yo fui el último en hablar con el Cortao. Por eso sé que, para irse más en paz, intentaba pensar que hizo aquellas barbaridades por servir a una causa y que se quedó con los mil millones en oro y joyas para ayudar a los desheredados.

—¿Mil millones? Ya es dinero para haber sido amontonado anillo a anillo. Debió ser muy diligente y no hacerle ascos al trabajo. Un buen ahorro para Franco.

—Te equivocas. Nadie ha encontrado jamás el botín del Cortao. Murió sin decir palabra, salvo lo que me contó a mí.

Dios olvidó sus diversos dolores morales y hasta los cien millones que había aportado al fondo de lesbianas codiciosas. Mil le hacían contemplar el universo desde una óptica optimista.

—O sea, que usted, durante este tiempo...

—Sí: he sabido donde estaba ese tesoro. Te conozco, Juan de Dios: no te explicas cómo no me lo quedé. Verás: primero, porque el Cortao pretendió redimirse a última hora nombrando su heredero al proletariado español. Segundo, que si llego a ir a las autoridades, cuando salía de la cárcel, con la historia del botín, cabía la posibilidad de que me tomaran por un cómplice de la banda de asesinos. Y, tercero, que el tesoro ya estaba en un lugar inaccesible.

—No hay ningún sitio inaccesible. Piense que se han robado bonos hasta del Banco de España.

—Desde dentro. Si yo hubiera sido alcalde, también habría podido coger el dinero.

—Eso quiere decir que yo...

—Siempre que me prometas que lo usarás para obras en beneficio de los humildes.

Dios era de promesa fácil. No había más que recordarlo en tiempo electoral repartiendo rosas y condones y asegurando que el partido construiría cuatrocientas mil viviendas, sin contar las que hiciera la UGT por su cuenta.

—No sé si estás enterado —prosiguió don Anselmo cuando Dios hubo prometido lo necesario— de que, bajo la plaza de la Constitución, en el mismo 1936, se construyeron unos refugios antiaéreos y hasta unas dependencias donde pensaban retirarse los dirigentes del Frente Popular durante los bombardeos. Hubo varias entradas, una de ellas desde el sótano del ayuntamiento... Pues por allí escondió el Cortao su tesoro, después de sellar perfectamente el recinto con hormigón. Aquí tienes un croquis exacto del lugar.

Dios alargó la mano. Tan pronto como Pepe, el fiel Pepe, terminara de pintar por las noches el monumento a los caídos, lo pondría a cavar: una forma entretenida de pasar las madrugadas.

Don Anselmo parecía la inocencia en traje de gala. ¿Cómo —se decía Dios— se pueden vivir tantísimos años y ser tan confiado? Entonces, lleno de filantropía, tomó la decisión de hacerle un magnífico funeral, con caballos y banda. Por el dinero y por haberle quitado, de un golpe, todas sus angustias.

21. LOS CULTOS

Antonio Pérez y Pérez, presidente del patronato de cultura, tras haber triunfado con el homenaje a don Anselmo, se había tomado el día libre. Desde siempre había sido un hombre con temperamento de saltamontes al que fastidiaba cumplir un horario en su despacho.

Había llamado a Mariví a media mañana:

—Tráete el abrigo de piel, guapa.

Mariví, muy al tanto de las actividades culturales de su jefe, había cumplido. Ya eran las cinco de la tarde y Pérez y Pérez, deshumidificado en exceso, contemplaba ante el espejo los restos anatómicos de su continuado jolgorio. El cuerpo no podía más, pero el alma, transida de concupiscencia, anhelaba nuevos goces.

Mariví, que era muy leída, al principio de sus relaciones había probado con cachetes en el culo. No pocos hombres azotado recuperaban , por unos momentos, su dignidad de clase. Al no funcionar las azotainas, lo había ido estrangulando. Ya se sabe de la virilidad de los ahorcados: la sangre, al no poder ir a la cabeza, bajaba e insuflaba nueva vida a otros miembros menos hechos a la vida intelectual.

Pérez y Pérez reaccionaba, pero, en cuanto le soltaban el cuello para pasar a mayores, el espejismo se desvanecía y el material colgaba, obedeciendo a la ley de la gravedad.

—Las ansias crecen, las esperanzas menguan . —decía Pérez y Pérez, antes de que ambos hallaran el método perfecto, viendo como actuaba la gravedad.

Era un hombre extraño, que resistía la abstinencia como un camello. Cerraba los ojos y se imaginaba paraísos sexuales partiendo de un recuerdo de la infancia. Cuando tenía diez años, una muchacha de quince lo había tentado. Tentado con la mano, atenuada por la tela del pantalón. La moza era la canguro de casa y daba a las cosas la importancia que le sugería su tamaño.

—Mi gusanito. —decía, juguetona. Y lo hostigaba. Era una muchacha sin complejos que llenaba sus aburrimientos con cualquier cosa.

Pero el gusanito y el resto de Pérez y Pérez que llevaba adherido, no olvidó nunca ni las sensaciones de placer ni las de pecado. De ensimismado que se quedó, dándole vueltas a la cabeza, le confundieron la vocación y antes de que pudiera explicar algo lo empaquetaron para el seminario.

Cuando le dieron el año de libertad para vivir en el mundo antes de ordenarlo, Antonio Pérez y Pérez, con tantísimos ayunos acumulados, se desató. Claro que lo hizo con no pocos complejos, a escondidas, como tratando de engañar a Dios que lo ve todo. Pero eso era imposible con aquel caudal de lascivia represado durante tantos años.

Su gusanito se aguantaba y se aguantaba durante semanas hasta que entraba en erupción y entonces era como si la tierra temblara. Pero dentro de un orden, porque Pérez y Pérez, entre el pudor clerical y el recuerdo de la canguro, no desnudaba a las mujeres.

Metía las manos, apartaba todos los elásticos y pecaba sin apenas usar la vista. A golpe de tacto y de imaginación. En realidad pecaba más, porque los manejos eran perversos.

—Ay, hijo. —le había dicho Mariví al principio.— Esto es muy incómodo. ¿No podría desnudarme?

Pero la contemplación de la mujer al natural, aquella enorme extensión de piel y glándulas, le había desarmado.

—Nada que hacer. —murmuró cuando la cosa fue evidente. Aprovechó la oportunidad para torturarse:— Estoy enfermo.

—Eso es que te asustas, que tu subconsciente cree que va a entrar un cura a darte un fustazo en las nalgas. Lo tuyo es disimular. Hacer como si no.

Ya en plan psiquiátrico, fueron experimentando para averiguar la cantidad de ropa que necesitaba Pérez y Pérez para volverse activo. Resultó que la necesitaba toda y aún más. Si Mariví se ponía un sombrero, el filólogo ardía. Si se vestía el abrigo, Pérez creía subir al cielo. Y no se puede describir lo que sentía si, además, llevaba calcetines hasta las rodillas. Blancos y de lana.

Cuando se daban las condiciones propicias, Antonio Pérez y Pérez se extenuaba. No tenía descanso hasta que la ley de la gravedad hacía imposible continuar pecando. Y aún entonces la naturaleza fue burlada a costa de la salud: en una de sus correrías culturales, cuando se documentaba sobre los mahometanos para la inauguración del monumento a Abú Omar, había conocido a Mustafá.

Mustafá era una cosa extraña. Compraba corderos y ropas en España y los vendía en Marruecos. Entre viaje y viaje aplicaba su sabiduría al amejoramiento de la calidad de vida de los europeos. Capturaba cantáridas de los olivos, las reducía a polvo y preparaba unas friegas de alcohol que, al aplicarse, provocaban monstruosas inflamaciones del aparato genitourinario.

El gusanito de Pérez caracoleaba de nuevo y entraba en funcionamiento con renovado vigor. Claro que luego, pasada la explosión, entre el dolor y el arrepentimiento, el filólogo caía en su fase de castidad violenta y ni siquiera reaccionaba cuando Mariví se ponía un abrigo de piel con bufanda de lana. La feroz irritación de sus partes le daba un toque místico.

—Estoy condenando mi alma, Mariví.

—Cuando mueras, les explicas que estabas enfermo, que lo tuyo es vestir a la mujer en vez de desnudarla. Seguro que es un atenuante: enajenación mental transitoria.

Cuando este peculiar fornicador entraba en recesión, víctima de su desmesura, se volvía hacia sus facultades mentales, también inflamadas por la cantárida. Con la castidad le llegaba una extraña sensación de no ser él; al menos, de no ser sus piernas ni sus brazos ni su vientre; sólo un gran cerebro lejano, con el dolor de la época: la insatisfacción.

De uno de estos momentos de inflamación mental y peneal, había nacido la campaña «para toda la vida», también llamada el condón salvador, basada en la máxima de «unos genitales son para toda la vida».

La cosa se había concretado en un manual dedicado al uso, disfrute y conservación de los paises bajos. Desde un punto de vista lúdico, que comenzaba con fotos al natural de la genitalia masculina y femenina y con croquis sobre como ponerlas en funcionamiento a solas o en compañía.

El propio Pérez y Pérez había andado por los colegios repartiendo folletos y charlas con diapositivas a los niños de seis años, que miraban, muy asombrados, aquellas modernidades y se asustaban con lo que tendrían que hacer de mayores.

La campaña «para toda la vida» duró cuatro días. Al quinto, un padre de familia llamado Miguel aporreó a Pérez y Pérez bajo la línea de flotación. Su hija había llegado a casa llorando y diciendo insensateces sobre la masturbación en la bañera, y Miguel, con la paternidad en carne viva, había cazado a Pérez y Pérez a la entrada de un colegio y allí, ante la dotación completa, lo había sacudido hasta la extenuación.

Como el tal Miguel no era un fascista retrógrado sino un progresista muy bien considerado, el propio Dios tuvo que intervenir y dejar sin efecto la campaña y sin venganza a Antonio Pérez y Pérez, convertido en un amasijo de superficies moradas.

—Pues a ti —se quejaba el de cultura— te pareció bien que concienciáramos a los estudiantes sobre el sida y los embarazos.

—Dime cuantas niñas de seis años se han quedado embarazadas últimamente, idiota. No sabes lo que he tenido que hacer para que Miguel no nos denunciara por corrupción de menores. A gran escala.

La verdad era que Pérez y Pérez, aún con el auxilio de Mariví, dejaba mucho que desear como presidente del patronato de cultura: le daba por hacer cosas que sólo serían toleradas a una ministra de asuntos sociales. Los asuntos sociales de tales ministras caen siempre por debajo del cinturón. Es su privilegio de cuota.

Lo que Pérez quería trabajarse era la televisión por cable, en manos de la familia Calvo, que era, en sí, una síntesis de la España del siglo veinte. El abuelo, de la Ceda; el padre, de la ultraderecha y los hijos, de cualquier opción de progreso que dejara un margen de beneficios. Tuvieron la idea y le pusieron nombre: «Telecab», pero como se trataba de un servicio público y, además, eran amigos de Dios, se las compusieron para que el ayuntamiento comprara el noventa y cinco por cien de las acciones e hiciera trabajar a la brigada municipal en el tendido de cables.

Todos los hermanos se repartieron los cargos, de director gerente para abajo: lo que no repartían eran dividendos porque, según decían, se trataba de una empresa en expansión que necesitaba reinvertir hasta el último céntimo que sacaba.

Pues Pérez y Pérez quería conducir en telecab un programa de su propia invención: Informe sobre la estupidez. En un principio había pensado en invitar a los ciudadanos a explicar, por turno, el sistema político de sus sueños.

—¿Y si se les ocurre uno mejor que este y la gente se da cuenta? —había objetado Mariví con mucho acierto.

Pero a Pérez y Pérez el nombre del programa le parecía muy bien, de modo que, por salvarlo, propuso que se invitara a los tontos locales y a los de los alrededores. No había más que preguntarles por el mundo en general para que dijeran barbaridades de mucha risa. Un «reality show» al gusto español.

Y los hermanos Calvo, que se enteraban de todo, le pillaron la idea. Después, con mucha burla, lo invitaron a participar en «Informe sobre la estupidez», una semana que pretendían dedicarlo a la cultura. Pérez rabió, pero no era cosa de llevar a los tribunales al ayuntamiento que le pagaba el sueldo.

Aquella tarde, después de haber cometido con Mariví tantos actos naturales como pudo, cayó en la tristeza pos coito y le fue imposible evitar que todos aquellos recuerdos tristes le cayeran encima. Sufría inútilmente y se compadecía, en plena fase depresiva, flácido e irritado, contemplando con el ojo del espíritu los tormentos eternos del infierno y, con el de la cartera, los sucesivos fracasos en los que se había metido como presidente del patronato de cultura. Lo que menos esperaba era la visita de don Anselmo, que llegó sonriendo por sus ojillos pícaros. Venía a dar las gracias por el acto público del día anterior.

—Ayer había demasiada gente para tener un aparte contigo, hijo mío. Llegaste a decir cosas maravillosas de mí.

—Las que se merece, don Anselmo. Usted es un ejemplo para todos los amantes de la cultura.

Y el viejo profesor, halagado, pareció entrar en su mundo de recuerdos y se puso a contar la historia del Cortao. No venía a cuento pero, aún así, Pérez y Pérez escuchó con atención tan pronto como se mencionaron palabras como «botín» y «mil millones.»

—Yo sé —siguió don Anselmo— la penuria de todas las empresas culturales, si descontamos los conciertos de rock and roll. Y he pensado que una persona tan dedicada como tú podría hacer mucho bien a la cultura si dispusiera de mil millones.

Deprimido y todo, Antonio Pérez tuvo una erección a causa del entusiasmo. El descubrimiento le hizo tomar nota mental de un experimento crítico: cubrir la cama o la alfombra con billetes de diez mil y dejar que natura obrara.

—Pero, esos mil millones... —dijo en un balido.

—El Cortao pasó conmigo las últimas horas, antes de que lo metieran en capilla. Quería redimirse, en parte, de sus crímenes y me pidió que el dinero se empleara en algo útil para el pueblo. ¿Hay algo más útil y democrático que la cultura?

Pérez y Pérez, sin saliva, hizo que sí con la cabeza. O sea, que no, que no había nada como la cultura. El pueblo democrático no hacía más que pedirla a voces.

—Como tu patronato gestiona el teatro Principal, he pensado que te será fácil recuperar el botín.

El teatro Principal, como el ayuntamiento y el gobierno de la autonomía, estaba en la plaza de la Constitución, antigua plaza del Caudillo y de la República. Durante la guerra —le informó don Anselmo— se construyeron bajo ella unos refugios antiaéreos y otras dependencias de seguridad. Una de las entradas estaba en los sótanos del teatro. Tapiada.

—Aquí tienes un croquis. Sé discreto.

Ni cantáridas ni abrigos de pieles. Tan pronto como don Anselmo partió, Antonio Pérez y Pérez se desnudó, llamando a Mariví a grandes voces. Acababa de recibir una poderosa inyección de moral.

—Ya te daré yo a ti cultura. —decía, corriendo por la casa como un ardiente viento del desierto.

—Yo creí que estabas agotado, Antonio.

—El amor todo lo puede.

Y el amor al dinero, más.

22. PER ASPERA AD ASTRA

Aquel día, tras las revelaciones de don Anselmo, fiel votante de la derecha, Benito Pi no pudo ocuparse de los cerdos con la intensidad debida. No había dormido en toda la noche y, desde el amanecer, se debatía en la agonía:

Sabía donde reposaban mil hermosos millones, libres de impuestos, y no podía alargar la mano y llevárselos porque sobre ellos, más ignorante que de costumbre, se sentaba Juan de Dios en su despacho de alcalde progresista entregado al desplume de España.

El alma de Benito rebotaba en su interior, buscando una escapatoria. Porque él, al no tener cargo oficial, era todavía virgen: no había metido mano a un presupuesto ni había recalificado un terreno. Ni siquiera había contratado a dedo. El sólo conocía la parte dura de la política: hacer promesas que no podía cumplir; acudir a plenos donde lo abucheaba el público; hacer preguntas para que le fueran respondidas, despectivamente, con un sí o con un no.

Benito pensaba que mil millones le resarcirían de estos sufrimientos y de los venideros. Incluso cabía dentro de los posible que dijera adiós a los cerdos y se marchara de España. Porque España exprimía a impuestos a sus hijos.

La noche de insomnio le había regalado unos ojos de lechuza, un encefalograma lleno de crestas y un ardor de estómago. Pero ninguna idea, salvo las que estaban al alcance de cualquier infeliz: ir a Juan de Dios y ofrecerle el negocio a medias:

—Si me das la mitad, te digo donde podemos encontrar mil millones.

Dios, naturalmente, aceptaría, pero luego caería en sus hábitos políticos y se retractaría tan pronto como hubiera hecho el agujero en el piso de su despacho y extraído el botín.

—¿Qué millones? —preguntaría.— No trabajes tanto, Benito, que te flojea la cabeza.

Si había justicia en el universo, Dios ardería en el infierno por toda la eternidad. Por cínico.

«Arder». —dijo una vocecita en la parte trasera de su cabeza, donde se le enganchaban las orejas.

—Arder. —repitió en voz alta, dejando que un anticipo de llamas del infierno se asomara a sus ojos. El plan había nacido completo en aquella mente agropecuaria: pegaría fuego al ayuntamiento y, en el tumulto, practicaría un agujero en el despacho de Dios.

Su parte moral, que estaba bajando a mano izquierda, tuvo una objeción:

—¿Y si te cogen, Benito?

—El mundo es de los osados y, además, que el ayuntamiento arda con todos los recibos sin cobrar y todas las multas, será un bien para la ciudad. La gente lo agradecerá.

—Sea. —dijo la conciencia, cediendo ante la razón.

—Cuando hay aparatos eléctricos automáticos —siguió el espíritu práctico de Benito— basta con substituir un trozo de cable por otro mucho más fino; poner un fusible de menor resistencia y dejarse, como quien no quiera la cosa, papeles cerca y varios calefactores conectados. No siempre sucede lo previsto y el fuego crece bien alimentado, pero se puede ir repitiendo hasta que funciona.

Lo malo fue que a la mente española siempre acaba ocurriéndosele la solución más violenta. Así, mientras Benito substituía cables y fusibles en algunos lugares del ayuntamiento ricos en papel, Dios daba nuevas instrucciones a Pepe:

—Esta noche, en lugar de pintar, apilas al pie del monumento varios bidones de gasóleo, haces un reguero hasta bien lejos, para no socarrarte, y le pegas fuego. Después de esto —añadió para sí mismo— nadie se opondrá ni pedirá explicaciones cuando yo proponga volar el monolito, ya que se ha convertido en un factor de enfrentamiento civil.

Pepe no intentó preguntar las razones que pudiera tener su alcalde y presunto hermano para incendiar la ciudad. Contradecir a Dios solía hincharle los ojos y, por otro lado, el rústico Pepe siempre había tenido querencia a las llamas, desde los tiempos en que preparaba las hogueras nocturnas en la Cala.

23. CUANDO ABRIO LOS OJOS LA MAÑANA

Cuando abrió los ojos la mañana, había estragos en la ciudad y tizne en la cara de O'Connor, que había tenido que ejercitar su cargo de bombero y ponerse, con nocturnidad, el uniforme y el casco.

De madrugada se declaró un incendio en el monolito de Abú Omar, o sea, en el monumento a los caídos, dejándolo negro como el carbón y provocando el desplome de algunos de los hierros con que le habían cambiado la imagen en la última reforma política.

—La piedra no arde. —había dicho Patricio O'Connor cuando le dieron la alarma y comprendió que tendría que salir a la calle vestido de bombero, momento que aprovecharían los periodistas para sacarle fotos.

—Se lo juro, don Patricio: llamas de diez metros. El monumento arde por los cuatro costados y el agua de las bocas no lo apaga. Habrá que usar espuma carbónica. Venga.

Y O'Connor tuvo que ir, pero con el casco en la mano. Algún loco había amontonado cientos de litros de gasóleo en torno al monolito y los había prendido.

—O sea, terrorismo. —dijo Dios, que había acudido a velar por su obra y hablaba a los periodistas con la voz del demócrata dolorido por la contemplación del neonacismo.— No podemos olvidar que la noche anterior algunos exaltados pintaron el monumento con consignas franquistas. Seguramente un homenaje a lo que antes se llamó caídos por Dios y por España. Dado que la brigada municipal borró tales frases, esta vez han actuado de forma criminal. Pudo arder todo el centro de la ciudad.

—Han usado gasóleo. —añadió O'Connor, que se había valido del olfato y de la humareda para identificar científicamente el combustible.

—¿Cuántos litros?

Patricio, el bombero, decidió no quedarse corto. Los bidones, al incendiarse, habían desparramado el gasóleo por un amplio espacio de la plaza, prendiendo árboles, un kiosco de prensa y un urinario prefabricado que era el último grito en higiene municipal, aunque costara veinte duros ocuparlo.

—Presuntamente —dijo, para cubrirse las espaldas—, mil quinientos litros.

En la plaza, los bomberos, no contentos con el humo de los hidrocarburos, fumaban y reposaban en los bancos de hormigón. Aquella era una ciudad que ardía poco y ellos unos funcionarios que habían sido sorprendidos en su buena fe.

—A la vista del desastre —siguió Dios— he decidido proponer al pleno la demolición de este monumento, ya que algunos se obstinan en identificarlo con un símbolo de pasados enfrentamientos. Es una verdadera lástima, pero convendrán conmigo en que no se pueden repetir hechos como los de esta noche.

Convinieron todos. Incluso Carlos, el periodista que creía en cuanto los políticos no quisieran creer, se guardó de hacer comentarios adversos. Le extrañaba, sí, la aparición súbita de una ultraderecha incendiara que no había existido nunca desde que la gente con cargo en el Movimiento se había pasado a UCD o al PSOE.

Y no sólo eso. ¿Era lógico que la tal ultraderecha se dedicara a quemar sus propios símbolos? Que los pintaran con sus máximas tenía una coherencia, pero que les pegaran fuego sólo podía indicar que aquella súbita ultraderecha había nacido al amparo del coñac de garrafa.

—¿Crees —preguntó a Dios— que se puede descartar a otros grupos terroristas con más solera? Porque, la verdad, yo no conozco aquí a nadie de ultraderecha, si descontamos a los banqueros y a los funcionarios de ventanilla, y no creo que la verdadera pueda dedicarse a quemar sus símbolos.

—Ya sabes lo locos que están los cabezas rapadas. —respondió Dios. El, que había sido un buen chico yeyé mientras bailaba Beatles, sentía un razonable desprecio hacia quienes llevaban el pelo tan descaradamente corto. Además, la línea de razonamiento de Carlos podía desviar las sospechas en dirección poco adecuada.— Esto ha sido un ataque a la democracia y al entendimiento de los españoles.

Así estaban, contemplando todos con la imaginación el hollín y el ataque a la democracia, cuando unas llamas rojas y amarillas, muy españolas, se dejaron ver a través de las ventanas del ayuntamiento.

O'Connor dio un respingo y, víctima de la sorpresa, se puso el casco para evacuar mejor un selecto repertorio de palabras cuarteleras. Dios, muy sorprendido, palideció: ¿sería posible que el burro de Pepe hubiera dejado volar la fantasía y rondara aún por la ciudad, cargado de gasóleo y de cerillas? El cuerpo de bomberos, reverente, apagó los cigarrillos y requirió los extintores: la noche volvía a meterse en humo y sólo se consolaban pensando que en aquella ocasión sí usarían las hachas: lo que no devorara el fuego sería pasto de ellas.

Para cuando intervinieron, dándose gritos de ánimo, el incendio había hecho ya su trabajo en la parte baja del edificio, devorando cortinas, mobiliario y documentos, tarima y moqueta y una foto dedicada del presidente.

Dios, gran explotador de las circunstancias, dejó que O'Connor lidiara con las llamas y se dedicó a orientar la opinión de los periodistas:

—Ahora sí que no se puede descartar la tesis de un atentado terrorista.

—O quizá el pueblo toma venganza del impuesto sobre el consumo de agua o del horario inmoderado de los parquímetros. —se burló Carlos, aquella hiena— A lo mejor la población ha decidido caminar hacia una democracia anarquista.

—No es momento de bromas, Carlos.

—Creo que debes darle al ayuntamiento el mismo tratamiento que al monumento: demolerlo para que la ultraderecha no pueda repetir la hazaña.

Y, mientras sonaban los extintores vaciándose, los cristales reventando y las hachas golpeando entre gritos de bomberos socarrados, amaneció. Todos se extrañaron de tanta normalidad.

24. SIMBOLOS

Con la luz del día la plaza de la Constitución tomó su auténtica dimensión de zona devastada: el monumento negro, los árboles calcinados, el kiosco y el urinario reducidos a cenizas, el ayuntamiento sin ventanas y con la fachada manchada de hollín, eran un espectáculo que congregaba a la ciudadanía que, sin prisa pero sin pausa, hacía cálculos de lo que le costaría restaurar los destrozos.

Entre la ciudadanía congregada se hallaba Benito, pálido e incapaz de comprender. Lo del ayuntamiento estaba claro: el cortocircuito; pero el resto del caos no resistía una explicación lógica. ¿Puede un cortocircuito incendiar una mole de piedra a cincuenta o sesenta metros de distancia?

Y más aún: ¿Pueden los expertos encontrar huellas digitales después de un incendio?

Culpable y tembloroso, pero decidido a negarlo todo, apartó a los ciudadanos que se hallaban entre él y el Excmo. Ayto, penetrando por los escombros hasta donde Dios y O'Connor evaluaban la catástrofe.

—Mis documentos. —dijo.— ¿Se han salvado mis documentos?

—No seas capullo, Benito

—¿Y qué ha sido? —siguió el jefe de la oposición, para averiguar si se sospechaba algo.

—Estábamos todos ahí fuera. —confesó Dios.— Nadie escuchó explosión ninguna. Por otro lado, no parece que se haya usado gasóleo como en el monumento. Las ventanas estaban enteras cuando descubrimos las llamas dentro.

—Será —dijo O'Connor, aportando una opinión técnica— un cortocircuito. Parece que el fuego empezó en el despacho del alcalde.

«Si el tonto de Benito me dice que he puesto demasiado ardor en el cargo —pensó Dios—, lo sacudo.»

«Ahora —pensó Benito a su vez— yo tendría que decirle una frase hiriente y graciosa, pero no se me ocurre. Diablos.»

—Vaya. —exclamó, después de buscar inútilmente una agudeza.— ¡Qué desastre! ¿Puedo mirar o hay todavía peligro?

Dios había pasado a otras consideraciones: las explicaciones que tendría que dar al partido y a la opinión pública. Que a Benito le cayera una viga encima le parecía, en principio, una buena idea:

—Entra y haz lo que quieras.

A cada paso, el jefe de la oposición cobraba valor y se sentía más orgulloso de sus ideas y de sus conocimientos de electricidad. Para cuando se asomó al despacho de Dios, exultaba. Exultar, en su opinión, era lo que sentían los genios al contemplar su obra maestra. Porque el fuego había asolado la madriguera del alcalde y, no contento con esto, había roto el suelo de mármol. Cualquier centrista derechista, armado con un pico, haría con muy poco esfuerzo un bonito agujero en el piso.

—¡Vaya! —repitió. Contento, volvió a exultar, significara lo que significara. Cuando se pusiera a cavar allí, sería bastante improbable que Dios se obstinara en ocupar su despacho. Conociéndolo, se establecería provisionalmente en la Planta Noble, en alguna habitación próxima al salón de plenos, quizá en la salita para vips, donde sólo tenían acceso los altos cargos del partido y los historiadores que acudían a conferenciar, con dietas, sobre la nueva historia de España en el siglo veinte.

Retrocedía ya hacia la salida, con el corazón cantando en el pecho, cuando observó una carretilla abandonada, con pico y pala a su lado. Alguien —un bombero, un elemento de la brigada de obras— había retirado escombros, olvidando el material allí para seguir más tarde quizá.

Uniendo la acción al pensamiento, Benito robó el pico y fue a esconderlo bajo los restos de la mesa de despacho del alcalde.

—Esta tarde... —empezó a hablar consigo mismo, que se hallaba necesitado de unas palabras de ánimo.

—¿Esta tarde, qué? —preguntó una voz alada a sus espaldas. Era Carlos, el periodista que no creía en la guerra de símbolos.— Creí que estabas contemplando el cadáver político de la guarida de tu enemigo y doliéndote porque el incendio no lo pillara sentado en su poltrona.

Benito sonrió como un conejo, todo dientes y nariz temblorosa:

—Esta tarde —siguió, con cuanto desparpajo pudo conseguir— vendré a sacar unas fotos. Quiero que lo vean en Madrid.

El periodista se dio por satisfecho. El, simplemente, estaba mirando los muros del ayuntamiento suyo y no hallaba lugar donde poner los ojos que no fuera recuerdo de una fogata.

—España —comentó— cada año tiene más tendencia a arder. Será que cada vez contiene más hombres de paja.

—Sí. —dijo Benito, que era uno de ellos. Claro que un hombre de paja que persigue mil millones acaba desarrollando un carácter muy definido.

Hecho su trabajo, el periodista meditó unos momentos al pie del monumento a los caídos calcinado. Veía en él un símbolo de las viejas Españas del pasado. Todas aquellas épocas habían sido nuevas una vez, habían significado una esperanza: echar a Isabel II, traer a Amadeo, proclamar la Primera República, fusilar liberales o católicos... El monolito abrasado era como la frase del Dante: Dejad atrás toda esperanza. Aquí nada cambiará mientras quede un duro que extraer al elector o un inocente al que persuadir para que vote a favor de la palabrería.

Carlos amaba a España, que era como aquella aguja: una intención de subir al cielo que se había abrasado por la acción de los desaprensivos.

—España —dijo al fin— siempre quiso cambiar. Los españoles, nunca. O sea, un laberinto.

Junto a aquella decrepitud, se acordó de don Anselmo y de la invitación a visitarlo que le hizo. Don Anselmo, aquel viejo azañista, era la persona más moderna que conocía, porque el profesor todavía creía en lo importante. No hay cosa más antigua que no creer en nada, quizá porque eso permite creer en todo o, mejor, creérselo todo.

—Condenado viejo. —gruñó Carlos.— Tú no eres de los que se dejan hacer homenajes políticos. Y, entonces, ¿por qué te prestaste? ¿Por qué decidiste hablarme del Cortao en un momento como aquel? ¿Qué te traes entre manos?

25. LAS MANOS LLENAS DE DON ANSELMO

La señora de la limpieza, que también ocupaba los cargos de señora de la compra e introductora de embajadores, condujo a Carlos a la biblioteca. Don Anselmo había comprado el piso contiguo, derribado paredes y construido una estancia noble donde se alineaban los miles de volúmenes que se sabía de memoria.

Hombre solitario, se sentaba en medio de aquella sabiduría y se preguntaba por el sentido de la vida. El, que se inició de joven agnóstico, llamaba a Dios. Sabía que estaba ahí, tras el velo. Lo había visto Cervantes. Lo visitó Quevedo en sus sueños. Lo trataron Lope y Calderón. Lo amaron, más allá de la física, Santa Teresa y San Juan. Lo explicó, por sus nombres, Fray Luis.

Pero don Anselmo, asustado, veía a un Dios burlón que daba y quitaba, que jugaba con los renglones torcidos de la historia. Todo lo que parecía exigir era la sencillez misma: sé hombre, o sea, reconócete finito, impotente, contingente, menudo y sujeto al pecado. Por lo mismo, reconócete dueño de memoria, inteligencia y voluntad. Con estas tres herramientas puedes cambiarte, puedes hacerte el hombre nuevo que necesitas ser...

Carlos, sin saber estas meditaciones, percibía, sin embargo, el ambiente de templo que tenía la biblioteca. Algo en ella le hacía pensar en San Agustín y en su «ama y haz lo que quieras». También en el Cristo, que resumía la salvación en amar como él había amado. ¿Pero qué se puede amar al filo del milenio? ¿Qué es amable cuando el orbe está encanallado?

—Hijo mío. —lo saludó don Anselmo, rompiendo el tenue espejo de aquella filosofía.— Me alegro, porque tienes mucho que contarme: ¿Cómo es posible que, en una sola noche, hayan ardido la plaza y el ayuntamiento?

—No me venga con esas, don Anselmo, que usted sabe que en España todo es posible. Y en esa plaza, más: en ella se ha amontonado la historia de la ciudad.

El viejo profesor miró al periodista con sus ojos vivísimos. También él, después de mucho buscar, había encontrado a alguien joven, a alguien capaz de creer a cambio de nada:

—No te gusta España, pero no la odias.

—¿Quiere usted una confesión?

—Ya está hecha. —explicó don Anselmo, extrayendo unos versos quevedescos de su memoria:

«Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.»

Carlos calló. Era hombre aficionado a bromear, pero Quevedo lo había golpeado y, en efecto, sentía la espada vencida de la edad. Y el alma.

—Un joven, hace ya mucho —siguió el profesor— dijo que amaba a España porque no le gustaba. Aquel hombre quería levantar una mística con una poesía dedicada a prometer; creía que hay ideas que nos toman, que son una forma de ser.

—¿Y usted, un viejo azañista, se atreve a citar a Primo de Rivera?

—¿Por qué no? No hacía política en su sentido habitual. Prometía luceros y esfuerzo. Predicaba el servicio desinteresado al hombre. Soñaba en empresas en las que todos podrían participar. Quería unir donde los políticos prefieren separar.

—Y murió.

—Sin desengañarse. Una muerte feliz. De héroe.

—¿Ya sabe usted que habla como un franquista? Si Dios se entera, descuelga su cuadro de la galería de Hijos Ilustres.

Los ojos de don Anselmo no se salían del rostro de Carlos:

—Franco tuvo muchos errores, pero un gran acierto: hizo imposible la política. No porque la prohibiera durante cuarenta años, sino porque, después de él, la tradición estaba rota. La política sigue siendo imposible en España y por eso no funciona. Yo lo conocí en los años treinta. Vino aquí en el séquito de Alcalá Zamora y, mientras éste atendía al protocolo, él estuvo a mi lado: no hizo más que preguntarme por el Instituto, por la educación que se impartía.

—¿No sería mejor —me dijo al fin— que todos los españoles pudieran saber lo que sólo algunos conocen hoy? ¿No sería la más hermosa revolución?

Don Anselmo hizo una pausa. Aquel hombre joven no temía el recuerdo de Franco del mismo modo que tampoco temía lo futuro. Era moderno y eso significaba que asumía el pasado en lugar de combatirlo.

—Pero en el acto de antes de ayer te invité a venir para hablarte del Cortao, no de Franco. Estuvo a punto de matar al abuelo de Dios y volver imposible este ayuntamiento democrático.

A Carlos le gustaban las historias antiguas y más las que pudieran cambiar la actualidad. Un ayuntamiento sin Dios a la cabeza a lo mejor hubiera sido un ayuntamiento justo. El, a veces, escribía sobre celebridades olvidadas, sobre gente que fue notable y de la que nadie sabía ya nada; porque sentía ese placer intelectual que nace al comprobar que el hombre no es frente al tiempo que vuela y se ríe.

Don Anselmo, con voz suave, le contó la historia de como un hombre modesto y sencillo, un zapatero apolítico, se había convertido en un tigre despiadado. También le habló de sus continuos robos —requisas se llamaban entonces— y del formidable tesoro que acumuló: algo capaz de excitar las imaginaciones más apáticas.

—Mil millones que desaparecieron con él. No fueron hallados. En algún lugar de esta ciudad se encuentra aún el botín. ¿No excita eso la imaginación? Quien sabe si, dentro de mil años, un arqueólogo dará con él.

Carlos estaba encantado, pero no era tonto:

—¿Por qué me cuenta esto?

—Por la más antigua de las leyes: la del Talión, hijo mío. Juan de Dios exhumó mi historia más vulgar, la de la época en que fui víctima de los tiempos y de algunas ilusiones políticas: espejismos. A mí me gustaría que todos supieran que un coetáneo del Frente Popular, estuvo a punto de hacer imposible, en nombre del socialismo, que Dios viniera al mundo. O casi.

—¿Le picará? —preguntó, riéndose, el periodista.

—Como una avispa. A ningún político le gusta que le recuerden de donde viene. Porque, ¿sabes?, todos vienen de la nada.

—Y a la nada van.

—Pero con nosotros de la mano.

Don Anselmo ya no atendía al periodista. Se explicaba fácilmente el incendio del ayuntamiento, y más si se confirmaba que el foco había estado en el despacho del alcalde: era sólo que el bueno de Benito Pi había empezado a ejercer de buscador de oro.

Pero, ¿por qué abrasar el monumento a los caídos y, de paso, media plaza de la Constitución? No le desagradaba el hecho. Solamente lo desconcertaba.

26. LAS EXCAVACIONES

Aquella tarde, en contra de sus costumbres, Benito Pi necesitó consultar varios reglamentos municipales. Iba y venía de la secretaría pidiéndolos por orden y encerrándose en un cuartito de lectura. En sus desplazamientos, y como sin darle importancia, se paró a hablar con uno de los obreros que iban retirando los estragos del incendio.

—¿Mucho trabajo?

—¡A ver!

—¿Y hasta qué hora les toca?

—A las seis nos vamos. Mañana será otro día.

Nadie, salvo Benito, podía saber que en su pulcro maletín, en lugar de documentos de jefe de la oposición, una cuerda y una linterna aguardaban el momento de entrar en servicio. En la cabeza de Benito también esperaba una idea: su ocasión de entrar en erupción empuñando un pico.

Tan pronto como se aseguró de que los obreros habían terminado la jornada laboral, Benito abandonó su refugio administrativo, se metió en el despacho del alcalde y sacó el pico de entre las cenizas.

Los hombres, antes de irse a descansar, habían puesto vallas que cerraban el paso a la zona quemada. Cualquier concejal excavador podía sentirse a salvo y dispuesto a perforar alegremente.

Con unos pocos golpes y mucho entusiasmo, el mármol del piso saltó en pedazos y cedieron las bovedillas que lo separaban de lo que fue, tantos años atrás, un pozo negro al servicio de las necesidades fisiológicas de los milicianos. En sólo ocho minutos de estruendo el suelo se abrió hasta permitir holgadamente el paso de un cuerpo de la oposición de centro derecha.

Al tanto de sus necesidades alpinistas, Benito atravesó en la puerta el mango del pico y ató a él su cuerda. Varios tirones lo convencieron de la solidez de sus nudos y, sin darse un minuto para ejercitar el pensamiento racional, descendió a las profundidades con la linterna entre los dientes. Un rapel de apenas cuatro metros.

Abajo olía mal. No precisamente a letrina sino a encierro y a humedad. Faltaba el aire, sin duda, y también estaba presente alguna clase de gas ligeramente tóxico. Recordó entonces, mientras registraba los negros nueve metros cuadrados, noticias de personas que murieron asfixiadas por meterse sin protección en esa clase de lugares, de manera que unió al miedo de ser descubierto como excavador clandestino el de acabar sus días en un albañal aún peor que la política.

Aun siendo meticuloso, tardó bien poco en comprobar que allí abajo no había nada de importancia. restos de un botijo, los escombros que él hizo al picar y un objeto, cubierto de costras y óxido, que debió ser, en tiempos, una pistola automática y republicana, que se le caería al dueño por el agujero en un momento de apreturas. Ni rastro del tesoro del Cortado, sobre cuya pista le pusiera don Anselmo.

—A lo mejor —se dijo Benito, inasequible al desaliento— había otro pozo negro. A lo mejor un tabique separaba al uno del otro. A lo peor los obreros que lo condenaron cincuenta y tantos años antes se habían repartido el botín alegremente, dando vivas a Franco y arribas a España. Nada impedía que los trabajadores de aquellas remotas edades tuvieran el mismo concepto de la propiedad que Benito.

Cuando al miedo se une el enfado de ver evaporarse mil millones, siempre acaba por suceder algo malo. Por ejemplo, olvidar que la cuerda estaba sujeta a un palo atravesado y, al cogerla, agitarla haciendo que varios rizos subieran hacia arriba: este es un buen sistema para comprobar los nudos pero, en este caso particular, sólo sirvió para desplazar el mango del pico de modo que, al tirar, cedió el tinglado y la herramienta por poco le abre la cabeza al caer.

Inconsciente como un diputado, al principio se entregó al uso del lenguaje que utilizaba para amedrentar a sus cerdos. Después comprendió que se encontraba sin medio alguno de salir del agujero y, dejando para más tarde las efusiones verbales, procuró meditar.

Empezó a lanzar el pico hacia el techo, con la esperanza de atravesarlo en el agujero del piso, objetivo que consiguió después de media hora y cuatro golpes de mango en la cabeza.

Sólo al trepar comprendió que con la herramienta cortando en dos el estrecho boquete por el que había bajado, su cuerpo hirviente no pasaba por el hueco: estaba definitivamente encerrado en una letrina y ni siquiera contaba con la compañía amiga de alguno de sus marranos.

Todavía gastó otra media hora, exprimiéndose en busca de la decisión más conveniente. No la había. Sería encontrado allí. Lo importante era saber cuando.

—Cuanto antes —se dijo, afrontando el futuro de mala gana, pero decidido a volver a la luz de los civilizados fluorescentes.

Así fue como Benito, a las siete de la tarde, empezó a gritar pidiendo socorro. Pero estaba cuatro metros por debajo del suelo, a un piso de la planta donde podía quedar algún burócrata besando a su ordenador, y, más o menos, hacia el centro del edificio, con muchas paredes cerrando el paso a su voz.

Además, le sucedían curiosos fenómenos: cuantos más gritos daba más difícil le era dejar de gritar, pero, cuanto más lo hacía, menos aire le quedaba para oxigenar su asustado cerebro, lo que no lo ayudaba a recobrar la calma o, al menos, la conformidad con el destino.

Fueron, pues, doce horas de aullar, de marearse, de dar patadas y cabezazos a las paredes del pozo, de llorar un poco y de amodorrarse otro poco, maquinando excusas para cuando lo rescataran y rabiando por no haber dado con el tesoro que le regalara el asno de don Anselmo, aquel viejo chocho, carroza del diablo, superviviente de Azaña, hijo de un charlestón y del cine mudo.

Asfixiado y todo, cuando creyó percibir la primera luz del alba, agitó la cuerda: no podía permitir que quienes lo rescataran supieran que había bajado por propia voluntad. Pero esta vez el pico le cayó directamente en la cabeza y sólo volvió a abrir los ojos en el hospital.

—¿Qué hacía usted en la zona quemada del ayuntamiento? —le preguntó uno de los bomberos que lo rodeaban.

Benito, cuya cabeza se había despejado con el impacto, pretextó amnesia. Y de verdad que no deseaba recordar nada. Ni a don Anselmo.

27. LETRAS SIN FILOSOFIA

Una de las principales obligaciones del político con cargo y poltrona es leer el periódico, ya para comprobar el trabajo de los asalariados, ya para tragarse los sapos que escriben los a sueldo de la oposición, los irresponsables que encuentran cosas criticables en el buen pasar que los jerarcas se han—dado—a—sí—mismos mediante la transmutación del voto.

El minipresidente Felipe Suárez cumplía bien con el penoso deber, sobre todo porque, con la práctica, ya sabía como esquivar la lectura de los escándalos y como decir al público que él era partidario de que se hicieran la luz y los taquígrafos en el partido, cayera quien cayera.

Llevaba esquivados dos Filesas, una Macosa, dos Time Export y tres Banestos, cuando lo atrapó un «Ciudad Retrospectiva» titulado «El tesoro del Cortao». Los dedos se le hicieron huéspedes y, después, los ojos. Pero allí estaba la historia del buen Cortao, el que limpió las iglesias antes de prenderles fuego, el que envió al paraíso a católicos renuentes a separarse de sus joyas; el que cortó dedos para guardar el hermoso recuerdo de la jornada en forma de anillo.

Felipe Suárez, cuando estaba inspirado, prometía a no menos de cien puestos de trabajo por minuto y juraba a no más de barbaridad por segundo, pero en esta ocasión se quedó sin palabras, víctima de un conflicto de emociones: por un lado le dolía comprobar que la grandiosa historia política de los mil millones del Cortao fuera de dominio público, y por el otro le alegraba saber que era verdad, que no se debía a recuerdos apolillados de un viejo colgado como Hijo Ilustre.

Sin él saberlo, emociones muy semejantes corrían por los vericuetos cerebrales del alcalde, que había leído tres veces el «Ciudad Retrospectiva» para asegurarse de que aquel canalla de Carlos no sospechaba donde pudiera encontrarse escondido el tesoro del Cortao.

Patricio O'Connor, con uniforme municipal en su despacho, había necesitado cuatro lecturas para conseguir los mismos fines, y Antonio Pérez y Pérez, presidente del patronato de cultura, se había arreglado con dos.

O'Connor, desde el día anterior, tanteando con sus codiciosos nudillos, había localizado el tabique que cerraba la entrada a los túneles de la plaza. En la intimidad del sótano del cuartelillo, se había abrazado a la pared, en sincera acción de gracias, y le había rascado el revoque hasta descubrir la obra de ladrillo. Luego, con el corazón efervescente, había corrido a comprarse un pico y unos guantes de jardinero. Acolchados.

Pérez y Pérez, no menos diligente, había girado una visita a los bajos del Teatro Principal. Después de apartar una pila de sacos que fueron alguna vez contrapesos para los decorados de Aida, también dio con el tabique que sellaba el túnel ansiado. Más optimista que O'Connor, había probado a derribarlo de una patada y a la hora de la lectura del periódico, usaba tobillera elástica y gel antiinflamatorio.

Dios, aprovechando el revuelo del incendio y el subsiguiente accidente del asno de Benito Pi, había prohibido el paso por la zona quemada «Hasta que en el pleno se apruebe el presupuesto para la restauración», había dicho. Ni un ordenanza, ni un concejal, ni un obrero. Luego, demostrando una vez más su espíritu emprendedor, había bajado al sótano y, valiéndose de un martillo, había dado con el tabique y, también, con un penoso deber: tendría que derribarlo con las manos desnudas de Pepe, pero su ilota, desde que ardiera el monumento con media plaza de la Constitución, no le parecía de confianza.

Pepe estaba muy bien para las hogueras de la Cala, cuando tenía diez años, o para darle un puñetazo cuando a Dios le subía la tensión espiritual, pero era forzoso reconocer su propensión a meter la pata.

—Al menos, no habla. Pero es bien triste que la única persona en la que puedo confiar sea ese salvaje.

Ajeno a todo esto, quien menos importancia había dado al artículo era su propio autor. Carlos sentía, a lo sumo, la satisfacción del deber cumplido y el dolor de enfangarse en la crónica local, como cualquier historiador aficionado, como el que, el día antes, había dado una lista exhaustiva de los barcos austríacos que habían fondeado en la ciudad a lo largo del siglo diecinueve, aportando tonelaje, número de cañones y nombre del capitán.

Naturalmente, Carlos no sabía que había sido usado por don Anselmo para dar verosimilitud a sus diferentes historias y, de paso, espolear la codicia de hombres que la tenían ya espoleada desde que decidieron nutrirse de los presupuestos.

Tampoco tenía noticia de la curiosidad que se había centrado en su persona. Cuatro mentes distintas, pero extraordinariamente económicas, se preguntaban cuánto más sabría Carlos. Ninguna de ellas estaba dispuesta a horadar para encontrarse, junto al tesoro, a un periodista con la sonrisa en los labios y una cámara fotográfica en los ojos.

—Hola, hola. —podía decir tal periodista— Dejemos constancia de cómo usted trinca el tesoro y se lo devuelve a sus legítimos propietarios, empezando por la clerigalla.

Quizá España pudiera permitirse una catástrofe como aquella, pero no Dios, el más resolutivo de los alcaldes, que unía a la posesión de Pepe un juramento de odio eterno a Carlos, porque Dios hubiera participado en los negocios turbios del anterior presidente autonómico si el maldito gusano goebbelsiano no los hubiera desbaratado. Calculando por encima, y sin tener en cuenta la inflación, Carlos le había arrebatado de las manos especulativas no menos de veintidós millones.

Dios llamó a conciliábulo a su Pepe y le mostró la foto con que el periódico adornaba los artículos de Carlos:

—¿Conoces a este hombre?

Pepe, fiel a sus costumbres de gran tirador de piedras, cerró el ojo izquierdo y analizó la imagen del periodista, apreciando con su hemisferio cerebral izquierdo los detalles del rostro de papel. Se aseguraba.

—Lo he visto. El día de los incendios andaba por aquí. Pero, además, lo conozco de la Bombilla. Todas las mañanas, cuando me escapo a tomar una cerveza, está allí. Sólo toma café con churros. —añadió, permitiendo que le asomara el desprecio natural por un bebedor de infusiones.

Entonces vino lo difícil: hacer comprender al fiel Pepe que debía averiguar qué más sabía Carlos sobre el Cortao, o sea, si tenía idea de dónde se escondía el botín..

—Lo coges...

—¿Del cuello?

—Lo coges del cuello y que te diga dónde está el tesoro del Cortao.

—A mi abuelo, el Cortao... —empezó a decir Pepe, recordando unas confidencias que le hiciera don Juan cuando le transportaba el catalejo de mirar bikinis. Luego recordó, de prisa, que Dios no consentía menciones a la familia común.— Al padre de mi madre —recalcó—, le metió una carrera.

—Si te dice que no sabe nada —siguió Dios, pasando por alto los líos de familia—, lo aprietas un poco más, hasta que el tío crea que si no habla deja la piel. Pero no te lo cargues, ¿eh?

—Je. —dijo Pepe. Él podía ser una mala bestia y disfrutar en la matanza del cerdo, pero sabía muy bien que a los hombres no se los mata. Aporrearlos, en cambio, le parecía un detalle simpático.

—Y ponte algo en la cara. —terminó Dios, que no dejaba ni cabos ni caras sueltas.— No sabemos si él te ha visto alguna vez.

—Muchas, en la Bombilla. Hasta le he dado fuego. Hizo la mili en boinas verdes.

—Ponte una media. Este tío trabaja de noche. Creo que sale del periódico a la una o a las dos de la madrugada.

Y así fue como Carlos, tras dejar la responsabilidad de sus escritos a los ordenadores del periódico, avanzó por el estacionamiento de la empresa en la soledad oscura del polígono industrial. A tres metros de su Renault, la inseguridad ciudadana lo cogió por el cuello, le metió una rodilla en la rabadilla y lo derribó al suelo.

No se puede ser excesivamente ecuánime en esas circunstancias. Lo mejor —lo dice la policía.— es dejarse desvalijar y ponerse en la cola de la comisaría. Suponiendo, claro está, que la inseguridad ciudadana lo deje respirar a uno, lo que no era el caso.

Pepe, con una media en la cara, se mantenía detrás de Carlos, en el suelo, cruzándole un brazo por el cuello y clavándole una rodilla en los riñones. Con la boca junto al oído del periodista, inició el interrogatorio:

—¿Dónde está el tesoro del Cortao?

Gracias a esta pregunta, Carlos pudo pensar muchas cosas. Prácticamente derramaba un chorro de luz sobre la situación. Pero el joven no tenía la cabeza para pesquisas sino atrapada por el robusto brazo de Pepe.

—No lo sé.

El esclavo de Dios apretó un poco más su llave, en busca de una respuesta más sincera:

—¿Dónde escondió su botín el Cortao?

—No lo sé. —insistió Carlos, con un hilo de voz.

La misión estaba cumplida. Pepe, en su inocencia, no tenía más que ir a Dios y contarle que el periodista no sabía nada. Para movilizarse, eso sí, debía soltarle el cuello y ponerse en pie. Pero tan pronto como dejó de apretar recibió un puñetazo en el ojo: Carlos no era hombre que dejara pasar ciertas cosas y, por otro lado, sacaba al pequeño Pepe veinte centímetros y veinte kilos.

—Ahora —dijo, poniéndose en pie y acorralando al esbirro— vamos a ver qué se nos ocurre.

Pepe, curtido al aire libre, no perdió tiempo urdiendo una estrategia. Sencillamente, soltó una trompada en dirección a la cara de su adversario, pero encajó otra aún mayor. Y, después, algunas más que hacían honor al entrenamiento que Carlos recibió en los Boinas Verdes. A la sexta, Pepe cayó sentado, con la mente extraviada. Tuvo la sensación de que seguían sucediendo cosas, pero su siguiente percepción normal sucedió minutos después, cuando se encontró solo, desnudo y abandonado en las solitarias calles del polígono industrial.

Así lo sorprendió un coche patrulla. Alguien había llamado al 091 quejándose de un exhibicionista que sólo se tapaba con una media. Un exhibicionista indocumentado.

—El alcalde —dijo el nudista— responderá de mí.

—Claro, claro. Ahora mismo lo llamamos.

28. LLENOS DE GRACIA

El pleno resultó un éxito. Todos los grupos, a instancias del alcalde, aprobaron una moción contra el fuego en general y contra el provocado en particular, votando fondos extraordinarios para la rehabilitación del ayuntamiento.

Los portavoces, por turnos, afearon a la extrema derecha su ígneo terrorismo. El propio Benito, descalabrado pero activo, fue el primero en aplaudir cuando Dios proclamó que «vosotros, fascistas, sois los terroristas» y, para que no hubiera dudas, aprobó la decisión de volar el monumento a Abú Omar de modo que las bandas de fanáticos no pudieran usarlo para desestabilizar la vida municipal o para ennegrecer las fachadas de la plaza de la Constitución.

El minipresidente autonómico asistió para dar más pompa al acto y, también, para demostrar que la desaparición del monumento exfranquista no era cosa municipal sino de estado, o sea, de nacionalidad. Se empieza pintando máximas fascistas en un obelisco y se termina con una guerra a la bosnia y con la ciudad cercada por las baterías de la reacción.

Al terminar el pleno, sin embargo, hizo falta alguna explicación menos pomposa y política:

—Ya está. —le dijo Dios al minipresidente Felipe Suárez— Supongo que esa empresa de tu cuñado tendrá especialistas en voladuras controladas, porque, ya lo has oído, el pleno ha decidido que se vuele.

Felipe Suárez siguió con la nariz arrugada. Había pensado en desmontar el monolito piedra a piedra para que no se le revolvieran los escombros con el tesoro. Pero Dios ni quiso oír hablar de aquella posibilidad:

—Se tardaría demasiado y no podemos pagar tanto.

No era verdad. Dios nunca fue un alcalde ahorrativo. Se le había ocurrido algo más útil y más acorde con sus necesidades materiales. Con discreción, tan pronto como Pepe se repuso de la paliza periodística, le hizo tomar el pico y derribar el tabique del sótano que daba acceso a los viejos túneles de la plaza, donde dormía, desde hacía más de medio siglo, el botín del Cortao.

Con paciencia y poniendo la mente en blanco, Pepe se llevó por delante la pared de ladrillo a costa de algunas ampollas en las manos. Luego, con una lámpara de butano y el croquis de don Anselmo, Dios recorrió cincuenta metros, hasta un muro de hormigón que sonreía cada vez que Pepe intentaba hincarle el pico.

Aquello estaba hecho tan a conciencia como un blocao, como si el Cortao, al tapiarlo, hubiera pensado en que resistiera un bombardeo. El Cortao, que sabía perdida la guerra, debió pensar que semejante paredón descorazonaría a cualquier fascista que se aventurara a husmear por los túneles. Descorazonaba hasta a alcaldes progresistas y a esbirros criados a la intemperie, entre garrotazos.

Fue entonces cuando Dios, siempre práctico y con la cabeza mejor atornillada de la región, recordó la petición del minipresidente Felipe Suárez: cargarse el monumento a los caídos para dar algo a ganar a su cuñado.

Si en lugar de desmantelarlo a golpe de piqueta se hiciera mediante una voladura controlada, método moderno y espectacular que se aseguraba un reportaje en televisión, el buen alcalde podría obtener un kilo o dos de goma dos y volar el muro de hormigón que le cerraba el paso, haciendo coincidir la explosión del monumento con la suya.

La gente oiría una sola detonación cuando, en realidad, serían dos. Y mientras el obreraje desescombraba la plaza de la Constitución, él, con el uso inmoderado de Pepe, penetraría en el recinto del Cortao y se daría un baño de oro a la salud de la Segunda República y de sus inmejorables métodos recaudatorios.

De ahí que, pretextando motivos de economía y velocidad, hubiera impuesto al pleno la voladura controlada de la aguja de Abú Omar, aquel moro intelectual que iba a servir más para un roto que para un descosido.

—Y de paso —siguió Dios, mirando a los ojos mohosos del minipresidente—, quiero pedirte un favor. En mi finca, la Cala, tengo un viejo molino que me estorba. Si me descuido, los ecologistas dirán que es un patrimonio histórico y que no lo puedo tocar... Pero si tu cuñado me presta dos o tres kilos de goma dos y sus detonadores correspondientes, lo quitaré de en medio sin que nadie se entere.

—Hecho. —dijo Felipe Suárez. Nobleza obligaba.

—Y quien dice tres kilos, dice diez. —terminó Dios, asegurándose. El hormigón que usara el Cortao tenía aspecto de necesitar una sacudida masiva.

29. COMO PARA NO SOSPECHAR

La vida sentimental de Carlos discurrió entre Calderón y Vanessa. Calderón, por «La vida es sueño» y Vanessa, simplemente, por los sueños.

Ella era una antigua compañera de estudios que fue, en su momento, la más popular del curso. Un sol de muchacha: alegre, inteligente, con el aire limpio y clásico de una Venus del Renacimiento. Carlos sabía, desde aquella lejana época, que la Virgen debió tener su apariencia clara y tranquila, aquel pelo oscuro y aquellos ojos glaucos, de mar a la orilla de una playa. Vanessa era un rayo de sol, una alegría, casi un sueño casto.

Todo eso cambió con la droga. Vanessa tuvo un novio que se mató en moto y ella, casi sin darse cuenta, acabó en la droga, haciendo, con su aire virginal, lo que las chicas que tienen que pagarse la papelina. Una pena.

Sus padres la llevaron al Patriarca, de donde se escapó una y otra vez. La localizaban, meses después, hecha una pena. Al final, la amenazaron: preferían no tener hija.

—Esta es la última. Si te vuelves a escapar, si no aprovechas la oportunidad de rehabilitarte, olvídate de nosotros.

Vanessa, que vivía en un infierno, no consiguió explicarles que no era ella, que no era libre. ¿Cómo se puede vivir si no se piensa más que en la inyección que venga a solucionarnos todos los problemas? ¿Quién sabe lo que es soportar dos verdades distintas y no comprender ninguna?

Cuando se volvió a escapar de la granja de recuperación, nadie se preocupó de ella hasta que Carlos la encontró vendiendo baratijas en la calle. Ni las ropas sucias y usadas ni el poco cuidado de su aspecto ocultaban los recuerdos que el periodista tenía de ella, de modo que se la llevó a su casa.

—No sabes donde te metes, Carlos. —le dijo Vanessa con sinceridad.— Yo ya no soy quien tú crees.

—Yo, tampoco. —terminó Carlos, que no hacía una obra de caridad. Hubo un tiempo en que estuvo enamorado de ella y al encontrarla había revivido todo. Claro que no hay resurrección que se parezca a la vida anterior y el periodista ejercitaba la caridad con verdaderos sufrimientos.

Carlos no pedía nada. No se le hubiera ocurrido que Vanessa, hecha al trapicheo de la droga, se quedó muy sorprendida cuando al cabo de días y más días, se convenció de que él no quería meterla en su cama.

—¿Por qué haces esto? —le preguntó.

Pero no se le puede explicar a una drogadicta que se la mira y se recuerdan las rimas de Bécquer. No se le puede decir que, contemplándola, Carlos creía más en Dios o que tenía la sensación de asistir a una alborada. No lo entienden. Han aprendido que la vida es un toma y daca donde todos llevan intenciones ocultas.

Pero el hombre joven, no. Tuvo a Vanessa en un pedestal y ahora se apiadaba de ella con toda nobleza. Quería, solamente, rescatarla del infierno. Pero no sabía como.

Un día la mujer desapareció, llevándose cuanto encontró de valor. Dejó una nota escueta que era un parco grito de dolor: «Lo siento». Carlos la buscó inútilmente, aun comprendiendo que Vanessa se había embarcado en un eterno descenso. «Lo siento.»

Cayó en un postromanticismo agudo. ¿Por qué? —se decía. ¿Qué cosa es el hombre y qué cosa su dolor? Había una campaña para corromper a la gente, una internacional del caos. Un negocio de la angustia. Y Carlos no sabía cómo encogerse de hombros ante la brutal decadencia del mundo en que vivía; no sabía explicarse a sí mismo cómo una muchacha que parecía hecha con rayos de sol y bruma marina se había convertido en esclava de la muerte.

Aquello le hacía odiar más a la sociedad. No a la gente, no: al medio, al ambiente irresistible. Todavía volvió a ver a Vanessa, muy deteriorada ya. Se la quedó mirando en silencio. Ella, no se sabía si avergonzada o furiosa, solamente le dijo una cosa:

—¿Quieres un polvo?

El se volvió. Le dolía todo. Se marchó preguntándose adónde habían huido los ojos limpios que parecían hechos de luz.

—Vive sin una sonrisa. —dijo, al cabo de muchos minutos.

Y sonrió él por los dos.

—Hombres del mundo. —comentó en casa, frente al espejo.— Sonreíd, por Dios.

Entonces fue cuando rezó. No por Vanessa. Por el hombre, que se moría.

Burlón y compasivo, Carlos se entregaba al presente, a la crónica periodística, por miedo a lo futuro y por cansancio del pasado. En ocasiones pensaba, pese a todo, en Vanessa y se preguntaba si hizo bien al rechazar su cuerpo, ya que a su alma sólo tenía acceso la heroína. Tal vez un amor falso hubiera corrompido la nostalgia de lo que fue un amor verdadero; quizá se hubiera sentido tan asqueado de sí mismo que le fuera más cómodo el trabajo de no pensar.

Pero pensaba. Un pensamiento lógico posado sobre un árbol de sentimientos furiosos. Sin apenas apercibirse, convirtió el recuerdo de Vanessa en misión, en fuego, y se proclamó un poco más enemigo de su época.

El, voluntario en las COES a los veinte años, boina verde de corazón todavía, estaba preparado para ser enemigo de cualquier cosa, así que empezó por quienes había destruido a la muchacha.

Una noche vigiló en la discoteca y le fue muy fácil descubrir al que vendía el «costo». Se puso a beber despacio, considerando filosóficamente que la búsqueda de la felicidad lleva al infierno. Porque felicidad no es placer. Es otra cosa. Es coraje. Es poesía. Es razón. Valor y saber quién es uno.

De madrugada, el camello se retiró con los últimos supervivientes de la música bacalao. Llegaba a su coche silbando, satisfecho por igual de sí mismo y de su bolsillo, cuando recibió un golpe en la cabeza.

Despertó drogado y con un tatuaje en la mejilla: «vendo heroína». Le faltaban el dinero y las papelinas. Le sobraban dos ojos hinchados y una nota clavada, con un imperdible, al músculo del pecho: «la próxima vez, te mato.» El camello, naturalmente, cambió de aires. Era un animal pequeño, un minorista como tantos. Uno de esos a los que hasta la policía deja en paz.

Hubo otros, de tanto en tanto. Recibían el mismo tratamiento: un golpe, una inyección de su mercancía, el tatuaje en la mejilla y la nota clavada en el pecho. Cambiaban de barrio refunfuñando y vigilaban un poco más.

Carlos hubiera querido coger a los grandes, a los que ponían el dinero, pero eso sólo podían hacerlo los directores de los bancos, y no querían.

Cuando mejor entrenado estaba en estas correrías nocturnas, fue asaltado a la salida del periódico. Pensó, al principio, que algún camello lo había localizado y se vengaba. Después las dudas se disiparon cuando el asaltante mostró su juego:

—¿Dónde está el tesoro del Cortao?

Tan pronto como pudo, Carlos arregló al inexperto Pepe y lo dejó desnudo, abandonado en el polígono industrial, a merced de la policía. Pero, con la agresión nocturna, al periodista se le despertó el instinto:

¿Qué pasaba con el Cortao? ¿No era solamente un retrospectivo? ¿Seguía como principio activo de alguien? ¿Por qué don Anselmo había insistido en contarle aquella historia tan antigua? Había gente con deseos de encontrar el tesoro perdido.

Un periodista bien establecido tiene siempre amistades policiales y para Carlos fue muy sencillo averiguar quién era su agresor.

—¿Es tipo que detuvimos desnudo en el polígono con una media en la cabeza? Un barrendero municipal algo idiota. A lo mejor es exhibicionista, qué sé yo. Cuando lo encerramos, pedía ver al alcalde. ¿Te lo imaginas? ¡Llamar al alcalde a las tantas de la madrugada para que lo identificara!

—Pero lo llamaría por alguna razón.

—Sí, claro. Parece que el barrendero ese ha trabajado toda la vida en una de sus fincas y no se le ocurrió nada mejor que pedir ayuda al hombre más importante que conocía.

Carlos no era tonto, como sabían sus víctimas, ya políticas, ya camélidas. Un barrendero no era tipo para saltar a la gente de madrugada y preguntar por el escondrijo de un tesoro. Actuaba, sin duda, en beneficio de otro que, al leer su artículo, había creído posible que el periodista supiera más de lo que escribía.

Y ese otro, por las trazas, no podía ser más que Dios, aquella hiena bien educada que estaba despojando al municipio. Y, una de dos: o Juan de Dios había considerado un buen negocio hacerse con el botín del Cortao, enviando al barrendero para averiguar el escondrijo, o bien ya sabía dónde estaba y quiso asegurarse de que Carlos lo ignoraba.

—¡Qué maravilla! —exclamó el plumífero y gusano goebbelsiano, venteando la caza.— ¡Ay de ti, si te pillo!

30. LA PLAZA DE LA CONSTITUCION

La plaza de la Constitución era el lugar con más historia de la ciudad y, posiblemente, el que más nombres había consumido al ritmo de los vaivenes políticos. Después de mil años siendo, sencillamente, la Plaza de Santa María, lo fue de Fernando VII, de la Constitución, de Fernando VII, de Isabel II, de Amadeo I, de la República, de Alfonso XII, de Alfonso XIII, de la República, de Rusia, del Caudillo y de la Constitución de nuevo, en contra del sector histórico que, por nostalgia, propugnó el nombre de Tipógrafo Pablo Iglesias.

Gracias a las piquetas de quienes levantaron el pavimento medieval y derribaron una manzana de casas que ocupaba la parte sur de la plaza, los eruditos habían llegado a reconstruir las peripecias del solar.

Allí hubo, desde la edad del bronce, asentamientos humanos que dejaron, como inapreciables reliquias, vestigios de un dolmen, una empuñadura de falcata y huesos de cordero. Después, cuando la ciudad fue el municipio Flavium Montanum, allí estuvo el Foro, acompañado por un templo a Júpiter y otro a Augusto. Allí los cristianos, tras Constantino, construyeron su primera basílica, de la que quedaban algunos mosaicos y tumbas, y allí los vándalos hicieron grava de las estatuas romanas.

Arabes y cristianos dejaron restos de mezquitas y de iglesias, primero románicas, después renacentistas. Con el tiempo la plaza llegó a ser pisada por Felipe II, comprobando que tampoco allí se ponía el sol, y por Felipe V en los tiempos en que se negaba a cambiar de ropa e iba cubierto de remiendos con toda majestad.

Por último, en la guerra de 1936, ante el temor de posibles bombardeos facciosos que no sucedieron, los prisioneros católicos y derechistas, más sus hijos mayores de trece años, vigilados por milicianos que prefirieron el callado trabajo de retaguardia a la gloria del frente, excavaron una serie de túneles que debían ser refugio contra los ataques aéreos.

Como la piedra era caliza, de escasa consistencia, los refugios se terminaron en poco tiempo, pero hubo que tomar la precaución de reforzar con hormigón los cimientos de los viejos edificios públicos: el ayuntamiento, el Teatro Principal y el actual palacio del gobierno autonómico.

Luego, sobre aquellos túneles, los rojos prisioneros, vigilados a su vez por los nacionales liberados, habían levantado, en torno a las ruinas de la estatua de Riego, el monumento a los caídos, un obelisco de veinticinco metros de altura y de muchas toneladas de peso. Eran los tiempos de la redención de penas por el trabajo y los más interesados en hacerlo grande y hermoso fueron los propios cautivos.

Todos estos detalles, dada la desidia del pueblo español por su historia, los conocía poca gente además de don Anselmo, prototipo de los eruditos locales. Dios, desde luego, ignoraba la mayor parte. O'Connor, que era forastero, no sabía nada de nada.

O'Connor había cerrado con llave el sótano del cuartelillo y, abandonando su despacho de tanto en tanto, horadó el tabique de ladrillo y se internó por los túneles confiando en su linterna y en el croquis que le facilitara don Anselmo el día que le colgaron de la pared con los otros Hijos Ilustres.

O'Connor, como Pepe y Dios, también se tropezó con un muro de hormigón inasequible al pico y sintió como su alma se desplomaba, con ruido sordo, desde sus bolsillos a los pies.

Se veía capaz de picar el hormigón durante los próximos diez años, pero dudaba de conseguir hacerlo con el debido secreto. Un mes u otro sus guardias y sus bomberos empezarían a preguntarse por la clase de placeres solitarios a los que se entregaba encerrado en el sótano que fue, durante la constitución de 1876, depósito de detenidos, de donde los sacaban, de tanto en tanto, para recibir garrote vil en la plaza (de Alfonso XII y de Alfonso XIII) ante la mirada ilusionada del populacho, siempre amante de celebraciones.

El último ejecutado había sido un tal José Pérez Cintas Verdes, al que se le dio vuelta de garrote sentado en un tablado que estaba donde ahora el monumento. En 1890.

El espectáculo fue tan popular y tan brillante que un tal Francisco Obiol el Ciego lo relató en un pliego de cordel titulado:

«Voy a manifestar al público el terrible asesinato cometido por un joven de veinte y siete años, natural de Almería, llamado José Pérez Cintas Verdes el día 28 de mayo de 1890; éste declara que por no tener dinero para ir a los toros mató a una pobre Sra y a su apreciado esposo, dos hijos de los esposados, uno de tres años de edad y el otro de cinco, asesinando también al guardia del huerto; de todo lo cual este curioso papel les dará cuenta de tan horroroso crimen.»

El ciego Obiol, que debió oír la ejecución en primera fila, arrancaba con una estrofa de marcado carácter moral:

«Les dirijo esta canción
a todo el género humano
me palpita el corazón
si escucháis como cristianos
yo les daré la razón.»

Tras otros versos de compromiso, se metía en harina y así sabemos lo que hizo José Pérez Cintas Verdes:

14

«Vengo en busca de dinero
para divertirme esta tarde
pues mi marido no está
las excusas no me valen.»

15

«Hizo una seña muy mala
y le apuntó la pistola
y le disparó dos balas
y fue víctima la señora.»

El tiempo lo curó todo, menos el cuello partido de José Pérez Cintas Verdes. Olvidado el crimen, las víctimas y el propio ajusticiado, nadie sabía ya que en la plaza de la Constitución (de Alfonso XII), había dejado de ser aquel loco homicida, como nadie sabía que allá abajo, a oscuras, los refugios antiaéreos aguardaban una segunda oportunidad.

Y como O'Connor no disponía de los años necesarios para agujerear con discreción el muro acorazado, se veía en el triste estado del hombre que tiene mil millones a tres metros —o cuatro— y no les puede meter mano: desesperado y sintiendo que las lágrimas le venían a los ojos y la bilis al estómago.

Convertido en sombra de sí mismo, el hispanoirlandés entregado a la paz falsa del güisqui, hasta acudió al pleno en que se debatía la conveniencia de derribar el monumento a los caídos. Siendo un comandante en situación especial y habiendo estudiado nada menos que en el Alcázar de Toledo, cosa que no podía ser bien vista en los círculos progresistas, creyó conveniente desmentir con su presencia cualquier sospecha sobre su cariño por el obelisco. Además, como jefe de bomberos, debía manifestarse en contra de la nueva costumbre de pegar fuego a la plaza por motivos políticos.

A medida que fueron aumentado los argumentos a favor de la demolición, el espíritu de O'Connor surgió de las tinieblas y se sacudió el polvo de la desesperación: ¿Le engañaban sus oídos o aquellos iconoclastas desatados postulaban una voladura controlada de la enorme masa que significaba un monolito macizo de veinticinco metros?

—¡No! —dijo su corazón. Como jefe de bomberos, la razón lo avisaba de lo poco adecuado que era volar moles en mitad de plazas de la constitución, pero como dueño de un mapa del tesoro cortado por un muro de hormigón, la alegría se agitaba en su interior y, entre agitación y agitación, entonaba loas al inventor de la dinamita.

Como antes que él Dios en persona, O'Connor había concebido el plan de disimular una explosión particular en medio del estruendo de una explosión general. La sencillez táctica le aterraba. No tenía más que arrimar una bonita carga al muro de hormigón del Cortao y darle al explosor cuando los especialistas echaran abajo el monumento a los caídos. La idea la había sacado del refranero, de las ganancias que pueden obtener los pescadores ya con un río revuelto ya con un monolito desplomado.

Al día siguiente, vistiendo el bonito uniforme de Comisario Jefe de la Policía Municipal, tan sobrecargado de pasamanería, acudió al regimiento de artillería de campaña de la ciudad, donde ejercía sus habilidades militares el Zurullo, también llamado comandante Prieto. Lo del Zurullo le venía de una cierta aventura en la General de Zaragoza, de la que salió perjudicado el profesor de equitación.

Prieto Zurullo era un buen amigo y un comandante con un concepto elástico de los explosivos. En una ocasión había convidado a pescar a O'Connor: la idea era pillar lampugas al curricán.

Para conseguir tal proeza el pescador experto sabe que conviene dejar corchos o maderas grandes en la superficie del mar. La lampuga es un pez muy remilgado que busca la sombra donde la encuentra y, en su falta de inteligencia, se coloca indefectiblemente bajo los corchos que flotan.

Entonces el pescador que no es comandante de artillería ni tiene un concepto elástico del reglamento de explosivos, da vueltas con la barca en las proximidades, arrastrando un anzuelo con su cebo. La lampuga, ya a la fresca, siente la necesidad de comer y pica.

Pero cuando el pescador sí es comandante de artillería, en ocasiones saca un cartucho de dinamita o una botella llena de trilita y la lanza alegremente. Luego no hay más que recoger las lampugas que flotan panza arriba, descamarlas y freírlas. Prieto cogía sacos de tan inocentes animales y O'Connor lo celebraba.

—Verás, Zurullo. —le dijo— Quiero salir a la lampuga uno de estos días y me he acordado de tu sistema garantizado.

El comandante Prieto, soñador, entornó los ojos. La última vez había dejado fuera de combate a un pequeño banco de atunes jóvenes y por poco se le hunde la barca con el peso. Era un pescador de grandes ambiciones y, por lo tanto, comprendía a O'Connor.

—¿Cinco cartuchos? —preguntó como buen hombre de mundo.

—Diez. —corrigió O'Connor, recordando la densidad del muro.— Más que nada para asegurarnos.

—No le pegues a un submarino, ¿eh?

31. CULTURA POPULAR

Antonio Pérez y Pérez, como presidente del Patronato de Cultura, gestionaba el teatro Principal. A mediados de verano leía los catálogos de las distribuidoras cinematográficas y organizaba la programación, teniendo en cuenta la Semana de la Opera, la Semana de la Zarzuela y la Semana de la Comedia.

Con el auxilio de una taquillera estrábica y de tres estudiantes con voluntad de ser explotados, mantenía en actividad el viejo Principal, un coliseo con plateas doradas, tres pisos de palcos y gallinero. El edificio, en los años en que Verdi triunfaba en el mundo, se había erigido con la aportación de la burguesía local, que necesitaba de un lugar donde vestir sus galas y de un recinto donde celebrar los carnavales con palcos encortinados en que entregarse al fornicio.

Viernes, sábados, domingos y lunes se proyectaban películas, a ser posible de contenido progresista, pues cuando hay subvenciones no necesita uno regirse por criterios comerciales y puede poner los tostones más de su gusto. Los demás días el viejo y dorado lugar permanecía cerrado. Para Pérez y Pérez fue un juego de niños introducir un pico y, con el entusiasmo de un banquero suizo, perforar el tabique que cerraba la antigua entrada a los refugios antiaéreos.

Ya en los túneles, avanzó con una canción en los labios y se perdió. En el segundo intento, se puso un casco de espeleólogo con linterna y, como había leído el mito de Teseo, avanzó desenrollando un ovillo de bramante que le facilitara el retorno.

Dio por fin con el lugar que señalaba el croquis de don Anselmo: un muro de hormigón hecho para resistir las acometidas de los más fogosos fascistas de las edades oscuras. Le cerraba el paso obstinadamente.

—Momentáneamente. —añadió para sí. Ni una plancha de acero al tungsteno le separaría mucho tiempo de los mil millones que el Cortao legó al pueblo democrático de España, sin pensar que mil millones son pocos para tanta población, pero suficientes para un hombre ilustrado que sepa unir la acción resolutiva al progresismo decimonónico.

Hombre tecnológico, llevó un alargador eléctrico al punto exacto donde se concentraban sus ilusiones, conectó un berbiquí profesional con brocas de punta de «viridia» y fue haciendo agujeros anchos y profundos.

En un principio trató de calcular cuántos necesitaría pero, al no estar dotado para más aritmética que la de repasar su nómina, decidió que cuantos más mejor.

Pérez y Pérez no tenía acceso fácil a la goma dos ni a la dinamita, pero sabía de sobra que la pólvora negra es de venta libre en las armerías. Se llamaba también pólvora de minas, o sea, que se metía en los agujeros, se la atascaba suavemente con un palo gordo, se ponía la mecha y se obturaba, por ejemplo, con escayola o arcilla.

Así se abrieron durante siglos los más formidables agujeros y así pensaba Pérez y Pérez derribar el muro de hormigón del Cortao. Luego no tendría más que ir llenado los sacos con las riquezas requisadas en la guerra y vivir como correspondía a un hombre ilustrado del tercer milenio, transido por una inquebrantable fe en la democracia distributiva.

Había —bien lo sabía él— una laguna en su proyecto: el retumbo que meterían aquellos treinta o cuarenta barrenos no pasaría desapercibido para los vecinos de la plaza (casi todos altos cargos) ni para los transeúntes, que notarían como el suelo estornudaba bajo sus pies.

Podía, naturalmente, esperar a los carnavales o a la cabalgata de reyes, hacer pasar por allí el cortejo con la consigna de lanzar petardos y, enmascarándose en el jolgorio, explosionar las cargas. También podía organizar un festival de rock al aire libre y, cuando más zumbaran los vatios de potencia, arrimar candela a las mechas. Los roqueros, entre las litronas, los porros y las monstruosas vibraciones, ni lo notarían. Todo lo más, percibirían como un adorno:

—¿Qué duro, eh? —se dirían.— Hasta el suelo se estremece.

—Sí, tío. ¡Qué pasada!

Ya tenía redactado y desglosado el proyecto cultural del festival de rock y escogido el grupo más apocalíptico de la autonomía, cuando tuvo una inspiración al entregárselo a Juan de Dios.

—No podrá ir a este pleno, Antonio, porque los asuntos van muy apretados al incluir con urgencia el asunto de la voladura controlada del monumento a los caídos. —le dijo.

—¿Voladura controlada?

—Eso: un buen petardazo y a la mierda con el obelisco. Ya es hora de terminar con el último símbolo fálico de la dictadura.

—Sí, ya es hora. —Pero Pérez y Pérez se retiró dando, de todo corazón, vivas a Franco por haber plantado aquel obelisco en la plaza. El ruidazo que metería ahogaría por completo el de los barrenos culturales que él estaba terminando.

Y, luego, si Mariví le preguntaba de dónde le había venido la súbita riqueza, se buscaría otra menos chafardera. Con mil millones, parece mentira, el mundo se llena de mujeres hermosas y calladas.

32. TODO SE EXPLICA

El gusano goebbelsiano de servicio en aquella capital, tras sospechar por los indicios que el alcalde Juan de Dios andaba tras el botín del Cortao, y no precisamente para ingresarlo en el despilfarrador ministerio de Hacienda, sintió una furiosa alegría cuando se enteró del proyecto de volar el monumento a los caídos.

Para él el monolito era bueno, pues gustaba poco a sus enemigos. Pero aquella mole de piedra y hormigón, que resistió impertérrita cincuenta y tantos años y sobrevivió a una transición de casi veinte, había empezado a dar repentinos problemas, como arder e incendiar casi toda la vegetación de la plaza y el propio ayuntamiento, de hacer caso a la versión oficial.

Eso quería decir que la voladura del monumento, propuesta nada menos que por Juan de Dios, tendría que ver, a la fuerza, con los proyectos del alcalde sobre el botín del Cortao.

Cuando un periodista abre los ojos, si alguien no le paga por volverlos a cerrar, acaba viendo muchas cosas. U oyéndolas. El portero del ayuntamiento, que hacía su vida bajo el cartel de «Información», se pasaba ocho horas en un cubículo de plástico que dominaba la mayor parte de las idas y venidas del personal. Y el portero tenía su corazón ofrecido a la oposición, por si ésta, cuando gobernara, le subía de categoría.

—El alcalde va mucho al sótano estos días. —le dijo a Carlos.— Con uno del servicio de limpieza.

—¿Uno moreno, no muy alto, con cara de bestia?

—Ese mismo.

Lo que hiciera el alcalde, en las profundidades del edificio, tenía que ver con el Cortao. No le cabía ya la menor duda. Pero, ¿por qué volar el monolito si la actividad del alcalde se desarrollaba en los sótanos?

La presión de esta pregunta lo llevó a la acción. Pepe, espíritu libre pero limitado, soportaba una vida franciscana. Trabajaba las horas que le mandaban; comía y cenaba en el mismo bar; se mudaba a otro para tomar unas copas y, a las once, acudía a la pensión para entregar sus pensamientos al sueño.

Pepe, extraído de la Cala, era un desarraigado. No hacía amigos con facilidad, carecía de sentido del humor y de cualquier tentación de asociacionismo, tanto futbolero como sindical.

Para contentar su naturaleza le bastaban tres comidas diarias, medio litro de vino, el uniforme de barrendero e irse de putas los jueves. Para ejercitar la sensibilidad.

Iba siempre con Boby, también llamada la Catalana, que era una mujer de gran alzada, con los encantos construidos a escala dos por uno. Pepe, en cueros, reptaba sobre ella como una lagartija, buceaba en las profundidades blancas de sus tetas y, en general, convertía el encuentro en un agotador ejercicio que lo dejaba relajado durante una semana.

En la Cala no tuvo oportunidad de aprender a tratar a las mujeres y seguía en las mismas. Se limitaba a soltar sus instintos y a contemplar los sucesos. Daba cachetes en las nalgas y reía con la voz profunda de la cabra. Mordía aquí y allá. Lamía acullá. Saltaba, se exhibía, sacaba el bíceps y, en ocasiones, resumía sus sentimientos más profundos:

—Ay, qué buena estás, tú.

—¿Terminas o qué?

Terminaba obedientemente, porque Pepe no era hombre de discutir. Tampoco estaba construido para el amor ni para el intelecto. Nadie lo quería y él no quería a nadie, con lo que se sentía en paz con el mundo.

Así, en paz, salió el jueves de la pensión donde la Catalana liberaba de frustraciones a su selecta clientela y fue a chocar contra Carlos, que lo aguardaba con una sonrisa lobuna:

—Estás más favorecido con la media. —lo saludó.

Pepe, cuando miraba a lo hondo, sentía haber atacado al periodista. Ordenes son órdenes, se decía. Pero lo sentía, porque era hombre pacífico y sencillo. Sorprendido tras haber quemado una singular cantidad de fuerzas, no tenía el cuerpo para discusiones.

—Cosas. —murmuró.— Lo confundí.

—Ya. No sabías que acababa de escribir un artículo sobre el Cortao y me preguntaste por su tesoro.

—Cosas. —repitió Pepe, mirando hacia los lados. Se imponía una retirada.

—No te preocupes, hombre. Yo sé que obedecías órdenes de Dios. No te echo la culpa de nada, habida cuenta de que fuiste tú el que recibió.

—En los dos ojos. —precisó Pepe.— Ya podía haberme dado en la barriga.

—Lo que yo quiero saber ahora —dijo Carlos, cogiéndolo tranquilamente por el cuello— es qué hacéis el alcalde y tú en el sótano.

Pepe era leal para tratarse de un español de esta época. No tenía ni la más remota intención de traicionar a Dios aunque le volvieran a hinchar los ojos. Cosas peores pasan. Así que, con fatalismo oriental, apretó la boca y aguardó los puñetazos con el espíritu confortado.

—Te ayudaré. Sé que estáis buscando el tesoro del Cortao. Me imagino que el alcalde sabe ya donde está y, como tiene confianza en ti por alguna extraña razón, te usa para los trabajos más duros.

—Si lo sabe todo, ¿por qué me pregunta?

—Sólo quiero saber por qué ha decidido volar el monumento. Si el botín está en el sótano del ayuntamiento, no me lo explico.

—Por los explosivos. —Pepe no quería decirlo, pero nunca había pensado antes de hablar. Le iba pareciendo que Carlos lo sabía ya, y no pudo resistirse a la pregunta. Luego, tardíamente pero con obstinación, cerró la boca.

—¡Los explosivos para el monumento, claro! Y la explosión misma. Mientras todo aquello vuela, nadie oirá como Dios se abre paso por el subsuelo.

Pepe, callado y todo, le imploró piedad con la mirada. Si Dios llegaba a saber que se había ido de la lengua, era previsible algo muy gordo. Por mucho menos le había roto un brazo en la Cala.

Carlos comprendió claramente el problema moral que se le planteaba al limpiador municipal y lo soltó del cuello:

—Ya me imagino que no te gustaría que el alcalde se enterara de que me lo has contado todo, ¿eh?

—No he dicho más que lo de los explosivos.

—Pero Dios no está al tanto. Si yo lo sé todo y le explico que he hablado contigo, ¿qué piensas que se imaginará?

Pepe lo calculó por lo bajo. Dios, desde pequeños, siempre estaba dispuesto a pensar mal de él y a suministrarle capones y puñetazos. Nada parecía indicar que hubiera cambiado.

—No le diga nada, por favor.

Carlos tenía al hombre donde debía estar para aplicarle una especie de dilema municipal:

—Cuando yo cuente todo esto, aunque no te mencione, Dios sospechará de ti, que eres el único que lo sabe.

—Sí. —confirmó Pepe.

—Pero si yo tuviera una prueba, algo que demostrara que lo he averiguado por otros medios... ¿Comprendes?

—No.

—Imagínate que alguien, cansado de veros bajar al sótano, instalara allí una cámara de vídeo que grabara todo lo que hacéis. Juan de Dios no pensaría nunca que tú pusiste allí el aparato: no es cosa que se te pueda ocurrir.

—¿El qué no se me puede ocurrir? —preguntó Pepe, confuso.

—Poner una cámara de vídeo en un rincón y dejar que os grabe cuando colocáis los explosivos. Eso no lo harías tú nunca y Dios pensaría en una conspiración de otros políticos.

—¡Claro que yo no lo haría!

—Pero lo harás.

—¿Por qué?

—Porque, si no, cuando yo hable al alcalde, te echaré la culpa de todo.

—Vale. —gruñó el pobre barrendero tan pronto como comprendió lo doloroso que llega a ser un dilema.

33. EL FIN DEL MUNDO EN OCHENTA SEGUNDOS

La plaza de la Constitución no presentaba buen aspecto. Los guardias, usados con liberalidad, habían acordonado los accesos y, no contentos con ello, los habían cerrado con vallas amarillas.

Los árboles quemados, el monolito negro y la fachada del ayuntamiento tiznada con el humo del incendio, no ayudaban a dar al día la apariencia de fiesta. Sólo el sol, ajeno a las obras públicas, esplendía en lo alto, aproximándose al mediodía por jornadas ordinarias.

El monumento a los caídos apuntaba al cielo por última vez. Los especialistas le habían colocado las cargas en los puntos adecuados y, en cuanto se diera la orden, caería sobre sí mismo como un símbolo de la historia, que no hace otra cosa que caer sobre sí una y otra vez, aplastando cualquier esperanza.

Las fuerzas vivas, deseosas de adornarse con aquel último acto antifascista, se habían instalado al otro lado de la plaza, después de recibir sólidas garantías de que nadie correría peligro allí.

El minipresidente Felipe Suárez incluso había preparado un discurso conmemorativo para la ocasión, unas sentidas palabras que venían a demostrar que las masas autonomizadas serían más libres tan pronto como el monolito dejara de gravitar sobre sus vidas y de obstaculizar una adecuada panorámica de la plaza de la Constitución.

Desde los tiempos de los abrigones, que fueron sometidos por los romanos a fuerza de venderles ánforas vinarias a bajo precio, aquella región jamás se vio tan libre —decía el discurso en sus primeros párrafos— como desde la caída del monumento, vestigio no ya de los levantiscos abrigones sino del pasado más cavernario. El pueblo se había dado a sí mismo aquella voladura para romper con el pasado y reemprender, por fin, el progreso donde lo dejaran Indíbil y Mandonio.

—Bien, bien. —había dicho Dios, dando al minipresidente un casco dorado— ¿Pero quién te va a escuchar, Felipe? Porque tenemos al pueblo fuera de la plaza y, mientras queden escombros por recoger, yo no lo dejo pasar. Sólo nos faltaría una desgracia.

—Pero podemos fingir que lo he pronunciado y que el periódico lo reproduzca. ¿A que no sabías que los abrigones fueron la primera tribu que anduvo por aquí? Los fenicios los timaron como a catetos; Aníbal se los llevó a la guerra de Italia y los romanos conquistaron a los que quedaban. También, ya me entiendes, conquistaron a los abrigones hembra y sus descendientes construyeron el municipio Flavium Montanum. Un pueblo orgulloso pero con mala suerte.

El cuñado de Felipe Suárez, empresario de aquel derribo, lo interrumpió:

—Cuando quieras, Felipe.

—¿Meterá mucho ruido?

—Mucho. Mantén la boca un poco abierta para que no te sufran las orejas.

Las fuerzas vivas y de oído agudo, entornaron aquellas bocas hechas a pronunciar sentidas palabras y promesas electorales, tomando, en su conjunto, la apariencia de unos tontos de baba escuchando una apasionante lección de álgebra.

—¿Ya? —preguntó el ingeniero técnico con el explosor en la mano.

—Di que queda inaugurado este pantano. —se burló Dios de Felipe Suárez.

—Ya.

Los periodistas conectaron sus cámaras y sus magnetófonos. El aire avanzó en ondas, cargado con un ruido furioso, ansioso de atravesar oídos, inutilizándolos. El monumento vibró primero, se tambaleó después y empezó a caer.

Como si la plaza no tuviera suficiente, produjo un eco, dos, tres. Cualquiera que no creyera en lo que veía, hubiera podido jurar que se producían tres explosiones más. Pero era imposible de saber, porque nadie había visto situarse a Pepe en los sótanos del Excmo. Ayto. ni a O'Connor en los de su cuartel ni a Pérez y Pérez en los del teatro Principal. O sea, se trataba de un efecto acústico.

Las grandes masas de piedra del monolito, faltas de apoyo, se quedaron en suspenso por un momento, cayendo después sobre el suelo con toda la fuerza de la gravedad. Era lo que se esperaba de ellas. Lo previsto. Y se aceptó con una sonrisa por parte de las fuerzas vivas, que hubieran dinamitado a su propio padre de ser éste un monumento franquista.

Pero, a partir de ahí, empezó a suceder lo inesperado. Ningún técnico, ni municipal ni de la empresa de construcción, había investigado el subsuelo. La memoria de los refugios antiaéreos se había diluido con la paz y con el seiscientos y, en lo que a los técnicos se refería, el piso de la plaza era firme.

Pero los refugios estaban allí y sólo habían sido construidos para resistir las ridículas bombas que se tiraban —a veces a mano— desde los aviones que se atrevían a volar en los años treinta. No estaban hechos para que les cayeran encima toneladas de cascotes removidos con goma dos.

Crujió la piedra caliza, quejándose del trato y, repentinamente, se hundió todo el piso de la plaza de la Constitución. Donde antes hubo una zona verde se abrió ahora un boquete formidable que engullía árboles quemados, bancos de piedra, kioscos, puestos de golosinas y de perritos calientes y una grúa. Todo fue tragado por la tierra como un millón por un ministerio.

Las fuerzas vivas, convertidas por un momento en estatuas de sal, impusieron a sus cerebros la dura tarea de asimilar los hechos: la plaza de la Constitución acababa de morir en medio de una gran nube de polvo y ellas, antes o después, deberían explicar al populacho que aquello había sido por su bien.

Seguían allí las fuerzas, con la boca abierta, posando para las cámaras de televisión por cable (Telecab) que retransmitía en directo el evento, para las máquinas fotográficas, para las emisoras de radio y para los ojos de los gusanos goebbelsianos, que no dejarían de criticar la destrucción de la plaza más importante de la sacrificada ciudad.

—¡Coño! —dijo el minipresidente, como primera manifestación de duelo.

Palabras apresuradas que debió guardar para más tarde, porque los sucesos no habían terminado de momento.

La mitad de la fachada del palacio del gobierno autonómico, la mitad que descansaba sobre el hormigón que Dios tomó, erróneamente, como cierre del escondrijo del Cortao, osciló como si hubiera abusado de la ginebra y empezó a caer de una sola vez, plana, enorme.

No había llegado al suelo cuando medio ayuntamiento se estremeció, herido en sus cimientos por la dinamita de O'Connor que, consciente del peligro, corría como una liebre en dirección este—oeste. De paisano. El noble edificio, alcanzado de lleno, pareció dar unos pasos tratando de recuperar el equilibrio y cayó al suelo cuan largo era.

Pero en ese momento ya se estaba desplomando el teatro Principal, malherido por los barrenos de Pérez y Pérez. Ciento cincuenta años de cultura dimitían de su cargo entre estremecedores lamentos y derramaban sillares por lo que quedaba de la plaza de la Constitución.

Las fuerzas vivas, cuerpo a tierra, se asían a sus dorados cascos y rescataban, silenciosamente, las oraciones de su infancia. Habían acudido a presenciar una jornada antifascista y no la explosión de una democrática bomba de Hiroshima.

La catástrofe, que se hizo eterna, duró exactamente ochenta segundos, aunque los ojos la captaron a cámara lenta. Por mucho que aquellas autoridades llegaran a beber, jamás olvidarían las imágenes de una plaza volatilizándose bajo sus pies y causando, de paso, pérdidas por valor de muchos miles de millones.

Tras el fragor, se hizo un silencio que aprovechó el polvo para caer como una ligerísima nieve. En medio de él, como una grímpola al viento, cabalgaba, solitario y fiero, el nuevo «¡coño!» del minipresidente. La plaza le dolía, pero los mil millones del Cortao, seguramente hundidos hasta el centro de la tierra, le ponían un nudo en la garganta.

Dios, aterrorizado, empezaba a sospechar que no tenía la cabeza tan bien atornillada como pensó. Con todo, si él se había pasado en la carga, comprendía el derrumbamiento del palacio de la autonomía, pero ¿qué podía haberles sucedido al ayuntamiento y al teatro Principal? Los hombres de letras —se decía— no deben malmeter con explosivos sin leer, previamente, algún manual.

O'Connor, por su parte, entendía que el ayuntamiento hubiera acabado sus días a manos de la dinamita para pescar, pero, ¿era posible que la onda expansiva hubiera alcanzado al teatro y al palacio de la autonomía? Afortunadamente, pudo escapar por los pelos o, mejor aún, por los pies, hasta caer en brazos de los guardias que vigilaban los accesos de la plaza.

Mientras lo sostenían y uno de ellos iba por un coñac del bar más cercano, O'Connor llevaba a cabo diligencias mentales: Pase lo que pasa —se decía— esto ha sido un efecto del formidable empuje del monumento al caer. Los edificios eran ya muy viejos y el hundimiento de los túneles les ha roto la cimentación. Y de ahí no me sacará nadie.

A quien hubo que sacar fue a Antonio Pérez y Pérez, que se hundió con el teatro, como buen capitán. Cuando vio que el sótano se venía abajo, trepó de escalera en escalera, hasta quedar colgado de un palco que resistió milagrosamente. Como no había forma de entrar en la plaza la escalera de bomberos, tuvo que saltar a la lona y, de ella, al hospital, pues los expertos confundieron el miedo con un principio de infarto.

—Tiembla. —explicaban— Y no dice una palabra. Además, está esa mano izquierda enclavijada.

Era la mano de agarrarse al palco.

Sólo Carlos, en silencio, reía. Al día siguiente, recreándose en la suerte, él también haría estallar la noticia, volando de un golpe innumerables cargos.

«El alcalde arrasa la ciudad. Un vídeo lo demuestra.»

34. PIEDRAS Y POLÍTICOS

El ministro, después de oír las primeras noticias y de conseguir localizar a Dios en su casa, ya que no existía ayuntamiento, voló con más presteza aún que el monumento a los caídos.

De camino hacia el domicilio del alcalde, echó un vistazo a la plaza de la Constitución y sintió que se le erizaba el vello. Lo mejor que se podía decir de ella era que no existía. Lo peor, que saldría en todos los telediarios y que los de siempre le dedicarían burlas y sarcasmos.

Ministro manriqueño, de pie quebrado, cortaba por la mitad el verso de la verdad y dejaba coja la estrofa de la honradez. Doctorado en marrullería pero no en imaginación, se afilaba la inteligencia con anfetaminas, lo que convertía tal instrumento en una química imprevisible y saltarina.

Dando pruebas de ello, su talento brincaba de aquí para allá, buscando una solución a la plaza en ruinas, mientras el coche oficial lo transportaba, hirviente, a la casa de Dios.

El ministro procedía de la empresa privada y, antes de ser diputado, del negocio de las contabilidades por horas en una gestoría. Sólo cuando tuvo la impunidad parlamentaria empezó con la explotación textil. Compraba pantalones vaqueros al peso, marca 10x10, y, mediante una máquina de timbrar en caliente y otra de coser, les incorporaba bonitas etiquetas de cuero que los convertían en «Levi's», lo que hacía subir su valor de 1000 a 7000.

Era como prometer puestos de trabajo que debía crear la iniciativa privada: no se arriesgaba nada más que a una denuncia por falsificación, y no hay juez que acepte a un diputado de la mayoría como enemigo.

O sea, el ministro, con tiempo y con centramina, era capaz no sólo de falsificar vaqueros, sino de transvasar fondos reservados a cualquier lugar del planeta, pero en frío y por sorpresa no sabía qué hacer con una plaza dinamitada.

Lo elemental —pensó, contemplando a sus sólidos guardaespaldas— sería enviar unos partes de guerra firmados por ETA, que era la que entendía de explosivos. Toda la prensa adicta tragaría, pero siempre cabía la posibilidad de que los independientes preguntaran qué clase de objetivo perseguían los terroristas volando el centro de una ciudad justo cuando lo habían evacuado los policías municipales. Además, atribuir bombas a la ETA obstaculizaría la última ronda de conversaciones y, a lo peor, tampoco aquella vez conseguían perdonar a los asesinos. Los tíos no se dejaban.

—«Una bomba...» —empezó su mente, elaborando un bonito titular— «Una bomba de aviación, lanzada en 1937 por los nacionales, y enterrada desde entonces, hace explosión al realizarse una sencilla voladura de un monumento anticonstitucional.»

—¿Eh, eh? —se preguntó, lleno de optimismo.

Según su experiencia política, la gente se creía cualquier cosa si se les repetía bastante. Sí, sí: una bomba de la guerra que explosionaba por simpatía, o sea, por antipatía. La aviación de Franco, casi sesenta años después, seguía destruyendo la libertad y el asfaltado.

Si de su baja lira tanto pudiera el son —se dijo, usando reminiscencias poéticas— enardecería a las multitudes con aquella versión y hasta podría servir de excusa para otra bonita campaña contra el ejército, que hay que ver qué cosas se deja tiradas por ahí.

Así, con el plan delirante ya trazado, llegó a la casa solariega de Dios, siendo recibido por dos ancianos sonrientes que le pusieron un vaso en la mano y un sillón en el culo.

—Juan de Dios —dijo el identificado como abuelo— está siendo atendido por el médico. Tantas explosiones cerca, ¿sabe?

El ministro dijo que sí, que sabía. El 23—F, sin ir más lejos, le cayeron cerca trozos de escayola del techo del Congreso de los Diputados. Una experiencia que, unida a la guardia civil, le había traumatizado hasta los talones.

—Además, el muchacho está desolado. —dijo la otra momia, el viejo profesor, republicano de los de antes.— Quería darle a usted una sorpresa.

—Pues me la ha dado. Raras veces un alcalde vuela el centro de una capital de autonomía.

—Exceso de celo. —murmuró el viejo profesor. Tras decir algo tan peregrino, miró a las cuatro esquinas de la habitación, ocupadas por cuatro guardaespaldas sumidos en la posición de descanso.— ¿Podemos hablar, señor ministro?

El ministro, que sabía que sus hombres llevaban complicados equipos de transmisión y escucha, los envió fuera. Temía que aquel viejales diera la versión verdadera de la voladura y que, cinco minutos después, fuera de dominio público entre la poli. Y la poli, ya se sabe, hoy es de unos y mañana de otros.

—Me imagino —siguió el profesor cuando no hubo moros en la costa— que no habrá oído hablar del Cortao. Fue un luchador republicano, también con exceso de celo. Cuando los nacionales lo atraparon, en 1939, había puesto a resguardo un verdadero tesoro en oro y joyas. Lo acusaron de pillaje, fíjese.

El ministro se escandalizó. A un buen militante no se le puede hacer el feo de acusarlo de pillaje: para eso están las comisiones parlamentarias. Un mal ejemplo ante el pueblo que paga sus impuestos directos e indirectos.

—¡Pillaje! —exclamó con desdén, pensando cosas feas del franquismo, de las que se decían en el 77 y en el setenta y ocho, cuando todos eran jóvenes fanáticos y marxistas.

—La verdad es que el Cortao veía como la guerra se perdía y quería destinar sus requisas para organizar la resistencia interior. —decidió subir la cantidad en honor a la categoría de su nueva víctima:— Dos mil millones, en valor actual, hubieran servido entonces para mantener viva la llama de la democracia.

El ministro pensó «¡sopla!», pero dijo que sí, que con aquel dinero se hubieran podido hacer cosas maravillosas por la libertad.

—A mí también me encerraron por una denuncia injusta. —continuó don Anselmo, mirando, zumbón, a don Juan, que reía en su interior.— Suspendí a varios alumnos que no supieron explicarme el significado de la bandera republicana.

El político, aunque tampoco sabía tal significado, procuró escandalizarse como un buen puritano. La República era como la Biblia: muy respetable pero muy antigua. A él que le dieran una monarquía descortezada.

—¡Qué vergüenza!

—Ya en la cárcel, coincidí con el Cortao el día antes de que lo metieran en capilla:

—Me afusilan, don Anselmo. —me dijo, dolorido.— Me afusilan por demócrata.

—Pobre hombre.

—Sí. Era un demócrata un poco exagerado, porque captaba fondos con efusión de sangre, si no, ¿de qué se hubiera hecho con dos mil millones al valor actual?

—Las guerras, que son terribles. A veces, hasta los mejores se dejan llevar por el calor de la lucha.

—El Cortao, en sus últimos momentos, quiso asegurarse de que aquel tesoro se usara por el bien de la causa. Por el progresismo. Y me dijo donde estaba escondido.

—¡Oh! —exclamó el ministro, pero a punto estuvo de que se le escapara un «¡diablos!». Contemplaba al viejo profesor bajo una nueva luz: he aquí a uno de esos militantes que creen.

—Lo malo es que, con eso de que lo iban a fusilar al día siguiente, andaba algo confundido. Se explica: no tenía la cabeza para asuntos tan materialistas.

—Se explica, claro.

—Así que me dio dos emplazamientos: o debajo del monumento a Riego —que luego fue cubierto por el obelisco de los caídos— o en una cripta de Santa María, también en la plaza de la Constitución.

—«Hola, hola, hola», decía la mente anfetaminada, tomando buena nota. Dos mil millones la ponían a la escucha.

—Al salir de la cárcel, señor ministro, yo no podía excavar bajo el monumento a los caídos, que ya se había construido, ni ponerme a hacer agujeros en la cripta de la iglesia. Los tiempos no estaban para aquello.

—No lo estaban. —suspiró el ministro, hijo de un voluntario requeté que, en la vida civil, ejerció de censor de acción católica. El tío se veía las películas enteras, con besos y magreos, y las mandaba cortar luego.

—Cuando me hicieron hijo ilustre, decidí pagar mi deuda de conciencia con el Cortao y que su tesoro pasara a manos de los legítimos representantes del pueblo.

—Bien pensado.

Don Anselmo, muy cínico, decidió comprobar hasta qué extremos dialécticos aguantaba el ministro:

—A fin de cuentas, asesinó, sí, pero por la causa del progreso.

—Eso es. —dijo el político, cuyo hilo iba detrás de los millones y no de las consideraciones éticas.

—Era como una expropiación tajante: expropiaba el oro y la vida para evitar que ambos sirvieran al fascismo internacional en boga.

—Mala cosa, el fascismo. Un peligro.

—Entonces le confié el secreto al alcalde. Me incliné por el emplazamiento del monumento, porque no me hacía a la idea del Cortao entrando en una iglesia. Por eso Juan de Dios voló el monolito, para poder extraer el tesoro de sus cimientos y dedicarlo a la financiación del partido. Un sistema más legal que otros que, desventuradamente, nos vemos obligados a usar.

—Sí, sí. Pero, ¿salió el tesoro?

—Ahí está la cosa: no. Llevo todo el día pensando y por fin me he acordado de que la Iglesia de Santa María, tras ser asaltada y quemadas sus imágenes, los altares y el retablo, se convirtió en depósito de municiones y cuartel de milicianos: ya sabe que los franquistas no bombardeaban los templos.

—Es verdad.

—Lo lógico es que el Cortao, que podía ir y venir por Santa María, la considerara como el lugar más seguro. O sea...

—O sea... —insistió el ministro, levantando el alma hacia el becerro de oro y las orejas hacia don Anselmo.

—Que el tesoro está en la cripta, ya que no estuvo bajo el monumento.

Juan de Dios, oliendo a cadaverina política, entró entonces. Don Anselmo le había asegurado que le arreglaría las cosas, pero él seguía fabricando filosofía existencialista y encomendando su cargo a todos los santos. Fue gratamente sorprendido cuando el ministro le estrechó la mano con unción progresista.

—¡Mi querido amigo! He venido a ofrecerle la ayuda del gobierno en este difícil trance. Para empezar, creo que había una bomba de aviación enterrada en el subsuelo desde el tiempo de la guerra,

Don Anselmo estuvo a punto de advertir que la ciudad jamás fue bombardeada, pero consideró más eficaz callarse.

—Es posible. —dijo Dios, asiéndose con fuerza a aquel clavo ardiente.— Ahora que lo pienso, creo que los nacionales bombardearon por allí. Por eso se excavaron los refugios antiaéreos que hoy de han hundido.

—Sí, bombardearon. —ayudó don Anselmo, metido de lleno en los recuerdos apócrifos.— Creo que hasta volaron un mulo con su carro y a un cenetista superviviente de las purgas.

—Eso. dijo Dios.

—Eso. —dijo el ministro.

—Ja. —dijo don Juan.

—¿Cómo dice?

—Javier se llamaba el mulo.

—Me gustaría hacer una inspección de la zona. —siguió el ministro.— Me preocupa mucho esa iglesia. Puede que se le hayan dañado los cimientos. ¿La ha hecho evacuar?

—No, ministro.

—¿En qué piensa usted, amigo mío? El clero puede estar corriendo un peligro de muerte.

—¿Otra bomba escondida?

—No me extrañaría. Ni un pelo.

35. CAMBIAR ALFIL POR REINA

El periodista Carlos, valiéndose de un ordenador con entrada y salida de vídeo compuesto, había extraído de la cinta magnética las escenas más demostrativas del momento en que Dios y Pepe instalaban los explosivos contra el hormigón que sostenía los cimientos del viejo palacio del gobierno autonómico.

Eran, en sí mismas, una primera plana que haría temblar a cualquier ejecutiva federal. Y más si, como era el caso, salían con titulares terribles: «¿Quién puede estar seguro cuando los alcaldes dinamitan sus ciudades?»

Nunca se había llevado bien con aquel partido desde que el diputado trató de meterle mano al resguardo de un despacho oficial, pero lo sentía por Dios, a quien no guardaba rencor ninguno. En opinión de Carlos, el alcalde era un simple sinvergüenza provinciano que creyó encontrar un medio —el tesoro del Cortao— para abandonar los discursos y las conspiraciones y volver a ser un hombre de bien, sólo preocupado por cómo defraudar al fisco y cómo obtener más rentabilidad del capital.

Por otro lado, dudaba de la eficacia de su denuncia. En el mejor de los casos, o sea, si no negaban la evidencia como de costumbre, podía organizarse una comisión parlamentaria o quedar el asunto sub judice durante los próximos veinte años, como la mordida de Rumasa. En el peor, atribuirían las fotografías a una inspección que demostraría que el alcalde se preocupaba de la seguridad de los edificios, y echarían toda la culpa al ingeniero que calculó mal la potencia del explosivo. Este delegaría la responsabilidad en el albañil más capullo que tuviera cerca y ahí se terminaría el caso.

Escribir en España no es sólo llorar, sino darse de cabeza contra el cinismo y los más poderosos medios de comunicación, que son poderosos precisamente porque viven del poder y del inalienable derecho democrático de mentir por mitad de la barba.

—Al menos, dar el escandalazo. —se decía, afilando con la vista la punta de su bolígrafo.— Y ser el malo una vez más.

La visita de don Anselmo le sacó de aquellos gratos pensamientos. El viejo profesor, después de ver el vídeo, también sintió piedad de Dios. Don Juan y él habían pensado en una broma inocente, en hacer cavar a todos los políticos hasta que tropezaran con un hormigón imposible. Nunca se les ocurrió que aquellos animales recurrieran a los explosivos y pusieran patas arriba la ciudad. No deseaban destruir a nadie de casa.

—Dios —le dijo a Carlos— es un hombre muy solo. La mujer se le ha ido, no tiene hijos y, lo que es peor, la codicia y la ambición lo han separado de la vida. En el fondo es como un anciano: no tiene esperanza ninguna.

—Salvo ser el más rico. —advirtió el periodista.

—¿Y crees que no es una pena tener una ambición tan pequeña? No parece haber comprendido aún que estamos aquí de visita y que un día el mundo seguirá sin nosotros, corriendo hacia la tiranía y la injusticia universales.

Carlos hirvió: él sí sabía aquello y profesaba la doctrina de que el pecado original fue la codicia.

—¡No me hable, don Anselmo! Si no hubiera codiciosos el universo sería una maravilla. Habría paz y riqueza para todos. Pero la gentuza no hace más que trabajar para quitárselo todo a los demás. Hasta la decencia y la bondad. Dios es de esos y debe pagar.

—Ya paga: es infeliz y frío. Por otro lado, si crees que con ese vídeo lo vas a enviar a la cárcel, hijo mío, eres menos maduro de lo que pensaba.

—Claro que no irá a la cárcel. Podría haber laminado la ciudad y seguiría sin pisarla, porque usted y yo sabemos en qué consiste la justicia: lo que deben hacer los que no mandan. Pero Dios, por pura aritmética electoral, perderá el cargo, no podrá seguir haciendo negocios y jamás llegará a ser tan rico como pretende.

—¿Y un alcalde más o menos qué importa al mundo?

—Espronceda: «Un muerto más, ¿qué importa al mundo?» Ya no lo sé. Cada vez sé menos cosas ciertas y eso me da miedo. No creer es no estar vivo: hasta eso nos arrebatan los codiciosos, los falsarios, los ciegos de corazón.

—Pero, un ministro... —ofreció don Anselmo.— Un ministro que suda y se acobarda dicen que es uno de los mejores espectáculos de la naturaleza.

Se reía suavemente, como de costumbre. Don Anselmo ya miraba el mundo desde el escaparate, con ojos de cliente muchas veces estafado.

Carlos dejó de pensar, por un momento, en la caterva de personajes que devoraban la paz y meditó sobre los ministros y lo que hacerles con la punta de su bolígrafo. Volvía a sentirse joven. Volvía a creer que hay que dar guerra.

—¿Un ministro entero?

—El que está en casa de Dios. Vino, atraído por el ruido, con la intención de apretar las tuercas del alcalde, pero, casualmente, ha oído hablar del tesoro del Cortao.

Carlos se echó a reír. Había comprendido: don Anselmo organizó todo. Don Anselmo, Hijo Ilustre de la ciudad, había maquinado su destrucción, porque el viejo profesor también estaba cansado de aquel perro mundo.

—¿Un día me contará por qué lo ha hecho?

—¿Qué te hace suponer que lo sé? De repente comprendí que me lo habían quitado todo, menos el miedo: el mundo en que me eduqué... Cuando empecé a estudiar todavía existía el Imperio Austro—Húngaro, ya ves. Las costumbres, las ropas, las modas, la cortesía, la música, la estética... La soledad de los ancianos no es otra cosa que un despojo, y la sospecha de no haber servido de nada jamás. Y vi a Dios tan seguro, tan cínico, tan mentiroso, como si él no fuese a sentirse nunca como yo, y, entonces...

—¿Existe el tesoro del Cortao?

—Existió: fue recuperado en el mismo 1939, en un baúl del sótano de su casa. Hubiera bastado con mirar en la hemeroteca para que nadie me hiciera caso: quise darles esa oportunidad. Pero la gente que engaña siempre cree que a ellos no se la pueden pegar.

—Yo lo creí también.

—Tú, y perdóname, eres un necio de treinta años que no imagina aún lo inhóspito y cruel que es este mundo dedicado al dinero y a la sangre. Tú crees que hay algo bueno en el ser humano y yo, en cambio, sé que al hombre hay que atarlo corto, con la moral y con las costumbres, para que se pueda convivir con él.

—Estábamos en un ministro, don Anselmo. Se había enterado del tesoro del Cortao.

—Sí, si... No sé cómo, pero se le ha metido en la cabeza que está enterrado en una cripta de Santa María. Y me temo que va a recurrir a la goma dos.

—¿También él?

—La carne ministerial no es inmune, hijo mío. Incluso diría que la carne ministerial se agusana más de prisa que la otra. Si pusieras tu cámara de vídeo en el lugar oportuno, te harías con muy interesantes observaciones psicológicas.

—Hecho. Le cambio un alcalde por un ministro.

36. AL DIA SIGUIENTE

Al día siguiente, poco después de que el ministro inspeccionara la plaza de la Constitución, sin miedo al mal estado que presentaba, se oyó una explosión en la iglesia de Santa María.

El templo, antiguo y feo, había sido hecho por hombres que creían en Dios pero que no conocían el cemento. Otros hombres más refinados le habían añadido una fachada barroca, apoyada directamente en la antigua puerta ojival. Todo el conjunto había resistido a duras penas el trance de las explosiones. Una nueva, en la entraña misma de la iglesia, consiguió que se desplomara la fachada moderna y que cayeran algunas cornisas del campanario.

El ministro, que no estaba lejos, demostró ser el hombre valiente que nadie había sospechado. Sin temer al peligro de un nuevo derrumbamiento, quiso entrar en el templo, manifestando una terca preocupación por la pérdida de aquella obra de arte.

—Que nadie me siga. —dijo, y se perdió en el interior del edificio, acompañado solamente por un empleado municipal que llevaba un saco y un pico, por si era necesario desescombrar algún tesoro artístico. El empleado era pequeño y cetrino. Se llamaba Pepe.

Bajaron en silencio por los escalones rotos; encendieron la linterna y se encontraron rodeados por viejos huesos que habían salido de su descanso eterno por la virtud expansiva de los explosivos químicos.

El ministro, con las manos desnudas, apartó los despojos durante un tiempo. Tocaba la muerte y no comprendía la vida. Sólo poco a poco empezó a sospechar que el tesoro del Cortao no estaba. Allí sólo quedaban las trazas de lo que un día fue un hombre, sujeto, en su momento, a las miserias de los hombres. Y al dolor.

—¿Pico? —preguntó Pepe, siempre dispuesto a complacer.

Pero el ministro estaba silencioso. Miraba, hipnotizado, una calavera monda y astillada y sentía, por unos instantes, la sensación de finitud de los hombres que comprenden que la historia no se detiene.

Salió del ensimismamiento con una idea fija:

—Me tengo que mover de prisa.

Había entendido el mensaje: aquel viejo profesor de la mirada penetrante lo había engañado, como antes al asno del alcalde. Dos mil millones son una gran trampa y basta con imaginárselos. O sea, con decir que están ahí, debajo de una losa.

Y era de suponer que alguien habría asistido al momento en que él y Pepe, alegres como gorriones, habían instalado las cargas mientras Juan de Dios vigilaba en la entrada.

—Hay que moverse de prisa.

Y aquella noche los telediarios, esa fuerza ciega de la electrónica, dieron cuenta del ánimo esforzado del servidor público, que había acudido a la plaza donde explosionó una bomba de la vieja guerra. Luego hubo otra explosión y un vídeo mostró como el ministro, preocupado por el arte, aunque fuera religioso, se metía en la iglesia ruinosa con absoluto desprecio de su vida.

En cambio, las ciegas fuerzas de la naturaleza, de retén en las redacciones, devoraron la historia de Carlos, el periodista que creía en las estrellas y en los hombres libres. La foto que había tomado, aunque oscurecida, sí salió, pero con otro pie: «Ministro visitando los daños producidos por la última explosión.» Lo normal.

—No sé qué había esperado. —suspiró Carlos con calma. Los hombres libres aprenden a no creer en la libertad.— Sólo los necios se imaginan que el mundo es como les explican los que los mandan.

—Un día... —dijo. Y calló.

Don Anselmo veía el telediario con su viejo amigo Don Juan. Pensaban en una broma inútil que se les había ido de las manos y en los tiempos en que los hombres creían, y soñaban con hacer un mundo mejor. Tiempos muertos ya hacía tanto. En lo alto, riendo, las estrellas. Junto a ellas, quizá, el fantasma de la humanidad; las almas. En lo bajo, el silencio que daba la vuelta al planeta y que adoptaba el aspecto de la palabrería.

Don Anselmo, que tenía un aneurisma de aorta, se daba cuenta de que ansiaba dejar el mundo. «¡Que no quiero verlo!» Sólo deseaba dejar atrás, por toda la eternidad, la parodia de la libertad, la explotación de los hombres, la sangre derramada mil veces para nada porque el mal siempre vence, la ceguera y —pensó fugazmente en Carlos— la codicia. No quería ver como el imperio del mal se consolidaba para siempre.

—¡Qué cosa es el hombre, don Juan!

—Un hambre. —respondió, muy quedo, el abuelo de Dios.

Y Juan de Dios, mientras, se sentía sólo pero a salvo. Los ministros dinamiteros son más inamovibles que los alcaldes explosivos. Por un momento, mientras se compadecía, pensó en Jill, en aquella extranjera ausente. ¡Qué lejos llega a estar uno de su propia vida!

Luego empezó a calcular qué empresa le daría más comisión por reconstruir la plaza de la Constitución, un negocio redondo. Se había vuelto a atornillar la cabeza.

Aquella noche, un camello sin importancia, de los de tres papelinas en el bolsillo, recibió una paliza. Carlos, con ideales o sin ellos, hacía prácticas mientras se aplicaba la experiencia:

—Métete con los pequeños, idiota.

Miró al cielo negro y se preguntó si Dios creía en los hombres. Se miró las manos. Nunca ha habido nadie con las manos verdaderamente llenas.

—Yo os prometo... —decían cien voces en cien lugares distintos.

La vida no tiene antídoto.

 

FIN


Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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